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PARA ENTONCES

Quiero morir cuando decline el día,


en alta mar y con la cara al cielo,
donde parezca sueño la agonía
y el alma un ave que remonta el vuelo.

No escuchar en los últimos instantes,


ya con el cielo y con el mar a solas,
más voces ni plegarias sollozantes
que el majestuoso tumbo de las olas.

Morir cuando la luz triste retira


sus áureas redes de la onda verde,
y ser como ese sol que lento expira;
algo muy luminoso que se pierde.

Morir, y joven; antes que destruya


el tiempo aleve la gentil corona,
cuando la vida dice aún: «Soy tuya»,
aunque sepamos bien que nos traiciona.

Manuel Gutiérrez Nájera


Manuel Gutiérrez Nájera
(Ciudad de México, 1859 - id., 1895) Poeta y escritor mexicano. Manuel
Gutiérrez Nájera pasó toda su vida en Ciudad de México, salvo breves visitas
a Querétaro y Veracruz y alguna temporada en una hacienda familiar de
Puebla, donde se sitúa la dramática acción de su cuento La mañanita de
San Juan.

Manuel Gutiérrez Nájera cultivó diversos géneros literarios en prosa y en


verso, y perteneció a la primera generación modernista. Influido por el
marcado afrancesamiento de su ciudad, se inspiró en Paul
Verlaine, Théophile Gautier y Alfred de Musset, aunque también admiró a los
místicos españoles.
En su madurez poética se inclinó por los parnasianos, el simbolismo y el
modernismo, el cual contribuyó a difundir desde 1894 a través de la
publicación de Azul, revista clave del movimiento.
Entre las obras de Manuel Gutiérrez Nájera destacan La duquesa Job, los
volúmenes de cuentos Cuentos frágiles, de 1883, y Cuentos de color de
humo, de 1894. Falleció a los treinta y seis años de edad, y su obra lírica fue
recopilada en 1896 en el volumen Poesías.
CUENTAN DE UN SABIO QUE UN DÍA

Pedro Calderón de la Barca


Cuentan de un sabio que un día
tan pobre y mísero estaba,
que sólo se sustentaba
de unas hierbas que cogía.
¿Habrá otro, entre sí decía,
más pobre y triste que yo?;
y cuando el rostro volvió
halló la respuesta, viendo
que otro sabio iba cogiendo
las hierbas que él arrojó.

Quejoso de mi fortuna
yo en este mundo vivía,
y cuando entre mí decía:
¿habrá otra persona alguna
de suerte más importuna?
Piadoso me has respondido.
Pues, volviendo a mi sentido,
hallo que las penas mías,
para hacerlas tú alegrías,
las hubieras recogido.

Pedro Calderón de la Barca


Pedro Calderón de la Barca

Pedro Calderón de la Barca nació en Madrid el 17 de enero de 1600 de


familia hidalga. Se educó en el Colegio Imperial de los Jesuitas en Madrid,
en el que se familiarizó con los poetas clásicos latinos. En 1614 se matricula
en la Universidad de Alcalá y, el año siguiente, en Salamanca, donde
estudió Cánones y Derecho hasta 1620.

Fue soldado en la juventud y sacerdote en la vejez, lo que era bastante


habitual en la España de su tiempo. En sus años jóvenes su nombre aparece
envuelto en varios incidentes violentos, como una acusación de homicidio
y la violación de la clausura de un convento de monjas. De su vida militar
existen pocas noticias, aunque consta que tomó parte en la campaña para
sofocar la rebelión de Cataluña contra la Corona (1640).

Contrasta lo impulsivo y mundano de su juventud con lo reflexivo de su


madurez. En 1642 pide su retiro como militar y entra al servicio del duque de
Alba. Goza, desde entonces de un período de tranquilidad para la creación
literaria. En 1651 recibe las órdenes sacerdotales y se traslada a Toledo como
capellán de los Reyes Nuevos.

Vuelve en 1663 a Madrid por orden de Felipe IV que le nombra capellán de


honor. Murió en Madrid el 25 de mayo de 168
SONETO

Al que ingrato me deja, busco amante;


al que amante me sigue, dejo ingrata;
constante adoro a quien mi amor maltrata,
maltrato a quien mi amor busca constante.

Al que trato de amor, hallo diamante,


y soy diamante al que de amor me trata,
triunfante quiero ver al que me mata
y mato al que me quiere ver triunfante.

Si a éste pago, padece mi deseo;


si ruego a aquél, mi pundonor enojo;
de entrambos modos infeliz me veo.

Pero yo, por mejor partido, escojo;


de quien no quiero, ser violento empleo;
que, de quien no me quiere, vil despojo.

