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Obras Completas de Sandor Ferenczi

PSICOANÁLISIS Y CRIMINOLOGÍA (hacia 1928)


Queridos colegas1:
La amable invitación a participar en vuestra discusión, en cuanto representante de la
tendencia psicoanalítica, no la considero un honor personal sino la señal de que nuestro
método de investigación comienza a ser reconocido y aprobado. El tema de la discusión que
señala el programa constituye un problema de psicología aplicada y, en cuanto tal, aún no ha
sido estudiado a fondo desde el punto de vista psicoanalítico, de tal modo que yo hubiera
preferido someter a su consideración la capacidad de nuestro método de trabajo al aplicarlo a
cualquier otro problema de la psicología de las neurosis, sin embargo, también en el ámbito
que nos ocupa se encuentra el psicoanálisis como pionero de un trabajo con grandes
perspectivas. habiendo operado una revisión critica de las concepciones hasta ahora vigentes,
lo cual justifica en cierto modo nuestra participación en este debate.
Suele ser habitual que la mayor parte de las conferencias comiencen con excusas: en
la introducción a mi exposición de hoy deben figurar muchas. La ciudad de Viena es la
Atenas del psicoanálisis: ¿por qué entonces traer del país vecino una lechuza psicoanalítica?
Para aclarar este tema tendríamos que recurrir al proverbio latino de que “nadie es profeta en
su tierra”. En cualquier caso me tranquilizaré pensando y diciendo que se trata aquí de un
intercambio de profetas.
Hace más de un año fui invitado a participar en una discusión criminológica parecida.
Se desarrolló en Nueva York, donde los más eminentes psiquiatras y juristas -asustados por el
incremento de lo que se llama “Crime-Wave» 2 convocaron, bajo la dirección de uno de
nuestros célebres colegas una asamblea restringida para decidir lo más rápidamente posible
sobre esta importante cuestión. Las personas presentes eran unas veinticinco y cada cual tenía
algo importante que decir. El psiquiatra que realizó la introducción expuso un panorama
sombrío, pero aclarador por su lucidez, sobre las circunstancias actuales y las relaciones entre
criminalidad y enfermedades mentales. Un representante del «Movimiento para la salud
mental» nos informó de que las tentativas para atajar la criminalidad mediante una educación
apropiada de los padres, los profesores, y las personalidades dirigentes de la opinión pública
había sido ya coronada por cierto éxito. Un eminente profesor universitario, que tenía la
suerte de disponer de un presupuesto económico concedido por una de las célebres y ricas
Fundaciones Americanas, nos contó que su organización había movilizado ya un pequeño
ejército de médicos, encargados de reunir datos precisos de estadística médico-psicológica
sobre los reclusos en algunas grandes instituciones penitenciarias: también este colega se
mostró bastante optimista sobre el porvenir de su labor.
Por último se me invitó en mi cualidad de huésped y de representante del
psicoanálisis a intervenir en los debates. Me declaré incapaz de aportar la menor contribución
a una solución rápida de este espinoso problema. Se trataba de un asunto científico que no
1
Conferencia pronunciada en la Asociación para la Sicopatología Aplicada en Viena, el 30 de abril de 1928.
2
Ola de crímenes.
podía resolverse de ningún modo con urgencia. Declaré que en caso de extrema necesidad es
función del legislador y de los tribunales el hallar un remedio, porque la ciencia, en cuanto
tal, debe proseguir tranquilamente sus investigaciones, aunque con un ardor renovado. En
materia de psico-criminología, el trabajo de investigación debía recomenzarse sobre nuevas
bases, afirmé, sobre todo desde que el psicoanálisis nos había proporcionado el medio de
reemplazar la banal fórmula de choque, alusiva al determinismo de toda acción humana, por
una definición exacta del determinante psíquico. Era pues necesario crear una psico-
criminología que tomara también en consideración las mociones psíquicas inconscientes,
antes de que pudiéramos aportar nuestros consejos en este tema tan importante para el
individuo y la sociedad.
Confieso que durante este año no he tenido conocimiento de algo que me obligue a
modificar mi opinión de entonces. Creo que el psicoanálisis, ya antes, y sobre todo estos
últimos años, ha hallado importantes elementos constructivos para una futura psicología de la
criminalidad; sin embargo, estas contribuciones son casi sin excepción de naturaleza
puramente teórica y están lejos de poder prestar un elemento eficiente al legislador o al jurista
en ejercicio.
Con gran rapidez se han tergiversado algunos consejos prácticos venidos del
psicoanálisis. Sin duda todos ustedes recuerdan las tentativas realizadas en Alemania y en
Suiza, basadas en la experiencia asociativa de Bleuler y Jung. para establecer la culpabilidad
o la inocencia del acusado con ayuda de lo que se llama los índices reveladores de los
complejos, es decir la longitud sorprendente del tiempo de reacción o la extravagancia de la
respuesta. Tampoco seguramente ignorarán que la crítica teórica de estas tentativas por parte
de Freud ha dificultado la aplicación práctica de tal procedimiento. La experiencia asociativa
realizada con cronómetro para hallar hasta las décimas de segundo no proporciona más datos
sobre el estado psíquico del acusado que la observación analítica habitual. El efecto de
choque, inherente a la experiencia, podría conducir a resultados que provocaran errores
judiciales: por ejemplo quien sepa algo del acto criminal en cuestión y haya sido convocado
como testigo puede atraer sobre él la sospecha de ser el autor si es sorprendido de improviso.
