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DAVID HUME

NVESTIGACIÓN SOBRE EL ENTENDIMIENTO HUMANO

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LITERATURA Y ENSAYO

COLECCIÓN

 

V

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LITERATU RA

A l m e id a

M anuel Antonio de

Memorias de un sargento de milicias

A l t a m ir a n o

 

Ignacio

M anuel

Clemencia

A r t u r o

Aurelio

Morada al sur y otros poemas

 

A u st e n

Jane

Persuasión

 

B a b e l

Isaak E.

Siete relatos

 

BALZAC Honoré de

Papá Goriot

B io y

C a s a r e s Adolfo

La invención de Morel

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Eduardo

Manuel Pacho

 

CAPOTE Truman

 

Color local

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a r r a s q

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Tomás

El padre Casafús y otros cuentos

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e r v a n t e s M iguel de

Tres novelas ejemplares

 

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o n r a d Joseph

 

La línea de sombra

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r t á z a r

Julio

Todos los fuegos el fuego

 

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a d r a

José de la

Los Sangurimas.

D a r ío

Rubén

Antología poética

E c h e v e r r ía

Esteban

El matadero

F it z g e r a l d

E lio t George Francis Scott

Silas Marner El gran Gatsby

 

F l a u b e r t Gusta ve

 

Tres cuentos *Madame Bovary

G a r c ía

M

 

L o r c a

 

Federico

Bodas de sangre

G a r c ía

á r q

 

u e z Gabriel

 

El coronel no tiene quien le escriba * Crónica de una muerte anunciada

 

G a r m

 

e n d ia

Salvador

Sobre la tierra calcinada

 

D e

G r e if f

León

Poesía escogida

 

GÜIRALDES Ricardo

Don Segundo Sombra

H a w t h o r n e Nathaniel

El holocausto del mundo

 

ISAACS Jorge

María

L

a m p e d u sa

Giuseppe

 
 

Tomasi di

 

La sirena y otros relatos

 

LONDON Jack

La llamada de la selva

 

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a c h a d o

 

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A s s is

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Joaquim María MAUGHAM William Somerset

Misa de gallo y otros cuentos La luna y seis peniques

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COLECCIÓN CARA Y CRUZ EL

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LECTOR ENCO NTRARÁ DOS

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DAVID HUME

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Magdalena Holguín

 

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Quito,

San José,

San Juan,

San Salvador,

Santafé de Bogotá,

Santiago

Título original

Enquiry Concerning Human UnderstanJing,

© de esta edición

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EDITORIAL NORMA S.A. 1992

Apartado 53540 Santafé de Bogotá, Colombia

I a reimpresión, marzo de 1995 2a reimpresión, diciembre de 1995 3 a reim presión, enero de 1998 Impreso por Cargraphics S .A ., Impresión digital Impreso en Colombia - Printed in Colombia

Editor: Consuelo Gaitán G. Diseño de la colección y de carátula:

Interlínea Editores Ilustración: Juan Sierra

ISBN: 958-04-19^8-2

C.C.

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C O N T E N ID O

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E N T E N D IM IE N T O

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Advertencia

 

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s e c c i ó n

1. De las diferentes clases de filosofía .....................................

 

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11. Del origen de las ideas ...........................

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iii. De la asociación de ideas......................

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iv. Dudas escépticas acerca de las operaciones del entendimiento

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v. Solución escéptica a estas dudas ..........

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v i i. De la idea de conexión necesaria ......

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v i i i . De la libertad y la necesidad

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i x . Sobre la razón en los animales.............

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x. De los milagros......................................

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xi. De una providencia especial y de una vida futura ..................................

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x i i . De la filosofía académica o escéptica..............................................

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213

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A D V ER TE N C IA

LA

MAYORÍA

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P R IN C IP IO S

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R A Z O N A M IE N T O S

contenidos en este tomo fueron publicados anterior­ mente en una obra de tres volúmenes titulada Tratado sobre la naturaleza humana, obra que el autor conci­ bió antes de dejar la Universidad y que redactó y publicó poco después. Sin embargo, ante su desfavo­ rable recepción, comprendió el error de haber acudi­ do con demasiada premura a la imprenta y le dio una nueva forma en los ensayos que presentamos a conti­ nuación, en los cuales algunas negligencias aparentes en sus anteriores raciocinios y especialmente en su estilo han sido, espera, corregidas. Varios de los es­ critores que han honrado la filosofía del autor con sus respuestas, han enfilado todas sus baterías contra aquel trabajo juvenil, el cual nunca fue reconocido por el autor, y pretenden triunfar usando aquella venta­ ja que imaginan han obtenido sobre él, práctica esta contraria a todas las reglas de la honestidad y de la imparcialidad, y muestra fehaciente de aquellos arti­ ficios polémicos que un celo intolerante se cree auto­ rizado a emplear. El autor desea que en lo sucesivo únicamente los ensayos presentados a continuación sean considerados como la expresión de sus senti­ mientos y principios filosóficos.

 

IN V E S T IG A C IÓ N

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E N T E N D IM IE N T O

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s e c c i ó n

i. De las diferentes clases de filosofía

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F IL O S O F ÍA

M O R A L

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C IE N C IA

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LA

NATURA-

leza humana, puede ser tratada de dos maneras diferen­ tes, cada una de las cuales tiene su peculiar mérito y puede contribuir al esparcimiento, instrucción y refor­ ma de la humanidad. La primera considera al hombre principalmente como nacido para la acción e influen­ ciado en sus criterios por el gusto y el sentimiento; busca un objeto y evita otro, según el valor que ta­ les objetos parecen tener y según el aspecto bajo el cual se presentan. Puesto que la virtud sería el más valioso de todos los objetos, quienes se dedican a esta clase de filosofía la describen en sus más favorables aspectos, apoyándose en la poesía y la elocuencia y tratando su tema de manera sencilla y evidente, tal como mejor corresponde al agrado de la imaginación y a la complacencia de los afectos. Eligen las obser­ vaciones y casos más llamativos de la vida cotidiana; contrastan apropiadamente los caracteres opuestos, e incitándonos a seguir los senderos de la virtud con visiones de gloria y felicidad, dirigen nuestros pasos en estos senderos mediante los más razonables pre­ ceptos y los más ilustres ejemplos. Nos hacen sentir la diferencia entre vicio y virtud; exaltan y regulan nuestros sentimientos y así no pueden menos que inclinar nuestros corazones al amor de la integridad

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SECCIÓN

I

3. Ciertamente, la filosofía sencilla y evidente siem­ pre tendrá, dentro del común de la humanidad, mayor acogida cpe la precisa y abstrusa y será recomenda­ da por muchos, no sólo por ser más agradable sino más útil que la segunda. Se aviene mejor a la vida co­ tidiana, moldea el corazón y los afectos; al tocar aquellos principios que mueven a los hombres a la acción, reforma su conducta y los aproxima a aquel modelo de perfección que describe. La filosofía abs­ tracta, por el contrario, al estar fundamentada en una actitud de la mente que difícilmente incide en el co­ mercio o la acción, desaparece cuando el filósofo sale de las sombras a la luz del día; tampoco consiguen sus principios ejercer mayor influencia sobre nues­ tra conducta y comportamiento. Los sentimientos de nuestro corazón, la agitación de nuestras pasiones, la vehemencia de nuestros afectos, disipan todas sus conclusiones y reducen al filósofo profundo a la con­ dición de un mero plebeyo.

4. Debemos confesar asimismo que la fama más per­ durable, así como la más justa, ha sido obtenida por la filosofía sencilla y que los razonamientos abstrac­ tos parecen haber disfrutado hasta ahora solamente de una reputación transitoria, debida al capricho o a la ignorancia de su propia época, pero no han sido capaces de obtener un reconocimiento análogo de la posteridad. Es fácil que un filósofo profundo com e­ ta un error en sus sutiles raciocinios, y un error, necesariamente engendra otro cuando se extraen sus consecuencias; la apariencia inhabitual de una con­ clusión o su contradicción con la opinión general no le impiden adoptarla, cualquiera que ésta sea. Aquel

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filósofo sin embargo, que pretende tan sólo represen­ tar el sentido común de la humanidad haciéndolo más bello y atrayente, cuando por inadvertencia comete i un error, no va más allá; al invocar de nuevo el sen­ tido común y los sentimientos naturales de la mente regresa al camino correcto y se encuentra protegido de peligrosas ilusiones. Hoy en día florece la fama de j Cicerón; la de Aristóteles, en cambio, se halla en I completa decadencia. El renombre de La Bruyere I atraviesa el océano y permanece incólume; la gloria de Malebranche, por el contrario, se halla restringi- ] da a su propio país y a su propia época. Addison, quizás, continuará siendo leído con agrado, mientras que Locke será relegado al olvido. El simple filósofo es por lo general poco aceptado j en el mundo, pues se supone que en nada contribuye al progreso o al placer de la sociedad; vive aislado del comercio con la humanidad e inmerso en principios y nociones igualmente remotos de la comprensión general. Por otra parte, el mero ignorante es aún más

despreciado; ciertam ente

nada se considera signo

más seguro de una mente limitada en una época y nación donde florecen las ciencias, que el hallarse desprovisto por completo de todo gusto por tan nobles esparcimientos. El carácter más perfecto pareciera estar entre estos dos extremos; detentaría igual ca­ pacidad y gusto por los libros, la compañía y los ne­ gocios; preservaría en la conversación aquel discernimiento y delicadeza propios de la erudición y en los negocios aquella honestidad y precisión que

resultan naturalmente de una correcta filosofía. Para difundir y cultivar una cultura semejante, nada po­ dría ser más útil que las composiciones elaboradas en

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neran, y con la fría recepción que hallarán sus pre­ suntos descubrimientos cuando sean comunicados. Sé un filósofo, pero en medio de toda tu filosofía, continúa siendo un hombre.

j . Si el común de la humanidad se contentara con pre­ ferir la filosofía sencilla a la abstracta y profunda, sin condenar o desdeñar a esta última, no sería impropio, quizás, sumarnos a esta opinión general y permitir a todo hombre disfrutar, sin oposición, su propio gusto y sentimiento. Sin embargo, como este asunto a me­ nudo se lleva más lejos, llegando incluso a un rechazo absoluto de todo razonamiento profundo, o de lo que comúnmente se denomina metafísica, procederemos ahora a considerar las razones que pueden ser aducidas a su favor. Podemos comenzar por observar una considerable ventaja que resulta de la filosofía precisa y abstracta como es su subordinación a la filosofía sencilla y huma­ na que, sin la anterior, nunca puede alcanzar un grado suficiente de exactitud en sus sentimientos, preceptos o raciocinios. Las bellas letras no son más que repre­ sentaciones de la vida humana en diferentes actitudes y situaciones y nos inspiran diversos sentimientos de elogio o censura, admiración o irrisión, según las cualidades del objeto que nos presentan. Un artista estaría mejor calificado para llevar a cabo con éxito una tarea semejante pues, además de un gusto delicado y de una rápida aprehensión, posee un conocimiento preciso de la estructura interna, de las operaciones del entendimiento, del funcionamiento de las pasiones y de las diversas especies del sentimiento que discri­ minan entre vicio y virtud. Independientemente de

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SECCIÓN

I

cuán dolorosa pueda parecer esta búsqueda o examen interior, resulta, en cierta medida, indispensable para quienes describen con éxito las apariencias externas y evidentes de la vida y costumbres. El anatomista nos presenta los objetos más horribles y desagradables, pero su ciencia es de gran utilidad para el pintor in­ cluso cuando esboza una Venus o una Helena. Mien­ tras que éste último emplea los colores más ricos de su paleta para dar a sus figuras un aspecto grácil y atrayente, debe sin embargo atender a la estructura interna del cuerpo humano, la posición de los mús­ culos, la estructura de los huesos, el uso y aspecto de toda parte u órgano. La precisión es, en todos los casos, ventajosa para la belleza, tanto como el justo razonamiento para el sentimiento delicado. En vano exaltaríamos uno de ellos si desdeñamos el otro.

Por otra parte, podemos advertir en todo arte u ofi­ cio, incluso en aquellos más directamente relaciona­ dos con la vida o la acción, que el espíritu de precisión, independientemente de cómo se adquiera, los conduce a todos más cerca de su perfección y los subordina en mayor grado a los intereses de la sociedad. Y aun cuando un filósofo pueda vivir alejado de los negocios, el genio filosófico, cuando es cultivado por muchos, debe difundirse gradualmente a través de toda la so­ ciedad y conferir una precisión análoga a todas las artes y vocaciones. El político adquirirá una mayor visión y sutileza en la división y equilibrio del poder; el abogado un mejor método y más refinados princi­ pios en sus razonamientos; el militar una mayor re ­

gularidad en su disciplina

y m ayor cautela en sus

planes y operaciones. La mayor estabilidad de los modernos gobiernos en relación con los antiguos y

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la precisión de la filosofía moderna se han obtenido a través de gradaciones semejantes y probablemente se desarrollarán aún más con el tiempo.

  • 6. Si tales estudios no generaran provecho alguno, más

allá de la gratificación de una inocente curiosidad, in­ cluso esto no debiera desdeñarse pues constituye el acceso a uno de los pocos placeres confiables e inofen­ sivos que le ha sido otorgado a la raza humana. El sen­ dero más dulce e inocuo de la vida nos conduce p o l­ las avenidas de la ciencia y del conocimiento y quien esté en condiciones, bien sea de retirar obstáculos de este camino o de abrir nuevas perspectivas, debería ser considerado como un benefactor de la humanidad. Aun cuando aquellas investigaciones puedan parecer penosas y fatigantes, sucede con algunas mentes lo mismo que con algunos cuerpos que, dotados de vi­ gorosa y floreciente salud, requieren severo ejercicio y disfrutan aquello que para la generalidad de los hombres puede parecer pesado y laborioso. La oscu­ ridad es ciertamente tan penosa para la mente como para la vista; iluminar la oscuridad, a pesar de cuan laborioso sea, traerá necesariamente deleite y rego­ cijo. Se censura empero, tal oscuridad a la filosofía pro­ funda y abstracta, no sólo por ser penosa y fatigan­ te, sino como ineludible fuente de incertidumbre y error. En efecto, la objeción más justa y plausible en contra de una parte considerable de la metafísica, reside en afirmar que no se trata propiamente de una ciencia, sino que surge, bien sea de los fútiles esfuer­ zos de la vanidad humana, cuando intenta penetrar asuntos completamente inaccesibles al entendimiento,

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I

bien sea de los artificios de la superstición popular que, incapaz de defenderse en justa lid, erige estos intrin­ cados zarzales para ocultar y proteger su debilidad. Acosados en campo abierto, los ladrones huyen a los bosques y aguardan el momento de irrumpir en cual­ quier camino desprotegido de la mente para abrumarlo con prejuicios y temores religiosos. Incluso el más fuerte antagonista es vencido, si baja la guardia por un momento; muchos, debido a su cobardía e insensatez, abren las puertas a los enemigos, dispuestos a reci­ birlos con reverencia y sumisión como si fuesen sus legítimos soberanos.

  • 7. ¿Es esta, sin embargo, una razón suficiente para

que los filósofos desistan de tales investigaciones y abandonen los terrenos conquistados a la supersti­ ción? ¿No será más apropiado extraer la conclusión contraria y advertir la necesidad de proseguir la guerra hasta los más secretos refugios del enemigo? En vano esperamos que los hombres, en razón de sus frecuentes desencantos, abandonen finalmente estas etéreas ciencias y descubran la legítima provincia de la razón humana. Pues, además de que muchos en- » cuentran un interés bien explicable en la invocación perpetua de tópicos semejantes, además, digo, el motivo de la ciega desesperación no hallará nunca un lugar en las ciencias; a pesar de los fracasos que puedan haber acompañado previos intentos, cabe esperar que la industria, la suerte o la progresiva sagacidad de posteriores generaciones logre inéditos descubrimien­ tos. Todo genio aventurero se propondrá obtener la ardua presea y se verá estimulado, más bien que desa­ nimado, por el fracaso de sus predecesores, pues es­

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pera que la gloria de culminar tan difícil aventura le esté reservada sólo a él. El único método para librar de inmediato el conocimiento de aquellas abstrusas cuestiones radica en investigar con seriedad la natura­ leza del entendimiento humano y mostrar, a partir de un análisis preciso de sus facultades y capacidad, que éstas no son en modo alguno adecuadas para tan re­ motos y abstractos temas. Debemos someternos a esta fatigosa tarea si deseamos vivir con tranquilidad en lo sucesivo; cultivar la verdadera metafísica con cautela, para destruir la falsa y adulterada. La indolen­ cia que, para algunos, suministra una protección en contra de la filosofía engañosa, en otros se encuentra superada por la curiosidad; la desesperanza que en algunos momentos prevalece, puede más tarde dar lugar a confiadas esperanzas y expectativas. La precisión y el justo razonamiento son los únicos remedios acon­ sejables, apropiados para toda persona y disposición; únicamente por su intermedio puede superarse aquella filosofía abstrusa y la jerga metafísica que, mezclada con las supersticiones populares, la hace impenetrable a los pensadores descuidados y le comunica una apariencia de ciencia y sabiduría.

  • 8. Además de la conveniencia de rechazar, tras delibe­

rado examen, la parte más incierta y desagradable del

conocimiento, el escrutinio preciso de los poderes y facultades de la naturaleza humana tendría como consecuencia otra serie de deseables ventajas. Res­ pecto de las operaciones de la mente, debe advertirse que, no obstante el sernos íntimamente presentes, cuando se constituyen en objeto de reflexión parecen envueltas en la mayor oscuridad; tampoco podemos

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SECCIÓN

I

descubrir con facilidad aquellas líneas y límites que las diferencian y distinguen. Los objetos son dema­ siado sutiles para conservar durante mucho tiempo el mismo aspecto o situación y deben ser aprehendidos en un instante por medio de una intuición superior, derivada de la naturaleza y perfeccionada por el hábito y la reflexión. Resulta entonces que parte consi­ derable de la ciencia residiría sencillamente en conocer las diferentes operaciones de la mente, distinguir unas de otras y clasificarlas de manera adecuada para corre­ gir aquel aparente desorden que las rodea cuando se constituyen en objeto de reflexión e investigación. Este propósito de ordenamiento y discriminación, que carece de todo mérito cuando se aplica a los cuerpos extensos, objeto de nuestros sentidos, adquiere un valor superior cuando se dirige a las operaciones de la mente, en proporción a la dificultad y aprietos que enfrentamos en su realización. Aunque no fuésemos más allá de esta geografía mental o delineamiento de las diversas partes y facultades de la mente, llegar tan lejos constituye en sí mismo una satisfacción; en cuanto más evidente parezca esta ciencia (y no lo es en absoluto), más despreciable será su ignorancia en quienes pretenden dominar el conocimiento y la filosofía. Tampoco cabe sospechar que esta ciencia sea in­ cierta y quimérica, a menos de suscribir un escepti­ cismo tal que subvirtiese toda especulación e incluso la acción. Es indudable que la mente está dotada de varios poderes y facultades, que estos poderes se diferencian entre sí, que lo que es realmente distinto para la percepción inmediata puede ser distinguido por la reflexión; por consiguiente, todas las proposiciones

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sobre este asunto han de ser verdaderas o falsas, verdad y falsedad que no sobrepasan el ámbito del conocí- f miento humano. Hay muchas distinciones evidentes ' de este tipo, tales como aquella entre la voluntad y | el entendimiento, la imaginación y las pasiones, que i caen dentro de la comprensión de todo ser humano; las distinciones más sutiles y filosóficas no son me- J nos reales y ciertas, aun cuando sean más difíciles de comprender. Algunos casos, en particular casos re­ cientes de éxito en estas investigaciones, pueden darnos una mejor idea de la certeza y solidez de esta rama del conocimiento. Y ¿no habremos de estimar valiosa la tarea de un filósofo que nos suministre un sistema verdadero de los planetas y formule la posi­ ción y orden de estos remotos cuerpos, mientras fingi­ mos ignorar a quienes, con igual éxito, describen las partes de la mente, que tan íntimamente nos concier­ nen?

  • 9. ¿No podríamos esperar que la filosofía, cultivada

con cuidado y animada por la atención del público, pueda llevar sus investigaciones aún más allá y descu­ bra, al menos en cierto grado, los resortes y principios secretos que mueven a la mente en sus operaciones? * Durante largo tiempo, los astrónomos se han confor- , j mado con demostrar, a partir de los fenómenos, los verdaderos movimientos, orden y magnitud de los cuerpos celestes. Surgió, finalmente, un filósofo que, al parecer, a partir de un razonamiento feliz, determinó

asimismo las leyes y fuerzas que gobiernan y dirigen las revoluciones de los planetas. Análogas realizaciones han sido efectuadas respecto de otras partes de la na­ turaleza. Hay buenas razones, entonces, para esperar '

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aproximarse en mayor grado estas ciencias a su p e r-B fección. Renunciar de inmediato a toda pretensión M de este tipo puede ser legítimamente considerado* más temerario, precipitado y dogmático que la m ásII audaz y afirmativa filosofía que haya intentado nunca imponer sus burdos dictámenes y principios sobre la humanidad.

  • 10. Y si bien tales razonamientos concernientes a la

naturaleza humana parecen abstractos y de difícil comprensión, ello no permite suponer su falsedad. Por el contrario, parece imposible que lo que hasta el momento ha escapado a sabios y profundos filósofos pueda ser sencillo y evidente. A pesar de lo penosas que nos resulten estas investigaciones, nos sentiremos ' suficientemente recompensados no sólo respecto de su provecho sino del placer que ocasionan, si por su intermedio acrecentamos nuestro cuerpo de cono­ cimientos en asuntos de tan inefable importancia. Después de todo, el carácter abstracto de estas especulaciones no constituye una recomendación sino más bien un inconveniente y como tal dificultad qui­ zás pueda ser superada mediante arte y cuidado al evi­ tar todo detalle innecesario, hemos intentado, en la i siguiente investigación, arrojar alguna luz sobre te­ mas cuya incertidumbre ha desalentado hasta ahora a los sabios y ha producido oscuridad en los ignoran - tes.

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ii.

Del origen de las ideas.

i i . Todos concederán sin dificultad que existe una diferencia considerable entre las percepciones de la mente cuando sentimos dolor o calor excesivo, o el placer de una tibieza moderada, y cuando más tarde recordamos estas sensaciones o las anticipamos con la imaginación. Tales facultades pueden imitar o copiar la percepción de los sentidos, pero no consiguen nunca por completo la fuerza y vivacidad del sentimiento original. Lo más que podemos decir de ellas, incluso cuando operan con el mayor vigor, es que represen­ tan su objeto de manera tan ví\ ida que podríamos decir que casi lo percibimos o lo vemos. Sin embargo, con excepción de aquellos casos en que la mente se halla perturbada por la enfermedad o la locura, nunca alcanzan tal grado de vivacidad que haga indiscernibles tales percepciones. Todos los colores de la poesía, aun cuando sean espléndidos, no pueden representar nunca los objetos naturales de tal manera que su des­ cripción pueda ser tomada por un paisaje real. El más vivido pensamiento es inferior a la más opaca de las sensaciones. Podemos observar que una distinción análoga re­ corre todas las demás percepciones de la mente. Un hombre poseído por la ira es movido de manera muy diferente de quien sólo piensa en tal emoción. Si se me di/e que alguna persona está enamorada, compren­ do con facilidad el significado y me formo una con­ cepción correcta de su situación; sin embargo, nunca podría confundir, tal concepción con los desórdenes y agitación reales de la pasión. Cuando reflexionamos

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sobre nuestros sentimientos y afecciones pasados, nuestro pensamiento es un fiel espejo y copia sus objetos con exactitud; no obstante, los colores que emplea son débiles y opacos en comparación con los que revestían nuestras percepciones originales. No es indispensable un sutil discernimiento ni una dis­ posición metafísica para advertir la diferencia entre ambos.

i 2. Podemos entonces dividir todas las percepciones de la mente en dos clases o especies que se distinguen entre sí por sus diferentes grados de fuerza y vivaci­ dad. Las menos fuertes y vivaces se denominan común­ mente pensamientos o ideas. La otra especie precisa de un nombre en nuestra lengua y en la mayoría de ellas debido, supongo, a que no era necesario clasificarlas bajo un término o apelación general, excepto para propósitos filosóficos. Por consiguiente, nos lomare­ mos la libertad de llamarlas impresiones, empleando esta palabra en un sentido algo diferente del habitual. Por el término impresión me refiero, entonces, a todas nues­ tras percepciones más vividas, cuando escuchamos, vemos, sentimos, amamos, odiamos, queremos o de seamos. Las impresiones se distinguen de las ideas en que éstas son percepciones menos vividas, de las que somos conscientes cuando reflexionamos sobre cual­ quiera de las sensaciones o movimientos antes men­ cionados.

13 .

