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JEREMY RIFKIN

con TED HOWARD

ENTROPIA
HACIA EL MUNDO INVERNADERO
AGRADECIMIENTOS

Contribución editorial especial:


Noreen Banks
Dan Smith

Nuestro agradecimiento especial a Marylin McDonald y Jeffrey Apter por su ayuda en la edición del texto y
la preparación del manuscrito.
También queremos agradecer las contribuciones de Jenny Speicher y Randy Barber, de la People’s Business
Commission.
Asimismo, sobre todo, agradecer a Alan D. Williams, nuestro editor en The Viking Press; su creencia en la
importancia de este libro ha sido una fuente constante de aliento.
Asimismo, agradecemos a Leslie Meredith, de Bantam Books, por haber dirigido Entropía hacia esta edición
revisada, y a Elissa Ditrio, Alyce Camille Richardson y Matt Pawa por su ayuda en esta edición.

INDICE
Nota del autor ............................................................................................... 4

PRIMERA PARTE
Conceptos del mundo
Hacia el mundo invernadero.......................................................................... 4
Diluvio y sequía............................................................................................. 7
Visión del mundo........................................................................................... 10
Los griegos y las cinco edades de la historia: ciclos y decadencia................ 13
La visión cristiana del mundo........................................................................ 15
Hacia la visión moderna del mundo............................................................... 15
La Era de la Máquina .................................................................................... 16
Los arquitectos de la visión mecánica del mundo ......................................... 17

SEGUNDA PARTE
La ley de la entropía
La ley de la entropía ..................................................................................... 22
La segunda ley y la cosmología ...................................................................
Tiempo, metafísica y entropía.......................................................................
La vida y la segunda ley ................................................................................
Los instrumentos exosomáticos y la energía .................................................
TERCERA PARTE
La entropía: un nuevo marco histórico
Divisorias de la historia y la entropía ............................................................
La última gran divisoria energética................................................................
La tecnología..................................................................................................
Los costes externos.........................................................................................
Los menguantes beneficios de la tecnología..................................................
El desarrollo institucional...............................................................................
La especialización..........................................................................................
Visiones del mundo y entornos energéticos...................................................

CUARTA PARTE
Las energías no renovables y la inminente divisioria
entrópica

La crisis energética ........................................................................................


La fisión nuclear ............................................................................................
La fusión nuclear ...........................................................................................
Los minerales.................................................................................................

QUINTA PARTE
La entropía y la Era Industrial
La economía....................................................................................................
La agricultura .................................................................................................
El transporte....................................................................................................
El urbanismo...................................................................................................
Las Fuerzas Armadas......................................................................................
La educación ..................................................................................................
El medio ambiente..........................................................................................
La salud..........................................................................................................

SEXTA PARTE
Entropía: una nueva visión del mundo
La transición invernadero...............................................................................
Una nueva infraestructura para la Era Solar...................................................
El desarrollo del Tercer Mundo......................................................................
La redistribución de la riqueza ......................................................................
Valores e instituciones en una sociedad entrópica..........................................
Una reformulación de la ciencia ....................................................................
Una reformulación de la enseñanza................................................................
Una segunda Reforma cristiana .....................................................................
Frente a la crisis entrópica..............................................................................
De la desesperación a la esperanza ................................................................

Conclusión .....................................................................................................

Epilogo ...........................................................................................................
NOTAS ..........................................................................................................
BIBLIOGRAFIA............................................................................................
Nota del autor

El mundo industrial está consumiendo a gran velocidad las reservas de combustibles fósiles no renovables
que impulsan y mantienen los motores del comercio y de nuestro moderno sistema de vida. Al mismo tiempo, la quema
de estos mismos combustibles en enormes cantidades ha conducido a un calentamiento de la atmósfera terrestre que
amenaza nuestra misma supervivencia. La naciente crisis energética y el fenómeno global de invernadero con ella rela-
cionado son el precio que la humanidad se ve ahora obligada a pagar por no haber atendido al imperativo entrópico.
Para una cultura educada en la idea modernista de un futuro sin limitaciones físicas y un mundo sin restric-
ciones materiales, las verdades de la Ley de la Entropía resultarán al principio desalentadoras e incluso sombrías. Eso
se debe a que esta ley define las limitaciones físicas definitivas dentro de las cuales nos vemos forzados a actuar.
Si seguimos ignorando la verdad de la Ley de la Entropía y su papel en la definición del contexto general en
que se despliega nuestro mundo físico, lo haremos a riesgo de nuestra propia extinción.
Al terminar este libro, algunos lectores seguirán sin creer que exis ten límites físicos que restringen la acción
del ser humano en el mundo. Otros lo creerán, pero llegarán a la desesperanzada conclusión de que k Ley de la Entro-
pía es una gigantesca prisión cósmica de la que no es posible evadirse. Finalmente, habrá quienes vean la Ley de la En-
tropía como la verdad que puede hacernos libres. El primer grupo seguirá defendiendo el actual paradigma del mundo.
El segundo grupo carecerá de una visión del mundo. El tercer grupo será el precursor de la nueva era.
PRIMERA PARTE
Conceptos del mundo
Hacia el mundo invernadero

Estamos en el año 2035.


En Nueva York, el río Hudson está bordeado de palmeras desde la Calle 125 hasta el centro de la ciudad. En
los últimos años se han construido diques imponentes alrededor de toda la isla de Manhattan, en un esfuerzo concertado
para tener a raya las crecientes aguas del océano.
En Phoenix, la temperatura lleva tres semanas consecutivas sin bajar de 50 grados, y la ciudad ha comenzado
a construir gigantescas cúpulas de aire acondicionado sobre el distrito comercial del centro para adaptarse al nuevo cli-
ma.
Bangladesh ha dejado de existir. Las lluvias torrenciales y las inundaciones han causado la muerte de varios
millones de personas. El resto de la población ha huido hacia tierras más altas de Pakistán y la India, donde permanece
en improvisados campos de refugiados.
La desertización se extiende por amplios territorios de Europa central y el Medio Oeste norteamericano. De-
cenios de sequía han quemado la tierra y convertido tierras otrora fértiles en un desierto calcinado.
Decenas de millones de personas siguen desplazándose hacia el norte en la mayor emigración en masa que re-
gistra la historia. Naciones enteras van quedando despobladas y sufren hambruna a causa de las prolongadas sequías.
Canadá, por el contrario, ha visto aumentar su población de 25 a 80 millones de habitantes en menos de cuatro dece-
nios.
Incendios forestales se extienden sin control por millones de hectáreas de parques nacionales durante meses
enteros. La persistente sequedad ha convertido la región de las Cascadas, en el noroeste de Estados Unidos, en un yes-
quero gigantesco.
El antaño caudaloso río Mississippi fue cerrado a la navegación comercial a comienzos de siglo. En Illinois y
Missouri, grandes zonas del río se evaporan durante los meses del estío y dejan al descubierto llanu ras cenagosas por
las que se puede cruzar el cauce a pie por primera vez en la historia.

La capa de ozono de la Tierra sigue menguando, lo que ha originado una pandemia de muertes por cáncer.
Cientos de millones de personas están expuestas a niveles peligrosos de radiación ultravioleta, que trastorna su sistema
inmunológico. Millones más caen presa de nuevas enfermedades exóticas debidas a la perturbación radical de ecosiste-
mas completos en todo el planeta.
Bienvenidos al Mundo Invernadero del siglo XXI.

Desde mediados de los años setenta, los climatológos y los científicos que estudian el medio ambiente, reuni-
dos en pequeños centros de conferencias de todo el planeta, vienen analizando los cambios climáticos de la Tierra, re-
gistrando variaciones en las precipitaciones y las corrientes de aire, examinando muestras de aire y de agua, compilan-
do resmas de datos y realizando complejas simulaciones por ordenador. ¿Su conclusión? El planeta está entrando en las
fases iniciales de una importante modificación del clima, una tendencia global al calentamiento de tan vasto alcance
que puede afectar decisivamente a toda la vida terrestre, desde los insectos hasta el ser humano, en menos de un siglo.
Más inquietante todavía, este cambio fundamental en la atmósfera terrestre no se debe a la acción de fuerzas naturales
sino a la experimentación del hombre. Por primera vez, la humanidad ha conseguido alterar el clima del planeta, modi-
ficando así la dinámica de los ecosistemas y las perspectivas de habitabilidad para los milenios venideros.
El fenómeno invernadero es un proceso sencillo de consecuencias complejas e imprevisibles. El dióxido de
carbono y otros gases atmosféricos permiten que la radiación solar penetre en la atmósfera de la Tierra. La superficie de
la Tierra absorbe una gran parte de la energía solar y la convierte en energía infrarroja o calor. A continuación, el calor
se eleva de la superficie de la tierra y bombardea el dióxido de carbono y demás moléculas gaseosas de la atmósfera,
haciendolas vibrar. Las moléculas de gas actúan como reflectores y devuelven parte del calor hacia la superficie de la
Tierra, produciendo un efecto de calentamiento. El fenómeno invernadero es una característica esencial de la atmósfera
terrestre, pues crea una franja de temperaturas moderadas que ha permitido la aparición de la vida en el planeta. Este
efecto invernadero natural ha variado muy poco a lo largo de milenios de historia.
Con el nacimiento de la Era Industrial, a mediados del siglo XVIII, el consumo de grandes cantidades de
combustibles fósiles produjo un aumento espectacular del dióxido de carbono (CO2) en las regiones superiores de la at-
mósfera, frenando así la descarga de calor del planeta. El resultado es un marcado calentamiento de la tierra sin prece-
dentes en la historia geológica. En 1750, la atmósfera terrestre contenia 280 ppm (partes por millón) de CO2. En la ac-
tualidad, la atmósfera contiene 356 ppm. En el curso de los últimos 128 años, desde 1860, las naciones industrializadas
han arrojado a la atmósfera más de 185.000 millones de toneladas de carbono procedentes de los combustibles fósiles.
Durante el mismo periodo, las emisiones de dióxido de carbono han pasado de 93 millones de toneladas a casi 5.000
millones de toneladas anuales.2 Actualmente, los científicos calculan que la concentración de CO2 en la atmósfera lle-
gará a doblarse hacia el año 2030, con el consiguiente aumento de las temperaturas mundiales hasta niveles sin prece-
dentes.3 Las emisiones de dióxido de carbono debidas a la combustión de carbón, petróleo y gas natural representan ca-
si la mitad del aumento del efecto invernadero.4
Los clorofluorocarbonos (CFC) que se utilizan para refrigeración, recipientes de comidas rápidas y aerosoles
son también unos poderosos gases de invernadero que influyen significativamente en el calentamiento del planeta. La
preocupación suscitada por los CFC se ha incrementado considerablemente en los últimos años, tras el inquietante des-
cubrimiento, en 1985, de un agujero en la capa de ozono por encima de la Antártida. El ozono de las regiones superio-
res de la atmósfera constituye un indispensable escudo protector que impide la llegada de una excesiva radiación ultra-
violeta a la superficie de la Tierra. Los gases CFC se desplazan hasta las capas más altas de la atmósfera, donde se des-
componen por acción de los rayos del sol y liberan átomos de cloro, que destruye el ozono.
El agujero en la capa de ozono de la Antártida empeora de año en año. Los investigadores encontraron una
pérdida del 50 por ciento en 1985 y del 60 por ciento en 1987, y descubrieron la existencia de un agujero en la capa de
ozono del tamaño de los Estados Unidos.5 Más re cientemente, cien destacados científicos dedicados al estudio de la at
mósfera anunciaron la existencia de un segundo agujero en la capa de ozono sobre el centro del hemisferio septentrio-
nal.6 Ahora existen indicios de que se ha abierto un tercer agujero en la estratosfera, del tamaño de Groenlandia según
inforrnes científicos, por encima del Artico. La National Aeronautics and Space Administration (NASA) prevé un des
gaste del 10 por ciento en la capa de ozono para el año 2050. La Environmental Protection Agency* (EPA) ha predicho
que esta cuantiosa reducción en la protección que proporciona el ozono se traducirá en dos millones de casos adiciona-
les de cáncer de la piel cada año.7
El aumento de la radiación ultravioleta también afecta al sistema inmunológico humano, haciendo que los ha-
bitantes del planeta sean más propensos a todo tipo de enfermedades infecciosas. “No es ninguna exageración afirmar
que la salud y la seguridad de millones de personas de todo el mundo están en juego”, dice Donald Douglas, del Con-
sejo de Defensa de los Recursos Naturales.8
Numerosas especies vegetales y animales son también vulnerables a un aumento de las radiaciones ultraviole-
tas. En la Universidad de Maryland, el botánico Alan Teramura comprobó que la radiación ultravioleta causaba lesio-
nes en las células y los tejidos de dos terceras partes de las 200 especies que sometió a prueba.9 Según Richard Adams,
de la Universidad de Oregón, una reducción del 15 por ciento en el ozono de la estratosfera para el año 2050 podría
provocar pérdidas en las cosechas de los Estados Unidos por valor de 2.600 millones de dólares anuales.’10
Quizás el descubrimiento más amenazador realizado hasta la fecha sea el efecto de la radiación ultravioleta
sobre la fotosíntesis y el metabolismo del plancton, los organismos microscópicos marinos que se hallan en la base de
la cadena alimentaria del océano. Un estudio reciente informa acerca de los graves efectos experimentados por el
plancton de la Antártida en 1987, y plantea dudas sobre la supervivencia de la vida acuática a consecuencia del aumen-
to en las radiaciones ultravioletas recibidas. 11
El aumento en la radiación ultravioleta afecta incluso a los plásticos, las pinturas y otras materias, y, según la
EPA, es probable que provoque pérdidas adicionales por valor de unos 2.000 millones de dólares al año. 12
Si bien los CFC bloquean la penetración de rayos ultravioletas en la atmósfera, también retienen el calor que
irradia la Tierra. De hecho, los CFC constituyen un agente bloqueador aún más poderoso que el CO2. Las emisiones de
CFC están aumentando a un ritmo alarmante, y contribuyen en gran medida a la tendencia al calentamiento del planeta.
El óxido nitroso, procedente en buena parte de los abonos químicos, también contribuye al fenómeno inverna-
dero. En los treinta últimos años, el empleo masivo de abonos nitrogenados ha sido decisivo para el aumento del rendi-
miento agrícola en todo el mundo. Irónicamente, los mismos abonos químicos que condujeron a incrementos incompa-
rables en la producción de alimentos durante la Revolución Verde están ahora alterando el clima en muchas zonas tem-
pladas del mundo y amenazan el futuro de regiones agrícolas enteras.
Los científicos predicen que las emisiones de óxido nitroso derivadas del empleo intensivo de abonos quími-
cos aumentarán el calentamiento planetario hacia el año 2030 en un 10 o un 20 por ciento sobre los niveles previstos
para las emisiones de dióxido de carbono.13

*”Administración Nacional para la Aeronáutica y el Espacio” y “Agencia de Protección Ambiental”, respec-


tivamente. Se trata de organismos oficiales del gobierno estadounidense. (N deL T)
La Revolución Verde también ha hecho que aumente la cantidad de gas metano liberado a la atmósfera, acen-
tuando la tendencia al calentamiento global. El metano es producido por las bacterias que descomponen las sustancias
orgánicas en ambientes deficientes en oxígeno. La mayor parte de las emisiones de metano proceden de los arrozales,
del canal digestivo de los vacunos y de los vertederos luego cubiertos de tierra. Con su espectacular aumento en la pro-
ducción de arroz y de ganado para alimentar a la creciente población humana, la Revolución Verde aumentó también la
cantidad de metano enviada a la atmósfera El incremento de la población, por su parte, ha conducido a un aumento en
la producción de basuras, con más vertederos y un nuevo incremento en las emisiones de metano. Durante miles de
años, la cantidad de metano liberada a la atmósfera se mantuvo relativamente constante. En los últimos 350 años casi se
ha doblado, y sigue aumentando al ritmo de un 1 o 2 por ciento anual.l4 Cada año se envían a la atmósfera más de 140
millones de toneladas de metano, y los investigadores calculan que para el año 2030 las emisiones de metano podrían
aumentar el calentamiento global entre un 20 y un 40 por ciento.15
En tanto que el dióxido de carbono, los CFC, el óxido nitroso y el metano impiden la fuga de calor de la Tie-
rra, el efecto invernadero se ve aún más acentuado por la deforestación masiva en todo el planeta. Los árboles absor-
ben enormes cantidades de dióxido de carbono. En el momento actual, el ritmo mundial de deforestación es diez veces
superior al de reforestación. Según el Instituto de Recursos Mundiales, el ritmo anual de deforestación se acerca a los
11 millones de hectáreas 16 Gran parte de esta deforestación se produce en Brasil, Indonesia y Zaire, que contienen casi
la mitad de todos los bosques tropicales.
La contaminación procedente de las centrales térmicas a base de carbón está diezmando los bosques de todo
el mundo. La combustión del carbón produce anhídrido sulfuroso y óxido nítrico. Cuando pasan a la atmósfera, estos
gases originan la lluvia ácida. En 1984, el gobierno alemán anunció que el 50 por ciento de sus bosques estaban afecta-
dos por la lluvia ácida.’17 En conjunto, un 14 por ciento de los bosques europeos han sido afectados por la lluvia áci-
da.18 En Suiza, Austria, Finlandia, Luxemburgo, Países Bajos, Polonia y Checoslova quia, entre un 25 y un 50 por
ciento de los bosques están gravemente dañados. 19
La lluvia ácida también destruye el suelo y contamina lagos y ríos en todo el mundo. A medida que la acidez
del terreno va en aumento, las sustancias nutritivas son lixiviadas y el suelo queda inutilizado para la producción agrí-
cola. En el sudoeste de Suecia, el grado de acidez del terreno se ha multiplicado por diez en los últimos 60 años.20 El
aumento de la acidez ha puesto en un grave peligro el suelo de todos los países europeos.
Asimismo, la lluvia ácida está afectando a la vida acuática. En los Estados Unidos, las aguas de los montes
Adirondacks han experimentado una marcada reducción en su población piscícola a causa del aumento de la aci-
dez.21Los científicos del Instituto del Agua Dulce, en Canadá, proporcionaron un ejemplo espectacular del efecto de la
lluvia ácida sobre la vida acuática. Estos investigadores acidularon deliberadamente una laguna de Ontario y compro-
baron que cuando el pH descendía por debajo de 5,4 ninguna de las especies presentes era capaz de reproducirse.22
Las pérdidas económicas anuales atribuibles a la lluvia ácida son abrumadoras. En Alemania, los científicos
preven pérdidas de 2.400 millones de dólares anuales durante los próximos decenios.23 En el conjunto del planeta, las
pérdidas se cuentan ya por decenas de miles de millones de dólares anuales.
Hace apenas quinientos años, una gran parte del planeta estaba recubierta de espesos bosques. Actualmente el
planeta ha sido desnudado, y sólo quedan algunas superficies arboladas dispersas para absorber las inmensas cantidades
de CO2 que constantemente pasan a la atmósfera.
Hoy en día, numerosos científicos predicen que si la actual tendencia en las emisiones de dióxido de carbono,
clorofluorocarbonos, óxido nitroso y metano se mantiene hasta el siglo próximo, el aumento en la actividad industrial
podría someter todo el planeta a un aumento sostenido de la temperatura de entre 2,20 y 5 grados centígrados, o más
aún, en los próximos sesenta años. Para comprender la enormidad de este cambio previsto, basta tener en cuenta que en
los ultimos 18.000 años, durante los que ha aparecido la civilización humana, la temperatura global media ha variado
menos de 2 grados centígrados.24
Un calentamiento global de dos a cinco grados en sólo cinco o seis decenios superaría el aumento total de
temperatura desde el final de la última era glacial. Si las previsiones científicas son correctas, la especie humana expe-
rimentará el despliegue de toda una era geológica en menos de una vida.25
Diluvio y sequía

Hasta 1988, el fenómeno invernadero fue únicamente una cuestión científica, motivo de grave preocupación
para climatólogos y científicos del medio ambiente, pero poca gente más. Sin embargo, la gran sequía agrícola de 1988
sacó este tema de la oscuridad académica y lo sometió a la atención pública, haciendo que los políticos comenzaran a
interesarse por el problema.
En junio de 1988, el Dr. James E. Hansen, director del Instituto Goddard de Estudios Espaciales, de la NASA,
dejó atónito a un comité del Congreso con su anuncio de que ya hemos entrado en el Mundo Invernadero, antes de lo
que se preveía. Según este informe de la NASA, “la Tierra está más caliente en 1988 que en ningún otro momento en la
historia de la medición instrumental. El ritmo de calentamiento global en los dos últimos decenios es superior al de
cualquier otro momento de que haya constancia. Los cuatro años más calurosos del último siglo se han presentado to-
dos en el decenio de los ochenta... Actualmente, el calentamiento global es lo bastante pronunciado como para que po-
damos atribuirle, con un alto nivel de seguridad, una relación de causa y efecto con el efecto invernadero”.26 Según
Hansen, las olas de calor y la sequía en las regiones sudorientales y del medio oeste de Estados Unidos se irán haciendo
cada vez más frecuentes en los decenios venideros 27.
Aunque no todos los climatólogos están de acuerdo en atribuir la presente ola de calor al fenómeno inverna-
dero, sí se muestran prácticamente unánimes en la creencia de que nos hallamos en el umbral de un calentamiento glo-
bal que perturbará los ecosistemas y los 11 sistemas sociales del planeta en aspectos fundamentales, algunos de los cua-
les excluyen por completo la posibilidad de ser controlados o dirigidos por el hombre. Unos cuantos ejemplos ilustran
la magnitud de la crisis que se anuncia. El calentamiento del planeta conducirá al aumento de la temperatura del agua
de los océanos y a la fusión del hielo terrestre en las regiones polares. En estos momentos, los climatólogos prevén un
aumento de 1,50 metros en el nivel de las aguas para el año 2050.28 Una crecida de los mares de entre treinta centíme-
tros y un metro y medio en menos de sesenta y cinco años podría devastar las regiones costeras donde habita la mitad
de la población mundial, ocasionando cuantiosas pérdidas de vidas y propiedades. Se calcula que el coste de proteger
únicamente las zonas costeras del este de los Estados Unidos frente a un ascenso de unos noventa centímetros en el ni-
vel del mar podría cifrarse entre 10.000 y 100.000 millones de dólares.29
El ascenso del nivel del mar destruirá las principales instalaciones portuarias de todo el mundo y sembrará el
caos en los sistemas de drenaje, esclusas y canales. Muchas naciones se hallan ya preocupadas por la posible intrusión
de agua salada en sus ríos de agua dulce y aguas freáticas, lo cual contaminaría el agua potable de millones de perso-
nas. El Ministerio de Obras Públicas de los Países Bajos calcula que un ascenso de noventa centímetros en el nivel del
mar exigiría un gasto de varios miles de millones de dólares para la reparación y el mantenimiento de su frágil infraes-
tructura costera.30 Centenares de puertos grandes y millares de puertos pequeños en todo el mundo se enfrentan con
una amenaza similar. A escala mundial, el gasto necesario para proteger los puertos de importancia vital podría cifrarse
en cientos de miles de millones de dólares.
El ascenso en el nivel del mar probablemente arrasará por completo muchos pequeños países insulares, como
las islas Marshall del Pacífico, las islas del Caribe y las Maldivas, frente a la costa de la India. “Estamos contemplando
un problema potencial de refugiados de dimensiones sin precedentes”, advierte Robert Buddemeier, del Laboratorio
Nacional Lawrence Livermore. “En el pasado, la gente huía del hambre o la opresión, pero nunca se han visto física-
mente desplazados de un país porque gran parte del mismo haya dejado de existir.31
Países bajos como Egipto también sufrirán las consecuencias de un aumento en el nivel del mar. Según un es-
tudio dirigido por James Broa dusa, del Instituto Oceanográfico Woods Hole, Egipto podría perder un 15 por ciento de
su tierra cultivable en el delta del Nilo, lo que obligaría a emigrar a una séptima parte de sus habitantes. Esta considera-
ble pérdida de tierra productiva reduciría el producto nacional bruto de Egipto en un abrumador 14 por ciento.32
Se calcula que el ascenso del nivel del mar también destruirá las tierras pantanosas, marismas, pantanos y del-
tas fluviales que aún quedan en Estados Unidos. casi todos situados en la zona sudoriental del golfo de México y en la
plataforma costera del Atlántico. Un estudio de la EPA calcula que una crecida de un metro y medio en el nivel del
agua destruiria más del 90 por ciento de las tierras pantanosas de Estados Unidos, un rico y variado complejo de ecosis-
temas únicos que permanecieron inalterados desde mucho antes del comienzo de la historia escrita hasta la llegada de
los colonos europeos.33 Las pérdidas económicas serán enormes, pero las pérdidas ecológicas y estéticas resultarán ver-
daderamente incalculables.
El aumento en la temperatura y el nivel del mar también provocará un aumento en el número e intensidad de
los huracanes en todo el mundo. La intensidad de los huracanes está directamente relacionada con la temperatura de la
superficie del agua. Según los modelos del meteorólogo Kerry Emanuel, del Instituto de Tecnología de Massachussets,
el aumento del calentamiento global y marítimo incrementará la intensidad de los huracanes entre un 40 y un 50 por
ciento.34 Es muy probable que los daños sufridos por las regiones costeras en lo referente a vidas y propiedades carez-
can de precedente en la historia humana. Grandes secciones de Miami podrían ser barridas por muros de agua de más
de cinco metros de altura. Ciudades como Galveston, Atlantic City o Myrtle Beach podrían quedar diezmadas por el
impacto de los super huracanes.35
Por otra parte, el calentamiento del planeta modificará radicalmente el régimen de lluvias en todas las regio-
nes del globo. En algunas zonas, lagos, ríos y acuíferos que han sostenido ecosistemas enteros durante muchos años se
verán reducidos o desaparecerán por completo. En otros lugares, aparecerán lagos y rios nuevos por primera vez en la
historia humana, modificando radicalmente la topografía y el medio ambiente. Según las previsiones, el caudal de la
cuenca del alto Colorado se reducirá en un 40 por ciento.36 Algunos climatólogos prevén una dismmución del 40 por
ciento en las precipitaciones sobre las zonas agrícolas de los Estados Unidos, convirtiendo algunas partes de este grane-
ro del mundo en extensiones polvorientas.37
La modificación de los diques y sistemas de irrigación del país para adaptarlos al calentamiento del planeta
costará entre 7.000 y 23.000 millones de dólares.38 A escala mundial, un 18 por ciento de las tierras cultivadas se hallan
sometidas a irrigación y proporcionan una tercera parte de la producción agricola del planeta. La modificación radical
del clima y de las lluvias exigirá una inversión aproximada de 200.000 millones de dólares para adaptar y reubicar los
sistemas de irrigación.39 A medida que el agua comience a escasear en muchas regiones de Estados Unidos y del
mundo, comunidades y poblaciones enteras se verán obligadas a emigrar.
Los Grandes Lagos quedarán libres de hielo durante once meses al año. El menor nivel del agua significará
un aumento del 30 por ciento o más en el coste de los envíos de carbón, piedra caliza y cereales, pues los mercantes de
gran calado que transportan este tipo de cargamento ya no podrán navegar por el sistema de esclusas del canal San Lo-
renzo, que comunica los lagos con el océano Atlántico.40
Es probable que un aumento significativo en la temperatura del planeta cause la fusión de gran parte del hielo
del casquete polar ártico, abriendo nuevos pasos marítimos por primera vez en la historia humana. «El legendario Paso
del Noroeste quedaría abierto», según Walter Roberts, del Centro Nacional de Investigaciones Atmosféricas. «Se po-
dría navegar de Tokio a Europa en la mitad de tiempo.” Por otra parte, las compañías navieras temen que las pérdidas
de tripulaciones y cargamentos vayan en aumento si el Atlántico septentrional queda pla gado de peligrosos icebergs.41.
El calentamiento global perturbará por completo la delicada trama de flujos y equilibrios químicos que re-
gula el crecimiento y la maduración de plantas y animales y gobierna las complejas interrelaciones de los ecosistemas
del planeta. Un aumento en el nivel de CO2, por ejemplo, podría deteriorar la calidad de los alimentos, ya que las hojas
de las plantas se volverían más ricas en carbono y más pobres en nitrógeno. En un artículo publicado en la revista For-
tune en 1988, A.H. Moore ilustraba gráficamente la reacción en cadena que tal acontecimiento podría desencadenar.
Los insectos deberían atacar muchas más plantas pobres en nitrógeno para satisfacer sus necesidades de este elemento.
«Plagas más hambrientas que nunca y enfermedades dañinas se multiplicarían con el efecto invernadero, obligando a
los agricultores a comprar más pesticidas...»42
El calentamiento planetario también conducirá a la extinción masiva de numerosas especies de árboles y a la
pérdida de millones de hectáreas de bosque, sobre todo en las latitudes medias del planeta. Según el informe Bellagio,
detallado estudio realizado recientemente por algunos de los más destacados climatólogos y especialistas del medio am
biente, es probable que el fenómeno invernadero ejerza un efecto considerable sobre los bosques del planeta para el año
2000.43 Los autores del informe predicen un descenso a gran escala de la masa boscosa mundial para antes del año
2100. Una disminución de esta magnitud en la superficie boscosa del planeta aceleraría a su vez el efecto invernadero,
puesto que quedarían menos árboles para absorber las emisiones de co2.
La rápida destrucción de los hábitats forestales acelerará a su vez la pérdida de vida animal y podría conducir
a la extinción de muchas especies. En la actualidad, ya se extingue una especie animal cada sesenta minutos. Se calcula
que, aun sin el fenómeno de calentamiento global en los próximos decenios puede desaparecer un 17 por ciento de las
especies existentes a consecuencia de la tala de los bosques tropicales con fines de desarrollo: obtención de madera, tie-
rras para pastoreo y para cultivos, 44
Los bosques no podrán desplazarse con la suficiente rapidez como para seguir los acelerados cambios cli-
máticos. Richard A. Kerr ha escrito en la revista Science que «cada grado centígrado de calentamiento desplaza las zo-
nas climáticas entre 100 y 150 kilómetros hacia el norte». Dentro de sesenta años, el clima que sostiene el parque na-
cional de Yellowstone, por ejemplo, se habrá desplazado muy al interior del Canadá.45 . Los árboles no son capaces de
emigrar a las velocidades impuestas por el efecto invernadero. En todas partes del mundo, ecosiste mas enteros -árbo-
les, insectos, microbios, animales- se verán atrapados por estas rápidas modificaciones del clima, se quedarán atrás y
moriran.
También a los sistemas económicos, como a los ecosistemas, les será muy difícil, si no imposible, adaptarse a
tiempo a los cambios climáticos. Prácticamente todos los países del mundo están planificando su desarrollo futuro ba-
sándose en la falsa suposición de que el medio ambiente climático en que sus antepasados vivieron durante miles de
años permanecerá invariable durante los próximos cincuenta años. Al concluir el Programa Climatológico Mundial, en
1985, científicos de veinticinco países industrializados y en vías de desarrollo advirtieron que “actualmente se están to-
mando muchas importantes decisiones económicas y sociales para proyectos a largo plazo... en temas como irrigación y
energía hidroeléctrica, protección contra sequías, utilización de la tierra cultivable, diseños estructurales y proyectos de
ingeniería costera o planificación energética, todos ellos basados en el supuesto de que los datos climáticos del pasa-
do... son una guía fiable para el futuro. Esta suposición ya no es válida, pues se prevé que el aumento en las concentra-
ciones de los gases de invernadero ha de causar un calentamiento significativo del clima del planeta en el curso del pró-
ximo siglo”46
Por ejemplo, British Petroleum ha invertido 11.000 millones de dólares en Alaska. Las carreteras, viviendas
y equipo de perforación a lo largo del oleoducto trans-Alaska están construidos sobre permafrost que probablemente se
deshelará durante los tres o cinco decenios próximos, afectando gravemente a los miles de millones de dólares de in
fraestructura de la BP47 Pero esta compañía no es la única. Es muy posible que empresas multinacionales y naciones
de todo el mundo deban redistribuir billones de dolares de infraestructura para adaptarse a las condiciones climáticas
rapidamente cambiantes. Hoy en dia, los edificios, puentes, diques, carreteras, sistemas de alcantarillado, canales y toda
clase de maquinaria estan construidos para tolerancias climáticas que dentro de cincuenta o cien años ya no serán apli-
cables. Jesse Ausubel, de la Academia Nacional de Ingenieros, expresa la sensación de inquietud que está surgiendo en-
tre los profesionales cuando les pregunta “¿,Qué se puede hacer cuando el pasado ya no sirve de guia para el futuro?”48
En la declaración conjunta tras la Conferencia sobre Cambios Atmosfé ricos celebrada en Toronto en junio
de 1988, dirigentes gubernamentales y científicos de cuarenta y ocho paises advirtieron al mundo de los peligros que
acechan en el futuro próximo a causa del continuado calentamiento global producido por el efecto invernadero:
«La humanidad está realizando un experimento incontrolado de alcance mundial cuyas consecuencias defini-
tivas quiza sólo puedan ser superadas por una guerra nuclear planetaria.»49
Nuestra especie se enfrenta actualmente a su mayor desafío: despertar la conciencia y la atención de la huma-
nidad a los peligros de un planeta que esta quemándose. Como los seres que viven en un medio ambiente determinán-
do, también la Tierra es un organismo que vive dentro de una estrecha franja de temperaturas. Ahora la Tierra está ex-
perimentando un acceso de fiebre que amenaza con extinguir el pulso vital del planeta. El calentamiento debido al efec-
to invernadero es la primera crisis verdaderamente planetaria con que nuestra especie se ha enfrentado jamás. La
alteración del clima mundial afecta a todos los aspectos de la existencia, desde las posibilidades de reproducción del
más humilde plancton en la superficie del océano a la supervivencia de las grandes civilizaciones urbanas que ocupan
las regiones costeras del planeta. Se trata de una crisis que no deja escapatoria posible ni lugar donde refugiarse. Su im-
pacto se hará sentir más allá de todas las fronteras geopolíticas, étnicas y de clase. El calentamiento global es la prime-
ra crisis humana que tiene por contexto todo el planeta.
Las primeras fotos de la Tierra tomadas desde el espacio exterior permitieron que pudiéramos vernos como
una unica entidad en el universo. La crisis global por el efecto invernadero nos obliga por primera vez a comprender
que nuestra supervivencia personal depende por completo de la voluntad colectiva de la humanidad. Esta crisis solo
puede afrontarse eficazmente mediante una movilización masiva de los esfuerzos humanos en una escala nunca inten-
tada hasta hoy. Será necesario superar barreras linguísticas, barreras religiosas, barreras geográficas,políticas e ideoló-
gicas, y unir los sectores dispersos de la humanidad, a menudo enfrentados entre sí, en una sola fuerza con una sola
misión: devolver el equilibrio al planeta e insuflar nueva vida en los pulmones de la tierra
La primera etapa crucial en el camino a la recuperación consiste en comprender la ruta que condujo a la cri-
sis. El fenomeno invernadero no es un accidente ni una aberración. Tampoco es una consecuencia ineludible de la ac-
ción de las fuerzas evolutivas. El efecto invernadero es una crisis inducida por los seres humanos. Todos somos respon-
sables de la tendencia al calentamiento del planeta. El efecto invernadero es la factura, que ahora se nos presenta, de to-
da la Era Industrial.
La tendencia al calentamiento global es la segunda fase de una crisis energética que esta amenazando la pro-
pia existencia de la civilización industrial. La primera fase de esta crisis apareció en los anos setenta, con el espectacu-
lar aumento de los precios mundiales del petróleo. La perturbación en los suministros de petróleo tomó por sorpresa a
las naciones industrializadas y a los paises en vias de desarrollo. Por primera vez, el público cobró conciencia de que la
energía que utilizamos para mantener nuestro sistema de vida es un bien escaso. Ahora, aunque la crisis energética de
los setenta se ha resuelto momentaneamente y existe el suficiente petróleo disponible para satisfacer la demanda mun-
dial, los expertos en energía prevén una pronunciada disminución de las reservas de petróleo en los próximos decenios,
con el consiguiente aumento de los precios para contrarrestar los crecientes costes de prospección y el incremento de la
demanda. A medida que el petróleo se haga más escaso y más caro, muchas naciones iran volviéndose cada vez más ha-
cia el carbón, lo cual agravará la tendencia al calentamiento global y el efecto invernadero.
La crisis energética, por lo tanto, es un fenómeno doble: al mismo tiempo que empiezan a escasear nuestras
reservas de combustibles fósiles, estamos empezando a experimentar un calentamiento global debido al empleo de es-
tos combustibles fósiles durante toda la Era Industrial.
La crisis energética y el calentamiento del planeta por el efecto invernadero reflejan los valores según los cua-
les hemos elegido vivir durante el breve reinado de la era moderna. En los últimos siglos, la cultura occidental dió a luz
un revolucionario pensamiento nuevo sobre la naturaleza y nuestras relaciones con ella. Esta «nueva forma de pensar»
despejó el camino para la Era Industrial y la actual Era del Progreso. La nueva forma de pensar nos dió la urbanización
y la eletrificación, los automóviles y los rascacielos, los alimentos preparados y la televisión, los ordenadores y los via-
jes espaciales. Asimismo, la nueva forma de pensar condujo inexorablemente a la extincion de especies, al agota mien-
to del suelo, al envenenamiento del aire y el agua, a la eliminacion de las culturas tradicionales y al hambre a escala
planetaria, y ahora a la crisis energética y al efecto invernadero, ambos estrechamente relacionados. Los beneficios a
corto plazo de la Era Industrial se han pagado a costa del mantenimiento a largo plazo de la Tierra que nos alberga.
Asi pues, para comprender la presente crisis debemos antes dedicar nuestra atención al concepto del mundo
que le dió origen, fijándonos sobre todo en las ideas subyacentes que nos han llevado a descuidar gravemente nuestras
obligaciones para con el planeta y las futuras generaciones que han de habitarlo.
Al emprender este examen, comenzaremos explorando una visión del mundo radicalmente nueva y basada en
una serie de supuestos completamente distintos a los que informan nuestro pensamiento actual. La Ley de la Entropia y
las demas leyes de la termodinámica proporcionan el contexto para un concepto postmoderno del mundo y de nuestras
relaciones con él; una forma de pensar que puede ayudarnos a superar la actual crisis energética y el efecto invernadero
y unirnos en una nueva visión compartida del futuro.
La visión entrópica del mundo favorece una ciencia empática basada en el restablecimiento de un sentido de
relación y participación con el planeta, frente a la ciencia más convencional que fomenta una explotación indiferente de
la naturaleza y el medio ambiente. En una cultura entrópica se diseñarían nuevas herramientas y tecnologías que favo-
reciesen el mantenimiento y la durabilidad a largo plazo en oposición a la hipereficacia a corto plazo y la utilidad mo-
mentánea. Una cultura entrópica reconoce que toda actividad economica no es más que una extensión del medio am-
biente. En este sentido, jamás consentiría que la producción económica y el consumo social superasen la capacidad del
ecosistema para reciclar los desechos y renovar las existencias de recursos disponibles. El paradígma entrópico se basa
en una nueva visión del planeta en tanto que organismo único, cuyas innumerables relaciones han de ser respetadas y
defendidas.
El pensamiento entrópico proporciona el contexto para una forma de conciencia postmoderna que es mucho
más compleja y enriquecedora que las formas de conocimiento de que hemos dependido hasta ahora. En las páginas
que siguen, utilizaremos el paradígma entrópico tanto para poner en una nueva perspectiva nuestra cultura como para
sentar las bases de la curación del planeta. Exploraremos tecnologías alternativas para la obtención de energía, tales co-
mo la solar, la eólica y la hidraúlica; examinaremos las ultimas innovaciones en el tratamiento y reciclaje de los dese-
chos; analizaremos el nuevo campo de la agricultura ecológica y estudiaremos los cambios revolucionarios que es pro-
bable experimenten nuestros conceptos del trabajo y la educación. Asi mismo, prestaremos atencion a los sistemas de
vida alternativos y a las nuevas formas de vivir en común que sean más compatibles con nuestra nueva conciencia eco-
lógica. La agudización de la crisis energética y el efecto invernadero nos están obligando a reevaluar los propios su-
puestos sobre los que está construida nuestra civilización. El nuevo marco de referencia entrópica proporciona un vehí-
culo para criticar eficazmente el orden existente y trazar un nuevo curso para el proximo siglo.
Visión del mundo
A lo largo de toda la historia, los seres humanos han sentido la necesidad de construir un marco de referencia
para organizar las actividades de la vida La necesidad de establecer un orden que explique el como el porqué de la exis-
tencia cotidiana ha sido siempre el ingrediente cutural fundamental de toda sociedad. El aspecto mas interesante de la
visión del mundo de una sociedad determinada consiste en que sus componentes individuales no son conscientes, en su
mayoría, de cómo esta visión afecta a su forma de hacer las cosas y de percibir la realidad que los rodea. Una visión del
mundo tiene éxito en la medida en que se halla tan internalizada, desde la infancia, que no es puesta en tela de juicio .
La mayoría de los habitantes de Estados Unidos cree que el mundo va progresando hacia un estado más va-
lioso a consecuencia de la constante acumulación de técnicas y conocimientos humanos. También creemos que el indi-
viduo existe como una entidad autónoma, que la naturaleza tiene un cierto orden, que la gente siempre ha deseado la
propiedad privada y que siempre ha existido competencia entre los individuos. De hecho, todas estas creencias se con-
sideran parte de la «na turaleza humana» y, por consiguiente, inmutables. Por supuesto que no es asi, y otras sociedades
y culturas en distintos momentos de la histo ria serian sencillamente incapaces de comprender algunas de las ideas
que nosotros atribuimos a la naturaleza humana. Tal es el poder de una visión del mundo. Su dominio sobre nuestra
percepcion de la realidad es tan absoluto que ni siquiera podemos imaginar una forma distinta de contemplar el mundo.
Nuestra visión actual del mundo cobró forma hace unos 300 años, y aunque ha sido considerablemente refina-
da y modificada en años posteriores, aún conserva la mayor parte de la visión original. Vivimos bajo la influencia del
paradigma newtoniano del siglo XVIl. En el siguiente capítulo examinaremos detalladamente este paradigma. Proba
blemente no hay ni una persona entre cien que sea capaz de explicar las complejidades de la mecanica newtoniana, pero
su sombra esta siempre con nosotros e influye en todos nuestros actos.
Ahora, sin embargo, la visión moderna del mundo esta siendo controvertida por primera vez a consecuencia
de la crisis energética a largo plazo y la creciente crisis del efecto invernadero. Estas crudas realidades nos obligan a re-
plantearnos muchos axiomas básicos que constitu yen los supuestos operativos fundamentales de la Era del Progreso.
Al mismo tiempo, está comenzando a emerger un nuevo concepto del mundo que, con el tiempo, acabara sustituyendo
al paradigma newto niano en su papel de marco de referencia para organizar la historia: la Ley de la Entropía sera la
que presida como paradigma gobernante el proximo periodo de la historia. Albert Einstein dijo de ella que es la ley fun-
damental de toda la ciencia; Sir Arthur Eddington la describió como suprema ley metafísica de todo el universo. La Ley
de la Entropia es la segunda ley de la termodinámica. La primera ley declara que la materia y la energia del universo
son constantes, que no pueden ser creadas ni destruidas. Su forma puede cambiar, pero nunca su esencia. La segunda
ley, la Ley de la Entropía, afirma que materia y energia sólo pueden cambiar en un sentido, a saber, de utilizable a inu-
tilizable, o de disponible a no disponible, o de ordenado a desordenado. En esencia, la segunda ley dice que todo lo
que hay en el universo comenzó con estructura y valor y está moviéndose irrevocablemente hacia el caos y el desecho.
La entropia es la medida de hasta qué punto la energia dispo nible en cualquier subsistema del universo está cambiando
a una forma no utilizable. Segun la Ley de la Entropia, cada vez que se crea una apariencia de orden en cualquier punto
de la Tierra o del universo, esto sucede a costa de crear un desorden aún mayor en el ambiente circundante. La Ley de
la Entropia sera presentada en detalle en la segunda parte de este libro.
Por ahora, bastará con unas cuantas observaciones sencillas, obser vaciones que el lector deberá aceptar bajo
palabra por lo menos hasta que realicemos una autopsia exhaustiva de la prevaleciente vision del mundo y exploremos
las dimensiones ocultas del nuevo paradigma entrópico. La Ley de la Entropía echa por tierra la idea de la historia en
tanto que progreso. La Ley de la Entropía destruye la noción de que ciencia y tecnologia crean un mundo mas ordena-
do. De hecho, la Ley de la Entropía desafia el moderno concepto del mundo con una fuerza de convicción tan intensa
como la del paradigma newtoniano cuando vino a sustituir la visión cristiana del mundo que prevalecia en la Edad Me-
dia.
Paso a paso, la Ley de la Entropía nos irá revelando por qué exactamente el paradigma existente se ha venido
abajo. Nuestra generación, atrapada entre el viejo paradigma en que fuimos educados y el nuevo paradigma que esta
comenzando a imponerse, se sorprenderá de que hayamos podido creer en principios y axiomas tan evidentemente fal
sos. Chocaremos con el nuevo paradigma, incómodos y desconcertados como un inmigrante en un pais extranjero. In-
capaces de desprendernos por completo de nuestra anterior visión del mundo, aceptaremos el nuevo paradigma entrópi-
co como un segundo idioma, sin llegar nunca a estar del todo a gusto con él ni a articularlo plenamente en nuestras acti-
vidades cotidianas. Para la generación de nuestros nietos, la vision entrópica del mundo sera una segunda naturaleza: ni
siquiera pensarán en ella, sino que se limitaran a vivir de acuerdo con sus principios sin darse cuenta de la influencia
que ejerce sobre ellos, del mismo modo en que nosotros hemos vivido tanto tiempo sin darnos cuenta de como nos in-
fluia la mecanica newtoniana.
Los contornos del nuevo paradigma entrópico ya estan siendo rellenados por estudiosos de todo el mundo.
Dentro de pocos años, todas las disciplinas académicas experimentarán la influencia del nuevo concepto de la entropía.
Habrá intentos de injertar la Ley de la Entropía en la vision del mundo ahora existente, pero tales intentos estan conde-
na dos de antemano al fracaso. Los políticos proclamaran su importancia respecto a toda clase de cuestiones, desde la
energía al desarme. Los teólogos construirán nuevas interpretaciones de la Biblia. Los técnicos presentaran nuevos en-
foques para la solución de problemas, bajo la érronea creencia de que este paradigma puede ser cuantificado y reducido
a mediciones precisas. Los economistas intentarán reformular la teoria economica clasica para que se adapte a sus ver-
dades centrales. Psicólogos y sociólogos reexaminarán la naturaleza humana sobre el trasfondo de la entropía.
También habrá quienes se nieguen tenazmente a aceptar el hecho de que la Ley de la Entropía rige toda la rea-
lidad física del universo. Estas personas aducirán que el proceso entrópico solo se aplica en circunstancias especiales y
que cualquier intento de aplicarlo mas generalmente a la sociedad solo puede entenderse de un modo metafórico. Dicho
con la mayor sencillez, están equivocados. Las leyes de la termodinámica proporcionan el marco científico general en
que se despliegan todas las actividades físicas del mundo. En palabras del químico Frederick Soddy, ganador del Pre-
mio Nobel, las leyes de la termodinámica «controlan, en último término, el surgimiento y la caida de los sistemas poli-
ticos, la libertad o esclavitud de las naciones, los movimientos del comercio y la industria, los origenes de la riqueza y
la pobreza y el bienestar fisico general de toda la raza». Toda actividad física que la humanidad pueda emprender esta
sometida al imperativo inexorable que se expresa en las dos primeras leyes de la termodinámica.
Conviene subrayar que la Ley de la Entropía se refiere unicamente al mundo físico, donde todo es finito y
donde todos los seres vivos deben seguir su camino que culmina en la muerte. Es una ley que rige el mundo horizontal
del tiempo y el espacio. Sin embargo, permanece muda en cuanto se refiere al mundo vertical de la trascendencia espi-
ritual. El plano espiritual no está gobernado por los implacables dictados de la Ley de la Entropía. El espíritu es una di-
mensión no material en la que no existen fronteras ni límites fijos. La relación del mundo material con el espiritual es la
relación de una pequeña parte con el todo mayor e ilimitado dentro del que se despliega. Si bien la Ley de la Entropía
ayuda a gobernar el mundo del tiempo, el espacio y la materia, es gobernada a su vez por la fuerza espiritual primordial
que la concibió.
La forma en que una cultura organiza su realidad fisica y la importancia que concede al plano material de la
existencia determina hasta qué punto seran favorables las condiciones para buscar la iluminación espiritual. Cuanto
más vuelta hacia el lado material de la vida se halle una visión del mundo, menos apropiada resultará para la busqueda
humana de la trascendencia espiritual. Cuanto menos apegada esté una cultura al mundo físico, más libre sera la colec-
tividad humana para trascender los confines del plano material y llegar a unificarse con la profunda esencia espiritual
que lo abarca todo.
Las leyes de la termodinámica, pues, ayudan a conformar el mundo físico. La forma en que la humanidad de-
cide interactuar con estas leyes para establecer un marco de referencia para la existencia fisica resulta de crucial impor-
tancia para el desarrollo o el languidecimiento del viaje espiritual de la humanidad. Una comprensión profunda de la
Ley de la Entropía es vital para la comprensión del contexto físico, punto de partida para cualquier viaje espiritual.
Hace mucho tiempo que historiadores y antropólogos vienen especulando sobre por qué una particular visión
del mundo emerge en un particular momento o lugar de la historia. Este ensayo intentará sugerir una respuesta a dicha
pregunta: que la situación energética del medio ambiente determina el marco general de la visión del mundo que emer-
ge en él. Pero, antes de que intentemos demostrar esta aseveración, es importante que nos desprendamos de nuestra
propia visión del mundo durante el tiempo necesario para estudiar atentamente cómo nuestra percepción de la realidad
ha ido cobrando forma a lo largo de los siglos.

Los griegos y las cinco edades de la


historia: ciclos y decadencia
¿Cómo nos explicamos el hecho de que los filósofos de la antiguedad concibieran la historia de una forma
exactamente opuesta a como la concebimos nosotros? El escritor latino Horacio dejó dicho que «el tiempo deprecia el
valor del mundo».50 Horacio no conocía la segunda ley de la termodinamica, pero en este verso resumió la esencia mis-
ma de la Ley de la Entropía (como veremos en la Segunda parte). Para los antiguos griegos, la historia era un proceso
de constante degradación.
En la mitologia griega, la historia viene representada como una sucesión de cinco etapas, cada una más degra-
dada y grosera que la anterior.
El historiador griego Hesiodo describió estas cinco etapas como Edad de Oro, de Plata, de Bronce, Heróica y
de Hierro. La Edad de Oro fue el punto culminante, un periodo de abundancia y completa realización.
En el principio, los moradores inmortales del Olimpo crearon una raza aúrea de hombres mortales...
Éstos vivian como dioses, con los corazones libres de toda preocupación, sin participación alguna en penas ni
esfuerzos. No les aguardaba la desdichada ancianidad, sino que, siempre iguales en fuerza de manos y pies, se
complacían en festejar, ajenos a todo mal. Cuando morían, era como si los venciera el sueño. Toda suerte de
cosas buenas les pertenecia, y la tierra generosa les concedia las cosechas de grano por propia voluntad -con
abundancia y sin escatimar- mientras ellos habitaban sus tierras en paz y buena voluntad con abundancia de
cosas buenas.51

Esta Edad de Oro de Hesiodo habría sido rechazada como un cuento de hadas por personas como Thomas
Hobbes, que concebía el estado primigenio del hombre en la naturaleza como un «asunto solitario, pobre, sucio. brutal
y breve». Hoy en dia, empero, los antropólogos se mostrarían mas inclinados a coincidir con la interpretacion que da
Hesiodo acerca de los orígenes de la humanidad. Detenidos estudios sobre los bosquimanos de Africa y otras socieda-
des cazadoras recolectoras proporcionan unas cuantas sorpresas para quienes nos complacemos en creer que la historia
humana ha sido un viaje de progreso desde los trabajos y esfuerzos inhumanos de los antiguos primitivos hasta la vida
cómoda y despreocupada de los Estados Unidos del siglo xx.
Nosotros, los modernos, nos enorgullecemos del hecho de que solo necesitamos trabajar cuarenta horas por
semana y podemos tomarmos cada año dos o más semanas de vacaciones. La mayoria de las sociedades de cazadores-
recolectores encontraría inaceptables tales condico nes. Lo cierto es que los cazadores-recolectores contemporáneos no
trabajan más de doce a veinte horas por semana, y durante semanas y meses enteros cada año no trabajan en absoluto.
Su tiempo se dedica a actividades ociosas como juegos, acontecimientos deportivos, arte, música, danza, ceremonias y
visitas a los vecinos. En contra de la opinión más generalizada, los estudios sobre las pocas sociedades cazadoras reco-
lectoras que aún existen demuestran que algunas de ellas se sitúan entre los pueblos mas sanos del mundo. Su dieta es
nutritiva, y muchos -como los bosquimanos de Africa- viven bastante mas de sesenta años sin la ayuda de la medicina
moderna. Muchas sociedades cazadoras recolectoras tienden sobre todo a colaborar y compartir, y muestran muy poca
inclinación hacia la guerra y la agresión entre ellos mismos o contra grupos exteriores.
Segun Hesiodo, la Edad de Oro terminó bruscamente cuando Pandora abrió la caja que contenía los males de
la vida. A partir de entonces, cada edad sucesiva ha sido más dura y mas dificil que la precedente. La última era, segun
la mitologia griega, es la Edad de Hierro. Hablando desde el siglo Vlll a.C., Hesiodo se lamentaba:

Pues ahora en estos últimos tiempos vive la Raza de Hierro. Nunca durante el dia conoce-
rán descanso del trabajo y el pesar, ni por la noche de la mano del saqueador. El padre no estará de
acuerdo con los hijos, ni los hijos con el padre, ni el huésped con el anfitrión que lo acoge, ni los
amigos con los amigos... Los padres envejeceran prontamente y prontamente seran deshonrados...
El hombre justo, o el buen hombre, o el que respeta su juramento, no hallarán favor, sino que antes
será honrado el que hace el mal y el orgulloso insolente. La razón se basara en la fuerza de la mano
y la verdad no existirá mas.52

Los griegos creían que, aunque el mundo había sido creado por la Deidad y era por tanto perfecto, no era in-
mortal. Llevaba en sí las semillas de su decadencia. La historia, por consiguiente, es el proceso por el cual el orden ori-
ginal de las cosas se mantiene en la perfeccion durante la Edad de Oro, sólo para iniciar una inevitable decadencia du-
rante los periodos subsiguientes de la historia. Finalmente, cuando el universo se aproxima al caos definitivo, la Deidad
interviene de nuevo y restaura el estado de perfección original. Entonces vuelve a comenzar todo el proceso. La historia
no se concibe como un avance acumulativo hacia la perfección, sino como un ciclo constantemente repetido que va del
orden al caos. Esta noción de la historia como un proceso cíclico de decadencia influyó considerablemente en el con-
cepto griego de como debía ser ordenada la sociedad. Platón y Aristóteles creían que el mejor orden social era aquél
que experimentaba menos transformaciones; en esta visión del mundo había poco lugar para el concepto de cambio y
crecimiento continuo. El crecimiento, a fin de cuentas, no reflejaba un mayor orden y valor en el mundo, sino precisa-
mente lo contrario. Si la historia consistía en la constante degradación del estado de perfección original, con la consi-
guiente disminución de la riqueza original prefijada, entonces el estado ideal era aquél que reducia al mínimo este pro-
ceso de decadencia. Los griegos identificaban cambio y crecimiento con decadencia y caos, y su objetivo, por tanto, era
transmitir a la siguiente generación un mundo tan exento de «cambio» como fuera posible.
La vision cristiana del mundo
Imaginemos una distorsión del tiempo que pudiera ponernos cara a cara con un siervo cristiano de la Edad
Media. El siglo Xlll no está muy lejos. Solo cuarenta generaciones nos separan del mundo feudal. De hecho, en ese
mundo hay muchas cosas que reconoceríamos al instante. En Inglaterra ya había estudiantes que se graduaban en Cam-
bridge, el Beowulf ya estaba escrito y se hablaba una forma de inglés, aunque de dificil comprensión para un hablante
de la actualidad. Con todo, aún sin la barrera del lenguaje, el siervo y nosotros tendríamos muy pocas cosas de interés
que comunicarnos una vez terminada la charla trivial sobre el clima. Es probable que nos interesara averiguar cuales
eran sus objetivos en la vida.¿Qué contribución esperaba hacer al mundo?, ¿Qué hacia para mejorar su condicion en la
vida?, ¿Qué clase de bienes esperaba legar a sus hijos?, ¿Cuales eran sus ideas sobre la felicidad y el bienestar? Quizas
incluso desearamos hurgar un poco mas a fondo en su psique y le preguntaramos por sus rasgos de personalidad y sus
problemas de identidad.
Naturalmente, no debemos esperar una respuesta muy extensa. De hecho, si lo único que vemos en sus ojos
es una mirada de incomprensión, no se debe a que estemos utilizando conceptos demasiado complejos para él ni a que
su mente no se halle lo bastante desarrollada para un intercambio de ideas. Se trata únicamente de que sus ideas sobre
la vida, la historia y la realidad son absolutamente distintas a las nuestras.
La visión cristiana de la historia, que predominó en Europa occidental durante toda la Edad Media, concebía
la vida en este mundo como un breve intervalo de preparación para la siguiente. La vision cristiana del mundo abando-
nó el concepto griego de los ciclos, pero conservó la idea de la historia como un proceso de decadencia. En la teologia
cristiana, la historia tiene un principio, un centro y un fin perfectamente definidos, que son la Creación, la Redención y
el Juicio Final. Aún cuando la historia humana se considera lineal, no cíclica, no se cree que evolucione hacia un estado
más perfecto. Por el contrario, la historia se concibe como una lucha constante contra las fuerzas del mal, que nunca ce-
san de sembrar el caos y la corrupción en el mundo terrenal.
Igualmente importante, la doctrina del pecado original excluía por completo la posibilidad de que la humani-
dad llegara a mejorar jamas su condición en la vida. De hecho, la misma idea de que la gente pudiera hacer o cambiar la
historia resultaba inconcebible. Después de todo, para la mentalidad medieval el mundo era una estructura rígidamente
ordenada en la que Dios controlaba hasta el menor acontecimiento. El Dios cristiano era un Dios personal que interve-
nía en todos los aspectos de la vida. Si las cosas sucedían o no, era porque Dios asi lo queria. La historia la hacia Dios,
no la gente.
No existían objetivos personales ni deseos de salir adelante o dejar algo atrás. Solo existían los mandatos de
Dios, que debían ser cumplidos escrupulosamente. Como señala el historiador John Randall, para el cristiano medieval
«todo ha de poseer un significado, no en si o para si, sino para el peregrinaje del hombre». El propósito de cada acción
y cada acontecimiento correspondia exclusivamente al “propósito que servía en el plan divino”.53 La visión cristiana
del mundo proporcionaba un cuadro de la historia unificado y que lo abarcaba todo. No había lugar para el individuo en
esta gradiosa síntesis teológica. Eran los deberes y obligaciones, no los derechos y libertades, los que unificaban y pres-
taban cohesión al marco histórico de la vida medieval. Como en el caso de los griegos, el concepto medieval de la his-
toria no se basaba en el desarrollo y las ganancias materiales. El propósito del ser humano no era «conseguir cosas» si-
no buscar la salvación. Y, con este fin en perspectiva, la sociedad se concebia como un todo orgánico, una especie de
organismo moral sujeto a la dirección divina en el que cada persona tenía un papel que desempeñar.

Hacia la vision moderna del mundo

No hay manera de saber cuantos profesores han pronunciado conferencias y cuántos estudiantes se han visto
obligados a escucharlas a lo largo de la historia, pero muy pocas de ellas han pasado a los anales. Jacques Turgot, pro-
fesor de historia en la Sorbona, figura entre los que se han ganado un lugar en este reducido club. En 1750, Turgot entró
en un aula de Paris, sacó sus notas y comenzó a dar una conferencia en dos partes, en latín, sobre un nuevo concepto de
la historia mundial, enfrentándose con Platón, Aristóteles, San Pablo, San Agustin y todos los gigantes intelectuales de
los mundos antiguo y medieval. Cuando llegó a la ultima frase, había transformado toda la estructura de la historia
mundial. Sus conferencias, observó Frank Manuel, «enmarcaron un nuevo concepto de la historia mundial, desde la
mas remota antiguedad hasta el presente, y constituyeron la primera versión importante que se expuso en la época mo-
derna sobre la ideología del progreso»54
Turgot rechazaba tanto la naturaleza cíclica de la historia como el concepto de la degradación constante, y ar-
gumentaba, de un modo bastante belicoso, que la historia avanza en linea recta y que cada fase sucesiva de la historia
representa un adelanto sobre la fase anterior. La historia, segun él, es al mismo tiempo acumulativa y progresiva. A dife
rencia de los filósofos griegos y los teólogos de la Iglesia romana, que abogaban por la inmutabilidad, Turgot ensalzaba
las virtudes del movimiento y el cambio constantes, y aunque se mostraba dispuesto a reconocer que el progreso es irre-
gular y que en ocasiones se atasca e incluso retrocede unos pasos, se mantenía firme en la convicción de que la historia
refleja un avance general hacia la perfección de la vida aqui en la Tierra. ¡Osados pensamientos! El mundo de Turgot,
no obstante, se hallaba preparado para recibirlos, como demuestra el hecho de que Turgot no fuera privado de su cargo
en la universidad ni condenado por las autoridades eclesiasticas. Entre la construcción de la gigantesca catedral de
Chartres, en el siglo Xlll, y estas memorables conferencias de 1750, la mentalidad europea había experimentado un
cambio muy profundo. Este cambio consistía en la aparición de la moderna visión del mundo. La historia de su madu-
ración y desarrollo es la historia del mundo que usted y yo hemos heredado. Aunque en general no somos conscientes
de ello, las bases de nuestra forma de pensar, actuar y sentir pueden localizarse entre los minúsculos fragmentos y fila-
mentos entretejidos en el paradígma histórico que cobró forma durante aquellos siglos de transición. Resulta irónico,
sin duda, que solamente ahora que el tapiz comienza a deshilacharse nos sea posible ver cual es la materia de que noso-
tros y nuestro mundo moderno estamos en realidad hechos.

La Era de la Maquina
La era moderna es la Era de la Maquina. Precisión, velocidad y exactitud son sus valores principales. Siempre
estamos preguntando, “¿A qué velocidad va?” o “¿,Cuánto tardaste en 11egar alli?” El mayor cumplido que podemos
hacer es decir que algo está tan bien construido, o pensado, o planificado, que virtualmente funciona por si mismo. Nos
en canta el tacto de los acabados metálicos, del aluminio, el acero y el cromo. No hallamos nada tan estéticamente agra-
dable como el poner en marcha un motor o accionar un interruptor. Nuestro mundo es un mundo de poleas, de palancas,
de ruedas. Dedicamos las horas de juego a manipular artefactos, y las de trabajo a sintonizar monitores y calibrar ins-
trumentos. Establecemos nuestra rutina cotidiana por medio de una maquina: el reloj. Nos comunicamos por medio de
una maquina: el teléfono. Aprendemos por medio de maquinas: la calculadora, el ordenador, el televisor. Viajamos por
medio de maquinas: el automovil, el avión. Incluso vemos gracias a una maquina: la luz eléctrica. La ma quina es al
mismo tiempo nuestra forma de vivir y nuestro mundo. Concebimos el universo como una gran maquinaria que el téc-
nico supremo, Dios, puso en movimiento hace millones de años. Esta maquinaria está tan bien diseñada que «funciona
por si misma» sin perder nunca el compás, y con una posibilidad de predicción del movimiento que puede ser calculada
hasta el enésimo grado.
Nos hipnotiza la exactitud que percibimos en el universo e intentamos reproducir su grandeza aquí en la Tie-
rra. Para nosotros, la historia es un continuado ejercicio de ingenieria. La Tierra es como una ferrete ria gigante, com-
puesta por todo tipo de piezas que deben ser encajadas en un sistema que funcione. Nuestro trabajo nunca queda cum-
plido. Siempre hay nuevos diseños que examinar y nuevas tareas que realizar, y todas exigen el reajuste constante de
las piezas y la ampliación de los procesos. El progreso, pues, se dirige hacia la perfección de la maquina. Constante-
mente estamos atando cabos sueltos, eliminando defectos, extendiendo el funcionamiento de la maquina a todos los as-
pectos de la vida. Tal es el paradígma histórico de nuestra era. Vivimos segun los dictados de la máquina, y aunque nos
mostramos perfectamente dispuestos a reconocer su importancia sobre nuestra forma exterior de vivir, nos cuesta mu-
cho mas ver hasta que punto se ha introducido en el centro de nuestro ser.
Hoy en dia, la máquina está tan firmemente entronizada en nuestro interior que resulta dificil decir donde aca-
ba ella y empezamos nosotros. Hasta las palabras que brotan de nuestros labios no son ya nuestras palabras, sino las pa-
labras de la máquina. «Calibramos» nuestras relaciones con las demas personas para ver si estamos «sincronizados»
con ellas. Nuestras sensaciones se reducen a buenas o malas «vibraciones». Le «apretamos las clavijas» a alguien, evi-
tamos la “fricción” en el trabajo y preferimos «sintonizar» a prestar atención. Consideramos que las personas «funcio-
nan como un reloj» o que «han perdido un tornillo». Y en este ultimo caso, esperamos que no tarden en «reajustarse».
Los arquitectos de la visión mecánica
del mundo

Toda visión del mundo tiene sus arquitectos, aquellos que trazan el bosquejo que los demas acabamos relle-
nando. Hubo muchos bosquejos preliminares antes de que se llegara a un consenso sobre los planos definitivos para la
Era de la Maquina. A mediados del siglo XVIII, todos los elementos clave del paradigma mecanico habian sido ya cui-
dadosa mente integrados en un esquema unificado. El mundo estaba preparado para accionar el interruptor que pondría
en marcha la Era de la Máquina. El concepto mecánico del mundo es un homenaje a tres hombres: Francis Bacon, René
Descartes e Isaac Newton. Después de 300 años, aún seguimos viviendo de sus ideas.
Francis Bacon sentó los cimientos para el paradigma de la maquina con un ataque a la visión del mundo de
los antiguos griegos. Su Novum Organum, publicado en 1620, fue una obra maestra de propaganda. Bacon rechazó des-
deñosamente los trabajos de Platón, Aristóteles y Homero como un mero «conocimiento discutible».55 Los griegos, sen
tencio, “poseen sin duda lo que es caracteristico de los muchachos: se muestran prestos a parlotear pero no pueden en-
gendrar, pues su sabiduría abunda en palabras pero es estéril en obras”.56 Bacon repaso la visión griega del mundo y
concluyo que, pese a todas sus declaraciones pomposas, no habia “aducido ni un solo experimento que tienda a aliviar
y mejorar la condicion del hombre”.57 Bacon veia el mundo con distintos ojos. No queria quedarse sentado contemplan-
do la naturaleza, sino hallar una metodologia que permitiera controlarla. Para los griegos, la ciencia del aprendizaje te-
nia por objeto preguntar el porqué metafisico de las cosas; Bacon, por su parte, juzgaba que una ciencia del aprendizaje
debia interesarse por el como de las cosas. “Ahora el objetivo verdadero y legítimo de las ciencias no es otro que éste:
que la vida humana pueda dotarse de nuevos descubrimientos y poderes.”58
Algunas secciones del Novum Organum se leen más como notas de oficina que como un tratado filosófico
clásico. Por ejemplo, ¿cuantas veces hemos oido a nuestro jefe que debemos enfrentarnos al mundo tal y como es, y no
como nos gustaria que fuese? Pues bien, aunque seguramente el jefe no es consciente de ello, esta citando a Francis Ba-
con, quien sostenía que debemos comenzar a «construir en el entendimiento humano un modelo verdadero del mundo
tal como es en realidad, no como la razón del hombre preferiría que fuese».59 Bacon deja muy claro que se impone la
necesidad de buscar un nuevo método para dar cuenta del mundo, un método que pueda «ensanchar las fronteras del
imperio humano, para llevar a efecto todas las cosas posibles».60 Este nuevo método a que Bacon se refiere es el méto-
do científico, un enfoque que separa al observador de lo observado y proporciona un foro neutral para el desarrollo del
“conocimiento objetivo”. Según Bacon, el conocimiento objetivo permitiría a la gente que se hiciera con el «dominio
sobre las cosas naturales; sobre cuerpos, medicina, poderes mecánicos e infinitas cosas de esta clase».61
Bacon fue el primer pragmático de la era moderna. La próxima vez que alguien le diga «Intente ser objetivo»,
«Demuéstremelo» o «Limítese a contarme los hechos», piense en Francis Bacon. Fue él quién dió comienzo a todo en
el año 1620, con lo que juzgaba una idea mejor para organizar el mundo.
Bacon apenas acababa de abrir la puerta hacia una nueva visión del mundo cuando René Descartes, matemáti-
co de oficio, hizo su aparición en escena. Descartes no era un hombre modesto. Un dia bastante frio, segun sus biogra-
fos, se hallaba recluido en su habitación por la crudeza del tiempo cuando tuvo la gran idea. La clave para comprender
el mundo, para descifrar sus secretos ocultos, para controlarlo según los propósitos humanos, acababa de descubrir que
se encerraba en una palabra: matemáticas.

Mientras reflexionaba detenidamente sobre la cuestión, poco a poco llegué a comprender que solo
remiten a las matemáticas todas aquellas cuestiones en las que se investiga el orden y la medida, y que carece
de importancia que se trate de números,fíguras, estrellas, sonidos o cualquier otro objeto en que se plantee la
cuestion de la medición. Ví, por consiguiente, que debe haber alguna ciencia general que explique ese ele-
mento común que da origen a los problemas de orden y medida. A esto que percibí le dí el nombre de mate-
maticas universales. Una tal ciencia debia contener los primeros rudimentos de la razón humana, y su compe
tencia debia extenderse hasta la obtención de resultados verdaderos en cualquier ámbito.62

Descartes concluía con una observación que desde entonces se ha convertido en axioma fundamental del pa-
radigma mecánico: «Hablando libremente, estoy convencido de que éste [las matematicas] es un instrumento de cono-
cimiento mas poderoso que ningún otro que nos haya llegado por agencia humana, pues es la fuente de todas las co-
sas”.63 He aquí, pues, un hombre convencido, el primer «creyente verdadero» en la visión mecanica del mundo. Y Des-
cartes no tardó en divulgar su revelación: en la época de su muerte, en 1650, su visión matemática de la naturaleza
había sido aceptada por los mejores pensadores de Europa.
Descartes había logrado convertir toda la naturaleza en simple materia en movimiento. Redujo toda cualidad
a cantidad y a continuación proclamó con plena confianza que sólo importaban el espacio y la situación. “Dadme ex-
tensión y movimiento”, dijo, “y construiré el Universo.”64 El mundo matemático de Descartes era incoloro, inodoro e in
sípido. Las matemáticas representaban el orden total, de forma que con un sólo golpe de génio Descartes había conse-
guido eliminar del mundo todo lo que pudiera considerarse confuso, caótico y vivo. En el mundo de Descartes, todo te-
nía su propio lugar y todas las relaciones eran armónicas. Era un mundo de precisión, no de confusión.
La vision griega de la historia como decadencia y despliegue del caos se juzgó antimatematica y, por tanto,
falsa. La visión cristiana del mundo no salió mucho mejor librada. ¿Cómo se podia aspirar a comprender jamas con
exactitud el funcionamiento del orden natural si habia un Dios personal que intervenía constantemente en los asuntos
de la vida? Para que pudiera operar como una visión del mundo, el paradígma mecánico debía ser por encima de todo
completamente predecible. No había lugar para un Dios que pudiera cambiar las reglas de funcionamiento cada vez que
a Él se le antojaba. Dios, en consecuencia, fué respetuosamente retirado de escena. Desde luego, al principio fue ensal-
zado como el matemático supremo que habia diseñado todo el proyecto y lo habia puesto en marcha antes de dedicarse
a alguna otra actividad en el teatro cósmico, pero con el tiempo Dios fue cayendo en el olvido, a medida que las genera-
ciones siguientes se embriagaban más y más con el poder de este paradigma recién descubierto.
Si bien Descartes dio a los hombres la “fe” en que podían desentrañar los secretos del mundo y convertirse en
sus dueños, fue Isaac Newton, otro gran pensador europeo, quien les proporcionó las herramientas que necesitaban para
hacerlo. Newton descubrió el método matematico que permitía describir el movimiento mecánico, y proclamó que una
sola ley permitía explicar por qué los planetas se mueven como lo hacen y por qué una hoja cae del arbol del modo en
que lo hace. Sometiendo toda la naturaleza a las leyes de las matemáticas, Newton declaró que “todos los fenomenos de
la naturaleza pueden depender de ciertas fuerzas segun las cuales las particulas de los cuerpos, por alguna causa todavia
desconocida, se ven mutuamente atraidas hacia sí y se cohesionan en figuras regulares o son repelidas y se distancian
entre si”. Segun las tres leyes de Newton,

1. Un cuerpo en reposo continua en reposo y un cuerpo en movimiento continua en movimiento


uniforme en linea recta a menos que alguna fuerza externa actue sobre ellos.
2. La aceleración de un cuerpo es directamente proporcional a la fuerza que se le aplique y va en
la dirección de la fuerza aplicada.
3. Para cada fuerza existe una reacción igual y en sentido contrario. 65

Póco después de que Newton publicara su método matemaáico, las principales universidades comenzaron a
enseñarlo. La fama de su creador se extendió por todos los rincones de Europa, y a su muerte, en 1727, se le dedicó un
funeral regio.
La visión mecanica del mundo se refería unicamente a la materia en movimiento, porque era lo único que po-
día medirse matemáticamente. Era una visión del mundo hecha para las máquinas, no para las personas. Al separar pri-
mero y luego eliminar todas las cualidades de la vida de aquellas cantidades de las que forman parte, los arquitectos del
paradigma mecánico se quedaron con un universo frío e inerte, compuesto unicamente de materia muerta. El paso de
un mundo de materia pura a un mundo de materialismo puro era muy corto, como veremos en la siguiente sección.
Alfred North Whitehead emitió el comentario quizá más devastador sobre las limitaciones del mundo mecáni-
co de Newton en tanto que paradigma histórico. Tras advertir que la mecánica versa únicamente sobre las relaciones
espacio-temportales de la materia en movimiento, Whitehead comentó a sus alumnos:
En cuanto hayan resuelto... qué entienden por un lugar definido en el espacio-tiempo, podrán describir ade-
cuadamente la relación de un cuerpo material particular con el espacio-tiempo diciendo que está sencillamente ahí, en
ese lugar: y, por lo que a la simple localización se refiere, no hay nada mas que decir sobre el tema.66
El paradigma mecánico resultó irresistible. Era sencillo, era predecible y, sobre todo, daba resultados. Aquí.
al parecer, estaba la tan buscada explicación de cómo funciona el universo. En verdad había un orden en las cosas, y es-
te orden podia ser definido por medio de fórmulas matematicas y observaciones científicas. Aun asi, cuando los pensa
dores europeos miraban a su alrededor, se preguntaban por qué las actividades normales de la gente en sociedad a me-
nudo parecian tan embarulladas y caóticas. El comportamiento errático de las personas y la acción imperfecta de los
gobiernos y la economía no parecia cuadrar con la ordenada explicación mecanica del mundo que Bacon, Descartes y
Newton habian propuesto. Pero este dilema fue pronto resuelto: si la sociedad no funcionaba bien, ello sólo podía de-
berse al hecho de que no se adhería a las leyes naturales que rigen el universo.
Lo único que hacía falta, entonces, era averiguar exactamente cómo se aplicaban las leyes naturales a los se-
res humanos y a las instituciones sociales y, acto seguido, proceder a aplicarlas. Evidentemente, iba a ser un proceso
largo y dificil, pero ya no imposible, puesto que ahora se conocían las leyes universales. Además, valdría la pena dedi-
car tiempo y esfuerzos, ya que el resultado final sería una sociedad perfectamente ordenada. La humanidad había en-
contrado un nuevo sentido a la vida. El propósito medieval de buscar la salvación en el otro mundo quedaba descarta-
do, y en su lugar se alzaba la nueva idea de buscar la perfección en este mundo. La historia se veía como un viaje gra-
dual desde el estado desordenado y confuso en que se hallaba la sociedad hacia ese estado bien ordenado y totalmente
predecible que representa el mundo mecánico newtoniano.
Dos hombres se impusieron de inmediato la tarea de descubrir las relaciones entre estas leyes universales y el
funcionamiento de la sociedad. John Locke comenzó a estudiar los actos del gobierno y la sociedad a la luz del paradig-
ma mecánico, y Adam Smith hizo lo mismo con la economía.
Como casi todos los intelectuales de su época, Locke había quedado sumamente impresionado por la forma
en que el modelo mecánico había dado sentido a un mundo natural en apariencia incomprensible, pero se preguntaba
por qué eran tan caóticos los asuntos humanos. La respuesta, concluyo, era que las leyes naturales de la sociedad esta-
ban siendo quebrantadas porque el orden social se sostenía sobre tradiciones irracionales y costumbres heredadas del
teocentrismo que durante tanto tiempo habia regido el mundo. Con ayuda de la razón, I.ocke se dispuso a determinar
los fundamentos “naturales” de la sociedad, e inmediatamente resolvió que la religión no podía ser la base de la socie-
dad por la sencilla razón de que Dios era incognoscible por definición. ¿Cómo podia lo incognoscible servir de base
adecuada para el gobierno’? Y asi. en una ruptura monumental con sus predecesores filosóficos, Locke proclamó que,
si bien la religión podia ser de pleno derecho una ocupación particular de cada individuo, no podia servir de fundamen-
to para la actividad publica.
Tras eliminar a Dios de los asuntos humanos -como antes Bacon lo habia eliminado de la naturaleza-, Locke
se quedó con los seres humanos a solas en el universo. El ser humano ya no podía considerarse como parte de un orga-
nismo dirigido por la Divinidad. A partir de entonces, hombres y mujeres se convirtieron exactamente en lo mismo que
Bacon, Descartes y Newton habían hecho de la naturaleza: meros fenómenos físicos que interactuaban con otros frag-
mentos de materia dentro de un universo frío y mecánico. Y, si era éste el caso, ¿sobre qué base podía crearse un orden
social? Locke avanzó un argumento que aun hoy sigue dominando la visión moderna del mundo. Una vez eliminamos
las supersticiones y costumbres inútiles, decia Locke, vemos que la sociedad, compuesta únicamente de individuos que
crean su propio significado, tiene un propoósito, y un propósito nada mas: proteger y permitir el aumento de propieda-
des de sus miembros. Asi pues, según la formulación de Locke, el propio interés pasa a ser la única base para el estable-
cimiento del Estado. La sociedad se vuelve materialista e individualista de pleno derecho, porque, como sostiene Loc-
ke, la razón nos lleva a concluir que tal es el orden natural de las cosas. De acuerdo con las leyes naturales, cada indivi-
duo se ve llamado a desempeñar su papel de átomo social, acelerando a través de la vida, tratando de acu mular riqueza
personal. No cabe aquí ningun juicio de valor; el propio interés es, sencillamente, la única base posible para la socie-
dad.
Para Locke, el papel del gobierno consistía en garantizar a la gente la libertad de utilizar su recién descubierto
poder sobre la naturaleza para la producción de riqueza. Así, desde los tiempos de Locke hasta los nuestros, el papel so-
cial del Estado ha consistido en favorecer el dominio de la naturaleza a fin de que la gente pueda adquirir la prosperidad
material necesaria para su realizacion personal. “La negacion de la naturaleza”, declaro Locke, “es el camino a la felici-
dad.” La gente debe “emanciparse efectivamente de las imposiciones de la naturaleza”.67
Pero esta lucha constante y sin restricciones por la riqueza personal, ¿no dará lugar a una guerra salvaje de to-
dos contra todos, en la que algunos miembros de la sociedad sean victima de otros? En absoluto, asegura Locke, porque
los seres humanos no son malos ni corrompidos por naturaleza, sino intrínsecamente buenos. Es sólo la miseria y la fal-
ta de propiedades lo que los vuelve malos. Puesto que la gente es adquisitiva de por si, solo hace falta seguir aumentan-
do la riqueza de la sociedad para que la armonia social vaya también en aumento. Las personas no necesitan combatir
entre si, pues en la naturaleza “aun queda lo suficiente y de igual calidad, más de lo que los desprovistos puedan utili-
zar”.68 Las personas pueden tener libertad de acción porque su propio interés no entra en conflicto con el de los demás.
Locke, por consiguiente, se convirtió en el filósofo de la expansión ilimitada y la abundancia material.
Aun asi, ¿no existen limites a la cantidad de riqueza que cada individuo puede amasar? A fin de cuentas, to-
dos los filosofos desde Aristóteles hasta Santo Tomas de Aquino han dejado dicho que, a partir de cierto punto, las pro-
piedades se convierten en un impedimento para la felicidad. De ninguna manera, responde Locke. En un estado natural,
admite, es cierto que los primitivos sólo pueden acumular una cantidad limitada de riquezas a partir de los recursos de
la naturaleza. Si un primitivo pretende apropiarse de mas riquezas de las que su burdo entendimiento le permite consu-
mir, éstas se echaran a perder, con lo que estará robando a los demas miembros de la comunidad su posibilidad de acu-
mular. Pero en una comunidad fundada en la razón, donde se utiliza el dinero como medio de intercambio, la acumula-
ción de riqueza sin límites es permisible y hasta natural, pues tal es el proposito del dinero. Dado que el dinero nunca
se echa a perder, es imposible poseerlo en demasia. Esta claro que algunos individuos amasaran más riquezas que otros,
pero esto también es natural, ya que el mundo fue dado “para uso de los industriosos y racionales”. Quien mejor sepa
aplicar la razón sera quien más se beneficie.69 Locke no se detiene aqui. La posesión de propiedades (valor ex traido
de la naturaleza) no solo es un derecho social, también existe el deber de engendrar riqueza. En lo que sería la pesadilla
de un ecologista, Locke escribe que “la tierra abandonada por completo a la naturaleza... se llama, y en verdad lo es,
baldia”.70 La naturaleza solo es valiosa cuando gracias a nuestros esfuerzos la hacemos productiva:
El que por medio de su esfuerzo se apropia de tierra para él, no disminuye sino que incrementa la riqueza co-
mún de la humanidad. Pues los recursos útiles para el sostenimiento de la vida humana que se producen en una hectarea
de tierra cercada y cultivada son... diez veces superiores a los que proporciona una hectarea de tierra de igual riqueza
que se ha dejado estéril como propiedad comun. Y por lo tanto, aquél que cerca esta tierra y obtiene una mayor abun-
dancia de provisiones para la vida con diez hectareas de ella de la que podría obtener con cien hectáreas abandonadas a
la naturaleza, en verdad puede decirse que ha dado noventa hectareas a la humanidad.71
Basándose en esta versión inicial de la “teoria del goteo” (cuanto mas obtenga uno individualmente, mas se
beneficia colectivamente la sociedad), Locke añade que una persona debe “acumular todas estas cosas duraderas (oro,
plata y demas) en la cantidad que le plazca; los límites de su justa propiedad no se rebasan por la magnitud de sus pose
siones, sino por el hecho de dejarlas perecer inutilmente”.72 Cuando se lee a Locke desde el punto de vista actual, preo-
cupado por la ecologia, se nota la inquietante sensación de que este autor no quedaría satisfecho hasta que el último rio
de la Tierra fuera canalizado, la última maravilla natural cubierta de anuncios y la última montaña reducida a grava pa-
ra obtener esquistos petroliferos. Locke es tan estrictamente productivista y materialista que condena a los indios de Es-
tados Unidos porque, viviendo en uno de los paises mas ricos del mundo, se niegan perezosamente a explotar estas ri-
quezas: “Alli, el rey de un territorio rico y extenso se alimenta, se aloja y se viste peor que un jornalero en Inglaterra”.73
Con Locke queda sellado el destino del hombre y la mujer modernos. Desde la época de la Ilustración en
adelante, el individuo queda reducido a buscar el propósito y el sentido de la vida en las actividades hedonistas de la
producción y el consumo. Las necesidades y aspiraciones de la gente, sus sueños y sus deseos..., todo queda supeditado
a la búsqueda del interés material.
Al igual que Locke, Adam Smith estaba enamorado de la vision mecánica del mundo y decidido a formular
una teoría económica que reflejara las verdades universales del paradígma newtoniano. En La riqueza de las naciones,
Smith proclama que, del mismo modo en que los cuerpos celestes se rigen en su movimiento por determinadas leyes de
la naturaleza, también la economía lo hace. Si se respetan estas leyes, el resultado será el crecimiento económico. Pero
la intervencion de los gobiernos y el control de la economía han violado estas leyes inmutables porque dirigían la eco-
nomia en formas antinaturales. En consecuencia, los mercados no se expandieron tan deprisa como hubieran podido ha-
cerlo y la producción resultó asfixiada. Dicho de otro modo, cualquier intento de la sociedad por guiar las fuerzas eco-
nómicas “naturales” ha resultado ineficaz, y para Adam Smith el unico objetivo es la eficacia en todas las cosas.
Una investigación de las leyes económicas, dijo Smith, nos conducirá a la ineludible conclusión de que el mé-
todo mas eficaz para la organización económica es el laissez faire, es decir, el principio de no intervenir en las cosas y
dejar que las personas actuen sin restricciones. Puesto que el egoísmo es natural, no debemos perseguirlo socialmente
poniendo obstaculos para su satisfacción. Lo que hay que hacer, por el contrario, es reconocer el deseo humano de al-
canzar la propia satisfacción como una actividad virtuosa que en realidad beneficia a todo el mundo. Si cada individuo
actua egoístamente, la acumulación total permitirá vencer la escasez:
Todo individuo se esfuerza constantemente por hallar la aplicación mas ventajosa para aquel capital de que
pueda disponer. Es su propio beneficio lo que le mueve, ciertamente, y no el de la sociedad. Pero el examen de su pro-
pio beneficio le lleva naturalmente, o mejor dicho, necesariamente, a preferir aquella aplicación que más ventajosa re-
sulta para la sociedad.74
Smith suprime explicitamente de la economía cualquier noción de moral, tal como habia hecho Locke res-
pecto a las relaciones sociales. Cualquier intento de imponer moralidad a la economía solo conduce a una violación de
esa “mano invisible” que, segun Smith, es la ley natural que gobierna los procesos económicos y distribuye automatica
mente las inversiones de capital, los empleos, los recursos y la producción de los bienes. La gente puede utilizar la ra-
zón para comprender esta ley, concede Smith, pero asi como los seres humanos no pueden controlar la gravedad, tam-
poco pueden hacer mas perfecta la mano invisible. Y puesto que nada puede ser mas eficaz que esta fuerza “natural”
que controla el mercado racional, la mejor forma de producir riqueza consiste unicamente en el comercio libre y sin
restricciones y en la competencia entre individuos racionales y adquisitivos. Puesto que el fin de la economia es un
mercado en constante desarrollo, todo lo que favorezca el crecimiento ha de ser bien recibido.
Bajo la creencia de que hombres y mujeres son fundamentalmente unos seres egoistas que solo persiguen el
beneficio economico, las teorias de Smith subordinan todos los deseos humanos a la busqueda de la abundancia mate-
rial para satisfacer necesidades fisicas. No hay decisiones éticas que tomar, solo juicios utilitarios que cada individuo
ejerce en persecucion de su propio interés.
Bacon, Descartes, Newton, Locke y Smith fueron los grandes popularizadores de la visión mecánica del mun-
do. Muchos otros los precedieron y los siguieron. Sin embargo, sus supuestos básicos aún se mantiene hoy en dia. Estos
supuestos pueden resumirse en unas cuantas frases sencillas. En primer lugar, el universo posee un orden matemático
preciso que puede deducirse por el examen de los movimientos de los cuerpos celestes. Por desgracia, aquí en la Tierra
la mayoría de las cosas en su estado original se halla sumida en el caos y la confusión. Por consiguiente, es necesario
reorganizar las cosas para traer a nuestro mundo el mismo orden que parece existir en el resto del cosmos. Esto plantea
la cuestión de cual es la mejor manera de organizar la naturaleza para que refleje el mismo tipo de orden que existe en
el universo.
La respuesta, o asi se suponía, consistía en utilizar los principios científicos de la mecánica para reorganizar
las cosas naturales del modo que mas favoreciese a los intereses materiales de los seres humanos. La conclusión lógica
de este grandioso paradígma nuevo era sencillamente ésta: Cuanto mas bienestar material logremos, mas ordenado de-
bera volverse el mundo. El progreso, en consecuencia, consiste en amasar una abundancia material cada vez mayor,
con lo cual se obtendra un mundo cada vez mas ordenado. La ciencia y la tecnologia son las herra mientas de que dis-
ponemos para realizar esta tarea. Tal es, en cuatro palabras, el principal supuesto operativo del paradigma mecanico del
mundo.
A lo largo de los años, el paradígma mecánico no ha carecido de adversarios. Ha sido ridiculizado, atacado y
denostado desde diversos puntos de vista. Algunas de sus suposiciones se han modificado. Sin embargo, cuando relee-
mos a Descartes, Locke o Smith, no podemos dejar de sentirnos impresionados por lo actuales que parecen. Cada vez
que un hombre de negocios, un político o un científico habla en público sobre alguna cuestión candente, es como si su
discurso lo hubieran escrito estos pensadores muertos largo tiempo atrás. Por consiguiente, si los pronunciamientos de
nuestros dirigentes cívicos y públicos parecen cada vez mas divorciados de la realidad y menos capaces de explicar los
problemas con que se enfrenta nuestra sociedad, no debemos culparlos unicamente a ellos. Si hemos de echar la culpa a
alguien, al menos parte de ella debe atribuirse a Descartes, Locke, Smith y sus colegas. Al fin y al cabo, estamos utili-
zando su metodologia y sus ideas.
El paradígma mecánico conoció su mayor auge después de que Charles Darwin publicara E1 origen de las es-
pecies en 1859. La teoria darwiniana de la evolución biológica resultaba igual de impresionante que los descubrimien-
tos cientificos de Newton en el campo de la física, y muy bien habría podido arrinconar la visión mecanica del mundo y
reclamar para si la hegemonia como un principio organizador de la sociedad completamente nuevo. Pero no sucedió
asi. Las teorias de Darwin se convirtieron en un apéndice del mundo mecánico newtoniano. Las implicaciones profun-
das de los descubrimientos de Darwin nunca llegaron a explorarse. Por el contrario, algunos de los elementos mas su
perficiales de su teoria fueron apropiados de inmediato y utilizados de una manera que contribuyó a legitimar aún mas
la vision mecanica del mundo.
Filósofos sociales como Herbert Spencer vieron en la teoria darwiniana de la evolución una especie de de-
mostración irrebatible de la existencia de progreso en el mundo. Spencer y los denominados darwinistas sociales con-
virtieron el concepto de selección natural en el de la supervivencia del mas apto. Esto reafirmó la visión mecanica del
mundo, que sostiene que el propio interés conduce a un mayor bienestar material, que a su vez conduce a un mayor or-
den.
La supervivencia del mas apto se interpretó en el sentido de que, en su estado natural, cada organismo se halla
trabado en una implacable batalla con todos los demas seres. Los que sobreviven y consiguen transmitir sus rasgos a
sus descendientes son sencillamente los mejor preparados para defender sus intereses materiales. La evolución se con-
cibi6 como un proceso de orden creciente en el que cada especie sucesiva se hallaba mejor equipada para optimizar su
propio interés y satisfacer sus necesidades materiales. De esta manera, la teoria de Darwin se convirtió en una mera re-
formulación de los supuestos básicos de la visión mecánica del mundo.
La era mecánica se ha caracterizado por esta idea de progreso. Reducido a su mas simple abstracción, el pro-
greso se ve como el proceso por el cual el mundo natural “menos ordenado” es domeñado por los seres humanos para
crear un entorno material mas ordenado. O, por decirlo de otro modo, el progreso consiste en utilizar el mundo natural
para crear un valor mayor que el que posee en su estado original. En este contexto, la ciencia es la metodología que per-
mite al ser humano desvelar las características de la naturaleza a fin de poder reducirlas a unas reglas o principios cohe-
rentes. La tecnología, a su vez, es la aplicación de estas reglas a cada caso particular, con el fin de transformar partes
del proceso natural en formas utilizables, con mayor valor, estructura y orden de los que existen en su estado primor-
dial.
La visión mecánica del mundo, la visión del mundo de las matemáticas, la ciencia y la tecnología, la visión
del materialismo y del progreso, la visión del mundo que pretende explicar el mundo que experimentamos, esta empe-
zando a perder su vitalidad porque el entorno energético que la sustentó en su origen está aproximandose a su propia
muerte. (Este argumento será examinado mas adelante con mayor detenimiento.) Si aún existe una historia que estu-
diar, las generaciones futuras menearán la cabeza con incredulidad ante los 300 años que denominamos era moderna.
El concepto del mundo como una máquina les parecera tan ingenuo como nos lo parecen a nosotros las cinco edades de
la historia segun los griegos, porque estas generaciones estaran viviendo bajo un nuevo paradígma del mundo, un para-
digma cuyas lineas generales vamos a examinar ahora.
SEGUNDA PARTE
La Ley de la entropía
La ley de la entropía