Sor Juana Inés de la Cruz


Sor Juana Inés de la Cruz
(Juana Inés de Asbaje y Ramírez; San Miguel de Nepantla, actual México, 1651 -
Ciudad de México, id., 1695) Escritora mexicana, la mayor figura de las letras
hispanoamericanas del siglo XVII. La influencia del barroco español, visible en su
producción lírica y dramática, no llegó a oscurecer la profunda originalidad de su
obra. Su espíritu inquieto y su afán de saber la llevaron a enfrentarse con los
convencionalismos de su tiempo, que no veía con buenos ojos que una mujer
manifestara curiosidad intelectual e independencia de pensamiento.

Niña prodigio, aprendió a leer y escribir a los tres años, y a los ocho escribió su
primera loa. En 1659 se trasladó con su familia a la capital mexicana. Admirada por
su talento y precocidad, a los catorce fue dama de honor de Leonor Carreto,
esposa del virrey Antonio Sebastián de Toledo. Apadrinada por los marqueses de
Mancera, brilló en la corte virreinal de Nueva España por su erudición, su viva
inteligencia y su habilidad versificadora.

Pese a la fama de que gozaba, en 1667 ingresó en un convento de las carmelitas


descalzas de México y permaneció en él cuatro meses, al cabo de los cuales lo
abandonó por problemas de salud. Dos años más tarde entró en un convento de
la Orden de San Jerónimo, esta vez definitivamente. Dada su escasa vocación
religiosa, parece que Sor Juana Inés de la Cruz prefirió el convento al matrimonio
para seguir gozando de sus aficiones intelectuales: «Vivir sola... no tener ocupación
alguna obligatoria que embarazase la libertad de mi estudio, ni rumor de
comunidad que impidiese el sosegado silencio de mis libros», escribió.

Su celda se convirtió en punto de reunión de poetas e intelectuales, como Carlos


de Sigüenza y Góngora, pariente y admirador del poeta cordobés Luis de Góngora
(cuya obra introdujo en el virreinato), y también del nuevo virrey, Tomás Antonio de
la Cerda, marqués de la Laguna, y de su esposa, Luisa Manrique de Lara, condesa
de Paredes, con quien le unió una profunda amistad. En su celda también llevó a
cabo experimentos científicos, reunió una nutrida biblioteca, compuso obras
musicales y escribió una extensa obra que abarcó diferentes géneros, desde la
poesía y el teatro (en los que se aprecia, respectivamente, la influencia de Luis de
Góngora y Calderón de la Barca), hasta opúsculos filosóficos y estudios musicales.
Perdida gran parte de esta obra, entre los escritos en prosa que se han conservado
cabe señalar la Respuesta a Sor Filotea de la Cruz. El obispo de Puebla, Manuel
Fernández de la Cruz, había publicado en 1690 una obra de Sor Juana Inés, la Carta
athenagórica, en la que la religiosa hacía una dura crítica al «sermón del Mandato»
del jesuita portugués António Vieira sobre las «finezas de Cristo». Pero el obispo había
añadido a la obra una «Carta de Sor Filotea de la Cruz», es decir, un texto escrito
por él mismo bajo ese pseudónimo en el que, aun reconociendo el talento de Sor
Juana Inés, le recomendaba que se dedicara a la vida monástica, más acorde
con su condición de monja y mujer, antes que a la reflexión teológica, ejercicio
reservado a los hombres.
En la Respuesta a Sor Filotea de la Cruz (es decir, al obispo de Puebla), Sor Juana Inés
de la Cruz da cuenta de su vida y reivindica el derecho de las mujeres al
aprendizaje, pues el conocimiento «no sólo les es lícito, sino muy provechoso».
La Respuesta es además una bella muestra de su prosa y contiene abundantes
datos biográficos, a través de los cuales podemos concretar muchos rasgos
psicológicos de la ilustre religiosa. Pero, a pesar de la contundencia de su réplica,
la crítica del obispo de Puebla la afectó profundamente; tanto que, poco después,
Sor Juana Inés de la Cruz vendió su biblioteca y todo cuanto poseía, destinó lo
obtenido a beneficencia y se consagró por completo a la vida religiosa.

Murió mientras ayudaba a sus compañeras enfermas durante la epidemia de


cólera que asoló México en el año 1695. La poesía del Barroco alcanzó con ella su
momento culminante, y al mismo tiempo introdujo elementos analíticos y reflexivos
que anticipaban a los poetas de la Ilustración del siglo XVIII. Sus obras completas se
publicaron en España en tres volúmenes: Inundación castálida de la única poetisa,
musa décima, Sor Juana Inés de la Cruz (1689), Segundo volumen de las obras de Sor
Juana Inés de la Cruz (1692) y Fama y obras póstumas del Fénix de México (1700), con
una biografía del jesuita P. Calleja.
A UNA DAMA BIZCA Y HERMOSA

Si a una parte miraran solamente

vuestros ojos, ¿cuál parte no abrasaran?

Y si a diversas partes no miraran,

se helaran el ocaso o el Oriente.

El mirar zambo y zurdo es delincuente;

vuestras luces izquierdas lo declaran,

pues con mira engañosa nos disparan

facinorosa luz, dulce y ardiente.

