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¿Por

qué la sistematización?
Una respuesta investigativa a las exigencias de un contexto cambiante

Por Alfonso Torres Castillo

En el campo de las luchas sociales, así como en el de otras prácticas culturales
alternativas como la educación popular, la adopción o creación de una metodología o
un concepto no obedece a un capricho casual ni a una determinación mecánica de la
estructura social. Es el resultado de una construcción colectiva que busca dar cuenta
de una necesidad surgida desde las mismas prácticas y luchas, que inicialmente es
percibida como una carencia, una insatisfacción o una límite frente a lo que ya
tenemos, hacemos o sabemos; luego, en el contexto de las creencias y saberes que ya
tenemos, buscamos elaborar respuestas (prácticas y teóricas) que logren dar cuenta
de la insatisfacción o desafío; algunas veces, es preciso nombrarlas de un modo nuevo
y de ahí en adelante se van convirtiendo en un campo de discusión y elaboración
colectiva.

Este ha sido el caso de la sistematización, que como lo expone claramente Oscar Jara,
emergió como respuesta a unas necesidades que fueron surgiendo dentro de los
campos del trabajo social, la educación de adultos y la educación popular, frente a los
desafíos que planteaba el periodo de ascenso de luchas populares y radicalización
política iniciado en la década de 1960, y en diálogo con otras propuestas como la
Investigación Acción Participativa y la Recuperación colectiva de la historia. En estos
contextos profesionales y de acción social, fue surgiendo la necesidad de dar razón de
sus propias prácticas, de las transformaciones de realidad y de los saberes
producidos por las mismas.

En este sentido, podemos afirmar que esta modalidad investigativa ha buscado dar
respuesta, por lo menos a cuatro necesidades planteadas desde los procesos
educativos y organizativos populares con alguna trayectoria: 1) Cómo recuperar los
saberes generados desde la práctica, de tal manera que, 2) puedan ser comunicados a
otros actores sociales que trabajan temáticas comunes y 3) producir mejores
comprensiones sobre la propia experiencia, a la vez que 4) contribuir a la
construcción de teoría y pensamiento crítico sobre nuestras áreas de actuación
(educación, movimientos y organizaciones populares, etc.).

En consecuencia con lo dicho, un desafío importante en este Curso Virtual, es
reconocer y reflexionar las necesidades y contextos actuales de nuestras prácticas
sociales y educativas, que nos han planteado el desafío de acercarnos a la
sistematización de experiencias y, en el mejor de los casos, a poner en juego esta
metodología dentro de los procesos y organizaciones en los que participamos.

Un rasgo principal de la sistematización de experiencias – que comparte con otras
metodologías críticas como la Investigación Participativa y la recuperación Colectiva
de la Historia – es su radical contextualismo; es decir, que su razón de ser y sentido,
así como su punto de partida y de llegada, son las realidades históricas, políticas,
sociales y culturales en que participan y desarrollan sus prácticas los sujetos
colectivos que realizan la investigación.

Dado que la sistematización tiene por objeto reconstruir e interpretar prácticas
sociales y educativas que transcurren en condiciones y circunstancias específicas y
sobre las cuales inciden, siempre es impensable dar cuenta dichos contextos. De este
modo, documentar y analizar las estructuras y procesos en los que se enmarcan las
prácticas a sistematizar se convierte en una exigencia de la sistematización de
experiencias, en la medida que posibilita:

- Ubicar las temporalidades y espacialidades en las que se mueve la experiencia a
sistematizar y que la impregnan de historicidad y territorialidad;

- reconocer las múltiples dimensiones políticas, sociales y culturales que condicionan
y configuran las prácticas a sistematizar;

- comprender “el lugar” que ocupan las prácticas y sus actores en el juego de
relaciones e interacciones sociales y de poder;

- valorar la pertinencia de la práctica con respecto a las problemáticas del contexto;

- empoderar a los sujetos protagonistas de las prácticas, en la medida que contribuyen
a que reconozcan y se posicionen frente a la realidad.

Para emprender el análisis del contexto de las prácticas a sistematizar, es necesario
reconocer la especificidad, las dimensiones y las escalas del contexto que son
relevantes y significativas para cada práctica. Así por ejemplo, el contexto de una
práctica desarrollada en un contexto territorial (barrial, rural) sean las problemáticas
compartidas por sus habitantes y en torno a las cuales la práctica busca incidir,
mientras que en un contexto universitario, el contexto sean las políticas universitarias
o las instituciones educativas en las cuales se desarrollen las prácticas.

