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con la colaboración de Hal Zina Bennett

LA MENTE HOLOTRÓPICA
Los niveles de la conciencia humana
A Christina, a María -mi madre-y a mi hermano Paul.
Título original: THE HOLOTROPIC MIND Traducción: David González Raga Diseño portada:
Ana Pániker
© 1992 by Stanislav Grof, M.D. © de la edición española:
1993 by Editorial Kairós, S.A.
Primera edición: Marzo 1994 Segunda edición: Marzo 1999
ISBN: 84-7245-288-3 Dep. Legal: B-10.487/1999
Fotocomposición: Beluga y Mleka, s.c.p., Córcega, 267, 08008 Barcelona Impresión y
encuadernación: Índice, Caspe, 118-120, 08013 Barcelona
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libro, ni la recopilación en un sistema informático, ni la transmisión por medios electrónicos,
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Nota al Lector:
El trabajo de escaneo del presente libro tiene la intención exclusiva de compartir
información que de alguna u otra manera no está al alcance de cualquiera. Se invita a
compartir a quienes posean información en libros, artículos, revistas o cualquier otro
medio de los temas de divulgación científica del mismo autor o autores relacionados al
tema tratado en este libro. Además, es preciso recalcar que el blog donde se
muestran estos libros se incluye temas diversos que, a criterio de los creadores, son
de importancia por el conocimiento que aportan.
Esta iniciativa depende de la colaboración desinteresada de quienes hemos iniciado
este blog y en lo futuro también de aquellos que encuentren dentro de su programa
de vida un tiempo libre para escanear o digitalizar algún libro y sienta que debe ser
compartido con quienes no pueden acceder fácilmente a dicha información.
Opiniones y colaboraciones:
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Blog:
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AGRADECIMIENTOS
Este libro está basado en la experiencia, la observación y la comprensión acumulada a lo
largo de treinta y cinco años de investigación sistemática sobre los estados no ordinarios de
conciencia. Durante todo este tiempo he contado con la generosa colaboración y el apoyo
inestimable de personas que han desempeñado un papel muy importante en mi vida personal
y profesional. Quisiera aprovechar esta oportunidad para reconocer públicamente mi
agradecimiento a algunos de ellos.
Joseph Campbell, amigo y maestro durante tantos años, me enseñó la importancia de los
mitos para la psicología, la religión y la vida humana en general. Su brillante inteligencia, su
memoria enciclopédica y su sorprendente capacidad de síntesis creativa han contribuido a
clarificar áreas del conocimiento que la ciencia, la religión y la filosofía ortodoxas no han
alcanzado a comprender.
Gregory Bateson, el pensador más original que he conocido, un «generalista» cuya mente
inquisitiva buscó el conocimiento en las más diversas disciplinas y con quien tuve el privilegio
de mantener un contacto casi cotidiano durante los últimos dos años y medio de su vida,
cuando ambos éramos residentes en el Instituto Esalen, de Big Sur, California. Su incisiva
crítica de los errores y de la inadecuación del paradigma newtoniano-cartesiano contribuyó a
aumentar la confianza en mis propios descubrimientos, a menudo contrapuestos a las
afirmaciones de la psiquiatría y la ciencia tradicional de Occidente.
También debo agradecer el aliento y el apoyo de varios físicos a los que me une una
estrecha amistad, que se han aventurado a investigar las implicaciones filosóficas de la física
cuántico-relativista y han contribuido significativamente a la construcción de la nueva visión
del mundo que está comenzando a ofrecernos la ciencia occidental. En este sentido, me siento
especialmente agradecido por la amistad y cooperación desinteresada de Fritjof Capra y
también tengo en gran estima las enseñanzas que he recibido de Fred Wolf, Nick Herbert,
David Peat y SaulPaul Siraq, entre otros.
Uno de los acontecimientos intelectuales más significativos de mi vida ha sido el
descubrimiento de la holografía y del pensamiento holonómico científico, que proporciona un
marco conceptual extraordinario para comprender muchos de los descubrimientos de la
moderna investigación de la conciencia que, de otro modo, resultarían incomprensibles. En
este sentido, me siento en deuda con Denis Gabor por el descubrimiento de los principios de la
óptica holográfica, con David Bohm por su modelo holográfico del universo y por la teoría del
holomovimiento y con Karl Pribram por su modelo holográfico del cerebro.
También guardo un cariñoso recuerdo de dos queridos amigos, Abraham Maslow y Anthony
Sutich, los fundadores de la psicología humanista, con quienes participé, a finales de la década
de los sesenta, en las sesiones de brainstorming que terminaron dando origen a la psicología
transpersonal. El desarrollo de esta nueva disciplina, que trata de sintetizar la sabiduría
antigua de los grandes sistemas espirituales del mundo con el pragmatismo de la ciencia
moderna, se ha convertido en la pasión de mi vida.
El trabajo en el estimulante y controvertido campo de la psicología transpersonal y de la
investigación de la conciencia jamás hubiera sido posible sin el apoyo emocional e intelectual
de estos dos extraordinarios personajes. He sido muy afortunado al poder contar con la
amistad personal de muchos de los pioneros de este nuevo abordaje psicológico. Estas
personas tan especiales han sido durante muchos años una fuente de inspiración y aliento,
tanto para mí como para mi esposa Christina y para muchos otros. Agradezco especialmente el
papel que han desempeñado en nuestra vida Angeles Arrien, Michael y Sandy Harner, Jack y
Liana Kornfield, John Perry, Ram Dass, Rick y Heather Tarnas, Frances Vaughan y Roger
Walsh.
Reservo mi más profunda afecto hacia los miembros de mi familia a quienes he dedicado
este libro: mi madre María y mi hermano Paul -psiquiatra que comparte muchos de mis
intereses-, quienes han sido una fuente de apoyo emocional y moral continua durante toda mi
vida, y mi esposa Christina que, en los últimos dieciséis años, ha sido mi más íntima amiga y
la colega y colaboradora más estrecha de todas mis investigaciones. Los diversos altibajos por
los que ha discurrido nuestra vida me han permitido apreciar el coraje y la entereza que ha
demostrado durante su tormentoso viaje personal y, de ese modo, he aprendido las lecciones
más extraordinarias e inestimables que sólo la vida puede proporcionar.
Quisiera también dar las gracias a Harper San Francisco Publishers, y especialmente a mi
editor, Mark Salzwedel, por haber hecho posible la publicación de este libro. Por último
-aunque no, por ello, en último lugar- doy también las gracias a Hal Zina Bennett, quien ha
aportado a este proyecto un talento literario, una imaginación y una comprensión inusual de
los estados no ordinarios de conciencia. Él fue quien me ayudó a describir los hallazgos de mi
investigación en un lenguaje claro y comprensible que pudiera llegar a un amplio espectro de
lectores. Sus cualidades inusuales han hecho que este trabajo compartido -una tarea
especialmente difícil- se convirtiera en una experiencia sumamente gratificante que nos ha
unido más, si cabe, todavía.
Hay muchas otras personas cuya contribución a este libro ha sido fundamental pero deben
permanecer en el anonimato.
Agradezco a los miles de personas de Europa, Norte y Sudamérica, Australia y Asia
-clientes, formadores, amigos y participantes en los talleres y en los distintos proyectos de
investigación que han tenido el extraordinario coraje de explorar las alturas y las
profundidades de su psiquismo y que han compartido conmigo el resultado de esta búsqueda
tan poco convencional. Sin ellos este libro jamás hubiera podido salir a la luz.
STANISLAV GROF, MILL VALLEY, AGOSTO DE 1991

PARTE I:
EL DESAFÍO AL UNIVERSO NEWTONIANO
Lo que verdaderamente importa... no es el conjunto de objetos sólidos y estáticos que se
extienden en el espacio sino la vida que se desarrolla en ese escenario. La realidad no es el
escenario exterior sino la vida interna que la anima. La realidad es las cosas tal como son.
WALLACE STEVENS

1. UNA APERTURA A NUEVAS DIMENSIONES DE LA CONCIENCIA


Hay un espectáculo mayor que el mar y es el cielo. Hay un espectáculo mayor que el cielo y
es el interior del alma.
VICTOR HUGO, «Fantine», Los miserables

Los descubrimientos realizados por la ciencia moderna durante las últimas tres décadas
demuestran que el ser humano dispone de capacidades muy superiores a lo que anteriormente
habíamos supuesto, y el esfuerzo colectivo de investigadores procedentes de diferentes
disciplinas para dar respuesta a este reto nos ha proporcionado una nueva imagen de la
existencia y, más concretamente, una nueva imagen de la naturaleza de la, conciencia
humana.
De la misma manera que el mundo copernicano se vio sacudido por el descubrimiento de
que la Tierra no era el centro del universo, los recientes descubrimientos nos obligan a
considerar con más detenimiento quiénes somos física, mental y espiritualmente. Estamos
asistiendo a la emergencia de una nueva imagen del psiquismo y, con ella, a una
extraordinaria visión del mundo que sintetiza la sabiduría de las antiguas tradiciones con los
últimos descubrimientos de la ciencia. Al igual que ocurrió hace unos quinientos años con el
descubrimiento de Copérnico, en la actualidad también nos vemos obligados a reconsiderar
todos nuestros puntos de vista.

El universo como una máquina: Newton y la ciencia moderna


El núcleo fundamental del dramático cambio que ha tenido lugar en el curso del siglo xx
radica en la revisión completa de nuestra comprensión del mundo físico. Antes de la aparición
de la teoría de la relatividad de Einstein y de la física cuántica teníamos la firme convicción de
que el universo estaba compuesto de materia sólida. Entonces creíamos que los átomos -a los
que considerábamos compactos e indestructibles- constituían los ladrillos fundamentales del
universo material, que se movían en un espacio tridimensional y que sus movimientos
obedecían a determinadas leyes. Desde ese punto de vista, la materia evoluciona de una
manera ordenada desde el pasado hacia el futuro pasando por el presente. Esa visión segura y
determinista nos llevaba a considerar que el universo era una gigantesca máquina y
confiábamos en la posibilidad de llegar a descubrir las leyes que lo gobernaban y que, cuando
lo lográramos, todo estaría bajo nuestro control y podríamos reconstruir con exactitud lo que
había sucedido en el pasado y predecir lo que ocurriría en el futuro. Había incluso quienes
creían que un día llegaríamos a ser capaces de sintetizar la vida combinando adecuadamente
determinadas sustancias químicas en el interior de un tubo de ensayo.
Desde la perspectiva newtoniana, la vida, la conciencia, los seres humanos y la inteligencia
creativa no son más que el producto azaroso de una evolución que se inició en un océano
primordial de materia. Este punto de vista simplifica la enorme complejidad de los seres
humanos y los convierte en meros objetos materiales, poco más que animales altamente
desarrollados o máquinas biológicas pensantes. Nuestras fronteras se hallan definidas por la
superficie de nuestra piel, y la conciencia no es más que una simple secreción de ese órgano
pensante que se conoce con el nombre de cerebro. Todo lo que pensamos, sentimos y
sabemos depende de la información que recibimos a través de los sentidos. Según la lógica de
ese modelo materialista, la conciencia, la inteligencia, la ética, el arte, la religión y la misma
ciencia son simples subproductos de los procesos materiales que tienen lugar en el interior del
cerebro humano.
La creencia de que la conciencia y todas sus creaciones se originan en el cerebro no es, por
supuesto, totalmente arbitraria sino que se basa en muchas observaciones clínicas y
experimentales que sugieren la existencia de una estrecha relación entre la conciencia y
ciertas condiciones neurofisiológicas o patológicas. Las infecciones, los traumas, las
intoxicaciones, los tumores y las contusiones se hallan íntimamente relacionados con cambios
profundos de la conciencia. En el caso de un tumor cerebral, por ejemplo, el deterioro de
ciertas funciones -la pérdida del habla, del control motor, etcétera- es tan específica que nos
permite diagnosticar con suma precisión la región que ha sido lesionada.
Pero aunque estas observaciones demuestren, sin ningún género de dudas, que nuestras
funciones mentales están ligadas a –biológicos cerebrales, no constituyen, sin embargo, una
demostración concluyente de que la conciencia se origine o sea un subproducto del cerebro. Es
por ello que las conclusiones de la ciencia occidental no parecen apoyarse tanto en datos
científicos como en una creencia metafísica y que sea posible encontrar otras interpretaciones
alternativas a los mismos datos, Ilustremos esto con un sencillo ejemplo: Un técnico experto
en electrónica puede identificar una determinada distorsión en la imagen o el sonido de un
televisor y corregir el problema reemplazando el componente averiado. Nadie interpretaría
esto, sin embargo, como una prueba definitiva de que el televisor sea el responsable de los
programas que reproduce. Sin embargo, éste es precisamente el argumento que aduce la
ciencia mecanicista en su intento de «demostrar» que la conciencia se origina en el cerebro.
Según la ciencia tradicional, la materia orgánica y la vida se originaron en el caldo
primordial del océano primigenio como resultado de la interacción azarosa entre átomos y
moléculas. De manera similar, también sostiene que el azar y la «selección natural» son los
únicos responsables de la organización celular de la materia orgánica y de su evolución hasta
llegar a constituir complejos organismos multicelulares dotados de sistema nervioso central.
Este tipo de explicaciones es el que ha alimentado la creencia metafísica fundamental de la
visión: occidental del mundo, de que la conciencia es un subproducto de los procesos
materiales que ocurren en el cerebro.
Pero a medida que la ciencia moderna ha ido descubriendo los profundos vínculos existentes
entre la inteligencia creativa y todos los niveles de la realidad, esta imagen simplista del
universo se ha ido tomando cada vez más insostenible. La probabilidad de que la conciencia
humana y el complejo universo que nos rodea haya surgido de la interacción azarosa de la
materia inerte ha sido comparada a la de un huracán que, soplando sobre un montón de
chatarra, creara accidentalmente un Jumbo 747.
La ciencia newtoniana es responsable de habernos ofrecido una visión muy limitada de los
seres humanos y de sus verdaderas potencialidades. Desde hace unos doscientos años se ha
ocupado de dictar los criterios de lo que es una experiencia aceptable y de lo que es una
experiencia inaceptable de la realidad. Desde su punto de vista, una persona «normal» es
aquella que es capaz de reproducir exactamente el mundo objetivo externo descrito por la
ciencia newtoniana. En consecuencia, desde esta perspectiva, nuestras funciones mentales se
limitan a recibir la información que nos proporcionan los órganos sensoriales, almacenarla en
los «bancos de memoria de nuestro computador mental» y recombinar los datos sensoriales
para crear algo nuevo. Cualquier desviación significativa de esta percepción de la «realidad
objetiva» -una realidad consensual que la población general considera como la única verdad-
se interpreta como el producto de una imaginación desbocada o de un trastorno mental.
Sin embargo, la moderna investigación sobre la conciencia nos obliga a revisar y ampliar
drásticamente esta visión limitada de la naturaleza y de las dimensiones del psiquismo
humano. El principal objetivo de este libro consiste en explorar sus descubrimientos y sus
profundas implicaciones en nuestra vida cotidiana. Es importante señalar que, aunque estos
datos sean incompatibles con la ciencia newtoniana tradicional, no dejan de ser, sin embargo,
totalmente congruentes con los revolucionarios hallazgos de la física moderna y otras
disciplinas científicas afines, todos los cuales propician el surgimiento de una nueva y excitante
visión del cosmos y de la naturaleza humana cuyas profundas implicaciones individuales y
colectivas están transformando completamente la visión newtoniana del mundo que una vez
dimos por definitiva.

La conciencia y el cosmos: La ciencia descubre la mente en la naturaleza


En la medida en que la física moderna se ocupó del estudio de lo muy pequeño y de lo muy
grande -del reino subatómico del microcosmos y del reino astrofísico del macrocosmos- no
tardó en comprender que algunos de los principios newtonianos fundamentales eran limitados
o estaban equivocados. A mediados del siglo xx, la física descubrió que los átomos -definidos
por la física newtoniana como los ladrillos elementales e indestructibles del mundo material-
estaban compuestos de partículas más pequeñas y más elementales, los protones, los
neutrones y los electrones, y esta misma línea de investigación ha terminado conduciendo a la
identificación de cientos de partículas subatómicas.
Las partículas subatómicas gozaban de extrañas propiedades que desafiaban los principios
newtonianos. En algunos experimentos se comportaban como si fueran entidades
corpusculares, mientras que en otros, por el contrario, parecían exhibir propiedades
ondiculares, un hecho que pronto se conoció con el nombre de «paradoja onda-partícula». De
este modo, la vieja definición de materia fue reemplazada, a nivel subatómico, por la de
probabilidad estadística, por la «tendencia a existir», una noción que, en los últimos tiempos,
ha terminado disipándose detrás de lo que los físicos modernos denominan «vacío dinámico».
Así pues, la exploración del microcosmos reveló que el universo de la vida cotidiana,
aparentemente compuesto por objetos sólidos y discretos, es, en realidad, una compleja red
de eventos y de relaciones. Desde esta nueva perspectiva, la conciencia no se limita a reflejar
pasivamente el mundo material objetivo sino que desempeña un papel activo en la creación de
la misma realidad.
Las investigaciones realizadas por los científicos en el campo de la astrofísica también nos
han conducido a descubrimientos igualmente reveladores. Según la teoría de la relatividad de
Einstein, por ejemplo, el espacio no es tridimensional y el tiempo no es lineal. Desde este
punto de vista, el espacio y el tiempo no son entidades separadas sino que están integradas en
un continuo tetradimensional conocido como «espacio-tiempo». Lo que una vez percibiéramos
como fronteras entre objetos y distinciones entre materia y espacio vacío ha terminado siendo
reemplazado por algo nuevo. Así, en lugar de hablar de objetos discretos y de espacios vacíos
entre ellos, hoy en día se considera que el universo es un campo continuo de densidad
variable. Según la física moderna, la materia es intercambiable con la energía, y la conciencia
-que no se halla limitada a las actividades que tienen lugar en el interior de nuestro cráneo-
forma parte del mismo tejido del universo.
Como dijo, hace ya unos sesenta años, el astrónomo británico James Jeans, el universo de
la física moderna se asemeja más a un gran pensamiento que a una gigantesca supermáquina.
El universo actual no se parece tanto a un conglomerado de objetos newtonianos como a un
sistema extraordinariamente complejo de fenómenos vibratorios que presenta propiedades y
posibilidades inimaginables para la ciencia newtoniana, destacando, entre todas ellas, la
holografía.

La holografía y el orden implicado


La holografía es un proceso fotográfico que utiliza un rayo láser de luz coherente (de la
misma longitud de onda) para construir imágenes tridimensionales en el espacio. Un
holograma -al que podríamos comparar con la diapositiva que nos permite proyectar la
imagen- es el registro de una pauta de interferencia entre dos mitades de un rayo láser.
Después de que el haz de láser sea dispersado por un espejo parcialmente azogado, una parte
de él (denominado haz de referencia) es dirigido hacia la emulsión del holograma y la otra
mitad (denominada haz del objeto) se refleja hacia la película desde el objeto fotografiado. Lo
curioso es que la información procedente de los dos rayos, indispensable para reproducir una
imagen tridimensional, permanece «plegada» y distribuida por todo el holograma, y que
podemos dividir el holograma en tantas partes como queramos y descubrir que, al iluminar
cualquiera de los fragmentos, cada uno de ellos «despliega» una imagen tridimensional de la
totalidad.
El descubrimiento de la holografía se ha convertido en un elemento fundamental de la visión
científica del mundo. El eminente físico teórico David Bohm, por ejemplo, antiguo colaborador
de Einstein, se inspiró en la holografía para crear un modelo del universo que englobara las
múltiples paradojas de la física cuántica. Según Bohm, el mundo que percibimos a través de
los sentidos y el sistema nervioso, con o sin ayuda de instrumentos científicos, sólo representa
un pequeño fragmento de la realidad. Desde su punto de vista, lo que nosotros percibimos
constituye el «orden desplegado» o «explicado», un aspecto parcial de una matriz mayor a la
que denomina «orden implicado» o «plegado». En otras palabras, lo que nosotros percibimos
como realidad es similar a la proyección de una imagen holográfica procedente de una matriz
superior. Por consiguiente, la visión de Bohm del orden implicado (similar al holograma)
describe un nivel de la realidad inaccesible a nuestros sentidos y al escrutinio directo de la
ciencia.
Figura 2. A diferencia de lo que ocurre con una fotografía, cada fragmento de una placa
holográfica contiene información sobre la totalidad. De este modo, si una placa holográfica se
rompe en pedazos, cualquiera de los distintos fragmentos puede servir para reconstruir una
imagen global de la totalidad.
Bohm dedica dos capítulos de su libro La totalidad y el orden implicado a la visión que nos
ofrece la física moderna sobre las relaciones existentes entre la conciencia y la materia. Según
Bohm, la realidad es una totalidad completa y coherente que está implicada en un proceso
interminable de cambio denominado holomovimiento. Desde este punto de vista, todas las
estructuras estables del universo no son más que meras abstracciones. Es por ello que, por
más esfuerzos que dediquemos a describir los objetos, las entidades o los eventos, tendremos
que terminar admitiendo que todos ellos se derivan de una totalidad indefinible e
incognoscible. Así pues, en este mundo en el que todo está en un flujo incesante de cambio, la
utilización de sustantivos para tratar de describir lo que ocurre no hace más que confundirnos.
Según Bohm, la teoría holográfica ilustra la idea de que la energía, la luz y la materia están
compuestas por pautas de interferencia que portan información sobre todas las otras ondas de
luz, energía y materia con las que, directa o indirectamente, han entrado en contacto. Así,
cada fragmento de energía o de materia constituye un microcosmos que encierra a la
totalidad. No deberíamos, pues, seguir considerando la vida en términos de materia
inanimada. La materia y la vida -como la materia y la conciencia-son abstracciones del
holomovimiento, es decir, abstracciones de una totalidad indivisa de la que nada puede
separarse.
Bohm nos recuerda que hasta el mismo proceso de abstracción mediante el cual creamos la
ilusión de separación de la totalidad es, en sí mismo, una expresión del holomovimiento.
Cualquier percepción y cualquier conocimiento -incluido el quehacer científico- no constituyen
una reconstrucción objetiva de la realidad sino una actividad creativa comparable a la
expresión artística. No podemos medir la verdadera realidad porque la realidad es
esencialmente inconmensurable.
El modelo holográfico nos brinda una posibilidad revolucionaria para comprender las
relaciones existentes entre las partes y el todo. Más allá de la lógica limitada del pensamiento
tradicional, la parte deja de ser un fragmento de la totalidad para contener y reflejar -bajo
ciertas circunstancias- la totalidad. Los seres humanos no somos entidades newtonianas
insignificantes y aisladas sino campos integrales del holomovimiento, es decir, somos un
microcosmos que contiene y refleja al macrocosmos. Si esto es cierto, cada ser humano tiene
la posibilidad de expandir sus capacidades mucho más allá del alcance de sus sentidos y llegar
a experimentar, de manera directa e inmediata, todas las facetas del universo.
Existen muchos paralelismos interesantes entre la visión de la física de David Bohm y la
visión de la neurofisiología de Karl Pribram. Después de varias décadas de investigación y
experimentación, esta neurociencia mundialmente reconocida ha llegado a la conclusión de
que ciertas paradojas desconcertantes relacionadas con el funcionamiento cerebral sólo
pueden explicarse recurriendo a los principios holográficos. El revolucionario modelo cerebral
de Pribram y la teoría del holomovimiento de Bohm tiene profundas implicaciones para la
nueva comprensión de la conciencia humana que recién estamos comenzando a trasladar al
nivel personal.

En busca del orden oculto


La Naturaleza está llena de genios, llena de divinidad.
Ni un solo copo de nieve escapa de su mano.
HENRY DAVID THOREAU
Casi todas las diciplinas han descubierto las limitaciones de la ciencia newtoniana y la
apremiante necesidad de una visión más amplia del mundo. Gregory Bateson, por ejemplo,
uno de los más originales teóricos de nuestro tiempo, desafió al pensamiento tradicional
demostrando que las separaciones son ilusorias y que el funcionamiento mental que atribuimos
exclusivamente a los seres humanos impregna a toda la naturaleza, incluyendo los animales,
las plantas e, incluso, los sistemas inorgánicos. Su extraordinaria síntesis creativa entre la
cibernética, la informática, la teoría de sistemas, la antropología, la psicología y otros campos,
demostró que la mente y la naturaleza constituyen una totalidad indivisible.
Desde otra perspectiva, el biólogo británico Rupert Sheldrake nos ha ofrecido una lúcida
crítica de la ciencia tradicional que, en su opinión, ha dedicado todo su interés a la búsqueda
de la «causación energética» de la naturaleza descuidando, sin embargo, el tema de la forma.
Desde su punto de vista, el estudio minucioso de la materia jamás podrá explicarnos el orden,
las pautas y el significado de la naturaleza por el mismo motivo que el análisis de los
materiales con los que se ha construido una catedral, un castillo o una casa tampoco nos
proporciona una explicación de las formas concretas que han terminado asumiendo estas
estructuras arquitectónicas. Por más sofisticada que sea nuestra investigación sobre la materia
jamás podremos explicar las fuerzas creativas que guían los designios de su estructura. Según
Sheldrake, las formas de la naturaleza están gobernadas por «campos morfogenéticos» que la
ciencia contemporánea no puede detectar ni medir, lo cual significa que todo el esfuerzo
científico realizado en el pasado ha dejado completamente de lado una dimensión
absolutamente fundamental para poder comprender la naturaleza de la realidad.
Todas las teorías que nos ofrecen respuestas alternativas al pensamiento newtoniano
consideran que la conciencia y la inteligencia creativa no emanan de la materia -más
concretamente de la actividad neurofisiológica del cerebro-, sino que constituyen atributos
primarios de la misma existencia. Es por ello que el estudio de la conciencia -hasta ahora el
hermano pobre de las ciencias físicas- está convirtiéndose rápidamente en el centro de
atención de la ciencia.

La revolución de la conciencia y la nueva visión científica del mundo


Nuestra conciencia vigílica normal, la denominada conciencia racional, no es más que un
tipo especial de conciencia separada de otras formas de conciencia completamente diferentes
por la más delgada de las películas... Ninguna descripción del universo en su totalidad que
deje a esas otras formas de conciencia en el olvido podrá ser definitiva.
WILLIAM JAMES
La psicología profunda y la moderna investigación sobre la conciencia están en deuda con el
psiquiatra suizo Carl Gustav Jung. El trabajo clínico sistemático realizado por Jung a lo largo de
su vida le llevó a la conclusión de que el modelo freudiano del psiquismo humano era
demasiado estrecho y limitado. Jung nos ha ofrecido evidencia convincente de que para
comprender la verdadera naturaleza del psiquismo debemos ir mucho más allá del inconsciente
biográfico individual.
Una de las contribuciones más conocidas de Jung es la noción de «inconsciente colectivo»,
un inmenso almacén de información sobre la historia y la cultura humana que descansa en la
profundidad del psiquismo de todo ser humano. Jung también identificó y describió los efectos
sobre el individuo y la sociedad de ciertos modelos dinámicos fundamentales, una especie de
principios organizativos primordiales del inconsciente colectivo y del universo en general, a los
que denominó «arquetipos».
Las investigaciones de Jung sobre la sincronicidad -que más adelante estudiaremos en
detalle- resultan especialmente interesantes. Jung descubrió la presencia de ciertas
coincidencias significativas entre acontecimientos psicológicos individuales -como los sueños y
las visiones, por ejemplo- y diversos aspectos de la realidad consensual. Estas coincidencias,
que no pueden explicarse en términos de causa y efecto, sugieren que el psiquismo y el
mundo material no son dos entidades separadas sino que, de algún modo, están
estrechamente relacionadas. Las ideas de Jung no sólo constituyen un reto para la psicología
sino también para la visión newtoniana de la realidad y para la filosofía de la ciencia occidental
porque demuestran que la conciencia y la materia se hallan íntimamente unidas de un modo
que el poeta William Butler Yeats debía tener en mente cuando decía que «no podemos
separar al bailarín de la danza».
Los avances realizados en el campo de la física coincidieron con el descubrimiento del LSD,
y la investigación con sustancias psicodélicas abrió caminos revolucionarios para el estudio de
la conciencia humana. La década de los cincuenta y de los sesenta se vio convulsionada por el
resurgimiento del interés por las filosofías y las prácticas orientales, el chamanismo, el
misticismo, la psicoterapia existencial y la exploración de las profundidades del psiquismo
humano.
Por otra parte, el estudio de la muerte y de los moribundos nos ha proporcionado datos
excepcionalmente interesantes sobre la relación existente entre la conciencia y el cerebro. Ha
renacido también el interés por la parapsicología, especialmente por la investigación sobre la
percepción extrasensorial (PES), y también han aparecido nuevas técnicas de alteración de la
conciencia, como la deprivación sensorial y el biofeedback, por ejemplo, que nos han ofrecido
una gran cantidad de información sobre el psiquismo humano.
El denominador común de todas estas investigaciones fueron los estados no ordinarios de
conciencia, un área desatendida no sólo por la ciencia sino también por toda la cultura
occidental.
Habíamos hecho hincapié en las dimensiones racionales y lógicas, habíamos sobrevalorado
el estado sobrio de la mente pero, al mismo tiempo, habíamos relegado al campo de lo
patológico a todos los demás estados de conciencia.
En este sentido, nuestra cultura ha desempeñado un papel único en el contexto de la
historia de la humanidad. Las antiguas culturas preindustriales tenían en gran estima a los
estados no ordinarios de conciencia, los consideraban instrumentos eficaces para conectarnos
con las realidades sagradas, con la naturaleza y con los demás y, en consecuencia, los
empleaban para detectar las enfermedades y para curarlas. Todas estas culturas han
considerado que los estados alterados de conciencia constituyen una valiosa fuente de
inspiración artística y una vía de acceso a la intuición y la percepción extrasensorial y,
consecuentemente, todas ellas han invertido tiempo y esfuerzo en el desarrollo de técnicas
para alterar la conciencia y las han utilizado ritualmente de manera regular.
Según Michael Harner, un famoso antropólogo que se inició chamánicamente en América del
Sur, desde un punto de vista intercultural la visión occidental sobre el psiquismo humano está
equivocada. En primer lugar, se trata de una visión etnocéntrica ya que los científicos
consideran que su punto de vista sobre la realidad y los fenómenos psicológicos es superior y
«ha sido demostrado sin el menor género de duda» y, por tanto, juzga a las visiones del
mundo de otras culturas como inferiores, ingenuas y primitivas. En segundo lugar, según
Harner la aproximación académica tradicional es cognicéntrica, es decir, sólo tiene en cuenta
las observaciones y las experiencias que nos proporcionan los cinco sentidos en el estado de
conciencia ordinario.
El principal interés de este libro es el de describir y explorar los cambios radicales en
nuestra comprensión de la conciencia, del psiquismo humano y la naturaleza de la realidad que
ineludiblemente tienen lugar cuando prestamos atención -como han hecho otras culturas antes
que nosotros- a estados no ordinarios de conciencia. Poco importa, para ello, que el detonante
de esos estados sea la práctica de la meditación, una sesión de psicoterapia experiencial, una
crisis psicoespiritual espontánea («emergencia espiritual»), un estado cercano a la muerte o la
ingestión de sustancias psicodélicas. Los detalles concretos de estas técnicas y experiencias
pueden diferir pero lo cierto es que todas ellas se refieren a un territorio profundo del
psiquismo humano que todavía no ha sido cartografiado por la psicología tradicional, el
territorio al que el tanatólogo Kenneth Ring se refiere cuando habla de experiencias Omega.
Nuestro interés es el de explorar las implicaciones que tiene la moderna investigación sobre
la conciencia en nuestro autoconocimiento y en el conocimiento del universo en general. Es por
ello que los ejemplos que vamos a presentar proceden de situaciones tan diversas como las
sesiones de Respiración Holotrópica®, la terapia psicodélica, los rituales chamánicos, las
regresiones hipnóticas, las experiencias cercanas a la muerte o los episodios espontáneos de
crisis de emergencia espiritual. Todas estas situaciones suponen un desafío crítico a nuestra
forma tradicional de pensar y sugieren la necesidad de transformar nuestra actitud con
respecto a la realidad y a nosotros mismos.

El comienzo de la aventura: Abriendo de par en par las puertas que conducen más
allá de la realidad cotidiana
Hay muchos caminos que conducen a esta nueva visión de la conciencia. El mío comenzó a
finales de los años cuarenta en Praga, capital de Checoslovaquia, poco después de haber
terminado la enseñanza secundaria. En esa época, un amigo me prestó las Conferencias
introductorias al psicoanálisis, de Sigmund Freud, y quedé muy impresionado por su
profundidad y por su talento para decodificar el enigmático lenguaje de la mente inconsciente.
A los pocos días terminé de leer el libro con la determinación de estudiar medicina, requisito
indispensable para llegar a ser psicoanalista.
Durante mis estudios universitarios participé en un pequeño grupo dirigido por tres
miembros de la International Psychoanalytic Association y trabajé como voluntario en el
departamento de psiquiatría de la Charles University School of Medicine. Posteriormente,
emprendí mi análisis de formación con el primer presidente de la Asociación Psicoanalítica
Checoslovaca.
Pero cuanto más iba familiarizándome con el psicoanálisis mayor era mi desencanto porque
las convincentes explicaciones de Freud y sus seguidores sobre el funcionamiento de la mente
no parecían, sin embargo, resultar muy eficaces en el campo clínico. No alcanzaba a
comprender por qué este brillante sistema teórico no conseguía resultados prácticos
igualmente brillantes. En la facultad de medicina me habían enseñado que para curar una
enfermedad debía comprender sus causas o, en el caso de tratarse de una enfermedad
incurable, debía tomar clara conciencia de mis limitaciones terapéuticas. Ahora, en cambio,
estaba comenzando a darme cuenta de que la comprensión intelectual contribuía muy poco a
la resolución de los problemas psicopatológicos.
En esa época llegó un paquete a mi departamento que procedía del laboratorio farmacéutico
de Sandoz, en Basilea. Se trataba de varias muestras de una sustancia psicodélica,
denominada LSD-25, que Sandoz estaba enviando a los investigadores psiquiátricos del mundo
entero para que estudiaran sus efectos y su posible utilidad psiquiátrica. De este modo, en
1956 me convertí en uno de los primeros sujetos experimentales de esta droga.
Mi primera sesión con LSD-25 cambió completamente el rumbo de mi vida personal y
profesional. Esa experiencia, durante la cual tropecé directamente con mi inconsciente, eclipsó
de inmediato todo mi interés previo por el psicoanálisis freudiano. Ante mí se desplegó un
fantástico desfile de coloridas visiones, unas abstractas y geométricas y otras plenas de
significado simbólico. En esa ocasión experimenté tantas emociones y con tal intensidad que
jamás antes hubiera siquiera soñado que fuera posible.
Esa primera experiencia con LSD-25 formaba parte también de un experimento que trataba
de determinar el efecto de las luces destellantes en el cerebro. Acepté, pues, permanecer
conectado a un electroencefalógrafo que registraba mis ondas cerebrales mientras
centelleaban ante mí luces de diferentes frecuencias.
Durante esta fase del experimento me sentí sobrecogido por una luz semejante al epicentro
de una explosión atómica, posiblemente la misma luz sobrenatural que aparece en el momento
de la muerte de la que hablan las antiguas escrituras orientales. Esta luz me catapultó fuera de
mi cuerpo y mi conciencia pareció expandirse hasta alcanzar dimensiones cósmicas y perdí
toda noción del investigador, del laboratorio y de cualquier otro detalle relativo a mi vida como
estudiante en Praga.
Súbitamente me encontré en medio de un drama cósmico que trascendía -con mucho- mis
más descabelladas fantasías. Experimenté el Big Bang, atravesé agujeros negros y agujeros
blancos ubicados en los confines del universo y mi conciencia se transformó en supernovas,
pulsars, cuasars y todo tipo de fenómenos cósmicos.
No tenía la menor duda de que estaba experimentando algo muy similar a las experiencias
de «conciencia cósmica» de las que hablan las grandes escrituras místicas del mundo. Los
tratados de psiquiatría suelen calificar a estos estados como graves manifestaciones
patológicas pero yo sabía que la experiencia no era el resultado de una psicosis inducida por la
droga sino el vislumbre de un mundo que trascendía la realidad cotidiana.
Hasta en los momentos más dramáticos y contundentes de la experiencia me daba cuenta
de la ironía y la paradoja de la situación. Lo divino se había manifestado en mi vida en el
moderno laboratorio de un país comunista, en medio de un experimento con una sustancia
sintetizada en el tubo de ensayo de un químico del siglo xx.
Salí de esta experiencia profundamente conmocionado. En esa época todavía ignoraba que
cualquier ser humano tiene la posibilidad de acceder a la experiencia mística. En consecuencia,
atribuí mi experiencia a los efectos de la droga. De lo que no tenía la menor duda era de que
esa sustancia era «el camino real al inconsciente» y, por tanto, creí que podía salvar el abismo
existente entre la brillantez teórica del psicoanálisis y su falta de eficacia terapéutica, y llegué
a la conclusión de que el análisis combinado con el LSD podía profundizar, intensificar y
acelerar el proceso terapéutico.
En los años siguientes comencé a trabajar en el Instituto de Investigaciones Psiquiátricas de
Praga y pude dedicarme a estudiar los efectos del LSD en pacientes con diversos trastornos
emocionales, en profesionales de la salud mental y en artistas, científicos y filósofos que
estaban seriamente interesados en someterse a la experiencia. De este modo, la investigación
profundizó mi comprensión sobre el psiquismo humano, aumentó mi creatividad y facilitó el
proceso de solución de problemas.
Durante la primera fase de mi investigación, la exposición cotidiana a experiencias que
resultaban inexplicables según mi viejo sistema de creencias fue socavando lentamente mi
antigua visión del mundo y la contundente influencia de la experiencia fue transformando
gradualmente mi visión atea del mundo en una actitud profundamente mística. De este modo,
el examen minucioso de los datos de la investigación iba consolidando poco a poco los atisbos
que había vislumbrado en mi propia experiencia de conciencia cósmica.
Las sesiones de psicoterapia asistida con LSD me permitieron advertir la presencia de una
pauta sumamente singular. Con dosis medias o bajas los sujetos se limitaban a revivir las
experiencias de su infancia y de su adolescencia. Sin embargo, cuando la dosis aumentaba o la
sesión se repetía, todos los pacientes iban más allá del dominio biográfico propio del
psicoanálisis freudiano y experimentaban fenómenos notablemente similares a los descritos en
los antiguos textos espirituales de las tradiciones orientales. Esta situación resultaba
particularmente curiosa porque la mayor parte de los sujetos carecían de todo conocimiento
previo sobre las filosofías espirituales orientales y yo no les había anticipado, en modo alguno,
que la experiencia podía facilitarles la posibilidad de acceder a tales dominios.
Mis clientes experimentaban la muerte y el renacimiento psicológico, la unidad con toda la
humanidad, la naturaleza y el cosmos. Hablaban de visiones de deidades y demonios y
visitaban reinos mitológicos procedentes de culturas diferentes a la suya. Algunos decían haber
experimentado «vidas pasadas» cuya exactitud histórica fue confirmada posteriormente. En las
sesiones más profundas veían personas, lugares y objetos con los que jamás podían haber
estado en contacto, es decir, tenían ciertas experiencias que nunca antes habían leído, visto o
escuchado.
Esta investigación fue una fuente inagotable de sorpresas. Yo había estudiado religiones
comparadas y tenía cierto conocimiento intelectual de este tipo de experiencias. Sin embargo,
jamás hubiera sospechado que los antiguos sistemas espirituales dispusieran de una
cartografía tan desconcertantemente exacta de los diferentes niveles y tipos de experiencias
que se manifiestan en los estados no ordinarios de conciencia. Estaba maravillado por su
contundencia, por su autenticidad y por su capacidad para transformar la visión que las
personas tenían sobre su vida. Hablando francamente, eran tiempos en los que me sentía
incómodo y temía enfrentarme a hechos para los cuales carecía de explicación racional y que
socavaban mi sistema de creencias y mi visión científica del mundo.
Pero a medida que iba familiarizándome con las experiencias, fui aceptando también que
todo lo que ocurría eran manifestaciones normales y naturales de las regiones más profundas
del psiquismo humano. Cuando el proceso trascendía el material biográfico procedente de la
infancia y de la adolescencia y las experiencias comenzaban a penetrar en los dominios más
profundos del psiquismo humano -con todos sus matices místicos- sus consecuencias
terapéuticas excedían con mucho todo lo que yo conocía. En tales casos, síntomas que habían
resistido meses, o incluso años, a otros tratamientos se desvanecían poco después de que los
pacientes atravesaran una experiencia tal como la muerte y el renacimiento psicológico, una
visión arquetípica o una secuencia de lo que ellos mismos describían como recuerdos de vidas
anteriores.

En el límite
Después de tres décadas de investigación sistemática de la conciencia humana he llegado a
una conclusión que la mayor parte de los psiquiatras y de los psicólogos tradicionales
encontrarán poco verosímil, cuando no francamente increíble. En la actualidad, estoy
plenamente convencido de que la conciencia es algo más que un mero subproducto accidental
de los procesos neurofisiológicos y bioquímicos que tienen lugar en el cerebro humano. En mi
opinión, la conciencia y el psiquismo humano son expresiones y reflejos de una inteligencia
cósmica que impregna la totalidad del universo y la existencia entera. No sólo somos animales
altamente evolucionados que disponemos de computadores biológicos alojados en el interior
del cráneo sino que también somos campos de conciencia ilimitados que trascendemos el
tiempo, el espacio, la materia y la causalidad lineal.
Después de presenciar miles de sesiones en las que las personas atraviesan por estados no
ordinarios de conciencia, hoy en día estoy plenamente convencido de que nuestra conciencia
individual no sólo se halla directamente relacionada con el entorno inmediato que nos rodea y
con diversas épocas de nuestro pasado, sino que también nos conecta con acontecimientos
que trascienden, con mucho, el alcance de nuestros sentidos físicos y que se extienden hasta
llegar a abarcar otros períodos de la historia, la naturaleza y el cosmos. Hace ya tiempo que
renuncié a seguir negando la evidencia de nuestra capacidad para liberar las emociones y las
sensaciones físicas padecidas en nuestro paso por el canal del nacimiento y para revivir
episodios intrauterinos. En los estados alterados de conciencia nuestro psiquismo puede
reproducir esas situaciones de una manera sumamente vívida.
En ciertas ocasiones, podemos incluso retroceder todavía más en el tiempo y experimentar
secuencias procedentes de la vida de nuestros ancestros humanos y animales y presenciar
acontecimientos de la vida de otras personas, otras épocas y otras culturas a las que no nos
une el menor vínculo genético. Nuestra conciencia puede trascender el tiempo y el espacio,
cruzar la frontera que nos separa de otras especies animales, experimentar procesos propios
de reinos vegetales y minerales e incluso adentrarse en realidades mitológicas que
anteriormente ignorábamos. Todas estas experiencias terminan repercutiendo poderosamente
sobre nuestra filosofía y nuestra visión del mundo hasta el punto de que cada vez nos resulta
más difícil compartir el sistema de creencias sustentado por la cultura industrial y las creencias
filosóficas de la ciencia occidental.
Así pues, si bien había comenzado mi investigación siendo un materialista y un ateo
recalcitrante, pronto me vi obligado a aceptar el hecho de que las dimensiones espirituales
constituyen un elemento clave del psiquismo humano y del esquema universal de las cosas. El
cultivo y la toma de conciencia de estas dimensiones constituye una faceta esencial y positiva
de nuestra existencia que podría, incluso, ser un factor decisivo para nuestra supervivencia en
el planeta.
El estudio de los estados no ordinarios de conciencia me ha permitido aprender que muchas
de las condiciones que la psiquiatría corriente considera extrañas y patológicas son, en
realidad, manifestaciones perfectamente naturales de la dinámica profunda del psiquismo
humano. En muchos casos, la emergencia de estos elementos en la conciencia puede deberse
al esfuerzo efectuado por el organismo para liberarse de los vínculos y las limitaciones
traumáticas, curarse a sí mismo y alcanzar un nivel de funcionamiento más armónico.
Pero, por encima de todo, la investigación sobre la conciencia realizada durante las últimas
tres décadas me ha convencido de que nuestros modelos científicos habituales del psiquismo
humano resultan inadecuados para explicar gran parte de los nuevos hechos y observaciones
de la ciencia y suelen convertirse en una camisa de fuerza conceptual que hace inútiles -e
incluso contraproducentes- muchos de nuestros esfuerzos teóricos y prácticos. La aceptación
de los datos que desafían las creencias y los dogmas tradicionales siempre ha sido una
característica fundamental de la buena ciencia y un motor del progreso. Los verdaderos
científicos no confunden las teorías con la realidad y no intentan dictaminar cómo debe ser la
naturaleza. No nos compete a nosotros decidir -en base a ciertas ideas preconcebidas- qué es
lo que puede y qué es lo que no puede hacer el psiquismo humano. Para llegar a descubrir la
mejor forma de colaborar con el psiquismo debemos comenzar prestando atención a su
verdadera naturaleza.
No cabe la menor duda de que necesitamos una nueva psicología, una psicología que esté
más en consonancia con los descubrimientos realizados por la nueva investigación sobre la
conciencia, una psicología que nos permita profundizar la imagen del cosmos que nos
proporcionan los últimos descubrimientos realizados por las ciencias físicas. Para investigar las
nuevas fronteras de la conciencia es preciso ir más allá de los métodos exclusivamente
verbales de recogida de datos psicológicos relevantes. En todas las épocas, la experiencia de
los dominios más remotos del psiquismo ha sido calificada de «inefable» por la inadecuación
de cualquier tipo de descripción verbal. Es por ello que nos vemos obligados a buscar enfoques
alternativos que nos permitan acceder a los niveles más profundos del psiquismo sin tener que
recurrir al lenguaje. Uno de los motivos que justifican esta necesidad descansa en el hecho de
que muchas de las experiencias que ocurren en los rincones más profundos del psiquismo son
intrínsecamente no verbales o tienen su origen en fases anteriores al desarrollo del lenguaje
-en el útero, en el momento de nuestro nacimiento o en nuestra infancia más temprana-. Este
hecho constituye un extraordinario acicate para el desarrollo de nuevos proyectos,
instrumentos y metodologías de investigación que nos permitan llegar a desvelar la naturaleza
profunda del psiquismo humano y de la realidad.
La información que presentamos en este libro está extraída de varios miles de experiencias
no ordinarias de diferentes tipos. La mayor parte de ellas proceden de sesiones psicodélicas y
holotrópicas que he dirigido y asistido en Estados Unidos y Checoslovaquia, de talleres de
formación realizados en todo el mundo y de sesiones realizadas por colegas que compartieron
conmigo sus observaciones. Por otra parte, también he trabajado con personas que estaban
atravesando crisis psicoespirituales y, a lo largo de los años, he experimentado personalmente
muchos estados no ordinarios de conciencia mediante la psicoterapia experiencial, las sesiones
psicodélicas, los rituales chamánicos y la meditación. Los seminarios de un mes de duración
que mi esposa Christina y yo hemos dirigido en el Instituto Esalen, en Big Sur, California, nos
han permitido un intercambio excepcionalmente rico con antropólogos, parapsicólogos,
tanatólogos, psíquicos, chamanes y maestros espirituales que han terminado convirtiéndose en
verdaderos amigos. Agradezco a todos ellos la oportunidad que me han brindado para ubicar
mis propios descubrimientos en el contexto interdisciplinar e intercultural más adecuado.
El enfoque experiencial que utilizamos actualmente para inducir estados alterados de
conciencia y para acceder al psiquismo inconsciente y superconsciente es la Respiración
Holotrópica,' una técnica que hemos desarrollado con Christina durante los últimos quince
años. Este proceso aparentemente simple que combina la respiración, la música evocativa y
otras formas de sonido, trabajo corporal y expresión artística, se ha revelado
extraordinariamente eficaz para abrir las puertas a la exploración de todo el espectro del
mundo interno. También hemos diseñado un programa de entrenamiento global que nos ha
permitido formar a varios centenares de especialistas que hoy en día dirigen este tipo de
talleres en diversas partes del mundo. Quienes estén interesados seriamente en recorrer los
caminos descritos en este libro no tendrán, pues, dificultad alguna en encontrar la posibilidad
de investigarlos experimentalmente en un contexto seguro y bajo la dirección de un guía
experto.
El material que presentamos procede de unas veinte mil sesiones de Respiración
Holotrópica® realizadas con personas procedentes de diferentes países y profesiones y de las
más de cuatro mil sesiones de terapia psicodélica que dirigí durante las primeras fases de la
investigación. El estudio sistemático de los estados no ordinarios de conciencia me ha
demostrado más allá de toda duda que la comprensión tradicional de la personalidad humana
-limitada a la biografía posnatal y el inconsciente individual freudiano- es lamentablemente
estrecha y superficial. Para poder explicar los extraordinarios hallazgos que nos proporcionan
la investigación es necesario partir de un modelo más amplio del psiquismo humano y utilizar
una nueva forma de pensar sobre la salud y la enfermedad mental.
En los siguientes capítulos describiré las conclusiones de nuestro dilatado trabajo con los
niveles no ordinarios de conciencia, una nueva cartografía del psiquismo humano que resulta
muy provechosa para el trabajo cotidiano. Esta cartografía muestra los diferentes tipos y
niveles de experiencia a los que se accede en ciertos estados especiales de la mente que
parecen ser expresiones normales del psiquismo humano. De este modo, junto al nivel
biográfico tradicional que contiene material procedente de nuestra niñez, infancia,
adolescencia, etcétera, este mapa del espacio interno también incluye dos dominios
adicionales importantes, 1) el nivel perinatal del psiquismo que, como su nombre indica, está
relacionado con las experiencias asociadas al trauma del nacimiento biológico, y 2) el nivel
transpersonal, que trasciende, con mucho, los límites ordinarios de nuestro cuerpo y de
nuestro ego y conecta directamente nuestro psiquismo individual con el inconsciente colectivo
junguiano y el universo en general.
Al comienzo de mis investigaciones con el LSD creí que estaba creando un nuevo mapa del
psiquismo pero, a medida que proseguía mi trabajo, cada vez me resultaba más evidente que
el nuevo mapa no era tan nuevo. Comprendí entonces que estaba redescubriendo un
conocimiento de la conciencia humana que nos había acompañado a lo largo de siglos e incluso
milenios. Comencé entonces a descubrir sus extraordinarias similitudes con el chamanismo, las
grandes filosofías espirituales de Oriente, las diversas escuelas budistas y taoístas, las ramas
místicas del judaísmo, el cristianismo, el islam y muchas otras tradiciones esotéricas de todas
las épocas.
La profunda relación existente entre mi investigación y el conocimiento que nos brindan las
antiguas tradiciones espirituales me proporcionaron una convincente validación de esa visión
atemporal que el filósofo y escritor Aldous Huxley denominara «filosofía perenne». Me di
cuenta de que los nuevos descubrimientos obligaban a la ciencia occidental a revisar los
prejuicios que hasta entonces la habían llevado a rechazar y a ridiculizar incluso -con su juvenil
hvbris- lo que los antiguos tenían que ofrecerle. Espero que la vieja/nueva cartografía descrita
en este libro demuestre su utilidad como guía para quienes se decidan a atravesar las
fronteras de la conciencia y emprender un viaje hacia los dominios más profundos del
psiquismo humano. Los pormenores concretos de cada viaje interno son únicos pero todos
comparten ciertos rasgos fundamentales. El hecho de que otras personas hayan atravesado sin
riesgos territorios nuevos y potencialmente aterradores constituye una garantía nada
desdeñable para quienes estén dispuestos a adentrarse en esta extraordinaria aventura.

Desvelando los misterios de la infancia y de la adolescencia


El primer dominio del psiquismo que suele aparecer en la terapia experiencial es el nivel
biográfico o recordatorio, un nivel en el que nos encontramos con recuerdos procedentes de
nuestra temprana infancia y de nuestra adolescencia. Según la moderna psicología científica,
nuestra vida emocional actual ha sido modelada, en gran medida, por los acontecimientos que
vivimos en el período «formativo», es decir, en los años que transcurrieron antes de que
aprendiéramos a articular nuestros pensamientos y nuestros sentimientos. En este sentido, la
calidad de los cuidados maternales, la dinámica de nuestra familia y las experiencias
traumáticas y nutricias que vivimos en esa época desempeñan un papel muy importante en la
configuración de nuestra personalidad.
El reino biográfico suele ser el dominio más accesible y, por tanto, más familiar, de nuestro
psiquismo. No obstante, los métodos cotidianos del recuerdo no siempre nos permiten acceder
a los acontecimientos importantes de nuestra vida temprana. Quizás nos resulte fácil recordar
tiempos felices, pero los traumas y las raíces profundas de nuestros miedos y de nuestras
dudas resultan extraordinariamente elusivos porque se hallan sepultados en una región del
psiquismo conocida como «inconsciente individual», y permanecen ocultos mediante un
proceso que Sigmund Freud denominó «represión». El trabajo pionero de Freud reveló la
posibilidad de acceder al inconsciente y liberar, así, el material emocional reprimido gracias al
análisis sistemático de los sueños, las fantasías, los síntomas neuróticos, los lapsus linguae, la
conducta cotidiana y otros aspectos de nuestra vida.
Freud y sus seguidores demostraron la existencia de la mente inconsciente mediante la
«asociación libre», una técnica, muy difundida en la actualidad, que consiste en comentar lo
que nos venga a la mente y permitir que las palabras, las imágenes mentales y los recuerdos
fluyan libremente sin ningún tipo de censura. Pero esta técnica, al igual que otras
aproximaciones exclusivamente verbales, pronto demostró ser una herramienta de
investigación relativamente débil. A mediados de este siglo surgió una nueva disciplina,
denominada «psicología humanista», que recurría al «trabajo corporal» e invitaba a la
expresión plena de las emociones dentro del marco seguro del encuadre terapéutico. Esta
aproximación «experiencial» aumentó la eficacia del trabajo en el nivel biográfico. Sin
embargo, al igual que ocurría con las técnicas verbales, estas nuevas aproximaciones también
se llevaban a cabo en estados ordinarios de conciencia.
La utilización terapéutica de los estados no ordinarios de conciencia que vamos a explorar
en este libro arroja nueva luz sobre el material biográfico. El trabajo con los estados no
ordinarios de conciencia ratifica, por una parte, las afirmaciones de la psicoterapia tradicional y
nos abre, por la otra, las puertas a nuevas posibilidades que nos proporcionan una información
revolucionaria sobre la naturaleza de nuestra vida. Para el psicoanálisis y otras disciplinas
afines, descubrir recuerdos reprimidos de la niñez y de la infancia puede suponer meses, o
incluso años, de trabajo, pero la Respiración Holotrópica ®, por su parte, nos permite acceder a
estados no ordinarios de conciencia en los que el material biográfico significativo procedente
de nuestra temprana infancia emerge a la superficie desde las primeras sesiones. De este
modo, las personas no sólo tienen acceso a recuerdos procedentes de su niñez y de sus
primeros años sino que también suelen conectar vívidamente con su nacimiento, la vida del
feto e, incluso, aventurarse en dominios de la experiencia que se hallan todavía más allá de su
vida intrauterina.
Este trabajo nos proporciona, además, una ventaja adicional. En lugar de limitarse a
recordar los acontecimientos más tempranos de nuestra vida o de reconstruirlos a partir de
pequeños fragmentos procedentes de nuestros sueños y de nuestros recuerdos, los estados no
ordinarios de conciencia nos proporcionan la posibilidad de revivirlos. De este modo, podemos
volver a tener dos meses -o menos todavía- y experimentar nuevamente todas las cualidades
emocionales, sensoriales y físicas de la vivencia. En tal caso, experimentamos nuestro cuerpo
como el cuerpo de un niño y nuestra percepción de la circunstancia que nos rodea es primitiva,
ingenua e infantil. Todo es experimentado con una inusual viveza y claridad. Hay buenas
razones para creer que estas experiencias se remontan incluso al nivel celular.
Durante las sesiones experienciales con Respiración Holotrópica ®, es sorprendente ver la
intensidad con la que las personas son capaces de acceder a las experiencias más tempranas
de su vida. No es inusual verlos cambiar de apariencia y comportarse como si realmente
tuvieran esa edad. Quienes regresan a la infancia adoptan expresiones faciales, posturas
corporales, gestos y conductas de niños pequeños. Aunque las experiencias muy tempranas
incluyen la salivación y los movimientos automáticos de succión, lo más notable, sin embargo,
es la presencia de reflejos neurológicos propios de esa edad, reflejos de succión al más leve
contacto con los labios y otros reflejos neurológicos axiales característicos de esa edad.
Uno de los hallazgos más dramáticos en personas que regresan a estadios muy tempranos
de su infancia es la presencia del reflejo de Babinski. Para comprobar este reflejo -que forma
parte de la batería de pruebas neurológicas de los pediatras- hay que presionar la planta del
pie de los niños con un objeto punzante. Los más pequeños reaccionan extendiendo y abriendo
los dedos ante este estímulo mientras que los mayores, por el contrario, los flexionan. Los
mismos adultos que reaccionan positivamente a esta prueba en los momentos en que parecen
estar reviviendo su infancia, reaccionan negativamente a ella, en cambio, cuando reviven
períodos posteriores de su vida y, como es de esperar, presentan respuestas de Babinski
normales cuando regresan al estado de conciencia ordinario.
Existe otra diferencia importante entre la exploración del psiquismo en estadios no
ordinarios de conciencia y su exploración en condiciones normales. En los estados no
ordinarios existe una selección automática del material inconsciente con mayor carga y
relevancia emocional. Es como si una especie de «radar interno» escrutara el psiquismo y el
cuerpo en busca de los elementos más importantes y los trajera a nuestra mente consciente.
Este hecho tiene una importancia incalculable tanto para el terapeuta como para el cliente, ya
que nos evita la tarea de tener que decidir qué temas son importantes y cuáles no. Este tipo
de decisiones normalmente están sesgadas porque dependen de nuestro sistema de creencias
particular, de nuestra formación o de nuestro acuerdo o desacuerdo con alguna de las distintas
escuelas de psicoterapia.
Así pues, los estados no ordinarios de conciencia parecen disponer de una especie de radar
que nos revela aspectos del reino biográfico que previamente habían pasado desapercibidos en
nuestra exploración de la conciencia humana. Uno de los descubrimientos más importantes en
este sentido es el del impacto de los primeros traumas físicos en nuestro desarrollo emocional.
El sistema de radar no sólo trae a la superficie el recuerdo de traumas emocionales sino que
también nos presenta el recuerdo de acontecimientos amenazantes para la supervivencia o la
integridad de nuestro cuerpo físico. Uno de los principales beneficios inmediatos que se derivan
de este trabajo consiste en la liberación de las emociones y de los sistemas de tensión que
permanecen almacenados en el cuerpo como consecuencia de estos traumas tempranos. En
este sentido, los problemas asociados con la respiración, como la difteria, la tosferina, la
neumonía o el riesgo de perecer ahogado, por ejemplo, desempeñan un papel especialmente
importante.
La psiquiatría tradicional considera que este tipo de traumas físicos puede provocar lesiones
cerebrales pero no llega a reconocer su inmenso impacto sobre el nivel emocional. Sin
embargo, quienes reviven experimentalmente sus traumas físicos no tienen la menor duda en
reconocer las cicatrices que esos acontecimientos han dejado en su psiquismo. También
resulta fácil, en ese estado, tomar conciencia de la influencia de esos traumas sobre ciertas
enfermedades psicosomáticas, como el asma, la migraña, la depresión, las fobias o, incluso,
las tendencias sadomasoquistas. Por su parte, la expresión de estos traumas y su elaboración
posterior suele tener un efecto terapéutico que proporciona un alivio temporal o permanente
de los síntomas y una sensación de bienestar insospechada hasta ese momento.

Sistemas COEX: La llave de nuestro destino


Otro descubrimiento importante de nuestra investigación es que los recuerdos de las
experiencias emocionales y físicas no se hallan almacenados en el psiquismo de manera
aislada y fragmentaria sino que configuran complejas constelaciones, a las que denominamos
Sistemas COEX ("systems of condensed experience" [sistemas de experiencia condensada]).
Cada sistema COEX contiene recuerdos cargados emocionalmente procedentes de diferentes
períodos vitales unidos por el denominador común de compartir la misma cualidad emocional o
la misma sensación física. Cada COEX, pues, contiene numerosos estratos, pero todos ellos se
refieren a temas, sensaciones y cualidades emocionales muy concretos. En la mayor parte de
los casos, los distintos estratos corresponden a los diferentes períodos de la vida de la
persona.
Cada COEX se caracteriza por un tema propio. Una constelación COEX, por ejemplo, puede
contener todos los recuerdos humillantes, degradantes o vergonzosos mientras que el
denominador común de otro COEX puede ser el terror a las experiencias claustrofóbicas y
contener experiencias de asfixia y sensaciones asociadas a la opresión. Otro motivo COEX muy
frecuente es el rechazo y la de privación emocional que nos lleva a desconfiar de los demás.
Son también particularmente importantes los sistemas COEX que se refieren a experiencias
que amenazaron nuestra vida o los recuerdos en los que nuestro bienestar físico se hallaba
seriamente en peligro.
Sería demasiado sencillo extraer la conclusión precipitada de que todos los sistemas COEX
contienen material doloroso, pero lo cierto, sin embargo, es que los sistemas COEX constelan
también experiencias positivas, experiencias de paz, beatitud o éxtasis que contribuyen a
modelar nuestro psiquismo.
En los primeros estadios de mi investigación yo creía que los sistemas COEX gobernaban
fundamentalmente los aspectos del psiquismo conocidos como inconsciente individual. Al
mismo tiempo, trabajaba con la premisa -aprendida durante mi época de formación
psiquiátrica- de que el psiquismo es un producto exclusivo de la educación, es decir, del
material biográfico que se halla almacenado en nuestra mente. Pero en la medida en que iba
aumentando y enriqueciendo mi experiencia con los estados no ordinarios de conciencia
comprendí que las raíces de los sistemas COEX se remontan mucho más atrás de lo que nunca
hubiera imaginado.
Cada constelación COEX parece hallarse vinculada a un aspecto muy concreto de la
experiencia del nacimiento. Como iremos viendo a lo largo de los siguientes capítulos, las
experiencias del nacimiento, tan ricas y complejas en emociones y sensaciones físicas,
contienen los temas fundamentales de todos los sistemas COEX concebibles. Por otra parte, los
sistemas COEX pueden arraigar más allá de la experiencia perinatal y hundir sus raíces en la
vida prenatal o en regiones transpersonales tales como las experiencias de vidas pasadas, los
arquetipos del «inconsciente colectivo» y la identificación con otras formas de vida y procesos
del universo. Mi experiencia y mi investigación me han llevado al convencimiento de que los
sistemas COEX no sólo coordinan el funcionamiento de nuestro inconsciente individual, como
creía anteriormente, sino que incluso pueden llegar a organizar todo nuestro psiquismo.
Los sistemas COEX afectan a toda nuestra vida emocional, influyendo en el modo en que
nos percibimos a nosotros mismos, a los demás y al mundo que nos rodea. En este sentido,
constituyen la fuerza dinámica que subyace a nuestros síntomas emocionales y psicosomáticos
y son los responsables de las dificultades de relación con nosotros mismos y con los demás.
Existe una constante interrelación entre los sistemas COEX de nuestro mundo interno y los
acontecimientos del mundo externo. Los acontecimientos externos pueden reestimular los
COEX que se hallan en nuestro interior y, al mismo tiempo, los sistemas COEX pueden
contribuir a modelar nuestra percepción del mundo y, a través de ella, nuestra acción puede
favorecer la aparición de situaciones externas que reflejen las pautas de nuestros sistemas
COEX. Dicho de otro modo, nuestras percepciones pueden funcionar como un guión complejo
mediante el cual recreamos temas fundamentales de nuestros sistemas COEX en el mundo
externo.
Ejemplificaremos a continuación la función de los sistemas COEX en nuestra vida con la
historia de un hombre, al que llamaremos Peter, un profesor de treinta y siete años de edad
que había sido tratado sin éxito antes de someterse a terapia psicodélica en Praga. Su
dramática experiencia, por otra parte sumamente ilustrativa, tiene que ver con una época
oscura de la historia de la humanidad y, quizás por ello, pueda resultar un tanto desagradable
para el lector. No obstante, la historia es sumamente interesante en el contexto de nuestro
tema porque nos ayuda a comprender la dinámica de los sistemas COEX y nos abre la
posibilidad de liberarnos emocionalmente de los sistemas que nos causan dolor y sufrimiento.
En la época en la que comenzamos las sesiones experienciales, Peter apenas si podía llevar
a cabo las actividades propias de su vida cotidiana. Estaba obsesionado con la idea de
encontrarse con un hombre de cierta apariencia física, preferiblemente vestido de negro.
Quería hacerse amigo de ese hombre y expresarle su urgente necesidad de ser encerrado en
una oscura celda y ser sometido a torturas físicas y psicológicas. Era incapaz de pensar en
ninguna otra cosa y vagaba sin rumbo por la ciudad visitando parques públicos, urinarios,
bares y estaciones de ferrocarril en busca del «hombre adecuado».
En varias ocasiones logró persuadir a algunos hombres para llevar a cabo su deseo, pero su
especial habilidad para tropezar con personas con rasgos sádicos le llevó a ser robado,
maltratado e incluso, en dos ocasiones, a punto de ser asesinado. Las pocas veces en las que
había logrado realizar su deseo, la experiencia fue sumamente desalentadora pues se sentía
muy atemorizado y a disgusto con las torturas que padecía. Peter sufría depresiones suicidas,
impotencia sexual y eventuales ataques epilépticos.
A medida que nos sumergimos en su historia personal, fui descubriendo que sus problemas
habían comenzado a aparecer mientras trabajaba en Alemania durante la Segunda Guerra
Mundial, en donde fue obligado a realizar un trabajo esclavizante y sumamente peligroso.
Durante esa época dos oficiales de las SS le forzaron a punta de pistola a realizar prácticas
homosexuales. Cuando finalizó la guerra y Peter y su familia fueron liberados siguió, no
obstante, buscando relaciones homosexuales en las que desempeñaba un papel pasivo, lo cual
le condujo a fetichizar las ropas negras y la obsesión que hemos descrito.
En sus esfuerzos por solucionar el problema, Peter se sometió a quince sesiones
consecutivas de terapia psicodélica. Durante este proceso salió a la luz un importante sistema
COEX que nos proporcionó la clave para resolver definitivamente sus problemas. Como era de
esperar, en los estratos más superficiales de este COEX nos encontramos con las experiencias
traumáticas recientes.
Un estrato más profundo de este sistema COEX albergaba los recuerdos de la época del
Tercer Reich. En las sesiones experienciales Peter revivió las terribles vejaciones a las que
había sido sometido por los oficiales de las SS y pudo comenzar a advertir los complejos
sentimientos relacionados con estos eventos. Asimismo revivió también otros recuerdos
traumáticos de la guerra vinculados con la atmósfera opresiva de ese horrible período
histórico. Revivió así ostentosos desfiles y manifestaciones militares, banderas con esvásticas,
estandartes con ominosas águilas y escenas de campos de concentración, por nombrar sólo
algunos de sus recuerdos.
Pero por debajo de este estrato, el sistema COEX contenía recuerdos profundamente
sepultados en los que revivió las múltiples ocasiones en las que había sido castigado
brutalmente por su padres, especialmente por un padre alcohólico que, cuando estaba ebrio,
se convertía en una persona violenta y solía golpear a Peter con una larga fusta de cuero. Su
madre también solía castigarle encerrándole en un sótano oscuro sin agua ni alimento durante
varias horas. Peter no podía recordar otra ropa más que la de color negro. En ese momento
descubrió la pauta de sus obsesiones y reconoció que sus deseos giraban en torno a todos los
elementos de castigo que habían acompañado a esas experiencias infantiles.
Peter prosiguió con su exploración experiencial de este sistema COEX y llegó a revivir el
trauma de su nacimiento. Entonces aparecieron vívidos recuerdos de esa época -que, una vez
más, giraban en torno a la brutalidad física-. Esos recuerdos fueron revelando poco a poco y
de manera espontánea las pautas y modelos básicos de todos los elementos sádicos que
parecían haber gravitado sobre toda su vida y recordó espacios cerrados y oscuros, situaciones
de confinamiento físico y torturas físicas y emocionales.
Pero a medida en que iba reviviendo el trauma del nacimiento, Peter comenzó también a
liberarse de sus obsesiones. El hecho de haber localizado finalmente el origen fundamental de
sus sistemas COEX claves parecía contribuir a desmantelarlos. Así fue como, después de
liberarse de los síntomas, pudo comenzar a disfrutar de la vida.
Aunque el descubrimiento de la importancia psicológica de los traumas físicos ha agregado
dimensiones importantes al amplio reino biográfico del psiquismo, este trabajo, no obstante,
permanece confinado a un territorio aceptado y conocido por la psicología y la psiquiatría
tradicional. Mi investigación -y la de muchos otros- acerca de los estados no ordinarios de
conciencia me ha conducido, sin embargo, a territorios del psiquismo que la ciencia y la
psicología occidental están sólo comenzando a explorar. Es por ello que la investigación
sistemática y abierta de estos dominios puede tener consecuencias extraordinariamente
importantes no sólo para la investigación psiquiátrica de la conciencia humana sino también
para la filosofía de la ciencia y, lo que es más, para toda la cultura occidental.'
El tiempo que las personas invierten en explorar su temprana infancia en estados no
ordinarios de conciencia varía considerablemente. No obstante, si siguen trabajando, más
tarde o más temprano terminan trascendiendo los dominios de la historia individual y
penetrando en territorios completamente nuevos que, aunque ignorados por la psiquiatría
académica occidental, no son completos desconocidos para la humanidad sino que, por el
contrario, han sido valorados y estudiados sistemáticamente por las antiguas culturas
preindustriales desde los mismos orígenes de la historia.
Cuando nos aventuramos más allá de los acontecimientos biográficos de la temprana
infancia penetramos en un reino de la experiencia ligado al trauma del nacimiento biológico. En
ese nuevo territorio experimentamos emociones y sensaciones físicas de tal intensidad que
superan, con mucho, lo que consideramos humanamente posible. Ahí nos encontramos con
emociones extremas y polares, una extraña combinación de vida y de muerte -dos aspectos no
tan diferentes de la experiencia humana- en la que la sensación de peligro inminente va
acompañada de una desesperada lucha por la supervivencia.
La mayor parte de las personas identifican esta experiencia con el trauma del nacimiento
biológico. Es por ello que he calificado a este dominio del psiquismo con el nombre de reino
perinatal. Este término es una palabra de origen grecolatino compuesta del prefijo peri, que
significa «cerca», o «alrededor», y de la palabra natalis, «perteneciente al nacimiento». En la
terminología médica, el término perinatal suele utilizarse con frecuencia para describir el
proceso biológico que tiene lugar poco antes, durante e inmediatamente después del momento
del nacimiento. No obstante, la medicina tradicional rechaza la posibilidad de que el niño tenga
la capacidad de registrar en su memoria las experiencias que rodean a su nacimiento. Es por
ello que la psiquiatría tradicional no utiliza este término y que mi empleo de él en el contexto
de la conciencia -fruto de mis investigaciones al respecto- sea inusual.
La exploración de los estados no ordinarios de conciencia nos proporciona evidencia
indiscutible de que los recuerdos de la experiencias perinatales permanecen realmente
almacenados en nuestro psiquismo, a menudo en un nivel celular profundo. Existen personas
sin el menor conocimiento intelectual de su nacimiento que han sido capaces de rememorar,
con extraordinaria riqueza de detalles, acontecimientos ligados a esa época de su vida (como
el uso de fórceps, un parto de nalgas o las primeras reacciones de su madre, por ejemplo) que
fueron confirmados objetivamente, de manera reiterada, por los registros del hospital o por el
recuerdo de los adultos que presenciaron el acontecimiento.
Las experiencias perinatales contienen ciertas emociones y sensaciones primitivas, tales
como la ansiedad, la agresividad biológica, el dolor físico y el ahogo, por ejemplo, que se
hallan típicamente asociadas con el proceso del nacimiento. Las personas que reviven la
experiencia de su nacimiento también suelen recrear exactamente -con la postura y los
movimientos de su cuerpo- la mecánica de su propio parto biológico. Este fenómeno se
presenta tanto en aquellas personas que han estudiado u observado el proceso del nacimiento
como en aquellas otras que lo ignoran todo al respecto. También pueden aparecer sobre la piel
contusiones, hinchazones y otro tipo de fenómenos vasculares espontáneos en aquellos
lugares en los que se aplicó el fórceps, en los que el canal del nacimiento presionó su cabeza o
en los que el cordón umbilical estranguló su garganta, pormenores, por otra parte, que suelen
ser corroborados por los informes médicos o las personas que asistieron al parto.
Pero las experiencias perinatales tempranas no se encuentran circunscritas al proceso del
nacimiento, ya que los recuerdos perinatales más profundos también pueden proporcionarnos
una puerta de acceso a lo que Jung denominaba inconsciente colectivo. Mientras estamos
reviviendo el paso a través del canal del nacimiento también podemos identificamos con
acontecimientos experimentados por personas pertenecientes a otros tiempos y otras culturas
e, incluso, con el proceso del nacimiento experimentado por animales o figuras mitológicas.
También podemos sentimos profundamente vinculados con quienes han sufrido abusos, cárcel,
torturas o algún tipo de persecución. Es como si la conexión con la experiencia universal de la
lucha del feto por nacer nos uniera, de una forma casi mística, con todos los seres que
atraviesan, o han atravesado, circunstancias similares.
Los fenómenos perinatales manifiestan cuatro pautas experienciales diferentes a las que
denomino Matrices Perinatales Básicas (MPB). Cada una de ellas está estrechamente
relacionada con uno de los cuatro períodos consecutivos del parto biológico. En cada uno de
estos estadios el niño atraviesa una serie de experiencias que se caracterizan por la presencia
de emociones, sensaciones físicas e imágenes simbólicas concretas, lo cual supone la presencia
de matrices psicoespirituales muy individualizadas que modelan nuestra experiencia vital.
Estas pautas también se reflejan en la psicopatología individual y social y en la religión, el
arte, la filosofía, la política y todos los órdenes de la vida. De este modo, los estados no
ordinarios de conciencia pueden permitimos acceder a esos moldes y ayudarnos a comprender
con mucha mayor claridad las fuerzas que determinan nuestra vida.
La primera matriz, MPB I, a la que podemos llamar «Universo Amniótico», se refiere a las
experiencias intrauterinas previas al comienzo del parto. La segunda matriz, MPB II, u
«Opresión Cósmica, o Sin Salida», pertenece a las experiencias que tuvieron lugar entre el
momento en que comienzan las contracciones y el momento en que tiene lugar la apertura del
cuello de la matriz. La tercera matriz perinatal, MPB III, «Lucha por la Muerte y
Renacimiento», está relacionada con la experiencia de atravesar el canal del nacimiento. La
cuarta matriz, MPB IV, por último, tiene que ver con la experiencia de abandonar el cuerpo de
la madre. Cada una de las distintas matrices perinatales tiene sus aspectos biológicos,
psicológicos, arquetípicos y espirituales concretos.
En los próximos cuatro capítulos exploraremos el desarrollo natural de las matrices
perinatales. Cada uno de ellos comienza con un relato personal que describe las experiencias
propias de esa matriz, luego pasamos a estudiar los fundamentos biológicos de la experiencia,
la forma en que se traduce en un determinado símbolo en el interior de nuestro psiquismo y la
manera en que ese símbolo termina moldeando nuestra vida.
Deberíamos también advertir, por último, que el proceso de autoexploración no sigue
necesariamente el orden secuencial natural del proceso del nacimiento sino que nuestro propio
radar interno va seleccionando el material perinatal de acuerdo a un orden muy
individualizado. No obstante, por motivos de simplicidad expositiva, presentaremos los
siguientes cuatro capítulos siguiendo el orden biológico natural.

