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Centro de Investigaciones sobre América del Norte Biblioteca


Dirección General de Publicaciones y Fomento Era
Editorial, Universidad Nacional Autónoma de México
Bolívar Echeverría
(compilador)

LA AMERICANIZACIÓN
DE LA MODERNIDAD
Bolívar Echeverría
(compilador)

LA AMERICANIZACIÓN
DE LA MODERNIDAD


Cl/AN

Centro de Investigaciones sobre América del Norte


Dirección General de Publicaciones y Fomento
Editorial, Universidad Nacional Autónoma de México
Ediciones
Era
Coedición: Ediciones Era / Centro de Investigaciones sobre América del Norte
y Dirección General de Publicaciones y Fomento Editorial, UNAM

Primera edición: 2008


ISBN: 978-607-445-005-7 (Era)
ISBN: 978-970-32-5146-9 (UNAM)

DR © 2008 • Universidad Nacional Autónoma de México


Dirección General de Publicaciones y Fomento Editorial
Ciudad Universitaria, Delegación Coyoacán,
04510 México, D. F.
• Centro de Investigaciones sobre América del Norte
Pisos 9 y 10, Torre II de Humanidades
Ciudad Universitaria, Delegación Coyoacán,
04510 México, D.F.
• Ediciones Era, S. A. de C. V.
Calle del Trabajo 31, colonia La Fama, Tlalpan,
14269 México, D. F.

Impreso y hecho en México


Printed and made in Mexico

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www.edicionesera.com.mx
ÍNDICE

Agradecimientos 9
Presentación 11
• Bolívar Echeverría

AMERICANIZACIÓN
La "modernidad americana" 17
(claves para su comprensión)
• Bolívar Echeverría
La independencia de Estados Unidos: 51
una singularidad histórica
• Ignacio Díaz de la Serna

DE LA CULTURA
Las poéticas colonizadas de América Latina 77
• Eduardo Subirats
¿Cómo se dice OK en inglés? 97
(De la americanización como arcaísmo y novedad)
• Carlos Monsiváis
Anatomía de una tentación 121
• José María Pérez Gay

DE LA CIENCIA Y LA ECONOMÍA
La americanización de la ciencia 139
• Manuel Peimbert
México y su economía política de la modernización
(hipótesis para un relato) 153
• Rolando Cordera

7
DEL PSICOANÁLISIS Y EL FEMINISMO
El psicoanálisis en la así llamada "modernidad":
Estados Unidos 199
• Roberto Castro Rodríguez
Feminismo y americanización: la hegemonía
académica de gender 215
• Marta Lamas

DEL ARTE, LA LITERATURA Y EL CINE


El pop art y la clausura del arte aurático 245
• Jorge Juanes
La barbarie del Imperio y la "barbarie" 269
de los bárbaros
• Raquel Serur
De John Wayne a Al Pacino o cómo aprendí a no
preocuparme y amar el cine norteamericano 277
• José Marquina

8
AGRADECIMIENTOS

Agradezco al licenciado Enrique Del Val quien desde la Secre-


taría General de la UNAM y ahora desde la Secretaría de Planea-
ción de la UNAM ha brindado su apoyo institucional y personal
al Seminario "La modernidad: versiones y dimensiones".
También agradezco a los miembros del Seminario su colabo-
ración en la preparación de este volumen. En especial a la maes-
tra Raquel Serur por su apoyo permanente.

9
PRESENTACIÓN
•Bolívar Echeverría

Errático, abandonado en la unipolaridad después de que el de-


rrumbamiento del "socialismo real" y el desmembramiento del
imperio soviético vinieron a romper el dificil pero orientador
equilibrio bipolar de la Guerra Fría, el Estado norteamerica-
no ha tomado en los últimos quince años decisiones económi-
cas y ha emprendido acciones bélicas, unas y otras de alcance
mundial, cuyos efectos destructivos tanto sobre los demás paí-
ses como sobre sí mismo han sido reconocidos hasta por sus ad-
miradores más incondicionales. Se trata de un comportamiento
que se autoatribuye una peculiar racionalidad a la luz de la
cual esas decisiones y esas acciones serían necesarias para sal-
vaguardar la vida civilizada sobre el planeta.
No faltan informados y agudos historiadores del presente
que, asombrados ante semejante lógica, detectan en este com-
portamiento aberrante los rasgos distintivos de una de esas cri-
sis de decadencia civilizatoria que si bien son poco frecuentes
no son sin embargo desconocidas en la historia. Según ellos, no
serían solamente los evidentes defectos de la democracia nor-
teamericana los que explicarían ese comportamiento guberna-
mental desastroso del Estado norteamericano. El asunto tiene
que ver, reflexionan, con todo un "estilo" de organizar la vida
social cuyas cristalizaciones en el mundo institucional de la eco-
nomía y la política han desarrollado e impuesto a lo largo de más
de un siglo una peculiar inercia histórica: enfrentadas a situa-
ciones de crisis, prefieren proteger el "estilo" que las originó,
aun a costa de la vida social para cuyo servicio fueron creadas.
El "americanismo" sería ese "estilo" de organizar la vida en
las sociedades modernas; sería una versión de la modernidad
como proyecto civilizatorio de largo alcance. Pero no de una
versión entre otras más o menos equiparables a ella en lo que
respeúa a la capacidad de seducir e interiorizarse en la vida so-

11
cial, sino como la versión dominante que no sólo desplaza a las
demás sino que las reconfigura y llega incluso a anularlas.
La americanización de la modernidad durante el siglo XX es
un fenómeno general: no hay un solo rasgo de la vida civiliza-
da de ese siglo que no presente de una manera u otra una so-
bredeterminación en la que el "americanismo" o la "identidad
americana" no haya puesto su marca. Se trata de un fenóme-
no que no se da solamente, como sería de esperarse, en las so-
ciedades del norte de Norteamérica, donde se gestó a partir
del siglo XVII, sino que se manifiesta, ya desde finales del siglo
XIX, a todo lo ancho del planeta.
La expansión de la modernidad "americana" más allá de sus
fronteras originales no se ha dado única o preferentemente
hacia situaciones poscoloniales más o menos recientes -donde,
como en Asia o África, la modernidad europea se mantuvo en
una zona aparte, como una dimensión extraña o de élite-, sino
incluso y con especial fuerza hacia situaciones de viejo arraigo
de la modernidad, como las de Europa o América Latina.
Igual que en toda la historia moderna, también en esta vuel-
ta de siglo las sociedades y los Estados extraeuropeos -del ex-
tremo Oriente, por ejemplo- pagan el acceso a las ventajas
civilizatorias de la modernidad con una "occidentalización" ma-
yor o menor de su vida. Lo nuevo está en que ahora esa "occi-
dentalización" se ha reducido a una americanización. En la
época del mundo "globalizado", el "americanismo" se ha im-
puesto como la "identidad franca" o mínimamente universal que
deben compartir todos los habitantes del planeta en la medida
en que aspiran a ser usuarios adecuados de los bienes de tec-
nología moderna, es decir, a participar en la vida "civilizada".

Los textos reunidos en el presente volumen se presentaron en


un coloquio organizado conjuntamente por el seminario "La
modernidad: versiones y dimensiones" de la Universidad Na-
cional Autónoma de México, la Facultad de Filosofía y Letras,
la Facultad de Ciencias y el Centro de Investigaciones sobre
América del Norte, el cual tuvo lugar en Ciudad Universitaria
durante el mes de agosto de 2007.

12
El seminario centra su trabajo en torno a una preocupación
generalizada -a veces difusa, a veces concentrada- que se ex-
presa de muchas maneras en la opinión pública y que la refle-
xión académica recoge desde distintos ángulos pero sin hacer
de ella el objeto de un tratamiento explícito y sistemático. Se
trata de un "malestar" que, más allá de reflejar una crisis en los
niveles económico, social y político de la vida civilizada, parece
ser la experiencia del carácter no sustentable del tipo de civi-
lización de esa vida civilizada, del modo de vivir humano que
prevalece en el mundo de nuestra época. El seminario inten-
ta realizar una primera incursión en el estudio multifacético
pero sistemático de esta crisis civilizatoria.
El tipo de civilización que da lugar a esa preocupación o ese
"malestar" generalizados es el de la "modernidad capitalista",
y lo que resulta evidente en esta vuelta de siglo es que, en su
culminación y para su culminación, esta modernidad ha debi-
do adoptar una figura particular: la que se gestó en la historia
de Norteamérica y que desde allí se ha extendido sobre todo
el planeta. El seminario consideró así oportuno explorar el
"americanismo", esta identidad histórica particular de la que
se ha servido la modernidad capitalista para alcanzar su figu-
ra más desarrollada, y convocó a dicho coloquio con el fin de
intentar una primera aproximación propia a esta realidad tan
compleja. Múltiples fueron las perspectivas y distintos los nive-
les desde y sobre los cuales los doce destacados participantes
-unos miembros del seminario y otros invitados expresamen-
te- abordaron el tema; queda a juicio del lector calibrar en qué
medida sus propias reflexiones sobre el "fenómeno america-
no" pueden enriquecerse con las ideas expuestas en este libro.

13
,,
AMERICANIZACION
1A MODERNIDAD AMERICANA
(ClAVES PARA SU COMPRENSIÓN)
• Bolívar Echeverría

"Sie haben teuere Kleider': sagte Karl [ ... ].


'Ja '; sagte Robinson, "ich kaufe mir f ast
jeden Tag irgend etwas. Wie gefiillt Ihnen
die Weste?" "Ganz gut ", sagte Karl. "Es
sind aber keine wirklichen Taschen, das ist
nur so gemacht ", sagte Robinson und fajl-
te Karl bei der Hand, damit sich dieser
selbst davon überzeuge.
Franz Kafka, Amerika 1

El interés en distinguir lo específicamente "americano" que hay


en la modernidad contemporánea proviene de una constata-
ción de hechos y tendencias: el proceso de deterioro del con-
junto de la vida económica, social y política en el último medio
siglo -que parece encaminar la historia mundial a una situa-
ción catastrófica de magnitud y radicalidad desconocidas hasta
ahora- es un proceso que sigue la línea de desarrollo defini-
da por una de las múltiples versiones de la modernidad capita-
Íista, la versión "americana". Cualquier intento de frenar, tal vez
revertir o incluso simplemente sobrevivir a ese proceso de de-
terioro civilizatorio y sus consecuencias debe preguntarse acer-
ca de los recursos que tal intento puede encontrar en medio
de la civilización moderna actual para ser realmente viable.
Sería equivocado suponer que estos recursos siguen siendo los
mismos o del mismo orden que aquellos de que disponía la vi-
da civilizada moderna en el siglo pasado para contrarrestar sus
1
'"Su ropa es cara', dijo Karl [... ]. 'Sí', dijo Robinson, 'casi todos los días
me compro algo. ¿Qué le parece este chaleco?' 'Muy bueno', dijo Karl. 'Pero
los bolsillos no son reales, son hechos sólo así', dijo Robinson y le tomó la
mano para que se convenciera por sí mismo." América, novela inconclusa que
se publica ahora con el título que su autor quería darle originalmente: Der
Verschollene (El desaparecido), Fischer, 1994, p. 163.

17
propias aberraciones, y que fueron desaprovechados entonces
con los resultados devastadores tan conocidos. Las diferen-
cias de todo orden (lo mismo en lo técnico que en lo social y
lo político) entre la modernidad prevaleciente hace un siglo
(la "europea") y la que domina actualmente (la "americana")
pueden ser evidentes en el detalle -¿quién, por ejemplo, no
ha debido contrastar alguna vez la gründlichkeit europea con
el easy going americano?-, pero son confusas en su sentido:
¿son muestras de un perfecionamiento o de un desvío, de una
complejidad mayor o de una simplificación? Sólo si se las exa-
mina con precisión crítica se podrá reconocer la especificidad
que tiene la segunda por debajo de su parentesco innegable
con la primera, y se podrá así detectar en ella misma ciertos
recursos nuevos que puedan usarse para combatirla adecua-
damente y revertir tal vez la tendencia catastrófica que ella im-
prime actualmente a la historia.

La modernidad capitalista puede ser vista como un "proyecto


civilizatorio" que comenzó a gestarse de manera espontánea e
inconsciente en la vida práctica de las sociedades europeas a co-
mienzos del segundo milenio de nuestra era. Su propósito ha
sido reconstruir la vida humana y su mundo mediante la actua-
lización y el desarrollo de las posibilidades de una revolución
técnica cuyos primeros anuncios se hicieron presentes en esa
época a todo lo ancho del planeta. Lo peculiar de este proyec-
to de modernidad está en su modo de emprender esa recons-
trucción civilizatoria, un modo que imprime a ésta un sentido
muy particular: darle una "vuelta de tuerca capitalista" a la ya
milenaria mercantificación de la vida humana y su mundo, ini-
ciada ocho o nueve siglos antes de la era cristiana. En otras pa-
labras, radicalizar la "subsunción" o subordinación a la que está
siendo sometida la "forma natural" de esa vida por parte de
su "doble", la "forma de valor", que ella misma pone en pie
cuando se desarrolla como una vida mercantilizada (sobre es-
tos conceptos, véase infra "Apuntes sobre la 'forma natural"', pp.

18
44-49). Una radicalización que convierte esa subsunción, de
un hecho sólo exterior o "formal", en otro "real" o de alcance
técnico y que, al hacerlo, "interioriza" o incorpora el peculiar
modo capitalista de reproducir la riqueza en la composición
misma del campo instrumental -del "sistema de aparatos" (Wal-
ter Benjamin)- de la sociedad, consolidando y generalizando
así la configuración del trabajo humano como un proceso de
explotación asalariada ("esclavismo moderno") de la mayoría
de la población ("proletariado") por parte de una minoría de
ella ("burguesía").
El proceso que lleva a la generalización del telos de la valori-
zación del valor, inducido por el modo capitalista de repro-
ducción de la vida social, es sin duda el proceso dominante en
la historia de la modernización europea; pero está lejos de ser
el único. Otras propuestas de vida moderna que reivindican
otros telos propios de la "forma natural" de la vida humana
aparecen junto a él y lo acosan una y otra vez a lo largo de esa
historia; se trata, sin embargo, de propuestas sobre las que ese
proceso "no ha dejado de vencer" hasta ahora, propuestas que,
desde su estatus de derrotadas, ejercen una gravitación enigmá-
tica y fascinante, descifrable tan sólo por quien, como el "mate-
rialista histórico" de Walter Benjamín, sabe pasar la mano "a
contrapelo" sobre el lomo de la historia.

El proyecto civilizatorio de la modernidad capitalista sólo pu-


do llevarse a cabo en términos histórico concretos, primero,
invadiendo las figuras preexistentes de la civilización en Eu-
ropa e imponiéndose dentro de ellas o incluso sustituyéndolas
y, segundo, reprimiendo las prefiguraciones civilizatorias que
resultaban de otras actualizaciones, éstas no capitalistas, de
ese revolucionamiento técnico. Por esta razón, la realidad his-
tórico concreta de la civilización moderna en Europa sólo se
vuelve comprensible si se la descifra como la realización del pro-
yecto civilizatorio que trae consigo el modo capitalista de la
reproducción social, llevado a cabo bajo la forma de un arro-

19
llamiento de las resistencias que presentaban las distintas civi-
lizaciones premodernas y los múltiples esbozos no capitalistas
de civilización moderna. En la lucha o enfrentamiento desatado
por esta resistencia, la parte vencedora, la capitalista, sólo re-
sulta serlo a través de un conjunto dinámico de compromisos
en los que debe entrar con esas otras civilizaciones ya estableci-
das y con esas otras propuestas civilizatorias, compromisos que
permiten a éstas reproducir refuncionalizadamente ciertos ras-
gos esenciales de la "forma natural" de la vida social y que obli-
gan a aquélla, a la parte capitalista, a desviar su autoafirmación
y a retardarla.
Especialmente en el mundo mediterráneo, y como resultado
de una historia milenaria, la "subsunción formal", impuesta por
el capital comercial y el capital usurario (a los que Marx llama-
ba "antediluvianos") sobre la civilización de Occidente, había
decantado en la vida social en un rico entramado de usos y
costumbres, en un amplio y complejo conjunto de identida-
des cultivadas cotidianamente con fervor. Por esta razón, el
paso del predominio de ese capital "antediluviano" al predo-
minio del "capital productivo" -que es el tipo de capital con
el que se consuma la "subsunción real" de la vida social al capi-
talismo-, un paso que se completa apenas a mediados del siglo
XVIII, abrió un panorama especialmente contradictorio. Tan
contradictorio, que dio lugar, a partir de la Revolución fran-
cesa, a toda una época histórica, la de la "actualidad de la re-
volución" ( como la llamó Georg Lukács), en la que un proyecto
alternativo de modernidad, el proyecto comunista, llegó a po-
ner en grave peligro la opción capitalista que trataba de perfec-
cionarse. (Fernand Braudel registra la dificultad de este paso
cuando atribuye al capital una "extrañeza" y "torpeza" ante los
asuntos propios de la esfera de la producción.)

La historia de la civilización moderna-capitalista se bifurca a


partir del siglo XVII; aparecen dos ramas o líneas de desarro-
llo yuxtapuestas, paralelas y contiguas, pero autónomas: la lí-

20
nea europea, a todas luces la principal, antonomásica, y la línea
aparentemente secundaria, la "(norte)americana".
Lo que distingue entre sí a estas dos ramas es el grado de den-
sidad del compromiso que se establece entre la realización del
proyecto civilizatorio capitalista y la realidad ya civilizada (des-
de lo arcaico) o recivilizándose (desde el presente) a la que
ella debe someter y, si es posible, anular. La rama europea de
la civilización moderna es una rama "impura" debido al alto
grado de densidad que ese compromiso adquiere en ella; avan-
za sinuosa y lentamente refuncionalizando una identificación
social "pagana" que está dotada de una consistencia y dinámi-
ca propias y que obliga a la "forma de valor" capitalista a con-
temporizar con una vigencia múltiple y compleja de formas
"naturales" o concretas de la vida, unas todavía premodernas y
otras ya claramente protomodernas.
La rama "americana" de esa civilización es en cambio una
rama prácticamente "pura", debido a lo tenue de ese conflic-
to entre lo capitalista y lo "natural"; se desenvuelve sin mayo-
res contratiempos siguiendo una trayectoria casi rectilínea, en
medio de una vida civilizada bastante rasa o elemental en la que
la identificación "natural" de la vida por refuncionalizar se re-
duce, quintaesenciada, a la fe ardiente en las Sagradas Escritu-
ras judeocristianas y la obediencia ciega a las directrices morales
derivadas de ellas.

Tras las diferencias de apariencia puramente doctrinal que dis-


tinguían a los cristianos de la rama europea frente a los colonos
puritanos que irán a fundar la rama americana -precisamente
las que llevaron a que éstos fueran "expulsados" a América-,
se esconden otras, más determinantes, que tienen que ver con
la mayor o menor complejidad, con lo más "elaborado" (mes-
tizado) o lo más "elemental" (castizo) de la vida civilizada que
unos y otros presentaban ante el proceso de modernización.
La modernidad europea del siglo XVII al siglo XVIII, lo mismo
que su re-construcción en América Latina, es en lo fundamen-

21
tal una modernidad de Europa del sur o del orbe mediterrá-
neo, mientras que la modernidad "americana", a partir del siglo
XVII, deriva más bien de una modernidad de la Europa noroc-
cidental. Y aquí la diferencia geográfica apunta hacia una di-
ferencia de orden identitario que tuvo gran importancia en la
consolidación del modo capitalista de reproducción de la ri-
queza social. La primera es una modernidad "católica", la se-
gunda, una modernidad "protestante", no tanto en el sentido
teológico de estos calificativos cuanto en su sentido identita-
rio-político, es decir, en el que atañe al grado de radicalidad
de la cristianización de la vida cotidiana, a la medida en que
la asamblea religiosa propiamente cristiana, la ecclesia, había
alcanzado a ponerse en el lugar o sustituir a la comunidad an-
cestral o a la polis como instancia socializadora e identificadora
de los individuos singulares y colectivos.
La modernidad europea católica o mediterránea presenta-
ba un grado de cristianización relativamente bajo debido a que
provenía de un proceso de evangelización cuyo efecto destruc-
tivo sobre las identidades y las culturas paganas de las socieda-
des mediterráneas se encontró con fuertes resistencias. Si llegó
a dominar fue gracias a que, cediendo a estas resistencias, si-
guió una "estrategia" peculiar de tolerancia ante las idolatrías,
de integración o mestizaje de las mismas en una identidad y
una cultura cristianas relativizadas y "aflojadas" para el efecto. 2
La modernidad europea protestante o noroccidental pre-
sentaba, en cambio, un alto grado de cristianización debido a
que se había gestado en un proceso de evangelización cuyo efec-
to devastador había avanzado sin grandes obstáculos sobre las
ruinas de las identidades y culturas noreuropeas (celtas y ger-
mánicas) y había impuesto, sin necesidad de hacer ninguna

2
Al afirmarse como una re-creación de la modernidad europea católica,
la modernidad de América Latina resulta especialmente capaz de sufrir/
vivir el proceso de la subsunción capitalista sin participar militantemente
en él. Y es que en su historia ella vuelve recurrentemente al ethos específi-
camente barroco de ese sufrir/vivir, al ethos que enseña a rescatar lo cualita-
tivo de la vida incluso allí donde la miseria cuantitativa parece volverlo
insustentable.

22
concesión de principio y sin entrar en las complejidades del
mestizaje, una definición o identificación eclesial puristamen-
te cristiana en el lugar que ocupaban antes esas identidades y
culturas, apartándolas a la periferia "bárbara" o herética, siem-
pre reprimida pero siempre amenazante.

La modernidad "americana", como prolongación de la parti-


cular modernidad noreuropea, viene a culminar algo que el cris-
tianismo pareciera haber tenido el encargo de preparar: una
socialidad dotada de un ethos que la vuelva capaz de dar una res-
puesta positiva, "realista", aquiescente y dócil, al "espíritu del ca-
pitalismo" (Max Weber), a la solicitación que éste hace de un
cierto tipo de ser humano capaz de ser funcional con la acción
que subsume la vida humana al capital; de una humanidad que
demuestre una cierta definición ético-antropológica como ca-
racterística básica de su comportamiento y apariencia.
El capitalismo radical no tiene en principio ninguna pre-
ferencia identitaria en su realización histórico concreta; sin
embargo, dado que una actualización de este orden es única e
irrepetible y que las poblaciones cristianas noroccidentales fue-
ron de facto, accidental o casualmente, las que lo actualizaron
de la manera más limpia y potente, las características étnicas de
las mismas se fundieron con las puramente capitalistas -"la for-
ma se hizo fondo", lo accidental devino esencial, lo casual .ne-
cesario, lo retórico central- y surgió una peculiar identidad
moderna, la "blanquitud", según la cual no basta con ser mo-
derno-capitalista, sino que también hay que parecerlo. 3
En la vía "americana" -noreuropea al extremo- de la moder-
nidad capitalista, la mercantificación de la vida y su mundo,
la subsunción de la "forma natural" de esa vida a su "forma
de valor", se cumple en condiciones de extrema debilidad de

3
Véase, Bolívar Echeverría, "Imágenes de la blanquitud", en Diego Liza-
razo et al., Sociedades icónicas, Siglo XXI, México, 2007; también en: www.
bolivare.unam.mx.

23
la primera, de su falta de recursos para resistirse a la acción
de esta última. Es una vida "natural" cuya creatividad está
"congelada", encerrada en la inercia o la repetición. Nada o
casi nada hay en la experiencia práctica de los individuos socia-
les que los lleve a percibir una contradicción entre el produ-
cir y consumir objetos en calidad de "bienes terrenales" y el
hacerlo tratándolos en calidad de mercancías, de "bienes ce-
lestiales" o puros receptáculos del valor económico. En la vida
(norte)americana moderna, el desarrollo paulatino pero con-
sistente de una "forma natural" sometida al capital explora más
allá de todo límite las posibilidades de incremento cuantitativo
de los bienes producidos/ consumidos; sin embargo, por otro
lado, impone una repetición sin alteraciones sustanciales de
la consistencia cualitativa ancestral de los mismos. Los nuevos
valores de uso deben descubrirse así a partir de la proyección,
sobre una naturaleza de disponibilidad en principio inagota-
ble, de las exigencias caprichosas pero conservadoras que echan
sobre ella unos propietarios privados, cuyo enriquecimiento en
dinero no alcanza a habilitarlos para romper con el sistema de
necesidades establecido: pese a todo, los valores del early ame-
rican se repiten una vez más en el postmodern american. Proceso
que contrasta con el que tiene lugar en la modernidad euro-
pea, donde los nuevos valores de uso que se descubren han si-
do sin duda refuncionalizados por el valor capitalista, pero sin
desconocer la "lógica" social-naturál de sus alteraciones ni anu-
lar la creatividad de formas que vienen de la interacción colec-
tiva "materialista" o "terrenal" con la naturaleza.
Considerada en el nivel esencial de la historia de la moder-
nidad realmente existente, la "americanización" de la moderni-
dad en el siglo XX sería sin duda una culminación: el arribo al
punto de la más estrecha interconexión entre la consolidación
de la revolución técnica en las fuerzas productivas y el procedi-
miento capitalista de actualizarla. Sería la conquista del grado
más alto de subsunción de la lógica "natural" o lógica del va-
lor de uso de la vida social moderna a la lógica capitalista de ·
la autovalorización del valor mercantil, el grado casi pleno de la
identificación entre ambas.

24
Por el contrario, si lo que se tiene en cuenta es la historia
de la consistencia formal concreta de la vida moderna, la ame-
ricanización de la modernidad traería consigo, un empobreci-
miento radical: implica, en efecto, en primer lugar, una ruptura
tajante con el pasado premoderno, no sólo pagano, sino también
cristiano católico; un pasado sin el cual la modernidad, como
"negación determinada" que es de otros proyectos civilizato-
rios anteriores, queda severamente disminuida en su sustancia
histórica. Implica además, en segundo lugar, una eliminación
sistemática, dentro de la vida cotidiana, de la competencia en-
tre las múltiples propuestas de vida o los distintos ethe posibles
dentro de la modernidad capitalista; tiende, en efecto, a asegu-
rar el monopolio del modo de ser capitalista para uno de ellos
en particular, el ethos "realista" ("protestante" o "puritano") .4

6
La europea y la (norte)americana son dos ramas de la historia
moderna que se reencontrarán a partir de la segunda mitad
del XIX, tres siglos después de su separación. Para entonces,
mientras la primera ha llevado a la modernidad capitalista a
un estado crítico de autonegación, la segunda la ha conduci-
do a uno de realización plena. La primera, la de la moder-
nidad "europea" -impugnada por el proyecto comunista-, se
encuentra en plena crisis debido a que no pudo concluir a sa-
tisfacción la tarea de subordinar completamente a la "forma
natural" (ni en su versión tradicional ni en sus versiones nue-
vas). La segunda, en cambio, la de la modernidad "americana",
está en pleno crecimiento y expansión, satisfecha de haber
concluido la tarea.
Los vasos comunicantes que se instalan entre ambas versio-
nes de la modernidad capitalista no estarán al servicio de un
"retorno", de una reinserción de la versión "americana" en la

4
Véase, Bolívar Echeverría, "Modernidad y capitalismo", en Las ilusiones
de la modernidad, Universidad Nacional Autónoma de México-El Equilibrista,
México, 1995; también en: www.bolivare.unam.mx.

