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ae mM Ti) DIEGO ES INVITADO POR LA FAMILIA DE SUS PRIMOS A PASAR Las VACACIONES (EN EL, TRANQUILO | ‘BALMEARIO CUSTERO DE LOS PHONES, {UN PEQUENO Y TRADICIOVAL PUEBLO DONDE TIE UWA CASA De DESCANED ‘Y QUE SOLO SE ANIMA UN e000 CON [LA LIBGADA DEL VERANO. PERO TODA TA CALMA DEL LUGAR Se VA A VER ALTEEADA CON LA. MISTERIOSA DESAPARGION Dr LA BEA DE LA FERIA DE Ls PxONES EL Miso DE SU CORONACION, Ait COMIENZA UWA NOVELA POLICIAL PLENA De SUSPENSO EN A QUE Los PRIMOS SERAN FEZA CLAVE BEATRIZ GaRctA.MUIDOBRO 5 CHILENA,. TRAS TITULARSE. BM PEDAGOGIA Y” SIERCER “COMO PROFESORA,Decip1O ESCRIR LIBROS PARA MNOS Y SOVENES. SUS OBRAS HAN OBTENTDO GRAN EXiYD GRACIAS, PRINCIPALMENTE, & SUS INGEMIOS0$ ARGUMENTOS CARGADOS DE SUSPEIS, ‘MISTERIOY AVENTURAS, oy APART DE 9 Afos peer: Beatriz Garcia-Huidobro Misterio en Los Piflones Sb ~ Henne Garctaom Misterio en Los Pifiones Beatriz Garofa-Huidobro Direcelbn eri: Rodolfo Hidalgo C. ican rai: Sergio Tanta P ‘steionasy eublota: Andes Jian F blapramaclén Mt Gabriela dela Fuente. ‘© Beatie Gurlattiobro Edcenes SMchieSA. ty. Patio de Vai 585, pso 1, Provencl, Sentege, rnmedonoe-sme Shogecicones onc SBN 078.056 254.800. Regist de propiedad islectun Irapripdn T8235 mera een: enero 2000 Improsin:Saasinnos impresors SA. ‘General Gone 1408, Sntogo. IMPRESO EN CHILE /PRINTED IN CHILE Tho out perm a roproduccn total o paral Se ote a, ratamient femstin, ns Aeoamissn de ninguna forma o por cvlaver tradi, ye eam loco, ecSice, por Toteeops por rgiste u aos mbiodos, sae! ‘ormiao previ ypor soa dl Ulaes Si eapyrigh Planes para el verano Antonia negé con la cabeza y, con el dramatis- mo de una consagrada actriz, dijo: —No puedo creeslo. Sencillamenteno puedo. Esincrefble. Noentiendocémopueden hacerme esto. No aleanzoa creer que mi propia familia se confabule en mi contra. Después de un aio de colegio, éstas son mis vacaciones. Mas que las merecidas vacaciones de una buena estudiante, esto parece un castigo. Es insélito que... La abuela se acomodé el audifono e hizo girar una de sus perillas. Tal vez no escucha- ba bien, pero en esta oportunidad le habia quedado clarisimo que su nieta no estaba de acuerdo con la decision de la familia respecto del veraneo. ~-...me llevan a ese somnifero lugar de arena y sal. A mi edad es ridiculo ir a Los Piniones. Si se fo contara a mis amigas, no lo ereerfan. Yo misma no puedo creer lo que igo. Bs absurdo. "Antonia terminé de recitar su parlaiento y Se sent6 con los brazos cruzados en uno de 108 sillones de mimbre de Ia terraza. Ella sabia que ahora venian las explicaciones. Sospechaba lo que diria cada persona, pero queria ofelos dandole excusas por ese veraneo tan poco adecuado para alguien a punto de cumplir catorce aiios. Era una jovencita more- na y delgada, muy consciente de su belleza y de 5u importancia. —Siento que no te guste la casa que tene- mos en la playa —dijo su pap¢—. Cualquier persona estarfa agradecida de contar con un lugar junto al mar al que poder sa‘ir. “No estoy agraclecida! —salt6 Sarita A mf me fascina bafarme en el mar, cami- nar entre las rocas, ver a los pescadores, ir al bosque, comprar en la feria artesanal, buscar “Tonchitas... Sarita tavo que hacer una pausa para respi- rar, momento que Antonia aprovecho para insistir en su punto de vista: —A tu edad, eso es entretenido. Cuando yo tenia ocho afios y apenas sobrepasaba el ‘metro de altura, encontraba que Los Piftones era genial. En cambio ahora, espero que mis vacaciones sean algo més que chapotear en la Se chapotea en el agua, no en ta arena dijo Pablo, para quien la precision era algo importantisimo. Tenia doce afios y representa- ba mas edad que su hermana; era alto y fuer- te, como suelen ser los deportistas, aunque stt vor. atin era infantil. La madre de los nifos estaba limpiando los pinceles con algin diluyente, cuyo olor no lograba opacar el aroma de los jazmines que cubrian la terraza. Hablé con calma, como er su costumbre: —Los Piftones es uno de ios pocos balnea~ ios que no esta contaminado en ningtin senti- do, Mantiene la vida de pueblo, los arboles autéctonos, los roquerios enos de pozas, donde atin viven cangrejos y erizos. Tampoco hha sido destruida ninguna de las casas que construyeron los primeros veraneantes ni se han remodelado los jardines y plazas origi- nales. Es un sitio donde el olor del mar atin puede rozar las copas de los drboles y viajaz enel viento. Ya casi no quedan lugares seme- jantes en la zona central de Chile; es un privi- Tegio que nosotros podamos conservar la casa que hicieron los abuelos. ‘A Antonia no le gustaba discutir con su snamé, principalmente porgue siempre termi- naba perdiendo. Aun asi, dijo: No me importa que la casa sea vieja y tenebrosa. Lo que no me gusta es que alld no veronea nadie, Todes mis amigos y amigas vvam a otras partes, més modemas, donde hay algo que hacer. {Qué es para ti algo? —pregunté Pablo. —Encontrarse con ia gente, it a fiestas, salir a... n0 sé. En el fondo, algo es que haya alguien. A jo mejor puedes invitar a una amiga ¥ entonces ya hay alguien ~-sugirié Sarita ~¥ quién querria ix? — pero por el tono yams tranquilo de su vor supieron que esta- a pasando revista a su interminable lista de amiges y escogiendo mentalmente a la que invitaria—. Tal vez con Camila... todo podria ser diferente si ella... ‘—Por supuesto, también va a ir Diego dijo el papa. —jBien! —exclamé Pablo. Diego era su primo favorito, el que tenia las mejores ideas pare entretenerse y @ quien admiraba sin restricciones. ‘Hacia muchos afios, cuando Diego apenas gateaba, supadre se fue y él quedé solo con su madre. Hila tenfa que trabajar muy duro para 10 mantenerlo y pagarle una buena educaci6n, pero no le alcanzaba para costear un veraneo. Asi es que Diego se habia transformado en __ una especie de hijo adoptivo de la familia; los acompafiaba en todas sus salidas. ‘Como habfa tenido que hacer por s{mismo sus cosas desde que era muy chico, era un nifio independiente y habil. En la mesa conversaba como un adulio y tenfe una légica implaca- ble para exponer sus ideas; segtin contaban, mis de un profesor qued6 desarmado con sus teorias y no fue capaz de continuar la discu- sién. = +WVoy a amarlo para que no se olvide de traer la cafia de pescar! —dijo Pablo—. Este afio tenemos decidido ganar la competencia y sacar el pez més grande que haya en el mar. ‘Jamas van a lograr derrotar a los pesca- dores —intervino Antonia—. Ellos estén el aiio entero dedicados a eso, son expertos. Ustedes apenas tienen un bote inflable y cero experiencia. —Los pescadores no participan; esto es solo para turistas. ~-Bueno, pero hay turistas que se Jo pasan pescando. Son casi profesionales, fanaticos. —Igual vamos a ganar. Tenemos la suerte y la astucia a nuestro favor. Te apuesto a que salen tltimos. " Te apuesto a que, minimo, logramos uno de ios tres primeros lugares. —Hecho. :Qué apostamos? ‘Su madre dijo: No me parece correcto que hagan apues- tas. En general, la abueia trataba de no discutir con stihija respecto decémo educara los nifios. Pero pensé que tna apuesta es una apuesta y en ella esta comprometido el honor de una persona, por lo que propuso con energia: Yo soy testigo. Si Diego y Pablo obtienen uno de los tres. primeros Iugares, Antonia aga. Si obtienen uno de los tres uiltimos, ellos pagan. Si salen en el medio, nadie le debe nada a nadie. La mamé