Está en la página 1de 70

..

.
LA BURGUESA DE ORLÉANS

Ahora os diré una aventura bastante cortés, ocurrida a una burguesa. Había nacido y se había criado en
Orléans. Su señor, nacido en Amiens, era un campesino inmensamente rico. De negocios y usura se sabía todos los
trucos y vueltas y cuando agarraba algo, quedaba bien sujeto.

A la ciudad llegaron tres nuevos clérigos estudiantes, con sus bolsas colgando del cuello. Los clérigos eran
grandes y fuertes, comían con buen apetito sin andarse con bromas, alegres y con buena voz. En la ciudad, donde
habían tomado albergue, eran muy apreciados. Había uno de gran mérito que frecuentaba mucho la casa de un burgués;
lo apreciaban por su cortesía, no era altanero ni de malos modales y a la dama le agradaba de veras su compañía. Tanto
vino y tanto fue que el burgués decidió que, fuese con hechos o con palabras, le daría una lección si lograba agarrarlo en
lugar seguro. En su casa tenía una sobrina a la que había criado desde niña. La llamó aparte y le prometió un corpiño si
espiaba y le contaba la verdad.

El estudiante tanto suplicó a la burguesa que esta le concedió su amor. La jovencita anduvo escuchando sin
parar hasta que logro oírlos ponerse de acuerdo. Al burgués vino al instante y le contó lo que habían convenido. Era lo
siguiente: la dama le avisaría cuando su señor se marchase, entonces él vendría a la puerta del huerto que estaba cerrada
y que ella le enseñó, allí estaría ella, cuando ya fuese noche entrada. El burgués lo oyó y se puso contento, después fue
hacia su mujer. “Señora, dijo, es necesario que me vaya a mis negocios. Cuidad de la casa querida amiga como
conviene a una mujer honesta. No sé cuándo regresaré”. – Señor, no dejaré de hacerlo con mucho gusto”. El burgués
avisó a sus carreteros y les dijo que para ir adelantando camino, pasarían la noche a tres leguas de la ciudad.

La dama, que no sabía el engaño, mandó recado al clérigo. Él, que pensaba sorprenderlos, mandó a su gente a
la posada y se vino a la puerta del huerto porque ya se entreveraba la noche con el día. La dama, muy a escondidas, vino
al encuentro, abrió la puerta y lo acogió en sus brazos creyendo que era su amigo. Pero está equivocada “¡Bienvenido
seáis!”, le dice. Él se abstiene de hablar en voz alta y le devuelve el saludo con un murmullo. Van andando por el huerto
y él lleva la cabeza gacha. La burguesa se inclina un poco para mirar por bajo el capuchón y se da cuenta del engaño: ve
claramente que es su marido el que trata de engañarla. Al darse cuenta, decide que será ella la que le engañe. La mujer
siempre ha vencido a Argos. Por sus tretas se han visto engañados los sabios desde los tiempos de Abel. “Señor, le dice,
mucho me agrada poderos tener conmigo. Os daré de mi propio dinero para que podáis recuperar vuestras prendas
empeñadas, pero debéis celar muy bien este asunto y ahora vayamos sin más. Os llevaré en secreto a una habitación de
arriba de la que tengo llave; ahí me esperaréis sin hacer ruido hasta que hayan comido los criados: cuando todos estén
acostados os llevaré tras las cortinas de mi cama y nadie se enterará”. – “Señora, bien habéis hablado”.

¡Ay! ¡Si supiera lo que ella maquina! Una cosa piensa el arriero y otra muy distinta el mulo. Pronto tendrá
mala posada. Cuando la dama lo hubo encerrado en la habitación de la que no podía salir, volvió a la puerta del huerto,
acogió a su amigo que allí estaba y lo abrazó y lo besó. Mucho más a gusto está, me parece el segundo que el primero;
porque la dama lo ha dejado solo ya un buen rato, esperando en la habitación de arriba. No tardaron en cruzar el huerto
y llegar al dormitorio en el que estaban las cortinas echadas. La dama conduce a su amigo, lo lleva al dormitorio y lo
acuesta debajo de la colcha: éste comienza de inmediato el juego que amor le ordena ya que se le da un comino de los
demás y no conoce otro que más le agrade. Se divirtieron largo rato. Cuando se hubieron besado y abrazado, “Amigo,
dijo ella, quedaos aquí un momento y esperadme, porque tengo que ir adentro a dar de comer a los criados; después
cenaremos los dos aquí, a escondidas”-“Señora, haré todo lo que queráis”.