Nada, a primera vista, parece más ilimitado que

el pensamiento del hombre, pues no sólo escapa a todo poder y autoridad humanos, sino que no se lla­ lla restringido siquiera a los límites de ia naturaleza

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I

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II

V de la realidad. Crear monstruos y conjugar formas y apariencias incongruentes no le cuesta a la imagina­ ción mayor dificultad que concebir los más naturales y familiares objetos. Y mientras que el cuerpo se encuentra confinado a un planeta, sobre el cual se arrastra con dolor y esfuerzo, el pensamiento puede en un instante transportarnos a las más distantes re ­ giones del universo e incluso, más allá del universo, al caos ilímite donde la naturaleza presuntamente permanece en total confusión. Lo que nunca ha sido visto o escuchado puede sin embargo ser concebido; tampoco hay nada que se encuentre fuera del alcance del pensamiento, excepto aquello que implique una absoluta contradicción. No obstante, aun cuando nuestro pensamiento parezca detentar esta ilimitada libertad encontramos, al examinarlo más de cerca, que en realidad se halla confinado a límites muy estrechos y que todo este poder creativo de la mente se reduce a la facultad de combinar, transponer, aumentar o disminuir los mate­ riales que nos suministran los sentidos y la experiencia. Cuando pensamos en una montaña dorada, sólo uni­ mos dos ideas consistentes, la de oro y la de montaña, que de antemano conocíamos. Un caballo virtuoso es concebible porque, a partir de nuestros propios sen­ timientos, podemos concebir la virtud; ésta a su vez puede ser unida a la figura y forma de un caballo, animal que nos es familiar. En síntesis, todos los materiales del pensamiento derivan bien sea de nuestro sentimiento externo o del ínter: :o: la combinación y composición de éstos pertenece únicamente a la mente y a la voluntad. O bien, para expresarme en lenguaje filosófico, todas nuestras ideas o percepciones

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HUME

más débiles son copias de nuestras impresiones o percepciones más vividas.

  • 14. Para demostrar lo anterior, confío que los dos ar­

gumentos que presento a continuación serán suficien­

tes. En prim er lugar,

cuando analizamos nuestros

pensamientos o ideas, independientemente de cuán compuestos o sublimes sean, encontramos siempre que remiten a aquellas ideas simples que copiamos de una sensación o sentimiento precedente. Incluso aquellas ideas que a primera vista parecen tener un origen más amplio, se revelan a un escrutinio más detallado como derivadas de él. La idea de Dios, en el sentido de un Ser infinitamente inteligente, sabio y bueno surge de la reflexión sobre las operaciones de nuestra propia mente que aumenta, en forma ilimita­ da, las cualidades de bondad y de sabiduría. Podemos proseguir esta investigación tanto como lo deseemos y hallaremos siempre que toda idea examinada es copia de una impresión similar. Quienes afirmaran que esta proposición no es universalmente verdadera o sin excepción, disponen de un único y sencillo méto­ do para refutarla: producir una idea que, en su opinión, no derive de esta fuente. A nosotros nos incumbirá entonces, si deseamos mantener esta doctrina, pro­ ducir la impresión o percepción vivida que le corres-

  • 1 En segundo lugar, si debido al defecto de uno de sus órganos, sucedc que un hombre no sea suscepti­

ble de ninguna especie de sensación, hallaremos siempre que tampoco es susceptible de concebir las correspondientes ideas. Un dego no puede formarse

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al mismo tiempo, se asemejan entre sí. Ahora bien, si lo anterior puede afirmarse de diversos colores, de igual forma sucederá con las diversas tonalidades de un mismo color; cada tonalidad producirá una idea distinta, independiente de las demás. Pues si se ne­ gara esto sería posible, debido a la gradación conti­ nua de las tonalidades, que un color se convierta insensiblemente en lo que está más alejado de él; y si no se admite que alguno de los medios sea diferente, no es posible, sin incurrir en un absurdo, negar que los extremos sean iguales. Supongamos, por consi­ guiente, que una persona ha disfrutado de su vista durante treinta años y se ha familiarizado perfec­ tamente con todo tipo de colores con excepción, por ejemplo, de una tonalidad particular del azul. Supon­ gamos también que todas las diferentes tonalidades de este color, con excepción únicamente de aquella en particular, le son presentadas en una gradación des­ cendente, desde las más oscuras hasta las más claras; es evidente que percibirá un vacío allí donde (alta la tonalidad y advertirá que hay en aquel lugar una distan­ cia mayor entre los colores contiguos. Me pregunto, entonces, ¿será posible para esta persona, con su propia imaginación, suplir esta deficiencia y hacer surgir la idea de esta particular tonalidad, aunque nunca le haya sido presentada por los sentidos? Creo que sólo unos pocos rechazarán la idea de que pue­ de hacerlo y esto serviría como prueba de que las ideas simples no siempre, ni en todos los casos, de­ rivan de la correspondiente impresión; aun cuando este caso es tan peculiar que apenas merece ser obser­ vado y menos aún el que en razón de él modifiquemos nuestra máxima general.

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i 7. Tenemos entonces una proposición que no sólo parece en sí misma simple e inteligible, sino que de hacer buen uso de ella, puede comunicar análoga inteligibilidad a toda disputa y eliminar aquella jerga que durante tanto tiempo se ha apoderado de los razo­ namientos metafísicos y atraído críticas sobre ellos. Todas las ideas y en especial las ¡deas abstractas, son por naturaleza débiles y oscuras; la mente sólo las capta débilmente y son susceptibles de ser confundidas con otras ideas similares; cuando hemos empleado con frecuencia cualquier término sin un significado de- iterminado, tendemos a imaginar que hay una idea determinada asociada con él. Por el contrario, todas las impresiones, esto es, todas las sensaciones, exter­ nas o internas, son fuertes y vividas: sus límites están determinados con mayor exactitud y no resulta fácil ,cometer errores o equivocaciones respecto de ellas. Por ende, cuando abrigamos la sospecha de que un tér­ mino filosófico o idea es empleado sin significado (co- ,mo muy a menudo sucede), basta con preguntarnos ¿de qué impresión deriva esta presunta idea? Y si resulta im­ posible designar alguna, esto servirá para confirmar nuestra sospecha. Al colocar nuestras ideas bajo una luz semejante, es razonable esperar la eliminación de toda disputa que pueda surgir en lo tocante a su na­ turaleza y realidad'.

  • 1. Es probable que quienes niegan las ideas innatas se hayan li­

mitado a afirm ar que todas nuestras ideas son copias de nuestras

impresiones; aun cuando debemos confesar que los términos que cilos han em pleado no fueron elegidos con la cautela necesaria, ni fueron definidos con tal exactitud que previnieran los errores acerca de su doctrina. Pues ¿qué signilica innato? Si innato debe ser entendido com o equivalente a natural, entonces todas las

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percepciones c ideas de la m ente deben ser calificadas de innatas

o naturales, en cualquier sentido de este últim o térm ino, por

 

oposición a lo inhabitual, artificial o m ilagroso.

Si por innato

 

entendem os contem poráneo con nuestro nacim iento, la disputa

parecería trivial;

investigar en qué m om ento com enzam os a pen­

sar, si antes, en

o después de nacer es igualm ente ocioso. De

nuevo, la palabra idea parece ser tomada hahitualmente en ur.

 

sentido muy am plio por parte

de Locke y de otros autores, pues

designa cualquiera de nuestras percepciones, sensaciones y pasio­

nes asi com o nuestros pensamientos. En este sentido, desearía sa­ ber ¿qué puede significar la afirmación de que el amor de sí, el resentimiento o la pasión entre los sexos no son innatos?

Sin em bargo, al

adm itir estos térm inos, impresiones e ideas,

en el

'

sentido anteriorm ente explicado y entender por innato lo que es

original o no copiado

de una percepción precedente,

podem os

afirm ar entonces que todas nuestras im presiones son innatas y nuestras ideas no lo son. Para ser sincero, debo confesar que en mi opinión Locke fue trai­ cionado en el tratamiento de este problem a por ios escolásticos. quienes, al hacer uso de térm inos indefinidos, alargan tediosamente sus disputas sin tocar nunca el asunto central. Aná­ logas ambigüedades y circunloquios parecen recorrer los razo­ namientos de este filósofo, tanto en lo referente a esta cuestión com o a muchas otras.

 

*

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SECCIÓN

III

s e c c i ó n

iii. De la asociación de ideas.

1 8. Es evidente que existe un principio de conexión entre los diferentes pensamientos o ideas de la mente y que, al presentarse a la memoria o a la imaginación, su aparición sigue cierto método o regularidad. En nuestros pensamientos o discursos más serios puede advertirse que cualquier pensamiento particular que rompa el decurso normal o el encadenamiento de las ideas es identificado y rechazado de inmediato. Incluso en nuestras más fantásticas y delirantes ensoñaciones, más aún, en nuestros propios sueños encontramos, al reflexionar sobre ellos, que Ja imaginación no discu­ rre por completo a la ventura, sino que establece cierta conexión entre las diversas ideas que se suceden unas a otras. Si se transcribiera la conversación más vaga y ¡ibre, se observaría de inmediato algo que conecta todas las transiciones contenidas en ella. Al no hallar­ lo, la persona que rompe el hilo del discurso podría informarnos acerca de la sucesión de pensamientos que, girando en secreto en su mente, lo desviaron gra­ dualmente del tema de conversación. Entre diferen­ tes lenguas, incluso allí donde no podemos sospechar la existencia de conexión o comunicación alguna, aque­ llas palabras que expresan ideas, aún las más comple­ jas, se corresponden internamente: prueba derta de que las ideas simples, comprendidas en las complejas, se hallan vinculadas por algún principio universal que in­ fluye por igual sobre toda la humanidad.

19. Aun cuando sea demasiado evidente para escapar a la observación el que ideas diferentes se encuentran

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interconectadas, no he advertido que filósofo alguno haya intentado enumerar o clasificar todos los princi­ pios de asociación; asunto, sin embargo, digno de cu­ riosidad. En mi concepto parece haber sólo tres principios de conexión de ideas, a saber, Semejanza, Contigüidad en el tiempo o el espacio y Causa y Efecto. Que estos principios se emplean para conectar ideas no será, creo, puesto en duda. Un retrato con­ duce naturalmente nuestros pensamientos hacia el original1: la mención de un apartamento en un edifi­ cio induce naturalmente una investigación o discurso acerca de los otros'; si pensamos en una herida, difí­ cilmente podemos impedirnos reflexionar acerca del dolor que la acompaña4. No obstante, el que esta enumeración sea completa y que no haya otros prin­ cipios de asociación excepto los mencionados puede ser difícil de probar a satisfacción del lector o incluso a satisfacción del propio autor. Todo lo que podemos hacer en casos semejantes es considerar varios de ellos y examinar con detenimiento el principio que vincula entre sí los pensamientos, sin detenernos hasta conseguir que el principio resulte tan general como sea posible5. Cuantos más casos examinemos y más cuidadosos seamos, mayor certeza tendremos de que la enumeración total es completa y definitiva.

  • 2. Semejanza.

  • 3. Contigüidad.

  • 4. Causa y efecto.

Por ejem plo, contraste o contrariedad son también conexio­ nes de ideas, pero quizás puedan ser considerados com o una m ez­ cla de causa y semejanza. Cuando dos objetos son contrarios, el uno destruye al otro; esto es, la causa de la aniquilación y la idea de la aniquilación de un objeto implican la idea de su previa existencia.

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iv. Dudas

escépticas acerca de las

operaciones del entendimiento.

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2 0. Todos los objetos de la razón o investigación hu­ manas pueden ser divididos naturalmente en dos cla­ ses, a saber, Relaciones de ideas y Cuestiones de hecho. Del primer tipo son las ciencias de la geometría, el álgebra y la aritmética y, en síntesis, toda afirmación intuitiva o demostrativamente verdadera. Que el cuadra­ do de la hipotenusa es igual al cuadrado de los dos lados, es una proposición que expresa una relación entre estas figuras. Que tres veces cinco es igual a ¡a mitad de treinta expresa una relación entre estos números. Las pro­ posiciones de este tipo pueden ser descubiertas por Ja sola operación del pensamiento, con independen­ cia de lo que exista en el universo. Aun cuando no existan un círculo o un triángulo en la naturaleza, las verdades demostradas por Euclides conservan para siempre su certeza y evidencia.

2 1 . Las cuestiones de hecho, que constituyen el se­ gundo tipo de objeto de la razón humana, no son descubiertas de la misma manera; la evidencia que tenemos de su verdad, así sea muy grande, tampoco es de la misrna naturaleza de las anteriores. Lo contra­ río de cualquier cuestión de hecho es siempre posible, pues nunca puede implicar una contradicción y es concebido por la mente con la misma facilidad y dis­ tinción, como si pudiese siempre conformarse con la realidad. El sol no saldrá mañana no es una proposi­

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ción menos inteligible y no implica mayor contradic­ ción que la aserción saldrá mañana. Por ende, en vano intentaríamos demostrar su falsedad. Si fuese demos­ trativamente falsa, implicaría una contradicción y nunca podría ser concebida por la mente como dis­ tinta. Puede, por consiguiente, ser objeto digno de cu­ riosidad el inquirir acerca de la naturaleza de aquella evidencia que nos asegura cualquier existencia real y fáctica, más allá del testimonio actual de nuestros sentidos o los registros de nuestra memoria. Debe­ mos señalar que esta parte de la filosofía ha sido poco cultivada, tanto por parte de los antiguos como de los modernos; por ende, nuestras dudas y errores en la prosecución de una investigación de tal importancia, habrán de ser más excusables, puesto que avanzamos por senderos difíciles sin guía ni orientación. Incluso pueden resultar útiles, al excitar la curiosidad y des­ truir aquella fe y seguridad implícitas que constituyen la ruina de todo razonamiento y libre investigación. El descubrimiento de las deficiencias de la filosofía común, si existen, supongo no será desalentador sino, por el contrario, un estímulo, como es habitual, para intentar algo más completo y satisfactorio de lo ofre­ cido hasta ahora al público.

  • 22. Todos los razonamientos acerca de las cuestiones

de hecho parecen estar fundamentados en la relación de causa y efecto. Sólo por medio de tal relación po­ demos ir más allá de la evidencia suministrada por nuestros sentidos y nuestra memoria. Si preguntáse­ mos a un hombre por qué cree en cualquier cuestión de hecho que no esté presente, por ejemplo, que su

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IV

amigo se halla en el campo o en Francia, nos ciaría una razón; esta razón sería a su vez otro hecho: una carta enviada por su amigo o bien el conocimiento de sus anteriores decisiones y promesas. El hombre ijue halla un reloj o cualquier otra máquina en una isla desierta concluiría que alguna vez estuvo habita­ da. Todos nuestros raciocinios acerca de lo láctico son de la misma naturaleza. En ellos suponemos constantemente que hay una conexión entre el hecho presente y lo que se infiere de él. Si nada los uniese, lá inferencia sería completamente precaria. Escuchar una voz articulada y, un discurso racional en la oscu­ ridad nos asegura la presencia de una persona. ¿Por qué? Porque estos son electos de producción y fabri­ cación humana, íntimamente asociados con ella. Si analizamos todos los otros razonamientos de esta na­ turaleza, encontraremos que se basan en la relación de causa y efecto y que tal relación es o bien cercana ‘o remota, directa o colateral. El calor y la luz son efectos colaterales del fuego y uno de ellos puede ser correctamente inferido del otro.

2 3. Por ende, si respecto de la naturaleza de esta evi­ dencia nos contentáramos con que garantizara las cues­ tiones de hecho, deberíamos entonces preguntarnos cómo llegamos al conocimiento de causas y efectos. Me atrevo a afirmar, como proposición general que no admite excepción alguna, cjue el conocimiento de esta relación en ningún caso se obtiene por razona­ mientos a priori, sino que surge enteramente de la experiencia, cuando descubrimos que algunos obje­ tos particulares se hallan constantemente vinculados entre sL Supongamos que se presenta un objeto a un

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hombre dotado de la más poderosa razón y habilida­ des naturales; si tal objeto es completamente nuevo para él será incapaz, después de practicar el más mi­ nucioso examen de sus propiedades sensibles, de des­ cubrir ninguna de sus causas o efectos. Debemos suponer que las facultades naturales de Adán eran en un comienzo enteramente perfectas; sin embargo, no hubiera podido inferir de la fluidez y transparencia del agua que ésta lo ahogarla, como tampoco de la luz y calor del fuego que éste lo consumiría. Ningún objeto revela, por las cualidades que aparecen a los sentidos, ni las causas que lo produjeron ni los efec­ tos que pueden surgir de él; tampoco puede nuestra razón, sin ayuda de la experiencia, hacer inferencias relativas a la existencia real ni a cuestiones de hecho.

  • 24. La proposición, las causas y los efectos son descubiertos

por la experiencia y no por la razón, será fácilmente ad­ mitida respecto de aquellos objetos que recordamos haber sido alguna vez completamente desconocidos para nosotros, pues somos conscientes de que ado­ lecemos en este caso de una absoluta incapacidad para predecir qué se derivaría de ellos. Si se presentan dos trozos lisos de mármol a una persona que no tiene atisbos de filosofía natural, nunca descubrirá que se adhieren el uno al otro de tal manera que exigirán gran fuerza para separarlos en línea recta ni que, por el contrario, presentan muy poca resistencia a la pre­ sión lateral. Respecto de este tipo de acontecimien­ tos, en cuanto guardan poca analogía con el decurso habitual de la naturaleza, se admite con facilidad que únicamente son conocidos por experiencia; tampo­ co imagina nadie que la explosión de la pólvora o la

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atracción del imán hubieran podido ser descubiertos mediante argumentos a priori. De igual manera, cuan­ do se supone que un efecto depende de una intrincada maquinaria o de la secreta estructuración de sus par­ tes, admitimos sin dificultad que nuestro conocimiento de él depende exclusivamente de la experiencia. ¿Quién puede jactarse de explicar por qué la leche o el pan spn alimentos adecuados para el hombre y no para un león o un tigre? Sin embargo, la misma verdad puede no tener, a primera vista, la misma evidencia respecto a aquellos acontecimientos que nos resultan familiares desde nuestra llegada al mundo, guardan cercanas analogías con el decurso de la naturaleza y parecieran depender de las propiedades simples de los objetos, sin referen­ cia a la estructura secreta de sus partes. Tendemos a imaginar que podríamos descubrir estos efectos ex­ clusivamente mediante las operaciones de la razón, prescindiendo de la experiencia. Suponemos que si llegáramos de improviso a este mundo, podríamos haber inferido de inmediato que una bola de billar le comunicaría movimiento a otra al impulsarla; que no hubiera sido preciso esperar a que ocurriera el evento para pronunciarnos con certeza acerca de él. Tal es la influencia de la costumbre que allí donde se ejerce con más fuerza, no sólo oculta nuestra natural ignorancia sino que incluso se encubre a sí misma y pareciera desvanecerse precisamente cuando encuentra su máxima expresión.

. No obstante, para convencernos de que todas las leyes de la naturaleza y todas las operaciones de los cuerpos sin excepción nos son conocidas únicamente

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movimiento de la segunda bola me fuese sugerido accidentalmente como resultado de su contacto o impulso, ¿no podría acaso concebir cientos de acon­ tecimientos diferentes que podrían seguirse de la misma causa? ¿No podrían ambas bolas permanecer <-n absoluta inercia? ¿No podría la primera regresar en línea recta o rebotar en cualquier sentido o direc­ ción? Todas estas suposiciones son coherentes y concebibles. ¿Por qué entonces debiéramos preferir una de ellas, si no es más coherente o concebible que las demás? Ninguno de nuestros razonamientos a priori podrá mostrarnos jamás el fundamento de una preferencia semejante. En una palabra, entonces, cada efecto constituye un acontecimiento diferente de su causa. No podría 'entonces, ser descubierto en ella y la invención inicial o concepción del mismo a priori ha de ser enteramen­ te arbitraria. Incluso después de ser sugerida, la con­ junción del efecto con la causa parecerá igualmente arbitraria, pues hay siempre muchos otros efectos que, para la razón, serán tan coherentes y naturales como aquellos. En vano pretenderemos determinar ningún acontecimiento particular, o bien inferir una causa o efecto, sin ayuda de la observación y de la experiencia.

  • 26. Descubrimos entonces la razón por la cual ningún

filósofo racional y modesto, ha pretendido asignar la causa última de ninguna operación natural, ni mostrar con claridad la acción de aquel poder que produce un efecto particular en el universo. Se admite que el máximo esfuerzo de la razón humana es el de reducir los principios causantes de los fenómenos naturales a

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una m ayor simplicidad, y subsumir los múltiples efectos particulares a unas pocas causas generales, mediante razonamientos por analogía, experienc ia y observación. En cuanto a las causas de estas causas generales, no obstante, intentaríamos en vano des­ cubrirlas, así como tampoco podremos nunca darnos por satisfechos por la explicación ofrecida a partir de ellas. Estos últimos resortes y principios se encuen­ tran completamente vedados a la curiosidad e inves­ tigación humanas. La elasticidad, la gravedad, la cohesión de las partes, la comunicación del movi­ miento por el impulso; tales son probablemente las causas y principios últimos que nos es dado descubrir en la naturaleza y debemos darnos por satisfechos si, mediante investigaciones y razonamientos precisos, conseguimos rem itir los fenómenos particulares 'a estos principios generales o al menos aproximarlos a ellos. La más perfecta filosofía natural sólo difiere nuestra ignorancia por un tiempo, así como quizás la más perfecta filosofía de tipo moral o meta físico sirve únicamente para descubrir cuán vasta es nuestra ig­ norancia. La observación de la ceguera y debilidad humanas es el resultado de toda filosofía y nos con­ fronta a cada paso, a pesar de nuestros esfuerzos por eludirla o evitarla.

  • 27. Tampoco la geometría, cuando se apoya en la fi­

losofía natural, está en condiciones de remediar este defecto o de conducirnos al conocimiento de las causds últimas, mediante aquella exactitud del razonamien­ to por la que en justicia se la alaba. Toda parte de la matemática aplicada procede sobre la suposición de

que ciertas leyes han sido establecidas por la natura­

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II

  • 28. No hemos llegado aún, empero, a una solución

aceptable acerca del asunto inicialmente enunciado. Cada solución hace surgir un nuevo interrogante tan difícil como el anterior y nos conduce a posteriores

investigaciones. Cuando preguntamos, ¿cuál es la naturaleza de todos nuestros razonamientos ifferca de las

cuestiones de hecho?, la respuesta apropiada parece ser que están fundados en la relación de causa y efecto. Cuando preguntamos de nuevo, ¿cuál es el fundamento de todos nuestros razonamientos y conclusiones acerca de esta relación? puede responderse con una sola palabra:

la experiencia. Si continuamos en un talante inquisi­ tivo y nos preguntamos, ¿cuál es el fundamento de todas las conclusiones extraídas de la experiencia? la respues ta implica un nuevo interrogante cuya solución y expli­

cación quizás sean más difíciles. Aquellos filósofos que se dan aires de superior sabiduría y suficiencia, enfrentan una dura tarea cuando encuentran personas de disposición inquisitiva que los acosan en todos los rincones donde buscan refugio y están seguros de conducirlos finalmente a algún peligroso dilema. El m ejor expediente para evitar esta confusión es el de ser modestos en nuestras pretensiones e incluso descubrir por nosotros mismos la dificultad antes de que se nos objete. De esta manera, podemos con­ ferir una especie de m érito a nuestra propia igno­ rancia. En esta sección me contentaré con una sencilla ta­ rea pues intentaré dar una respuesta exclusivamente negativa a la pregunta formulada. Digo, entonces, que incluso después de tener experiencia de las operacio­

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nes de causa y efecto, lo que concluimos de tal expe­ riencia no está fundamentado en el razonamiento ni en proceso alguno del entendimiento. Nos esforzaremos ahora por explicar y defender esta respuesta.

  • 29. Ciertamente, debe concederse que la naturaleza

nos ha mantenido bien alejados de todos sus secretos, suministrándonos tan sólo el conocimiento de unas pocas propiedades superficiales de los objetos, mien­ tras que nos oculta aquellos poderes y principios de los que dependen en su totalidad la influencia de ta­ les objetos. Nuestros sentidos nos informan sobre el color, peso y consistencia del pan; pero ni los senti­ dos ni la razón pueden informarnos acerca de aquellas propiedades que lo hacen apropiado como alimento rx sustento de un cuerpo humano. La vista y el tacto nos transmiten una idea del movimiento efectivo de los cuerpos; respecto de aquella maravillosa fuerza o poder que mantendría por siempre un cuerpo en .movimiento en un continuo desplazamiento y que los cuerpos sólo pierden al transmitirla a otros, de esto, sin embargo, no podemos formarnos la más remota idea. No obstante, a pesar de esta ignorancia de los poderesh y principios naturales, presumimos siem­ pre, cuando vemos propiedades sensibles análogas, que obedecen a principios secretos similares y espe­ ramos que ciertos efectos, semejantes a los que hemos experimentado, se sigan de ellas. Si se nos presenta un cuerpo de color y consistencia similares a los del

6 .

La palabra poder se

utiliza aquí en un sentido amplio y popu­

lar. Una explicación más exacta de misma suministraría pruebas Adicionales en favor de este argum ento. Véase Sección v il.