Lo que no miran ven, y son despojos

suyos cuantos los ven, y su conquista

da al alma tantos premios como enojos.

¿Qué ley, pues, mover pudo al mal jurista

a que, siendo monarcas los dos ojos,

los llamase vizcondes de la vista?

Francisco Quevedo
Francisco Quevedo
(Madrid, 1580 - Villanueva de los Infantes, España, 1645) Escritor español. Los padres de
Francisco de Quevedo desempeñaban altos cargos en la corte, por lo que desde su
infancia estuvo en contacto con el ambiente político y cortesano. Estudió en el colegio
imperial de los jesuitas, y, posteriormente, en las Universidades de Alcalá de Henares y de
Valladolid, ciudad ésta donde adquirió su fama de gran poeta y se hizo famosa su rivalidad
con Góngora.

Siguiendo a la corte, en 1606 se instaló en Madrid, donde continuó los estudios de teología
e inició su relación con el duque de Osuna, a quien Francisco de Quevedo dedicó sus
traducciones de Anacreonte, autor hasta entonces nunca vertido al español. En 1613
Quevedo acompañó al duque a Sicilia como secretario de Estado, y participó como
agente secreto en peligrosas intrigas diplomáticas entre las repúblicas italianas.

De regreso en España, en 1616 recibió el hábito de caballero de la Orden de Santiago.


Acusado, parece que falsamente, de haber participado en la conjuración de Venecia,
sufrió una circunstancial caída en desgracia, a la par, y como consecuencia, de la caída
del duque de Osuna (1620); detenido, fue condenado a la pena de destierro en su posesión
de Torre de Juan Abad (Ciudad Real). Sin embargo, pronto recobró la confianza real con
la ascensión al poder del conde-duque de Olivares, quien se convirtió en su protector y le
distinguió con el título honorífico de secretario real. Pese a ello, Quevedo volvió a poner en
peligro su estatus político al mantener su oposición a la elección de Santa Teresa como
patrona de España en favor de Santiago Apóstol, a pesar de las recomendaciones del
conde-duque de Olivares de que no se manifestara, lo cual le valió, en 1628, un nuevo
destierro, esta vez en el convento de San Marcos de León. Pero no tardó en volver a la corte
y continuar con su actividad política, con vistas a la cual se casó, en 1634, con Esperanza
de Mendoza, una viuda que era del agrado de la esposa de Olivares y de quien se separó
poco tiempo después. Problemas de corrupción en el entorno del conde-duque
provocaron que éste empezara a desconfiar de Quevedo, y en 1639, bajo oscuras
acusaciones, fue encarcelado en el convento de San Marcos, donde permaneció, en una
minúscula celda, hasta 1643. Cuando salió en libertad, ya con la salud muy quebrantada,
se retiró definitivamente a Torre de Juan Abad.
AMO EL CANTO DEL CENZONTLE

“Amo el canto del cenzontle,


pájaro de cuatrocientas voces
amo el color del jade, y el
enervante perfume de las flores;
Pero amo más a mi hermano el
hombre.”

Nezahualcóyotl
Nezahualcóyotl
(o Netzahualcóyotl; Texcoco, México, 1402 - 1472) Soberano chichimeca de
Texcoco. Nezahualcóyotl era hijo del sexto señor de los chichimecas Ixtlilxóchitl ("flor
de pita"), señor de la ciudad de Texcoco, y de la princesa mexica Matlalcihuatzin,
hija del rey azteca Huitzilíhuitl, segundo señor de Tenochtitlán. Al nacer, le fue
impuesto el nombre de Acolmiztli o "puma fuerte", pero las tristes circunstancias que
rodearon su adolescencia hicieron que se cambiara el nombre por el de
Nezahualcóyotl, que significa "coyote hambriento".

En el siglo XV, la ribera del lago Texcoco se hallaba densamente poblada, a causa
de la facilidad de comunicaciones que permitía este lago. Por contra, tan alta
densidad poblacional comportaba la escasez y el agotamiento de las tierras aptas
para el cultivo, por lo cual algunas tribus iniciaron una política de expansión
territorial hacia zonas con mayor rentabilidad agrícola. Dicha política desató un
sinfín de guerras y hostilidades entre las tribus del lago, destacando la emprendida
por la ciudad tepaneca de Azcapotzalco. Esta ciudad, situada en la ribera
noroccidental del lago Texcoco, había agotado sus tierras comunales y, ante la
imposibilidad de alimentar a sus gentes, ocupó el territorio perteneciente a la
vecina Texcoco. Cuando contaba dieciséis años de edad, el príncipe texcocano
Nezahualcóyotl tuvo que hacer frente a la invasión tepaneca, encabezada por
Tezozómoc, señor de Azcapotzalco, cuya intención era asesinar a su padre, el rey
Ixtlilxóchitl, y a toda su familia para apoderarse del trono. El heredero del trono quiso
luchar y repeler el ataque, pero su padre, que conocía la superioridad de los
atacantes, prefirió huir y mantenerse oculto hasta conseguir la ayuda de otros
pueblos. Así, mientras las huestes de Tezozómoc rastreaban los alrededores de la
ciudad para encontrar al rey y al príncipe texcocanos, éstos se refugiaron en las
cuevas de Cualhyacac y Tzinacanoztoc. No pudiendo ocultarse allí por mucho
tiempo, Ixtlilxóchitl ordenó a su hijo que se adentrara en el bosque, mientras él y
unos pocos hombres leales trataban de detener sin éxito el avance de sus captores.