Estas consideraciones nos llevan a plantear que algunas dimensiones a tener en
cuenta en la contextualización de nuestras sistematizaciones – según la singularidad
de cada una - son:

- Los conflictos, tensiones o problemáticas en torno a los cuales o frente a los cuales se
ha gestado y desarrollado, el programa, proyecto o conjunto de acciones que se busca
sistematizar; ello nos debe permitir reconocer el campo o campos de realidad en los
que se insertan las prácticas a sistematizar; por ejemplo, las políticas públicas de
juventud y los sectores populares de la ciudad, o la privatización de los servicios de
salud y la pobreza extrema de un sector de población.

- Lo histórico, entendido como las temporalidades, procesos y sucesos que se hacen
presentes en la práctica a sistematizar; en algunos casos puede ser de larga duración,
en otros, un periodo histórico de mediana duración o incluso, una coyuntura precisa.
Así por ejemplo, prácticas en torno al rescate de semillas nativas y prácticas agrícolas
ancestrales implique una amplia temporalidad para la comprensión de la
problemática; por otro lado, experiencias con colectivos afectados por el conflicto
armado puede llevar a un análisis temporal circunscrito a la historicidad de dicha
realidad.

- Lo espacial: que según el carácter de la problemática compartida y de los alcances de
la práctica, puede referirse a lo local, lo regional, lo nacional, lo continental o lo
mundial. Como lo expresaron algunos de los participantes, el contexto de sus prácticas
es su ciudad, un sector de la misma, una región del país o toda la república.

- Las poblaciones y actores sociales o institucionales que tienen presencia y se
relacionan con las prácticas a sistematizar. Su caracterización, sus estrategias de
acción, así como sus relaciones e interacciones son ineludibles en una sistematización.
Entre las experiencias socializadas en el Foro 1, algunos participantes trabajan con
campesinos y productores rurales organizados y que mantienen conflictivas (o no)
relaciones con el Estado; en otros con víctimas del conflicto armado o personas
afectadas por el VIH.

- Los enfoques, perspectivas y sentidos que orientan y están presentes en la acción
colectiva o intervención social. Es muy importante reconocer los discursos,
orientaciones, representaciones y significados colectivos que estructuran las
problemáticas compartidas y las acciones colectivas; dichos sentidos pueden ser más
o menos formalizados, confluir o estar en conflicto, ser re-significados desde la
práctica y por los actores involucrados.

En fin, cada práctica tiene su propio contexto, que la condiciona y sobre el cual se
actúa. Por ejemplo, mientras unas prácticas están inmersas o afectadas por dinámicas
asociadas a la globalización, otras lo están por una problemática específica del país o
de un sector de población. Así por ejemplo, dos experiencias educativas llevadas a
cabo en un mismo país, pueden tener contextos de comprensión diferentes, sea que
estén el campo o la ciudad, con jóvenes o con niños, orientada a la formación
ciudadana o a la capacitación en competencias técnicas, etc.

Las diferentes iniciativas que fueron configurando la propuesta metodológica de la
sistematización de experiencias estuvieron enmarcadas tanto por los contextos
históricos y de acción específicos, como por las perspectivas y enfoques políticos y
epistemológicos de sus gestores. Es decir, la manera como estos interpretaron su
contexto y se posicionaron frente a él, así como entendieron el modo más adecuado
para reconstruir e interpretar la práctica ha sido también decisiva en el devenir
histórico de la sistematización.




Comprensión de la realidad social y de las prácticas a sistematizar

Toda investigación parte de la noción de realidad que poseen quienes la realizan. Ya
sea por sus marcos teóricos previos, por el enfoque disciplinar en el que se ha
formado y la corriente de pensamiento o el sistema cultural al que pertenece, quien
investiga nunca parte de cero frente a lo que estudia. Para la tradición interpretativa
y los enfoques cualitativos, la realidad es una construcción histórica y social
compartida por sus miembros; aunque está estructurada por los condicionamientos
temporales, espaciales y sociales, no está determinada; en palabras de Sartre, “la
historia no es orden, es desorden racional. En el momento mismo de mantener un orden,
es decir, una estructura, la Historia ya está en camino de deshacerlo” (Citado por
Torres, 2000, p.23).

Y es que la conflictividad social, los procesos y mediaciones culturales, la actividad
política, los procesos intersubjetivos, los dinamismos instituyentes y fenómenos
emergentes siempre presentes en la vida social, impiden que el devenir histórico se
rija pro leyes causales pre-determinables. Así puedan reconocerse tendencias y
regularidades históricas en períodos de calma social, las coyunturas y
acontecimientos históricos, ponen de presente este carácter indeterminado de lo
social y la co-existencia de múltiples futuros posibles contenidos en cada momento
histórico. Por tanto, como lo plantea Zelmelman (1997) la realidad está siempre
dándose, construyéndose, ensanchándose.