miré a la abuela y le dij —=Mamé, no les fomente que apuesten plata Le daba temor que sus hijos se aficionaran al juego. La abuela tenia un grupo de amigas con las que pasaba horas sentada ante la mesa de_juego, acumulando © perdiendo fichas, -nifentras los naipes no dejaban de danzar por encima del tapete verde. Otras veces se arre- glaba, preparaba su maletin y partia a pasar el fin de semana a Vifia del Mar, donde se reunia con unas amigas y se iban al famoso casino de esa ciudad, Por este vicio, la abueta tenfa una 12 situaci6n econémica complicada: habia unos pocos dfas en los que manejaba bastante dine- roy hacia grandes regalos, y muchos otros en Jos que escarbaba entre sus carteras buscando ‘una moneda. —Yo no quiero plata —salté Pablo—. Yo quiero que ella nos pida perdén y diga que somos lo maximo. —Bien, acepto. ¥ si ustedes pierden, que es cosa segura, van a hacer mi turno en todas las cosas domésticas durante los dias que queden de veraneo: lavar los platos, sacar la basura. jah, qué descansada vida voy a tener! “Esta apuesta no es pareja —opind la abuela. —Cierto —dijo Pablo—. Si ganamos noso- tros, ti, ademas, vas a tener que decirnos “campeones” en lugar de llamarnos por nues- tros nombres, y saludarnos con una pequenia reverencia cada vez que nos veas. Aceptado? ~—Aceptado. Se dieron las manos y el asunto quedé convenido. Antonia se levant6 y dij —Ahora yo necesito el teléfono, asi es que 4 lamaras a Diego después. Y se abalanzé sobre el aparato, al que hizo trabajar duramente por varias horas. 43 Llegada a Los Piftones ‘La maleta del automévil estaba més que repieta, Lo mismo sucedia con el interior Fabia dos opciones: las cosas 0 los seres Jrumanos. Optaron por las cosas y en el auto solo quedé espacio para cuatro personas, de ppreferencia contorsionistas. La mam de los nifios le dijo ala abuel = Usted se viene con nosotros y con Sata, “Los nifios grandes viejan en bus. No, sefiora ~alegé la anciana—.Tendria que sentarme con las piemas encogidas. Ademés, serfas muy imresponsable si manda- ras a cuatro nifios nada de grandes en un autobis sin una persona mayor responsable. Me voy con ellos. 18 La abueia pensaba que habfa pasado afios de su vida obedeciendo, primero asus padres y luego a su marido, y ahora, por fin, era lo suficientemente vieja para hacer lo que se le antojara. Viajar en autobtis era algo que le fascinaba: comprar galletas y otras tantas golosinas en el terminal, recorrer tos pasillos y conversar con la gente. Ademés, en los buses podfa suceder algo, mientras que en cl auto- movil todo era demasiado previsible. Sarita exelam —iYo también quiero ir en bus! Soy la nica que vaa viajar en el auto. -—Por aingiin motive —dijo el papa—. Ta vienes con nosotros. —Resignate. Es el destino de los nifios—se burlé Antonia—. Alguin dia, algin lejano dia, crecerds —No le hagas caso —dijo el paps—. Et bus no se detiene, en cambio nosotros vamos a parar a cargar gasolina y a comer un delicioso sandwich. =iQué suerte! -—intervino Diego con una “Bian sonrisa—. Los demds vamos a llegar muertos de hambre a Los Pifiones, dispuestos a comemos las paredes, mientras que hi vas a bajarte con tu pancita lena. Diego le-hizo un guifio a través de esos anteojos que cuando no estaban cayéndosele 16 estaban extraviados, y que aparecian después en los lugares mas insélitos. Sarita le sonrié de vuelta y se subié al auto- mévil. Ella también admiraba a su primo y sabia que lo que decia era siempre cierto. ‘Antonia susurr6 a su amiga Camila, quien se habfa integrado gustosa al grupo de vera- neantes: : —Es tan facil engafiar a los nitfios, —2Por qué? ZEs que no van a darle nada de comer? -—-S{, claro. Unos panes tipicos. ¥ nosotros con Ja abuela vamos a Hevar un cargamento de cosas ricas. Te apuesto a que ese maletin esté repleto de pastelitos, gomitas, mazapa- nes... jlo que se te antoje! Ffectivamente, la abuela habia ido de compras y preparado deliciosos y variados sandwiches, ademas de muchas otras golosi- nas. En el terminal concluy6 su aprovisiona- miento, y partieron. Contra toda expectativa, el viaje fue tran- quilo. Antonia y su amiga Camila se fueron cuchicheando y escuchando el _reproduc- tor de musica portétil. Ofan las canciones a través de los audifonos y daban chillidos cada cierto rato. Seguramente, les recordaban sus ilusiones y suefios romnticos. Claro que sus sensibles corazones no les impedian escuchar 17. Jos lamentos de sus estémagos, por lo que de tanto en tanto se levantaban, le pedian algo de comer a la abuela y volvian a sus asicntos. Diegoy Pablo conversaban agolpadamente, ‘haciendo planes para cada dia e intercambian- do informacién acerca de los astros de fatbol, Jas téenicas de uegode los grandes tanistas,los registros de los alletas mundiales, jas marcas de Jos nadadores y de otros deportistas. ‘La vox ronca de Diego contristaba con su cuerpo flaco y menguado. Aunque no tenfa muchas habilidades para la actividad fisica, participaba todo lo que podia en los entrena- ientos. Su gran habilidad estaba en la obser- vyacién: siempre se enteraba de lo que sucedia enlas diferentes canchas y sabia las técnicasde cada disciptina como si las hubiera practicado y fuera un experto entrenador. Acompafiaba a Pablo en sus competencias y 1o aconsejaba Y alentaba, ste tenia Ia conviccion de que ‘si participaba en un campeonato sin que su primo estuviera presente, era casi imposible que obtuviera el primer lugar. Es increible! - —decia—. Yo estoy calen- tando antes de una carrera junto con los otz0s ailetas,y élmeadvierte cudi va serelcontrin- cante més dificil, me da una sugereneia para Ia largada 6 acerca de lo que sea que adivina que tengo mas débil. (Hasta sabe cual relevo 18 dela posta va afallar y corre a hablar cori él! Y eso es nada comparado con lo que es capaz de guiarme durante un partido de tenis. Me dice Sime conviene atacar 0 mantener la pelota hacer correr a mi adversario 0... ‘Ala abuela le sorprendia cuénto se avenfan y complementaban los primos. No se cansaba Ge repetirles que una amistad dentro de ja. familia valia el dobie. # "Ademds de repartisies sndwiches y golo- sinag, los invité a jugar con ella a los acertijos. ‘Ajusté su audifono y se concentx6 en las pala- bras de Diego: “Un campesino tiene que cruzar junto a sus animales al otro fado del rfo. Tiene una gallina, un perro y un gato, La barcaza solo puede transportar al hombre con uno de los Snimales. El problema es que si viaja con el ‘perro, debe dejar al gato com la gallina y aéste Je gustaria comérsela, Si deja al gato y al perro juntos, se arma la pelea. Por otra parte, silleva primero al gato, ga cuél leva luego y deja en ja otra orilla? gTiene solucién su problema? ‘Diego se recosté en su asiento y sonrié. ‘Tenia varios otros acertijos en mente, ademés de algunos chistes que atin no decidia si seria conveniente contar delante de la abuela y su audifono recién ajustado. Tian del ecto debe user al ale novela 19 Laabuela les dijo: —Les apuesto un chocolate a que no adivi- nan esta: Una nia extiende sus manos. Son manos perfectamente normales. Sin embargo, ella afirma que tiene once dedos yes capaz de demostrarlo. ;Cémo puede set posible? —se 186 cuando terminé de contarlo, segura de que nadie adivinaria; pero répidamente tuvo que dejar de sonrefe cuando Diego dio la respucs- tay cobré su chocolate “Ese es el mejor tiene relleno de guinda —refumfuié la abuela al