Sólo se alcanza un pequeño grado más en la apariencia de exactitud cuando se pretende
controlar el resultado de las experiencias asociativas conectando al mismo tiempo un aparato
que anota lo que se llaman curvas de los reflejos psicogalvánicos.
En un reciente caso de pena capital. nuestro colega berlinés ha conseguido aclarar a
los tribunales los motivos inconscientes del acto cometido y con ello ha obtenido una
disculpa parcial del criminal. Nuestro colega se deja llevar por un cierto optimismo respecto a
este tipo de aplicación del psicoanálisis en los asuntos penales aún en curso. Personalmente
no puedo aprobar de momento esta forma de actuar. Por el contrario repito la opinión
anteriormente expresada. en el sentido de que nuestro método no es aplicable a los casos que
se encuentran aún sub judice. En la práctica neurológica sólo nos tropezamos con pacientes
que desean ardientemente decirnos la verdad, pues saben que no podrán curarse si no son
totalmente sinceros cuando nos comunican sus pensamientos y la historia de su vida. Lo
mismo podemos pensar de quienes vienen al análisis, no sólo como enfermos, sino como
alumnos. Todos saben que transgredir la norma de la sinceridad haría inútil el gasto de
tiempo, de esfuerzo y de dinero. ¿Pero cómo podríamos esperar que el presunto autor de un
acto criminal nos comunique, sin deformarlos, los pensamientos que tiene, cuando la
confesión de la falta acarrearía seguramente la condena? Nuestro actual ordenamiento penal
respeta el derecho del acusado a decir y hacer todo en su defensa, así como a ocultar lo que
pudiera perjudicarle. Durante la instrucción del caso o los debates no puede apenas tomarse
en consideración un método que apoya sus conclusiones en las declaraciones del acusado,
teniendo fe en su veracidad. En un porvenir lejano entrevemos la posibilidad, aún utópica, de
que en el juzgado y en la sociedad humana en general reine una atmósfera benevolente,
incluso afectuosa, hasta con los criminales; atmósfera en la cual el culpable, como un niño
arrepentido ante la justa autoridad, confesará todo por si mismo, tomará conciencia y aplicará
las medidas, que podrían denominarse criminoterapéuticas, que le sean impuestas, con la
esperanza de curación y el sentimiento del perdón concedido. No necesito decirles lo lejos
que estamos de este objetivo; pero, justamente en su ciudad, existe un excelente conocedor
del psiquismo infantil, August Aichhorn, formado en el análisis, que ha conseguido crear una
atmósfera de este tipo en el ámbito restringido de los niños de esta ciudad abandonados y
confiados luego a su cuidado. Ha conseguido poner en marcha una criminoterapia generosa
que ya ha certificado, por una parte gracias al tratamiento analítico de los niños
predelincuentes o ya delincuentes, y por otra haciendo participar a los maestros y a los padres
de esos niños abandonados. Tales ejemplos nos autorizan a ser algo menos pesimistas
respecto al porvenir, pero la ayuda práctica que podemos aportar a la criminología será más
bien la de poner a su disposición todas nuestras armas teóricas.
Necesitamos insistir una vez más sobre una de las principales dificultades de la
enseñanza del psicoanálisis. Puede tenerse la idea al escuchar estas conferencias. o a través
de lecturas asiduas, de lo que los psicoanalistas sabemos sobre el contenido y el modo de
acción de la parte inconsciente del psiquismo. Pero no puede uno convencerse de la
verdadera existencia de este Inconsciente, de su importancia en la vida psíquica y de la
manera en que la personalidad se transforma, más que sometiéndose primero uno mismo al
análisis. Este trabajo preparatorio no debe ser un auto-análisis, sino que debe desarrollarse
por quien haya recibido previamente una formación analítica. Pero el resultado merece la
pena, porque el descubrimiento de los delincuentes de nuestra propia vida psíquica, de los
que ninguno estamos exentos, nos permite percibir el Inconsciente de nuestros semejantes y
utilizar correctamente los conocimientos obtenidos. Tal exigencia nos parece desmesurada
porque en materia de psicología podríamos decir que poseemos la ciencia infusa. Tras los
descubrimientos de Freud hemos debido aprender a curar la herida narcisista utilizando
lecciones dadas desde el exterior incluso en lo que concierne a nuestro núcleo más personal.
Siendo tal la condición de un saber sobre el Inconsciente, quien osa ejercer, como médico,
profesor o juez, una influencia práctica sobre el destino de los hombres y quiere evitarse el
reproche de superficialidad, no puede sustraerse a la necesidad de ser analizado.