25
"europea", sino al de una invasión de ésta por la primera, que
intentará absorberla y sustituirla en un proceso lento y toda-
vía inacabado en la presente vuelta de siglo.

La simbiosis de ambas inyecta savia nueva y revitaliza a la "mo-


dernidad europea", sobre todo a partir de la segunda posgue-
rra europea del siglo XX, pero se trata de una transfusión que
se dirige solamente a las partes de ella que la "modernidad ame-
ricana" considera "rescatables". Al hacerlo de esta manera, esa
simbiosis abre en la modernidad europea una escisión entre dos
versiones de sí misma: la que se re-conforma a la "americana" y
la castiza o "auténtica", fiel a la identidad "europea" tradicional;
versión ésta que, por lo demás, se encuentra en una profunda
crisis de autodefinición. "Ser moderno a la europea" implica
hoy en día reconocer, como Jean Baudrillard, que, por debajo
de sus veleidades autocríticas, una "verdad americana" había
estado siempre esperando, como un destino por cumplirse, en
el horizonte de lo europeo, e implica constatar al mismo tiem-
po que justo aquello contra lo que se vuelca toda modernidad
capitalista, la sustancia histórico concreta -eso que es lo "pres-
cindible" en la perspectiva "americana"-, es lo único que legi-
timaba y otorgaba especificidad a la modernidad "europea".
Por su parte, también la rama histórica "(norte)americana"
de la modernidad capitalista experimenta modificaciones con-
siderables como resultado de este reencuentro simbiótico, tan
decisivas e incluso más que las que se observan en la rama eu-
ropea; modificaciones que vienen a completarla y a hacer de ella
precisamente la "modernidad americana" que existe actual-
mente, el American way of lije.

Tal vez la clave histórico empírica principal de la modernidad


"americana" esté en la coincidencia casual -"providencial", si
se quiere- de un peculiar proyecto de vida comunitaria, el pro-

26
yecto cristiano puritano, con un hecho natural igualmente pe-
culiar, el de la abundancia relativa de medios de producción
naturales; en el encuentro inesperado de una moralidad que
busca la salvación eterna (celestial) a través de la entrega com-
pulsiva al trabajo productivo (el "workholism" de nuestros días)
con una situación natural excepcionalmente favorable a lapo-
tenciación de la productividad del trabajo.
No puede exagerarse la importancia que ha tenido este en-
cuentro "fundacional" en la redefinición "americana" de la mo-
dernidad. Un esquema de comportamiento moral concebido
para garantizar la supervivencia en condiciones de "amenaza
total" a la vida humana, diseñado y perfeccionado por mile-
nios en condiciones de "escasez absoluta", es puesto a prueba
de buenas a primeras, después de un "segundo éxodo del pue-
blo de Dios", esta vez a América, en una situación radicalmen-
te diferente, en la que reina una escasez que se ha vuelto sólo
"relativa" (es decir, un cierto grado de aceptación y no de re-
chazo de lo otro, lo natural, hacia lo humano) y, concomitan-
temente, una "abundancia" desconcertante, hasta entonces
desconocida.
Los hechos del "nuevo mundo" debieron venir por sí solos
a impugnar ese esquema de comportamiento moral; a demos-
trar que la tierra donde vive el ser humano no es necesaria-
mente, como parecía serlo para las mayorías en la Europa de
origen, un "valle de lágrimas", un "lugar de prueba y sufrimien-
to". Sobre todo, a volver evidente que la "riqueza terrenal" no
es solamente el fruto del sacrificio humano en la guerra o en
el trabajo, que no consiste en el puro valor económico, es de-
cir, en la cristalización de ese sacrificio; a confirmar (como Karl
Marx les recordaba a los socialdemócratas) que ella proviene
sólo a medias del esfuerzo humano, pues la naturaleza pone su
propia parte; a comprobar que la riqueza social es una objeti-
vación de la actividad humana, pero no como una proyección
sobre un sustrato vacío e indiferente, simplemente "gratuito",
sino como una "colaboración" con ella, como una acción que
completa o "complementa" una "acción natural" que está siem-
pre en proceso por sí misma, espontáneamente.

27
Sin embargo, al proyecto de modernidad "americano" -que
no persigue la autorrealización terrenal del productor, sino sólo
el engrosamiento ad infinitum de lo producido- le convenía más
atribuir el incremento de la productividad del trabajo europeo
en América a su propia "fórmula de éxito" que a la conjun-
ción de una naturaleza pródiga con unos instrumentos me-
jorados; prefería insistir en la fe como el mejor potenciador
de la productividad. Se mantuvo por ello lejos del autocuestio-
namiento político que hubiera venido con el abandono de la
fundamentación sobrenatural de las instituciones sociales. Rea-
firmó la creencia en el esquema puritano, en su esencia sacrifi-
cial: le pareció preferible seguir pagando, con "el sudor de la
frente" y con la renuncia al momento dionisiaco del disfrute,
la deuda hipotecaria contraída con Jesucristo para alcanzar con
seguridad el "bien supremo": la salvación -aunque sea "en el
más allá". Se resistió a interactuar directamente, sin garantía
divina, con una naturaleza cuya abundancia posible, pero im-
predecible o insegura, tenía que parecerle demasiado desconfia-
ble y sospechosa. Los fundadores de la modernidad "americana"
minimizaron el aporte activo de la naturaleza en la constitu-
ción de la riqueza concreta, lo menospreciaron. Al absolutizar
el aspecto puramente humano-laboral de la riqueza social anu-
laron todo aquello de la "naturalidad" del valor de uso que, por
ser casual o fortuito, no puede servir de sustrato inmediato pa-
ra el valor mercantil. La naturaleza es reducida a un "menú" de
opportunities, entre las que el individuo emprendedor encuen-
tra, después de una ardua búsqueda iniciatoria, aquella que
estaba "reservada" para él. Incluso como objeto de ternura o
de terror, como animalito (pet) o como tornado indomable, la
naturaleza no abandona su estatus de bestand o reservorio de
materia y energía para la empresa humana (Martin Heideg-
ger). (Como es conocido, la marcha de apropiación territorial
hacia el West norteamericano avanzará eliminando, arrasando
y exterminando todo aquello que no sirve directamente, right
here and right now, de "materia prima", lo mismo a los indíge-
nas "pseudohumanos" que los bosques y los rebaños.)
En el capitalismo que sustentó a la modernidad europea, la

28
"renta de la tierra" que solventaba los excesos de la "clase
ociosa" (Thorstein Veblen) consagraba también, por otro la-
do y a su manera, el carácter invaluable de la naturaleza. En
el capitalismo del siglo XX, que ha sustentado a la moderni-
dad "americana", la "renta de la tecnología", es decir, de la ob-
jetivación de la astucia humana, vino a desplazar a la "renta de
la tierra"; con ello, al bajar de precio siendo funcionalizada
como relativamente "superabundante", la naturaleza perdió
ese rasgo inconmensurable que siempre había tenido, y el abu-
so destructivo de ella pasó a ser cosa de menor importancia.

En las bases de la modernidad "americana" parece encontrar-


se una constatación empírica, la de que en América se en-
cuentra vigente un "destino manifiesto" asignado por Dios a
la comunidad de los "godlies" (divinos) o puritanos (calvinistas)
recién desembarcada del Mayjlowery a sus descendientes; un
destino que se haría evidente en la entrega que Dios habría he-
cho a los colonizadores neoingleses de un lebensraum natural
por conquistar libremente, que se extiende far west al infinito.
Lejos de llevar a una demostración de la falta de sustento de
esa ética puritana productivista e inducir su cuestionamiento,
el despliegue de la misma en las condiciones inesperadas de
una abundancia natural relativa -que trajo consigo una multi-
plicación inusual y exagerada de los "santos visibles"-vino por
el contrario a "sobrelegitimarla" empíricamente. La exuberan-
cia natural del "nuevo mundo" -la "tierra prometida"- provocó
una generosidad inusitada en la "mano invisible" del merca-
do, una validación incluso irónicamente excesiva de la ética del
elegido excepcional o el "santo visible": el "ser elegido" se "de-
mocratizó" tanto que recaía incluso en "hombres de poca fe".
La excepción pudo pasar a ser casi la regla: el winner o elegido
por Dios para ser salvado devino el tipo humano "normal" o ma-
yoritario en la sociedad (norte)americana; el /,oser, el "hundido"
de la white trash, fue la minoría anómala que venía a confirmar
la regla. Como asamblea de "santos visibles", la comunidad pa-

29
rroquial de farmersy la comunidad de comunidades, la "nación"
WASP (¾'hite Anglo-Saxon Protestant) veía ratificada en los hechos
su convicción de haber sido favorecida por un incuestionable
"destino de salvación".

10
La más característica y determinan te de todas las transforma-
ciones que experimenta la modernidad capitalista con su
"americanización" es sin duda la introducción de lo que po-
dría llamarse la "hybris americana", su desmesura absoluta,
que consiste en aquello que muchos autores coinciden en des-
cribir como una "artificialización de lo natural" o una "natu-
ralización de lo artificial".
El proyecto de autoafirmación sujetiva que es propio de la
"forma natural" de la vida humana es el que otorga necesidad
o "naturalidad" a los objetos de su mundo. Por ello, puede de-
cirse de una determinada cualidad de la vida o de su mundo
que es "artificial" cuando es el resultado de una combinación
fortuita de otras cualidades que se da en virtud del mero in-
cremento cuantitativo de las mismas o de su número; es decir,
cuando es una cualidad que no responde a un "proyecto" o in-
tención humana, y carece de una "necesidad" o "naturalidad"
que el sujeto haya descubierto/instaurado en interacción con
lo otro. Dicho en términos históricos: cuando es el efecto de
una simple reproducción ampliada del valor económico de la
mercancía, y no de una transformación "interior" concreta de
la vida y de su mundo (el conjunto de los valores de uso), con-
certada a través de algún tipo de "democracia".
La hybris o desmesura absoluta de la modernidad "america-
na" consiste en la pretensión de haber alcanzado al fin una
subsunción total de la "forma natural" de la vida humana y su
mundo a la "forma de valor", subsunción que habría llegado
no sólo a refuncionalizar esa vida "desde afuera y desde aden-
tro", sino de plano a anular en ella esa "forma natural". Se ma-
nifiesta en la vida práctica a través de la impugnación tácita de
una "naturalidad" como fundamento del mundo de la vida; a

30
través de la reivindicación, inherente a esa práctica, de la au-
tosuficiencia de su "artificialidad". 5 Por contraste, el respeto
de esa "naturalidad" social e histórica en la modernidad euro-
pea pareciera ser la causa de la crisis y la decadencia de ésta.
Con la "modernidad americana" se estaría ante la entrada
en vigencia de una nueva "naturalidad artificial", una natura-
lidad propia del valor de la mercancía-capital, valor que, por
su parte, sería capaz no sólo de autovalorizarse independien-
temente de los valores de uso "naturales", sino de promover, él
por sí solo -fantasma de un great pretender-, la aparición y la cons-
titución de valores de uso sustitutivos de ellos. La "modernidad
americana" se desentiende de la tarea elemental, "natural", de
todo proyecto civilizatorio concreto, la de crear simultánea
y articuladamente en la vida humana una suficiencia para el
subsistema de capacidades sociales de producción y una sacia-
bilidad para el subsistema de necesidades sociales de consumo.
Para ella, obedeciendo a un paralelismo asintótico de principio,
la ampliación de las capacidades de producción, por infinitas
que sean sus posibilidades de crecimiento, no podrá coincidir
jamás con la apertura siempre indefinida, con la "insaciabili-
dad metafísica" constitutiva de las necesidades de consumo.
La tergiversación fundamental de la forma del valor de uso
a la que tendía técnica o "naturalmente" la gran industria mo-
derna -tergiversación que desde el siglo XVIII convirtió a ésta, de
instrumento de liberación del trabajador en instrumento de su
esclavización orgánica-6 sirve de base al "diseño" del valor de uso
5
Una confusa noción de la vigencia de la "hybris americana", de su pre-
tensión de sustituir a la naturaleza misma, parece subyacer en la predilección
de Hollywood por el tema de la obra de Jack Finney The Invasion of the Body
Snatchers (hay al menos cuatro versiones). El cine norteamericano aprove-
cha la sensación generalizada de que el propio cuerpo individual ("forma
natural") ha sido sutituido por una versión "blanca" o light de sí mismo, en la
que se encuentra "subsumido" bajo un alma que se ha re-identificado ella
misma ("enajenado") a fin de ser más severa pero más apropiada para al-
canzar la meta de una vida social libre de contradicciones.
6
Todos los elementos del campo instrumental y del proceso de trabajo
que corresponden a la revolución industrial se planifican y diseñan no se-
gún el principio de "ahora resulta más fácil producir los mismos bienes con

31
que el valor económico mercantil capitalista, ya con el mero
acto de imponer su autovalorización dentro del juego aleato-
rio del mercado, induce en la producción. Se trata de un va-
lor de uso estructuralmente monstruoso: útil, sin duda, pero
no para alimentar la vida, sino para lograr el suicidio del ser
humano y el arrasamiento de la naturaleza en la que se desen-
vuelve su vida.

11

No debe extrañar la buena -incluso entusiasta- acogida que


esta pretensión de la "modernidad americana" pudo tener y
sigue teniendo, sobre todo en la vasta clase media europea y la
capa intelectual que piensa por ella. 7 Si la civilización "(norte)
americana" ha podido festejarse a sí misma como autosufi-
ciente, como dueña de una "naturalidad artificial" que le auto-
rizaría a prescindir de la "naturalidad" antigua y moderna de
la vida, es porque así lo permiten las condiciones de una cri-
sis civilizatoria radical y generalizada. Sitiada en su "pequeño
continente" (Braudel), la civilización "europea", que respeta
el valor de uso "natural" pero sólo para estancarlo en su casti-
cismo, experimenta una disminución de sí misma que la lleva
al borde del automatismo; mientras tanto, en el resto del vas-
to mundo, las otras civilizaciones "naturales" del planeta no

menos esfuerzo", sino según el de "ahora resulta más fácil producir más
bienes con el mismo esfuerzo". Es el principio del diseño que regirá la revo-
lución urbanística del siglo XIX -con los barrios obreros y sus mietskaseme, con
los servicios públicos y de transporte más "eficientes" (los trenes con los que
soñaba Mussolini, que llegan y parten a la hora exacta estipulada en los ho-
rarios)- habiéndose extendido a partir de las naves industriales y la disposi-
ción productivista abstracta de la maquinaria y la "coreografía" laboral.
7
No son escasos los ejemplos de hombres de letras europeos deslumbra-
dos por las noches en Las Vegas, transformadas en días, o ante los antros de
Los Ángeles, que anulan el sol implacable de sus calles; desconcertados por
la temperatura invernal de los climas interiores en medio del calor sofocante
de Miami o por los remansos tropicales instalados en los malls americanos,
esos bunkers en donde la pretendida autosuficiencia del cosmos moderno se
refugia ante el acoso de los otros enviados por lo Otro.

32
encuentran la manera de armonizar su propia tendencia a in-
ventarse una modernidad con la defensa fundamentalista de
una identidad sustancializada. Sobre este endeble trasfondo,
la "modernidad americana" ha podido ostentar su "validez" y
desconocer y hacer que se desconozca lo insostenible de su
hybris, de su desmesura absoluta; ha podido ocultar la devasta-
ción que ella implica para lo humano y para la naturaleza que
lo posibilita. 8

12
Si examinamos lo que distingue a la modernidad "americana"
de la modernidad europea -de la que es un desprendimiento
histórico independiente-, su rasgo peculiar parece estar en la
disposición total o irrestricta a asumir el hecho del progreso,
es decir, la realización del ímpetu productivista abstracto de
"la producción por la producción misma", propio de la acu-
mulación de capital y asumido por la "mano invisible" del
mercado (Adam Smith); parece estar en la tendencia que esta
peculiar modernidad muestra a entregarse sin reservas a la ace-
leración de los cambios que este productivismo abstracto in-
troduce en la vida práctica y en la realidad social.
El "americanismo", la "identidad americana", se presentaría
así, en un primer nivel empírico, como un progresismo -que

8
La fase de ascenso del "americanismo" a su hybris contiene de todos mo-
dos un elemento impugnador de la traición a la "naturalidad contingente"
perpetrada por las formas modernas de la Europa de la bel/e époquey el "males-
taren la cultura" (Sigmund Freud), formas penetradas por la autosuficiencia
y la arrogancia de los Estados nacionales imperialistas. Flotando libremente
en el aire de una "artificialidad" inocente, despreocupado del fardo de una
"naturalidad" aparentemente prescindible, el (norte)americano moderno
disfrutaba del valor de uso descubierto en la línea del telos capitalista con
una ingenuidad que sólo en los años de la guerra de Vietnam dejaría de ser
explicable. Mucho de lo que más fascina en las formas de vida (norte)ame-
ricanas, incluyendo las de su literatura y su música, proviene de la entrega
"espontánea" (desvirtuada por dentro, dado que obedece a una necesidad,
la del productivismo capitalista) al quid pro quo que confunde esa "artificiali-
dad" retadora con la contingencia fundamental de la "naturalidad" humana.

33
es un rasgo general de la modernidad capitalista-, pero radica-
lizado o llevado al extremo; como un progresismo que ha eli-
minado los obstáculos de orden identitario ("cultural"), social
y político que lo refrenaban en la modernidad europea.
El "progresismo americano", la entrega total de su moder-
nidad al progreso, puede ser descrito como una manera pecu-
liar de construir la temporalidad del mundo de la vida social
y como una manera peculiar de actualizar la politicidad de esa
vida social. Miradas las consecuencias que tiene en estas dos di-
mensiones de la construcción del mundo de la vida, el "progre-
sismo americano" se muestra, primero, como un "presentismo",
y segundo, como un "apoliticismo".
Según esto, la entrega incondicional de la vida norteame-
ricana a la marcha automática del progreso implicaría esen-
cialmente una clausura estructural de la experiencia cotidiana
frente a las determinaciones provenientes del pasado y del fu-
turo, experiencia que sólo puede corresponder a una sociedad
que ha pasado a reproducirse como una colectividad supratri-
bal o propiamente republicana. En otros términos, llevaría a
una indiferencia lo mismo frente a los compromisos históri-
cos objetivados o cristalizados en el mundo de la vida compar-
tido por todos, que frente a las expectativas proyectadas hacia
el futuro desde la vida actual de la sociedad como un sujeto
autónomo. El "presentismo" americano generaría así, conse-
cuentemente, una fobia ante cualquier instancia política que
pretenda "imponer", desde su polis o su tiempo-espacio citadi-
no, determinaciones trascendentes o de alcance metaprivado
a una vida de la "sociedad civil", de la asamblea de propietarios
privados, vivida siempre en la serie de presentes de los innume-
rables "clanes" o comunidades ad hoc compuestos por indivi-
duos comprometidos únicamente a llevar a cabo una empresa
determinada.
El desatamiento y aceleración sin límites del progreso como
destino ineluctable sólo pudo llegar realmente con la moder-
nidad "americana", en donde la resistencia del "valor de uso"
al "valor" mercantil se encuentra completamente desarmada.
Después de siglos de sometimiento de los pueblos germanos, la

34
colonización romano-cristiana había logrado generalizar, apar-
tando a los reacios hacia el border o hacia el underground del
mundo social, la confección masiva de seres humanos cuya idio-
sincrasia o identidad "natural" se reproducía en términos su-
mamente elementales; identidad que es la que ostentarán las
comunidades puritanas calvinistas llegadas para colonizar
la Nueva Inglaterra y para asumir así, sobre una vía paralela a la
europea, la "tarea histórica" de la modernización capitalista.
Sustituir una técnica por otra "más eficiente", un satisfactor
(un producto con valor de uso) por otro "mejor" es el proceder
propio del progreso. En la modernidad dominante, la eficiencia
de la primera y la calidad del otro deben definirse, en princi-
pio, en referencia a una figura identitaria del ser humano que
se encuentra ya mercantificada en sus potencialidades produc-
tivas y consuntivas; ambas deben responder a un diseño del
mundo de la vida en donde el telos de la valorización del valor
mercantil de las cosas domina sobre el de la "forma natural"
de las mismas. Lo "más eficiente" o lo "mejor" debe determinar-
se en referencia a los criterios de un ser humano interesado ex-
clusivamente en la productividad abstracta o "productividad de
valor" que demuestran tanto su propia actividad como los ob-
jetos de los que ella se sirve. (Productividad, por lo demás, que
es la legitimadora de la membresía o pertenencia de cada in-
dividuo a la comunidad.)
El progreso al que se entrega la realización del American
dream es aquel que, mientras pretende "mejorar" al ser huma-
no y a su mundo, lo que "mejora" o incrementa en verdad es
el grado de sometimiento de la "forma natural" de la vida ba-
jo su "forma de valor".

13

El valor de uso de la ciudad del siglo XX, del campo del siglo
XX, de las vías de comunicación del siglo XX, es un valor de
uso deformado, invertido de sentido por un diseño del mismo
en donde el telas de la valorización parece haber sustituido de-
finitivamente al lelos que la sociedad moderna puede plantear-

35
se a sí misma democráticamente. El valor de uso del automóvil
individual (del Ford T y el Volkswagen en adelante) no respon-
de a necesidades de transportación "naturales", es decir, social-
mente concretas, que el ser humano moderno decidiera tener
soberanamente; por el contrario, es un valor de uso que "se ade-
lanta" a los deseos del ser humano e infunde en él una ne-
cesidad que no es de él, sino del capital, el cual satisface la suya,
la de acumularse, a través de ella. Con el valor de uso de la casa
hogareña y de los utensilios domésticos aparentemente "indis-
pensables para el ama de casa moderna" sucede lo mismo; tam-
bién con el valor de uso del cuerpo propio (como instrumento
de trabajo y consumo) y los productos e implementos de su
alimentación y salud, de su higiene y cuidado; con el valor de
uso de los medios de diversión y entretenimiento, etcétera.
"Globalizada", omnipresente, la "modernidad americana"
inunda desde todos lados el mercado mundial con mercancías
cuyo valor de uso se diseña y se genera desde las necesidades
de autovalorización del valor; agobia con bienes que, por esa
razón, no se ofrecen a la fruición liberadora-dotada de esa "dé-
bil fuerza dionisiaca" que está en todo disfrute determinado
desde la "forma natural" de la vida-, sino sólo a la saciedad
que viene con el consumo abundante permitido por la disponi-
bilidad de una cierta cantidad de dinero, el representante de
cualquier mercancía.
La "americana" es así una modernidad que promueve nece-
sariamente el fenómeno del "consumismo", es decir, de una
compensación cuantitativa por la imposibilidad de alcanzar un
disfrute cualitativo en medio de la satisfacción; consumismo
ejemplificado claramente en el "give me more!" de la industria de
la pornografía, en la precariedad del disfrute sexual en medio
de la sobreproducción de orgasmos.

14

El triunfo de la "modernidad americana", la demostración de


la superioridad del American way of lije sobre los otros modos
de ser moderno dentro del capitalismo, se viene dando gra-

36
das a un proceso de permanente "negociación civilizatoria"
que se vuelve especialmente perceptible en el intento que hace
la "industria cultural" (Max Horkheimer y Theodor W. Ador-
no), a escala mundial, de poner la creatividad festiva y estética
de la sociedad al servicio del autoelogio práctico que el estab-
lishment capitalista necesita hacerse cotidianamente. La "indus-
tria cultural" administra el surgimiento de una abrumadora
"riqueza de formas" en el universo de los bienes producidos;
hecho que se hace evidente lo mismo en la sucesión acelerada
de los cambios de moda ( en el diseño del automóvil, del home
y de la autopresentación) que en la agitación del universo del
espectáculo. Se trata de una riqueza de formas que invade in-
con teniblemente la experiencia humana singular y colectiva
del ser humano contemporáneo y en la que se expresa -a tra-
vés del cine de Hollywood y sus estrellas e "ídolos", de la pos-
música del rock y sus derivados y sobre todo de la televisión, con
su fomento de la afición pasiva al deporte, y de la pseudointe-
racción de los videojuegos-, el dinamismo profundo, conflic-
tivo y ambivalente de una realidad que es la del difícil proceso
de una imposición civilizatoria. En efecto, dentro de este pro-
ceso -sobre todo dentro del mestizaje de formas que se da en
Nueva York y en las otras grandes ciudades norteamericanas
(a las que la América WASP da la espalda "como si fueran So-
doma y Gomarra") con las propuestas formales que vienen de
los aliens, los del bordery el underground- es prácticamente impo-
sible saber en qué medida es el capital, con su peculiar "volun-
tad de forma", el que simplemente usa y abusa de las "formas
naturales" (las tradicionales y las modernas) como recursos de
su autopromoción y en qué medida son estas últimas, las "for-
mas naturales", las que se mimetizan con las formas inducidas
por el capital a fin de resistir y poder rescatar la "naturalidad"
precisamente a través de su propia "deformación".

15

La ilusión moderna de que una subsunción total de la "forma


natural" a la "forma de valor" es factible prendió fácilmente en

37
el ánimo WASP y alcanzó visos de realidad en el American way
of lije. Son esos visos de realidad los que mantuvieron fascina-
do al mundo entero durante todo el siglo XX, y que, pese a
que amenazan con devanecerse en cualquier momento, pare-
cen ahora renovar su brillo en los enclaves occidentalizados
de Oriente.
La identidad propia del WASP aporta decisivamente a la de-
finicion del "americanismo" que ha caracterizado a la moder-
nidad dominante en estos últimos cien años. Pero, así como
"lo alemán" no basta para explicar causalmente la realidad del
nazismo, así también "lo (norte)americano" resulta insufi-
ciente para dar cuenta de la figura histórica más radical de la
modernidad capitalista; lejos de ser una emanación suya, esta
figura es más bien la que usa "lo (norte)americano" como ins-
trumento de su propia afirmación. La afirmación de la figura
histórica de una modernidad capitalista total o absoluta, que
sería aquí lo sustancial (de fondo), esencial o central, tiene en
lo (norte)americano un apoyo que si bien es decisivo no deja
de ser formal, accidental o "retórico" (periférico). Pero hay que
observar algo que resulta muy especial: dado que la afirmación
de este tipo radical de modernidad capitalista es un hecho his-
tóricamente único, en verdad irrepetible, el apoyo que ella
recibe de lo (norte)americano adquiere una sustancialidad,
esencialidad o centralidad que lo vuelven indistinguible de ella
misma. 9
Más que la idiosincrasia de un imperio, el "americanismo"
ha sido el imperio de una "idiosincrasia": la del ser humano
cortado a imagen y semejanza de la mercancía-capital. El "ame-
ricanismo" no es una característica identitaria de la nación
"americana" que haya sido impuesta en el planeta por los Es-
tados U nidos de América, sino un modo peculiar de vida civi-
9
Un fenómeno parecido tiene lugar con el "arte del siglo XX", el arte ci-
nematográfico; aunque es claro que no estaba llamado esencialmente a ser
norteamericano, el accidente de su americanidad fáctica lo marcó tan con-
sistentemente, que cien años después de su nacimiento resulta difícil imaginar
hoy una cinematografía que no presente un cierto grado básico de ameri-
canismo.