Se va tranquilamente a la sala en la que está su gente y la atiende lo mejor que puede. Cuando estuvo
preparada la cena comieron y bebieron a saciedad. Cuando todos hubieron comido y bebido, antes de que se
dispersaran, la dama los llamó y se dirigió a ellos amablemente. Había dos sobrinos del marido, un mozo que traía el
agua y tres criadas; también estaban allí la sobrina del burgués, dos vagabundos y un mendigo. “Señores, les dijo, Dios
os guarde y ahora escuchadme: habéis vito venir aquí, a esta casa a un clérigo que no me deja en paz; me ha solicitado
de amores mucho tiempo y treinta veces se lo he prohibido. Al ver que era inútil, le prometí que haría su voluntad
cuando mi señor estuviera ausente. Hoy se ha ido, Dios lo guíe. AL clérigo que me molesta cada día, he cumplido mi
promesa. Hoy ha llegado a su fin: me espera allá arriba. Os daré un galón del mejor vino que haya en esta casa si me
prometéis que seré vengada. A esa habitación de arriba id a por él y pegadle con palos, sin piedad; dadle tantos golpes
que nunca más vuelva a tener ganas de cortejar a una mujer honrada”.

Cuando oyen de lo que se trata, todos sale corriendo, ninguno espera .Uno coge un bastón, otro un palo y el
otro una maza grande y sólida. La burguesa les da la llave. Al que fuese capaz de contar todos los golpes, lo tendría yo
por buen cuentista- “No dejéis que se escape, sujetadlo arriba”- “Por Dios, dicen, señor clericastro, vais a recibir una
buena disciplina”. Uno lo echa al suelo y lo agarra por la garganta: le retuerce el capuchón de tal manera que no puede
pronunciar palabra. Y comienzan todos a dar: para dar palos no son roñosos. Aun pagando mil marcos de oro, no le
habrían arreglado mejor la cabeza. Para hacerlo con más facilidad, se turnaron varias veces sus dos sobrinos, primero
por arriba, luego por abajo. Gritar no sirve de nada. Lo sacaron afuera, arrastrándolo como un perro muerto y lo echaron
sobre un estercolero. Volvieron a la casa, tuvieron buen vino en abundancia: los mejores de la bodega, blancos y de
Auverña, como si fueran reyes. La dama cogió pasteles, vino, una blanca servilleta de lino y una gran vela de cera;
después hizo amable compañía a su amigo hasta que fue de día. Al despedirse, hizo amor que le diese diez marcos de
oro y le rogó que volviese todas las veces que pudiera.

El que estaba encima del estercolero se levantó como pudo y se fue donde estaba su equipaje. Cuando su gente
lo vio tan apaleado, se desolaron en gran manera y asombrados le preguntaron cómo estaba. “Malamente estoy, dijo.
Llevadme a mi casa y no me preguntéis nada más”. Lo alzaron y sin más se lo llevaron. Pero lo reconfortaba y le
quitaba los tristes pensamientos el saber a su mujer tan fiel; un comino le importaban todos sus dolores y piensa que si
llega a curarse, siempre la tendrá en gran estima. Volvió a su casa y cuando la dama lo vio, le preparó un baño con
buenas hierbas, por entero lo curó de su desgracia. Le preguntó cómo le había sucedido. “Señora, tuve que pasar por un
gran peligro en el que me rompieron los huesos”. Los de la casa le contaron como habían dejado al clericastro y cómo
se lo había entregado la dama. A fe mía, que se comportó como una mujer prudente y sabia.

Nunca en toda su vida dudó de ella ni la censuró y ella tampoco dudó en amar a su amigo cada día, hasta que
el volvió a su tierra.
EL PRESTE Y ALISON

(de Guillermo El Normando)

Hay tantas clases de menestreles que, por el cuerpo de San Eustaquio, no sé decir a cuál de ellas pertenezco.

Guillermo, que trabaja sin descanso en rimar y fabular, ha hecho un cuento muy apreciable sobre la hija de la
burguesa que vivía a orillas del río Oise y se llamaba Mahau.

Solía vender en su ventana ajos, cebollas y sobreros bien trabajados, hechos de junco flexible, no del que crece
en agua estancada. Su hija se llamaba Marión y era una bella muchacha.