PARTE II:
LAS MATRICES PERINATALES: INFLUENCIAS QUE CONFIGURAN LA CONCIENCIA
HUMANA DESDE LA VIDA PRENATAL Y EL MOMENTO DEL NACIMIENTO
El sueño es la puerta más pequeña para penetrar en el santuario más recóndito y profundo
del alma y acceder a esa noche cósmica primordial en la que descansa desde mucho antes de
que existiera un ego consciente y que se extiende mucho más allá de lo que el ego consciente
podrá jamás alcanzar.
CARL GusTAV JUNG, Recuerdos, sueños y pensamientos

2. LA TOTALIDAD Y EL UNIVERSO AMNIÓTICO: MPB I


Que alcances la paz entre las movedizas olas. Que alcances la paz entre el soplo del viento.
Que alcances la paz en la tranquila tierra. Que alcances la paz de las fulgurantes estrellas. Que
alcances la paz de la noche sosegada. Que la luna y las estrellas derramen sobre ti su curativa
luz y alcances la más profunda paz.

Bendición tradicional gaélica


Asistido por un terapeuta y por una enfermera convenientemente entrenada, el hombre -un
psiquiatra de unos treinta años de edad- entró, lenta pero profundamente, en un estado
alterado de conciencia y penetró en los rincones más oscuros de su mente. Al principio no
advirtió grandes cambios perceptuales y emocionales sino tan sólo leves síntomas físicos -un
cierto malestar, escalofríos, un gusto extraño y desagradable en la boca, náuseas y molestias
intestinales y ligeros temblores y punzadas- que le hicieron pensar que debía de estar
enfermando de gripe.
Cada vez se hallaba más inquieto porque parecía que no ocurría nada y que simplemente se
estaba resfriando. Pensó entonces que había elegido equivocadamente el momento de llevar a
cabo la experiencia porque creía que estaba a punto de caer enfermo. Luego decidió cerrar los
ojos y dedicarse a observar atentamente lo que le ocurría.
En el mismo momento en que cerró los ojos entró en un nivel de conciencia diferente y
mucho más profundo, un nivel que le resultaba completamente nuevo. Tenía la extraña
sensación de que estaba empequeñeciendo y de que su cabeza era desproporcionadamente
más grande que su cuerpo y sus extremidades. Entonces comprendió que lo que anteriormente
había temido que fuera una gripe se había convertido en un conjunto de agresiones dañinas.
Pero ¡no a un adulto sino a un feto! Se sentía suspendido en un líquido que contenía sustancias
-con toda seguridad nocivas y hostiles- que llegaban a su cuerpo a través del cordón umbilical.
Podía degustarlas y su sabor era el de un extraño guiso, o sopa rancia, de yodo y sangre en
descomposición.
Mientras esto ocurría, su parte adulta -la que se había formado como médico y se sentía
orgullosa de su disciplinada visión científica- observaba al feto desde la objetividad que
confiere la distancia. El médico sabía que las agresiones tóxicas a su vulnerable estado
procedían del cuerpo de su madre. Ocasionalmente reconocía algunas de las sustancias
nocivas: especies, ingredientes alimenticios inapropiados para un feto, sustancias derivadas
del humo de un cigarrillo, indicios de alcohol. También era consciente de las emociones que
experimentaba su madre: en un momento una suerte de esencia química de la ansiedad, de
cólera en otro, de sentimientos con respecto al embarazo en un tercero e incluso de la misma
excitación sexual.
La idea de que un feto pudiera tener experiencias conscientes desmentía todo lo que había
aprendido en la facultad de medicina, pero la posibilidad de que pudiera ser consciente de los
matices de la relación que sostenía con su madre durante ese período era, si cabe, más
insólita todavía. En cualquier caso, sin embargo, lo cierto es que no podía negar la realidad de
esas experiencias. Lo que estaba experimentando contradecía todo lo que «sabía» y su faceta
científica comenzó a verse en apuros. Entonces, en lugar de poner en duda la incuestionable
validez de su experiencia, tomó la determinación de revisar sus creencias científicas -como
había ocurrido tantas veces a lo largo de la historia- y la contradicción se desvaneció.
Tras unos momentos de conflicto, prescindió del pensamiento analítico y aceptó todo lo que
le estaba sucediendo. Entonces desaparecieron los síntomas de gripe e indigestión. Le parecía
estar conectando con el recuerdo de los períodos apacibles de su vida intrauterina. Su campo
visual era claro y brillante y cada vez se hallaba más extasiado. Era como si las múltiples
capas de telarañas que enturbiaban su visión se hubieran aclarado y disipado por arte de
magia. El escenario que se hallaba ante él se abrió por completo y de pronto se encontró
envuelto por una luz resplandeciente y la energía fluía en forma de sutiles vibraciones por todo
su ser.
En cierto nivel era un feto experimentando la perfección y beatitud de un buen útero o un
recién nacido fundido con el pecho nutricio y dador de vida. En otro nivel, sin embargo, se
transformó en el universo entero. Era testigo del espectáculo del macrocosmos y de sus
incontables y pulsátiles galaxias. En ciertos momentos contemplaba el espectáculo desde
fuera, en otros, por el contrario, se convertía en el mismo espectáculo. Esa perspectiva
cósmica resplandeciente y sobrecogedora se entremezclaba con la experiencia de un
microcosmos igualmente milagroso, en el que la danza de los átomos y las moléculas daba
lugar al surgimiento del mundo bioquímico y al despliegue del origen de la vida y de células
individualizadas. Por primera vez en su vida sentía que estaba experimentando el universo tal
como es, un misterio insondable, un juego divino de la energía.
Esta compleja y excepcional experiencia perduró durante un tiempo que le pareció eterno. A
veces se sentía como un feto tenso y enfermo; en otras, en cambio, experimentaba un estado
intrauterino extraordinariamente beatífico y sereno. En ocasiones, las influencias nocivas
asumían la forma de los demonios arquetípicos o las criaturas malévolas propias de los cuentos
de hadas. Comprendió entonces por qué los niños suelen fascinarse con las historias míticas y
sus extraños personajes. Algunas de sus comprensiones eran extraordinariamente
importantes. El anhelo de un estado de satisfacción total, como el que puede experimentarse
en un buen útero o en un rapto de éxtasis místico, por ejemplo, parece ser la fuerza
motivadora última de todo ser humano. Entendió entonces que el final feliz con el que
concluyen todos los cuentos de hadas es una expresión de ese anhelo. Comprendió también
que el mismo deseo anida en el sueño revolucionario de un futuro utópico, en el impulso
creativo que mueve a los artistas a buscar la aceptación y el aplauso y en el ansia de
posesiones, estatus y fama. Le resultó entonces evidente que todas ésas eran respuestas al
problema fundamental del ser humano. En este sentido, ni siquiera los más espectaculares
logros alcanzados en el mundo externo podrán llegar a saciar ese deseo y la necesidad que se
halla detrás de él. El único camino para satisfacer ese anhelo es el de volver a conectarnos con
esa faceta de nuestro inconsciente. Comprendió entonces súbitamente el mensaje de tantos
maestros espirituales de que la única revolución posible consiste en la transformación interior
de cada ser humano.
Mientras revivía los recuerdos positivos de su existencia fetal experimentó una sensación de
unidad con todo el universo. Ése era el Tao, el Más Allá Interno, el Tat tvam as¡ (Eso Eres Tú)
de los Upanishads. Perdió la sensación de individualidad, su ego se disolvió y se transformó en
todo lo existente. A veces esa experiencia era intangible y desprovista de contenido, otras, en
cambio, iba acompañada de todo tipo de visiones beatíficas: imágenes arquetípicas del
Paraíso, el cuerno de la abundancia, la Edad de Oro o la Naturaleza sin mácula. Se convirtió en
pez nadando entre aguas cristalinas, fue mariposa revoloteando sobre las laderas de las
montañas, se transformó en gaviota precipitándose sobre la superficie del océano. Fue océano,
animal, planta, nube y, a veces, lo fue todo al mismo tiempo.
Luego no sucedió nada concreto, sólo una sensación de unidad con la naturaleza y el
universo bañado en una luz dorada cuya intensidad se amortiguaba lentamente. La experiencia
finalizó y regresó de mala gana a su estado habitual de conciencia. Mientras esto ocurría,
sentía que acababa de atravesar una experiencia trascendente y que jamás volvería a ser el
mismo. La armonía y la aceptación era total y tenía una visión global indescriptible de la
existencia.
Horas después estaba plenamente convencido de que la experiencia había sido
fundamentalmente energética y espiritual y le resultaba difícil volver a aceptar sus viejas
creencias sobre la existencia física. Esa misma noche tuvo la profunda sensación de estar
curado y completo y de haber regresado a un cuerpo que funcionaba perfectamente bien.
Pero en los meses que siguieron nuestro psiquiatra obtuvo más preguntas que respuestas.
Si la experiencia hubiera sido exclusivamente intelectual le hubiera resultado mucho más
sencillo olvidarse de todo. Los libros y las películas pueden ayudarnos a comprender
intelectualmente ciertas cosas, pero lo que había ocurrido iba mucho más allá de todo eso. Su
experiencia había sido fundamentalmente sensorial, plena de sensaciones físicas
extraordinarias repletas de extraños contenidos. Había experimentado los aspectos oscuros y
luminosos de la vida, había sentido la enfermedad causada por las toxinas que le
bombardeaban en el útero y luego, súbitamente, la inexplicable lucidez.
Es evidente que algunos de los datos que experimentó en esos extraños dominios podían
proceder de los libros que había leído o de las películas que había visto, pero ¿cómo podemos
explicamos la procedencia de sensaciones tan minuciosas como las que vivió? ¿Cómo pudo
llegar a percibir las sensaciones características del estadio fetal de su vida? No cabe la menor
duda de que su conciencia le estaba proporcionando una información tan asombrosamente
detallada, compleja y concreta que jamás antes hubiera soñado que fuera posible. Había
sentido la unidad con el universo, el Tao, había experimentado la disolución de su ego y la
fusión con toda la existencia. Pero, si todo eso era cierto, se vería obligado a renunciar a las
creencias que sostenía anteriormente de que nuestra mente sólo contiene el recuerdo de las
situaciones que hemos experimentado de manera inmediata a partir del momento de nuestro
nacimiento.
¿Que cómo puedo saber tanto sobre las preguntas que aguijoneaban la mente de este
psiquiatra? Lo sé porque acabo de describir mi propia experiencia. Por otra parte, en la
investigación profunda de la conciencia estas experiencias no son extrañas ni infrecuentes. Mi
caso, por el contrario, constituye un ejemplo más del singular conjunto de experiencias que
suelen aparecer en los miles de sesiones similares a los que he asistido en el curso de los
últimos treinta años.

Características biológicas y psicológicas de la MPB I


Los rasgos fundamentales de esta matriz y las imágenes que se originan en ella reflejan la
simbiosis natural existente entre la madre y el niño durante ese estadio del desarrollo. No
conviene olvidar que, en ese período, la conexión biológica y emocional existente entre el feto
y la madre es tan estrecha como la que existe entre un órgano y el organismo en que se halla.
Durante este período de la vida intrauterina las condiciones que rodean al feto son casi ideales.
La placenta proporciona continuamente el oxígeno y los nutrientes necesarios para el
crecimiento del feto y se encarga también de eliminar los productos de desecho. El líquido
amniótico le protege de los ruidos y los golpes, y el cuerpo de la madre y la temperatura del
útero permanecen relativamente estables. Se trata de un entorno seguro y protector en el que
todas las necesidades son satisfechas de inmediato sin el menor esfuerzo por su parte.
Esta imagen de la vida intrauterina puede parecer maravillosamente segura pero debemos
tener en cuenta que no siempre es así. En el mejor de los casos, las condiciones óptimas sólo
son perturbadas ocasionalmente y durante un corto período de tiempo. La madre, por ejemplo
puede beber alcohol, fumarse un cigarrillo o comer ciertos alimentos que causen malestar al
niño. La madre puede permanecer en un ambiente muy ruidoso o incomodar al niño y a sí
misma conduciendo por una carretera llena de baches. También puede enfermar y coger un
resfriado o una gripe, como cualquier otra persona. Además, el feto también puede
experimentar, en ciertos aspectos, la actividad sexual de la madre, especialmente en los
últimos meses del embarazo.
En los casos peores, sin embargo, la vida intrauterina puede resultar extraordinariamente
incómoda ya que una infección, una enfermedad endocrina o metabólica o una intoxicación
grave de la madre pueden poner seriamente en peligro la supervivencia del feto. También
podríamos mencionar la presencia de ciertas «emociones tóxicas», como la ansiedad, la
tensión o los ataques de angustia, por ejemplo. Por otra parte, la tensión laboral, la
intoxicación crónica, la adicción o los malos tratos a la madre pueden también influir en la
calidad del embarazo. La situación puede llegar a ser tan grave como para terminar
desencadenando un aborto espontáneo. No es infrecuente, por último, que, durante el trabajo
experiencia) profundo, las personas descubran secretos familiares muy bien guardados como,
por ejemplo, que no fueron niños deseados o que su madre intentó abortar en los primeros
estadios de su vida fetal.
La moderna obstetricia sólo tiene en cuenta aquellas experiencias negativas de la vida fetal
que ponen en peligro el desarrollo biológico del organismo. Desde el mismo punto de vista,
cualquier trastorno en el desarrollo psicológico del niño se considera como una simple secuela
de una lesión orgánica del cerebro. No obstante, las experiencias descritas por quienes han
reexperimentado este nivel en estados no ordinarios de conciencia demuestran -de manera
incuestionable- que, desde los estadios más primitivos de la vida embrionaria, la conciencia del
niño puede verse afectada por un amplio rango de influencias nocivas. Siendo así, deberíamos
aceptar que, de la misma manera que existe un «buen pecho» y un «mal pecho», también
existen un «buen útero» y un «mal útero». 1~n este sentido, las experiencias positivas del
útero desempeñan un papel tan importante en el desarrollo del niño como las experiencias
positivas de la lactancia.
Muchas personas que atraviesan por estados no ordinarios de conciencia hablan de manera
extraordinariamente vívida de sus experiencias intrauterinas. Se experimentan como seres
muy pequeños y con una cabeza desproporcionadamente grande con respecto al cuerpo.
Pueden sentir el fluido amniótico que les rodea y, en ocasiones, hasta la misma presencia del
cordón umbilical. Si uno conecta con un período de la vida intrauterina en la que no existían
perturbaciones, las experiencias están asociadas a un estado de conciencia beatífico en el que
no existe la menor dualidad entre sujeto y objeto. Se trata de un estado «oceánico» carente
de fronteras en el que no hay diferencia entre nosotros mismos y el organismo materno o el
mundo externo que nos rodea.
Esta experiencia fetal puede manifestarse de diferentes maneras. El aspecto oceánico de la
vida embrionaria puede fomentar una identificación con formas de vida acuática como
ballenas, delfines, peces, medusas o hasta algas. La sensación de ausencia de fronteras que
experimentamos en el útero materno puede también evidenciarse como «unidad» con el
cosmos. En tal caso, uno puede identificarse con el espacio interestelar, con diversos cuerpos
celestes, con una galaxia o con la totalidad del universo. Hay personas que se han identificado
con astronautas flotando ingrávidos en el espacio, atados a la «nave nodriza» mediante un
conducto umbilical «dador de vida».
El hecho de que un buen útero satisfaga incondicionalmente las necesidades del feto
proporciona el fundamento biológico para el símbolo de la «Madre Naturaleza», una entidad
beatífica, segura y nutricia. En estados no ordinarios de conciencia estas experiencias pueden
convertirse en las imágenes maravillosas de lujuriosas islas tropicales, vergeles abarrotados de
frutas, campos de maíz en sazón o los opulentos jardines vegetales de las terrazas andinas.
También existe la posibilidad de que la experiencia fetal nos conduzca a los dominios
arquetípicos del inconsciente colectivo y, en lugar del cielo de los astrónomos o de la
naturaleza de los biólogos, nos encontremos en los reinos celestiales y los Jardines del Paraíso
de los que nos hablan las mitologías de todas las culturas del mundo. Así pues, el simbolismo
característico de MPB I aparece lógicamente entretejido con elementos fetales, oceánicos,
cósmicos, naturales, paradisíacos y celestiales.

El estado de éxtasis y unidad cósmica


Las experiencias propias de la MPB I están cargadas de asociaciones místicas y suelen
experimentarse como algo santo o sagrado, aunque quizás resultaría más adecuado calificarlas
-como hacía C.G. Jung para eludir cualquier tipo de connotación religiosa- de numinosas. Este
tipo de experiencias va acompañado de la sensación de haber penetrado en una dimensión
superior de la existencia. Las experiencias propias de la MPB I suelen tener un importante
componente espiritual, al que suele describirse como una sensación profunda de unidad y de
éxtasis cósmico, estrechamente ligado a las experiencias que acompañan a un buen útero:
paz, tranquilidad, sosiego, alegría y beatitud. En ese estado, nuestra percepción cotidiana del
espacio y del tiempo parecen desvanecerse y nos convertimos en un «ser puro». El lenguaje es
tan impropio para expresar la esencia de este estado que solemos referirnos a él diciendo que
es «indescriptible» o «inefable».
Las descripciones de la unidad cósmica están plenas de paradojas que violan la lógica
aristotélica. En la vida cotidiana, por ejemplo, creemos que las cosas no pueden ser y no ser
ellas mismas al mismo tiempo, o que no pueden ser nada más que lo que son. «A», por
ejemplo, no puede ser «no A» ni tampoco puede ser «B». Una experiencia de unidad cósmica,
sin embargo, puede «carecer de contenido y abarcar, al mismo tiempo, a todo lo que es», o
también podemos sentir que «carecemos de ego» y experimentar que nuestra conciencia se ha
expandido hasta llegar a englobar a todo el universo. Podemos llegar a sentimos humillados y
sobrecogidos por nuestra propia insignificancia y tener simultáneamente la sensación de ser
extraordinariamente importantes, pudiendo llegar, incluso, en ocasiones, a identificarnos con
Dios. Podemos percibirnos a nosotros mismos como existiendo y no existiendo
simultáneamente, o percibir vacíos a todos los objetos materiales mientras la vacuidad aparece
colmada de formas.
En el estado de unidad cósmica suele experimentarse la posibilidad de acceder de manera
directa, inmediata e ilimitada a todo el conocimiento y sabiduría del universo, lo cual no
supone, sin embargo, que dispongamos de una pormenorizada información técnica que tenga
una aplicación práctica sino que se trata, más bien, de una especie de revelación sobre la
naturaleza de la existencia. Estas sensaciones suelen ir acompañadas de la certeza de que este
conocimiento es mucho más valioso y «real» que las creencias y percepciones que sostenemos
y compartimos en la vida cotidiana. Los antiguos upanishads hindúes se refieren a esta
comprensión profunda en los misterios últimos de la existencia cuando hablan de «eso, el
conocimiento que nos proporciona el conocimiento de todas las cosas».
El rapto asociado con la MPB I suele describirse como un «éxtasis oceánico». Cuando
veamos la sección correspondiente l MPB III nos encontraremos con una forma de arrebato
muy diferente asociada con el proceso de muerte-renacimiento para el que he acuñado el
término éxtasis volcánico, un salvaje arrebato dionisíaco, la explosión de una enorme cantidad
de energía, el fuerte impulso a la actividad febril. La energía oceánica de la MPB I, que podría
ser calificada de apolínea, implica, por su parte, la supresión armónica de todas las fronteras
en una clima de sosiego y paz. Con los ojos cerrados y el cuerpo inmóvil, se manifiesta como
una experiencia interna independiente que participa de los atributos que acabamos de describir
pero, cuando abrimos los ojos, se transforma en una sensación de fusión, de «ser uno» con
todo lo que nos rodea.
En el estado oceánico, el mundo parece ser indescriptiblemente radiante y hermoso. La
necesidad de razonar se ve drásticamente atenuada y el universo «deja de ser un
rompecabezas que debemos comprender para convertirse en un misterio que debemos
experimentar». Todo parece absolutamente perfecto y casi resulta imposible encontrar algo
negativo en la existencia. Esta sensación de perfección llega incluso a ser aparentemente
contradictoria, como Ram Dass resume muy sucintamente con una frase que escuchó a su
guru del Himalaya: «El mundo es absolutamente perfecto, incluida nuestra insatisfacción y
nuestros intentos por cambiarlo». Cuando experimentamos el estado oceánico, el mundo
entero parece un lugar acogedor en el que podemos sentirnos seguros y es muy probable, por
tanto, que asumamos una actitud infantil, pasiva y dependiente. En ese estado el mal parece
efímero, irrelevante e, incluso, inexistente.
La sensación de éxtasis oceánico está estrechamente vinculada con las «experiencias
cumbre» de las que hablaba Abraham Maslow, quien las caracterizaba del siguiente modo: una
sensación de plenitud, unidad e integración; sin esfuerzo y relajado; completamente nosotros
mismos; utilizando plenamente todas nuestras capacidades; libres de bloqueos, inhibiciones y
miedos; espontáneos y expresivos; en el aquí y el ahora; psiquismo y espíritu puro; sin deseos
ni necesidades; al mismo tiempo infantiles y maduros y con una gracia que se halla mucho
más allá de las palabras. Mis observaciones sobre el éxtasis oceánico son el fruto de un trabajo
experiencial de regresión mientras que las descripciones de Maslow, por su parte, provienen de
su estudio de las experiencias cumbre espontáneas que tienen lugar en la vida adulta. El
estrecho paralelismo existente entre ambas sugiere que la raíz de algunas de nuestras
motivaciones más poderosas se remonta a una etapa vital mucho más remota de lo que los
psicólogos han considerado posible hasta ahora.

La agonía de un «real útero»


Hasta ahora hemos explorado el complejo simbolismo asociado con el «buen útero», las
experiencias intrauterinas apacibles. Las perturbaciones prenatales, por su parte, tienen sus
propias características distintivas y, a menos que sean muy extremas -como el peligro de
muerte, el intento de aborto o una grave intoxicación, por ejemplo-, sus síntomas suelen ser
relativamente leves. Se trata de experiencias notablemente diferentes a las desagradables y
dramáticas manifestaciones asociadas con el proceso del nacimiento (como las imágenes de
guerras, escenas sadomasoquistas, sensaciones de ahogo, dolor y presión insoportables,
violentos temblores y contracción espástica de los grandes músculos). La mayor parte de los
problemas de la vida intrauterina tienen que ver con agresiones químicas y, por consiguiente,
los temas predominantes están relacionados con la naturaleza inhóspita y contaminada, el
envenenamiento y peligrosas influencias malignas.
La cristalina transparencia del océano puede enturbiarse y transformarse en algo sombrío y
ominoso repleto de todo tipo de peligros subacuáticos ocultos. Algunos de ellos pueden
percibirse como criaturas de naturaleza grotesca, como presencias demoníacas de aspecto
aterrador, amenazante y malvado. Uno puede identificarse con peces y otras formas de vida
acuática amenazadas por la contaminación industrial de los ríos y de los océanos o como
embriones de pollo antes de la incubación amenazados por su propios productos de desecho.
De manera similar, la visión de un cielo cuajado de estrellas característica de las experiencias
relacionadas con un buen útero pueden verse súbitamente empañada por la niebla y por la
bruma. Las perturbaciones visuales se parecen a las imágenes distorsionadas de las pantallas
de televisión en mal estado.
También son propias de un mal útero las escenas de residuos industriales, guerras
químicas, vertidos tóxicos que contaminan el aire y la identificación con prisioneros que
mueren en las cámaras de gas de los campos de concentración. Uno también puede sentir la
presencia casi tangible de entidades malévolas, influencias extraterrestres y fuerzas
astrológicas. En tal caso, la disolución de las fronteras -que en los episodios de vida
intrauterina sin perturbaciones conlleva una sensación de unión mística con el mundo- se
transforma en una sensación de desconcierto y amenaza que nos hace sentir vulnerables a los
ataques del mal y, en caso extremo, puede terminar conduciendo a una distorsión paranoide
de nuestra percepción del mundo.

En los dominios de la experiencia transpersonal


Como ya hemos visto en el relato que iniciaba este capítulo, el mundo prenatal propio de las
MPB I suele servir de puerta de entrada a los dominios transpersonales del psiquismo que
describiremos detalladamente más adelante. Aunque nos identifiquemos con las experiencias
de un buen o de un mal útero, podemos también experimentar fenómenos transpersonales
específicos que comparten ciertas emociones y sensaciones físicas con esos estados. A veces
estas experiencias pueden remontarse muy atrás en el tiempo y referirse a episodios de la vida
de nuestros ancestros -humanos o animales- y secuencias y flashbacks kármicos procedentes
de otros períodos de la historia humana. En otras ocasiones, por último, podemos trascender
las fronteras que nos hacen sentir separados del resto del mundo y llegar a fundirnos con
personas, grupos, animales, plantas e, incluso, procesos inorgánicos.
Entre todas estas experiencias destacan, por su especial interés, los encuentros con
diversas entidades arquetípicas, particularmente las deidades beatíficas o airadas. El estadio
del éxtasis oceánico suele ir acompañado de la visión de deidades bondadosas, como la Madre
Tierra y otras Grandes Diosas Madres, el Buda, Apolo, etcétera. Por otra parte, como ya
mencionábamos anteriormente, las perturbaciones de la vida intrauterina suelen ir
acompañadas de imágenes de demonios procedentes de diferentes culturas. En el trabajo
experiencial avanzado, los participantes suelen tener revelaciones que favorecen la integración
de la experiencia de un buen útero y de un mal útero y una comprensión profunda que les
permite descubrir la función que cumplen todas estas deidades en el orden cósmico.
Ilustremos ahora la integración entre el buen y el mal útero, con algunas de las notas
aportadas por Ben, un hombre que, mientras revivía experiencias de su vida intrauterina, nos
habló de su encuentro con seres arquetípicos que le permitieron comprender ciertos aspectos
característicos de las deidades y demonios propios de los panteones hindúes y tibetanos. Ben
comprendió súbitamente la relación existente entre el estado de Buda sedente sobre un loto en
postura de meditación profunda y la situación que experimenta un feto en un buen útero. La
paz, tranquilidad y gozo del Buda, aunque no idéntica a la beatitud del feto, comparte con él
ciertas características, por decirlo así, «en una octava superior». Los demonios que rodean al
Buda y que suelen acechar su paz en las estampas hindúes y tibetanas le parecieron también
una representación adecuada de las perturbaciones que pueden acompañar a las MPB I.
Ben distinguió dos tipos de demonios, los demonios agresivos, feroces y sedientos de
sangre (representados con dientes, puñales y lanzas), que simbolizan los peligros y
sufrimientos que acompañan al proceso del nacimiento biológico, y los demonios insidiosos,
aterradores y traicioneros, que simbolizan las influencias nocivas de la vida intrauterina. En
otro nivel diferente, Ben también experimentó lo que no dudó en interpretar como recuerdos
de reencarnaciones pasadas. En su opinión, ciertos elementos de su «mal karma» habían
entrado en su vida en forma de perturbaciones embrionarias, el trauma del nacimiento y las
experiencias negativas asociadas con la lactancia y comprendió que las experiencias de un
«mal útero», del trauma del nacimiento y de un «mal pecho» eran los puntos cruciales a
través de los cuales las influencias kármicas del pasado llegaban a afectara su vida presente.'
Los aspectos psicológicos y espirituales de las MPB I suelen ir acompañados de
determinados síntomas físicos. Así, mientras que las experiencias de un buen útero confieren
una sensación profunda de salud y bienestar fisiológico, la reviviscencia de traumas
intrauterinos, por su parte, conlleva una diversidad de manifestaciones físicas desagradables,
las más comunes de las cuales son los síntomas que suelen acompañar a un resfriado o una
gripe, dolores musculares, escalofríos, ligeros temblores y una sensación de malestar general.
Igualmente frecuentes son los síntomas asociados a la resaca, como dolor de cabeza, náuseas,
malestar intestinal y gases. Estas sensaciones pueden ir acompañadas de un gusto
desagradable en la boca que las personas describen de diferentes modos como sangre en
descomposición, yodo, sabor metálico o, más simplemente, «veneno». Nuestro intento de
confirmar este tipo de experiencias nos ha llevado a descubrir que, en tales casos, la madre
estaba enferma durante el embarazo, tenía hábitos alimenticios inadecuados, trabajaba o vivía
en ambientes tóxicos o era adicta al alcohol o las drogas.

Donde se funden las experiencias adultas y perinatales


Además de todos los aspectos que acabamos de mencionar, las MPB I suelen estar
asociadas a ciertos recuerdos de la vida postnatal. Los aspectos positivos de esta matriz
representan el fundamento natural sobre el que se apoyan todas las experiencias agradables
de nuestra vida (sistemas COEX positivos). Durante el trabajo experiencial sistemático, la
gente suele descubrir la profunda relación existente entre el éxtasis oceánico de las MPB I y los
recuerdos de los períodos felices de la infancia y la adolescencia, como el juego despreocupado
y gozoso con compañeros o ciertos episodios armoniosos de la vida familiar. Las relaciones
positivas, los amores intensos y las relaciones sexuales placenteras también suelen estar
asociados a períodos positivos de la vida fetal. En el trabajo experiencial profundo, las
personas suelen comparar el éxtasis oceánico que acompaña a un buen útero con ciertas
formas de rapto que podemos experimentar durante la vida adulta.
La contemplación de escenarios naturales de gran belleza -como, por ejemplo, el esplendor
de un amanecer o de un crepúsculo, la pacífica majestad del océano, la imponente grandeza
de una montaña coronada de nieve o la mística de la aurora boreal- puede reestimular muchas
de las experiencias asociadas a esta matriz. Del mismo modo, el misterio insondable de un
cielo estrellado contemplado junto a una gigantesca sequoia de tres mil años de edad o la
exótica hermosura de las islas tropicales puede evocar también sensaciones muy próximas a
las de la MPB I. Por otra parte, este tipo de estados mentales también pueden ser
reestimulados por creaciones humanas estética o artísticamente inusuales, como la música
inspirada, las grandes pinturas o las espectaculares edificaciones de los antiguos palacios,
catedrales o pirámides. En las sesiones en las que predomina la primera matriz perinatal todas
estas imágenes suelen emerger de manera espontánea.
Del mismo modo que las experiencias positivas de la vida adulta pueden ponernos en
contacto con los recuerdos de un buen útero, las experiencias negativas, por su parte, son
capaces de despertar el recuerdo de las perturbaciones de la vida intrauterina. En tal caso
podemos descubrir las molestias gastrointestinales asociadas a una intoxicación alimenticia o
la resaca y el malestar asociados a una infección vírica. La contaminación del aire y del agua y
la ingestión de diversos tipos de tóxicos son también factores desencadenantes.
Indirectamente, las imágenes de contaminación de la naturaleza, de vertidos industriales y de
depósitos de chatarra pueden producir el mismo efecto. Las experiencias submarinas suelen
también constituir un poderoso recordatorio de la vida intrauterina. La inocente belleza de un
arrecife de coral con sus coloridos peces tropicales pueden despertar las sensaciones del
éxtasis oceánico del útero y, por el contrario, nadar entre aguas turbias y contaminadas o
encontrarse con peligros submarinos pueden recrear la constelación psicológica que acompaña
a un mal útero. Desde este punto de vista, en las últimas décadas el ser humano ha
modificado considerablemente la biosfera de nuestro planeta en la dirección de un mal útero.

Comienza una nueva fase


Pero sea lo que fuere lo que hayamos experimentado en el útero, esa situación llega a su fin
a partir de un determinado momento. El feto debe sufrir la transición de un organismo acuático
simbiótico a una forma de existencia completamente diferente. Aun en el caso de tratarse de
un parto sin problemas, ésta constituye una verdadera prueba de fuego, un verdadero viaje
épico plagado de peligros físicos y emocionales. En el momento en que comienza el parto el
universo intrauterino del feto se ve seriamente perturbado. Los primeros signos de esta
perturbación son muy sutiles y consisten en ligeros cambios hormonales. Con la aparición de
las primeras contracciones, sin embargo, estos cambios son cada vez más intensos y
dramáticos. El feto comienza entonces a experimentar una intensa sensación de malestar físico
y una situación de extrema alarma. Con las primeras señales del comienzo del proceso del
nacimiento, la conciencia del feto penetra en un conjunto de experiencias completamente
diferentes a lo que ha conocido hasta ese momento, las experiencias asociadas a la MPB II -la
pérdida del universo amniótico y el comienzo del proceso del nacimiento-, una fase del
temprano drama de la vida que será el objeto del siguiente capítulo.

3. LA EXPULSION DEL PARAÍSO: MPB II


Los dolores corporales eran tan insoportables, que con haberlos pasado en esta vida
gravísimos, (..1 j no es todo nada en comparación de lo que allí sentí, y ver que había de ser
sin fin y sin jamás cesar. Esto no es, pues, nada, en comparación del agonizar del alma, un
apretamiento, un ahogamiento, una aflicción tan sensible y con tan desesperado y afligido
descontento que yo no sé cómo lo encarecer.
SANTA TERESA DE ÁVILA, Vida
Apenas comenzó la sesión se encontró en el despreocupado universo de un niño satisfecho.
Todas sus percepciones, sentimientos y sensaciones eran infantiles. La experiencia era tan real
y auténtica que incluso salivaba y eructaba y sus labios realizaban movimientos involuntarios
de succión. De tanto en tanto, sin embargo, estas imágenes se entremezclaban con escenas
tensas y conflictivas del mundo de los adultos. El contraste entre el sencillo mundo del niño y
las dificultades de la vida adulta le resultaba doloroso y parecía despertar en él el deseo
profundo de volver a la primitiva felicidad infantil. Presenció imágenes de asambleas religiosas,
mítines políticos y multitudes buscando la seguridad que proporcionan las organizaciones y las
ideologías. Entonces comprendió súbitamente que lo que todos ellos albergaban en su interior
era el anhelo de regresar a la experiencia primal de éxtasis oceánico que él acababa de revivir
en el útero y en el pecho de su madre.
El clima era cada vez más ominoso y parecía plagado de amenazas ocultas. La habitación
comenzó a dar vueltas y pronto se vio arrastrado hasta el mismo centro de un turbulento
remolino. Recordó entonces la sobrecogedora descripción de una situación similar hecha por
Edgard Allan Poe en Descenso al Maélstrom. Todos los objetos de la habitación parecían girar a
su alrededor y de pronto apareció en su mente otra imagen literaria, el ciclón de El mago de
Oz, de Franz Baum, que aparta a Dorothy de su monótona vida en Kansas y la arrastra a
través de un insólito viaje plagado de aventuras. Esta experiencia era indudablemente similar
a la entrada en la madriguera del conejo de Alicia en el País de las Maravillas y estaba
impaciente por descubrir el mundo que encontraría del otro lado del espejo. Todo el universo
parecía colapsarse sobre él y no podía hacer nada para atajar la sensación apocalíptica de ser
tragado.
Cuanto más penetraba en el laberinto de su inconsciente, mayor era su ansiedad, rayana ya
en el pánico. Todo era tenebroso, opresivo y aterrador. Era como si soportara el peso del
mundo entero y sentía una enorme presión hidráulica que amenazaba con hacer estallar su
cráneo y convertir su cuerpo en una partícula minúscula y extraordinariamente densa. El
malestar se convirtió en dolor y el dolor terminó transformándose en agonía. El tormento era
tan intenso que sentía como si cada célula de su cuerpo estuviera siendo perforada con el
taladro de un dentista diabólico.'

El útero absorbente
El relato anterior ilustra la forma en que un adulto puede revivir las primeras fases del
proceso del nacimiento y también muestra que el recuerdo de ser expulsado del útero y
atravesar el difícil canal del nacimiento puede entremezclarse con ciertas situaciones adultas
que comparten características similares. El fundamento biológico de la MPB II descansa en la
última etapa de la vida intrauterina y en la aparición de las primeras contracciones. Al
comienzo, los cambios son fundamentalmente químicos, pero luego adquieren una naturaleza
predominantemente mecánica, de modo que las señales hormonales y los cambios bioquímicos
en los organismos de la madre y del niño que anuncian el comienzo del parto son pronto
acompañados por una intensa actividad muscular uterina.
Así pues, el mismo útero que durante el embarazo normal es relativamente amable y
previsible comienza a sufrir fuertes contracciones periódicas. A partir de ese momento, el
mundo del feto se hace cada vez más opresivo y apremiante causando ansiedad y un gran
malestar físico. Cada contracción comprime las arterias uterinas y dificulta el intercambio de
sangre entre la madre y el feto. Se trata de una situación muy alarmante para el feto porque
supone una interrupción del suministro de oxígeno y de alimento vital, y la ruptura definitiva
de ciertas conexiones muy importantes con el organismo materno. En ese momento, el cuello
del útero permanece todavía cerrado. De este modo, las contracciones -con la cérvix cerrada-
y los cambios bioquímicos desfavorables terminan combinándose para crear un entorno tan
doloroso y amenazante como para provocar en el feto la sensación de que no existe ningún
modo de escapar de la situación. No es de extrañar, pues, que, en esta matriz, la muerte y el
nacimiento se hallen tan estrechamente relacionados.
El lapso de tiempo durante el cual el feto permanece en este difícil callejón sin salida varía
considerablemente de persona en persona. Para algunos consiste en unos pocos minutos, para
otros, en cambio, dura varias horas. La sensación de sentirse atrapado es habitual antes de la
apertura del cuello del útero pero, en ciertos casos, el proceso del nacimiento puede verse
perturbado incluso en estadios posteriores. Existen una serie de posibles problemas adicionales
que impiden el desarrollo normal del parto: la pelvis de la madre puede ser demasiado
estrecha, las contracciones del útero demasiado débiles o la placenta puede bloquear la
apertura del útero; en otras ocasiones, en cambio, el niño es demasiado grande o yace en una
posición irregular que perturba el proceso del nacimiento. Todas estas circunstancias pueden
convertir el ya difícil proceso del nacimiento en algo todavía más traumático de lo normal.
Obviamente, en las sesiones experienciales en las que la persona revive su propio nacimiento
podemos encontrarnos con todos los elementos que acabamos de mencionar.
Pero los factores biológicos no son los únicos que determinan nuestra experiencia de esta
matriz perinatal. Los informes de quienes han participado en sesiones y talleres de terapia
experiencial profunda indican que también es posible revivir el miedo y la confusión de una
madre inexperta, de una madre negativa o de una madre muy ambivalente con respecto al
niño. Pareciera así como si las emociones contradictorias de la madre pudieran obstaculizar la
interacción fisiológica normal entre las contracciones del útero y la apertura del cuello de la
matriz, lo cual, a su vez, puede perturbar, prolongar o complicar la dinámica natural del
proceso del nacimiento.

Atrapado en un inundo hostil


Desde un punto de vista subjetivo, el hecho de revivir el comienzo del parto va acompañado
de una gran ansiedad y de una sensación de inminente peligro de muerte. Pareciera como si
todo el universo se hallara amenazado por un peligro misterioso que eludiera todos nuestros
esfuerzos por identificarlo. Al comienzo se trata de una serie de cambios de naturaleza química
que pueden experimentarse como una enfermedad o una intoxicación y, en casos extremos, la
persona puede llegar a experimentar la paranoia o el miedo de hallarse realmente en peligro.
El intento del sujeto de encontrar una explicación a esta situación amenazante puede llevarle a
atribuirla a venenos, radiaciones electromagnéticas, fuerzas malignas, organizaciones secretas
o incluso influencias extraterrestres. En este sentido, una de las causas fundamentales de los
estados paranoicos parece residir en la emergencia espontánea de recuerdos de
perturbaciones intrauterinas o de trastornos que acompañan al comienzo del proceso del
parto.
A medida que esta experiencia amenazadora prosigue y se intensifica, la persona puede
llegar a percibir un gigantesco remolino que la arrastra implacablemente hacia su centro.
También puede parecer que la tierra se agrieta y se traga al involuntario aventurero,
arrastrándolo hasta los oscuros laberintos de un aterrador mundo subterráneo. Otra versión de
la misma sensación puede ser la de sentirse devorado por un monstruo arquetípico o caer en
los tentáculos de un pulpo gigantesco o en la red de una enorme tarántula. La experiencia
puede adquirir proporciones tan inverosímiles que no sólo puede afectar al sujeto sino a todo
el mundo. En tal caso, el clima general que la acompaña es el de un incidente apocalíptico que
destruye la paz del mundo intrauterino y transforma la libertad oceánica y cósmica del feto en
una trampa aterradora y en la sensación abrumadora de ser dominado por fuerzas externas
desconocidas.
La persona que experimenta plenamente una MPB II se siente atrapada y prisionera de una
pesadilla claustrofóbica. El campo visual se torna sombrío y amenazante y el clima general es
el de un sufrimiento físico y emocional insoportable. Simultáneamente, el sujeto pierde toda
noción del tiempo lineal y lo que ocurre parece que no vaya a finalizar nunca. Quien se halla
bajo la influencia de la MPB II conecta de manera exclusiva con los aspectos más
desalentadores de la existencia humana y su psiquismo se vuelve agudamente consciente de
los rincones más oscuros, negativos y desagradables del universo. El planeta se convierte
entonces en un lugar apocalíptico lleno de terror, sufrimiento, guerras, epidemias, accidentes y
desastres naturales. Al mismo tiempo, también le resulta imposible apreciar alguna de las
cualidades positivas de la existencia, como el amor, la amistad, el arte, los descubrimientos
científicos o la belleza de la naturaleza. Alguien que esté atravesando este estado puede
contemplar, por ejemplo, a unos niños jugando y pensar de inmediato en esas mismas
personas ya ancianas, o mirar una hermosa rosa y pensar en lo poco que tardará en
marchitarse.
La MPB II suscita una conexión casi mística con el sufrimiento del mundo y lleva al sujeto a
identificarse con la víctima, el pisoteado y el oprimido. En los estados no ordinarios de
conciencia gobernados por esta matriz nos identificamos con los millones de hombres y de
mujeres que han muerto a lo largo de todas las guerras que han asolado a la humanidad, con
los prisioneros que han sufrido o muerto en las mazmorras, en las cámaras de tortura, en los
campos de concentración o en los manicomios de todo el mundo. Los temas más
frecuentemente asociados con esta matriz son las escenas de dolor, hambruna y escasez y los
peligros del frío, el hielo y la nieve, lo cual podría estar relacionado con el hecho de que las
contracciones dificultan el flujo de sangre, alimento y calor desde el organismo materno hasta
el feto. Otro aspecto característico de la MPB II es el clima deshumanizado, grotesco y extraño
del mundo propio de los autómatas, los robots y los artilugios mecánicos. Las imágenes de
anormalidades humanas, de monstruos de feria y el inundo frívolo y superficial de los cabarets
también corresponden al simbolismo característico de la segunda matriz perinatal.
La MPB II suele ir acompañada de una serie de manifestaciones físicas muy diversas. Todas
ellas implican tensión corporal y una postura que expresa la sensación de encontrarse
atrapado en una lucha inútil. El sujeto puede sentir una gran opresión en la cabeza y en el
cuerpo, pesadez en el pecho y diferentes combinaciones de dolor físico intenso. La cabeza se
mantiene inclinada hacia adelante, con la mandíbula apretada y el mentón presionado contra
el pecho; los brazos suelen también plegarse sobre el pecho con las manos apretando
fuertemente los pulgares. Es frecuente también que las rodillas estén dobladas y las piernas
permanezcan completamente flexionadas completando la imagen de la posición fetal. La
congestión de la sangre en los capilares cutáneos también suele favorecer la aparición de
manchas rojas en diferentes partes del cuerpo.

Donde se unen el comienzo y el final


Quienes establecen contacto con la MPB II tienden a considerar la existencia humana como
algo completamente futil. Quizás sientan eso porque consideren que todo es impermanente y
que, por tanto, la vida carece de todo sentido y cualquier objetivo es ingenuo, vacío y, a fin de
cuentas, un engañoso desatino. Desde esta perspectiva, cualquier esfuerzo, ambición o sueño
futuro está condenado necesariamente al fracaso. En los casos extremos, el ser humano
aparece como una víctima que sostiene una lucha quijotesca contra fuerzas
desproporcionadamente superiores en la que no tiene la menor probabilidad de salir victorioso.
En el momento del nacimiento nos vemos arrojados a este mundo sin tener la menor
posibilidad de elección. De lo único que podemos estar seguros es de que un día moriremos.
Hay un antiguo refrán latino que expresa de manera sucinta la condición del ser humano: Mors
certa, hora incerta (La muerte es segura, lo único que ignoramos es la hora). El espectro de la
muerte ronda sobre nuestras cabezas recordándonos de continuo la impermanencia de todas
las cosas. Llegamos a este mundo desnudos de toda posesión, en medio del dolor y de la
angustia, y es así como lo abandonaremos. Y hagamos lo que hagamos por modificar esta
ecuación fundamental jamás lograremos alterar un ápice el resultado.
Las experiencias propias de este nivel suelen revelar la profunda relación existente entre el
dolor que acompaña al proceso del nacimiento y el de la muerte. Darse cuenta de la similitud
existente entre estas dos situaciones comporta una sensación profunda de nihilismo y crisis
existencial, lo cual resulta evidente en la falta de sentido de la vida y la futilidad de cualquier
intento de cambiarla. Ante el momento de la muerte, la vida de poderosos reyes, de ilustres
caudillos militares, de atractivas estrellas de cine o de cualquier persona que haya logrado la
fama y la fortuna no difiere, en modo alguno, de la de cualquiera de nosotros. Esta profunda
revelación existencial -que suele acompañar a la experiencia de revivir esta matriz- es la que
da sentido a expresiones tales como: «Polvo eres y en polvo te convertirás» o «Entonces se
desvanecerá toda la gloria de este inundo».

Emociones individuales y reflexiones culturales sobre la MPB II


Es fascinante advertir el profundo paralelismo existente entre la impronta que dejan en la
conciencia del ser humano las sensaciones y percepciones propias del estadio de no salida del
nacimiento y la filosofía y la obra de existencialistas tales como Sóren Kierkegaard, Albert
Camus y Jean Paul Sartre, por ejemplo. Estos filósofos sentían y expresaban de manera
dolorosamente vívida los temas fundamentales de esta matriz sin llegar a ser capaces de
vislumbrar la única solución posible, la apertura y la trascendencia a las dimensiones
espirituales. Las personas que conectan con elementos de su psiquismo vinculados con la MPB
II comprenden que la filosofía existencial refleja de manera magistral la impotencia y el sin
sentido propios de este estado. El mismo Sartre tituló con el nombre A puerta cerrada una de
sus más famosas obras. Merece la pena señalar que Sartre tuvo una importante -y mal
resuelta- experiencia con una sustancia psicodélica, la mescalina, el alcaloide activo del
peyote, un cactus mexicano que los nativos utilizan ritualmente de modo sacramental. Las
notas que tomó el mismo Sartre sobre esta sesión indican claramente su profunda vinculación
con experiencias relacionadas con la MPB II.
Las personas que padecen síntomas tales como depresión profunda, pérdida de iniciativa,
falta de sentido, falta de interés por la vida e incapacidad de disfrutar suelen estar bajo el
fuerte influjo de esta faceta del inconsciente. Lo mismo ocurre con aquellos que, si bien no han
experimentado una depresión clínica, conocen, sin embargo, sensaciones similares ligadas a la
separación, la alienación, la impotencia, la desesperación e, incluso, la soledad metafísica.
Además, muchos de nosotros conocemos la sensación de inferioridad y culpa que suele
acompañar a aquellas situaciones o circunstancias de nuestra vida que parecen confirmar
nuestra inutilidad, nuestra cobardía o nuestra maldad. Por otra parte, cuando pasa el tiempo y
tenemos la suficiente distancia como para ver nuevamente las cosas con objetividad, solemos
darnos cuenta de que estos sentimientos eran completamente desproporcionados con respecto
a los acontecimientos que los desencadenaron. No obstante, en el mismo momento en que las
experimentamos, estamos plenamente convencidos de que estas emociones son adecuadas y
de que están plenamente justificadas aunque alcancen la dimensión metafísica del pecado
original. En tales casos, no tenemos siquiera en cuenta la posibilidad de que estos
sentimientos hundan sus raíces en los tempranos engramas que dejó la MPB II en nuestra
conciencia.
Las experiencias propias de la MPB II suelen caracterizarse por la siguiente tríada: miedo a
la muerte, miedo a no regresar y miedo a enloquecer. Ya hemos hablado del tema de la
muerte, que suele ir acompañado de la sensación de que nuestra vida se halla seriamente en
peligro. Una vez que este sentimiento está presente, la mente es capaz de fabricar multitud de
respuestas para tratar de hallar una «explicación» racional a lo que ocurre: la proximidad de
un ataque cardíaco, el efecto de una «sobredosis» en el caso de acompañar a la ingesta de
una droga psicodélica, etcétera. El hecho es que la memoria celular del nacimiento puede
emerger en la conciencia presente con tal intensidad que la persona llegue a creer sin ningún
género de dudas que se halla en peligro inminente de muerte.
La pérdida de toda sensación de tiempo lineal asociada a esta matriz puede llevar al sujeto
a la convicción de que su tormento será eterno, una conclusión que está basada en la errónea
noción -que también encontramos en las principales religiones de que la eternidad es un
intervalo de tiempo de reloj más que una experiencia de lo atemporal, es decir, la experiencia
de estar por completo fuera del tiempo. La sensación de desesperación y la preocupación por
«no regresar jamás» constituye una característica experiencia) asociada a la MPB II que no
tiene, sin embargo, el menor valor predictivo en relación con el resultado de la experiencia.
Paradójicamente, la forma más rápida de salir de esta situación consiste en la aceptación plena
de la desesperación y en el reconocimiento consciente de las sensaciones originales del feto.
El mundo propio de la MPB II -con sus sensaciones de peligro inminente, de engolfamiento
cósmico, de carencia de sentido, de percepción grotesca del mundo y de pérdida de toda
sensación de tiempo lineal- es tan diferente de nuestra realidad cotidiana que podemos llegar
a creer que estamos al borde de la locura. En tal caso, el sujeto experimenta la pérdida de
todo control mental y está convencido de que ha ido más allá de la raya y está en peligro de
sufrir un ataque psicótico. Es posible que la comprensión intelectual de que la forma extrema
de esta experiencia sólo refleja el trauma de los estadios iniciales del nacimiento nos ayude a
superar la situación. Una versión más moderada de esta misma experiencia es la convicción de
que nuestra incursión en la MPB II nos ha proporcionado una comprensión tan clara y decisiva
de la falta de sentido de la existencia que ya nunca más volveremos a ser capaces de
engañarnos lo suficiente como para funcionar eficazmente en este mundo.

La imaginería espiritual y la comprensión ligada a la MPB II


Al igual que ocurre con la primera matriz perinatal, la MPB II también tiene un rica
dimensión espiritual y mitológica. Las culturas de todo el mundo están llenas de imágenes
arquetípicas que expresan la cualidad propia de las experiencias que pertenecen a esta
categoría. Las imágenes del infierno y del mundo subterráneo que nos ofrecen la mayor parte
de las culturas, por ejemplo, constituyen un motivo característico de un insoportable
sufrimiento físico y emocional que parece interminable. Aunque sus pormenores concretos
puedan diferir de un grupo cultural a otro, la mayoría de estas imágenes comparten, sin
embargo, ciertas características comunes y representan el contrapunto negativo y el opuesto
polar de los diferentes paraísos que hemos discutido al hablar de la MPB I. El clima de este
lóbrego mundo subterráneo es opresivo y, en él, la naturaleza está ausente o se halla
degradada, contaminada o presenta una apariencia peligrosa: ciénagas, ríos hediondos,
árboles infernales con venenosos frutos, regiones polares, lagos de fuego y ríos de sangre. En
este mundo, uno puede presenciar o padecer torturas o agudos dolores infligidos por demonios
armados con dagas, lanzas u horcas, hervir en calderos o congelarse en regiones heladas, o
sentirse estrangulado y triturado. En el infierno no hay más que emociones negativas: miedo,
desesperación, impotencia, culpabilidad, caos y confusión.
La condena y el suplicio eterno propio de esta matriz perinatal suelen estar representados
por importantes figuras arquetípicas. Los antiguos griegos parecían estar en estrecho contacto
con esta dimensión. Sus tragedias, que giraban en torno a maldiciones insuperables, a
pecados que se transmitían de una generación a la siguiente y a la imposibilidad de escapar
del propio destino, reflejan de manera muy precisa la atmósfera propia de la MPB II. Los
personajes de la mitología griega que simbolizan tormentos eternos alcanzan proporciones
épicas. La imagen de Sísifo en las profundidades del infierno tratando inútilmente de subir una
enorme piedra a lo alto de una montaña que caía cada vez que asomaba la más leve
esperanza de que estaba progresando; la rueda incandescente y giratoria a la que permanece
atado Ixion por toda la eternidad en las entrañas del mundo subterráneo; el suplicio de
Tántalo, condenado a padecer hambre y sed mientras permanece de pie en un estanque de
aguas cristalinas con un apetitoso racimo de uvas pendiendo sobre su cabeza y el
encadenamiento de Prometeo a una roca, torturado por un buitre que se alimenta de su
hígado, son ejemplos muy ilustrativos de lo que acabamos de decir.
En la literatura cristiana, la MPB II se ve reflejada en la «noche oscura del alma» de la que
nos hablan místicos como San Juan de la Cruz, quien la consideraba un estadio fundamental
del proceso de desarrollo espiritual. También resulta especialmente relevante, en este sentido,
la historia de Adán y Eva, su expulsión del Paraíso y el origen del pecado original. El Génesis
se refiere a esta situación ligada al nacimiento y al trabajo cuando dice, por boca de Dios:
«Parirás con dolor y ganarás el pan con el sudor de tu frente». La historia del Ángel Caído, por
su parte, refleja la pérdida del reino de los cielos que conlleva la instauración de la polaridad
entre el cielo y el infierno. Las descripciones cristianas del infierno están estrechamente
relacionadas con las experiencias propias de la MPB II.
En los estados no ordinarios de conciencia muchas personas comprenden que las
enseñanzas religiosas sobre el infierno tienen que ver con experiencias propias de la MPB 11,
lo que confiere un halo de verdad a conceptos teológicos que, de otro modo, resultarían
incomprensibles. La relación con estos remotos recuerdos inconscientes podría explicar la
razón por la cual las imágenes del infierno y del mundo subterráneo ejercen una influencia tan
poderosa tanto sobre los niños como sobre los adultos. La descripción bíblica de las
angustiosas pruebas a las que Dios sometió a Job y el martirio, la desesperación, la
humillación y la crucifixión de Cristo también se hallan estrechamente relacionadas con la MPB
II.
El simbolismo clásico utilizado por la literatura espiritual budista para referirse a la MPB II
es la historia de las «Cuatro Visiones de la Impermanencia» de la vida del Buda, donde se
habla de los cuatro hechos determinantes de su decisión de abandonar a su familia y la vida
palaciega para dedicarse a buscar la iluminación. En uno de sus viajes fuera de la ciudad
presenció cuatro escenas que le conmovieron de una manera indeleble. La primera de ellas
-que representa su encuentro con la vejez- fue el hecho de tropezar con un hombre decrépito
que tenía los dientes rotos, el pelo cano gris y caminaba con el cuerpo encorvado. La segunda
representa su descubrimiento de la enfermedad, y tuvo lugar cuando vio a una persona que
yacía en una zanja junto a la carretera. La tercera -que representa su comprensión plena de la
existencia de la muerte y de la impermanencia- tuvo lugar al encontrarse con un cadáver. La
última visión fue su encuentro con un monje de pelo rapado vestido con una túnica azafrán
que parecía irradiar una sensación de paz que estaba más allá de todo sufrimiento. Así pues, la
súbita toma de conciencia de la impermanencia de la vida, del hecho incuestionable de la
muerte y de la existencia del sufrimiento, dieron al Buda el impulso necesario para renunciar al
mundo y emprender su propio viaje espiritual.
Durante el trabajo experiencial con la MPB II, las personas suelen atravesar crisis similares
a las que pasó el Buda durante las «Cuatro Visiones de la Impermanencia». En estos casos, el
inconsciente de la persona proporciona las imágenes de vejez, enfermedad, muerte e
impermanencia que abocan a la crisis existencial. Entonces el sujeto experimenta la futilidad
de una vida limitada a los placeres superficiales y a los objetivos mundanos y carente de
espiritualidad. Esta revelación constituye un paso importante hacia la dimensión espiritual que
comienza con la apertura de la cérvix y la consiguiente apertura del callejón sin salida propio
de la MPB II.

Expresiones artísticas de la MPB II


Nuestros pacientes suelen referirse al Infierno de Dante como una descripción dramática de
la MPB II y consideran que La divina comedia constituye el relato de un viaje de
transformación y de apertura espiritual. Otras obras de arte que también transmiten este
mismo clima son las novelas de Franz Kafka -que reflejan una culpabilidad y una angustia
insondable-, las novelas de Fyodor Dostoyevski -llenas de sufrimiento, enajenación y una
absurda crueldad- y ciertos pasajes de los escritos de Emile Zola en los que describe los
aspectos más lúgubres y repulsivos de la naturaleza humana. Determinados cuentos de horror
de Edgard Allan Poe, como El foso y el péndulo, por ejemplo, también contienen elementos
propios de esta matriz. Las maldiciones del holandés y del judío errante Asvero, condenados a
vivir y vagar eternamente hasta el fin de los tiempos, son otros ejemplos relevantes de la MPB
II en el mundo de la literatura.
Entre las imágenes pictóricas que reflejan la atmósfera de la MPB II debemos mencionar las
ilustraciones de los infiernos cristiano, musulmán y budista y las representaciones de las
escenas del Eccehomo, el Calvario y la crucifixión de Jesús, por ejemplo. El mundo extraño y
las criaturas de pesadilla de Hyeronimus Bosch (El Bosco), los grabados de los desastres de la
guerra de Francisco de Goya y muchas imágenes surrealistas también pertenecen obviamente
a esta categoría. Especial mención merecen las imágenes de Hansruedi Giger, un artista suizo
que es un verdadero talento del reino perinatal. Su imaginería oscila entre la MPB II y la MPB
III (que discutiremos en el próximo capítulo) y representa de manera manifiestamente
explícita y fácilmente reconocible el simbolismo propio de las matrices perinatales. Giger fue
galardonado con un Oscar por sus macabros diseños artísticos para la película Alien, el octavo
pasajero, todos los cuales presentan rasgos perinatales espeluznantes. Para la segunda parte
de esta película, Giger ha creado una imagen arquetípica fantástica de la Madre Devora-dora,
una aterradora araña extraterrestre con su diabólico nido. Las películas de Federico Fellini,
Ingmar Bergman, George Lucas, Steven Spielberg, etcétera, también son ricas en imágenes
perinatales.

La MPB II y el papel de víctima en la vida cotidiana


Del mismo modo que ocurre con la MPB I, esta matriz está vinculada a ciertos recuerdos
biográficos con los que comparte determinadas características. Así, los eventos registrados en
la memoria que guardan relación con la MPB II suelen ser situaciones desagradables en las
que nos sentimos amenazados e impotentes ante fuerzas abrumadoramente superiores a
nosotros y en las que, por tanto, queda manifiesto nuestro papel de víctima. En este sentido,
los recuerdos de incidentes que han puesto en peligro nuestro bienestar o nuestra
supervivencia física, como las intervenciones quirúrgicas, los abusos físicos, los accidentes
automovilísticos y las mutilaciones de guerra, por ejemplo, son especialmente significativos. La
similitud existente entre estos recuerdos y ciertos aspectos del trauma del nacimiento provoca
que su registro en la memoria se asocie, de algún modo, a la MPB II.
Los acontecimientos muy traumáticos del presente reestimulan el material perinatal
correspondiente y reactivan el viejo dolor emocional y físico. En tal caso, no sólo respondemos
a la situación presente sino también a un trauma temprano y fundamental de nuestra vida, lo
cual podría explicar la profundidad de las lesiones psicológicas -y la duración de sus efectos
negativos- que suelen acompañar a guerras, catástrofes naturales, reclusión en campos de
concentración y secuestro por terroristas. El hecho es que estas situaciones no sólo son
traumáticas en sí mismas -lo cual ya sería, de por sí, lo suficientemente serio- sino que
también despojan a la víctima de las defensas que suelen protegerle del doloroso material
procedente del inconsciente que albergan en su psiquismo. Para poder trabajar
adecuadamente con todos estos estados, es necesario crear un entorno de apoyo y utilizar
técnicas que no sólo permitan revivir y trabajar los traumas adultos relativamente recientes
sino también los recuerdos primitivos subyacentes de victimación asociados a la MPB II.
En un nivel más sutil, la segunda matriz perinatal también puede contener el recuerdo de
frustraciones psicológicas particularmente severas, como el abandono, el rechazo, la privación,
los acontecimientos emocionalmente amenazadores y las situaciones de confinamiento y
dominación que han tenido lugar en el núcleo familiar y en la vida adulta posterior. En el caso
de que el sujeto desempeñe el papel de víctima en la familia de origen, en la escuela, en la
relaciones íntimas, en su puesto de trabajo y en la sociedad en general, se reforzará y
perpetuará el recuerdo del estadio de no salida del nacimiento y será más relevante y
accesible psicológicamente a la experiencia consciente. La MPB II también está relacionada con
una variedad de sensaciones y tensiones desagradables en las zonas erógenas, o productoras
de placer, freudianas. A nivel oral, estas sensaciones están relacionadas con el hambre y la
sed; en la región anal, con sensaciones desagradables en el colon y el recto asociadas al
estreñimiento, la colitis o las hemorroides, y en el tracto genitourinario, por último, con la
frustración sexual y el dolor ligado a infecciones o intervenciones quirúrgicas y con la retención
urinaria dolorosa.

