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Una pasión tempestuosa

Carole Mortimer

Una pasión tempestuosa (1982)


Título Original: Fear of love (1980)
Editorial: Harlequin Ibérica
Sello / Colección: Bianca 7
Género: Contemporáneo
Protagonistas: Dominic Tempest y Alexandra

Argumento:
Debido a su juventud, Alexandra no dudaba que su hermana Gail se
opondría a su matrimonio con Roger Young.
Eso era comprensible, pero ¿por qué se inmiscuía en su vida el cuñado de
Gail, el arrogante Dominic Tempest?
Todo pareció aclararse cuando Alexandra descubrió que el odio que sentía
hacia Dominic se había convertido en amor.
Pero, ¿a qué conducía? Aunque él confesara que la amaba tanto como ella a
él, la experiencia amarga que éste había tenido con mujeres le convirtió en
un hombre desconfiado, con miedo a comprometerse emocionalmente.
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Capítulo 1
—¿Otra vez viene a comer? —preguntó Alexandra, al ver los cuatro servicios
puestos en la mesa. Gail suspiró, mirando a su hermana menor con cierta
impaciencia.
—Si te refieres a Dominic, dilo así —murmuró, dirigiéndose a la cocina.
—Está bien. ¿Viene Dominic a comer otra vez?
—Bueno, ya sabes que siempre lo hace con nosotros los domingos, no sé porqué
me lo preguntas. Ahora, si no tienes nada mejor que hacer, tal vez quieras ayudarme
a secar las copas de vino. Hoy tenías que cocinar tú —añadió con severidad—.
¿Dónde fuiste después de desayunar?
—A ver a Roger —Alexandra frotó las copas con un paño hasta que brillaron,
antes de colocarlas en la mesa. Una leve sonrisa apareció en sus labios al pensar en el
hombre que amaba.
Su hermana frunció el ceño.
—No haces otra cosa en estos días.
—Bueno, si me hubierais dejado casarme con él, no tendría que ir a verle a casa
de sus padres, estaríamos siempre juntos.
—Eres demasiado joven para casarte —declaró Gail enfáticamente—. Tienes
diecisiete años y hace tan sólo cuatro meses que conoces a Roger.
—¡Oh, eso no es verdad! Vivimos hace años en este lugar.
Alexandra puso el vino en el refrigerador, para que se enfriara.
—Sólo llevamos en esta casa tres años, y tú has pasado dos años y medio en el
internado —Gail sacudió la cabeza al ver el gesto caprichoso de su hermana.
—A mí me parece que le conozco hace siglos —insistió Alexandra.
Recordó emocionada la primera vez que vio a Roger, cuatro meses antes,
durante un baile. Le impresionó su atractivo. Era un muchacho de aspecto rudo, de
cabello oscuro. Él también pareció impresionado por ella. Desde entonces se veían
todos los días sin aburrirse un solo momento.
Gail le dirigió una sonrisa.
—Yo no llamaría siglos a cuatro meses —dijo, mientras continuaba preparando
la comida—. Los invitados no tardarán en llegar.
Alexandra hizo un gesto de disgusto.
—Sí, supongo que ese título sienta muy bien a Dominic —dijo con desprecio;
sus ojos azules cambiaron de color por la furia.
—Tiene un trabajo muy interesante —le defendió Gail—. No hay muchos
hombres dispuestos a correr los riesgos que él corre.

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—¡Oh, me doy perfecta cuenta de ello! —dijo Alexandra sin que su desprecio
amainara—. El recorrer el mundo filmando el desastre más reciente parece fascinarle.
Le importó más eso que su matrimonio.
Gail contestó enfadada.
—Tú no tienes ningún derecho a juzgarle. ¿Cómo sabes si no aceptó ese trabajo
para huir de su matrimonio? Él y Marianne no estaban hechos el uno para el otro.
—Puedes decir eso ahora, que están divorciados. Pero debieron estar
enamorados alguna vez.
—No lo niego. Lo que quiero decir, es que no fue su trabajo la causa por la que
Marianne le dejó. Probablemente ella era demasiado joven cuando se casaron, y eso
es por lo que él… —Gail se mordió el labio inferior para no continuar.
—¿Sí? —preguntó Alexandra, notando la mueca de su hermana.
—Nada. No tiene importancia.
—Por tu actitud, debe ser importante —los ojos azules de Alexandra se
empequeñecieron—. Vamos, Gail, te conozco muy bien. Sé que me ocultas algo.
—No seas tonta. Creo que llega un coche —dijo Gail con desesperación.
—No te preocupes por eso. Dime que fue lo que hizo Dominic.
—Te digo que no era nada.
—Era algo relacionado conmigo, ¿verdad? Algo que tenía que ver con que soy
demasiado joven para casarme, ¿no es cierto, Gail?
—Sí, lo discutimos con él. Y dijo que no le parecía buena idea. Ahora, cálmate,
Alexandra —le suplicó su hermana, al ver cómo se encendían de furia sus ojos. Yo lo
había hablado con Trevor y habíamos llegado a la misma conclusión.
—Pero fue la opinión de Dominic la que os convenció. ¡No lo niegues! —
exclamó Alexandra con violencia—. No le voy a permitir que interfiera en mi vida. ¡Y
voy a decírselo ahora mismo! —se dirigió hacia la puerta con paso firme.
—¿Adonde vas? —preguntó Gail alarmada.
—A ver al dictador Dominic Tempest.
—Pero él va a llegar aquí en cualquier momento.
Alexandra sonrió con perversa satisfacción.
—Tal vez, pero ahora voy a buscarle.
—¡No quiero que provoques una escena, Alexandra! —suplicó Gail, con aire
cansado.
—¡Yo no he provocado esta escena! ¡Fue Dominic! Siempre quiere imponer su
opinión. Lo siento por ti, Gail, que tienes que aceptarlo porque es tu cuñado. Pero él
no es nada mío. No le conozco y deseo que le suceda otra desgracia para que se
marche.
—¡Alexandra!

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—Ya sé que no debo hablar así, pero no resisto que venga por aquí y ya lleva
cuatro semanas… Y ahora tengo una razón más para odiarlo. Bueno, nos vemos,
Gail.
—Pero tu comida ya está lista —exclamó su hermana.
—He perdido el apetito.
Trevor estaba en el vestíbulo, quitándose la chaqueta. La miró sorprendido, al
ver que pasaba frente a él, en dirección a la puerta.
—¡Oye! —exclamó—. ¿Los doctores que vuelven del trabajo no merecen un
beso?
Alexandra se volvió para darle un beso rápido. Le quería como a un hermano.
Él y Gail se habían hecho cargo de ella cuando murió su madre, hacía cuatro años. Su
padre había muerto cuando era muy pequeña y casi no lo recordaba, lo cual facilitó
que Trevor, su cuñado, diez años mayor que ella, se convirtiera en la figura paterna.
Pero ahora estaba demasiado furiosa para recordar todo.
—Nos veremos después, Trevor —dijo, dirigiéndose de nuevo a la puerta.
—Pero, ¿a dónde vas?
—Tengo que salir un momento. No tardaré.
—Primero Dominic y ahora tú —él sacudió la cabeza sin comprender—. Espero
que a Gail no le moleste servir la comida más tarde.
—¿Va a tardar Dominic? —preguntó ella.
—Sí, parece que se le presentó algo inesperado. Dijo que tardaría en llegar
media hora.
—Estoy segura de que Gail puede esperar —le dirigió una sonrisa irónica—.
Estaré de regreso para entonces.
El se encogió de hombros con resignación.
—Está bien.
Alexandra puso el motor de su coche en marcha y se dirigió a gran velocidad
hacia la mansión de Tempest.
El coche de Dominic estaba aparcado en frente de la casa, listo para salir, pero
se dio cuenta de que había otro coche.
No tuvo tiempo de pensar en eso, porque al bajar de su coche vio salir a dos
personas de la casa. El hombre era, sin lugar a dudas, Dominic Tempest. No había
modo de confundir aquel físico poderoso; de facciones atractivas, piel bronceada y
cabello rubio. No conocía a la mujer que le acompañaba, aunque tenía un aspecto
vagamente familiar. Los dos reían.
Así que no era algo, sino alguien, lo que había entretenido a Dominic.
Alexandra observó a la pareja unos minutos, sin ser vista. Vio con disgusto cómo
Dominic inclinaba la cabeza para besar a la mujer apasionadamente.

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Cuando terminó de besarla, él pareció darse cuenta de la presencia de


Alexandra en la entrada; pero no hizo ningún intento de quitar el brazo que tenía
alrededor de la mujer. Caminó hacia ella con pasos largos y balanceados que le eran
tan característicos. Sus ojos grises se empequeñecieron con expresión despreciativa.
—Hola, Alexandra. Ya me dirigía hacia tu casa, no había necesidad de que
vinieras a buscarme.
Su voz era profunda, tan atractiva como él. Era alto, de facciones bruscas, y
vestía ropa elegante.
—Sí, ya lo sé. Me dijeron que algo te había entretenido.
La voz de Dominic salió con brusquedad.
—Alexandra, te presento a Sabrina Gilbert. Sabrina, ésta es Alexandra Page,
cuñada de mi hermano.
Las dos mujeres se estrecharon las manos. Dominic no le dio ninguna
explicación de quién era Sabrina Gilbert, pero ella no la necesitaba, después del
abrazo que había visto. Además, él parecía como si se acabara de levantar de la cama,
a juzgar por la mirada somnolienta de sus ojos. Todo aquello le disgustaba.
—Entonces, ¿qué haces aquí, Alexandra? —preguntó con voz cortante.
—Quería hablar contigo a solas.
El se echó a reír.
—¿Tenía que ser ahora? Vamos a comer juntos, así que lo podemos dejar para
entonces.
—Dije a solas —insistió ella.
El la miró fijamente.
—Estoy seguro de que tú y yo no tenemos nada que decirnos, que Gail y Trevor
no puedan oír.
—Yo tengo algunas cosas que decirte y preferiría que no las oyera nadie más.
—Parece interesante, querido —Sabrina Gilbert habló por primera vez, con voz
ronca y baja. Creo que me marcho —levantó la cara para que él la besara—. Te veré
en tu apartamento esta semana. Mucho gusto en conocerla, señorita Page.
Alexandra no contestó y desvió la mirada para no presenciar el beso de
despedida. Sabrina era una mujer atractiva, de abundante cabellera rubia, ojos azules
y una perfecta figura.
—Te llamaré el martes o el miércoles —dijo él, con voz ronca.
—Te esperaré —subió al coche y después de saludar con la mano se alejó en él.
Dominic se volvió hacia Alexandra y la miró con frivolidad.
—Ahora tal vez podamos tener esa charla que tanto ansias, Alex —dijo,
cogiéndola del brazo y dirigiéndose hacia la casa.

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—¡No me llames Alex! —protestó ella. Habían entrado en el estudio de Dominic


y éste se apoyó en su escritorio, con los brazos cruzados—. Suena como si yo fuera
un chico. Mi nombre es Alexandra.
Los ojos grises recorrieron su figura.
—Te vistes como un chico, pero tu figura es muy femenina. No me había dado
cuenta de lo que has crecido.
Se ruborizó, sin poder evitarlo. Era la primera vez que Dominic la consideraba
como una mujer.
—Precisamente porque he crecido es por lo que estoy aquí —dijo finalmente,
con las mejillas todavía encendidas.
—¿De veras? —dijo él, irónicamente. ¿Has venido a que te dé clases
particulares?
Ella apretó la boca.
—¡No seas ridículo! Si necesitara esas clases a que te refieres, no recurriría a ti.
Tengo un novio que puede proporcionarme toda la experiencia que necesito.
Los ojos grises se empequeñecieron.
—Roger Young —dijo él, con gesto de desprecio.
—Sí, y ésa es la razón por la que he venido.
—¿Eh? Bueno, no estoy dispuesto a darle clases, te lo aseguro… —bromeó—.
No sería tan divertido como contigo.
—¡Oh, eres un vanidoso! —Alexandra golpeó furiosa el suelo con el pie. ¡Sólo
porque has dormido con más mujeres que nombres puedes recordar, te imaginas que
lo sabes todo! Yo pienso que hacer el amor es algo más que practicar el sexo entre dos
personas. Debía ser algo privado entre un hombre y una mujer.
El seguía mirándola con desprecio.
—Ya he probado el matrimonio. Y créeme, no es tan fácil como supones.
—Tú estuviste casado un año exactamente. No creo que sea tiempo suficiente
para poder emitir una opinión. Trataste a tu esposa de manera vergonzosa.
—¿De veras? —murmuró él—. ¿Y qué sabes tú de eso? Entonces sólo tenías
cinco años, y no considero que estés en posición de juzgar cómo traté a mi mujer.
—No necesitaba conocerte para saber que fue toda culpa tuya el que fracasara
el matrimonio. Sé muy bien que ni siquiera estuviste en el país seis meses de los doce
que duró.
Dominic empezó a enfurecerse.
—Como dije antes, tú no estás en posición de juzgar.
—Lo estoy cuando afecta mi vida —le dijo ella, enfadada.
—¿Qué tiene que ver mi matrimonio con tu vida?

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—Gail me dijo esta mañana que fuiste el responsable de que no me dieran el


consentimiento para casarme con Roger.
—Ya veo —él asintió con la cabeza, con expresión dudosa—. ¿Así que Gail te
dijo eso, no?
Ella se ruborizó.
—Con un poco de persuasión, sí.
—Me imagino qué tipo de persuasión. Eres una mandona y una niña mimada.
La pobre Gail no sabe qué hacer cada vez que haces una de tus tonterías.
—¡Yo no hago tonterías!
—Oh, sí que las haces. Y Gail y Trevor no pueden controlarte. Eres
terriblemente egoísta. No eres lo bastante madura para casarte con nadie, mucho
menos con un chiquillo como Roger Young. Él es tan mimado como tú.
—¡Tu arrogancia no tiene límites! Tú no tienes porqué saber si mi matrimonio
con Roger sería un fracaso.
—Me lo imagino. Y voy a hacerte otra predicción: para cuando cumplas
dieciocho años, dentro de unos meses, habrás cambiado de opinión respecto a tus
deseos de casarte con él.
—No es verdad —dijo indignada—. Le amo.
—Eso dices ahora —murmuró él, sonriendo—. Veremos si piensas lo mismo
dentro de seis meses. Estás en una edad en que amas y dejas de amar cada mes.
—¿Como tu esposa? —preguntó ella con amargura.
—Exactamente como Marianne —reconoció él.
Alexandra comprendió que tal vez había ido demasiado lejos.
—Lo siento —dijo avergonzada—. No debí haber dicho eso.
—Oh, no empieces a disculparte ahora, Alexandra. Tarde o temprano teníamos
que decirnos lo que pensábamos uno del otro.
—Sí, supongo que es así.
—Yo lo sé —Dominic sonrió—. Mira, Alex… Alexandra —corrigió—. Soy
mayor que tú. Te doblo la edad exactamente y conozco muy bien los riesgos de
casarse a esa edad. Marianne no era mayor que tú cuando nos casamos y mira el
desastre que resultó. Nos habíamos divorciado antes de que cumpliera los
diecinueve años.
—No me puedes comparar con ella, ni a mi futuro marido contigo.
—¿Por qué?
No desvió la mirada de los ojos grises.
—Roger no puede compararse de ninguna manera contigo. él no tiene que
demostrar su virilidad constantemente, mientras que tú… bueno, es bastante obvio

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que tu invitada no durmió en otra cama que no fuera la tuya. ¿Es tu amante más
reciente? Dominic arqueó las cejas.
—¿Qué tiene eso que ver contigo?
Ella se encogió de hombros.
—Era simple curiosidad —le miró con sus grandes ojos azules.
—Sí —contestó él agresivo—. Es mi amante, ¿y qué?
—Pero no intentas casarte con ella, supongo.
—No intento volver a casarme… ¡nunca!
—¿Y ella lo sabe?
—Oh, sí —sonrió—. Sabrina sabe exactamente lo que siento por ella.
—Me imagino —la boca de Alexandra se torció con un gesto de disgusto—.
Pero yo insisto en que no tenías derecho a interferir en mi vida. Amo a Roger y
quiero casarme con él.
—Yo no lo impedí. Simplemente le dije a Gail y a Trevor que…
—No lo considerabas una buena idea —le interrumpió ella—. Pero no tenía
nada que ver contigo, absolutamente nada.
—Estoy seguro de que lo que dije no influyó en su decisión. Ellos tenían ya
pensado lo que iban a hacer.
Ella movió la cabeza de un lado a otro.
—No estoy de acuerdo. Creo que les influiste lo suficiente. Casi no se atreven a
respirar sin tu permiso. Sé que les has ayudado mucho desde que se casaron, pero yo
no quiero tus cuidados. No quiero que te metas en mi vida.
—Un poco tarde para eso, ¿no?
Ella lo miró fijamente.
—¿Qué quieres decir?
El se encogió de hombros.
—Nada importante. Aceptemos que soy el malo de la obra y olvidémoslo.
—Dominic —le agarró del brazo—, por favor, dímelo —suplicó ella.
—Vámonos ya —dijo él consultando su reloj—, no hay nada que decir. Nos
hemos retrasado ya más de media hora. Hablaremos después…
—¡Quiero que hablemos ahora…!
Charles, el mayordomo de Dominic, apareció en la puerta.
—Una llamada para usted, señor. Es el señor Trevor.
—Dile que ya voy hacia su casa. Charles —contestó Dominic.
—Ya se lo dije, señor, pero dice que necesita hablar con usted urgentemente.
—Muy bien, Charles. Contestaré en un momento.

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—Sí, señor —el mayordomo se retiró, después de decir eso.


Dominic miró a Alexandra con impaciencia.
—Espera y podemos volver juntos a casa.
—Olvídalo —dijo ella—, te he visto ya lo suficiente para el resto del día.
—Alexandra, vas a esperarme…
—Adiós, Dominic —salió corriendo, mientras él contestaba el teléfono.
Le hubiera querido hacer más preguntas, pero estaba demasiad furiosa para
continuar hablando con él. Iría directamente a ver a Roger, y le pondría de mejor
humor.
Al poner en marcha el Mini y pasar frente a la casa, vio a Dominic, que salía
corriendo y le hacía señas para que se detuviera. Pero ella no le hizo caso y movió la
mano en señal de despedida.
Cuando llegó a la casa de los Young, éstos habían terminado ya de comer y
estaban tomando café en la sala. La madre de Roger le ofreció una taza y durante
unos minutos hablaron sobre el estado de Gail.
—Es una gran suerte que tu cuñado sea doctor —dijo el señor Young.
—Sí —sonrió ella. Los padres de Roger eran muy agradables, aunque tendían a
ser un poco posesivos respecto a su único hijo. Roger, al terminar sus estudios de
derecho, pasaría a formar parte del bufete jurídico de su padre, que también era
abogado.
Los Young eran los más ricos de la región. Tenían una propiedad a orillas del
pueblo, con un hermoso jardín, pistas de tenis y todas las comodidades que el dinero
puede proporcionar.
—¿Jugamos al tenis? —preguntó Roger a Alexandra, suavemente.
—Deja que termine su café —dijo su padre con severidad.
—Ya he terminado —aseguró Alexandra, poniendo su taza vacía sobre la mesa.
—No puedes jugar al tenis nada más terminar de comer, Roger —interrumpió
su madre.
—No te preocupes —dijo Roger, tomando a Alexandra de la mano.
Cuando salieron del cuarto Alexandra se echó a reír.
—¿Nunca haces caso a tus padres?
El sonrió.
—Generalmente, no. Se preocupan demasiado.
—Es que te quieren mucho, por eso lo hacen.
La cogió de la mano y se dirigieron a través del jardín posterior de la casa, hacia
las canchas de tenis, que no podían verse desde la casa. Cuando llegaron la abrazó y
la besó.

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—Te he echado mucho de menos —dijo con voz ronca.


Ella se ruborizó.
—Nos separamos hace apenas dos horas.
—Demasiado tiempo —la besó de nuevo—. ¿Por qué no has comido?
—¿Cómo lo sabes? —preguntó ella, con asombro.
—Porque no tuviste el tiempo suficiente para hacerlo.
Se sentaron en los bancos colocados a un lado de las canchas, donde se
volvieron a besar, durante largo rato.
—Huumm —Roger inclinó la cara ocultándola en el cuello de ella—, quisiera
que estuviéramos casados.
Alexandra se retiró de los brazos de Roger y la furia subió de pronto a sus ojos
azules.
—Es curioso que me digas eso, después de que me preguntaste por qué no
había comido. Descubrí hoy la razón de la negativa de Gail y Trevor. El mandón
hermano de Trevor les aconsejó que no me dejaran casar.
—¿Dominic Tempest hizo eso? —preguntó él, frunciendo el ceño.
—El mismo —contestó ella con un gesto.
—Pero no veo qué puede importarle a él.
—Ni yo tampoco. Y así se lo dije.
—¿Esa fue la razón de que no hayas comido?
—Difícilmente podía sentarme a la mesa con él, después de las cosas que le dije
—sonrió al recordar lo sucedido—. No fui muy amable que digamos.
—Nunca lo has sido, que yo recuerde. Las dos veces que os he visto juntos,
habéis discutido.
—Es que detesto la adoración que Gail y Trevor parecen tenerle Viven
pendientes de todo lo que dice. Porque aparece en televisión no quiere decir que sea
especial.
—Sus programas son muy interesantes.
—Bueno, olvidémonos de él. Sólo pensar en Dominic me enfurece.
—Por mí, encantado de hacerlo —dijo Roger con voz ronca—. Bésame más.
Ella le rodeó con sus brazos y oprimió su cuerpo contra el de Roger. Estaban tan
enfrascados en aquel abrazo que no oyeron los pasos que se aproximaban por uno de
los caminos.
—No me gusta interrumpirlo —dijo lentamente una voz familiar—, pero tengo
que llevarte a casa, Alexandra.
Ella levantó la mirada hacia Dominic y se separó rápidamente de Roger.

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—¿Qué dijiste? ¿Qué haces tú aquí, en primer lugar? —preguntó enojada—.


¿Quién te imaginas que eres para que me ordenes ir a casa?
—Se llevaron a Gail al hospital, Alex —dijo Dominic suavemente.
Alexandra palideció.
—¿Al hospital? Pero, ¿por qué? ¡No entiendo!
—Sufrió un desmayo después de que te fueras esta mañana.
—¡Oh, cielos! —Roger la abrazó y la besó suavemente en la frente—. No le
pasará nada, Alexandra. Estoy seguro.
—¡Oh, sí, no le pasará nada… ahora que está bien cuidada en el hospital, y lejos
de las pataletas de Alexandra! —exclamó Dominic en tono frío.

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Capítulo 2
Roger se levantó con violencia.
—Oiga, ¡no puede decir esas cosas! Alexandra no es responsable de…
—Creo que Alexandra sabe que es del todo responsable —le interrumpió
Dominio—. Sabía lo delicada que estaba Gail, pero tenía que hacerle una escena por
su absurdo resentimiento hacia mí. Salió de la casa jurando vengarse, por una ofensa
que según ella cometí.
—Pero usted…
—Tiene razón, Roger —dijo Alexandra con voz triste—. Salí de casa con la
intención de ir a reclamarle y se lo dije a Gail. Está de ocho meses de embarazo y debí
haberme dado cuenta de que eso la preocuparía.
—¡Claro que debiste haberlo hecho! —dijo Dominic con brusquedad—. Ya te
dije antes que eres muy egoísta. Ahora, si ya estás lista, voy a llevarte al hospital. Gail
querrá verte, seguramente.
—¿No le pasará nada? —preguntó ella con ojos suplicantes.
—Con descanso y bajo vigilancia médica, creen que se pondrá bien… aunque
no será gracias a ti.
—¡Basta, Tempest! —dijo Roger enojado—. ¿No se da cuenta de lo afectada que
está? No hay necesidad de recalcar tanto las cosas.
—¡Sí que la hay! —dijo Dominic con decisión—. Alexandra tiene que aprender
que su falta de consideración puede hacer daño a las personas. Por fortuna, el niño
no se adelantará a la fecha prevista.
Alexandra levantó sus ojos angustiados hacia él.
—No se adelantará, ¿verdad?
—No —la miró con impaciencia—. ¿Estás lista para venir? Porque yo vuelvo al
hospital ahora mismo, vengas o no. Trevor necesita compañía en estos momentos.
Se dio la vuelta para dirigirse hacia el coche.
—¡Dominic! —gritó ella, echando a correr—. ¡Espérame!
—No tengo tiempo —murmuró.
Alexandra se aferró a su brazo.
—Por favor, Dominic —suplicó—, dime cómo está Gail.
El la miró fríamente.
—Te lo diré en el coche, si realmente quieres saberlo. Pero ya he perdido mucho
tiempo, hace más de una hora que te busco. ¿Por qué no te detuviste cuando te hice
las señas?
—Yo…

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—Pensabas que te estabas escapando de mí.


—Es que yo… ¿por eso era la llamada telefónica?
—Sí —habían llegado al coche y Alexandra pidió a Roger que le llevará el suyo
a casa. Subió al de Dominic y se pusieron en marcha.
—Ese chico parece un perrito faldero —comentó Dominic burlón—. Hace
exactamente todo lo que le dices.
Ella se ruborizó de furia, pero no contestó.
—Espero no haber interrumpido nada —murmuró con ironía.
—No es cierto.
El se encogió de hombros.
—Sus padres me dijeron que estabais jugando al tenis, pero no era eso
exactamente lo que hacíais.
—Íbamos a jugar al tenis —protestó ella.
—¡Cómo no! ¡Y esta mañana te escandalizaste por lo que viste!
—No vine a que me insultaras. Dijiste que me ibas a decir cómo está Gail.
—Hasta el momento no hay mucho que decir, excepto que tiene que quedarse
en el hospital.
Ella asintió con la cabeza.
—Por unos días, me imagino. Puedo dedicarme a limpiarte bien la casa para
cuando ella regrese —dijo Alexandra con ansiedad.
Dominic sacudió la cabeza de un lado a otro.
—No va a quedarse sólo un par de días, Alex. Los doctores han decidido que
será mejor tanto para ella como para el niño que pase las últimas semanas antes del
parto en reposo, ingresada en el hospital.
—Pero faltan… cuatro semanas —exclamó ella desolada—, ¿tiene que quedarse
internada todo ese tiempo?
—Por el momento creen que es lo mejor.
—¡Qué terrible! A mí no me gustaría pasar tanto tiempo en el hospital.
—A ella tampoco. Así que será mejor que te portes bien cuando la veas. Gail no
debe tener preocupaciones.
—No voy a causarle ninguna —dijo indignada.
—Espero que así sea.
Dominic había detenido el coche en el aparcamiento del hospital.
—No tengo por qué soportar tus impertinencias. Tú no eres…
Dominic se volvió hacia ella.

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—¡Vas a soportar exactamente lo que yo quiera! Créeme que en estos momentos


nada me gustaría más que darte una buena paliza. No sentiría ningún
remordimiento.
Alexandra abrió la puerta y salió rápidamente.
—¡No tengo por qué quedarme a escuchar tus insultos!
El la cogió del brazo y la obligó a mirarle.
—Me vas a oír todo lo que te diga —sus ojos grises la miraron con un brillo
intenso—. Vas a aceptar lo que Gail te diga, ¿entendido?
Frunció el ceño y se separó de Dominic.
—No, no entiendo. ¿Qué quiere decirme Gail con lo que yo no estoy de
acuerdo?
—Ya lo sabrás. Y quiero que sepas que yo no estoy nada contento con respecto
al arreglo.
—¿Qué arreglo? —preguntó llena de curiosidad.
—Espera y verás. Vamos, busquemos a Trevor.
Lo encontraron en la habitación de Gail, sentado a un lado de la cama, con la
mano de su mujer entre las suyas. Alexandra corrió directamente hacia su hermana,
con las lágrimas corriendo por sus mejillas.
—¡Oh, Gail! —sollozó—. Lo siento, lo siento tanto…
Gail la acunó en sus brazos, riendo con suavidad.
—¿De qué estás hablando? Es culpa mía.
—¿De… de veras? —Alexandra la miró incierta.
Gail retiró el cabello del rostro de su hermana.
—Por supuesto, tonta. Yo sabía que mi presión arterial estaba un poco alta.
Debí haber tomado las cosas con más calma.
—Quieres decir que tenía que ayudarte más. No me di cuenta de que estabas
enferma.
—No estoy enferma —insistió Gail—. Y tú haces ya bastantes cosas en casa.
Además, a mí me gusta cuidaros.
—Pero ahora tienes que pagar el precio de tu obstinación —intervino Trevor en
tono ligero.
—Y tú tendrás que dormir solo —bromeó su esposa—. No tendrás quien te
caliente los pies fríos.
Él hizo un gesto.
—La sección de los médicos internos no es muy acogedora. Pero así podré venir
a verte todos los momentos que tenga libres.
Alexandra frunció el ceño. No entendía bien lo que querían decir.

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Gail miró a su hermana.


—Tú estarás muy bien en casa de Dominic, ¿verdad, Alexandra?
¡Así que eso era! Se volvió a mirar a Dominic, pero sólo encontró su frío desdén.
El ya lo sabía. ¿Cómo podría soportar eso? Sólo con ver el rostro pálido de Gail
comprendió que tenía que aceptarlo. Gail no podría soportar más preocupaciones.
—Por supuesto que sí —aseguró a su hermana rápidamente—. Estoy segura de
que él me… me cuidará bien.
Dominic dio un paso hacia adelante, mirándola con ironía.
—Tú sabes muy bien que lo haré.
Trevor se puso de pie.
—Creo que es hora de que nos vayamos, para que puedas descansar.
—No creo que sea necesario —protestó Gail—. Me voy a sentir muy sola
cuando os vayáis.
—¡Claro que no! Dormirás… y yo te visitaré todos los días. Te aseguro que no
vas a estar sola.
—A mí vas a verme con más frecuencia que nunca —le prometió Trevor,
besándola cariñosamente.
Dominic se acercó a besar la mejilla de Gail.
—Te traeré a Alexandra mañana —murmuró—.
¡Así que ya había empezado a organizar su vida! pensó Alexandra furiosa—.
Pero decidió disimular su resentimiento mientras estuvieran allí.
—Cuídate —dijo a Gail—. Y, como dice Dominic, vendré mañana.
Alexandra esperó a estar en el coche de Dominic para explotar.
—¡Tú lo sabías! —le acusó furiosa—. ¡Sabías que me iba a quedar contigo!
El arqueó las cejas.
—Tu remordimiento no ha durado mucho que digamos.
Ella se ruborizó.
—Gail no me culpa de lo sucedido.
—Ella sería incapaz de hacerlo —dijo él, encogiéndose de hombros.
—Pero tú sí eres capaz.
—No me corresponde a mí culparte.
—¡Entonces, ocúpate de tus asuntos! Quiero que sepas que no voy a quedarme
en tu casa —le dijo ella con firmeza.
—Oh, sí vas a hacerlo —contestó él tranquilo.
—¡Claro que no! Yo puedo cuidarme. No me da miedo quedarme sola en casa.
—No hicimos este arreglo porque pensamos que ibas a tener miedo.