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¡¡or efectos similares. Concederé, si se desea, que una proposición pueda ser correctamente inferida de la otra; sé, en efecto, que siempre se infiere de ella. No obstante, si se ha de insistir en que la inferencia obe­ dece a una cadena de razonamiento, desearía que se me mostrara tal razonamiento. La conexión entre estas proposiciones no es intuitiva. Es necesario que haya una proposición intermedia que permita a la mente realizar una inferencia semejante, si en efec­ to lo hace mediante razonamiento y argumentación. Debo confesar que determinar cuál pueda ser esta proposición intermedia excede mi comprensión; corresponde presentarla a quienes afirman que real­ mente existe y que constituye el origen de todas nuestras conclusiones acerca de cuestiones de hecho.

  • 30. Este argumento negativo resultará ciertamente,

con el transcurso del tiempo, por completo convin­ cente, si muchos sagaces y hábiles filósofos dirigieran en este sentido sus investigaciones y nadie fuese capaz de descubrir una proposición conectiva o paso inter­ medio que apoyara la comprensión de esta conclu­ sión. Siendo el asunto todavía novedoso, es posible que cada lector no confíe de tal manera en su propia inteligencia como para concluir que, por el hecho de

que un argumento escape a su examen, no existe en­ tonces realmente. Por esta razón, quizás sea preciso aventurarnos en una tarea más difícil, como sería la de enumerar todas las ramas del conocimiento humano para mostrar que ninguna de ellas podría suministrar Un argumento semejante. ’ Todo razonamiento puede ser probada en dos clases: el razonamiento demostrativo que concierne

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a la relación entre ideas, y el razonamiento moral, referente a cuestiones de hecho y existencia. Es evi­ dente que respecto del asunto de que nos ocupamos no puede haber razonamientos demostrativos, pues no implica contradicción alguna el que el curso de la naturaleza pueda variar, ni que un objeto, aparente­ mente similar a aquellos de los que hemos tenido experiencia, pueda acompañarse de efectos diferen­ tes o contrariosr ¿No sería posible que conciba clara y distintamente que un cuerpo que cae de las nubes y que en todo otro respecto se asemeja a la nieve, tenga sin embargo el sabor de la sal y la consistencia del fuego? ¿Habrá una proposición más inteligible que aquella según la cual todos los árboles florecerán en diciembre y enero y se marchitarán en mayo y ju­ nio? Ahora bien, todo cuanto es inteligible y puede ser concebido distintamente no implica contradicción y su falsedad nunca puede ser probada por un razonamiento demostrativo o por un razonamiento abstracto a priori. Si, por consiguiente, hay una argumentación que nos comprometa a confiar en la experiencia pasada y a hacer de ella una norma para nuestro juicio futuro, estos argumentos deben ser sólo probables, o relati­ vos a cuestiones de hecho y de existencia real, según la división arriba establecida. No obstante, si nues­ tra explicación de esta especie del razonamiento se admite como sólida y satisfactoria, debe resultar evi­ dente que no hay un argumento semejante. Hemos dicho que todos los argumentos relativos a la existen­ cia se fundamentan en la relación de causa y efecto; que nuestro conocimiento de esta relación se deriva por entero de la experiencia, y que todas nuestras conclusiones experienciales proceden bajo el supues­

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Ahora bien, ¿dónde está aquel proceso de razona­ miento que, a partir de un caso particular, extrae y na conclusión tan disímil de la que se infiere de cientos de casos que en nada difieren del primero? Formulo este interrogante tanto en aras de informarme como con la intención de proponer dificultades. No puedo hallarlo, ni tampoco imaginar un razonamiento se­ mejante. Sin embargo, mantengo mi mente abierta a la instrucción si alguien desea otorgármela.

3 2. Debiéramos decir entonces que a partir de m úl­ tiples experiencias uniformes, inferimos una conexión entre las propiedades sensibles y los poderes secretos; lo anterior, debo confesarlo, parece ofrecer la misma dificultad formulada en otros términos. La pregunta surge de nuevo: ¿en qué proceso argumentativo se fundamenta entonces tal inferencia? ¿Dónde está el término medio, la idea interpuesta que nos permite unir proposiciones tan alejadas entre sí? Se admite que el color, la consistencia y otras propiedades sen­ sibles del pan no parecen, por sí mismas, guardai conexión alguna con los poderes secretos de nutrición y sustento, pues de lo contrario podríamos inferir ta­ les poderes secretos de la primera aparición de estas propiedades sensibles, sin ayuda de la experiencia, en oposición al sentir de todos los filósofos y a la llana cuestión de hecho. Encontramos así nuestro estado de natural ignorancia respecto de los poderes e influen­ cia de todos los objetos. ¿Cómo puede la experiencia suplir una ignorancia semejante? La experiencia nos muestra tan sólo una serie de efectos uniformes pro - ducidos por ciertos objetos, y nos enseña que estos objetos particulares, en un momento determinado,

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se hallaban investidos de tales poderes y fuerzas. Cuando se nos presenta un nuevo objeto, revestido de propiedades sensibles similares, esperamos análo­

gos poderes y fuerzas y buscamos un efecto similar.

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un cuerpo de análogo color y consistencia a los

del pan esperamos alimento y sustento. No obstante, se trata ciertamente de un paso o progresión de la

mente, menesteroso de explicación. Cuando alguien afirma He encontrado en todas las ocasiones pasadas tales propiedades sensibles en conjunción con tales poderes secretos, y afirma luego, Las propiedades sensibles similares se ha­ llarán siempre en conjunción con similares poderes secretos,

no incurre en una tautología pues estas proposiciones no son iguales bajo ningún aspecto. Se dice que una proposición es inferida de la otra. Debemos confesar, sin embargo, que esta inferencia no es intuitiva y que tampoco es demostrativa; ¿de qué naturaleza es en­ tonces? Decir que es experiencial equivale a eludir el problema, pues toda inferencia experiencial supo­ ne, como su fundamento, que el futuro se asemejará al pasado y que poderes similares se hallarán en con­ junción con análogas propiedades sensibles. Si sospe­ chásemos que el decurso de la naturaleza puede variar y que el pasado no puede ser norma para el futuro, toda la experiencia resultaría inútil y no podría dar lugar a inferencia o conclusión alguna. Es imposible, por consiguiente, que cualquier argumento de expe­ riencia pueda demostrar tal semejanza entre el pa­ sado y el futuro, pues todos estos argumentos se fundamentan precisamente en la presuposición de tal semejanza. Admitamos que en el decurso de las co­ sas se haya observado siempre esta regularidad; por sí mismo, y sin un argumento o inferencia adicional,

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esto no demuestra que continúe siendo así en el futu­ ro. En vano se pretenderá haber aprendido la natura­ leza de los cuerpos a partir de la experiencia pasada. Su naturaleza secreta y por ende, todos sus efectos e influencias, pueden variar sin que sus propiedades sensibles se modifiquen. Esto ocurre algunas veces, respecto de ciertos objetos; ¿por qué no habría de suceder siempre, respecto de todos los objetos? ¿Qué lógica, qué proceso argumentativo puede asegurarnos en contra de una suposición semejante? Mi práctica, se me responderá, refuta estas dudas. Esto sería, sin embargo, desconocer el objetivo de la pregunta. Si me considero como agente, la respuesta ciertamente es satisfactoria; sin embargo, como filósofo dotado de alguna curiosidad, no diré escepticismo, deseo conocer el verdadero fundamento de tal inferencia. Ninguna lectura o investigación ha conseguido hasta ahora eliminar esta dificultad, o satisfacerme respecto de un asunto de tal importancia. ¿Podría hacer algo mejor que proponer esta dificultad al público, si bien quizás tenga pocas probabilidades de obtener una solucióri? De esta manera, al menos seremos conscientes de nuestra ignorancia si no conseguimos aumentar nues­ tro conocimiento.

3 3. Debo confesar que sería reo de imperdonable arro-' gancia quien concluyera que, sólo porque un argumen­ to ha escapado a su estudio, no existe realmente. Debo confesar asimismo que aun cuando todos los eruditos, durante muchos siglos, se hubieran dedicado a infruc­ tuosas investigaciones acerca de cualquier tema, qui­ zás todavía sería precipitado concluir positivamente que el tema excede a toda comprensión humana.

S E CC I ÓN

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Aunque examinásemos todas las fuentes de nuestro conocimiento y concluyéramos que son inadecuadas para un tema semejante, podría permanecer la sos­ pecha de que la enumeración no es completa, o su examen impreciso. En lo que respecta al asunto que nos ocupa, sin embargo, es necesario presentar al­ gunas consideraciones que parecieran rebatir esta acusación de arrogancia o sospecha de error. Ciertamente, los más ignorantes y estúpidos cam­ pesinos —más aún, los niños, las bestias incluso— pro­ gresan con la experiencia y aprenden las propiedades de los objetos naturales cuando observan los efectos producidos por ellos. Si un niño ha experimentado la sensación de dolor al tocar la llama de una vela, tendrá el cuidado de no acercar su mano a la vela; esperará un efecto similar de una causa similar en cuanto a sus propiedades sensibles y apariencia. Si se afirma, por consiguiente, que el entendimiento del niño ha sido llevado a tal conclusión por un proceso de argumento o raciocinio, me será válidamente per­ mitido que exija conocer dicho argumento, y no habría razón alguna para que alguien se negara a satisfacer tan justa petición. No puede responderse que el ar­ gumento es abstruso y posiblemente escape a mi reflexión, pues se admite como evidente para la ca­ pacidad que posee un niño. Por consiguiente, si se vacila un momento o, después de alguna reflexión, se me ofrece un argumento intrincado y profundo, de cierta manera se renuncia al asunto y se confiesa que no es un razonamiento lo que nos compromete a suponer que el pasado se asemeja al futuro, o que debemos esperar efectos similares de causas que son en apariencia similares. Tal es la proposición que

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deseo enfatizar en la presente sección. De estar en lo cierto, no pretendo haber realizado un descubri­ miento maravilloso. De estar errado, debo reconocer que soy en efecto un alumno poco aprovechado, pues no consigo hallar un argumento que, al parecer, conoz­ co perfectamente desde mucho antes de abandonar la cuna.

SECCIÓN

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v. Solución escéptica a estas dudas'.

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54. La pasión por la filosofía, al igual que por la reli­ gión, aun cuando están dirigidas a corregir nuestras costumbres y a extirpar nuestros vicios, parecen pre­ sentar el inconveniente de que pueden servir tan sólo, a causa de un manejo imprudente, para propiciar una inclinación predominante y conducir la mente, con más decidida resolución, hacia aquel aspecto al que de por sí tendía debido al sesgo e inclinación de su temperamento natural. En efecto, si aspiramos a la magnánima firmeza del sabio, y nos esforzamos por confinar nuestros placeres al ámbito de nuestra pro­ piamente, podríamos finalmente depurar nuestra filosofía a la manera de la de Epicteto y de otros Es­ toicos llegando tan sólo a un sistema más refinado de egoísmo y, mediante tales raciocinios, apartarnos de toda virtud así como del goce social. Si estudiamos con atención la vanidad de la vida humana y volcamos todos nuestros pensamientos hacia la naturaleza tran­ sitoria y vacía de riquezas y honores, quizás estemos adulando sin cesar nuestra indolencia natural que de­ testa el mundanal barullo y el tedio de los negocios y busca un pretexto en la razón para concederse incontrolada y completa indulgencia. Hay, sin embargo, una clase de filosofía que parece poco susceptible de tal inconveniente pues no se aviene a ninguna pasión desordenada de la menie humana y tampoco puede mezclarse con alguna afección o propensión natural; se trata de la filosofía académica o escéptica. El aca­

.í

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démico siempre habla de duda y suspensión del jui­ cio, del peligro de las decisiones apresuradas, de confinar a muy estrechos límites las investigaciones acerca del entendimiento y de renunciar a toda espe­ culación que sobrepase los límites de la vida cotidiana y de la práctica común. Nada, entonces, podría ser más contrario a la supina indolencia de la mente, a su temeraria arrogancia, a sus encumbradas pretensio­ nes, a su supersticiosa credulidad, que esta filosofía. Mortifica toda pasión, excepto el amor a la verdad y tal pasión nunca es, o puede ser, llevada demasiado lejos. Resulta sorprendente, por lo tanto, que esta filosofía la cual, en casi todos los casos, resulta in­ ofensiva e inocente, sea objeto de tan injustificados reproches y oprobios. Tal vez la misma circunstancia que la hace tan inocente la expone asimismo al odio y resentimiento públicos. Al no halagar las pasiones irregulares, gana pocos adeptos; al oponerse a tan­ tos vicios y locuras se atrae abundantes enemigos que la estigmatizan por libertina, profana y atea. Tampoco debemos tem er que esta filosofía, en cuanto se esfuerza por limitar nuestras investigacio­ nes a la vida cotidiana, subvierta los razonamientos de la vida cotidiana y lleve su duda al extrem o de ' destruir toda acción al igual que toda especulación. La naturaleza hará valer siempre sus derechos y pre­ valecerá al final por sobre todo razonamiento abstracto cualquiera que sea. Aun cuando concluyéramos, por ejemplo, como lo hicimos en la sección anterior, que en todo razonamiento experiencial la mente da un paso que no se apoya en ningún argumento o proceso del entendimiento, no hay peligro de que estos ra­ zonamientos, de los que depende casi la totalidad del

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conocimiento, sean afectados por un descubrimiento semejante. Si bien la mente no se encuentra compro­ metida por argumentación alguna al dar este paso, debe verse inducida a hacerlo por otro principio de igual peso y autoridad; tal principio preservará su influencia en tanto la naturaleza humana permanezca igual. Cuál sea este principio bien merece la pena ser investigado.

\ í . Supongamos que una persona, dotada de las más sólidas facultades de razón y de reflexión, llegase de improviso al mundo; sin duda observaría de inmedia­ to una sucesión continua de objetos y de acontecimien­ tos que se siguen unos a otros, pero no podría descubrir nada más. Inicialmente no podría, por medio de ningún raciocinio, llegar a la idea de causa y efecto, pues los poderes particulares, mediante los cuales se realizan todas las operaciones naturales, nun­ ca son aparentes para los sentidos; tampoco sería ra­ zonable concluir, sólo porque en un caso determinado, un hecho precede a otro, que uno es la causa y el otro el efecto. Su conjunción bien puede ser arbitraria y casual. Puede no haber razón alguna para inferir la existencia de uno de la presencia del otro. En síntesis tal persona, sin recurrir a experiencias ulteriores, no podría aplicar sus conjeturas o razonamientos a nin­ guna cuestión de hecho, ni estar segura de nada dife­ rente de lo que se halla inmediatamente presente a su memoria y a sus sentidos. Supongamos luego que ha adquirido mayor expe­ riencia y ha vivido en el mundo durante un lapso de tiempo suficiente como para observar que los objetos o acontecimientos cotidianos se encuentran recípro­

c a

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camente en conjunción constante; ¿qué consecuen­ cia tendría tal experiencia? De inmediato, inferirá la existencia de un objeto a partir de la presencia de otro. No obstante, a pesar de toda su experiencia, no habrá adquirido idea alguna o conocimiento acerca del poder secreto mediante el cual un objeto produce otro; tampoco efectúa tal inferencia por un proceso de razonamiento. Sin embargo, se siente obligado a hacerla y a pesar de estar convencido de que su cu tendimiento no juega ningún papel en tal operación perseverará en el mismo curso de pensamiento. De!' haber entonces algún otro principio que lo lleva a tal conclusión.

  • 36. Este principio es la costumbre o el hábito. Pues

dondequiera que la repetición de un acto u operación particular produce la propensión a renovar el mismo acto u operación, sin estar motivada por ningún ra zonamiento o proceso del entendimiento, afirmamos siempre que tal propensión es el efecto de la costum­ bre. Al emplear esta palabra no pretendemos haber

ofrecido una explicación última de dicha propensión. Sólo señalamos un principio de la naturaleza huma­ na universalmente admitido y bien conocido por sus efectos. Quizás no podamos llevar más allá nuestra investigación ni pretendamos dar la causa de esta causa, sino que debamos limitarnos a aceptarlo como principio último al que podemos atribuir todas nues­ tras conclusiones experienciales. Es suficiente satisfac­ ción el haber llegado tan lejos, sin afligirnos por la limitación de nuestras facultades que no nos permiten avances ulteriores. Y es indudable que finalmente he­ mos enunciado una proposición completamente inte-

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lígible, aun cuando 110 podamos asegurar su verdad, al afirmar que tras la conjunción constante de dos obje­ tos —calor y llama, por ejemplo, peso y solidez única­ mente la costumbre nos induce a esperar el uno por la presencia del otro. Esta hipótesis parece ser la única que explica la dificultad respecto de por qué realizamos, a partir de miles de casos, una inferen­ cia que no podemos realizar a partir de uno solo y que en manera alguna difiere de ellos. La razón es in­ capaz de una divergencia semejante. Las conclusio­ nes que extrae de la consideración de un círculo son las mismas que extraería del examen de todos los cír­ culos del universo. Sin embargo, nadie que haya visto sólo un cuerpo en movimiento impelido por otro, podría inferir que todo otro cuerpo se moverá según análogo impulso. Todas las inferencias de la expe­ riencia son entonces resultado de la costumbre y no del razonamiento1. La costumbre es, entonces, la gran orientadora de la vida humana. Es exclusiva­ mente este principio el que hace que nuestra expe­ riencia nos sea de utilidad y nos permite esperar, en

  • 7. Nada es más útil para los escritores, incluso para aquellos

que se ocupan de temas morales, políticos oJísicos, que distinguir entre rayón y experiencia, y suponer que estas especies de la a r­ gumentación son com pletam ente diferentes entre sí. Las prim e­ ras son tomadas com o resultado exclusivo de nuestras facultades intelectuales que, al considerar a priori la naturaleza de las cosas y exam inar los efectos que deben seguirse de sus operaciones, establecen principios científicos y filosóficos particulares. Las segundas se presum en derivadas en su totalidad de los sentidos y la observación, mediante los cuales aprendemos lo que ha resulta­ do efectivamente de la acción de los objetos particulares. Las se­ gundas se presum en derivadas en su totalidad de los sentidos y la observación, mediante los cuales aprendem os lo que ha resultado

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efectivam ente de la acción de los ol jetos particulares, a partir de lo cual podrem os entonces inferir qué efectos tendrán en el fu­ turo. Así por ejem plo, las limitaciones y restricciones del gobier­ no civil y de una constitución legal pueden ser defendidas, bien sea por la razón que, al reflexionar acerca de la gran fragilidad y corrupción de la naturaleza humana, nos enseña que a ningún

hom bre deber ser confiada una ilimitada autoridad; la experiencia y la historia, que nos ilustran acerca de

bien sea pol­ los enorm es

abusos que la ambición, en todo tiem po y país, ha com etido por tan im prudente confianza.

La misma distinción entre razón y experiencia se preserva en to­

das las deliberaciones acerca de la manera de conducir nuestra vida; si bien confiamos en el estadista, militar, m édico o ignorado

y desdeñado. Aunque admitamos que

la razón puede form ar con­

jeturas plausibles respecto de las consecuencias de una conducta específica en circunstancias determinadas, no obstante, se la con­ sidera imperfecta cuando prescinde de la ayuda de la experiencia, siendo ésta la única que puede conferir estabilidad y certeza a la m áxim as derivadas del estudio y la reflexión. A pesar de que esta distinción sea um versalm ente aceptada, tanto en los ambientes activos com o especulativos de la vida, no tengo escrúpulos en sostener que es, en el fondo, errónea o al menos trivial.

Si exam inam os aquellos argum entos que en cualquiera de las

ciencias arriba citadas, se presum en com o m eros efectos del

razonam iento y de la reflexión, se hallará que desembocan

siem ­

pre en algún principio o conclusión que no dependen de razón

alguna entre ellos y aquellas máxim as que popularm ente se con

sideran

resultado de la pura experiencia, es que los prim eros no

pueden ser establecidos sin algún proceso de pensamiento y re

flexión sobre lo que hemos observado, para

distinguir sus c ir­

cunstancias y rastrear sus consecuencias; m ientras que en los segundos, el acontecim iento experim entado es igual al que in­ ferim os com o resultado de una situación particular y nos es bien conocido. La historia de Tiberio o de Nerón nos hace tem er a tiranos sem ejantes, si carecieran nuestros monarcas de las res­ tricciones impuestas por las leyes y el senado; per la obsen ación

de cualquier fraude o crueldad en la vida privada basta, con ía ayuda del pensamiento, para comunicarnos el mismo tem or, pues sirve com o ejem plo particular de la corrupción general de ia

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el futuro, un decurso de acontecimientos similares a los ocurridos en el pasado. Sin la influencia de la cos­ tumbre, ignoraríamos toda cuestión de hecho con ex­ cepción de lo inmediatamente presente a la memoria y a los sentidos. Nunca sabríamos cómo adecuar los medios a los fines, ni cómo emplear nuestros pode­ res naturales en la producción de algún efecto. Toda acción así como la parte principal de la especulación, llegarían a su fin.

  • 37. Deberíamos señalar que si bien las conclusiones

que extraemos de la experiencia nos llevan más allá de nuestra memoria y de nuestros sentidos y nos

naturaleza humana y nos muestra el peligro en que incurriríamos al depositar una confianza sin límites en la humanidad. En ambos casos, es la experiencia lo que constituye el fundamento último de nuestras inferencias y conclusiones.

No hay hombre tan joven c inexperto que no se haya forjado, a partir de la observación, muchas máximas generales y justas acer­ ca de los asuntos humanos y la conducción de la vida; pero de­ bem os confesar que, al ponerlas en práctica, se verá sujeto a

muchas equivocaciones hasta que el riencia amplíen estas máxim as y le

tiem po y una m ayor e xp e ­ enseñen su correcto uso y

aplicación. En toda situación o incidente, puede haber una serie de circunstancias particulares y aparentem ente significantes a las cuales un hombre del m ayor talento puede en un com ienzo atri­ buir poca im portancia, aun cuando de ellas dependa en su totali­ dad la corrección de sus conclusiones y por ende, la prudencia de su conducta. Sin m encionar que, para un joven principiante,

las observaciones generales

y las máxim as no siem pre

le vienen

a la mente en las ocasiones apropiadas, ni pueden ser aplicadas de inmediato con la debida calma y distinción. La verdad es que un pensador inexperto no sería en absoluto un pensador si fuese completamente inexperto; cuando asignamos tal carácter a alguien, lo hacemos sólo de manera comparativa y presumimos que posee experiencia en un grado m enor y más im perfecto.

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aseguran sobre cuestiones de hecho ocurridas en los lugares más distantes y en las más remotas épocas, debe haber siempre algún hecho presente a los sen­ tidos o a la m em oria, a partir del cual podamos proceder a sacar tales conclusiones. Quien hallase en un país desierto ruinas de lujosos edificios, concluiría que aquel país había sido poblado en épocas antiguas por habitantes civilizados; si no observara algo de esta na­ turaleza nunca podría realizar tal inferencia. Apren­ demos de la historia los sucesos ocurridos en épocas pasadas, pero para hacerlo es preciso escudriñar aquellos volúmenes donde se encuentra consignada esta instrucción, procediendo por inferencia de un tes­ timonio a otro hasta llegar a los testigos presenciales y espectadores de tales sucesos. En síntesis, si no pro­ cedemos a partir de un hecho presente a la memoria o a los sentidos, nuestros razonamientos serán mera­ mente hipotéticos; e independientemente de cómo se encuentren relacionados en estos vínculos particula­ res, la cadena entera de inferencias no estará apoyada en nada y tampoco podríamos, por su intermedio, lle­ gar al conocimiento de alguna existencia real. Si pregunto a quien la narra por qué cree en una cuestión de hecho en particular, debe darme alguna razón y esta razón será algún otro hecho conectado con ella. Como es imposible, sin embargo, proceder de esta manera ad mjmitum, debemos al menos llegar a un hecho presente a la memoria o a los sentidos, o bien ad­ mitir que la creencia era completamente infundada.

38.