pasdrselo. ‘Cuando bajaron del bus y se encaminaron hacia la casa, Camila dijo: Es rara la sensaci6n de viajar y legar sin mochila ni sco de dormir. ;Como si hubiéra- ‘mos ido a la esquinal —Espero que Sarita no esté pisoteando mi maletin, que qued6 en él piso det asiento fraser —aijo Antonia haciendo un mohin— ‘Tengo cosas demasiado valiosas en él —Apurémonos —sugirié Pablo—. Tal vez 1 papé todavia no baja los bultos y podemos ayudarlo, No quisiera que le pasara algo a mi catia ni que se dé vuelta la caja de pesca, —Me extraiia tanta amabilidad, tantas ganas de ayudar —afirm6 Antonia, at —iSientan el olor del mar y de los pinos! —suspiré la abuela. “Mis zapatos se estén lenando de tierra --rezongé Antonia—, Deberian pavimentar Jas calles. “Sendrfan que estar locos para hacerlo —Alijo Diego—. La gracia de Los Pifiones esta en que sea asi, como campo con playa. Es bonito, me gusta —opiné Camila— Nunca habia venido. —Obyio —e-dijo Antonia—. Nadie viene acd, Mira, esa que se-ve allées la caleta. En los faldeos de los cerros y en la costanera estén Jas casas de los veraneantes, Hacia el norte esté el bosque y hacia el su, el pueblo. Eso seria todo, Turismo al instante. No le hagas caso —intervino Diego, que conocia Los Pifiones tan bien como sus primos—. Hay lugares muy lindos para visi- tar. Cerca del bosque estén las dunas y més alld las cavernas de las rocas, donde se supo- ne que los piratas escondian sus tesoros y que Teego no pudieron encontrar en el enredo de Jaberintos. Antes de liegar al pucbio esté el cementerio, que es muy especial, porque 10 ‘construyeron en una hondonada y los &rbo- Jes gue crecen en las pendientes estén todos inclinados hacia Jas tumbas, También ¢sté el cerro del Ahorcado, donde dicen que penan ¥y se siente un lamento cada vez. que se pone lsol. {Qué pénico! No me voy a atrever a ir as —Cuentos. Cémo seré de sburride todo, quela gente inventa tonterias para entretencr- Se —le dijo Antonia a su amiga. — desde el muelle de la caleta puedes salir a pescar, mariscar, pasear en bote, bucEar Over como trabajan los pescadores...—signié Diego. wen el agua que esté fria o esté helada —intersumpi6 Antonia-— Ya sabes, océano Pacific, fenémeno de El Nifio y todo eso. —Tiay dias en que Antonia amanece ast, sacando la pajita corta para todo —se burlé Pablo. ese castillo? —pregunté Camila, —No es un castillo, es Ia casa de un viejo Jeco —dijo Antonia. —iLoco de verdad? Camila palidecié un poco. Pensé que su inocente estadia de un par de semanas en Ja playa con su amiga se estaba pareciendo ‘a tina historia de terror: cavernas, cemente- sos, Viejos locos, heladas cozrientes marinas, fantasmas en el cero. No es loco, es Io que se Hama un excén- trico —intervino la abuela, que percibio Ia 23 intranguilidad de la jovencita—. Et es un hombre muy rico y muy avaro, que se cons- truy6 esa casona hace muchos afios. La hizo con esos murallones para guardar sus cosas ¥ evitar que le codiciaran sus finuras y, luego le robaran. Esa es la raz6n por la que eligis tun lugar tranquilo como este, donde nadie lo ‘visitara ni le adivinara sus tesoros. —sTesoros? Es una forma de decir —sigui6 la abue- lam, Tiene adomos antiguos y finos, obras de arte, alfombras persas, muebles de época, escullturas; su casa parece un museo. Pero es tan avaro que no quiere que le miren sus abjetos y Ios tiene cas: todos bajo lave, y los muebles y alfombras estén cubiertos con siba- nas blancas. —Qué absurdo —opiné Pablo—. Tener tanto y ni siquiera disfratarlo. —Losavaressonasi—dijo Diego—. Disfru- tan sabiendo que tienen las cosas, pero no usandolas y mucho menos compartiéndolas. _v2—Supongo que el resto de la gente es Rozmal —murmur6 Camila, Pablo le dijo: —Ei mas simpitico es Mauricio. Tiene mas ‘0 menos tu edad, es el hijo de la dueha del hotel. Ahi se pasa demasiado bien; se organi- zan juegos de cache ydedomind. 24 AY chiflota y whist —agregs Diego, que cera fanatico de todos los juegor de saléa. Se Sentaba entre los adultos, acomodaba sus anteojos y adquizia la expresién de un caba- Tlero antiguo, severo y reflexive Son unos inachistas —seflals Antonia—; no dejan entrar a las mujeres a su ridicula sala Ge juegos, que en realidad es el comedor Le Sacan los manteles a fas mesas, acomodan tunos roftosos tapetes verdes y dicen que es sala de juegos "solo para varones”. Como si poretinecho de ser peludos tavieran ei cerebro Sistinto.o hicieran milagros con los naipes. “Antonia era una excelente jugadora. En el fondo, 1o que ella queria era partcipar de los juegos que'se organizaban en el san del hotel “SNo te quejes —sonrig Pablo—. Han tent do la gentileza de creat los martes femenios. an Sracias por el premio de constelo. Camila mito divertida a su amiga, Elia solo tenia hermanos grandes que la trataban como Si fuera tna nifia chica, Esto de pertenecer ala categoria de los mayores delacasay tener con quienes discutirlo todo en el tono suficiente del que sabe més era algo novedoso que iba a distrutar, “A Llegamos! —grito Pablo. Hl y su primo confieron hacia una casa alta y angosta, a orillas del malecén,colgando sobre el mar. Un ‘gigantesco pino dejaba caer susramas sobre el tejado, y flores de distintos colores adornaban el jardin que la rodeaba. At costado derecho dde la casa habia.un camino de gran pendiente que conducia hasta la playa, ‘La casa marcaba el limite entre la playa de arena y e1 extenso roquerfo, donde las olas reventaban con furia. En el interior de cada dormitorio se sentia el ruido de las rompien tes y las ventanas estaban hémedas con el rocio del agua de mar. ‘Antonia y su amiga se instalaron en él tercer piso. —Lis la parte menos elegante de la casa, pero la nica con algo de privacidad —le dijo Camila, sefialando la enorme buhardilla de maderas uun poco desveneijadas. —No hay murciélagos, jverdad? “No. Mi mamé tiene contratada a una cuidadora que viene cada semana a hacer ‘aseo, ventilar y todo eso. Ademds, en enero estuvo arrendada a otras personas y No creo {que ellas se hubieran quedado con los murcié- Ingos revolotesndoles en le cara. "EI resto de la familia se acomodé en los cuatro dormitories del segundo piso. Sarita eshizo su maleta y mir6 a través dela venta nna, Estaba nublado y el mar se agitaba ruido- ‘so. Le daba miedo dormir soia, pero pens6 28 {que tenfa cuatro lugares a los que podia Megat cada noche;iria alternéndolos y nadie se daria ‘cuenta de que ella no dormfa ningtin dia en su cuarto. "A Diego y Pablo les correspondié la pieza con los dos camarotes. Cada uno de ellos extendié su saco de dormir en las camas de aenba, Sacaron répidamente Ja ropa de sus ‘mochilas, la embutieron despreocupadarper te dentro del cléset y avisaron que se iban a pasear. 