Un antropólogo, Max Gluckman, observó en cierta ocasión que “una ciencia es cualquier disciplina en la que
el tonto de esta generación puede llegar más allá del punto alcanzado por el genio de la generación anterior”.’ Hoy en
dia, la primera y la segunda ley de la termodinámica se enseñan en los cursos de introducción a la física. Lo que ambas
leyes proclaman parece sencillo y de sentido común. Sin embargo, el camino que condujo a su formulación definitiva
fue muy arduo, y estuvo sembrado de teorías complejas, reflexiones y especulaciones de muchas mentes distinguidas.
Por extraño que parezca, aunque los científicos se han interrogado por el significado correcto de estas dos leyes durante
más tiempo del que a nadie le interesa recordar, ambas se hallaban bien establecidas en la sabiduria popular de prácti-
camente todas las culturas del planeta. ¡Cuantas veces no habremos oido decir: “No se puede obtener algo a cambio de
nada”, “Es inútil llorar por la leche derramada” y frases por el estilo! Si estas expresiones le resultan familiares y las ha
visto cumplirse una y otra vez en su experiencia cotidiana, entonces ya conoce usted la primera y la segunda ley de la
termodinámica. La termodinámica da la impresión de ser algo muy complicado; en realidad, es la idea científica más
sencilla que conocemos, y al mismo tiempo la más impresionante. Las dos leyes de la termodinámica pueden expresar-
se con una sola frase:
El contenido total de energía en el universo es constante y la entropía total aumenta continuamente.2

Lo que esto quiere decir es que resulta imposible crear o destruir energia. La cantidad de energía existente en
el universo quedo fijada desde el principio del tiempo y permanecerá fija hasta el fin del tiempo. La primera ley es la
ley de la conservación, y dice que, aunque la energia no puede ser creada ni destruida, si puede transformarse y pasar
de una forma a otra.
El escritor sobre temas científicos Isaac Asimov proporciona un ejemplo sencillo:

Supongamos que tomamos cierta cantidad de calor y lo transformamos en trabajo. Con ello no hemos destrui-
do el calor, sino que solo lo hemos transferido a otro lugar, o tal vez lo hemos transformado cn otra forma de
energía.3

Para ser mas concretos, tomemos por ejemplo un motor de automovil. La energía contenida en la gasolina
equivale al trabajo realizado por el motor de explosión más el calor que se genera más la energía contenida en los gases
de escape.
Lo principal que debemos recordar, como ya hemos dicho, es que no podemos crear energía. Nadie ha conse-
guido crearla jamas y nadie lo conseguirá. Lo unico que podemos hacer es transformar la energía, pasarla de un estado
a otro. Resulta abrumador darse cuenta de ello, sobre todo cuando nos detenemos a considerar que todo está hecho de
energía. La forma, la sustancia y el movimiento de todo lo que existe es en realidad la encarnación de las diversas con-
centraciones y transformaciones de energía. Un ser humano, un rascacielos, un automovil y una hoja de hierba no son
más que energía transformada de un estado a otro. Tanto el rascacielos como la hoja de hierba estan hechos de energía
obtenida de algun otro lugar. Cuando el rascacielos es derribado y la hoja de hierba muere, la energía que incorporaban
no desaparece, sino que sólo es transferida a algun otro lugar del medio ambiente. Todos hemos oido decir que “no hay
nada nuevo bajo el sol”, y puede usted demostrárselo la proxima vez que respire. Acaba usted de inhalar unos 50 millo-
nes de moléculas que en otro tiempo fueron inhaladas por Platón.
Si la primera ley de la termodinámica fuese lo único que hemos de tener en cuenta, no habría ningún proble-
ma para seguir utilizando la misma energía una y otra vez sin que jamás escaseara. Pero ya sabemos que el mundo no
funciona así. Si quemamos un trozo de carbón, por ejemplo, la energía se conserva, pero transformada en anhidrido
sulfuroso y otros gases que se dispersan por el espacio. Aunque no se ha perdido ninguna energía, sabemos que nunca
podremos volver a quemar ese trozo de carbón y obtener otra vez de él el mismo rendimiento. La explicación de este
fenómeno se halla en la segunda ley de la termodinámica. que nos dice que cada vez que la energía pasa de un estado a
otro hay que pagar un cierto precio. Este precio es una disminución en la cantidad de energía disponible para realizar en
el futuro algun tipo de trabajo. Y esta disminución tiene un nombre: se llama entropía.
La entropía es la medida de la cantidad de energia que ya no es susceptible de ser convertida en trabajo. El
primero en utilizar este término fue un físico aleman, Rudolf Clausius, en 1868. Pero el principio subyacente ya había
sido reconocido cuarenta y un años antes por un joven oficial del ejército francés, Sadi Carnot, que trataba de compren-
der mejor por qué funciona una máquina de vapor. Carnot descubrió que la máquina funcionaba porque una parte del
sistema estaba muy fría y otra parte muy caliente. En otras palabras, para que la energía se convierta en trabajo debe
existir una diferencia en las concentraciones de energia (en este caso, una diferencia de temperatura) de las diversas
partes del sistema. El trabajo se produce cuando la energía pasa de un alto nivel de concentración a un nivel inferior (o
de una temperatura alta a una temperatura baja). Más importante todavía, cada vez que la energía pasa de un nivel a
otro, queda menos energía disponible para realizar un trabajo en la próxima ocasión. Por ejemplo, el agua que cae des-
de una presa va a parar a un lago. Al caer, puede utilizarse para generar electricidad, hacer girar una noria o realizar al-
guna otra función util, pero una vez el agua llega al fondo su estado ya no le permite realizar ningun trabajo. En un pla-
no horizontal, el agua no puede hacer girar ni la noria mas pequeña. Estos dos estados suelen denominarse estados de
energia libre o disponible, frente a estados de energía no disponible.
Un aumento de entropía, por tanto, equivale a una disminución de la energía “disponible”. Cada vez que ocu-
rre algo en el mundo natural cierta cantidad de energía acaba volviéndose inutilizable para realizar algun trabajo en el
futuro. Parte de la energía no disponible se convierte en contaminación, es decir, energía disipada que se acumula en el
medio ambiente y plantea una grave amenaza al ecosistema y a la salud pública.
Volvamos de nuevo a Clausius, el hombre que inventó la palabra entropía. Clausius observó que, en un siste-
ma cerrado, la diferencia entre niveles de energía tiende siempre a equilibrarse. Todo aquel que ha sacado del fuego un
atizador caliente ha observado el mismo fenómeno que Clausius convirtió en ley. Cuando retiramos del fuego un atiza-
dor al rojo vivo y lo dejamos al aire, no tardamos en comprobar que el atizador comienza a enfriarse mientras que el ai-
re se calienta a su al rededor. Esto sucede porque el calor fluye siempre del cuerpo mas caliente al mas frio. Finalmente,
cuando ha transcurrido el tiempo necesario, podemos tocar el atizador y luego colocar la mano en el aire que lo rodea y
he aqui que ambos han alcanzado la misma temperatura. Los especialistas dicen entonces que se ha llegado a un estado
de equilibrio, un estado en el que ya no existe ninguna diferencia entre niveles de energía. Es el mismo estado en que se
halla el agua situada en un plano horizontal. En ambos casos, ni el atizador enfriado ni el agua plana pueden realizar ya
ningun trabajo útil. Su energia es inutilizable, no disponible. Esto no significa, claro, que no se pueda llevar el agua a lo
alto de la presa por medio de cubos para hacerla caer de nuevo ni que el atizador no pueda volver a calentarse. Pero en
los dos casos habrá que recurrir a una nueva fuente de energia libre o disponible, que será consumida en el proceso.
El estado de equilibrio es aquel estado en que la entropía ha llegado a un máximo y, por lo tanto, no queda ya ninguna
energia disponible para seguir realizando un trabajo. Clausius resumió la segunda ley de la termodinámica con la obser-
vación de que “en el mundo, la entropía [es decir, la cantidad de energía no disponible] tiende siempre al máximo”.
Aquí en la Tierra existen dos fuentes de energía disponible: las reservas terrestres y la energia que recibimos del Sol. El
economista Herman Daly explica la diferencia entre ambas:

Las reservas terrestres se componen dc dos tipos de recursos: los quc son renovables dentro de una
escala dc tiempo humana y los que solo son renovables a lo largo de periodos geologicos y que, para nuestros
fines, deben tratarse como no renovables. Las reservas terrestres de baja entropía también pueden clasificarse
segun si son de energia o de materia. Ambas fuentes, la terrestre y la solar, son limitadas. Las reservas terres-
tres no renovables son limitadas en cuanto a la cantidad total disponible. Las renovables también son limita-
das en cuanto a la cantidad total disponible y, si se explotan hasta agotarlas, pasan a ser igual que las no reno
vables... La fuente solar es practicamente ilimitada en cuanto a la cantidad total de energia, pero estrictamente
limitada en cuanto a la velocidad y la forma en que llega a la Tierra.4

Si bien la energía del Sol se degrada a cada segundo que pasa, su entropía no llegará al máximo hasta mucho
después de que las reservas disponibles de la Tierra hayan sido consumidas por completo.
Cada vez que enciende usted un cigarrillo, disminuye la energía disponible en el mundo. Naturalmente, como
ya hemos indicado, es posible invertir el proceso entrópico en un momento y lugar determinados, pero solo a costa de
utilizar una energía adicional y, por consiguiente, aumentar la entropía general del medio. Esto debe comprenderse so-
bre todo cuando se habla de reciclar. Mucha gente cree que casi todo lo que utilizamos podria reciclarse por completo y
utilizarse de nuevo si dispusiéramos de la tecnología adecuada. Esta creencia es falsa. Aunque es cierto que la supervi-
vencia económica del planeta pronto dependerá de un reciclaje mas eficaz, no existe modo alguno de llegar a un apro-
vechamiento del 100 por cien, ni mucho menos. En la actualidad, por ejemplo, la eficiencia del reciclaje se situa alrede-
dor de un 30 por ciento para la mayoría de los metales de uso corriente. El reciclaje exige un gasto adicional de energía
para la recolección, transporte y tratamiento de las materias ya usadas, cosa que incrementa la entropía general del
medio. Asi, el reciclaje de productos exige utilizar nuevas fuentes de energia disponible, a costa de aumentar la entro-
pia del entorno.
Hay una cuestión que debe subrayarse una y otra vez, y es que, aquí en la Tierra, la entropía material está au-
mentando constantemente y con el tiempo debe llegar a un máximo. Esto se debe a que la Tierra es un sistema cerrado
en relación con el universo, es decir, que intercambia energía con su entorno, pero no materia. A excepción de algún
que otro meteorito que pueda caer de vez en cuando en la Tierra, y de un poco de polvo cósmico, nuestro planeta cons-
tituye un subsistema cerrado del universo. A quienes erroneamente creen que la energia recibida del Sol puede utilizar-
se para producir materia, el economista Nicholas Georgescu-Roegen les responde que “ni siquiera en la fantástica ma-
quinaria del universo se crea materia a partir de energía ‘sola’ en ningun grado significativo; al contrario, enormes can-
tidades de materia estan constantemente convirtiéndose en energía”.5 La cuestion es que el Sol, por sí mismo, no
engendra vida. Podriamos dejar que la energia del Sol fluyera hacia un jarro de cristal vacío desde este momento hasta
la muerte térmica definitiva del sistema solar, y aún así no aparecería ninguna vida en el jarro. Para que se despliegue
la vida, el Sol debe interactuar con el sistema cerrado de la materia, minerales y metales del planeta Tierra, convirtien-
do tales materias en vida y en los requisitos necesarios para la vida. Esta interacción favorece la disipación de esta can-
tidad fija de materia terrestre que constituye la corteza del planeta. Las montañas se desgastan y el mantillo se dispersa
a cada segundo que pasa. Esta es la causa por la que, en último término, hasta las fuentes de energía renovables son en
realidad no renovables, a la larga: aunque continuen reproduciéndose, la vida y la muerte de nuevos organismos au-
menta la entropía de la Tierra, lo cual significa que cada vez queda menos materia disponible para el despliegue de la
vida en el futuro.
Todos los agricultores saben que, aún con un buen reciclaje y un constante flujo de luz solar, es imposible ha-
cer crecer la misma cantidad de hierba en el mismo lugar año tras año a perpetuidad. Cada hoja de hierba actual quiere
decir que en el futuro se podra cultivar una hoja de hierba menos en ese mismo lugar. Esto se debe a que, como todas
las cosas, el mantillo forma parte del flujo entrópico. El mantillo contiene las sustancias orgánicas y los minerales inor-
ganicos que hacen crecer la hierba, pero no es eterno. Comienza como fragmentos de roca y residuos orgánicos, y bue-
na parte de él acaba como polvo dispersado por el viento o como cieno arrastrado hacia el mar. En otras palabras, el
man tillo no es un elemento permanente, sino solo una determinada concentración de materia en la cadena entrópica. A
corto plazo (segun la escala de tiempo humana) es posible mantener el mantillo en un estado casi estable, siempre y
cuando la erosión no se produzca a una velocidad mayor que aquélla con que la naturaleza puede descomponer las for-
maciones rocosas y los residuos orgánicos para formar nuevo mantillo. No obstante, aún a corto plazo el mantillo mu-
chas veces se erosiona más deprisa de lo que la naturaleza es capaz de reponerlo, ya sea por acción de las fuerzas natu-
rales (tormentas de viento, sequías, inundaciones, etc.) o por la intervención humana. El excesivo cultivo de la Tierra y
la destrucción de los ecosistemas naturales conduce con frecuencia a la desmineralización y a la erosión del terreno, lo
que produce parcelas de entropía en el mantillo de bolsas geograficas aisladas. La naturaleza necesita mil años para re-
poner treinta centimetros de mantillo. Es evidente que, en la escala de tiempo humana, la entropía del mantillo es un fe-
nómeno muy real y continuado. La materia se disipa constantemente. Nicholas Georgescu-Roegen fué el primero en
formular este hecho: “En un sistema cerrado, la entropía material acaba llegando a un máximo.”6
Esta es una verdad que a la mayoría de nosotros nos resulta dificil de aceptar, porque a todos los niños, cuan-
do se les exponen por primera vez los principios elementales de biología, se les enseña que toda la materia se recicla
por sí misma. No cabe duda de que esto es así pues se trata únicamente de otra forma de exponer la primera ley de la
termodinámica, es decir, que la materia (y la energía) no se crea ni se destruye. Lamentablemente, la segunda ley suele
pasarse por alto. La segunda ley nos dice que, si bien la materia se recicla constantemente, cada vez hay que pagar un
precio en forma de degradación. Supongamos, por ejemplo, que extraemos de la tierra un fragmento de mineral metáli-
co y lo utilizamos para fabricar un utensilio. Durante la vida útil de ese utensilio, algunas moléculas de metal se des-
prenden constantemente de él a consecuencia del rozamiento y el desgaste. Estas moléculas de metal sueltas no se des-
truyen y, con el tiempo, acaban regresando a la tierra. Pero ahora se encuentran dispersas al azar y no en una forma con-
centrada capaz de realizar un trabajo util, como el fragmento metálico original. Tal vez podría encontrarse una manera
de reciclar todas estas moléculas de metal dispersas, pero sólo a costa de aumentar la entropía general. Habría que pro-
ducir un artefacto mecánico que recogiera las moléculas de metal e introducir una fuente de energía que accionara la
maquinaria. Puesto que la propia maquinaria estaria hecha a base de metal extraído de la tierra, constantemente iría per-
diendo moléculas a causa del rozamiento mientras reciclaba las otras moléculas dispersas. Al mismo tiempo, la energía
utilizada para accionar la máquina recicladora también acabaría incrementando la entropía.
Cuando ya no existe energía disponible, utilizamos la expresión “muerte térmica”; cuando no hay materia
disponible, utilizamos la expresión “caos material”. En ambos casos, el resultado es entropía: una dispersion al azar de
la materia y la energía que las vuelve menos concentradas y, por tanto, menos aptas para realizar cualquier trabajo útil.
Algunos científicos han aducido que, muy a la larga, la acción del Sol sobre la corteza terrestre podría re-
constituir las moléculas dispersas y devolverlas de nuevo a un estado concentrado. Quizás esto sea estadísticamente po-
sible, pero no sirve de ayuda a la especie humana por que la escala de tiempo de que estamos hablando se mide en uni-
dades geológicas, es decir, por miles de millones de años. A corto plazo y en bolsas geográficas concretas, la entropía
de la energía y la materia es un fenómeno observable y muy real.
La Ley de la Entropía no sólo debe comprenderse, sino también sentirse. La esencia de esta ley es la esencia
de la propia realidad, y por ello hace falta cierta intuición para aprehender su significado. Por este motivo, resultará
conveniente contemplar la Ley de la Entropía desde diversos puntos de vista.
Ya hemos mencionado antes otra manera de referirse a la entropía y los niveles de energía, a saber, las con-
centraciones. ¿Por qué, cuando abrimos un frasco de perfume, el olor comienza a escapar hacia el aire e invade en poco
rato toda la habitación? O digamos que abrimos la puerta de la habitación hacia una sala aún mayor: a los pocos minu-
tos comprobaremos que el olor se ha extendido por ambas habitaciones, aunque es mucho menos intenso que cuando
solo se hallaba en una habitación. Bertrand Russell explica este proceso:
Siempre que hay una gran cantidad de energia en una región y muy poca en la región ve-
cina, la energía tiende a desplazarse de la primera región a la segunda hasta que se establece una
igualdad. Todo este proceso podría describirse como una tendencia a la democracia.7
Una vez más, tenemos aqui una forma distinta de comprender la segunda ley. La energía se mueve siempre
de los estados más concentrados (en este caso, el frasco de perfume) a los menos concentrados (las dos habitaciones).
Este proceso consume o disipa alguna cantidad de energía libre o disponible. Si pudiéramos observar el perfume a nivel
molecular, veríamos que las moléculas encerradas en la botella están constantemente chocando entre si a un ritmo in-
creiblemente rápido. Sin embargo, en cuanto pueden escapar del frasco, las moléculas comienzan su viaje al azar hacia
el espacio mas extenso de la habitación y, a medida que van dispersandose, colisionan entre sí con mucho menor fre-
cuencia hasta quedar uniformemente repartidas por toda la habitación.
Se han producido muchos intentos de esquivar la Ley de la Entropía. De hecho, éste parece haber sido uno de
los pasatiempos favoritos de científicos y filósofos por igual. Quizá los desafios mas impresionantes a la Ley de la En-
tropía fuesen los planteados por dos científicos sumamente respetados, J.C. Maxwell y Ludwig Boltzmann, a finales
del siglo XIX. Pero, finalmente, ambos desafíos sólo sirvieron para fortalecer la situación de la segunda ley, y por eso
vale la pena mencionarlos.
Maxwell sugirió que un ser inteligente lo bastante diminuto como para manejar moléculas individuales podria
ser capaz de violar la segunda ley. No importa que nadie haya visto jamás a este minúsculo personaje; el argumento si-
gue siendo interesante por lo que nos dice acerca de los extremos a que la comunidad científica estaba dispuesta a lle-
gar para tratar de vencer la segunda ley.
Maxwell planteó la siguiente hipótesis: tomemos un recinto, dijo, dividido en dos compartimientos comunica-
dos por una portezuela. El recinto, totalmente aislado, contiene un gas a temperatura uniforme. Segun la Ley de la En-
tropía, a temperatura uniforme no puede realizarse ningun trabajo. Maxwell trató de eludir este problema situando un
diablillo ante la portezuela que comunica los dos compartimientos. Este diablo, de vista muy aguda, se dedicaría a abrir
y cerrar la puerta, permitiendo que las moléculas con una velocidad superior a la media pasaran de izquierda a derecha,
y las moléculas con una velocidad inferior a la media pasaran de derecha a izquierda. “Puesto que las moléculas de alta
velocidad corresponden a una temperatura elevada y las de baja velocidad a una temperatura inferior, el gas contenido
en el compartimiento de la derecha iria volviéndose mas caliente, y el de la izquierda mas frio.” ,,Hace falta decir mas?
“Una vez se estableciera una diferencia de temperaturas, podría aprovecharse para impulsar un motor térmico que reali-
zara un trabajo útil.”8
Partiendo de un estado de entropía maxima, o un estado de equilibrio total y energía uniforme, Maxwell pro-
ponía una inversión del proceso entrópico sin utilizar ninguna energía exterior, cosa que habría violado la segunda ley.
En primer lugar, es evidente que en la vida real nunca seremos capaces de producir tal diablillo. Pero, para seguir la dis-
cusión, supongamos que pudiésemos encontrar el diablo adecuado y que estuviera dispuesto a encargarse de esta mi-
sión. ¿Podría realizar su tarea sin violar la segunda ley? Stanley Angrist y Loren Hepler, en un articulo publicado en Te-
xas Quarterly, sometieron el diablillo a prueba y descubrieron que ni siquiera él podía escapar a la Ley de la Entropía:

[Maxwell] suponia que su diablo sería capaz de percibir el movimiento (velocidad y di-
reccion) de las moléculas individuales y actuar en consecuencia... Cuando el diablo atisba hacia
ambos lados del recinto aislado a temperatura uniforme, la uniformidad de la radiación en todo el
recinto no le permite ver nada. La identidad de condiciones en todo el recinto le permitiría percibir
la radiación térmica y sus fluctuaciones, pero no podría ver las moléculas... Llegamos a la conclu-
sión de que el diablillo necesita su propia fuente de luz para alterar el equilibrio de la radiación en
el recinto, asi que lo equipamos con una luz para que pueda ver las moléculas. La energía de alta
calidad que la luz inyecta en el sistema proporciona al diablillo la información que necesita para
accionar la puerta y separar las moléculas de alta y baja velocidad. Aunque el diablillo es capaz de
incrementar el orden neto del gas (disminuyendo, por lo tanto, su entropía total), la fuente de luz
debe provocar un incremento mayor de desorden y entropía. Es decir, para el conjunto del sistema
(fuente de luz, diablillo y gas) habría un aumento neto de entropía tal como lo exige la segunda ley,
con lo cual se hace imposible la máquina del movimiento perpetuo.”9

Prácticamente lo único que queda demostrado con este experimento es que “no se puede obtener algo a cam-
bio de nada, ni siquiera una observación” 10
Merece la pena recordar este intento de Maxwell de escapar a la Ley de la Entropía. Más que ninguna otra co-
sa, es un reflejo de la tenaz negativa de la comunidad científica a reconocer las plenas implicaciones de lo que la Ley de
la Entropia significa para la ciencia, la filosofía y la vida sobre este planeta.
Añadiendo embarazo a la fantasía, Ludwig Boltzmann se lanzó a la lid dispuesto a rescatar la física clásica
del ineludible atolladero de la Ley de la Entropía. El “teorema h” de Boltzmann es un notable juego de manos destina-
do a dar la razón a la segunda ley al mismo tiempo que mina su poder. Boltzmann reconocía la validez de la segunda
ley hasta cierto punto. Estaba dispuesto a admitir que en un sistema cerrado la entropía va en aumento, pero no a asegu-
rar que se tratara de una certeza absoluta. Prefería la palabra probablemente a con plena certidumbre, y con ello inten-
taba convertir la segunda ley en una probabilidad o ley estadística. Según Boltzmann, aunque era improbable que la
energía se moviera de un estado mas frío a otro mas caliente, no era imposible que lo hiciera. Es importante compren-
der bien el argumento de Boltzmann, porque aun hoy es tomado en serio por muchos científicos. Sir Arthur Eddington
aborda directamente la probabilidad de que el teorema de Boltzmann llegue a funcionar siquiera una vez en el mundo
real. Eddington propone un recinto con dos compartimientos iguales separados por un tabique. El primer comparti-
miento contiene aire, y en el segundo se ha hecho el vacío. Si permitimos la comunicación entre ambos compartimien-
tos, el aire se repartirá de modo uniforme por todo el recinto. Eddington concede que en algún momento futuro cabe la
posibilidad de que todos esos miles y miles de millones de moléculas repartidas por el recinto, con sus movimientos in-
dividuales al azar, acaben reuniéndose de nuevo en el compartimiento de la derecha en un mismo instante. En cuanto a
la probabilidad de que resulte tal acontecimiento, Eddington concluye:
Si proveyéramos a un ejército de monos con maquinas de escribir, “podria ser” que aca-
baran escribiendo todos los libros del Museo Británico. La probabilidad de que lo hagan es decidi-
damente superior a la probabilidad de que todas las moléculas regresen a la misma mitad del recin-
to.” 11
Nicholas Georgescu-Roegen aún va más al meollo. Vale la pena citarlo extensamente porque su crítica de la
termodinámica estadística se centra directamente en la batalla entre el paradigma mecánico y el naciente paradigma
entrópico.
Hay que admitir, empero, que el profano se ve conducido a creer erroneamente en la posi-
bilidad de escabullirse de la entropía debido a lo que los físicos predican por medio de la nueva
ciencia conocida como mecánica estadística, pero que sería más adecuado denominar termodiná-
mica estadística. La propia existencia de esta disciplina refleja el hecho de que, a pesar de todas las
evidencias, la mente del hombre sigue aferrándose con la tenacidad de la desesperación ciega a la
idea de una realidad consistente en locomoción y nada más. Un síntoma de esta idiosincrasia fue la
tragica lucha de Ludwig Boltzmann para vender una ciencia termodinámica basada en unos fun-
damentos híbridos, donde la rigidez de las leyes mecánicas se entreteje con la incertidumbre inhe-
rente al concepto de probabilidad... Segun esta nueva disciplina, un montón de ceniza puede volver-
se capaz de calentar la caldera. Asimismo, un cadáver puede resucitar para llevar una segunda vi-
da en orden exactamente inverso a la primera. Sólo que la probabilidad de estos acontecimientos es
fantástica mentc pequeña. Si aún no hemos sido testigos de tales “milagros” proclaman los defen-
sorcs de la mecánica estadística, es sólo porque no hemos observado un número suficientcmcnte
grande de cenizas o de cadáveres. 12

Ya hemos examinado la segunda ley desde el punto de vista del paso de energía de un estado disponible a otro
no disponible y de las grandes concentraciones a las pequeñas. Aun hay otra forma, más profunda que ninguna, de con-
templar la segunda ley. La Ley de la Entropía representa también la declaración de que toda la energía de un sistema ais
lado se mueve de un estado ordenado a otro desordenado. El estado de entropía mínima, donde la concentración es má-
xima y se tiene la mayor cantidad de energía disponible, es también el estado mas ordenado. Por el contrario, el estado
de entropía maxima, donde la energía disponible ha sido totalmente disipada y dispersada, es también el es tado mas
desordenado. Esto concuerda plenamente con nuestras observaciones diarias del mundo que nos rodea. Dejadas a su
aire, las cosas no tienden espontáneamente a moverse hacia estados cada vez mas ordenados; cualquiera que haya debi-
do cuidarse de una casa o trabajar en una oficina sabe que, si las cosas se dejan desatendidas, no tardan en hallarse más
desordenadas cada vez. Devolver las cosas a un estado de orden exige un gasto adicional de energía. Imaginemos, por
ejemplo, una baraja de naipes ordenados por palos y dentro de cada palo por su numeración. La baraja se halla en un
estado de máximo orden o mínima entropía. Arrojemos la baraja al suelo y los naipes se dispersaran al azar, quedando
en un estado de desorden. Para recoger todas las cartas del suelo y ordenarlas de nuevo como estaban tendremos que
consumir más energía de la que aplicamos al principio para dispersarlas.
Hay que subrayar que cada vez que en algún lugar se invierte el aumento de la entropía es siempre a costa de
aumentar la entropía general en el medio circundante. Ello es así porque cada vez que se produce un acontecimiento
hay un gasto de energía que queda absolutamente no disponible para otro uso futuro. Esta energía disipada se añade al
sumidero de energía disipada que se ha ido acumulando a consecuencia de todos los acontecimientos del pasado. Las
tremendas implicaciones para la sociedad que de aquí se desprenden son verdaderamente abrumadoras. En palabras de
Angrist y Hepler: “Cada disminución localizada de la entropía, por acción del hombre o de una máquina, va acompaña-
da de un aumento aún mayor en la entropía del entorno, manteniendo así el necesario aumento de la entropía total.13
Albert Einstein reflexionó en cierta ocasión sobre cual de las leyes de la ciencia merecía ser calificada de ley
suprema, y concluyó con la siguiente observación:
Una teoría es más impresionante cuanto mayor sea la sencillez de sus premisas, más di-
verso el tipo de cosas que relacione y más amplio su campo de aplicación. De ahí la profunda im-
presión que produjo en mi la termodinámica clásica. Es la única teoria física de contenido univer-
sal de la que estoy convencido que, dentro del marco de aplicabilidad de sus conceptos básicos,
nunca será destronada.14

La segunda ley y la cosmologia

Cada vez que los cientificos comienzan a especular sobre la segunda ley, acaba surgiendo la cuestión de hasta
qué punto puede aplicarse. Por ejemplo,¿se aplica también la Ley de la Entropía al macromundo de las estrellas y gala-
xias que componen el universo? De hecho, la Ley de la Entropía se halla en la base de la mayor parte de las teorías cos
mológicas. El cientifico Benjamín Thompson fue el primero en sacar las consecuencias cosmológicas de la segunda
ley, en el año 1854. Segun Thompson, la Ley de la Entropía nos dice que

Dentro de un periodo finito de tiempo pasado, la Tierra debió ser, y dentro de un periodo
finito de tiempo por venir la tierra deberá volver a ser, inadecuada para residencia del hombre tal y
como éste se halla constituido actualmente, a menos que se hayan realizado, o vayan a realizarse,
operaciones que resultan imposibles segun las leyes a las que las operaciones conocidas que tienen
lugar en la actualidad en el mundo material se hallan sometidas.15

Dos años después, Helmholtz formuló lo que debía convertirse en la teoría cosmológica estandar basada en la
Ley de la Entropía. Su teoría de la “muerte térmica” declaraba que el universo se va apagando gradualmente y con el
tiempo llegará a un estado de máxima entropía o muerte térmica, donde toda la energía disponible habra sido consumi-
da y ya no se producirá ninguna actividad. La muerte térmica del universo corresponde a un estado de eterno reposo.
Hoy en dia, la teoría más generalmente aceptada sobre el origen y desarrollo del universo es la teoría del “big
bang”, o “gran explosión”. Expuesta en primer lugar por el canonigo Georges Lemaître. la teoria del big bang postula
que el universo comenzó con la explosión de una fuente de energía enormemente densa. A medida que esta energia
densa iba expandiéndose hacia el exterior, comenzó a perder velocidad y a formar galaxias, estrellas y planetas. Con-
forme la energía sigue expandiéndose y se vuelve cada vez mas difusa, y va perdiendo su orden y con el tiempo llegará
a un estado de entropía máxima, es decir, el estado de equilibrio definitivo de la muerte térmica. La teoría del big bang
coincíde con la primera y la segunda ley: nos dice que el universo comenzó con un orden completo y desde entonces no
ha dejado de moverse hacia un estado cada vez mas desordenado. Si esta teoría le resulta familiar, no se extrañe. Tanto
la vision de la historia de los antiguos griegos como la de los cristianos medievales tienen mucho en común con la idea
de los cosmólogos sobre la historia del universo.
Lo que sí es de extrañar es que ahora, en el mundo moderno, estemos dispuestos a admitir que la historia del
universo comienza con un estado perfecto y va desplazándose hacia el caos y la decadencia, pero aún asi sigamos afe-
rrándonos a la idea de que la historia terrestre sigue un camino exactamente opuesto, esto es, que se mueve desde un es-
tado de caos hacia un mundo “progresivamente” mas ordenado. Esta contradicción es tan flagrante que no deberia sor-
prendernos demasiado comprobar que se han producido intentos de formular otras teorias cosmológicas que esquiven
la Ley de la Entropía. Durante unos cuantos años estuvo de moda la “teoría de la creación continua”. En 1948, tres jo-
venes científicos, Fred Hoyle, Thomas Gold y Herman Bondi, sugirieron que, si bien no cabe duda de que el universo
se expande, la muerte térmica o entropía máxima podría evitarse mediante la introducción de entropía negativa en el
universo “desde fuera”. Si se introdujera la cantidad necesaria de nueva entropía negativa para compensar el aumento
de entropia, el universo seguiría existiendo indefinidamente e irían apareciendo galaxias nuevas mientras otras se irían
consumiendo. como en una especie de máquina del movimiento perpetuo a escala cósmica. Asi, aunque habría pérdidas
en algunas partes del universo, las ganancias en otros sectores del teatro cósmico asegurarían que el sistema en su con-
junto no decayera jamás. Por desgracia para Hoyle, Gold y Bondi, posteriores experimentos científicos invalidaron su
teoría. Durante los años sesenta, los astrónomos comenzaron a contar el número de fuentes de radio, remontándose ca-
da vez mas atrás en el tiempo y más lejos en el espacio. Para que la teoría de la creación continua se revelara correcta,
habría que demostrar al menos que no se habia producido ningun cambio sustancial en el numero de fuentes de radio
entre el pasado y el presente. Los resultados del experimento fueron demoledores para la teoría de la creación continua,
puesto que demostraron que había mas fuentes de radio en el pasado remoto de las que hay en la actualidad, corrobo-
rando así la teoria del big bang y la segunda ley, es decir, que la entropía del universo va aumentando hacia un estado
máximo o de muerte térmica.
Posteriormente han seguido recopilándose nuevos datos que invalidan la teoria de la creación continua y
ofrecen un apoyo adicional a la teoría del big bang. Se ha averiguado que los quasares, algunos de los cuales se cuentan
entre los objetos mas lejanos que se conocen, eran mucho más numerosos en el pasado, al igual que las fuentes de ra-
dio. Finalmente, dos cientificos, Penzlas y Wilson, dieron el golpe de gracia a la teoría de la creación continua con su
descubrimiento de la “radiación de fondo universal”, un fenómeno sencillamente imposible de explicar en base a los
supuestos de la teoría de la creación continua.
También se han formulado otras teorías. La teoría cíclica, por e]emplo, sostiene que el universo pasa constan-
temente por una serie interminable de fases alternativas de expansión y de contracción, sin principio ni fin. Según esta
teoría, la última “gran explosión” sólo fué una más en una serie infinita de grandes explosiones que se han producido
en el pasado y seguirán produciéndose eternamente. Cuando el actual universo en expansión llegue a la máxima entro-
pía, empezara a contraerse de nuevo hacia un estado cada vez mas ordenado hasta que todo el universo se halle concen-
trado en una masa crítica del tamaño de un núcleo atómico, en cuyo momento explotará de nuevo hacia las inmensida-
des cósmicas. En estos momentos, la teoría cíclica es aún sumamente especulativa, pues se han realizado muy pocos
experimentos que permitan corroborar o refutar su tesis central. Por ahora, lo único que podemos decir con plena certe-
za es que, para nuestro minusculo Sistema solar y el planeta Tierra, la Ley de la Entropía sigue manteniendo “la posi-
ción suprema entre las leyes de la naturaleza”.

Tiempo, metafísica y entropía

En ningún terreno es la Ley de la Entropía tan importante como en la determinación del tiempo. San Agustín
escribió: “Sé qué es el tiempo si nadie me lo pregunta, pero si intento explicarlo a quien me pregunta entonces no lo
sé”.16 El concepto del tiempo en la visión mecánica del mundo es muy distinto al de la visión entrópica. En la física
clásica, el tiempo puede ir en cualquier dirección: puesto que los principios newtonianos se basan en las matemáticas,
todo cambio experimentado por la materia en movimiento debe ser reversible, en teoría. Por ejemplo imaginemos una
película que nos muestra bolas de billar chocando entre sí. Si a continuación invertimos la película y la pasamos al re-
vés, del final al principio, aún seguirá pareciéndonos perfectamente correcta, pese a estar invertida. Siempre que este-
mos tratando con materia sencilla en movimiento, en el sentido newtoniano, el tiempo puede representarse indistinta-
mente como +T o como -T. Pero si ahora proyectamos una segunda película sobre las cataratas del Niágara y la pasa-
mos al revés, todo resulta absurdo: el agua fluye desde el pie hasta la parte superior de las cataratas. Si bien el modelo
newtoniano basado en las matemáticas nos dice que, en teoría, el agua podría invertir su curso y correr hacia arriba, to-
dos sabemos que es imposible que eso suceda. El motivo de esta imposibilidad nos lo explica la segunda ley.
“El tiempo no espera a nadie.” “El tiempo no pasa en vano.” “No se puede volver atrás en el tiempo.” ;Muy
cierto! La cuestión es que el tiempo, según lo experimentamos, es irreversible. El tiempo avanza en una sola dlrección,
siempre adelante. Y este avance hacia adelante, a su vez, es función del cambio en la entropía. El tiempo refleja el cam-
bio de la energía de un estado de concentración a otro de disipación, o de orden a un mayor desorden. Si el proceso en-
trópico pudiera invertirse todo lo que se ha hecho podría deshacerse. En palabras de Lord Kelvin “Los peñascos se ele-
varían del fango y regresarían a la cumbre de la montaña de donde antes se desprendieron.’’l7
El tiempo va siempre hacia adelante porque la propia energía está siempre moviéndose de un estado disponi-
ble a un estado no disponible. Nuestra conciencia registra constantemente el cambio de la entropía en el mundo que nos
rodea. Vemos que nuestros conocidos envejecen y mueren. Nos sentamos junto al fuego y vemos cómo sus brasas al ro-
jo vivo se convierten lentamente en fría ceniza blanca. Nuestra experiencia nos dice que el mundo nunca cesa de cam-
biar a nuestro alrededor, y esta experiencia es el despliegue de la segunda ley. Se trata del irreversible proceso de disi-
pación de la energía en el mundo. ¿Qué significa la expresión, “al mundo se le está acabando el tiempo”? Es muy senci-
llo. Nosotros experimentamos el paso del tiempo por la sucesión de acontecimientos que se despliegan uno tras otro. Y
cada vez que ocurre un acontecimiento en cualquier punto del mundo, se gasta energía y la entropía general va en au-
mento. Decir que al mundo se le acaba el tiempo, pues, equivale a decir que al mundo se le acaba la energía utilizable.
Según Sir Arthur Eddington, “la entropía es la flecha del tiempo”
Tanto la visión del mundo de los antiguos griegos como la de los cristianos medievales, con su concepto de la
historia como un proceso de movimiento del orden a la decadencia, reflejaban su comprensión de la verdadera direc-
ción de la flecha del tiempo y el proceso entrópico. Al prescindir de las verdades de la Ley de la Entropía, el paradigma
existente basado en la mecánica de Newton ha creado el espejismo de que el tiempo es un proceso autónomo e indepen-
diente del funcionamiento de la naturaleza. Este sentido de alienación de la naturaleza comenzó con la sugerencia de
Bacon de que existía una separación total entre la gente y el medio ambiente. El meollo del método científico reside en
el establecimiento de una neutralidad y desapego absolutos entre el observador y lo observado, de forma que la natura-
leza pueda ser manipulada a distancia y utilizada para favorecer los intereses materiales de la humanidad.
Al encontrar un método para organizar el mundo que en efecto separaba la gente de la naturaleza, la verdade-
ra relación entre la vida, el tiempo y el proceso entrópico quedó eliminada de la conciencia humana. A partir de ahí, no
resulta difícil comprender cómo Locke y sus amigos pudieron elaborar una visión del mundo que contradecía por com-
pleto el funcionamiento real del mundo. En tanto que la Ley de la Entropía declara que todas las cosas de la naturaleza
sólo pueden transformase de un estado utilizable a otro inutilizable, Locke proclamaba lo contrario. Con su afirmación
de que todo en la naturaleza era baldío hasta que las personas se apoderaban de ello y lo transformaban en cosas utiliza-
bles y valiosas, Locke y los demás arquitectos del actual paradigma mecánico argumentaban que el mundo estaba de
hecho “progresando” del caos al orden. Respecto al paso del tiempo, su razonamiento era que cuanto más deprisa fuera
transformada la naturaleza, más progreso habría, más ordenado se hallaría el mundo y más tiempo se ganaría.
Esta visión del tiempo y de la historia es absolutamente contraria a la realidad. Como ya hemos dicho, el
tiempo sólo puede existir en tanto haya energía disponible para realizar algún trabajo. La cantidad de tiempo real que se
gasta refleja directamente la cantidad de energía consumida. A medida que el universo va agotando toda su energía dis
ponible, cada vez pueden suceder menos acontecimientos, y eso significa que cada vez queda menos tiempo “real” dis-
ponible. A la larga, cuando se llegue al estado de equilibrio final o muerte térmica, ya no podrá ocurrir nada, y entonces
el tiempo tal como lo experimentamos dejará de existir, por la sencilla razón de que ya no pasará nada. Por consiguien-
te, cuanto más deprisa se consuma la energía del mundo, menos acontecimientos posibles quedarán por desplegar y, en
consecuencia, menos tiempo quedará en el mundo. Lo cierto es que nunca ahorramos tiempo a base de utilizar mayores
cantidades de energía; al contrario, cuanta más energía utilizamos, más tiempo consumimos. La próxima vez que al-
guien le pregunte cuánto tiempo ha ahorrado al dedicar mayor energía para hacer una cosa más deprisa, piense en la
Ley de la Entropía y en la flecha del tiempo, y luego piense en la curiosa manera de concebir la historia que hemos de-
sarrollado en los últimos 400 años.
Aún hay otro aspecto de la entropía y el tiempo que merece ser examinado. Si bien la entropía nos dice la di-
rección del tiempo, no dice nada de su velocidad. Lo cierto es que el proceso entrópico cambia constantemente de velo-
cidad. La entropía aumenta con cada suceso que se produce en el mundo, pero este aumento es a veces más rápido y a
veces más lento. Su velocidad depende de cuántos bebés nacen, cuántas hojas de hierba mueren, cuántos automóviles
se construyen, cuántas gotas de lluvia llegan al suelo, cuánto viento sopla y cuántos guijarros son reducidos a arena por
las olas que bañan las playas del mundo.
Los seres humanos siempre han debatido la cuestión de si la historia está predeterminada o si, por el contra-
rio, podemos ejercer cierta medida de libre albedrío sobre el despliegue de los acontecimientos. La Ley de la Entropía,
más que ningún otro concepto que hayamos descubierto, se acerca mucho a la solución de esta pregunta. Al establecer
la dirección del tiempo, la segunda ley fija los límites dentro de los cuales nos vemos obligados a actuar: no podemos
invertir el paso del tiempo ni el aumento de la entropía. Esto viene irrevocablemente determinado. Pero podemos ejer-
cer nuestro libre albedrío a la hora de determinar la velocidad con que se mueve el proceso entrópico. Toda acción que
los seres humanos efectuamos en el mundo acelera o reduce el aumento de la entropía. Según la forma en que elegimos
vivir y comportarnos, podemos decidir a qué velocidad se disipa la energía disponible en el mundo. Y éste es el punto
donde la ciencia confluye con la metafísica y la ética. Las plenas implicaciones de esta conjunción entre el libre albe-
drío, el determinismo y el proceso entrópico serán analizadas detenidamente en otra parte de este libro, cuando exami-
nemos la naturaleza de la tecnología y la teoría económica.

La vida y la segunda ley

Si la entropía total del mundo va constantemente en aumento, ¿cómo puede explicarse la aparición de la vida?
Ciertamente, los seres vivos exhiben un alto grado de orden. La misma evolución parece representar una continua acu-
mulación de orden a partir del desorden. Nadie puede negar que un bebé acumula cantidades de energía cada vez mayo-
res a medida que va creciendo. Cada vez que observamos una planta o un animal, nos maravillamos de lo bien organi-
zados que están los miles de millones de moléculas que lo componen. La vida, pues, debe de violar la segunda ley, ¿no
es cierto? ¡De ninguna manera! Durante mucho tiempo los científicos se han mostrado confusos respecto a esta cues-
tión. Ahora reconocen que, como todo lo demás que existe en el mundo, tampoco la vida puede escapar al férreo impe-
rativo de la Ley de la Entropía. Según Harold Blum, en su libro La flecha del tiempo y la evolución, “La pequeña dis-
minución local de la entropía observada en la construcción del organismo va asociada con un aumento mucho mayor en
la entropía del universo’’.l8
Los seres vivos son capaces de moverse en una dirección opuesta a la del proceso entrópico porque absorben
energía libre del entorno. En último término, la fuente de esta energía libre es el Sol. Toda la vida vegetal y animal de-
pende del Sol para su supervivencia, ya sea directamente, como es el caso de las plantas que realizan la fotosíntesis, o
indirectamente, como es el caso de los animales que se alimentan de plantas o de otros animales. Todo ser viviente so-
brevive, según palabras del físico Erwin Schrodinger, ganador del Premio Nobel, “extrayendo continuamente entropía
negativa de su entorno... Todo organismo se alimenta de entropía negativa; nunca cesa de absorber orden de su medio
ambiente’’.l9
Dicho de otro modo, la tendencia natural de todos los seres vivos es la de moverse hacia el equilibrio. Los
humanos, por ejemplo, estamos disipando energía constantemente, cada vez que pensamos en algo o que movemos un
dedo. Para no disiparnos hasta un estado de equilibrio, que sería la muerte, necesitamos recibir un aporte continuo de
energía libre (entropía negativa) desde el medio circundante. Cualquiera que no esté convencido de esta verdad es por-
que seguramente no ha visto nunca un cadáver. A las pocas horas de la muerte, el cuerpo comienza a descomponerse
por completo y se disipa en un caos total.
Al principio, a los científicos les resultó difícil calcular cómo afecta la segunda ley a los sistemas vivientes
porque la termodinámica de equilibrio se refiere a sistemas cerrados, es decir, sistemas en los que hay intercambio de
energía pero no de materia con el entorno circundante. Los seres vivos, en cambio son sistemas abiertos, pues intercam-
bian materia y energía con el exterior. Los sistemas vivientes nunca pueden alcanzar un estado de equilibrio mientras
viven, pues un estado de equilibrio equivale a la muerte. Así pues, los seres vivos se mantienen lejos del estado de equi-
librio alimentándose constantemente con la energía libre que los rodea. Este estado se denomina “estado estable”. Si el
flujo de materia y energía por el organismo viviente se interrumpe, éste abandona el estado estable y deriva hacia el
equilibrio y la muerte. En los sistemas vivientes, pues, la principal preocupación no es la entropía, sino el flujo de ener-
gía. Esta rama de la ciencia se llama termodinámica de no equilibrio. Aunque los sistemas en no equilibrio no pueden
explicarse de la misma manera que los sistemas en equilibrio, también se ajustan al imperativo general impuesto por la
segunda ley, como veremos a continuación.
“Todos los seres vivos”, dijo Bertrand Russell, “son una especie de imperialistas, que pretenden transformar
la mayor parte posible del medio ambiente en ellos mismos y su semilla.”20 En este proceso de asimilación de energía,
todo ser vivo sobre el planeta disipa también energía, a medida que esta energía fluye por su organismo, y al menos par-
te de ella queda no disponible para futuro uso. También es verdad que incluso la menor partícula de plancton mantiene
su propio orden a expensas de crear un desorden mayor en el medio que la rodea. En el caso de una planta, ésta sobrevi-
ve por medio de la fotosíntesis, que le permite absorber entropía negativa de los rayos del Sol. En este proceso, la plan-
ta sólo recoge y aprovecha una minúscula fracción de la energía solar; el resto queda disipado. En comparación con la
pequeña disminución de entropía en la planta, la pérdida de energía para el medio en general es descomunal.
El aumento de la entropía queda aún más claramente ilustrado en la cadena alimentaria normal. El químico
G. Tyler Miller propone una cadena alimentaria muy sencilla para demostrar el asunto. Esta cadena se compone de
hierba, saltamontes, ranas, truchas y humanos. Ahora, según la primera ley, la energía nunca se pierde. Pero según la
segunda ley, en cada eslabón de la cadena alimentaria parte de la energía disponible debe convertirse en energía no dis-
ponible, con lo que el entorno global debe experimentar un mayor desorden. De hecho, esto es exactamente lo que su-
cede. En cada etapa del proceso, cuando el saltamontes se come la hierba y la rana se come al saltamontes y la trucha se
come a la rana, y así sucesivamente, se produce una pérdida de energía. En el proceso de devorar la presa, dice Miller,
“alrededor del 80 o el 90 por ciento de la energía se desperdicia y se disipa en el medio ambiente en forma de calor”.21
Sólo entre un 10 y un 20 por ciento de la energía devorada permanece en los tejidos del predador para ser
transmitida al siguiente eslabón de la cadena alimentaria. Pensemos por un instante en el número de ejemplares de cada
especie que hace falta para impedir que la especie inmediatamente superior se deslice hacia la entropía máxima. “Ha-
cen falta trescientas truchas para mantener a un hombre durante un año. A su vez, las truchas deben consumir 90.000
ranas, que deben consumir 27 millones de saltamontes, que se alimentan con 1.000 toneladas de hierba.”22
Así pues, para que un ser humano mantenga un alto nivel de “orden”, debe utilizar la energía contenida en 27
millones de saltamontes o 1.000 toneladas de hierba. ¿Queda aún alguna duda de que todo ser vivo mantiene su propio
orden sólo a costa de crear un mayor desorden (o disipación de energía) en el medio ambiente? La energía fluye cons-
tantemente a través de todos los organismos vivientes, entrando en el sistema como energía de alto nivel y saliendo de
él en un estado más degradado. Los organismos sobreviven porque pueden acumular entropía negativa de su entorno.
La lucha por la existencia depende de lo bien equipado que esté cada organismo para captar energía disponible. El bió-
logo Alfred Lotka fue uno de los primeros en relacionar el flujo de energía por el organismo con la evolución biológica.
Lotka dijo que toda especie puede considerarse como un tipo distinto de “transformador” para captar y utilizar energía
dis ponible. Cada transformador, u organismo, está equipado con una variedad de dispositivos que utiliza para absorber
energía de su ambiente.
Según Lotka, “La estrecha asociación de los principales órganos sensoriales -ojos, oídos, nariz, papilas gusta-
tivas, papilas táctiles en las yemas de los dedos- con el extremo anterior del cuerpo [la cabeza], el extremo donde está la
boca, todo apunta hacia la misma lección”.23 La lección es que los organismos están diseñados para ser recolectores y
transformadores de energía. Si no estuvieran diseñados así, no podrían sobrevivir. Desde el punto de vista de la evolu-
ción, Lotka argumenta que la selección natural favorece a aquellos organismos que son capaces de “aumentar la masa
total del sistema, el ritmo de circulación de la masa a través del sistema y el flujo total de energía a través del sistema...
en tanto haya presente un residuo de materia no utilizada y energía disponible”.24
Esta afirmación de Lotka en el sentido de que la selección natural favorece a aquellos organismos que maxi-
mizan el flujo de energía a través del sistema ha sido posteriormente modificada (incluso por el propio Lotka). Actual-
mente se admite que la maximización del flujo energético es una respuesta común en las fases iniciales del desarrollo
de un sistema ecológico, cuando todavia existe un exceso de energía disponible. Sin embargo, a medida que diversas
especies comienzan a ocupar un hábitat ecológico determinado, se ven obligadas a adaptarse a la capacidad de sustento
del medio ambiente mediante una utilización más eficaz de un menor flujo de energía. La fase inicial de flujo máximo-
suele denominarse fase de colonización, y la fase posterior de minimo flujo se conoce como fase culminante.
En conjunto, el homo sapiens aún no ha pasado de la fase de colonización a la culminante. Los seres huma-
nos, sobre todo en las sociedades muy industrializadas, siguen incrementando el flujo de energía a través de sus orga-
nismos físicos y sociales. La crisis mundial que tiene hoy planteada la humanidad es una crisis de transición. En la pró-
xima era, la humanidad se habrá instalado en su fase culminante y ordenará sus actividades de tal manera que el flujo
de energía a través de los procesos humanos y sociales se vea minimizado. Si no lo hace así, probablemente sufrirá la
misma suerte que otras especies que en el pasado fueron incapaces de realizar la transición. La epopeya de la vida está
plagada de especies extintas, y no le resultaría muy dificil añadir al menos un nombre más a la ya larga lista.
Estamos muy habituados a pensar en la evolución biológica desde el punto de vista del progreso. Ahora sabe-
mos, en cambio, que cada especie sucesiva en la cadena evolutiva transforma mayores cantidades de energía de un esta-
do utilizable a otro inutilizable. En el proceso de la evolución, cada especie sucesiva es más compleja y por consiguien-
te se halla mejor preparada para transformar la energía disponible. Lo que realmente nos cuesta aceptar, empero, es que
cuanto más elevada se halle una especie en la cadena evolutiva, más grandes son el flujo de energía y el desorden crea-
do en el entorno general.
La Ley de la Entropía dice que la evolución disipa el total de energía disponible para la vida en este planeta.
Nuestro concepto de evolución es radicalmente opuesto: creemos que la evolución crea mágicamente un mayor valor
general y más orden en la Tierra. Ahora que nuestro medio ambiente está volviéndose tan disipado y desordenado que
re sulta evidente a primera vista, comenzamos a plantearnos por primera vez algunas dudas sobre nuestras ideas acerca
de la evolución, el progreso y la creación de productos de valor material. En capítulos posteriores analizaremos más a
fondo las implicaciones de todo esto.
Dejando aparte explicaciones y racionalizaciones, no hay forma de eludir este hecho. La evolución consiste
en la creación de islas de orden cada vez mayores a costa de producir océanos de desorden más y más grandes. No exis-
te ni un solo físico o biólogo que pueda negar esta verdad fundamental. Pero, ¿quién está dispuesto a tomar la palabra
en un aula o en un foro público para decirlo así?
Si esta explicación de la evolución parece excesivamente deprimente para tomarla en serio, es sólo porque es-
tamos tan apegados a la presente visión del mundo que cualquier otra forma de organizar nuestros pensamientos se nos
antoja absolutamente inaceptable. Sin embargo, hasta que no reconozcamos y aceptemos que la segunda ley es la base
de la vida y la evolución, no estaremos en condiciones de efectuar la transición desde nuestra fase actual de coloniza-
ción a la fase culminante de la existencia.

Los instrumentos exosomáticos y la energía


Aunque todos los seres vivientes están empeñados en una batalla constante para obtener energía disponible de
su medio ambiente, sólo el “homo sapiens” cuenta con accesorios externos que le ayudan a llevar a cabo este proceso.
Los demás animales dependen de su propia anatomía -de sus ojos, oídos, olfato, dientes, garras- para obtener energía.
Los seres humanos, en cambio, debido al mayor desarrollo de nuestro cerebro y nuestro sistema nervioso, hemos con-
seguido ampliar y extender nuestro aparato biológico natural mediante la creación de toda suerte de herramientas. Los
científicos y los antropólogos denominan “exosomáticos” a estos instrumentos, para distinguirlos de los órganos endo-
somáticos con que estamos dotados al nacer.
Cuando hablamos de instrumentos exosomáticos, de hecho nos referimos a todo el conjunto de herramientas
que las personas utilizan para captar, transformar y procesar energía disponible (o entropía negativa) a través de nues-
tros organismos. Fabricamos herramientas y máquinas para extraer energía del ambiente; edificamos casas para retener
ener gía y mantener el calor de nuestro cuerpo; construimos carreteras y puentes e inventamos nuevas formas de viajar
para facilitar el transporte de la energía de un lugar a otro; creamos lenguajes, instituciones económicas y gobiernos pa-
ra organizar mejor el tratamiento y la distribución de la energía.

Todas estas actividades exosomáticas tomadas en su conjunto constituyen una gran parte de la cultura huma-
na. El desarrollo social, a fin de cuentas, es básicamente un intento de crear bolsas de orden que favorezcan la supervi-
vencia humana. Puesto que los humanos, como las demás criaturas, sobrevivimos gracias a nuestra capacidad de man-
tener un flujo constante de energía, nuestras culturas actúan como instrumentos para capturar energía del medio am-
biente. La primera y la segunda ley de la termodinámica, por tanto, son los principios supremos que rigen el funcionamiento
de toda cultura y civilización, del mismo modo en que rigen el resto del universo. Suponer que podemos dejar estas le-
yes fuera de los muros de la ciudad es tan peligroso como creer que podemos sobrevivir sin un flujo constante de cner-
gía a través de nuestro organismo.
Si tuviéramos que reducir todas las actividades complejas que se desarrollan dentro de una cultura a unas po-
cas categorías, sin duda los términos transformar, intercambiar y desechar energía ocuparían los primeros lugares de la
lista. Los seres humanos siempre estamos atareados en uno o más de estos procesos. Sin embargo, a menudo nos resul-
ta dificil verlos como en realidad son, porque han llegado a estar muy relacionados con actividades que no parecen te-
ner nada que ver con la naturaleza en sí. Aun así, si nos detenemos a arrancar las capas y capas de barniz cultural que se
han acumulado a lo largo de los siglos, nos daremos cuenta de que, en el fondo, siempre se está transformando, inter-
cambiando y desechando energía. Si esto le parece difícil de creer, haga usted mismo la prueba. Tómese un día entero
para observar todo aquello con lo que entre en contacto: las cosas que ve, oye, toca, huele, siente o consume, las cosas
que transforma, las cosas que intercambia. A continuación, intente seguir cada objeto o experiencia en ambos sentidos,
hacia su fuente original y hacia su destino final. Es más que probable (de hecho, está garantizado), que compruebe que
todo comenzó como cierta forma de materia prima (energía disponible) y todo acabará en alguna parte como desechos
inutilizables (energía no disponible).
La energía es la base de la cultura humana, así como que es la base de la vida. Por tanto, en cualquier socie-
dad el poder corresponde, en último término, a quien controle los instrumentos exosomáticos que se utilizan para trans-
formar, intercambiar y desechar la energía. Las divisiones de clase, la explotación, los privilegios y la pobreza vienen
determinados por la forma en que se organiza la línea de flujo de la energía en una sociedad dada. Quienes controlan
los instrumentos exosomáticos controlan también la línea de flujo de la energía. Son ellos quienes deciden cómo repar-
tir el trabajo en la sociedad y cómo distribuir las recompensas económicas entre los diversos grupos y elementos.
Naturalmente, los antropólogos saben desde hace tiempo que la base energética de un medio ambiente deter-
minado es uno de los principales factores que conforman la cultura. Los antropólogos marcan los periodos de la historia
según los cambios en la forma en que la gente organiza su medio ambiente. Por este motivo, es importante examinar los
rasgos característicos de algunos de estos periodos históricos y el hilo conductor que todos ellos tienen en común. Este
hilo conductor es la Ley de la Entropía.
TERCERA PARTE
La entropía:
un nuevo marco histórico
Divisorias de la historia y la entropía
ˇLes gens heureux n’ont pas d’histoire.” Este viejo adagio frances significa: “La gente feliz no tiene historia”.
Hay un proverbio norteamericano que dice: “La necesidad es la madre del ingenio”. Tomados conjuntamente, estos dos
proverbios nos permiten comprender gran parte de la historia. Seguramente los historiadores protestarán; dirán que el
mundo es mucho más complicado, que hay sutilezas, matices, significados ocultos e impulsos inconscientes que deben
ser tenidos en cuenta. Arnold Toynbee insistirá en que la historia social es en realidad una serie de desafíos culturales y
ambientales, con las respuestas que éstos suscitan. Oswald Spengler aducirá que la historia de la civilización es un pro-
ceso cíclico de nacimiento, maduración y muerte, como la propia vida. Ortega y Gasset proclamará que la historia es un
proceso nivelador en el cual la enorme creatividad de unas minorías carismáticas es apropiada y absorbida por las ma-
sas, con lo que pierde su lustre y su vitalidad. Marx sostendrá que la historia es en realidad dialéctica y material, y que
cada realidad que se despliega lleva ya en sí las semillas de su propia destrucción y el germen de una nueva realidad
que la sustituirá.
Cada uno de estos pensadores ha identificado una parte del rompecabezas histórico. Sin embargo, como en el
caso de cualquier otro rompecabezas, la tarea de ensamblar las distintas piezas resulta siempre más difícil cuando no se
posee un conocimiento previo de lo que el rompecabezas representa. La clave para comprender el rompecabezas de la
historia es la Ley de la Entropía y los dos proverbios ya citados. Si rebajamos la historia a un nivel personal, las cosas
resultan claras de inmediato: cuando usted y yo nos sentimos verdaderamente satisfechos con el rumbo que lleva nues-
tra vida, muy rara vez o nunca se nos ocurre introducir un cambio radical en nuestra forma de vivir. ¿Por qué habríamos
de hacerlo? Nadie quiere acabar con una cosa buena.
En el plano personal, comenzamos a plantearnos cambios radicales en nuestra forma de hacer las cosas cuan-
do nuestra actitud ante la vida nos falla en algún sentido. Todos hemos experimentado la sensación de crisis personal, el
trauma de tener que replantear nuestra vida, el temor de ensayar algo nuevo e inexplorado. Sin embargo, es precisa-
mente en estos momentos, cuando las antiguas costumbres ya no nos dan resultado, cuando empezamos a pensar, a ve-
ces furiosamente, en posibles soluciones. Los jugos mentales y emocionales comienzan a fluir. , yˇ así empezamos a
experimentar confusamente con diversas posibilidades. Finalmente, damos con una o más alternativas que parecen pro-
metedoras y nos aferramos a ellas..., por lo menos, hasta que se presenta la siguiente crisis.
La historia personal no es muy distinta de la historia social. En ambos casos, la satisfacción marca los perio-
dos en blanco y las crisis marcan los periodos de ingenio e innovación. Por desgracia, la mayoría de los historiadores
modernos (no todos) propone el argumento exactamente opuesto, y debido a ello vamos a tener que olvidar por unos
instantes lo que nos dicta el sentido común para examinar sus ideas a este respecto.
La teoría del ocio, o de los excedentes, dice que los cambios importantes en la forma de actuar de la gente se
producen cuando ésta ha acumulado suficiente abundancia o excedentes como para disponer de un tiempo libre que les
permite pensar, experimentar e innovar. Por ejemplo, suele señalarse a menudo que las sociedades cazadoras-recolecto-
ras no habrían podido efectuar la transición a la agricultura si antes no hu bieran conseguido acumular un excedente. El
razonamiento aducido es que a una gente siempre al borde del hambre “le resultaría difícil dedicar sus recursos a un
acontecimiento futuro, la cosecha”. 1 Dicho de otro modo, un grupo de personas hambrientas no pueden dejar de cazar
y recolectar durante cinco o seis meses para ocuparse de los campos.
A primera vista, este argumento parece razonable, pero si lo examinamos detenidamente veremos que no se
sostiene. En primer lugar, supongamos que una sociedad de cazadores-recolectores consiguiera acumular excedentes.
Esto querría decir que su medio ambiente estaba bien provisto de animales, frutas, frutos secos y bayas, en cantidad
más que suficiente para subvenir a sus necesidades. En tal caso, ¿ por qué habrían de pensar en abandonar toda una for-
ma de vida para ádoptar una existencia nueva, incierta, peligrosa e inexplorada como agricultores? Las personas no
destruyen su forma de vivir cuando las cosas les van bien.
No obstante, según la moderna visión del mundo, la historia es una línea constante de progreso donde los ex-
cedentes de cada periodo proporcionan el margen de tiempo libre que hace falta para inventar nuevas herramientas y
tecnologías, que a su vez producen mayores excedentes materiales, que dejan aún más tiempo libre para descubrir he
rramientas y tecnologías más avanzadas, que proporcionan más excedentes y más tiempo de ocio. La máquina del mun-
do newtoniana está siendo constantemente perfeccionada y ampliada, con lo que nuestras vidas se vuelven cada vez
más cómodas y seguras. Tal es nuestra visión del mundo, la forma en que vemos las cosas. No es de extrañar que el
mundo que nos rodea esté volviéndose cada vez más borroso. La historia, de hecho, con frecuencia se ha desarrollado
justo al contrario de la forma en que hemos sido condicionados a pensar.
Todos los datos sugieren que los cazadores-recolectores se dedica ron a la agricultura por necesidad. La caza
y las plantas comestibles comenzaron a escasear cada vez más, se agotaron los nuevos territorios y la expansión geo-
gráfica se hizo imposible. Esta crisis de supervivencia impuso la experimentación. Se ensayaron nuevas ideas. La agri-
cultura comenzó a imponerse gradualmente, paso a paso, a medida que la antigua forma de vivir basada en la caza y la
recolección iba volviéndose cada vez menos económica. Los estudios realizados sobre las pocas sociedades cazadoras-
recolectoras que aún existen tienden a confirmar esta pauta de “escasez, crisis, experimentación”. Sin embargo, no hace
falta que nos centremos exclusivamente en este cambio crucial de la historia, porque disponemos de datos sobre otros
cambios importantes en la cultura humana ocurridos posteriormente; con contadas excepciones, todos indican que las
grandes transformaciones no se produjeron a consecuencia de la acumulación de abundancia, sino como resultado de la
disipación de los recursos existentes. ¿Qué significa esto? Que la historia es un reflejo de la segunda ley. El proceso en-
trópico general se mueve siempre hacia un máximo. Con cada acontecimiento, cierta cantidad de energía queda disipa-
da para siempre. En el curso de la historia se llega a divisorias críticas cuando todos los aumentos de entropía acumula-
dos conducen a un cambio cualitativo en la fuente de energía del ambiente en sí. En estos puntos críticos de transición,
la antigua manera de hacer las cosas deja de ser operativa. La entropía del medio ambiente llega a ser tan alta que se
produce un desplazamiento hacia un ambiente energético nuevo, junto con la creación de un nuevo tipo de tecnología y
la aparición de nuevas instituciones sociales, económicas y políticas.
La Ley de la Entropía nos dice también que cada uno de estos cambios cualitativos en el ambiente es más du-
ro y estricto que el anterior, en cuanto a la energía disponible. Esto es así porque, en cada fase sucesiva, las reservas de
energía disponible en el mundo se han disipado hasta niveles cada vez más bajos. El desorden total del mundo va siem-
pre en aumento; la cantidad de energía disponible disminuye siempre. Puesto que la supervivencia humana depende de
la energía disponible, esto ha de implicar que cada vez es más difícil sostener la vida humana y que cada vez hace falta
más trabajo, no menos, para mantener la existencia en un medio ambiente que se va volviendo menos pródigo. Puesto
que el día no es lo bastante largo para que los seres humanos realicen por sí solos todo el trabajo adicional que les exige
la creciente escasez de energía en el ambiente, en cada fase de la historia se hace necesario ingeniar tecnologías más
complejas sólo para mantener un nivel moderado de existencia humana.
Los valedores del paradigma newtoniano no pueden admitir estas ideas. Según ellos, las nuevas tecnologías
cada vez más complejas siguen creando una mayor abundancia al sustituir la energía humana, poco eficaz, por la más
eficaz energía no humana, cosa que redunda en una continua mejora de las condiciones de vida. En eso consiste el pro-
greso, a fin de cuentas. De hecho, no es raro que se mida el progreso cultural midiendo el incremento en el uso de ener-
gía no humana. En las sociedades cazadoras-recolectoras, la gente depende básicamente de su propia fuerza muscular
como fuente principal de energía. Un adulto corriente es capaz de generar aproximadamente una décima parte de un ca-
ballo de vapor. Si comparamos esta cifra con los miles de caballos de vapor que tiene hoy a su disposición el norteame-
ricano medio gracias a la tecnología moderna, dicen los defensores del paradigma newtoniano, nos resultará evidente
que la historia es progreso y que las condiciones de vida son mucho mejores hoy que en el pasado remoto. Tras este ti-
po de razonamiento subyace una suposición fundamental: que cuanto mayor sea el flujo de energía a través de una so-
ciedad, más eficiente ha de ser ésta, más progresos hace la civilización y más ordenado se vuelve el mundo.
Ya es hora de acabar con estas ideas descabelladas de una vez por todas. Si bien es cierto que cada nuevo
adelanto técnico suele acelerar el proceso de extracción y flujo de la energía por el sistema, debemos recordar que la
energía no puede ser creada ni destruida, y que sólo puede transformarse en un sentido, de disponible a no disponible.
Por consiguiente, cada aumento de la eficiencia, medido según las nuevas tecnologías diseñadas para acelerar el flujo
de energía, sólo sirve para apresurar el proceso general de disipación de la energía y aumentar el desorden en el mundo.
A medida que el proceso de flujo de la energía ha ido acelerándose, la separación entre cada nueva divisoria entrópica
se ha acortado. Hicieron falta cientos de miles de años para que se agotara el medio ambiente que sustentaba a las so-
ciedades cazadoras recolectoras antes de que se vieran obligadas a efectuar la transición a una base agrícola. Hicieron
falta decenas de miles de años antes de que la gente “tuviera” por fin que pasar de un entorno agrícola a un entorno in-
dustrial. En cuestión de unos pocos cientos de años, la gente ha llegado a agotar la base de recursos del medio ambiente
industrial (las fuentes de energía no renovable) y se enfrenta hoy a una nueva divisoria entrópica.
Además, y en contra de lo que generalmente suele creerse, el hecho de aplicar más y más energía por persona
para que cada individuo pueda sobrevivir no equivale a una mayor eficacia, al menos si definimos correctamente la efi-
cacia como una disminución del trabajo. En realidad, es todo lo contrario. El trabajo, en último término, no es más que
el gasto de energía disponible. Hoy en día, en el mundo industrial moderno, para mantenernos tenemos que “gastar”
mil veces más energía por persona de la que se gastaba en la antiguedad. Si hemos llegado a creer que de algún modo
ahora se hace “menos” trabajo, sólo porque ahora el trabajo se hace por medio de máquinas y no de fuerza muscular,
estamos en un triste error.
En el curso de la historia han existido culturas excepcionales que han sido capaces de sobrevivir durante lar-
gos periodos de tiempo dentro de un mismo entorno energético, culturas que fueron capaces de efectuar la transición de
una fase colonizadora a una fase culminante de la existencia. Para estas culturas, la adaptación al entorno existente se
logró mediante una reducción del flujo de energía, con la consiguiente disminución del aumento de la entropía en el
medio circundante. Por supuesto, y aun con el sistema culminante mejor adaptado, en el mundo real resulta imposible
impedir que a la larga se produzca un cambio cualitativo en un entorno energético dado: se trata siempre de la rapidez o
la lentitud con que se llegará a estas sucesivas divisorias entrópicas. Resulta interesante comprobar que las culturas que
han al canzado un “estado estable” en su medio ambiente tienden a ver el mundo como un sistema muy cerrado, un sis-
tema que ellos ya han llenado y del que no hay escapatoria. Para ellas, “vivir dentro de sus límites” es una segunda na-
turaleza.
La visión moderna del mundo, no obstante, refleja una concepción muy distinta. El paradigma de la máquina
se basa en la materia en movimiento. Concede un mayor valor a la locomoción y la distancia. Lleva inherente la imagen
de un crecimiento constante. Los límites son señal de derrota. El espíritu de nuestra época es de expansión y conquista
Por encima de todo, siempre hay nuevos mundos que conquistar Salvo que ahora la población humana se multiplica por
dos cada Cuarenta años y todos los rincones del planeta parecen hallarse abarrotados, con sitio únicamente para estar de
pie. Cada vez nos resulta más difícil localizar fuentes de energía disponible y lugares a los que arrojar nuestros dese-
chos. Estamos empezando a llegar a los limites exteriores del planeta y, mientras nos empujamos y zarandeamos unos a
otros, una nueva voz se deja oír desde lo mas profundo de la muchedumbre. Esta voz se hace cada día más fuerte y nos
dice que debemos aprender a “vivir dentro de nuestros límites”. La fase colonizadora del ˇhomo sapiens ˇha llegado en
verdad a su fin.
Aun así, sigue habiendo quienes se niegan a aceptar lo evidente. Hoy en día, la mentalidad conquistadora si-
gue en vigor entre los entusiastas del espacio, que afirman que siempre nos queda el recurso de colonizar y explotar
otros planetas. Sus esperanzas son irrealizables. Enviar al espacio sólo el aumento de población de la Tierra en seis días
de nacimientos costaría el equivalente del producto nacional bruto de Estados Unidos de un año entero. Por otra parte,
los astrónomos nos dicen que el sistema solar más próximo provisto de planetas cuyas condiciones climatológicas pue-
dan ser comparables se halla a diez años luz de distancia, y con nuestra tecnología actual el viaje hasta allí llevaría cien
años. Además, no tenemos ninguna certeza de que pudiera albergar la vida tal como la conocemos. Por último, la idea
de que podríamos extraer recursos minerales de otros planetas y enviarlos a la Tierra en las cantidades necesarias es
completamente absurda. El coste de extraer recursos adicionales en la misma Tierra ya empieza a resultar prohibitivo.
Aún suponiendo que pudiéramos encontrar planetas con recursos que fueran de algún modo utilizables aquí en la Tie-
rra, nos sería de todo punto imposible sufragar la extracción y el transporte de materias primas desde tan lejanos luga-
res.
Sólo mediante la decisión consciente de respetar los límites físicos de este sistema cerrado que llamamos pla-
neta Tierra podremos realizar el ajuste radical que es indispensable para nuestra conservación como especie. Nuestra
supervivencia y la supervivencia de todas las demás formas de vida dependen ahora de nuestra decisión de hacer las pa-
ces con la naturaleza y comenzar a vivir en cooperación con el resto de nuestro ecosistema. Si lo hacemos, si concede-
mos al proceso de reciclaje natural el tiempo que necesita para curar las heridas que hemos infligido al planeta, enton-
ces la humanidad y las demás formas de vida podrán esperar una larga y saludable estancia en este planeta.
Si rehusamos obstinadamente realizar este cambio y persistimos en nuestros hábitos colonizadores, destru-
yendo todo lo que hallamos en nuestro camino, puede suceder que en el futuro nos veamos sin ninguna posibilidad de
elección. A la larga acabaremos llegando a ese punto crítico en que la materia-energía del planeta se hallará tan agotada
y la Tierra y la atmósfera tan contaminadas con los gases de invernadero que, aunque entonces queramos efectuar una
transformación radical de nuestra forma de vivir, no quedará el tiempo suficiente para que el proceso de reciclaje natu-
ral permita restaurar cierta medida de equilibrio ecológico para la continuación de la vida.
La transición de una forma de existencia colonizadora a una forma culminante es el cambio más profundo que
nuestra especie tendrá que hacer jamás. Ésta es la encrucijada que tenemos ahora ante nosotros.ˇ

