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La Comuna de París: entre lo extraordinario y el mito


Melon Pirro, Julio; Acuña, Patricia;
Bazán, Sonia1

¿Que fue la Comuna de París?

Una efímera experiencia de gobierno directo protagonizada por parte de la población


del París de 1871, instaurada en el marco de la derrota nacional francesa frente a las
tropas prusianas, y finalizada con una cruenta represión, según los hechos.

La vuelta a los aciagos tiempos de los excesos revolucionarios franceses, el embrión de


una “dictadura del proletariado”, una demostración de la capacidad del activismo
anarquista, según las versiones de contemporáneos y epígonos.

¿Que fue, entonces, la Comuna de París? Un acontecimiento extraordinario, por cierto,


un mito poderoso y perdurable, por lo menos. Como ocurre frecuentemente en historia,
lo extraordinario se emparentó con el mito sin explicarlo, pero merece ser contado. El
mito, por su parte -sobre todo el revolucionario, pero también el conservador- amenaza
oscurecer el acontecimiento, a la vez que ilustra sobre su importancia. Aquí proponemos
ligar ambas dimensiones en la secuencia de los grandes cambios que, desde el punto de
vista político, tuvieron su epicentro en Francia desde 1789, finalizando el análisis con
un comentario sobre la influencia que el acontecimiento –y el mito- tuvieron en el
pensamiento social y político del tiempo que siguió. Entre uno y otro punto del trabajo
pretendemos abocarnos, pues, a una historia más evocada y referida, que efectivamente
contada.

De 1848 a 1871. El contexto de las revoluciones del siglo XIX

Luego de la caída de Napoleón en 1815 y de la articulación de las alianzas


reaccionarias europeas, el empuje político y social relacionado con la tradición, todavía
nueva, pero siempre universalista, de la Revolución francesa, se manifestó
repetidamente en el viejo continente y particularmente en su epicentro político, Francia.
Estos movimientos que se expresaron en distintas “oleadas revolucionarias” señalaron,
por una parte, las apetencias de modernización política de participantes y epígonos de la
gran Revolución y la existencia de problemas nacionales no resueltos. Pese a la
diversidad de situaciones, el desarrollo del proceso y su dramática conclusión pusieron
en evidencia, también, la conflictividad social implícita en la rápida y contemporánea
consolidación del sistema capitalista.

A pesar de las políticas tendientes a restablecer el “orden” del Antiguo Régimen (las
prerrogativas del viejo orden feudal), los cambios introducidos, consolidados y
proyectados desde la Revolución Francesa eran irreversibles, al punto de que en el siglo
XIX se desplegó la lucha por imponer los principios liberales y concretarlos en un
sistema político. La participación popular fue un ingrediente sustantivo de dicha
evolución, aunque no tardaron en expresarse contradicciones entre las formas políticas

1
Cátedra “Historia Universal General IV (contemporánea)”, Departamento de Historia,
Facultad de Humanidades, Universidad Nacional de Mar del Plata.

1
del capitalismo liberal y las fuerzas asociadas a perspectivas democráticas radicales y
aún socialistas. Dicho conflicto se expresó, como nunca antes hasta entonces, en las
calles de la ciudad revolucionaria en 1848 y 1871.
En una mirada retrospectiva, los acontecimientos de 1848 –que probablemente hayan
señalado el punto más alto, a la vez que una significativa inflexión, de todo este
movimiento- se enmarcan en un proceso más general. Formaron parte, pues, de un ciclo
revolucionario desencadenado por la “doble revolución” del siglo XIX, el cual se
manifestó en tres series de acontecimientos. La primera entre 1820 y 1824, con
epicentro en el Mediterráneo, tuvo el tono de la extensión de las perspectivas liberales.
La segunda, entre 1829 y 1834, afectó a toda Europa y provocó, por una parte, la derrota
definitiva del poder aristocrático por el burgués (o como se ha dicho respecto del caso
Francés por una fracción de la burguesía), pero también la aparición en escena de la
clase trabajadora como fuerza independiente (con atención a las peculiaridades locales y
nacionales) y de los movimientos nacionalistas en Europa Occidental. La tercera fue la
más importante y debe analizarse en su relación dialéctica con todo el proceso, ya que
los movimientos revolucionarios de 1848 que se manifestaron en casi toda Europa
Occidental constituyeron una forma particular de conducta colectiva en la que
participaron, con sus problemáticas específicas, diversos actores, aunque el elemento
catalizador fue de orden político. Conviene observar los nudos históricos de este
movimiento, brevemente, allí donde durante todo el siglo XIX las revoluciones serían
más revoluciones, es decir, en Francia.
En 1830 el levantamiento popular del pueblo de Paris había provocado la huida del que
fuera el último rey Borbón, Carlos X, lo que redundó en la coronación de Luis Felipe de
Orleáns, cuyos poderes estaban limitados por una asamblea. La Monarquía
constitucional de Luis Felipe se basó en la fuerza del liberalismo moderado francés, y
sus medidas de gobierno generaron un marco de considerable estabilidad y crecimiento
económico, a lo que se sumaron créditos derivados de una activa política exterior que
permitió el acercamiento con Gran Bretaña y la proyección de la presencia francesa en
Argelia. El sistema político que erigía la Asamblea era fuertemente censitario, al punto
de que avanzados los años cuarenta difícilmente votaran en Francia más de 200.000
ciudadanos.
El régimen del llamado “rey burgués” establecido en julio de 1830 no estuvo, empero,
exento de conflictos, dado que a las demandas de participación política se sumó la
disconformidad de un sector de industriales respecto de la política económica que en el
contexto de un importante endeudamiento público, favorecía al sector financiero.
Radicales y demócratas, opuestos al régimen de Luis Felipe, organizaron desde julio a
diciembre de 1847 una campaña de reuniones públicas –los célebres “banquetes” en los
que se pronunciaban discursos antigubernamentales- convocadas para proclamar la
libertad de opinión y reunión (restringida por el gobierno), además de la exigencia de
ampliación del sufragio.2
La prohibición oficial de uno de estos mitines, convocado para el 22 de febrero, fue lo
que provocó que una importante cantidad de personas, incluido un grupo numeroso de
estudiantes, se manifestaran en la Plaza de la Concordia con gritos contrarios al primer
ministro Guizot y a favor de la reforma política. La Guardia Nacional se unió a los
manifestantes y ese mismo día, por la noche, una multitud se dirigió a la plaza de
Madeleine pero cuando llegaron al Boulevard de los Capuchinos se enfrentaron con los
destacamentos del gobierno que protegían el Ministerio de Asuntos Exteriores. El
resultado de la represión fue una veintena de muertos y heridos. Estos hechos
2
Una versión resumida sobre los acontecimientos que precedieron a las jornadas de 1848 en Francia
puede consultarse en De la Fuente, José M., Las revoluciones de 1848, Akal, Madrid, 1984.