27 Aire marino Et hotel tenia la fachada de una tipica casa colonial chilena. Por dentro estaba restaurado y modernizado, pero no perdia sus caracte- risticas coloniales: techos altos con cielos de madera, puertas angostas y vidriadas, gruesos muros de adobe. A cada dormitorio se accedia ceruzando el gran patio interior rodeado de corredores y en cuyo centro habia tres drboles enormes y cientos de flores.» Dofta Celia era la duefa, administradora y jefa de cocina del hotel. Trabajaba duro en el verano, contrataba a algunos j6venes para que Te ayudaran y no dormia mas de cinco horas cada dia, Durante el resto del ano, cerraba casi todas las habitaciones y solo sequedaba traba- 20 jando con ella su fiel mozo. Juntos atendian et restaurante y @ los ocasionales pasajeros que Megaban por alguna noche, y aprovechaban de hacer mantencién, trabajos de pintura y arreglar los desperfectos. Mauricio era su hijo menor. Estudiaba en Ja ciudad de! puerto, vivia en el hotel y en. Jos veranos se dedicaba a ayudar a su madre. Jorge, el mayor, también se aiojaba en el hotel, pero ya era adulto; lo habfan ascendido a cabo, que es un poco menos que sargento, y representaba Ia mitad del plantel de la comi- saria del pueblo. ‘Mauricio contaba que su hermano queria que lo trasiadaran al puerto o a otra ciudad grande donde pasara algo “de verdad”. En sus registros solo habia disputas entre veci nos, partes a los veraneantes por circular demasiado répido en sus automéviles © por estacionarse donde no debian, desapariciones de objetos menores y otros problemas que no eran auténticos delitos. ‘Durante la Semana de Los Piflones, que en realidad duraba quince dias, Hegaban muchos Visitantes a participar del desfile, de la feria dé entretenimientos y, especialmente, del concur 50 de pesca. En esa fecha la comisaria tenia que velar por Ja seguridad del evento, pedia refuerzos al puerto y Jorge sentia la impor- tancia de su cargo. Pero quesaban trescientos incuenta, dias sin actividad, dispuesios transcurri lentos para aburrirlo deo lindo. Mauicio recibié alegremente a sus amigos ‘Aunque él tenfa dos o tres afios mas que ellos, te entretenta con el par de primos. Los acom paftaba a mariscar, air de pesca 0 al cine, y Eonversaban acerca de los grandes depox tistas y de las peliculas que habtan visto-ea™ Santiago. Pablo y Diego 40 inwitaron a pasear con ellos. “ahora no puedo —respondi6—. Estoy limpiendo este iillon de machas y no voy a desocuparme hasta dentro de mecho rato is. “aan a_hacerlas a Ia parmesana? —progunts Pablo, PS: Preparadas en cada conchite. Tile vey a decir al papa que vengemos a comer aqui esta noche! ne Vino tu hermana? —pregunté Mauricio ical hermana? Antonia. ¥ Sarita, claro Pablo y Diego sonsieron. El afo anterior habia quedado en evidencia que a Mauricio ie gustaba Antonia, Cuando Pablo observa- ta fa mirada bovina de su amigo y Ia forma de sonrojarse al estar con ella, concluia que 31 Mauricio estaba un poco loco. Que ie empe- zaran a gustar las mujeres ya era una pérdi- da de'tiempo, pero que fuera capaz de verle algun atractivo asu hermana demostraba que més de una tuerca se estaba aflojando en su cabeza. —Estéi en la casa —aclar6 Diego—. Vino ‘con una amiga. Se llama Camila y est aterro- rizada, —Antonia le ha dicho puras cosas hortibles de Los Pifiones —se ri6 Pablo. —dEs bonita? —pregunts Mauricio. —ZQué cosa? la, Camila. Los primos se miraron desconcertidos. Repasaron en sui mente los grandes ojos casta- fos de Ja joven, su pelo claro y britlarte, sus movimientos graciosos, y con sinceridad dije- ronal unisono: —No. Mauricio sonzi6 con satisfaccién. —Es que nadie puede ser linda como Anto- {Linda Antonia? ;Ta disco duro esté fallando! —exclamé Diego, y luego agrego—: @Por qué estrujas las machas de esa manera tan xara? —Asf se hace, Para sacar esa parte negra, aprietas y sale junto con io pegajoso, que 32 muchas veces tiene arena y es desagradable al mascar. —Ahora veo por qué a veces no me gustan las machas —dijo Pablo—. Tienen un gusto a chicle y son dsperas. ¥ otras veces son fo més ico que existe, ‘ —Con toda la comida sucede igual—aclaré Diego—. Bien preparada tiene que ser buena. ‘Yun mai cocinero puede arruinar los mejores ingredientes. —wPodria alguien echar a perder el choco- late? —adlijo Pablo mientras se relamia ydescu- bria que pesar de las goiosinas en el autobtis, nuevamente tenia hambre. Pablo y Diego se quedaron un rato ayudan- do a limpiar y preparar la comida, En cada conchita ponian una macha, un trozo de mantequilla, un chorrito de leche, gotas de jugo de limén y un pedacito de queso. Final- mente, espolvoreaban la sal, pimienta y queso rallado. Decidieson que en vez de sugerir que los Hevaran a comer al hotel, irfan a la caleta, comprarian. machas, Tas prepararian en la cocina de su casa y los sorprenderfan a todos. —Deben tener cuidado con el horno —advirtié Mauricio—. Apenas se derrite el queso, estin listas. Si se les pasan, quedan dluras y es como masear chicle 33 Acordaron verse al dia siguiente en la playa ¥y se despidieron. ‘Los primos fueron a Ja casa, le pidieron dinero a Ja mamé “para una sorpresa” y cami naron hasta ja caleta, Sobre la arena, varios botes reposaban boca abajo, mientras algunos hombres fumaban y conversaban apoyados contra éstos. “Ta mayoria de los pescadores estaba faenando ¢} producto de su trabajo. En los “Puestos, las mujeres vendian los pescados y §nariscos a los veraneantes que toqueteaban, olfan y miraban todo. —Mira —sefialé Pablo—, ahf esta Felipe. Vamos a preguntarle cémo le fue hoy, ¥ si tenemos suerte nos dice dénde estén los miejo- ses bancos de peces para los dias de la compe- tencia. —Jamés Jo va a decir. Ningtin pescador lo harfa, Felipe era un joven pescador. En afios ante- riores habia levado a los primos a pescar en su bote y les habia ensefiado algunos trucos de !a profesi6n. (Hola! —ios saludé— buscando hoy? —Queremos levar machas, —fetdn de suerte, tengo un barril leno de Jas que saqué hoy del mar. Mirenlas, estan tan Qué estén 34 frescas que solo huelen a arena y mat. También ‘tengo unos ostiones deliciosos. —2Se hacen a la parmesana? —pregunt Pablo. —Ciaro. Y también se pueden preparar de otras formas: como cebiche, al matico, en ‘guisos calientes —Son bastante més caros que las machas —sefialé Diego— y en realidad lo que acaba" smos de aprender a cocinar sonmachas. Cusn- tas necesitaremos para siete personas? Siete personas hambrientas —aclar6 Pabs Felipe pesé tres kilos y las envolvié en un cambucho de papel de diario. Van a ir a la inauguracién de la feria? —les pregunté mientras depositaba el paque- te en una boisa piéstica y les daba el vuelto—~. Es dentro de tres dias. : —De todas maneras —dijo Pablo—. Supon- go que va a estar Ja rueda de la fortuna, los puestos de tiro al blanco, la pesca milagrosa, los churros y todo fo de siempre. —Bste afio inauguran una mini montafia usa y un barco pirata, Van a ser la sensaci6n, Pero lo mejor de todo es que mi novia es Ja reina de Ia feria y su coronacién va a ser le parte ms importante de le fiesta —sonrié Felipe con gran orguillo. 935 Quid es tu novia? {La conocemos? —pregunt6 Diego. —Se llama Margarita y trabaja en la peli ‘queria. Es la mujer més linda de la regién y se {j6 en mi ~dijo, manteniendo su sonrisa de orga aoreja Los primos se miraron con preocupacién. Parecfa que este afto cualquier individuo con ‘ms de quince afios tenia Ia cabeza repleta de pensamientos roménticos. (Las mujeres esta- ban invadiéndolo todo! En la cocina, prepararon las machas. Las, abrieron, lavaron las conchas, las limpiaron ‘una a una y acomodaron cuidadosamente en cada conchita, con todos los ingredientes en ‘stricto orden. La mamé los miraba divertida mientras arreglaba una fuente de ensaladas y pponia ja mesa. La comida fue un éxito. La abuela comis ‘tantas machas que debié vaciar su plato tres ‘veces porque no le cabian las conchitas vactas. Sarita sintetiz6 lo que todos pencaban: — Son lo maximo! 