La última gran divisoria energética


Un breve examen de dos épocas importantes nos demostrará que la historia sigue, ciertamente, la Ley de la
Entropía. Vamos a echar una ojeada a Europa occidental entre los siglos ˇIV y XIX de nuestra era. Los historiadores di-
viden este lapso de quince siglos en dos partes: la era medieval y la era industrial. (El Renacimiento es generalmente
conside rado como un periodo de transición entre ambas épocas.)
Los libros de texto más difundidos suelen atribuir el paso de la era medieval a la era moderna a un gran des-
pertar de la mente humana, como si por alguna extraña razón toda la humanidad hubiese decidido dejar de pensar y se
hubiera limitado a hibernar durante unos cuantos siglos. Mientras los estudiosos discuten la importancia respectiva de
la Reforma protestante, el auge de la burguesía y el capitalismo o la apertura de nuevas rutas comerciales como factores
desencadenantes de esta gran metamorfosis, pocos de ellos prestan atención a otra causa subyacente de la transición.En-
tre los siglos XIV y XVI, Europa conoció una divisoria entrópica. La madera, base energética de la forma de vida me-
dieval, se volvió cada vez más escasa. La presión de la creciente población contribuyó a agudizar la escasez, y la subsi-
guiente búsqueda de alternativas condujo finalmente a la sustitución de la madera por el carbón. El paso de un entorno
energético basado en la madera a otro basado en el carbón transformó radicalmente toda la organización de la vida en
Europa occidental. La transición de la madera al carbón fue uno de los factores principales que ocasionaron el fin de la
Edad Media y el surgimiento de la Revolución Industrial.
En la actualidad, alguien que visite Europa por primera vez segura mente quedará impresionado por lo bien
utilizado que está todo el espacio disponible. Todo parece ordenado en formas geométricas pulcramente dispuestas.
Hasta los espacios abiertos tienen un aire organizado que hace pensar que todo el continente fue meticulosamente dise-
ñado y esculpido hasta en sus menores detalles en el principio del tiempo. Sería difícil imaginar que en el siglo IV toda
Europa estaba cubierta por una espesa capa de bosque que se extendía desde los Alpes hasta la península escandinava.
Un pájaro hubiera podido volar sobre las copas de los árboles durante cientos y cientos de kilómetros sin ver más que
algún calvero ocasional. En algunos de estos minúsculos espacios abiertos quizá se alzara un poco de humo procedente
de una fogata al aire libre, y tal vez en las cercanías pudieran verse unas cuantas chozas de troncos y veinte o treinta
personas afanándose de un lado a otro en el lindero del bosque.
El terreno de la Europa occidental era muy distinto al terreno semiárido del Oriente Medio, donde el humus
era de una composición mucho más ligera. En el clima más húmedo de Europa occidental, el suelo solía ser pesado y
adherente, y resultaba mucho más difícil de arar. Esta diferencia en el medio ambiente obligó a introducir ciertos cam-
bios fundamentales en la forma de cultivar, cambios que influyeron decisivamente en el desarrollo futuro del continen-
te.
El antiguo arado romano no era lo bastante fuerte para labrar las tierras de Europa, más ricas y pesadas. A me-
diados del siglo Vl ,los campesinos eslavos comenzaron a utilizar un nuevo tipo de arado, más pesado, provisto de rue-
das y doble hoja. El arado transversal se componía de “una hoja vertical para abrir la línea del surco, una reja horizontal
y una vertedera para voltear los terrones”.2 Este nuevo tipo de arado atacaba el suelo con tal violencia que dejó de ser
necesario labrar los campos de forma cruzada, como era tradicional.
El nuevo arado transversal modificó por completo la organización de la vida agrícola. Debido a su enorme pe-
so, el uso del arado transversal exigía una yunta de ocho bueyes. Puesto que ninguna familia campesina poseía por sí
sola tantos bueyes, las yuntas debían utilizarse en forma cooperativa. Otro aspecto no menos importante es que con el
nuevo arado transversal ya no resultaba práctico cercar los campos para dividirlos en parcelas privadas. El arado grande
y pesado daba sus mejores resultados en los campos extensos y abiertos. Por ambos motivos, la agricultura en común
pasó a ser la norma en casi todos los dominios feudales del norte de Europa.
Hacia el siglo ˇIX, el arado transversal se hallaba extendido por buena parte del continente. Su gran eficacia
para la labranza de las fértiles tierras de aluvión condujo a la deforestación de kilómetros y más kilómetros de bosque, a
medida que la creciente población iba dedicando cada vez más superficie al cultivo.
La introducción del arado transversal fué seguida por otros dos adelantos técnicos. En algunas partes de Euro-
pa septentrional, donde la tierra era más fértil. el creciente número de habitantes hizo necesario aumentar el rendimien-
to de las cosechas. Como resultado, el sistema tradicional de rotación entre dos campos fue sustituido por la rotación
entre tres campos. Con el sistema de dos campos, la mitad de la tierra se dejaba siempre en barbecho para renovar su
fertilidad; con el sistema de tres campos, sólo una tercera parte de la superíicie quedaba en barbecho cada año.
Este cambio ofrecía varias ventajas. En primer lugar, la producción aumentaba en una tercera parte. En segun-
do lugar, la cantidad de tierra a labrar se reducía en una novena parte. Naturalmente, las ventajas a corto plazo en cuan-
to a un mayor rendimiento produjeron un agotamiento del suelo más rápido que con el sistema de dos campos. Al au
mentar la explotación de la tierra, el sistema de rotación entre tres campos aceleró la disipación de la energía del suelo
y, por consiguiente, el aumento de la entropía.
El sistema de rotación en tres campos también permitió sustituir a los bueyes por caballos. Los caballos traba-
jaban el doble de rápido, pero necesitaban grano además de heno para su sustento. El mayor rendimiento obtenido con
el sistema de tres campos proporcionaba el necesario excedente de grano para mantener a los caballos de tiro. Sin em-
bargo, los caballos no pudieron utilizarse con plena eficacia hasta que se introdujeron tres adelantos tecnológicos. Ha-
cia el siglo XI, ya se había adoptado la collera moderna, se habían inventado las herraduras y perfeccionado un método
para uncir las caballerías. Estos tres adelantos tecnológicos permitieron emplear yuntas de caballos para tirar del pesado
arado transversal, acelerando considerablemente el proceso de labranza.
El arado transversal, el sistema de rotación entre tres campos y las yuntas de caballos aumentaron en gran
medida el rendimiento de las tierras de cultivo y estimularon la apertura de nuevos campos. Los excedentes agrícolas
obtenidos desde los siglos IXˇal Xll condujeron a un constante aumento de la población, que a su vez condujo a una
mayor presión para la sobreexplotación de la tierra de cultivo ya existente y la deforestación de nuevas superficies. Así
se instauró un círculo vicioso, como los que preceden a todas las grandes divisorias entrópicas. Subsiguientes perfec-
cionamientos tecnológicos llevaron a sendos aumentos en el flujo de energía, el número de habitantes y el proceso en-
trópico. A mediados del siglo XIV se llegó a la divisoria. La poblacion humana había consumido su base energética. El
agotamiento del suelo y la creciente escasez de madera amenazaban a los habitantes de Europa occidental y septentrio-
nal. En algunas regiones de Europa, la introducción de los molinos de viento en el siglo Xll y el mayor uso de los moli-
nos de agua ayudaron a aprovechar tierras anteriormente inutilizables, pero a costa de agravar la deforestación y au-
mentar todavía más el número de habitantes. Según el historiador William McNeill:

Hacia el siglo XlV, muchas regiones de Europa noroccidental llegaron a ha llarse satura-
das de habitantes. La gran expansión iniciada alrededor del año 900 produjo una multiplicación de
los campos de cultivo y las fincas señoriales hasta que, al menos en las zonas más densamente po-
bladas, quedaron muy pocos bosques. Puesto que los bosques eran indispensables como fuente de
combustible y de materiales para la construcción, la creciente escasez creó graves problemas para
la habitabilidad humana.3
Este problema económico se vio aún más agravado por el incremento de población en las ciudades, que de-
bían ser alimentadas. Las ciudades habían comenzado a surgir en el siglo Xl como centros de intercambio para comer-
ciar con los excedentes agrícolas. Pero cuando la poblacion empezó a aumentar con mayor rapidez que la producción
agrícola, llegó un momento en que ya no quedaron excedentes que intercambiar y las ciudades comenzaron a colapsar-
se. Todo el tejido de la vida económica, social y política de la Edad Media comenzó a desintegrarse. Fue entonces cuan-
do se impuso una nueva energía básica que, al menos en parte, aún sigue hoy en vigor.
A fin de comprender la magnitud de la crisis energética medieval, es necesario tener en cuenta la vital impor-
tancia de la madera para la vida de la época. Al igual que los combustibles fósiles en la actualidad, la madera era utili-
zada prácticamente para todo. Lewis Mumford elaboró ‚una lista con algunos ejemplos:
Las herramientas del carpintero eran de madera, salvo en el último filo cortante; el biel-
do, el yugo para los bueyes, el carro y la carreta eran de madera; también lo era la bañera en la
casa de baños, lo mismo que el cubo y la escoba; también era de madera el calzado de los pobres
en ciertas partes de Europa. La madera servía al campesino y al obrero textil: el telar y la rueca, la
prensa de aceite y la de vino eran de madera, como lo era también la prensa de imprimir incluso
cien años después de su invención. Las mismas cañerías que conducían el agua por las ciudades
solían estar hechas con troncos de árboles, al igual que los cilindros de las bombas... Los barcos,
desde luego, eran de madera y..., del mismo modo, las principalcs máquinas de la industria estaban
hechas de madera.4
Mumford resume la importancia de la madera para la vida de la época observando que “como materia prima,
como herramienta, como máquina, como utensilio, como combustible y como producto acabado, la madera era el prin-
cipal recurso industrial”.5
Aunque la tala de bosques para el cultivo redujo considerablemente la disponibilidad de madera, la escasez
definitiva se produjo a consecuencia del incremento de la actividad comercial. Las nuevas cristalerías y la industria del
jabón, por ejemplo, exigían grandes cantidades de ceniza de madera. Pero el mayor consumo se daba en la producción
de hierro y en la construcción de buques. Hacia el siglo XVI y principios del XVII, la crisis de la madera era tan aguda
en Inglaterra que se nombraron comisiones reales para regular la tala, pero sus reglamentaciones resultaron ineficaces:
sobre el año 1630, el precio de la madera era dos veces y media superior al de finales del siglo xv.
La respuesta a la crisis de la madera fue el carbón. Pero el cambio de una energía base por otra no resultó tan
sencillo. El uso de la madera estaba profundamente arraigado en todas las culturas europeas, y su sustitución exigió la
transformación radical de toda una forma de vida. La manera en que la gente se ganaba la vida, la manera en que la
gente se movía, la manera en que la gente vestía, la manera en que la gente se comportaba y los gobiernos gobernaban,
todo esto quedó absoluta y definitivamente transformado.
Este proceso comenzó en Inglaterra durante el siglo XIII bajo el reinado de Enrique II. Los habitantes de
Newcastle se quedaron sin leña y morían literalmente congelados. El rey autorizó la extracción de carbón como fuente
de energía alternativa.
En el siglo xv, el Papa Pío II dejó escrito que, durante una visita a Escocia, le sorprendió ver a la puerta de las
iglesias hileras de gente harapienta que “recibían como limosna pedazos de una piedra negra, con los que se retiraban
satisfechos. Este especie de piedra la queman en lugar de la madera, de que su país está desprovisto”.6 Hacia el año
1700, el carbón ya había comenzado a imponerse en Inglaterra como energía base, en sustitución de la madera. Antes
de 150 años, lo mismo sucedía en el resto de Europa occidental.
Hoy en día, el paso de la madera al carbón se nos antoja un gran salto adelante, un triunfo singular de las fuer-
zas del progreso. Habría resultado difícil convencer de ello a los habitantes de la época. El carbón era tratado con des-
precio, como una fuente de energía de inferior calidad; era sucio y causaba mucha contaminación. En 1631, Edmund
Howes lamentaba que “los habitantes en general se ven obligados a hacer sus fuegos con carbón de turba o de hulla, in-
cluso en las cámaras de personajes honorables”.7
Asimismo, el carbón era más difícil de extraer y tratar que la madera, y había que invertir mucha más energía
para dejarlo en una forma utilizable. El motivo de esto se encuentra, una vez más, en la segunda ley. La energía dispo-
nible en el mundo no cesa de disiparse constantemente. Las fuentes de energía más fácilmente disponibles son siempre
las primeras que se utilizan. Cada medio ambiente sucesivo depende de una forma de energía menos disponible que la
precedente. Es más dificil extraer el carbón de las minas y prepararlo para su uso que talar árboles. Aún es más dificil
extraer el petróleo y refinarlo, y más aún dividir el átomo para obtener energía nuclear. Richard Wilkinson, en su libro
ˇPoverty and Progress, revisa la historia del desarrollo económico humano:
En el curso del desarrollo económico, el hombre se ha visto obligado una y otra vez a
cambiar los recursos de que dependía y los métodos empleados para su explotación. Poco a poco
ha tenido que recurrir a técnicas de producción y tratamiento cada vez más complicadas, a medida
que iba sustituyendo los recursos más accesibles por otros menos fácilmente explotables... En el
contexto ecológico más amplio, el desarrollo económico es el desarrollo de formas cada vez más in-
tensivas de explotar el entorno natural.8
La tesis de Wilkinson es totalmente correcta, aunque difícil de aceptar para muchos de nosotros. Estamos
acostumbrados a pensar que los grandes saltos adelante en la historia se producen porque a alguien se le ocurre una for-
ma mejor de hacer las cosas. En realidad, estas formas que llamamos mejores no son más que formas distintas de hacer
las cosas, ocasionadas por la necesidad de adaptarse a entornos energéticos más duros y menos fácilmente explotables.
Y, tal como sugiere Wilkin son, cada forma nueva de hacer las cosas exige siempre el gasto de más trabajo (o energía)
que las formas anteriores, aunque este trabajo sea realizado por fuentes de energía no humanas. El desarrollo de la má-
quina de vapor es un buen ejemplo de ello.
Cuando estudiamos la Revolución Industrial en la escuela, nos enseñan que un joven brillante llamado James
Watt estaba un día experimentando y descubrió un prometedor invento al que denominó máquina de vapor. Acto segui-
do, lo anunció al mundo y, en un abrir y cerrar de ojos, la Era Industrial se puso a funcionar a toda marcha. Nos expli-
can que un griego antiguo, Herón, ya había diseñado una máquina de vapor en el siglo lll a.C., pero que sólo se utiliza-
ba como juguete para diversión de la corte real. A nadie se le ocurrió emplearla para realizar ningún trabajo útil, porque
ya disponían de abundantes esclavos para eso Dejando a un lado los griegos, es importante comprender bien la historia
del desarrollo de la moderna máquina de vapor porque nos demuestra claramente que las principales innovaciones tec-
nológicas (no los simples perfeccionamientos de una tecnología ya existente) se derivan de las modificaciones en el
medio ambiente energético.
La máquina de vapor moderna fue diseñada y comenzó a utilizarse para facilitar la extracción del car-
bón. A medida que se hizo necesario perforar minas más profundas para extraer los suministros disponibles, fué resul-
tando más dificil ventilar los pozos y elevar el carbón a la superficie. Durante el siglo XVII, las minas tuvieron que en-
frentarse con otro problema: a partir de cierta profundidad, se alcanzaba la capa freática y se hacía imprescindible ex-
traer el agua. Todos estos problemas exigían una solución tecnológica. La solución fue la máquina de vapor. La primera
bomba de vapor fue patentada por Thomas Savery en el año 1698.
La bomba de vapor utilizada en la minería sólo fue la primera de una larga serie de innovaciones mecánicas y
estructurales directamente derivadas del nuevo entorno basado en el carbón. Por ejemplo, en cuanto se resolvió el pro-
blema de la extracción de carbón gracias a la bomba de vapor, surgió inmediatamente un segundo problema no menos
importante: cómo transportar el carbón hasta los mercados de todo el país. Debido a su peso y su volumen, no era fácil
transportar el carbón por medio de carros arrastrados por caballerías. Las carreteras inglesas eran casi todas de tierra. El
propio peso de los carros de carbón formaba en los caminos gigantescas roderas que prácticamente imposibilitaban el
transporte durante las épocas de lluvia, cuando las carreteras se convertían en zanjas fangosas. Al mismo tiempo, la ma-
nutención de los caballos de tiro se hacía cada vez más onerosa. A causa de la escasez de tierra arable, no era posible
cultivar alimento para los caballos sin quitárselo a la gente. La solución a la crisis del transporte vino con el invento de
la locomotora de vapor y la vía férrea. Al igual que la bomba de vapor, la locomotora de vapor fue la respuesta tecnoló-
gica directa a las necesidades creadas por el nuevo entorno. Juntas, la bomba de vapor y la locomotora de vapor senta-
ron las bases tecnológicas de la era industrial que vino a continuación.
La bomba y la locomotora de vapor respondían a una tecnología mucho más compleja y con mayor consumo
de energía que el hacha, el carro y el caballo de la era de la madera. Pero, por otra parte, el ambiente energético era mu-
cho más exigente. A lo largo de la historia, los cambios cualitativos en la tecnología siempre se han dirigido hacia una
mayor complejidad y un mayor gasto de energía, porque cada cambio crítico en el entorno ha ido siempre hacia fuentes
de energía menos disponibles y más dificiles de alcanzar.
Y no sólo cada nuevo ambiente exige una mayor cantidad de trabajo, sino que la nueva forma de hacer las co-
sas suele percibirse como una alternativa inferior a la forma antigua. A veces esta percepción es inmediata, y a veces no
se produce hasta que la nueva alternativa ya está bien arraigada. Tomemos, por ejemplo, los alimentos enlatados y en
conserva. Hoy en dia, puestas a elegir entre los alimentos en conserva y los alimentos naturales frescos, muy pocas per-
sonas se decidirian por los primeros, aunque durante mucho tiempo se los tuvo por un sustituto de superior calidad. En
el caso de los alimentos en conserva, la cantidad de energía (o trabajo) necesaria para producirlos es mucho mayor que
la cantidad de energía consumida por la forma anterior.
Wilkinson nos presenta otro ejemplo muy claro: la ropa. En los tiempos prehistóricos, la gente se vestía con
pieles de animales. A medida que las pieles comenzaron a escasear, se vieron obligados a cubrirse con la lana de las
ovejas. Hacia los siglos XVII y XVIII,la presión de la creciente población sobre las tierras de cultivo disponibles en
Europa hizo que los pastos para ovejas resultaran cada vez menos económicos. “Las ovejas se comen a la gente” era un
dicho corriente en la época, y la necesidad de convertir los pastos en tierras de cultivo llegó a ser acuciante. Pero para
ello hacía falta encontrar un sustituto para la lana. La respuesta la dio el algodón, que podía cultivarse a bajo precio en
las colonias de ultramar y ser enviado a la metrópoli para su conversión en tejidos. La gente no quedó precisamente sa-
tisfecha con este cambio, como apunta Friedrich Engels en su libro La situación de la clase obrera en Inglaterra:
Las clases obreras muy rara vez se visten con alguna clase de prendas de lana. Sus pesa-
das ropas de algodón, aunque más gruesas, más rígidas y más pesadas que las de lana, no protegen
del frío y la humedad en el mismo grado que éstas, ni mucho menos... Los caballeros, por su parte,
llevan trajes hechos con paño de lana, y el término ˇbroadcloth ˇse utiliza para designar a las cla-
ses medias.9
De forma parecida, hoy nos vemos obligados a depender cada vez más de las fibras sintéticas, aunque, de
poder elegir, son muchos quienes preferirían usar prendas 100 por cien de algodón o de lana.
Aunque menos deseado, cada nuevo material utilizado para la confección de ropa exige un mayor gasto de
energia (o trabajo) para su producción. No hacia falta demasiado trabajo para matar un animal, curtir su piel y confec-
cionar prendas de vestir para toda la familia. Para criar las ovejas y esquilarlas, hilar la lana, tejerla y confeccionar ves-
tidos había que aplicar una cantidad mucho mayor de energía humana y no humana . Con el cultivo y manufactura del
algodón, aún se consume más energia. Cuando llegamos a las fibras sintéticas, todo el proceso químico -desde la perfo-
ración de pozos petrolíferos hasta las fábricas gigantes que confeccionan el producto acabado- exige un consumo de
trabajo (energía) por prenda producida que, en comparación con el sacrificio de animales y el curtido de sus pieles, re-
sulta astronómico. Esto es lo que llamamos “progreso”. En los dos capitulos siguientes vamos a examinar mucho más
detenidamente algunas de las formas concretas en que los cambios tecnológicos llevan a aumentar el consumo de ener-
gía por unidad de producto final, acelerando así el proceso entrópico que conduce a la acumulación de gases de inver-
nadero y otras sustancias contaminantes.

La tecnología

Si eliminamos toda la mística que envuelve a la tecnología, lo que nos queda, lisa y llanamente, es un trans-
formador. Toda tecnología jamás concebida por el genio de la humanidad no es más que un transformador de la energia
acumulada en la naturaleza. En el curso de esta transformación, la energía fluye a través de la cultura y el organismo
humano, donde se utiliza durante un momento pasajero para sostener la vida (y los productos de la vida) en un estado
de no equilibrio. En el otro extremo del flujo, la energía acaba como residuos disipados, no disponibles para ningún uso
futuro.
Resulta irónico que, a medida que la tecnología ha ido haciéndose más compleja y extendido su dominio so-
bre el mundo, hayamos llegado a verla como algo independiente de la naturaleza, como si generase su propia energía
de la nada o, por algún proceso misterioso, pudiera obtener de las fuentes de energía existentes algo más de lo que al
principio había en ellas. Lo cierto es que la tecnología nunca crea energía; sólo consume la energía disponible. Cuanto
mayor y más compleja sea la tecnologia, más energía disponible consume. Por impresionante que a veces pueda pare-
cer nuestra tecnología, también ella opera bajo el dictado supremo de la primera y la segunda ley, como todo lo que
existe. Citaremos una vez más estas leyes. Primera: toda la materia energía del mundo es constante y no puede ser crea-
da ni destruida, sino sólo transformada. Segunda: la transformación de la energía se realiza siempre de una forma dis-
ponible a otra disipada, o de un estado ordenado a otro desordenado. La tecnología es el transformador; nada más, nada
menos.
Aunque todo esto resulta bastante evidente, aún seguimos viviendo bajo la ilusión de que la tecnología nos
esta liberando de nuestra dependencia del medio ambiente, cuando nada podría hallarse más lejos de la verdad La vida
no es un sistema cerrado. Los seres humanos, como todos los demás seres vivos, sólo pueden sobrevivir intercambian-
do materia con el medio ambiente. Sin un flujo constante de energía procedente del entorno, no tardariamos en morir.
La tecnología nos hace más dependientes de la naturaleza, aunque físicamente nos aleje cada vez más de ella; nos he-
mos vuelto más dependientes porque cada vez necesitamos mayores dosis de energía de la naturaleza para mantener
nuestras pautas culturales y nuestra forma de vida personal.
También alimentamos la creencia de que la tecnología está creando un mayor orden en el mundo cuando, una
vez más, esto es sólo una parte de la historia. La Ley de la Entropía nos dice que cada vez que se consume energía dis-
ponible, se crea un mayor desorden en algún lugar del medio circundante. Cuando quemamos combustibles fósiles, por
ejemplo, creamos energiía disipada en forma de dioxido de carbono que pasa a la atmósfera y produce el efecto inver-
nadero. El descomunal flujo de energía en la moderna sociedad industrial está creando una cantidad de desechos y con-
taminantes igualmente descomunal. Cuando más deprisa perfeccionamos nuestra tecnología, más aceleramos el proce-
so de transformación, más deprisa se disipa la energía y más aumentan la contaminación y los desechos.
En resumen, estamos viviendo en una especie de mundo de pesadilla al estilo de Orwell. Nos hemos conven-
cido a nosotros mismos de que la forma en que hacemos las cosas está creando un mundo completamente distinto al
que en realidad creamos. Al igual que en el libro 1984, de Orwell, donde la sociedad estaba convencida de que la gue-
rra era paz y las mentiras verdad, hemos llegado a creer que el desorden es orden, que los desechos son valor y que el
trabajo es no trabajo.
A medida que nuestro mundo se desliza más velozmente hacia el caos, nos mostramos cada vez menos dis-
puestos a identificar el origen del problema. Lo que hacemos, en cambio, es envolvernos más estre chamente en nuestro
atuendo tecnológico y defenderlo contra toda crítica, incapaces de reconocer lo que está haciéndole al medio ambiente
en que vivimos y más incapaces todavía de reconocer lo que nos está haciendo a nosotros mismos. Seguimos aferrán-
donos a la ilusión de que estamos bien abrigados y protegidos, aun cuando cada vez nos hallamos más desnudos y ame-
nazados por los fragmentos desordenados de un mundo de nuestra propia creación.

Los costes externos

Ultimamente se ha puesto de moda hablar sobre los “costes externos” de la tecnología. Este término se utiliza
para describir los costes imprevistos que surgen a consecuencia de los llamados efectos secundarios producidos por un
determinado producto, proceso, programa o servicio. Todo el mundo empieza a familiarizarse cada vez más con los cos
tes externos. Cuando una central de energía nuclear sufre una avería y emite radiaciones de bajo nivel al medio ambien-
te, inmediatamente se plantea la cuestión de quién debe pagar cualquier posible daño resultante, si el público, la empre-
sa, los diseñadores o el gobierno. Esto es lo que se denomina un coste externo. Cuando politicos y economistas ha blan
de los costes externos, dan a entender que se trata de los efectos secundarios, tal vez molestos, que a veces acompañan
a las tecnologías. Estos efectos secundarios pueden resultar costosos, pero son tolerables y admisibles porque los bene-
ficios que se obtienen siempre se consideran superiores a los costes externos que generan. La realidad es muy distinta.
La expresión “costes externos” no es más que una etiqueta conveniente para tratar de eludir las consecuencias
de la Ley de la Entropía. El desorden creado por cada tecnología nueva no es un efecto secundario. Y, a la larga, tam-
poco es menos costoso que los beneficios proporcionados por esa tecnología en particular. Consideremos, por ejemplo,
los beneficios a corto plazo obtenidos por el consumo de combustibles fósiles en los dos últimos siglos y comparémos-
los con el precio económico y ambiental que el planeta y la civilización probablemente deberán pagar a consecuencia
del calentamiento global. Lo cierto es que toda tecnología crea una isla provisional de orden a expensas de un mayor
desorden en el medio ambiente. Hace veinte años, en Estados Unidos nadie hubiera querido creer esto. Entonces, todos
creíamos que los beneficios de la tecnología eran siempre superiores a los daños que causaba Si la tecnología a veces
fallaba o producía algún efecto secundario lamentable, la solución consistía en recurrir a nuevas tecnologías que corri-
gieran los errores de la anterior. Hoy en dia, si le decimos al público que se va a introducir una tecnología nueva que
resultará muy beneficiosa para toda la sociedad, lo más probable es que la primera reacción sea de escepticismo. Tanto
si se trata de un nuevo programa del gobierno como de una nueva forma de obtener energía o una nueva medicina fan-
tástica, la respuesta suele ser: “Ya veremos”. Aunque superficialmente parezca que los beneficios valen la pena, siem-
pre queda la duda que nos corroe por dentro y nos susurra, “no sé dónde, cómo ni cuándo, pero tarde o temprano esto
también va a torcerse y creará mayores problemas de los que viene a resolver”. Energía nuclear: radiaciones de bajo ni-
vel y cáncer. Automóviles más grandes y más rápidos: dióxido de carbono y efecto invernadero. La Ley de la Entropia
no es selectiva; funciona en todas partes, en todo momento. Según Jacques Ellul, autor deˇ”La sociedad tecnológica” y
probablemente el más renombrado crítico de la tecnología, “la historia nos demuestra que cada aplicacion técnica desde
el principio presenta ciertos efectos secundarios imprevisibles que resultan más desastrosos de lo que lo hubiera sido la
ausencia de dicha técnica’’.l0
La próxima vez que un técnico, un político o un empresario le diga que podrá eliminar los problemas secun-
darios derivados de un determinado programa, proceso o producto, gracias a una mejor planificación, una mejor admi-
nistración o un mejor diseño, piense en la segunda ley. Es cierto que los problemas secundarios provocados por una tec-
nología en particular pueden ser resueltos temporalmente por la aplicación de una nueva tecnología. Pero la solución
inevitablemente ha de conducir a problemas mayores que el que resolvió. Citando de nuevo a Ellul: “Cada técnica su-
cesiva ha aparecido porque las técnicas anteriores hicieron necesarias a las que siguieron”.” Así es la segunda ley y no
hay forma de esquivarla. Sin embargo, todavía nos preguntamos cómo es que cuanto más tecnologizamos el mundo que
nos rodea más cosas parecen andar mal y descomponerse.
El mundo se está volviendo más desordenado porque cada vez que utilizamos una solución tecnológica nueva
y más compleja para resolver un problema es como si quisiéramos extinguir un incendio con gasolina. Cuanto más de-
prisa multiplicamos los “transformadores”, más deprisa se gasta la energía disponible y más deprisa aumentan la disipa
ción y el desorden resultantes. Los problemas proliferan más deprisa que las soluciones.
No faltan quienes aducen que toda cultura a lo largo de la historia ha utilizado la tecnología y, en mayor o me-
nor medida, ha podido adaptarse a ella sin consecuencias catastróficas. Entonces? ¿por qué no vamos a poder hacer no-
sotros lo mismo? Quienes hablan así no han advertido la diferencia fundamental entre la técnica en nuestra cultura y la
técnica en las culturas que nos han precedido. En todas las demás civilizaciones anteriores a la Era Industrial, la técnica
realizaba unas funciones limitadas. Era una herramienta, pero no una forma de organizar la vida. En el paradigma me-
cánico actual, la técnica se ha convertido en la forma de organizar todas las actividades de la vida. Se ha hecho y se si-
gue haciendo un esfuerzo consciente para llevar la técnica a todos los aspectos de nuestra existencia cotidiana. El obje-
tivo es la posibilidad de predecir y la sincronización. Mientras algunas partes de nuestra cultura sigan existiendo al
margen del proceso técnico, seguirán siendo impredecibles e incontrolables. Se nos dice que el sistema es un todo que
nunca podrá funcionar correctamente hasta que estas bolsas de “impredecibilidad” hayan sido eliminadas.
Con nuestros esfuerzos por llevar la técnica y el orden a todas las actividades de la vida, lo que estamos ha-
ciendo es acelerar el proceso de transformación y, por lo tanto, el aumento de la entropía. El cientifico Eugene Sch-
wartz, en su obra ˇOverskill,comparaba nuestros intentos de crear una sociedad tecnológica con una gigantesca jaula de
ardillas, “donde los técnicos deben correr cada vez más y más deprisa para permanecer en el mismo sitio. A diferencia
de la jaula de ardillas, empero, cuanto más deprisa corren, más atrás quedan. Cada cuasi solución ejerce un efecto mul-
tiplicador sobre el resto de problemas”.12 Además, cada nuevo grupo de problemas es más difícil de resolver que los
anteriores, porque, con el paso de cada acontecimiento, aumenta la entropía del ambiente y disminuye la energía libre
disponible. Cada vez es más dificil mantener el orden y más costoso generarlo. Cuanto más intentamos extender la téc-
nica a toda la cultura, más se fragmenta la sociedad. Todo el proceso de creciente complejidad, crecientes problemas,
creciente entropia y creciente desorden se desarrolla como una progresión geométrica, y eso es lo que hace que la ac-
tual crisis mundial sea tan pavorosa.
Para que nadie pase por alto las palabras progresión geométrica sin prestarles demasiada atención, detengá-
monos un momento a considerar qué significan exactamente con relación a los problemas de una sociedad tecnológica.
El crecimiento geométrico, en este contexto, equivale a una multiplicación por dos a cada paso del proceso. Según el
ecologista G. Tyler Miller, si tomáramos una hoja de papel de una décima de milimetro de espesor y doblasemos este
espesor sólo 35 veces, cubriria toda la distancia entre Los Angeles y Nueva York. Si lo doblamos 42 veces llegaria des-
de donde está usted sentado hasta la Luna. Y si lo doblamos unas cuantas veces más, digamos 50 veces en total, el es-
pesor del papel llegaría hasta el Sol, a unos 150.000 millones de kilómetros. El carácter geométrico de la crisis tecnoló-
gica es un billete sólo de ida hacia el desastre para todas las formas de vida y para el propio planeta

Los menguantes beneficios de la tecnología


En Estados Unidos, las revistas sobre el mundo de los negocios y la empresa están repletas de articulos que
lamentan la decadencia de la tecnología de nuestro país. Esta cuestión es motivo de gran preocupación, porque los ade-
lantos tecnológicos han sido el sostén de la superioridad económica estadounidense sobre el resto del mundo. Se apun-
tan varias razones para esta decadencia. Algunos la atribuyen a una peor preparación académica, y otros a los márgenes
de beneficios cada vez más reducidos y a la falta de incentivos para invertir. Se aduce que las restricciones y las nor-
mas impuestas por el gobierno aumentan el lapso entre el descubrimiento de un nuevo proceso o producto y su intro-
ducción en el mercado, con lo que la investigación resulta mucho más costosa y arriesgada. También hay quienes atri-
buyen la decadencia a la legislación sobre el medio ambiente, que restringe la forma en que pueden realizarse las inves-
tigaciones y la forma en que puede utilizarse el producto final. Con todas estas disputas sobre qué o quién tiene la culpa
y qué puede hacerse al respecto, parece que muy pocos especialistas han comprendido la causa subyacente de esta dis-
minución en los beneficios de la tecnología.
Volvamos de nuevo a lo básico. La tecnología no es una fuerza autónoma e independiente, sino un mero
transformador de energía. Por consiguiente, todo avance tecnológico revolucionario se produce a consecuencia de un
cambio cualitativo en la fuente de energía. Esto es así porque cada tipo concreto de tecnología está diseñado para trans-
formar la energía de un entorno energético concreto. (Recordemos, por ejemplo, que la máquina de vapor, que repre-
sentó el fundamento tecnológico de la Revolución Industrial, fue inventada para transformar la energía del carbón ocul-
to bajo la superficie de la Tierra.) Durante las primeras etapas de un nuevo entorno energético, el nuevo tipo de tecnolo-
gía se extiende en todas direcciones. Durante este periodo es cuando se sientan las bases tecnológicas del nuevo entorno
energético. La experimentación es abundante y se va creando una amplia gama de derivados tecnológicos, uno tras
otro. Es frecuente que el precio por unidad de estos derivados vaya disminuyendo progresivamente con cada nuevo per-
feccionamiento de la tecnología.
Sin embargo, a medida que el nuevo tipo de tecnología va imponiéndose y aumenta el flujo de energía a tra-
vés del sistema, la entropía del entorno aumenta constantemente hacia un máximo, con lo que empiezan a disminuir los
beneficios a lo largo de toda la línea de flujo de la energía. La absorción de más energía va resultando cada vez más ca-
ra y complicada. La contaminación creada por el flujo anterior se acumula y ejerce una creciente presión, con lo que
aumentan las restricciones sobre las nuevas posibilidades tecnológicas. Finalmente, se alcanza un punto crítico cuando
el “tipo” de tecnología existente ya no es capaz de sostener el nivel de transformación de energía del que la sociedad ha
llegado a depender en las etapas anteriores. A partir de este punto, cada vez se invierte menos esfuerzo en desarrollar
nuevas ideas tecnológicas y más en el reajuste de las tecnologías ya existentes, a fin de resolver los problemas creados
por el creciente desorden en el medio ambiente y al mismo tiempo satisfacer las demandas de energía a pesar del cre-
ciente agotamiento de la base energética. Esto es exactamente lo que está sucediendo ahora en Estados Unidos.
Según Rawleigh Warner, Jr., presidente de Mobil Oil, “la industria se ha visto obligada a gastar una parte cada
vez mayor de sus fondos de investigación para cumplir con la legislación ambiental, sanitaria y de seguridad, abando-
nando los esfuerzos a más largo plazo dedicados a obtener importantes adelantos cientificos’’.l3 Algunas industrias, co-
mo la del hierro y el acero, dedican hasta un 20 por ciento de sus inversiones totales de capital a la adquisición de equi-
po para el control de la contaminación.14 Un estudio realizado por la Brookings Institution llegó a la conclusión de que
tales gastos representaban entre el 17 y el 20 por ciento del descenso en el crecimiento económico de los Estados Uni-
dos en un año reciente. En 1983, la industria en general dedicó más de 39.000 millones de dólares al control y reduc-
ción de la contaminación.l5 Al mismo tiempo, el Instituto Nacional del Petróleo (de Estados Unidos) calcula que, a con-
secuencia del agotamiento de las fuentes de energía, será necesaria una inversión adicional de 172.000 millones de dó-
lares en los próximos años sólo para explorar y procesar fuentes de energía fósil menos fácilmente accesibles.16
Con el tiempo, la tecnología se desploma por completo cuando el entorno energético que le dió origen se acer
ca a su división entrópica. En un artículo de portada publicado por la revista ˇNewsweek con el título “Innovación”, los
editores reconocen francamente esta realidad fundamental: “Hasta cierto punto, naturalmente, es inevitable que se pro-
duzca una erosión en el filo tecnológico de Estados Unidos. Ya no podemos contar con la abundancia natural de nues-
tras fronteras... Los recursos han sido explorados y, en ocasiones, agotados’’.l7
Habría que subrayar que, a lo largo de la línea de flujo de un tipo determinado de energía, las técnicas y tec-
nologías dominantes se conforman a una pauta energética común. Las instituciones económicas, la forma de transporte
y los sistemas de comunicaciones, la situación, diseño y funcionamiento de los pueblos y ciudades, todo esto se deriva
de un flujo de energía común. Cuando este flujo de energía llega a una divisoria entrópica y surge un nuevo entorno
energético, las diversas formas tecnológicas que servían al anterior flujo de energía sufren cambios radicales o, lo más
frecuente, se van atrofiando a medida que se seca el grifo de la anterior energía. Hasta un examen superficial de los
cambios tecnológicos e institucionales que tuvieron lugar cuando la base energética de la sociedad pasó de la madera al
carbón y del carbón al petróleo permite comprobar esta sencilla observación.

El desarrollo institucional

Los historiadores han observado que, en cierta fase del desarrollo de una cultura o civilización, se instaura un
proceso de universalización; es decir, se produce un intento concertado de consolidar las diversas ac tividades económi-
cas y politicas bajo un control más centralizado. A la larga se llega a un punto en que es imposible seguir consolidando,
y la cultura o civilización comienza a descomponerse y fragmentarse. Pero antes de llegar a este punto, cada crisis su-
cesiva se resuelve con una escalada del control centralizado. Ciertamente, así ha sucedido en todas las naciones indus-
trializadas. A cada nueva crisis social o económica se responde inevitablemente con el establecimiento de una nueva
forma de control o reglamentación, y se concentra una mayor medida de autoridad en un numero de manos cada vez
menor. Rara vez se resuelve una crisis descentralizando el poder y repartiendo la responsabilidad y el control entre un
mayor número de personas. La tendencia de instituciones y procesos a volverse más grandes, más complejos y más
centralizados es la misma tendencia que advertimos en las diversas formas de tecnología. El motivo de que sea así po-
demos encontrarlo en el funcionamiento de la Ley de la Entropía.
Las instituciones políticas y económicas, al igual que las máquinas, son transformadores de energia. Su tarea
consiste en facilitar el flujo de la energía a través de la cultura. Durante la primera etapa de un nuevo entorno energéti-
co, las instituciones económicas y políticas suelen ser más flexibles, porque durante esta primera etapa el flujo de ener-
gía se utiliza principalmente para crear los nuevos transformadores (tecnologías) del nuevo entorno energético. Si bien
parte de la energía fluye por los sistemas más grandes, es mucha la que aún se dedica a la creación de la maquinaria
transformadora. En esta fase, las instituciones económicas y politicas actúan más bien como diseñadoras y coordinado-
ras. Su papel es innovador y, por tanto, exige una alta capacidad de maniobra.
Incluso en el caso de las sociedades que conceden una gran importancia a la organización de la población du-
rante la fase de despegue del desarrollo tecnológico, las instituciones económicas y politicas deben mantenerse relativa-
mente flexibles y sencillas a fin de aprovechar todas las posibilidades tecnológicas que hay que explorar y experimen-
tar.
En la fase de despegue de un nuevo entorno energético, la población en general se ve siempre privada de una
buena parte del flujo de energía, porque ésta se destina a la construcción de la nueva base de transformadores de ener-
gía. Las duras condiciones de vida y la reglamentación suelen tolerarse porque la población está desesperada, tras haber
experimentado las tremendas privaciones y desórdenes que acompañaron a las últimas fases del anterior entorno ener-
gético. Éste fue el caso, sin duda, de los muchos millones de campesinos europeos obligados a abandonar la tierra para
hacinarse en míseras zonas urbanas durante los siglos XVII, XVIII y XIX. Por malas que fueran las condiciones de vi-
da en las fábricas y ciudades industriales, no eran peores que las que existían en el campo, donde la escasez de madera,
el agotamiento de la tierra y la superpoblación hacian cundir el hambre y el pánico.
En la segunda fase de un nuevo entorno energético, empieza a fluir cada vez más energía directamente por el
sistema social. En esta etapa, la base tecnológica inicial ya está instaurada y, a partir de aquí, la tecnología comienza a
multiplicarse. Es en este punto cuando comienza a dejarse sentir el peso del proceso entrópico. El flujo de la energía
crea desórdenes secundarios cada vez mayores a lo largo de toda la linea de flujo.
Estos desórdenes corresponden a tres categorias generales: los provocados a consecuencia de la transforma-
ción de la energía en diversos productos y servicios; los que resultan del intercambio de energía entre individuos y gru-
pos; los que resultan de la eliminación de los desechos de la energía. Como ya hemos dicho antes, la gente depende del
flujo de energía para su supervivencia, y constantemente se halla involucrada en algún proceso de transformación, in-
tercambio y eliminación de energía. Trabajamos para ganarnos la vida, compramos cosas y nos des prendemos de ellas
tirándolas o cambiándolas por otras cosas. En esto consisten la linea de flujo de la energía y la vida económica. Cada
vez que añadimos nuestro propio trabajo a un producto o realizamos un servicio estamos gastando energia y aumentan-
do la entropia general del medio ambiente. Cada vez que entregamos dinero a cambio de un producto o un servicio, la
moneda que utilizamos representa el pago de la energía que gastamos anteriormente. El dinero, a fin de cuentas, no es
mas que un crédito de energía almacenada. Los sueldos y salarios representan el pago de un trabajo hecho o una energia
gastada. Cada vez que nos deshacemos de algo, ya sea una chaqueta vieja o bien las sobras de la comida de ayer, se di-
sipa cierta cantidad de energía. En cada paso de la linea de flujo se está transformando, intercambiando o desechando
energia. A lo largo de este proceso, la energía siempre se disipa y la entropía siempre va en aumento. El tipo, el alcance
y la magnitud de los desórdenes, pues, dependen de cómo está dispuesta la línea de flujo. La forma en que se distribuye
el trabajo en una sociedad (la transformación de la energía), la forma en que se reparte la energía entre las diversas per-
sonas, grupos y elementos sociales (el intercambio de energía) y la forma en que se eliminan los residuos en cada fase
del proceso de flujo (la eliminación de la energía) determinan la naturaleza social, económica y politica de los desórde-
nes que se presentan.
A medida que van aumentando los desórdenes a lo largo de la linea de flujo, el propio flujo se ve obstaculiza-
do. Para mantener un flujo máximo se hace necesario seguir ordenando el desorden total que prolifera cada vez más rá-
pidamente en todos los puntos del sistema. Las instituciones económicas y políticas multiplican sus funciones y am-
plian su campo de acción, y comienzan a ejercer una función de mantenimiento y reparación. Con cada crisis sucesiva,
las burocracias van en aumento. Cuando el desorden en cualquier punto de la linea de flujo se vuelve tan grande que
amenaza al funcionamiento de una parte de la sociedad o de toda ella, la institución pertinente actúa para eliminar el
bloqueo. Las instituciones crecen constantemente a medida que se ven obligadas a absorber y contener los crecientes
desórdenes sociales y económicos para mantener un flujo máximo. Las instituciones se hunden periódicamente, cuando
ya no son capaces de poner coto al creciente desorden. Cuando eso sucede, se conciben otras instituciones aún mayores
y más centralizadas para ordenar de nuevo el desorden, y así sucesivamente.
Al mismo tiempo, y si cabe dentro de lo posible, el Estado intenta extender su dominio sobre nuevos territo-
rios geográficos a fin de obtener nuevas fuentes de energía disponible para compensar el agotamiento de las reservas
existentes. La mayoría de las expansiones imperialistas o colonialistas responden a la necesidad de obtener nuevas
fuentes de energía. Naturalmente, estas conquistas exigen un gasto de energía aún mayor para sostener los ejércitos, el
armamento y las burocracias que ocupan y administran las nuevas posesiones. Las instituciones del Estado se vuelven
más complejas y más centralizadas.
Finalmente, la sociedad llega a la tercera fase, en la que su complejo institucional (su organización económi-
ca y política) está tan centralizado y desarrollado que para mantenerlo hace falta más energía de la que el sistema puede
disponer. Cualquiera que se haya fijado en los crecientes costes que conlleva el mantenimiento de las empresas multi-
nacionales y las enormes burocracias gubernamentales no puede haber dejado de observar que cada vez se gasta más y
más energía (o trabajo) para mantenerlas en funcionamiento mientras que cada vez es menor el rendimiento que se ob-
tiene de ellas. El complejo institucional, que en principio debía facilitar el flujo de la energía a través del sistema, se
convierte en un parásito que absorbe gran parte de la energía restante. El flujo de energía se va reduciendo a lo largo de
toda la linea y la sociedad comienza a atrofiarse. En las últimas fases, la energía disponible del entorno ya no basta para
mantener ni siquiera el complejo institucional, que a partir de aquí empieza a desintegrarse. La sociedad se vuelve cada
vez más vulnerable a ser conquistada por otras naciones o a los desórdenes internos y la revolución. Se ha llegado a una
divisoria entrópica. El auge y la caída de la antigua Mesopotamia, de Egipto, Roma y las civilizaciones hidráulicas del
Extremo Oriente son ejemplos clásicos de cómo se desarrolla este proceso. Pero todas las demás civilizaciones impor-
tantes que conocemos han seguido el mismo camino.
La humanidad permanecerá atrapada en esta pauta de desarrollo social mientras la sociedad prefiera seguir en
una fase colonizadora antes que pasar a una fase culminante de la existencia.
En una fase colonizadora, se tiende siempre a aumentar el flujo de energía a través de la sociedad. Como ya
hemos visto, el aumento del flujo implica siempre una aceleración del proceso entrópico, lo cual aumenta la acumula-
ción de desorden, lo cual conduce a un mayor control por parte de las instituciones, que se vuelven más complejas y
centralizadas como acabamos de describir. No es ninguna casualidad, dicho sea de paso, que se utilice el término colo-
nización. La colonización de territorios de ultramar por las grandes potencias imperiales de los siglos ˇXVIII y XIX es
un ejemplo gráfico de la verdad de estas tesis sobre el de sarrollo histórico que acabamos de bosquejar. Las administra-
ciones coloniales fueron diseñadas para incrementar el flujo de energía desde las colonias a la metrópoli. A medida que
el proceso entrópico fue desplegándose y se multiplicaron los desórdenes, las administraciones coloniales tuvieron que
ampliar sus burocracias y sus ejércitos, absorbiendo cada vez más energía de la linea de flujo para su propio manteni-
miento. Finalmente, los ejércitos de ocupación y la administración colonial ya no pudieron ser mantenidos por la me-
trópoli y se volvieron tan parasitarios del suministro local de energía que las poblaciones nativas se rebelaron contra
ellos y los expulsaron.
Sólo en un marco culminante resulta posible refrenar esta tendencia a una complejidad y centralización cre-
cientes. Al minimizar el flujo de energía, disminuye el ritmo del proceso entrópico (que no puede detenerse nunca) y
los desórdenes también disminuyen. Si el flujo de energía se mantiene a un nivel bajo y constante, las instituciones res-
ponsables de su transformación en el sistema social pueden también mantenerse en un estado estable de mínimo creci-
miento. Pero cuando la sociedad intenta extraer cada vez más energía de su entorno, las instituciones (y demás tecnolo-
gías) aumentan inevitablemente en complejidad y capacidad de control. Una existencia culminante, por lo tanto, condu-
ce a instituciones pequeñas y descentralizadas; una existencia colonizadora conduce a instituciones grandes y centralizadas.

La especialización

La especialización va de la mano con el aumento de complejidad y centralización. En una sociedad tecnológi-


ca, todo se convierte en un componente de la máquina social en expansión, hasta los seres humanos. Conforme las fun-
ciones generales de la sociedad se hacen más complejas y centralizadas, cada función individual se vuelve mas refinada
y limitada, y su supervivencia depende cada vez más de todas las restantes funciones del sistema.
Cualquiera que sepa un poco de mecánica podrá decirle que cuanto más sencilla sea una máquina y menos
piezas tenga, menos averías podrá tener. Además, las máquinas sencillas son más flexibles y resulta más fácil adaptar-
las a cualquier cambio en las necesidades. Nuestra sociedad tecnológica, en cambio, se ha vuelto tan especializada en
sus funciones que cuando alguna parte de la maquinaria se estropea todo el sistema amenaza con venirse abajo.
El 9 de noviembre de 1965, unos 30 millones de estadounidenses experimentaron en su propia carne lo que
puede suceder en una sociedad altamente especializada cuando se descompone un minúsculo elemento del sistema.
Aquel día, bien entrada la tarde, saltó un pequeño relé eléctrico en una planta de energía de Ontario, Canadá. A los po-
cos minutos, casi toda la región noreste de los Estados Unidos se hallaba privada de electricidad. Millares de personas
se vieron atrapadas en los ascensores y los vagones del metro. Todos los semáforos se apagaron, creando atascos monu-
mentales a lo largo de la Costa Este. Cuando anocheció, aquella parte del país quedó sumida en una oscuridad total, sin
luces, sin calefacción y sin muchos de los avíos de la Sociedad tecnológica de los que nuestra supervivencia ha llegado
a depender.
También en nuestra experiencia cotidiana podemos encontrar otros ejemplos, menos espectaculares pero
igualmente ilustrativos, de la vulnerabilidad de nuestra sociedad exageradamente especializada. Si una huelga siderúr-
gica en Gary se prolonga demasiado, por ejemplo, un individuo puede perder su empleo aunque sea cajero de unos
grandes al macenes en Denver. Sin acero, las fábricas de automóviles no pueden mantener su producción. Si los tres
principales fabricantes de automóviles cierran las puertas o reducen la producción, las industrias auxiliares que propor-
cionan desde los cristales hasta la tapicería de los coches deben reducir también sus operaciones. Puesto que uno de ca-
da seis puestos de trabajo está directa o indirectamente relacionado con la industria del automóvil, a las pocas semanas
de un cierre o una reducción de producción toda la economía comenzaría a resentirse. Disminuiría el poder adquisitivo
de la gente y, al disminuir el número de compras, el cajero de los grandes almacenes de Denver podría verse en la cola
del paro.
La especialización tecnológica limita hasta tal punto el alcance operativo de cada función de la sociedad que
resulta prácticamente imposible readaptar una función determinada para que realice una tarea distinta. Cada uno de los
componentes está diseñado específicamente para realizar la tarea que le ha sido encomendada, y ninguna otra. Si la na-
turaleza de esta tarea cambia, el componente se vuelve inútil. Esto es igualmente cierto en el caso de la especialización
humana. Cada día tropezamos con las limitaciones de la especialización. Un podólogo, por ejemplo, sólo entiende de
pies y no se le puede pedir un consejo médico atinado respecto a ninguna otra dolencia física. Un abogado antimonopo-
lios sólo conoce la legislación antimonopolios, y no se le puede pedir que conozca las leyes sobre el divorcio. Un biólo-
go genético sólo entiende de genes y cromosomas, y no se le puede pedir que comprenda el funcionamiento de un eco-
sistema tropical. En Estados Unidos, el Diccionario de títulos profesionales enumera actualmente más de 20.000 tareas
especializadas. Hemos llegado al extremo en que cada uno de nosotros sabe más y más sobre menos y menos, y, como
sociedad, pronto lo sabremos casi todo acerca de nada.
La especialización excesiva, dicen los biólogos, es uno de los principales factores que contribuyen a la extin-
ción de una especie. Cuando una especie se especializa excesivamente en cierto tipo de ecosistema, generalmente resul-
ta incapaz de adaptarse a cualquier alteración del medio ambiente. No posee la flexibilidad y la diversificación necesa-
rias para efectuar la transición. Lo mismo puede decirse de la sociedad humana. Hoy en día, hemos llegado a estar tan
especializados y tan adaptados al entorno energético existente que hemos perdido gran parte de la versatilidad necesaria
para realizar la transición a un modo de energía radicalmente nuevo.

Visiones del mundo y entornos energéticos

¿Por qué la visión newtoniana del mundo se impuso cuando lo hizo y por qué está siendo cuestionada ahora
por el nuevo paradigma entrópico?
Como ya hemos visto, la base de toda la vida es la energía, que en último término proviene del Sol. A lo largo
de la historia, las tecnologías e instituciones han servido como transformadores de esta energía del entorno, facilitando
su flujo a través de los organismos humanos y sociales. El tipo de tecnologías e instituciones desarrolladas por las di
versas culturas humanas ha sido siempre un reflejo del tipo de entorno energético en que éstas han vivido. Ello es así
porque los distintos entornos energéticos requieren distintos tipos de transformadores. Lo que a estas alturas debería re-
sultar igualmente evidente es que también la visión del mundo desarrollada por una determinada cultura es un reflejo
del entorno energético en que se halla. Cada visión del mundo proporciona la explicación de por qué la gente organiza
las actividades de la vida de una forma determinada. Cuando el entorno energético cambia, la gente se ve obligada a
cambiar su forma de hacer las cosas, o sea, sus diversas formas de transformar la energía del entorno. Cuando la gente
introduce estos cambios fundamentales en su forma de relacionarse con el mundo, su visión del mundo cambia también
para reflejar, racionalizar y explicar las nuevas circunstancias.
Esto no quiere decir que un entorno energético sólo pueda dar lugar a una visión del mundo; de hecho, entor-
nos energéticos muy parecidos han originado distintas visiones del mundo. Sin embargo, sea cual sea la visión del mun-
do que se impone en una sociedad dada, debe ser al menos coherente y compatible con el entorno energético con el que
interactúa. Las diferentes visiones del mundo de diversas culturas cazadoras-recolectoras serían completamente invia-
bles en cualquier medio agrícola, del mismo modo en que las visiones del mundo agrícolas estarían absolutamente fue-
ra de lugar en cualquier entorno industrial avanzado. El entorno energético, pues, establece unos límites generales den-
tro de los cuales los seres humanos eligen la clase de sistema de creencias que quieren adoptar.
Tomemos, por ejemplo, el paradigma newtoniano, surgido en los siglos XVII y XVIII cuando las culturas eu-
ropeas estaban en plena transición de un entorno basado en fuentes de energía renovables a otro basado, por primera
vez en la historia, en fuentes de energía no renovables. Con esta transición hacia las formas de energía no renovables, la
humanidad pasó de un mundo de ciclos y corrientes a un mundo de cantidades y depósitos. La visión del mundo cam-
bió no menos radicalmente.
Las culturas organizadas en torno a la transformación de energías renovables percibían el mundo como un
continuo ir y venir de las estaciones. Los ciclos de nacimiento, vida, muerte y renacimiento eran procesos cualitativos.
Las fuentes de energía estaban llenas de vida y color. Con los recursos renovables, el concepto de orden y decadencia
era unconstante recordatorio del modo en que se despliega el mundo. Las respectivas visiones del mundo de los griegos
antiguos y los cristianos primitivos reflejaban las realidades de un entorno energético basado en fuentes de energía vi-
vas y renovables.
Comparemos las características de las fuentes de energía renovables con las no renovables. El carbón y el pe-
tróleo son cantidades sin vida. Pueden dividirse y subdividirse, y aun así las partes individuales po seen los mismos
atributos que el todo. La composición de un pedazo de carbón es siempre la misma, ya sea muy grande o muy pequeño,
pero la hoja de una planta es muy distinta del tallo o de las raíces. Los recursos no renovables representan un depósito
fijo, fácilmente cuantificable. Son susceptibles de mediciones muy precisas. Pueden ser ordenados. Los recursos reno-
vables, en cambio están siempre cambiando y fluyendo. Nunca permanecen fijos. Siempre están transformándose. Es
dificil someterlos a mediciones exactas. El paradigma newtoniano del mundo mecánico, con sus fórmulas matemáticas,
su énfasis en la medición y su preocupación por la situación y la distancia, estaba hecho a la medida para dominar efi-
cazmente una base energética de recursos no renovables.
Los estudiosos se han preguntado muchas veces por qué la idea de un progreso ilimitado se implantó al mis-
mo tiempo que el concepto del mundo como una máquina. La respuesta se encuentra también en la base energética no
renovable. Por primera vez, la humanidad se halló ante un depósito gigantesco, en apariencia interminable, de energía
solar acumulada a lo largo de 3.000 millones de años. Conforme la sociedad fue sirviéndose golosamente de estas re-
servas de energía, el concepto de ciclos y estaciones quedó gradualmente arrinconado. Con aquella riqueza de miles de
millones de años de energía solar acumulada, ya no había ninguna necesidad de esperar a que el Sol saliera cada maña-
na y brillara sobre nosotros, creando energía y vida. Teniamos toda la energía que nos hacia falta para sustituir al Sol, y
nunca más tendriamos que volver a esperar a que la naturaleza siguiera su curso. El tiempo, por tanto, perdió su rela-
ción con el despliegue natural de las cosas y pasó a ser la medida de la rapidez con que podiamos aprovechar la energia
solar acumulada que yacia enterrada en las minas de carbón y las bolsas de petróleo. ¿Es de extrañar, pues, que en el
paradigma newtoniano el tiempo pueda ser acelerado y retardado, vuelto hacia atrás y otra vez hacia adelante?
Con la energía no renovable, podiamos conectar y desconectar el Sol a voluntad. Podíamos hacer que el Sol
siguiera brillando tanto tiempo como quisiéramos, porque disponíamos de “sol almacenado”, un sol que podía extraerse
de la tierra y manipularse a voluntad. Con las fuentes de energía no renovable, la gente llegó a convencerse cada vez
más de que ya no dependía de la naturaleza, y de que podía reordenar el mundo según sus deseos. Ya no teniamos que
preocuparnos por las ideas de disipación, decadencia y desorden. Podíamos controlar el tiempo, crear energía y garanti-
zar el progreso material.
La visión newtoniana del mundo proporcionó una base racional para esta nueva forma de contemplar la vida
y organizar sus actividades. Hoy en dia se halla en tela de juicio y pronto será abandonada, porque estamos a punto de
efectuar una transición desde las fuentes de energía no renovables hacia fuentes de energía otra vez renovables.
CUARTA PARTE
las energías no renovables
y la inminente
división entrópica
La crisis energética

¡Adicción! Sencillamente, no existe otra palabra adecuada para describir con precisión la habituación de los
estadounidenses a la energÍa. Las estadÍsticas resultan abrumadoras. Con sólo un 6 por ciento de la población mundial,
Estados Unidos consume actualmente más de una tercera parte de la energía mundial.1 Incluso el consumo de energía
de otras naciones altamente industrializadas palidece frente al de Estados Unidos: en Suecia y Alemania occidental, por
ejemplo, el consumo de energía per cápita es apenas la mitad que el de Estados Unidos, a pesar de que sus respectivos
niveles de vida resultan comparables.2 Estados Unidos consume más energía por año que todos los paises de Europa
occidental en conjunto, aunque la población de éstos es un 75 por ciento superior.3
Si bien resulta imposible concebir la enorme magnitud del flujo de energía en Estados Unidos, podemos ver
lo que nos dicen las estadísticas sobre generación de energia. En 1987, Estados Unidos consumió más de 76.000 billo-
nes de BTU,* superando el consumo total conjunto de Canadá, Francia, Italia, Japón, Holanda, Reino Unido y Alema-
nia occidental. 4 Cuando se compara el consumo de energía de EE.UU. con el de las naciones pobres del Tercer Mun-
do, las cifras se vuelven tan grandes que casi pierden todo su sentido. ¿Cómo se pueden calcular las ventajas y desven-
tajas relativas en términos de energía cuando se sabe que en un pais como Haiti el consumo de energía per cápita
equivale a unos 30 kilos de carbón al año, mientras que el consumo per cápita en Estados Unidos equivale a unos
10.500 kilos por año?5
Todas las previsiones apuntan a un aumento en las necesidades mundiales de energía para finales de los años
noventa, pues el crecimiento de la población en los países en vias de desarrollo y el descenso de la producción en los
países no pertenecientes a la OPEP harán que la demanda aumente pronunciadamente.6 Las estadísticas sobre la pobla-
ción son ya abrumadoras. Cada día se producen 333.000 nacimientos en el planeta. Aun descontando 134.000 muertes
diarias, el incremento neto de la población se cifra actualmente en unas 200.000 personas cada veinticuatro horas. Eso
significa que dentro de un año habrá 73 millones de personas más en el planeta, y todas ellas necesitan obtener energía
disponible para poder vivir.7
El problema de la superpoblación sólo puede captarse en toda su magnitud si se sitúa en una perspectiva his-
tórica. Hicieron falta 2 millones de años para que la Tierra llegara a tener 1000 millones de habitantes. Para llegar a los
2.000 millones sólo hicieron falta cien años. Para llegar a los 3.000 millones sólo hicieron falta treinta años, de 1930 a
1960. Para llegar a los 4.000 millones sólo hicieron falta quince años. Entre 1960 y 1975, la población mundial aumen-
tó al ritmo de un 2 por ciento anual, pasando de unos 2.500 a 4.000 millones de habitantes.8 Con la actual tasa de creci-
miento anual, situada en el 1,7 por ciento, la población del planeta se doblará de nuevo hacia el año 2015, con 8.000
millones de habitantes, y una vez más hacia el año 2055, cuando se espera llegar a 16.000 millones de habitantes. Y si
nos fijamos en las estadísticas regionales, las cifras resultan aún más ominosas. Se calcula que Nigeria, que hoy alberga
100 millones de habitantes, llegará a tener 532 millones a mediados del siglo XXI. Las previsiones indican que la India
doblará su población hacia el año 2010, llegando a 1.700 millones de habitantes. En México se prevé un aumento desde
82 a 200 millones de habitantes dentro de los próximos veinticinco años.9
Este crecimiento geométrico de la población terrestre impone tremendas exigencias a la base mundial de
energía. Según un estudio de las Naciones Unidas dirigido por Wassily Leontief, premio Nobel de Economía, para
mantener una tasa moderada de crecimiento global en los próximos años será necesario multiplicar por cinco el consu-
mo de minerales corrientes y por cuatro el consumo de alimentos.10
Más notable todavia es la proyección realizada por numerosos economistas internacionales, según la cual, pa-
ra satisfacer las necesidades mínimas de la creciente población mundial, dentro de los próximos treinta años será nece-
sario “construir casas, hospitales, puertos, fábricas, puentes y todo tipo de instalaciones, en cantidades que casi igualan
todo el trabajo de construcción realizado por la raza humana hasta la fecha”.11Este trabajo exigirá el consumo de canti-
dades astronómicas de energía no renovable. Si nos detenemos a considerar los problemas de energía con que ya se en-
frenta la humanidad -escasez, precios crecientes, acumulación de residuos y contaminación-, debería resultar más que
evidente que el mundo no va a poder satisfacer las previsibles necesidades de energía, por mucho que nos esforcemos.
La realidad es que estamos a punto de acabar con las reservas “disponibles” de energía no renovable y nos acercamos
peligrosamente a una divisoria entrópica. Si bien los estudios estadisticos difieren entre sí, el consenso general señala
que la era de la energía no renovable a bajo precio ha tocado a su fin.

* British Thermal Unit. Unidad británica de calor. Equivale a 252 calorias (N del E.)

Un estudio realizado bajo los auspicios del MIT (Instituto de Tecnología de Massachussets), en el que partici-
paron especialistas gubernamentales, industriales y académicos de quince países, llegó a la conclusión de que el sumi-
nistro mundial de petróleo “dejará de cubrir la creciente demanda antes del año 2000’’.l2 Según este informe, aunque
los precios de la energía suban un 50 por ciento respecto a sus niveles actuales, es probable que el mundo experimente
una crisis petrolífera entre 1985 y 1995.13 Otro estudio efectuado por la poderosa Comisión Trilateral -organización in-
ternacional entre cuyos miembros se cuentan algunos de los más poderosos dirigentes comerciales y politicos de las na-
ciones occidentales- apenas se desvia de estas previsiones. Según la Comisión, la demanda mundial de petróleo excede-
rá a la oferta hacia mediados de los años noventa.14
En un artículo publicado en el Bulletin of Atomic Scientists, el economista Emile Benoit de la universidad de
Columbia dice que si el consumo internacional de petróleo sigue creciendo al ritmo actual, las reservas existentes que-
darán agotadas dentro de veinticinco años. Suponiendo que se descubrieran nuevos yacimientos cuatro veces mayores
que las reservas actuales (una suposición sumamente optimista que la mayoria de los expertos considera improbable),
ello sólo nos proporcionaría veinticinco años más antes del agotamiento total de las reservas de petróleo.15
En su libro The Twenty-Ninth Day, el ecologista Lester Brown calculó a finales de los años setenta que que-
daban suficientes reservas extraíbles como para proporcionar a cada estadounidense 500 barriles de petróleo. Una vez
refinado, decia Brown, un barril de crudo proporciona unos 190 litros de gasolina. Por consiguiente, si el estadouniden-
se medio recorriera 16.000 kilómetros anuales en un automóvil grande con un rendimiento de 3,5 kilómetros por litro,
habría consumido toda su parte de las reservas mundiales de petróleo en menos de doce años.16
Diez años más tarde, Brown indicaba que esta catástrofe logró evitarse en buena parte gracias al mayor ren-
dimiento de los automóviles estadounidenses, que pasó de una media de 4,63 km/l [21,6 1/100 km] en 1973 a una me-
dia de 6,33 km/l [15,8 1/100 km] en 1985. Esta mejora redujo el consumo estadounidense de gasolina en unos noventa
millo nes de litros por año.17
Anteriores previsiones sobre el agotamiento del petróleo se vieron confirmadas por un importante estudio rea-
lizado por el CSRC (Centro de Investigaciones sobre Sistemas Complejos) de la Universidad de New Hampshire a me-
diados de los ochenta. Según el CSRC, entre los años 1995 y 2005, EE.UU. consumirá más energía para la prospección
de nuevos yacimientos de petróleo y gas natural de la que producirán los pozos.l8 Hacia el año 2020, EE.UU. habrá
consumido todas sus reservas de petróleo y de gas natural.l9 Entre tanto, los nuevos programas para mejorar el rendi-
miento energético y las tecnologías basadas en energías alternativas no lograrán suplir la escasez al ritmo necesario pa-
ra impedir una disminución a largo plazo del producto nacional bruto. Y esta disminución irá acelerándose a medida
que las demandas de la creciente población vayan ejerciendo mayor presión sobre las menguantes reservas de energía.
El agotamiento de las reservas propias obligará a Estados Unidos a depender nuevamente de los países de la
OPEP. Se prevé que la OPEP reduzca su producción entre 1995 y 2010, provocando una nueva subida en los precios in-
ternacionales del petróleo y desencadenando así una nueva crisis energética mundial parecida a la que se produjo en los
años setenta.20 Esta vez, no obstante, los expertos advierten que la crisis se irá agudizando con el tiempo y sumirá al
mundo en una prolongada depresión. Hacia el año 2025, se habrá consumido casi el 88 por ciento de las reservas origi-
nales de petróleo, y hacia el 2050 los suministros mundiales de petroleo y gas estarán agotados.2l
A medida que nos vayamos acercando a la divisoria entrópica del petróleo y el gas natural, lo más probable
será que la industria tienda a basarse cada vez más en el carbón. Los políticos estadounidenses ya están definiendo a su
país como “la Arabia Saudí del carbón”. En realidad, esta abundancia no es tan grande como se dice. Los burócratas del
gobierno aseguran que EE.UU. dispone de suficiente carbón como para 500 años de consumo. Lo que no dicen es que
con la actual tasa de crecimiento del consumo de carbón, de un 4,1 por ciento anual, los cálculos más generalmente ad-
mitidos cifran la duración de las reservas carboníferas de Estados Unidos en unos 135 años.22 Aunque esto todavía si-
gue pareciendo respetable, a medida que el país vaya aumentando la producción de carbón para contrarrestar la menor
disponibilidad de petróleo, la duración absoluta de las reservas quedará reducida a unas pocas generaciones. Y a medi-
da que aumenten los esfuerzos para extraer el carbón que aún queda en el país, las consecuencias más previsibles son
un aumento exorbitante en el gasto del gobierno y una mayor inflación.
Más importante todavía, la creciente dependencia del carbón como fuente de energía conducirá a un enorme
incremento en la cantidad de CO2 enviado a la atmósfera, lo que agravará el efecto invernadero y la tendencia global al
calentamiento del planeta.
La fisión nuclear

Hasta hace poco, las esperanzas de hallar una fuente de energía alternativa se centraban en la energía nuclear.
Pero estas esperanzas se están desvaneciendo con gran rapidez. Ya antes de la fusión parcial del núcleo en la central de
Three Mile Island, en Pennsylvania, y la fusión total del reactor de Chernobyl, en la Unión Soviética, los graves proble-
mas que conlleva la industria nuclear comenzaron a pintar un negro futuro a los “átomos para la paz”.
Los costes de producción extraordinariamente altos, combinados con los importantes riesgos para la salud y
la seguridad, han reducido considerablemente la construcción de centrales nucleares. En muchos países, las previsiones
de crecimiento de la energía nuclear son ahora menos de una tercera parte de lo que en un principio habían sido. En Es-
tados Unidos, en 1973 había encargadas 36 nuevas centrales nucleares, y 27 en 1974. En 1975 los encargos se reduje-
ron a cuatro, en 1976 a dos y en 1977 volvieron a ser cuatro.23 Desde 1978 no se ha encargado ninguna central nuclear
más. En 1987, Estados Unidos contaba con 107 centrales nucleares en funcionamiento comercial y otras 14 en cons-
trucción. Actualmente, el 17 por ciento de la energía eléctrica producida en EE.UU. es de origen nuclear.24
Dejando aparte el hecho de que la construcción de una central de energía nuclear puede costar hasta 3.000 mi-
llones de dólares,25 los costes ocultos desmienten por completo el mito de que la energía atómica es una “energía bara-
ta”. Un informe del Congreso divulgado en 1978 declara:

En contra de lo que generalmente suele creerse, la energía nuclear no es una energía barata. De
hecho, cuando finalmente se incluyan en el precio los costes aún desconocidos del tratamiento de
los residuos radiactivos y el combustible nuclear usado, el cierre de las centrales y la vigilancia
perpetua, la energia nuclear puede resultar mucho más cara que otras alternativas convencionales
como cl carbón [subrayado en el informe original],26

Además del factor económico, la energía nuclear genera numerosos problemas sociales y sanitarios para los
que sencillamente no existe ninguna solución técnica. La extracción del uranio necesario para la reacción no sólo puede
provocar cáncer y otras enfermedades entre los mineros, sino que también puede dar lugar a graves efectos secundarios
sobre la salud de las comunidades situadas en las proximidades de las minas de uranio. La radiactividad de este mate-
rial tiene una vida media de 80.000 años. En el estado de Colorado, donde algunas empresas utilizaron los residuos de
las minas para la construcción de escuelas y viviendas, los médicos han advertido un aumento de defectos congénitos
entre los niños cuyos padres viven o trabajan en edificios construidos con tales residuos.27
Tampoco las centrales son seguras. La fusión parcial del reactor en la central de Three Mile Island, en 1979,
causó grandes daños en las instalaciones pero sólo dejó escapar a la atmósfera una cantidad relativamente pequeña de
sustancias radiactivas. Por el contrario, la explosión de la central de Chernobyl, ocurrida en Ucrania en septiembre de
1986, liberó una cantidad mil veces mayor de sustancias radiactivas, que afectaron a gran parte de Europa.
La nube atómica llegó hasta el Círculo Artico por el norte, hasta Grecia por el sur y hasta las Islas Británicas
por el oeste.28 La lluvia radiactiva de Chernobyl fue detectada en lugares tan alejados como Washington y Tokio, y
afectó a gran parte del hemisferio norte del planeta. Treinta y una personas murieron como consecuencia inmediata del
accidente y 1.000 resultaron lesionadas. Más de 135.000 personas fueron evacuadas de sus hogares.24 La lluvia radiac-
tiva afectó gravemente a la producción de carne, leche y vegetales en casi toda Europa, obligando a 100 millones de
personas a modificar radicalmente su dieta durante los meses siguientes a la explosión.30 El ganado que se alimentaba
con hierba contaminada producía leche con altos niveles de radiactividad. Tanto las verduras y las frutas silvestres co-
mo los peces de agua dulce quedaron contaminados por el yodo y el cesio de la lluvia radiactiva.31 Se comprobó que el
97 por cien de los renos de Laponia estaban contaminados de radiactividad y no eran aptos para el consumo humano 32
En la zona más cercana a la central de Chernobyl, los costes de limpieza serán descomunales. Habrá que talar
una enorme extensión de bosques contaminados y retirar todo el mantillo para enterrarlo en otro lugar. Las tierras de la-
branza permanecerán en cuarentena y no podrán ser habitadas durante decenios enteros.33
El Dr. Robert Gale, médico estadounidense que ayudó a tratar a las víctimas de la catástrofe de Chernobyl,
calcula que más de 50.000 personas morirán de cáncer en la U.R.S.S. y otros países de Europa durante los próximos de-
cenios a consecuencia de la radiación de la central de Chernobyl.34 Otros estudios prevén hasta 100.000 muertes, o
más.35 Casi la mitad de los habitantes de Europa están a favor del cierre de todas las centrales nucleares en funciona-
miento.36 El gobierno sueco ya ha anunciado un proyecto para desmantelar todas las centrales nucleares antes del se-
gundo decenio del siglo XXI. El sentimiento antinuclear se ha agudizado en muchos países del mundo, a consecuencia
del desastroso accidente de Chernobyl y del casi desastroso accidente de Three Mile Island.
Los accidentes de Three Mile Island y Chernobyl sólo han sido los más graves de una larga serie de proble-
mas y fugas de radiactividad experimentados por la industria nuclear. Todas las centrales estadounidenses están cons-
tantemente enviando pequeñas cantidades de material radiactivo al medio ambiente. La industria, naturalmente, siem-
pre se apresura a señalar que estas fugas de radiactividad se hallan muy por debajo de los límites establecidos oficial-
mente. Lo que nunca se dice, empero, es que los datos médicos disponibles sugieren que toda radiación, por pequeña
que sea su cantidad, es potencialmente peligrosa. Cualquier dosis de radiactividad es una sobredosis. Sólo hace falta
que una partícula radiactiva invada una sola célula para que pueda desencadenarse un cáncer o mutaciones genéticas.
Este proceso, sin embargo, puede ser insidiosamente lento, de manera que tal vez transcurran veinte años desde el mo-
mento de recibir la radiación hasta que se declare la enfermedad. Precisamente por eso, cabe la posibilidad de que este-
mos sembrando una futura epidemia con las centrales nucleares de hoy. La Union of Concerned Scientists ha calculado
que para el año 2000 cerca de 15.000 habitantes de Estados Unidos habrán muerto como consecuencia directa de fugas
y accidentes nucleares de pequeña importancia. Si llegara a producirse un “síndrome de China”, la UCS prevé que ha-
bría unas 100.000 muertes, y un territorio de miles de kilómetros cuadrados quedaría contaminado durante muchos
años.37
Otro problema aún más grave es que cada reactor nuclear produce alrededor de 200 kilos de plutonio al año.
El plutonio es la materia prima que se utiliza para fabricar bombas atómicas. Al ritmo actual, cada central nuclear del
pais genera anualmente el suficiente plutonio para fabricar cuarenta armas atómicas. Dentro de dos decenios. habrá su-
ficiente material fisionable en tránsito internacional como para producir 20.000 bombas atómicas. Resulta imposible
garantizar la seguridad de este material: en la actualidad, ya han desaparecido más de 300 kilos de plutonio de diversos
reactores y plantas de almacenamiento de Estados Unidos.38 En vista de que todos los conocimientos técnicos necesa-
rios para construir una bomba atómica están al alcance de cualquiera en bibliotecas de todo el país, seguir produciendo
plutonio es como invitar a quien quiera a que fabrique y utilice su propia bomba nuclear. En un estudio realizado por la
Oficina de Valoración Tecnológica, titulado Los efectos de una guerra nuclear, se comprobó que una bomba terrorista
relativamente pequeña podía destruir por completo varias manzanas de un barrio céntrico de rascacielos, dispersando
una radiación mil veces superior a la considerada tolerable por los seres humanos y provocando una mortífera lluvia ra-
diactiva en los alrededores. De hecho, para causar un número increíble de muertes ni siquiera hace falta una bomba ató-
mica: si se dispersara el plutonio por el aire encima de una gran ciudad, una superficie de cien kilómetros cuadrados
quedaría contaminada durante 100.000 años.39
Por otra parte, queda el problema irresoluble de cómo eliminar los residuos nucleares. Por increíble que pa-
rezca, con toda la atención que se dedica a la investigación y desarrollo en materia nuelear y tras gastar miles de millo-
nes de dolares en la construcción de las centrales existentes, la comunidad científica, las compañías eléctricas y el go-
bierno aún no han encontrado la manera de deshacerse de los residuos. Según Harvey Brooks, de la universidad de Har-
vard, que encabeza el comité de la Academia Nacional de Ciencias sobre la cuestión de la eliminación de residuos
radiactivos, ‘“yo diría que si la energía nuclear acaba resultando socialmente inaceptable será principalmente por la
percepción del público del problema de la eliminación de los residuos”.40
A finales de 1976, sólo en Estados Unidos yacían almacenadas en piscinas nucleares 3.000 toneladas métricas
de barras de combustible gastado. Hacia 1985, esta cantidad era ya de 13.000 toneladas. En 1987, las piscinas de alma-
cenamiento nuclear de cuarenta centrales nucleares estadounidenses se acercaban a la capacidad máxima autorizada.41
Los residuos sólidos -ropa y material contaminado- constituyen otro importante problema.
En 1985, las centrales nucleares de Estados Unidos produjeron un total de 1.348 toneladas métricas de resi-
duos altamente radiactivos. Se ha previsto que en el año 2000 habrá unas 41.000 toneladas métricas de residuos radiac-
tivos y que la producción anual de los mismos será de unas 1.900 toneladas adicionales.42 Si bien hay muchos proyec-
tos que se centran en la forma más “segura” de enterrar esta imponente cantidad de residuos ninguno de ellos ha de-
mostrado su eficacia, por la sencilla razón de que no hay ninguna manera de garantizar que una sustancia letal pueda
ser almacenada durante miles de años. Después de todo, Estados Unidos sólo existe desde hace 200 años, y la civiliza-
ción humana sólo cuenta unos pocos milenios de antiguedad. Hace falta mucha audacia para imaginar que podemos in-
geniar un programa para almacenar estos mortíferos residuos radiactivos durante un lapso superior al de toda la cultura
humana desde la prehistoria hasta la fecha.
Dejando al margen el problema del tiempo, la industria ni siquiera ha logrado encontrar un sistema de alma-
cenamiento adecuado para los años ochenta. Aunque el actual volumen de residuos radiactivos es relativamente peque-
ño, constantemente llegan informes sobre fugas y accidentes en los lugares donde se conservan. En la reserva nuclear
que el gobierno estadounidense posee en Richland, Washington, se han descubierto fugas de radiactividad: más de
2.250.000 litros de residuos radiactivos líquidos han escapado de los depósitos almacenados en esta instalación. En ju-
nio de 1978, el estado de Kentucky clausuró su cementerio radiactivo de Maxey Flats después que un estudio de la EPA
comprobara que “partículas radiactivas estaban escapando del recinto”. Se han detectado fugas similares en los cemen-
terios nucleares de Oak Ridge, en Tennesse; Ocean City, en Maryland, y un tercero cerca de San Francisco, en Califor-
nia.43
Aunque la producción de energía nuclear de EE.UU. siga descendiendo, a fines de siglo será necesario abrir
nuevos cementerios cada dos o tres años para dar cabida a todos los residuos. Estos cementerios, a su vez, exigirán una
vigilancia estricta y permanente -con guardias armados- durante unos 250.000 años, para evitar fugas a la biosfera: éste
es el tiempo medio que necesitan algunos componentes de los residuos radiactivos para volverse inofensivos.
En todo el mundo se llevan invertidos más de 200.000 millones de dólares en la energía nuclear.44 Con todo,
estudios realizados por el gobierno estadounidense indican que un accidente importante en una sola central nuclear si-
tuada cerca de una gran acumulación urbana podría provocar 140.000 muertes inmediatas y pérdidas por valor de
150.000 millones de dólares.45 No es de extrañar que la mayoría del público haya llegado a creer que los beneficios
energéticos que proporcionan a corto plazo las centrales nucleares no compensan en absoluto los potenciales costes en-
trópicos a largo plazo que conlleva este tipo de energía. En 1985, la revista Forbes, dedicada a la empresa y las finan-
zas, resumió atinadamente la breve historia de la energía nuclear en una sola frase: “El fracaso del programa nuclear es-
tadounidense constituye el mayor desastre administrativo en la historia de los negocios, un desastre a escala monumen-
tal”.46

La fusión nuclear
Aunque la energía nuclear crea problemas que parecen insuperables, el espíritu nuclear se resiste a morir. Ha-
ce veinte años, los estadounidenses recibieron la promesa de que la energía de fisión abriría las puerta de una era de
energía “sin límites, limpia y demasiado barata para medirla”. Hoy, cuando este mito ha recibido un golpe de muerte
con accidentes como los ocurridos en Three Mile Island y Chernobyl, se no ofrece una nueva promesa: la promesa de la
energía de fusión. Las declaraciones de sus valedores son asombrosamente parecidas a las que hacían veinte años antes
los proponentes de la fisión.
Técnicamente, la fusión nuclear es lo contrario de la fisión. En lugar de dividir un núcleo, como la fisión, la
fusión reúne (funde) dos núcleos de diferentes átomos. La energía de fusión no es nada nuevo; constantemente se está
produciendo en el Sol, liberando la energía vital que ha bombardeado el planeta durante miles de millones de años. En
los años cincuenta, los seres humanos aprendieron a desencadenar una reacción de fusión mediante la bomba de hidró-
geno. En la actualidad, los científicos esperan descubrir un método para dominar la inmensa energía que puede liberar-
se en tal explosión y contener la reacción dentro de los muros de una central de fusión nuclear.
Los abogados de la energía de fusión aducen que se trata de un proceso más eficiente que la fisión, que genera
muchos menos residuos radiactivos y que quizá un día pueda usar hidrógeno como combustible, hidrógeno que sin du-
da podría obtenerse del océano en cantidades prácticamente ilimitadas. En cierto sentido, la energía de fusión es equi-
valente moderno de la máquina del movimiento perpetuo. Pero la Ley de la Entropía, que impide la existencia de un
movimiento perpetuo, también pone importantes limitaciones a la capacidad de desarrollar la energía de fusión para
que satisfaga las exigencias humanas.
Para empezar, nadie puede decir con certeza si es posible sostener una reacción de fusión contenida. Para que
resulte comercialmente útil, un reactor debería fundir 100 billones de núcleos de hidrógeno por segundo en cada centí-
metro cúbico del núcleo del reactor. Hasta la fecha, sólo ha sido posible sostener una reacción de fusión contenida du-
rante una fracción de segundo. A menos que la reacción pueda mantenerse, el proceso de fusión exigirá una cantidad de
energía incalculablemente superior a la que produce. Las previsiones más optimistas calculan que hasta el año 2025 no
se podrá obtener energía comercial por el proceso de fusión, un lapso demasiado largo para satisfacer la escasez de
energía que ahora sufre el mundo.47
En segundo lugar, existen diversos tipos de tecnología de fusión. El tipo que se está estudiando ahora se llama
reacción de deuterio-tritio, porque el proceso funde los átomos de estos dos elementos. El tritio sé deriva del litio, un
recurso no renovable que ya es casi tan escaso como el uranio. Por consiguiente, la energía de fusión no es ilimitada, ya
que sólo puede producirse mientras duren las reservas mundiales de litio. Además, una central de fusión exigiría gran-
des cantidades de otros recursos no renovables que ya empiezan a escasear, como el niobio y el vanadio. Cada central
de 1.000 megavatios exigiría la extracción adicional de 1.270.000 kilos de cobre, un metal que también empieza a re-
sultar relativamente escaso.48
En tercer lugar, para calificar de “limpio” a un reactor de fusión hay que tener un concepto peculiar de la lim-
pieza. Los mineros seguirán viéndose afectados por la extracción del litio, como se ven ahora los que trabajan en las
minas de uranio. Además, tampoco puede decirse que los reactores de fusión no produzcan residuos. Una gran central
de fusión podría producir anualmente hasta 250 toneladas de desechos radiactivos,49 de modo que seguirían en pie los
mismos problemas de eliminación que acosan hoy a los reactores de fisión.
Además, cualquier tipo de reactor de fusión hoy previsible conlleva enormes problemas técnicos y de mante-
nimiento. Uno de los motivos por los que los científicos están experimentando con la fusión de deuterio-tritio es que és-
ta puede desarrollarse a temperaturas de 100 millones de grados centígrados. (La temperatura de reacción en el reactor
de hidrógeno-boro, que podría utilizar como combustible el agua del mar sería de 3.000 millones de grados.) Estas ci-
fras, bastante abrumadoras, cobran un significado especial cuando se piensa que, en estos momentos, no se conoce nin-
gún material capaz de resistir tales temperaturas sostenidas y tales niveles de radiación. El Dr. Bowen R. Leonard, Jr.,
científico superior en el laboratorio de Battelle Pacific Northwest, dice que el calor y la radiación generados por la reac-
ción podrían hacer que la reacción de fusión resultara económicamente inviable. “Estos niveles de radiación destruyen
la resistencia del acero y demás materiales estructurales... volviéndolos peligrosamente frágiles con mucha rapidez. Ha-
bría que estar cambiando piezas constantemente y las paradas serían frecuentes.”50 Algunas partes de las estructura -
como los muros más cercanos a la reacción- quizá tendrían que ser sustituidas una vez al año, pero, debido a la natura-
leza intensamente radiactiva de esta reacción, ningún ser humano podría realizar las tareas de mantenimiento con segu-
ridad. Habría que diseñar una nueva generación de robots de mantenimiento industrial, a un coste descomunal. Nadie
sabe siquiera cuánto duraría una central, pero los cálculos oscilan alrededor de unos veinticinco años. Una vez la cen-
tral haya sufrido tensiones que no le permitan seguir en funcionamiento, habrá que desmantelarla, transportarla por pie-
zas y enterrarla. Al margen de todas estas cuestiones técnicas y de recursos, Amory Lovins, físico y abogado de la
energía solar, argumenta que la energía de fusión representa “una manera de hacer algo que no queremos hacer, es de-
cir, de implantar un sistema para producir electricidad que resulta complejo, costoso, lento de desplegar, centralizado y
basado en la alta tecnología”. Todas las tecnologías nucleares, en su opinión, equivalen a utilizar una sierra mecánica
para cortar la mantequilla.51

