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LUCES DEL CORAZÓN

(LIGHTS OF THE HEART)

NAT BURNS

Traducción Libre Mabel

Septiembre 2016
SINOPSIS

La Médico Corinthia Madsen Salas — Dra. Maddie — tiene una


floreciente práctica en la pequeña ciudad del sur de Maypearl, Alabama.
Aunque ella tiene llamado por sus eclécticos pacientes 24/7, mantiene su vida
personal privada — en particular por el hecho de que ella está enamorada de
su nueva recepcionista, Ella Lewis. Por lo que revelar la verdad podría ser un
desastre ético para su carrera y su impecable reputación como una líder civil en
la pequeña ciudad pequeña. Sin embargo, aún así, se pregunta a menudo si
las miradas tímids de Ella indican un retorno de sentimientos o solo es la
cortesía en un lugar de trabajo.

Entonces lo increíble sucede, las dos son presionadas a revelar sus


sentimientos y Ella le propone cambiar de trabajo para que puedan tener una
relación. Tirando la precaución al viento, Maddie accede. Después de una
noche gozosa, la Dra. Maddie recibe una llamado de emergencia nocturna y
pronto los mundos de ambas mujeres se vuelven totalmente de revés.

Ahora Ella se enfrenta a decisiones que cambiarán la vida. ¿Deberá


apartar los desafíos que podrían traer llevar una vida con Corinthia? O permitir
que la fuerza de la devoción, el tiempo y la persistencia traigan de vuelta a su
amada Maddie a sus brazos...

Este nuevo romance de la galardonada autora Nat Burns está lleno de


pacientes caprichosos, divertidos equipos de personal de oficinistas y, oh sí,
amor. Un montón de amor.
Dedicatoria

Quiero dedicar este libro a todos los duros trabajadores médicos, personal
médico, activistas y voluntarios quienes trabajan con pacientes y familias que
han sufrido un traumatismo craneoencefálico (TBI). Su paciencia, tolerancia y
alegría por la vida son incomparables.

Agradecimientos

Me gustaría agradecer la increíble ayuda de la Dra. Cynthia Cavazos-


González, una neuropsicóloga de Texas que me ha examinado extensamente y
me ha ayudado a comprender, y aceptar, la idea de que mi nueva normalidad es
solo eso.....una nueva normalidad para mí.
Desearía ofrecer mis eternas gracias a la patóloga lingüista, Caroline Skill,
por ayudarme a encontrar mi voz de nuevo.
Y gracias, Barrett, mi amiga escritora enfermera jubilada, por aconsejarme
sobre ciertos elementos médicos.
También debo dar las gracias a todos los miembros de mi club del libro local
y al Gremio del Petroglifo por escuchar mi intenso plan de trabajo en nuestras
reuniones. Sois buenos amigos.
Y, como siempre, gracias a Bella Books y a su equipo de producción quienes
me han mantenido alejada de problemas.
Finalmente, muy importante, gracias, Chris, por leer y releer este manuscrito
(te amo).

Eres la luz de mi corazón, mi alegría.

Corinthia Madsen Salas


PARTE UNO

Capítulo Uno

Maddie

Me gustaba mirarla. A veces dejaba la puerta de mi oficina un poco abierta


para poder observar cómo sonríe a mis pacientes, o frunce el ceño ante un
programa de ordenador que se porta mal. Ella Lewis es hermosa. Oh, no en el
sentido clásico.....es un poco demasiado baja, tan solo mide un metro cincuenta,
y un poco demasiado regordeta según el promedio. Aún así yo disfrutaba de
esas leves imperfecciones. Cuando miraba a los profundos ojos verde oscuro,
conectábamos de alguna manera. Nunca había experimentado eso antes. Con
nadie. Esto era completamente nuevo, y deseaba desesperadamente poder
explorarlo en plenitud.
Me levanté y caminé desde mi escritorio de madera maciza. Estaba inquieta,
quejándome por un universo injusto que estaba mostrándome a mi perfecta
pareja pero tenía que trabajar para mí. No era justo poner la zanahoria delante
del burro y luego atarle las patas para que no pueda moverse hacia adelante.
Suspiré y estudié los certificados que empapelaban las paredes de la oficina. Los
marcos de madera brillaban bajo la luz de la mañana que entraba por la ventana
que daba a la calle.
Los honores se burlaban de mí. Corinthia Madsen Salas, Doctora en
Medicina. Corinthia Madsen Salas, Doctora en Humanidades-Ideas cursado por
diversión. Mis ojos viajaron a través de otra docena de certificados
enmarcados.....residencias, residencias adjuntas, cartas de agradecimiento, y de
éxito. Toda una pared entera de papeles enmarcados diciendo que era una
persona buena y honorable. Me giré y escudriñé a través de la abertura el
mostrador de recepción intensamente iluminado en la sala de espera adjunta.
Ella estaba hablando con mi enfermera, Sandy Webber, y estaba de cara a la
puerta de mi oficina. Me escondí hacia atrás, solo por si levantaba la vista.
Regañándome y enderezando mi bata blanca de laboratorio, me reí sin sonido,
avergonzada por mis infantiles acciones. Miré una vez más a la pared del éxito
y luego salí al pasillo.
Solo teníamos dos salas de examen puesto que yo estaba sola en la consulta,
y me sentí confundida al ver que en ninguna de las salas había una bandera
indicando que había un paciente esperando dentro. Miré a lo largo del pasillo en
una niebla de perplejidad, durante varios segundos, y luego revertí mi dirección,
y me dirigí hacia el mostrador de recepción. Ambas mujeres se volvieron hacia
mí cuando me aproximaba.
“Hola, Doc Maddie,” Sandy me saludó con su habitual enérgica manera. Ella
permaneció detrás tímidamente, y tuve que hacer un concentrado esfuerzo por
no mirarla.
“Supongo que estás preguntándote donde están hoy todos tus pacientes, ¿no
es así?” Sandy continuó. “Bueno, han ido a un incendio de combustible en una
hamburguesería. No hay nadie herido, gracias al señor, pero los camiones de
bomberos tienen la Central bloqueada.”
Asentí, entendiendo. “Así que ahora todo el mundo tendrá que ir a almorzar
al McDonald’s a las afueras de la ciudad.”
Sandy se rió. “Como lo sabes. Salvo el anciano Travis. Viene por la glucosa,
así que vendrá.”
Me froté las manos para calentarlas. “Y eso significa que tengo tiempo para
un café más.”
“¿Quiere que le traiga uno, Doctora?” Ella preguntó.
Moví mis ojos hacia ella y di una profunda respiración para calmarme. ¿Qué
pasaba con mi nueva asistente que me convertía en una torpe adolescente cada
vez que giraba sus sensuales ojos en mi dirección?
“Asegúrate de que lleve dos azucarillos y dos cubitos de crema,” dijo Sandy,
empujando a Ella hacia la cocina.
Abrí la boca para decir algo, nada, ella se había ido. El teléfono sonó, y Sandy
lo cogió. Me retiré de vuelta a la seguridad de mi oficina. Momentos después,
Ella llamó a la puerta que había dejado entreabierta.
“Aquí está su café, Doctora Maddie. Está recién hecho, solo hace quince
minutos.” Ella sonrió y se acercó a mi escritorio.
Me aclaré la garganta y me subí las gafas de leer en la nariz. Eso hizo que su
imagen fuera algo borrosa, entonces fui capaz de sonreírle, coger el café y
cuidadosamente ponerlo sobre el escritorio. “Gracias, Ella. Te lo agradezco.”
“No hay problema. Por cierto, ¿ha tenido la oportunidad de terminar la
evaluación que dejé en su escritorio?” Ella inclinó adorablemente la cabeza hacia
un lado. Me quité las gafas. Quería verla, sin importar que.
“¿Evaluación?” Me aclaré la garganta otra vez, molestándome a mí y
ciertamente molestándole a ella.
Ella sonrió con indulgencia, y quería lamer el hoyuelo en su mejilla derecha.
“Ya sabe. ¿La evaluación de noventa días? Sandy también lo ha comentado, y
me preguntó por ello esta mañana.”
Miré hacia abajo. Lo había dejado a un lado. Ella había estado con nosotras
noventa días. Era tan eficiente que parecía que llevaba aquí desde siempre. Lo
había dejado a un lado porque todavía agonizaba sobre falsificar un mal informe,
solo para que se fuera a trabajar a otro sitio y darle un poco de paz a mi libido.
Sin embargo me di cuenta en ese momento de que no había forma de que
pudiera actuar de forma tan egoísta y ajena a la verdad.
“Yo.....lo siento, Ella. Se me pasó. Lo terminaré hoy y se lo daré a Sandy.”
“Está bien, Doctora. Me imaginé que era eso lo que había sucedido.” Ella se
giró hacia la puerta, y mis ojos cayeron a su dulcemente redondeado trasero,
envuelto por el vaquero negro. “Beba su café antes de que se enfríe,” dijo ella
suavemente mientras cerraba la puerta.
Dejé escapar una temblorosa respiración y me eché hacia atrás en mi silla de
oficina de piel, de respaldo alto. ¡Huy! Levanté mi café y di un profundo sorbo.
Perfecto.
Trabajé en la evaluación de Ella hasta que escuché una conmoción en el
pasillo en el exterior de mi puerta. Sandy estaba enseñándole a mi primer
paciente del día la sala de examen. Repasé el informe y me aseguré de que no
fuese demasiado halagador con Ella. Estaba bien. Lo firmé con una floritura. Eso
significaba que se quedaría con nosotras. Estaba bien, yo estaba condenada de
cualquier manera.
Cogí el informe y se lo entregué a Sandy cuando pasaba. “El Sr. Travis está
en la uno,” dijo ella innecesariamente mientras se dirigía allí. Le di las gracias y
levanté la carpeta de la bandeja justo en el exterior de la sala de examen.
Clark Travis, setenta y cuatro años, paciente habitual. El año pasado, se
presentó con la glucosa alta y, después de un alto A1C (Prueba de diabetes en
hemoglobina), comencé con metformina y cambios en la dieta. Este era su tercer
seguimiento desde entonces. Sandy le había hecho un rápido test en el dedo
que había dado ciento tres, así que parecía que la medicación y los cambios
habían hecho un buen trabajo.
Abrí la puerta y entré.
Capítulo Dos

Ella

La mayoría de mis relaciones pasadas habían sido con rubias, así que era
extraño para mí sentirme tan profundamente atraída por la Dra. Corinthia Salas,
una tímida, retraída, latina de ascendencia puertorriqueña. Por supuesto, había
descubierto la mayoría de lo que sabía del exagerado cotilleo de la oficina de
Sandy, y realmente, tenía que preguntarme cuánto de lo que había dicho era
verdad. Aún así podía ver el Caribe en la Doctora Maddie, como la llamábamos.
Su pelo ébano como la semilla de la papaya, y sus ojos eran del marrón cálido
del tamarindo. Su piel, aunque trabajaba casi incesantemente día y noche,
simple parecía besada por el sol, y a menudo anhelaba recorrer con mi palma la
longitud de esa suave satinada superficie.
Salí a la decreciente luz del sol de la tarde del sur de Alabama y miré hacia
atrás una vez más, esperando verla detrás de mí. Solo para así poder pasar con
ella unos minutos más. Suspiré cuando no estaba allí. Caminé lentamente a
través del pequeño aparcamiento hacia mi diminuto Toyota y me dirigí a casa.
No estaba segura de sí incluso la Doctora Maddie me veía. O, si lo hacía, era
solo como a una empleada. Después de meditar esto durante horas, tarde en la
noche, sola en mi cama, finalmente decidí que era una profesional a ultranza.
Ciertamente, sería poco ético que un médico intimase con los empleados de su
consulta. Pero bueno, era un asunto lésbico. No estaba segura de sí la Doctora
Maddie estaba fuera del armario con sus pacientes, aunque mi gaydar había
saltado la primera vez que nos conocimos hacía ya tres meses. El resto del país
podía hacer de las lesbianas sus presentadoras más queridas, pero en un sitio
tan conservador como Maypearl, ella preferiría más ser precavida que
lamentarlo.
Sabía que estaba soltera, sin embargo. Subrepticiamente se lo había
preguntado a varias personas en el curso de una conversación general, y no
había evidencia de una pareja, de niños, o incluso de una mascota, en su oficina.
Mientras conducía por las tranquilas calles de Maypearl, me pregunté una vez
más sobre su historia, un ejercicio con el que estaba familiarizada. Parecía que
pensar ella llenaba mis horas de vigilia. Sabía que había crecido en San Juan,
Puerto Rico, y Manhattan, Nueva York, siguiendo a sus nómadas padres
consultores de ciudad en ciudad. Se graduó en la Universidad Fordham, había
dicho Sandy, y había visto la luz su MD (Doctorado en Medicina) un día en una
facultad de Texas. Pero a parte de eso, ninguna de nosotras sabía nada sobre
su vida privada. Yo sabía que le encantaba el café y tenía debilidad por un buen
aguacate sobre una crujiente tostada de pan de trigo. Era su almuerzo favorito.
Torcí para entrar en el aparcamiento de mi complejo de apartamentos y me
metí en mi plaza asignada. Tropical Towers era un sitio bastante bueno para
vivir. Si pagabas el alquiler a tiempo, y no molestabas a otros inquilinos, te
dejaban en paz. Justo de la forma que me gustaba. Sí, era un poco solitaria, pero
tenía a Julio, mi enorme gato negro y gris Maine Coon. Ese gato me estaba
esperado cuando me acerque a la puerta. Subido en el alféizar de la ventana,
me miró con sus inmensos ojos dorados. Le saludé con la mano, y él saltó y,
como de costumbre, me saludó en la puerta con fuertes vocalizaciones,
informándome de las indignidades de su día. Escuché atentamente mientras me
dirigía al mostrador de la cocina, liberándome de mi caja del almuerzo y mi bolso
de mano.
“Lo sé,” simpaticé igual de fuerte. “Es tan duro ser tú y estar atrapado aquí
todas esas horas solo. Solo desearía poder estará contigo, ¡maldita sea!”
Él hizo la figura de un ocho entre mis piernas, demostrando solidaridad.
“¿Qué hay para cenar hoy, pequeñín?” Abrí la despensa. “Tenemos pescado
blanco.” Esperé pero no hubo respuesta. “Tenemos atún y salmón.” Otra vez,
esperé.
Él se acercó y me miró. Yo miré hacia abajo. “Hmm, ¿pollo?” El maulló con
fuerza y luego ronroneó, frotando sus mejillas contra mi pierna. Abrí la lata de
pollo de comida para gatos y llené su cuenco. Después de observarle durante un
momento, cogí una cerveza del frigorífico y me fui a la sala de estar.
Allí tenía libros. Toneladas de ellos, almacenados vertical y horizontalmente
en cada superficie disponible. Estudié sus sus queridos y muy desgastados
lomos para elegir el mejor pastel del pródigo buffet. Pasé tiempo con cada uno,
recordando silenciosamente las historias escondidas dentro. Este era el misterio
de un asesinato ocurrido en el centro de Los Ángeles. Lo había hecho el policía.
Este iba sobre una familia disfuncional que encuentra el amor y la aceptación en
un yate en el Océano Pacífico Sur. Oh, y aquí estaba la obra de Michael Crichton
sobre nanotecnología que se vuelve salvaje. Caminé hacia una segunda fila de
estantes y toqué un libro sobre los orígenes de cosas interesantes, y luego otro
sobre el origen de las palabras. Estuve tentada de coger uno pero de repente
me di cuenta que había leído todos mis libros numerosas veces, los de
curiosidades en particular. ¿Entonces qué leer? Me pregunté qué le gustaría leer
a la Doctora Maddie. Seguramente no revistas médicas todo el tiempo. ¿Le
gustaba la ficción?
El calor me inundo nuevamente al pensar en ella, acurrucada en el sofá para
leer..... ¿Qué? ¿Tal vez un tórrido romance lésbico? Caminé hacia el otro lado
de la habitación y permití que mis dedos se deslizasen a través de los lomos de
los muchos libros de bolsillo arreglados como coloridos soldados ubicados en
ordenados barracones. Había libros increíbles, cientos de ellos, compartiendo
las vidas y el amor de las lesbianas. Algunos no eran tan buenos, demasiado
predecibles, pero otros era increíbles y me emocionaban repetidamente. Todos
estaban muy manoseados por haber leído, incluso los malos, obsesivamente.
Necesitaba un programa de doce pasos para acabar con mi adición. Suspiré y
saqué uno de mis favoritos, el de una infeliz ama de casa que encuentra el amor
con su nueva vecina. Perfecto. Miré alrededor de la habitación mientras me
sentaba en mi sillón favorito. Yo no era una ama de casa y no conocía a mis
vecinas, pero tal vez, solo tal vez, podría sustituir a la hermosa Corinthia por la
ama de casa y yo podría ser la amante vecina.
Julio saltó en mi regazo, su lengua alisando sus difusos labios negros.
“¡Ugh! Aliento a comida de gato,” dije mientras le acomodaba en mi regazo.
Entonces, reconfortada por su calor y mi calenturienta imaginación, leí.
Capítulo Tres

Maddie

“Creo que tengo bichos,” dijo Mary Elwis, mirándome con calma.
“¿Bichos? Hmm.” Empujé más cerca mi taburete con ruedas para así poder
estudiarla. “¿Qué tipo de bichos?”
“Pequeñas pelotillas. Apenas puedo verlos,” susurró con urgencia.
“Mm-hm. ¿Muerden?” Pregunté.
“Oh, no,” ella insistió. “Solo se arrastran por toda mi piel.”
“¿Pica?” Cogí su brazo y le levanté la manga. No vi nada, ni siquiera alguna
evidencia de inflamación.
“A veces,” ella respondió mientras estudiaba su brazo al igual que yo.
Miré más de cerca. “Tienes un montón de lunares.....”
Dejé escapar un chillido y me puse de pie de un salto. Uno de los lunares se
movió.
“¿Doc? ¿Está bien?” Mary preguntó, retrocediendo de mí.
Di una profunda respiración y cogí una lupa de mi cajón de instrumental. Le
levante la manga cuidadosamente y pasé la potente lupa por encima de su brazo.
Allí estaba otra vez.....movimiento.
Ah, demonios, pensé.
“Sip, Mary, parece que tienes bichos. Garrapatas. De esas diminutas. ¿Has
estado en el bosque últimamente?” Levanté mis ojos hacia ella.
Sus ojos se agrandaron. “Por qué, no, soy demasiado vieja para deambular
por el bosque. Pero llevé a mi nieto, Ernest, a sacar a Sheba el otro día.”
“¿Sheba?” Me eché hacia atrás y la observé.
“Recuerda. Sheba, mi border collie.”
Una bombilla se encendió en mi cabeza. “Tienes varios perros, si recuerdo
correctamente, ¿no?”
Ella sonrió orgullosa. “Los tengo. Ahora tengo cuatro rescatados del albergue.
Estoy pensando en coger a una pequeña terrier llamada Jezabel. No hay nada
más lindo que ella.”
Asentí. “Bueno, eso está bien, Mary, pero tienes que hacer algo con las
garrapatas, bichos, de los perros en tu casa. Cuando se tumban junto a ti, las
garrapatas pasan de ellos a ti.”
Ella me miró con asombro. “Pero pensaba que solo los tenían los perros y
gatos y esas cosas.”
Me levanté y me quité los guantes. “Tú no eres su comida favorita, pero se
van a cualquier cuerpo caliente. El problema es cuando atacan y
empiezan.....bueno.....a comerse tu sangre, pueden causar enfermedad en tu
piel debido a las diminutas bacterias que viven en sus bocas.”
“Bueno, lo haré.” Ella suspiró.
Fui hacia la puerta de la sala de examen y la abrí. Miré alrededor de la jamba
y vi que el pasillo estaba desierto. “Vuelvo enseguida,” le dije a Mary.
Sandy estaba en el mostrador de recepción, rellenado los expedientes. Ella
no estaba allí.
“Oye, Sandy, tenemos bichos en la sala de examen dos. ¿Puedes traerme
algunos folletos sobre garrapatas y luego ayudarme a hacer el examen?”
Pregunté. “¿Dónde está Ella?”
“En la oficina de correos, pero regresara directamente. Estaré allí enseguida,”
dijo, colocando los expedientes todavía sin completar en el estante.
Me di la vuelta y regresé a la sala de examen dos. La paciente estaba sentada
exactamente donde la había dejado.
“Vale, Mary. Esto es lo que vamos a hacer. Mi asistente médico, Sandy, va a
venir a ayudarte a ponerte una bata. La razón de ello es que tengo que ver si
tienes alguna garrapata agarrada a ti. También te voy a poner un poco de crema.
Se llama crema permetrina, y ayudará a matar los bichos que están en tu piel.
También voy a darte dos recetas. Una es para la crema, que quiero te pongas
todas las noches por toda la piel antes de irte a la cama. La otra es un antibiótico,
solo por si te han mordido.”
Moví el taburete y me acerqué a ella. “Esta es la parte mala. Vas a tener que
deshacerte de los perros o tenerlos encerrados en el jardín.”
Ella frunció el ceño, con ojos desconfiados. “¿Por qué? Los perros nunca le
han hecho daño a nadie.”
Sandy entró en la sala y fue a buscar una bata en el armario más bajo.
“Normalmente estaría de acuerdo, pero hay algunas cosas por ahí fuera
bastante desagradables ahora mismo. Has oído hablar de la enfermedad de
Lyme, ¿verdad?”
Ella asintió sin entusiasmo, y yo continué.
“Bueno, hay un puñado más de bacterias que causan enfermedades que
pueden hacer que te pongas muy enferma. No puedes dejar que los perros
corran por los campos y los bosques y luego las lleven a tu casa. Tienes que
encerrar a los perros para que permanezcan en el jardín, donde la hierba es
corta, y tienes que darles un baño contra las garrapatas, con un champú especial
con medicamento por lo menos una vez a la semana en verano.”
“¿Bañar a todos los perros?” Se quedó con la boca abierta, horrorizada.
Me levanté, cogí el expediente y me moví hacia la puerta. “Tendrás que hacer
que alguien te ayude. ¿Tú Nieto, tal vez?”
“Él te ayudará,” dijo Sandy dulcemente mientras me echaba por la puerta. “Y
también tendrás que ponerles collares antigarrapatas a los perros.”
Estaba de pie junto al mostrador de enfermeras al final del pasillo y rellené
toda la información pertinente en el expediente de Mary, incluidas mis detalladas
instrucciones, por si llamaba para hacer alguna pregunta.
“Hola, Doc Maddie.” Ella me saludó al pasar junto a mí con mi siguiente
paciente, Austin Miller de ocho años, con su brazo en una brillante escayola azul.
“La sala uno será mejor para él,” le dije, intentando no mirarla directamente.
“También necesito una radiografía. ¿Puedes manejar los rayos X?”
“Seguro que puedo. Venga Austin. Vamos a hacerte una fotografía.”
Se fueron por el pasillo, y yo respiré profundamente.
Momentos después, Sandy salió al pasillo con las ropas de Mary,
sujetándolas con el brazo extendido, y fue a la pequeña zona de lavandería.
Puso en marcha la secadora y luego me hizo una seña. Pasamos los siguientes
quince minutos repasando cada centímetro del cuerpo de Mary. Encontré dos
garrapatas agarradas, una en la base de su columna y la otra en la zona de la
ingle. Le quitamos ambas con nitrógeno líquido y las que se arrastraban con cinta
de embalar.
“Ahora, Mary. En serio, esto es importante,” comencé a decir mientras Sandy
aplicaba la crema. “Tienes que lavar y secar todas las ropas que hayan estado
cerca de los perros así como las camas de los perros. Quiero que primero lo
metas todo seco en la secadora, para matar todas las garrapatas. Luego lávalas
y sécalas otra vez. Todo con el ciclo caliente. ¿También, duermen ellos contigo?”
Ante su asentimiento, continué, “Bueno, tendrás que hacer lo mismo con la ropa
de la cama. Primero en la secadora, luego con un montón de agua caliente. Hay
un spray que también quiero que eches. Lo encontraras en la sección de plantas.
Te lo escribiré. Es una especia de jabón inofensivo que las matará, así que quiero
que lo eches por tu cama y toda la casa. Y de nuevo, ponte la crema por las
noches, toma las pastillas una vez al día y lava las ropas y a los perros. ¿Lo
tienes?”
Ella asintió con reticencia.
“Es importante, Mary. También tienes que comprobarte todos los días cuando
te duches. Ver si tienes alguna. Durante el primer par de días, podrías ducharte
día veces al día hasta tenerlas bajo control.”
“¿Dos veces al día?” Ella dijo. Podía ver que estaba abrumada y sabía que
este asunto tendría que ser revisado varias veces antes de ser resuelto.
“Sé que puede parecer un montón, tesoro, pero la Doc Maddie solo está
intentando mantenerte saludable,” dijo Sandy mientras iba al fregadero y se
quitaba los guantes. “No quieres tener fiebre o artritis, ¿no?”
Palmeé la mano de Mary. “Vístete, y te tendremos preparadas las recetas en
el mostrador de recepción.”
Me lleve la carpeta al mostrador de recepción e hice unas cuantas
anotaciones más. Cogí mi talonario de recetas y garabateé las recetas de Mary.
“Esto es el jabón en spray, OTC (oxitetraciclina) en la zona de jardín. Es un
spray para plantas, pero se puede usar en la casa,” le dije a Ella mientras se la
entregaba. “¿Tal vez podrías explicárselo a ella?”
“¿Por qué? ¿Qué pasa?” Ella susurró, acercándose.
Hoy olía como a pachuli. Hombre, me encanta el pachuli.
“Tiene garrapatas que le han pegado los perros,” conseguí responder.
“Ah,” dijo ella, asintiendo con entendimiento.
Me enderecé. “¿Está preparado Austin?”
Ella sonrió, y juraría que la habitación se iluminó. “Si, Doctora. Las radiografía
están en la caja de la pared.”
“Gracias,” murmuré mientras me apresuraba a marcharme.
Capítulo Cuatro

Ella

“¡Joder! No puedo creer que haya olvidado eso,” murmuró Sandy, mirando el
calendario que sostenía. Estaba sentada en su silla habitual junto a mí en el
mostrador de recepción.
Miré hacia ella. “¿Qué pasa?”
Un bebé inquieto lloró en la sala de espera, y Sandy miró hacia el niño antes
de hablar. “Doc ha estado hablando de un compromiso la próxima semana.”
“Así que supongo que tenemos que despejar su agenda,” murmuré,
acercando el libro de citas de gran tamaño. “Parece que ya lo has hecho,” dije,
señalando las dos páginas en blanco del libro.
“Oh, lo sé,” respondió ella, agitando una mano. “Y Jason, en Theodore, se
ocupará de sus llamadas. Es solo que siempre voy con ella, ya sabes, para
manejar interferencias, tomar notas en las sesiones, ese tipo de cosas.”
Esperé expectante. No dijo nada más, y suspiré. “Creo que puedo ocuparme
de todo aquí. Llevo aquí casi seis meses. ¿A menos que quieras que me coja
ese tiempo libre?”
Ella negó con la cabeza. “Oh, no, perdona, chiquilla, no me he explicado
correctamente. ¿Puedes ir en mi lugar? Lisbet tiene su fiesta de los dieciséis este
fin de semana, y realmente no quiero perdérmela. Solo tienes que ir en mi lugar.”
Fruncí el ceño. “¿Cuándo es?” Me acerqué para mirar el calendario.
“La próxima semana. Tendréis que marcharos el domingo, y ella tendrá el
discurso el lunes por la mañana. Estarás de vuelta como muy tarde el martes.
¿Crees que podrás?”
Un calor me recorrió. Tres días a solas con Doc Maddie. Cielos sí, podía
hacerlo. “Por supuesto,” dije. “Y solo tengo que ser como su secretaria,
¿verdad?”
Ella asintió. “Cierto. Solo seguirla por allí y hacer lo que necesite. Es fácil.
Sabes lo fácil que es tratar con ella. Yo normalmente solo me aseguro de que
tenga café y compruebo que tenga sus notas antes de la presentación. La
mayoría de los médicos a los que va a hablar la conocen, así que normalmente
no se pone muy nerviosa, ni nada.”
Ella me miró con expectación, como si estuviera esperando un compromiso
más firme. Se lo concedí. “Estaré bien, Sandy. No te preocupes.” Pensé en un
minuto. “¿Oye, sabes dónde está Tropical Towers?”
“Claro. ¿Por qué?” Ella levantó una ceja.
“¿Te importaría pasarte y darle de comer a mi gato? ¿Los días que esté
fuera?”
“¿Tienes un gato? Nunca has mencionado que tuvieras un gato.” Ella me miró
dubitativa. ¿Estaba pensando que me había inventado tener uno?
“Sip, sí, lo tengo. Se llama Julio, y le doy de comer todos los días después del
trabajo. ¿Te queda muy lejos de tu camino?”
“Aw, cielos, no. Pasó justo por allí. Vivo en Fairlane. Justo más allá.” Sonrió
con indulgencia.
Dejé escapar un suspiro de alivio. No conocía a mucha gente así que era
como una recién llegada en Maypearl, y no quería pagar a un caro extraño
cuidador de mascotas si no tenía que hacerlo. “Oh, eso sería genial. Le pondré
una bandeja extra para sus necesidades así que no tendrás que preocuparte por
eso, pero si pudieras darle su comida húmeda cada tarde el lunes y el martes,
haría que me quedase más tranquila.”
“¿Qué lo haría?” La Doctora Maddie dijo cuando se acercó y me entregó una
carpeta.
Tiffany Bledsoe saludó con la mano desde detrás de la doctora al acercase al
mostrador. El gesto con la cabeza de la Doctora Maddie a Sandy indicó que
Tiffany solo tenía un mal resfriado, así que Sandy solo la llevó hacia la puerta.
“Te enviaré la factura,” le dijo a Tiffany. “Solo ve a casa y pasa el resfriado en la
cama. Líquidos y descanso, eso es todo lo que hace falta.”
Tiffany sonrió agradecida mientras empujaba con el codo la puerta de la sala
de espera.
Me di cuenta de repente que la Doctora Maddie seguía esperando. “Oh,
Sandy va a darle de comer a mi gato,” le expliqué rápidamente.
“Ahh, ¿tienes un gato?”
Observé como la cara de la Doctora Maddie se iluminaba considerablemente.
“Sí, es un Maine Coon. ¿Conoce la raza?” La observé, embobada con su
transformación.
“Sí. Mi amiga Carla, que vive en la Sesenta y Cuatro con la Primera, tiene
uno. Uno grande a rayas grises.” Era curioso cómo sus ojos marrones podían
resplandecer tan intensamente.
“Bueno, el mío es más negro con pocas rayas grises. Le he llamado Julio,
sabes, porque lo cogí en julio. Es el gatito más lindo.....”
“Ella va a ir contigo a Dothan la próxima semana,” interrumpió Sandy. “Espero
que no te importe, pero Lisbet, la hija de Cynthia tiene su fiesta de dieciséis años
el domingo, y le prometí estar allí. Tenemos un montón de cosas que hacer en
la iglesia y todo.”
Vi cómo caía la cara de la Doctora Maddie, y sus ojos de nuevo se atenuaron
volviendo al modo empresarial. Esperaba que no fuese porque era yo quien iba
a acompañarla a la conferencia. ¿Y si ella pensaba que yo era una acosadora y
no quería estar a solas conmigo?
“No, está bien, Sandy. Estoy segura que Ella será buena compañía.”
Me dio una breve sonrisa antes de desaparecer por el pasillo.
“¿Ves? Te dije que le parecería bien,” dijo Sandy. Se dio la vuelta cuando la
puerta principal se abrió y un paciente entró.
Me pregunté a quien estaba tratando de convencer, a mí o a ella misma. Sentí
una risa en mi interior mientras comprobaba dos veces la carpeta de Tiffany para
asegurarme de que todo había sido registrado correctamente. Pasé la yema de
los dedos sobre las apresuradas notas de la Doctora Maddie. Sus trazos eran
tan contundentes. Me estremecí un poco al reconocer la fuerza de sus manos.
Tres días con la Doctora Maddie. Acerqué la carpeta, abrazándola
brevemente antes de meterla en el archivador.
Capítulo Cinco

Maddie

La ciudad de Maypearl había sido dueña de la casa del Dr. Richard Pembroke
desde que su abuelo, Tyler Pembroke, había sido el primer médico oficial de la
familia en abrir una clínica en Maypearl. La compra de la casa, por la ciudad,
había sido primero un regalo al primer Pembroke para darle la bienvenida a
Maypearl. Siempre me había parecido que había implicado también un pequeño
soborno. Maypearl en Alabama, era un municipio rural con menos de mil
habitantes. En un año con un buen censo. No era un gran punto de negocio para
un médico emergente. No quiero decir que la gente no fuese genial, lo eran. La
sal de la tierra, como se decía aquí en el Sur, y debió de ser por eso por lo que
el primer Pembroke decidió quedarse.
La casa había pasado a ser de los hijos médicos de Tyler y luego de sus
nietos durante casi doscientos años, pero luego Clayton Pembroke, el hermano
de Richard y su único pariente vivo, un constructor de Dallas, decidió que no
quería ser médico, ni parte de Maypearl. Se mudó, y dejó solo a Richard a cargo
de todo.
Afortunadamente, conocí a Richard en una conferencia en a Dallas cuando
era residente de médico de familia en la UT Southwestern. La conferencia trató
sobre casos inusuales que solo se daban en las carreras de los médicos de
familia.....un atrevido reclutamiento, eso seguro. Me enamoré de ello,
enganchada, anzuelo, sedal, y plomo, como si ya me hubiese comprometido con
la especialidad de medicina familiar. Simplemente no sabía hasta qué punto.
Richard y yo nos conocimos en una mesa de residentes y médicos, y después
de copioso vino, fettucini marinara y pan de ajo, decidimos que yo iba a ser su
aprendiz para terminar mi residencia. Él nunca se había tomado el tiempo para
casarse o tener hijos, prefiriendo sus estudios y sus pacientes antes que una
familia propia, por lo que su consulta moriría con él a menos que pudiera dar con
alguien que la mereciera.
Yo había pasado seis años compartiendo la consulta con Richard, viviendo
en el pequeño apartamento de Cottonwood pero cuando él murió al enchufar una
licuadora con los pies mojados durante una fiesta en una piscina, la ciudad
amablemente me había ofrecido que utilizase la casa durante todo el tiempo que
fuese la doctora de Maypearl.
No fue un mal acuerdo. Descubrí que mi amor de la universidad, Amanda
Sarious, solo quería una ocupada MD para así poder equilibrar sus numerosas
aventuras ocultas, así que marcharme de Texas fue bueno en ese momento. La
casa que me habían proporcionado era espaciosa, casi demasiado para solo una
persona. Un montón de noches, me quedaba dormida en la acogedora sala de
estar, en una tumbona en una alcoba cerca de la chimenea, incluso aunque
tuviese un encantador dormitorio en el piso de arriba.
Ahora, conducía mi Honda SUV hacia la entrada, admirando de nuevo el
impecable diseño del jardín frontal. Afortunadamente, George Niles, un jardinero
jubilado, había ofrecido sus servicios a la ciudad por un pequeño estipendio. Él
incluso cuidaba un huerto en la parte trasera, y yo le estaba eternamente
agradecida por ello. Podía tener verduras frescas y bayas todo el año sin tener
que mover un dedo.
También estaba agradecida por Lilly Marsh, quien cocinaba y limpiaba para
mí. Ella había dejado encendida las luces del piso de abajo, y la casa parecía
acogedora en el húmedo crepúsculo. Cogí mi bolso y caminé hacia la cacofonía
de las llamadas de las ranas del arroyo justo al oeste de la estructura principal.
Sonreí. Que forma tan genial de terminar un ocupado día de trabajo.
Una de mis favoritas, sopa de lentejas con un montón de zanahorias y apio,
estaba en la parte de atrás de la cocina, y los rollos de pan aún estaban calientes
en el horno. Sacudí la cabeza mientras sacaba la ensalada y el aderezo de la
nevera, junto con una pequeña jarra de té fresco. ¡Dios, como quiero a esa mujer!
Incluso había dejado puesta la mesa, así que me senté rápidamente y comencé
a comer.
Cuando mi estomago estuvo lleno y caliente por la deliciosa comida, mis
pensamientos fueron, como siempre, a Ella. Había evitado pensar en el próximo
viaje, pero ahora, sola y seguramente acomodada en mi casa, podía dar rienda
suelta a mis temores.
Podía predecir con facilidad como sería el nudo en el estómago por estar con
Ella en el coche durante dos días. ¿Cómo de distraída estaría mientras intentaba
hacer una presentación de sesenta minutos sobre cómo aligerar el temor a las
vacunas para lo niños, los jóvenes y los ancianos?
Me pregunté si a ella le importaría estar conmigo. Yo no era la mejor de las
conversadoras, un hecho que había sacado a relucir muchas veces mi ex.
Me levanté y llevé mi cuenco vacío y mi vaso al fregadero. Me apoyé contra
el mostrador y miré hacia la cortina lisa color café con leche que cubría la ventana
detrás del fregadero. En blanco. Me di la vuelta y miré alrededor de la cocina. No
había nada personal allí. Al menos nada personal mío. Lilly había añadido un
montón de agradables toques, pero no significaban nada para mí. Dándome de
nuevo la vuelta hacia el fregadero, fruncí el ceño mientras rápidamente lavaba
los platos y recogía el resto de la comida.
Me quedé parada en el pasillo. Pareces blancas, desnudas, sin fotografías
más allá de las que ya estaban en la casa amueblada, y eran de paisajes, la
mayoría, con algunos retratos genéricos. Me fui a la sala de estar y me sentí
consolada. Mis libros estaban en un extremo de la mesa. La colcha de ganchillo
de mi madre cuidadosamente doblada en el respaldo del sillón donde
normalmente me sentaba. Mi viejo maletín parado como un centinela junto a ese
cómodo sillón.
Pensé en mi dormitorio en el piso de arriba, en la aburrida ropa en mi armario,
los simples artículos de tocador en la repisa del cuarto de baño junto al lavabo.
Y me encogí de hombros. No podía cambiar quién era yo. Había estado en la
facultad durante verdaderamente mucho tiempo y nunca había tenido tiempo
para construir una vida que no fuese la medicina y el aprendizaje avanzado.
¿Cómo podía una persona normal encontrar eso interesante? ¿Cómo podía una
persona normal encontrarme a mí interesante?
Suspiré y cogí el mando a distancia de la TV. Después de quitarme los
zapatos, me acurruqué en mi sillón y me tapé con la colcha de mi madre. Encendí
la TV y vi las noticias locales mientras mi mente vagaba.
Pensé con nostalgia en mi madre, Esperida, que se había mudado aquí desde
Brooklyn cuando decidí quedarme en Maypearl. Normalmente iba todos los
sábados por la mañana a visitarla, y me alegraba que no nos fuéramos hasta el
domingo temprano. Aunque solo eran cinco horas de viaje a Dothan, quería estar
allí a tiempo para dejar preparada la presentación del lunes a primera hora. Iría
a verla el sábado antes de marcharme, incluso aunque no me reconociera. Ella
a menudo pensaba que yo era su prima, Paola. Esta noche era una de esas
noches cuando realmente echaba de menos a mi mami. La mami que había sido
antes, fragante y hermosa, llena de vida y de alegría.
Recordar a mi madre, como era antes de que el Alzheimer me la robase, era
doloroso. En realidad estaba agradecida de que mi padre no viviera para tener
que verla así. Y que no se hubiese quedado solo, como estaba yo.
Capítulo Seis

Ella

Me encantaba el sur de Alabama, y especialmente me gustaba la ciudad de


Maypearl. Reclamada de la costa del golfo en 1882, la industria pesquera
rápidamente había dado lugar a un asentamiento. Ahora era solo una pequeña
ciudad, la industria pesquera había desaparecido como consecuencia de los
grandes arrastreros comerciales del océano. Sin embargo la ciudad seguía
saliendo adelante, los negocios supervivientes seguían proveyendo las humanas
necesidades y deseos. Los residentes salían a trabajar en la fábrica a las afueras
de la ciudad, la Refinería Kleune, a cincuenta kilómetros al norte de la frontera
del Mississippi, o se resignaban a un trabajo con salario mínimo en los
establecimientos locales.
Conduciendo hacia el trabajo, pasé un gran supermercado y un centro
comercial que contenía una tienda de ropa, un salón de tatuajes, y un estanco.
También había un gran almacén de muebles y un Walmart con una tienda de
donuts y un bar de zumos. Luego estaba el Four Winds Mall, con sus elegantes
tiendas de marcas. Oh, habían dos farmacias competidoras que siempre
parecían residir en esquinas opuestas.
Vivir en Maypearl era muy diferente de mi vida en la Base de la Fuerza Aérea
Kirtland en Nuevo Méjico donde había pasado mis años de instituto. Mi padre
estuvo destinado en Alemania cuando yo era muy joven, y crecí amando a
Europa con esa sensación de antigüedad y misterio. Soñaba con volver algún
día. Luego acabé en Nuevo Méjico. No era un mal sitio, y aunque la gente era
cálida y acogedora, era muy diferente de Europa, siendo un poco crudo y nuevo.
La historia era toda relativa a los Nativos Americanos, el fiero pueblo que había
arrancado cierto tipo de civilización a un implacable desierto. En Alemania, la
historia era muy diferente, centrándose en la música de las catedrales, las bellas
artes y los siglos de antigua arquitectura. Además, las raciones de comida y
bebida eran más pequeñas que aquí, disfrutando con otros del tranquilo entorno.
Las comidas en Nuevo Méjico eran asuntos enormes, llenos de chile picante o
medio picante, y se comía rodeados de grupos de personas. Personas únicas,
cada una con su propio carácter en una frontera azotada por el viento.
Aparqué en mi sitio en el Edificio Chase donde se encontraba la clínica de la
Doctora Maddie. Miré hacia el tranquilo edificio de ladrillo de una planta. Sin
embargo, Maypearl era completamente la otra cara de la moneda. Inmersa en la
tradición del Sur, los lugareños aunque eclécticos y muchas veces
extraordinarios, conocían los límites de la diplomacia. Y lo que propiamente
encajaba bien o mal. Supuse que mudarme aquí sería un sutil toque a mis
padres. Ellos creían fervientemente que no había ningún lugar en el mundo para
una pecadora de lesbianismo, y mudarme a Maypearl era una oportunidad para
demostrarles que podía ser aceptada en cualquier parte.
Suspiré y salí de mi coche. Era un plan que podría haber fracasado. Llevaba
aquí ya la mayor parte del año y todavía no había conocido a nadie lo
suficientemente abierta para compartir la vida conmigo. Esto dolía un poco, pero
era incluso peor porque ahora sabía exactamente a quien quería.
El objeto de mi deseo estaba saliendo de su coche, un gran SUV negro. Miré
mi reloj, sorprendida por lo tarde que llegaba. Normalmente ella llegaba a la
oficina antes que nosotras.
Llegó antes que yo a la puerta y sonrió por encima de su hombro cuando me
aproximaba. “Buenos días, Ella. ¿Cómo estás hoy?”
Me di cuenta de los círculos bajo sus ojos al instante. ¿Estaba preocupada?
¿O solo inquieta?
“Estoy bien, Doctora. ¿Cómo está usted?”
Ella se detuvo con la puerta entreabierta, y casi me choco con ella, pensando
que íbamos a movernos hacia adelante. “Ella, creo que, puesto que tu período
de prueba ha terminado.....” Hizo una pausa y se aclaró la garganta. “Creo que
deberíamos ser, ah, un poco menos formales. Creo que, es decir, cuando
estemos solas, sin pacientes, creo que deberías llamarme.....llamarme Maddie,
por favor.”
Di una silenciosa profunda respiración mientras mi corazón se emocionaba.
Conseguí decir con voz calmada. “Por supuesto.....Maddie. Gracias.”
Ella asintió y me precedió al entrar en la sala de espera. Yo cerré la puerta
mientras ella se dirigía rápidamente a la puerta de recepción. Encendí las luces
de la sala de espera y cambie el cartel de la puerta, dejando que Maypearl
supiera que el negocio estaba abierto. Tarareé una tonta melodía mientras
trabajaba, mi bolso y mi caja del almuerzo todavía colgando de mi brazo. Pasé
a través de la puerta de recepción y fui a mi puesto en el mostrador. Justo
entonces, Sandy llegó y supe que mi tranquilo momento de intenso placer había
llegado a su fin.
“¿Has sacado a los pacientes del día?” Sandy preguntó mientras trajinaba en
la oficina de recepción y abría parcialmente la alta venta corredera de cristal que
daba a la sala de espera.
“Todavía no,” respondí, dejando caer mis bolsas y dirigiéndome a la zona de
archivos. “Acabo de llegar.”
Comprobé la lista guía colocada en el portapapeles de la entrada y comencé
a sacar los expedientes de los pacientes. Finalmente estaba siendo capaz de
poner cara a los nombres y estaba emocionada de ver que Abby Hamilton iba s
venir a las diez. Abby era una paciente con cáncer terminal que había sido dada
de alta en el hospital de cuidados paliativos, y la Doctora Maddie se estaba
haciendo cargo de su cuidado. Abby, con solo doce años de edad, se había
tomado su trágico diagnóstico con calma zen, e irradiaba esa calma y paz a todos
con los que se encontraba. Su madre, Caroline, ciertamente destrozada por la
pérdida de su única hija, se había convertido en la estoica ancla de Abby, y todas
nos habíamos enamorado de ellas casi inmediatamente.
“Abby va a venir,” le dije a Sandy, aunque era ella quien había hecho la lista.
“Lo sé, no puedo esperar a verla,” dijo ella en voz baja. “Han pasado dos
semanas. Caroline parecía frenética. No estoy segura de lo que eso significa.”
Fruncí el ceño hacia los expedientes que sostenía mientras mi alegría
disminuía. No estaba segura de poder lidiar con los problemas de Abby.
Saqué otros seis expedientes, preguntándome por los pocos que eran.
Normalmente teníamos ocho o diez a primera hora del día. Escuché la
campanilla de la puerta principal y me llevé los expedientes al mostrador
colocándolos ordenadamente en la bandeja superior.
“Hola, Danny. No tienes muy buen aspecto,” dije frunciendo el ceño con
preocupación al ver el aspecto demacrado de Danny Matthews.
“Hola, Ella, no me encuentro muy bien, eso seguro. No puedo trabajar ni nada.
Me alegra que no sea temporada de caza o realmente estaría cabreado,” dijo él.
“Perdóneme, señora,” él se disculpó por su lenguaje mientras asentía con la
camera a Sandy.
Sandy agitó una mano ante su disculpa, y yo cogí su expediente de la parte
de arriba. “Vamos Danny. Voy a acomodarte.”
Miré hacia atrás a su mujer, Anna. “¿Vas a esperar aquí, tesoro?”
Ella asintió y levantó un libro de biblioteca. Yo sonreí y asentí con
comprensión. Anna era una ávida lectora, eso seguro, y me pregunté de nuevo
como Danny, quien evidentemente no tenía tiempo para los libros, había
conseguido enamorar a la lectora alta como una amazona.
Capítulo Siete