38
lizada que "se sirvió" casualmente de la historia y la "sustancia"
norteamericanas para alcanzar su universalización; eso sí, im-
pregnándose al hacerlo de ciertos rasgos del comportamiento
"natural" de la población norteamericana. En efecto, puede
decirse que lo que el siglo XX ha sido sobre todo es el siglo de
la contrarrevolución, de la restauración de la dictadura del ca-
pital después del "desfallecimiento" al que la llevó la "moderni-
dad europea" con su "autocrítica socialista"; si ha sido el siglo
de la "modernidad americana" es porque ésta ha sido el mejor
vehículo de esa contrarrevolución. Así lo sospechó, ya en 1922,
un enviado especial del hebdomadario parisino L1llustration
cuando escribía, a la par deslumbrado y clarividente:

Aun cuando para un observador superficial el automóvil y


el bolchevismo parecen mantener entre sí relaciones suma-
mente difíciles de descubrir, estoy convencido-y esto de nin-
guna manera es una paradoja- que no existe remedio más
eficaz contra el microbio bolchevique en Estados Unidos
que el automóvil. Se puede afirmar, sin temor a equivocar-
se, que el automóvil matará al bolchevismo, o más bien que
el automóvil pone al país completamente fuera del alcance
del bolchevismo.
El automóvil constituye la vacuna por excelencia que inmu-
niza al país entero. Todo propietario de un coche se convier-
te ipso facto en un enemigo declarado y activo del bolchevismo.
Y no sólo cualquier propietario actual sino también cualquier
propietario futuro; es decir, casi todo el mundo, entendiendo
que todo el mundo está en condiciones de lograr su sueño
y comprar por doscientos o trescientos dólares este peque-
ño mecanismo trepidante, que le confiere enseguida libertad
de movimiento, dominio de la carretera, que le convierte,
en ciertos aspectos, en el par de un Vanderbilt o un Rocke-
f eller [Raymond Recouly, 30 de septiembre de 1922]. 1º

10
"Bien que, pour un obseruateur superjiciel l'automobi/,e et /,e bol.cheuisme parais-
sent avoir l'un avec l'autre des rapports assez diffici/,es a decouvrir, je suis convaincu
-et ceci n 'est pas !,e moins du monde un paradoxe- qu 'il n 'existe pas, aux États-Unis,

39
En el siglo XX, en América, uno fabrica su propio destino,
es amo y señor de la naturaleza. El trabajo, la fuente del valor
económico mercantil, es absolutamente creador: sin importar el
modo de su realización, que es asunto divino, basta con que
cada quien lo realice para que los valores de uso broten para
él obedientemente. Rico o pobre, aventajado o mermado, blan-
co o negro, hombre o mujer, todos son iguales y viven felices
en tanto que son libres de ejercer esta actividad milagrosa.
El proceso por el cual la economía capitalista emprendió la
subordinación o subsunción real de las nuevas características
tecnológicas y geográficas, aparecidas en las fuerzas producti-
vas a finales del siglo XIX y a escala mundial, vino acompaña-
do en Occidente de un proceso similar y concomitante en el
plano social y político más inmediato de la contradicción que
enfrenta a la vida humana con el capital: en la lucha de cla-
ses. Se trataba de un proceso que convertía la divergencia de
intereses de clase entre "burgueses" y "proletarios" en una con-
vergencia de los mismos, proceso que se manifestaba en la
"colaboración de clases", ideada y promovida por los partidos
obreros socialdemócratas reformistas. 11

contre /,e microbe bokheuik, de remede plus efficace que l'automobil,e. 0n peut affirmer,
sans crainte d 'étre démenti par les Jaits, que ceci tuera cela, ou plutót que ceci met l,e
pays completement a l'abri de cela.
L'automobil,e constitue /,e vaccin par excel/,ence qui immunise /,e pays tout entier.
Tout possesseur d'une voiture deuient, ipso facto, un ennemi declaré et agissant du
bolcheuisme. Et non seulement tout possesseur present, mais encore tout posses-
seur futur, c 'est-a-dire presque tout /,e monde, attendu que tout /,e monde ici est en état
de réaliser son reve et d 'acheter pour deux ou trois centaines de dollars, cette petite mé-
canique trépidante qui luí con¡ere aussitót la liberté des mouvements, la maitrise de
la route, qui /,e rend, a certains égards, l'égal d'un Vanderbilt ou d'un Rockefell,er"
(Raymond Recouly, 30 de septiembre de 1922).
11
A comienzos del siglo XX la economía capitalista entró en un proceso
de redefinición y recomposición de las bases mismas de la explotación de la
fuerza de trabajo; un proceso que llevaba a generalizar la categoría de tra-
bajo asalariado, tradicionalmente reservada para el trabajo obrero, y a aban-
donar la segmentación y concentración de esa fuerza de trabajo en cotos
cerrados, otorgados a las múltiples empresas estatales nacionales del capital,
adoptando para ello otros mecanismos de extracción de plusvalor, de alcance
transnacional, cuyo funcionamiento minaba desde dentro la sustentabili-

40
Una vez eliminada la identidad más evidente de la masa de
los propietarios de una propiedad reducida a la pura fuerza
de trabajo, su identidad revolucionaria, el "valor autovalorizán-
dose", que es el verdadero sujeto de la vida moderna enajenada,
comenzó a comportarse como si estuviese por alcanzar al fin su
autorrealización plena, como si estuviese por llegar a su meta
histórica última: subsumir o someter de manera completa y ab-
soluta la forma natural del proceso de producción/ consumo
de bienes.
Sin embargo, las sociedades nacionales de la modernidad
capitalista "europea" se encontraban comprometidas en el com-
bate abierto contra la revolución anticapitalista que ellas mismas
habían despertado, y no estaban así en capacidad de ofrecer al
capital renovado la sustancia concreta adecuada que él nece-
sitaba para su automanifestación. 12 La única que podía hacerlo,
y sobradamente, era la sociedad de la modernidad capitalista
"americana". Sólo en ella, como lo detectó el enviado de L1llus-
tration, descansaba sobre bases firmes la convicción de lo absur-
do, y por tanto inaceptable y reprimible que tendría cualquier
duda ante el evidente "humanismo" que inspira al capital cuando
orienta a la mano invisible del mercado; sólo en ella esa convic-
ción podía ser realmente espontánea y militante.
dad de esos cotos. El capital comenzó a burlar la necesidad de desdoblarse
en "muchos capitales" (Roman Rosdolsky); su acumulación parecía poder
cumplirse sin el requisito de pasar por la mediación de la competencia en-
tre muchos Estados apoyados en distintos proletariados nacionales dentro de
un mercado mundial libre y neutral. La legitimidad de los Estados nacionales
modernos de tipo europeo amenazaba con desvanecerse. La exacerbación
de los nacionalismos en la primera mitad del siglo XX, lo mismo en Alemania
que en Rusia, en Japón que en Estados Unidos, resultaba ser, no un signo
de la actualidad de los pseudosujetos estatal-nacionales en calidad de encar-
naciones de la sujetidad histórica económica del capital, sino precisamente
un signo de lo contrario, de su obsolescencia y de su última, desesperada y vio-
lenta, resistencia a aceptarla.
12
Si algo es digno de elogio en la modernidad capitalista europea es pre-
cisamente su fracaso en la tarea ortodoxa de anular la "forma natural" de la
vida social, ese fracaso que la llevó a una autonegación -en la Revolución
francesa- de la que sólo muy tarde, americanizándose ella misma, ha comen-
zado a reponerse.

41
Fueron pocos quienes advirtieron al principio que tras la
ingenua prepotencia con la que comenzó a exhibirse la "hybris
americana" se escondía el triunfo catastróficamente peligroso
de la contrarrevolución.

Mitos de la modernidad "americana"

FEELING AND COURAGE

El colmo del winner, el "gran entrepreneui'. El hombre que dis-


crepa del common sense, de la racionalidad y la moralidad stan-
dard, confía en su hunch, en su corazonada, y está dispuesto a
un extraño sacrificio: el empleo de un surplus de violencia con-
tra sí mismo y contra los otros a fin de alcanzar sus metas. Un
criminal redimido por el éxito: un héroe. Un freak: Carnegie,
Rockefeller, Ford, Hearst, etcétera. Pero un monstruo admira-
ble e incluso loveable que se convierte en el modelo a imitar por
todo aquel que aspire en serio al success en su vida.
Pasar el umbral que lleva al territorio ya concedido pero
aún por conquistar de la abundancia exigía del early american
un acto de violencia dirigido contra lo otro pero también y so-
bre todo contra sí mismo, acto en el que el segundo aspecto de-
bía compensar con creces el primero y que resultaba ser así un
acto autosacrificial. Como el cine de los western no se cansó de
recordar al mundo, la muerte física de los indios masacra-
dos, los rebaños exterminados y los bosques arrasados se opaca
ante lo principal: la "muerte y resurrección" del hombre ex-
cepcional que supo tomar sobre sí, fundadoramente, la res-
ponsabilidad y la tarea de matar y abatir a los unos y talar a los
otros. Un héroe de alcances "meta-éticos" cuya acción injusti-
ficable se perdona por la magnitud inaudita de lo alcanzado
con ella. Un Cristo redivivo sobre cuyo sacrificio se levanta la
felicidad gregaria de los pequeños bürger (Gary Cooper como
"el citoyen solitario", en High Noon).

42
THE GREAT PRETENDER

Al morir con un juguete en las manos, una esfera de vidrio


dentro de la que se imita el revoloteo de la nieve en el último
invierno de su niñez, el hombre viejo recuerda de golpe el mo-
mento en que murió por primera vez. Pronuncia la palabra
"Rosebud": la marca del trineo de Charlie, el niño que fue, y
también la marca de aquel momento en que su madre se deshi-
zo de él arrojándolo al abismo de un futuro implacable. Con
la muerte de Charles Kane se cierra el ciclo de existencia de un
muerto-vivo sobre la tierra, de un nosferatu, el citizen Kane, cuya
vida sin reposo es la alegoría del capital siempre acumulándo-
se, de la autovalorización indetenible del valor.
Cuando crece y se convierte en el joven Kane, favorecido por
una fortuna de origen azaroso, Charlie, el niño muerto, se con-
vierte en el vehículo idóneo para una versión individual concre-
ta de la personificación que el capital necesita adoptar a fin de
validarse como el sujeto que sustituye al ser humano en la vida
social moderna.
El drama se desata cuando el capital, el Valor que se auto-
valoriza, exige que la forma natural de las cosas mercantiles -a
la que somete, explota y deforma- se comporte con él como se
comportaría con el verdadero sujeto humano, reconociendo
en él su origen y su destino. Y es que el único defecto del va-
lor-capital está en que no puede prescindir de la utilidad natu-
ral o el valor de uso; defecto que aflora cuando el ciudadano
Kane siente la necesidad de un "amor auténtico", el amor de
una amante verdadera. Una necesidad que sin embargo no lle-
ga nunca a satisfacerse porque su peculiar modo de amar trae
consigo la muerte de la amada. Sólo la desea en la medida en
que ella se presta al sacrificio de sí misma. Charlie está muer-
to, su vida es sólo aparente; es incapaz de responder al deseo
auténtico, natural, popular, de la "típica muchacha america-
na". Quererla, para él, equivale a convertirla en una estrella
cuyo brillo artificial se financia con menos de lo que parece.
"Si no me quieres, ni modo", le dice el Valor a la forma na-
tural de las cosas, "yo mismo puedo crear el amor, producirlo

43
a mi antojo y mi medida." Esta hybris narcisista del capital cons-
tituye su perdición. Pasa por alto que la forma natural del valor
de uso -el amor- aunque sometida y reprimida por él, es su
propia causa y fundamento; pretende improvisarse como crea-
dor de aquello de lo que es creatura, de algo que nunca podría
ser un producto o efecto suyo.
Xanadú, la "gigantesca colección de mercancías" (Marx), el
inmenso "paraíso" en donde Kane ambiciona reunir toda la ri-
queza a fin de asegurarse el disfrute absoluto, es el mundo de los
valores de uso, pero como una realidad instalada por el Valor
capitalista, obediente a él: enorme, agitada, luminosa, ofrecida,
pero al mismo tiempo ausente, inanimada, más que hostil, in-
diferente.
Con la muerte del ciudadano Kane en la pantalla, Orson
Welles se adelanta al desvanecimiento del "sueño americano",
al colapso de su hybris; muestra a un Charlie envejecido en el
instante último y fugaz en que, al decir la palabra "Rosebud",
deplora, ya demasiado tarde, el momento en que su volun-
tad de vivir comenzó a realizarse mediante el sacrificio de la
vida misma.

Apuntes sobre la 'Jorma natural"

Según la "crítica de la economía política" de Karl Marx, en la


vida social mercantil-capitalista rigen simultáneamente dos prin-
cipios estructuradores que le son inherentes, dos coherencias
o dos racionalidades que son contradictorias entre sí: la del
modo o la "forma natural" de la vida y su mundo y la del mo-
do o la "forma de valor" ( económico abstracto) de los mismos.
Son, además, dos "lógicas" de las cuales la segunda, la del "va-
lor", está permanentemente en proceso de dominar sobre la
primera, la "natural", o de "subsumirla". 13

13
El término "forma natural" no hace referencia a una "sustancia" o
"naturaleza humana" de vigencia metafísica, contra la cual la "forma de va-

44
2

La "lógica" o racionalidad inherente al proceso de la vida so-


cial en su modo o "forma natural" (histórico-social) es la que
corresponde a las necesidades de reproducción del ser huma-
no como un ser que se autoidentifica concretamente. Esto quie-
re decir, es el principio de coherencia que deriva de la praxis
de autorreproducción de un sujeto cuya libertad se realiza en
la autotransformación, en la creación o re-creación tendencial-
men te "democrática" de una forma para sí mismo en corres-
pondencia con las posibilidades de hacerlo que se abren para
él en lo "otro" o la naturaleza. Es una "lógica" o un principio
que corresponde al ser humano, lo mismo singular que colec-
tivo, en tanto que es él mismo una totalización cualitativa, un
juego permanente de autoidentificación, un animal libre para
hacer y rehacer su propia polis, un zoon politikon.

Hablando propiamente, la "forma natural" de la vida huma-


na -del proceso de reproducción de sí misma y del mundo en
que se desenvuelve- es una forma sodal e histórica; es el modo que
tiene el ser humano de autoafirmarse e identificarse mientras

lor" estuviera "en pecado"; tampoco a un anclaje de lo humano en la norma-


tividad de la Naturaleza, respecto del cual la "forma de valor" fuera artificial
y careciera de fundamento. Se refiere exclusivamente al hecho de que Jo hu-
mano, siendo por esencia "artificial", no natural, es decir, contingente, auto-
fundado, debe siempre construir sus formas en un acto de "trascendencia de
lo otro" o de "transnaturalización", acto que hace de ellas formas construi-
das a partir de protoformas que se encuentran en la naturaleza, las mismas
que, "negadas determinadamente", permanecen en ellas en calidad de sus-
tancia suya. Es esta "transnaturalización" -y no "naturalidad"- que constitu-
ye a las formas actuales la que mantiene en ellas, incluso después de milenios
de acumulación histórica civilizada que las hace parecer arbitrarias, por más
elaboradas y artificiosas que puedan ser (formas de otras formas de otras for-
mas ... ), un sutil nexo casi imperceptible con los actos arcaicos de transnatu-
ralización que fundaron las formas básicas de las múltiples maneras de ser
humano, las simbolizaciones elementales de las múltiples "lenguas naturales".

45
se define o se determina en referencia a lo otro, a la "naturale-
za". Es la forma "metafísica" que adoptan las funciones "físicas"
o vitales del animal humano cuando éste comienza a ejercer
una sujetidad, esto es, a ser "libre" (Immanuel Kant). Articular
en un solo sistema armónico y dinámico el subsistema de las
capacidades de producción -a través del cual el sujeto persigue
la superación de la escasez o reticencia de lo otro ante las exi-
gencias de lo humano- con el subsistema de las necesidades de
consumo -a través del cual el sujeto persigue su autorrealiza-
ción plena-; en otros términos, articular lo siempre limitado
del primero con lo siempre ilimitado del segundo, de manera
tal que ni lo uno ni lo otro puedan experimentarse como tales,
como limitado el uno e ilimitado el otro, éste es el acto funda-
mental que está en la constitución de la identidad, en la cons-
trucción de la forma o modo de vivir que un grupo humano
reconoce como ideal para sí mismo. En la consistencia cuali-
tativa del mundo de la vida, y dotándola de su concreción, se
encuentra objetivado -transitoriamente- este acto o "contrato"
a la vez interhumano y humano-natural.
Aunque pueda parecer extraño, puede decirse, por ello, que
el origen último de la riqueza de formas o la diversidad cuali-
tativa de la vida humana y su mundo se encuentra en la "de-
mocracia" o cumplimiento comunitario (a la vez colectivo y
singular) de la autonomía y autarquía políticas; en alguna de
sus múltiples formas, ella es la conditio sine qua non de la realiza-
ción de la sujetidad del sujeto como una fundación de cosmos.

En su "forma natural", el ser humano es un "ser semiótico";


ello se debe a que su autorreproducción, por ser una actividad
"libre", implica un acto de re-formación ejercido por el sujeto
sobre sí mismo, un acto de comunicación mediante el cual él
( en un tiempo 1) se indica a sí mismo la nueva forma que pre-
tende darse ( en un tiempo 2). Los bienes u objetos con valor
de uso llevan de uno a otro el mensaje, que consiste exclusiva-
mente en una determinada alteración de sus formas objetivas,

46
alteración hecha o "cifrada" por el uno y aceptada o "descifra-
da" por el otro de acuerdo a un código o una simbolización
elemental creada para el efecto, en la que se encuentran esti-
puladas las infinitas posibilidades de determinar la "utilidad"
o el valor de uso de lo otro o naturaleza. La realización del ser
humano como una autotransformación del sujeto tiene lugar
durante el consumo del objeto o, mejor dicho, durante el "con-
sumo" de la forma del objeto impresa en él durante el proceso
de producción.

La "lógica" o racionalidad inherente al proceso de la vida so-


cial en su "forma (histórico-social) natural" se extiende a la cons-
titución de su cosmos, es decir, a la estructura del "mundo de
la vida" o "mundo de los valores de uso". Esto es así, primero,
porque la reproducción de la vida humana, como el proceso
que es de autorrealización, autoformación o autoidentificación
permanente, sólo puede cumplirse a través de la mediación ob-
jetiva de los bienes producidos ( o productos con valor de uso)
y, segundo, porque en éstos se encuentra objetivado el juego
incesante de formas o significaciones pasadas -reactualizadas
en el presente y proyectadas hacia el futuro- a través del cual
el sujeto de esa vida lleva a cabo las alteraciones de su propia
identidad.

La vida humana en su "forma de valor" es como un "doble" o


un "fantasma" de lo que es ella misma en su "forma natural";
es una proyección objetivada de su propio proceso de repro-
ducción en lo que él tiene, entre otras cosas, de capacidad de
creación y destrucción de valor económico dentro del mundo
de las mercancías capitalistas o, lo que es lo mismo, en lo que
él tiene, abstractamente, de vehículo suficiente para el proce-
so de autovalorización del valor capitalista o proceso de acu-
mulación de capital.

47
7

La racionalidad inherente al proceso de la vida social en su


"forma de valor" expresa una "obsesión objetiva" volcada ha-
cia un productivismo en abstracto; es una "compulsión" que
viene "de las cosas mismas" y que corresponde a la necesi-
dad de "producir por producir" emanada del "mundo de las
mercancías" capitalistas y exigida por el automatismo de la re-
producción ampliada del valor económico puro -por la "auto-
valorización del valor". Es un principio estructurador que
actúa y se refleja en ella "proveniente de las cosas mercantifi-
cadas" y que tiende a organizarla como si fuera exclusivamen-
te un proceso en el que el ser humano, en calidad de pura
fuerza de trabajo, debe ser explotado en cada ciclo reproduc-
tivo, compelido a producir ese "plusvalor" que habrá de pasar,
como "pluscapital", a mantener la acumulación capitalista.

La subsunción de la "forma natural" bajo la "forma de valor"


puede ser relatada como el "esfuerzo" permanente del "fan-
tasma" por mantener y afirmar su dominio sobre el ser real:
"Le mort saisit le vif", como le gustaba decir a Karl Marx. Nada se
produce ni se consume en la sociedad puramente moderna si
su producción/ consumo no es el vehículo de la acumulación
de capital. En lo que respecta a la vida social misma, esta sub-
sunción consiste en el fenómeno de la "enajenación": la sujeti-
dad de esa vida, su capacidad política de identificarse o decidir
sobre sí misma, sobre su forma, es sustituida por su represen-
tante fantasmal, por la "voluntad" de autovalorizarse que está
en el valor económico del mundo de las mercancías capitalis-
tas, "voluntad" que actúa automáticamente, "desde las cosas
mismas", las que adquieren por esta razón la función de "feti-
ches", de objetos que socializan "milagrosamente" a los pro-
pietarios privados, que serían asociales por definición. En lo
que respecta al mundo de la vida o mundo de los "bienes te-
rrenales", ella consiste en la sustitución del diseño "natural"

48
de los valores de uso por un diseño "artificial" o emanado de los
puros requerimientos de la valorización capitalista.

El efecto devastador que tiene el hecho de la subsunción ca-


pitalista sobre la vida humana, y sobre la figura actual de la na-
turaleza que la alberga, es evidente: la meta alcanzada una y
otra vez por el proceso de reproducción de la riqueza en su
modo capitalista es genocida y suicida al mismo tiempo. Con-
siste, primero, en el "perfeccionamiento" del proceso de explo-
tación del ser humano como fuerza de trabajo, el mismo que
implica una condena de poblaciones enteras a la muerte en
vida de la marginalidad (cuando no a la muerte sin más) a fin
de abatir el "precio del trabajo" a escala global, y, segundo,
en el "perfeccionamiento" de la explotación irracional o con-
traproducente de la naturaleza actual(tratada como un simple
reservorio de ciertas materias y ciertas energías), que insiste en
destruir el equilibrio propio de ella, si tal destrucción sirve a los
intereses -en verdad siempre coyunturales- de la acumulación
capitalista.

49
1A INDEPENDENCIA DE ESTADOS UNIDOS:
UNA SINGULARIDAD HISTÓRICA
• Ignacio Díaz de la Serna

We hold these truths to be selfevident; that all men are created equal;
that they are endowed by their Creator with inherent and inalienab/,e
rights; that among these are lije, liberty, and the pursuit of happiness; that
to secure these rights, governments are instituted among men, deriving
their just powers from the consent of the governed; that whenever any form
of government becomes destructive of these ends, it is the right of the peüp/,e
to alter orto abolish it, and to institute new government, laying its foun-
dation on such principl,es, and organising its powers in such f orm as to
them shall seem likely to effect their safety and happiness.

A Declaration by the Representatives of the United


States of America in General Congress assemb/,ed,
drafted by Thomas Jefferson 1

El autor inicial de la Declaración de Independencia estadou-


nidense fue Thomas Jefferson, un abogado culto, proveniente
de una familia adinerada de Virginia, que había comenzado
su carrera política desde 1768. En el momento de redactar el
borrador de ese documento crucial para la historia de Estados
Unidos contaba con treinta y tres años. Para entonces, Jeffer-
son gozaba ya de una buena reputación debido a que antes
había escrito A Summary View of the Rights of British America, tex-
to de 1774 donde insiste acerca de los derechos que los ingle-
ses habían traído consigo al instalarse en América.
1
"Sostenemos como evidentes estas verdades: que todos los hombres son
creados iguales; que están dotados por su Creador de ciertos derechos ina-
lienables; que entre éstos se cuentan la vida, la libertad y la búsqueda de la
felicidad; que para garantizar estos derechos se instituyen entre los hombres
los gobiernos, los cuales derivan sus poderes legítimos del consentimiento de
los gobernados; que cuando una forma de gobierno se vuelve destructora
de estos principios, el pueblo tiene derecho a reformarla o abolirla e insti-
tuir un nuevo gobierno fundado en estos principios, y a organizar sus pode-
res en la forma que juzgue tener las mayores posibilidades de alcanzar su
seguridad y felicidad."

51
Del 11 al 28 de junio de 1776 trabajó sin descanso, a solas. 2
No consultó libro alguno ni solicitó la opinión de nadie. Se
inspiró primordialmente en el Segundo tratado sobre el gobierno
civil, deJohn Locke. 3 Consideraba que no era necesario darse
a la tarea de inventar nuevas ideas o evocar sentimientos que
no hubieran sido expresados con anterioridad.
Como tal, en la medida en que proclama ciertas conviccio-
nes filosóficas y una ideología, la Declaración de Independen-
cia es un documento político que pretende responder a una
situación en particular, a problemas concretos, aun cuando al-
gunos de sus principios son susceptibles de aplicarse a otras
épocas históricas y a lugares geográficos distintos. Por eso mis-
mo amerita ser leída con sumo detenimiento.
La Declaración se apega a un esquema lógico en su cons-
trucción. El preámbulo expone un conjunto de principios: to-
dos los hombres han sido creados iguales; su Creador los ha
provisto con derechos inherentes e inalienables, entre los cua-
les destacan el derecho a preservar la vida propia, la libertad
y buscar el mejor camino para ser felices. Estos principios son
racionales porque se muestran evidentes a la razón. Las acu-
saciones que siguen demuestran que el rey Jorge III ha viola-
do dichos principios. La conclusión subraya, detallándolos, los
términos de la resolución tomada el 7 de julio y anuncia la for-
mación de una nueva nación, Estados Unidos de América. Al
día siguiente, el 8, se proclamó la independencia, cuya Decla-
ración había sido firmada cuatro días antes por el presidente

2
El Comité del Congreso responsable de encomendar la redacción del
borrador de la Declaración de Independencia pidió aJefferson que lo hicie-
ra. Según testimonio del propio Jefferson, "lo reporté a la Cámara el vier-
nes 28 de junio una vez leído y ordenado que se revisara" (citado en Pauline
Maier, American Scripture. Making the Declaration of lndependence, Vintage, Nue-
va York, 1998, p. 97).
3
El título completo de esta obra es The Second Treatise of Government. An
Essay Concerning the True Original Extent, and End of Civil Government. Apare-
ció por primera vez en Londres en 1698, en una edición que incluía el pri-
mer ensayo, "The False Principies and Foundation of Sir Robert Filmer, and
His Followers, Are Detected and Overthrown".