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—Entonces, ¿por qué? ¿Por qué tiene que quedarse Trevor en el hospital? Yo
puedo cuidarle perfectamente.
—No lo dudo. Pero, ¿se te ha ocurrido pensar el daño que podría hacer a la
carrera de Trevor y a su matrimonio con Gail, si te quedaras en casa sola con él?
—¿Qué insinúas? —exclamó ella—, ¡Trevor es mi cuñado!
—No seas absurda, ¿crees que eso le importa a la gente de aquí? ¡No seas
estúpida! Lo único que pensarían es que Gail, con ocho meses de embarazo, ha sido
llevada al hospital, y que su marido y su hermana joven están viviendo juntos y
solos. Este es un pueblo, Alex… y estas cosas dan de qué hablar a la gente.
—Pero seguramente no pensarían… —pero se dio cuenta de que sí lo harían —.
¡Qué asco!
—Sí, así es.
—No veo que esté en mejor situación viviendo contigo. Todos conocemos tu
reputación —agregó con perversidad.
Dominic sonrió, burlonamente.
—Pero yo tengo criados que pueden evitar los comentarios. Y en lo que a mí se
refiere, nunca me han gustado las adolescentes rebeldes.
—¡Te odio! —dijo ella furiosa.
—No me importa lo que sientas por mí. Y tú no eres tampoco muy simpática.
Pero intentaré soportarte las próximas semanas, por Gail, y espero que tú hagas el
mismo esfuerzo.
—Pero, ¿por qué? Puedo vivir sola en la casa. Gail no tiene por qué enterarse.
—Pero lo sabría.
—¿Por qué? ¿Tú se lo dirías? No creo que tengas muchas ganas de tenerme en
tu casa.
—Claro que no —reconoció con frialdad—. Pero la gente del pueblo visitará a
Gail, seguramente. Y bastaría la indiscreción de cualquier persona, respecto a donde
vivas, para que ella sufriera un ataque de nervios.
—Pero yo podría…
—¡Por Dios, Alexandra, crece ya! —dijo él con brusquedad—. Deja de pensar
tanto en ti. Gail no puede tener un disgusto más, ¿no entiendes? Yo no estoy en casa
la mayor parte del tiempo, si eso te sirve de consuelo. Los miércoles y jueves estoy en
Londres, grabando el programa.
—¿Por la noche también?
—Si —contestó con un gesto de burla.
—Es cuando visitas a la señorita Gilbert.
—Sí.
—Debes tener todo un harén, ¿verdad?

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—Sólo me conformo con una. Además, no tengo mucho tiempo para las
mujeres. Tengo que trabajar. Ah, por cierto —comentó él en forma casual—, no me
importa que recibas a Young de vez en cuando, pero no me gustaría tropezarme con
él a cada paso.
Alexandra le miró furiosa.
—¿Me permites hacer el mismo comentario respecto a la señorita Gilbert?
—No.
—Me lo imaginaba. No te preocupes, Dominic. Si quiero ver a mis amigos, los
veré en otro lugar que no sea tu casa.
—No hay necesidad de llegar a esos extremos —dijo él con sorna.
Charles los recibió en el vestíbulo.
—Tengo ya lista la habitación de la señorita Page, señor.
Dominic asintió y arrojó las llaves del coche en una mesita.
—Gracias, Charles. Tal vez quieras refrescarte un poco antes de tomar el té,
Alexandra.
—Gracias —aceptó—. Me gustaría hacerlo.
—La llevaré a su habitación, señorita —dijo Charles, muy seriamente.
Era una habitación preciosa, decorada en verde limón y blanco. Tenía su propio
cuarto de baño, un lujo del que nunca antes había disfrutado. Ella y Trevor
generalmente competían para ver quién era el primero en llegar al baño por la
mañana.
Se enjuagó rápidamente las manos y la cara, cepilló su cabello y se puso brillo
en los labios. Los rumores de su estómago eran ya demasiado intensos para seguirlos
ignorando. No había comido nada desde el desayuno y se estaba muriendo de
hambre.
Dominic estaba sentado en el salón cuando ella entró. Sus pantalones gris claro
y la camisa negra contrastaban con el desaliño de ella. Bueno, ¿cómo iba ella a saber
que esa tarde estaría tomando el té con el famoso Dominic Tempest?
—Siéntate, Alexandra —dijo él, impaciente—. Será mejor que sirvas el té, como
buena anfitriona.
Ella se ruborizó al comprender que se estaba burlando.
—Prefiero no hacerlo.
—Oh, vamos, Alex. Estoy tan hambriento como tú. Yo también me quedé sin
comer, ¿recuerdas?
Ella tomó la tetera de porcelana.
—No sabía que tuvieras necesidades tan humanas como la de comer.
—También tengo otras necesidades humanas —contestó el, burlón.

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Ella debía haber comprendido que cualquier intento de atacarle rebotaría en su


contra.
—¿Limón, leche y azúcar? —preguntó con voz tensa.
—Sólo limón, por favor. Yo soy muy dulce, no necesito azúcar.
—¡Eso es cuestión de gustos!
—No sé por qué, pero sabía que ibas a decir eso —dijo riendo.
—Entonces, me alegro de no decepcionarte.
El aceptó la taza de té que ella le ofrecía.
—Tú nunca me decepcionas, Alex. Eres muy entretenida.
—¡Me alegra servir para algo!
—¡Oh, Alex, cállate ya, por favor, y pásame un sandwich!
Ella lo miró furiosa y empezó a mordisquear un sandwich de jamón. Mientras
ambos comían intercambiaron algunos otros comentarios, ninguno de ellos
agradable. Cuando terminaron, Alexandra se levantó.
—¿Puedo usar tu teléfono, por favor?
—Supongo que vas a hablar con tu enamorado.
—Si te refieres a Roger —dijo ella, levantando la cabeza altivamente—, así es.
Dominic adoptó una expresión aburrida.
—Habla con él, pero recuerda lo que dije respecto a invitarlo aquí. Yo no soy
tan liberal como Gail y Trevor. No voy a permitir que lo subas a tu dormitorio. Me
doy demasiada cuenta de la tentación que eso entraña.
—Me lo imagino. Pero Roger y yo no vemos las cosas así. Subimos a mi cuarto
simplemente a escuchar discos.
—¡Pues qué tontos sois! —se puso de pie—. Voy a mi estudio, así que puedes
hablar aquí. La cena se sirve a las ocho.
—¿Debo ponerme elegante para cenar?
—No necesariamente, pero creo que preferiría que te pusieras algo más
femenino que los pantalones de mezclilla.
—Tus gustos no me interesan. Pero tendré que ir a casa para recoger algunas
cosas.
—¿Vas a casa ahora?
Ella lo miró con aire desafiante.
—¿Tienes alguna objeción que hacer?
—No, mientras no la uses como lugar de cita para tu amiguito.
—Tienes una mente asquerosa, señor Tempest…
Dominic se echó a reír, al verla tan furiosa.

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—Soy realista, Alex.


Su llamada a Roger no era tan sencilla. A él le pareció tan absurdo que la
hubieran mandado con Dominic como le pareció a ella.
—Podrías pasar estos días con nosotros —sugirió Roger—. A mis padres les
encantaría la idea.
—Nunca pensé en eso —murmuró Alexandra y una ola de repentina esperanza
invadió su corazón—. ¿Crees que no se opondrían a la idea?
—¡Claro que no!
—Espera un minuto, tengo que avisar a Dominic.
—No tienes por qué hacerlo…
Alexandra no quería más discusiones, así que dejó el teléfono a un lado
mientras iba al estudio de Dominic a decirle que había encontrado la solución
perfecta para todos.
—No —fue la respuesta inmediata de Dominic.
—¿Cómo que no? ¿Por qué no puedo irme a casa de Roger? ¿Y quién eres tú
para prohibirme que lo haga? —preguntó ella, con furia creciente.
—Como Gail y Trevor no pueden encargarse por el momento de ti —le dijo él
con toda calma—, estoy actuando como tu tutor. Y te digo que vas a quedarte donde
estás.
—No tiene ningún derecho…
—¡Tengo todos los derechos! Te vas a quedar aquí, donde Gail y Trevor pueden
estar seguros de que estás a salvo.
—¿Contigo? —preguntó ella, llena de desprecio.
—Conmigo.
—Eres un testarudo —insistió, furiosa—. Me he quedado varios fines de
semana en casa de Roger, y a Gail y a Trevor no les ha preocupado.
—Un fin de semana es muy distinto de un mes completo. Podría ser más
porque no sabemos cuándo va a tener Gail el niño. No, ve a decirle a tu novio que te
vas a quedar aquí.
Ella cerró con toda la violencia de que era capaz la puerta del estudio. Tomó
con rabia el teléfono y murmuró con voz ronca:
—El señor Tempest piensa que no es una buena idea.
—¡Maldita sea! ¿Por qué tiene él que meterse en esto? ¡No tiene ningún
derecho!
—Él piensa que sí —suspiró Alexandra, relajando un poco su cuerpo en
tensión—. ¿Puedes venir a buscarme? Tengo que ir a recoger unas cosas a mi casa. Te
esperaré afuera. Esta casa es deprimente.

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Quedaron en verse media hora después y a Alexandra se le hizo una eternidad.


Corrió hacia el coche en cuanto Roger llegó y subió al interior casi antes de detenerse.
Se inclinó y lo besó apresuradamente en los labios.
—Vámonos de aquí.
—Alexandra, estoy seguro de que si hablaras con tu hermana o con Trevor te
dejarían irte de casa de Tempest.
—A Gail no puedo preocuparla y Trevor ya tiene bastantes problemas encima.
No quiero hablar más de esto, Roger.
—Sí, pero…
—Olvídalo —insistió ella.
—Pero te está alterando demasiado, Alexandra.
—Supongo que hay cosas peores en la vida que pasar las próximas cuatro
semanas en la lujosa casa de Dominic Tempest —dijo. Pero en esos momentos no se
le ocurrió nada que fuera aun peor.
Entraron en la casa y lanzó una exclamación al ver el desorden que había en la
cocina. Se había olvidado que iban a comer cuando Gail sufrió el desmayo. Roger le
ayudó a lavar los cacharros, mientras ella limpiaba el frigorífico.
—Así que muy amablemente me ha permitido que te visite ocasionalmente —
dijo Roger con sarcasmo.
—¿Quién? —Alexandra abrió su guardarropa—. ¡Oh, él! Sí… —empezó a
seleccionar la ropa que quería llevarse— mientras no le molestemos.
—Cuanto menos le vea, mejor para mí.
—Eso es lo que le dije —Alexandra se sentó en la cama y se echó a reír—. Casi
me da lástima. Ayer a estas horas, estaba disfrutando con su amante, y ahora se
encuentra atado por mí —empezó a reír a carcajadas—. Y no soy la persona más fácil
de manejar que se ha encontrado en la vida.
Roger se sentó junto a ella.
—Yo me siento muy a gusto contigo, mi amor —dijo él con voz ronca.
Ella le sonrió.
—No es lo mismo. Para Dominic soy un adolescente rebelde, según sus propias
palabras.
El rodeó con un brazo los hombros de Alexandra. La besó suavemente en los
labios.
—Me importa un comino lo que él diga. Yo creo que eres encantadora.
La acercó más hacia él y aumentó la presión de sus labios.
—¡Oh, Roger! —suspiró ella contra su boca.
—Huumm —la besó de nuevo—. Te quiero.

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—Yo también te quiero.


La empujó contra las almohadas y sus labios empezaron a recorrer lentamente
su cuello para subir después a su boca. Eran besos apasionados y Alexandra sintió
que respondía a ellos sin reserva.
Sin embargo se separó cuando sintió que las manos de él se deslizaban bajo su
jersey.
—¿Qué estás haciendo? —el pánico de ella era obvio.
Roger temblaba contra ella.
—Te amo, Alexandra. Y… y te deseo.
—¡Roger! No puedes… ¡no podemos!
—¡Claro que podemos! —la besó de nuevo—. Vamos a casarnos pronto.
Alexandra trató de empujarlo.
—Eso no es, Roger. Todavía no estamos casados.
—¡No seas tan anticuada! —la oprimió con fuerza—. Estamos aquí solos y tal
vez no tengamos nunca otra oportunidad como ésta. No te resistas, cariño. Quiero
hacerte el amor.
—¡No, Roger! —movió la cabeza de un lado a otro, tratando de esquivar la boca
que buscaba la suya—. No, no te voy a dejar.
—Te quiero, Alexandra —gimió, con el rostro hundido en el cabello de ella.
—Estoy seguro de que es feliz al oír eso —dijo una voz helada, pero como no le
quite las manos de encima ahora mismo, voy a hacer que se trague esas palabras de
un puñetazo.
Roger se había levantado de la cama y miraba con furia y resentimiento a
Dominic Tempest.
—Tiene usted la maldita costumbre de aparecer en el momento menos
oportuno.
Dominic lo miró, lleno de desprecio.
—Según he podido apreciar, creo que llegué justo en el momento oportuno. El
estado de Gail no es buena excusa para que uséis esta casa como casa de citas —miró
a Alexandra, que estaba muy pálida, sentada en la cama—. Creo que te lo dije esta
tarde.
—Sí… sí… —la conducta de Roger y el que Dominic la hubiera encontrado en
situación tan comprometida la hacían sentirse humillada y enferma.
—Pues no parece que hayas hecho ningún caso —dijo Dominic con voz agria—.
Anda, Alexandra, vuelve a casa. Hablaré contigo más tarde. Y te agradeceré que me
entregues la llave de esta casa —extendió la mano hacia ella.
—Yo… ¡no es lo que tú te imaginas, Dominic! Esto nunca había pasado —
añadió con ojos suplicantes, mientras le entregaba la llave.

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—En esta casa, tal vez no. Gail y Trevor no lo hubieran permitido. Ahora, vete a
casa. Quiero hablar con tu amiguito.
—Alexandra, yo… —dijo Roger, cogiéndola del brazo, cuando pasó junto a él.
Ella retiró violentamente el brazo.
—¡Déjame en paz! —le miró con lágrimas en los ojos—. ¡No vuelvas a tocarme
nunca!
—Alexandra, yo no quería…
—¡Sé exactamente lo que querías hacer! —exclamó—. Y no tendrás una segunda
oportunidad. ¡Adiós!

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Capítulo 3
Alexandra nunca supo cómo consiguió llegar a casa de Dominic. Cuando entró
en su habitación, comenzó a llorar. ¿Cómo pudo Roger… cómo pudo…? Él lo había
intentado cuando empezaron a salir juntos, pero ella le puso en su lugar y desde
entonces la había tratado con el mayor respeto.
Pero esa noche había perdido el control de sí mismo. Y estaba segura de que si
Dominic Tempest no se hubiera presentado tan oportunamente, no habría aceptado
un no por respuesta.
Se enjugó rápidamente las lágrimas que cubrían sus mejillas, cuando alguien
llamó a la puerta.
—Pase —dijo con voz ronca.
Dominic entró en la habitación.
—¿Estás bien? —preguntó con suavidad.
Tal vez si él no se hubiera mostrado tan gentil, las cosas habrían sido más fáciles
para ella, pero la mirada compasiva que había en sus ojos acabó con Alexandra.
—¡Oh, Dominic! —exclamó—. ¡Me siento… me siento tan humillada!
El se sentó en la cama, la rodeó con sus brazos y acunó su cabeza en su propio
hombro.
—Vamos, vamos. ¿Dónde está esa fierecilla a la que estoy tan acostumbrado?
Alexandra tragó saliva, sin dejar de llorar.
—Parece haber desaparecido.
—Por el momento —bromeó él.
Ella se estremeció en los brazos de Dominic.
—¡Fue tan horrible! Si tú no hubieras llegado… él habría… él habría…
—Se dejó arrastrar por las circunstancias, Alex —dijo él con gentileza—. Hablé
con él cuando te fuiste. No pudo contenerse… tienes que esperar eso, si pones la
tentación en su camino.
—Pero yo no hice nada… no lo hice —negó ella indignada—. Al menos, no
intencionadamente.
—Tengo una noticia que darte. No necesitas hacerlo intencionadamente —
sonrió Dominic.
Ella se retiró de él y un nuevo pánico la invadió.
—Por favor, yo…
—Cálmate, Alexandra. No tienes nada que temer de mí. No podemos
soportarnos, ¿lo recuerdas7
Ella le dirigió una tímida sonrisa.

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—Lo siento, tengo los nervios destrozados. Yo no esperaba eso de Roger. Pensé
que me quería.
Dominic se puso de pie.
—Eres muy inocente, Alex. Esto ha ocurrido porque él creía amarte. A su edad
no tiene uno mucho control; cuando se vuelve uno viejo, como yo, se necesita algo
más que una cara bonita y un cuerpo joven para que uno se encienda. Y él lamenta
mucho que haya sucedido. No hizo otra cosa que pedir disculpas. Está sufriendo,
Alex, si eso te consuela.
—No. no me consuela.
—Comprendo que te hayas asustado —dijo Dominic muy serio—. Y me doy
cuenta de que lo que vi esta noche no había sucedido antes. Estabas muy alterada.
—¡Fue horrible, espantoso!
—Oh, Alex. No creo que haya sido para tanto. Después de todo, si hubierais
estado casados, como queríais, habríais llegado más lejos.
—Sí, lo sé, pero… ¡no sería lo mismo!
—Claro que lo sería —la contradijo él—. Sería exactamente lo mismo. ¿Tú amas
a Roger?
—Sabes muy bien que sí —dijo ella con resentimiento.
—¿Y nunca has sentido la misma tentación que él?
Ella se ruborizó intensamente.
—No, nunca.
—Entonces no lo amas —declaró él con toda tranquilidad, caminando hacia la
puerta.
—¿Cómo puedes decir eso? —Alexandra se puso de pie—. ¿Cómo puedes saber
lo que siento por él? No puedes juzgar tan superficialmente las cosas.
Dominic abrió la puerta.
—No necesito hacerlo para saber cuáles son tus sentimientos hacia él.
—Yo no dije…
—Dijiste que nunca habías tenido la tentación, que viene a ser lo mismo. Bueno,
es casi hora de cenar. Nos vemos más tarde… —se detuvo y buscó algo en los
bolsillos de sus pantalones—. Toma la llave de la casa, por lo que me has dicho, no
creo que vuelvas allí con el joven Young.
—Tú… —empezó ella.
—Nos veremos en la cena, Alex.
—No creo que quiera cenar.
Dominic se encogió de hombros.
—Como quieras.

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Gail tenía muy buen aspecto cuando fue a visitarla la tarde siguiente. Alexandra
puso en un florero el ramo de flores que le había llevado, y se inclinó a besarle la
mejilla.
—Te encuentro muy bien.
—Será que Trevor acaba de irse —murmuró Gail, ruborizándose.
Alexandra se echó a reír y pasaron algunos minutos hablando de los arreglos
que había realizado en la casa y de su nueva vida en la casa de Dominic.
—Lo malo es que me estoy acostumbrando a que me lo den todo hecho —
confesó Alexandra sonriendo.
—Pues más vale que no te acostumbres —le aconsejó Gail echándose a reír—.
Va a haber mucho que hacer cuando vuelva a casa con el niño. Estoy deseando que
nazca ya y aunque se supone que yo estoy aquí descansando, el niño está más activo
que nunca.
—Estás muy segura de que va a ser varón, ¿no? —bromeó Alex.
—Más vale que lo sea… ¡o Trevor y Dominic no me lo perdonarán! Los dos
quieren un niño.
—Pero eso no le importa a Dominic —dijo Alexandra muy seria.
—Va a ser su tío —contestó Gail, mirándola fijamente.
—Bueno, yo voy a ser su tía, y no pretendo que sea niña —dijo, echándose a
reír, para disimular su incomodidad—. A mí no me importa lo que sea.
—A mí tampoco —declaró Gail con firmeza—. Y Dominic lo querrá igual, sea
niño o niña.
Una enfermera apareció entonces para decirles que la señora Tempest debía
dormir y Alexandra se levantó de la silla para marcharse. En esos momentos entró
Trevor y saludó a su cuñada con un beso en la mejilla.
—Hola, bonita. ¿Cómo te trata mi hermano?
—Muy bien, gracias. ¿Qué tal es tu habitación?
El hizo un gesto de desagrado.
—No me preguntes.
—Toda la noche tuvo los pies fríos —dijo Gail, riendo.
Alexandra rio con ella y se despidió de su hermana con un beso.
—Bueno, yo me marcho.
—¿Puedes decirle a Dominic que lo llamaré esta noche? —le preguntó Trevor—.
Lo único es que no sé a qué hora podré hacerlo.
—Se lo diré si le veo. Pero es un hombre muy ocupado, como tú sabes. Hoy no
lo he visto en todo el día. Bueno, nos vemos mañana…
Al llegar a la casa se dirigió directamente al salón. Se detuvo bruscamente al ver
que Dominic se encontraba allí, leyendo el periódico.

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—Hola —le saludó con frialdad.


—Hola —contestó él, sin levantar los ojos del periódico.
—¿Por qué no me dijiste esta mañana que ibas a ir a ver a Gail? Podía haberme
ido contigo —dijo ella.
—Se me olvidó. No estoy acostumbrado a tener una mujer cerca de mí, de día y
de noche —dijo por fin, burlonamente.
—Yo creía que las mujeres eran lo más importante en tu vida —dijo ella
irónicamente, dejándose caer en un sillón.
—Cuando seas una mujer, te contestaré a eso —dijo él—. Si te alteró tanto esa
pequeña escena de la que fui testigo anoche, imagínate cómo te pondrías si entrara
yo en detalles respecto a lo importantes que son las mujeres para mí. Sin embargo, yo
quiero una mujer cerca de mí sólo cuando deseo… bueno, usa tu imaginación un
poco. El tener compañía femenina en casa es una nueva experiencia para mí.
—Yo sé, muy bien cómo utilizas a las mujeres —dijo ella con voz amarga.
—Sabrina —murmuró él, sonriendo para sí mismo.
—¡Exactamente!
—Pero Sabrina me utiliza a mí también. Ella estaba casada, ¿sabes? Se divorció
hace apenas cuatro meses. Y cuando ha estado uno casado se acostumbra a ciertas…
relaciones.
El color encendió de nuevo las mejillas de Alexandra.
—¿Quieres decirme que ella… tú…?
—Ambos nos necesitamos y nos satisfacemos mutuamente —terminó por ella,
visiblemente divertido.
—¡Es asqueroso!
—Supongo que así te debe parecer. Pero al menos de esta manera no hay celos,
ni afán posesivo.
—Ni amor tampoco.
—¿Qué es el amor? Y no trates de explicármelo, porque no tienes ni la más
remota idea de lo que estás hablando.
—¡Tengo una idea mucho mejor que la tuya! —exclamó ella, indignada.
—Si es sólo una idea, tal vez. Has estado enamorada del amor en los últimos
meses. Es una fase por la que pasan todas las mujeres jóvenes. Eso le sucedió a
Marianne. El único problema es que yo pensé que era amor de verdad. Roger Young
está en la misma situación en que yo me encontré hace catorce años.
Ella apretó la boca.
—No quiero hablar de Roger.
—¿Porque mostró un poco de pasión? —Dominic sacudió la cabeza de un lado
a otro—. Eso no fue nada.

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—¿Nada? Él… bueno, me tocó y… y…


—No fue nada —repitió él—. Cuando conozcas a un hombre de verdad te darás
cuenta de la diferencia.
—¿Un hombre de verdad? —exclamó llena de desprecio—. Supongo que tú
consideras que eres eso, ¿no?
—No. Dejo que sean los demás quienes lo juzguen.
—Pues yo no pienso eso de ti. Creo que eres un hombre arrogante y
presuntuoso.
—¿De veras? —murmuró—. ¿No será que tienes curiosidad por saber si las
cosas serían diferentes conmigo?
—No… no. Yo… —sus ojos se agrandaron—. ¡Desde luego que no!
Se levantó y se detuvo frente a ella, clavando los ojos en su cara.
—Yo estaría encantado de darte gusto, Alex —dijo con suavidad.
—No seas tonto… yo… yo sólo estaba…
—Estabas tratando de forzarme a esto —concluyó él—. Me di perfecta cuenta
de la mirada que me dirigiste cuando entraste en la habitación. Y no había nada de
inocente en ella.
—¡La mirada que yo te dirigí! —protestó ella indignada—. Eras tú… el que me
estaba desnudando mentalmente.
—Tienes razón —admitió Dominic, para su sorpresa—. Vi tu cintura desnuda
cuando estabas con Young, y me pregunté cómo sería el resto.
—¡Igual que el de cualquier otra mujer! —exclamó ella, entre indignada y
turbada—. Todas tenemos la misma anatomía.
—Pero algunas tenéis más que otras.
—¿Estás diciendo que estoy gorda? —preguntó ella con voz aguda.
—No me refería al peso —sus ojos la miraron burlonamente. Extendió una
mano y la hizo ponerse de pie, con los ojos fijos en su pecho—. Cada hombre prefiere
ciertas partes del cuerpo femenino. Personalmente siempre me han gustado éstos —
sus manos le acariciaron lentamente. Y los tuyos son encantadores.
—¡Basta! —Alexandra retrocedió—. ¿Cómo te atreves? ¿Cómo te atreves a
hablarme así… a tocarme de este modo?
—Me atrevo porque tú lo quieres.
—¡No es cierto!
—Oh, sí, Alex. Estás despertando el placer que puedes obtener de tu cuerpo. Lo
que compartiste anoche con Young no te dio placer. Ahora te preguntas si será lo
mismo con cualquier hombre. Yo me estoy ofreciendo a demostrarte que no es así.
Ella dio un paso atrás.
—Dominic, no hagas esto. ¿Cómo podemos vivir juntos si te portas así?

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—Muy fácilmente, mejor que como hasta ahora.


—Pero nosotros… ayer dijiste que no podías soportarme.
—Y hoy he cambiado de opinión.
—No puedes hacer eso.
El mayordomo había entrado después de llamar. Alexandra corrió hacia la
puerta. Dominic la había hecho sentir algo que jamás había sentido. Pero era una
sensación puramente sexual, nada que pudiera compararse a su amor por Roger.
—El señor Young está otra vez en el teléfono, señorita Page —dijo Charles.
¡Roger! Gracias a Dios, él significaba la vuelta a la normalidad, después de la
tensión de los últimos minutos.
—Cogeré el teléfono en el comedor. Gracias, Charles —contestó ella.
Dominic la miró fijamente cuando el mayordomo salió.
—Charles me ha dicho que no has querido contestar a Roger en todo el día.
¿Cambiaste de opinión por lo que acaba de suceder? —preguntó.
—Si quieres saberlo… ¡sí! —exclamó ella, abriendo la puerta.
—No creas que el perdonar a tu novio cambiará algo entre nosotros —le
advirtió él—. Nos hemos dado cuenta de nuestra mutua existencia y nada cambiará
eso.
—Tú te has dado cuenta —dijo ella enfurecida— de que tienes una mujer en tu
casa y es una oportunidad que no se puede desperdiciar.
—Puedes pelear conmigo todo lo que quieras, Alex, pero te conseguiré al fin, de
un modo u de otro —dijo sonriendo. Ella lo miró fijamente.
—¿Qué quieres decir con eso de que… me conseguirás? Dominic se dio la
vuelta.
—Olvida que lo dije —ordenó con voz áspera—. Debo estar loco. Tienes la
mitad de mi edad. Eres sólo una niña…
—Dominic, tú…
—¡Aléjate de mí, Alex! —exclamó él con violencia—. Ve a charlar con tu novio y
olvídate de lo que ha sucedido…
Cuando salió de la habitación, se dio cuenta de que no podría olvidar lo que
acababa de suceder y que nunca volvería a ser la misma de antes.
Casi había perdido el aliento cuando levantó el teléfono.
—¿Roger? —preguntó tentativamente.
—¡Oh, Alexandra! ¡Al fin me contestas! Creí que no querías hablar conmigo.
—Siento mucho lo de anoche —continuó él—. No sé qué me pasó… bueno, sí lo
sé, pero no debía haber…

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—Olvídalo, Roger. No debí haber reaccionado así. La llegada de Dominic me


alteró un poco…
—Yo también me sentí muy mal. Y no, creo que yo le sea muy simpático.
Ella se echó a reír, un poco nerviosa.
—Yo tampoco le soy simpática, no te preocupes. Pero no fue grosero contigo,
¿verdad?
—Un poco brusco, pero no grosero. ¿Vendrás a cenar esta noche? —preguntó
Roger, esperanzado.
—¿Saben tus padres que tuvimos una discusión?
—No. no les dije nada.
—En ese caso —contestó Alexandra, que pensaba que no podría enfrentarse a
los señores Young si se hubieran enterado de lo sucedido—, me encantará ir.
—Magnífico. ¿Te parece bien a las siete y media?
—¿Cenará alguien más con nosotros?
—No, sólo la familia.
—Bien. Te veré entonces.
Dominic salía del salón en el mismo momento en que Alex salía del comedor.
Se miraron a través del corredor, sin decir nada, aunque la tensión entre ellos era
palpable.
Finalmente fue Dominic quien habló.
—Te reconciliaste con él, supongo —dijo bruscamente.
—Sí. No voy a cenar aquí —murmuró ella y bajó la mirada.
—No necesitabas hacer eso para evitarme —Dominic sonrió un poco—. Voy a
estar trabajando esta noche, a la hora de la cena.
—No lo hice para evitarte. ¿Por qué iba a hacerlo? —le preguntó desafiante.
—No tienes nada que temer de mí —dijo él con voz ronca—. Admito que fue
una atracción momentánea. Pero ya pasó. Y no volverá a suceder.
—Espero que no —dijo.
—No esperes, Alex… puedes estar tranquila —le dijo, muy cerca de ella—. Tal
vez, por un momento, me recordaste a Marianne. No sé.
—¿Se supone que eso debía consolarme, el ser considerada un sustituto de tu
esposa? —dijo enfurecida.
—Mi ex-esposa —corrigió él—. Y no fue eso lo que quise decir. Lo que trataba
de explicarte era que yo…
—¡No te molestes en terminar! —dijo Alexandra con brusquedad—. Me estás
insultando, ¿te das cuenta?
—No era mi intención insultarte.

