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JESÚS Y EL

ANTIGUO TESTAMENTO

Vimos en el capítulo anterior cómo el Antiguo Testamento anunció lo que iba a ocurrir cuando
llegase el tiempo del Mesías, según lo han reconocido los propios evangelistas.

Ahora trataremos de analizar aquellos pasajes en los que Jesús nos habla o cita el Antiguo
Testamento, para así descubrir la importancia que El le daba a las antiguas Escrituras del
pueblo de Israel.

El método será similar al usado anteriormente. Iremos estudiando los evangelios capítulo por
capítulo. Cuando los evangelistas coincidan, sólo citaremos a uno de ellos. Comenzando, pues,
por san Mateo, notamos que en el mismo primer capítulo de su evangelio ya se enfatiza en
toda la genealogía de Jesús, haciéndola llegar hasta Abraham, el padre del pueblo judio.

No hay dudas de que Jesús, como hombre, pertenecía al pueblo elegido. Y aunque, como era la
costumbre, la genealogía se hace a traves de José, que era legalmente el padre, con todo,
podríamos demostrar la mismo si pudiéramos ver la ascendencia de Jesús por medio de María.
Ella también era judía por los cuatro costados.

Esto significa que Jesús no apareció de pronto, sino que su nacimiento fue anunciado y
preparado durante siglos por el pueblo de Israel, primer destinatario de las promesas de Dios.
Es en el capítulo 4 cuando encontramos las primeras citas del Antiguo Testamento usadas por
Jesús. En él Mateo está narrando el enfrentamiento entre el Divino Maestro y Satanás.

A cada una de las tentaciones que el Maligno le presenta, Jesús responde con una frase de las
Escrituras.

Cuando Satanás le insta a que convierta en pan algunas piedras, si es que de verdad es el Hijo
de Dios, Jesús responde:

No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios
(Deuteronomio, 8,3).

Luego lo lleva Satanás al pináculo del Templo y le dice que se lance hacia abajo, pues nada le
ha de pasar, ya que estaba escrito que los ángeles lo cuidarían (Salmo 91,11).

“Le replicó Jesús: También está escrito: No tentarás al Señor tu Dios”.

Aquí el Divino Maestro cita a Deuteronomio 6,16.

Por último el diablo le muestra todos los tesoros del mundo y le promete que, si se arrodilla y
lo adora, todo será suyo. A lo que Jesús respondió con otra frase tomada del Antiguo
Testamento:

“Apártate de ahí, Satanás; porque está escrito: Adorarás al Señor Dios tuyo, y a él solo
servirás” (Deuteronomio 6,13).

En el capítulo 5, ya dentro de lo que se llama “el sermón de la montaña” Jesús recordó a sus
oyentes:

“Han oído que se dijo: Ojo por ojo y diente por diente”.

Esta frase corresponde a varios pasajes de los libros de la Ley (Exodo 21,24; Levítico 24,20 y
Deuteronomio 19,21).
En el capítulo 8, Mateo narra la curación que hizo el Señor de un leproso. En el versículo 4
leemos:

“Y Jesús le dijo: Mira que no lo digas a nadie; pero ve a presentarte al sacerdote, y ofrece el
don que Moisés ordenó, para que les sirva de testimonio”.

Las ordenanzas con relación a las enfermedades de la piel que resultan contagiosas, y el papel
del sacerdote en esos casos, aparece en el capítulo 13 del Levítico.

En el capítulo 9, Mateo habla de cierta discusión entre los discípulos de Jesús y algunos
fariseos. A esto Jesús, dirigiéndose a los últimos, les dijo:

“Vayan, pues, a aprender lo que significa: Más estimo la misericordia que el sacrificio;
porque los pecadores son, y no los justos, a quienes he venido yo a llamar a penitencia”.

Aquí cita una frase de Oseas 6,6.

Pasando al capítulo 11, allí encontramos a Jesús haciendo elogios de Juan el Bautista,
afirmando:

“Pues él es de quien está escrito: Mira que yo envío mi ángel ante tu presencia, el cual irá
delante de ti disponiéndote el camino”.