Maddie

Comprobé el historial en el exterior de la puerta, y las alarmas saltaron en mi


cabeza. Danny Matthews era un robusto hombre de treinta y tres años. No había
razón para que estuviera sufriendo diarrea incapacitante que afirmaba llevaba
persistiendo desde hacía más de un mes. También había perdido mucho peso.
Muchas posibilidades bullían en mi cabeza, no las menos importantes de las
cuales eran el cáncer o que alguien estuviera envenenándole.
“Cálmate,” murmuré para mí misma. “Probablemente sea IBS (Síndrome de
colon irritable.)”
Abrí la puerta. Danny, un hombre alto y corpulento que normalmente pesaba
más de ciento veinticinco kilos, estaba sentado en la mesa de examen. Le miré
mientras le estrechaba la mano. Tenía los ojos hundidos, señal de que no estaba
descansando y estaba evidentemente deshidratado. Respirando profundamente
por la nariz, determiné que no olía a alcohol, por lo que probablemente no era
debido a un alcoholismo crónico, que podía conducir a diarrea. Él no había
sufrido esa enfermedad en el pasado. Tomé asiento en la pequeña superficie de
trabajo y abrí de nuevo el historial.
“Bueno, Danny. He visto que has perdido más de diez kilos este mes. Eso no
es bueno.” Me di la vuelta para mirarle.
Él sonrió temblorosamente y extendió sus manos. “Bueno, Anna decía que
tenía que perder un poco,” él bromeó. Pude ver su temor subyacente y deseé
tener los medios para tranquilizarle.
“No es la forma más sana,” dije mientras cogía una plantilla de historia de
diarrea del montón de formularios en el portapapeles del gancho junto a mí zona
de trabajo. “Vamos a ver si podemos dar con el fondo de esto. Estas preguntas
pueden parecer un poco personales, pero son importantes si queremos hacer
que te pongas mejor. ¿Vale?”
Esperé a que asintiera.
“¿Dices que lleva sucediendo desde hace un mes? ¿Hay algo que hayas
bebido que pueda haber contribuido a causar esto? ¿Qué lo haya
desencadenado?”
Pude ver que realmente estaba pensando en ello. Finalmente negó con la
cabeza. “Lo siento, Doc. Simplemente no tengo ni idea.”
Me apresuré a tranquilizarle. “Está bien, Danny. No es raro que este tipo de
cosas sean un misterio.”
Él me devolvió la sonrisa mientras se frotaba nerviosamente las manos sobre
los muslos.
“Dime. ¿Has cambiado algo en tu dieta recientemente?”
Él se encogió de hombros. “No, como más o menos lo mismo. Estoy
comiendo un poco menos porque no quiero salir corriendo hacia el cuarto de
baño todo el tiempo. Tal vez sea por eso que he perdido peso.”
“Hmm, podría ser. ¿Entonces qué estás comiendo.....?”
“Bueno, hamburguesas, carne asada. La mujer me da pollo tres veces por
semana. Dice que es sano.”
“¿Y verduras?” Fruncí el ceño ligeramente.
“Oh, claro, claro. Patatas, guisantes, y esas cosas. Zanahorias.” Él se movió
incómodamente.
Sonreí otra vez mientras comprobaba para asegurarme que el blanco de sus
ojos era claro. “Entonces nunca antes habías tenido reacción a ninguno de esos
alimentos antes, ¿no?”
Él se tocó los cordones frontales de su bata. “No, no. He estado comiendo de
esa forma toda mi vida.”
Suspiré, mentalmente descartando el síndrome de colon irritable. Hice una
anotación en la plantilla. Lo siguiente en la lista. Edulcorantes artificiales.
“Dices que has estado intentando perder peso. ¿Has estado comiendo alguna
comida dietética? ¿Refrescos dietéticos?”
“Dios, no.” Él se rió entre dientes, seriamente divertido por la pregunta. “Le
dije a Anna que nada de eso. Odio los refrescos dietéticos. Me saben a
medicina.”
“¿Algún caramelo sin azúcar?” Le observé con cuidado.
Él negó con la cabeza. “No me van mucho los caramelos de ninguna clase,
Doc. Me tomo una barrita de frutos secos de vez en cuando pero nada de
caramelos en absoluto.”
Hice una anotación descartando una reacción al alcohol del azúcar. Estas
preguntas eran para determinar si su diarrea era acuosa, grasa, o inflamatoria
ya que cada una tenía su propio plan de tratamiento. Hasta ahora, bien.
Lo siguiente era el acto sexual.
“No te enfades por esto, pero tengo que preguntarlo. Anna y tú tenéis una
vida sexual bastante normal, ¿correcto? ¿Es decir, nada de juegos anales ni
nada como eso?”
Ambos se ruborizaron mientras ella esperaba la respuesta.
“Dios, no, Doc. Soy bastante anticuado cuando se trata de, ya sabe, sexo.”
“¿Tampoco has tenido contacto con otros hombres?”
Él parecía horrorizado. Señalé la casilla del no y continué rápidamente.
“¿Te sienta mal el pan? ¿O los cereales?” Pregunté, cruzando las piernas y
dejando la carpeta sobre mi rodilla. Le estudié cuando respondía.
“No lo creo,” él contestó pensativamente. “Aunque parece que todo lo que
como me sienta mal, Doc. Incluso he probado con algunas medicinas para la
acidez y esas cosas. No han hecho nada,” él añadió.
Hice una anotación. “Duele demasiado, ¿no? ¿Los gases y la hinchazón?”
“Bueno, sí. Y mi trasero está en carne viva, en llamas. Es horroroso,” admitió
él. “Horrible.”
Le estudié otra vez. Los síntomas eran demasiado tempranos para la algo
como la amiloidosis, y no iban acompañados de ninguno de los otros síntomas.
Él era un paciente habitual y sus analíticas habían sido normales antes de esto,
por lo que no se trataba de nada congénito. Él siempre había estado limpio STD
(enfermedades de transmisión sexual) y VIH (SIDA), y no había salido fuera del
país.
Comprobé otra vez. “¿No has estado en ningún viaje, no? ¿O has salido del
estado?”
“Nop.” Él extendió sus manos otra vez, mostrando su indefensión.
Asentí y continúe estudiándole con mis ojos. Él se escogió bajo mi escrutinio,
y puede ver que estaba incómodo. Sin subterfugios. Miré de nuevo a la lista. Los
parásitos era lo siguiente.
Intenté dar un paso mental hacia atrás, una herramienta de diagnóstico que
me había enseñado Richard. ‘Mira el cuadro en general’ él decía a menudo. ‘Es
crucial para un médico de familia.’ Se hizo el silencio y dejé que mi mente vagase
sobre la vida de Danny.
“Anna me dijo hace un par de meses que estabas fuera. En un viaje de caza.”
Él asintió. “Oh, sí. Los chicos y yo vamos a Tombigbee todos los otoños. Hay
un rancho al que nos gusta ir. Siempre volvemos a casa con un ciervo o dos.”
“¿Algún castor?” Me incliné hacia adelante y apoyé la barbilla en mi palma.
“Randy Coltraine trajo uno un año, pero yo no he pillado ninguno. Yo no voy
a cazar castores. Solo cazo ciervos, a veces ardillas,” contestó él con
indignación.
“Y cocinas la carne completamente antes de comerla, ¿verdad?”
“Sí, señora, Doc. Mi padre me advirtió sobre eso. Decía que algunos animales
salvajes tenían enfermedades en su sangre. Es por eso que también
desangramos a los ciervos.” Su tono era de orgullo.
“¿Y con el pescado? ¿También lo cocinas?”
“Sí, señora. No me gusta mucho eso del sushi.” Él me sonrió, y yo le devolví
la sonrisa mientras algo me molestaba en el fondo de mi cabeza. Me levanté
lentamente y dejé a un lado el portapapeles.
“Bueno, Danny, vamos a hacerte un rápido examen,” dije poniéndome unos
guantes.
Lentamente le palpé el abdomen para asegurarme de que no había masas.
Revisé su sistema linfático. Todo su sistema estaba definitivamente irritado pero
aún así parecía estar en buena forma. Decidí no someterle a un vergonzoso
examen rectal o muestras de heces.
“Vale, amigo mío.” Le ayudé a sentarse, fijándome en la trémula debilidad de
sus brazos.
Me quité los guantes y tomé asiento otra vez. Hice una anotación en la hoja
de diagnóstico de diarrea y luego quité esa hoja del portapapeles. Metí la hoja
en su expediente antes de echarme hacia atrás y dirigirme a él.
“Tienes que prometerme una cosa.”
Él levantó las cejas. “¿Sí, Doc?”
“Que llevarás siempre, es decir siempre, agua fresca embotellada suficiente
para todo el viaje. Que no beberás nunca agua del río o de un arroyo, y no lavarás
nada de comida tampoco. Y tienes de decírselo a todos tus amigos de caza y
pesca.”
“Sí, sí, lo haré. ¿Pero por qué? ¿Qué pasa con el agua del río?”
Abrí un cajón de mi superficie de trabajo y rebusqué dentro. Saqué un folleto
y lo abrí. Me levanté y se lo enseñé. “¿Ves ese pequeño gusano de ahí? Creo
que es tu nueva mejor amiga, Giardia Lamblia. Vive en el agua y especialmente
cerca de los castores. A veces se queda latente, como en pequeños huevos,
quistes. Cuando entra en un cuerpo caliente como el tuyo, sale del huevo y causa
todo tipo de estragos. O puedes haberla ingerido cuando se has dado un baño
en el agua y se ha reproducido dentro de ti.”
Él levantó los ojos y me miró, con una sorprendida mirada de disgusto en su
cara. “¿Esa.....esa cosa vive dentro de mí?”
Asentí con tristeza. “Un montón de ellas, ahora mismo. Si hubiese sido una
infección leve tu cuerpo ya la habría combatido en este momento. Pero es,
bueno, bastante persistente.”
El abyecto terror cruzó por su cara. “Tiene que sacarlas, Doc. Puede hacerlo,
¿verdad?”
Le palmeé el hombro. “Relájate, Danny. No tienes que enfadarte por ello.
Es.....”
Un suave golpe sonó en la puerta. Ella asomó la cabeza. “Doctora Maddie,
perdón por molestar, pero Connie Wells está esperando fuera sus recetas.
¿Podría firmarlas?”
“Vuelvo enseguida, Danny,” dije mientras suavemente quitaba el folleto
firmemente agarrado en sus manos. Salí al pasillo.
“¿Se encuentra bien Danny?” Ella preguntó, sus ojos buscando en mi cara
mientras firmaba las recetas de la medicación para la presión arterial de Connie.
“Recuérdale que son solo para un mes y dale una cita para que venga a
revisión. Danny está bien. Es una infección por Giardia. La hemos pillado a
tiempo, así que se recuperará completamente. ¿Puedes imprimirme algunas
cosas genéricas de la web para él? Asegúrate de que no sea nada demasiado
feo. Está bastante asustado. Pero su mujer tiene que saber cómo evitar ser
infectada, si es que no lo está ya.”
Le entregué el impreso de receta ausentemente mientras me daba la vuelta,
y mi mano rozó un pecho suave y firme. Un inesperado temblor recorrió mi
cuerpo y electrificó la tierna carne entre mis piernas. Sabía que me había
ruborizado color carmesí. Estaba a punto de murmurar una disculpa, pero ella
me dio las gracias rápidamente y se marchó por el pasillo. Permanecí parada
con la mano en el pomo de la puerta unos segundos recomponiéndome antes
de volver a entrar en la sala de examen.
Di una profunda respiración y sonreí tranquilizadoramente. “Entonces, Danny,
lo que vamos a hacer es darte una receta. Esta medicación hará que las expulses
de tu cuerpo y matará todos los parásitos. Tendrás que tomarla cada doce horas
durante diez días.”
Saqué mi anticuado talonario de recetas y comencé a escribir.
“La peor parte de todo esto es que no podrás tomar nada de alcohol en diez
días, ni siquiera una cerveza.” Le miré de soslayo. “¿Podrás hacerlo?”
Él parecía ansioso. “Claro, claro. Puedo, Doc. Si mata esas cosas. Oh, sí,
seguro que puedo hacerlo.”
“Vale, bien. Le he dicho a Ella que te imprima algo de información para ti y
para Anna.” Me di la vuelta y le miré con intención. “Ella puede pillar esto, sabes,
así que tendrás que tener mucho cuidado durante un tiempo, especialmente
cuando expulses los quistes. La mayoría estarán muertos pero, bueno, tenemos
que tener verdaderamente mucho cuidado. Lávate mucho las manos, y utiliza
lejía para lavar todos los días el baño. Te veré en dos semanas, y veremos cómo
estás, ¿de acuerdo?”
Me levanté y le estreché la mano otra vez. “Ahora vístete y ve a recepción.
Llevaré allí tu historial.”
Cerré la puerta tras sus profusas gracias y me apresuré a mi oficina. Deje su
carpeta sobre mi escritorio y entré al cuarto de baño. Me lavé las manos
lentamente, disfrutando de la sensación del jabón en mis manos. Imaginé que
era el terso pecho de Ella lo que estaba tocando, y mi respiración se profundizó
mientras mi cuerpo se excitaba completamente. Cerré el grifo y enterré la cara
en un puñado de toallitas de papel.
Capítulo Ocho

Ella

“Dios, la voy a echar de menos,” dijo Sandy.


Miré hacia ella con sorpresa, pero tenía que estar de acuerdo.
Ambas ayudamos a meter a Abby en el coche de su madre, y ambas
estábamos sintiendo tristeza por su evidente declive. Era un frágil recuerdo de lo
que había sido antes. Su incapacidad para comer les había traído a ella y a su
madre a ver a la a Doctora Maddie, y su delgadez le daba una calidad translúcida.
La triste marcha de Abby y Caroline nos dijo que era demasiado.
La Doctora Maddie estaba en el mostrador de recepción, haciendo
anotaciones en el expediente. Me miró brevemente, y vi que tenía los ojos rojos.
La compasión me inundó, y puse mi palma en su espalda durante unos segundos
mientras seguía a Sandy a nuestros puestos en el mostrador de recepción. Sentí
como su espalda se tensó y rápidamente quité mi mano, preocupada por si mi
toque había sido demasiado familiar. Había disfrutado de la breve conexión,
deseando que hubiese durado un poco más.
Tome asiento entre Sandy y la Doctora Maddie, y justo cuando me sentaba
hubo una conmoción en el exterior de la puerta.
“Oh, Dios, Doc, tiene que ayudarle,” gritó Blazeon Hughes mientras tiraba de
su hijo, Chris, a través de la puerta. Incluso desde detrás del cristal, pude ver la
sangre oscureciendo la camiseta alrededor de su sección media. La doctora
Maddie entró en acción y corrió hacia la sala de espera.
“Levántale las piernas,” ladró, haciendo que Blazeon retrocediera y
obedeciera. Mientras un trío de horrorizados pacientes miraba, la Doctora
Maddie levantó a Chris por debajo de los brazos y los tres se movieron por el
pasillo hacia la sala de examen más cercana. Sandy y yo les seguimos, y Sandy
entró en acción utilizando unas tijeras quirúrgicas para cortar la camiseta de
Chris. Yo agarré a Blazeon por los hombros y me la llevé a una esquina de la
habitación fuera del camino. Ella estaba respirando pesadamente, sollozando,
su aliento un ruidoso sonido.
“¡Oh, Cristo!” Murmuró la Doctora Maddie cuando vio la herida. “¿Qué
demonios a sucedido, Blazeon?”
“Fue apuñalado,” ella chilló entre sollozos.
“Eso ya lo veo,” dijo la Doctora Maddie, con un nada característico sarcasmo.
“Ella, pide transporte. Tiene que ir.”
Asentí y saqué mi teléfono móvil del bolsillo.
Chris estaba sacudiendo los brazos, en el borde de la consciencia. La Doctora
Maddie esquivó su agarre, buscó en un armario de arriba y sacó un kit quirúrgico.
Sandy limpió el abdomen con una gasa quirúrgica para quitar parte de la sangre
y luego roció la zona con una solución marrón oscuro de yodo. La Doctora
Maddie abrió el kit, se puso los guantes de nitrilo y abrió el kit de sutura más
pequeño.
Blazeon gimió e intenté poner mis brazos a su alrededor. Ella era una mujer
demasiado grande, alta y formidable para intentar abrazarla. “Shh, le
ayudaremos,” dije.
La Doctora Maddie examinó la herida y luego insertó el hilo quirúrgico con la
pinza hemostática en la aguja curvada. “Dame la benzocaina,” le instruyó a
Sandy. Sandy cogió la inyección ya preparada de un armario superior y se la
entregó a la Doctora Maddie. Doc miró la cara de Chris y entonces insertó el
antiséptico en varios puntos alrededor de las tres heridas de desagradable
aspecto. Yo parpadeé, sorprendida nuevamente por las cosas que Maddie podía
hacer en su trabajo. Mientras observábamos, ella examinó de nuevo más
detenidamente las heridas, luego lentamente suturó una. La de más abajo, la
más cercana a la cintura, cosiendo las dos capas de tejido antes de insertar un
pequeño tubo rosado de goma que colgaba libremente como drenaje. Con un
corte final con las tijeras, se levantó y enderezó la columna vertebral. “Bueno,”
dijo. “Supongo que lo logrará, si le ponen una ronda de antibióticos por IV (vía
intravenosa) y un montón de tiempo para sanar. Sandy, ponle cómodo hasta que
llegue la ambulancia.”
Ella giró esos ojos marrones hacia Blazeon mientras se quitaba los guantes.
“¡Tú! Ven conmigo.”
Chris gimió audiblemente.
“No, no. No puedo dejarle,” dijo Blazeon, luchando por volver a la mesa de
examen. Sandy, quien estaba tapando a Chris con una manta, le tranquilizó. Yo
intenté sujetar a Blazeon y sacarla de la sala.
La Doctora Maddie cogió el brazo de Blazeon, y juntas luchamos para llevarla
a la oficina de la doctora. Yo me dejé caer contra la pared junto a la puerta,
jadeando, mientras la Doctora Maddie amablemente empujaba a Blazeon hacia
una silla.
Ella se sentó detrás de su escritorio y suspiró. “Muy bien, Blazeon, cuéntame
lo que ha sucedido.”
Blazeon levantó su floreada camisa de poliéster y la empujó contra sus ojos.
La Doctora Maddie le entregó un pañuelo, y ella lo utilizó para sonarse la nariz.
“Les oí pelearse en el dormitorio. Era sobre esa chica, Lynette. Ambos chicos
iban tras la chica, y les dije que ella no era buena. ¿Pero me escucharon? ¡Ja!”
Un ceño profundamente fruncido se asentó en sus amplios rasgos castaños.
Hubo un breve silencio.
“¿Cree que se pondrá bien, Doctora?” Ahora había cambiado de rumbo, era
todo temor y plegarias.
“Sí, eso creo. ¿Así que alguien le apuñaló cuando se estaban peleando?
¿Quién fue?”
Para mi sorpresa Blazeon comenzó a gemir, meciéndose hacia adelante y
hacia atrás como si estuviese en un velatorio. Miré a la Doctora Maddie, y
nuestros ojos quedaron atrapados. Durante solo un momento, la apenada madre
quedó en el trasfondo mientras me sentía completamente cautivada por la
mirada de Maddie. En ese demasiado breve momento de conexión, nada más
existía excepto nosotras y la energía entre ambas. Vi como sus ojos se
agradaban con el mismo reconocimiento y deseaba tanto acercarme a ella.
Como si oyésemos la misma silenciosa señal, dejamos caer nuestros ojos.
“¿Quién fue, Blazeon?” Dijo ella firmemente.
“Por favor, Doctora, no haga que le arresten, fue el hijo de mi hermana
Fiercey. Es un buen chico. Un buen chico. Sé que no quería hacer daño a Chris,
solo.....” Ella cerró los párpados, y las lágrimas cubrieron sus mejillas. “Él apuñaló
a Chris con la navaja de mi hijo que su padre le había regalado por Navidad.”
La Doctora Maddie pensativamente se golpeó la barbilla con los dedos.
Observó a la mujer con tristeza. “Sabes que estoy obligada a informar de todo
apuñalamiento o disparo, Blazeon. Es la ley en Alabama. Lo siento.”
Blazeon escondió de nuevo la cara, y se enderezó en la silla. “Lo sé,” dijo.
“Señor, lo sé.”
Escuche voces en el pasillo y salí por la puerta, confiando en que Blazeon
permaneciese calmada. La ambulancia de transporte había llegado, así que les
llevé a la sala de examen. Pronto tuvieron a Chris en una camilla, y llamé a la
puerta de la oficina de la doctora.
“¿Blazeon? Están listos. ¿Asumo que quieres seguirles al hospital?”
Blazeon se levantó de un salto. “¡Sí! Oh, mierda. Acabo de acordarme. ¡He
dejado mi coche en marcha enfrente!”
Ella se apresuró a salir de la habitación, y la Doctora Maddie levantó las cejas
en interrogación. Me encogí de hombros.
“¿Estás bien, Maddie?” Pregunté en voz baja. Me acerqué a su escritorio. “Ha
sido un día duro.”
“Sí. Vaya forma de terminar la semana,” dijo ella, sus dedos tocando el borde
del calendario sobre su escritorio. Levantó la vista hacia mí. “¿Tú estás bien?”
Sonreí para tranquilizarla. “Oh, sí. Me alegra que Chris vaya a estar bien.”
Ella me estudió durante un momento, sus ojos color moca ilegibles. “Yo
también. Sin embargo odio tener que dar parte. Estúpidos críos.”
Asentí y respiré profundamente. “Supongo que iré a limpiar la sala de examen
uno. Llámame si me necesitas.”
Maddie dijo mi nombre y, de espaldas a ella, saboreé el sonido. “¿Sí?” Dije
mientras me daba la vuelta.
“¿Te parece bien si te recojo en tu casa el domingo? ¿Sobre las once?
Podemos parar un poco en el camino. ¿Es en Tropical Towers, verdad?”
Parpadeé. Oh Dios mío. “Sí.....sí. Eso sería perfecto. Apartamento ciento
diez.”
Hubo un silencio, pero no sentí necesidad de llenarlo. En su lugar, le sonreí y
me marché de la habitación.
Capítulo Nueve

Maddie

Las instalaciones del Centro de Cuidados para Mayores Baldwin se


encontraban al este de la ciudad, situado de tal manera que los residentes
podían ver el mar cuando estaban descansando en patio techado. Mi madre
estaba sentada en ese patio el sábado por la mañana, pero no estaba segura de
sí estaba disfrutando o no de la vista. Permanecí parada en la puerta unos
minutos estudiándola. Nunca sabía de una semana para otra cuál sería su
estado de ánimo o la memoria que habría perdido, por lo que me estaba
preparando mentalmente. No era una tarea fácil siempre esperar lo inesperado
en lo que a tu madre se refiere.
Otros dos residentes estaban disfrutando del patio, y me miraron con
curiosidad. Asentí y sonreí hacia ellos mientras me acercaba a mi madre.
“Hola, mami, ¿cómo estás?” Dije en mi español algo oxidado. No me agaché
para tocarla o besarla, aunque quería hacerlo. En su lugar, me senté frente a ella
y froté mis palmas contra mis rodillas revestidas por los vaqueros. La observé
con cuidado y vi sus a menudo ojos en blanco iluminarse de alguna manera. Ella
miró sin hablar, y la tristeza me llenó. Su español se había deteriorado a medida
que el Alzheimer avanzaba, y a menudo no podía entenderla. Le hablé
dulcemente en inglés, con la esperanza de que pudiera responder un poco.
“Mami, ¿te encuentras bien? ¿Estás comiendo bien?”
“La comida es mala, malo,” ella escupió con un pesado acento. “¿Por qué no
mueven las cortinas para dejar que el sol entre y la caliente?”
¿Calentar la comida? Dudé.
“¿Estás segura, Mami? ¿O es la luz del sol para ti?”
Esperé un largo momento, pero no hubo respuesta. Comencé a hablar,
contándole como me había ido la semana. Nuestras visitas normalmente
transcurrían de esta manera. La mayoría se sus parloteos no tenían sentido, y
en lugar de intentar interpretarlos, que era frustrante como poco, yo hacía lo
mismo que cuando era niña. En aquellos tiempos, yo me subía a su regazo por
las tardes después de terminar mis deberes y le me contaba los problemas que
había tenido en mi día. Entonces era comprensiva, empática, y siempre sentía
que todo se solucionaba otra vez estanco a su lado. Esos días se habían
acabado, lo sabía, pero aún así..... Ella era mi Mami. Mientras hablaba, me fui
acercando y finalmente cogí su mano en la mía, acariciándola con el pulgar. Ella
lo permitió, lo que me complació gratamente. Fui precavida, sabiendo que una
de las consecuencias de su enfermedad eran los rápidos cambios de humor. Ella
podía retraerse completamente, o a menudo enfadarse y volverse paranoica, y
esos días me dejaban dolorosamente vacía. Hoy era agradable, sujetar su mano
y compartir mi vida con ella.

“Realmente no está nada mejor,” le dije a mi tía Florida justo dos horas
después. “Pero tampoco peor, por lo que supongo debemos estar agradecidas
por ello.”
La casa de tía Florida estaba a cincuenta kilómetros al oeste de Maypearl en
una pequeña esquina del brazo pantanoso de Alabama. Me había quedado con
ella unas cuantas semanas durante los veranos cuando estaba en el colegio. Y
aunque no había estado allí muchas veces, ni por tiempo verdaderamente largo,
la pequeña casa pe pescadores sobre pilotes que ella y tío Thomas habían
compartido durante cuarenta años, era para mí como un hogar. Especialmente
ahora que tío Thomas y mi padre, su hermano, habían fallecido y mi madre se
había marchado de nuestra casa en Nueva York.
Tía Florida, que había engordado a lo largo de los años desde que tío Thomas
murió, se sentó en una silla de cocina que crujió y puso un vaso te té helado
frente a ella sobre la mesa esmaltada. “Y sabes que no se va a poner mejor,
Corinthia.”
Sonreí mirando por la ventana de la cocina. No importaba cuantas veces le
había dicho que me llamase por mi apodo, ella seguía utilizando mi nombre de
pila, decía que era demasiado bonito para no utilizarlo. Recordé de repente como
mi madre decía lo mismo, con su particular inflexión, y mi estómago se retorció
por la pérdida.
“Lo sé, Tía,” dije con un suspiro mientras me sentaba a la mesa. Levanté mi
té y di un sorbo. A ella le gustaba dulce, y era un agradable cambio respecto del
té no edulcorado que yo normalmente bebía.
“¿Te he dicho que Esme de la iglesia fue a visitarla? Le contó a tu mamá un
chiste e incluso consiguió que sonriera.”
“¿De verdad?” Estaba impresionada. “Debió de ser un buen chiste.”
“Sí, algo sobre un pavo cruzando una carretera para demostrar que no era
una gallina.”
Sonreí. “Oh, Señor.”
Nos quedamos en silencio, pérdidas en nuestros propios pensamientos. El
pantano nos envolvía en un cálido capullo de sonidos y movimientos. Las ranas
del verano practicaban en cuartetos en el exterior de la ventana. Siempre entendí
por qué Florida se había quedado en esta casa, incluso aunque ahora estuviese
sola y pudiese ir a donde quisiera. Yo tenía primos casados en Mississippi. Ella
podía haber ido allí para estar cerca de sus nietos. Creo que los misteriosos
brazos de mar del pantano le tenían cautivada, como a tantos otros.
“Sabes,” dije finalmente. “Esa es la peor parte. Pensar que ella podría estar
allí. Atrapada de alguna manera. Incapaz de responder. Es desgarrador para mí.”
Florida me miró perpleja. “Y yo que pensaba que eras doctorada en
medicina,” se burló.
“Oye, no te metas conmigo. Ninguno de nosotros sabe que proteína produce
ese deterioro del cerebro. Todo tipo de cosas podrían estar pasando allí, en su
masa cerebral.”
“¡Hmph!” Florida levantó una ceja y levantó su vaso. “Entonces cuéntame,
¿cómo es la nueva chica que trabaja para ti?”
Me atraganté con mi propia saliva y tosí hasta que brotaron las lágrimas.
“¿Ella? Ella es.....es buena.”
Florida se rió, una profunda rodante risa que crecía en su interior y hacía eco
por toda la habitación. “Aw, cielos, lo tienes tan mal. ¿Qué demonios vas a hacer
contigo misma?”
Intenté parecer indignada. “¿Qué quieres decir?” Ella solo me miró, sus ojos
azules brillando con diversión. Inclinó la cabeza a un lado, y los dedos de mi
mano derecha pellizcaron las cutículas de la izquierda. “Sí,” concedí. “Pero no
puede salir nada de ello. Te lo he dicho, trabaja para mí.”
“Bueno, eso es fácil,” ella aconsejó, inclinándose hacia mí. “Despídela y
entonces sal con ella.”
“Lo haces parecer tan fácil,” dije con nostalgia.
“Puedo serlo.” Ella se echó hacia atrás de nuevo.
“Tengo que dar una conferencia en Dothan el lunes,” dije.
Tía Florida, acostumbrada a mis disparatados cambios de conversación,
asintió dando ánimos.
Solté toda la información. “Sandy normalmente viene conmigo, pero no
puede. Así que Ella va a venir.” Levanté mis ojos hacia los suyos. Estaba segura
de que podía ver lo dividida que estaba.
“Bueno, bueno,” murmuró ella. “¿Vas a estar bien?”
“Sí.” Suspiré y practiqué como endurecerme. “Soy una profesional, y tengo
planeado actuar como una.”
“Sip.” Ella suspiró pesadamente. “Esa carretera al infierno está pavimentada
de buenas intenciones.”
Capítulo Diez

Ella

Afortunadamente había estado en un montón de conferencias durante varios


cursos de entrenamiento, y eso significaba que sabía cómo vestirme.....un
montón de capas para poder ir quitándomelas según fuesen variando las
temperaturas. A veces los hoteles eran brutalmente fríos, y a veces otros eran
como saunas. Sabía exactamente qué esperar fuera del hotel. Eso era fácil:
humedad y más humedad. Y también sabía que la chaqueta blazer podía ir sobre
cualquier traje de negocio.....bueno, negocio informal, al menos.....y podría
quitármela fuera o si hacía calor en la sala de conferencia.
Estaba de pie frente a mi armario y examinando su contenido. Era aburrido,
pero tenía unas cuantas prendas buenas, aceptables según los estándares. La
mayoría de ellas no me las había puesto mucho, puesto que eran en su mayoría
conjuntos comprados para ocasiones especiales. Había pasado los últimos tres
años vistiendo una variedad de pijamas médicos o vaqueros y blusas informales.
No me había arreglado mucho.
Suspirando, cogí mi smartphone y llamé a mi hermana. Ella era entendida en
moda y sin duda podría ayudarme.
“Soy yo,” dije cuando ella contestó.
“¿Cómo te trata la vida, El?” Su tono siempre era agradable y tolerante. Ella
había sido mi ancla y apoyo cuando mis padres me habían repudiado por mis
elecciones de vida.
“Bien, aunque la doc se sigue resistiendo a mis avances,” dije en tono de
broma.
“¡Avances! Puaf. Te lo he dicho, le tienes que decir cómo te sientes. No todo
el mundo es tan inteligente como tú, ya sabes. Tal vez ella simplemente es
obtusa y no está pillando ninguno de tus tímidos movimientos.”
Me reí. Inteligente.....oh, sí. “Adivina a donde voy mañana.”
Ella masticó audiblemente un momento. Apio y mantequilla de
cacahuetes.....era su debilidad. “Ummm, ¿a remar por el pantano otra vez?”
“Oh cielos, no. Los mosquitos casi me llevan ese día. El DEET (marca de
repelente de insectos) evitó que me picasen, pero oh hombre, me querían.”
Jess se rió con ganas. “Supongo que aprendiste la lección.”
“Eso creo. Entre los bichos y los aligatores, simplemente se suponía que no
debíamos estar allí en el remanso. Es un mundo diferente.”
“Sabes, Brian estuvo allí en Alabama por trabajo una vez. Estaba tan contento
cuando regresó a casa en Virginia.”
“Como si Virginia tuviera mucho que ofrecer,” me mofé. Había estado en
Virginia. Era verde, boscosa y bonita, pero el suroeste de Virginia simplemente
no encajaba conmigo.
“Sí, bueno, tengo a mi maridito y a mis dos hijos. Suficiente para mí.”
“¿Cómo están los niños?” Shane ahora tenía catorce años, un joven fornido
atleta, y su hermana menor, Westie, era del tipo tímido y ratón de biblioteca.
“Están bien. Las notas de Shane finalmente son buenas otra vez. Ahora, dime
a dónde vas mañana.”
“Voy a Dothan, Alabama, con la Doctora Maddie. Solo nosotras dos.”
Un prolongado silencio se extendió entre nosotras. “¿Jess?” Pregunté.
“Las dos. ¿Juntas?” Su tono era de incredulidad.
“Si, quien lo hubiera pensado.” Había mucho más que decir, así que dije muy
poco.
“¿Ella, crees.....crees que.....? Es decir.....”
Negué con la cabeza, incluso aunque sabía que ella no podía verme. “No. No
cambia el hecho de que trabajó para ella. La conozco, Jess. Ella nunca rompe
su ética. Ni incluso por amor. Solo es una corazonada.”
“Tienes que dejar ese trabajo, Ella. Tienes tu diploma MA (master) y puedes
encontrar trabajo en cualquier parte.”
Me clavé los dedos en el cuero cabelludo. “¡Lo sé. Lo sé! Es solo.....no quiero
estar lejos de ella ahora,” admití.
La escuché suspirar. “Lo siento por ti, El. Desearía que hubiesen respuestas
más fáciles para ti.”
Cambié de tema. “Escucha, la razón por la que he llamado es que estoy
haciendo la maleta y necesito tu consejo.”
“Ahh, quieres estar toda arreglada para la doctora,” ella bromeó. “Buena idea.
Hacerla sufrir por sus nobles principios.”
Me reí. “Sólo quiero estar presentable, Jess. Sentirme orgullosa de mí
misma.”
“Bueno, empieza por lo básico. Es verano, así que necesitas unos pantalones
crema de lino.....”
“¡Whoa! Calma. Vamos a hacer esto poco a poco.” Regresé a mi armario.
Pasamos los siguientes cuarenta minutos discutiendo sobre los atuendos
específicos, desde el mejor color para mí, a las sincronizaciones y como alternar
las combinaciones. Mi hermana era increíble. Ella tenía una afinidad natural,
junto con un gran interés, por las últimas tendencias en moda. Incluso ayudaba
a nuestra madre y a nuestra hermana pequeña, Barbie, a elegir sus guardarropas
cada año.
Miré hacia la cama, y a la ropa cuidadosamente ordenada. Era una selección
calmada, más clásica que moderna, pero era todo lo que tenía.
“Hermana, eres buena conmigo,” dije. “Esto tiene un gran aspecto.”
“Genial. Mira, Westie me ha mirado con malos ojos, así que tengo que irme.
Me puedes llamar más tarde si tienes más preguntas.”
“Oh, no. Esto está muy bien. Solo son unos días, pero voy a parecer como si
tuviera un millón de dólares.”
“Bueno, asegúrate de que la Doctora Maddie se fije en ti y en el buen aspecto
que tienes.”
Colgué y levanté una camisa de coctel con adornos plateados para mirarme
en el espejo. El azul oscuro resaltaba mi pelo rubio y profundizaba el verde de
mis ojos. Sonreí. Mi Doctora Maddie. Tal vez un día realmente fuese mía.
Capítulo Once

Maddie

El complejo de apartamentos donde Ella vivía era atractivo. El complejo de


apartamentos en el que yo vivía en la calle Cottonwood parecía severo en
comparación, y entonces pensé que más adecuado. Tropical Towers era
exhuberante, con platas autóctonas del templado sur. Fragantes buganvillas de
brillantes tonos de rosa, borgoña y teñidas de color pastel, sus blancos pistilos
sobresaliendo imprudentemente, causando alboroto en todas partes. Un trío de
grandes magnolios ofrecía algunos descoloridos capullos para saludar al verano,
pero su aroma era rico y embriagador. Inhalé y contuve la respiración,
mareándome, intoxicada por la hermosa fragancia. Estudiando la bien situada
yuca, hierba de pampas, y las perennes, me hizo preguntarme por el equipo de
jardineros que el negocio tenía que emplear.
Me alegraba que Ella viviera allí. Le pegaba. Ella se merecía esta diaria
belleza.
Me acerqué al apartamento a nivel del suelo y abrí la contrapuerta. Me
encontré mirando a un pequeño conejo de peluche, atado por la barriga con un
lazo verde brillante a la aldaba. Sonreí. La expresión en la cara del conejo era
cómica. Parecía estar mirando de refilón con sus astutos ojos verdes y tenía la
boca abierta de risa. Tenía un sorprendente mechón de pelo blanco entre las
orejas levantadas. Toqué el triángulo rosado de su nariz justo cuando la puerta
se abrió.
“¡Estás aquí!” Ella dijo en voz baja.
Sonreí. “Bonito conejo. Sí, estoy aquí.”
“Yo.....yo no estaba segura. Julio a veces me dice que hay gente cuando no
la hay. Creo que se lo imagina,” dijo ella. Luego añadió después de pensar. “El
conejo es un regalo de mi sobrina, Westie. Es el nombre de ella, el nombre del
conejo, es O’Malley.”
“¿O’Malley?” Levanté una ceja.
“Sí. Ella es irlandesa. O eso dice Westie.”
Sus mejillas se habían sonrosado, y pensé que era adorable.
“¿Dónde están mis modales? Pasa, por favor,” dijo, haciéndome un gesto
para que entrase y apartándose a un lado.
La habitación frontal era un cómodo cuarto reciclado y encantadoramente
decorado con muebles de segunda mano. Las pesadas cortinas estaban
echadas cubriendo la mayor parte de la gran ventana frontal, pero la cálida
iluminación empotrada hacía que la habitación fuese luminosa.
“Solo tardo un minuto,” dijo Ella. “Lo prometo. Sé que tenemos prisa.”
“No tanta,” dije cuando se marchaba. Un pesado cuerpo caliente golpeó
contra mi pantorrilla. Miré hacia abajo y vi a una enorme masa en movimiento de
pelo negro y gris. Un momento después, estaba mirado a unos enormes ojos
dorados, llenos de despreocupada curiosidad.
“Bueno, hola. Tú debes de ser Julio,” dije. Él metió la cabeza entre mis piernas
y yo me senté en el sofá más cercano. Palmeé el cojín y él obedientemente se
subió. Desde niña me habían gustado los gatos, todos los animales, y siempre
había tenido al menos una mascota. Dejé a mi gata, Sprite, con mi madre y mi
padre cuando me fui a la universidad, y murió de cáncer cuando yo estaba en mi
tercer año en la facultad de medicina. Esa había sido mi última mascota porque
verdaderamente creía que trabajando todas las horas que trabajaba no era justo
para el niño con pelo.
Le prodigué amor a Julio. Él disfrutó como si fuese un gato adorado en un
templo, su alto ronroneo llamado la habitación.
“Parecéis muy cómodos los dos,” dijo Ella al entrar en la habitación. Se rió,
con los brazos en jarras.
Yo también tuve que reírme. “Con toda seguridad va a ser duro dejar a este
hermoso bebé.”
“Dímelo a mí.” Ella se acercó y se sentó en el borde del sofá junto a julio. Le
rascó debajo de la barbilla, y él metió la cabeza sobre el pecho de ella. Envidié
la acción. “Te voy a echar de menos, nene,” ella le dijo mientras le cogía. Él
permitió que le abrazase, y podía ver que sabía que su mamá iba a dejarle. Ella
se levantó y lo llevó a la pequeña cocina situada a la derecha. “Tu comida está
aquí, y le he dejado a Sandy una nota con toda la información que necesita saber.
Ella cuidará bien de ti.”
Julio maulló con fuerza y escapó de sus brazos para volver conmigo. Me
levanté y me encogí de hombros. “No me culpes, Julio. El trabajo es el trabajo,”
le dije.
Él maulló en respuesta y altivamente se marchó, por el pasillo que asumí daba
al dormitorio.
“¿Lista para irnos?” Ella preguntó, estudiándome.
Le sonreí. “Claro. Cuando tú lo estés.”
Cogí su bolsa y la llevé fuera mientras ella comprobaba el apartamento una
vez más y luego cerraba la puerta. Miró hacia atrás una vez y se subió al SUV.
“Él estará bien,” dije tranquilizándola. “¿Le habías dejado alguna vez antes?”
Ella me miró sorprendida mientras se ponía el cinturón de seguridad. “En
realidad, no. Me lo llevé a Virginia cuando me quedé con mi hermana y su familia.
Hemos estado juntos siempre.”
Asentí. “Él tiene una gran personalidad. Sé que te hace un montón de
compañía.” Arranqué el coche y salí a la Carretera Crimson. Me dirigí al oeste
hacia Central para poder coger la Autopista 10 hacia el Este a Mobile.
“Si realmente lo hace,” ella respondió, mirando por la ventanilla mientras
jugaba con el bolso en su regazo. “Pero a veces me pregunto quién es el gato y
quien el humano.”
Me reí entre dientes. “Creo que todos los dueños de gatos se sienten así, en
un momento u otro.”
“¿Tienes un gato? ¿Alguna mascota?” Ella preguntó, moviéndose en su
asiento para poder mirarme.
“Tuve en el pasado, muchas, pero no ahora mismo. Supongo que estoy
demasiado.....poco asentada para tener una mascota ahora mismo.”
Ella frunció el ceño, y yo la mire cuando giraba hacia Central. “¿Qué?”
“Pensaba que Sandy me había dicho que llevabas siendo la doctora aquí en
Maypearl durante diez años o así,” dijo con una evidente pregunta en su tono.
“Bueno,” dije. Deteniéndome un momento. “Supongo que si. Supongo que
tener una mascota nunca me pareció importante. A veces trabajo muchas horas,
y siempre estoy de guardia, como sabes.”
Ella me sonrió, una contagiosa sonrisa que tuve que devolver completamente.
“Excusas, excusas,” dijo. “Simplemente no quieres limpiar la caja de las
necesidades.”
Me reí. “Sí, probablemente sea eso,” convine.
Capítulo Doce

Ella

Estuvimos en silencio durante un tiempo, y a mí realmente no me importó.