¿Cuál sería entonces la conclusión de todo este

asunto? Una conclusión muy sencilla si bien, debemos

confesarlo, bastante distante de las teorías filosóficas

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habituales. Toda creencia acerca de una cuestión de hecho o existencia real deriva únicamente de algún

objeto presente a nuestros sentidos o memoria y de una conjunción habitual entre éste y algún otro ob­ jeto. En otras palabras habiendo hallado, en muchos casos, que dos tipos de objetos cualesquiera -llam a

y calor, nieve y

frío— aparecen siempre en conjunción,

cuando la llama o la nieve se presenta de nuevo a los

sentidos, la mente es llevada por la costumbre a es­ perar calor o trío, a creer que tal propiedad existe y que será descubierta al observarla de cerca. Esta creencia es el resultado necesario de colocar la mente en circunstancias semejantes. Cuando nos hallamos así situados, se trata de una operación del alma tan inevitable como la de sentir la pasión del amor cuan­ do recibimos sus beneficios, o la de odiar cuando somos objeto de injurias. Todas estas operaciones conforman una especie de los instintos naturales que ningún razonamiento o proceso de pensamiento y entendimiento puede producir o impedir. Llegados a este punto nos estaría permitido dete­ ner nuestras investigaciones filosóficas. En la mayoría de los temas, nunca podemos avanzar un solo paso más y en todos ellos debemos finalmente terminar en este lugar, después de las más curiosas e infatigables investigaciones. No obstante, nuestra curiosidad será perdonable e incluso meritoria, si nos conduce a ul­ teriores investigaciones y nos lleva a examinar con mayor detenimiento la naturaleza de esta creencia y de la conjunción habitual de la que deriva. De esta manera, podremos hallar algunas explicaciones y analogías que satisfagan al menos a quienes amamos las ciencias abstractas y disfrutamos de las especula­

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una tarea muy difícil, si no imposible; tanto como esforzarnos por definir la sensación de frío, de pasión o de enojo a una criatura que no haya experimentado jamás tales sentimientos. Creencia es el verdadero \ propio nombre de este sentimiento y el significado del término no ha producido nunca perplejidad, pues todo hombre es consciente en cada momento del sentimiento que representa. Sin embargo, no serí i impropio intentar una descripción de tal sentimiento con la esperanza de poder llegar así a algunas analo gías capaces de suministrarnos una explicación im ­ perfecta al respecto. Digo, entonces, que la creeni i no es más que una concepción del objeto que pos* mayor vivacidad, animación, fuerza, firmeza y solidez de la que la imaginación pueda jamás lograr. Esta variedad de términos, en apariencia tan poco filosó­ ficos, está destinada tan sólo a expresar aquel acto de la mente por medio del cual las realidades, o lo que tomamos por tales, están más presentes para nosotros que las ficciones, hace que pesen más en nuestros pen­ samientos y les comunica una influencia superior sobre las pasiones y la imaginación. Si concordamos acerca de la cosa, es inútil discutir acerca de los tér­ minos. La imaginación domina todas sus ideas y puede unirlas y combinarlas en todas las formas po­ sibles. Puede concebir objetos ficticios con todas sus circunstancias de tiempo y lugar. En cierta manera, puede colocar un objeto ante nuestros ojos, bajo sus verdaderos colores, tal como hubiera podido existir. No obstante, dzda la imposibilidad de que esta fa­ cultad de la imaginación pueda nunca, por sí misma, llegar a la creencia, es evidente que la creencia no consiste en la naturaleza peculiar u orden de las ideas,

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sino en el modo de su concepción y en la manera como la mente las siente. Debo confesar que resulta impo­ sible explicar perfectamente este sentimiento o modo de concebir. Podemos utilizar palabras que se le aproximen. Pero su verdadero y propio nombre, como lo observamos anteriormente, es creencia, tér­ mino comprendido por todos en la vida cotidiana. Por lo que respecta a la filosofía, no podemos ir más allá de afirmar que creencia es algo sentido por la mente que distingue los juicios de las ficciones de la imaginación. Les comunica mayor peso e influencia, los presenta como si tuviesen mayor importancia, los graba en la mente y hace de ellos el principio que gobierna nuestras acciones. Ahora escucho, por ejemplo, la voz de alguien que conozco y el sonido proviene de la habitación contigua. Esta impresión de mis sentidos traslada de inmediato mi pensamien­ to a la persona, junto con los objetos circundantes. Los imagino como existiendo en el presente, con las mismas propiedades y relaciones que con anteriori­ dad supe que poseían. Estas ideas se apoderan de mi. mente con más fuerza que las ideas de un castillo encantado. Son muy diferentes para el sentimiento y ejercen una mayor influencia de todo tipo, bien sea para producir placer o dolor, alegría o tristeza. Tornemos entonces esta doctrina en su verdadero alcance y admitamos que el sentimiento de creencia no es más que una concepción más intensa y perma­ nente que la que acompaña a las meras ficciones de la imaginación, y que este modo de concebir surge de la conjunción constante del objeto con algo presente a la memoria o a los sentidos: creo que no será difícil, bajo estos supuestos, encontrar otras operaciones aná-

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logas de la mente y subsumir estos fenómenos bajo principios aún más generales.

4 1. Hemos observado anteriormente que la naturale­ za ha establecido conexiones entre las ideas particula­ res y que cuando una idea nos viene al pensamiento, de inmediato introduce la idea correlativa y dirige hacia ella nuestra atención, por un movimiento leve e imperceptible. Hemos reducido estos principios de conexión o asociación a tres, a saber, semejanza, conti­ güidad, y causalidad; son éstos tan sólo lazos qu-í vin­ culan entre sí nuestros pensamientos y generan aquel encadenamiento regular de reflexión o discurso que, en mayor o menor grado, tiene lugar en todos los hombres. Surge aquí sin embargo, un interrogante del que depende la solución de la dificultad expuesta. ¿Ocurrirá, en todas estas relaciones, que cuando uno de los objetos está presente a los sentidos o a la me­ moria, la mente no sólo se ve conducida a la concep­ ción de la idea correlativa sino que alcanza una concepción más fuerte y firme de ella de la que hubiese podido lograr si no fuese así? Esto parece suceder con aquella creencia que surge de la relación de causa y efecto. Si ocurre lo mismo con las otras relaciones o principios de asociación, lo anterior puede estable­ cerse como una ley general aplicable a todas las ope­ raciones de la mente. Podemos observar como experimento inicial para nuestros presentes propósitos, que con ocasión de contemplar el retrato de un amigo ausente, nuestra idea de él evidentemente cobra vida por la semejanza y que toda pasión ocasionada por esta idea, bien sea de alegría o de tristeza, adquiere renovada fuerza v

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vigor. En la producción de tal efecto concurren tan­ to una relación como una impresión presente. Si el retrato no guarda semejanza alguna con la persona o no estaba destinado para ella, no conduce nuestro pensamiento hacia ella; cuando está ausente, al igual que la persona, aunque la mente pueda pasar del pensamiento del primero al de la segunda, siente que su idea, en lugar de resultar más vivida, se ve debili­ tada por tal transición. Nos complace contemplar el retrato de un amigo cuando está presente ante no­ sotros; cuando no lo está, preferimos pensar direc­ tamente en él y no en su imagen reflejada, igualmente distante y oscura. Las ceremonias de la religión católica romana pueden ser consideradas como casos de la misma naturaleza. Por lo general, los devotos de tal supersti­ ción se excusan de las mascaradas que se les reprochan respondiendo que sienten el efecto benéfico de estos movimientos, acciones y posturas externas por cuan­ to avivan su devoción y reviven su fervor, los cuales decaerían si estuvieran dirigidos únicamente a objetos distantes e inmateriales. Representamos los objetos de nuestra fe, afirman, en tipos e imágenes sensibles y los hacemos más presentes para nosotros por medio de la presencia inmediata de estas imágenes, de lo que podríamos conseguir a través de la mera visión y contemplación intelectual. Los objetos sensibles tienen siempre mayor influencia sobre la imaginación que cualquier otro y comunican con facilidad tal influencia a aquellas ideas con las que se relacionan y a las que se asemejan. Me limitaré a inferir de estas prácticas y razonamientos que el efecto de la semejanza para avivar las ideas es muy común y, como en todos

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todo nuestro conocimiento se vería limitado al estn cho ámbito de nuestra memoria y sentidos; nunca hubiésemos podido adecuar medios a fines, ni emplear nuestras facultades naturales en procurar el bien o evitar el mal. Quienes se deleitan en el descubrimiento y contemplación de causas finales hallarán aquí abun dante objeto de sorpresa y admiración.

4 j . Añadiré, para ulterior confirmación de la teoría anteriormente expuesta que, siendo la operación de la mente por medio de la cual inferimos efectos si­ milares de causas similares y viceversa tan esencial para la supervivencia de todas las criaturas humanas, 110 es probable que pudiera ser confiada a las falaces deducciones de nuestra razón, pues es ella lenta en sus operaciones, no está presente de ninguna manera du­ rante los primeros años de la infancia e, incluso en su forma más elaborada, en toda época y periodo de la historia humana, es en extremo susceptible de incurrir en errores y equivocaciones. Resulta más conforme con la habitual sabiduría de la naturaleza el asegurar tan necesario acto de la mente a través de algún ins­ tinto o tendencia mecánica, que sea infalible en sus operaciones, se descubra simultáneamente con la aparición de la vida y el pensamiento, y actúe con independencia de todas las elaboradas deducciones del entendimiento. Así como la naturaleza nos ha en­ señado el uso de nuestros miembros, sin otorgarnos el conocimiento de los músculos y nervios que los mueven, de igual manera ha implantado en nosotros un instinto que desarrolla el pensamiento en un en­ cadenamiento análogo al que ha establecido entre los

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objetos externos, aun cuando ignoremos aquellos po­ deres y fuerzas de los que depende en su totalidad este decurso regular y la sucesión de objetos.

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vi. De la probabilidad9.

46. Aun cuando no existiese el azar en el mundo, nuestra ignorancia de la verdadera causa de un evento cualquiera tiene la misma incidencia sobre el enten­ dimiento y genera una especie análoga de creencia u opinión. Hay ciertamente una probabilidad originada en la superioridad de posibilidades en favor o en contra; según aumenta tal superioridad y sobrepasa las posi­ bilidades opuestas, la probabilidad aumenta proporcio­ nalmente y genera así un mayor grado de creencia o asentimiento para la opción a la que corresponde tal superioridad. Si un dado estuviese marcado con una ¿ figura o número de puntos en cuatro lados y con otra figura o número de puntos en los dos lados restantes, sería más probable que al lanzarlo aparecieran los pri­ meros y no los segundos; si tuviese mil lados marcados de la misma manera y sólo uno difiriera de los demás, la probabilidad sería mucho mayor y nuestra creencia o expectativa de tal acontecimiento más confiable y segura. Este proceso del pensamiento o razonamiento puede parecer obvio y trivial, pero para quienes lo

  • 9. El señor Locke divide

todos los argum entos en dem ostrati­

vos y probables. Desde esta perspectiva, debem os decir que es

sólo probable que todos los hom bres deban

m orir

o

que el

sol

saldrá mañana. N o obstante,

para conform ar nuestro lenguaje al

lenguaje com ún, deberíam os dividir los argum entos en Jemostra

11 vos, probatorios y probables. Por probatorios entiendo

aquellos

argum entos de experiencia que no dejan lugar a duda u oposi­

ción.

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consideren con mayor detenimiento, puede quizás suministrar tema de curiosas especulaciones. Parece evidente que cuando la mente se anticipa a descubrir el evento que puede resultar de lanzar un dado semejante, considera la aparición de cualquie­ ra de sus lados como igualmente probable y en ello reside la naturaleza misma del azar que iguala todos los acontecimientos particulares comprendidos en él. Al hallar, sin embargo, que un mayor número de la­ dos concurren en uno de los eventos más bien que en el otro, la mente se dirige más a menudo a aquel evento y lo encuentra con mayor frecuencia en la sucesión periódica de varias posibilidades u opciones de las que depende el resultado último. La concu­ rrencia de varias percepciones en un acontecimien­ to particular genera de inmediato, a través de una inexplicable necesidad natural, el sentimiento de creencia y confiere a este evento una ventaja sobre su adversario, apoyado este por un número menor de percepciones y presente con menor frecuencia a la mente. Si concedemos que la creencia no es más que una concepción del objeto más firme y fuerte de la que acompaña a las meras ficciones de la imaginación, esta operación pueda quizás, en cierta medida, ser explicada. La concurrencia de diversas percepciones o atisbos imprime la idea con mayor fuerza en la ima­ ginación, le comunica una fortaleza y vigor superiores, hace más sensible su influencia sobre las pasiones y afecciones; en síntesis, genera aquella confianza o seguridad que constituye la naturaleza de la creencia y la opinión.

  • 47. Lo mismo sucede con la probabilidad de las causas

nn

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que con la del azar. May algunas causas que uniforme

y constantemente producen el mismo efecto particu­ lar y no se ha encontrado todavía una instancia de falla o irregularidad en su acción. El fuego siempre ha que­ mado y el agua ahogado a toda criatura humana; la producción del movimiento por impulso y gravedad es una ley universal que hasta ahora no admite excep­ ción. Hay, sin embargo, otras causas consideradas más irregulares e inciertas; para quienes usan estos medi­ camentos, el ruibarbo no siempre sirve como purga, ni el opio como soporífero. Es cierto que cuando alguna causa deja de producir sus efectos habituales, los filósofos no atribuyen ésto a una irregularidad de la naturaleza sino que presumen que alguna causa secreta, en la estructura particular de las partes, han 4 impedido su acción. No obstante, nuestros razona­ mientos y las conclusiones referidas al acontecimiento serían las mismas si prescindiéramos de tal principio. Al estar determinados por la costumbre a transferir el pasado al futuro en todas nuestras inferencias, cuando el pasado ha sido completamente uniforme y regular esperamos el acontecimiento con la mayor seguridad y no dejamos lugar para una suposición

contraria. No obstante, en el caso en el cual diferen-

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tes efectos han sido identificados como provenientes de causas que en apariencia son exactamente similares, todos estos efectos diversos deben presentarse a la mente al transferir el pasado al futuro y deben hacer parte de nuestras consideraciones para determinar la probabilidad del acontecimiento. Pese a que damos preferencia a lo habitual y creem os que tal efecto tendrá lugar, no debemos desconocer los otros efectos sino asignar a cada uno un peso y autoridad específicos '

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en proporción a que se

hayan dado con m ayor o

menor frecuencia. Es más probable, en casi todos los países europeos, que se presenten heladas en enero y no que el cielo permanezca despejado durante todo el mes, si bien esta probabilidad varía según los dife­ rentes climas y se aproxima a la certeza en los países del norte. Parece entonces evidente que cuando transferimos el pasado al futuro para determinar el efecto resultante de cualquier causa, transferimos todos los diversos acontecimientos en la misma proporción en que han ocurrido en el pasado y concebimos, por ejemplo, que uno de ellos ha ocurrido cien veces, otro diez, otro una. Como en efecto un gran número de percepciones concurren aquí en un acontecimien­ to dado, lo apoyan y confirman a la imaginación ge­ nerando aquel sentimiento que llamamos creencia', comunican así a su objeto prelación sobre el aconte­ cimiento contrario, el cual no se basa en un número igual de experiencias y no recurre con igual frecuen­ cia al pensamiento cuando se transfiere el pasado al futuro. Quien intente dar razón de esta operación dentro de los sistemas filosóficos tradicionales adver­ tirá la dificultad. Por mi parte, considero suficiente que las insinuaciones presentadas exciten la curiosidad de los filósofos y los haga observar cuán defectuosas son todas las teorías corrientes en el tratamiento de te­ mas tan curiosos y sublimes.

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vil. De la idea de conexión necesaria.

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  • 48. La gran ventaja de las ciencias matemáticas so­

bre las morales consiste en que las ideas de aquéllas, por ser sensibles, son siempre claras y determinadas; la más pequeña distinción entre ellas se percibe de inmediato y los mismos términos expresan las mismas ideas sin ambigüedad o variación. Un óvalo nunca se confunde con un círculo, ni una hipérbole con una elipse. Las fronteras que separan los isósceles y los escalenos son más exactas que las del vicio y la vir­ tud, el bien y el mal. Si ha de definirse un término * en geometría, la mente por sí misma y sin dificultad, sustituye en todas las ocasiones la definición por el término definido; incluso cuando no se utiliza una definición, el objeto mismo puede ser presentado a los sentidos y de esta manera, es firme y claramente aprehendido. Los sentimientos más refinados de la mente, las operaciones del entendimiento y las diver­ sas agitaciones de las pasiones, sin embargo, aunque en sí mismos difieran, escapan al escrutinio de la re- 4 flexión, y tampoco está en nuestro poder recordar el objeto original tan a menudo como tenemos ocasión de contemplarlo. Por esta razón, se introduce gradual­ mente la ambigüedad en nuestros razonamientos: ob­ jetos similares se toman por iguales con facilidad y las conclusiones finalmente se alejan en gran medida de las premisas. No obstante, podemos afirmar con seguridad que si consideramos estas ciencias bajo una luz apropiada, «

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sus ventajas e inconvenientes se compensan unos a otros y las reducen a una condición de igualdad. Si bien la mente retiene clara y distintamente las ideas de la geometría con mayor facilidad, debe asimismo seguir largos e intrincados encadenamientos de ra­ zones y comparar las ideas más alejadas entre sí para alcanzar las abstrusas verdades de esta ciencia. Y si bien las ideas de la moral, cuando no se toman gran­ des precauciones, son susceptibles de acarrear oscu­ ridad y confusión, sus inferencias son mucho más cortas y menos los pasos intermedios que conducen a la conclusión que en las ciencias que se ocupan del número y la cantidad. En efecto, difícilmente se en­ cuentra en Euclides una proposición tan simple que no contenga más partes de las que pueden hallarse en cualquiera de los razonamientos morales que condu­ ce a quimera y engaño. Allí donde rastreamos los prin­ cipios de la mente a través de unos pocos pasos, podemos sentirnos satisfechos con nuestros progresos, al considerar cuan pronto limita la naturaleza toda in­ dagación acerca de las causas y nos reduce al recono­ cimiento de nuestra ignorancia. Por ende, el principal obstáculo para el adelanto en las ciencias metafísicas o morales es la oscuridad de las ideas y la ambigüedad de los términos. La dificultad principal de las mate­ máticas reside en la extensión de las inferencias y el alcance del pensamiento requeridos para obtener cualquier conclusión. Quizás nuestro progreso en la filosofía natural se deba primordialmente a la carencia de experimentos y fenómenos apropiados, a menudo hallados por azar y que aún la más laboriosa y pru­ dente investigación no siempre consigue descubrir cuando precisa de ellos. Como hasta el momento la

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filosofía moral parece haber avanzado menos que la geometría o la física, podemos concluir que si hay alguna diferencia a este respecto entre las ciencias, las dificultades que obstruyen el progreso de la pri mera exigen mayor cuidado y habilidad para ser su-

49. No hay en la metafísica ideas más oscuras e in­

ciertas que las de poder, juerza, energía

o conexión ne­

cesaria, de las que precisamos a cada momento en todas nuestras disquisiciones. Por consiguiente, nos esforzaremos en esta sección por fijar, si es posible, el significado preciso de estos términos y eliminar así parte de la oscuridad que tanto se objeta a esta rama de la filosofía. Pareciera que una proposición que no admite ma­ yor discusión es la que afirma que todas nuestras ideas son sólo copias de nuestras impresiones o, en otras palabras, que resulta imposible pensar en algo que anteriormente no hayamos percibido, bien sea a tra­ vés del sentido externo o interno. Me he esforzado'0 por explicar y demostrar tal proposición y he expre­ sado la esperanza de que, mediante su apropiada apli­ cación, alcancen los hombres una mayor precisión y claridad en los razonamientos filosóficos de la que ha podido obtenerse hasta ahora. Las ideas complejas pueden quizás ser conocidas por definición, que no es otra cosa que una enumeración de aquellas partes o ideas simples que las componen. No obstante, una vez que hayamos analizado las definiciones en sus ideas más simples y encontremos todavía alguna

  • 10. Sección n .

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ambigüedad y oscuridad ¿a qué recurso podríamos apelar? ¿Mediante qué invención podríamos aclarar estas ideas y presentadas con precisión y distinción a nuestra visión intelectual? Al producir la impresión o percepción original de la que la idea es copia, pues estas impresiones son todas fuertes y sensibles. No admiten ambigüedad alguna. No sólo son en sí mis­ mas absolutamente claras, sino que pueden también arrojar alguna luz sobre las ¡deas correspondientes que permanecen en la oscuridad. De esta manera po­ dremos obtener un nuevo microscopio o rama de la óptica mediante los cuales, en las ciencias morales, las ideas más minuciosas y simples puedan ser ampliadas de tal forma que podamos aprehenderlas sin dificul­ tad y sernos tan conocidas como las ideas más com­ plejas y sensibles que puedan ser objeto de nuestra investigación.

jo . Para conocer a cabalidad la idea de poder o cone­ xión necesaria, procedamos entonces a examinar la impresión correspondiente; para hallarla con mayor certidumbre, la buscaremos en todas aquellas fuentes de las que pudiera derivarse. Cuando contemplamos los objetos externos y consideramos la acción de las causas no podemos nunca, en un caso único, descubrir poder o conexión necesaria alguna; ninguna propiedad que vincule el efecto a la causa y haga de éste una consecuencia infa­ lible de ella. En efecto, sólo hallamos que de hecho el uno sigue a la otra. El impulso de una bola de billar está acompañado por el movimiento de la segunda. Esto es todo lo que aparece al sentido externo. La mente no tiene sensación o impresión interna alguna

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que resulte de tal sucesión de objetos; no hay, por ende, en ningún caso particular de causa y efecto, nada que pueda sugerir la idea de poder o conexión necesaria. De la primera presentación de un objeto no po­ demos jamás conjeturar qué efecto resultará de él.

No obstante, si el poder o energía de una causa pu- ¡ diera ser descubierto por la mente, estaríamos en condiciones de prever el efecto incluso prescindien­ do de la experiencia; podríamos, desde un comien­ zo, pronunciarnos con certeza acerca de él basados únicamente en la fuerza del pensamiento o del racio­ cinio. En realidad, no hay parte alguna de la materia que por sus propiedades sensibles, descubra algún poder * o energía o nos dé pie para imaginar que pudiera producir algo o ser seguida por otro objeto que pu­

diésemos llamar su

efecto. Solidez, extensión, m o­

vimiento: estas propiedades están contenidas en sí mismas y nunca señalan hacia cualquier otro efecto que pueda derivarse de ellas. Las escenas del univ erso cambian constantemente y un objeto sigue a otro en ininterrumpida sucesión; no obstante, el poder de aquella fuerza que activa toda la maquinaria está ocul- ' to para nosotros y nunca se manifiesta en alguna de las propiedades sensibles de un cuerpo. Sabemos, en efecto, que el calor acompaña siempre a la llama, pero cuál sea la conexión entre ellos no podemos siquiera conjeturarla o imaginarla. Es imposible, por consiguiente, que la idea de poder pueda derivarse de la contemplación de los cuerpos, o de casos par­

ticulares de su acción, pues ningún cuerpo revela un

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poder que pueda ser la impresión original correspon­ diente a esta idea".

5 i . Puesto que los objetos externos tal como se pre­ sentan a los sentidos, en su acción en casos particu­ lares, no nos dan idea alguna de poder o conexión necesaria, examinemos entonces si esta idea pudie­ ra ser derivada de la reflexión, sobre la operación de nuestra propia mente y copiada de una impresión interna. Puede decirse que en todo momento somos conscientes de nuestro poder interno; sentimos que, sólo por orden de nuestra voluntad, podemos mover los órganos de nuestro cuerpo o dirigir las facultades de la mente. Un acto de volición produce movimien-

  • I to en nuestros miembros o hace surgir una nueva idea en la imaginación. Conocemos esta influencia de la voluntad por la conciencia. Por ello, entonces, ad­ quirimos la idea de poder o energía y sabemos con certeza que nosotros y todo otro ser inteligente po­ seemos tal poder. Esta idea es entonces una idea de la reflexión, pues surge al reflexionar sobre las opera­ ciones de nuestra propia mente y sobre el dominio que ejerce la voluntad tanto sobre los órganos del cuerpo como sobre las facultades del alma.

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i i . El señor Locke, en su capitulo acerca del poder, afirma que, apoyado en la experiencia, ha hallado diversas y novedosas producciones de la materia y concluye que debe haber un poder en alguna parte capaz de producirlas, llegando por este razona­ miento finalmente a la idea de poder. N o obstante, ningún razo­ namiento puede ofrecernos nunca una idea nueva, original, sim ple, com o el propio tilósofo lo reconoce. Por ende, no po- dria ser éste el origen de aquella idea.