37 Dia de feria La feria estaba en su apogeo. Los juegos funcionando a su total capacidad, la mtisica a todo volumen y enormes cantidades de gente yendo y viniendo de aqui para allé. En el ‘escenario, un locutor anunciaba a Jos cantan- tes y explicaba las miles de posibilidades de diversién que ofzecia la feria. Cada cierto rato avisaba que a las doce de Ja noche, en puuun- to, seria la coronacin de Ia reina de la feria del verano. Diego y Pablo se habfan cruzado con Feli- pe, quien sonrefa orgullosomientras estrujaba un ramo de flores. Se encontraron con muchas de las personas que siempre estaban en Los Pifiones. —iMira! —senalé Antoni loco del castillo. —Parece normal —respondié Camila sin dejar de mirarlo. Primera vez que lo veo! —exclamé Sarita. 5 que ro sale casi nunca —~explicd Anto- nia—. ES como un milagro encontrario hoy aqui. Imaginate, yo llevo afios viniendo en los veranos y esta es fa tercera vez que me lo topo. iY ahi esté el padre Alberto! —chill6 Sari- ta—. Voy a contarle que este atio me empiezo a preparar para mi Primera Comunion. —Fsa sefiora —continus Antonia~- es la descendiente del ipo que puso Ia primera piedra de este pueblo y esti convencida de que eso la hace sumamente importante. Mira como se pavonea. ¥ e3¢ sefior al que le brilla fa pelada es el que gané el afio pasado el concur- so de pesca, Es fandtico; toda su ropa esté ilena de insignias de timones, yates, pescados, anctas. ¥ alld, en el stand del tito al blarico... —¥ por tu derecha, a toda velocidad —inte- rumpié Pablo—, se acerca Mauricio... ~=“...con evidentes intenciones de acompa- arte toda la noche -—siguié Diego. —iAy, qué pegote! —se quejé Antonia, aunque sus ojos sonzefan al miratlo. ‘Los primos siguieron recorriendo la feria y articipando en los distintos juegos. Eran alrede- Esees el viejo dor de ias once cuando Felipe salié tras bamba- linas con cara de preocupaci6n. Ya no tenia las flores y caminaba acelerado hacia la entrada. Ellos lo aleanzaron y dijeron: —2Qué te pasa? ;Sucedis algo? —Es que Margarita no llega. Deberfa estar vistiéndose y peinéndose y nadie la ha visto. Todo el mundo sabe que las mujeres siempre se atrasan —argumenté Diego— Fs su modus operandi. Ya sé cémo son. Si fuera un dfa cual- quiera, no importaria, Pero ninguna mujer se atrasa el dia de su coronacién. Yo sé que algo le paso. Haganme un favor: recorran la feria y busquen a Jorge, debe estar vigilando aqui, ino creo que esté en la comisaria. Ustedes lo conocen a éi, no? Y mientras le explican Io que pas6, yo voy a correr hasta Ia casa de ella a ver si est ahfy en unos minutos nos junta- ‘mos acé mismo, en esta entrada. Ellos asintieron. Conocian perfectamente al hermano de Mauricio y estaban emocionados de tener un pretexto para hablarle de igual a igual. ‘Lo encontraron cerca de la pequefa lagu- na, dondé flotaba un carrusel de patos, y él trataba de impedir que unos nifios lanzaran objetos al agua. Diego le explicé lo que habia pasado y juntos caminaron hasta la entrada. at Jorge estaba tranquilo y hasta se burlaba un poco del nerviosismo de Felipe. —Algunos enamorados son asi. Siempre pensando quelanovia sees vaaarrancar, mien- tras ella est mirandose at espejo, arreglindose ce} pelo o poniéndose cremas en la cara. En la entrada estaba Felipe, desolado, negando con la cabeza. “jNo hay rastros de cla! Encontré a su madrina justo cuando salia para acd y dice que Margarita noha llegadoen todoe! dia;ellacreyé que se habia ido a arreglar donde una amiga y estaba extrafiada de que no hubiera llamado, pero la imaginaba delante del espejo probando peinados 0 qué sé yo. Lo peor es que buscamos en su closet y ah{estén colgados el vestido dela ceremonia, jos zapatos, el collar... todo. Jorge empez6 a hablar en tono serio: ile dijo cudndo la vieron por ditima vez? —Ella la vio cuando salié a media mafiana Hoy no iba a trabajar en el sal6n de la pelu- queria, pero haba aceptado hacer dos visi- tas domiciliarias y dedicar el resto del dia a prepararse para la ceremonia. —Supiste a quiénes iba a visitar? —Si. A dofia Eugenia, la de! almacén, que esté con la cadera fracturada, y a don Roberto, aquien.no le gusta salir y siempre hace que 1o atiendan en su domicilio. 42 Fue donde ei avaro! —susurr6 Pablo a su primo—. lal vez él le hizo algo... —iNo digas nada! —respondié Diego—. Si hablamos nos van a echar a un lado y no ‘vamos a poder participar de la investigacion. ‘Hay que tratar de pasar inadvertidos. Jorge tranquiliz6 a Felipe y le dijo que espe- raran, Si ella no aparecia a la mafiana siguien- te, iniciarian una Investigacion, os —-jMafiana? ;Recién mafiana? —No se puede decir que una persona esta desaparecida hasta que no hayan pasado al menos cuarenta y ocho horas. Vamos a hacer una excepcién iniciando su bésqueda majia- na temprano, pero ahora no puedo alejarme de mi puesto de vigilancia. Tranquilizate, a io mejor se puso nerviosa y no quiso venix. —Noestabanerviosa—selament6Felipe—. Por el contrario, estaba feliz, tenfa preparado su discurso, su vestido, sus zapatos nuevos. y la pulsera que Ie regalé. Se alejé a hablar con otras personas. Los nifios continuaron recorriendo los juegos, pero ya no podian concentrarse y divertirse como si nada hubiera pasado. El maestro de ceremonias también estaba preocupado. Qué sacaba con ponerle emocién al anuncio si la reina no Tegaba. Cuando faltaban apenas diez minutos para las doce en punto, ia gente empez6 a acomodarse alre- dedor del escenario. El pensaba que tal vez tendrfa que coronar a una de las jovencitas de la boleterfa. O a Ia secretaria del alealde, que en ese preciso instante le lanzaba miradas de impaciencia. O hacer el ridiculo diciendo que Ja reina se habfa esfumado. —Las reinas no desaparecen —se decia—. Pueden Morar, estar un poco histéricas 0 hacer gestos de soberbia, pero no desaparecen —y miraba hacia la puerta de entrada, esperando que Margazita se. asomara a través de ella ‘Apenas la conocia, pero ya le tenfa rencor por arruinar el espectaculo. La mtisica resonaba en los parlantes, como siel ruido pudiera disimularla situacién. Diego dijo: Nosotros deberfamos investiga por nuestra cuenta, —2En verdad creen que le pasé algo? —pregunté Antonia, que se acercaba en ese momento junto con Camila—. Todo el mundo anda haciendo conjeturas y parece que Feli- PE esti organizando unas brigadas para ira buscarla, —Ciaro que si —agregé Diego—. Felipe tiene raz6n; ninguna mujer se hace esto a sf misma, Se present6 al concurso, se hizo zopa, compré zapatos, ensayé peinados y quizés ‘cudntas cosas que nosotros ni sospechamos ‘que puede hacer una reina de belleza frente al espejo. Tiene que haberle sucedido algo. Yese algo le impide avisar qué fue. —Es verdad —intervino Camila, Yo no perderfa mi propia coronaci6n ni por nada. El tono serio de los nifios hizo que Pablo palideciera un poco y la voz se le cortara al preguntar a Diego: —2Tii crees que puede estar... muerta? —Ojalé que no. Pero puede haber tenido un accidente y estar desmayada a la orilla de un camino. O la asaltaron, golpearon y aban- donaron en el bosque. —O una rival la acuchillé por celos —dijo Camila. —{Ustedes saben algo més? —-pregunts Antonia. Los primos le contaron to poco que habia dicho Felipe acerca de la jornada de Marga rita y cmo nadie més la habia visto desde la —Te apuesto a que el viejo loco tiene algo que ver —opiné Antonia— No le gusté el corte de pelo, la empujé, se golped la cabeza contra un mueble y ia mat6. O sin quere:, ella rompi6, alguna de sus finuras, é! se enfureci6 y la mat6 ahachazos. Hay que ira sucasa y buscar tierra