La primera labor del psicoanálisis sería pues la de dar una formación analítica a los
especialistas. Como contrapartida, exigiríamos a las autoridades que nos enviaran los
documentos de las prisiones para que pudiéramos estudiar el caso de los criminales ya
condenados y que hubieran hecho confesiones. Creemos que tales estudios, orientados
psicoanalíticamente bajo la dirección más metódica y unitaria posible, proporcionarían no
sólo ricos archivos para una crimino-psicología futura, sino también permitirían curar a quien
resultara objeto de tales estudios.
Esto es aproximadamente lo que puedo proponerles como posibilidad de aplicación
práctica actual de los conocimientos psicoanalíticos. Mucho más interesante y prometedora
es la teoría crimino-psicológica elaborada a partir de la teoría de las neurosis. Por supuesto,
respeto la opinión tan extendida de que no deben transferirse simplemente las experiencias
sobre las neurosis a las personas de buena salud. Incluso estoy de acuerdo con el
“simplemente”. No se le ocurrirá a una persona sensata aplicar en bloque las experiencias
adquiridas sobre los neuróticos a los sucesos psíquicos de personas sanas. El profesor Freud,
al menos, nunca ha sido culpable de tal equivocación. Cuando, por ejemplo, en el ceremonial
de los enfermos obsesivos halla rasgos que se usan en el ritual de las sectas religiosas, no se
le ocurre identificar por esto la neurosis obsesiva y la piedad: por el contrario, subraya las
diferencias esenciales, en particular lo que concierne a la naturaleza social de las costumbres
religiosas y a la falta de sociabilidad de los neuróticos. Evalúa del mismo modo los parecidos
y las diferencias entre las soluciones histéricas de los histéricos, las creaciones de
personalidades artísticas, y las relaciones de los sistemas delirantes paranoicos.
Hasta que no hayan concluido los estudios crimino-analíticos, antes aludidos, no
sabremos si la criminalidad pertenece al ámbito neurótico ni si podrá ser explicada sin
recurrir a los mecanismos neuróticos. Según mi hipótesis, no hay una solución única a este
problema. El hecho de cometer un acto criminal no es ciertamente un signo claro de la
existencia de una neurosis: existen innumerables condiciones que pueden impulsar a un ser,
incluso el mas sano, a cometer un acto reprobado por antisocial. Pero en lo relativo a los
casos que conocemos como neuróticos, se trata de saber si la criminalidad representa un tipo
particular de neurosis o si constituye sólo una forma más dañina de los síndromes neuróticos
que ya conocemos.
Hay un campo que se disputan la crimino-psicología y la teoría de las neurosis, y es el
que se refiere a las perversiones sexuales: son los actos prohibidos, castigados por la ley
porque dañan la seguridad social y la de ciertas personas: éstos pueden ser objeto, en algunos
casos, de tratamiento analítico. Digo “en algunos casos” porque la mayoría de las personas
consideradas perversas y peligrosas están en total acuerdo con su estado y sus actos, y nada
hay más extraño a ellos que buscar una ayuda médica para combatirlos. Al apoyarlos en la
teoría sexual de Freud, podemos considerarlos como personas que han quedado fijadas a un
estadío precoz del desarrollo sexual porque han retornado hasta tal situación. En la mayoría
de los casos que hemos podido ver, el conflicto entre la atracción ejercida por la inclinación
perversa y la tendencia a la normalidad no ha sido regulado, o sólo ha sido resuelto de
manera imperfecta, y con ayuda de esta parte neurótica, puede intentarse con cierta esperanza
de éxito el tratamiento de tales casos. Lo que tiene en común la perversión con otras acciones
ilícitas es el fuerte impulso a practicarlas, o bien la resistencia muy débil frente al atractivo de
las tendencias que desempeñan pasajeramente un papel en el desarrollo del ser normal: los
restos de estas tendencias se utilizan en determinadas acciones preliminares al placer, pero
aún más en las manifestaciones del Inconsciente normal, por ejemplo en el sueño. Se trata
pues, en las perversiones, de lo que generalizando podemos denominar infantilismos. Las
investigaciones individuales de muchos criminales conducirán probablemente al mismo
resultado: podrá explicárselas por bloqueos en el desarrollo o por retornos a estadíos
precoces. El estudio de las perversiones y de lo que se llama las toxicomanías (como el
alcoholismo y la morfinomanía) abre una nueva perspectiva sobre las técnicas probables de
una futura criminoterapia. Sabemos que en gran número de casos no basta sólo con el
tratamiento analítico: algunas medidas educativas, como por ejemplo la detención por motivo
de seguridad, y el tratamiento en establecimientos adecuados, son indispensables en
determinadas circunstancias. Por lo tanto es comprensible que la sociedad, por muy dulce y
benévola que pudiera mostrarse hacia los criminales, tendría que ejercer en muchos casos la
criminoterapia colocando bajo vigilancia a las personas en tratamiento. Las recientes
investigaciones de Anna Freud sobre la forma en que debe desarrollarse el análisis con los
niños aun no responsables, podrían orientarnos en el tratamiento práctico de estos niños
grandes peligrosos a los que llamamos criminales: también aquí tendrán que mezclarse el
análisis y las medidas educativas.