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52. Inicialmente, procederemos a examinar tal preten­ sión en lo que respecta a la influencia de la volición sobre los órganos del cuerpo. Podemos observar que esta influencia es un hecho que, al igual que todos los otros hechos naturales, sólo puede ser conocido por experiencia y no puede ser previsto a partir de la presunta energía o poder de la causa que lo conecta con el efecto y hace de éste una consecuencia infali­ ble de ella. El movimiento de nuestros cuerpos sigue el mandato de la voluntad. De esto somos conscientes en todo momento. No obstante, de los medios a través de los cuales se efectúa lo anterior, la energía de que se sirve la voluntad para ejecutar tan extraordinaria ope­ ración, estamos tan lejos de ser inmediatamente cons­ cientes que, por el contrario, escapan siempre a nuestra más diligente indagación. Pues, primero ¿qué principio natural sería más mis­ terioso que aquel de la unión del alma con el cuerpo, mediante el cual una sustancia presuntamente espiritual adquiere una influencia semejante sobre una sustan­ cia material, tal que el pensamiento más sutil pueda actuar sobre la materia más densa? Si un deseo secre­ to nos concediera el poder de mover las montañas o de controlar los planetas en sus órbitas, tan extensa autoridad no sería más extraordinaria ni más ajena a nuestra comprensión. Si a través de la conciencia percibiéramos algún poder o energía en la voluntad, deberíamos conocer tal poder; deberíamos conocer su conexión con el efecto; deberíamos conocer la secre­ ta unión entre cuerpo y alma y la naturaleza de estas sustancias, mediante la cual una de ellas puede actuar en tantos casos sobre la otra. Segundo, no estamos en capacidad de mover todos

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los órganos del cuerpo con igual autoridad, aunque no podamos asignar razón alguna para una diferencia tan notable entre unos y otros, excepto la experien­ cia. ¿Por qué tiene la voluntad influencia sobre la lengua y los dedos y no sobre el hígado y el corazón? Esta pregunta nunca nos causaría dificultades si fué­ semos conscientes de un poder en el primer caso y no en el segundo. Deberíamos entonces percibir, independientemente de la experiencia, por qué la autoridad de la voluntad sobre el cuerpo se halla cir­ cunscrita a estos límites en particular. Así, al estar completamente familiarizados con aquel poder o fuerza mediante los que actúa, deberíamos saber tam­ bién por qué su influencia llega precisamente hasta estos límites y no más allá. Un hombre súbitamente afectado por una paráli­ sis en la pierna o el brazo, o alguien que haya perdido recientemente uno de estos miembros, a menudo se esfuerza en un comienzo por moverlos y utilizarlos de la manera acostumbrada. En este caso está tan consciente de su poder sobre estos miembros como el hombre que goza de perfecta salud es consciente del poder de mover cualquier miembro que se halla en su estado y condición naturales. La conciencia, sin em­ bargo, nunca engaña. Por consiguiente, en ninguno de los dos casos somos conscientes de poder alguno. Aprendemos la influencia de la voluntad únicamente a partir de la experiencia. Y la experiencia sólo nos enseña que un acontecimiento incesantemente sigue a otro, sin instruirnos acerca de la conexión secreta que los vincula y los hace inseparables. Tercero, aprendemos de la anatomía que el objeto inmediato del poder en un movimiento voluntario no

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es el miembro mismo sino ciertos músculos, nervios, espíritus animales y quizás algo aún más minucioso y desconocido, a través de los cuales se propaga su­ cesivamente el movimiento hasta llegar al miembro cuyo movimiento es el objeto inmediato de la volición. ¿Podría haber una prueba más cierta de que el poder mediante el cual se realiza toda esta operación, lejos de ser directa y completamente conocido por una percepción interna o consciente, es absolutamente m isterioso e ininteligible? La mente desea la ocu­ rrencia de cierto acontecimiento; de inmediato se produce otro acontecimiento, desconocido para no­ sotros y por completo diferente de aquél. Este últi­ mo produce otro, igualmente desconocido hasta que finalmente, a través de una larga sucesión, ocurre el acontecimiento deseado. No obstante, si el poder inicial fuese percibido, debería sernos conocido; de ser conocido, se conocería también su efecto, pues todo poder es relativo a su efecto. Y viceversa, si el efecto no nos es conocido, el poder no puede sernos conocido ni percibido. En efecto, ¿cómo podríamos ser conscientes del poder de mover nuestros miem­ bros, cuando no disponemos de un poder semejante, sino sólo de aquel que permite mover ciertos espíri- ’ tus animales que, aun cuando finalmente producen el movimiento de nuestros miembros, actúan de tal manera que escapan por completo a nuestra com ­ prensión? Podemos entonces, sin temeridad, concluir con certeza de lo anterior, que nuestra idea de poder no es copiada de ningún sentimiento o conciencia de poder en nosotros, cuando suscitamos el movimiento animal o utilizamos nuestros miembros en su apro-

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piado empleo y oficio. Que su movimiento se siga del mandato de la voluntad es un asunto de experiencia común, al igual que todo otro acontecimiento natu­ ral; no obstante, el poder o energía mediante el cual esto se efectúa, como en todo otro evento natural, nos es desconocido e inconcebible11.

£3. ¿Afirmaríamos entonces que somos conscientes de un poder o energía en la mente cuando mediante un acto o mandato de la voluntad hacemos surgir una nueva idea, fijamos la mente en su contemplación, la consideramos desde diversas perspectivas y final­ mente la abandonamos por otra idea, cuando creemos haberla examinado con suficiente precisión? Creo que los mismos argumentos demostrarán que incluso

i 2. Podría sostenerse que la resistencia que enfrentamos en los

cuerpos y que nos obliga a menudo a em plear la fuerza y a apelar a todo nuestro potler nos de la idea de poder y de fuerza. Tal nisus o vivo esfuerzo, del que somos conscientes, sería la impresión original de la que se copia esta idea. No obstante, primero, atri­ buimos poder a un gran núm ero fie objetos respecto de los cua­ les no podríam os suponer que tiene lugar esta resistencia o

ejercicio de fuerza; al

Ser Suprem o que nunca enfrenta resisten­

cia alguna; a la m ente en el dom inio que ejerce sobre sus ideas y

m iem bros, en el pensamiento y

m ovim iento com unes, donde el

efecto se sigue inmediatamente de la voluntad sin ejercer o ape­ lar a la fuerza; a la materia inanimada que no es susceptible de percepción. Segundo, el sentim iento del esfuerzo realizado para superar la resistencia no guarda conexión alguna con un aconte­ cim iento; lo que se sigue de él nos es conocido por experiencia, pero no podríamos conocerlo u priori. Debem os reconocer, sin em bargo, que el nisus animal que experim entam os, aun cuando

no pueda sum inistrar una idea precisa de poder, incide en gran medida sobre aquella idea popular e inadecuada que nos hacemos de él.

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este mandato de la voluntad no nos da idea alguna de lo que es en realidad la tuerza o energía. Primero, debemos admitir que cuando conocemos un poder, conocemos precisamente aquella circuns­ tancia en la causa mediante la cual puede producir el efecto, pues ambos son presuntamente sinónimos. Debemos por ende, conocer tanto la causa como el efecto y la relación establecida entre ambos. No obs­ tante ¿pretenderíamos estar familiarizados con la naturaleza del alma humana y la naturaleza de una ¡dea, o con la aptitud de la primera para producir la segunda? Se trataría de una verdadera creación, la producción de algo a partir de la nada, lo cual impli­ caría un poder tan grande que parecería, a primera vista, inalcanzable para cualquier ser menos que in- « finito. Debe reconocerse, al menos, que un poder semejante no es percibido, conocido o incluso conce­ bible por la mente. Unicamente percibimos el aconte­ cimiento, a saber, la existencia de una idea consecuente con una volición; sin embargo, la manera como se realiza esta operación, el poder que la causa, escapa por completo a nuestra comprensión. Segundo, el dominio de la mente sobre sí misma es limitado, así como lo es su dominio sobre el cuer- V. po y tales límites no son conocidos por la razón, ni por familiaridad con la naturaleza de la causa y el efecto, sino sólo por experiencia y observación, como sucede con todos los demás acontecimientos naturales y en las acciones de los objetos externos. La autoridad que poseemos sobre nuestros senti­ mientos y pasiones es mucho más débil que aquella que detentamos sobre nuestras ideas e incluso esta última se halla confinada a muy estrechos límites. f

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Nadie pretenderá asignar una explicación última a estos límites o mostrar por qué el poder es deficiente en un caso y no en otro. Tercero, este dominio de sí es muy diferente en diversas ocasiones. Un hombre que goza de buena salud lo posee en mayor grado que quien languidece de dolencias. Dominamos mejor nuestros pensamien­ tos en la mañana que en la tarde, cuando ayunamos que tras una opípara cena. ¿Podríamos dar alguna razón para tales divergencias, excepto la experiencia? ¿Dón­ de está entonces aquel poder del que pretendemos ser conscientes? ¿No habrá aquí, bien sea en la sustancia material o en la espiritual, o en ambas, algún m e­ canismo secreto o estructura de las partes, del que

  • i depende el efecto y que, al sernos completamente desconocido, hace que el poder o energía de la volun­ tad nos sea igualmente desconocido e incomprensible? Ciertamente, la volición es un acto de la mente con el que nos encontramos bastante familiarizados. Reflexionemos sobre ella. Consideremos todos sus aspectos. ¿Hallamos en ella algo semejante a este poder creativo, mediante el cual surge de la nada una nueva idea y, por una especie de Fiat, imita la omni- > potencia de su Creador, si se me permite hablar así, a quien deben su existencia todas las diversas esce­ nas de la naturaleza? Así, lejos de ser conscientes de esta energía de la voluntad, se requiere una experien- . cia tan cierta como aquella que poseemos para con­ vencernos de que efectos tan extraordinarios como éstos no resultarían jamás de un sencillo acto volitivo.

54. El común de la humanidad no halla dificultad alguna en dar razón de las más corrientes y habituales

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operaciones de la naturaleza tales como la caída de los cuerpos pesados, el crecimiento de las plantas, la generación de los animales o la nutrición de los cuerpos por medio del alimento. No obstante, su­ pongamos que en todos estos casos, perciben la fuer­ za misma o energía de la causa mediante la cual se halla vinculada con el efecto y es siempre infalible en su acción. Adquieren, a través del hábito prolongado, una actitud mental tal que al presentarse la causa, de inmediato esperan con seguridad su compañero ha­ bitual y difícilmente conciben la posibilidad de que otro acontecimiento pueda resultar de ella. Sólo al descubrir fenómenos extraordinarios tales como los terremotos, la pestilencia y prodigios de cualquier tipo, se encuentran perplejos al asignar la causa apro­ piada y explicar la manera como fue producido el efecto. Cuando los hombres enfrentan dificultades semejantes, suelen recurrir a algún principio inteli­ gente e invisible'* como causa inmediata de aquel evento que los sorprende y que en su opinión, no podría explicarse acudiendo a los poderes naturales corrientes. Los filósofos, sin embargo, al llevar sus indagaciones un poco más lejos, perciben de inme­ diato que, incluso en los acontecimientos más co­ rrientes, la energía de la causa es tan ininteligible como en los acontecimientos más inhabituales y que sólo aprendemos por experiencia la frecuente conjun­ ción de los objetos sin llegar nunca a comprender alg semejante a la conexión entre ellos. En este punto, muchos filósofos se ven obliga

i 3 . 0£O O CX710 f.ir)Xa v r|0 , Theos üpó mekhanes (Deus ex machina).

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dos por la razón a recurrir en toda oportunidad, al mismo principio al que el vulgo apela únicamente en aquellos casos que a su parecer son milagrosos o sobre­ naturales. Reconocen que la mente y la inteligencia son, no sólo la causa última y original de todas las cosas, sino también la causa inmediata y única de todo lo que acaece en la naturaleza. Sostienen que aque­ llos objetos comúnmente denominados causas son en realidad sólo ocasiones, y que el verdadero y directo principio de todo efecto no es algún poder o fuerza natural sino una volición del Ser Supremo, cuyo de­ seo es que tales objetos particulares se hallen siempre en conjunción unos con otros. En lugar de decir que una bola de billar mueve a otra mediante una fuerza derivada del autor de la naturaleza, afirman que es la Divinidad misma que, mediante una volición particu­ lar, mueve la segunda bola, siendo determinada en tal acción por el impulso de la primera, en concordancia con aquellas leyes generales que ha establecido para sí en el gobierno del universo. Al avanzar aún más en sus indagaciones, los filósofos descubren que así como ignoramos por completo el poder del que de­ pende la mutua interacción de los cuerpos, ignoramos también aquel poder del que depende la acción de la mente sobre el cuerpo o del cuerpo sobre la mente; tampoco estamos en condiciones, a partir de nues­ tros sentidos o de nuestra conciencia, de asignar un principio último para cualquiera de los dos casos. Idéntica ignorancia los reduce entonces a la misma conclusión. Afirman que la Divinidad es la causa inmediata de la unión del alma con el cuerpo y que no son los órganos de los sentidos los que, al ser impre­ sionados por objetos externos, producen sensaciones

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en la mente; es una volición particular de nuestro omnipotente Hacedor lo que excita una sensación semejante acorde con un movimiento de este tipo en el órgano. Análogamente, no es una energía de la

voluntad lo que produce el movimiento local de nuestros miembros; es Dios mismo quien se compla­ ce en secundar nuestra voluntad, en sí misma impo­ tente, y ordena aquel movimiento que erróneamente

atribuimos a nuestro propio poder y

eficacia. Tam ­

poco se detienen allí los filósofos en sus conclusio­ nes. En ocasiones extienden idéntica inferencia a la propia mente en lo que respecta a sus operaciones internas. Nuestra visión mental o concepción de ideas no es más que una revelación concedida por el Creador. Cuando voluntariamente dirigimos nues­ tros pensamientos hacia un objeto y hacemos surgir su imagen en la fantasía, no es la voluntad la que crea esta idea: es el Hacedor universal quien la revela a la

mente y nos la hace presente.

^6. Según estos filósofos todo está lleno de Dios. No contentos con este principio, según el cual únicamen­ te existe su voluntad, nada posee poder alguno sino por su concesión, despojan a la naturaleza y a los seres creados de todo poder, para hacer su dependencia de la Divinidad aún más sensible e inmediata. No consi­ deran que mediante una teoría semejante disminuyen en lugar de magnificar la grandeza de los atributos que de esta manera presumen ensalzar. Ciertamente, se confiere mayor poder a la Deidad cuando delega cierto grado de poder en las criaturas inferiores que si produce todo mediante su propia volición inmediata. Supone más sabiduría el concebir inicialmente la

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construcción del universo con tan perfecta previsión que por sí mismo y a través de sus propias operacio­ nes pueda servir a todos los designios de la providen­ cia, que si el gran Creador se viera obligado en todo momento a ajustar sus partes y animar con su alien­ to todas las ruedas de esta estupenda maquinaria. Si deseáramos, no obstante, una refutación más filosófica de esta teoría, bastarían quizás las dos re­ flexiones siguientes.

57. Primero, creo que esta teoría de la energía univer­ sal y la acción del Ser Supremo es demasiado audaz como para convencer a un hombre suficientemente avezado en lo que respecta a las debilidades de la razón humana y a los estrechos límites que circuns­ criben todas sus operaciones. Aun cuando el encade­ namiento de raciocinios que conducen a ella fuese perfectamente lógico, debe generar si no la certeza absoluta, al menos fuertes sospechas de que nos ha colocado fuera del alcance de nuestras facultades cuando conduce a conclusiones tan extraordinarias y alejadas de la vida y experiencia cotidianas. Nos hallamos en el país de las hadas mucho antes de haber alcanzado los últimos pasos de nuestra teoría; una vez allí no tenemos razón alguna para confiar en nuestros métodos corrientes de argumentación, ni para pen­ sar que las analogías y probabilidades que solemos emplear posean validez alguna. Nuestra caña es de­ masiado corta para sondear tan inmensos abismos. Y aunque podamos enorgullecemos de ser guiados en cada paso que damos por alguna especie de verosi­ militud o experiencia, podemos estar seguros de que tal experiencia imaginaria no detenta autoridad algu-

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na cuando se aplica de esta manera a temas que se hallan completamente por fuera del ámbito de la experiencia. Sobre esto volveremos luego'4. Segundo, no puedo conceder ninguna solidez al argumento sobre el que se basa tal teoría. Ignoramos, es cierto, la manera en que los cuerpos actúan unos sobre otros; su fuerza o energía es por completo in­ comprensible. Mas ¿no ignoramos asimismo la ma­ nera o fuerza mediante la cual una mente, incluso una mente suprema actúa, bien sea sobre sí misma o sobre el cuerpo? ¿Dónde, me agradaría saber, adquirimos una idea de ella? No poseemos percepción o concien­ cia de tal poder en nosotros. No tenemos idea alguna del Ser Superior excepto aquella que obtenemos de la reflexión acerca de nuestras propias facultades. Si , nuestra ignorancia fuese entonces razón para recha­ zar algo, seríamos llevados al principio de negar toda energía al Ser Supremo tanto como a la más densa materia. Ciertamente, comprendemos tan poco las acciones del primero como las de la segunda. ¿Sería más difícil concebir que el movimiento pueda surgir del impulso que pensar que pueda surgir de la voli­ ción? Lo único que conocemos es nuestra profunda ignorancia en ambos casos'f.

t

14 .

Sección XII.

1 {.

No es preciso examinar extensamente el vis inertiae que tan -

to se menciona en la nueva filosofía y que se atribuye a la m ate­ ria. Sabem os por experiencia que un cuerpo en reposo o en movimiento continúa para siempre en el estado en que se encuen­ tra hasta que una nueva causa lo altera, y que un cuerpo impelido

adquiere tanto m ovim iento del cuerpo que lo impele com o

el

que adquiere aquél. Estos son hechos. Cuando denominam os lo

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j8 . Para abreviar, enunciaremos la conclusión de'este argumento que ya se ha extendido demasiado: en vano hemos buscado una idea de poder o conexión necesa­ ria en todas las fuentes de las que suponemos pudiera derivar. Parece ser que en ciertos casos particulares de la acción de los cuerpos no podemos nunca, aun si escudriñamos con el mayor cuidado, descubrir algo di­ ferente de un acontecimiento que sigue a otro, ni esta­ mos en condiciones de identificar alguna fuerza o poder mediante el cual actúe la causa, ni conexión ninguna entre ella y su presunto efecto. La misma dificultad se presenta al contemplar la acción de la mente sobre el

anterior vis inertiue, nos limitamos a señalar tales hechos, sin pre­ tender con ello tener idea alguna del poder de la inercia, asi p re ­ tender con ello tener idea alguna del poder de la inercia, así como

cuando hablamos de la gravedad nos referíam os

a ciertos afectos

sin com prender tal poder activo. Nunca fue la intención de Sir Isaac Nevvton el despojador a las causas secundarias de toda fuerza o energía, aun cuando algunos de sus seguidores se hayan esfo r­ zado por establecer una teoría semejante invocando su autoridad. Este gran filósofo, por el contrario, recurrió a un Huido etéreo activo para explicar la atracción universal, aunque era tan caute­ loso y modesto com o para adm itir que se trataba de una mera hipótesis sobre la que no se debería insistir sin ulterior exp eri­ mentación. Debo confesar que hay algo curioso en el destino de las opiniones relativamente extraordinarias. Descartes insinuó la doctrina de la eficacia universal y única de la Divinidad, pero sin insistir en ella. M alebranche y otros cartesianos la convirtieron en fundamento de toda su filosofía. No obstante, tal teoría no detentaba autoridad alguna en Inglaterra. Locke, Clarke y Cudworth no repararon siquiera en ella, aunque supusieron todo el tiempo que la materia tiene un poder real, si bien subordina­ do y derivado. ¿Cóm o ha llegado entonces a prevalecer entre nuestros metafisicos modernos?

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cuerpo -donde advertimos que el movimiento de este último sigue a la volición de la primera, pero no pode­ mos observar o concebir el vinculo que une movimienb i y volición, ni la energía mediante la cual la mente pro­ duce este efecto. El dominio de la voluntad sobre sus propias facultades e ideas no es una pizca más compren­ sible de manera que, en general, no parece haber en ti ida la naturaleza ejemplo ninguno de conexión concebible por nosotros. Todos los acontecimientos aparecen des­ ligados y separados. Un acontecimiento sigue a otro pero jamás observamos un enlace entre ellos. Aparecen asociados pero nunca conectados. Y como no podemos tener idea de algo que nunca se haya presentado al sentido externo o a la sensación interna, la conclu­ sión necesaria parece ser que no poseemos la idea de conexión o poder en absoluto y que estas palabras están completamente desprovistas de significado cuan­ do se emplean, bien sea en los razonamientos filosóficos o en la vida cotidiana.

  • 59. No obstante, habría todavía un método para evitar

tal conclusión y una fuente que no hemos examinado aún. Cuando se presenta algún objeto o aconteci­ miento natural nos es imposible, por medio de la sagacidad o la intuición, descubrir o incluso conjetu­ rar, prescindiendo de la experiencia, qué aconteci­ miento resultará de él o anticipar algo más allá del

objeto que se halla inmediatamente presente a la memoria y a los sentidos. Incluso después de un caso o experim ento donde hayamos observado que un determinado acontecimiento sigue a otro, no esta­ mos autorizados a establecer una regla general ni a predecir lo que ocurrirá en casos similares; justamen­

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te se estima como una imperdonable temeridad el juzgar el decurso entero de la naturaleza a partir de un único experim ento, independientemente de su precisión o certeza. No obstante, siempre que una especie determinada de acontecimientos, en cada caso, ha sido asociada con otra, no tenemos escrúpu­ lo alguno en predecir la ocurrencia de una al aparecer la otra, ni en emplear el único razonamiento capaz de asegurarnos acerca de cualquier cuestión de hecho o existencia. Llamamos entonces a uno de los objetos causa y al otro efecto. Suponemos que existe alguna conexión entre ellos, un poder en la primera median­ te el cual infaliblemente produce el segundo, y que actúa con la mayor certidumbre y la más fuerte ne­ cesidad. Parecería entonces que la idea de una conexión ne­ cesaria entre acontecimientos se origina en un núme­ ro de casos similares que ocurren en la asociación constante de tales acontecimientos. Sin embargo esta idea no puede ser sugerida nunca por alguno de es­ tos casos particulares, considerado desde todos los puntos de vista y posiciones. Nada hay, empero, en un número de casos que difiera de cada caso particu­ lar, el cual se supone exactamente similar a los de­ más, excepto que después de una repetición de casos, la mente es llevada por el hábito a esperar, con la presencia de un acontecimiento, su acompañante habitual y a creer que éste existirá. La conexión que sentimos en la mente, esta transición acostumbrada que hace la imaginación de un objeto a su acompañante habitual, es el sentimiento o impresión a partir del cual nos formamos la idea de poder o conexión necesaria. Nada más hay en este asunto. Puede contemplarse

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desde todas las perspectivas y nunca se hallará otro origen para tal idea. Es esta la única diferencia entre un único caso, del que nunca podemos derivar la idea de conexión, y un número de casos similares que la sugieren. La primera vez que un hombre observa la comunicación del movimiento por impulso, como sucede cuando chocan dos bolas de billar, no podría afirmar que un acontecimiento estaba conectado con el otro, sino sólo asociado con él. Después de obser­ var varios casos de esta naturaleza, puede afirmar que están conectados. ¿Qué modificación se ha presentado para dar lugar a esta nueva idea de conexión? Ninguna; sólo que ahora siente que tales acontecimientos están conectados en su imaginación y puede predecir sin dificultad la existencia de uno a partir de la presencia del otro. Cuando decimos, entonces, que un objeto está conectado con otro, sólo queremos decir que han adquirido una conexión en nuestro pensamiento y han generado aquella inferencia mediante la cual cada uno se convierte en prueba de la existencia del otro; conclusión bastante extraordinaria pero que parece fundamentada en evidencia suficiente. Tampo­ co se verá debilitada tal evidencia por una desconfian­ za general frente al entendimiento o por la sospecha escéptica ante toda conclusión novedosa y extraordi­ naria. No puede haber conclusión más grata para el escepticismo que aquella donde se descubren la de­ bilidad y los estrechos límites dentro de los que se encuentran confinadas la razón y capacidad humanas.

6 o. Y ¿qué ejemplo más vivido de la sorprendente ignorancia y debilidad del entendimiento pudiera producirse? Pues ciertamente, si existe alguna relación

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entre los objetos que fuese de importancia conocer a cabalidad, es aquella de causa y efecto. Sobre ella se fundamentan todos nuestros raciocinios acerca de cuestiones de hecho o existencia. Unicamente por su intermedio podemos alcanzar alguna seguridad res­ pecto de aquellos objetos distantes del testimonio presente de nuestra memoria y sentidos. La única utilidad inmediata de todas las ciencias reside en ense­ ñarnos cómo controlar y regular los acontecimientos futuros a través de sus causas. Nuestros pensamientos e investigaciones, por ende, giran en todo momento en torno a tal relación; no obstante, las ideas que nos formamos respecto de ella son tan imperfectas, que resulta imposible dar una definición correcta de causa, excepto aquella que procede de algo extraño y ajeno a ella. Objetos similares siempre se hallan asociados con objetos similares; de esto tenemos experiencia. Con­ forme con tal experiencia podemos definir una causa como un objeto, seguido de otro, donde todos los objetos similares al primero son seguidos por objetos similares al segundo. O en otras palabras, de no haberse dado el primer objeto, el segundo nunca habría existido. La presencia de una causa siempre comunica a la mente, por una transición habitual, la idea del efecto. De esto también tenemos experiencia. Podemos entonces, en concordancia con tal experiencia, formular otra definición de causa y llamarla un objeto, seguido de otro, cuya aparición siem­ pre traslada el pensamiento al otro. No obstante, aunque estas definiciones provengan de circunstancias ajenas a la causa, no podemos remediar este inconveniente ni obtener una definición más perfecta, que pueda se­ ñalar aquella circunstancia en la causa misma que produce la conexión con su efecto. No poseemos

idea alguna de tal conexión, ni siquiera una noción clara de lo que deseamos saber cuando nos esforza­

mos por concebirla. Decimos por ejem plo, que la vibración de esta cuerda es la causa de este determ i­ nado sonido. Sin embargo, ¿qué queremos decir con esta afirmación? Queremos decir, bien sea que esta

vibración es seguida

por este sonido y que todas las vibra­

ciones similares han sido seguidas por sonidos similares; o

bien, que

esta vibración es seguida por este sonido y que

dado uno, la mente se anticipa a los sentidos y Jornia in­ mediatamente la idea del otro. Podemos considerar la relación de causa y efecto bajo cualquiera de estos dos aspectos, pero con independencia de ellos, no tene­ mos idea alguna de tal relación'6.