Los minerales

La energía -ya sea en forma de petróleo, carbón, uranio o radiaciones solares- no puede contemplarse aislada-
mente. Si queremos extraer energía de nuestro medio ambiente hemos de hacerlo utilizando recursos no renovables en
forma de taladros, tractores y centrales. Y si queremos que esta energía realice algún trabajo, hemos de usar otros recur
sos no renovables como los que se invierten en máquinas y fábricas. Por este motivo, el agotamiento de los recursos
energéticos sólo representa una parte de la historia de limitaciones físicas que estamos viviendo en el planeta. La Tierra
está agotando con gran rapidez casi todos los principales minerales no renovables que hacen falta para el mantenimien-
to y el crecimiento de las economías altamente industrializadas. Cada año, la economía de Estados Unidos consume por
sí sola casi 20.000 kg por persona de nuevos recursos minerales para sus centrales de energía, transportes, escuelas, má-
quinas herramientas, viviendas, puentes, aplicaciones médicas y equipo pesado.52
Estados Unidos es el principal consumidor de las reservas terrestres de minerales preciosos. Según el Depar-
tamento de Interior, la economía de este país produce o importa el 27 por ciento de la producción mundial de bauxita, el
18 por ciento de la producción mundial de mena de hierro y el 28 por ciento del níquel mundial.53 Si el resto del mundo
llegara al nivel de vida estadounidense, tendría que consumir una cantidad de recursos no renovables 200 veces supe-
rior a la que actualmente se produce (este cálculo presupone que la población del planeta se multiplicará por dos desde
ahora hasta comienzos del siglo XXI). Aunque alcanzar el nivel de vida de Estados Unidos es el objetivo de la mayoría
de naciones en desarrollo, evidentemente se trata de un sueño imposible.54
Numerosos expertos predicen que dentro de setenta y cinco años o menos (con los niveles de consumo actua-
les) las diversas economías del planeta habrán “agotado todas las reservas conocidas de quizá la mitad de los metales
útiles”.55 Ll Dr. Preston Cloud, geólogo del U.S. Geological Survey, es uno de dichos expertos. En su declaración ante
el Comité Económico Conjunto del Congreso estadounidense, en 1978, Cloud aseguró que entre la lista de minerales en
peligro de agotamiento para comienzos del próximo siglo figuran el cobre, el oro, el antimonio, el bismuto y el molib-
deno.56 Dentro de Estados Unidos, hacia el año 2050 se habrán agotado todos los depósitos extraíbles de estaño, amian-
to comercial, colombio, fluorita, mica en láminas, fósforo de alta calidad, estroncio, mercurio, cromo y níquel.57
La mayor dependencia de las importaciones extranjeras en la mayor parte de los minerales básicos, junto con
la intensa competencia mundial por hacerse con las escasas reservas existentes, hará subir los precios y fortalecerá la
posición negociadora de los países exportadores de minerales, como sucedió con las naciones de la OPEP en el caso del
petróleo.
El flujo de recursos no renovables a través de la sociedad también afecta al consumo de recursos renovables.
Si bien es cierto que los árboles y los peces son organismos vivos que se reproducen por sí mismos, el consumo anual
de estos recursos parece incrementarse a un ritmo superior a su capacidad de renovación. En efecto, el sistema econó-
mico de alta entropía explota los recursos renovables a tal punto que, en la práctica, se convierten en no renovables.
Antes del advenimiento de la era de los combustibles fósiles, la humanidad obtenía casi la totalidad de su flujo de ener-
gía de los bosques, pesquerías, pastos y tierras de cultivo. Ahora, en cambio, todos los datos indican que la productivi-
dad de estos sistemas ha llegado ya a su máximo y está empezando a declinar. La producción forestal mundial viene
disminuyendo constantemente desde 1967. La pesca llegó a su máximo en 1970, y ahora muchas zonas pesqueras tra-
dicionales del oceano han quedado “vaciadas”. La producción agrícola, medida en kilogramos de cereales per cápita
por año, alcanzó un punto máximo en 1976. En cuanto a las tierras de pasto, la producción per cápita de lana, buey y
cordero (que dependen todas de los pastos) también está disminuyendo.58
A pesar de los abrumadores datos estadísticos presentados en informes y estudios de las Naciones Unidas, del
Congreso y de instituciones académicas, aún quedan unas cuantas almas que se aferran a la creencia de que, con el rit-
mo de crecimiento actual, quedan suficientes recursos no renovables como para satisfacer las necesidades de la pobla-
ción mundial indefinidamente, o al menos durante un largo periodo de tiempo. Sus supuestos básicos, empero, son
completamente erróneos.
Por ejemplo, con frecuencia se oye decir que todo el planeta está compuesto de minerales. Lo que se pasa por
alto es que solo una pequeñísima fracción de esta cantidad es utilizable o potencialmente extraible. Supongamos, sólo
por seguir la discusión, que todo el peso de la Tierra fuese convertible en energía productiva (lo que nos dejaría a todos
caminando por el aire): con la tasa de crecimiento anual en el consumo de los diez minerales principales, que es de un
3 por ciento, acabaríamos agotando el equivalente de todo el peso de la Tierra en cuestión de unos cuantos siglos. Y es-
te plazo no es muy largo si nos detenemos a pensar que los seres humanos llevan más de 3.500.000 años en el planeta, y
que el planeta en sí ya existía desde 4.000 millones de años antes.
También hay quienes aducen que los nódulos de manganeso extraídos del fondo marino podrían proporcio-
narnos una fuente de metales no férricos. Según algunos especialistas, esta fuente podría proporcio nar “tanto cobre co-
mo una cuarta parte de la producción actual, tanto níquel como el triple de la producción actual y tanto manganeso co-
mo el séxtuplo de la producción actual”. Los mismos especialistas consideran que en el futuro aún sería posible multi-
plicar por cuatro dichas cantidades. Una vez más, estas cifras parecen impresionantes a primera vista, hasta que se
sitúan en el contexto del crecimiento geométrico. Con los actuales índices de crecimiento en el consumo, la demanda
de cobre se habrá multiplicado por 90 en sólo cien años, la de níquel por 28 y la de manganeso por 17, eliminando así
cualquier ventaja a corto plazo, medida en años o decenios, que pudiera derivarse de estos depósitos adicionales.59
Desde otro punto de vista, hay quienes siguen creyendo que las reservas existentes de minerales no renova-
bles pueden mantenerse indefinidamente ya sea sustituyendo los minerales escasos por otros menos escasos ya sea me-
diante un reciclaje eficaz del mineral en uso. En cuanto a la sustitución, y en vista de que la disponibilidad de casi todos
los metales importantes está disminuyendo rápidamente, el hecho de sustituir unos por otros en el proceso de produc-
ción conllevaría una ventaja relativamente pequeña. Tal como indica William Ophuls, “los sustitutos (como aluminio
en lugar de cobre) son en conjunto menos eficaces que el material al que sustituyen y, en consecuencia, hace falta más
energía para realizar una función dada”.60 Además, algunos minerales presentan propiedades únicas y resultan por tan-
to insustituibles.
El reciclaje se presenta a menudo como la solución al agotamiento de los recursos minerales. En la actuali-
dad, el reciclaje ya proporciona aproximadamente la mitad de la demanda anual de antimonio, una tercera parte de la
demanda de hierro, plomo y níquel, y una cuarta parte de las necesidades de mercurio, plata, oro y platino. Sin embar-
go, debe mos tener presente que el reciclaje también está sujeto a la segunda ley de la termodinámica. Cada vez que se
recicla un mineral, una parte del mismo se pierde inevitable e irrevocablemente. Como ya hemos dicho, la eficiencia
del reciclaje se cifra actualmente en aproximadamente un 30 por ciento en la mayoría de los metales de uso común.
Además, el reciclaje produce contaminación y requiere un mayor consumo de energía para recoger, transportar y trans-
formar los materiales dispersos. Aunque es cierto que será imprescindible aumentar la eficiencia del reciclaje, los datos
disponibles indican que, en el futuro previsible, el reciclaje sólo podrá cubrir un pequeño porcentaje de la demanda to-
tal de minerales.
QUINTA PARTE

La entropía y la
Era Industrial
La economía

Los países industrializados, y Estados Unidos en particular, están llegando ante una divisoria entrópica. Al ca-
bo de 400 años, el mundo empieza a agotar la base de recursos no renovables que proporcionó a la era industrial un co-
losal flujo de energía solar acumulada. En cada etapa de la línea de flujo de la energía, el desorden va en aumento, y los
transformadores tecnológicos e institucionales se vuelven cada vez más complejos, más concentrados, más especializa-
dos y más propensos a la avería.
No hace falta ser un economista para comprender este proceso. Puesto que todos sobrevivimos transforman-
do, intercambiando y eliminando energía en sus diversas formas, experimentamos directamente las tremendas disloca-
ciones en la línea de flujo de la energía que van produciéndose a medida que la sociedad se acerca cada vez más a una
divisoria entrópica. Y este proceso resulta especialmente evidente cuando consideramos los estragos de la inflación.
La inflación está directamente relacionada con el agotamiento de nuestra base de energía no renovable. Según
va resultando más costoso extraer del entorno la energía disponible, cada vez menos fácilmente explotable, los costes
asociados con todos los procesos de transformación, intercambio y eliminación siguen creciendo a lo largo de toda la lí-
nea de flujo de la energía. En consecuencia, los precios no dejan de aumentar, tanto para el productor como para el con-
sumidor. La acumulación de desórdenes debidos al flujo anterior añade nuevos costes económicos, políticos y sociales,
que también contribuyen a aumentar los precios para el productor y el consumidor. La espiral de la inflación crece im-
parablemente a medida que el entorno energético se aproxima al agotamiento. El motivo de que suceda así es muy sen-
cillo: cada vez hace falta más dinero para pagar una tecnología más compleja y más cara que permita extraer y procesar
la energía restante, y más dinero para pagar los costes de controlar o limitar todo el desorden producido por la disipa-
ción de energía en el proceso de flujo.
Si bien la espiral inflacionaria inducida por la crisis energética de los años setenta pudo ser temporalmente
dominada en los ochenta, muchos economistas prevén un nuevo auge de la inflación para los años noventa, conforme la
escasez de energía vaya haciéndose más pronunciada y los costes ambientales sigan creciendo.
Según el Dr. Barry Commoner, todas las fuentes de energía básica de que dependemos adolecen de un defecto
común:
Puesto que son no renovables o están sobrecargadas con una tecnología innecesariamen-
te compleja -o ambas cosas a la vez-, exigen inversiones de capital cada vez mayores, su obtención
es cada vez más dificil y -en el mercado libre de la empresa privada- más cara.1

Commoner cita estadísticas que demuestran irrefutablemente cómo la Ley de la Entropía afecta a todo este
proceso. Por cada dólar invertido en 1960 en la producción de energía, se obtuvieron 2.250.000 BTU de energía. En
1970, dice Commoner, cada dólar invertido sólo produjo 2.168.000 BTU de energía. Y tres años después, en 1973, el
rendi miento había descendido a 1.845.000 BTU por cada dólar invertido. En sólo trece años, se produjo un descenso
del 18 por ciento “en la productividad del capital (invertido) en la producción de energía”.2 (Las cifras, dicho sea de pa-
so, están expresadas en dólares de 1973, para eliminar los efectos de la inflación.)
Hacia el año 2020, la calidad de los suministros de petróleo estadounidense será tan baja que se utilizarán
otros combustibles en casi todas las aplicaciones.3
Puesto que cada vez cuesta más extraer del entorno la energía menos disponible, la cantidad de dinero que de-
be retirarse del resto de la línea de flujo para proporcionar nuevo capital a la industria de la energía sigue en aumento.
La industria de la energía necesitará reunir más de 900 millones de dólares para financiar sus operaciones durante el
próximo decenio. Más de la mitad de esta suma, empero, deberá ser recogida exteriormente, porque estas empresas no
disponen de suficientes reservas de capital para financiar ellas mismas sus propias necesidades.4 Esto quiere decir que
para mantener la industria de la energía habrá que inyectarle un capital que normalmente se invertiría en otros sectores
de la economía.
Hacia 1987, más del diez por ciento de todo el capital privado fijo de los Estados Unidos se dedicaba a la pro-
ducción de energía.5
Cuanto más dinero se desvía hacia la producción de energía, los transformadores -tanto la maquinaria como
las instituciones- se vuelven más concentrados, complejos y poderosos. Hoy en día, las instituciones energéticas de
EE.UU. poseen 181.000 millones de dólares en activos, o “el 29 por ciento de los activos (y ventas) de las 500 mayores
empresas de Estados Unidos”. Tan grandes son las empresas energéticas, como Mobil, Exon y Texaco, que veinte de
ellas representan el 18 por ciento del producto nacional bruto estadounidense.6 Considerando que el precio de una nue-
va refinería de petróleo se cifra en 500 millones de dólares, y el de una central nuclear entre 1.000 y 2.000 millones de
dólares, sólo estas empresas gigantes pueden permitirse participar en el juego de la energía.7
La energía, naturalmente, es la base de toda actividad económica. Por consiguiente, a medida que van subien-
do los precios en origen, el aumento se transmite por la línea de flujo de la energía en forma de mayores precios en cada
paso sucesivo. Al final, el consumidor individual paga la factura en forma de inflación.
Hace varios años, el Proyecto de Exploración de Energías Alternativas, un grupo de expertos de Washington,
emprendió un estudio detallado sobre las causas fundamentales de la inflación. Su informe final adelantaba la conclu-
sión de que los aumentos de precio en las cuatro necesidades básicas del consumidor -energía, alimento, vivienda, sani-
dad- eran ocasionados por el incremento de los costes relacionados con la transformación y el intercambio de energía.
Aunque esto parece bastante evidente, casi todos los economistas gubernamentales siguen centrándose en efectos se-
cundarios como la subida de los salarios o la política monetaria y fiscal.
Para un 80 por ciento de las familias estadounidenses, las cuatro necesidades fundamentales que acabamos de
citar acaparan el 70 por ciento de su presupuesto. El estudio en cuestión aisló cada una de estas necesidades y rastreó
las causas de la inflación hasta su origen: el agotamiento de las fuentes de energía no renovable y los crecientes costes
tecnológicos, estructurales e institucionales relacionados con el mantenimiento del flujo de energía. Por ejemplo, sólo
la energía -gasolina, electricidad, gas oil y carbón- representa casi el 12 por ciento del presupuesto familiar medio. El
estudio concluyó que la inflación de la energía había “robado a los estadounidenses corrientes un 1 por ciento de poder
adquisitivo familar anualmente”.8
En el caso de la alimentación, que representa aproximadamente el 28 por ciento del presupuesto familiar me-
dio, el informe comprobó que la tendencia inflacionaria se debía al incremento en los costes de la energía consumida en
el cultivo, recolección, transporte, empaquetado y comercialización de los productos agrícolas, así como a la creciente
demanda mundial de productos alimenticios estadounidenses.9 En los sectores de la vivienda y la sanidad, la raíz de la
espiral inflacionaria se hallaba igualmente en el aumento de precio de la energía no renovable. Esto es así porque toda
actividad económica depende en último término de la base energética prevaleciente.
La inflación, pues, nos da la medida del estado entrópico del medio ambiente. Cuanto más se acerca al máxi-
mo la entropia del ambiente, más caro se vuelve todo en la línea de flujo de la energía. Como ya hemos visto, los costes
relacionados con la transformación de energía van en aumento a medida que las fuentes de energía resultan más difíci-
les de localizar, explotar y procesar. El coste del intercambio de energía entre instituciones, sectores, grupos e indivi-
duos también aumenta, como consecuencia inevitable del mayor coste de la extracción y tratamiento.
Ya hemos visto cómo resulta afectado el consumidor por este incremento en los costes, pues en último térmi-
no debe pagar más dinero para satisfacer sus necesidades básicas. También los asalariados resultan afectados; es decir,
aunque los salarios aumentan, el poder adquisitivo real disminuye en relación a la subida del coste de la vida. En Esta-
dos Unidos, el salario semanal medio de 1987, en dólares constantes (descontando la inflación en el índice de precios
de consumo) era inferior al de 1962.10 Este desfase creciente entre los salarios y el poder adquisitivo real se debe al di-
nero que se desvía de la masa salarial para pagar los crecientes costes que conlleva el mantenimiento del flujo de ener-
gia no renovable. La cosa funciona así: según suben los costes al principio de la linea de flujo de la energía, se van
transmitiendo a todas las instituciones económicas que vienen a continuación. Para compensar el incremento de los
costes, todas las instituciones económicas que intervienen en la línea de flujo, desde la extracción hasta la venta al por
menor, intentan reducir los salarios para mantener el margen de beneficios existente.
El resultado se traduce en menores salarios “reales” y menor poder adquisitivo, y el menor poder adquisitivo
quiere decir que a los consumidores cada vez les resulta más dificil cubrir sus necesidades de energía: alimentos, ropa,
sanidad, etc. En otras palabras, y como ya hemos apuntado antes, el flujo de energía a través del organismo humano se
vuelve más lento, a-medida que se va desviando cada vez más energía (o dinero) para el mantenimiento de las institu-
ciones sociales y de la maquinaria responsable del propio flujo de energía.
Mientras el consumidor padece el aumento de los precios y el asalariado la disminución de los salarios reales
el contribuyente ha de padecer el incremento de los costes que se deriva de la constante acumulación de desórdenes y
residuos disipados en la linea de fllujo. Es el contribuyente quien paga la parte del león en la limpieza y eliminación de
los colosales cantidades de residuos generadas por el flujo de energía a través del sistema. Según el informe anual del
Consejo Presidencial sobre Calidad del Medio Ambiente, en 1983 los contribuyentes estadounidenses desembolsaron
más de 10.000 millones de dólares para controlar y reducir la contaminación.l1 El Consejo calcula que el coste general
del control de la contaminación en los próximos diez años será superior a 361.000 millones de dólares, buena parte de
ellos pagados por el gobierno con cargo a los impuestos.12
El contribuyente también acaba pagando los desórdenes económicos y sociales que surgen a consecuencia de
la forma en que está organizada la linea de flujo. Por ejemplo, ciertos individuos, grupos y clases se hallan situados en
la periferia de los procesos de transformación e intercambio, debido a la forma en que el sistema organiza los trabajos y
la distribución de la renta. A medida que la entropía del ambiente va en aumento y los costes se multiplican en toda la
linea de flujo, este sector de la población es el primero que sufre estrecheces económicas. Según va creciendo el núme-
ro de individuos de las clases pobres que son expulsados de la línea de flujo para compensar el agravamiento de las
condiciones económicas, el gobierno debe tomar cartas en el asunto y cubrir sus necesidades de energía en forma de se-
guridad social y otras subvenciones. El paro, a fin de cuentas, es otro aspecto del proceso entrópico. Cuanto más depri-
sa se agota la energía, más gente queda sin empleo o subempleada. Las instituciones gubernamentales a todos los nive-
les, ya sean locales o centrales, deben ampliar su intervención para proporcionar alguna ayuda a estas primeras victimas
de la creciente crisis energética.
El gobierno también debe ampliar sus funciones en otros sectores directamente relacionados con el aumento
del paro y la pobreza, como los gastos en sanidad pública y seguridad ciudadana. En consecuencia, una parte cada vez
mayor del dinero de los impuestos debe ser desviada de la linea de flujo para poder pagar el coste creciente de estas bu-
rocracias gubernamentales. En 1988, el 16 por ciento de la población activa de Estados Unidos trabajaba para algun ti-
po de institución pública u organismo del gobierno.13 Estas instituciones gubernamentales no dejan de crecer constan-
temente, pues se ven obligadas a resolver o contener los cada vez mayores desórdenes sociales y económicos que sur-
gen a lo largo de la linea de flujo. Sin embargo, y al igual que las instituciones económicas, los organismos del gobierno
acaban consumiendo cada vez más dinero sólo para su propio mantenimiento, con lo que hacen más pesada la carga de
los impuestos y disminuyen aún más el flujo de energia para el consumo humano. Este circulo vicioso que desvia ener-
gía del consumo público y la dirige hacia el mantenimiento y ampliación de las burocracias económicas y gubernamen-
tales se desarrolla más y más deprisa cada vez hasta que todo el mecanismo social se estrella de frente contra una divi-
soria entrópica.

A estas alturas deberia resultar evidente que la teoria económica clásica no puede resolver la creciente crisis
que amenaza a las economías del planeta. Ni en el análisis económico capitalista ni en el socialista hay lugar para la
Ley de la Entropía. Sin embargo, la segunda ley es el principio supremo que rige toda actividad económica. La negativa
a reconocer esta verdad fundamental y a reorientar la politica económica según sus dictados está acortando la distancia
hacia el desastre económico y ecológico de todo el planeta.
Hoy en dia, como hace 200 años, cuando Adam Smith sentó los principios de la teoría económica moderna,
tanto las naciones socialistas como las capitalistas elaboran sus supuestos económicos sobre las bases de la doctrina
mecanicista clásica.
Los economistas capitalistas siguen viendo el sistema económico como un proceso mecánico donde la oferta
y la demanda se readaptan constantemente entre sí en un movimiento alterno como las oscilaciones de un péndulo. Si
tomamos cualquier manual de introducción a la economía, veremos que nos dice que la economía no es más que la int
racción de las curvas de la oferta y la demanda. Cuando la demanda de un producto o servicio va en aumento, los ven-
dedores suben el precio proporcionalmente para aprovechar la situación. Cuando el precio llega a ser demasiado alto, la
demanda afloja o se vuelve hacia otro producto o servicio, obligando al vendedor a reducir los precios hasta el punto en
que vuelve a incrementarse la demanda. A lo largo de los años se han ido añadiendo refinamientos y correcciones, pero
el concepto básico del mecanismo comercial de la oferta y la demanda sigue en el centro de todo el pensamiento econó-
mico clásico.
Si bien los economistas socialistas rechazan el mecanismo del mercado, están de acuerdo con los capitalistas
en que el entorno económico general nunca se agota. Respecto a la cuestión de dónde van a salir los nuevos suminis-
tros, tanto capitalistas como socialistas dan por su puesto que las nuevas tecnologías siempre podrán encontrar la mane-
ra de localizar y aprovechar reservas de recursos no explotados. La base de recursos se considera inagotable.
Según las teorías capitalista y socialista, la actividad económica convierte lo inútil en valioso. Recordemos la
creencia de Locke, de que todo en la naturaleza debe considerarse baldío hasta que se le añade el esfuerzo humano y se
convierte en algo de valor que puede ser intercambiado y consumido por la sociedad. Al volver cabeza abajo la primera
y la segunda ley de la termodinámica, la teoría económica moderna ha malinterpretado completamente la base de toda
actividad económica. Una vez más, la primera ley dice que la energía es constante y que no puede ser creada ni destrui-
da, sino sólo transformada. La segunda ley, a su vez, dice que sólo puede ser transformada en una dirección, de disponi-
ble a no disponible o de utilizable a no utilizable. Cada vez que se extrae energía del entorno y se hace fluir por la socie
dad, en cada etapa se disipa o se pierde parte de ella, hasta que, a la corta o a la larga, toda ella, incluso la que se halla
en forma de productos, acaba convertida en una u otra clase de desechos al final de la linea.
La mayoría de los economistas se muestra incapaz de aceptar esta sencilla verdad. Los economistas están in-
disolublemente apegados a la idea de que el esfuerzo humano añadido a los recursos de la naturaleza crea un valor ma-
yor, no menor. Puesto que la maquinaria se considera en último término como trabajo humano pasado combinado con
recursos, también se juzga que su acción crea valor económico. No les entra en la cabeza que ni las máquinas ni las per-
sonas pueden crear nada, que sólo pueden transformar las reservas existentes de energía disponible desde un estado uti-
lizable a un estado de desecho, sin proporcionar en el proceso más que un “provecho momentáneo”.
Los economistas se aferran obstinadamente a la idea de que el esfuerzo humano y la maquinaria sólo crean
valor, porque creen en el paradigma del progreso material permanente e ilimitado. Sin embargo, sabemos por la segun-
da ley que cada vez que se emplea energía humana, mecánica o de cualquier otro tipo para producir algo de valor, se
hace a costa de crear un mayor desorden en el medio ambiente general. También sabemos que hasta las cosas de valor
que producimos acaban convirtiéndose con el tiempo en residuos y energía disipada. Así pues, no existe tal cosa como
el progreso “material” en el sentido de acumular una reserva “permanente” de bienes utilizables, ya que todo lo que ha-
cemos en el mundo acaba inevitablemente como polvo en el viento.
Las implicaciones de todo esto son extraordinarias. Consideremos por unos instantes el concepto de producti-
vidad. Los sistemas capitalista y socialista definen la productividad en forma de velocidad por unidad de producción,
con lo que se subraya la importancia de realizar una tarea determinada con la mayor rapidez posible. Sin embargo, des-
de un punto de vista termodinámico, sería mucho más adecuado tener en cuenta la entropía causada por unidad de pro-
ducción antes que la velocidad. Hace algunos años se realizó un estudio a fin de averiguar cuánta energía era necesaria
para fabricar un automóvil. La conclusión fue que en la práctica se consumía una energía varias veces superior a la que
era realmente necesaria. ¿Por qué se consumía toda esta energía adicional? Para que el automóvil saliera más rápida-
mente de la cadena de montaje. Cuanto mayor es la importancia que se concede a la velocidad de conversión, más ener-
gía se consume aparte de la estrictamente necesaria para fabricar el producto. Gran parte de la energía derrochada por
las modernas economías industriales es el precio que hemos de pagar por la velocidad.
Resulta interesante observar que cualquiera que se haya encontrado conduciendo por una carretera solitaria
con el depósito de gasolina casi vacio ha comprendido intuitivamente la diferencia entre definir la productividad según
la velocidad por unidad de producción o según la entropía por unidad de producción. Enfrentado a la posibilidad de
quedarse sin gasolina, y sin saber a qué distancia puede hallarse la próxima estación de servicio, el conductor tiene dos
opciones: puede acelerar, para intentar llegar antes a la gasolinera, o puede conducir más lentamente. No es extraño que
muchos de nosotros, al hallarnos en esta situación, reaccionemos acelerando, bajo la creencia de que la mayor veloci-
dad favorecerá nuestras probabilidades de 11egar a la gasolinera. Sin embargo, sucede todo lo contrario. Si utilizamos
más juiciosamente la gasolina que nos queda, podemos recorrer una mayor distancia. Tardaremos más en llegar, pero el
tiempo perdido queda compensado por la energía que se ahorra, que puede utilizarse para recorrer una mayor distancia.
En el marco de eficiencia termodinámica, pues, la productividad es una medida de la entropía producida, no de la velo-
cidad por unidad de producción.
La Ley de la Entropía nos dice también que cada vez que aumentamos el nivel de energía consumida por el
trabajo humano o mecánico, la disminución de entropía o valor añadido al producto final provoca un aumento aún ma-
yor del desorden en algún lugar del entorno general. Por consiguiente, mientras se siga midiendo la productividad en
forma de velocidad por unidad de producción, se gastará mas energía de la necesaria para convertir los recursos natura-
les en productos económicos, y este aumento en el flujo de energía ocasionará un mayor desorden o acumulación de en-
tropía, que deberá ser pagado por la sociedad de un modo u otro.
Mientras hubo abundantes reservas de combustibles fósiles y de los metales necesarios para dar forma y man-
tener el sistema industrial. parecía lógico definir la productividad en forma de velocidad por unidad de producción.
Ahora que la base existente de materia-energía está empezando a agotarse, y la entropía de las pasadas actividades eco-
nómicas se acumula a un ritmo que supera la capacidad del sistema para absorberla, los economistas tendrán que efec-
tuar una reformulación radical del concepto de productividad a fin de adaptarse a los requisitos de la eficiencia termo-
dinámica en los procesos económicos de producción y consumo.
Los economistas en general aún no han comprendido que “la ley de la entropía marca las coordenadas físicas
fundamentales de la escasez”.’14 Esto resulta especialmente evidente cuando se trata de “equilibrar los presupuestos”.
Aunque generalmente se reconoce que una sociedad no puede ir consumiendo más deprisa de lo que produce, los eco-
nomistas siguen pasando por alto el hecho de que el equilibrio final de los presupuestos no se alcanza dentro de la so-
ciedad, sino entre la sociedad y la naturaleza. Las teorías económicas convencionales no han podido responder al pro-
blema de los déficits porque nunca han tomado en cuenta el contexto ambiental general en el que se desarrolla la econo
mía. La obtención de un presupuesto equilibrado exige que la sociedad no consuma más deprisa de lo que tarda la natu-
raleza en reciclar los desechos y reponer las reservas. La acumulación de gases invernadero en la atmósfera terrestre y
la tendencia al calentamiento global son el trágico resultado de la negativa de nuestra civilización a equilibrar sus pro-
gramas de producción y consumo con los programas de reciclaje de la naturaleza. Hemos estado enviando a la atmósfe-
ra CO2, NO” gases CFC y uretano a un ritmo superior a la capacidad del ecosistema terrestre para absorberlos y reci-
clarlos, y asi hemos creado una crisis mundial ecológica y económica de proporciones sin precedentes.
Los ecosistemas se mantienen lo más cerca posible de un estado estable (las leyes de la termodinamica nos
dicen que es imposible alcan zar un estado estable perfecto). Todo el proceso de conversión de baja entropía a alta en-
tropía se desarrolla a una velocidad proporcional a la capacidad del sistema para mantener un relativo equilibrio entre
pro ducción, consumo y reciclaje. Los residuos son generados, absorbidos y reciclados para ser utilizados de nuevo,
manteniendo un ciclo ecológico equilibrado. Aunque un reciclado del 100 por cien resulta termodinámicamente impo-
sible, los ecosistemas naturales se acercan todo lo que pueden al estado ideal de un presupuesto equilibrado entre pro-
ducción, consumo y reciclaje.
La actividad económica consiste sencillamente en una intervención humana en el ciclo ecológico. interven-
ción que toma recursos de baja entropía. los convierte en productos de utilidad temporal y los elimina devolviéndolos al
ciclo ecológico en forma de residuos de alta entropía. Si la sociedad toma materia y energía de baja entropía, las con-
vierte en productos utilizables y acto seguido en residuos desechables a una velocidad muy superior al ritmo de conver-
sión de la propia naturaleza, el déficit va en aumento. Los residuos son devueltos al sistema más deprisa que la capaci-
dad de éste para absorberlos, creando un creciente desorden en el entorno e incrementando los costes externos de la so-
ciedad. Al mismo tiempo, la materia y energía disponibles se consumen más deprisa de lo que tarda la naturaleza en
reciclarlas y reproducirlas, provocando una creciente escasez en la naturaleza e incrementando el precio de los suminis-
tros en la sociedad. Por supuesto, cualquier utilización de recursos no renovables como el petróleo y el gas natural hace
aumentar automáticamente el déficit. En la práctica, estos recursos no renovables constituyen un depósito fijo de capi-
tal ecológico que sólo puede utilizarse una vez.
Minimizando el uso de recursos no renovables y consumiendo los recursos renovables sólo a la velocidad con
que pueden ser renovados es posible minimizar el déficit entre el consumo en la sociedad y la producción en la natura-
leza.
El problema del dinero y de la deuda está estrechamente relacionado con esta incomprensión básica sobre la
naturaleza de los presupuestos equilibrados y los déficits. A lo largo de los años, algunos estudiosos como Frederick
Soddy y Herman Daly han intentado poner de manifiesto la evidente contradicción que existe entre las convenciones
sociales del dinero y la deuda, por una parte, y el flujo entrópico de la naturaleza por otra parte, pero su crítica no ha si-
do escuchada por los economistas en general. El dinero, por ejemplo, es una forma de deuda nacional, pues representa
un derecho sobre la riqueza fisica total de la comunidad que el individuo es libre de intercambiar por riqueza fisica real
en cualquier momento futuro. El problema que los economistas pasan completamente por alto es que la capacidad de
generación de riqueza fisica por parte de la comunidad no es inagotable. Las leyes de la termodinámica imponen unos
limites fijos a la cantidad de riqueza física que puede generarse. Sin embargo, no existe ningún límite para la cantidad
de dinero que puede emitirse y ponerse en circulación. El problema se hace evidente con la introducción de la deuda y
el interés compuesto. Como señaló hace más de cincuenta años el premio Nobel de quimica Frederick Soddy:

Las deudas están sometidas a las leyes de las matemáticas y no a las de la física. A dife-
rencia de la riqueza. que está sometida a las leyes de la termodinámica, las deudas no se pudren
con el tiempo ni son consumidas por el proceso de vivir; al contrario, van creciendo al tanto por
ciento anual, según las conocidas leyes matemáticas del interés simple o compuesto. 15

El economista Herman Daly expone las inevitables consecuencias que resultan cuando la sociedad enfrenta el
concepto matemático del interés compuesto con la realidad fisica de la termodinámica, y explica que, mientras la deuda
puede seguir creciendo indefinidamente a un interés compuesto, la riqueza física real no puede ir creciendo a la misma
velocidad “porque su dimensión fisica está sometida a la fuerza destructiva de la entropia”.16 En plena coincidencia
con el anterior análisis de Frederick Soddy, Daly concluye que:
Puesto que la riqueza no puede crecer continuamente a la misma velocidad que la deuda,
la relación de uno a uno que se da entre ambas deberá romperse en algún momento, es decir, tendrá
que haber alguna recusación o cancelación de la deuda. La reacción positiva del interés com pues-
to debe contrarrestarse con medidas de recusación de la deuda, tales como inflación, bancarrota o
impuestos confiscatorios, todo lo cual engendra violencia.17
En cada paso de todo el proceso de producción e intercambio se realiza algún trabajo; esto es, hay un gasto
de energía por parte de seres humanos y máquinas. Parte de esta energía es absorbida por el producto, y parte se con-
vierte en desecho. Esto significa que cuantos más pasos haya en el proceso económico, más energía se pierde: en el
proceso de producción se aplica el mismo principio que en la sencilla cadena alimenticia descrita en la segunda parte de
este libro. En las sociedades altamente industrializadas cada vez hay más pasos diferenciados en el proceso económico,
con lo que cada vez se disipan mayores cantidades de energía a lo largo de la linea y los desordenes resultantes plantean
a la larga problemas cada vez mayores a toda la sociedad.
Tomemos, por ejemplo, el bollo del desayuno. Como veremos en el capitulo siguiente, el moderno proceso de
agricultura petroquímica utilizado para cultivar el trigo es sumamente ineficaz desde el punto de vista del rendimiento
energético. Pero, una vez cultivado y cosechado, la locura aún se multiplica desmedidamente gracias a la mania estadou
nidense de los alimentos procesados. Veamos a continuacion algunos de los pasos (todos con gasto de energia) que in-
tervienen en la producción de este bollo.
(I) El trigo se carga en un camión, hecho a base de recursos no renovables y accionado por un combustible fó-
sil, y se transporta a (2) una gran panificadora industrial donde hay numerosas máquinas que de un modo muy inefi-
ciente refinan, enriquecen, hornean y empaquetan los bollos. En la panificadora, el trigo es (3) refinado y a menudo (4)
blanqueado. Estos procesos proporcionan un hermoso pan blanco, pero eliminan los nutrientes vitales del trigo, asi que
(5) la harina es enriquecida con niacina, hierro, tiamina y riboflavina. Luego, para que los bollos pueden soportar largos
viajes en camión hasta las tiendas, donde permanecerán días y hasta semanas en los anaqueles, se añade (6) pro piona-
tode calcio y (7) acondicionadores de la masa como sulfato cálcico, fosfato monocálcico, sulfato amónico, enzima fun-
gicida, bromuro potásico y yoduro potásico. Acto seguido, el pan es (8) horneado y colocado en (9) una caja de cartón
que ha sido (10) impresa en diversos colores para que llame la atención del cliente en la tienda.
La caja y los bollos se envuelven en una (11) bolsa de plástico (hecha de productos petroquímicos) que se cie-
rra con (12) una tirilla de plástico (otro producto petroquímico). Los paquetes de bollos se llevan entonces a (13) un ca-
mión que los transporta hasta (14) la tienda, provista de aire acondicionado, iluminación fluorescente y música enlata-
da. Finalmente, usted (15) va a la tienda conduciendo dos toneladas de metal y vuelve a su casa para meter el bollo en
(16) la tostadora. Naturalmente, acabará arrojando a la basura el cartón y el envoltorio de plástico, que deberán ser eli-
minados como (17) residuos sólidos. Y todo esto por las 130 calorías de cada bollo.
Este proceso ha consumido decenas de miles de calorías de energía, y encima los datos médicos disponibles
sugieren que tanto los aditivos como la ausencia de fibra en el pan de harina refinada pueden constituir un peligro para
la salud. Al final del proceso, la energía añadida a los bollos en cada fase ha sido insignificante en comparación con la
energía disipada.
De toda la energía consumida por este sistema de producción de alimentos, el cultivo en si se lleva menos de
un 20 por ciento. El restante 80 por ciento se dedica al tratamiento, empaquetado, distribución y preparación del ali-
mento. El tratamiento de su bollo se lleva casi el doble de energía (33 por ciento) que el cultivo del trigo de que está he-
cho (18 por ciento).18
Actualmente, la industria alimentaria es el cuarto consumidor de energía de Estados Unidos, por detrás de los
metales, los productos químicos y el petróleo. Algunas fuentes calculan que la preparación industrial de alimentos con-
sume casi un 6 por ciento del presupuesto energético de la nación. Por lo que a la industria se refiere, parece que cuanta
más energía, mejor.
Además, entre 1984 y 1988, la producción de recipientes para embalaje aumentó un 19 por ciento, y casi un
50 por ciento la de recipientes plásticos.19
El crecimiento del sector de embalajes para la alimentación se ha visto acompañado por el auge de una nueva
industria: todo un ejército de “técnicos alimentarios” se ocupa actualmente de que nuestro suministro de alimentos po-
sea el color artificial, el aroma artificial, el sabor artificial y la textura artificial más adecuados. No puede dejarse nada
al azar. Tal como lo expresaba uno de estos técnicos alimentarios, “es difícil competir con Dios, pero vamos progresan-
do”. Vaya que si. En Estados Unidos, cada año se añaden a los alimentos productos químicos sintéticos por valor de
500 millones de dólares; un total de 2.500 aditivos distintos. En 1979, cada estadounidense consumió un promedio de 4
kg de aditivos, casi el doble que en 1970. Más de 1.800.000 kg de colorantes se mezclan cada año con el suministro de
alimentos, dieciséis veces más que en 1940. Hoy en dia, nuestra alimentación se compone más de sustancias sintéticas
y artificiales que de productos auténticos.20
Los alimentos procesados y preparados, que se nos presentan como una forma de liberar al individuo de la
“esclavitud” de tener que perder tiempo en la cocina preparando su comida, en realidad están encadenando a la humani-
dad a los efectos de una entropía cada vez mayor. El breve tiempo que se ahorra en la cocina queda más que superado
por la cantidad de horas de trabajo (energía humana) que hacen falta para ganar dinero con que pagar el creciente pre-
cio de los alimentos preparados. Cada paso en la cadena de preparación de los alimentos consume energía, y a medida
que la energía va fluyendo por la cadena alimentaria se va produciendo una concentración de poder en manos de un nú-
mero cada vez menor de empresas, un empeoramiento en la salubridad de la dieta y un gasto creciente de energía no re-
novable. La industria de los alimentos preparados es una de las grandes industrias -como la petroquímica, la del trans-
porte terrestre y aéreo o la de las fibras sintéticas- que se desarrollaron en una era de alto flujo de energía. Todas ellas
dan la impresión de estar generando un mayor valor (más productos, más comodidades) cuando, en realidad, están des-
pilfarrando los recursos energéticos del planeta. Una vez más, el sistema económico crea la ilusión de estar producien-
do un mundo más ordenado y materialmente más valioso, porque toda la atención se centra en las disminuciones de en-
tropía o valor añadido, mientras se pasa por alto la disipación de energía y los aumentos de entropía.
Si la Ley de la Entropía fuese plenamente reconocida, la sociedad debería afrontar la idea de que cada vez que
usamos parte de las reservas de materia y energía disponibles provocamos dos consecuencias: primera, que de una for-
ma u otra, el individuo, las instituciones, la comunidad o la sociedad acaban pagando el desorden generado por la fabri-
cación del producto a un precio más alto que el valor derivado del uso del producto; segunda, que queda menos energia
disponible para futuros usos. Esta realidad contradice de plano nuestra forma de ver el mundo en los últimos siglos. To-
da la visión moderna del mundo está inspirada por los principios de la ciencia baconiana, las matemáticas cartesianas y
la mecánica newtoniana. Los sistemas capitalista y socialista tratan de organizar el mundo físico sobre la base de estas
conceptualizaciones. El núcleo central de estas tres ideas reside en la noción de la absoluta repetibilidad de las observa-
ciones (el método cientifico) y la absoluta reversibilidad de todos los procesos (matemáticas universales y procesos me-
cánicos). En el mundo real, empero, nada es observable dos veces de la misma manera y ningún acontecimiento es re-
versible. La Ley de la Entropía nos dice que toda la realidad física se despliega en una sola dirección, y que, aunque en
las matemáticas debe haber un -T por cada +T, esta reversibilidad no existe en el mundo real. Ciertamente, es asombro-
so que hayamos pasado estos siglos tratando de organizar el mundo sobre la base de la mecánica, las matemáticas y el
método cientifico, cuando el mundo real sencillamente no se conforma a sus supuestos fundamentales de reversibilidad
y repetibilidad absoluta. Lo cierto es que cuando dejamos este mundo, lo dejamos menos bien provisto que antes a cau-
sa de nuestra presencia en él. Cuando glorificamos el elevado consumo de energía, lo que en realidad estamos ensalzan-
do es un gasto cada vez mayor de los recursos del planeta. Desde este punto de vista, el producto nacional bruto queda-
ria mejor descrito como “gasto nacional bruto”, pues cada vez que se consumen recursos una parte de ellos queda no
disponible para otros usos futuros.
De hecho, el término consumo está mal empleado, pues nada se consume. Las cosas se utilizan, generalmente
durante un brevísimo lapso, y luego se desechan. Las estadísticas son abrumadoras.
En 1987, Estados Unidos desechó casi 200 millones de toneladas de residuos sólidos municipales. En esta
cantidad se contaban más de 16 millones de toneladas de metal, 14,5 millones de toneladas de vidrio, 73 millones de to-
neladas de papel y casi 4 millones de toneladas de goma..21 Estas cifras resultan igualmente inquietantes a un nivel in-
dividual: en 1974, el ciudadano medio utilizó unas 9 toneladas de recursos minerales, con un total de más de 600 kg de
metal y unos 8.500 kg de minerales no metálicos. A lo largo de su vida, cada norteamericano utiliza un promedio de
635 toneladas de recursos minerales, de las que casi 50 corresponden a metales. Si añadimos la madera y los combusti-
bles fósiles, el uso per cápita sube a más del doble, con unas 1.300 toneladas. Y eso sin contar el gasto de agua y ali-
mentos.22 Ya se ha dicho en alguna parte que el mundo no podría mantener otro Estados Unidos. Si examinamos es-
tas cifras, resulta evidente que incluso un solo Estados Unidos es más de lo que el mundo puede permitirse. Imagine-
mos que todo el mundo quisiera producir y consumir como los estadounidenses. Se ha calculado que un estadounidense
de clase media lleva un estilo de vida equivalente al que le proporcionaría el trabajo de 200 esclavos humanos.23 Buck-
minster Fuller describe a los estadounidenses como poseedores de 200 “esclavos de energía” que funcionan a base de
recursos no renovables. Otra forma de plantear la cuestión es calcular el número de calorías que hacen falta para soste-
ner la vida. La dieta humana media debe contener 2.000 calorias diarias. Sin embargo, la cantidad de energía que los es-
tadounidenses consumen cada dia -en sus coches, su electricidad, sus alimentos preparados y demás- asciende a unas
200.000 calorías por persona, es decir, una cantidad cien veces superior a la necesaria para sobrevivir.24 Desde el punto
de vista de su consumo de energía, aunque Estados Unidos sólo cuenta con 225 millones de habitantes, sus necesidades
energéticas equivalen a las de mas 22.000 millones de individuos.
Otra cosa que debe quedar bien clara es que en la teoría económica clásica no existe ninguna forma de tener
en cuenta las necesidades de futuras generaciones. Cuando nos reunimos en el mercado como vendedores y comprado-
res, tomamos decisiones basadas en la relativa abundancia o escasez de las cosas según ésta nos afecta a nosotros. En el
mercado nadie habla por las generaciones futuras, y precisamente por eso, todos los que vengan detrás de nosotros co-
menzarán mucho más pobres que nosotros en cuanto a las reservas naturales existentes. Imaginemos qué sucedería si
todas las generaciones de los próximos 100.000 años pudieran de alguna manera competir en el mercado por el petróleo
que nuestra generación está gastando. Evidentemente, si a las generaciones futuras se les permitiera participar en las
decisiones actuales sobre la utilización de los recursos, el precio de esta energía sería tan caro que resultaria prohibitiva.
La ilusión de progreso material aparece una y otra vez en todas las actividades económicas y sociales de im-
portancia sencillamente porque la segunda ley es barrida bajo la alfombra. Tomemos, por ejemplo, los sectores de la
agricultura, el transporte, la urbanización, las fuerzas armadas, la educación, el medio ambiente y la salud. Estamos
convencidos de que hemos hecho grandes progresos en todos estos sectores y que, a pesar de algún estancamiento oca-
sional o un retroceso aquí y allí, el progreso es de carácter “permanente”. Pero si las examinamos atentamente a la luz
de la segunda ley, estas pretensiones se revelan engañosas. En las páginas siguientes estudiaremos estos siete sectores
como casos típicos del efecto de la Ley de la Entropía sobre la actividad económica y social. Las pautas que sigue cada
uno de ellos se repiten una y otra vez en todos los sectores de la sociedad contemporánea.

La agricultura
La agricultura estadounidense es la envidia del mundo. Los dorados trigales que se extienden kilómetros tras
kilómetros por las llanuras de Kansas, las granjas lecheras mecanizadas dispersas por la campiña de Wisconsin, las
exuberantes plantaciones de arboles frutales que cubren todo el sur de California son elogiados, estudiados y copiados
por países de todo el mundo. Jonathan Swift observó en cierta ocasión que el hombre capaz de cultivar dos mazorcas de
maíz donde antes sólo crecia una merece lo mejor de la humanidad.25 ¿Acaso puede negarse que la agricultura estadou-
nidense ha alcanzado un éxito que supera las más locas esperanzas? Desde 1940, la producción agricola de Estados Uni
dos ha ido aumentando un 2 por ciento anual. En 1985, la producción de cereales alcanzó el nivel récord de 347 millo-
nes de toneladas métricas.26 ¿En qué otro lugar, preguntó el secretario de Agricultura Clifford Hardin, puede una perso-
na criar 75.000 pollos con un moderno sistema de alimentación mecanizada, o dar de comer a 5.000 cabezas de ganado
con un comedero automático?27
Hoy en dia, 100 millones de personas están muriendo de hambre en todo el planeta. Otros 1.500 millones de
personas, casi una tercera parte de la raza humana, se acuestan todas las noches sin haber comido lo suficiente.28 Si la
población se multiplica por dos en los próximos decenios, como se espera que suceda, la necesidad de incrementar la
pro ducción de alimentos será mayor que nunca en la historia. La agricultura estadounidense ya produce el 20 por cien-
to del trigo y los cereales mundiales y exporta más de la mitad de esta producción a países de todo el mundo.29 Cierta-
mente, si nos atenemos a las estadísticas, resultaria dificil negar lo que todo el mundo acepta como el evangelio: que la
tecnología agricola estadounidense es extraordinariamente eficiente. Sin embargo, la verdad es que se trata de la forma
de cultivo más ineficiente que jamás ha utilizado la humanidad. Un granjero con un buey y un arado obtiene mejor ren-
dimiento por unidad de energía invertida que las gigantescas granjas mecanizadas de los Estados Unidos de hoy.
Un solo campesino sin maquinaria suele producir por lo general unas 10 calorías de energía por cada caloría
que gasta. Si bien es cierto que un granjero de Iowa puede producir hasta 6.000 calorías por cada caloría de trabajo hu-
mano, esta eficacia aparente queda completamente desmentida cuando se calcula toda la demás energía invertida en el
proceso. Para producir “una sola lata de maíz que contiene 270 calorías”, el agricultor gasta 2.790 calorías, la mayor
parte de las cuales corresponden a la energía utilizada para accionar la maquinaria agricola y a la energía contenida en
los pesticidas y abonos sintéticos que aplica a la cosecha. Asi pues, por cada caloria de energia producida, el agricultor
estadounidense debe gastar 10 calorias de energía.30
Actualmente la agricultura consume el 12 por ciento de toda la energía utilizada por la economía de Estados
Unidos.31 Donde la agricultura tradicional se basaba en el esfuerzo humano y animal para el cultivo, en el abono natu-
ral y la rotación de las cosechas para fertilizar y conservar el suelo, y en los enemigos naturales de las plagas para com-
batir los daños a sus cosechas, hoy en dia se utiliza maquinaria muy compleja y productos petroquímicos. El empleo in-
tensivo de material agrícola de alta tecnología y abonos petroquímicos ha conducido durante los últimos decenios a una
colosal producción de dióxido de carbono y óxido nitroso, que van a parar a la atmósfera. La agricultura moderna es
uno de los principales factores que contribuyen a la tendencia al calentamiento global del planeta.
Cuanto más ha ido aumentando el flujo de energía, a consecuencia del empleo de maquinaria compleja y pro-
ductos petroquimicos, más centralizada se ha vuelto la industria agricola. A medida que se incrementan los costes que
conlleva satisfacer las necesidades energéticas de la agricultura estadounidense, las pequeñas granjas familiares se han
ido viendo arrinconadas y sustituidas por grandes empresas agroindustriales. En la actualidad, veintinueve empresas
poseen más del 21 por ciento de toda la tierra cultivable de Estados Unidos.32 Cuando un estadounidense se sienta a ce-
nar, hay muchas probabilidades de que su pavo proceda de Greyhound; su jamón, de ITT; sus verduras, de Tenneco; sus
patatas, de Boeing, y sus frutos secos, de Getty.33 Las empresas agroindustriales controlan ya el 51 por ciento de las
verduras frescas, el 85 por ciento de la cosecha de cítricos, el 97 por ciento de los pollos para asar y el 40 por ciento de
los huevos.34 Sólo las grandes empresas pueden disponer del creciente capital exigido por una agricultura mecanizada
de base energética. Por ejemplo, se calcula que el precio de la maquinaria agrícola se multiplicó por tres entre 1950 y
1971, de un valor total de 12.100 millones de dólares a 33.800 millones.35 Y entre 1972 y 1983, la cantidad de dinero
necesaria para renovar la maquinaria pasó a más del doble.36
Desde la segunda guerra mundial, el empleo de abonos nitrogenados inorgánicos se ha multiplicado por siete:
de l millón de toneladas en 1950 a 7 millones de toneladas en 1970.37 El empleo de pesticidas aún ha crecido más,33 y
todos estos abonos y pesticidas se producen a partir de combustibles fósiles. No sería muy exagerado decir que los ali-
mentos que consumen actualmente los estadounidenses proceden más del petróleo que de la tierra. También es cierto
que cada año hace falta una mayor cantidad de petróleo para obtener la misma producción de alimentos. Según un estu-
dio digno de crédito, en 1968 se necesitó una cantidad de abonos nitrogenados cinco veces superior a la de 1949 para
obtener el mismo rendimiento. Dicho de otro modo, hubo que gastar cinco veces más energía o trabajo para obtener los
mismos resultados.39 Entre 1960 y 1987, el consumo de abonos nitrogenados pasó a ser más del triple;40 aun así, la co-
secha anual de trigo fue inferior en 1986 que en 1 974.41
Esto sucede porque, en la agricultura como en todo lo demás, cada vez que se invierte energía, parte de ella
pasa al producto y parte se disipa. Para aumentar el rendimiento, los agricultores estadounidenses han venido aumen-
tando la cantidad de energía invertida, y, aunque parte de esta energía ha contribuido a aumentar la producción, otra
parte cada vez mayor se ha perdido para siempre. La disminución marginal de la entropía, representada por un ligero
aumento del rendimiento, no es equiparable al aumento muchisimo mayor de la entropía en el medio circundante. Gran
parte de la energía disipada pasa al entorno y contribuye a contaminar la tierra, los rios y los lagos. En Estados Unidos,
la contaminación debida a los abonos nitrogenados repre senta más de la mitad de la contaminación acuática y dos ter-
ceras partes de la contaminación por residuos sólidos.
Los pesticidas químicos constituyen otro importante aporte de energía para la agricultura moderna. El empleo
de pesticidas pasó de 90.000 kg en 1950 a unos 3.000 millones de kg en 1986.42 La causa principal de este gigantesco
aumento hay que buscarla en el tipo de tecnología agrícola que utilizamos. Estados Unidos ha sustituido la agricultura
di versificada por el monocultivo a fin de aumentar la producción. Sin embargo, los monocultivos no están bien adapta-
dos ecológicamente para atraer a los enemigos naturales de los insectos dañinos, de forma que se hace necesario utilizar
grandes cantidades de pesticidas químicos para eliminar tales insectos. Los resultados, empero, no han sido muy satis-
factorios. Diversos estudios demuestran que, incluso con la aplicación de dosis intensivas de pesticidas químicos, las
pérdidas experimentadas por la producción agrícola a consecuencia de estas plagas se mantienen constantes -una terce-
ra parte de la producción total desde hace treinta años.43 Hay una buena razón para que esto sea asi: los insectos desa-
rrollan cepas genéticas resistentes a los productos empleados. Según el informe anual del Consejo sobre la Calidad del
Medio Ambiente (un organismo del gobierno estadounidense), actualmente existen “305 especies de insectos y áca-
ros... que sabemos poseen variantes genéticas resistentes a uno o más pesticidas quimicos”.44 A medida que estas pla-
gas vayan desarrollando variedades genéticas más resistentes, habrá que recurrir a productos químicos más virulentos,
lo que a su vez conduce a la aparición de plagas más virulentas, en un circulo vicioso más caro y más brutal en cada
etapa.
Los efectos a largo plazo que esta escalada en el empleo de pesticidas produce sobre el mantillo es “pavoro-
so”, según el experto agrícola Deryel Ferguson. Como otros que han comenzado a estudiar el problema, Ferguson ad-
vierte que el perjuicio que los pesticidas causan al suelo está planteando una amenaza de incalculables proporciones.
“Cada onza de tierra fértil contiene millones de bacterias, hongos, algas, protozoos y pequeños invertebrados, como
lombrices y artrópodos.”45 Como él mismo señala, todos estos organismos desempeñan un papel fundamental de cara a
mantener “la fertilidad y la estructura del suelo”. Los pesticidas destruyen dichos organismos y sus minúsculos pero
complejos hábitats ecológicos, con lo que aceleran considerablemente el proceso entrópico del mantillo. El resultado fi-
nal es un aumento desproporcionado del agotamiento y la erosión del suelo. El empleo de productos químicos, ya sea
como pesticidas o como abonos, es parcialmente responsable de la destrucción de unos 4.000 millones de toneladas
anuales de mantillo, que es arrastrado por los ríos y arroyos.46
Según el Consejo de Ciencias Agrícolas, “una tercera parte de todas las tierras de cultivo [de Estados Unidos]
está sufriendo pérdidas de mantillo demasiado graves para ser contrarrestadas sin un descenso gradual, pero en último
término catastrófico, de la productividad”.47 La Academia Nacional de Ciencias calculó recientemente que una tercera
parte del valioso mantillo productivo de Estados Unidos ya se ha perdido para siempre.48 A medida que la erosión del
suelo va en aumento, es necesario emplear más abonos químicos sólo para compensar el déficit. En 1974, habrían he-
cho falta abonos químicos por valor de 1.200 millones de dólares para reemplazar los nutrientes naturales perdidos a
consecuencia de la erosión.49 La tecnología agricola estadounidense, como vemos, está atrapada en un círculo vicioso
que por una parte exige mayores cantidades de energía en forma de abonos y pesticidas y, por otra, produce pérdidas
cada vez mayores en forma de erosión del suelo y plagas más resistentes.
A medida que se va gastando cada vez más energía en la agricultura estadounidense, la entropía general del
ambiente aumenta sin cesar. La acumulación de desorden, en forma de contaminación y erosión del suelo, incrementa
el coste general tanto para el sector agrícola como para la sociedad en conjunto. El incremento de los costes conduce a
una mayor ampliación y centralización de las instituciones económicas que controlan la agricultura. Conforme las em-
presas agroindustriales gigantes siguen creciendo, exigen cada vez más energía sólo para mantener el nivel de sus ope-
raciones, lo cual quiere decir que hay que retirar más energía de la linea de flujo. Por supuesto, los crecientes costes de
mantenimiento se transmiten a lo largo de toda la linea. La víctima final de este proceso es el consumidor que hace cola
ante la caja del supermercado de su barrio, pues cada semana debe pagar más caros los alimentos -la energía- necesa-
rios para sustentar la vida.
Todos los pasos de este proceso agrícola de alta energía seguirán agudizándose a medida que nos vayamos
acercando cada vez más a la divisoria entrópica de los combustibles fósiles no renovables.

El transporte
El sistema de transporte estadounidense es el más avanzado del mundo. En Estados Unidos se dedica más
tiempo a “ahorrar” tiempo de viaje que a ninguna otra actividad económica considerada independientemente. En la ac-
tualidad, el transporte representa el 21 por ciento del producto nacional bruto.50 Más del 80 por ciento de todo el capital
destinado al transporte es invertido en automóviles y camiones.51 En 1987, las principales formas de transporte utiliza-
das en este pais absorbieron más del 28 por ciento de toda la energía consumida por la economía.52 Pero incluso esta ci-
fra subestima considerablemente la cantidad total de energía consumida por el transporte, puesto que no tiene en cuenta
los costes de fabricación y mantenimiento de la maquinaria de transporte. Según el Dr. William E. Mooz, de la Rand
Corporation, cuando se añaden estas cifras, la industria estadounidense del transporte acapara más del 41 por ciento de
toda la energía que se consume anualmente.53
A lo largo de este siglo, el sistema de transporte de Estados Unidos ha pasado de depender básicamente de los
ferrocarriles a utilizar cada vez más los automóviles, camiones y aviones. En la actualidad, automóviles y camiones son
los principales medios de transporte de pasajeros y carga, respectivamente. Ambos son menos eficientes que otros mé-
todos de transporte, que, no obstante, han ido perdiendo importancia o se han abandonado por completo. Hacen falta
5.034 BTU de energía para transportar un pasajero a un kilómetro de distancia en un automóvil; en cambio, sólo hacen
falta 2.362 BTU para transportar a esta misma persona en un medio de transporte colectivo.54 Sin embargo, en los últi-
mos veinticinco años, los transportes colectivos han disminuido notablemente en Estados Unidos. Las estadísticas so-
bre el transporte de mercancias son aún más elocuentes: sólo hacen falta 416 BTU de energía para transportar una tone-
lada de mercanciías a un kilómetro de distancia por vía férrea, mientras que el mismo desplazamiento realizado en ca-
mión consume más de 1.740 BTU.55 A pesar de ello, el transporte de mercancias por ferrocarril disminuyó de un 50 a
un 33 por ciento entre 1950 y 1970.56
En Estados Unidos, los principales medios de transporte funcionan a base de combustibles fósiles no renova-
bles. A medida que las necesidades de energía del sistema estadounidense de transporte han ido en aumento, la indus-
tria del transporte se ha concentrado en manos de cada vez menos empresas. Donde antes habia numerosos fabricantes
de automóviles, hoy la industria está dominada por los Tres Grandes: Ford, GM y Chrysler. El mismo proceso se había
dado antes en los ferrocarriles, los autobuses y el tránsito aéreo. Sólo estas empresas gigantescas se hallan en condicio-
nes de absorber el incremento de los costes que se deriva del mayor consumo de energía. Pero incluso ellas empiezan a
sentir los efectos de la crisis a medida que la economía se precipita hacia una divisoria entrópica. La industria automo-
vilistica, lider indiscutido de la economía estadounidense, se ve obligada a reducir su producción y a construir coches
más pequeños, debido a la agudización de la crisis de combustibles. Y, como Henry Ford solía comentar, “los miniauto-
móviles dejan minibeneficios”.57
El hecho de producir menos automóviles y más pequeños hace que toda la economía se resienta. Los automó-
viles consumen “el 20 por ciento de todo el acero, el 12 por ciento del aluminio, el 10 por ciento del cobre, el 51 por
ciento del plomo, el 95 por ciento del niquel, el 35 por ciento del zinc y el 60 por ciento de la goma que se utiliza en Es-
tados Unidos”.55 En 1932, en los albores de la industria automovilistica, uno de sus proponentes resumió asi las gran-
des posibilidades que una gran producción de automóviles ofreceria al conjunto de la economía:

Pensemos en los resultados que proporcionará al mundo industrial la i troducción en el


mercado de un producto que multiplica por dos el consumo de hierro maleable, por tres el consumo
de vidrio laminado y por cuatro el consumo de goma... En cuanto a consumidor de materias pri
mas, el automóvil no tiene igual en la historia del mundo moderno.59

En 1987, el norteamericano medio necesitaba más de 23 semanas de ingresos para poder comprar un coche
nuevo.60 Cada veinticuatro horas se lanzan a la carretera 10.000 conductores nuevos y 28.000 coches nuevos.61 Ade-
más de comprar el automóvil, el consumidor debe pagar el seguro, la gasolina, el mantenimiento, las tarifas de aparca-
miento, los peajes de las autopistas, las multas de tráfico y toda clase de impuestos; cuando termina con el coche, se ha
gastado en él más dinero que en comprar comida.
En Estados Unidos, uno de cada seis puestos de trabajo está directa o indirectamente relacionado con el auto-
móvil.62 El automóvil es un rasgo definitorio de nuestra cultura del combustible fósil. En consecuencia, el coste cre-
ciente de comprar, conducir y mantener un automóvil sirve como una buena medida de los crecientes costes que se van
produciendo a lo largo de la linea de flujo de la energía a medida que nos acercamos al fin de la era de los combustibles
fósiles. Los colosales desórdenes provocados por el automóvil constituyen también un buen ejemplo de lo que sucede
cuando un sistema económico hace caso omiso de los efectos de la Ley de la Entropía hasta que ya es demasiado tarde.
Sean cuales sean los beneficios que nos ha proporcionado el automóvil durante los últimos cincuenta años, ahora debe-
mos juzgarlos a la luz del precio que nos vemos obligados a pagar a medida que la segunda ley impone inexorablemen-
te sus dictados. La factura total asciende a más de lo que ninguno de nosotros puede permitirse, como se desprende cla-
ramente de un breve repaso a los costes.
El primer coste a tener en cuenta es el tiempo. Aunque en principio el automóvil tenía que servir para reducir
el tiempo invertido en ir de un lugar a otro, la realidad ha sido muy distinta. Cuando se generalizó el uso del automóvil,
los norteamericanos comenzaron a vivir cada vez más lejos de su lugar de trabajo. Hace cuarenta años, la mayoría de la
gente podía ir a pie al trabajo; hoy en día, la gente se va a vivir en las afueras, a veces hasta a treinta o cuarenta kilóme-
tros de su trabajo. Si bien es más rápido viajar en automóvil que ir a pie, esta velocidad se vuelve relativamente carente
de sentido cuando el tráfico de las horas punta se arrastra a ocho o nueve kilómetros por hora, como es habitual a la en-
trada y la salida de las principales ciudades. La mayoría de quienes se desplazan a sus lugares de trabajo debe invertir
entre media hora y una hora y media en cada viaje al trabajo, de ida o de vuelta, que es más o menos lo que tardaba la
gente hace cuarenta años cuando su vivienda no estaba tan lejos y podia ir andando o tomar un tranvia.
El exsecretario de Transporte Alan Boyd observó en cierta ocasiób

Si alguien les contara que ha visto vaharadas de gases tóxicos flotando entre los edificios
de una ciudad, negras humaredas 4ue ocultan el sol grandes agujeros en las calles principales lle-
nos de hombres con casco aviones volando en círculos sin poder aterrizar v miles de personas aba-
rrotando las calles, empujándose y atropellándose en un esfuerzo desesperado para salir de la ciu-
dad... Ies resultaria difícil decidir si estaba refiriéndose a una ciudad en guerra o a una ciudad en
una hora punta.63

De hecho, la cantidad de muertes y destrucción provocada por el automóvil es más horrenda que ninguna otra
cosa que haya experimentado Estados Unidos en tiempo de guerra. Los accidentes de tráfico matan 48.000 estadouni-
denses cada año.64 El Consejo de Seguridad Nacional calcula que el automóvil ha matado más ciudadanos que todas
las guerras libradas por este pais en los ultimos 200 años. Imaginense: ¡en los últimos treinta anos, y sólo en Estados
Unidos, el automóvil ha matado a más de 1 millón de personas!65
Desde el punto de vista económico, los daños a la salud y a las propiedades causados por los accidentes de
circulacion equivalen a diez veces la suma total de daños producidos por todos los demás delitos con violencia. En
1969, las pérdidas totales provocadas por los accidentes de circulación se elevaron a unos 13.000 millones de dólares.
En 1986, las pérdidas financieras debidas a accidentes automovilisticos ascendieron ya a 74.200 millones de dólares.66
Pero estas enormes pérdidas sólo son una parte del cuadro. Con la era del automóvil llegaron las autopistas,
miles y miles de kilómetros de hormigón, asfalto y cemento. Los perjuicios para el medio ambiente que resultan de la
combinación letal de automóviles y autopistas son abrumadores. El primer cemento Portland se utilizó para pavimentar
un breve fragmento de carretera pública entre Detroit y la Feria Estatal de Wayne County, en 1909.67 A partir de este
humilde comienzo, Estados Unidos se lanzó a un proyecto de obras públicas que ha llegado a ser el más costoso jamás
emprendido en la historia del mundo. Sólo entre 1956 y 1970, este pais gastó 196.000 millones de dólares de dinero lo-
cal, estatal y federal para la construcción de autopistas. Hacia 1986, el coste invertido en autopistas por el gobierno fe-
deral excedía los 46.000 millones de dólares anuales.68
La red de autopistas interestatales mide 68.400 kilómetros.69 “La red de autopistas”, dice el experto en trans-
portes George W. Brown, “devora los recursos terrestres y la atmósfera a un ritmo imposible de sostener”.70 Según la
Asociación de Usuarios de las Autopistas Nacionales, por cada millón de dólares invertido en la red de autopistas inte
restatales se consumen 16.800 barriles de cemento y 630 toneladas de materias bituminosas, 440 toneladas de tuberías
de hormigón y arcilla, 69.000 toneladas de arena, grava, piedra desmenuzada y escoria, 11.000 kilos de explosivos,
550.000 Iitros de petróleo, 234.000 decimetros cúbicos de madera y unas 550 toneladas de acero.71
Estados Unidos tiene una superficie de 3.600.000 millas cuadradas (9.300.000 km2) y algo más de 3.600.000
millas de carreteras (5.800.000 kilómetros), de modo que sale a una milla de carretera por milla cuadrada de terreno.72
Las carreteras proliferan a tal velocidad que actualmente ocupan un 30 por ciento de la superficie en cincuenta y tres
grandes ciudades.73 En el centro de Los Angeles, alrededor de dos tercios del terreno están dedicados exclusivamente
al aparcamiento o a la circulación de automóviles. En Chicago, Detroit y Minneapolis, casi la mitad de la superficie de
la ciudad está “dedicada al desplazamiento o almacenamiento de automóviles”.74 Aunque no hay manera de calcular
los perjuicios totales causados por el constante peso, fricción, movimiento y desgaste general producido por el tráfico
automovilístico ciudadano, los urbanistas municipales han comenzado a introducir la expresión “erosión automovilisti-
ca” en el estudio de los costes del tráfico urbano.
Se aproxima la fecha de vencimiento de la factura entrópica por la red nacional de autopistas. Muchas auto-
pistas y carreteras estadounidenses tienen entre veinticinco y cincuenta años de antiguedad y son incapaces de soportar
el tránsito actual. Se calcula que un kilómetro de cada diez de los casi 70.000 kilómetros de la red de autopistas interes-
ta tales está deteriorado.75 Hacia el año 2000, será necesario asfaltar más de un millón y medio de kilómetros de las ca-
rreteras estadounidenses.76
También los puentes están envejeciendo y ofrecen un peligro creciente para la seguridad pública. De los
575.607 puentes actualmente en uso en Estados Unidos, 131.562 son “estructuralmente deficientes” y otros 112.084 es-
tán “funcionalmente obsoletos”. Para reparar estos puentes habrá que desembolsar más de 50.000 millones a lo largo
del próximo decenio.77
El pequeño descenso de la entropía obtenido con cada kilómetro de autopista y cada flamante coche nuevo
que circula por ella se obtiene a expensas de un enorme aumento de la entropía en el medio circundante. Cualquiera
que haya tenido la desgracia de vivir donde iba a construirse una autopista ha experimentado personalmente las conse-
cuencias de la segunda ley. Según D.R. Neuzil, del Instituto de Ingenieria del Transporte y de Tránsito de la Universi-
dad de California, cerca de 100.000 personas cada año se ven desarraigadas y desplazadas por la construcción de nue-
vas autopistas.78 La destrucción de un vecindario tiene numerosos efectos imprevistos, como ahora confirman los estu-
dios sociológicos. La disrupción de hábitats humanos establecidos desde largo tiempo atrás produce efectos exactamente
igual de destructivos que la disrupción de los hábitats biológicos. Los desórdenes resultantes a menudo se reflejan en
un aumento de la delincuencia, el paro y los trastornos mentales, a consecuencia de la alteración súbita y traumática de
las pautas de vida familiares. Pensemos en cómo debe afectar a la mente humana el ver el propio barrio, con varias
manzanas de casas, repentinamente arrasado. La profunda sensación de pérdida y confusión, según los psicólogos, a
menudo es comparable con la experimentada ante los estragos de un bombardeo en época de guerra.
Finalmente, hay que tener en cuenta la contaminación. Cada vez que uno de los 150 milloncs de automóvi-
les (o camiones o autobuses) que hay en Estados Unidos se desplaza por la autopista, está gastando energía, gran parte
de la cual se disipa en forma de monóxido de carbono, óxidos de nitrógeno e hidrocarburos. Actualmente, el 60 por
ciento de la contaminación atmosférica total en la mayoría de las ciudades de Estados Unidos se debe a los gases de es-
cape de los automóviles.79 En 1981, la Academia Nacional de Ciencias valoró los daños causados a edificios y propie-
dades por la contaminación atmósferica en 2.000 millones de dólares anuales.80 Asimismo, hoy en dia se admite que el
espectacular incremento en el número de muertes por cáncer y enfermedades cardiacas es en parte debido a la contami-
nación atmosférica producida por los gases de escape de coches, camiones y autobuses (en el capítulo sobre la salud
nos extenderemos más sobre este tema).
Los automóviles emiten cada día “más de 225.000 toneladas de monóxido de carbono, 22.500 toneladas de
hidrocarburos y 7.500 toneladas de anhídrido nítrico”. En 1970, la contaminación producida por los automóviles se ci-
fró en 100 millones de toneladas de anhidrido sulfuroso, 18 millones de toneladas de hidrocarburos y 10,6 millones de
to neladas de anhidrido nítrico.81
Además el proceso entrópico con frecuencia produce efectos tan alejados del punto donde se realizó el gasto
original de energía que ni siquiera se llega a sospechar que estén relacionados. Por ejemplo, a un conductor que rueda
por la autopista sin duda le sorprendería saber que cada vez que aprieta el acelerador puede estar contribuyendo a la le-
sión cerebral de un escolar de cinco o seis años de edad a varios kiló metros de distancia. Estudios realizados en los úl-
timos años han comprobado que los niños con problemas de aprendizaje, que muestran signos de “somnolencia, irrita-
bilidad. dolores abdominales y vómitos... y, en los casos más graves, parálisis, convulsiones y coma”, también llevan en
la sangre concentraciones de plomo superiores a lo normal82 El envenenamiento por plomo se debe principalmente a
los gases de escape de los automóviles. Segun las averiguaciones de un minucioso estudio realizado por el Hospital In-
fantil de la facultad de medicina de Harvard:

Los profesores evaluaron el comportamiento en clase de 2.146 niños sin conocer las con-
centraciones de plomo de ninguno de ellos. Cuando estas evaluaciones se correlacionaron con las
conclusiones del estudio de los dientes caidos (dientes de leche). Ios investigadores advirtieron una
relación directa y constante. Cuanto mayor era el grado de intoxicación por plomo, más probable
era la aparición de problemas de conducta como falta de constancia y de organización, incapaci-
dad para seguir instrucciones sencillas y tendencias hacia la falta de atención, impulsividad y acti
vidad excesiva.83

El actual sistema de transporte con gran consumo de energía es en gran medida responsable del agotamiento
de las reservas de petróleo que aún quedan. También es uno de los principales factores causantes del efecto invernade-
ro. Según el Instituto de Recursos Mundiales, el 30 por ciento de todas las emisiones de dióxido de carbono producidas
en Estados Unidos en 1987 procedía del sector del transporte. (Las compañías eléctricas producen un 35 por ciento de
las emisiones de CO2, la industria un 24 por ciento y el funcionamiento de los edificios de viviendas un 11 por cien-
to.)84 Si queremos afrontar eficazmente la crisis energética y el efecto invernadero, debemos comenzar encauzando la
atención pública y la política pública hacia la tarea de reorientar radicalmente el sistema de transportes del país.