removida. Cal en el s6tano. Lo tipico. No es gracioso —dijo Diego—. Tal vez le ‘pasb algo grave y ti estés burlandote. No estoy burlindome. Te apuesto 9 que el viejo es el culpable y que todos estén perdiendo un tiempo precioso al irse a reco- Jrer los caminos, en circunstancias que es @ él fa quien deben interroger. Asi funciona siem- pte. El primer sospechoso es la ultima perso~ pha gue la vio con vida. Y no importa que,n@, me crean, El tiempo me dara la xa26n. Y en ‘ese momento espero off las excusas de los dos ‘escépticos —y diciendo esas palabras, hizo luno de los gestos teatrales con que le gustaba salir de escena y se fue. —gTiicrees que permitira alguna de las brigadas de bus t6 Pablo, que era una persona de accion. —Seguro que no —respondié Diego—. Pero creo que Antonia tiene algo de razén en Jo que dijo. Uno siempre debe preguntarle a lasiltima persona que vio al deseparecido qué actitud tenia, qué dijo y todas esas cosas. Por tiltimo, para saber hacia dénde puede haberse ditigido. jVamos a hablar con don Roberto! [En ese momento, el maestro de ceremonias anunciaba que Ja coronacién deberia postergar- ‘se hasta el dia de clausura debido a un “contra tiempo involuntario que habia acontecido aa digna soberana de tan magno evento". 47 —Le gusta hablar como cursi —sonrié Diego, mientras buscaban a don Roberto. Else encontraba hablando con Jorge, y los niftos se ubicaron cerca para éscucharlos con disimulo. —Como le decfa, es inexplicable. Lamento que esta encantadora jovencita se pierda su fiesta, pero ella no me dijo nada que pueda dar luces a su investigacién. Creo que lo ins sensato es lo que hace su novio: recorrer los, caminos y buscarla. Usted deberia participar Y dejarme ic. Bsta feria est tan aburrida como de costumbre. —2Qué actitud tenia al abandonar su casa? —pregunté Jorge, haciendo caso omiso de sus ‘comentarios. Alegre, risuefia, tl vez un poco impacien- te. Se fue muy répico: apenas me corté el pelo, recogi6 sus cosas y partié deprisa. Ni siquiera alcancé a darle una propina como merecia. —iUsted ie pag6? :Andaria ella con mucho dinero encima? —No creo. Yo no le pago directamente a ella, sino que cada cierto tiempo paso por la -peFuqueria y le canceio a la seftora Gladys, la dluefia, todo Io que debo. No siempre sus cuen- tas son exactas, pero esa ya es otra historia. —éLe dijo algo que lamara su atencién? aDe qué conversaron? —A su primera pregunta, respondo no. A 48 Ja segunda, de nada, No me gusta conver- sar mientras me cortan el pelo. Por eso no voy a las peluquerias, para no ofr chécharas supesficiales. Y por eso pido que me manden a Margarita, porque sabe hacer su trabajo y quedarse callada. No como el resto de la gente de este pueblo que solo sabe hablar y chismo- rear, sin decir una sola palabra inteligente. —Puede irse. Tal vez necesite interrogarlo oficialmente sila joven no aparece. —Espero que ella sf aparezca. Manténgame informado. Aunque da lo mismo. Basta un paseo por !a plaza para enterarse de lo poco y nada que sucede en este lugar. Don Roberto ya habfa cruzado Ia salida, cuando Diego se acereé a Jorge y pregunté: —1Por qué te dijo eso? ; —Porque é! es asi, Yo creo que odia a todo el mundo, O, al menos, lo desprecia. —St, pero, gpor qué te dijo que ojala ella sf apareciera? {Acaso se ha perdido alguien mas enel pueblo? —No. Esté hablando de su famosa escultu- ra, la que le robaron en el otofio. Cada vez que me ve, me echa en cara que no haya encontra- doal ladrén. —;Se metieron a robara su.casa? —pregun- t6 Pablo con admiraci6n. Se sabia que él tenia varias pistolas, un sistema de alarmas y tres perros entrenados para proteger la propiedad. No cualquiera se animaria a asaltarlo. —Fue el peor periodo de mi vida profesional —se larnenié Jorge—. Trajo a unos investigado- res de la ciudad, vinieron los tipos def seguro, ‘hasta unos periodistas legaron para hablar de Ja dichosa estatuita. Y me presentaban como a un inepto, sin pistas, sin nada que deci. 2 cémo fe? —pregunté Diego. —Parece que les dieron veneno alos perros. Dos de ellos se enfermaron y don Roberto los Hlev6 a la clinica velerinaria pensando que tenfan una infeccién cualquler, sin sospechar que los habian envenenado y guerian alejar- Ib de la casa. Tambien cortaron los eables de las alarmas. Cuando volvié, encontré al otro perro muerto, una ventana rota y solo aire en el jugar donde antes estaba 1a escultura. Habian limpiado las huellas, las pisadas, todo. Mi tinica satisfaccién es que la figura no hha aparecido entre los coleccionistas todavia, y se supone que los detectives privados inves- tigan por ese lado. —Dicen que existe una especie de cédigo secreto entre los coleccionistas y es que nadie Jo revela cuando compra una pieza tan valio- Diego. —No entiendo tanta historia por una esta- tua —opiné Pablo. 50 Y qué estatua —-agreg6 Jorge—. Era una mona de unos cincuenta centimetros de altura, con cara de desabrida. Vi cientos de fotos de ella. Dicen que hay tres iguales, pero de las otras dos no se sabe el paradero, as{ es que esta era triplemente valiosa, de no sé qué siglo... Ya no quiero acordarme. Si me hubieran ofrecido un traslado al desierto 0 la punta de Ie cordillera, lo habria aceptado” en ese momento. —No deberias tomédrtelo tan en serio lo consolé Pablo— A fin de cuentas no es tu culpa. En todas partes tiene que haber miste- rios sin soluci6n; la policia no puede resolver- Jo todo. —Discloal comisario provincial. Seledeben haber cansado los dedos de tanto marcar el teléfono para preguntarme, urgitme, pedirme informes, insist EI papa y la mama se acercaron con Sarita dormida en sus brazos. Les dijeron que ya era hora de irse y empezaron a caminar hacia ja salida. La abuela esiaba sentada ante una mesa jugando Veintiuno Real y se resistia a moverse de abt, toy. entrando en una buena racha. ‘Tengo que recuperar lo perdido —dijo. Y al que repartia los naipes Je solicit6—: Dame un seis, bonito, ahora. 5 Con el maximo de suspenso dio vuelta ia carta y emitié un quejido: ~iUna reinal ;Cémo me das una zeina cuan- do te pido un seis? ;Hasta me conformaba con un cuatro! A ver, muéstranos qué tienes ti... —Mamié, es evidente que ya perdié. Vimo- nos. —No todo esté perdido. Me quedan unas fichas por acd, Dénde estén? {Quién me las sacé? A ver si tengo algiin dinerito en alguna arte para comprar otras y. —Abuela, ests frita —dijo Pablo— Lo perdiste todo. . —Siempre Je pasa lo mismo —murmuré Antonia ¢ Camila. ~Pobre, es demasiado fanética —respon- dié su amiga. —Mafana voy a volver y van a ver como me recupero. Fs cuestiOn de tiempo; no sé por qué tenemos que irnos tan temprano. Es la una de la madrugada —sonrié el apa—. En cierto modo, es bastante temprano. 2p—Segiin los pardmetros de Los Pifiones, “Sta ha sido la gran farra —dijo Antonia— ‘Acé, ver asomarse la Luna ya es trasnoche. —Me gusts la feria —opiné Camila—, podrfamos volver otro dis. —iDe todas maneras! —dijeron a coro varias voces. Tal vez: todas. 