6 1 . Para recapitular los razonamientos presentados

16 . Según estas explicaciones y definiciones, la idea de poder

es tan relativa com o aquella de causa; ambas hacen referencia a

un

efecto

o algún otro acontecim iento constantem ente asocia­

do

con

el

prim ero. Cuando consideram os la circunstancia des­

conocida de un objeto m ediante la cual el grado o cantidad de

su efecto se fija y determ ina, la llamam os su poder; según esto, todos los filósofos adm iten que el efecto es la medida del po ­ der. N o obstante, si tuviesen una idea del poder tal com o es

en sí m ism o, ¿por qué no habrían de m edirlo en sí m ism o?

La

disputa acerca de si la fuerza de 1111 cuerpo en m ovim iento es

igual a su velocidad o al cuadrado de su velocidad, esta dispu­

ta, digo, no será dirim ida com parando sus efectos en tiem pos iguales o diferentes, sino por m edición y com paración direc­ tas. En lo que toca al frecuente uso de las palabras fuerza, poder,

energía, e tc ., que se em plean

constantemente en las conversa­

ciones cotidianas así com o en la filosofía, tal uso no constituye una prueba de que estem os familiarizados en ningún t aso con el

principio de conexión entre causa y efecto, ni que podamos dar una explicación última de la producción de una cosa por otra.

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en esta sección, diríamos: toda idea es copiada de una impresión o sensación precedente; allí donde no podemos hallar una impresión podemos estar seguros de que no hay ninguna idea. En todos los casos parti­ culares de acción de los cuerpos o de las mentes, nada hay que produzca una impresión ni pueda, por consi­ guiente, sugerir la idea de poder o conexión necesa­ ria. No obstante, cuando se presentan muchos casos uniformes y el mismo objeto se presenta siempre se­ guido por el mismo acontecimiento, comenzamos a considerar la noción de causa y conexión. Sentimos entonces una nueva sensación o impresión, a saber, una conexión habitual en el pensamiento o imagina­ ción entre un objeto y su acompañante habitual; y tal sensación es el original de aquella idea que buscamos. Puesto que tal idea se origina en un número de ca­ sos similares y no en uno en particular, debe surgir de aquella circunstancia según la cual el número de

Estas palabras, en su uso corriente, poseen significados muy va­ gos y las ideas correspondientes son inciertas y confusas. Ningún animal puede poner en m ovim iento objetos externos sin el sen­ timiento de un ninsus o esfuerzo; todo animal tiene el sentimiento o sensación proveniente del golpe de un objeto externo que se halle en m ovim iento. Nos inclinamos a transferir estas sensacio­

nes que son meram ente animales y de las que no podemos hacer a priori inferencia alguna, a los objetos inanimados y a suponer que poseen sensaciones sem ejantes cuando transfieren o reciben m ovim iento. Respecto de estas energías que se ejercen sin que

atribuyam os a ellas la idea de la

com unicación del m ovim iento,

consideramos tan sólo la conjunción constante experim entada de

acontecim ientos y com o sentimos una conexión habitual entre las

ideas, transferim os este sentim iento a los objetos;

nada hay más

común que el aplicar a los cuerpos externos toda sensación in terna ocasionada por ellos.

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casos difiere de cada caso individual. Tal conexión habitual o transición de la imaginación es la única circunstancia en la que difieren. En todo otro respec­ to son idénticas. El primer caso que podemos obser­ var del movimiento comunicado por el choque de dos bolas de billar (para regresar a este ejemplo evi­ dente), es exactamente similar a cualquier caso que pueda ocurrir ahora, excepto que no podríamos ini­ cialmente injerir un evento del otro, mientras que ahora, después de un largo decurso de experiencias uniformes, sí podemos hacerlo. No sé si el lector captará sin dificultad este razonamiento. Temo que si me extendiera más o lo colocara bajo diversos as­ pectos, sólo se tornaría más oscuro e intrincado. En todo razonamiento abstracto hay un punto de vista que de ser felizmente alcanzado, nos hace avanzar en la ilustración del tema más que toda la elocuencia y copiosas expresiones del mundo. Debemos esforzar­ nos por alcanzar este punto de vista y reservar las flores de la retórica para aquellos temas más acordes con ella.

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sección v iii. De la libertad y la necesidad.

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62. En asuntos que han sido estudiados y debatidos con gran vehemencia desde el origen de la filosofía y de la ciencia, puede esperarse razonablemente que al menos el significado de todos los términos haya sido acordado entre quienes se disputan y que nues­ tras investigaciones, en el transcurso de dos mil años, hayan podido ir más allá de las palabras a los auténti­ cos y verdaderos temas en controversia. Pues cuán fácil parecería dar definiciones exactas de los términos empleados en el razonamiento y hacer de tales defini­ ciones y no del mero sonido de las palabras, el objeto de futuro escrutinio y examen. No obstante, si consi­ deramos el asunto con mayor detenimiento, nos ve­ remos obligados a extraer precisamente la conclusión contraria. Del hecho mismo de que una controversia se haya mantenido en pie durante largo tiempo y aún permanezca sin decidir, podemos presumir que existe ambigüedad en su expresión y que los contrincantes atribuyen diferentes ideas a los términos empleados en el debate. Dado que las facultades mentales se pre­ sumen semejantes por naturaleza en cada individuo, pues de lo contrario nada sería más inútil que razonar o disputar con otros, si los hombres atribuyeran las mismas ideas a los términos sería imposible que pudie­ sen, durante un lapso de tiempo tan largo, forjarse diferentes opiniones acerca del mismo tema, especial­ mente cuando comunican sus opiniones y cada parti­ do se vuelca por doquier en busca de argumentos que

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puedan conferirle la victoria sobre sus adversai i- Es cierto que cuando el hombre intenta debatir ciu

tiones que sobrepasan

el alcance de toda capaci< I • I

humana tales como las referentes al origen del 11 ¡ do, a la economía del sistema intelectual o a la rege ■ de los espíritus, puede durante largo tiempo azotar el aire con sus vanas contiendas sin llegar jamás a una conclusión determinada. Si el asunto concierne, empero, a un tema de la vida y experiencia cotidia­ nas nada, pensaríamos, podría hacer que la disputa permaneciera sin dirimir, a no ser que alguna expre­ sión ambigua mantuviese los antagonistas a distancia y les impidiese abordarse los unos a los otros.

  • 63. Este ha sido el caso en la cuestión largamente

discutida acerca de la libertad y necesidad, a tal grado que, de no hallarme muy equivocado, encontraremos que toda la humanidad, incluyendo eruditos e igno­ rantes por igual, ha sido siempre de la misma opinión respecto a este asunto y que unas pocas definiciones inteligibles hubiesen puesto fin de inmediato a toda controversia. Reconozco que tal debate ha sido tan estudiado por todo tipo de personas y ha conducido a los filósofos a tal laberinto de confusa sofística, que 1 no debe sorprendernos el que algún lector razona­ ble opte por prestar oídos sordos a la formulación de tal problema, del que no cabe esperar ni instrucción ni placer. No obstante, el carácter del argumento aquí presentado pueda servir quizás para suscitar una atención renovada, pues resulta novedoso, promete al menos dirimir la controversia y no perturbará en mucho la tranquilidad del lector con intrincados y

oscuros raciocinios.

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Espero mostrar entonces que todos los hombres han coincidido siempre tanto en la doctrina de la necesidad como en la de la libertad, según cualquier significado razonable que pueda atribuirse a tales tér­ minos, y que la controversia ha girado hasta ahora sobre meras palabras. Comenzaremos por examinar la doctrina de la necesidad.

  • 64. Es universalmente admitido que sobre la materia,

en todas sus operaciones, incide una fuerza necesaria y que todo efecto natural está tan precisamente deter­ minado por la energía de su causa que ningún otro efecto, en las mismas circunstancias, podría haber resultado de ella. El grado y dirección de todo movi­ miento, según las leyes de la naturaleza, está prescrito con tal exactitud que una criatura viviente podría surgir del choque de dos cuerpos en movimiento en cualquier otro grado o dirección de los que efectiva­ mente tienen. Si hemos entonces de formarnos una idea correcta y precisa de la necesidad, debemos con­ siderar de dónde proviene tal idea cuando la aplicamos a las operaciones de los cuerpos. Parece evidente que si todos los escenarios natu­ rales se modificaran constantemente de manera que ninguno se asemejara a otro, sino que cada objeto fuese por completo nuevo y no guardara similitud alguna con lo que hubiéramos visto antes, en este caso nunca podríamos haber obtenido la idea de necesidad o de * conexión entre tales objetos. Podríamos decir, ante tal suposición, que un objeto o acontecimiento ha seguido a otro, pero no que el uno ha sido producido por el otro. La relación de causa y efecto hubiera sido comple­ tamente desconocida para la humanidad. La inferencia

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y el razonamiento acerca de las operaciones de la na­ turaleza, a partir de ese momento, llegarían a su fin; la memoria y los sentidos serían los únicos canales por medio de los cuales la mente podría acceder al cono­ cimiento de una existencia real. Por consiguiente, nuestras ideas de necesidad y causalidad se originan en la uniformidad observable en las operaciones de la naturaleza, donde objetos similares se asocian constantemente y la mente está determinada por la costumbre a inferir uno a partir de la presencia del otro. Estas dos circunstancias conforman la totalidad de aquella necesidad que atribuimos a la materia. Más allá de la conjunción constante de objetos similares y de la consiguiente injerencia del uno al otro, no te­ nemos otra noción de necesidad o conexión. Si puede mostrarse que toda la humanidad ha ad­ mitido, sin dudas o vacilaciones, que estas dos circuns­ tancias se conjugan en las acciones voluntarias de los hombres y en las operaciones de la mente, debe según se entonces que toda la humanidad ha coincidido en la doctrina de la necesidad y que sus disputas se han debido sencillamente a que no se han comprendido unos a otros.

 

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6 $. En lo que respecta a la primera circunstancia, l.i conjunción constante y regular de eventos similares, podemos darnos por satisfechos con las siguientes consideraciones. Universalmente se admite que entre las acciones humanas, en todas las naciones y épocas, prevalece una gran uniformidad, y que la natural»v humana permanece invariable en sus principios y op raciones. Los mismos motivos producen siempr. mismas acciones; los mismos acontecimientos n ,u¡ 4

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tan de las mismas causas. La ambición, la avaricia, el egoísmo, la vanidad, la amistad, la generosidad, el espíritu cívico: tales pasiones, combinadas en diver­ sos grados, se hallan distribuidas en toda la sociedad y desde el comienzo del mundo, han sido y continúan siendo la fuente de toda acción y proyecto que haya sido observado entre los humanos. ¿Deseamos co­ nocer los sentimientos, inclinaciones y vida de los griegos y romanos? Estudiemos con atención el tem­ peramento y acciones de los franceses e ingleses y no podremos andar muy descaminados al transferir a los primeros la mayoría de las observaciones que se hayan hecho respecto de los segundos. La humanidad es tan semejante en todo tiempo y lugar que la historia no nos informa nada nuevo o extraño a este respecto. Su principal utilidad radica tan sólo en descubrir los principios constantes y universales de la naturaleza humana, al mostrar a los hombres en todas las diver­ sas circunstancias y situaciones y proveernos de ma­ teriales a partir de los cuales podemos hacer nuestras propias observaciones y familiarizarnos con los resor­ tes habituales de la acción y la conducta humanas. Los registros de guerras, intrigas, partidos y revoluciones conforman tan sólo una colección de experimentos por medio de los cuales el político o filósofo moral establece los principios de su ciencia, de igual ma­ nera a como el físico o filósofo natural se familiariza con la naturaleza de las plantas, minerales y otros objetos externos mediante los experim entos que realiza con ellos. Tampoco se asemejan más la tierra, el agua y los otros elementos examinados por Aris­ tóteles e Hipócrates a aquellos que actualmente ob-

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servamos, que los hombres descritos por Polibio y Tácito a quienes actualmente gobiernan el mundo. Si al regresar de un país lejano, un viajero hubiera de ofrecernos un relato acerca de hombres completa­ mente diferentes de los que hayamos conocido jamás, hombres totalmente desprovistos de avaricia, ambi­ ción o venganza, que no conocieran placeres dife­ rentes de la amistad, la generosidad y el espíritu cívico, de inmediato, a partir de tales circunstancias, detectaríamos su falsedad y lo acusaríamos de men­ tiroso, con la misma certidumbre como si hubiera atiborrado su narración con relatos de centauros, dragones, milagros y prodigios. Si fuésemos a denun­ ciar alguna falsedad en la historia no podríamos uti­ lizar mejor argumento que el de demostrar que las acciones atribuidas a alguna persona se hallan en di­ recta contradicción con el decurso de la naturaleza y que no habría ningún motivo humano, en tales circuns­ tancias, que la hubiera podido inducir a una conducta semejante. Sospechamos de la veracidad de Quintus Curtius cuando describe el valor sobrenatural de Alejandro, que le habría permitido lanzarse solo al ataque de multitudes, tanto como cuando describe su actividad y fuerza sobrenaturales gracias a las cua- les las habría vencido, pues se admite universalmente y con igual facilidad la uniformidad en las acciones y motivos humanos como en las operaciones del cuerpo. De allí deriva asimismo el beneficio de aquella e x ­ periencia adquirida en una larga vida y diversidad de oficios y compañías, pues nos instruye acerca de los principios de la naturaleza humana y regula tanto nues­ tro futuro comportamiento como la especulación. Por *

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medio de esta guía, nos elevamos al conocimiento de las inclinaciones y motivos de los hombres, a partir de sus acciones, expresiones e incluso de sus gestos; descendemos de nuevo a la interpretación de sus ac­ ciones a partir del conocimiento que tenemos de sus motivos e inclinaciones. Las observaciones generales atesoradas en el transcurso de la experiencia nos dan la clave de la naturaleza humana y nos enseñan a des­ enmarañarla en toda su complejidad. Los pretextos y apariencias ya no pueden engañarnos. Las declara­ ciones públicas se hacen pasar por la plausibilidad aparente de una causa; aun cuando se reconozcan a la virtud y al honor su propio peso y autoridad, aquel desinterés perfecto, con frecuencia simulado, no es de esperarse jamás en multitudes y partidos, rara vez en sus dirigentes y escasamente en individuos de cualquier rango o condición. No obstante, si no hu­ biera uniformidad en las acciones humanas y todo ex­ perimento de este tipo que intentásemos establecer íuese irregular y anómalo, sería imposible recopilar observaciones generales referentes a la humanidad; ninguna experiencia, así fuese elaborada con toda precisión por la reflexión, jamás tendría propósito alguno. ¿Por qué habría de ser el viejo agricultor más hábil en sus labores que el joven principiante, a no ser porque existe cierta uniformidad en la acción del sol, la lluvia y la tierra en la producción de los vegetales y la experiencia instruye a quien durante largos años practica aquellas reglas que gobiernan y dirigen tal acción?

  • 66. Sin embargo, no debemos esperar que esta uni­

formidad en las acciones humanas se extienda a tal

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punto que todos los hombres, en análogas circuns­ tancias, actúen exactamente de la misma manera, .sin tener en cuenta la diversidad de caracteres, prejuicios y opiniones. No se encuentra en parte alguna de la naturaleza una uniformidad semejante en todos los detalles. Por el contrario, de la observación de la diversidad de las conductas en diferentes hombres podemos formarnos una mayor variedad de máximas i que suponen, empero, cierto grado de uniformidad y regularidad. ¿Varían las costumbres de los hombres en diferen­ tes épocas y lugares? Aprendemos de estas diferencias la gran fuerza de la costumbre y de la educación que moldean la mente humana desde su infancia, estable­ cen y fijan su carácter. ¿Es la conducta de uno de los « sexos muy diferente de la del otro? A través de estas diferencias nos familiarizamos con las diversas carac­ terísticas que ha imprimido la naturaleza en ellos y preserva con constancia y regularidad. ¿Varían las ac­ ciones de una misma persona en diferentes épocas de su vida, desde la infancia hasta la vejez? Esto da lugar a muchas observaciones generales concernientes al cambio gradual de nuestros sentimientos e inclina­ ciones y a las diferentes máximas que prevalecen en »í las diversas edades de las criaturas humanas. Incluso el carácter peculiar de cada individuo posee una uni­ formidad en su influencia; de lo contrario, nuestra familiaridad con las personas y la observación de su conducta nunca podría enseñarnos sus disposiciones ni sernos útil para orientar nuestra conducta respecto de ellas.

67. Concedo que es posible hallar algunas acciones «

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que no parecen guardar conexiones regulares con ningún motivo conocido y constituyen excepciones a todas las normas de conducta que hayan sido estable­ cidas para el gobierno de los hombres. No obstante, si deseáramos saber qué juicio debemos formarnos de tan irregulares y extraordinarias acciones, podría­ mos considerar los sentimientos que comúnmente se experimentan ante aquellos acontecimientos irregu­ lares que se presentan en el decurso de la naturaleza y en la acción de los objetos externos. No todas las causas se unen para producir los efectos habituales con la misma regularidad. Un artífice que trabaja sólo con la materia inerte, puede errar sus propósitos tan­ to como el político que dirige la conducta de agentes sensibles e inteligentes. El vulgo, que toma las cosas según su apariencia inmediata, atribuye la incertidumbre de los hechos a aquella incertidumbre en las causas debido a la cual fallan a menudo en sus efectos habituales, aun cuan­ do no encuentren impedimento alguno en su acción. Los filósofos sin embargo, al observar que casi todas las partes de la naturaleza contienen una diversidad de resortes y principios ocultos en razón de su minu­ ciosidad o lejanía, consideran al menos posible que la falla de los hechos no proceda de la contingencia de la causa sino más bien de la secreta acción de causas contrarias. Esta posibilidad se convierte en certeza me­ diante observaciones ulteriores, cuando advierten, después de un minucioso examen, que la contrariedad de efectos revela una contrariedad de causas y proce­ de de su mutua oposición. Un campesino no puede ofrecer mejor explicación de por qué se detiene un reloj, diferente de la de decir que a menudo funciona

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mal; un artesano, sin embargo, puede advertir sin di­ ficultad que la misma fuerza ejercida sobre el resorte o péndulo tiene siempre la misma influencia sobre las ruedas, pero no produce su efecto habitual quizás debido a una mota de polvo que ha detenido todo el movimiento. De la observación de varios casos paralelos, los filósofos enuncian una máxima según la cual la conexión entre todas las causas y efectos es igualmente necesaria; su aparente incertidumbre en algunos casos procede de la secreta oposición de causas contrarias. En el cuerpo humano por ejemplo, cuando los sín­ tomas habituales de salud o de enfermedad no se avienen a nuestras expectativas, cuando las medicinas no ope­ ran con su acostumbrada eficacia, cuando ciertos hechos irregulares se siguen de alguna causa particular, el filósofo y el físico no se sorprenden por ello, ni se inclinan a negar en general la necesidad y uniformidad de aquellos principios que rigen la economía animal. Saben que el cuerpo humano es una máquina altamente complicada y muchos de los poderes secretos que esca­ pan a nuestra comprensión acechan en él; a menudo nos parece, forzosamente, incierto en sus acciones y por consiguiente, los acontecimientos irregulares que se manifiestan externamente no constituyen una prueba de que las leyes de la naturaleza no sean observadas con la mayor regularidad en sus operaciones y gobierno internos.

6 8 . El filósofo, si ha de ser consistente, debe aplicar el mismo razonamiento a las acciones y voliciones de los agentes inteligentes. Las decisiones humanas más irregulares e inesperadas pueden ser explicadas a

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menudo por quienes conocen todas las circunstancias particulares de su carácter y situación. Una persona de atable disposición da una respuesta displicente; esto se debe, empero, a que tiene dolor de muelas o no ha cenado. Un individuo estúpido advierte una inusitada presteza en su comportamiento, pero esto se debe a que ha recibido una inesperada fortuna. Incluso, como suele suceder, cuando una acción no puede ser explicada ni por la propia persona que la realiza ni por otros, sabemos que en general el carác­ ter de los hombres es, hasta cierto punto, inconstante e irregular. Es este, en cierta forma, el carácter cons­ tante de la naturaleza humana, aun cuando se aplique de manera especial a algunas personas que no siguen reglas fijas en su conducta, sino que proceden en un curso continuo de caprichos e inconstancias. Los principios internos y motivos pueden operar de mane­ ra uniforme, independientemente de esas aparentes irregularidades, de la misma forma como los vientos, la lluvia, las nubes y otras variaciones climáticas se presumen gobernadas por firmes principios, aun cuando no sean éstos fácilmente descubiertos por la sagacidad y curiosidad humanas.

  • 69. Resulta entonces, no sólo que la conjunción en­

tre motivos y acciones voluntarias es tan regular y uniforme como la que existe entre causa y efecto en cualquier parte de la naturaleza, sino también que tal conjunción regular ha sido universalmente recono­ cida por la humanidad y no ha sido nunca objeto de disputa ni en la filosofía ni en la vida cotidiana. Ahora bien, dado que toda inferencia acerca del futuro es extraída de experiencias previas y como concluimos

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que aquellos objetos que siempre hemos hallado en conjunción estarán siempre asociados, parece super- fluo demostrar que la uniformidad experimentada en lo referente a las acciones humanas es la fuente de la que derivamos toda inferencia acerca de ellas. No obs­ tante, con el propósito de colocar el argumento bajo otra luz, insistiremos también brevemente sobre este último tema. La mutua interdependencia de los hombres es tan grande en todas las sociedades que escasamente hay alguna acción humana completa en sí misma o reali­ zada sin alguna referencia a las acciones de los demás, necesarias para responder a cabalidad a las intencio­ nes del agente. El más pobre artífice, que trabaja solo, espera al menos la protección del magistrado para garantizar que gozará del Ir uto de su trabajo. Espera también, cuando lleva sus obras al mercado v las ofrece a un precio razonable, encontrar compra­ dores y con el dinero que así obtenga, comprometer a otros a suministrar aquellos productos que precisa para su subsistencia. En proporción a la complejidad de los tratos entre los hombres, su comercio con otros se toma más complejo; incluye siempre en sus proyec­ tos una gran diversidad de acciones voluntarias que, a partir del conocimiento de sus propios motivos, espei a se complementarán con las suyas. En todas estas conclusiones toma sus normas de la experiencia pasada, de la misma manera como lo hace en sus razo namientos acerca de los objetos externos y cree firmemente que los hombres, ai igual que los elemen tos, procederán en sus acciones como siempre lo han hecho. Un fabricante cuenta con el trabajo de sus em­ pleados para la ejecución de cualquier tarea tanto

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como cuenta con los instrumentos que utiliza y se vería igualmente sorprendido si tallasen sus expec­ tativas. En síntesis, la inferencia experiencial y los raciocinios relativos a las acciones de los demás in­ tervienen en la vida humana en tal grado que nadie, cuando está despierto, prescinde de ellos por un momento. ¿No tendremos razón entonces, al afirmar que la humanidad siempre ha coincidido en la doc­ trina de la necesidad según la definición y explicación anteriormente ofrecida de ella?

  • 70. Tampoco los filósofos han sostenido una opinión

diferente a este respecto de la del común de los hom­

bres. Pues, para no mencionar el hecho de que casi toda acción de su vida presupone tal opinión, pocas son las ramas especulativas del conocimiento para las cuales no sea esencial. ¿Qué sería de la historia si no dependiéramos de la veracidad del historiador según la experiencia que tenemos de la humanidad? ¿Cómo podría ser la política una ciencia, si las leyes y formas de gobierno no ejercieran una influencia uniforme sobre la sociedad? ¿Dónde estaría el fundamento de la moral, si los caracteres individuales no tuvieran el poder cierto o determinado de producir sentimientos específicos y si estos sentimientos no actuaran con constancia sobre las acciones? ¿Y con qué derecho po­ dríamos ejercer la crítica de un poeta o autor elevado si no pudiéramos juzgar la conducta y sentimientos de sus personajes bien como natural o desnaturalizada para estos caracteres en tales circunstancias? Parecie­ ra casi imposible, por ende, comprometerse con la ciencia o con cualquier tipo de acción sin admitir la

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doctrina de la necesidad y la inferencia del motivo a la acción voluntaria, del carácter a la conducta. En efecto, cuando consideramos cuán apropia­ damente concuerdan la evidencia natural y la moral, formando una única cadena de razonamiento, no ten- , dremos escrúpulos en admitir que comparten la mis­ ma naturaleza y derivan de los mismos principios. Un prisionero que no posea ni dinero ni influencias, descu­ bre la imposibilidad de su evasión cuando considera la obstinación del carcelero tanto como los muros y rejas que lo rodean; en todos los intentos que haga por recobrar su libertad, preferirá dirigir sus esfuerzos a destruir la piedra y el hierro de estos últimos más bien que la inflexible naturaleza del primero. El mismo prisionero, cuando es conducido al patíbulo, prevé su , muerte tan certeramente de la constancia y fidelidad de los guardas como de la acción del hacha o la polea. Su mente avanza siguiendo una secuencia de ideas: la negativa de los guardas a consentir a su evasión, la acción del verdugo, la separación de la cabeza del cuerpo, la sangre, los movimientos convulsivos, la m uerte. Existe aquí una conexión encadenada de causas naturales y acciones voluntarias, pero la mente no percibe diferencia alguna entre ellas al pasar de un ♦ eslabón a otro; tampoco tiene una certeza menor res­ pecto del futuro acontecimiento que si éste estuviese conectado con los objetos presentes a los sentidos o a la memoria por un encadenamiento de causas, cimen­ tadas en lo que nos complacemos en llamar necesidad física. La misma unión experimentada posee idéntico efecto sobre la mente cuando los objetos entrelazados son m otivos, voliciones, acciones o bien figuras y movimientos. Podemos cambiar el nombre de las

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cosas, pero su naturaleza y su acción sobre el enten­ dimiento nunca se modifican. Si un hombre, de quien sé que es honesto y opu­ lento, y de quien soy íntimo amigo viene a mi casa, donde me encuentro rodeado por mis sirvientes, tengo la seguridad de que no me acuchillará antes de salir pa­ ra robar mis bandejas de plata; mi sospecha de que tal cosa pueda ocurrir no es mayor que si la casa misma, que es nueva y está sólidamente asentada y construida, se derrumbara de improviso. Pero habría podido sufrir

un súbito y desconocido ra puede presentarse

ataque de locura. De igual mane­

de súbito un terrem oto;

la casa

temblará y se desplomará sobre mi cabeza. Por con­ siguiente, cambiaré las suposiciones. Diré que sé con certeza que nadie debe poner su mano en el fuego y sostenerla allí hasta que se consuma; tal hecho creo, puedo predecirlo con la misma seguridad como este otro, que si alguien se lanza por una ventana y no en­ frenta obstáculo alguno, no permanecerá suspendido en el aire. La sospecha de una locura desconocida no puede hacer plausible tal hecho, contrario a todos los principios de la naturaleza humana. Un hombre que al mediodía deja su bolsa llena de oro en medio de Charing Cross, esperará encontrarla intacta una hora después tanto como esperaría verla volar como una pluma. Más de la mitad de los raciocinios humanos contienen inferencias de similar naturaleza, acompaña­ das por mayor o menor grado de certeza, proporcional a nuestra experiencia de la conducta habitual de la humanidad en tales situaciones concretas.

