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Desde el Evangelio, el Papa Francisco nos exhorta a la santidad

Marcos O. Rivera Paredes

Exhortación Apostólica “Gaudete et exsultate”


Sobre el llamado a la santidad en el mundo actual

Grata noticia en este tiempo de Gracia que es la Pascua, el lunes posterior al Domingo de la
Divina Misericordia (II Domingo de Pascua) recibimos esta exhortación del Papa Francisco,
así quedó “Gaudete et exsultate” publicada el lunes 09 de abril con la firma del santo Padre
con fecha del 19 de marzo, Solemnidad de san José.
El mismo título evoca aquello que al final de las Bienaventuranzas Jesús dirá
“Alégrense y regocíjense porque su recompensa será grande en los cielos” (Mt 5, 12a) y trae
consigo el siguiente mensaje cuya expresión será el llamado más fuerte a la entrega en el plan
de salvación, “pues de la misma manera persiguieron a los profetas anteriores a ustedes” (Mt
5, 12b), así lo expresará el Papa Francisco al señalar que es necesario “Aceptar cada día el
camino del Evangelio, aunque nos traiga problemas, esto es santidad” (Cfr. GE 94).
La estructura del contenido de la exhortación es la siguiente: precedido por una
respectiva introducción (1-2); sigue el Capítulo primero. El llamado a la santidad (3-34);
luego, el Capítulo segundo. Dos sutiles enemigos de la santidad (35-62); seguidamente, el
Capítulo tercero. A la luz del maestro (63-109); continua con el Capítulo cuarto. Algunas
notas de la santidad en el mundo actual (110-157); finalmente, el Capítulo quinto. Combate,
vigilancia y discernimiento (158-177).
Como puede apreciarse según la cantidad de números dedicados a cada capítulo, es
el cuarto al que dedica el mayor número (47 números) del total de los 177 que componen la
exhortación. Así cabe señalar que en esas notas de la santidad en el mundo actual está lo que
podemos señalar como el corazón del mensaje que el Papa Francisco nos da a la Iglesia
Católica, a saber, que “La fuerza del testimonio de los santos está en vivir las
bienaventuranzas y el protocolo del juicio final. Son pocas palabras, sencillas, pero prácticas
y válidas para todos, porque el cristianismo es principalmente para ser practicado, y si es
también objeto de reflexión, eso solo es válido cuando nos ayuda a vivir el Evangelio en la
vida cotidiana. Recomiendo vivamente leer con frecuencia estos grandes textos bíblicos,
recordarlos, orar con ellos, intentar hacerlos carne. Nos harán bien, nos harán genuinamente
felices” (GE 119). Por ello al final de la presentación podremos encontrar estos dos textos
del Evangelio de Mateo que el Papa nos invita a orar con ellos.
En el capítulo tercero, precediendo a las notas sobre la santidad en el mundo actual,
desarrolla el Papa Francisco, lo que el mismo dirá que es la respuesta a la pregunta “¿Cómo
se hace para llegar a ser un buen cristiano?” que responderá diciendo que “la respuesta es
sencilla: es necesario hacer, cada uno a su modo, lo que dice Jesús en el sermón de las
bienaventuranzas. En ellas se dibuja el rostro del Maestro, que estamos llamados a
transparentar en lo cotidiano de nuestras vidas” (GE 63), así pues, sabiendo que este capítulo
lleva por título a la luz del Maestro, señalará el Papa que “la palabra ‘feliz’ o
‘bienaventurado’ pasa a ser sinónimo de ‘santo’, porque expresa que la persona que es fiel a
Dios y vive su Palabra alcanza, en la entrega de sí, la verdadera dicha” (GE 64); a lo largo de
este capítulo se presentan los dos textos que responden a cabalidad a lo que se ha señalado
como respuesta a la interrogante anterior, a saber, el ya mencionado sermón de las
bienaventuranzas (Mt 5, 3-12), y que el Papa irá presentando una a una estas
bienaventuranzas, luego hablará del “gran protocolo”, que es precisamente lo que podemos
encontrar el capítulo 25 del Evangelio de Mateo (vv. 31-46) que vinculará con claridad
pastoral con la bienaventuranza de “los que son misericordiosos”.
En los capítulos primero y segundo, presenta respectivamente el Papa, el llamado a
la santidad y dos sutiles enemigos de la santidad¸ sobre el llamado a la santidad presenta
primeramente a aquellos ‘santos que nos alientan y acompañan’, siendo precisamente
aquellos hombres y mujeres que podemos conocer por la historia de la salvación que se nos
ha transmitido en la Revelación, y también a aquellos hombres y mujeres que son para la
Iglesia testimonio de santidad y se les reconoce por el proceso que llamamos de beatificación
y canonización, también dejará claro el Papa que hay ‘santos de la puerta de al lado’, cuyo