El paso del infierno al purgatorio


En este estadio del parto cada nueva contracción presiona el cuello del útero sobre la
cabeza del niño y dilata su apertura. Cuando la cérvix finalmente se abre y la cabeza desciende
hacia la pelvis, tiene lugar un gran cambio no sólo a nivel biológico sino también a nivel
psicológico. Entonces se supera la situación de no salida -propia de la MPB II- y tiene lugar el
lento pasaje a través del canal del nacimiento que caracteriza a la MPB III. En el próximo
capítulo exploraremos el rico y colorido mundo de la MPB III y sus implicaciones individuales y
colectivas sobre nuestra vida.

4. LA BATALLA ENTRE LA MUERTE Y EL RENACIMIENTO: MPB III


¿Estás dispuesto a ser absorbido, borrado y aniquilado?
¿Estás preparado para no ser nada, para desaparecer en el olvido?
Si no lo estás, jamás podrás cambiar realmente.
D.H. LAWRENCE, Phoenix
Aunque nunca llegó a ver con claridad el canal del nacimiento, sentía, no obstante, una
aplastante opresión en su cabeza y en el resto de su cuerpo y sabía, con cada una de las
células de su cuerpo, que estaba reviviendo el proceso de su nacimiento. La presión aumentó
hasta alcanzar magnitudes muy superiores a lo que, hasta ese momento, consideraba que era
humanamente posible resistir. Sentía una fuerte presión en la frente, las sienes y el occipucio,
como si se hallara atrapado entre las mandíbulas de acero de una tenaza mecánica. La tensión
que soportaba su cuerpo era brutal y creía que se hallaba dentro de una monstruosa
trituradora de carne o entre los engranajes de una prensa gigantesca. Entonces cruzó por su
mente la imagen de Charlie Chaplin en Tiempos modernos, víctima inocente de un universo
tecnológico, y una enorme cantidad de energía se acumulaba en su cuerpo para terminar luego
descargándose explosivamente.
Experimentaba una extraña mezcla de sensaciones. Se sentía asfixiado, aterrado e
indefenso y, al mismo tiempo, estaba furioso y sentía una inusitada excitación sexual. Por otra
parte, estaba completamente confundido ya que, si bien se sentía como un niño que luchaba
violentamente por su propia supervivencia y comprendía que estaba reviviendo su propio
nacimiento, también sabía que estaba experimentando el parto de su propia madre. Su
intelecto le decía que los hombres no pueden dar a luz pero también sabía que, de algún
modo, había atravesado esa barrera y lo imposible se estaba convirtiendo en realidad. No tenía
la menor duda de que había conectado con el remoto arquetipo femenino de la madre
parturienta. Su imagen corporal mostraba un voluminoso vientre y unos genitales femeninos y
experimentaba todos los matices de las sensaciones biológicas. También se sentía frustrado
por no poder abandonarse al proceso primordial de dar a luz y de nacer, de soltar y de permitir
el nacimiento del niño.
De pronto -como si un cirujano cósmico hubiera reventado un absceso de maldad-, una
enorme cantidad de violencia asesina brotó del fondo de su psiquismo y asistió a una especie
de transfiguración -como la que convertía al Doctor Jekyll en Mister Hyde- y sintió cómo se iba
transformando en un hombre lobo o en un loco asesino. No obstante, las imágenes del asesino
y de la víctima estaban tan entremezcladas que le resultaba imposible distinguir al bebé que
estaba naciendo de la madre que le daba a luz. Era un dictador despiadado, un tirano que
sometía a sus súbditos a todo tipo de crueldades inimaginables y, al mismo tiempo, también
era el revolucionario que soliviantaba a las multitudes en contra del tirano. Se transformó en el
gángster que asesina a sangre fría y en el policía que mata criminales en nombre de la ley. En
cierto momento experimentó todo el horror de los campos de concentración nazis pero, cuando
abrió los ojos, se vio como un oficial de las SS. Tenía la profunda sensación de ser, al mismo
tiempo, el nazi y el judío. Sentía que el Hitler y el Stalin que moraban en su interior eran los
responsables de todas las atrocidades cometidas a lo largo de la historia humana. Comprendió
entonces que el problema de la humanidad no radica en la existencia de dictadores violentos
sino en ese Asesino Oculto que se encuentra en las profundidades más oscuras de nuestro
propio psiquismo.
Luego la cualidad de la experiencia cambió y alcanzó proporciones mitológicas. Entonces, en
lugar de la maldad de la historia humana, experimentó la presencia de elementos demoníacos
y sintió el clima inconfundible de la brujería. Sus dientes se transformaron en grandes colmillos
saturados de un misterioso veneno y se descubrió volando a través de la noche con grandes
alas de murciélago como si fuera un amenazante vampiro. Esta situación pronto se convirtió
en el escenario salvaje y embriagador propio de un aquelarre. En esa ceremonia mágica y
lujuriosa brotaron a la superficie una serie de impulsos habitualmente prohibidos y reprimidos.
Poco a poco, los atributos demoníacos de la experiencia fueron desapareciendo pero sus
connotaciones eróticas perduraron todavía durante un tiempo mientras nuestro sujeto se vio
involucrado en orgías interminables y en extrañas fantasías sexuales en las que desempeñaba
todos los papeles. Durante todo ese tiempo, siguió siendo, al mismo tiempo, el niño que
luchaba por atravesar el canal del nacimiento y la madre parturienta. Comprendió entonces la
profunda relación existente entre la sexualidad y el proceso del nacimiento y se dio cuenta
también de que las fuerzas satánicas están estrechamente vinculadas con la situación que
experimenta el feto al atravesar el canal del nacimiento.
Luchó y combatió de muchos modos y contra muy diversos enemigos. A veces dudaba
incluso de que su infortunio terminara alguna vez. Entonces entró en escena un nuevo
elemento y sintió que todo su cuerpo se hallaba cubierto de un fluido biológico viscoso y
resbaladizo -ignoraba si se trataba de líquido amniótico, mucosidad, sangre o secreciones
vaginales- que también impregnaba su boca y sus pulmones. Se sentía asfixiado y amordazado
y trataba de desembarazarse y escupir esa sustancia. En ese momento comprendió que no
debía luchar, que el proceso tenía su propio ritmo y que todo lo que debía hacer era
abandonarse. Recordó entonces muchas situaciones de su vida en las que había sentido la
necesidad de luchar y consideró retrospectivamente que se había tratado de una lucha
innecesaria. Era como si su nacimiento le hubiera programado para ver la vida como algo
mucho más complicado y peligroso de lo que realmente es. Le pareció entonces que esta
experiencia podría abrir sus ojos en este sentido y hacerle la vida mucho más fácil y gozosa de
lo que había sido hasta ese momento.'
El comienzo del peligroso pasaje
Como acabamos de ver en este ilustrativo ejemplo, la MPB III se caracteriza por la
presencia de una serie de imágenes -tanto positivas como negativas- extraordinariamente
ricas y dinámicas. En un nivel biológico, esta matriz participa de ciertos rasgos característicos
de la MPB II porque, en ella, prosiguen las contracciones del útero y el sujeto sigue
experimentando una sensación global de confinamiento y opresión. Al igual que ocurría en el
estadio anterior, cada nueva contracción dificulta el suministro de oxígeno al feto pero, en este
caso, existen otras posibles fuentes adicionales de ahogo, como ahogarse con el propio cordón
umbilical o quedar atrapado en la pelvis sin poder seguir adelante el proceso del nacimiento.
Pero, si bien es cierto que existen similitudes entre esta matriz y la anterior, también lo es
que hay diferencias significativas muy notables. En la matriz anterior el cuello del útero
permanecía cerrado pero, en ésta, se ha dilatado y permanece abierto, permitiendo así que el
feto prosiga su camino hacia el canal del nacimiento. De este modo, aunque en este estadio
todavía persista la lucha por la supervivencia, existe, sin embargo, la creencia y la esperanza
de que esa lucha tiene un final.
En este estadio, la cabeza del niño permanece encajada en la apertura pélvica, tan estrecha
que, incluso en condiciones normales, el pasaje es lento y tedioso. La musculatura del útero es
muy robusta y la fuerza de las contracciones oscila entre los 3,5 y los 7 kg, lo cual crea un
clima de antagonismo y conflicto y una fuerte presión hidráulica. El organismo de la madre y el
del bebé permanecen todavía íntimamente ligados a muchos niveles. Es por ello que, como
evidencia el relato que acabamos de presentar, puede existir una fuerte identificación entre
ambos. En el registro de memoria propio de esta matriz no existe la menor sensación de
separación entre el niño y la madre ya que todavía no ha tenido lugar la separación física ni la
separación psicológica y, por tanto, los dos organismos participan de la misma conciencia. Así
pues, no es de extrañar que puedan experimentarse todos los sentimientos y sensaciones del
bebé, identificarse plenamente con la madre que da a luz y entrar, incluso, en contacto con el
arquetipo de la madre parturienta.

La experiencia del nacimiento y la sexualidad


Esta matriz se halla, pues, ligada al dolor, la ansiedad, la agresividad, la excitación y la
energía impulsora, pero su aspecto más inaudito lo constituye, sin duda, la excitación sexual.
Esta situación merece una explicación especial puesto que tiene importantes consecuencias
para comprender ciertas conductas sexuales que, de otro modo, resultarían inexplicables.
Obviamente, la gran implicación de toda la zona genital en el proceso del nacimiento puede
contribuir a que la experiencia de la madre tenga ciertas connotaciones sexuales. Además, la
intensificación y liberación de la tensión que acompaña al proceso sigue una pauta muy similar
a la del orgasmo sexual. No resulta, pues, extraño que muchas mujeres que han alumbrado en
condiciones ideales describan la experiencia como el momento sexualmente más intenso y
gratificante de toda su vida. Pero lo que sí resulta difícil de comprender -e incluso de creer es
el hecho de que el bebé también pueda experimentar sensaciones sexuales durante el proceso
del nacimiento.
Sigmund Freud sorprendió al mundo cuando anunció su descubrimiento de que la
sexualidad no comienza en la pubertad sino en la temprana infancia. ¡Pero lo que aquí se nos
pide es que abramos todavía más nuestra imaginación y aceptemos que el ser humano
experimenta sensaciones sexuales antes incluso de haber nacido! No obstante, el hecho es que
las descripciones de quienes han experimentado la MPB III en estados no ordinarios de
conciencia nos proporcionan evidencias manifiestas de la veracidad de este aserto. Los datos
parecen sugerir que el cuerpo humano dispone de un mecanismo que transforma el
sufrimiento extremo -especialmente cuando se halla asociado a la asfixia- en una forma de
excitación que tiene ciertas connotaciones sexuales. Este mecanismo parece estar presente en
pacientes implicados en relaciones sadomasoquistas, prisioneros de guerra torturados por el
enemigo e, incluso, en personas que han intentado suicidarse infructuosamente colgándose y
han podido vivir para contarlo. En todas estas situaciones, la agonía puede hallarse tan
estrechamente relacionada con el éxtasis que llegue incluso a una experiencia de
trascendencia, como ocurre, por ejemplo, en el caso de los flagelantes y de los mártires
religiosos.
Pero ¿qué significado tiene todo esto para nuestra vida cotidiana? Comencemos señalando
la importancia que tiene el hecho de que nuestras primeras experiencias sexuales tengan lugar
en el contexto de una situación que conlleva un peligro inminente de muerte. En este caso, el
sufrimiento va también unido a la experiencia de provocar sufrimiento y a la ansiedad y la
agresividad ciega. Por otra parte, durante el paso a través del canal del nacimiento, el niño
entra en contacto con diversos productos biológicos, como mucosidades, sangre y,
posiblemente, orina y excrementos. Esta conexión -combinada con otros eventos- constituye el
fundamento natural para el desarrollo posterior de una variedad de desórdenes y desviaciones
sexuales. De este modo, la MPB III puede verse reforzada por ciertas experiencias traumáticas
de la niñez y de la adolescencia y terminar dando lugar a una amplia diversidad de
disfunciones sexuales, como la sumisión, el sadomasoquismo, la asociación de la orina y las
heces con la sexualidad e, incluso, la criminalidad sexual.

La dimensión titánica de la tercera matriz


Como ocurre con el resto de las matrices perinatales, el simbolismo propio de la MPB III
contiene temas seculares, mitológicos y espirituales que podríamos agrupar en cinco
categorías diferentes: la titánica, la agresiva y sadomasoquista, la sexual, la demoníaca y la
escatológica. Todas ellas, sin embargo, comparten el mismo argumento, el encuentro con la
muerte y la lucha por nacer. Como hemos visto en el relato que abría este capítulo, las
experiencias asociadas a la tercera matriz perinatal suelen combinar las sensaciones y las
emociones ligadas al nacimiento con el simbolismo arquetípico.
Quizás el aspecto más llamativo de esta matriz sea un clima de lucha titánica
-frecuentemente de proporciones catastróficas- que demuestra la enormidad de las fuerzas
que pugnan por descargarse en este estadio del proceso del nacimiento. La experiencia puede
alcanzar una intensidad tan dolorosa que exceda, con mucho, lo que anteriormente creíamos
posible soportar. Uno puede atravesar por estadios en los que la energía se encuentre tan
tremendamente concentrada y focalizada que fluya a través de todo el cuerpo como una
corriente eléctrica de alto voltaje. Pero la energía puede también estancarse o cortocircuitarse
y provocar tensiones extraordinarias en diversas partes del cuerpo que deban descargarse de
manera explosiva, una situación que muchas personas asocian a imágenes de la tecnología
moderna y a desastres provocados por el hombre como, por ejemplo, gigantescas plantas de
energía, cables de alta tensión, explosiones nucleares, lanzamiento de misiles, combates de
artillería, ataques aéreos y escenas bélicas de todo tipo.
Otras personas conectan experiencialmente con catástrofes naturales de proporciones
devastadoras, como erupciones volcánicas, terremotos, huracanes, tornados, tormentas
eléctricas espectaculares, cometas, meteoritos y cataclismos cósmicos. Se trata de catástrofes
similares a las que acompañaron a la erupción del Krakatoa o terminaron asolando la ciudad
de Pompeya. Menos frecuentes, sin embargo, son aquellas otras imágenes que representan el
poder destructor de las aguas, como las escenas de tempestades oceánicas, los maremotos, el
desbordamiento de ríos o las rupturas de presas que van seguidas de inundaciones que asolan
a poblados enteros. En este sentido, hay quienes han descrito imágenes mitológicas como el
hundimiento de la Atlántida, la destrucción de Sodoma y Gomorra o, incluso, el mismo
Armagedón.

Las raíces perinatales de la violencia


Los aspectos agresivos y sadomasoquistas de la tercera matriz perinatal parecen ser una
consecuencia lógica de la situación en la que se halla el bebé que atraviesa el canal del
nacimiento. La violencia dirigida hacia el exterior refleja la agresividad biológica de un
organismo cuya supervivencia se ve seriamente amenazada por la asfixia. Esto no tiene
ninguna explicación psicológica ni tampoco tiene el menor significado
ético sino que es comparable al estado mental de cualquier persona cuya cabeza se hallara
bajo el agua y no pudiera respirar. La activación de esta faceta de la tercera matriz perinatal
en un estado no ordinario de conciencia suele expresarse en violentas imágenes de guerras,
revoluciones, masacres, asesinatos, torturas y todo tipo de abusos en los que desempeñamos
un papel activo.
Esta matriz también está asociada a un tipo de agresividad dirigida hacia el interior que
tiene, por tanto, una cualidad autodestructiva. Esta agresividad, que se expresa mediante
fantasías e impulsos autodestructivos, parece ser la interiorización de fuerzas que
originalmente se nos imponen desde el exterior -las contracciones del útero y la resistencia
que ofrece a nuestro paso el canal del nacimiento-. El recuerdo de esta experiencia pervive en
nosotros como una sensación de confinamiento físico y como una incapacidad para disfrutar
plenamente de la vida. A veces, por último, asume la forma de un despiadado juicio interno en
la que una parte cruel del superego exige un castigo autodestructivo.
Quisiera señalar también las importantes diferencias existentes entre las experiencias
asociadas a la segunda y la tercera matriz perinatal. Así, mientras que en la MPB II somos
meras víctimas, en la MPB III podemos, en cambio, identificarnos alternativamente con la
víctima y con el verdugo -como ocurre en la narración que abre este capítulo, cuando el sujeto
se identifica con la víctima judía y, al mismo tiempo, con el perseguidor nazi- y también
podemos ser un observador que contempla la escena desde el exterior. Las personas que
entran en contacto con este aspecto del proceso del nacimiento suelen mencionar que, en este
estado, pueden identificarse y llegar a comprender realmente a crueles líderes militares y a
dictadores déspotas como Genghis Khan, Hitler, Stalin o los contemporáneos asesinos de
masas.
Como ya hemos señalado anteriormente, las asociaciones sadomasoquistas propias de esta
matriz reflejan la relación existente entre el hecho de causar o infligir dolor, el sufrimiento y la
excitación sexual. Esto da cuenta de la extraña combinación entre las sensaciones sexuales y
el dolor tan característica del masoquismo. El sadismo y el masoquismo no existen como
fenómenos puros y aislados sino que constituyen -como las dos caras de una moneda- dos
aspectos íntimamente relacionados del psiquismo humano. Como es de suponer, las imágenes
asociadas con las experiencias sadomasoquistas incluyen escenas de violaciones, asesinatos
sexuales y todo tipo de prácticas sadomasoquistas.

La agonía y el éxtasis del nacimiento


A medida que aumenta la intensidad de las experiencias asociadas a esta matriz aparecen
también las emociones y las sensaciones opuestas (como el dolor y el placer, por ejemplo),
llegando, incluso, a converger y a fundirse en un estado mental indiferenciado que engloba
todas las posibles dimensiones de la experiencia humana. En ese estado, el sufrimiento más
extremo y el placer más delicado se convierten en lo mismo; el calor más intenso se
experimenta como frío; la violencia asesina y el amor apasionado se funden y la agonía de la
muerte se transforma en el éxtasis del nacimiento. De este modo, por más extraño que pueda
parecer, en el mismo momento en que el sufrimiento alcanza su punto culminante, la situación
deja de ser dolorosa y agónica y, en su lugar, aparece un arrebato extático y salvaje que
podríamos calificar como «éxtasis volcánico» o «dionisíaco».
Este éxtasis o rapto volcánico puede ir todavía más lejos y alcanzar proporciones
trascendentales. A diferencia del éxtasis oceánico asociado a la MPB I, el éxtasis volcánico
propio de la MPB III encierra una extraordinaria tensión explosiva colmada de contenidos
agresivos y autodestructivos. Este tipo de rapto puede ser experimentado en el momento del
nacimiento, en caso de accidente o en ciertos rituales que emplean procedimientos en los que
la persona se somete voluntariamente a un intenso dolor físico durante un largo período de
tiempo, como la ceremonia de los flagelantes o la danza del Sol de los nativos americanos, por
ejemplo. Algo parecido puede también ocurrir en las ceremonias indígenas que utilizan danzas
salvajes y música ensordecedora o en su contrapunto moderno, los conciertos de rock.
Por su parte, los aspectos sexuales propios de la MPB III no suelen concentrarse
exclusivamente en los genitales sino que, por el contrario, se experimentan de manera
generalizada por todo el cuerpo. Hay quienes hablan de un éxtasis similar a la fase inicial del
orgasmo sexual aunque miles de veces más intenso. En este caso, sin embargo, las
sensaciones pueden prolongarse durante un período largo de tiempo e ir acompañadas de una
vívida imaginería erótica que se caracteriza por la presencia de impulsos instintivos
extraordinariamente intensos que carecen de una meta y un objetivo concreto. No se trata,
pues, del mismo tipo de erotismo que experimentamos en un romance, en el que el respeto, la
comprensión y la ternura culminan en la unión sexual sino que en este caso, por el contrario,
el énfasis está puesto en la satisfacción egótica -por cualquier medio imaginable- de impulsos
sexuales primitivos, a menudo de naturaleza perversa, sin respeto alguno hacia la pareja
sexual.
Las imágenes y las experiencias propias de la MPB III suelen tener connotaciones
pornográficas o asociar el sexo con el peligro y la suciedad. En tal caso, la persona puede
identificarse con chulos, alcahuetes, prostitutas o con cualquier personaje -histórico o
legendario- vinculado con la sexualidad, como Casanova, Rasputín, Don Juan o María Teresa,
por ejemplo. También puede encontrarse y participar en escenas propias del Soho, Pigalle o
cualquier otro barrio bajo. Por otra parte, esta matriz tiene también un componente espiritual
dinámico y no resulta extraño, por consiguiente, que ocasionalmente también nos
encontremos con experiencias aparentemente contradicto-rias en las que la sexualidad se
entremezcla con la trascendencia. En tal caso, nos podemos encontrar con visiones de ritos de
la fertilidad, cultos fálicos y prostitución sagrada.
En cualquier caso, lo más curioso con respecto a las experiencias propias de la MPB III quizá
sea la proximidad emocional existente entre la muerte y la sexualidad. Uno podría pensar que
el peligro de muerte debería inhibir cualquier sensación libidinal, pero lo cierto es que, cuando
aparece esta matriz, las cosas parecen ocurrir exactamente de manera opuesta. Las
observaciones procedentes de la psiquiatría clínica, las experiencias de los prisioneros que han
sido torturados en campos de concentración y los archivos de Amnistía Internacional ratifican
la existencia de una estrecha correlación entre el arrebato extático del sexo, el proceso del
nacimiento y la amenaza a la integridad y la supervivencia corporal. En el proceso de muerte-
y-renacimiento, estos tres temas alternan y se combinan entre sí en distintas proporciones.

Encuentros con lo grotesco, lo satánico y lo escatológico


En ocasiones, los aspectos sexuales de la MPB III van acompañados de una atmósfera de
carnaval, llena de vivos colores, de costumbres exóticas y de música embriagadora. La
combinación entre el motivo de la muerte, de lo macabro y de lo grotesco y la gozosa alegría
de lo festivo constituye una manifestación simbólica muy apropiada del estado mental
inmediatamente anterior al momento del nacimiento. En este estado, las energías sexuales y
agresivas reprimidas se liberan y el recuerdo de la amenaza de muerte deja de gravitar como
una losa sobre el cuerpo y sobre el psiquismo. La popularidad del Mardi Gras y de eventos
similares puede deberse al hecho de que, además de proporcionar diversión y un contexto
apropiado para la liberación de las tensiones, también nos permiten conectar con el arquetipo
del renacimiento que mora en la profundidad de nuestro psiquismo.
Las experiencias que tienen lugar en los estadios finales del proceso de muerte-y-
renacimiento también nos permiten comprender ciertas formas de brujería y ciertas prácticas
satánicas. La lucha en el canal del nacimiento puede estar asociada a recuerdos ancestrales de
misas negras y aquelarres. La aparición de elementos satánicos en este momento concreto
parece estar relacionada con el hecho de que la MPB III comparte con estos rituales ciertas
emociones y sensaciones físicas. La lucha que tiene lugar en el canal del nacimiento implica un
dolor extremo, un encuentro con la sangre y con excrecencias corporales de todo tipo y una
intensa excitación sexual. Lo cierto es que esta lucha puede conducir al bebé hasta el mismo
borde de la muerte pero también lleva consigo una promesa de liberación y trascendencia.
Todos estos elementos están estrechamente vinculados con la imaginería de «la adoración al
Dios de la Oscuridad». Cualquier estudio serio de los cultos satánicos -un fenómeno que
parece despertar una atracción cada vez mayor entre los profesionales y el público en general-
debería tener en consideración la relación existente entre estas prácticas y el nivel de
conciencia perinatal. Otra experiencia particularmente importante de esta misma categoría
consiste en la tentación diabólica, un motivo clásico en la literatura espiritual de casi todas las
religiones del mundo.
El contacto íntimo que mantiene el recién nacido con los fluidos corporales y,
ocasionalmente, con la orina y las heces durante el último estadio del parto constituye el
fundamento biológico de muchas de las imágenes escatológicas que forman parte integral de
la MPB III. El contenido escatológico que acompaña al proceso de muerte-y-renacimiento
puede llegar a incluir los productos de desecho biológico. Así, aunque el contacto del bebé con
tales productos haya sido mínimo, la persona que revive este aspecto del proceso del
nacimiento puede tener la sensación de arrastrarse por una cloaca, revolcarse por un
estercolero, beber sangre o complacerse en la basura y la putrefacción.

Tenias mitológicos y espirituales


Los elementos mitológicos y espirituales característicos de esta matriz son especialmente
ricos y variados. La faceta titánica, por ejemplo, puede expresarse en las imágenes
arquetípicas de la confrontación entre las fuerzas del bien y del mal o de la destrucción y
creación del mundo. Otro tipo de lucha para alcanzar el equilibrio entre el bien y el mal es el
arquetipo del Juicio Final. Las escenas de violencia suelen estar asociadas a imágenes de
deidades destructivas, como Kali Shiva, Satán, Coatlicue o Marte, por ejemplo. También
resulta especialmente interesante la estrecha identificación con ciertas figuras mitológicas que
representan la muerte y el renacimiento que puede encontrarse en toda gran cultura, como
Osiris, Dionisos, Perséfone, Wotan y Balder, por ejemplo, cuya versión cristiana es la historia
de la muerte y resurrección de Jesucristo. Es frecuente, pues, que las personas que atraviesan
la MPB III tengan visiones de la crucifixión o que, incluso, se identifiquen plenamente con la
crucifixión de Cristo. Tampoco son infrecuentes, en este estadio, las escenas de sacrificio y de
autoinmolación y las deidades, aztecas y mayas, por ejemplo, correspondientes.
También pueden presentarse imágenes de deidades masculinas y femeninas y visiones de
bacanales asociadas con la sexualidad y la procreación. Ya hemos hablado de las imágenes que
combinan la sexualidad con la espiritualidad (como los ritos de fertilidad, la adoración fálica, la
prostitución sagrada, la violación ritual y las ceremonias aborígenes que subrayan lo sensual y
lo sexual). Por su parte, los elementos escatológicos se expresan mitológicamente mediante
imágenes tales como Hércules limpiando el estiércol de los establos del rey Augias, Tlacolteutl
-la Devoradora de Inmundicia- diosa azteca del nacimiento y del placer carnal, etcétera.
La transición entre la MPB III y la MPB IV suele ir acompañada de la visión de un fuego
purificador en el que las llamas destruyen todo lo corrupto y depravado de nuestra vida y nos
prepara para la renovación y el renacimiento. Es interesante también constatar que, en este
estadio, la madre parturienta suele tener la sensación de que sus genitales están ardiendo.
Cuando el sujeto revive pasivamente este estadio puede tener la sensación de que su cuerpo
arde o de que está atravesando las llamas de la purificación, una sensación particularmente
bien expresada por la imagen del ave Fénix, el fabuloso pájaro mitológico del legendario Egipto
que, a la edad de quinientos años, se autoinmoló en las llamas y emergió renovado de entre
las cenizas. El fuego purificador constituye también uno de los rasgos más característicos de
las imágenes religiosas del purgatorio.

La MPB III y el arte


Es muy posible que las experiencias propias de la MPB III hayan constituido una fuente
inagotable de inspiración para todo tipo de artistas desde el mismo amanecer de la
humanidad. Existen tantos ejemplos en este sentido que sólo podemos limitarnos a ofrecer
una magra selección al respecto. La intensa atmósfera de emociones rayanas en la locura que
reflejan magistralmente las novelas de Fyodor Dostoyevski y muchas de las obras de teatro de
William Shakespeare -particularmente
Hamlet, Macbeth y El rey Lear; los elementos dionisíacos y la sed de poder de la obra
filosófica de Friedrick Nietzsche; los dibujos de diabólicos artefactos bélicos de Leonardo da
Vinci; las delirantes visiones de pesadilla de Francisco de Goya; el arte macabro de Hansruedi
Giger y el tono general de la pintura surrealista constituyen una espléndida representación
pictórica del clima propio de la MPB IM
De la misma manera, las óperas de Richard Wagner también abundan en secuencias que
captan a la perfección el clima propio de esta matriz. Destaquemos, entre ellas, las orgiásticas
escenas del Venusberg de Tannhkuser, el fuego mágico de Las Walkirias y, en especial, el
sacrificio de Siegfried y el incendio del Valhalla en la escena final de El crepúsculo de los
dioses. También conviene recordar la mezcla de tragedia, sexo y violencia -tan característica
de esta matriz- que constituye la fórmula mágica de gran parte de la cinematografía moderna.
La relación con las experiencias posnatales
Como ocurre con las demás matrices perinatales, la MPB III está especialmente relacionada
con ciertos recuerdos de la vida posnatal. Para las personas que han presenciado o participado
en la guerra, el recuerdo de las atrocidades reales se estremecía con los aspectos titánicos,
violentos y escatológicos de esta matriz. Por otra parte, las experiencias bélicas de la vida real
pueden reactivar los correspondientes elementos perinatales del inconsciente y originar los
severos trastornos emocionales tan comunes en los soldados que han participado en acciones
de combate. La combinación de excitación, miedo y peligro también vincula a la MPB III con
situaciones emocionantes e inseguras, como el esquí, las carreras de automóviles, las
montañas rusas, los safaris, el boxeo y la lucha libre. Los aspectos eróticos de la MPB III, por
su parte, están asociados a sistemas COEX relacionados con intensas experiencias sexuales
realizadas en circunstancias peligrosas, como la violación, el adulterio, las aventuras sexuales
arriesgadas y las visitas a los barrios bajos. Su faceta escatológica, por último, está ligada al
aprendizaje prematuro y forzado del control de los esfínteres, a episodios infantiles de enuresis
o incontinencia anal, a visitas a vertederos de basura u otros lugares antihigiénicos y al hecho
de presenciar escenas macabras en la guerra o en accidentes automovilísticos.
Las experiencias propias de la MPB III también van acompañadas de ciertas
manifestaciones específicas en las zonas erógenas freudianas, relacionadas, a su vez, con un
amplio rango de actividades que conllevan liberación, placer o relajación tras una prolongada
tensión. A nivel oral, por ejemplo, se trata del acto de morder, mascar y tragar o, por el
contrario, de la catarsis del vómito; en la zona anal, por su parte, se refiere a los procesos
normales de la defecación y la expulsión de gases; en la región uretral, de la micción que sigue
a una larga retención, y en el nivel genital, por último, de la aproximación al orgasmo sexual
y, en el caso de la mujer, de las sensaciones de la parturienta en el segundo estadio clínico del
parto.
La tercera matriz perinatal representa un enorme conjunto de emociones y de sensaciones
problemáticas que luego pueden combinarse con determinados acontecimientos biográficos de
la niñez y de la infancia y terminar contribuyendo al desarrollo de una gran diversidad de
trastornos. Mencionemos, entre ellos, a ciertas depresiones y condiciones que implican
agresividad y una conducta autodestructiva violenta. Los desórdenes y aberraciones sexuales,
las neurosis obsesivo-compulsivas, las fobias y las manifestaciones histéricas parecen también
hundir sus raíces en esta matriz. Subrayemos, por último, que la naturaleza de las
experiencias biográficas posteriores puede reforzar selectivamente ciertos aspectos agresivos,
autodestructivos, sexuales o escatológicos de la MPB III y terminar codeterminando, de ese
modo, la actualización de determinados desórdenes emocionales.

El final de la batalla
A medida que la lucha agonizante por escapar del canal del nacimiento se aproxima a su fin,
la tensión y el sufrimiento alcanzan su punto culminante. En el momento en que el bebé se
libera súbitamente de la apertura pélvica y respira por vez primera, tiene lugar una liberación
explosiva de la tensión acumulada. En general, este momento conlleva la promesa de una
tremenda relajación pero las circunstancias concretas que rodean al momento del nacimiento
-como la oportunidad de establecer una relación amorosa con la madre, el contacto ocular y
otros factores- determinan el grado real de esta liberación. Los aspectos experienciales de esta
transición constituyen el tema del siguiente capítulo.

5. LA EXPERIENCIA DE
MUERTE-Y-RENACIMIENTO: MPB IV
El alma ve y prueba abundantes e inestimables riquezas, encuentra todo el sosiego y recreo
que desea y comprende extraños secretos de Dios [... J También siente en Dios un respetuoso
poder y fortaleza que trasciende todo poder y toda fortaleza; gusta una maravillosa dulzura y
delicia espiritual, encuentra el verdadero descanso y la Divina luz y tiene elevadas
experiencias del conocimiento de Dios...
SAN JUAN DE LA CRUZ, Cántico
Comenzó a experimentar una gran confusión, transpiraba y sentía oleadas de calor que
recorrían todo su cuerpo. Luego empezó a temblar y sintió náuseas. Súbitamente se encontró
en lo alto de una montaña rusa a punto de caer al precipicio. Entonces perdió el control y se
desplomó hacia las profundidades.
De pronto una imagen cruzó por su mente: era como si se hubiera tragado un barril de
dinamita con la mecha prendida. Estaba a punto de reventar y no podía hacer nada para
impedirlo. Había perdido totalmente el control.
Lo último que podía recordar antes de precipitarse al abismo era el estruendo de una
música que parecía proceder de un millón del altavoces. Su cabeza era enorme y sentía como
si tuviera mil oídos y era como si con cada uno de los cuales estuviera escuchando una música
diferente. Nunca había estado tan desconcertado. Estaba a punto de morir y no podía hacer
nada para evitarlo. Lo único que se le ocurría era seguir adelante. De pronto escuchó las
palabras confía y obedece y al instante siguiente había perdido su identidad habitual y ya no
estaba tumbado en el colchón. Entonces aparecieron varias imágenes simultáneamente.
En la primera escena se vio sumido en medio de un pantano lleno de criaturas monstruosas
que le perseguían sin llegar, sin embargo, a poder atraparle. Sólo podía describir su
descontrolado viaje por la montaña rusa equiparándolo al hecho de caminar sobre una
superficie extraordinariamente escurridiza. Al principio, el suelo parecía firme, luego todo se
tornó resbaladizo y empezó a perder pie. No había nada a lo que agarrarse y se sintió caer
cada vez más en el olvido. Estaba muriendo.
De repente, se encontró de pie en medio de la plaza de un pueblo medieval. Estaba rodeado
de fachadas de catedrales góticas y, como si se tratara de un cuadro de El Bosco, vio cómo las
gárgolas, los animales de los aleros, las figuras humanas, las criaturas semihumanas, los
diablos y los espíritus, salían de sus hornacinas y se dirigían hacia él.
A medida que se le acercaban experimentó miedo, dolor, agonía, terror y pánico. Sintió una
presión entre las sienes y tuvo la absoluta certeza de que estaba muriendo. Cuando la presión
en la cabeza se le hizo insoportable murió y se vio súbitamente arrojado a otro inundo.
Entonces penetró en un mundo completamente diferente. El temor y el pánico habían
desaparecido. Se sentía angustiado pero no estaba solo porque, de algún modo, era como si
estuviera compartiendo la muerte de toda la humanidad. Comenzó entonces a experimentar la
pasión de Cristo. Él era Jesús y, de alguna manera, también era el conjunto de la humanidad
participando en una dolorosa procesión hacia el Gólgota. Su experiencia había dejado de ser
confusa y sus visiones eran ahora completamente nítidas.
Se sentía abrumadoramente desconsolado. Entonces comenzó a ser consciente de que en el
ojo de Dios se estaba formando una lágrima. No podía ver el ojo de Dios pero sí la lágrima
cayendo sobre el mundo, ya que Dios mismo participa de la muerte y del sufrimiento de todas
las criaturas que han vivido. La procesión avanzaba hacia el Gólgota, donde iban a crucificarle
junto a Cristo y al resto de la humanidad. Él era Cristo y todas las personas al mismo tiempo.
Luego le crucificaron y murió.
Inmediatamente después de morir escuchó la música más celestial que había oído en toda
su vida. Era el mismísimo canto de los ángeles que resucitaba a todos los muertos. Después de
haber sido crucificado, escuchó el silbido de un viento que procedía de la Cruz y se extendía
por todo el más allá. Era como volver a nacer. Todos los que le rodeaban se pusieron en pie y
las muchedumbres se agolparon en procesión en enormes catedrales, rodeados de cirios, luz,
oro e incienso. En ese momento no tenía la menor sensación de ser alguien separado. Estaba
en todas las procesiones y todas las procesiones estaban en él. Era cada hombre y cada mujer.
Junto a todos los que le rodeaban comenzó a elevarse hacia la luz atravesando majestuosas
columnas de mármol blanco. La multitud dejó atrás los azules, los grises, los rojos, los
púrpuras, el oro de las catedrales y la variedad multicolor de las vestiduras de la gente y todo
se tornó blancura, moviéndose entre columnas marmóreas. La música volvió a elevarse, todos
comenzaron a cantar y entonces tuvo una visión. Esa visión era tan especial, tan distinta a
todo lo que le había ocurrido hasta ese momento, que no tenía la menor duda de que se
trataba de un don. El vestido de Cristo resucitado le rozó aunque, a decir verdad, no era
exacto que le tocara sino que lo tocaba todo y, al tocarlo todo, también le tocaba a él.
Entonces sucedieron varias cosas al mismo tiempo. Se convirtió en algo muy pequeño, más
pequeño que una célula, más pequeño que un átomo. Todo el mundo se sentía humilde e
inclinaba la cabeza. Se sentía completamente en paz y henchido de alegría y amor. Se sintió
inundado de un amor total por Dios. Mientras todo esto ocurría, el contacto con la túnica era
como tocar un cable de alta tensión. Luego hubo un estallido seguido por una luz absoluta. De
pronto se hizo el silencio. La música calló. Todo sonido cesó. Era como estar en el centro de la
misma fuente de toda energía. Era como estar en Dios, no en presencia de Dios sino en Dios,
participando de su Divinidad.
Esta escena no duró mucho tiempo, aunque era consciente de que el tiempo había perdido
todo significado. Luego comenzó el descenso. El mundo al que retornaba era un mundo de
gran belleza, en nada parecido a todo lo que antes había conocido. Coros majestuosos
cantaban y, durante el Sanctus, el Gloria y el Hosanna, podía escuchar la voz de un oráculo
diciendo: «No desees nada, no desees nada» y «No busques nada, no busques nada».
Durante este período también tuvo muchas otras visiones. En unas de ellas podía mirar a
través de la tierra y ver los mismos cimientos del universo. Bajó entonces a las profundidades
y descubrió que Dios también es adorado allí al igual que en las alturas. En la profundidad del
universo hay muchas prisiones y, a medida que la luz llegaba a ellas, las cárceles iban
abriéndose y los prisioneros salían alabando a Dios.
También tuvo la visión de una figura caminando por un anchuroso y hermoso río en un
profundo y amplio valle. Los lirios crecían junto a la ribera mientras el río discurría
plácidamente. El valle estaba rodeado de montañas muy elevadas y los arroyos serpenteaban
en dirección al río. Allí escuchó una voz que decía: «El río de la vida fluye hacia la boca de
Dios». Anhelaba estar en el río pero no podía distinguir si se hallaba en el río o si era el mismo
río. El río se encaminaba hacia la boca de Dios y las personas y los animales -la totalidad de la
creación- se acercaban a él y se fundían con la corriente principal del río de la vida.
Cuando la sesión llegó a su fin y volvió nuevamente a tomar conciencia de que se hallaba en
la consulta, seguía sintiéndose lleno de respeto, humildad, paz, beatitud y alegría. Tenía el
claro convencimiento de haber estado con Dios en el centro de energía del universo. Todavía
tenía la fuerte sensación de que toda vida es una, de que el río de la vida fluye hacia Dios y de
que no hay diferencia alguna entre los seres humanos, ya que amigos, enemigos, blancos,
negros, hombres y mujeres, son todos uno.'
Éste es el relato de un sacerdote describiendo una sesión experimental profunda en la que
atravesó la cuarta matriz perinatal. La imaginería y el simbolismo desplegados en ella son
decididamente cristianos pero, cuando las personas reviven la MPB IV, estos mismos temas
aparecen reiteradamente sin importar la tradición y el sustrato étnico del que procedan. Esta
matriz perinatal parece estar relacionada con el tema de la muerte y el renacimiento, como
también la confrontación con demonios airados y con seres celestiales, la identificación con el
sufrimiento de toda la humanidad y las revelaciones sobre la naturaleza del universo. Como
ocurre con el resto de las matrices perinatales, la MPB IV constituye una combinación de
recuerdos de acontecimientos biológicos fundamentales -ligados al proceso del nacimiento- y
elementos espirituales y mitológicos.

Realidades biológicas
El fundamento biológico de la MPB IV tiene que ver con la última etapa de la lucha por
atravesar el canal del nacimiento, el nacimiento propiamente dicho y la situación
inmediatamente posterior al parto. En el último paso asoman la cabeza y los hombros del bebé
(excepto cuando viene de nalgas, en cuyo caso la primera parte en salir son los pies),
momento en el que tiene lugar el nacimiento. Todo lo que ahora resta de la unión original con
la madre es el cordón umbilical; finalmente éste también termina cortándose y, con ello, acaba
todo vínculo biológico con el organismo materno y concluye el estado de fusión anterior.
La primera bocanada de aire abre y pone en funcionamiento nuestras vías respiratorias y
nuestros pulmones. La sangre, que hasta ese momento había sido oxigenada, nutrida y
depurada de residuos tóxicos a través del organismo de la madre, se dirige ahora hacia los
pulmones, el sistema gastrointestinal y los riñones. En ese momento el bebé inicia su
existencia como individuo anatómicamente independiente.
Una vez restablecido el equilibrio fisiológico, la nueva situación constituye una mejora
significativa con respecto a los dos estadios anteriores, MPB II y MPB III. Ciertas cosas, sin
embargo, parecen haber empeorado con respecto al momento en que se inició todo el proceso
(MPB I) ya que, mientras permanecemos completamente fundidos con el cuerpo de nuestra
madre, todas las necesidades biológicas son automáticamente satisfechas de inmediato, cosa
que ya no seguirá ocurriendo a partir de ahora. Durante el período prenatal, el útero
proporciona un entorno muy seguro pero, después de nacer, la figura protectora de la madre
ya no se hallará siempre presente. A partir de este momento ya no estaremos continuamente
protegidos de las temperaturas extremas, de los ruidos perturbadores, de los cambios bruscos
de intensidad de la luz y de las sensaciones táctiles desagradables. Nuestro bienestar depende,
a partir de ahora, de la cualidad materna, pero ni siquiera la mejor madre puede reproducir las
condiciones de un buen útero.

La muerte, el renacimiento y el ego


Como ocurre con el resto de las matrices perinatales, quienes reviven la MPB IV suelen
proporcionar detalles muy minuciosos y exactos del proceso de su nacimiento biológico. En
multitud de ocasiones hemos tenido la oportunidad de constatar que, sin el menor
conocimiento previo de las circunstancias que rodearon el parto, hay personas que pueden
llegar a descubrir que nacieron con fórceps, de nalgas, que el cordón umbilical se enrolló en su
cuello o reconocer, incluso, el tipo de anestesia utilizada. Tampoco es infrecuente que el sujeto
reviva detalladamente los acontecimientos concretos que ocurrieron después del momento de
su nacimiento.
La dimensión simbólica y espiritual de la MPB IV tiene un sabor inconfundible. Desde un
punto de vista psicológico, la experiencia de revivir el nacimiento constituye un proceso de
muerte-y-renacimiento. El sufrimiento y la agonía propios de la MPB II y la MPB III culminan
ahora con la «muerte del ego», una experiencia de aniquilación de todos los niveles: físico
emocional, intelectual y espiritual.
Según la psicología freudiana, el ego nos capacita para percibir correctamente la realidad
externa y funcionar adecuadamente en la vida cotidiana. Quienes sostienen, pues, este punto
de vista, consideran que la muerte del ego es una experiencia aterradora y tremendamente
negativa que implica la pérdida de la capacidad de funcionar en el mundo. No obstante, lo que
realmente muere en este proceso es la parte de nosotros que nos mantiene separados de los
demás y que sustenta una visión fundamentalmente paranoica de nosotros mismos y del
mundo que nos rodea -una visión que es el resultado de las percepciones internas de nuestra
vida que hemos aprendido durante la lucha en el canal del nacimiento y a través de todas las
experiencias dolorosas acaecidas después del momento del nacimiento- a la que Alan Watts
denominaba «el ego encapsulado en la piel».
Desde este punto de vista el mundo parece hostil y cerrado, expulsándonos de la única vida
que hemos conocido y ocasionando gran dolor emocional y físico. Esta experiencia fragua en
nosotros un «falso ego» que percibe el mundo como algo peligroso y ayuda a consolidar esta
misma actitud en situaciones futuras aun cuando las circunstancias hayan cambiado ya de
manera radical. El ego que muere en la cuarta matriz perinatal es una fuerza compulsiva que
nos impele a ser siempre fuertes, a tratar de controlar la situación y a mantenernos
continuamente en guardia ante cualquier posible peligro, aun los más imprevisibles y los
puramente imaginarios. Esta actitud nos hace sentir que las circunstancias nunca son
perfectas, que nada es suficiente y nos obliga a embarcarnos de continuo en proyectos
grandiosos para probarnos a nosotros mismos y a los demás. Sin embargo, la eliminación del
falso ego nos ayuda a construir una imagen más realista del mundo y a desarrollar estrategias
más apropiadas y satisfactorias.
La experiencia -habitualmente dramática y catastrófica- de la muerte del ego jalona la
transición entre la MPB III y la MPB IV. En tal caso, podemos vernos bombardeados por
imágenes procedentes del pasado y del presente y quedar plenamente convencidos de que
nunca hemos hecho nada bien, de que hemos fracasado por completo, de que somos
despreciables y de que no podemos hacer ni pensar nada para cambiar nuestra desesperada
situación. En esa situación perdemos todos los puntos de referencia significativos que habían
sustentado nuestra vida -logros, personas queridas, sistemas de apoyo, esperanzas y
aspiraciones- y todo parece desplomarse a nuestro alrededor. El camino que conduce desde la
desesperación y la impotencia hasta la libertad pasa por lo único que aterra a nuestro ego, la
entrega, ya que el requisito para conectar con lo transpersonal consiste en la rendición total de
la persona. Quienes se dedican a la rehabilitación de toxicómanos y de alcohólicos saben
perfectamente que la renuncia a lo personal es la condición imprescindible para llegar a
descubrir la existencia de un Poder Superior.
Una vez que el sujeto experimenta la muerte del ego también puede tener la visión de una
deslumbrante luz blanca o dorada de un brillo y una belleza sobrenaturales. También puede
tenerla sensación de que el espacio que le rodea se expande y se ve inundado por una
profunda sensación de liberación, redención, salvación y perdón. El sujeto se siente entonces
libre de toda la culpa, agresividad, ansiedad y restantes emociones dolorosas que han pesado
sobre toda su vida. Entonces podemos sentir un amor inmenso por nuestros semejantes, un
profundo aprecio por el calor del contacto humano, una solidaridad con todos los seres vivos, y
la unidad con la naturaleza y el universo. Cuando descubrimos el poder de la humildad tiende
a desvanecerse la arrogancia y la defensa y quizás nos sintamos impulsados a entregarnos al
servicio de los demás. Entonces, la ambición, el deseo de posesiones materiales, de salud y de
poder se nos aparecen súbitamente como vanidades infantiles, absurdas e inútiles.

La mitología de la muerte y el renacimiento


Cuando la terapia regresiva, la meditación intensiva o una crisis psicoespiritual lleva a un
adulto a enfrentarse con la MPB IV no suele limitarse a revivir los aspectos biológicos y
emocionales del nacimiento. El tema de la muerte-y-renacimiento reestimula muchas
experiencias que comparten emociones y sensaciones similares. La MPB IV está relacionada
con ciertas experiencias biográficas y es por ello que, quien la revive, suele asistir a una
combinación de recuerdos de su propio nacimiento con imágenes que simbolizan el nacimiento,
escenas de la historia humana, identificación con distintos animales y secuencias mitológicas
entremezclados, a su vez, con recuerdos de acontecimientos posteriores de su vida.
El simbolismo espiritual y mitológico asociado a la MPB IV es exuberantemente variado y, al
igual que ocurre con las demás matrices perinatales, su mitología puede proceder de cualquier
tradición cultural. La muerte del ego se puede experimentar como una ofrenda a la terrible
diosa hindú Kali o a Huitzilopochtli, el dios azteca del Sol. El sujeto también puede identificarse
con un bebé arrojado por su madre, junto a otros niños, a las devoradoras llamas de la bíblica
Moloch en una ceremonia de inmolación ritual. Ya hemos mencionado también a la legendaria
y mitológica ave Fénix, un antiguo símbolo del renacimiento cuya visión o identificación no es
infrecuente en estados no ordinarios de conciencia. También es posible que el sujeto
experimente el renacimiento espiritual como una unión con determinadas deidades como, por
ejemplo, la diosa azteca Quetzalcoatl, las egipcias Osiris o Atis y las griegas Adonis y Dionisos.
Como ilustra el relato que abre este capítulo, una de las experiencias más frecuentes
vinculadas con la MPB IV es la identificación con la muerte y la resurrección de Jesucristo. La
felicidad que acompaña a esta inesperada apertura espiritual rebosante de comprensiones
espirituales podría ser calificada como un verdadero éxtasis prometeico.

Celebrando el misterio del viaje


Una persona que ha superado la difícil prueba de atravesar la segunda y tercera matriz
perinatal y esté disfrutando de la experiencia de renacimiento asociada con la cuarta matriz
perinatal, suele tener una sensación de victoria que se encarna en determinados héroes
mitológicos, como san Jorge matando al dragón, Teseo derrotando al Minotauro o el pequeño
Hércules acabando con la peligrosa serpiente que le atacó en el momento de su nacimiento.
Muchas personas describen una luz deslumbrante y sobrenatural que parece irradiar
inteligencia divina o experimentan a Dios como energía espiritual pura que todo lo impregna.
Otros hablan de la visión de una bruma celestial azulada y traslúcida, un hermoso arcoiris o el
espectacular despliegue de complejos dibujos similares a los que engalanan la cola del pavo
real. También pueden presentarse imágenes de epifanías divinas de ángeles y seres
celestiales. Igualmente común, en este estadio, es la aparición de la amorosa y protectora
imagen de la Gran Madre de diferentes culturas, como la Virgen María, Isis, Cibeles o Lakshmi,
por ejemplo.
En ciertas ocasiones, el renacimiento espiritual puede estar asociado a un tipo de
experiencia muy especial, la unión At-man-Brahman descrita en los antiguos textos hindúes.
En tal caso, la persona se siente unida al núcleo espiritual más profundo de su ser. Así, la
ilusión del self individual (jiva) se desvanece y la persona experimenta la gozosa reunificación
con su Self Divino (Atinan), que es también el Self Universal (Brah-nian), la fuente cósmica de
toda la existencia. Esta experiencia supone el contacto directo e inmediato con el Más Allá
Interno, con Dios o con lo que las Upanishads describen como Tat tvam as¡ («Tú Eres Eso»).
La comprensión de la identidad fundamental de la conciencia del individuo con el principio
creativo del universo constituye una de las experiencias más profundas que puede tener un ser
humano. En este sentido, el renacimiento espiritual que se experimenta en la MPB IV puede
reabrir la puerta para volver al éxtasis oceánico de la MPB I y, de ese modo, volver a
experimentar la unidad cósmica.
La unión simbiótica con la madre que suele acompañar a la experiencia del renacimiento
(«buen pecho») es tan parecida a la apacible existencia intrauterina («buen útero») que, en
ocasiones, ambas experiencias se alternan o incluso llegan a coexistir. La experiencia de la
MPB IV puede ir acompañada de la sensación de fusión con toda la existencia presentando,
entonces, rasgos similares a los que ya hemos mencionado cuando hablábamos de la MPB I.
En este estado, la realidad que nos rodea adquiere una cualidad numinosa. En la medida en
que nos sentimos unidos con todo lo que es, percibimos la extraordinaria relevancia, sencillez
y belleza de la vida natural. En este caso, la sabiduría de Jean Jacques Rousseau, Ralph Waldo
Emerson y Henry David Thoreau o de los maestros del taoísmo y del budismo zen, por
ejemplo, parece incuestionablemente evidente.
En determinadas circunstancias ideales, el proceso de muerte del ego y posterior
renacimiento puede provocar importantes y duraderas consecuencias ya que nos libera de la
actitud defensiva y paranoide hacia el mundo, una actitud que se deriva de ciertos aspectos de
nuestro nacimiento y de determinadas experiencias dolorosas posteriores. La muerte del ego
nos despoja de los filtros y las lentes que habitualmente distorsionan nuestra percepción del
mundo y de nosotros mismos. La experiencia del renacimiento, por su parte, puede abrir
plenamente todas nuestras vías sensoriales. En tal caso, las imágenes, los sonidos, los olores,
los sabores y las sensaciones táctiles son inusitadamente más intensas, vívidas y gozosas que
antes, pudiendo, incluso, llegar a sentir que vemos el mundo por vez primera. Todo lo que nos
rodea, incluidas las escenas más familiares y habituales, parece inusualmente excitante y
estimulante. Quienes atraviesan esta experiencia suelen afirmar que han descubierto una
forma completamente nueva de apreciar y disfrutar de sus seres queridos, del sonido de la
música, de la belleza de la naturaleza y de los inagotables placeres que nos proporciona el
mundo sensorial.
En tal caso, nuestra vida se ve polarizada por fuerzas altamente inspiradoras como la
búsqueda de la justicia, la valoración de la armonía y de la belleza, el impulso creativo, la
tolerancia y el respeto hacia los demás y el sentimiento del amor. Y, lo que es todavía más
importante, comprendemos directamente que ésta es la expresión natural y lógica de nuestra
verdadera naturaleza y del orden del universo. Sería totalmente inadecuado tratar de someter
este tipo de experiencias al habitual reduccionismo freudiano que las considera como un simple
mecanismo psicológico de defensa, como, por ejemplo, la «formación reactiva» (aparentar que
se ama cuando, en realidad, estamos sintiendo agresividad u odio) o la «sublimación» de
impulsos sexuales primitivos (consagrar nuestro tiempo a ayudar a los demás como una forma
de aliviar nuestros impulsos sexuales). Es interesante constatar el extraordinario paralelismo
existente entre esta nueva visión y los «metavalores» y «metamotivaciones» que Abraham
Maslow observaba regularmente en quienes atraviesan experiencias místicas espontáneas o
«experiencias cumbre». En los días o semanas posteriores a la experiencia espiritual, este tipo
de efectos secundarios positivos son muy intensos y tienden a ir debilitándose con el paso del
tiempo aunque, a un nivel más sutil, pueden llegar a transformar completamente a la persona.
Quienes han atravesado el proceso de muerte-y-renacimiento experimentan una sensación
de relajación, activación, serenidad y profunda paz interna. Sin embargo, en ocasiones el
proceso no llega a completarse y aboca a un estado de excitación provisional similar a la
manía. En tal caso, el individuo puede sentirse excitado, hiperactivo y eufórico hasta llegar a
extremos muy dolorosos. Después de haber experimentado la MPB IV y las comprensiones
cósmicas que suelen acompañarla de una manera incompleta, hay quienes salen corriendo a
proclamar a voz en grito sus revelaciones, intentando compartirlas indiscriminadamente con
quienes les rodean. No es infrecuente, en este caso, verlos dedicándose a hacer prosélitos,
exigiendo un trato especial, tratando de organizar grandes celebraciones y haciendo planes
megalomaníacos para cambiar el mundo.
Esto es lo que suele suceder en las llamadas crisis psicoespirituales espontáneas cuando el
sujeto no dispone de la comprensión, el apoyo y la orientación adecuada. Así pues, cuando el
descubrimiento de la propia divinidad permanece ligado al ego corporal, la comprensión
mística puede asumir la forma de un delirio psicótico de grandeza. Esta conducta, no obstante,
demuestra que la persona no ha llegado a conectar plenamente con la MPB IV y que debe
seguir trabajando hasta integrar algunos elementos problemáticos de la MPB III. Cuando los
aspectos residuales negativos de la MPB III se resuelven por completo, el renacimiento se
experimenta en su forma más pura como un arrebato silencioso, sereno y tranquilo. Este
estado es satisfactorio y completo en sí mismo y no requiere de ninguna acción inmediata en
el mundo.

Donde el presente se une con el pasado


Ciertos acontecimientos biográficos, como el éxito, la superación de grandes dificultades y
el fortuito escape de situaciones peligrosas están vinculados a la MPB IV. En reiteradas
ocasiones hemos visto que el hecho de revivir el proceso del nacimiento suele despertar el
recuerdo del final de una guerra o de una revolución, la supervivencia a un accidente o la
superación de una prueba difícil. En otro orden de cosas, la MPB IV también puede estar
asociada a la ruptura de un matrimonio conflictivo y al comienzo de una nueva relación
amorosa. Hay ocasiones, por último, en que los éxitos alcanzados desfilan uno tras otro ante
nuestros ojos en una especie de revisión condensada de la vida.
El nacimiento sin complicaciones parece ser una condición extraordinariamente importante
para poder afrontar con éxito las situaciones difíciles de la vida. Las complicaciones, por su
parte -como un parto prolongado y extenuante, el uso de fórceps, la anestesia, el parto
inducido, el parto prematuro y la cesárea, por ejemplo-, parecen correlacionar positivamente
con las dificultades para resolver todo tipo de conflictos.
En cuanto a su relación con las zonas erógenas freudianas, la MPB IV está asociada al placer
y la satisfacción que siguen a la liberación de las tensiones desagradables. Así, a nivel oral, el
aspecto físico de este estado es similar al hecho de saciar la sed y el hambre o a la liberación
que sentimos cuando vomitamos y, de ese modo, ponemos fin a un intenso malestar gástrico.
A nivel anal y uretral, por su parte, está vinculada a la satisfacción que acompaña a la
defecación y la micción después de una dolorosa retención y, a nivel genital, corresponde al
placer y la relajación que siguen a un buen orgasmo sexual. En lo que a la mujer parturienta
se refiere, este estado está ligado a la liberación orgiástica que se experimenta
inmediatamente después del parto.

Otros mundos, otras realidades


La región del inconsciente que solemos asociar a estas cuatro matrices perinatales
representa una interfase entre nuestro psiquismo individual y lo que Jung denominaba
inconsciente colectivo. Como ya hemos visto, las matrices perinatales suelen contener
recuerdos de diferentes aspectos del nacimiento biológico entremezclados con ciertas
secuencias de la historia, la mitología humana o la identificación con diversos animales. Estos
elementos pertenecen al reino de lo transpersonal, un reino que se halla más allá de los
dominios de lo biográfico y de lo perinatal y que constituye, en la actualidad, la región más
controvertida de la moderna investigación sobre la conciencia.
Las experiencias transpersonales desafían la creencia de que la conciencia humana se halle
circunscrita al dominio de nuestros sentidos y esté determinada por el medio en el que
penetramos en el momento del nacimiento. La psicología tradicional sostiene que nuestra
experiencia y actividad mental es la consecuencia directa de la capacidad del cerebro para
clasificar, atribuir significado y almacenar la información recogida por nuestros sentidos. No
obstante, los investigadores transpersonales, por su parte, proporcionan evidencia consistente
de que, bajo ciertas circunstancias, tenemos la posibilidad de acceder a fuentes casi ilimitadas
de información sobre el universo que no se hallan necesariamente circunscritas al entorno
físico que nos rodea. En el próximo capítulo nos dedicaremos a explorar este fascinante
territorio.

PARTE III:
EL PARADIGMA TRANSPERSONAL
Lo más hermoso que podemos experimentar es el misterio. En él reside la fuente de todo
arte y de toda ciencia verdadera.
ALBERT EINSTEIN
6. UNA VISIÓN GLOBAL DEL PARADIGMA TRANSPERSONAL
La conciencia no puede ser confinada a ningún concepto egocéntrico del self Del mismo
modo que la física newtoniana es apropiada para construir puentes, la identidad existencial es
apropiada para resolver los problemas que supone vivir en el mundo. Sin embargo, la
identificación exclusiva con el selfexistencial como entidad independiente no tiene ningún
sentido en aquellos estados de conciencia que trascienden las limitaciones espaciotemporales
ordinarias y tampoco sirve para operar en una realidad que sólo puede ser descrita
adecuadamente utilizando el lenguaje de la física subatómica.
FRANCES VAUGHAN, El arco interno
Si queremos comprender el reino de lo transpersonal debemos concebir la conciencia de una
manera completamente nueva. Sólo entonces podremos atisbar más allá de la creencia de que
la conciencia es un producto del cerebro humano, que se halla confinada en el interior de la
estructura ósea de nuestro cráneo y que, en consecuencia, es el fruto de nuestra vida
individual. En la medida en que aceptemos la noción de lo transpersonal podremos empezar a
considerar que la conciencia también existe fuera, que es independiente de nosotros y que no
se halla intrínsecamente ligada a la materia. Contrariamente a lo que parece mostrarnos la
experiencia cotidiana, la conciencia es independiente de nuestros sentidos físicos, aunque se
halle, no obstante, mediatizada por ellos en nuestra percepción cotidiana de la vida.
La conciencia transpersonal es infinita y trasciende los límites del tiempo y del espacio.
Intentar aprehender las dimensiones del reino transpersonal resulta tan insondable para
nuestra mente cotidiana como intentar abarcar la magnitud y la profundidad del cielo
estrellado de una noche despejada. Bajo la bóveda cósmica del firmamento estrellado
podemos comenzar a reconocer que los límites de ese vasto e ilimitado universo que
percibimos ahí afuera no son más que los límites de nuestra propia mente. Y lo mismo que
acabamos de decir sobre el espacio exterior de los astrónomos es también aplicable al espacio
interno del psiquismo humano. No es fácil renunciar a la creencia profundamente arraigada de
que el universo es finito y de que la conciencia de cada uno de nosotros está separada de la de
los demás y permanece circunscrita dentro de los límites de su propio cerebro. Tampoco es
fácil reconocer que la mente y la conciencia no son un patrimonio exclusivo de la especie
humana y que impregnan la totalidad de la naturaleza desde las formas más elementales
hasta las más complejas. Por más que lo intentemos somos incapaces de liberarnos de los
prejuicios impuestos por la cultura y por lo que suponemos que es el sentido común. No
obstante, para sostener estas ilusiones debemos seguir ignorando el amplio cuerpo de
observaciones y datos que nos proporciona la moderna investigación sobre la conciencia y
otras disciplinas científicas que parecen confirmar la evidencia de que el universo y el
psiquismo humano carecen de límites. Cada uno de nosotros está conectado y, al mismo
tiempo, es una expresión de la totalidad de la existencia.
La aceptación de la naturaleza transpersonal de la conciencia desafía nociones
fundamentales de nuestra sociedad que tienen profundas consecuencias a nivel personal. Para
aceptar esta nueva perspectiva sobre la conciencia debemos reconocer que nuestra vida no
está determinada exclusivamente por los estímulos ambientales inmediatos que hemos
recibido desde el momento del nacimiento sino que también se halla modelada por influencias
ancestrales, culturales, espirituales y cósmicas que trascienden, con mucho, el horizonte que
nos ofrecen los sentidos físicos.
Los precedentes históricos
No hace más de veinte años que la conciencia transpersonal se ha convertido en objeto de
la investigación científica rigurosa. Antes de esa fecha las experiencias transpersonales sólo
tenían sentido dentro del marco de lo espiritual, lo místico, lo religioso, lo mágico y lo
paranormal, un dominio, por tanto, privativo de los sacerdotes y los místicos y carente de todo
interés para los científicos. Sin embargo, a pesar de los prejuicios de la ciencia moderna para
acometer el estudio de lo transpersonal, ha habido muchos pioneros que han dedicado su vida
al estudio de la conciencia humana, uno de cuyos ejemplos más evidentes nos lo proporciona
el conocido psiquiatra suizo C.G. Jung.
Al final de su vida, Jung dijo que su obra más madura había surgido de las experiencias
transpersonales de las que habla en Septem Sermones ad Mortuos (Siete sermones a los
muertos), un libro publicado en una edición limitada en 1916. En este libro, Jung describe la
forma en que logró cruzar las fronteras de la conciencia cotidiana, penetrar en un dominio
previamente inimaginable y establecer contacto con una entidad a la que llamó «Basilides».
Cuando Jung le preguntó por su origen, Basilides respondió que había vivido en la ciudad de
Alejandría muchos siglos atrás. Fue Basilides quien habló a Jung del «pleroma», un concepto
transpersonal que le permitió perfilar la noción de «inconsciente colectivo».
El pleroma es, al mismo tiempo, el origen y el fin de todos los seres creados. El pleroma
impregna todas las criaturas del mismo modo que la luz del sol impregna el aire [...]. Nosotros
somos el pleroma mismo porque formamos parte de lo eterno y de lo infinito... Hasta en el
más pequeño punto está el eterno, inagotable y completo pleroma, dado que lo pequeño y lo
grande son cualidades que se hallan contenidas en él. El pleroma es esa nada que se halla por
doquier completa e ininterrumpidamente.'
Aunque Jung aprendió mucho de su relación con su guía interno Basilides fue, sin embargo,
el contacto que sostuvo con una segunda entidad -a la que encontró en un nivel transpersonal-
la que influyó más poderosamente en su obra. Esta segunda figura, un «espíritu» al que
denominó «Filemon», alentó y orientó su trabajo durante el resto de su vida. De hecho, al final
de su vida Jung atribuyó gran parte de su actividad creativa a su relación con Filemon.
La obra de Abraham Maslow sobre las experiencias cumbre constituye otro precedente
importante en el campo de los niveles transpersonales de experiencia. Maslow insistió
reiteradamente en la necesidad de «despatologizar» el psiquismo, es decir, de no seguir
considerando el «núcleo interno» de nuestro ser como el origen de la oscuridad metafísica y de
la enfermedad sino como la fuente de salud y el manantial de la creatividad humana. En
opinión de Maslow, la civilización occidental ha ensombrecido la importancia de este núcleo
interno considerándolo como una superstición en lugar de una realidad, con lo cual ha
terminado convirtiéndolo en el origen de todos los impulsos dañinos, oscuros, neuróticos o
psicóticos, es decir, en algo que debe ser eliminado o reprimido.
Pero el trabajo de Maslow con personas «autorrealizadas» evidenció que si queremos
actualizar plenamente el potencial del ser humano no debemos seguir reprimiendo los
impulsos que proceden de ese núcleo interno sino que, por el contrario, debemos aprender a
prestarles atención. Su investigación demuestra que las «voces e impulsos» procedentes de
ese núcleo interno (como el Filemon de Jung, por ejemplo) son «frágiles, sutiles y delicadas y
pueden ser fácilmente sofocadas por el aprendizaje, las expectativas culturales y el miedo a la
desaprobación». Según Maslow, «podemos definir parcialmente a nuestra verdadera
personalidad como la capacidad de escuchar esos impulsos-voces que se originan en nuestro
interior...». Y prosigue: «No podremos alcanzar la salud psicológica a menos que aceptemos,
valoremos y respetemos ese núcleo fundamental de nuestra personalidad».2
Hace ya unos cien años que William James, uno de los padres de la moderna investigación
científica, reflexionó sobre la forma en la que establecemos fronteras arbitrarias que terminan
limitando nuestro psiquismo. El trabajo de James, como el de Jung y Maslow, constituye una
invitación a explorar las múltiples posibilidades que se abren en este sentido:
La mayor parte de las personas viven [...] en un círculo muy restringido de su ser potencial.
Sólo utilizan una pequeña parte de los recursos totales de su conciencia y de su alma. Es como
un hombre que hubiera permanecido separado de su organismo corporal global y se hubiera
acostumbrado a utilizar y mover tan sólo su dedo meñique.'
La exploración y la cartografía del inundo transpersonal
En nuestro estado de conciencia cotidiano -el estado que consideramos normal-
experimentamos nuestra vida dentro del estrecho horizonte que nos proporcionan los cinco
sentidos. En ese estado de conciencia definimos a la realidad mediante las imágenes, sonidos,
texturas, sabores y olores del mundo que nos rodea. Nuestra percepción del mundo se halla
circunscrita al tiempo y al lugar que ocupamos en un determinado momento. Obviamente,
también podemos recordar el pasado e imaginar lo que nos ocurrirá en el futuro. En este
sentido, bien podríamos decir que somos conscientes de cosas que suceden fuera del ámbito
de nuestros sentidos. Sin embargo, no sentimos que estemos experimentando directamente el
pasado, el futuro o acontecimientos remotos, sino que tenemos la experiencia de que esos
otros tiempos y esos otros lugares sólo existen en nuestra imaginación. Así pues, creamos el
pasado y el futuro del mismo modo que un novelista da forma a los personajes y los paisajes
que aparecen en su libro.
No obstante, cuando accedemos al dominio de las experiencias transpersonales
desaparecen todas las limitaciones que damos totalmente por sentadas en la vida cotidiana. En
ese momento, los hechos históricos, los acontecimientos que pertenecen al futuro y
determinados elementos del mundo que normalmente consideramos más allá del alcance de
nuestra conciencia, parecen absolutamente reales y verdaderos. Entonces ya no podemos
seguir creyendo que este tipo de experiencias sea el mero producto de nuestra imaginación. El
mundo de lo transpersonal es totalmente independiente de nosotros. En sus primeros
encuentros con su guía espiritual Jung afirmó que era Filemon -y no él mismo- quien hablaba.
Jung creía que los pensamientos se originaban en él, mientras que, según Filemon, «los
pensamientos eran como los animales que corretean por el bosque, como las personas que
entran y salen de una habitación, como los pájaros que vuelan por el aire». Jung llegó a la
conclusión de que Filemon le había enseñado «la objetividad psíquica, la realidad del
psiquismo», lo cual le ayudó a comprender que «existe algo en mí que puede decir cosas que
yo mismo ignoro y van más allá de mis intenciones».
En los dominios de lo transpersonal experimentamos una expansión o ampliación de la
conciencia que trasciende, con mucho, las fronteras habituales de nuestro cuerpo y de nuestro
ego y va mucho más allá de los límites físicos de nuestra vida cotidiana. Cuanto más
exploramos estos dominios más convencidos nos hallamos de que las experiencias de la
conciencia transpersonal engloban todo el espectro de la existencia.
Pero si queremos penetrar en el nuevo territorio de lo transpersonal debemos mostramos
muy prudentes y cautelosos. Hay que tener en cuenta que somos pioneros en un dominio
desconocido cuya exploración nos obliga a transformarnos a medida en que avanzamos.
Quienes se aventuran en este territorio ignoto tienen el deber de cartografiarlo para allanar el
camino de quienes les seguirán en esa empresa. Por supuesto que cartografiar la conciencia
humana es algo muy distinto a cartografiar una región geográfica, pero hay ciertas líneas
directrices y ciertos hitos que pueden servir para que los demás reconozcan dónde están y con
qué pueden encontrarse.
Me parece útil cartografiar el dominio de lo transpersonal hablando de tres regiones
experienciales diferentes: 1) la expansión y extensión de la conciencia dentro de las nociones
cotidianas del tiempo y del espacio; 2) la expansión y extensión de la conciencia más allá de
las nociones cotidianas del tiempo y del espacio, y 3) las experiencias «psicoides».
Esta enumeración incluye todos los tipos de experiencia transpersonal que he observado en
mi propia investigación y que han sido descritos reiteradamente por diversas y respetadas
autoridades en este campo. Hay que decir, por último, que, aunque tratemos de manera
separada los distintos tipos de fenómenos transpersonales, en la práctica, no obstante, esta
separación no es tan tajante y suelen presentarse entremezclados con experiencias perinatales
o biográficas. Así, por ejemplo, las experiencias kármicas y las figuras de las diversas deidades
arquetípicas suelen aparecer por vez primera asociadas con las matrices perinatales básicas.
Del mismo modo, las experiencias embrionarias pueden aparecer combinadas con recuerdos
filogenéticos, con experiencias de unidad cósmica y con visiones de deidades y demonios.
En los próximos capítulos exploraremos más detalladamente las tres categorías que
acabamos de presentar. Comenzaremos con la expansión de la conciencia dentro de las
nociones cotidianas del tiempo y del espacio, luego iremos más allá del espacio y del tiempo y
terminaremos describiendo las experiencias psicoides que encontramos en los mismos confines
de la conciencia transpersonal.

