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Hoy me ha costado más llegar hasta ti.

Salvar el tortuoso camino que estoy


obligada a recorrer para conseguir estar a tu lado, se parece cada día más a un laberinto
al cual temo tener que rendirme en un futuro próximo.

Ayer me acordé de ti. Algo extraño de un tiempo a esta parte en el que parece
que los días y las noches conspiran contra mí para que me sienta más y más extraña a
mí misma. Recordar supone para mí un esfuerzo cada día mayor. Es como desear vaciar
el mar. Hacer un agujero en la arena de la orilla y plantearte el reto de encerrar en él el
océano. Eres consciente del esfuerzo que debes de hacer para lograr lo que pretendes, y
hasta de lo inútil de tu trabajo, pero nada, ni tan siquiera la visión de la inmensidad del
mar te desanima, bien porque consideras una necesidad introducir en un pequeño
agujero toda esa masa de agua, o bien porque la locura ha dominado tus actos.
Yo estoy en ambos sitios. Es una necesidad para mí el volver a encerrar en mi
mente aquello que a lo largo de mi vida he ido guardando y que injustamente estoy
empezando a perder. Soy incapaz de detener esta fuga que poco a poco me va vaciando
y me está convirtiendo en un ser hueco.
Como el tronco de un árbol derribado que ha perdido su savia, así quedaré yo. Si
ahora, que nadie sabe de mi verdad, mi teléfono enmudece y la indiferencia de los que
recibieron favores de mí me abruma, cuando yo sea igual que el tronco de ese árbol
caído, que ni compasión genera pues ya ni leña se puede hacer de él para calentar un
hogar, ¿acaso alguien me mirará como persona?, ¿o me mirarán igual que miran a un
elemento frío y duro como este mármol, que en letras de oro sostiene tu nombre y sobre
el que contemplo tu retrato?.
Yo cada día estoy más sedienta, sedienta de mi pasado que ha decidido
abandonarme y llevarse consigo las esperanzas que tenía puestas en el futuro. Pocas
eran estas cuando comprobé yo misma que nunca volvería el aliento a tí, ni sentiría la
calidez de tus manos, ni la candidez de tu voz. Sólo tu recuerdo me mantenía despierta,
y el deseo de añadir madera a este fuego no era otro que evitar, de un modo
desesperado, que el frío me invadiera a mí, del mismo modo que te invadió a ti aquella
mañana.

Ayer me acordé de ti. No quise renunciar a esta oportunidad que el destino o la


suerte me ofrecían de recordar nuevamente tu cara y tu vida junto a mí. Esta mañana no
he querido hacer otra cosa, sino que acudir aquí, a este laberinto que te ha acogido y que
celoso de mí, hace cada visita mía más y más complicada. Cada vez que entro en este
camposanto siento como si un duende se encaramara hasta mis hombros, y con sus
susurros me hiciera dudar de mi objetivo, que no es otro que presentarme hasta ti. Ahora
sé que mi fin eres tú, pero ¿hasta cuándo esto será así?.
No te extrañes al oírme hablar de esta manera. Sé que no sabes el origen de mi
aflicción. Ni yo misma pude sospechar este fin que aún no ha llegado, y del que ni yo
misma seré consciente de su venida, pues mi inconsciencia me habrá invadido de tal
manera, que hará de mí una marioneta en manos de nadie, pues a nadie tengo, y nadie
me queda que esté dispuesto a acogerme entre sus brazos.
Tú eras mi único consuelo. El sonido de tu risa fue el motivo de mi resistencia
durante tantos años. Tú siempre fuiste la causa de mi paciente espera. Tu presencia
siempre supuso para mí la recuperación de la sonrisa que tanta tortura obligada a
soportar día tras día se empeñaba en robarme. Te busqué durante tantos años, que
cuando la vida te puso en mis manos y sentí el calor de tu cuerpo, dejé de tenerle miedo
al presente que tenía delante de mí, y al futuro que me aguardaba. Pero ese futuro sin
miedo se desvaneció y huyó de mí de una manera tan ignominiosa, que me hizo dudar a
mi misma del sentido que podría tener mi vida sin tí. Confié demasiado en la esperanza
que tú me otorgabas. Tan fuerte era mi deseo de verme al fin liberada de mi carga, tal
era la felicidad que sentía de saber que todo en mi vida podría cambiar, que fue como
insultar a esa diosa esquiva y orgullosa que llamamos Esperanza, por no haber
contenido mi felicidad hasta el preciso momento en que Ella estuviera dispuesta a
ofrecerme en su bandeja aquello que yo tanto buscaba. Finalmente, decidió darme el
castigo más duro que podría darme, arrebatándome tu vida.