Un día que llevaba una buena brazada de acederas y de berros húmedos cogidos junto a la fuente, se le
empapó la camisa de lino ciñéndosele al cuerpo. No era de alto linaje, ni hija de barón ni de dama. No quiero mentiros,
por mi alma: era hija de esa burguesa pero nunca vi otra tan cortés ni con mejores maneras. Vendía comino, pimienta y
cera. El capellán de San Cyr iba muy a menudo a su casa a comprar jengibre, canela, regaliz y la hierba que viene de
Alejandría. El cura se llama Alejandro y era inmensamente rico pero Marión le quitaba a menudo el sueño. Cuando la
vio con su camisa húmeda, que como hacía buen tiempo era lo único que se había puesto para salir al campo, le faltó
tiempo para ir a su casa. No temía que lo echaran, estaba seguro de lograrlo. Tan cierto como que sabía el abecedario
que lograría convertirla, ¡que Dios condenase su alma s no lograba someterla a su voluntad!

Se puso el sombrero para protegerse del calor del verano. Ya había estado otras veces en casa de la que no
vendía ni telas ni lanas, pero se ganaba bien la vida. El capellán saludó a la dama; ella se puso de pie y dijo: “Señor
bienvenido seáis. Quedaros a cenar aquí con nosotras y nos daréis una gran alegría. Mirad qué buena oca tenemos al
fuego”. Así dijo la que nada malo sospechaba. El capellán volvió la cabeza hacia la doncella y la miró con insistencia.
Él había nacido en Arde, entre Saint Omer y Calais. Se sentó sobre un tonel con aire trastornado aunque no estaba ebrio.
Se dijo que daría con gusto diez libras para conseguir que hiciera su voluntad, a solas, tan bella y agradable era. No
pasaba de los doce años la que se mostraba tan gentil. Se pecho blanca se alzaba con suavidad, era muy bella, sencilla y
recatada. Mientras tanto habían preparado la mesa en casa de la burguesa: no solía comer peces ni pescado sino patos,
faisanes y avutardas, de los que tenia buena provisión en la casa. El capellán estaba contento y miraba a la doncella a la
que le apuntaban los pechillos como manzanas. Cuando hubieron comido a su placer, quitaron la mesa.

El capellán tenía el corazón inflamado de amor. A la dama, que tenía por nombre Mahau, llama aparte con
suavidad: “Señora, escuchad mis males. Llevo mucho tiempo sufriendo y ahora quiero decir lo que siento. No puedo
callar más, tengo que decirlo: Marión, vuestra hermosa hija, me ha roto y arrancado el corazón. Señora, así fueran
necesarios los tesoros que tengo, si no os ofende, quisiera tener a vuestra hija una noche. Tengo muchas y buenas
monedas”. Y la dama responde; “¡Un momento, señor! ¿Pensáis que con vuestro dinero podéis conseguir aquí a mi hija,
a la que he cuidado con tanto espero? Me importan muy poco todas vuestras monedas y vuestros tesoros. ¡Por los santos
que se veneran en Gisor!, no me interesa vuestra riqueza. Id a meter las manos en otra parte”- “Señora, por Dios
¡apiadaos de mí! Traeré aquí el dinero y cogeréis el que queráis”. Y Mahau, que desea quedarse con el dinero del cofre,
le promete que accederá a sus deseos. Os digo que rey o conde podrían haber tenido a la joven en su cama para gozarla
con deleite, tan grande era su belleza. El preste volvió a sentarse sobre el tonel que estaba entre él y Mahau, que tantas
veces había vendido ajos y comprado pimienta y comino; después se despidió el capellán y emprendió el camino hacia
su casa. Nunca se vio tan engañado un hombre como burlado el preste.

Pronto estuvo listo el baño que la dama mandó preparar. Prometió por Dios y el cuerpo de San Eustaquio, que
cogería al preste en la red igual que se cogen los peces, e hizo llamar a Alison, una muchacha de la vida, muy menuda
de cuerpo a la que todos conocían. Escuchad lo que dijo Mahaut. Cuando vio a la pecadora, se rió por lo bajo como
mujer prudente: “Alison, te he conseguido una boda. No habrá mujer mejor casada de aquí al Támesis”-“¿Me habéis
llamado para eso?, dijo Alison. Es bajeza reírse de una pobre chica de la calle que pasa necesidad”- “Amiga, no lo haré
si Dios me ayuda, no seré yo la que te perjudique. Mi intención es darte una blanca pelliza y una buena túnica larga, de
fina lana de Douai. Entra enseguida en ese baño: te voy a vender como si fueras doncella”. Alison obedeció
rápidamente. Muy divertida, se sentó y se desvistió, después, inclinándose delante de la tinaja, se descalzó y se metió en
el agua como un pez. Ahí tenéis a la hija de la burguesa que el preste piensa conseguir.