52
del Congreso,John Hancock. Poco después, el 2 de agosto, la
mayoría de los cincuenta y cinco delegados en el Congreso a
su vez la firmaron.
Su fundamento es sin duda la filosofía que acepta la exis-
tencia de derechos naturales. Ella explica que Dios ha creado
un orden llamado "natural". Gracias a la facultad racional de
la que está dotado, el hombre es capaz de descubrir las leyes
que rigen ese orden. Originariamente, sólo había el estado de
naturaleza, el cual por supuesto nadie conoció.
Cabe aclarar aquí que el estado de naturaleza no tiene un
sentido genuinamente histórico, y mucho menos alude a una
supuesta evolución de orden histórico. En otras palabras, tal es-
tado jamás ha existido; nunca ha sido previo al estado social
y, en consecuencia, nunca ha sido parte de la experiencia hu-
mana. La concepción de dicho estado es en realidad una estra-
tegia epistemológica que busca mostrar de manera convincente
la necesidad de la sociabilidad humana. Cualquier otra po-
sibilidad resulta impensable. Así, pues, el jusnaturalismo ur-
de esta estrategia y se vale de ella para mostrar que el estado
social es inevitable, así como la necesidad de que exista un go-
bierno.
Sin embargo, su inexistencia no impidió al siglo XVII imagi-
narlo o dibujar sus características más relevantes. En él, los in-
dividuos eran libres e iguales. El gran Arquitecto del universo, el
Juez supremo, así lo había decidido. Después, con el fin de vivir
juntos sin verse en peligro de perder sus derechos fundamen-
tales e inalienables, construyeron el estado social. Se estable-
cieron obligaciones; de ese modo se inventaron los gobiernos.
Thomas Paine lo dirá con precisión: el gobierno es la marca
de la inocencia perdida. No obstante, los gobernantes deben
comprometerse a defender la vida, la libertad y la propiedad
de los gobernados. Todos los individuos están vinculados entre
sí por un contrato. Y en esa construcción colectiva, el derecho
divino que legitima la existencia y las acciones de la monar-
quía carece de validez. El rey rinde cuentas, no a Dios, sino al
pueblo que lo juzga, guiado por Dios y por la Razón. Así se ex-
presa el consentimiento de los gobernados. Si acaso el gobier-

53
no deja de ser justo, si ya no respeta los términos del contrato
y llega a amenazar los derechos naturales, los ciudadanos 4 pue-
den entonces poner término legalmente al contrato.
"Las leyes naturales", "todos los hombres son creados igua-
les", "algunos derechos inalienables", "el poder justo emana
del consentimiento de los gobernados", "el pueblo tiene el de-
recho de instituir un nuevo gobierno": todas estas expresiones
quejefferson utiliza en su borrador provienen del pensamien-
to de Locke. Aunque no son novedosas, un grupo de políticos
-varios de los padres fundadores- las emplean por primera vez
para justificar el nacimiento de una entidad política. No resul-
ta extraño que Jefferson remplazara la alusión lockeana a la
propiedad por "la búsqueda de la felicidad". Es probable que
esa formulación le pareciera mejor porque otorgaba al texto
una resonancia moral, una especie de cualidad espiritual que
la noción de propiedad no tiene y tampoco evoca. Sobra de-
cir que la búsqueda de la felicidad no excluye el derecho a la
propiedad. Por el contrario, la legitima.
La Declaración posee un valor histórico indudable. De prin-
cipio a fin, constituye un instrumento de combate en el que
hay que prestar mucha atención a cada palabra, a cada frase,
a cada idea expresada. Habla con claridad de las intenciones
que mueven a los representantes de Estados Unidos de Améri-
ca, de las colonias unidas que son, y que deben ser por dere-
cho estados libres e independientes.
La nación americana todavía no existe. Pero en el preám-
bulo Jefferson se refiere ya a un "pueblo" que se ve obligado
a romper sus lazos con Gran Bretaña:

Cuando en el curso de los acontecimientos humanos se vuel-


ve necesario para un pueblo disolver los vínculos políticos
que lo han ligado a otro y asumir entre las naciones de la
Tierra el puesto separado e igual a que las leyes de la natu-
raleza y el Dios de esa naturaleza le dan derecho, un justo

De hecho, la palabra "ciudadano" en este sentido es una invención de


4

los primeros estadounidenses.

54
respeto al juicio de la humanidad exige que declare las cau-
sas que lo impulsan a la separación. 5

A lo largo del texto abunda el pronombre "nosotros", sínto-


ma inconfundible de una conciencia nacional que ha ido
construyéndose. Por otra parte, la Declaración no sólo se diri-
ge a Inglaterra, sino que apela a la opinión de los hombres, al
juicio de un mundo imparcial. Esto significa que los america-
nos renuncian a tratar de convencer a los ingleses. No importa
ya el hecho de considerarlos amigos o adversarios. Tampoco
importa o interesa ya emprender negociaciones en Londres,
acordar tratados ni ejercer presiones. De igual manera, resulta
inútil persuadir a los colonos timoratos que vacilan en apoyar
la separación de la metrópoli porque los representantes que
firmarán la Declaración han sido avalados por el mandato del
pueblo.
En consecuencia, los colonos que anhelan la independen-
cia han tomado la decisión de acusar al rey de Inglaterra ante
el tribunal de las naciones. El auditorio al que se dirigen es la
comunidad internacional. En lo sucesivo, Estados Unidos de
América formará parte de ella con todos los derechos y atribu-
tos de cualquier otra nación. Ha roto con Inglaterra y no tie-
ne esperanza de una reconciliación. Espera, eso sí, ayuda del
extranjero.
J efferson actúa con cautela. En su borrador no esgrime a dies-
tra y siniestra el derecho a insubordinarse. Antes de decidirse
a tomar las armas, las colonias han sufrido no pocos abusos y
una larga serie de arbitrariedades. Es indudable que han sido
por demás pacientes. La necesidad de escapar a semejante yu-
go las ha obligado a proclamar su independencia. Aun cuan-
do Jorge 111 es culpable por haber oprimido a sus colonos, aun
5
"Cuando en el curso de los acontecimientos humanos se hace necesa-
rio para un pueblo disolver los vínculos políticos que lo han ligado a otro y
asumir entre las naciones de la Tierra el puesto separado e igual a que las
leyes de la naturaleza y el Dios de esa naturaleza le dan derecho, un justo
respeto al juicio de la humanidad exige que declare las causas que lo impul-
san a la separación" (en P. Maier, op. cit., p. 236).

55
cuando es el único responsable de la situación política y mili-
tar que prevalece en las colonias, la Declaración se cuida de
no condenar el régimen monárquico y de no alabar los bene-
ficios de la república.
Para justificar su decisión, las colonias enumeran veintisie-
te quejas contra el rey. El Parlamento inglés jamás es designado
por su nombre. A lo más, dos alusiones recuerdan tangencial-
mente su existencia. Lo anterior pone de manifiesto un nue-
vo tipo de relación entre las colonias e Inglaterra. Y por si ello
no bastara, trasluce hasta qué punto los colonos conciben con
extrema claridad esa relación en términos hasta entonces iné-
ditos. El Imperio estará compuesto por estados diferentes, los
cuales sólo tendrán en común su lealtad hacia el rey; una suer-
te de commonwealth. De tal modo, la Declaración reniega del pa-
sado reciente, ya que los colonos habían aceptado, hacía poco
tiempo, el derecho del Parlamento a votar en favor de una ley
comercial para todos los integrantes del Imperio.
En cuanto a la parte consagrada a las acusaciones contra el
rey, es innegable el efecto retórico de esos párrafos cortos, pro-
nunciados con un ritmo cortante, cobrando una mayor intensi-
dad para el lector a medida que hacen su aparición en el texto.
Sin duda, los contemporáneos de Jefferson sabían a qué sucesos
en particular se referían. Por ejemplo, cuando se señala que el
rey se ha esforzado en sublevar a los indios contra los habitantes
de las fronteras,6 esa frase resume la política llevada a cabo por
lord Dunmore, gobernador de Virginia,7 quien había prome-
6
"él [el rey] ha [aquí aparece un añadido del Congreso al borrador de
Jefferson: incitando insurrecciones internas entre nosotros y] se ha empe-
ñado en traer contra los habitantes de nuestras fronteras a los despiadados
Indios salvajes, cuya conocida regla para el combate es una indistinta des-
trucción de todas las edades, sexos y condiciones [aquí el Congreso borra:
de existencia]."
7
De nombre John Murray (1732-1809), nació en Inglaterra. Heredó el
título de Earl of Dunmore. La Corona inglesa lo envió como gobernador de
Nueva York en 1770. Posteriormente fue transferido a Virginia. Su prime-
ra acción de gobierno fue abolir la Asamblea de Virginia, dominada por los
patriotas, entre ellos Thomasjefferson. Tuvo grandes dificultades para gober-
nar, pues los rebeldes eran muchos y disfrutaban de gran poder. Tanto los

56
tido liberar a los esclavos negros si aceptaban combatir contra
sus amos y se había dedicado a reclutar tropas indias. Los co-
lonos no tardarían en hacer lo mismo.
Nada hay falso en esa extensa lista de acusaciones. Cada fra-
se tiene el propósito de suscitar la indignación y dar testimo-
nio del sufrimiento al que han estado sometidos los colonos. La
eficacia política del texto de Jefferson estriba en su carácter
polémico. Conviene recordarlo: con sus matices indefinidos ha-
bituales, sus claroscuros, la verdad rara vez motiva el entusiasmo.
Por el contrario,Jefferson lo sabe bien: para actuar es preciso
simplificar.
En la Declaración saltan a la vista ciertas lagunas. "Todos los
hombres son creados iguales", pero esta aseveración no inclu-
ye por supuesto a los indios, a las mujeres ni a los esclavos. Más
aún, si los hombres son creados iguales, dejan de serlo cuando

patriotas como los indios shawnee amenazaban de continuo la estabilidad


de su administración. Logró negociar con estos últimos un tratado de paz a
pesar de los frecuentes ataques británicos a sus aldeas. Con los patriotas, sin
embargo, no pudo establecer acuerdo alguno.
En 1775, la situación para Dunmore era desesperada. Cientos de rebel-
des controlaban las calles y los campos de Virginia. Se vio obligado a huir de
la capital, Williamsburg-sitio en poder de las fuerzas patrióticas-, para garan-
tizar la seguridad del pueblo naval de Norfolk. Las tropas reales que comanda-
ba se habían reducido drásticamente debido a las deserciones en masa, así
como al hostigamiento del que eran objeto por parte de los rebeldes.
En su desesperación, Dunmore dio a conocer una proclama donde convo-
caba a todos los que desearan participar en la defensa de la colonia, incluidos
los esclavos negros que pertenecían a los rebeldes, para que se enlistaran de
inmediato. A estos últimos les prometió su libertad a cambio del servicio que
prestaran en el ejército. La medida fue muy criticada, sobre todo por los pro-
pietarios de esclavos leales a la Corona, pues veían en ella una suerte de invi-
tación a rebelarse. Algunos estuvieron convencidos de que Dunmore había
perdido la razón. Sin embargo, después de todo, la estrategia de Dunmore
tuvo éxito. Realizó una leva de casi ochocientos hombres.
El Congreso de Virginia respondió en seguida a la proclama de Dunmore
con una declaración en que denunciaba el ofrecimiento libertario de Dun-
more como una medida tramposa que atentaba contra los cimientos de la so-
ciedad. Asimismo, la condenaba por dar falsas esperanzas a los esclavos, por
infligirles un gran sufrimiento, tras Jo cual amenazaba con la pena de muer-
te a todos aquellos esclavos que intentaran escapar.

57
ingresan en el estado social. La igualdad a la que se hace refe-
rencia es política y jurídica,jamás económica,jamás social. De
hecho,Jefferson no logró persuadir al C~ngreso para que apa-
reciera en la versión final de la Declaración un parágrafo acerca
de la trata de esclavos. Proponía que fuera condenada, endil-
gando al rey la responsabilidad de un sistema que los colonos,
paradójicamente, no habían vacilado en practicar. El Congreso
lo suprimió del borrador.ª Varias colonias sureñas, a través de
sus delegados, abogaron con insistencia por esa supresión, ya
que su economía dependía del trabajo servil y de la importa-
ción de esclavos. 9
A pesar de sus silencios, de ciertas ambigüedades que contie-
ne, la Declaración no deja de ser un texto fundamental tanto
para la historia de Estados Unidos como para la historia del
mundo occidental. Aun cuando la lectura que se ha hecho de
ella ha cambiado con el transcurso del tiempo y se ha realizado
desde perspectivas diferentes, continúa siendo una referencia
política imprescindible. Ningún análisis, por exhaustivo que
sea, ha logrado agotar sus implicaciones.
No basta proclamar la independencia. Es necesario defen-
derla, cueste lo que cueste.
La guerra que los colonos declaran a Inglaterra es sin lugar
a dudas un acto por demás descabellado. El ejército de Su Ma-
jestad está compuesto primordialmente por mercenarios que
Londres ha reclutado en los estados alemanes, sobre todo en la
región de Hesse, y en Rusia. Bien entrenado, bien disciplina-
do, cuenta con treinta mil hombres en 1776. La milicia de los

8
El párrafo suprimido reza así: "Resuelto a mantener abierto un merca-
do donde se compren y vendan HOMBRES, ha prostituido su negativa a su-
primir cualquier intento legislativo que conduzca a prohibir o restringir ese
comercio tan execrable".
9
Años después, dichas colonias aceptaron por fin abolir la esclavitud,
aunque solamente lo hicieron de modo formal: Carolina del Norte, en 1790;
Georgia lo hizo en 1798, y la prohibición de la esclavitud se mantuvo, pero
en raras ocasiones se respetó; Carolina del Sur, en 1788, la adoptó durante
cinco años, que se prolongaron otros dos años, y así se sucedieron múltiples
prórrogas, pero se imponían penas muy modestas a los infractores.

58
colonos, por su lado, está formada por soldados que, es cierto,
están acostumbrados a disparar un arma de fuego, a reunirse
en la plaza de su pueblo en cosa de un minuto (de ahí que se les
conozca con el sobrenombre de "minutemen"). Pero descono-
cen cualquier estrategia militar, aborrecen cualquier organi-
zación disciplinaria, no tienen suficientes armas ni municiones,
y sólo sueñan con terminar lo más pronto posible para regresar
a sus hogares.
El Congreso funciona como amalgama entre los estados que
acaban de ganar su independencia. Sin embargo, no está en
condiciones de exigirles que contribuyan con dinero a la cau-
sa común. Los estados, por su parte, contribuyen con poco y lo
hacen de muy mala gana. De hecho, es un milagro que Wash-
ington haya conseguido reunir un ejército de dieciséis mil
hombres durante el verano de 1775. Medio año después, los sol-
dados que pelean a las órdenes de Washington suman con di-
ficultad nueve mil. En el lapso de cinco años, de 1776 a 1781,
esa cantidad irá variando desde diecisiete mil efectivos hasta
descender, en los momentos más apremiantes, a cerca de cuatro
mil. Por si lo anterior fuera poco, los servicios de avituallamien-
to son pésimos.
En resumidas cuentas, la desolación se extiende. Durante el
invierno de 1777-1778, los soldados de Washington acampan en
Valley Forge, muy cerca de Filadelfia; la falta de víveres es an-
gustiante. A comienzos de 1781, seis regimientos de Pensilvania
se insubordinan porque tienen hambre y frío. Reclaman en va-
no que les proporcionen ropas adecuadas y que se les pague el
monto de los salarios atrasados que les deben. Sienten, con jus-
tificada razón, que el poder civil los ha abandonado, que ya no
se interesa en su suerte.
No obstante, frente a la poderosa maquinaria militar de los
ingleses, los americanos no se rinden. Al final, contra todo pro-
nóstico, ganarán la guerra.
Ensayaré algunas explicaciones a este respecto.
En la guerra de Independencia, Washington dio la espalda
a la táctica militar clásica que prevalecía en aquella época. Uti-
lizó una nueva estrategia, la cual consistió en no encarar direc-

59
lamente al enemigo, en mantener una resistencia armada, en
lanzar ataques por sorpresa que conseguían mermar las fuer-
zas del adversario y abatir su ánimo. Los dos años iniciales del
conflicto ilustran a la perfección dicha estrategia. En marzo
de 1776, los ingleses evacuan Boston. La alegría campea entre
los colonos. Por desgracia, un poco más tarde desembarcan más
de treinta mil soldados del rey en las proximidades de Nueva
York. Washington reconoce que no cuenta con la fuerza sufi-
ciente para enfrentarlos. Ordena la retirada; ésta se lleva a cabo
en orden. Se encuentra entonces en Brooklyn. De ahí pasa a
Manhattan y luego atraviesa el Hudson. Libra algunas escara-
muzas, sobre todo con el propósito de retrasar el avance de las
tropas enemigas. Con este proceder no busca una victoria, pues
sabe a ciencia cierta que no podrá obtenerla. Se concentra en
una tarea aún más dificil: conservar a su alrededor el mayor nú-
mero de hombres posible.
A partir de ese momento la guerra se desarrolla en Nueva
Jersey. El Congreso, con sede en Filadelfia, se aleja de la ame-
naza -el avance de los ingleses- y se instala provisionalmen-
te en Baltimore. Washington no cesa de retroceder. Franquea
el río Delaware. Continúa cediendo terreno. Lo cierto es que
Washington está preparando en secreto un contraataque. En
la noche de Navidad de 1776, hace creer a los ingleses que el
ejército de los rebeldes se encuentra en su cuartel de invierno.
Hay numerosas fogatas que resplandecen en la noche. De pron-
to, los ingleses ven surgir en la orilla del Delaware a los solda-
dos americanos. Los ingleses acaban rodeados en Trenton. Los
americanos capturan una cantidad considerable de prisio-
neros. Los ingleses se retiran a Nueva York. Al año siguien-
te, Washington continúa asediando al enemigo; lo extraño es
que sufre derrota tras derrota. Pero hay derrotas que presa-
gian, de una manera u otra, la victoria final. Proveniente de
Canadá para poner fin a la rebelión de los colonos americanos,
Burgoyne resulta vencido por las milicias de Nueva Inglaterra.
Capitula en Saratoga el 17 de octubre.
La ayuda que Francia presta a los americanos, a quienes se
denomina en ese país europeo "los insurgentes", es crucial.

60
Desde 1763, Francia ha esperado con enorme paciencia ven-
garse de Inglaterra justamente en los territorios de América
del Norte. Sigue con mucha atención el curso de los aconteci-
mientos en las colonias. Se mantiene a la expectativa, hacien-
do gala de prudencia.
Desde finales de 1775, el Congreso ha establecido contacto
con representantes de Luis XVI. Muchos se preguntan en Ver-
salles si esa agitación política que sacude a las colonias, luego
la Declaración de Independencia, y la posterior guerra contra
Gran Bretaña, merecen o no ser tomadas en serio. Francia pro-
porciona algo de dinero a la causa de los rebeldes. Permite, ade-
más, que Beaumarchais10 venda armas a los insurgentes. Aunque
en los salones parisinos de talante liberal se da una acogida casi
apoteósica a Benjamin Franklin, 11 el rey resuelve no recibirlo.
Pero él y su ministro de asuntos extranjeros se mantienen al co-
rriente de la situación. El entusiasmo que despierta la presen-
cia de Franklin es contagioso. Algunos voluntarios, tales como
el joven marqués de La Fayette, acuden de prisa a prestar su
ayuda a George Washington.
La victoria de Saratoga vence la vacilación de Francia; prueba
que la causa americana es sólida y no sólo una tentativa deses-
tabilizadora sin ton ni son. Al cabo de un mes de conversacio-
nes, se firman dos tratados entre Francia y Estados Unidos. El
primero consiste en un tratado de amistad y de comercio; el se-
gundo asegura la alianza entre ambos países en caso de que In-
glaterra declare la guerra a Francia.
El hecho posee gran relevancia. Por primera vez, la libertad,
la soberanía e independencia de Estados U nidos es reconoci-
da sin cortapisas por una potencia extranjera. A cambio de ese

10
Se trata de Pierre Augustin Caron de Beaumarchais, el mismo drama-
turgo que fue autor de El barbero de Sevilla y de Las bodas de Fígaro. Fundó en
1777 la Sociedad de Autores Dramáticos. Por iniciativa suya, apareció en Kehl
una edición monumental de las obras de Voltaire. Se dedicó al comercio de
armas a favor de los insurgentes americanos. Abandonó Francia durante la
época del Terror.
11
Franklin apareció en París en diciembre de 1776 con el encargo de de-
fender la causa de Estados Unidos.

61
reconocimiento, Francia obtiene el derecho de recuperar las
Antillas británicas. Franklin logra, a su vez, ser recibido en Ver-
salles. La audiencia tiene lugar el 20 de marzo. Tiempo después,
el primer embajador francés se embarca hacia Estados Unidos.
Por fin los americanos consiguen conjurar el peligro de quedar
aislados. En junio ocurre lo que era previsible: estalla la guerra
entre Francia e Inglaterra.
Dicha alianza produce resultados sorprendentes, no cabe du-
da. El mundo verá entonces cómo una república se alía con
una monarquía cuyo absolutismo es todavía vigente y legíti-
mo, aunque no tan eficaz como antaño; cómo los protestantes
se convierten en amigos de un monarca católico; cómo los anti-
guos colonos ingleses tienden ahora la mano a esos mismos fran-
ceses contra los cuales combatieron durante largo tiempo.
A todo esto, 1779 resultará una fecha determinante. Francia
decide enviar al otro lado del Atlántico un cuerpo expediciona-
rio. Se trata de un pequeño ejército de seis mil hombres al man-
do del conde de Rochambeau. La guerra americana adquiere
así una nueva dimensión, ya que España declara también la
guerra a Gran Bretaña, al igual que lo hacen los Países Bajos,
mientras que Rusia y el resto de los países europeos forman una
liga de naciones neutrales.
El ejército de Rochambeau llega a Newport en julio de 1780.
De forma inesperada, permanece inactivo durante un año. Du-
rante ese lapso, Francia concede mayor ayuda financiera. En
mayo de 1781, al enterarse de que el conde de Gras encabeza
una poderosa escuadra de barcos que navega hacia América,
Washington y Rochambeau deciden ir a su encuentro y, de pa-
so, echar de Yorktown a las tropas inglesas del general Charles
Mann Cornwallis. Avanzan a marchas forzadas. Su maniobra
tiene éxito. Después de un asedio de tres semanas, Yorktown
cae en poder de los americanos y franceses el 19 de octubre.
Esa batalla pronto decidirá el rumbo de la guerra.
Los ingleses han cometido graves errores. Sus jefes militares
han dado muestras reiteradas de falta de imaginación. Una y
otra vez se obstinan en transportar hombres y municiones a
grandes distancias; una y otra vez se obstinan en ocupar y con-

62
trolar vastos territorios. Nunca lo logran del todo. Conforme
la guerra se prolonga, el descorazonamiento se apodera de los
miembros del Parlamento y de los allegados al rey, minando
su voluntad de combatir y triunfar. En 1782 la Cámara de los
Comunes aprueba que la Corona proceda a pactar una salida
honorable al conflicto con las colonias americanas. Las nego-
ciaciones dan inicio en París; pronto desembocan en un tema
fundamental: ¿debe Inglaterra reconocer de entrada la inde-
pendencia de las colonias o dicha independencia es uno de
los asuntos a negociar? Se impone una solución diplomática e
ingleses y estadounidenses firman los acuerdos preliminares
para la paz el 30 de noviembre de 1782. El 4 de febrero del si-
guiente año se proclama el armisticio general. Finalmente, el 3
de septiembre se firma el tratado de paz. Así, españoles, france-
ses e ingleses concluyen la guerra con el tratado de Versalles.
En él, Su Majestad británica reconoce que los Estados Unidos
de América son estados libres, soberanos e independientes.
Por lo que toca a las fronteras de Estados Unidos, asunto es-
pinoso que ha motivado diversos roces entre los diplomáticos
franceses y sus colegas estadounidenses, se delimitan de mu-
tuo acuerdo. Más allá del nuevo país, Canadá queda, al igual
que antes, en manos de los ingleses; Florida pasa al dominio
español.
Resulta importante subrayarlo: ésta es la primera vez, en la
historia del mundo moderno, que unas colonias se rebelan con-
tra la metrópoli, consiguen su independencia e ingresan en el
conjunto de las naciones libres. Por esa razón, la guerra de In-
dependencia americana constituye el preludio de las guerras de
liberación nacional que salpicarán los siglos XIX y XX.
¿Cuál fue la finalidad de esa independencia? ¿Acaso la meta
de los americanos que pelearon por ella era desencadenar una
revolución que alterara los cimientos de la jerarquía social?
Lo cierto es que dicha revolución cambió drásticamente el
régimen político de cada uno de los estados, dio lugar a una evo-
lución de la sociedad, y condujo a la elaboración de una Cons-
titución federal que rige desde entonces la vida política de
Estados Unidos.

63
En cuanto comenzó la guerra de Independencia, lo que hi-
cieron los gobernadores enviados por la Corona fue abandonar
las colonias. Por tanto, las asambleas legislativas que acababan
de ofrecer su respaldo a las convenciones y a los comités revo-
lucionaras locales, ellas solas asumieron la responsabilidad del
poder. En mayo de 1776, el Congreso recomienda a las colonias
que se encarguen de crear sus propias instituciones para ase-
gurar un orden legal dentro de su territorio y dar sustento a la
validez de su mandato. New Hampshire y Carolina del Sur no
esperaron la recomendación del Congreso; ya las habían creado.
Por su parte, Connecticut y Rhode Island se limitan a conservar
la Carta Magna cuyos principios obedecen desde su fundación.
Sin embargo, se reservan el derecho de cambiarle el título. Los
demás estados se ponen a trabajar con frenesí. Elaboran una
multitud de documentos: códigos electorales, procedimientos
para designar al gobernador, definición de las atribuciones que
corresponden al poder, las que corresponden a los representan-
tes del pueblo, etcétera, etcétera. Es habitual que surjan conflic-
tos entre independentistas y conservadores. El proceder de unos
puede ser puesto en entredicho por los otros en cualquier mo-
mento. Toda victoria, por lo tanto, es momentánea.
De tal suerte, se escriben las constituciones respectivas de los
estados. Constituyen un guardián siempre vigilante contra la
tiranía; representan la primera línea de defensa contra los abu-
sos y arbitrariedades del poder. En la mayoría de los casos, están
precedidas por una Declaración de Derechos. La más célebre
es la que el estado de Virginia adopta a mediados de 1776. 12 Esas

12
El borrador fue redactado por Jefferson, y su encabezado reza: "A Bill
for New-Modelling the Form of Government and Jor Establishing the Fundamental
Principies thereofinFuture'. Se inicia con un preámbulo donde se establece un
conjunto de acusaciones contra George Guelf king of Great Britain and Jreland
and Elector of Hannover. En su mayoría son copia exacta de las acusaciones
que aparecen en el borrador de la Declaración de Independencia. A conti-
nuación vienen dos apartados, uno sobre la organización del poder Legisla-
tivo, y el segundo sobre la organización del poder Ejecutivo. La herencia
de Locke es manifiesta, pues advierte que los tres poderes, el Legislativo, el
Ejecutivo y el Judicial deben permanecer siempre separados, señalando que

64
constituciones y declaraciones de derechos insisten acerca de
la igualdad entre los hombres.
Ello significa, en primera instancia, que el pueblo es la fuen-
te de toda clase de poder. Y ya que el pueblo es el legítimo
propietario del poder, la vía legítima para hacerlo valer es el
régimen republicano. A grandes rasgos, hay una idea común
que prevalece: la república puede definirse como el tipo de go-
bierno que deriva sus poderes, directa o indirectamente, del
pueblo y sólo del pueblo. En segundo término, la igualdad
política implica que cualquier responsable del poder debe ser
elegido. Resta decir que, para tener derecho al voto, los ciu-
dadanos han de poseer alguna propiedad ... En consecuencia,
cada estado elabora su censo electoral. A veces se levantan dis-
tintos censos electorales para la elección de diversos cargos. Un
paso más adelante, desaparecen las restricciones de carácter
religioso. Por ejemplo, en el estado de Nueva York los judíos
pueden participar en la vida política.
Como corolario de la idea sobre la necesaria división de los
poderes, la primacía corresponde al poder Legislativo porque
los ciudadanos lo consideran el más cercano a la voluntad gene-
ral. Casi la totalidad de los estados prefiere la existencia de dos
cámaras o asambleas, las cuales se complementen y vigilen
entre sí, salvo Pensilvania, que adopta el sistema de una cámara
única, sistema que pronto abandona. Los integrantes de ambas
asambleas son elegidos en intervalos regulares y frecuentes pa-
ra evitar que el poder termine confiscado por algunos. El poder
Ejecutivo, que suele inspirar cierto recelo a los estadounidenses,
se confia a un gobernador. Lo designan las asambleas y desem-
peña sus funciones durante un breve periodo. Un avance de
no poca importancia dentro de la estructura política consiste en
que dicho poder carece de legitimidad para disolver o prorro-
gar las asambleas.