Fui al médico. No sentía ningún dolor, pero sabía que algo en mí estaba
desapareciendo. No he llegado a ser la misma desde tu pérdida, pero siempre supe que
era yo, diferente a lo que fui contigo, pero era yo. Una mañana empecé a sospechar que
yo era alguien diferente. Mi imagen en el espejo era la misma, y mi voz también. Hasta
la gente en la calle me reconocía, pero a pesar de todo, yo sabía que era diferente. Mis
actos no eran iguales, mis ideas se truncaban cada vez que querían mostrarse a mí. Mi
pasado era cada vez más oscuro, y mi presente se llenaba cada vez de más sombras. Mi
casa, tu casa, nuestra casa, parecía como si escondiera sus rincones e inventaba otros
que yo jamás había visto, y por los cuales todo desaparecía. El orden que siempre he
impuesto a las cosas se revelaba ante mí, y estas parecían cobrar vida para abofetearme
y decirme que ya no querían obedecerme, y se iban. Las calles, se movían. Unas se
cruzaban con otras, se hacían más estrechas, y otras más anchas, desaparecían un día, y
al otro volvían a aparecer con distintos edificios, con diferentes transeúntes. ¡Y nuestros
vecinos!, cambiaban sus nombres. Querían despistarme, hacerme caer en la
desesperación. Hasta el día se llegó a mudar con la noche, y la noche se negaba a ceder
su sitio al día. Parecía que todos confabulaban contra mí, instruidos por la Diosa
Esperanza, que no contenta con su castigo, deseaba que purgara mi culpa hasta hacerme
enloquecer. ¿A quién pedir consuelo si a nadie tenía, o en nadie confiaba?. Así pues, en
un acto desesperado, acudí al médico, esperando obtener de él aquello que fuera capaz
de hacerme abandonar por un tiempo mi angustia y mi pena cuando estas se decidieran
a venir a mí.
De él conozco ahora mi verdadera situación. No hay venganzas de una diosa
inmisericorde. No hay conspiraciones dirigidas para hacerme enloquecer. Nada cambia
ni ha cambiado, yo continuo siendo la misma, pero cada día más vacía. Todo sigue igual
día tras día, excepto mi mente. Nuestras mentes son cajas donde nuestros recuerdos son
guardados, y a ella acudimos cada vez que tenemos necesidad de ellos. A ella he
acudido cada vez que me has hecho falta, hasta a ella me he presentado cada vez que mi
llanto ha necesitado ser ahogado, y de ella he huido cuando lo que me ofrecía era
incapaz de tolerarlo. Ahora sé que esta caja tiene un agujero. Un agujero que cada día se
hace un poquito más grande. Un agujero que está dejando escapar mis recuerdos.
Primero ha dejado escapar los recuerdos más pequeños y nimios que yo guardaba, y
ahora advierto como estoy perdiendo aquellos que son más importantes para mí, pues tú
te encuentras entre ellos.
Se ha entablado una competencia entre ambos por querer sobrevivir. Somos
incompatibles el uno con el otro. Si uno existe, ha de hacerlo a expensas del otro. Si él
crece debe de hacerlo dejando escapar el tesoro más preciado de una persona, los
recuerdos de toda su vida.
Poco a poco iré olvidando todo lo que ha llegado a ser mi vida. Lamento tener
que perderte por segunda vez, pero tengo el consuelo de que al menos no sufriré esta
vez tu pérdida de igual forma que lo hice cuando un golpe, un aire violento, una
marejada de dolor me azotó y me hizo soltarte de mis brazos para que cayeras al más
hondo pozo que la vida ya nos tiene reservado nada mas empezamos a existir. Siempre
acepté esta cláusula, pero lo que nunca sospeché es que en este contrato me vería
obligada a ser yo quien viera como eras tú el primero en cumplirla, para mi mayor
desesperación.
Cuando me dijeron el tipo de fin que tendría, en lo más hondo de mi alma y en lo
más escondido de mi ser, sentí, no alegría, pero sí alivio. Fueron muchos los días y
muchas las noches que he deseado no haber vivido. Muchos fueron los gritos que he
deseado no haber oído y muchas las lágrimas que he deseado no haber derramado.
Me ha sido muy difícil vivir teniendo que recordar todas las humillaciones que
me vi obligada a tolerar, muchos los silencios a los que no supe poner fin, y muchas las
obligaciones impuestas que injustamente me hicieron cumplir. He tenido que vivir con
ese peso durante tantos años, que ahora por fin podré verme liberada de tan pesada
carga, aunque no se produzcan porque finalmente yo lo haya decidido, sino porque la
Esperanza se haya empeñado en despojarme de todo.
Fueron tantos y tantos los rezos, las solicitudes. Primero para que ese tipo de
vida llegara a su fin, y cuando vi el final de aquel largo calvario, tantos fueron los
ruegos para que de mi mente se borraran aquellas amargas experiencias, que estoy
viendo como poco a poco se están cumpliendo mis deseos anhelados durante tantos
años, pero a un precio que ningún ser humano estaría dispuesto a pagar.
Me siento engañada, embaucada por una astuta timadora que me ha vendido algo
que no he solicitado. Yo no he pedido perder la poca alegría que he tenido en la vida.
Yo no pedí ver como todo el trabajo que me propuse realizar para tu bien era arrojado a
un lodazal y pisoteado de la manera que ha sido pisoteado. Yo jamás quise guardar tu
recuerdo para que ahora me exijan tener que deshacerme de él, como forma de pago
injusto de un contrato que jamás hubiese firmado de haber conocido su verdadero
contenido.
Pero no tengo a nadie a quien recurrir, ni nadie se prestará a ayudarme para
apelar esta sentencia cruel. Quienes fueron antes leales amigos, solícitos familiares, se
han convertido ahora en jueces prevaricadores, que sin atender a la verdad han dictado
una sentencia conjunta declarándome culpable de unos delitos de los que yo fui víctima,
pero que por guardar silencio hasta el último minuto, y decidir no guardarlo para
siempre, me han considerado autora. Estos magistrados del tribunal de la hipocresía
hubiesen deseado que todo en mi vida hubiera seguido igual, pues así estaba establecido
en el guión que las tradiciones y el que dirán se encargaron de escribir y repartirnos.