82 Margarita no aparece El dia amanecié gris y brumoso. En el mar se levantaban altas olas que dejaban caer su espuma inquieta sobre la arena de la playa desierta. En la familia todos debian cumplir ciertas obligaciones, como asear los dormitorios, botar la basuira, barrer la arena, poner la mesa. y colgar la ropa. Los primos cumplieron con su parte a toda velocidad —y no mucha proli- jidad— y salieron rumbo a la caleta. Los caminos estaban practicamente desier- tos y en la mayoria de las casas las persianas permanecfan cerradas. —La gente es muy floja —coment6 Pablo. —Claro que estén de vacaciones... —Por lo mismo. Deberfan aprovechar sus fas al maximo, —jMira! Felipe esta en su puesto de venta. Casi todos los botes se hallaban mar aden- tro. Solo Felipe y una mujer estaban en la caleta. El faenaba y ella le hablaba. Se veia atribulado, mirando con desesperanza hacia tun lado y otro. —jHan sabido algo de Margarita? —pregunt6 Diego. “Nada —dijo la mujer, quien tenia los ojos enrojecidos—. Es increfble, nadie la ha visto, nadie sabe nada, nadie sabe qué puede haberle pasado, dénde estard....—se enjugd unas lagri- mas. Felipe la abraz6 y la presenté alos nifes. Fila es dofia Elvira, la madrina de Marga- rita, Es més que una hija para mi; si la crié desde que era de este porte, cuando murieron Sus padres, Yo no sé quién puede habérsela Tevado ni a dénde; ella nunca se irfa sin deci me, es algo que no se entiende.. ~{Cémo les fue anoche con las brigadas? —pregunté Diego. "Ni rastros de ella ni de nada sospecho- s0 —suspiré Felipe— Esta mafiana fuimos a la comisarfa a lienar los papeles que dicen ‘que Margarita ests desaparecida. No sé c6mo ‘vamos a resistir esta incertidumbre. Y lo peor es 54 Dofia Elvira abraz6 al joven y les hablo a Jos nifios. Su madre esté casi postrada en una silla de ruedas y tiene un problema al coraz6n. Por ‘eso tere quesi Felipe se casa, lavaaabandonar y ella terminara muriéndose en un asilo. Asi @s que cuando falleci6 su marido, hizo jurar a Felipe que no se casarfa hasta que la entierre a lla. ¥ es por eso que no se ha casado todaviar" hay que esperar hasta que ella entienda de a ‘poquito que Margarita es buena, que la va a querer y a cuidar como a una madre. —1Oué va a hacer Jorge ahora? —pregun- taron los primos. “-Cualquier cosa —se lamenté Felipe—. Ira hablar con dofia Eugenia, preguntarle a Ia gente, encargaria a otras comisarfas, cual- quier cosa, cualquier tontera, en circunstan- Gias que est claro que a ella algo le hicieron por el camino, Estoy seguro, lo presiento, 1o 86. En realidad, no puedo seguir acé simu- Iando que estoy trabajando. Miren como dejé ‘esta pobre corvina. Tengo que ir a recorrer de nuevo los caminos; no saco nada con quedarme aqui como un indtil mientras ella ime necesita —dijo y se sacé el delantal, limpi6 Jos cuchillos y salié del puesto—. Me voy a buscaria, Qué puedo hacer, yo? —sefialé dofia 87 Elvira al tiempo que se miraba las manos y las frotaba necviosamente. —Usted deberia-volver a la casa y quedar- se ai. Tal vez Margarita lame o alguien sepa algoy quiera comunicarse con usted. Yo voy a pasar més tarde a verla, ojala con buenas noti- cias ~concluyé Felipe y se fue. Caminaba con paso rapido y nervioso. La mujer se despidi6 ¥ patti en otra direccién. Pablo y Diego caminaron por la arena, hasta llegar a la casa. Cada uno iba pensando y casi no hablaron, Entraron y sintieron el olor a pan tostado. Solo entonces se dieron cuenta de que no habian, tomado desayuno y que tenfan mucha hambre, Antonia y Camila habian estado a cargo de prepararlo esa mafiana y, definitivamente, no eran avaras. Sobre la mesa se alineaba todo lo imaginable para el desayuno de un ejézeito de personas hambrientas. Mientras comfan, es, contaron a los demas lo que habia sucedido. —Yo creo que tiene otro novio y abandoné _& Felipe y no se lo quiere decir —sentencis ‘Pablo, mientras cubria de mermelada su pan con queso. -—Esa es una idea anticuada —dijo Anto- nia con expresién de sabidurfa profunda y milenaria—. Hoy en dfa, si a una mujer ya no ie gusta su novio, se lo dice y listo. Nadie se 58 escapa y arma un enredo por algo tan simple. —Es cierto —recalcé Camila— Mi herma- na mayor ha tenido seis poloios y cada vez que ha terminado, no ina habido drama. —Ya les dije lo que pasé—suspird Antonia, cual profesor en su trigésimo aito de trabajo consecutive—: el viejo loco es el culpable. Seguro que la mat6. Lo tipico. ‘pico? —intervino cl paps— :Me puedes explicar qué tienen de tipico los asesi- nates para ti? ‘Antonia miré hacia el techo buscando inspi- raci6n y paciencia. Luego explics su teorfa y se recosté en el respaldo de la silla, esperando aplausos o al menos alguna felicitacién por su astucia como detective. —Yo sé que ustedes no conocen a fa joven que desaparecié —dijo la mamé—, pero no se les olvide nunca que es un ser humano, tuna persona que les importa a otros seres. Te haces burla de la situacién ~-miré a Antonia y luego a los primos—, y ustedes encuentran {que es una diversion que haya un misterio en el pueblo, Recuerden que es un problema que puede ser muy grave, que hay gente sufriendo por lo que pasa y ustedes deben respetar esos sentimientos. ‘Todos se quedaron en silencio. Sarita murmuré: 59 ~ Deberiamos salir a buscarla, Nose trata deeso-—continud sumamé-—, hay gente especializacia que lo est haciendo yademds puede ser peligroso. Que no partici- pes no quiere decir que no te importe. ~—Nosotzos estamos investigando —cont6 Pablo. pero que no se estén metiendo donde no les importa ni molestando a la gente en su trabajo —adijo el paps. —Por supuesto que no —habls Diego, dandoie una patadita a su primo por debajo de Ia mesa—. Solo escuchamos Jo que nos cuentan y sacamos conclusiones. —2Y qué han concluido los genios? —se burlé Antonia, ~~Todavia nada, pero vamos a... ~empez6 a decir Diego. . —=iNo le contestes! —advirtié Pablo— Todo lo que digas sera usado en tu contra. ‘La abucla se habfa mantenido en silencio. Bstaba furiosa con su hija porque no le permi- tia organizar una noche de poker ena casa. “A Jo més un té-canasta’, Je habia dicho. ;Como si eso fuera juego de verdad! Apenas una distraccién para las viejas. O una entretencién, ppara nifios que atin no saben auténticos juegos de naipes. Es cierto que habfa perdido mucho dinero en las mesas de juego, casinos, carreras 60 de caballos y apuestas durante su vida. Y que por eso no tenia ahorros. Pero eso no era raz6n Suficiente para que le impidieran divertirse de vez en cuando. "No digo todos los des, pero un par de veces a la semana, por fo menos", le habia manifestado a su hija, quien se mantenia inflexible, porlo que la abuela le hacfa ver, con su silencio, que estaba enojada en serio. ‘Sin embargo, la conversaciGn de sus nietgs—- tuna idea: “Les propongo algo. Hagamos unallsta de personajes sospechosos y situaciones posibies. Cada uno escribe su hipstesis en un papel y da una cantidad de dinero. Si uno tiene dos ‘0 més hipétesis, debe dar dinero cada vez que escriba una. Yo guardo todo en un sobre cerrado y cuando el misterio se solucione, lo abrimos, leemos jas respuestas y quien acert6, se leva el pozo de dinero acumulado. =2Y si aciertan dos? —pregunté Antonia. —El pozo se divide en partes iguales entre quienes dieron la respuesta correcta. =i si nadie le apunta? —continu6 Anto- ia, —Se le devuelve su piata a cada persona. Fijemos la cantidad... A ver, por acé tengo unos papelitos y un Iépiz —intruse6 en su cartera-~j a ver, dénde meti ese lapiz y. “-Lo siento —dijo Ja mama—, pero en esta le 6 casa esté prohibido hacer apuestas. —Déanos, mam4 —suplicaron a coro—; Por favor. Fs una buena idea, un desafio ala inteligencia —Tal vez podriamos transar —opin6 el papé—. Hacen sus apuestas, pero sin dinero. Yal que gane, entre todos lo invitan a comerse un helado 0 algo por el estilo. La abuela se cruz6 de brazos y