Nezahualcóyotl logró escapar y se encaminó a Tlaxcala, ordenando a algunos de


sus partidarios que abandonaran la resistencia mientras él veía la manera de
liberarlos de la tiranía. Tezozómoc ofreció recompensas por su captura, pero, con
su innegable astucia, consiguió burlar a sus perseguidores hasta que, en 1420, las
esposas de los señores de México y Tlatelolco convencieron a Tezozómoc de que
lo perdonara.

Maxtla, que había sucedido a Tezozómoc a la muerte de éste (1427), le tendió


varias emboscadas, de las que consiguió zafarse. Con gran habilidad diplomática,
Nezahualcóyotl consiguió atraerse los favores de otras ciudades descontentas con
la tiranía tepaneca y organizó un frente común, cuyo peso principal recayó en los
tlaxcaltecas y los huejotzincas. El ejército aliado, de más de cien mil hombres, logró
la conquista de Otumba y de Acolman y tomó Texcoco. Ante el sitio de México y
Tlatelolco por los tepanecas, Nezahualcóyotl liberó ambas ciudades y, en una
cruenta batalla, destruyó Azcapotzalco después de un sitio de ciento catorce días.
Maxtla murió a manos de Nezahualcóyotl, quien, dispuesto a inaugurar una época
de esplendor en el valle de México, selló un pacto confederal, la Triple Alianza,
con Itzcóatl, de Tenochtitlán, y Totoquiyauhtzin, señor de Tacuba.

Poco después de finalizada la contienda, Tacuba desapareció de la escena, pero


la cooperación perduró a lo largo del siglo XV entre las dos restantes ciudades
aliadas. Nezahualcóyotl, que había perdido el trono a manos de los acolhuas
sublevados y se había refugiado en los bosques de Chapultepec, lo recuperó en
1429, aunque cedió su anterior posición dominante en el lago en favor de
Tenochtitlán, ciudad que se convirtió en estado independiente.

Cuando en 1472 falleció Nezahualcóyotl, subió al trono su hijo Nezahualpilli, quien


gobernó la ciudad hasta el año 1516, continuando la política expansiva
emprendida por su antecesor.
TOCHAN IN ALTEPETL

Tocahn in xochitlah,
ye in huecauh Mexihco Tenochtitlán;
cualcan, yeccan,
otechmohual huiquili Ipalnemohuani,
nincacata totlenyouh, tomahuizouh intlatic pac.

Tochan pocayautlan,
nemequimilolli in altepetl
ye in axcan Mexihco Tenochtitlán;
tlahuelilocatiltic tlacahuacayan.
¿Cuixoc huel tiquehuazqueh nican in cuicatl?
nican otech mohualhuiquili Ipalnemohuani,
nican cacta totlenyouh, tomahuizouh in tlalticpac.

NUESTRA CASA, RECINTO DE FLORES


Nuestra casa, recinto de flores,
con rayos de sol en la ciudad,
México Tenochtitlán en tiempos antiguos;
lugar bueno, hermoso,
nuestra morada de humanos,
nos trajo aquí el dador de la vida,
aquí estuvo nuestra fama, nuestra gloria en la tierra.

Nuestra casa, niebla de humo,


ciudad mortaja,
México Tenochtitlán ahora;
enloquecido lugar de ruido
¿aún podemos elevar un canto?
Nos trajo aquí el dador de la vida
aquí estuvo nuestra fama, nuestra gloria en la tierra.

Miguel León Portilla


Miguel León Portilla
(México, 1926) Historiador y antropólogo mexicano. Miguel León
Portilla estudió en la Universidad de Loyola, en Los Ángeles,
California, donde obtuvo un grado en artes en 1951. En 1956
recibió el doctorado en filosofía por la Universidad Nacional
Autónoma de México (UNAM).

Entre 1955 y 1963 desempeñó los cargos de subdirector y director


del Instituto Nacional Indigenista Interamericano. Desde 1963 y
durante más de una década fue director del Instituto de
Investigaciones Históricas de la UNAM y entre 1974 y 1975 fue
nombrado cronista de la Ciudad de México. En 1995 ingresó a la
Academia Nacional de Ciencias de Estados Unidos en el área
especial de antropología e historia.