Ya no recuerdo las lágrimas que vertí cuando te contemplé y te vi inmóvil,


silencioso, cuando advertí que tu ausencia y tu lejanía serían para siempre. Sí recuerdo
no querer tocarte, no querer sentir el frío que la muerte deja en nuestros cuerpos. No
quise aceptar que ahora tú le pertenecías a Ella y que jamás volverías a ser mío. Quise
mantener intacto el recuerdo del calor de tus manos entre las mías, de tus mejillas
encendidas, de tu sonrisa capaz de descongelar al más frío de los corazones, de tus
tiernas caricias que enternecían al más duro pedernal. La vivacidad de tus ojos que
nunca tornarían a abrirse. ¿Dónde volvería a oír el sonido de tus pasos cuando se
acercaban a mí?. ¿Dónde volvería a sentir el timbre de tu voz llamándome?. ¿Quién me
haría sentir en mi cuello su aliento cuando a mi lado quedara dormido?. ¿Quién con sus
manos secarían las lágrimas de mi rostro y me miraría con ojos de ruego para que dejara
de llorar?.
Tu venida me hizo sentir viva por primera vez en mucho tiempo. Tu existencia
mantuvo intacta mi esperanza. Tu ida significó el inicio de mi ocaso como ser humano.
¿A qué puede aspirar una persona sin esperanzas en su futuro, que no ve a nadie cuando
mira alrededor suyo y sabe que una multitud la rodea, que siente sed y no sabe dónde
saciarse, que no se siente viva y es consciente ahora de que dentro de unos meses no lo
volverá a ser más porque poco a poco se va vaciando de las pequeñas cosas que ha ido
recogiendo o se ha visto obligada a aceptar en el largo camino de su existencia?.
No deseo enfrentarme al hecho del ¿ y mañana qué?. Qué me importa a mí el
mañana. No pienso acudir de puerta en puerta provocando compasión en aquellos que
un día me negaron su comprensión y apoyo, que guardaron un silencio cómplice cuando
a gritos oían la verdad, y me dieron la espalda cuando me atrevía a sacar de mí toda la
hiel que me estuvo amargando desde el día que contesté “sí quiero”.
¿Acaso le importa a una piedra dónde cae cuando es arrojada por una mano
indiferente?, ¿acaso el hielo es consciente de su frío?, ¿un balón sufre por se golpeado, o
a una pieza de cerámica le importuna el lugar escogido por otros para ser emplazada a la
vista de los demás?. Entonces, ¿por qué debo yo mostrar preocupación por saber dónde
estaré o qué haré, o quién me atenderá, o quién me querrá?.
¿Quién me querrá?. Esta pregunta me la planteé por primera vez cuando se
levantó el negro manto que nos separó para siempre. Nadie había, ni nadie hay y nadie
habrá que sienta amor hacia mí, pues cada vez estoy más convencida de que tú fuiste la
única persona en este mundo que me quiso de verdad.
No recuerdo las lágrimas que vertí por tu pérdida, pues tantas fueron que sentía
como languidecían mis fuerzas por cada gota que salía de mi ojos. Tantas fueron que
cubrieron de sal mis mejillas, acabando con la fertilidad que tus besos durante años les
proporcionó. Pero ahora, como tierra inculta, ya nadie viene para darle vida, y veo como
poco a poco el blanco de la sal invade lo que un día estaba lleno de vida y florecía
gracias al contacto de tu piel y de tus labios. Ahora nadie desea regar lo que reconocen
como desierto, y la aridez de la enfermedad aleja toda esperanza de vida futura. El
blanco pálido ya se ha instalado de forma definitiva en estas mejillas en las que una vez
tu cariño les dio la vida y la supo mantener en ellas.
Tantas fueron las lágrimas que por ti vertí el día que te perdí. Las tenía
acumuladas, pues ninguna surgió cuando aquel otro marchó también para siempre. Pero
para él no hubo lágrimas, ni gritos ni llantos. No surgieron sollozos que enmudecieran