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—¡Un sustituto de tu esposa! —repitió ella y empezó a subir la escalera


corriendo—. ¡Vaya!
—¡Alex! —él subió tras ella.
—¡No me llames así! Mejor continúa tu relación sexual con Sabrina Gilbert y
déjame en paz. Guarda tus insultos para ella… tal vez a Sabrina no le importe ser
utilizada de ese modo…
—Alex, ¿quieres escucharme, por favor? —le ordenó él, enojado.
—¡No, no quiero! Y si no quieres que toda la casa se entere de lo despreciable
que eres, será mejor que dejes que me vaya a mi habitación antes de que pierda los
estribos. ¡Cuánto me alegro de salir de aquí esta noche! —dijo, se dio la vuelta y echó
a correr hacia su cuarto.
Llamaron a su puerta.
—¿Alex? ¡Alex, déjame entrar! —era Dominic y parecía furioso.
—¿Para qué? ¿Para que puedas imaginarte que soy tu esposa otra vez? —cerró
con fuerza la puerta de su guardarropa, después de sacar el vestido que iba a
ponerse—. No, gracias.
—No fue eso, de veras —la voz de él se hizo más baja—. Cuando dije eso,
estaba tratando de que te sintieras un poco mejor.
—¡Sentirme mejor! —exclamó ella—. ¿El que me dijeras que te recordaba a otra
mujer debía hacer que me sintiera mejor?
—Estás interpretándome mal deliberadamente —dijo él, con impaciencia—.
Abre la puerta —movió el picaporte tratando de abrir él mismo.
—Me estoy bañando, Dominic.
Hubo un breve silencio.
—Mayor razón para que abras la puerta —sugirió él con voz ronca y leve.
—¡Vete al diablo!
Lo escuchó reírse.
—Está bien, Alex, como quieras. Que te diviertas esta noche.
—¡Eso haré!
Trataría de hacerlo, aunque sólo fuera por llevarle la contraria. Sin embargo, no
contribuyó a eso el darse cuenta, al ver a Roger, de que todo entre ellos había
terminado definitivamente. El amor que pensaba que sentía por él no existía ya. Sólo
quedaban en su corazón simpatía y amistad.
Esa convicción la hizo mantenerse callada casi toda la velada. Los Young
pensaban que iba a convertirse en su nuera, pero ella se daba cuenta de que no
podría casarse ya con Roger.

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Roger seguía tan enamorado como antes. Eso resultó aparente en cuando la
besó al llegar. Ella sintió el placer de su abrazo, pero no había ya la emoción
cosquilleante de antes.
Después de la cena subieron a la habitación de Roger a escuchar discos.
—Estás muy callada —comentó Roger preocupado.
—Lo siento, no me había dado cuenta —dijo ella y sonrió.
—Ya no estás enfadada conmigo, ¿verdad? —se sentó junto a ella, en el sofá—.
Pensé que me habías perdonado.
—No había nada que perdonar —contestó ella, nerviosa—. Me porté como una
tonta.
—Un beso… y todo quedará olvidado —sugirió él.
—Ahora no. Roger. Vamos a escuchar los discos…
—Yo prefiero besarte, a escuchar música —dijo él, con disgusto.
—Después de lo de anoche, creo que debemos tomar las cosas con un poco más
de calma —insistió ella con firmeza—. Seamos amigos solamente, por un tiempo.
—No lo dices en serio, ¿verdad, mi amor? —preguntó vacilante, mirándola a la
cara.
—Sí, Roger. Estoy preocupada —se retiró el cabello de la cara—. Ya no sé lo que
quiero… —excepto que no quería casarse con él.
—No te entiendo —dijo Roger sacudiendo la cabeza.
Ella tocó la frente de él, tratando de quitarle el ceño fruncido.
—No me entiendo yo misma, Roger.
—Pero… nos vamos a comprometer muy pronto. Este fin de semana pensaba
comprar el anillo. Me disculpé por lo de anoche, Alexandra, no puedo hacer más.
—Y acepté tu disculpa. Es sólo que lo de anoche me demostró que no estoy lista
todavía para el matrimonio —ella lo miró con ojos suplicantes—. Seguramente tú
comprendiste eso también, ¿no?
—Yo sé que lo de anoche te alteró. Pero es sólo porque no estamos casados
todavía. Desde luego, no podías permitirme que te hiciera el amor. Fue muy tonto de
mi parte esperar otra cosa. Pero una vez que estemos casados…
—¡No! —dijo ella con voz aguda—. No puedo casarme contigo. ¡No puedo!
Roger no se movió con suficiente rapidez para impedir que saliera y logró llegar
casi hasta la puerta del frente, antes de que nadie le detuviera.
—¿Te vas ya, cariño? —la señora Young salía de la sala en ese momento.
—Pues… sí… yo… al señor Tempest no le gusta que llegue tarde —dijo
Alexandra a toda prisa.
—Lo entiendo. Tiene razón. Entonces, buenas noches, Alexandra.

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—Buenas noches, señora Young.


La luz estaba encendida todavía en el estudio de Dominic cuando llegó a la
casa, así que entró tan silenciosamente como pudo y empezó a subir la escalera sin
hacer ruido. Sin embargo, la puerta se abrió y al darse ella la vuelta vio que Dominic
había salido y la estaba mirando.
—Volviste temprano —comentó él, con expresión pensativa.
—Sí.
—¿Sucedió algo desagradable?
—No… Es que… estoy cansada, es todo.
—Ya veo. Se te olvidó decirme que Trevor iba a llamarme esta noche.
—Lo siento —dijo ella bruscamente.
—No importa. Pasé la velada en casa.
Ella se dio la vuelta, decidida a irse a su cuarto.
—Buenas noches, Dominic. Hasta mañana.
—Mañana temprano me voy a Londres —dijo él.
Ella se detuvo y se volvió para mirarle.
—Pero… ¡si es martes! —exclamó.
—Sí, pero creo que es mejor así. Te dará unos días de respiro para sobreponerte
a la situación que provoqué aquí.
—Así que admites que hay una situación —murmuró ella con desprecio.
—Sería inútil negarlo. Es mejor que no nos veamos durante unos días. Espero
que las cosas sean diferentes cuando vuelva —dijo, encogiéndose de hombros.
—Cuando hayas pasado unos días con tu amante —lo acusó furiosa.
—Sí —contestó él, suspirando.
—¿Sabe ella que es un sustituto, también? ¿Qué estás pensando en otra mujer
cuando le haces el amor? Creo que a pesar de nuestra relación ella no soportaría eso.
El la miró con expresión enfurecida.
—¡Nunca he pensado en nadie más al hacerle el amor!
—¿Ni siquiera en Marianne? —preguntó ella burlona.
—¡Especialmente en Marianne!
Alexandra lo miró con aire de sospecha.
—¿Por qué dices eso?
—Porque Marianne no significa nada para mí.
—¿No te importa ella ya?
—Absolutamente nada.

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—Pero tú dijiste… tú dijiste… —su voz se quebró—. ¡Te odio!


—Espero que lo hagas —aceptó él con un suspiro—. Tu odio puedo
soportarlo… Tu amor… acabaría conmigo.
—¡No te amo!
—Bien, esperemos que sigan así las cosas. Nos veremos el jueves o el viernes —
Dominic se dio la vuelta en dirección a su estudio.
—¡Espero que no vuelvas nunca! —gritó ella, con furia infantil.
El levantó la mirada.
—Oh, volveré. Espero bailar en tu boda, cuando llegue el momento. Pero hasta
entonces, no te atravieses en mi camino, siempre he respetado a las mujeres de los
demás y eso tal vez sea lo único que te salve.
—¿De ti?
—De mí. Buenas noches, Alex.
—Buenas noches —dijo con voz ronca, antes de echar a correr hacia su cuarto.

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Capítulo 4
Llamó por teléfono a Roger a la mañana siguiente y se disculpó por haberle
dejado de aquel modo. Quedaron en comer juntos. A Roger no le iba a gustar nada la
situación, pero al menos podría explicarle su comportamiento con él.
—¿Así que no te quieres casar conmigo? —preguntó él, dejando un momento
de comer. El restaurante que habían escogido estaba lleno de gente.
—Sólo digo que no estoy segura y si estoy insegura, creo que es mejor esperar.
—¿El que estés viviendo con Dominic Tempest tiene algo que ver con esta
incertidumbre tuya? —preguntó él, enojado.
—¡No estoy viviendo con él! —exclamó enrojecida de furia—. ¿Por qué tiene la
gente que decirlo de ese modo?
—¿Quién más lo ha dicho?
—Sólo Gail.
—Probablemente ella lo dijo porque también ha notado el cambio en ti.
—No digas tonterías, Roger. No he cambiado nada.
—No soy yo el que está diciendo tonterías. Te imaginas que te has enamorado
de Tempest, ¿no es eso?
—¿Cómo puedes sugerir tal cosa? Sabes que no puedo aguantar a ese hombre.
—También sé que desde que estás viviendo con él has cambiado conmigo. Hice
una cosa estúpida el domingo, lo reconozco; pero hace algún tiempo no le hubieras
dado ninguna importancia. Cielos, no era la primera vez que iba demasiado lejos.
¿Por qué has hecho tanto alboroto esta vez?
Ella suspiró ante su falta de comprensión.
—Te lo estoy tratando de explicar, Roger, pero no me escuchas.
—Te escucho, pero lo que dices no tiene sentido.
—No lo tiene porque no me dejas terminar —protestó ella impaciente—. No
estoy insegura respecto a nuestro matrimonio porque reaccioné de esa forma violenta
el domingo por la noche. ¿No lo ves? Si yo te amara, querría que me hicieras el amor,
estuviéramos casados o no.
—No, Alexandra. Eres demasiado inocente para eso.
Ella lo miró ansiosamente.
—¿Tú crees que realmente es ésa la razón? ¿De veras?
—¡Claro que sí! Tú no eres el tipo de mujer que tiene relaciones ilícitas y ambos
sabemos que no podemos casarnos hasta dentro de seis meses. Si nos adelantamos,
creo que lo arruinaríamos todo.
—Jamás habíamos discutido este tipo de cosas. Yo… es…

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—Sí, es penoso, lo sé. Pero es algo de lo que tenemos que hablar. Eso nos
ahorrará muchos problemas. Yo te amo, Alexandra, y quiero hacerte el amor —dijo
Roger con sinceridad—. Pero también quiero casarme contigo y puedo esperar hasta
entonces.
—Oh, Roger —exclamó con voz ahogada—. He sido tan tonta. No sé qué me ha
pasado.
—Nervios, mi amor. Es muy natural.
Ella se echó a reír.
—Pero faltan muchos meses para que nos casemos.
—Pero, ¿vamos el domingo a ver los anillos? —insistió él.
—Sólo a ver —advirtió ella—. No podemos comprometernos mientras Gail está
en el hospital. Debemos hacer una fiesta y eso no es posible hasta que ella esté en
casa.
—¡Pero faltan semanas enteras para eso!
¡Pobre Roger! ¿Cómo había podido dudar de su cariño hacia él!
—No te preocupes, cielo tal vez Gail tenga el niño antes.
—Eso espero.
Ella se echó a reír.
—¡También ella!
—Mis padres han… bueno, sugerido que pueden convertir la parte de arriba de
la casa en un apartamento independiente para nosotros —Roger la miró, lleno de
esperanzas.
Alexandra sintió que se le hundía el corazón. Los padres de Roger eran muy
agradables, pero no quería vivir con ellos. Mimaban demasiado a Roger y ella no
pensaba que su matrimonio cambiara su actitud. Sentía volver a la incertidumbre, a
pesar de sus esfuerzos.
—¿Tú crees que es una buena idea? —preguntó ella, en forma evasiva.
—Pues, yo… mira, salgamos de aquí. Vamos al parque, hablaremos mejor.
—Sí —dijo ella, contenta ante la idea—. Creo que es lo mejor.
Esperó en el vestíbulo mientras Roger pagaba la cuenta y entonces recorrieron a
pie la pequeña distancia que había hasta el parque. Alexandra sonrió ante las
acrobacias de los patos del estanque.
—¿No son graciosos? —murmuró.
—Sí —Roger parecía preocupado—. Sentémonos en ese banco.
—No te gusta la idea, ¿verdad? —preguntó él, de pronto.
—Oh, Roger, no es eso. Es que yo…

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—Nosotros pensamos que era la solución ideal —la interrumpió—.


Obviamente, por ahora no podemos comprar una casa propia.
—¿Ya lo discutiste con tus padres? —no pudo disimular la angustia.
—Bueno, ellos lo sugirieron ayer; pero como sabes, no tuve oportunidad de
hablar contigo anoche. La idea es convertir toda la parte superior de la casa en un
apartamento para nosotros. Necesitará bastantes reformas para convertirla en una
unidad independiente.
—Habíamos quedado en alquilar un apartamento durante un tiempo, hasta que
pudiéramos comprar la casa.
—Pero eso nos llevaría años —dijo Roger—. Pasará mucho tiempo antes de que
gane el suficiente dinero como para comprar una casa.
—¡Pero… vivir con tus padres! Eso sería casi tan malo como vivir con Gail y
Trevor. No tendríamos vida privada.
Conocía bien a los padres de Roger y aunque el apartamento fuera
independiente, querrían que ellos pasaran la mayor parte del tiempo en la casa.
—¡Claro que sí la tendríamos! —insistió Roger, con expresión decidida—. El
apartamento sería completamente nuestro. Sería mucho mejor que alquilar un piso
inmundo, que probablemente será frío y húmedo, porque con el dinero que yo gano
no podríamos pagar nada muy bueno.
Alexandra sabía que estaba hablando con sensatez, pero sabía también que no
eran sus propias palabras, sino los argumentos que habían usado sus padres. Tal vez
fuera muy sensato, pero ella se oponía a vivir con sus suegros.
—Tenemos muchos meses para pensar en eso —insistió ella.
—No. Como te he dicho, los trabajos tendrían que iniciarse bastante pronto.
—Pero no ahora mismo —dijo ella con voz ligera—. Déjame pensarlo un poco.
Es una decisión muy seria y no quiero precipitarme.
—Está bien —pareció satisfecho con eso—. ¿Vas a ver a Gail esta tarde?
—Sí.
—¿Puedo ir contigo? Me gustaría verla.
—Por supuesto que puedes venir, y ella estará encantada.
Encontraron a Gail un poco aburrida. Se quejó de la atención continua que le
daban y de las muchas medicinas que la obligaban a tomar.
—¡Qué ganas tengo de volver a casa! —concluyó.
—A mí también me gustaría que así fuera —dijo Alexandra gentilmente—. Yo
estoy ahora en casa constantemente, podría dedicarme a cuidarte.
—Trevor va a hablar con el doctor Jenner sobre eso.
—Yo puedo cuidarte muy bien, y no me gusta estar en casa de Dominic.
—Trevor dice que se fue a Londres.

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—¿De veras? —murmuró Roger sorprendido—. No me dijiste nada, querida.


—No me pareció que tuviera importancia —dijo encogiéndose de hombros.
—Pero ahora estás sola en la casa.
—¿Sola? Dominic tiene muchos sirvientes. Además, dijo que volvería antes de
que terminara la semana. Tal vez Gail haya salido para entonces y puedo volver a
casa para cuidarla.
—Dominic no va a Londres casi nunca hasta el miércoles —dijo Gail.
—Tal vez huyó de mí —dijo en tono de broma, esperando que no adivinaran
que eso era lo que había sucedido en realidad.
—Seguramente, tuvo una llamada urgente del estudio —comentó Gail.
Alexandra miró fijamente a su hermana.
—¿Crees que se ha ido a una de sus locas misiones? —preguntó, sin poder
evitar que el miedo se reflejara en su voz.
—No, no lo creo. Nos lo hubiera dicho.
Roger consultó su reloj de pulsera.
—Yo tengo que marcharme. Me alegra ver que estás mejor, Gail —dijo—. ¿Nos
vemos esta noche, mi amor?
—Me voy contigo, antes de que una enfermera me eche —Alexandra se levantó
también—. Duerme un poco, Gail. Mañana estaré aquí otra vez.
Ya fuera, Roger comentó:
—Veo muy bien a Gail y está bien cuidada. El señor Tempest se fue de manera
muy repentina, ¿no?
—Debe haber tenido algo urgente que hacer —dijo ella, desviando la mirada.
—Lleva una vida un poco extraña, ¿no? Nunca sabe a dónde lo van a mandar.
Supongo que conoce ya todo el mundo.
—Parece que lo envidias —murmuró ella, mirándolo. Parecía en esos
momentos más joven que nunca.
—Bueno… lleva una vida bastante emocionante. Cualquier hombre lo
envidiaría.
—Estoy segura de que a tu padre no le gustaría oír eso. Se supone que tú vas a
ser un abogado muy respetable y tranquilo, sin deseos de correr a lugares lejanos y
peligrosos. Además, no es el tipo de trabajo en el que debe pensar un hombre a
punto de casarse. Dominic ha tenido éxito en su trabajo porque es un egoísta. Si
realmente quisiera a alguien no podría hacerlo.
—Acabas de convencerme de que todavía lo odias —dijo Roger sonriendo.
—¿Lo dudaste alguna vez? —preguntó ella.
Roger la abrazó con suavidad.

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—Sólo un poco. Tienes que admitir que es un hombre endemoniadamente


apuesto.
—Sí —reconoció ella con brusquedad—. Pero demasiadas mujeres han pensado
lo mismo, como para que él se fije en alguien como yo.
—Eso espero —dijo él—. Tú eres mi chica. ¿Quieres que salgamos esta noche o
vienes a mi casa?
—¿Por qué no vienes a casa de Dominic? —propuso ella. Prefería no ver a los
padres de Roger durante algún tiempo, por lo del apartamento. El señor Young tenía
la habilidad de manejar a las personas a su antojo.
El la miró con una expresión ligeramente perversa.
—¿Crees que es buena idea? ¿No se enfadará él?
—No lo sabrá. Y dijo que mientras no se tropezara con mis amigos, podría
invitar a quien quisiera.
—¡Oye, eso es sensacional, podríamos hacer una fiesta;
Ella frunció el ceño.
—No creo que fuera conveniente hacerlo en su ausencia.
—Pero… ¡ése es el momento ideal! No será una fiesta grande, invitaríamos sólo
a unos cuantos amigos.
—Déjame pensarlo. Tal vez podríamos hacerla mañana por la noche.
El la besó en la boca.
—Tienes mucho en qué pensar, amor. Te iré a ver como a las ocho y media.

Charles condujo a Roger hacia la sala esa noche, con toda la cortesía de que era
capaz. Aparentemente no aprobaba el que la joven huésped de su amo recibiera a un
hombre. Alexandra se sorprendió de su actitud, considerando la moral de Dominic.
Pero tal vez él usaba unas reglas para Dominic y otras para ella. Bueno, Charles no
necesitaba preocuparse. Roger sólo tomaría una copa y charlaría con ella; cosas muy
inocentes, comparadas con la conducta de Dominic.
—Te cuida como un perro, ¿verdad? —murmuró Roger con un gesto, cuando
Charles se retiró—. No sabes la de preguntas que me ha hecho.
Alexandra se echó a reír y se levantó para servir algo de beber a Roger.
—Tiene una actitud protectora, eso es todo.
Se sentó junto a él, doblando las piernas en el sofá, para sentarse sobre ellas.
—Olvídalo —dijo, acercándose a él—. Estás aquí conmigo.
—Aja —se inclinó para besarla. La puerta se abrió sin advertencia.
—Perdonen —los interrumpió Charles—. Hay una llamada telefónica para
usted, señorita Page.

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Se sintió ligeramente turbada de que Charles la hubiera visto besándose con


Roger. Se retiró un mechón de pelo de la cara.
—¿Podría pasármela aquí, Charles?
—Sí, señorita.
—Charles… —el mayordomo se detuvo al oír su nombre—. ¿Quién es?
—El señor Tempest, señorita Page.
—Oh, muy bien —sonrió, se volvió hacia Roger cuando el mayordomo se
marchó—. Tal vez ha conseguido que Gail vuelva a casa.
—Me gustaría mucho eso. No me siento cómodo aquí.
Alexandra levantó el teléfono en cuanto sonó.
—Que alegría escucharte, Trevor —dijo.
—No dudo que te alegrara… si fuera Trevor —dijo la voz de Dominic.
Su corazón dio un salto. La muy tonta no había pensado en ese otro «señor
Tempest».
—¿Sorprendida de escucharme? —continuó su voz, profunda y sensual.
Miró hacia Roger y le sonrió, tratando de tranquilizarlo.
—Sí.
—¿No te gusta que te haya llamado? —preguntó con suavidad.
—Sí… digo… ¡no! —terminó débilmente. La inquietaba tanto la presencia de
Roger como la voz de Dominic en el teléfono.
—Decídete, Alex —dijo él en tono de broma—. A mí me encanta escuchar tu
voz. Te echo de menos —añadió con seductora suavidad.
—¿De veras? —su voz sonaba chillona.
—Aja… extraño, ¿verdad? —murmuró—. Por años has sido la cuñadita latosa
de Trevor y en dos días, todo eso ha cambiado. Ahora lamento haberme venido.
—Pero tú dijiste… tú dijiste… —miró con nerviosidad hacia Roger, que
examinaba unos discos—. Bueno, tú sabes lo que dijiste.
—Dije que si no dejaba las cosas así, podríamos perder el control sobre ellas.
—Sí —murmuró ella casi sin aliento.
—Desde que estoy aquí me he preguntado si eso sería tan mala. Alex.
—¿Sucede algo malo? —Roger se acercó a ella—. No le pasa nada malo a Gail.
¿verdad?
Los ojos de ella lo miraron angustiada. Él seguía creyendo que la llamada era de
Trevor.
—No. no pasa nada malo. Sírvete otra copa. En un momento estoy contigo.

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—¿Está Young contigo? —dijo la voz furiosa de Dominic a través del teléfono—
. Alex, ¿tienes a Young ahí?
Ella tembló ante la furia de su voz.
—Sí.
—Así que te estás aprovechando de mi ausencia para acostarte con él —la
acusó.
El teléfono se estremeció en su mano.
—No. Yo…
—Olvídalo, Alex. Olvida que te llamé —la comunicación quedó cortada porque
él había colgado bruscamente.
Tardó varios segundos en controlarse. Bajó lentamente el auricular y lo colgó.
¿Qué significaba aquello? ¿Por qué la había llamado Dominic?
—¿Estás segura de que no pasa nada? —Roger había vuelto a su lado—. Pareces
un poco alterada.
—Todo está bien —le dijo, de forma imprecisa.
—¿Qué dijo Trevor?
—¿Trevor? —preguntó ella—. ¡Oh… sólo quería estar seguro de que estaba
bien!
¿Por qué había mentido? Debió haberle dicho que era Dominic. Pero no hubiera
podido explicarle nada acerca de su conversación. Sin embargo, no le gustaba
engañarlo y se enfadó con Dominic por obligarla a hacerlo.
Roger se asintió, comprensivo.
—Porque su hermano no está, supongo.
Si sólo supieran que… debían temer más por su seguridad cuando Dominic
estaba allí. Se había convertido en una amenaza para ella. Había logrado mantener
cierto grado de normalidad antes de su llamada telefónica. Ahora estaba otra vez
confusa, insegura.
—Probablemente —reconoció con brusquedad—. Acerca de esa fiesta. Roger —
dijo, para cambiar de tema—. Supongo que podríamos invitar a una docena de
personas mañana, si todavía lo deseas.
—¡Claro que sí! Estoy ansioso de ver la cara que pone Charles cuando tenga que
abrir la puerta a tus invitados. Tienes que invitar a Solly. Si él no hace que ese
mayordomo pierda la serenidad… nada podrá hacerlo.
Eran más de las diez cuando Trevor llegó y a Alexandra se le hundió el corazón
al verlo. Esperaba que no dijera nada que le hiciera saber a Roger que no era él quien
había llamado antes.
—Hola —dijo, besándola en la mejilla—. Siento que sea tan tarde, pero estaba
trabajando.

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—No importa. Siéntate. ¿Quieres algo de comer o de beber? —preguntó ella con
voz alegre, aunque estaba en tensión.
—No, gracias. Acabo de cenar. Gail estaba preocupada por ti, así que le prometí
venir a ver cómo estabas.
Trevor se sentó y Alexandra sacudió la cabeza.
—No deja de preocuparse nunca, ¿verdad?
—Nunca dejará de hacerlo, hasta que te cases, y tal vez ni siquiera entonces.
¿Cómo estás, Roger? —preguntó sonriente.
—Estoy bien —Roger parecía desconcertado—. ¿No llamaste por teléfono hace
rato?
—¿Yo? No —ahora era Trevor el desconcertado—. Debí haberlo hecho, pero
tuvimos una emergencia. De cualquier forma, Gail insistió en que no llamara, sino
que viniera. Pensó que Alexandra iba a sentirse muy sola —dijo en son de broma.
—Así que no hablaste por teléfono antes… —repitió Roger, mirando en forma
acusadora hacia Alexandra.
—No.
—Ya veo —Roger se mordió el labio inferior—. ¿Alexandra? —preguntó con
voz aguda.
—¿Sí? —murmuró ella.
—¿La llamada telefónica era del hermano de Trevor? —preguntó Roger.
Alexandra suspiró.
—Yo… pues… es que…
—Era él, ¿verdad? —preguntó con visible furia.
—Sí.
Se puso de pie de un salto, con la rabia pintada en el rostro.
—¡Me mentiste! ¡Tienes algo que ver con él… por eso le contestaste con
monosílabos!
—¿De qué estáis hablando? —Trevor los miró con el ceño fruncido.
—¿De qué estoy hablando yo? —Roger lanzó una risa amarga—. Estoy
hablando de tu hermano y de Alexandra… del romance que están viviendo.
Trevor miró a Alexandra, que había lanzado una exclamación ahogada, y
después se volvió hacia Roger.
—¿Has estado bebiendo?
—¡Ojalá fuera eso! —dijo Roger con amargura—. Realmente me has estado
tratando como a un tonto, Alexandra. Seguro que cuando me llamaste esta mañana
para pedirme disculpas, lo que pretendías era que no sospechara de vosotros.
Después de todo, es bastante asqueroso, ¿no? Un hombre de treinta y cuatro arios y

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una chiquilla de diecisiete. ¡Tan asqueroso que él mismo se siente avergonzado de lo


que sucede!
—Estás equivocado, Roger. Dominic no es…
—Oh, sí es. Ahora entiendo todo… tu aversión hacia mí el domingo… la forma
en que de pronto te mostraste insegura respecto a la boda… la forma en que me
mentiste hace un momento respecto a la llamada telefónica. Has estado jugando
conmigo todo el tiempo. Fingías que lo odiabas, cuando a mis espaldas…
—Roger, por favor, no digas eso —suplicó ella—. Estás equivocado…
completamente equivocado.
—Me niego a que me sigas usando de escudo. No quiero volver a verte nunca.
—Después de como le has hablado, no te permitiríamos que la vieras —
intervino Trevor, con voz cortante—. No te atrevas a acercarte a ella.
—Por supuesto que no lo haré —rugió Roger y salió de la habitación golpeando
la puerta.
—Siéntate, Alexandra —dijo Trevor con gentileza—. Quiero hablar contigo.
Ella obedeció, retorciéndose las manos.
—No es lo que dice él, Trevor —dijo, casi suplicante.
—Dime qué es lo que pasa, entonces. Roger parecía muy seguro de lo que decía.
—¡No irás a creerle!
—¿Qué debo creer? —preguntó él, encogiéndose de hombros.
—¡No, es cierto lo que él dice! Se está portando de forma ridícula. Tú sabes lo
que siempre he sentido por Dominic.
—¿Te habló por teléfono Dominic esta noche? —preguntó con suavidad.
Ella palideció.
—Sí.
—¿Y por qué no le dijiste a Roger que era él?
—Porque él supuso que eras tú. Y porque… porque…
—Y porque no era el tipo de conversación de la que habrías podido hablarle —
terminó Trevor por ella—. ¿Te ha estado haciendo proposiciones?
—¡No, no!
—No disimules conmigo, Alexandra. Te conozco demasiado bien. Has estado
muy nerviosa estos últimos días, y ahora me doy cuenta de la razón. ¡Mi propio
hermano! —exclamó furioso—. Pensé que le quedaba algo de decencia. Bueno, eso lo
cambia todo… vas a volver a casa, chismes o no chismes. Prefiero que la gente hable
de nosotros dos y no que tengas que estarte defendiendo de las pretensiones de mi
hermano, noche y día.
—No es eso, te lo aseguro.

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—De momento tal vez no, pero cuando vuelva, estará decidido a conquistarte y
entonces se cansará de ti, como de las demás. No voy a permitir que te utilice de ese
modo —exclamó con disgusto—. Te sacaré de aquí mañana mismo —sacudió la
cabeza de un lado a otro—. Nunca hubiera pensado que iba a llegar tan bajo.
—No digas eso, Trevor. No es verdad. Roger se ha estado imaginando cosas.
—Tal vez sí, o tal vez no. Pero ahora me doy cuenta del peligro que existe y voy
a detener las cosas antes de que lleguen más lejos.
—No hay nada que detener —dijo ella con impaciencia—. Dominic no está
interesado en mí. Tal vez haya coqueteado un poco conmigo, pero eso es todo.
—Es suficiente —Trevor tomó una expresión muy seria—. Pero mañana te irás
a casa mañana, de todos modos.
—Oh, Trevor… —protestó ella.
—Lo digo en serio.
—Pero Dominic no está aquí. Y tengo invitados mañana por la noche. ¿No
puedo irme el jueves?
—Está bien —cedió él, gruñendo—. Tal vez para entonces haya logrado
llevarme a Gail a casa. Por el momento, mi carta de triunfo es que necesitan la cama.
Está bien, tienes hasta el jueves, pero no más.
Llegó mucho más gente de la que ella esperaba. Todos parecían haber invitado
a alguien, hasta que el salón estaba lleno de gente. Pero había una ausencia, que se
notaba tanto como la de Roger: la de la coqueta Janey.
—¿Dónde está Janey esta noche? —preguntó Alexandra a uno de los
muchachos.
John parecía un poco incómodo.
—Yo… este… creo que tenía otro compromiso.
—Pero anoche dijo… —se ruborizó—. ¡Oh, ya veo!
Roger no había tardado en buscar una sustituta. No lo culpaba. Ella hubiera
hecho lo mismo si los papeles se hubieran invertido. John le rodeó los hombros con
un brazo.
—No te preocupes por Roger, todavía me tienes a mí. Ella lo empujó, riendo.
—¡Eso es lo que me temía! Voy a poner algo de música.
—¡Oh, magnífico! Podemos retirar los muebles, para bailar. Alexandra frunció
el ceño.
—Oh, no creo que debamos hacerlo, John. Esta es la casa de Dominic Tempest,
no la mía.
—¡No seas aguafiestas! Pon los discos… nos portaremos bien.
La colección de discos de Dominic era muy variada y encontró música muy
moderna entre ellos. Todos cumplieron lo prometido: nadie bebió en exceso, ni se

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comportó de manera escandalosa. Ella pensó que, la velada estaba siendo un éxito,
hasta que de pronto, al volverse, vio a Dominic en el umbral. Su rostro, muy serio,
recorrió a la gente que se encontraba en el salón. Alexandra atravesó corriendo la
habitación en el momento en que Dominic se daba la vuelta y se alejaba.
—¿Dominic? ¡Dominic, escúchame, por favor! Era sólo una pequeña fiesta.
Todos se están portando bien, te lo aseguro —añadió suplicante.
—Me importa un comino como se estén portando —sacó una maleta de su
guardarropa, la abrió para revisar su contenido y volvió a cerrarla—. No te pongas
en mi camino, Alex. Tengo prisa.
—¿A dónde vas?
—No puedo decirte eso —contestó con brusquedad.
—¿Vas a una de tus misiones? —sintió que el corazón le palpitaba
aceleradamente mientras esperaba su respuesta.
—Sí.
—¡Por Dios, Dominic! —se arrojó en sus brazos—. ¡Oh, Dominic, no!