Como antropólogo, historiador, filólogo y filósofo, León Portilla


centró su interés en los pueblos del México prehispánico. Su vasta
obra recoge y estudia las creencias, las tradiciones y el
pensamiento de estas culturas. Entre sus libros más importantes
cabe destacar La filosofía náhuatl (1956), La visión de los
vencidos(1959), Los antiguos mexicanos a través de sus crónicas
y cantares (1961), El reverso de la Conquista (1964), Trece poetas
del mundo azteca (1967), Nezahualcóyotl. Poesía y
pensamiento (1972), Literaturas indígenas de México (1992)
y Quince poetas del mundo náhuatl (1994).
LA CALLE

Es una calle larga y silenciosa.

Ando en tinieblas y tropiezo y caigo


y me levanto y piso con pies ciegos
las piedras mudas y las hojas secas
y alguien detrás de mí también las pisa:
si me detengo, se detiene;
si corro, corre. Vuelvo el rostro: nadie.

Todo está oscuro y sin salida,


y doy vueltas en esquinas
que dan siempre a la calle
donde nadie me espera ni me sigue,
donde yo sigo a un hombre que tropieza
y se levanta y dice al verme: nadie.

Octavio Paz
Octavio Paz
(Ciudad de México, 1914 - id., 1998) Escritor mexicano. Junto con Pablo Neruda y
César Vallejo, Octavio Paz conforma la tríada de grandes poetas que, tras el
declive del modernismo, lideraron la renovación de la lírica hispanoamericana del
siglo XX. El premio Nobel de Literatura de 1990, el primero concedido a un autor
mexicano, supuso asimismo el reconocimiento de su inmensa e influyente talla
intelectual, que quedó reflejada en una brillante producción ensayística.

Nieto del también escritor Ireneo Paz, los intereses literarios de Octavio Paz se
manifestaron de manera muy precoz, y publicó sus primeros trabajos en diversas
revistas literarias. Estudió en las facultades de Leyes y de Filosofía y Letras de la
Universidad Nacional. Sus preocupaciones sociales también se dejaron sentir
prontamente, y en 1937 realizó un viaje a Yucatán con la intención de crear una
escuela para hijos de trabajadores. En junio de ese mismo año contrajo matrimonio
con la escritora Elena Garro (que le daría una hija y de la que se separaría años
después) y abandonó sus estudios académicos para realizar, junto a su esposa, un
viaje a Europa que sería fundamental en toda su trayectoria vital e intelectual. En
París tomó contacto, entre otros, con César Vallejo y Pablo Neruda, y fue invitado
al Congreso de Escritores Antifascistas de Valencia. Hasta finales de septiembre de
1937 permaneció en España, donde conoció personalmente a Vicente
Huidobro, Nicolás Guillén, Antonio Machado y a destacados poetas de la
generación del 27, como Rafael Alberti, Luis Cernuda, Miguel Hernández, Emilio
Prados y Manuel Altolaguirre. Además de visitar el frente, durante la Guerra Civil
española (1936-1939) escribió numerosos artículos en apoyo de la causa
republicana.

Tras volver de nuevo a París y visitar Nueva York, en 1938 regresó a México y allí
colaboró intensamente con los refugiados republicanos españoles, especialmente
con los poetas del grupo Hora de España. Mientras, trabajaba en un banco y
escribía diariamente una columna de política internacional en El Popular, periódico
sindical que abandonó por discrepancias ideológicas. En 1942 fundó las
revistas Tierra Nueva y El Hijo Pródigo.
Desde finales de 1943 (año en que recibió una beca Guggenheim para visitar los
Estados Unidos) hasta 1953, Octavio Paz residió fuera de su país natal: primero en
diversas ciudades norteamericanas y, concluida la Segunda Guerra Mundial, en
París, después de ingresar en el Servicio Exterior mexicano. En la capital francesa
comenzó su alejamiento del marxismo y el existencialismo para acercarse a un
socialismo utópico y sobre todo al surrealismo, entendido como actitud vital y en
cuyos círculos se introdujo gracias a Benjamin Péret y principalmente a su gran
amigo André Breton. De nuevo en México, fundó en 1955 el grupo poético y teatral
Poesía en Voz Alta, y posteriormente inició sus colaboraciones en la Revista
Mexicana de Literatura y en El Corno Emplumado. En las publicaciones de esta
época defendió las posiciones experimentales del arte contemporáneo. En la
década de los 60 volvió al Servicio Exterior, siendo destinado como funcionario de
la embajada mexicana en París (1960-1961) y más tarde en la de la India (1962-
1968); en este último país conoció a Marie-José Tramini, con la que se casó en 1964.
Cerró su actividad diplomática en 1968, cuando renunció como protesta contra la
política represiva del gobierno de Gustavo Díaz Ordaz frente el movimiento
democrático estudiantil, que culminó con la matanza en la Plaza de las Tres
Culturas de Tlatelolco.
Ejerció desde entonces la docencia en universidades americanas y europeas, a la
vez que proseguía su infatigable labor cultural impartiendo conferencias y
fundando nuevas revistas, como Plural (1971-1976) o Vuelta (1976). En 1990 se le
concedió el Nobel de Literatura, coronación a una ejemplar trayectoria ya
previamente reconocida con el máximo galardón de las letras hispanoamericanas,
el Premio Cervantes (1981), y que se vería de nuevo premiada con el Príncipe de
Asturias de Comunicación y Humanidades (1993).
A UNA FRANCESA
El mal, que en sus recursos es proficuo,
jamás en vil parodia tuvo empachos:
Mefistófeles es un cristo oblicuo
que lleva retorcidos los mostachos.
Y tú, que eres unciosa como un ruego
y sin mácula y simple como un nardo,
tienes trágica crin dorada a fuego
y amarillas pupilas de leopardo.