Estar con Maddie era fácil. Sabía que podría acostumbrarme a ello con mucha
facilidad. Tal vez con demasiada facilidad. ¿Dejaría que su indiferencia rompiera
mi corazón? Me mordí el labio. Un amor no correspondido nunca era una buena
idea.
“¿Almuerzo?” Maddie dijo.
“¿Hmm?” Estaba en blanco.
Ella se rió y me miró. “¿Almuerzo? ¿Comida? ¿Qué tal un italiano?”
“Oh.” Sonreí en disculpa. “Sí. Sí, eso estaría bien.”
Me fijé en que sus nudillos estaban blancos por el tenso agarre en el volante.
¿Estaba nerviosa? ¿Incómoda? ¿Le disgustaba estar conmigo?
Ella salió de la autopista cerca de Mobile. Después de coger unas cuantas
carreteras de acceso, terminamos frente a una popular cadena de restaurantes
y abrí la puerta del pasajero. Ella permaneció sentada sin moverse durante un
momento, como si pensara profundamente, y luego dio una profunda respiración
y abrió su puerta. Ella mantuvo abierta la pesada puerta de cristal para mí, y la
precedí al entrar. El olor a ajo y queso llegó a mí haciéndome la boca agua, y mi
estómago gruñó en anticipación.
“Hombre, eso huele bien,” murmuró Maddie, su mano derecha presionada en
su abdomen.
Me reí. “Me has leído la mente.”
Después que la recepcionista nos acomodase, cogí el menú y lo recorrí con
la mirada, incluso aunque sabía lo que quería. Era una adicta a los espaguetis y
los comía siempre que la oportunidad se presentaba. Miré a Maddie mientras
estudiaba el menú, y entonces dejé caer la mirada. Ella era una elegante
hermosa mujer. ¿Cómo incluso podría atreverme a esperar que estuviera
interesada en mí?
“Es agradable finalmente tener un poco de tiempo para llegar a conocernos
un poco mejor,” dijo ella, dejando el menú a un lado, y apoyando los antebrazos
en la mesa.
Me aclaré la garganta. “Sí, lo es. Estamos tan ocupadas normalmente.” Dudé.
“Tengo que confesar, que tenía una idea preconcebida de cómo sería la
medicina de un pequeño pueblo. Me imaginé que se trataría de permanecer
sentada esperado a que algo sucediera.”
Maddie se rió. Yo estaba feliz de ver que no estaba ofendida por el
estereotipo. “Sí, creo que yo también pensé así una vez,” dijo ella, pasándose
una mano por la frente. Utilizó ambas manos para alisar su cabello negro, y me
di cuenta de repente que estaba algo rizado. Lo llevaba así normalmente, así
que no me había fijado antes.
Ella me miró perpleja. Debía de haber quedado mirando fijamente. Bajé mis
ojos y estaba a punto de hablar otra vez, pero la camarera llegó.
“Buenas tardes, Señoras,” dijo ella alegremente. “¿Qué puedo traerles para
beber?”
Era joven y confiada, como evidenciaba la brillante mecha teñida de naranja
en su cabello oscuro. Tenía una banda de pecas a través de la nariz y las
mejillas, y una sonrisa atrayente, los dientes recubiertos por un aparato naranja.
Ella esperó, sonriendo, la libreta y el bolígrafo sujetos en sus dedos.
“Té,” dije. “Té helado, sin azúcar.”
“¿Limón?” Ella preguntó.
“Claro, eso está bien.”
“¿Y usted, señora?” Ella centró su atención en Maddie, quien estaba
mirándome. Se agitó y pidió también té sin azúcar.
“Vale, miren el menú, y volveré enseguida.” Se marchó, con paso saltón.
Miré a Maddie, y ella me miró a mí. “¿Todo bien?” Pregunté con nerviosismo.
Ella agitó una mano y dejó salir una blanda pedorreta a través de sus labios
llenos. Sus ojos eran divertidos. “Es fácil olvidar cómo es la vida real, eso es
todo,” dijo, encogiéndose de hombros. “¿Sabes, he estado en la universidad
durante más de diez años? Cielos, casi quince años, si cuentas las prácticas.”
“Trabajaste con el médico anterior, dijo Sandy.”
Ella asintió. “Lo hice. Su nombre era Richard. Doctor Richard Pembroke.”
“¿Cómo era?” Apoyé la barbilla en una palma, mi codo apoyado sobre la
mesa. Y disfrute de mirarla hablar. Me gustaba la forma en que su delgada
mandíbula cuadrada se movía. Anhelaba tocar su cara.
“Oh, un tipo agradable. Un gran fiestero. Creo que en realidad fue por eso
que nunca se casó. Se divertía demasiado jugando con las viudas locales.” Ella
sonrió tímidamente.
Me reí. “Así que un hombre de señoras, ¿eh? ¿Y tú? Es decir.....” Me ruboricé
y esperaba que no se diera cuenta. “No un hombre de señoras, lo sé, pero no
estás casada, ¿entiendo?”
La miré y vi que sus ojos prácticamente estaban bailando de alegría. “Me
gusta la forma en que te sonrojas,” dijo ella, su lengua rodando al pronunciar las
palabras.
Jadeé. No tenía ni idea de lo que había dicho, pero puede sentir las palabras
presionando contra mi entrepierna y hacia arriba a mi sección media. La forma
en que sus labios y su boca se habían movido.....
“Oh, lo siento,” dijo ella, evidentemente sintiendo alguna reacción en mí. “Solo
he dicho me que gusta cómo te sonrojas. Normalmente no hablo español con
nadie. Eso ha sido grosero.”
Me apresuré a reconfortarla. “No, está bien. Hablas español de forma
hermosa.”
Ella sonrió. “Será porque es mi lengua materna.”
“Oh, cierto.” Tonta, me dije a mí misma. “No tienes mucho acento y lo había
olvidado.”
Ella desdobló la servilleta y la colocó en su regazo. “Me he olvidado de la
mayor parte. He pasado casi el mismo tiempo en los Estados Unidos que en el
Caribe cuando estaba creciendo. En Texas también. Y no, no lo estoy.”
“¿No?” Estaba perdida.
“Casada.”
La camarera trajo nuestras bebidas y cogió nuestros pedidos. Extrañamente
no me sorprendió cuando ambas pedimos ensaladas con aceite y vinagre aparte,
y espaguetis con salsa marinara.
“Tú tampoco estás casada,” dijo ella, enderezando su cuchillo y su tenedor.
“Nop. Y probablemente nunca lo esté.”
“¿Por qué dices eso?”
La estudié, preguntándome cuanto podía confiar en ella. Ella era, después de
todo, mi jefa, y nunca habíamos hablado antes de nada como esto. “Digamos
que no soy fan de los roles matrimoniales tradicionales.”
Ella me miró en silencio durante un largo momento. La vi abrir la boca para
hablar, pero la camarera trajo nuestras ensaladas. Ella se quedó en silencio y
pensativa mientras aderezaba su ensalada. Yo hice lo mismo, también en
silencio.
“Hay matrimonio no tradicionales,” dijo ella finalmente.
“Ah, entonces..... ¿Apoyas el matrimonio gay?”
Ella levantó las cejas. “¡Por supuesto! Todos los matrimonios LGTBQ.”
Solo oír eso hizo que la alegría recorriera mi cuerpo. “Oh, me alegra,” dije.
“Yo hago lo mismo.”
“¿Entonces podrías casarte?”
¿Estaba ella sacándome del armario? No podía mentirle, así que intenté ser
neutral. “Sí. Sí, podría casarme,” dije, y luego agaché mi cabeza diligentemente
sobre mi ensalada. Pude sentir que ella también lo hacía, y reinó el silencio
durante unos momentos.
“Volviendo a lo que has dicho antes, es increíble el número de pacientes que
vemos.” Ella se inclinó para dar un sorbo a su té. “Y no sólo de población mayor,
porque somos una clínica de medicina familiar y atendemos todas las edades.”
Asentí en encuerdo. “Supongo que ser la única médico de todo un pueblo con
más de mil habitantes te hace estar muy demandada.”
“Pero la gente no permanece enferma, ¿sabes? Tiendes a pensar que la
mayoría está bien la mayor parte del tiempo,” dijo ella, apartando un dado de
pepino con su tenedor.
Dejé el tenedor junto a mi plato y me limpié la boca con la servilleta. “Supongo
que eso debe de ser frustrante para ti.”
“¿Cómo es eso?” Ella me miró con expectación.
“La mayoría de lo que vemos son crónicas faltas de cuidados.” Agité una
mano antes de que ella pudiera objetar con corrección política. “No lo digo
emitiendo un juicio. Es simplemente América. Es lo que hacemos. Comemos
mal, demasiado mal. Comida rápida, pizzas, refrescos. Se convierten en nuestra
dieta habitual, y eso conduce a tensión alta, obesidad, diabetes uno y dos, y
enfermedades del corazón. Esas condiciones tienen que ser tratadas, y eso
recae en ti.”
Ella asintió pensativamente mientras masticaba. “Eso es cierto. Y no puedo
decirles de esto si comes, de esto no comas. No me escuchan, e incluso si lo
hacen, ¿qué elección tienen?”
“Y entonces luego hay plásticos por todas partes, en el suelo, en el agua, en
la comida. Todo producto que compramos puede producir cáncer, o problemas
de inmunidad o concepción.” Sabía que Blazeon Hughes había estado
intentando quedarse embarazada durante un buen puñado de años, pero el tema
de la confidencialidad me previno de mencionar su nombre ahora, aunque ella
fuese su doctora.
“A veces, sabes, pienso en el futuro y cómo será. No tiene una buena
perspectiva en mi mente. Quiero arreglarlo, pero es.....está más allá de lo que yo
pueda hacer. Es por eso que viajo y doy esas charlas. Hay tantos temas por ahí,
y que tal vez deberían ser tratados. Es lo poco que puedo hacer.”
La estudié mientras hablaba. Su acento se hacía más pronunciado según iba
hablando, y yo estaba encantado con él y con ella.
“Aquí tienen, señoras. Agradables espaguetis calientes. Hay parmesano
recién rallado en el dispensador junto a la sal y la pimienta,” dijo nuestra
camarera mientras colocaba un gran plato llano frente a cada una y luego una
fragante cesta de pan en la mesa entre nosotras. “¡Disfruten! Háganme saber si
necesitan algo más.”
“Pan recién hecho y caliente,” dije en un bajo susurro cuando la camarera nos
dejó. Maddie atrapó mi mirada, y ambas nos reímos cuando fuimos a coger el
pan a la misma vez. Terminamos compartiendo una pequeña hogaza de pan
blanco con romero.
Yo puse mantequilla en el mío mientras Maddie daba un jugoso bocado a su
mitad con mantequilla y gimió de placer. Sentí el gemido visceralmente, y estaba
segura de que mi cara se había sonrojado un poco mientras mordía el mío. “Oh
hombre, esto es bueno,” dije.
Maddie asintió. “Ah, América,” dijo ella.
Capítulo Trece

Maddie

Pasar este tiempo de viaje con Ella finalmente me había relajado en cuanto a
estar con ella. ¿Cómo podía no hacerlo? Ella era divertida, y me encontré tirando
todas mis reticencias por la ventana. Sentía como si pudiera confiar en ella, lo
que en mí era raro dada mi naturaleza reservada. Sentía que no emitía juicios,
solo una aceptación de mí como mujer.
Como médicos, habíamos descubierto desde el principio a contener nuestras
emociones y mantener nuestro verdadero yo a raya. Los pacientes podían ser
increíbles manipuladores, y yo ya me había encontrado con mi justa parte
mientras era interina en Texas. Teníamos que permanecer distantes y tal vez
incluso un poco intimidantes. Los adictos a las drogas y las emociones eran de
los que teníamos que cuidarnos en la práctica de la medicina, y aprendías a
distinguir a esas personas inmediatamente. Y a no alentarles a continuar con
esas prácticas. Éramos defensores de la salud, no proveedores. Ella parecía
entender eso y no tenía por mí este temor reverencial como médico. Ella veía a
la persona de debajo, y estaba agradecida por ello.
Mi única preocupación era que inadvertidamente podría conducir a fomentar
una relación que realmente nunca podría ser. Esa era mi única reserva respecto
a pasar tiempo con ella. Fruncí el ceño mientras conducía. Eso y el hecho de
estar tan cerca de ella hacía que la sangre latiera bajo mi piel.
Después del almuerzo, condujimos las siguientes tres horas sin dejar de
charlar. Aprendí que ella tenía dos hermanas, un sobrino y una sobrina, e incluso
sus colores favoritos. Sus padres, sin embargo, eran un asunto diferente.
“¿Pero nunca les ves?” Pregunté, pensando en que daría cualquier cosa por
volver a tener a mis padres cerca de nuevo. La miré para ver sus labios apretados
en una delgada línea.
“No. Ellos dejaron muy claro que no querían ser parte de mi vida. Viven en
Nuevo Méjico, así que estoy tan lejos de ellos como puedo. A ambos nos gusta
de esa manera.”
“¿Entonces te fuiste de allí, cuando? ¿Después del instituto?” Puse el
intermitente y cambié de carril para poder reducir mi velocidad.
“No, después de la universidad. Estudié las asignaturas básicas en CNM
(Universidad Central Comunitaria de Nuevo Méjico), luego los estudios de
asistente en medicina en la UNM (Universidad de Nuevo Méjico). Me mudé justo
después y me fui a vivir a casa de mi hermana en Virginia.” Ella se quedó
pensativamente en silencio. “Me gustaba estar allí, y la familia de mi hermana
era genial, muy acogedora. Pero.....bueno, no había nada para mí allí.”
“¿Cómo llegaste a Alabama?” Tenía curiosidad por conocer su vida y los
problemas con sus padres.
“Fue por el anuncio que pusiste en el periódico de la APPA (Asociación
americana de practicante de la medicina). Lo vi en Virginia y pensé que
Maypearl, Alabama, podría ser una pueblo agradable.”
“¡Oh, eso es cierto!” Mentalmente le di las gracias a Sandy por ponerlo y luego
refunfuñar y llamar a Ella. “Estuviste huyendo, ¿no? Intentando salir adelante por
tu cuenta.”
Ella se encogió de hombros. “Supongo.”
“¿Qué pasó con tus padres?” Finalmente pregunté.
Ella no dijo nada durante un largo momento, y pensé que tal vez no debería
de haber preguntado.
“Digamos que teníamos fundamentales diferencias en cuanto a valores y
estilo de vida,” dijo ella sombríamente.
“¡Ahh, conservadores!” Ofrecí. “¡No les gustaba el hecho de que
fueras.....vegetariana! Sí, eso es. ¡Los carnívoros! ¿Cómo se atreven?”
Afortunadamente ella entendió mi humor y se rió conmigo, efectivamente
disipando la oscuridad anterior.
“¿Por qué estás tú en Alabama?” Ella preguntó.
Le conté mi encuentro con Richard mientras seguía en la facultad y cómo él
me invitó a entrar en su clínica.
“Wow, hablando de estar en el sitio adecuado en el momento justo,” ella
exclamó.
“Supongo.” Me encogí de hombros. “Mi padre murió en el noventa y nueve y
mi madre comenzó a desarrollar demencia casi por la misma época. Ha estado
con medicación preventiva desde entonces, y aunque hemos conseguido
ralentizar la progresión, tuvo que mudarse a un centro de cuidados completos.
Cuando acepté la oferta de Richard, la trasladé aquí unos meses más tarde.
Ahora está en el Centro de Cuidados a Ancianos Baldwin.”
“Es un sitio bonito.”
“Sí, y ella parece feliz allí. Voy a verla todos los sábados, a menos que tenga
una llamada de emergencia.” No entré en detalles sobre sus ojos vacíos ni cómo
echaba de menos a la persona que había sido.
“Es bueno que la trajeras aquí. Le podría haber pasado cualquier cosa en
Nueva York sin nadie cuidando de ella,” dijo Ella, inclinándose para girar el aire
acondicionado en su dirección.
Ya asentí. “Tengo una tía aquí en Alabama. La mujer del hermano de mi
padre. El tío Thomas murió, también, por lo tanto somos las únicas que
quedamos, aunque ella tiene tres hijos y un montón de nietos dispersos por
Mississippi. Ella también va a ver a mi madre.”
Ella me estudió. “¿Estáis unidas?”
Suspiré. “Tan unidas como puedo estar de alguien, supongo. Oh, espera, eso
ha sonado lamentable. Me refiero a mi trabajo. Es muy exigente.” Corregí
desesperadamente mientras Ella se reía.
“Supongo que eso es cierto,” Ella dijo con nostalgia. Me encontré
preguntándome que estaba pensando. “Debe ser duro tener una vida cuando
eres la única médico de toda la ciudad.”
Asentí pensativamente. “Cierto. Aunque para ser honesta.....”
Ella se giró hacia mí. “Para ser honesta, ¿qué?”
Sabía que mi cara estaba sonrojada. “Um, bueno. Creo que tú no eres la única
que está huyendo de algo.”
Ella se quedó en silencio. Después de un largo momento, miré en su dirección
y vi que estaba sonriendo para sí misma. Yo estaba seriamente confundida.
Vi la salida al hotel y pronto entramos en un amplio camino bordeado por
grandes montículos verdes y follaje tropical a ambos lados. La gran cadena de
hoteles había sido reservada por el Centro de Formación de Asistentes Médicos
de la Universidad Furth para la conferencia anual de la Asociación del Sureste
de Médicos de Familia.
Un cuadro de mis contemporáneos nos saludó estridentemente tan pronto
como entramos en el vestíbulo. La SSFP, compuesta por más de doscientos
sesenta médicos de familia trabajando en la parte más baja del sureste de los
Estados, era responsable de establecer la política y el apoyo a los profesionales
en mi campo. Yo había sido miembro desde que Richard me había presentado
hacía nueve años. Proporcionaban un boletín informativo bueno, lleno de
fascinantes estudios sobre casos e innovadores avances en la disciplina de la
medicina familiar.
Supongo que la razón de que me gustase la medicina familiar era la cantidad
de variedad que encontrabas. La mayoría de las especialidades veían los
mismos asuntos día tras día. Los médicos de familia teníamos que lidiar con la
gama completa de la medicina, desde los niños a los pacientes geriátricos. No
es que él trabajos que hacíamos no fuese repetitivo y predecible. Lo era. Una
infección respiratoria superior era una infección respiratoria superior. Excepto
cuando era una neumonía, una bronquitis, o incluso un aspecto de la
hipertensión pulmonar. Teníamos que descubrir toda esa información. Yo había
trabajado con algunos médicos de familia terriblemente hastiados, cierto, pero
cuando conocías a quien todavía estaba emocionado por un reto, era especial y
gratificante.
“Un montón de personas siguen mirándote,” Ella dijo dándome con el codo.
Acabábamos de inscribirnos y entregado nuestras bolsas a los botones.
Le sonreí. “Nop, te miran a ti. Están acostumbrados a ver a Sandy, así que
sé que todos están preguntándose quién eres.”
“Oh, genial,” ella murmuró.
“No te preocupes. Te presentaré a todos. Puedes esquivar todas las
preguntas entrometidas si quieres. No me importa.”
“¿Así que si soy una completa grosera no te perjudicará?” Ella respondió
bromeando.
Yo estaba encantada con sus chispeantes ojos sonrientes. ¿Cómo podía una
persona ser tan.....linda?
Solo podía sacudir la cabeza, abrumada por mi atracción por ella.
“¡Maddie! ¿Cómo estás?” Oscar me saludó cuando se acercaba. “¿Cómo ha
ido el viaje?”
Estreché su mano extendida. “Fue bien, rápido. Ella, permite que te presenté
al Dr. Oscar Quillen. Tiene una clínica a las afuera de Jackson, Mississippi.
Oscar, Ella Lewis, mi nueva asistente médica.”
“Ahh, ¿Sandy está bien?” Él preguntó, con un poco de alarma extendiéndose
por sus rasgos.
Ella dio un paso adelante y le ofreció su mano. “Oh, sí, está bien. Ha sido solo
un compromiso familiar al que no quería faltar. Esperemos que yo sea capaz de
ocupar su puesto, al menos temporalmente.”
Quillen estaba tan encantado con Ella como yo. Después de estudiarla con
admiración en los ojos, él sonrió y caballerosamente cogió su mano, inclinándose
para presionar los labios en el dorso. “Srta. Lewis. Es un verdadero placer
conocerla,” dijo él.
Vi como la Sra. Quillen se acercaba así que salté rápidamente. “Ella, esta es
Priscilla, la encantadora mujer del Dr. Quillen.”
Priscilla, una verdaderamente atractiva mujer de mediana edad, presionó una
mano en la espalda de Oscar mientras extendía la otra hacia Ella. “Un placer
conocerte, Ella. ¿De qué conoces a nuestra querida Maddie?”
“Ella es nuestra nueva asistente médica en la oficina. Lleva con nosotras unos
seis meses, creo.” Miré a Ella para que lo confirmase.
“Sí. Y, afortunadamente, respondí a un anuncio, y estoy muy contenta de ser
parte del equipo de la Doctora Maddie,” ofreció Ella.
“Hemos oído hablar muy bien de la clínica de Maddie. ¿Verdad, Oscar?” Ella
miró a su marido.
Oscar asintió. “Sí, ese artículo que publicaste sobre la utilización de
medicamentos geriátricos fue muy revelador.” Oscar y Priscilla estaban ambos
sonriendo ampliamente como orgullosos padres, haciéndome sentir
definitivamente incómoda.
“Hmm, no he leído todavía ese,” intervino Ella. “¿Podría decirme de qué
trataba?”
Efectivamente, agradecidamente, les desvío de mí, enganchó un brazo con
cada uno de ellos y les condujo tranquilamente a un lado.
Admiré su técnica con una amplia sonrisa mientras me sentaba en el vestíbulo
y comprobaba los mensajes de mi teléfono.
Capítulo Catorce

Ella

El hotel era espectacular. Situado en un pequeño lago artificial en Cypress


Creek, era como un gran complejo turístico con un gran paisaje. Realmente era
mucho más grande de cualquier cosa que hubiese visto en mis treinta y dos
años. Bueno, la grandeza americana. Europa ciertamente tenía más oferta, pero
en paquetes más compactos.
Los Quillen finalmente me habían abandonado. Mientras Maddie hablaba con
un grupo de sus compañeros, yo me escabullí para vagar por el hotel por mi
cuenta.
Mi primera parada fue atravesar las grandes puertas de cristal y salir a la que
llamaban, según la placa, la Gran Terraza. El calor era palpable, incluso aunque
la terraza estaba completamente techada y los ventiladores de techo giraban
lentamente. Sorprendentemente hacían muy poco para disipar el calor. Incluso
así, la terraza estaba ocupada por un buen número de turistas y al parecer cierto
número de los asistentes a la conferencia médica.
Yo había cogido el programa de la conserjería y establecía que la
presentación de Maddie sería a las diez de la mañana siguiente. Eso nos daba
tiempo para un tranquilo desayuno. Eso esperaba, de todos modos. No estaba
segura de cuáles eran sus procedimientos preparatorios e hice una nota mental
para preguntárselo en la cena.
“Hola.”
Me di la vuelta y vi a una mujer de belleza clásica. Era más o menos de mi
estatura, pero más delgada, con un largo y frondoso cabello rubio. Sus ojos eran
azules como el cristal, y me miraban con una divertida expresión unida a cierta
atracción. Miré a sus labios llenos rosas y sentí como se me secaba la boca.
“Hola,” conseguí decir atragantándome.
“¿Estás aquí por negocios o por placer?”
La forma en que arrastró la palabra placer me intrigó. Mi gaydar zumbó, y me
pregunté si realmente me estaba entrando.
“Umm, negocios, supongo. Estoy aquí con mi jefa. Para la conferencia de
médicos de familia. ¿Y tú?”
Ella suspiró y puso los ojos en blanco. “Mi padre. Es el administrador de Furth.
Trabajo para él a tiempo parcial, e insistió en que estuviera aquí. Ya
sabes.....para codearme.”
Otra vez esa inflexión. Mi corazón se aceleró un poco y me pregunté si era
por temor o por atracción a esta hermosa y ciertamente acomodada mujer. “En
el campo de la gerencia,” respondí en voz baja.
“Exactamente. ¿Qué tal si tú y yo nos tomamos un té helado y así puedes
hablarme un poco de ti?” Ella inclinó la cabeza expectante.
Yo estaba dividida. Podía sentir a Maddie, de quien quería enamorarme, en
el hotel, tan cerca, y aquí estaba esta cálida y dispuesta belleza. Miré
profundamente a sus ojos y vi una vulnerabilidad social brillando detrás de su
descaro. Era un sentimiento que entendía completamente. Había pasado por
ello.
“Claro,” dije, asintiendo. “Me encantaría tomar un vaso de té. ¿Cómo te
llamas?”
Ella se rió y sacudió la cabeza mientras extendía su mano. “Dixie Odelia.”
Sonreí mientras cogía su mano. “Ella Lewis.”
Nos dirigimos a una mesa cercana surtida de copas apiladas y varios
dispensadores grandes de té y limonada. Charlamos sobre lo bonito que era el
hotel mientras preparábamos nuestras bebidas y luego fuimos a una pequeña
mesa y nos sentamos.
“¿Dixie, has vivido siempre en Alabama?” Pregunté una vez sentada en la
silla redonda de metal.
“Oh, Señor, no. Soy nacida y criada en Saint Mary Parish, en Louisiana, abajo
en la bahía Atchafalaya. Me han dicho que mi padre trabajaba en un
supermercado hasta que decidió ir a la universidad, y mira ahora.” Ella dijo con
una sonrisa con hoyuelos.
“¿Es difícil ser su hija y también trabajar para él?”
Ella asintió. “Lo es. Es muy exigente todo el tiempo. Creo que es porque viene
de abajo, siempre está preocupado porque le derriben de ese pedestal al que ha
conseguido subir.” Ella se inclinó hacia adelante. “Tener una hija como yo.....ya
sabes.....no ayuda mucho.”
“Sí, a mis padres no les gustó tampoco.”
“Y mira por dónde, mi hermano es gay. Fiesta completa.” Se echó hacia atrás
y sonrió como el gato que había cazado al canario.
Me reí fuerte. “Oh, no, pobre Papá.”
Ella asintió pronunciadamente. “Sí, y parece que él siempre está en
problemas. Un drama gay aquí, un drama gay allá. Al menos yo soy un poco más
refinada en ello.”
La estudié. “¿Tienes una relación ahora mismo?”
Su mirada se movió hacia la mía. “Todavía no, tesoro. ¿Deberíamos
intentarlo?”
Whoa. Mi corazón martilleaba con miedo esta vez. “Bueno, yo estoy
algo.....implicada.” Pensé en los suaves ojos marrones de Maddie y en lo mucho
que quería que me mirasen con amor. ¿Estaba soñando acerca de lo que ella y
yo podíamos llegar a ser? Miré la dulce cara de Dixie y flaqueé. ¿Y si Maddie
nunca se enamoraba de mí? ¿Tendría que estar sola para siempre, esperando?
“Bueno, tal vez.....” Comencé a hablar pero fui interrumpida.
“¡Aquí estás!” Maddie dijo al acercarse. Sus ojos se dirigieron a Dixie. “Bueno,
no tenía ni idea de que conocieras a la Srta. Odelia,” dijo en voz baja.
Noté su repentina tensión y me pregunté el motivo. “Oh, no, acabamos de
conocernos,” dije, sonriendo a Dixie. “Pensamos en refrescarnos un poco. Este
calor es brutal.”
“Sí, lo es,” Maddie murmuró.
“Dra. Salas, es muy bueno verla de nuevo,” dijo Dixie, su voz como un
ronroneo. “¿Por qué no se une a nosotras a tomar un té helado?”
Maddie se aclaró la garganta y decididamente parecía incómoda. “Gracias
por la oferta, pero tu padre nos ha enviado a nuestras habitaciones para
descansar un poco antes de la cena. Ha sido un largo viaje desde Maypearl y
pensé que podríamos aprovechar este breve tiempo de inactividad.”
“Bueno, bah,” ella respondió. Su cara iluminándose. “Supongo que yo
también subiré.” Se levantó y tiró de mí, enganchando su brazo con el mío
mientras me llevaba hacia el hotel. Maddie vino con nosotras, y podía sentir su
ceño fruncido. No necesitaba verlo.
Entramos en uno de los lujosos ascensores con espejos, y Maddie pulsó un
botón.
“¡Oh Dios mío! Veo que estáis en la sexta. Yo también,” dijo Dixie
alegremente. “Deberíamos juntarnos y tener una noche de chicas.”
Vi el disgusto de Maddie e intervine rápidamente. “Eso es una gran idea, pero
no esta noche. La doctora tiene una presentación por la mañana, así que la
noche va a terminar temprano.”
Ella hizo un puchero, sacando su labio inferior. “¿Y qué hay de ti, tesoro?
Seguramente tú puedes tener un poco de diversión.”
Abrí la boca para hablar pero no tuve oportunidad.
“Ella tiene que ayudarme con la preparación,” dijo Maddie lacónicamente.
“Este es un viaje de trabajo, no vacaciones.”
Dixie hizo una mueca y puesto los ojos en blanco a la espalda de Maddie.
“Tal vez en otro momento,” dije yo educadamente.
La puerta del ascensor se abrió, y seguí a Maddie rápidamente a lo largo del
pasillo. Dixie fue en otra dirección despidiéndose brevemente con la mano.
Capítulo Quince

Maddie

“La cena es a las siete, pero la recepción es a las seis y media. ¿Deberíamos
reunirnos aquí y bajar juntas?” No podía reunir el valor para mirarla, por muchas
razones.
“Me parece bien,” respondió Ella. “Creo que me tumbaré un minuto.” Se dio
la vuelta para marcharse pero volvió a girarse rápidamente. “También deberías
hacerlo, Maddie. La cena puede prolongarse mucho.”
Asentí y entré en mi habitación. Dejé la puerta parcialmente abierta hasta que
escuché como ella entraba en su habitación y cerraba la puerta.
Cansada, me dejé caer en la cama. Rápidamente había comenzado a
detestar estas reuniones. Gente pretenciosa actuando de forma especialmente
pretenciosa. Me pregunté otra vez por qué incluso me molestaba en asistir.
Probablemente era por cierta idea de publicar o perecer que persistía de mi
época en la facultad. Eso y la mentalidad de equipo de mi entrenamiento médico.
Me regañé a mí misma. No necesitaba esa porquería. Me quité los zapatos, mi
chaqueta y la colgué en la silla más cercana.
Durante los pasados meses, había sido una voyeur, observando cómo mi
descontento crecía exponencialmente. Había estado agonizando por ello,
preguntándome si la carrera que había elegido seguía motivándome y
desafiándome. Finalmente había desterrado la idea. Todavía seguía
obsesionada por la medicina. De hecho, si tuviese que nombrar una de las
redentoras cualidades que se libraban de mi descontento, sería ser médico.
Aunque no tenía preparadas respuestas para explicar mi angustia, sabía que ver
a Ella con otra mujer había prendido el extraño fuego dentro de mí que era
agotador y exasperante. No me había gustado. Ni un poco.
Consciente de este hecho me di cuenta que de la misma forma que la letra B
seguía a la letra A, que mis sentimientos hacia Ella eran la raíz de mi
descontento. Anhelar pasivamente ya no iba a ser suficiente. En cualquier
momento ella podría estar en brazos de otra. Y eso muy bien podría ser mi
perdición.
Me levanté y me acerqué a la ventana de techo a suelo que daba al pequeño
lago, la fuente central pulverizando agua que atrapaba el arcoiris de la luz del sol
del final de la tarde. Hombres y mujeres, en varios estados de desnudez, se
mezclaban en el brillante pavimento de debajo, y la zona de negocios de la
ciudad de Dothan extendiéndose en el horizonte.
Aunque intenté decirme a mí misma que no importaba, que estaba demasiado
ocupada, demasiado centrada en mi carrera, demasiado preocupada por el
cotilleo local, en el fondo de mi corazón sabía que no podía dejarla ir. No podía
dejar que otra la tuviera.
Agarrándome las manos, me estremecí. Durante años, había sido ajena a la
vida y al amor. El trabajo lo era todo para mí. Después de todo, tenía pocas
distracciones familiares, una inexistente vida social, y mi ocupada mente
anhelaba estímulo cultural. Me había acostumbrado a ello como una muleta para
negar lo que realmente quería. A quien realmente quería. Hacer eso era mucho
más fácil que comprometerme y quizás salir herida otra vez. No, engañada. Eso
era lo que Amanda me había hecho cuando yo era una ocupada residente. Ella
me había engañado haciéndome creer que le importaba cuando no era así.
Impotente regresé a la cama y me tumbé. Estaba a punto de cumplir cuarenta
años. ¿Podía arriesgarme a eso de nuevo? ¿Podía arriesgarme a entregarme
con plena sinceridad en una relación? Había pasado tanto tiempo. ¿Sería yo
capaz de ser una buena pareja? ¿Estaba demasiado acostumbrada a mis formas
de ser como para acomodarme a otra persona? Luego estaba el asunto de salir
del armario en una pequeña ciudad. Oh, sabía que los residentes hablaban de
la rara soltera Doctora Maddie. Solo el señor sabía lo que llegaban a conjeturar
sobre mi estado de soltería. Estaba dispuesta a apostar que no eran muchos los
que pensaban que me sentía atraída por las mujeres en lugar de los hombres.
Muchos de los residentes locales hombres, viudos o veinteañeros, estarían
encantados de pasar un poco de tiempo privado con la doctora, pero las
lesbianas eran pocas en Maypearl, y dispersas. Y en realidad, yo estaba
agradecida por ello. Era una buena excusa.
Me puse boca abajo, apoyando la barbilla en mis manos dobladas en lugar
de en la almohada. Dios, deseaba a Ella. Deseaba abrazar su cuerpo cerca,
enterrar mi cara en su cuello, besar el hoyuelo que a menudo aparecía en su
mejilla izquierda. Deseaba pasar más tiempo conociéndola, conocer todas sus
manías, sus costumbres diarias. Supe entonces, con horrible y hermosa claridad,
que tenía que tenerla en mi vida. Incluso aunque eso significase cambiar todas
las confortables paredes que había construido en mi vida. ¿Estaba preparada?
No lo sabía. Pero estaba deseando intentarlo.

Estaba impresionante cuando me reuní con ella fuera de nuestras


habitaciones esa noche. Lleva un traje de una sola pieza negro, sin mangas, con
un encantador escote bajo. Era principalmente ajustado con un poco de vuelo, y
encima una chaqueta ligera blanca y negra tipo túnica con un pañuelo en la
solapa. Sus zapatos eran unas sandalias negras planas de tiras. Pensé que
también se había duchado, como yo, porque olía a jabón y frescor debajo de su
habitual perfume. Me sonrió tímidamente, y mi anterior malhumor desapareció
cuando miré esos hermosos ojos esmeralda.
Me acerqué y le ofrecí mi brazo. Ella asintió y lo cogió.
“Estás hermosa,” dije en voz baja.
“Gracias. Tú también estás muy bien,” ella respondió con una suave risa.
Miré hacia abajo a mi chaqueta azul marino, vaqueros negros y una camisa
blanca con botones. “Bueno, al menos todo es limpio,” dije, lo que produjo en
ella una oleada de risas.
“¿Debería estar nerviosa?” Ella preguntó cuándo entrábamos en el ascensor.
La estudié, preguntándome por su temor mientras pulsaba el botón del
vestíbulo. Ella siempre era muy buena con la gente. “No. Los médicos son
personas como las demás. Pueden ser más cansinos, pero no dejes que eso te
afecte. Solo tienes que hacer gala de tu habitual encanto.” Aparté la mirada para
que ella no pudiera ver la emoción que con toda seguridad estaba reflejada en
mi cara.
Sorprendiéndome, Ella cogió mi mano y entrelazó sus dedos con los míos.
“Gracias, Doc,” ella susurró.
Hicimos el resto del trayecto en silencio. Ella soltó mi mano cuando las
puertas se abrieron, y salimos a una muchedumbre de asistentes a la
conferencia que abarrotaban el bar del vestíbulo con las bebidas anteriores a la
cena. Mi mano estuvo hormigueando placenteramente durante mucho tiempo.
Capítulo Dieciséis

Ella

La cena fue en uno de los grandes salones de baile en el extremo norte de la


planta principal, y me alegró verlo. Varias bebidas en un estómago vacío no
estaban haciendo a la vieja Ella ningún favor. Habíamos pasado la última hora
recorriendo la multitud de más de doscientos médicos y sus esposas o esposos
que llenaban la barra justo fuera del vestíbulo. Yo había parloteado y sabía sin
lugar a dudas que no recordaría ninguno de sus nombres. Era una masa de
cansados rostros y sonrientes bocas llenas de dientes perfectos.
“Has suspirado,” dijo Maddie, acercándose. “¿Algo va mal?”
“Nop. Es solo que.....es tarde.”
“Ostras. La fiesta acaba de empezar, chiquilla,” respondió Maddie, la broma
iluminando su voz.
Me di la vuelta con sorpresa. No era que Maddie fuese.....bromista. Le sonreí,
feliz de verla suelta y relajada. “¿Cuánto has bebido?” Pregunté.
Ella me miró, sus ojos marrones bailando de alegría. “He igualado tus bebidas
una a una, querida mía.”
“Uh-oh. Entonces estamos en problemas,” bromeé.
“Sip. Y me gustaría añadir que podría beber más que tú en cualquier
momento,” ella respondió.
Yo asentí. No iba a discutir ese punto.
“Bueno, aquí estáis,” exclamó Dixie al acercarse a nosotras. “No os he visto
en toda la recepción.”
Eso no había sido un accidente por mi parte, pero contesté con cortesía, “No
puedo ni decirte con cuántas personas he hablado. Simplemente no habría
suficientes horas en el día,” dije, agitando mi mano con indefensión.
Podía sentir a Maddie tensándose junto a mí, y me pregunté de nuevo por la
animosidad que albergaba contra Dixie.
“En realidad, me ha enviado mi padre. Quiere que os sentéis en nuestra
mesa. Venid conmigo, y os acomodaremos.” Se dio la vuelta y miró hacia atrás
por encima de su hombro con expectación. No pude evitar darme cuenta de
cómo su vestido floral se abrazaba a sus caderas y ondeaba en la parte exterior
de sus muslos.
Mientras la seguíamos, Maddie volvió a sorprenderme otra vez sujetando la
parte superior de mi brazo con su cálida mano y tirando acercando nuestros
cuerpos de camino a la mesa. Una vez allí, Dixie señaló una silla a mi izquierda.
“Tú puedes sentarte ahí junto a mí, Ella. Podemos ponernos al día con nuestra
charla de chicas.”
Maddie cogió la silla a mi derecha, y nos sentamos mientras el resto de la
mesa se llenaba a nuestro alrededor.
Había conocido a Wilson Odelia, Director de Operaciones Educativas de la
Universudad Furth, en la recepción. Él era un hombre alto y desgarbado que me
recordaba mucho al actor Jimmy Stewart. Su voz era suave y fuertemente
cargada del cansino acento sureño. Había disfrutado escuchándole. Se sentó al
otro lado de Dixie, y me sentí aliviada. Quizás su presencia lograse bajar el tono
de los avances de ella hacia mí. Me hacían sentir incómoda y completamente
confundida. Si nunca hubiese conocido a Maddie, podría haber disfrutado de
ello. Ahora, mis devaneos con Dixie me hacían sentir como si estuviese pisando
terreno minado.
La madre de Dixie también estaba sentada en la mesa. Su nombre era
Annagrace Price Odelia, y era así exactamente cómo se había presentado ella
misma. Era una estoica belleza sureña, desagradable con una falsa capa de
buen humor y cortesía. Al resto de los comensales en nuestra mesa los conocía
de pasada, a los que asentí y sonreí en saludo. Maddie parecía conocer al joven
hombre a su derecha muy bien, e inmediatamente comenzaron a hablar
seriamente sobre medicamentos cardiacos.
“¿Has tenido un buen descanso?” Dixie preguntó. El camarero se acercó con
una jarra de té. Ante nuestros asentimientos, llenó nuestros vasos.
“Lo he hecho. Me di una agradable y larga ducha caliente y busqué
información sobre la ciudad. Dothan es una ciudad bonita, más grande de lo que
esperaba. Hay un montón de cosas que hacer aquí.”
Ella asintió y se movió para mirarme. “Tal vez alguna vez cuando no estés
trabajando, te gustaría regresar. Puedes quedarte en mi casa. Tengo un
pequeño bungalow en Mimosa. Puedo enseñarte los alrededores. Tenemos un
buen bar, si sabes lo que quiero decir, y tienen baile country. Es divertido.”
Estudié mis manos. ¿Era eso algo que quería hacer? En cierto momento de
mi vida hubiese dicho que absolutamente. Anhelaba esos días otra vez, pero no
cambiaría mis nuevos sentimientos hacia Maddie por ellos. Ahora, tenía que
rechazar la invitación educadamente. “Eso sería agradable. Ciertamente tendré
que pensar en ello. Gracias por la oferta.”
Ella frunció los labios y se encogió de hombros. “Una chica tiene que
intentarlo,” dijo. “Sin embargo, la oferta sigue en pie,” añadió con un profundo
suspiro.
Un camarero trajo ensalada y pan, distrayéndola brevemente.
“Sabes, estoy pasando por un extraño momento ahora mismo,” dije en un
esfuerzo por explicarme.
Ella se encogió de hombros otra vez. “Está bien. Hay mucho tiempo.” Tomó
una porción de ensalada con su tenedor.
Sentí a alguien mirándome y me di la vuelta para descubrir que era Maddie.
“Tom acaba de contarme que las enfermedades de corazón están principalmente
causadas por no comer las grasas vegetales correctas y si las equivocadas.” Ella
estaba estudiándome para ver cómo respondía. ¿Estaba poniendo a prueba mi
inteligencia? Un extraño concepto, pero sentí que estaba a la altura del desafío.
Asentí. “Leí un estudio que decía que los ácidos grasos esenciales que
necesitamos se adquieren mejor de los frutos secos y plantas oleicas. La gente
piensa que una dieta baja en grasa, o sin grasa, de hecho, les ayudará a prevenir
enfermedades cardiacas.....”
“Cuando en realidad están perjudicando a su salud,” ella terminó por mí.
“Exactamente.”
Nos quedamos en silencio mientras disfrutábamos de nuestro primer plato.
La gente conversaba a nuestro alrededor, pero yo no podía, o quizás no quería,
seguir sus conversaciones. Estaba sintiendo la energía de Maddie. En el trabajo,
teníamos verdaderamente poco contacto y aún menos cercanía en prolongados
períodos de tiempo. Me encontré sintiéndola con cada parte de mi ser y
paladeándolo a fondo. Jugué con mi ensalada, incapaz de comer y pasar a una
nueva sensación.
“Ella.”
Me giré hacia Maddie. “¿Sí?”
“¿Estás feliz trabajando con nosotras?”
¿Por qué me estaba preguntando eso? “No estarás despidiéndome, ¿no?”
Ella suspiró y dobló las manos juntas sobre la mesa. “No. No tengo motivo
para hacer eso. Eres una buena adquisición. Sandy está alabando tus virtudes
todo el tiempo.”
“¿Y tú piensas igual?”
Sus ojos marrones miraron los míos, y vi cosas maravillosas allí. Cosas que
hicieron que se curvaran los dedos de mis pies y una nueva esperanza prendió
en mi corazón. Maddie me veía. Tal vez tenía sentimientos por mí. “Me alegra
mucho que estés allí, Ella. Me alegra mucho.”
Capítulo Diecisiete

Maddie

La cena por fin terminó. Había estado distraída y ciertamente peor


conversadora de lo normal. Sentir a Ella a mi lado había hecho volar mi
imaginación erótica. Era muy difícil hablar de trabajo con mis colegas cuando
todo en lo que podía pensar era en devorar a la encantadora hermosa mujer a
mi lado. Era como si una confinada puerta se hubiese abierto antes cuando
estaba en mi habitación. Me había dado cuenta que no podía negar por más
tiempo la química entre nosotras. Ahora, la química se estaba apoderando de
mí.
Sin embargo, la cena había tenido una ventaja, porque Dixie había sido
incapaz de pasar demasiado tiempo de calidad con mi Ella, incluso aunque
habían estado sentadas una junta a la otra. El padre de Dixie había reclamado
su tiempo. Tom Weathers, junto a mí, había monopolizado un montón de mi
tiempo hablando sobre la nueva investigación mientras Ella estaba sentada en
silencio, perdida en sus propios pensamientos.
“¿Qué te gustaría hacer ahora?” Le pregunté a Ella cuando nos levantamos
para dejar el comedor.
“Hmm. ¿Tienes que ir a algún sitio?”
“No, no realmente. Veo a estas personas todos los años, y no hay muchos
cambios.”
Ella me estudió con su intensa mirada verde azulada. “Te aburren, ¿no?” Ella
susurró.
Wilson Odelia se acercó, Dixie pegada a sus talones. Su mujer estaba parada
detrás de ellos a un lado, hablando entusiásticamente con otra matrona sureña.
“¿Maddie, estás preparada entonces? Contamos contigo en nuestra
programación para las diez, luego Quillen quiere ser el siguiente y Anderson
después del almuerzo. He configurado un buen programa. Estamos
emocionados.”
Podía ver lo emocionado que estaba por el color mate en sus ojos.
“Eso está bien, Wilson. ¿Está la habitación en el programa?”
“Sí. Tú hablarás en la suite ciento dos. Esperamos una buena participación.”
Sonreí. “Espero que no sea demasiada, o mi timidez podría paralizarme.”
Wilson agitó una mano, apartando a un lado las palabras. “Nunca te he visto
atascarte,” dijo él. “Una vez que empiezas a hablar sobre algo que te apasiona,
creo que el resto de nosotros simplemente desaparecemos.”
Me reí y le guiñé un ojo a Ella. “Eso es verdad. La medicina parece ser que
consume mi pasión.”
Wilson sacudió la cabeza mientras Dixie me estudiaba, los ojos
entrecerrados. “Desearía poder disfrutar de mi pasión tanto como tú. Tratar con
asuntos de estudiantes ha perdido absolutamente todo su encanto,” él admitió.
Descansé mi palma sobre su hombro durante un momento, en camaradería.
“A veces se hace verdaderamente difícil ver el trigo entre la paja,” le dije. Conocía
un poco su historia por discusiones previas, y me sentía mal porque su carrera
no hubiese colmado sus sueños. Especialmente cuando había trabajado tan
duro para llegar donde estaba.
“Venga, Papá,” dijo Dixie nerviosamente, golpeándole el brazo. “Sabes que
no crees eso. Justo la semana pasada estabas delirando con la Sociedad
Camellia y el dinero recaudado para el autobús de donación de sangre.”
Wilson le palmeó la mano. “Sí, Dixie, son buenos chicos, lo sé. Es solo que a
veces estoy cansado, y mañana va a ser un día ocupado, agitado.” Él se dio la
vuelta y extendió su mano. “Ella, ha sido un verdadero placer llegar a conocerte,
querida. Estoy seguro que Maddie te tratará adecuadamente.”
Ella cogió su mano y el encerró entre las dos suyas. “Creo que continuará
haciéndolo, señor. Y me aseguraré de saludarle mañana cuando pase a su lado
mientras usted va corriendo.”
Ambos se rieron, y Dixie sonrió ampliamente, con hoyuelos en sus mejillas.
“No te dije que era la cosa más dulce, ¿no Papá?”
“Nunca palabras más ciertas fueron dichas, querida Dixie. Ahora, vamos a ver
si tú madre está preparada.”
Se marcharon en dirección a Annagrace, y pude ver el alivio en la fruncida
cara de ella. Miré hacia Ella. No podía imaginarla estando tan molesta conmigo,
pero bueno, ¿cómo de bien la conocía realmente? Tenía que remediar eso.
“Oye, Ella. ¿Quieres tomar una copa y charlar un rato?”
Ella sonrió e inclinó la cabeza hacia un lado. “Absolutamente. Sienta bien
romper la rutina, ¿no?”
Asentí. “Sí, para mí es un gran paso, este año. Siento que tengo una muy
buena razón para hacerlo todo de forma diferente.”
Puede ver cómo reflexionaba sobre ello y recé para que entendiera mi
significado y llegará a la conclusión correcta. Quería que supiera cómo me sentía
hacia ella, ¿pero cómo podía decir las palabras cuando ya no estaba segura de
conocerlas?
“Creo que hay un salón en el cuarto piso. ¿Qué tal si vamos a verlo?” Sugerí.
“Esa es una idea encantadora, Maddie. Vamos.”
Nos apilamos en el ascensor con conocidos y extraños, manteniendo
educada conversación con ellos hasta llegar al cuarto piso.
El salón era pequeño, muy acogedor, tenuemente iluminado y música suave.
Varias mesas estaban llenas con gente conversando animadamente, pero vi una
esquina en la parte de atrás que estaba desierta. “Vamos a allí detrás,” le dije,
señalando la mesa.
Una vez que nos sentamos y pedimos nuestras bebidas, me tomé un
momento para disfrutar de su belleza. La luz inclinada caía sobre su cara,
haciendo que sus ojos brillasen cuando se movían.
“Ella, yo.....yo quisiera llegar a saber todo de ti. Absolutamente todo.”
Ella sonrió. “¿Todo? Eso es mucho pedir.”
“Tal vez. Tal vez, pero no tenemos.....” Hice una pausa y me incliné hacia
adelante, apoyando los antebrazos sobre la mesa. “Tal vez estamos destinadas
a conectar una con la otra.”
Ella levantó las cejas. “¿Te refieres a nosotras, o a la gente en general?”
Me retorcí con frustración. No era buena en el baile de la seducción. “Bueno,
toda la gente, evidentemente, pero me refería a ti y a mí, ahora mismo.” Esperé
ansiosamente su respuesta.
“Me gusta eso. Que quieras conocer todo de mí. Y quiero conocerte a ti de la
misma manera,” dijo ella, sus mejillas mostrando los hoyuelos de una profunda
sonrisa.
Nuestras bebidas llegaron, y di un gran trago a mi escocés para coger
fuerzas. “Vale, comenzaré yo. No soy muy buena compartiendo. Ya sabes,
yo.....bueno, parece que me encuentro más cómoda con los libros que con la
gente, supongo.” Dejé caer mis ojos, avergonzada por la confesión.
“A mí se me da bien la gente, por lo que creo que mi vida ha sido muy diferente
a la tuya, pero tengo que admitir que tengo verdadera adicción a la lectura. Leo
todas las noches. En realidad, siempre que tengo la oportunidad.”
Eso era interesante. “¿Ficción o no ficción?” Pregunté.
Ella se rió. “Ambas. Consumo toda palabra escrita. Mi hermana Jess dice que
leería incluso las cajas de los cereales.”
Me reí. ¿Cuántas veces me había dicho eso mi padre a mí? “Yo soy igual.
Leo un montón de revistas médicas, pero me encantan los thriller médicos. ¿Has
oído hablar de Robin Cook? Es un médico jubilado de Harvard que escribe.....”
“¡Oh Dios, sí!” Ella exclamó. “¿Cuál es tu favorita? A mí me encanta.....
Bueno, ¿has leído Fiebre? Es una de sus primeras, pero creo que hizo un buen
trabajo con ella. Pienso que la chica con leucemia es poco creíble, pero la tensión
en las familias está muy bien conseguida.”
Tuve que reírme. ¿Qué probabilidades había de que Ella fuese fan de Cook?
“Sí, me encanta esa. Creo que las he leído todas. Acabo de comprar El Beneficio
de la Muerte, pero todavía no la he leído. He oído que es buena. Quiero leer esa
antes que Nano. Es como una serie. ¿Las has leído?”
Ella estaba estudiándome, sus ojos verdaderamente tiernos. El miedo me
recorrió. ¿Sería ella la elegida? ¿Sería ella quien pudiera entender mi rareza y
aceptarla? ¿Incluso amarla? ¿Podría ella amar y apreciar mi verdadero yo?
¿Podría ella entender que un buen libro era más reconfortante para mí, mucho
más que viajar por el campo minado de las relaciones?
“No he leído esas dos todavía, aunque las tengo en casa,” ella susurró, su
mirada llena de asombro. “Tienes que leerlas primero y decirme si te han
gustado.”
Dejé caer mi mirada, avergonzada. “Lo haré.” Sus palabras hablaban de
futuro, y me regocijé en ello.
Capítulo Dieciocho