A partir de estos recientes resultados de la terapia analítica, que tenemos la costumbre
de agrupar con el nombre de análisis de carácter, se abre una nueva vía en el estudio de la
criminalidad. Como saben, el psicoanálisis se ha desarrollado, desde unos inicios muy
modestos, hasta constituir un edilicio respetable. Al principio sólo pretendía suprimir
determinados síntomas neuróticos. Pero ante estas tentativas logró llegar a los fundamentos
impulsivos de la personalidad y consiguió remontar algunos tipos de neurosis a sus
componentes impulsivos específicos, por ejemplo atribuir las esperadas tendencias al
autocastigo y la inexorable pedantería del obseso a una dosis bastante fuerte de sadismo y de
erotismo anal, algunas manifestaciones corporales de la histeria a una notable acentuación del
período fálico infantil con desplazamiento ulterior de la genitalidad sobre diferentes partes
del cuerpo y órganos de los sentidos, etc. Durante estas investigaciones y otras semejantes
Freud consiguió relacionar causalmente determinadas disposiciones impulsivas muy
acentuadas del período infantil con rasgos de carácter muy definidos de la vida adulta, y
consiguió no sólo curar los síntomas durante el análisis, sino también dulcificar determinadas
particularidades caracteriales. De manera que a la famosa pregunta de si la criminalidad es
innata o no, puede responderse desde ahora con toda probabilidad, que no es el crimen en si,
es decir la falta de facultades de adaptación, sino posiblemente la acentuación demasiado
fuerte de tal o cual disposición impulsiva la que constituye la base constitucional: ésta hace
más difícil la adaptación al orden social; conduce al conflicto con el entorno social, que desea
disminuir o impedir las manifestaciones de los impulsos, y lleva más tarde a la criminalidad.
Además el psicoanálisis induce a pensar que la importancia de lo constitucional en la
neurosis y en la criminalidad ha sido hasta ahora considerado desde un solo punto de vista.
En la ignorancia de la amnesia infantil -descubierta por el psicoanálisis, es decir el hecho de
que rechazamos precozmente las experiencias de los primeros años de la infancia, excepto
algunos recuerdos-pantalla, no podía operarse de otro modo que suponiendo la calidad de
innatas de casi todas las características personales, y por lo tanto también de los rasgos
criminales. El análisis, por el contrario, nos ha mostrado que la predisposición normal, en
condiciones desfavorables, o bajo influencia de sucesos traumáticos, pero que rechazados por
el niño no son tomados en consideración por el adulto a causa de su aparente insignificancia,
puede evolucionar hacia disposiciones patológicas o criminales. Puede ocurrir que un niño,
relativamente normal en su nacimiento, sea empujado precozmente en una orientación
criminal, por ejemplo que el niño se vuelva malvado y dé a todos la impresión de un criminal
nato, mientras que en realidad actúe toda su vida bajo la influencia de lo que llamamos el
impulso de repetición, es decir la tendencia a repetir siempre e incluso en las circunstancias
más diversas los traumatismos patógenos. El psicoanálisis a veces consigue poner fin a esta
tendencia a la repetición, mediante la reactivación del viejo conflicto y su resolución
favorable, consiguiendo curar el carácter del hombre y no sólo sus síntomas. Este hecho nos
autoriza a prever, con esperanza, el futuro desarrollo de la criminoterapia, en particular la de
los criminales reincidentes que hasta ahora son considerados no influenciables.
Algunos de ustedes saben que en el último decenio el psicoanálisis consiguió, con el
análisis y la historia del desarrollo de las disposiciones impulsivas, no sólo iniciar el estudio
de las capas de la personalidad que se oponen a los impulsos, sino también llegar a ciertas
conclusiones, aunque fueran provisionales. El profesor Freud se vio obligado a suponer que
ese Yo que rechaza y se opone a los impulsos, constituyendo el núcleo más íntimo de la
personalidad que se llama el «Ello». no está constituido por un solo bloque. Gran parte del
Yo, que, según creemos, se instaura como parte modificado del Ello, en su periferia, es decir
en la frontera entre la persona y el mundo exterior, se dedica durante toda la vida a ponernos
en guardia contra la amenaza de los peligros exteriores y de las presiones impulsivas
peligrosas. Pero existen en el mundo exterior algunos objetos especialmente importantes y
peligrosos que precisamente debido a su importancia y a su peligrosidad han conquistado una
situación particular, independiente en cierto modo del resto del Yo. Tales objetos son por
ejemplo las personas que desde el comienzo se oponen a nosotros en forma de fuerzas
benévolas o malévolas, en cualquier caso contrariantes. Conocemos ya el destino típico de la