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Capítulo 5
Él la miró con rudeza.
—¿Cómo que no? —abrió un cajón de su mesilla y sacó una carpeta de cartón—.
Tengo que trabajar.
Alexandra sacudió la cabeza, con los ojos llenos de lágrimas.
—No quiero que te vayas, Dominic. Podría sucederte algo.
—Podría sucederme también al cruzar la calle —le dijo burlón—. Vuelve con
tus invitados, Alex. Estoy seguro de que se estarán preguntando dónde estás,
especialmente tu fiel Roger.
—Ya no es fiel.
—¿Qué quieres decir?
—Terminamos anoche —le dijo—. Según él, no quería seguir siendo el escudo
tras el cual ocultábamos nuestras relaciones tú y yo.
—¡Grandísimo tonto! —murmuró Dominic—. ¿Es que no reconoce a una buena
chica cuando la ve?
—Hay algo más que quiero que sepas —Alexandra aspiró con fuerza una
bocanada de aire—. Se lo dijo a Trevor.
Eso logró que Dominic dejara de moverse.
—¿Por qué diablos hizo eso? —gruñó.
—Para vengarse de mí, supongo —dijo impaciente. Por favor, Dominic, dime a
dónde vas. ¿Es peligroso? —añadió con voz trémula.
—No lo sé todavía. Sólo sé que tengo un coche esperándome afuera y un avión
en el aeropuerto, que me espera también, para llevarme fuera del país.
—¿Fuera del país? Pero… ¿a dónde?
—Ya te dije que no puedo decirlo… y eso te incluye a ti. Espera el programa
mañana. Entonces lo sabrás.
—Pero, Dominic —suplicó ella—, no puedes irte así. No te dejaré que lo hagas.
—¿Y cómo te propones impedírmelo? —preguntó burlón.
—De cualquier manera —le dijo con fiereza.
Dominic retrocedió un poco, desafiante.
—Puedes intentarlo —le dijo con suavidad—. ¿Y bien? Estoy esperando.
Alexandra vaciló sólo un momento. Entonces avanzó hacia él y lo abrazó. Se
deslizó en un movimiento ascendente, pegada a su pecho, para tomarle la cabeza e
inclinarla hacia sus labios.

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Unió su boca a la de él tratando de hacerle confesar que no era indiferente a


ella, que la atracción que había logrado provocar en él seguía siendo tan fuerte como
cuando se marchó a Londres.
Pero él no se movió. Las manos de ella se deslizaron entre el rubio cabello de
Dominic, mientras trataba desesperadamente de provocar en él alguna reacción.
Finalmente levantó su mirada.
—Dominic —dijo suplicante, con los ojos azules, repentinamente oscuros—.
Dominic, por favor. ¡Por favor!
—¿Por favor qué? —preguntó él con voz tensa—. Procura estar muy segura
antes de contestar eso. Yo no soy Roger Young.
—Ni quiero que lo seas —dijo ella rápidamente—. No me dejes, Dominic —
suplicó con la voz quebrándosele—. Por favor, quiero que te quedes conmigo. No
quiero que estés en peligro. ¡Oh, Dominic, por favor!
—¡Cielo santo! —gimió él, con sus brazos rodeando la esbelta cintura de ella
para atraerla hacia sí. Hundió el rostro en la espesa cabellera de Alexandra—. ¡No he
pensado en otra cosa más que en tenerte así, desde el domingo por la tarde, cuando
te encontré en los brazos de Young, junto a la cancha de tenis! —cubrió con besos
febriles al cuello de Alexandra—. Hubiera querido hacerle tragar los dientes por
tocarte de ese modo. Como no pude hacerlo, me volví cruel contigo. Tú no eres más
responsable del colapso de Gail que yo, pero quería lastimar a alguien —gruñó—. Tú
eras la alternativa más obvia.
—Bésame, Dominic. Nunca me has besado en los labios.
El esbozó una breve sonrisa.
—No había deseado hacerlo, hasta hace unos días.
—¿Y lo deseas ahora?
Lo amaba, lo amaba como él había dicho que lo haría cuando se enamorara
realmente. Lo que había sentido por Roger era sólo una pálida sombra del torbellino
que sentía en los brazos de Dominic. Sus ojos grises la tenían hipnotizada.
—Oh, sí —contestó Dominic—, quiero hacerlo. Pero no creo que deba.
—¿Ni siquiera porque yo quiero que lo hagas?
—Especialmente si tú lo deseas —empujó con sus manos el cabello que le había
caído a ella en la cara y entonces acunó su rostro con las dos manos—. Tienes los ojos
azules más hermosos y tentadores que he visto nunca —dijo con voz ronca. Entonces
se retiró de ella, con aire sombrío—. No puedo besarte, ¿no te das cuenta? Si lo
hiciera, sabría y… no quiero saber.
Alexandra frunció el ceño.
—¿No quieres saber qué?
—No quiero compromisos emocionales —dijo con firmeza, desviando la mirada
de ella—. Te he explicado mi relación con Sabrina. No significa nada para ninguno
de los dos. Y así es como quiero las cosas.

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—¿Estás diciendo… —ella tragó saliva dolorosamente— estás diciendo que yo


tampoco significo nada para ti?
—¡No! —se volvió hacia ella—. No, no estoy diciendo eso. Dios mío, Alex, he
vuelto esta noche porque yo… ¡oh, demonios, olvídalo!
—¿Por qué has vuelto, Dominic? —preguntó ella.
—Porque quería verte antes de irme. Quería… decirte adiós. Y eso es… mucho,
considerando que no me gustan las despedidas. Hace muchos años aprendí que es
mejor irse sin más.
—¿De Marianne? —preguntó ella con suavidad.
—Sí. No he debido venir aquí esta noche. Te habrías enterado muy pronto de
que había salido del país.
Ella corrió a sus brazos y le rodeó a la altura de la cintura.
—¡Me alegro tanto de que hayas venido! No sabes cómo te he echado de menos
estos días.
—Y ahora tengo que irme de nuevo. Estaré fuera varias semanas.
—¡Semanas! Oh, no, Dominic. ¡No podría soportarlo! Te… amo.
—¿Por qué diablos dijiste eso? —preguntó con voz agria y rostro inexpresivo.
—Porque es verdad.
—La verdad es que hasta hace dos días estabas jurando vengarte de mí porque
me oponía a tu matrimonio con Roger Young. Esa es la verdad, Alex. No este
enamoramiento repentino que sientes por mí.
Ella sacudió la cabeza de un lado a otro.
—No es enamoramiento, Dominic. Creo que te he amado siempre, aunque no
me había dado cuenta. Te amo, Dominic. ¡Esa es la verdad! —exclamó—. ¿Cómo
puedo probártelo?
—No hay prueba alguna de amor —dijo él con violencia—. El tiempo es la
única prueba y ninguno de los dos hemos tenido tiempo para saber cómo nos
sentimos.
—Entonces… ¿tú sientes algo por mí? —preguntó ella.
—Supongo que sí… volví a decirte adiós. Nunca había hecho eso con ninguna
otra mujer.
—Excepto Marianne.
—Tampoco con Marianne. Ella se ponía histérica cada vez que me iba. Así que
al final ni siquiera me molestaba en decírselo.
—Eso debe haber sido peor que saberlo —ella se estremeció.
—Tal vez era peor. Marianne pensaba así. Las escenas que me hacía resultaban
insoportables.
—¿Estoy… estoy causando una de esas escenas ahora?

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—Estás muy cerca de hacerlo… —reconoció él con aire sombrío.


—Lo siento. No era mi intención hacerlo. Si me besas, te dejaré ir sin decir una
palabra más.
—Ya te he dicho que no puedo hacer eso.
—¿Porque sabrías lo que sientes por mí?
—Sí.
—Bueno, yo quiero que lo sepas —dijo ella con decisión—. Quiero que lo sepas,
Dominic.
Alexandra se acercó a él y esta vez no permaneció frío; su boca se unió a la de
ella, mientras la abrazaba con fuerza.
Dominic temblaba por el esfuerzo de mantener el control de sí mismo, mientras
sus manos recorrían el cuerpo de ella.
—¡Esto tiene que acabar! —dijo casi enojado, intentando separarse de sus
brazos.
—Todavía no, Dominic —se aferró a él—. Quédate conmigo un poco más.
—¡Oh, Alex! —gimió él—. No puedo. Tenía que haberme ido hace quince
minutos.
—No podías irte sin saber lo que siento por ti.
—Lo que crees sentir —corrigió él, esta vez obligándola a soltarlo—. Dejémoslo
por ahora, Alex. Hablaremos cuando vuelva.
Ella se sentó en la cama, mientras él se ponía de pie, alisando su cabello con
manos temblorosas.
—¿No me habrás olvidado cuando vuelvas? —preguntó ella.
—No lo creo —dijo mirándola fijamente.
—Sabes a lo que me refiero.
—Sí, yo… —se interrumpió al escuchar que llamaban discretamente a la
puerta—. Pase —gritó.
—El chófer del coche en el que ha venido, señor, dice que si no sale usted
pronto, perderá el avión —dijo Charles.
—¡Demonios, sí! —Dominic pasó una mano áspera por su alborotado cabello—.
Dile que bajaré dentro de cinco minutos, Charles.
—Sí, señor —dijo y se retiró.
Ella le dio un beso en la barbilla.
—No, Alex —él se retiró suavemente de ella—. Ya oíste a Charles… Tengo que
irme…
Tomó la maleta y la carpeta de cartón y salió de la habitación de forma tan
apresurada como había entrado.

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Alexandra corrió tras él.


—¿Me avisarás cuando regreses? —preguntó ella suplicante—. Trevor me va a
llevar de regreso a casa mañana —le explicó—, así que no estaré aquí cuando
vuelvas.
—Te llevan para protegerte de mí —dijo Dominic con amargura—. Estar lejos
de aquí no te protegerá.
—Eso espero —dijo ella, feliz.
—Eres demasiado para mí, Alex. Necesito alejarme de ti para ver las cosas
racionalmente.
—No puedes considerar que el amor sea una cosa racional —dijo ella, corriendo
para seguir el paso de él.
—¡Yo no te he dicho que te amaba! —rugió Dominic—. Ni siquiera he
mencionado la palabra amor.
—No —reconoció ella, con lentitud—. Pero yo te la mencioné a ti y será mejor
que no olvides eso.
—No lo olvidaré. Ahora, vuelve con tus invitados —dijo cuando llegaron a la
puerta. Alexandra lo miró, con aire culpable.
—Siento que hayas encontrado a toda esta gente aquí. No creí que vendrían
tantos, pero ya sabes cómo es… uno invita a alguien y ese alguien invita a otros.
—Puedes traer aquí a quien quieras, no me importa, mientras no sea Young.
Anoche te hubiera estrangulado cuando me dijiste que estaba aquí contigo.
—Se fue poco después de que viniera Trevor. Ya está saliendo con otra…
Dominic se inclinó a besarla rápidamente en los labios.
—Bueno, tú también… así que no lo juzgues mal. Te llamaré por teléfono
cuando vuelva —añadió—. Adiós, Alex.
—¿Dónde has estado? —John la esperaba en el vestíbulo, cuando entró en la
casa—. Hace mucho que te busco.
—Dominic vino y tenía que hablar con él.
El arqueó las cejas.
—¿Quieres decir que Dominic Tempest estuvo aquí y no nos lo dijiste? A mí me
hubiera me hubiera encantado conocerlo… creo que les hubiera gustado a todos.
—Tenía mucha prisa —dijo ella vagamente—. Bueno, volvemos a la fiesta… a
divertirnos.
Durante las dos horas siguientes fingió que se estaba divirtiendo y se sintió
aliviada cuando se marchó el último de los invitados.
Ya en su casa, todos los pensamientos de Alexandra se concentraron en
Dominic. Se había marchado hacia el peligro, sin poder decirle a dónde iba. Ella no
podía saber cuándo volvería, si volvía.

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Era un hombre muy popular, que gracias a sus interesantes reportajes había
conseguido su propio programa de televisión. Al cabello rubio y los penetrantes ojos
grises le habían logrado la adoración de muchas mujeres. Ella sabía que recibía
cientos de cartas cada semana y se sentía celosa.
Era un enojo irrazonable, porque Dominic no conocía a las mujeres. Pero, en
cambio, allí estaba Sabrina Gilbert, la mujer que él admitía que era su amante.
Seguramente ya no la vería más, ¿o sí? Comprendió que era todavía una posibilidad.
Trevor no consiguió que Gail saliera del hospital al día siguiente. Los médicos le
dijeron que si todo seguía como hasta entonces podría irse el sábado a casa.
Cuando Alex volvió de ver a Gail en el hospital, enchufó la televisión para ver
el programa de Dominic. Sintió que el corazón se le encogía cuando vio que estaba en
un país africano, cubriendo la información de una revolución. Alrededor de Dominic
se escuchaban continuamente los disparos.
El conflicto parecía bastante serio, aunque Alexandra estaba más interesada a
contemplar a Dominic que en escuchar lo que decían. Estaba segura de que
regresaría muy pronto porque la información ya estaba cubierta y era peligroso
quedarse allí mucho tiempo. Era posible que en ese momento estuviera volando de
regreso.
Cuando se levantó a apagar la televisión. Su mano quedó inmóvil al escuchar lo
que decía el locutor:
«Acaban de informarnos de que poco después de que esta película llegara a
nuestras manos, Dominic Tempest y su equipo de filmación, fueron apresados por
los revolucionarios y tomados como rehenes —Alexandra se dejó caer en la silla,
atenta a cada palabra del hombre—. El rescate ha sido pedido a nuestra antena de
televisión aunque la cantidad solicitada no ha sido revelada. Les mantendremos
informados del resultado de las negociaciones. Con ésta, damos por terminadas las
noticias.»
Alexandra se quedó sentada, como atontada. No podía creer lo que estaba
sucediendo. Ella no podría vivir si algo le sucedía a él.
Fue sacada de su estupor por la llegada de Trevor. Él entró silenciosamente a la
habitación y apagó la televisión. La miró sin decir nada.
Los ojos de Alexandra se llenaron de lágrimas y su rostro se contrajo en un
gesto de angustia.
—¡Oh, Trevor! ¿Qué vamos a hacer?
—No hay nada que podamos hacer, sino esperar. Si hubiera sabido que lo iban
a decir por la televisión te habría prevenido.
—¿Quieres decir que tú lo sabías? ¿Tú sabías que Dominic estaba en peligro?
—El estudio me llamó por teléfono esta tarde —explicó.
—Entonces, ¿por qué no me lo dijiste? ¡No tenías derecho a ocultar una cosa así!
—dijo enojada.

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—¡Tenía todo el derecho del mundo! —dijo él—. Tengo una esposa en el
hospital, que sólo necesitaría una impresión así para que el niño naciera tres semanas
antes de tiempo. Y tengo también una cuñadita que cree que está enamorada de mi
hermano. ¿Qué querías tú qué hiciera? ¿Decirte lo sucedido, con la esperanza de que
no se lo dijeras a Gail? Te conozco, Alexandra, no puedes ocultarle nada a Gail. ¡Y no
quiero que ella se preocupe por esto! ¿Comprendes?
—Sí, comprendo —aceptó ella, arrepentida. A diferencia de Dominic, Trevor
era un hombre tranquilo, calmado y se necesitaba mucho para hacerlo enojar. Ella
había logrado hacerlo, muy fácilmente, y eso la hizo comprender lo profundamente
afectado que estaba por la desaparición de su hermano. —Lo siento, Trevor. Lo dije
sin pensar. Debí comprender cómo te sentías y no pensar sólo en mí.
—Está bien, Alexandra —suspiró él—. Comprendo que ahora estás demasiado
afectada para que puedas ver las cosas con claridad. Hice lo que creí mejor. El que
vosotras supierais lo sucedido no iba a cambiar las cosas. Debieron advertirme de
que iban a decirlo después del programa. Gracias a Dios, Gail no tiene televisión en
su habitación.
—Pero, ¿qué te dijeron cuando llamaron? ¿Qué va a suceder?
—Exactamente lo que dijeron por televisión —dijo Trevor, encogiendo los
hombros con aire cansado—. Han pedido dinero y la compañía de televisión estudia
la solicitud del rescate.
—¿La estudia? —repitió ella furiosa—. ¿Qué tienen que estudiar? Dominic está
en peligro. Es su deber salvarlo.
—No. Él sabe los riesgos que corre cada vez que va a realizar uno de esos
trabajos.
—Pero… no pueden abandonarlo… dejarlo ahí, a su suerte —su voz era
ahogada por sollozos contenidos.
—No intentan hacerlo. Están viendo qué se puede hacer…
—Sí, pero…
—¡Basta, Alexandra! —la interrumpió, con aire cansado—. Se está haciendo
todo lo posible. Dijeron que me llamarían en cuanto tuvieran alguna noticia. Hasta
ahora no he sabido nada. ¿No ha habido llamadas para mí aquí?
—No.
—Entonces, todavía no saben nada.
—Dominic estuvo aquí anoche.
—¿Anoche? —dijo Trevor mirándola fijamente.
—Sí. Tenía que… recoger algunos papeles antes de irse.
—¿Eso era todo? —la miró con expresión astuta.
—Sí. ¡No! Yo… yo no sé, Trevor —se pasó la lengua por los labios—. ¡Todo
entre nosotros es tan confuso!

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—Pero entonces ¿hay algo entre vosotros entonces?


—Creo que sí.
—Otra cosa que debes ocultarle a Gail —Trevor sonrió—. Eso la impresionaría
tanto como el secuestro de Dominic. Los dos nos habíamos hecho a la idea de que le
detestabas.
—He cambiado de opinión —explicó ella.
—Drásticamente, según veo —dijo él con sequedad—. Y de forma repentina,
además. Si… digo, cuando Dominic vuelva, date tiempo para averiguar si esos
sentimientos son verdaderos o sólo un enamoramiento temporal.
—Dijiste si Dominic vuelve —lo miró, llena de preocupación—. ¿Tienes dudas
al respecto?
—Claro que no, ¿por qué iba a tenerlas? Mañana tendremos noticias del
estudio, ya verás.
Lo más difícil era tratar de ocultárselo a Gail, mantener una expresión tranquila
y feliz, como si Dominic estuviera en otra de sus misiones rutinarias. Si eso resultaba
difícil mientras Gail se encontraba en el hospital, se volvió casi imposible, cuando
volvió a casa el sábado, mientras ellos seguían sin noticias de Dominic.
La televisión y la radio fueron prohibidas completamente, con el pretexto de
que ella debía descansar, y Alexandra y Trevor corrían con desesperación, tratando
de llegar primero, en cuanto sonaba el teléfono.
Notó la tristeza de Alexandra, pero pensó que eso se debía a su discusión con
Roger. Había sido necesario decir a Gail que habían roto sus relaciones, aunque no se
profundizó mucho en las causas, ni Alexandra le dijo que era para siempre.
No tuvieron noticias hasta una semana después de su secuestro. Dominic y sus
técnicos estaban a salvo y volverían al país en cualquier momento.
—Voy a Londres a esperarlo —dijo Alexandra a Trevor, cuando le dio la
noticia.
—Eso no es posible, Alexandra —dijo instantáneamente—. Puede ser en
cualquier momento, durante los próximos días, y tienes que cuidar a Gail. Tendrás
tiempo, para ir a Londres después si él quiere que vayas.
—Si él quiere que yo… —repitió con voz ronca—. ¿Crees que tal vez no quiera?
El se encogió de hombros, suspirando profundamente.
—Hay siempre esa posibilidad.
—Pero él… —se detuvo, al recordar la actitud de Dominic—. Está bien… —dijo
de mala gana—. Me quedaré aquí hasta que él me llame.
Así que tuvo que ver la llegada de Dominic en un programa, se emitía a las diez
y media de la noche, cuando Gail ya estaba dormida. Dominic estaba como siempre,
pero con aspecto cansado. Lo importante era que estaba vivo.

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Alexandra tenía los ojos fijos en él cuando bajó del avión y caminó
tranquilamente en dirección del aeropuerto, como si acabara de volver de vacaciones.
Le rodeaban fotógrafos y periodistas que le acosaban a preguntas, mientras su
mirada hurgaba entre la multitud, buscando a alguien especial.
Alexandra ahogó una exclamación cuando vio a ese alguien especial en sus
brazos. ¡Sabrina Gilbert! ¡Y Dominic la estaba besando apasionadamente!

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Capítulo 6
Alexandra esperó inútilmente durante dos días noticias de Dominic y
finalmente llegó a la conclusión de que él había olvidado lo que ocurrió la noche de
su partida. Probablemente estaba demasiado ocupado con la encantadora Sabrina
Gilbert para volver a pensar en lo que él había llamado el «enamoramiento» de ella.
Dominic había llamado por teléfono a Trevor y hasta había hablado con Gail;
pero para ella no había tenido siquiera una palabra. Así que cuando John la llamó
por teléfono para invitarla a salir la noche del jueves, no vaciló en aceptar.
John pasó a buscarle en su coche y se dirigieron a una cafetería.
—Ya he sabido que el señor Tempest fue rescatado. Ya ha vuelto ¿verdad? —le
preguntó sonriente, mientras daba el primer trago a su cerveza.
—Sí —contestó Alexandra.
—Debéis haber estado muy preocupados por él —continuó, ya serio.
—Trevor lo ha estado —dijo ella, mirando a su alrededor, como si el tema que
estaban tratando no fuera interesante—. Nunca había estado aquí. Me parece un
lugar muy agradable.
—No está mal —reconoció él. Volvió a sonreír—. Oye, ¿Roger y tú habéis
acabado definitivamente?
—Sí —contestó ella con firmeza—. Pero, ¿tienes que poner cara de felicidad por
eso? —le preguntó enojada.
—¿Por qué no? Me deja el camino despejado, ¿no?
Ella se echó a reír.
—Supongo que debía sentirme halagada.
John se acercó más a ella.
—Claro que sí. ¿No soy el sueño de toda muchacha: alto, moreno y apuesto? —
Bueno, pasarías dos de las condiciones —dijo ella en tono de broma.
—No me digas cuáles dos —suspiró él—. Puedo adivinar —la atención de él
pareció de pronto concentrarse en algo, a espaldas de ella—. No mires ahora, pero tu
novio acaba de entrar.
—¡Ya no es mi novio! —dijo, sin volverse.
—Mejor que mejor, porque viene con Janey. Tal vez sepas que han andado
juntos desde que terminaste con él.
—Roger está en libertad de andar con quien quiera. A mí no me molesta lo más
mínimo.
Y así era, lo que demostraba lo poco profundos que habían sido sus
sentimientos por él.
—Pues me alegra oírlo, porque parece que vienen hacia aquí.

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Alexandra se enfrentó a la insolencia que había en los ojos de Roger y al desafío


de la mirada de Janey. No le afectaba en modo alguno ver a Roger rodeando con su
brazo los hombros de la otra muchacha. Hacía dos días que no sentía emoción
alguna, sólo una sensación de aturdimientos que no parecía poder vencer.
—¿Os importa si nos sentamos con vosotros? —preguntó Roger con voz
cortante.
John miró a Alexandra y después volvió la vista hacia la pareja.
—No hay inconveniente.
Janey se sentó junto a Alexandra y Roger tuvo que ocupar el asiento al lado de
John. Janey sonrió hacia ella.
—Roger y yo venimos del cine —dijo con aire triunfal.
—¿Qué tal estuvo la película? —preguntó Alexandra con fría cortesía.
—Muy bien —Janey deslizó su mano dentro del brazo de Roger, en actitud
posesiva, antes de volver la mirada hacia Alexandra—. ¿Por qué no fuiste a la fiesta
del sábado?
—Mi hermana salió del hospital y la he estado cuidando.
—¿Ya está Gail en casa? —Roger se dirigió a ella por primera vez.
—Sí —contestó ella con suavidad.
—¿Y todo va bien?
—Todo va bien, mientras ella descanse.
—Supongo que la desaparición de Tempest la alteró —no pudo disimular la
mezcla de desprecio y amargura que sentía.
—No le dijimos nada a Gail hasta que pasó el peligro —contestó Alexandra con
cierta rigidez.
—¿Estás hablando de Dominic Tempest? —preguntó Janey frunciendo el
ceño—. Hubiera sido interesante ver su programa de esta noche.
—¿De esta noche? —preguntó Alexandra desconcertada.
—¡Aja! —Janey dio un trago a su cerveza antes de continuar—. Iba a ser
complemento del de la semana pasada. Iba a tratar del secuestro.
Alexandra estaba muy pálida.
—No lo sabía.
Los ojos de Janey se volvieron de pronto maliciosos.
—Me sorprende que no te lo haya dicho. Después de todo, Roger dice que él es
tu…
—¡Janey! —Roger le apretó el brazo con fuerza—. ¡Basta ya! —ordenó.
Ella lo miró desafiante.
—Pero tú dijiste…

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Alexandra se puso de pie.


—Perdonadme. Tengo… dolor de cabeza.
Dirigió una vaga sonrisa a los tres y echó a correr a través del salón.
¡Dominic había salido por televisión y ella no lo había visto! Ella no había
pensado, ni por un momento, que haría un programa tan rápidamente. Debía haber
comprendido que para él lo más importante era su trabajo.
Roger la alcanzó en la puerta y la hizo volverse hacia él.
—Lo siento mucho, Alexandra. Créeme, no quiero hacerte más daño. Parece
que… has sufrido bastante.
Ella le sonrió débilmente.
—Gracias.
—Amar a alguien que no lo ama a uno es muy doloroso —añadió con voz
suave—. Lo sé por experiencia.
Ella miró fijamente sus tristes ojos castaños y le tocó la mano brevemente.
—Lo siento, Roger —se mordió el labio inferior.
—Aún pueden cambiar las cosas —dijo él con ansiedad—. Yo volvería contigo
ahora mismo, con una palabra tuya.
Y a ella le hubiera gustado poder decirla. Pero había pasado de su juvenil
enamoramiento por Roger, al doloroso amor de una mujer por un hombre que no
podía ser suyo.
John llegó en esos momentos a su lado.
—¿Quieres irte ya, Alexandra? —preguntó.
—¿Alexandra? —Roger la miró con aire suplicante.
Ella suspiró.
—Lo siento, Roger, de veras. Y si, John, estoy lista para volver a casa —tocó el
brazo de Roger—. Buenas noches —le dijo con suavidad.
—Buenas noches —repitió él, muy triste.
—Janey es una víbora —dijo John, una vez que estuvieron solos en el coche—.
Lo hizo deliberadamente.
Alexandra sonrió en la oscuridad.
—Estaba luchando por el hombre que quiere.
—Pues creo que perdió la partida —dijo John, muy serio—. Roger estaba
furioso con ella por provocarte en la forma en que lo hizo.
—Janey sigue la regla en que en el amor y en la guerra todo está permitido.
—Pues… creo que ahora se ha dado cuenta de que Roger todavía te quiere a ti,
así que sus tácticas no han servido de mucho.

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—¡Tonterías! Roger y yo hemos terminado y él lo sabe.


El lanzó una leve risa.
—Eso no impide que te siga queriendo.
—No quiero hablar más de eso —dijo ella, moviendo sus manos con visible
nerviosismo. Vio que se acercaban a la casa—. Gracias por invitarme a salir esta
noche, John. Yo…
—No digas que te has divertido —la interrumpió bruscamente—. Ambos
sabemos que no fue así. Debí haberte llevado a algún sitio donde no hubiéramos
podido encontrarlos con Roger.
No había sido Roger quien le había arruinado la velada, sino oír hablar de
Dominic. El haberlo visto en la televisión no era más que un leve consuelo para su
necesidad de él, pero habría sido algo.
—No tiene importancia, John —le dijo con suavidad—. Yo… Se interrumpió al
ver el coche aparcado en el sendero que conducía a la casa. ¡Era el coche de Dominic!
Dominic estaba visitando a Gail y a Trevor. Debió haber salido del estudio, después
de su programa, para dirigirse directamente hacia aquí.
Casi no pudo esperar a que el coche se detuviera, para abrir la puerta y bajar.
—Gracias, John —dijo a toda prisa—. Nos veremos pronto.
—¿Cuándo?
Estaba ansiosa de irse.
—No sé… no estoy segura. Llámame por teléfono.
—Está bien —suspiró él—. Te llamaré luego.
Alexandra entró en la casa. Arrojó su chaqueta y su bolso en la mesita del
vestíbulo, antes de entrar a la sala, donde se escuchaba ruido de voces. Sus ojos se
dirigieron a Dominic, que se encontraba casi recostado en uno de los sillones, y se
recrearon en él.
Parecía muy cansado y había perdido varios kilos. En realidad, no estaba nada
bien. Alexandra sintió que se le encogía el corazón al verlo.
Gail estaba acostada en el sofá.
—¿Te divertiste? —preguntó a su hermana menor, al verla entrar.
Alexandra no podía quitar los ojos de Dominic.
—Sí, gracias —contestó ella casi sin aliento, y sin darse cuenta de lo que le
preguntaban.
—Tal vez quieres hacernos un poco más de café —sugirió Gail—. Me gustaría
tomar otra taza.
Trevor se puso de pie.