Amado Nervo
Amado Nervo
(José Amado Ruiz de Nervo; Tepic, Nayarit, 1870 - Montevideo, 1919) Poeta
mexicano. Hizo sus primeros estudios en el Colegio de Jacona, pasando
después al Seminario de Zamora, en el Estado de Michoacán, donde
permaneció desde 1886 hasta 1891.

Los problemas económicos que atenazaron a su familia, un hogar de clase


media venido a menos, le forzaron a dejar inconclusos sus estudios eclesiásticos,
sin que pueda descartarse por completo la idea de que su decisión fuera
también influida por sus propias inclinaciones. En cualquier caso, siguió
alentando en su interior una espiritualidad mística, nacida sin duda en estos
primeros años y que empapó su producción lírica en una primera etapa; en ella
meditó fundamentalmente sobre la existencia humana, sus problemas, sus
conflictos y sus misterios, y sobre el eterno dilema de la vida y la muerte.

Abandonados los estudios, Amado Nervo empezó a ejercer el periodismo,


profesión que desarrolló primero en Mazatlán, en el Estado de Sinaloa, y más
tarde en la propia Ciudad de México, adonde se trasladó temporalmente en
1894. Sus colaboraciones aparecieron en la Revista Azul. Junto a su amigo Jesús
E. Valenzuela, fundó la Revista Moderna. Estas dos publicaciones fueron el
resultado de las ansias e impulsos modernistas que aparecieron, en aquella
época, en todos los rincones de la Latinoamérica literaria y artística.

En 1900, el diario El Imparcial lo envió como corresponsal a la Exposición


Universal de París, donde residiría durante dos años. Entabló allí conocimiento y
amistad con el gran poeta nicaragüense Rubén Darío, quien más tarde diría de
Nervo: "se relacionó también con el grupo de literatos y artistas parnasianos y
modernistas, completando de ese modo su formación literaria."

Todos los estudiosos parecen estar de acuerdo en afirmar que adoptó los
principios y la filosofía del Parnaso, grupo de creadores franceses que intentaba
reaccionar contra la poesía utilitaria y declamatoria tan en boga por aquel
entonces, rechazando también un romanticismo lírico en el que los
sentimientos, las encendidas pasiones y las convicciones íntimas de los autores,
interfiriendo en su producción literaria, impedían, a su entender, el florecimiento
de la belleza artística pura.

En París conoció a la que iba a ser la mujer de su vida, Ana Cecilia Luisa Dailliez,
con la que compartió su vida más de diez años, entre 1901 y 1912, y cuyo
prematuro fallecimiento fue el doloroso manantial del que emanan los versos
de La amada inmóvil, que no vio la luz pública hasta después de la muerte del
poeta, prueba de que éste consideraba su obra como parte imprescindible de
su más dolorosa intimidad. Su Ofertorio supone, sin ningún género de duda, uno
de los momentos líricos de mayor emoción, una de las joyas líricas más
importantes de toda su producción poética.

Cuando regresó a México, tras aquellos años decisivos para su vida y su


formación literaria y artística, ejerció como profesor en la Escuela Nacional
Preparatoria, hasta que fue nombrado inspector de enseñanza de la literatura.
En 1906, por fin, ingresó en el servicio diplomático mexicano y se le confiaron
distintas tareas en Argentina y Uruguay, para ser finalmente designado
secretario segundo de la Legación de México en España.

En 1918 recibió el nombramiento de ministro plenipotenciario en Argentina y


Uruguay, el que iba a ser su último cargo, pues, un año después, en 1919,
Amado Nervo moría en Montevideo, la capital uruguaya, donde había
conocido a Zorrilla de San Martín, notable orador y ensayista con el que trabó
estrecha amistad y que, a decir de los estudiosos, influyó decisivamente en el
acercamiento a la Iglesia Católica que realizó el poeta en sus últimos
momentos, un acercamiento que tiene todos los visos de una verdadera
reconciliación.
A un arrollo
Cuando todo era flores tu camino,
cuando todo era pájaros tu ambiente,
cediendo de tu curso a la pendiente
todo era en ti fugaz y repentino.