El urbanismo

“No es ninguna novedad decir que las principales ciudades de Estados Unidos, de las que ha dependido buena
parte del crecimiento de la nación en los últimos 200 años, están en decadencia. La cuestión es si esta decadencia puede
detenerse o si todas las grandes ciudades van a desfallecer y, con el tiempo, convertirse en fantasmas de su prosperidad
anterior.”85 Palabras ominosas, sin duda, como las que podríamos escuchar de un sociólogo radical o un defensor de
que “lo pequeño es hermoso”. Pero esta vez el mensaje cobra una mayor relevancia por venir de donde viene: el U.S.
News and World Report, el semanario estadounidense más orientado hacia la empresa.
Desde la segunda guerra mundial, tras el advenimiento de la agricultura basada en combustibles fósiles, Esta-
dos Unidos se ha convertido en un país urbanizado. Actualmente, más del 80 por ciento de su población reside en zonas
urbanas; de hecho, más de la mitad de su población ocupa sólo el 1 por ciento del territorio.86 Entre 30 y 40 millones de
norteamericanos viven apiñados en unos 25.000 kilómetros cuadrados, entre el sur de New Hampshire y el norte de
Virginia.87 Durante mucho tiempo, la ciudad fue símbolo de mayores oportunidades, más puestos de trabajo, mayor
cultura. Esto ya no es así.
Hoy en día, un gran número de estadounidenses se siente cada vez más decepcionado por las grandes ciuda-
des. Según las encuestas, la mayoría de la gente desea vivir en comunidades más reducidas: un 32 por ciento de la po-
blación de Estados Unidos desearía vivir en ciudades pequeñas, un 25 por ciento en comunidades suburbanas, un 26
por ciento en zonas rurales y sólo un 17 por ciento en las grandes ciudades.88 Y estos deseos comienzan a reflejarse en
la práctica: entre 1970 y 1976, las diecisiete áreas metropolitanas más importantes del país experimentaron un descenso
neto de casi 2 millones de habitantes.89 Entre 1980 y 1986, cinco de las diecisiete ciudades principales siguieron per-
diendo habitantes.90 Entre los motivos aducidos por quienes abandonan las grandes metrópolis, suele citarse la delin-
cuencia, los impuestos, los precios de la vivienda y la alimentación, las huelgas de los empleados municipales, la dis-
minución de los puestos de trabajo y la contaminación. Toda esta gente está reaccionando ante diferentes facetas de un
mismo fenómeno: debido al colosal aporte de energía que hace falta para sostener la vida en las ciudades contemporá-
neas, la entropía del medio urbano está aumentando espectacularmente, hasta el extremo de poner en tela de juicio su
misma existencia.
La ciudad tal como nosotros la concebimos -millones de individuos apiñados en metrópolis gigantescas que
ocupan centenares de kilómetros cuadrados- es una institución social relativamente nueva, que surgió con el nacimiento
de la era de los combutibles fósiles. Antes de la aparición de las urbes modernas, la gente llevaba miles de años vivien-
do en “ciudades”; sin embargo, según las normas actuales apenas se las podría llamar así. La antigua Atenas, por ejem-
plo, sólo tenía 50.000 habitantes, y Babilonia poco más de 100.000. Siglos después, durante el Renacimiento, el tamaño
de las ciudades había cambiado muy poco: la Florencia de Leonardo da Vinci contaba con 50.000 vecinos, y cuando
Miguel Angel pintó los frescos de la Capilla Sixtina, la población total de Roma se cifraba en torno a los 55.000 habi-
tantes. En una época tan relativamente cercana como el siglo XVI, la mayoría de las ciudades europeas no llegaba a los
20.000 habitantes. En la época de la independencia de Estados Unidos, las dos mayores ciudades de la colonia -Boston
y Filadelfia- tenían menos de 50.000 habitantes, y Nueva York quedaba en tercer lugar con bastante diferencia.91
Con el auge de la Revolución Industrial a comienzos del siglo XIX, esta situación empezó a cambiar de la no-
che a la mañana. Londres fue la primera ciudad que llegó al millón de habitantes, en 1820. En el año 1900, había 11ciu-
dades cuya población superaba el millón; en 1950 ya eran 75 ciudades; en 1976, había 191 áreas urbanas con I millón
de ha bitantes o más. En la actualidad existen 273 ciudades que superan el millón de habitantes, la mayor parte de ellas
en países del Tercer Mundo.92 La población urbana, en cuanto a porcentaje sobre la población total del planeta, está
moviéndose hacia la mayoría. De los 1.000 millones de personas que se calcula vivían en 1800, tal vez 25 millones -un
mero 2,5 por ciento- habitaba en ciudades. En 1900, el 15 por ciento de la población del planeta residía en áreas urba-
nas. En 1960 era ya una tercera parte de la población total, y en 1987 casi el 43 por ciento vivía en áreas urbanas. Con
el ritmo de crecimiento actual, hacia el año 2000 habrá más gente viviendo en ciudades por encima de los 100.000 habi
tantes que el total de habitantes del planeta en 1960.93
Esta increíble explosión de la vida urbana se ha producido como consecuencia directa de la profunda modifi-
cación del entorno energético en los dos últimos siglos. Una ciudad sobrevive en virtud de su capacidad para captar
energía disponible de su entorno, almacenarla y utilizarla para la existencia urbana. Las ciudades aparecieron hace mi-
les de años cuando se descubrió el cultivo de cereales de grano duro. Los cereales de grano duro, a diferencia de las fru-
tas y verduras, se prestan a un largo almacenamiento. Si examinamos las ciudades anteriores a la era fósil, podemos
clasificarlas según la base de energía que las sustentaba: “ciudades de centeno, ciudades de arroz, ciudades de trigo y
ciudades de maíz”.94
Aunque los cereales proporcionaban la base de energía para la vida urbana antes de 1800, también imponían
unos límites estrictos al número de habitantes de la ciudad y al tamaño fisico de la propia ciudad. La agricultura tradi-
cional no podía producir un excedente lo bastante grande como para mantener un numerosa población urbana no pro-
ductora de alimentos. Como la ciudad dependia directamente de la campiña circundante para obtener su energía (ali-
mento), las áreas urbanas no podian extenderse hacia el campo, como hacen hoy, por miedo a destruir su base alimenti-
cia local. Las murallas que rodeaban a las ciudades antiguas y medievales no sólo servían para protegerse contra una
invasión, sino que también garantizaban que la ciudad no creciera por encima de los límites de la capacidad sustentado-
ra del medio ambiente. La gran ciudad de Babilonia, por ejemplo, sólo abarcaba una superficie de unos 8 kilómetros
cuadrados; las murallas medievales de Londres delimitaban una superficie inferior al 1 por ciento de la extensión actual
de esta ciudad. Las ciudades tradicionales tampoco podían depender de suministros de comida traídos desde grandes
distancias. Hasta la era de los combustibles fósiles, casi todo el transporte se realizaba por medio del esfuerzo humano
o animal, de modo que la base energética de la sociedad imponia unos limites absolutos a la velocidad y la distancia
desde la que se podia acarrear la comida.
La conocida excepción a estas limitaciones históricas fue la antigua Roma, que, en su apogeo, llegó a contar
con casi un millón de habitantes. Sin embargo, la metrópoli romana sólo podía sustentarse tratando de colonizar todo lo
que hallaba en su camino. Sin sus inmensas reservas de esclavos, sus técnicas de agricultura intensiva, sus colosales
pro yectos de construcción de acueductos y, sobre todo, los ejércitos del imperio, Roma jamás habría podido mantener
a su población. En cierto sentido, hubo que saquear todo el mundo conocido para superar las limitaciones naturales im-
puestas por la base de energía solar. Murray Bookchin lo expresa claramente cuando afirma que “la caida de Roma
puede explicarse por el auge de Roma. La ciudad latina se elevó a cumbres imperiales no por los recursos de su entorno
rural, sino gracias al botin acumulado con el pillaje sistemático del Oriente Medio, Egipto y norte de Africa. El mismo
proceso necesario para mantener la cosmópolis romana destruyó la cosmópolis”.95
Una vez embareada en su curso de expansión urbana, Roma estaba condenada al fracaso. Cuando más crecia
la ciudad, más aportes de energía eran necesarios. Cuanta más energía fluía hacia la ciudad, mayor era el desorden re-
sultante. Cuanto mayor era el desorden, más grande se volvía la infraestructura institucional para hacer frente a los di-
versos tipos de caos. Es obvio que este proceso no podía mantenerse indefinidamente. Las lineas de suministro de ener-
gía, mantenidas por el ejército, llegaron a extenderse tanto que los militares absorbían más energia de la que llegaba a
la ciudad. El sistema agrícola comenzó a ofrecer menores rendimientos, debido al abuso intensivo del suelo. Los escla-
vos se volvieron demasiado caros de alimentar y alojar. La burocracia de la ciudad se hizo tan grande y tan costosa que
resultó imposible mantenerla. Finalmente, la sobrecargada ciudad se hundió por dentro y por fuera, regresando, tras sus
conquistas militares, a un equilibrio ecológico con su medio ambiente. Tras la caida, Roma quedó con sólo 30.000 ha-
bitantes.
Roma sirve como ejemplo típico de lo que puede suceder cuando un centro urbano intenta fatuamente pasar
por alto las limitaciones que la base de recursos impone a su crecimiento. La búsqueda de lejanas fuentes de energía só-
lo puede servir para retrasar el colapso, pero un dia u otro llega el momento de pasar cuentas. Esto es precisamente lo
que está ocurriendo en nuestra propia época. Las áreas urbanas modernas se sostienen gracias a una especie de coloni-
zación del mundo, bastante parecida en su esencia a la que sostenia a Roma.. Y al igual que Roma, las ciudades moder-
nas, que han excedido con mucho la capacidad productiva de su entorno energético local, son sumamente vulnerables
al colapso una vez se alcanzan los límites de su base de recursos nacional e internacional.
Esto resulta especialmente evidente si se analizan las necesidades alimenticias de las ciudades modernas. Un
área urbana tipica de 1 millón de habitantes requiere el aporte diario de casi 2 millones de kilogramos de alimentos.96
Para obtener esta cantidad de comida, la ciudad depende completamente de nuestro sistema agricola a base de combus
tibles fósiles. Sin el alto rendimiento de la agricultura petroquímica y una red nacional de transporte que lleve el trigo,
las naranjas y la carne a los centros urbanos desde miles de kilómetros de distancia. las grandes ciudades no tardarían
en convertirse en escenas de hambre colectiva. Pero, como ya hemos visto, la menguante disponibilidad y los crecien-
tes costes de los combustibles fósiles -espina dorsal de la agricultura y el transporte modernos- empiezan a poner en pe-
ligro la supervivencia del modelo agrícola de que depende la ciudad.
¿De dónde vendrá la comida para Nueva York, Chicago y Los Angeles? No de sus alrededores: debido a la
extensión urbana y suburbana, decenas de millones de hectáreas de tierra potencialmente fértil se han convertido en
hormigón, plástico y acero.97 Y tampoco de la propia ciudad. En las ciudades históricas, se reservaba una buena canti-
dad de terreno dentro de las murallas para el cultivo agrícola en pequeña escala. Pero a medida que las ciudades han ido
creciendo, cada vez más tierra potencialmente cultivable se ha dedicado a otros usos.
Las grandes áreas urbanas también dependen precariamente de otras clases de recursos lejanos. Una ciudad
de 1 millón de habitantes necesita un aporte diario de 8.500 toneladas de combustible y 570.000 toneladas de agua po-
table.98 La construcción y el mantenimiento de los edificios de Estados Unidos (la mayoría situados en áreas urbanas)
re clama el 57 por ciento de toda la electricidad producida en el país. Sólo para iluminarlos hace falta aproximadamen-
te una cuarta parte de la produceión total de electricidad.99 Los edificios gigantes como el World Trade Center absor-
ben hasta 80.000 kilovatios de electricidad, la suficiente para cubrir las necesidades de una ciudad de 100.000 habitan-
tes. El edificio Sears de Chicago consume más electricidad que toda la población de Roekford, Illinois, una ciudad de
147.000 habitantes. Además, también requieren el aporte de inmensas cantidades de recursos naturales: el edificio Se-
ars, por ejemplo, contiene 130 kilómetros de cable de ascensor y el suficiente hormigón como para recubrir una su per-
ficie equivalente a setenta y ocho campos de fútbol 100 Y aún hacen falta más recursos para su mantenimiento. En las
ciudades de todo el pais, el acero está deteriorándose a tal velocidad que el coste anual de sustitución se calcula en
20.000 millones de dólares.101
Sin estos constantes aportes de energía bajo sus diversas formas, las eiudades decaen, se pierden puestos de
trabajo y la vida urbana se hace intolerable. Este proceso se halla ya muy avanzado en algunas de las ciudades más an-
tiguas de Estados Unidos. Según un estudio realizado por el Instituto Urbano sobre el estado de la infraestructura ur-
bana del país, las instalaciones básicas de las principales ciudades estadouniden ses, tales como alcantarillas, calles,
puentes, sistemas de tránsito y su ministro de agua, están empezando a acusar el desgaste y exigirán colo sales inversio-
nes para su reparación o sustitución durante el próximo decenio. Las cifras son verdaderamente abrumadoras. Para evi-
tar el colapso físico de sus instalaciones, en los próximos diez años la ciudad de Nueva York tendrá que gastar 12.000
millones de dólares en operaciones de sustitución, reparación y mantenimiento. Incluso una ciudad más pequeña como
Cleveland tendrá que gastar más de 700 millones de dólares si quiere mantener su infraestructura física en los próximos
años. 102
Las grandes ciudades para ser viables necesitan grandes aportes de energía. Pero el mismo flujo de energía
hacia el área urbana mina la vitalidad de la ciudad con los desórdenes que provoca. Por ejemplo, un alto flujo de ener-
gía hacia una ciudad produce cambios ecológicos signiticativos. La temperatura anual media de una gran ciudad se si-
túa tres o cuatro grados por encima de las áreas adyacentes. Esto se debe a las emisiones de las centrales de energía, los
automóviles, los aparatos de aire acondicionado y la reflexión solar causada por carreteras y edificios. En una ciudad
hay un número de contaminantes atmosféricos diez veces superior a las áreas rurales. Entre los restantes fenómenos
meteorológicos creados por las necesidades de energía de un área urbana pueden citarse los siguientes: 100 por cien
más de niebla invernal y 30 por ciento más de niebla estival que en las áreas rurales adyacentes; entre un 5 y un 10 por
ciento más de lluvia y nieve en la ciudad; de un 5 a un 15 por ciento menos de luz solar, y entre un 20 y un 30 por cien-
to menos de viento.103
Los altos niveles de consumo de energía, con los desechos consiguientes, afectan gravemente a la salud de los
residentes urbanos. Los habitantes de las ciudades muestran una incidencia de cáncer desproporcionadamente alta, así
como mayores porcentajes de bronquitis, úlceras y enfermedades cardiacas. Asimismo, los habitantes de las grandes
ciudades dan muestras de conducta antisocial, hostilidad y egocentrismo en un grado muy superior al de quienes viven
en entornos de baja concentración de energía. El indice de suicidios es más alto en las grandes ciudades; el porcentaje
de ingresos en hospitales mentales es más grande; la tasa de esquizofrenia, neurosis y trastornos de la personalidad es
considerablemente más grande en los entornos urbanos. Las estadísticas sobre delincuencia hablan por si mismas: en
las ciudades entre 25.000 y 50.000 habitantes se producen 5,7 asesinatos por cada 100.000 personas, mientras que en
las ciudades de más de un millón son 29,2 asesinatos por cada 100.000 personas. Una ciudad de 100.000 habitantes ex-
perimenta anualmente un promedio de 300 delitos con violencia; una ciudad de más de un millón, 11.880 104.
La densidad de la vida urbana de alta energía también puede afectar a las relaciones humanas de una forma
más sutil. Por ejemplo, se ha calculado que una persona puede “encontrarse” con 220.000 individuos en un radio de
diez minutos desde cualquier punto del centro de Manhattan. Evidentemente, resulta imposible prestar atención a to-
das estas personas, de modo que los habitantes urbanos establecen una especie de proceso de filtrado que concede me-
nos tiempo y menos atención a cada estimulo. Los habitantes de una gran ciudad suelen pasar completamente por alto
los estímulos de “baja prioridad”, tales como pedigueños y ebrios. Docenas de personas pueden ser testigos de un cri-
men sin denunciarlo ni ayudar a la víctima. Un sencillo paseo por la calle exige la adopción de una expresión hosca pa-
ra repeler a las personas que constituyen “estímulos” indeseables. Para mantener la energía psíquica, los habitantes de
las ciudades traban amistad con mucha menos gente que quienes viven en zonas escasamente pobladas. Muy a menudo
los vecinos son unos completos desconocidos. Acabamos siendo como marineros en un bote salvavidas, rodeados de
agua por todas partes pero sin un sorbo para beber.
La vida altamente urbanizada tiende a destruir toda participación política efectiva. En una población pequeña,
cualquiera puede ir a ver al alcalde para comentar un asunto local, pero en una gran ciudad la opinión del individuo
pierde todo significado. Un concejal del ayuntamiento de Nueva York representa a un promedio de 239.000 personas.
Si este concejal se pasara ocho horas al dia, todos los dias del año, sin hacer nada más que hablar durante quince minu-
tos con cada uno de sus representados, al final del año sólo habría podido hablar con 10.000 de ellos.
Kirkpatrick Sale, en un estudio en el que se analizaba la calidad de la vida en las grandes ciudades (más de un
millón de habitantes) en comparación con las ciudades pequeñas (menos de 100.000 habitantes), señala que, en cual-
quier aspecto que queramos tomar en cuenta los grandes centros urbanos son inferiores a las comunidades pequeñas y
descentralizadas. Las grandes ciudades no sólo son vulnerables al desempleo generalizado en épocas de crisis, sino
que, en la vida diaria “los costes del transporte son mayores a causa de la congestión, los índices de enfermedad y
muerte entre los empleados son mayores a causa de la contaminación del agua y del aire, los costes de mantenimiento y
limpieza son mayores a causa del efecto de “isla térmica” que se produce sobre las ciudades en verano (y por la inacce-
sibilidad de la luz solar a los edificos apiñados, en invierno), los costes de seguridad y los índices de pérdidas a causa
de la delincuencia son mayores, el coste de preparar a los nuevos empleados es mayor a causa de la mala calidad de las
escuelas”.105
La expansión urbana implica un mayor flujo de energía y un aumento de los desórdenes. A medida que se
acumulan los diversos desórdenes, la burocracia municipal va multiplicándose en un intento de imponer cierto orden
sobre el creciente caos. Aun asi, todas las grandes ciudades han descubierto que no existe ninguna manera de propor-
cionar adecuadamente los servicios imprescindibles, tales como el suministro de energía, alcantarillado, escuelas, ca-
rreteras, policia, viviendas públicas y demás. Un estudio indica que las demandas de servicios en una gran ciudad se
multiplican por dos cada año. En Nueva York, el numero de empleados municipales aumentó en un 300 por ciento du-
rante el pasado decenio, aunque la población de la ciudad disminuyó.106
Evidentemente, toda la energía aportada a una ciudad ha de volver a salir en forma de residuos. El problema
de las basuras en cualquier área urbana de importancia es verdaderamente monumental. En la ciu dad de Washington,
cada día se recogen y se compactan más de 3.500 toneladas de basura. ¿Adónde van a parar todos estos desechos? El
área metropolitana de Washington cuenta con cinco vertederos principales a los que se arroja la basura, pero los cinco
están empezando a rebosar. Naturalmente, sería posible construir más vertederos, pero, en vista de la gran densidad de
población del área metropolitana, cualquier vertedero nuevo tendría inevitablemente que ubicarse junto al lugar de re-
sidencia de miles de personas, y, aunque todo el mundo quiere que recojan su basura y se la lleven, nadie desea que
construyan un vertedero ante su casa. Delante de este problema, las autoridades municipales tienen dos alternativas:
pueden quemar las basuras, lo que ensuciará más el aire y provocará más contaminación, o pueden enviarlas por ferro-
ca rril a otras regiones menos pobladas, lo cual exigirá un gasto considerable de energía y hará subir los impuestos mu-
nicipales.107
El mantenimiento de un alto flujo de energía y la absorción de los crecientes desórdenes que se acumulan a lo
largo del mismo exigen dinero. El Instituto Urbano ha demostrado que un residente de una ciudad con I millón de habi-
tantes paga como media unos impuestos tres veces superiores a los del residente de una ciudad de 50.000 habitan
tes.108 La mayor parte de este dinero se destina a educación, policia y servicios sanitarios. Sin embargo, según todas las
mediciones estadísticas, los residentes urbanos sufren más delincuencia y tienen peores escuelas y peor atención médi-
ca que los habitantes de ciudades pequeñas o zonas rurales. La entropía del entorno urbano crece sin parar a conse
cuencia de los constantes aportes de energía, y los problemas de la ciudad se vuelven irresolubles en la forma conven-
cional. Según el economista Leopold Kohr, “los problemas sociales muestran una lamentable tendencia a crecer en pro-
gresión geométrica con el crecimiento del organismo de que forman parte, mientras que la capacidad humana de hacer-
les frente. si es que puede crecer, lo hace sólo en progresión aritmética”. 109
Finalmente, la ciudad comienza a agotar los recursos disponibles y llega al punto en que el nivel de gasto que
debe sostener la conduce a la bancarrota. Según el Centro sobre la Calidad del Medio Ambiente, “en la mayoria de ciu-
dades con problemas, el gasto crece mucho más de prisa que el valor de la propiedad inmobiliaria, que constituye la
prin cipal base imponible en la mayoria de los municipios”. En una ciudad con 1 millón de habitantes o más, los im-
puestos locales per capita ascienden a un promedio de 426,90 dólares, pero la deuda media que debe afrontar la ciudad
para el pago de los servicios asciende a 1.052 dólares por residente.110
Incluso las medidas adoptadas por la ciudad para sostenerse acaban conduciendo a su propia decadencia eco-
nomica. El aumento de los impuestos índuce a los residentes ricos y de clase media, así como a las empresas, a abando-
nar la ciudad. A medida que las clases medias y altas van dejando la ciudad, la burocracia recauda cada vez menos im
puestos y cada vez quedan menos puestos de trabajo. El paro aumenta, la delincuencia aumenta y la ciudad se ve obli-
gada a gastar aún más dinero para contener los desórdenes. El círculo vicioso sigue adelante de manera imparable.
El amago de colapso fiscal que experimentaron Nueva York y Cleveland en los años setenta fue una muestra
de lo que espera a nuestras ciudades, exageradamente grandes y desgastadas, en los próximos veinte años. La verdad
escueta es que ya no podemos permitirnos mantener estos entornos urbanos increiblemente entrópicos.

Las Fuerzas Armadas


El mundo no ha visto nunca una máquina militar comparable a la de Estados Unidos. Por cada dólar que el
gobierno federal gastó en 1987, 53 centavos se dedicaron a pagar guerras, ya sea pasadas, presentes o futuras.111 Un re-
ciente presupuesto militar (año fiscal 1989) destinaba 300 000 millones de dólares a la defensa del pais durante un solo
año. En 1988, las Fuerzas Armadas estadounidenses contaban por lo menos con 25.000 armas nucleares, 2 millones de
soldados, 500 buques de guerra de gran tonelaje, 8.000 aviones y helicópteros y 871 instalaciones militares en el inte-
rior del país.l’7 Veinte mil contratistas militares trabajan para producir decenas de miles de sistemas de armamento dis-
tintos. Contando a los empleados directamente bajo contrato con el Departamento de Defensa, más de 5 millones de es-
tadounidenses se ganan la vida gracias al Pentágono.113
Por lo que a la mayoría de los norteamericanos se refiere, está muy bien que sea así. Desde el dia en que los
japoneses bombardearon Pearl Harbour, muchos ciudadanos consideran que el incremento de los gastos militares es
esencial para la seguridad nacional. También hay muchos que recuerdan cómo Franklin Roosevelt sacó al país de la de-
pre sión por medio de colosales inversiones militares. Asi, hace bastantes decenios que el gasto militar se tiene por
bueno para la economia. Sin embargo, sea cual sea la medida que queramos aplicar, está resultando cada vez más claro
que cuantos más recursos y energía se dedican a los militares, menos riqueza real y seguridad existen. Como ha escrito
Sey mour Melman, destacado analista sobre temas de defensa, “lejos de depender de la producción de armamento para
nuestra prosperidad... estamos paralizando el país en conjunto al desviar la parte del león de nuestros recursos hacia la
esfera militar.114
Actualmente, los militares estadounidenses constituyen el mayor consumidor institucional de energía de todo
el país. El Departamento de Defensa se lleva más del 80 por ciento del presupuesto federal para energía.ll5 Si contamos
a las industrias que trabajan para la defensa bajo contrato, los militares consumen el 6 por ciento del gasto nacional de
energía, cosa que los convierte en uno de los principales productores de emisiones de dióxido de carbono y del efecto
invernadero.116 Más aún, desde la segunda guerra mundial, el Departamento de Defensa ha sido el mayor usuario insti-
tucional de capital y tecnología de todo el pais. Para sostener esta infraestructura, la mitad de los científicos e ingenie-
ros de la última generación han trabajado para el Departamento de Defensa, directamente o bajo contrato militar.
La energía que los militares sustraen a la sociedad produce tremendas dislocaciones sociales, como puede
verse claramente en las estadísticas mensuales sobre el desempleo. La creencia más extendida sostiene que el gasto mi-
litar crea puestos de trabajo; de hecho, un estudio realizado por el Grupo de Investigaciones de Interés Público de Mi-
chigan llegó a la conclusión de que por cada 1.000 millones de dólares dedicados al presupuesto militar, el pais en ge-
neral perdia 11.600 puestos de trabajo. Este mismo estudio comprobó también que en cada uno de veintiséis estados,
que reúnen el 60 por ciento de la población del país, cada vez que crecía el presupuesto militar en el estado, crecía tam-
bién el índice de paro.117 La Asociación Internacional de Mecánicos, en un estudio propio, comprobó que “un presu-
puesto del Pentágono de 124.000 millones de dólares cuesta a la Asociación más de 118.000 em pleos civiles. Si resta-
mos los 88.000 puestos de trabajo creados por este nivel de gasto militar, la pérdida neta para la Asociación es de
30.000 empleos por año”. Otro informe, realizado por Marion Anderson, indica que el auge militar de 1981 a 1985 de-
jó sin trabajo a 1.146.000 norteamericanos. 118
Aunque en principio parece paradójico que la inversión de capital en la producción militar pueda producir pa-
ro, la cuestión no tarda en aclararse cuando se analiza el tipo de empleos que se crean. Los empleos generados por el
gasto militar tienen necesariamente una gran preponderancia de capital y energía. El esfuerzo humano representa un
componente muy pequeño en la combinación general de factores que participan en la producción de armamento. Por
ejemplo, el gobierno federal concedió a la Lockheed Corporation un contrato de veinticinco años que proporcionaba
1.000 millones de dólares anuales para que esta compañía desarrollara el arma más cara y más letal que jamás se ha di-
señado, el submarino Trident. La compañía empleó al menos 16.000 personas en este proyecto. Sin embargo, la misma
cantidad de 1.000 millones de dólares habría podido crear 20.000 empleos en aplicaciones con mayor utilización de es-
fuerzo humano y menor consumo de energía, como la construcción de colectores solares.119
El gasto militar es también uno de los principales factores causantes de la inflación. Según observa The
New York Times: “Prácticamente todos los economistas están de acuerdo... en que el gasto militar tiende a ser inflacio-
nario. Esto sucede porque pone más dinero en manos de los trabajadores sin aumentar la oferta de productos que pue-
den adquirir -el mercado al por menor de misiles y demás es bastante limitado-, lo cual hace subir los precios de artícu-
los como los automóviles, los frigoríficos y las herramientas mecánicas.120 La producción militar también causa infla-
ción en otro sentido más importante. La primera ley de la termodinámica nos dice que la cantidad de materia y energía
es cons tante. Puesto que el sector militar se lleva el 6 por ciento del consumo nacional de energía, junto con inmensas
cantidades de recursos minerales no renovables, el aumento de entropía provocado por el material militar (la cantidad
de energía que ya no puede utilizarse para realizar ningún trabajo) conduce a una menor disponibilidad de recursos, lo
que a su vez hace que se dispare la inflación.
La réplica a todo esto, desde luego, es que si bien el gasto militar con alto consumo de energía puede provo-
car desórdenes sociales en forma de paro, inflación y mayor escasez de recursos, por lo menos proporciona a Estados
Unidos un sistema de seguridad nacional sin parangón en la historia del mundo. Y, si la seguridad se midiera únicamen-
te por los números, sin duda Estados Unidos sería la nación más segura de la historia. Si la capacidad destructiva de to-
dos los arsenales del mundo se repartiera en toneladas de TNT, cada hombre, mujer y niño del planeta -casi 5.000 mi-
llones en total- podría disponer de cuatro toneladas de potencia explosiva. Algunas bombas de hidrógeno norteamerica-
nas tienen tantos megatones que una sola de ellas equivale a más toneladas de dinamita que todas las bombas arrojadas
por todos los bandos durante toda la segunda guerra mundial. Con el arsenal atómico que Estados Unidos posee, podria
volar todas las ciudades soviéticas de cierta importancia cincuenta veces cada una. Y cada dia se añaden otras dos bom-
bas nucleares a este arsenal.121
Cada dólar gastado en la defensa nacional sólo sirve para generar una mayor tensión global. Cada vez que Es-
tados Unidos elabora un nuevo sistema de armamento, los soviéticos se sienten amenazados y, por tanto, desarrollan
otro que mantenga el equilibrio. Esto a su vez hace que Estados Unidos replique con una nueva arma, y así sucesiva-
mente. En la actualidad, Estados Unidos gasta en defensa tres veces más (en dólares constantes) que en 1948,122 pero
¿quién podria afirmar que su seguridad es tres veces mayor si, a los veinte minutos del comienzo de una guerra nuclear
total. habrían muerto 160 millones de norteamericanos?
Los sistemas de armamento cada vez más sofisticados conllevan una creciente concentración y flujo de ener-
gía. Si la historia de la guerra nos enseña alguna cosa, es ésta: que cuanto más concentrado es el flujo de energía, más
mortifera y despersonalizada se vuelve la guerra. En el momento de escribir este libro, la Unión Soviética y Estados
Unidos están gastando anualmente un total conjunto de 20.000 millones de dólares para el desarrollo de nuevas armas
de guerra. Sólo Estados Unidos está experimentando con unas 20.000 ideas para futuras armas.123
A medida que los sistemas de armamento se vuelven más complejos y más caros, y concentran más energia,
también experimentan problemas operativos cada vez más graves. Su coste se dispara y es habitual que exceda lo pre-
supuestado: actualmente, el submarino Trident ya esta costando 400 millones de dólares más de lo previsto. Algunos
siste mas sencillamente no funcionan. El Departamento de Energía ha reconocido que el 75 por ciento de los misiles
Polaris Al (un artículo mili tar muy en boga a mediados de los años sesenta) no habrían funcionado si se los hubiera
querido disparar. Ha llegado a ser corriente que los aviones más avanzados tecnológicamente se estrellen regularmente
por causas inexplicables.124 í
Finalmente, conforme los militares buscan nuevas maneras de concentrar cada vez más energia en sus arte-
factos destructores, los sistemas de armamento alcanzan tal complejidad que bordean el ridiculo. Una propuesta militar
actual, muy bien vista en el Capitolio, es el sistema de misiles MX. La idea consiste en ocultar 200 misiles a la vista del
“enemigo” desplazando constantemente cada uno de ellos bajo la superficie de la tierra entre veinticinco refugios dis-
tintos. De esta manera, los soviéticos nunca sabran dónde está guardado cada misil individual, y para estar seguros de
destruirlos todos tendrán que lanzar 5.000 cabezas de guerra. A fin de construir la red de ferrocarril subterráneo y los
silos de almacenamiento necesarios para este proyecto, las Fuerzas Aéreas tendrán que adquirir 1,5 millones de hectá-
reas de terreno al oeste del Mississippi, o sea, una superficie equivalente aproximadamente a cuatro veces la extensión
de Connecticut (o dos veces la superficie de la provincia de Barcelona), ¡sólo para alojar 200 misiles!125
Según el gobernador de Kansas, un estado donde el Pentágono espera construir un túnel MX las obras afecta-
rán a 75.000 hectáreas de tierras de cultivo y de pasto, desplazarán a los 40.000 habitantes de una zona de 17.000 kiló-
metros cuadrados, e impedirán que esta tierra se dedique a los usos habituales de cultivo. recreo, pastos y residencia
humana durante veinte o treinta anos. Por otra parte, la llegada de los equipos de construcción y sus familias aumentará
el número de habitantes del oeste de Kansas en 81.000 personas, haciendo que el coste de los servicios públicos se in-
cremente en 37,5 millones de dólares. Además, pregunta el gobernador, ¿cómo se transportarán los misiles hasta sus
silos subterráneos? Cada uno de ellos pesa aproximadamente 500.000 kilos y mide unos 45 metros de longitud por casi
7 de grosor. El coste previsto para este absurdo proyecto, digno de Rube Goldberg: ( Reuben L. Goldberg <1883-
1970>, famoso caricaturista de Estados Unidos, que satirizó la obsesión en su país por la tecnología mediante ingenios
extraordinariamente complicados para realizar los más sencillos procesos <N del E>) entre 30.000 y 40.000 millones
de dólares.126
El sistema MX es sólo uno de los diversos proyectos militares en vías de realización. Como en las novelas de
ciencia ficción, las guerras de la próxima generación se librarán con misiles que saben leer mapas y se orientan por si
mismos, y con satélites asesinos y rayos de partículas proyectados desde el espacio exterior. A mediados de los años
noventa, Estados Unidos espera disponer de un láser de alta energía plenamente operativo que podrá derretir el metal
de los tanques o concentrar su haz para destruir un satélite en órbita a miles de kilómetros sobre la superficie de la Tie-
rra.
Aun asi, con toda esta capacidad de destrucción, la supremacía militar de Estados Unidos se sustenta en una
base más precaria quizá que la de ninguna otra nación en la historia. Los soldados de otras épocas se movían gracias a
su estómago (el alimento era su principal fuente de energía), pero los militares de hoy funcionan a base de petróleo. Y
el petróleo es un recurso cada vez más escaso. En 1978, el Departamento de Defensa gastó sólo en energía una cantidad
superior a 4.000 millones de dólares, más del doble que en 1973. El creciente coste de la energía “ya ha hecho que el
Departamento de Defensa incurra en un margen de disponibilidad inferior al que de otro modo hubiéramos deseado”,
según la portavoz del Pentágono Ruth Davis en una declaración ante el Congreso. Aunque el Departamento de Defen-
sa ha conseguido reducir su consumo de energía en un 30 por ciento desde 1973, este ahorro se consiguió recortando el
número de hombres y de operaciones. En palabras de Davis: “Cualquier nuevo ahorro de energía obtenido por medio
de reducciones de esta naturaleza tendrá una profunda incidencia sobre nuestra capacidad de mantener unos niveles
acepta bles de disponibilidad de las fuerzas”. El embargo petrolifero de 1973 y la revolución irani de 1979 “proporcio-
nan una renovada percepción de nuestra creciente susceptibilidad ante posibles presiones politicas, económicas o mili-
tares; presiones aplicadas por quienes tienen la capacidad de controlar directamente o de influir indirectamente sobre el
flujo de petróleo hacia Estados Unidos y sus aliados”.
Aunque el suministro de energía necesario para las operaciones militares depende de fuentes extranjeras, la
máquina guerrera estadounidense se ha vuelto tan especializada que es muy poco lo que puede hacerse para encontrar
fuentes de energía alternativas. El 90 por ciento del petróleo consumido a diario por el Departamento de Defensa se de
dica a “combustibles de movilidad” utilizados en aviones, sistemas de misiles y buques. “El Departamento de Defensa
sigue diseñando y construyendo sus sistemas de armamento bajo el supuesto implícito de que podrán ser accionados
por productos derivados del petróleo”, dice Davis. Hasta “bien entrado el siglo XXI”, añade, los militares dependerán
de combustibles líquidos a base de hidrocarburos.
Para hacer frente a su menguante suministro de energía, los militares deben asegurarse como sea el control de
nuevas fuentes. En otro tiempo quizás habría bastado con enviar las tropas a los campos petroliferos de Oriente Medio;
de hecho, el Pentágono insinuó recientemente esta propuesta para comprobar la reacción del público. Sin embargo, una
incursión de este tipo fácilmente podría conducir a una guerra nuclear, de manera que los militares se ven obligados a
buscar más cerca de casa. De momento, el presidente ya ha garantizado que los militares seguirán recibiendo el 100 por
ciento de sus necesidades de combustible, cosa que evidentemente obligará a desviar aún más energía de otras aplica-
ciones económicas y sociales. Para mantener su flujo de energía, el Pentágono ha llegado incluso a recomendar la
adopción de un “Plan de acción sobre combustibles de movilidad” que conferiría a los militares un control sin prece-
dentes sobre la política energética del país. En vista de la cada vez menor disponibilidad del petróleo, cualquier intento
del Pentágono por mantener su propio flujo de energía provocará ineludiblemente mayores disrupciones en otros secto-
res de la sociedad.127
A medida que los sistemas de armamento se vuelven más complejos y la presencia militar estadounidense en
el mundo se va extendiendo, cada vez hace falta utilizar más energía sólo para mantener la creciente burocracia militar.
Según Earl Ravenal, ex analista del Departamento de Defensa, “menos del 30 por ciento de todo nuestro presupuesto
de defensa se dedica a la defensa directa de la nación y de sus intereses fundamentales”.128 El resto es consumido por
el intento de mantener una presencia militar en todo el mundo. Un reciente presupuesto militar dedicaba 35.000 millo-
nes de dólares a la fabricación de nuevas armas; el resto, más de 100.000 millones de dólares, se utilizó basicamente
para gastos de personal y mantenimiento.129
El incremento del gasto militar constituye una tragedia de proporciones monumentales. Miéntras los mili-
tares luchan para mantenerse ellos mismos y mantener su flujo de energía, no dejan de absorber cada vez más energía
de la línea de flujo de la sociedad, exacerbando así otros problemas relacionados con la energía, como el hambre y la
mise ria. Todos los paises del mundo juntos gastan anualmente 400.000 millones de dólares en armamento; casi- I mi-
llón por minuto.130 Las guerras y los preparativos para la guerra consumen aproximadamente un 10 por ciento de la
producción mundial total de bienes y servicios,131 una cantidad equivalente al PNB de más de la mitad de la población
mundial. Cuando 800 millones de personas a duras penas sobreviven con el equivalente de 200 dólares al año, o me-
nos, y cuando 20 millones de personas mueren de hambre todos los años, el gasto militar se convierte en una obsceni-
dad. Si se desviara sólo un 2 por ciento del presupuesto militar mundial durante sólo un año, seria posible proporcionar
un hornillo de cocina a todas las familias rurales del Tercer Mundo.132 En Estados Unidos, el coste de un sólo avión de
transporte de tropas -1.600 millones de dólares- representa casi el doble del presupuesto total para programas de seguri-
dad y salud en el trabajo; el precio por unidad del avión de ataque A-7E Corsair equivale al doble del presupuesto de la
EPA de 1977 para programas de potabilización de agua. 133
En último término, la guerra y sus preparativos constituyen la actividad humana más altamente entrópica. A
fin de cuentas, con un misil sólo pueden hacerse dos cosas: utilizarlo para destruir o almacenarlo hasta que quede anti-
cuado y haya que desmantelarlo. De un modo u otro, y puesto que los recursos del planeta que se utilizaron para fabri-
car el arma son limitados, “estamos forjando las espadas y las cabezas nucleares de hoy con los arados de futuras gene-
raciones”.134

La educación

La mayoría de nosotros ha pasado por la dolorosa experiencia de prepararse para un examen. El “síndrome
del rotulador” es un fenómeno académico bien conocido: se produce cuando, la noche anterior a un examen, el estu-
diante saca un rotulador amarillo y procede a subrayar grandes fragmentos del texto con la esperanza de retener en la
memoria considerables cantidades de datos durante el tiempo suficiente para regurgitarlos en el aula a la mañana si-
guiente. Veinticuatro horas antes del examen, lo más probable es que se retengan muy pocos datos o ninguno. Lo que si
queda, en cambio, es una imponente resaca que a menudo persiste durante varios dias. Los estudiantes “se tensan” para
el examen y luego “se vienen abajo”. Tal es la pauta típica arraigada en el sistema de enseñanza estadounidense.
La forma en que el estudiante se prepara para el examen no es muy distinta a la forma en que se prepara una
mazorca de maíz en una granja de Iowa; en ambos casos una inversión masiva de energía conduce a una ligera dismi-
nución de entropía en el producto (en el caso del estudiante, la cantidad de conocimientos retenidos) a expensas de un
aumento aún mayor en la entropía del medio. En el caso del maíz, el aumento de entropía en el entorno circundante se
denomina contaminación ambiental. La energía disipada que se acumula en el entorno del estudiante es actualmente
descrita por algunos psicólogos como “contaminación informativa”, y puede manifestarse de muchas formas distintas,
desde la incubación de una neurosis a un colapso nervioso.
Todo lo que hacemos exige un gasto de energía, incluso el proceso de aprendizaje. La Ley de la Entropía ac-
túa constantemente sobre la recolección de información, lo mismo que sobre cualquier otra actividad. Cada vez que
aprendemos algo, por supuesto, solemos creer que hemos aumentado el valor y el orden del mundo en que vivimos.
Durante mucho tiempo los educadores estuvieron convencidos de que al menos el proceso de aprendizaje era una acti-
vidad que desafiaba a la segunda ley, pues sólo creaba un mayor orden, pero tal convicción se ha revelado errónea.
Con la introducción de la cibernética y de la moderna teoría de la información, tras la segunda guerra mundial, los
científicos se dieron cuenta de que la recolección de información y la acumulación de conocimientos exigían un gasto
de energía, y por tanto había que pagar un precio en aumento de entropía.
Hace unos setenta años, Henry Adams escribió un ensayo en el que sugería que incluso la mente humana, en
sus procesos de adquisición y almacenamiento de información, estaba sometida al proceso entrópico. El ensayo, titula-
do “Carta a los profesores de historia estadounidenses”, iba dirigido a la asociación estadounidense de historia.135 En
él, Adams se atrevia a sugerir que el desarrollo del pensamiento humano a lo largo de las edades había discurrido en el
mismo sentido que todas las demás actividades del mundo; es decir, hacia un estado cada vez más complejo y de mayor
disipación. Aquel ensayo causó un gran revuelo en los círculos académicos de la época, porque Adams había cometido
la herejía definitiva. Como un ladrón en la noche, se introdujo en el templo interior de la civilización y arrojó osada-
mente la segunda ley sobre el altar más sagrado de todos, el altar erigido en honor al espiritu de la mente humana. En
los siete decenios transcurridos desde que Adams expresó sus ideas por escrito, su ensayo ha sido redescubierto una y
otra vez por estudiosos y académicos y dado pie a polémicas y debates acalorados.
Si hay que acusar a Adams de herejia, entonces también habría que hacerlo con los griegos de la antiguedad,
que creían en la caja de Pandora, y con los judíos y los cristianos que creían en el relato de Adán y Eva en el jardin del
Edén. Ambas narraciones sostienen que la perfección original del mundo fue trastocada por la introducción del conoci
miento. Cuando Pandora levantó la tapa de la caja, descubriendo los secretos de la vida, y cuando Eva probó la manza-
na del árbol del conocimiento, se inicio un viaje largo y tortuoso en el que la acumulación y el uso de unos conocimien-
tos cada vez superiores han conducido a un mayor desorden y fragmentación del mundo.
Adams contempló los progresos de la mente humana -del instinto a la intuición, y luego a la razón y final-
mente al pensamiento matemático abstracto- y llegó a la conclusión de que cada estructura mental sucesiva exhibía un
mayor grado de orden, un mayor flujo de energía y, por consiguiente, una mayor disipación de energía en el proceso.
Por ejem plo, si comparamos las respuestas instintivas del hombre primitivo ante su medio ambiente con las respuestas
racionales abstractas del hombre moderno ante el suyo, resulta evidente, observó Adams, que en el primer caso el pro-
ceso mental se compone de muchos menos pasos y se disipa mucha menos energía.
A menudo percibimos en nuestras propias vidas que la observación de Adams tiene visos de certeza. Por
ejemplo, la gente suele decir que una reacción instintiva ante determinada situación resulta más de fiar que una deci-
sion razonada, o que a veces vale más fiarse de la intuición que del intelecto. Si se les pregunta por qué, la explicación
más ha bitual que suele darse es que el instinto o la intuición están en general mejor sintonizados con la realidad de lo
que está ocurriendo. Esto es verdad, y tiene mucho que ver con la segunda ley. Como ya hemos mencionado, cuantas
más etapas intervengan en un proceso mental mayor será su complejidad, su grado de abstracción y centralización, y
mayores también la disipación de energía y el desorden. La historia del desarrollo mental humano es la historia de có-
mo la mente se ha ido alejando más y más de la realidad del mundo en que vivimos.
Los datos disponibles sugieren también que nuestras actividades mentales se han ido volviendo más comple-
jas y abstractas a medida que nuestro entorno energético se volvía más duro y trabajoso. Después de todo, la supervi-
vencia en el entorno ambiental de una sociedad cazadora-recolectora exigía poco más que instinto primitivo; la organi-
zación de los entornos agrícolas, por su parte, exige mucho mayor medida de pensamiento abstracto, y los entornos in-
dustriales exigen todavía más.
Un propósito fundamental de la actividad mental es ayudar al ser humano a sobrevivir. La gente sobrevive lo-
calizando y utilizando la energía disponible. Conforme nuestros entornos energéticos se han ido volviendo más difíci-
les de explotar, hemos tenido que recurrir a una más amplia gama de herramientas mentales a fin de ordenar (y facili-
tar) nuestras actividades de búsqueda y transformación.
También es cierto que, a medida que la humanidad ha ido desarrollando sus actividades mentales desde las
respuestas instintivas hasta el razonamiento matemático abstracto, ha generado un desorden cada vez mayor en el mun-
do que la rodea. Los cazadores-recolectores infligían al mundo un daño mucho menor que los hombres y mujeres de
hoy, con nuestro mayor poder de razonamiento abstracto.
La fase “colonizadora” de la historia humana se ha caracterizado por la frenética explotación de un entorno
energético tras otro, y por la provocación de desórdenes cada vez mayores en el mundo. Aun asi, la mente humana si-
gue hallando nuevas maneras de recolectar, clasificar, almacenar y explotar cantidades de información cada vez mayo-
res a fin de transformar a lo largo del sistema cantidades de energía cada vez más grandes.
En la actualidad, estamos sometidos a un constante bombardeo de información. La publicidad, los medios de
comunicación, nuestro sistema educativo, todo ello nos machaca con miles y miles de mensajes cada día. Desde que
nos levantamos por la mañana hasta que caemos dormidos por la noche, nos vemos literalmente asaltados con fragmen-
tos de información. Sólo la industria publicitaria gastó en un año reciente más de 47.000 millones de dólares para
“educar” al consumidor.136 El estadounidense medio se halla sometido a este flujo unidireccional de información desde
la pantalla del televisor durante más de cinco horas diarias.137 Historiadores de la economía, como Daniel Bell, afir-
man que la economía occidental está pasando de la fase industrial a la postindustrial, donde los sistemas de comunica-
ciones e información dominarán toda la actividad económica.
Este colosal aumento de información se traduce en un gasto colosal de energía, mayores desórdenes, mayor
centralización y especialización y todos los demás rasgos que acompañan a una aceleración en el proceso entrópico.
Las instituciones que dirigen los procesos de información y comunicación -tanto en el sector público como en el priva-
do- ya están convirtiéndose en gigantescos feudos burocráticos que ejercen un enorme poder sobre las vidas de los es-
tadounidenses. La recolección, intercambio y eliminación de información prolifera a un ritmo sin precedentes. El cre-
ciente flujo de energía de la llamada revolución de la información ya está empezando a crear considerables desórdenes
en la linea de flujo de energía de la sociedad, pues hace necesario desviar cada vez más energía para cubrir los crecien-
tes costes que conlleva el mantenimiento de la maquinaria y las instituciones de información y comunicación.
La actual “revolución” de los ordenadores y los microchips es un ejemplo muy claro. Sus defensores se com-
placen en señalar que, durante los últimos treinta años, el precio de los ordenadores se ha reducido espectacularmente,
lo mismo que su tamaño, y que la cantidad de recursos materiales y la energía necesaria para hacerlos funcionar han
disminuido notablemente. Al mismo tiempo, mientras los ordenadores se van volviendo más baratos y más pequeños y
consumen menos energía, la cantidad de información que pueden almacenar y la velocidad con que manejan los datos
han aumentado astronómicamente.
En vista de todo ello, resulta fácil comprender por qué sus partidarios argumentan que el ordenador es al me-
nos un ejemplo de cómo puede hacerse cada vez más y más con menos y menos. Esto, nos dicen, debería resultar evi-
dente por sí mismo. Después de todo, no está lejos el dia en que la Enciclopaedia Britannica completa -los treinta y
dos volúmenes- podrá ser almacenada en un solo chip que costará unos pocos centavos. Un día, o así se prevé, podre-
mos disponer al instante de todo el conocimiento acumulado por la humanidad y ni siquiera deberemos salir de casa
para obtenerlo. Así que, de hecho, el ordenador utiliza menos energía que los métodos tradicionales para la acumula-
ción de información, pone esta información a nuestro alcance mucho más deprisa y la vuelve accesible para cualquiera
que pueda pagar el precio, bastante reducido, de un ordenador. A primera vista, esta argumentación resulta muy con-
vincente. Sin embargo, y a pesar de todos estos puntos, ciertamente impresionantes, la revolución informática en su to-
talidad ha producido un enorme aumento de la entropía general del mundo. Todo el ahorro de recursos y energías que
puede atribuirse a cada ordenador individual queda más que compensado por el incremento entrópico total debido a la
informatización. En primer lugar, es importante tener en cuenta que, si bien los ordenadores de hoy consumen en pro-
medio muchos menos recursos y energía que los prototipos de hace treinta años, este mismo hecho ha conducido a una
asombrosa proliferación de ordenadores, cuya producción ha exigido un consumo a gran escala de los recursos mun-
diales. En 1950, algunos años después de la aparición del primer ordenador moderno, sólo se habían construido sesenta
ordenadores. En 1959 había unos 6.000 ordenadores en funcionamiento; en 1966, más de 15.000; en 1970, más de
80.000, que se ocupaban de tareas clasificables en 3.000 categorías distintas. Se calcula que para 1990 casi la mitad de
los trabajadores de Estados Unidos estarán utilizando terminales electrónicas. Además, habrá unos 38 millones de esta-
ciones de trabajo informatizadas en oficinas, fábricas y escuelas. En el próximo decenio, casi 34 millones de hogares
estadounidenses dispondrán de un ordenador familiar, y habrá en funcionamiento unos 7 millones más de ordenadores
portátiles. Los ordenadores están convirtiéndose con gran rapidez en articulos de uso corriente, y encuentran aplicacio-
nes en todos los aspectos imaginables de la vida moderna138 Todos estos ordenadores utilizan recursos no renovables.
En segundo lugar, no hay que olvidar que los ordenadores están diseñados para reunir, almacenar y difundir informa-
ción. El ordenador trabaja con datos, pero estos datos sólo adquieren verdadera importancia, en cuanto al flujo entrópi-
co, cuando son utilizados por los transformadores tecnológicos de la sociedad para capturar, intercambiar y eliminar
energía. El ordenador puede compararse con los órganos sensoriales endosomáticos: la mente utiliza los ojos, los oídos
y la nariz para ver, oír y oler; son sus recolectores de información. Sin embargo ningún animal puede sobrevivir a me-
nos que los datos sensoriales asi reunidos sean utilizados por los demás transformadores endosomáticos -piernas, ga-
rras, dientes, mandibulas- para capturar y consumir la energía disponible del medio ambiente. Cuanto más complejo
sea su aparato sensorial, mejor preparado estará el animal para reunir la información necesaria para localizar y transfor-
mar la energía dis ponible.
De forma parecida, cuanto más deprisa se genere la información en la sociedad informatizada, más deprisa
serán utilizados los datos por los transformadores de la sociedad para capturar y convertir la energía disponible. El au-
mento en el flujo de energía, a su vez, crea crecientes desórdenes, un agotamiento más rápido de la base energética
existente y una mayor concentración y centralización de las instituciones económicas y políticas de la sociedad. En
consecuencia, el verdadero propósito de los ordenadores consiste en proporcionar más datos con mayor rapidez, a fin
de aumentar la velocidad de conversión de la energía disponible a lo largo del sistema. También vale la pena mencio-
nar que, a medida que los ordenadores van imponiéndose en todas las funciones sociales concebibles, la supervivencia
de la sociedad forzosamente pasa a depender de su funcionamiento. La sociedad informatizada se vuelve cada vez más
compleja, y junto con la complejidad viene la verdadera vulnerabilidad a la posibilidad de un colapso. Un solo fallo de
ordenador, por ejemplo, puede accionar una serie de interruptores en una central eléctrica que obliguen a cerrar las ins-
talaciones durante varios días. Cualquiera que haya llegado ante el mostrador de una compañia aérea en un aeropuerto
de importancia cuando el ordenador está “desconectado” habrá podido experimentar la frustración, e impotencia inclu-
so, que provoca una avería de ordenador. Cuando el funcionamiento eficaz de todo el sistema social depende de un or-
denador, el ser humano se convierte en rehén de la tecnología.
Por extraño que resulte, parece que cuanta más información tenemos a nuestra disposición, menos informa-
dos estamos; resulta más difícil tomar decisiones y nuestro mundo parece más confuso que nunca. Los psicólogos des-
criben esta situación como una “’sobrecarga de información”, un pulcro término clínico tras el que yace la Ley de la
Entro pía. Cuanta más información se nos remite, menos podemos absorber, retener y aprovechar. El resto se acumula
como energía disipada, o desecho. El crecimiento de esta energía disipada no es en realidad más que contaminación so-
cial, y su precio se paga con un aumento en todo tipo de trastornos mentales, del mismo modo en que la contaminación
ambiental amenaza nuestro bienestar físico.
El pronunciado aumento en la incidencia de enfermedades mentales en Estados Unidos se ha producido para-
lelamente a la revolución informática. Esto no quiere dar a entender que el aumento de enfermedades mentales se deba
exclusivamente a la sobrecarga de información, también hay otros factores contribuyentes, como las enfermedades he-
reditarias, la superpoblación de las grandes ciudades, la creciente dislocación y emigración de poblaciones y las tensio-
nes relacionadas con el trabajo. En menos de veinte años, el concepto de salud mental en Estados Unidos ha pasado de
los recintos académicos a convertirse en una industria de 15.000 millones de dólares. Hoy en dia, más de 40 millones
de estadounidenses -uno de cada cinco- están sometidos a trata miento por alguna clase de enfermedad mental.139
Mientras la enfermedad mental alcanza lo que algunas autoridades sanitarias consideran proporciones epidémicas, se
ha emprendido una frenética campaña para instaurar las necesarias facilidades de tratamiento. En la actualidad, en Es-
tados Unidos existen más trabajadores relacionados con la salud mental que policias. Estos trabajadores forman parte
de un complejo en el que intervienen
unas 1.100 clínicas psiquiátricas ambulatorias de carácter privado; 300 hospitales generales con servicios psiquiátri-
cos ambulatorios, 80 hospita les de veteranos con clínicas psiquiátricas ambulatorias; 500 centros comunitarios de salud mental fi-
nanciados por el gobierno federal, decenas de miles de asilos, residencias, hogares de transición, clínicas del comportamiento, ins-
tituciones de orientación infantil, instituciones para problemas de malos tratos a los niños, problemas alcohólicos y prevención del
suicidio.140
A mediados de los años setenta, Leopold Bellah, profesor de psiquiatria en la universidad de Nueva York,
comparó la salud mental con la salud pública y señaló que era necesario hacer algo “para proteger a la comunidad con-
tra la contaminación emocional”.141 Aunque el crudo lenguaje del Dr. Bellah pueda suscitar objeciones, no cabe duda
de que el término contaminación emocional describe con precisión lo que está sucediendo a medida que tendemos cada
vez más hacia una sociedad basada en la información y la comunicación.
Cada uno de nosotros experimenta a diario los efectos de la sobrecarga de información, tanto en el trabajo y
la escuela como en el hogar y las relaciones sociales. Con creciente frecuencia nos encontramos en la situación de no
querer saber nada más sobre un asunto en particular o sobre el mundo en general, porque ya no podemos dar abasto.
Nues tro cerebro y sistema nervioso sólo están preparados para absorber y utilizar una cierta cantidad de información al
mismo tiempo. Cuando recibimos demasiada, tratamos de filtrarla toda o en parte, y sencillamente desconectamos.
Cuando recibimos grandes cantidades de información desde todas direcciones, junto con toda clase de “ruido de fondo”
fragmentado de la mayor diversidad, experimentamos una intensa ansiedad.
Cada persona, por supuesto, tiene un umbral de tolerancia distinto; sin embargo, todo el mundo tiene un limi-
te más allá del cual el creciente flujo de información y la disipación acumulada conducen al colapso y a trastornos
mentales de consideración.
Como era de esperar, nuestra sociedad ha ingeniado toda una serie de técnicas para manejar cualquier trastor-
no humano imaginable, sin advertir que este aporte de información adicional solo alivia un tipo de trastorno a costa de
producir otros todavía peores. De inmediato nos viene a la mente la imagen estereotipada del adicto a la terapia, el indi
viduo que va saltando de un programa de terapia a otro en un intento desesperado de obtener paz mental, tranquilidad y
una vida ordenada. Cuando llega a terminar todo el menú de técnicas, se halla tan sobrecargado con fragmentos incone-
xos de información, cada uno de ellos con su propias recetas, a menudo contradictorias, para “arreglárselas” con la vi-
da, que se encuentra peor que antes de empezar.
Por el momento, donde más dañinos se han mostrado los efectos de la revolución informática ha sido en el te-
rreno de la educación. En los últimos quince años, el coste de la enseñanza pública en Estados Unidos se ha multiplica-
do por cuatro. En 1988, el gobierno federal y los distintos gobiernos estatales gastaron más de 270.000 millones de dó-
la res en enseñanza, para un total de unos 40 millones de niños.142 No obs tante, en este mismo periodo, los alumnos
han venido mostrando una disminución constante en cuanto a aprendizaje. En 1979, más del 15 por ciento de todos los
estadounidenses de diecisiete años de edad eran funcionalmente analfabetos143 Muchos padres y educadores se pre-
guntan por que los niños aprenden menos si sus escuelas están equipadas con los más modernos dispositivos de ayuda
a la enseñanza. Una mujer entrevistada en un programa especial de la CBS TV sobre la enseñanza resumió en pocas
palabras esta aparente paradoja: la mujer en cuestión explicó que se había educado en una minúscula escuela del Sur
provista de una sola aula que contenía “algunos pupitres rayados, un libro medio roto y unos cuantos lápices de colo-
res, además de algunas pizarras rayadas”.144 Por eso le extrañaba que hubiera aprendido a leer y a escribir en tanto que
sus hijos y los amigos de éstos no eran capaces de hacerlo, a pesar de que su escuela contaba con “el material más mo-
derno”. Una vez más, parte de la respuesta debemos buscarla en la aceleración del proceso entrópico y la subsiguiente
acumulación de desórdenes.
A partir de la segunda guerra mundial el sistema de enseñanza pública ha sufrido el mismo destino que otras
instituciones de la sociedad estadounidense. Las escuelas más pequeñas han sido absorbidas por grandes complejos de
enseñanza centralizados. El desarraigo de los niños, desplazados de su propio vecindario, y la creciente burocratiza
ción y especialización de las instituciones educativas centralizadas comenzaron a pasar factura en forma de alienación
del alumnado, pérdida de disciplina y otros trastornos. Por otra parte, los complejos educativos centralizados han per-
mitido disponer de toda clase de nuevas tecnologías de información y programas especializados para facilitar el apren-
dizaje. Todo ello combinado ha aumentado considerable mente el flujo de energía y dado lugar a desórdenes que van
desde un mayor número de problemas de aprendizaje hasta los actos de vandalismo y la violencia. Según un maestro
que apareció en el citado pro grama de la CBS,
Tenemos una vasta proliferación de entretenimientos y distracciones... No hacemos más que llevar cosas nuevas a la
escuela y echárselas a los niños por encima de la cabeza. Y de pronto alguien se da cuenta, “Oye que este chico no sabe leer”146
La “tecnificación” de la enseñanza se ha vuelto tan opresiva, comentó uno de los padres de la misma escue-
la, que es casi un milagro que los niños lleguen aprender algo. El padre explicó que habia visitado el “centro de lectu-
ra” de la escuela y le habia deprimido ver la gran cantidad de instrucciones que había pegadas en todas las paredes de la
sala sobre cómo “exactamente” se lee. Con esta clase de sobrecarga, añadió el padre, “no veo cómo pueden estar de
humor para leer. Si yo fuese un niño, tanta instrucción me enfriaría por completo”.146 Las aulas y los pasillos de los gi-
gantescos centros escolares estadounidenses rebosan de energía disipada, en su mavor parte generada por el propio sis-
tema educativo. No es de extrañar que a los niños les resulte dificil mantener la atención durante algún tiempo y que
exhiban niveles de ansiedad que a menudo conducen a descargas de auténtica violencia. El vandalismo escolar cuesta
actualmentc más de 600 millones de dólares al año147 Parte de la culpa, desde luego, cabe atribuirla a factores ajenos a
la escuela, muchos de los cuales (aunque no todos) tienen que ver con la sobrecarga de información. La televisión es
proba blemente el principal culpable: cinco horas diarias, si no más, de flujo informativo ininterrumpido y en una sola
dirección tienen que afectar por fuerza a la capacidad del niño para concentrarse y absorber información. Según un
educador:
Me parece que hemos creado una generacion para la cual la comunicación consiste en recibir mensajes, nunca en emi-
tirlos. Además, a causa de esta gran estimulación, cuando los niños entran en el aula miran al maestro y creo que hacen compara-
ciones poco agradables... No es tan entretenido como una imagen siempre cambiante. El aprendizaje exige esfuerzo, y no puede
producirse con imágenes en una pantalla.148

A medida que nos volvemos cada vez menos capaces de hacer frente a la sobrecarga informativa, los me-
dios de comunicación, la industria de la enseñanza y las ciencias de la información elaboran muevas técnicas para ace-
lerar, comprimir e insuflarnos cada vez más fragmentos de información, con la esperanza de que algunos de ellos se re-
tengan durante el tiempo suficiente para producir algún pequeño beneficio económico o social. Ni una sola vez se les
ocurre pensar que el origen de los crecientes desórdenes está en los propios transformadores que dirigen el colosal flujo
de energía y, por lo mismo, aumentan la entropía del entorno. Esto me hace recordar la anécdota sobre unos funciona-
rios de prisiones a quienes se advirtió que castigar a los presos sólo conseguía acentuar su conducta antisocial y aumen-
tar los estallidos de violencia. Tras una cuidadosa reflexión, los carceleros llegaron a la conclusión de que la solución al
problema consistía en “castigar los estallidos de violencia”.

El medio ambiente

La era industrial se ha caracterizado por un crecimiento geométrico del flujo de materia y energía a través del
sistema. Hemos venido extrayendo, transformando y desechando materia y energía a un ritmo superior a la velocidad
con que los ecosistemas terrestres pueden reciclar los desechos y reponer los recursos. La acumulación de residuos
contaminados en forma de energía disipada y basura orgánica e inorgánica está poniendo en peligro la propia supervi-
vencia del planeta. Las estadísticas son alarmantes.
Los vertederos de Estados Unidos se hallan casi al límite de su capacidad. A comienzos de los años noventa,
más de la mitad de las ciudades norteamericanas habrán llenado los vertederos existentes, desencadenando una crisis
sin precedentes.149 Actualmente, ya hay ciudades que embarcan sus desechos y los envían a todo el mundo, en una
búsqueda desesperada de países que accedan a recibirlos. A medida que la basura se acumula y los lugares disponibles
para enterrarla empiezan a escasear, el coste de la eliminación va en aumento: en Minneapolis, el coste de enterrar una
tonelada de basura ha pasado de 5 a 30 dólares en seis años; en Filadelfia, el coste ha pasado de 20 a 90 dólares, por-
que esta ciudad se ha visto obligada a enviar parte de sus basuras a Ohio y Virginia. Se calcula que los pueblos y ciu-
dades de California gastarán más de 1.000 millones de dólares anuales para la eliminación de las basuras durante los
años noventa.150
Con los vertededores rebosantes, los ayuntamientos tienden cada vez más a la incineración de las basuras, co-
sa que agrava los problemas de contaminación atmosférica en las áreas urbanas de todo el país.
En 1987 se cobró conciencia por primera vez de una nueva forma de residuos mucho más insidiosa: los resi-
duos infecciosos. Esta basura está cargada de microorganismos causantes de enfermedades, y puede contener restos hu-
manos y animales, vendas manchadas de sangre, material quirúrgico, muestras de tejido orgánico y guantes quirúrgi-
cos.
Los 7.000 hospitales que existen en Estados Unidos desechan cada día unos 700.000 kg de residuos infeccio-
sos. Los laboratorios de investigación, clínicas y residencias sanitarias desechan cantidades adicionales de residuos in-
fecciosos.151
Buena parte de estos residuos infecciosos es vertida ilegalmente en los lugares más insospechados y plantea
una grave amenaza para la salud pública de millones de personas. Las historias de horror son numerosas: hace unos
años, unos investigadores descubrieron en las afueras de Nueva York un almacén que contenía cinco toneladas de resi-
duos médicos, entre los que había miembros amputados y agujas hipodérmicas. Este almacén abandonado se hallaba a
menos de 30 metros de una escuela de danza para niños.152 En junio de 1987, unos niños de Minneapolis fueron en-
contrados jugando en un vertedero donde había frascos de sangre infectada con el virus del sida. En julio de 1988, al-
gunos residentes de Manchester, New Hampshire, vieron sus patios cubiertos de residuos de quirófano arrastrados has-
ta allí desde el vertedero del hospital local por las intensas lluvias.153
La Asociación Nacional para la Administración de Residuos Sólidos calcula que cada año se generan unas
500.000 toneladas de residuos infecciosos.154 Es muy probable que esta cifra aumente espectacularmente en los años
próximos, obligando a las autoridades sanitarias locales y al gobierno federal a adoptar una normativa más estricta para
impedir la difusión de los agentes patógenos.
La contaminación por pesticidas presenta otra grave amenaza para el medio ambiente y la salud pública, y, al
igual que en el caso de los residuos infecciosos, la acumulación de entropía puede afectar al planeta durante generacio-
nes y siglos.
En 1985, 1.350 personas se intoxicaron tras consumnir sandías de California rociadas con un pesticida llama-
do Albicaib. Hubo que destruir más de un millón de sandías para proteger al público de un envenenamiento masivo.155
En 1988, César Chávez, fundador del sindicato agrícola United Farm Workers, se sometió a un prolongado ayuno para
protestar contra el empleo de pesticidas en las uvas, aduciendo que los productos químicos en cuestión eran peligrosos
para la salud de los peones agrícolas. Un reciente estudio epidemiológico calcula que en Estados Unidos unos 313.000
peones agrícolas pueden sufrir efectos nocivos debidos a los pesticidas.156
Hoy en día, sólo en Estados Unidos hay registrados más de 50.000 pesticidas, compuestos por unos 700 in-
gredientes distintos. Unicamente un 10 por ciento del pesticida utilizado llega a entrar en contacto con la planta; el 90
por ciento restante se dispersa por la tierra y el agua. y es arrastrado por el viento.157
La contaminación por pesticidas arrastrados desde las tierras de cultivo está poniendo en peligro las reser-
vas de agua del país. En Kansas, entre el 72 y el 78 por ciento de los pozos examinados en 1984 tenían el agua conta-
minada por pesticidas. Actualmente, el 55 por ciento de los pozos de Iowa están contaminados por pesticidas, y el 70
por ciento en Nebraska.158
Según la red de supervisión de pesticidas del U.S. Geological Survey, una cuarta parte de todas las estaciones
de muestreo de aguas contienen residuos de atrazina, uno de los pesticidas más utilizados. En un estudio de ámbito na-
cional, se halló DDT, clordano y dieldrin en una tercera parte de los sedimentos.159
Más inquietante todavía, es el hecho de que casi 500 ingredientes de los pesticidas utilizados en Estados Uni-
dos se hallan habitualmente en los tomates, manzanas, uvas, lechugas, judías y demás verduras a la venta en el comer-
cio. En 1987, la Academia Nacional de Ciencias advirtió que “un 90 por ciento de los funguicidas, un 60 por ciento de
los herbicidas y un 30 por ciento de los insecticidas pueden ser causa de cáncer”.160 A pesar de estas alarmantes esta-
dísticas, las agencias federales apenas han hecho nada para restringir el uso generalizado de pesticidas en millones de
hectáreas de cultivos.
Gran parte de la energía disipada y los residuos materiales que circulan por el sistema económico del mundo
acaban regresando al ecosistema, donde plantean una grave amenaza para el medio ambiente y la salud pública. En la
era preindustrial, la acumulación de entropía era lo bastante pequeña para ser absorbida y reciclada por el ecosistema
del planeta. Hoy, el flujo entrópico está sobrecargando el entorno natural, de manera que los residuos se acumulan en
cantidades que ponen en peligro nuestra propia supervivencia. El problema resulta agravado por el hecho de que las
naciones no suelen mostrarse dispuestas a tomar ninguna medida para restringir o prohibir el uso de un metal o produc-
to químico en particular hasta que los daños llegan a ser catastróficos e irreversibles. Fijémonos, por ejemplo, en los
casos del plomo y el amianto.
El plomo es el quinto metal más utilizado en Estados Unidos, a pesar de que es tóxico y se acumula en el
cuerpo. Según la EPA, un 20 por ciento de los estadounidenses beben habitualmente agua contaminada con niveles pe-
ligrosos de plomo.161 Como ya hemos indicado en un capítulo anterior, hay estudios que demuestran que los niños
constituyen un grupo especial de alto riesgo. La presencia de altas concentraciones de plomo, ya sea por la contamina-
ción del agua, la pintura de las casas o los gases de escape de los automóviles. puede afectar al cerebro y el sistema ner-
vioso de los niños pequeños162 No obstante, aun conociendo todos estos datos, la sociedad no está dispuesta a reorga-
nizar significativamente sus actividades económicas para acabar con la dependencia del plomo.
El amianto es otro ejemplo dramático de los tremendos costes sociales que aparecen cuando se tarda demasia-
do en hacer frente a una crisis. El amianto se ha utilizado durante decenios como material aislante para edificios de ofi-
cinas, escuelas y viviendas. Si se inhalan o se ingieren, las fibras de amianto pueden producir cáncer. Aunque actual-
mente el amianto está prohibido para la mayoría de las aplicaciones, su presencia está tan extendida que harán falta de-
cenios, siglos incluso, para retirarlo o para desmantelar y reconstruir las estructuras que lo contienen. En el momento
actual, 15 millones de estudiantes y 1,4 millones de trabajadores se hallan expuestos a los efectos del amianto sólo en
las aulas escolares de Estados Unidos,163 mientras que varios millones más se hallan en contacto diario con él en sus
viviendas y oficinas. Los beneficios económicos a corto plazo derivados de la utilización del amianto como material
aislante palidecen frente al precio a largo plazo que sin duda habrá que pagar, desde el punto de vista de la salud, por el
contacto persistente con este producto cancerígeno.
Como en otras actividades económicas modernas, el problema está en la escala temporal. Los beneficios de
un mayor flujo de materia y energía parecen impresionantes hasta que se conjugan con los efectos perjudiciales a largo
plazo, que con frecuencia superan a las ventajas a corto plazo. Esto queda ilustrado con gran claridad si nos fijamos en
el creciente deterioro del aire que respiramos.
Hace mucho tiempo que sabemos que la actividad industrial incrementa la contaminación del aire y amenaza
la salud pública; sin embargo, hasta hace apenas veinte años casi no existía ninguna reglamentación que restringiera
las emisiones. Aun hoy, casi veinte años después de la aprobación de la Ley sobre la Limpieza del Aire (1970), muchas
ciudades estadounidenses siguen sin cumplir los requisitos mínimos impuestos por la legislación.164 La falta de volun-
tad para tomar medidas concretas ha conducido a un aumento del riesgo para la salud pública. En ciudades de todo el
país, las autoridades sanitarias declaran estados de alerta durante días y semanas enteros, anunciando a los ciudadanos
que la calidad del aire ha descendido hasta niveles peligrosos y advirtiendo a las personas de edad y a las afectadas por
trastornos respiratorios que no salgan de sus casas.
Actualmente, los datos más recientes indican que las concentraciones de ozono en las principales áreas me-
tropolitanas llegan a alcanzar en algunos momentos niveles tan elevados que podrían plantear un peligro para la salud
mucho más grave de lo que hasta ahora sospechaban las autoridades médicas. Mientras la capa de ozono de la parte su-
perior de la atmósfera proporciona un escudo vital frente a la radiación ultravioleta del Sol, los altas concentraciones de
ozono junto a la superficie de la Tierra son nocivas para la salud. Gran parte del ozono al nivel del suelo es producido
por sustancias contaminantes de origen industrial tales como los hidrocarburos y los anhídridos emitidos por los auto-
móviles y las fábricas. Recientes estudios sobre animales indican que la exposición crónica al ozono puede causar “le-
siones permanentes en los pulmones, así como el envejecimiento prematuro de este órgano vital”.165 La tendencia al
calentamiento global registrada en los últimos años crea un ambiente ideal para el incremento de las concentraciones
de ozono cerca del suelo, según los investigadores. Resultado: en 1988, los niveles de ozono en la ciudad de Nueva
York fueron un 11 por ciento superiores al máximo jamás alcanzado, en 1983. Del mismo modo, en Washington, D.C.,
los niveles de ozono superaron en un 22 por ciento la cifra récord de 1983, y en Chicago se llegó a un 36 por ciento
por encima del récord alcanzado en 1983. En el resto del país se registraron cifras similares.166
En tanto que la factura de la entropía sobre tierra firme ha alcanzado proporciones de crisis, bien puede suce-
der que los océanos sean la víctima máxima de la Era Industrial. Sólo en Estados Unidos, el número de personas que
viven a menos de ochenta kilómetros del océano ha pasado de 42 millones en 1940 a 89 millones en 1980.167 Los resi-
duos de las aglomeraciones humanas están fluyendo hacia el mar a un ritmo alarmante, que amenaza con la extinción
masiva de la vida acuática. Las focas de agua templada que habitan en el golfo de México muestran niveles de pestici-
das superiores a cualquier otro mamífero. Los pescadores de la costa este de Estados Unidos, desde la bahía de Chesa-
peake hasta el norte de Maine, informan sobre capturas de langostas y cangrejos con agujeros en el caparazón y pesca-
dos con las aletas caudales corroídas y lesiones ulcerosas.168 En Louisiana, el 35 por ciento de los criaderos de ostras
fueron cerrados en 1988 a consecuencia de la contaminación procedente del sistema de alcantarillado.169 La bahía de
San Francisco está contaminada con grandes cantidades de cobre, calcio, mercurio, níquel y otros metales pesados con-
tenidos en los residuos industriales.170
Los desechos plásticos son ya tan abundantes en el océano que casi 2 millones de aves marinas y unos 100.000
mamíferos marinos mueren anualmente tras consumir estos residuos o enmarañarse con ellos. Se han encontrado tortu-
gas de mar asfixiadas con bolsas de plástico, y lobos marinos estrangulados con mallas de plástico171
El informe de unos submarinistas habla de “nadar entre nubes de papel higiénico y excrementos a medio di-
solver, el fondo de la bahía cubierto por una tóxica y repugnante combinación de sedimentos, residuos de alcantarillas
y desechos petroquímicos, adecuadamente llamados mayonesa negra”.172 La contaminación de los grandes océanos
del planeta está afectando gravemente a la industria pesquera y al suministro de alimentos para millones de personas de
todo el mundo. En Estados Unidos, la pesca comercial es una industria que mueve 3.100 millo nes de dólares. Los pes-
cadores, no obstante, informan sobre una notable disminución de las capturas; en algunas regiones, las capturas de al-
mejas y ostras han descendido un 50 por ciento en los últimos siete años. 173
Actualmente, el pescado se halla tan contaminado que las autoridades sanitarias se ven obligadas a alertar a
los consumidores; entre las enfermedades que el pescado contaminado puede transmitir a las personas se cuentan la he-
patitis A y el cólera. En el estado de Nueva York, las autoridades han advertido a las mujeres gestantes y a los niños me
nores de 15 años que no consuman el pescado procedente de las zonas costeras de Nueva York. El administrador regio-
nal de la EPA en Nueva Inglaterra ha observado que “cualquiera que coma el hígado de una langosta pescada cerca de
una zona urbana está viviendo peligrosamente” 174
El coste de limpiar los residuos entrópicos de la Era Industrial ya empieza a ser abrumador. La EPA calcula
que en los próximos doce años habrá que desembolsar 110.000 millones de dólares para la limpieza de canales y vías
acuáticas. La limpieza de los 10.000 vertederos de residuos peligrosos repartidos por todo el país costará otros 100.000
millones de dólares. La reducción de la contaminación por lluvia ácida costará 30.000 millones más sólo en los próxi-
mos cinco años. La eliminación de los residuos radiactivos costará al contribuyente y a la industria otros 37.000 millo-
nes de dólares. La lista de cifras parece interminable: actualmente, la factura por los gastos de limpieza entrópica as-
ciende a más de 300.000 millones de dólares, y sólo hemos comenzado a escarbar la superficie.175
Cuando se presente la factura entrópica definitiva por toda la Era Industrial, es probable que los costes exce-
dan en magnitud a los beneficios económicos totales de los últimos siglos. Es posible que los historiadores de genera-
ciones futuras rebauticen la Era del Progreso como Era del Espejismo, cuando las leyes de la termodinámica exijan su
precio a una civilización que ha preferido la conveniencia inmediata antes que la sostenibilidad a largo plazo.

La salud

La medicina moderna, como casi cualquier otra actividad en la sociedad contemporánea, refleja la visión
newtoniana del mundo. El enfoque mecanicista ha sido predominante en la profesión médica desde hace 200 años. El
experto británico Thomas McKeown resume así la actitud prevaleciente:
El enfoque de la biología y la medicina establecido durante el siglo XVII fue un enfoque de inge-
niería, basado en un modelo físico. La naturaleza se concebía como algo mecánico, lo que condujo la bio-
logía a la idea de que un organismo vivo podía considerarse como una máquina, susceptible de ser des-
montada y vuelta a montar cuando se comprendieran por completo su estructura y su función. En medici-
na, este mismo concepto condujo también a la creencia de que la comprension de los procesos patológicos
y la reacción del organismo ante ellos permitiría intervenir terapéuticamente, sobre todo por medios físi-
cos (quirúrgicos), químicos o eléctricos.176
Hoy en día, la atención médica constituye la tercera industria de Estados Unidos en cuanto a volumen de
negocios y representa casi el 9 por ciento del producto nacional bruto.177 Buena parte de los 150.000 millones de dóla-
res invertidos en el campo de la medicina se dedica a la adquisición de nuevos aparatos tecnológicos, cada vez más
complejos y exquisitos. 178 Cualquier clínica u hospital contiene un arsenal de maquinaria para el diagnóstico y la tera-
péutica. Una de las principales razones para el aumento en los costes de la atención médica reside en la introducción de
todo este material. Entre 1950 y 1988, los costes sanitarios per cápita pasaron de 76 a más de 1.600 dólares.179 Gran
parte de este aumento se destinó a pagar los enormes costes de mantenimiento de las cada vez más centralizadas insti-
tuciones médicas. Actualmente, el médico de cabecera con una consulta pequeña e individualizada ha quedado eclipsa-
do por el gigantesco complejo médico, con sus instituciones centralizadas que albergan a cientos de especialistas y su
maquinaria.
La centralización, la creciente especialización y el uso de material más complejo se traducen en un mayor
gasto de energía. A medida que se ha ido gastando más energía en el campo de la medicina, los desórdenes consiguien-
tes han ido en aumento. Aunque a los médicos no les gusta hablar de ello, la triste verdad es que la industria médica no
es más inmune a la Ley de la Entropía que cualquier otra actividad de la sociedad.
Es muy probable que no haya oído usted nunca la palabra yatrógeno, pero todos los médicos la conocen; pro-
núnciela ante alguno de ellos y seguramente responderá poniéndose de inmediato a la defensiva, con un ligero matiz de
terror. Las enfermedades yatrógenas son aquellas causadas directamente por el médico, el hospital, los fármacos o la
maquinaria utilizadas para tratar al paciente.
El caso es que el alivio temporal producido por un tratamiento médico muchas veces viene acompañado de
un problema de salud aún más grave para el paciente. Parte de la explicación de este hecho reside en que “entre el 75 y
el 80 por ciento de los pacientes que solicitan ayuda médica presenta trastornos que de todos modos desaparecerán por
sí solos o que no pueden ser curados ni con los más potentes productos farmacéuticos modernos”.180 Aun así, los mé-
dicos realizan operaciones y recetan diversas medicinas, lo cual acaba creando al paciente problemas mayores que los
que le hicieron recurrir al médico en un principio. Por ejemplo, casi todos sabemos ya que el escaso valor (o disminu-
ción de entropía) que obtenemos al someternos a los rayos X queda con frecuencia superado por los perjuicios a largo
plazo debidos a la radiación (aumento de entropía).
También estamos empezando a comprender cómo actúa el proceso entrópico con relación al uso de drogas.
En un lapso de veinticuatro a treinta y seis horas, entre el 50 y el 80 por ciento de todos los estadounidenses adultos in-
giere una droga recetada por el médico.181
Aunque de momento experimenten un alivio temporal de su enfermedad o molestia inmediata, los efectos no-
civos del medicamento sobre la fisiología humana a la larga resultan mayores. Esto resulta especialmente evidente en
el caso de los antibióticos, estas drogas en apariencia maravillosas que suelen recetarse arbitrariamente para práctica
mente todas las enfermedades infecciosas que se presentan. Los resultados han sido catastróficos. Puesto que los anti-
bióticos exterminan indiscriminadamente todas las bacterias, también destruyen muchos microorganismos que son ab-
solutamente esenciales para el correcto mantenimiento del cuerpo: entre los trastornos ocasionados por el uso prolon-
gado de antibióticos pueden citarse las aftas vaginales, infecciones intestinales, deficiencias vitamínicas y muchos
otros. Por otra parte, el uso generalizado de los antibióticos ha conducido a la proliferación de nuevas variedades de
bacterias resistentes a los mismos, bacterias tan virulentas que ahora son capaces de sobrevivir tanto a la intervención
directa del medicamento como a las reacciones curativas naturales del propio cuerpo. En un congreso internacional ce-
lebrado en Linberg (Alemania occidental) en 1976, a propósito de esta cuestion, muchos de los participantes estuvieron
de acuerdo en que la raza humana se hallaba en peores condiciones de lo que hubiera estado sin la introducción de estas
medicinas “mágicas”.182
Los antibióticos sólo son la punta del iceberg. Según un minucioso estudio publicado en 1962 por un subco-
mité del senado estadounidense, de los 4.000 productos medicamentosos legalmente comercializados en dicho país, ca-
si la mitad carecían de valor científicamente demostrado, y desde entonces no han cambiado mucho las cosas.183 Más
asombroso todavía, muchos de estos productos ineficaces, producidos por importantes firmas farmacéuticas, son de he-
cho peligrosos y perjudican la salud. En su libro Pills, Profits and Politics (Píldoras, beneficios y política), Milton Sil-
verman, farmacólogo investigador, y Philip Lee, ex secretario adjunto de HEW, indican que los “trastornos secunda-
rios” perjudiciales causados por los medicamentos “matan más víctimas que el cáncer de mama”.184 El problema se ha
vuelto tan agudo, según estos autores, que en la actualidad los efectos perjudiciales de los medicamentos “se sitúan en-
tre las 10 principales causas de hospitalización y son responsables de unos 50 millones de días de hospital/ paciente ca-
da año”.185
Es imposible determinar hasta qué punto las modernas prácticas médicas crean trastornos sanitarios de mayor
alcance, pero sí sabemos que uno de cada cinco pacientes sometidos a tratamiento en un hospital adquiere una enfer-
medad yatrógena. Y uno de cada treinta de estos pacientes acaba falleciendo a consecuencia de alguna enfermedad atri
buible al hospital.186
Lo más trágico es que, en muchos casos, el paciente no tenía ninguna necesidad de ingresar en el hospital. Un
estudio del congreso averiguó que, en 1974, los médicos realizaron 2,4 millones de operaciones innecesarias, que pro-
vocaron 11.900 muertes innecesarias y un gasto público innecesario de unos 4.000 millones de dólares.187
Es evidente que el proceso entrópico está en acción. Pero los escépticos podrían aducir que la medicina mo-
derna ha sido responsable de una mejora, al menos “temporal”, en la salud y el bienestar de la humanidad, aunque el
precio a pagar (el aumento de entropía) sólo empieza a verse ahora. A menudo se citan las estadísticas sobre el aumen-
to en la esperanza de vida como prueba de que la medicina moderna ha producido algunos resultados impresionantes.
Este mito es tenazmente defendido porque proporciona a la sociedad la demostración que ésta necesita para seguir afe-
rrándose al enfoque mecanicista de la medicina, como en todas las demás actividades de la vida.
Lo cierto es que la moderna medicina terapéutica solo ha tenido un papel secundario en la eliminación de las
principales enfermedades mortales, y tiene muy poco derecho a reservarse la mayor parte del mérito por la mejora de la
esperanza de vida. Diversos estudios demuestran que los principales factores que han contribuido a alargar el promedio
de vida en los últimos 150 años han sido la mejora de la higiene y las condiciones sanitarias y la mejora de la nutrición.
Uno de estos estudios fue dirigido por John y Sonja McKinlay, de la Universidad de Boston y el Hospital General de
Massachussets. Como en otro estudio anterior realizado por McKeown en Europa, pudieron comprobar que la causa de
la disminución del índice de mortalidad en Estados Unidos a partir de 1900 consistía en la desaparición de once impor-
tantes enfermedades infecciosas: tifoidea, viruela, fiebre escarlata, sarampión, tos ferina, difteria, gripe, tuberculosis,
neumonía, enfermedades del aparato digestivo y poliomielitis. A excepción de la gripe, la tos ferina y la poliomielitis,
las restantes enfermedades infecciosas se hallaban en trance de desaparición antes de que la intervención médica entra-
ra en escena. En general, según este informe,
Las medidas médicas (tanto quimioterapéuticas como profilácticas) parecen haber contribuido
poco al descenso general de la mortalidad en Estados Unidos desde comienzos de siglo, y en muchos ca-
sos se introdujeron varios decenios después de que comenzara a observarse un marcado descenso, en la
mayoría de los casos, la aplicación de estas medidas no produjo ninguna influencia detectable.188
El promedio de vida en Estados Unidos fue aumentando constantemente hasta 1950. Después de 1950, co-
menzó a estancarse.189 Actualmente, para los hombres al menos, ha comenzado a reducirse. Es interesante observar
que la disminución en la esperanza de vida comenzó a producirse más o menos al mismo tiempo que la medicina co-
menzaba a volcarse hacia las técnicas terapéuticas de alta tecnología. Los años cincuenta también marcan la entrada de
Estados Unidos en la era petroquímica. En este aspecto, incluso el gobierno estadounidense reconoce actualmente una
correlación directa entre el aumento de enfermedades a partir de 1950 y la contaminación, o residuos de alta entropía
generados por nuestra economía petroquímica:
El medio ambiente que hemos creado puede haberse convertido ya en una de las principales
causas de muerte en Estados Unidos. El cancer y las enfermedades cardiacas y pulmonares, que produje-
ron el 12 por ciento de las muertes en 1900 y el 38 por ciento en 1940, fueron causa del 59 por ciento de
las muertes ocurridas en 1976... Un número creciente de datos relaciona gran parte de la incidencia de
estas enfermedades... con la naturaleza del medio ambiente.190
Ésta es la conclusión a que llegó un equipo de investigación del gobierno federal, compuesto por represen-
tantes de la Agencia para la Protección del Medio Ambiente, el Instituto Nacional del Cáncer, el Instituto Nacional pa-
ra la Salud y Seguridad en el Trabajo y el Instituto Nacional de las Ciencias de la Salud Ambiental
El problema, según los expertos médicos, consiste en el tremendo aumento de la contaminación bajo todas
sus formas y en todos los aspectos de la existencia. Por lo que atañe a la entropía, el alto nivel de vida -el colosal flujo
de materia y energía- de que hemos disfrutado en este entorno altamente industrializado ha de pagarse ahora con un au
mento de las enfermedades y la mortalidad. Cuanto mayor es el flujo de materia-energía, mayor será la contaminación
y, a la larga, el número de muertes que produzca.
Los efectos letales de la contaminación sobre la fisiología humana son verdaderamente pavorosos. En la ciu-
dad de Nueva York, la mayoría de los taxistas lleva tales niveles de monóxido de carbono en el riego sanguíneo que su
sangre no puede utilizarse para transfusiones a personas con enfermedades cardíacas.191
Hace varios años, un grupo de científicos declaró ante un subcomité del senado que ya no era posible encon-
trar leche no contaminada para alimentar a los lactantes: “La leche materna contiene cada vez más pesticidas, residuos
y agentes cancerígenos. Las leches en polvo contienen depósitos de plomo nocivos.”192
En un estudio realizado hace unos años sobre un grupo de estudiantes universitarios de sexo masculino, casi
uno de cada cuatro hombres tenía densidades de esperma por debajo del umbral mínimo que permite la reproducción.
El esperma “contenía productos químicos sintéticos como pentacloroferol (un pesticida de uso general y conservante
para la madera), policlorabifernilos y metabolitos de DDT 193
Varios informes gubernamentales de los últimos años coinciden en que entre un 60 y un 90 por ciento de los
casos de cáncer ocurridos en EE.UU. presentan una relación causal con factores ambientales que van desde los conser-
vantes para alimentos hasta una variedad de productos químicos tóxicos.194 Joseph Califano, secretario de Salud, Edu-
cación y Bienestar, conmocionó al mundo laboral a finales del verano de 1978 con su anuncio de que, según un estudio
exhaustivo, entre el 20 y el 40 por ciento de todos los casos de cáncer guarda relación con el trabajo, a consecuencia
del contacto con una amplia gama de metales, productos químicos y procesos que son esenciales para el mantenimiento
de la producción industrial. Como generalmente suele haber un lapso de veinte o treinta años entre el contacto con el
agente carcinógeno y la aparición de la enfermedad, se calcula que uno de cada tres estadounidenses actualmente con
vida acabará sufriendo cáncer en un momento u otro. De hecho, puesto que el mayor incremento en el uso comercial e
industrial de productos sintéticos, pesticidas y demás sustancias químicas se produjo después de la segunda guerra
mundial, muchos expertos médicos predicen una virtual epidemia de cáncer para mediados de los años noventa.
El cáncer no es en absoluto la única enfermedad importante relacionada con las sustancias contaminantes de
la sociedad industrial. El sindicato estadounidense de trabajadores del acero indica que “más de medio millón de traba-
jadores quedan incapacitados cada año a causa de enfermedades profesionales” de toda clase.195 Un estudio encargado
por la Agencia para la Protección del Medio Ambiente llegó a la conclusión de que los salarios perdidos por trabajado-
res estadounidenses sólo a consecuencia de la contaminación atmosférica ascendían a la alarmante cantidad de 36.000
millones de dólares anuales.196 Otro estudio, realizado por la Asociación Pulmonar de Estados Unidos, calcula que el
coste médico de las enfermedades provocadas por la contaminación atmosférica se cifra en más de 10.000 millones de
dólares anuales.’197 La Oficina de Evaluación Tecnológica advierte que la contaminación atmosférica puede causar
unas 50.000 muertes prematuras cada año sólo en Estados Unidos.198
En el terreno de la salud, las perspectivas que ofrece el futuro próximo son desalentadoras. El homo sapiens
no está hecho para vivir en un ambiente petroquímico altamente industrializado. Nuestra anatomía no ha cambiado des-
de que los primeros seres humanos aparecieron en el planeta. Estamos biológicamente diseñados para una existencia de
cazadores-recolectores. Cada fase sucesiva del desarrollo económico y social ha ido aumentando las tensiones fisioló-
gicas sobre el organismo humano y disminuyendo cada vez más nuestras posibilidades de supervivencia a largo plazo
como especie.
Muchas enfermedades vienen inducidas por el medio ambiente: su causa es la acumulación de desechos
(energía disipada) a medida que la entropía de un medio determinado va en aumento. No es difícil comprenderlo. To-
dos sobrevivimos absorbiendo energía disponible de nuestro entorno. Cuando el ambiente que nos rodea queda abarro-
tado de residuos, el flujo de energía disponible se bloquea y nos vemos empujados más cerca de un estado de equili-
brio.
Cada entorno energético crea su propia variedad especial de energía disipada. Esta energía disipada, o dese-
chos, es internalizada por los diversos grupos de la sociedad en diferentes proporciones, según como esté organizada la
línea de flujo de la energía. Si bien es cierto que a lo largo de la historia humana casi todas las enfermedades importan-
tes se han presentado en todos los tipos de entornos energéticos, la mayor frecuencia de unas enfermedades u otras pue-
de explicarse por la acción de tres factores interrelacionados: la base energética particular de una cultura, la forma en
que está dispuesta la línea de flujo de la energía en dicha sociedad y la fase en que se halla el proceso entrópico.
El argumento de que la genética desempeña un papel más importante que el medio ambiente en la prolifera-
cion de ciertas enfermedades se presta a malentendidos. Como René Dubos señala en su obra Man Adapting, ciertos
genotipos son menos resistentes que otros ante una enfermedad determinada y, por tanto, tienen mayores probabilida-
des de verse afectados por ella. Sin embargo, lo que determina la probabilidad de una enfermedad epidémica concreta
sigue siendo la naturaleza de la base energética, su estado entrópico y la forma en que está dispuesta la línea de flujo de
la energía. Las enfermedades infecciosas, por ejemplo, eran prácticamente desconocidas en las sociedades cazadoras-
recolectoras, donde las comunidades eran pequeñas, sumamente móviles y llevaban una existencia al aire libre.
En los entornos agrícolas, donde se da una estrecha relación entre las poblaciones sedentarias, los animales
domésticos y los pequeños roedores, los agentes microbianos son la principal causa de enfermedad. A medida que el
entorno energético va agotándose debido a la extensión de las tierras de cultivo, la tala de los bosques y la erosión del
suelo, el hábitat natural queda cada vez más trastornado y favorece la diseminación de ciertos gérmenes patógenos. La
clase de enfermedades infecciosas que se propagan entonces depende de los desequilibrios surgidos en las líneas de
flujo de la energía.
En el entorno industrial avanzado, la principal causa de enfermedad es la energía disipada creada por nuestra
base energética de recursos no renovables. Como ya hemos mencionado, la creciente incidencia de cáncer, enfermeda-
des cardíacas y pulmonares y otras enfermedades crónicas y degenerativas muestra cada vez con mayor certeza una re-
lación directa con la base energética no renovable. La proliferación de estas enfermedades, a su vez, sigue muy de cer-
ca al aumento de la entropía del entorno. Finalmente, la frecuencia de estas enfermedades varía de un grupo a otro se-
gún su situación en la línea de flujo, es decir, el tipo de trabajo que hacen, la cantidad de energía (ingresos) con que son
compensados, los lugares donde habitan y el tipo de vida que llevan.
A medida que los residuos disipados que genera nuestro elevado flujo de energía no renovable van acumulán-
dose en todas las etapas de la línea de flujo de la sociedad, produciendo un espectacular aumento de toda clase de de-
sórdenes físicos, llegará un momento en que la población no tendrá más alternativa que adaptarse a una base energética
renovable y de bajo flujo o afrontar enfermedades y muerte en proporciones epidémicas.
Las señales de alarma ya son visibles. Las crecientes emisiones de CO2, metano, CFC y óxido nitroso -los
gases que causan el efecto in vernadero- están creando el contexto para una crisis médica planetaria que probablemente
devastará una gran parte de nuestra especie. El fenómeno invernadero, cada vez más agudo, vendrá acompañado de un
aumento catastrófico en la incidencia del cáncer y de enfermedades cardíacas y respiratorias, cuando miles de millones
de personas en todo el mundo se vean atrapadas por el calor y los gases de escape generados por el consumo de com-
bustibles fósiles y la emisión de otros gases industriales.
SEXTA PARTE