Aquí cita a Malaquías, 3,1.

En el capítulo 12, aparecen unos fariseos que critican a los apóstoles porque, al pasar por un
sembrado, habían cogido algunos granos de trigo y se los comieron. Era un sábado. Jesús
defiende a sus discípulos y hace ver que las críticas eran exageradas. Luego añade:

“Que si ustedes supiesen bien lo que significa: Más quiero la misericordia que el sacrificio,
jamás hubiesen condenado a los inocentes” (12,7).

Estas palabras hacen referencia a lo dicho por Oseas en 6,6.

Pasamos al capítulo 15. De nuevo llueven criticas sobre los discípulos de Jesús, esta vez porque
no siguen las tradiciones de los mayores, en particular por comer sin lavarse las manos. A esto
Jesús responde:

“¡Hipócritas!, con razón profetizó de ustedes Isaías, diciendo: Este pueblo me honra con los
labios; pero su corazón lejos está de mí. En vano me honran enseñando doctrinas y
mandamientos de hombres”.

Esto fue dicho por el profeta en 29,13.

Veamos en el capítulo 21. Aquí encontramos varias referencias al Antiguo Testamento en boca
de Jesús. La primera (versículo 13) con motivo de la acción del Divino Maestro echando a los
mercaderes del Templo. El da como razón lo dicho por el profeta Jeremías:

“Y les dijo: Escrito está: Mi casa será llamada casa de oración; mas ustedes la tienen hecha
una cueva de ladrones” (Jeremías 7,11).

Poco más adelante (versículo 16), los príncipes de los sacerdotes y los escribas le señalan,
indignados, las alabanzas que le tributan unos niños. Así dice Mateo:

“Pero los príncipes de los sacerdotes y los escribas, al ver las maravillas que hacía, y los niños
que le aclamaban en el templo, diciendo: ¡Hosanna al Hijo de David!, se indignaron, y le
dijeron: ¿Oyes tú lo que dicen éstos? Jesús les respondió: Sí, por cierto; pues ¿no han leído
ustedes jamás la profecía: De la boca de los infantes y niños de pecho es de donde sacaste la
más perfecta alabanza?”

Esto aparece en el salmo 8,3.

Un poco mas tarde Jesus responde a un grupo de autoridades que le cuestionan sobre su
autoridad para ensenar. El les presenta dos parabolas. Y luego anade:

¿Pues no han jamás leído en las Escrituras,”la piedra que desecharon los fabricantes, esa
misma vino a ser la clave del ángulo? El Señor es el que ha hecho esto en nuestros días, y es
una cosa admirable a nuestros ojos” (Versículo 42).

Aquí el Divino Maestro hace referencia a Isaías 28,16.M/p>

Pasamos ahora a san Marcos. En el capítulo 9, 11-12 leemos:

“Y le preguntaron: ¿Pues cómo dicen los fariseos y los escribas que ha de venir primero
Elías? Y él les respondió: Elías ha de venir antes y restablecerá entonces todas las cosas; y
como está escrito del Hijo del hombre, ha de padecer mucho y ser vilipendiado”.

Se hace referencia a Isaías 53,3-4.

En el capítulo 12 Marcos narra la ocasión en que unos saduceos presentan a Jesús el caso de
una mujer que estuvo casada con siete hermanos, que fueron muriendo uno a uno, y le
preguntan que de cuál de ellos será mujer en la vida eterna. A esto Jesús responde (versículo
26):

“Ahora, sobre que los muertos hayan de resucitar, ¿no han leído ustedes en el libro de
Moisés, cómo Dios hablando con él en la zarza, le dijo: Yo soy el Dios de Abrahán, y el Dios
de Isaac, y el Dios de Jacob?”

Esta es una referencia a lo dicho en Exodo 3,6. Cuando Jesús nombra al libro de Moisés se
refiere a los libros de la Ley, el Pentateuco, llamado por los judios “la Thorá” o la Ley, y que se
creía que Moisés era su autor.

