Está en la página 1de 5

Valió la pena

Señoras, señores:

Agradezco mucho el homenaje. Reconozco también la elección


del lugar para realizarlo. Es ciertamente apropiado homenajear
una trayectoria profesional y vital en un museo antes que,
digamos, en un congreso de futurología.

Así que, con este momentáneo derecho de piso de antigüedad en


el lugar consagrado a guardarla y destacarla, trataré de responder
la pregunta de si los trabajos y las luchas de ayer legan
enseñanzas válidas para las de hoy y las de mañana.

Mucho, mucho es lo que ha cambiado. Pero lo fundamental


sigue siendo lo mismo. Y los cambios pueden ser paradójicos y
a veces engañosos, pero los fundamentos, no. Reportar bien,
escribir bien, editar bien, ser los servidores fieles del ciudadano
de a pie.

Nosotros periodistas somos los historiadores del presente, de los


tiempos como regla extraordinarios, que marcan y definen la
historia de Latinoamérica, y el propio trabajo y vida en
consecuencia.

En la mía, me tocó desde los primeros años reportar, investigar,


tratar de encontrar la verdad de los hechos detrás de la
inicialmente misteriosa pero ya letal insurrección de Sendero
Luminoso. Buscar de comprender y calibrar el efecto fracturante
del senderismo sobre el país y a la vez comprender las
complejas interacciones del narcotráfico con las instituciones,
las corporaciones, y con el propio Sendero, en las comarcas y
regiones donde coexistieron a lo largo de algunos de los años
más trágicos en la historia de mi nación.

En medio de una violencia que segó las vidas de decenas de


miles de personas, que murieron muchas veces sin saber quién
las mataba, ni por qué; y de una corrupción rampante pero
siempre farisea, la necesidad de describir fidedignamente la
realidad se hizo vital, en proporción directa con su dificultad.

Extraer la verdad significativa de los hechos de la maraña de


confusión, misterio, miedo, ocultamiento y simulación dentro de
la que actuaban, empobreciendo y matando, la violencia y la
corrupción, era el mandato azaroso pero a la vez simple y
directo que todo periodista abocado a esa cobertura debía
cumplir.

Pero esa simplicidad, en países tornados disfuncionales por la


corrupción y la violencia representaba, por supuesto, peligro.

Entonces como ahora, expresar la verdad, la representación fiel


de los hechos, que es nuestro primer deber, daña casi siempre el
interés de quienes se fortalecen y lucran con la violencia y la
mentira. Por eso, cumplir con los elementos del periodismo fue
para mi, y para muchos lo es ahora, una tarea de riesgo y de
peligro.

Me tocó enfrentar sus consecuencias en varios momentos de mi


carrera. Les aseguro que no los busqué, pero la decisión en todos
los casos fue la de sacar a la luz hechos importantes,
significativos antes que recular frente al peligro que ello
representaba.

Tuve que defender activamente el reportaje de los hechos no


solo en mi país –donde la lucha, de paso, fue cuesta arriba
durante muchos años– sino también en Panamá. Ahí, el dilema
fue igual: el revelar o no revelar casos significativos de
corrupción. ¿Qué elección había? Ninguna que no fuera publicar
y enfrentar las consecuencias.

¿Valió la pena, en lo personal? Pienso en los momentos más


duros, cuando los desenlaces bien pudieron ser diferentes a lo
que fueron. Pienso en la tensión, el peligro que enfrentaron mi
esposa y mis hijas. Pienso también en las consecuencias de
endémica inempleabilidad, de lucha contra la desinformación y
el descrédito. Pienso en todo eso y mucho más por el estilo y
digo que no solo valió plenamente la pena sino que fue y es un
honor inmenso, un privilegio del destino haber tenido la
oportunidad de ser periodista. Mi esposa, se lo he preguntado
varias veces, se lo he vuelto a preguntar, piensa igual.

Y desde el punto de vista de lo que logró el periodismo de


investigación latinoamericano, ¿valió la pena? Desde la década
de 1980 hasta ahora, el periodismo de investigación logró
mucho en mi país y en Latinoamérica. Presidentes corruptos que
terminaron en la cárcel; perpetradores de atrocidades que fueron
identificados y, en parte, castigados; gangsters en busca de
consolidación y blanqueamiento, que fueron expuestos en sus
fechorías; complejas operaciones de espionaje y extorsión que
fueron desmanteladas por la revelación: esa es una relación
apenas parcial de los logros de un grupo no numeroso pero sí
extraordinario de periodistas de investigación latinoamericanos.

Sin embargo, y aquí regreso al principio, pese a esos nobles


esfuerzos, la corrupción no disminuye y el crimen organizado
intensifica su depredadora brutalidad sobre la gente y, entre ella,
los periodistas. Lo que sucede ahora en los países más afectados
por la corrupción armada recuerda y amenaza superar los
momentos más duros vividos en las décadas pasadas.

Y la violencia contra periodistas tiene un solo fin: mutilar su


capacidad de revelar la verdad de los hechos. Imponer el
silencio, la oscuridad y la mentira, que es la ecología ideal para
los depredadores, los corruptos, los bribones y los asesinos.

Para los periodistas de las naciones golpeadas por el crimen


organizado, los desafíos son muy duros. En otros países menos
violentos, se enfrenta formas más insidiosas de corrupción, pero
sin que la violencia sea un factor decisivo.

Con las lecciones y la experiencia de mis, me temo, no pocos


años en periodismo, quiero decirles a mis colegas que trabajan
en los estados violentos, que no pueden permitir que la
intimidación socave su trabajo. Repito lo que dije en otra
ocasión parecida hace una docena de años: jamás se debe
permitir que el miedo se convierta en editor. Uno no escoge
la circunstancia de su vida, pero siempre puede elegir su
profesión.
Mientras se sea periodista se lleva el deber de darle voz a
quienes no la tienen y mucho más cuando esa voz es la del dolor
y la tragedia.

Tomar el riesgo no significa marchar hacia el peligro con la


valentía estoica de un mártir. Debemos hacer todo lo posible por
defendernos, por hacer cada vez más costosa la agresión en
contra nuestra; responsabilizar a quienes no cumplen con lograr
la seguridad básica para nosotros y para la gente. Pero debemos
seguir inquiriendo, reportando y revelando, para que el silencio
no se haga más espeso y alimente el crecimiento del crimen.

Por eso, al recibir ahora, con profunda gratitud este


reconocimiento, quiero yo rendir el mío propio a Jesús
Blancornelas, ejemplo insigne del periodista que, en el peor de
los escenarios, jamás se doblegó y luchó hasta el final.

Más cerca a mi experiencia, quiero recordar con gratitud a los


grandes periodistas cuya cercanía y ejemplo fue la mejor
enseñanza. A Enrique Zileri, a la memoria de Howard Simons, a
Bill Kovach.

Y por supuesto, mi amor y reconocimiento enteros a mi esposa,


a mis hijas.

Y quiero agradecerles a ustedes este homenaje. En los


momentos duros y fatigosos que sin duda habrá en el futuro, el
recuerdo de este momento me dirá entonces como hoy que sí
valió, valió plenamente la pena.

Muchas gracias.