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—Puedes tomarla, pero en la cama. Has estado demasiado tiempo fuera de ella
—la levantó en brazos—. Y nada de protestas… Si no te portas bien, ya sabes, de
regreso al hospital.
—Sí, Trevor —le sonrió con expresión muy dócil—. ¡Qué padre tan enérgico va
a tener mi hijo!
Dominic se puso de pie.
—Yo no quiero café, gracias —dijo—. Sólo vine para ver si Gail estaba bien.
—¿Yo? —exclamó Gail—. ¡A mí no me tuvieron de rehén! ¡Esto de tener un hijo
no es nada, comparado con lo que te pasó!
—No hubo ningún peligro, ni para mí ni para nadie. Esa gente sólo quería
dinero para comprar más armas —dijo secamente—. Habría sido un gran problema
para ellos si nos hubiera pasado algo. Quieren apoyo para su causa, no mala
publicidad.
—Bueno, me alegro mucho de que estés aquí, sano y salvo, aunque no les voy a
perdonar a estos dos, en mucho tiempo, que me hayan ocultado lo que te pasó —Gail
bostezó, de pronto—. Creo que estoy más cansada de lo que pensaba.
—A la cama, jovencita —dijo su esposo—. Has estado demasiado tiempo
levantada. Mañana verás a Dominic.
—Me encanta cuando se vuelve dominante —dijo Gail riendo.
Dominic inclinó la cabeza a modo de despedida y salió. No podía creer que se
fuera de verdad. Pero una vez que se dio cuenta, salió corriendo detrás y lo alcanzó
cuando estaba abriendo la puerta del coche.
—Dominic… —dijo, casi sin aliento.
—¿Sí?
—¿Estás realmente bien? —ahora que estaba frente a él, no sabia qué decir.
—Por supuesto que sí —contestó él burlón—. Será mejor que entres, o se
preguntarán dónde estás.
—Dominic, yo… tú… —cambió la posición que tenía sobre un pie, al otro—.
Esperaba tener noticias tuyas.
—¿Por qué? —preguntó él fríamente.
Los ojos de ella se agrandaron.
—¿Por qué? Por lo que pasó entre nosotros… porque he estado muerta de
angustia por ti. ¿No es razón suficiente?
—No pasó nada entre nosotros, Alexandra —dijo él con un suspiro—. Te dije
entonces que no esperaras demasiado.
Ella ahogó una exclamación.
—¡No puedes hablar en serio! Tú me besaste cuando volviste para despedirte
de mí —añadió con desesperación.

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—He besado a cientos de mujeres. En cuanto a despedirme de ti… estabas ahí…


eso es todo.
—No te creo. Tú dijiste…
—Dije muchas cosas —la interrumpió con brusquedad—. Eso no significa que
debías haberlas tomado en serio.
—Así que el que Sabrina Gilbert te haya ido a recibir sí significó algo —dijo con
voz ahogada—. Yo pensé… —sacudió la cabeza, mientras las lágrimas asomaban en
sus ojos—. No importa. Debí haber comprendido que tu cruel sentido del humor iba
a encontrar esto muy divertido.
—Tú no sabes el significado de la palabra crueldad. Y, desde luego, la presencia
de Sabrina significó algo… que a ella yo le importaba lo suficiente para estar ahí.
—¡A mí también! Pero…
—Siempre hay un pero, Alexandra —dijo con brusquedad—. Vuelve a casa y
acuéstate, como una niña buena.
—No me hables como si fuera una niña. Ya no estoy en la escuela. Voy a ir a la
universidad.
—Ya me lo dijo Trevor.
—¿Por qué te lo iba a decir?
—Probablemente para que dejara de pagar el internado —dijo con brusquedad.
—¿Tú pagaste… mi internado?
—Parte de él —dijo.
¡Tantos años y ahora se enteraba!
—No lo sabía —murmuró, atontada.
—¿Por qué ibas a saberlo? Era algo que no te importaba —Dominic se sentó en
el coche.
—¿Cómo que no me incumbía? —exclamó ella con voz chillona—. ¡Claro que sí!
No quiero estar en deuda contigo por nada de este mundo…
—No tardaste mucho tiempo en volver a ser la fierecilla a la que estoy
acostumbrado. Creo que lo prefiero.
—Me alegro por ti —dijo ella con amargura—. Dudo mucho que vuelva a hacer
otra vez el papel de tonta. Me enseñó usted una dura lección, señor Tempest pero me
la enseñó muy bien. Me declaro derrotada por la señorita Gilbert y las demás mujeres
de su tipo.
—Es lo que debes hacer —él encendió el motor del coche—. Vuelve con tus
muñecas, Alexandra.
—Tú, tú…
—Avísame cuando quieras otra lección, para crecer un poco más —dijo él,
mientras los ojos grises parecían burlarse de ella.

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—Ya me has enseñado una que no olvidaré —se dio la vuelta—. Adiós.
—Adiós, Alex —dijo él suavemente.
Ese nombre… ¡cómo se atrevía a llamarla así! Con un sollozo, Alexandra corrió
hacia la casa, consciente de que el coche había arrancado. ¡Era un hombre cruel, muy
cruel… pero ella seguía amándolo!
Trevor la encontró en la cocina, preparando el café que Gail había pedido. Las
lágrimas corrían por su rostro.
—Estará listo en un minuto —volvió el rostro a un lado.
—Seguiste a Dominic —era una declaración, no una pregunta.
—Sí… y quisiera no haberlo hecho.
—Te lo advertí, Alexandra —dijo él con suavidad—. Conozco a Dom, de
siempre. Marianne le hizo mucho daño.
—¿Significa eso que todas las mujeres tienen que pagar por ella? —preguntó
enojada—. Es frío y cruel y él… deliberadamente me hizo creer… me hizo creer…
Trevor sacudió la cabeza de un lado a otro.
—Estoy seguro de que no hizo tal cosa. Dom nunca ha necesitado llegar a tales
extremos. Por el contrario, las mujeres son siempre las que lo persiguen. Recuerdo
que yo lo envidaba por eso, cuando era más joven.
—Tú no tienes nada que envidiarle —dijo con vehemencia.
—Ahora lo sé, pero entonces… Sin embargo, ahora no cambiaría un minuto de
mi tiempo con Gail, por todo su torbellino social.
—Sus mujeres, quieres decir —dijo ella con brusquedad.
—Como tú quieras —Trevor asintió con la cabeza—. No puedes reprocharle
que se aproveche de su atractivo.
—Dominic… tu hermano dijo que… había pagado mi internado.
Trevor se volvió hacia ella.
—¿Cuándo te dijo eso?
—Ahora mismo… —Alexandra bajó los ojos.
—Debes haberlo provocado muchísimo —el la miró pensativo—. Supongo que
tuvisteis una discusión.
—Sí. ¿Es cierto, Trevor? ¿Pagó él el internado?
El suspiró.
—Sí. —Pero, ¿por qué? Yo no necesitaba ir a una escuela privada. Podía haber
ido a la escuela pública, como casi todas las chicas de aquí.
—Dom no quería eso. Él quería…
—¡No tenía nada que ver con él! ¡Si yo hubiera sabido que él había metido la
mano en eso, me habría negado a ir al internado!

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Trevor sonrió.
—Creo que él sabía eso. Por eso hizo que Gail y yo le prometiéramos no
decírtelo. Supongo que ahora que ya has salido, no vio la necesidad de seguir
ocultándolo más tiempo.
—Probablemente. Toma —le entregó la taza de café—. Llévaselo a Gail antes de
que esté frío.
Trevor tocó gentilmente las mejillas encendidas de ella.
—No te mortifiques respecto a Dom. Tal vez fue un poco duro contigo esta
noche, pero lo ha pasado muy mal esta última semana. No permití que Gail viera el
programa para que no se diera cuenta de lo difíciles que habían sido las cosas para él.
—Pero él… dijo que no hubo ningún peligro.
—Mintió para tranquilizar a Gail. Tuvimos una larga conversación telefónica la
noche que regresó y puedo asegurarte que no tiene ese aspecto por dormir en un
lecho de plumas y comer tres veces al día.
—No lo sabía —dijo ella con lentitud.
—Piensa en eso, bonita —le aconsejó él suavemente—. Y no juzgues con
demasiada dureza su conducta de hoy.
Tal vez él estaba tan desilusionado de la conducta de ella, como ella se sentía de
la de él. Pero no debía hacer más suposiciones. Ella lo amaba y tenía que decírselo…
aún si él no quería oírlo. Si después él la rechazaba, sabría entonces cuál era la
verdadera situación.
Una vez que tomó la decisión, comprendió que no había más que un camino: ir
a ver a Dominic, ahora mismo. No podría dormir hasta haber hablado con él, así que
decidió ir a su casa en cuanto Trevor y Gail se durmieran.
Era casi la una de la mañana, cuando consideró que podría salir sin ser vista.
Salió silenciosamente de su dormitorio y bajó la escalera sin hacer ruido.
Había llegado casi a la puerta cuando se dio cuenta de que no estaba sola. Al
darse la vuelta lentamente, una enorme figura oscura apareció en el umbral. Sus ojos
se agradaron de miedo, ya que se imaginó que precisamente en la noche en que ella
había decidido salir furtivamente de la casa, a un ladrón se le había ocurrido querer
entrar en ella.
La luz que había junto a la puerta de la cocina se encendió de pronto y ella
parpadeó ante el resplandor repentino.
—¡Trevor! —pronunció su nombre suavemente, con un suspiro de alivio—.
¡Qué susto me has dado!
El cerró la puerta con suavidad.
—Me lo imagino —exclamó con aspereza—. ¿Me quieres decir a dónde ibas?
—¿Cómo me has oído? —preguntó, sin contestarle.
—Gail tiene estos días el sueño muy ligero. Pensó que eran ladrones.

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Ella se echó a reír con suavidad.


—Y yo pensé que tú eras un ladrón.
El la miró impaciente. Trevor, generalmente tranquilo, parecía enfadado.
—Te he preguntado qué estabas haciendo.
—Yo… vine a tomar agua —dijo y se dio cuenta de lo débil que era su excusa
aún ante sus propios oídos.
El arqueó las cejas.
—Completamente vestida… hace horas que fuiste a tu habitación.
—Sí —ella sonrió—, pero he estado leyendo. No me había desnudado.
—No sabes mentir, Alexandra. Ahora dime qué te proponías hacer.
—Yo… iba a tomar un poco de aire fresco —mintió…
—La verdad, Alexandra —exigió él.
—Iba… Iba a ver a Dominic —admitió.
—¿A la una de la madrugada?
Sus ojos se volvieron suplicantes.
—Tengo que verlo.
—Ya le has visto esta noche. Nada ha cambiado desde entonces.
—Yo soy la que he cambiado, Trevor. Necesito verle.
El suspiró profundamente.
—Ya sé que te dije que pensaras en lo sucedido. Pero no esperaba que tus
conclusiones te llevaran a salir a medianoche. ¿No puede esperar esto a mañana,
Alexandra?
Ella sacudió la cabeza con obstinación.
—No podría dormir, así que será mejor que lo haga ahora.
—Pero él podría estar dormido. Tiene sueño retrasado.
—Si está dormido, no le molestaré.
—Está bien —cedió el con un suspiro—. Sé que cuando algo se te mete en la
cabeza, nadie te lo quita.
—No —admitió ella.
—Está bien. Yo estaré pendiente de tu regreso. Pero no hagas ruido al volver y
procura que no sea muy tarde —ordenó con firmeza—. No me gustaría tener que ir a
arrancarte de los brazos de Dom.
Alexandra torció la boca.
—Dudo mucho que eso vaya a ser necesario.

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—Espero que no. Volveré a subir y convenceré a Gail de que se lo imaginó todo.
No será fácil engañarla —añadió con un gesto—. Conduce con cuidado.
Las calles estaban casi desiertas a esa hora. Alexandra vio algún que otro coche
que venía en sentido contrario; por lo demás, el recorrido hasta la casa de Dominic
fue solitario.
La casa estaba sumida en la oscuridad, cuando se encontró frente a su puerta,
pero había luz encendida en la sala. A menos que la luz hubiera sido dejada para
desalentar a los ladrones, significaba que Dominic estaba todavía despierto.
Entró silenciosamente a la casa, para no despertar al siempre vigilante Charles.
Lo último que necesita en esos momentos era la tiesa cortesía del mayordomo; estaba
ya bastante nerviosa, sin necesitar también eso.
Abrió la puerta de la sala y vio que sólo estaba encendida una lámpara lateral,
pero era suficiente para que pudiera ver a Dominic, recostado en un sillón, con los
ojos cerrados y un vaso vacío colgando de sus dedos. Tenía el rostro pálido y ojeroso,
con el pelo alborotado, como si hubiera estado pasando los dedos por él. Parecía
cansado, muy cansado, y ella dudó, parecía una crueldad molestarle. Cuando decidió
marcharse, los ojos grises se abrieron y la hicieron quedarse inmóvil en donde estaba.
—¿Qué haces aquí? —lanzó la pregunta hacia ella como si fuera un latigazo.
Alexandra se estremeció, temerosa del resultado final de su visita.
—Vine a hablar contigo —dijo suavemente.
—¿Cómo entraste? —se levantó para servirse otra copa—. No oí que nadie
llamara.
—Todavía tengo la llave que tú me diste —la puso sobre una mesita lateral—.
No quise molestar a Charles.
—Dudo mucho que Charles hubiera aprobado la idea de dejarte entrar a estas
horas de la noche. ¿Sabe Trevor que estás aquí?
—Sí.
—¿Estás diciendo la verdad?
—Yo no digo mentiras —contestó ella con brusquedad, ruborizándose.
—Todas las mujeres mienten —dijo con amargura, bebiendo de un trago la
mayor parte del whisky que se sirvió en el vaso.
—¡Dominic! —ella pronunció su nombre con voz ahogada.
—Está bien, está bien —dijo él irritado—. Así que le dijiste a Trevor que ibas a
entrar aquí furtivamente y él, por alguna razón, te permitió que lo hicieras. Supongo
que fue, principalmente, debido a que sabía que no podría detenerte —agregó con
sequedad.
—Sí —admitió ella.
—¿No crees que es ya hora de que dejes de pensar en ti para pensar en los
demás? —preguntó él con disgusto.

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—Es porque no puedo dejar de pensar en ti por lo que estoy aquí —dijo ella,
con voz ahogada.
El arqueó las cejas.
—¿Pensando en mí? ¿Y por qué diablos ibas a pensar en mí?
Ella lo miró con ojos torturados.
—Ahora que estoy realmente contigo, no lo sé —al verlo así, tan arrogante, tan
frío, tan lejano de ella, no supo cómo se había atrevido a ir.
—Entonces, será mejor que te vayas —dijo Dominic sin pestañear.
—¡No! No lo haré, todavía no. Quiero saber lo que sientes por mí. Dominic le
dirigió una mirada impaciente.
—Ya hemos hablado de eso esta noche.
—No. No es verdad. Fuiste cruel e inhumano conmigo, pero no hablamos.
—Yo pensé que sí —la rebatió él, con aire cansado—. En cualquier caso, estoy
demasiado cansado en estos momentos para domar a una adolescente.
—¿Lo ves? ¡Lo estás haciendo otra vez!
Los ojos de él relampaguearon de furia.
—¿Quieres hacerme el favor de irte, Alexandra? Estoy cansado y quiero irme a
la cama.
—Me sorprende que no estés ya en ella. Saliste de casa hace horas.
—¿Y habrías entrado también en mi dormitorio? —preguntó él con
brusquedad.
—Ya lo hice una vez —le recordó con suavidad.
El se dio la vuelta.
—¡Vete, Alexandra!
—¿No me vas a decir Alex?
—No te gusta.
—Me gusta cuando tú lo dices, Dominic. Yo… yo quería ir al aeropuerto a
recibirte, pero Trevor no me dejó. Dijo que tú me llamarías, si me querías a tu lado.
—¿Qué diablos sabe él de esto? —dijo con voz ronca.
—Lo sabe todo —le dijo con timidez.
—¿Todo? —repitió él—. ¿Y qué es todo?
—Que nos atraemos, que volviste a casa la noche que saliste del país, que yo…
que yo te amo —lo miró suplicante, implorando su comprensión.
—Otra vez no, Alex —dijo él con un suspiro—. Tú no puedes comprender el
compromiso que entraña esa palabra. Tu amor fue tan fuerte que esta noche andabas
con otro hombre. Y no trates de negarlo. Gail habló mucho de que parecías decidida

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a no casarte con Young. ¿Quién era este otro pobre diablo que piensa que te vas a
casar con él?
—¡John no piensa tal cosa! Él…
—¿John Anderson? —preguntó él con voz aguda.
—Sí. ¿Lo conoces? Dominic negó con la cabeza.
—Conozco a su padre. Él es más de mi generación —dijo burlón.
Ella pasó por alto aquella referencia a la diferencia de edades.
—Bueno, no sabía qué hacer. Yo quería ir a Londres, pero como te dije, Trevor
no me dejó. Y tú no me llamaste, así que no supe cómo te sentirías si me presentaba
allí. Además, estaba Sabrina Gilbert. Te esperaba en el aeropuerto. Vi que la besaste
—ella lo miró acusadora.
—¿De veras me viste?
—¡Claro que sí!
El suspiró.
—Habría besado a la hermana de Drácula si la hubiera conocido. No sabes lo
que deseaba ver una cara familiar. No era la cara que esperaba ver, pero era mejor
que nada.
Alexandra pareció desconcertada.
—Pero, en la televisión parecía como si la estuvieras buscando a ella.
El la miró fijamente.
—No buscaba a Sabrina —negó con suavidad.
—Entonces, ¿a quién…? —sus ojos se agrandaron—. ¿A mí? ¿Me buscabas a
mí?
El se sirvió otro trago.
—Estúpido por mi parte, ¿verdad? No sé por qué pensé que querrías estar allí.
Cuando no te encontré… bueno, eso confirmó mi sospecha de que sólo habías
sufrido un enamoramiento temporal por mí. Cuando ese enamoramiento se enfrentó
a la cruda realidad, no pudiste soportar la presión.
Alexandra puso sus brazos alrededor de la cintura de él, por atrás y apoyó su
cabeza en la ancha espalda.
—Eso no es verdad, Dominic. Oh, admito que cuando oír por primera vez que
te habían tomado como rehén me dejé invadir por el pánico. Pero ya me
acostumbraré a eso —lo oprimió con mayor fuerza todavía—. Lo haré, Dominic —
dijo con desesperación—. ¡De veras, lo haré!
Él soltó las manos de ella de su cintura y se volvió. Sus cuerpos quedaron muy
juntos. Él pasó una mano por las mejillas de ella.
—No te acostumbres demasiado a que sucedan este tipo de cosas, Alex —le
advirtió suavemente—. No estoy seguro de que yo resistiría pasar otra vez por algo

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así —su cuerpo se estremeció contra el de ella—. ¡Quería tanto verte… y ni siquiera
escuché una palabra tuya —su voz estaba llena de dolor.
Alexandra se adhirió a él, sintiendo cómo él parecía irse debilitando ante ella.
—Yo pensé que vendrías directamente a casa —murmuró—. Nunca creí que te
quedarías en Londres. Trevor dijo que estarías rodeado por los periodistas y que si
yo significaba algo para ti, tú me llamarías y que tendría mucho tiempo para llegar a
Londres, antes de que la prensa terminara contigo.
Dominic inclinó la cabeza para recorrer con los labios su cuello.
—Mi hermano no lo sabe todo —dijo con suavidad, mientras su aliento
acariciaba la piel de Alexandra—. Nos separamos con demasiada incertidumbre de
lo que había entre tú y yo, para que me sintiera muy seguro de cuáles serían tus
sentimientos a mi regreso. Llamarte, hubiera sido presionarte.
—¡Oh, Dominic…! —suspiró ella—. Tienes razón al considerarme demasiado
joven. Fue una tontería salir esta noche con John, lo hice para acallar mi orgullo
herido, no porque tuviera deseos de hacerlo.
—Eso no es ninguna tontería. ¿Acaso no hice lo mismo yo con Sabrina?
—¿Pasaste con ella los dos días? —ella estaba segura de que se le rompería el
corazón si él decía que sí.
—No —fue su respuesta—. Tenía que hacer un programa. El miércoles y el
jueves son los días en que normalmente hacemos la grabación.
—Dominic, ¿sabes… sabes ahora cómo te sientes respecto a mí? —preguntó ella
tentativamente.
—Sé que todo el tiempo que estuve lejos, no dejé de pensar un momento en ti,
en besarte, en estar contigo. También sé que nunca antes me había sentido así
respecto a ninguna mujer. Pero si es o no amor, no tengo la menor idea. Pero si lo es,
no tengo intenciones de casarme contigo.

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Capítulo 7
Alexandra se puso rígida en sus brazos.
—No te estoy pidiendo que te cases conmigo.
—¿No me lo pedirás nunca? —los brazos de Dominic no la soltaron y un
movimiento de sus manos la obligó a levantar la cabeza hacia él—. ¿Me estás
diciendo que nunca me exigirías que me casara contigo?
—No, si no lo deseas —contestó, casi sin aliento y con los ojos fijos en él.
—Pasarían años, sin que tú supieras si al día siguiente iba yo a encontrar a la
mujer con quien querría casarme. ¿Estarías dispuesta ser mi amante, sin ninguna de
las seguridades que da el matrimonio? ¿Estás preparada para eso, Alex?
—No hay seguridad ni siquiera en el matrimonio, si no hay umbral —contestó
ella, en forma evasiva.
—Esa no era la pregunta —insistió Dominic con expresión sombría.
Ella se liberó de sus brazos y lo miró con resentimiento.
—¡Sí, lo haré si eso es lo que tú quieres! No tengo otra alternativa, ¿verdad?
—Sí, tienes una —dijo él y, para sorpresa de ella, sonrió—. Cuando te dije que
no me casaría contigo quería decir que no lo haría ahora.
Alexandra frunció el ceño.
—No te entiendo.
Dominic se sentó.
—Cuando pediste a Gail y a Trevor permiso para casarte con Roger, casi
acababas de conocerle; nosotros hemos descubierto nuestra atracción hace apenas
unos días.
—El tiempo no importa —le interrumpió ella.
—¡Claro que importa! No aprobé tu idea de casarte con él por tu juventud y
porque consideré que llevabas poco tiempo con él. Ninguna de esas dos razones ha
variado porque el pretendiente haya cambiado. No puedo pedir a Gail y a Trevor
que cambien de opinión, sólo porque se trata de mí. Eso sería admitir que no estamos
seguros de nuestros sentimientos.
—No me has dicho lo que sientes por mí. Sólo me dijiste que has estado
pensando en mí.
Dominic sonrió y su mirada la recorrió de arriba a abajo.
—Prefiero demostrártelo —dijo suavemente.
Ella se ruborizó.
—Me estás avergonzando.

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—Entonces, ven aquí —dijo él en voz baja—. Si puedo acariciarte, tal vez no
tenga que mirarte así.
Alexandra bajó la mirada, con timidez. Avanzó titubeante, hasta detenerse
frente a las piernas extendidas de Dominic.
—Si vas a ser mi novia, tendrás que acostumbrarte a que te vea así.
—¿Voy a ser tu novia?
—Oh, creo que sí, ¿no? —extendió una mano, para tomarla de la cintura y
atraerla a sus brazos—. No sé por qué, pero ya no me siento cansado.
Tomó la cara de ella entre sus manos y fue inclinando con lentitud la cabeza
hasta que sus labios quedaron unidos.
Tan pronto como los labios de Dominic abrieron los suyos, para hacer más
profundo el beso, Alexandra sintió que respondía y sus brazos rodearon el cuello de
él para oprimirlo más contra ella. Sus manos se movían incesantemente sobre la
espalda de ella, atrayéndola más y más contra él.
Pero Alexandra no sintió el pánico que los besos de Roger habían provocado en
ella, cuando estuvieron en su dormitorio. Para ella no existía mayor placer en el
mundo que estar en los brazos de Dominic. Era un verdadero maestro en el arte de
hacer el amor, pero mantenía un perfecto control en sus acciones con ella.
—Dominic… —dijo ella, tentativamente.
—¡¿Hum?! —él estaba muy ocupado besando el lóbulo de la oreja.
—Dominic, tú… ¿tú me deseas? —se estremeció de placer cuando la besó en el
cuello.
—¿Qué crees? —gruñó él.
—Entonces, ¿porqué…?
—Esa es otra de las condiciones —su voz se escuchó ahogada, porque tenía el
rostro metido en el cabello de ella.
—¿Condiciones?
—Hum, aja. Decidí, mientras estuve fuera, que si seguías amándome me
pondría yo algunas condiciones. Una de ellas es que si decidimos casarnos, no será
antes de seis meses… hasta que cumplas los dieciocho años.
—¡Pero… es demasiado tiempo! —dijo desolada.
—¿Crees que no lo sé? —gimió él—. A mí me va a parecer todavía más. No
estoy acostumbrado a estar con mujeres inocentes. No estoy acostumbrado a
negarme al placer de la posesión. He tenido una vida sexual muy variada, desde que
Marianne y yo nos divorciamos. Ni siquiera estoy seguro de que voy a soportar la
tensión; pero lo intentaré, siempre y cuando tú no me tientes con demasiada
frecuencia. La otra condición: ninguna relación física entre nosotros, hasta que
estemos seguros el uno del otro.
—Si no me… haces el amor, ¿se lo harás a Sabrina Gilbert?

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—No —contestó él con brusquedad—. El martes por la noche, cuando me


escapé de los periodistas, fuimos a mi apartamento, como solemos hacer. No voy a
mentirte. Necesitaba con desesperación a alguien esa noche. Pero las cosas no
funcionaron entre nosotros. Sabrina lo atribuyó al trauma que acababa de sufrir, pero
yo comprendí que ésa no era la razón. Unos ojos azules me perseguían. Fue la
experiencia más humillante que he tenido en mi vida.
—Me alegro —dijo ella, besando la fuerte mejilla de Dominic.
—¿Te alegras de que no haya funcionado como hombre?
—Con otra mujer, sí.
—¿Cómo sabes que funcionaré contigo? —la bromeó él.
—Me ofrecí para que probaras.
Los brazos de él la oprimieron con fuerza.
—Y me encantaría aceptar esa oferta, aunque haya sido hecha en forma
inocente. ¡Te deseo desesperadamente!
—¡Oh, Dominic! —se apoyó en él con ternura.
—Pero no es posible —dijo él con severidad—. Es parte de las condiciones. Una
relación física nos cegaría. Si nos casamos será porque estamos enamorados, no
porque nos produzcamos satisfacción física.
—Así que me estás probando… quieres ver si mi amor durará, ¿no?
—Me estoy probando yo también, Alex. Sería muy fácil llevarte a mi cama
ahora mismo, pero no es así como quiero las cosas. Mi primer matrimonio fue un
fracaso. No quiero que vuelva a suceder lo mismo. No puedo todavía creer siquiera
lo que te estoy prometiendo. Juré que nunca volvería a involucrarme con ninguna
otra mujer.
—¿Estás involucrado emocionalmente conmigo?
—La palabra amor se usa muy casualmente en estos días. Quiero estar muy
seguro antes de que te la diga. Sintámonos satisfechos con lo que tenemos por el
momento y veamos qué sucede. No hablemos de matrimonio, especialmente con
otras personas. Quiero que la gente se acostumbre a vernos juntos. Despertaremos
muchos comentarios, ¿sabes?
—No me importa —dijo ella, aferrándose a él.
—Algunos de ellos pueden ser maliciosos —le advirtió—. Este es un pueblo,
Alex, y a algunas de las mujeres les encantaría hacer un escándalo al vernos juntos.
Nada las haría más felices que saber que estás aquí en estos momentos.
—No me importa.
—Espero que pienses igual dentro de un par de meses. Supongo que
comprendes que soy bastante criticado en ese sentido, ¿no? Suponen que traigo
mujeres inocentes a mi casa y las violo.
—Estoy segura de que la mayor parte de ellas querrían ser violadas.

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—No puedo creer que tú y yo estamos aquí, en esta forma. Si me lo hubieran


dicho alguna vez, me habría echado a reír —dijo sonriendo.
—¿Ya te estás arrepintiendo? —dijo ella con el ceño fruncido.
—Espero que eso no suceda. En verdad, espero que dure siempre.
—Trataré de que así sea —le acarició la frente con ternura.
—Date tiempo, pequeña. Hace apenas unos días que me odiabas intensamente,
¿recuerdas? Por cierto, no siempre me odiaste. ¿Recuerdas por qué empezó tu
aversión hacia mí?
Ella hizo un movimiento para separarse de sus brazos, pero él la retuvo.
—A mí me parece que te odié siempre —murmuró.
—Alex —suplicó él con suavidad—. No trates de borrarlo de tu mente… no
ahora. Debe haber completa franqueza entre nosotros. Hubo demasiadas mentiras en
mi matrimonio con Marianne. No quiero que eso nos suceda a nosotros. Quiero
hablar de eso contigo, Alex… del día en que te desperté bruscamente a la realidad de
la vida y te arranqué de tu niñez.
La risa de Alexandra fue forzada. Había mantenido ese recuerdo alejado de su
m ente durante tanto tiempo, que resultaba doloroso evocar el día en que Dominic se
vino abajo del pedestal en que ella lo tenía colocado.
—No fue exactamente así —dijo ella tratando de que su voz sonara ligera—. Yo
tenía quince años, era hora de que empezara a abrir los ojos.
—Así que lo recuerdas… —él la miró fijamente—. Siempre pensé que ése era el
motivo de tu aversión, pero no podía estar seguro. Hubo un tiempo en que mi casa
era casi la tuya; entrabas y salías de aquí, como si fuera tu hermano. Hasta aquel día,
en que no debías haber entrado a cierta habitación.
—Fue culpa mía. Yo… debí haber comprendido. Sabía que Julia estaba aquí.
Sólo que no esperaba… —Alexandra estaba pálida.
—Yo tampoco esperaba que entraras. Julia se marchó amenazándome. Yo me
puse furioso contigo.
—¡Me sentí tan escandalizada! —admitió Alexandra temblorosa—. Tal vez aún
entonces deseaba, secretamente, estar en el lugar de ella.
—¡Cuidado con lo que dices! —exclamó él, indignado—. Si ahora me siento
como si estuviera robando una cuna, imagínate si hubiera pensado en seducir a una
chiquilla de quince años —atrajo con suavidad la cabeza de ella hacia su hombro—.
No te preocupes, un día nos daremos juntos un duchazo y eso borrará de tu memoria
el recuerdo de ese día en que nos viste a Julia y a mí.
Alexandra lo miró con ternura al pensar en su proposición.
—Esperaré impaciente ese momento.
—Creo que será mejor que te lleve a casa, antes de que falte a mis propias
reglas. Además, Trevor no tardará mucho en salir a buscarte. Son casi las dos de la

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mañana. Y no debemos empezar mal las cosas con él. Puede ser mi hermano, pero es
todavía tu tutor.
—Hasta que cumpla dieciocho años.
—Aun entonces, no me casaría contigo sin la autorización de ellos.
El que estuviera considerando la idea de casarse con ella era más de lo que se
había atrevido a esperar.
—¿Crees que Trevor se opondría a que me casara con su propio hermano?
Dominic alisó su alborotado cabello.
—Me conoce mejor que nadie. Sabe la vida que he llevado, las mujeres que he
tenido. Tiene muchas razones para oponerse.
—Pero no podía esperarse que no… no tuvieras mujeres. Eres un hombre muy
atractivo —sus ojos lo miraron fijamente—. Tengo todavía una imagen grabada de ti
en mi mente…
Los ojos grises de él se oscurecieron hasta volverse casi negros.
—Ven aquí —gruñó él, atrayéndola hacia sus brazos.
Su beso fue salvaje esta vez, exento de toda la gentileza que había usado antes
con ella y, sin embargo, Alexandra lo amó más por eso. Le encantaba la forma
exigente en que sus labios buscaban los suyos, la forma en que la intensa pasión que
se había despertado entre ellos amenazaba consumirlos.
Alexandra se estremeció ligeramente cuando Dominic desabrochó su blusa,
pero era un estremecimiento de pura delicia, no de temor, que aumentó cuando
acarició su pecho.
Ya no se encontraban de pie, sino que se habían tendido, uno al lado del otro,
en el sofá. Dominic parecía haber perdido todo deseo de resistirse a la tentación. Ella
nunca había sabido que podía haber tanta dicha en una caricia, jamás soñó que podía
sentirse así con un hombre, con el hombre que amaba.
Él levantó la cabeza, con los ojos vidriosos de pasión.
—¡Oh, Dios, Alex! Debía haberte mandado a tu casa hace horas… cuando
todavía tenía poder para resistirte.
—No quiero que te resistas. Continúa…
La mirada de él estaba llena de dolor.
—Lo sé… eso era lo que me temía. No quiero a ninguna otra mujer… mi
experiencia con Sabrina lo demostró. Pero podría hacerte mía ahora mismo, estar
horas contigo. Puedes sentir eso, ¿verdad? ¿Sientes la forma en que te deseo?
—Sí.
—¡Oh, Alex! —la boca de él se prendió a la suya, al mismo tiempo que oprimía
el cuerpo de ella contra la suavidad del sofá.