"nadie que ejerza uno podrá ser nombrado para los otros, o para cualquiera
de ellos". Véase "Draft Constitution for Virginia Uune, 1776] ", en Thomas
Jefferson, Writingi- (Autobiography, Notes on the State of Virginia, Public and Private
Papers, Addresses, Letters) (edición de Merrill D.Peterson), Library of America,
Nueva York, 1984, pp. 336-45.

65
Es verdad que algunas de estas nuevas disposiciones tienen
su origen en medidas tomadas anteriormente en Gran Bretaña.
Sin embargo, el principio de soberanía popular, la separación
de los poderes, la defensa de las libertades públicas e indivi-
duales preludian sin lugar a dudas los cambios profundos que
surgirán en el siglo XIX.
En contraste con esos cambios del sistema político vigente,
la sociedad experimenta transformaciones menos radicales.
Aun así, los grandes señores son despojados de sus bienes al
mismo tiempo que cualquier título de nobleza pierde su valor.
Los que están en contra de la independencia huyen hacia Ca-
nadá, las Antillas e Inglaterra. Son los adeptos a la Corona o
tories. Muchos pertenecen a la aristocracia, aunque hay aristó-
cratas que han resuelto apoyar al nuevo régimen. No se reúnen
en asociación alguna. De hecho, nunca lo hicieron. Algunos
pelearán contra los insurgentes. En el curso de la revolución,
muchos de los individuos leales al rey padecerán intimidacio-
nes, reprimendas y castigos varios. 13 Surge una legislación que
define en qué consiste la deslealtad hacia la causa insurgente
y precisa cuáles son las penas que deben infligirse. Asimismo,
se lleva a cabo la confiscación de tierras, de esclavos, de casas,
de mercancías, de establecimientos comerciales de toda índo-
le. Algunas veces se dicta el destierro, y sólo en contadas oca-
siones la pena de muerte.
Esas confiscaciones no tienen como objetivo un reparto equi-
tativo de la riqueza; no pretenden establecer una democracia
social, como después sí lo harían los jacobinos. Las tierras con-
fiscadas se venden de costumbre en subastas. Los especulado-
res hacen un negocio redondo. La esclavitud, por su parte, no
sólo sobrevive, sino que aumenta de modo considerable. Si

13
Uno de los castigos que se practicaban .i menudo consistía en acudir
al domicilio de las personas que se sabía abiertamente eran leales a la Coro-
na. Al individuo en turno se le obliga a declararse a favor de la independen-
cia. Si se rehusaba, los patriotas deshacían algún colchón y extendían las
plumas por el suelo. Embadurnaban entonces al tory con pez y lo revolcaban
en medio de las plumas. Así, tarred and feathered, el antipatriota recibía una
buena lección.

66
bien es verdad que surge el movimiento abolicionista, reco-
nociendo el carácter abominable de la servidumbre, poco se
respeta su condena. Las buenas intenciones no son capaces de
contrarrestar la necesidad de contar con una mano de obra
abundante y barata. Los negreros prosiguen a la cabeza de un
comercio que marcha viento en popa, pues la trata de escla-
vos no se detiene.
No obstante, por otro lado, las prácticas de origen feudal,
como el derecho del varón primogénito a heredar los bienes
del padre, se suprimen. 14
En resumen, la lucha patriótica ha propiciado que las fuer-
zas del cambio se desencadenen. La revolución hará que todo
sea posible, que todo sea imaginable. Cuando la guerra de In-
dependencia haya finalizado, prevalecerá el sentimiento ge-
neral de que la revolución aún persiste, ya que se trata de una
experiencia que sobrepasa la vida política: la revolución ope-
ra también en la mentalidad colectiva, transformándola.
Quizás el resultado principal que trajo consigo la indepen-
dencia fue la elaboración de una Constitución federal. Conce-
birla y redactarla no fue fácil. Hasta 1781 los estados lograron
ponerse de acuerdo sobre un texto común.
En el mismo año en que se obtiene la victoria de Yorktown,
los artículos de la Confederación se aprueban. Ahí se dispone
que cada estado conserve su soberanía, su libertad y su inde-
pendencia. En el Congreso, instancia que se ocupará de los
asuntos comunes, cada estado tiene derecho a una única voz.
Las decisiones importantes deberán ser aceptadas por una ma-
yoría de dos tercios. En cuanto a las modificaciones de los
artículos, cualesquiera que sean, tendrán que ser votadas y acep-
tadas por estricta unanimidad. La naciente federación deja a
un lado la figura del poder Ejecutivo. A su vez, el poder Legis-
lativo carece de cualquier medio de coerción; no lo asiste au-
toridad alguna para regular el comercio entre los estados.
Así las cosas, cabe concluir que la relación entre los estados

14
Contrario a la primogenitura, el régimen jurídico llamado partiblR inher-
itance consistió en la división del patrimonio por partes iguales entre los hijos.

67
se pacta sobre todo en términos de una "liga"; está lejos de
constituir una auténtica unión de las trece colonias iniciales.
Dicha Constitución federal, la primera de Estados Unidos,
tuvo vigencia durante ocho años. Una de sus virtudes estriba
en el hecho de que permitió al país organizar la colonización
del oeste. Hubo otra, de mayor alcance: ayudó a que la econo-
mía americana se enderezara, al menos parcialmente.
Como nación nueva, Estados Unidos se fortalece así. Sin
embargo, en el contexto de las relaciones internacionales apa-
rece en una posición de debilidad, ya que las desavenencias
entre los estados no encuentran solución. La caja federal está
vacía. Es claro que hace falta un mínimo de orden. Pero no
todos están de acuerdo. Quienes exigen, por necesitarlo, un
gobierno que sea fuerte y respetado, están inquietos: comer-
ciantes, propietarios de inmuebles, granjeros que participan en
la economía de mercado, etcétera. Un buen número de ciu-
dadanos teme la anarquía.
Tal zozobra disminuye a medida que se perfila en el horizon-
te una voluntad política general que conducirá a la convención
de Filadelfia, presidida durante cinco meses por George Wash-
ington. De ella saldrá, en 1787, una nueva Constitución más
propensa a la centralización. Ahí, en Filadelfia, todos los esta-
dos están representados, salvo Rhode Island. Hay cincuenta y
cinco delegados reunidos. Los "padres fundadores" participan
en los debates. 15 Sus alocuciones son escuchadas con atención;
sus puntos de vista tienen un enorme peso en la audiencia. Sin
embargo, algunos héroes de la independencia, como Patrick
Henry o Samuel Adams, se empecinan en defender los artícu-
los ya existentes de la Confederación.
A la postre, la separación de los poderes es el modelo que
fundamenta la nueva organización del poder político. De nuevo
se enseñorea la concepción lockeana del poder y la organiza-
ción de su estructura. El poder legislativo se divide en dos asam-
bleas. U na de ellas, el Senado, encarna el federalismo, es decir,

15
Thomas Jefferson y John Adams no estuvieron presentes en esos de-
bates porque se encontraban fuera del país en misión diplomática.

68
la unión de los estados. Cada uno envía a dos delegados, quie-
nes son elegidos por la asamblea legislativa estatal. 16 La otra es la
Cámara de Representantes, la cual toma las resoluciones que
le competen en nombre del pueblo y refleja la importancia
demográfica que tiene cada estado en el conjunto de la nación.
Esa distribución garantiza un balance a los estados pequeños.
Además, para el cálculo mediante el cual se determina el repar-
to de los representantes entre los estados, un negro vale tres
quintas partes de un blanco. Esto implica que la esclavitud
es reconocida por la Constitución, y que los estados esclavistas
contribuirán a los fondos de la federación de manera propor-
cional, es decir, teniendo en cuenta su población de esclavos.
Por último, se acuerda que corresponda al Congreso estable-
cer las regulaciones que rijan el comercio entre los estados, a
condición de que no prohíba la compraventa de esclavos.
La estructura del poder Ejecutivo suscita menos controver-
sias. Se decide que la elección presidencial se realice en dos pa-
sos sucesivos. Primero, que cada estado designe cierto número
de electores (ekctors) proporcional a la cantidad de representan-
tes y de senadores suyos que estén en el Congreso federal. Esos
electores integran el Colegio Electoral. Segundo, dicho cole-
gio elige por mayoría absoluta al presidente y al vicepresidente
del país. Si acaso no se consigue la mayoría absoluta, toca en-
tonces a la Cámara de Representantes pronunciarse y resolver
los nombramientos. El escrutinio en ambos niveles garantiza
que los estados desempeñen un papel relevante en la designa-
ción del presidente. Éste, a su vez, no depende del Congreso.
Puede vetar las leyes que sean aprobadas por los legisladores,
pero ellos tienen la posibilidad de lograr la aprobación final
de una propuesta de ley si consiguen dos tercios de la votación
en una segunda vuelta. Asimismo, el presidente está incapacita-
do para disolver las asambleas o extender su periodo. Todo esto
se determina en beneficio de la separación de los poderes.

16
Este procedimiento de elección seguirá vigente hasta 1914. Después de
ser adoptada la decimoséptima enmienda, ambos delegados serán elegidos
por sufragio popular.

69
El presidente es elegido por un lapso de cuatro años y pue-
de ser reelecto. Dado el caso, puede obligársele a dimitir de sus
funciones a través del procedimiento conocido como impeach-
ment (juicio de destitución). De suceder, la Cámara se ocupa
de formular los términos de la acusación después de alcanzar
la mayoría simple. Al Senado le corresponde votar la revocación
de su mandato, para lo cual debe lograr la mayoría de dos ter-
cios. Sin embargo, sentenciar a una posible condena penal que-
da fuera del alcance de las dos asambleas.
Este mismo procedimiento puede aplicarse a jueces federa-
les y a algunos altos funcionarios. El impeachment resguarda con-
tra la corrupción, la traición y los delitos graves.
En cuanto al poder Judicial, su institución misma es ya una
gran novedad. No obstante, las características de su organi-
zación y los límites de sus funciones no quedan tan bien de-
finidos como aquellos de los poderes restantes. Su función
principal será garantizar un funcionamiento armonioso de la
federación.
La Convención de Filadelfia había previsto que la nueva Cons-
titución federal entrara en vigor cuando nueve de los trece es-
tados la aprobaran. El debate de la ratificación se lleva a cabo
con un ánimo muchas veces exaltado. Por una parte, los fede-
ralistas sostienen contra viento y marea la reforma constitucio-
nal. Buscan ampliar el apoyo a su postura a través de la prensa.
Varios artículos aparecen en The lndependent Joumal de Nueva
York, escritos por Madison, Jay y Hamilton, bajo el pseudóni-
mo de Publius. Poco después, algunos de los más importantes
serán reunidos y formarán los Federalist Papers.
Por su parte, los antifederalistas no se quedan atrás. Tam-
bién buscan hacer prevalecer sus puntos de vista con razones
y argumentos tan clarividentes como los de sus adversarios.
Las cartas de The Federal Farmer, los ensayos de The Impartía[
Examiner, de Brutus, 17 o los discursos de Melancton Smith ex-

17
Todos ellos eran pseudónimos, así como escribía un Publius omni-
presente por el lado de los federalistas. Algunos de los principales periódi-
cos en los que aparecieron los artículos antifederalistas fueron el Virginia

70
presan, entre otros puntos, el temor ante el crecimiento de un
gobierno central que termine por ahogar a los gobiernos esta-
tales, más atentos -afirman todos ellos- a las preocupaciones
del pueblo.
El 21 junio de 1788 se consigue la mayoría requerida de nue-
ve estados. Virginia ratifica el proyecto de Constitución federal
unos días después. Los últimos en sumarse a la aprobación ge-
neral fueron Carolina del Norte y Rhode Island. A fin de cuen-
tas, el debate sobre la ratificación terminará por dividir menos
a los estadounidenses de lo que muchos pensaban que lo ha-
ría. La oposición de los antifederalistas se diluirá rápidamen-
te cuando la Constitución entre en vigor.
En 1791, para tranquilizar a aquellos que temen a una po-
sible tiranía del gobierno nacional, se elabora una Declara-
ción de Derechos (Bill of Rights). Varios delegados se negaron
a firmar la nueva Constitución porque no contenía una Decla-
ración de Derechos. Ese tipo de documentos solía formar par-
te de las Constituciones estatales (como en la actualidad sigue
ocurriendo), con lo cual se garantizaba que ciertos derechos
serían reconocidos por el gobierno federal de modo indiscu-
tible. De hecho, la mayoría de los delegados creía que semejan-
te declaración no era necesaria; otros, indecisos, es probable
que estuvieran ya hartos después de todos los meses que habían
durado las negociaciones en la Convención.
Por otro lado, la falta de una Declaración de Derechos cons-
tituía uno de los principales argumentos esgrimidos por los
antifederalistas para tratar de convencer al público que debía
rechazar la Constitución federal. A pesar de ese intento, la im-
periosa necesidad de un cambio era demasiado evidente. De
tal manera, algunos de los estados enviaron sugerencias para
enmendar fragmentos de la Constitución y añadir una lista de
derechos; el Congreso las tomó en consideración.
James Madison escribió el borrador de una Declaración de
Derechos. En un principio, estaba en desacuerdo con esa idea,

lndependent Chronicle, el New York Journal, el Independent Gazetteer o el Freema-


s
n Joumal, estos dos últimos editados en Filadelfia.

71
pero cuando se lanzó en campaña para ocupar un sitio en la
Cámara de Representantes, pasó a defender la Declaración de
Derechos. Así, fue Madison quien introdujo en el ámbito de la
Cámara el tema de dicha declaración. Tras debatirla extensa-
mente, sus miembros aprobaron diecisiete artículos de enmien-
da. Cuando el proyecto pasó al Senado, su número se redujo
a doce. Algunos artículos fueron sintetizados y otros suprimi-
dos. La Cámara dio el visto bueno a los cambios propuestos por
el Senado, votándolos el 24 y el 25 de septiembre. Posteriormen-
te se hicieron llegar a los estados para su ratificación. Los dos
primeros artículos se rechazaron. Sólo diez quedaron al final.
Esos diez artículos son las diez primeras enmiendas actua-
les. Completan el arduo trabajo jurídico-político emprendido
en la elaboración de la Declaración de Independencia y de la
Constitución federal. Ésta, en su redacción última, satisfizo por
entero a los contemporáneos de Washington. Refleja la concep-
ción de la vida política que tenían los estadounidenses en esa
época, basada en la democracia, en el equilibrio de los pode-
res mediante el sistema de checks and balances (pesos y contra-
pesos) en el derecho a la propiedad privada y en la defensa de
las libertades.
A comienzos de 1789 se designa a los miembros del Colegio
Electoral. En marzo se escoge a la ciudad de Nueva York co-
mo capital provisional del país. Después de ser elegidos, ahí se
reúnen los miembros de las dos asambleas. Proclaman por una-
nimidad a George Washington como el primer presidente de
Estados Unidos, quien hace su entrada triunfal en esa ciudad
y presta juramento el 30 de abril.
Una nueva nación independiente finaliza de ese modo el
arduo proceso de su formación. Se trata de una singulari-
dad histórica, única, sin antecedentes que ayuden ajustificar
su emergencia y su originalidad, la cual modeló en buena me-
dida el derrotero de la modernidad.

72
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74
DE LA CULTURA
LAS POÉTICAS COLONIZADAS DE AMÉRICA LATINA
•Eduardo Subirats

La ausencia de un proyecto intelectual frente a los dilemas del


siglo XXI ha puesto a las humanidades en el sistema educativo
académico norteamericano y global frente a un límite. Primero
se barrieron los precarios espacios de reflexión bajo el eslogan
del "final de los grandes discursos". La crítica del logocentris-
mo y del eurocentrismo ha dejado intactos los constituyentes
y las consecuencias de la razón instrumental, pero ha elimina-
do las tradiciones críticas del siglo XX a título de daño colateral.
En su lugar se ha impuesto un formalismo semiótico en cuyas
redes intertextuales se diluye programadamente cualquier re-
flexión histórica y social, y cualquier referencia a la realidad
ecológica, social y política global. Y todo ello se ha cumplido ba-
jo el entusiasmo de una liberación virtual o fabulosa de suje-
tos transindividuales, realidades hipertextuales y espectáculos
transculturales, bajo las coloridas banderas del final del libro,
la muerte del intelectual y una anticipación psicodélica de un
tiempo histórico terminal. La eliminación de las teorías críticas
modernas ha corrido pareja a la evaporación institucional de
la teoría estética y la crítica literaria, y su suplantación por los
cultural studies.
Este panorama adquiere en el ámbito de los estudios hispáni-
cos dimensiones chocantes. Para nadie es un secreto, en primer
lugar, que la prosperidad de estos estudios en Norteamérica
ha estado pautada por su creciente predominio hemisférico en
un terreno tanto económico, como mediático y militar. El de-
rrumbamiento del Imperio español y la ocupación estratégica
del Caribe en 1898 habían señalado su comienzo, anticipado
por la anexión militar de la mitad del antiguo territorio mexi-
cano. A lo largo de este proceso expansivo, la lengua española,
hasta fechas recientes encerrada bajo las cláusulas decimonó-
nicas de la Romanistik a título de extensión intelectualmente

77
insignificante del francés y el italiano, ha desplazado numé-
ricamente en los campus académicos a aquéllos, e inclusio al
alemán, tradicionales baluartes de una tradición filosófica y
literaria humanista e ilustrada que en el ámbito cultural his-
pánico nunca tuvo lugar. Por lo demás, la Guerra Fría puso
de manifiesto la importancia de ampliar los espacios académi-
cos del hispanismo a nuevos campos culturales que abarcaban
desde los estudios alimentarios hasta las lenguas históricas de
América.
La expansión de los estudios hispánicos ha estado jalonada
a su vez por una serie de cambios institucionales. Su expansión
en los campus norteamericanos se tradujo primero en una pre-
ponderancia del español de España con arreglo a un concepto
eurocéntrico que puso en escena la generación de intelectua-
les del exilio español de 1939. Fue paradójicamente Américo
Castro, el mismo que cuestionó los principios constituyentes
del nacionalcatolicismo español, quien formuló el concepto de
una hegemonía moral y lingüística de España sobre Iberoamé-
rica en un sentido que no difería en lo fundamental de la uni-
dad heroica y católica de la hispanidad formulada años antes
por el fundador de la Falange, Ramiro de Maeztu. 1 Pero la de-
cadencia cultural española que este mismo nacionalcatolicismo
agravó, y el ascenso de una poderosa generación de intelec-
tuales y artistas latinoamericanos que no tenía precedente ni
paralelo en sus contrapartes peninsulares puso un rápido fin
a esta desigual constelación.
La creación literaria de escritores como Joao Guimaraes
Rosa, Juan Rulfo, Augusto Roa Bastos o José María Arguedas,
que trazaban un proyecto socialista y democrático dentro y
fuera de sus respectivas obras literarias, por otra parte la inno-
vadora actividad de críticos como Ángel Rama y Antonio Cándi-
do, que eran al mismo tiempo intelectuales con un compromiso
social ejemplar, y la renovadora obra ensayística de escritores

1
Américo Castro, Jberoamérica, su presente y su pasado, The Dryden Press,
Nueva York, 1941; y Ramiro de Maeztu, Defensa de la hispanidad, Rialp, Ma-
drid, 1998.

78
como Carlos Mariátegui, Darcy Ribeiro, Eduardo Galeano u
Octavio Paz, amén de compositores, artistas plásticos, cineastas
y arquitectos de la mayor originalidad, abrieron espacios nuevos
en la cultura internacional y, en consecuencia, en los departa-
mentos de Spanish and Portuguese. Y en esos espacios se ge-
neró una pléyade de estudios y obras de referencia que tenían
por denominador común una preocupación hermenéutica, una
voluntad de rescate de memorias perdidas y una voluntad crí-
tica en lo simbólico como en lo político que les permitía esta-
blecer una relación de afinidad y solidaridad con sus colegas
del sur. Las obras de John Murra, William Rowe y Rolena Ador-
no en Estados Unidos, o la de Martín Lienhard en Europa, para
referirme solamente al área específica de los estudios andinos,
pueden citarse a este respecto como un trabajo de crítica lite-
raria, investigación antropológica y análisis político estrecha-
mente ligado a los debates intelectuales latinoamericanos sobre
colonialismo y neocolonialismo, teología de la liberación y las
estrategias de resistencia democrática y antiimperialista.
Quiero llamar la atención sobre un aspecto central en lo que
constituye el pensamiento a la vez estético y político de esta ge-
neración de intelectuales. Y para ello quiero señalar una obra
que difícilmente puede pasar desapercibida, aunque hoy sea
globalmente ignorada: la de Osear Niemeyer. La cuestión que
quiero subrayar a este propósito es la definición de un proyecto
intelectual y artístico de soberanía cultural y política en el me-
dio de la arquitectura y el urbanismo a partir de los constituyen-
tes históricos y las tradiciones culturales de América Latina. La
crítica arquitectónica norteamericana y europea nunca per-
donará a este respecto que Brasilia la construyeran tres gran-
des genios, Lucio Costa, Osear Niemeyer y Roberto Burle Marx,
en lugar de subordinarse a las exigencias corporativas de las
grandes agencias del norte, que de todos modos la sometie-
ron militarmente al día siguiente de su inauguración. Y tam-
poco perdonarán que el Memorial de América Latina de Sao
Paulo se levantase, dos décadas más tarde, precisamente en el
momento álgido de la colonización mediática y financiera de
América Latina, cuando el "postmodern" y el "globaf' entraban en

79
ebullición a través de las redes corporativas de comunicación.
Quiero acentuar, además, que esta formulación artística de
un proyecto social abierto sobre la base de una tradición cul-
tural latinoamericana no era ni es solamente, ni en primer lu-
gar, política.
Niemeyer, como lo hiciera antes el poeta Oswald de Andra-
de, y más tarde la arquitecta Lina Bo, no dejó de plantear una
cuestión radical que la crítica norteamericana y europea ha que-
rido soslayar: la crisis, el fracaso y la bancarrota de los proyectos
más innovadores, en lo social como en lo formal, de las artes y
la arquitectura a partir del momento en que los fascismos euro-
peos tomaron el mando, desencadenando la llamada Segunda
Guerra Mundial. Para estos intelectuales, lo mismo que para
otros artistas latinoamericanos como Juan O'Gorman y Diego
Rivera, la exposición del International Style organizada por el
Museo de Arte Moderno de Nueva York en 1937 y el libro homó-
nimo de Henry-Russell Hitchcock y Philip Johnson no signifi-
caron otra cosa que el anquilosamiento académico, la rigidez
dogmática y la imposición normativa de lo que en las primeras
décadas del siglo XX había sido un ensayo de innovación, y una
experimentación a la vez social y formal, en las obras de arqui-
tectos como Laos o Gropius, y en las poéticas de Tzara, Schoen-
berg o Klee. 2
Pero lo más importante en los proyectos de estos arquitec-
tos, y lo más destacable en escritores como José María Arguedas,
Darcy Ribeiro o Augusto Roa Bastos no era solamente la crítica
de esta cristalización academicista del movimiento moderno
en un "estilo", y los valores de puritanismo e imperialismo que
el proyecto de su globalización entrañaba precisamente en el
momento en que daba comienzo la hegemonía nuclear y glo-
bal de Estados Unidos. El proyecto artístico e intelectual que
todos ellos formulaban partía de una integración lingüística,
simbólica y al mismo tiempo social de las culturas populares
de América Latina ( que son sus culturas históricas); y partía

2
Eduardo Subirats, Viaje al final del Paraíso. Ensayos sobre América Latina,
Losada, Madrid, 2005, pp. 40 y ss.

80
asimismo de la configuración de un Estado democrático sobe-
rano con respecto a los poderes económicos y tecnológicos del
primer mundo, que fuera, además, capaz de asumir las respon-
sabilidades de una distribución justa de las riquezas de la re-
gión, y la constitución de una élite intelectual independiente
como fuerza culturalmente dinamizadora. Baste recordar los
estudios sobre música popular de Mario de Andrade o de Jo-
sé María Arguedas, los artículos sobre los problemas sociales y
culturales de los mayas de Miguel Ángel Asturias, la crítica de
los constituyentes políticos del hambre en América Latina por
J osué de Castro, la reforma de la concepción del indio mexi-
cano por parte de Guillermo Bonfil Batalla, o los proyectos de
educación y cultura popular formulados por Darcy Ribeiro, a
título de citas de este vasto proyecto intelectual y artístico de
una civilización latinoamericana.
Coronó este florecimiento social e intelectual algo que co-
nocemos o quizás no conocemos: golpes militares interna-
cionalmente amparados, destrucción de organizaciones sociales
democráticas y populares, la persecución, tortura y asesinato
masivos de intelectuales y líderes sociales, y una irreversible
regresión regional en todos los aspectos de la vida humana. Lo
que se impuso sobre aquel florecimiento cultural latinoameri-
cano, que simbólicamente cristalizó en la Revolución cubana
en un extremo y en la construcción de Brasilia en el otro, fue-
ron los fascismos latinoamericanos de la segunda mitad del siglo
XX. Es significativo que se suela desplazar el análisis político
de estos fascismos en provecho de la mirada academicista o bu-
rocrática de intangibles derechos humanos que desde la edad
colonial clásica han fungido, de todas maneras, como regulado-
res jurídicos de los sucesivos genocidios americanos. Al mismo
tiempo, se ignoran dos momentos constitutivos y fundamenta-
les de estos fascismos: en primer lugar, la herencia hispánica
cristalizada en torno a los valores de la teología de la coloni-
zación, el híbrido de un autoritarismo brutal, sexismo y atraso
intelectual y ético que ha prevalecido a lo largo de la historia
iberoamericana (e ibérica) con brevísimas interrupciones; y, no
en último lugar, la ausencia de las grandes rupturas que die-

81
ron forma a las culturas modernas -la reforma cristiana, el hu-
manismo secular, la ilustración, el liberalismo burgués y las
propias revoluciones socialistas que marcaron el destino de Eu-
ropa y Norteamérica-; y en segundo lugar, los imponderables
tecnológicos y tecnocráticos del nuevo colonialismo industrial
y posindustrial.
La generalización de Constituciones democráticas en la pe-
nínsula ibérica e Iberoamérica en las últimas décadas del siglo
pasado bajo los auspicios de aquellos mismos poderes regiona-
les y globales que habían sostenido los regímenes autoritarios
precedentes fue, sin duda alguna, el final feliz que concluyó
largos años de terrorismo estatal. Pero el tiempo no había pa-
sado en vano y, mientras se ajustaban las cuentas del cambio
democrático en la región, también la democracia había cam-
biado en cuanto a sus nuevos instrumentos electrónicos y su
nuevo vacío social. Ya no era el proyecto político que había
impugnado el conservadurismo global y los fascismos locales
de los años sesenta. Se trataba ahora más bien de un sistema
global, de una globalización democrática o de la democracia
posmoderna global, o del posmodern tout court como nuevo siste-
ma jurídico, financiero y cultural globalmente uniformado. Es
importante señalar, sin embargo, que el modelo transicional
de las dictaduras fascistas a esas nuevas democracias lo canoni-
zó la cuna imperial de lberoamérica: la monarquía hispánica. Y
que el significado ejemplar de esta transición española puede
resumirse como un cambio que no puso en cuestión, ni jurí-
dica, ni política, ni intelectualmente ninguno de los constitu-
yentes de aquello que supuestamente debía de cambiar, o sea, el
primitivo autoritarismo nacionalcatólico y fascista. Fue además
un cambio que supuso la disolución de la imaginación crítica
de los años sesenta y setenta en las semiologías del espectácu-
lo posmoderno. 3

He analizado las tosquedades y tropiezos de este "cambio" español en


3

mi ensayo "De la transición al espectáculo", Memoria y exilio, Losada, Madrid,


2003, pp. 345 y SS.