Ella

“¿Tienes hermanos o hermanas, Maddie? Acabo de darme cuenta que no te


lo había preguntado.”
Era tarde, casi medianoche, pero no podía romper la sólida conexión que
habíamos forjado durante la velada. Teníamos mucho en común; era como si
hubiésemos sido diseñadas una para la otra. Hacíamos una pareja perfecta, y
me entristeció mucho que no nos hubiésemos conocido antes. Había
desperdiciado tantos años con otras y sola.
Ella hizo girar los hielos en el vaso frente a ella. Acariciando con el meñique
el ámbar escocés, y me pregunté si era tan reacia a romper nuestra conexión
como yo. ¿Cómo podíamos decir buenas noches ahora? Estaba tan llena de ella,
como espera que ella estuviera de mí. “No. Soy hija única. Mi madre es Rh
negativo.”
Asentí. “Me alegra que estés aquí, entonces.”
Sus ojos brillaron fijos en los míos. “Yo también.”
Sentí un erótico escalofrío correr a través de mí. Y solo quería llevarla arriba,
a mi cama, para así poder conocer su cuerpo tan bien como conocía su mente.
Suspiré temblorosamente. No, eso tendría que esperar. No era el momento
adecuado.
¿Pero llegará alguna vez a ser adecuado una vez que hayas vuelto a casa?,
susurró el demonio encima de mi hombro izquierdo. Sabía que este sitio y este
momento era una excepción, no la norma para ninguna de nosotras.
“Tenemos que irnos a la cama,” dije sin pensar. Ante las cejas levantadas de
Maddie, me ruboricé profusamente y corregí. “Tienes una presentación por la
mañana, quiero decir. Necesitas descansar. Se supone que tengo que estar
cuidando de ti, como dijo Sandy.”
Ella suspiró y apuró su bebida. “Tienes razón. He.....he realmente disfrutado
de conocerte, Ella.”
Le sonreí. “Ha sido una noche perfecta, Maddie, pero estoy segura que tienes
trabajo que hacer esta noche y no quiero entretenerte.”
Ella negó con la cabeza, una cascada de rizos cayendo libres desde detrás
de sus hombros hacia el frente. Impacientemente los echó hacia atrás. “Estoy
preparada, y seriamente, ha estado bien, este tiempo juntas. No lo cambiaría por
nada. Sin embargo, tienes razón. Tenemos que descansar un poco antes de
mañana.” Se rió entre dientes y se levantó. La imité, y caminamos a través del
salón prácticamente desierto y salimos a los pasillos brillantemente iluminados.
Maddie se protegió los ojos con una mano mientras yo entrecerraba los míos
hacia ella.
“¡Whoa! Esto te despierta al instante,” murmuré.
Maddie solo sacudió la cabeza, sonriendo mientras pulsaba los botones del
ascensor. “¿Nos reunimos a las ocho y media? Podemos desayunar antes.”
“Sí. Tú tema parece interesante. El de mañana, quiero decir.” Aquí estaba,
pisando cáscaras de huevo otra vez después de haber pasado un precioso
tiempo de calidad con ella.
Pude ver cómo cambiaba al modo profesional, un pequeño, sutil cambio.
“Demasiadas madres se niegan a vacunar a sus hijos porque dicen que causan
autismo.”
“Pero no es así, ¿no?” Pregunté, intentando recordar si figuraba en mis libros
de texto. Lo habíamos dado en clase, pero no de forma muy extensa.
“No sabemos qué causa el autismo.....” Ella hizo una pausa cuando entramos
en la cabina vacía del ascensor. “Pero, créeme, no querríamos volver atrás y
vivir en un mundo sin vacunas. Sería horrible. Hubo un brote de paperas en
California no hace mucho. Eso ocurriría sin la vacuna MMR para bebés. Las
paperas causarían la esterilidad de los machos.” Ella negó con la cabeza.
“Aunque ellos no piensan en eso, ¿no? Nos hemos convertido en una
sociedad que no puede ver más allá de la gratificación instantánea.”
“Exactamente,” respondió ella con un profundo suspiro. “De eso es de lo que
voy a hablar mañana. También, sobre los ancianos quienes no se dan cuenta
que existen muchas vacunas que pueden prevenir dolencias específicas de su
edad.”
Las puertas del ascensor se abrieron con un amortiguado chirrido.
Caminamos por el pasillo enmoquetado, y sentí como si ella estuviera sujetando
mi cuerpo contra el suyo. Como si una burbuja de privacidad, de intimidad, nos
rodease. Una fantasía, y ella llenaba mis sentidos completamente.
Nos detuvimos frente a nuestras habitaciones.
“Eres muy inteligente,” dije, sin venir a cuento. Estaba impresionada por esta
mujer, por esta médico.
“Como tú,” dijo ella, su acento grueso y melodioso.
“Voy a abrazarte,” dije suavemente.
Ella se acercó mucho. “Eso me gustaría,” ella respondió.
Entonces estaba en sus brazos, y sentí como si nuestros corazones latieran
como uno solo. Inhalé su sutil esencia. Olía como a almidón y limón. Presioné
mi mejilla contra la de ella, deseando poder besarla pero no atreviéndome. Su
cuerpo era delgado y firme, y podía sentir la presión de sus pechos contra los
míos, incluso aunque ella fuese más alta.
Cuando nos separamos, pude ver el rubor tiñendo sus rasgos.
“Buenas noches, Maddie,” dije, apartando la mirada.
“Buenas noches, Ella,” respondió ella, tocando mi mano brevemente.
Capítulo Diecinueve

Maddie

Mi presentación fue bien. Tenía cierto número de buenos gráficos para


ayudarme a que la habitación llena de gente entendiera lo serio que se había
convertido mi tema durante los últimos años. Mi gráfico de tendencias futuras
resultó ser menos estelar, pero pensé que era una satisfactoria bola de cristal
para quienes estaban dispuestos a creer.
También estaba Ella, quien me miraba tanto a mí como a la audiencia con
ojos brillantes, contemplativos. Podía ver, en mi imaginación, los engranajes de
la inspiración funcionando en mi cabeza. Estaba esperando poder hablar con ella
sobre el tema más tarde ese día.
Terminé con la habitación llena de aplausos, y Tom vino a felicitarme mientras
recogía mi ordenador.
“Buen trabajo, como de costumbre, Maddie,” él dijo, estrechando mi mano.
Continuó con una exhaustiva historia sobre una madre a la que había tratado
que se había negado completamente a cualquier tratamiento preventivo para sus
tres niños muy pequeños. Él estaba legítimamente preocupado, pero yo no tenía
ninguna respuesta fácil. Finalmente sugerí que compusiera un paquete
informativo que le proporcionase una visión general, una visión fotográfica, de
las enfermedades que las vacunas podían prevenir. Su cara se iluminó por ello,
y se apresuró a marcharse.
“Eso ha debido ser esclarecedor para él,” dijo Ella al acercarse. “¿Qué le has
dicho?”
“Solo una posible forma para conseguir vacunar a sus pacientes.” Me encogí
de hombros. “Espero que funcione.”
Ella estaba mirando como los últimos asistentes dejaban la habitación. “Esa
es nuestra Doctora Maddie, brillante como siempre.”
“Hmph,” ofrecí dubitativamente mientras cogía mi maletín.
Estaba recordándola en el desayuno. Ella y yo estábamos alegres por la
emoción, quizá una emoción que persistía de la noche anterior. Parecía como si
hubiésemos roto algún tipo de barrera en nuestras psiques y finalmente poder
ser sinceras una con la otra. Nos habíamos reído de que las tortitas tenían la
forma del Estado de Alabama, discutiendo sobre los beneficios de la mermelada
de uva y el sirope como mejor acompañante de las tortitas, y habíamos estado
de acuerdo en que añadir vainilla a la leche de soja era la mejor manera de beber
nuestros cafés.
“¿Estamos libres de escuchar a Quillen?” Ella preguntó mientas
caminábamos hacia las grandes puertas dobles.
Le arrugué la nariz.
“¿Qué?” Ella preguntó riendo.
“Ya dormí bastante anoche,” le dije. “Una cosa que tienes que saber sobre
Quillen, es que su presentación es básicamente la misma todos los años.”
Ella sacó el programa de su bolso y lo abrió por la página de los oradores.
“Nuevas técnicas para el efectivo registro diario de la amplia atención al
paciente,” leyó en voz alta.
Suspiré mientras caminábamos por el pasillo. “Sip, eso es. Vamos a ver,
hmm. Nuevas técnicas de registro diario. Tal vez merecería la pena,” murmuré,
golpeando con el dedo índice mi barbilla.
Ella se rió entre dientes. “Dice que alentar al personal de enfermería a añadir
entradas es la clave.”
Ambas nos miramos y nos reímos.
“¿Qué deberíamos hacer en su lugar?” Ella preguntó.
No tenía ni idea. “¿Qué quieres hacer?” Pregunté finalmente.
Sus ojos se iluminaron. “Vamos arriba y nos ponemos unos vaqueros y unas
zapatillas. Tengo una idea.”
En media hora, Ella y yo nos habíamos cambiado y estábamos saliendo por
la puerta del hotel. Corrimos hacia mi coche y subimos. Di una profunda
respiración y miré a Ella. Ella estaba sonriendo, su mirada recorriendo el
aparcamiento detrás de nosotras.
“Creo que hemos hecho una limpia retirada, jefa,” dijo con un tono de gánster
de los años cuarenta.
Me reí a carcajadas. Parecía como si nos estuviésemos escapando del hotel.
En realidad, sabía que nos estábamos escapando de nuestros roles tradicionales
y de las obligaciones que nos ataban a esos roles. También sabía que era una
aventura. Estaba emocionada, más emocionada de lo que lo había estado en
mucho tiempo. ¿Era así como era la vida, la vida con una pareja con la que era
fácil estar? ¿Podría ser siempre así de bueno? Tenía miedo de pensar en ello
demasiado por temor a gafarlo de alguna manera.
“¿En qué dirección?” Pregunté mientras salía del aparcamiento.
“Derecho por allí,” dijo ella, consultando el mapa que llevaba en la mano. Me
había dado cuenta en el ascensor, pero ella lo había guardado fuera de mi vista.
Supuse que nuestro destino era secreto.
Giré a la derecha y seguí la carretera durante unos cuantos kilómetros, en
cierto momento ella me indicó que girase a la izquierda. Nos dirigíamos al centro
de Dothan.
“Gira a la derecha,” ella chilló, y yo rápidamente hice un giro de noventa
grados.
Me quedé con la boca abierta y entonces una amplia sonrisa la cerró. “¿No
puede ser?” Jadeé.
Ella se rió. “¡Puede! Sabía que te encantaría. ¡Simplemente lo sabía!”
Aparqué rápidamente, y nos apresuramos a entrar a través de una estructura
en arco que parecía una enorme boca abierta. Las puertas de cristal del interior
proclamaban: ¡Bienvenidos! Es Hora de Patinar. Ciertamente lo era.
Nos quedamos paradas en el interior, ambas hipnotizadas absorbiendo el
ambiente de la enorme pista de patinaje. El familiar olor a palomitas y caramelos
me asaltó, y miré a mi izquierda. Efectivamente, había una zona de puestos con
varias mesas pequeñas y una pared con estrechas cabinas. A nuestra derecha
estaba el alquiler de patines, una cabaña con la forma de una nave espacial
ultramoderna. Miré hacia atrás a la pista. Neones brillantes iluminaban las
paredes pintadas con grandes murales de superhéroes, en particular de Los
Increíbles, una película de Pixar sobre una familia de superhéroes. No la había
visto, por supuesto, pero había visto los anuncios, incluidos los pósteres en mi
supermercado cerca de casa.
“¡Oh Dios mío, es Jack-Jack!” Ella exclamó.
Me giré hacia ella. “¿Quién?”
“¿No es lindo? Me encanta esa película.”
Seguí su mirada y vi a un bebé de cabeza redonda con solo un diente y un
solo penacho de pelo de punta.
Ella estaba estudiándome. “No la has visto, ¿no?”
Hice una mueca de disculpa.
“Bueno, remediaremos eso tan pronto como volvamos a casa. La tengo y
definitivamente tendremos una noche de películas. ¿Ves allí?” Ella señaló al
mural de la parte de atrás y nos acercamos a la barandilla hasta la cintura de la
pista para poder ver mejor. “Ese es el padre el hombre grande con la máscara
negra. El mismo está allí con un traje de negocios, es su alter ego.” Ella me
sonrió, y yo estaba aturdida por el resplandor de su sonrisa.
Ella continuó ante mi silencio. “Su nombre es Bob Parr. Su nombre como
superhéroe es Sr. Increíble. La que está junto a él es su mujer Helen. Es la Chica
Elástica cuando lleva la máscara. Los dos niños mayores son Violet y Dash. Ella
puede hacerse invisible y él puede moverse a la velocidad del rayo.”
Me aclaré la garganta. “¿Pero qué hacen todos cuando llevan esos horteras
leotardos rojos?”
Ella parpadeó lentamente. “Bueno. Bueno, salvan al mundo, tonta. Ese tipo
de ahí con el pelo rojo se llama Síndrome y tiene una especie de viejo
resentimiento contra los Increíbles y quiere aniquilarlos para así conquistar el
mundo.”
“Ahh.” Asentí con comprensión.
Ella sonrió tímidamente. “Mi personaje favorito es Edna, pero no la veo por
aquí. Tienes que verla. Ella diseña los trajes indestructibles que llevan los
superhéroes y tiene más dinero de Creso.”
“¿Creso?” Estaba completamente en blanco.
Ella frunció el ceño. “Ya sabes, el tipo griego, el rey. El que tiene un montón
de dinero.”
Mentalmente repasé mis estudios sobre Grecia y lo recordé vagamente. “Oh,
sí. Perdona.” Sabía que me estaba ruborizando.
“No hay problema, Doc. ¡Venga, vamos a patinar!”
Ella me agarró de la mano y tiró de mí hacia la nave espacial.
Capítulo Veinte

Ella

El patinaje en línea siempre había sido mi actividad favorita. Cuando era


pequeña, mi madre a menudo nos llevaba a mi hermana y a mí a una diminuta
pista de patinaje en un parque deportivo a las afueras de Wiesbaden, Alemania.
El patinaje sobre hielo era más popular en esa zona, pero por alguna razón,
probablemente porque ella sentía nostalgia, mi madre eligió el patinaje en línea
como una divertida actividad para que ella, Jess y yo pudiésemos estar juntas
mientras mi padre trabajaba. Ni siquiera estaba segura de sí Maddie sabía
patinar, pero por alguna rara razón, supe que disfrutaría haciendo esto, tanto si
sabía patinar como si no. Así que corrí el riesgo después de ver el folleto sobre
la pista el día anterior.
“¿Tienes alguna idea del montón de tiempo que ha pasado desde la última
vez que patiné en línea?” Maddie dijo mientras se ajustaba los cordones de los
patines de alquiler de talla nueve (número 42 en EU). Los míos eran de la talla
ocho y medio (41) y ya había terminado de atarlos bien ajustados.
“Para mí también ha pasado tiempo,” respondí. “Supongo que podemos
agarrarnos una a la otra, si es necesario.”
Ella me miró socarronamente. “Todo lo que tengo que decir es, si me caigo,
tú caerás conmigo.” Se rió y se levantó, bamboleándose sobre sus pies. Yo
también me levanté y le agarré del brazo mientras el suelo inclinado parecía tirar
de nosotras hacia la pista. Ambas chocamos contra la pared al lado de la entrada
a la pista, y comencé a reírme.
Maddie me estudió, intentando poner cara severa. Se estaba frotando un
codo que había golpeado con la pared. Verla fingir austeridad hizo que me riera
más a carcajadas, así que me reí hasta no poder respirar. En segundos, ella se
unió a mí, y nos quedamos allí paradas montando un espectáculo. La gente ya
había comenzado a mirarnos, simplemente porque no éramos locales, ahora
estaban aún más embobados. Finalmente, la hilaridad remitió a pequeñas toses
y resoplidos.
“¿Has terminado?” Maddie preguntó, todavía riendo alegremente sin poder
hacer nada, pero intentando controlarse.
“Si,” conseguí jadear. “Eso creo.”
Ella se rió entre dientes y respiró profundamente. “Entonces..... ¿Podemos
patinar ahora?”
Asentí, sin mirarla por temor a perder la compostura otra vez. Me centré en
mis pies mientras entraba en la pista, todavía agarrada a la barandilla y
enderezándome. Pude sentir que ella estaba justo detrás de mí. Estuvimos
dando vueltas así durante unos cuantos minutos mientras los patinadores locales
pasaban a toda velocidad a nuestro lado.
“Van terriblemente rápido,” Maddie dijo entre los dientes apretados.
Sentí como surgía la risa otra vez. “Sí. Sí, lo hacen.”
“¿Ella?”
“¿Sí, Maddie?”
“¿Hay alguna pista para niños a la que podamos ir?”
Eso hizo.....que me cayera. Mientras me doblaba, riendo, mis pies salieron
volando de debajo de mí, y aterricé de culo, doblándome otra vez con alegría.
“¿Estás bien?” Maddie preguntó cuándo pudo conseguir hablar entre sus
gorgojeos de risa. Se cernía sobre mí mientras yo intentaba recuperar el aliento.
“¿Estáis bien chicas?” Preguntó una mujer mayor cuando pasó patinando
junto a nosotras.
“Estamos.....ah.....” Maddie estalló en carcajadas otra vez.
La mujer nos sonrió, revelando dos dientes de oro a la izquierda de los
incisivos, y sus amplios rasgos caobas mostraban curiosidad, pero aceptación.
“Es solo que todo esto no tiene sentido, eso es lo que es,” dijo ella con tono
maternal. “¿Alguna de vosotras chicas ha patinado antes?”
“En realidad, lo hemos hecho,” dijo Maddie. “Pero parece que no podemos
dejar de reírnos lo suficiente para mantenernos de pie.”
Levanté un brazo y la extraña agarró mi antebrazo mientras Maddie me
agarraba de la parte superior del brazo. Me levantaron y patiné lentamente hacia
la barandilla mientras me limpiaba las lágrimas de los ojos con los dedos.
“Lo siento, señora,” dije. “Es solo que a veces no puedo parar.”
“Soy Ethel, jovencita. He trabajado aquí por las noches durante treinta años,
y me alegraría poder ayudaros a llegar al centro donde hay un poco menos de
tráfico, si queréis.”
“Creo que lo necesitamos, Ethel,” dijo Maddie. Finalmente la risa había
desaparecido de nuestra voz, aunque seguía habiendo un pequeño matiz de
diversión.
Yo asentí en acuerdo, y Ethel nos cogió por el codo y, ajustando el momento,
tiró de nosotras a través de los patinadores que daban vueltas por el exterior del
perímetro. Ella patinó, todavía sujetándonos, durante unos minutos, dando
vueltas en un pequeño círculo interior, alrededor de donde unos muy buenos
patinadores estaban practicando sus movimientos. Pronto sentí que el familiar
ritmo del patinaje regresaba, y cuando la canción de los Bee Gees sonó a nuestro
alrededor, fui capaz de patinar al ritmo de la música disco. Miré hacia Maddie y
la encontré sonriendo al viento, los ojos cerrados mientras se movía también con
las familiares zancadas.
“Ahí está, chicas,” Ethel gritó. Me entregó a mí la mano de Maddie y luego se
marchó, desapareciendo entre la multitud. Maddie me sonrió y apretó mi mano.
Continuamos patinando juntas sin problemas.
Me maravillé de recordar los patrones de movimientos mientras dejaba que
la música creciera dentro de mí y me llenase completamente. Simplemente me
sentía tan malditamente bien moviéndome en el viento, las luces de neón y los
colores brillantes energizando nuestro entorno. La música era buena, también,
no tan cursi como la de algunas pistas en las que había estado. La música de
órgano era un tenue recuerdo mientras la lista de los 40 grandes éxitos mezclada
con algo de disco y unos cuantos éxitos de los noventa llenaba la pista. Los
patinadores pasaban a nuestro lado sonriendo, algunos exhibiendo practicados
movimientos que me recordaban a un ballet. Una pareja mayor se deslizaba
como si fuese un baile de salón.
Miré a Maddie y me enamoré de ella de nuevo. Sus rizos negros discurrían
hacia atrás, girando sedosa y cuidadosamente como si estuvieran vivos. Ella
seguía sujetando mi mano, incluso aunque hacía más difícil nuestro movimiento
zigzagueante. No pensé que le importase, y sabía que a mí no. Honestamente
deseaba que nos pudiésemos quedar aquí para siempre.
Capítulo Veintiuno

Maddie

Había olvidado lo mucho que me encantaba patinar en línea. Había sido una
de mis actividades favoritas cuando, como niña y adolescente, iba con mi madre
al Empire, una vieja hermosa pista en el centro de Brooklyn. Era especialmente
divertido cuando el hermano de mi madre, Umberto, venía de Puerto Rico.
Aunque él hablaba verdaderamente poco inglés, estaba fascinado por todas las
cosas americanas y movía el esqueleto con la música de los setenta con
increíble aplomo. Me encantaban esos tiempos.
Ahora, mientras me reía junto a la mujer a la que rápidamente estaba
aprendiendo a adorar, me di cuenta plenamente que algunas cosas estaban tan
arraigadas en ti desde la juventud que nunca podías llegar a olvidar cómo
hacerlas. Una sensación de alivio me llenó, y finalmente me di cuenta que sí,
podía volver a amar otra vez. El miedo me había paralizado durante tanto tiempo
mientras me esforzaba por avanzar en mi carrera que había sido tan fácil ignorar
las necesidades humanas básicas. Estaba patinando alejándome de ese miedo,
y sentí como se desprendía de mí en grandes trozos. Los vacíos que quedaron
se llenaron de brillo, y me sentí impregnada de alegría.
Miré a Ella y me maravillé de su evidente alegría. La liberación de la tensión
acumulada que se había ido construyendo entre nosotras era buena para las
dos.
La multitud había disminuido en algún momento, y comprobé mi reloj. Eran
pasadas las cinco. Sacudí la cabeza con asombro mientras tiraba de Ella
acercándola.
“Son las cinco y cuarto,” dije mientras me inclinaba hacia su oído.
Sus ojos se agrandaron. “¿Hemos estado aquí casi cinco horas?”
Sonreí y le palmeé la mano, que tenía metida en el hueco de mi brazo. “Difícil
de creer, ¿no? Supongo que el tiempo pasa volando cuando te estás divirtiendo.”
Ella sonrió y cubrió mi mano con las suyas.
“Y yo me he divertido,” le aseguré.
“Yo también,” dijo ella, y luego suspiró. “Supongo que deberíamos regresar.”
Ella suavemente tiró de mí hacia un lateral, y fue solo entonces que me di
cuenta de lo doloridos que estaban mis rodillas y tobillos. Demasiado por revivir
mi juventud.
“¡Ouch!” Ella dijo cuando nos acercábamos a la puerta. “Creo que me duelen
todos los músculos de mi cuerpo. ¡Gracias a Dios que hicimos ese descanso
para tomar una porción de pizza o podría haber sido incluso peor!”
Yo gemí, expresando mi propio dolor. “Seguramente no podría ser peor. ¿En
qué estábamos pensando, patinar así a nuestra edad?”
“No creo que se trate de la edad. Más bien se trata de estar fuera de forma.”
Todavía sujeta a la barandilla, Ella hizo pilotar su cuerpo para salir de la pista y
de puntillas se dirigió hacia los bancos acolchados. La seguí. Nos quedamos
sentadas en silencio, lado a lado, durante un largo momento, ambas sonriendo
como tontas.
“Ha sido divertido, ¿no?” Ella preguntó finalmente. Levantó una ceja y me
miró interrogativamente. Sentí como si su nerviosismo estuviera regresando,
eclipsando la alegría de la tarde. Quería poder tranquilizarla.
“El mejor tiempo que he pasado en años,” le dije, cogiendo su mano en la
mía. Dejé que mi pulgar acariciase la suave piel del dorso de su mano. Nuestros
ojos conectaron, y me sentí atraída por sus labios. Estudié sus labios llenos,
rosados, sabiendo que iba a besarla. Entonces recuperé el sentido y me aparté.
Quería hacerlo, desesperadamente, pero no podía volverla a mirar a los ojos.
Sabía que si lo hacía, la besaría, y simplemente era demasiado pronto. Incluso
no habíamos hablado seriamente de nuestras preferencias sexuales. ¿Cómo
podía simplemente asumir que era lesbiana? ¿Cómo podía estar segura de que
se sentía atraída por mí? Liberé su mano y me doblé hacia adelante para
desatarme los patines. “¿Tal vez podríamos hacer esto de nuevo alguna vez?
Me pregunto si habrá una pista cerca de casa a la que podamos ir.”
Ella se quedó en silencio durante un largo momento. Recé para no haberla
ofendido con mis presunciones. Necesitaba ir más despacio, para ver si ella
podía desarrollar sentimientos hacia mí. La miré y vi que estaba estudiándome
pensativamente. “¿Ella?”
Ella sacudió la cabeza como para despejarla. “Honestamente no lo sé, pero
ciertamente voy a comprobarlo tan pronto como lleguemos a casa.” Sonrió.
“Especialmente ahora que tengo pareja para mí locura.”
Quedé atrapada por su enorme sonrisa, y mis dedos lucharon torpemente con
los cordones. “Sí. Será muy divertido,” dije, apartando la mirada y centrándome
en quitarme el patín. Agité los dedos de los pies, disfrutando de la libertad y del
aire fresco.
“Se siente bien, ¿no?” Ella preguntó con una risita.
Asentí y me quité el otro patín. Me levanté y extendí mi mano hacia ella.
“¿Puedes levantarte?”
Ella hizo una mueca como si yo estuviese loca. “Por supuesto, tonta.” Se
levantó, pero un gemido escapó de sus labios.
“Mmhm,” murmuré.
Dejé que lidera se el camino mientras recorríamos la corta distancia al kiosco
de alquiler.
Momentos después, estábamos en el coche dirigiéndonos de regreso a través
del centro de Dothan en dirección al hotel.
“Espero que nadie nos haya echado de menos,” dije.
Ella suspiró. “Ha sido irresponsable alejarte de la conferencia. Pero parecía
que querías alejarte.”
“Quería, sí. Hoy ha sido absolutamente perfecto. Si nos han echado de
menos, nos han echado de menos. Realmente no me importa.”
Ella se rió. “Bueno, somos adultas, supongo, y no siempre tenemos que hacer
lo que se nos dice.”
Me reí con ella. “Ella, no estoy totalmente segura de que dos adultas maduras
pasen un puñado de horas patinando felices y delirantes como lo hemos hecho
nosotras.”
Ella me miró, su expresión sorprendida. “Por qué, por supuesto que lo harían,”
dijo lentamente. “¿Por qué no lo harían?”
Miré hacia el pesado tráfico mientras lo meditaba. De hecho. ¿Por qué no lo
harían? Sabía con nueva certeza que Ella solo traería cosas positivas a mi vida.
Capítulo Veintidós

Ella

Me di un último vistazo en el espejo bien iluminado del cuarto de baño.


Tendría que servir.
Me había dado una larga ducha caliente cuando regresamos al hotel, que me
había refrescado y aliviado algo los doloridos músculos. Ni siquiera quería
pensar en la rigidez que tendría por la mañana.
Esta noche, para la cena, había elegido ponerme los pantalones suaves de
lino que mi hermana me había recomendado. Eran de color crema oscuro, y los
había rematado con un top de color café, junto con un cardigan totalmente negro
que era prácticamente calado. Mi joyería era simple: pequeños pendientes y un
largo collar, con colgantes de ámbar engarzados en oro. Podría estar dolorida,
pero nadie iba a saberlo. Sonreí para mí misma y, después de coger mi bolso,
me marché de la habitación.
La puerta de Maddie se abrió justo después de mi llamada. Parecía fresca,
vestida con su habitual camisa blanca almidonada con botones, chaqueta de lino
azul marino y pantalones sueltos. Su pelo estaba suelto, y se rizaba ligeramente
sobre sus hombros. Estaba hermosa.
“Hola. ¿Cómo te encuentras?” Pregunté.
“Mejor que antes,” dijo ella. “¿Estás lista para una copa?”
“Apuesta.” Sonreí.
Ella salió al pasillo y cerró la puerta. Miró a los lados. “Estás realmente
hermosa esta noche. Tendrás que quitarte a los pretendientes de encima.”
“¿Pretendientes? Que palabra anticuada tan encantadora,” dije. “No, no tengo
interés en ningún pretendiente.”
Esperaba que entendiese lo que quería decir. Ella no hizo ningún comentario,
y caminamos en silencio hacia el ascensor.
El vestíbulo estaba igualmente abarrotado que la noche anterior. La
conferencia realmente no terminaba hasta el martes, así que la mayoría de los
asistentes seguían en el hotel. Nos metimos en la refriega, Maddie siguiéndome
de cerca detrás de mí. Lideré el camino hacia el bar, sintiendo que íbamos a
necesitar fortaleza para hacer frente a otro encuentro con los compañeros de
Maddie.
“Creo que vosotras dos estáis evitándome deliberadamente,” dijo Dixie
cuando se acercó a nosotras, con un vaso alto de un cóctel rosa en una mano.
“Me he pasado por vuestras habitaciones para preguntaros si queríais ir a nadar
esta tarde, pero no hubo respuesta.”
“Estábamos viendo el centro de la ciudad,” dijo Maddie antes de marcharse a
pedir nuestras bebidas.
“Ahh, el centro es encantador,” dijo ella. Se tambaleó ligeramente, y yo me
pregunté cuantas copas se habría tomado. Me acerqué.
“¿Te encuentras bien, Dixie?” Pregunté en voz baja.
“Nunca me he sentido mejor,” dijo ella, sonriendo de forma torcida.
Maddie regresó y me entregó mi vodka con zumo de uva.
“Dejar la charla para la cena, vosotras dos,” ella sugirió.
Cogió mi brazo e inesperadamente le ofreció su codo a Dixie, quien, aunque
parecía sorprendida, aceptó el gesto. Nos movimos caprichosamente a través
del poblado comedor.
“Perdonadme,” murmuró Dixie cuando se marchaba y se dirigió
inestablemente hacía dos jóvenes mujeres de pie en un lado.
Maddie suspiró con alivio y me llevó hacia la mesa más cercana casi vacía
en la parte de atrás del comedor. “¿Te parece bien si nos sentamos allí atrás?”
Ella preguntó.
“¿Te estás escondiendo de alguien?” Pregunté, divertida, mientras me
sentaba en la silla. Coloqué mi bebida frente a mí y luego di un profundo sorbo.
Estaba fría, refrescante y con la cantidad justa de amargor.
“Creo que de todo el mundo,” Maddie respondió mientas se sentaba y se
frotaba la frente con ambas manos.
Le toqué la frente, de repente preocupada. “¿Te encuentras bien, cariño? ¿Te
sientes mal?”
“No. No, estoy bien.” Ella giró la cabeza y me sonrió, la cabeza todavía entre
las manos. De repente se echó hacia atrás y dio un largo trago a su escocés.
“¿Ella?”
“¿Sí, Maddie?”
“Me he estado preguntando sobre ti,” dijo ella en voz baja.
“Hmm. ¿Qué quieres decir?” Tenía curiosidad por saber en qué estaba
pensando.
Ella se removió incómoda. “Yo.....yo supongo que quiero saber.....bueno, que
es lo que quieres.”
“¿Qué quiero?” Levanté mi bebida y di otro lento y calmado trago. “Eso es
fácil.”
“¿Por qué estáis vosotras dos sentadas aquí atrás?” Dixie preguntó cuándo
tropezó con nuestra mesa y luego se sentó. “Está todo en sombras y penumbras,
y no hay nadie con quien hablar.”
“Esa era la intención,” Maddie dijo con enfermizo humor.
“¿Hmm?” Dixie no lo entendió debido a su ebria condición.
“Solo estamos cansadas hoy,” dije, intentando suavizar las cosas.
Dixie jugueteó con su vaso vacío y suspiró audiblemente. “Bueno, tengo que
sentarme por allí. Dice mi madre.” Agitó una mano hacia el frente de la sala.
“Venir a sentaros con nosotros, si queréis.”
“Parece que la mesa se ha llenado bastante rápidamente,” dijo Maddie con
un gesto de la cabeza.
Dixie miró con indiferencia en la dirección que Maddie había indicado. Se
levantó y gruñó. “Es una pena que no podamos charlar completamente. Estoy a
punto de aburrirme hasta perder la cabeza, escuchando a todos esos viejos
chochos sobre la medicina esto, la medicina aquello.”
Hice una mueca hacia Maddie y aparté el vaso vacío de Dixie a un lado
mientras Maddie se echaba hacia adelante. “¿Es fácil? ¿Por qué es fácil?”
Me ruboricé y di una profunda respiración, preparándome a mí misma. Una
vez que las palabras salieran, estarían dichas. No sería capaz de retirarlas.
“¿Les apetecería un té helado, señoras?” La joven camarera preguntó
mientras ofrecía la jarra de acero con ambas manos.
Maddie se echó hacia atrás, expulsando el aliento.
“Sí, por favor,” respondí. Miré alrededor y me di cuenta que los camareros ya
estaban sirviendo la cena.
“¿Maddie? ¿Quieres té?” Pregunté.
Ella miró a la camarera y asintió. Otro camarero se acercó detrás, llevando
platos de comida. Cuando la primera chica se fue, el segundo camarero, un joven
hombre con el pelo rubio corto, dejó nuestra comida en la mesa.
Nos quedamos en silencio mirando los platos durante casi un minuto.
“Aquí tienen el pan,” dijo la tercera camarera. “Dígannos si necesitan algo
más.”
Colocó la cesta de pan envuelta en un paño entre nuestros platos, hacia el
centro de la mesa.
Continuamos sin movernos.
Finalmente, Maddie se movió en su silla. “¿Ella? Yo.....”
Levanté mi bebida y di un trago más. “Eres tú, Maddie. Eres tú lo que quiero.”
Capítulo Veintitrés

Maddie

Mi corazón estaba latiendo rápidamente en mi pecho. En realidad me


pregunté si podría estar teniendo un ataque al corazón. Ella había dicho eso.
Había dejado claras sus intenciones. Mi psique se disparó, y sentí una felicidad
llenándome, completando los lugares muy profundos dentro de mí que no sabía
estaban vacíos. Quería coger su mano, pero ambas estaban sobre la mesa, y no
quería ser demasiado evidente.
“Ella, piensa en lo que estás diciendo,” dije en voz baja.
“¿Estás diciendo que no sientes nada por mí?” Su pregunta estaba llena de
dudas, así que me apresuré a tranquilizarla.
“Por supuesto que los tengo. Los he tenido desde el día en que viniste a
trabajar para mí.”
Ella se dio la vuelta para mirarme. “¿Por qué no dijiste nada? Nunca he estado
segura de cómo te sentías.”
Dejé caer los ojos y me acerqué para tocar su rodilla con las yemas de mis
dedos. “Estaba tan asustada.”
“¿De mí?”
“No.....bueno, tal vez. Pero era más miedo a permitirme sentir, creo. Es fácil
ignorar lo que te estás perdiendo en la vida si finges que no puedes sentir nada.”
Ella sonrió tímidamente. “Entonces llego yo y demuestro ser absolutamente
irresistible.”
Estudié sus hermosos amados rasgos. “Sí, sí. Exactamente eso.”
Ella sonrió otra vez, sus ojos suaves y amorosos. “Me imaginé que se trataba
de una cuestión ética, que por eso evitabas todos mis avances.”
“¿Te refieres a no confraternizar con mis empleadas?”
“Sí.” Ella asintió. “¿Es eso cierto?”
“Sí, muy cierto. Eso hizo que me frenase. Pero te necesito tanto.” Ella me miró
interrogativamente, así que me explique en un bajo susurro. “Te necesito, Ella.
Te necesito muchísimo.” Esperé nerviosamente.
“Y yo te necesito a ti. No dudaré en buscar otro trabajo, Maddie. Quiero
hacerlo.....si eso significa que podemos estar juntas.”
Aliviada, me acerqué, finalmente cogiendo sus dos manos en las mías.
“Estaremos juntas, Ella. Nunca dudes de eso. Por favor. Sin importar que. Nunca
dudes de eso.”
Ella me sonrió, las lágrimas llenando sus ojos. “He esperado tanto tiempo
para oírte decir esas palabras.”
“Quédate aquí. Vuelvo enseguida.”
Se me ocurrió una idea maravillosa, y me apresuré a salir al bar del vestíbulo.
Le hice el pedido al sonriente camarero y luego corrí de vuelta con mi amor.
“¿Quieres venir conmigo?” Dije, volviendo a sentarme en mi silla. Miré su cara.
¿Confiaría ella en mí?
“Pero nuestra cena.....” dijo ella con cierta sorpresa.
“Yo.....no tengo hambre. De comida.”
Ella sonrió. “Vale. Te conseguiremos algo después.”
Ella se levantó y nos marchamos del comedor, dirigiéndonos hacia el
ascensor. Estuvimos en silencio, pero había una fuerte energía tarareando entre
nosotras mientras subíamos. En las puertas de nuestras habitaciones, cogí su
mano y tiré de ella hacia la mía. Cuando la puerta se cerró detrás de nosotras,
me di la vuelta para estar frente a ella en la tenue luz de la habitación, situando
las palmas de mis manos en sus rosadas mejillas.
“Ella, tú haces que mi corazón se eleve y llene de luz,” susurré. “Ven, quédate
conmigo ahora.”
Ella se acercó a mí, solo a un suspiro de distancia. “Sí, lo que sea que hayas
dicho, sí.”
“He dicho que haces que mi corazón se eleve y llene de luz. Ven, quédate
conmigo ahora.” La envolví con mis brazos, permitiéndome al final sujetar su
suave carne contra la mía. Me maravillé, respirando su esencia, nuestras narices
tocándose. Era delicioso, mejor de lo que esperaba. Lentamente, saboreando
cada movimiento, cerré la distancia hasta que me permití, al final, presionar mis
labios en los de ella.
En mi mente, entré en otra dimensión. Sus labios eran turgentes y calientes,
y me sentía atraída, mi lengua hundiéndose en las dulces profundidades de su
boca. Esa misma boca que me había vuelto loca cuando me hablaba en el
pasado. Esta nueva dimensión me movía más allá de lo hablado. Ahora hablaba
de estar. Este nuevo lenguaje no verbal llenaba mi cerebro con una increíble paz
y excitación en igual medida. Tiré de su cuerpo incluso más cerca, aplastándola
contra mí, deseando que ella experimentase completamente esta misma
dimensión. Éramos viajeras en el tiempo, creando mundos atrevidos e utópicos
mientras viajábamos a través de ellos. El calor que me cubrió permitió que mis
manos físicas descendieran y se llenasen de su carne terrenal mientras
seguíamos ancladas juntas de alguna manera.
No estaba segura de cuánto tiempo estuvimos viajando en ese estado de
fusión, pero un insistente toque en la puerta me trajo bruscamente de vuelta a la
realidad. Nos separamos demasiado abruptamente, casi dolorosamente.
“Es para nosotras,” dije débilmente, mi pecho contraído. Encendí la pequeña
lampara del escritorio y me alisé la ropa, sabiendo que no podía hacer nada con
mi expresión facial de ensoñación. Después de abrir la puerta, urgí a la joven
mujer quien empujaba el carrito del servicio de habitaciones. Saqué mi cartera
del bolsillo y le di una propina, y ella nos deseo una buena noche cuando se
marchaba.
Me giré hacia Ella y vi sus mejillas de un brillante rosa y su boca curvada en
la secreta sonrisa de Mona Lisa. “¿Vino?”
“Sí,” dijo ella, asintiendo. “Después de ese beso, lo necesito.”
Me reí entre dientes. “Nuestra química es fuerte, ¿sí?” Le entregué una copa
llena. “Es de uva Moscatel, muy placentero, normalmente.”
Ella dio un sorbo y levantó los ojos con sorpresa por encima del borde del
vaso. “Esto es como néctar,” susurró.
Asentí y saboreé mi propio vino. “Sí, es mi favorito. Tenemos estas uvas en
Puerto Rico, en la región del suroeste. Allí es un vino popular, incluso mucho
mejor que este, y siempre intento hacer una visita al pueblo para tener una buena
comida y probar el vino cuando voy por allí.”
Ella se acercó los pasos que nos separaban y cogió mi mano, luego tiró de
mí hacia la cama. Nos sentamos una junto a la otra en el borde.
“¿Crees que podré ir contigo alguna vez? ¿A Puerto Rico?” Ella preguntó
suavemente.
“Por supuesto que lo harás,” respondí, levantando mi vaso hacia el suyo para
brindar. “Por nuestro futuro intemporal, lleno de una y la otra.”
Ella sonrió por mi brindis y dio un profundo sorbo del petit grain Moscatel.
“¿Maddie, has tenido muchas relaciones?” Ella preguntó, con lo que parecía
ser reticencia.
“No muchas,” admití. “Sé que debería haber tenido más a mí edad, pero mi
trabajo era mi amante. Mi última fue con una mujer cuando estaba en la facultad
de medicina. Ella me trató mal. Antes de eso tuve unas cuantas novias,
brevemente, cuando era muy joven.” Me moví para rellenar nuestros vasos. “¿Y
tú? Háblame de tus amores.”
“No son muchos,” ella respondió. “Mi primera verdadera novia fue en el
instituto, Katrina Merkel. Tuvimos que mantenerlo en secreto, por supuesto, y
ella finalmente me dejó por uno de mis cerebritos compañeros varones. Salí del
armario con todo el mundo cuando estaba en la Universidad, cuando me
enamoré de una chica llamada Gina. Pensé que ella era todo lo que quería, pero
ella se enamoró de otra. Tenía el corazón roto, de esa forma atormentada de la
juventud, así que me rebelé contra todo, finalmente me lo monte con una mujer
llamada Bailey, a las que mis padres realmente odiaban. Ella y yo nos metimos
en un montón de problemas hasta que ella se fue.”
Pude ver el dolor de Ella, pero no le estaba consumiendo. Eso era bueno. Me
levanté y le cogí el vaso, dejando los dos en el carrito. Me quité la chaqueta.
“Ven,” dije, poniéndola de pie. Ella sonrió seductoramente mientras yo le
quitaba su ligera chaqueta. “Ahora, eres mía,” dije, mis labios buscando su
fragante, caliente cuello. “Y yo soy tuya.”
Capítulo Veinticuatro

