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El día que amenazaron con derribar el


avión del gobernador
Mario Cippitelli
7-9 minutos

“Dicen que estamos violando espacio aéreo internacional y que


nos van a aplicar las leyes que correspondan”, resumió el
vicegobernador al resto de los pasajeros. “¿Y eso qué quiere
decir?”, preguntó asustado uno de los ministros. El hombre miró los
picos montañosos nevados y las nubes densas como algodones.
“Que nos pueden llegar a derribar; tal vez ya tengamos un caza del
Ejército detrás nuestro”, dijo.

Un par de horas antes, un avión Turbo Commander había partido


desde el aeropuerto de Neuquén con destino a Loncopué. La
comitiva estaba compuesta por el gobernador Pedro Salvatori y
todo su equipo de ministros y colaboradores. El motivo de aquel
viaje del 20 de octubre de 1988 era participar en el aniversario del
pequeño pueblo ubicado a pocos kilómetros del volcán Copahue,
casi en el centro de la línea cordillerana neuquina.

Salvatori llevaba su segundo año de mandato como gobernador,


luego de haber triunfado en las elecciones provinciales de 1987.
Dentro de la rutina casi cotidiana estaba la amplia recorrida por el
interior de la provincia. Aquel día lo acompañaban Lucas
Echegaray, vicegobernador; y los ministros Silvio Tosello, de Obras

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Públicas; Horacio Forni, de Gobierno; Gustavo Vaca Narvaja, de
Salud, y Alberto Fernández, de Educación; además de Rubén
Palavecino, secretario general, y Héctor Jorge Marín, director de
Protocolo.

Para emprender el viaje, la comitiva se subió a un Turbo


Commander, uno de los aviones que había adquirido el gobierno
para reforzar la flota de la empresa aérea TAN. La pequeña
aeronave estaba a cargo de un joven piloto que recién hacía sus
primeros vuelos para la compañía provincial.

El gabinete se subió al avión que, luego de los protocolos técnicos


que duraron un par de minutos, comenzó a trepar por el cielo
rumbo al aeropuerto Teniente La Rufa, ubicado a casi 250
kilómetros de la capital provincial. Por la proximidad, sería un vuelo
corto que demandaría pocos minutos.

Los funcionarios dialogaban distendidos, mientras repasaban


algunos puntos de la agenda que debían cumplir en aquella
localidad. Inaugurarían obras, tomarían contactos con los vecinos y
participarían de los actos por el nuevo aniversario.

Cumplidos varios minutos de vuelo, el gobernador Salvatori miró a


través de la ventanilla y, pese a las nubes, notó que el paisaje no le
era familiar. El río Agrio, tan característico de la zona, no se veía.
El avión seguía volando a gran altura, demasiada por el tiempo de
viaje que había transcurrido. Se suponía que la aproximación al
aeropuerto ya la tendría que haber hecho. “¿Dónde estamos?”,
preguntó. Sus colaboradores miraron por las ventanillas. “Cerca de
Loncopué parece que no”, contestó alguien. Las nubes parecían
ser cada vez más espesas.
Uno de los ministros se paró y fue a la cabina del avión para

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preguntarle al piloto. “Estamos perdidos”, reconoció el
comandante.

Aero Commander 680 LV-MAU de la flota de TAN (Trasportes


Aéreos Neuquén)

De vicegobernador a piloto

El vicegobernador, que tenía fascinación por los aviones y en más


de una oportunidad había ocupado el asiento del copiloto para
tratar de aprender algo durante tantos viajes que había realizado la
comitiva por el interior de la provincia, se sentó frente a los
comandos. El ministro de Salud desplegó un mapa para tratar de
colaborar. Todo era en vano.

El piloto explicó que, cuando estaban por llegar a Loncopué, notó


que en la zona había mucha turbulencia y que por ese motivo
decidió seguir subiendo para sortearla. A partir de ahí, se
desorientó por completo.

A esa altura, casi todo el gabinete trataba de ingresar a la cabina.


Había caras de preocupación porque nadie sabía con certeza en
qué lugar estaban y cuál sería el destino de la aeronave.

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Un mensaje radial les dio la única certeza. “Están invadiendo
espacio aéreo internacional”, fue la advertencia contundente que
llegó por la radio. En efecto, el pequeño avión se había desviado
completamente de su recorrido, había cruzado las fronteras y los
radares chilenos lo habían detectado enseguida. El alerta desde el
vecino país se había lanzado a modo de amenaza. Violar el
espacio aéreo era un delito, y las leyes eran muy claras. “¿Cómo
que nos van a derribar?”, preguntó el gobernador.

Las relaciones con Chile en ese entonces no eran malas, pero diez
años antes, ambos países estuvieron a punto de protagonizar un
conflicto armado por el Canal de Beagle, y en 1982 chilenos y
argentinos habían quedado muy enfrentados por la posición del
gobierno trasandino en la Guerra de Malvinas. ¿Pero sería capaz
el gobierno de Pinochet de enviar un avión caza para derribar al
intruso argentino?

“Tenemos que volver como sea”, le dijo el vicegobernador al joven


piloto, que a esa altura estaba tan preocupado como los pasajeros.
La idea parecía simple, pero ¿cómo?
Con más decisión que conocimientos, Echegaray comenzó a
asesorar al comandante. Le dijo que lo mejor sería hacer un giro
completo para tratar de retomar el camino hacia territorio argentino,
hasta que se divisara el volcán Copahue o el río Agrio.

El piloto y el vicegobernador se concentraron en esa tarea.


Salvatori y el resto del gabinete aguardaban en silencio, con tantos
nervios como expectativas. Aunque no lo mencionaban, muchos
pensaban en la posibilidad de que un caza chileno hubiese
despegado para interceptarlos. También había preocupación por la
suerte que correrían si no encontraban la ruta de regreso.
¿Alcanzaría el combustible?

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El pequeño avión comenzó a desandar el camino y a atravesar,
casi a ciegas, la espesura de las nubes hasta que finalmente,
luego de varios minutos y un largo recorrido, los pasajeros
comenzaron a divisar terreno conocido. “¡Ese es el Agrio y allá está
el volcán!”, gritaron.

La aeronave comenzó a descender e hizo las maniobras de


aproximación hasta que finalmente vieron la pista. En los
alrededores del aeropuerto había una muchedumbre esperándolos.
Todos estaban desorientados, porque mucho antes habían visto
pasar el avión volando demasiado alto. “¿Y éstos adónde van?”, se
preguntaron.

El tren de aterrizaje tocó finalmente el pavimento, y se sintieron


suspiros de alivio entre los pasajeros. No faltaron las bromas y los
festejos con aplausos para aquel increíble desenlace.
Cuando descendieron y los funcionarios locales le preguntaron qué
había pasado, Salvatori explicó lo sucedido y, pese a la
preocupación que habían vivido, cerró el relato con una reflexión
que hizo estallar en carcajadas a los presentes: “La verdad es que
como vicegobernador, Echegaray es un gran piloto”.

Mario Cippitelli

Extraído de Historias Urbanas – Blog de Mario Cippitelli

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