2
desencadenaron la rebelión de los suburbios de Saint Honoré, Saint Martín y Saint
Antoine, y para el 24 de febrero había estallado la revolución en la capital francesa. El
rey abdicó a favor de su nieto el conde de París pero rápidamente se constituyó un
gobierno provisional que expresó la coalición de la burguesía con los trabajadores
urbanos. El nuevo régimen no satisfizo, empero, los reclamos de estos últimos, que
continuaron movilizados hasta que, finalmente, en las jornadas de junio, se enfrentaron
al Estado y fueron brutalmente reprimidos3. Es importante considerar aquí que la
represión fue de la mano con un proceso de legitimación política democrática que la
precedió, ya que la II República establecida en 1848 implicó el establecimiento del voto
universal masculino, y el resultado de su puesta en práctica –contrariamente a lo que
preveía la opinión conservadora- descolocó a los grupos urbanos radicalizados. La
victoria moderada en las elecciones, obtenida merced a la participación electoral en las
provincias, y de muchas personas que no veían con buenos ojos el mantenimiento a
costa del presupuesto nacional de un sector de los trabajadores de la capital, se
consolidó en las calles cuando las tropas de la Guardia Nacional reprimieron con
inusitada violencia a los miles de trabajadores amotinados a raíz de la disolución de los
Talleres Nacionales. El triunfo del general Cavaignac fue, entonces, mucho más allá de
la victoria militar y del restablecimiento del orden público. El disciplinamiento social se
logró mediante la ejecución, detención o deportación de los movilizados y fue un
importante factor de la consolidación de la burguesía en el gobierno. Por doquier
prevaleció la observación de que se acababa de afrontar un trance novedoso y que en las
calles de París se había ventilado por vez primera un enfrentamiento social que
agregaba en sus polos a quienes serían los protagonistas de la historia europea
contemporánea. No está demás recordar, en este sentido, que 1848 contó con los
observadores más calificados, al menos si recordamos que fue el mismo Karl Marx
quien entendió que entonces, y particularmente en junio, había surgido “la verdadera
república burguesa”4 y que nada menos que Alexis de Tocqueville quien había previsto
la tormenta y destacado claramente, después que la experiencia revolucionaria había
animado la emergencia del espíritu del “socialismo”5.
En el contexto de una relación de fuerzas francamente desfavorable a los trabajadores
urbanos derrotados, se redactó un proyecto de constitución que otorgaba el poder
ejecutivo a un presidente elegido por voto directo. Contrariamente a lo previsto no fue

3
Tilly, Charles, Las revoluciones europeas 1492 – 1992, Crítica, Barcelona, 1996

4
“Y así como la república de febrero, con sus concesiones socialistas, había exigido una batalla del
proletariado unido a la burguesía contra la monarquía, ahora era necesaria una segunda batalla para
divorciar a la república de las concesiones socialistas, para que la república burguesa saliese consagrada
oficialmente como régimen imperante. La burguesía tenía que refutar las pretensiones del proletariado
con las armas en la mano. Por eso la verdadera cuna del la república burguesa no es la victoria de febrero,
sino la derrota de junio”. En Marx, Karl, La Lucha de Clases en Francia de 1848 a 1850, Anteo, Buenos
Aires, 1972.
5
Así lo había previsto Alexis de Tocqueville en su discurso en la Cámara el 27 de enero de 1848 “Por
primera vez después de quince años, declaro a la Cámara que siento un cierto temor ante el porvenir. La
sensación, el sentimiento de inestabilidad, precursor de las revoluciones, existe hasta el más alto grado en
el país. Si se presta una cuidadosa atención a la clase que gobierna y la que es gobernada, lo que se
percibe en una y en otra asusta e inquieta. Mirad lo que sucede dentro de la clase trabajadora, que hoy, es
preciso reconocerlo, se mantiene tranquila. ¿No veis que sus pasiones han dejado de ser políticas para
convertirse en sociales? Discute la justicia del reparto y de la propiedad. Mi convicción es profunda:
dormimos sobre un volcán..”. Sobre todo el proceso revolucionario ver sus agudas observaciones en
Recuerdos de la Revolución de 1848, Trotta, Madrid, 1994, y las referencias al socialismo de la
Revolución de febrero en pp. 86-93.

3
Cavaignac el elegido sino Luis Napoleón, sobrino de Napoleón Bonaparte, quien obtuvo
más de cinco millones de votos en las elecciones presidenciales de diciembre de 1848.
Luis Napoleón contó con una Asamblea Legislativa con mayoritaria presencia
conservadora, sofocó un postrer levantamiento revolucionario en julio de 1849 -
nuevamente protagonizado por sectores populares de la capital- y pronto encontró las
formar de consolidar su gobierno, el cual contó durante muchos años con el respaldo de
la mayoría de la población francesa. En 1851, con la intención de lograr perpetuarse en
el poder, dado que no estaba legalmente habilitada la posibilidad de la reelección, se
proclamó emperador con el apoyo del ejército. El Segundo Imperio implicó el fin, pues,
de la II República, y se caracterizó por un estilo de gobierno autoritario aunque atento a
la sensibilidad popular, conservador pero modernista, e intervencionista en política
exterior. El régimen bonapartista se caracterizó por su interés en obtener la adhesión de
distintos grupos sociales, y en los años sesenta, en el contexto de una creciente
desconfianza de parte de los sectores más establecidos de la sociedad, Luis Napoleón
llegó hasta a alentar a algunos dirigentes de la clase obrera, particularmente a los
adeptos al socialismo proudhoniano, que eran hostiles a la acción directa propiciada por
los blanquistas y también, por su carácter apolítico, a la izquierda republicana. En 1862
estos participaron de una delegación francesa a la Exposición Universal de Londres e,
impresionados por la eficacia de las trade-unions inglesas, obtuvieron dos años después
el derecho de huelga en territorio francés. Un sector importante de la población obrera
de Paris, no obstante, se manifestó remiso a encuadrarse en dicha perspectiva legalista.
En tanto, en el seno de la Asociación Internacional de trabajadores, donde pugnaban las
tendencias marxistas y bakuninistas, se desconfiaba tanto del socialismo cooperativista
y mutualista de Proudhon como de los métodos radicales e insurreccionales
preconizados por otro socialista francés, Auguste Blanqui, que volverían de todos
modos a tener un rol central en los acontecimientos que llevaron al establecimiento de la
Comuna.

La derrota militar y la Comuna de Paris

El talón de Aquiles del régimen bonapartista fue, a la postre, el de la lógica militar. En


pleno proceso de unificación alemana el pensamiento estratégico del canciller Otto Von
Bismarck propició la conferencia de Londres, que en 1867 se reunió para tratar sobre las
demandas francesas sobre Luxemburgo. De resultas de dicho encuentro y para
decepción francesa, el ducado quedó bajo jurisdicción holandesa, lo que fue
considerado una forma de garantizar su neutralidad en el marco de las tensiones franco-
prusianas. Las aspiraciones francesas intentaron resolverse mediante la búsqueda de una
alianza con Austria e Italia, por lo que Napoleón III se reunió en el curso de ese mismo
año con el emperador Francisco José y mantuvo asidua correspondencia con éste y el
soberano italiano. Ninguna de estas gestiones, ni los contactos con el Reino Unido y con
Rusia lograron involucrar a estos estados en una negociación pro francesa y,
consecuente o potencialmente, anti-alemana. Bismarck, por su parte, eludió la
confrontación por razones de oportunidad, aunque conocía el factor aglutinador que una
guerra con Francia podía desempeñar particularmente en los Estados del sur de
Alemania. La ocasión sobrevino poco después, luego de que en 1868 una revolución en
España derrocara a Isabel II y se especulara con el ofrecimiento –alentado por
Bismarck- del trono al príncipe alemán Leopoldo de Hohenzollern. Francia se sintió
amenazada ante la posibilidad de quedar franqueada por dos Estados al mando de la
dinastía prusiana, y aunque evitó lo que temía por la vía diplomática, se multiplicaron