82
Esta doble conversión de las democracias posmodernas tu-
vo una serie de consecuencias. En el plano simbólico significó
la volatilización de la cultura como espacio de reflexión y trans-
formación sociales, en provecho de un concepto administrado
de cultura como sistema semiótico comercialmente subordi-
nado. Y ello significaba que el mismo intelectual o artista que
había sido liquidado por la violencia fascista en los años sesen-
ta se disolvía ahora en el aire de la acción comunicativa y sus
monopolios corporativos de las décadas posmodernas que le
siguieron.
"Ideas fuera de lugar" y el intelectual como "letrado" fueron
dos de las protestas más relevantes, debidas respectivamente a
Roberto Schwarz y Ángel Rama, contra la integración de los in-
telectuales latinoamericanos de oposición en las burocracias
de una cultura administrada. 4 Schwarz ridiculizaba al charla-
tán que citaba a Sartre en las fiestas políticas protagonizadas
por las autoridades golpistas de Brasil, y Rama ponía de mani-
fiesto la continuidad del intelectual colonial como hombre de
leyes y el moderno administrador de las modernidades coloni-
zadas. Pero las transiciones democráticas finiseculares hicieron
algo más que refundir al intelectual reformista en los moldes
de la acción comunicativa corporativa y académicamente vigila-
da. Lo que en rigor se transformó no era la condición del inte-
lectual subalterno de corte colonial, autoritario y burocrático,
sino los nuevos marcos y diseños institucionales y las nuevas
jergas académicas que amparaban su tradicional mediocridad.
Rede Globo y Televisa, los consorcios editoriales internacionales
y las corporaciones académicas globales se impusieron inme-
diatamente como sujetos de una opinión pública formateada y
como agentes administrativos de una sociedad civil electróni-
camente movilizada. Yya no hacía falta izar la ominosa bande-
ra de la patria, la familia y la propiedad para legitimar poderes
políticos antidemocráticos, allí donde las retóricas de un femi-
nismo y un multiculturalismo académicamente enlatados ge-

4
Ángel Rama, La ciudad letrada, Fineo, México, 2007; y Roberto Schwarz,
Misplaced Ideas: Essays on Brazilian Culture, Verso, Londres y Nueva York, 1992.

83
neraban mejores consensos de legitimación estadística. En el
nuevo orden global de la democracia como espectáculo ya no
había "ideas fuera de lugar" en el sentido en el que las había
criticado Schwarz, pero sólo porque ya no había lugar para las
ideas, y "el final de la ciudad letrada" se ha celebrado con in-
confesado cinismo en la academia norteamericana bajo los
emblemas triunfantes de culturas híbridas integralmente do-
mesticadas bajo las normas de los malls comerciales y los cultu-
ral studies.
Estos cambios han sido jalonados y en muchos aspectos ali-
neados por transformaciones estructurales de las perspectivas
teóricas, y de los programas de investigación y enseñanza. Allí
donde se reformulaba la democracia como artefacto, allí tam-
bién se redefinía la cultura como performance, y allí se recon-
vertía la literatura y el arte en "social text", para empaquetar
finalmente sus residuos degradados bajo las vigiladas fronte-
ras posnacionales del "hemisferio occidental".
Algunos detalles de estas estrategias de conversión a la vez
semiótica y geopolítica son dignos de tenerse en cuenta. O al
menos es digna de tenerse en cuenta la primera y absoluta con-
dición de este vasto proyecto hemisférico de homologación cul-
tural y vigilancia académica: la liquidación comercial de las
tradiciones literarias y artísticas nacionales y la evaporación
lingüística del intelectual como conciencia reflexiva y media-
ción autónoma de una opinión pública democrática de escala
regional y global. Este proceso de depuración fue, ciertamen-
te, una operación paradójica y compleja, si se tiene en cuenta
que se ha ejecutado y sigue siendo monitoreada a partir de de-
partamentos universitarios que exhiben la bandera de las huma-
nidades. Pero la comparación con la práctica antihermenéutica
de deconstruir a los dioses americanos para hibridizarlos a con-
tinuación como santos católicos -llevada sistemáticamente a
cabo por corporaciones religiosas globales en la edad del colo-
nialismo clásico- puede resultar clarificadora en este contexto.
En mi ensayo Viaje al fin del Paraíso. Siete visiones de América
Latina, pongo de manifiesto la relación de continuidad y com-
plicidad entre el proceso político de liquidación de la intelli-

84
gentsia latinoamericana a través del genocidio y el exilio, y su
subsiguiente evaporación textual a través de su conversión en
entertainment mágico-realista tutelado por la industria cultural,
y en objeto de las corrientes entomológicas académicas. Por lo
demás, estas rebajas del universo o universos intelectuales la-
tinoamericanos se han afianzado a través de una serie de so-
berbias categorizaciones. Así, lo que en realidad es el canon
clásico moderno de la literatura latinoamericana se ha subsu-
mido a las etiquetas del boom, el preboom y el posboom, algo que
nunca he sabido si es una alusión a bombardeos militares o
campañas de ventas de saldo. Pero es esta efectiva campaña de
reconfiguración comercial académicamente formateada del ca-
non literario latinoamericano bajo el package de realismo má-
gico el efecto más prodigioso de esta mutación de la cultura
literaria latinoamericana en entertainment de la industria edito-
rial. Por lo demás, debe señalarse, aunque sólo sea entre pa-
réntesis, que esta marca real-maravillosa debe su irrebatible
éxito publicitario a la circunstancia un tanto oscura de que nun-
ca se haya debatido rigurosamente su concepto, ni con respecto
a la crítica artística alemana de los años veinte del siglo pasado
que lo inventó, ni mucho menos en el latinoamericanismo de
la otra mitad de siglo que lo globalizó.
Con todo, es preciso subrayar que estas categorías comercia-
les de la crítica literaria corriente son lo más conspicuo que se
puede encontrar en los festivales literarios. Pero no son lo más
excelente. La versión respetable del travestimiento real-mara-
villoso de una literatura que sin embargo se distingue, como
en los casos de Juan Rulfo, Augusto Roa Bastos y José María
Arguedas, por su profundidad mitológica, metafísica y ética,
amén del proyecto político que las atraviesa, lo ofrecen los cul-
tural studies. Llamar a estos estudios culturales una sociología
literaria no sería muy generoso puesto que esta Erkenntnissozio-
logie, en el sentido en que la concibieron Émile Durkheim y
Karl Mannheim, partía de todos modos de un concepto siste-
mático de sociedad y una articulada crítica de las epistemes
tecnocientíficas. Y, definitivamente, éste no es aquí el caso. Pe-
ro lo que realmente define a esos estudios y les otorga su vigor

85
institucional no reside solamente en este carácter metodológi-
camente vaporoso, sino en su definición como territorio de-
partamentalmente vigilado, con un dentro y un afuera, unas
reglas de juego predefinidas, unos árbitros epistémicos y el co-
rrespondiente sistema solapado de censuras políticas.
Pero no es eso tampoco lo más importante. Lo que debe se-
ñalarse desde la perspectiva de una historia mínima de las ideas
es que bajo su coqueto paraguas interdepartamental este campo
de estudios culturales funge como el cementerio de desguace
y desactivación de las teorías críticas del siglo XX. Sus celebradas
semiologías de género, el tan traído y llevado multiculturalis-
mo y sus dulces sueños hibridistas han tenido una elocuente
función: prosopopeya de amansamiento académico y modera-
ción intelectual de las guerras y conflictos entre los sexos, los
choques culturales y la colonización semiótica que atraviesan
la expansión global de la cultura industrial moderna y posmo-
derna. El objetivo final de este piadoso travestimiento de los
procesos de desmantelamiento cultural y social reales y efecti-
vos de nuestro tiempo no es menos piadoso: el secuestro de la
intencionalidad intelectual, la domesticación y neutralización
del compromiso histórico y político de la crítica y la volatiliza-
ción de la voluntad práxica de transformación real indisolu-
blemente ligada a toda obra literaria y artística. No tengo que
subrayarlo más: el significado de estos estudios sobre la cultu-
ra es enteramente regresivo. Pero todavía tengo que añadir un
comentario más.
Bajo las insignes consignas de una figurada superación del
antropocentrismo y el logocentrismo, estos estudios culturales
han confundido patéticamente la crítica del sujeto racional de
la dominación, en su figura lógico-trascendental o en su figura
política imperial ( el Je cartesiano o el Leviathan de Hobbes),
así como de sus antecedentes mitológicos patriarcales, con
lo que ha sido la gran tradición filosófica e intelectual que, de
Friedrich Nietzsche a Oswald de Andrade y de J ohann J akob
Bachofen a Eduardo Galeano, ha abierto los caminos de su
crítica. Protegidos por la algarabía que semejante ambigüedad
genera, estos mismos culturalistas han incautado complemen-

86
tariamente el valor a la vez artístico y creativo de la forma, así
como el significado ejemplar que toda obra literaria entra-
ña como proceso formativo: en el doble sentido de dar forma
a una realidad y formarse a través de su experiencia. La últi-
ma consecuencia de este pirateo es la eliminación de la expe-
riencia estética y el sacrificio ritual de la autonomía de la obra
literaria y artística, lo que, finalmente, redunda en su saqueo
como material textual de procesamiento semiótico bajo cua-
lesquiera procedimientos pseudosociológicos. Los resultados
de este procesamiento son apurados: hoy en los departamen-
tos literarios norteamericanos no se hace crítica literaria; mu-
cho menos todavía teoría crítica de la sociedad. 5
Una anécdota puede ser, a este respecto, más elocuente que
mil palabras. José María Blanco White ha sido un escritor es-
pañol maldito. Impugnó la Inquisición, puso de manifiesto la
corrupción moral e institucional de la Iglesia católica españo-
la del siglo XVIII y escribió una serie de ensayos teológicos de
signo reformista que nunca se han publicado en español. Pe-
ro también puso de manifiesto las limitaciones y precarieda-
des del lado de la oposición, o sea, de los liberales hispánicos,
y lo hizo con la misma desenvoltura con que atacó los valores
del tradicionalismo católico y la depravación de la máquina
inquisitorial. Por si ello fuera poco en el páramo intelectual
hispánico, Blanco tomó cartas a favor de la independencia his-
panoamericana. Y aun se atrevió a cuestionar las ambigüedades
y traiciones con respecto a la herencia colonial que muchos
de los líderes de la independencia latinoamericana, Servando
Teresa de Mier entre ellos, acataban en la letra pequeña de
sus confusos programas políticos. Todos estos rasgos hacen
de Blanco la figura intelectual más sobresaliente en el contex-
to de la fracasada revolución liberal española y la maniata-
da independencia latinoamericana. Pero son también muy
buenas razones para que el tradicionalismo católico haya de-
nostado su obra durante dos siglos, hasta enterrarla en el ol-

Cf. Eduardo Subirats, OJuizo Bufo/El juicio bufo, en http:/ /www.vitruvius.


5

com.br/arquitextos/arq079/arq079_00.asp.

87
vido. A falta de hogueras, Menéndez Pidal pronunc10 una
sentencia inquisitorial post mortem en contra de Blanco White
y su nombre desapareció prácticamente sin huellas de los cá-
nones literarios de un hispanismo cuya característica más no-
table ha sido su desinteligencia. Quizás deba considerarse por
eso un milagro que, en los años sesenta del pasado siglo, otros
dos exiliados asimismo ninguneados, Vicente Lloréns y Juan
Goytisolo, emprendieran desde la Universidad de Princeton
la rehabilitación no sólo de su memoria, sino de su proyec-
to pendiente de reforma intelectual y política de las culturas
hispánicas.
Hoy las cosas han cambiado y no han cambiado a este res-
pecto. Ciertamente, en los círculos intelectuales más escogidos,
la obra de Blanco ya no puede ser ignorada. Esgrimir en su
contra los viejos prejuicios del catolicismo español ya sólo ser-
viría hoy para desenmascarar a sus renovados censores. Otras
retóricas han tenido que generarse para renovar su censura. Y
ahí viene la anécdota en cuestión. En la misma Universidad
de Princeton que había presenciado su reciente renacimien-
to, un prestigiado que no esclarecido hispanista condenó re-
cientemente a este mismo Blanco White con un argumento
feminista en torno a los embrollados secretos que compartía
con las monjas que confesaba, y con el cuento todavía más des-
tilado de unas ilícitas relaciones sexuales con una desconoci-
da. La corriente mojigatería académica elevó a continuación
su puritano chismorreo a veredicto, con el modesto propósi-
to final de desalentar la investigación de la profesora Lunden
Mann sobre el pensamiento religioso, político, filosófico y mís-
tico de Blanco White. 6
No hace falta señalar que la supresión y superación del suje-
to se ha convertido en un rito de tonsura académica en la edad
6
Esta misma estrategia argumental, y aun otras más torpes, pueden leer-
se en las contribuciones de S. Kirkpatrick en el libro de ensayos sobre Blanco
que yo mismo organicé hace unos años (Eduardo Subirats [comp.] ,José Ma-
ría Blanco ½'hite. Modernidad y exilio en la cultura española, Anthropos, Barce-
lona, 2005). Cf. Lunden Mann,Joseph Blanco ½'hite: An JnteUectual Biography,
1776-1810, tesis de doctorado, Princeton University, NuevaJersey, 2006.

88
poshumanista tan insoslayable para la reproducción institucio-
nal de su ceguera intelectual como la destitución de los grandes
discursos o del pensamiento tout court que legitima. Esta desti-
tución disciplinaria de los sujetos intelectuales se ha legitimado
con gran alboroto como misión redentora de los sistemas pa-
nópticos de castigo y vigilancia inherentes a la constitución ló-
gico-trascendental de la razón moderna. Lo que supone entre
otras cosas una sublime indistinción entre la razón instrumen-
tal y la experiencia intelectual reflexiva. No obstante, la nueva
conciencia corporativa se siente con las manos libres, en nom-
bre de este ofuscamiento, para entregarse a las polivalencias me-
tonímicas de las jergas deconstructivistas, que ya nadie escucha
porque nadie entiende. La ventaja institucional de semejante
embrollo consiste, sin embargo, en olvidar y hacer olvidar en
los sistemas vigilados de enseñanza superior que la constitución
del sujeto estético en una obra literaria como la de Augusto Roa
Bastos o Juan Rulfo no tiene nada que ver con las fracturas y
dilemas del sujeto cartesiano o kantiano, con sus derivados lógi-
co-positivistas y fenomenológicos, y mucho menos con sus pa-
nópticos totalitarios, sino que su interés reside precisamente en
sus dimensiones mitológicas, metafisicas y éticas profundas, que
se han elaborado a partir de las voces de la memoria, de la ex-
periencia de la agonía, y de un esfuerzo por encontrar un sen-
tido y una salida a su deseo de preservar su ser en los laberintos
de los poderes globales y sus razones no menos instrumentales
y alienadoras, por más oscuramente deconstruidas.
Pero el asalto a este sujeto estético, que es al mismo tiempo
un sujeto social y cultural, y el sujeto de un proyecto intelec-
tual y político que necesariamente entraña una crítica de los
multifacéticos discursos de la colonización, tanto en sus figu-
ras teológicas como seculares, trascendentales o estructuralis-
tas, no es la única secuela del pillaje semiótico practicado por
los estudios culturalistas. Su última y decisiva consecuencia po-
lítica es la conversión antiestética de la cultura. Permítanme a
este propósito un par de observaciones al margen.
En la tradición filosófica moderna han coexistido dos concep-
ciones fundamentales de cultura. Una de ellas la representan

89
los análisis filosóficos e históricos de Vico y Herder, y los grandes
y pequeños nombres de la antropología y las ciencias de la re-
ligión, de J. J. Bachofen a Karl Kerény. Es la tradición que ha
comprendido el origen y el desenvolvimiento de las culturas a
partir de sus mitos, sus dioses y sus cosmogonías, concebidos
como sistemas de integración de todas las expresiones huma-
nas, ya sean productivas o materiales, ya sean estéticas o éticas,
en un orden ontológico y religioso cuyo último sentido es la
preservación del ser. Pero la tradición racionalista que pre-
dominó sobre la filosofía moderna concibió la cultura, por el
contrario, a partir de la acción constituyente de un sujeto tras-
cendental sin memoria (Kant), del trabajo productivo de un
fabuloso hamo oeconomicus (Mill) o de la acción formadora del
no menos imaginario hamo Jaber (Bergson). Y si la primera con-
cepción estaba centrada en la preservación del ser a lo largo
de ciclos cósmicos que integraban la historia del espíritu hu-
mano, la segunda definición de cultura ha girado en torno a
los procesos de separación y abstracción epistemológica y social
de la naturaleza y las memorias históricas y de la subsiguiente
subordinación de ambas.
Claro está que estas dos concepciones han mantenido siem-
pre relaciones secretas entre sí. La filosofía moral kantiana o
la filosofía de la historia de Hegel trazaron puentes entre la ra-
cionalidad tecnocientífica y el sistema de una cultura moral y
artística que recogía muchos de los caracteres de la cultura mi-
tológica definida por Vico o Schiller. El socialismo del siglo XIX
y los movimientos artísticos revolucionarios allegados a él, de
Courbet a Gropius, también trataron de armonizar la techné in-
dustrial con un concepto ético y estético de lo social. Pero los
sistemas de poder global desarrollados a partir de Hiroshima y
Nagasaki han revertido estas tentativas de conciliación. La ra-
zón tecnocientífica, la razón productiva y la razón como sistema
de dominación universal han acabado por liquidar la mis-
ma conciencia, y las mismas condiciones biológicas y culturales
de supervivencia humana como último baluarte de resistencia
contra sí misma. Múltiples son los planos de la realidad cultu-
ral global, desde la biodiversidad hasta la comunicación, que

90
hoy ponen de manifiesto una situación mundial catastrófica e
irreversible. 7 Dos obras centrales de la filosofia del siglo XX, la
de Adorno y Horkheimer, así como la de Foucault, deben re-
cordarse en este sentido como la expresión filosófica de esta
disolución interior del orden civilizatorio y de su sujeto huma-
no como premisa y consecuencia de su propio principio epis-
temológico y lógico de dominación.
Los cultural studies, lo repito, no son una teoría, ni siquiera
una metodología científica propiamente dicha. Contemplados
desde el punto de vista de la historia de las ideas deben con-
siderarse más bien como los restos de este naufragio civilizatorio
de la razón moderna. Hablan de feminismo como performance,
pero no son capaces de plantear los fundamentos mitológicos
y ontológicos que definían el poder cósmico y el orden ético
de las diosas de la vida y la muerte en todas las culturas precris-
tianas en un momento en que la ingeniería genética desplaza
virtualmente las dimensiones reproductivas de la mujer y las
dimensiones espirituales indisolublemente ligadas a ellas. Es-
grimen las semióticas y retóricas multiculturalistas y omiten al
mismo tiempo su fundamento tanto biológico como económi-
co a partir del cual un artista, un pueblo o una sociedad son ca-
paces de crear y defender su individualidad cultural propia a
través del comercio y el diálogo con lenguas, dioses y formas
de vida diferentes. Y levantan la bandera de un liberalismo hu-
manitario identificado con las llamadas minorías étnicas y los
denominados grupos marginales, pero sin cuestionar los consti-
tuyentes civilizatorios que distinguen a indios u homosexuales
como efectivos sujetos negativos, ni desentrañar aquellos concep-
tos de deseo, naturaleza y comunidad que objetivamente con-
dicionan su marginación estructural bajo el orden capitalista
y el logos colonial. Lo que Paula Bottcher formuló en una oca-
sión contra las semióticas y retóricas del feminismo políticamen-
te correcto -"quieren travestir las gatas con disfraces de perros
desestimando que un perro que maúlle siempre infundirá me-

7
Me remito al análisis esbozado en mi libro, La existencia sitiada, Fineo,
México, 2007.

91
nos respeto que una gata bufando"- puede generalizarse a lo
que estos culturalistas llaman, con el gesto inconfundible del
genio militar, las estrategias de la teoría.ª
Pero lejos de ser un inconveniente hermenéutico, este traves-
timiento y la consiguiente omisión de las condiciones materia-
les, los environments ecológicos y los nexos políticos reales en
su concepto de género, comunicación, literatura, arte o cultura
constituyen la gran ventaja institucional de estos studies. Su éxi-
to reside precisamente en reducirlo todo, lo mismo el conflicto
de sexos a lo largo de la historia de las religiones y del arte, que
las guerras de resistencia anticolonial, a una lingüística plana,
a una semiología formal o a la mise en scene de símbolos discre-
cionales. Al hibridismo lo definen como un collage icónico. El
multiculturalismo es un performance; la política, acción comu-
nicativa; la democracia, un espectáculo. El sujeto intelectual
y estético es mutilado por fuerza mayor en sus dimensiones
emocionales, existenciales, éticas y políticas, para elevarlo a la
categoría superior de manager cultural y performer académico,
y degradarlo al mismo tiempo al papel de consumidor de sig-
nos. Su abstracción de las condiciones materiales que generan
los conflictos sociales y sus expresiones simbólicas le abren fi-
nalmente las puertas institucionales para poner en escena cua-
lesquiera valores democráticos o banderas revolucionarias, y
retóricas antiimperialistas, feministas o antirracistas, sin tener
que molestarse en abandonar su sedicente paraíso semiótico
de signos sin referente e intertextualidades sin sustancia. De ahí
también su última función misionera: suplantar la reflexión in-
telectual de un mundo en crisis por la producción y vigilancia
de performances políticamente correctos.
Redefinir la literatura como estudios culturales significa anu-
lar el valor ontológico de la obra artística y el significado existen-
cial de su experiencia. Pero también esto revierte en provecho
de los culturalistas puesto que les permite igualar en su nombre
a un anuncio multirracial de United Colors of Benetton con

Paula Bottcher, Genus Artis. GeseUschaftlichen Strukturen im Kulturkritik,


8

Schloss Plüschow, 2000.

92
La negra de Tarsila do Amaral, y proclamarlo muy progresis-
tamente a los cuatro vientos como triunfo democrático del
populismo comercializado del pop abanderado por la estupi-
dez corporativamente patrocinada de Andy Warhol contra el
elitismo estético de la aristocracia cafetera de Sao Paulo que
ciertamente aplaudía las provocaciones del movimento antro-
pofágico. En favor de esta piadosa conversión del arte en acción
comunicativa se arguye que, al fin y al cabo, todo son represen-
taciones, lo mismo la guerra contra el mal que los videoclips
de Madonna, y todo son repertorios de uno y el mismo códi-
go cultural. De ahí también la paradoja final que recorre los
cultural studies como sublimación corporativa de la sociedad del
espectáculo: su estetización indiferenciada de la realidad se da
de la mano con la mutilación antiestética del valor mitológi-
co, metafísico y ético de la forma artística. A fin de cuentas, La
negra de Amaral se distingue de la basura populista del pop art
por sus vínculos texturales y colorísticos con una tierra resacra-
lizada bajo la potencia matriarcal de fecundación bajo la que
el movimento antropofágico en la que se encuadraba concibió
una revolución estética y política contra el logos patriarcal del
colonialismo cristiano e industrial, frente al cual levantó, en-
tre lujuriosas risas dionisiacas, la sexualidad salvaje de unos se-
nos pletóricos que de todos modos el puritanismo semiótico
que distingue a esos cultural studies prohibe tocar.
Por todo lo demás, la redefinición y reciclaje de la obra li-
teraria y artística como performance cultural escamotea otro frau-
de trascendental: la inversión ontológica de la realidad que
subyace al posmodem como sistema integral del espectáculo, lo
cual ha permitido consensuar la producción industrial de perfor-
mances y representaciones sociales como toda realidad y única
realidad posible, y eliminar la experiencia individual y colecti-
va como un mundo ilusorio de delirios esquizofrénicos. En es-
te proceso milagroso de mutación, los estudios culturales han
cumplido el mismo papel que el sacerdote que convierte pseu-
domágicamen te el pan y el vino en la carne y la sangre de un
dios global. Esta transustanciación de la cultura en performance,
última consecuencia de la lógica que recorre a este logos de-

93
constructivista, es al mismo tiempo expresión de la transfigu-
ración mercantil de la realidad, así como de su reconfiguración
institucional bajo las leyes y administraciones burocráticas del li-
bre mercado. Redefinir y rediseñar, reconstruir y reinstalar la
literatura y la obra de arte como performance cultural es insepara-
ble de su travestimiento como mercancía cultural, entertainment
y ficción de ficciones en un reino de simulacros sacerdotal-
mente administrado. Y esto explica finalmente la bagateliza-
ción de las humanidades en una academia intelectualmente
vaciada donde las literaturas se pueden clasificar graciosamen-
te con arreglo a las mismas categorías sandungueras de tiranos,
exilios, magias realistas o viajes de exploración que en los catá-
logos de paquetes turísticos, y en los que, del porn al pop, todo
está permitido siempre que no plantee últimas o penúltimas
cuestiones sobre el significado espiritual de la obra de arte o
su importancia política como expresión de una voluntad soli-
daria de cambio hacia otro mundo posible y mejor: la dimen-
sión metafísica y última de toda auténtica experiencia artística
de lo real.
Para acabar con estos comentarios sobre "la falta de espíri-
tu de la universidad el día de hoy" ,9 es preciso recordar algo,
que debe definirse al mismo tiempo como última consecuen-
cia y premisa institucional de las retóricas de la subalternidad
y la diferencia, las semiologías del hibridismo o la transcultu-
ración, el feminismo de los signos y una banalizada homose-
xualidad, el multiculturalismo como performance y una defensa
de los derechos humanos que de todos modos calla la boca
frente a las prácticas de exterminio que vemos todos los días en
nuestras pantallas y en tiempo real. Ésta a la vez premisa y con-
secuencia es un nuevo orden geopolítico. A la conversión de
las literaturas en semiotextos sociales le corresponde su rete-
rritorialización burocrática en entidades tales como "América
Latina y el Caribe", "hemisferio occidental", "eje político-cultu-
ral norte-sur", "área ibérica-iberoamericana" o la demarcación
9
Klaus Heinrich, "Zur Geistlosigkeit der Universitat heute", Der Gesells-
chaft ein Bewusstsein ihrer se11Jst zu geben, Stroemfeld, Frankfurt, 1998, pp. 69 y
SS.