Entropía:
una nueva visión del Mundo
La transición invernadero

No existe ninguna manera sencilla de efectuar la transición desde una visión mecánica del mundo, basada en
la idea de un crecimiento material permanente, a una visión entrópica del mundo basada en la idea de conservar los re-
cursos finitos. Pero nadie debe llamarse a engaño acerca de las consecuencias que implicaría el seguir haciendo las co-
sas de la forma tradicional. A medida que la crisis energética y el efecto invernadero vayan agudizándose a lo largo del
próximo decenio, el público comenzará a exigir a los gobiernos una respuesta eficaz. Entonces ya no habrá más progre-
sistas ni conservadores, no habrá halcones ni palomas; sólo millones de personas desesperadas que buscarán alivio a
cualquier precio. Esta época no corresponde a un futuro remoto; podría llegar en cualquier momento.
La búsqueda de nuevas alternativas a nuestra base energética actual será difícil. Hicieron falta miles de años
para efectuar la transición desde una existencia cazadora-recolectora a una existencia agrícola, y cientos de años para
pasar de la forma de vida agrícola a la industrial; en ambos casos, hubo tiempo sobrado para proceder a una transfor-
mación radical en la visión del mundo, imprescindible para adaptarse a las nuevas circunstancias económicas. En la ac-
tualidad, nos vemos obligados a pasar de la Era Industrial, basada en los recursos no renovables, a una nueva era aún
sin definir que habrá de basarse nuevamente en formas de energía renovables, y tendremos que hacerlo en poco más de
una generación. La modificación radical de nuestra visión del mundo, necesaria para efectuar esta transición, tendrá
que efectuarse en un lapso muy breve. Y para que tenga éxito, hará falta una determinación y un celo -una militancia, si
se quiere- de proporciones hercúleas.
Cuando oímos a los defensores de la energía solar ensalzar las grandes ventajas de transformar nuestra base
energética, pasando de los recursos no renovables a la energía del Sol, nos llevamos la impresión de que esta transición
puede realizarse sin introducir cambios revolucionarios en nuestra forma de vivir. La cosa no es así. Las distintas tec-
nologías e instituciones están pensadas para distintos entornos energéticos. Los transformadores de energía que confor-
marán la Era So]ar serán completamente diferentes de los que tenemos ahora, en la era de los combustibles fósiles.
Hemos de comprender que la Era Industrial sólo es el nombre de un tipo concreto de transformadores, esta-
blecidos en respuesta a la base energética no renovable de que estamos viviendo. Aunque han existido líneas de flujo
capitalistas y socialistas, todos los países industrializados existen únicamente en razón de la base de energía no renova-
ble de la que dependen sus economías.El fin de la era de la energía no renovable, por tanto, presagia también elfin de
la Era Industrial. A medida que la energía no renovable acumulada en el planeta vaya agotándose, toda la superestruc-
tura económica construida sobre ella comenzará a desplomarse. Ya están empezando a aparecer grietas en esta superes-
tructura, y, por mucho que lo intentemos, no queda suficiente energía no renovable para repararlas todas. Tal es la cru-
da verdad que en último término deben afrontar todos los habitantes de este planeta.
La Era Solar hacia la que nos dirigimos funcionará de un modo tan distinto a la Era Industrial como ésta ha
funcionado de un modo distinto a la era medieval que nos precedio. Nos espera un formidable viaje. El paso de una ba-
se de energía no renovable a una base renovable representa una tarea monumental para toda la civilización. Y, para
agravar el problema presente, tenemos la ominosa realidad del mundo invernadero, que ya amenaza gravemente nues-
tras posibilidades de saltar de una gran época humana a la siguiente.
La tendencia global al calentamiento, o efecto invernadero, no se puede contrarrestar eficazmente a corto pla-
zo. Sin embargo, sí puede reducirse su velocidad en la medida suficiente para proporcionar a nuestra especie unos
cuantos decenios más de tiempo para adaptarnos a este cambio crítico en la economía y el clima del planeta. La posibi-
li dad de disponer de este precioso tiempo bien puede representar toda la diferencia entre supervivencia y extinción pa-
ra gran parte de la civilización y la vida del mundo.
El efecto invernadero no tiene una rápida solución tecnológica. La única salida consiste en eliminar las fuen-
tes del problema. Tanto en la conferencia Bellagio, celebrada en Italia en 1987, como en la Conferen cia sobre Cambios
Atmosféricos celebrada en Toronto, Canadá, en 1988, científicos de todo el mundo coincidieron en que la primera me
dida a aplicar es una reducción drástica en el uso de combustibles fósi les -carbón, petróleo y gas natural- que producen
las emisiones de CO2. El objetivo que se pretende alcanzar es una reducción del 50 por ciento o más en el uso de com-
bustibles fósiles para el año 2015.1 Para lograr este objetivo, los gobiernos deben comenzar de inmediato a establecer
programas para aumentar la eficiencia en el aprovechamiento de la energía. Esta iniciativa deberia partir de Estados
Unidos y la Unión So viética, que reunidos producen casi el 45 por ciento de las emisiones mundiales de CO2 a la at-
mósfera debidas al consumo de combustibles fósiles.2
Para reducir el consumo de combustibles fósiles a la mitad en menos de tres decenios tendrá que producirse
un giro radical en las prioridades económicas, militares y políticas, un giro de alcance tan extraordinario que exigiría
un esfuerzo de movilización mundial a una escala nunca vista en la historia. La tarea resulta aún más difícil si se tiene
en cuenta que muchos economistas calculan que las emisiones de CO2 tendrán que multiplicarse por dos en los próxi-
mos decenios para poder dar cumplimiento a las previsiones de desarrollo económico.3
Un uso más eficiente de la energía puede ayudar mucho a eliminar las emisiones innecesarias de CO2. Es in-
teresante constatar que la eficiencia en el uso de la energía varía ampliamente entre los diversos países industrializados.
La Unión Soviética y las naciones de Europa oriental dependen de una infraestructura industrial sumamente inefi caz
en cuanto al aprovechamiento de la energía; si estos países quisieran elevar su nivel de vida hasta alcanzar niveles occi-
dentales, tendrían que utilizar doble cantidad de energía per cápita.4 Incluso entre las potencias industriales de Occi-
dente, el aprovechamiento de la energía no es uniforme: Japón utiliza la mitad de energía per cápita que Estados Uni-
dos, aunque su nivel de vida es comparable.
Las viviendas norteamericanas destacan por su ineficiente aprovechamiento de la energía. El hogar norteame-
ricano medio utiliza dos o tres veces más energía por metro cuadrado que el hogar sueco medio . 5
Pensemos, por ejemplo, en el simple hecho de sustituir una bombilla incandescente de 75 vatios por una
bombilla fluorescente de 18 va tios. Según Bill Keepin y Gregory Kats, del Instituto Rocky Mountain, la bombilla fluo-
rescente produce la misma cantidad de luz a lo largo de su vida útil, pero su menor consumo de energía “evita la com-
bustión de casi 200 kg de carbón, evita que se envíen a la atmósfera 5 kg de anhídrido sulfuroso (que produce la lluvia
ácida) y ahorra 15 dólares a la economía del país” 6
Los electrodomésticos actuales también son muy ineficientes en cuanto al aprovechamiento de la energía, con
lo que contribuyen a aumentar el consumo general de combustibles fósiles y, por tanto, las emi siones de CO2.
En 1981, menos de un 5 por ciento de todos los aparatos de aire acondicionado vendidos en Estados Unidos
alcanzaba un índice de eficiencia energética de al menos 9,5 aunque podían encontrarse en el mercado aparatos compa-
rables a precios competitivos con índices de eficiencia de hasta 14.7 Según un estudio realizado por la Pacific Gas and
Electric Company, el 70 por ciento de los vendedores estadounidenses de electrodomésticos ni siquiera tocan el tema
de la eficiencia energética cuando realizan una venta.8
Hoy en día Japón está vendiendo frigoríficos “no frost” (sin escarcha) que necesitan la mitad de energía que
los modelos norteamericanos actuales, y aparatos de aire acondicionado que son un 50 por ciento más eficientes que el
95 por ciento de los acondicionadores de aire actualmente en uso en Estados Unidos.9
David Goldstein, del Consejo de Defensa de los Recursos Nacionales, calcula que si un consumidor adquirie-
se uno de los nuevos frigoríficos más eficientes por un precio 50 dólares superior al de los modelos convencionales, es-
te ligero coste adicional permitiría ahorrar a la compañía eléctrica local unos 600 dólares en capacidad de producción
de energía.10 Varias compañías están experimentando programas de incentivos especiales, entre los que figuran présta-
mos a bajo interés para fomentar la compra de electrodomésticos que utilicen la energía de un modo más eficiente.
Otras están investigando la idea de alquilar a los consumidores todo tipo de electrodomésticos más eficientes (hornos,
calentadores de agua, frigoríficos, aparatos de aire acondicionado) por debajo de los precios de mercado.11
En Estados Unidos, el gobierno federal puede desempeñar un papel preponderante de cara a fomentar una
mayor eficiencia energética en el hogar, promulgando leyes que fijen niveles de eficiencia mínimos para los electrodo-
mésticos, del mismo modo en que lo hizo en 1975 con las leyes para mejorar la eficiencia de los automóviles. Califor-
nia y algunos estados más ya han aprobado leyes que imponen unos niveles de eficiencia mínimos a todos los electro-
domésticos.12 En 1986, el Congreso de Estados Unidos aprobó una Ley Nacional para la conservación de la energía en
los aparatos electrodomésticos, según la cual los principales electrodomésticos deberían ser entre un 15 y un 25 por
ciento más eficientes en 1990 de lo que eran en 1985. Esta ley, que fue vetada por el presidente Reagan, hubiera reduci-
do las facturas de los consumidores en 28.000 millones de dólares para el año 2000, eliminando además la necesidad
de generar 22.000 megavatios de energía eléctrica, lo cual hubiera reducido considerablemente la cantidad de combus-
tible fósil utilizado y el volumen de CO2 liberado a la atmósfera.13
A medida que las compañias de energía locales y las agencias federales han ido prestando mayor atención a
posibles programas para el ahorro de energía en el hogar, han tenido que centrarse especialmente en las clases pobres.
Según un estudio del Departamento de Energía realizado en 1982, las familias que ganan menos de 5.000 dólares anua-
les gastan aproximadamente un 15 por ciento de sus ingresos en combustible, mientras que las familias que ganan más
de 35.000 dólares anuales gastan en combustible el 3 por ciento de sus ingresos.14 Los pobres son menos capaces de
invertir en aparatos electrodomésticos que ahorren energía, y habrá que prestarles ayuda exterior si se pretende estable-
cer un régimen eficaz de aprovechamiento energético que abarque toda la sociedad.
La mayor eficiencia energética en el hogar debe complementarse con programas semejantes para ahorrar
energía en las carreteras. Si las normas federales sobre rendimiento energético en los automóviles se fijaran en un míni-
mo de 40 millas por galón (17 kilómetros por litro), sería posible reducir considerablemente las emisiones de CO2 sin
pro ducir efectos económicos adversos. (Actualmente se están experimentando automóviles que pueden recorrer entre
25 y 40 kilómetros por litro.) Sin embargo, el Departamento de Transportes redujo hace poco el rendimiento mínimo
legal para los automóviles de 27,5 a 26 millas por galón (de 11,7 a 11 kilómetros por litro). Este retroceso de 0,7 kiló
metros por litro “hizo que las importaciones de crudo del golfo Pérsico se multiplicaran por dos... y nos impone emisio-
nes de carbono más ele vadas (unos 50 millones de toneladas de carbono adicionales).”15 Los transportes colectivos y
el car pooling ( El car pooling es un sistema por el cual un grupo de personas, generalmente vecinos que deben des-
plazarse a trabajar a la misma localidad. se ponen de acuerdo para compartir el automóvil de una de ellas en lugar de
viajar cada cual con el propio. N. del T.) son otras dos buenas maneras de conservar la energía y reducir las emisiones
de CO2. Los viajes de ida y vuelta al trabajo consumen un tercio de la gasolina utilizada a diario en Estados Unidos. En
1987, más de 110 millones de norteamericanos se desplazaban a su lugar de trabajo en algún medio de transporte. De
ellos, sólo 4,5 millones utilizaban el autobús y 2,3 millones el tren. Mientras 21,7 millones de trabajadores se ponían de
acuerdo para compartir sus automóviles o camionetas, una abrumadora mayoría de 70,8 millones de viajeros prefería
conducir a solas.# El car pooling cs un sistema por el cual un grupo de personas, generalmente vecinos que deben des-
plazarse a trabajar a la misma localidad. se ponen de acuerdo para compartir el automóvil de una de ellas en lugar de
viajar cada cual con el propio. (N. del T.) # El car pooling cs un sistema por el cual un grupo de personas, generalmente
vecinos que deben desplazarse a trabajar a la misma localidad. se ponen de acuerdo para compar tir el automóvil de una
de ellas en lugar de viajar cada cual con el propio. (N. del T.) # El car pooling cs un sistema por el cual un grupo de
personas, generalmente vecinos que deben desplazarse a trabajar a la misma localidad. se ponen de acuerdo para com-
par tir el automóvil de una de ellas en lugar de viajar cada cual con el propio. (N. del T.)16
Habría que dedicar más atención a la mejora de los transportes co lectivos, y establecer un programa federal
de ayuda a los estados y municipios para mejorar los servicios de autobús y ferrocarril entre ciudades. Las empresas
públicas y privadas pueden y deben ayudar a sus empleados a coordinar programas para el uso compartido de sus auto
móviles. Además, podría incentivarse este uso compartido: por ejem plo, en algunas carreteras que llevan de las zonas
suburbanas hasta ciudades importantes, podrían reservarse algunos carriles en las horas puntas para la circulación ex-
clusiva de automóviles ocupados por tres o más personas. Estos y otros programas innovadores dirigidos al sector del
transporte resultarán esenciales si queremos reducir drásticamente el consumo de combustible y las emisiones de CO2
que llegan a la atmósfera.
Un programa global para mejorar el aprovechamiento energético permitiría ahorrar billones de dólares en
gastos de energía innecesarios y reducir considerablemente la cantidad de CO2 enviada a la atmósfe ra.’17 En Estados
Unidos, un estudio encargado por el gobierno en 1979 llegó a la conclusión de que la puesta en marcha de programas
para mejorar el aprovechamiento energético podría reducir en un 50 por ciento la cantidad de energía utilizada para ca-
lentar y enfriar los edificios y en un 25 por ciento las necesidades de energía para procesos industriales, además de
multiplicar por dos la eficiencia de los automóviles.18
Según un artículo aparecido recientemente en la revista Scientific American, ya está disponible la tecnología
necesaria para construir edificios de oficinas de alta eficiencia energética, que en cuestión de 50 años permitirían aho-
rrar la suficiente energía como para no tener que construir “85 centrales de energía y el equivalente de dos oleoductos
como el de Alaska”. Aunque un programa nacional para el aprovechamiento de la energía vendría a costar aproximada-
mente unos 50.000 millones de dolares, podría ahorrar 110.000 millones anuales en gastos de energía, con un beneficio
neto de 60.000 millones de dólares al año 19
Una rigurosa campaña nacional para mejorar la eficiencia energética en el hogar, la oficina, la industria y la
carretera podría reducir el gasto nacional de energía desde los 400.000 millones de dólares actuales a 270.000 millo-
nes, disminuyendo notablemente el consumo de combustible y las emisiones de CO2 y otros gases invernadero.20 No
obstante, como la congresista Claudine Schneider señaló en las sesiones del Congreso sobre el efecto invernadero,
“menos de un 2 por ciento de los más de 50.000 millones de dólares anuales que el gobierno federal dedica a subsidios
para energía se dedica a fomentar una mayor eficiencia energética”21
Reciclar los residuos es otra forma de reducir el consumo de combustibles fósiles y las emisiones de CO2.
Las leyes de la termodinámica nos dicen que el reciclaje de metales y materiales orgánicos suele ser más eficiente, en
cuanto a la energía utilizada, que extraer las materias primas de la mina o cultivar los recursos biológicos a partir de la
semilla. Por ejemplo, reciclar una sola lata de aluminio puede ahorrar el equivalente de media lata de gasolina, sólo
consume el 5 por ciento de la energía que haría falta para producir la misma lata a partir de la bau xita y reduce la con-
taminación atmosférica en un 95 por ciento.22 Reciclar papel reduce la energía que se consume por cada tonelada pro-
ducida hasta un 25 por ciento de la que haría falta para talar y manipular los árboles que proporcionan la pasta para el
nuevo papel, y sólo consume la mitad de agua.23 El reciclaje ya proporciona anualmente alrededor de la mitad de la de-
manda mundial de antimonio, una tercera parte de la demanda de hierro, plomo y níquel, y una cuarta parte de las nece-
sidades de mercurio, plata, oro y platino.24
David Morris, del Instituto para la Autosuficiencia Local, expresa claramente el inmenso potencial del reci-
claje para enfrentarse a la crisis energética y al calentamiento global del planeta:
Una ciudad del tamaño de San Francisco desecha más aluminio del que produce una mina pe-
queña de bauxita, más cobre que una mina de cobre de mediana importancia y más papel que una buena
explotación made rera. San Francisco es una mina. La cuestión consiste en saber como ex plotarla de la
manera más eficaz, y cómo obtener el máximo benehcio de los materiales recuperados.25
Varios estados han iniciado amplios programas de reciclaje. En el estado de Nueva York, por ejemplo, es
obligatorio dejar un depósito para todas las botellas y latas de refrescos y cerveza, tanto las de metal como las de vidrio
o plástico. (En dicho estado se venden anualmente más de 400 millones de cajas de bebidas refrescantes.) Según un es-
tudio realizado por la asociación de mayoristas de cerveza, veinticuatro meses después de la entrada en vigor de esta
ley, el estado había ahorrado 50 millones de dólares en costes de limpieza, 19 millones en eliminación de residuos sóli-
dos y, lo más importante, entre 50 y 100 millones de dólares en energía. Además, la ley del depósito creó 3.800 puestos
de trabajo.26 Entre 1981 y 1986, mas de la mitad de los 300.000 millones de latas de aluminio vendidas en Estados
Unidos fueron devueltas para ser recicladas. Los consumidores recibieron 1.000 millones de dólares al recuperar los
depósitos, y la industria gastó un 22 por ciento menos de energía para producir cada kilogramo de aluminio.27
El reciclaje de los productos de papel y otros materiales orgánicos también permite ahorrar energía y reducir
las emisiones de CO2. En Maryland, hace más de diez años que viene aplicándose un programa exhaustivo para el reci-
claje del papel. Además, el gobierno del estado adquiere la mitad de su papel de oficina y casi todos los pañuelos y pa-
pel higiénico a empresas que reciclan papel. Sólo con este programa,el estado ha ahorrado la energía suficiente para ca-
lentar 9.000 hogares durante todo un año.28
En la actualidad, más de 200 papeleras de Estados Unidos operan exclusivamente con papel reciclado. Aun-
que el ahorro de energía es sustancial, es mucho más importante el ahorro de madera. El reciclaje de una sola edición
dominical de The New York Times permitiría que 75.000 árboles permanecieran sin talar.29 Se calcula que si se pudie-
ra reciclar la mitad del papel utilizado en el mundo, se salvarían 8 millones de hectáreas de bosque, aproximadamente
el 6 por ciento de la superficie forestal de Europa.30
Si no se aplican pronto programas y reglamentaciones para mejorar la eficiencia energética y el reciclaje, o si
resultan insuficientes e ineficaces, el gobierno federal se verá obligado a establecer un sistema de racionamiento para
hacer frente a la escasez de combustible y a la creciente amenaza para la atmósfera y el medio ambiente que plantean
las emisiones de CO2, NO2 y otros gases de efecto invernadero. El racionamiento demostró su eficacia durante la se-
gunda guerra mundial y durante la breve crisis energética de 1973-1974. Muchos expertos en energía y estudiosos del
medio ambiente están ya convencidos de que la política de racionamiento es inevitable y probablemente se aplicará an-
tes de fin de siglo.
Aunque la conservación resulta absolutamente esencial, lo cierto es que todas las propuestas actuales de con-
servación son de un alcance sumamente limitado, porque deben aplicarse dentro de la infraestructura actual de alta
energía. Cualquier intento de extender los esfuerzos de conservación más allá de los estrechos límites impuestos por la
presente infraestructura sólo puede conducir a graves dislocaciones en diversos puntos de la línea de flujo de la energía.
Por ejemplo, pensemos en la legendaria adicción de los norteamericanos al aire acondicionado. El primer
aparato de aire acondicionado fue instalado en un cine, en 1922; actualmente, los estadounidenses consumen más elec-
tricidad sólo para aire acondicionado durante los tres meses de verano que todos los habitantes de la República Popular
China para satisfacer todas sus necesidades eléctricas durante un año. ¡Y China tiene un numero de habitantes cuatro
veces superior!31
Durante los últimos treinta años, cuando la energía circulaba por la línea de flujo a un ritmo sin precedentes,
los edificios estadounidenses -desde el World Trade Center de Nueva York hasta los Holiday Inns de California- se han
diseñado con ventanas que no pueden abrirse. Entonces se daba por sentado que siempre habría electricidad de sobra
para mantener el acondicionamiento de aire en un ambiente cerrado. No obstante, si es necesario regular los termosta-
tos un poco más alto los ocupantes de estos edificios necesitarán aire fresco y alguna que otra corriente de aire. Pero la
única forma de conseguir esto es cambiando millones de ventanas en cientos de miles de edificios, con un descomunal
gasto de energía, recursos, tiempo y esfuerzo.
Y éste no es sino uno entre las decenas de miles de ejemplos que podríamos citar. Con ello no se pretende ne-
gar la absoluta necesidad de conservar todo lo posible, pero la conservación da resultados en la medida en que el siste-
ma está diseñado para aceptar un flujo de energía más bajo, y la sociedad industrial y urbanizada está específicamente
di señada para todo lo contrario, para maximizar el flujo de energía. En vista de este dato básico de la vida moderna, las
medidas de conservación dentro de la infraestructura energética actual sólo pueden servir como un paso intermedio, de
adaptación, en el camino hacia un futuro de baja entropía.

Una nueva infraestructura para la Era Solar

Aunque la mejora de la eficiencia en el uso de los combustibles fósiles es un importante objetivo a corto pla-
zo, a la larga será necesario efectuar una completa transición desde las fuentes de energía no renovables a otras renova-
bles. Esta transición debe iniciarse de inmediato y con toda seriedad, mediante el desarrollo y la expansión de las tec-
nologias de energía solar, hidráulica, geotérmica y eólica. En Estados Unidos, por desgracia, el Departamento de Ener-
gía ha cancelado sistemáticamente entre 1980 y l988 el 75 por ciento de los programas de investigación y desarrollo
sobre energías renovables, en el preciso momento en que estos esfuerzos resultan esenciales para afrontar lo que está
empezando a convertirse en la mayor crisis ambiental de la historia del mundo.32 La próxima crisis petrolífera se cier-
ne ya en el horizonte y el planeta sigue calentándose con cada litro de combustible utilizado. Si queremos salvar la ci-
vilización y el planeta de un apocalipsis en el próximo siglo, no nos queda más remedio que dedicar nuestra atención a
la búsqueda de estrategias energéticas alternativas.
A pesar del esfuerzo consciente realizado por el gobierno de Reagan para suprimir la investigación y el desa-
rrollo de fuentes de energía al ternativas, las empresas públicas y el sector privado han venido trabajando en silencio
para preparar los cimientos de una infraestructura solar.
En 1988, los científicos del Instituto de Investigaciones sobre Energía Solar anunciaron que habían consegui-
do aumentar la eficiencia de los paneles solares de un 8 a un 11 por ciento. Cuando los paneles solares alcancen una
eficiencia del 15 por ciento, su coste será competitivo con el de las fuentes convencionales de energía fósil.33
Actualmente, la energía solar ya se utiliza en muchas partes para calentar viviendas y oficinas y para accio-
nar pequeñas máquinas y procesos eléctricos a pilas.
Asimismo, la energía hidroelectrica está dcsarrollándose para llenar el vacío que se creará cuando desaparez-
can las reservas de petróleo. Canadá, que dispone de 100.000 megavatios de energía hidroeléctrica aún sin explotar, es-
pera poder exportar esta energía a Estados Unidos.34 En Nueva Inglaterra, donde todavía hay abundancia de agua, se
calcula que el desarrollo de nuevas instalaciones de energía hidráulica podría aumentar la producción de electricidad en
un 7 por ciento.35
El Instituto de Investigaciones sobre Energía Solar calcula que en el año 2025 las tecnologías solares o de
otras energías blandas podrían su ministrar un 19 por ciento de la energía consumida en Estados Uni dos.36 Una políti-
ca eficaz de conservación de la energía podría cubrir buena parte del resto.
La transición a un sistema de energía blanda eliminará gran parte de las emisiones de CO2 producidas por las
tecnologías a base de combus tibles fósiles. Sin embargo, aunque se consiga suprimir las emisiones de CO2, para dismi-
nuir el ritmo de calentamiento del planeta habrá que eliminar también otros gases que contribuyen al efecto invernade-
ro. En 1987,34 naciones firmaron el Protocolo de Montreal sobre los cloro fluorocarbonos, que pretende reducir las
emisiones de CFC entre un 35 y un 50 por ciento para el año 2000. Aunque la prensa y la industria han concedido gran
importancia a este documento, muchos científicos del medio ambiente aducen que el acuerdo de Montreal se queda de-
ma siado corto para solventar eficazmente los problemas que plantean las emisiones de CFC. Por otra parte, existe el
creciente temor de que muchas naciones hagan caso omiso al espíritu y la letra del acuerdo y sigan permitiendo las
emisiones de CFC dentro de sus fronteras.37
La industria ha desarrollado buenos sustitutos de los CFC que po drían introducirse en el mercado con un mí-
nimo de trastornos para los consumidores y la economía. La eliminación de los CFC, por consiguiente, no es un proble-
ma técnico, sino político. Para acabar con el uso generalizado de gases CFC, hay que movilizar la opinión pública a es-
cala global. Lo más probable es que industrias y gobiernos se limiten a adoptar el curso de menor resistencia y sigan re-
trasando la eliminación definitiva de los gases CFC hasta que el público les exija una acción eficaz.
La supresión de las emisiones de CO2, CFC y otros gases de efecto invernadero detendrá la tendencia al ca-
lentamiento del planeta, pero la única manera de invertirla consiste en plantar más árboles. Resulta algo más que un po-
co irónico que la única solución viable para la crisis invernadero sea la reforestación del planeta. El Arbol de la Vida,
antigua y reverenciada metáfora en la teología judeocristiana, se nos aparece ahora como símbolo de la salvación del
entorno en el próximo siglo. Como ya hemos dicho antes. los árboles absorben dióxido de carbono de la atmósfera en
el proceso de fotosíntesis; se ha calculado que a fin de corregir el efecto invernadero será necesario plantar tantos árbo-
les en todo el planeta como los que harían falta para cubrir por completo la superficie terrestre de Australia.
Si queremos tener alguna esperanza de reducir la fiebre planetaria y curar el globo, los gobiernos deben em-
prender ambiciosas campañas de reforestación en el curso de los próximos decenios. Las naciones industrializadas tie-
nen que mostrarse dispuestas a proporcionar subsidios y ayudas económicas directas a los países del Tercer Mundo pa-
ra fomentar programas de reforestación. En las naciones desarrolladas, hay que poner en marcha proyectos de refores-
tación patrocinados por el gobierno. En Estados Unidos, las leyes aprobadas en 1985 proporcionan incentivos para un
modesto esfuerzo de reforestación; así, se han previsto subsidios para los agricultores que dejen de cultivar terrenos ero
sionables y los mantengan como reserva natural. Aunque gran parte de estas tierras serán replantadas con césped, el go-
bierno estadounidense espera que unos 2.000.000 de hectáreas se dedicarán a plantar árboles. Tanto los árboles como el
césped absorben dióxido de carbono de la atmósfera. En China, donde la masa forestal se redujo en un 25 por ciento
entre 1949 y 1960 a fin de porporcionar carbón para las acerías caseras fomentadas por la campaña del Gran Salto Ade-
lante, actualmente se están aplicando proyectos para reforestar un 20 por ciento de la superficie total del país para el
año 2001.38
Plantar árboles es algo más que una exigencia ecológica: también proporciona una visión de esperanza para el
futuro. Cuando plantamos un árbol, estamos expresando nuestro compromiso de restaurar la salud de la Tierra, de reno-
var el pulso vital del planeta. En los años próximos, millones de personas de todo el mundo pueden colaborar con sus
gobiernos en la reforestación del planeta, una prioridad esencial si queremos efectuar con éxito la transición de una cul-
tura de combustibles fósiles a una cultura solar.
Entre los climatólogos y científicos del medio ambiente se ha esta blecido un consenso respecto a las crisis
planetarias provocadas por la tendencia global al calentamiento o efecto invernadero: prácticamente todos los expertos
que han estudiado la cuestión están de acuerdo en que la comunidad mundial debe reducir drásticamente su dependen-
cia de los combustibles fósiles y desarrollar de inmediato tecnologías energéticas alternativas. Aunque la mayoría de-
fiende las tecnologías blandas de tipo solar, también puede oírse un murmullo de apoyo en favor de lo que se denomi-
na, con un eufemismo, una nueva generación de centrales de “energía nuclear segura”. Para la mayor parte de los
científicos del medio ambiente, la expresión “energía nuclear segura” constituye un oxímoro. (El oxímoro es una figura
retórica que consiste en reunir dos ideas que en realidad sc excluyen: amarga dulzura, sol oscuro N. del T.)
Aun así, la industria nuclear ha lanzado una entusiasta y agresiva campaña de relaciones públicas destinada a
persuadir a los gobiernos y a la opinión pública de que la energía atómica es nuestra única esperanza y la mejor alterna-
tiva a las tecnologías basadas en el uso de combustibles fósiles.
En las sesiones del Congreso estadounidense sobre el calentamiento del planeta y las fuentes de energía alter-
nativas, celebradas en junio de 1988, Bill Keepin y Gregory Kats, del Instituto Rocky Mountain, presentaron los resul-
tados de un estudio donde se analizaba la viabilidad de la energía nuclear como sustituto de las energías existentes. Sus
conclusiones destruyen por completo cualquier ilusión que los defensores de esta energía pudieran hacerse sobre las
posibilidades de un futuro nuclear.
A fin de presentar la cuestión del modo más favorable para el establecimiento de un programa de energía nu-
clear a gran escala, los autores del estudio partieron de las siguientes bases: que cada nueva central nuclear podría
construirse en seis años, en lugar de los diez a doce años habituales; que los costes de construcción no superarían los
1.000 dólares por kilovatio instalado, en lugar de los costes actuales que se cifran en un promedio de 3.000 dólares por
kilovatio instalado, y que podrían resolverse adecuadamente todas las objeciones políticas y científicas existentes, in-
cluyendo el doble problema de garantizar la seguridad de las centrales nucleares y el seguro almacenamiento de los re-
siduos ra diactivos.39
Aun cumpliendo todas estas condiciones, sería necesario construir una nueva central nuclear de 1.000 me-
gavoltios de producción “cada 1,6 días como mínimo o 2,4 días como máximo, durante los próximos 38 años” para sa-
tisfacer la demanda mundial de energía.40 Un programa de construcción de esta envergadura costaría billones de dóla-
res y llevaría el mundo a la quiebra mucho antes de que hubieran entrado en funcionamiento la mayoría de las centra-
les.
Sólo para sustituir la actual generación de centrales térmicas a base de combustibles fósiles por centrales nu-
cleares habría que invertir, únicamente en Estados Unidos, más de 2 billones de dólares, según Critical Mass, una orga-
nización con sede en Washington dedicada al estudio de la energía y fundada por Ralph Nader.41
El estudio de Keepin y Kats comparaba la construcción de centrales nucleares con los programas para mejo-
rar la eficiencia energética, y concluía que “cada dólar invertido en mejorar la eficiencia energética elimina de la at-
mósfera una cantidad de carbono casi siete veces superior al eliminado por cada dólar invertido en la energía nucle-
ar”.42
Las tecnologías solares -las tecnologías blandas- son las que ofrecen la mejor esperanza de proporcionar una
fuente de energía alternativa para sustituir a las tecnologías basadas en el consumo de combustibles fósiles. Sin embar-
go, no están de más unas palabras de advertencia. El paso de los combustibles fósiles a las tecnologías solares no será
fácil.
Mucha gente parece creer que la Era Solar será igual que la nuestra sólo que más limpia. Los coches serán
eléctricos, de manera que no habrá contaminación; las ciudades funcionarán mediante colectores solares; las viviendas
dispondrán de calefacción y refrigeración baratas por energía solar; los residuos orgánicos se convertirán en combusti-
ble utilizable gracias a las centrales de biomasa; el paisaje estará salpicado de pintorescos molinos de viento, que nos
recordarán un pasado más tranquilo, mientras las maquinarias de la industria no contaminante se afanarán silenciosa-
mente en la producción de artículos de consumo que mantengan nuestro estilo de vida. Al parecer, en la Era Solar po-
drá uno guardar su pastel y comérselo al mismo tiempo.
Nada más lejos de la verdad. El periodo de transición a la Era Solar exigirá una completa reformulación de la
actividad económica en todos los niveles de la sociedad. Una vez comprendidas las enormes implicaciones que conlle-
va transformar la base energética de la sociedad de unas reservas concentradas (combustibles fósiles) a un flujo difuso
(solar), de inmediato resulta evidente que la estructura industrial existente es de todo punto inadecuada para un futuro
solar.
La energía no renovable y altamente concentrada ha dado forma, en un sentido muy literal, a la economía de
hoy. Para mantener la superestructura institucional hoy existente, tendríamos que seguir dependiendo de un flujo de
energía altamente concentrada a través del sistema. La energía solar, sin embargo, no es concentrada como las energías
no renovables y, por lo tanto, resulta del todo inadecuada para un estilo de vida industrial y sumamente centralizado.
Aunque existen numerosas técnicas distintas para aprovechar la energía del Sol -proyectos térmicos, fotovol-
taicos, eólicos, de conversión de biomasa- y muchas formas de acumularla, desde complejos sis temas de alta tecnolo-
gía a los antiguos sistemas solares pasivos, todos estos procesos se alimentan de un flujo de energía difuso, no de unas
reservas concentradas. En cuanto que flujo, la energía solar ofrece las evidentes ventajas de ser limpia, abundante y
prácticamente inagotable (es decir, hasta que el propio sol se consuma dentro de miles de millones de años). Al mismo
tiempo, presenta ciertas desventajas inherentes, al menos de cara a mantener nuestra forma de vida social contemporá
nea.43
Puesto que la radiación solar es difusa, resulta necesario concentrarla para que pueda efectuar algún trabajo.
Como las leyes de la termodinámica nos dicen que sólo es posible realizar algún trabajo cuando existe una diferencia
de temperatura entre dos lugares, y como la energía solar se reparte de forma sustancialmente igual sobre cada metro
cuadrado de superficie en una zona geográfica determinada, es necesario concentrar el flujo solar. Si se desea obtener
electricidad, la energía solar acumulada debe transformarse de un estado a otro. La naturaleza del flujo y la economía
de las tecnologías solares se presta sobre todo al funcionamiento de unidades pequeñas, como las que podrían propor-
cionar calefacción y agua caliente a una vivienda individual. La mayoría de los defensores de la energía solar coincide
en que, tanto en el estado actual de la tecnología como en el futuro previsible, la adaptación de las casas existentes a la
energía solar sólo cubriría un 60 por ciento de las necesidades energéticas de la vivienda.44 Aunque podrían construirse
viviendas solares mucho más eficientes partiendo de cero, la conversión será un proceso lento: el 75 por ciento de to-
dos los edificios que existirán en Estados Unidos en el año 2000 ya están construidos.45
A nivel industrial y urbano, la energía solar no se presta a la compleja organización tecnológica exigida por
la sociedad contemporánea. Se ha calculado, por ejemplo, que para mantener la actual superestructura industrial esta-
dounidense habría que cubrir entre el 10 y el 20 por ciento de la superficie total del país con diversos tipos de colecto-
res solares46 Otro cálculo demuestra que Manhattan consume diariamente una cantidad de energía seis veces superior a
la que podría obtenerse con un colector 100 por cien eficiente que recogiera todo el flujo solar que cae sobre la ciu-
dad.47 Para suministrar la energía que necesita Nueva York por medio de las diversas técnicas solares, habria que de
dicar a la captación una superficie muchas veces superior a la de la ciudad. Si bien el nivel de consumo de energía en
Nueva York es evidentemente único, las demás zonas urbanas de cierta importancia también se verán sometidas a las
mismas limitaciones en la Era Solar.
El propio tamaño de la infraestructura solar que habría que erigir a fin de sostener la sociedad moderna resul-
ta abrumador, al igual que la cantidad de tiempo y de trabajo que haría falta para construirla y mantenerla. Por ejemplo,
para equipar sólo 3 millones de viviendas con colectores solares haría falta un ejército de 200.000 trabajadores que pro
dujeran e instalaran unos 75 millones de metros cuadrados de colectores solares al coste de 20.000 millones de dóla-
res.48 La construcción de una base de energía solar para un área urbana importante exigiría millones de obreros. Como
observó irónicamente E.F. Schumacher, “si bien se puede calentar perfectamente una casa con energía solar, no se pue-
de calentar el Rockefeller Center. De hecho, la energía solar y la eólica juntas no lograrían hacer subir y bajar los as-
censores. Y la mayoría de las habitaciones del Rockefeller Center resultan inaccesibles si no hay ascensores: imagínen-
se tener que subir treinta o cincuenta pisos a pie”.49 Schumacher argumenta que la producción industrial en masa y la
forma de vida urbana no encajan en el modelo de la Era Solar. Murray Bookchin,, escritor anarco-ecologista, coincide
con él. Según Bookchin, las energías solar y eólica “no pueden proporcionar al hombre las grandes cantidades de mate-
rias primas y el suministro masivo de energía que hacen falta para sostener las zonas residenciales densamente pobla-
das y las industrias altamente centralizadas... Los aparatos solares... producirán energía en cantidades relativamente pe-
queñas”.50 El ecologista William Ophuls se muestra de acuerdo: “El paso a depender exclusivamente de la energía so-
lar exigiría sin duda cambios radicales en nuestra tecnología y economía, en el sentido de una mayor frugalidad y
descentralización.”51
Cuando se contemplan en el contexto de las realidades termodinámicas, todas estas declaraciones parecen ati-
nadas; sin embargo, hay quienes las juzgan heréticas. Muchos defensores de la energía solar, por ejemplo, alegan que
ésta no tiene por qué identificarse con un futuro de frugalidad y austeridad; según ellos, en la próxima era podremos
disponer de toda la energía que necesitemos. La falacia de este argumento reside en la suposición no declarada de que
la energía solar puede realizar trabajo por sí sola, y puesto que es renovable y no contaminante, cuanta más energía so-
lar pase por las líneas de flujo de la sociedad, mejor para todos.
Aunque los datos que conocemos indican otra cosa muy distinta, su pongamos, por seguir la discusión, que
pudieran descubrirse nuevas técnicas de captación que nos permitieran concentrar el flujo de radiación solar de una for-
ma sumamente eficiente, muy superior a la actualmente disponible e incluso a la que muchos ingenieros juzgan conce-
bible. Si este proceso de captación tan sumamente eficiente fuese posible en la práctica, entonces podríamos sostener
una sociedad tecnológica, urbana e industrial por medio de la energía solar. Pero, ¿cuál sería el resultado? Sencillamen-
te, que seguiríamos experimentando un aumento geométrico de la entropía a medida que la energía solar se utilizara pa-
ra transformar los limitados recursos energéticos terrestres (materia) en el proceso de producción, transformándolos de
un estado utilizable en otro inutilizable. No se trata únicamente del tipo de energía que una sociedad utiliza, pues, sino
también de la cantidad de energía. Si la energía solar pudiera llegar a fluir en formas altamente concentradas, aptas para
un uso industrial, seguiríamos experimentando muchos de los mismos trastornos económicos y sociales que se derivan
de nuestro elevado uso actual de energía. Ello es así porque el uso de la energía solar no puede divorciarse de las re-
servas finitas de maíeria terresíre con las que interacciona para transformarlas. Tanto en los procesos vivientes como
en los industriales, la energía solar debe combinarse siempre con otros recursos terrestres a fín de producir un produc-
to. Este proceso de transformación conduce inevitablemente a una mayor disipación de las reservas finitas de recursos
terrestres del planeta.
Hoy en día se han presentado numerosas propuestas para desviar la mayor parte posible del flujo de energía
no renovable hacia la construcción de una nueva infraestructura de transformadores institucionales y mecánicos capa-
ces de captar, almacenar, transformar y dirigir la energía solar. Aunque muchas de tales propuestas son razonables, hay
que tener muy claro que cualquier infraestructura de este tipo es provisional y solo puede servir como una especie de
puente para suavizar un poco el impacto de la transición. A la larga, una infraestructura solar derivada de los recursos
no renovables y dependiente de ellos no puede sostenerse en la escala necesaria para mantener las economias altamente
industrializadas. Sencillamente, no se dispondrá de recursos no renovables en suficiente cantidad.
En su estudio de la energía solar, Howard Odum, especialista en el medio ambiente, ha elaborado el concepto
de energía neta. La energía neta es igual a la energía que proporciona una tecnología determinada menos la energía que
hace falta invertir para obtenerla. Odum señala que “la energía solar puede generar cierta cantidad de energía neta con
centrada en forma de alimentos, fibras y electricidad, pero el rendimiento por unidad de superficie es reducido, porque
la mayor parte de la energía solar es consumida por las diversas estructuras que deben ser mantenidas en funcionamien-
to para captar y concentrar la energía”.52
Si bien Odum se muestra claramente en favor de la energía solar frente a la obtenida del carbón, el uranio o el
petróleo, también nos advierte que debemos ser conscientes de que las tecnologías solares requerirán enormes cantida-
des de energía no renovable y recursos materiales para construir los millones y millones de aparatos solares que serán
ne cesarios. En esencia, habrá que construir una infraestructura energética completamente nueva para toda la sociedad.
Aunque las técnicas solares quizá no exijan inversiones tan colosales como las refinerías de petróleo y las centrales tér-
micas, el volumen de recursos escasos que necesitan sigue siendo considerable. Para dotar a sólo 2,5 millones de vi-
viendas con una eficiencia solar del 60 por ciento, por ejemplo. haría falta un tercio de la producción total de cobre de
los Estados Unidos.53 Si la mitad de la electricidad de Estados Unidos fuese generada por medio de células de combus-
tible solar -los convertidores más eficientes de que actualmente se dispone-, el esfuerzo de construcción exigiría anual-
mente más platino del que se produce en todo el mundo.54 Asi mismo, para construir una infraestructura solar masiva,
habría que utilizar cantidades verdaderamente descomunales de otros recursos no renovables, tales como cadmio, sili-
cio, germanio, selenio, galio, arsénico y azufre, además de incontables toneladas de vidrio, plásticos y goma, y enormes
volúmenes de glicol etileno, metales líquidos y gas freón. Según cierta fuente, “si nos decidimos por las células de cad-
mio-sulfuro para la conversión fotovoltaica directa... necesitaríamos toda la producción mundial de cadmio del año
1978 para producir únicamente 180.000 megavatios de potencia instalada, es decir, apenas un 10 por ciento de la po-
tencia instalada que había en el mundo el año pasado 55
En un artículo publicado en diciembre de 1978 en la revista Atlantic Economic Journal, Nicholas Georgescu-
Roegen señaló el punto débil de los actuales proyectos para dominar la energía solar:
Lo cierto es que cualquier fórmula actualmentc viable para el aprovechamiento directo de la
energía solar es un “parásito”, por así decir, de la presente tecnologia basada en combustibles fósiles.
Todo el material necesario (incluyendo los colectores) se produce por medio de fórmulas basadas en fuen-
tes de energía distintas a la solar. Y no hace falta decir que, como todos los parásitos, cualquier tecnolo-
gía solar basada en las fórmulas actualmente viables sólo podria subsistir mientras sobreviviera su “anfi-
trión”... Puesto que la intensidad de la radiación solar que llega a la superficie de la Tierra es sumamen-
te débil, para captarla habría que construir una voluminosa estructura material... Es muy concebible que
esta dificultad no pueda salvarse jamás, en vista de que la intensidad de la radiación solar es una cons-
tante cosmológica que escapa a nuestro control.56
Nuestro futuro es solar, de eso no cabe la menor duda. La cuestión está en saber si conservaremos nuestros
viejos hábitos de pensamiento e intentaremos en vano generar una base de energía solar de alta tecnología y gran con-
sumo de recursos, que acelerará la degradación del planeta, o si estableceremos una base de energía que en cada etapa
de su producción y utilización procure mantener el flujo de energía y recursos a un nivel mínimo.
Como era de esperar, las grandes empresas se muestran en favor de la opción de alta tecnología y gran consu-
mo de recursos De las nueve principales firmas productoras de células fotovoltaicas (las células fotovoltaicas son co-
lectores que acumulan la luz del Sol en baterías para un uso posterior en forma de electricidad), ocho son propiedad de
grandes empresas, y cinco pertenecen a alguna de las grandes empresas petroleras. Según Richard Munson, Exxon y
ARCO pronto llegarán a controlar más de la mitad de la industria entre las dos. Además, las grandes empresas también
están acaparando otras facetas de la tecnología solar. Por ejemplo, doce de las veinticinco principales compañías sola-
res están controladas por empresas gigantes con un volumen anual de ventas superior a 1.000 millones de dólares, co-
mo General Electric, General Motors, Alcoa o Grumman. Evidentemente, estas empresas pretenden asegurarse de que
la energía solar se desarrolle de una forma altamente centralizada.57
La estrategia solar de “lo grande es hermoso” ya está empezando a dejar los tableros de dibujo para pasar a
las líneas de producción. Las empresas aerospaciales, por ejemplo, han emprendido una intensa campaña para persua-
dir al gobierno de que financie el “Sunsat”, un satélite solar que será mayor que la isla de Manhattan. Y en Barstow,
California, la compañía McDonnell-Douglas, respaldada por abundantes fondos federales, está poniendo a punto su
“torre de energía”58 Este proyecto, con un presupuesto de 130 millones de dólares, consiste en instalar 2.200 espejos
gigantes que enfoquen la luz del Sol hacia una caldera situada sobre el extremo de una torre de hormigón de 150 me-
tros de altura.59 Estos proyectos, evidentemente, son tecnologías solares desarrolladas por una mentalidad de combusti-
ble fósil; es decir, pretenden concentrar al máximo el flujo solar difuso con la esperanza de convertirlo en una reserva
de energía centralizada, semejante al carbón o al petróleo. Este intento, empero, sólo causará un desorden más grande
que cualquier valor que pueda proporcionar. La cantidad de recursos energéticos no renovables que harían falta para
construir las piezas de un satélite solar gigantesco y lanzarlas al espacio, donde se procedería al montaje, es mucho ma-
yor que la cantidad de energía que el Sunsat podría generar durante muchos años.
Por otra parte, el hecho de concentrar los rayos de Sol hasta tan alta densidad y enviarlos en un haz a los co-
lectores situados en la Tierra causaría una contaminación por radiación de microondas que pondría en peligro la salud
de todos aquellos que vivieran o trabajaran en las cercanías del colector. Además, una vez acumulada la energía en un
punto centralizado, habría que enviarla en forma de electricidad a través de una red de distribución, lo cual implicaría
el uso de nuevas cantidades de recursos no renovables. La “torre de energía” se enfrenta con problemas similares.
Cuanto más concentrada sea la captación de los rayos solares, menos energía neta se obtendrá.
Incluso en una menor escala es necesario tomar importantes decisiones. En los hogares, por ejemplo, puede
aprovecharse la energía solar por medio de alta tecnología o de baja tecnología. Cuanto más alta es la tecnología utili-
zada, menos energía neta se obtiene, porque es necesario consumir más recursos no renovables para construir y mante-
ner la infraestructura de captación. En un sistema para hogar de alta tecnología -o sistema activo-, la luz del Sol se con-
centra en un colector fabricado con recursos no renovables; a continuación, la energía solar se almacena en el aire y el
agua contenidos en recipientes hechos de recursos no renovables, y finalmente es desplazada por medio de ventiladores
o bombas para que realice el trabajo deseado. Otro sistema de alta tecnología se basa en el empleo de células fotovol-
taicas que concentran la energía y la almacenan en baterías; también en este caso, la base de la tecnología depende de
recursos no renovables. Aunque es evidente que estos sistemas utilizan una forma de tecnología menos intensiva que
los satélites solares y las torres de energía, en último término las unidades individuales de pequeña escala siguen de-
pendiendo del suministro de cobre, platino y otros minerales escasos que entran en la fabricación del equipo de utiliza-
ción solar.
Los sistemas pasivos tienden a causar menos perjuicios ecológicos y proporcionan un mayor rendimiento de
energía neta. En un sistema pasivo, la vivienda se diseña y se construye de tal manera que permanezca naturalmente
fresca en verano y cálida en invierno. Aunque algunos arquitectos han desarrollado recientemente diversos prototipos
viables de viviendas solares pasivas, los antropólogos pueden indicar sistemas viables que fueron desarrollados hace
centenares e incluso miles de años por pueblos que no tenían otra forma de acondicionar sus hogares.
La Era Solar exigirá una mayor conformidad con los antiguos ritmos de la vida. Aquellos que permanecen
apegados a la visión newtoniana del mundo y a la Era Industrial, sin duda pensarán que estas observaciones sobre la
tecnología solar pecan de pesimismo, y muchos juzgarán inconcebible que la vida urbana, la producción industrial y
muchas de las comodidades que constituyen el llamado Sueño Americano sean incompatibles con la Era Solar. Sin em-
bargo, ecólogos y economistas como Georgescu-Roegen, Daly, Odum, Bookchin y Ophuls aducirían que hacer caso
omiso de la realidad que tenemos delante para poder seguir manteniendo falsas expectativas es una locura que sólo
puede conducir a un mayor quebranto para la humanidad, quizás un quebranto irreversible. Sea cual sea el curso que si-
gamos, la próxima transición vendrá inevitablemente acompañada de sufrimientos y sacrificios. Pero es que no hay
otra alternativa. Lo cierto es que estos sufrimientos podrán reducirse si la transición desde la base energética existente a
la nueva base se realiza ahora de una forma meditada y ordenada y no más adelante, a la desesperada, cuando por fin
hayamos agotado todas las reservas de combustibles fósiles y calentado el planeta hasta un punto en que ya no sean po-
sibles la adaptación y la supervivencia.

El desarrollo del Tercer Mundo

Las naciones del Tercer Mundo, atrapadas en las fases iniciales del desarrollo industrial, tendrán que soportar
lo más arduo de la transición hacia el mundo invernadero y la Era Solar. La creciente crisis energética y la tendencia
global al calentamiento ya están obligando a algunos países del Tercer Mundo a reevaluar los modelos convencionales
de desarrollo económico y la serie de supuestos en que se fundan.
Según la opinión prevaleciente, cuanto más se desarrollen las economías industriales, más se beneficiará el
resto del mundo. Esta idea se basa en el supuesto de que, cuanto más deprisa podamos convertir las materias primas en
bienes económicos, más riqueza o valor permanente estamos creando para ser distribuido entre los habitantes del pla-
neta. Con un desarrollo económico internacional basado en este principio central, no es de extrañar que los adelantos
tecnológicos se vean como la fuente que permite crear más y más riqueza “permanente”. Las leyes de la termodinámi-
ca, empero, proporcionan un marco de referencia muy distinto. El caso es que, cuanto más deprisa las naciones desa-
rrolladas convierten los recursos naturales en bienes económicos, menos queda en el almacén de la naturaleza para los
demás países y para las generaciones venideras. Los adelantos tecnológicos, en su mayor parte, sirven para acelerar la
conversión de más recursos en un lapso menor de tiempo, consumiendo las reservas de la naturaleza a la vez que crean-
do una mayor cantidad de residuos y trastornos.
A medida que se empieza a entender esta realidad, es importante tener en cuenta que las reservas de recursos
no renovables aún por explotar se hallan principalmente en manos de paises del Tercer Mundo, y estos recursos son el
último triunfo con que cuentan para negociar una redistribución más equitativa de la riqueza entre los países industria-
lizados y ellos mismos. En el pasado, los paises productores de petróleo de Oriente Medio ya han utilizado eficazmente
esta ventaja: su organizacion en un cartel para controlar los términos y el volumen de las exportaciones de petroleo está
siendo copiada por otros países del Tercer Mundo que exportan otro tipo de recursos no renovables. Actualmente exis-
ten carteles para regular los precios de la bauxita, el cobre, el hierro, el cromo y el plomo. Según la revista Fortune, “si
los exportadores de materias primas tienen éxito en este intento, los dias de desarrollo sostenido en el nivel de vida de
los países industrializados muy bien podrían llegar a su fin”.60
Para aquellos de nosotros que hemos vivido durante decenios gracias a las enormes cantidades de energía y
recursos proporcionadas por el Tercer Mundo, es muy fácil enojarse por la presión que los carteles ejercerán sobre
nuestro sistema económico. Una canción de country que se oyó mucho en el verano de 1979 resumía la frustración que
mu chos norteamericanos experimentaban ante los crecientes precios de la OPEP: No crude, no food (“Si no hay crudo,
no hay comida”.) Dicho de otro modo, si el Tercer Mundo no nos vende su petróleo, nosotros deberíamos suspender
nuestras exportaciones de alimentos a los países hambrientos. Esta actitud avasalladora por nuestra parte no sólo es
moral y políticamente indefendible, sino que también amenaza nuestra propia supervivencia. La elección nos corres-
ponde a nosotros: podemos aceptar las nuevas condiciones planteadas por los países del Tercer Mundo y reducir drásti-
camente nuestro flujo de energía y nuestro consumo de materias primas o bien intervenir militarmente para apoderar-
nos de los recursos que necesitamos. Esta segunda elección no sería aceptada sin resistencia por la Unión Soviética y
otras potencias mundiales. La competencia por los recursos escasos bien podría conducir a un enfrentamiento entre las
superpotencias en un futuro próximo.
La mayoría de nosotros no acaba de comprender lo que está ocurriendo en el Tercer Mundo. Aunque nos la-
mentamos por la tragedia de la miseria, el hambre y la superpoblación en el hemisferio sur del planeta, en realidad no
llegamos a concebir en qué grado de miseria está viviendo la mitad de la humanidad. Más de 800 millones de seres hu-
manos sobreviven apenas en lo que el Banco Mundial denomina “pobreza absoluta”, con unos ingresos anuales de 200
dólares o me nos.61 Cada año mueren en el Tercer Mundo entre quince y veinte millones de personas -de las que tres
cuartas partes son niños- como consecuencia directa de la desnutrición. Mientras usted lee esto, cada minuto mueren
veintiocho personas en nuestro planeta a causa del hambre.62 Un ochenta por ciento de la población mundial, residente
en su mayor parte en aldeas rurales, carece de toda asistencia médica.63
Sin embargo, mientras Estados Unidos siga consumiendo anualmente una tercera parte de los recursos
mundiales, el Tercer Mundo jamás podrá alcanzar ni siquiera un mínimo nivel de vida que permita la supervivencia
digna de los seres humanos. Quienes se encolerizan al ver utilizar los recursos naturales como un arma económica con-
tra las naciones ricas, como Estados Unidos, deberían preguntarse qué harían ellos si vivieran en el Tercer Mundo.
Cualquier dirigente del Tercer Mundo que siga consintiendo que las naciones industrializadas expolien los recursos na-
turales de su pais es muy probable que pierda el apoyo de su pueblo.
Para los habitantes del Tercer Mundo, todo lo que se diga sobre una época de limitaciones, de reducir las ex-
pectativas materiales, de establecer políticas económicas de crecimiento cero, no pasa de ser un nuevo intento de las
naciones industrializadas para mantener a los países pobres en su lugar de sumisión internacional. Los paises del Tercer
Mundo, que apenas están poniendo en marcha su producción industrial, juzgan las preocupaciones ecológicas de los ri-
cos como poco más que un esfuerzo dirigido a que países como Estados Unidos puedan seguir conservando su riqueza
a costa de obstaculizar el crecimiento económico de los pobres. En una comunicación presentada ante el Consejo Mun-
dial de las Iglesias, Conferencia sobre la Fe, la Ciencia y el Futuro, celebrada en 1979, C.T. Kurien reflejó el sentir de
muchos cuando expuso el punto de vista del Tercer Mundo sobre la tesis del “crecimiento limitado”:
Es una reducida y opulenta minoría de la población mundial la que está inflamando la histeria
sobre los recursos finitos del planeta y aboga por una ética conservacionista en interés de aquellos que
aún no han nacido; es este mismo grupo el que hace un esfuerzo organizado para impedir que aquellos
que resultan hallarse fuera de las puertas de su opulencia puedan llegar a alcanzar un nivel de vida si-
quiera tolerable. No hace falta estar dotado de una vision divina para darse cuenta de cuáles son sus ver-
daderas intenciones.64
El argumento de Kurien ha de tenerse en cuenta. Mientras sigamos devorando una parte desproporcionada
de los recursos mundiales, y despilfarrando la mayoría de ellos en trivialidades cuando el resto del mundo lucha por en-
contrar la siguiente comida, no tenemos ningún derecho a dar lecciones a los demás acerca de cómo deben orientar su
de sarrollo económico. Por consiguiente, si estamos verdaderamente decididos a impedir que nuestro planeta se con-
vierta en un gigantesco vertedero industrial, debemos empezar ahora mismo, por iniciativa propia, a limitar drástica-
mente nuestra riqueza material. Debemos demostrar nuestra voluntad de aceptar duros sacrificios en nombre de la hu-
manidad.
Aun así, las naciones del Tercer Mundo no deben abrigar la esperanza de alcanzar jamás la abundancia mate-
rial que ha existido en Estados Unidos en los últimos decenios. Según el economista Herman Daly:
Si hace falta aproximadamente una tercera parte de la producción mundial anual de recursos
minerales para mantener ese 6 por ciento de la población del planeta que habita en Estados Unidos al ni-
vel de vida al que se supone aspira el resto del mundo, resulta evidente que el flujo actual de recursos só-
lo permite extender el nivel de vida de Estados Unidos a un 18 por ciento de la población mundial, como
mucho, sin dejar nada en absoluto para el 82 por ciento restante. Pero sin los servicios de este 82 por
ciento pobre, el 18 por ciento “rico” no podría en absoluto mantener su riqueza. Una parte considerable
de los recursos mundiales debe dedicarse a mantener el 82 por ciento pobre como mínimo a un nivel de
subsistencia. Por consiguiente, incluso la cifra del 18 por ciento es una exageración.65
Así pues, es imposible que el resto del mundo se desarrolle como lo ha hecho Estados Unidos. En realidad,
como ya hemos visto, la escasez de recursos imposibilita que ni siquiera Estados Unidos pueda seguir manteniendo, ni
mucho menos, su actual flujo de energía. Con esto no queremos negar en modo alguno la absoluta necesidad de fomen-
tar el desarrollo económico en el Tercer Mundo. La cuestión es: ¿qué clase de desarrollo conviene mas a las naciones
pobres?
Cuando el progreso de estilo occidental llega a un país del Tercer Mundo, el resultado suele ser un “subdesa-
rrollo instantáneo”; en otras palabras, las masas populares de dichos países se vuelven más pobres que antes de iniciar
el desarrollo. La principal causa de que esto sea así reside en el hecho de que la industrialización occidental da prefe-
rencia a las ciudades sobre las zonas rurales, y a la producción altamente centralizada, con elevadas inversiones de
energía y capital, antes que al trabajo humano. Cuando las naciones intentan industrializarse, los puestos de trabajo dis-
minuyen porque la producción se automatiza. Al mismo tiempo, la agricultura mecanizada impuesta por la tan alabada
Revolución Verde produce el efecto de expulsar a los campesinos de la tierra, puesto que la agricultura mecanizada exi-
ge la inversion de grandes cantidades de energía, y, en consecuencia, los pequeños agricultores se ven excluidos del
mercado. Los campesinos desarraigados tienen que desplazarse a las ciudades para tratar de hallar algún empleo. Este
pro ceso está produciéndose en todo el Tercer Mundo. Se calcula que hacia el año 2000 las zonas urbanas del Tercer
Mundo albergarán 1.000 millones de habitantes más que los que había en 1975.66 Conforme se va desarrollando la ur-
banización forzosa, la pobreza va en aumento. Además, a medida que la agricultura mundial va conformándose al mo-
delo estadounidense, el suministro alimentario del mundo se vuelve más precario, porque la agricultura depende cada
vez más de los recursos no renovables. Si todo el mundo adoptara el tipo de agricultura norteamericana, la producción
de alimentos exigiría hasta un 80 por ciento de la conversión total de energía, y todos los productos petroquímicos se
agotarían por completo en un decenio.67
El desarrollo industrial de alta energía también implica otras perturbaciones de las pautas de vida tradiciona-
les. Se dice que hacia 1880 un jeque de Arabia Saudí descubrió un manantial de petróleo que brotaba de la arena en un
desierto remoto. El jeque mandó cegar el manantial y prohibió a sus hombres que hablaran de lo que habían encontra-
do. ¿Por qué? Porque temía que acudieran los occidentales con su tecnología y su desprecio por la tradición. Aunque
los motivos del jeque pueden ser dudosos, no cabe duda de que sus temores estaban bien fundados. Cada vez que se ex-
porta tecnología hacia el Tercer Mundo, va acompañada de una única ideología. Los dirigentes del Tercer Mundo si-
guen creyendo ingenuamente que pueden adoptar la riqueza y la técnica de un país como Estados Unidos sin adoptar al
mismo tiempo una serie de valores tecnológicos modernos que acaban destruyendo la cultura tradicional.
Lamentablemente, muchos países del Tercer Mundo utilizan sus recién adquiridas riquezas para industrializar
su economía según las pautas de las naciones que llamamos desarrolladas. Su mal concebida política económica sólo
puede conducir a una tragedia para sus propias naciones y para todo el planeta, a medida que el proceso entrópico va
acelerando cada vez más hacia una divisoria. En primer lugar, en una época en que el mundo comienza a andar escaso
de recursos no renovables, es insensato desarrollar una infraestructura económica basada en un alto flujo de recursos no
renovables. Hacia el año 2000, algunos países del Tercer Mundo como Brasil y Nigeria habrán construido una grandio-
sa infraestructura industrial, sólo para descubrir entonces que ya no pueden obtener las cantidades de energía no reno-
vable que necesitan para hacer funcionar la máquina económica.
En segundo lugar, la intensificación del efecto invernadero impondrá por la fuerza el abandono de los com-
bustibles fósiles en los próximos decenios. A los países del Tercer Mundo les resultará cada vez más difícil, si no impo-
sible, justificar su creciente utilización de recursos energéticos no renovables, sabiendo que ésta contribuye a acentuar
la tendencia al calentamiento global que amenaza la propia supervivencia de la especie.
Es evidente que las naciones del Tercer Mundo deben buscar fórmulas de desarrollo distintas a las utilizadas
en el Occidente industrializado. La tecnología centralizada, de alto consumo de energía, debe ser desechada en favor de
una tecnología intermedia que dependa en mayor medida del trabajo humano y pueda ser aplicada en las aldeas rurales.
Este nuevo enfoque de la tecnología resulta esencial para corregir la emigración masiva desde las comunidades agríco-
las hacia las ciudades superpobladas y plagadas de miseria. La agricultura tendrá que seguir constituyendo la base de
las sociedades del Tercer Mundo. Actualmente, los países árabes importan el 50 por ciento de su alimento; hacia el año
2000, importarán el 75 por ciento.68 En éstas y otras naciones del Tercer Mundo, cualquier política de desarrollo sen-
sata pasa por el establecimiento de una base agrícola con preponderancia del trabajo humano y capaz de asegurar el au-
toabastecimiento de la sociedad.
Hoy existen ya varios modelos adecuados para el desarrollo del Tercer Mundo. Aunque a costa de grandes
problemas ambientales, la República Popular China por lo menos ha conseguido organizarse de una manera que man-
tiene la base rural de la sociedad y favorece la producción basada en el trabajo humano. La sociedad china no es rica,
pero en ella hay muy poca gente que carezca de trabajo o de vivienda. También habría que prestar más atención al mo-
delo económico concebido por Gandhi para la India. Durante el movimiento anticolonial dirigido por Gandhi, el sím-
bolo de la lucha era la rueca de hilar a mano, un sencillo instrumento de la tecnología adecuada que concedía a todo in-
dio cierta medida de control sobre su propia supervivencia económica incluso en las aldeas más pobres o remotas. La
economía de Gandhi favorece el campo frente a la ciudad, la agricultura frente a la industria, las técnicas en pequeña
escala frente a la alta tecnología. Sólo este conjunto general de prioridades económicas puede dar lugar a un desarrollo
satisfactorio para el Tercer Mundo. Pero, una vez más, debemos insistir en que las naciones con un alto flujo de ener-
gía, como Estados Unidos, tienen que estar dispuestas a realizar sacrificios.

La redistribución de la riqueza

En el curso de los próximos decenios, los precios de la energía no renovable experimentarán un aumento im-
parable, que, junto con el coste ambiental de ajustarse al cada vez más intenso efecto invernadero, pondrá en un grave
aprieto a la economía de los países desarrollados. Por primera vez en la historia de estos países, habrá que enfrentarse
con la cuestión política y económica de fondo: la redistribución de la riqueza. En el pasado, esta cuestión siempre ha
permanecido en la periferia de las prioridades de cada país; mientras la propia economía siguiera creciendo, siempre
había suficientes beneficios marginales -o sobras- para apaciguar o sobornar a los elementos situados en la base de la
pirámide económica. Cuando la economía comience a contraerse en los años noventa, las llamadas a la distribución de
la riqueza restante se oirán desde muchas direcciones: no sólo los desposeídos, sino probablemente también las clase
obrera y las clases medias exigirán que se redistribuya tanto la riqueza como el poder.
Hoy en día, sólo en Estados Unidos una quinta parte de la población consume más del 40 por ciento de los in-
gresos de la nación.69 Esta misma clase es la que ejerce el control sobre la maquinaria institucional, es decir, la línea de
flujo de energía de la nación. El enfrentamiento entre esta clase y los desposeídos se irá intensificando durante los pró
ximos años, y su resultado seguramente dependerá del éxito que obtenga cada uno de ambos grupos para atraer el ex-
tenso sector de ingresos medios hacia su bando.
El colapso de la Bolsa de 1987 marcó quizás el fin del estilo de vivir “por la vía rápida” propio de los años
ochenta. Actualmente hay muchos economistas que predicen una profunda recesión, e incluso una depresión de escala
mundial, para los años noventa. A medida que las condiciones económicas vayan empeorando, la disparidad entre ricos
y pobres irá en aumento y obligará a los países ricos a abordar la cuestión de la redistribución de la riqueza y el poder.
Sin esta redistribución, los pobres y los obreros de los países ricos condenarán, con toda justicia, cualquier llamada a la
austeridad o al sacrificio económico, al igual que las naciones del Tercer Mundo vituperan a los países ricos que osan
predicar el evangelio de las restricciones.
En la naturaleza, cada vez que un elemento de un ecosistema se multiplica o crece desproporcionadamente
con respecto a su adecuada relación funcional con los restantes elementos del sistema, está robando a las demás formas
de vida la entropía negativa (energía disponible) que necesitan para sobrevivir, y con ello pone en peligro la superviven
cia de todo el ecosistema. Lo mismo sucede en la sociedad humana. Cuando ciertos individuos o instituciones acaparan
para sí una parte desproporcionada de la energía de que dispone la sociedad, su acumulación de riqueza y poder roba a
los restantes miembros de la sociedad la energía disponible que necesitan para sobrevivir. La historia nos enseña que,
cuando la energía (riqueza) de una sociedad se concentra en manos de unos pocos individuos o instituciones hasta el
punto en que el resto de la sociedad sufre una escasez de energía tan grave como para poner en peligro su propia super-
vivencia, la sociedad se derrumba, emprende una revolución, o ambas cosas a la vez. Mientras la naturaleza se basa en
leyes biológicas de autorregulación para restaurar su equilibrio, la sociedad debe basarse en principios reconocidos de
justicia económica para lograr el mismo fin.
Para reducir la aceleración del proceso entrópico hace falta minimizar el flujo de energía y, al mismo tiempo,
redistribuir la menor cantidad de energía entre todos los miembros de la sociedad de una forma más equitativa. Si am-
bas cosas no se hacen simultáneamente, es muy improbable que el orden social pueda sobrevivir intacto durante el pe-
riodo de transición hacia una nueva base energética.
Sin una redistribución fundamental de la riqueza, todo lo que se diga acerca de reducir el flujo de energía y
respetar las limitaciones biológicas del planeta sólo conducirá a que los ricos encierren para siempre a los pobres en su
papel subordinado.

Valores e instituciones en una sociedad entrópica

En una cultura de alta entropía, el principal propósito de la vida consiste en utilizar el elevado flujo de energía
para crear abundancia material y satisfacer cualquier deseo humano concebible. Así pues, la liberación humana se
identifica con la acumulación de una mayor riqueza, y se concede un valor predominante a la transformación del medio
ambiente para extraer sus tesoros.
Tras haber eliminado a Dios de la sociedad, el sistema de valores materialista, de alta entropía, intenta conse-
guir un paraíso en la tierra. En el proceso, hemos colocado al hombre y la mujer en el centro de nuestro universo, y de-
finido el propósito último de nuestra existencia como la satisfacción de todas las necesidades materiales posibles, por
frívolas que sean. Hemos reducido la "realidad" a aquello que puede ser medido, cuantificado y sometido a prueba. He-
mos negado lo cualitativo, lo espiritual, lo metafísico. Hemos entronizado un dualismo que lo impregna todo: nuestras
mentes separadas de nuestros cuerpos; nuestros cuerpos separados del mundo "que los rodea". Nos hemos complacido
en los conceptos de progreso material, eficiencia y especialización, por encima de todos los demás valores.Y, al hacer-
lo, hemos destruido la familia, la comunidad, la tradición. Hemos dejado atrás todos los absolutos, excepto nuestra fe
absoluta en nuestra propia capacidad para superar todo lo que límite nuestra actividad física.
Ahora nuestra visión del mundo y nuestro sistema social se están convirtiendo en victimas del mismo proce-
so que condujo a su creación. Donde quiera que miremos, la entropía de nuestro mundo está alcanzando proporciones
abrumadoras. Nos hemos convertido en unos seres que luchan por sostenerse frente a un caos creciente. Cada día expe-
rimentamos una verdad que los biólogos conocen desde hace mucho tiempo: ningún organismo puede sobrevivir du-
rante mucho tiempo sumergido en sus propios desechos.
No cabe ninguna duda de que estamos necesitando un reajuste institucional fundamental. Nuestra estructura
social, organizada para un flujo máximo de energía, ya no es sostenible. Nuestras instituciones -su configuración, sus
objetivos, sus métodos de actuación- deben ser modificadas radicalmente. Pero antes de que podamos empezar a esbo-
zar siquiera las líneas generales de la naturaleza de la agricultura, la industria y el comercio en una sociedad de baja en-
tropía, hemos de volver nuestra atención hacia los principios básicos, aquellos valores subyacentes que confieren senti-
do y dirección a nuestras vidas. En su gira de conferencias por Estados Unidos, en 1977, el crítico social E.F. Schu-
macher señaló: "La necesidad más urgente de nuestra época es y seguirá siendo la necesidad de una reconstrucción
metafísica, de un esfuerzo supremo por llevar claridad a nuestras más profundas convicciones con respecto a las cues-
tiones de qué es el hombre, de dónde viene y cuál es el propósito de la vida".70 Son las grandes cuestiones de la exis-
tencia humana, cuestiones que han absorbido a la gente durante miles de años. Hoy en día, en nuestro día laboral, no
suele hablarse mucho de ellas y, en realidad, se las deja de lado por "precientíficas", porque no encajan con las pulcras,
limitadas y estandarizadas explicaciones del mundo que nos ofrece el paradigma newtoniano. Sin embargo, las grandes
cuestiones del pasado están destinadas a salir de nuevo a la luz en el mundo de baja entropía que nos aguarda, pues un
entorno energético de baja entropía proporciona una orientación completamente distinta en cuanto a los objetivos de la
humanidad. El principio ético fundamental en una cosmovisión de baja entropía consiste en minimizar el flujo de ener-
gía; un exceso de riqueza material se reconoce como una disminución irreversible de los preciosos recursos del planeta.
En la sociedad de baja entropía, la expresión "menos es más" no se toma por una frase manida, sino por una verdad de
la más elevada magnitud. Una sociedad de baja entropía no favorece el consumo material; en ella, la consigna es fruga-
lidad. Las necesidades humanas hallan satisfacción, pero no así los deseos caprichosos y extravagantes, como los que
hoy son atendidos en todos los centros comerciales del país.
La sabiduría tradicional, reflejada en todas las grandes religiones del mumdo, enseña desde hace mucho tiem-
po que el sentido último de la vida humana no consiste en la satisfacción de los deseos materiales, sino más bien en la
experiencia de liberación que se logra al hacerse uno con la unidad metafísica del universo. El objetivo es hallar "la
verdad que nos hará libres"; averiguar quiénes somos en realidad, identificarnos con el Principio Absoluto que engloba
toda existencia; conocer a Dios. En sánscrito, esto se expresa de una forma muy concisa: Tat tvam asi (Tú eres eso).
Conocer esto en la misma raíz de nuestro ser y dirigir nuestra vida de acuerdo con esta realidad trascendente: tal es el
desarrollo humano que se deriva de adherirse a la sabiduría tradicional.
El consumo desenfrenado, las posesiones y el apego general a las cosas materiales han sido desaconsejados
por todos los grandes maestros religiosos del pasado:
El cultivo y la expansión de las necesidades es la antitesis de la sabiduria. También es la antíte-
sis de la libertad y la paz. Todo aumento de las necesidades tiende a aumentar nuestra dependeneia de
fuerzas exteriores sobre las que carecemos de control, y por tanto aumenta el miedo existencial. Sólo por
medio de una reducción de las necesidades podemos alcanzar una verdadera reducción de esas tensiones
que son la causa última de los conílictos y la guerra.
Este punto es subrayado una y otra vez en toda la sabiduría tradicional. El antiguo místico cristiano Meister
Eckhart escribió: “Cuanto más tenemos, menos poseemos.” Un maestro religiosos sufí es descrito tradicionalmente co-
mo “aquel que ni posee ni es poseído”. El Mahatma Gandhi creía que “la esencia de la civilización no consiste en la
multiplicación de los deseos, sino en su renuncia deliberada y voluntaria”.71
Es importante comprender bien que las grandes enseñanzas religiosas no predican una pobreza abyecta y for-
zada. De hecho, toda la sabiduría tradicional proclama repetidamente la necesidad moral y espiritual de redistribuir la
riqueza de forma que todos puedan vivir dignamente. Lo que se recomienda, en cambio, es la contención, la sencillez,
la pobreza voluntaria, las limitaciones. Si nuestro objetivo consiste en trascender lo meramente material mediante la
contemplación de lo espiritual, las posesiones y el consumo sólo sirven para llenar de desorden nuestras vidas y con-
centrar nuestra atención en cosas transitorias, en la energía del mundo que constantemente se degrada. Con demasiada
frecuencia, los bienes que poseemos acaban poseyéndonos. Nos apegamos a ellos, tememos que nos sean arrebatados,
nos definimos no por lo que somos sino por lo que tenemos. En el Bhaga.vad Gita está escrito: “Al pensar en los obje-
tos de los sentidos, el hombre se apega a ellos. Del apego nace el anhelo, y del anhelo la ira. De la ira surge el autoen-
gaño, y el autoengaño causa la pérdida de la memoria. Con la pérdida de la memoria, se destruye la facultad discrimi-
nativa, y con la pérdida de la discriminación el hombre perece”.72 O, expresado en términos actuales: si no tienes co-
che, no tienes que preocuparte por los neumáticos radiales, las colas en las gasolineras, los atascos de tráfico y los
ladrones de coches.
En una cultura de baja entropía, se espera del individuo que lleve una existencia mucho más frugal o esparta-
na. El consumo deja de considerarse como un fin de la existencia humana y recupera su función biológica original. En
la nueva era, cuanto menos producción y consumo hagan falta para mantener una vida sana y digna, tanto mejor.
Las culturas de alta y baja entropía difieren también en su concepto del trabajo y la producción. En un entor-
no de alta energía, el trabajo humano carece de un valor positivo real. El proposito del sistema es aumentar el flujo de
energía mediante la eliminación del trabajo humano y la automatización de todas las fases del proceso de producción.
La productividad y el crecimiento económico se convierten en fines exclusivos de la economía. Allí donde los seres
humanos intervienen en la producción de bienes y servicios, se utilizan técnicas científicas de administración para eli-
minar la creatividad y la toma individual de decisiones, mediante la estandarización del método de producción. El tra-
bajo, y sobre todo el trabajo físico, se juzga denigrante, algo que debe evitarse. Nuestra sociedad está plagada de dispo-
sitivos para “ahorrar trabajo” que apartan de las manos humanas todas las funciones laborales. Las diferencias de sala-
rio reflejan nuestra actitud hacia el trabajo: quienes trabajan con sus manos y sus músculos se hallan casi universalmente
en lo más bajo de la escala; los ejecutivos de camisa y corbata que pasan su jornada laboral sentados tras un escritorio
están en la cúspide.
Según el concepto moderno de las cosas, el trabajo es un mal necesario, una carga que debemos soportar a fin
de ganar dinero para poder hacer lo que realmente nos gusta. Cuando alguien gana una gran suma de dinero en la lote-
ría, lo primero que quieren saber los periodistas es: “¿Dejará usted de trabajar ahora que se ha vuelto rico?” Y si el ga-
nador regresa a su trabajo, quedan todos atónitos. En cuanto a lo que se produce, eso apenas importa; el único principio
básico es “cuanto más, mejor”. Nadie asume la responsabilidad de determinar si una cosa debe ser producida o no:
siempre que pueda abrirse un mercado para el artículo en cuestión, el artículo será producido. Así, la sociedad se ve
inundada con una plétora de objetos materiales: hornos de microondas, secadores de pelo, automóviles que envenenan
el aire y medicamentos que envenenan el cuerpo.
En tanto que el industrialismo ve el consumo como el fin lógico de la producción, y el trabajo sólo como un
medio para alcanzar este fin, en una sociedad de baja entropía el trabajo se convierte en un componente esencial de
nuestro esfuerzo por alcanzar un estado superior de conciencia. En una sociedad de alta entropía, el trabajo es seculari-
zado; se divide y se mide según el reloj y la productividad, y es una carga porque carece de un significado trascendente.
En una sociedad de baja entropía, el trabajo humano es sacralizado como cualquier actividad que nos ayude a “saber
quiénes somos realmente”. Asi pues, el trabajo lleva inherente un valor positivo. En su ensayo “Buddhist Economics”,
E.F. Schumacher sugiere que este valor es triple: “Dar a la persona la posibilidad de utilizar y desarrollar sus faculta-
des; permitirle que supere su egocentrismo al participar con otras personas en una tarea común; producir los bienes y
servicios necesarios para una existencia digna”.
En una cultura de baja entropía, el trabajo se concibe como una actividad tan necesaria para el correcto equili-
brio vital como puedan serlo el sueño, la contemplación o el juego. Sin trabajo, el ser humano está incompleto. La per-
sona obsesionada por “ahorrar trabajo” y entregarse interminablemente al ocio es tan incapaz de comprender la verda-
dera naturaleza de la realidad como la persona que se halla perdida en la selva de espejismos que nace del apego al con-
sumo y las posesiones.
No cualquier tipo de trabajo puede considerarse apropiado. En primer lugar, lo más importante, el trabajo de-
be estar pensado para que proporcione dignidad y propósito al trabajador. El trabajo debe tener una escala humana,
cierto tipo de organización que pueda “dar a la persona la posibilidad de utilizar y desarrollar sus facultades”. En la
prác tica, esto significa que el tipo de tecnología utilizada en el trabajo posee una importancia crítica, tanto en un senti-
do metafísico como termodinámico. La Ley de la Entropía nos enseña que cuanto mayores sean las herramientas de
trabajo -las máquinas, las fábricas-, más capital y energía necesitan y más entrópicas se vuelven. Desde un punto de re-
fe rencia metafísico, la escala de las herramientas de trabajo también es crítica, pues cuanto mayores y más centraliza-
das sean, más se reduce el papel de la persona a un mero elemento de producción entre otros. En una cadena de monta-
je de automóviles, por ejemplo, los obreros deben hacer fundamentalmente lo que la máquina “quiere”, porque el pro-
ceso de producción está centrado en la máquina y no en el individuo. El ser humano pierde importancia en el proceso
de trabajo, y, cuando ocurre esto, la autosuficiencia humana queda disminuida: el obrero forzosamente pasa a depender
de las máquinas para ganarse la vida.
Junto con la escala y el tipo de la tecnología, también la organización de la producción y de la toma de deci-
siones cobran un especial relieve. Como ya hemos visto, la especializacion de la actividad humana en el puesto de tra-
bajo es consecuencia inevitable de una economía de alta entropía. Las técnicas de administración cientifica, la separa-
ción sistemática de los pensamientos y la acción. de la concepción y la realización, están calculadas para maximizar la
productividad mediante la conversión de los trabajadores en autómatas no pensantes. Una vez más, comprobamos que
el trabajo en si no se valora; sólo el producto de ese trabajo.
Del mismo modo, la estructura autoritaria del lugar de trabajo roba al obrero individual la posibilidad de unir-
se con sus compañeros en una comunidad donde pueda tomar decisiones y desarrollar su talento. Al no poder unirse
con otros para explotar su potencial y su creatividad, el individuo se ve obligado a encerrarse en un cascarón en el que
no tiene derechos significativos ni responsabilidades respecto a su trabajo. Sólo le queda un empleo, un lugar donde ga-
nar dinero, un entorno degradante al que debe someterse durante ocho horas cada día.
En lo referente a gobierno -tanto político como económico-, una cultura de baja entropía sostiene la idea de
que “el mejor gobierno es el que menos gobierna”. Se prefiere la democracia popular al gobierno de unos pocos, y se
tiende a los arreglos económicos que permiten a cada persona tener voz y voto en los asuntos que afectan a su propia
vida, tanto en el lugar de trabajo como en la comunidad. Las formas políticas y económicas preferidas son las empresas
autogestionadas y dirigidas por los propios trabajadores y pequeñas ciudades-estado dirigidas democráticamente. La
democracia participativa y descentralizada es preferible, no sólo por razones morales o filosóficas, sino porque minimi-
za el flujo de energía y, en consecuencia, reduce la aeumulación de desorden. Como ya hemos visto más de una vez, las
instituciones políticas y económicas altamente centralizadas sólo consiguen aumentar el flujo de energía y la acumula-
ción de trastornos. Por consiguiente, carecen de lugar en una cultura entrópica basada en la limitación del flujo de re-
cursos energéticos.
En una cultura de baja entropía, el concepto de propiedad privada se aplica a los servicios y bienes de consu-
mo, así como a los bienes raices de uso familiar, pero no a las grandes extensiones de tierra ni a otros recursos renova-
bles y no renovables. La práctica de la explotación privada de la propiedad “natural”, aceptada durante tanto tiempo, es
sustituida por el concepto de protección pública. La ortodoxa opinión económica de que el interés personal de cada in-
dividuo sumado al interés propio de todos los demás conduce siempre al bien común de la sociedad es acogida con sus-
picacia o, más adecuadamente, con franca irrisión. Se protegen los derechos del individuo, pero ya no se consideran co-
mo el único punto de referencia válido para juzgar la sociedad. En cambio, el concepto de los deberes y responsabilida-
des públicos gana de nuevo ascendencia como motivo social predominante, como ha sucedido durante la mayor parte
de la historia.
En una sociedad de baja entropía, la visión moderna del hombre y la mujer divorciados del funcionamiento
del ecosistema cede su lugar a una comprensión posmoderna de la interrelación de todos los fenómenos. Una cultura de
baja entropía ve al hombre y la mujer como parte de la naturaleza, no al margen de ella. La naturaleza pasa a ser, no ya
una herramienta para la manipulación, sino la fuente de la vida, que debe ser preservada en todos los aspectos de su
funcionamiento. Una vez se comprende que los seres humanos son parte integral de la naturaleza, se establece una base
ética que permite juzgar la conveniencia de todas las actividades humanas. Por ejemplo, una sociedad de baja entropía
consideraría obscena cualquier política económica que contribuyera a la destrucción de otra especie. Todas las especies
deben respetarse, sencillamente porque cada una de ellas posee un derecho inherente e inalienable a la propia vida en
virtud de su existencia. La primera ley de la ecología nos dice que “todo está relacionado con todo lo demás”. La des-
trucción de cualquier parte de la naturaleza afecta a todas las demás partes, entre las que se cuenta la especie humana.
En una sociedad de baja entropía, la idea de “conquistar” la naturaleza es reemplazada por la idea de vivir en
armonía con las demás criaturas y con el medio ambiente total. Los seres humanos tienen la responsabilidad de preser-
var la naturaleza en la mayor medida posible, de forma que aquellos que todavía han de nacer-tanto personas como
cualquier otro animal- puedan disfrutar de la vida cuando llegue su momento.
Todos los grandes maestros de la sabiduria tradicional han sostenido los valores de una vida de baja entropia.
Buda, Jesucristo, Mahoma, los profetas de Israel y los mahatmas de la India, todos ellos llevaron vidas ejemplares ba-
sadas en la sencillez, la pobreza voluntaria y el compartir en común. Sus enseñanzas expresaban valores semejantes pa-
ra toda la sociedad. En nuestro propio siglo, Mohandas Gandhi puso en marcha todo un movimiento de liberación basa-
do en un sistema de valores de baja entropía. Por encima de todo, la visión entrópica del mundo nos muestra los limites
físicos con que nos enfrentamos: los limites de los recursos de nuestro planeta y los límites que debemos imponer al
uso de la tecnología.
Actualmente nos hallamos al borde de una divisoria entrópica histórica. Según vayamos iniciando la transi-
ción desde una era de recursos no renovables a la Era Solar, experimentaremos mucho más que un simple cambio en el
tipo y la cantidad de energía que utilizamos. El paso de un sistema de alta entropía a otro de baja entropía transformará
nuestros valores, nuestra cultura, nuestras instituciones económicas y políticas, nuestra vida cotidiana. Los precursores
de estos vastos cambios ya están entre nosotros. Aunque de momento los indicios son fragmentarios, e incluso a veces
contradictorios, millones de personas ya están empezando a orientar sus vidas en formas que reflejan la inminente divi-
soria entrópica. Un informe publicado en 1976 por el Instituto de Investigaciones de Stanford, por ejemplo, calculaba
que entre 4 y 5 millones de norteamericanos adultos han preferido reducir drásticamente sus ingresos y se han retirado
de sus anteriores posiciones como participantes activos en la economía industrial, de consumo y de alta entropía. Estas
personas han abrazado lo que podría denominarse, con toda precisión, una “sencillez voluntaria”; una forma de exis-
tencia de baja entropía basada en un consumo frugal; un interés predominante por el crecimiento interior y personal por
encima del materialismo; una creciente conciencia ecológica. Según el citado Instituto, entre 8 y 10 millones más de
norteamericanos ya han adoptado algunos aspectos de este estilo de vida más sencillo.74
Aun las personas más estrechamente apegadas al consumismo, el industrialismo y vida urbana están comen-
zando a introducir modificaciones personales en su forma de vida que parecen reflejar la crisis entrópica. Tanto si se
deben a una necesidad ineludible como a una elección personal, estos cambios en la forma de vivir constituyen otros
tantos pasos significativos hacia la institucionalización de la nueva visión del mundo. Podríamos indicar muchos pe-
queños ejemplos: el significativo crecimiento de la jardineria urbana; los mercados de granjeros que se reabren y pros-
peran en ciudades de todo el país; las estufas de leña, que aparecieron como novedad hace pocos años y ahora se ven-
den más deprisa de lo que pueden fabricarse; el considerable aumento en las ventas de bicicletas, a medida que este
vehiculo se con vierte en una auténtica alternativa al automóvil; la multiplicación de empresas arquitectónicas con
mentalidad ecologica que diseñan viviendas solares pasivas; las compañias de tecnologías alternativas que surgen por
todo el pais; el creciente desarrollo de una industria artesanal y de un movimiento de medicina preventiva. Todos estos
ejemplos no son más que fragmentos del nuevo orden mundial, pero señalan el camino.
Con todo, sería un error fundar demasiadas esperanzas en estos signos alentadores. La transición a la Era So-
lar no se realizará fácilmente. Puesto que nuestra sociedad ha sido diseñada para maximizar el flujo de energia, el adve-
nimiento del nuevo entorno energético trastocará nuestra forma de vivir. Serán necesarios muchos esfuerzos y sacrifi-
cios para superar el periodo de transición. Refiriéndose a otro imperio en otra época, C.W. Hollister, profesor de histo-
ria medieval en la Universidad de California en Santa Bárbara, bosquejó quizás algunos elementos de nuestro propio
destino. La caida de Roma, señala, “trajo consigo desorganización y barbarie, pero también ofreció a Europa la posibi-
lidad de un nuevo comienzo, una escapatoria a las viejas costumbres y los convencionalismos carentes de vida, una li-
beración de la asfixiante cárcel que el imperio romano habia llegado a ser para la mayoría de sus habitantes... La vida
en el ‘oeste’ posromano era arriesgada, ignorante, sucia y sumamente insegura, pero tal era el precio del nuevo comien-
zo. Las épocas de cambios trascendentales rara vez resultan cómodas”.75
Cuando volvemos nuestra atención hacia el orden emergente, es natural que nos interese averiguar cómo esta-
rá organizada la sociedad y cómo resultará afectada nuestra vida. Por supuesto, no podemos adivinar todos los detalles
concretos, del mismo modo que Bacon, Locke y Adam Smith no hubieran podido prever cómo iban a fructificar sus fi
losofias, varios siglos más tarde, en las modernas sociedades tecnológicas del siglo xx. Sin embargo, basándonos en los
principios generales del paradigma de baja entropía, ya podemos comenzar a prever los rasgos principales de la impo-
nente reforma social que nos aguarda.
En la Era Solar, la agricultura actual será sustituida por una agricultura orgánica diversificada. La agricultura
orgánica no utiliza abonos ni pesticidas quimicos, sino que se basa en el empleo de abonos naturales y enemigos natu-
rales de las plagas. Los estudios realizados para comparar la agricultura orgánica con la química demuestran que, aun-
que el rendimiento por hectárea es aproximadamente igual, la agricultura orgánica utiliza un 60 por ciento menos de
energía: las granjas orgánicas utilizan 6.800 BTU (1.715 k/cal.) de energía por cada dólar de producción, mientras que
las granjas convencionales utilizan más de 18.400 BTU (4.640 k/cal.). Uno de tales estudios comprobó que, mientras el
coste medio de la agricultura convencional -que utiliza maquinaria agricola altamente mecanizada y grandes cantidades
de abonos y pesticidas químicos- se cifraba en unos 117 dólares por hectárea, el coste de una granja orgánica era de só-
lo 77 dólares por hectárea.76 A medida que el precio de la energía vaya aumentando en los próximos años, la agricultu-
ra orgánica resultará una alternativa aún más viable económicamente, por no hablar del hecho de que la agricultura or-
gánica produce cosechas de mayor valor nutritivo y crea menos contaminación en el medio ambiente.
La transición global de la agricultura química a la orgánica será uno de los grandes retos de los próximos de-
cenios. Como ya hemos indicado, los abonos químicos utilizados en la agricultura de la “revolución verde” emiten
NO2, uno de los principales gases invernadero que contaminan la atmósfera del planeta. Se hace necesario financiar
nuevos programas de investigaciones que proporcionen alternativas viables a los abonos quimicos. Lamentablemente,
el Departamento de Agricultura de Estados Unidos canceló un pequeño programa piloto sobre agricultura orgánica a
comienzos de los años ochenta, y sólo inició un nuevo programa, muy de mala gana, cuando el Congresó lo obligó por
ley a que lo hiciera.
Investigadores de todo el mundo están buscando activamente plantas que fijen eficazmente el nitrógeno y
puedan utilizarse para enriquecer el suelo, a fin de reducir la dependencia de los abonos artificiales de origen químico.
En Asia se está experimentando un alga azul verdosa que convive con el helecho Azolla microphylla. Los agricultores
filipinos que plantan Azolla microphylla en sus arrozales han podido reducir el uso de abonos en un 50 por ciento sin
ningún perjuicio para el rendimiento de sus cosechas.77 En Nigeria, el Instituto Internacional de Agricultura Tropical
está experimentando con un arbusto africano, Sesbania rostrata, como fuente potencial de nitrógeno para enriquecer el
terreno.78
En Africa Occidental, los agricultores suelen plantar tradicionalmente árboles de Acacia albida junto a sus
cultivos de sorgo y de mijo para aumentar el contenido de nitrógeno de la tierra.79
El Instituto de la Tierra, en Salina (Kansas), está estudiando los permacultivos, una forma de agricultura que
consiste en plantar en el mismo campo una variedad de hierbas perennes, girasoles, legumbres y cereales, en vez de
una sola especie. La idea, según Wes Jackson, fundador del instituto, consiste en reproducir las condiciones naturales
de la pradera: en una pradera silvestre florece una gran cantidad de plantas distintas bajo extremas fluctuaciones climá-
ticas, con sequías e inundaciones, con intenso calor o frío. La tierra de la pradera, además, retiene el agua y conserva
los nutrientes con mucha eficacia. En el Instituto de la Tierra, los investigadores plantan juntas diversas especies nati-
vas, como la bundle flower (parecida al altramuz) de Illinois, el girasol maximillianii, gramíneas de oriente, y sorgo, le-
gumbres y sen silvestre.
La bundle flower, una leguminosa, es rica en proteínas y absorbe el nitrógeno de la atmósfera
para enriquecer el suelo con un abono natural. Las legumbres y ciertas gramíneas producen extensas redes
de raíces y son sumamente resistentes a la sequía. Todas las plantas son resistentes a las enfermedades y
parecen capaces de rendir una buena producción de semilla.s 80