4
las presiones al emperador Guillermo I por parte de los bonapartistas más nacionalistas.
Esto originó una comunicación de la corte a Bismarck quien tuvo, al fin, la chance de
transformar una derrota diplomática en un enfrentamiento militar. Si bien el incidente
del telegrama de Ems6 fue detonante de la guerra, lo cierto es que Napoleón III, desde
mucho antes, temía no solo a la unificación de Alemania sino su política expansionista,
y que Bismark la deseaba menos como una guerra de conquista que como cemento de la
nacionalidad. La guerra se inició el 19 de julio de 1870, luego de que Francia declarara
la guerra a Prusia a raíz de los humillantes trascendidos que Bismarck diera a conocer a
la prensa. La guerra comenzó, pues, con un canciller confiado en la fuerza prusiana y
seguro de la funcionalidad política cohesiva que el conflicto tendría, y con un Imperio
francés peor preparado militarmente y carente de aliados firmes (Bismarck negoció,
rápidamente, la neutralidad de Inglaterra, Austria y Bélgica)7. Las hostilidades que
tuvieron lugar en agosto de 1870 confirmaron las presunciones iniciales. Desde el punto
de vista alemán el principal resultado político llevó a que los príncipes propusieran que
Guillermo I asumiese como emperador: La proclamación formal del imperio el 18 de
enero de 1871 culminó, pues, el trabajoso proceso de unificación alemana. Desde el
punto de vista francés, la suerte aciaga de las armas derivó, como suele ocurrir en la
historia, en una seria conmoción nacional y, llevó inmediatamente en París, a la
experiencia de la Comuna. La ofensiva alemana provocó la capitulación de Francia en la
batalla de Sedan, el 1 de septiembre de 1870, cuando cerca de 100.000 franceses fueron
hechos prisioneros y Napoleón III capturado dando por finalizada la etapa del II Imperio
francés e inaugurando la época de la III República. Los acontecimientos se sucedieron
como pasaremos a relatar.

La Comuna

La Asamblea Nacional, reunida en Burdeos, nombró al republicano conservador


Adolphe Thiers como jefe del poder ejecutivo con sede en Versalles8. En el seno de
dicho cuerpo legislativo una mayoría de miembros partidarios de la restauración de la
monarquía se inclinó a aceptar las condiciones para la paz propuestas por el canciller
Bismarck, mientras que los republicanos radicales y los socialistas de París votaron por
la continuación del esfuerzo bélico. El tratado de la paz de Versalles establecía que
Francia debía ceder a Alemania los territorios de Alsacia y Lorena y pagar cinco mil
millones de francos como indemnización. Hasta no hacerse efectivo el pago los
alemanes continuarían, como tropa de ocupación, en territorio francés. La perspectiva
de los radicales, como decíamos, era muy diferente. Apenas tres días después de la
derrota de Sedan ingresó una muchedumbre en la cámara legislativa, lo que fue seguido
por un discurso del diputado parisino León Gambetta, quien expresó que habiendo Luis
Napoleón Bonaparte abandonado el gobierno de Francia se imponía un nuevo rumbo
6
El célebre “Telegrama Ems”, como se lo conoce entre los estudiosos de las relaciones internacionales y
de la diplomacia, fue enviado desde esta ciudad alemana que era residencia de descanso del emperador, y
refería a los resultados de un encuentro entre Guillermo I y el embajador francés. Bismark lo dejó
trascender a la prensa tergiversando los términos de la comunicación a los efectos de ofender a la
contraparte francesa.

7
Wetzel, David: A Duel of Giants: Bismarck, Napoleon III, and the Origins of the Franco-Prussian War.
University of Wisconsin Press, Madison, Wisc. 2001.

8
El cargo de Jefe del Poder Ejecutivo era equivalente al de Presidente de la República

5
político. Acto seguido, una nutrida cantidad de manifestantes se dirigió al Hôtel de Ville
y procedió a proclamar un gobierno revolucionario a la cabeza del cual se encontraba,
precisamente, Gambetta. En los días siguientes fue organizado un ejército que contaba
con unos 600.000 hombres cuyo primer objetivo era detener el avance alemán hacia
París. El 1 de marzo de 1870, el ejército alemán marchó por los Campos Elíseos, en una
marcha final considerada agraviante para el patriotismo jacobino. Las medidas
tendientes a desarmar al pueblo constituido en Guardia Nacional, encendieron la llama y
provocaron una insurrección popular en París, en marzo de 1871, lo que obligó Thiers a
huir a Versalles desde donde intentó seguir ejerciendo su mandato. En el contexto de la
derrota y de la animadversión popular ante la perspectiva del ingreso de las tropas
prusianas, los activistas parisinos sostuvieron, pues, la constitución de un gobierno
autónomo, derecho que ya usufructuaban varias ciudades francesas pero que en la
situación histórica de referencia devino mucho más radical. La Guardia Nacional,
milicia compuesta por ciudadanos, se negó a obedecer al gobierno nacional y, lejos de
proceder a reprimir a la multitud, se apropió de la artillería para organizar la defensa de
la ciudad. Dicho contexto -el del levantamiento del pueblo de Paris contra el gobierno
provisional- es el prólogo a las memorables jornadas de lucha callejera del 17 y 18 de
marzo, que establecieron un gobierno revolucionario en la capital del país. Fue entonces
el Comité Central de la Guardia Nacional el que convocó a las elecciones comunales
que se sustanciaron inmediatamente, y fue el gobierno de este consejo comunal el que
terminó siendo conocido como la Comuna de Paris. La mayor parte de los miembros de
este consejo, conocidos como communards eran seguidores de Augusto Blanqui, hasta
ese momento detenido en Versalles por el gobierno provisional de Thiers, mientras que
otro sector estaba inspirado en el socialismo proudhoniano y la Asociación
Internacional de Trabajadores en cuyo Consejo General gravitaba la influencia de Karl
Marx9. Si tuviéramos que simplificar la composición del Consejo General de la Comuna
podríamos hablar de dos tendencias políticas: los que sostenían ideas democráticas y
socialistas y un sector jacobino que planteaba retomar el camino del Comité de Salud
Pública10. El Comité Central inició las negociaciones con los antiguos alcaldes y con
varios dirigentes moderados para fijar la fecha de las elecciones que finalmente se
celebraron el 26 de marzo. Thiers utilizó este valioso tiempo asegurando la situación en
las provincias y confiando en el desgaste del Paris insurrecto, reforzó la cantidad de
armas y la moral de sus soldados para preparar un nuevo ataque. La recién elegida
Comuna sustituyó a la dirección de la Guardia Nacional por un gobierno oficial del
París revolucionario, aunque trece de los miembros del comité central de la Guardia lo
integraron. En general, este gobierno estaba formado por personas relacionadas con el
movimiento revolucionario de una u otra forma, y en su mayoría se podrían definir
como "republicanos de izquierda", algunos de ellos empapados de la nostalgia

9
Para una información general sobre este tema, ver Droz, Jacques: Historia general del socialismo,
Destino, Barcelona, 1985.

10
El Comité de Salud Pública, dirigido por Maximiliano Robespierre había concentrado el poder
ejecutivo de la convención republicana en tiempos de la Revolución Francesa. En 1793 implicó la
asunción de una perspectiva fundacional –el “año I de la Revolución”- que se manifestó en el ejercicio de
una dictadura que implicó el sostenimiento de la revolución mediante la leva forzosa y universal, el
establecimiento de un control de precios y otras medidas de emergencia económica, la aplicación
generalizada del “Terror” contra los enemigos de la Revolución y hasta el establecimiento de un nuevo
calendario y culto nacional basado en la naturaleza.