testimonio ha sido para nosotros “un reflejo de la presencia de Dios” (Cfr. GE 7) continuará
así el Papa hasta hacer una invitación que interpela: “No tengas miedo de la santidad” (GE
32), “No tengas miedo de apuntar más alto, de dejarte amar y liberar por Dios, no tengas
miedo de dejarte guiar por el Espíritu Santo. La santidad no te hace menos humano, porque
es el encuentro de tu debilidad con la fuerza de la gracia” (GE 34); cuando apunta hacia el
tema de dos sutiles enemigos de la santidad, insiste el Papa en que son dos “falsificaciones
de la santidad” ya que en ambos casos (gnosticismo y pelagianismo actual) “ni Jesucristo, ni
los demás interesan verdaderamente” (GE 35), siendo así que puede quedar todo solamente
en la propia “inteligencia” o en la “voluntad”, sin la verdadera relación interpersonal que
implica la vida cristiana. Así el Papa de nuevo interpelará ante estos dos enemigos de la
santidad, al exclamar con precisión “¡Que el Señor libera a la Iglesia de las nuevas formas de
gnosticismo y pelagianismo que la complican y la detienen en su camino hacia la santidad!
Estas desviaciones se expresan de diversas formas, según el propio temperamento y las
propias características. Por eso exhorto a cada uno a preguntarse y a discernir frente a Dios
de qué manera pueden estar manifestándose en su vida” (GE 62).
En el capítulo final, insiste el Papa Francisco que “la vida cristiana es un combate
permanente. Se requieren fuerza y valentía para resistir las tentaciones del diablo y anunciar
el Evangelio. Esta lucha es muy bella, porque nos permite celebrar cada vez que el Señor
vence en nuestra vida” (GE 158). Señalando en cuanto al combate y vigilancia que no se
puede reducir en un combate contra el mundo y la mentalidad mundana, o contra sí mismo,
insistirá el Papa que “es también una lucha constante contra el diablo, que es el príncipe del
mal” (Cfr. GE 159) y así expresará con claridad que el diablo es algo más que un mito, y “no
aceptaremos la existencia del diablo si nos empeñamos en mirar la vida solo con criterios
empíricos y sin sentido sobrenatural” (GE 160) así el Papa insistirá y dejará claro que “la
corrupción espiritual es peor que la caída de un pecador, porque se trata de una ceguera
cómoda y autosuficiente donde todo termina pareciendo lícito: el engaño, la calumnia, el
egoísmo y tantas formas de autorreferencilidad” (GE 165). Finaliza la exhortación, con un
tema que implica confianza y conocimiento del Espíritu Santo, a saber, el discernimiento,
pregunta el Papa “¿Cómo saber si algo viene del Espíritu Santo o si su origen está en el
espíritu del mundo o en el espíritu del diablo? La única forma es el discernimiento, que no
supone solamente una buena capacidad de razonar o un sentido común, es también un don
que hay que pedir. Si lo pedimos confiadamente al Espíritu Santo, y al mismo tiempo nos
esforzamos por desarrollarlo con la oración, la reflexión, la lectura y el buen consejo,
seguramente podremos crecer en esta capacidad espiritual” (GE 166) y existe una “condición
esencial para el progreso en el discernimiento”, que es precisamente “educarse en la
paciencia de Dios y en sus tiempos, que nunca son los nuestros”, también se requiere
“generosidad” y eso “implica estar dispuestos a renuncias hasta darlo todo” (Cfr. GE 174).
Finalmente, a manera de conclusión en los dos últimos números el Papa encomienda
a María esta exhortación y con amor filial dice: “Quiero que María corone estas reflexiones,
porque ella vivió como nadie las bienaventuranzas de Jesús. Ella es la que se estremecía de
gozo en la presencia de Dios, la que conservaba todo en su corazón y se dejó atravesar por la
espada. Es la santa entre los santos, la más bendita, la que nos enseña el camino de la santidad
y nos acompaña. Ella no acepta que nos quedemos caídos y a veces nos lleva en sus brazos
sin juzgarnos. Conversar con ella nos consuela, nos libera y nos santifica. La Madre no
necesita de muchas palabras, no le hace falta que nos esforcemos demasiado para explicarle.
Basta musitar una y otra vez: ‘Dios te salve, María…’” (GE 176). Y así con paternal
esperanza culminará el Papa diciendo: “Espero que estas páginas sean útiles para que toda la
Iglesia se dedique a promover el deseo de la santidad. Pidamos que el Espíritu Santo infunda
en nosotros un intenso anhelo de ser santos para la mayor gloria de Dios y alentémonos unos
a otros en este intento. Así compartiremos una felicidad que el mundo no nos podrá quitar”
(GE 177).