Luego, en el mismo capítulo, narra Marcos lo de un escriba que le pregunta a Jesus cuál es el
principal mandamiento de la Ley, a lo cual responde Jesús (versículos 30-31):

“Amarás al Señor Dios tuyo con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente, y
con todas tus fuerzas; éste es el mandamiento primero; el segundo, semejante al primero,
es: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. No hay otro mandamiento que sea mayor que
éstos”.

Lo primero fue dicho en Deuteronomio 6,4-5; lo segundo en Levítico 19,18.

Más tarde, en el mismo capítulo, versículos 35-36 se dice:

“Y enseñando y razonando después Jesús en el templo, decía: ¿Cómo dicen los escribas que
el Mesías es hijo de David? Siendo así que el mismo David, inspirado del Espíritu Santo, dice:
Dijo el Señor a mi Señor, siéntate a mi diestra hasta tanto que yo haya puesto a tus
enemigos por tarima de tus pies”.

Podemos notar el amplio dominio que Jesús, como hombre, tenía de las Sagradas Escrituras, es
decir, del Antiguo Testamento. Aquí está citando el Salmo 110,1.
Seguimos con Marcos. En el capítulo 13 habla el Señor del final de los tiempos, y dice, entre
otras cosas:

”Cuando ustedes vieren la abominación de la desolación, establecida donde menos debiera


(el que lea esto, haga reflexión), entonces los que moran en Judea, huyan a los montes”
(versículo 14).

Esto se refiere a lo dicho en Daniel 9,27.

En el siguiente capítulo ya hemos llegado al momento de la Última Cena. Allí el Divino Maestro
anuncia que uno de los apóstoles le hará traición. Y les dice (versículo 21:

“Verdad es que el Hijo del hombre se va, como está escrito de él; pero, ¡ay de aquel hombre,
por quien el Hijo del hombre será entregado! Mejor sería para tal hombre no haber nacido”.

Se refiere a lo dicho en el salmo 41,10.

Terminada la cena, y ya listos para partir hacia el Huerto de los Olivos, llamado Getsemaní,
Jesús les dice a sus apóstoles (versículo 27):

“Todos ustedes se escandalizarán por ocasión de mí esta noche, según está escrito: “Heriré
al pastor, y se descarriarán las ovejas”.

El Maestro menciona aquí lo dicho en Zacarías 13,7.

Analicemos ahora las citas que Jesús hace del Antiguo Testamento en el evangelio de san
Lucas.

Comenzaremos en el capitulo 4. Allí (versículos 16,30), narra el evangelista la primera visita


que hace Jesús a Nazaret, donde se había criado y vivido hasta más o menos los treinta años,
después de comenzar su actividad apostólica.

Este es un punto importantísimo que nos hace ver que realmente Jesús es el Ungido de Dios, el
Mesías, anunciado desde siglos antes y consignado en las páginas de la Escritura.

Habiendo acudido a la sinagoga, por ser sábado, Jesús es invitado a leer la lectura de los
Profetas. Y allí leyó el pasaje de Isaías (56,1) que dice:

“El Espíritu del Señor reposó sobre mí, por lo cual me ha consagrado con su unción divina, y
me ha enviado a dar buenas nuevas a los pobres; a curar a los que tienen el corazón contrito;
a anunciar libertad a los cautivos, y a los ciegos vista; a soltar a los que están oprimidos; a
promulgar el año de las misericordias del Señor, y el día de la retribución”.

Lo más importante ocurrió después, cuando Jesús, habiéndose todos sentado, tuvo a su cargo
también la interpretación de la lectura.

Fue entonces cuando Jesús pronunció unas palabras que resumen todo su ministerio:

“La Escritura que acaban de oír hoy se ha cumplido”.

Con esto declaraba que, efectivamente, El era el Mesias prometido por Dios.