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Ahora se daba cuenta por qué Dominic había dicho que ella no amaba a Roger,
porque no deseaba acostarse con él. Sabía que amaba a Dominic porque en esos
momentos no habría opuesto la menor resistencia a que la hiciera suya. En realidad,
lo deseaba.
Finalmente él se levantó, con un suspiro.
—Si esto no acaba ahora mismo, voy a perder el control completamente.
—Te amo, Dominic —murmuró ella con voz ronca.
—Si me amas, Alex, entonces ayúdame —suplicó—. ¡Por favor, ayúdame!
—Pero, Dominic…
—¡Alex, por favor! —temblaba de pasión contenida.
Ella comprendió que lo decía en serio, comprendió que debía contenerlo,
porque de otra manera se enfurecería con ella después. No era fácil contener su
propio deseo, cuando había descubierto lo maravilloso que podía ser el amor.
Finalmente logró controlarse. Acunó la cabeza de él contra su hombro, mientras
él luchaba visiblemente para dominar la pasión. La respiración agitada de él fue
calmándose hasta que tomó su ritmo normal.
—Casi me paso de la raya —dijo con un suspiro, con la cabeza todavía en el
cabello de ella y el brazo rodeando su cintura—. Gracias por detenerme.
Ella le besó la frente.
—No quería hacerlo.
Su brazo la apretó.
—Lo sé muy bien, pero fue lo mejor —se levantó y se abotonó la camisa—. Te
voy a llevar a casa ahora, es muy tarde y Trevor no tardará en salir a buscarte.
—Él sabe dónde estoy —dijo arreglándose la ropa. Dominic sonrió.
—¡Por eso saldrá a buscarte! No creo que tenga mucha confianza en mí.
—No —aceptó ella riendo—. Pero la tiene en mí.
—Pues no debería tenerla —dijo é! muy serio.
—No, pero él no lo sabe. Ni lo sabía yo tampoco… hasta ahora. No sé cómo…
podré esperar meses enteros.
Dominic se alejó.
—Yo me encargaré de que lo hagas. Sé que no ha sido un buen ejemplo de
control el que acabo de darte, pero ahora estoy preparado. Al menos, me has
devuelto la confianza en mi habilidad para satisfacer a una mujer. No sé si te diste
cuenta de lo cerca que estuve de demostrártelo en ese sofá.
—Creo que sí —dijo Alexandra ruborizándose.
—Bueno, no vuelvas a arriesgarte tanto así. No lo permitiré.
—¿Quieres decir que no volveremos a estar solos?

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Los ojos de él se oscurecieron.


—No. No quise decir eso. Necesito besarte, tenerte en mis brazos, pero si
vuelvo a intentar algo más, tendrás que detenerme.
—No sé si podré.
—Inténtalo. Ven, te llevaré a casa —la tomó de la mano.
—No debes conducir. Has estado bebiendo.
—Estoy sobrio. Además, es tarde, no quiero que te vayas sola. Por cierto,
¿podemos ir a cenar a algún sitio mañana… quiero decir, hoy?
—Me encantaría… ¿Crees que debo hablar con Gail y Trevor sobre nosotros?
El la tomó en sus brazos con dulzura.
—No sabemos todavía qué podemos decir. Trevor tiene una idea de lo que está
sucediendo. Pronto se darán cuenta de que salimos juntos, de que somos algo
especial. Pero habrá tiempo suficiente en el futuro para hablar con ellos de
matrimonio. Ni siquiera sabemos si llegaremos a eso. Alexandra frunció el ceño.
—¿Tienes dudas todavía?
—En este momento, no. Pero tengo que estar seguro de que puedes resistir la
vida que llevo, antes de que hagamos planes definitivos. Alexandra dejó que la
llevara a su casa, deseando poder sentirse más segura de los sentimientos de él hacia
ella. A pesar de todo lo que había sucedido entre ellos esa noche, Dominic no le decía
aún que la amaba.

Alexandra no supo qué decir a su hermana al día siguiente, a pesar de que


estuvo pensando en ello todo el día. Le dijo que la habían invitado a cenar fuera y
comprendió que Gail había supuesto que se trataba de John. Gail adoraba a Dominic,
pero Alexandra sabía muy bien que su hermana conocía la reputación de él con las
mujeres y no estaba segura de cuál sería su reacción cuando supiera que estaba
saliendo con él.
Se había vestido con especial cuidado. Se compró un vestido negro esa tarde;
aunque Dominic no había dicho que sería una cena formal, para ellos era un tipo de
celebración. Y en seis meses más habría mucho más que celebrar, si ella se salía con la
suya.
Se había lavado el pelo y lo había recogido en un moño. La severidad del
peinado enfatizaba sus altos pómulos, el brillo de sus ojos azules y la generosa curva
de sus labios.
Entró en el cuarto de Gail para despedirse. Encontró a su hermana sentada en la
cama, entre almohadones, leyendo una revista. Bajó ésta al oírla entrar y lanzó un
silbido de admiración.
—¿Para quién te has puesto tan elegante? No debe ser para John, porque no
estás muy interesada en él —dio unos golpes a su cama, invitando a Alexandra a
sentarse junto a ella.

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—Tienes razón, no es para John. Es para… —Alexandra se detuvo al oír que


tocaban el timbre. El sonido de las voces llegaba con perfecta claridad hasta ellas.
Gail sonrió.
—No te preocupes, no es tu acompañante. Es sólo Dominic.
—Sí —dijo Alexandra con voz tímida.
—Así que, ¿con quién vas a salir hoy?
—Es Dominic —dijo ella de pronto.
—Ya lo sé. Pero me refería… —la mirada de Gail era incrédula—. ¿Me estás
diciendo que vas a salir con Dominic?
—Sí.
—Ya veo. Así que ya no lo odias.
Alexandra se echó a reír, con visible alivio. Al menos Gail no la estaba
ridiculizando.
—No creo que haya sido verdad. Tenía un tonto resentimiento infantil, que debí
haber olvidado hace años.
—¿Y él es la razón de que estos días parecieras un fantasma, no tu ruptura con
Roger?
—Sí —Alexandra se sentía aliviada ahora que la verdad empezaba a salir a la
luz.
—¿Por qué no lo dijiste? ¡Debes haber estado muriéndote dé angustia!
—¡Lo has dicho muy bien —admitió.
—¿No saldrás lastimada de todo esto? —Gail pareció preocupada—. Tú sabes
que Dominic no es exactamente el modelo de fidelidad. No me gustaría que fueras
otra de las mujeres rechazadas por él.
—Tal vez yo sea diferente —dijo Alexandra con ligereza.
—Me pregunto cuántas de ellas habrán pensado lo mismo —comentó Gail.
—Esperemos que ése no sea mi caso —Alexandra se puso de pie—. Me tengo
que ir, Gail. Dominic no es muy paciente.
En ese preciso momento entraron al dormitorio Dominic y Trevor.
—Por verte así creo que vale la pena esperar todo lo que tú desees —dijo
Dominic, con voz lenta, besándola ligeramente en las mejillas—. ¿Y cómo está esta
noche mi cuñada favorita? —se inclinó a besar a Gail.
—Un poco confusa, por el momento.
—¿Porque voy a llevar a cenar a Alex? —preguntó él, en tono ligero—. No te
preocupes, Gail. La traeré a casa temprano.
—¡No es eso lo que me preocupa!

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—Es sólo para ir a cenar, Gail, nada más —consultó el reloj de oro que llevaba
en la muñeca—. Será mejor que nos vayamos. Reservé una mesa para las nueve y el
sitio está un poco lejos. Nos veremos más tarde.
Una vez en el coche, Alexandra le miraba de reojo con todos sus sentidos
girando de emoción al ver lo atractivo que era.
Se volvió a mirarle.
—Estás muy callada.
—Hiciste parecer nuestra salida como algo… algo muy trivial —murmuró.
—¿Y eso te preocupó? —preguntó él.
—Sí.
Desvió el coche hacia un lado de la carretera y apagó el motor, antes de girar en
su asiento para volverse hacia ella.
—Lo siento, mi amor —acarició con su dedo pulgar la mejilla de ella—, no quise
hacer mucho alboroto, para no turbarte. ¿Me perdonas?
Ella inclinó el rostro sobre la mano de él.
—¡Oh, Dominic, te he echado tanto de menos!
El extendió un brazo alrededor de sus hombros y la acercó hacia sí.
—Yo también te eché de menos —dijo con voz ronca, acercando los labios al
cuello de Alexandra—. Me he pasado la mitad del día levantando el teléfono para
llamarte y arrepintiéndome de ello. No me bastaba con escucharte —sus labios
descendieron sobre los de ella, mientras sus manos tomaban su rostro con
suavidad—. ¡Dios mío, cómo necesitaba esto!
¡El la amaba, claro que sí, aunque no quisiera admitirlo todavía!
—Dominic, te amo —le dijo ella, con timidez.
El sonrió en la oscuridad.
—Si me dices eso con suficiente frecuencia, voy a terminar por creerlo.
Alexandra levantó el rostro, de modo que sus labios tocaran los de él.
—Te lo diré cuantas veces lo desees —le prometió.
El le tocó el pelo.
—¿Por qué te has recogido el pelo? Me gusta más cuando lo llevas suelto… me
gusta meter la cara en él.
Alexandra quitó el broche que sujetaba el moño y lo sacudió para que le cayera
sobre los hombros.
—¿Así está mejor?
Dominic asintió con la cabeza, expresando su aprobación.
—Mucho mejor.

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Se irguió en su asiento y se alejó de ella.


—Será mejor que sigamos… no estoy acostumbrado a seducir mujeres a un lado
de la carretera.
Alexandra se echó a reír con suavidad.
—¡ Pobre Dominic, reducido al nivel de nosotros, los demás mortales! —él puso
el motor en marcha y volvió a concentrarse en la carretera. ¿A dónde me llevas a
cenar?
—A un restaurante nuevo como a treinta kilómetros del pueblo. He oído decir
que es muy bueno.
Alexandra lo miró fijamente.
—¿Alguna razón especial para que vayamos tan lejos?
—No, excepto que me dijeron… —él se volvió repentinamente a mirarla por un
instante—. ¿Me estás acusando de tratar de esconderte en algún oscuro rincón? —
preguntó enojado—. ¿Es eso lo que crees, Alex?
—Bueno… pasó por mi mente esa posibilidad —admitiré con timidez.
—Entonces, mañana te llevaré a la cafetería del pueblo —contestó él con
brusquedad—. Eso te demostrará que no estoy tratando de ocultar nada.
—Fue sólo un pensamiento, Dominic. Yo no…
—Entonces, sácalo de tu mente. Te he dicho que quiero que la gente se
acostumbre a vernos juntos. Quería simplemente conocer este restaurante, es todo.
—Lo siento, Dominic. No debí haber dicho eso.
—No, no debiste —reconoció él, en actitud distante.
—Te amo —murmuró ella, con voz suplicante.
La dureza dejó su rostro al oírla y su cuerpo en tensión se relajó.
—Está bien, nos olvidaremos de ello esta vez. Pero no creas que me vas a
manejar a tu antojo diciendo que me amas. No siempre te va a dar resultado.
Pero lo había hecho esta vez y la cena que compartieron resultó muy agradable.
Dominic sabía muchas cosas y charlaron sin parar durante toda la comida, ajenos a lo
que les rodeaba y hasta cierto punto indiferentes a lo que estaban comiendo, aunque
Alexandra estaba segura de que había sido una comida deliciosa.
—El restaurante es excelente. Debes darle las gracias a la persona que te lo
recomendó —dijo ella mientras bebía un poco de vino que quedaba en su copa y
Dominic disfrutaba de un coñac.
—Se lo diré a mi amigo cuando lo vea —murmuró él, un poco burlón.
—¿Amigo?
—Creíste que era una mujer, ¿verdad? —adivinó él, correctamente—. Tus celos
son transparentes, querida mía. No tengo mujeres en esta zona. Todas están en
Londres.

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—Estaban… —corrigió ella—. Eso pertenece al pasado, ¿verdad?


—Después del chasco con Sabrina, sí.
—¿Es ésa la única razón? —preguntó ella—. ¿Porque tienes miedo de fallar otra
vez?
Los ojos grises de él la observaron por encima del borde de la copa.
—Después de lo de anoche, ¿todavía puedes preguntar eso?
Ella se ruborizó.
—No, me estoy portando otra vez de forma estúpida.
El se inclinó para colocar su mano encima de la de ella.
—Era una broma, cariño. Anda, vámonos de aquí. Quiero besarte otra vez.
Ella sonrió, porque también lo deseaba. Pero no pudo levantarse porque en ese
momento pasaba un hombre junto a su mesa y Alexandra esperó a que lo hiciera.
—¡Vaya, vaya, vaya! —dijo el hombre con voz pastosa—. Pero si es mi ex-chica
con su nuevo chico… —murmuró con sarcasmo.
Alexandra levantó los ojos hacia Roger y notó que estaba completamente
bebido.

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Capítulo 8
Alexandra había palidecido pero, pero Dominic parecía imperturbable.
—Young —dijo con frialdad—, le invitaríamos a nuestra mesa, pero nos
marchábamos en este momento.
—¿De veras? —Roger miró a Dominic con visible desprecio—. Supongo que ya
es hora de que las niñas como Alexandra se vayan a la cama.
—¡Roger! —gritó ella, turbada.
—Pero me gustaría saber a la cama de quién… —agregó Roger.
—Está usted borracho, Young, de otra manera lo habría tirado al suelo por ese
comentario—. Dijo Dominic furioso.
—¿Por qué? ¿Porque sé la verdad sobre vosotros?
—Es porque no sabe cuál es esa verdad que puedo disculpar sus majaderías —
las palabras de Dominic sonaban como verdaderos latigazos—. Ahora, ¿por qué no
se va a casa a esperar que se le pase la borrachera?
—Ya se me está pasando —dijo Roger, tambaleándose ligeramente—. Durante
cuatro meses estuve ciego… pensé que era real la inocencia aparente de Alexandra,
sólo para despertar de pronto y darme cuenta de su verdadera naturaleza. Espero
que se dé cuenta que está usted condenado al mismo destino. Yo fui destituido por
alguien más rico y más mundano; a usted probablemente lo sustituirá alguien más
rico y más joven.
Alexandra se sintió enferma y Dominic se puso mortalmente pálido.
—Quiero irme —dijo ella, con voz ahogada.
—Se da cuenta de que tengo razón, ¿verdad, Tempest? —Roger no podía
detenerse ya en sus acusaciones—. Usted es famoso, una personalidad de la
televisión, excita a Alexandra ahora; pero una vez que pase la novedad, ella se dará
cuenta que usted le dobla la edad. El desprecio de Roger se volvió ahora hacia
Alexandra.
—Tú eres una niña comparada con las mujeres que él ha conocido. ¿Cuánto
tiempo crees que podrás satisfacerle en la cama? —sacudió la cabeza—. Ha tenido
más mujeres de las que puede recordar y la mayor parte de ellas mucho más
experimentadas que tú.
—Dominic, por favor, ¿podemos irnos? —sus ojos estaban llenos de lágrimas.
—Dominic se erguía por encima del muchacho que se tambaleaba frente a él.
—Con mucho gusto —dijo con expresión sombría—. Creo que tu joven amigo
ha dicho suficiente para una noche —se acercó para retirarle la silla—. Adelántate, yo
me reuniré contigo en un momento.
—Pero…
—Vamos, Alex —insistió con firmeza—. Espérame afuera.

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Ella obedeció y esperó junto al coche. Hasta que él volvió un par de minutos
después. No sabía cuál iba a ser la reacción de Dominic.
—No creí que te vinieras hasta aquí —dijo él con cierta brusquedad abriendo la
puerta, para que ella entrara.
—¿Qué le dijiste a Roger cuando me vine? —preguntó ella en voz baja.
—No mucho —contestó él con frialdad, concentrando en apariencia en sacar el
coche del aparcamiento—. No quedaba mucho por decir.
—Pero… debes haberle dicho algo.
—Sí —reconoció él—. Le dije que si repetía cosas así cuando estuviera sobrio, lo
mataría.
—¡Dominic! —exclamó ella con voz ahogada.
—Ese muchacho necesita una lección y se la daré si vuelve a decir estupideces
como las que ha dicho esta noche.
—Te has quedado callada otra vez —comentó Dominic, rompiendo el
deprimente silencio que se había hecho entre ellas.
—No… no sé qué decir.
—Me gustaría saber qué impresión causó en ti lo que dijo de mí —murmuró él,
muy suavemente.
—¿En qué forma?
—¡En cualquier forma! Dios mío, Alex, deja de ser evasiva. Este es sólo el
comienzo de lo que nos espera, ¿sabes? Probablemente dirán cosas todavía peores,
aunque esperemos que la mayor parte no las digan en tu cara. ¿Vas a poder
resistirlo?
—No sé —admitió ella con expresión desventurada.
—Ahora, te das cuenta de por qué insistía en seis meses, antes de que
tomáramos ninguna decisión. No estoy seguro de que puedas resistir este tipo de
presión.
—¡Fue tan… tan grosero! —un gran dolor se reflejó en su voz.
Dominic rió con cierta esperanza.
—¿No crees que tiene derecho a serlo? Te ibas a casar con él, Alex. No puedes
esperar que domine lo que sentía por ti, sólo porque tú cambiaste.
—No, pero…
—No hay pero que valga, Alex —dijo él con frialdad—. Por fortuna yo no estoy
hecho de la misma madera que él. Si tú me traicionaras alguna vez, o me
desilusionaras, no tendrías una segunda oportunidad.
—No te desilusionaré, ni te traicionaré. No tienes mucha fe en mí, ¿verdad?
—No tengo fe en las mujeres. Te toca a ti demostrarme que estoy equivocado.

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—Esa es una terrible responsabilidad —dijo ella nerviosa—. Yo estoy muy lejos
de ser infalible.
—Creo que lo has demostrado con toda claridad.
—¿Por qué eres tan cruel conmigo? —preguntó ella.
—¡Porque en estos momentos me siento cruel, malvado, de lo furioso que estoy!
Ese tonto muchacho se refirió a mí como si fuera un viejo sátiro que te ha seducido.
Ella sonrió un poco.
—Cuando en realidad la que te sedujo fui yo. Roger se escandalizaría de ver la
forma en que me he arrojado a tus brazos. Quisiera que pudiéramos escondernos seis
meses del mundo —dijo, poniendo su mano en el muslo de él—, y que nadie nos
volviera a ver hasta que estuviéramos ya casados —sintió que él se ponía tenso bajo
su contacto, pero no retiró la mano.
El enojo desapareció del rostro de él.
—Yo sé lo que haríamos si nos encerráramos seis meses —murmuró
suavemente—. Pero esconderme es lo que no intento hacer por ahora. ¿Quieres dejar
de hacer eso? —murmuró con voz ronca, mientras ella acariciaba su muslo.
—¿Por qué?
—Porque si no lo haces te vas a convertir en la primera muchacha que he
tratado de violar dentro de un coche —aspiró con fuerza una bocanada de aire.
—No sería violación.
—Si supieras como me siento en estos momentos, lo considerarías así. ¡Basta,
Alex! No juegues conmigo.
—¿Los juegos a los que se refería Roger? —preguntó en tono de broma.
Dominic frunció el ceño.
—¡Qué imaginación la de ese chico! ¡Creerá que voy a orgías todas las noches, o
algo parecido!
Ella siguió acariciándole.
—¡Oh, no todas las noches! —sacudió ella la cabeza—. Sólo cada tres días —
añadió con aire travieso.
—Tiene una idea muy equivocada de mi vida íntima. Me gusta, cuando
despierto por la mañana, recordar con quién dormí la noche anterior.
—Lo sabrás sin duda en el futuro. Será conmigo, o con nadie.
Él se echó a reír.
—Pareces muy segura de ti misma.
—Tengo que estarlo. Tú no tienes ninguna confianza en mí.
—Alex, ¿quieres estarte quieta ya? —gimió ante las caricias de ella—. Me
imagino aparcados a un lado de la carretera, conmigo tratando de explicar a un
policía cómo me sedujiste. No sé, pero sospecho que no me creería.

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—¿No te gusta que te acaricie? —preguntó ella con aire travieso.


—Sí —contestó él, rechinando los dientes—, pero no cuando estoy
conduciendo.
—Está bien —ella retiró la mano—. Esperaré a que lleguemos a casa.
—No… Trevor podría salir a recibirnos y yo le prometí que nada inconveniente
iba a suceder entre nosotros.
—Yo me refería a tu casa.
—No vamos a ir a mi casa —le dijo con firmeza.
—Pero apenas son las once. Es muy temprano para volver a mi casa.
—Prometí a Gail que no llegarías tarde.
—Pero no es tarde —insistió ella—. Quiero estar a solas contigo.
—Eso es lo que temo —Dominic sonrió ante la expresión ofendida de ella—. Tú
sabes por qué. No me siento seguro a solas contigo… o más bien, tú no estás segura,
a solas conmigo.
—Pero quiero que me beses.
—Sé muy bien lo que quieres. Pero ya te besé una vez esta noche y debemos
conformarnos con eso por ahora. Ya hemos llegado —detuvo el automóvil frente a la
entrada—. Comeremos juntos mañana y después te llevaré de compras —sugirió él.
—¿Vamos a comer en tu casa? —preguntó ella ansiosamente.
—No —le tocó la nariz en un gesto juguetón—. Lo haremos en el pueblo, antes
de que me lleves a rastras a las tiendas.
—¿No tienes confianza en ti ni siquiera durante el día?
—No confío en ti a ninguna hora —dijo sonriendo, ante la expresión indignada
de ella.
—Ya lo he notado —contestó ella secamente—. Ni siquiera has apagado el
motor.
—Es que no tengo intenciones de detenerme.
—¿No vas a entrar a tomar café? Los muchachos con los que salía generalmente
entraban a tomar café.
—¿De veras? Bueno será mejor que siga su ejemplo —apagó el motor—.
Tenemos que hacer todo de acuerdo con la costumbre. Hace años que no tenía novia.
Bueno, jovencita, tomaré una taza de café y entonces me marcharé, diez minutos
sólo.
Alexandra abrió la puerta de su casa y entraron. Trevor había dejado encendida
la luz de la cocina para ella.
—¿Cómo te gusta el café? —preguntó ella en un susurro.
—Negro, sin azúcar —contestó él, susurrando también.

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—Entra en la sala y te lo llevaré enseguida —le dijo ella con suavidad.


Volvió a la sala unos minutos después. Colocó la bandeja del café en una mesita
frente a él, antes de volver, para cerrar la puerta.
—Toma —le entregó una taza de café humeante.
Dominic se sentó casi en la orilla del sofá.
—¿Por qué estamos susurrando? ¿No podemos hablar normalmente?
Alexandra sonrió.
—Eso es parte de la diversión —dijo ella, acurrucándose en el sofá junto a él,
con la cabeza en su hombro—. Hablando así, es más emocionante.
El se volvió a besarla.
—Para mí ya lo es suficientemente gracias —murmuró él—. Además, creo que
terminará por dolerme la garganta.
Ella acercó otra vez sus labios a los de él. Él le dio un beso ligero y se levantó.
—Me voy, Alex, buenas noches. Mañana a las doce en punto debes estar lista.
—Dominic —ella lo miró por encima del respaldo del sofá—. ¿Vas a dejarme?
La luz se apagó repentinamente, dejando la habitación bañada sólo por la luz
de la luna.
—No —reconoció con un suspiro—. No, no voy a dejarte, todavía… —volvió a
su lado—. Eres salvaje e indómita y nadie debía tratar siquiera de cortarte las alas. El
matrimonio con Roger Young te habría ahogado —le retiró el cabello de la cara con la
mano—. Yo no te ahogaré, mi amor.
—Yo sé que no lo harás.
—Otra vez estamos hablando en susurros.
—Lo sé —los ojos de ella brillaron en la oscuridad—. Pero éste es un tipo
diferente de susurros.
Los labios de él se posaron en su mejilla y después descendieron a sus labios
entreabiertos.
—¡Te deseo! Te he estado deseando toda la noche y tú no has hecho muy fácil
para mí combatir ese problema.
Alexandra se recostó en el sofá, atrayéndolo hacia ella. Después acarició su
cabello en la nuca.
—¿Te dije lo guapo que estabas?
—No.
—Bueno, esta noche estabas muy atractivo… Pero, siempre estás así, siempre…
¡Oh, Dominic! Te amo tanto…

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—Pero no debías permitirme tantas libertades contigo —murmuró él, mientras


deslizaba uno de los tirantes de su vestido. Me gusta tu cuerpo… lo que he visto de
él.
—¡Dominic! —ella inclinó la cabeza sobre su hombro.
—No más… —dijo él y la besó brevemente en los labios antes de ponerse de
pie—. Supongo que ahora tendré que salir de la casa furtivamente —dijo burlón.
—¿De veras te vas? —preguntó ella angustiada.
—Sí, me voy —se puso la chaqueta.
—Pero…
—No, Alex —murmuró él con suavidad, mirándola.
—No te gusta divertirte —dijo ella, haciendo un mohín.
Los ojos grises de endurecieron de manera visible.
—Podría darte ahora mismo tanta diversión, que te asustaría —dijo con voz
ronca—. Ahora, me voy precisamente porque no quiero hacer eso.
—¿No quieres asustarme?
—Eso, entre otras cosas. No te molestes en acompañarme. Yo sé el camino.
Alexandra tuvo que correr para alcanzarlo, porque el enfado lo hacía moverse
con mayor rapidez.
—¿Vamos a salir mañana?
—¿Hay alguna razón para que no lo hagamos? —preguntó él con frialdad.
—Yo… no estaba segura.
—Dije a las doce… a las doce será.
Ella se quedó de pie en el umbral, mientras él se marchaba sin decir una palabra
más. Ella pensó lo inapreciable que era el hombre del que se había enamorado.
Apagó las luces que aún quedaban encendidas y subió lentamente a su
dormitorio.
Cuando Gail le preguntó cómo había sido la velada. Alexandra decidió recordar
sólo la parte amable de ella, antes del encuentro con Roger, y pudo decir a su
hermana que había sido perfecta. Sin embargo, no se atrevió a decir que iba a salir a
comer con Dominic, porque ya no se sentía muy segura de que él vendría a buscarla.
Sin embargo, a las doce en punto Dominic apareció como si nada hubiera
sucedido, riendo y bromeando con Gail y con Trevor. Se mostró un poco reservado al
dirigirse a ella, pero los otros dos no parecieron notarlo.
—Hace muy buen día, ¿verdad? —exclamó una vez que estuvieron en el coche.
—Sí —él parecía muy concentrado en la carretera.
—¿A dónde vamos a comer?
—Pensé que podíamos hacerlo en un pub —dijo sin interés.

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—¡Oh, me parece perfecto! —ella le dirigió una brillante sonrisa.


—Te conformas en seguida —la voz de él era inexpresiva.
—Sí, eso debe ser —las lágrimas brillaron en sus ojos de pronto.
—¿No lo ves? —preguntó él, sombrío.
—¡No! —ella se volvió furiosa, en su asiento—. ¿Qué te pasa?
El lanzó un profundo suspiro.
—Tal vez he decidido que no me gusta la responsabilidad de que los
sentimientos de otra persona se mezclen en mi vida, después de todo.
Ella sintió la boca repentinamente seca.
—¿Estás seguro de eso?
El se encogió de hombros.
—He dicho que tal vez…
—Entonces, detén el coche y me bajo. Eres un cobarde, Dominic. La vida que
llevas, el trabajo que realizas… cualquiera esperaría que fueras valiente y audaz;
pero cuando se trata de relaciones personales, eres un cobarde. Parecería ridículo
decirlo, pero tienes… ¡miedo de la vida!
—No sabes lo que estás diciendo —dijo enojado.
—¡Sí lo sé! Te hicieron daño una vez, así que no quieres intentarlo de nuevo. Si
eso no es huir de la vida, no sé qué puede ser.
—Marianne no me hizo daño —dijo con desdén—. Yo la despreciaba, la odiaba.
—Pero tú…
—Nunca estuve enamorado de ella. Ella me dijo que iba a tener un hijo mío y
yo fui lo bastante tonto como para creerle y casarme con ella. Cuando comprendí que
me había engañado, me sentí asqueado. No la volví a tocar nunca. Por eso procuré
estar fuera del país. No tenía nada que me retuviera aquí. Diez meses después de que
nos habíamos casado, Marianne me dijo que estaba embarazada —su boca hizo un
gesto de profundo desprecio—. Esperaba que yo me hiciera cargo del niño.
—Pero, tú eras su marido.
—¡Vaya marido era yo! No podía soportar el tocarla siquiera. No me había
acercado a ella en cinco o seis meses y aunque había seguido con la farsa de nuestro
matrimonio, no estaba dispuesto a participar en ese juego. Nos divorciamos y al cabo
del tiempo ella se casó con el padre de la criatura.
—No sabía yo —dijo Alexandra en voz muy suave—. Yo había supuesto…
—Como la mayor parte de la gente, supusiste que yo era el culpable del fracaso
matrimonial. Pero tienes razón en una cosa: tengo miedo. Sí, tengo miedo de la vida
doméstica y de todo lo que entraña.
—Yo te he dicho que no tienes que casarte conmigo —le recordó ella.
—¿Y crees que Trevor aceptaría eso?

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—No le pediría permiso.