94
geomilitar de un Atlántico sur que comprenda los países de la
costa atlántica de África, la península ibérica, Estados Unidos,
y América Latina y el Caribe en una cerrada unidad imagina-
ria. Negativamente estos remapeos político-culturales de Améri-
ca Latina presuponen la suspensión de sus memorias históricas
antiguas (las memorias populares precoloniales han sido ho-
mologadas a la categoría genérica de un sujeto subalterno tan
global y maleable como las almas aristotélicas de los misioneros
coloniales en su edad clásica) o modernas (los constituyentes de
las independencias latinoamericanas han sido volatilizados y
paralelamente suplantados por las modernidades estéticas), la
evaporación de la memoria de sus resistencias políticas y socia-
les y, no en último lugar, la licuefacción de sus cánones literarios
y tradiciones intelectuales en un reino virtual de textos, inter-
textualidades e hipertextos.
A este respecto debe recordarse una de las aficiones pre-
feridas que han recorrido los estudios culturales anglosajones
cuando los cañones de la Guerra Fría comenzaron a enfriarse:
los border studies, las consiguientes retóricas de tráficos y tránsfu-
gas semióticos, hibridaciones y pirateas icónicos, y los subsiguien-
tes pasaportes de identidades transculturales. Esta obsesión por
las fronteras, que recapitulaba el misticismo misionero de los
pioneros coloniales de Nueva Inglaterra bajo terminologías cier-
tamente diferentes, se ha acompañado al mismo tiempo de una
pasión antinacionalista, específicamente destinada a las fron-
teras y nacionalismos de los otros, o sea, de los postsujetos pos-
coloniales, pero que se travestía retóricamente con los colores
más vivaces del internacionalismo anticolonial de África, Asia
y América Latina al mismo tiempo que disolvían sus constitu-
yentes políticos en el océano del olvido.
También a este respecto, la comparación histórica con las ór-
denes monacales resulta tan osada como ineludible. Sabido es
que sus misioneros, cuando llegaban a un poblado indígena,
obsequiaban cruces con la mayor generosidad. Para los hom-
bres y mujeres de culturas erróneamente llamadas politeístas,
que en realidad habría que denominar religiosas en un sentido
mundano porque invisten sacralmente a todas las manifesta-

95
ciones del ser ("Every part of the earth is sacred to my people", es-
cribió el jefe Seattle al presidente de Estados Unidos), nin-
gún objeto sagrado, propio o ajeno, es vano. Y daban por bueno
el obsequio. Pero, en una siguiente etapa, esos mismos misione-
ros advertían y advierten a sus indígenas, convertidos sin saber-
lo en acólitos, que la cruz no es un signo cualquiera, sino el gran
significante que los contiene a todos por carecer de cualquier
referente. A ella y sólo a ella se le debe rendir el sacrificio de
oro, sudor y lágrimas, al tiempo que se prohibía la experiencia
y el sentimiento de lo santo con respecto a todos los demás ob-
jetos sagrados y a la naturaleza misma, por tratarse de mani-
festaciones maléficas del mismísimo diablo. Esta imposición
misionera nunca puede tener efecto sin violencia, como en su
día señaló Agustín de Hipona. Violencia derivada de la reduc-
ción ontológica y la igualación semiológica de todas las cosas
sagradas, desde el propio cuerpo humano hasta los animales,
las plantas o las estrellas, a signos, cadenas significantes, alego-
rías y representaciones del gran significante Dios-Emperador.
Hoy no se destituye a los dioses, reducidos ya hace tiempo
a cenizas. Tampoco se persigue a chamanes, que ya práctica-
mente no quedan. Lo que se hostiga con el mismo encono mi-
sionero de redefiniciones y reconversiones son sus memorias
literarias y artísticas en el reino de la experiencia estética. De
esta guisa se convierte a las diosas aztecas de Pedro Páramo en
signos feministas de una estraegia identitaria deconstruccionís-
ticamente desvalijada de entidad mitológica y sustancia ontoló-
gica. Así también se reconfigura la rebelión cósmica de las diosas
de la tierra en el Abancay de Los ríos profundos que representan
la chichera Felipa y la loca violada del convento de los frailes
como representación de un sujeto subalterno sin memoria ni
raíces ontológicas en el orden dinámico del ser increado e in-
finito de las cosmologías incas. Y si en su edad clásica el colo-
nialismo convirtió a los dioses cósmicos de mayas y aztecas en
santos híbridos, la reconversión global de estas tradiciones li-
terarias y artísticas sirve hoy a la hibridación de fronteras, a las
redefiniciones transculturales y a la refundición de un nuevo
orden mundial sin memorias, sin dioses y sin ser.

96
¿CÓMO SE DICE OK EN INGLÉS?
(DE LA AMERICANIZACIÓN COMO
ARCAÍSMO Y NOVEDAD)
• Carlos Monsiváis

Largo epígrafe que describe reflexiones del año 1909 talco-


mo las transcribe en 1948 don Agustín Yáñez en su nove-
la Al filo del agua:
Vientos que traen cizaña, cizaña ellos mismos, más perniciosa que la de
los arrieros. (Ya no digamos la sangría en las familias, en los campos.
No se sabe qué sea peor: la ausencia o el regreso.) "Peor es que vuelvan",
dice la mayoría de las gentes. Ni les luce lo que ganaron. Y aunque les
luzca, ya no se hallan a gusto en su tierra. Muchos ya no quieren traba-
jar, todo se les va en presumir, en alegar, en criticar. En dar mal ejemplo,
burlándose de la religión, de la patria, de las costumbres. En sembrar la
duda, en hacer que se pierda el amor a la tierra, en alhorotar a otros para
que dejen la patria miserable y cochina. Éstos son los que han traído las
ideas de masonería, de socialismo, de espiritismo. Y la falta de respeto
a la mujer. Son desobligados. Viciosos. Pendencieros. Eso, eso principal-
mente, pendencieros. Faltos de temor de Dios. ¿Para-qué decir más? Y
mientras más son, más se crecen, a nadie ya dejan vivir en paz: a los
ricos por ricos, a los pobres por pobres; no quieren que nadie se les pon-
ga por delante. Pobre pueblo, pobre país. Los más sabios son ellos, los
más valientes, por palabras raras que revuelven con lengua de cristia-
nos, aunque no sepan leer, como cuando se fueron. Y porque traen dien-
tes de oro, que andan pelando a toda hora. Porque vienen de zapatos
trompudos, con sombreros de fieltro, con pantalones de globito y camisa
de puño, con mancuernillas relumbrantes. Se hacen el pelo, como catri-
nes, rasurados de atrás, melenudos, melenudos. Ni el bigote les gusta.
Son unos facetos. ¡Sí, facetos con que al entenado de don Pedro Rubio, el
pobre, se le había olvidado el nombre de su atole!" ¡Pero no el meneadi-
to. Facetos.' A mí lo que más me repatea es el modito con que se ríen y es-
cupen por el colmillo. "-¿ Y dónde dejas el modo de hablar, que parece
que se les olvidó el idioma que sus padres les enseñaron?" ''-Para que
acabemos pronto, son unos traidores, que yo no sé si de adrede o por taru-
gos, el caso es que /,es sirven a los gringos como avanzadas para robarse
lo que nos queda de tierra, lo que no se pudieron robar la otra vez. "
"-Lo que no me explico es cómo las mujeres se vuelan con ellos. "

97
"Pobres de los iraquíes. Ni a sus vecinos
tratan tan mal los gringos"

¿Qué es Estados Unidos para quienes nunca, a pesar de serlo


por ubicación geográfica, se consideran norteamericanos? His-
tóricamente, como sentimiento, sensación o registro político, y
de modo sucesivo o simultáneo, Estados Unidos ha sido para
los mexicanos el enemigo probado y de ningún modo "extraño"
sino "natural", el Buen Vecino de la diplomacia pueril, el que
le robó a México más de la mitad de su territorio, la fuente de
los males de la República, el modelo de la organización de la
eficiencia y la civilización, el jefe de la conspiración herética con-
tra el país que profesa la religión verdadera, el paradigma del
comportamiento moderno o, si se quiere, posmoderno, la for-
taleza tecnológica, el imperio depredador, el puntal de la econo-
mía de mercado, el ámbito donde se inventan y multiplican las
oportunidades, la vanguardia de las transformaciones, la nación
destinada por la Providencia a sembrar los males en América
Latina, la cuna del imaginario de imaginarios, Hollywood ...
Entre los mexicanos (gobiernos, élites, clases medias, las cla-
ses populares), Estados Unidos es (elija una o varias opciones)
el ejemplo inevitable, el racismo exacerbado, el lugar donde re-
nacen las ilusiones del arraigo, el saqueador de materias primas,
el aprovisionador de tecnología a muy alto costo, el aparato del
intervencionismo sin escrúpulos, la seducción cultural y laboral,
el reino del espectáculo ( en Las Vegas baila el futuro), el adver-
sario de la familia a la mexicana. A un tiempo, Estados Unidos es
la ideología del más fuerte, la santificación de la Guerra Fría
y de las intervenciones violentas en otros países, el proveedor
del confort, el renovador de los horizontes del conocimiento y
el placer, la reducción de las posibilidades de los países pobres,
la destrucción de procesos creativos o su acervo de estímulos ...
Una aclaración: el tema inabarcable y central de Estados
Unidos, la gran potencia, nunca es lo mismo que el fenóme-
no de la americanización. Por ésta entiendo -y no he visto nun-
ca discrepancias mayores cuando se ejemplifica el término- el
proceso sociológico y psicológico que deposita en la cultura de

98
Estados Unidos los rasgos y las cualidades de la modernidad.
En materia de comportamientos, la americanización es la teoría
y la práctica de individuos y colectividades que ante el desarro-
llo de Estados Unidos mezclan incesantemente lo que obser-
van, lo que rechazan, lo que no advierten que perciben, lo que
asimilan, lo que imitan, lo que les sirve en la vida cotidiana, lo
que estimula su oportunismo vital. Las sociedades se america-
nizan (es decir, aprenden un catálogo de comportamientos y
reflejos condicionados) debido al fervor por la tecnología, a
la gana de modificar el presente cambiando por eso mismo el
pasado, al afán de incorporar la eficacia o las convicciones reli-
giosas, al gusto por internacionalizarse mudando de domicilio
o en pleno sedentarismo, al gusto creciente por los hábitos y
las mitologías allá tras lomita o allá tras la migra.
Así, y verbigracia, las industrias culturales ejercen el asesinato
serial de las costumbres ancestrales, el miedo al anacronismo es
la base del nomadismo y la americanización es un proceso cuyo
vigor afecta incluso a los habitantes de Estados Unidos. Esto
sucede en Francia y Vietnam, en Filipinas y Cuba, en Argenti-
na y Venezuela, porque la americanización, fábrica de sueños
y pesadillas a domicilio ("Soñé que me perseguían mis tradicio-
nes, pero me desperté antes de que me alcanzaran"), es el fe-
nómeno con más de un siglo en ejercicio.

''Está tan americanizado que no se quiere ir a Estados Uni-


dos para no perder su identidad"

Si algo, el tema de la americanización influye drásticamente en


los debates sobre la modernidad, el nacionalismo, el posnacio-
nalismo y la globalización. En el fondo, el dilema ha desapa-
recido: el planeta está americanizado y México, el vecino que
sólo ha sido bueno entre 1941 y 1945, no podría ser la excep-
ción. Ya carece de sentido describir la americanización como
el conflicto que enfrenta a los Deudos de la Identidad Nacional
con los cheer-leaders de la Integración a Toda Costa con Nortea-
mérica. En la realidad o lo que haga sus veces, a la americani-
zación, incluso aún más que el flujo irresistible de las novedades,

99
la estimula el temor a volverse estatua de sal si se vive con la
vista fija en las tradiciones, y esto explica los fracasos del na-
cionalismo, las imitaciones a ultranza de lo norteamericano y
la creatividad a partir de la asimilación de influencias.

Dije tradición y me detengo. En América Latina, y desde las


primeras décadas del siglo XX, demasiadas expresiones de la
americ;:anización no nada más no se oponen a las tradiciones,
son parte sustancial de ellas. Sí, Elvis Gutiérrez, ya no se concibe
la Identidad Nacional sin las grandes zonas de americaniza-
ción. Las primeras señales de alarma contra la americanización
( con ese nombre) se localizan a fines del siglo XIX en los dia-
rios conservadores, que defienden las esencias nacionales, y,
con otro vocabulario, en los periódicos liberales, que prote-
gen la soberanía. Cito en desorden algunas contribuciones de
la americanización, ya parte entrañable (el adjetivo en boga
para denotar emoción) de nuestras tradiciones: la renovación
de los vocablos anglosajones, que los hablantes hallan prestigio-
sos; el Día de las Madres (Mother's Day, desde 1922); el árbol
de Navidad, más fácil de armar que los nacimientos artísticos;
Santa Claus más hogareño que los Reyes Magos, de cualquier
modo venidos de Oriente, el Día del Amor y la Amistad y (Saint
Valentine's Day), el Happy Birthday, el Halloween como el
Tercer Día de Muertos, las iconologías del cine norteamerica-
no, el jazz, el blues. (Me detengo en una etapa.)
En una de sus acepciones, tradición es el recuerdo de la vida
en familia o en familias, y allí la americanización provoca trans-
formaciones internas persuasivas y perdurables: renueva las ve-
ladas domésticas, rehace la idea del hogar y del ama de casa.
("La radio inventó el ama de casa", sostiene Emilio Azcárraga
Vidaurreta), alivia las tareas del hogar (los electrodomésticos,
la liberación parcial); compone casi todos los géneros y sub-
géneros del cine nacional; sojuzga la televisión desde su pri-
mer programa cómico, la transmisión del Informe Presidencial
el primero de septiembre de 1952.

100

Reviso brevemente el proceso adaptativo del cine nacional:


• la comedia ranchera, que viene de los films de Gene Autry
y Roy Rogers, y que en Hollywood incorpora fugazmente al
mismísimo Charro Cantor, que en Mexican Fiesta (1940) lleva
el crédito de George Negrete (por cierto, la versión de "Ay Ja-
lisco no te rajes" de las Andrew Sisters, de 1939, lleva el paradó-
jico título de "The Gay Caballero"). Allá en el Rancho Grande,
en su esquema inicial, es un sit-com, una comedia de situaciones
rural;
• el western, adaptado muy a la mala ( el western-enchila-
da), que oscila entre la parodia involuntaria y el derrumbe de
cualquier credibilidad;
• el cine de gángsters (Chicago transladado al Centro His-
tórico del DF) que jamás trasciende el humor involuntario.
• la mecánica del star system. (Si no hay mitos o proyectos de
mitos, no hay realidades);
• el melodrama de intención histórica (el epic weepy), con
films de la calidad de Vámonos con Pancho Villa, El compadre Men-
doza, El prisionero 13, Rio Escondido;
• una prueba del camino que va de la imitación a la origina-
lidad. El melodrama mexicano, un género que exige el gentili-
cio, hace uso de los recursos del cine francés, el teatro español
(los guardianes de la honra), y el melodrama ffimico de Nor-
teamérica. Al cabo de todo esto, se genera el desbordamiento
indetenible, el tremendismo como humanismo, el río literal de
los pesares y de las frases ya imprescindibles a la hora de los en-
frentamientos en la familia o en la pareja: "Vete Camila, pero
llévate mi corazón que no me gusta guardar cachivaches";
• la comedia central es la destrucción universal de los obje-
tos, tal como se ve en las primeras películas de Tin Tan;
Como en la mayoría de los países, Hollywood es la industria
fílmica que forma a la industria nacional. Desde el principio
no hay dudas: el desarrollo del público exige la internaciona-
lización, y eso sólo lo otorga la cercanía con el cine norteame-
ncano.

101

Por lo demás, la historia de todas las naciones (invenciones
que se vuelven redes de historias, instituciones, costumbres, en-
tregas, sacrificios, rencores, amores patrióticos), se hace en muy
buena medida a través de "los préstamos", de la adaptación de
logros y hallazgos. La Constitución de Estados Unidos (1776)
repercute grandemente en las Constituciones de México, y el
pensamiento liberal de México aprovecha a fondo el federa-
lismo norteamericano y la Revolución francesa. Todo se toma
de todas partes, con la condición de que todo, de inmediato,
se transforme.
Además de la presencia mayor, la del cine, la historia de la
cultura popular urbana de México, que distingo de la cultura
de masas, registra influencias y las devuelve convertidas en ex-
presiones autóctonas. Ejemplos:
• el cómic mexicano, con muy escasas excepciones, es en
cada ocasión el resultado de admiraciones por creadores nortea-
mericanos y búsquedas de públicos a partir del conocimiento
de los éxitos probados en Estados Unidos. Tawa y Wama vienen
muy obviamente del Tarzán de Edgar Rice Burroughs; Germán
Butze al crear Los Supersamos toma en cuenta los cómics estadou-
nidenses que mezclan aventura y humor, aderezándolos con el
habla popular y las situaciones donde el relajo es el otro gran
componente de la fantasía; el cómic mexicano por excelencia,
La familia Burrón, de Gabriel Vargas, se apega en sus inicios a
Educando a papá (Bringi,n' Up Father), el relato semanal de la es-
posa dominante y el marido que finge someterse; de inmediato,
Vargas se aparta de su modelo y crea el humor a través del habla
y la combinación de parodia extrema y realismo minucioso;
• el actor cómico Germán Valdés, Tin Tan, la cúspide de la
comicidad urbana moderna (Cantinflas es el enloquecimiento
de las tradiciones de la pobreza), se forma en las revueltas y
rebeliones, en su caso lingüísticas y corporales, de los pachucos
de East IA, de las gesticulaciones al cantar del director de or-
questa Cab Calloway y del habla fronteriza, y reelabora sus orí-
genes hasta hacerlos radicar en sí mismo;

102
• las cantantes de la índole de Elvira Ríos, María Luisa Landín
y Chelo Silva han escuchado a las torch singers y su estilo genial-
mente melodramático, y gracias a eso hacen del bolero una
interminable autobiografía colectiva.

"Se llama Pamela y hasta allí eso va bien, pero el apellido


Pérez destruye el efecto de la cirugía onomástica"

En cada país, la americanización no es un proceso mecánico.


Se toma lo que se considera indispensable y lo que impone la
moda, y de inmediato los procesos de la asimilación intervie-
nen. Así se produce lo que, sin reservas, podría llamarse "la
mexicanización de la americanización", algo muy distinto al
acto de "desnacionalizarse". Se es muy nacionalista pero de dos
países simultáneamente, de manera desigual y combinada.
La mexicanización de la americanización. O la peruanización,
o la colombianización, o la hispanización, que las respuestas
al modelo son internacionales. Este proceso, al producirse la
globalización ya dispone de otra etapa todavía inverificable, lo
que potencia el uso de la Red. El mecanismo ha sido más o me-
nos preciso: la moda o los ajustes de la vida cotidiana fascinan,
se revisan, se añaden con entusiasmo a la vida social y perso-
nal, se modifican en el camino y, al cabo de algunas vueltas la
adaptación que vino de Estados Unidos, ya está lista para verse
defendida como parte admirable de la tradición nativa. (En es-
te sentido, el clímax es el Día de las Madres.) Nada por lo de-
más, que no suceda en los demás países. Si caifán es el que cae
bien, el que cae fain, y si la casita de sololoy de la canción infan-
til viene del material novedoso del celuloide, ¿por qué no veri-
ficar los alcances de la mexicanización de la americanización?
Good bye mi chaparrita and don 't cry for your Pancho.
Lo que se opone a las versiones demoledoras y sin variantes
de la americanización es la necesidad de seguir viviendo den-
tro de formas culturales específicas, por gusto, por hábito, por
funcionalidad. Y un ejemplo culminante lo da el mundo aca-
démico: el momento de mayor descrédito del nacionalismo es
también el de mayor crédito del estudio de lo nacional. Nun-

103
ca se habían estudiado tanto las distintas historias de México,
nunca se habían explorado con tanto detalle las circunstan-
cias de un país al margen de sus incomparables esencias, del
"La Patria es primero" y "El respeto al derecho ajeno es la paz"
a "Comes y te vas" y "Como dicen en mi pueblo haiga sido co-
mo haiga sido, yo gané".
Otra verificación: la imposibilidad del orden en los sitios
populares, los malls del revoltijo.

"No sabes lo que me he superado desde que comencé


con el curso. Levanté a tal punto mi autoestima,
que ya no me importa lo que piensen de mí los no
enterados de mi existencia"
La americanización no es la sujeción mental a la política del
sistema norteamericano, y la prueba es el repudio internacio-
nal a la invasión de Irak. Sí es, en cambio, una sucesión de
acomodos didácticos que, desde hace tiempo, abarca también
a las masas que, como las élites, no conoce internacionalmente
ámbito más fértil de entendimiento de "la filosofía de la vida"
que el univers.o de la autoayuda o selfhelp, con su anegamien-
to de libros, discos, folletos, cursos, consejos (las recetas de co-
cina del alma), nuevos refranes y revelaciones del secreto del
éxito, lo que entre las decenas de miles de ofertas incluye a los
ladrones del queso, el vendedor más grande del mundo (Jesu-
cristo), las técnicas del lenguaje corporal que impresiona a los
jefes ("Nunca respires de más, pierdes figura"), y las ofertas
persuasivas que anuncian la combinación de consejos del Más
Allá y el Más Acá: así, los Diez Mandamientos vendría a ser el
primer texto de autoayuda en la historia de la humanidad, pro-
logado por Jehová o Yahvé, y el prontuario de recetas del éxito
hace las veces de oraciones que, al repetirse, provocan santidad.
Y tan cuantiosa producción dispone de un mensaje nítido: "Tú,
que nomás no la haces, si quieres ascender debes retornar a
tus actitudes en la escuela primaria y quedarte allí mentalmen-
te el resto de tu vida. Recuerda: el que no fuere como niño,
no entrará al Reino de los Cielos". El recelo de la madurez y

104
el esplendor de la receta son técnicas instaladas con rapidez en
todos los países porque -sin necesidad de decirlo- se sabe el
desenlace: en materia de reacomodos de la mentalidad lo que
hace la mano hace la tras, como en el viejo juego infantil ya
jubilado.
¿Quién no quiere tener éxito? ¿Y quién no quiere memorizar
los pasos para conseguirlo? Un país o una persona o un gremio
pueden recurrir a la autoayuda a la manera estadounidense y
convertir los consejos en la ideología. (Si la toma de conciencia
no es rentable, no tiene caso intentarla.) Véanse las memorias
de campaña de Marta Sahagún (El triunfo del espíritu), o Dios
mío, hazme viuda por favor, y se advertirá, en caso de duda, que la
autoayuda es el consuelo del mortal que, si uno usa la ropa y los
gestos adecuados, le permitirá ingresar a la patria celestial.
Ejemplo imperecedero: una anécdota (verificable) del pre-
sidente Vicente Fox y su gabinete que al iniciar su gobierno el
primero de diciembre de 2000 en la tarde, se congregan para
atender la evolución de un experto en selfhelp-. "Hagan de cuen-
ta que salen a surfear, ya parecen beach boys, divirtiéndose ba-
jo el sol ardiente. De pronto, se encuentran en la cresta de la
ola y desde allí miran la playa. ¿Qué hacen?" Los ministros se
desconciertan, calculan razonablemente (es de suponerse) si es
posible instalar escritorios y teléfonos en tal sitio, y luego con-
testan: "Nos dirigimos de inmediato a la playa". El instructor
los mira con piedad: "De ninguna manera, eso sería lo peor,
ustedes deben quedarse donde están y permanecer allí los si-
guientes seis años. Lo más difícil en la vida es colocarse en la
cresta de la ola y nunca, así como lo oyen, hay que abandonar
esa posición. Ir a la playa es renunciar a la emoción y la posi-
bilidad de gobernar y es confesar la debilidad". Por supuesto,
este grupo "mexicaniza" la lección: siguen en la cresta de la
ola hasta que logran desaparecer la ola y la playa .

Así no le sirva a nadie para ascender con precisión científica
en la escala social, la fiebre de la autoayuda le recuerda a sus
usuarios cuán cerca están o pueden estar del único estilo re-

105
conocido de la modernidad. Y esto auspicia la gran ilusión: si
el país no crece económicamente, si la tecnología al alcance
no es de punta, si se vive en la rutina y la escasez, queda el re-
curso de mudarse a otro tiempo mental que es otro país, y allí
alcanza un clímax la vulgarización de la americanización ya
vuelta utopía. La autoayuda, para empezar, cambia de lugar
las responsabilidades del fracaso: "Si no soy ahora lo mejor
que pude haber sido, es culpa mía exclusivamente. Soy un in-
dividuo libre, no el integrante de una comunidad uncida a la
falta de ambiciones, y si admití el determinismo eligiendo na-
cer en un lugar en una fecha determinada, no tengo derecho
a quejarme. Autoayúdate, si no nadie te ayudará". Moraleja
( tomada de cualquier libro de selfhelp): Nunca le digas a tu je-
fe que ambicionas su puesto. Podría despedirte en el acto. Me-
jor dile que nunca serás capaz de suplirlo, así te corra sin
remordimientos acto seguido.

