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Un estudio sobre el perdón en todos sus aspectos

El perdon cristiano (Primera parte)


"Perdonándoos unos otros, como Dios también os perdonó a vosotros
en Cristo" (Efesios 4:32).

Hace poco pudimos observar en los medios –televisión, radios y


diarios–un gesto de perdón cristiano como pocos otros.
En un programa periodístico se enfrentaron dos posturas bien
distintas: los padres y familiares de Ezequiel Demonty, cristianos
evangélicos, y la madre de Diego Peralta, de confesión católica. Algo tenían en común: habían perdido
un ser muy querido en manos de la crueldad y el abuso de autoridad. Pero los primeros dijeron: "Los
perdonamos y, si se arrepienten, Dios también los perdonará". La segunda, no pudo decir lo mismo; ella
sostenía: "Lo perdono, pero quiero que la justicia les dé su merecido", y pedía la pena de muerte.
En esos días, tal vez nos preguntamos: ¿Qué haría yo en esa situación? y ¿hasta qué punto llega el
perdón cristiano? Teniendo estas preguntas en mente, investigamos al respecto y encontramos el
siguiente estudio. Esperamos que pueda ser de bendición y traiga consuelo a los que tanto sufren,
especialmente a la familia Demonty hermanos nuestros en Cristo Jesús.