mascullé: ~jQué aburridot A los nifios les parecié una excelente idea y cada uno escribié su hipstesis en un papel. La abuela los recibié con desgano y dijo que fen esa casa mo sabian hacer apuestas verda- deras. “Son solo aficionados”, pens6. Y sirvi6 en su plato el enorme pedazo de kuchen de manzana que quedaba, En el cerro del Ahorcado Como en la tarde no despej6, los nifios salieron a caminar. Cuando pasaban frente all hotel salié Mauricio corriendo: —jAntonia, hola! Ah, y hola a todos. —2Quieres venir con nosotros? —pregunts Diego—. Vamos al cerro del Ahorcado. Cami- Ji quiere verlo antes de que oscurezea, “Si lego a ofr el famoso lamento, el pelo se me va a poner blanco —tembl6 Camila. “Nunca nadie Jo ha ofdo —afismé Anto- nia—. Acé no sucede nada. Hs asf de simple. —al ver podria irunratoconustedes—dijo Mauricio—. Aesta hora no pasa nada —Viste? —salté Antonia—. El vive acd y lo dice: no pasa nada. —Me refiero a que hay menos trabajo en el hotel, como no es hora de comida. Lo dicho, dicho esta —siguié Antonia. —Tiene una enorme capacidad de molestar jo Pablo. imitada —agrog6 Diego. Mauricio caminaba entre las dos amigas y conversaban. Sarita recogfa piedras y conchas por el camino y se las echaba al bolsillo, En el certo no habia sendero, por lo que tuvieron que subir entre las rocas y Ia maleza. Como Antonia sequejaba de los rasgufios que Je hacian Jas ortigas, Mauricio avanzaba unos pasos mas adelante aplastando Jos brotes de maleza y limpiandole el camino. —jMira las flores de los cactus! —sefial6 Sarita—. Es el color morado més lindo qué he visto en mi vida. —zAlguna vez los has comido? —pregunt6 Mauricio. —iNo, sino se puede! —ri6 Sarita. —yComerse Ia flor o Ja parte espinosa? —pregunt6 Camila. ‘Mauricio les explieé: Tu tomas una piedra y partes una punta del cactus. Tienes gue tener cuidado de no pincharte, Mira, en su interior es blanco comio ‘una manzana. Con una cuchara, queen este caso :no tenemos, asi es que seré con una conchita... —jToma, yo tengo miles! —chill6 Serita. Perfecto. Con ella sacas la carne, te Ia ‘echas a Ia boca y succionas. Pruébala, “Mauricio sacé pedazos de fruta para todos. —Es desabrido... pero un poco dulce... y tan jugoso... munca hubiera pensado que los cactus eran asi por dentro. =. Es que guardan agua ~-explicé Mauti- cio—. Tienen xafces profundas con las que ‘sacan agua de !a tierra. Y como su corteza es fan gruesa, no se evapora. ==Pobrecitos cactus. Tantos esfuerzos que hacen por sobrevivir y nosotros comiéndolos sin necesidad —se lamenté Sarita. A Ja planta no le pasé nada —-sonri6 Mauricio. Pablo y Diego buscaron infructuosamente el lugar donde, el afio anterior, habjan ente- rrado a un pingiiino que lleg6 moribundo ala orilla del mar y que finaimente murié a pesar de los esfuerzos que hicieron por salvario. —~Por qué este cerro se Tiama del Ahorca- do? —pregunté Camila, cuya curiosidad fue ms fuerte que su temor. Entre todos le contaron la leyenda del hombre que habia Hegado a comienzos del siglo veinte, montado a caballo y junto a un 65 enorme perro negro, con unas alforjas reple- tas de no se sabfa qué. Se refugiaba entee los matorrales del cerro y el perro vigilaba. Una ‘mafana aparecié ahorcado. Las alforjas ya.no estaban y el perro autlaba junto al hombre, que colgaba desde la rama del arbol. Nadie pude acercdrsele para bajazlo, porque el perro amenazaba y echaba espuma por la boca. En. los tres dias siguientes, tres hombres amane- cieron muertos. Se descubrié que ellos habfan robado las alforjas, porque las tenfan vacias, escondidas. Al tereer dia el perro desaparecié ¥ los lugareftos enterraron al ahorcado, sin Saber nunca quién era ni qué teansportaba, —iBrrt! Los misterios me ponen nerviosa —tembié Cami —Hiablando de misterios, jse ha sabido algo de Margarita? —le pregunté Pablo a Mauricio. —Nada todavia. Sé que Jorge hablé con don Roberto y doita Eugenia. —ZQué le dijo ella? —interrumpié Diego. Nada. Solo le corté el pelo, ta peiné y ~déspués se fue. Coment eso's{ que ibs donde don Roberto, y dona Eugenia le dijo “la paciencia suya”, y Margarita se encogié de hombros y respondi6 que le daba lo mismo, que cada cliente tiene sus cosas y que ella no juzgabaa nadie. 66 —zQué mis ha investigado? —siguis Diego. —Sé que también convers6 con Diana, una amiga de elle, pero esta no habia detectado nada extraordinario, Claro que como era un dia especial para Margarita, para clla todo era dife- rente, pero a la vez, ese dia tenia poco de raro. ZT conoces a Margarita? —pregunté Antonia. —La ubico solamente. Es una nifia tranqui- Ja, callada, como temerosa, de esas personas {que caminan por la ealle con la cabeza baja y se ponen coloradas por todo. ~-Entonees no calza que haya sido zeina —afirmé Antonia—. Las reinas de belleza tienen que tener personalidad. Una mujer timida no se habria presentado como candi- data. —Es cierto, pero lo que pasaes que también esbonita. ¥ todos le decian que lo hiciera, que no tendrfa que hablar, alo mas decir gracias y sonref. {Ti no te presentarfas? —y Mauricio se puso rojo al mirarla. Es diferente ~dijo Antonia. Diego se soxprendié al descubrir un leve rubor en las ‘mejiflas de su prima. Tbaa decir algo al respec- to, cuando hablé Sarita: Nosotros hicimos apuestas para saber por qué desapareci6. Ojala que gane yo y me den mi helado y también porque yo puse en el papel que no le habia pasado nada malo, sino que le dio vergiienza el concurso y se escon- dié y yavaa volver, Mira qué chinche eres —dijo Antonia—, difjiste lo que pensabas y ahora todos sabemos que tino vas a ganar —jNo importa que lo haya dicho! —salt6 Camila—, De repente es mejor que cada uno diga antes lo que cree, porque si alguna idea 5 buena, se la podemes contar a la policia para que investigue. {O investigamos nosotros! —dijo Pablo. “Antonia fruncié el cefio y pregunto: —2Y la apuesta? —Yo creo que la apuesta corre igual, no sé ‘qué opinan ustedes —intervino Mauricio— Les propongo que cada uno cuente su idea, y Jos demas le hacemos preguntas, “Todos estuvieron de acuerdo y empezaron a hablar. El primero en hacerlo fue Diego: Yo estoy confundido, pero creo que alguien Ja rapt6. Tal vez en la peluqueria oy6 algo que no debia 0 vio algo prohibido, como tun robo, un asesinato, una estafa, y ahora la tienen encerrada para que no hable. Ya sé que es una idea un poco descabellada, pero esta desaparicién no tiene sentido. “Pero si ella hubiera visto u oido algo, 68 por ejemplo tn asesinato, el asesino no tiene Pome saber que ella 1o vio. Ademés no ha Inabido ningtn asesinato, ni robo grande ni nada ~cijo Mauricio, Ye estaba pensando en algo menor, tal vvez una elienta Te robe 1a billetera @ otra ¥ Margarita la sorprendi6, algo de ese nivel. “Nadie la haria desaparecer por tan pos, dijo Pablo. = wal vez ela chantajeabo. Puede ser un caso de hace mas tiempo —sigulé Diego—. Ella vio {on erimen, amenaz6 al esesino con hablar si ro le pagaba, allo hizo una y otra vez, hasta ‘guese aburrio y decidié eliminarla alla SSiMargarita chantajeando. a alguien?! —Bilté Mauricio— Eso sf que ne ealza Has decaido, queride primo —djo “Antonia —- Ahora me toce a mg, para que no tecigas hurillando, Yo se queel avaromat6o secuestro lo quesea a Margazita, Eslolégico. Si yo fuera la policia, le apretaria las lavijes al hombre y 1o haria confesar. Es seguro que Sirastrean en su casa, aigo Van a encontrar. Y ahora te toca a 8, Camila Cepspera —-