mi palabra, ni la pena paralizó mi cuerpo. El día que él se marchó fue cuando la luz
entró en mi vida. Ese fue el día en el que empecé a comprender el sentido de la palabra
libertad. Cuando la humillación hizo sus maletas para salir definitivamente de mi vida,
cuando empecé a convencerme de que no vertería más lágrimas si no era por felicidad.
El miedo ya no me mantendría encadenada dentro de cuatro paredes. Ese día en el que
él se marchó, las cadenas que me convirtieron en esclava durante años desaparecieron,
se esfumaron. Aquellas cadenas que mi silencio hacía cada día de supervivencia con él,
más y más pesadas, las cadenas que mi sometimiento a su voluntad sin alma hacían más
y más sólidas. Su marcha supuso mi liberación, por lo tanto no lloré.
No lloré de pena, pues ninguna pena él me inspiraba, pero tampoco lloré de
alegría, pues si él jamás sintió misericordia por mí, ni remordimientos por sus torturas a
mi alma, al final yo si sentí hacia él esa misericordia que tanto supliqué para mí, y al
final de sus días supe guardar el respeto que la muerte impone. Él nunca tocó mi cuerpo.
Su empeño siempre estuvo encaminado en acabar con mi alma, pero ese día comprendí
que su semilla no germinó, porque mi espíritu estaba intacto. Aun era yo capaz de
albergar los buenos sentimientos que todo ser humano posee. La indiferencia o el
desprecio a mi torturador no surgieron en mí, y a pesar de haber deseado en más de una
ocasión el fin de sus días, cuando este llegó, no fue alegría lo que sentí, ni satisfacción,
ni tampoco vi su muerte como el fruto de una venganza o un castigo a sus acciones, al
contrario, quedé en paz con él, y le supe perdonar. Pero no vertí ni una lágrima el día de
su muerte, pues las vertí cada día de su vida.
Nadie supo entender mi reacción. A pesar de saber a escondidas la verdad, nadie
comprendió que al fin dejaba de se una prisionera y me convertía en una mujer libre.
Querían que siguiera actuando en el teatro en el que ellos también eran actores, pero yo
decidí bajar el telón para siempre, y predicar la verdad allí donde hiciera falta.
Ilusa de mí que esperaba comprensión y consuelo donde no encontré más que
condena y censura. Cuando buscaba brazos abiertos, no vi más que espaldas, donde
creía que encontraría puertas abiertas, no oí más que portazos, y donde palabras
amables, crueles reproches. Confundieron a la verdad y al fin de la hipocresía en la que
me había condenado vivir, con la deshonra y la ingratitud a la memoria de un hombre
que siempre fue bueno, porque siempre supo mantener levantada una falsa fachada que
ocultaba la herrumbre de su espíritu.
Entonces vino la soledad a ocupar el espacio que él dejaba, y si no hubiera sido
por tí, por tu cariño, por tu comprensión y por tu compañía, mi hundimiento se hubiera
producido en aquél momento.
Tú si sabías como me sentía, tú si comprendías mi anhelo de justicia, pues fuiste
testigo mudo de todo aquello por lo que mi vida pasó. Tú también querías abandonar el
teatro donde naciste y donde tenías que representar día tras día el mismo papel. Tú
también querías ser libre, y al igual que yo, siempre soñaste con que esa libertad nos
llegaría de una manera bien distinta a la que nos llegó. Fuimos compañeros de deseos y
de anhelos, y al final, compañeros en la soledad que pertinazmente se negaba a salir de
nuestras vidas.
Compañeros hasta que la muerte volvió a hacer acto de presencia, para en
aquella ocasión llevarte a ti. La esperanza se resistía a hacerse tangible en mi vida, y
muy al contrario, castigó mi osadía de haberla invocado cuando ella jamás pensó en
acercarse a mí.