6
idealizada del régimen jacobino de la Revolución Francesa. Se debe hacer notar que, en
sintonía con lo que había acontecido en el pasado respecto del voto rural –que en 1848 y
durante los plebiscitos de Luis Napoleón había neutralizado la importancia del voto de
las ciudades, generalmente más radical- no puede decirse que la Comuna haya obtenido
en la ciudad revolucionaria un apoyo popular masivo. En las elecciones de las que
resultó electo el gobierno de Comuna se registró una abstención superior al 50%, una
proporción que subió en casi veinte puntos en ocasión de las complementarias que se
realizaron en el mes de abril y que habla a las claras de la distancia, por otra parte
creciente, que mediaba entre los activistas y dirigentes de la Comuna y la población en
su conjunto. La historiografía militante de la izquierda francesa, al hacer de la
experiencia de París un acontecimiento fundacional en la historia del movimiento
obrero, interpretando a la Comuna como la primera tentativa de organización de un
gobierno proletario y su derrota como un episodio de la lucha de clases ha olvidado
frecuentemente que no solo el campo fue reacio a adoptar las consignas y modos
politicos de la ciudad revolucionaria, sino que varias comunas de las provincias, como
Lyon, Bordeaux, Marsella, etc., tuvieron una entidad diferenciada de la ciudad
revolucionaria y sitiada. Desde estos lugares, como observó un historiador, se miraba
con desconfianza a París, que en el pasado había dado pruebas de tender a ejercer, en
plena expresión de jacobinismo revolucionario, un centralismo intolerable para el
interior, de modo que las comunas que allí estallaron tuvieron un componente
federalista de republicanismo radical que no necesariamente coincidía con la
experiencia de la Comuna en Paris11. Por lo demás, si algo cabe resumir del contraste
entre una historiografía de izquierda siempre tributaria de la mirada que Marx vertebrara
durante y con posterioridad a la derrota de la Comuna y los avances mas condensados
del campo profesional –no necesariamente antitéticos, adviértase esto, sobre las
aprensiones “antiutópicas” del mismo escritor de referencia- , es que han tendido a
colocar a los acontecimientos de 1871 como la última expresión de un ciclo
revolucionario más que como el principio de uno nuevo. El primero y fundacional
trabajo académico de esta interpretación que avanzó decididamnente desde los años
sesenta fue Procès des Communards, de Jacques Rougerie, quien consideró que la
Comuna de 1871 era heredera directa de las tradiciones de la gran Revolución
Francesa de 1789 y de las revoluciones urbanas de 1830 y 1848, y que de ningún modo
podía ser entendida como la “primera” revolución proletaria. Según su estudio de la
nomina de arrestados la mayor parte de los communards eran obreros de oficios
tradicionales, ya que la clase obrera parisina insurgente estaba insuficientemente
conformada. Un diagnóstico basado en una historia social medular pero que no era tan
diverso de aquel que hubiera formulado el propio Marx sobre 1848: aquella fuerza
social involucrada “desde abajo” en la revolución se parecía más a los obreros de la
primera mitad del siglo XIX que al proletario socialista del siglo XX12.

Organización del gobierno revolucionario

11
Gaillard, Jeanne, Commune de province, Commune de Paris, Flammarion, Paris, 1971
12
Este estudio concluyó en que la mayoría de los miembros de la Comuna eran revolucionarios de
tradición jacobina, que los socialistas, como hoy se acepta plenamente, eran una minoría, y que las
sociedades obreras de 1871 se parecían a las del pasado ya que no se habían despegado de sus moldes
corporativos tradicionales. «Crépuscule et non pas aurore», pues, para aludir a la última revolución del
siglo XIX, y no a la primera del XX Rougerie Jacques, Procès des communards, Julliard, Paris, 1964,
particularmente pp. 240-241.

7
En el Manifiesto de la Comuna de abril de 1871, se establecía un proyecto de gobierno
basado en una federación de comunas cada una de ellas libres y autónomas13. La
Comuna no era, pues, un cuerpo parlamentario tradicional, intentaba convertirse en un
organismo que cumpliera un rol ejecutivo y legislativo activo. Las medidas políticas
adoptadas por el régimen comunero fueron la abolición de los privilegios de los
funcionarios del Estado y la reducción de sus sueldos al nivel del salario de un obrero
medio y la revocabilidad de los mandatos en cualquier momento, a la vez que el límite a
diez horas de la jornada laboral. Entre sus primeras medidas efectivas estuvo la
supresión del ejército permanente y del cuerpo policial, instituciones reemplazadas por
la Guardia Nacional conformada por obreros o representantes reconocidos de los
trabajadores.
A más largo plazo estaba, dentro del proyecto político de los communards, terminar con
el poder de la iglesia. El poder judicial debía estar formado por funcionarios elegidos
soberanamente y cuyo mandato fuera revocable. La más completa democracia estaría
garantizada por el carácter electivo de todos los cargos y la posibilidad de ser
cesanteados en caso de no cumplir con su responsabilidad.
El objetivo final perseguido era la extinción del gobierno central, la unidad nacional la
garantizarían los agentes comunales elegidos mediante un sistema de voto directo por
distrito y la unidad sería el producto de la voluntad colectiva de pertenecer a una
comunidad nacional. Desde el punto de vista económico–social se apuntó a instaurar un
sistema autogestionario14, mientras otras iniciativas se encontraban en el camino de
apuntalar el protagonismo de la población femenina, como cuando se conformó una
Unión de Mujeres que tenía por misión organizar la defensa de la ciudad y cuidar y
curar a los heridos15.
Como ocurriera en ocasión de la revolución de 1848, y, en sintonía con el antecedente
de las medidas de emergencia otrora aplicadas por el jacobinismo, la Comuna propició
trámites urgentes con el propósito de beneficiar a los trabajadores urbanos: se dictó
rápidamente una moratoria de las deudas por alquileres y se procedió a requisar las
viviendas vacías para ser entregadas a los trabajadores, a la vez que se legisló sobre las

13
Según un manifiesto proclamado por el gobierno provisional en la mañana del 18 de marzo, la Comuna
significaba que “los proletarios de París, cansados de engaños y traiciones, habían creído llegada la hora
de salvar la situación tomando en sus manos la dirección de los negocios públicos; que los trabajadores
habían comprendido que su deber imperioso y su deber absoluto era hacerse dueños de su propio destino,
tomando las riendas del gobierno”. Se trataba solo del prólogo, apresuradamente redactado por dirigentes
de los trabajadores e intelectuales parisinos, para una serie de medidas que ensayaron la puesta en práctica
de una forma de democracia radical que incluiría no solo la limitación sino la revocabilidad inmediata de
los mandatos, amén de una serie de iniciativas de política social.

14
En realidad, dado lo efímero de la experiencia, el gobierno de la Comuna pudo hacer poco más que
ordenar un censo de las fábricas paradas y la elaboración de planes para dar la gestión de estas empresas a
los obreros que trabajan en ellas, en la perspectiva de su posterior unificación en asociaciones
cooperativas.
15
Costa,Silvio, “La Comuna de París y las mujeres revolucionarias”. Universidad Católica De Goiás
(Brasil), Mimeo, 2000.