Este innovador enfoque de lo que podría denominarse una agricultura posmoderna combina antiquísimas
prácticas agrícolas, prácticamente abandonadas durante el breve reinado de la Revolución Verde, con nuevos experi-
mentos ecológicos sumamente complejos. Mediante esta combinación de la sabiduría tradicional con los últimos ade-
lantos de las ciencias ecológicas resulta posible poner en marcha un programa de desarrollo agrícola regenerativo ca-
paz de apartar gradualmente al mundo de su adicción a las prácticas agrícolas de base petroquímica.
La mayor utilización de plantas capaces de fijar nitrógeno, el creciente recurso al compost y abonos orgáni-
cos y la experimentación con nuevas alternativas agrícolas, como los permacultivos, mejorarán significativamente la
calidad nutriente del suelo y proporcionarán alternativas viables que permitan suprimir los aportes de energía petroquí-
mica.
Asimismo, la tendencia al calentamiento del planeta está suscitando un renovado interés hacia nuevas espe-
cies de plantas alimenticias capaces de adaptarse a cambios radicales en el entorno atmosférico. Los antropólogos han
identificado más de 3.000 especies vegetales utilizadas como alimento por diversas culturas a lo largo de la historia.
Sin em bargo, la humanidad actual depende casi exclusivamente de dieciséis cultivos principales.81 Muchas de estas
especies exigen una irrigación intensiva y aportes de energía artificial, y sólo pueden crecer en una limitada franja cli-
mática. La modificación radical de las condiciones at mosféricas, sobre todo en las latitudes medias del planeta, perju-
dicará gravemente el rendimiento e incluso amenazará la supervivencia de estos cultivos tradicionales. Los institutos
de investigación agrícola ya han comenzado a buscar alimentos alternativos capaces de sobrevivir bajo regímenes cli-
máticos muy variables. En Estados Unidos, el Centro de Investigaciones Rodale, en Pennsylvania, está experimentando
con un cereal resistente a la sequía llamado amaranto, que es nativo del continente americano y fue utilizado por la
antigua civilización azteca como base de su alimentación.
A medida que vayamos entrando en la Era Solar, la agricultura centralizada en gran escala que hoy prevalece
en Estados Unidos tendrá que competir con una nueva agricultura bio-regional en pequeña escala. El precio de la ener-
gía para el transporte de los productos agrícolas a través del país hasta los mercados más remotos pronto será tan alto
que, en algunos casos, la agricultura local y regional proporcionará una alternativa económica menos onerosa. Los
mercados de granjeros, que antaño existían en pueblos y ciudades de todo el país, están empezando a reaparecer; ago-
biados por el coste de los intermediarios que intervienen en el tratamiento y comercialización de los alimentos, agricul-
tores y consumidores comienzan a entenderse directamente.
Aunque la vida urbana no desaparecerá en la Era Solar, el reinado de las megalópolis llegará a su fin. Las
“grandes” ciudades tendrán que reducirse gradualmente hasta niveles preindustriales, del orden de unos 100.000 habi-
tantes. Esta escala reducida estará en consonancia con la capacidad del medio ambiente para producir alimentos y ener-
gía solar. Además, numerosos estudios realizados en años recientes indican que, cuando los centros urbanos crecen más
allá de los 100.000 habitantes, los desórdenes también crecen a un ritmo alarmante. Como hemos visto antes, las gran-
des ciudades son desproporcionadamente caras de mantener y presentan un índice mucho más alto de delincuencia, en-
fermedades mentales, contaminación y otras clases de desorden. En la Era Solar, las grandes ciudades representarán
sencillamente un derroche inaceptable de recursos preciosos.
Junto a esta reducción en el tamaño de las ciudades, los años venideros conocerán también una profunda reo-
rientación de los sistemas de transporte. El elevado precio de la energía impondrá un cambio radical en las pautas de
transporte, abandonando automóviles y camiones en favor de un mayor uso de los transportes colectivos y los ferroca-
rriles de larga distancia.
Del mismo modo, la bicicleta pasará a ser un medio de transporte cada vez más generalizado. Entre 1978 y
1988, el número de norteamericanos que utilizaba la bicicleta para desplazarse de casa al trabajo se multiplicó por cua-
tro. Los especialistas en transporte señalan que, si las comunidades establecen carriles seguros para bicicletas en las
principa les carreteras y permiten el acceso de los ciclistas a trenes y autobuses, la bicicleta puede convertirse en una
alternativa factible para millones de norteamericanos, como ya sucede en otros países como China, Holanda o Suecia.
Muchas ciudades están empezando a prestar atención a los ciclistas. En Santa Barbara, más de 40.000 ciclistas por año
utilizan el sistema especial de autobuses con remolque para bicicletas. Más de un 30 por ciento de ellos sustituyeron el
automóvil por la bicicleta para sus desplazamientos porque podían disponer de los autobuses con remolque que aumen-
taban su radio de viaje. Del mismo modo, la creación de aparcamientos para bicicletas en las estaciones de los transpor-
tes públicos favorecerá que un mayor número de viajeros utilice una combinación de bicicleta y transporte público en
lugar de depender exclusivamente del automóvil.
Nuestra vida social y económica experimentará importantes alteraciones como resultado de esta modificación
en los medios de transporte. Los desplazamientos ocuparán una parte menor de nuestro tiempo libre, que tenderá a
transcurrir en casa o cerca de ella. Los lugares de trabajo empezarán a situarse en un radio cada vez más próximo a las
zonas donde hay mano de obra disponible. Los promotores y urbanizadores comienzan a atender a la demanda de
nuevos modos comerciales y residenciales de vivir y trabajar que reflejen un estilo de vida de baja entropía. En ciuda-
des pequeñas como Seaside y Charleston Place, en Florida, o los Mashpee Commons de Cape Cod, en Massachussets,
el nuevo prototipo de desarrollo urbano es la denominada ciudad “neotradicional”. En la restauración de comunidades
ya existentes o la construcción de otras nuevas, los arquitectos han comenzado a copiar los rasgos más destacados de
las ciudades del siglo xIx. El movimiento “neotradicional” se basa en la idea de integrar estrechamente las oficinas, las
tiendas y las viviendas en zonas concentradas, permitiendo así que la gente viva, trabaje y se relacione socialmente en
un entorno autosuficiente. Este movimiento contrasta radicalmente con toda la planificación que tuvo lugar durante los
tres decenios siguientes a la segunda guerra mundial, cuando urbanistas y arquitectos separaron viviendas, oficinas y
comercios, edificando extensas zonas residenciales en las afueras, y concentrando los distritos de negocios dentro de
las ciudades y construyendo centros comerciales gigantescos, conectados únicamente por carreteras. En la edición de
marzo de 1988 de Atlantic Monthly, Philip Langdon resumía el auge de esta tendencia con la observación de que mu-
chas familias norteamericanas ya no eran capaces de hacer frente a las exigencias de tiempo de una cultura de carrete-
ras colapsadas. Como resultado, mucha gente está empezando a buscar comunidades donde puede accederse a las di-
versas comodidades de la vida sin utilizar el automóvil, en un entorno de orientación más rural y a escala con las nece-
sidades humanas.
De acuerdo con la naturaleza de una economía de baja entropía, basada en las necesidades pero no en los lu-
jos ni las frivolidades, la producción se centrará en los bienes necesarios para sostener la vida. Para comprender hasta
qué punto quedará reducida la producción, sólo hace falta visitar un centro comercial suburbano y preguntarse: “¿Cuán-
tos de estos productos son siquiera marginalmente útiles para el sostenimiento de la vida?” Una valoración sincera no
podrá por menos que reconocer que la mayor parte de los artículos producidos en la economía actual son sencillamente
superfluos.
La producción que se mantenga tendrá que desarrollarse según ciertas orientaciones básicas en concordancia
con el paradigma de baja entropía. En primer lugar, la producción debería ser descentralizada y localizada. En segundo
lugar, las empresas productoras deberían organizarse democraticamente como empresas autogestionadas. En tercer lu-
gar, la producción debería minimizar el uso de recursos no renovables. Todos estos puntos responden plenamente a las
exigencias éticas y energéticas de la visión entrópica del mundo. Desde luego, la aplicación de estos principios implica
necesariamente que será imposible producir determinados artículos; por consiguiente, habrá que adoptar una nueva éti-
ca como piedra de toque para determinar qué es lo que debe producirse en una sociedad de baja entropía. Si el artículo
en cuestión no puede ser producido localmente por la comunidad, utilizando una tecnología y unos recursos fácilmente
disponibles, lo más probable es que su produccion no sea en absoluto necesaria.
Los usos de la tecnología también cambiarán radicalmente en el futuro. Una vez se comprende que la tecno-
logía es fundamentalmente un transformador entrópico que convierte la energía de un estado utilizable en otro no utili-
zable, se advierte claramente que cuanto menos recurramos a tecnologías complejas con gran consumo de energía me-
jor estaremos.
En una sociedad de baja entropía, las tecnologías gigantes, centralizadas y con grandes necesidades de capital
y de energía serán descartadas en favor de lo que se denomina tecnología adecuada o intermedia. El escritor futurista
Sam Love define la tecnología adecuada como aquélla “producida localmente, de funcionamiento basado en la mano
de obra, descentralizadora, reparable, accionada por una energía renovable, ecológicamente sana y tendente a reforzar
la comunidad”.83 E.F. Schumacher, considerado el padre del movimiento hacia la tecnología intermedia, dice que esta
forma de técnica de baja entropía es “incomparablemente superior a la tecnología primitiva de épocas pasadas, pero al
mismo tiempo mucho más sencilla, barata y libre que la supertecnología de los ricos. También podríamos llamarla una
tecnología de autoayuda, o tecnología popular o democrática; una tecnología a la que cualquiera puede tener acceso y
que no está reservada a los ricos y poderosos”.8 4
Finalmente, la era de baja entropía hacia la que nos estamos dirigiendo exigirá una gran reducción de la po-
blación del planeta. La explosión demográfica mundial sólo puede comprenderse realmente cuando se examina en el
marco de la termodinámica. Imaginemos nuestro mundo en un principio, antes de que comenzara el desarrollo y la evo-
lución de la vida. El planeta estaba cubierto de mares, montes y valles. Entonces, hace unos 3.000 millones de años,
surgió la vida, desarrollándose literalmente gracias a los recursos energéticos contenidos en el planeta y procedentes
del Sol. Al igual que todas las demás formas de vida, cuando el homo sapiens apareció en el planeta hace unos 3 millo-
nes de años, se sostenía absorbiendo la energía de los recursos renovables derivados del Sol. Puesto que la vida se basa-
ba en este flujo solar descentralizado, el número absoluto de pobladores se mantenía rela tivamente bajo. La densidad
de población fue aumentando muv lentamente: para llegar a los mil millones de habitantes, hizo falta toda la historia de
la humanidad hasta el año 1800 aproximadamente.
A partir de ahí, comenzó a precipitarse la explosión. Como ya hemos visto antes, para llegar a los 2.000 mi-
llones de seres humanos sólo hicieron falta cien años. Los 3.000 millones se alcanzaron en treinta años, entre 1930 y
1960. En quince años más, se llegó a los 4.000 millones de habitantes. Manteniendo la actual tasa de crecimiento, la
población del mundo volverá a doblarse para el año 2015,con 8.000 millones de habitantes, y en el 2055 se cifrará en
16.000 millones. Esta explosión demográfica coincide exactamente con el paso mundial de una economía agrícola (ba-
sada en el flujo solar) a un sistema industrializado (basado en la extracción de recursos energéticos no renovables). Di-
cho de otro modo, no son sólo nuestros edificios, automóviles y demás productos los que están hechos a base de com-
bustibles fósiles y recursos no renovables; en cierto sentido, los 5.000 millones de personas que pueblan hoy el planeta
se deben a la conversión de miles de millones de años de energía solar acumulada. No debería sorprendernos, pues, que
la era industrial basada en recursos no renovables represente menos de un 0,02 por ciento de la historia humana, y aun
así “el 80 por ciento del aumento de la población humana se haproducido durante este periodo”.85
Este crecimiento de la población tiene unas implicaciones termodinámicas abrumadoras. En la era preindus-
trial, la capacidad sustentadora del planeta sólo daba para 1.000 millones de personas, e incluso esta cifra imponía una
grave presión a los recursos mundiales. Como resultado directo del mayor flujo de energía derivado de los recursos no
renovables acumulados, se añadieron 4.000 millones de personas más a la carga del planeta. Sin este flujo de energía,
no habría manera de sostener tal población. Sin embargo, como ya hemos visto, el carácter limitado y finito de los re-
cursos planetarios hace imposible mantener durante mucho tiempo el flujo de energía de los últimos 200 años. Por esta
causa, resulta esencial que el mundo comience con renovado vigor un programa serio tendente a reducir la población
de la Tierra en el curso de los próximos decenios. El mundo debe regresar de nuevo a unos niveles de población soste-
nibles. La población del mundo disminuirá, de eso no cabe ninguna duda. La cuestión es cómo lo hará. Se han presen-
tado muchas propuestas concretas: autorizar a los padres a tener un máximo de dos hijos, modificar las leyes impositi-
vas de forma que las personas con hijos deban pagar una importante penalización por cada descendiente adicional, y
otros programas tan drásticos como el que llevó a la esterilización de 11 millones de indios durante el gobierno de Indi-
ra Ghandi. Todos estos programas resultan desagradables, en el mejor de los casos, porque vienen impuestos desde fue-
ra por la sociedad. La única alternativa que existe es la plena internalización del paradigma entrópico, de manera que
nosotros mismos limitemos voluntariamente la población refrenando nuestros deseos individuales de tener hijos. Una
vez hayamos comprendido claramente que cada hijo que traemos al mundo está imponiendo una carga a las generacio-
nes sucesivas, a las que priva de su parte de los recursos necesarios para sostener la vida, entonces podremos adoptar
un sistema de valores que conduzca a un programa humano de control de natalidad.
Para la mayoría de los norteamericanos, la mención del control de natalidad conjura inmediatamente visiones
maltusianas de la India y otros países superpoblados del Tercer Mundo. Y, por supuesto, es urgente que estos países po-
bres tomen medidas para limitar sustancial mente su población. Pero antes de que se nos ocurra pensar que el problema
de la superpoblación es exclusivo del Tercer Mundo, recordemos que lo importante no es sólo el número de individuos
físicos existentes, sino también la cantidad de energía consumida por cada uno de estos individuos. Como ya hemos
visto, Estados Unidos está gastando una cantidad de recursos planetarios no renovables equivalente al consumo de
22.000 millones de personas. Un mapa demográfico del planeta basado no en el número de habitantes, sino en el con-
sumo de energía, nos permitiría ver claramente que el mayor problema de superpoblación del mundo actual se da en
Estados Unidos. Así pues, no sólo debemos actuar para reducir la cifra absoluta de habitantes, sino que también de be-
mos reducir drásticamente nuestro consumo de energía.
La enumeración de las diferencias entre los sistemas sociales de alta y baja entropía podría prolongarse inde-
finidamente, pero incluso este breve examen de la naturaleza general de la naciente sociedad entrópica debería permi-
tirnos comprender que se imponen grandes transformaciones. Desde nuestro punto de vista, los cambios inminentes
quizá no parezcan muy deseables. No nos engañemos: la mayoría de nosotros, que hemos vivido en una época de abun-
dancia material sin precedentes y estamos adoctrinados por la educación, la televisión y la publicidad, somos hedonis-
tas en mayor o menor medida. Nicholas Georgescu-Roegen se pregunta si seremos capaces de desprendernos de nues-
tra presente visión del mundo:

¿Aceptará la humanidad cualquier programa que restrinja su adicción a las comodidades exosomáticas? Tal
vez su destino consista en tener una existencia breve, pero intensa, emocionante y derrochadora, antes que una vida
larga, sin acontecimientos y vegetativa. Dejemos que otras especies sin ambiciones espirituales -las amebas, por ejem-
plo- hereden una tierra aún bañada en abundante luz solar.86
Si la tarea que tenemos delante nos parece imposible de realizar, es sólo porque seguimos contemplándola
desde un punto de vista newtoniano. Nuestra visión del mundo no puede prestarnos la confianza y el interés que necesi-
tamos para superar la actual crisis histórica, porque se halla enraizada en el entorno energético existente. Sólo el para-
digma entrópico nos proporciona una guadaña lo bastante afilada como para segar la maraña de residuos de esta cultu-
ra condenada a muerte y lo bastante ancha como para despejar un camino practicable hacia el amanecer de una nueva
era.
Sólo estaremos preparados para rehacer nuestra cultura cuando hayamos revisado parte de nuestras caducas
formas de pensar y actuar y adoptado realmente la nueva visión entrópica del mundo. El nuevo orden de las eras debe
comenzar con una revolución en la ciencia, la educación y la religión. En todos los terrenos, las viejas estructuras me
canicistas deben ser corregidas y reforzadas con nuevas estructuras construidas según las exigencias de la segunda ley.

Una reformulación de la ciencia

Es un hecho curioso que. justo cuando el hombre de la calle ha empezado a creer decididamente
cn la ciencia, el hombre del laboratorio empieza a perder la fe. Cuando yo era joven, la mayor parte de
los físicos no albergaba la menor duda de que las leyes de la física nos dan una información veraz sobre
los movimientos de los cuerpos y están constituidas por el tipo de entidades que aparecen en las ecuacio-
nes de los físicos.87

Estas palabras proceden de Bertrand Russell. Si la gente supiera lo que los fisicos de hoy saben, la visión
mecanicista del mundo se vendría abajo de golpe. Según los científicos actuales, los supuestos de la física clásica sobre
los que hemos erigido con plena confianza nuestra forma de organizar la vida resultan en gran medida falsos.
Tomemos, por ejemplo, la idea expuesta por Bacon y Descartes de que el mundo podía ser comprendido y or-
ganizado según el “método científico”, es decir, la separación de las cosas en sujetos y objetos susceptibles de ser cuan-
tificados y medidos con precisión mediante fórmulas matemáticas. La teoría cuántica contradice de plano esta premisa
exageradamente simplista. A comienzos del siglo xx, los científicos comenzaron a escrutar cada vez más profundamen-
te el microcosmos de la vida, tratando de localizar, aislar y medir la partícula de materia más fundamcntal del universo,
y descubrieron que, a medida que profundizaban y descubrían elementos cada vez más minúsculos, el final de la bús-
queda parecía cada vez más lejano. Finalmente, llegaron a la conclusión de que todo el proceso era como una gigantes-
ca broma cósmica que se desarrollaba a sus expensas. La comunidad científica quedó muy sorprendida cuando el fisico
alemán Heisenberg descubrió que “la observación objetiva de las partículas atómicas era una imposibilidad, pues la
misma naturaleza de dichas partículas es tal que el propio acto de observación perturba y modifica el objeto, en lugar
de fijarlo y preservarlo”. 88 Heinsenberg y quienes le siguicron hacia el micromundo de la física cuántica comprobaron
con sus observaciones que la medición precisa de la materia -base de la física clásica- es una imposibilidad, puesto que
exige la determinación simultánea de la velocidad y la ubicación de un objeto en un instante dado, y, para su pesar, los
investiga dores descubrieron que cada vez que observaban un electrón, el mismo acto de observación influía en lo que
veían. Esto sucede porque “sólo puede verse un electrón cuando emite luz, y sólo emite luz cuando salta, de forma que
para ver dónde estaba, el observador tiene que hacer que vaya a otra parte”.89 Siendo éste el caso, no se puede conocer
ambos datos: se puede medir su velocidad o su ubicación, pero nunca ambas al mismo tiempo. La cuestión es que “si
sabes dónde estás, no puedes decir con qué rapidez te estás moviendo, y si sabes con qué rapidez te estás moviendo no
puedes saber dónde estás”.90
Este descubrimiento recibió un nombre: el principio de incertidumbre de Heisenberg. Su reconocimiento
marcó el día más oscuro en la historia de la física clásica, pues dejó sin fundamento el férreo determinismo que había
rodeado las leyes de la física durante casi 300 años. Para la ciencia, basta una sola excepción para invalidar una ley. Hei
senberg quebró las bases de la ciencia newtoniana y de la visión del mundo edificada en torno a ella.
El principio de incertidumbre de Heisenberg, empero, sólo fue la primera salva de un largo y prolongado
asalto científico que ha echado por tierra la mayor parte de la física clásica. La aseveración de Newton de que había en-
contrado la clave científica que permitiría revelar los secretos del universo se ve ahora como poco más que la jactancia
de una ciencia en pañales y todavía ajena a las paradojas y complicaciones que se presentan siempre en el proceso de
desarrollo del conocimiento.
Hasta hace cosa de unos cien años, la física avanzaba segura de sus propias afirmaciones, según las cuales
cualquier conjunto de condiciones iniciales podía conducir a un estado final, y sólo a uno. Hoy en día, el principio de
causalidad de la física clásica se halla matizado por tantas restricciones y limitaciones que apenas puede aspirar a la
condición de ley. Los científicos actuales reconocen que un conjunto dado de condiciones iniciales puede conducir a
varios estados posibles, y distinguen entre las antiguas leyes deterministas y las nuevas leyes indeterministas. En el se-
gundo caso, asignan probabilidades a cada uno de los posibles resultados de un conjunto inicial de condiciones, consi-
derando que ésta es la mejor esperanza de medición que puede alcanzarse. Pero actualmente incluso las leyes indeter-
ministas están siendo puestas en tela de juicio por lo que algunos científicos denominan “un segundo nivel de indeter-
minación”, en el cual resulta virtualmente imposible establecer las respectivas probabilidades de los diversos resultados
posibles de un acontecimiento. El célebre fisico Max Born resumió así la frustración de sus colegas ante el rumbo que
han tomado sus propias investigaciones: “Hemos buscado terreno firme y no lo hemos hallado. Cuanto más profundi-
zamos, más inquieto se vuelve el universo; todo se apresura de un lado a otro y vibra en una danza frenética”.91
Los científicos han comprobado que cada acontecimiento es único, pues su propio acontecer lo distingue de
todos los demás. Por este motivo, no sólo cada acontecimiento reclama su propio lugar en el mundo, sino que ni si-
quiera puede decirse que comparta una realidad objetiva con cualquier otro fenómeno. Su acontecer subjetivo, por otra
parte, no es resultado de un conjunto inicial de condiciones en particular, sino que, antes bien, debe su existencia a todo
el laberinto de acontecimientos subjetivos del pasado cuya configuración colectiva dio lugar a su aparición partcular.
La idea de que unos fenómenos especficos pueden ser aislados del resto del universo de que forman parte y luego co-
nectados en una especie de relación causal “pura” con otros fenómenos aislados es, sencillamente, un error. El paradig-
ma newtoniano de la medición precisa, de dividir la materia en pulcras cantidades que luego pueden ser relacionadas
entre sí y reorganizadas sin prestar atención a su efecto sobre el resto del cosmos ni al efecto del resto del cosmos sobre
ellas, ha conducido a la desenfrenada manipulación y destrucción de la naturaleza a manos de la ciencia moderna.
En este mundo, todo lo que existe está conectado con todo lo demás en una compleja y delicada trama de re-
laciones mutuas. Ni el mejor ordenador jamás diseñado por la humanidad es capaz de calcular siquiera una minúscula
fracción de todas las relaciones que existen en el ecosistema de una mera laguna. Los científicos lo han intentado y han
tenido que desistir tras comprobar la complejidad y la riqueza de detalles que intervienen en el caso.
La antigua visión newtoniana que trata todos los fenómenos como componentes de la materia aislados entre
sí, u objetos fijos, ha sido sustituida por la nueva idea de que todo forma parte de un flujo dinámico. La física clásica,
que sólo reconocía dos tipos de cosas, las que existen y las que no existen, ha sido puesta en tela de juicio e invalidada.
En realidad, las cosas no “existen” como objetos fijos aislados entre sí; esta visión estática del mundo ha sido reempla-
zada por la idea de que todo lo del mundo se halla en un proceso de continuo devenir. Incluso los fenómenos no vivien-
tes están siempre cambiando. De hecho, este proceso de devenir no es sino la Ley de la Entropía en acción. Todas las
cosas son energía, y esta energía se transforma constantemente. Cada transformación afecta a todo lo demás, que tam-
bién está transformándose. La vida y la muerte de cada hoja de hierba afecta al cambio total de la energía del mundo.
La Ley de la Entropía nos dice en qué dirección se mueve el flujo de energía, pero no a qué velocidad. La velocidad es
variable. El flujo y el reflujo del proceso de transformación no tienen nada de suave y regular; se mueven a saltos, de
sopetón.
Ilya Prigogine, que en 1977 recibió un premio Nobel por su trabajo sobre la termodinámica de no equilibrio,
dice que los conceptos de causalidad y medición precisa, puntales de la física clásica, están a punto de ceder el paso a
una redefinición de la ciencia basada en el imperativo de la segunda ley. Cada acontecimiento que se produce en el
mundo es único, señala Prigogine, y por eso mismo resulta imposible efectuar predicciones exactas sobre el futuro ba-
sadas en las observaciones científicas. Lo más que puede hacer la ciencia es predecir situaciones probables. La antigua
seguridad que proporcionaba la física clásica era un espejismo desde el primer momento, advierten Prigogine y sus co-
legas. No es posible conocer la naturaleza en el sentido que pretendían Bacon, Descartes y Newton. La idea de que los
seres humanos pueden ponerse al margen de la naturaleza, descubrir sus secretos íntimos y utilizarlos luego como “un
cuerpo de verdades fijas’’ para manipular y modificar el mundo natural ha resultado errónea. En primer lugar, como
apuntó en cierta ocasión el cientfico Niels Bohr, en el despliegue del orden natural somos todos actores además de es-
pectadores; no podemos independizarnos del mundo que nos rodea por mucho que lo intentemos. En segundo lugar, la
idea de un cuerpo de verdades fijas, en el sentido determinista de la física clásica, ya no es sostenible ante un universo
de continua fluctuación e inestabilidad, como el que experimentamos ahora. Prigogine expone la esencia de la nueva
reformula ción de la ciencia al decir que “en lugar de la descripción clásica del mundo como un mecanismo, nos acer-
camos más al paradigma griego del mundo como una obra de arte”.92
En último análisis, toda ciencia no es más que una metodología para predecir el futuro. Al mismo tiempo, to-
da metodología científica se halla involucrada en una constante búsqueda para definir los límites superiores de lo que
es posible. Una ley científica es válida mientras pueda predecir satisfactoriamente el futuro y no puedan hallarse excep
ciones a los límites que establece. La Ley de la Entropía cumple con ambas exigencias: más que ningún otro concepto
formulado hasta el presente, la Ley de la Entropía proporciona una metodología completa para predecir el futuro y es-
tablecer los límites últimos dentro de los cuales pueden ocurrir las cosas en este mundo.
La Ley de la Entropía probablemente sustituirá a la mecánica newtoniana como paradigma fundamental de la
ciencia, porque sólo ella es capaz de explicar adecuadamente la naturaleza del cambio, su dirección y la interrelación
de todas las cosas que participan en este proceso de cambio. Puede que algún día la Ley de la Entropía sea invalidada y
superada, pero por ahora es la única ley científica que parece prestar algún sentido al mundo en que vivimos y ofrece
una explicación de cómo sobrevivir en el.

Una reformulación de la enseñanza

Todo nuestro sistema de enseñanza es poco más que un programa de 12 a 16 años de duración para inculcar la
visión newtoniana del mundo En la escuela se concede gran importancia a las cantidades, a la distancia y a la ubica-
ción, pero mucha menos a las cualidades, las relaciones o el contexto. Pensemos, por ejemplo, en el gran número de
exámenes en los que sólo entran preguntas relativas a nombres, fechas y lugares, es decir, cosas que pueden ser medi-
das con exactitud y que no presentan ninguna ambiguedad. Las pruebas en sí están cortadas según el patrón de la física
clásica: verdadero, falso, rellenar los espacios en blanco, elegir entre varias respuestas posibles... Todo esto se basa en
el concepto de causalidad, según el cual, para un conjunto dado de condiciones iniciales existe un estado final correcto
y nada más que uno.
Si se realizara una encuesta, es probable que casi todas las personas que han pasado por la escuela recuerden
haber puesto en duda, en un momento u otro, el propio sistema de exámenes. ¿Cuántos de nosotros hemos conocido la
experiencia de participar en un examen y, al contemplar una pregunta determinada con su lista de respuestas posibles,
habernos sentido incómodos por tener que elegir solamente una de ellas? Nuestro sentido común nos decía que la cosa
no era tan sencilla; nos decíamos que había que tener en cuenta otros aspectos, que era absurdo tratar de aislar aquel fe-
nómeno en particular de todo lo que lo rodeaba. Aun así, tras refunfuñar un poco interiormente, nos prestábamos a se-
guir el juego. Si había que elegir una sola respuesta, pues muy bien. Quizas incluso racionalizáramos nuestra rendición
diciéndonos que, si no había una sola respuesta correcta, al menos podíamos elegir la mejor de las posibles.
En estos momentos, los niños de todas las escuelas norteamericanas están realizando exámenes. El tipo de
pruebas a que se someten los condiciona a pensar desde el punto de vista de la causalidad y la cuantificación, los fun-
damentos de la vision newtoniana del mundo. Naturalmente, pocos profesores son conscientes de que están difundien-
do una ideología determinada con sus enseñanzas, y muchos de ellos segura mente aducirían que su única preocupa-
ción consiste en enseñar a los niños a pensar “objetivamente”.
El proceso del pensamiento sólo es importante si produce resultados, y eso implica aprender hechos. Nuestro
sistema educativo concede la mayor prioridad a los hechos. Cuantos más datos pueda asimilar y recordar un estudiante,
mejores notas recibirá. Los hechos son valiosos, se dice, porque nos ayudan a comprender mejor el mundo y a organi-
zar mejor nuestra propia vida. La cantidad de hechos que conocemos acerca del mundo que nos rodea se multiplica por
dos cada pocos años. Sin embargo, resultaría muy dificil argumentar que la humanidad se vuelve el doble de sabia res-
pecto al papel que le corresponde en el plan general de las cosas.
Finalmente, nuestro sistema educativo se orienta hacia la especialización. Cada vez que averiguamos algo
nuevo y diferente acerca del mundo, se implanta una nueva disciplina académica o profesional para reunir e interpretar
los nuevos datos. El aprendizaje se ha fragmentado en campos de estudio cada vez más restringidos, bajo el supuesto
newtoniano de que cuanto más sepamos sobre las partes individuales, más preparados estaremos para extraer conclu-
siones acerca del todo que dichas partes componen.
Nuestros académicos y profesionales acaban siendo como los ciegos de la parábola, cada uno de los cuales
palpa una parte distinta de un elefante y acaba formándose una idea completamente distinta sobre cómo debe de ser es-
te animal. Cuanto más palpan el pequeño espacio reservado para ellos, más convencidos se hallan de conocer lo que es-
tán palpando, y más se equivocan.
Nuestro sistema educativo está ideado para satisfacer las exigencias de una sociedad industrial. La sociedad
industrial, a su vez, está pensada para satisfacer las exigencias de una base energética no renovable. A medida que vaya
avanzando la transición hacia un entorno de energía solar, nuestro actual concepto de la educación y la enseñanza irá
volviéndose progresivamente caduco. El estilo newtoniano de aprendizaje tendrá que ceder su lugar a un nuevo enfo-
que entrópico de la educación.
Las nuevas prioridades del aprendizaje serán esencialmente distintas a las que hoy prevalecen. Así, por ejem-
plo, la enseñanza destacará la noción de proceso antes que la de medición. La idea de reunir, almacenar y explotar re-
servas de hechos aislados será sustituida por la idea de examinar el flujo de fenómenos interrelacionados. Las pruebas
y exámenes se centraran más en las capacidades conceptuales que en las empíricas, y el ensayo, el discurso oral y la ex-
periencia práctica serán las formas habituales que reflejen la necesidad de pensar desde el punto de vista de un proceso.
El mundo externo no será estudiado como una serie de relaciones causales aisladas, sino como una trama de fenóme
nos interrelacionados que expresa numerosos argumentos posibles para el movimiento y el cambio.
La educación se centrará más en el por qué que en el cómo de las cosas. El paso de lo empírico a lo metafísi-
co hará que se preste menos atención a la manipulación del ambiente y más a la comprensión de nuestras relaciones
con el mismo. El aprendizaje, pues, no se verá como una herramienta para moldear el mundo y transformarlo en algo
dis tinto, sino como un método para conocer mejor la manera de vivir dentro de los límites del mundo que hemos here-
dado de la naturaleza y del cual formamos parte. La idea del aprendizaje como progreso será sustituida por la del
aprendizaje como administración.
Aunque seguirá siendo necesaria cierta especialización, incluso en la Era Solar, el proceso educativo se basa-
rá en un enfoque holístico del conocimiento. A diferencia del sistema educativo actual, que separa a los estudiantes en
estudios académicos o profesionales a partir de la escuela secundaria, el nuevo sistema procurará combinar las habili-
dades manuales y las intelectuales, de forma que cada persona pueda ser autosuficiente en el mundo.
La división artificial entre cultura humana y naturaleza, característica de la era newtoniana, será sustituida
por una nueva reunificación de ambas en la próxima Era Solar. El concepto de “el hombre contra la naturaleza” cederá
su lugar al concepto de “el hombre en colaboración con la naturaleza”, y el proceso educativo reflejará este cambio
funda mental. Al contrario que el proceso académico actual, que separa a los estudiantes del mundo exterior durante
doce o dieciséis años, recluyéndolos en un ambiente artificial herméticamente cerrado, la orientación educativa de la
era entrópica integrará el aprendizaje con la experiencia cotidiana en el mundo. El periodo de aprendizaje, en su senti-
do clásico, cobrará de nuevo la importancia que ya tuvo en anteriores épocas de la historia. Al mismo tiempo, las insti-
tuciones de enseñanza grandes y centralizadas, típicas de las últimas fases de la era de los recursos no renovables, cede-
rán su lugar al concepto de “entornos de aprendizaje” . En la Era Solar, ir a la escuela será también ir a la comunidad a
aprender. Parte del conocimiento acumulado durante la Era Industrial se volverá progresivamente inútil en la próxima
Era Solar y, a la larga, será abandonado. Sin embargo, es importante subrayar que muchos aspectos del paradigma new-
toniano seguirán siendo útiles y serán conservados y transmitidos en el proceso educativo. Todo cambio importante en
una visión del mundo engloba fragmentos significativos del antiguo esquema dentro del orden nuevo. Pero, aunque
muchos de los rasgos característicos de la antigua visión del mundo sobrevivirán como parte del nuevo paradigma, su
papel y su importancia serán radicalmente redefinidos para que se ajusten a la nueva serie de supuestos básicos.
Aunque el proceso educativo en vías de aparición probablemente evolucionará en muchas direcciones nuevas
y por el momento imprevisibles, desde un comienzo vendrá guiado por los principios supremos de las dos primeras le-
yes de la termodinámica.

Una segunda Reforma cristiana

El surgimiento de la visión entrópica del mundo ya está siendo acompañado por una reformulación radical de
la teología cristiana. La Reforma protestante, que proporcionó una teología expansionista idealmente adaptada a la eco-
nomía expansionista de los últimos 400 años, empieza a ceder su lugar a una nueva estructura teológica que responde a
las exigencias de la Ley de la Entropía y de la nueva Era Solar.
En los últimos quince años, en Occidente en general y Estados Unidos en particular se ha producido una con-
siderable experimentación con las religiones orientales. Actualmente, más de medio millón de estadounidenses suscri-
ben la teología budista, y 4 o 5 millones más practican meditación, yoga y otras disciplinas físicas y mentales cuya
fuente de inspiración se halla profundamente enraizada en la experiencia religiosa del Oriente.93 Al mismo tiempo, Es-
tados Unidos está viviendo un resurgir religioso masivo, que, según estadísticos como George Gallup, constituye la pri-
mera fase de un tercer gran despertar.94
En el pasado, Estados Unidos ya vivió en dos ocasiones un gran despertar religioso. El primer gran resurgi-
miento espiritual, hacia 1740, sirvió para unir las colonias y actuó como catalizador del movimiento político contra la
corona. El segundo despertar, un siglo después, contribuyó a difundir las ideas abolicionistas y preparó el escenario pa-
ra la guerra civil. Hoy en día, el fervor evangélico vuelve a extenderse por todo el país, y hay motivos fundados para
creer que este tercer despertar contribuirá a suscitar un cambio profundo en la vida social y económica de la nación, del
mismo modo que los dos anteriores.
El creciente interés por las religiones orientales y el auge del movimiento evangélico responden a la búsqueda
inconsciente de una nueva síntesis religiosa capaz de adecuarse a la nueva era que apunta. Cada una de ambas tenden-
cias lleva consigo un ingrediente fundamental para una nueva reformulación teológica.
Los seguidores de las religiones orientales -y especialmente los budistas- comprenden desde hace mucho
tiempo la importancia de minimizar el flujo de energía. La práctica de la meditación está pensada para reducir al mini-
mo el derroche de energía. El estado de Nirvana, o verdad, se alcanza cuando el individuo gasta la menor cantidad de
energia necesaria para sostener su supervivencia física. Las religiones orientales han afirmado siempre que cualquier
disipación innecesaria de la energía personal sólo contribuye a aumentar la confusión y el desorden del mundo. Para
llegar a la verdad última, según las doctrinas orientales, hay que ser uno con el mundo que nos rodea, y esto sólo puede
conseguirse estableciendo una relación unificada con el resto de la naturaleza.
A los occidentales siempre nos ha resultado difícil comprender el enfoque oriental de la verdad y la sabiduria.
Hemos creído que sólo mediante la acción constante podemos desvelar los secretos del mundo, de forma que nos en-
contramos perpetuamente dedicados a reunir y encajar pequeños fragmentos de información y a manipular y reorgani-
zar el mundo que nos rodea, convencidos de que nuestros esfuerzos conducirán a una mayor sabiduria y, con el tiempo,
nos pondrán cara a cara con el arquitecto supremo del universo. Los teólogos orientales dirian que nuestra frenética ac-
tividad sólo sirve para aumentar el desorden y la confusión, y que nos aleja cada vez más de la revelación divina que
buscamos.
Si bien las religiones orientales han comprendido la importancia de minimizar el flujo de energía y reducir la
acumulación de desorden, son las religiones occidentales las que han comprendido la naturaleza linear de la historia,
que es otro factor importante para la sintetización de una nueva doctrina religiosa acorde con las exigencias de la Ley
de la Entropia. A diferencia de la teología oriental, que habla de universos resurgentes y de una historia cíclica, la tradi-
ción judeocristiana ha enseñado siempre que la historia terrenal tiene un principio y un fin muy claros.
Por otra parte, la tradicional visión cristiana de la naturaleza ha sido uno de los principales factores que han
contribuido a la destrucción ecológica.95 El excesivo énfasis en el más allá ha conducido a la despreocupación por el
mundo físico, e incluso a su explotación.96 Según esta opinión, los únicos objetos de verdadero valor son los que se ha-
llan en el mundo celestial de Dios. Nuestro mundo, el mundo de la gente, la naturaleza y la carne, se considera vil, de-
pravado y carente de valor, y por lo tanto de escaso interés e importancia para quienes pretenden llevar una vida santa.
El mundo natural no es más que una estación en nuestro viaje hacia el otro mundo; por consiguiente, cuanta menos
atención se le preste y mas atención se dedique al reino de Dios, tanto me)or.
Otro punto débil de la doctrina cristiana a lo largo de los siglos ha sido su interpretación del concepto de do-
minio tal como se utiliza en el Génesis: “Creced y multiplicaos y llenad la Tierra y sometedla, y ejerced vuestro domi-
nio sobre los peces del mar y sobre las aves del aire y sobre todos los seres vivos que se mueven sobre la Tierra”. El
concepto de dominio se ha utilizado para justificar la implacable manipulacion y explotación de la naturaleza. Ahora,
no obstante, está empezando a cobrar forma una importante reformulación de la doctrina cristiana. Por primera vez, los
teólogos cristianos están empezando a redefinir el significado de dominio, y con ello sientan las bases teológicas para
una visión entrópica del mundo.97
La nueva interpretación del Génesis comienza con la idea de que, puesto que Dios creó los cielos y la Tierra
y todo lo que contienen, todas sus creaciones cobran importancia y un valor intrinseco ya que han sido hechas por Él.
Dado que esta creación de Dios tiene un propósito y un orden, éstos deben ser reverenciados al igual que todo lo creado
por Dios. De aquí se sigue, según los nuevos teólogos, que cualquier acción que tienda a explotar o dañar las creacio-
nes de Dios es pecaminosa y equivale a una rebelión contra Él. Del mismo modo, todo lo que subvierta el propósito y
el orden que Dios ha conferido al mundo natural debe juzgarse pecaminoso y un acto de rebelión. Este argumento teo-
lógico no es baladí. En opinión de los nuevos teólogos, todas las restantes convicciones religiosas se derivan de estas
verdades cen trales sobre la creación. O bien Dios creó el mundo o no lo hizo. O bien Dios confirió propósito y orden
al mundo o no lo hizo. Si uno cree en estas verdades, entonces uno cree en Dios. Si uno no cree en estas verdades, no
puede creer en Dios. Esta tesis es el punto de partida para todos los creyentes cristianos.
En consecuencia, de ahí se desprende que el pecado consiste en el engreimiento de la gente que considera que
puede tratar las creaciones de Dios de un modo distinto al que Dios las trata; es decir, que puede manipularlas y explo-
tarlas para fines distintos a aquellos para los que fueron creadas. Asimismo, también es pecaminoso el engreimiento de
la gente que considera que puede reorganizar este mundo y redefinir su propósito para que se adapte a sus caprichos y
fantasias. La vida cristiana debe tender a conservar la integridad sobre la fragmentación, el equilibrio sobre el desequi-
librio y la armonía sobre la inarmonía. Un cristiano debe amar la creación de Dios y tratarla con respeto, puesto que
Dios la creó con amor.98
El dominio, pues, no ha de entenderse como el derecho de explotar la naturaleza. Nada más lejos de ello, di-
cen los especialistas. El dominio consiste en la administración de la naturaleza. Henlee H. Barnett, en su libro The
Church and the Ecological Crisis, señala que la idea bíblica de la humanidad “es la de un guardián, cuidador y custo-
dio... de la tierra común”. Administración, añade Barnett, es “el término utilizado en el Nuevo Testamento para descri-
bir esta función de los seres humanos en relación con el orden natural”. El primer requisito de un administrador, según
Barnett, “es la fidelidad, puesto que maneja lo que pertenece a otro”.99 El concepto de administración nos lleva directa-
mente a la idea biblica de pacto o alianza. En el Génesis, Dios dice: “He establecido un pacto con vosotros (la humani-
dad) y con los descendientes de vuestra semilla y con todas las criaturas vivientes”.
Dios, por tanto, tiene un pacto con la humanidad. Los hombres y mujeres deben actuar como sus administra-
dores en este planeta, conservando y protegiendo todas las creaciones de Dios. Puesto que la gente ha sido creada por
Dios, como todas las demás criaturas, es igual a las mismas por su carácter finito; sólo Dios es infinito. Pero, aunque
todas las criaturas son iguales en tanto que deben su existencia a la misma fuente -Dios-, los seres humanos se distin-
guen en algo. La diferencia, como apunta Francis Schaeffer en su obra Pollution and the Death of Man, consiste en que
los seres humanos han sido hechos por Dios a su imagen y recibido la responsabilidad de administrar el resto de la cre-
ación divina. Por tanto, las personas son parte de la naturaleza iguales a las demás criaturas y dependientes de ellas, y
al mismo tiempo se hallan separadas de la naturaleza y tienen la responsabilidad de cuidarla y protegerla. Mientras la
humanidad acepta ambas relaciones, se mantiene fiel al propósito divino y cumple el pacto que Dios estableció con
ella. Pero cuando los seres humanos se aprovechan de esta relación especial y se apoderan de la creación de Dios como
si fuera de su propiedad, y la utilizan para sus propios fines en lugar de para la gloria de Dios, rompen el pacto y se re-
belan contra Dios.100
La nueva doctrina de la administración y las leyes de la termodinámica, combinadas con la teologia más orto-
doxa, marcan el tono de una nueva doctrina cristiana reformulada y de un pacto adecuado a los prerrequisitos ecológi-
cos de una visión entrópica del mundo. Más importante todavía, la doctrina de la administración ofrece una respuesta a
la pregunta fundamental, “¿Por qué debo hacerme responsable de cuidar y proteger el orden natural?” Porque tal es el
mandato de Dios. Dios lo ha creado y Dios confió a los seres humanos la responsabilidad de preservarlo. En último tér-
mino, se trata de servir a Dios o rechazarlo.
La nueva doctrina de la administración vuelve completamente del reves la moderna visión del mundo. Las re-
glas y relaciones que se utilizan para explotar la naturaleza son diametralmente opuestas a las que hacen falta para con-
servarla. Así, por ejemplo, la propiedad privada de los recursos, la mayor centralización del poder sobre la naturaleza,
la eliminación de la diversidad biológica, la negativa a imponer limites a la producción y al consumo, la fragmentación
del trabajo humano en distintos campos de operación independientes y autónomos, el enfoque reduccionista en la com-
prensión de la vida y las interrelaciones entre los fenómenos, y la idea del progreso como un proceso constante para
transformar el mundo natural en un entorno artificial más fácilmente explotable, se han considerado durante mucho
tiempo como planteamientos y objetivos legítimos. Todos estos puntos, y docenas de otros que constituyen los supues-
tos fundamentales de la era del crecimiento, son absolutamente opuestos a los principios de la ecología, a una estructu-
ra económica de baja entropía y, sobre todo, a la recién definida doctrina de la administración.
La administración exige a la humanidad que respete y conserve el funcionamiento natural del orden divino.
El orden natural funciona según los principios de diversidad, interdependencia y descentralización. El mantenimiento
sustituye a la idea de progreso, la administración sustituye a la propiedad y la preservación sustituye a la ingeniería. Se
reconocen los límites biológicos de la producción y el consumo, se acepta el principio de la distribución equitativa de
los recursos y el concepto de integridad se convierte en medida general de todos los fenómenos y relaciones. En reali-
dad, la nueva doctrina de la administración representa un cambio fundamental en el marco de referencia de la humani-
dad, y establece una nueva serie de principios básicos acerca de cómo han de actuar los seres humanos en el mundo.
Si la comunidad cristiana no acepta la idea de un Nuevo Pacto (Nueva alianza) basado en la administración,
es posible que el naciente fervor religioso sea aprovechado y explotado implacablemente por los grandes intereses co-
merciales y de la extrema derecha. El despertar evangélico podría acabar proporcionando el marco cultural general que
permitiría a un movimiento fascista mantener el control de Estados Unidos durante un periodo prolongado de decaden-
cia económica.
Incluso un teólogo evangélico tan reflexivo y respetado como Francis Schaeffer considera que el fascismo es
una posibilidad muy real para Estados Unidos en los años de perturbaciones económicas que nos esperan. Refiriéndose
a la incapacidad estadounidense para hallar una solución a los problemas de la creciente inflación y los ciclos recesi-
vos, Schaeffer concluye: “No puedo quitarme de la cabeza el incómodo paralelismo con la pérdida de confianza de los
ciudadanos alemanes en la república de Weimar justo antes de la llegada de Hitler, que se debió a una inflación inacep-
table. La historia nos enseña que, a partir de cierto grado de descomposición económica, la gente deja de preocuparse
por las libertades individuales y se muestra dispuesta a aceptar normas propias de un regimiento.”101
Schaeffer es pesimista respecto al futuro de Estados Unidos, y cree que la gran importancia concedida por los
norteamericanos a su propia “tranquilidad y riqueza personal” probablemente conducirá a un régimen de tipo fascista
según la economía continue hundiéndose: “Creo que la mayoría... aceptará la pérdida de las libertades sin levantar la
voz mientras su propia forma de vivir no se vea amenazada”.102
Lo que Schaeffer no nos dice es que dentro del movimiento evangélico ya pueden observarse muchos signos
inquietantes que señalan hacia esta posibilidad. Por ejemplo, muchos cristianos de clase media se aferran cada vez más
a la antigua idea del “evangelio de la riqueza”, que equipara la doctrina bíblica con el individualismo más feroz, la li-
bertad de empresa y la acumulación material sin límites. Este tipo de teología expansionista sigue siendo uno de los
principales motivos dominantes en el cristianismo norteamericano. El tema del “evangelio de la riqueza” probablemen-
te seguirá utilizándose por los cristianos individuales para justificar su falta de interés y de participación respecto a las
apremiantes necesidades económicas venideras, necesidades que exigen un esfuerzo colectivo y no simplemente una
respuesta individual o de libre empresa. Para estos cristianos, el movimiento evangélico será un refugio donde resguar-
darse de la agitación exterior. Si las condiciones económicas empeoran tanto que incluso comienzan a amenazar este
último refugio de la clase media, existen muchas probabilidades de que tal actitud se traduzca rápidamente en un apoyo
activo a los intereses capitalistas y de derechas, hasta el extremo incluso de aceptar cualesquiera medidas autoritarias el
Estado juzgue necesarias para mantener el orden social.

Con su redefinición radical de las relaciones de la humanidad con el resto de la creación divina, los teólogos
cristianos contemporáneos están plantando cara a nuestra época expansionista. El nuevo concepto de dominio como
administración y conservación, antes que como propiedad y explotación, choca de frente con la teología cristiana tradi-
cional y con la visión mecanicista de los últimos siglos. Al replantear la historia de la Creación y el propósito de la hu-
manidad sobre la Tierra, los teólogos cristianos han cometido un acto de abierta rebelión contra su propio pasado doc-
trinal. El individuo cristiano, que durante varios siglos buscó la salvación por medio de la productividad y la conquista
de la naturaleza, está siendo rechazado por el nuevo cristiano que busca la salvación conservando y protegiendo la obra
de Dios. La ética cristiana del trabajo está siendo sustituida por la ética cristiana de la conservación. Este nuevo énfasis
en la administración está sentando las bases para el surgimiento de una nueva Reforma cristiana y la visión de un Nue-
vo Pacto para la sociedad.

Frente a la crisis entrópica

No hay forma de eludir la Ley de la Entropía. Esta ley física suprema impregna todas las facetas de nuestra
existencia. Puesto que todo es energía, y puesto que la energía se mueve irrevocablemente en una sola dirección, de uti-
lizable o no utilizable, la Ley de la Entropía constituye el marco general de todas las actividades humanas. Como ya
hemos visto, la visión entrópica del mundo desafía nuestros más queridos y aceptados supuestos sobre el medio am-
biente, la cultura y nuestro propio ser biológico. Los atavíos de la cultura moderna -nuestras grandes áreas urbanas,
nuestra agricultura mecanizada, nuestro consumo y producción sin límites, nuestro armamento, nuestra educación y
nuestra tecnología médica- aparecen bajo una nueva luz radicalmente distinta. La Ley de la Entropía destruye nuestra
visión del progreso material, modifica las bases de la economía, transforma las nociones de tiempo y cultura, despoja a
la tecnología de su mística.
Una vez comenzamos a entender las vastas implicaciones sociales y económicas de la segunda ley de la ter-
modinámica, nos damos cuenta de que nuestra actual visión del mundo guarda muy poca relación con la forma en que
el mundo funciona en realidad. Nuestras vidas cotidianas -nuestro trabajo, nuestro recreo, nuestro consumo, nuestros
mis mos pensamientos- pierden su certeza y su fundamento. Nos convertimos en forasteros en una tierra extrana. De
repente, lo que antes era una realidad clara e indisputable se vuelve fantasía, sin mayor solidez que el País de las Mara-
villas visitado por Alicia.
Y, sin embargo, nos resistimos a aceptar esta nueva orientación del mundo y de nuestras vidas. Aun sintién-
donos atraídos por la sabiduría que emana de la visión entrópica del mundo, nos esforzamos por impedir que nuestra
mentalidad se vea subvertida por una visión cuyos alcances apenas podemos atisbar, y es natural que sea así, pues nos
exige que desechemos los mitos familiares y tranquilizadores que rigen nuestra vida. Para mucha gente, desde luego, la
mitología prevaleciente ya ha perdido todo su encanto; millones de norteamericanos, algunos por elección y otros por
necesidad, ya están adoptando partes y fragmentos de una filosofía o un estilo de vivir de baja entropía. El número de
habitantes del estado tecnológico moderno que han retirado su adhesión a conceptos de alta entropía como “el progreso
material a cualquier precio” y “cuanto más grande, mejor” va constantemente en aumento. Muchos de estos herederos
desafectos de la visión newtoniana del mundo acogerán con alivio la liberación que se deriva de una mudanza en la re-
alidad hacia la visión entrópica del mundo.
Al mismo tiempo, también es cierto que muchos otros se esforzarán por retrasar el advenimiento de la Era
Solar, prefiriendo un mundo en decadencia, pero familiar, a las nuevas posibilidades inexploradas. Atrapadas en el
marco de una filosofía que apenas comprenden, estas personas dedicarán su atención a la búsqueda de algún mecanis-
mo que les proporcione una escapatoria. Es una reacción natural. Se nos ha enseñado a pensar que siempre puede ha-
llarse una solución, que no existe ninguna fuerza que no pueda ser manipulada por los seres humanos. Se nos ha incul-
cado que no existen límites, que sólo las personas de mentalidad estrecha que han perdido su coraje se someten a las li-
mitaciones. Pero, por más vueltas que le demos, esta vez no hay salida.
En cierto sentido, somos como el individuo que se niega a creer en la gravedad. Para demostrar su inexisten-
cia -o, al menos, que puede ser vencida-, este hombre sube al último piso de un gran rascacielos y salta al vacío. A la
gravedad, por supuesto, no le importa en lo más mínimo que el hombre crea en ella o no, y procede a dar una lección al
escéptico atrayéndolo inexorablemente hacia el suelo. Pero el hombre, dispuesto a aferrarse a cualquier paja con tal de
defender su supervivencia física e intelectual, pasa a toda velocidad ante la ventana del cuadragésimo piso gritando:
“Hasta aquí, todo va bien”.
Si, al igual que el hombre que se niega a creer en la gravedad, nos negamos a reconocer las implicaciones de
la Ley de la Entropía, también recibiremos una lección demoledora y definitiva. Y sin duda, al igual que este hombre,
seguiremos gritando “Hasta aquí, todo va bien” mientras el mundo que nos rodea se desintegra en el caos a consecuen-
cia de nuestra cultura de alta entropía. Ahora mismo ya pueden preverse tres clases de respuesta, en terminos generales,
por parte de aquellos que no logran decidirse a desechar la prevaleciente visión del mundo.
En primer lugar, estarán los optimistas, que basarán sus esperanzas en la suposición de que en alguna parte,
detrás de la siguiente colina o en el laboratorio de al lado, se encontrará una solución tecnológica que nos permita se-
guir como hasta ahora. Fieles creyentes en la bondad de los valores de la sociedad moderna y en los beneficios del pro-
greso, estas personas se unirán bajo el conocido lema de “siempre hay una solución”. Nos dirán que “no se puede parar
el progreso” y que “el nivel de vida norteamericano es la envidia del mundo”. Combinando estas frases hechas con la
suposición de que el bienestar de una sociedad se mide por la cantidad de riquezas materiales que posee, estas personas
buscarán cualquier medio imaginable para superar nuestras limitaciones planetarias.
Es probable que los optimistas concentren sus esfuerzos en la búsqueda de nuevas formas de explotar las
fuentes de energía renovable. Aunque no cabe ninguna duda de que vamos a pasar de una base energética no renovable
a otra renovable, lo que aún está por ver es qué clase de transformadores de energía y qué línea de flujo se instaurarán.
Los optimistas tecnológicos rechazan la idea de regresar a un flujo de baja entropía que esté más en consonancia con
los procesos y ritmos naturales de los ecosistemas del planeta. Por el contrario, ponen sus esperanzas en las nuevas tec-
nologías de ingeniería genética que, según dicen, nos permitirán acelerar el proceso de la evolución biológica y nos
proporcionarán un flujo creciente de materia-energía. Si se agotan los abonos petroquímicos necesarios para la agricul-
tura mecanizada, entonces desarrollaremos una técnica de ingeniería genética que nos permita diseñar plantas capaces
de fijar su propio nitrógeno directamente del aire. Si se termina el petróleo, diseñaremos genéticamente y produciremos
en masa nuevos microorganismos capaces de sustituir a los recursos no renovables agotados. Si el efecto invernadero
se agrava, produciremos animales y plantas genéticamente modificados para sobrevivir en condiciones climáticas ex-
tremadas.
Incluso parece probable que los optimistas se propongan “ordenar” la biología del individuo. No es ninguna
casualidad que la ingeniería genética empiece a salir de los laboratorios para internarse en el terreno de la ciencia apli-
cada en este preciso instante de la historia. A medida que la entropía va en aumento, nuestros cuerpos internalizan los
desórdenes en forma de cáncer, defectos de nacimiento, disminución de la inteligencia en los recién nacidos, etc. El op-
timista tecnológico, consciente de que estos problemas pueden afectar gravemente al deseo y a la capacidad del país
para mantener un crecimiento económico constante, buscan la solución en la bioingeniería. Si la radiación y los pro-
ductos químicos orgánicos sintéticos producen cáncer y defectos de nacimiento, la moderna tecnología nos curará me-
diante una reorganización de nuestros genes. Con la ingeniería genética, el concepto de producción industrial de alta
energía y alto rendimiento quedará integrado directamente en el esquema fundamental de la especie. En su intermina-
ble búsqueda de la eficiencia en todas las cosas, los optimistas probablemente pretenderán hacer la propia vida más
“biológicamente efi ciente”.
Los optimistas aducen que no sólo estamos pasando de una era de recursos no renovables a una era de reno-
vables, sino también de la era de la física a la era de la biología molecular; señalan los increíbles adelantos científicos
de la ingeniería genética en los últimos años y proclaman que en los próximos veinte años la tecnoestructura industrial
ac tual comenzará a ser sustituida por una serie de transformadores tecnológicos completamente nuevos, derivados de
la bioingeniería. Del mismo modo en que la física aplicada sirvió para convertir una base de energías no renovables en
todos componentes de la Era Industrial, la ingeniería genética aplicada convertirá ahora una base de energía renovable
en una forma de vivir absolutamente nueva, la era biotécnica.
Es interesante comprobar que, al mismo tiempo que el sistema intenta sustituir una base energética no reno-
vable por otra renovable, y la física aplicada como proceso de transformación por la biología molecular aplicada, em-
pieza también a surgir un nuevo paradigma científico que, tal es la esperanza de los optimistas, servirá de base para la
nueva visión del mundo en la anunciada era genética. Este paradigma es la llamada teoría de las estructuras disipati-
vas, y su principal arquitecto es el físico-químico belga Ilya Prigogine, cuyo trabajo sobre la termodinámica de no
equilibrio le valió el premio Nobel de química en 1977. Estructuras disipativas son aquellos sistemas abiertos que in-
tercambian energía con su entorno. Todos los seres vivos, y algunos sistemas no vivientes, son estructuras disipativas,
que se mantienen mediante un flujo continuo de energía disponible a través del sistema. Prigogine señala que cuanto
más compleja sea la estructura disipativa, más integrada y conectada está, y por consiguiente necesita mayor flujo de
energía para mantenerse. Tras observar que el flujo de energía a través de una estructura disipativa causa fluctuación,
Prigogine concluye acertadamente que, si las fluctuaciones se vuelven demasiado grandes para ser absorbidas por el
sistema, éste se verá obligado a reorganizarse. Prigogine afirma a continuación que la reorganización tiende siempre
hacia un nivel superior de complejidad, integración y conexión, con un mayor flujo de energía. Cada reorganización
sucesiva, al ser más compleja que la anterior, resulta aún más vulnerable a las fluctuaciones y a la necesidad de reorga-
nizarse. Así, la complejidad crea las condiciones para una mayor reorganización y una aceleración del desarrollo evolu-
tivo y el flujo de energía. Prigogine, acto seguido, equipara inestabilidad con versatilidad, y, utilizando complejas fór-
mulas matemáticas, intenta demostrar que cuanto más complejo es un sistema y más energía consume, más versátil se
vuelve y más capaz de cambiar y adaptarse a nuevas condiciones.
No importa que esta teoría choque de frente con el sentido común. La experiencia cotidiana nos muestra que
estamos viviendo en un mundo cuya creciente complejidad limita nuestras opciones, crea mayor inflexibilidad y au-
menta las probabilidades de colapso y fragmentación. La teoría de las estructuras disipativas es un intento de propor-
cionar un paradigma de crecimiento adaptado a un entorno energético renovable, del mismo modo que la física newto-
niana proporcionó el paradigma de crecimiento para un entorno energetico no renovable.
No debemos olvidar que la física de Newton estaba cortada a la medida para una base de recursos energéticos
“no vivientes”. Esta fisica se refiere a la materia inerte en movimiento, a la cantidad pura, y por tanto es un paradigma
de todo punto inadecuado para una base energética viva, renovable y mutable. La teoría de las estructuras disipativas,
en cambio, proporciona una base científica adecuada para la manipulación de fuentes de energía “vivientes”, y es por
ello por lo que se nos presenta como un avance revolucionario de importancia comparable a las leyes de Newton. En
tanto que paradigma general, la teoría de las estructuras disipativas proporciona una racionalización perfecta para la era
de la bioingeniería, pues confiere un valor positivo a la complejidad biológica creciente y a la constante reorganización
de la materia viva en nuevas estructuras, que, a fin de cuentas, es lo que hace la ingeniería genética. Con las estructuras
disipativas dejamos de ver el mundo como una máquina industrial para verlo como un organismo diseñado por ingeme-
ría.
En los próximos años se producirá un esfuerzo frenético por adoptar los recursos renovables como nueva ba-
se energética, la ingeniería genética como nuevo transformador tecnológico, y la teoría de las estructuras disipativas
como nuevo paradigma científico. El aumento del flujo de energía, el crecimiento ilimitado y el progreso material sin
fín seguirán dominando el pensamiento de quienes controlan el poder.
En un intento de hacer caso omiso de la Ley de la Entropía, los expertos tratarán de convencernos a todos de
que con una base de energías renovables jamás nos quedaremos sin recursos, y de que el crecimiento se mantendrá in-
definidamente. A corto plazo, es posible que las nuevas tecnologías genéticas aumenten considerablemente el flujo de
materia-energía a través del sistema, tal como hicieron los primeros transformadores industriales con los rccursos no
renovables. Durante algún tiempo, al menos, podrá parecer que hemos conseguido superar los límites fijos de los eco-
sistemas de la Tierra. Pero este lapso de tiempo será breve. en cuanto a su efecto decisivo sobre nuestras vidas cotidia-
nas, la era de la física ha durado menos de cien años; si entramos en la era de la biología molecular, podemos esperar
que su duración total, de principio a fin, sea mucho menor: es muy posible que toda esta era cumpla su ciclo en menos
de medio siglo. Esto se debe a que el mayor flujo de materia-energía a través del sistema creará desórdenes iguales a
los producidos por el flujo masivo de energía no renovable.
En primer lugar, al incrementar el flujo de materia viviente a través de la línea de flujo de la sociedad, esta-
mos agotando, en términos absolutos, las reservas disponibles de materia viva. En un sentido literal, los recursos reno-
vables en realidad son no renovables; es decir, aunque siguen reproduciéndose, cada hoja de hierba y cada microorga-
nismo que se produce hoy es uno menos en el futuro. En palabras de Georgescu Roegen, “la materia cuenta”. Si bien el
flujo solar es prácticamente ilimitado, la materia-energía que constituye la corteza terrestre no lo es. La materia terres-
tre está degradándose y disipándose constantemente. El reciclaje natural sólo recupera para el futuro una parte de la
materia energía utilizada; el resto se pierde irremisiblemente. Así pues, cuanto más aceleremos el flujo de materia-ener-
gia a través del sistema, más de prisa se agotarán los recursos renovables, por mucho que siga brillando el Sol.
Al mismo tiempo, los efectos probables del aumento de entropía sobre los bancos genéticos y los frágiles
ecosistemas de la Tierra podrían resultar catastróficos y causar al planeta un perjuicio mucho mayor que el sufrido du-
rante toda la era de las energías no renovables.
La teoría de las estructuras disipativas, como el anterior paradigma newtoniano, prescinde completamente de
la Ley de la Entropía y se concentra únicamente en la parte del proceso que crea un orden creciente. Con su negativa a
reconocer que el aumento del orden y del flujo de energía causa siempre un desorden mayor en el medio circundante,
los abogados de la bioingeniería como tecnología transformadora para una base energética renovable están condenados
a repetir la misma locura que nos ha conducido al colapso definitivo de nuestra base energética no renovable y de la era
de la fisica que se construyó sobre dicha base.
A medida que la entropía en sus diversos aspectos siga aumentando espectacularmente dentro de la cultura de
alta energía tan glorificada por los optimistas, se irá haciendo necesario tratar de imponer un orden estricto al creciente
caos. Como verdadero creyente en el orden mundial existente, el optimista se prestará a aceptar técnicas y prácticas ca-
da vez más represivas y deshumanizadoras. Asi. por ejemplo, incapaz de admitir que las megaciudades de alta entropía,
con millones de habitantes, representan una forma de vida sencillamente inviable, el optimista probablemente respalda-
rá la imposición de cualesquiera técnicas de Estado policial que se juzguen necesarias para mantener el orden social.
De forma semejante, para sostener el lugar de Estados Unidos como principal consumidor mundial de energía, los opti-
mistas propondrán que se aumente el presupuesto militar y se produzcan nuevas armas, a fin de sostener un imperio en
decadencia.
Desde luego, todas estas actividades están condenadas al fracaso. Cada intento de imponer el orden por me-
dio de nuevas tecnologias de alta energía sólo servirá para acelerar el caos. Se manipularán los genes para crear nuevas
formas de energía renovable o para curar enfermedades, y con ello se destruirá irrevocablemente la sabiduría evolutiva
acu mulada en miles de millones de años. Los intentos de sofocar los crecientes disturbios sociales, como la delincuen-
cia, por medio de nuevas tecnologías de vigilancia y armamento de alta energía privarán al resto de la sociedad de una
energía preciosa y solamente crearán nuevas formas de represión y de conducta antisocial. Los optimistas nunca po-
drán ganar su megalómana batalla en favor del orden, pero quizá consigan arrastrar a toda la humanidad en su caída.
La segunda reacción general ante la Ley de la Entropía puede denominarse pragmática. Menos creyente que
el optimista, y mucho menos grandioso en sus proyectos, el pragmático intentará retocar la estructura existente de mo-
do que refleje por lo menos algunas de las implicaciones de la visión entrópica del mundo. Por su propia naturaleza, el
pragmático tiene una visión limitada del mundo. Podrá comprender parte del paradigma entrópico, pero se le escapará
su significado global. Se mostrará dispuesto a reconocer algunos fallos del sistema actual, pero, después de todo, añadi-
rá, asi es el mundo. La ciudad de Nueva York no desaparecerá por las buenas; no podemos sostener la vida urbana si no
es con la agricultura mecanizada y los alimentos procesados; los norteamericanos jamás querrán romper su noviazgo
con el automóvil. Hemos de ser realistas, dirá.
Naturalmente, puesto que es un pragmático, no negará que cabe realizar considerables mejoras. Su lema será
“hagamos más con menos”, y dedicará su vida a refinar y perfeccionar la actual estructura de alta energía. Los urbanis-
tas se afanarán diseñando sistemas de transporte termodinámicamente aceptables, edificios bien aislados y comités de
barrio que aconsejen sobre mejores formas de aprovechar la energía. Los fabricantes de automóviles nos ofrecerán más
kilómetros por litro y coches que funcionen a base de alcohol o de electricidad. Los políticos expondrán la necesidad
de “reducir las expectativas” y adoptar una visión de “realismo planetario”. Todos se esforzarán, desde luego, por dejar
intacta la tecnoestructura general.
Incluso los poderes más establecidos harán lo posible por adaptar sus imperativos institucionales a cierto
marco entrópico vagamente definido. En agosto de 1979, por ejemplo, el Departamento de Energía patrocinó una con-
ferencia de tres dias de duración sobre la segunda ley de la termodinámica. Los trabajos que se presentaron en ella lle-
vaban títulos tan impresionantes como “Análisis termodinámico de la eficiencia energética en la reforma catalitica”,
“Reducción de la productividad en los procesos químicos por las limitaciones de la segunda ley” o “Una taxonomia de
los procesos de combustión según la segunda ley”.
En el futuro, sin duda podemos esperar que los pragmáticos se enzarcen en un acalorado debate técnico sobre
esta cuestión. “En vista de que la entropía aumenta constantemente, ¿cuál es el ritmo de crecimiento aceptable?” El su-
yo será un esfuerzo de cuantificación, un intento de conservar los sistemas existentes y hacerlos más “eficientes” en el
sentido más estrecho. Así, sus mentes convertirán una visión del mundo en otra herramienta para el cálculo de costes y
beneficios. Incapaces de comprender la realidad suprema de la Ley de la Entropía, los pragmáticos malinterpretarán
por completo el problema. Como un cristiano que se preguntara, “¿Cuántos pecados puedo cometer sin dejar de ir al
Cielo?”, el pragmático adoptará fácilmente fragmentos sueltos del vocabulario entrópico, pero se le escapará por com-
pleto el mensaje esencial de la segunda ley.
Todo esto no significa que el análisis de sistemas termodinámicos carezca completamente de valor. Pero, an-
tes de llegar al punto en que este análisis tenga un verdadero significado, hemos de reconocer que la Ley de la Entropía
nos dice que el flujo de energía de la sociedad debe reducirse al minimo factible a fin de sostener el desarrollo de toda
la vida hasta un futuro lo más lejano posible. La economía de la entropía se basa en las necesidades, no en los lujos.
Una vez comprendido esto, queda establecida la base que nos permite utilizar selectivamente los conceptos termodiná-
micos como herramienta para organizar la sociedad de baja entropía.
Comparemos, por ejemplo, cómo abordaría un problema determinado el pragmático termodinámico (de la es-
cuela del ajuste fino y el hacer más con menos) y la forma en que vería el mismo problema una persona que hubiera in-
ternalizado plenamente la importancia de la Ley de la Entropía. Un pragmático contemplaría un automóvil y se pregun
taria cosas como, “¿De qué manera podemos utilizar la segunda ley para modificar el motor de forma que nos propor-
cione un mayor rendimiento?” o “¿Cuál es el mejor diseño para la carrocería de un automóvil desde el punto de vista
termodinámico?” La persona que ha comprendido plenamcnte la visión entrópica del mundo haría una serie de pregun-
tas muy distintas, y en primer lugar querria saber si los automóviles son verdaderamente necesarios para la vida huma-
na; si íavorecen nuestro bienestar, nuestra salud y nuestra cultura; si los automóviles de hoy roban a las próximas gene-
raciones su capacidad de sostener la vida.
La persona que ha asumido la visión del mundo de baja entropía planteará siempre estas preguntas generales
antes de entrar en los detalles, pues comprende que no tiene mucha importancia el que una cosa se haga bien o mal si,
para empezar, ya no vale la pena hacerla.
Si no vale la pena fabricar automóviles, lo mismo da que sean capaces de recorrer diez kilómetros por litro
que treinta.
El tercer tipo de reacción general ante la Ley de la Entropía podría describirse como hedonista. El lema del
hedonista es “¡Hundámonos a lo grande!”, con el subtitulo “¿Qué ha hecho la posteridad por mi?” Probablemente estos
individuos admitirán que, en líneas generales, las cosas van cada vez peor. Protestarán por la contaminación de la at-
mós fera, por las toxinas que llevan los alimentos y por la destrucción de la naturaleza, pero, en una especie de síndro-
me de “la caida de Roma”, aducirán que no se puede hacer nada al respecto. La naturaleza humana, nos dirán, es codi-
ciosa y destructiva. Cada vez que alguien ha intentado cambiar el sistema, las cosas han seguido igual si es que no han
empeorado. ¿Qué puede hacer una persona corriente si no es cuidar de si misma, comer, beber y procurar pasarlo bien
hasta que se produzca la catástrofe?
Tanto el optimista como el pragmático y el hedonista tienen una cosa en común: todos ellos juzgan a los seres
humanos que vivieron antes de la era moderna como poco más ilustrados que las bestias de carga. Puesto que no cono-
cian las particulas subatómicas y no tenían ordenadores ni equipos estereofónicos, nuestros antepasados debían ser me-
nos humanos de lo que somos ahora. Estos acérrimos defensores del paradigma newtoniano no comprenden que nues-
tros conocimientos son sencillamente de una clase distinta a los conocimientos que tenía la gente de hace 500 o 5.000
años. Desde nuestro punto de vista reduccionista, parece que cada vez sabemos más; al mismo tiempo, parece que cada
vez comprendemos menos lo que nos está ocurriendo. Completamente divorciados de la naturaleza, nuestros intelectos
urbanos no alcanzan a comprender nuestra verdadera relación con el medio ambiente. En la práctica, nuestra cultura de
alta energía ha fragmentado hasta tal punto nuestras mentes que ya no estamos en armonia con la fuente de la vida. Di-
vorciados de la naturaleza como nos hallamos, no tenemos ninguna posibilidad de llegar a ser personas ilustradas o
“iluminadas”, en el sentido que le han dado a esta palabra los distintos pueblos a lo largo de la historia. Es cierto que
nuestros antepasados no tenian una explicación ni una comprensión cientifica de los fenómenos que les rodeaban, pero
tal vez tuvieran un mejor entendimiento intuitivo de lo que era verdaderamente importante en la vida.
Nuestros antepasados, por lo menos, eran autosuficientes. Sabian satisfacer sus necesidades. Nosotros, en
cambio, somos cautivos de nuestro entorno de alta energía. No podemos cultivar nuestros propios alimentos, crear
nuestros propios entretenimientos, vestirnos con nuestras propias manos. Somos como bebés impotentes que necesitan
ser atendidos en todas sus necesidades. Wendell Berry, agricultor y escritor, resume este dilema moderno en un maravi-
lloso párrafo:
El norteamericano es probablemente el ciudadano más desdichado en la historia del mundo. No
tiene poder para proveerse de nada excepto de dinero, y su dinero se infla como un globo y se aleja de él,
sometido a las circunstancias históricas y al poder de otras personas. De la mañana a la noche, no toca
nada que haya sido producido por él mismo, nada de lo que pueda enorgullecerse. A pesar de todo su
ocio y todas sus distracciones, se siente mal, ofrece mal aspecto, es obeso, tiene mala salud. Sabe que su
aire, su agua y sus alimentos contienen sustancias tóxicas. Tiene muchas probabilidades de morir de asfi-
xia. Sospecha que su vida amorosa no es tan satisfactoria como la de otras personas. Desearía haber na-
cido en una época anterior, o posterior. No sabe por qué sus hijos son como son. No entiende lo que le di-
cen. No le importa mucho, y no sabe por qué no le importa. No sabe qué quiere su esposa, ni qué quiere él
mismo. Ciertos anuncios e imágenes de las revistas le hacen sospechar que es una persona fundamental-
mente poco atractiva. Tiene la sensación de que todas sus posesiones están amenazadas de pillaje. No sa-
be qué haria si se quedara sin trabajo, si la economia se hundiera, si fallaran los servicios básicos, si la
policia se declarase en huelga, si los camioneros se declarasen en huelga, si su esposa lo abandonara, si
sus hijos se fueran de casa, si se le diagnosticara una enfermedad incurable. Y todas estas preocupacio-
nes, naturalmente, le hacen consultar a especialistas titulados que, a su vez, consultan con otros especia-
listas titulados respecto a sus propias preocupaciones.

