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Extracto de “Declaración de principios”

“Hacia un teatro pobre” de Jerzy Grotowski


I
El ritmo de la vida en la civilización moderna se caracteriza por: agitación,
tensión, una cierta sensación de destrucción, el deseo de ocultar nuestros motivos
personales y la adopción de una diversidad de personajes y de máscaras para la vida
(para la familia, para el trabajo, ante los amigos o por la vida comunitaria, etc.).
Nos gusta ser “científicos”; con esto queremos decir discursivos y cerebrales
para seguir los dictados de la civilización. Al mismo tiempo queremos pagar tributo a
nuestros instintos biológicos, o en otras palabras, a lo que podemos denominar
placeres fisiológicos. No queremos restricciones en esta esfera. Por tanto entramos en
un doble juego de intelecto e instinto, de pensamiento y emoción; tratamos de
dividirnos artificialmente en alma y cuerpo.
El teatro – a través de la técnica del actor, arte en que el organismo vivo se
asoma a más importantes motivaciones - ofrece una oportunidad a lo que podríamos
llamar integración, el prescindir de las máscaras, la revelación de la verdadera esencia:
una totalidad de reacciones físicas y mentales. (...) La actuación del actor –
descartando las medias tintas, manifestándose, revelándose, abriéndose, surgiendo de
sí mismo de forma opuesta a toda cerrazón – es una invitación al espectador. Este acto
puede compararse a un acto del más profundo, radical, y genuino acto de amor entre
dos seres humanos (...)

II
¿Por qué nos dedicamos con tanta energía a nuestro arte? No para enseñar a
los demás, sino para aprender con ellos lo que nuestra existencia, nuestro organismo,
nuestra experiencia personal y única tiene que ofrecernos; para aprender a derribar las
barreras que nos rodean y para liberarnos de lo que nos ata, para desterrar las
mentiras que nos construimos diariamente para nuestro consumo y para el de los
demás; para destruir las limitaciones causadas por nuestra ignorancia y falta de valor;
en suma, para llenar el vacío dentro de nosotros, para colmarnos. (...)
El arte es una evolución, un estado de madurez, una elevación que nos permite
emerger de la oscuridad a la luz. Luchamos para descubrir, para experimentar la verdad
acerca de nosotros mismos; para arrancar las máscaras detrás de las que nos
ocultamos diariamente. Vemos al teatro, como un lugar de provocación, como un
desafío que el actor se propone a sí mismo e, indirectamente, a los demás. El teatro
sólo tiene sentido si nos permite trascender nuestra visión estereotipada, nuestros
sentimientos convencionales y costumbres, nuestros arquetipos de juicio, no sólo por
el placer de hacerlo, sino para tener una experiencia de lo real y entrar, después de
haber descartado las escapatorias cotidianas y las mentiras, en un estado de inerme
revelación para entregarnos y descubrirnos a nosotros mismos. (...)

III
El arte no puede estar sujeto a las leyes de la moralidad común ni a especie
alguna de catecismo. El actor, en parte por lo menos, es creador, modelo y creación
sintetizados en una sola persona. No debe ser impúdico porque eso lo lleva al
exhibicionismo. Debe ser valiente, pero no solamente para exhibirse; debe desplegar el
valor del desamparo, el valor que se necesita para revelarse a sí mismo. Nada de lo que
afecte a la esfera interior, a la íntima desnudez del yo debe considerarse como
indigno en la medida en que el proceso de preparación o el trabajo concluido
produzcan un acto de creación. (...)
Por estas razones cada aspecto del trabajo del actor que afecta a algún tema
íntimo debe estar protegido contra los comentarios incidentales, las indiscreciones,
las ligerezas, los chismes ociosos y las bromas. El reino personal, tanto físico como
espiritual, no debe empantanarse en la trivialidad, la sordidez de la vida y la falta de
tacto hacia sí mismo y los demás; por lo menos en el lugar de trabajo o en cualquier
lugar conectado con él.
Este postulado parece una orden moral abstracta. No lo es. Implica la esencia
misma del arte del actor. (...ya que) el actor no debe ilustrar sino efectuar un “acto del
alma” utilizando su propio organismo. (...)

IX
(...) El primer deber del actor es entender bien el hecho de que aquí nadie
pretende darle nada; al contrario, se procurará sacar de él lo más posible, librándole de
algo que está normalmente muy arraigado: su resistencia, su reticencia, su inclinación a
esconderse tras unas máscaras, su tibieza, sus reservas, su insinceridad, los obstáculos
que su cuerpo coloca en el camino del acto creador, sus hábitos e incluso sus
habituales “buenos modales”.
X
Antes de que un actor sea capaz de realizar un acto total debe cumplir un
número de requisitos, algunos muy sutiles, muy intangibles y casi imposibles de definir
por medio de la palabra. Son inteligibles únicamente a través de la aplicación práctica.
Es más fácil, sin embargo, definir las condiciones bajo las cuales un acto total no puede
alcanzarse y en las que resulta imposible la actuación de un actor.
Este acto nunca se producirá si el actor está más preocupado en agradar, en su
éxito personal, en el aplauso y en el salario, que en la creación entendida como grado
máximo del conocimiento. Este acto no podrá darse nunca si el actor lo condiciona al
tamaño de su papel, a su lugar en el cartel, al día o al tipo de público. (...)