8
deudas privadas16. Los talleres que habían sido abandonados por los patrones también
fueron expropiados y se intentó ponerlos a producir en forma de cooperativas.
Rápidamente el movimiento se extendió a la ciudad de Lyon, que era un importante
centro de confección de seda, a Saint Etienne, una ciudad eminentemente minera, y al
puerto de Marsella, pero debió soportar la constante represión por parte del gobierno
instalado en Versalles.
En ese contexto, acosada a la vez por el gobierno de Versalles y por las tropas alemanas,
aún en territorio francés, la Comuna pronto quedó aislada en París.
A partir del 2 de abril de 1871 y por un lapso de seis semanas, los bombardeos de la
ciudad fueron constantes, al punto que el centro de la capital francesa quedó
prácticamente destruido. La etapa más cruenta de defensa de la ciudad comenzó el 21 de
mayo, cuando tuvo lugar la denominada Semana Sangrienta, originada en una brecha
abierta en las defensas parisinas. Antes de rendirse los communards, cada vez más
seguros de su inminente derrota, procedieron a quemar edificios públicos y asesinaron a
sus rehenes, entre los que se hallaba el arzobispo de París. Durante el ataque se calcula
que perdieron la vida más de 20.000 personas involucradas en la defensa de la ciudad
rebelde frente a las tropas del gobierno provisional de Thiers. La represión que siguió
fue aún más importante luego de la rendición de los miembros de la Comuna el 28 de
marzo de 1871.
La Comuna hija de la guerra y del sitio de la ciudad se desenvolvió, pues, durante sus
poco dos meses de vida, en una situación de guerra permanente que enfrentó a la
desesperada defensa por parte de los communards de Paris frente a la represión desatada
desde Versalles, un proceso que tuvo su punto de inclinación militar desde que el 21 de
mayo de 1871 las tropas del gobierno de Thiers avanzaron lenta pero firmemente sobre
París. Las tropas que se encontraban al mando de Mac Mahon (el mariscal que había
estado comandado el I Ejército del Rin y que había sido derrotado en la guerra franco-
prusiana), fueron las protagonistas de una represión sin precedentes en su tipo y que,
como suele ocurrir en la historia de las grandes matanzas, se presta a polémicas respecto
de su cuantificación. ¿Cuántos miembros de la Comuna murieron durante la lucha?
“Los de Versalles dijeron 17.000, pero la cifra no es posible que sea más que la mitad
de la verdad. Más de 43.000 fueron hechos prisioneros, 10.000 fueron condenados, de
los que casi la mitad se exiliaron en Nueva Caledonia y los demás fueron encarcelados”.
En palabras del Eric Hobsbawm, se trataba además de la venganza del “pueblo
respetable”, lo cual implicaba un resultado concreto, el abismo de sangre entre los
trabajadores de Paris y los represores, y una lección para los revolucionarios sociales,
que en adelante sabrían lo que les aguardaba si no conseguían mantener el poder.17
La Comuna fue una experiencia que por 72 días se constituyó en el más importante
acontecimiento revolucionario del siglo XIX, adoptó nada menos que la bandera roja de
la I Internacional y su himno. En el interior de la Asociación Internacional de
Trabajadores (AIT) terminó tensando la relación entre K. Marx y M. Bakunin, quien
fue, junto a sus seguidores, expulsado de la organización internacional en el congreso de
La Haya celebrado en 1872. También dejó una fuerte impronta en el pensamiento
conservador de la época, que a partir de entonces se manifestó más prevenido, pero a la
luz de los resultados, más confiado, en el sostenimiento de un orden basado en las
instituciones republicanas de la democracia liberal. Si la discusión se cifrara en si su

16
Este era un aspecto sensible para los habitantes más pobres. La Comuna tomó estas medidas en
contraposición a las disposiciones que previamente había propiciado Thiers y que permitían la ejecución
de los desalojos urbanos.
17
Hobsbawm, Eric, La Era del Capital, 1848 - 1875, Crítica, Barcelona, 1998.

9
resultado final implicó verdaderamente un “escarmiento” social o político, o por el
contrario, un aprendizaje revolucionario para el proletariado en armas, la respuesta
afirmativa a la primera de las sentencias sería historiográficamente más firme. Con todo,
un sinnúmero de observaciones que remiten al pensamiento y a la ingeniería
revolucionaria del siglo y a la experiencia de 1848, pero particularmente a la de 1871,
asumirían como veremos una importancia superlativa en la conformación de la teoría de
la toma del poder por parte del pensamiento socialista.

La Comuna en el pensamiento y la teoría socialista

Tanto la guerra franco-prusiana como su derivación insurreccional, La Comuna,


fueron duras pruebas para la Primera Internacional (AIT). Dos de los representantes del
denominado socialismo científico, Marx y Engels, convencidos internacionalistas,
lidiaban con sus adversarios internos en el seno de la organización, entre los cuales se
encontraban los prohudonianos. No debe olvidarse tampoco que el comité que dirigía el
Partido Socialdemócrata Alemán consideró inicialmente a la guerra como “defensiva”
desde el punto de vista germano, contra la oposición de diputados como Bebel y
Liebknecht, que desde el Reichstag se abstuvieron de votar los créditos de guerra y pese
a la posterior rectificación del Partido pronunciándose en contra de una guerra “de
conquista” sobre Alsacia y Lorena18. De todas maneras, aunque la guerra fue siempre,
para el internacionalismo socialista, uno de los principales problemas a sortear, no
puede decirse que ella o su derivación, la Comuna, hayan sido el factor determinante de
la decadencia y disolución de la Asociación19. Debemos tener en cuenta que las
secciones francesas de la Internacional estabas debilitadas por la represión sistemática
de sus actividades llevada a cabo por el emperador Napoleón Bonaparte, por lo que no
tuvieron un rol de primer orden en el proceso que siguió a la proclamación de la
República. El intento de Bakunin de apoderarse de la ciudad de Lyon a fines de
setiembre terminó en el fracaso, y tampoco los internacionalistas fueron la vanguardia
de la lucha durante el sitio de París ni en la insurrección del 18 de marzo, que en
realidad fue obra de la Guardia Nacional.
Tres decenas de miembros del consejo de la Comuna militaban en la Asociación, pero
sus cargos y funciones fueron secundarias, amén de no existir unidad de criterio político
entre ellos. Si hubo algo que los unificara frente a quienes dirigían la experiencia con
una buena dosis de espontaneidad y un “jacobinismo” que los alejaba de importantes
corrientes del socialismo francés fue, precisamente, su rol de fuerza moderadora, lo que
se expresó en la autolimitación de las demandas sociales presentadas. En cuanto al
Consejo General de la AIT, hay que decir que pese a las declaraciones en favor de la
Comuna, de ningún modo alentó la revuelta del 18 de marzo. El propio Marx, quien
posteriormente dedicara páginas de oro a la experiencia en ocasión de redactar su obra,
La Guerra Civil en Francia20 no gravitó en su momento a favor de quienes pensaban