Mientras tanto el capellán comenzó todos los preparativos en su casa. Pidió que le sacasen una pelliza que
valía quince monedas de plata, se la había vendido un comerciante de Milán que vivía en Provins. De la túnica os diré la
verdad: era nueva y de un rojo brillante. Muchos capones y pulardas mandó para allá. Quería pasarlo bien cuando allí
llegase por la noche. ¿No creéis que es aburrido un día en el que tanto se dispendia? El capellán no reparó en gastos y
abrió un cofre- así lo asegura Guillermo en pergamino y en lengua romance- en el que tenía quince libras esterlinas de
plata, metidas en una bolsa de cuero cosida. Qué engañado está. Por una simple moneda francesa, podría haberse
deleitado con la que se costará con él cuando vaya a la casa, al anochecer. Cogió además un puñado de calderilla que
metió en su limosnera, para repartir a manos llenas en pequeñas propinas.

Mahau se dirigió a la criada de la casa: “Hercelot, escucha: ve a casa de maese Alejandro y dile que lo estoy
esperando ¡que no tarde! Hercelot estaba llena de alegría ante la perspectiva de esa boda. “Señora, haré el recado, así
Dios me ayude, tal como queréis”. Salió de la casa por la escalera que era de piedra y pidiéndole a Dios y a San Pedro
que le dieran buena propina. “Señor, ojalá podáis tener un buen día de parte de la que os saluda, que es vuestra amiga y
vuestra novia, de parte de Marión la del cuerpo gentil”. Un buen cinturón de plata dio el preste a Hercelot:”Toma
amiga, si no cuentas nada aún podrás conseguir más”- “Antes me dejaría hacer pedazos que hablar de vuestro amor o
causarle algún daño. ¡He sido yo la que lo ha preparado todo!”. El capellán se echó a reír cuando oyó a Hercelot. A su
clérigo le ordenó que le diese dos piezas de lino nuevas a Hercelot, a la que le pareció muy bueno el regalo, se despidió
y volvió a casa.

El capellán se impacientaba esperando la noche de la que esperaba gran gozo. ¡Ah! ¡Cómo se excita! Parece
un burro en celo. Jura que hará un buen asalto a la doncella, de tan maravillosa hermosura que todo en ella era bello. El
preste se encandilaba pensando en la hija de Mahau. Envolvió en un brial de seda la túnica y la pelliza, se dirigió a la
casa cargando con sus quince libras esterlinas. Pronto se verá liberado de la carga, a poco que pueda Mahau. Entra u
ella se comporta como quien espera una gran fiesta: lo coge por la mano y lo sienta a su lado, junto al fuego. Había
hecho preparar, pues era grande su alegría, dos capones y una buena oca; también había patos y colimbos y no faltó un
vino blanco de Soissons del que bebieron en abundancia, y también pasteles hechos con blanca harina; comieron mucho
y bien.
Después de cenar, tomó la palabra Mahau:” ¿Habéis traídos lo que tenéis que dar a mi hija?”- “¡Señora, no
tengo intención de engañaros! Aquí está lo que he traído: ¡Ved! ¡Mirad cuán bellas y buenas son! Me tendréis por
hombre sincero cuando salga de vuestra casa. A fe de San Simón que nunca me gustó hacer trampa”. Entonces lanzó
sobre una mesa las quince libras esterlinas de plata. La bolsa era buena y grande y en ella se guardaron. “¡Ahora a la
cama! dijo Mahau, ¡Hercelot! ¡Alumbra! Entrad en esta habitación y meteos en la cama como un rey”. Hercelot, que
pone gran interés en servir al prese, sube las escaleras muy servicial. Cogiéndola por la mano, sacó a Alison que estaba
escondida en un lugar que quedaba oculto por la mesa cargada con la comida y la bebida. “Alison, prepárate; irás a
dormir con el preste. Te enseñará el ABC y el Credo. No hagas ruido ni te resistas cuando te coja”- “Hermana, no puedo
consentirlo, nunca he hecho nada semejante. Mira, te lo juro, nunca estuvo mi cuerpo junto al de un hombre. Soy tan
virgen como Roma, en la que nunca entró peregrino ni ladró perro en la noche. Soy tan doncella como ella”. Hercelot
hizo entrar a Alison en una buena habitación, por una puerta falsa que había en la casa, que ella conocía bien. Después
volvió, cogió por la mano a Marieta y la llevó delante del preste para que pudiera verla. ¡Ay! ¡Cuánto desea tener en la
cama a ésa de la que espera tanto gozo! Hercelot o se entretiene más: se lleva a Marieta a la habitación de arriba. ¡Ya
puede divertirse el preste con Alison!