7 i . He considerado

a menudo cuál podría ser la ra­

zón de que toda la humanidad, aunque siempre y sin

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vacilaciones ha admitido la doctrina de la necesidad en lo que concierne a su práctica y razonamientos, haya sido tan reacia a reconocerla en palabras y por el contrario, haya mostrado una propensión, en to­ das las épocas, a profesar la opinión opuesta. Creo que este asunto puede explicarse de la siguiente manera. Si examinamos las acciones del cuerpo y la producción de efectos a partir de causas, hallaremos que todas nuestras facultades no pueden conducirnos más allá en el conocimiento de esta relación, sino ape­ nas a observar que objetos particulares se encuentran en constante asociación y que la mente se ve conducida, por una transición habitual, de la presencia de uno a la creencia en el otro. Pero aunque tal conclusión respecto de la ignorancia humana fuese el resultado del más estricto examen, los hombres continúan mostran­ do una fuerte propensión a creer que penetran pro­ fundamente en los poderes de la naturaleza y que perciben algo como una conexión necesaria entre cau­ sa y efecto. Cuando de nuevo vuelcan su reflexión hacia las operaciones de sus propias mentes y no perci­ ben tal conexión entre el motivo y la acción, se inclinan a suponer que hay una diferencia entre los efectos resultantes de la fuerza material y los que surgen del pensamiento y la inteligencia. Al convencernos, empero, de que no conocemos sobre ningún tipo de causalidad más que la mera conjunción constante de objetos y la consiguiente inferencia de la mente del uno al otro, y al descubrir que estas dos circunstan­ cias son reconocidas universal mente como atinentes a las acciones voluntarias, reconoceríamos con mayor facilidad que la misma necesidad es común a todas las causas. Aun cuando tal razonamiento pueda contrade­

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cir los sistemas de muchos filósofos, por cuanto atri­ buye necesidad a la determinación de la voluntad, hallaremos al reflexionar sobre esto, que disienten sólo acerca de palabras y no en lo que concierne a sus verdaderos sentimientos. La necesidad, según el sen­ tido que aquí le damos, nunca ha sido negada por filósofo alguno ni creo que pudiera serlo. Quizá so­ lamente se pueda fingir que la mente percibe, en las acciones de la materia, alguna conexión ulterior en­ tre causa y efecto, conexión que no tiene lugar en las acciones voluntarias de los seres inteligentes. Ahora bien, únicamente tras un minucioso examen podría determinar si tal es el caso o no, e incumbe a aquellos filósofos validar su afirmación por medio de la defini­ ción o descripción de esta necesidad, identificándola para nosotros en las acciones de las causas materiales.

7 2. Parecería ciertamente que los hombres abordan la cuestión de la libertad y la necesidad por el laclo equivocado cuando comienzan por examinar las fa­ cultades del alma, la influencia del entendimiento y las operaciones de la voluntad. Sería conveniente que debatieran primero un problema más sencillo, a saber, el de las acciones del cuerpo y de la materia bruta y desprovista de inteligencia e intentaran, si pueden hacerlo, formarse en este caso una idea de causalidad y necesidad diferente de la de una conjunción cons­ tante de objetos y de la subsiguiente inferencia de la mente del uno al otro. Si tales circunstancias confi­ guran realmente la totalidad de esta necesidad que concebimos en la materia y si tales circunstancias, como umversalmente se reconoce, se conjugan tam­ bién en las operaciones de la mente, es preciso dar

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por terminada la disputa o al menos admitir que era sólo verbal. No obstante, mientras supongamos precipitadamente que tenemos una idea ulterior de necesidad y causalidad respecto de las acciones de los objetos externos y al mismo tiempo, que no podemos encontrar nada ulterior en las acciones voluntarias de la mente, no hay posibilidad de dirimir la cuestión, pues procedemos sobre suposiciones completamen­ te falsas. El único método para desengañarnos es remontarnos más alto, examinar el limitado alcance de la ciencia cuando se aplica a las causas materiales y llegar al convencimiento de que lo único que conoce­ mos de ellas es la conjunción constante y la inferen­ cia arriba mencionadas. Tal vez con dificultad admitamos fijar tan estrechos límites al entendimien­ to humano; no obstante, quizás hallaremos después que no hay dificultad alguna cuando procedemos á aplicar esta doctrina a las acciones de la voluntad. Pues es evidente que éstas se hallan en conjunción regular con motivos, circunstancias y caracteres; como siempre es­ tablecemos inferencias de unas a otros, nos veremos obligados a reconocer en palabras la necesidad que hemos admitido previamente en toda deliberación y en cada paso de nuestra conducta y comportamien­

to17.

i 7.

La prevalencia de

la doctrina de la libertad puede ser e x ­

plicada por otra causa, a saber, una falsa sensación o experiencia

aparente que tenemos o podemos tener, de libertad o indiferen­ cia en muchas de nuestras acciones. La necesidad de toda acción,

bien sea

m aterial o m ental no es, propiam ente hablando, una

cualidad del agente sino de cualquier ser pensante o inteligente que pueda juzgar la acción y consiste principalm ente en deter­ minar sus pensamientos para inferir la existencia de tal acción a partir de objetos precedentes; la libertad, com o opuesta a la ne-

7 3. Retomando entonces aquel proyecto conciliador respecto del problema de la libertad y la necesidad, el problema más debatido de la metafísica, la más controvertida de las ciencias, no se requerirán mu­ chas palabras para demostrar que toda la humanidad

cesidad, no es más que la carencia de determ inación y

cierta v a ­

guedad o indiferencia que sentimos al pasar o no pasar de la idea

de un objeto a la idea de cualquier objeto subsiguiente. Ahora bien, podemos observar no obstante, que al reflexionar sobre las acciones humanas, rara vez sentim os tal vaguedad o indiferen­ cia, pues en general estam os en condiciones de inferirlas con considerable certidum bre a partir de sus m otivos y de las dispo­ siciones del agente; sin em bargo, suele suceder que al reali/ar las acciones mismas seamos sensibles a algo análogo a ellas y dado que los objetos semejantes se confunden con facilidad, esto ha sido empleado com o una prueba dem ostrativa e incluso intuitiva de la libertad humana. Sentimos que nuestras acciones están su jetas a nuestra voluntad en la mayoría de las ocasiones e imagi­ namos sentir que la voluntad misma no está sujeta a nada porque, al intentar negarla, sentimos que se m ueve con facilidad en to­ das direcciones y produce una imagen tic si misma (veleidad, como se la llama en las escuelas) incluso alli donde no estuvo fijada. Nos

persuadimos de que tal imagen o m ovim iento débil puede, en ese m om ento, haberse tomado por la cosa en si misma, pues si lo negamos encontram os, en un segundo intento, que ahora es po­ sible. No consideram os, sin em bargo, que el fantástico deseo de

dem ostrar la libertad constituye en tal caso el m otivo

de nues­

tras acciones. Parece evidente que, com o quiera que imaginemos sentir una libertad en nuestro interior, un espectador puede por lo general inferir nuestras acciones a partir de nuestros motivos y carácter e incluso cuando no puede hacerlo, concluye en ge­

neral que podría hacerlo si se hallara perfectam ente familiariza­ do con todas las circunstancias de nuestra situación y temperamento y con los más recónditos resortes de nuestra cons­ titución y disposiciones. Ahora bien, esta es la esencia misma de

la necesidad, según la doctrina anteriorm ente

expuesta.

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ha coincidido siempre en la doctrina de la libertad tanto como en la de la necesidad y que toda esta dis­ cusión, también en lo que atañe a la libertad, ha sido hasta ahora meramente verbal. Pues ¿qué significa li­ bertad cuando se aplica a las acciones voluntarias? Ciertamente, no puede significar que las acciones guar­ dan tan poca relación con los motivos, inclinaciones y circunstancias que aquéllas no se sigan con cierto gra­ do de uniformidad de éstos, ni que los primeros no permitan inferencia alguna de la que podamos concluir la existencia de las segundas, pues se trata de una cuestión de hecho sencilla y reconocida. Por libertad entonces sólo podemos significar un poder Je actual o de no actuar según las determinaciones de la voluntad; esto es, si elegimos movernos, también podemos hacerlo. Ahora bien, esta hipotética libertad es universal monte atribuida a toda persona con excepción de un prisio­ nero cargado de cadenas. No hay aquí objeto alguno de disputa.

  • 74. Cualquiera que sea la definición que demos de

libertad, debemos tener la precaución de observar do circunstancias requeridas por ella: primero, que se.i consistente con las más sencillas cuestiones de hecl. segundo, que sea consistente consigo misma. Si obser\ ,¡ mos estas circunstancias y hacemos inteligible nuesti i definición, estoy convencido de que toda la humanidad coincidirá en su opinión acerca de ella. Universalmente se concede que nada existe sin una causa de su existencia y que el azar, cuando es exanu

nado con detenimiento, no es más que un término negativo, pues no significa un poder real que posea entidad en la naturaleza. No obstante, se afirma, que

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algunas causas son necesarias mientras que otras no lo son. De allí surge entonces la conveniencia de las definiciones. Si alguien consiguiera definir una causa sin incluir, como parte de la definición, una conexión ne­ cesaria con su efecto y mostrar con claridad el origen de la idea expresada en la definición, estaría dispues­ to a abandonar de inmediato toda esta controversia. Si se admite, empero, la explicación anteriormente ofrecida, tal cosa sería absolutamente impracticable. De no existir una conjunción regular entre los obje­ tos, nunca habríamos concebido noción alguna de cau­ sa y efecto; tal conjunción regular produce aquella inferencia del entendimiento que es la única conexión*

que podemos

com prender. Quien intente ofrecer

una definición de causa atendiendo a las circunstan­ cias mencionadas se verá obligado, o bien a emplear términos ininteligibles, o bien sinónimos del térm i­ no que se propone definir'8. Si se adopta la definición arriba mencionada la libertad, como opuesta a la

necesidad o no constricción, es lo mismo que el azar respecto del cual es universalmente admitido que no tiene existencia alguna.

18 .

Si se define causa com o a qu ello que produce a lgo , podemos

observar sin dificultad que p ro d u c ir es sinónim o de causar.

Análogam

ente, si se define causa com o a q u e llo p or lo cu al algo

existe,

la misma objeción resulta a p lica b le .

Pues ¿qué significan tales

palabra por lo cu a l? Si se dijese que una causa es a qu ello después de lo cual a lgo constantem ente existe, habríamos com prendido los

térm inos. Pues es esto, en efecto, todo lo que sabemos acerca de este asunto y su carácter constante constituye la esencia misma de la necesidad; no disponem os de ninguna otra idea de ella.

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  • 75. No hay método más común de razonar, ni más ob­

jetable en las disputas filosóficas, que el de proponerse la refutación de cualquier hipótesis alegando sus peli­ grosas consecuencias para la religión y la moralidad. Cuando una opinión cualquiera conduce a absurdos sin duda es falsa; pero no es evidente que una opinión sea falsa en razón de sus peligrosas consecuencias. Tales tópicos por consiguiente, debieran ser abando­ nados pues en nada conducen al descubrimiento de la verdad, sino que sirven tan sólo para hacer odiosa la persona del antagonista. Hago esta observación en general, sin pretender derivar beneficio alguno de ella. Me someto sinceramente a un examen de este tipo; me atrevo a afirmar que tanto la doctrina de la nece­ sidad como la de la libertad, tal como fueron explica­ das antes, no sólo son consistentes con la moralidad sino absolutamente indispensables para su funda­ mento. La necesidad puede ser definida de dos maneras conforme a las dos definiciones de causa, de las que hace parte esencial. Consiste, bien sea en la conjun­ ción constante de objetos similares, bien sea en la infe­ rencia del entendimiento de un objeto a otro. Ahora bien, la necesidad en ambos sentidos (que son, en el fondo, idénticos) ha sido, universalmente aun cuando en forma tácita, atribuida en las escuelas, en el púlpi- to y en la vida cotidiana, a la voluntad humana; nadie ha pretendido jamás negar que podemos hacer infe­ rencias respecto de las acciones humanas y que tales da entre acciones similares y motivos, inclinaciones y circunstancias análogas. El único aspecto específico "

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en el que alguien pueda diferir sería quizás, o bien que se rehúse a dar el nombre de necesidad a tal cua­ lidad de las acciones humanas, pero si su significado es correctamente comprendido, la palabra no causará perjuicio alguno; o bien que afirme la posibilidad de descubrir un aspecto ulterior de las acciones de la materia. Debemos reconocer, sin embargo, que lo anterior no puede tener incidencia alguna sobre la moralidad o la religión, independientemente de su importancia para la filosofía natural o metafísica. Pode­ mos estar equivocados al afirmar que no existen ideas de una necesidad diferente o conexión en la acción del cuerpo, pero ciertamente no estamos atribuyendo nada a las acciones de la mente distinto de lo que todos les atribuyen y deben admitir sin dificultad. No mo­ dificamos ningún aspecto del sistema ortodoxo tradicional respecto de la voluntad, sino sólo en lo que atañe a los objetos materiales y a las causas. Nada habría entonces más inocente al menos, que esta doc­ trina.

  • 76. Dado que toda ley está basada en la recompensa

y el castigo, se supone como principio fundamental que tales motivos poseen una influencia regular y uniforme sobre la mente y conducen a las buenas acciones así como a evitar las malas. Podemos dar a esta influencia el nombre que nos plazca, pero como habitualmente se encuentra asociada con la acción, debe ser vista como una causa y considerada como una instancia de aquella necesidad que aquí preten­ demos establecer. El único objeto propio del odio o la venganza es una persona o criatura dotada de pensamiento y

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conciencia; cuando cualquier acción criminal o inju­ riosa excita tal pasión sólo lo hace en relación con la persona o en conexión con ella. Las acciones son, por naturaleza, temporales y transitorias; si no procedie­ ran de alguna causa en el carácter y disposición de la persona que las realiza, no redundarían en su honor cuando son buenas, ni en su infamia cuando son per­ versas. Las acciones mismas pueden ser reprobables, en cuanto sean contrarias a todas las reglas de la moralidad y de la religión; pero la persona no sería responsable de ellas si no procedieran de algo per­ manente y constante en la persona ni dejaran algo de tal naturaleza tras de sí; sería imposible que pudiera, por causa de ellas, convertirse en objeto de castigo o venganza. Así, según el principio que niega la nece­ sidad y por ende las causas, el hombre se hallaría en tal estado de pureza e inocencia después de haber cometido el más horrendo crimen, como si hubiese acabado de nacer; su carácter tampoco estaría en manera alguna comprometido en sus acciones, pues­ to que no derivarían de él y la maldad de éstas no podría usarse jamás como prueba de la depravación del hombre. Los hombres no son inculpados por aquellas ac­ ciones que realizan por ignorancia o sin intención, cualesquiera que sean sus consecuencias. ¿Por qué? Porque los principios de estas acciones son sólo tran­ sitorios y tienen su término en tales acciones única­ mente. Los hombres son censurados en menor grado por aquellas acciones que realizan precipitada e impremeditadamente que por las que proceden de la deliberación. ¿Por qué motivo? Porque un tempera­ mento precipitado, aun cuando sea causa constante

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o principio de la mente, sólo actúa a intervalos y no contamina la totalidad del carácter. De nuevo, el arrepentimiento borra todo crimen cuando está acom­ pañado de una reforma de vida y de costumbres. ¿Cómo podría explicarse esto? Sólo si se afirma que las acciones hacen de la persona un criminal únicamen­ te en cuanto constituyen pruebas de los principios criminales de la mente y cuando, por una modificación de estos principios, dejan de ser pruebas válidas, asi­ mismo dejan de ser criminales. No obstante, a no ser por la doctrina de la necesidad, nunca hubieran sido pruebas valederas, y por consiguiente, nunca hubieran sido criminales.

77. Del mismo modo, resultará sencillo demostrar, a partir de idénticos argumentos que la libertad, según la definición arriba mencionada, en la que coinciden todos los hombres, es también esencial para la morali­ dad; ninguna acción que carezca de ella es susceptible de cualidades morales ni puede ser objeto de apro­ bación o censura. Dado que las acciones son objetos de nuestro sentimiento moral sólo en cuanto cons­ tituyen indicios del carácter, pasiones y afecciones internas, sería imposible que dieran lugar a alabanza o reprobación si no procedieran de tales principios sino que derivaran en su totalidad de la violencia e x ­ terna.

78. No pretendo haber obviado o eliminado todas las objeciones que pueden formularse en contra de esta teoría de la necesidad y la libertad. Puedo prever otras objeciones derivadas de tópicos que no han sido tratados aquí. Podría afirmarse por ejemplo, que si

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las acciones voluntarias estuvieran sujetas a las mismas leyes de la necesidad que las acciones de la materia, habría una cadena continua de causas necesarias, previa­ mente ordenadas y determinadas, que se extendería de la causa original de todo hasta cada volición particular de toda criatura humana. No habría contingencia en parte alguna del universo, como tampoco indiferencia ni libertad. En cuanto actuamos, al mismo tiempo <

somos objeto de una acción. El Autor último de to­ das nuestras voliciones es el Creador del mundo que inicialmente confirió movimiento a esta inmensa maquinaria y colocó a todos los seres en una posición determinada según la cual todo acontecimiento subsi­ guiente, por una ineludible necesidad, debe resultar. Por consiguiente, las acciones humanas o bien no son

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susceptibles de maldad alguna pues proceden de una causa tan buena, o si contienen alguna maldad, de­ ben implicar al Creador en idéntica culpa pues se reconoce como su causa última y autor. Pues así como el hombre que ha volado una mina es responsa­ ble de todas las consecuencias, independientemente de si ha usado una mecha larga o corta, allí donde se ha establecido una cadena continua de causas necesarias, aquel Ser, finito o infinito, que produzca la primera

1

es también autor de todas las demás y merece la culpa tanto como la alabanza que se les imputa. Las claras e inalterables ideas de moralidad que poseemos esta­ blecen esta regla, fundada en razones inobjetables, cuando examinamos las consecuencias de cualquier acción humana; mayor fuerza aún tendrán tales razo­ nes cuando se aplican a las voliciones e intenciones de un Ser infinitamente sabio y poderoso. La ignorancia o la impotencia pueden ser invocadas en favor de una

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criatura tan limitada como lo es el hombre, pero ta­ les imperfecciones no podrían atribuirse al Creador. Él previo, ordenó y deseó todas aquellas acciones de los hombres que con tanta precipitación calificamos de criminales. Debemos concluir entonces, o bien que no son criminales, o que es la Divinidad y no el hombre responsable de ellas. Puesto que cualquiera de estas dos posiciones es absurda e impía, se sigue que la doctrina de la que son deducidas no podría ser verda­ dera, pues está sujeta a idénticas objeciones. Una con­ secuencia absurda, cuando es una consecuencia necesaria, demuestra que la doctrina original era ab­ surda; análogamente, las acciones criminales hacen criminal la causa original si la conexión entre ellas es necesaria e inevitable. Esta objeción contiane dos partes que procede­ remos a examinar por separado; primero, que si las acciones humanas pueden ser rastreadas a través de una cadena necesaria hasta la Divinidad, no podrían ser criminales en razón de la perfección infinita de aquel Ser de las que derivan y que no puede desear jamás algo diferente de lo que es completamente bueno y laudable. O segundo, si son criminales, debe­ mos retractarnos del atributo de perfección que atri­ buimos a la Divinidad y debemos reconocer que es el autor último de la culpa y de la maldad moral en todas sus criaturas.

  • 79. La respuesta a la primera objeción parece ser ob­

via y convincente. Hay muchos filósofos que después de un detallado escrutinio de todos los fenómenos de

la naturaleza, concluyen que la totalidad, considerada como un sistema, está ordenada según la más perfec­

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ta benevolencia en todo momento de su existenc ia v que a todos los seres creados les será concedida, al final, la mayor felicidad posible sin mezcla de mal o miseria positiva. Todo mal físico, afirman, constituye parte esencial de este sistema benevolente y ni la Divinidad misma, considerada como agente sabio, podría eliminarlo sin dar cabida a un mal mayor o excluir un mayor bien que resultara de hacerlo. Algu­ nos filósofos, entre ellos los antiguos estoicos, deriva­ ron de esta teoría un tópico de consuelo para toda aflicción, cuando enseñaban a sus discípulos que los males que padecían eran en realidad bienes para el universo; para aquella perspectiva ampliada que com­ prendiera el sistema total de la naturaleza, todo acon­ tecimiento se tornaría en objeto de alegría y regocijo. No obstante, aun cuando tal tópico fuese en aparien­ cia plausible y sublime, pronto se demostró débil e ineficaz en la práctica. Ciertamente, a quien sufre los tormentos de la gota, producirán más irritación que alivio los sermones acerca de la veracidad de las le­ yes generales que generan los humores malignos en su cuerpo y los conducen por los canales apropiados a los tendones y nervios que ahora suscitan tan agudos dolo­ res. Esta visión ampliada puede, momentáneamente, agradar a la imaginación del hombre especulativo qu- se halle en condiciones de comodidad y seguridad, pero no puede perdurar con constancia en su mente, aun cuando no esté perturbado por las emociones del dolor y la pasión y mucho menos prevalecerán cuan do sean atacadas por tan poderosos enemigos. Las afecciones adoptan una visión más estrecha y natural de su objeto y debido a cierta economía, más adecuada a la debilidad de la mente humana, consideran única

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mente los seres que nos rodean y son motivadas por los acontecimientos que parecen ser buenos o malos al sistema individual.

8o. Con el mal moral sucede lo mismo que con e\Jísi- co. No puede presumirse razonablemente que estas remotas consideraciones, tan poco eficaces respecto del segundo, ejerzan una influencia más poderosa respecto del prim ero. La naturaleza ha forjado la mente humana de tal manera que ante la presencia de ciertos caracteres, disposiciones y acciones, experi­ menta de inmediato el sentimiento de aprobación o rechazo; tampoco hay emociones más esenciales para su marco y constitución. Los caracteres que suscitan nuestra aprobación son principalmente los que con­ tribuyen a la paz y seguridad de la sociedad humana; los caracteres que excitan censura son principalmen­ te los que tienden al detrimento y perturbación pú­ blicos, de donde podemos con razón presumir que los sentimientos morales surgen, bien sea mediata o inmediatamente, de la reflexión acerca de estos inte­ reses contrapuestos. ¿Y qué decir de las meditaciones filosóficas que establecen una opinión o conjetura di­ ferente, según la cual todo está en orden respecto de la totalidad y aquellas cualidades que perturban la so­ ciedad son, en general, beneficiosas y tan acordes con la intención original de la naturaleza como las que más directamente propician su felicidad y bienestar? ¿Podrían tan remotas e inciertas especulaciones ha­ cer contrapeso a los sentimientos originados en la consideración inmediata y natural de los objetos? El hombre que es despojado de una suma considerable de dinero ¿hallará que su enojo por la pérdida dismi­

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nuye frente a tan sublimes reflexiones? ¿Por qué se presume entonces que su resentimiento moral ante tal crimen sea incompatible con ellas? O bien ¿por qué no admitiríamos que una distinción real entre el vicio y la virtud es conciliable con todos los sistemas filosóficos especulativos, así como admitimos la dis­ tinción real entre la belleza personal y la deformidad? Ambas distinciones están basadas en los sentimientos naturales de la mente humana y tales sentimientos no pueden ser controlados o modificados por ninguna teoría filosófica o especulativa, cualquiera que ésta sea.