18
Cole, George D. H., Historia del Pensamiento Socialista. Marxismo y Anarquismo 1850-1890, FCE,
Mexico, 1958.

19 Droz, Jacques, ob. Cit.

10
en las posibilidades reales de permanencia y proyección de la experiencia
revolucionaria. Por supuesto que la impresionante represión implicó el fin de la sección
francesa de la Internacional, y que el gobierno francés así como observadores
extranjeros explicaron lo sucedido como resultado de la influencia de este organismo.
De hecho, en junio de 1871 Francia envió una circular a las principales potencias
solicitando la aplicación de medidas conjuntas contra la Internacional, una medida que,
de todos modos, fue compensada por el impacto propagandístico que la toma del poder,
primero, y la solidaridad por la dura represión, después, despertaron. Fueron, pues,
fundamentalmente los enfrentamientos internos, y sobre todo la rebeldía de las
secciones mediterráneas frente a un Consejo General que consideraban autoritario, los
que determinaron su progresiva extinción hasta el Congreso de Filadelfia, en 1876.
Para la II Internacional, en general, la Comuna de París no había sido sino la última
tentativa de “tomar el cielo por asalto” según el modelo clásico de la revolución
francesa de 1789. Para ellos las primeras décadas del siglo XX estaban signadas por el
crecimiento de la clase obrera y las conquistas que significaban los grandes partidos
socialistas y los sindicatos, por lo que el proletariado socialista debía abandonar esas
“viejas” fórmulas “insurreccionales” y luchar por conquistar dentro de la democracia
burguesa mejoras sociales y conquistas políticas graduales. Por supuesto dentro de este
“olvido” de la estrategia revolucionaria la idea de la “dictadura del proletariado” debía
ser abandonada.
Un punto en disputa entre el reformismo imperante en la Nueva Internacional de
trabajadores y la minoría revolucionaria entre la que se contaba Lenin, tenía que ver con
la concepción del Estado, y fue en ese punto en el que se concentraron las diferencias,
las cuales aludieron inevitablemente a la Comuna. El marxismo describía al Estado
como un órgano de dominación de clase, de donde no era difícil concluir que el
proletariado no podía derrocar a la burguesía prescindiendo de la conquista del poder y
la instauración de una “dominación política” propia. La idea de transformar el Estado,
constituyendo al proletariado organizado en clase dominante, se concebía como algo
coyuntural, ya que ese nuevo Estado proletario estaba destinado a desaparecer
progresivamente luego del triunfo de la revolución a escala internacional, momento en
el cual en una sociedad sin contradicciones de clase, el aparato estatal ya no sería
necesario. Ahora bien, para el pensamiento marxista y en particular para el leninismo,
no estaba claro como iba a producirse este tránsito, y se supuso que la solución o la
inspiración provendrían de la experiencia revolucionaria misma.
Según había constatado Marx en base a su evaluación de las revoluciones de 1848 y sus
consecuencias, las revoluciones dirigidas por la burguesía sólo perfeccionaban la
máquina estatal. A diferencia de ello la insurrección del proletariado y el pueblo de
París en 1871 se había encargado de destrozar la máquina del instrumento de
dominación de la burguesía, por lo que llegó a postular que la experiencia de la Comuna
había significado un verdadero embrión de la forma histórica conocida como “dictadura
del proletariado”. Lenin retomó posteriormente el argumento que Marx había articulado
junto a Engels en ocasión de prologar una nueva edición alemana del Manifiesto
Comunista, en 1872, donde éstos expresaban que la Comuna había demostrado que la
clase obrera no podía sencillamente tomar posesión de la máquina estatal existente para
adecuarla a sus propios fines y ponerla en marcha para sus propios fines…, pero que el
gobierno concreto de la Comuna había implicado un salto cualitativo de importancia en
la concepción de los nuevos instrumentos de poder proletario en una situación

20
En dicho texto habló de la vanguardia de una nueva sociedad e identificó la emergencia de un tipo de
organización política familiar al de la dictadura del proletariado por su capacidad de transformar a un
Estado opresor en emancipador.

11
revolucionaria. Lenin no eludió asumir que el nuevo estado incluía mecanismos
opresivos sino que, por el contrario, los justificó en la necesidad de “reprimir a la
burguesía y vencer su resistencia”, siendo una de las causas de la derrota de la Comuna
no el exceso sino el defecto de decisión al respecto. La justificación obvia es que se
trata, en teoría, de la represión de la minoría por la mayoría, circunstancia en la que
afirmaba ver, precisamente, uno de los primeros síntomas de “extinción” del Estado.
La afirmación de Lenin en el sentido de que “la Comuna es el primer intento de la
revolución proletaria de destruir la máquina estatal burguesa, y la forma política –
descubierta, al fin- que puede y debe sustituir a lo destruido”21 , se presentó como la
continuación del acalorado debate entre Marx y Bakunin respecto de la experiencia de
los communards. Bakunin había planteado la percepción de los “socialistas
revolucionarios” antiestatalistas para quienes la trascendencia histórica de la Comuna no
residía sino en haber sido una negación del Estado: “La humanidad ya se ha dejado
gobernar bastante tiempo, demasiado tiempo, y se ha convencido que la fuente de sus
desgracias no reside en tal o cual forma de gobierno, sino en el principio y en el hecho
mismo del gobierno, cualquiera que este sea…”22
El problema del Estado incitó una de las polémicas más profundas en el seno de la I
Internacional, polémica que trascendió a la Comuna y su experiencia estatal para
convertirse, en los albores del siglo XX, en tema de debate para lo que habría de ser una
de las experiencias de mayor impacto, en términos de política internacional, esto es la
Revolución Rusa de 1917.
¿Cuales eran los elementos nuevos y cualitativamente diferentes de este Estado que
Marx había señalado y que Lenin subrayara con su característico énfasis? En primer
lugar, la Comuna había sido la antítesis del Imperio y había implicado una “superación”
de la forma representativa de la democracia burguesa. El voto directo por distritos
estaba asociado a la posibilidad de rotación y revocabilidad de los cargos públicos, que
por otra parte no podían recibir remuneraciones superiores a las de un trabajador, y
confluía, junto a otros elementos, a trazar el perfil de una democracia de masas. Dicha
democracia era tanto más directa como menos burocrática que la de las repúblicas
burguesas, y allí, la superación de la división de poderes operaba, en teoría, a favor de
una unidad de trabajo legislativa y ejecutiva al mismo tiempo.

El pensamiento conservador y la práctica política después de la Comuna

La Comuna, según hemos visto en el apartado anterior, se convirtió pese a su derrota


en un ejemplo y en un símbolo, y para muchos en la posibilidad de reconocer en la
experiencia un embrión experimental o anticipatorio de construcción de una sociedad
nueva. Pero para muchos otros, aquellos convencidos de las virtudes del ciclo
ascendente de la burguesía, fue una especie de desvío, condicionado por las particulares
circunstancias de 1871, de los postulados de realización de ese ciclo. Para el
pensamiento conservador en particular fue, ciertamente, una ocasión de temor, una
referencia que condicionó en lo inmediato, aunque no por supuesto en el largo plazo, las
medidas políticas de control de la población subalterna.

21
Lenín, Vladimir, El Estado y la revolución, Anteo, Buenos Aires, 1972.
22
“Soy un partidario de la Comuna de París, la que no obstante haber sido masacrada y sofocada en
sangre por los verdugos de la reacción monárquica y clerical […] soy partidario de ella sobre todo porque
ha sido una audaz negativa del Estado”, En www.miguelbakunin.wordpress.com/2008/01/22/