—¡Eres una endemoniada tonta! —Dominic dio la vuelta hacia uno de los
senderos laterales y aparcó el coche entre los árboles, donde no podían verlos—.
¡Endemoniada, tontuela! —repitió con voz que reflejaba un dolor intenso—. No te
merezco, Alex. Eres demasiado inocente y vulnerable para que yo te pisotee.
—Entonces, no lo hagas.
—No puedo evitarlo.
—¿Prefieres llevarme a casa?
—¡No! —negó él con brusquedad y la tomó con fuerza de los brazos—. Me pasé
despierto toda la noche preguntándome por qué te había dejado anoche en la forma
en que lo hice. Creo que fue porque dijiste que no me gustaba divertirme. Esas eran
las palabras exactas que usaba Marianne porque me negaba a acostarme con ella.
—¡Oh, Dios mío, y yo hice lo mismo! —el rostro de Alexandra se puso muy
pálido—. Lo siento, Dominic.
—No, soy yo quien lo siente. —La tomó con fuerza salvaje en los brazos—. He
pasado toda la noche en el infierno, pensando que tal vez te había perdido. Tengo un
genio endemoniado y me desquité contigo sólo porque dijiste algo que me hizo
recordar el pasado. Tú no eres como Marianne, pero cuando dijiste eso…
—No lo sabía. No me di cuenta. Sólo estaba bromeando contigo.
—Lo sé —gimió Dominic hundiendo la cara en el caballo de ella—. Pero pagué
mi mal genio con una noche de insomnio. Siento mucho haberte lastimado.
—Me sentí más confusa que lastimada —confesó ella—. No lograba decidir qué
era lo que había hecho mal.
—No habías hecho nada —tomó el rostro de ella entre las manos—. ¿Crees que
podrás resistir mis malos humores?
Alexandra le sonrió titubeante.
—Siempre y cuando me hagas el amor después…
—Como me gustaría hacértelo ahora. Esto no está mejorando mi carácter, me
temo… esto de estar tratando de controlarme continuamente.
Ella se inclinó hacia adelante, para besarlo en los labios.
—Entonces, te ayudaré.
—No, así no me ayudarás, ¿verdad?
—Exactamente así —murmuró ella, adhiriéndose a su boca.
Cuando Alexandra se separó un momento, gimió:
—Estás yendo otra vez demasiado lejos.
Como hipnotizado vio cómo ella le desabrochaba lentamente la camisa, para
que quedara al descubierto su pecho, y acariciarlo con la punta de los dedos.
—¡Alex! —la boca de él se deslizó por el cuello de ella.

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—No voy a detenerme, Dominic. Tú eres él que te estás negando, no yo.


Siempre he soñado con tener un marido, hijos, un hogar propio —su voz se
suavizó—. Pero no son tan importantes para mí como para arriesgarme a perderte
por ellos. Podía haber tenido todo eso con Roger, pero prefiero tener unos meses de
dicha contigo, que todo lo demás.
—¡Oh, cariño! —gimió él—. No hagas las cosas tan fáciles para mí. Hazme
sudar un poco. Debía estar de rodillas ante ti, por los malos ratos que te hago pasar,
por la forma en que me vuelvo contra ti a la menor provocación. Si no fuera porque
también tú tienes tu genio, caminaría sobre ti.
—Hacemos una feroz combinación —murmuró ella.
—¿Todavía estás dispuesta a casarte conmigo?
—No quieres matrimonio… —le besó el pecho—. Esto es lo que quieres —le
recorrió el cuello con la boca, deteniéndose un poco en la mandíbula, antes de
acercarse titubeante a su boca—. ¿Verdad que sí, Dominic?
—Sí. ¡Sí, sí, sí! —la empujó contra el asiento, oprimiéndola con su peso.
—Entonces tómalo, Dominic, mi amor —lo alentó ella—. ¡Tómalo!
—Creo que voy a tener que hacerlo —dijo él en un susurro.
Alexandra no ofreció resistencia alguna cuando Dominic la obligó con sus besos
a separar la boca, mientras sus manos se deslizaban libremente por el cuerpo de ella.
—¡Dominic! —sintió como si una ola enorme estuviera brotando en su interior,
produciéndole una mezcla de placer y dolor, y tuvo la impresión de que una presa
estaba a punto de reventarse y los ahogaría a ambos.
—¡Oh, Dominic, te amo! ¡Te amo!
El no parecía haberla oído. Su cabeza rubia estaba inclinada frente a ella; miraba
con seria intensidad la belleza de su cuerpo.
—¡No puedo hacerte el amor aquí! —gimió, con su frente pegada a la de ella—.
¡No puedo hacerte eso a ti! Cuando suceda, quiero que no haya dudas entre nosotros.
Te quiero como mi esposa… no así.
—Pero habíamos quedado en que el matrimonio no es lo que tú querías.
—Contigo sí —recorrió con la mirada el rostro encendido de Alexandra,
tocando con suavidad sus labios que había besado con excesiva brusquedad—. Te
lastimé —la besó con ternura.
—A mí me gustó.
Dominic se sentó y la ayudó a imitarlo.
—Lo sé —dijo con una sonrisa—. Supongo que necesitaré relajarme otra vez.
Creo que no he hecho otra cosa en los últimos dos días —su mirada se hizo más
profunda.
Alexandra se estiró el vestido, llena de turbación.

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—Creo que este vestido nunca va a recuperar su forma original —trató sin
éxito, de arreglar el escote para devolverle su forma original. Dominic se echó a reír.
—Te compraré uno nuevo.
—¡Claro que no!
—¿Por qué? —preguntó él, arqueando las cejas.
—Porque no quiero regalos tuyos. ¿Para qué vamos entonces de tiendas esta
tarde? ¿Tienes que comprar algo?
El se encogió de hombros, ya completamente recuperado.
—Sólo si veo algo. Estoy tratando de actuar como un novio normal. Estoy
seguro de que el joven Young te llevaba a las tiendas los sábados.
—Pues sí, pero…
—Entonces es lo que haré. Pero vamos a comer primero —le dirigió una mirada
burlona—. Me has dado hambre, nena —y se echó a reír al ver que ella se ruborizaba.
Comieron en un pub, como Dominic había sugerido. Después de comer y
mientras esperaba que Dominic saliera de una tienda, Alexandra vio a la madre de
Roger.
Su rostro se iluminó con una sonrisa llena de cordialidad, pero sólo recibió a
cambio una mirada fría.
—Buenas tardes, señora Young.
—Alexandra —ella hizo un movimiento de cabeza, con aire distante.
—¿Está usted bien? —insistió Alexandra.
—Gracias, sí.
—¿Y el señor Young está… ? —se interrumpió cuando vio que la atención de la
señora Young se había desviado hacia algo que estaba viendo por encima del
hombro de Alexandra, con el rostro rígido, lleno de desprecio. Alexandra se volvió y
vio que Dominic se dirigía hacia ella.
—¡Así que estás aquí con él! —siseó la señora Young—. Mi hijo ya no es lo
bastante bueno para ti, ahora que lo tienes interesado a él. ¡Es asqueroso! —
dirigiendo una mirada de desdén a Alexandra, se marchó.
Dominic puso un brazo alrededor de sus hombros y depositó un pequeño
paquete en su mano.
—Para ti.
Todavía estaba pálida por su encuentro con la señora Young.
—¿Qué es?
—Ábrelo y verás.
Quitó la envoltura del paquete y encontró un estuche de joyería. Al abrirlo
apareció un brazalete de oro, con cinco brillantes.

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—¡Es precioso, Dominic! —lo sacó del estuche—. ¡Realmente precioso! Pero no
debiste habérmelo comprado.
—Considéralo un regalo de cumpleaños adelantado —notó la palidez del rostro
de ella por primera vez—. Oye, ¿qué te pasa?
Le dirigió una débil sonrisa.
—Acabo de encontrarme a la señora Young.
—Y me imagino que te expresó en términos nada agradables su opinión sobre
tu ruptura con su hijo —sugirió.
—Sí —contestó Alexandra con voz ronca.
—Ven, vamos a casa. Creo que has tenido suficiente por hoy.
No volvieron a mencionar a la señora Young y hablaron de muchas otras cosas
en el camino de regreso a casa de Alexandra. Pero Alexandra no había podido
olvidarlo tan fácilmente como Dominic parecía haberlo hecho. Se daba cuenta ahora
de lo que él había querido decirle respecto a las habladurías de la gente.
Iba riendo con Dominic cuando entraron en casa. Pero sus risas se convirtieron
rápidamente en silencio cuando un grito desgarrador llenó la casa.
—¿Qué diablos…? —Dominic dio un paso adelante.
Trevor apareció en lo alto de la escalera. Un Trevor pálido, con el cabello
desordenado y los ojos llenos de lágrimas.
—Es Gail —dijo con voz ahogada—. Algo ha sucedido… el niño va a nacer.
¡Oh, Dios, pero algo viene mal! —exclamó, y otro terrible grito de dolor rasgó el aire.

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Capítulo 9
—¡Dios mío! —Dominic estaba casi tan pálido como Trevor—. ¿Has llamado a
una ambulancia?
—Por supuesto. Pero no sé si la podremos mover.
—¿No puedes hacer nada? —preguntó Alexandra pasando frente a los dos—.
¡Escúchala como sufre!
—Eso ha estado haciendo los últimos quince minutos —dijo Trevor con voz
ahogada.
—Lo siento, lo siento tanto. ¡Iré con ella!
—¿Trevor? —preguntó Dominic a su hermano.
—Sí, sí, entra —contestó como en un sueño—. Voy a bajar y a llamar a la
ambulancia de nuevo. Les dije que era una emergencia. Ya debían estar aquí.
Bajó corriendo la escalera.
—Ve con él. Dominic —dijo Alexandra alentadora—. Está a punto de
desplomarse.
—No me sorprende. Demonios, yo no podría soportar algo así —había
verdadera tortura en los ojos de Dominic—. Si nos casamos algún día, no vamos a
tener hijos.
—Este no es el momento de discutir eso, Dominic. Baja con Trevor. Él puede ser
médico, pero es diferente cuando se trata de su propia mujer.
—Ella es tu hermana.
—Yo me las arreglaré.
Alexandra no estaba tan segura de sí misma como creía, cuando entró en la
habitación de Gail. El dolor debía ser terrible, a juzgar por sus ojos febriles y la forma
en que tenía recogidas las rodillas sobre su cuerpo.
—¡Oh, Dios mío! —exclamó cuando otro espasmo de dolor sacudió su cuerpo y
se aferró a la mano de Alexandra como si fuera su tabla de salvación. La soltó cuando
el dolor se calmó—. Lo siento —bajó la mirada hacia la mano que había dejado
blanca por la presión—, ¡soy un fastidio!
—El niño desea nacer, eso es todo.
—No sé si va a nacer —dijo Gail con voz entrecortada.
—¡Claro que sí! —contestó Alexandra.
Gail sonrió débilmente.
—No soy tonta, Alexandra querida. No he sido la mujer de un médico tres años
sin aprender nada. Además, Trevor nunca se deja dominar por pánico. Siempre es
tan tranquilo y eficiente… y míralo cómo está ahora.

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—Es que nunca había sido padre —murmuró Alexandra.


—No —aceptó su hermana—. Pero algo viene mal, estoy segura de eso. Los
dolores no debían ser tan frecuentes ni tan intensos.
Trevor apareció en el umbral de la puerta.
—La ambulancia viene ya hacia aquí… la primera tuvo que detenerse a atender
un accidente de tráfico —se acercó a su esposa y le tomó la mano—. Todo saldrá
ahora bien, cariño… pronto te tendremos en el hospital. Baja a acompañar a Dominic,
Alexandra. Yo me quedaré con Gail.
Ella comprendió que Trevor quería estar solo con su esposa, así que ella
obedeció y encontró a Dominic en la sala, con un vaso de whisky en la mano.
—¿No quieres un trago? —le preguntó.
—Uno de nosotros debe estar en condiciones de conducir el coche. No
podremos ir todos en la ambulancia. Tal vez vaya Trevor con Gail, pero nosotros
tendremos que ir en coche.
Dominic se llevó una mano al cuello, como si le doliera.
—No pensé en eso —dijo con voz ronca.
—¿Sabe Trevor qué es lo que le pasa a Gail?
—Dice que el niño viene en mala posición. —Bebió un trago grande del whisky.
—¡Oh, no! —la desolación de Alexandra era obvia.
—¿Sabes qué significa eso?
—No sé mucho, pero creo que es peligroso para el niño y para ella. Es muy
probable que tengan que operarla.
—Con razón está sufriendo tanto —murmuró Dominic.
—Creo que ha llegado una ambulancia —dijo Alexandra caminando hacia la
puerta—. Aunque Trevor no está seguro de que puedan moverla.
—¡Pero, no pueden operarla aquí!
—Tal vez tengan que hacerlo.
Había llegado a la puerta, para dejar pasar a los enfermeros y al médico. Los
condujo directamente al dormitorio de Gail.
Dominic y Alexandra esperaron ansiosos abajo, mientras los dos médicos
consultaban. Trevor era médico, pero el hombre que estaba con él era especialista en
ginecología. Alexandra esperaba que la llevaran al hospital, porque allí era más fácil
ayudarla.
—¿Qué diablos están haciendo arriba? —exclamó Dominic en determinado
momento—. ¿Por qué no hacen algo y dejan de hablar?
—Cálmate, Dominic —Alexandra trató de tranquilizarlo—. ¡Cualquiera
pensaría que es tu esposa la que está teniendo el niño —trató de bromear aunque ella
se sentía profundamente preocupada.

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—Nunca voy a hacer que una mujer pase por eso.


—No siempre es así —murmuró ella con suavidad.
Cuando escucharon otro de los gritos desesperados de Gail, él se estremeció.
—¡Nunca! —repitió con voz ronca.
Trevor entró en la habitación.
—Vamos a trasladarla al hospital ahora mismo. Trataré de hacer que el niño
gire, cuando lleguemos allí. Es ya demasiado tarde para detener el parto. El niño va a
nacer hoy.
La sala de espera del hospital era blanca y desnuda. Ambos estaban demasiado
preocupados para entretenerse con las revistas que había esparcidas sobre la mesa.
Gail había sido llevada a la sala de maternidad y Trevor estaba con ella. No podían
hacer otra cosa que esperar.
—Estos lugares son siempre tan silenciosos —comentó Dominic malhumorado,
acercándose a la ventana. Miró hacia afuera, sin ver.
—No eres muy tranquilo en ciertas ocasiones —comentó Alexandra.
—No cuando se trata de alguien a quien yo quiero. Gail es como una hermana
para mí.
—Bueno, ella es mi hermana —dijo con voz ahogada.
Un instante después él estaba a su lado, abrazándola.
—Lo siento, Alex. Soy un desconsiderado. Es que todo fue tan rápido.
Estuvimos tan tranquilos de compras y en un momento… bueno, aquí estamos.
Ella contempló el brazalete, que tenía en la muñeca.
—Creo que no te di las gracias por esto.
—Estabas alterada —murmuró él, comprensivo.
—Sí. Es un regalo de cumpleaños un poco temprano —comentó ella,
recordando la excusa que él le había dado—. Es precioso… aunque te dije que no
quería que me compraras nada.
—¡Yo te compraré lo que se me venga en gana! Tú eres… —se interrumpió al
ver que Trevor entraba tambaleante—. ¡Oh, Dios mío! ¿Y ahora qué?
Trevor se dejó caer en una silla.
—No pudieron dar la vuelta el niño —los miró con ojos torturados—. Tendrán
que elegir entre Gail o el niño.
—¡Oh, no! —Alexandra sintió débiles las piernas.
—Y les dijiste que salvaran a Gail, por supuesto —murmuró Dominic.
—¡Pues, claro que hice eso! —dijo Trevor con impaciencia, como si la pregunta
fuera innecesaria—. Pero Gail quiere que salven al niño. No deja de gritarles que
salven al niño —su voz se quebró—. ¡No puedo escucharla!

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—¡Demonios, Gail no puede decir eso… no pueden hacerle caso! —estalló


Dominic con exasperación salvaje—. Ella puede tener otros niños… pero solo hay
una Gail.
—Lo sé, lo sé… —Trevor se puso de pie—. Debo volver con ella. Os avisaré
cuando… si… bueno, os avisaré —y salió corriendo de la sala.
—¡Dios mío, me siento tan inútil! —exclamó Dominic un momento después—.
No hay absolutamente nada que pueda hacer. No me gustan estas situaciones.
—¡Basta, Dominic! —dijo Alexandra con voz firme—. Otras personas también
pasan por esto. Piensa cómo debe sentirse Trevor. Él es médico y, sin embargo, no
puede hacer nada. Tiene que sentarse a esperar, como nosotros.
—¡Oh, Alex! —la atrajo hacia sus brazos—. ¿Por qué las mujeres eligen pasar
por cosas así?
—No todas lo hacen. Por favor, Dominic, no te preocupes —acarició con una
mano el cabello alborotado de él.
—Tú nunca me pondrías en una situación así, ¿verdad?
—No puedo prometer eso, no sería justo pedírmelo.
—Pero los niños no son necesarios en un matrimonio —insistió él—. Al menos,
no lo serán en el mío.
—No estamos casados todavía —le recordó ella.
—Cierto.
—Estás dejando que esto altere tu buen juicio. Y éste no es el momento
adecuado para discutir las cosas… no, cuando Gail está allí adentro, luchando por su
vida. Yo quiero… quedarme aquí esperando, muy callada.
—Como dijiste, no estoy actuando muy bien, que digamos —su mirada se hizo
distante—. Volveré más tarde.
Alexandra lo miró, atontada.
—¿A dónde vas?
—Afuera, lejos de aquí.
—Pero, ¡no puedes irte ahora!
—Volveré pronto, Alexandra. ¡Tengo que tomar un poco de aire!
No había vuelto aún cuando Trevor, cansado pero triunfal, entró en la sala de
espera.
—¡Es un varón, Alexandra! Un hermoso y saludable niño… ¡vivo! —exclamó,
con el rostro iluminado por una gran sonrisa—. Y Gail está bien.
—¿Tuvieron que operar? —preguntó ella.
—Era la única forma. ¡Pero los dos están vivos, Alexandra! ¿No es maravilloso?
—Realmente maravilloso —aceptó ella y sus ojos se llenaron de lágrimas—.
¿Puedo verla ahora?

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—Está dormida, bajo el efecto de la anestesia. Creo que no despertará hasta


mañana. ¿Dónde está Dominic?
—No pudo resistir más tiempo la tensión. Salió a tomar el aire.
—No lo culpo. Pero Gail fue tan valiente, tan valiente. Y el niño es tan hermoso
—dijo Trevor, radiante.
—Él te lo agradecerá cuando sea mayor —bromeó ella.
—Tienes que verlo, Alexandra. Está en la sección de niños.
—Pero Dominic se preguntará a dónde hemos ido —murmuró ella.
—No, no lo haré —dijo él a sus espaldas—. Supongo que todo ha salido bien,
¿verdad? —preguntó a su hermano.
—Todo está bien —sonrió Trevor—. Venid a ver a mi hijo. Gail no puede ser
molestada por el momento… necesita mucho descanso.
Dominic lo contempló con visible curiosidad.
—Supongo que no tiene nombre todavía…
—Oh, sí —dijo Trevor riendo; era obvio el alivio que sentía ahora que había
pasado el peligro—. Gail se mostró muy firme sobre eso, antes de que le
anestesiaran. Se llama Alexander Dominic —les informó muy orgulloso.
—Me siento halagado —sonrió su hermano.
—Es un nombre precioso —dijo Alexandra, emocionada.
Volvieron a la sala de espera.
—Tengo que ir a hacer unos arreglos para que me instalen aquí —dijo con aire
de preocupación—. No me voy a hacer muy popular, entrando y saliendo, como si
fuera un hotel…
—¿Vas a vivir otra vez en el hospital? —era algo que no se le había ocurrido a
Alexandra.
—Tendré que hacerlo. Gail va a pasar aquí varias semanas. Quiero estar cerca
de ella y del niño.
—¿Quieres decir que Alexandra tiene que volver a vivir conmigo? —preguntó
Dominic con aire distinto.
—Si no te causa demasiada molestia —contestó Trevor vagamente—. No puede
quedarse sola en casa.
—No me importaría… —empezó Alexandra.
—Creo que ya discutimos eso una vez, Alexandra —dijo Dominic con
frialdad—. Y el resultado será el mismo.
—Puedo quedarme en casa —dijo suavemente, una vez que ella y Dominic
entraron en el coche.
—Todo está decidido —exclamó él con violencia.

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—Pero yo… es diferente esta vez. Nosotros… tú y yo…


—¿Sí? —preguntó él bruscamente.
—Nada —murmuró ella.
—Ibas a decir algo, Alexandra.
—No es nada importante.
—Muy bien —él pareció considerar el asunto concluido—. ¿Quieres que te lleve
a tu casa a recoger tu ropa?
—Sí, por favor —bajó la vista hacia sus manos, consciente de que las cosas entre
ellos habían cambiado—. Después iré en mi propio coche.
—Te puedo llevar yo ahora mismo.
—¡No! —su voz fue más brusca de lo que ella pensaba—. No, necesito mi coche.
—Está bien —asintió él—. Te veré más tarde, entonces.
Ella lo miró suplicante.
—¿Por qué no vienes y charlas conmigo mientras hago la maleta?
—Tengo trabajo que hacer. He estado descuidando mi trabajo en los últimos
días.
—¡Oh! —Alexandra sabía que ella había sido la razón de que no hubiera estado
trabajando normalmente—. No tardaré mucho.
Dominic asintió con frialdad.
—Le diré a Charles que prepare tu habitación.
Alexandra pensaba que Dominic nunca diría que la amaba. Se había alejado de
ella, temporal o permanentemente y no sabía cómo podría soportar su frialdad,
después de los momentos tan apasionados que habían compartido.
Aunque llegó a la casa de Dominic casi a la hora de cenar, no le vio. Por Charles
se enteró de que estaba en su estudio, trabajando, y que había pedido que le llevaran
la cena allí y que no le interrumpieran. Alexandra se negó a cenar, alegando que
tenía dolor de cabeza, y se acostó temprano. Tampoco lo vio cuando bajó a
desayunar al día siguiente y Alexandra decidió ir a ver a Gail.
El niño dormía tranquilamente en su cunita, junto a la cama de Gail, con las
manitas enroscadas sobre la colcha. Tenía el cabello rubio, fino y rizado.
—Es precioso —sonrió, llena de ternura.
—¿Verdad que sí? —Gail se encontraba sentada, apoyada sobre las
almohadas—. Aunque no estaba así hace una hora. No dejó de llorar mientras
Dominic estuvo aquí. ¡Y yo que quería que le causara buena impresión!
Alexandra acarició la camisa del bebé. Así que Dominic había ido a ver a Gail
sin decirle nada. Esto demostraba que se había perdido toda intimidad entre ellos. Se
volvió hacia su hermana.

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—Todos estábamos muy preocupados por ti ayer —le dijo—. Nos diste un susto
terrible.
—Eso me comentó Trevor. Pero mereció la pena por el niño.
—Me siento muy halagada por el nombre que escogisteis.
—Esto… ¿sabías que Dominic se va mañana a Londres?
—No —dijo con voz alegre, para disimular su angustia—. Probablemente me lo
dirá más tarde.
—Pero no se va por unas horas, sino varios días. Dice que tiene grabaciones que
hacer… Alexandra, ¿ha sucedido algo entre vosotros… tan pronto? —la voz de Gail
revelaba su preocupación.
Alexandra se encogió de hombros y le sonrió brevemente.
—No lo sé. Pareció cambiar de pronto.
Gail asintió con la cabeza.
—Así es él… está acostumbrado a llevar una vida muy independiente.
—Me empiezo a dar cuenta —comentó Alexandra.
—Estás bien, ¿verdad, Alexandra? —su hermana la miró fijamente—. ¿No te ha
lastimado este cambio de Dominic?
—No me ha lastimado de ninguna manera —respondió tratando de que su voz
sonara alegre—. Sólo salimos juntos un par de veces.
—Pensé…
—No te preocupes por mí, Gail. Ya soy una mujer. Ahora tienes otro niño al que
cuidar.
—Sí, tienes razón. ¿Y no es precioso?
—Espero que sigas pensando así cuando te despierte a gritos, a medianoche,
pidiendo de comer —exclamó riendo Alexandra—. Bueno, nos veremos mañana.
Dominic se encontraba en la sala cuando ella volvió, aunque tenía el aspecto
remoto y disgustado del día anterior. Alexandra vaciló un momento antes de entrar.
—Gail me ha dicho que te vas mañana a Londres.
—Sí.
—¿Por cuánto tiempo?
—No tengo ni idea —contestó fríamente, todavía sin mirarla.
—Debes saberlo, más o menos, Dominic. Tú… lo siento —inclinó la cabeza—.
No debí haber dicho eso.
—No, no debiste haberlo hecho —reconoció.
—Pero tú…
Por primera vez la miró, con ojos helados, sin amor.

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—Si tienes algo que decir, Alexandra, dilo de una vez. Me fastidia que nunca
termines lo que empiezas a decir.
—Y también estoy cansado de que digas lo siento a cada momento.
—Entonces, ¿por qué me obligas a hacerlo? —algo de su viejo espíritu
combativo volvió a ella.
—Yo no te estoy obligando a nada —dijo levantando las cejas.
—¡Claro que sí! ¿Qué es lo que te sucede? ¿Qué pasa con nosotros? Has sido
francamente grosero conmigo desde que salimos ayer del hospital —se dio cuenta de
que no estaba llegando a él y que sus ojos la miraban con más frialdad que nunca.
—Tenía trabajo que hacer. Le pedí a Charles que te lo dijera.
—Y lo hizo. Pero yo pensé que habíamos superado la etapa en que debía ser
informada de tus movimientos por un sirviente. Gail fue la que tuvo que decirme
que te ibas mañana. Tú no me lo dijiste.
Dominic hizo un gesto.
—No recuerdo haber tenido la oportunidad de hacerlo. Me atacaste en cuanto
entraste.
Ella se ruborizó.
—Yo…
—¡Por Dios, no vayas a decir otra vez que lo sientes!
Los ojos de ella se llenaron de furor.
—¡No iba a decirlo! No tengo nada de qué disculparme contigo. No me quieres
ya contigo. Es eso, ¿verdad?
—Oh, te deseo todavía. Eres muy deseable, sobre todo cuando te enfadas.
—Pero es eso, ¿verdad? Hasta ahí es donde llegan tus sentimientos por mí. No
puedes sentir amor por ninguna mujer, sólo deseo. Y el desearme a mí es demasiado
complicado para que tú quieras involucrarte en el asunto —exclamó acusadora—.
Está muy bien tener todas esas mujeres en Londres, pero yo estoy demasiado cerca
de casa, soy casi un miembro de tu familia. Conmigo las cosas no pueden ser tan
simples y tan ajenas a las emociones como a ti te gusta, porque hay mezcladas otras
personas.
—¿Has terminado?
—No. ¡Todavía no! Te dije ayer que tenías miedo a la vida. Esa es la verdad.
—Tienes todo el derecho del mundo a tener una opinión —caminó hacia la
puerta—. Con permiso.
—¡Dominic!
—¿Sí? —preguntó indiferente.
—Dominic, no te vayas —suplicó Alexandra.
—Tengo mucho trabajo. Debo hacer algunas llamadas telefónicas.

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—No me refiero a este momento. No te vayas a Londres mañana. Quédate


conmigo.
—Expliqué a Gail las razones que tengo para irme.
Ella corrió a su lado y le puso una mano en el brazo.
—Entonces, explícamelas a mí, Dominic. ¡Explícamelas!
—No tengo nada que explicarte. No eres mi dueña. Ninguna mujer lo es.
—Pero… yo… pensé que significaba algo para ti —su voz se quebró en el
esfuerzo por contener las lágrimas—. Pensé que significábamos algo el uno para el
otro.
—¿Por unos cuantos besos y unas cuantas palabras de amor? —dijo él, lleno de
desprecio—. ¡Qué ingenua eres, Alexandra! Tu amigo Young tenía razón: tu
inocencia resulta fastidiosa. Vuelvo a Londres porque deseo una mujer verdadera en
mis brazos, una mujer a la que pueda hacerle el amor, sin sentirme después culpable.
—Sabrina Gilbert —murmuró con voz entrecortada.
—Sí. Pensé que podía hacerte mía con algunas promesas de matrimonio, y
después olvidarme fácilmente de ti; pero me doy cuenta de que no puedo hacer eso a
Gail y a Trevor. Tienes razón al decir que estás demasiado cerca de casa. Debí
haberme dado cuenta de eso, antes de estar contigo —dijo él con crueldad.
—Pero nunca te pedí matrimonio. Nunca he tratado de impedir que me hagas
el amor.
—No —aceptó él con gesto despreciativo—. Pero los lugares que escogiste no
eran exactamente adecuados para lo que yo tenía en mente.
—No creo nada de eso —murmuró ella—. Es algo más… algo que sucedió ayer
por la tarde. ¡Estabas hablando de matrimonio conmigo apenas ayer! —le recordó,
con desesperación.
El se encogió de hombros.
—Sólo porque te deseaba. Pero, como te dije, involucra a Gail y a Trevor y no
puedo hacerlo sin causar un problema.
—¡Pero tú me amas! Sé que me amas. Te lo voy a demostrar.
Alexandra se puso de puntillas para besarlo, con los brazos alrededor del
cuello, con su boca moviéndose con feroz desesperación sobre la de Dominic.
Por un momento él pareció ceder, su boca empezaba a responder; entonces,
desprendió los brazos de su cuello y la retiró.
—Nunca he dicho que te amo… como no se lo he dicho a ninguna otra mujer.
—No, pero tú…
—No te amo, Alexandra —dijo con voz cortante—. Has supuesto demasiadas
cosas de lo que era un simple coqueteo de mi parte, un breve romance.
—¡Pero tú dijiste que nos casaríamos dentro de seis meses!

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—Seis meses es demasiado tiempo —dijo con una sonrisa cruel—. Suficiente
tiempo para que se me haya pasado el entusiasmo—. Te dije una vez que sería tu
amor el que acabaría conmigo y es ciertamente lo que ha hecho. Debes considerarte
afortunada; es sólo la conciencia lo que me ha frenado de hacerte mía… tú
ciertamente no has tratado de impedirlo.
Alexandra tragó saliva con dificultad; sentía el estómago revuelto y un nudo en
la garganta.
—Creo que te odio.
—Tal vez eso sea lo mejor.
Se dio la vuelta.
—¡Te odio! —exclamó.
—¿Te sientes bien?
—Sí —murmuró ella.
—Te… te llamaré desde Londres, si quieres —sugirió él con suavidad.
—¡No te molestes! No necesito tu compasión. Ya me sobrepondré será más fácil
ahora que sé que todo fue un juego para ti.
—No es un juego, Alex, yo…
—¡No me llames así! —le hizo a un lado para pasar—. Guarda tus rutinas de
seducción para las mujeres que las aprecian. ¡A mí me asquean!
Cuando bajó a la mañana siguiente, Dominic ya se había ido. Hubiera querido
verlo antes de que se fuera, averiguar si pensaba en serio las cosas que le había dicho;
pero su ausencia le hizo pensar que ya no era necesario.
Durante los siguientes días esperó que la llamara o que regresara el viernes,
pero no lo hizo.
Dudó al día siguiente sobre si debía llamarle por teléfono a su apartamento. Se
decía a sí misma que debía tener más orgullo. Pero no podía seguir así, viviendo en
su casa, rodeada de recuerdos de él. Le llamaría por teléfono, aunque, renunciara a
todo su orgullo al hacerlo.
El teléfono sonó largo rato antes de que alguien lo levantara. Contestó la voz de
un hombre, pero no era Dominic. Ella podía escuchar música ruidosa en el fondo,
risas, gritos de gente, ruidos tan fuertes que tuvo que gritar para hacerse oír por el
hombre.
Finalmente pareció comprenderla, o al menos pensó que lo había hecho.
Pasaron cinco minutos sin que nadie acudiera a contestar el teléfono. Había una
fiesta, y el hombre parecía ligeramente bebido.
Por fin oyó que volvían a levantar el auricular y una voz femenina llegó esta
vez a través de la línea.
—¿Puedo servirle en algo?
Alexandra explicó por segunda vez que quería hablar con Dominic.