7. MAS ALLÁ DE LAS FRONTERAS DEL ESPACIO


En ocasiones, el psiquismo opera más allá de la ley espacio-temporal de la causalidad, lo
cual demuestra que nuestra concepción del espacio, del tiempo y, por consiguiente, de la
causalidad, es insuficiente. Cualquier imagen completa del mundo requiere, por lo menos, de
una nueva dimensión...
C.G. JUNG, Recuerdos, sueños y pensamientos

Solemos creer que el mundo en que vivimos está compuesto de cuerpos físicos individuales
-animados e inanimados- cuyos límites están clara y netamente definidos. Nuestros sentidos
-la vista, el oído, el olfato, el gusto y el tacto- parecen confirmar que, por lo menos a nivel
físico, nos hallamos separados de todo lo que podernos observar. Por otra parte, esta
diferencia entre nosotros y los demás o entre nosotros y el resto del universo parece ratificar
nuestra soberanía, autonomía y singularidad. No obstante, los datos que nos proporciona la
investigación sobre la conciencia realizada en los últimos años parecen señalar, por el
contrario, que las fronteras físicas son más ilusorias que reales. Deberíamos, pues, comenzar a
poner en tela de juicio la realidad de las fronteras que percibimos entre nosotros y el universo
y empezar a considerar que quizás se trate de una construcción de nuestra mente en nada
diferente a la ilusión del refrescante y burbujeante oasis que aparece ante la atónita mirada
del sediento viajero que atraviesa el desierto.
La moderna investigación sobre la conciencia humana nos permite descubrir que la ciencia
ha descrito un círculo completo y vuelve a presentarnos una visión de la vida muy similar a la
que nos ofrecen los ancianos sabios de las antiguas culturas orientales. Según Sri Aurobindo:
Debemos considerar todo lo que ocurre como el despliegue del movimiento de nuestro
verdadero Yo, un Yo que no sólo habita en nuestro cuerpo sino que mora en todos los cuerpos.
En nuestra relación con el mundo debemos ser conscientes de lo que realmente somos, es
decir, un Yo que se convierte en todo lo que observa. Debemos considerar cualquier
movimiento, energía, forma y evento como el de nuestro Yo real, un Yo único que se
manifiesta en una gran diversidad de existencias.
Albert Einstein se refería también al mismo tema del siguiente modo:
El ser humano forma parte de una totalidad, llamada por nosotros «Universo», una parte
limitada en el tiempo y en el espacio. Cada ser humano se experimenta a sí mismo, a sus
pensamientos y a sus sentimientos como algo separado del resto en una especie de ilusión
óptica de la conciencia.
Existen pocas personas que no hayan experimentado nunca, aunque sea bajo ciertas
circunstancias, una expansión de sus fronteras cotidianas. En esos momentos, nuestra ilusión
de separatividad se desdibuja y termina desvaneciéndose como los últimos rayos de sol al
anochecer. Entonces, por un instante fugaz, nos sentimos fundidos con los demás y nos
identificamos con su modo de experimentar el mundo, o nos sentimos unidos con la conciencia
de un grupo de personas y nos identificamos con las aflicciones y alegrías de toda una
sociedad, una raza o hasta la misma humanidad. De manera parecida, vamos de excursión a la
montaña o nos adentramos en la espesura de un bosque de sequoias y, de pronto, nos
encontramos más allá de los límites de la existencia humana y experimentamos con gran
intensidad la vida de plantas, animales o, incluso, de objetos y procesos inorgánicos. El
siguiente pasaje, extraído de la obra de Eugene O'Neill Largo día hacia la noche, en el que
Edmund describe una travesía nocturna en un bote pesquero, constituye un hermoso ejemplo
de un estado transpersonal que trasciende los límites cotidianos de la experiencia humana.
Estaba tendido en el bauprés con la mirada dirigida hacía popa. Debajo de mí salpicaba la
espuma y, por encima, el mástil y la vela -tenuemente iluminados por la luz de la luna- se
elevaban hacia las alturas. La belleza del paisaje y la cadencia del movimiento me embriagaron
y, por un momento, me olvidé de mí mismo, me olvidé realmente de toda mi vida. ¡Era
completamente libre! ¡Entonces me disolví en el mar y me convertí en la blanca vela y en la
espuma voladora, fui belleza y balanceo, me transformé en luz de luna, en velero y en
firmamento difusamente estrellado! No tenía pasado y carecía de futuro. Sólo había paz,
unidad y una alegría incontenible. ¡Formaba parte de algo mayor que mi propia vida, mayor
que la Vida del Hombre, mayor que la Vida misma! ¡Dios, si pudiera describirlo...! Era como si,
de repente, una mano invisible hubiera descorrido el velo que nos impide ver las cosas tal
como son y, por un instante, todo se hubiera colmado de sentido.'
En los estados alterados de conciencia se nos impone una nueva percepción del mundo que
termina desplazando la ilusión cotidiana de la realidad newtoniana -en la que nos sentimos
como «egos encapsulados en la piel», egos que existen en un mundo de seres y de objetos
separados- llegando incluso, en los dominios propiamente transpersonales, a identificarnos con
la biosfera de nuestro planeta y con la totalidad del universo material.

Identificación con otras personas


Quizás la experiencia transpersonal más familiar sea la que afecta a nuestra relación con las
personas más próximas. Así, por ejemplo, cuando hacemos el amor, o cuando compartimos un
momento de éxtasis con los demás, la demarcación habitual entre tú y yo parece
desvanecerse. Entonces comprendemos súbitamente que nuestra conciencia es
completamente independiente de nuestro cuerpo. Las dos conciencias se entremezclan y
terminan fundiéndose desafiando las fronteras físicas que normalmente consideramos
inamovibles. Esta experiencia también puede ir acompañada de la unión con la fuente creativa
de la que procedemos o de la que formamos parte.
Podríamos denominar a este tipo de conexión transpersonal con otra persona como «unidad
dual». Se trata de un tipo de experiencia que puede ocurrir durante la práctica de ciertas
disciplinas espirituales -especialmente el yoga tántrico- o durante períodos de gran conmoción
emocional -como una alegría extraordinaria, la muerte de un ser querido, el nacimiento de un
niño o la ingesta de sustancias psicoactivas, por ejemplo-. Las experiencias de unidad dual -en
las que tenemos la sensación de fundirnos completamente con otra persona manteniendo, sin
embargo, nuestra propia identidad- son también frecuentes entre la madre y el bebé durante
el embarazo y la lactancia.
En la práctica clínica he presenciado literalmente centenares de veces las diversas formas
que puede asumir la experiencia de unidad dual. Un ejemplo particularmente relevante fue el
de una cliente, a quien llamaré Jenna, que se sintió fundida con su madre mientras revivía su
vida intrauterina y el período de su lactancia.
Durante la sesión, Jenna se colocó en la posición fetal característica de quienes están
atravesando un estado profundamente regresivo. A medida que iba convirtiéndose en una niña
pequeña las arrugas de su rostro parecían desaparecer. Entonces comenzó a describir con una
voz infantil lo cercana que se sentía de su madre. Tenía la maravillosa sensación de formar
parte de ella, de estar fundida con ella hasta el punto de que no existía la menor diferencia
entre sus sensaciones y las de su madre. Jenna sentía que su identidad oscilaba entre su
madre y ella misma. En ocasiones, era un feto en el útero de su madre y, en otras, un bebé
lactante. Podía intercambiar los papeles y sentirse como una embarazada, o como la madre
que está dando el pecho, pero también podía experimentarse como si fuera su madre y una
niña al mismo tiempo, como si ambas experiencias formaran parte de un continuo, de un solo
organismo, de una sola mente.
En un determinado momento en el que estaba experimentando esta unidad dual y se
hallaba simbióticamente unida a su madre abrió los ojos. Cuando me vio pareció sorprenderse.
Me¡¡, dijo que las fronteras existentes entre nosotros habían desaparecido y que podía sentir
mis pensamientos y mis sentimientos. Luego pasó a describirlos con tan pasmosa exactitud
que no cabía la menor duda de la certeza de su afirmación.
Éste fue un momento crítico para Jenna porque la unidad dual que había comenzado
experimentando con su madre y que luego siguió experimentando conmigo le permitió asumir
una nueva perspectiva sobre su vida y también profundizó el grado de confianza y
comunicación que existía entre nosotros. Es muy frecuente que la experiencia de unidad dual
profundice la confianza y comprensión hacia nuestra familia y hacia nuestros seres queridos.
Es muy posible también que este aspecto de la conciencia humana constituya el fundamento
de lo que denominamos empatía.
La identificación completa con otra persona constituye un tipo de experiencia íntimamente
relacionada con la unidad dual. Se trata de una identificación de tal magnitud que, en ella,
perdemos nuestra propia sensación de identidad y nos transformamos por completo en otra
persona. El siguiente caso -experimentado por mi esposa Christina en el período en que
vivíamos en el Instituto Esalen, en Big Sur constituye un ejemplo singularmente revelador en
este sentido.
En ese tiempo, Christina estaba en cama recuperándose de una infección vírica. Uno de
nuestros amigos, residente también en Esalen, era el antropólogo y generalista Gregory
Bateson, a quien acababan de detectar un tumor maligno del tamaño de un grano de uva en
los pulmones. El médico le había dicho que el tumor no era operable y que le quedaban unas
cuatro semanas de vida. Mientras vivió en Esalen recibió todo tipo de tratamientos alternativos
y realmente llegó a vivir dos años y medio más de lo que el doctor le había pronosticado.
Durante esa época, Christina y yo pasamos mucho tiempo con Gregory y su familia y llegamos
a ser grandes amigos.
Cierta mañana, mientras Christina yacía en cama, tuvo la abrumadora sensación de que se
estaba convirtiendo en Gregory. Sentía que tenía su gigantesco cuerpo, sus enormes manos,
sus pensamientos y su inconfundible humor británico. Se sentía estrechamente conectada con
el dolor de su cáncer y sabía, con cada una de las células de su cuerpo, que estaba muriendo,
lo cual la desconcertó porque no reflejaba su valoración consciente de la situación.
Ese día, Christina vio a nuestro amigo el doctor Carl Simonton, que estaba visitando Esalen.
Por la mañana, Carl había estado trabajando con Gregory en una técnica de visualización que
utilizaba en su trabajo como oncólogo y radiólogo. Carl le dijo a Christina que la sesión de esa
mañana había sido muy dura porque, a mitad de trabajo, Gregory había declarado de repente:
«No quiero seguir con esto. Quiero morir». Entonces dejaron de lado el intento de luchar
contra el cáncer, llamaron a Lois, la esposa de Gregory, y estuvieron hablando sobre la
muerte. El momento en el que Gregory había anunciado su decisión de morir coincidía
exactamente con la experiencia de Christina.
Pero la desaparición de las fronteras individuales y la experiencia de fusión puede
extenderse todavía más y llegar a englobar a un grupo de personas que tienen algo en común
-ya sea la raza, la nacionalidad o la cultura- o que comparten un sistema de creencias, una
profesión o una situación determinada. Las experiencias fugaces de identificación con la
conciencia de un grupo no necesariamente suponen un cambio profundo y duradero en la
conciencia. Quienes visitan Auschwitz, el campo de exterminio nazi en el que fueron torturados
y asesinados millones de judíos, por ejemplo, suelen experimentar, aunque sólo sea por un
instante, la sensación agobiante de compartir el terror, la aflicción y las crueles privaciones
que padecieron quienes fueron encarcelados y murieron en ese lugar. Del mismo modo,
quienes visitan el Vietnam War Memorial de Washington D.C. también suelen experimentar el
sufrimiento de todos los hombres y mujeres jóvenes que perdieron la vida en esa guerra.
En los estados alterados de conciencia, este tipo de experiencias transpersonales puede ser
muy profundo, vívido y gráfico y puede perdurar desde unos pocos segundos hasta varias
horas. Es posible, por ejemplo, convertirse en todas las madres del mundo que han perdido a
sus hijos en la guerra, en todos los soldados que han muerto en los campos de batalla o en
todos los perseguidos y proscritos de la historia de la humanidad. Aunque sea algo difícil de
imaginar para quienes jamás hayan tenido este tipo de experiencias, en estas condiciones es
posible experimentar la convincente sensación de transformarse, al mismo tiempo, en todas
esas personas. Es como si uno se convirtiera en una conciencia que contuviera a cientos, o
incluso millones, de individuos.
Las escrituras místicas de todas las épocas mencionan reiteradamente este tipo de
experiencias visionarias. Sin embargo, conviene señalar que no constituyen un patrimonio
exclusivo de las grandes figuras de la historia de la religión ni tampoco son, como alegan en
ocasiones los escépticos, los fantásticos embustes de un clero intrigante que pretende
manipular a las crédulas muchedumbres. Una de las más sorprendentes revelaciones de la
moderna investigación sobre la conciencia ha sido el descubrimiento de que, en determinados
estados extraordinarios de conciencia, todos nosotros tenemos la capacidad potencial de
acceder a este tipo de experiencias transpersonales.
Veamos a continuación el relato de la experiencia visionaria de un profesional de la salud
mental durante un viaje a las antiguas ruinas mayas de Palenque, en México. Este prolijo
relato ilustra una experiencia de trascendencia en el tiempo y nos habla de un tema que
todavía no hemos tratado, el encuentro con entidades arquetípicas. Se trata de un relato que
ilustra de un modo tan interesante el tipo de experiencias visionarias al que podemos acceder
a través de la experiencia transpersonal que hemos preferido dejarlo intacto a pesar de su
considerable extensión.
Cada vez me resultaba más difícil relacionarme con las ruinas como si fuera un simple
turista. Sentía oleadas de profunda angustia penetrando todo mi ser y una sensación de
opresión casi metafísica. Mi campo perceptual se oscurecía cada vez más y comencé a advertir
que los objetos que me rodeaban estaban dotados de una energía extraordinaria y parecían
exhibir sus facetas más amenazadoras.
Recordé entonces que Palenque había sido un lugar en el que se habían realizado miles de
sacrificios humanos y sentí que todo ese enorme sufrimiento rondaba todavía sobre el lugar
como una pesada bruma. Sentí la presencia de terribles deidades sedientas de sangre
exigiendo más sacrificios y parecía que daban por sentado que yo iba a ser la próxima víctima.
Mientras tanto, seguía convencido de que estaba atravesando una experiencia simbólica y de
que mi vida no corría ningún tipo de peligro.
Entonces cerré los ojos para prestar atención a lo que ocurría en el interior de mi psiquismo
y, de repente, pareció que la historia cobrara vida. Vi que Palenque no estaba ruinas sino que
era una próspera ciudad sagrada en la cúspide de su esplendor. Presencié entonces, con
extraordinario lujo de detalles, una inmolación ritual en la que yo no me limitaba a ser un
simple observador sino la misma víctima del sacrificio. Esta escena fue seguida de inmediato
por otra similar y luego por otra más. Las fronteras de mi individualidad parecían haberse
disuelto y comprendí entonces el papel que desempeñaba el sacrificio ritual en la religión
precolombina y me sentí tan conectado con todos los que habían muerto en Palenque a lo
largo de los siglos que terminé convirtiéndome en ellos.
Sentí entonces todo el amplio espectro de emociones que ellos habían sentido, el dolor por
tantas vidas perdidas, la ansiedad expectante, la ambivalencia hacia los verdugos, la entrega
al veredicto del destino, la excitación y una curiosa expectativa hacia lo que iba a suceder.
Tenía la extraña sensación de que los preparativos del ritual implicaban la administración de
drogas modificadoras de la mente que elevaban la experiencia a un nivel superior.
El sujeto estaba fascinado por la profundidad de la experiencia y por la riqueza de las
comprensiones que la acompañaban. Ascendió entonces la colina y se tumbó sobre el Templo
del Sol para concentrarse mejor en lo que estaba ocurriendo. El pasado bombardeaba su
conciencia con una intensidad inusitada. Pronto la fascinación fue reemplazada por un temor
metafísico profundo y escuchó una voz clara y fuerte que le decía: «Tú no estás aquí como un
turista entrometido en la historia sino como una víctima, como todos aquellos que fueron
sacrificados en el pasado. No saldrás vivo de aquí». Sintió la abrumadora presencia de las
deidades exigiendo sacrificio y hasta las mismas paredes del edificio parecían estar sedientas
de su sangre. Su relato prosigue del siguiente modo:
Yo ya había experimentado estados alterados de conciencia en sesiones psicodélicas y sabía
que, en estas experiencias, los peores miedos no reflejan peligros objetivos y suelen disiparse
apenas la conciencia retorna a su estado normal. Estaba convencido de que se trataba «de
algo por el estilo». Pero la sensación de peligro inminente era cada vez mayor. Abrí los ojos y
una sensación de pánico espeluznante recorrió todo mi ser. Mi cuerpo se hallaba cubierto de
hormigas gigantes. Esta experiencia no era nada simbólica sino que literalmente cientos de
granos henchidos salpicaban la superficie de mi piel. Me di cuenta de que esta complicación
inesperada dificultaba notablemente las cosas. El terror que había logrado superar regresaba
ahora fatídicamente. Dudaba de que la experiencia pudiera matarme pero no estaba tan
seguro de los efectos que, en un estado alterado de conciencia, pudieran causarme la gran
cantidad de toxinas que habría acumulado en mi cuerpo. Decidí correr, escapar de las ruinas y
dejar de estar bajo la influencia de las deidades. Sin embargo, el tiempo parecía haberse
ralentizado hasta el punto de detenerse y todo mi ser era enormemente pesado, como si fuera
de plomo.
Traté de correr desesperadamente pero parecía que me moviera a cámara lenta. Sentí
como si estuviera atrapado, como si las deidades y los muros hubieran echado un nefasto
sortilegio sobre mí. Entonces desfilaron por mi mente miles de imágenes de la historia de
Palenque. A lo lejos podía ver el abarrotado estacionamiento que se hallaba separado de las
ruinas por una gruesa cadena. Ahí estaba el mundo racional en el que se movía mi realidad
cotidiana. Me propuse entonces el objetivo de llegar hasta allí con la expectativa de que eso
podría salvarme la vida. Veía que las cadenas eran la frontera que separaba los dos mundos,
más allá de la cual quedaría fuera del alcance del poder mágico de esas deidades arcaicas.
¿Acaso el mundo moderno no ha terminado conquistando y poniendo en entredicho a imperios
basados en la creencia en las realidades míticas? 3
Su expectativa resultó ser acertada. Después de un tiempo que le pareció eterno y
realizando un enorme esfuerzo, consiguió llegar hasta el estacionamiento. En ese mismo
momento, sintió que se había liberado de un gran peso físico, psicológico y espiritual. Se
sentía tan ágil, extasiado y pletórico de energía vital como si hubiera acabado de nacer. Sus
sentidos se hallaban completamente despejados y abiertos. La puesta del sol durante el viaje
de regreso a Palenque, la cena en el pequeño restaurante de Villahermosa observando la
agitación callejera y el sabor del zumo de frutas de la zumería fueron verdaderas experiencias
místicas. No obstante, pasó gran parte de la noche duchándose con agua caliente para aliviar
el dolor y la comezón de las picaduras.
Varios años después, un antropólogo amigo suyo que había estudiado la cultura maya le
dijo que las hormigas jugaban un papel muy importante en la mitología maya y estaban
estrechamente relacionadas con la diosa tierra y con el proceso de renacimiento.
Pero la forma más extrema de conciencia de grupo es la identificación con toda la
humanidad, una experiencia en la que parecen difuminarse todas las fronteras que nos
separan del resto de la humanidad. La experiencia de Cristo en el Huerto de Get-semaní
constituye un ilustrativo ejemplo de esta experiencia, muy frecuente, por otra parte, en la
literatura antigua. Veamos ahora, sin embargo, un ejemplo de este tipo de experiencia
transpersonal que proviene del mundo de la tecnología moderna. Se trata de una experiencia
relatada por Rusty Schweickart en su crónica del vuelo del Apolo 9, cuya misión era la de
ensayar el módulo lunar para futuros viajes tripulados a la superficie de la Luna.
A medida que el vehículo espacial comenzaba a dar vueltas en torno a la Tierra y
atravesaba las fronteras geográficas y políticas a una velocidad tremenda, Rusty empezó a
tener cada vez más dificultades en identificarse a sí mismo como miembro de una determinada
nación. Veía a sus pies el Mediterráneo, cuna de civilizaciones, que había representado durante
muchos siglos a todo el mundo conocido. El planeta azul, verde y blanco al que circunvalaba
cada hora y media contenía todo lo que para él era significativo: historia, música, arte, guerra,
muerte, amor, lágrimas, juegos y alegrías. Su conciencia sufrió entonces una profunda
transformación.
Cuando das la vuelta a la Tierra cada hora y media reconoces que tu identidad no tiene que
ver con un lugar concreto sino que está ligada a la totalidad del planeta, lo cual implica,
necesariamente, una transformación. Cuando miras hacia abajo no percibes ningún tipo de
fronteras [...]. Cientos de personas matándose unos a otros por una línea imaginaria que ni
siquiera puedes llegar a percibir. Desde aquí el planeta es una totalidad tan hermosa que
desearías coger de la mano uno por uno a todos los individuos y decirles: «¿Míralo desde aquí.
Date cuenta de lo que es verdaderamente importante!».
Durante su viaje espacial estas revelaciones desembocaron en una profunda experiencia
mística. La cámara diseñada para filmar el viaje se estropeó y, durante unos minutos, Rusty no
tuvo otra cosa que hacer más que flotar en el espacio y dejar que el espectáculo de la Tierra,
del cosmos y de toda la existencia bombardeara su conciencia. Muy pronto le resultó imposible
seguir sus fronteras individuales y, de pronto, se sintió identificado con toda la humanidad.
Piensas en lo que estás experimentando y te preguntas lo que has hecho para merecer esta
fantástica experiencia. ¿Acaso has hecho algo para alcanzarla? ¿Has sido elegido por Dios para
disfrutar de una experiencia especial a la que los demás no pueden acceder? Sabes que la
respuesta es no, que no eres especialmente merecedor de lo que está ocurriendo. Esto no es
algo especial para ti. En ese momento eres muy consciente de que eres una especie de sensor
de todo el género humano. Entonces miras a la superficie del globo sobre el que has vivido
hasta ese momento y tomas conciencia de todas las personas que viven ahí. Ellos no son
diferentes a ti, tú eres igual que ellos, tú les representas. Tú no eres más que el elemento
sensible [...]. De algún modo tomas conciencia de que eres la vanguardia de la vida y de que
debes regresar a ella renovado. Esta experiencia te hace más responsable de tu relación con
eso que llamamos vida. Ha habido un cambio que transforma, a partir de ese momento, tu
relación con el mundo. Esta excepcional experiencia modifica la relación que sostenías, hasta
ese momento, con este planeta y con todas sus formas de vida.'
Desde su regreso de la misión del Apolo 9, Rusty ha consagrado parte de su vida a
comunicar su visión y a compartir con los demás la transformación que experimentó su
conciencia. A partir de su experiencia de identificación con toda la humanidad, su interés y
motivación fundamental le ha llevado a comprometerse activamente en pro de la paz y la
armonía ecológica del planeta Tierra y de toda la humanidad.

Superar el abismo existente entre las especies


En los dominios de lo transpersonal es posible llegar a experimentar las sensaciones que
experimenta un puma que persigue a su presa en la profundidad de un barranco, los impulsos
primordiales de un reptil gigantesco en sus encuentros sexuales o el majestuoso vuelo de un
águila. Quienes han experimentado este tipo de identificación con animales sostienen haber
tenido una profunda comprensión orgásmica de impulsos completamente ajenos a los seres
humanos, como las sensaciones que experimentan la anguila o el salmón en sus heroicos
viajes corriente arriba, el instinto que 'impulsa a la araña a tejer su tela o la misteriosa
metamorfosis que transforma al huevo en oruga, a ésta en crisálida y finalmente en mariposa.
La naturaleza y los rasgos característicos de experiencia transpersonal de identificación con
la conciencia animal trascienden, con mucho, el alcance de la fantasía y la imaginación
humana y puede ser tan extraordinariamente convincente que nos lleve a experimentar su
imagen corporal o los impulsos instintivos propios de este animal en su entorno natural.
Veamos ahora el relato de una mujer que, durante un taller de Respiración Holotrópica'®
celebrado en Bruselas, experimentó una identificación con las ballenas que le permitió
comprender diversos aspectos sobre la conducta de estos cetáceos que anteriormente
ignoraba.
Después de haber atravesado un episodio de muerte y renacimiento en la luz, las cosas
comenzaron a aquietarse. Cada vez estaba más serena y más tranquila y mi conciencia pareció
profundizarse y amplificarse considerablemente adquiriendo una cualidad netamente oceánica,
hasta que llegué a sentir que me transformaba en lo que bien podría describir como la
conciencia del océano. Luego me di cuenta de la presencia de cuerpos grandes y comprendí
que se trataba de una manada de ballenas.
Al poco tiempo advertí una brisa de aire frío acariciando mi cabeza y el sabor del agua
salada en la boca. Súbitamente sentí que mi conciencia se poblaba de sensaciones y de
sentimientos ajenos que eran definitivamente no humanos. El contacto primordial con los
organismos que me rodeaban comenzó a dar forma a una nueva imagen corporal hasta que
terminé comprendiendo que me había convertido en uno de ellos. Sentía que una vida latía en
mi vientre y supe, sin lugar a dudas, que estaba preñada.
Y entonces llegó otra ola del proceso del nacimiento. Sin embargo, en esta ocasión, el
episodio tenía una cualidad pantagruélica que lo diferenciaba claramente de los anteriores. Era
como si la agitación se originase en las mismísimas profundidades del océano de una manera
asombrosamente delicada y natural. Experimenté todos los matices de la actividad genital de
la ballena y tuve una profunda comprensión visceral de su proceso de nacimiento. Lo que más
me sorprendió era la forma en que aspiraban el agua y utilizaban la presión hidráulica para
expulsar al bebé. También me asombró que lo primero en salir fuera la cola del ballenato.'
Tiempo después, mientras me hallaba describiendo esta experiencia a los asistentes a un
taller que estaba dirigiendo en California, uno de sus miembros -que resultó ser especialista en
biología marina- confirmó la exactitud de las declaraciones de la joven belga. Pero, por más
sorprendente que pueda parecernos, ésta no es sino un ejemplo más del conjunto de
extraordinarias experiencias que hemos ido recopilando a lo largo de años de trabajo con
estados alterados de conciencia. Resulta asombroso constatar, independientemente del
conocimiento o interés previos del sujeto al respecto, la exactitud y precisión de los datos
proporcionados por estas experiencias.
Recuerdo también otro caso de identificación con la conciencia animal experimentado por
una persona que llevaba varios años de serio trabajo de autoconocimiento. Este sujeto relató
que se había identificado con la conciencia de un águila. Describió cómo se desplazaba
velozmente por el aire aprovechando las corrientes de aire gracias al diestro manejo de los
cambios de posición de sus alas. Relató también la forma en que utilizaba sus ojos como
poderosos binoculares para inspeccionar la superficie del suelo desde tan lejana distancia y
percibir los más leves pormenores del terreno. Cuando divisaba el más pequeño movimiento
sus ojos parecían clavarse sobre ese detalle y amplificarlo como si de un zoom se tratara. Se
refirió a esta extraña capacidad visual como visión túnel, como si observara a través de un
tubo largo y estrecho. En este sentido dijo: «Tenía la sensación incuestionable de que mi
experiencia reproducía tan fielmente el mecanismo visual de las aves rapaces -algo, por cierto,
previamente desconocido y que nunca había despertado mi interés- que decidí ir a una
biblioteca para estudiar la anatomía y la fisiología de su sistema óptico».
Pero la experiencia de identificación con la conciencia animal no se halla exclusivamente
circunscrita a las especies más desarrolladas de la escala evolutiva -como primates, cetáceos,
pájaros o reptiles, por ejemplo- sino que puede alcanzar incluso a insectos, gusanos, babosas
e incluso celentéreos, experiencias que también suelen proporcionar una información
sorprendentemente minuciosa.
Recuerdo, por ejemplo, en este sentido, cierta sesión de Respiración Holotrópica" en la que
una persona se identificó con una oruga y experimentó su percepción del mundo, su sistema
de locomoción y alimentación en base a hojas. La experiencia prosiguió con la formación de
una crisálida y el estado de conciencia propio de esa fase de su ciclo vital. Luego, la persona
experimentó en su propio cuerpo a nivel celular el milagro de la metamorfosis. Comentó
también su sorpresa al descubrir que el proceso de la metamorfosis supone la desintegración
completa del cuerpo de la oruga dentro de la crisálida para terminar emergiendo de esta masa
amorfa como mariposa. Después de salir de la crisálida nuestro sujeto terminó
experimentando el proceso de secado y extensión de sus húmedas y plegadas alas y la
sensación de triunfo que acompañó a su primer vuelo.
Esta persona no tenía el menor conocimiento del proceso de la metamorfosis mediante el
cual la acción de las encimas proteolíticas de la crisálida termina disolviendo por completo el
cuerpo de la oruga. Tampoco había mostrado ningún interés previo por la entomología ni por
la biología. Esta experiencia transpersonal, pues, le abrió los ojos a uno de los mayores
misterios de la naturaleza, el de los campos morfogenéticos, prototipo energético a partir del
cual el cuerpo disuelto de una oruga termina transformándose en una mariposa.
Pero nuestra capacidad para identificarnos con la conciencia de otras especies no queda
tampoco circunscrita al reino animal. Por más fantástico y absurdo que pueda parecer a los
investigadores tradicionales y por más extraño que pueda resultar a nuestro sentido común,
no es posible desdeñar, sin más, los informes de quienes afirman haberse identificado con la
conciencia de las plantas y de los procesos botánicos. Se trata de experiencias que hemos
observado -e incluso hemos llegado a experimentar personalmente- durante muchos años de
trabajo con estados alterados de conciencia. La irrefutable certeza y exactitud de estas
experiencias es tal que no podemos dejar de reconocer su autenticidad y su importancia para
ayudamos a desvelar los misterios alquímicos del reino vegetal.
La experiencia de identificación con la conciencia de las plantas abarca un amplio dominio
que se extiende desde las bacterias hasta el plancton del océano, desde los hongos hasta las
plantas carnívoras y desde las orquídeas hasta las sequoias. Estas experiencias pueden
ofrecernos una comprensión profunda del proceso de la fotosíntesis, la polinización, la función
de la auxina (la hormona del crecimiento), el intercambio de agua y minerales en las raíces y
muchos otros procesos fisiológicos pertenecientes al reino vegetal. Para ilustrar este tipo de
experiencias he elegido la siguiente descripción de identificación con una sequoia
proporcionada por una persona que participó en una sesión holotrópica. Cabe añadir, por
último, que estos majestuosos árboles aparecen con relativa frecuencia en los estados no
ordinarios de conciencia y que su aparición suele evocar todo tipo de reflexiones filosóficas y
metafísicas.
Nunca había considerado en serio la posibilidad de que las plantas tuvieran conciencia. Si
bien estaba al tanto de ciertos experimentos sobre «la vida secreta de las plantas» y de los
efectos de la actitud del agricultor sobre el rendimiento de la cosecha, los había considerado
como una manifestación más del folclore de la Nueva Era. Pero he aquí que ahora me
encontraba identificado con una gigantesca sequoia y no tenía la menor duda de que estaba
descubriendo dimensiones del cosmos normalmente ocultas a nuestros sentidos y a nuestro
intelecto y de que lo que estaba experimentando ocurría realmente en la naturaleza.
En el nivel más superficial, mi experiencia era muy material y se refería a los procesos
descritos por la ciencia moderna pero, en lugar de verlos como sucesos mecánicos que afectan
a la materia inorgánica o inconsciente los contemplaba, desde una perspectiva completamente
diferente, como un proceso de conciencia guiado por una especie de inteligencia cósmica. No
era tan sólo que mi cuerpo tuviera realmente forma de sequoia sino que yo era una sequoia.
Podía sentir la savia circulando a través del intrincado sistema de capilares ubicado bajo mi
corteza. Era consciente de su flujo hasta las ramas y las agujas más delgadas y presencié el
misterio de la fotosíntesis, la comunión de la vida con el sol. Mi conciencia llegaba incluso
hasta las raíces y me daba cuenta de que el intercambio de agua y alimento que provenía de la
tierra no era un proceso mecánico sino consciente e inteligente.
Pero la experiencia también se desarrollaba a niveles míticos y místicos más profundos en
los que la sequoia se halla estrechamente vinculada a todos los aspectos físicos de la
naturaleza. Desde este punto de vista, la fotosíntesis no se limitaba a ser un sorprendente
proceso alquímico sino que también suponía el contacto directo con Dios manifestado a través
de los rayos del sol. Del mismo modo, los procesos naturales, tales como la lluvia, el viento y
el fuego poseían dimensiones míticas y yo podía -como ocurre en las culturas aborígenes-
percibirlos fácilmente como deidades.
Es interesante constatar que mientras esta persona permaneció identificada con la
conciencia del árbol, percibía las cosas y las relaciones desde el punto de vista de la sequoia.
Mantenía una extraña relación de amor-odio con el fuego que era, al mismo tiempo, un
enemigo y un colaborador que abría las vainas de mis semillas y las esparcía por el bosque y
también eliminaba la vegetación que dificultaba mi crecimiento. La misma tierra era una diosa,
la Gran Madre, la Madre Naturaleza y todo su suelo estaba impregnado de criaturas de cuentos
de hadas, gnomos y elementales. De pronto, la filosofía de la comunidad escocesa de
Findhorn, en la que este tipo de seres, estas criaturas, forman parte del sistema de creencias
compartido, dejó de parecerme extraña.
Sin embargo, en un nivel más profundo, la experiencia era puramente espiritual. La
conciencia de la sequoia era un estado de meditación profunda. Me sentía completamente
tranquilo y sereno, como un testigo quieto e imperturbable del paso de los siglos. En un
determinado momento la imagen de la sequoia se transfiguró en la gigantesca figura de un
Buda inmerso en meditación profunda mientras el destino del mundo desfilaba ante mí. Pensé
entonces en los cortes transversales de árboles gigantes que había visto en el Sequoia National
Park. En esos mandalas, compuestos de cerca de cuatro mil anillos, cada uno de ellos
representa un año de vida del árbol. En algunos de los anillos más cercanos a la periferia
pueden advertirse etiquetas con inscripciones tales como «Revolución Francesa» o
«Descubrimiento de América», mientras que otro anillo intermedio señala el año de la
crucifixión de Cristo. Para un ser que ha alcanzado este estado de conciencia, todas las
conmociones de la historia tienen muy poco significado.
Es muy común que las personas que se identifican con la conciencia vegetal experimenten
las poderosas dimensiones espirituales de este estado de ser. Estas personas afirman que las
plantas constituyen verdaderos modelos para la vida, ejemplos de un modo de estar en el
mundo altamente espiritual. A diferencia de lo que ocurre con los seres humanos, la mayoría
de las plantas nunca mata ni realiza actividades predatorias. Las plantas viven de lo que les
proporciona la naturaleza, se alimentan del suelo, son regadas por la lluvia y están en estrecho
contacto con el sol, la fuerza dadora de vida de este planeta y la expresión más inmediata de
la energía cósmica creativa. Las plantas no matan, lesionan ni explotan a otros seres vivos
sino que, por el contrario, sirven de alimento a los demás; por ejemplo, en el caso de los seres
humanos, proporcionan materiales de construcción, vestido, papel, herramientas, combustible,
medicinas y productos de belleza.
Los informes sobre estados no ordinarios de conciencia como el anterior nos inducen a
afirmar que la capacidad para identificarnos con la conciencia vegetal ha contribuido a que
muchas culturas consideren sagradas a ciertas plantas. En muchas culturas nativas
americanas, el maíz y otros productos son reverenciados como dioses. Para los indios pueblo
del sudoeste, por ejemplo, el Dios Maíz, el Sostenedor de la Vida, fue encumbrado a la
categoría de deidad superior. De manera similar, en India se considera que el baniano es un
árbol sagrado bajo el cual muchos santos importantes han alcanzado supuestamente la
iluminación. El loto, o lirio de agua, ha sido un importante símbolo espiritual en Egipto, India,
Mesopotamia y América Central mientras que el muérdago fue sagrado para los druidas. Es
también lógico, por otra parte, que las plantas con propiedades psicodélicas que nos brindan
un acceso directo a las experiencias transpersonales tales como ciertos hongos, el peyote o el
yagué, por ejemplo, hayan sido incorporadas a los rituales religiosos de muchas culturas y
sean consideradas como una deidad, como la misma «carne de los dioses».

Experimentar la conciencia de la biosfera


En determinadas ocasiones, las personas experimentan una expansión de conciencia que
engloba toda forma de vida, desde la humanidad hasta la flora y la fauna, desde los virus
hasta los animales y las grandes plantas. En tales casos, en lugar de identificarse con una
especie vegetal o animal concreta, el sujeto se identifica con la totalidad de la vida. Se trata de
una identificación con la vida como un fenómeno cósmico, una entidad o una fuerza en sí
misma.
Las experiencias transpersonales suelen ir acompañadas de una comprensión profunda del
papel que desempeñan las fuerzas primordiales de la naturaleza, una toma de conciencia de
las leyes que gobiernan nuestra vida y una valoración de la extraordinaria inteligencia que
sustenta todos los procesos vitales. Es por ello que este tipo de experiencia suele suscitar un
mayor compromiso por el estado del medio ambiente. En ciertos casos, sin embargo, la
experiencia se centra en un determinado aspecto de la vida, como el poder del impulso sexual
o el instinto materno, por ejemplo.
Veamos a continuación el relato de un médico que tuvo una vívida experiencia de
identificación con la totalidad de la vida de este planeta:
Parecía haber conectado muy profundamente con la vida del planeta. Al comienzo me
identifiqué con especies aisladas, pero la experiencia iba haciéndose cada vez más global. Mi
identidad no sólo se expandía horizontalmente en el espacio sino que también se desarrollaba
verticalmente en el tiempo hasta llegar a incluir a todas las formas de vida. Me convertí
entonces en el árbol evolutivo darwiniano con todas sus ramificaciones. ¡Yo era la totalidad de
la vida!
Sentía la cualidad cósmica de las energías y las experiencias implicadas en el mundo de las
formas vivas, tomé conciencia de la incesante curiosidad y experimentación que caracteriza a
todo ser vivo y me di cuenta de que el impulso de autoexpresión opera a niveles muy
diferentes. Pero mi preocupación fundamental, sin embargo, se centraba en tomo a la posible
supervivencia de la vida de este planeta. ¿La vida es un fenómeno viable y constructivo o, por
el contrario, no es más que un tumor maligno sobre la superficie de la Tierra cuya misma
impronta la condena fatalmente a la autodestrucción? ¿Es posible que se cometiera algún error
fundamental en el diseño original de la evolución de las formas orgánicas? ¿Acaso los
creadores de universos pueden cometer errores como lo hacen los seres humanos? Esa idea
-que jamás había considerado anteriormente- me parecía aterradoramente verosímil.
Mientras permanecía identificado con la totalidad de la vida, experimenté y exploré todas
las fuerzas destructivas que operan en la naturaleza y en los seres humanos y vi su peligrosa
proyección en la moderna sociedad tecnológica: guerras de destrucción total, prisioneros
gaseados en los campos de concentración, peces envenenados por ríos contaminados, plantas
exterminadas por herbicidas e insectos aniquilados por productos químicos.'
Estas experiencias alternaron con otras en las que aparecían sonrientes bebés, niños
jugando en la arena, retoños recién nacidos, polluelos en nidos construidos con sumo cuidado,
inteligentes delfines y ballenas surcando las cristalinas aguas del océano e imágenes de
hermosas praderas y bosques. El sujeto sentía una profunda empatía por toda forma de vida y
tomó la seria determinación de comprometerse en la protección de la vida de este planeta.

Experimentar la conciencia de la materia inanimada y de los procesos inorgánicos


Además de la expansión transpersonal de la conciencia hasta llegar a incluir a otras
personas, grupos, toda la humanidad, plantas, animales y la totalidad de la vida, hay también
quienes han experimentado la identificación con las aguas de los ríos y de los océanos, con el
fuego, con el suelo, con las montañas o con fuerzas desatadas en las catástrofes naturales
como las tormentas eléctricas, los terremotos, los tornados o las erupciones volcánicas. En
algunos casos, el sujeto llega a identificarse con piedras o metales preciosos, como el
diamante, el cristal de cuarzo, el ámbar, el platino, el oro, etcétera. Estas experiencias pueden
también extenderse hasta el mundo microscópico, implicando entonces a la estructura
dinámica de las moléculas y de los átomos, las fuerzas electromagnéticas y la «vida» de las
partículas subatómicas. Es muy posible que este tipo de experiencias -muy comunes, por otra
parte, en los informes modernos de estados alterados de conciencia- constituya uno de los
motivos más importantes de las visiones animistas sustentadas por algunas culturas
aborígenes. Los zuni, por ejemplo -cuya tradición espiritual está repleta de detalladas
descripciones que reflejan la naturaleza metafísica de esos elementos y la forma de aprovechar
este tipo de visiones para la curación- hablan de experiencias que conllevan una fuerte
identificación con fenómenos naturales como el relámpago, el viento y el fuego.
También hay quienes se identifican con sofisticados productos tecnológicos, como jets,
vehículos espaciales, lásers y computadoras, por ejemplo. Durante estas experiencias, la
imagen corporal del sujeto suele asumir la forma característica de esos objetos y las
cualidades propias de los materiales y los procesos sobre los que ha focalizado su atención.
Este tipo de experiencias sugiere la existencia de una continuidad entre los objetos
inanimados que normalmente asociamos con el mundo material y el mundo de la conciencia y
la inteligencia creativa. Es como si la conciencia y la materia no constituyeran dos territorios
con fronteras bien definidas sino que parecieran estar envueltas en una danza constante cuya
interrelación constituyera la misma urdimbre del tejido de la existencia, una noción que ha
sido confirmada por la física, la biología, la termodinámica, la teoría de la información, la teoría
general de sistemas y otras ramas de la ciencia moderna. Por otra parte, la investigación
moderna sobre la conciencia parece también confirmar que la conciencia y el denominado
mundo material se hallan íntimamente relacionados de una forma insospechada hasta el
momento.
La identificación con diferentes aspectos del mundo inorgánico nos proporciona una serie de
datos sobre el micro y el macromundo material que resulta totalmente compatible con los
descubrimientos realizados por la ciencia moderna. Además, los estados transpersonales
poseen también dimensiones que parecen confirmar comprensiones filosóficas, mitológicas y
espirituales. En este sentido, por ejemplo, las experiencias transpersonales profundizan
nuestra comprensión de las religiones animistas de tantas culturas primitivas que han
considerado a la totalidad de la naturaleza -las montañas, los lagos, los ríos y las rocas- como
seres vivos. Este nuevo punto de vista arroja también luz sobre la profunda relación existente
entre las sustancias materiales y los estados psicoespirituales de los que nos hablan la
alquimia medieval y la medicina homeopática. Quienes han experimentado el contacto con la
materia inorgánica en estados de conciencia no ordinarios tienen la clara evidencia de que
estos sistemas de pensamiento no se basan en la especulación ingenua sino en la experiencia
directa y en la intuición.
Resulta también interesante constatar que en estados no ordinarios de conciencia suelen
aparecer con cierta frecuencia símbolos universales tales como el agua y el fuego, por
ejemplo. La pureza, transparencia, fluidez y carencia de forma del agua la ha convertido en un
símbolo de la conciencia mística muy utilizado en la literatura espiritual. Su fortaleza y su
capacidad purificadora constituyen una imagen de la paradójica inmutabilidad que subyace a
los cambios y las transformaciones de nuestra conciencia.
El fuego, por su parte, no sólo es una fuerza terrible de la naturaleza sino que también
constituye un poderoso símbolo espiritual. El fuego tiene la capacidad de crear y destruir, el
fuego nos proporciona alimento y calor pero también puede convertirse en un peligro y
lastimarnos, el fuego puede alumbrarnos pero también puede cegarnos. Bajo su influencia, los
objetos abandonan la forma sólida y se convierten en pura energía. En su manifestación más
poderosa -el sol- el fuego es el principio cósmico del que depende la vida. Es por ello que, a
nivel arquetípico y mitológico, el fuego es una representación idónea del principio que da la
vida y una poderosa fuerza de transformación. Desde tiempos inmemoriales, el ser humano ha
reverenciado todas las manifestaciones del fuego, desde una simple vela hasta las violentas
erupciones volcánicas y el misterioso horno cósmico del sol. Es por ello que, en la literatura
espiritual -y también en los estados no ordinarios de conciencia- el fuego y el agua suelen
constituir un símbolo de las fuerzas creativas del universo.
La investigación sobre la conciencia nos permite comprender la dimensión sagrada de
ciertas piedras y metales preciosos -como el diamante, la esmeralda, el oro y la plata, por
ejemplo- y de su aplicación en la ornamentación de objetos sagrados. La experiencia de
identificación con esas piedras y metales suele ir acompañada de una cualidad radiante,
numinosa y mística. Es por ello que no son pocas las mitologías que describen el paraíso como
un lugar en el que abundan las piedras y los metales preciosos y que las sagradas escrituras
de muchas tradiciones también las hayan utilizado como símbolos de las experiencias
espirituales más elevadas.
El escritor y filósofo Aldous Huxley tuvo una profunda comprensión intuitiva de la relación
existente entre los metales y las piedras preciosas y los estados espirituales de conciencia. En
su famoso ensayo La experiencia visionaria se preguntaba por qué las piedras preciosas son
preciosas y por qué una cultura pragmática como la nuestra está dispuesta a pagar precios tan
exorbitantes por objetos que tienen escaso o ningún valor práctico. Según Huxley, el
esplendor, la brillantez, la pureza, la inmutabilidad y la atemporalidad -atributos propios de la
experiencia mística- de este tipo de objetos los convierte en un apropiado sustituto cotidiano
de la experiencia visionaria.
Veamos a continuación el relato de una experiencia de identificación sucesiva con el ámbar,
el cristal de cuarzo y el diamante, que ilustra perfectamente la naturaleza y la complejidad de
las experiencias relativas al mundo inorgánico.
En ese momento el tiempo parecía haberse detenido. De repente pensé que estaba
experimentando la esencia del ámbar. Mi campo visual se tiñó de un resplandor ambarino y
me vi invadido por una sensación de paz, tranquilidad y atemporalidad. Sin embargo, a pesar
de su naturaleza trascendente, ese estado poseía una cualidad orgánica que me resulta difícil
describir. Comprendí que el ámbar es una especie de cápsula orgánica de tiempo en la que la
materia orgánica fosilizada -una resina- suele contener organismos tales como insectos o
plantas y los conserva inalterables a lo largo de millones de años.
Poco a poco mi campo visual se fue aclarando. Tenía la extraña sensación de estar
conectando con un estado de conciencia similar al del cristal de cuarzo. Era un estado muy
poderoso que parecía representar una condensación de las fuerzas elementales de la
naturaleza. De repente comprendí el motivo por el cual los cristales han desempeñado un
papel tan importante en las culturas aborígenes como objetos de poder y por qué los
chamanes consideran a los cristales como luz solidificada.
Entonces el sujeto comprendió por qué la calavera de Mitchell-Hedges -una réplica
precolombina de cristal de una calavera humana encontrada en la selva guatemalteca y
utilizada, al parecer, como objeto ritual- tiene fama de haber originado profundas
modificaciones de conciencia en quienes han entrado en contacto con ella. También le resultó
sumamente significativo que los cristales hayan desempeñado una función tan importante en
las primeras transmisiones de radio y que sigan jugando un papel fundamental en la moderna
tecnología láser. Su relato prosigue del siguiente modo:
Luego, mi estado de conciencia sufrió otro proceso de purificación y se convirtió en algo
prístino y resplandeciente que reconocí como la conciencia del diamante. Comprendí entonces
que el diamante es carbono puro -un elemento químico fundamental para la vida- y me
pareció muy significativo que su creación requiriera de temperaturas y presiones
extraordinariamente elevadas. También tenía la sensación muy convincente de que el
diamante -en forma pura, condensada y abstracta- constituye una especie de computador
cósmico que contiene toda la información sobre la naturaleza y la vida. Las propiedades físicas
del diamante -su belleza, su transparencia, su brillo, su inalterabilidad y su capacidad para
transformar la luz blanca en un sorprendente espectro de colores- también parecen estar
dotadas de un gran significado metafísico. Comprendí entonces el sentido del término budismo
vajrayana (vajra significa «diamante», o «rayo», y yana significa «vehículo»), ya que el
término «conciencia adamantina» parece ser una forma muy adecuada de describir el estado
de éxtasis cósmico último. El diamante incluye toda la inteligencia y la energía creativa del
universo como conciencia pura más allá del tiempo y del espacio. Se trata de algo
completamente abstracto que contiene, sin embargo, todas las formas de la creación.'
Este ejemplo nos permite comprender que ciertos estados transpersonales de conciencia
relacionados con materiales inorgánicos pueden proporcionarnos el conocimiento profundo de
sistemas espirituales arcaicos en cuyas mitologías aparecen piedras y metales preciosos. De
manera similar, quien haya tenido una experiencia de identificación con el agua no tendrá
dificultades en comprender por qué este elemento ha desempeñado un papel tan importante
en el taoísmo; quien haya tenido una experiencia transpersonal con el fuego comprenderá
fácilmente por qué los parsis lo consideran sagrado, por qué muchas culturas adoran a los
volcanes, por qué el sol constituye una deidad suprema para tantos pueblos y grupos
religiosos.
De la misma manera, la identificación con el granito nos ayuda a comprender por qué los
hindúes consideran que los Himalayas constituyen un gigantesco Shiva reclinado. Ese tipo de
experiencias transforma completamente nuestra visión y nos ayuda a entender el motivo por el
cual diversas culturas han erigido colosales esculturas graníticas de sus deidades. Esos objetos
no sólo representan figuras divinas sino que son las mismas deidades, ya que los materiales
utilizados en su construcción están estrechamente relacionados con la conciencia amplia,
indiferenciada, imperturbable e inmutable del principio cósmico creativo de la naturaleza.

Gaia. La experiencia de la conciencia planetaria


Existen también experiencias transpersonales en las que la conciencia puede llegar a
expandirse hasta incluir la totalidad de la Tierra. Quienes han tenido este tipo de experiencias
consideran que nuestro planeta constituye una unidad cósmica y, en consecuencia, perciben
las distintas facetas -biológica, geológica, psicológica, cultural y tecnológica- de nuestro
planeta como una expresión del esfuerzo sostenido por alcanzar un nivel más elevado de
evolución y autorrealización. Es evidente que los procesos de nuestro planeta están dirigidos
por una inteligencia superior -que merece toda nuestra confianza y respeto- que excede con
mucho las capacidades del ser humano. En consecuencia, debemos mostrarnos
extraordinariamente cautos en nuestros esfuerzos por manipular o controlar al planeta desde
nuestra limitada perspectiva humana. Recuerdo a este respecto las palabras de Lewis Thomas
en Lives of the Cell:
Cuando contemplamos la Tierra desde la Luna nos quedamos atónitos ante el espectáculo
de una entidad vida... Flotando en la libertad del espacio sideral descubrimos, a lo lejos, el
único signo de vida de esta región del cosmos, la atmósfera resplandeciente y azulada de la
Tierra elevándose en el horizonte. Si miras con detenimiento puedes llega a ver remolinos de
nubes blancas bajo los cuales asoman y se ocultan las grandes masas continentales. Si
pudiéramos seguir mirando durante el tiempo suficiente llegaríamos incluso a advertir el
mismo movimiento de deriva de los continentes sobre las placas tectónicas del planeta. Desde
ahí, la Tierra tiene el aspecto organizado y autónomo de una criatura viva, rebosante de
información perfectamente dispuesta para gravitar en torno al sol.
La evidencia científica corrobora la experiencia transpersonal de que la Tierra es una
entidad inteligente y consciente. Gregory Bateson, creador de una brillante síntesis de
cibernética, teoría sobre la información, teoría de sistemas, evolucionismo, antropología y
psicología, llegó a la conclusión de que la mente interviene en todos aquellos sistemas o
fenómenos naturales que han alcanzado cierto grado de complejidad. Según Bateson, los
procesos mentales están presentes en las células, los órganos, los tejidos, los organismos, los
animales, los grupos humanos, los ecosistemas e, incluso, la misma Tierra y el universo como
un todo.
Por su parte, el físico J. Lovelock, contratado para diseñar pruebas para detectar la
existencia de vida en aquellas regiones del universo donde la NASA quería mandar sondas
espaciales, examinó la información recogida y concluyó que la Tierra es un organismo que
respira y se comporta como una célula viva. Lovelock ha llegado a demostrar el metabolismo
de nuestro planeta y afirma que la Tierra es un «ser inteligente», una «entidad autorregulada»
que dispone de un sofisticado sistema homeostático.
La mayor parte de las operaciones homeostáticas rutinarias de la célula, el animal o,
incluso, la misma biosfera, tienen lugar de manera automática. Pero aun tratándose de
procesos automáticos, si queremos interpretar correctamente la información recogida sobre el
entorno, no queda más remedio que reconocer la existencia de alguna forma de inteligencia...
Es por ello que, si Gaia (la viva, palpitante e inteligente Tierra) existe, debe tratarse de una
entidad inteligente, aunque sólo sea en un sentido restringido.'
Aunque no exista evidencia objetiva lo suficientemente sólida para persuadir a los científicos
de la existencia de Gaia hay, sin embargo, experiencias transpersonales que son plenamente
congruentes con esta teoría. En uno de nuestros talleres de cinco días sobre Respiración
Holotrópica, por ejemplo, una joven alemana tuvo la convincente experiencia de convertirse en
la gran Diosa Madre arquetípica. A medida que la experiencia iba profundizándose, esta
persona se transformó en el planeta Tierra (Madre Tierra). Según ella, no tenía la menor duda
de que se había fundido con la conciencia de nuestro planeta y se experimentó como la misma
Tierra, como un organismo vivo y pulsante dotado de inteligencia que evoluciona hacia niveles
de conciencia todavía más elevados.
En tanto que conciencia de la Tierra, sentía que los metales y los minerales constituían su
esqueleto y que la biosfera era su carne. Experimentó el ciclo completo del agua desde el mar
hasta las nubes, desde ahí a los arroyos y los ríos y finalmente de nuevo al mar. El agua era
su sangre y los cambios metereológicos, como la evaporación, las corrientes de aire y la lluvia,
aseguraban la circulación, el transporte de sustancias nutritivas y la eliminación de los
productos de desecho. Por su parte, la comunicación existente entre todos los seres vivos,
tanto grandes como pequeños, constituía su cerebro y su sistema nervioso.
Inmediatamente después de esta experiencia de identificación con Gaia, nuestra sujeto
señaló la importancia de los rituales curativos de los pueblos primitivos para la Tierra y
describió la forma en la que se había visto beneficiada por actividades humanas tales como
danzas, cantos y plegarias ejecutadas por los pueblos aborígenes. Una vez recobró su estado
de conciencia cotidiano, le resultó francamente extraño creer que este tipo de ceremonias
fuera tan importante para el bienestar general aunque cuando se hallaba atravesando la
experiencia no le cupiera la menor duda de ello.

De la disolución de las fronteras físicas a la disolución de las fronteras temporales


A medida que penetramos en el dominio de lo transpersonal y experimentamos la disolución
de las fronteras espaciales, también comenzamos a experimentar la disolución de los límites
temporales sobre los que se asienta nuestra existencia cotidiana. Así, del mismo modo que
vamos más allá de las limitaciones físicas, también podemos viajar hacia el pasado y hacia el
futuro y revivir nuestra propia vida o la vida de los demás como si todo el tiempo estuviera
contenido en un solo instante.
Pero si bien nuestra percepción del tiempo y del espacio se hallan profundamente
entrelazadas, existen diferencias sutiles en la forma en que experimentamos la desaparición de
estas fronteras. Avancemos un paso más para investigar algunas de estas diferencias.

8. MÁS ALLÁ DE LAS FRONTERAS DEL TIEMPO


El presente y el pasado tal vez se hallan presentes en el futuro, y el futuro contenido en el
pasado.
T.S. ELIOT, Cuatro cuartetos
Como dice el poeta, la conciencia transpersonal nos permite revivir el pasado y el futuro y
dar un salto más allá de los límites que los relojes, los calendarios y el envejecimiento del
cuerpo parecen imponer de un modo tan real e inexorable. De este modo, la experiencia
transpersonal nos ofrece la posibilidad de experimentarnos como un embrión en los estadios
más tempranos de la vida intrauterina o, retrocediendo todavía más, llegar a revivimos como
el espermatozoide que fertiliza el óvulo en el momento de la concepción.
Pero la conciencia transpersonal va todavía mucho más allá de todo eso, porque gran parte
de quienes han experimentado la trascendencia del tiempo lineal han llegado a establecer
contacto con engramas ancestrales y han traído consigo recuerdos procedentes del
inconsciente colectivo, ese vasto océano de conciencia que compartimos con toda la
humanidad desde el mismo comienzo de los tiempos. Tales experiencias, procedentes de
períodos históricos y países muy diversos, suelen estar ligadas a la vívida sensación de
recuerdos personales de una historia más espiritual que biológica; por ese motivo nos
referimos a ellos como recuerdos kármicos o recuerdos de vidas pasadas.
En otras ocasiones, en cambio, los sujetos describen recuerdos de ancestros animales
procedentes de nuestra misma rama evolutiva. Pero la conciencia no parece hallarse
circunscrita a la historia del ser humano ni a la historia de los organismos vivos sino que
también penetra en la historia de la Tierra antes de la aparición del horno sapiens y antes
incluso de la aparición de cualquier forma de vida sobre la faz del planeta. Nuestra conciencia,
en definitiva, parece tener la portentosa capacidad de acceder directamente a la historia
temprana del universo y de presenciar, en tal caso, las dramáticas secuencias del Big Bang, la
formación de las galaxias, el nacimiento del sistema solar y los primitivos procesos geofísicos
que modelaron la superficie de este planeta hace miles de millones de años.
Son muchas las razones que justifican el interés de utiliza la conciencia transpersonal para
explorar nuestra capacidad para remontamos a los estadios más tempranos de nuestra vida.
Comenzaremos nuestra descripción a escala humana y, a partir de ahí, proseguiremos
retrocediendo en el tiempo.