Ella

Sentí como si mi corazón dejase de latir cuando Maddie comenzó a hacerme


el amor. Su toque era tam suave, tan etéreo, todo era onírico. Mi ropa se
desprendió de mí, y no sentí inhibición alguna al estar desnuda y ser honesta
frente a ella. Sus grandes manos recorrieron mi piel, sus palmas suaves y
calientes mientras exploraba, no, adoraban mi cuerpo. Los dedos, fuertes pero
amables, acariciaron mi cuello hacia arriba hasta el nacimiento del pelo, y
descubrí que era una nueva zona erógena para mí. Y siempre su boca,
consumiendo mis labios, su poderosa lengua siguiendo a sus manos, adorando
mi nuca mientras yo me daba la vuelta para darle acceso. Una mano descendió
y encontró mis pechos, erectos y firmes, y una nueva oleada de sensación me
envolvió en un delirio. El líquido creció en mí, el vértice de mis piernas se retorció
con anticipación a la penetración, a la liberación.
Una mano seguía acunando mi cabeza y mi cuello mientras nos besábamos.
Y nos besamos de nuevo. La otra mano abandonó mis pechos y se deslizó por
mi torso, presionando con firmeza mis costillas, mi cintura, luego moviéndose a
lo largo de los carrillos de mi culo, presionando mi centro contra su firme cuerpo.
Una nueva fuente de humedad me llenó, y jadeé por la sensación extrema que
ella había despertado. Me eché hacia atrás y le miré a los ojos. Encontré amor
allí y una profunda, oscura pasión. Lo que vi casi produjo más sensaciones de
las que podía soportar, y temblé.
“Dime que esto es real, Maddie,” susurré temblorosamente.
Ella dejó escapar el aliento y mordió mis labios antes de susurrar en réplica.
“Esto es real, mi canto. Más real que nada anterior. Estamos creando una nueva
realidad. Estamos generando nueva vida y luz entre nosotras.”
Me puse de espaldas, tirando de ella conmigo. Comencé a desabotonar su
camisa, mis dedos luchando con la tarea. Maddie se puso de rodillas y se quitó
la camisa por la cabeza. Le siguió su camiseta interior, y vi su delgadez sin
restricciones por primera vez. Su piel bronceada parecía brillar con luz interior.
Sus pechos eran pequeños y respingones, sus pezoneras pequeñas y oscuras.
Sus salvajes rizos caían en cascada a través de sus hombros como si
bromeasen con esos pechos. Era una visión que sabia recordaría el resto de mi
vida.
Levanté las manos y presioné ambas palmas en el espacio justo debajo de
sus pechos, extendiendo mis dedos hacia fuera a través de sus pronunciadas
costillas. Ella se desabotonó los pantalones y luego bajo su cuerpo encima del
mío. Allí estaban esos hipnotizantes besos otra vez, alejándome de este mundo,
empujándome con facilidad hacia un reino de sensualidad donde el tiempo y el
espacio dejaban de existir. Me estremecí, cerca del orgasmo que nunca había
tenido sin el beneficio del toque.
“Oh, Maddie. Oh, Maddie,” murmuré, tirando de unos de sus muslos entre mis
piernas. Ella entendió y presionó hacia arriba, mientras su mano se agarraba a
mi cadera para tener más control. Su boca dejó la mía cuando echó hacia atrás
la cabeza y gimió. Su cabello con aroma a sándalo rozando mi mejilla, mientras
giraba la cabeza, los ojos cerrados. Presioné mis labios contra su cuello,
mordisqueando el cordón de piel allí.
Su mano dejó mi cadera y reptó entre nosotras, los dedos fácilmente
encontrando y penetrando mi palpitante centro. Se movió ligeramente hacia un
lado, y mientras su boca encontraba mis labios otra vez, el talón de su palma
presionó contra mí duro protuberante clítoris. Unos cuantos empujones dentro y
fuera y me perdí. Mi cuerpo se arqueó por encima de la cama mientras gemía en
la boca de Maddie y mi mundo explotaba. Los dedos de mis pies se curvaron y
mis muslos se tensaron y temblaron. Murmuré palabras absurdas mientras
intentaba encontrar el camino de regreso a la realidad. Afortunadamente la mano
de Maddie se aquietó, pero permaneció, sin duda sintiendo mis intensas
contracciones de placer.
Intenté estar avergonzada pero no tenía fuerzas más que para ser una
temblorosa masa de sensual reverberación.
Maddie suavemente besó la longitud de mi torso, mis pechos. Yo cerré los
ojos, sintiéndola contra mí, oliendo su hermoso aroma. Conseguí levantar un
brazo estirándolo detrás de ella y acércala más a mí. Ella se acurrucó contra mí,
con un nuevo pequeño confort. Su mano se deslizó fuera de mí, y la puso en la
cama junto a mí costado mientras me abrazaba completamente, un muslo por
encima de los míos. Nos quedamos tumbadas de esa forma durante mucho
tiempo, conectando, hasta que el aire acondicionado se sintió y el frío nos barrió.
Maddie se levantó y se quitó los pantalones y las bragas. Aflojó las sabanas
y las mantas, tapándome con ellas. Se deslizó junto a mí y me abrazó muy cerca,
nariz con nariz.
“Al final.” Ella suspiró.
“Al final,” respondí. “¿No mas dudas?”
“No más dudas. No más miedo.”
Ella me besó profundamente, y sentí un nuevo fuego arder. Acuné uno de sus
pechos en mi mano. “Eres tan hermosa,” susurré, inclinándome para presionar
mis labios en la suave carne de allí. Ella suspiró y se dio la vuelta para tumbarse
de espaldas.
“Ámame, Ella,” ordenó en voz baja mientras habría los brazos como
invitación.
“Oh, lo haré,” le aseguré. Cogí su pezón entre mis labios y lo rodeé con la
lengua, disfrutando de cómo se ponía increíblemente duro bajo mis atenciones.
Maddie gimió, y capturé el otro, jugando con él de forma similar. Ella tenía los
ojos cerrados, pero pude ver cómo se le ponía la piel de gallina con la
anticipación. Me moví adelante y atrás entre sus pechos durante un lento e
incontable tiempo, hasta que ella lloriqueó con necesidad. Solo entonces me
moví hacia abajo, besando la gloriosa extensión de su piel hasta alcanzar el
bosque de pelo negro rizado. Lo acaricié con mis dedos, ligeramente,
lentamente. No deseaba que este interludio terminase. Ni siquiera
temporalmente. ¿Por qué no podían las amantes amarse una a la otra todo el
tiempo? ¿Por qué existían los trabajos y otras personas tenían que interferir?
Moví una rodilla entre los muslos de Maddie y me metí bajo las sábanas.
Cuando me tumbé sobre mi estómago y presioné mis labios sobre la parte
superior de su tembloroso muslo, lo entendí. Hacerlo, hacer esto todo el tiempo,
sería una locura. Una locura de placer. No había psique humana que pudiera
soportarlo.
Capítulo Veinticinco

Maddie

El desayuno había sido una tempestad de deleite. Aunque teníamos que


mantener en secreto nuestra nueva relación, por motivos de trabajo, todo era
muy diferente. Me preguntaba si mis compañeros se darían cuenta, así que hice
un verdadero esfuerzo por no mirar a Ella a los ojos cuando estaba con ella. Pero
la energía, la perseverante química que emitíamos.....no estaba segura de que
alguien pudiera pasarla por alto. No las atontadas, felices sonrisas.
Ahora, de camino a casa, me aclaré la garganta y apreté la mano que había
estado sosteniendo mientras conducía. “Sandy lo sabrá, ¿no?”
Ella suspiró y se encogió de hombros. “No estoy segura de cómo no podría.
¿Has visto de la forma tan extraña con que Dixie nos miraba en el desayuno?
Estoy segura que lo ha adivinado.”
“Tú.....um, tú realmente no querías salir con ella, ¿no?”
“Por supuesto que no, hermosa mujer. Solo tengo ojos para ti. Aunque.....”
Ella hizo una pausa, y mi corazón se tambaleó. “Lo consideré, durante un breve
segundo, cuando tú parecías ignorar persistentemente mis avances.”
“No había forma de que pudiera ignorarte por más tiempo. Me estaba
simplemente volviendo loca.” Acaricié su mano con mi pulgar. “Nunca volveré a
cometer ese error otra vez. Puedo prometerte eso.”
Ella sonrió tiernamente y luego se giró para estudiar el paisaje. “¿Entonces
qué pasa con Sandy?”
“He estado pensando mucho en esto y, sabes, todo el mundo tiene que
saberlo, más pronto que tarde. Es decir, tengo planeado quedarme en Maypearl
y en la consulta. Y.....”
Ella se giró y me miró con curiosidad. “¿Y?”
Di una profunda respiración. “Y por supuesto te quiero en mi vida. Que estés
conmigo.”
Sentí como el resplandor salía de ella antes de verlo. “¿Lo dices en serio?”
Ella preguntó sin aliento.
Comprobé el tráfico de alrededor y conseguí parar en un lateral de la
interestatal. Paré el SUV y me giré hacia ella. “Ella, no te conozco tan bien como
tengo planeado hacerlo, pero estoy segura de la forma en que me siento cuando
estoy contigo. Tú.....sí, tú llenas mi corazón de luz. Nunca he tenido eso antes,
así que no estoy muy versada en esta cosa del compromiso en las relaciones.
Pero quiero, no, planeo intentar ser una pareja. Quiero ir a casa contigo, todos
los días, y hablar de cómo nos ha ido el día. La forma en que nos hemos sentido.
Quiero abrazarte todas las noches mientras dormimos y despertarme contigo
como he hecho esta mañana.” Hice una pausa y respiré profundamente. “Espero
que tú te sientas de la misma forma, y creo que lo haces. Si no, lo discutiremos.”
Ella asintió. “Y podemos, sabes. Discutirlo. Creo que no hay nada de lo que
no podamos hablar. Al menos ahora.” Ella me sonrió. “¿Entonces deberíamos?
¿Jugar a las casitas juntas?”
El alivio me llenó. “¡Sí! Sí, por favor.”
Ella se desabrochó el cinturón de seguridad y presionó sus labios contra los
míos. El calor surgió a través de mí, y sentí comenzar el deseo por ella en la
base de mi espina dorsal y ascender todo el camino. El tiempo pasó mientras
nos perdíamos una en la otra. Cuando me encontré frenada por mi cinturón de
seguridad, intentando poseerla, me separé y me reí temblorosamente. “Ah,
mujer. Lo que me haces es.....bueno, es lo que es.”
Ella no era imperturbable. Vi como su pecho ascendía y caía mientras se
enderezaba su blusa. Se rió entre dientes. “Vamos a casa, mi amor.”
“Juntas,” añadí mientras cuidadosamente regresaba a la autopista.
Durante las siguientes dos horas, discutimos la logística. Ella seguía
queriendo marcharse de la clínica, y yo le rogaba que se quedase. Por alguna
razón, trabajar juntas ya no sería conflictivo para mí. No estaba segura de por
qué mi punto de vista había cambiado, pero ahora nos imaginaba trabajando
juntas como un equipo médico aún más aerodinámico. Sus dudas eran
profundas, pero en la euforia de nuestro nuevo amor, no podía vernos trabajando
una separada de la otra. Decidimos dejar esa discusión para más tarde.
Otra discusión preocupante era donde viviríamos. A mí no me importaba en
absoluto, confiaba en que ella haría cualquier lugar en el que viviéramos
acogedor, un hogar personalizado para las dos. Sin embargo, ella permanecía
indecisa, y supuse que renunciar a su independencia, a través de su
apartamento, estaba resultando difícil para ella. Me sentí triste por eso, pero con
toda seguridad lo entendía. Le dejé saber justo entonces que Julio sería una
bienvenida adición a nuestra nueva familia. Ciertamente yo estaba muy
emocionada con la idea de volver a tener una mascota otra vez.
En un momento dado tuve que sofocar una punzada de dudas. Mis noches,
aunque solitarias, eran cuando podía pensar con seguridad, y pasar el tiempo
escribiendo y estudiando. Me producía aprehensión lo que imaginaba podía ser
cierto caos en mi futuro. Sabía que Ella era una ávida lectora. Haríamos que
funcionase.
Viendo el gran letrero azul que nos daba la bienvenida a Maypearl se produjo
una nueva oleada de aprehensión en movimiento. ¿Cómo reaccionarían mis
pacientes a que Ella fuese mi pareja, tal vez un día mi mujer? ¿Qué cambios
traería a mi carrera? Un brillo de paz me llenó al darme cuenta que simplemente
no me importaba. No podía importarme. Ser infeliz y vacía como lo había sido
antes de conocer a Ella, y no tenerla como mi amor me había demostrado que
una mujer feliz hacía que la doctora fuese más feliz. Sería mejor médico con Ella
en mi vida. Ese era el hecho, en lo que a mí concernía. Los pacientes y Sandy
tendrían simplemente que acostumbrarse. Podría ser un poco incómodo al
principio pero, en realidad, ¿no tenía derecho a tener una vida plena y llena de
amor?
Aparqué en un sitio cerca de la puerta del apartamento de Ella. Llevé nuestras
bolsas dentro.
Julio nos recibió con estridentes quejas entre algunos maullidos de
‘bienvenida a casa’ solo para ser políticamente correcto. Ella parecía estar
escuchándole, descifrando su lenguaje, y yo pensé que era adorable la forma en
que inclinaba la cabeza hacia él, escuchando con intensa concentración.
“Sí, sí. Sé que Sandy ha estado aquí. No pensarías que iba a dejarte
completamente solo, ¿no? ¿Te ha dado de comer lo que querías?”
Caí en el hechizo yo misma, jurando que podía distinguir palabras entre el
revoltijo de gruñidos y maullidos.
“Bueno, le diré que no te dé tanto salmón la próxima vez,” dijo Ella mientras
caminaban por el pasillo hacia el dormitorio. Les seguí como una sonriente
botones, con una pequeña maleta en cada mano.
“Puedes ponerlas en la cama,” dijo ella, y me costó un minuto darme cuenta
de que me estaba hablando a mí.
“Ah, ¿entonces está bien si me quede aquí está noche?”
Ella se acercó e insinuó su cuerpo contra el mío. Incliné mi cabeza hacia
adelante. Ella capturó mis labios y contestó a fondo a mi pregunta.
Capítulo Veintiséis

Ella

Tan pronto como Maddie se fue a comprobar cómo estaban las cosas en la
oficina, me fui a la sala de estar y llamé a mi hermana.
“¡Jess! ¡Jess! ¡Jess!” Chillé cuando ella contestó.
“¡Whoa! Espera, tía El, soy Westie. ¿Estás bien?” Puede oír la preocupación
en su voz, así que me calmé.
“Por supuesto, tesoro. ¿Cómo estás?”
“Supermegabien. Mamá hizo que Papá se rascase el bolsillo para comprar un
nuevo microscopio así que puedo arrasar en los exámenes finales, ¡sí, todo es
súperguay!”
Me reí por su juvenil entusiasmo con el microscopio, entre todas las cosas.
“Eso es increíble. ¿En qué estás trabajando?”
Estuvimos hablando hasta que mi hermana sonó de fondo y Westie le dijo
que yo estaba al teléfono. Westie se despidió y escuché a Jess.
“¿Ella? ¿Cómo ha ido tu viaje?” Ella preguntó. “Quiero todos los detalles.
Canta.”
Yo estaba completamente hechizada, haciendo ruidos indescifrables al
teléfono.
“¿Ella? ¿Ella?” Ella parecía histérica.
“Ha sucedido,” espeté. “Ella.....ella me quiere.”
“Oh, Ella,” ella suspiró.
“Y quiere vivir conmigo. ¡Para siempre!”
Jess chilló al teléfono y, por supuesto, yo igualé su chillido mientras Julio me
miraba con disgusto.
“Oh, hermana. Estoy tan increíblemente feliz por ti. ¿Es ella maravillosa?
¿Tú.....?”
Sonreí y empujé a Julio imprudentemente. “Sí. Anoche, y déjame
decirte.....bueno, no puedo mantener mis manos alejadas de ella. Es tan
deliciosa.”
“Deliciosa,” Jess repitió, arrastrando la palabra. “Eso es maravilloso para ti.
Oh Dios mío. ¿Cuándo podré conocerla? Oh, ¿qué pasa con el trabajo? ¿Vas a
seguir trabajando allí?”
Me acurruqué en el sofá junto a Julio, tranquilizándole. Él se quejó pero no se
movió. “Todavía estamos hablando de eso. Ella quiere que lo haga, pero.....”
“¿Pero?” Escuché como se deslizaba la puerta de cristal a través del teléfono
y pude imaginármela saliendo para sentarse en la inmensa terraza que Brian
había construido para ella. La silla con cojines expulsó aire cuando se sentó.
“No sé por qué tengo reservas. Supongo que se debe a mi corazonada sobre
estar pidiéndole que rompa, ¿qué? ¿El protocolo? Es solo que no quiero ser
responsable si ella.....piensa en eso algún día.”
“Lo entiendo. Tal vez no sea una mala idea.”
“Pero luego pienso en nosotras trabajando juntas, ya sabes, como un equipo.
Eso me emociona. Seríamos como Batman y Robin. El Llanero Solitario y Tonto.”
Jess se rió tan fuerte que se atragantó y no paró de toser. Eso me rompió, y
estallamos en carcajadas juntas como dos viejas gallinas.
“Oh, Ella,” ella suspiró finalmente. “Sé feliz, cariño. Te lo mereces, y estoy
muy feliz por ti. Estoy segura que entre las dos tomareis la decisión correcta. La
vida es demasiado corta para no hacerlo, ¿ya sabes?”
“Sí,” respondí pensativamente. “Y ella es tan maravillosa, bueno, juntas. Sé
que puedo confiar en que ella tomará las decisiones correctas para nosotras.
¿Oye, te he dicho que su familia es de Puerto Rico? Eso es raro, ¿no? Nunca he
salido con nadie como ella. Oh, y Jess, deberías oírla hablar español, me hace
sentir, um, como Gómez con Morticia de la película La Familia Adams.”
Jess se rió. “¿Oh, quieres decir que quieres besarla sin parar y decirle cosas
dulces cada vez que ella lo habla?”
“Sí,” me ruboricé, esperando que Julio no se diera cuenta. “Algo por el estilo.”
“Oh, El, lo tienes tan mal, y me encanta que te esté pasando esto otra vez.
Solo espera, dos años a partir de ahora, estarás quejándote de algo que ella
hace que te pone de los nervios.”
“Si, probablemente. Algo así, lo sé. Pero ahora mismo me tiene comiendo de
su mano. No puedo esperar a que la conozcas.”
“Tal vez podríais venir el próximo mes para nuestra fiesta de aniversario.
Veinticinco años.”
“¡Joder! ¿Ya ha pasado tanto tiempo?”
“Lo sé.” Ella suspiró. “Difícil de creer. Hemos tenido suerte, supongo. No hay
razones para separarnos. Incluso ni nos peleamos. Supongo que seremos como
Mamá y Papá y envejeceremos juntos.”
“Pero estáis bien, ¿verdad?” Yo pregunté.
“Absolutamente. No puedo imaginarme alguien mejor con quien envejecer.
Tal vez tú y tu Maddie seréis de la misma forma. Cruzo los dedos.”
Pensé en ello durante un largo momento. Sí, Maddie y yo seríamos perfectas
como dos viejas damas viviendo y amándonos juntas.
“¿El?”
“Perdona, estaba soñando despierta. ¿Entonces cuando debería decírselo a
Mamá y Papá? ¿Y a Barbie?”
Pude sentir como Jessica se encogía de hombros. “¿A quién le importa? Yo
no tendría prisa. No tienes que verles hasta la próxima Navidad, tal vez entonces.
Es tu vida, y ellos no tienen nada que decir al respecto.”
“Es como si quisiera que sepan que puedo ser lesbiana y aún así ser feliz,”
murmuré.
“No, solo quieres demostrarles que están equivocados. ¿Qué conseguirás
con eso, Ella?”
Maldita Jess. Ella siempre tan razonable. “Satisfacción,” dije sarcásticamente.
“No, lo sé. No es la mejor razón. Te he escuchado.”
“Mmhm,” ella respondió dubitativamente.
Me reí. “Mira, tengo que irme. Quiero deshacer las maletas antes de que
vuelva.”
“¿Dónde ha ido?”
“Solo ha asegurarse de que todo estaba bien en la oficina. Y a relevar al
médico que le ha suplido para mañana.”
“¿Qué vas a hacer con el trabajo?”
“Iré y probablemente tenga noticias mañana. Veremos. Ella va a volver aquí
esta noche, y tal vez hablemos un poco más de ello entonces.”
“Vale, hermana pequeña, mucho amor,” dijo ella, colgando.
“Amor también para ti,” respondí antes de terminar la conexión.
Julio se estiró contra mi pierna, solicitando mi atención. “¿Tú qué crees,
hombrecito? ¿Debería encontrar otro trabajo? Seguro que podría hacerme a la
idea.”
Él me miró y parpadeó con un ojo lentamente.
“Eso no ayuda,” le dije. “Deja que Mamá se levante para que pueda tenerlo
todo perfecto para cuando mi amada mujer vuelva a casa.”
Él apartó su cabeza, y yo me retorcí saliendo de debajo de su sustancial peso.
“Sí, lo sé, cursi. Es solo que no puedo evitarlo,” le dije, riendo mientras
recorría el pasillo hacia el dormitorio.
Capítulo Veintisiete

Maddie

“¿Cómo está la oficina?” Ella me preguntó cuándo me senté a la mesa. No


podía responder ahora mismo. Todavía estaba hormigueando y aturdida por los
calientes besos con los que me había recibido hacia unos momentos. Estar en
una relación con Ella ciertamente iba a cambiar mi vida de forma muy placentera.
Finalmente encontrando mi voz, le contesté. “Estaba bien. Jason lo tiene todo
bajo control.”
Ella se dio la vuelta desde el mostrador. “¿Cuándo se marchará el Dr. Mikas?”
Estudié el festín frente a mí. Ella había hecho un inmenso cuenco de
ensalada, cubierta con una capa de frutos secos y luego había preparado un
plato de pan tostado crujiente con mantequilla para acompañarla. “Después de
cerrar la oficina hoy. Esto tiene muy buen aspecto. Gracias por hacerlo.”
“De nada, querida. Pensé que una ensalada sería una buena idea puesto que
tenía verduras que tenía que consumir. Y pan, por supuesto.” Ella se sentó y me
sonrió. “Disfruta.”
Comí con gusto, dándome cuenta de lo hambrienta que estaba desde nuestro
tardío desayuno. Tras varios momentos de silencio me di cuenta que Ella estaba
observando cómo comía. Me reí y me cubrí la boca con una mano. “Para,” dije.
“Estás haciendo que sienta vergüenza.”
Sus ojos contenían admiración en sus profundidades, y me pregunté si alguna
vez había visto a alguien mirarme con ese tipo de cariño antes. ¿Cómo podía
haber vivido todos estos años sin ello en mi vida?
“Ah, Dios mío,” susurré.
“¿Qué?” Dijo ella, inclinando la cabeza hacia un lado. Tenía levantada una
rodaja de pan en una mano.
“Cuando me miras así, me doy cuenta que hay mucho más en la vida que la
comida.”
“¿Cómo que?” Su tono era ligero y coqueto, pero había una seriedad
subyacente en su pregunta.
“Amor. Amor como el que hay entre nosotras. No puedo creer que haya
tardado tanto tiempo en encontrarlo.”
“Y por eso, me alegro,” dijo ella, encogiéndose de hombros. “De lo contrario,
hubiera sido mi pérdida.”
Asentí y volvimos a nuestras comidas en silencio, Julio maullando, y Ella
acariciando el suave pelo de su espalda.
“¿Comías mucha ensalada cuando crecías?” Ella preguntó pensativamente
un tiempo después.
Negué con la cabeza. “Desafortunadamente, no. Mi madre era una cocinera
tradicional. Comíamos plátanos, aguacates, arroz, judías, cerdo. Para
desayunar, a menudo tomaba pan de leche con un poco de aceite de oliva y sal.”
Ella me miraba fascinada. “¿Entonces muy poca carne?”
Mastiqué una fina rodaja de pimiento rojo. “Muy poca carne. Cerdo adobado
con ajo y pimienta. Servido con judías y arroz. Delicioso. Lo haré para ti un día.”
“Eso me gustaría.” Ella cogió mi mamo y la sostuvo. “Estoy ansiosa por llegar
a conocerte, saberlo todo de ti.”
Me reí entre dientes y comencé a cantar en voz baja ‘Llegar a Conocerte’ de
El Rey y Yo. Ella se rió y juguetonamente apartó mi mano como si estuviera
enfada.
“Lo hago.”
Me levanté y me acerqué a ella. La puse de pie y acerqué nuestros cuerpos.
Nos quedamos de esa forma, nariz con nariz, respirando una el aire de la otra.
Olí a frutos secos y lechuga, y ajo del aderezo. Sus ojos eran de un calmado rico
verde y los miré fijamente. Parecían pensativos, y me pregunté en qué estaría
pensando.
“¿Podemos realmente alguna vez llegar a conocer a otro?” Susurré. “Aun así
quiero compartir todo de mi contigo. También quiero llegar a conocerte.”
Ella cogió mi cara en sus manos. “Podemos solo conocer lo que confiamos
en compartir. Y tenemos toda una vida. No hay prisa. La confianza se forja con
el tiempo.”
“Esa es mi sensible amor.” Me eché hacia atrás y cogí sus manos en las mías.
“No puedo prometer que siempre vaya a ser fácil. La medicina siempre ha sido
mi vida. A veces tendrás que ser paciente conmigo.”
Ella sonrió ampliamente y comenzó a desabotonar mi camisa. “Tal vez
debería practicar como obtener tu atención. Todo trabajo y nada de diversión
hace de Maddie una aburrida, aburrida doctora.”
Permití que tirara de mí a lo largo del pasillo. “Veo que has aprendido tus
lecciones de asistente médica muy bien.”
Ella se detuvo abruptamente, y yo me choqué con ella. “Oh, eso tenemos que
discutirlo. Sobre si voy a ir a trabajar mañana,” dijo.
Cogí su nuca con mi palma y tiré de ella cerca para darle un beso. “Más tarde,
mi amor, más tarde. Ahora, tenemos temas más importantes que discutir.”
Presioné mis labios con los suyos y sentí como se relajaba contra mí. Su boca
se abrió, y saboreé lo que ella había saboreado, intentando discernir qué dulzura
era suya y cuál del aderezo de la ensalada. Finalmente concluí que toda era de
ella mientras sondeaba su boca. Sus rodillas se debilitaron, y apreté mi agarre.
Mis labios se curvaron en una pequeña sonrisa de satisfacción. Quería que ella
confiase en mí para sostenerla, para amarla.
Más tarde, en la cama, la incité a confiar en mí otra vez mientras
desplegábamos nuestra forma de hacer el amor en una maratón de deleite. La
desvestí lentamente, poco a poco, posando mis labios y mis manos en cada
nueva parte de su piel al descubierto. Me sentí glotona y casi culpable por
estarme permitido una vez más saborear el sabor, el aroma, y el toque de este
festín de belleza. Me encontré murmurando sin pensar palabras de gratitud en
mi lengua materna. Ella se estremeció bajo mis dedos mientras los hacia flotar a
través de su suave carne.
“Me encanta como me amas,” ella susurró mientras retiraba su pelo hacia un
lado para que así yo pudiera presionar mis labios en el lateral de su cuello.
Salí de mis ropas y entré en sus brazos. Tiré de ella cerca, insertando mi
muslo entre sus piernas y encontrando el más delicioso húmedo calor allí.
Suspiré de alegría justo cuando un enorme peso cayó en el colchón detrás de
mí. Me quedé quieta, tratando de orientarme y así comprender lo ocurrido. Unas
suaves patas contra mi cadera me hicieron saber que Julio había llegado. Él
subió su considerable peso encima de mí y se acomodó en mi cadera y el exterior
de mi muslo, envolviendo su cola alrededor de sus patas como un privilegiado
gato de un templo.
“¿Qué pasa?” Ella preguntó con voz sin aliento. Abrió los ojos y levantó la
cabeza. “Oh,” dijo. “Oh, Dios mío.”
Él extendió sus patas, arañando ligeramente mi carne. Jadeé de dolor.
“¿Puedes.....puedes quitarlo?” Pregunté en voz baja.
“No sin.....hacerte daño. No lo creo,” ella susurró con preocupación.
“Ah, mierda.” Gemí y me estremecí. ¡Hablando de acabar con el momento!
“Tenemos que intentarlo,” dije.
Ella salió de la cama y se apresuró a dar la vuelta hacia mi lado. “Ven, chico
grande,” dijo ella, inclinándose para levantar al gato con un suave movimiento.
Suspiré con alivio y me di la vuelta para ver cómo ella le echaba por la puerta y
la cerraba firmemente. Él maulló una vez en protesta. Me di la vuelta y me apoyé
en un codo para admirar la deliciosa desnudez de Ella.
“Eres tan hermosa,” le dije.
Su cara se tiñó de color como si estuviese avergonzada, y corrió para meterse
bajo las sabanas a en su lado. Tiró de ellas con tanta fuerza que casi me hace
caer al suelo.
Riendo, me levante y me uní a ella entre las sábanas. “Ahora, ¿por dónde
íbamos?” Pregunté.
Ella se acercó y presionó sus labios contra los míos. “Por aquí. Por aquí
mismo,” murmuró.
Capítulo Veintiocho

Ella

Me quedé dormida en los brazos de Maddie. Estaba rápidamente empezando


a amar la sensación de su delgada figura contra mi cuerpo desnudo, aunque solo
fuese para dormir. Ella estaba tan bendecida por la genética, y una parte de mí
la envidiaba. Aun así estaba lo suficientemente feliz para disfrutar de
acurrucarnos tras la relajación después de hacer el amor.
Ella me despertó justo después de medianoche. Como todavía estaba
desnuda, sentí un repentino escalofrío cuando levantó las sabanas y se retiró de
alrededor de mi cuerpo.
“¿Qué ha pasado?” Murmuré, más dormida que despierta.
“Tengo que irme, cariño. Ha habido un accidente de coche a las afueras de
la ciudad, y Lizzie Horten está de parto. Es una de mis pacientes.”
“Pero.....pero el Dr. Mikas.....”
“No, nena, él está en casa. Tú solo vuelve a dormir. Volveré tan rápido como
pueda.” Ella presionó sus labios en mi frente y yo sonreí.
Me di la vuelta hacia el otro lado, reclamada por el sueño de nuevo.
Cuando me volví a despertar, Julio estaba lamiéndome la nariz y la frente, y
la luz del sol brillaba con fuerza a través de los visillos de la ventana.
“Pensaba que te había echado de aquí,” murmuré mientras me daba la vuelta
para comprobar el reloj y me di cuenta que llegaba tarde al trabajo. Si es que de
hecho iba a ir. La costumbre era difícil de romper. Tampoco Maddie y yo
habíamos hablado de ello lo suficiente para tomar una decisión la noche pasada.
Comprobé la casa mientras preparaba solo una taza de café, pero no había
señal de que Maddie hubiese vuelto. Su maleta estaba un poco movida, pero
probablemente fue cuando se vistió durante la noche.
Le di de comer a Julio sus croquetas de la mañana y luego me fui a la ducha.
Me apresuré, aunque revivir el éxtasis de la noche previa hizo que me distrajera
bastante. Cuando me secaba, dibujé un gran corazón en el vapor del espejo
utilizando un viejo pintalabios que tenía, esperando que Maddie lo viera esta
noche y le llegara el gesto romántico.
Después de vestirme, me colgué el bolso del hombro, cogí mi teléfono y le di
a Julio un beso de despedida. Comprobé mi teléfono de camino a mi coche, solo
para ver si Maddie había llamado. Me sorprendió ver tres llamadas de Sandy,
llamadas que sin duda no había oído cuando estaba en la ducha. Marqué y puse
él manos libres mientras salía marcha atrás de mi plaza de aparcamiento.
“¡Hola!” Sandy ladró al teléfono.
“Sandy, soy yo, Ella. ¿Va todo bien? Sé que llego tarde, y lo siento.....”
“Oh, cariño. Tienes que venir aquí ahora mismo.” Ella comenzó a sollozar, y
una banda de acero se cerró alrededor de mi corazón.
“¿Sa.....Sandy? ¿Qué ha sucedido?”
“Es la doctora, Doc Maddie. Explotó y estuvo malditamente cerca de matarla.”
¿Algo había explotado? La conmoción hizo que me saliera del carril, y apenas
evité colisionar con Mercury Cougar tuneado lleno de adolescentes fumando.
Tocaron el claxon y gritaron despectivos comentarios mientras yo enderezaba
mi coche y paraba en el arcén.
“¿Ella? ¿Qué ha sido ese ruido? ¿Dónde estás?”
“Estoy.....estoy en la carretera. ¿Estás en la oficina?” Apenas susurré la
pregunta. Las lágrimas llenaron mis ojos, cayendo brutales y calientes por mis
mejillas.
“En el hospital. Seguimos en urgencias.” Ella sollozó audiblemente, y me dolió
tanto que tuve que pulsar el botón de colgar. Me quedé allí muy quieta durante
un largo momento. Te mía miedo de ir a ver a mi Maddie. Tenía miedo de lo que
podría encontrar, el mismo miedo de ir al médico cuando encuentras un extraño
bulto alojado en tu pecho.
Ve al medico. Tienes que ir al médico.
Me sentía igual. Podía sentir la pura locura adueñándose de mí. Y la rabia era
una gran parte de esa locura.
“¿Tenías que hacer esto, Dios?” Susurré. ¿Tenías que ser tan cruel, tan
injusto?”
Negué con la cabeza y me limpié las lágrimas con ambas manos. Maddie me
necesitaba. Tenía que ir con ella. Tenía que saberlo.
Después de comprobar el tráfico, apreté el pedal del acelerador, dejando un
rastro de neumáticos quedamos y gravilla volando detrás de mí.
PARTE DOS

Capítulo Veintinueve

Maddie

El accidente había sido malo. Miré a través del remolque del camión que
había colisionado contra el pequeño Honda Accord de Lizzie y Darwin Horten.
Reduje según iba acercándome, preguntándome cómo podía haber ocurrido
este choque. No tenía sentido lógico, a menos que uno de los conductores se
hubiese saltado la señal de stop. El cielo nocturno estaba vivo con los destellos
azules, blancos, y rojos de los muchos vehículos de policía y de rescate, por lo
que era difícil ver los detalles. Aparqué mi SUV en un lateral y cogí mi maltratado
maletín médico de la zona de carga trasera.
“¿Qué ha sucedido?” Pregunté cuando me acercaba a Vance Blackwell, el
Sheriff del Condado Estes. Él era un hombre pequeño, inusual para un sheriff,
suponía yo, pero él tenía agallas y era inteligente. Sus agudos ojos no se perdían
nada. Había trabajado con él en más de una docena de ocasiones y siempre en
nuestros encuentros me había dejado impresionada su agudeza.
“Ahh, cielos, Maddie. Un conductor de transporte de larga distancia se ha
quedado dormido. Hay una parada de camiones justo al Este en Baldwin, y aún
así siguió forzando para intentar llegar a Mississippi antes de descansar.
¡Estúpido! ¡Estúpido!” Él escupió en el asfalto y negó con la cabeza.
“¿El conductor está bien?” Pregunté, cubriéndome los ojos e intentando ver
el centro del accidente.
“Sip, sin un rasguño. Sin embargo Lizzie está de parto, es por eso que te
hemos llamado. No podemos llevarla al hospital. Está atrapada de alguna
manera, así que tendrás que asistir al parto aquí.”
Él comenzó a caminar, y yo intenté alcanzarle. ¿Cómo unas piernas tan
cortas y delgadas podían moverse tan rápidamente?
“Aquí está, Doc. Rescate ha llegado, pero no han podido sacarla, y ella dice
que el bebé está llegando.” Él me llevó a través del montón de personal de
rescate directamente hacia el retorcido Accord acordonado. Escuché gemir a
Lizzie, y me agaché para mirar en el lado del conductor de los restos.
“Bueno, cielos, Lizzie. Sabes que voy a tener que cobrarte como una visita a
la clínica. No puedes librarte de pagar por tener el bebé de esta manera.”
La broma produjo el efecto deseado. Sus ojos perdieron la mirada nublada de
puro miedo y se centró finalmente en mi cara.
“Realmente me alegro mucho de verte, Doc,” ella jadeó. “Este chico dice que
quiere venir ahora mismo, y yo no puedo hacer mucho.”
Me arrodillé y me di cuenta con consternación que llevaba pantalones
vaqueros. Suspiré. “¿Cómo son de frecuentes, cariño?” Le palmeé la rodilla.
Ella gimió y esperé, la cabeza agachada. Estaba a nivel del suelo, y estaba
casi asfixiada por el fuerte olor a gasolina. La alarma recorrió mis nervios. Este
no era el sitio en el que quería traer al mundo a un bebé.
“¿Lizzie? ¿Qué te mantiene atrapada en el coche?” Estudié su asiento y el
volante, intentando averiguar cómo sacarla. No vi nada oprimiéndole, aunque
tendría que salir por un espacio verdaderamente estrechó entre el asiento roto y
el volante.
“Las tenazas mecánicas están de camino. El idiota de Charles cogió el camión
equivocado. Él y Allen han tenido que ir a por ellas,” Vance dijo desde detrás de
mí.
“No lo sé, Doctora Maddie. Cortaron el cinturón de seguridad pero no
puedo..... ¡Oh!” Ella hizo una mueca cuanto otra contracción de sacudió.
“Aguanta ahí, Lizzie. No empujes, si puedes evitarlo.”
Me puse de pie, limpiándome las rodillas y me llevé a Vance a un lado.
“¿Hueles eso?” Susurré con urgencia. “¿La gasolina se está filtrando de
alguna parte?”
Él parecía preocupado. “Sí, lo huelo. El conductor del camión está debajo de
esta plataforma, comprobando el tanque de gasolina. No sé cómo está el sedán,
aunque parece que es más fuerte el olor allí.” Él se frotó la frente con la palma
de la mano apartando su grueso cabello.
“Tenemos que sacarla de ahí. ¿Puedes hacer que uno de los bomberos vaya
al lado del pasajero y vea que le está reteniendo?”
Vance se marchó, y le escuché ladrar las órdenes.
“Oye, Darwin,” dije. El marido de Lizzie estaba arrodillado junto al coche,
reconfortando a su mujer.
“Le dije que no debería conducir, Doctora. Me ofrecí a hacerlo, de verdad que
lo hice.” Él estaba presa del pánico. Le palmeé el brazo.
“Estoy segura que lo hiciste, Darwin. Ahora, vamos a centrarnos a sacar a tu
nuevo bebé de ahí.” Le hice un gesto para que se apartase a un lado, y yo
suavemente moví las piernas de Lizzie, que seguían estando en el hueco frontal
junto a los pedales del coche.
“¿Puedes darte la vuelta?” Pregunté, tirando suavemente de sus piernas
hacia mí. “No te retuerzas, solo deslízate alrededor.”
Lizzie gritó, y la solté inmediatamente, levantando mis manos. Ella se quedó
en silencio y jadeó audiblemente con cada ingesta de aire. “Algo.....algo tira, Doc.
No sé.....algo en mi pecho.”
Costillas rotas, pensé. Me eché hacia atrás sentándome sobre mis talones,
preguntándome qué hacer a continuación. No había forma de que pudiera tener
al bebé de forma natural ahora. Tendría que ser por cesárea.
Desafortunadamente, no había forma de que yo pudiera tener una situación
ventajosa para hacer la operación de urgencia. Simplemente no había sitio.
Me puse de pie y fui hacia el lado del pasajero. Un hombre joven con toda la
equitación contra incendios estaba examinando el salpicadero. Él me vio y
retrocedió. “No veo nada que le aprisione,” dijo él. “Aunque el asiento está
atascado, retorcido muy cerca del volante. Creo que ese podría ser el problema.”
Le di las gracias y entonces ocupé su posición en el asiento del pasajero.
Lizzie giró sus aterrorizados ojos hacia mí. “¿Doc, qué vamos a hacer?” Ella
preguntó.
Saqué mi estetoscopio de mi bolsillo y ausculté su pecho. Sip, disminución de
ruidos respiratorios. Puse la palma contra su oscura mejilla mientras escuchaba,
esperando proporcionarle algo de calma.
“Lizzie, Lizzie, mírame, cariño.” Le golpeé con los dedos cuando parecía que
ella iba a entrar en shock. “Esta es la situación. Las tenazas mecánicas están de
camino, y necesito que tú no, de ninguna manera, tengas este bebé. Creo que
tienes algunas costillas rotas y vamos a tener que hacer una operación para
sacarte a este nuevo Horten.”
Ella se llevó ambas manos a la entrepierna. “No lo sé, Doc. Lo intentaré.
Duele mucho.” Ella tosió y parecía que se iba a desmayar del dolor. Salí del
coche, me levanté y escaneé la escena. La mayoría del personal de rescate
estaba de pie alrededor inquietos e impotentes. Me miraron con esperanza en
sus ojos, expectantes.
“Tener preparada una camilla,” chillé. “Ponerla a este lado. Hay más sitio para
maniobrar, y creo que es nuestra mejor opción cuando las tenazas la liberen.
¡Darwin, dame mi maletín!”
Sabía la gran cantidad de dolor que iba a causarle sacarla del coche, pero no
quería comenzar con la IV por varias razones, una de las cuales era que sería
más difícil sacarla con la IV puesta. Simplemente sacar a Lizzie ya sería bastante
difícil. Enredé mis dedos en mi enmarañado pelo con frustración.
¡Mierda! ¡Mierda! ¡Mierda!, grité interiormente. Solo esperaba que la
extracción fuese rápida, sin más retrasos.
Nuevas luces barrieron el coche, y vi llegar a una unidad de rescate. Esta
probablemente traía las tenazas. Me ocupé preparando la IV y una inyección
mínima de morfina para aliviarle el dolor después que fuese liberada. Después
de tenerlo todo preparado, me incliné otra vez dentro del coche y sentí que el
pulso de Lizzie era rápido. Le acaricié el pelo, rascando suavemente su cuero
cabelludo entre sus cortas rastas. Ella estaba gimiendo y meciéndose hacia
adelante y hacia atrás.
Dos bomberos llegaron corriendo con lo que parecían un par de pinzas
atiborradas de esteroides. “¿Cuál es la situación, Doc?”
“Tiene que salir de ahí ayer,” dije.
El segundo hombre estaba examinando los hierros, y luego él y Darwin
comenzaron a discutir posibilidades. El tercer hombre se unió, y yo chirrié los
dientes con frustración.
“Mirad, solo quitar el techo, ¿queréis? ¡Haced algo. Rápido!”
El primer bombero se giró hacia mí. “Vamos a cortar la columna de dirección
junto con ese soporte de allí. ¿Puede sacarla de esa forma cuando esté hecho?”
Asentí y le hice un gesto a Darwin para que viniera a mi lado. “Vamos a
sacarla por aquí cuando quiten el volante, pero tenemos que tener cuidado.
Tiene las costillas rotas, así que intentaremos mantener sus brazos a sus
costados. Tenemos que subirla a la camilla de allí, para así poder evaluar la
situación. Tienes que estar preparado, Darwin. Tienes que ser fuerte, porque ella
va a gritar como si le estuvieran desgarrando, ¿de acuerdo?”
Vi como su sudorosa cara llena de sudor y lágrimas mostraba terror. Él intentó
parecer fuerte, sin embargo, y observé su batalla con satisfacción, incluso
aunque el rugido del metal rompiéndose hizo me me encogiera.
Vi la luz antes de sentirlo. Estaba justo agachándome para ver si había sido
liberada.
Entonces no había nada.
Capítulo Treinta

Ella

El Hospital Bautista Estes podría ser pequeño pero las entradas seguían
siendo tan confusas como en cualquier otro. Había aparcado en el
estacionamiento de urgencias pero terminé teniendo que correr alrededor para
llegar a la puerta de urgencias. Varias personas estaban apiñadas en el
mostrador de ingresos, y me metí impacientemente poco a poco mientras fruncía
el ceño a sus espaldas.
Después que se fueran, comencé a preguntar por Maddie pero tuve un
momento de claridad. “¿Está Sandy Webber por aquí? Me pidió que viniese
aquí.”
La recepcionista me miró despectivamente. “¿Sandy? ¿De qué la conoce?”
Rechiné los dientes y entonces me obligué a relajarme. “Trabajamos
juntas.....en la consulta de la Dra. Salas.”
Su cara cayó y nuevamente el terror me atrapó. “Alex, llévala atrás dónde
está Sandy. En la sala de espera número dos,” ella le dijo a un joven hombre
junto a ella.
Él inmediatamente dejó la zona de triaje y pulsó el botón que abría las
pesadas puertas dobles que daban al interior de urgencias.
“¿Así que trabajas con la Doctora Maddie?” Él preguntó mientras yo sin
aliento intentaba mantener su ritmo.
“Sí,” dije. “Llevo más de un año.”
Él negó con la cabeza y un mechón oscuro de pelo cruzó su frente. “Es
simplemente horrible, lo que ha sucedido. Aunque ella es una heroina, de eso no
hay duda.”
Estaba a punto de presionar para obtener más detalles, pero una Sandy
llorando copiosamente se tiró a mis brazos, desequilibrándome. Asentí dándole
las gracias a Alex y guié a Sandy hacia una silla en la abarrotada sala de espera.
Vi al Sheriff Blackwell, quien estaba cubierto de hollín y parecía haber tenido una
noche terrible. Varios bomberos también estaban allí, uno con un brazo herido
vendado pegado a su pecho. Giré mi atención de vuelta a Sandy y la sujeté de
la parte superior de los brazos para hacer que me mirase.
“¿Sandy, dónde está Maddie? ¿Qué le ha pasado?”
Ella solo negó con la cabeza y continuó llorando. La solté y me enderecé.
Estaba adormecida y no podía pensar con claridad sobre cómo proceder.
“La han llevado a MRI (Resonancia magnética),” dijo Vance cuando se acercó
a nosotras.
“¿Mamá?”
Una mujer de treinta y tantos, pelo rubio recogido en una cola de caballo,
entró en la sala y fue directamente hacia Sandy. Llevaba dos tazas de café, las
puso al final de la mesa y se sentó para darle a Sandy un fuerte abrazo.
“Shh, Mamá. Todo va a ir bien. Sabes que es así. Las cosas realmente malas
nunca les pasan a las personas verdaderamente buenas. Dios las protege. Doc
Maddie se va a poner bien, solo tienes que esperar y lo verás.” Sacudió
suavemente a Sandy. “Ahora, Mamá, venga. No te pongas así.”
Ella se fijó en mí de repente y extendió su mano. “Tú debes de ser Ella, soy
Cynthia, la hija de Sandy. Es bueno conocerte, a pesar de las terribles
circunstancias.”
Cogí su mano y murmuré una cortesía. “¿Qué ha sucedido exactamente?”
Pregunté a la sala en general.
Sandy se enderezó y se limpió la cara con un pañuelo. “Ella estaba en
Gulfstream, justo en la salida de la I-10.....”
“Un camionero se quedó dormido al volante,” intervino Vance. “El coche
accidentado de Darwin Horten estaba saliendo de la I-10 hacia Gulfstream.
Lizzie, conoces a Lizzie, bueno, ella conducía y quedó atrapada detrás del
volante.”
“Ella está embarazada.....estaba embarazada,” dijo Sandy y estalló en una
nueva oleada de sollozos.
“Doc Maddie y los chicos de rescate estaban intentando sacarla cuando de
repente los gases de la gasolina prendieron. Debían de haberse reunido los
gases debajo del coche de Horten. Estábamos comprobando el depósito del
camión, pero la explosión salió de debajo del coche.”
“¿Quieres.....quieres decir que explotó? ¿Pero dónde estaba.....la Doctora
Maddie?” Estudié la cara de él, con ojos que sabía estaban desorbitados y
aterrorizados. Estaba intentando verdaderamente duro mantenerme compuesta.
Vance no dijo nada inmediatamente, solo jugueteó con la hebilla de su
cinturón con ambas manos. Finalmente, dejó caer las manos en disculpa. “Ella
estaba.....ah.....justo al lado del coche. Salió volando y aterrizó con muchísima
fuerza contra el muro de cemento de la tienda de Lou, entonces cayo contra el
asfalto. Ella.....bueno, está golpeada bastante seriamente, pero están
mayormente preocupados por su cerebro. Lo han llamado traumatismo
craneoencefálico y.....”
“Dicen que podría haber inflamación,” añadió Sandy embotada, hablando a
través del pañuelo, meciéndose hacia adelante y hacia atrás, para intentar
calmarse. “Están haciéndole un escáner ahora para ver si tienen que operarla
para aliviar la presión. Sin embargo no están seguros de la gravedad de los
daños.”
Mis rodillas cedieron, y caí al suelo, el golpe suavizado por el agarre de
Vance. Estaba segura de haber perdido la consciencia; finalmente recuperé el
sentido, escuchando a Sandy llamarme por mi nombre. Ella y su hija, Cynthia,
se cernían sobre mí, pareciendo realmente preocupadas. Yo agonizaba por no
poder decirle a nadie lo que Maddie significaba para mí. Todo lo que podía hacer
era llorar, acurrucándome en posición fetal sobre la dura y áspera moqueta del
suelo de la sala de espera.
Capítulo Treinta y Uno

