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Universidad de Chile Arturo Molina Burgos

Facultad de Filosofía y Humanidades 23 de abril de 2018


Departamento de Literatura Minotauro, Avance 1.
Lingüística y Literatura Hispánica
Traducción de Textos Latinos
Docente: Constanza Martínez Gajardo.

Culpo a una extraña costumbre adquirida en los cada vez más pavimentados espacios de esta facultad el
enarbolar todo informe en tercera persona del singular, acaso por la frecuente lectura de artículos de
investigación que intentan distanciarse de ese incómodo yo que ofrece la primera persona del singular,
tan narciso y poco académico. Pero en este caso quisiera abordar el presente trabajo desde esta última
perspectiva, ya que intuyo la posibilidad de observar un proceso de construcción ensayístico un tanto
experimental, con un yo ejecutor y no un artificioso él observador.
La primera vez que me encontré con el Minotauro fue gracias al creado por Borges. Las fechas exactas
se pierden, pero leí “La casa de Asterión” en la década de los noventa. Desde aquellos años me llamaron
la atención dos características de ese cuento: el epígrafe de Apolodro y la primera nota al pie. Tiempo
después pude conocer más al argentino y entendí que ambas eran zancadillas antes que muletas, artificios
que el autor instala para validar su versión, la del relato íntimo de ese Minotauro, con un narrador en
primera persona del singular: «Cada nueve años entran en la casa nueve hombres para que yo los libere
de todo mal. Oigo sus pasos o su voz en el fondo de las galerías de piedra y corro alegremente a
buscarlos» (Borges, 77). Sin embargo, dar con esta versión del mito constituía una extraña manera de
interiorizarse en él. Esos primeros pasos los daría con una idea absolutamente distinta de la original, pero
¿cuál es la idea original? Al confirmar que, en efecto, Apolodro existió y que escribió un texto bautizado
como Biblioteca, la que alguna vez pensé como zancadilla devino muleta. Antes de comparar lo que
Borges subvirtió, voy a esa Biblioteca a confirmar lo que se asegura en Wikipedia, que, en Apolodro, el
mito del Minotauro tiene su versión más entera.
El gran fragmento que me interesa recoger se encuentra en el “Libro III” y va desde la estirpe de
Agénor hasta la muerte de Egeo. La vuelta será larga, así como largos serán los pasajes que omitiré, pero
permite atender al laberíntico linaje que favorece la existencia del Minotauro. Antes que una extensa cita
comentada, parafrasearé el contenido de manera esquemática: Agénor es uno de los hijos que nació de
la unión entre Libia y Posidón. Agenor, luego, se unió a Telefasa, con quien tuvo cuatro hijos: Europa,
Cadmo, Fénix y Cílix. Zeus se enamoró de Europa y, transformado en «toro manso» (Apolodro, III, 135),
la llevó por mar hasta Creta, donde yacieron y tuvieron tres hijos: Minos, Sarpedón y Radamantis. Luego,
el príncipe de Creta, Asterio, contrae nupcias con Europa y se hace cargo de sus hijos, pero sin lograr
descendencia propia. Al tiempo, llega a la isla un joven llamado Mileto, hijo de Apolo con Aría, y los
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hijos de Europa se enamoran de él. En la lucha por su amor, Mileto prefiere a Sarpedón. Esto genera un
conflicto que enfrenta a los hermanos, Minos vence y los otros escapan de la isla. Pasado este hecho,
Minos se une a Pasífae con la que tiene cuatro hijos, uno de ellos es Andrógeo, y cuatro hijas, una de
ellas es Ariadna. Entretanto, Minos busca reinar en Creta pero su deseo es impedido una y otra vez, aun
cuando asegura que su latente reinado ha sido voluntad de los dioses. Para dar prueba de esto, asegura
que los dioses darán a él lo que pidiese y ruega a Posidón que, desde el fondo del mar, haga surgir un
toro, con la promesa de inmolarlo. El dios accede. Desde el mar emerge un «toro magnífico» (Apolodro,
III, 137). Minos obtiene el reinado de Creta, pero no sacrifica al toro, sino que lo oculta entre su vacada,
y resuelve inmolar a otro. El dios, indignado por el incumplimiento de los votos, embraveció al toro e
hizo que Pasífae se enamorara de él. Así, en su deseo, la mujer solicita a Dédalo que invente una máquina
para poder yacer con el animal. El arquitecto construye una vaca de madera cubierta con piel bovina e