Las experiencias embrionarias y fetales


Las experiencias de quienes atraviesan las etapas embrionarias y fetales de su vida son tan
diversas que lo último que podríamos decir con respecto a ellas es que son universales. En el
extremo más positivo del espectro de las experiencias intrauterinas se halla el «éxtasis
oceánico», una sensación de poderosa fusión mística con la vida y el impulso cósmico creativo
que la alienta. En el extremo opuesto del espectro, por el contrario, las personas pueden llegar
a experimentar crisis muy intensas acompañadas de sentimientos de angustia, paranoia,
agotamiento y la sensación de ser atacadas por fuerzas demoníacas. Muchos de los recuerdos
embrionarios están relacionados con experiencias filogenéticas, kármicas y arquetípicas y con
episodios de conciencia orgánica, tisular y celular.
Las descripciones de este tipo de experiencias no sólo sugieren que, en este estadio, el
embrión y el feto pueden sufrir graves perturbaciones -intentos de aborto, el riesgo de un
aborto natural, golpes, vibraciones mecánicas, ruidos, tóxicos y enfermedades físicas de la
madre- sino que también pueden llegar a experimentar los sentimientos de la madre. En
muchas ocasiones, por ejemplo, el sujeto experimenta los shocks emocionales, los ataques de
ansiedad, los arrebatos de odio o de agresividad, las depresiones, la excitación sexual, la
tranquilidad, la satisfacción, la felicidad y el amor que experimenta su madre.
Pero el intercambio de información entre el feto y la madre no sólo afecta a los múltiples
matices de la vida emocional sino que también conlleva un intercambio de pensamientos y de
imágenes complejas. Muchos de quienes han revivido su temprana vida intrauterina han
asegurado que eran perfectamente conscientes de pensamientos y sentimientos que sus
madres jamás llegaron a verbalizar en voz alta. No es infrecuente, por ejemplo, que la persona
que experimenta su vida intrauterina llegue a establecer súbitamente contacto con el conflicto
o el resentimiento que supuso el embarazo para su madre o que, por el contrario, experimente
su alegría y su gozosa expectativa al respecto.
Después de haber presenciado -e incluso experimentado en primera persona innumerables
episodios de reviviscencia de los estadios embrionarios y fetales de la vida considero que no
podemos seguir despachándolos como meras invenciones de nuestra imaginación. En muchos
de los casos, hemos verificado la veracidad de la experiencia contrastándola con los recuerdos
de la madre, de los parientes, de la comadrona o de los informes médicos disponibles.
También hemos cotejado los datos y las descripciones sobre la vida embrionaria y fetal que
nos ofrecen personas totalmente ajenas al campo de la medicina que han accedido a este tipo
de experiencias en estados no ordinarios de conciencia con la información objetiva que nos
proporcionan los manuales al respecto y nos hemos quedado asombrados ante la elevada
correlación existente. El siguiente relato -procedente de una sesión de formación de un
psiquiatra- constituye un excelente ejemplo de la complejidad de las experiencias embrionarias
y nos proporciona una descripción muy minuciosa de un período de nuestra vida anterior
incluso al momento de la concepción.
Mi conciencia se indiferenciaba cada vez más y comencé a sentir una excitación extraña y
completamente desconocida. La parte trasera de mi cuerpo se movía a impulsos regulares y yo
tenía la sensación de desplazarme a través del espacio y del tiempo hacia un ignoto objetivo.
No sabía bien hacia dónde me dirigía pero tenía la clara sensación de que mi misión, sin
embargo, era extraordinariamente importante.
Al cabo de un rato reconocí, consternado, que era un espermatozoide y que los latidos
regulares que me impulsaban no eran sino las pulsaciones de un marcapasos biológico que
determinaba el ritmo del movimiento vibratorio de mi largo flagelo. Era uno más de los
participantes en una carrera desenfrenada hacia el punto de origen de un irresistible mensaje
químico. Entonces comprendí (recurriendo a la información de que disponía como adulto) que
mi meta era alcanzar, penetrar y fertilizar el óvulo. Pero, por más ridícula y absurda que
pudiera parecer esa escena a mi mentalidad científica, no podía dejar de seguir participando
con todo mi ser en esa singular carrera. Era consciente de todos los procesos implicados en
esa competencia por llegar el primero al óvulo. Todo lo que estaba ocurriendo encajaba
perfectamente con los datos fisiológicos que se enseñan en la facultad de medicina. Pero la
experiencia iba mucho más allá todavía y contenía dimensiones adicionales completamente
ajenas a todo lo que mi fantasía hubiera podido suponer en el estado de conciencia ordinario.
La conciencia celular de cada espermatozoide constituía un universo completo en sí mismo, un
microcosmos autónomo. Era agudamente consciente de la complejidad de los procesos
bioquímicos que tenían lugar en el nucleoplasma y también tenía una difusa sensación de la
presencia de los cromosomas, los genes y las moléculas de ADN.
A medida que percibía estas configuraciones fisioquímicas, nuestro psiquiatra también entró
en contacto con recuerdos ancestrales, reminiscencias de nuestros antepasados animales,
motivos mitológicos y formas arquetípicas. La genética, la bioquímica, la mitología y la historia
de la evolución se le aparecieron entonces como diferentes vertientes de un mismo fenómeno.
En su opinión, el microcosmos del espermatozoide se halla impulsado y dirigido por las mismas
fuerzas primordiales que determinan y modulan el resultado de esa competición. Estas fuerzas,
siempre según él, «tenían la forma de campos de fuerza kármicos, cosmobiológicos y
astrológicos». Prosigamos con su relato:
La excitación de la carrera iba creciendo segundo a segundo y la velocidad aumentó hasta
un punto en el que comencé a sentirme como una especie de nave espacial que se desplazaba
a la velocidad de la luz. Entonces la carrera llegó a su fin y se produjo una implosión victoriosa
y una fusión extática con el óvulo. Poco antes del momento de la concepción, mi conciencia
fluctuaba alternativamente entre la veloz carrera del espermatozoide y el presentimiento
expectante del óvulo ante la proximidad de un acontecimiento excepcional. En el momento de
la concepción, esas dos unidades de conciencia terminaron fundiéndose y me convertí en las
dos células germinales al mismo tiempo.
Después del momento de la fusión, la experiencia siguió desarrollándose a gran velocidad.
Entonces reviví, de manera veloz y concentrada, la evolución del embrión a partir del momento
de la concepción tomando clara conciencia del crecimiento de los tejidos, de las divisiones
celulares e incluso de los procesos bioquímicos implicados. Me encontré con numerosas
dificultades, con retos ocasionales y con obstáculos que tuve que superar. Presencié la
diferenciación de los tejidos y la formación de nuevos órganos. Me transformé en el corazón
palpitante del feto y me convertí en las células en columna del hígado y en el epitelio de la
membrana mucosa del intestino. El crecimiento y desarrollo del embrión iba acompañado de
una enorme liberación de energía y luz y sentí que ese deslumbrante resplandor dorado estaba
íntimamente relacionado con la energía bioquímica implicada en el acelerado crecimiento de
las células y de los tejidos.'
En un determinado momento, nuestro sujeto tuvo la sensación inconfundible de haber
conseguido superar las etapas más críticas de su desarrollo fetal, lo cual constituía un gran
logro, tanto desde su punto de vista como desde el punto de vista de las fuerzas creativas de
la naturaleza. Cuando regresó a su estado ordinario de conciencia declaró: «Tengo la
sensación de que esta sesión tendrá consecuencias importantes y duraderas sobre mi
autoestima. A partir de ahora no me preocupa el futuro porque sé que mi vida comenzó con
dos grandes logros: haber llegado primero en una carrera en la que competía con millones de
contrincantes y haber coronado con éxito el proceso de la embriogénesis». Y aunque su
mentalidad científica reaccionara ante esta idea con cierto grado de escepticismo -cuando no
de ironía-, lo cierto es que la experiencia le procuró emociones muy poderosas y convincentes.
Veamos a continuación el resumen de las sesiones de terapia de Richard, un hombre que
padecía depresiones crónicas suicidas. En una de las sesiones, Richard se sintió envuelto por el
1íquido fetal y unido a la placenta mediante el cordón umbilical. Era consciente del flujo
alimenticio que penetraba en su cuerpo a través de la zona del ombligo y sentía que la
circulación placentaria era un mágico fluido dador de vida que le mantenía íntimamente unido
a su madre en una maravillosa fusión simbiótica.
Richard escuchó dos latidos cardíacos que terminaron acompasándose. Este sonido iba
acompañado de un ruido sordo que reconoció, después de alguna vacilación, como el sonido
que acompaña a los movimientos peristálticos de gases y líquidos en la porción del intestino
adyacente al útero y como el sonido del desplazamiento de la sangre por la arteria pélvica. Era
plenamente consciente de su imagen corporal y advertía también que su cabeza era
desproporcionadamente mayor que el resto del cuerpo. Estos leves indicios y su discernimiento
adulto le permitieron darse cuenta de que era un feto totalmente desarrollado en el momento
inmediatamente anterior al parto.
Entonces escuchó un extraño sonido procedente del exterior, un sonido que parecía llegar
desde el otro extremo de un largo corredor, un sonido que, como ocurre con ciertos efectos de
música electrónica, parecía deformado después de atravesar una capa de líquido. Finalmente
dedujo que ésa debía ser la forma en la que el feto escucha los sonidos procedentes del
exterior a través de las paredes del abdomen, el útero y el líquido amniótico.
Luego trató de identificar la causa de esos sonidos y el punto del que procedían. Al poco
reconoció gritos, risas y un extraño sonido de trompetas. Entonces pensó que debía de estar
escuchando el alboroto de una verbena que se celebraba anualmente en su pueblo natal dos
días antes de la fecha de su nacimiento y dedujo que su madre debió de haber asistido a ella
en un estadio avanzado del embarazo.
Más tarde le preguntamos a la madre de Richard sobre las circunstancias que rodearon su
nacimiento sin mencionarle, en modo alguno, esta experiencia y ella relató, entre otras cosas,
un incidente que Richard ignoraba y que su madre tampoco recordaba haberle contado
previamente. La fiesta anual constituía todo un acontecimiento que rompía la monotonía del
pueblo, y su madre, a pesar de hallarse en avanzado estado de gestación y de las advertencias
y objeciones de los familiares, no quiso perdérsela de ningún modo. Según afirmaban los
parientes, el estruendo y la agitación terminaron precipitando el nacimiento de Richard.

La máquina del tiempo de la conciencia


La contingencia de una memoria celular que guarda el recuerdo de los estadios más
tempranos de nuestra existencia parece rozar los límites de lo imposible. Pero éste no es, sin
embargo, el desafío más singular al que nos enfrenta la experiencia transpersonal ya que
quienes atraviesan un estado no ordinario de conciencia suelen describir, con todo lujo de
detalles, acontecimientos anteriores al momento de su concepción o son capaces de
adentrarse en el mundo de sus progenitores, sus antepasados e incluso toda la especie
humana. En este sentido, resultan particularmente interesantes las experiencias de «vidas
anteriores» que parecen sugerir la existencia de una continuidad individual entre una vida y
otra.
Explorando la niñez de nuestros padres
En numerosas ocasiones, las personas que experimentan estados no ordinarios de
conciencia son capaces de relatar acontecimientos ocurridos mucho antes del momento de su
concepción. Existen personas que afirman haber revivido las experiencias infantiles de su
madre o de su padre y, a través de ellas, haber experimentado -como sucede en la película de
Steven Spielberg Regreso al futuro, cuyos protagonistas parecen poder desplazarse en todas
las direcciones del tiempo- acontecimientos propios de esa época.
Recuerdo, por ejemplo, la experiencia de Inga, una joven finlandesa que asistió a un taller
que ofrecimos en Suecia, quien se vio a sí misma como un joven soldado de la Segunda
Guerra Mundial, un acontecimiento que había tenido lugar catorce años antes del momento de
su nacimiento. El soldado en cuestión era su padre, e Inga revivió la experiencia del campo de
batalla a través de los sentidos y el sistema nervioso de su padre. Se hallaba completamente
identificada con él, revivía todas sus sensaciones y sentía las intensas emociones que su padre
estaba experimentando. Era completamente consciente de todo lo que ocurría a su alrededor
y, mientras se hallaba oculta detrás de un abedul, escuchó el sonido de una bala que pasó
rozando su oído y su mejilla.
La experiencia fue muy clara y convincente. Inga ignoraba que su padre hubiera combatido
en la guerra ruso-finlandesa y no sabía, por tanto, de dónde procedía ese recuerdo pero
estaba plenamente segura de que se trataba de una experiencia que nadie le había contado
jamás. Finalmente decidió telefonear a su padre y hablar con él al respecto.
Después de la llamada, Inga relató la conversación al resto de los integrantes del taller. Nos
contó que, a medida que hablaba con su padre, iba excitándose cada vez más y que, cuando le
describió la experiencia, su padre se quedó completamente estupefacto. ¡Todo lo que ella le
contaba había ocurrido realmente! Tanto su descripción del campo de batalla como los
pensamientos y sentimientos que había experimentado eran ciertos, incluyendo el pequeño
detalle del bosquecillo de abedules. Su padre le aseguró también que nunca había contado a
nadie la experiencia porque la había considerado carente de interés. Sin embargo, aunque
jamás hubiera llegado a verbalizar la experiencia, ésta había pasado, de algún modo, hasta su
hija.'
Desde sus mismos comienzos, nuestra investigación con el LSD fue muy rigurosa. Todos los
psiquiatras participantes debieron someterse a un entrenamiento intensivo que incluía la
experimentación personal bajo la supervisión de un terapeuta entrenado. En ese contexto,
muchos de los sujetos -mujeres y hombres con una esmerada y sofisticada educación que
anteriormente se habían mostrado reticentes ante conceptos tales como el del «inconsciente
colectivo» junguiano- se encontraron de pronto viajando más allá de las fronteras espaciales y
temporales de su conciencia. Recuerdo, por ejemplo, el caso de Nadja, una sensata psicóloga
de unos cincuenta años de edad, que experimentó una vívida y convincente identificación con
su madre. En este caso, el episodio se remonta mucho más atrás en el tiempo que en el caso
de Inga, puesto que se trata de un hecho ocurrido en la infancia de la madre de Nadja.
Nadja relató que había experimentado un cambio dramático de personalidad. De pronto, se
sintió como si fuera su madre a los tres o cuatro años de edad. Corría el año 1902, llevaba un
vestido almidonado repleto de adornos y se encontraba a disgusto con la ropa que llevaba.
Estaba escondida debajo de una escalera y se sentía sola y asustada, dolorosamente
consciente de que había ocurrido algo terrible. Recordó entonces que acababa de decir algo
inconveniente y había sido reprendida violentamente con un manotazo en la boca.
Desde su escondite, Nadja podía ver claramente a sus familiares -tías, tíos y primos
sentados en el porche de una gran casa, vestidos con el atuendo propio de la época. Todos
hablaban sin parecer darse cuenta de su desdicha. Se sentía desbordada por la frustración,
superada por las incomprensibles exigencias de los adultos, avergonzada por no poder
satisfacer su pretensión de ser una niña buena que se comportara adecuadamente, que
hablara bien y que no se ensuciara.
Como siempre hacemos en estos casos, invitamos a Nadja a que intentara verificar la
realidad objetiva de su experiencia. Poco después, Nadja habló con su madre pero, sabiendo
que ella no aprobaría que hubiera tomado LSD, le dijo que había tenido un sueño en el que era
una niña pequeña y que, avergonzada y resentida por la indiferencia de los adultos, se había
escondido debajo de una escalera. Apenas empezó su relato, su madre la interrumpió y
prosiguió añadiendo una serie de pormenores que coincidían plenamente con la experiencia de
Nadja. La detallada descripción de su madre coincidía exactamente con la experiencia de
Nadja, incluyendo una meticulosa descripción del gran porche, de la escalera que subía hasta
él y de la ropa de todos los presentes, incluido el blanco y almidonado delantal.'

Explorando el mundo de nuestros ancestros


A veces, la investigación experiencia) de nuestro pasado se remonta hasta nuestros abuelos
o llega incluso hasta la vida de parientes que vivieron hace ya muchos siglos. Estas extrañas
experiencias ancestrales suelen ir acompañadas por el convencimiento pleno de que la
persona, o personas, con las que nos hemos identificado pertenecen a nuestro propio linaje.
Quienes atraviesan esta experiencia suelen describir esta relación genética como algo
«primordial», como algo que no puede ser expresado con palabras sino que debe ser
experimentado directamente.
Las auténticas experiencias ancestrales de este tipo son siempre congruentes con la
herencia racial, cultural e histórica del sujeto que las experimenta. Y, si bien en determinados
casos aparecen ciertas incongruencias -como la persona de ascendencia anglosajona que
atraviesa por experiencias ancestrales indioamericanas o africanas, por ejemplo-, éstas se
desvanecen apenas examinamos con detalle su genealogía familiar ya que, por lo general, los
recuerdos ancestrales nos ofrecen datos objetivos, tales como costumbres, hábitos, creencias,
tradiciones familiares, idiosincrasias, prejuicios y supersticiones, susceptibles de verificación.
La observación de las personas que atraviesan por experiencias ancestrales nos proporciona
evidencia adicional sobre su autenticidad. No es infrecuente, por ejemplo, que las personas a
que participan en los talleres y en las sesiones individuales de psicoterapia experiencial
experimenten cambios drásticos en su apariencia y su conducta y que su expresión facial, su
postura física, sus gestos, sus reacciones emocionales y procesos mentales adquieran las
peculiaridades propias de los ancestros en cuestión.
En ocasiones, estas experiencias ancestrales pueden ser tan vívidas, prolijas, completas y
exactas que pueden verificarse con suma facilidad. En otras ocasiones, por el contrario, son
vagas y generales y sólo revelan impresiones y climas emocionales difusos relativos al tipo de
relación que se establece entre los miembros de una familia, de una tribu o de un clan
concretos. En mi calidad de psiquiatra me he sentido particularmente interesado al comprobar
que estas experiencias ancestrales pueden ayudarnos a comprender algunos de los problemas
que nos afligen en el presente. Estoy plenamente convencido de que esta ojeada a la vida de
nuestros padres, abuelos y parientes lejanos puede ayudarnos a entender -y también a
resolver- nuestros conflictos actuales.
Veamos ahora un ejemplo que ilustra la forma en que ciertas experiencias ancestrales nos
proporcionan una información histórica rica, detallada e inusitadamente valiosa para
comprender períodos que, de otro modo, se hubieran perdido completamente. Esta experiencia
resulta especialmente interesante porque fue verificada posteriormente por una concienzuda
investigación histórica y por una sincronía absolutamente imprevista.
En una sesión de terapia psicodélica, una joven mujer aquejada de neurosis, a quien
llamaremos Renata, experimentó varios episodios que se desarrollaban en una plaza de Praga
durante el siglo xvii. Durante ese período, poco antes del inicio de la Guerra de los Treinta
Años, Bohemia -que hoy en día forma parte de la República Checa- cayó bajo el dominio de la
dinastía de los Habsburgo, quienes, en un exceso de celo por eliminar todo indicio de
nacionalismo, capturaron y decapitaron públicamente a veintisiete miembros de la nobleza
checa en la plaza de la Torre Vieja de Praga.
Durante estas sesiones, Renata no sólo describió innumerables imágenes relativas a la
arquitectura, la indumentaria, las armas y las herramientas utilizadas en su vida cotidiana sino
que también detalló escrupulosamente las complejas relaciones que mantenía la familia real y
sus súbditos. Aunque Renata carecía de toda información previa sobre ese período histórico
-de hecho, yo mismo tuve que consultar diversas fuentes para verificar la veracidad de los
detalles-, su comprensión era extraordinariamente minuciosa.
Las experiencias de Renata tenían que ver con una persona de ascendencia noble que había
sido ejecutada por los Habsburgo. En una secuencia, particularmente dramática, Renata
revivió detalladamente la ejecución de ese personaje. Como testigo del recuerdo de Renata,
debo admitir que yo también participé de su confusión y desorientación. Para tratar de
comprender lo que estaba ocurriendo, seguí dos caminos completamente diferentes. Por una
parte, me dediqué a investigar la información histórica proporcionada por Renata y descubrí
una extraordinaria cantidad de evidencias objetivas ligadas a ese período de la historia del
siglo xvii. Por otra parte, puse en juego todas mis habilidades psicoanalíticas, esperando
descubrir cualquier indicio que revelara que su experiencia se asentaba en un conflicto
encubierto originado en la niñez o en algún problema emocional de su vida presente. Pero, por
mucho que lo intentara, no pude explicar sus experiencias transpersonales en base a la
existencia de una problemática psicológica oculta.
Dos años después de este episodio, y ya en Estados Unidos, recibí una carta en la que
Renata me relataba un encuentro con su padre, a quien no había visto desde que era muy
pequeña ya que sus padres se habían divorciado cuando ella tenía tres años de edad. Renata
había ido a cenar a casa de su padre y, después de la cena, éste le mostró un árbol
genealógico, resultado de su afición favorita, que rastreaba la historia de la familia varios
siglos atrás. Para su sorpresa, Renata descubrió que su padre y ella descendían de uno de los
nobles ejecutados por los Habsburgo aquel fatídico día de comienzos del siglo xvii. La
información de Renata parecía confirmar su hipótesis de que ciertos engramas dotados de una
gran carga emocional pueden fijarse en el código genético y ser transmitidos, de este modo,
de generación en generación a lo largo de los siglos.'
Después de superar la conmoción inicial, me di cuenta de que la interpretación de Renata
podía ser errónea ya que, aun en el caso de que los recuerdos puedan transmitirse por medio
del código genético, la muerte interrumpiría necesariamente esta vía de transmisión. Dicho de
otro modo, puesto que el noble murió ejecutado, no pudo haber transmitido genéticamente la
información sobre su muerte a Renata. No obstante, cuanto más pensaba en el tema más
incapaz me sentía de ignorar la incuestionable relación existente entre las experiencias de
Renata y los descubrimientos genealógicos realizados por su padre. ¿Se trata tan sólo de una
inverosímil coincidencia carente de sentido o quizás esos incidentes merecen una atención más
detenida?
He llegado a la conclusión de que la sorprendente sincronicidad entre la experiencia de
Renata y el encuentro con su padre -quien le aportó la información genealógica que parecía
apoyar su explicación de la experiencia- no puede ser tildada como algo meramente
accidental. ¿Cómo podemos, entonces, explicar este suceso? ¿Acaso la información sobre la
muerte del noble llegó a la mente de Renata gracias a algún tipo de conexión telepática
inconsciente con su padre? Y, en el caso de que esto fuera cierto, ¿cómo pudo despertar una
información genealógica tan escueta una experiencia directa tan rica en detalles históricos?
Entonces se me ocurrió la hipótesis de que la posible información genética que Renata
parecía poseer sobre el incidente procediera de algún superviviente de la familia del noble. En
tal caso, ese testigo podía haber presenciado la ejecución mientras se hallaba en un estado
transpersonal, en una especie de «unidad dual», que le permitió experimentar en primera
persona las sensaciones y las emociones reales de la persona ejecutada. Otra explicación
alternativa podría ser la de que, en última instancia, el universo constituye el juego de la
conciencia divina y que por tanto, desde ese punto de vista absoluto, se trascienden todas las
leyes naturales. En este caso, cualquiera de nosotros, en cualquier momento, puede, de algún
modo, acceder a una información que se halla más allá de la materia, más allá del espacio y
más allá del tiempo. Sólo una cosa parece cierta: en el universo existen ciertos principios que
exceden con mucho todo lo que nuestra imaginación puede concebir y que no hay modo de
explicar en base al sistema de creencias impuesto por la ciencia newtoniana.

Las experiencias raciales y colectivas


Las experiencias raciales y colectivas no se hallan circunscritas a los recuerdos propios de
nuestro linaje familiar y de nuestra estirpe sanguínea sino que pueden llegar a implicar a
cualquier miembro de nuestra raza. Pero este proceso, no obstante, puede trascender también
los límites de nuestra raza e incluir a otros grupos raciales o a la memoria colectiva de toda la
humanidad. Según la psiquiatría tradicional, nuestro psiquismo sólo puede verse afectado por
aquello que hemos experimentado de primera mano, ya sea por medio de los sentidos o como
resultado de nuestra interpretación de la experiencia. Sin embargo, la investigación que hemos
realizado sobre miles de personas en estados no ordinarios de conciencia demuestra, sin lugar
a dudas, la existencia de experiencias ancestrales, raciales y colectivas que parecen confirmar
la hipótesis de Jung de un inconsciente colectivo que contiene el recuerdo de todas las
experiencias sufridas por la humanidad desde el mismo comienzo de los tiempos.
Veamos la experiencia de una psiquiatra europea en un taller de formación en psicoterapia
holotrópica que llevamos a cabo en California. Hay que decir que, aunque la mujer carecía de
cualquier tipo de conocimiento intelectual sobre la historia de los indígenas americanos, su
experiencia sobre el Sendero de las Lágrimas de los cherokee y otros acontecimientos
vinculados a su expulsión de sus asentamientos tradicionales y su confinamiento en la reserva
resulta sumamente convincente. He aquí su relato:
De pronto, todo parecía frío, oscuro y carente de sentido. Sentí que una fuerza enorme me
empujaba más allá de los límites de mi existencia y me trasladaba hasta un remoto período
histórico. Mi yo ordinario pareció reducirse al tamaño de un fotón y luego terminó
desvaneciéndose. Me convertí en otra persona, en una menuda y arrugada mujer india que
llevaba el pelo grasiento recogido en un par de trenzas.
Vi a miles de indios agrupados por clanes en una inmensa llanura. El círculo de ancianos en
torno al cual se habían congregado parecía tranquilo, decidido e inmóvil. Esperaban la
respuesta de su pueblo: la muerte o el viaje. Quienes eligieron la muerte se retiraron a una fila
de tiendas bajas y, cuando la decisión concluyó, los ancianos comenzaron a disparar flechas
envenenadas sobre quienes habían aceptado el sagrado destino de la muerte. Cuando el último
de ellos expiró, la anciana comenzó a bailar una danza de reconciliación con la muerte que
representaba la siembra y la nueva floración. Al poco, todos se pusieron en pie y bailaron con
ella la danza de la fuerza, la paz y la reconciliación con la muerte.
Cuando concluyó el ritual, todos los participantes se levantaron y emprendieron la partida.
La protagonista de esta experiencia relató que sentía «una tristeza y un sufrimiento
inenarrables». A continuación, expresó sus sentimientos entonando un cántico monótono y
melancólico que iba acompañado del balanceo de todo su cuerpo. Luego prosiguió diciendo:
Lloraba y gemía internamente por la muerte de cientos de niños, ancianos, mujeres y
hombres de mi pueblo. Vi una fila interminable de personas que vagaban exánimes,
hambrientas, abatidas y desesperadas por las montañas, sembrando el camino de cadáveres.
Me sentía como una cordillera milenaria que contemplaba completamente inmóvil la partida de
mi pueblo hasta verlos desaparecer en el horizonte. En cierto sentido, sin embargo, yo
participaba de su incesante éxodo hacia ninguna parte, en la vida y en la muerte.'
Quienes experimentan episodios raciales y/o colectivos pueden descubrir que participan en
acontecimientos dramáticos -generalmente breves- que tienen lugar en períodos históricos,
culturas y países más o menos remotos. Estas experiencias suelen tener que ver con las
relaciones interpersonales, la estructura social, las prácticas religiosas, los códigos morales, el
arte y la tecnología del período histórico en cuestión. A veces, podemos contemplar gestos,
posturas y movimientos simbólicos complejos que los expertos reconocen como característicos
de las personas y las épocas implicadas.
En numerosas ocasiones hemos sido testigos, tanto en las sesiones individuales como en los
talleres terapéuticos, de personas que adoptan posturas (asanas) y gestos (mudras) propios
de la tradición milenaria del Yoga, aunque carezcan de todo conocimiento o experiencia previa
sobre este tipo de disciplina espiritual. En muchos casos, las personas se entregan a prácticas
pertenecientes a culturas completamente ajenas a su estado ordinario de conciencia. No es
extraño, por ejemplo, que, aun careciendo de todo conocimiento o adiestramiento previo, se
ejecuten los movimientos característicos del trance de los bosquimanos !kung, del baile
giróvago de los derviches sufíes, de las danzas rituales javanesas o balinesas o de los gestos
simbólicos hindúes del Kathakali que se realizan en la costa de Malabar.
A veces, la persona que experimenta otras vidas se expresa en lenguajes -en ocasiones
complejos y arcaicos- que desconoce completamente en su vida cotidiana. En algunos de los
casos, la autenticidad de los idiomas empleados ha sido confirmada mediante grabaciones
llevadas a cabo durante las sesiones; en otros, por el contrario, ha sido imposible descifrar su
significado aunque la expresión verbal parezca poseer la estructura propia de un lenguaje.
Pero esto no significa necesariamente que no se trate de un idioma auténtico perteneciente a
un grupo étnico concreto. Los lingüistas están de acuerdo en que resulta extraordinariamente
difícil identificar los miles de idiomas y dialectos que se utilizan en nuestro planeta. A veces,
por último, los sonidos carecen de toda articulación. En cualquier caso, sin embargo, el hecho
de que hayamos podido verificar una considerable cantidad de este tipo de episodios disipa
cualquier asomo de duda sobre la autenticidad del fenómeno conocido como «don de lenguas».
Aun cuando la persona carezca de todo conocimiento o interés previo en el tema, las
experiencias ancestrales y raciales pueden desvelarnos el significado profundo de
determinadas prácticas culturales. La investigación que hemos llevado a cabo para verificar la
exactitud de este tipo de experiencias no sólo nos ha demostrado reiteradamente su veracidad
sino que, en la mayor parte de los casos, nos ha ofrecido información accesible tan sólo a
eruditos u otros especialistas interesados por el tema.
He sido testigo, por ejemplo, del detallado relato de una persona que carecía de todo
conocimiento sobre las culturas de la antigüedad sobre las prácticas funerarias del antiguo
Egipto. Este individuo nos ofreció una minuciosa explicación del significado esotérico y de la
forma de ciertos amuletos encontrados en los sarcófagos, del significado de los colores
escogidos para las vasijas funerarias, del proceso de momificación y de la finalidad de
determinados rituales. Su experiencia como embalsamador le permitió describir, con todo lujo
de detalles, el tamaño y la composición de los vendajes de las momias, los materiales
empleados para preparar sus vestiduras y la forma y el simbolismo de las cuatro urnas
utilizadas para guardar los órganos extraídos del cuerpo. Aunque se trata de un conocimiento
generalmente inaccesible al público, nuestra investigación posterior demostró la exactitud de
todos los pormenores relatados por el sujeto.'

El misterio del karma y la reencarnación


Para la mayor parte de quienes hemos nacido y crecido al amparo de las tradiciones
occidentales, la creencia en el karma y en las vidas anteriores resulta extraña, por no decir
ingenua y extravagante. Pero resulta difícil ignorar el hecho de que los textos religiosos de las
sociedades más avanzadas del planeta se hayan ocupado, a lo largo de los siglos, de las vidas
anteriores, la reencarnación y el karma, y hayan descrito su impacto en nuestras vidas
presentes. Desde su punto de vista, no venimos a esta vida como tabulas rasas ya que nuestra
vida actual forma parte de un continuo que se remonta a vidas anteriores y que,
probablemente, se extenderá también hacia otras vidas futuras. Por otra parte, los recuerdos
de vidas pasadas de quienes han atravesado por estados no ordinarios de conciencia suelen
estar entremezclados con experiencias de su nacimiento, infancia, niñez y adolescencia actual.
Somos muy conscientes de que el cristianismo y la ciencia ortodoxa niegan e incluso
ridiculizan este tipo de creencias. Pero nuestra investigación en el dominio de lo transpersonal
no deja de proporcionarnos abundante evidencia de que esta área de estudio es un verdadero
tesoro, repleto de conocimientos sobre la naturaleza del psiquismo humano. Las pruebas a
favor de la evidencia de este tipo de factores son tan decisivas que sólo podemos concluir que
quienes se niegan a considerarlas están insuficientemente informados o tienen una mentalidad
excesivamente estrecha.
Después de muchos años de trabajo con personas que han atravesado por este tipo de
experiencias, no tengo la menor duda de la relevancia de este fascinante campo de estudio. Es
por ello que quisiera destacar su importancia para resolver ciertos conflictos y mejorar, con
ello, nuestra vida cotidiana.
A mediados de los años sesenta dirigí un programa de investigación y tratamiento
psicodélico destinado a los pacientes cancerosos del Maryland Psychiatric Research Center, de
Baltimore, y tuve la oportunidad de trabajar con un obrero que padecía un avanzado cáncer de
piel que se había extendido a sus órganos internos a quien llamaremos Jesse. Jesse era una
persona iletrada que carecía de todo conocimiento sobre la reencarnación, el karma y otras
creencias relacionadas con el pensamiento oriental. De hecho, en circunstancias normales lo
lógico era pensar que, debido a su estricta educación católica, todas estas cuestiones eran
tabú para él.
Jesse había perdido su batalla contra el cáncer, sabía que iba a morir y, por consiguiente, se
hallaba profundamente preocupado y abatido. Estuvo de acuerdo en someterse a terapia
psicodélica para tratar de superar su ansiedad. Al comienzo, toda su atención se centró en sus
sentimientos de culpabilidad sobre el modo en que había vivido. Había crecido en un ambiente
católico, se había casado y divorciado y, durante los últimos años, había vivido con otra mujer.
Creía firmemente que, ante los ojos de Dios, siempre estaría casado con su primera esposa y
que, por tanto, estaba viviendo amancebado y en pecado mortal.
Durante las sesiones psicodélicas, Jesse revivió monstruosas escenas bélicas, escenas de
ruinas sembradas de cadáveres, esqueletos, despojos putrefactos y basuras malolientes. Vio
su propio cuerpo carcomido por el cáncer envuelto en vendajes hediondos. Luego presenció la
aparición de una gigantesca bola de fuego que cubrió toda la escena y la consumió
rápidamente entre sus llamas purificadoras. Aunque su cuerpo fue destruido, su alma, sin
embargo, sobrevivió, y Jesse se vio sometido a un juicio en el que Dios ponderaba sus buenas
y sus malas acciones y, tras una corta deliberación, se sintió liberado de su carga. A partir de
ese momento, Jesse escuchó una música celestial y comenzó a comprender el significado de su
experiencia.
De pronto, tomó conciencia de un poderoso mensaje que fluía de su interior y parecía
impregnar todo su ser: «Cuando mueras tu cuerpo será destruido pero tú te salvarás. Tu alma
permanecerá contigo para siempre. Volverás a la tierra y vivirás de nuevo, pero ignorarás lo
que serás en esa nueva tierra».
Esta experiencia no sólo disipó toda su ansiedad y su sufrimiento sino que también le alivió
de su dolor. Jesse salió de la experiencia creyendo profundamente en la realidad de la
reencarnación, una noción que se hallaba en abierto conflicto con su propia tradición religiosa.
Cinco días más tarde, quizás algo antes de lo previsto, Jesse murió en paz consigo mismo.
Parecía como si su mente se hubiera liberado y entregado a una muerte inevitable, parecía
incluso deseoso de emprender el viaje hacia lo que él llamaba la «nueva tierra».
Jesse y yo jamás hablamos de reencarnación ni de supervivencia del alma después de la
muerte física. Ignoro el proceso que le llevó a forjarse una compleja visión de lo que ocurre
después del momento de la muerte, pero lo cierto es que le proporcionó una profunda
confianza en los últimos días de su vida.'
Soy consciente de que la experiencia de Jesse puede ser desestimada como una mera
fantasía pero hay otros casos, sin embargo, que contienen detalles que pueden ser
comprobados objetivamente. Yo mismo he atravesado por varias experiencias relacionadas con
vidas anteriores pero ninguna de ellas fue tan vívida y convincente como la que tuvo lugar en
mi primer viaje a Rusia. Este tipo de experiencias puede ayudarnos a ilustrar la forma en que
los acontecimientos del pasado se entretejen con nuestra historia personal reciente y la
manera de utilizar el extraordinario poder curativo de estos recuerdos.
En 1961 participé en un viaje organizado a Leningrado, Moscú y Kiev. Los guías de la
agencia oficial Intourist tenían la misión de supervisar todos nuestros movimientos y de
impedir cualquier desplazamiento imprevisto. Poco antes de nuestra partida había leído algo
sobre Pechorskaia Lavra, un monasterio ortodoxo ruso que se halla en unas antiguas
catacumbas ubicadas en el interior de una montaña próxima a Kiev. Según tenía entendido,
este lugar era el centro espiritual de Ucrania y los bolcheviques lo habían respetado porque, de
lo contrario, hubieran debido afrontar una rebelión popular. La primera vez que escuché hablar
de ese lugar sentí una extraña y poderosa atracción y deseé visitarlo.
Una vez en Kiev, me enteré de que Pechorskaia Lavra se hallaba fuera de nuestro itinerario
y comencé a sentirme inquieto y, aun a sabiendas de lo mucho que me arriesgaba, decidí
visitar el monasterio por mi propia cuenta. Hablo fluidamente el ruso, así que tomé un taxi que
me llevó hasta el monasterio y paseé por el laberinto de catacumbas en el que se alineaban los
restos momificados de todos los monjes que habían vivido y muerto en ese lugar a lo largo de
los siglos. Sus manos descarnadas, cubiertas con una piel que el paso de los años había
convertido en una especie de pergamino marrón, se hallaban unidas en actitud de plegaria.
Los angostos corredores discurrían por grutas iluminadas por la difusa luz de un candil
decoradas con llamativos iconos y, a través del denso y fragante humo del incienso, pude
contemplar a grupos de monjes de luengas barbas que cantaban abismados en profundo
trance.
Mi lento y parsimonioso recorrido por las catacumbas me sumió en un estado inusual de
conciencia. Tenía la certeza de conocer perfectamente cada recodo del camino y podía adivinar
lo que me encontraría a continuación. En cierto momento llegué a un lugar en el que se
hallaba una momia cuyas manos estaban en una extraña posición ya que, a diferencia de las
demás, no se hallaban colocadas en una actitud de adoración. En ese momento sentí la
emoción más intensa que jamás haya experimentado. Luego finalicé mi excursión y regresé al
hotel, tranquilizándome al advertir que los guías de Intourist no se habían percatado de mi
ausencia.
Después de mi regreso de Rusia, seguí preocupado por los recuerdos de las catacumbas,
especialmente en lo que respecta a las extrañas reacciones que suscitó en mí la momia cuyas
manos se hallaban en una posición tan inusual. No obstante, me sumergí nuevamente en mi
trabajo y el recuerdo de la experiencia fue borrándose lentamente de mi memoria. Mucho más
tarde, cuando trabajaba en el Maryland Psychiatric Research Center, de Baltimore, el director
del Instituto me presentó a Joan Grant y a su marido, Dennys Kelsey, un matrimonio europeo
que practicaba una terapia innovadora basada en la hipnosis. Durante su visita de cuatro
semanas a nuestro centro todos los miembros del equipo tuvimos la oportunidad de
someternos a sesiones personales de hipnosis bajo su supervisión.
Joan era francesa y tenía la facultad -mediante la cual había escrito ya varios libros al
respecto- de caer en trance hipnótico y experimentar episodios de otras épocas y lugares que
parecían ser recuerdos de vidas pasadas. Dennys era un psiquiatra británico que también se
dedicaba a la hipnosis. En su trabajo en equipo hipnotizaban a los clientes y les pedían que se
remontaran tan atrás como pudieran para tratar de resolver el origen de sus problemas ya
que, en su opinión, la causa real de los conflictos radica, por lo general, en algún
acontecimiento del pasado. Joan tenía la habilidad especial de sintonizar con la experiencia de
sus clientes y ayudarles a resolver sus problemas.
Yo tenía interés en trabajar con ellos un conflicto que ocasionalmente se suscitaba en mi
interior entre la sensualidad y la espiritualidad. La vida ejerce sobre mí un poderoso atractivo y
acostumbro a gozar de los placeres que me proporciona la existencia pero, en ocasiones,
experimento una necesidad casi compulsiva de retirarme del mundo y entregarme por
completo a la vida espiritual. Dennys me hipnotizó y luego me dijo que me remontara hasta la
época en que había comenzado este problema. De pronto, me vi como un niño ruso que se
hallaba de pie en medio de un jardín situado en una casa palaciega que inmediatamente
reconocí como mi hogar. Escuchaba la distante voz Joan diciéndome: «¡Mira el balcón!». La
obedecí de inmediato sin preguntarme siquiera cómo sabía lo que yo estaba viendo en ese
momento. Entonces advertí la presencia de una anciana de manos arrugadas y nudosas que se
hallaba sentada en una mecedora. Supe que era mi abuela y mi corazón se inundó de amor y
compasión.
De pronto, la escena cambió. Estaba en una calle de un pueblo cercano, experimentando la
vida sencilla de los campesinos que me permitía escapar del rígido estilo de vida que
caracterizaba a mi familia. Comprendí que había estado muchas veces en ese mismo lugar.
Poco después estaba en el taller oscuro de un herrero, un hombre gigantesco, musculoso y
peludo que se hallaba de pie frente a un horno llameante golpeando con un enorme martillo un
pedazo de hierro candente al que trataba de dar forma sobre el yunque. De pronto, sentí un
agudo dolor en el ojo. Mi rostro se contorsionó en un espasmo de dolor y las lágrimas fluyeron
abundantes por mis mejillas. Horrorizado, me di cuenta de que un pedazo de hierro al rojo
vivo me había golpeado el rostro produciéndome graves quemaduras.
Luego experimenté el sufrimiento emocional de un adolescente horriblemente desfigurado,
la angustia del impulso sexual insatisfecho y la desazón producida por el rechazo que
provocaban mis repugnantes cicatrices. Completamente desesperado, tomé la decisión de
convertirme en monje e ingresé en el monasterio de Pechorskaia Lavra. Con el paso de los
años mis manos acabaron completamente desfiguradas. ¿Se trataba de la artritis o de una
reacción histérica modelada a raíz de la enfermedad de mi querida abuela?
La última escena de esta sesión fue la de mi propia muerte. Recuerdo que era consciente de
que me colocaban en un nicho ubicado en la pared de las catacumbas. Mis manos lisiadas no
pudieron ser colocadas en la actitud de plegaria que indicara la feliz conclusión de mi vida
monástica. Parecía como si la misma muerte también representara para mí el amargo
distanciamiento de la tan anhelada sensualidad.
Cuando la sesión llegaba a su fin comencé a sollozar, sobrecogido por una mezcla de odio,
arrepentimiento y autocompasión. Después me di cuenta de que Joan me estaba masajeando
las manos que, poco a poco, fueron relajándose y perdiendo su crispación y agarrotamiento.
Finalmente tomó mis manos entre las suyas y las unió en el gesto universal de la plegaria.
Instantáneamente experimenté la sensación de que algo se había curado en lo más profundo
de mi ser. A partir de ese momento, nunca más he vuelto a experimentar el conflicto entre
sensualidad y espiritualidad que tanto me había perturbado hasta entonces.
Por lo general, el proceso de experimentación de episodios de vidas pasadas permite que
las personas encuentren alivio a los síntomas físicos y emocionales que aquejan su vida
presente. En numerosas ocasiones he podido comprobar la reducción o incluso la eliminación
completa de depresiones crónicas de origen psicógeno, asmas, fobias, migrañas severas,
dolores psicosomáticos y otros síntomas similares después de una experiencia en la que el
sujeto revivía una vida anterior. A la luz de todo ello, no resulta tan aventurado formular la
hipótesis de que el recuerdo de vidas anteriores puede ayudarnos a resolver simbólicamente
ciertos problemas de nuestro psiquismo.
Sin embargo, estas curaciones también pueden trascender, en ocasiones, lo meramente
simbólico. Aunque en la experiencia que acabamos de relatar la resolución de mi conflicto
interno parece poseer un carácter estrictamente intrapersonal y no implica a otras personas,
las experiencias de vidas pasadas también pueden poseer dimensiones interpersonales y
presentar un elevado grado de sincronicidad. En cierta ocasión, por ejemplo, trabajé con
alguien que mantenía una difícil relación de rivalidad con otra persona. Durante una sesión en
la que nuestro sujeto experimentó lo que parecía ser una vida anterior, el sujeto vio que su
rival había sido su asesino. Después de este viaje al pasado y de haber perdonado el crimen,
mi cliente cambió instantáneamente los sentimientos que albergaba contra su enemigo. De
este modo, la antigua rivalidad y los viejos temores se disiparon por completo y pudo ver con
ojos nuevos a la otra persona. Al mismo tiempo, su antiguo enemigo también experimentó -de
manera independiente pero simultánea- un cambio similar en la misma dirección. Ambas
personas sufrieron así una transformación fundamental que modificó su punto de vista y sanó
una relación que había estado marcada por el odio. De este modo, acontecimientos que no
parecían guardar ninguna relación entre sí transformaron su vida y su relación.
Este caso, que parece tan extraordinario, no es inusual en mi trabajo. En numerosas
ocasiones he asistido a un cambio sustancial de patrones kármicos que, liberados de la carga
del pasado, han permitido la curación de viejas heridas que habían permanecido abiertas a lo
largo de los años. Estos cambios de actitud podían ocurrir con una diferencia de minutos
aunque las personas implicadas se hallaran separadas por miles de kilómetros y no existiera la
menor posibilidad de comunicación directa entre ellas.

¿Acaso hemos vivido anteriormente?


Todo lo que acabamos de describir en torno a las experiencias relativas a vidas pasadas
suscita interesantes cuestiones sobre el tema de la reencarnación. ¿Las experiencias kármicas
constituyen necesariamente una demostración de que hemos vivido anteriormente? ¿Significa
que nuestra vida actual forma parte de una larga secuencia de vidas? ¿Quiere acaso decir que,
de una vida a otra, seguimos siendo responsables de nuestras acciones? Para tratar de
responder a todas estas preguntas será necesario examinar las evidencias que apoyan o
refutan estas creencias y también convendrá revisar nuestras opiniones y prejuicios históricos
al respecto. Con demasiada frecuencia, nuestra visión sobre este tipo de fenómenos -que no
pueden ser demostrados por las matemáticas ni verificados mediante los sentidos físicos-
depende más de lo que nos han enseñado a creer que del examen imparcial de la evidencia
objetiva.
Comencemos recordando que el karma y la reencarnación constituyen la piedra angular de
las principales religiones de la India, el hinduismo, el budismo, el jainismo, el sikhismo y el
zoroastrismo, y que también forman parte del budismo vajrayana, el budismo esotérico
japonés y la mayoría de las escuelas budistas del sudeste asiático.
En la antigua Grecia, por su parte, la creencia en la reencarnación fue asumida por diversas
escuelas de pensamiento, entre las cuales cabe destacar a los pitagóricos, los órficos y los
platónicos. La misma doctrina fue adoptada por los esenios, los fariseos, los karaítas y otras
sectas judías o filojudías. Posteriormente, la reencarnación pasó a ser un dogma fundamental
entre los gnósticos y los neoplatónicos y formó parte de la teología cabalística del judaísmo
medieval. Del mismo modo, también podemos encontrar nociones similares entre grupos tan
dispares histórica, geográfica y culturalmente como las tribus africanas, los rastafaris
jamaicanos, los indios americanos, las culturas precolombinas, los kahunas polinesios, los
practicantes de la umbanda brasileña, los celtas y los druidas.
En la sociedad occidental, la teoría de la reencarnación ha sido adoptada por los teósofos,
los antropósofos y algunos grupos espiritistas. Aunque a primera vista pudiera parecer que la
creencia en la reencarnación es ajena -o incluso incompatible- con la fe cristiana, éste no ha
sido siempre el caso ya que los primeros místicos cristianos creían en la reencarnación. Según
san Jerónimo, un santo que vivió entre los siglos iv y v, la reencarnación requería una
interpretación esotérica que sólo resultaba accesible a la élite eclesiástica.
Orígenes -uno de los más famosos Padres de la Iglesia- fue el pensador más sobresaliente
de quienes especularon sobre la existencia de almas que regresan a la Tierra. Todos sus libros,
y especialmente el titulado De los primeros principios, escrito en el siglo in, fueron condenados
en el Segundo Concilio de Constantinopla, llevado a cabo en el año 553 bajo el patrocinio del
emperador Justiniano. El veredicto sentenciaba: «Si alguien afirmara la fabulosa preexistencia
de las almas y se adhiriese a esa doctrina monstruosa, ¡sea anatema!». Aunque este edicto
estableciera la naturaleza herética de la doctrina de la reencarnación, los estudiosos de la
religión encuentran huellas de nociones similares en los escritos de san Agustín, san Gregorio y
san Francisco de Asís.
En los tres últimos siglos, el rechazo de la cultura occidental hacia la reencarnación ha
encontrado el apoyo manifiesto de la ciencia newtoniana. Así pues, el prejuicio prevalente de
nuestro industrializado mundo contemporáneo nos lleva a rechazar toda forma de
espiritualidad como algo engañoso y erróneo. De este modo, el mundo parece dividirse entre
los que creen firmemente en la reencarnación, los que se muestran neutrales o simplemente
indiferentes y aquellos otros que la rechazan de pleno.
Volvamos ahora a nuestra pregunta original sin olvidar los prejuicios y las creencias con
respecto al tema de la reencarnación. ¿Acaso la moderna investigación sobre la conciencia
puede proporcionarnos algún dato que contribuya a resolver el problema? En mi opinión, su
principal contribución consiste en permitirnos comprender que no resulta útil ni correcto
plantear el tema de la reencarnación como una simple cuestión de «creencia».
Pero expliquémonos con más detenimiento. La doctrina de la reencarnación no constituye
una mera creencia sino que supone, por el contrario, el resultado de tratar de encontrar un
marco conceptual adecuado en el que encuadrar observaciones y experiencias muy concretas y
específicas relacionadas con vidas anteriores. Cualquier investigador serio familiarizado con los
estados no ordinarios de conciencia puede constatar sin muchas dificultades la existencia de
este tipo de experiencias. Pero, como siempre ocurre con cualquier cuestión científica, la
experiencia puede ser interpretada de muy diversas maneras. Después de todo, la teoría de la
gravedad no es lo mismo que la gravedad. Desde este punto de vista, aunque no podemos
negar que los objetos caen porque no nos agrada la teoría de la gravedad, seguimos
negándonos, sin embargo, a considerar siquiera la posible existencia de experiencias relativas
a vidas anteriores porque nos desagrada la doctrina de la reencarnación.
Existen datos manifiestos sobre el tema de la reencarnación. Sabemos por ejemplo que, en
estados no ordinarios de conciencia, suelen tener lugar -de manera espontánea y al margen de
cualquier programación o conocimiento previo sobre el tema- experiencias relacionadas con
vidas anteriores. En la mayor parte de los casos, estas experiencias nos proporcionan una
información exacta y minuciosa sobre épocas pasadas que puede ser sometida a una
verificación objetiva. Por otra parte, la práctica clínica también indica que numerosos
problemas emocionales no parecen originarse en la vida presente sino en experiencias
acaecidas en vidas anteriores y que, por consiguiente, los síntomas que acompañan a esos
desórdenes se alivian o desaparecen completamente después de revivir las experiencias
subyacentes de vidas anteriores. Por último, la investigación de Ian Stevenson con niños que
pretendían recordar acontecimientos de sus vidas anteriores también nos proporciona una
evidencia insoslayable sobre la importancia de este área de estudio.
La creencia de que la conciencia individual sobrevive a la muerte del cuerpo físico constituye
una posible explicación de este tipo de experiencias. Sin embargo, cometeríamos un grave
error si considerásemos que es posible hablar de «pruebas» concluyentes. Debemos recordar
que la ciencia nunca «demuestra» nada sino que tan sólo se limita a «aprobar» o «refutar» las
teorías existentes. La historia de la ciencia nos enseña que ninguna teoría completa puede
explicar todos los aspectos de un fenómeno y que siempre es necesario recurrir a teorías
alternativas para poder dar cuenta de todos los hechos observados. Veamos ahora otras
posibles hipótesis alternativas al margen de la teoría de que el alma sobrevive a la muerte o
de que la conciencia individual perdura de una vida a la siguiente.
En este sentido, la misma literatura espiritual nos proporciona dos explicaciones
alternativas. La tradición mística hindú, por ejemplo, considera que la creencia literal en la
reencarnación constituye una interpretación superficial de la noción del karma. Esta teoría
llega a afirmar la ilusoriedad de todas las fronteras y separaciones existentes en el universo.
En última instancia, lo único que existe es el principio creador de la Conciencia Cósmica. Este
principio es, en realidad, lo único que encarna, es decir, lo único que toma forma física. Desde
esta perspectiva, el universo es el juego divino (lila) del Ser Supremo (Brahman). Por
consiguiente, todos los adherentes a este punto de vista consideran que las diversas
apariencias kármicas no son sino manifestaciones ilusorias.
Otra explicación afirma que la entidad que reencarna es el campo total de la conciencia
humana. Este campo, al que podríamos denominar Superalma, abarca a toda la especie
humana, incluye a todo el planeta y a la totalidad del tiempo y asume una identidad individual
con el fin de explorar y aprender sobre sí mismo. Tras la muerte del individuo, los fragmentos
no asimilados de experiencias de una vida particular retornan a esa Superalma, donde se
convierten en los elementos que integrarán las futuras encarnaciones. Así pues, la teoría de la
Superalma -al igual que la concha multicompartimentada del Nautilus- parece integrar y
trascender, al mismo tiempo, las nociones de continuidad y separación.

La parapsicología y la percepción extrasensorial


El interés por los fenómenos transpersonales no es nuevo en la ciencia occidental ni se halla
restringido al campo de la psicología. Desde hace muchas décadas, la parapsicología -una
controvertida disciplina científica- se ha dedicado a estudiar formas de adquisición de
información que parecen eludir el concurso de los órganos sensoriales. De este modo, la
parapsicología se ha ocupado de investigar diversas formas de percepción extrasensorial
(PES), es decir, de la facultad de trascender las fronteras espaciales, las distancias y las
limitaciones del tiempo lineal. Podríamos haber incluido este apartado en la sección anterior
pero hemos preferido mencionarlo de manera independiente dada la particular atención que ha
recibido por parte de los parapsicólogos.
Los fenómenos PES caracterizados por la trascendencia de los límites espaciales incluyen las
experiencias extracorporales (EEC), la capacidad de experimentar acontecimientos lejanos y la
telepatía. Por su parte, los fenómenos PES de trascendencia de los límites temporales son la
precognición (el conocimiento de hechos que todavía no han sucedido) y la psicometría (la
posibilidad extrasensorial de conocer la historia de los objetos).
Las experiencias de separación entre la conciencia y el cuerpo, o experiencias
extracorporales (EEC), pueden adoptar formas y grados muy diversos. En ocasiones, por
ejemplo, pueden constituir un episodio aislado de nuestra vida o formar parte, por el contrario,
del conjunto de hechos que acompañan a un proceso de apertura psicológica o de una crisis
transpersonal.
Por otra parte, este tipo de experiencias puede desencadenarse por muy diferentes razones
como, por ejemplo, situaciones límites, experiencias cercanas a la muerte, sesiones de terapia
experiencial profunda, crisis psicoespirituales o ingestión de determinadas sustancias
psicoactivas. El Libro Tibetano de los Muertos nos brinda notables ejemplos de este tipo de
experiencias. Sin embargo, hasta que la moderna investigación de la conciencia y la
tanatología no han ratificado su autenticidad, la ciencia no les ha prestado la menor atención.
Podemos experimentar que la conciencia abandona el cuerpo, se separa de él y lo
contempla desde fuera. En algunas de las versiones más avanzadas de este mismo fenómeno
podemos abandonar el cuerpo, volar y trasladamos a lugares muy distantes.
Hace ya muchos años, poco después de mi llegada a Estados Unidos, participé en una
sesión supervisada de LSD que formaba parte de un programa de entrenamiento destinado a
profesionales de la salud mental. En esa ocasión experimenté una extraña mezcla de beatitud
y serenidad e inmediatamente después sentí que había penetrado en un mundo lleno de
maravillas, un mundo -como el de los primeros cristianos- en el que los milagros eran posibles,
aceptables y comprensibles. Entonces comencé a reflexionar sobre los problemas del tiempo,
el espacio y las insolubles paradojas del infinito y de la eternidad que desconciertan a nuestras
mentes racionales en el estado ordinario de conciencia. No acertaba a comprender cómo me
había dejado lavar el cerebro aceptando una visión cerrada que no cuestiona la realidad
objetiva del espacio tridimensional y del tiempo unidimensional. En el estado en que me
hallaba, me parecía obvio que el mundo del espíritu carece de este tipo de limitaciones porque
el tiempo y el espacio, a fin de cuentas, son meras construcciones de nuestra propia mente.
En las dimensiones transpersonales de la conciencia podemos crear y experimentar un
número ilimitado de tiempos y de espacios. En esos mundos, un segundo puede transformarse
en toda una eternidad. Me di cuenta entonces de que no tenía por qué permanecer atado a mis
limitaciones espacio-temporales habituales y de que podía viajar sin restricciones por el
continuo espacio-temporal. Estaba tan convencido de la certeza de lo que estaba
experimentando que decidí trasladarme a Praga, la ciudad que me había visto nacer y que se
hallaba a miles de kilómetros de distancia. Inmediatamente después de ponerme en
movimiento tuve la sensación de volar por el espacio a una velocidad vertiginosa pero,
contrariamente a mis expectativas, descubrí que no me había movido un ápice.
Comprendí entonces que aún me hallaba bajo la influencia de mis antiguos conceptos de
espacio y de tiempo y que estaba abordando la cuestión en términos de direcciones y
distancias. Entonces se me ocurrió que quizá sería más adecuado pensar que el lugar donde
me hallaba y el lugar al que quería dirigirme estaban en el mismo sitio. Entonces experimenté
algunas sensaciones muy singulares. De pronto me encontré en un lugar extraño y un tanto
claustrofóbico, un lugar atiborrado de lámparas de vacío, cables, resistencias y condensadores.
Tras un breve período de confusión, me di cuenta de que estaba dentro de un aparato de
televisión ubicado en el piso de Praga en el que había transcurrido mi niñez. De alguna
manera, estaba intentando utilizar los altavoces para escuchar y el tubo de rayos catódicos
para ver. Entonces comprendí que mi manera de vencer la ilusión de la distancia parecía
determinada por la moderna electrónica y que estaba afrontando el último obstáculo
conceptual.
Tan pronto como acepté que la conciencia carece de límites atravesé la pantalla de la
televisión y me encontré caminando por la casa de mis padres. La experiencia fue tan
contundente y real como cualquier otra experiencia de mi vida vigílica. Me acerqué a la
ventana y eché un vistazo al reloj de la esquina, que mostraba seis horas de diferencia con la
hora a la que había iniciado mi viaje en Estados Unidos. Pero, a pesar de que la diferencia
horaria en cuestión fuera precisamente de seis horas, no consideré, sin embargo, que ésa
fuera una evidencia suficiente porque yo conocía intelectualmente la diferencia horaria
existente y, por tanto, mi mente podía estar fabricando la experiencia.
Quería tener la certeza palpable de que mi experiencia era «real y objetiva» en el sentido
habitual de estos términos. Así pues, me decidí a hacer una prueba. Cambiaría un cuadro de la
pared y luego comprobaría si mis padres habían advertido algo extraño. Con esa intención me
aproximé al cuadro pero al momento me vi asaltado por la sensación de que estaba a punto de
hacer algo muy peligroso. De pronto, me sentí inmerso en un clima misterioso que evocaba la
magia negra y los poderes diabólicos. Parecía como si estuviera jugándome el alma.
Inmediatamente me detuve y reflexioné sobre las posibles consecuencias de mi acción.
Mi mente se vio inundada entonces por imágenes de los casinos más famosos del mundo. Vi
girar rápidamente las bolas en las ruletas, el movimiento mecánico de las máquinas
tragaperras, vi rodar los dados en las mesas de juego, contemplé a los jugadores de bacarrá y
a parpadeantes luces de los paneles del bingo. Poco después aparecieron imágenes de espías,
entrevistas secretas entre políticos, oficiales del ejército y científicos. Me percaté de que
todavía no había superado mi egocentrismo y de que no era capaz de resistir la tentación de
utilizar mis poderes psíquicos para satisfacer mis necesidades personales. De hecho, si alguien
lograra controlar el tiempo y el espacio podría conocer de antemano los resultados de las
quinielas y de la lotería. Para esa persona no existiría ningún secreto, podría asistir a las
reuniones de más alto nivel, accedería a los hallazgos más secretos de la ciencia y el ejército y
se le abrirían posibilidades insospechadas para controlar el curso de la historia mundial.
Comencé a darme cuenta de los riesgos de mi experimento. Recordé pasajes de diferentes
libros que advierten en contra del uso de este tipo de facultades si previamente no se han
superado los impulsos egoístas. Dudaba en proseguir con mi intento ya que, de haber
confirmado la posibilidad de manipular el entorno físico desde varios miles de kilómetros de
distancia, mi visión del universo se desmoronaría y me sumiría en un estado de completa
confusión metafísica ya que mi mundo, en definitiva, hubiera dejado literalmente de existir.
Al final, desistí de mi intento, lo cual me dejó para siempre con la duda de que quizás, en
esa sesión, hubiera podido ir más allá del tiempo y del espacio. En el momento en que
renuncié a seguir experimentando me encontré de vuelta en Estados Unidos, en la misma
habitación en la que todo había comenzado.
En muchas ocasiones posteriores me he arrepentido de no haber aprovechado aquella
oportunidad única para comprobar la posibilidad de manipular el tiempo y el espacio. Sin
embargo, el recuerdo del horror metafísico que supuso, me lleva también a dudar de que
pudiera mostrarme más valiente en el caso de disponer de una nueva oportunidad.
Afortunadamente, la autenticidad de las experiencias extracorporales puede ser verificada
también mediante procedimientos diferentes. En la última década este área fascinante ha sido
objeto de una investigación sistemática por parte de la «tanatología», una joven disciplina
científica cuyo campo específico de estudio son las experiencias relacionadas con la muerte y el
proceso del morir.
Raymond Moody, Kenneth Ring, Michael Sabom, Elisabeth KüblerRoss y otros reputados
investigadores han confirmado en numerosas ocasiones la presencia de experiencias
extracorporales (EEC) en personas que afrontan experiencias cercanas a la muerte. En tal
caso, el sujeto puede presenciar acontecimientos que tienen lugar en habitaciones o lugares
remotos y la veracidad de su testimonio puede ser verificada objetivamente por observadores
imparciales. El último reto que esta nueva disciplina ha lanzado a la ciencia newtoniana ha sido
el descubrimiento de que personas clínicamente ciegas pueden describir escenas visualmente
exactas durante sus experiencias de EEC a pesar de que, tras recuperarse de la enfermedad o
trauma que causó la EEC, siguen sin ser capaces de ver. Ciertos pasajes de El Libro Tibetano
de los Muertos afirman que, poco después del momento de la muerte, el sujeto asume un
«cuerpo de bardo» que puede trascender las limitaciones habituales del tiempo y el espacio y
viajar con relativa libertad a lo largo y ancho del globo.
Durante una época en la que me dediqué plenamente a la investigación tanatolgica, tuve la
oportunidad de visitar a un médico de un hospital de Miami que acababa de constatar la
realidad de la inusual EEC de una inmigrante cubana. La paciente había sufrido un paro
cardíaco que le produjo una EEC durante la cual regresó a casa -después de muchos años de
ausencia- y vio su antigua casa. Cuando se recuperó del ataque, estaba muy nerviosa por la
experiencia que acababa de atravesar. Según relató, los nuevos inquilinos habían efectuado
modificaciones que no eran de su agrado, como cambiar ciertos muebles de lugar, sustituir
otros y también habían pintado la cerca de un color verde que le parecía espantoso. En un
viaje posterior a Cuba, el médico que la atendía había podido verificar la exactitud de todos los
cambios ocurridos en la casa durante su ausencia, incluyendo el llamativo color verde de la
cerca.
Los conocidos investigadores Charles Tart, de la Universidad de California, y Russell Targ y
Harold Puthoff, del Stanford Research Institute, han diseñado y llevado a cabo experimentos
de laboratorio que les han permitido demostrar la realidad de la EEC. En la investigación de la
llamada «visión remota», por ejemplo, Russell Targ utiliza a dos personas, una de las cuales,
-el llamado «vidente»- permanece en el interior de un laboratorio cuidadosamente controlado
mientras la otra persona -a la que denomina «baliza»- se sitúa en un lugar próximo.
Luego un ordenador selecciona al azar un determinado lugar y se le comunica en secreto al
sujeto que actúa de baliza. Una vez que el sujeto baliza llega al emplazamiento elegido se pide
al vidente que describa lo que está viendo su compañero en ese momento. La distancia
existente entre ambos sujetos -que puede ser de unos pocos metros o de miles de kilómetros-
no parece tener la menor influencia sobre la capacidad del vidente para describir el lugar con
todo lujo de detalles. En algunos de los casos, el vidente -un conocido psíquico soviético- no
sólo describió con exactitud la localización de Keith Harary -un colaborador de Targ que
actuaba de baliza en aquella ocasión- sino que también describió lo que iba a ver desde el
lugar seleccionado por el ordenador para la experiencia siguiente ¡Antes incluso de que el
sujeto supiera adónde debía dirigirse!
Aunque en las primeras investigaciones de la visión a distancia se utilizaron mujeres y
hombres que mostraban ciertas facultades psíquicas, los investigadores pronto se dieron
cuenta de que cualquier persona puede ser adiestrada para llevar a cabo esta tarea. La mayor
parte de los investigadores expresan su convencimiento de que la visión a distancia y otras
capacidades telepáticas son facultades normales de todo ser humano. Muchas de las personas
que han experimentado la visión a distancia relatan que el proceso de desarrollo de esta
facultad no consiste tanto en aprender algo nuevo como en «desaprender» los
condicionamientos negativos que parecen bloquear la «realidad» de ese tipo de facultades.
Los buenos clarividentes pueden obtener información sobre el pasado de sus clientes o
sobre la historia de un objeto físico sin poseer ningún tipo de pista visual o verbal. En
numerosas ocasiones he visto a psíquicos de la categoría de Anne Armstrong y Jack Schwarz
acceder a datos minuciosos y detallados de este tipo. Esta capacidad nos proporciona
evidencias de que la memoria puede existir independientemente del cuerpo físico y también
puede conservar improntas reconocibles por algún tipo de facultad humana independiente de
los cinco sentidos. El tiempo, pues, no parece ser una calzada de dos direcciones (pasado y
futuro) sino un océano ilimitado en el que podemos acceder de manera inmediata a cada una
de las gotas de agua que contiene independientemente del lugar en el que nos encontremos.
Para finalizar esta sección sólo me resta decir que, en mi opinión como investigador de la
conciencia humana, este tipo de percepciones extraordinarias suelen ir acompañadas de un
profundo miedo metafísico similar al que yo mismo experimenté cuando me enfrenté a la
posibilidad de proyectarme a través del espacio y el tiempo hasta el piso de mis padres. Este
miedo se asienta en el hecho de que estas experiencias desafían y socavan nuestras creencias
fundamentales sobre la naturaleza de la realidad. El temor, en otras palabras, es un indicador
que señala el grado en que sentimos amenazadas las creencias fundamentales que nos
permiten movernos en la vida cotidiana. En cierto sentido, puede resultamos bastante más
cómodo negar la existencia de la experiencia en cuestión que aceptarla y confiar en ella. En
otras palabras, cuando debemos elegir entre aceptar una nueva visión del mundo o reprimir
nuestros temores, solemos decantarnos por la última alternativa.

Un mundo mitológico más allá del espacio y el tiempo


En los dos últimos capítulos hemos examinado la forma en que la conciencia transpersonal
nos permite investigar experiencias que trascienden las limitaciones del espacio y del tiempo.
En este plano, las personas con quienes nos encontramos y los sucesos que presenciamos
parecen totalmente «reales» a pesar de percibirlos de un modo completamente diferente al de
la vida cotidiana. Sin embargo, la conciencia transpersonal también se adentra en dimensiones
que trascienden nuestra concepción habitual de la realidad ya que también podemos
encontrarnos con entidades, situaciones y lugares que tienen escasa o ninguna relación con las
realidades que nos es dado contemplar en la vida cotidiana. De este modo, la conciencia
transpersonal nos permite penetrar en el mundo de los chamanes, los videntes, los dioses, los
demonios y los seres sobrehumanos que habitan en el mundo de los mitos y de los cuentos de
hadas.

9. MÁS ALLÁ DE LA REALIDAD COMPARTIDA


Los mitos no dimanan de un sistema conceptual sino de un sistema vital, es decir, de un
centro mucho más profundo. No debemos confundir la mitología con la ideología. Aunque
nuestra mente pueda asombrarse de que haya quienes crean en este tipo de cosas, los mitos
proceden del corazón y de la experiencia. El mito no señala un hecho sino que apunta más allá
de éste hacia aquello que le da forma.
JOSEPH CAMPBELL, An Open Life: In Conversation with Michael Toms

Existe un tipo de experiencias transpersonales que parecen hallarse más allá del
«continuum» espacio-temporal en el que discurre nuestra realidad cotidiana, un tipo de
experiencias -que no suelen ser aceptadas ni estudiadas por la moderna metodología
científica- que nos permite acceder al mundo de los mitos, las apariciones, la comunicación con
los muertos y la facultad de ver el aura, los chakras y otras energías sutiles. En esos dominios
también podemos experimentar encuentros con guías espirituales, «animales de poder» y
diversas entidades infrahumanas y sobrehumanas o efectuar viajes fantásticos a universos
extraordinarios.
Según Aldous Huxley, no deberíamos precipitarnos en desdeñar esta dimensión insólita
como si se tratara de una mera fantasía carente de propósito. Según sus propias palabras:
Al igual que la jirafa o el ornitorrinco, las criaturas que moran en las regiones más
apartadas de la mente parecen sumamente improbables. Sin embargo, existen y pueden ser
observadas y, como tales, no pueden ser ignoradas por nadie que trate de comprender
honestamente el mundo en que vivimos.'
En el presente capítulo exploraremos minuciosamente las regiones más remotas de la
conciencia basándonos en las descripciones que nos han aportado personas que participaron
en sesiones de psicoterapia experiencial. Comenzaremos con una de las áreas más
controvertidas de este campo, la comunicación con los muertos.