Al principio sus palabras tuvieron una reacción positiva en los oyentos, pero cuando les
reprochó su falta de fe, el ambiente varió por completo. Fue entonces que Jesús, usando del
Antiguo Testamento, les habló en estos términos:
“En verdad les digo, que ningún profeta es bien recibido en su patria. Por cierto les digo, que
muchas viudas había en Israel en tiempo de Elías cuando el cielo estuvo sin llover tres años y
seis meses, siendo grande el hambre por toda la tierra; y a ninguna de ellas fue enviado Elías,
sino que lo fue a una mujer viuda en Sarepta, ciudad gentil del territorio de Sidón. Había
asimismo muchos leprosos en Israel en tiempo del profeta Eliseo; y ninguno de ellos fue
curado por este profeta, sino que lo fue Naamán, natural de Siria”.

El caso de Elías se relata en 1 Reyes 17,9 y el de Eliseo en 2 Reyes 5,14.

Pasamos al capítulo 11, donde Lucas recoge el reproche que Jesús dirige a los judíos, pues
habían recibido el regalo de tenerlo a El, y no hacían caso de sus palabras. Y les recordó dos
casos bien conocidos del Antiguo Testamento. El de la reina de Sabá (1 Reyes 10,1), que acudió
a Jerusalén a conocer a Salomón, y el del profeta Jonás, por cuya predicación se convirtieron
los habitantes de Nínive, desde el rey hasta el último ciudadano (Jonás 3). Después de recordar
cada caso Jesús agregó:

“Aquí hay uno mayor que Salomón; aqui hay uno mayor que Jonás”.

Algunas otras referencias que trae Lucas ya habían sido señaladas por Mateo o por Marcos. Es
así que entramos al evangelio de san Juan.

Es en el capítulo 3 que encontramos la primera cita del Antiguo Testamento, hecha por Jesús,
que recoge este evangelista.

En los versículos 14-15 dice:

“Al modo que Moisés en el desierto levantó en alto la serpiente de bronce, así también es
necesario que el Hijo del hombre sea levantado en alto, para que todo aquel que crea en él
no perezca, sino que logre la vida eterna”.

En Números 21,9 se narra el ataque de serpientes a los israelitas durante su travesía por el
desierto, y cómo Moisés recibió la orden de fabricar una serpiente de bronce y ponerla en alto,
para que todos los que fueren mordidos por las serpientes, al mirarla, se sanasen.

En el capítulo 6 está narrando Juan el encuentro de Jesús con un grupo de judíos. Hay entre
ellos un intercambio de preguntas y respuestas, pues algunos querían lograr que Jesús dijese
algo que permitiera condenarlo. Ellos le dicen (versículo 31), que Moisés, en el desierto, les dio
a comer a sus antepasados pan del cielo. A esto Jesús responde:

“En verdad, en verdad les digo: Moisés no les dio pan del cielo; mi Padre es quien les da a
ustedes el verdadero pan del cielo” (versículo 32).

En Exodo 16,14 y en Números 11,7 encontramos la narración de cómo Dios permitió que
cayera como un rocío que se convertía en una especie de harina, que los judíos llamaron
“maná”, para que se alimentaran.

Poco más adelante, Juan pone en boca de Jesús estas palabras (versículo 45):

“Escrito está en los profetas: Todos serán enseñados de Dios. Cualquiera, pues, que ha
escuchado al Padre, y aprendido su palabra, viene a mí”.

Se hace aqus referencia a lo dicho en Isaías 54,13.

Pasamos al capítulo 7, donde Juan nos narra la actuación de Jesús con motivo de la fiesta de
los Tabernáculos, que se celebraba para recordar la larga estadía de los israelitas en el
desierto, viviendo en tiendas de campaña o tabérnaculos, después de ser liberados de la
esclavitud en Egipto. Todo el pueblo tenía que dejar sus casas para vivir por una semana en
tiendas de campaña.

Dice Juan en los versículos 37-38:

“En el último día de la fiesta, que es el más solemne, Jesús se puso en pie, y en alta voz
decía: “Si alguno tiene sed, venga a mí, y beba. Del seno de aquel que cree en mí, manarán,
como dice la Escritura, ríos de agua viva”.

Esto lo encontramos en Isaías 44,3.