introduce a Pasífae dentro del artilugio. Habiendo consumado el deseo, la mujer queda encinta y da a luz
un hijo, con “rostro de toro y lo demás de hombre” (Ibid.), que llamó Asterio. Los oráculos advierten el
acontecimiento a Minos y este resuelve encerrar al Minotauro en un laberinto construido por Dédalo.
Por otro lado, Egeo –hijo de Pandión– quien, sin descendencia, consulta a la Pitia sobre su dificultad,
recibe del dios una respuesta enigmática. En su regreso a Atenas hace una parada en Trezén y es
hospedado por Piteo, quien, al lograr descifrar el oráculo, embriaga y acuesta a Egeo con Etra, su hija.
La misma jornada en que ambos yacen, también Posidón se allega a la joven. Consumadas estas venturas,
Egeo solicita a Etra que, si da a luz un varón, lo criase sin señalarle su linaje. Luego oculta su espada y
sandalias bajo una roca y le dice a la joven que, cuando el niño tenga fuerza para remover la roca y sacar
esos objetos, lo envíe con él. El varón nacido de Etra fue bautizado con el nombre de Teseo. Al llegar a
Atenas, Egeo dió inicio a los juegos de las Panateneas, en los que Androgeo, el hijo de Milos, venció.
Entonces, Egeo «envió contra él al toro de Maratón, que lo destrozó» (Apolodro, III, 196). Ya sea por
esta o por razones políticas, Minos atacó Atenas por vía marítima. La guerra se vuelve interminable y
Minos no ha logrado obtener la victoria. Ruega a Zeus que lo favorezca y, así, el dios envía peste y
hambre sobre la ciudad. Aún cuando los atenienses hicieron sacrificios para aplacar el castigo, no
pudieron detenerlo. En una desesperada consulta al oráculo, este ordenó al pueblo dar a Minos lo que
solicitase. De esta forma, el rey de Creta ordenó que se enviara «cada año [...] siete muchachos e igual
número de muchachas para ser devorados por el Minotauro» (Apolodro, III, 197).
En tanto Teseo, ya hecho un hombre, vistiendo las sandalias y empuñando la espada, llegó a Atenas.
Medea, quien convive con Egeo, lo persuade para que desconfíe de él. Así, no lo reconoció y lo envió
contra el toro de Maratón. Teseo salió victorioso, pero Medea insiste y, ahora, convence a su pareja para
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que lo envenene. Antes de acercar la copa a los labios, Teseo muestra la espada y Egeo descubre que es
su hijo. La copa y el veneno salen expulsados, al igual que Medea. Pasado el tiempo, llegó la fecha del
tercer tributo al Minotauro. Hay discrepancias en la razón por la cual iría Teseo, ¿va designado o como
voluntario? Prefiero imaginar que el héroe decidió ir en lugar de esperar a que lo designaran. Resueltas
estas digresiones, llegó la hora de partir. Egeo solicitó a Teseo que, de salir vencedor, cambie las velas
negras por unas blancas y así lo acuerdan. En Creta, Ariadna, hija de Minos, se enamoró del héroe y
decidió ayudarlo. Dédalo da la clave a la doncella para salir sin mella del laberinto. Teseo, usando el
ingenio del hilo, llegó donde el Minotauro y «lo mató a puñetazos» (Apolodro, III, 201). Quiso regresar
donde Ariadna, pero esta fue raptada por Dioniso. Teseo, triste al no encontrarla, olvidó desplegar las
velas blancas y Egeo, al ver las negras, se precipitó y murió creyendo muerto a su hijo en las fauces del
monstruo biforme.
Esta suerte de control de lectura es la base griega, o la versión de Apolodro, del mito. Me interesaba,
en esta primera etapa, dar cuenta de esa base, de los puntos importantes –los que atañen directamente al
Minotauro– y los anexos, ya que así, sobre esos hombros, encaramar un número no abundante de
versiones y posibilidades, como por ejemplo, el Minotauro de Borges y, cerca de él, el de Cortázar, pero
antes, el de Ovidio, a quien tan amorosamente intentamos traducir. De manera sucinta ha quedado en
claro que Borges no está interesado en respetar los datos que ofrece Apolodro. Para el primero, cada
nueve años, nueve hombres entran en la casa; para el griego, son siete muchachas y siete muchachos los
que cada año entran en el laberinto. Una apropiación del mito, y de la tradición, que alimenta con gusto
al corpus literario, asimismo como al presente trabajo.

BIBLIOGRAFÍA
Apolodro. Biblioteca. Madrid: Editorial Gredos, 1985. 135-201.
Borges, Jorge Luis. “La casa de Asterión”. En El aleph. Santiago: Editorial Ercilla. 1984. 73-78.