Experiencias mediúmnicas y espiritistas


Dentro de este apartado incluimos las sesiones espiritistas, la investigación de la posible
supervivencia de la conciencia después de la muerte, la comunicación telepática con parientes
y amigos muertos, los contactos con entidades desencarnadas y las experiencias en el plano
astral. En su vertiente más común, la gente puede ver apariciones de personas fallecidas y
recibir sus mensajes. Un día después de la muerte de su esposo, por ejemplo, una mujer vio a
su marido sentado en su sillón favorito de la sala de estar, quien la saludó y le preguntó cómo
estaba. La mujer respondió que se encontraba bien. Él le dijo entonces dónde podría encontrar
los documentos legales que necesitaba para ultimar ciertos detalles de la herencia. Esta
información le resultó muy útil y le ahorró varias horas de búsqueda ya que la mujer ignoraba
su paradero. Este tipo de experiencias no es infrecuente en quienes han atravesado por una
experiencia cercana a la muerte (ECM), en clientes sometidos a terapia experiencia) y a
sesiones psicodélicas o en el trabajo de los videntes.
Existe una vertiente más compleja de estas experiencias en la que el médium entra en un
estado de trance profundo y sufre transformaciones radicales en su apariencia física. En tal
caso, las posturas, los gestos y las expresiones faciales del médium adoptan formas muy
extrañas, al tiempo que se producen cambios en el tono, la inflexión, el acento y la cadencia
en su voz. He visto a personas en estado de trance que hablaban idiomas que desconocían y
que jamás habían escuchado en su estado ordinario de conciencia. He oído a personas que
hablaban en varias lenguas extrañas, les he visto escribir, pintar laboriosos cuadros y dibujar
extraños signos jeroglíficos de manera automática. La iglesia espiritista de Filipinas y Brasil,
inspirada en las enseñanzas de Allan Kardec, nos brinda numerosos ejemplos de este tipo de
misteriosos fenómenos.
El psicólogo y psíquico brasileño Luis Antonio Gasparetto, por ejemplo, estrechamente
vinculado a la iglesia espiritista, es capaz de pintar en estado de trance ligero con el estilo de
numerosos pintores de todo el mundo. Hace años tuve la oportunidad de observar cómo
trabajaba durante un seminario mensual que tuvo lugar en el Esalen Institute y me quedé muy
impresionado tanto por su habilidad para imitar el estilo de los grandes maestros de la pintura
como por la tremenda velocidad con la que trabajaba cuando «canalizaba» a los pintores
difuntos. En cada sesión de trabajo llegaba a pintar un promedio de unos veinticinco lienzos.
Gasparetto puede pintar en la oscuridad más absoluta o con tina luz roja que imposibilita
casi por completo la distinción de los colores. En numerosas ocasiones le he visto trabajar en
dos cuadros a la vez -uno con cada mano- y, ocasionalmente, también le he visto pintar con el
pie un cuadro que se hallaba bajo la mesa oculto de su propia visión. En cualquiera de los
casos, no obstante, todos sus cuadros resultan estéticamente bellos y reproducen la sutileza,
el color, el estilo, la forma y la composición propios del maestro fallecido.
Si las comunicaciones con entidades desencarnadas se limitaran exclusivamente a visiones
y a sensaciones subjetivas y difusas no tendríamos grandes dificultades en desestimarlas como
un simple producto de la imaginación o el fraude. Sin embargo, la situación suele ser bastante
más compleja ya que, con frecuencia, la información que proporciona el «ser desencarnado»
puede ser verificada posteriormente. Veamos, en este sentido, el siguiente ejemplo,
procedente de la transcripción de una sesión experiencial de Richard, un paciente que sufría de
depresión a quien ya hemos citado en el capítulo octavo.
Richard dijo que se hallaba en un espacio que tenía todas las características del plano
astral. Habló de una misteriosa luminiscencia poblada de seres desencarnados que intentaban
comunicarse desesperadamente con él. Aunque Richard no podía verlos ni oírlos, sentía
claramente su presencia y recibía continuamente sus mensajes telepáticos. Yo tomé nota de
uno de esos mensajes, uno concreto que no parecía difícil de verificar a posteriori.
Se trataba de una petición para que Richard estableciera contacto con un matrimonio que
vivía en la ciudad moravia de Kromeriz y les dijera que su hijo Ladislav se encontraba
perfectamente y que no necesitaba nada. El mensaje incluía el nombre del matrimonio, su
dirección y su número de teléfono, datos, todos ellos, desconocidos para mí y para mi
paciente. La experiencia resultó muy extraña porque no tenía absolutamente nada que ver con
Richard y estaba completamente desvinculada de sus problemas habituales y de su
tratamiento.
Después de ciertas dudas decidí llevar a cabo algo que me convertiría en el objeto de la
burla de mis colegas si llegaran a enterarse. Marqué entonces el número de teléfono y
pregunté por Ladislav pero, para mi sorpresa, la mujer que atendió la llamada rompió a llorar
y, después de calmarse, me dijo con la voz quebrada por la emoción: «Nuestro hijo ya no está
con nosotros. Murió hace tres semanas». 2
Veamos otro ejemplo de este tipo de experiencias que tiene que ver con mi antiguo amigo y
colega Walter N. Pahnke. En 1971, Walter marchó de vacaciones a una cabaña frente al mar,
en Maine, con su esposa Eva y sus hijos. Cierto día cogió su equipo de buceo pero jamás
regresó del océano. El equipo de rescate organizado para buscarlo no logró encontrar rastro
alguno de Walter. Para Eva resultó muy difícil aceptar e integrar la muerte de su esposo. Su
último recuerdo era la imagen de Walter alejándose de la cabaña pletórico de salud y vitalidad.
Le resultaba muy duro hacerse a la idea de que Walter ya no formaba parte de su vida y que
debía comenzar un nuevo capítulo de su existencia con la sensación de no haber concluido el
precedente.
Eva era psicóloga y se inscribió en un taller de formación en el uso terapéutico del LSD para
profesionales de la salud mental organizado por nuestro instituto. Tomó esa decisión con la
intención de tener una experiencia psicodélica que le permitiera hallar algunas respuestas y
me pidió que yo fuera su guía. Durante la segunda parte de la sesión tuvo una visión muy
clara de Walter y mantuvo un diálogo en el curso del cual recibió instrucciones muy precisas
con respecto a cada uno de sus tres hijos y se sintió liberada para emprender una nueva vida,
ajena a cualquier tipo de compromiso con la memoria de Walter. Fue una experiencia muy
profunda y liberadora.
En el mismo momento en que Eva comenzaba a poner en duda todo el episodio como una
simple maquinación de su mente, Walter reapareció para pedirle algo que ella ignoraba
previamente. «A propósito -le dijo-. He olvidado una cosa. ¿Querrías hacerme el favor de
devolver un libro que me prestó un amigo? Está en mi estudio del ático.» Luego le dio el
nombre del amigo, el título del libro, el anaquel en el que se encontraba y el orden secuencial
que ocupaba. Siguiendo al pie de la letra las instrucciones de Walter, Eva no tuvo el menor
problema en localizar el libro y devolverlo.
El trabajo experiencial realizado por Eva en este estado transpersonal le permitió atravesar
el duelo de la muerte de su marido de un modo que sólo hubiera logrado parcialmente tras
meses y meses de una terapia exclusivamente biográfica.
Pensando posteriormente consideré que era muy propio de Walter proporcionar a Eva algún
modo de verificar la veracidad de su experiencia. Durante su vida Walter había acordado con
Eileen Garret, una conocida vidente que era presidenta de la American Parapsychological
Association, que después de morir intentaría darle una prueba incuestionable de la existencia
del más allá.
Uno de los psicólogos que participaron en nuestro seminario de formación de tres años de
duración fue testigo y también sujeto de muchas experiencias transpersonales en las sesiones
de Respiración Holotrópica. No obstante, a pesar de ello, seguía siendo muy escéptico con
respecto a la autenticidad de esos fenómenos y continuamente se cuestionaba si realmente
merecían o no una consideración especial. Cierto día, sin embargo, durante una de las
sesiones holotrópicas, experimentó una sincronicidad inusual que le llevó a concluir que su
anterior enfoque sobre la conciencia humana pecaba de ser excesivamente conservador.
Durante esa sesión se encontró con su abuela, que había fallecido muchos años atrás. En su
niñez había estado muy unido a ella y se sintió profundamente conmovido ante la posibilidad
de volver a comunicarse con ella. Pero a pesar de las profundas implicaciones emocionales de
la experiencia, nuestro amigo siguió manteniendo una actitud profesionalmente escéptica.
Sabía que había compartido muchas experiencias con su abuela y suponía que los antiguos
recuerdos hubieran podido proporcionar la materia prima para ese encuentro imaginario.
Sin embargo, el encuentro con su abuela fallecida resultó tan emocionalmente profundo y
convincente que no pudo desecharlo como un mero producto de su fantasía. Decidió entonces
buscar alguna evidencia de que la experiencia no era fruto de su imaginación. Luego le pidió a
su abuela una prueba de la realidad de la experiencia y recibió el siguiente mensaje: «Ve a
casa de tía Anna y mira las rosas cortadas». Cuando el fin de semana visitó a su tía Anna y la
encontró cortando rosas se quedó completamente estupefacto. Ése había sido el único día del
año en el que su tía se había dedicado a cortar las rosas de su jardín.'
Obviamente, este tipo de experiencias no nos aportan pruebas concluyentes sobre la
existencia del plano astral y los seres desencarnados, pero sugieren claramente la necesidad
de que los investigadores de la conciencia les presten una atención mucho más cuidadosa.

Los fenómenos energéticos del cuerpo sutil


En los estados no ordinarios de conciencia también es posible contemplar y experimentar
campos de energía que, si bien han sido descritos por las tradiciones místicas orientales, no
han sido, en cambio, constatados objetivamente por la ciencia occidental. Nos estamos
refiriendo a las «auras», el «cuerpo sutil», los «meridianos de la acupuntura», los «nadis», los
«chakras», etcétera. Es importante recordar, a este respecto, que las tradiciones en las que se
originaron estos conceptos siempre han afirmado que no se trata de experiencias propias del
mundo físico sino del mundo sutil.
Hace ya muchos años que me sorprendí de que muchos occidentales, totalmente ajenos a
estos sistemas filosóficos, describieran con todo hijo de detalles ese tipo de fenómenos
energéticos sutiles. Hay quienes perciben campos energéticos, luminiscencias de color en torno
a las personas, que coinciden con las descripciones de las auras mencionadas en los antiguos
textos esotéricos. Otros experimentan en sus cuerpos el flujo de una corriente energética que
discurre por conductos que se corresponden exactamente con los diagramas de los nadis y de
los chakras descritos por las antiguas escrituras tántricas de la India y con los meridianos de la
acupuntura de los que nos hablan los antiguos textos de medicina china.
Desde hace miles de años el ser humano ha utilizado la facultad para ver el aura como un
instrumento para diagnosticar el estado general de la persona. Del mismo modo, el trabajo con
las energías sutiles del cuerpo constituye una antigua tradición terapéutica. En diversas
ocasiones he visto trabajar en nuestro país a Jack Schwarz, quien es capaz de «leer» en el
aura el historial médico del paciente y diagnosticar adecuadamente sus enfermedades. El
historial de Schwarz resulta sumamente convincente porque ha sido constatado y verificado
reiteradamente bajo rigurosas condiciones de laboratorio.
El concepto de Poder Serpentino o kundalini constituye también un elemento habitual en
aquellos sistemas que hacen uso de las energías sutiles. Desde el punto de vista del hinduismo
y del budismo tántrico, por ejemplo, kundalini es la energía creativa del universo que, según
se dice, dormita aletargada en la base de la espina dorsal y puede ser activada mediante la
práctica espiritual, el contacto con un maestro o ciertas situaciones espontáneas. Cuando
kundalini despierta se convierte en una energía activa, o shakti, que asciende a través de
ciertos conductos sutiles (nadis) y va abriendo y activando, a su paso, los siete centros
psíquicos del cuerpo sutil (chakras) que se hallan ubicados desde la base de la espina dorsal
hasta la coronilla.
Esta experiencia suele ir acompañada de intensas sensaciones de calor y energía que
parecen recorrer la columna vertebral. Al mismo tiempo que se produce este ascenso de la
energía la persona experimenta emociones, temblores, espasmos, sacudidas, contorsiones y
un amplio espectro de fenómenos transpersonales.
Durante el nacimiento del hijo de su primer matrimonio, mi esposa Christina tuvo una
experiencia de este tipo que determinó decisivamente su búsqueda de sentido en el dominio
transpersonal. En su preparación para el parto natural había aprendido el método respiratorio
de Lamaze y, en la última fase del parto, tuvo la siguiente experiencia:
Sentí un chasquido brusco dentro de mí que pareció liberar poderosas y extrañas energías
que recorrieron todo mi cuerpo. Luego comencé a temblar descontroladamente. Sentía como si
la corriente eléctrica ascendiera desde la punta de los pies y atravesara mis piernas y mi
columna vertebral hasta llegar a la cabeza, en cuyo interior parecía estallar en deslumbrantes
mosaicos de luz blanca. Al mismo tiempo, la respiración jadeante de Lamaze fue sustituida por
un extraño e involuntario ritmo respiratorio.
Fue como si me viese arrastrada por una fuerza milagrosa y terrorífica. Estaba asustada y
maravillada al mismo tiempo. El temblor, las visiones y la respiración espontánea no tenían
nada que ver con lo que yo esperaba después de meses de preparación al parto.'
Durante el nacimiento de su segunda hija, Sarah, Christina también tuvo sensaciones y
experiencias similares pero, en esta ocasión, los médicos le administraron tranquilizantes para
suprimirlas. Años después, un amigo la invitó a conocer a swami Muktananda y, aunque por
aquel entonces no tenía muchas inquietudes espirituales, aprovechó, sin embargo, la ocasión
para tomarse un fin de semana y poder descansar durante unos días de sus responsabilidades
como esposa y madre.
Durante ese retiro Christina aprendió a meditar. De tanto en tanto, swami Muktananda les
daba algunas charlas que tuvieron un profundo efecto sobre ella. Durante su segundo día de
retiro tuvo la siguiente experiencia:
En una de las sesiones de meditación, Muktananda me miró y luego me presionó el
entrecejo varias veces con el dedo. El impacto de ese gesto, en apariencia tan sencillo, abrió
de golpe la puerta a todas las experiencias, emociones y energías que había estado
reprimiendo desde el nacimiento de Sarah.
De pronto me sentí conectada a una red de alto voltaje y comencé a temblar
descontroladamente. La respiración dejó de estar bajo mi control y se hizo más automática y
rápida que de costumbre. Las visiones comenzaron entonces a aflorar en mi conciencia.
Lloraba a lágrima viva mientras me sentía nacer y morir al mismo tiempo. Me sumí en el dolor
y el éxtasis, en la fortaleza y la ternura, en el amor y el miedo, en lo más profundo y en lo más
elevado. Me hallaba en una especie de montaña rusa vivencial sabiendo que el genio había
salido de la botella y no podría volver a meterlo dentro de ella.'
En este tipo de experiencias kundalínicas, la persona puede romper a reír o a llorar
involuntariamente, puede entonar cánticos o mantras, hablar lenguas desconocidas, emitir
sonidos animales o asumir espontáneamente posturas o gestos yóguicos. El observador no
iniciado puede llegar a creer que la persona se ha vuelto completamente loca y lo mismo
puede parecerle a quien atraviesa esta experiencia sin una preparación adecuada. Sin
embargo, cuando nos aproximamos a la experiencia del despertar de kundalini en el contexto
de las tradiciones yóguicas, podemos asistir a una apertura dramática de la vida espiritual y a
una expansión y ampliación de la conciencia de lo que hemos denominado el nivel
transpersonal.

El contacto con espíritus animales


En nuestra exposición anterior sobre la conciencia animal ya hemos pasado revista a una
serie de experiencias transpersonales que implican una completa identificación con las formas
físicas de animales pertenecientes a diversas especies. Sin embargo, también es posible
experimentar la faceta espiritual o la esencia arquetípica de una determinada especie.
La experiencia de identificación con espíritus animales, o «animales de poder», desempeña
un papel fundamental en el chamanismo, la religión y el sistema curativo más antiguo de la
humanidad. En estados no ordinarios de conciencia, alcanzados espontáneamente o
provocados mediante el uso deliberado de ciertas técnicas inductoras del trance, los chamanes
de las diferentes tradiciones aborígenes entran en contacto con distintos espíritus animales y
utilizan esa conexión para propósitos que van desde la localización de presas animales para los
cazadores de la tribu hasta el diagnóstico y la curación de enfermedades.
A través del contacto con su espíritu guardián o con su animal de poder, el chamán puede
conectar con los poderes del mundo animal y otras fuerzas de la naturaleza. En las tradiciones
chamánicas, la guía del espíritu del animal representa el poder de toda una especie de la que
el chamán extrae el conocimiento o la energía para la curación, la caza o provocar un cambio
en las condiciones de vida de la tribu. Las técnicas utilizadas para conectar con estos espíritus
y poderes varían de una cultura a otra. Los zuni (ashiwi) de Nuevo Méjico, por ejemplo,
utilizan figurillas de piedra -«fetiches» que representan a los animales- y se sirven de ellos
para invocar al espíritu del animal, conectar con él o usarlo como mediador entre los humanos
y las formas espirituales más elevadas del mundo natural.
Las culturas chamánicas consideran que los animales de poder constituyen una fuente de
vitalidad, salud y poder personal para vivir en armonía con la naturaleza. La mayor parte de
las danzas, cantos, plegarias y otros aspectos de la vida ritual de muchas culturas aborígenes
giran en torno a los poderes animales y son utilizados para comunicarse con ellos, conjurar su
sabiduría y su poder o restablecer los vínculos quebrantados por la negligencia, la falta de
respeto o el agravio hacia los espíritus animales o hacia algún espíritu superior del mundo
natural.
Pero la investigación sobre la conciencia me ha llevado a descubrir que la experiencia de
identificación con espíritus animales no se halla circunscrita a las culturas aborígenes sino que
también suele presentarse en miembros de sociedades urbanas más modernas y sofisticadas
tecnológicamente en estados no ordinarios de conciencia. En las sesiones holotrópicas y
psicodélicas, en los talleres de chamanismo y en las crisis psico-espirituales espontáneas
(crisis de emergencia espiritual), por ejemplo, también suelen tener lugar experiencias de
identificación y comunicación con el mundo animal. Con mucha frecuencia he sido testigo de
experiencias tan convincentes que terminaron despertando un profundo y genuino interés por
el chamanismo en occidentales previamente escépticos. No son pocos los casos en los que las
personas han experimentado una importante transformación que les ha impulsado a estudiar
sistemáticamente el chamanismo con antropólogos y chamanes experimentados.
Este tipo de experiencias puede adoptar formas muy diversas. A veces, cuando el animal
aparece en un sueño o en una visión, puede ser simplemente una expresión simbólica del
lenguaje de la mente inconsciente. En tal caso, su significado debe ser descifrado mediante un
proceso de análisis similar a la psicoterapia freudiana. En estos sueños y visiones, los animales
pueden representar mensajes crípticos reveladores de algunos sentimientos y cualidades
personales del que sueña. Así, por ejemplo, la imagen de una pantera o de un tigre quizás
pudieran simbolizar los sentimientos de agresividad del soñador mientras que un caballo, un
toro o una cabra, por su parte, pueden constituir una representación del deseo sexual de la
persona.
Sin embargo, debemos distinguir la simple representación simbólica de la identificación
transpersonal con diferentes animales. Quienes han atravesado este último tipo de
experiencias refieren que se trata de algo tan inusitadamente intenso y genuino que no existe
la menor duda de que el animal posee una identidad perfectamente diferenciada de la persona
que lo percibe. En cualquiera de los casos, lo cierto es que la experiencia revela una serie de
datos sobre el animal que la persona en cuestión desconocía previamente.
Por lo general, las personas que atraviesan una experiencia transpersonal con una presencia
animal se resisten a atribuirle un sentido meramente simbólico e insisten en que no existe
nada que analizar o interpretar ya que, para ellos, se trata de una verdadera experiencia de
comunicación con el animal en cuestión.
Además de este tipo de identificación con un animal concreto, la persona también puede
identificarse con el «alma», con el «depósito» de las experiencias de todos los miembros de
esa especie. La existencia de una entidad de estas características ha sido investigada
seriamente por el biólogo Rupert Sheldrake, quien sostiene que la memoria y la sabiduría de
las distintas especies se almacena en lo que él denomina «campos morfogenéticos», una
dimensión inaccesible a la metodología de la ciencia contemporánea pero a la que puede
accederse mediante las técnicas chamánicas. Gregory Bateson, por su parte, también se ha
ocupado de este tema en su investigación sobre el papel que desempeña la mente en el
mundo natural.
La experiencia con los espíritus animales y con los animales de poder es notablemente
diferente de la experiencia simbólica de animales o de la identificación transpersonal con
individuos o con especies enteras. Las experiencias simbólicas son creaciones de la mente
inconsciente mientras que la identificación con los animales individuales -o con el alma de una
determinada especie- tiene que ver con fenómenos que son un reflejo del mundo físico. Por su
parte, los animales de poder pertenecen al dominio de la realidad arquetípica y poseen
atributos extraordinarios que los diferencian completamente de los animales con los que
podemos encontrarnos en el mundo natural. Los espíritus animales irradian una energía
inusual, poseen la capacidad de utilizar el lenguaje de los seres humanos y pueden
manifestarse asumiendo forma animal o forma humana. A veces, incluso, se mueven en
entornos inhabituales para ellos. Así, por ejemplo, una serpiente puede volar por los aires con
o sin la ayuda de alas, demostrando que ese espíritu del animal trasciende el papel que suele
desempeñar en la naturaleza.
El ejemplo que veremos a continuación -relatado por Hal Zina Bennett, quien inició un
trabajo pionero con los fetiches zuni hace ya veinte años- constituye una excelente muestra de
la experiencia de la conciencia animal y de la comunicación con los espíritus animales. En este
sistema indígena americano, el chamán se comunica con el animal sirviéndose de una pequeña
figura de piedra que representa al animal en cuestión.
Tal como me había instruido mi guía sostuve en la mano derecha la pequeña figurilla (un
puma tallado en piedra) y me dirigí a él con la denominación que recibe en la tradición zuni,
«Guardián del Norte». De inmediato sentí una comunicación muy poderosa y directa. Podría
incluso decir que se trataba de algo más visceral que verbal, como si hubiera conectado con
cada una de las células del cuerpo del animal y, en lugar de observarlo, me hubiera
convertido, de algún modo, en él. En un determinado momento percibí la imagen mental
diáfana de una hermosa, impecable y digna leona de montaña que se hallaba medio oculta
entre los matorrales altos que se alzaban al borde del cañón.
El animal se acercó cautelosamente, avanzando y retrocediendo en un zigzagueante y
tranquilo movimiento. Sus ojos parecían observarme con cierta indolencia pero yo podía
percibir la existencia de una fuerte conexión energética entre nosotros. Si me movía, o incluso
si tenía algún pensamiento o sentimiento agresivo hacia ella, nuestra conexión desaparecía de
inmediato. Sentía una mezcla de reverencia y temor, pero algo en mi interior me decía que si
mantenía la atención, no tenía nada que temer y podría aprender muchas cosas de ella.
Cuando el animal llegó a unos pocos metros de Hal se detuvo, lo miró de frente y tensó
súbitamente todos los músculos de su cuerpo en una posición de alerta. Hal dijo que parecía
corno si estuviera «apuntando al centro de mi alma». Durante más de un minuto se quedó
paralizado, temiendo que, en cualquier momento, pudiera saltar sobre él y despedazarlo con
sus afiladas garras. El relato de Hal prosigue del siguiente modo:
De pronto extendió su cuello hacia adelante, me mostró los dientes y lanzó un rugido sordo
y estremecedor que provocó un escalofrío hormigueante en mi espina dorsal. Luego se quedó
quieta y todos mis temores se desvanecieron y me sentí embargado por un sentimiento de
amor y respeto. Entonces la leona se sacudió, se recostó y giró su cabeza como si hubiera
perdido todo interés en ni¡ presencia.
Luego escuché un rumor que procedía de lo más profundo de mi cuerpo y tardé unos
instantes en darme cuenta de que era el mismo ronroneo profundo y monótono propio de un
gato doméstico, un sonido cuya intensidad recorría sensualmente la totalidad de mi cuerpo.
Como ya he dicho, no hubo ningún tipo de comunicación verbal entre nosotros. Sin
embargo, en los breves instantes que compartimos descubrí la forma de mantener la frontera
y el territorio del individuo, así como un profundo sentimiento de reverencia hacia la caza y un
respeto sagrado por el espíritu de la presa. El puma, en definitiva, tiene una comprensión
íntima de la naturaleza y no se relaciona con ella como si fuera un espacio meramente físico
sino como una fuerza imponente de la que participan los cazadores, las presas y el resto de las
criaturas.
Los días siguientes Hal volvió mentalmente a ese lugar para seguir aprendiendo nuevas
cosas sobre el puma y su visión de la vida. A partir de ese momento, el puma se convirtió en
una especie de espíritu guía ante cualquier situación relacionada con los límites personales o el
uso correcto del poder.

Encuentros con guías espirituales y seres sobrehumanos


Una de las experiencias más reconfortantes del nivel transpersonal es el encuentro con
guías espirituales, entidades que son percibidas como seres sobrehumanos que habitan en
planos de conciencia y en niveles energéticamente superiores. Estos guías espirituales pueden
adoptar formas humanas reconocibles y comunicarse con nosotros del mismo modo que lo
hace una persona en sueños, pero también pueden aparecer bajo la forma de una luz radiante
o de un poderoso campo energético. En contadas ocasiones se comunican verbalmente y, en
su lugar, parecen utilizar canales extrasensoriales o telepáticos para transmitir la información.
La mayor parte de las personas que disponen de un guía espiritual que les orienta afirman
que éste apareció de manera espontánea. No obstante, estos guías también pueden aparecer
súbitamente en un período de crisis interna, durante una enfermedad grave, después de una
lesión física o mediante cualquier tipo de práctica espiritual. Hay algunos guías espirituales que
se presentan con su nombre mientras que otros, en cambio, prefieren permanecer en el
anonimato.
Estos guías espirituales pueden ofrecer diversos tipos de ayuda. Pueden intervenir para
advertirnos de algún peligro inminente o brindarnos su consejo cuando afrontamos períodos
difíciles de crecimiento psicológico o espiritual. Sin embargo, después de ayudarnos en una
crisis o una situación de emergencia pueden desaparecer para siempre o continuar
orientándonos en los asuntos cotidianos.
En su libro Memorias, sueños y pensamientos, C.G. Jung nos ofrece una extraordinaria
historia sobre guías espirituales. Cierto día, Jung recibió la visita de un líder espiritual hindú
con el que mantuvo una larga conversación y, cuando Jung le preguntó el nombre de su
maestro espiritual, el visitante respondió que se trataba de «Shankaracharya». El nombre le
resultó familiar porque Shankaracharya es el comentarista más famoso de los Vedas. Sin
embargo, Jung pensó que no era posible que su visitante pudiera tener como maestro a un
hombre muerto hacía varios siglos. Esperando aclarar esta duda, Jung le preguntó si se
trataba del mismo Shankaracharya.
«Sí, me refiero a él», replicó, para su sorpresa.
«¿Entonces, se está usted refiriendo a un espíritu?», insistió Jung.
«Sí, a un espíritu -respondió-. También existen maestros en el plano espiritual. La mayor
parte de las personas tienen maestros vivos pero siempre hay alguien que tiene a un espíritu
por maestro. »'
A lo largo de los tiempos, las personas han recibido información procedente de entidades
sobrehumanas y de guías espirituales. A veces los receptores guardan los mensajes recibidos
para sí mismos mientras que, en otras ocasiones, actúan como simples intermediarios que
deben compartir la información con los demás. En algunos casos, este tipo de comunicación
-que, en la actualidad se denomina «canalización»- está destinada a millones de personas.
Suele aceptarse, por ejemplo, que los Vedas, quizás las escrituras más antiguas del mundo, se
basan en revelaciones canalizadas por antiguos sabios y videntes de la India. Del mismo
modo, según la fe musulmana, el Corán fue también canalizado por Mahoma en un estado
visionario. En Estados Unidos, la influyente Iglesia de los Santos de los últimos Días (los
mormones) se basa en las revelaciones canalizadas por Joseph Smith a principios del siglo xix.
Quienes hayan leído los libros de Alice Bailey sabrán que la misma Bailey reconoce que el
verdadero autor de los textos firmados con su nombre es, en realidad, una entidad que se
llama a sí misma «el Tibetano». Por otra parte, el conocido psicólogo Roberto Assaglioli afirma
que comunicó con la misma entidad y que ésta le confió los principios fundamentales del
sistema de desarrollo personal denominado «psicosíntesis». En algunos casos, el guía
espiritual proporciona un servicio muy útil y práctico al dirigir la atención de la persona que
sirve de canal sobre ciertos pasajes de textos muy diversos que proporcionan información
sobre un determinado tema.
En el curso de su vida, C.G. Jung experimentó muchas y poderosas experiencias
transpersonales. Ya hemos mencionado el dramático episodio en el que sirvió de canal para
que una entidad, que se presentó como Basilides el Gnóstico, le transmitiera su famoso texto
Septena Sermones ad Mortuos. Jung también conectó con otro guía espiritual llamado Filemon,
de quien aprendió muchas cosas sobre la dinámica del psiquismo humano. En la última época
de su vida, Jung afirmó que la mayor parte de su obra estaba basada en información recibida
por esos medios y llegó a dudar de que sus logros personales en el estudio del psiquismo
humano hubieran sido posibles si se hubiera limitado a la información recogida por medios
habituales.
En las dos últimas décadas la canalización se ha popularizado y ha atraído la atención de un
público cada vez más numeroso. La popular serie de escritos firmados por Jane Roberts y
recibidos de una entidad llamada «Seth» es uno de los muchos libros basados en información
procedente de guías espirituales. También podemos citar, en este sentido, el Emmanuel k
Book, de Pat Rodegast, los Messages from Michael de Yarbo y el New Age Transformations:
Revelations de David Spangler. Uno de los textos canalizados más famosos es el bestseller
conocido como Un curso de milagros, un libro aclamado por numerosos profesionales de
reconocido prestigio, como los doctores Hugh Prather y Gerald G. Jampolsky, por ejemplo,
quienes lo utilizan como base de sus conferencias y seminarios. El texto original fue canalizado
por Helen Schucman, una psicóloga convencional, atea y poco dada a creer en lo paranormal
que gozaba de una sólida posición en la universidad y de un excelente historial profesional.
El chanelling, o contacto con guías espirituales, se encuadra en el amplio espectro de
experiencias transpersonales que pueden acaecer en estados no ordinarios de conciencia.
Veamos a continuación el relato de las experiencias de un profesor de filosofía en estado no
ordinario de conciencia con todo un grupo de guías espirituales a los que percibió como un
consejo cósmico de ancianos.
La inteligencia que ha dado lugar a la existencia de nuestro universo es enormemente
sofisticada y su actividad trasciende, con mucho, la comprensión del ser humano. Pero si
queremos acceder a este conocimiento, esta inteligencia nos enseñará cómo hacerlo. En el
fondo, esta inteligencia no es otra cosa más que nuestro propio ser; por consiguiente,
deberemos aprender a despertar cada vez más niveles de «nuestro» propio ser, del Ser. Hoy
he tenido la oportunidad de conectar con un consejo de ancianos que me han ofrecido diversas
visiones sobre el universo y me han enseñado la forma de entrar en contacto con ellas.
Los ancianos son los custodios del conocimiento de lo que ha ocurrido en el universo desde
hace miles de millones de años. Yo buscaba este conocimiento y, por ello, fui conducido ante el
consejo de ancianos. Pero este conocimiento no es algo que simplemente se nos conceda sino
que debemos hacer algo para lograrlo. Primero tenemos que acceder a ese nivel de conciencia
y luego debemos mantener la concentración necesaria para recibir el conocimiento que puedan
ofrecernos.
Yo me hallaba sentado con el consejo de ancianos en el mismo centro del universo, en las
entrañas de la tierra, donde los guardianes de la existencia física conjuraban y ponían en
movimiento a todo el universo. Cuando en mi mente aparecía el deseo de aprender algo el
consejo se daba cuenta de inmediato y lo consideraba como una pregunta. Entonces el jefe del
consejo entonaba un canto atronador «Quiere saber tal cosa» y el resto se sumaba al canto y
comenzaba entonces una invocación. Cantaban para reunir el poder suficiente para acceder al
conocimiento.
Según este sujeto, el consejo de ancianos le concedió el acceso a un tipo de «conocimiento
experiencial» que le permitió «ver cómo operaba el universo». Sentía que «podía saber todo»
lo que quisiera si tenía la suficiente fortaleza como para soportarlo. Sin embargo, para ello,
debía «ponerme al mismo nivel de la existencia», es decir, debía expandirse hasta alcanzar el
mismo tamaño que la realidad que deseaba conocer. Ser capaz de percibir el universo de este
modo respondía a un anhelo tan profundo «que me había estado guiando a lo largo de miles y
miles de años». Nuestro sujeto prosigue su relato del siguiente modo:
A veces me confundía o me distraía mientras los ancianos cantaban. Cuando esto ocurría,
algo me cogía de los mismos huesos y me decía: «¡Escucha! ¡Escucha! ¿Quieres crecer?
¡Escucha! Eso no es lo que deberías estar haciendo. ¡Presta atención!». Entonces los grandes
monjes se acercaban y me repetían: «¡Escucha! Todas las cosas tienen su lugar, pero si
quieres comprender la estructura del universo deberás ser capaz de asimilarlo en los niveles
más profundos. ¡Tendrás que ser capaz de experimentarlo!».

Viajes a otras dimensiones y universos paralelos


En ocasiones, las experiencias transpersonales parecen discurrir en entornos extraños, en
mundos cuya realidad es muy diferente de la nuestra y que parecen estar ubicados en planos
paralelos y coexistentes con nuestra realidad. Por regla general, las entidades que habitan
esos mundos poseen formas extrañas, formas completamente diferentes a lo que conocemos
en nuestra realidad física y suelen funcionar de acuerdo a leyes que nos resultan ajenas.
Aunque muchas de ellas son criaturas inteligentes pueden mostrar, no obstante, procesos
emocionales e intelectuales que tienen poca o ninguna similitud con los nuestros.
Los viajes a estos universos paralelos suelen semejarse a las ingeniosas historias de ciencia
ficción a que nos tienen acostumbrados las películas de la saga de La Guerra de las Galaxias,
de George Lucas, o algunas escenas de la serie televisiva Star Treck. En ocasiones, este tipo
de aventuras pueden ser peligrosas debido a la naturaleza hostil de las criaturas implicadas o
al temor y la incertidumbre que nos suscita lo desconocido. Cuando la situación parece
peligrosa es porque el visitante se encuentra en un entorno que le es completamente ajeno, un
mundo en el que cualquier paso en falso puede abocarle al desastre.
Este tipo de experiencias transpersonales difumina los límites existentes entre la realidad
objetiva y el dominio mítico del inconsciente colectivo. En ellas, el sujeto nunca tiene la
seguridad de que la experiencia constituya una visita real a un remoto planeta de nuestro
cosmos, un viaje interdimensional a un universo paralelo o un estado visionario que se origina
en el inconsciente colectivo. Las experiencias relacionadas con ovnis procedentes de otros
mundos y los encuentros con inteligencias alienígenas también suscitan el mismo problema de
interpretación. Como veremos en el análisis del fenómeno ovni, este tipo de experiencias
comparten la extraña particularidad de estar situadas en una zona crepuscular ubicada entre la
realidad consensual y el mundo de la conciencia y los arquetipos.

Viajes a las realidades míticas


La mayor parte de nosotros creemos que los mitos son ficciones inventadas sobre héroes
imaginarios en lugares inexistentes, productos, en suma, de la fantasía y la imaginación. Sin
embargo, el trabajo pionero de C.G. Jung y del mitólogo Joseph Campbell -por citar tan sólo a
dos autores- ha demostrado que esta visión de la mitología es superficial e inexacta y que los
auténticos mitos (a los que Jung denominó arquetipos) son manifestaciones de los principios
cósmicos que gobiernan nuestras vidas.
Aunque estos arquetipos encuentran su expresión en el psiquismo individual no son, sin
embargo, una creación humana. En cierto sentido, los arquetipos están supraordenados con
respecto a nuestro psiquismo ya que representan los principios universales que rigen la
actividad de nuestra vida individual. Según Jung, el poder de los arquetipos se expresa tanto
en los procesos individuales como en los grandes acontecimientos culturales e históricos. Los
arquetipos son universales y, por consiguiente, trascienden las fronteras culturales,
geográficas e históricas, aunque pueden aparecer con denominaciones diferentes o mostrar
variaciones de matiz entre una cultura y otra. Puesto que los mitos implican a los arquetipos
podemos afirmar que aquéllos también poseen cierto grado de autonomía y existencia más allá
del ser humano. Los mitos descansan en ese vasto océano de conocimiento al que Jung
denominara «inconsciente colectivo» y tienen el mismo grado de realidad que las aves que
surcan los cielos o los peces que moran en el océano.
Por su parte, la investigación moderna sobre los estados no ordinarios de conciencia no sólo
ha confirmado la visión junguiana de los arquetipos sino que también le ha añadido una nueva
e importante dimensión ya que, en esos estados, tiende a desdibujarse la frontera que separa
el mundo mitológico del mundo material. En el momento en que la consistencia del mundo
material se descompone en pautas dinámicas de energía aumenta la realidad y tangibilidad del
mundo arquetípico. En tal caso, las figuras mitológicas y los paisajes que configuran el mundo
de los mitos cobran vida y asumen una existencia independiente. En estas circunstancias, la
experiencia del mundo mítico resulta, como mínimo, tan palpable y convincente como la propia
realidad cotidiana.
En su aspecto más esencial y más profundo, los arquetipos constituyen principios cósmicos
abstractos que se hallan más allá del mundo de nuestros sentidos. Sin embargo, en ciertos
estados no ordinarios de conciencia pueden presentarse en forma perceptible a nuestros
sentidos internos o manifestarse como una presencia casi palpable. Existen arquetipos
universales que asumen aspectos diferentes en función del contexto cultural en el que se
manifiestan pero también los hay que adoptan características mucho más individualizadas. Así,
por ejemplo, los arquetipos universales de la Madre o del Padre sintetizan todos los atributos
fundamentales propios de estos roles al margen de la raza, el color, la cultura o las
circunstancias concretas del caso. Otros ejemplos de arquetipos universales son el Anciano/a
Sabio/a, el Amante, el Mártir, el Tramposo y el Marginado mientras que el Dios Padre y la
Diosa Madre, o sus contrapartidas negativas, el Padre Tiránico y la Madre Terrible, constituyen
ejemplos de arquetipos más particulares y limitados.
El estudio de la conducta y la personalidad humana condujo a Jung a formular la existencia
de tres arquetipos fundamentales: 1) el Ánima, la personificación de los aspectos femeninos en
el inconsciente del hombre; 2) el Animus, la personificación de los elementos masculinos en el
inconsciente de la mujer y 3) la Sombra, la faceta oscura, no reconocida y reprimida de
nuestra personalidad. Mientras no seamos conscientes de ellos y los reconozcamos, estos tres
aspectos, aunque ocultos e ignorados, determinarán poderosamente nuestras decisiones
vitales y condicionarán nuestra conducta y nuestra experiencia.
Durante una sesión psicodélica llevada a cabo hace ya tiempo tuve la oportunidad de
establecer un contacto directo con los arquetipos. Esta experiencia personal contribuyó, en
gran medida, a aumentar mi comprensión de esta fascinante faceta de nuestro psiquismo:
Hacia el final de una sesión en la que había experimentado visiones extraordinarias
relacionadas con el Apocalipsis, me encontré de pronto ante un gran escenario que parecía
estar situado en medio de ninguna parte, suspendido en el espacio cósmico y fuera del tiempo.
Por ese escenario discurrían las personificaciones de los principios cósmicos (arquetipos) que
crean la ilusión del mundo fenoménico, un juego divino de la conciencia cósmica que los
hindúes denominan lila. Esta escena poseía una majestad y grandeza que superaba
ampliamente mi capacidad de descripción. Pude contemplar figuras proteicas que mostraban
multitud de facetas, niveles y sentidos diferentes. Me resultaba imposible limitarme a un sólo
aspecto ya que, mientras los observaba, cambiaban de continuo como si se tratara de una
compleja representación holográfica. Cada uno de los arquetipos parecía representar, al mismo
tiempo, su propia esencia y todas las manifestaciones concretas que adopta ese principio en el
mundo fenoménico. Si bien se trataba de entidades claramente individualizadas también
abarcaban seres y situaciones procedentes de todos los lugares y épocas históricas.
Pude contemplar a Maya, el principio sutil y misterioso que simboliza la ilusión que origina el
mundo material. Era una figura similar al Anima, la personificación de la fuerza o del principio
del eterno femenino. Vi una figura terrible que se asemejaba al dios Marte y que parecía ser el
responsable de todas las guerras que han asolado la historia de la humanidad. También vi a
las figuras del Rey, del Eremita, del Tramposo y de los Amantes que encarnan las historias
amorosas de todas las épocas. Todos se inclinaron hacia mí, como si esperaran mi aplauso por
su representación estelar en la Obra Divina del universo y realmente parecían disfrutar con mi
aprobación.
Aunque existen figuras universales arquetípicas, como las que acabamos de mencionar,
también existen motivos o temas arquetípicos propios de los estados transpersonales de
conciencia. En tal caso, se trata de argumentos, alegorías e historias en cuyo planteamiento y
desenlace también existen figuras arquetípicas. Muchos de estos temas se expresan en la vida
social y sexual de la humanidad. Estas experiencias internas constituyen el fundamento de
nuestros problemas biográficos, es decir, de los conflictos emocionales que se activan desde
nuestra más temprana infancia. Un excelente ejemplo de este tipo es el desprecio que el hijo
siente hacia el padre y la atracción que experimenta hacia su madre, un tema -inspirado en la
obra bimilenaria de Sófocles, Edipo Rey- que Sigmund Freud terminó popularizando en su
conocido concepto del complejo de Edipo, cuya contrapartida arquetípica es el complejo de
Electra, el amor que la hija siente por su padre y el odio que experimenta hacia su madre.
Otro famoso tema arquetípico es el de los hermanos bueno y malo, inmortalizado por la
leyenda bíblica de Caín y Abel. Por su parte, las fábulas y los cuentos de hadas también suelen
expresar este tipo de motivos arquetípicos. «Blancanieves» y «Cenicienta», por ejemplo,
describen el doloroso conflicto entre la niña y la madre malvada o la madrastra y «Hansel y
Gretel», por su parte, refleja el drama de los hermanos amenazados por la figura de una
madre malévola. Asimismo, en la literatura universal existen numerosas versiones sobre el
tema de los amantes como, por ejemplo, Tristán e Isolda, Romeo y Julieta y Abelardo y Eloísa.
El tema del conflicto, por su parte, puede adoptar la forma arquetípica de lucha entre la
víctima y el verdugo, el asesino y el asesinado, el tirano y el oprimido o el esclavo y el
libertador. Según Freud, todos estos mitos se originan en los conflictos biosociales que
experimentamos en nuestra vida cotidiana. Desde este punto de vista, el mito de Edipo es una
recreación inspirada en un conflicto psicológico universal que los jóvenes experimentan en una
determinada época de su vida.
La investigación de los estados no ordinarios de conciencia parece avalar la tesis de Jung de
que el mundo arquetípico goza de una existencia independiente, se halla supraordenado con
respecto a nuestra vida cotidiana y constituye su motor fundamental. Desde el punto de vista
de Jung, el conflicto actual con nuestro padre (en el caso de ser varones) arraiga en un
dominio universal de la existencia y expresa un mito -el mito de Edipo- que existe
independientemente de nosotros y de nuestra realidad cotidiana. En su libro Los mitos por los
que vivimos, Joseph Campbell insiste reiteradamente sobre este particular, y Jean Shinoda
Bolen, por su parte, se hace eco de la misma idea en sus libros Las diosas de cada mujer y
Gods in Every Man.
Resulta extraordinariamente difícil tratar de explicar a alguien que nunca ha experimentado
estados extraordinarios de conciencia cómo es posible que una persona se experimente como
el arquetipo de la Gran Madre, corno la esencia de la maternidad y de todas las características
de todas las madres que han existido en el mundo a lo largo de la historia de la humanidad.
Quizás el mejor modo de aproximarnos a esa experiencia sea la de imaginar una figura
tridimensional a la que podemos contemplar desde ángulos diferentes y llegar a apreciar, de
este modo, todas sus facetas. La holografía también nos proporciona un buen modelo
explicativo al respecto. Hace algunos años se expuso en Hawai un holograma compuesto -que
recibió el nombre de «Niño de Hawai»- consistente en un conjunto de numerosos rostros
superpuestos que, pese a parecer una sola figura, mostraba, sin embargo, un rostro diferente
cada vez que el espectador variaba su posición o su ángulo visual.
También existen temas y motivos mitológicos que, a pesar de ser universales, son propios
de una cultura o de una religión determinada. Jesucristo y la virgen María, por ejemplo, son
figuras específicamente cristianas mientras que los bodhisattvas Avalokiteshvara y Kuan Yin
son inequívocamente budistas, y la Serpiente del Arcoiris pertenece al mundo de la Época del
Sueño propio de los aborígenes australianos. En cualquier caso, lo cierto es que,
independientemente de su universalidad o su especificidad, los mitos que aparecen en el
dominio transpersonal pueden encuadrarse en dos grandes categorías: la primera de ellas se
halla asociada a las fuerzas de la luz y el bien como, por ejemplo, Apolo, Cristo, Isis o Krishna,
mientras que la segunda, por el contrario, está relacionada con las fuerzas del mal y la
oscuridad, como ocurre con Satán, Hades, Set y Ahriman. A diferencia de la mitología
occidental, que tiende a presentar arquetipos claramente dicotómicos, en la mitología oriental,
en cambio, existen algunos mitos que trascienden esa polaridad y una única deidad asume los
atributos de la luz y la oscuridad al mismo tiempo, como, por ejemplo, el hindú Brahma y los
cinco Budas descritos en El Libro Tibetano de los Muertos.

El inundo de los arquetipos


Para muchas personas que han emprendido un camino espiritual, el encuentro con las
deidades arquetípicas tiene lugar en el contexto de un proceso de muerte-y-renacimiento. En
diversas partes de este libro hemos mencionado ya la forma en que los distintos aspectos de
nuestra historia biológica se entremezclan con los arquetipos del inconsciente colectivo. En
este dominio podemos encontrarnos con las deidades aparentemente terroríficas y airadas que
constituyen un elemento fundamental en los procesos de muerte-y-renacimiento. Para quienes
se hallan en un sendero espiritual estas figuras constituyen los heraldos de la muerte del ego,
un requisito indispensable para la apertura al mundo espiritual. También podemos
encontramos en esta región con los arquetipos gozosos propios del renacimiento o de la
beatitud oceánica que caracteriza a la existencia intrauterina.
Las figuras arquetípicas de deidades beatíficas y airadas están dotadas de un enorme
potencial numinoso y energético. Por lo general, este tipo de experiencias despierta emociones
muy intensas. La cualidad de nuestra respuesta depende de la naturaleza de la deidad y puede
ir desde el éxtasis y el gozo supremo hasta el terror metafísico, el dolor emocional o físico
abrumador o la pérdida completa de la razón. Sin embargo, por más poderosos que puedan
parecer estos encuentros, el sujeto no siente que se halle ante el Ser Supremo o la energía
última del universo. Estas deidades -pacíficas o airadas- son, en sí mismas, creaciones de una
fuerza superior, personificaciones de ciertos principios universales fundamentales. En muchas
de sus conferencias Joseph Campbell se refirió a este hecho, especialmente en lo que respecta
a la adoración religiosa, subrayando que las deidades individuales deben ser consideradas
expresiones concretas de la fuerza creativa suprema que trasciende a todas las formas. Según
sus propias palabras estas deidades «traslucen y expresan la trascendencia».'
Tras muchos años de investigación con estados no ordinarios de conciencia hemos llegado a
la conclusión de que en estos estados no sólo podemos ser testigos de las realidades míticas y
arquetípicas sino, lo que es más importante, que también podemos llegar a transformarnos en
los mismos arquetipos. Podemos, por ejemplo, identificarnos plenamente con Sísifo en las
profundidades del Hades empujando la roca montaña arriba, convertirnos en Teseo matando al
Minotauro en el oscuro Laberinto, transformarnos en la hermosa Afrodita o brillar con el fulgor
de Apolo y Helio. Podemos, en suma, adoptar tanto la imagen corporal como las experiencias
internas de criaturas míticas como el can Cerbero, los cíclopes o los centauros.
Resulta particularmente relevante el hecho de que las personas que han crecido en un
determinado entorno cultural o que pertenecen a una raza concreta no se hallan circunscritas a
los modelos arquetípicos propios de su cultura o de su raza. Nuestra investigación nos ha
llevado a concluir, por ejemplo, que un americano blanco de clase media, educado en un
medio urbano, puede experimentar estados no ordinarios de conciencia en los que se
encuentre con héroes legendarios característicos de otras culturas como el polinesio Maui o
Shango, el dios bantú del sexo y la guerra. En no pocas ocasiones he sido testigo de mujeres
europeas o americanas que, sin tener noticia previa de estos detalles, se convertían en la diosa
Kali y sacaban la lengua exageradamente asumiendo la expresión facial típica de esa figura.
De la misma manera, en los talleres realizados en la India o Japón hemos podido constatar
cómo varios participantes, nacidos y educados en sus respectivas tradiciones, se han
identificado plenamente con la figura de Jesucristo.
Hasta el mundo de los cuentos de hadas puede cobrar vida y podemos encontramos o
identificamos con sirenas, elfos, hadas, gnomos o trolls. Resulta particularmente interesante
destacar el hecho de que, en numerosos casos, las personas no sólo son capaces de
experimentar adecuadamente estas criaturas sino que también pueden realizar minuciosos
dibujos que coinciden perfectamente con las antiguas descripciones que nos ofrece la tradición.
Cuando se han testimoniado literalmente miles de casos de este tipo no queda la menor duda
de que todo el mundo, independientemente de su condición cultural y biológica, puede acceder
a temas arquetípicos pertenecientes a cualquier época y a cualquier cultura.
Nuestra investigación sobre los estados no ordinarios de conciencia avala la concepción de
C.G. Jung, quien sugería que, en nuestros sueños y visiones, podemos experimentar mitos
ajenos a nuestra cultura a los que no hemos podido tener acceso mediante lecturas, imágenes
o conversaciones. Se trata, en definitiva, del «inconsciente colectivo», un océano infinito de
conocimiento en el que todos podemos beber. Quizás pudiéramos comparar el inconsciente
colectivo a una emisora que retransmite continuamente toda la información y la programación
que emiten todas las radios y televisiones. En cualquier momento podemos «cambiar el canal»
de nuestra vida cotidiana -con el que normalmente estamos sintonizados- y acceder a un
número infinito de canales que trascienden los límites del espacio, el tiempo e incluso las
especies. Aunque nos parezca imposible admitir que continuamente estamos rodeados de
tanta información y que podemos conseguir cuanta deseemos, la analogía que acabamos de
presentar ilustra claramente la inmensa cantidad de información a la que podemos acceder a
través del inconsciente colectivo.

La comprensión intuitiva de los símbolos universales


A partir de los trabajos clásicos de Freud sobre la interpretación de los sueños, el estudio de
los símbolos psicológicos se ha convertido en una parte importante de la psicología profunda.
Según Freud, los símbolos representan algo que ya conocemos pero que, por algún motivo,
nos parece inaceptable o reprobable. En nuestros sueños estos problemas -usualmente de
índole sexual- son reemplazados por el símbolo correspondiente. Así, por ejemplo, un tren que
atraviesa un túnel puede estar expresando un deseo sexual frustrado. Freud dedicó muchos
años a tratar de identificar todos los símbolos que representan los genitales masculino y
femenino, la relación sexual y otras facetas de la vida instintiva.
Jung disintió abiertamente de las interpretaciones freudianas sobre los símbolos. Según él,
para Freud los símbolos son meros «signos» o, por decirlo de otro modo, formas de
representar una realidad conocida que no difieren demasiado de los pictogramas que
utilizamos en las señales de tráfico de nuestras autopistas. Para Jung, en cambio, los
verdaderos símbolos no transmiten mensajes crípticos sobre las funciones biológicas sino que
se refieren, por el contrario, a realidades trascendentales complejas.
A lo largo de los siglos, los símbolos han desempeñado un importante papel en la mayor
parte de las religiones. La esvástica indoiraní, por ejemplo, una cruz cuyos brazos apuntan en
el sentido contrario al movimiento de las agujas del reloj constituye un antiguo símbolo de paz
y bienestar relacionado con el sol, y su forma invertida -la tristemente famosa Hackenkreuz
-terminó convirtiéndose en el símbolo del partido nazi alemán. Los antiguos símbolos sivaítas
del lingam y el yoni, por su parte, tienen múltiples significados que abarcan desde los poderes
generativos y los órganos sexuales masculino y femenino, respectivamente, hasta las fuerzas
estática y dinámica de la existencia, la conciencia pura y la energía creativa. La cruz, por su
parte, es un símbolo de origen prehistórico que tiene un significado profundo reconocido
universalmente por culturas muy diversas. En su significado más arcaico, la cruz está
relacionada con el sol y, a través de él, con el poder creativo del universo. Para otras culturas
representa los cuatro puntos -o las cuatro direcciones cardinales y el centro y, en ese sentido,
constituye una representación de la totalidad de la existencia. Para la tradición cristiana
simboliza la crucifixión histórica de Jesús, mientras que para el cristianismo esotérico y místico
se refiere a los diferentes aspectos de la encarnación, la muerte espiritual y el renacimiento.
En su variante egipcia, la cruz del Nilo, o ankh, fue el símbolo sagrado de los misterios de Isis
y Osiris en los que los neófitos descubrían la vida eterna y su condición inmortal.
La estrella de seis puntas -dos triángulos superpuestos que apuntan en direcciones
contrarias- también tiene diferentes significados, dependiendo del período o cultura de que se
trate. En la antigua alquimia medieval, por ejemplo, representaba la unión de los cuatro
elementos: tierra, aire, fuego y agua. En la kábala, por su parte, se la llama la «estrella de
David» y representa a la persona iluminada en la que la conciencia inferior (simbolizada por el
triángulo que apunta hacia arriba) se esfuerza en alcanzar los niveles superiores, mientras que
la conciencia superior (simbolizada por el triángulo orientado hacia abajo) trata de ser
operativa y eficaz en el mundo físico. En la tradición tántrica, por último, la estrella de seis
puntas representa la unión de los principios masculino y femenino.
El famoso símbolo taoísta del yin y del yang representa el intercambio dinámico entre los
principios masculino y femenino, o los aspectos activo y pasivo del Tao, el principio creativo
del cosmos. De manera similar, el loto ha desempeñado un papel fundamental en el
simbolismo espiritual de numerosas culturas, entre las cuales cabe destacar el antiguo Egipto,
India y América Central, como representación del potencial espiritual del ser humano.
Nunca deja de asombrarme que muchas de las personas que experimentan estados
transpersonales de conciencia no sólo descubren espontáneamente estos símbolos sino que
llegan, incluso, a ser capaces de percibir su significado interno más profundo y esotérico, aun
cuando previamente carecieran de todo conocimiento intelectual de las tradiciones espirituales
de las que proceden, lo cual proporciona una evidencia manifiesta de que no se trata de
diseños humanos con propósitos religiosos sino elementos de un lenguaje simbólico
perteneciente al inconsciente colectivo.
La experiencia del creador y la conciencia cósmica
En las experiencias transpersonales más intensas y completas parecen disolverse y
desaparecer por completo todas las limitaciones y distinciones existentes entre nosotros y los
demás, sean personas, objetos o fuerzas. En este tipo de experiencias el sujeto llega incluso a
experimentar un sentimiento de unidad o de identificación plena con el principio creador del
universo. En la medida en que sigamos manteniendo nuestra propia identidad cotidiana
asistiremos a este encuentro como testigos mudos llenos de reverencia o como la misma
fuerza creativa. Este principio creativo puede adoptar diversas formas. A veces aparece como
un Demiurgo personificado, un creador, un arquetipo de orden superior que tiene poder sobre
todos los demás. En otras ocasiones, la persona tiene la experiencia de hallarse ante más de
un creador como, por ejemplo, dos deidades masculina y femenina obrando en conjunto -tal
como aparecen en las mitologías de numerosas culturas- o como una jerarquía de universos y
los correspondientes creadores de universos. Lo más frecuente, sin embargo, es percibir que la
fuerza creativa del universo está más allá de todas las formas y es una conciencia pura dotada
de una inteligencia suprema y una capacidad para crear toda suerte de mundos de
experiencia, visibles e invisibles, físicos y etéricos.
A lo largo de la historia, las escrituras religiosas nos han proporcionado multitud de
descripciones sobre las experiencias de conciencia cósmica. El principio creativo último ha
recibido nombres muy diversos: Brahman en el hinduismo, Dharmakaya en el budismo
mahayana, Tao en el taoísmo, Pneuma en el cristianismo místico, Allah en el sufismo y Kether
en la kábala. El mensaje fundamental que nos transmiten todas las tradiciones místicas no es
únicamente el de que podemos llegar a conectar vivencialmente con este principio creativo
sino que, en cierto sentido, cada uno de nosotros constituye una encarnación de este principio.
Esto es posible porque, en última instancia, todos los límites existentes en el universo son
ilusorios y arbitrarios y, consiguientemente, pueden ser trascendidos. La expresión más
conocida de esta sabiduría perenne es la famosa sentencia Tat tvam as¡ (o «Tú eres Eso», tú
eres la Divinidad) de la que nos hablan los antiguos Upanishads hindúes. La moderna
investigación sobre estados no ordinarios de conciencia ha aportado un poderoso apoyo en
favor de esta visión de la naturaleza humana puesto que demuestra, más allá de toda duda,
que existe una pluralidad de métodos amplificadores de la conciencia que nos permiten
alcanzar estos estados trascendentes.
Cuando nos identificamos con la conciencia cósmica sentimos que somos capaces de
albergar en nuestro interior la totalidad de la existencia y de comprender la Realidad que
subyace a todas las realidades particulares. En esta experiencia tenemos la sensación profunda
de estar en contacto con el principio supremo y último de todo lo existente. En este estado,
resulta absolutamente evidente que este principio es el misterio único y fundamental. Una vez
que aceptamos su existencia nos ayuda a comprender y explicar todo lo demás. La experiencia
de la conciencia cósmica es ilimitada, insondable y está más allá de toda manifestación, sin
embargo, el más leve contacto vivencial con esa conciencia sacia toda nuestra sed de
conocimiento. Entonces todas las preguntas acerca de los grandes misterios de la vida
encuentran su respuesta y ya no necesitamos seguir buscando. Se trata de una experiencia
profundamente personal que no precisa de corroboración ajena. Es por ello que no parece
posible, ni tampoco deseable, comunicar este tipo de experiencia a quien no haya pasado por
una experiencia similar.
Es probable que la frase más conocida sobre la futilidad de intentar capturar la esencia de la
fuente cósmica mediante el pensamiento y el lenguaje provenga de Lao-tsu, el sabio chino que
vivió en el siglo iv a. d. JC.:
El Tao que puede nombrarse no es el verdadero Tao. Cualquier nombre que podamos darle
no es el suyo. Lo innombrable es el principio del cielo y la tierra y lo que tiene nombre es el
origen de las diez mil cosas.
El lenguaje de culturas basadas en el autoconocimiento experiencial (como el chino, el
tibetano o el sánscrito, por ejemplo) poseen generalmente un rico vocabulario para referirse a
los diferentes estados de conciencia místicos. Pero, aun en este caso, las palabras sólo
adquieren sentido si se hallan relacionadas con nuestra experiencia personal. En las escrituras
filosóficas y espirituales de la India, por ejemplo, el término utilizado para referirse a la
experiencia de la conciencia cósmica es el de Satchitananda, una palabra compuesta por tres
raíces: sat, que significa existencia; chit, que significa conciencia o inteligencia y ananda, que
significa felicidad. Así pues, el término satchitananda trata de transmitimos el significado de
una «conciencia inteligente y gozosa de la existencia», una conciencia que, aunque se halla
vacía de todo contenido concreto, posee la capacidad para crear una infinidad de mundos de
experiencia.
El lenguaje cotidiano resulta pobre para transmitir la experiencia del encuentro con la fuerza
creativa última. Quizá sea, pues, la poesía la forma más adecuada para expresar este tipo de
experiencia, como ilustra la obra de Rumi, Omar Khayyam, Kabir, Kahlil Gibran, Sri Aurobindo
o santa Hidelgard von Bingen. En cualquier caso, sin embargo, hasta la misma poesía parece
quedarse corta.
La siguiente descripción de la conciencia cósmica -realizada por una persona comprometida
con un trabajo sistemático de autoconocimiento- puede permitirnos vislumbrar los
sentimientos, pensamientos e intuiciones que aparecen a lo largo de este proceso.
Luego todo se convirtió en una poderosa experiencia del Árbol Cósmico. El campo unificado
de energía cósmica que experimentaba anteriormente se había transformado en un árbol
magnífico de energía radiante suspendido en el espacio. Este árbol, cuyo tamaño superaba la
mayor de las galaxias, estaba compuesto enteramente de luz. La deslumbrante luz impedía ver
el centro del árbol pero las ramas y las hojas podían percibirse con toda nitidez. Yo me sentía
como una de sus hojas, y la vida de mis familiares y amigos también me parecían hojas
agrupadas a mi alrededor. Desde esta perspectiva, todas nuestras características individuales
parecían variaciones secundarias y superficiales sobre esta energía fundamental.
Entonces se me llevó alrededor del árbol y se me mostró que las aparentes diferencias
existentes entre las personas eran ridículamente triviales. Las diferentes vidas que tenían lugar
en ese entorno no eran más que diferentes experiencias del mismo árbol. Todo se hallaban
bajo el gobierno de la elección y las aparentes diferencias se desvanecían en la nada como
fragmentos del mismo Ser que habían elegido pasar por experiencias diversas. Yo era el árbol.
No es que poseyera toda su experiencia sino que reconocía mi identidad con esa Conciencia
única y global. Sabía que mi verdadera identidad era la suya.
Aunque había sido monista durante muchos años ahora experimentaba realmente el flujo
inconsútil de una Conciencia única que era capaz de cristalizar en cuerpos diferentes.
Experimenté que la conciencia se manifiesta de maneras muy diversas sin dejar, por ello, de
ser una y la misma. Supe entonces, por experiencia directa, que en el universo no existe más
que Una Conciencia. Desde esta perspectiva, mi identidad individual y la del resto del mundo
era transitoria e insignificante. El hecho de experimentar mi verdadera Identidad me impregnó
de un profundo sentimiento numinoso.
Durante varias horas fue conducido en un viaje extraordinario a través de todo el universo.
Parecía como si la Conciencia quisiera mostrarle su obra. Nuestro sujeto, por su parte, se
hallaba plenamente convencido de que la Conciencia -el Creador de todo el universo físico-
quería abrirle a nuevas experiencias que le llevaran a comprender el funcionamiento del
cosmos. La magnitud, sutileza e inteligencia de lo que estaba contemplando le resultaban
enormemente sobrecogedoras y la hermosura de su diseño le dejó sin aliento. Nuestro sujeto
prosigue:
Este recorrido fue el viaje más excepcional de mi vida. La imagen de esta obra inteligente
me sumió en un constante éxtasis cognitivo. Aunque la experiencia en sí ya resultaba
sorprendente, lo más sobresaliente, sin embargo, no fue el descubrimiento de las dimensiones
más profundas del universo sino el hecho de que yo era Uno con esa Conciencia que parecía
feliz de poder mostrar su obra. Era como si hubiera estado esperando durante millones de
años a que la conciencia encarnada evolucionara hasta alcanzar un punto en que pudiera
contemplar, comprender y apreciar su creación.
La Inteligencia creadora de esta obra maestra se hallaba sola y no tenía con quien
compartir su creación. Entonces rompí en sollozos y lloré por su soledad y por la admiración
ante el profundo amor que le había llevado a aceptar ese aislamiento como parte de un plan
superior. Toda la existencia es una expresión de ese Amor extraordinario. La magnitud de la
inteligencia que subyace al diseño del universo sólo es equiparable a la profundidad del Amor
que lo ha inspirado.
Luego me di cuenta de que no podría llevarme conmigo todo el conocimiento que estaba
experimentando en este viaje cósmico. La Inteligencia no ignoraba esto, lo cual no impedía,
sin embargo, que nuestra convivencia también fuera preciosa para ella. Yo no podía hacer
nada con ese conocimiento salvo limitarme a experimentarlo. El mayor servicio que podía
rendir a la Conciencia era simplemente la de apreciarla. Parecía extraordinariamente
importante que el espejo de la existencia reflejara respetuosa y reverentemente la imagen de
su Creador. Ver, comprender y reverenciar."
Este tipo de experiencias nos permite comprender en profundidad el proceso de la creación
y llegar a experimentar las fuerzas y energías implicadas en este proceso. En tal caso,
podemos llegar a sentir una enorme cantidad de energía creativa, un amor y una compasión
extraordinariamente intensos, un irresistible impulso artístico, una curiosidad ilimitada y una
verdadera pasión por la experiencia. La identificación con la energía creativa del cosmos nos
abre a una nueva actitud frente a la vida que sirve de fundamento a una nueva comprensión
de la existencia. La experiencia de llegar a establecer contacto con nuestra verdadera
naturaleza cósmica transforma completamente toda nuestra vida cotidiana. Muchos abandonan
la actitud resignada y victimista ante las tribulaciones cotidianas y llegan incluso a
desinteresarse de problemas de gran envergadura, como la crisis económica o la guerra, por
ejemplo, ya que han alcanzado a comprender que, en otro nivel de conciencia, todas estas
circunstancias no son más que comparsas de la puesta en escena del gran drama universal.
Ocasionalmente, sin embargo, también hay quienes reaccionan negativamente ante esas
intuiciones cósmicas y tienen dificultades para regresar a su conciencia cotidiana y volver a
desempeñar roles que palidecen ante la magnitud de su experiencia. Otros, por su parte, se
resisten a aceptar el hecho desalentador de que su condición humana los reduce al papel de
meros actores en una representación cósmica preestablecida. Así pues, las posibles reacciones
ante esta experiencia abarcan un amplio rango de respuestas que van desde el desaliento y la
desesperación hasta el sentimiento de participar activamente en la constante evolución de la
conciencia. No parece que exista una respuesta sencilla a las cuestiones que suscita la
experiencia de la conciencia cósmica pero, en última instancia, la respuesta más interesante
parece ser la de disponemos a contribuir en la evolución de la conciencia cósmica
comprometiéndonos decididamente en nuestra propia búsqueda individual.
La experiencia de la conciencia cósmica también nos permite profundizar en la comprensión
de las formas superiores de la creatividad. Existen numerosos ejemplos de que los estados no
ordinarios de conciencia que nos conectan con los aspectos transpersonales de la existencia
constituyen una fuente extraordinaria de inspiración artística, científica, filosófica y religiosa.
Aun el más leve «vislumbre» de intuición mística suele acarrear consecuencias realmente
extraordinarias. El grado de participación en estos momentos de intuición y descubrimiento
varía enormemente de unos individuos a otros pero, hablando en términos generales,
podríamos mencionar la existencia de tres grandes categorías.
En su forma más superficial, la inspiración creativa lleva a la persona a luchar durante
meses -e incluso años- con un problema aparentemente insoluble hasta que, de pronto, de
manera súbita e inesperada, encuentra la respuesta a su problema en un estado no ordinario
de conciencia como, por ejemplo, el sueño, el agotamiento físico, la alucinación provocada por
la fiebre o la meditación. El caso más citado de este tipo es el de Friedrich August von Kekule,
quien descubrió la fórmula estructural del benceno -una visión que dio lugar al nacimiento de
la moderna química orgánica- mientras observaba adormilado el rescoldo de las brasas de su
chimenea. De la misma manera, el químico ruso Dimitri Mendeleiev concibió su célebre tabla
periódica de los elementos mientras estaba acostado en la cama, rendido de cansancio
después de horas de arduo esfuerzo tratando de clasificar los distintos elementos según su
peso atómico. En este mismo orden de cosas cabe destacar también el modelo atómico de
Niels Bohr, la formulación de los principios fundamentales de la física cuántica de Heisenberg y
el descubrimiento -por el que obtuvo el premio Nobel- de la transmisión química del impulso
nervioso realizado por Otto Loewi.
La segunda forma de inspiración creativa la constituyen aquellas ideas que se anticipan a su
época. En este caso, el sujeto experimenta un «destello» de inspiración procedente de la
dimensión transpersonal años -o incluso siglos- antes de la aparición de cualquier explicación
científica que pueda justificarlo o darle sentido. Éste es el caso de las teorías de Leucipo y
Demócrito, por ejemplo, aparecidas dos mil cuatrocientos años antes de que los científicos
desarrollaran la tecnología necesaria para demostrar la existencia de los átomos. Otro ejemplo
es el del filósofo jónico Anaximandro quien, dos mil años antes de la teoría darwiniana de la
evolución, mantuvo que la vida surgió del océano. De la misma manera, después de varios
siglos de supremacía de la mecánica newtoniana, la física moderna nos ofrece una
comprensión científica del tiempo, el espacio y la materia que coincide con las visiones del
universo expuestas en los milenarios textos religiosos de Oriente. Esta convergencia entre la
ciencia occidental y las antiguas religiones orientales constituye el objeto del libro de Fritjof
Capra El tao de la fisica y también de la obra de otros físicos famosos. En la actualidad, la
moderna filosofía de la ciencia acepta que este tipo de intuiciones constituye un factor
fundamental en el proceso de investigación científica de la naturaleza.
La tercera -y más elevada- forma de inspiración transpersonal es el impulso prometeico y
visionario que embarga al científico, al inventor, al artista, al filósofo o al visionario y que les
lleva a concebir súbitamente la visión completa y terminada de su obra. El lenguaje cotidiano
expresa frecuentemente el hecho de que el genio asienta sus raíces en el territorio de lo
transpersonal con expresiones tales como «inspiración divina», «don de Dios», etcétera.
Quizás el ejemplo más sobresaliente de este tipo de inspiración sea la teoría de la relatividad
de Albert Einstein, cuyos principios fundamentales se le revelaron bajo la forma de sensaciones
cinestésicas musculares. Otro ejemplo de este tipo nos lo proporciona el caso de Nicola Tesla,
quien construyó el primer generador de corriente alterna tras tener una visión en la que se le
apareció el esquema completo. Tesla también experimentó otras visiones similares que le
sirvieron para diseñar aparatos de transmisión sin cables, generadores solares, generadores de
energía a partir del movimiento de las olas del océano y un amplio rango de ingeniosos
aparatos mecánicos.
Este impulso prometeico se manifiesta incluso en las matemáticas, una disciplina que
frecuentemente asociamos a la lógica y la razón pura. Un ejemplo de este tipo nos lo
proporciona el matemático y astrónomo del siglo XVIII Friedrich Gauss, quien hizo importantes
contribuciones a la teoría de los números, la geometría de las superficies curvas y las
matemáticas aplicadas a la electricidad y el magnetismo. Gauss era capaz de efectuar de una
manera casi instantánea cálculos matemáticos extraordinariamente complejos. Según él, sus
intuiciones matemáticas le llegaban con la velocidad de un relámpago o «por la gracia de
Dios». En épocas más recientes, un iletrado llamado Srinivas Ramanujan, que había nacido y
crecido en un pueblecito de la India, dejó estupefactos a los más destacados matemáticos de
Cambridge con sus sorprendentes respuestas a problemas sumamente complejos. Según
Ramanujan, su conocimiento emanaba de los sueños premonitorios que le proporcionaba una
deidad llamada Namagiri.
La inspiración prometeica también constituye un elemento muy presente en el arte y la
religión. El poeta inglés William Blake dijo, a propósito de su libro Milton: «Este poema me ha
sido dictado directamente, en series de doce, veinte o quizás treinta líneas seguidas, sin
premeditación alguna e incluso en contra de mi voluntad». El escritor alemán Rainer Maria
Rilke afirmaba que los Sonetos a Orfeo fueron el producto consumado de una «canalización»
que no requirió, de su parte, ningún tipo de corrección. Según Wolfgang Amadeus Mozart, las
sinfonías aparecían de manera completa y perfecta en el interior de su cabeza y Richard
Wagner, por su parte, escuchaba cómo la música emanaba de su «oído interno» mientras iba
componiendo. Otro ejemplo nos lo proporciona Johannes Brahms, quien captó muy claramente
la esencia de la inspiración prometeica y describía el proceso creativo del siguiente modo: «Las
ideas vienen directamente de Dios. Yo no sólo percibo los temas con el ojo de mi mente sino
que también los descubro con la forma, la armonía y la orquestación perfecta. En esos
singulares raptos de inspiración, el producto final se me va revelando nota a nota». Más
explícitas resultan todavía las palabras de Giacomo Puccini en su descripción del proceso de
creación de la opera Madame Butterfly: «La música de esta ópera me la dictó el mismo Dios.
Yo no fui más que el instrumento que la transcribió a la partitura y la difundió al público».
El destino de las naciones y las vidas de miles de millones de personas se han visto
profundamente afectados por las revelaciones divinas de los profetas. Recordemos, por
ejemplo, en este sentido, las revelaciones de Buda bajo el árbol Bo, Moisés en el monte Sinaí,
Jesús en el desierto, Pablo camino de Damasco y el gran sueño visionario de Mahoma. Por su
parte, las escrituras sagradas de las grandes religiones -los Vedas, la Torah, la Biblia y el
Corán- han sido inspiradas en estados no ordinarios de conciencia.
Ante esta abrumadora evidencia resulta incomprensible que la ciencia tradicional de
Occidente siga haciendo caso omiso a este impulso fundamental de la historia humana. Resulta
también paradójico que el Discurso del método de René Descartes, el libro que revolucionó la
estructura del pensamiento occidental y que sentó los principios básicos de la ciencia moderna,
fuera también el fruto de una serie de sueños visionarios. ¡Qué ironía que todo el edificio
positivista, reduccionista y racionalista de la ciencia -que en la actualidad se jacta de rechazar
el «conocimiento subjetivo»- se asiente en una revelación inspirada en un estado no ordinario
de conciencia!