Vuelve a bajar Hercelot y se sienta junto al capellán para venderle paja por grano y cambiarle trigo por cebada.
Le dice: “Por Jorge, he acostado a la niña tras las cortinas de la cama, muy doliente y llorosa estaba. La he consolado un
gran rato y le he suplicado que acepte vuestra voluntad. Vos prometedle muchos vestidos y jotas. He hecho un buen
trabajo: de ella respondo” –“Hercelot, le daré todo lo que quiera de cuanto yo pueda poseer” – “Habláis sensatamente,
dijo Hercelot. Rogadle que no diga nada cuando estéis acostados con ella. No seáis desagradable sino dulce y cortés,
que tenéis amiga de calidad, ahí debajo de las cortinas; es más blanca que flor de espino la hermosa doncella” – “Toma
esta limosnera, Hercelot. Tiene veinte monedas o más, por San Lorenzo: cómprate una buena pelliza de cordero; yo me
voy a expresarle mis deseos a la que tanto he deseado”.

Entra en la habitación sin luz ni candela; topa con la tela de las grandes cortinas corridas, bajo las cuales está
acostada la atrevida que lo espera. El preste ya n aguarda más, levanta la tela y dice: “María, decidme, ¿queréis ser mi
amiga, hermosa mía?”. Y sin esperar respuesta comenzó a abrazarla. Ella lanza grandes suspiros y simula gran martirio,
que era maestra en el oficio. Él la trae hacia sí y se pega a su cuerpo. La hizo suya en menos tiempo del que tardo yo en
decirlo. “Hermosa amiga, dijo el preste, ¿qué te parece? Mi corazón y mis bienes, todo junto te prometo y también mi
voluntad y si de mí tuvieses un heredero, sepas que no le faltará de nada”. Alison se reía por lo bajo y entre dientes. El
preste creía tener en sus brazos Marión; pero no era así, que era Alison. ¡Bien le cambiaron los versos! El preste estaba
contento y feliz; antes de que amaneciera nueve veces tuvo a la doncella. No os quiero mentir en una sola palabra.

Ahora escuchad lo que hizo Hercelot, que dormía en la misma habitación que el otro se divertía. Sabía muchas
tretas y engaños y no tardó en levantarse desnuda. Había encendido fuego y lo volcó en una gran cama, en la que habái
un espeso colchón de paja; después se puso a gritar;”¡Socorro! ¡Fuego!”. Los del pueblo, que era grande, acorrieron
todos: rompieron la puerta de la habitación de la que salían las llamas, la misma en la que el preste se divertía. El
carnicero del pueblo entró y miro, vio el preste y lo reconoció. Se lo llevó a un rincón de la habitación:” ¡Así Dios me
valga! No quiero saber nada de vos ni de vuestra amiga”. El carnicero conocía el engaño, porque no faltó quien fuese a
contárselo. El capellán miró a la que tenía cogida por la mano, desnuda: era su novia Alison. ¡Él creía tener a Marión!
El carnicero comenzó a pegarle con un palo en la costilla y todos lo ayudaron con puños y pié. Muchos le pegaron y
también le quitaron la capa. “¡Virgen María, ayúdame!” dijo el preste, ¡Sálvame la vida!” y saltó a la calle por un
ventanuco. Por detrás parecía un carnero porque no llevaba nada encima. Los del pueblo lo vieron desnudo como un
gusano. En verdad no le habría disgustado tener algo de ropa encima de los huesos. Se veían las señales de los golpes en
la espalda, las rodillas y las caderas. Bien lo habían avergonzado y pegado. Entró en su casa corriendo, temblando como
una hoja.

Debéis aprender de esta fábula que hizo Guillermo El Normando, que no es sabio el sale de su casa de noche
para matar o robar. Se debe honrar, en cambio, al hidalgo que se porta siempre como si estuviera en la corte. Si el preste
hubiese estado enamorado de Marión, no se habría visto deshonrado ni golpeado. Éste en cambio perdió todo su dinero.
Con él pago por Alison a la que podría haber tenido de día por muy poco, en su burdel. Ya no dice más este Fabliaux.