Maddie

Imaginé que estaba de vuelta en el vientre, y perpleja me pregunté cómo


podía tener consciencia mientras estaba envuelta por el suave, caliente fluido
del cuerpo de mi madre. Seguramente los niños no eran conscientes de sí
mismos antes del nacimiento. Los principales estudios decían que eso sucedía
mucho después, y si recordaba correctamente, entre los quince y veinte meses.
Moví una mano, para tocar las paredes del útero, pero el dolor rebotó a través
de todo mi cuerpo, finalmente deteniéndose para habitar en mi cabeza. Palpitaba
y mis manos se volvieron garras. Quería arrancarme la cabeza, pero el esfuerzo
simplemente parecía ser demasiado. Me dejé llevar, rodando y montando con
cada palpitación, para así poder soportar el dolor.
Pensé que era otro momento. Las palpitaciones habían cesado, por fin, y di
una profunda respiración.
“No te muevas, cariño,” una amable voz de mujer dijo junto a mí. “Esto no
debería durar mucho. Solo estamos intentando ver qué pasa en esa bonita
cabeza tuya.”
Fui echada hacia adelante en algún tipo de cama dura, y el movimiento envió
lo que sentí como fragmentos de cristal a través de todo mi cuerpo. Gemí y me
arrastré hacia la plena consciencia pero me encontré con una puerta de acero
bloqueándome. No estaba segura de si estaba en mi cabeza o era real. Un fuerte
sonido me rodeó, y grité fuerte. El esfuerzo hizo que todo mi cuerpo se sacudiera,
y todo se volvió oscuro otra vez.
La siguiente vez que abrí los ojos, solo vi oscuridad. Por un momento, pensé
que había perdido la visión, pero luego unas pálidas sombras emergieron de la
oscuridad. La neblina persistió frente a mis ojos y parpadeé para despejarla. No
funcionó.
Recordé visitar a Mamá con mi mami. Ella me estaba hablando, pero no podía
entenderla. Los sutiles movimientos de su boca me resultaban familiares, y
cuando Papá habló con ella, me di cuenta que era español. Por supuesto, pensé
con cierta diversión. El aire pesado y húmedo significaba que estaba en Puerto
Rico. Podía oír los increíblemente altos cantos del coqui, las pequeñas ranas
verdes metidas en sus nidos en los árboles mientras llamaban a sus amantes
para una visita conyugal.
Mi primo Paco, me tiró la pelota, y era tan pesada que me tiró al suelo
polvoriento y con gravilla de la calle frente a la casa de mis abuelos. Una piedra
se clavó en mi muslo, y el dolor se disparó a lo largo de mis nervios como una
marca abrasadora.
“¡Mamá!” Chillé. Mi abuela bajó del porche y me levantó, todo el tiempo
regañando a Paco. Le dijo que era demasiado grande, más grande que yo, y que
tenía que tener cuidado.....cuidado, cuidado.
Mi cuello estaba palpitando, más fuerte que el peor dolor de cabeza que
nunca había tenido. Lloriqueé, y estaba en clase. Era la escuela preparatoria
Foster, en Manhattan. Atrapé la mirada de Darla Johns, una de las chicas más
guapas de nuestro colegio. También era inteligente y, Dios, yo nunca sería
inteligente otra vez. Lloré, eso hizo que mi cabeza palpitase tan fuerte como mi
cuello. Me dolía la espalda.
“No hagas eso, Paco, cuidado. Mamá a dicho cuidado,” murmuré.
“¿Qué has dicho?” Alguien preguntó. La voz me era familiar, pero todavía no.
“¿Mami? ¿Estás ahí, Mami? Paco me ha hecho daño, y Mamá dice.....”
“¿Maddie?”
“¡Corinthia Salas! Rectifica, ahora mismo, y pídele perdón a tu padre. Ninguna
hija mía va a hablarle a un adulto de esa forma. ¡Dios mío! Ahora, dile que lo
sientes.”
“Papi. Lo siento, Papi.” Lloré y enterré mi cara en su hombro. Él me palmeó
la espalda y dedos fríos sujetaron mi mano. No eran los dedos cortos y
regordetes de él, eran largos y delgados.
“Una mujer,” murmuré. “¿Quién es esa mujer?”
El olor al frotarme alcohol me inundó, y recordé estar en la facultad de
medicina. Las mujeres de Texas eran de una raza diferente, no como las mujeres
de cualquier otro lugar de los Estados Unidos. Al menos no de los Estados en
los que había estado. Yo tenía un poco miedo de ellas, me intimidaban por su
manifiesta asertividad.
El frío tocó mi brazo, y el dolor se fue. Levanté mi puño y no sentí ninguna
palpitación por el movimiento. Mi puño golpeó con fuerza con un costado y di de
lleno con algo. Era suave y afortunadamente no me causo dolor.
Un día besé a Darla, después de nuestra hora de gimnasia. Sus labios
estaban agrietados por los vientos fríos de diciembre, y eran ásperos debajo de
los míos. Ella me pidió que le diera un beso, pero yo dudé. ¿Creía que era una
broma para avergonzarme? ¿Podía confiar en ella? Escuché pasos detrás de
mí, y ambas nos dimos la vuelta y encontramos a la muy formidable Sra.
Anthony, de la clase de griego, acercándose a nosotras. Nos separamos y
salimos corriendo en diferentes direcciones.
“He mojado mis pantalones,” susurré. “Lo siento mucho.”
“Está bien, Dra. Salas. Está sondada,” alguien dijo y me palmeó la mano. Olí
a perfume Heavensent. Mi mami no usaba ese. Ella lleva Chanel. ¿Yo era
médico?
“Doctora, doctora, doctora,” dije, probando la palabra. Sonaba bien, pero no
encajaba.
Escuché a gente hablar en tonos susurrados, pero había cosas pesadas
encima de mis labios, varias cosas gruesas, y levanté una mano para
quitármelas. En su lugar me encontré con bordes afilados, y algo se rompió. Hizo
que mi cabeza palpitase otra vez, y lloré y gemí.
“¿Haz que pare, no puedes hacer que pare, Mami? No quería ser grosera con
Papi. El arroz en realidad no estaba quemado, para que lo sepas.”
Un bien venido, reconfortante calor se extendió a través de mí. Entonces
estaba de vuelta en el vientre de mi madre, y el dolor se desvaneció en el
trasfondo. Comencé a cantar. Mi abuela me cantaba esa canción cuando era un
bebé.
“Pero espera,” le dije a ella. “Todavía no he nacido. Espera hasta que nazca.
Entonces podrás cantármela, y yo podré cantar contigo. Aquí nadie puede
oírme.”
Lloré, queriendo ser oída.
Capítulo Treinta y Dos

Ella

La primera vez que vi a Maddie después del accidente hizo que mi corazón
se apretase en mi pecho y mis ojos, que pensaba ya habían llorado todo, se
llenaron de lágrimas otra vez. Sandy y yo estábamos agarradas como dos
náufragas en un mar desprovisto de tierra.
“Oh, Dios, tiene un aspecto horrible,” dijo Sandy en voz baja. “¿Crees que
alguna vez se pondrá bien?”
Suspiré profundamente. “Tiene que hacerlo, Sandy. Es como Cynthia ha
dicho, ella es una buena persona.”
Mi locura estada desterrada a un lado durante un rato, permitiéndome
centrarme en el aquí y el ahora. Examiné a Maddie con ojo médico.
Estaba muy golpeada, no había duda. Su ojo derecho era rojo brillante y la
hinchazón lo mantenía cerrado, su labio inferior estaba partido. Su brazo derecho
estaba entablillado, y había una rejilla debajo de las sábanas; no había duda de
que sus piernas estaban heridas, tal vez incluso abrasadas por el asfalto. El
meñique de su mano izquierda estaba entablillado, así que probablemente
también estaba roto. No podía ni incluso imaginar el nivel de dolor que estaba
experimentando.
Una enfermera entro rápidamente en la habitación y colgó una nueva bolsa
IV. Ella sonrió y asintió hacia nosotras. “Pueden acercarse, pero pasará algún
tiempo antes de que vuelva en sí. Creemos que su cabeza está bastante
seriamente dañada.” Hizo una pausa y miró hacia abajo a Maddie. “Pobrecita,”
añadió. “Saben, mi abuelo va a verla a ella, lo lleva haciendo desde que ella se
hizo cargo de la consulta del Dr. Pembroke. Odio que le haya pasado esto a ella.”
Solté a Sandy y me acerqué a la cama. Quería tanto tocarla que me
temblaban las manos. “Yo también,” dije en acuerdo suavemente.
“Sé que tiene un aspecto horrible, toda hinchada y eso, pero se sorprenderán
de cómo el cuerpo puede sanar por si mismo. Si necesitan cualquier cosa
díganmelo.” Se dio la vuelta para marcharse pero regresó. “No intenten moverla
o despertarla. Hora necesita descansar, más que nada.”
“¿Sandy, que ha pasado allí?” Pregunté poco tiempo después. Estaba
parpadeando para alejar las lágrimas pero intentando mantener mi cara inmóvil
como una piedra. No podía dejar que Sandy viera como realmente me sentía por
Maddie. Derrumbarme en la sala de espera ya había sido espectáculo más que
suficiente.
Sandy estaba estudiando los monitores. “Los vapores de la gasolina pueden
prender con mucha facilidad. No hace falta mucho.”
“¿Por qué los chicos de rescate no despejaron la zona? Es decir, ¿no es ese
el procedimiento estándar?” No pude evitar el tono brusco que invadió mi voz.
Ella levantó la vista hacia mí. “Ya has oído a Vance. Ella estaba intentando
asistir a Lizzie en el parto, pero no podían sacarla del coche.”
Miré hacia abajo a Maddie toda magullada, los tubos perforando sus manos
y de repente recordé esas manos moviéndose dentro y fuera de mi cuerpo. Cerré
los ojos, queriendo de todo corazón volver a sentir eso otra vez. Tardase lo que
tardase, traería a Maddie de vuelta a mí. Temblé por dentro, el miedo me
sobrecogió. ¿Y si.....? No, no podía pensar de esa forma. Maddie era mi amor.
Había tardado tiempo en encontrarla.....
“Oh, no,” dijo Sandy y yo giré mi cabeza para mirarla.
“¿Qué?”
“Su tía vive al oeste del pueblo. Tenemos que decírselo, pero no estoy segura
de cómo ponerme en contacto con ella. Ni incluso puedo recordar su nombre.”
La cara de Sandy era de pánico. Tenía que darle un descanso a su mente.
“¿Qué pasa con esos formularios de contactos que guardamos en la oficina?
Los que tuvimos que rellenar para los archivos de recursos humanos. ¿Ella los
rellenó?” Volví a mirar a Maddie, y retorcí las manos, queriendo tocarla. En
realidad quería despertarla y ver su adorable sonrisa sonriéndome a mí.
“Ella, eres un salvavidas. Voy a ir corriendo allí y ver si puedo encontrarlo. Si
lo hago, llamaré a su tía. ¿Estarás bien aquí? Nos echarán de aquí tan pronto
como tengan que repartir la próxima comida, aunque supongo que ella no tendrá
ninguna. La cafetería está en el segundo piso, por si quieres escabullirte y luego
volver y quedarte en el hospital un poco más.”
Me giré hacia ella. “Gracias, Sandy. Yo.....yo siento lo de antes. Es solo que
ha sido un duro golpe.”
Ella cogió una de mis manos y la palmeó repetidamente. “Está todo
perfectamente bien, tesoro. A todos nos ha impactado mucho. Simplemente
nunca piensas que algo así le vaya a suceder a alguien que tú.....ya sabes.”
Un sollozo le sacudió, y la cogí entre mis brazos. “Vamos a centrarnos en lo
más importante y pasaremos por esto,” dije con mi voz más calmada. “Mientras
estás en la oficina, ¿por qué no coges la lista para hoy? Tenemos que llamar a
todo el mundo y cancelar las citas.”
Ella cogió su agenda de piel de la silla, de repente llena de propósito. “Oh,
demonios sí. También tengo que ver si puedo encontrar a otro médico cercano
que pueda sustituirla. Ya sabes, hasta que ella vuelva a estar bien.” Miró
nerviosamente hacia la cama. “Bueno, me voy. Si se despierta.....bueno, dile que
Sandy le dice hola, ¿lo harás?”
“Por supuesto que lo haré, Sandy. Ahora, ve. Apuesto a que tienes un cola
de pacientes madrugadores esperándote ya.” Hice un gesto de despedida hacia
la puerta.
A solas con Maddie, finalmente pude relajar mis hombros. Me sentía como un
tulipán después de la primera helada del otoño. Mi cuerpo, mi tallo, se había
debilitado, y no estaba segura de poder permanecer en vertical por más tiempo.
Arrastré la silla cerca de la cama y me senté, mi mano acariciando la parte
superior del brazo no entablillado de Maddie. Me pregunté si ella podía sentirme,
si sabía que estaba cerca.
“¿Maddie? Maddie, cariño. Estoy aquí. Vuelve conmigo, querida. ¿Recuerdas
la conferencia?” Sonreí y presioné mi frente contra su frente, aquietando mis
manos. “¿Cómo nos divertimos patinando? Todavía me duelen las piernas.”
¿Qué estúpido era eso? Pensé, hablar de un dolor menor cuando la agonía
que ella debía de.....negué con la cabeza. Tenía que comer y más café si iba a
estar con ella.
“¿Maddie? Cariño, voy a ir abajo solo un minuto. Pero volveré enseguida, lo
prometo.” Sollocé repentina e inesperadamente, y mis mejillas se llenaron
de lágrimas nuevas y calientes. “Maldita sea,” murmuré. Me limpié los ojos con
la manga. “Vale. Me voy pero no por mucho tiempo. Solo para tomar un café. Se
lo diré a las enfermeras para que no estés sola, ¿vale?”
Me moví hacia la puerta, caminando de espaldas, mirándola, deseando que
sonriera y respondiera. No hubo ningún movimiento. Era como si mi Maddie se
hubiese ido.
Capítulo Treinta y Tres

Maddie

Gente me rodeaba. Estaban hablando, pero no podía entenderles. Las


palabras golpeaban contra mis tímpanos haciéndome mucho daño, y quería
decirles que hablasen más bajo. Para mí horror, me di cuenta que no podía
decírselo. No podía emitir palabra. Podía pensar en ellas pero solo brevemente
antes de que desaparecieran. También, estaban todavía las correas a través y
dentro de mi boca, manteniéndola cerrada, y mi lengua blanda e inútil, dentro de
mi boca.
“¿Crees que ella nos oye?” Una voz preguntó.
Estaba emocionada de haberlo entendido. ¿Pero quién era? Conocía la voz.
Me entristeció que no fuese mi madre, y sollocé con impotencia. Yo no era
propensa a las lágrimas, por lo que mi reacción me confundió y horrorizó. Pero
solo momentáneamente. Mis pensamientos se llenaron con la idea de mi madre,
y vi cómo se marchaba. Mientras caminaba, visiblemente iba envejeciendo hasta
que se convirtió en polvo delante de mis ojos.
“¡Mami!” Grité, pero pensé que fue solo en mi mente. Corrí tras ella. Extendí
las manos, pero solo pude rozar su blusa antes de que se desintegrará
completamente. Sentí como si mi corazón se desgarrara en dos. Había perdido
todo lo que significaba algo para mí.
“Hora de volver, mi corazón. Todavía no ha llegado tu hora,” me susurró mi
madre. Su cara apareció delante de mí. Caí en sus profundos ojos marrones,
apoyando mi cabeza en las arrugas que rodeaban esos ojos. Líneas de la risa,
pensé.
Una mujer me consolaba palmeando mi mano. No la conocía, pero admire
sus profundos ojos verdes y su grueso pelo rubio. Estaba llorando, también.
“¿También era tu madre?” Pregunté en mi cabeza. “¿Eres mi hermana?
Nunca he tenido una hermana.”
Una mujer más grande me cogió en sus brazos. Su olor me resultaba familiar,
pero sus palabras eran en inglés, y no podía entender lo que estaba diciendo.
Me eché hacia atrás y la miré con un ojo. El otro seguía sin funcionar, por alguna
extraña razón. Tampoco era mi madre, y lloré de nuevo. Tenía dos años de edad,
estaba sola en el frío, en un mundo amenazante, y quería la seguridad de mi
madre, o por lo menos de mi abuela.
Caí en un profundo agujero y la serenidad lo hizo detrás de mí.
Me desperté por la noche. Me palpitaba el brazo, e intenté levantarlo. Era
demasiado pesado, así que levanté la cabeza para ver que andaba mal. Todo el
brazo parecía blanco en la penumbra. Me di cuenta que estaba en una cama de
hospital. Una cánula nasal estaba introduciendo oxígeno en mi nariz, y mi
garganta estaba en carne viva por ello. ¿O habría estado gritando? Realmente
no lo sabía.
Intenté pensar en por qué estaba en el hospital, pero no se me ocurrió nada.
Había pasado muchos años durmiendo en hospitales, pero esto parecía
diferente. Residencia. Sí, yo era médico. Me moví tentativamente, y tuve que
apretar los dientes por el dolor que atravesó todo mi cuerpo. Debía de estar
herida de alguna manera.
Abruptamente, una oleada de náuseas me recorrió. A pesar del dolor que me
causaba el movimiento, me incliné hacia un lado y vomité varias veces. De
repente las alarmas sonaron a mi alrededor, y grité cuando el sonido atacó mis
oídos. Levanté mi mano menos enganchada para cubrirme los oídos.
Una brillante luz me cegó cuando alguien la encendió, y sentí como mi cuerpo
era levantado, me estaban echando hacia atrás contra mi voluntad, mis músculos
se contrajeron severamente.
Gente me rodeaba. Mi cuerpo se relajó otra vez, pero todavía seguía teniendo
náuseas y sentía como si la habitación estuviese girando. Levanté el párpado de
mi ojo bueno y vi tenues figuras de pie junto a mi cama. Algunas se movían
rápidamente muy ocupadas; otras permanecían quietas como centinelas. Había
algo en mi boca y mi garganta. Me di cuenta con cierta alarma que estaba
intubada. Eso significaba que necesitaba ayuda para respirar. Las lágrimas
surgieron otra vez y cayeron por mis mejillas. Mi nariz parecía como una enorme
manzana asentada en la mitad de mi cara, y ese maldito dolor de cabeza había
vuelto. Mi audición era hipersensible, y cada chirrido de los zapatos de la
enfermera me hacía temblar por dentro. Por suerte, los que cuidaban de mí
estaban hablando suavemente.
Me calmé e intenté hacer un balance de mi situación, intentando
desesperadamente recordar lo que me había sucedido. ¿Qué incidente me había
traído a este sitio? Tal vez había sido un accidente de coche. Si era eso, no lo
recordaba en absoluto. Era como si estuviera en una caja. Mi memoria podía
llegar hasta cierto punto en una dirección, y hasta cierto punto en otra. Más allá
de esas paredes, no había nada.
Me dije que tenía que ir poco a poco. Me sentía como si hubiese estudiado
budismo zen en algún momento, y parecía encajar. Parecía que era lo que más
necesitaba en este momento.
De repente me sentí drogada, atontada. Miré a las caras alrededor de mí y vi
que todas me eran extrañas. Eso me puso triste, muy triste. Tenía que estar con
gente que fuese importante para mí, no con todos esos extraños.
“¡Fuera!” Grité, moviendo un brazo para echarlos a todos. Me detuve a mitad
del movimiento. “Fuera,” dije otra vez, mucho más suave. El horror me llenó. No
podía entender las palabras que estaba diciendo. Sonaban todas mal.
Capítulo Treinta y Cuatro

Ella

El Dr. Stephen Dorsey entró en la habitación de Maddie llevando una silla


plegable de plástico ligero y el historial de Maddie. Él abrió la silla con aplomo y
la colocó junto a las dos sillas que ya estaban situadas a los pies de la cama de
Maddie. Él hizo un gesto para que nos sentásemos mientras se sentaba en la
silla de plástico y cruzaba las piernas. Después que Florida, la tía de Maddie, y
yo estuviésemos sentadas, él abrió el historial de Maddie y dio una profunda
respiración.
“Bueno. La Dra. Salas ha sufrido un terrible accidente. Ha tenido suerte de
muchas maneras. Muchas explosiones de gas conducen a fuego y horribles
quemaduras cuando el gas prende. Ella no ha experimentado nada de eso. Sin
embargo, ella fue lanzada por los aires con tanta fuerza que tiene unos cuantos
huesos rotos.”
Él pasó una página y la estudió. Yo estudié su inteligente cara de treinta y
tantos años. Era atractivo pero parecía estudioso.
“Los huesos rotos sanarán, por supuesto. Lo que más nos preocupa es una
zona con edema, o hinchazón, en el lado derecho del cerebro de la Dra. Salas.
Aunque es significativa, hemos optado por no intervenir. En su lugar, hemos
incrementado el oxígeno y bajado la temperatura de su cuerpo para permitir que
su cuerpo procese el fluido. Su neuróloga, Amelia Penn, parece pensar que este
es el mejor curso de tratamiento en este caso en particular. Bueno, eso y ciertas
medicaciones que ha prescrito.”
Él hizo una pausa para estudiarnos a cada una y se ajustó sus gafas. “Ahora,
vamos a hablar del futuro.”
Él me miró directamente a los ojos. “La Sra. Salas me ha dicho que puedo
hablar libremente frente a usted. ¿Le parece bien a usted?”
Yo asentí, y él continuó.
“Cada vez que se da este tipo de lesión, que es una lesión de cerebro cerrada,
también se producen lesiones en el lado contrario al impacto. Eso significa que
el cerebro ha rebotado en la cabeza, lesionándolo de una forma específica, como
una contusión en ambos lados del cerebro. No creemos que haya habido un
montón de torsión axonal, que a menudo ocurre en este tipo de accidentes, pero
sin duda hay conmoción cerebral, y esto puede llevarnos a algo llamado trastorno
postcontusional.”
Él descruzó las piernas y se inclinó acercándose a nosotras. “Este desorden
puede manifestarse de múltiples maneras. Puede tratarse de daños menores,
pero en esta situación, creo que podrían ser significativos y van a perdurar
durante algún tiempo.....”
Un pequeño jadeo se me escapó, y sentí un sollozo creciendo en mi garganta.
“¿Se recuperará, Dr. Dorsey?”
Me cubrí la boca con una mano. Tenía que aplacar el sollozo, el gritó que
luchaba por liberarse.
“Ella es relativamente joven, y su natural nivel de inteligencia ayudará a que
su cerebro cree nuevos caminos neuronales, permitiéndole hacer todo lo que
hacía antes, solo que de forma ligeramente diferente. Bueno, casi todo. Y
también está el tema de su tolerancia y nivel de energía. Este tipo de lesión
puede manifestarse con rabia e intolerancia incluso ante lo menos irritante, así
que no se sorprendan por su rabia y frustración. Es seguro que se producirá algo
de eso. El cerebro es un órgano intrincado, y las lesiones en él pueden causar
todo tipo de erróneos estallidos emocionales e intelectuales.”
Él hizo una pausa y se tocó con los dedos su barbilla perfectamente afeitada.
“La vida será muy diferente para ella, y necesitará mucho tiempo de continuos
cuidados y terapia. En lesiones como esta, el movimiento dentro del cráneo
puede causar microdesgarros en la masa cerebral. Esto, sin duda, dará lugar a
una cicatriz en el cerebro que podría conducir a ataxia, o marcha de borracho, o
incluso afasia, que son problemas con el lenguaje, dependiendo de donde se
encuentren las cicatrices. Eso es algo que la medicina simplemente no puede
arreglar.”
Se hizo el silencio en la habitación, el único sonido era el suave pitido y
susurro de las diferentes máquinas conectadas a Maddie.
“¿Alguna pregunta?” Él preguntó.
“¿Por qué tiene puesto el respirador artificial?” Florida preguntó. “¿No es
capaz de respirar por sí misma?”
“Ella tuvo un mal desvanecimiento hace un rato, y decidimos suministrarle
tanto oxígeno como fuera posible para ayudarle,” él explicó. “Ella seguía
intentando quitarse la cánula, este tubo le proporciona oxígeno extra. Esperamos
poder quitárselo pronto. La tendremos sedada hasta entonces.”
Florida asintió y yo me moví inquieta en mi silla.
Estaba pensando en lo importante que era para Maddie ser médico. “Ya no
será capaz de practicar la medicina nunca más, ¿verdad?” Pregunté con tristeza.
“Ella odiará eso.”
Él suspiró y pensativamente se golpeó la rodilla con el historial de Maddie.
“No vamos a adelantarnos tanto. No quiero que ninguna de ustedes sea
negativa. Aunque los escáneres muestran que la inflamación y la contusión son
bastantes severas, ella podría recuperarse mejor de lo que creemos después de
la terapia. Estamos en un impasse de esperar y ver. La Dra. Penn dice haber
visto completas recuperaciones después de lesiones como esta. Algunas
personas solo tienen leves secuelas o problemas de movilidad, pero recuperan
toda la función cognitiva. Otros están físicamente bien, pero tienen pérdida de
memoria a corto plazo. Como pueden ver, realmente no puedo responder a la
pregunta todavía. ¿Algo más?”
Ambas negamos con la cabeza, y él se levantó y plegó su silla. “Pueden
preguntar por mí en el puesto de enfermeras si se les ocurre algo más. Mi
consejo es solo estar aquí para ella y estar muy, muy agradecidas de que esté
viva.”
Nos quedamos sentadas, pérdidas en nuestros pensamientos, después que
el Dr. Dorsey se marchara de la habitación. Observé el lento ascender y caer del
pecho de Maddie mientas la máquina silbaba. Me sentí extrañamente vacía por
dentro. Era como si no me quedasen emociones.....de ninguna clase.
Florida palmeó mi mano cuando se levantó. Realmente me había llegado a
gustar la tía de Maddie. Era una mujer acogedora con los pies en la tierra y había
sido extrañamente de mucho consuelo para mí. Me pregunté si ella sabía lo de
Maddie y yo. ¿Cómo podía ser, a menos que Maddie se lo hubiese dicho?
“Supongo que será mejor que vayamos a la iglesia. Solo tardaremos veinte
minutos en llegar allí,” dijo ella. Se acercó a la cama y besó a Maddie en la frente.
“Lucha para volver, pequeña Corinthia,” le susurró.
“Te esperaré en el pasillo,” ella me dijo cuando pasó a mi lado de camino
hacia la puerta.
Estaba agradecida por el tiempo a solas con Maddie. Le cogí la mano y la
acaricié mientras me inclinaba para presionar mi mejilla contra el lado de su cara
menos lesionado. “Te quiero, Maddie, querida. Te prometo que volveré pronto.”
Y por supuesto, no hubo respuesta.

El funeral fue hermoso, si es que un evento de esta clase podía ser llamado
así. La parte más triste fue el pequeño ataúd blanco para el bebé que no había
llegado a nacer oficialmente antes de morir. Las familias Horten y Collins habían
decidido realizar los funerales de Lizzie, Darwin y el bebé en un solo servicio. Yo
pensaba que era una buena idea.
Sandy, por supuesto, estaba devastada, sollozando incontroladamente y
apenas capaz de mantenerse de pie. Ella conocía a Lizzie desde hacía mucho
más tiempo que yo y había seguido de cerca su embarazo. También conocía al
marido de Lizzie, Darwin, que yo nunca había llegado a conocer.
El funeral del bombero había sido hacía dos días, Sandy y yo también había
mis asistido a ese. Sentía como si tuviera que asistir a todos ellos por Maddie.
Ella hubiera estado allí de haber podido, y querría saberlo todo sobre ellos tan
pronto como se encontrase mejor.
Capítulo Treinta y Cinco

Maddie

Me desperté en una neblina. Un repentino terror llenándome. No podía tragar


ni mover la cabeza. Una especie de claustrofobia se apoderó de mí, pero intenté
con fuerza calmarme, dándome cuenta que una máquina estaba respirando por
mí. Contuve el aliento hasta que la máquina se hizo cargo de las respiraciones.
Sentí que debería estar haciéndolo. Exhalé con la máquina y conté cada ingesta
que la máquina hacía por mí: dieciséis, luego dieciséis otra vez. Estaba
obteniendo el aire suficiente. Entonces tuve un nuevo temor.....imaginé que la
máquina fallaba y me asfixiaba. Solo una voluntad de acero me impidió seguir
pensando en ello, y me obligué a desterrar el fallo de mi cabeza. Irrazonable, me
dije, es significativamente poco probable que las máquinas fallen.
“¡Dra. Salas! ¡Está despierta!” Una joven enfermera de baja estatura exclamó
cuando entró en la habitación. “Me preguntaba a que se debía la extraña lectura
de allí fuera.”
Ella estudió mi cara, y supuse que estaba viendo calma allí. “Solo asienta o
mueva la mano, ¿vale? ¿Tiene algún dolor?”
Moví mi mano hacia un lado en negación.
“Bien.” Ella hizo una pausa durante un largo momento, todavía estudiándome.
“¿Querría que le quitásemos el tubo de respiración?”
¡Oh Dios mío! Estaba en éxtasis al descubrir que no tendría que ser
permanente. Asentí tan bien como fui capaz.
Ella sonrió. “Vale. Voy a hablarlo con el Dr. Dorsey y ver qué dice. Vuelvo
enseguida.”
Cuando ella se marchó de la habitación, estudié mi entorno. Era la típica
habitación de hospital. Reconocía el verde oscuro océano utilizado en.....
Curioso, no podía recordar el nombre del hospital. Tenía que seguir estando
en..... Maypearl. Sí, Maypearl, Alabama. Trabajaba allí, como médico.
“Bueno, bueno, Dra. Salas. ¿Cómo se encuentra?” Preguntó el doctor cuando
él y la enfermera entraron en la habitación.
Estúpido hombre, pensé, mientras le estudiaba. Altura media, constitución
atlética, pero un empollón con gafas y un desordenado matojo de pelo negro.
¿Cómo esperaba que le respondiera?
Su sonrisa de disculpa, llena de dientes perfectamente rectos, era genuina.
“Bueno, está fue una pregunta tonta, ¿eh? Vamos a sacar ese tubo y entonces
hablaremos,” dijo él.
Le hice el gesto del pulgar hacia arriba con mi mano menos lesionada, y él se
movió hacia la cabecera de la cama. El proceso de extracción del tubo de mi
cuerpo, aunque bienvenido, seguramente estaba clasificado como uno de los
muchos dispositivos de tortura de la Inquisición española. Dolía pero fue muy
rápido. Me atraganté con el agua que la pequeña enfermera me proporcionó y
las punzadas de dolor resurgieron. Gemí e intenté girarme hacia un lado, pero el
dolor en mis piernas y los muchos tubos de goma insertados en mi cuerpo me lo
impidieron.
El doctor puso una silla cerca de la cama y se sentó. “Dra. Salas, soy el Dr.
Dorsey. Dudo que recuerde lo que le ha sucedido, pero se encontraba en un
coche que explotó hace varias semanas. La explosión le lanzó por el aire y contra
un edificio. Tiene una conmoción. Tuvo algo de inflamación, pero ha disminuido.
No optamos por la cirugía y dejamos que el tiempo jugase en su favor.”
El hospital se estaba despertando a nuestro alrededor. Podía oír el
incremento de la actividad y voces afuera en los pasillos.
Cambié de posición ligeramente, cuidadosamente, intentando evitar más
dolor. “¿Cuánto tiempo?” Pregunté.
Me detuve en seco, perpleja. ¿Tenía mal la audición? No, mi audición era
perfecta. Le miré a la cara, que estaba fruncida, y sus ojos estaban preocupados.
Vale, algo iba mal. Lo intenté otra vez.
“¿Hace cuánto tiempo?” Pregunté, entonces apreté los labios. Tenía afasia.
“¡No, no, no!” Grité, y mis palabras sonaban como el graznido de un cuervo.
“Dra. Salas,” el Dr. Dorsey dijo mientras me agarraba de los hombros.
Inconsciente de ello, me senté en la cama, y brazo derecho escayolado cayó
violentamente. Mi brazo izquierdo tiró dolorosamente del tubo de la IV.
“Póngale uno de halo (haloperidol),” Dorsey instruyó a la enfermera.
Sí, cálmeme, pensé. Era como si estuviera fuera de mi cuerpo, chasqueando
la lengua por mis impropias payasadas. En pocos segundos, la droga tomó el
control, y fui capaz de dejar de sacudirme.
“Dra. Salas,” el Dr. Dorsey dijo con calma, mirándome directamente a los ojos.
“Tiene que permanecer calmada. Determinaremos cuál es la causa de la afasia.
Mientras tanto, conteste a las preguntas moviendo la mano. No intente hablar.”
Él liberó su agarre sobre mí y se sentó. “Ahora, en su opinión, ¿cómo es su
cognición? ¿Entiende todo lo que estoy diciendo?”
Asentí.
“Bien. Esa es una buena señal.” Ahí estaba esa agradable sonrisa otra vez.
“¿Recuerda el accidente?”
Negué con la cabeza.
“Eso no es poco frecuente. Realmente no esperaba que lo hiciera. Esta
incapacidad para hablar puede remitir después de que haya pasado algún
tiempo. La hemos mantenido sedada durante las pasadas cuatro semanas para
que su cerebro pudiera sanar.”
Me volví a poner agitada otra vez, y el puso una calmante mano en mi
antebrazo. “Sus pacientes están siendo atendidos. No se preocupe por eso. Sus
pensamientos solamente deberían centrarse en continuar sanando. Va a llevar
algo de tiempo, pero le prometo que haremos que vuelva a casa tan rápidamente
como podamos, ¿de acuerdo?”
Asentí pero no pude evitar que una lágrima cayera por mi mejilla. ¡Cuatro
semanas! ¡Eso era una locura!
El doctor se levantó y empujó la silla hacia atrás. “Por cierto, tiene una fractura
parcial en su brazo derecho, pero está curando bien. Creo que podremos quitar
la escayola en esta semana, y la levantaremos de la cama y comenzaremos con
algo de terapia.” Él cogió mi historial, lo estudió brevemente y se apresuró a salir
de la habitación.
La enfermera se acercó y ajustó mis tubos. Recolocó mis brazos sobre la
sábana. “¿Está lo suficientemente caliente, cariño? Estamos manteniendo
bastante baja la temperatura aquí.” Ella ajustó el oxígeno en la cabecera de la
cama y me colocó una cánula nasal. “Le mantendremos puesto un poco de
oxígeno durante un día o dos, ¿vale?”
De repente me di cuenta que tenía frío. “Tengo frío,” dije, y vi cómo ella me
miraba en blanco.
“No hablemos ahora, Dra. Salas. Solo indíqueme lo que necesita. ¿Está bien
el oxígeno?”
Asentí.
“¿Y tiene frío?” Ella preguntó.
Asentí.
“Bien, entonces. Voy a ir enseguida al puesto de enfermeras y cogeré una
agradable manta para calentarla. Volveré enseguida.”
Después que se marchara, gire la cabeza y miré más allá de los monitores, a
través de la ventana a la creciente luz del día en el exterior.
“Bonito,” dije. La palabra sonó como una enfermedad exótica.
Capítulo Treinta y Seis

Ella

Abby Hamilton murió, sucumbiendo finalmente al cáncer que se había


adueñado de su pequeño cuerpo. Cuando Sandy me contó las noticias, sentí
como si no pudiera respirar.
“¿Cómo podemos ir a otro funeral?” Sandy declaró, sus ojos enrojecidos por
las lágrimas no derramadas. Tiré de ella y le di un gran abrazo mientras ella se
permitía llorar.
Nos habíamos hecho más cercanas durante las semanas que Maddie había
estado en el hospital. A menudo íbamos a verla juntas después del trabajo,
aunque a mí me gustaba tarde por las noches cuando me colaba sola y sujetaba
la mano de mi amor hasta tener el suelo suficiente para conducir a casa y
meterme en la cama. Florida estaba allí algunas noches, y creo que también iba
todas las mañanas.
“Estaremos bien,” le dije a Sandy. “La queríamos, y tenemos que decirle adiós
apropiadamente.”
Sandy asintió cuando el Dr. McLean llegó por el pasillo desde la oficina de
Maddie. Randy McLean era un hombre muy agradable y amistoso, y un médico
competente. No era culpa de suya no ser Maddie. Aún así, cada vez que le veía
salir de la oficina de ella, me ponía furiosa.
Él palmeó el hombro de Sandy. “Aquí está el certificado de defunción. He
llamado a la funeraria antes de dejar la casa, pero no me he quedado
esperándoles. ¿Crees que podrás darles esta copia?”
Sandy se secó los ojos y se sonó la nariz audiblemente. “Absolutamente, Dr.
McLean. Ahora mismo.”
Él regresó a la oficina, y yo cogí el siguiente expediente del montón y entré
en la sala de espera. “¿DunDun?” Llamé.
DunDun Morris era un dulce, tímido, pelirrojo que estaba siendo tratado de un
eczema recurrente. Él asintió tímidamente al pasar a mi lado y salió al pasillo
trasero.
“Ven por aquí y te situaremos,” dije mientras le llevaba por el pasillo.
“¿Entonces la crema con cortisona no te ha funcionado?”
“No, señora. Creo que desaparece cuando me seco después del lavado,
aunque intento tener cuidado. Lo he intentado todo.” Él hablaba suavemente, y
yo tenía que acercarme para poder oírle. Sabía que trabajaba en Lavado de
Coches Wheelie’s la mayoría de los días después de la escuela.
“Bueno, estoy segura que el Dr. McLean dará con un nuevo tratamiento que
funcionará mejor.”
“¿Volverá pronto la Doctora Maddie?” Él preguntó mientras yo tomaba sus
constantes vitales. “La echo de menos. Nos divertíamos mucho simplemente
hablando.”
Mis manos temblaron cuando volvía a colocar el termómetro de oído en el
soporte. Suspiré.
“Realmente no lo sé, DunDun. Los médicos del hospital están intentando
despertarla, pero no parece que ella quiera hacerlo. Créeme, nosotros también
la echamos de menos.”
La puerta se abrió, y el Dr. McLean entró seguido de Sandy. Ella permaneció
detrás en la puerta y me hizo un gesto para que saliera.
“¡Creen que se ha despertado!” Ella cantó en un bajo susurro.
Yo parpadeé lentamente. “¿De verdad?”
Ella asintió. “Eso es lo que ha dicho Cassie. Acabo de hablar por teléfono con
ella. Vamos a llamar a Florida, y podemos quedar con ella después del trabajo.
Tengo que verlo por mí misma.” Ella se apresuró. Yo la seguí mareada.
¿Realmente Maddie había vuelto con nosotros después de todas esas
semanas?

El hospital estaba calmándose aunque los pasillos aún estaban llenos de


visitantes. La mayoría del personal de enfermería cambiaba el turno a las tres, y
para las cinco y media, el nuevo personal de noche estaba en su sitio y
suavemente haciéndose cargo de la medicación de final del día y de los
historiales.
Nosotras tres nos encontramos fuera y nos dirigimos juntas a la habitación de
Maddie. Ahora, en el exterior de su puerta, hicimos una pausa y nos miramos
unas a otras. Este iba a ser verdaderamente un gran día si lo que Cassie nos
había dicho era cierto. Habíamos estado deprimidas por la situación de Maddie
durante mucho tiempo. Necesitábamos alguna buena noticia.
Ella estaba sentada cuando entramos en la habitación. Mi corazón se
emocionó al ver eso. Me apresuré a llegar a su lado. Ella levantó la vista y me
miró. La mayoría de los moretones y cortes habían curado, aunque seguía
teniendo un poco de decoloración alrededor de su ojo derecho. Estaba tan
hermosa, y tan frágil. Sus profundos ojos marrones parecían nublados, y me
pregunté si me veía con claridad.
“Señor, chica, eres una visión para los doloridos ojos,” dijo Sandy cuando se
acercaba por el otro lado de la cama. “Tienes realmente buen aspecto
considerando por lo que has pasado. ¿Te encuentras bien?”
Maddie asintió pero apartó la mirada de nosotras, mirando por la ventana.
Parecía desinteresada.
“¿Maddie?” Dije. Ella volvió a girar la cabeza. No vi reconocimiento en sus
ojos. “Soy Ella. Y esta es Sandy. Trabajamos para ti. ¿Nos recuerdas?”
Ella miró de mí a Sandy y luego de vuelta otra vez. Nada.
“¿Corinthia?”
Su cabeza giró bruscamente al escuchar su nombre, y miró con suspicacia a
Florida. Los labios de Maddie se movieron, pero no emitió ningún sonido.
Mi corazón comenzó a latir frenéticamente en mi pecho. Todavía es
demasiado pronto, me dije a mí misma. Su cerebro todavía está sanando. Nos
recordará cuando lo haga.
¿Por qué no estaba convencida?
Florida se acercó y puso su mano sobre la escayola de Maddie. “Soy tu tía
Florida, cariño. Pronto te vamos a llevar a casa. Solo serán unos pocos días más
y entonces podrás venir a mi casa y entonces haremos que te pongas bien en
nada de tiempo. ¿Qué te parece?” Maddie estaba escuchando con atención,
pero no hablaba. Después de un tiempo, ella levantó su otra mano y la puso
sobre la de su tía. Yo desesperadamente esperaba que eso fuese una buena
señal.
Sandy tiró de mí a un lado y me susurró al oído. “Voy a ir a ver si puedo
encontrar a ese matasanos y descubrir que está pasando aquí.”
“Sandy.....” Quería reiterarle lo que el doctor nos había explicado a Florida y
a mí hacía unas semanas, pero ya se había ido. Volví a acercarme a Maddie,
decidida a sacarla de ese estado disociado.
“Maddie, quiero que sepas que todo en la oficina está bien. Sandy encontró
a un nuevo joven doctor llamado Randolph McLean para hacer tus horas de
consulta. Él parece bastante agradable. No es tú, por supuesto, pero no creo que
nadie esté recibiendo un pobre tratamiento.”
Maddie asintió, así que me estaba entendiendo, pero seguía pareciendo
desinteresada. Estaba estudiando a Florida, la cabeza ladeada hacia un lado.
De repente recordé como me había mirado a mí de forma similar, y mi corazón
realmente dolió. No pude respirar durante un momento. Luché por sofocar el
pánico que sentía.
Sandy regresó a toda prisa a la habitación, atrayendo la atención de Maddie.
“Maddie, cariño, volvemos enseguida,” dijo Sandy, sonriéndole mientras
hacía un gesto a Florida y a mí para que saliéramos de la habitación.
“El doctor quiere vernos en el puesto de enfermeras, para decirnos lo que
está pasando con Maddie,” nos contó ella una vez que estuvimos en el pasillo.
Ella lideró el camino a través del intrincado laberinto donde las enfermeras de
neurología estaban estacionadas. Los monitores planos estaban colgados de
una pared central, visibles desde todos los ángulos, y me alegró que Maddie
estuviese tan bien vigilada. El Dr. Dorsey estaba de pie junto en un rincón,
leyendo los papeles de una carpeta. Él nos oyó, cerró la carpeta y nos dio la
bienvenida con una sonrisa. Él nos escoltó por el rincón hacia una pequeña sala
de conferencias, cerrando la puerta detrás de nosotras.
“Señoras, si por favor toman asiento, podremos hablar del curso de
tratamiento de la Dra. Salas.” Él se sentó en la cuarta silla que quedaba y se
echó hacia atrás.
“Ahora, vamos a ver si lo he entendido.” Él señaló a Florida. “¿Usted es su
única familia?”
“Sí.” Florida asintió. “Soy su tía. Su madre sigue viviendo pero sufre Alzheimer
severo.”
“Ahh,” dijo él, asintiendo con conocimiento. “¿Y ustedes dos trabajan para
ella, en su clínica?”
Asentimos.
“He estado con la Doctora a Maddie desde que se hizo cargo de la consulta
del anterior médico de Maypearl, Richard Pembroke,” dijo Sandy.
El Dr. Dorsey asintió de nuevo y le entregó la carpeta a Florida. “Antes de
avanzar en nuestra discusión, necesito que firme esta autorización diciendo que
está de acuerdo con que el personal de aquí hable de la Dra. Salas con sus
empleadas. No pretendo faltarles el respeto señoras,” dijo él a Sandy y a mí. “Es
todo palabrería legal de la que tenemos que ocuparnos.”
Florida firmó los formularios sin vacilación, y el Dr. Dorsey comenzó a hablar.
Capítulo Treinta y Siete