relación entre el niño y sus padres. Antes de que ustedes, queridos colegas, se convenzan por
su propia experiencia, deben admitir con fe y confianza que existe lo que se llama un
conflicto edipiano, en el cual el niño es vencido durante el combate que establece contra el
progenitor de su sexo, para conquistar al del opuesto. Ruego a quienes no tengan experiencia
del trabajo analítico, que no se extrañen por la fórmula choque «complejo de Edipo». Esta
rivalidad del hijo y el padre es una enfermedad infantil por la que todos debemos pasar, y que
únicamente queda sin resolver en los neuróticos. Entre quienes gozan de buena salud la
rivalidad se resuelve mediante el asombroso proceso de la identificación. El muchacho estaba
celoso hasta entonces de su padre pretendiendo los favores de su madre, y tendía a
combatirlo: ahora renuncia a estos planes imposibles y en su lugar comienza a imitar al
padre, intentando tener su ayuda y su apoyo; en una palabra, lo sitúa como modelo ideal con
la esperanza de llegar a ser él mismo, más adelante, un padre poderoso e imponente. Más
tarde puede desaparecer la influencia de este padre de carne y hueso. pero se mantiene la
nostalgia de este ideal; queda transferida sobre maestros o sobre héroes; por último puede
transferirse sobre determinados principios morales que desempeñan en el Yo progresivamente
el papel del padre que advierte, felicita o castiga. Freud llama a esta parte del Yo, el Super-
Yo; cree que mediante esta vía de introyección de las potencias externas punitivas se forma
esta extraña potencia interior que llamamos “conciencia moral”. Ya ven por qué debía hacer
esta digresión sobre el complejo de Edipo, debido a que la conciencia moral, según creemos,
nace en gran parte de los desechos del complejo de Edipo, de alguna manera como medida de
protección contra él. La crimino-psicología. que ante todo debe examinar las causas de la
debilidad o de la fuerza de la conciencia moral, debe estudiar el complejo de Edipo en cada
caso de criminalidad. Puede preverse que en abundantes casos se tratará ciertamente de una
perturbación en la resolución moral de este complejo. Sé por anticipado que este punto
despertará la mayor resistencia por parte de ustedes, pero sería para mí un Sacrificium
intelectus el renunciar a esta convicción, que reposa sobre nuestra experiencia desde hace
muchas décadas, por miedo a herir su sensibilidad al respecto.
El psicoanálisis recibe confirmación de sus ideas sobre la oscura trastienda de nuestra
moral, de un elemento inesperado. Ha sido el brillante estudio de la civilización de los
primitivos, particularmente de la génesis de lo que se llama los imperativos prescritos por
Tótem y Tabú, en el estudio de los salvajes de Australia, por el que Freud ha establecido un
brillante paralelo filogenético con la historia individual de la formación del Super-Yo.
Apoyándose en las importantes obras del etnólogo inglés Frazer, y en los espirituales ensayos
sobre la reconstitución de la vida de la horda original primitiva de Darwin y R. Smith, Freud
ha llegado a convencerse de que hemos recibido, en nuestras tradiciones morales y
posiblemente también en nuestra constitución personal, una herencia de los antepasados
consistente en el recuerdo de un crimen formidable y al mismo tiempo de una culpabilidad
compartida. Tal recuerdo sería la base psicológica del pecado original que nos induce a
considerar pequeñas faltas a la autoridad paterna como pecado mortal, y en donde se originan
muy a menudo las autoacusaciones y los autocastigos.
Les ruego, queridos colegas, que no consideren la división de la personalidad en Ello,
Yo y Super-Yo, el juego dinámico de las fuerzas en este esquema. como una vana diversión
científica. Puedo asegurarles que tal esquema nos ha prestado inestimable ayuda para explicar
numerosas neurosis y ha permitido analizar por vez primera, desde el punto de vista
psicológico, la psicosis maniaco-depresiva. Del mismo modo. la concepción psicoanalítica
del tabú ayuda a comprender mejor el enorme sentimiento de culpabilidad de los neuróticos.
No puede pensarse en ninguna psico-criminología futura sin que se efectúe una confrontación
con las nuevas adquisiciones de la teoría psicoanalítica.
Sobre este punto debo informarles de que el profesor Freud ha conseguido ya aislar
un tipo particular de criminales: son los llamados criminales por sentimiento de culpabilidad.
Constató que se daban casos en los que preexistía el sentimiento de culpabilidad, mientras
que el acto propiamente delictivo estaba revestido de oscuras concomitancias consistentes en
evacuar, de una u otra forma, la tensión procedente de esa conciencia atormentada. y al
mismo tiempo, con su ayuda, conseguir acallar la tortura interna precedente mediante un
castigo exterior.