En el capítulo 8, versículo 17, vuelve Jesús a citar la Escritura cuando dice:

“En la Ley de ustedes está escrito que el testimonio de dos personas es idóneo”.

De esto se habla en Deuteronomio 17,6 y mejor todavía en el mismo libro, 19,15.

En el capítulo 13 comienza Juan a narrar la Última Cena de Jesús con sus discípulos. Es Juan el
que más tiempo dedica a lo allí acontecido, y aunque no narra propiamente la institución de la
Eucaristía, por haberlo ya hecho los otros tres evangelistas, recoge los discursos que Jesús
dirigió a sus discípulos predilectos en tan solemne ocasión.

En los versículos 17-18 leemos:

“Y añadió: “Si comprenden estas cosas, serán bienaventurados, cuando las practiquen. No lo
digo por todos ustedes, yo conozco a los que tengo escogidos; mas ha de cumplirse la
Escritura: Uno que come el pan conmigo, levantará contra mí su calcañar”.

Aquí alude Jesús a lo dicho en el salmo 41,10.

En el mismo capítulo, versículo 34, sigue hablando Jesús:

“Les doy un mandamiento nuevo: que se amen los unos a los otros. Que, como yo los he
amado, así se amen también ustedes los unos a los otros”.

Ya en Levítico 19,18 se da este mandamiento del amor al prójimo. Cristo, sin embargo, lo hace
nuevo, pues agrega las palabras

“como yo los he amado”.

Esa es la novedad, lo que significa que debemos amarnos hasta hacer lo que hizo Jesús por
nosotros.

En el capítulo 15 sigue la larga conversación del Maestro con sus apóstoles. En los versículos
23-25 les dice:

“El que me aborrece a mí, aborrece también a mi Padre. Si yo no hubiera hecho entre ellos
obras tales, cuales ningún otro ha hecho, no tendrían culpa; pero ahora ellos las han visto y
con todo me han aborrecido a mí, y no sólo a mí sino también a mi Padre. Por donde se
viene a cumplir la sentencia escrita en su ley: Me han aborrecido sin causa alguna”.

Estas últimas palabras pueden hacer alusión a lo que se dice en el salmo 25,19:

“Repara en mis enemigos cómo se han multiplicado, y cuán injusto es el odio con que me
aborrecen”.
El capítulo 17 recoge la oración de Jesús al Padre, todavía en el marco de la Última Cena. En el
versículo 17 se está refiriendo a sus discípulos cuando dice:

“Mientras estaba yo con ellos, yo los defendía en tu Nombre. He guardado los que tú me
diste y ninguno de ellos se ha perdido sino el hijo de la perdición, cumpliéndose así la
Escritura”.

Estas palabras pueden llevarnos a las del salmo 109, especialmente en el versículo 8:

“Acortados sean sus días y ocupe otro su ministerio”.

En el capítulo 19, san Juan está narrando escenas de la pasión de Jesús clavado en la cruz. Allí
el Señor habla en varias ocasiones. En una de ellas dice:

“Tengo sed”.

Antes el evangelista aclara que fue para que se compliese la Escritura. Es muy probable que se
refiriera a las palabras del Salmo 69,22:

“Me presentaron hiel para alimento mío, y en medio de mi sed me dieron a beber vinagre”.

Hasta aquí las citas que hizo Jesús directamente de los textos del Antiguo Testamento.

Como colofón de todo lo dicho hasta ahora, podemos descubrir, aunque no fuese haciendo
una referencia directa a ellas, que Jesús en la cruz hizo suyas las palabras del salmo 22 (23), en
las que se describe todo el sufrimiento que él, como Siervo sufriente de Dios, estaba
padeciendo. Las recoge Mateo así:

Y alrededor de la hora nona clamó Jesús con fuerte voz: “¡Elí, Elí! ¿lemá sabactaní?”, esto es:
“¡Dios mío, Dios mío! ¿por qué me has abandonado?” (27,46).

Así comienza el salmo, que Jesús recitara estando en la cruz, aunque sólo fuese en el interior
de su alma, ofreciendo su vida al Padre por la humanidad entera.