Oremos con el Evangelio. Un buen método es iniciar el día leyendo el sermón de las
bienaventuranzas y culminar el día contemplando el gran protocolo
El sermón de las bienaventuranzas
“Al ver a la multitud, Jesús subió a la montaña, se sentó, y sus discípulos se acercaron a él.
Entonces tomó la palabra y comenzó a enseñarles, diciendo:
‘Felices los que tienen alma de pobres, porque a ellos les pertenece el Reino de los Cielos.
Felices los pacientes, porque recibirán la tierra en herencia. Felices los afligidos, porque serán
consolados. Felices los que tienen hambre y sed de justicia, porque serán saciados. Felices
los misericordiosos, porque obtendrán misericordia. Felices los que tienen el corazón puro,
porque verán a Dios. Felices los que trabajan por la paz, porque serán llamados hijos de Dios.
Felices los que son perseguidos por practicar la justicia, porque a ellos les pertenece el Reino
de los Cielos. Felices ustedes, cuanto sean insultados y perseguidos, y cuando se los calumnie
en toda forma a causa de mí.
Alégrense y regocíjense entonces, porque ustedes tendrán una gran recompensa en el cielo;
de la misma manera persiguieron a los profetas que los precedieron’”. (Mt. 5, 1-12)
El gran protocolo
“Cuando el Hijo del hombre venga en su gloria rodeado de todos los ángeles, se sentará en
su trono glorioso. Todas las naciones serán reunidas en su presencia y él separará a unos de
otros, como el pastor separa las ovejas de los cabritos, y pondrá a aquellas a su derecha y a
estos a su izquierda.
Entonces el Rey dirá a los que tenga a su derecha: ‘Vengan, benditos de mi Padre, y
reciban en herencia el Reino que les fue preparado desde el comienzo del mundo, porque
tuve hambre, y ustedes me dieron de comer; tuve ser, y me dieron de beber; estana de paso,
y me alojaron; desnudo, y me vistieron; enfermo, y me visitaron; preso, y me vinieron a ver’.
Los justos le responderán: ‘Señor. ¿Cuándo te vimos hambriento, y te dimos de
comer, sediento, y te dimos de beber? ¿Cuándo te vimos de paso, y te alojamos; desnudo y
te vestimos? ¿Cuándo te vimos enfermo o preso, y fuimos a verte?’.
Y el Rey les responderá: ‘Les aseguro que cada vez que lo hicieron con el más
pequeño de mis hermanos, lo hicieron conmigo’.
Luego dirá a los de su izquierda: ‘Aléjense de mí, malditos; vayan al fuego eterno que
fue preparado para el demonio y sus ángeles, porque tuve hambre, y ustedes no me dieron de
comer; tuve ser, y no me dieron de beber; estaba de paso, y no me alojaron; desnudo, y no
me vistieron; enfermo y preso, y no me visitaron’.
Estos, a su vez, le preguntarán: ‘Señor, ¿cuándo te vimos hambriento o sediento, de
paso o desnudo, enfermo o preso, y no te hemos socorrido?’.
Y él les responderá: ‘Les aseguro que cada vez que no lo hicieron con el más pequeño
de mis hermanos, tampoco lo hicieron conmigo’.
Estos irán al castigo eterno, y los justos a la Vida eterna”. (Mt 25, 31-46)