El Vacío Supracósmico y Metacósmico


Una de las experiencias transpersonales más misteriosas es la experiencia del Vacío y el
descubrimiento de la Vacuidad, la Nada y el Silencio primordial. Esta extraordinaria experiencia
espiritual posee cualidades sumamente paradójicas. El Vacío existe más allá de cualquier
forma, se halla más allá del espacio y del tiempo y, aunque es la fuente de todo, no procede
de ninguna parte. Se trata de un estado en el que no podemos percibir nada en concreto pero
en el cual existe la profunda certeza de que lo contiene todo. Así pues, la Vacuidad Absoluta
está preñada potencialmente de todo lo existente.
El Vacío trasciende cualquier concepto ordinario de causalidad. Quienes han experimentado
este estado se tornan agudamente conscientes de que todas las formas emergen de este Vacío
y asumen la forma de un arquetipo o de una realidad fenoménica sin que exista ninguna razón
o causa aparente para ello. La idea de que algo puede suceder o tomar forma sin razón alguna
quizás parezca incomprensible desde el punto de vista de nuestro estado ordinario de
conciencia pero resulta plenamente comprensible cuando experimentamos el Vacío. La
analogía que nos proporciona la teoría cuántica ondicular de la física moderna puede
ayudarnos a comprender, por un lado, que el Vacío está constituido por un número infinito de
«quantos», es decir, de fragmentos que establecen la probabilidad de existencia de un
determinado evento y, por el otro, que al elegir una determinada realidad concreta,
terminamos creándola en nuestra conciencia.

10 . LAS EXPERIENCIAS DE NATURALEZA PSICOIDE

Si el arquetipo se manifiesta como un fenómeno sincrónico asume características


verdaderamente prodigiosas, cuando no francamente milagrosas. El arquetipo es un misterioso
habitante del umbral -un territorio ubicado entre lo físico y lo psíquico- al que podríamos
comparar con el dios bifronte Jano porque posee dos semblantes que participan de un mismo
significado.
STEPHAN A. HOLLER, The Gnostic Jung

Las experiencias de tipo psicoide constituyen un dominio de lo transpersonal que desafía


abiertamente nuestra percepción cotidiana de la realidad. El término psicoide fue utilizado por
primera vez por Jung en relación a los arquetipos del inconsciente colectivo, los cuales, en su
opinión, configuran la herencia común de la mayor parte -por no decir de toda- la humanidad.
En este sentido, podemos afirmar que los arquetipos son transindividuales, es decir, que van
más allá de cualquier producto de la historia o la experiencia individual. En un comienzo, sin
embargo, Jung afirmó que los arquetipos eran predisposiciones psicológicas innatas similares a
los instintos y que, como tales, debían tener una representación en nuestro cerebro.
En su formulación original, Jung afirmó que los arquetipos actúan en el interior del
psiquismo humano pero carecen de una conciencia independiente. Más tarde, sin embargo,
reconsideró su posición y llegó a la conclusión de que los arquetipos poseen una conciencia
claramente diferenciada de la nuestra y son capaces, por tanto, de pensar y actuar por cuenta
propia. Por consiguiente, desde este punto de vista, los arquetipos no son personajes ficticios,
creados y controlados por sus autores. En su libro Recuerdos, sueños y pensamientos, Jung
afirma que los arquetipos «son superiores a la voluntad del ego», destacando la necesidad de
considerarlos como seres que «no son creados por nadie sino que se crean a sí mismos y
tienen vida propia». Jung se vio obligado a corregir su concepción original sobre los arquetipos
porque, con ella, no alcanzaba a explicar algunas de sus características más importantes,
sobre todo en lo que concierne al fenómeno denominado sincronicidad. Según Jung, en
muchos casos los arquetipos interactúan de manera significativa y consistente con
acontecimientos del mundo externo, lo cual sugiere la existencia de una relación entre la
realidad externa y la realidad interna que no puede explicarse adecuadamente recurriendo al
principio de causalidad, una de las claves fundamentales de la ciencia occidental.
El hecho de que Jung reconociera un fenómeno que trasciende el principio de causa y efecto
le indujo a definir a la sincronicidad como un «principio de relación acausal». Además, las
coincidencias significativas existentes entre el mundo interno -el mundo de las visiones y los
sueños- y el mundo externo -el mundo de la «realidad objetiva»- le llevaron también a pensar
que se trataba de dos dominios cuya separación no es tan estricta como habíamos supuesto.
Es por ello que comenzó a referirse a los arquetipos como fenómenos de naturaleza
«psicoide», es decir, como fenómenos que no pertenecen al reino del psiquismo ni al reino de
la realidad material sino que se hallan ubicados en el interregno existente entre la conciencia y
la materia.'
Pero la ruptura de las fronteras existentes entre la materia y la conciencia desafía todo lo
que nos ha enseñado el pensamiento occidental. Desde muy pronto, nuestros padres, nuestros
maestros y nuestros líderes religiosos nos han enseñado a trazar una rotunda línea de
demarcación entre lo «objetivo» y lo «subjetivo», entre lo «real» y lo «irreal», entre lo
existente y lo inexistente, entre lo palpable y lo intangible. Sin embargo, la ciencia moderna
-principalmente la física cuántico-relativista- está comenzando a descubrir una realidad que
comparte muchas de las propiedades del universo acausal de Jung. El estudio del fenómeno
psicoide se halla, pues, ubicado en los confines del conocimiento humano, un área que en la
investigación científica rigurosa resulta desafortunadamente demasiado complicada.
Pero este tipo de experiencias no sólo desafía de manera radical la visión del mundo
sustentada por la ciencia tradicional sino que su misma naturaleza es extraña, elusiva,
caprichosa y casi ilusoria. A todos estos problemas hay que agregar la dificultad adicional que
supone el hecho de que muchas de ellas hayan sido profusamente difundidas a través del cine
y la literatura. Estamos acostumbrados a relacionar la existencia de los fantasmas, el
fenómeno poltergeist, los ovnis y la psicokinesis con el universo imaginario de las películas de
terror y los relatos de ciencia ficción. La divulgación, aunque contribuye a poner de relieve la
existencia de este tipo de fenómenos, también puede favorecer su trivialización induciéndonos
a creer que se trata de meras «fantasías».
Desde la muerte de Jung, la investigación moderna sobre la conciencia y el estudio de los
estados no ordinarios de conciencia han aportado considerable evidencia con respecto al
fenómeno psicoide. En la actualidad, no cabe duda de que ésta es un área de estudio que
merece mucha más atención de la que ha recibido hasta el momento presente. En el presente
capítulo examinaremos diversos tipos de experiencias transpersonales que presentan
características psicoides. Todas ellas son algo más que un mero producto de la fantasía y la
imaginación aunque carezcan, sin embargo, de las características que nos permitirían definirlas
como inequívocamente «reales» en el sentido habitual del término.
En este capítulo utilizaremos el término psicoide en un sentido que trasciende el significado
atribuido por Jung a los arquetipos. Desde nuestro punto de vista, las experiencias psicoides
pueden dividirse en tres categorías fundamentales. La primera de ellas se refiere al fenómeno
psicoide más común, la sincronicidad, es decir, todas aquellas experiencias internas que se
manifiestan al mismo tiempo que ciertos acontecimientos del mundo exterior. Debemos
subrayar, no obstante, que no se trata necesariamente de fenómenos extraordinarios y que su
rasgo distintivo, por el contrario, es la vinculación acausal existente entre ambos dominios. El
fenómeno sincrónico parece insinuar la existencia de una caprichosa interacción entre el
psiquismo y la materia, dos regiones cuyas fronteras se desdibujan y desaparecen de manera
arbitraria.
La segunda categoría, que presenta características netamente diferentes a la anterior, tiene
que ver con aquellos acontecimientos del mundo externo que están relacionados, de un modo
inexplicable para la ciencia actual, con ciertas experiencias internas. Los ejemplos más
característicos de este tipo suelen girar en torno al fenómeno poltergeist y a las sesiones
espiritistas, ambos estudiados profusamente por la parapsicología. Del mismo modo, la
literatura espiritual también abunda en referencias a la «luz sobrenatural» que emana del
cuerpo de ciertos santos, mientras que los atletas modernos, por su parte, refieren, en
ocasiones, sucesos que bien podríamos enmarcar dentro del dominio de lo físicamente
imposible. Otro fenómeno propio de esta zona crepuscular que presenta características
psicoides es el fenómeno ovni.
La tercera categoría de fenómenos psicoides, por último, tiene que ver con aquellas
experiencias en las que se utiliza deliberadamente la actividad mental para manipular la
realidad consensual. Nos estamos refiriendo, claro está, a la psicokinesis, la magia ceremonial,
la curación, el mal de ojo de las culturas aborígenes y las hazañas sobrenaturales (siddhis) de
los yoguis.

Sincronicidad: Un mundo más allá de la causalidad


La ciencia newtoniano-cartesiana describe el universo como un sistema extraordinariamente
complejo de acontecimientos mecánicos que se hallan sometidos y determinados
inflexiblemente por el principio de causa y efecto. Desde este punto de vista, todos los
procesos del universo tienen una causa y sirven, a su vez, de causa a nuevos acontecimientos.
Éste sigue siendo uno de los principios fundamentales de la ciencia ortodoxa a pesar de las
dificultades teóricas que entraña ya que, en definitiva, este tipo de explicación no puede dar
cuenta de la causa primera, de la causa de todas las causas. Pero se trata de una línea de
pensamiento que ha proporcionado tantos logros a la ciencia occidental que parece
prácticamente imposible concebir procesos que escapen al dictado de la ley de causa y efecto.
La creencia profundamente arraigada en el principio de causalidad hizo que Jung se
mostrara remiso a hacer públicos sus descubrimientos sobre aquellos fenómenos que no
parecen adecuarse a este esquema. Es por ello que pospuso la divulgación de sus
observaciones al respecto hasta reunir, con la ayuda de otros investigadores, la suficiente
evidencia sobre la sincronicidad como para hallarse completamente seguro de sus
afirmaciones. En su famoso libro Synchronicity: An acausal Connecting Principle, Jung expresó
su convicción de que la causalidad no es una ley universal sino que constituye, por el
contrario, un mero fenómeno estadístico, destacando, al mismo tiempo, la existencia de
numerosos casos que parecen escapar a su dictado.
Muchos de nosotros hemos experimentado extrañas coincidencias que parecen desafiar
todas las explicaciones ordinarias. Uno de los primeros científicos interesado en este tipo de
fenómenos, el biólogo austríaco Paul Kammerer, relata que cierto día le dieron un billete de
tranvía que tenía el mismo número que la entrada de teatro que había comprado esa misma
tarde. Lo más curioso, sin embargo, es que esa misma noche alguien le dio un número de
teléfono que también tenía la misma secuencia de dígitos. El astrónomo Flammarion refiere
una divertida historia acerca de una triple coincidencia de la que fueron protagonistas un
individuo llamado Deschamps y un pastel de ciruelas. En cierta ocasión, siendo niño, el tal
Deschamps había recibido un trozo de pastel de ciruelas de manos del señor de Fortgibu. Diez
años más tarde, pidió el mismo tipo de pastel en un restaurante de París y el camarero le dijo
que lo sentía porque acababa de servir la última porción a otro cliente: el señor de Fortgibu.
Varios años después, Deschamps fue invitado a una fiesta en la que sirvieron nuevamente ese
infrecuente pastel. Mientras estaba comiendo y pensando que lo único que faltaba en la escena
era el señor de Fortgibu, se abrió la puerta y entró un anciano. Se trataba, claro está, del
señor de Fortgibu, quien había irrumpido en la fiesta porque alguien le había dado una
dirección equivocada.'
Este tipo de experiencias es muy interesante pero Jung se mostró particularmente
interesado en las coincidencias significativas entre acontecimientos externos y experiencias
internas. Es por ello que reservó el término sincronicidad para referirse a aquellas
coincidencias aparentes que implican «la presencia simultánea de un estado psicológico que se
halla conectado significativamente con uno o más eventos externos». La misma vida de Jung
abunda en este tipo de sincronicidades. Quizás el caso más conocido sea aquel que tuvo lugar
en una sesión de terapia con una paciente que se mostraba muy reticente al tratamiento y que
no había mostrado ninguna mejoría apreciable hasta la fecha del incidente. Un buen día, la
paciente relató un sueño en el que había recibido un escarabajo dorado. Mientras estaba
analizando este sueño, Jung escuchó de pronto un golpe en la ventana y, al acercarse, se
encontró con un coleóptero de la familia de los escarabajos en el alféizar de la ventana que
trataba de penetrar en el interior. Era el único espécimen parecido al escarabajo dorado que
podía encontrarse en esas latitudes. Jung abrió entonces la ventana, dejó entrar al escarabajo
y se lo mostró a su cliente. Esta sorprendente sincronicidad tuvo un profundo impacto sobre
ésta y marcó el comienzo de su restablecimiento psicológico.'
Mi esposa y yo también hemos sido testigos de numerosas sincronicidades extraordinarias
que han tenido lugar en nuestro trabajo y en nuestra vida cotidiana. Pero existe una en
particular de la que conservamos un vívido recuerdo. Como ya hemos mencionado
anteriormente, Christina atravesó una crisis psicoespiritual de doce años de duración que iba
acompañada de la emergencia espontánea de estados no ordinarios de conciencia. Hubo una
época en la que un cisne blanco aparecía de continuo en sus visiones. Cierta noche, después
de una experiencia particularmente significativa relacionada con la visión de un cisne blanco,
ambos acudimos a una sesión chamánica con el chamán y antropólogo Michael Harner, al que
habíamos invitado a un seminario intensivo en el Esalen Institute de Big Sur, California.
Michael estaba dirigiendo una ceremonia de curación de los indios salish en la que se utiliza
una «canoa espíritu». Durante este ritual, el chamán emprende un viaje visionario al mundo
subterráneo para rescatar el alma de la persona que ha solicitado su ayuda. Durante este viaje
interno, el chamán se encuentra tres veces con un animal que luego es identificado con el
espíritu guardián o el animal de poder del consultante. En esa sesión, Christina se ofreció como
voluntaria y, cuando Michael volvió de su viaje al mundo subterráneo, le susurró al oído que su
animal de poder era el cisne blanco. La sesión finalizó con un baile en el que Christina
interpretó frente a los asistentes la danza del cisne.
Es importante destacar que Michael Harner ignoraba el proceso interno que estaba
atravesando Christina y tampoco sabía nada sobre las visiones que hemos mencionado. Al día
siguiente, Christina recibió una carta de una persona que había participado en un taller
realizado varios meses atrás. Cuando la abrió se encontró con una fotografía de su maestro
espiritual, swami Muktananda, que se hallaba sentado en un jardín al lado de un enorme
jarrón en forma de cisne. Tenía una expresión juguetona y los dedos pulgar e índice de su
mano derecha se hallaban unidos en un gesto universal de aprobación. Todos estos hechos,
desprovistos de toda conexión causal, se hallaban, sin embargo, significativamente conectados
entre sí.
Este tipo de acontecimientos sincrónicos pueden estar relacionados con experiencias
transpersonales e, incluso, con episodios perinatales. En numerosas ocasiones hemos
presenciado una inusitada acumulación de accidentes y desgracias altamente improbables en
las vidas de personas que se están aproximando a la experiencia de la muerte del ego. Cuando
el proceso concluye y la persona experimenta el renacimiento espiritual, sin embargo, todas
éstas desaparecen como por arte de magia. Como ilustra la experiencia de Christina, cuando
una persona conecta con un guía espiritual animal en el curso de una sesión chamánica u otro
tipo de trabajo interno, ese animal tiende a reaparecer de manera regular en la vida de la
persona. Del mismo modo, cuando entramos en relación con imágenes arquetípicas tales como
el Animus, el Anima, la Diosa Madre o la Diosa del Amor, por ejemplo, nuestra vida cotidiana
suele verse salpicada de personas significativamente representativas de estos arquetipos. En
tales casos, la única causa de este tipo de sincronicidades parece descansar en la
incomprensible comunicación existente entre nuestro mundo interno y el mundo material
exterior.
El concepto de sincronicidad tiene consecuencias importantes en la práctica
psicoterapéutica. En un universo mecánico en el que todo se halla conectado por el principio de
causalidad, no caben las «coincidencias significativas» en el sentido junguiano del término. La
práctica psiquiátrica ortodoxa suele interpretar las coincidencias significativas como un fruto de
la alucinación o el fraude o, en el mejor de los casos, como la proyección de un significado
especial sobre eventos puramente accidentales. La psiquiatría tradicional se niega a admitir las
sincronicidades o se limita sencillamente a ignorar su existencia, diagnosticando entonces
equivocadamente a las «coincidencias significativas» como errores de referencia que
acompañan a una grave patología. Por consiguiente, quienes atraviesan una crisis de
emergencia espiritual -episodios abundantes en sincronicidades- corren el riesgo de ser
hospitalizados innecesariamente. Este internamiento conlleva una serie de problemas que
podrían soslayarse fácilmente si fueran diagnosticadas adecuadamente como crisis
psicoespirituales y recibieran el apoyo de aquellas aproximaciones terapéuticas que admiten la
existencia de las crisis de emergencia espiritual.
El mismo Jung era muy consciente de que el concepto de sincronicidad es incompatible con
la ciencia ortodoxa y siguió con mucho interés el surgimiento de la nueva y revolucionaria
visión del mundo que nos proporcionó la física moderna. En este sentido, Jung mantuvo una
estrecha amistad y un fructífero intercambio de ideas con Wolfgang Pauli, uno de los
fundadores de la física cuántica. Asimismo, en una entrevista personal que sostuvo con Albert
Einstein, éste le animó a proseguir sus investigaciones sobre el concepto de sincronicidad
porque era totalmente compatible con los nuevos horizontes conceptuales abiertos por la
física.' Resulta, no obstante, lamentable que la mayor parte de las principales corrientes de la
psiquiatría y la psicología todavía sigan sin valorar suficientemente los revolucionarios avances
de la física moderna y la psicología junguiana.

La superación de las limitaciones de la realidad material


La mayor parte de las experiencias de naturaleza psicoide tienen que ver con
acontecimientos que parecen desafiar las leyes de la naturaleza. Se trata de eventos que
implican a una o varias personas mostrando, en este último caso, todas las características
propias de la realidad consensual. En cierta medida, la psiquiatría tradicional ha sido
consciente de la existencia de este tipo de situaciones pero desafortunadamente ha terminado
relegándolas al campo de la psicopatología.
Según la psiquiatría, una realidad compartida por dos personas que no se adecúa a la visión
newtoniano-cartesiana del mundo es una follie á deux, es decir, una locura compartida.
Cuando toda una familia participa de una realidad que parece infringir los principios de la
ciencia newtoniano-cartesiana -como es el caso de la experiencia que llevó a C.J. Jung a
escribir sus Septem Sermones ad Mortuos-, la psiquiatría lo etiqueta entonces como una follie
á famille y, cuando se ven involucradas muchas más personas, se denomina «alucinación
colectiva». Sin embargo, no deberíamos descartar tan a la ligera fenómenos que han sido
observados y registrados en todo el mundo a lo largo de la historia y merecería, por tanto, la
pena que nos detuviéramos a estudiar con más atención los mecanismos implicados, ya que
ello podría modificar radicalmente nuestra visión de la realidad.
Ciertos fenómenos psicoides provocan alteraciones dramáticas en el cuerpo humano y las
funciones orgánicas. La literatura mística y religiosa abunda en descripciones de los
espectaculares cambios fisiológicos que tienen lugar en quienes atraviesan estados
transpersonales de conciencia. En presencia de ciertos santos o maestros espirituales, como
Ramana Maharshi o san Ignacio de Loyola, por ejemplo, hay quienes han constatado que sus
cuerpos parecían irradiar una luminosidad extraordinaria. Del mismo modo, existe también
mucha documentación sobre ciertos místicos y contemplativos cristianos que, en estado de
rapto extático de identificación transpersonal con Jesucristo, manifiestan en su cuerpo los
mismos estigmas sangrantes de Cristo (llagas en manos y pies, aparentes heridas de lanza en
el costado y arañazos en torno a su cabeza). Según parece, san Francisco de Asís fue el
primero en presentar este tipo de signos. Desde entonces se conocen más de trescientos
estigmatizados que han manifestado, en su cuerpo, las huellas de la crucifixión. Un fenómeno
singular vinculado con la estigmatización es la denominada «alianza», un callo en forma de
anillo que aparece el torno al dedo anular de algunas monjas como símbolo de su entrega a
Cristo.
Otra manifestación física que acompaña a ciertos estados transpersonales de conciencia es
el calor. En la literatura cristiana, por ejemplo, se le denomina «Fuego del Amor» (incendium
ainoris). Un caso famoso de este tipo acaecido en nuestra época ha sido el del padre Pio de
Foggia, Italia, cuyo cuerpo llegó a alcanzar temperaturas de hasta 44° C. En la tradición sufí
este mismo fenómeno es conocido como «Fuego de Separación», mientras que en el budismo
tibetano se le denomina Tummo, o «Fuego Interno». Existen casos extremos bien
documentados de este tipo de manifestaciones en los que la persona llega incluso a arder o a
estallar a causa de una especie de combustión espontánea. Igualmente extraordinarios
resultan los informes sobre la capacidad de ciertos ascetas para subsistir sin ingerir alimento
alguno. Un buen amigo nuestro, el difunto erudito tántrico Ajit Mookerjee, nos contó que había
conocido a eremitas de los Himalayas que vivían ¡sin comer nada más que unas pocas gotas
de mercurio al año!
Según la literatura tibetana, confirmada, por otra parte, por el testimonio directo de
maestros tibetanos con los que hemos mantenido un estrecho contacto personal, los cuerpos
de ciertos adeptos a determinadas prácticas secretas llegan literalmente a desmaterializarse
en el momento de su muerte física. En otros casos, por el contrario, existen también
abundantes testimonios sobre la aparente incorruptibilidad de los cuerpos de otros santos
como santa Bernadette de Lourdes o Paramahansa Yogananda. Otra manifestación prodigiosa
citada con frecuencia en la literatura espiritual es la levitación, un fenómeno que pone a
prueba la credulidad de los occidentales y que ha sido descrito por testigos directos que lo han
observado en ciertos santos cristianos -como santa Teresa de Ávila, por ejemplo-, yoguis
hindúes, lamas tibetanos o médiums como Daniel Douglas Home y Eusapia Palladino. Aunque
no he presenciado personalmente ninguno de estos fenómenos me mantengo, sin embargo,
receptivo ante este tipo de hechos porque han sido constatados reiteradamente por
observadores de toda confianza y no se hallan desvinculados de ciertos incidentes que he
podido observar directamente en mi propio trabajo. El libro de Michael Murphy, The Future of
Body, constituye una abrumadora y meticulosa recopilación de este tipo de fenómenos
paranormales acaecidos a lo largo de todas las épocas.

El aspecto parapsicológico de los deportes


En la vida moderna, este tipo de sucesos extraordinarios tiene lugar con cierta frecuencia en
un ámbito inusitado, el deporte. Tendemos a pensar que el rendimiento espectacular de ciertos
atletas es el resultado de una combinación de las facultades innatas, la voluntad y el
entrenamiento físico. Sin embargo, los verdaderos protagonistas de la historia tienen una
visión muy diferente al respecto. Muchos atletas nos refieren que en el momento cumbre de su
actuación se hallan en un estado muy similar al rapto místico y nos hablan de milagrosas
modificaciones del espacio y del tiempo que bien podríamos encuadrar dentro del dominio del
fenómeno psicoide. El libro The Psychic Side of Sports, de Michael Murphy y Rhea White,
constituye un auténtico tesoro que contiene multitud de ejemplos de este tipo -que fueron
compartidos también por los espectadores- relatados por atletas de casi todas las
especialidades deportivas.
Los jugadores de fútbol, los pilotos de carreras, los saltadores de trampolín y muchos otros
deportistas mencionan un enlentecimiento del tiempo subjetivo que les permite disponer de
todo el tiempo del mundo para hacer lo que tienen que hacer. Los jugadores de golf, los
futbolistas, los paracaidistas y los escaladores señalan ciertos cambios drásticos -que, en
ocasiones también son percibidos por los espectadores- en el tamaño y la forma de su cuerpo.
Los futbolistas dicen que, a veces, parecen atravesar la compacta barrera de los defensas
desmaterializándose y materializándose al otro lado. Los corredores sienten una inagotable
fuente de energía que les permite moverse sin apenas esfuerzos y casi sin tocar el suelo. El
gran futbolista Pelé confesó que un día en el que se sentía especialmente inspirado se vio
embargado por una extraña calma, euforia y energía que le hicieron sentirse absolutamente
seguro de que podría sortear la sólida defensa del equipo contrario y pasar físicamente a
través de ella. Muchos observadores de toda confianza testifican que las demostraciones de
Morehei Uyeshiba, el creador del Aikido, parecían quebrantar todas las leyes de la física.
Uyeshiba era capaz de enfrentarse a seis especialistas en artes marciales armados de cuchillos
y parecía cambiar de forma y tamaño e incluso desaparecer durante unos instantes para
materializarse en otro lugar. Existe un documental cinematográfico en donde pueden
presenciarse estas extraordinarias habilidades. En esa película, el maestro desaparece
realmente unos instantes de la escena ante los mismos ojos del espectador sin que haya
habido -según sus seguidores- ningún tipo de trucaje fotográfico. Por su parte, los testigos
presenciales de la escena que asistieron al rodaje aseguran haber contemplado el mismo
prodigio que muestra la película.

El mundo de la parapsicología: ciencia, fraude Y ficción


Otro tipo de experiencias psicoides, estudiado tradicionalmente por los parapsicólogos, es el
de las manifestaciones espiritistas y el fenómeno poltergeist. Ya hemos hablado, en otro lugar,
de experiencias transpersonales que tienen que ver con espíritus y entidades desencarnadas.
Se trata de un tipo de experiencias que suele ir acompañado de ciertas coincidencias
significativas entre fenómenos externos y sucesos internos que pueden ser advertidas y
confirmadas por otras personas. Así, por ejemplo, se considera que determinados lugares
están «encantados» porque muchos de los que los visitan experimentan el mismo tipo de
acontecimientos inusuales.
Los asistentes a las sesiones espiritistas, por ejemplo, suelen sufrir extrañas experiencias,
como ruidos o golpes en las paredes o en el suelo, el roce de manos invisibles, voces que no
parecen proceder de ninguna parte, sonidos de instrumentos musicales y ráfagas de aire frío.
En algunos casos, también se producen apariciones de personas fallecidas o se escucha su voz
a través del médium. En otros casos, los participantes presencian fenómenos de telekinesis y
materialización, levitación de objetos y de personas, desplazamiento de objetos en el aire,
manifestaciones ectoplásmicas y la inexplicable aparición de escritos y de pequeños objetos
(«aportes»), un fenómeno que el famoso parapsicólogo norteamericano R.B. Rhine denominó
«mediumnidad física». Este tipo de acontecimientos eran relativamente frecuentes en las
sesiones de médiums famosos como Eusapia Palladino y Daniel Douglas Home, quienes fueron
estudiados repetidamente por diversos equipos de investigadores.
Nadie pone en duda que, a finales del siglo pasado, el espiritismo gozaba de gran
popularidad y muchos participantes fueron víctimas de astutos timadores. Hasta médiums que
disfrutaban de una reputación intachable, como Eusapia Palladino, por ejemplo, fueron
sorprendidos, en ocasiones, haciendo trampas. Pero no deberíamos precipitarnos en extraer,
por ello, la conclusión de que todos estos fenómenos son fraudulentos ya que, en tal caso,
correríamos el riesgo de arrojar al niño junto con el agua de la bañera. En realidad, la hipótesis
de que destacados investigadores hayan malgastado tanto tiempo y energía en ocuparse de un
terna meramente ilusorio resulta francamente insostenible. Difícilmente podríamos encontrar
otra área de investigación en la que el testimonio experto de tantos testigos dignos de toda
confianza haya sido rechazado de manera tan ostensible como un producto de la credulidad o
la estupidez. No deberíamos olvidar que entre ellos se encuentran investigadores de la talla del
físico sir William Crookes, el premio Nobel en medicina y fisiología Charles Richet y el miembro
de la Royal Society of England sir Oliver Lodge.

Los espíritus burlones


Otro interesante fenómeno, estudiado tradicionalmente por los parapsicólogos y
popularizado recientemente por Hollywood, es el fenómeno conocido con la palabra alemana
poltergeist, que significa «espíritu burlón» y cuyo nombre técnico es psicokinesis espontánea
recurrente (PKER). La PKER se refiere a una serie de extraños sucesos que suelen aparecer de
manera espontánea y desafían toda explicación razonable. Los objetos vuelan por los aires,
son arrojados al fuego, caen al suelo y se rompen o entran y salen de cajas, armarios o
habitaciones cerradas con llave. En ocasiones, todo un edificio se ve invadido por el ruido de
pasos, golpes, chirridos, gritos y hasta voces humanas. Las investigaciones sobre el origen de
este tipo de fenómenos suelen apuntar hacia una persona -frecuentemente un adolescente-
que está atravesando por algún tipo de crisis. Normalmente también, cuando esa persona
resuelve su conflicto o se aleja del lugar, el fenómeno poltergeist tiende a desaparecer.
Resulta interesante constatar que las pautas que siguen las manifestaciones psicoides
tienden a cambiar con el paso del tiempo. Así pues, mientras que en nuestra época los casos
de mediumnidad física han desaparecido casi por completo, el fenómeno poltergeist, en
cambio, sigue presentándose y despertando el interés de prestigiosos investigadores. Del
mismo modo, resulta también interesante señalar que, si bien en el pasado la persona que
parecía ocasionar el fenómeno poltergeist era, por lo general, una mujer joven de unos
dieciséis años, en el presente no necesariamente se trata de una mujer y la media de edad
parece haber ascendido a los veinte años.
Conscientes de la naturaleza extraordinariamente controvertida de la psicokinesis
espontánea recurrente, destacados investigadores han sometido los casos estudiados a un
examen muy meticuloso. En este sentido, el Instituto para el Estudio de las Fronteras de la
Psicología y la Psicohigiene, ubicado en Alemania y dirigido por Hans Bender, ha llevado a cabo
una detallada, extensa y escrupulosa investigación.
Uno de los casos mejor documentados sobre el fenómeno de la PKER se apoya en el
testimonio de unas cuarenta personas, la mayor parte de las cuales eran ingenieros, médicos y
profesionales liberales. Este poltergeist se inició en noviembre de 1967 en un bufete de
abogados de la ciudad bávara de Rosenheim. Los problemas empezaron con ciertas averías en
las lámparas que colgaban del techo que no podían ser explicadas ni reparadas por los
electricistas. También se escuchaban sonidos de procedencia desconocida, la fotocopiadora se
rompió y el sistema telefónico del edificio se colapso por completo. Los teléfonos recibían
llamadas procedentes de ninguna parte y la factura de la compañía telefónica se disparó por
las nubes. Los cuadros de las paredes giraban sin que nadie los tocara -a veces hasta
trescientos sesenta grados- y los tubos fluorescentes caían inexplicablemente del techo
poniendo en peligro a los empleados.
Los investigadores, entre los cuales se hallaban físicos muy cualificados, no pudieron
identificar una causa objetiva de los problemas. En su opinión, por ejemplo, el número de
llamadas telefónicas recibidas era tal que no podrían haberse realizado con el movimiento
habitual de girar el dial pero, en tal caso, la inteligencia y el conocimiento técnico necesario
para ello debería ser casi sobrenatural y requeriría, además, disponer de la capacidad de
percibir intervalos temporales del orden de un milisegundo. Los técnicos reemplazaron los
tubos fluorescentes por lámparas de incandescencia para descubrir, poco después, que éstas
terminaban explotando. Las perturbaciones llegaron a ser tan peligrosas para los empleados y
los clientes que la empresa decidió protegerse de las posibles demandas interponiendo una
denuncia en el juzgado contra «agresores desconocidos». Finalmente, Hans Bender llegó a la
conclusión de que las perturbaciones procedían de Annemarie, una oficinista de diecinueve
años, que se hallaba muy atraída por su jefe. Cuando Annemarie cambió de trabajo, el
fenómeno desapareció por completo.'
El siguiente caso, investigado en 1967 por los norteamericanos William Roll y Gaither Pratt,
ilustra perfectamente la naturaleza elusiva de los fenómenos psicoides y los problemas
inherentes a su estudio. En este caso, el fenómeno giraba en torno a un joven librero de
diecinueve años que visitaba con frecuencia cierto almacén y, cuando lo hacía, los objetos del
almacén salían volando por los aires. En este caso, los investigadores pudieron disponer de
condiciones experimentales para observar el movimiento de los objetos pero, aunque uno de
ellos siempre se hallaba vigilando al joven, nunca pudieron ver los objetos en el mismo
momento en que caían, ya que, o bien lo hacían inmediatamente antes o bien inmediatamente
después. No resultaría muy difícil especular, en base a este hecho, que la misma procedencia
del movimiento de los objetos era consciente de las intenciones de los observadores y se
anticipaba a sus acciones de una manera francamente extraordinaria.

Objetos volantes no identificados


El fenómeno ovni constituye una de las experiencias psicoides más controvertidas de
nuestro tiempo. Desde que en 1947 fueron avistados por primera vez por el piloto civil
Kenneth Arnold cerca del monte Rainier, son muchas las personas de todo el mundo que
aseguran haber visto ovnis. Hay quienes dicen haberlos visto a plena luz del día mientras que
otros, en cambio, hablan de la presencia de extrañas luces en mitad de la noche. Unos
aseguran haber presenciado el aterrizaje de naves extraterrestres mientras que otros, por su
parte, llegan a asegurar que se han entrevistado con extraterrestres o que han sido abducidos
y llevados a bordo de una nave en la que fueron sometidos a rigurosas investigaciones
científicas.
El interés público que despertó el fenómeno ovni impulsó a las Fuerzas Aéreas de los
Estados Unidos a emprender una investigación exhaustiva al respecto dirigida por un comité
especial de la Universidad de Columbia. La conclusión a la que arribaron los investigadores fue
negativa, ya que atribuyeron la mayor parte de los avistamientos a desórdenes mentales o a
«interpretaciones erróneas» de fenómenos fácilmente explicables como, por ejemplo, globos
metereológicos, meteoritos, bandadas de pájaros o reflejos inusuales. Pero esta investigación
no satisfizo al público ni a los investigadores rigurosos. El informe del gobierno afirmaba que
su principal objetivo era el de prevenir el pánico ante la posibilidad de una visita
extraterrestre. Por otra parte, existen documentos que demuestran fehacientemente que las
Fuerzas Aéreas difundieron el rumor de los ovnis para encubrir los accidentes de sus propias
naves experimentales secretas.
Si bien es posible que muchos avistamientos sean simples fraudes, percepciones erróneas
de fenómenos naturales o pantallas que pretenden ocultar determinadas investigaciones
secretas, lo cierto, sin embargo, es que numerosos observadores inteligentes, emocionalmente
estables e incluso expertos y, por tanto, merecedores de toda confianza, siguen avistándolos.
Existen suficientes informes en torno a este tema como para convencernos de que el debate
ovni sigue abierto y merece una atención especial.
La controversia sobre este punto suele girar en torno al hecho de si nuestro planeta está
siendo visitado por naves espaciales reales procedentes de otras regiones del universo. En
nuestra opinión, no obstante, la situación es algo más compleja. Muchos fenómenos ovni
parecen tener una naturaleza psicoide, es decir, que si bien no son simples alucinaciones
tampoco son «reales» en el sentido ordinario del término, siendo posible que representen una
especie de fenómeno «híbrido» en el que se combinan elementos de la vida mental y del
mundo físico. En tal caso, sin embargo, el fenómeno sería extraordinariamente difícil de
estudiar por medio de los métodos científicos tradicionales, basados en una distinción
meridiana entre lo real y lo irreal, entre los acontecimientos materiales y los sucesos
psicológicos. Si tal cosa fuera cierta, cualquier estudio comprensivo de este tipo de fenómenos
debería ocuparse simultáneamente de la evidencia física y de la nueva perspectiva psicológica
que nos proporciona la moderna investigación sobre la conciencia y la nueva física.
Ya hemos señalado que los encuentros con alienígenas, las visiones de naves espaciales
físicas o metafísicas y los viajes extraterrestres han sido constatados a lo largo de toda la
historia de la humanidad. C.G. Jung, que estaba interesado en el fenómeno ovni, escribió un
libro fascinante titulado Platillos volantes: Sobre cosas que se ven en el cielo, basado en un
cuidadoso análisis histórico de las leyendas sobre discos voladores y apariciones a lo largo de
todas las épocas -muchas de las cuales desataron fenómenos de histeria colectiva- y llegó a la
conclusión de que el fenómeno ovni puede ser una visión arquetípica que se origine en el
inconsciente colectivo.
La mayor parte de los avistamientos ovni van asociados a la visión de luces sobrenaturales
similares a las que acompañan a los raptos místicos. Las descripciones de los supuestos
visitantes, naves y ciudades extraterrestres presentan un incuestionable paralelismo con
elementos de procedencia mitológica y, por ello, la hipótesis del inconsciente colectivo resulta
sumamente tentadora. Pero éste no es más que un aspecto de la historia. Lo que más nos
interesa recalcar ahora es el hecho de que, en muchos casos, los ovnis han dejado evidencias
físicas, lo cual los circunscribe al mundo de la realidad consensual. Éste es un elemento que
dota al moderno fenómeno ovni de una cualidad claramente psicoide. Sin embargo, la
naturaleza de estas evidencias resulta en ocasiones ambigua y deja la puerta abierta a
interpretaciones muy diversas. Convendría recordar, en este punto, que la naturaleza
caprichosa y elusiva de algunos avistamientos parece confirmar su naturaleza psicoide en lugar
de ser un argumento negador de su existencia.
Muchos lectores recordarán el caso relativamente reciente de avistamiento de ovnis
realizado desde un jumbo que volaba sobre Alaska. En esa situación, toda la tripulación pudo
ver que una nave espacial les perseguía mientras una estación terrestre de radar registraba la
presencia de un objeto volante no identificado en ese mismo lugar. No obstante, cuando esta
sensacional noticia ocupó los titulares de los periódicos de todo el mundo, el desconcertado
operador del radar cambió su informe inicial y afirmó que, tras un examen más detenido,
había llegado a la conclusión de que se trataba de un artefacto técnico. Sin embargo, este
extraño error de un operador experto y su misteriosa sincronicidad con el avistamiento
realizado por una tripulación experimentada es una característica propia del fenómeno
psicoide. El tratamiento que los medios de comunicación suelen dar a este tipo de información
-incluida la agencia soviética Tass refleja también la confusión existente en torno al tema.
Las controvertidas evidencias físicas que parecen avalar la existencia de los ovnis son las
huellas dejadas en el suelo por los aparatos, la tierra quemada, materiales que no pueden ser
identificados por medio del análisis químico, fotografías o películas de aficionados, señales
estigmáticas en los cuerpos de las personas abducidas, misteriosas mutilaciones de ganado,
etcétera.
Los relatos de quienes afirman haber sido abducidos coinciden sorprendentemente con las
descripciones que nos ofrecen otros abducidos sobre las formas de vida alienígena y con
ciertos símbolos que aparecen durante los contactos. Lo mismo ocurre en el caso de que las
personas carecieran de información o de todo interés sobre el tema antes del momento de la
abducción. En los casos en los que los supuestos abducidos han sido hipnotizados para superar
la amnesia que parecen sufrir y recuperar, de ese modo, los recuerdos del incidente, los
relatos proporcionados independientemente por diferentes testigos acerca del mismo suceso
concordaban y eran plenamente congruentes entre sí.
Uno de los casos mejor documentados de este tipo es el estudio sobre la familia Andreasson
que nos ofrece el libro de Raymond Fowler The Andreasson Affair. La investigación fue dirigida
por el doctor Allen Hynek, un conocido especialista en el tema ovni, y contaba con un equipo
compuesto por Raymond Fowler, un antiguo miembro del Servicio de Seguridad de las Fuerzas
Aéreas de los Estados Unidos y el doctor Harold Edelstein, director del Instituto de Hipnosis de
Nueva Inglaterra. Las pruebas realizadas incluyeron regresión hipnótica, exámenes
psiquiátricos, test de personalidad, análisis de los informes meteorológicos y pruebas con el
detector de mentiras. Los investigadores cotejaron los informes proporcionados en privado por
cada uno de los protagonistas del incidente, Betty Andreasson, Becky -su hija mayor- y varios
miembros de la familia. La conclusión a la que llegaron los investigadores después de analizar
toda la información recogida en quinientas veintiocho páginas fue que los testigos estaban
diciendo la verdad.
Según el informe, el avistamiento ovni tuvo lugar una cerrada noche de enero de 1967 en la
que una luz parpadeante iluminó el patio trasero de la casa de los Andreasson. Poco después,
varias criaturas humanoides de aproximadamente un metro de estatura, con cabezas en forma
de pera, rasgos mongoloides y grandes ojos con membranas como los de los gatos irrumpieron
en la casa. Tras una breve comunicación telepática, Betty se vio transportada mediante una
especie de succión hasta el interior de la nave. Allí fue sometida a un doloroso examen en el
que le insertaron unas largas agujas plateadas en las fosas nasales y la cavidad peritoneal.
Más tarde fue llevada a un mundo desconocido con extraños paisajes y edificaciones. La
experiencia culminó con el encuentro con una gigantesca figura arquetípica, un pájaro envuelto
en llamas que recordaba a la legendaria ave fénix. Un rasgo muy interesante de este informe
es que el talento artístico de Betty le permitió elaborar varios dibujos de los extraterrestres,
del interior de la nave, del aspecto del mundo alienígena y del ave fénix.'
Jacques Vallée, un experto astrofísico e investigador que ha estudiado y escrito sobre el
tema durante dos décadas, ha llegado a la conclusión de que el fenómeno ovni ha ido
evolucionando a lo largo del tiempo. Su propio avistamiento desde el observatorio francés en
el que trabajaba, el examen de fotografías realizadas por diferentes personas y sus entrevistas
a quienes afirman haber tenido un encuentro de este tipo le han llevado a conclusiones que
sustentan nuestra tesis de que el fenómeno ovni presenta características psicoides.
Tras varios años de intensa investigación, Vallée ha llegado a la conclusión de que algunos
ovnis tienen una realidad física que se halla muy estrechamente ligada a las inusuales
experiencias internas de quienes experimentan el avistamiento. Según Vallée, las naves
proceden de «otras dimensiones» espaciotemporales coexistentes con nuestro universo y que
quizás no sean «extraterrestres» en el sentido habitual del término. Vallée especula con la
posibilidad de que las inteligencias extraterrestres que producen y controlan el fenómeno sean
capaces de manipular el espacio y el tiempo en modos que sobrepasan nuestra capacidad de
comprensión e incluso nuestra imaginación. Desde su punto de vista, es posible que el estado
de conciencia del observador posibilite que el ovni penetre en su dimensión espaciotemporal y
se haga entonces perceptible. Sin embargo, en su opinión, los ovnis no son el mero producto
de la mente del observador ya que, al igual que los guías espirituales de Jung, tienen una
existencia independiente de nuestra propia conciencia. En otras palabras, en lugar de ser
fabricaciones de nuestra imaginación, los «extraterrestres» utilizan nuestra conciencia como
una puerta que les permite entrar en el plano de nuestra realidad cotidiana.
El fenómeno ovni presenta problemas actualmente irresolubles hasta para los
investigadores más serios y dotados. Si nos atenemos a los datos que nos proporciona la
ciencia, parece altamente improbable que exista vida inteligente en otros planetas de nuestro
sistema solar, de modo que deben de proceder de lugares que se hallan a años luz de
distancia. En tal caso, deberían disponer de una tecnología impensable para nosotros ya que
sólo cabría entonces la posibilidad de que sus naves alcanzaran velocidades superiores a la de
la luz (viaje translumínico), fueran capaces de escapar a las dimensiones espaciotemporales y
desplazarse a través del hiperespacio, o procedieran de otras dimensiones (viaje
interdimensional). Si en el espacio exterior existiera una civilización que poseyera esa
tecnología, no resultaría extraño suponer que también pudieran operar sobre la conciencia
individual y transpersonal de maneras totalmente desconocidas para nosotros. Si esto es
cierto, es bastante probable que su visitas a nuestra dimensión nos parezcan fantasías,
acontecimientos arquetípicos o experiencias visionarias y que, si tienen algún motivo para
ocultar sus visitas, también poseen la tecnología necesaria como para alentar la confusión con
respecto al tema.
Pero todo esto, en definitiva, suscita un problema fascinante. Si los ovnis realmente existen
y son producto, como decíamos, de una avanzada tecnología, nos encontramos ante la
confluencia de dos campos que siempre habíamos considerado antagónicos, el mundo racional
de la tecnología avanzada y el mundo irracional de la fantasía. En tal caso ya no podríamos
seguir estableciendo una diferencia tan clara entre ambos dominios. La posibilidad de un viaje
interplanetario de esta magnitud supondría el triunfo admirable de la racionalidad y de la
ciencia. No obstante, al mismo tiempo también experimentamos los resultados de este logro
como un fenómeno que suele estar vinculado con el mundo de la magia y del mito, los
procesos prerracionales de pensamiento propios de las culturas primitivas, la imaginación
creativa de los artistas y las alucinaciones de los alienados. Pareciera, pues, que este tipo de
experiencias cerrara un círculo en el que la conciencia, después de alcanzar las últimas
fronteras de la evolución material, retornara a su fuente primordial.

La acción de la mente sobre la materia: Psicokinesis intencional


En algunos fenómenos psicoides, las transformaciones de la realidad consensual parecen ser
el resultado de la intención deliberada de ciertos individuos o grupos por manipular los
acontecimientos del mundo físico. Es importante destacar que este tipo de fenómeno psicoide,
denominado «psicokinesis intencional», tiene lugar sin ningún tipo de intervención física ya
que los cambios ocurren simplemente debido al deseo de que sucedan o son propiciados, en
ocasiones, por actos rituales o simbólicos que no guardan una relación causal evidente con los
efectos producidos. La literatura espiritual y ocultista de todos los tiempos abunda en
descripciones de las actividades rituales llevadas a cabo por las culturas preindustriales para
influir sobre los acontecimientos externos. No obstante, la ciencia tradicional ha refutado y
desmentido sistemáticamente la posibilidad de que la conciencia influya directamente sobre la
materia, desestimando incluso la significativa evidencia aportada por la moderna investigación
parapsicológica y la física cuántica.

El paradigma transpersonal
La antropología y la magia ceremonial:
Los antropólogos que estudian las culturas aborígenes han observado y descrito
complicadas ceremonias para invocar la lluvia, propiciar la caza, asegurar una buena cosecha o
lograr muchos otros objetivos prácticos. Esos antropólogos expresan frecuentemente su
asombro al comprobar que estos pueblos hacen gala de una «doble lógica», ya que si bien, por
un lado, muestran una considerable inteligencia, conocimiento y destreza en la caza, la pesca
y la agricultura, por el otro, en cambio, sienten la necesidad de llevar a cabo rituales que a los
occidentales nos parecen superfluos, supersticiosos e ingenuos. Sólo quienes han atravesado
estados no ordinarios de conciencia pueden comprender que esta «doble lógica» se refiere a
dos niveles diferentes de la realidad. Desde ese punto de vista, la fabricación de herramientas
y el aprendizaje de ciertas habilidades concretas tiene que ver con el mundo material,
mientras que el sentido de la vida ceremonial, por el contrario, reconoce y apunta a la
dinámica arquetípica del reino transpersonal. A pesar de los esfuerzos realizados tanto por los
filósofos como por los científicos, la naturaleza de ambas dimensiones y de las relaciones
existentes entre ellas está lejos de ser comprendida con claridad por la ciencia moderna. En su
libro The Passion of the Western Mind, Richard Tarnas ha reunido evidencia convincente de que
este problema constituye la preocupación fundamental de la filosofía-europea durante los
últimos dos mil quinientos años.
La idea de que tocar el tambor, cantar y bailar pueda propiciar la lluvia parece, a simple
vista, ridícula para la mayoría de los occidentales. Sin embargo, quienes han tenido la
oportunidad de participar en este tipo de ceremonias se han visto sorprendidos
frecuentemente por sus resultados. El difunto Joseph Campbell, un hombre de una inteligencia
y una cultura incuestionables, solía contar una historia relativa a su participación en un ritual
de los nativos americanos del sudoeste de Estados Unidos. Al principio de la ceremonia se
sentía un tanto escéptico y divertido ya que el cielo estaba despejado y no se veía ni una sola
nube pero, para su sorpresa, a medida que el ritual iba avanzando, el cielo se fue cubriendo de
densas nubes y el día concluyó con una aparatosa tormenta. Los indios, por su parte, no
parecieron sorprenderse en absoluto ya que, dada su experiencia, no dudaban de que la
ceremonia terminaría siendo un éxito.
En cierta ocasión, mi esposa y yo dirigimos un seminario de un mes de duración en el
Esalen Institute de Big Sur, durante un período en el que California atravesaba una pertinaz
sequía que se prolongó durante dos años. A petición del grupo, uno de los instructores, don
José Matsuwa, un centenario chamán huichol mexicano, accedió a llevar a cabo una ceremonia
de invocación de la lluvia. Todos nos quedamos desconcertados cuando, tras una noche de
trabajo, comenzó a lloviznar, pero don José, sin embargo, se limitó a sonreír y dijo: «Es el
kupuri (la bendición de los dioses). Siempre sucede igual». Cuando nos dirigíamos hacia el
océano para hacer la ofrenda final, la llovizna se transformó en una tormenta que duró seis
horas. No estamos afirmando que don José provocara la lluvia sino, tan sólo, que este tipo de
sincronicidades suele acompañar a muchas ceremonias de invocación. Por otra parte, sería
muy difícil que un chamán mantuviera intacta su reputación después de un número
considerable de errores y resultaría también muy extraño que tantas culturas se hubieran
ocupado de celebrar ceremonias de este tipo a lo largo de los siglos si no hubieran logrado un
promedio de éxitos estadísticamente significativo.
Lo mismo que acabamos de decir es también aplicable a la sanación espiritual. Los
profesionales occidentales no suelen tomar muy en serio los informes de los antropólogos
acerca de los éxitos terapéuticos de las ceremonias y prácticas curativas llevadas a cabo en las
sociedades preindustriales, atribuyendo las supuestas mejorías al pensamiento mágico, la
sugestión y la credulidad de los nativos. No obstante, los estudios comparativos realizados
sobre los efectos terapéuticos de la medicina occidental y de diversas ceremonias primitivas de
curación han llevado a conclusiones realmente interesantes. En el sur de Estados Unidos,
especialmente en Florida, por ejemplo, los estudios realizados sobre la eficacia curativa de los
antiguos sistemas caribeños de curación sobre cubanos y otros inmigrantes latinoamericanos
han demostrado dar mucho mejor resultado que la psiquiatría y la medicina occidental. Por
otra parte, los curanderos (sanadores chamánicos) parecen conocer los límites de sus
procedimientos y remiten a los clientes que presentan determinado tipo de problemas a los
médicos norteamericanos.
Sería de esperar este tipo de resultados en personas con problemas psicosomáticos y
emocionales pero lo cierto es que algunas de estas aproximaciones espirituales también
parecen solucionar problemas bastante más críticos. He mantenido un estrecho contacto
personal con investigadores que poseen un historial académico intachable -como Walter
Pahnke, Andrija Puharich y Stanley Krippner, por ejemplo- quienes estudiaron y filmaron el
trabajo de los curanderos psíquicos brasileños y filipinos y quedaron profundamente
impresionados por lo que vieron. El brasileño Arigo, un campesino analfabeto conocido como
«el cirujano del cuchillo oxidado», realizaba diariamente cientos de operaciones sin anestesia
ni desinfección y cerraba las incisiones uniendo simplemente con sus dedos los bordes de la
herida. Según Arigo, mientras operaba o recetaba fármacos sobre los que no tenía el menor
conocimiento intelectual, decía estar poseído por el espíritu de «Fritz», un médico alemán ya
fallecido nativo de Heidelberg.
Tony Agpoa y otros curanderos filipinos son famosos por realizar intervenciones quirúrgicas
sin otra herramienta más que sus manos. Existen numerosos testimonios de estas operaciones
que han sido filmadas en repetidas ocasiones y se han estudiado minuciosamente sin lograr
descubrir el menor asomo de fraude. En algunos de los casos, los resultados conseguidos han
sido confirmados por hospitales universitarios, incluido el tumor de pituitaria de una persona
que conozco bien. Pero no hay que olvidar tampoco que, en concordancia con la cualidad
elusiva del fenómeno psicoide, el análisis de las muestras de tejidos extraídas en esas
operaciones demostró ser de procedencia animal. En cualquiera de los casos, lo cierto es que
existen curaciones bien documentadas que parecen apuntar a la existencia de ciertas
relaciones entre la conciencia y el mundo físico que sólo recientemente hemos comenzado a
investigar.
En el extremo opuesto de la escala, los antropólogos y los médicos occidentales también
nos han presentado evidencia manifiesta de los efectos negativos del mal de ojo y los hechizos
maléficos. No son pocos los antropólogos que han presenciado situaciones en las que la
maldición de un brujo termina abocando a la enfermedad o la muerte. También existen
informes bien documentados de personas embrujadas que terminaron muriendo a pesar de ser
sacadas fuera de su medio cultural e ingresadas en hospitales occidentales. Este tipo de
informes son frecuentes en Australia y África, donde las influencias nativas y occidentales se
entremezclan. En opinión de Walter B. Cannon, un investigador occidental famoso por su
investigación pionera sobre el stress, merece la pena considerar seriamente la posibilidad de
que el mal de ojo u otro proceso puramente psicológico sea capaz de causar una enfermedad
grave e incluso la muerte.
Quizás el informe más creíble en torno al mal de ojo sea el publicado en 1960 en el Johns
Hopkins Medical Journal. El artículo trataba de una joven de Florida sobre quien la comadrona
había echado una maldición. El día en que nació, la partera que había asistido al
alumbramiento de tres niñas había profetizado que morirían antes de alcanzar los diecinueve,
los veinte y los veintitrés años respectivamente. La primera muchacha murió, como había sido
predicho, poco antes del día de su cumpleaños en accidente de automóvil. Enterada de ello, la
segunda se encerró en su casa el día anterior a su vigesimoprimer cumpleaños. Al llegar la
noche, sin embargo, se sentía segura y fue a celebrarlo a un bar pero murió accidentalmente
debido al rebote accidental de una bala perdida. Alarmada por el fatal cumplimiento de los dos
presagios anteriores, la tercera joven comenzó a sentirse indispuesta y fue ingresada en el
hospital Johns Hopkins, donde murió poco antes de cumplir los veintitrés años, pese a los
esfuerzos realizados por el equipo médico para salvar su vida. La autopsia no proporcionó
ninguna posible explicación médica de su muerte.
Otro fenómeno interesante documentado por los antropólogos es la aparente
invulnerabilidad de los participantes en ciertos estados de trance. Una película rodada por Elda
Hartley en Bali, por ejemplo, nos muestra a personas que ruedan sobre alfombras de vidrios
rotos o ascienden por escaleras formadas por afiladas espadas sin sufrir ningún tipo de daño.'
En cierta ocasión yo mismo participé en una ceremonia umbanda brasileña en Río de Janeiro
en la que los participantes, poseídos, al parecer, por ciertos dioses, bebían varios litros de un
fuerte licor (aquavit) sin mostrar ningún síntoma de ebriedad cuando, pocos minutos después,
salían del trance. Lo mismo parece ocurrir regularmente en los rituales vudú de Sudamérica y
el Caribe y muchas otras culturas de todo el mundo.
En los años recientes, la mentalidad occidental ha desmitificado este tipo de fenómenos. Los
relatos de ceremonias en las que los participantes caminan descalzos sobre brasas cuya
temperatura oscila entre los 650 y los 800°C fueron desdeñados como meros cuentos de
hadas. No obstante, a principios de los años ochenta, la marcha sobre el fuego fue importada a
Estados Unidos desde Indonesia y se convirtió rápidamente en una moda en los círculos de la
Nueva Era. Desde entonces, decenas de miles de personas de este país han caminado sobre
carbones ardientes y, salvo contadas excepciones, nadie ha sufrido ningún tipo de quemadura.
Haya o no explicación natural a este tipo de fenómenos, lo cierto es que este ejemplo
demuestra claramente que nuestra comprensión sobre lo posible y lo imposible deja todavía
mucho que desear.

Las proezas sobrenaturales de los yoguis:


La literatura espiritual de Oriente, en especial la hinduista, budista y taoísta, afirma que, en
las fases avanzadas de la práctica espiritual, ciertos adeptos pueden presentar facultades
extraordinarias, algunas de las cuales se encuadran, sin lugar a dudas, en el dominio de lo
milagroso y lo sobrenatural. Entre ellas podríamos destacar el control de ciertas funciones
fisiológicas que normalmente están bajo el control del sistema nervioso autónomo y, por
consiguiente, desde el punto de vista de la neurofisiología occidental, se hallan más allá de
cualquier posible control consciente. En este sentido, por ejemplo, los yoguis hindúes son
capaces de interrumpir la circulación arterial y venosa, detener el latido cardíaco, abstenerse
de todo tipo de alimento e incluso sobrevivir sin respirar. Por su parte, los ascetas de los
Himalayas pueden meditar durante largos períodos de tiempo desnudos sobre la nieve y el
hielo. En el tuinmo, por ejemplo -un ejercicio perteneciente al tantra tibetano-, el practicante
alcanza en un período relativamente corto de tiempo un aumento tal de la temperatura de su
cuerpo que puede sentarse sobre el hielo y la nieve y producir el calor suficiente como para
secar gran cantidad de telas empapadas.
Al igual que ocurre con los relatos de la marcha sobre el fuego, este tipo de informes suelen
ser considerados por los especialistas occidentales con cierta ironía, excepción hecha de
algunos investigadores hindúes que han publicado estudios confirmando su existencia. No
obstante, durante las dos últimas décadas, varios científicos occidentales han realizado
investigaciones que demuestran la existencia de este tipo de fenómenos. En la década de los
setenta, la prestigiosa Menninger Foundation de Topeka ha llevado a cabo experimentos bajo
la dirección de los doctores Alyce y Elmer Green para medir los efectos de las prácticas
espirituales. Esta investigación constituye una extraordinaria combinación de conocimientos
sobre el plano transpersonal, sofisticados instrumentos electrónicos y una aplicación rigurosa
de las más avanzadas técnicas occidentales de investigación.
Uno de los primeros sujetos estudiados por los Green fue el yogui indio swami Rama, quien
podía producir -en breves minutos y bajo estrictas condiciones de laboratorio- una diferencia
de temperatura de más de 3°C entre los lados derecho e izquierdo de la palma de su mano. En
otra serie de pruebas, swami Rama demostró que podía hacer descender su ritmo cardíaco de
93 a 60 pulsaciones por minuto en cuestión de segundos concentrándose en su sistema
cardiovascular. En otro experimento particularmente impresionante swami Rama logró detener
completamente el flujo sanguíneo a través de su corazón durante dieciséis segundos mediante
la producción de un latido de casi 306 pulsaciones por minuto. Inmediatamente después del
experimento el latido cardíaco del swami volvió a su normalidad y éste se mostró despierto y
bromeando con los investigadores. Además de controlar a voluntad el ritmo cardíaco, el flujo
sanguíneo y la temperatura corporal, swami Rama realizó ante el equipo de investigadores
dirigido por los Green otra serie de hechos verdaderamente asombrosos.
En un experimento perfectamente controlado, por ejemplo, swami Rama movió un
instrumento parecido a un compás que se hallaba a varios metros de distancia empleando tan
sólo su poder mental mientras su rostro permanecía cubierto con una tela para evitar que
pudiera utilizar la respiración. El experimento fue repetido en un par de ocasiones y swami
Rada logró mover el objeto diez grados en torno a su eje en cada uno de ellos. Swami Rama
también podía provocar quistes en los músculos largos de su cuerpo en cuestión de segundos y
hacerlos desaparecer tan rápidamente como habían surgido. Uno de ellos incluso fue extirpado
y analizado clínicamente. El swami afirmaba que los «tejidos blandos» del cuerpo son fáciles
de manipular y que el poder de la mente puede hacer aparecer y desaparecer tumores. En una
demostración llevada a cabo en Chicago pudo tornar visible ante los ojos del público la energía
sutil de sus chakras, como demuestran diversas fotografías Polaroid tomadas por los
asistentes.
A lo largo de las dos últimas décadas, la investigación de los Green en la Menninger
Foundation ha proseguido y se ha extendido a cientos de sujetos, desde curanderos indios
como Rolling Thunder a varios maestros espirituales orientales. El «yogui occidental» Jack
Schwarz, de Oregon, por ejemplo, además de demostrar su capacidad para diagnosticar
adecuadamente enfermedades físicas mediante la lectura de las auras de los pacientes, mostró
una sorprendente capacidad para controlar la actividad de sus ondas cerebrales, su flujo
sanguíneo y sus procesos curativos. Debemos finalizar este punto diciendo que las
investigaciones de los Green en este área han contribuido al desarrollo del biofeedback, una
técnica que ha ayudado a miles de personas a aliviar de manera permanente enfermedades
tales como la migraña crónica, ciertos problemas circulatorios -incluyendo alteraciones de la
presión sanguínea- y la epilepsia.
En la actualidad, la medicina occidental admite la posibilidad de aprender a controlar las
funciones involuntarias (la técnica biofeedback). En consecuencia, los científicos ya no
consideran que este fenómeno sea imposible pero siguen mostrando, sin embargo, su
reticencia frente a la posibilidad de sobrevivir sin alimento ni oxígeno.
Por último, los yoguis también presentan otras facultades sobrenaturales (siddhis) que
continúan desafiando a la ciencia ortodoxa. Nos estamos refiriendo a la capacidad de
materializar y desmaterializar diversos objetos e incluso el propio cuerpo, la capacidad de
mover objetos físicos mediante el poder del pensamiento, la facultad de proyectarse a
voluntad a lugares remotos, la posibilidad de hallarse en dos lugares al mismo tiempo
(bilocación) y la levitación. Quizás en el futuro la ciencia pueda llegar a demostrar o refutar la
existencia de este tipo de fenómenos en la actualidad aparentemente imposibles. En cualquiera
de los casos, los descubrimientos llevados a cabo por la física cuántica evidencian sin lugar a
dudas que la posibilidad de una relación entre la conciencia y la materia no es tan ridícula
como antaño nos pareciera.