EL CAMPESINO MÉDICO

Había una vez un campesino muy rico, incluso tenía demasiado, pero era muy roñoso. Tenía un carro sólo para
su uso personar y también una yegua y dos burros. También carne, trigo y vino en abundancia y de todo cuanto pudiera
necesitar. Todos sus amigos y la gente del pueblo le reprochaban que no tomase mujer, hasta que él les dijo que cogería
una que fuera buen si lograba dar con ella. Ellos dijeron que buscarían la mejor que encontrasen.

Había en la región un caballero viejo y viudo que tenía una hija muy bella y muy cortés doncella, pero como
no tenía bienes, el caballero no encontraba quien se la pidiese en matrimonio, sin embargo la había cedido gustoso
porque ya tenía edad de casarse. Los amigos del campesino fueron a ver al caballero y le pidieron su hija para él,
diciéndole que era muy rico: tenía grandes cantidades de oro y plata y también grano y telas. ¿Qué os contaré?
Enseguida se concretó el matrimonio. La doncella que era muy prudente, no quiso oponerse a su padre, era huérfana de
madre e hizo cuanto él le ordenó. El campesino preparó la boda cuanto antes y se casó con la que lo hubiese rechazado
si se hubiese atrevido a hacerlo.

Cuando todo hubo pasado, la boda y todo lo demás, el campesino no tardó en pensar que había hecho una
tontería: no convenía a su condición tener a la hija de un caballero por esposa. Cuando él se fuera con su carro el señor
del lugar, para que todos los días son fiesta, rondaría la calle o, en cuanto él se alejase de su casa, el capellán iría allí
todos los días hasta conseguir a su mujer, y así ella nunca lo amaría a él y lo apreciaría menos que a una hogaza de pan.
“¡Ah!, se dijo el campesino, ¡soy un desgraciado! Y ahora no sé qué hacer, porque arrepentirse no sirve de nada”. Se
puso a pensar cómo podría evitarlo. “Dios, si le pegase todas las mañanas al levantarme, antes de irme a la labor,
lloraría todo el día y creo que mientras llorase nadie vendría a pretenderla; por la noche, a mi regreso le pediría perdón.
Po la noche la tendré contenta, pero por la mañana la castigaré. Después me iré pero comeré antes un poco”. El
campesino pide comida y ella se la trae. No comieron salmón ni perdices; comieron pan y vino, huevos fritos y mucho
queso que él mismo hacía y guardaba.

Una vez quitado el mantel, con la mano que tenía grande y fuerte, golpeó a su mujer en la cara con tanta fuerza
que se le marcaron los dedos en la mejilla, después la cogió de los cabellos y el campesino, que estaba loco, le pegó
como si le hubiese ofendido. Después se fue a arar sus tierras y ella se quedó llorando. “¡Desgraciada!, se decía, ¿Qué
haré? ¿A quién pediré ayuda? No sé lo que digo, si mi mismo padre me ha traicionado entregándome a este campesino
¿Es que me hubiera muerto de hambre? Debía estar loca cuando consentí esta boda. ¡Dios mío! ¡Si mi madre no hubiese
muerto!”. Lloraba con tanto desconsuelo que todos los que fueron a visitarla se marcharon. Así se lamentó y lloró hasta
que se puso el sol y el campesino volvió de la labor; se dejo caer a los pies de su mujer y le pidió perdón por el amor de
Dios: “A ese desatino me empujó el enemigo. Os juro que nunca volveré a pegaros. De haberos golpeado estoy dolido y
arrepentido”. Tanto le dijo el apestoso, que la dama le perdonó y de inmediato le sirvió la comida con todo lo que había
preparado. Después de comer cuanto quisieron se fueron a la cama en paz.