Vino el invierno con sus nieblas, vino


el hielo que hoy estanca tu corriente,
y en situación tan triste y diferente
ni aún un pálido sol te da el destino.

Y así en la vida el incesante vuelo


mientras que todo es ilusión, avanza
en sólo una hora cuanto mide un cielo.

Y cuando el duelo asoma en lontananza


entonces como tú cambiada en hielo
no puede reflejar ni la esperanza.

Manuel Acuña
Manuel Acuña
(Saltillo, 1849 - México, 1873) Poeta y dramaturgo considerado uno de los más
destacados y característicos representantes del romanticismo mexicano. Su
inflamado carácter romántico, el lirismo que fue apoderándose, poco a poco,
de sus anhelos literarios y su naturaleza enfermiza conformaron paulatinamente
unos poemas en los que se advierten los destellos de su pasión y su genio
poético, características que la turbulencia de sus amores y desamores irían
acentuando, para conducirlo, en medio de la locura de amor rechazado, al
suicidio.

El romanticismo del autor, sin embargo, incluyó, como en otros autores de la


época, la actividad política y periodística y una visión filosófica liberal y
positivista en que se reconoce el peso de Ignacio Manuel Altamirano,
verdadero mentor de la generación romántica.

Manuel Acuña nació en Saltillo, capital del Estado de Coahuila, el 26 o el 27 de


agosto de 1849, pues las fuentes difieren a veces en lo referente a la fecha
exacta de su nacimiento, y recibió la primera educación en el Colegio Josefino
de su ciudad natal. Adolescente todavía, apenas cumplidos los dieciséis años
se traslada a la capital de la República con la inicial intención de cursar estudios
de latinidad, matemáticas, francés y filosofía, para acabar luego inscribiéndose
en la Escuela de Medicina, cuyos cursos siguió a partir de 1868. La incipiente
afición a las letras se impondrá muy pronto en el espíritu del joven aspirante a
médico que, ya en 1869, dispuesto a redimir a la humanidad por medio de la
enseñanza, las artes y las ciencias, se lanza a lo que va a ser una prolongada y
fecunda serie de colaboraciones en distintos diarios y revistas mexicanos.
Manuel Acuña comienza así a colaborar en las páginas de numerosas
publicaciones periódicas, como El Renacimiento (1869), El Libre Pensador
(1870), El Federalista (1871), El Domingo (1871-1873), El Búcaro (1872) y El Eco de
Ambos Mundos (1872-1873). Influido a veces, como en Hojas secas, por el tardío
romanticismo español de Gustavo Adolfo Bécquer y transido otras (en Ante un
cadáver, por ejemplo) de un materialismo que cuestiona la propia existencia
de Dios y se pregunta por el origen y el destino del hombre, por el sentido de su
vida en la Tierra, por las razones del amor y el desamor, por la causa final de la
injusticia, Acuña va adoptando un tono de encendida protesta existencial y
revolucionaria, que no se ve mitigada por la fe religiosa o por el conformismo
que debiera ser fruto natural de una cierta madurez, pero que asume en sus
poemas humorísticos descarnados acentos de burla.

Perteneciente al Liceo Hidalgo, como su amigo el poeta Juan de Dios Peza,


funda con Agustín F. Cuenca la Sociedad Literaria Nezahualtcóyotl, que se
inspira en el ferviente ideario nacionalista del escritor, educador y
diplomático Ignacio Manuel Altamirano, con su deseo de lograr que las letras
mexicanas fueran, por fin, la fiel expresión de la patria y un elemento activo de
integración cultural. El 9 de mayo de 1872, Manuel Acuña pudo ver cómo subía
a los escenarios mexicanos El pasado, la única obra dramática que ha llegado
hasta nosotros (pues escribió otra, Donde las dan las toman, que se ha perdido).
Violentamente romántico, este drama plantea la redención de una joven
prostituta gracias al amor y, en sus páginas, pueden ya rastrearse todas las
características de la personalidad humana y literaria del joven poeta; una
personalidad balbuciente todavía y que, desgraciadamente y por su propia
voluntad, no tendrá tiempo para llegar a sazón.
Su apasionado y no correspondido amor por Rosario de la Peña, a la que elige
como inspiradora de todos sus escritos y el objeto de todos sus sueños, le dicta
el poema Nocturno a Rosario, la más popular y conocida de sus obras. Pese a
cierta ingenuidad romántica, que convierte a Rosario en la musa por
excelencia de las letras mexicanas, la elegancia de este poema, desprovisto
de los oropeles, efectismos y exageraciones que desmerecen algunas de sus
obras, puede hacernos pensar que se abría ante el joven Acuña un prometedor
y esperanzado porvenir literario. Pero el sufrimiento moral puede llegar a ser
insoportable, el amor desgraciado no engendra tan sólo obras dramáticas o
inflamadas creaciones literarias y, por lo demás, como nuestro infeliz
enamorado sabe muy bien, los héroes románticos suelen morir jóvenes; ahí
están para demostrarlo las tumultuosas vidas de Lord Byron y Percy Bysshe
Shelley, ahí está también Mariano José de Larra llamándole desde el otro lado
del Atlántico. Manuel Acuña, envuelto en su aura romántica, no desea recorrer
el camino hacia la gloria literaria que sus jóvenes escritos parecen reservarle y
se niega a soportar una vida en la que su pasión vaya paulatinamente
extinguiéndose, privada del amor de su esquiva musa. El 6 de diciembre de 1873
decide truncar las esperanzas que en él se habían depositado y cierra, con el
suicidio, el curso de su existencia. Tendrán que pasar todavía muchos años para
que los escasos poemas de Acuña abandonen las fugaces páginas
amarillentas de los periódicos o revistas de la época y venzan por fin, ordenados
en un volumen coherente, el silencioso olvido de las hemerotecas.
AMOR
Sólo la voz, la piel, la superficie
Pulida de las cosas.

