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“La vida de Samuel Johnson”

James Boswell

La vida del doctor Samuel Johnson apareció en 1791, el 16 de mayo, en una


edición de mil setecientos ejemplares.

Apreciaciones sobresalientes del libro:

En 1738 aparece su poema Londres que difundió con esplendor los rayos
que rodearán para siempre su nombre.

De 1738 a 1740 escribió Debates Parlamentarios.

En 1744 escribió La vida de Richard Savage

Pero el año 1747 está señalado como la época en que la obra más ardua e
importante de Johnson, su Diccionario de la lengua inglesa, fue anunciado
al mundo, con la publicación de su Plan o Prospecto.

Al respecto el Dr. Adams le hizo la siguiente observación:

“Pero, señor, ¿cómo puede hacer esto en tres años?” “Si la Academia
Francesa, que consta de 40 miembros, necesitó cuarenta años para
compilar su Diccionario”. Esa es la proporción. Veamos: 40 veces 40, 1600.
Como 3 es a 600; esa es la proporción de un inglés respecto a un francés”».
Con tanto desenfado y broma podía hablar de esa prodigiosa labor que se
había propuesto ejecutar.

En enero de 1749 publicó La vanidad de los deseos humanos, imitación de


la Sátira, de Juvenal. Creo que la compuso el año anterior.

He indicado, por la referencia del propio Johnson, que por su Londres sólo
había conseguido diez guineas; y ahora, después que su fama se había
cimentado, sólo obtuvo por su Vanidad de los deseos humanos cinco
guineas más, como resulta de un documento auténtico que poseo.
Él decía a sir Joshua Reynolds: «Si un hombre no hace nuevas amistades a
medida que avanza en la vida, pronto se encontrará solo. El hombre, señor,
debe mantener su amistad en constante reparación».

En enero de 1759 muere su madre a los 90 años.

Poco después de este acontecimiento escribió su Rasselas, Príncipe de


Abisinia.

Decía: «No será marino ningún hombre que tenga bastante habilidad para
meterse en una cárcel, pues estar en un barco es estar en una cárcel, con la
posibilidad de ahogarse». (Diario de un viaje a las Hébridas).

«Por mi parte, señor, creo que todos los cristianos, sean papistas o
protestantes, coinciden en los principios esenciales y que sus diferencias
son triviales y más bien políticas que religiosas».

«El matrimonio es el mejor estado para el hombre en general; y todo


hombre es peor en la misma medida en que es inadecuado para el estado
matrimonial». Año 1769

Decía: «Un hombre que no ha estado en Italia tiene siempre la conciencia


de una inferioridad, por no haber visto lo que se considera que un hombre
debería ver. El gran objeto del viaje es ver las costas del Mediterráneo. En
esas costas estuvieron los cuatro grandes imperios del mundo: el asirio, el
persa, el griego y el romano. Toda nuestra religión, casi todo nuestro
derecho, casi todas nuestras artes, casi todo lo que nos coloca por encima
de los salvajes, nos ha llegado de las costas del Mediterráneo».

Este año dio Johnson al mundo una prueba luminosa de que el vigor de su
mente, en todas sus facultades, memoria, juicio o imaginación, no había
decrecido nada, pues este año salieron los cuatro primeros volúmenes de
sus Prefacios, biográficos y críticos, a los más eminentes poetas ingleses,
publicados por los libreros de Londres. Los volúmenes restantes salieron el
año 1780.
En 1781, Johnson completó por fin sus Vidas de los poetas, de cuya obra
dice: «En marzo acabé las Vidas de los poetas, que escribí de mi manera
habitual, lenta y apresuradamente, trabajando sin ganas y trabajando con
animación y apresuramiento». (Pl. y med., pág. 190). En una nota anterior a
esto dice de ellas: «Escritas —lo espero— de una forma que puede tender
a la promoción de la piedad». (Pl. y med., pág. 174).

Yo no podía menos de divertirme al oír hablar a Johnson de modo tan


pomposo sobre su nuevo cargo, y particularmente de los asuntos de la
cervecería, que al cabo se decidió que fuera vendida. Lord Lucan cuenta una
historia muy buena, que, si no precisamente exacta, es, desde luego,
característica: que cuando se estaba llevando a cabo la venta de la
cervecería de Thrale, Johnson aparecía muy atareado, con un tintero de
bolsillo y una pluma en el ojal, como un empleado de consumos, y al
preguntársele cuál era en realidad el valor que él consideraba que tenía la
fábrica de cerveza, contestó: «No estamos aquí para vender unos cuantos
tanques y calderas, sino para vender la posibilidad de hacer un capital que
superará a los sueños de la avaricia».

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