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—¡Dominic! —oyó gritar a la mujer—. ¡Dominic, hay una llamada para ti,
queridito! —dijo con su voz ronca y sensual.
Alexandra se quedó inmóvil al reconocer esa voz. La mujer había llamado a
Dominic «queridito». Colgó lentamente el auricular. Así que Dominic hablaba en
serio cuando dijo que volvía con Sabrina Gilbert… porque era ella, sin duda alguna,
la que estaba al otro extremo del teléfono.

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Capítulo 10
Al pensar en las cosas que Dominic le había dicho. Alexandra comprendió que
había estado mintiendo al decir que ella era un coqueteo más para él; lo sabía porque
hubo demasiadas ocasiones en que se le ofreció y había tenido que luchar contra su
propio deseo, para vencerlo y no hacerla suya.
Había dicho en serio que iba a casarse con ella dentro de seis meses; pero algo le
hizo cambiar de opinión. La había herido en forma deliberada, le había dicho cosas
muy crueles. ¡Y había vuelto con Sabrina Gilbert!
Era debido a esto, principalmente, que sus emociones parecían adormecidas, en
lo que a Dominic se refería. No lo odiaba ya, como le había dicho, pero tampoco le
amaba. No sentía nada por él.
Volvió a su casa en cuanto Gail salió del hospital, con el niño ya convertido en
una parte importante de la familia. Todos parecían girar en torno a él y el pequeño
parecía disfrutar en todo momento de la atención que recibía.
—Creo que va a parecerse a su tío —dijo, echándose a reír de las burbujas que
hacía con la boquita—. ¡Las chicas caerán rendidas a tus pies, cuando seas mayor!
Lo tomó en brazos y le besó.
Gail se encontraba recostada en el sofá, todavía un poco dolorida por la
operación; pero, por lo demás, parecía muy feliz. Terminó de escribir la última carta
para agradecer los regalos que le habían hecho al niño.
Miró fijamente a Alexandra.
—¿Se te ha pasado lo de Dominic? —preguntó gentilmente.
—No era mucho lo que tenía que pasarme —contestó sin alterarse.
—Ha venido a verme un par de veces, ¿sabes? Alexandra frunció el ceño y se
dedicó a estirar el trajecito del niño, con movimientos lentos y estudiados.
—No lo sabía.
—Él me pidió que no te lo dijera —admitió Gail.
—¿Por qué haría eso? ¿Se imaginaría que iba yo a correr al hospital, para
hacerle una escena? —dijo llena de desprecio—. Podría haberse ahorrado el trabajo
de visitarte furtivamente. No me interesa lo que él haga.
—No seas tan dura con él, Alexandra. Está mucho peor que después de lo que
le pasó en África, hasta parece que está enfermo.
—Es la escandalosa vida que lleva —dijo Alexandra—. Vamos, bonito. Iremos a
poner al correo las cartas de mamá —colocó al niño en su cochecito—. El aire fresco
le sentará bien.
—Acerca de Dominic —insistió Gail—. Él…

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—No quiero saber nada de él —tomó las cartas que Gail había escrito tan
laboriosamente—. ¿Están todas?
—Sí. Pero sobre Dominic…
—No me interesa, Gail —repitió con firmeza—. Voy a llevar a pasear al niño y
pondré estas cartas en el correo. Después, nos sentaremos los tres en el jardín, ¿te
parece?
Gail suspiró.
—Sí, está bien. Pero quisiera que me escucharas acerca de…
—No voy a hacerlo. Te veré después —exclamó alegremente.
Alexandra charló todo el camino con su somnoliento sobrino, hasta que llegó a
la tienda que también servía como oficina postal. La señora Saunders estaba
atendiendo a otros clientes en el fondo de la tienda, cuando ella entró, así que se puso
a mirar las tarjetas de felicitación, esperando que la señora terminara.
—Estuvo viviendo en la casa de él todas estas semanas, ¿sabe usted? —oyó la
voz chillona de la señora Saunders—. Asqueroso, lo llamo yo.
—Sí, ¿por qué? —la clientela no parecía estar muy enterada del chisme.
—Bueno —la señora Saunders parecía estar encantada de poder informar a la
otra—, usted estaba de vacaciones cuando todo salió a la luz. Ya no va a casarse con
Roger Young.
Alexandra se quedó paralizada. ¡Estaban hablando de ella! Se sintió tan
impresionada que no pudo moverse.
—La señora Young no lo hubiera permitido —comentó la otra—. No, si lo que
usted dice sobre ella y Dominic Tempest es verdad.
—¡Oh, claro que es verdad! —la voz de la mujer bajó de tono—. Roger Young
los vio juntos en un restaurante, como a treinta kilómetros de aquí. Tratando de
ocultar su idilio. Pensaban que nadie de por aquí los vería.
—¡Oh, qué terrible! —exclamó la otra mujer con visible placer—. ¡Y dice que
llevaban así varios meses?
—Yo no lo digo… Los que lo dicen son los Young. Tal vez lo estén diciendo
porque todo esto ha hecho aparecer a su hijo como tonto. Pero Alexandra siempre ha
sido un poco alocada, siempre ha hecho lo que le ha venido en gana, sin hacer mucho
caso de los convencionalismos.
—Dominic Tempest la habrá obligado a ser así —dijo la clienta con aires de
mujer de mundo—. Usted ya sabe cómo es esa gente de los espectáculos…
—Ha estado en Londres varias semanas —le dijo la señora Saunders—. Lo
hacen para disimular la situación. Probablemente se han estado viendo en alguna
otra parte.
Alexandra había escuchado suficiente. Lo único que deseaba era escapar, antes
de que aumentaran las náuseas que sentía. Salió tambaleándose de la tienda, sin ser
vista por las dos chismosas.

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Caminó rápidamente de regreso a casa, con movimientos automáticos, mientras


las lágrimas rodaban por sus mejillas y nublaban su vista. Pero otra impresión la
esperaba allí… el Ferrari de Dominic estaba aparcado en la entrada. Se limpió
rápidamente las lágrimas decidida a no dejar que nadie viera lo alterada que estaba.
Pero ahora tenía que entrar en casa y enfrentarse con Dominic. Sería la primera
vez que lo haría desde que le dijo que todo había sido un juego para él. Cogió al niño
en brazos, con cuidado para no despertarlo, y entró.
Gail y Dominic estaban en la sala y él la observaba, con una expresión
inescrutable en los ojos, mientras ella depositaba al bebé en su cunita. Dominic no
tenía derecho a mirarla así, no cuando había olvidado su amor con tanta facilidad.
—¿Todo va bien? —preguntó Gail con voz suave.
—Sí, perfecto —dijo sonriendo alegremente.
—¿Me pusiste las cartas en el correo?
La sonrisa desapareció de su rostro y ella extrajo las cartas del bolsillo posterior
de sus pantalones.
—Yo… a mí… se me olvidó —dijo tímidamente.
—Pero… si fuiste a eso —repuso Gail desconcertada.
—Sí, es cierto. Es que yo… yo… —Alexandra miró con desesperación a Gail y a
Dominic—, se me olvidó, simplemente.
Corrió hacia la puerta, con las lágrimas subiendo de nuevo a sus ojos.
—Perdonadme —exclamó con voz ahogada, antes de huir.
El que Dominic estuviera allí, después de las cosas que acababa de oír era
demasiado para ella, así que se arrojó a la cama, sollozando, sin poder contenerse. No
debió haber estado ahí… Dominic no tenía derecho, no lo tenía. Debió haberse
quedado con sus amigos en Londres. Su regreso sólo avivaría el fuego de los
chismes, por infundados que fueran.
Sintió que la casa cedía bajo el peso de alguien que se sentaba y se dio la vuelta
para arrojarse en los brazos de Gail. Pero no era Gail… ¡Estaba en los brazos de
Dominic! Trató de apartarse de ellos, pero él la sostuvo con fuerza.
—Alex —la sacudió con suavidad—. ¡Alex, mírame!
—Hola, Dominic —dijo con voz ronca.
—Hola —contestó él también con la voz enronquecida de emoción—. Ahora
dime, ¿por qué lloras? —preguntó, mirándola con preocupación.
—No… no tiene importancia.
—Fue lo bastante importante para hacerte llorar —insistió él—. Y no fue sólo
porque se te olvidara poner en el correo unas cuantas cartas.
—No debías estar aquí —se desprendió de sus brazos y se dirigió al espejo, para
limpiarse las lágrimas—. La gente hablará —murmuró con amargura.

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Dominic frunció el ceño, sentado todavía en la cama.


—¿Qué gente? Sólo está Gail abajo.
—La gente se las apaña para averiguar estas cosas.
—No sé cómo… —la miró fijamente—. ¿Alguien te dijo algo? ¿Estás alterada
por eso?
—Nadie me dijo nada —contestó.
—Tienes que decirme por qué estabas alterada, Alex. Tengo que saberlo.
Su actitud imperativa la enfureció.
—No tengo que decirte nada, Dominic. Si se me antoja llorar, lloraré cuanto
quiera. No tengo que explicarte mis razones.
—Vine aquí hoy para hablar contigo.
—¿Por qué ibas a querer hablar conmigo? —preguntó con frialdad—. Pensé que
habíamos dicho todo lo que había que decirse hace unas semanas.
—Llamé por teléfono a Trevor ayer y le pedí permiso para casarme contigo —le
dijo suavemente.
—¿Hiciste qué? —exclamó ella, mirándolo con incredulidad.
—Quiero casarme contigo —repitió él.
—¿De veras? —preguntó ella con voz ahogada—. ¿No se te ocurrió
preguntarme primero, antes de hablar con Trevor?
—Ya te lo había preguntado hace varias semanas. Pensé que tú…
—Bueno, no tenías derecho a pensar nada, en lo que a mí se refiere —lo
interrumpió ella bruscamente—. No quiero casarme contigo.
Dominic, ya bastante pálido, palideció todavía más.
—Hace tres semanas tú…
—Tú me dijiste que yo no era para ti más que un breve romance.
—Te amo, Alex.
—¿Qué se supone que debo contestar a eso? —preguntó con indiferencia.
—Que me amas también —insinuó él, esperanzado.
—Pero ya no te amo —le dijo—. Ya no.
Dominic dio un paso hacia ella.
—Pero… no puedes haber cambiado así de opinión.
—¿Por qué no? Tú lo hiciste.
—Pero yo te amo, Alex —insistió él—. ¡Te amo!
Ella asintió con la cabeza.

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—Y supongo que debía sentirme halagada por eso, cuando podrías fácilmente
dejarme y decirme que me deseabas, pero que no querías los problemas que
entrañaba andar conmigo. Dices que me amas… ¿por cuánto tiempo? ¿Hasta que
puedas obtener lo que quieras y vuelvas a cambiar de opinión? Olvídalo, Dominic.
Me enseñaste una lección muy dolorosa, pero la aprendí.
El la atrajo hacia sus brazos, besándola con desesperación.
—Te amo, Alex —dijo—, por favor, no me rechaces —suplicó, con su boca
besándola gentilmente. Incitante, más que exigente—. Bésame, Alex —imploró, al ver
que no se producía ninguna reacción en ella.
Alexandra se sentía completamente fría.
—No tengo ningún deseo de besarte.
—Haré que me desees. Tengo que hacer que me desees —dijo con firmeza—.
He estado viviendo un verdadero infierno desde que me fui a Londres,
preguntándome lo que estarías haciendo y con quién.
—Te fuiste porque quisiste.
—No, no, no es eso. Me fui porque me di cuenta de que te amaba y eso me
asustó.
Alexandra se dio la vuelta.
—No hablas con mucho sentido que digamos. Dices que te fuiste porque me
amabas y, sin embargo, antes de irte me aseguraste todo lo contrario.
—Sí —suspiró—. Cuando nació el niño supe que te quería. Comprendí que si
alguna vez tuviera que pasar por algo así, no lo resistiría. Así que hice eso de lo que
me acusaste precisamente; huir. Huir de la vida y de la idea de comprometerme con
una persona.
—Y ahora has cambiado de opinión.
—¡Sí! Prefiero sufrir el dolor de ser completamente vulnerable en lo que a ti se
refiere, que pasar por la agonía de estar sin ti. Quiero casarme contigo, hacerte mía
para siempre. Hablé por teléfono con Trevor y le dije que quiero casarme contigo
ahora, no dentro de seis meses, sino ahora.
—¿Y qué dijo él?
—Que hablara contigo y te lo preguntara.
Así que eso era lo que Gail había estado tratando de decirle antes de que saliera.
—Y yo contesto que no —dijo ella con perfecta tranquilidad.
—Pero, ¿por qué? Tú dijiste que era lo que querías.
—Ya no. Todo ha desaparecido, Dominic. Los sentimientos que tenía por ti ya
no existen. Tú los mataste la noche en que me ridiculizaste por amarte.
—Te lastimé —reconoció él—. ¡Claro que te lastimé! Pero puedo besarte hasta
hacer que el dolor se borre, que desaparezca el dolor que te causé con mi brutalidad.
¿Puedo intentarlo?

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Ella se encogió de hombros. Tal vez pudiera borrar con besos el dolor, pero eso
no alteraría el hecho de que había estado con otras mujeres durante su ausencia.
—Puedes probar —le dijo—. Pero no creo que resulte.
—Tiene que resultar —inclinó la cabeza, abriendo los labios de ella con los
suyos con sus brazos oprimiéndola contra su pecho, mientras su boca parecía
implorar una respuesta.
La depositó suavemente en la cama y separó su camisa de los pantalones para
acariciar la tersa carne que había bajo ella. A Alexandra le gustaba sentir las manos
de él en su cuerpo, pero eso era todo; por lo demás, se sentía adormecida, y muy lejos
de él.
—Esto no significa nada para ti, ¿verdad? —dijo mirándola.
Ella sonrió.
—Bueno, sigues siento tan experto como antes, si a eso te refieres —¿cómo no
iba a serlo, si había estado practicando con Sabrina Gilbert?—. Puedes hacer que te
desee.
—Pero, ¿eso es todo?
—Eso es todo.
—No me amas —dijo mientras retiraba sus manos de ella y se dejaba caer de
nuevo, sentándose sobre la cama.
Alexandra se puso de pie, y se arregló el cabello con indiferencia.
—Te he dicho que ya no te amaba —Alexandra introdujo nuevamente la camisa
bajo sus pantalones.
Dominic retiró la mano con la que se había cubierto los ojos.
—Yo te amo, Alex —dijo suavemente.
—Y yo te creo. Me siento halagada, pero llegó demasiado tarde. Hace unas
cuantas semanas, probablemente me habrías convertido en esclava para toda la vida,
con sólo decir eso, agradecida por el poco o mucho amor que hubieras querido
darme. Pero ya no. Parece que encontré esa madurez que tú decías que me faltaba.
Por cierto, esos chismes sobre nosotros están todavía en todo su apogeo. La gente del
pueblo piensa que tuvimos citas clandestinas mientras tú estabas en Londres.
—Así que eso fue lo que alteró hoy —adivinó él—. ¿Qué más dijeron?
—Oh, no mucho. Fui una tonta al permitir que me afectaran tanto.
El se puso en pie y bajó la mirada hacia ella, le retiró el cabello de la cara,
acariciándole con ternura.
—Si yo te he hecho así, lo siento mucho —dijo con suavidad.
—¿Me has hecho cómo?
—Te he hecho dura e indiferente.
Ella se echó a reír, alejándose de él.

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—Tal como tú eras antes.


Dominic aspiró una bocanada de aire, con visible dificultad.
—Sí, exactamente como yo. ¿Lo estás haciendo… para castigarme? Porque si ése
es tu objetivo, lo estás logrando.
—Te envaneces demasiado si supones que yo me molestaría en hacer tales
cosas. Actúo así, porque no siento nada por ti, absolutamente nada.
Los hombros de él parecieron caer.
—Así que estás segura de eso.
—Sí.
—Creo que debo irme —pero todavía titubeó.
—Sí.
Gail estaba sola con el niño, cuando Alexandra bajó, cinco minutos después.
—Dominic se ha ido —le dijo.
Alexandra asintió con la cabeza, sentándose en el sofá.
—Oí el coche.
—Está destrozado —continuó Gail—. Trata de no demostrarlo, pero lo conozco
demasiado bien. Nunca en mi vida lo había visto así… tan inseguro, tan falto de
confianza en si mismo.
—Ya se le pasará.
—No, no es así. Él te ama, Alexandra. Pensé que nunca vería el día que él caería
como todos nosotros. Pero lo he visto hoy.
—Él no me ama, Gail. Al menos, como yo conozco el amor. Significa algo
diferente para mí.
—Él te ama —insistió su hermana—. Admito que me mostré un poco escéptica
cuando habló con Trevor ayer. No lo creí al principio, pero ahora sí lo creo.
—¿Qué dijo Trevor? —preguntó, dominada por la curiosidad.
—¿Qué podía decir? Pensó que eras tú quien debía decidir lo que querías hacer.
A él nunca le gustó tener que intervenir en las relaciones entre Roger y tú.
—Pero tenía razón en eso.
—Sí —reconoció Gail—. Y tiene razón en esto, también. Él piensa que tú amas a
Dominic. Y yo estoy segura de ello.
—¡No! —negó Alexandra con vehemencia—. Dominic no sabe el significado del
amor.
—¿Por qué piensas eso? Seguramente hay una sola manera de amar.
—¡Sigue viendo a Sabrina Gilbert! —exclamó ella—. Tal vez tú no sepas nada
de ella, Gail, pero él ha estado viviendo un romance con ella desde hace meses —se
levantó y empezó a caminar de un lado a otro—. Estaba ahí el día que fui a su casa a

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decirle lo que pensaba de él por intervenir en mi vida. Ella lo recibió en el aeropuerto


cuando volvió de África y, para rematar —suspiró profundamente—, estaba en su
apartamento cuando le llamé hace un par de semanas.
—¿Cuando se fue?
—Sí.
—¿Y por eso levantaste esta muralla contra él?
—¿No tenía razón para hacerlo? —preguntó ella—. Dijo que sabía queme
amaba, cuando se marchó a Londres. Si pudo estar con ella entonces, también podrá
hacerlo cuando nos casáramos.
—Cuéntame lo de que Sabrina Gilbert estaba en su apartamento.
Alexandra se lo contó, explicándole lo de la fiesta.
—Parece que me echaba mucho de menos —añadió con sorna.
—El que esa mujer estuviese en su apartamento no quiere decir que estuviera
con él.
—Ella lo llamó «queridito».
—Es algo normal entre las actrices. Había una fiesta. Alexandra, como amiga
suya que es, era natural que estuviera allí.
Alexandra recordó cómo Dominic le había contado que no pudo hacer el amor a
la actriz.
—¿Tú crees que pudo ser eso? —la incertidumbre se notaba ya en su voz.
—Creo que debías darle una oportunidad para que te lo explicara.
—Pero yo… ¡No! ¡No! Aún insisto en que no sabe cómo amar. Me hizo mucho
daño.
—Renunció a su trabajo —Gail la miró fijamente, para calibrar su reacción.
Alexandra pareció estupefacta.
—¿Hizo qué?
—Renunció —repitió Gail tranquilamente—. Quiere casarse contigo y no creo
que deba continuar con ese trabajo, que entraña tantos riesgos.
—Yo… no entiendo… —Alexandra pareció derrumbarse. La barrera que había
levantado contra Dominic se evaporaba lentamente—. ¿Lo hizo por mí?
—Sí —confirmó Gail.
—¡Oh, Dios mío! —exclamó con voz ahogada—. ¡Y yo lo menosprecié, lo
rechacé! ¡Me porté muy mal con él, Gail, muy mal!
Gail oprimió su mano con suavidad.
—No es demasiado tarde. Ve a buscarlo.
—Después de lo que le dije, no creo que quiera verme.

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—Por el estado en que iba cuando salió de aquí, creo que te vería en cualquier
momento y en cualquier lugar. Ve y sácalo de su desesperación —Gail llamó a
Alexandra cuando se encontraba casi en la puerta—. Yo… bueno… te veré cuando
vuelvas.
Alexandra le dirigió una radiante sonrisa.
—Sí.
Cuando llegó a la casa tuvo la impresión de que ya había vivido la misma
escena antes… Entró despacio. Dominic estaba tendido sobre un sillón, en actitud
desmañada con un vaso vacío colgando de su mano.
Pero esta vez no frunció el ceño al verla. Se levantó lentamente del asiento,
mientras sus ojos grises recorrían ávidamente el rostro de ella.
—¡Alex! —pronunció su nombre con suavidad.
—Sólo dime si estuviste viendo a Sabrina Gilbert cuando estuviste en Londres
las últimas semanas.
Había decidido abordar directamente el tema; la respuesta a esta pregunta era
muy importante para ella.
El pareció sorprendido por la pregunta, casi desconcertado.
—La he visto, sí, pero no de la forma que tú crees.
—Tenía que saberlo, porque te hablé por teléfono y ella contestó. Había una
fiesta, por el ruido que se podía oír.
—Hubo muchas fiestas en esas semanas —dijo con expresión sombría—. Pero
creo que sé a cuál te refieres… Recuerdo que fui a contestar el teléfono y la línea
estaba muerta.
—Yo colgué —explicó ella.
—¿Pensaste que estaba allí con Sabrina?
—Sí.
—¿Después de que te dije lo que sucedió la última vez que me vi con ella?
—Lo único que me pareció importante en ese momento era que ella estaba allí
—insistió Alexandra.
—Estaba allí, como pareja de un productor o de un director, no recuerdo. No he
estado con otras mujeres, Alex. Lo intenté, no te lo niego, pero ninguna me atraía. No
es fácil admitir ante ti mismo que te has enamorado por primera vez en tu vida a los
treinta y cuatro años, especialmente cuando es de una chiquilla. Estas últimas
semanas he estado tratando de convencerme de que estaba equivocado. Finalmente
me di por vencido y admití mi derrota.
—Y yo te rechacé —dijo ella con suavidad.
—Sí —la voz de él era opaca.
—Gail dijo que renunciaste a tu trabajo —continuó ella.

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—Así es.
Dominic se volvió para llenar otra vez su vaso de whisky.
—¿Por qué?
—Estoy seguro de que ella te dijo eso, también.
—Sí, pero me gustaría oírtelo a ti.
—¿Por qué? ¿Para que puedas burlarte de mí? —enojado, no pareció darse
cuenta de que ella se había estremecido; colocó con violencia el vaso sobre la mesa y
avanzó para sacudirla con aspereza—. Supongo que te debo esto —la empujó lejos de
sí—. Está bien, Alex, supongo que te debo algo. Cuando Trevor estaba pasando por
la agonía de no saber si Gail iba a vivir o no, descubrí que te amaba; pero también
descubrí otra cosa. Comprendí por primera vez lo que debes haber sentido cuando
yo estaba en África, y decidí que no tenía derecho a hacerte pasar otra vez por eso.
Alexandra frunció el ceño.
—Pero tú amas tu trabajo.
—Te amo más a ti.
Comprendió, por fin, que era cierto; se dio cuenta de que ella era lo más
importante en su vida. No había estado dispuesto a hacer este sacrificio por ninguna
otra mujer, ni por su primer esposa ni por ninguna otra de las mujeres posteriores.
Vio entonces el dolor y la desilusión que había en su rostro, emociones que ella había
causado con su crueldad.
—¡Oh, Dominic! —había lágrimas en sus ojos—. ¡Lo siento, lo siento tanto!
El se encogió de hombros.
—Tú no puedes evitar sentir lo que sientes. Volveré a Londres inmediatamente,
para evitarme cualquier turbación producida por los rumores que mi presencia aquí
podría provocar.
—¡Claro que no harás eso! —declaró ella, comprendiendo que él había mal
interpretado la razón de su disculpa.
El la miró con incertidumbre.
—¿No?
—No —ella le sonrió, con una sonrisa llena de amor—. Puedes quedarte aquí y
ayudarme en los preparativos de la boda.
—¿La nuestra? —preguntó esperanzado.
—¡Claro! —continuó riendo y se deslizó hacia sus brazos, levantando el rostro
hacia él—. Te amo, Dominic. Te amo con toda mi alma.
Las manos de él temblaban al tocar el rostro de ella, recorriendo sus facciones,
como si no estuviera seguro de su sinceridad.
—Pero tú dijiste…

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Ella lo acalló colocando la punta de sus dedos en los labios de él. Se estremeció
de placer cuando sintió que Dominic los besaba.
—Estaba herida, mi amor, herida y desconcertada. Durante un tiempo pensé
realmente que te odiaba, pero era sólo porque te amaba demasiado. Sé lo tonto que
suena, pero es la verdad. Gail me hizo recuperar el sentido común cuando te fuiste.
—¡Esa lista de Gail! —dijo él con voz ronca—. ¿Puedo besarte ahora?
—Sí, por favor —contestó ella.
—¿Responderás esta vez? No creo que pudiera soportar tu frialdad por
segunda vez.
—Pruébame —lo invitó ella.
Su boca tocó la de ella, tentativamente al principio, con el beso haciéndose más
profundo cuando los labios de ella se entreabrieron bajo los suyos. Sus brazos la
atrajeron contra la dureza de su cuerpo.
Dominic ocultó el rostro en el cuello de ella y Alexandra no supo si las lágrimas
que corrían por sus mejillas eran causadas por su propia felicidad o por la de él.
Dominic la oprimió con fuerza, como si no fuera a dejarla ir nunca, y ella esperaba
que así fuera.
—No tienes que renunciar a tu trabajo por mí, Dominic —él nunca sabría el
esfuerzo que le costaba decir aquello—. Es parte de tu vida, una parte que te gusta
mucho.
—Ya no, si me aleja de ti. Y nosotros… podríamos tener hijos algún día.
—¿De veras? —preguntó ella, casi sin aliento.
—Sí —contestó él con voz ronca.
—¡Oh, Dominic, te quiero!
El sonrió, mirándola.
—Me han ofrecido la oportunidad de dirigir y aparecer en otro programa de
noticias, que me tendrá siempre dentro del país. Cualquier trabajo en el extranjero
será realizado por otro.
—¿Y te gustará el arreglo? —Alexandra comprendió que el tema de los hijos era
todavía delicado, en lo que a él se refería y no quiso mencionarlo.
—Cualquier nuevo programa es un desafío y a mí me gustan los desafíos. Fíjate
cuánto tiempo he tardado en domarte —añadió bromeando.
Ella arqueó una ceja.
—¿Crees que estoy domada?
El se echó a reír suavemente.
—Ya sé que no, pero me gustas así. ¿Cuánto tiempo crees que tardaremos en
preparar la boda?
—Un par de meses, supongo —le oyó gemir—. ¿Qué te pasa?

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—Te deseo ahora.


—Yo no me opongo —murmuró ella con voz ronca—. Y Gail me dijo, más o
menos, que me quedara aquí todo el tiempo que quisiera.
—Se está volviendo de criterio muy amplio… pero yo no —le dijo con
firmeza—. No tengo intenciones de hacer el amor hasta que estemos casados.
—¿Otra vez a los duchazos de agua fría? —bromeó ella.
—Me temo que sí.
—¡Pobrecito mío! —acarició su cabello rubio, echándoselo hacia atrás.
—Aunque dependerá de ti no ser una tentación demasiado grande para mí.
Alexandra le dirigió una mirada inocente.
—Sí, mi amor.
El se echó a reír con aire de triunfo.
—No te preocupes… puedo soportar este tipo de infierno —se inclinó
nuevamente a besarla.

Alexandra miró con inquietud a su esposo, sabiendo que las últimas horas
habían sido traumáticas para él. Tal vez había sido egoísta por su parte haberle
permitido que sufriera la agonía de verla pasar por el alumbramiento. Para ella toda
la tortura había valido la pena, pensó, al ver a la hermosa niña que dormía en la
cuna, junto a ella.
Esos dieciocho meses de matrimonio con Dominic habían sido la época más
feliz de su vida. Su amor se había profundizado y se había vuelto más valioso a
medida que pasaban los días. Pero su dicha alcanzó nuevas alturas cuando descubrió
que iba a tener un hijo de Dominic. Dominic parecía contento; pero durante el
embarazo ella se dio cuenta que crecía el temor de su esposo respecto al momento
mismo del nacimiento.
Y ahora eso había pasado y Dominic permaneció a su lado durante todo el
parto. No había dicho una palabra desde que se quedaron solos y ella no sabía qué
decirle.
Se pasó la lengua por los labios resecos.
—¿Dominic? Él la miró como atontado, retirando la mirada de la niña que
dormía.
—¿Huum? —preguntó con vaguedad.
—¿Te gusta la niña?
—¿Que si me gusta? —repitió.
Dominic sonrió, una sonrisa tierna y profunda que parecía abarcarlas a las dos.

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—Es preciosa, como su madre —oprimió la mano que ella tenía sobre la
colcha—. No me hubiera gustado perderme su nacimiento por nada del mundo. Fue
la cosa más fantástica que he visto en mi vida.
Alexandra se sentía todavía un poco insegura.
—¿De veras? ¿No dices eso sólo por complacerme?
—Fue sensacional, Alex —le aseguró—. Nada de lo que yo esperaba, después
de la experiencia de Trevor con Gail. Y tú fuiste tan valiente, mi amor. Estoy
orgulloso de ti. Sólo tengo una queja en contra de mi pequeña hija.
—¿Cuál?
—Que ha hecho imposible que te haga el amor últimamente.
Ella se echó a reír.
—Ya no será por mucho tiempo, te lo prometo.
Dominic se sentó en la cama y la oprimió con fuerza contra él.
—Espero que no. Te amo tanto que estas últimas semanas han sido una tortura.
—Pero, seguramente no me encontrabas deseable en ese estado…
El la besó con suavidad en la boca.
—Te encuentro atractiva y deseable en todo momento… aún ahora —y su boca
se endureció de pasión sobre la de ella.
Alexandra correspondió a su beso; la última sombra de incertidumbre respecto
a la niña había desaparecido. La niña había intensificado su amor, tal como debía ser.

Fin

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