El poder del perdón


¿Cómo puede alguien que ha sido lastimado tan gravemente perdonar con desprendimiento y rapidez?
Aparte de Cristo, es casi imposible. "Mas nosotros tenemos la mente de Cristo" (1 Corintios 2:16). El
Espíritu Santo mora en nosotros y nos da el poder para hacerlo. Por esa razón los cristianos son capaces
de realizar actos sobrehumanos de perdón.
Uno de los primeros ejemplos de este tipo de perdón es el de Esteban, el primer mártir de la iglesia.
Mientras estaba siendo apedreado con grandes rocas que batían su cuerpo, rompían sus huesos y le
hacían sangrar hasta morir; en medio de esa experiencia traumática halló la fortaleza para orar por sus
asesinos. "Y puesto de rodillas, clamó a gran voz: Señor, no les tomes en cuenta este pecado. Y
habiendo dicho esto, durmió" (Hechos 7:60). A pesar de la violencia de aquel momento, su muerte fue
tan pacífica que las Escrituras lo presentan como si se hubiera quedado tranquilamente dormido.
La tendencia natural en tales situaciones sería orar pidiendo venganza. De hecho, la muerte del profeta
Zacarías en el Antiguo Testamento plantea un interesante contraste con la muerte de Esteban. Al igual
que Esteban, Zacarías fue apedreado, pero nótese la marcada diferencia en su oración de agonía: "Pero
ellos hicieron conspiración contra él, y por mandato del rey lo apedrearon hasta matarlo, en el patio de la
casa de Jehová. Así el rey Joas no se acordó de la misericordia que Joiada padre de Zacarías había hecho
con él, antes mató a su hijo, quien dijo al morir: Jehová lo vea y lo demande" (2 Crónicas 24:21-22).
No podemos condenar a Zacarías por haber orado pidiendo venganza. Él reconoció, por supuesto, que la
venganza pertenecía a Dios, y con toda propiedad dejó el asunto en manos de Dios. No puede
considerarse como un pecado que haya orado de esta manera.
De hecho, en cierto sentido legítimo todos los mártires tienen el derecho de pedir venganza en contra de
sus perseguidores. Apocalipsis 6:10 nos da una mirada al otro lado de las cortinas en el drama cósmico.
Allí nos enteramos de que el clamor perpetuo de los mártires de todas las épocas es: "¿Hasta cuándo,
Señor, santo y verdadero, no juzgas y vengas nuestra sangre en los que moran en la tierra?"
Ciertamente no hay ningún pecado en clamar por justicia de esa manera. Dios sí va a vengar a su pueblo,
y cuando su venganza sea administrada finalmente, nadie podrá quejarse de que sea injusta. De hecho,
simplemente nos maravillaremos por la paciencia de Dios al haber esperado tanto tiempo para hacer
venganza.
Pero por ahora, en la radiante luz del nuevo pacto, mientras se demora la plenitud de la venganza divina
y el evangelio está siendo proclamado al mundo, hay una causa más sublime que la venganza por la cual
debemos clamar, y es el perdón y la reconciliación con los que nos persiguen. Jesús dijo: "Amad a
vuestros enemigos, haced bien a los que os aborrecen; bendecid a los que os maldicen, y orad por los
que os calumnian" (Lucas 6:27-28). Cristo mismo nos dio el ejemplo a seguir, cuando al morir a manos
de hombres malvados, oró pidiendo perdón para ellos. Obviamente, Esteban entendió el mensaje.
¿Y qué de la justicia? Es natural y aún acertado, desear ver servida la justicia y administrada la venganza
divina. Pero para el cristiano hay otra prioridad. La justicia vendrá, pero mientras llega nuestros
pensamientos y acciones hacia otros deben ser encauzados por la misericordia. Como cristianos,
deberíamos obsesionarnos con el perdón y no con la venganza.
La voz de la sangre
Hay una ilustración patente de esto en el libro de Hebreos. El escritor de ese libro de la Biblia hace
varias referencias a Abel, el segundo hijo de Adán, que fue matado injustamente por su propio hermano
mayor. Abel está listado en Hebreos 11 como el primer miembro del famoso "Salón de la fe" que se
encuentra en ese capítulo. Hebreos 11:4 dice esto de Abel: "Por la fe Abel ofreció a Dios más excelente
sacrificio que Caín, por lo cual alcanzó testimonio de que era justo, dando Dios testimonio de sus
ofrendas; y muerto, aún habla por ella" Esa frase "y muerto, aún habla por ella", es muy familiar. Pero
¿alguna vez ha pensado a qué se refiere? Es una alusión a Génesis 4: 10, donde Dios le dijo a Caín:
"¿Qué has hecho? La voz de la sangre de tu hermano clama a mí desde la tierra". Aunque Abel estaba
muerto, todavía seguía hablando por medio de su sangre inocente que clamaba por venganza.
Por supuesto, esas son expresiones figurativas. La sangre de Abel no clamó literalmente, pero la forma
violenta e injusta de su muerte –brutal asesinato a manos de su propio hermano malvado–gemía con
justicia pidiendo ser vengada. Tenía que hacerse justicia. Se había cometido un crimen al que le
correspondía un castigo severo. La sangre de Abel, derramada en la tierra, era un testimonio en contra de
Caín. En términos metafóricos, la sangre de Abel estaba demandando una retribución contra Caín.
Abel fue el primer mártir, y la sangre de cada mártir se ha unido desde entonces a ese clamor de justicia
en contra de los perseguidores del pueblo de Dios. En ese sentido, todos ellos siguen hablando aunque
estén muertos. Son precisamente los representados en Apocalipsis 6:10, los que están bajo el altar
invocando a Dios para que se glorifique en el ejecución de la justicia.
Pero Hebreos 12:24 establece un contraste muy interesante. Allí el escritor menciona la sangre de Jesús,
la cual "habla mejor que la de Abel". El significado es claro: mientras que la sangre de Abel –y la sangre
de otros mártires–clama por venganza, la sangre de Cristo ruega por misericordia.
La sangre de Jesús, derramada como expiación por los pecados, reclama perdón a favor de los
pecadores. Esta es una verdad asombrosa. Toda la sangre de todos los mártires de todos los tiempos
clama por justicia, venganza y retribución. Pero la sangre de Cristo "habla mejor".
De nuevo, no hay nada malo en desear la justicia. La justicia honra a Dios. Es ciertamente legítimo
querer ver ofensas enmendadas y malhechores recompensados por su maldad. Pero anhelar el perdón es
algo todavía mejor. Los cristianos deben caracterizarse por un deseo de misericordia, compasión y
perdón, aun en favor de sus enemigos.