Maddie

Algunos días me sentaba en mi habitación y miraba por la ventana, era todo


lo que podía hacer. No me importaba mucho entonces. Estaba segura que en
algún momento de mi vida había sido una persona enérgica, incluso productiva.
Ciertamente era querida, como demostraba el constante flujo de visitas que tenía
todas las semanas. Ahora, sentada en un lado de mi cama doble del diminuto
dormitorio, suspiré. Me giré y estudié la pizarra. Era martes, uno de noviembre,
y el reloj digital marcaba las ocho y cuarto de la mañana. No vi ninguna cita
señalada para hoy. No tenía que ir a ningún sitio. Eso era un gran alivio. Podía
sentarme, sola, y dejar que mi mente se relajase.
Me levanté y cogí mi bastón. Lo había elegido totalmente negro, por supuesto,
pero Ella lo había decorado con coloridas pegatinas de caras de gato en toda su
longitud. A mí ni siquiera me parecían gatos, pero eso era lo que ella decía que
eran. Era bonito.
Fui a mi cuarto de baño. Estudiando mi lista del cuarto de baño, comencé a
seguirla religiosamente. La tía la había hecho en una pizarra magnética, y tenía
que mover el círculo cada vez que completaba una tarea. Lo moví del inodoro a
la ducha. Me encantaba la ducha. A menudo gastaba toda el agua del tanque
del agua caliente, pero la tía decía que estaba bien. Me desvestí y luego
comprobé la lista pegada a la cortina.
Al principio, justo después de venir a casa, me lavaba la cara y el cuerpo
tantas veces por la mañana, olvidando que ya lo había hecho, que mi piel estaba
irritada e infectada. Ahora, podía marcar con el lápiz borrable todo lo que me
había lavado para poder recordarlo y no hacerlo otra vez.
Otro mecanismo de autonomía que Wendy Wagner, mi terapeuta, me había
enseñado era que me asegurarse de que todo tenía un lugar. Después de lavar
y secar mi pelo y mi cuerpo, fui al lavabo y saqué la loción de su sitio. La dejé
fuera después de usarla e hice lo mismo con todo lo de la lista hasta llegar al
cepillo. Lo pasé por mi corto cabello rizado, que todavía estaba húmedo. Lo hice
rápidamente porque había desistido de domar mis rizos hacía mucho tiempo.
Puse todo de nuevo en su sitio, me envolví una suave toalla, fui al dormitorio
para vestirme.
Afortunadamente, vestirme también fue rápido. La tía había colocado todo en
su propio sitio. Saqué una camiseta interior, una camisa polo, y unos pantalones
de chándal. Completamente vestida, me senté en la cama y respiré durante un
rato. Estaba cansada.
“¿Corinthia? ¿Estás levantada? ¿He oído la ducha?” La tía llamó brevemente
a la puerta.
Sabía que entraría, y lo hizo. Aunque era agradable que siempre llamase.
Cogí mi tablet y presioné un botón. “Buenos días,” dijo la débil vocecita.
“Buenos días, cariño. ¿Cómo has dormido?” Ella abrió las cortinas un poco
más.
Presioné el icono de ‘bien’ y la máquina respondió por mí.
“Bien. ¿Te duele la cabeza?” Ella me estudió. Negué con la cabeza. Las
migrañas consecuencia de la lesión en la cabeza habían demostrado ser un
verdadero ultimátum con Dios. Hombre, dolían. Tenía varias medicaciones que
podía tomar, pero todas me hacían sentir como.....un zombie, así que
normalmente me quedaba en la cama durante dos días, primero por la migraña
y luego por la medicación. Ugh.
Ella me entregó mis zuecos. “¿Quieres calcetines?” Esperó con expectación
hasta que yo negué con la cabeza.
“Tengo el desayuno en marcha, así que ¿por qué no vas y compruebas la
tostadora por mí?”
Asentí y me dirigí por el pasillo hacia la cocina. Realmente me gustaba esta
pequeña casa. No podía recordar exactamente donde vivía antes, pero sabía la
casa de la tía estaba más lejos fuera de la ciudad. La tía había encontrado está
en el centro de la ciudad y la había comprado con parte del dinero del accidente
del camión que me habían dado por el TBI. Traumatismo Craneoencefálico. Ella
decía que eran más de dos millones de dólares, y que estaba bien porque iba a
necesitarlo para mis cuidados, comida, ropas, y electricidad.
La tostada saltó cuando yo me acercaba, así que la puse en un plato y metí
los dos trozos de pan que estaban esperando. Dos platos tapados estaban en la
mesa, y levanté las tapas. Uno tenía bacon y huevos revueltos, el otro un montón
de patatas fritas caseras con mantequilla. Mi boca se hizo agua.
“Siéntate, cariño, come mientras está caliente. Yo pondré mantequilla a eso,”
dijo la tía cuando llegó a la cocina.
Le obedecí y presioné iconos en mi tablet. “Gracias.....cocinar.....esto,” sonó.
“De nada, Corinthia. Come. Pero primero toma tus pastillas.”
La comida estaba deliciosa, y comí hasta estar llena. La tía me observó
indulgentemente mientras masticaba su propia comida. “Vas a tener que caminar
un poco más hoy, si quieres mantenerte en forma,” me dijo, riendo.
Pulsé mi tablet. “Culpa tuya,” respondí.
“Hoy no hay terapia, no hay visitas. ¿Qué vas a hacer hoy todo el día?”
“Puzzles,” le dije.
Ella asintió. “Eso está bien. Tienes que terminar tres antes de mañana.”
Me levanté y comencé a llenar el lavavajillas. Solo estaban los cubiertos y la
sartén. Desde la lesión, la tía y yo utilizábamos vasos, platos y cuencos de papel.
Yo era como un elefante en una cristalería y a menudo rompía las cosas con mis
erráticos movimientos.
Después de recoger el desayuno, fui al ordenador que estaba en un escritorio
en una antesala justo al lado de la sala de estar. Dejé mi bastón en el suelo y
encendí la máquina. Utilizando el ratón con mi mano derecha más fuerte, cliqueé
en el icono y abrí el portal que mi terapeuta había preparado para mí. Cada
semana ella me ponía cinco puzzles de estrategia para ayudarme a desarrollar
habilidades cognitivas. También me alentaba a jugar a solitarios y cualquier otro
juego de cartas que me gustase. Hoy el puzzle se trataba de encontrar objetos
escondidos. Lo hice bien, rápidamente localicé una llave, una manzana, tres
botellas y un bolígrafo en la oscura siniestra escena en la que estaban
escondidos. La segunda tarea fue mucho más difícil y casi me costó una hora
conseguir acercarme a terminarla. Tenía que poner una lista de tareas en el
orden en que normalmente tenían que hacerse. Eso pertenecía al lado izquierdo.
En el lado derecho había una lista de objetos utilizados para esas tareas, y tenían
que ser emparejados y listados en orden. Poner las cosas en orden siempre
había sido muy difícil para mí.
Podía oír a la tía en la otra habitación hablando por teléfono, y me sentí
irrazonablemente furiosa. Lo aplaqué porque sabía que necesitaba medicación.
Las emociones a menudo me pasaban por encima y se apoderaban de mí.
Golpeé con las palmas sobre el escritorio y me puse de pie. El puzzle era
demasiado. Volvería a hacerlo más tarde. Recogí mi bastón y fui a la cocina al
armario en el que estaban mis medicinas. Abrí el armario y las miré. Como las
odiaba. Las odiaba porque cambiaban la química de mi cerebro, cuando la
utilizaba mucho, y ya ni siquiera sabía quién era.
“¿Qué necesitas, cariño?” La tía dijo cuando entró en la cocina. Tenía el
teléfono móvil en una mano. Lo miré, luego a ella. Me di cuenta que mi tablet
seguía en el escritorio, así que saqué mi teléfono de mi bolsillo. Lo encendí y
presioné un icono. “Rabia,” sonó.
“Vale, cariño, vale. Toma.” Ella se puso frente a mí y sacó un frasco de
Prozac. Abrió el frasco y partió una tableta por la mitad. “Toma, Corinthia, cinco
miligramos. ¿Vas también a salir a pasear?”
Asentí y me tomé la pastilla con un vaso de agua. Apreté mi teléfono. “¿Café?”
“No, tesoro. Ve tú delante. Ten cuidado. Y necesitas calcetines y chaqueta.
Todavía no hace mucho calor.”
Asentí y me fui por el pasillo a coger esas cosas. Ponerme los calcetines
resultaba difícil, y sentí como la rabia volvía a surgir otra vez. Persistí, y
finalmente, tras mucho soplar y resoplar, conseguí ponerlos derechos. Me puse
mis zuecos y me levanté, balanceándome y sujetándome al respaldo de la silla.
Levanté la vista y encontré a la tía de pie en la puerta mirándome.
“Esa es mi chica,” dijo ella. Se acercó y me besó en la frente. “Disfruta de tu
café, querida, dulce sobrina.”
Capítulo Treinta y Ocho

Ella

“¿Estás segura que no quieres venir sola?” Jessica preguntó. Escuché la nota
de preocupación en su voz y me sentí irrazonablemente culpable. Odiaba cuando
se preocupaba por mí.
“Es solo que no me parece bien dejarla tanto tiempo,” le expliqué.
“Eso es porque te da miedo que se olvide de ti, si estás demasiado tiempo
fuera, ¿no?”
Le asentí a Julio. “Sí, eso creo. Ahora, háblame de la fiesta de aniversario.
¿Va Brian a quemar misteriosa carne en la barbacoa? ¿Vais a bailar?”
Ella se rió y comenzó a contarme la sorprendente cantidad de bourbon que
podría ser consumido en solo unas pocas horas. Yo escuché, haciendo los
sonidos adecuados, pero estaba sumida en el fondo de una depresión de la que
no estaba segura de si algún día podría salir.
Después de saber por el Dr. Dorsey que el habla de Maddie se había
deteriorado, sentí como si la tierra se abriera bajo mis pies. ¿Cómo podía esta
mujer vivaz e inteligente a la que amaba ser silenciada? Ella tenía mucho que
ofrecer al mundo, y ahora no tenía forma de expresarse.
Durante esos días, me moví entre la autocompasión porque nunca volvería
oírla hablar otra vez y recordar las notables formas desafiantes que habían
permitido a personas como Stephen Hawking que sus voces fuesen escuchadas.
El rebote emocional hacia adelante y hacia atrás hizo que me sintiera errática y
fuera de control la mayor parte del tiempo.
Maddie había hecho grandes avances desde el día en que se había
despertado, pero todavía seguía luchando con las tareas diarias. Yo la visitaba
a menudo, pero estaba absolutamente claro que se había olvidado de nuestros
idílicos días robados, y noches, en Dothan. No veía amor en sus ojos cuando me
miraba, y cada vez que me miraba, como a una amiga y una vez compañera de
trabajo, yo sentía el dolor crecer y pesar en mi corazón.
“¿Estás segura que no quieres venir por Acción de Gracias? Te prometo que
Mamá y Papá no van a estar aquí, en caso de que estés preocupada por eso.”
¿Cómo podía decirle a mi hermana que sería una horrible compañía? ¿Que
no había Acción de Gracias para mí en ninguna parte por la brutal forma en que
Dios nos había tratado a Maddie y a mí? No, no iba a ir a visitarla por Acción de
Gracias.
“La oficina también está tan falta de personal. No creo que haya forma de que
pueda alejarme tanto tiempo. También le prometí a Florida que me quedaría con
Maddie mientras ella se va a Mississippi a visitar a sus hijos antes de Acción de
Gracias. Ella hace tiempo que no ha ido, así que.....”
“¿No puede Maddie ir con ella?”
“No creo que esté preparada para tanto viaje todavía. Sigue yendo a terapia
dos veces por semana, y no quiere faltar.”
Jess suspiró. “Vale, hermana, pero para que conste quiero que sepas que
estoy seriamente preocupada por ti. Pareces verdaderamente deprimida. Te
concedo que tienes motivos, pero quiero cogerte la mano y decirte que todo va
a ir bien.”
“Pero no es así,” susurré.
“¿Qué?”
“No va a ir bien. La he perdido, y no sé cómo hacer que vuelva. Y quiero que
vuelva,” respondí.
“Ella.....”
“Ellos dicen que las heridas en la cabeza a veces dan lugar a toda una nueva
persona. Dicen que podría ser capaz de hacer lo que hacía antes, pero con
diferencias porque el cerebro tiene que crear nuevos caminos para hacer lo que
hacía. Y eso es perfecto, pero no puedo lidiar con ello. No puedo lidiar con que
ella haya olvidado quién era yo para ella. O lo que ella era para mí. No hay rastro
de amor, ni siquiera reconocimiento cuando me mira, y cada vez que me mira
así.....yo simplemente muero un poco.”
“Ella, cariño, esto también pasará. Ella tiene que ponerse mejor, y cuando lo
haga te recordará y recordará lo que erais la una para la otra. Es decir, piensa
por lo que ha pasado su pobre pequeño cerebro, golpeado de esa forma. Hace
falta tiempo para recuperarse de algo como eso.”
Le rasqué a Julio debajo de la barbilla. “Y si se recupera. Su mente podría no
ser nunca la misma. ¿Entonces qué? ¡No podrá ser médico, no tendrá vida.....ni
yo! Ella y yo estábamos unidas de muchas maneras. Incluso no puedo ni
imaginarme la vida sin ella. Ni incluso ahora.”
“Lo entiendo, cariño, la has amado desde hace mucho tiempo. Solo dale
tiempo, un poco más. Tienes que estar allí para ella e intentar no deprimirte
demasiado. ¿Vale?”
Asentí y presioné mi cara contra las suaves orejas de Julio. “Vale.”
“¿Qué has dicho?” Ella parecía perpleja.
Me senté recta. “He dicho vale. No es que tenga nada más que hacer. Solo
trabajar, ir a ver a Maddie, y volver a casa. No es exactamente como había
planeado que fuera mi vida, tan solo hace unos meses.”
“Ella, por favor no te amargues por esto. Tal vez deberías buscar una iglesia,
hablar con un párroco.”
La rabia me llenó. “Como si eso fuese a cambiar nada, Jess. Me di por vencida
con eso hace mucho tiempo. Además, estoy bastante enfadada con Dios ahora
mismo. No estoy segura de que él quiera escucharme.”
Escuché su jadeo. “¡Ella! Sabes, tal vez él sea con quien deberías hablar
ahora mismo. Hablar de lo furiosa que te sientes. Podría ser de ayuda.”
Dejé que el silencio reinase de nuevo y ponderé sus palabras. Había una
iglesia católica justo al final de mi calle. “Tal vez lo haga,” susurré finalmente.
“Lo siento, hermanita. Es solo que odio esto y me siento tan impotente.”
“Oh, lo sé, Jess.” Separé el teléfono de mi oído y busqué en mis iconos.
Presioné uno que me dejaría ver su querida cara. En pocos segundos estaba
mirándola. Ella parecía cansada pero tan familiar y tan reconfortante. “Oh, Jess,”
dije.
Sus ojos azul oscuro fueron tan comprensivos. Ella se inclinó hacia adelante.
“Tienes que hacer todo lo que sea necesario para sentirte mejor. Conoces el
procedimiento. Lo hemos hecho demasiadas veces en nuestras vidas. Tengo
completa fe en ti.”
Sonreí, y me hizo sentir mejor. “Tus charlas siempre han hecho que mi mundo
sea mejor, hermana mayor.”
Ella me devolvió la sonrisa. “Bien.”
Di una profunda respiración y me desenredé de Julio. “Vale. Voy a ir a dar un
paseo. Hay una iglesia al final de la calle.”
Ella asintió. “¿Conoces al párroco?”
Me encogí de hombros. “Todavía no.”
Ella me sonrió. “Nos despedimos. Te quieeeero.”
“Yo también te quiero.” Finalicé la conexión y cogí mi abrigo del perchero.
“Volveré pronto, Julio. Se un buen chico.”
Mi teléfono sonó justo cuando tocaba la puerta. No reconocí el número, y de
repente el miedo me llenó. Supuse que algo le había sucedido a Maddie.
“¡Hola!” Ladré al teléfono, agarrándolo con fuerza, nerviosamente.
“Hola, querida.”
“¿Quién es?”
“Soy Dixie, de la conferencia. ¿No me recuerdas?”
Ciertamente la recordaba. Y pensé en el suave cabello rubio y los brillantes
ojos azul claro. La curvilínea figura.
“Si Dixie. ¿Cómo estás?”
Capítulo Treinta y Nueve

Maddie

Me encantaba pasear desde mi nueva casa a la cafetería. Especialmente en


un día como hoy, cuando el sol era una cosa brillante llamándome, y el aire tenía
un poco del frescor de la temprana mañana. El otoño en el sur de Alabama era
agradable, me di cuenta que algunas grandes plantas espinosas tenían flores
que parecían de papel.....pensé que las llamaban buganvillas.....que adornaban
con su exuberancia todo el camino. Uno de mis vecinos tenía un montón de lo
que la tía llamaba margaritas azules en su jardín. Eran unas flores muy bonitas.
Mi terapeuta, Wendy, decía que debía caminar todos los días para ayudar a
que mis músculos permaneciesen fuertes, así que lo hacía. Mi forma de caminar
había mejorado mucho durante el mes pasado. Aunque mi brazo y mi pierna del
lado izquierdo seguían débiles, estaban más fuertes cada día.
Me detuve y dejé que el sol calentase mi cara. Se sentía tan bien. Solo me
quedé parada allí un minuto antes de seguir caminando, mi bastón haciendo un
sonido rasgado cada vez que golpeaba con la acera. Olí el café cuando estaba
a un bloque de distancia y sonreí.
La cafetería se llamaba Java Stokes, y estaba escrito en el cristal de las
puertas con grandes letras amarillas. También había pintada una humeante taza
de café beige. Apoyé mi peso en mi bastón y abrí la puerta.
Stevie levantó ls vista desde detrás del mostrador. Allí había una gran
cafetera, y a veces ella desaparecía detrás. Stevie hacia el mejor café.
“¡Hola Maddie! ¡Es bueno verte! Uno cargado con leche y vainilla marchando.”
No había nadie en la cafetería después de la oleada de la mañana, así que
podía elegir cualquier mesa. Aún así fui a la de la esquina donde siempre me
sentaba. Había más espacio para mi bastón allí para apoyarlo contra la pared,
así no sobresaldría y haría que alguien tropezase.
“¿Cómo va tu día?” Stevie preguntó mientras se sentaba en la silla frente a
mí y dejaba mi café en la mesa. Saqué mi teléfono de mi bolsillo. “Bien.” Levanté
el café y presioné dos iconos. “Mejor ahora.”
Ella siempre me daba el café en un vaso de papel y le ponía encima la tapa
de plástico, aunque los otros clientes normalmente utilizaban las normales tazas
de cerámica. Yo se lo agradecía, se preocupaba por mí.
“Bien. La terapia debe de estar yendo bien. Te mueves realmente bien hoy.”
Ella me estudió con sus ojos marrón oscuro. Ella era un poco más mayor que yo,
y su cara tenía algunas arrugas alrededor de sus ojos, en la boca y el cuello. Era
muy bonita, con el cabello corto grisáceo y unos labios llenos.
Cambié al modo conversación y tecleé en mi teléfono. “Wendy es una bruta.
Me hace trabajar duro.”
“¿No es esa la cuestión?” Ella levantó su propia taza y dio un sorbo. Se le
quedó espuma en el labio superior hasta que su lengua salió y la lamió. La miré
hipnotizada. Mi propia lengua imitó su movimiento. Parecía no tener control sobre
ella.
“Finalmente he terminado de pintar la cocina. Ha quedado increíble. Ahora,
tendré que invitarte pronto a que vengas a cenar un día,” dijo ella. “Realmente
me gusta vivir en esta ciudad. Houston estaba bien pero muy ajetreado. Prefiero
la paz más lenta de aquí en Maypearl.”
Yo sonreí y asentí. “Estaré esperando la cena,” dijo el teléfono después que
yo teclease. Sabía que ella tenía un pequeño apartamento en la Calle
Cottonwood. No podía recordar dónde estaba, pero ella me dijo que me daría un
mapa para que la tía lo buscase, o que vendría y me recogería en mi casa si era
necesario.
La campanilla de la puerta sonó, y dos señoras mayores entraron en la
cafetería. Las había visto allí muchas veces, así que les saludé con la mano
mientras Stevie se levantaba para ir a tomar sus pedidos.
“Vuelvo enseguida,” ella me dijo por encima de su hombro cuando se
marchaba. La observé, preguntándome por mi atracción por ella. Había
empezado a darme cuenta que era lesbiana pero no sabía qué hacer con ese
conocimiento. No es que importase. Cualquier vida amorosa que pudiera haber
tenido era algo irrelevante ahora. Sonreí tristemente. Ah, bueno, había aprendido
a dejarlo ir.
Di un gran sorbo a mi café y miré como Stevie hablaba y se reía con las dos
mujeres. Ella era una mujer dulce, y parecía que yo le gustaba, aunque, estaba
segura que solo como amiga.
Hice una pausa a medio sorbo. Tal vez ella también era lesbiana. Sería
agradable tener a alguien con quien hablar de ello. Pero bueno, ¿me importaba?
Terminé mi sorbo y fruncí el ceño. Como si pudiera hablar.
Di una profunda respiración y y solté el aire con olor a café. Podía hablar. No
como todos los demás, pero estaba bien. La Dra. Penn, mi neuróloga, me había
dicho que no debía fijarme en lo que no podía hacer, sino el lo que sí podía.
Las dos mujeres mayores se sentaron, y Stevie se metió detrás de la gran
cafetera. Siempre olía tan bien cuando hacia ese silbante sonido allí detrás.
Después de servirles sus cafés, me trajo a mí un plato con algo del gran
mostrador de cristal. Era una galleta de mantequilla de cacahuete, una de mis
favoritas.
“Toma, tesoro. A ver si puedes poner algo de carne en esos delgados brazos
y piernas.” Se sentó y observó como yo cogía la galleta.
“¿Oye, está regresando la memoria?” Ella finalmente preguntó.
Yo negué con la cabeza. Cogí mi teléfono. “Hay como dos meses que han
desaparecido, y el resto va y viene. No, es como si llegase o se perdiera.”
“En parte es una suerte que no recuerdes el accidente. He oído que fue
horrible.” Sus ojos se volvieron tristes.
“No estoy segura de por qué estaba allí.” Tecleé y esperé que el teléfono
hablase. “Pero dicen que estaba trayendo al mundo a un bebé.”
“Sí, el de Lizzie Horten. Pobre pequeño niño, ni siquiera pudo dar su primer
aliento,” ella murmuró tristemente. Se echó hacia atrás y levantó su taza.
“¿Murieron?” Yo estaba horrorizada. Otros habían muerto mientras yo seguía
viva.
Ella me miró con algo de sorpresa. “Sí, murieron los tres. Y un bombero.”
Me levanté bruscamente, no segura de cómo manejar las rampantes
emociones dentro de mí.
Ella parecía alarmada. “¿No lo sabías?”
Negué con la cabeza y me agaché para recoger mi bastón. Me enderecé y
puse una mano hacia abajo en un gesto de calma. Quería que ella supiera que
estaba bien que me lo hubiese dicho. Con mi mano derecha le toqué suavemente
la barbilla. Le sonreí, cogí mi café y me dirigí a casa.
Capítulo Cuarenta

Ella

Dixie tenía tan buen aspecto, sentada allí esperándome, y yo solo me quedé
parada en la puerta del restaurante observándola durante un momento. Como si
me sintiera, ella levantó la mirada, me vio y vino a abrazarme.
“Me alegra tanto que hayas podido venir,” dijo, los ojos llenos de alegría. “Odio
tener que comer sola, no es divertido en absoluto.”
Le sonreí. “Yo también,” dije.
Parte de mí sentía como si hubiese tenido que ir a la iglesia en su lugar, pero
me sentía impotente, como si estuviera actuando en piloto automático. Estar aquí
con ella era casi como estar engañando, aunque sabía que no sucedería nada
entre nosotras. Seguía amando a Maddie, y eso nunca cambiaría.
Después de sentarnos y pedir nuestras bebidas, Dixie se inclinó hacia
adelante. “¿Cómo está la Dra. Salas?” Preguntó. “Estábamos todos devastados
cuando nos enteramos de las noticias. Pensé que mi padre iba a llorar. ¿Está
mejor?”
“Bueno, define mejor.” Me aclaré la garganta. “Todavía no puede hablar, pero
utiliza apps de habla, eso ayuda. Físicamente, está más o menos bien, pero no
parece tener ninguna.....oh, no sé. Energía, supongo. O tal vez interés.
Simplemente parece no importarle nada de la forma en que lo hacía.”
“¿Y su mente? ¿Cómo está su mente?” Sus ojos eran de curiosidad.
Me froté la frente, sintiendo como si un dolor de cabeza estuviese floreciendo
allí. “Tiene solo parches de memoria, y su capacidad de habla está regresando
lentamente. No recuerda nada del accidente. Sabe que es médico, pero no
recuerda mucho de su trabajo. Ni siquiera parece que piense en ello, no pregunta
por sus pacientes o cómo va la consulta sin ella.”
“Ya no va a volver a ser una doctora, ¿no? Eso es tan jodidamente horrible.
Ni siquiera puedo imaginarme cómo debe ser, perder todo en tan solo unas
pocas horas,” dijo ella en voz baja.
“Es bastante malditamente horroroso,” susurré.
Después de unos momentos, estaba decidida a cambiar de tema. “¿Has
comido aquí antes? ¿Es bueno?” Miré el menú.
Recordé haber compartido una comida con Maddie. Recordé como habíamos
pedido lo mismo y como nos reímos por ello. Levanté la vista, mi universo cambió
hacia la palidez de Dixie sentada frente a mí en lugar de exótico bronceado de
Maddie.
“Creo que tomaré un grueso, jugoso filete,” dijo ella, sus ojos mirando el
menú. “He oído que los hacen muy bien aquí.”
Asentí. “Suena bien.”
No estando interesada en el filete, pedí el salmón cuando el camarero, un
joven hombre con barba, se acercó para traernos dos ensaladas de la casa.
“¿Entonces has pensado en venir alguna vez a Dothan para pasar un tiempo?
Me encantaría enseñarte mi.....mi ciudad.” Ella estaba disfrutando de su
ensalada, sumergiendo los trozos de lechuga en el aderezo especial de la casa.
La pausa fue sutil, pero la oí. Necesitaba cortar eso de raíz inmediatamente,
pero había algo que me retenía.
“¿Dime otra vez por qué estás en Maypearl? ¿La madre de un estudiante?”
Intenté fingir curiosidad.
Ella asintió y masticó hasta tener la boca vacía. “Es la madre de uno de los
miembros de nuestro personal. Vive aquí en Maypearl. Normalmente la visita de
una madre solo es coger un avión a Dothan y en cuarenta minutos estás allí,
pero oh no, a la Sra. Branley le da miedo volar, así que hay que traerla en coche
de vuelta a casa.”
Estaba confundida. “Espera. ¿Cómo ha llegado ella a Dothan?”
Dixie se rió, y yo sonreí en respuesta. “Supongo que debería de haberlo
explicado. Ella cogió un autobús a Dothan hace dos días, pero la tonta mujer
perdió el último autobús de vuelta para hoy. ¿Entonces qué hizo mi padre? En
lugar de llevarla a casa él mismo, me envió a mí.” Ella hizo una pausa. “En
realidad le estoy agradecida.”
“¿Lo estás? ¿Por qué?” ¿Estaba de verdad flirteando con ella?
“Bueno, así he podido verte, ¿no?” Ella sonrió dulcemente, sus ojos llenos de
calor y bienvenida.
Nuestra comida llegó, acabando con lo que podría haber sido un momento
incómodo para mí. Estaba dividida, deseando tanto a Maddie pero sabiendo, con
algo de decepción, que se había ido de mí. Una gran parte de mí quería
desaparecer con ella, pero otra parte quería estar presente, amar, vivir la vida
con plenitud.
“Mmm, esto está bueno,” dijo Dixie, probando su filete.
Miré hacia abajo a mi salmón, sobre una cama de arroz y rodeado un brillante
verde brocoli al vapor. No eran espaguetis marinara. El dolor me inundó, y lo
sofoqué rápidamente, dando un gran sorbo de té helado.
“¿Cómo está tu salmón?” Ella preguntó, mirando mi plato sin tocar. “¿Oye, te
encuentras bien?”
Sonreí y asentí, parpadeando para alejar las lágrimas. “Claro, claro. No sirven
macarrones con queso aquí.” Señalé mi plato con el tenedor.
Ella levantó su tenedor y saboreó seductoramente. “¡Y eso es taaan bueno!”
Cogió unos cuantos fideos con su tenedor y me los ofreció. Vi el desafío en su
mirada, y Señor ayúdame, tomé el bocado. E inmediatamente lo lamenté. Casi
me voy. No necesitaba este tipo de conflicto en mi vida. No en este momento.
El resto de la comida fue agradable y sin incidentes. Sabía que Dixie quería
más de mí, pero yo simplemente no tenía nada que dar. Desvié todas sus
propuestas y no flirteé ni la alenté. En su lugar, hablamos de su vida diaria como
asistente administrativa de su padre, de las aventuras de su hermano por la
escena de las citas gays en Montgomery, y del susto de su madre con un cáncer
de mama.
“Oh Dios mío, sin ofender, pero supongo que no lo llevó nada bien en
absoluto,” dije.
“Como lo sabes,” convino ella. “La idea de que le hicieran esas cosas médicas
tan desagradables a mi madre fue tan alarmante, tanto para mí como para ella.
Gracias. Dios era benigno. Pensé que se iba a desmayar cuando descubrió que
le tenían que hacer una biopsia. Todos le cogimos la mano, aunque ella fingía
ser valiente y fuerte.”
Suspiré y puse los ojos en blanco. Entonces ella me estudió.
“A ti te pasa algo,” dijo.
Comencé a negarlo, pero ella levantó una mano para evitarlo. Levantó su
tenedor y rebañó el último trozo de pastel de chocolate que ninguna de las dos
habíamos comido.
“No tienes que decirme que es, pero sé que es algo que tiene que ver con la
Dra. Salas. Quiero decirte que siento mucho que que tengas que pasar por estos
momentos tan duros, bueno, las dos. Realmente espero que todo se resuelva
pronto y todo vaya bien. Si puedo ayudar de cualquier forma, solo dímelo.”
Se me llenaron los ojos de lágrimas, al oír tales sinceros sentimientos por su
parte. Cogí su mano libre entre las mías. “Realmente te lo agradezco, Dixie. Creo
que nosotras dos podemos ser grandes amigas, si eso te parece bien a ti.”
Ella asintió y apartó la mirada un momento. “¡Por supuesto! Las chicas tienen
que permanecer unidas,” dijo alegremente cuando volvió a mirarme.
“Especialmente en el profundo sur.”
Me reí, llena de alivio. “Una verdad más verdadera nunca ha sido dicha.”
Capítulo Cuarenta y Uno

Maddie

“¿Por qué no me dijiste que había muerto gente?” Le pregunte tecleando en


mi teléfono.
Tía Florida se encogió incómoda en su cómodo sillón. “Corinthia, no estabas
en condiciones de saber ese tipo de cosas. Teníamos otras cosas con las que
lidiar en ese momento.”
Me senté en el sillón reclinable junto a ella. “Simplemente me siento mal.
Supongo que yo también debería haber muerto,” tecleé.
La tía dejó caer al suelo el libro que estaba leyendo antes de mi interrupción.
“¡Corinthia Salas! No te atrevas a decir eso. ¡Nunca! La gente muere cuando
les llega su hora de morir. Me avergüenzas a mí, y a ti misma, por pretender ser
el Creador y tomar las decisiones sobre quién debería o no debería morir. Tú
madre y tu padre te criaron mejor que eso.”
“Perdona,” tecleé.
Había olvidado lo fatalista y todavía devota que mi familia había sido. Y estaba
empezando a tener una nueva completa idea sobre eso.
“Vamos a ver a mi madre,” tecleé.
La tía se sentó más recta. “¿Te sientes lo suficientemente bien para eso?
Sabes que ella no te reconocerá. Ya te he contado cuál es su condición.”
Asentí y tecleé. “Quiero recordar.”
La tía suspiró y se levantó. “Vale. Ve a por tu chaqueta.”
Me puse mi chaqueta y salimos fuera. Miré con nostalgia mi SUV Sequoia
azul oscuro mientras subíamos a la pequeña camioneta pickup Toyota de la tía.
Todavía no podía conducir, pero aún así reparé mi SUV después que fuese
afectado por la explosión. Solo necesitaba volver a tener mi confianza y lo
intentaría. Estaba deseando volver a tener esa libertad otra vez.
Tardamos unos veinte minutos en llegar a la casa donde vivía mi madre. Lo
intenté, pero no tenía ningún recuerdo de este sitio. Los agujeros en mi memoria
me sorprendían todos los días. Según lo que la tía me había dicho, yo solía venir
aquí todas las semanas. Estaba deseando ver a mi mami. No la había visto
desde el accidente, y los recuerdos que tenía de ella eran antiguos de cuando
yo era una niña pequeña.
El centro de ancianos olía raro en el interior, como a linimento de menta y
comida vieja. La tía me llevó más allá del mostrador de recepción y por un pasillo.
Entramos en una pequeña habitación. Una marchita pequeña señora, con el
cabello corto negro y gris, estaba sentada en un sillón junto a la ventana. Se giró
para mirarnos. Entonces lo vi. Vi a la mami de mi juventud, a una mujer que había
sido más alta y más delgada, pero con los mismos ojos marrón oscuro. La
emoción me ahogó, y jadeé. La tía se dio la vuelta para mirarme.
“¿Corinthia? ¿Qué pasa?”
Señalé a mi madre y luego me limpié las lágrimas cayendo de mis ojos.
La tía me palmeó la espalda. “Está bien, Corinthia. Solo permítete recordar.
Todo es parte de la curación.”
Asentí y me acerqué a mi madre. Dejé en el suelo mi bastón, me arrodillé
junto a ella y la miré. Ella miró con expectación a la tía.
“Esperida,” dijo la tía, asintiendo respetuosamente. “Recuerdas a Corinthia.
La he traído a verte.”
Mami me miró, y vi muchas cosas arremolinándose en las profundidades de
sus ojos chocolate. Finalmente, el reconocimiento se asentó allí. Eso me
maravilló. Y una mano llegó y acarició mi mejilla. Una lágrima escapó de mis ojos
y viajó por un lento y caliente camino a lo largo de mi mejilla. La mano de mi
madre la limpió como impaciencia.
“No llores,” dijo ella.
La entendí, y mi corazón se hinchió. Creía que me había dicho esas palabras,
no llores, antes. Tal vez esta pesadilla terminaría y mi memoria incluso
regresaría. Tal vez mi pasado y mi reciente pasado podrían finalmente colisionar
y todo volvería a estar otra vez.
“Pobre bebé, tan triste,” dijo ella, todavía estudiándome.
Mire su querida y familiar cara, y algo caliente se asentó en mi interior. Estaba
muy triste y ella lo había sentido. “Mami,” susurré.
La tía jadeó, y fue entonces cuando me di cuenta que había hablado. Hablado
con mi propia voz y no con una máquina.
Lo dije otra vez. “Mami.”
Entonces, porque podía, lo dije un poco más alto. “Mami.”
“¿Qué? ¿Qué?” Ella preguntó, frunciendo el ceño.
Tiré de ella y la abracé, mi mejilla contra su parte media. “Te amo, Mami,” dije
en voz baja.
“Amor, amor,” dijo ella, palmeando mi espalda impacientemente.
Retrocedí y la miré, dándome cuenta que se había ido. Estaba mirando por la
ventana, su rostro iluminado con infantil interés. Su cabeza giró siguiendo a un
coche que pasaba, y supe que se había olvidado de que yo estaba allí. Me eché
hacia atrás y cogí mi bastón para poder levantarme. Miré a la tía. Ella estaba
observándome con una sonrisa de asombro en su cara.
“Has hablado, me alegro tanto por ti, cariño. Estoy muy contenta.”
“Yo también,” dije, y otra vez las palabras fueron ininteligibles. Una repentina
rabia surgió a través de de mí, y mi cabeza comenzó a palpitar. Gemí y me sujeté
la cabeza.
“Oh, cariño. Has hecho demasiado esfuerzo,” dijo la tía apresurándose a
ponerse a mi lado. “Tenemos que llevarte a casa y tumbarte para echar una
siesta.”
Asentí y permití que me llevase hacia la puerta. Me dolía tanto la cabeza que
me sentía ciega.
“Adiós, Esperida, vendremos a verte pronto,” ella le dijo a mi madre mientras
salíamos al pasillo.
Capítulo Cuarenta y Dos

Ella

“Ha hablado hoy,” Florida dijo mientras me servía un vaso de té helado. “Y


tenía sentido.”
“¿De verdad?” Mi corazón se disparó. “¿Qué dijo?”
Florida se sentó en la silla en la mesa frente a mí. “Estuvo hablando con su
madre, en español. Solo unas palabras. Después, cuando intentó hablar otra
vez, en inglés, fue un completo lío de nuevo.”
Abrió una bolsa de galletas y me la pasó. Cogí una. Avena y uvas. Qué rica.
“Leí un artículo sobre eso una vez. Los pacientes con afasia a menudo pueden
hablar en otro idioma. Una mujer salió de una lesión cerebral hablando con
acento británico, y ella era canadiense francófona.”
“Wow.” Florida estaba impresionada. “¿Crees que eso es lo que le está
pasando a ella?”
Negué con la cabeza. “No lo sé, pero podríamos hablar de ello con la Dra.
Penn, o por lo menos con Wendy. ¿Puedo coger otra?” Señalé las galletas.
“Por supuesto,” respondió ella, empujando la bolsa hacia mí.
“¿Cómo ha estado su ánimo?”
Florida suspiró y se frotó la cara con ambas manos. “Señor, Ella, se pone
furiosa, se pone llorona, luego decide que no merece la pena vivir. Todos los
días hay algo nuevo.”
“Bueno, al menos no hay nunca un momento apático,” dije, encogiéndome de
hombros.
“Jajaja,” respondió ella. “¿Todavía vas a venir a quedarte la próxima semana?
Solo voy a estar fuera dos noches.”
“Absolutamente. Me alegra que vayas a tomarte unos días libres. Solo
pasaremos el rato juntas. Estaremos bien.”
“Lo sé, lo sé. Solo soy doña angustias.”
“Será para ti muy bueno alejarte unos días. Y ver al nuevo nieto.” Sonreí. “Por
cierto, espero un montón de fotografías, espero que lo sepas.”
Oímos el bastón de Maddie por el pasillo.
“Bueno, hola, dormilona,” dije cuando ella apareció. Su pelo estaba revuelto,
y decidí que me gustaba cómo le quedaba el pelo corto. Seguía estando un poco
demasiado delgada, sin embargo. Ella me sonrió ampliamente y abrió su tablet
cuando se sentaba en la silla. “Hola, Ella,” ella escribió en la aplicación de
conversión de texto en voz.
“Tu tía estaba contándome el buen día que has tenido. Felicidades,” dije.
Ella dijo ‘gracias’ en el lenguaje de signos americano.
“Oh, Señor, aquí vamos otra vez,” dijo Florida, poniendo los ojos en blanco.
Me reí. ¿Quién iba a decirme que mis lecciones de ASL (lenguaje de signos
americano) de la iglesia de mi hermana en Virginia iban a ser tan útiles? Maddie
no recordaba todo lo que le había enseñado, pero los fundamentos rudimentarios
junto con su tablet eran suficientes para que pudiéramos comunicarnos bien.
“¿Cómo día?” Maddie señaló.
“Estuvo bien. Solo vimos a seis pacientes en todo el día. Pensaba que habría
un montón de resfriados por ahí en esta época del año, pero parece ser que ese
no es el caso.” Me encogí de hombros y extendí las manos.
Ella me miró pensativamente, la cabeza inclinada hacia un lado. Entones se
inclinó sobre su tablet. “A veces los resfriados vienen en oleadas. Pueden
suceder más tarde en noviembre.”
Me pilló por sorpresa. Wow, la chica sabía sus cosas. “Sí, sí, eso es verdad.”
“Vamos a cenar en Acción de Gracias en nuestra casa este año. ¿Puedes
venir?” Florida preguntó.
“Oh, sí, claro. Me encantaría,” dije, sorprendida por la invitación. Me di cuenta
por la inmensa alegría que sentí, que estar con Maddie en fiestas, o cualquier
día, era exactamente lo que quería hacer. “¡Gracias por invitarme!”
“Eres familia, Ella,” dijo Florida. “Me alegra que puedas venir, porque
tendremos un montón. Me encanta cocinar. Ahora, si me disculpas, tengo un
programa de TV que ver.” Se levantó y se marchó de la cocina.
“Pavo,” Maddie escribió. “La tía dice que me encantaba. Supongo que lo
descubriré.”
Me reí. “Supongo que lo harás.”
“Mi madre no me conoce todo el tiempo,” ella escribió.
“Lo sé, y lo siento. El Alzheimer es una enfermedad horrible. Se lleva a tantos
de nuestros seres queridos.”
“¿Cómo una lesión cerebral?” Su tablet preguntó.
La miré con cuidado. ¿Me recordaba? Ella me devolvió la mirada, sus ojos y
su cara inexpresivos. No vi reconocimiento.
“Sí, como una lesión cerebral,” respondí.
“Era como si mi madre supiera que estaba herida,” ella escribió. “Pero me
conoció, solo durante un minuto.”
Asentí. “Sé que eso significa mucho para ti.”
“¿Conoces mi vida?” Ella tecleó.
Me eché hacia atrás en mi silla y pensé en ello. “Bueno, sé que has vivido en
Puerto Rico y en Nueva York. Y que una amiga tuya tenía un gato como el mío,
un Maine Coon.....”
“Carla,” ella escribió.
Mis ojos se agrandaron. “¿Recuerdas eso?”
Ella hizo una mueca y se encogió de hombros. “Supongo. ¿Y sobre el amor?”
Me estremecí por esta nueva dirección. Di una profunda respiración para
calmarme. “Tenías una novia en la facultad de medicina, pero no recuerdo su
nombre.”
Ella se acarició la barbilla como si estuviera pensando intensamente.
Finalmente, negó con la cabeza. “Pensaba que podría ser lesbiana,” escribió.
Asentí. “Sí, ambas lo somos. Es.....es por eso que intimamos.”
“También trabajabas para mí.” Ella me miró expectante.
“Sí, sí, lo hacía. Nunca le he contado a nadie nuestras preferencias sexuales.
Lo mantendremos en secreto.”
“¿Eso es bueno?” Ella frunció el ceño.
“Bueno, no lo sé.” Me reí brevemente. “Pero es lo mejor de momento,
supongo.”
Me levanté abruptamente, esperando cambiar de tema. “Voy a tomar más té.
¿Tú quieres?”
La miré hasta que asintió. Ella estaba estudiándome con una extraña mirada
especulativa.
“¿Qué? ¿Tengo migas de galleta en la cara?”
Ella negó con la cabeza.
Preparé los vasos de té y volví a sentarme.
“¿Qué has pensado para el próximo fin de semana? Yo había pensado tal vez
en una lista de películas y un montón de palomitas.”
Ella chupó de la pajita de su vaso para adultos. “No puedo esperar,” ella
escribió. “¿Pueden ser de terror?”
“Solo si me dejas poner en las palomitas levadura nutricional en lugar de
mantequilla.” La miré desafiantemente.
“Debo quererte mucho. De acuerdo,” ella escribió.
Ojalá fuese así. Aunque estaba eternamente agradecida por la amistad que
habíamos desarrollado, seguía deseando que fuese más. Pero estaba bien.
Estar con Maddie, incluso con esta nueva y diferente Maddie, estaba bien.
Capítulo Cuarenta y Tres

Maddie

El viento estaba soplando mi largo cabello alejándolo de mi cara. Cerré los


ojos y disfruté de la sensación. Y también disfruté de la sensación de mis tensos
músculos contrayéndose regularmente mientras.....patinaba. Estaba riéndome,
hablando, y sujetando la mano de alguien a quien amaba entrañablemente.
Bailamos una alrededor de la otra, dando vueltas y pasando una por debajo del
brazo de la otra. Nunca había sido tan feliz y sabía que tenía que hacerlo al final.
La cara de una mujer mayor apareció.....Esther, Ethel.
Tenía una sonrisa en mi cara cuando casi me desperté completamente.
Seguía viendo los risueños ojos verdes, chispeando de alegría. De alguna
manera me resultaban familiares, pero simplemente no podía recordarlo. De
repente me sentí como si estuviera sumergida en agua, flotando de espaldas.
Unas manos me sostenía arriba mientras voces me susurraban. Me susurraban
en una línea de tiempo, desde mi nacimiento en mil novecientos setenta y siete
hasta el momento del accidente. Lo extraño era que se detuvieron en ese
momento.
Pensé que la línea de tiempo se había detenido, pero continuaba hacia donde
yo nunca había estado antes, llevándome directamente hasta la explosión. Me
vi a mí misma como médico, en mi propia consulta. Vi las caras de mis pacientes,
algunos de los cuales seguían visitándome hoy, después de resultar herida.
Hasta ese momento, no había sido capaz de ubicarlos yo sola, sin ayuda. Ahora
veía nuestras pasadas interacciones y me di cuenta que habían sido mis amigos
al igual que pacientes. Uno de los beneficios de una ciudad pequeña. Y lo
seguían siendo, al menos por su parte. Decidí tratarles mejor en el futuro. Vi a
Sandy y a Ella, como las tres éramos un equipo bien engrasado en el trabajo,
viendo a docenas de pacientes diariamente. Me vi en mi coche, mi choche, con
Ella. ¿Pero dónde íbamos?
Me removí inquieta, frustrada por golpear nuevamente con una pared de
ladrillos. No estaba en el coche con Ella cuando explotó. Eso tenía que haber
sido en otro momento. Me desperté abruptamente, jadeando como si hubiese
estado corriendo durante mucho tiempo. Golpeé con mi débil puño izquierdo
sobre la cama y luego extendí los dedos, flexionándolos. Agarré la manta con
frustración, sabiendo que mi rabia y frustración era una emoción desperdiciada.
Finalmente estaba aprendiendo a controlar un poco la ira, y esperé, a ver si tenía
uno de mis palpitantes dolores de cabeza. No lo tenía. En realidad me sentía
bien, pensando con claridad por una vez.
Me senté y estiré los brazos y la espalda. Me levanté e hice la cama, y luego,
después de coger mi bastón, comencé con la rutina de la mañana. La tía se
sorprendió cuando aparecí en la cocina.
“Mírate, doña madrugadora. Has debido de dormir bien.”
Asentí y le hice el gesto de los pulgares hacia arriba cuando me sentaba.
“Bueno, pensé en que podríamos tomar avena esta mañana, puesto que ya
es casi invierno y eso,” dijo ella, ocupada en la cocina.
Me reí entre dientes y me tomé mi medicación con zumo de naranja. Cogí mi
tablet.
“¿Has hecho ya las maletas?” Le pregunté.
“Hechas y deshechas dos veces. Y finalmente tomé la decisión.” Se quedó
parada frente a la cocina, las manos jugueteando con un paño de cocina. “Solo
me voy a llevar ropa para dos días. El resto del espacio será para los regalos.
Eso es. Una bolsa.”
Fruncí el ceño. Presioné un icono. “Conducir.”
Ella hizo una mueca. “Lo sé, pero simplemente no quiero la irritación.”
Me reí y señalé la cocina donde la avena estaba haciendo ruidos extraños y
emitiendo vapor.
Ella se dio la vuelta y cambió el cazo a un fuego sin encender. “¡Mierda! No
creo que se haya quemado, así que está bien.” Comenzó a servir la avena en
nuestros platos.
“He soñado,” escribí. “Había mucho viento y estaba enamorada.”
La tía se quedó quieta y dejó el cuenco a medio llenar en el mostrador.
“¿Mucho viento? ¿Qué tipo de viento?” Seguía de espaldas a mí así que no
podía ver su cara.
Golpeé sobre la mesa para que se diera la vuelta para mirarme. Ella se giró,
y la estudié. ¿Estaba escondiéndome algo, algo como la muerte de la familia
Horten y el bombero? Entrecerré los ojos hacia ella para que supiera que
sospechaba.
“Oh, deja de mirarme así. No puedo saber de qué viento se trata, eso es todo.
¿Qué importa? Un sueño es un sueño,” dijo ella, volviéndose hacia la cocina.
Le puse mantequilla y azúcar moreno a mi avena cuando ella dejó el cuenco
frente a mí. “El viento era por patinar, creo, escribí. “¿No sé de quién estaba
enamorada?”
Ella se sentó y le puso mantequilla y leche a su cuenco. “Patinar parece
divertido. ¿Sabes qué hay una pista de patinaje en línea en Mobile, justo fuera
de Central? ¿Es ahí donde estabas en tu sueño?”
Negué con la cabeza. “En esta había dibujos animados.”
Ella hizo una pausa, la cuchara a medio camino de sus labios. “¿Dibujos
animados? Nunca he oído hablar de una pista de patinaje con dibujos animados.”
Me encogí de hombros y comencé a comer. Principalmente permanecimos
en silencio durante el resto de la comida, cada una perdida en nuestros propios
pensamientos. Yo sabía que la tía estaba pensando en su inminente viaje, y yo
estaba intentando decidir qué películas de terror reservar en mi lista de Netflix.
Le ayudé a llenar el lavavajillas, y luego me fui a mi habitación para prepararme
para la terapia.
La tía a menudo iba al supermercado cuando me dejaba en la terapia. A veces
iba a la biblioteca a devolver o coger libros. Ella era una gran lectora. No me
acordaba de eso, así que era como si estuviera llegando a conocer a la tía de
nuevo otra vez.
Wendy estaba de buen humor. Hoy pasamos buena parte del tiempo
hablando. Le conté la visita a mi madre, que había hablado.
“¡Wow. Eso es maravilloso!” Ella dijo, enderezando el cuello de su camisa.
“¿Hablas español?”
“Sí, hablo español. Es lo que aprendí desde que nací.....” Me detuve,
dándome cuenta que estaba hablando otra vez. Sin mi máquina.
“¡Qué bueno!” Ella exclamó, dando una palmada.
Sonreí, pero me di cuenta que había un pequeño problema. Había olvidado
la mayor parte de mi español. No sabía si era por el desuso o por el TBI, pero la
mayor parte había desaparecido.
Capítulo Cuarenta y Cuatro

Ella

“Volveré mañana para darte de comer. Tal vez traiga a Maddie para que te
vea. ¿Te gustaría eso? Apuesto a que la has echado de menos,” le dije a Julio
cuando cerraba la cremallera de mi bolsa.
Miré hacia la cama y recordé como Julio se había sentado sobre la cadera de
Maddie la última noche que estuvimos juntas. “No tienes a nadie a quien arañar
en estos días,” añadí.
Mis ojos se dispararon hacia el espejo del cuarto de baño. El corazón de
pintalabios que había dibujado para Maddie todavía seguía allí. No podía
soportar tener que limpiarlo.
Me senté en la cama y envolví los brazos a mi alrededor. “Tenía algunos
planes para nosotras, Julio. Es decir, iba a intentar preparar la cena para
nosotras todas las noches. Iba a llevarla a casa de Jess para la fiesta de
aniversario. Realmente quería que conociera a Jess y.....y a Barbie. Y a Westie,
oh, a ella le hubiese encantado Westie, y a Westie ella.” Julio saltó sobre la cama
y me empujó con su cabeza.
Las lágrimas surgieron y cayeron sobre mis manos dobladas. Eran calientes,
y froté la humedad en mi piel con los pulgares hasta que desapareció. Tenía que
ser fuerte. Tenía que ser amiga de Maddie y ayudarla a través de este periodo
de sanción. Ella tenía un montón de amigos que le estaban ayudando, pero yo
era quien la conocía mejor.
Me levanté y alisé mi blusa. “Vale, voy a dejar puesto el temporizador para
que tengas tres horas de TV cada noche. No más. Los programas pueden
destrozar tu cerebro.” Le dije mientras me estiraba a través de la cama para
besarle en la cabeza. “Se buen chico.”
Llevé mi bolsa de viaje a la parte frontal y cogí mi bolso. Di una mirada final
alrededor y salí a la brillante luz del sol de otoño.