El psicoanalista vienés doctor Theodor Reik, en una brillante monografía, ha
considerado estas observaciones de Freud como base de toda la criminología psicoanalítica y
de la teoría del derecho penal. Es indudable que le queda reservado un lugar de honor a sus
estudios en una futura crimino-psicología. Si ustedes desean considerar todas las
eventualidades posibles cuando se comete un crimen. tendrán que soportar, les guste o no,
que me extienda sobre este tema. En efecto, si consideramos la composición de la
personalidad según Freud la establece, divida en Yo-Impulso (Ello)3. Yo-realidad (el Yo
propiamente dicho)4. y Super-Yo (el Yo moral)5. la realización de un acto impulsivo puede
provenir al menos de tres fuentes diferentes: primero, de la enorme fuerza de la base
impulsiva que las organizaciones jerárquicamente superiores del Yo no consiguen controlar;
en segundo término, de la debilidad del Yo-realidad, o, hablando de forma superficial, de la
facultad intelectual de juicio; en tercer lugar aparece la posibilidad, enunciada por Freud y
Reik, del crimen por sentimiento de culpabilidad que halla su explicación en la
supermoralidad sádica del Super-Yo. Incluso podemos esperar a que la práctica crimino-
analítica descubra nuevas modalidades dentro de la psicogénesis de la criminalidad. Con
ocasión de una visita al hospital Ste. Elisabeth de Washington, dirigido con un criterio amplio
por el doctor Karpmann, pude adquirir una comprensión más profunda de los resultados
provisionales de las investigaciones hechas sobre criminales que eran a su vez enfermos
mentales. Este joven investigador supone que gran parte de los criminales, a consecuencia de
influencias nefastas del medio, no han desarrollado en absoluto ningún Super-Yo, y que
únicamente la educación afectuosa en la institución ha conseguido que aparezcan los
primeros signos de esta disposición psíquica. Como ven, es una nueva prueba en favor de la
mezcla casi inevitable en el tratamiento de los criminales, de influencias puramente
psicoanalíticas y educativas.
Hablaba antes de un sadismo del Super-Yo; esto quiere decir que según la concepción
psicoanalítica, la moralidad no interviene en nuestra maquinaria psíquica como un deus ex
maquna, sino como una formación reactiva contra nuestras nociones impulsivas propias; en
otros términos: el psicoanálisis da la razón a esas gentes piadosas que aseguran que somos
todos unos pobres pecadores. La única diferencia entre nosotros y los criminales estriba en
que por una de las razones evocadas constantemente, ellos carecen de la facultad de controlar
sus tendencias egoístas. Cuanto más fuerte es la constitución impulsiva o criminal, más
rigurosa debe ser la moralidad, y puede comprenderse que la autoobservación insistente y el
control de sí degeneran en este caso en una tendencia exagerada al autocastigo. Del mismo
modo, la tendencia exagerada a descubrir actos criminales en los demás, se interpreta, en
último término, como una protección contra sus propios impulsos, incluso como un deseo de
apartar los malos ejemplos que pudieran inducirnos a tentaciones.
La llamativa tendencia impulsiva a confesar, inmotivable lógicamente, que poseen
tantos criminales, y el apaciguamiento que consigue el criminal tras su confesión a pesar de
la amenaza de castigo, es una prueba elocuente de la intensidad que este dolor puede causar
cuando es infligido por los elementos torturantes de la conciencia. El doctor Reik es bastante
optimista al esperar que llegue un tiempo en que los testigos externos sean totalmente
superfluos, y en el que el procedimiento penal consista en convencer al inculpado del alcance
de su acto, haciéndole consciente de él, tras lo cual quedará a merced del castigo de su propia
conciencia. Nos parece que no se puede preconizar el abandono del castigo externo durante
mucho tiempo aún, al no estar la conciencia humana lo suficientemente madura para que nos
castiguemos a nosotros mismos con las penas oportunas.
Debe admitirse, en principio, que el verdadero saber se extiende también al
Inconsciente y es una fuerza que empuja a la comunicación. No debemos olvidar que el acto
3
Trieb-Ich (Es).
4
Real-Ich (das eigentliche Ich).
5
Uber-Ich (das moralische Ich).
de pensar es un reóstato dividido entre el sentimiento y la voluntad. Si el trabajo del
pensamiento está tan bien terminado que conseguimos con él una convicción, se abren
entonces por si mismas las esclusas de la motilidad, y experimentamos las emociones y los
impulsos de actuar y de hablar que corresponden a la convicción adquirida. Puede entonces
suponerse que no son únicamente los principios del Super-Yo, aprendidos de personas que
detentan autoridad. sino también la convicción adquirida apoyada en un verdadero saber, la
que proporciona la fuerza para eliminar las injusticias o la que al menos incita a ello.
Debemos alegrarnos ante esta reconfortante perspectiva, si tenemos en cuenta las constantes
fluctuaciones de los poderes públicos. Podríamos incluso añadir que honestidad y justicia son
en realidad una cuestión de confort. Sin temor a equivocarnos podemos atribuir la frase antes
evocada, es decir que todos somos unos pobres pecadores, a otra de las constataciones de
Freud, a saber que también en el Inconsciente tenemos más sentido moral del que
imaginamos. Basta por lo demás mencionar aquí la moralidad púdica del cínico, y la
frecuencia con que tiene sueños de castigo.