A la mañana siguiente, el infecto campesino volvió a apalear a su mujer, por poco no la dejó tullida; después
se fue a arar las tierras y ella empezó a llorar. “¡Desgraciada!¿qué haré y dónde buscaré remedio? La desgracia está
conmigo ¿habrán pegado alguna vez a mi marido? Yo creo que no sabe lo que son los golpes. Si lo supiese, por nada del
mundo me daría tantos a mí”. Mientras se estaba lamentando, llegaron dos oficiales del rey cada uno sobre un blanco
palafrén, entraron en la casa, la saludaron en nombre del rey y le pidieron que les diese de comer porque lo necesitaban.
Ella les sirvió con agrado y les preguntó:”¿De dónde sois y qué buscáis?” Uno contestó: “Señora, somos mensajeros del
rey que nos envía a buscar un médico, tenemos que pasar a Inglaterra” – “Y eso ¿por qué?”- “Doña Alda, la hija del rey,
está enferma y lleva ocho días sin comer ni beber. Una espina de pescado se le quedó atravesada en la garganta. El rey
está muy preocupado, si llegase a perderla nunca volvería a tener alegría”-“Señores, escuchadme. Iréis menos lejos de
lo que pensáis porque mi marido es muy buen médico, os lo aseguro. Con toda certeza sabe más de medicina y de física
y de análisis de orina de lo que nunca supo Hipócrates”-“Señora, ¿habláis en serio?”-“no tengo intención de engañaros.
Sí debo advertiros que es de tal condición, que se niega a hacer nada si antes no se le pega con fuerza”. Ellos contestan:
“¡Eso ya lo veremos! Por pegar que no quede. Señora, ¿dónde podemos encontrarlo?”-“E el campo: al salir del patio,
seguid el camino viejo que va junto al riachuelo. El primer carro que encontréis es el nuestro. Id y que el apóstol San
Pedro os acompaño”.

Se fueron picando espuelas hasta que encontraron al campesino. Lo saludaron de parte del rey y le dijeron que
sin demora viniese a hablar con él. “¡Por qué?” dijo el campesino. “Por la gran ciencia que poseéis. No hay mejor
médico en toda la tierra: hemos venido a buscaros desde muy lejos”. Cuando el campesino oyó decir que era médico, se
puso a temblar y les dijo que no lo era ni poco ni mucho. “¿A qué esperamos? Dijo uno de ellos. Ya sabéis que si no se
le pega primero, no hace ni dice nada bueno”. Uno le pega un puñetazo en la sien y el otro le da en la espalda con un
palo largo y gordo. Cuando lo hubieron reducido se lo llevaron al rey. Lo montaron a empujones con la cabeza al revés.
El rey le salió al encuentro y les preguntó si habían encontrado a alguien. “Señor, sí que hemos encontrado, dijeron los
dos”. El campesino se puso a temblar. Uno de los oficiales le contó la manía del campesino, la locura que lo aquejaba y
cómo no hacía nada si primero no se le pegaba. Contestó el rey:”Extraño médico tenemos aquí. Nunca oí nada
semejante. Que le peguen, puesto que es así”. Un servidor respondió: “¡Aquí estoy dispuesto! En cuanto lo ordenéis le
pagaré todos sus derechos”. El rey llamó al campesino: “maestro, acercaos, haré venir a mi hija que tan necesitada está
de que la curéis”. El campesino clamó piedad: “Señor, no sé nada de medicina ni nunca lo he sabido”. Dice el rey; “¡Es
increíble! ¡Pegadle!”. Se lanzaron a hacerlo con mucho gusto. Cuando el campesino sintió los golpes en los hombros y
en la espalda pensó que se volvía loco. Comenzó a gritar: “¡Piedad, señor! La curaré de inmediato”.

La doncella llegó a la sala muy pálida y demacrada. El campesino se puso a pensar cómo podía curarla, porque
de sobra se percató de que o bien lo lograba o él mismo moriría. Decidió que para curarla tenía que hacer o decir algo
que la hiciese reír. Con el esfuerzo saldría la espina porque aun no se la había tragado. Entonces dijo al rey: “ordenad
que enciendan fuego en algún lugar privado, después veré qué hacer, si Dios quiere, la curaré”.