Dicha transformación permanente de la vida social no es equivalente a la que acontece
en la naturaleza. Mientras en ésta, la determinación e indeterminación de su
movimiento “es objetiva”, en aquella, siempre es obra de las acciones humanas
conscientes e inconscientes, intencionales o no, pero siempre atribuibles por la
actividad humana. Las bonanzas y las crisis económicas, los desarrollos tecnológicos y
sus consecuencias, las revoluciones sociales, los sistemas políticos y culturales, así se
nos presenten como fenómenos “objetivos” son obra de sujetos individuales,
colectivos, de instituciones y fuerzas sociales no siempre reconocibles a primera vista.
Por ejemplo, fenómenos como la globalización, que la ideología dominante presenta
como natural e ineludible, tiene sus promotores/as y sus víctimas.

Así como la vida social se produce continuamente, las y los sujetos que la forman
también se van constituyendo en ese proceso. Las gentes se encuentran en sociedades
estructuradas en modos determinados (no exclusivamente por lo económico),
experimentan esas condiciones como necesidades y generan experiencias comunes
para afrontarlas (Thompson 1984); en estas vivencias comunes se inventan
instituciones propias y se re-crean entramados de significados (culturas) desde las
que orientan sus actuaciones, establecen sus vínculos con los otros/as y construyen
sentidos de pertenencia. En la medida en que los colectivos sociales se enfrentan a sus
circunstancias para cambiarlas, se construyen ellos mismos como sujetos, como
actores históricos.

Esta producción de la vida histórica y de sus actores se realiza dentro de las
coordenadas de tiempo y espacio que no son similares a las del mundo físico. Así
tengamos relojes para precisar el tiempo diario y utilicemos instrumentos para medir
las distancias, el tiempo de nuestra vida personal y social transcurre a diferentes
ritmos y en un mismo lugar coexisten diferentes tiempos; así mismo la vida social se
con-forma en varias escalas espaciales, que, mediadas por la cultural, son vividas
como territorios propios o como espacios ajenos.

Desde la perspectiva interpretativa, la construcción de la vida social, en particular en
las escalas micro-sociales y micro-temporales (como es el caso de las prácticas a
sistematizar) es siempre inter-subjetiva y mediada por el lenguaje y la cultura. La
sociología fenomenológica iniciada por Alfred Schutz y continuada por Berger y
Luckman (1978) nos permiten comprender cómo en la vida cotidiana se producen los
sentidos que estructuran los vínculos e interacciones sociales. Así por ejemplo, en un
proceso organizativo o educativo, quienes lo conforman desde su actuar diario y la
experiencia colectiva que van acumulando, construyen significados, creencias e
imaginarios que van institucionalizando su con-vivencia, hasta llegar al punto de
naturalizarse como modo “normal” de vida, desde el cual se socializan sus nuevos
integrantes; y se leen y juzgan otras realidades, igualmente construidas y objetivadas
socialmente.

Desde una perspectiva interpretativa crítica, dichas instituciones sociales, así como los
procesos de producción de significados y subjetividades están atravesadas por
diferentes relaciones de poder capaces de reproducir, pero también de resistir,
transgredir y subvertir las estructuras de dominación. Cabe aclarar que poder y
dominación no se reducen a las formas, estructuras y sistemas políticos (Estado,
partidos), sino que están presentes en todas las esferas y escalas sociales; así mismo,
su ejercicio no es solo represivo o subversivo, sino que, mediado por la cultura, actúan
a través de diversas estrategias y tácticas (De Certeau, 1996): persuasión, sincretismo,
re significación, evasión, negociación, etc.

En consecuencia con esta ontología de lo social, afirmamos que las prácticas sociales y
educativas, objeto de una sistematización, son mucho más que la sumatoria de
objetivos, actividades, roles y procesos organizativos. Además de esta dimensión
institucional de las prácticas, éstas están condicionadas por contextos políticos,
culturales y sociales, en donde se configuran formas de relación y de acción entre
sujetos; así mismo estas acciones son resultado de interacciones entre los y las
sujetos, mediadas por sus interpretaciones y por los lenguajes, recursos que se ponen
en juego a lo largo de la configuración histórica de la práctica.

En tanto procesos socio-históricos, las organizaciones y sus prácticas están
estructuradas; participan de contextos políticos, económicos, sociales y culturales, que
es necesario explicitar y actualizar; además de comprender las estrategias que la
organización ha desplegado como alternativa a las situaciones de injusticia que
alimentaron su emergencia.
En tanto experiencias humanas las prácticas están impregnadas de sentido. Las
significaciones previas de sus actores son re-configuradas en la conversación con
otros y otras en torno a la lectura de la realidad que se quiere transformar, de la
comprensión de las necesidades y problemas que se quieren afrontar, así como de las
estrategias y medios más adecuadas para lograrlos y las visiones de futuro que las
orientan.

Tomado del libro “La sistematización como investigación interpretativa crítica”, de
Disney Barragán Cordero y Alfonso Torres Carrillo
Editorial El Búho Ltda
Corporación Síntesis
Noviembre 2017