Basta. No quiere más la oreja, que su cuenco


Rebalsaría y la mano ya no alcanza
A tocar más allá.

Distraída, resbala, acariciando


Y lentamente sabe del contorno.
Se retira saciada
Sin advertir el ulular inútil
De la cautividad de las entrañas
Ni el ímpetu del cuajo de la sangre
Que embiste la compuerta del borbotón, ni el nudo
Ya para siempre ciego del sollozo.

El que se va se lleva su memoria,


Su modo de ser río, de ser aire,
De ser adiós y nunca.

Hasta que un día otro lo para, lo detiene


Y lo reduce a voz, a piel, a superficie
Ofrecida, entregada, mientras dentro de sí
La oculta soledad aguarda y tiembla.

Rosario Castellanos
Rosario Castellanos
Rosario Castellanos creció en la hacienda de su familia en Comitán, en la región
maya del sur de México denominada Altos de Chiapas. A la edad de siete años, su
hermano menor Mario murió de apendicitis y sus padres murieron en 1948. Ella se
quedó huérfana y con medios financieros limitados. Sintió una necesidad urgente
para la autoexpresión y pronto se convirtió en la primera mujer escritora de
Chiapas.2
Posteriormente emigró a la Ciudad de México donde, en 1950, se graduó como
maestra en filosofía por la Universidad Nacional Autónoma de México y se
relacionó con Ernesto Cardenal, , Jaime Sabines y Augusto Monterroso. También
estudió estética en la Universidad de Madrid con una beca del Instituto de Cultura
Hispánica de 1950 a 1951.3 Fue profesora de la Facultad de Filosofía y Letras de la
UNAM, así como en la Universidad de Wisconsin, en la Universidad Estatal de
Colorado y en la Universidad de Indiana. Escribió durante años en el diario Excélsior,
fue promotora del Instituto Chiapaneco de la Cultura y del Instituto Nacional
Indigenista, así como secretaria del PEN Club. En 1954-5 fue becada por
la Fundación Rockefelleren el Centro Mexicano de Escritores.2
Se casó con el profesor de filosofía Ricardo Guerra en 1958, y el nacimiento de su
hijo, Gabriel, fue un momento importante en su vida, ya que ella estaba luchando
contra la depresión después de abortos involuntarios y la muerte de una hija recién
nacida.4 Al fin, sin embargo, se divorció después de trece años de matrimonio.
Había sufrido la depresión de sus abortos involuntarios e infidelidades de su marido.5
Dedicó una extensísima parte de su obra y de sus energías a la defensa de
los derechos de las mujeres, labor por la que es recordada como uno de los
símbolos del feminismo latinoamericano. Pero al nivel personal su propia vida estuvo
marcada por un matrimonio difícil y continuas depresiones.
Como promotora cultural trabajó en el Instituto de Ciencias y Artes de Tuxtla
Gutiérrez y dirigió el Teatro Guiñol del Centro Coordinador Tzeltal-Tzotzil, auspiciado
por Instituto Nacional Indigenista. En la UNAM trabajó como Directora General de
Información y Prensa (1960-1966) y fue profesora en la Facultad de Filosofía y Letras.4
Antes de morir estaba trabajando en el servicio exterior. Fue
nombrada embajadora de México en Israel en 1971, y trabajó como catedrática
en la Universidad Hebrea de Jerusalén, además de su labor como diplomática.6
Castellanos murió a la temprana edad de 49 años a causa de un desafortunado
accidente doméstico. Falleció en Tel Aviv el 7 de agosto de 1974, a consecuencia
de una descarga eléctrica provocada por una lámpara cuando acudía a
contestar el teléfono al salir de bañarse. Sus restos descansan en la Rotonda de las
Personas Ilustres desde el 9 de agosto de 1974.
Poemas y
sus autores

Amaya Zuleika Alvarez Ortiz 6° “B”


Profra. Rosa Moreno Mier