Florida abrió la puerta cuando llegué a la casa. “Hola chica. ¿Qué estás
haciendo aquí tan temprano?”
“Ah, el Dr. McLean tenía una cita con el dentista. Pensé que así podrías irte
temprano.”
“Chiquilla, eres tan dulce.” Ella me dio y enorme, reconfortante abrazo, y me
relajé, disfrutando de ello plenamente. “Vamos dentro y cogeré mis cosas.”
“¿Dónde está Maddie?” Pregunté, mirando alrededor de la sala de estar.
“En la cafetería. Dando su paseo diario de terapia y tomando un poco de
cafeína.”
“Ah, sí, me había olvidado de eso. Tal vez me acerqué y la acompañe de
vuelta a casa. ¿Necesitas ayuda para cargar el coche?”
“Oh no, solo tengo una bolsa. Ve a buscarla, yo me prepararé, y me despediré
de ella cuando volváis.” Ella comenzó a marcharse y entonces regresó, sacando
las llaves de su bolsillo. “Maddie tiene su propio juego, pero me sentiría mejor si
tú te quedarás el juego de llaves de repuesto de la casa. Solo para que no tenga
que preocuparme.”
Cogí las llaves y entonces la sujeté de los hombros, mirándola a los ojos. “Por
favor. Yo me encargo. Pasa un buen tiempo con tu otra familia. Estaremos bien,
¿vale?”
Ella asintió y dejo caer los ojos. “Debería decirte.....ella ha tenido un sueño.”
“¿Sobre?”
“Creo que ha recordado cosas, como patinar y el amor. No sé si solo estaba
soñando o recordando. No sé cómo eso puede afectarle. Supongo que es eso lo
que me preocupa.”
Me quedé pensando. ¿Podría ella estar recordando nuestro viaje a Dothan?
“Creo.....creo que probablemente sea una buena cosa, pero estaré mucho más
pendiente, solo por si acaso, ¿vale?”
Florida asintió y palmeó mis manos. “Ve. Tráela a casa, y yo me prepararé.”

Mientras caminaba la media docena de bloques hasta Java Stokes, respiré el


fragante ramillete de olores de las flores arremolinándose a mi alrededor. Si una
cosa tenía el sur de Alabama era que, cuando casi en todas partes al norte del
país estaba en estado de congelación, nosotros teníamos una segunda
temporada de floración. Las temperaturas por encima de los veinte grados
parecían ser perfectas para una nueva ronda del florecimiento del color. La brisa
del océano llegó a mí e inhalé el aire saturado de oxígeno. Tarareé para mí
misma mientras caminaba, pensando en lo genial que sería si realmente ella
estaba recordando algo. Tal vez podríamos hablar de ello este fin de semana, y
tener alguna de idea de lo que estaba ocurriendo es sus sueños.
Torcí la esquina, y el olor a café tostado recién hecho me asaltó. Oh sí,
definitivamente iba a coger un café para el paseo de regreso a casa. Fui a coger
la manilla de la puerta, y entonces fue cuando las vi. Estaban sentadas en una
mesa en la esquina, en la cafetería prácticamente desierta. No estaba segura de
quién era la mujer, pero llevaba un delantal verde sobre la ropa, así que asumí
que trabajaba allí. Y estaba tocando a mi Maddie.
Estaban sentadas lado a lado, y yo tenía una perfecta visión desde mi
ubicación fuera de las puertas frontales. La mujer tenía una mano en la mejilla
de Maddie, acariciándola. Se estaban sonriendo tiernamente una a la otra, y un
dolor me inundó. ¿Había Maddie encontrado un nuevo amor? ¿Era con ella con
quien estaba soñando? Me mordí el labio inferior para evitar llorar.....o chillar. Me
quedé allí parada durante un largo momento, demasiado largo, intentando lidiar
con lo que estaba viendo. Finalmente, la mujer se levantó y regresó hacia el
mostrador para hablar con una joven pareja que estaba sentada en el otro lado
del local. Observé como Maddie miraba como ella se marchaba. ¿Qué estaba
pensando sobre esta mujer?
Di una profunda respiración y rechiné los dientes. Una vez dentro, caminé
directamente hacia Maddie con una gran sonrisa.
“¡Ella!” Ella hizo la seña y se levantó para abrazarme. Echó hacia atrás la silla
en la que la mujer había estado e hizo que me sentara. “¿Por qué aquí?” Hizo
las señales.
“He venido a buscarte,” dije, intentando ser alegre. “He salido temprano, y tía
Florida me ha dicho que estabas aquí. He venido para acompañarte de vuelta a
casa.”
“¡Genial!” Ella hizo la señal y luego me puso los pulgares hacia arriba.
Miré su taza de café. “¿Quieres otro? Yo pensaba tomar uno también.”
Ella asintió, y me llevé su vaso al mostrador. La mujer estaba detrás del
mostrador. Era muy atractiva, y mi corazón se hundió. Estaba verdaderamente
muy cerca del llanto, pero me tragué las lágrimas.
Ella me sonrió y yo extendí mi mano. “Hola. Soy Ella, amiga de Maddie.”
“¡Oh. Hola! Es bueno conocerte. Soy Stevie Phelps, dueña del Java Stokes.”
Su vivaracha personalidad era contagiosa, y no puede evitar sentir algo
parecido al alivio, ya que si tenía que perder el amor de Maddie, sería por alguien
buena y positiva.
Capítulo Cuarenta y Cinco

Maddie

“Creo que son caníbales,” escribí cuando Ella regresó del cuarto de baño.
“¿De verdad? ¿Por qué crees eso?”
“Niños,” hice la seña.
“¿Qué pasa con los niños?” Ella miraba la televisión y entrecerró los ojos
como si pudiera ver algo en la película en pausa.
“Raro,” hice la seña. “El padre.”
“Ahh, ¿crees que les está obligando a comerse a la gente?”
Asentí. “Ritual familiar,” escribí.
Ella se acurrucó junto a mí en el sofá. Ambas nos habíamos puesto nuestros
cómodos pijamas, y teníamos una manta sobre las piernas mientras veíamos las
películas de terror en la gran TV de la sala de estar. Era divertido, y me gustaba
estar tan cerca de ella. Ella tenía ese realmente maravilloso olor, como a tierra y
bosque. Realmente me gustaba como olía.
“Vale, dale,” ella urgió.
Presioné el botón de pausa y se reanudó la acción. Efectivamente, en media
hora la familia estaba preparando un guiso humano, con una oreja flotando. La
madre lo estaba sirviendo a sus dos hijas de forma vacilante, como si fuera
contra su voluntad.
“Ewwww,” dijo Ella. “Eso es asqueroso.” Miró el trozo de pizza del plato que
tenía en su mano. Dejó el plato sobre la mesa de café.
Asentí en acuerdo e hice una mueca. “Como La Matanza de Texas,” escribí.
“No, la Matanza era peor,” ella discutió. “Es decir, ellos hacían lámparas con
la piel y esas cosas en la película además de comerse a la gente.”
“Cierto,” escribí.
Estuvimos viéndola hasta el final, cuando los hijos cocinaron a su viejo padre.
Silencié la música que soñaba con los títulos de crédito y miré a Ella. “Genial,”
escribí.
“Asquerosa,” dijo ella, empujándome con una mano. Ella se levantó. “Voy a
por otra cerveza. ¿Estás segura que está bien que tú tomes otra?”
“No han dicho nada sobre beber,” tecleé. “Solo no caerme.”
Ella asintió y se fue a la cocina solo con los calcetines. Me encontré
esperando que ella no cayese. Yo nunca podría caminar solo con los calcetines
nunca más. Ahora tenia que ser con los pies desnudos o con zuecos
antideslizantes ya que todavía seguía teniendo problemas de equilibrio. Tiré de
la manta, mi mente vagando sin rumbo. Pensé en la tía conduciendo hacia el sur
de Mississippi. Me preguntaba qué aspecto tendrían sus hijos ahora. La última
vez que los había visto todavía estaban en el instituto. Me di cuenta que aunque
quería ver sus caras en mi cabeza, eso no iba a suceder. Malditos bloqueos de
memoria.
Ella me entregó una cerveza fría y volvió a meterse en el caliente nido que
habíamos creado bajo las mantas. Leí la etiqueta de la botella de cerveza. Era
una cerveza light, baja en calorías. Una buena cosa, supuse. Di un sorbo y retuve
las gloriosas burbujas en mi boca durante mucho tiempo. Disfruté de la
sensación de los estallidos. Tragué cuando la mayoría del gas había
desaparecido.
“Me alegra que aún siga pudiendo leer,” escribí.
“¿Hmm? Oh sí, a mí también. Estás haciendo unos progresos
verdaderamente notorios últimamente. Tal vez para cuando puedas volver a
hablar, tu memoria se recupere.” Ella me estudió atentamente, y vi la
especulativa mirada en sus ojos, una mirada que tenía a menudo cuando me
estudiaba.
Asentí y sonreí, demostrando mi acuerdo con la posibilidad. Se me ocurrió
una idea. “¿Todavía pasarás tiempo por aquí cuando esté bien?”
“¿Pasar tiempo contigo? Por supuesto, eres mi mejor colega.” Ella sonrió y
apartó la mirada. No sabía lo que eso significaba. Seguía atrapada en lo que la
tía llamaba matices.
“Vale, es mi turno de escoger.” Ella cogió el mando a distancia y comenzó a
desplazarse a través de las películas. “Veamos. Comprobaré las nuevas. Tal vez
haya alguna nueva película de miedo que no hayamos visto..... Oh Dios mío.
Mira lo que acaban de añadir.”
Miré la pantalla, pero solo era un montón de colores.
“Esta es mi favorita desde siempre. A ti, querida mía, te va a encaaaantar. Se
llama Los Increíbles.”
Asentí y me eché hacia atrás cuando la película comenzaba. Me cubrí los
ojos por el efecto fluctuante de las luces púrpura y azul que llenaban la enorme
pantalla, así que Ella pasó hacia adelante rápidamente con el mando a distancia.
Las luces intermitentes siempre hacían que mi cabeza se sintiera rara. Una vez
el cambio de luz de un semáforo me produjo una migraña. Cuando finalmente
miré a la pantalla otra vez, había una persecución de coches. Un superhéroe
rescataba a un gato y evitaba el robo de un banco. Hubo una gran pelea. Un
molesto niño. Una mujer superhéroe. Luego el superhéroe con ropas
normales.....un hombre extraño con forma de dibujos animados.....estaba
teniendo problemas para entrar en su coche. Era interesante, y la animación era
increíblemente real.
De repente me senté. Conocía a esa gente. ¿Dónde los había visto antes?
Ese brillante mechón de pelo naranja. Debería saberlo, debería recordarlo.
“Creo que la he visto,” escribí.
“¿De verdad?” Ella parecía sorprendida. “Pensaba.....bueno, dijiste que no la
habías visto.”
Continúe mirando la pantalla hipnotizada, así no podía contestarle enseguida.
En su lugar, tiré de la manta hacia arriba de forma que solo se veían mis ojos,
embelesada siguiendo la acción de la película. Era una buena historia, y estaba
disfrutando de los brillantes colores y de la buena acción. Me encontré riendo
junto con Ella durante las escenas cómicas. La que más me gustaba era Edna.
Miré hacia ella una vez y me di cuenta de lo bien que me sentía. Estaba
teniendo el mejor momento desde el accidente. Ella era alguien con quien podía
relajarme. Sabía que no me haría muchas preguntas, lo que me hacía sentir
inadecuada, ni tampoco ignoraría mis a veces incomprensibles pensamientos
como si no tuviesen valor. Ella realmente era una buena amiga. Me devolvió la
mirada y me guiñó un ojo. Extendió su botella de cerveza para chocarla con la
mía en un brindis de celebración de la vida y nuestro tiempo juntas.
Capítulo Cuarenta y Seis

Ella

“¿Me llevarías al cementerio?” Maddie escribió a la mañana siguiente cuando


estábamos terminando de desayunar. Ambas habíamos tomado un montón de
cerveza y pizza la noche anterior, así que nos habíamos despertado muy tarde.
Ya era casi mediodía.
Fruncí el ceño, levantando una ceja. “¿Sí? ¿A qué cementerio quieres ir?”
Ella se encogió de hombros en respuesta.
“¿Supongo que te refieres al que hay aquí en la ciudad?” La estudié,
intentando entender por qué el cementerio era importante.
“Horten,” ella deletreó el nombre con señas, utilizando sus dedos con cierta
dificultad.
“¡Buenas señas, Maddie!” Me quedé en silencio durante un breve momento.
“Sí, Maddie, ciertamente te llevaré al cementerio. ¿Podemos comprar unas flores
de camino?”
Ella asintió y se levantó para recoger la mesa.
Los sábados en Maypearl siempre eran mi día favorito. El mercado de
granjeros estaba en el centro verde de la ciudad, aunque esta era la estación
más lenta antes de que las verduras de invierno crecieran, por lo que las
cosechas eran escasas. Aparcamos y luego caminamos, tomándonos nuestro
tiempo. Nos detuvimos en la floristería de Stacy Evans y compramos un gran
ramo de flores.
Hoy la plaza estaba llena de gente de la cuidad pasando el rato, tomando el
sol y disfrutando de un bonito día. Disminuimos el paso al pasar junto a ellos,
para que Maddie pudiera devolver los numerosos saludos que recibía al pasar.
En realidad yo tuve que sentarme y esperar una vez cuando un grupo de
antiguos pacientes se acercaron y estuvieron charlando con ella un largo rato.
Finalmente me di cuenta que estaban cansándola, así que les despedí,
recurriendo a una cita como excusa.
“¿Quieres pasarte luego y ver a Julio?” Le pregunté a Maddie cuando
salíamos de la plaza de aparcamiento y cogíamos la carretera. “Tengo que darle
su comida húmeda o no me hablará en una semana.”
Ella se rió mientras tecleaba. “Sí, realmente quiero verle.”
Vi el campanario de la Iglesia Metodista el Oro de Dios justo delante. Reduje
velocidad y salí en el primer giro hacia el laberinto del cementerio. Me estrujé la
cabeza intentando recordar exactamente donde estaba enterrada la familia
Horten. Conduje lentamente, girando hacia la parte trasera de la iglesia.
Finalmente reconocí un árbol y paré cerca y aparqué en un lateral de la carretera.
“Creo que es aquí, Maddie. ¿Estás preparada?” Estudié su cara, intentando
determinar su estado emocional. Como tantas veces desde su lesión, su cara
estaba completamente en blanco.
Ella asintió y levantó su bastón. Era un corto paseo sobre tumbas recientes
que estaban empezando a cubrirse de exuberante hierba. Las lápidas ya habían
sido colocadas, y nos quedamos a los pies de las tumbas, leyéndolas.
“¿Le pusieron nombre?” Ella escribió en su teléfono.
“Lo hizo la hermana de Lizzie. Dijo que Lizzie había elegido Carter Darwin
para él.”
“Es un nombre bonito,” ella escribió. “Contundente.”
Me giré hacia ella para darle mi acuerdo y vi que las lágrimas caían por sus
delgadas mejillas.
“Ah, Maddie. No llores, cariño.”
“Debería haber muerto,” ella escribió. “Ellos deberían vivir. El bebé debería
vivir.”
No sabía cómo responder a eso. ¿Qué podía decir? Lentamente, comencé a
hablar, simplemente compartiendo lo que estaba en mi corazón.
“Sabes, Maddie. Las cosas malas de la vida no podemos elegirlas.
Simplemente ocurren. Yo personalmente creo que todo sucede por una razón.
Recuerdo lo furiosa que estaba después de tu lesión. Incluso culpé a Lizzie por
estar embarazada.”
Ella jadeó y levantó sus grandes ojos hacia mí. Despedí con la mano su
indignación.
“Créeme, ahora me doy cuenta de lo equivocado y.....estúpido que fue eso.
He aprendido durante los últimos treinta y tantos años que la vida no es tanto lo
que nos pasa, sino cómo reaccionamos a lo que es importante. Es como si
hubiera un cómputo, una especie de expediente celestial que marca cómo
reaccionamos a lo que sea que se cruce en nuestro camino.” Sacudí la cabeza.
“No es que sea religiosa o crea en Dios. Él puede ser una invención social del
hombre para satisfacer una necesidad profundamente arraigada. La cuestión es
que no podemos estar seguros respecto a Dios, así que tenemos que actuar con
fe. Con eso en mente y la regla de oro de comportarnos bien con los demás
firmemente arraigada en nuestra psique, ¿por qué no actuar para mantener el
recuento, la puntuación? ¿Qué daño podría hacer? El resultado seguiría siendo
actuar de forma buena, sabía, y honorable. No hay inconveniente en eso.”
“¿Por qué?” Ella hizo la seña.
“¿Por qué te estoy diciendo esto? Bueno, me duele oírte decir que deberías
estar muerta. No, no deberías estarlo, y creo que hay una razón para ello. Piensa
como nosotros, todos aquí en Maypearl, estaríamos de devastados con tu
muerte. Los ciudadanos ven lo duro que estás trabajando para recuperarte, y tal
vez eso les de un poco de fe en sí mismos y en un universo que premia la
persistencia y la supervivencia. Tal vez inspiras a otras personas heridas para
esforzarse a volver a ser lo que eran tanto como puedan. No siempre podemos
saber los detalles específicos, pero viviendo nuestras vidas de esa manera,
podemos espera que y quienes somos se extienda un poco más allá de nosotros
mismos.”
El silencio se instaló a nuestro alrededor hasta que un estornino negro chilló
desde un árbol cercano. Un grillo cantó entre la maleza y se podía oír en la
distancia el tráfico de la autopista. Miré todas las lápidas que nos rodeaban. Estar
aquí era surrealista en cierta forma. ¿Nos habíamos unido a la muerte?
“El funeral fue hermoso,” dije. “Sandy y yo fuimos a ambos funerales puesto
que sabíamos que tú no podías estar allí.”
“Gracias,” ella hizo la seña.
Maddie cogió el ramo de flores de mis manos y se adelantó dejándolo en el
centro de la amplia lápida para tres personas. Retrocedió para quedarse a mi
lado. Su mano encontró la mía y la agarró. Yo entrelacé mis dedos con los de
ella, y permanecimos así durante largo tiempo, el sol cayendo caliente y pesado
sobre nuestras espaldas.
Capítulo Cuarenta y Siete

Maddie

“Sí. También sueños raros,” escribí en mi tablet.


Estábamos en el restaurante Dave’s comiendo espaguetis y pan italiano
crujiente.
Después de dejar el cementerio, fuimos el lindo pequeño apartamento de Ella
donde pude jugar con Julio. Me encantaba ese gato. Y fue como si le recordase
de antes. Ella dijo que Julio y yo solo nos habíamos visto unas cuantas veces.
“¿De qué trataban?” Ella preguntó. Ella estaba mirándome con curiosidad.
Me limpié las manos y respondí con mi tablet. “Soñé que estaba patinando.
Supongo que patinaje en línea.”
Ella inclinó la cabeza hacia un lado mientras masticaba reflexivamente.
“¿Cuándo fue la última vez que patinaste?”
Me encogí de hombros. “Nunca,” dije con señas.
Ella miró su plato. “¿De dónde crees que salió eso?” Ella preguntó en voz
baja.
Chupé por mi pajita mientras me lo preguntaba yo misma. El sueño había sido
tan real, como un recuerdo. Sabía, por lo que la tía me había dicho que no había
estado en Mobile en los últimos tiempos, y sabía que Maypearl no tenía pista de
patinaje. Pero definitivamente había estado, eso seguro, los dibujos animados.....
“Los Increíbles,” escribí.
Ella dio un salto como si le hubiesen pinchado. “¿Qué?”
“El patinaje. Los Increíbles en la pared,” escribí, mis dedos se tropezaban al
teclear por la prisa. “Fue donde los vi.”
Ella estaba sonriéndome y, mientras yo la miraba, las lágrimas llenaron sus
ojos. Ella parpadeó alejándolas, y yo estaba hipnotizada. “¿Estás triste?” Dije
con señas.
Ella negó con la cabeza y dio un gran sorbo a su refresco antes de responder.
“Solo feliz, Maddie. Feliz de que estés recordando cosas, cosas que podrían ser
importantes para ti.”
“Amaba a alguien,” escribí.
“¿Qué?” Ella parecía alarmada.
“En mi sueño,” escribí. “Sabía lo que era el amor, aunque supongo que no
puedo sentir eso ahora. Pero en mi sueño, amaba a alguien que lo era todo para
mí. ¿Amaba yo a alguien que tú conocieras, Ella? ¿A lo mejor era cuando era
muy joven?”
Ella parecía incómoda, así que supuse que hablar de estas cosas un poco
personales era demasiado para ella. Ella se encogió de hombros. “¿Podemos
realmente saber lo que otra persona está sintiendo?” Ella dijo.
“Supongo que no,” escribí y luego volví a comer, mi mente dando vueltas.
Tuve una repentina visión de unos ojos negros en una cara oscura, aterrorizados,
que me miraban. Me miraban pidiendo ayuda. Me atraganté y sentí cómo caía.
El olor a gasolina me inundó, haciéndome sentir náuseas. Estaba
preocupada, y podía sentir como fruncía el ceño, incluso arrugándolo con
impaciencia. Estaba obsesionada comprobando el equipo médico, mis manos
trabajando en una jeringuilla que sabía iba a necesitar rápidamente. Todavía no,
todavía no. Tiene que ser ahora. Ahora mismo.
“¡Maddie! ¿Maddie?”
La orden ladrada me sacó del abismo en el que había caído. La gente estaba
de pie a mi alrededor, y yo estaba tumbada en el frío suelo de baldosas. Ella
estaba por encima de mí.
“¿Ella?” Hice la seña.
“Sí, Maddie, estoy aquí.” Ella estaba sujetándome y me relajé. Siempre y
cuando ella estuviera allí, sabía con seguridad que estaría bien.
“¿Estás segura que está bien?” Una mujer preguntó en voz baja. Creo que
era nuestra camarera. “Podemos llamar a una ambulancia.”
Yo negué con la cabeza, y Ella respondió por mí. “No, simplemente tiene
desvanecimientos algunas veces. Su mente todavía está sanando de un
accidente. Estará bien. Aunque, gracias.”
Ella me ayudó a volver a sentarme en la silla, y el círculo de caras
preocupadas desapareció, regresando a sus asientos. Ella se apresuró a
enderezar mi plato y el vaso que había volcado.
“¿Tenemos que volver a a casa?” Ella me preguntó, estudiando atentamente
mi cara. Se estiró y me colocó el pelo. “¿Te duele la cabeza?”
Negué con la cabeza e hice la seña de que estaba bien.
“Bien,” dijo ella, sonriendo y suspirando mientras se relajaba ella misma. “Me
has dado un buen susto, ¿por qué?”
“Lizzie,” escribí.
“¿Qué pasa con Lizzie?”
“En el coche, me necesitaba. Duele no poder ayudarla.”
“Ahh, ¿lo acabas de recordar justo ahora?”
Asentí y di un sorbo de refresco. Espontáneamente, las lágrimas cayeron por
mi cara. Las ignore e intenté terminar mis espaguetis tibios.
Ella me miraba pero no intentó decir o hacer nada, y terminamos de comer
en silencio. Estaba recordando, y sí, era muy doloroso, pero ambas sabíamos
que en realidad eso era una parte integral del proceso de curación.
“Pensé que había visto tu coche aparcado enfrente,” dijo Sandy cuando se
acercó a nuestra mesa. Ella era todo sonrisas hasta que vio mi cara, y entonces
cogió una servilleta de la mesa más cercana y entonces comenzó a limpiarme
como si tuviera dos años de edad.
“Oh, Ella Lewis, ¿qué está pasando aquí? Seguramente sabes que esta pobre
chiquilla.....”
Yo le agarré la mano, deteniéndola, y le sonreí para que supiera que todo iba
bien. Tiré de ella haca abajo para que se sentará en nuestra tercera silla y
presioné su mano en mi mejilla.
Ella se rió. “Creo que solo han sido malos recuerdos que a resurgido a la
superficie,” dijo, mirándome con afecto. “Los está manejando.”
“¡Hmph!” Sandy dijo antes de hacer un gesto con la mano a la camarera. Ella
se acercó y saludó a Sandy con un abrazo.
“Su pongo que quieres tu café de siempre y un rollo dulce,” dijo, escribiendo
en su libreta.
“Eso sería estupendo, Annamarie. No os importa que me una a vosotras
chicas, ¿no?”
“Por supuesto que no,” dijo Ella. “¿Podemos tomas todas café y rollos?” Le
pregunto a Annamarie.
“Claro,” dijo, marchándose corriendo.
Sandy cogió mi mano y la palmeó. “¿Cómo te encuentras, tesoro? No pude ir
a verte la semana pasada porque Michael tenía un resfriado y él y su madre se
quedaron con Bob y conmigo para poder cuidarle durante el día. No quería
llevarlo a tu casa.”
“La tía me dijo que llamaste,” escribí.
“Bueno, por supuesto. Quería saber cómo estabas y deciros porque no iba.”
“¿Está Michael mejor?” Ella preguntó. “El Dr. McLean le puso la vacuna,
¿no?”
Sandy asintió dándole las gracias a Annamarie que colocó una humeante taza
de café frente a ella. “Si, y le hizo reacción durante tres días. Increíble las cosas
que puede hacer la medicina hoy en día.”
Ella volvió su atención hacia mí. “¿Entonces cómo va todo? ¿Sigue Florida
en Meridian?”
Asentí. “Vuelve mañana por la noche,” escribí.
“Apuesto a que lo está pasando bien con todos sus hijos y nietos.”
“Seguro,” contestó Ella. “Se suponía que tenía que enviar fotografías, pero
supongo que ha estado demasiado ocupada. Le mandaré un mensaje de texto
esta noche para ver cómo va todo.”
Annamarie trajo a la mesa un plato con tres rollos con nueces de pecan
calientes y pegajosos. Las tres fuimos a cogerlos a la vez y nos reímos mientras
nos los llevábamos a los labios.
“Ohh, la vida es buena,” dijo Sandy, la boca llena.
Tuve que estar de acuerdo.
Capítulo Cuarenta y Ocho

Ella

Sola en la cama de la habitación de invitados el sábado por la noche, me


quedé tumbada muy quieta, llena de miedo. Maddie estaba recordando mucho,
y me estaba pidiendo a mí, su mejor amiga, que le ayudase a llenar los huecos
vacíos.
Me agarré las manos y me enfrenté al miedo cara a la pared. ¿Quería yo que
ella recordase lo nuestro? ¿Ese conocimiento de lo que habíamos sido una para
la otra le complacería o le confundiría? ¿Pensaría ella que le había mentido por
no decírselo inmediatamente?
Creía que si todo el mundo hubiera sabido que éramos pareja..... Si
hubiésemos tenido tiempo de decírselo a familiares y amigos..... Bueno, habría
sido muy diferente. Yo habría tenido un estatus en su vida, y la gente lo hubiera
entendido. Se me habría permitido, se habría esperado, que yo me ocupase de
sus cuidados. Nuestra relación era tan nueva cuando ocurrió el accidente.....
Tiré de las mantas sin descanso. Pensé en Maddie en la habitación de al lado
e imaginé que volvía a ser y a amarme de la misma forma que yo la amaba.
Recordé los pocos días que habíamos sido amantes, como nos habíamos
convertido en una con tanta facilidad. Yo todavía seguía sintiendo la conexión
con ella, aunque ella no se diese cuenta. O no sintiera lo mismo hacia mí.
Pero si recordaba...... Me acurruqué de costado en posición fetal. Tal vez las
cosas como estaban era lo mejor para ella. Si lo que el Dr. Dorsey había dicho
era cierto, sus emociones habían sufrido daño por la lesión en la cabeza. Tal vez
ella no era capaz de más, y yo no debería desear eso de ella. Podría pasar el
resto de mi vida a su lado como amiga, si eso era lo que necesitaba, si eso era
lo mejor para ella.
La cara de Dixie apareció en mi cabeza, y me pregunté por ello antes de
apartarla. Dixie nunca podría darme lo que realmente necesitaba, que era
Maddie. Maddie, incluso aunque fuese una sombra dañada de lo que había sido,
era lo que quería y necesitaba.
¿Pero que le iba a decir cuando me preguntase por lo que había sido?
¿Continuaría evadiendo y mintiendo, o debería abrirme, ser franca y dejar que
las piezas encajasen en su lugar?
Pero supongamos que le decía la verdad y ella se sentía obligada a estar
conmigo. Recordé cuando la vi con Stevie. ¿Quería ella a Stevie como pareja
romántica? ¿Podría yo interponerme el camino?
Enterré mi cara en la almohada. “Cielos, sí, podía. Maddie era mía y siempre
lo sería,” susurré.

“Tal vez tenerme por aquí es como un buen talismán,” le dije a Maddie a la
mañana siguiente en el desayuno. “No has tenido ni un solo dolor de cabeza
desde que estoy aquí.”
“Gracias,” ella hizo la seña, la boca llena de tortitas.
Esta Maddie era un poco más infantil que la otra Maddie. La Maddie original
era más preocupada, más circunspecta. Esta nueva Maddie era más cándida,
más cercana en cierta manera. Y aunque era más relajada en cuanto a la vida,
había retazos del agudo intelecto que había tenido. Era fácil acostumbrarse a
esta nueva realidad. Ahora, me preguntaba si Maddie alguna vez Maddie se
sentiría cómoda con ello. Parecía mucho más calmada y con más aceptación
que justo después de la lesión.
“Deja de mirar,” ella escribió en su tablet.
“Oops, perdona,” dije, sonriendo. “Estaba perdida en mis pensamientos.”
“¿Sobre mí?” Ella me miró con expectación.
“Sí, algo así.”
“¿Buenos pensamientos?” Ella escribió.
Levanté una ceja. “¿Buscando cumplidos? Por supuesto que buenos
pensamientos.”
Comimos en silencio.
“¿Maddie?”
Ella me miró.
“Si pudieras cambiar una cosa en tu vida, ¿qué sería?”
Ella estuvo pensándolo durante largo rato. “Hoy, me gustaría conducir,”
escribió.
Yo estaba desconcertada. No no haber tenido el TBI, o volver a ser médico
otra vez. Sino conducir.
“¿Conducir? ¿Eso es todo?”
“Sí,” ella escribió. “Tengo un coche.”
“Sé que lo tienes, cariño. ¿Quieres que te enseñe cómo conducir otra vez?”
“Sí,” ella escribió ansiosamente. “Sí.”
Me reí. “Vale. ¿Sabes dónde están tus llaves?”
Ella asintió y se levantó de un salto, apresurándose a recoger la mesa.
Desapareció por el pasillo, su bastón creando un tatuaje repetitivo en el suelo de
madera. Momentos después, estábamos sentadas en su SUV, yo en el asiento
del conductor.
“Vamos a ir al centro comercial y conducir alrededor. Estará bastante desierto
un domingo por la mañana.” Comprobé los espejos y luego di marcha atrás hasta
salir a Central. Miré a Maddie. Podía decir que estaba tan nerviosa como
emocionada. Condujimos por el tranquilo centro de la ciudad y seguimos Central
hasta que llegamos al Four Winds Mall, que era el alma de nuestro pequeño
pueblo. Todo tenía lugar allí: cine, patio de comidas, salón recreativo, y casi
todas las compras. Bueno, además del supermercado. Todo sucedía en este
enorme complejo. Conduje alrededor de un lateral y puse el coche en punto
muerto.
Miré a Maddie, y pude sentir como crecía mi propia emoción. “Esto es tan
genial,” dije. “¿Estás preparada?”
Ella me miró con ojos brillantes e hizo la seña de ‘sí’ mientras se revolvía en
el asiento del pasajero. Yo cogí su bastón y ocupé su lugar, y entonces vi cómo
se subía al asiento del conductor y se ponía el cinturón de seguridad. Ella
saboreó el momento durante unos breves segundos antes de comprobar los
espejos y meter una marcha. El coche rodó hacia adelante y ella apretó el freno
demasiado fuerte, haciendo que ambas estallásemos en carcajadas. Ella
condujo hacia adelante otra vez y luego lentamente alrededor del perímetro del
aparcamiento.
“Lo estás haciendo muy bien, Maddie. Supongo que es como montar a
caballo. Solo tienes que volver a subirte a la silla otra vez.”
Ella se rió burlonamente sin dejar de mirar al frente y continuó conduciendo.
Después de casi una hora conduciendo, ella estaba agotada, podía verlo. Se
había pasado los últimos quince minutos zigzagueando entre los coches
aparcados y podía ver cómo le temblaban las manos.
“¿Maddie? Sé que te encanta esto, pero tenemos que parar. Tu tía Florida
estará pronto en casa, y si ve todos los platos sucios que hemos dejado en el
fregadero, me va a arrancar la piel,” dije, manteniendo un tono ligero.
Maddie asintió y paró en un lado y puso el SUV en punto muerto. Le toqué el
antebrazo. “Has hecho un trabajo fantástico,” le dije.
Cambiamos los asientos y nos dirigimos de regreso a la casa. Ella se quedó
dormida antes de recorrer la mitad del camino.
Capítulo Cuarenta y Nueve

Maddie

Lo sentí en mi pecho, y a través del rojo palpitante músculo de mi corazón.


Creía que estaba soñando.....o tal vez recordando, aunque parte de mí sabía
que estaría muerta si de verdad mi pecho se hubiese abierto.
Podía sentir el ritmo del pulso debajo de mí. Yo estaba tumbada allí, perdida
en el ritmo del latido, las luces del corazón alzándose y rodeándome. Su brillante
calidez me enclaustraba y me encumbraba sobre un nuevo calor de carne. Me
había proporcionado un nuevo calor, en realidad mucho más caliente que mi piel.
Las luces me cegaron, pero se atenuaron lo suficiente para permitirme ver la
querida cara debajo de mí. Tenía mis dedos enredados en su grueso cabello
rubio, y mi cuerpo arqueado por el placer que me sofocaba. Presioné mis labios
contra los de ella otra vez, y nuestras lenguas bailaron un minuet mientras daba
y tomaba, y ella daba y tomaba. Levanté mi rodilla, y mi muslo encontró los
cálidos húmedos placeres. Presioné mi centro contra el muslo de la mujer debajo
de mí.
Mis labios finalmente encontraron la suave y fragante piel de su cuello.
Mientras viajaba más abajo, a través de la suave elevación de su pecho, el calor
de las luces se incrementó hasta llenarme, disminuyendo luego para volver a
llenarme con este calor. Sentía como si fuese a explotar pronto si las luces del
corazón continuaban. Estaba disfrutando del calor, sin embargo, podía sentir el
vigoroso regalo de ese intenso poder. Podía conseguir cualquier cosa cuando
esos hermosos y brillantes ojos azul verdosos me miraban.
Me desperté bruscamente, abriendo los ojos y viendo solo oscuridad. El brillo
de las luces de las farolas penetró en mi visión, y me di cuenta que estaba en mi
habitación. Miré el reloj digital y vi que eran las dos y cuarto de la mañana. Me
relajé en la cama, abrazando con fuerza mi almohada. Le di vueltas al sueño en
mi cabeza. Había algo que pasaba por alto, pero no conseguía saber que era.
La mujer del sueño.....la reconocí. El familiar olor, los hermosos ojos verdes. De
repente supe que lo había estado ignorando. Era Ella. Amaba a Ella con todo mi
ser. Una vida sin ella no merecía la pena vivirla.
¿Qué debería hacer con este conocimiento? No importaba que hubiese sido
mi amiga a través de esta locura de mi lesión cerebral; estar en una relación con
una persona discapacitada era una cosa completamente diferente. Curioso.....
Me di cuenta que nunca le había preguntado si ella tenía una relación. No había
visto señales de ello en su apartamento, pero eso no significaba que no estuviese
saliendo con alguien. Mi corazón se aceleró dolorosamente. Me di la vuelta y
cogí mi teléfono que estaba cargando en mi mesilla de noche. Encontré el icono
de Ella y lo presioné. La aplicación de mensajes se abrió y le escribí un mensaje.
“¿Estás saliendo con alguien?” Escribí. “¿Tienes una relación?”
Pulsé el botón de enviar y luego volví a dejar el teléfono. Sabía que no
respondería esta noche. Tenía que estar durmiendo. Simplemente me di la vuelta
para intentar volver a dormir cuando un suave timbre sonó. Era ella. Mi Ella.
“¡Estás despierta!” Escribí. “¿No tienes que trabajar?”
“Sip, pero no podía dormir. ¿Tú también estás despierta?”
“Soñando, me desperté,” respondí.
“¿Estás bien? ¿Dolor de cabeza?”
“No. Solo me preguntaba si tenías una relación,” respondí.
Después de una larga pausa, ella respondió. “La tenía. Terminó, o algo así.”
“¿Te sigue importando ella?” Me puse de costado, acurrucándome y
poniendo el teléfono sobre las mantas.
“A veces pero no es como era antes,” ella respondió.
“¿Desearías que lo fuera?”
Otra larga pausa.
“Realmente no lo sé. Está bien como es ahora. Supongo que todo es mejor.
¿Por qué estás pensando en esto?”
“No lo sé,” respondí finalmente. “Tuve ese sueño.....” Detuve mi dedo. Había
mucho más que quería decir y esto.....teclear.....era tan frustrante.
“Mira, vuelve a dormir. Yo también necesito dormir.”
“¿Vendrás mañana?” Pregunté.
“Claro, iré después del trabajo. Julio te da las buenas noches.”
Le sonreí al teléfono, incluso aunque ella no pudiera verme. “Buenas noches,
Julio.”
Después de despedirnos, me quedé tumbada en la oscuridad, escuchando
los sonidos de la noche a mi alrededor. Imaginé que seguiría siendo amiga de
Ella y no le revelaría mi amor hasta que ella estuviera preparada. O tal vez hasta
que yo estuviera preparada. Y entonces imaginé mucho más. Y finalmente me
quedé dormida.
Capítulo Cincuenta

Ella

“¡Oh hombre! Esto estaba bueno Florida, pero no tienes que darme de comer
cada vez que vengo.”
“¡Bah! Eres familia, Ella. Aunque eso ya lo sabes.” Ella agitó una mano para
acallar mis protestas. Le ayudé a recoger la mesa y puse las sobras del asado y
las verduras en el frigorífico.
Mientras limpiaba la mesa, miré a Maddie, quien estaba arrodillada junto a la
mesa de café. “Todavía sigue con eso, ¿eh?”
Florida se rió. “Sí. No estoy segura de sí alguna vez vayamos a conseguir que
lo deje. Tenemos suerte de que por lo menos coma.”
Los primos le habían enviado a Maddie un juego de construcción magnético
y estaba enredada con ello desde que Florida lo había desempaquetado a
primera hora de la mañana. Me lo había enseñado tan pronto como había
llegado, después de darme una nada característico beso en la mejilla junto con
mi habitual abrazo. Durante la cena, había estado distraída, mirando a menudo
hacia la mesa de café y a los coloridos y brillantes bloques de construcción de
encima.
Me senté en el sofá y observé como construía. Aunque no había mucho
construido. Ella parecía fascinada por la repulsión de los bloques magnéticos,
poniéndolos juntos y luego dejando que se separasen. La observé, y aunque
podría decirse que estaba jugando como un niño, su postura era majestuosa y
su rostro estaba serio. Podía ver cómo estaba intentando descubrir la física del
magnetismo.
“Si los dos extremos son iguales, se repelen,” dije. “Si son diferentes, positivo
y negativo, se atraen,” le expliqué.
Florida llegó y besó a Maddie en la parte superior de la cabeza. “Vale,
chiquillas, me voy a mi habitación a leer. Comportaros y no peleéis por los
juguetes.” Se rió entre dientes por su broma.
Me levanté. “Supongo que será mejor que me vaya a casa para que podáis
acostaros.”
Florida agitó una mano indicando que volviera a sentarme en el sofá.
“Quédate, juega. A ella le encanta que estés aquí.”
Volví a sentarme en el sofá. Me quité los zapatos y me eché hacia atrás, las
piernas encogidas debajo de mí, todavía observándola. Era una mujer hermosa.
Lo había pensado desde el primer día que nos conocimos. Eso parecía haber
sido hacía mucho tiempo, cuando en realidad solo habían pasado dos años.
Ella debió de sentir que la estaba mirando, porque levantó la vista y me lanzó
esa adorable sonrisa que se había convertido tan familiar antes de su accidente.
Me alegraba ver que había regresado.
Ella cogió su tablet. “Estás mirándome otra vez,” escribió.
“Se ha convertido en uno de mis hobbies favoritos,” bromeé. “Es como ver
secar un cuadro.”
Le costó como medio minuto, pero lo pilló y se rió, asintiendo en acuerdo.
Cuando se calmó, me miró. Realmente me miró, y mi vieja hambre por ella
resurgió. Intenté ocultarlo, pero con toda seguridad había escuchado mi ingesta
de aire y había visto el rubor en mis mejillas por mi deseo por ella. Comencé a
decir algo inteligente.....algo para reírme de la atracción.....pero mi teléfono vibró
en mi bolsillo. Le eché un vistazo, agradecida por la distracción. El identificador
de llamadas decía que era Dixie. Dejé que saltase el buzón de voz.
“¿Quién era?” Maddie escribió.
“Solo Dixie,” respondí.
Maddie volvió a sus bloques magnéticos y yo intenté sacudirme de encima lo
que estaba sintiendo por ella.
“No. Me dijiste que no la querías a ella,” dijo Maddie en voz baja, con su propia
voz. “Me dices que solo sois amigas. Me he dado cuenta que te amo y ahora se
me rompe el corazón.”
“¿Maddie? Lo siento, cariño. No entiendo el español. ¿Puedes escribirlo o
hacer señas?”
Maddie solo negó con la cabeza, los ojos abatidos. Finalmente, justo cuando
realmente estaba empezando a preocuparme, ella se levantó del suelo y se
sentó junto a mí en el sofá. Me miró, y vi tantas cosas en su cara. Ella estaba
confundida, estaba asustada, estaba decidida.
“Maddie, corazón. ¿Qué pasa? ¿Quieres que vaya a buscar a la tía?”
“No.” Ella hizo la seña repetidamente.
“Vale, dime lo que necesitas.”
“Te necesito a ti,” dijo ella por señas.
Me quedé aturdida durante un momento. ¿Había soñado su respuesta?
¿Habían mis sueños invadido mi vida despierta? La miré a los ojos y vi la verdad.
Tanto si me recordaba de antes como si no, ella me amaba.
Nuestros besos estaban llenos de dulce anhelo mientras nos aferrábamos
una a la otra, y yo estaba llorando por mi sobrecogedora alegría. Me liberé de la
armadura que había estado llevando desde el accidente y sentí de nuevo la
libertad expandirse dentro de mí. Dejé que mis sentidos se inundasen de ella y
recordé vívidamente nuestras noches de pasión juntas. ¿Lo recordaba ella?
¿Había realmente olvidado lo que éramos una para la otra?
Me di cuenta de nuevo que no me importaba. Cada beso que compartíamos
era nuevo y único. Tenía a mi Maddie de vuelta. Tal vez no exactamente la
Maddie de antes, pero ella seguía siendo mi único verdadero amor.
“Pensaba que nunca volverías a amarme otra vez,” susurré contra sus labios.
“Te amo, te amo,” ella susurró en respuesta. “Eres la luz de mi corazón, mi
alegría.”
“Oh Dios mío, necesito aprender español,” conseguí decir mientras ella
besaba mi cuello.
Ella se echó hacia atrás. “Deja que te enseñe,” dijo por señas, y luego se
inclinó para besarme una vez más.

FIN

Sobre la Autora

Nat Burns comenzó su galardonada carrera como escritora como


independiente, luego más tarde trabajó como periodista en plantilla en dos
periódicos de Virginia.
A menudo ha trabajado como editora y sigue haciéndolo. Después de sufrir
un TBI (traumatismo craneoencefálico), NAT se jubiló de su exigente trabajo
como coordinadora de edición de sistemas en una revista médica con base en
Washington DC.

Ahora es novelista a tiempo completo y este es su noveno romance lésbico


para Bella Books.

Además, Nat es editora de música para la revista Lesbian News donde tiene
una columna mensual llamada ‘Notas de Nat.’

www.natburns.com

www.bellabooks.com/Author-Nat-Burns-cat.html

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