Berry concluye: “Cuando se trata de vivir en el mundo según la propia voluntad y habilidad, el tribeño o el
campesino más estúpido resulta más competente que el más inteligente de los intelectuales, técnicos u obreros en una
sociedad de especialistas”.103
De la desesperación a la esperanza

Nuestra generación afronta un momento único en la historia humana. Como este libro ha intentado demostrar
una y otra vez, el entorno energético de una sociedad influye decisivamente en su cultura, sus valores, su política y su
economía. Ahora que hemos comenzado a vivir la transición desde un entorno energético basado en recursos no reno-
vables a otro basado en el flujo solar y formas de energía renovables, nuestra sociedad se verá sometida a grandes cam-
bios personales e institucionales. Los interrogantes que nos asaltan son: ¿Cuánto tiempo va a llevar la transición? ¿Có-
mo se desarrollará? ¿Cuáles serán nuestros papeles individuales?
La cuestión del tiempo es la más difícil de prever. La crisis energética de los años setenta y la preocupación
del público por la tendencia al calentamiento del planeta y la destrucción del medio ambiente a finales de los ochenta
ya han preparado el escenario para la aparición rudimentaria del paradigma entrópico. No cabe duda de que en los pró-
ximos decenios se irán introduciendo aspectos y fragmentos de la sociedad entrópica, al mismo tiempo que se mantie-
nen muchos vestigios del antiguo orden. En Europa, durante el periodo de transición entre la era medieval y la moder-
na, tuvo lugar un proceso muy semejante. Aun hoy, quienes visitan los países europeos pueden observar residuos de la
cultura feudal que siguen perpetuándose varios siglos después de la desaparición del sistema que les dio origen. En este
sentido, la transición a la Era Solar será también un proceso evolutivo que irá cobrando mayor impulso con cada nueva
crisis entrópica.
Sin embargo, no debemos dejarnos llevar por la errónea creencia de que este paso de un entorno a otro va a
ser tan gradual que la vida cotidiana podrá mantenerse como siempre, turbada únicamente por leves alteraciones. El pe-
riodo de transición no se extenderá a lo largo de varios siglos, como sucedió en los anteriores cambios del entorno ener-
gético. Nuestro sistema social y económico de alta energía es tan fragil depende tan absolutamente del constante aporte
de recursos no renovables, que en cualquier momento puede producirse un colapso monumental. Lo único seguro es
que los próximos veinte o treinta años re presentarán el periodo decisivo de la transición; por este motivo debemos em-
pezar a prepararnos desde ahora mismo para minimizar las posibles perturbaciones que sin duda se producirán durante
esta etapa de la divisoria entrópica.
En un capítulo anterior se han esbozado a grandes rasgos algunos de los cambios institucionales a largo plazo
provocados por el cambio de entorno energético. Sin duda habrá quienes juzguen que estos cambios son utópicos (e im-
posibles de alcanzar), mientras que otros los considerarán opresivos (y, por tanto, indeseables). Lo único que puede res-
ponderse a ambos grupos es que, si el futuro de baja energía que hemos expuesto aquí resulta inalcanzable o indesea-
ble, ¿qué otra alternativa tenemos? La escasez de recursos no renovables y el creciente efecto invernadero dejan bien
claro que no podemos seguir manteniendo nuestra infraestructura industrial de alta energía. Del mismo modo, la supo
sición de que durante el paso de una base energética no renovable a otra renovable nos será posible seguir manteniendo
un alto flujo de materia-energía por medio de las técnicas de bioingeniería resulta completamente irreal.
Nos guste o no, nos dirigimos irremisiblemente hacia una sociedad de baja entropía. De nosotros depende lle-
gar a ella porque así lo queremos, porque comprendemos que es necesario para nuestra supervivencia y que nos ofrece
enormes posibilidades de llevar una existencia mejor, o, al contrario, aferrarnos desesperadamente a nuestra actual vi-
sión del mundo hasta que, finalmente, nos veamos inevitable y dolorosamente empujados al futuro.
Cuanto más aplacemos la necesaria transición de una sociedad de alta entropía a una de baja entropía, mayor
será la factura del efecto invernadero y más difícil resultará el cambio. Si esperamos demasiado tiempo, acabaremos
descubriendo que el precio a pagar excede la capacidad de adaptación de la raza humana.
La alternativa contra el derroche a manos llenas de la energía disponible y el recalentamiento del planeta con-
siste en la internalización de los valores y dictados del paradigma entrópico. A menos que modifiquemos nuestra visión
newtoniana del mundo -individualmente y en conjunción con otros-, no existe ninguna esperanza de establecer un mo-
vimiento capaz de revolucionar nuestra sociedad. El primer paso en este proceso histórico consiste en comprender ple-
namente qué creemos, como personas. Debemos reformular voluntariamente nuestras vidas de forma que reflejen el
nuevo paradigma. Pero no basta con eso.
También debemos unirnos en una fuerza social popular y de base para empezar a desmantelar la presente in-
fraestructura de alta energía. Al mismo tiempo, debemos construir nuestra nueva sociedad basada en una nueva escala
de valores que reflejen nuestra comprensión del proceso entrópico.
Quizá todo esto sea un desafío a la imaginación. La tarea parece descomunal, y la posibilidad de éxito muy
pequeña. Habrá muchos que, una vez conocida la Ley de la Entropía, lleguen a la conclusión de que no hay ninguna es-
peranza. Al principio, la nueva visión puede parecer profundamente deprimente, y estas personas quedarán sumidas en
la desesperación. ¿Qué esperanza nos queda? ¿Cómo podemos esperar un futuro mejor cuando sabemos que, hagamos
lo que hagamos, vamos a dejar el mundo de una forma más degradada que cuando nacimos? ¿Dónde está la esperanza
cuando parece que casi todo lo que la humanidad ha hecho en los últimos siglos ha producido un resultado exactamente
contrario al que se pretendía?
Si seguimos basando nuestras esperanzas en el mantenimiento del orden existente, entonces es muy cierto
que sólo nos queda la desesperación como única compañía, pues no existe ninguna posibilidad de que la era moderna
tal como la conocemos pueda seguir manteniéndose durante mucho tiempo. Por otra parte, ¿qué tiene de atractivo la
propia idea de esta esperanza? ¿Por qué hemos de anhelar una tecnología más compleja y un crecimiento económico
aún más ruinoso, si sólo sirven para despojarnos de nuestro futuro como especie? El mantener la fe en nuestro entorno
de alta energía no es una esperanza, sino un espejismo y no debemos lamentar vernos libres de este espejismo. Al con-
trario, deberíamos alegrarnos de que nuestra generación tenga la oportunidad de dar comienzo a una transformación
planetaria que llevará nuestro mundo desde el borde de la aniquilación hacia un nuevo orden de las edades.
La Ley de la Entropía esconde una gran belleza. Nos guía por el teatro cósmico con seguridad, conocedores
del destino último que nos aguarda pero en condiciones de decidir por nosotros mismos cómo hemos de avanzar.
Hasta este momento de la historia, la raza humana se ha lanzado implacablemente hacia adelante, conquistan-
do todo lo que hallaba en su camino. Ahora que ha conseguido dominar y explotar prácticamente todos los nichos eco-
lógicos del planeta, la humanidad se encuentra ante la encrucijada de su propia historia. La fase de colonización empie-
za a cobrarse su precio. Mientras la humanidad sigue intentando maximizar el flujo de energía, el entorno energético
total del planeta se consume cada vez mas deprisa, la disipación y el desorden alcanzan niveles cada vez más altos y el
calentamiento planetario aumenta sin cesar. La única esperanza para la supervivencia de la especie es que la raza hu-
mana abandone su agresión contra el planeta y trate de adaptarse al orden natural.
Nuestro paso a la fase culminante, si es que llega a producirse, debe ser resultado de una elección consciente
de la raza humana. El hecho de que estemos empezando a tomar conciencia de esta elección significa que tenemos el
poder de poner en práctica una decisión. Y la toma de conciencia se deriva de la comprensión de la Ley de la Entropía.
Tras un vano y prolongado esfuerzo por averiguar cuál es nuestro lugar en el plan general de las cosas, la Ley
de la Entropía nos revela una sencilla verdad: que hasta el acto más simple que se produce en el mundo ha sido afecta-
do por todo lo que ha ocurrido antes del mismo, y afecta a su vez a todo lo que ha de venir luego. Así, cada uno de noso
tros es un continuo que engloba todo lo que nos ha precedido, y representa en nuestro propio devenir todas las posibili-
dades de todo lo que vendrá a continuación.
Puesto que todos los acontecimientos que jamás han sido o serán están conectados entre sí, en último término
todos compartimos la responsabilidad del pasado y el futuro infinitos. Lo que hacemos en este mundo reverbera hasta
los rincones más remotos del universo y afecta a todo lo que existe. La decisión de cómo hemos de vivir nuestra vida
no es una elección exclusivamente personal, sino que afecta a todo puesto que nuestras acciones lo tocan todo.
La Ley de la Entropía es un concepto a contemplar con maravilla; sin embargo, para la mayoría de nosotros
es causa de pavor. No podemos aceptar el hecho de que nuestro mundo físico concluirá algún día su viaje y dejará de
existir, del mismo modo en que no podemos aceptar que nuestro viaje personal sobre la Tierra tiene una duración mar
cada. La Ley de la Entropía, empero, nos dice que todo acontecimiento ocurrido en el mundo es una experiencia única;
es precisamente esta unicidad de cada acontecimiento lo que nos hace ser conscientes del respeto que debemos a todo
lo que existe a nuestro alrededor. El mundo entero es temporal. En su finitud experimentamos la nuestra. En su vulne-
rabilidad experimentamos la nuestra. En su fragilidad experimentamos la nuestra. Sin embargo, buscamos desespera-
damente la inmortalidad en este mundo finito aún sabiendo que no la hay. Nuestra búsqueda encierra un cierto nihilis-
mo. La finitud del mundo es un desagradable y constante recordatorio de la nuestra. Arramblamos con todo lo que nos
rodea, devorando los tesoros de la Tierra y las criaturas que son nuestras compañeras sobre ella, mientras nos decimos
a nosotros mismos que estamos buscando el progreso. En verdad, lo que buscamos es nuestra propia inmortalidad. Es
como si estuviéramos decididos a destruir hasta el último vestigio de este mundo finito con la esperanza de deshacer-
nos del doloroso conocimiento de nuestra naturaleza mortal. Nuestros actos violentos sólo nos conducen cada vez más
cerca de nuestra propia desaparición y de la desaparición de la herencia fija legada a todos los seres vivos del futuro.
Mientras tanto, contemplamos sin inmutarnos los desastres y la destrucción porque creemos que la ciencia y la tecnolo-
gía modernas pueden elaborar un sustituto para todo lo que agotamos en el almacén de la naturaleza.
Sólo si aprendemos a aceptar el carácter finito del mundo podremos comenzar a apreciar cuán precioso es en
realidad este regalo llamado Tierra. Sólo entonces todo acontecimiento cobrará un significado especial y la propia vida
llegará a verse como algo digno de ser estimado y respetado, Como el gran filósofo y científico Wilhelm Oswald obser-
vó en cierta ocasión: “La responsabilidad por cada acto sólo tiene sentido si el acto no puede ser repetido, si lo que está
hecho está hecho para siempre”.104
Hay quienes están dispuestos a aceptar la finitud del mundo físico pero creen que el flujo entrópico se ve con-
trarrestado por la constante expansión de una corriente de orden psíquico. Para estas personas, el proceso del devenir
de la vida se corresponde con la idea de una conciencia siempre creciente. En el esquema newtoniano, la conciencia
humana se percibe empeñada en un ascenso cuesta arriba, frente al viaje cuesta abajo del flujo entrópico. A la larga, se
supone, la conciencia colectiva de la humanidad se expandirá hasta un punto en que escapará por completo del plano
físico, superando la Ley de la Entropía en una especie de metamorfosis cósmica. Tras horadar el velo físico de la exis
tencia, la conciencia humana colectiva dará comienzo a un ascenso constante hacia el mundo etéreo de la iluminación
espiritual.
No es difícil comprender, pues, por qué alguna gente sostiene también la creencia no formulada de que, en un
entorno de no crecimiento o de baja entropía, la conciencia se atrofiará o encontrará un obstáculo para su desarrollo. De
algún modo, se tiene la idea de que la conciencia debe ser regada y cultivada constantemente por medio de una activi-
dad física acelerada, si se desea que crezca. Llevado hasta sus últimas conclusiones, este razonamiento parece dar a
entender que cuanto mayor sea el flujo de energía y el desorden resultante, más apropiado será el entorno para el culti-
vo de la conciencia.
Esto no es así, en absoluto. La aceleración del flujo físico no implica un mayor desarrollo espiritual, sino al
contrario. La trascendencia surge de la quietud y del reconocimiento de la belleza en el “ser”, no de la discordia y de
los trabajos del “hacer”. El Siddharta de Hermann Hesse tuvo que sentarse junto a un río y escuchar calladamente su
fluir a fin de hacerse uno con él y llegar a la iluminación. El desarrollo humano en la era moderna, en cambio, lleva in-
herente la resistencia al flujo natural de las cosas. El rasgo característico de la fase de colonización es conquistar y so-
meter. Constantemente nos figuramos la iluminación como algo por “conseguir”, cuando en realidad es algo por “expe-
rimentar”. Mientras nos esforcemos frenéticamente en busca de la iluminación, estaremos resistiéndonos al ritmo natu-
ral del proceso del devenir y nos alejaremos cada vez más de la iluminación que deseamos.
Del mismo modo, el hombre y la mujer de hoy ven erróneamente la capacidad tecnológica como muestra de
una forma superior de conciencia. En realidad, cuando más tecnificados nos hemos vuelto en la modificación de nues-
tro medio ambiente, menos atentos hemos estado a nuestras necesidades espirituales. Nuestras empresas mundanas y
nues tros adelantos espirituales sólo podrán empezar a converger de nuevo cuando la humanidad renuncie a su volun-
tad de dominio y comience a adaptarse a un mundo que no ha sido hecho por nosotros, sino para el cual hemos sido he-
chos.
También nos equivocamos cuando confundimos el proceso de devenir con un progreso o evolución hacia
cierto estado de perfección en el futuro. Experimentamos el devenir de una rosa, pero no la percibimos como un ante-
cesor imperfecto de alguna flor más perfecta que quizás aparezca en un futuro lejano. Tampoco cuestionamos el valor
de una determinada rosa existente; su propia existencia basta para justificarla. La perfección de la rosa está en su ser.
¿Por qué no habría de suceder lo mismo con la humanidad? Desde el punto de vista de su capacidad física o mental, las
personas no han cambiado desde hace decenas de miles de años. Al igual que cada rosa es una rosa y, por tanto, perfec-
ta en sí misma -es decir, en su propio acontecer subjetivo-, lo mismo puede decirse de cualquier vida humana.
Resulta irónico, pues, que sigamos apegados a la creencia del desarrollo gradual de una conciencia humana
colectiva que culminará con la iluminación total en un futuro remoto, cuando lo cierto es que el estado perfecto se halla
siempre presente. Mientras no reconozcamos que la revelación y la conciencia cósmica se hallan a disposición de todos
en todo momento, nunca podremos aceptar la plena responsabilidad de todos nuestros actos y de nuestra relación con el
mundo que nos rodea. En su lugar, seguiremos racionalizando nuestros errores y omisiones, tomándolos como una con-
secuencia de nuestro estado aún no iluminado dentro del proceso del devenir colectivo. Dicho de otro modo, como aún
no somos plenamente conscientes, aún no tenemos que ser del todo responsables
Una vez que aceptamos completamente la Ley de la Entropía, empero, ya no podemos volver a eludir nuestra
responsabilidad total por todo lo que ocurre en el mundo en que vivimos y al que afectamos. La responsabilidad total, a
su vez, precede a la experiencia de la conciencia total y la iluminación espiritual.
La Ley de la Entropía responde a la pregunta central que toda cultura humana a lo largo de la historia ha debi-
do plantearse: ¿Cómo han de comportarse los seres humanos en el mundo? Si bien se ha admitido, en general, que los
humanos deben actuar de una manera que preserve y favorezca la vida, también se han formulado innumerables recetas
acerca de cómo se logran exactamente estos fines. Por fin, la Ley de la Entropía nos proporciona una respuesta que
abarca todos los aspectos. Para preservar y favorecer la vida, bajo todas sus formas, hace falta energía disponible.
Cuanta más energía disponible haya, mayores serán las posibilidades de extender la vida hacia el futuro. Pero la segun-
da ley nos dice también que las reservas totales de energía disponible en el mundo disminuyen constantemente con ca-
da acontecimiento. Cuanta más energía utilice cada uno de nosotros, menos energía quedará disponible para la vida que
venga detrás de nosotros. El imperativo moral supremo, entonces, es el de derrochar la mínima energía posible. Cuan-
do lo hacemos así, estamos expresando nuestro amor hacia la vida y nuestro amoroso compromiso para con el desplie-
gue continuado de toda la vida.
Por consiguiente, cuando hablamos de amor en su sentido universal, estamos hablando de ese profundo espí-
ritu de unidad que reconoce que cada uno de nosotros es una parte inseparable del flujo total que constituye el proceso
de devenir de la propia vida.
El amor no es antientrópico, como a algunos les gustaría creer; si así fuera, el amor sería una fuerza contraria
al devenir, pues el flujo entrópico y el devenir van de la mano. El amor, al contrario, es un acto de supremo compromi-
so con el proceso de despliegue. Por eso la forma más elevada de amor es el autosacrificio, la disposición a perder e in-
cluso a dar la propia vida, si es necesario, por el bien de la vida en Sí.
El amor es una fuerza suave y sutil que transmite una sensación de conciencia total e integración con el ritmo
universal que es el proceso del devenir. Mediante su expresión, el amor reconoce un plan maestro para el despliegue de
la estancia física en el universo, a la vez que reconoce la imposibilidad de llegar a comprender jamás por completo los
misterios que subyacen tras él. Es al mismo tiempo una declaración de fe en la bondad última de este proceso cósmico
y un acto de entrega total e incondicional al flujo rítmico natural que impulsa toda la realidad física a lo largo de su cur-
so.
El amor, por tanto, es una experiencia que se saborea. No intenta acelerar ni detener el proceso de flujo, pues-
to que en su forma más pura no es sino la encarnación de ese ritmo cósmico universal al que debemos respetar y adhe-
rirnos.
En último término, nuestra presencia individual reposa siempre en el alma colectiva del proceso de desplie-
gue en sí. Conservar lo mejor que podamos la herencia fija que nos ha sido transmitida y respetar lo mejor que poda-
mos el ritmo natural que rige el proceso del devenir equivale a expresar nuestro amor esencial hacia toda la vida que
nos ha precedido y toda la que nos seguirá. Tomar conciencia de esta doble responsabilidad es dar el primer paso hacia
nuestra transformación desde una fase colonizadora a una fase culminante. Todos somos administradores del mundo.

Conclusión
La especie humana está internándose en el Mundo Invernadero. La crisis energética naciente y la tendencia al
calentamiento del planeta constituyen la mayor amenaza a la supervivencia de nuestra especie de que hay constancia en
la historia. Para responder eficazmente a este desafío, la humanidad tendrá que elaborar una nueva visión del mundo
que tome en cuenta los principios subyacentes de las leyes de la termodinámica, y sobre todo la Ley de la Entropía. Al
examinar las leyes de la energía, hay siete aspectos que todo lector debe tener presentes.
Primero, la Tierra es prácticamente un sistema cerrado. En termodinámica se estudian tres tipos de sistemas:
los sistemas aislados, que no intercambian materia ni energía con el mundo exterior; los sistemas cerrados, que inter-
cambian energía pero no materia, y los sistemas abiertos, que intercambian materia y energía con el entorno exterior.
La Tierra constituye un sistema cerrado respecto al sistema solar. Intercambia energía con el Sol, pero, para todos los
fines prácticos, no intercambia materia con el resto del sistema solar: a excepción de algún que otro meteorito, de las
pequeñas cantidades de polvo cósmico que caen sobre la Tierra y de los satélites artificiales que se envían al espacio,
de la Tierra no entra ni sale ninguna cantidad apreciable de materia.
Segundo, a corto plazo y en bolsas geográficas aisladas en diversos puntos del planeta, se experimentan divi-
sorias entrópicas. Esto es, la base particular de materia-energía que es utilizada por una sociedad llega a agotarse, ya
sea por acción de fuerzas naturales o porque la gente consume los recursos más deprisa de lo que la naturaleza es capaz
de reponerlos. Esto impone forzosamente el cambio a una nueva base de materia-energía. Este ensayo no intenta suge-
rir en modo alguno que la definitiva muerte térmica del planeta sea inminente; lo que sí sugiere es que nuestra actual
base de materia-energía, compuesta de combustibles fósiles y una combinación de determinados metales. está a punto
de agotarse, y que deberemos pasar a un nuevo campo de materia-energía.
Tercero, cada nueva base de materia-energía se convierte en el contexto para el desarrollo de un nuevo con-
junto de tecnologías que captan, intercambian y desechan ese particular entorno de materia-energía. Y junto con los
nuevos tipos de tecnología aparecen nuevos valores, instituciones y visiones del mundo. Aunque la base de materia-
energía sienta el contexto, no determina rígidamente los procesos especficos que cada sociedad decide utilizar para
transformar el entorno en los productos económicos de la vida. Las tecnologías, las instituciones, los valores y las vi-
siones del mundo pueden variar considerablemente, pero siempre deben ser compatibles con la base de materia-energía
que están transformando.
Cuarto, la economía mundial se halla en las fases iniciales de una transición histórica, desde una base de
energía extraíble consistente en combustibles sólidos y metales escasos a una era solar cuya principal fuente de energía
serán los recursos renovables. Ya han empezado a desarrollarse dos metodologías contrapuestas, cada una de ellas con
un enfoque muy distinto para la organización de los recursos biológicos en la próxima era solar. El primer método po-
dría definirse, de forma un tanto elástica, como tecnología ecológica. Este enfoque prima la compatibilidad con la velo-
cidad del proceso de producción en la naturaleza. Su principio fundamental es el de equilibrar nuestra balanza econó-
mica con la naturaleza; dicho de otro modo, se trata de no consumir los bienes más deprisa de lo que la naturaleza pue-
de producirlos. Se da prioridad a las instituciones descentralizadas, al predominio de la mano de obra, a una mayor
diversidad y a la autosuficiencia regional, así como al uso frugal y equitativo de los recursos naturales. Esta tecnología
ecológica está comenzando a desarrollar una infraestructura, de forma fragmentaria, en comunidades de todo el país.
Al mismo tiempo, a medida que entramos en la Era Solar emerge también otro enfoque completamente distinto para la
organización de los recursos renovables. Se llama ingeniería genética. Las grandes empresas están invirtiendo miles de
millones de dólares en el desarrollo de la ingeniería genética, pues comienzan a darse cuenta de que la transición histó-
rica de los combustibles fósiles a la energía solar y renovable es ya inminente. Bajo la creencia de que el enfoque de la
tecnología ecológica es demasiado lento e ineficaz para mantener las pautas de “crecimiento” actuales, se aduce que
una ingeniería capaz de manipular la biología del planeta resulta imprescindible para acelerar la conversión de la mate-
ria viva por encima del ritmo natural, a fin de mantener una curva de crecimiento constante en la nueva Era Solar.
En los proximos veinte años será necesario tomar decisiones críticas respecto a cuál de estos dos métodos pa-
ra organizar los recursos renovables, tan dispares entre sí, acaba imponiendose.
La comprensión de la Ley de la Entropía y demás leyes de la termodinámica resulta esencial si queremos
evitar la locura de una era solar genéticamente diseñada. Para un análisis más detallado de los graves peligros que im-
plicaría una era solar basada en la ingeniería genética, el lector puede consultar tres de mis libros anteriores, Algeny,
Declaration oJ a Heretic y Who Should Play God? Estas obras examinan los problemas ecológicos, económicos, polí-
ticos y morales que plantea la ingeniería genética y la creación de vida artificial.
Quinto, muy a largo plazo, cuando el Sol acabe por extinguirse, la Tierra se convertirá en un planeta frío y
estéril, y finalmente quedará reducido a una nube de polvo que se dispersará por el teatro cósmico. Anteriormente, los
académicos han asociado la entropía con la muerte térmica definitiva del sistema solar, y han llegado a la conclusión de
que eso pertenece a un futuro tan remoto que carece de importancia para la vida humana. Este ensayo, en cambio, se
concentra en la entropía como un proceso, antes que como un estado final, y examina las grandes modificaciones que
experimentan los entornos de materia energía aquí en la Tierra y la relación de los seres humanos con las leyes de la
termodinámica y el flujo entrópico. Su objetivo consiste en proporcionar un marco general para el análisis. Aunque
examina los trastornos políticos, culturales y económicos que tienen lugar cuando los seres humanos y las civilizacio-
nes deben adaptarse a una modificación radical de su entorno energético, no aborda estas cuestiones en profundidad.
No obstante, es de esperar que este emergente marco conceptual basado en las leyes de la termodinámica impulse a
otros a estudiar las dimensiones políticas, culturales y económicas del cambio bajo una nueva perspectiva.
Sexto, hay personas para quienes la Ley de la Entropía resulta deprimente en grado sumo. Esto no deja de ser
extraño, puesto que se trata simplemente de una ley física. Cuando Copérnico anunció que el universo no gira en torno
a la Tierra, mucha gente se sintió no menos afectada, pero la humanidad logró adaptarse a la realidad. Las leyes físicas
solamente exponen la forma en que funciona el mundo físico; lo que determina nuestro estado mental es cómo elegi-
mos relacionarnos con estas leyes. Es curioso oír a algunos lamentarse porque, si el mundo físico es en verdad finito y
a cada instante avanza hacia la muerte, ¿de qué sirve que nos esforcemos por nada? ¿Por qué no nos rendimos? Con to-
do, nuestra propia vida individual también está sometida a la Ley de la Entropía. Viajamos del nacimiento hacia la
muerte. Nuestra duración física es finita y, por mucho que lo intentemos, no hay manera de escapar a esta realidad.
Cuando reconocemos por vez primera la finitud de nuestra existencia, en general no nos decimos a nosotros mismos,
“si todo es cuesta abajo (del nacimiento a la muerte), ¿por qué hemos de hacer ningún esfuerzo?” Al contrario, lo más
habitual es que el reconocimiento profundo de nuestra mortalidad nos empuje, aunque sólo sea por breves momentos, a
utilizar todas las experiencias de la vida juiciosamente, con respeto y reverencia, pues sabemos que no existe sustituto,
alternativa ni vuelta atrás para nada de lo que hagamos en nuestra vida individual. Por desgracia, estos instantes en que
reconocemos profundamente nuestra mortalidad personal suelen ser escasos y muy espaciados, y el resto de nuestro
tiempo se invierte en la lucha por superar la Ley de la Entropía. Pero lo que es cierto para nuestra experiencia personal
también es cierto para el resto del mundo físico en que vivimos, y, tal como a menudo resulta difícil aceptar nuestra
mortalidad física y el carácter irreversible de nuestras experiencias vitales, también resulta difícil aceptar la naturaleza
finita e irreversible del mundo que nos rodea.
El proceso entrópico en sí no es optimista ni pesimista; es única mente una descripción de cómo se despliega
el mundo fisico. La forma en que elijamos reconciliarnos filosóficamente con este proceso determinará nuestro punto
de vista individualmente y como sociedad. Reconciliarse significa comprender que la entropía no es buena ni mala de
por sí. Es cierto que representa desorden y decadencia, pero por otra parte también representa el despliegue de la propia
vida. Los valores sólo entran en juego cuando tomamos decisiones acerca de cómo vamos a relacionarnos con el flujo
entrópico.
Finalmente, y como todos los conceptos científicos, la entropía y las leyes de la termodinámica son de natura-
leza antropocéntrica. Todas las leyes científicas responden a nuestra necesidad de utilizar abstracciones simbólicas para
tratar de entender lo mejor que podamos cómo funciona el mundo físico.
El conocimiento de la Ley de la Entropía puede ayudarnos a comprender nuestra relación con la existencia fí-
sica, de la que constituimos una parte pequeña pero significativa. Al igual que la gravedad, la entropía no es más que
una ley física, y esto ha de ser tenido muy cuenta tanto por quienes preferirían negar de plano su importancia como por
quienes querrían convertirla en una ideología que lo abarcara todo. En tanto que concepto antropocéntrico, la entropía
puede contribuir a definir las reglas fisicas que rigen el juego de la vida. La forma en que se desarrolla el juego, sin em-
bargo, viene determinada por los valores y visiones, caprichos y fantasías, ideologías e “ismos” que emanan de la men-
te humana conforme las personas se relacionan entre sí y con su medio ambiente.

Epílogo
La historia de la termodinámica ha sido -y sigue siendo- más agitada de lo común, debido principalmente al
carácter único de la Ley de la Entropía. Aunque es muy probable que los hechos básicos por los que se interesa la ter-
modinámica hayan sido conocidos por la humanidad desde los albores de la civilización, no fueron incorporados al edi-
ficio de la ciencia hasta hace apenas cien años. Antes de esa época, los hombres de ciencia no prestaron ninguna aten-
ción a uno de los hechos más elementales, a saber, que el calor se transmite siempre desde el cuerpo más caliente al
más frío, y, por sí mismo, nunca a la inversa. Hoy en día, esta verdad constituye la formulación más evidente de la se-
gunda ley de la termodinámica, también llamada Ley de la Entropía.
El primer detalle interesante a propósito de esta ley es que fue establecida mucho antes que las otras, no tan
curiosas: la primera y la “número cero”. La primera ley declara que la energía no se crea ni se destruye (lo cual implica
el punto, teóricamente sensible, de que cualquier clase de trabajo es una forma de energía). La ley número cero, que fue
añadida en último lugar como necesario soporte teórico para la termodinámica clásica, dice sencillamente que si dos
cuerpos se hallan en equilibrio térmico con un tercero, también estarán en equilibrio térmico entre sí cuando entren en
contacto.
Curiosamente, fue la primera ley la que encontró mayores dificultades para ser aceptada. Cabría especular
que la mente humana se mostraba un tanto renuente a abandonar la esperanza de que algún día pudiera construirse una
máquina capaz de realizar un trabajo sin consumir energía, es decir, una máquina de movimiento perpetuo del primer
tipo. Sólo hace falta echar un vistazo a la primera edición de la revista Science para comprobar que incluso en época
tan cercana como el año 1880 -y, por tanto, después de que la termodinámica se hubiera constituido en una rama legíti-
ma de las ciencias naturales- la creencia de que la electricidad representa una fuente inagotable y gratuita de energía
motriz estaba muy arraigada.
Por lo que a la marcha de la ciencia se refiere, la Ley de la Entropía fue la que asestó el primer golpe al dog-
ma mecanicista que venía imperando desde que la mecánica newtoniana alcanzara sus espectaculares éxitos en el terre-
no de la astronomía. Según dicho dogma, los procesos pueden discurrir tanto hacia adelante como hacia atrás, y, como
subrayó Laplace en su celebrada apoteosis de la mecánica, toda la naturaleza se compone de simple movimiento sin
cualidades. A esta crisis los puristas replicaron -y unos cuantos lo hacen todavía- que la termodinámica no es una cien-
cia natural legítima, porque algunos de sus conceptos son antropomórficos (como si algún concepto humano pudiera
tener otra raíz). La Ley de la Entropía, ciertamente, implica una distinción basada en la estructura de los humanos. Una
de sus formulaciones exige distinguir entre dos calidades de la energía cuantitativamente invariable: está la energía dis-
ponible, aquélla que podemos utilizar para nuestros propios fines, y la energía no disponible, que, en palabras de Lord
Kelvin, está “irrevocablemente perdida para el hombre..., aunque no aniquilada”. Esta distinción es consecuencia de un
principio formulado por primera vez por N.L.S. Carnot, en su célebre memoria de 1824: “Para que una máquina térmi-
ca que funciona en ciclos pueda realizar un trabajo mecánico, debemos utilizar dos cuerpos a distinta temperatura”.
Al igual que un peso sólo puede producir trabajo mecánico cuando cae de un nivel superior a otro inferior, la energía
térmica tampoco puede accionar una máquina que funcione en ciclos a menos que pueda “caer” a un nivel inferior de
temperatura (paralelismo éste que fue erróneamente interpretado por Carnot como una identidad analítica). Así como
un peso no puede proporcionar ningún trabajo mecánico una vez ha llegado al nivel más bajo disponible, la energía tér-
mica queda “irrevocablemente perdida para el hombre” una vez llega a la temperatura más baja disponible.
Lo que se niega aquí es el movimiento perpetuo del segundo tipo, es decir, el de una máquina que funcione en
ciclos utilizando únicamente la energía térmica de una sola fuente. Pero no debemos pasar por alto que esta negativa no
se aplicaría si los seres humanos no estuviéramos necesariamente confinados a un espacio finito, de forma que pudiése
mos utilizar máquinas que no funcionaran en ciclos; o si el tiempo no tuviera importancia para nosotros, de forma que
pudiéramos utilizar máquinas que se movieran a una velocidad infinitesimal y, por tanto, no sufrieran rozamiento. La
única razón que nos priva del movimiento perpetuo del segundo tipo es la finitud de la condición humana. Sólo en este
sentido puede afirmarse que la termodinámica huele a antropomorfismo .
Puesto que Rudolf Clausius definió la entropía como un índice relativo (relativo a la temperatura) de la ener-
gía no disponible en un sistema aislado? ahora hablamos del irreversible aumento de la entropía, lo cual deja la impre-
sión de que este aumento surge misteriosamente de la nada. Lo que no se tiene en cuenta es que el aumento correspon-
de a una disminución de la energía disponible. Para representar de forma sencilla este fenómeno, por lo demás comple-
jo, podemos compararlo con un reloj de arena al que no se puede dar la vuelta pero que marca el verdadero transcurso
del tiempo.
Puesto que la Ley de la Entropía suele formularse de un modo un tanto misterioso, y puesto que el gran físico
A.S. Eddington la calificó de ley suprema de la naturaleza, esta ley ha ejercido un atractivo desacostumbradamente in-
tenso. El concepto de entropía se ha trasladado también a prácticamente todos los demás terrenos, como las comunica-
ciones, la biología, la economía, la sociología, la psicología, la ciencia política e incluso el arte. El responsable de abrir
la puerta a esta situación fue Claude Shannon. Tras descubrir, en su revolucionario comunicado de 1948, que el número
medio de mensajes por señal en un código vernáculo viene dado por la misma fórmula algebraica que Boltzmann pro-
puso para la entropía, Shannon denominó dicha media “la entropía de la información”. El término hizo fortuna y, desde
entonces, una embarullada metamorfosis semántica ha conducido incluso a identificar el conocimiento con la baja en-
tropía (entropía negativa). Pero Shannon. por lo menos. demostró su talla intelectual al denunciar en su artículo “The
Bandwagon”, publicado en 1956, el absurdo de esta tendencia que ha “inflado la entropía de la información hasta darle
una importancia muy superior a sus logros reales”. Aun así, el cortejo con el emperador desnudo sigue desfilando. En
vista de la irreversibilidad proclamada por la Ley de la Entropía, no es de extrañar que esta ley creara una gran agita-
ción en torno a la eterna cuestión: ¿Qué es la vida? La introducción de la Ley de la Entropía planteó un nuevo dilema.
Si el universo material está constantemente sometido a una degradación irreversible, ¿cómo pueden las estructuras vi-
vientes desarrollarse, sobrevivir e incluso extenderse? No cabe duda de que este pensamiento indujo a algunos de los
grandes pioneros de la termodinámica a formular importantes reservas sobre la validez universal de la Ley de la Entro-
pía. En una época muy temprana, Hermann von Helmholtz se preguntó si el paso de energía no disponible a disponible
“es también imposible para las delicadas estructuras de los tejidos orgánicos vivos”. Más interesante aún, la primera
formulación de esta ley según Lord Kelvin estaba expresada de la siguiente manera: “Es imposible producir por medio
de un agente material inanimado ningún efecto mecánico de cualquier porción de materia al enfriarla hasta una tempe-
ratura inferior a la del más frío de los objetos que la rodean.” (La cursiva es mía.) El conflicto abierto se declaró a ra-
íz de un desacuerdo epistemológico. Mucho antes de que se estableciera la Ley de la Entropía, Karl Ernst von Baer
(1792-1876) refutó el dogma prevaleciente, según el cual los huevos eran seres desarrollados en miniatura, con su des-
cubrimiento del óvulo de los mamíferos. Esto le condujo a proclamar que lo heterogéneo surge de lo homogéneo. Pos-
teriormente, Herbert Spencer elevó esta idea al rango de la ley más importante de la naturaleza. Más tarde aún, algunos
académicos (como George Hirth y Felix Auerbach) y filósofos (como Henri Bergson y Alfred North Whitehead) insis-
tieron en la propiedad única de la vida de discurrir en sentido contrario a la degradación de la materia inerte. Las acusa-
ciones de misticismo que se lanzaron contra esta filosofía pierden su validez cuando se tienen en cuenta las siguientes
observaciones:
En primer lugar, la Ley de la Entropía se aplica exclusivamente a sistemas completamente aislados, mientras
que un organismo vivo, al ser un sistema abierto, intercambia materia y energía con su medio ambiente. Así pues, no se
contradice la Ley de la Entropía mientras el aumento de entropía en el medio ambiente sea superior a la disminución de
la entropía en el organismo.
En segundo lugar, la Ley de la Entropía no dicta la velocidad de la degradación, que puede ser acelerada (co-
mo es el caso de todos los animales) o retardada (como en las plantas verdes).
En tercer lugar, esta ley no determina la clase de estructuras que pueden emerger del remolino entrópico. Para
expresarlo mediante una analogía: la geometría determina la longitud de las diagonales de un cuadrado, pero no el co-
lor del cuadrado. Naturalmente, cómo es que un cuadrado determinado resulta ser “verde”, por ejemplo, es una cues-
tión distinta y casi imposible de responder.
La termodinámica enseña lo que dijeron Boltzmann y, mucho más recientemente, Erwvin Schrodinger, a sa-
ber, que todo organismo necesita absorber constantemente baja entropía del entorno, pues de otro modo pronto se de-
gradaría entrópicamente. Pero aún no se ha descubierto ningún agujero en la Ley de la Entropía que justifique la impre-
sionante afirmación de que la existencia de estructuras portadoras de vida es una conclusión necesaria de las leyes de la
termodinámica. La verdad, tal como hoy la conocemos, es que la vida no es una conclusión de todo el conjunto de le-
yes físico-químicas, y que es el comportamiento de cualquier compuesto químico u organismo biológico lo que debe
enumerarse entre las propiedades de todo elemento componente de dicho compuesto u organismo.
Esta breve historia se ha ampliado recientemente con un episodio muy importante. Ya sea porque el intelecto
occidental se halla dominado por un complejo de flujo o porque la energía, al ser una “sustancia” homogénea, es mu-
cho más tratable que la materia heterogénea, la termodinámica (o, para el caso, cualquier otra rama de la física teórica)
no ha prestado ninguna atención a lo que ocurre en el armazón material de las máquinas. En termodinámica, la materia
sólo se menciona en relación con la pérdida de energía disponible debida al trabajo inútil para superar el rozamiento.
Sin embargo, el hecho de que la materia disponible (por utilizar la expresiva terminología de Lord Kelvin) también se
convierte en no disponible es tan obvio y elemental como la comparable transformación a que se ve sometida la ener-
gía. Y eso no es todo. También es obvio y elemental el hecho de que, debido una vez más a la finitud de nuestra exis-
tencia, no podemos reciclar las moléculas de caucho que se disipan de los neumáticos de coche, las moléculas de cobre
que se disipan de las monedas, las moléculas de fósforo que se disipan de los abonos químicos, etc., etc. Todas ellas
quedan “irrevocablemente perdidas para el hombre”. Sólo podemos reciclar la materia que aún sigue disponible pero
ya no se halla en una forma útil: vidrios rotos, herramientas gastadas y demás; en una palabra, la “chatarra”.
Por consiguiente, nuestra descripción de las transformaciones entrópicas debe completarse con una nueva ley,
la cuarta ley de la termodinámica (una elección terminológica no muy afortunada). Esta ley puede formularse de diver-
sas formas equivalentes:
A. La materia no disponible no puede ser reciclada.
B. Un sistema cerrado (es decir, un sistema que no puede intercambiar materia con el entorno) no pue-
de realizar trabajo indefinidamente a un ritmo constante.

Esta ley proclama para la materia lo mismo que la Ley de la Entropía para la energía. La única diferencia es
que, en un sistema aislado, en lugar de tender hacia la muerte térmica (cuando toda la energía es no disponible) tiende
hacia el caos (cuanto toda la materia-energía es no disponible). Sin embargo, debemos abstenernos de hablar de la en-
tropía de la materia como una entidad medible. En el caso de la energía, hay una entropía medible porque la energía es
homogénea; la materia en cambio, es heterogénea, como se ve claramente en la tabla de Mendeleev. Los factores que
disipan la materia, por tanto, varían considerablemente de una sustancia material a otra; de ahí que no podamos (en es-
tos momentos) resumir todas las disipaciones materiales bajo una sola fórmula general, lo cual no significa en absoluto
que estas disipaciones no se produzcan irrevocablemente ni que no podamos hablar de la degradación general de la ma-
teria-energía disponible hacia una forma no disponible.
Bajo esta nueva luz, el aprieto entrópico de nuestra especie se nos revela mucho más complicado de lo que
todos pensamos a la hora de reaccionar ante la actual crisis energética. En primer lugar, la receta de un estado estable
ya no puede considerarse como una tabla de salvación ecológica (aunque esto no debe interpretarse como un rechazo
de los valores éticos y morales que Herman Daly invoca en su apoyo). En segundo lugar, una tecnología válida ha de
ser capaz de mantener su armazón material durante tanto tiempo como su combustible específico siga disponible. Si
únicamente se toman en cuenta los flujos de energía como suele hacerse ahora, puede llegarse a conclusiones erróneas.
Pese a las constantes afirmaciones en sentido contrario, el uso directo de la energía solar no constituye aún una tecnolo-
gía viable. Las fórmulas actualmente conocidas son sin duda factibles (como lo es la fórmula para llevar un hombre a la
Luna), pero (como es el caso de este ejemplo) son parásitos de la tecnología existente. Si no se reconoce abiertamente
este hecho, sólo se crean esperanzas falsas, y por tanto peligrosas, en la mente del público.
Otro aspecto aún más interesante en la historia de la termodinámica es la acalorada polémica, a menudo exa-
gerada más allá de lo razonable que se desarrolló a propósito de la irreversibilidad; es decir, del sentido único del tiem-
po en tanto que fluir de la conciencia humana. El característico apego de nuestras mentes a la explicación mecanicista
salía de nuevo a la superficie. Como tal vez recordemos, en sus Conferencias de Baltimore (1894), Lord Kelvin admi-
tió que sólo era capaz de entender un proceso si podía representarlo mediante un modelo mecánico. Naturalmente, la
Ley de la Entropía, que negaba explícitamente que la energía térmica pudiera moverse por sí misma en ambas direccio-
nes entre dos cuerpos, no fue aceptada de buena gana por el mundo académico. Así pues, salvo unas pocas voces dis-
cordantes, todos los físicos quedaron encantados cuando Boltzmann propuso la idea de que los fenómenos termodiná-
micos son resultado de los movimientos de las moléculas de un gas según las leyes deterministas de la mecánica clási-
ca combinadas con un factor aleatorio.
El dogma mecanicista volvía a triunfar. No debe extrañarnos que desde entonces se haya mantenido como le-
ma fundamental de la termodinámica; pero tampoco hemos de pasar por alto los fallos provocados por el punto de vista
probabilista en nuestra Weltbild [concepción del mundo] y, en último término, en nuestra Weltanschauuylg [visión o fi-
losofía del mundo].
Mientras el fundamento lógico de la termodinámica repose también sobre la probabilidad (bajo cualquier for-
mulación), la conversión espontánea de la energía no disponible en disponible es sólo un acontecimiento muy improba-
ble, pero no imposible. En consecuencia, nos cabe la esperanza de inventar alguna estratagema que permita producir
casi a voluntad esta transformación posible y, por tanto, permita aumentar nuestro suministro de energía disponible. No
es irrazonable suponer que esta esperanza tan optimista se halla en la base de la relativamente extendida creencia en
que la Ley de la Entropía será refutada algún día.
Por desgracia, esta creencia tiene que ver con el ya mencionado aprieto entrópico de la humanidad, ya que
surge del hecho de que la especie humana trascendió el lento e inseguro trayecto biológico hacia el progreso ecológico
cuando comenzó a producir órganos exosomáticos (intercambiables) a base de recursos minerales. La raíz de la escasez
económica reside no sólo en el carácter limitado de tales recursos, sino también en la irrevocable degradación entrópi-
ca. Por este motivo, hace quince años, en mi análisis de la naturaleza entrópica del aspecto material del proceso econó-
mico, me pareció necesario exponer detalladamente la falacia del matrimonio entre la probabilidad y las estrictas leyes
de la mecánica. Que mi esfuerzo no era injustificado lo demuestra el arrebato con que Peter L. Auer, físico profesional,
prologó en cierta ocasión su afirmación de que la Ley de la Entropía no excluye el crecimiento económico continuado.
Su posición es la misma que la de la profesión económica en general: “Pase lo que pase, encontraremos una solución”.
Resulta bastante difícil explicar cómo se llegó a esta opinión. No cabe duda de que los fundadores de la eco-
nomía neoclásica se hallaban enamorados del dogma mecanicista que prevalecía en aquella época. Los economistas
han prestado atención a la primera ley. Alfred Mars hall, por citar uno, reconoció explícitamente que no podemos pro-
ducir materia ni energía; sólo podemos producir “utilidades”. Los economistas modernos, empero, han pasado comple-
tamente por alto la Ley de la Entropía, de forma que a ninguno se le ha ocurrido preguntarse cómo podemos producir
estas utilidades. En pocas palabras, la economía estándar (la economía actualmente prevaleciente) ha hecho caso omiso
del especial papel que tienen los recursos naturales perecederos sobre la forma de vida de la humanidad. un papel que
se advierte claramente en los principales acontecimientos de la historia, y sobre todo en la historia de la guerra. No sólo
los recursos naturales perecederos se hallan completamente ausentes de la teoría económica estándar, sino que sólo el
crecimiento económico es “el grandioso objetivo” de la ciencia económica, como Sir Roy Harrod proclamó orgullosa-
mente. Ciertamente, algunos de los mejores laureles han sido obtenidos por modelos económicos en los que el creci-
miento exponencial continuado se da por supuesto. Desde luego, afirmar que la profesión económica sirve para produ-
cir crecimiento es la mejor manera de atraer hacia ella la admiracion general.
Tras la crisis petrolífera de 1973-1974, unos cuantos economistas mudaron subrepticiamente su posición.
Walter Heller -una excepción llegó a reconocer que los economistas habían sido sorprendidos “con los parámetros ba-
jados”. (Hubiera sido más correcto decir “por las nubes” en vez de “bajados”.) Aun así, la mayoría de los economistas
se aferra tenazmente a la creencia de que la mecánica de los precios puede impedir cualquier desastre debido a la esca-
sez. La sencilla verdad, tal como observó William Miernyk, es que el precio del petróleo en la época en que se regala-
ban vasos de mesa cada vez que se llenaba el depósito orientó la tecnología y la economía de Estados Unidos en una di-
rección que ahora lamentamos todos. Debido a la manía generalizada del crecimiento y la fe incustionable de los eco-
nomistas en la mecánica de los precios, ahora hay gente que anhela poseer artefactos tan absurdos como un coche para
el golf, en tanto que un inmenso número de personas tiene una vida brevísima y plagada de sufrimientos inimaginables.
Aunque los ricos se preocupan, siquiera marginalmente, por sus contemporáneos desposeídos, la humanidad
en conjunto no hace prácticamente nada para proteger de posibles catástrofes a las generaciones venideras. Se han pro-
puesto diversas acciones, como mi propio programa bioeconómico. El único motivo de que no se les haya prestado la
menor atención consiste en la dificultad de cambiar los valores que rigen las relaciones intranacionales y, sobre todo,
las internacionales. En consecuencia, es absolutamente necesario que cobremos todos conciencia de los peligros para la
supervivencia de la especie que se derivan de una conducta basada en el provecho propio y en maximizar los beneficios
personales en lugar de minimizar las lamentaciones futuras.
La Ley de la Entropía en su forma más general impone límites materiales a la forma de vida de la especie hu-
mana, límites que unen a las generaciones presentes y futuras en una aventura que, dentro de nues tros conocimientos,
carece de parangón. En vista de que la importancia de estas limitaciones sólo se ha hecho evidente en tiempos muy re-
cientes, y en vista de que la abundancia entrópica de los últimos doscientos años, aproximadamente está llegando con
rapidez a su fin, debemos reevaluar y remodelar nuestro concepto de la evolución económica, politica y social. Jeremy
Rifkin se halla especialmente preparado para plantear todo este problema de un modo convincente, sin atiborrarnos de
detalles técnicos sin importancia. Este libro está escrito con la magistral perspicacia humana que tantos elogios mereció
en sus anteriores ensayos. Al escribir sobre la Ley de la Entropía, se corre el riesgo de sucumbir a la costumbre de que-
rer impresionar mediante disertaciones complejas pero vacías. Jeremy Rifkin ha sabido evitar un frecuente error, pre-
sente en muchos autores, que pretenden establecer un paralelismo formal entre las transformaciones entrópicas y los fe-
nómenos sociales: la termodinámica impone un límite a estos fenómenos, pero no los gobierna. Por su oportuno valor
educativo y su apuntalamiento marcadamente humano, este libro merece un lugar de honor en cualquier biblioteca, pú-
blica o privada, para difundir el mandamiento que nos es sugerido por el presente momento crucial en la vida de la hu-
manidad sobre este planeta: “iAma a tu especie como a ti mismo!”

Nicholas Georgescu-Roegen
Vanderbilt University
Febrero de 1980

Notas
I PARTE: Conceptos del mundo

1. Irving M. Mintzer, «A Matter of Degrees: The Potential for Con trolling the Greenhouse Effect», Instituto para los
Recursos Mundiales, Informe n.° 5, abril de 1987, Prefacio, letra i.
2. A. M. Solomon, «The Global Cycle of Carbon», R. M. Rotty y C.D. Masters, «Carbon Dioxide from Fossil Fuel
Combustion: Trends, Resources, and Technological Implications», y R. A.Houghton, «Carbon Dioxide Exchange Bet-
ween the Atmosphere and Terrestrial Ecosystems», citados en John R. Trabalka, Atmospheric Carbon Dioxide and the
Global Carbon Cycle, Washington D.C.: U.S. Government Printing Office, 1985.
3. Ramanathan, «Trace Gas Trends and their Potential ~ole in Cli
mate Change», Journal of Geophysical Research, núm. 90 (1985),
págs. 5547-5566.
4. Ibíd.
5. Anthony Ramirez, «A Warming World», Fortune, 4 de julio de
1988, pág. 104.
6. «A Gaping Hole in the Sky», Newsweek, 11 de julio de 1988, pág.
22.
7. National Aeronautics and Space Administration, «Knowledge of the Upper Atmosphere», enero de 1986; Environ-
mental Protection Agency, «Analysis of Strategies for Protecting the Ozone Layer», Informe para la Reunión de un
grupo de trabajo, Ginebra, enero de 1985.
8. «A Gaping Hole in the Sky», op. cit. pág. 21.
9. Ibid., pág. 22.
10. Ibid., pág. 23.
11. Ibid.
12. «Knowledge of the Upper Atmosphere». ~Ip. c¿t.; «Analysis of Strategies for Protecting the Ozone Layer». op. cit.
13. Gordon J. Macdonald, «Climate Change and Acid Rain», The MITRE Corporation, McLean, Virginia, diciembre
de 1985.
14. Consejo Nacional de Investigación, Global C’hange in the Geos phere-Biosphere, Washington, D.C.: National Aca-
demy Press,19~6.
15. Macdonald, op. cit.
16. «The Heat Is On», New York Times, 26 de junio de 1988.
17. Allgemeine Forst Zeitschrift, Munich, núm. 46 (1985) y núm. 41 (1986); G. H. M. Krause, «Forest Decline in Eu-
rope: Possible Causes and Etiology», Informe presentado en el Symposium Internacional sobre la Lluvia ácida, Onta-
rio, Canadá, septiembre de 1985.
18. Allgemeine Forst Zeitschrift, op. cit., núm. 46 (1985) y núm. 41 (1986).
19. Krause, op. cit.
20. Bryon W. Bachel, «The Acidif1cation of Soils», y B. Ulrich, «Production and Consumption of Hydrogen lons in
the Ecosphere», en T. C. Hutchinson y M. Havas (eds.), EfJects of Acid Precipitation on Terrestrial Ecosystems, Nueva
York: Plenum Press, 1980.
21. «Acid Rains», East-West Jo7lrnal, octubre de 1977, pág. 23.
22. D. W. Schindler, «Long-Term Ecosystem Stress: The Effect of Years of Experimental Acidification on a Small La-
ke», Science 29 de junio de 1985.
23. H. J. Ewers, ~Zur Monetarisierung der Waldschaden in der Bun desrepublik Deutschland», informe presentado en
el Symposium sobre los Costes de la contaminación ambiental, Bonn, 12 y 13 de septiembre de 1985.
24. A. H. Moore, «A Warming World», Fortune, 4 de julio de 1988, pág. 104.
25. Ibid.; Mintzer, op. cit., Prefacio, letra i.
26. «The Greenhouse Effect: Impacts on Current Global Temperature and Regional Heat Waves», Testimonio de James
E. Hansen ante la Comisión del Senado sobre el Medio Ambiente y Recursos naturales, 23 de junio de 1988.
27. Ibíd.
28. Kill Jaeger, Developing Polices for Responding to Climate Change, Estocolmo: Programa del Instituto Beijer sobre
el clima mundial, Estadios sobre el impacto, abril de 1988 (Informe Bellagio), pág. 11
29. Ibid., pág. 10.
30. Ibid., pág. 11.
31. Andrew C. Reykin, «Endless Summer: Living with the Greenhouse Effect», Discover, 27 de septiembre de 1988,
pág. 50.
32. Ibid.
33. Ibíd.
34. Ibíd.
35. Ibid
36. .Ib~d. James Hansen, Instituto Goddard de la NASA para Estudios espa ciales, cit. en ~(The Endless Summer?»,
Newsweek, 11 de julio de 1988, pág. 20.
37 . Ibid., págs. 18-19.
38. W. R. Rangeley, «Irrigation and Drainage in the World», presen tado en la Conferencia Internacional sobre Alimen-
tación y Agua, Universidad A & M de Texas, 26-30 de mayo de 1985.
39. Ibíd.
40,Ramirez, op. cit., pág. 107.
41. Wajter Roberts, preseidénte emérito del Centro Nacional para la Investigación atmosférica (NCAR), cit.
en ibid.. pág. 105.
42. Ramirez, op. cit., pág. 105.
43. Informe Bellagio, op. cit., pág. 12.
44. Frik Fckhl~lm. «Disar r)earino Species The Social Challenge», Worldwatch Paper, Worldwartch Institute, núm. 22,
junio de 1978, pág. 7. .
45. «Report Urges Greenhouse Action Now», Science, 1 de julio de 1988, pág. 23.
46. Informe Bellagio, op. cit., págs. 1-2.
47. Ramirez, op. cit., págs. 104-105.
48. Ibid., pág. 104.
49 Informe Bellagio, Ibid.
50 J. B. Bury, The Idea of Progress: A~í Inquiry into Its Origin andGrowth, Nueva York: Macmillan, 1932, págs. 11-
12.
51. Pardon E. Tillinghast, Approaches to History, Englewood Cliffs, N. J.: Prentice-Hall, 1963, pág. 9.
52. Ibid., pág. 11.
53. John Herman Randall, The Making of the Modern Mind, Cambridge, Mass.: Houghton Mifflin, 1940, pág. 34.
54. Dante Germino, Modern Western Political Thought: Machiavelli to Marx, Chicago: Rand McNally, 1972, pág. 166.
55. Francis Bacon, Novum Organum, Libro 1, Aforismo 2.
56. Ibíd., Aforismo 71.
57. Randall, op. cit., pág. 223.
58. Ibíd., pág. 224.
59. Theodore Roszak, Where the Wasteland Ends, Garden City, N. Y.:Doubleday/Anchor Books, 1973, págs. 144-145.
60. Randall, op. cit., pág. 224.
61. Jean Houston, «Prometheus Rebound: An Inquiry into Technological Growth and Psychological Change», en Al-
ternatives toGrowth I, Dennis Meadows (ed.), Cambridge, Mass.: Ballinger,1977, pág. 274.
62,Randall, op. cit., pág. 241.
63.Ibid., págs. 241-242.
64 Ibid., pág. 259.
65. Ibid.
66. Alfred North Whitehead, Science and the Modern World, Nueva York: New American Library, 1925, pág. 50.
67. Leo Strauss, Natural Rights and History, Chicago: University of Chicago Press, 1953, pág. 258.
68. John Locke, «Second Treatise», en John Locke, Two Treatises of Government, Peter Laslett, (ed.), Cambridge Uni-
versity Press, 1967, pág. 315.
69. Ibid. 70. Ibid. 71. Ibid., pág. 312. 72. Ibíd. 73. Ibíd. 74. Adam Smith, An Inquiry into the Nature and Causes of the
Wealth of Nations (Investigación sobre la naturaleza y causas de la riqueza de las naciones), t. 1, pág. 475.

Il PARTE: La ley de la entropia

1. Theodore Roszak, Where the Wasteland Fnds, Garden City, N.Y.: Doubleday/Anchor Books, 1973, pág. 139.
2. Isaac Asimov, «In the Game of Energy and Thermodynamics You Can’t Even Break Even», Smithsonian, agosto de
1870, pág. 9.
3. Ibid., pag. 6.
4. Herman Daly, Steady-State Economics, San Francisco: Freeman 1977, págs. 21-22.
5. Nicholas Georgescu-Roegen, «The Steady State and Ecological Salvation», Bio Science, abril de 1977, pág. 268.
6. Ibíd.
7..JBertrand Russell, The Scient¿Jic Outlook, Nueva York: Norton, ‘ 1962, pág. 114.
8. Stanley Angrist y Loren Hepler, «Demons, Poetry and Life: A Thermodynamic View», Texas Quarterly, núm. 10,
septiembre de 1967, pags. 27-28.
9. Ibíd.
10. Ibíd., pág. 29.
11. Russell, op. cit., págs. 90-91.
12. Nicholas Georgescu-Roegen, ~he Entropy Law and the Economic Process, Cambridge, Mass: Harvard University
Press, 1971, págs.
13. Angrist y Hepler, op. cit., pág. 30.
14. G. Tyler Miller, Jr., Energetic~, Kinetlcs and Life, Belmont, Calif.:Wadsworth, 1971, pág. 46.
15. Philip P. Weiner, Diclionan of the Histor~ of Ideas, Nueva York: 313Scribner’s, 1973, tomo 2, pág. 113.
16. P. A. Y. Gunter (ed.), Bergson and the Evolution of Physics, Knox ville, Tenn.: University of Tennessee Press,
1977, pág. 63.
17. William Thompson (Lord Kelvin) en Proceedings oJ Ihe Royal Society of Edinburgh, t. 8, págs. 325-331 (1874).
Citado en American Scientist, octubre de 1949, pág. 559.
18. Harold F. Blum, Time’s Arrow and Evolution, Princeton, N.J.: Princeton University Press, 1968, pág. 94.
19. Erwin Schrodinger, What Is Life.~, Nueva York: Macmillan, 1947, págs. 72 y 75.
20. Leslie A. White, «Tools, Techniques and Energy», en Cultural and Social Anthropology, D. Hammond (ed.), Nueva
York: Macmillan, 1964, pág. 28.
21. Miller, op. cit., pág. 291.
22. Ibíd.
23. White. 017. cit.. pag.. 28.
24. Alfred J. Lotka; «Contribution to the Energetics of Evolution»,Proceedings of the National Academy of Science (
1922): t. 8, pág.149. Véase también Lotka, «The Law of Evolution as a MaximalPrinciple», Human Biology, núm. 17,
septiembre de 1945, pág.186.

III PARTE: La entropía: un nuevo marco histórico

1. Harry Rothman, Murderous Providence. A Study of Pollution in Industrial Societies, Nueva York: Bobbs-Merrill,
1972, pág. 34.
2. Lynn White, Jr., «Technology in the Middle Ages», en Technology in Western Civilization, Melvin Kranzberg y Ca-
rroll W. Purrell, Jr. (eds.), Nueva York: Oxford University Press, 1967, pág. 72.
3. William McNeill, Plagues and People, Nueva York: Doubleday/Anchor Books, 1976, pág. 147.
4. Lewis Mumford, Technics and Civilization, Nueva York: Harcourt, Brace, 1934, págs. 119-120.
5. Ibid., pág. 120.
6. Eugene Ayres, «The Age of Fossil Fuels», en Man’s Role in Changing the Face of the Earth, William L. Thomas, Jr.
(ed.), Chicago:University of Chicago Press,1965 pág. 368.
7. Edmund Howes (ed.), Stow’sAnnais, Londres, 1631, citado en W.H. G. Armytage, A Social History of Engineering,
Londres,1961.
8. Richard Wilkinson, Polerty and Progress, Nueva York: Praeger,1973, págs. 90 y 102.
9. Friedrich Engels, The Condition of the Working Class in E;ngland,Oxford University Press, 1958, pags. 78-79.
10. Jacques Ellul, The Technological Society, Nueva York: Random House/Vintage Books, 1964, pág. 105.
11. Ibid., pág. 116.
12. Eugene S. Schwartz, Overskill. The Decline of Technology in Modern Civilization, Nueva York: Quadrangle,
1971, pág. 72.
13. «Innovation: Has America Lost Its Edge?», Newsweek, 4 de juniode 1979, págs. 58-59.
14. Environmental Quality, Noveno Informe Anual del Consejo sobre Calidad del Medio Ambiente, Washington, D.C.:
U.S. Government Printing Office, 1978, pág. 437.
15. Environmental Quality, Decimoquinto Informe Anual del Consejo sobre Calidad del Medio Ambiente, Washington,
D.C.: U.S.Government Printing Of fice, 1984, pág. 614.
16. Información proporcionada por el Instituto Nacional del Petróleo.
17. «Innovation», ibíd., pág. 59.

IV PARTE: Las energias no renovables y 1a inminente divisoria entroplca

1. Fred C. Allvine y Fred A. Tarpley, Jr., «The New State of the Economy: The Challenging Prospect~, en U.S. Econo-
mic Growth from 1976 to 1986: Prospects, Problems and Patterns, Estudio para elComité Económico Adjunto del Con-
greso, Washington, D.C.:U.S. Government Printing Office, 1976, pág. 58.
2. Wilson Clark, Energy for Survival, Garden City, N.Y.: Doubleday/Anchor Books, 1975, pág. 70.
3. Resources for the Future, Annual Report, Washington, D.C.:1972, pág. 12.
4. «Annual Energy Review 1987», Depto. de Energía de EstadosUnidos, Oficina de Mercados de Energia y Utilización
Final, Administración para la Información sobre la Energia, 1987, pág. 5; «International Energy Outlook 1987, With
Projections to the Year 2000», ibidem, pág. 22.
5. Clark, op. cit., pág. 70.
6. «International Energy Outlook 1987, With Projections to the Year2000», op. cit., pág. 1.
7. Estadísticas procedentes de Frank H. Oram, Director Asociado, World Population Society, Washington, D.C., agosto
de 1978
8. «Our Population Predicament: A New Look», en Population Reference Bureau Inc. vol. 34, núm. 5, diciembre de
1979. 9. Lester R. Brown, «State of the World 1988», Worldwatch Institute, Washington, D.C., pág. 23.
10. Robert L. Heilbroner, «Boom and Crash», The New Yorker, 28 deagosto de 1978, pág. 70.
11. William Ophuls, «The Scarcity Society», Skeptic, julio-agosto de 1974, págs. 50-51.
12. Lee Schipper, «Energy: Global Prospects 1985-2000», Bulletin the Atomic Scientists, marzo de 1978, pag. 58.
13. Ibid.
14. Hobart Rowen, «Oil Supply Adequate, Possibly to 1990s, Trilateral Commission Study Concludes», Washington
Post, 14 de junio de 1978, pág. D9.
15. Emile Benoit, «The Coming Age of Shortages, Part I», Bulletin of the Atomic Scientists, marzo de 1978, pág. 9.
16. Lester R. Brown, The Twenty-Ninth Day, Nueva York: Norton, 1978, págs. 99-100.
17. Brown, op. cit., pág. 57.
18. Estudio del Complex Systems Research Center (CSRC), Universidad de New Hampshire, 1982.
19. Ibíd.
20. Hall, C. J. Cleveland, y R. Kaufmann, Energy and Resource Quality: The Ecology of the Industrial Process, John
Wiley & Sons,1986.
21. lbíd.
22. Benoit, op. cit., pág. 9.
23. Worldwatch Institute, op. cit., pág. 33.
24. Departamento de Energía de Estados Unidos, Strategic Plan Jorthe Civilian Reactor Development Program, octubre
de 1985.
25. «Turning Down the Heat: Solutions to Global Warming», publicado por el Consejo para la Divulgación de una
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26. David Dickson, «Nuclear Power Uneconomic Says Congressional Committee», Nature, 11 de mayo de 1978, pág.
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27. Helen Caldicott, Nuclear Madness, Brookline, Mass.: Autumn Press, 1978, pág. 43.
28. Comité estatal de la URSS para la utilización de la energía humana, «The Accident at the Chernobyl Nuclear Power
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gía Atómica, Viena,25-29 de agosto de 1986.
29. Ibid
30. Oficina europea de la Organización de Consumidores, Chernobyl: The Aftermath.
31. «Swiss Plan Nuclear Meeting», European Energy Report Financial Times Business Information, 19 de septiembre
de 1986. 32. Francis X. Clines, «Chernobyl Shakes Reindeer Culture of Lapps», New York Times, 14 de septiembre de
1986. 33. «Cost of Chernobyl», European Energy Report; «Chernobyl Costs Put at $3 Billion», Journal oJ Commerce,
22 de septiembre de 1986.
34. Stuart Diamond, «Two Experts Foresee Deaths of 24,000 Tied to Chernobyl», New York Times, 27 de agosto de
1986.
35. Previsiones del Worldwatch Institute .
36. Andrew Holmes, «The Ratchet Turns Again on Safety and Economics», Energy Economist, Financial Times Busi-
ness Information,junio de 1986.
37. Caldicott, op. cit., pág. 51.
38. Ibíd., pág. 23.
39. Office of Technology Assessment, The Effects of Nuclear War, Washington, D.C.: U.S. Government Printing Offi-
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40. Luther J. Cater, «Radioactive Wastes: Some Urgent Unfinished Business», Science, 18 de febrero de 1977, pág. 61.
41. Transportation of Hazardous Materials, Of fice of Technology Assessment, U.S. Congress, pág. 221, julio de 1986.
42. «Turning Down the Heat», op. cit., pág. 24.
43. «Surveying the Radioactive Waste Dilemma: An Overview», Proyecto sobre la Energía de la Masa Crítica, Was-
hington, D.C.,agosto de 1978, pág. 5.
44. Estimaciones del Worldwatch Institute.
45. Sandia National Laboratory, «Estimates of the Financial Consequences of Nuclear Power Reactor Accidents», pre-
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46. James Cook, «Nuclear Follies», Forbes, 11 de febrero de 1985.
47. W. Jackson Davis. The Seventh Year: Industrial Civilization in Transition, Nueva York: Norton, 1979, pág. 65.
48. Wilson Clark, Energy Jor Survival, Nueva York: Doubleday/ Anchor Books, 1975, pág. 320.
49. Malcolm W. Browne, «Fusion Power: Is There Still an Eldorado for Energy?», New York Times, 15 de abril de
1979, pág. E9.
50. Ibid.
51. Amory Lovins, «A Light on the Soft Energy Path» en Sun. A Handbook for the Solar Decade, Stephen Lyons (ed.j.
San Francisco: Friends of the Earth, 1978.
52. Sam Love, «The New Look of the Future», The Euturist, núm. 11 abril de 1977, pág. 80. ,.
53,Richard England y Barry Bluestone, «Ecology and Social Conflict», en Toward a Steady State Economy, Herman E.
Da}y (ed.),San Francisco: Freeman, 1973, pág. 196. .
54.Preston Cloud, «Mineral Resources in Fact and Fancy», en Toward a Steady State Economy, op. cit.
55. Ibid.
56. U.S. Long Term Economic Growth Prospects: Entering a New Era, Estudios para el Comité Económico Adjunto
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57. Edward Goldsmith, «Settlements and Social Stability», en Alter natives to Growth /, Dennis Meadows (ed.), Cam-
bridge, Mass.: Ballinger, 1977), pág. 331.
58.Lester R. Brown, «Resource Trends and Population Policy: A Time for Reassessment», Worldwatch Paper, núm. 29,
mayo de 1979.
59.Benoit, op. cit.
60. Ophlus, Ecology and the Politics of Scarcity, op. cit., pág. 87.
61. S. L. Blum, «Tapping Resources in Municipal Solid Waste»,
Science, núm. 1911, 1976, págs. 669-675.

V PARTE: La entropía y la Era Industrial

1. Barry Commoner, The Poverty of Power, Nueva York: Bantam Books, 1977, pág. 200.
2. Ibíd., pág. 200.
3. John Geier et al., The Threat to Food and Fuel in the Coming Decades, «Beyond Oil», Cambridge, Mas.: Ballinger
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4. Commoner, op. cit., pag. 201.
5. «Survey of Current Business», Departamento de Comercio de EE.UU., agosto de 1988, pág. 85.
6. Commoner, op. cit., págs. 208-209.
7. Ibíd., pág. 207.
8. Leslie Ellen Nulty, Understanding the New Inflation: The Importance of Basic Necessities, Washington, D.C.: Ex-
ploratory Projectfor Economic Alternatives, 1977, págs. D19-20.
9. Ibid., págs. D26-30.
10. «Economic Report of the President 1988», U.S. Government Printing Office, 1988, pág. 299. Cifras válidas para el
salario semanal medio del sector privado no agrícola.
11 Environmental Quality, 1984, pág. 614.
12 Environmental Quality, Noveno Informe Anual del Consejo sobre Calidad del Medio Ambiente, Washington, D.C.:
U.S. Government Printing Office, diciembre de 1978.
13. Oficina de Estadísticas Laborales, octubre de 1988.
14. Herman Daly, Sleady State Economics, San Francisco, Calif.:W.H. Freeman Co., 1977.
15. Herman Daly, «The Economic Thought of Frederick Soddy», History of Political Economy, vol. 12, núm. 4, Dur-
ham, N.C.: DukeUniversity Press, 1980, págs. 469-488.
16. Ibíd., pág. 475.
17. Ibíd., pág. 475.
18. Dennis Hayes, Rays of Hope, Nueva York: Norton, 1977, pág.91.
19. Datos extraídos de «The 1988 Industrial Outlook», Departamento de Comercio, Administración para el Comercio
Internacional, 1988, págs. 7-2, 7-4 y 7-5.
20. Orville Schell, «Inside the Food Technology Bazaar», MotherJones, febrero-marzo de 1979.
21. Instituto para la Autosuficiencia Local, Washington, D.C.,1988.
22. Jackson W. Davis, The Seventh Year, Nueva York: Norton, 1979,pág. 126.
23. Barbara Ward, The Home of Man, Nueva York: Norton, 1976, pág. 49.
24. G. Tyler Miller, Jr., Energetics, Kinetics and Life: An Ecological Approach, Belmont, Calif.: Wadsworth, 1971,
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25. The Works of Jonathan Swift, Walter Scott (ed.), Edinburgh, 1814, tomo 12, pág. 176.
26. ~Agricultural Statistics 1987», Departamento de Agricultura, U.S. Government Printing Office, Washington, D.C.,
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27. Wilson Clark, Energy for Survival, Garden City, N.Y.: Doubleday/ Anchor Books, 1975, pág. 170.
28. Fred Warshofsky, Doomsday: The Science of Cata.~trophe, NuevaYork: Pocket Books, 1979, pág. 223.
29. Environmental Quality, op. cit., pág. 270.
30. Peter Farb, Humankind, Boston: Houghton, Mifflin, 1978, págs.181-182.
31. Clark, op. cit., pág. 179.
32. Fred Harris, The new Populism, Nueva York: Saturday Review Press, 1973, pág. 85.
33. Food: Green Grow the ProJits, canal ABC de televisión.
34. Ibíd.
35. Clark, op. cit., pág. 171.
36. «Agricultural Statistics, 1987», pág. 414.
37. Miller, op. cit., pág. 300.
38. Environmental Quality, op. cit., pág. 276.
39. Clark, op. cit., pág. 172.
40. «Commercial Fertilizer Consumption Report», Departamento de Agricultura, U.S. Goverrlment Printing Office,
Washington, D.C.,1988.
41. «Agricultural Statistics 1987», pág. 1.
42. «Pesticide Industry Sales and Usage: 1986 Market Estimatcs».Agencia para la Protección del Medio Ambiente,
Oficina de Programas de Pesticidas; división de beneficios y utilización, sección de Análisis Económico, agosto de
1987. 43. Environmental Quality, op. cit., pág. 278.
44. Ibid., pág. 277.
45. Clark, op. cit., pág. 173.
46. Environmental Quality, op. cit., pág. 274.
47. Lester R. Brown, The Twenty-ninth Day, Nueva York: Norton,1976, pág. 49.
48. Clark, op. cit., pág. 174.
49. Worldwatch Institute, The Global Environment and Basic Human Needs, Informe para el Consejo sobre Calidad
del Medio Ambiente, Washington, D.C., 1978.
50. Facts and Trens, 12.a ed., Washington, D.C.: Transportation Association of America, 1976, pág. 3.
51. Emma Rothschild, Paradise I ost, Nueva York: Random House,1973, pág. 18.
52 «Annual Energy Review 1987», Departamento de Energía de EE.UU., Oficina de Mercados de Energía y Utiliza-
ción Final, Administración para la Información sobre la Energía, Washington,D.C., 1988.
53.Clark, op. cit., pág. 162.
54.Ibíd., págs. 157- 161.
55. Ibid., pág. 160.
56. Ibíd.
57.Commoner, op. cit., pág. 165.
58. A. Q. Mowbray, Road Ruin, Philadelphia: Lippincott, 1969, pág. 15.
59. K. R. Schneider, Autokind v. Mankind, Nueva York: Schocken, 1972, pág. 123.
60.«Highway Statistics», Departamento de Transporte, Administra ción Federal de Carreteras, 1988. La estimación del
ingreso familiar medio anual proviene del Tesoro Federal.
61. R. L. Polk & Company, Taylor, MI. Según Polk, en 1987 se matricularon cada día 27.732 coches nuevos, y se ven-
dieron cada día 28.158 coches.
62. Mowbray, op. cit., pág. 15.
63.Helen Leavitt, Superhighway: Superhoax, Nueva York: Ballan tine, 1971, pág. 13.
64. «National Safety Council Facts 1987», U.S. Government Printing Office, 1987.
65. Leavitt, op. c¿t., pág. 257.
66. Departamento de Transporte, Administración Federal para la Seguridad en el Tráfico de Carreteras.
67. Leavitt, op. cit., pág. 20.
68. «Federal Highway Statistics», Departamento de Transporte,1988.
69. Clark, op. cit., pág. 158.
70. Brown, op. cit., pág. 2.
71. Mowbray, op.cit., pág. 14.
72. Ibíd., pág. 12.
73. Leavitt, op. cit., pág. 6.
74. Mowbray, op. cit., pág. 68.
75. John Dillin, «Potholes, Ruts Crumbling Asphalt Mark Interstate Highway», The Chri.stian Science Monitor, 4 de
septiembre de 1987.
76. Ridley, op. cit., pág. 4.
77. Octavo Informe Anual al Congreso sobre el Programa de Reemplazo y Rehabilitación de Puentes de carreteras, Ad-
ministraciónFederal de Carreteras, sección Ingeniería de puentes, pág. 9 (1987).
78. Mowbray, op. cit., pág. 33.
79. Robert Goodman, After the Planners, Nueva York: Simon &Schuster, 1971, pag. 79.
80. «The Clean Air Act: A Briefing Book for the Members of Congress», Unión Nacional por un aire limpio, Washing-
ton, D.C.,1985, pág. 120.
81. Mowbray, op. cit., pág. 71; Clark, op. cit., pág. 110.
82. Harold M. Schmeck, Jr., «Lower Level Lead Exposure Tied to Child Brain Damage», ~ew York Time.s, marzo de
1979, pág.A18.
83. Ibid.
84. Irving M. Mintzer, «A. Matter of Degree: The Potential for Controlling the Greenhouse Effect», Informe núm. 5,
World Resources Institute, abril de, 1987.
85. «Drift Away from Big Cities Goes On», ¿T S. lVew.s~ and World Report, 15 de noviembre de 1976.
86. Davis, op. cit. pág. 229.
87. Murray Bookchin, The Limits of the City, Nueva York: Harper & Row, 1974, pág. 92.
88. Kirkpatrick Sale, «The Polis Perplexity: An Inquiry into the Size of Cities», Working Paper, enero-febrero de 1978,
pág. 75.
89. «Drift Away from Big Cities Goes On», op. cit.
90. «USA By Numbers: a statistical portrait of the United States»,Susan Weber, (ed.), Crecimiento cero de la pobla-
ción, Washington, D.C., 1988. págs. 12, 13 y 26.
91. Sale, op. cit., pág. 66.
92. Ward, op. cit.. pág. 4.
93. Oficina del Censo de población, 1986 World Population DataSheet. .
94.Lewis Murnford «The Natural History of Urbanization», en Man’s Role in Changing theface of the Earth, William
L. Thomas, Jr. (ed.), University of Chicago Press, 1956.
95. Bookchin, op. cit., pág. 33.
96. A. Wolman, «The Metabolism of Cities», Scientific American núm. 213 (1965), págs. 178-190.
97. Mary Thornton, «Food Exports Threatened by Loss of Farmlandin U.S.>~ ashington Star, 26 de noviembre de
1979, pág. 2.
98. Woldman, op. Cit.
99.Clark, op. cit., pág. 197.
100 Ibid.
101.Kirby y Prokopovitsch, «Technological Insurance Against Shol- a ges in Minerals and Metals», Science. núm.
191, 1976: págs. 71 i 719.
102. Nancy Humphrey et al., The Future of C leveland ‘s Capital PlanI y The Future of New York City’s Capital Plant
Washington, D.C.:Urban Institute, 1979.
103. Inadvertent Climate Modification, patrocinado por la Real Academia Sueca de las Ciencias y la Real Academia
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104. Sale, op cit., pag. 67.
105. Ibid., págs. 68-69.
106. Ward, op. cit., pág. 254; Sale, op. cit., pág. 70.
107. Neil Seldman, «Who Takes Out the Garbage in D.C.?», Building System Design, octubre y noviembre de 1975;
Kathy Sylvester, «Monumental Garbage Problem», Washington Star, 14 de agosto de 1979, pág. B1.
108.Sale, op. cit.
109.Leopold Kohr, Breakdown oJ Nations, Nueva York: Rinehart, 1957.
110.Environmental Quality, op. cit.; «Drift Away from Big Cities Goes On», op. cit.
111.Comité para una sana política nuclear. Washington, D.C., 1988.
112.Fuente: Centro de Información sobre la Defensa. Washington, D.C., 1988.
113,Seymour Melman, «Beating Swords into Subway1s». The New York Times Magazine, 19 de noviembre de 1978.
114. Ibid.
115. John K. Cooley, «Oil Crunch Worries U.S. Military», Christian Science hIonitor, 17 de mayo de 1979, pág. 17.
116. Ibid.
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1979. 118. Marion Anderson, Michael Frisch y Michael Oden, «The Empty Porkbarrel: The employment cost of the
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119. Marion Anderson, The Impact oJ Military Spending on the Machinists Union, Washington, D.C., International
Association of Machinists, enero de 1979.
120. Coffin. op. cit.
121. Fuenté: The Bulletin of Atomic Scienti.sts, disponihle en SANE, Washington, D.C., 1979.
122. Fuente: Centro para Información sobre Defensa7 Washington,D.C.; 1979.
123. Ibid.
124. cofrln~ op. cit.
125. Joh Hooper, «MX Missile Raises Specter of Massive Land Grab»,en Wilderness Report, Washington, D.C., Wil-
derness Society,enero de 1979.
126.Carta de Robert F. Bennett al presidente Jimmy Carter, 2 de octu bre de 1978., .
127.Congressional Record, 27 de junio de 1979, págs. S8740-43.
128.Entrevista telefónica con Earl Ravenal, octubre de 1979.
129. Your Taxes, Your Choices, folleto editado por la Coalición para una nueva política exterior y militar, Washington,
D.C., 1979.
130.Fuente: Cámara de Compensación de la Defensa Nacional, 1979.
131. Eugene Schwartz, Overskill: The Decline of Technology in Modern Civilization, Nueva York: Quadrangle, 1971,
pág. 216.
132.Hayes, op. cit., pág. 209.
133.What Could Your Tax Dollars Buy.~, Washington, D.C.: SANE, di ciembre de 1978.
134.Cita procedente de Nicholas Georgescu-Roegen en su declaración ante el Comité Económico Conjunto, «Long-
Term Economic Growth», 9 de noviembre de 1976, pág. 15.
135.Henry Adams, The Degradation of the Democratic Dogma, Nueva York: Macmillan, 1949.
136. Fuente: El Departamento de Comercio e Industria, en 1979, calculaba que los gastos en publicidad alcanzarían ese
año la canti dad de 47.230 millones de dólares (comunicado de prensa 79-1, del 3 de enero de 1979).
137. Jerry Mander, Four Arguments for the Elimination of Televisión, Nueva York: Morrow Quill, 1978.
138.Vincent E. Giuliano, «The Mechanization of Office Work», The Information Technology Revolution, Tom Fores-
ter (ed.), Cam bridge: MIT Press, 1985, pág. 301. Algunos expertos creen que en 1988, cerca de un 60 por ciento de la
población activa de Estados Unidos estará relacionada con estaciones de trabajo electrónicas. Actualmente hay más de
350.000 ordenadores en las escuelas, y en Wall Street hay, en cualquier momento, cinco veces más comunicaciones en-
tre ordenadores que personas. Véase. Craig Brod, Technostress, Reading, Mass.: Addison-Wesley, 1984, págs. 1-5.
139.Peter Schrag, Mind Control, Nueva York: Pantheon, 1978, págs. 33-34.
140.Ibíd., pag. 33.
141. Ibid., pág. 43.
142.Comunicación personal, Subcomité de Trabajo, Salud y Servicios Humanos, Educación y Departamentos conexos
de la Cámara de Representantes de Estados Unidos, octubre de 1988.
143.«Is Anvone Out There Listening?», Programa de noticias de la CBS, I y II partes, 22-23 de agosto de 1978.
144. Ibid.
145. Ibid.
146. Ibid.
147. Ibíd.
148. Ibíd.
149. Martin V. Melosi, Garbage in the Cities: Refuse, Reform, and the Environment, 1880-1980, College Station, Tex.:
Texas A.M. University Press, 1981.
150. Consejo Nacional de Investigación, Causes and Effects of Changes in Síratospheric Ozone: Update 1983, Was-
hington, D.C.: National Academy Press, 1984.
151. «The Trashing of America», Omni, febrero de 1988, pág. 40.
152.«The Trashing of America», Omni, febrero de 1988, pág. 40.
153. «The Sudden Rise of the Red-Bag Business», New York Times, 27 de marzo de 1988.
154..Estudio de la Asociación Nacional para la Administración de Residuos Sólidos, citado en ibid.
155. Grupo de Trabajo sobre el Medio Ambiente, «Temik Follow Up», Washington, D.C., 1985, pág. 4.
156.Pesticides: Need to Enhance FDA’s Ability to Protect the Public From Illegal Residues, Washington, D.C.: U.S.
General Account ing Office, octubre de 1986, pág. 47.
157. Pesticides: EPA’s Formidable Task to Assess and Regulate Their Risks, Washington, D.C., octubre de 1983.
158. A Congressional Agenda to Prevent Groundwater Contamination: Building Capacity to Meet Protection Needs,
Washington, D.C.:Instituto para el Estudio del Medio Ambiente y de la Energía,1986, pág. 46.
159.Ibid.
160.Pesticides, op. cit.
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162. Ibid.,
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siones legislativas,enero de 1988.
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71. Todas las citas de este párrafo provienen de Less Is More, Goldian Vanden Broeck (ed.), Nueva York: Harper &
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72. Ibid.
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