Después de encender un fuego donde el rey lo hubo ordenado, salieron de allí criados y escuderos. La doncella
se sentó junto al fuego, en un sitial que le trajeron, y el campesino se desnudó, hasta las bragas se quitó; después se
tumbó junto al fuego y comenzó a rascarse de forma exagerada. Tenía las uñas grandes, el cuero duro y sabed que no
encontrarais mejor rascador de aquí hasta Saumour. Cuando la doncella lo vio, a pesar del gran dolor que tenía, le
entraron ganas de reírse, lo hizo y con el esfuerzo salió proyectada de su boca la espina que cayó junto al fuego. El
campesino, sin esperar más, se vistió y cogió la espina; salió de la habitación con grandes muestras de alegría. Ve al rey
y exclama: “¡Señor, vuestra hija está curada!, mirad la espina, a Dios gracias”. Mucho se alegró el rey y dijo: “OS
aseguro que os aprecio más que a nada en el mundo. Recibiréis joyas y vestidos”- “Gracias, señor, no los quiero ni
tampoco permaneces aquí, junto a vos. Tengo que volver a mi casa”- “No harás tal cosa. Serás mi maestro y amigo”-
“Gracias, señor, dijo el campesino, pero en mi casa no hay pan, porque cuando salí ayer a la mañana tenía que ir al
molino”. El rey llamó a dos de sus hombres: “¿Pegadle! Así se quedará”. Lo hicieron de inmediato humillándolo.
Cuando sintió los golpes en brazos, piernos y espalda, comenzó a gritar:” ¡Me quedaré! ¡Dejadme!”.

El campesino se quedó en la corte. Le cortaron el pelo, lo afeitaron y le dieron un traje de escarlata; pero se
sintió engañado cuando todos los enfermos del país, más de cuatrocientos veinte según creo, vinieron a ver al rey al
enterarse de la buena noticia. Cada uno de ellos le conto lo que le ocurría. El rey llamo al campesino:”Maestro, ocupaos
de esta gente. Curadlos pronto” –“Por Dios, señor!, son demasiados, no podré lograrlo ni curarlos a todos”. El rey llamó
a dos oficiales. Cada uno de ellos cogió una vara porque los dos sabían muy bien para que los llamaba el rey. Cuando el
campesino los vio acercarse, le entro miedo y dijo a grandes voces:”¿Piedad! Los curaré ahora mismo”. Pidió leña y le
trajeron toda la que quiso. Encendió un fuego en la sala, él mismo hizo de fogonero. Llamo a los enfermos y dijo
después al rey: “os ruego que salgáis y también los que no tienen ningún mal”. El rey se lo concedió de buen grado y
salieron de la habitación él y todos los suyos. El campesino dijo a los enfermos: “Señores, en nombre del creador que
me hizo, os aseguro que es muy difícil curaros. No podré lograrlo si no es haciendo lo que os diré: elegiré al mpas
enfermo de todos vosotros, lo echaré al fuego y lo quemaré. Todos los demás sacareis gran provecho, porque beberéis
una poción hecha con las cenizas y curaréis de inmediato”. Se miraban el uno al otro y no había uno solo, por
contrahecho e inflamado que estuviera, dispuesto a reconocer ni por toda la Normandía que su enfermedad fuese la
peor. El campesino dijo al primero “Te veo muy débil, de todos estos eres el menos fuerte”-“Gracias señor, pero estoy
totalmente sano. Más de lo que estuve nunca. Me siento aliviado de los muchos achaques que he tenido durante mucho
tiempo. Os digo la verdad”-“Entonces ve fuera, no tienes nada que hacer aquí”. El aludido se puso de pie y salió por la
puerta. El rey le pregunta: “¿Estás curado?”- “Sí majestad, a Dios gracias. Estoy más sano que una manzana: ¡Qué gran
médico tenéis!”. ¿Qué más os puedo decir? No hubo uno, ni pequeño ni grande, dispuesto a aceptar, por nada en el
mundo, que lo echasen al fuego y así se fueron todos como si estuviesen enteramente curados. Cuando el rey los vio se
llenó de alegría y dijo al campesino:”Maestro, estoy maravillado con lo sucedido, de la rapidez con que los habéis
curado”-“Gracias, señor. Les he hecho un salmo. ¡Conozco uno que vale más que jengibre o cualquier otra especia!”
Dijo el rey:”Ahora podéis ir a vuestra casa cuando queráis. Os daré dinero, palafrenes y buenos caballos, pero cuando
os vuelva a llamar, haréis lo que os ordene: haciéndolo seréis mi amigo y todo os apreciaran por ello. No volváis a hacer
locuras ni os dejéis envilecer, que es una gran vergüenza teneros que pegar”- “Gracias, señor, dijo el campesino. Estoy
por entero a vuestro servicio, lo estaré mientras viva y nunca lo olvidaré”. Volvió a su casa lleno de felicidad. No hubo
otro más afortunado nunca: no volvió a ir en carro ni tampoco volvió a pegar a su mujer sino que la quiso y la tuvo en
estima. Ocurrió como os lo digo: gracias a su mujer y a su astucia, fue un buen médico sin haber estudiado.