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LA REALIDAD ME ENSEÑÓ… Entendí que la realidad, a pesar de doler, tiene el poder de sanar; que

nada sirve refugiarse en la efímera sensación placentera de negación a través del alcohol o la
esperanza en que te voy a recuperar. Abrí mis ojos para ser soy consciente de mis errores y verte
tal como eres en realidad: sin idealizarte; también para permitirme derramar las últimas lágrimas
que me purificarán de la carga negativa que tuve tras nuestra inesperada separación, y
despedirme de los sueños que tuve al lado de ti y de un fragmento de mí que se fue contigo... No
obstante, dentro de mí hay un rayo de luz que me permite encontrar la fuerza de seguir adelante;
una fuerza que es capaz de transformar el dolor en el impulso que necesito para llenar el vacío que
en mí dejaste...
Tarea I: aceptar la realidad de la pérdida

Esta tarea consiste en afrontar el hecho de que la persona ya no está. El


autor distingue entre aceptación intelectual y aceptación emocional. El
primer término hace referencia al conocimiento que se tiene de una muerte
o pérdida, mientras que el segundo término va más allá del hecho de ser
consciente de que alguien se ha ido, siendo necesario reconocer y vivir las
emociones que han generado la pérdida.

Hay personas que niegan que se haya producido una pérdida o el


significado que ésta supone para ellas, lo que dificultaría esta tarea. Cuando
la pérdida no es por una muerte, como puede ser el caso de una ruptura de
pareja, la esperanza de que la persona un día vuelva puede alargar en el
tiempo esta tarea, dificultando la elaboración del duelo. Por eso es preciso
aceptar la realidad de la pérdida y de las emociones que genera.

Tarea II: trabajar las emociones y el dolor de la pérdida.

Para poder trabajar las emociones que surgen durante el período de duelo,
es necesario que la persona sea consciente de qué emociones se están
experimentando y permitirse sentirlas. Algunas de ellas son más evidentes,
como la ira o el enfado, pero puede que no esté dejando salir a la superficie
otras emociones más difíciles de afrontar, pero que también es necesario
manejar, como es el caso del dolor, la angustia, o el sentimiento de soledad.

Durante el duelo, la persona experimentará tanto emociones negativas


como positivas, sin responder a ninguna lógica ni orden establecido. Se
puede sentir cualquier emoción en cualquier momento. Lo importante es
aceptar en todo momento los sentimientos, nos parezcan lógicos o no,
demasiado dolorosos o demasiado poco. Muchas personas, de manera
consciente o inconsciente, no se permiten sentir ciertas emociones, bien
por evitar el sufrimiento, por miedo al rechazo social, etc.; pero es necesario
reconocer y trabajar todo sentimiento experimentado. La negación de esta
segunda tarea es no sentir, lo cual se puede hacer de muchas maneras:
evitando pensamientos dolorosos, idealizar a la persona perdida, evitar las
cosas que le recuerdan la pérdida, usar drogas o alcohol…

La sociedad actual hace más difícil completar la tarea II, ya que


abandonarse al dolor está considerado como negativo e insano.

Tarea III: adaptarse a un medio en el que la persona está ausente


Worden habla de tres áreas de adaptación que se deben abordar tras la
pérdida:

1. Adaptaciones externas: cómo influye la pérdida en el día a día de la


persona, es decir, qué roles desempeñaba.
2. Adaptaciones internas: cómo influye la pérdida en la imagen que la
persona tiene de sí misma, fundamentalmente en la definición que
hacen de sí mismas y en su sensación de eficacia personal.
3. Adaptaciones espirituales: cómo influye la pérdida en las creencias,
valores y los supuestos sobre el mundo que tiene la persona.

Para completar esta tarea, la persona tendrá que aprender a asumir los
roles a los que no está acostumbrada, desarrollar habilidades que nunca
había tenido y seguir adelante con un nuevo sentido de sí misma y del
mundo.

Tarea IV: recolocar emocionalmente al fallecido y continuar


viviendo.

Esta última tarea consiste en encontrar un lugar para la persona que se ha


ido que le permita a la persona estar vinculada con ella, pero de forma que
no le impida continuar con su vida. Debemos encontrar maneras de
recordar a los seres queridos que han fallecido llevándolos con nosotros,
pero sin que ello nos impida seguir viviendo (Worden, 2004). No consiste en
renunciar al fallecido, sino en encontrar un lugar adecuado para él en su
vida emocional.