8 i . La segunda objeción no admite tan sencilla y sa­ tisfactoria respuesta; tampoco es posible explicar con claridad cómo la Divinidad pueda ser la causa mediata de todas las acciones humanas sin ser también la auto­ ra del pecado y la vileza moral. Son estos misterios que la razón natural por sus propios medios no está en condiciones de comprender y cualquiera que sea el sistema que adopte, se verá envuelta en inextricables dificultades e incluso contradicciones a cada paso que tome en dirección a estos problemas. Conciliar la in­ diferencia y contingencia de las acciones humanas con la presciencia divina; defender decretos absolutos y al mismo tiempo librar a la Divinidad de ser el autor del pecado, tales asuntos han excedido hasta ahora toda la capacidad de la filosofía. Debería darse por satis­ fecha si en lo sucesivo advierte su temeridad cuando escudriña estos sublimes misterios y, abandonando aquellos escenarios tan llenos de oscuridad y perple­ jidades, regresa con apropiada modestia, a su ámbito propio y verdadero, el examen de la vida cotidiana,

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donde hallará suficientes dificultades en las que em­ plear su sagacidad, sin precipitarse a tan insondable océano de dudas, incertidumbre y contradicciones.

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ix. Sobre la razón en los animales.

82. Todos nuestros razonamientos acerca de cuestio­ nes de hecho se fundamentan en una especie de la analogía que nos lleva a esperar de cualquier causa los mismos acontecimientos que hemos observado como resultado de causas similares. Cuando las causas son enteramente similares la analogia es perfecta y la inferencia realizada es considerada como cierta y concluyente; ningún hombre duda jamás, al ver un trozo de hierro, que éste tendrá peso y cohesión en sus partes como ha sucedido en todos los casos que le ha sido dado observar con anterioridad. No obstante, cuando los objetos no guardan tan exacta similitud entre sí, la analogía es menos perfecta y la inferencia menos concluyente, aunque tenga todavía cierta fuerza en proporción al grado de similitud y seme­ janza. Mediante esta especie de razonamiento, las observaciones anatómicas realizadas acerca de un animal son extendidas a todos los animales y sabemos con certeza, por ejemplo, que cuando se ha demos­ trado que la circulación de la sangre ocurre en un animal tal como un sapo o un pez, la suposición de que el mismo principio vale para todos cobra fuerza. Estas observaciones analógicas pueden ser llevadas más lejos aún, incluso hasta la ciencia de la que ahora nos ocupamos; cualquier teoría que nos permita explicar las operaciones del entendimiento o el origen y co­ nexión de las pasiones en el hombre, asumirá mayor autoridad si hallamos que la misma teoría resulta necesaria para explicar idénticos fenómenos en to­ dos los demás animales. Pondremos esto a prueba

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respecto de aquella hipótesis mediante la cual, en el discurso precedente, nos esforzamos por explicar todo razonamiento experiencial y esperamos que esta nueva perspectiva confirmará las anteriores observa­ ciones.

8 3. Primero, parece evidente que tanto los animales como el hombre aprenden muchas cosas de la expe­ riencia e infieren que los mismos acontecimientos seguirán siempre a las mismas causas. Por medio de

este principio, se familiarizan con las propiedades más evidentes de los objetos externos y poco a poco, a partir de su nacimiento, atesoran un conocimiento de la naturaleza del fuego, el agua, la tierra, las piedras, las alturas, las profundidades, etc., y de los efectos re­ sultantes de su acción. La ignorancia e inexperiencia de los jóvenes es claramente diferenciable de la astucia y sagacidad de los ancianos, quienes han aprendido, por larga observación, a evitar aquello que los perju­ dica y buscar lo que les proporciona comodidad o placer. Un caballo que ha estado acostumbrado al campo se familiariza con la altura a que puede saltar y no intentará realizar aquello que excede su fuerza y capacidad. Un viejo lebrel confiará la parte más fatigosa de la cacería a los más jóvenes y se ubicará de tal manera que alcance a la liebre al final; las con­ jeturas que hace en esta ocasión no se fundamentan en nada diferente de la experiencia. Lo anterior resulta aún más evidente si considera­ mos los efectos de la disciplina y la educación en los

animales; a través

de la adecuada aplicación de re ­

compensas y castigos, pueden aprender cualquier cur­ so de acción, incluso el más contrario a sus instintos y

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propensiones naturales. ¿No es la experiencia lo que hace aprehensivo al perro frente al dolor cuando se lo amenaza o se levanta el látigo para golpearlo? ¿No es la experiencia lo que le hace responder a su nom ­ bre e inferir, a partir de un sonido tan arbitrario, que se dirigen a él y no a alguno de sus compañeros y que nos proponemos llamarlo cuando lo pronunciamos de cierta manera, con determinado tono y acento? Podemos observar en todos estos casos que el animal infiere un hecho que va más allá de lo que afecta de inmediato a sus sentidos y que tal inferencia está completamente fundamentada en experiencias previas, pues la criatura espera del objeto presente las mismas consecuencias que siempre ha observado como resultado de objetos similares. /

84. Segundo. Es imposible que la inferencia que reali­ za el animal esté fundada en un proceso cualquiera de argumentación o raciocinio, mediante el cual concluiría que eventos similares se siguen de obje­ tos similares y que el decurso de la naturaleza obrará siempre con regularidad. De haber en realidad ar­ gumentos de esta naturaleza, ciertamente serían de­ masiado abstrusos para constituirse en objeto de observación por parte de tan imperfecto entendimien­ to, pues su descubrimiento y observación exigen el mayor cuidado y atención por parte de un genio filosó­ fico. Los animales entonces no son guiados en sus infe­ rencias por razonamientos, como tampoco lo son los niños, ni el común de la humanidad en sus acciones y conclusiones cotidianas; tampoco lo son los filósofos mismos, quienes en todos los aspectos activos de la

vida se hallan, por lo general, a la par del vulgo y

están

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gobernados por las mismas máximas. La naturaleza tuvo que haber suministrado algún otro principio, de más fácil y universal uso y aplicación; una operación de tan inmensas consecuencias para la vida como lo es la de inferir efectos de causas, no pudo haber sido confiada a los inciertos procesos del razonamiento y la argumentación. Aún si esto fuese puesto en duda en lo que concierne a los hombres, parece no admitir duda alguna en lo tocante a las criaturas animales; una vez establecida con firmeza la conclusión respecto a éstas podemos suponer, a partir de todas las reglas de la analogía, que debiera admitirse universalmente, sin excepción o reticencia. Es la costumbre tan sólo lo que compromete a los animales a inferir, a partir de cualquier objeto que afecte sus sentidos, su acom­ pañante habitual y con la presencia del primero lleva a la imaginación a la concepción del segundo de aque­ lla peculiar manera que denominamos creencia. Ningu­ na otra explicación puede darse de tal operación, tanto para las clases superiores como para las inferio­ res de los seres sensitivos que nos es dado observar'9.

8 ;. Aun cuando los animales deriven la mayor parte de su conocimiento de la observación, gran parte de

1 9. Puesto que todo razonamiento acerca de hechos o causas se deriva exclusivamente de la costumbre, podemos preguntarnos cómo es posible que los hombre exceden tanto en sus raciocinios a los animales y un hombre a otro. ¿No tendría la costumbre idén­ tica influencia en todos? Nos esforzarem os aquí por explicar brevem ente la gran dife­ rencia que existe entre los entendimientos humanos; esta e xp li­ cación nos perm itirá com prender sin dificultad la razón de la diferencia entre los hombres y los animales.

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1 . Cuando hemos vivido cierto tiem po y nos hemos habituado a la uniformidad de la naturaleza, adquirimos un hábito general mediante el cual transferimos siem pre lo conocido a lo descono­

cido y lo concebimos com o semejante. Mediante este

principio

general del hábito, consideram os incluso un único experim ento com o fundamento de raciocinio y esperam os con cierto grado de

certeza un acontecimiento similar cuando el experim ento ha sido realizado con precisión y está libre de circunstancias ajenas. Por consiguiente, consideram os de gran im portancia observar las

consecuencias de las cosas; com o un hom bre puede superar por mucho a otro en atención, m em oria y observación, esto da lu gar a una gran diferencia entre sus respectivos razonamientos.

2.

Cuando hay una acumulación de causas en la producción de

un efecto, una m ente puede ser más amplia que otra y com pren­

der m ejor el sistema total de objetos e inferir correctam ente sus consecuencias.

3.

Algunos hombres pueden llevar un encadenamiento de con­

secuencias más lejos que otros.

4.

Pocos hombres son capaces de pensar durante largo tiempo

sin confundirse y tomar unas ideas por otras; hay varios grados de

tal debilidad. f . La circunstancia de la que depende el efecto se halla a m e­ nudo combinada con otras circunstancias ajenas y extrínsecas. Su separación exige a menudo atención, precisión y sutileza.

6.

La formulación de máximas generales a partir de observacio­

nes particulares es una operación com pleja; nada es más frecuente que com eter errores a este respecto, debido a la precipitación o

a la estrechez de la m ente, que impiden contem plar todos sus aspectos.

7.

Cuando razonam os por analogía, quien tiene m ayor e xp e ­

riencia o rapidez en sugerir analogías será m ejor pensador.

8.

Los sesgos producidos por los prejuicios, la educación, la

pasión,

los partidos, e tc ., tienen m ayor incidencia sobre unas

m entes

que sobre otras.

9.

Una vez que se ha ganado confianza en el testimonio huma

no, los libros y conversaciones amplían la esfera de la experiencia y pensamiento de un hombre mucho más que la de otro.

N o sería difícil descubrir muchas otras

term inan las diferencias de

com prensión

circunstancias que de entre los hom bres.

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él deriva también originariamente de la naturaleza; ésta excede por mucho en proporción a la capacidad que poseen en ocasiones ordinarias y la más larga práctica o experiencia inciden poco o nada sobre ella. A ésta la denominamos instinto y nos vemos inclina­ dos a admirarla como algo extraordinario e inexplica­ ble por las disquisiciones del entendimiento humano. No obstante, quizás nuestro asombro termine o dismi­ nuya si consideramos que el propio razonamiento experiencial que compartimos con las bestias y del que depende toda nuestra conducta, no es más que una especie del instinto o poder mecánico que obra en nosotros sin que seamos conscientes de él y que en sus principales operaciones no está dirigido por relaciones tales como la comparación de ideas, como lo están los objetos propios de nuestras facultades intelectuales. Aun cuando los instintos sean diferen­ tes, hay sin embargo un instinto que le enseña al hombre a evitar el fuego, al igual que enseña al ave, con tanta precisión, el arte de la incubación así como la economía y orden de la crianza.

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x. De los milagros.

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  • 86. Hallamos en los escritos del Dr. Tillotson un ar­

gumento contra la presencia real, tan conciso, elegante y sólido como pudiera desearse en contra de una doctrina tan poco merecedora de seria refutación. Todos reconocen, afirma el erudito prelado, que la autoridad bien sea de las Escrituras o de la tradición, está fundamentada únicamente en el testimonio de los apóstoles, quienes fueron testigos presenciales de aquellos milagros de nuestro Salvador mediante los cuales demostró su misión divina. Por consiguiente, ' las pruebas de que disponemos de la verdad de la reli­ gión cristiana son entonces menores que las que te­ nemos de la verdad de nuestros sentidos, pues 110 era mayor incluso en los primeros autores de nuestra re­ ligión y es evidente que debe disminuir al pasar de ellos a sus discípulos; tampoco puede alguien depositar igual confianza en su testimonio como en el objeto in­ mediato de sus sentidos. Pero una evidencia menor nunca puede destruir una mayor; por ende, aún si la * doctrina de la presencia real fuese claramente revela­ da por las Escrituras, asentir a ella sería directamente contrario a las reglas del correcto razonamiento. Contradice los sentidos, aunque tanto la Escritura y la tradición sobre las que presuntamente se funda­ menta, no conllevan igual evidencia que los sentidos cuando son consideradas meramente como pruebas externas y no han sido grabadas en el corazón de cada

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quien a través de la intervención inmediata del Es­ píritu Santo. Nada hay más convincente que un argumento de­ cisivo de este tipo, el cual debería al menos silenciar la más arrogante intolerancia y superstición y librarnos de sus impertinentes requerimientos. Me enorgullezco de haber descubierto un argumento de igual natura­ leza que de ser correcto, servirá, entre los sabios y eruditos, para reprimir por siempre todo tipo de ilu­ siones supersticiosas y por ende, será de utilidad mientras perdure el mundo. Pues hasta entonces, presumo, la historia sagrada y profana se verá poblada de relatos acerca de milagros y prodigios.

  • 87. Aunque la experiencia sea nuestra única guía en

lo referente a cuestiones de hecho, debemos reco­ nocer que tal guía no es del todo infalible y que en algunos casos puede conducirnos a error. Quien, en

nuestro clima, esperara mejor tiempo en cualquier semana de junio que en una de diciembre, razonaría correctamente y en conformidad con la experiencia, pero sin duda podría ocurrir, en alguna ocasión, que estuviese equivocado. No obstante, podremos adver­ tir que en un caso semejante no tendría motivo de queja contra la experiencia, pues ésta habitualmente nos informa de antemano acerca de la incertidumbre debida a la contrariedad de los hechos, que podemos aprender de una diligente observación. No todos los efectos se siguen con igual certeza de sus presuntas causas. Algunos hechos se hallan, en todos los paises y épocas, en conjunción constante; otros se muestran más variables y en ocasiones no llenan nuestras ex­ pectativas; por consiguiente, en los razonamientos

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acerca de cuestiones de hecho hay todos los grados imaginables de certeza, desde la mayor certidumbre

a la menor especie de evidencia moral. Por ello un hombre sabio adecúa su creencia a la

evidencia. En las conclusiones fundadas en una

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periencia infalible, espera el acontecimiento con el mayor grado de certeza y considera su experiencia previa como una prueba cabal de la existencia futura de tal acontecimiento. En otros casos procede con mayor cautela: supone los experimentos opuestos, considera cuál de ellos está apoyado por el mayor nú­ mero de casos y se inclina hacia él con duda y vacila­ ción; cuando al fin establece un juicio, la evidencia no excede lo que propiamente llamamos probabilidad. Toda probabilidad supone, entonces, una oposición de experiencias y observaciones en la cual un lado prevalece sobre el otro y genera un grado de certe­ za proporcionado a tal superioridad. Cien casos o experiencias a favor y cincuenta en contra suministran

una expectativa dudosa de cualquier acontecimiento; sin embargo, cien experiencias uniformes, con una sola en contra, razonablemente generan un grado de certidumbre bastante mayor. En todos los casos debe­ mos contraponer las experiencias cuando son contra­ rias y deducir el menor número del m ayor para conocer con exactitud la fuerza de la evidencia su­ perior.

8 8 . Podemos aplicar tales principios a un caso particu­ lar, al observar que no hay una especie del razonamien­ to más común, más útil e incluso más necesaria para la vida humana que la derivada del testimonio de los hombres y de los informes de los testigos presencia­

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les y espectadores. Quizás pueda negarse que tal es­ pecie del razonamiento esté fundada en la relación de causa y efecto. No discutiré el uso de las palabras. Bastará con advertir que la confianza que depositamos en este tipo de argumento no deriva de otro princi­ pio diferente del de la observación de la veracidad del testimonio humano y de la conformidad habitual de los hechos con los informes de los testigos. Siendo una máxima general que los objetos no guardan nin­ guna conexión identificable entre sí y que todas las inferencias que podemos establecer de uno a otro se fundan exclusivamente en la experiencia que tenemos de su conjunción constante y regular, resulta evidente que no debemos hacer una excepción a esta máxima en favor del testimonio humano, cuya conexión con cualquier evento parece ser, en sí misma, tan poco necesaria como cualquier otra. Si no fuese la memo­ ria obstinada hasta cierto punto y no tuvieran los hombres una inclinación hacia la verdad y hacia el principio de probidad; si no fuesen susceptibles a la vergüenza cuando se demuestra su falsedad; si no se descubriera por experiencia que tales cualidades son inherentes a la naturaleza humana, nunca deposita­ ríamos la menor confianza en el testimonio humano. Un hombre delirante, o alguien conocido por su fal­ sedad y villanía, no detenta autoridad alguna entre nosotros. Puesto que la evidencia derivada de los testigos y del testimonio humano se funda en la experiencia pasada, se modifica también con la experiencia y es considerada, o bien como prueba o como probabilidad, según si la conjunción hallada entre un tipo particular de informe y cualquier tipo de objeto ha sido constante

14.1;

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o variable. Hay una serie de circunstancias que de­ ben ser tenidas en cuenta en todo juicio de este tipo; la norma última que empleamos para dirimir toda dis­ puta que pueda surgir respecto de ellas deriva siem­ pre de la experiencia y de la observación. De no ser tal experiencia completamente uniforme en favor o en contra, se ve acompañada de juicios contradictorios y de aquella misma oposición y mutua destrucción de j los argumentos, como sucede con todo otro tipo de evidencia. A menudo vacilamos acerca de los rela­ tos de los demás. Contraponemos las circunstancias opuestas que causan duda o incertidumbre y cuando descubrimos alguna superioridad en cualquier lado, nos inclinamos hacia él pero con menor certidumbre, proporcional a la fuerza de su contrario. 4

  • 89. Tal contrariedad de la evidencia, en el presente

caso, puede derivar de una serie de causas diferen­ tes; de la oposición de testimonios, del carácter o nú mero de los testigos, de la forma en que rinden sus declaraciones o de la conjunción de todas estas cir­ cunstancias. Abrigamos sospechas respecto de una cuestión de hecho cuando los testigos se contradicen, cuando son muy pocos o de carácter dudoso, cuan- do tienen un interés determinado en lo que afirman, cuando declaran con vacilación o por el contrario, con excesiva virulencia. Hay muchos otros detalles del mismo tipo que pueden disminuir o destruir la j fuerza de cualquier argumento derivado del testimo­ nio humano.

Supongamos por ejemplo, que el hecho presunta­ mente establecido por el testimonio hace parte de lo extraordinario y maravilloso; en tal caso, la evidencia i

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resultante del testimonio admite disminución, mayor o menor, en proporción a lo habitual o inhabitual del hecho. La razón por la que depositamos nuestra con­ fianza en testigos e historiadores no deriva ele alguna

conexión que percibamos a priori entre el testimonio y la realidad, sino de que estamos acostumbrados a hallar conformidad entre ellos. Sin embargo, cuan­ do el hecho que se atestigua es tal que casi nunca ha sido objeto de observación, rivalizan dos experiencias opuestas, una de las cuales destruye a la otra de acuer­ do con su fuerza; la experiencia superior sólo puede obrar sobre la mente por la firmeza que imprime. El mismo principio de experiencia, que confiere cierto grado de certeza al testimonio de los hombres, nos da también, en este caso, cierto grado de certeza en contra del hecho que se pretende establecer; de tal contradicción surge necesariamente una contraposi­ ción y la mutua destrucción de la creencia y de la autoridad.

No creería esta historia aunque me fuese relatada por

Catón era un dicho proverbial en Roma, incluso en vida de aquel patriota filósofo10. Se concedía que la ausencia de credibilidad de un hecho habría podido invalidar incluso una autoridad semejante. El príncipe indio que se rehusaba a creer los prime­ ros relatos acerca de los efectos de las heladas razonaba correctamente; en efecto, se requeriría un testimonio muy fuerte para comprometer su asentimiento respec­ to de aquellos hechos surgidos de un estado de la na­ turaleza con el que no estaba familiarizado y que guardaba tan poca analogía con aquellos hechos de los

  • 20. Plutarco, Marcus Cato.

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que tenía una experiencia constante y uniform e. Aunque no eran contrarios a su experiencia, tampo­ co se conformaban con ella3'.

  • 90. No obstante, para incrementar la probabilidad en

contra de la declaración de los testigos, supongamos que el hecho afirmado por ellos, en lugar de ser sólo maravilloso, sea realmente milagroso; supongamos también que el testimonio, en sí mismo considerado, equivalga a una prueba cabal; en tal caso tendríamos una prueba contra otra de las cuales la más fuerte debe

prevalecer, pero con una disminución de su fuerza probatoria proporcional a la de su contraria.

2 1.

Ningún indio, es evidente, hubiera podido experim entar

que el agua no se congela en los climas fríos. Esto es colocar a la naturaleza en una situación com pletam ente desconocida para él y le resultaría im posible decir a priori cuál sería el efecto de tal situación. Realiza una nueva experiencia cuyas consecuencias

son siem pre

inciertas. En ocasiones podem os conjeturar por

analogía lo que se seguirá, pero se trata tan sólo de una con je­ tura. D ebem os confesar que, en el caso de la congelación, el evento se sigue de manera contraria a las reglas de la analogía

y es tal que un indio razonable jam ás lo esperaría. I a acción del frío sobre el agua no es gradual, según el grado de frío, sino que al llegar al punto de congelación el agua pasa en un m om en­ to de la m ayor liquidez a la más perfecta dureza. Tal evento, por ende, puede ser calificado de extraordinario y exig e un testim o­ nio m uy fuerte a su favor para que se le otorgue credibilidad entre quienes habitan en clim as cálidos; sin em bargo, 110 es milagroso ni contrario a la experiencia uniform e del decurso .le la naturaleza en aquellos casos donde todas las circunstancias

son iguales. Los habitantes de Sum atra siem pre han visto Huir

el agua en su propio clim a y la congelación de sus ríos debe ser

considerada un prodigio, pero nunca han contem plado el agua en M oscú durante el invierno y por consiguiente no pueden estar razonablem ente seguros de cuál sería el efecto resultante.

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Un milagro es una violación de las leyes de la na­ turaleza; dado que estas leyes han sido establecidas mediante una firme e inalterable experiencia, la prueba contra un milagro, por la misma naturaleza del hecho, es tan completa como cualquier argumento experiencial que podamos imaginar. ¿Por qué es más probable que todos los hombres hayan de morir, que el plomo no permanezca, por sí mismo, suspendido en el aire, que el fuego consuma la madera y se e x ­ tinga con el agua, a menos de suponer que tales acon­ tecimientos concuerdan con las leyes de la naturaleza y que se requiere una violación de estas leyes, en otras palabras, un milagro, para impedirlos? Nada de lo que sucede dentro del decurso de la naturaleza se considera un milagro. No sería un milagro que quien en apariencia goza de buena salud muera de repente, pues este tipo de acontecimiento, aunque poco habi­ tual, ha sido observado. No obstante, si un hombre resucitara se considerará tal hecho milagroso, pues no ha sido observado en ninguna época o lugar. Debe haber entonces una experiencia uniforme en contra de todo acontecimiento milagroso, pues de lo con­ trario no merecería tal calificativo y puesto que la experiencia uniforme equivale a una prueba, tenemos entonces una prueba directa y completa, derivada de la naturaleza del hecho, en contra de la existencia de cualquier milagro. La única manera de destruir una prueba semejante o hacer verosímil el milagro sería presentar una prueba contraria que poseyera mayor fu e rz a ."'

2 i A.

En ocasiones es posible que un acontecim iento, en si mis­

mo considerado, no pare/.ca contrario a las leyes naturales y sin

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9 1 . La consecuencia evidente de lo anterior (y se trata de una máxima general digna de toda atención) es: “Ningún testimonio es suficiente para establecer la verdad de un milagro, a menos de que el testimonio fuese tal que su falsedad implicara un milagro mayor que el hecho que se propone demostrar; incluso en tal caso, hay una destrucción mutua de los argumentos y el más fuerte sólo nos ofrece una certeza proporcio­ nal al grado de fuerza que le resta después de deducir el inferior.” Cuando alguien me dice que vio un hom­ bre resucitado, de inmediato pienso para mis adentros si no sería más probable que tal persona me engañe o haya sido engañada y no que el hecho narra­ do haya ocurrido realmente. Contrasto un milagro

em bargo,

en razón de las circunstancias, sea calificado de m ila­

groso pues de hecho es contrario a tales leyes. Si por ejem plo

una persona, invocando la autoridad divina, le ordena a un en­

ferm o recobrar la salud, a un hom bre sano

caer m uerto,a las

nubes que llueva a los vientos que soplen; en síntesis, si ordena que sucedan varios acontecimientos naturales y estos obedecen a su mandato podrían ser considerados milagros pues serían, en este caso, contrarios a las leyes de la naturaleza., si subsistiera la sos­ pecha de que el acontecimiento y la orden concurrieran acciden­ talm ente, no habría milagro alguno ni transgresión de las leyes naturales. Si se eliminara tal sospecha, se trataría evidentemente de un m ilagro y de una transgresión de estas leyes, pues nada

podría ser más contrario a la naturaleza com o que la voz o el

mandato de un hombre surtiera

tales efectos. Un m ilagro puede

ser correctam ente definido com o una transgresión de una le j n a tu ­

r a l p or

una

volición p a rticu la r de la

d iv in id a d o ser descubierto o no

por los hom bres. Esto no altera su naturaleza y esencia. Levan­ tar una casa o un navio por los aires es un milagro visible. Levan­ tar una pluma cuando el viento carece de la fuerza necesaria para

hacerlo es también un milagro real, aunque no sea igualmente perceptible para nosotros.

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