No entiendo por qué continúo torturándome. Todos estos recuerdos que aún
conservo se desvanecerán, y serán menos que el polvo que es limpiado de un mueble
viejo y cada día más inservible.
Yo era mis recuerdos, y ahora estos desaparecerán. Yo era mi soledad, y esta
será cada vez más poderosa. Yo era yo misma, y dentro de poco no seré nada. No seré
más que una mente vacía incapaz de albergar los sucesos del día presente. No seré más
de lo que es una carretilla manejada por cualquier par de manos. No seré más que una
carga para quien se vea en la obligación de cuidar de mí, o un medio de vida para
aquellos que ninguna obligación hacia mi persona tengan.
Yo tenía una esperanza que encontré en mi camino cuando salí de un túnel
oscuro. Pero ese regalo no estaba destinado a mí, y por el atrevimiento de tomar lo que
para mí no era, perdí el tesoro más preciado que una mujer pueda tener o desear, y por
eso te obligaron a marchar.
Como cada primer domingo de mayo, en el que me dabas los buenos días con
una rosa roja, deseo yo ahora darte las buenas noches con esta otra rosa del mismo
color, y pedirte paciencia, porque aunque no vuelva aquí para verte, pronto me volverás
a tener a tu lado. Que aunque en vida no recuerde quién fuiste o si alguna vez exististe,
después de la vida recordaré que una vez tus labios dieron color a estas mejillas ahora
marchitas y moribundas, y que tu aliento dormido calentaba por las noches mi piel
erizada por el miedo.
Deseo seguir buscando la esperanza hasta que esta decida darme su golpe final,
enviándome al olvido en su lugar. Pero aunque en el futuro no lo sepa, ahora sé que su
empeño sólo lo logrará a medias, pues finalmente no habrá conseguido más que acelerar
el tren para que este me lleve a mi última parada, donde tú me estás esperando para
unirnos de nuevo, tú y yo, y en ese primer instante de nuestro reencuentro mirarnos a
los ojos de igual manera que nos miramos cuando te tomé por primera vez en mis
brazos, mas ahora, los ojos curiosos serán los míos, y serás tú quien me dé la bienvenida
a nuestra nueva vida, y esta vez sí, para que nada ni nadie nos pueda separar.

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