La investigación de laboratorio sobre la psicokinesis


La experimentación científica moderna nos proporciona cada vez más datos que avalan la
existencia de la psicokinesis. Sin embargo, por más cuidadosa y meticulosa que sea la
investigación, estos descubrimientos todavía son muy controvertidos ya que deben vencer una
enorme resistencia en la medida en que se oponen al modelo newtoniano-cartesiano del
mundo y parecen apoyar la idea de una realidad «supernormal». La existencia de la
psicokinesis ha sido demostrada en diversos experimentos de laboratorio con una metodología
que va desde los simples lanzadores de dados hasta la utilización de técnicas de emisión de
electrones en el proceso de descomposición radiactiva, sofisticados aparatos electrónicos y
modernos computadores. También se han llevado a cabo experimentos con objetos vivos
como, por ejemplo, la curación psicokinética de animales, plantas, cultivos de tejidos y
enzimas, e incluso se ha llegado a detener y a reactivar el corazón de una rana que había sido
extirpado de su cuerpo.
Especialmente interesante resulta, en este sentido, el trabajo con individuos dotados como
la soviética Nina Kulagina, quien, bajo estrictas condiciones de laboratorio, demostró su
capacidad para trasladar objetos macroscópicos mediante el simple poder de su voluntad.' En
otra experiencia de laboratorio, un norteamericano llamado Ted Serios fue capaz de proyectar
imágenes mentales sobre una película sensible colocada en el interior de una cámara que, al
ser revelada posteriormente, mostró las fotografías claras de las escenas que habían pasado
por su mente. Uno de los fenómenos más controvertidos de este tipo es la capacidad de doblar
cucharas mediante el poder de su mente que demuestra el israelí Uri Geller. Una vez más, las
circunstancias que rodean a estas manifestaciones parecen demostrar de manera evidente la
cualidad elusiva del fenómeno psicoide ya que, aunque este personaje es capaz de realizar
proezas sorprendentes también ha sido descubierto, en algunas ocasiones, cometiendo
fraudes. En muchos casos, los instrumentos electrónicos utilizados en el laboratorio para la
recogida de datos experimentales fallan en los momentos más críticos mientras que, en otras
ocasiones, en cambio, los sucesos significativos tienden a ocurrir fuera del radio de acción de
las cámaras de vídeo preparadas para grabarlos. En cualquier caso, sin embargo, aunque las
facultades psicokinéticas de Uri Geller hayan sido puestas seriamente en entredicho, sus
demostraciones televisivas han inspirado a muchos niños de Estados Unidos, Japón y Europa
para que dominen el arte de doblar cucharas. A pesar de la confusión que rodea al caso de Uri
Geller, es muy improbable que todos los fenómenos que suele provocar sean un simple
producto del fraude o la prestidigitación.
Quisiera mencionar un caso que ilustra el tipo de problemas que deben afrontar quienes
tratan de investigar este tipo de hechos. Mi hermano Paul es psiquiatra, vive en Canadá y
trabaja en la McMasters University, en Hamilton. En cierta ocasión, Paul asistió, en calidad de
testigo, a una rueda de prensa que Uri Geller ofreció ante los periodistas canadienses. En un
determinado momento, alguien pidió a Uri Geller que tratara de adivinar y reproducir dibujos
sencillos dibujados en pequeños trozos de papel que se hallaban ocultos en el interior de
sobres cerrados. No obstante, aunque Uri Geller lo intentó, no fue capaz de salir airoso de esta
prueba. Pero, en ese mismo momento, mi hermano comenzó a percibir vívidas imágenes
mentales y pudo realizar la prueba en lugar de Uri Geller. Debo señalar que mi hermano no se
considera una persona dotada, que jamás había realizado una tarea de estas características y
que sintió que, de algún modo, la energía de Uri Geller había sido transferida hasta él.
La tierra ignota
Concluiremos este capítulo sobre las experiencias psicoides subrayando que la literatura
mística, los hallazgos de la moderna investigación sobre la conciencia y los datos de
laboratorio reunidos en Estados Unidos, la Unión Soviética, Checoslovaquia, etcétera,
demuestran de manera manifiesta la existencia de conexiones entre la conciencia individual y
el mundo material que desafían seriamente nuestra visión cultural de la realidad. Creo
firmemente que el estudio sistemático y desprejuiciado de los fenómenos psicoides y de las
experiencias transpersonales terminará conduciéndonos finalmente a una revisión de nuestra
concepción de la realidad de la misma magnitud y alcance que la revolución copernicana o que
el salto de la física newtoniana a la visión cuántico-relativi

Parte IV
INFERENCIAS PARA UNA NUEVA PSICOLOGÍA DEL SER
En las cuestiones humanas existen épocas de revelación exterior e interior, cuando parecen
abrirse nuevas profundidades en el alma, cuando surge una multitud de nuevos deseos, y
anhelamos un bien nuevo e indefinido. Son períodos en los que... atreverse es la mayor
sabiduría.
William Ellery Channing
CAPÍTULO 11
NUEVAS PERSPECTIVAS DE LA REALIDAD Y LA NATURALEZA HUMANA

El hombre, a diferencia de otras cosas orgánicas o inorgánicas del universo, crece más allá de
su trabajo, trepa las escaleras de sus conceptos, emerge sobre sus logros.
John Steinbeck

LA NUEVA VISIÓN de la psiquis descrita en este libro tiene inferencias de gran repercusión, no
sólo para cada uno de nosotros como individuo sino para los profesionales que se especializan
en psiquiatría, psicoterapia y medicina. También ayuda a explorar nuevos territorios en el
estudio de la historia, las religiones comparadas, la antropología, la filosofía e incluso la
política. Un estudio profundo del impacto de este trabajo en prácticamente todas las áreas de
la exploración humana requeriría, naturalmente, muchos volúmenes. Pero es posible bosquejar
brevemente algunas de las áreas más importantes que se ven afectadas por la nueva
comprensión de la conciencia humana. Para simplificar, podemos enfocar esas inferencias de
acuerdo con las cuatro categorías siguientes:
1. La conciencia humana y su relación con la materia
2. Naturaleza de las perturbaciones emocionales y psicosomáticas
3. Psicoterapia y prácticas curativas
4. Las raíces de la violencia humana y la actual crisis global.

La conciencia humana y su relación con la materia


La ciencia newtoniana-cartesiana considera que la materia es la base del universo. Los
científicos que adhieren a esta corriente de pensamiento describen la conciencia como un
producto de procesos fisiológicos que tienen lugar en el cerebro. Desde ese punto de vista,
nuestra conciencia se halla encerrada en el interior de nuestro cráneo, completamente
separada de las conciencias de otras personas. La ciencia tradicional también considera que la
conciencia es un fenómeno exclusivamente humano y tiende a tratar a las más elevadas
formas de vida no humana como si fueran poco más que máquinas inconscientes. No obstante,
el estudio minucioso de las experiencias que vivimos en los estados no ordinarios de la
conciencia, especialmente aquellos que son de carácter transpersonal, brindan pruebas
convincentes de que esas antiguas definiciones de la conciencia son incompletas e incorrectas.
El panorama que hemos trazado, según el cual la conciencia humana está confinada al
interior del cráneo, puede parecer verdadero en lo que respecta a los estados cotidianos de la
conciencia, pero no explica qué ocurre cuando ingresamos en estados no ordinarios de la
conciencia, tales como el estado de trance, las crisis psicoespirituales espontáneas o aquellos
estados que se alcanzan por medio de la meditación, la hipnosis, las sesiones psicodélicas y la
psicoterapia experimental. El amplio y asombroso espectro de experiencias que se despliega
ante nosotros en esas circunstancias indica claramente que la psiquis humana posee el
potencial necesario para trascender lo que habitualmente consideramos como limitaciones de
espacio y tiempo. La investigación moderna de la conciencia revela que nuestra psiquis no
posee límites reales y absolutos; por el contrario, somos parte de un infinito campo consciente
que abarca todo cuanto existe, más alia del tiempo y el espacio y que se interna en reali dades
aún inexploradas.
Nuestra investigación más actual revela que el cerebro es el mediador de la conciencia y la
experiencia humanas, pero que éstas no se originan en él ni dependen exclusivamente del
cerebro. Es evidente que la conciencia puede hacer cosas que no pueden hacer ni el cerebro ni
los órganos sensoriales. La sospecha de que pueda ser así no se limita a la psicología
transpersonal y, de hecho, esto fue afirmado por uno de los padres de la moderna
investigación del cerebro, el neurocirujano Wilder Penfield.
Hacia el final de su vida, Penfield escribió el libro El Misterio de la Mente, en el que resumió sus
observaciones sobre la relación entre el cerebro humano y la conciencia. Dijo que, como
neurocirujano, opinaba que la conciencia no se origina en el cerebro. Investigaciones
posteriores, especialmente las realizadas por la tanatología en sus estudios sobre las
experiencias lindantes con la muerte, han aportado pruebas suficientes respecto de la posición
de Penfield.
Los nuevos descubrimientos científicos comienzan a convalidar las creencias de culturas
milenarias al demostrar que nuestra psiquis individual es, en última instancia, una
manifestación de la conciencia e inteligencia cósmicas que impregnan todo lo existente. Nunca
perdemos completamente el contacto con esta conciencia cósmica porque nunca estamos
totalmente separados de ella. Este es un concepto que hallamos en todas las tradiciones
místicas del mundo. Aldous Huxley lo denominó "filosofía perenne". El nuevo enfoque de la
psiquis humana sugerido por la investigación de avanzada cierra la brecha entre la ciencia
occidental tradicional y la sabiduría de los sistemas espirituales basados sobre centenarias ob-
servaciones sistemáticas de la conciencia. Si tomamos en cuenta la nueva cartografía descrita
en este libro, fenómenos culturales importantes como el chamanismo, los sistemas espirituales
de oriente y las tradiciones místicas del mundo se transforman de pronto en formas normales
y comprensibles de la empresa humana, y dejan de ser aberraciones psicopatológicas o
chifladuras poco confiables.
Si nos atenemos a la nueva cartografía de la conciencia humana, comenzamos a ver de
otra manera los estudios realizados por antropólogos e historiadores. Equipados con el
conocimiento de las experiencias perinatales, las experiencias transpersonales y los fenómenos
psicoides, encontramos nuevos significados en los antiguos ritos de tránsito, las ceremonias
curativas, y los antiguos misterios de muerte y resurrección. Tomemos como ejemplo los ritos
de tránsito, ceremonias que, antes de la era industrial, formaban parte importante de la vida
humana. Señalaban y ayudaban al progreso de importantes transiciones biológicas y sociales,
tales como el nacimiento de un niño, la circuncisión, la pubertad, el matrimonio, la muerte o
las migraciones tribales. Muchas de estas ceremonias involucraban estados no ordinarios de la
conciencia, inducidos por toda clase de técnicas. Los iniciados que tomaban parte en estos
rituales solían experimentar el nacimiento y la resurreción, así como profundas conexiones con
el reino transpersonal. Diversas ceremonias de curación, realizadas en beneficio de individuos,
tribus enteras, e incluso la totalidad del cosmos, empleaban técnicas que provocaban estados
mentales alterados, por medio de los cuales se establecían vínculos entre los participantes y
los poderes superiores de la naturaleza o del universo.
En muchas culturas evolucionadas, los individuos podían vivir experiencias similares
explorando los sagrados misterios de la muerte y la resurrección. Eran ritos de transformación,
basados sobre mitologías específicas y constituían elementos importantes en la vida de las
civilizaciones antiguas. En Babilonia, por ejemplo, los ritos de muerte y resurrección se
realizaban en nombre de Ishtar y Tammuz; en Egipto se llevaban a cabo en nombre de Isis y
Osiris. En la antigua Grecia y en Asia Menor se practicaban los ritos eléusicos, dionisíacos, los
misterios de Attis y Adonis, y otros. En la antigüedad, numerosas figuras importantes de la
cultura y la política eran iniciadas en estos misterios. Entre ellos, podemos mencionar a los
filósofos Platón y Aristóteles, al dramaturgo Eurípides y al jefe militar Alcibíades. En todas
estas tradiciones, los participantes experimentaban la sensación de trascender las realidades
cotidianas y explorar realidades que se hallaban fuera del dominio de la conciencia corriente.
La psiquiatría tradicional no ha podido nunca explicar adecuadamente estas formas de
experiencia, su universalidad ni su importancia cultural y psicológica. La oportunidad de
observar estados no ordinarios de la conciencia en personas de nuestra propia cultura nos ha
brindado nuevas pautas para desentrañar el sentido de los viajes que se realizaban antigua-
mente hacia otras realidades. Ahora resulta claro que esas antiguas prácticas no eran
fenómenos patológicos ni el producto de supersticiones primitivas, sino que eran prácticas
espirituales legítimas y altamente sofisticadas, que reconocían y rendían homenaje a una
visión de la conciencia que era mucho más amplia que la de quienes defienden el modelo de
realidad newtoniano-cartesiano. Más aún, cuando acceden a los estados no ordinarios de la
conciencia, hasta las personas muy inteligentes y científicos cautos de nuestro tiempo y
cultura, comprueban que esas experiencias son profundamente conmovedoras y
personalmente significativas, y que les permiten realizar dramáticos descubrimientos respecto
de sus creencias.
Uno de los cambios más importantes que experimenta la mayoría de las personas que
acceden a estados no ordinarios de la conciencia, se relaciona con una nueva apreciación del
rol de la espiritualidad dentro del esquema universal. En este siglo, la psicología y la
psiquiatría académicas restaron importancia a la espiritualidad, por considerar que era un
producto de la superstición, del pensamiento mágico primitivo o de la patología. Sin embargo,
la nueva comprensión que nos ha brindado la investigación moderna de la conciencia en estas
dos últimas décadas, nos permite ver que la espiritualidad se inspira y sustenta en las
experiencias perinatales y transpersonales que se originan en lo más recóndito de la mente
humana. Esas experiencias visionarias poseen una característica principalmente sobrenatural,
tal como dijo C. G. Jung; constituyeron el origen de todas las grandes religiones. Además, se
ha tornado evidente que los seres humanos tienen una profunda necesidad de experiencias
transpersonales, en las que trascienden su identidad individual para formar parte de un todo
más amplio y atemporal. Este ansia espiritual parece ser más fundamental y compulsiva que el
impulso sexual y, si no se la satisface, puede provocar serias perturbaciones psicológicas.

Naturaleza de los trastornos emocionales y psicosomáticos


Los nuevos hallazgos sobre la conciencia humana están provocando también cambios
radicales en nuestro concepto de la salud mental. Como consecuencia de una específica
evolución histórica, la psiquiatría se convirtió en una disciplina médica. Este proceso comenzó
en el siglo pasado, cuando se descubrió que algunas perturbaciones mentales, aunque cierta-
mente no todas, se debían a causas biológicas tales como infecciones, tumores, deficiencias y
enfermedades degenerativas del cerebro. Si bien los estudios científicos posteriores no
pudieron- demostrar la existencia de causas biológicas en la mayoría de las neurosis,
depresiones, enfermedades psicosomáticas y estados psicóticos, la medicina continuó
dominando a la psiquiatría porque estaba en condiciones de controlar los síntomas de muchos
trastornos mentales.
En la actualidad, el modelo médico aún desempeña un papel primordial en la psiquiatría
teórica, la práctica clínica, la formación médica y la medicina forense. La expresión
enfermedad mental se aplica indiscriminadamente a muchos estados para los cuales no se
encuentra una base orgánica. Como en la medicina, se considera que los síntomas son
manifestaciones de un proceso patológico, y que la intensidad de los mismos se hallan en
relación directa con la gravedad de la alteración. Gran parte de la psiquiatría actual centra sus
esfuerzos en suprimir síntomas. Ello induce a considerar que el alivio de los síntomas equivale
a una "mejoría" y la intensificación de los mismos a un "agravamiento" del estado clínico.
Otro legado que ha recibido la psiquiatría de la medicina es el énfasis que se pone para
aplicar rótulos diagnósticos. Sin embargo, en tanto es posible imponer rótulos diagnósticos,
basados sobre el examen clínico y las pruebas de laboratorio, relativamente precisos cuando
se trata de una enfermedad puramente física, esos rótulos son mucho más imprecisos cuando
se trata de psiquiatría. Además, a diferencia de los diagnósticos de las enfermedades físicas,
los diagnósticos en psiquiatría no brindan a los médicos pautas definidas de tratamiento. En
psiquiatría, las creencias y la filosofía personales, e incluso la relación humana que se
establece con los pacientes, suelen desempeñar a menudo un rol importante cuando se trata
de determinar el tratamiento a seguir. Por ejemplo, puede que los psiquiatras orientados hacia
una visión organicista aconsejen una terapia de electroshock para los neuróticos, en tanto que
los psiquiatras de tendencia psicologista empleen con los psicóticos tratamientos psicoterapéu-
ticos.
El trabajo con personas en estados no ordinarios de la conciencia ha provocado grandes
cambios respecto de la comprensión y las intuiciones profundas de los trastornos emocionales
y psicosomáticos que no tienen una causa orgánica definida. Este trabajo ha demostrado que
todos registramos en nuestro interior los traumas físicos y emocionales, algunos de origen
biográfico o perinatal, otros de carácter transpersonal. Algunas personas pueden llegar a tener
experiencias perinatales y transpersonales por medio del empleo de técnicas de meditación;
otros, en cambio, sólo obtienen resultados por medio de una larga psicoterapia experimental o
de sesiones psicodélicas. Cuando las personas no poseen defensas psicológicas vigorosas, el
material inconsciente puede aflorar espontáneamente en medio de sus actividades cotidianas.
Cuando comenzamos a experimentar los síntomas de un trastorno de naturaleza emocional
y no orgánica, es importante que nos demos cuenta de que no se trata del comienzo de una
"enfermedad" sino de la aparición en nuestra conciencia de material previamente enterrado en
las zonas inconscientes de nuestro ser. Cuando el proceso se completa, los síntomas
vinculados con el material inconsciente se resuelven de manera permanente y tienden a
desaparecer. Así, la aparición de síntomas no indica el comienzo de una enfermedad sino el
comienzo de su resolución. De la misma manera, la intensidad de los síntomas no debe ser
considerada como un indicio de la gravedad de la enfermedad sino como una pauta del
proceso curativo. Desde hace décadas los psiquiatras clínicos saben que los pacientes que
presentan los síntomas más dramáticos suelen tener más probabilidades de curación que
aquellos que sólo presentan pocos síntomas de evolución lenta pero insidiosa. Sin embargo, el
tratamiento tradicional escogido es el que suprime síntomas y de esa manera evita que afloren
plenamente a la superficie; práctica que, irónicamente, suele prolongar la enfermedad
emocional.
Los estados no ordinarios de la conciencia tienden a funcionar como un sistema de radar
interior: rastrean las cargas emocionales más intensas y llevan el material que se vincula con
ellas hasta la conciencia, donde pueden ser resueltas. En este proceso, los síntomas ya
existentes se agudizan y el "material inconsciente" previamente oculto que los origina llega a
la superficie. Este proceso de agudización de síntomas, seguido por su resolución, es análogo
al sistema curativo llamado homeopatía. En lugar de definir los síntomas como si ellos fueran
el problema, la homeopatía los considera manifestaciones del proceso curativo. Naturalmente,
ello contraría las teorías de la medicina moderna.
La investigación que se ocupa de los estados no ordinarios de la conciencia también nos ha
brindado una nueva visión de la importancia relativa del material biográfico posnatal. La
psiquiatría corriente considera que las experiencias traumáticas de la primera infancia y los
acontecimientos recientes de la vida del paciente son la principal fuente de neurosis y de otros
trastornos psicosomáticos. Salvo algunas pocas excepciones, los psiquiatras teóricos piensan
que los trastornos psíquicos no pueden ser comprendidos en términos puramente psicológicos,
sino que son provocados por patologías cerebrales aún no identificadas. Sin embargo, nuestras
investigaciones más recientes desmienten ambas suposiciones.
La observación de pacientes en estados no ordinarios de la conciencia nos revela que sus
síntomas neuróticos o psicosomáticos suelen trascender el nivel biográfico de la psiquis. En un
primer momento, es posible que pensemos que los síntomas están relacionados con hechos
traumáticos de la infancia del paciente, tal como lo afirma la psicología tradicional. Pero,
cuando el proceso continúa y las experiencias se profundizan, los mismos síntomas aparecen
también relacionados con determinados aspectos del trauma del nacimiento. Se pueden
rastrear raíces adicionales de esos síntomas en fuentes transpersonales, por ejemplo, una
experiencia de vida anterior, un tema arquetípico no resuelto, o la identificación del sujeto con
determinado animal.
Por lo tanto, una persona que sufre de asma psicogénico puede revivir primero uno o dos
hechos de su infancia relacionados con la asfixia, como el peligro de morir ahogado, la tos
convulsa o un ataque de difteria. Puede existir un origen más profundo del problema; por
ejemplo, la sensación de asfixia sufrida por esa persona cuando estaba en el canal vaginal,
antes de nacer. En un nivel transpersonal, los síntomas de asma pueden estar relacionados
con experiencias de vidas anteriores en las que la persona fue estrangulada o ahorcada, o con
elementos de conciencia animal, tales como la identificación con un animal estrangulado por
una boa. Para solucionar completamente ese tipo de asma, es importante afrontar e integrar
todas las distintas experiencias vinculadas con el problema.
La investigación profunda ha revelado estructuras semejantes de numerosos niveles, en
otras patologías tratadas por psiquiatras. Los niveles perinatales del inconsciente, que
estudiamos en los primeros capítulos de este libro, son importantes veneros de emociones y
sensaciones problemáticas y es frecuente comprobar que constituyen la causa de estados de
angustia, depresión, sentimientos de desesperanza y de inferioridad, así como de impulsos
agresivos y violentos. Este material emocional, reforzado luego por traumas de la infancia,
puede provocar diversas fobias, depresiones y tendencias sadomasoquistas, conductas
criminales y síntomas de histeria. Las tensiones musculares, los dolores y otras
manifestaciones de malestar físico que son parte natural del trauma del nacimiento pueden
luego desencadenar problemas psicosomáticos tales como el asma, las migrañas, las úlceras
pépticas y las colitis.
En nuestro estudio de la tercera matriz perinatal (MPB III) describimos cómo nuestra
experiencia puede asociarse con una libido intensa. Por lo tanto, podemos deducir que
nuestros primeros impulsos sexuales están asociados al dolor, la angustia y la agresión. Más
aún, es entonces cuando entramos en contacto con la sangre, la mucosidad, e incluso la orina
y las heces. Estas asociaciones serían las bases naturales del desarrollo de desviaciones y
perversiones sexuales, incluso de su manifestación extrema, el crimen sexual. Sigmund Freud
conmocionó al mundo cuando afirmó que la sexualidad no comienza en la pubertad sino que
ya existe en la infancia. Nuestras investigaciones actuales indican que todos hemos expe-
rimentado sentimientos sexuales mucho antes de la pubertad o la infancia; de hecho, antes de
venir al mundo. Aunque nos resistamos a aceptar esta idea, lo cierto es que brinda una
explicación muy plausible de los orígenes de la patología sexual, especialmente en sus formas
más extremas y extrañas.
Observaciones adicionales indican que las tendencias suicidas, el alcoholismo y la
drogadicción también tienen un origen perinatal. Parece ser de especial significado el empleo
indiscriminado de anestesia durante el parto. Ciertas sustancias usadas para aliviar el dolor de
la madre enseñan al recién nacido, a nivel celular, a considerar que la droga es una vía de
escape natural para evitar el dolor y los problemas emocionales. Estos descubrimientos fueron
recientemente confirmados por estudios clínicos, en los que se vincularon diversas formas de
conducta suicida con aspectos específicos del nacimiento biológico. La elección de drogas para
suicidarse fue vinculado con la anestesia empleada durante el parto, la elección del
estrangulamiento se vinculó con la asfixia sufrida durante el nacimiento y la elección del
suicidio por medios violentos con el parto violento. Tal como ocurrió en el ejemplo ya
mencionado del asma psicogénico, se pueden hallar causas adicionales para todos estos
problemas en el dominio transpersonal: los intentos de suicidio por estrangulamiento se
relacionan con el hecho de haber sido asfixiado o estrangulado en vidas anteriores, el suicidio
con sobredosis de drogas se relaciona con experiencias con drogas en vidas anteriores y el
suicidio por medios violentos, tales como estrellarse con un automóvil, se relaciona con un
acontecimiento de vida anterior en el que la persona sufrió una experiencia similar.
La nueva comprensión de los problemas emocionales no se limita a las neurosis o los
trastornos psicosomáticos. Incluye numerosos trastornos psicológicos extremos conocidos
como psicosis. Los intentos tradicionales de explicar psicológicamente los diversos síntomas
psicóticos no han sido muy convincentes, especialmente cuando los clínicos trataron de
interpretarlos solamente en términos de hechos biográficos experimentados durante la
infancia. Los estados psicóticos suelen incluir emociones y sensaciones físicas extremas, tales
como la desesperación total, la profunda soledad metafísica, la tortura física infernal, la
agresión homicida o, inversamente, la unidad con el universo, el arrobamiento extático y la
felicidad celestial. Durante un episodio psicótico, una persona puede experimentar su propia
muerte y renacimiento, e incluso la destrucción y reconstrucción del mundo entero. Con
frecuencia, el contenido de dichos episodios es fantástico y exótico e incluye seres mitológicos,
paisajes infernales o paradisíacos, acontecimientos de otros países y culturas y encuentros con
seres extraterrestres. Ni la intensidad de las emociones y sensaciones ni el extraordinario
contenido de los estados psicóticos puede ser razonablemente explicado en términos de
traumas biográficos infantiles, tales como el hambre, el desamparo afectivo u otras
frustraciones de la infancia.
Si expandimos la cartografía de la psiquis tal como lo hemos descrito en este libro,
comprobaremos que muchos estados que tradicionalmente se atribuyeron a algún proceso
patológico desconocido del cerebro pueden enfocarse desde un punto de vista completamente
nuevo. El trauma del nacimiento, que constituye un importante aspecto del inconsciente, es un
hecho muy doloroso que, potencialmente, pone en peligro la vida y suele durar muchas horas.
Por lo tanto, es probable que sea el origen de emociones y sensaciones extremas, más que los
acontecimientos de la infancia. Además, las dimensiones mitológicas de muchas experiencias
psicóticas constituyen una característica normal y natural del reino transpersonal de la psiquis,
tal como lo sugiere el concepto de Jung sobre el inconsciente colectivo y sus arquetipos. Por
otra parte, la aparición de estos elementos profundos del inconsciente puede ser considerada
como el intento de la psiquis para liberarse de huellas traumáticas y simplificar su
funcionamiento.
Todas estas observaciones nos indujeron a mí y a mi mujer, Christina, a llegar a la
conclusión de que muchos estados que suelen ser diagnosticados como enfermedades
mentales y tratados rutinariamente con medicación supresiva, son en realidad crisis
psicoespirituales o "emergencias espirituales", tal como nosotros las denominamos. Si se los
comprende y apoya, pueden ser curados y provocan una transformación personal. A lo largo
de los siglos, la literatura mística ha descrito episodios de esta clase como si fueran aspectos
importantes del viaje espiritual. Se han producido en la vida de los chamanes, de los
fundadores de grandes religiones, de los santos, los profetas y los iniciados en los misterios
sagrados de todas las épocas. En 1980, Christina fundó la Spiritual Emergency Network (Red
de Emergencia Espiritual) (REE), organización mundial de personas que brindan apoyo y guía a
individuos que atraviesan esas crisis espirituales, como tratamiento alternativo. En la
actualidad, la lista de correspondencia de la REE incluye las direcciones de miles de personas
de Estados Unidos y muchos otros países del mundo.
Psicoterapia y prácticas curativas
La mayoría de los métodos psicoterapéuticos existentes tienen como finalidad comprender
cómo funciona la psiquis y por qué se producen los trastornos emocionales. Su meta
terapéutica consiste en aplicar las teorías que desarrollan para cambiar la manera de pensar,
sentir y comportarse de los pacientes y para influir sobre sus decisiones vita les. Incluso en las
prácticas terapéuticas menos dirigistas, se considera que el terapeuta constituye la clave del
proceso curativo, ya que él, o ella, posee conocimientos y una formación profesional
superiores a los del paciente. Por ende, se considera que ello capacita al terapeuta para guiar
la introspección del paciente por medio de las preguntas e interpretaciones adecuadas.
El problema es que son pocas las escuelas de terapia que coinciden respecto de los temas
fundamentales relacionados con los misterios de la psiquis humana, la naturaleza de la
psicopatología, e incluso las técnicas terapéuticas. La manera de abordar un mismo trastorno
difiere según el sistema personal de creencias del terapeuta y de la escuela a que pertenece.
No existen estudios concluyentes que demuestren que determinadas escuelas son superiores a
otras en lo que respecta a resultados terapéuticos. Se sabe que los "buenos terapeutas" de las
distintas escuelas obtienen buenos resultados y que los "malos terapeutas" obtienen malos
resultados. Además, los cambios operados en los pacientes tienen aparentemente poco que
ver con lo que los terapeutas creen estar haciendo. Se ha dicho que es posible que el éxito de
la psicoterapia no tenga nada que ver con la técnica del terapeuta y con el contenido de las
interpretaciones verbales, sino que depende de factores tales como la clase de relación que se
establece en el marco terapéutico, el grado de empatia, o la sensación que pueda tener el
paciente de ser comprendido y apoyado.
En las psicoterapias verbales tradicionales, se espera que los pacientes proporcionen
información sobre sus problemas presentes y pasados y traten de describir sus sueños, que,
supuestamente, brindan una visión del inconsciente. Entonces, el terapeuta debe decidir qué
es psicológicamente importante. En consecuencia, los analistas freudianos se concentran en
los temas sexuales, los adlerianos en los sentimientos de inferioridad y el ansia de poder, etc.
Por contraste, el trabajo que se realiza con los estados no ordinarios de la conciencia soslaya
los problemas de las diferencias teóricas que existen entre las distintas escuelas y el rol del
terapeuta como intérprete del material psicológico. Como recordarán, en los estados no
ordinarios de la conciencia, automáticamente se selecciona el material que posee la carga
emocional más intensa, el cual es llevado a la conciencia. Estos estados no ordinarios también
proporcionan las visiones interiores necesarias y movilizan nuestras fuerzas curativas
interiores, con todo su poder y sabiduría inherentes. Por más que lo intente, ninguna escuela
de psicología ha podido reproducir esos procesos curativos naturales.
El requisito más importante que debe cumplir el terapeuta que emplea estados no
ordinarios de la conciencia no es el de dominar determinadas técnicas y guiar al paciente en la
dirección deseada, sino el de aceptar y confiar en la revelación espontánea del proceso. Es
fundamental que lo haga incondicionalmente, incluso en los momentos en que el terapeuta no
comprenda intelectualmente qué sucede. Esta tarea constituye un desafío para la mayoría de
los profesionales que dependen de la guía teórica de una determinada escuela de
pensamiento. Sin que el terapeuta realice esfuerzo alguno, los síntomas desaparecen y se
producen los cambios personales como resultado de la revelación de una impredecible serie de
experiencias, que pueden ser biográficas, perinatales, transpersonales o las tres al mismo
tiempo. En el trabajo de Respiración Holotrópica, en la tarea realizada en casos de emergencia
espiritual, y en miles de sesiones de terapia psicodélica, llevadas a cabo durante mis primeras
investigaciones, he visto muchas curaciones espectaculares y cambios positivos de
personalidad, los cuales han superado mi capacidad de comprensión racional.
Cuando se trabaja con estados no ordinarios de la conciencia, los roles del terapeuta y el
paciente son completamente diferentes de los de la psicoterapia tradicional. El terapeuta no es
un agente activo cuyas intervenciones provocan cambios en el paciente, sino alguien que
colabora inteligentemente con las fuerzas curativas interiores del paciente. Esta concepción del
rol del terapeuta es congruente con el significado original de la palabra griega therapeutes,
que quiere decir "persona que colabora en el proceso curativo". Está también de acuerdo con
el enfoque que Jung tenía de la psicoterapia, según el cual se considera que la tarea del tera -
peuta consiste en mediar entre el paciente y su yo interior, el que luego guía el proceso de
transformación e individuación. La sabiduría necesaria para el cambio y la curación proviene
del inconsciente colectivo y supera ampliamente los conocimientos intelectuales que están al
alcance del terapeuta.
Si bien ocasionalmente, tanto el terapeuta como el paciente puedan sentirse frustrados por
la falta de comprensión racional del proceso curativo, los cambios espectaculares y positivos
que logra el paciente, en períodos relativamente cortos de tiempo, constituyen una
compensación más que suficiente. Es evidente que, en este tipo de trabajo, resulta imposible
emplear un marco conceptual rígido que encasille los problemas del paciente en esquemas
preconcebidos. Tal como dijo Jung, no se puede garantizar que lo observado en una sesión
terapéutica determinada haya sido observado antes y pueda ser comprendido de acuerdo con
las teorías de las escuelas existentes. La psiquis no tiene límites y, aparentemente, posee
creatividad y recursos infinitos. Por ello, es posible que en cualquier sesión terapéutica
experimentemos o nos encontremos ante fenómenos que jamás han sido observados antes.
Esto convierte a la labor terapéutica en una aventura continua y emocionante, en la que
constantemente se realizan nuevos descubrimientos y aprendizajes.

Los orígenes de la violencia humana y la actual crisis global


Las visiones interiores de naturaleza sociopolítica figuran entre las inferencias más
importantes del nuevo modelo de psiquis. Los intentos de la ciencia tradicional de ofrecer
explicaciones plausibles para las atrocidades que caracterizan a gran parte de la historia
humana han sido por lo general poco convincentes y dejan mucho que desear. La imagen del
hombre como "mono indefenso" que alberga instintos homicidas heredados de su pasado
animal, no explica lo que el psicoanalista Erich Fromm denominó "agresión maligna", que es
exclusivamente humana. Los animales luchan para obtener alimento, oportunidades sexuales y
posesión territorial, pero ningún animal lleva a cabo las crueldades insensatas que cometen los
seres humanos. Los intentos psicológicos realizados para explicar nuestra violencia según el
modelo biográfico de la conciencia humana han sido frustrantes e insuficientes.
Así como reconocemos que no se puede explicar la psicopatología individual de acuerdo con
el modelo biográfico tradicional, también es obvio que estos métodos resultan insuficientes
cuando se aplican a la psicopatología masiva de las guerras sangrientas, las revoluciones, las
crueldades de los regímenes totalitarios, la bestialidad de los campos de concentración y el
genocidio. Como en el caso del comportamiento excesivamente violento de los individuos, el
sufrimiento emocional experimentado en la infancia no explica un comportamiento aberrante
de tales proporciones.
Los traumas psicológicos asociados con experiencias que plasman nuestra psiquis después
del nacimiento no son suficientes para explicar los horrores del nazismo, las atrocidades del
régimen stalinista o la conducta monstruosa relacionada con el Apartheid. Pero cuando
añadimos las perspectivas perinatales y transpersonales que observamos en los estados no
ordinarios de la conciencia, esos hechos parecen ser más comprensibles. El trauma del
nacimiento lleva implícita una lucha de vida o muerte, que potencialmente puede convertirse
en la base de muchas emociones extremas. Al ser un hecho que todos compartimos, posee la
capacidad de provocar aberraciones psicológicas masivas, en las que cientos de miles de
personas comparten una experiencia de tremenda furia inconsciente. Los arquetipos del
inconsciente colectivo también podrían ser una fuente de psicopatología masiva, ya que están
dotados de un extraordinario poder psicológico que elimina todas las fronteras individuales.
La guerra es, sin duda, compleja e involucra muchos factores de origen histórico, político,
económico, y también psicológico. No debemos suponer que la guerra puede reducirse tan sólo
a factores psicológicos. No obstante, así como se ha prestado gran atención a los aspectos más
tangibles de los conflictos entre las naciones, se han ignorado las facetas y raíces psicológicas
de esas crisis. En este caso, la moderna investigación de la conciencia proporciona visiones y
pistas interesantes. En los estados no ordinarios de la conciencia, el material que emerge del
inconsciente suele incluir temas de guerra, regímenes totalitarios, revoluciones, los horrores de
los campos de concentración y el genocidio. Las escenas que representan esos temas pueden
ser sumamente intensas y pueden experimentarse con una amplia gama de emociones y
sensaciones físicas, relacionadas tanto con las víctimas como con los victimarios.
Cuando las sesiones están dominadas por la MPB II, la persona se conecta con los
sentimientos del niño que está atascado en el conducto vaginal, antes de que se abra el cuello
del útero. Esto suele ir acompañado por escenas de la historia humana experimentadas en el
rol de víctima. Dichas experiencias incluyen la identificación con la población oprimida por un
régimen totalitario, con civiles que sufren durante una guerra, con prisioneros de un campo de
concentración, y con los oprimidos de todos los tiempos. Esta clase de secuencias se producen
incluso en sesiones de personas que nunca experimentaron esas situaciones personalmente en
la vida real, y, sin embargo, su inconsciente conoce íntimamente todas las emociones y
sensaciones que ellas implican.
Cuando el proceso pasa a la MPB III, la persona se identifica con el niño que lucha para
salir del conducto vaginal, una vez abierto el cuello del útero. En ese momento, cambia
dramáticamente la naturaleza de las experiencias sociopolíticas concomitantes. Aún hay
escenas de violencia, pero el individuo se identifica también con el rol del agresor. El proceso
oscila entre la identificación con la víctima y el victimario; ocasionalmente, también puede
convertirse en un testigo imparcial. El tema predominante es la revolución. La opresión se ha
tornado intolerable y hay que derrocar al tirano. La finalidad es alcanzar la libertad para poder
"respirar" nuevamente. Las experiencias incluyen escenas de las revoluciones francesa y
bolchevique, la guerra civil norteamericana y otras luchas por la libertad. Y, en el momento del
nacimiento aparecen escenas de revoluciones victoriosas o de finalización de guerras.
El carácter rico y amplio de las emociones y sensaciones propias de estas experiencias
sugiere que no son elaboradas individualmente a partir de fuentes tales como libros de
aventuras, películas cinematográficas o espectáculos televisivos. Después de observar miles
de sesiones terapéuticas en las que aparecía esta clase de material, estoy plenamente conven-
cido de que se originan en el inconsciente colectivo. Cuando, al realizar nuestra propia
introspección, nos retrotraemos al recuerdo del trauma del nacimiento, aparentemente se
abren las puertas que nos comunican con el inconsciente colectivo, por medio del cual
accedemos a experiencias de personas que sobrellevaron situaciones difíciles similares en la
vida real.
La tiranía de nuestro yo secreto
Después de examinar esta clase de material durante más de veinte años, me he visto
impulsado a creer que existe la posibilidad real de que el nivel perinatal de nuestro
inconsciente, esa parte de nuestra psiquis que "conoce" tan íntimamente la historia de la
violencia humana, sea en parte responsable de las guerras, las revoluciones y otras
atrocidades similares. Permítanme ofrecer otra prueba que no proviene de la investigación mo-
derna de la conciencia, sino de una meticulosa investigación histórica.
Después de la publicación de mi primer libro, Reinos del inconsciente humano, recibí una
carta de Lloyd de Mause, un psicoanalista y periodista de Nueva York. De Mause es uno de los
fundadores de la psicohistoria, disciplina que aplica los descubrimientos de la psicología
profunda a la historia y la ciencia política. Los psicohistoriadores estudian temas tales como la
relación entre la historia infantil de los líderes políticos y su escala de valores y sus procesos
de toma de decisiones. También tratan de establecer los nexos entre los métodos educativos
de una época determinada y la naturaleza de las guerras y revoluciones. Lloyd de Mause ma-
nifestó un gran interés por los descubrimientos relacionados con el trauma del nacimiento y
sus posibles inferencias sociopolíticas, ya que reforzaban sus propias investigaciones.
Durante muchos años, De Mause había estudiado los aspectos psicológicos de los períodos
que preceden a las guerras y revoluciones; le interesaba saber cómo logran los jefes militares
la movilización de pacíficos ciudadanos y los transforman en máquinas de matar. Su enfoque
era muy original y creativo. Además de analizar las fuentes históricas, obtenía datos de gran
importancia psicológica de las caricaturas populares, chanzas, sueños, imágenes personales,
lapsus linguae, comentarios al margen de los oradores, e incluso los garabatos dibujados en
los márgenes de los borradores de documentos políticos. Cuando se puso en contacto conmi-
go, ya había analizado diecisiete situaciones anteriores al estallido de las guerras y
movimientos revolucionarios, a lo largo de muchos siglos, desde la antigüedad hasta épocas
recientes.
Lo sorprendió la gran abundancia de figuras, metáforas e imágenes relacionadas con el
nacimiento biológico que halló en su material histórico. Los líderes militares y políticos emplean
términos que se aplican al dolor perinatal para describir situaciones críticas y hacer
declaraciones de guerra. Acusan al enemigo de "asfixiarnos y estrangularnos", de "hacernos
exhalar hasta el último aliento", de "confinarnos" y de "no darnos espacio suficiente para vivir"
(Lebensraum de Hitler). También son frecuentes las alusiones a oscuras cavernas, túneles y
confusos laberintos, peligrosos abismos hacia los que podemos ser empujados, y la amenaza
de hundimiento o ahogo. De la misma manera, la promesa de la solución se plantea con
imágenes perinatales: los líderes prometen guiarnos hacia "la luz al final del túnel", "sacarnos
del laberinto" y nos aseguran que, cuando el opresor haya sido derrotado, todos volverán a
"respirar libremente".
Los temas de investigación de de Mause incluían a Alejandro el Grande, Napoleón, el kaiser
Guillermo II, Adolfo Hitler, Khrushchev y Kennedy. También descubrió simbolismos del
nacimiento en las declaraciones del almirante Shimada y del embajador Kurassa antes del
ataque a Pearl Harbor. Es especialmente escalofriante el empleo de lenguaje perinatal en
relación con la explosión de la bomba atómica en Hiroshima. El avión fue bautizado con el
nombre de la madre del piloto: Enola Bay, la bomba llevaba el apodo "Niño Pequeño" pintado
en uno de sus lados, y el código que se envió a Washington para informar sobre su detonación
exitosa fue "Nació el bebé". Desde que comenzamos a intercambiar correspondencia, Lloyd de
Mause coleccionó numerosos ejemplos históricos adicionales y perfeccionó su teoría de que
nuestros recuerdos del trauma perinatal desempeñan un papel importante en la actividad
social violenta.
Podemos hallar corroboraciones de estas ideas en el excelente libro Los rostros del
enemigo de Sam Keen. Keen reunió una sorprendente colección de afiches de guerra,
historietas y caricaturas de distintas culturas y períodos históricos. Demostró que durante las
guerras y revoluciones, el enemigo es mostrado como un estereotipo que ofrece escasas va-
riantes y tiene muy poco que ver con las verdaderas características de la cultura
correspondiente. Según Keen, las supuestas imágenes del enemigo son fundamentalmente
proyecciones de los aspectos secretos reprimidos y no reconocidos de nuestra mente
inconsciente.^ Aunque es innegable que podríamos hallar en la historia humana casos de
"guerras justas", aquellos que inician las actividades bélicas reemplazan blancos externos por
elementos de su propia psiquis que deberían ser adecuadamente afrontados por medio de una
introspección personal.
El marco teórico de Sam Keen no incluye específicamente el dominio perinatal del
inconsciente. Pero el análisis del material revela una preponderancia de imágenes simbólicas,
características de la MPB II y III. El enemigo es descrito como un pulpo peligroso, un dragón
perverso, una hidra de múltiples cabezas, una gigantesca tarántula venenosa, o un opresor
Leviatán. Otros símbolos empleados con frecuencia son felinos y aves de rapiña, tiburones
monstruosos, y serpientes ominosas, especialmente víboras y boas. También abundan en las
imágenes de las épocas de guerras, revoluciones y crisis políticas las escenas que describen
estrangulación o aplastamiento, remolinos ominosos, y traicioneras arenas movedizas. La
yuxtaposición de descripciones propias de estados no comunes de la conciencia que describen
experiencias perinatales con la documentación histórica gráfica coleccionada por Lloyd de
Mause y Sam Keen, ofrecen una prueba contundente del origen perinatal de la violencia
humana.
De acuerdo con las visiones proporcionadas conjuntamente por las observaciones de
estados no ordinarios de la conciencia y los descubrimientos de los psicohistoriadores, todos
llevamos en la profundidad de nuestro inconsciente energías "y emociones poderosas
asociadas con el trauma del nacimiento, que no hemos dominado ni asimilado adecuadamente.
En algunos de nosotros, estos aspectos de nuestra psiquis pueden ser completamente
inconscientes, mientras que en otros existen diversos grados de percepción de su influencia.
Cuando esta clase de material es activado desde el interior, o desencadenado por hechos del
mundo exterior, se pueden producir extrañas psicopatologías individuales, incluida la violencia,
para las que aparentemente no existen causas visibles. Parece ser que, por razones que se
desconocen, la conciencia de los elementos perinatales puede aumentar simultáneamente en
grandes cantidades de personas; ello crea una atmósfera de tensión, ansiedad y prevención.
Es probable que un líder como Hitler esté más influido por las energías perinatales que otros
pertenecientes a su cultura y que, al mismo tiempo, posea el poder de manipular la conducta
colectiva de toda una nación. La conjunción de estos factores le posibilita renegar de sus
sentimientos inaceptables (e inconscientes; el "yo oculto", según la terminología de Jung) y
proyectarlos sobre una situación exterior. El enemigo es el culpable del malestar colectivo y la
solución es la intervención militar.
La guerra brinda la oportunidad de dejar de lado las defensas psicológicas que
corrientemente controlan las peligrosas tendencias perinatales. El superyo de Freud, una
fuerza psicológica que exige control y conducta civilizada, es reemplazado por el "superyo de la
guerra": se nos alaban las mismas conductas que son inaceptables e incluso criminales en
tiempos de paz: el crimen, la destrucción indiscriminada y el pillaje. Cuando estalla la guerra,
se puede dar rienda suelta a los impulsos destructivos y autodestructivos. Los elementos
perinatales con los que normalmente nos enfrentamos en una determinada etapa del proceso
de exploración y transformación interior (MPB II y MPB III) se ponen de manifiesto en situa-
ciones reales exteriores a nosotros, ya sea en el combate cuerpo a cuerpo en el campo de
batalla o a través de los noticieros de televisión. Diversas situaciones sin salida, orgías
sadomasoquistas, violencia sexual, comportamiento bestial y demoníaco, descargas explosivas
de energía y escatolo-gía (que comúnmente asociamos con las imágenes perinatales),
aparecen representadas en guerras y revoluciones de una manera extraordinariamente vivida
y poderosa.
Cuando damos rienda suelta a nuestros impulsos, ya sea individualmente, en actitudes
autodestructivas o en conflictos interpersonales, ya sea colectivamente, por medio de guerras
y revoluciones, esas manifestaciones no producen una transformación, tal como sucedería si
fuésemos conscientes de ellas, ya que no hay terapia ni introspección. Incluso cuando el
comportamiento violento conduce a la victoria, no se alcanza la meta del recuerdo inconsciente
del nacimiento, que es la fuerza impulsora de esos hechos. La más triunfal de las victorias
exteriores no proporciona lo que el inconsciente espera o anhela: la sensación de liberación
interior y el renacimiento espiritual. Inmediatamente después de la euforia del triunfo,
sobreviene el despertar y luego, la amarga desilusión. Y no suele pasar mucho tiempo antes de
que emerja de las ruinas una copia exacta del régimen opresivo previo, ya que las mismas
fuerzas inconscientes continúan operando en el inconsciente individual y colectivo de la gente.
Cuando estudiamos detenidamente la historia, comprobamos que el ciclo se repite una y otra
vez, ya sea que se trate de la Revolución Francesa, la Revolución Bolchevique o la Segunda
Guerra Mundial.
Durante muchos años, cuando Checoslovaquia estaba sometida a un régimen marxista,
dirigí una trabajo experimental profundo en Praga. Durante ese período, recogí una gran
cantidad de interesante material relacionado con la dinámica psicológica del comunismo.
Mientras mis pacientes luchaban con sus energías y emociones perinatales, surgían temas
relacionados con la ideología comunista. Resultaba evidente que la pasión de los
revolucionarios contra sus opresores era fuertemente avalada psicológicamente por su rechazo
hacia las prisiones interiores de sus experiencias perinatales. Y, a la inversa, se expresaba
reiteradamente la necesidad de dominar a otros a fin de superar el temor de ser dominado por
el propio inconsciente. Es decir que el entrelazamiento criminal entre opresor y oprimido
parece ser una expresión externalizada de la confusión experimentada en el canal vaginal. Ello
no significa que no existiesen problemas políticos externos que exigían una solución; la
cuestión es que los temas perinatales, vividos con increíble intensidad, determinaban la forma
en que esos conflictos eran percibidos y manifestados.
La ideología comunista contiene elementos psicológicamente verdaderos y por ello atrae a
una gran cantidad de personas. La idea básica de que debe producirse una experiencia
dramática de proporciones revolucionarias para poner fin al sufrimiento y la opresión, y que
ese levantamiento traerá una mayor armonía, es correcta en relación con el proceso de muerte
y resurrección psicológicas y de transformación interior. Pero es peligrosamente falsa cuando
se proyecta hacia el mundo exterior como ideología política. Esta falacia básica se funda en el
hecho de que lo que fue un modelo arquetípico de muerte y renacimiento espiritual se
transforma en un programa ateo y antiespiritual.
Resulta interesante señalar que, si bien las revoluciones comunistas fueron exitosas en su
fase destructiva, la prometida hermandad y armonía que prometían sus victorias no se
produjeron. En cambio, el nuevo orden engendró regímenes en los que dominaron la opresión,
la crueldad y la injusticia. Si las observaciones antedichas son correctas, no existen inter-
venciones externas que puedan crear un mundo mejor, a menos que vayan acompañadas por
una profunda transformación de la conciencia humana.
Ecos y reflejos del infierno
La dinámica perinatal también puede ayudarnos a comprender fenómenos que de otra
manera serían incomprensibles, tales como los campos de concentración nazis. El profesor
Bastians de Leyden, de Holanda, que tuvo una amplia experiencia en el tratamiento del
denominado síndrome del campo de concentración (problemas emocionales que aparecen
décadas después de la encarcelación), señaló que, en definitiva, el campo de concentración es
un producto de la mente humana. El hecho de que haya existido una imagen mental de dicha
institución previa a su existencia material, indicaría que existe un área correspondiente en la
psiquis inconsciente. Bastians lo expresó muy sucintamente: "Antes de que hubiera hombres
en el campo de concentración, hubo un campo de concentración en el hombre". 2
Anteriormente me referí a las imágenes relacionadas con los campos de concentración nazis,
los campos de trabajo de Stalin y otros temas similares que emergen espontáneamente en las
personas que se enfrentan al nivel perinatal de su inconsciente. Un examen más minucioso de
las condiciones generales y específicas de los campos de concentración nazis revela que son la
manifestación realista de la atmósfera pesadillesca de las MPB II y la MPB III.
Pensemos en las barreras de alambre de púas, las cercas de alto voltaje, las torres de
vigilancia con ametralladoras, los campos minados y los grupos de perros adiestrados. Todo
ello contribuyó sin duda a crear una imagen infernal y arquetípica de la situación sin salida,
típica de la MPB II. La violencia, la bestialidad y el sadismo contribuyeron a crear un ambiente
de locura y horror, tan conocida por las personas que han revivido su nacimiento. La violación
de hombres y mujeres, incluyendo actos de sadismo, existieron a nivel individual, así como en
la "casa de muñecas", las instituciones que brindaban "entretenimiento" a los oficiales y
proporcionaban una válvula de escape para sus más violentos impulsos perinatales
inconscientes.
Uno de los aspectos más sorprendentes de las prácticas llevadas a cabo en los campos de
concentración fue la violación de normas higiénicas básicas y la complacencia respecto de la
escatología. Considerando que ello contrastaba con el meticuloso sentido de la higiene de los
alemanes y que suponía una gran desaprensión respecto del peligro de epidemias, es evidente
que existía una intervención de fuerzas irracionales inconscientes. Una de las chanzas favoritas
de los oficiales nazis era arrojar la vajilla de los prisioneros en las letrinas y ordenarles que las
recuperasen. También solían arrojar a los prisioneros sobre los excrementos de los oficiales
mientras éstos defecaban. Como cosecuencia de ello, muchos prisioneros murieron ahogados
en excrementos humanos.
La asfixia en las cámaras de gas y los fuegos de los hornos crematorios fueron otros
elementos del ambiente infernal y pesadillesco de los campos de concentración. Todos éstos
son temas que suelen aparecer en los estados no comunes de la conciencia cuando se viven
experiencias propias de la MPB III. En tiempos de paz, se han perpetrado atrocidades similares
en los motines carcelarios; aparentemente, el hacinamiento y el maltrato de los prisioneros
tienden a activar elementos inconscientes perinatales que finalmente estallan en forma de
rebeliones violentas.
También pueden hallarse las causas de las grandes sublevaciones sociopolíticas en el nivel
perinatal. C. G. Jung creía que los arquetipos del inconsciente colectivo no sólo influyen sobre
el comportamiento de los individuos, sino que también dominan los grandes movimientos
histórieos. Desde este punto de vista, grupos culturales y naciones enteras pueden actuar
según temas mitológicos. Por ejemplo, durante la década que precedió a la Segunda Guerra
Mundial, Jung descubrió en los sueños de sus pacientes alemanes muchos elementos del mito
nórdico de "Ragna-rok", el ocaso de los dioses. Llegó a la conclusión de que este arquetipo
comenzaba a aflorar en la psiquis colectiva de la nación alemana y predijo que conduciría a
una gran catástrofe mundial que finalmente destruiría a los alemanes. En muchos casos, los
gobernantes hábiles emplean imágenes arquetípicas para alcanzar sus metas políticas. Así,
Hitler explotó los temas mitológicos de la supremacía de la raza nórdica y del imperio
milenario y también los antiguos símbolos arios de la esvástica y el águila. El Ayatollah
Khomeini y Saddam Hussein encendieron la imaginación de sus seguidores musulmanes al
hacer referencia al jiddam, es decir, la guerra santa contra los infieles.
Aunque no resulta fácil establecer pruebas concluyentes en este terreno, nuestros
exámenes exhaustivos de los niveles perinatales y transpersonales de la psiquis, prometen
nuevas y emocionantes posibilidades para el estudio y la comprensión de la historia y la
cultura humanas. Quizá las más fascinantes de las nuevas visiones interiores sean las rela-
cionadas con la actual crisis global. Todos tenemos el dudoso privilegio de vivir en una era en
la que el drama mundial está por culminar. La violencia, la codicia y el consumismo que
forjaron la historia humana en los últimos siglos han alcanzado proporciones tales que podrían
fácilmente desembocar no sólo en una aniquilación total de la especie humana, sino en la
exterminación de toda la vida del planeta. Los diversos esfuerzos diplomáticos, políticos,
militares, económicos y ecológicos que tienden a corregir el curso presente de los
acontecimientos parecen empeorar la situación en lugar de mejorarla.
¿No será que nuestros intentos por preservar la paz fracasan porque ninguno de ellos tiene
en cuenta la dimensión que parece ser el centro de la crisis global: la psiquis humana? Existen
en el mundo suficientes riquezas como para garantizar un buen nivel de vida para todos sobre
la faz de la tierra. No es necesario que millones de personas mueran a causa de enfermedades
para las cuales la medicina moderna posee remedios eficaces. La ciencia moderna posee los
conocimientos necesarios para desarrollar fuentes de energía limpias y renovables, a fin de
evitar el deterioro de nuestro entorno físico. El mayor obstáculo que afrontamos como especie
se encuentra en el nivel evolutivo presente de nuestra conciencia. Esa es la causa principal del
despilfarro insensato de los recursos naturales, la contaminación del agua, el aire y el suelo, y
el vergonzoso derroche de inimaginables cantidades de dinero y energía que se emplean en la
demencial carrera armamentista. Por ello, es importante aprender cuanto podamos acerca de
las dimensiones psicológicas y espirituales de la difícil situación que afrontamos.
En nuestro mundo moderno hemos externalizado muchos de los elementos esenciales de la
MPB III. Cuando trabajamos para lograr la transformación individual, sabemos que debemos
afrontar y aceptar estos temas. En la actualidad, aparecen en los noticieros o en las novelas
los mismos elementos que encontraríamos en el proceso de muerte y renacimiento
psicológicos de nuestras experiencias visionarias. Asistimos al desencadenamiento de
tremendos impulsos agresivos en las guerras y revoluciones que tienen lugar en todas partes
del mundo, en el incremento de la criminalidad, en el terrorismo y en los disturbios raciales.
Las experiencias y conductas sexuales adquieren manifestaciones sin precedentes, ya sea bajo
la forma de la libertad sexual para los muy jóvenes, la promiscuidad, los matrimonios abiertos,
la liberación gay, los sitios donde se practica el sadomasoquismo, los libros de sexo explícito,
las obras teatrales, películas cinematográficas y muchas otras. El elemento demoníaco se pone
de manifiesto cada vez más en el mundo moderno. El creciente interés por los cultos satánicos
y la brujería, la popularidad cada vez mayor de los libros y películas de terror sobre temas
ocultistas y los crímenes satánicos lo prueban. La dimensión escatológica se hace evidente en
la progresiva contaminación industrial, la acumulación de desechos a escala global, y el rápido
deterioro de las condiciones de higiene en las grandes ciudades.
Muchas de las personas con las que trabajamos nos han brindado interesantes visiones de
esta situación. En los últimos años cientos de personas han expresado la certeza de que la
humanidad se encuentra en una encrucijada: o se somete a una aniquilación colectiva o da un
salto evolutivo de la conciencia de proporciones sin precedentes. Aparentemente, todos
estamos involucrados en un proceso semejante al de la muerte y el renacimiento psicológicos,
que tantas personas experimentaron individualmente en estados no comunes de la conciencia.
Si continuamos actuando según las tendencias destructivas de nuestro inconsciente profundo,
es indudable que nos destruiremos y destruiremos toda la vida del planeta. Pero si
internalizamos este proceso en una escala lo suficientemente grande, puede que se produzca
un progreso evolutivo que nos aleje tanto de nuestra situación actual como lo estamos ahora
de los primates.
Aunque ello pueda parecer superficialmente utópico, es posible que sea nuestra única
oportunidad real. A lo largo de los años he observado transformaciones profundas en personas
acosadas por graves y sistemáticas dudas interiores. Algunas se dedicaban a la meditación y
realizaban regularmente prácticas espirituales. Otras vivieron episodios espontáneos de crisis
psicoespirituales o participaron en diversas formas de psicoterapia experimental y
autoconocimiento. Como su nivel de agresión disminuyó, se tornaron más serenas, más
satisfechas con ellas mismas y más tolerantes con los demás. Su capacidad para disfrutar de
la vida, especialmente de los pequeños placeres cotidianos, aumentó considerablemente.
Un profundo respeto por la vida y una conciencia ecológica son las consecuencias más
frecuentes de la transformación psicoespiritual que acompaña el trabajo responsable con los
estados no ordinarios de la conciencia. Lo mismo ocurre con la aparición de la espiritualidad de
naturaleza mística, producto de la experiencia personal. Creo que un movimiento que tienda a
una mayor conciencia de nuestra mente inconsciente aumentará nuestra posibilidad de
sobrevivir en este planeta. Espero que este libro contribuya a esos fines y constituya una
ayuda y una guía para aquellos que escojan este camino o que ya lo transiten.

NOTAS
CAPÍTULO 1: DESCUBRIMIENTOS DE NUEVAS DIMENSIONES DE LA CONCIENCIA
1. David Bohm, Wholeness and the Implícate Order (Integridad y el orden implícito), Londres:
Routledge y Kegan, Paul, 1980.
2. Rupert Sheldrake, A New Science ofLife (Una nueva ciencia de la vida), Los Angeles: J. P.
Tarcher, 1981.
3. Michael Harner, The Way of the Shaman (El camino del chamán), Nueva York: Harper y
Row, 1980.
4. Stanislav Grof, caso de estudio de Peter, extractado de Realms ofthe Human Unconscious:
Observations from LSD Research (Reinos del inconsciente humano: Observaciones tomadas
de investigaciones con LSD), Nueva York: Viking Penguin, 1975.

CAPÍTULO 2: LA INTEGRIDAD Y EL UNIVERSO AMNIÓTICO-MPB I


1. Stanislav Grof, caso de estudio de Ben, extractado de Realms of the Human Unconscious:
Observations from LSD Research (Reinos del inconsciente humano: Observaciones tomadas
de investigaciones con LSD), Nueva York: Viking Penguin, 1975.

CAPÍTULO 3: LA EXPULSIÓN DEL PARAÍSO-MPB II


1. Stanislav Grof, caso de estudio, extractado de Realms of the Human Unconscious:
Observations from LSD Research (Reinos del inconsciente humano: Observaciones tomadas
de investigaciones con LSD), Nueva York: Viking Penguin, 1975.

CAPÍTULO 4: LA LUCHA MUERTE-RENACIMIENTO-MPB III


1. Stanislav Grof, caso de estudio, extractado de Realms of the Human Unconscious;
Observations from LSD Research (Reinos del inconsciente humano: Observaciones tomadas
de investigaciones con LSD), Nueva York: Viking Penguin, 1975.

CAPÍTULO 5: LA EXPERIENCIA DE LA MUERTE Y EL RENACIMIENTO-MPB IV


1. Stanislav Grof, caso de estudio, extractado de Realms of the Human Unconscious:
Observations from LSD Research (Reinos del inconsciente humano: Observaciones tomadas
de investigaciones con LSD), Nueva York: Viking Penguin, 1975.

CAPÍTULO 6: UN PANORAMA DEL PARADIGMA TRANSPERSONAL


1. C. G. Jung, Septem Sermones ad Mortuos en S. Hoeller, The Gnostic Jung and the Seven
Sermons to the Dead (El Jung gnóstico y los Siete Sermones para los Muertos), Wheaton,
IL: Editorial teosófica, 1982.
2. Abraham Maslow, Religions, Valúes and Peak Experiencies (Religiones, valores y
experiencias cumbre), Cleveland: Universidad estatal de Ohio, 1964.
3. Wjlliam James, Varieties of Religious Experience (Variedades de la experiencia religiosa),
Nueva York: Collier, 1961.
4. C. G. Jung, Septem Sermones ad Mortuos en S. Hoeller, The Gnostic Jung and the Seven
Sermons to the Dead (El Jung gnóstico y los Siete Sermones para los Muertos), Wheaton,
IL: Editorial Teosófica, 1982.
CAPÍTULO 7: VIAJES MÁS ALLÁ DE LAS FRONTERAS FÍSICAS
1. Eugene O'Neill, Long Day's Journey into Night (Viaje de un largo día hacia la noche), New
Haven, CT: Imprenta de la Universidad de Yale. 1956. Acto IV, 153.
2. Stanislav Grof, el caso de estudio de Jena extractado de The Adventure of Self-Discovery
(La aventura del autoconocimiento), Albany: Imprenta de la Universidad Estatal de Nueva
York, 1988.
3. Stanislav Grof, caso de estudio, inédito.
4. Rusty Schweickart, Space-Age and Planetary Awareness: A Personal Experience (Era
espacial y conciencia planetaria: Una experiencia personal) en Human Survival and
Consciousness Evolution (Supervivencia humana y evolución de la conciencia), editado por
Stanislav Grof, Albany: Imprenta de la Universidad Estatal de Nueva York, 1988.
5. Stanislav Grof, caso de estudio, inédito.
6. Stanislav Grof, caso de estudio, inédito.
7. Stanislav Grof, caso de estudio extractado de The Adventure of Self-Discovery (La aventura
del autoconocimiento), Albany: Imprenta de la Universidad Estatal de Nueva York, 1988.
8. Stanislav Grof, caso de estudio, extractado de The Adventure of Self-Discovery (La
aventura del autoconocimiento), Albany: Imprenta de la Universidad Estatal de Nueva York,
1988.
9. J. E. Lovelock, Gaia: A New Look at Life on Earth (Gaia: Una nueva visión de la vida sobre
la Tierra), Nueva York: Imprenta de la Universidad de Oxford, 1979.

CAPÍTULO 8: A TRAVÉS DE LAS FRONTERAS DEL TIEMPO


1. Stanislav Grof, caso de estudio, extractado de Realms of the Human Unconscious:
Observations from LSD Research (Reinos del inconsciente humano: Observaciones tomadas
de investigaciones con LSD), Nueva York: Viking Penguin, 1975.
2. Stanislav Grof, caso de estudio de Richard, extractado de Realms of the Human
Unconscious: Observations from LSD Research (Reinos del inconsciente humano:
Observaciones tomadas de investigaciones con LSD), Nueva York: Viking Penguin, 1975.
3. Stanislav Grof, caso de estudio de Inga, extractado de The Adventure ofSelf-Discovery (La
aventura del autoconocimiento), Albany: Imprenta de la Universidad Estatal de Nueva York,
1988.
4. Stanislav Grof, caso de estudio de Nadja, extractado de Realms ofthe Human Unconscious:
Observations from LSD Research (Reinos del inconsciente humano: Observaciones tomadas
de investigaciones con LSD), Nueva York: Viking Penguin, 1975.
5. Stanislav Grof, caso de estudio de Renata, extractado de Realms of the Human
Unconscious: Observations from LSD Research (Reinos del inconsciente humano:
Observaciones tomadas de investigaciones con LSD), Nueva York: Viking Penguin, 1975.
6. Stanislav Grof, caso de estudio, inédito.
7. Stanislav Grof, caso de estudio, extractado de Realms of the Human Unconscious:
Observations from LSD Research (Reinos del inconsciente humano: Observaciones tomadas
de investigaciones con LSD), Nueva York: Viking Penguin, 1975. 8. Stanislav Grof, caso de
estudio de Jesse, extractado de The Human Encounter with Death (El ser humano frente a
la muerte).

CAPÍTULO 9: MÁS ALLÁ DE UNA REALIDAD COMPARTIDA


1. Aldous Huxley, Heaven and Hell (El cielo y el infierno), Harmondsworth, Inglaterra: Penguin
Books, 1971.
2. Stanislav Grof, caso de estudio de Richard, extractado de The Adventure of Self-Discovety
(La aventura del autoconocimiento), Albany: Imprenta de la Universidad Estatal de Nueva
York, 1988.
3. Stanislav Grof, caso de estudio de Eva Pahnke, extractado de The Adventure of Self-
Discovery (La aventura del autoconocimiento), Albany: Imprenta de la Universidad Estatal
de Nueva York, 1988.
4. Stanislav Grof, caso de estudio, inédito.
5. Christina Grof y Stanislav Grof, En busca del ser, Buenos Aires, Editorial Planeta, 1992.
6. Christina Grof y Stanislav Grof, En busca del ser, Buenos Aires, Editorial Planeta, 1992.
7. C. G. Jung, Memoríes, Dreams, Seflections (Recuerdos, sueños, reflexiones), Nueva York:
Pantheon Books, 1961.
8. Stanislav Grof, caso de estudio, inédito.
9. Joseph Campbell, de una conferencia pronunciada en el Instituto Esalen, Big Sur, California,
1984.
10.Lao-tse, Too Te Ching, Nueva York: Vintage Books, 1972.
11. Stanislav Grof, caso de estudio, inédito.
12.William Blake, Johannes Brahms y Giacomo Puccini en Higher Creativity (Mayor creatividad)
de W. Harman y H. Rheingold, Los Angeles: Jeremy P. Tarcher, 1984, 46.

CAPÍTULO 10: EXPERIENCIAS DE NATURALEZA PSICOIDE


1. C. G. Jung, On the Nature of the Psyche (De la naturaleza de la psiquis) en The Structure
and Dynamics of the Psyche (La estructura y la dinámica de la psiquis), obras completas,
vol. 8, Bollingen Series XX, Princeton, NJ: Imprenta de la Universidad de Princeton, 1960.
2. Paul Kammerer, Das Gesetz der Serie (La ley de las series), Stuttgart y Berlín, 1919.
4. Camille Flammarion, The Unknown (Lo desconocido), Londres y Nueva York, 1900, 19 y
siguientes.C. G. Jung, Synchronicity: A Acausal Connecting Principie (Sincronicidad: Un
principio vinculante no causal), vol. 8, Bollingen Series XX, Princeton, NJ: Imprenta de la
Universidad de Princeton, 1973.
5. C. G. Jung, Carta a Cari Selig, 25 de febrero de 1953, en Letters: Nineteen Fifty-one to
Nineteen Sixty-One (Cartas: 1951 a 1961), vol. 2, Bollingen Series XCV, Princeton, NJ:
Imprenta de la Universidad de Princeton, 1973.
6. Hans Bender, Telepathie Hellsehen und Psychokinese, Freiburg im Breisgau, Alemania:
Aurum Verlag, 1984.
7. Raymond E. Fowler, The Andreasson Affair (El caso Andreasson), Engle-wood Cliffs, NJ:
Prentice-Hall, 1979.
8. Elda Hartley, Sacred Trance in Bali and Java (Trance sagrado en Bali y Java), película
documental.
9. Stanley Krippner, Human Possibilities (Posibilidades humanas), Garden City, NJ: Editorial
Anchor/Doubleday, 1980.
10. Jules Eisenbud, The World of Ted Serios (El mundo de Ted Serios), Nueva York: William
Morrow, 1967.

CAPÍTULO 11: NUEVAS PERSPECTIVAS DE LA REALIDAD Y LA NATURALEZA HUMANA


1. Sam Keen, The Faces ofthe Enemy (Los rostros del enemigo), Nueva York: Harper y Row,
1986.
2. A. Bastians, Der Mann im Konzentrationslager und der Konzentrationslager im Mann,
manuscrito mimeografiado, sin fecha.