12
La historia de Francia indica que junio de 1848 fue el momento en que, saldadas las
cuentas en aquella inicial y, a la luz de los acontecimientos, efímera, unión de diversos
sectores sociales que produjeron los hechos revolucionarios que conmovieron las calles
de Paris de febrero a junio de dicho año, se dio por iniciada la república burguesa. Por
su parte, si como hemos dicho es cierto que 1871, es decir, el recuerdo y la mitología de
la efímera Comuna pasarían a formar parte importante de la cultura y la conciencia
obreras, y sobre todo del patrimonio simbólico de la izquierda, no lo es menos que
perpetuarían el miedo a la revolución social entre los propietarios franceses, algo que
significó un punto de inflexión en la historia de la inclusión de la sociedad en la
política23. Thiers se comprometió a la reconstrucción de Francia después de la guerra y
fue clave en la restauración de una paz no solo exterior, sino social.
La república burguesa emergería, pues, del año (del año?) de la Comuna con nuevos
bríos en Francia, para dar paso a una democracia despojada de barricadas y de aventuras
radicales pero, también, de reminiscencias monárquicas. La República no solo se
consolidó en los años sucesivos merced al temor a la Comuna, sino que contó, para la
vertebración de un poder conservador moderno, con la división de los monárquicos. La
administración de Thiers fue, en dicho contexto, fundamental para el restablecimiento
de un orden siempre apreciado por importantes sectores de la población parisina y más
aún francesa, pero la fortaleza de su gobierno no se debió exclusivamente a la lograda
organización del ejército y el mantenimiento del orden público luego de haber logrado
la paz.
En particular la división de los monárquicos inhibió las alternativas que podrían haber
perfilado el camino para una restauración borbónica apenas surgieran contradicciones
en la política nacional, un aspecto que además de resolver un problema histórico
contribuyó a que el régimen fuera mejor tolerado por los antimonárquicos que quedaban
afuera del horizonte republicano. El rechazo a la bandera tricolor por parte del duque de
Chambord, quien había pasado su vida en el exilio austriaco, expresaba la falta de
avenimiento respecto de uno de los programas primarios de la Revolución francesa, esto
es, la Monarquía parlamentaria en beneficio de una forma de gobierno mucho más
tradicional, algo que, para los tiempos que corrían, y precisamente para los tiempos
posteriores a la Comuna, no encontraba partidarios entusiastas ni siquiera entre los
diputados monárquicos.
Reestablecido el orden y alejada la opción monárquica, la Asamblea se consagró a
elaborar y aprobar las leyes fundamentales.
Los cambios políticos se comenzaron a evidenciar desde 1875, a partir de la sanción de
una serie de leyes referidas a la Presidencia, el Senado y la Cámara de Diputados. El
resultado fue una República parlamentaria y bicameral, no presidencialista. El
presidente de la República -de acuerdo con la enmienda Wallon- habría de ser elegido
por mayoría absoluta de la Cámara de Diputados y el Senado, reunidos como Asamblea
Nacional. Quizá como una reacción atávica relacionada no ya con la Comuna, sino con
su antecedente inmediato, Napoleón III, el voto popular directo para elecciones
presidenciales, no sería practicado de nuevo en Francia hasta 1962.
Si para buena parte del pensamiento socialista implicó la confirmación de algo que ya
se había visualizado en 1848, esto es, la asunción por parte de la burguesía de un papel
definitivamente contrarrevolucionario, el liberalismo conservador encontró en su
derrota –y tanto como ello, en el aislamiento de la sublevación parisina respecto del
conjunto de la población francesa- un nuevo aliciente para continuar con la

23
Melon Pirro, Julio César: "La ampliación del sufragio: ideas, política y sociedad", Programa de
Actualización Académica para Profesores de Profesorados, Ministerio de Cultura y Educación, 1998.

13
consolidación del modelo de la democracia parlamentaria como el ideal de resolución
de los conflictos que plantea el advenimiento del mundo moderno. No es casual que
intelectuales como Pierre Rosanvallon estimen que tanto la generación de 1871, como la
de 1815, se sintieron compelidas a propiciar una refundación intelectual y política de
Francia, ya que entonces se imponía la necesidad de “reanimar una nación fatigada y
fijar instituciones demasiado tiempo tironeadas entre principios contrarios”24. La
Comuna no fue sucedida, en suma, por una serie de “comunas” o revoluciones en
Europa sino que, más bien al contrario, su clausura abrió paso a una nueva ilusión de
paz burguesa que sólo volvió a turbarse con la primera guerra mundial25.

Conclusiones
La breve experiencia que gobernó París del 18 de Marzo al 28 de Mayo de 1871,
conocida para la historia como La Comuna de París fue, desde el punto de vista fáctico,
mucho menos que lo que su lectura e interpretación sugieren. Marx la consideró un
ensayo defectuosamente materializado de los ideales socialistas, mientras que Bakunin,
su eterno polemista, entendió que era más bien anarquista, en la medida de que no
dependió de una vanguardia que hubiera tenido la meta precisa de dar paso a un estado
revolucionario. En la práctica historiográfica actual, que ya no tributa al hilo rojo de las
interpretaciones ideológicas, “La Comuna”, en sí misma, ha dejado de motivar debates
importantes. No obstante ello, permanece como una referencia central entre quienes
siguen pretendiendo construir grandes visiones del pasado, generalmente asociadas a
una idea de progreso del devenir, y aún entre quienes niegan la posibilidad de perpetuar
esos grandes relatos o se manifiestan suspicaces a colocar a la experiencia como un
mojón de lectura unívoca. La Comuna está más presente, pues, en esa historia que en
los congresos de historiadores, menos en los papers más originales de la disciplina que
en las clases de historia contemporánea. Nosotros consideramos que la experiencia de la
Comuna ilustra el abismo que suele imponer el examen de un hecho con relación al
significado atribuido, pero que el historiador, o el observador de la evolución de la
sociedad y de la política, deben atender a ambos niveles. Nunca un hecho es
simplemente un hecho y, en este sentido, la Comuna de París de 1871 fue mucho más
que la formalidad de una autoridad municipal que ejerció el poder en esa ciudad durante
los dos primeros meses de la primavera de 1871. Las condiciones en las que ella se
formó, su dinámica y su dramático final hacen de ella un interesante episodio de la
historia contemporánea. No fue seguramente la primera revolución proletaria de la edad
contemporánea, y se trató más bien de un movimiento patriótico en el cual tuvieron un
papel esencial los artesanos, los tenderos y los asalariados en general. Fue un intento de
reconquista de la ciudad de París a cargo de los habitantes del extrarradio; un intento
que se radicalizó y que, además, perdió consenso de masas a medida que se desarrolló y
desgastó en un contexto particular. La tragedia de la Semana Sangrienta y la dureza de
la represión ejercida contra los communards, pese a todo, acabaron por dar cuerpo a un
mito magnificado por la tradición de las luchas políticas y sociales asociadas a la
evolución del movimiento obrero socialista. Sin embargo, precisamente es el
significado que los contemporáneos y sus epígonos del siglo XIX y del XX le

24
Rosanvallon, Pierre, El modelo político francés. La sociedad civil contra el jacobinismo, de 1789
hasta nuestros días, Editorial S XXI, Buenos Aires, 2007.
25
Arranz Notario, Luis, “El Liberalismo Conservador en la Europa Continental, 1830-1939. Los casos
de Francia, Alemania e Italia”, en Revista de Estudios Políticos (Nueva Época), Núm. 102. Octubre-
Diciembre 1998.

14
atribuyeron, los temores y esperanzas que legó, el modo en que se creyó que la
experiencia podía articularse en una secuencia de cambios universales, como anticipo
revolucionario, como modelo de organización o bien, como anti-modelo para los
cambios que ineluctablemente sobrevendrían, lo que la sostuvo y la preserva en los
estudios históricos y desde esa perspectiva es que ocupa un lugar en una “historia
universal” que ha sido tal, precisamente, merced a la atención puesta en esos
significados. Cabe acotar, pues, que en última instancia, independientemente de su
solución política de coyuntura y de su proyección inmediata, los observadores más
sofisticados de uno y otro punto del cuadrante ideológico contemporáneo entendieron
que la experiencia había implicado un serio cuestionamiento a una idea de finalización
de la historia en cuanto proceso evolutivo caracterizado por el ascenso y consolidación
de la sociedad burguesa.

Textos en contexto. Marx y Bakunin sobre la Comuna.