Freud ha abierto un nuevo enfoque para la comprensión de los actos impulsivos
sádicos, y también del sadismo dirigido contra si mismo, al intentar establecer los
fundamentos de una teoría psicoanalítica de los impulsos. Prosiguiendo hasta su término un
razonamiento para mí fundamental, Freud ha tenido que admitir, como se sabe, que el motivo
clave en todas las manifestaciones del psiquismo e incluso del cuerpo, era el principio de
placer, es decir la huida ante el desagrado y la búsqueda del placer. El objetivo de todo acto
impulsivo es pues el apaciguamiento y el término de todos los actos impulsivos; el objetivo
final es posiblemente la muerte. Tal apaciguamiento puede desarrollarse por dos caminos: el
directo, a través de la muerte, destruyendo todo trabajo vital penoso y destructivo; el otro
consiste en la adaptación a las dificultades del mundo circundante. Los impulsos de vida
están al servicio de la adaptación, y los impulsos de muerte, tienden constantemente hacia la
regresión a lo inorgánico. Ahora bien, Freud cree que los componentes impulsivos sádicos
son impulsos de autodestrucción, dirigidos hacia el exterior y que se han transformado en
agresivos. En el crimen y en cl suicidio, estas fuerzas destructivas que normalmente están
domadas y dirigidas hacia la actividad social y hacia el dominio de las manifestaciones
sexuales, consiguen hallar su modo de expresión elemental y directo. Las investigaciones que
podemos hacer en todas estas formas de neurosis, refiriéndonos a casos individuales,
arrojarán pronto la luz necesaria para comprender las condiciones en las que estos impulsos
perjudiciales se desencadenan y desembocan en actos criminales. El conocimiento del destino
de estos impulsos permitirá posiblemente también averiguar la profilaxis educativa de la
criminalidad y conducir los impulsos dañinos a los cauces de la sublimación.
Como pueden comprobar, los psicoanalistas tenemos la costumbre de representar los
procesos de la vida psíquica como un juego de energías impulsivas, según los mecanismos
determinados y explicables de la historia del desarrollo. Se nos preguntará si, en un tal
sistema de mecanismos, queda lugar para lo que llamamos la responsabilidad y para lo que se
siente subjetivamente cuando se tienen remordimientos de conciencia o se rechaza un acto
reprensible. ¿Acaso el psicoanálisis está vinculado a esas teorías del derecho penal que,
apoyándose en el principio del determinismo, repudian a priori el fundamento científico del
problema de la responsabilidad? Si fuera cierto que el determinismo es incompatible con la
responsabilidad, el psicoanálisis debiera negar resueltamente cualquier responsabilidad
porque es bien sabido que sólo apuesta por la sólida estructura del determinismo psíquico,
como cualquier otra tendencia psicológica; y sin embargo, Freud responde mediante una
desconcertante contra-pregunta a la cuestión de saber si debemos cargar con la
responsabilidad de nuestros actos impulsivos: ¿qué otra cosa podemos hacer?
Para dilucidar esta aparente contradicción he de recurrir a las enseñanzas que hemos
deducido de un capítulo especial de la práctica analítica. Deseo hablar de la explicación
analítica de todos los desaciertos de la actividad intelectual y corporal, explicación que Freud
ofrece con tantos ejemplos en su libro Psicopatología de la vida cotidiana. Los lapsus,
olvidos, dudas y equivocaciones, debidos en apariencia al azar, así como gran parte de
nuestros errores y actos frustrados complejos, aparecen determinados por nuestra voluntad,
más exactamente por representaciones inconscientes de la voluntad, si los examinamos
mediante la técnica psicoanalítica. Durante una cura psicoanalítica. el paciente o el discípulo
debe aprender a ampliar su responsabilidad a estas tendencias inconscientes, llegando gracias
a esta responsabilidad ampliada a dominar muchos actos involuntarios considerados hasta
entonces como fatal necesidad. De ello se sigue que el psicoanálisis no sólo conoce la
responsabilidad, sino que le atribuye además una capacidad hasta ahora insospechada.
Y esto es absolutamente compatible con su fundamento determinista. Lo que en
realidad está determinado es que tenemos en nuestra organización del Yo una fuerza psíquica
capaz de inhibir o de reprimir las manifestaciones impulsivas. Naturalmente, este dominio de
los impulsos no es idéntico al libre arbitrio de los filósofos, es en si mismo un producto del
desarrollo y varía en intensidad según los individuos. Pero su existencia es innegable, e
incluso diré que su desarrollo futuro forma parte también de las esperanzas de la criminología
analítica.
Quisiera indicar brevemente dos campos en los que el psicoanálisis ha puesto en
evidencia la dedicación del sentido de la responsabilidad en determinadas circunstancias. Se
trata de los fenómenos del psiquismo de las muchedumbres, y del placer artístico colectivo.
El hombre se vuelve como un niño en medio de la muchedumbre, se siente irresponsable de
acciones que corresponden exclusivamente al jefe, revestido de una potencia casi paterna. El
artista es capaz, como por arte de prestidigitación, de atraer el interés estético de las
muchedumbres todo lo bien y con toda la fuerza de que ellas son capaces, sin tormentos de
conciencia, y sin abandonarse en el Inconsciente al placer de emociones normalmente
prohibidas. Los movimientos de masas, por ejemplo las guerras y las revoluciones,
proporcionan al psicoanálisis la triste satisfacción de demostrar ad oculos lo que siempre
había afirmado: la existencia de tendencias criminales rechazadas en la vida psíquica.