El perdón de Dios y nuestro perdón


¿Cómo puede compararse el perdón entre pecadores y semejantes, con el perdón de una deidad
ofendida? Debe haber algunas similitudes, porque las Escrituras nos instruyen que debemos perdonar de
la misma manera en que hemos sido perdonados. Esta idea está presente en dos versículos: Efesios 4:32
"Perdonándoos unos a otros, como Dios también os perdonó a vosotros" y Colosenses 3:13 "De la
manera que Cristo os perdonó".
Algunos asumen la posición de que esto enseña que el perdón siempre debería ser condicional. Su
razonamiento es el siguiente: Dios perdona únicamente a los que se arrepienten. Por lo tanto, si hemos
de perdonar de la misma forma en que hemos sido perdonados, deberíamos negarle el perdón a todos los
que no se hayan arrepentido.
Sin embargo, suponer que el hecho de fijar condiciones sea un aspecto esencial de perdonar como lo
hizo Cristo, es no entender lo que quiere decir las Escrituras.
Cuando las Escrituras nos enseñan que debemos perdonar en la manera como hemos sido perdonados, lo
que se tiene presente no es la idea de retener el perdón hasta que el ofensor exprese su arrepentimiento.
Escuche con mucha atención lo que dicen exactamente estos versículos: Mateo 6:12, 14-15: "Y
perdónanos nuestras deudas, como también nosotros perdonamos a nuestros deudores (...) Porque si
perdonáis a los hombres sus ofensas, os perdonará también a vosotros vuestro Padre celestial; mas si no
perdonáis a los hombres sus ofensas, tampoco vuestro Padre os perdonará vuestras ofensas".
Santiago 2:13: "Porque juicio sin misericordia se hará con aquel que no hiciere misericordia; y la
misericordia triunfa sobre el juicio".
Mateo 18:35: "Así también mi Padre celestial hará con vosotros si no perdonáis de todo corazón cada
uno a su hermano sus ofensas".
Lucas 6:36-38: "Sed, pues, misericordiosos, como también vuestro Padre es misericordioso. No
juzguéis, y no seréis juzgados; no condenéis, y no seréis condenados; perdonad, y seréis perdonados,
dad, y se os dará; medida buena, apretada, remecida y rebosando darán en vuestro regazo; porque con la
misma medida con que medís, os volverán a medir".
El énfasis se hace en perdonar con total desprendimiento, generosamente, de buen ánimo, con ansiedad e
inmediatez, y de todo corazón. Las Escrituras se enfocan en la actitud de la persona que perdona, no en
los términos y condiciones del perdón.
Cuando es difícil perdonar
Ciertamente, el perdón no es algo que le resulte natural a criaturas caídas.
Nosotros tendemos a dejarnos llevar demasiado por nuestros sentimientos.
Los que se dan el lujo de albergar sentimientos de amargura encontrarán
que el perdón no germina con facilidad en ese terreno. En lugar de eso, la
raíz que brota es una influencia que corrompe. No solamente es dañino
para la persona amargada, sino también para muchos otros (Hebreos
12:15).
Muchas veces el perdón se ve frustrado por emociones negativas, resentimiento persistente e ira no
apagada. Algunos imaginan erróneamente, que no pueden perdonar si no "sienten ganas" de perdonar.
Pero como ya señalamos brevemente, el perdón no es un sentimiento. Los que insisten en ser conducidos
por la pasión sin duda van a encontrar bastante difícil el perdón, porque el perdón implica una decisión
deliberada que va en contra de nuestros sentimientos. Las emociones amargas nos dicen que
permanezcamos en la ofensa. En contraste, el perdón es una decisión voluntaria y racional que consiste
en poner a un lado la ofensa y desear únicamente lo mejor para el ofensor.
"Pero yo no puedo hacer eso", dice alguien. "Yo trato de ponerla a un lado, pero dondequiera que vaya,
algo me lo recuerda y termino pensando en eso y poniéndome de mal genio otra vez."
Tales pensamientos constituyen tentaciones a pecar. Empecinarse en una ofensa no es un pecado menor
que la lujuria o la codicia, o cualquier otro pecado del corazón. Debe tomarse una decisión con la
voluntad en el sentido de apartarse de esa clase de pensamientos. En lugar de ello debemos cubrir
deliberadamente la ofensa y negarnos a sucumbir a pensamientos de ira y venganza, sin importar que
sintamos o no ganas de hacerlo.
Los que perdonan aún cuando es difícil, invariablemente descubren que después surgen las emociones
correctas. "Amad a vuestros enemigos, haced bien a los que os aborrecen; bendecid a los que os
maldicen, y orad por los que os calumnian" (Lucas 6:27-28): todos esos son actos voluntarios,
deliberados y racionales, no reflejos emocionales. Obedezca las órdenes de Cristo al hacer tales cosas, y
al final sus sentimientos de ira darán paso a la mansedumbre, la frustración será sobrepujada por la paz y
la ansiedad sucumbirá a la calma.
El perdón trae como resultado el levantamiento de muchas cargas. Conceder perdón a alguien cuando él
o ella se arrepiente equivale a levantar la carga de culpa que había sobre esa persona. Pero perdonar
cuando el perdón es unilateral e incondicional, libera a la persona que perdona para que disfrute de aún
mayores misericordias dadas a cambio por un generoso Padre celestial, que promete derramar en nuestro
regazo una "medida buena, apretada, remecida y rebosando" (Lucas 6:38).

Tomado del libro "El Poder del perdón" de Editorial Portavoz.