Correspondencia de Marx sobre la Comuna

“Es evidente que los parisienses está derrotados. Ellos mismos tienen la culpa, pero una
culpa provocada realmente por demasiada honnéteté. El Comité Central (se refiere al
Comité Central de la Guardia Nacional, integrada fundamentalmente por obreros [Ed]),
le dieron a ese perverso aborto de Thiers el tiempo para concentrar a las fuerzas
enemigas: 1) Por su absurda actitud de querer impedir que se desencadenara la guerra
civil, como si Thiers no la hubiese empezado ya con su intento de forzar el desarme de
París; ¡Como si la Asamblea Nacional, a la que se le encargó exclusivamente que
resolviera la cuestión de la paz o de la guerra con los prusianos, no le hubiera declarado
inmediatamente la guerra a la república! 2) Para que no se les adjudicara la intención de
haber usurpado el poder, perdieron momentos preciosos en las elecciones en la Comuna,
cuya organización llevó bastante tiempo, en lugar de haber avanzado inmediatamente
sobre Versalles después de la derrota de la reacción en París (Place Vendôme)”
Marx a W. Liebknecht, Londres, 6 de abril de 187126

“No comprendo cómo puedes comparar las manifestaciones pequeño burguesas à la 13


de junio de 1849, con la lucha que se está librando ahora en París.
Sería por cierto muy fácil hacer la historia universal si para iniciar la lucha se pudiese
emprender sólo en condiciones infaliblemente favorables. Por otra parte, la historia
tendría una naturaleza muy mística si el «azar» no desempeñase ningún papel…Como
es natural, las casualidades forman parte del curso general del desarrollo y son
compensadas por otras casualidades. Pero la aceleración o la lentitud del desarrollo
dependen en grado considerable de estas «casualidades», entre las que figura el carácter
de las personas que al principio están a la cabeza del movimiento.

26El 12 de abril de 1871, Marx envía otra carta, esta vez dirigida a Kugelmann, donde expresa
estas mismas ideas generales agregando “…Sea como fuere, este levantamiento de París –aún si es
aplastado por los lobos, los cerdos y los viles perros de la vieja sociedad- es la hazaña más gloriosa de
nuestro partido desde la insurrección de junio en París. Compárese a estos parisienses, que toman el cielo
por asalto, con los esclavos del Sacro Imperio Romano germano – prusiano con sus mascaradas póstumas,
apestando a cuartel, a iglesia, a hacienda junker y, sobre todo, a filisteo…” Marx, K. y F. Engels,
Correspondencia, Cartago, Buenos Aires, 1987

15
La «casualidad» desfavorable decisiva no debe ser buscada esta vez, de ningún modo,
en las condiciones generales de la sociedad francesa, sino en la presencia en Francia de
los prusianos, que se hallaban a las puertas de París. Esto lo sabían muy bien los
parisienses. Pero lo sabían también los canallas burgueses de Versalles. Por eso
plantearon ante los parisienses la alternativa: aceptar el reto o entregarse sin lucha. La
desmoralización de la clase obrera en este último caso habría sido una desgracia mucho
mayor que la caída de un número de cualquiera de –jefes-. Con la Comuna de París, la
lucha de la clase obrera contra la clase de los capitalistas y su Estado ha entrado en una
nueva fase. Cualquiera sean los resultados inmediato se ha conquistado un nuevo punto
de partida que tiene importancia histórica universal.”
Marx a Kuggelmann, Londres, 17 de abril de 187127

“… He escrito varios centenares de cartas a favor del caso de ustedes a todos los
rincones del mundo donde tenemos secciones. Por lo demás, la clase obrera estuvo del
lado de la Comuna desde el primer momento. Hasta los periódicos burgueses de
Inglaterra han abandonado su actitud hostil de los primeros momentos hacia la
Comuna…
Me parece que la Comuna esta dilapidando demasiado tiempo en trivialidades y
conflictos personales…
Es absolutamente necesario que cualquier cosa que ustedes quieran hacer fuera de París,
ya sea en Inglaterra o en cualquier otra parte la hagan rápidamente. Los prusianos…
después de la conclusión definitiva de la paz le permitirán cercar a París con sus
gendarmes… Como la rendición de París fue la condición previa de la realización de su
tratado, le pidieron a Bismarck que postergase el pago de la primera cuota hasta la
ocupación de la ciudad. Bismarck aceptó esta condición. Y como Prusia misma necesita
mucho ese dinero, le dará al gobierno de Versalles toda la ayuda posible para acelerar la
ocupación de París. De modo que ¡tengan cuidado!”
Marx a Frankel y Varlin, Londres, 13 de mayo de 187128

La Comuna de París y la noción de Estado – Mijail Bakunin

“…Soy un partidario de la Comuna de París, la que no obstante haber sido masacrada y


sofocada en sangre por los verdugos de la reacción monárquica y clerical, no por eso ha
dejado de hacerse más vivaz, más poderosa en la imaginación y en el corazón del
proletariado de Europa; soy partidario de ella sobre todo porque ha sido una audaz
negativa del Estado.

Es un hecho histórico el que esa negación del Estado se haya manifestado precisamente
en Francia, que ha sido hasta ahora el país mas proclive a la centralización política; y
que haya sido precisamente París, la cabeza y el creador histórico de esa gran
civilización francesa, el que haya tomado la iniciativa. París, abdicando de su corona y
proclamando con entusiasmo su propia decadencia para dar la libertad y la vida a
Francia, a Europa, al mundo entero; París, afirmando nuevamente su potencia histórica
de iniciativa al mostrar a todos los pueblos esclavos el único camino de emancipación y
de salvación; París, que da un golpe mortal a las tradiciones políticas del radicalismo
burgués y una base real al socialismo revolucionario; París, que merece de nuevo las

27 Ob Cit.
28 Ob. Cit.

16
maldiciones de todas las gentes reaccionarias de Francia y de Europa; París, que se
envuelve en sus ruinas para dar un solemne desmentido a la reacción triunfante; que
salva, con su desastre, el honor y el porvenir de Francia y demuestra a la humanidad que
si bien la vida, la inteligencia y la fuerza moral se han retirado de las clases superiores,
se conservaron enérgicas y llenas de porvenir en el proletariado; París, que inaugura la
era nueva, la de la emancipación definitiva y completa de las masas populares y de su
real solidaridad a través y a pesar de las fronteras de los Estados; París, que mata la
propiedad y funda sobre sus ruinas la religión de la humanidad; París, que se proclama
humanitario y ateo y reemplaza las funciones divinas por las grandes realidades de la
vida social y la fe por la ciencia; las mentiras y las iniquidades de la moral religiosa,
política y jurídica por los principios de la libertad, de la justicia, de la igualdad y de la
fraternidad, fundamentos eternos de toda moral humana; París heroico y racional
confirmando con su caída el inevitable destino de la humanidad transmitiéndolo mucho
más enérgico y viviente a las generaciones venideras; París, inundado en la sangre de
sus hijos más generosos. París, representación de la humanidad crucificada por la
reacción internacional bajo la inspiración inmediata de todas las iglesias cristianas y del
gran sacerdote de la iniquidad, el Papa. Pero la próxima revolución internacional y
solidaria de los pueblos será la resurrección de París…”29

Bibliografía Consultada

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Marx, Karl, El 18 Brumario de Luis Bonaparte, Prometeo, Buenos Aires, 2003.
Marx, Karl, La guerra civil en Francia, Anteo, Buenos Aires, 1971

29
http://miguelbakunin.wordpress.com/ January 22, 2008

17
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Federico Engels.
Marx, K. y F. Engels, Correspondencia, Cartago, Buenos Aires, 1987.
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Ceamanos Llorens, Roberto, “Historia social de la Comuna de 1871: ¿crepúsculo del
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Todd, Allan, Las revoluciones. 1789-1917, Alianza, Madrid, 2000

18