Creo que ya están ustedes cansados de tanta teoría. Afortunadamente recuerdo que he
olvidado mencionar una fuente analítica no despreciable de experiencia práctica
criminológica. a saber: las observaciones recogidas durante nuestros análisis sobre los delitos
o los actos reprensibles efectivamente cometidos. Permítanme que termine mi conferencia
refiriendo un fragmento de tal análisis. Se trata de un médico que efectuaba una curación en
un análisis didáctico. Como no disponía de un síntoma propiamente neurótico, su análisis
consistía principalmente en la reconstitución de la psicogénesis de su carácter. Él estaba muy
orgulloso de tal carácter. Formaba parte de quienes se envanecen por su fanatismo de la
verdad. Era, entre otras cosas, un experto jurista y colaboraba permanentemente en una
revista médica que se distinguía por ser una celosa guardiana de la moral profesional de los
médicos. Su ideal estaba representado por el redactor jefe de esta revista quien, como en un
intento punitivo, condenaba a muerte cualquier falso intento de cientificidad, cualquier
reclamo ilícito, cualquier descuido o deshonestidad financiera. El objetivo supremo a que
aspiraba este joven colega era el heredar un día la elevada posición médico-jurídica y el lápiz
rojo de redactor-jefe que ostentaba ahora su amigo. Cuando vino al análisis su satisfacción ya
estaba algo deteriorada por el auto-análisis. Este pequeño ejemplo puede probarlo: varios
años antes de su análisis, apareció un día en una revista médica contraria un comentario
irónico donde se refería que un joven colega, que se distinguía por estar a la caza de los
fanáticos de la publicidad, habría dejado olvidada en un libro muy solicitado de la biblioteca
médica, una carta dirigida a él para que todo el mundo supiera que un importante cargo de la
Justicia le había consultado. Nuestro colega, al que llamaremos provisionalmente doctor X.
se rascó la cabeza, pues en realidad le correspondió a él este honor de forma bastante
inesperada; y efectivamente la carta había desaparecido. Consciente de su inocencia, atacó
enérgicamente al colega burlón; se llegó a una querella de prensa, encarnizada, en la cual casi
todo el mundo estaba de su parte, porque se conocía su carácter especialmente irreprochable.
Pero durante su autoanálisis pidió perdón con el pensamiento a su satírico colega. Poco a
poco fue admitiendo la posibilidad de que su Inconsciente hubiera podido dejar, sin darse
cuenta él, esa carta en el libro tan solicitado. Recordó que en aquella época se hallaba
injustamente olvidado, relegado a un segundo plano, y que esta carta fue para él importante,
como si se tratara de un rayo de esperanza. Podía elaborar una clientela más elegante, y así
sucesivamente. Después en el análisis didáctico, apareció el recuerdo de todos los delitos
infantiles grandes y pequeños, guardados como profundos secretos y más tarde olvidados.
Pero el recuerdo de los sucesos posteriores tuvo un efecto transformador: al día siguiente de
la muerte de su padre idolatrado -tenía él entonces quince años- no pudo resistir la tentación
de apoderarse de la ampolla de éter que había servido para reanimar a su padre moribundo, se
encerró en un lugar apartado y prendió fuego al éter lo que hubiera podido fácilmente causar
un incendio. Él era perfectamente consciente del carácter blasfemo y prohibido de su acto.
Recordó ahora los latidos del corazón, casi audibles, que le causó esta acción monstruosa. La
reacción fue de contrición e hizo voto de guardar el recuerdo de su padre obligándose a
pensar en él, al menos una vez al día, durante toda su vida. En el desarrollo ulterior del
análisis. logró una reconstrucción más segura de la base impulsiva, aún más profunda, de esta
irrupción traumática en el curso de los acontecimientos del conflicto edipiano. La inmortal
rivalidad con el padre era el motivo por el cual había encendido este fuego triunfal, cuando él
murió. Vemos pues que el carácter maravilloso, y estricto, fue construido aquí corno
compensación, e incluso como supercompensación, sobre una base impulsiva de la. infancia.
No mantendré ya más el secreto de que este doctor X no era otro que yo mismo, y no dudo de
que, tras las cualidades de las que yo me sentía tan orgulloso, hubiera podido desarrollarse en
circunstancias desfavorables, un incendiario blasfemo. El destino generoso se contentó con
hacer de mi un analista. ¿Qué parte de sublimación triunfó? Ustedes decidirán.
Una última precisión aún. Almas ingenuas, que no comprenden en absoluto la técnica
analítica, ponen a la humanidad en guardia contra los peligros del psicoanálisis. El análisis,
dicen, libera los impulsos, arrojándolos sobre la humanidad. La debilidad de tales
afirmaciones ha sido demostrada muchas veces; es posible que ustedes hayan extraído de mi
conferencia la impresión de que el psicoanálisis, como cualquier saber algo más profundo, es
más apto para la inhibición de las pasiones que para su gobierno. Ciertamente, combate el
celo sádico del Super-Yo, pero está muy lejos de escapar al dominio incontrolado de los
impulsos.
Les agradezco su invitación y la paciencia con que me han escuchado.