"Me di cuenta de que para mi desdicha, y no obstante


mis esfuerzos de 'desterritorialización psicológi,ca:
yo seguía viviendo en México, y eso lo supe porque
entendía todo lo que decían los vecinos"

Lo característico de la americanización de masas es la memoriza-


ción de las lecciones repetidas en los medios electrónicos. Todo
el día se adaptan expresiones del inglés con leves modifica-
ciones del sentido. Se canta "Happy Birthday", y el bilingüismo
amplía el vocabulario (así como se cantan "Las mañanitas" para
certificar que la tradición allí sigue), y si se aspira al hecho
paradigmático, la celebración será en el local de una cadena de
restaurantes con los meseros constituidos en coro, y el presenti-
miento de Texas en el trasfondo. Esto ya es folclor nativo, pero
la conclusión diaria de millones de personas es amarga: "Si quie-
ro que algo suceda en mi vida, debo irme allá y hacerla allá.
Si no, me resignaré a ser testigo lejano de todo. Y si no puedo
irme, por lo menos debo imaginar que ya estoy en otro lugar y
que allá, si no es Norteamérica, sí es la americanización". Hay
una geografía de las esperanzas y otra de las costumbres.

106
El problema no radica en el simulacro de viaje por el tiempo
y el espacio, sino en la inermidad de quienes lo emprenden. Por
lo demás, americanizarse no es un acto voluntario, se produce
por contagio atmosférico las más de las veces y este largo vira-
je de la misa de gallo como reflujo condicionado a las happy
hours, no lleva al estudio obsesivo de una cultura, sino a la ad-
quisición de apariencias. Si aumentan los indiferentes a la
"desnacionalización" es porque son cada vez más quienes sólo
han conocido el país de la americanización mexicanizada.
Si en la época de la globalidad las naciones abandonan sus
pretensiones de primacía, con las grandes excepciones de Nor-
teamérica, China y Japón, las comunidades en cambio perma-
necen y allí es definitiva la forma elegida para americanizarse.
La más frecuente hasta hoy mezcla las herencias internas y las
"expropiaciones".

La americanización: mitos y mobiliario

Al respecto de la americanización ya existe un catálogo de lu-


gares comunes cuya mayor dificultad es la repetición inevita-
ble. Para los críticos, la americanización consiste en:
• la imitación forzada, "extralógica", acrítica, de todo lo nor-
teamericano;
• la renuncia a las tradiciones que han constituido a la na-
ción, y la sustitución de lo tradicional por los pragmatismos de
la moda;
• la hipótesis generalizada que juzga inútil oponerse a la de-
finición monopólica (norteamericana) de la modernidad;
• el canje de los valores profundos de la familia y la religión
por el "materialismo del consumo";
• el viejo juego donde se prefiere ser cola de león que cabe-
za de ratón. "¿Para qué quiero las costumbres que ni practico
ni me permiten gozar de la actualidad?";
• la oportunidad de gozar de las oportunidades de la época.

107
"¿ Que de dónde, amigo vengo? / Del H alloween
que mantengo / a orillas de mi week-end"

En lo anterior hay, entreveradas, verdades y falsedades. Mu-


cho antes del proceso globalizador, tan regido por Estados Uni-
dos, todo se le atribuye al fenómeno de la americanización: la
actualización tecnológica, el cambio de derrotero de las socie-
dades, el abandono de conductas amparadas en la lealtad his-
tórica, los ajustes pequeños o grandes en los estilos de vida, el
auge del hedonismo, el contrabando de las malas costumbres.
Al desmesurarse la idea de americanización, vuelta un equiva-
lente de la totalidad, se relegan o se menosprecian los esfuer-
zos creativos de las sociedades nacionales y la interacción con
el resto de las culturas en el mundo. (No es un asunto de singu-
laridad, sino de diversidad, hay más países en el cielo y la tie-
rra, Horado, que los que sueña tu geografía imperial.)
Resulta exagerado uniformar bajo el título de americanización
elementos distintos, por ejemplo, el proceso que transforma
las relaciones entre sociedad y naturaleza, la reconstrucción
o las nuevas devastaciones de las ciudades y del sentido urbano,
los ritmos cambiantes de la vida social, el tránsito de la fami-
lia tribal a la familia nuclear, el crecimiento de la conciencia
feminista, la adopción cuasirreligiosa de la tecnología, la expe-
riencia del entretenimiento y la comprensión de lo internacio-
nal. Estados Unidos (lo que engloba el término) es la influencia
planetaria por excelencia al no ser únicamente el imperio, sino
el laboratorio de los grandes cambios, pero el manejo tiráni-
co del término americanización desarregla el proceso haciéndo-
lo parte del determinismo ancestral: ni modo carnal o carnala,
aquí te tocó nacer, en la época en que la historia es el desfile
de los Power Points.
Nadie niega el peso de la cercanía del Imperio y su cúmulo
de influencias y logros, pero la identificación obligada de ame-
ricanización y modernización le impone un solo molde al desen-
volvimiento de las sociedades. Asignarle a un solo país todos
los atributos de la modernización, arrincona de antemano el
desarrollo de las sociedades, cualesquiera que sean los grados de

108
singularidad que contengan. Y así la moraleja es devastadora:
¿para qué esforzarse en lugar de copiar? La americanización
"todo lo americaniza", y la búsqueda de una sola mentalidad
se desprende de las sucesivas rendiciones incondicionales a
las industrias culturales. Así es, y a ratos me imagino que de ocu-
rrir ahora la Revolución mexicana cada ejército tendría su apa-
rato de merchandising, y antes de las batallas los caudillos harían
giras de presentación.
Una vez aceptado que sólo se moderniza quien tiene la vista
ftja across the border, lo demás se incrusta por sí solo. Por un tiem-
po limitado los tradicionalistas resisten la arremetida de las
modas, pero también ellos reciben los cambios y los añaden a
su personalidad, no sin una vaga conciencia de culpa por trai-
cionar su Identidad o alejarse de ella. Por eso, a la suma de
"traiciones" en la memoria colectiva, individual, familiar, gre-
mial, también se le llama americanización.

''En esta casa somos modernos y no admitimos


serenatas a las cuatro de la mañana"

¿Quién le teme a la modernización y quién resiste el peso coa-


ligado de las modificaciones de la vida familiar (en sus distintas
modalidades), las libertades del comportamiento, el influjo de
las industrias culturales (muy especialmente los cómics, el cine
de Hollywood, el sentido de la programación televisiva y las apor-
taciones del Cable), y la adaptación instantánea de los éxitos
sucesivos en Estados Unidos? Incluso si una porción de lamo-
da viene de Inglaterra o de Japón, requiere para introducirse del
sello de la aprobación norteamericana. Manga no llegó direc-
tamente de Tokio.
Sea como sea, y con las definiciones que se le adjunten, la
americanización es irreversible, y desde hace más de medio si-
glo. Se le juzgue de manera estructural o anecdótica, el proce-
so es incesante y en los años recientes se amplía notablemente,
sin que desaparezcan las "sustancias nacionales" redefinidas y
reubicadas.

109
En pos de la sustentación de mis argumentos, acudo a la
verbigracia:
• Crece el número de funcionarios, empresarios, "líderes
de opinión", que al hablar dan la impresión de traducir su dis-
curso del inglés un tanto confusamente. La estructura sintác-
tica del español apenas aparece, aunque eso no significa que se
vislumbre la estructura sintáctica del inglés. El resultado dis-
trae enormemente porque no hay modo de ftjarse en el conte-
nido o la forma de los discursos, y porque todo se concentra en
las averiguaciones idiomáticas: ''Ya no me interesa lo que qui-
so decir, sino ftjar el idioma en que se originó la intervención".
Y esto, más que americanización, es curiosidad lingüística.
• Se produce el "plagio de atmósferas". Así, las nociones de
elegancia, lujo, belleza, modernidad y posmodernidad se trans-
laden con fidelidad de Estados Unidos en los ámbitos de la
clase media alta y la burguesía, a la manera de Houston, Los Án-
geles, el East Side de Nueva York, Dallas, San Diego y los malls
correspondientes (la gentryfication mental), el resultado es muy
distinto, porque, para empezar, los alrededores también cuen-
tan, y se oponen con su mera presencia a la validez absoluta
de muebles, combinaciones cromáticas, arquitectura de inte-
riores, y "alegría de vivir como Dios manda". Nunca convence
la ilusión de hallarse como en Manhattan o a punto de encar-
garle a Frank Gehry el proyecto para el nuevo edificio del hold-
ing o para el Museo Guggenheim de Hermosillo. Suponer que
la arquitectura posmoderna y la decoración "a orillas del Hud-
son" aíslan de la realidad nacional es obligarse a no ver para
creer.
• El vocabulario de las tres últimas décadas viene casi por
entero del inglés. Esto no es problema, pero se da en un mo-
mento de catástrofe educativa internacional y de la consiguien-
te escasez idiomática. Utilizar la amplitud del español se vuelve
impensable, y los frecuentes "anglicismos" (si el término tiene
todavía sentido) masifican las muletillas verbales más que re-
petir la experiencia chicana de "adaptar las palabras" (verbi-
gracia: marketa por mercado; what sumara con la doga, run
pa cá, run pa allá, por ¿qué pasa con la perra? Corre de un la-

110
do a otro). Así, digamos, el uso incesante de chingada o cabrón
o güey en el habla juvenil no sólo viene del repertorio históri-
co de vocablos "malditos", sino, muy claramente, del recurso
de las four letter words en inglés, donde el fuck off es mero trá-
mite de las conversaciones. Si se quiere hablar "como gringo", se
necesita derrochar los recuerdos del tiempo en que alguien
se escandalizaba por lo que son hoy ajustes del temperamento.
¿Agarraste la onda, güey?

Un sociólogo acude a una definición amplísima: "Lo mexi-


cano es lo no gringo". Sin contestarle directamente, diversos
analistas y un tropel de testimonios demuestran cuán arduo,
en la realidad globalizada, es precisar lo gringo y lo no grin-
go en materia cultural. En 1936, el ensayistajorge Cuesta rei-
vindica como suyo a Stendhal, y sitúa entre lo ajeno al autor de
Santa, Federico Gamboa. Hoy, ¿cuántos se apropian de los clá-
sicos del rock "como en el vértice de un juramento"? ¿Cuántos
creen en el seif-help como el remodelador de sus vidas? ¿Cuán-
tos quieren pensar en inglés para borrar el sonido de sus vidas
que todavía es en español? Es muy sencillo definir lo gringo en
relación a la invasión de Irak, el FMI, la cacería de indocumenta-
dos en Arizona, el apoyo a la ultraderecha en América Latina,
la prepotencia imperial, la arrogancia de los policías del pla-
neta y el Segundo Siglo Americano. Pero a los jóvenes crecidos
en el horizonte mediático, y pongo un ejemplo primordial, les
resulta uno de sus derechos básicos gran parte de lo produci-
do musicalmente en Estados Unidos, o allí puesto de moda.
Luego podrán darse las innovaciones o los alejamientos de los
modelos originales, pero en materia de cultura lo gringo ha de-
jado drásticamente de ser lo otro.

El sincretismo anticipa el sincretismo, y las fusiones de hoy


presagian las combinaciones infinitas de mañana. Detrás del
rock (tocado, cantado, oído) en México, está el conflicto,ja-

111
más resuelto, entre localismo y universalidad. ¿A qué alude el
chavo-banda que dictamina: "Somos la chingada madre del po-
der"? ¿a retazos de ideología anarquista, al repertorio verbal que
lo intimida y lo valida ante sí mismo, a la confusión entre iner-
midad y vigor "obsceno", al habla que lo resguarda ante la falta
de interlocutores? Ha sido ardua la enseñanza de la diversidad
y el rock ha contribuido generosamente.
En una entrevista, el rocanrolero tijuanenseJavier Bátiz ex-
plica su posición ante el Festival de Avándaro (1971):

La proposición [del festival] trajo a estos grupos destructi-


vos, C()mo Felipe Maldonado de Peace and Love, quien en
cadena internacional de radio oyéndose hasta Perú y todo,
anunció: "Vamos a cantar una canción que se llama 'Mari-
guana'". Todavía no cortaban. Pero luego dijo: "Chingue a
su madre el que no cante". Apenas dijo eso click. Se apagó
por veinte años el roncarol en México. Hoy existen grupos
positivos. Lo que no es saludable es que la gente esté con-
fundida pensando que a mentadas de madre y faltando el
respeto a la patria y al país, y a la bandera, eso es el roncanrol.

A su manera, Bátiz nos informa de uno de los significados


del rock: la lucha contra la censura desde el relajo, el choteo del
más cerrado de los nacionalismos desde la gana de hacer lo
que a uno o a una se le viene en gana, la abolición de los tabúes
del lenguaje (ni gran victoria ni avance perdurable). Esta con-
tribución del rock a la diversidad es artística, sociológica, cultu-
ral en el sentido más vasto. Con "genio festivo", el rock de los
espacios contraculturales ha informado de regocijos, iras, fuer-
zas creativas, limitaciones formativas, patetismos y tragedias en
sectores juveniles cuyo futuro, en perenne evaporación, yace
siempre en otras manos. Y que nadie minimice esta resistencia
al poder de usar creativamente el afán mimético. Tener dere-
cho a otros gustos es la intuición de una vida distinta, efectiva-
mente plural, que emerge de los cambios inesperados.

112
Segundo epígrafe (para situarlo donde se quiera)
Es el pachuco un sujeto singular
pero que nunca debiera camellar,
y que a las jainas las debe dominar,
para que se sientan very fain para bailar.
Toda carnala que quiera ser feliz,
con un padrino que tenga su desliz,
vaya a su chante y agarre su veliz,
y luego a camellar pa mantener al infeliz.
Canción de Tin Tan de 1942 o 1943

"Si no lo defendemos, el idioma español


se va a sentir incomunicado"
En retirada o confinado a sus ciudadelas "inexpugnables", el
nacionalismo cultural, punto de unión de la antigua izquier­
da y la derecha monolingüe, de distintas perspectivas y de én­
fasis muy similar, dilapida sus prevenciones antitecnológicas,
exhibe su miedo pueril a las acometidas del espanglish y se
queja por la disolución de sus grandes tradiciones (la derecha:
el respeto a los mayores, las concepciones de la moral y las
buenas costumbres; la izquierda: la emisión de consignas co­
mo profecías ante las ruinas del imperio).
Se quiso erigir el canon inapelable que dispusiese de la len­
gua como un ser indefenso (los Comités de Defensa del Espa­
ñol), y se hizo caso omiso de lo obvio: si el inglés ha invadido a
tal punto el espacio de los demás idiomas, es por razones dificil­
mente resistibles, las del poderío militar, económico, tecnológi­
co y cultural (en el sentido amplio) de los Estados Unidos, que
emite la lingua franca de donde provienen, inevitablemente,
los nuevos vocablos del mundo entero. A diario, una palabra
-software o videoclip- se incorpora al diccionario internacio­
nal, sin alternativa posible. Dios es el único chip de la trascen­
dencia. Y sin embargo, al cabo de un siglo de americanización,
el español de México, empobrecido y enriquecido, mantiene
su ritmo vital.

113
A la americanización, los sectores nacionalistas le enfrentan
los gestos y los discursos que facilitan su paso acelerado sin si-
quiera mellada. El error ha sido descomunal y duró demasiado
tiempo; se identificó progreso tecnológico con ideología nortea-
mericana, se confundieron cultura y adquisición de comodi-
dades, y, casi, se exigió a nombre del nacionalismo la renuncia
a innovaciones y comodidades. Pasado un leve o arduo senti-
miento de culpa, el que aceptaba la tecnología se sentía de pa-
so, americanizado. Y más tarde, la globalización, como técnica
de obediencia, se apoya en los vanos terrores de un nacionalis-
mo endeble, que convierte en pesadillas los recelos. Así, la resis-
tencia a la americanización es declarativa las más de las veces
porque la seducción no es en principio ideológica, sino tecno-
lógica: ¿cómo decirle que no al confort? y, muy especialmente,
¿quién se niega a habitar por un instante un fragmento del por-
venir? Por demasiado tiempo, ha permanecido la pregunta:
"¿Qué tan contemporáneo soy?", que en rigor significa: "¿Qué
tan cerca o qué tan lejos estoy del modelo norteamericano?", y,
con eso, se ha declarado lo nacional variable de la incomodidad
o del atraso o del temor clásico de principios del siglo XX ante
el teléfono. "¿Cómo le haces para oír a distancia con ese apa-
rato? Es un invento del diablo." Así de pueril, así de inevitable.

A diario, y sea o no consciente tal actitud, y no obstante las evi-


dencias de su resquebrajamiento, el anacronismo es aquello
alejado de los paradigmas norteamericanos. Otras sociedades
pueden ser más libres o menos represivas (las escandinavas,
digamos), pero según el criterio dominante en América Latina
los avances se determinan en Estados U nidos, y de allí los vuel-
cos ideológicos que van con la moda (el bikini o la minifalda se
diseminan cuando el orgullo corporal vence al miedo al Qué
Dirán); el desenfado creciente en las relaciones familiares;
el sello de "eficacia" o "ineficacia" que decide el porvenir de
las tradiciones ( del uso de las lenguas indígenas al adulterio,
del rechazo de los maricones al "Le dije a mi hijo: No soy ho-

114
mófobo, pero a mi casa no vuelven ni tú ni tu amiguito gay");
el incremento de las alternativas de educación hogareña en la
niñez y la adolescencia, el cambio de estatus de las mujeres,
la tolerancia como la renovación de la convivencia.
Casi por excepción, en el caso de la americanización las ideas
dominantes de la época son las de la clase dominante: el "agrin-
gamiento", razonan los de Elevados Ingresos, es la única estrate-
gia conocida de incorporación a lo que vale la pena. El mundo
-en su perspectiva- gira en torno de un solo notable estilo de
vida, y Nueva York y Houston y Dallas y Los Ángeles bien va-
len las certidumbres antes inadmisibles: las hijas abandonan al
mismo tiempo pubertad y virginidad, la infidelidad matrimo-
nial ya no es unilateral, la obsolescencia planificada también
afecta las creencias, los prejuicios también se jubilan. ¿Qué tan-
to se pierde si se renuncia a la idiosincrasia "sin valor en el
mercado"? Y de esta posición se generan consecuencias paté-
ticas: "El subdesarrollo, afirma lván Illich, como estado de áni-
mo aparece cuando las necesidades humanas son vaciadas en
el molde de una demanda urgente por nuevas marcas de solu-
ciones enlatadas que estarán continuamente fuera del alcan-
ce de la mayoría".

El Génesis se transmite por televisión abierta,


pero el Apocalipsis será P.P. V.

A partir de la década de 1970, las transnacionales deciden, y


de manera cada vez más amplia y sin rival posible, los rituales de
vida en la burguesía y las clases medias, el sentido de la diversión
infantil, los tránsitos y la existencia misma de la cultura juvenil,
el uso prestigioso o forzado del tiempo libre. Antes, las modas
algo tardaban en cruzar las fronteras comerciales y psicológi-
cas; luego el tiempo se reduce considerablemente, hasta llegar
-gracias sobre todo a Cablevisión y la Red- a la casi simultanei-
dad de hoy en los sectores con capacidad adquisitiva o entre los
jóvenes. Una tras otra, las instituciones del gusto y el consumo
de Norteamérica se vuelven las instituciones del gusto y el con-
sumo en América Latina: las ceremonias de entrega del Osear,

115
del Grammy y del Emmy, el Hit Parade, la adopción de los cult
films, las artes marciales (la ambición del Mexican o el Peruvian
Ninja), el rock como lenguaje metageneracional, la infancia co­
mo un videojuego incluso en lugares sin electricidad.
Conviven y se fusionan la internacionalización genuina y la
imitación patética o descarada. Y la adquisición de una men­
talidad competitiva se agrega a la compra de televisores, radios
de transistores, licuadoras, grabadoras, lavadoras eléctricas,
computadoras. El mayor éxito del proceso: la identificación en
algunos sectores de la americanización (consumo, apropiación
de esquemas) con el rechazo de cualquier idea de justicia so­
cial, y el concederle a las industrias culturales una presencia
determinista. Nunca es para tanto. Sí, en la sociedad de masas
sólo caben versiones estentóreas de los atavíos, las costum­
bres, el habla, el sentido del humor, las visiones del erotismo,
pero no son de índole maoísta ("Todos los atavíos chinos son
iguales"), ni garantizan en los modos de resentir la respuesta
única. Si la televisión cubre todo el país, son muy distintos sus
efectos en una colonia popular y en una residencial. Sí, Gwen­
dolyn, también hay una recepción televisiva de clase.

A las mayorías, la radio o la televisión les resultan los grandes


interlocutores, no nada más zonas de entrenamiento, sino mo­
dos de vida que, al tomarlos en cuenta (al despreciar casi cual­
quier jerarquización educativa: "Me interesa tanto que me
vean que trato a todos como a niños"), en algo los compensa de
sus limitaciones sociales. El mensaje es nítido: "No tienes otra,
público; acércate al espejo paradigmático; refléjate eu estas
tramas/canciones/frases/actitudes; adquiere, por contagio,
identidad globalizada y educación sentimental". Y el que en
este ámbito habla de "manipulación cultural", es exacto e in­
suficiente, al decir verdades a medias. La cultura de masas ac­
túa sobre vencidos previos y, al encauzar la derrota, hace de la
explotación el telón de fondo que sostiene los sueños melo­
dramáticos de las víctimas. No se usa tan consagratoria y deter-

116
ministamente la idea de "manipulación", sin aceptar que una
tiranía así desmoviliza para siempre. Y la realidad ofrece am­
plios testimonios de lo contrario.
En México, un elemento cuya protección se invoca es la
Identidad Nacional, siempre "al borde del extravío", y de la pér­
dida. "Oh Madre Identidad, protege nuestra esencia." Al no
precisarse el concepto, el miedo al desvanecimiento de la idio­
sincrasia es otra de las creencias irracionales a propósito de la
nación. Los extremos se unen: a la actitud sólo a la defensiva,
al "No pasarán" del criollismo católico y el chovinismo sucede
el sometimiento de quienes, al abrazar los beneficios tecnológi­
cos, suponen que lo siguiente es aceptar con júbilo la coloni­
zación mental. ¿Y qué entienden por "colonización mental"?
En este caso, la sensación de no habitar simultáneamente en dos
países. A eso se agrega la deshumanización que trae consigo
el culto idolátrico por el mercado. Describe Iván Illich: "La mo­
derna peculiaridad de ser incapaces de aprovechar las dotes
personales, la vida en común y los recursos del ambiente en
forma autónoma infecta todos los aspectos de la vida cuando
una mercancía diseñada profesionalmente logra reemplazar
el valor de uso que se confi gura culturalmente. De este modo
se destruye la posibilidad de experimentar satisfacción perso­
nal y social fuera del mercado" (Alternativas JI).

Tercer epígrafe: la alborada de la globalización

Ya todos saben para quién trabajan.


Traduzco un artículo de Esquire
sobre una hoja de Kimberley Clark Cor.
en una antigua máquina Remington.
Corregiré con un bolígrafo Esterbrook.
Lo que me paguen
aumentará en unos cuantos pesos las arcas
de Camation, General Foods, Heinz,
Colgate Palmolive, Gillete
y Califomia Packing Corporation.
José Emilio Pacheco

117
El fenómeno de la "americanización" se combina en Améri­
ca Latina de modo indistinguible con ese gran juego de susti­
tución de realidades que se llamó el imperialismo cultural y es
hoy la red transnacional de industrias culturales, término que
describe visiones competitivas y ferozmente individualistas, cuya
primera razón de ser es la apropiación masiva de la mentalidad
que se califica de única y deseable, y cuya técnica de conquista
exige que el prerrequisito del disfrute de logros científicos y tec­
nológicos sea aceptar los determinismos de la americanización.
Irracionalidad y dispersión. No sólo en el hábitat de clase
media, sino también en chozas, en tugurios, en la desolación
regida por la escasez donde se hacinan las multitudes, rige el
desencuentro entre el desarrollo personal ( el que exista) y los
requerimientos del desarrollo colectivo (el que no se produ­
ce). En tanto adquisiciones ideológicas, los sentimientos de bie­
nestar o de sobrevivencia dependen en altísimo grado de los
medios electrónicos, el resultado es característico de la hege­
monía: los sometidos no logran extraer conclusiones últimas
sobre la naturaleza de su opresión. A cambio, se entrega el haz
de ilusiones vicarias y compensaciones elementales a muy alto
precio que es sinónimo de sociedad de consumo. Y a la ofen­
siva de las transnacionales, sólo se oponen algunas instancias
fundamentales: la educación, la fuerza de la selección de las tra­
diciones (algo más significativo que la idiosincrasia, según creo)
y las cargas de sensualidad, humor y de relajo que matizan la
sobrevivencia.
Con la distorsión óptica obligada, los inmigrantes prefieren
ser ciudadanos de tercera del futuro, no del pasado. Antes estig­
matizada por los gobiernos de derechas e izquierdas, la ameri­
canización ya no es tema urgente. Es, de modo intensificado, lo
sólo discutido con fines retóricos, lo omnipresente que comple­
menta el juego de los nacionalismos y avasalla porque no tiene
sentido oponerse al confort y las sensaciones de vida contempo­
ránea, ni tampoco, atenerse a "valores nacionales" sin quedar
sepultado bajo el ahogo localista. Según muchos "lo nacional"
es variable de la falta de alternativas, y el eje de la seducción no
es la ideología, sino la tecnología. A la irracionalidad de estar

118
siempre a la defensiva, al "No pasarán" de las "esencias crio-
llas", sucede la irracionalidad de creer condición inescapable
para "estar al día", el pacto con una visión del mundo a la que
se conoce únicamente por la vulgaridad de sus propuestas.

De la puerilidad como la mayoría de edad


a la que tienen acceso los consumidores

Mucho de lo que se entiende por la americanización depen-


de de la puerilidad de sus clientes o creyentes. Con candor, se
adoptan de Estados Unidos mitologías de vida y conducta, y
por Norteamérica se entiende la mezcla de reflejos condiciona-
dos de la sociedad de consumo, la veneración de las modas su-
cesivas y la traducción mecánica de puntos de vista y culto por
la tecnología. No es impreciso hablar de puerilidad; en rigor,
nada más pueril que concederles a esquemas muy primarios la
calidad de senderos de civilización.
Pongo un ejemplo vertiginoso: desde hace una década, y sin
que nadie quiera evitarlo, la mercadotecnia es la piedra de toque
de las certidumbres sociales y políticas en México, un elemen-
to modificador de las mentalidades en mayor medida de lo
que se admite. Al perder su público cautivo la demagogia, y al
anular el estallido demográfico los efectos de las movilizacio-
nes directas, se quiere convertir a la mercadotecnia política,
con éxito muy regular, en santuario de la credulidad, la vía de-
vocional al conocimiento y la información, el reemplazo de la
experiencia por las encuestas y los arquitectos de imagen. En
el imaginario de los políticos, la voz de la encuesta es la voz de
Dios, los grupos focales sustituyen casi por completo a la opi-
nión pública, el electorado existe mientras duran los spots, y
lo que sucede al margen de la mercadotecnia es tan premoder-
no que, desde la óptica de los grupos políticos, no ocurre de
hecho. Esto, aunque las encuestas aportan sorpresas. En una
encuesta de 2004, 35 por ciento decidió no creer en la existen-
cia física de Juan Diego. Quién lo supondría.

119
De algunas ventajas de las industrias cultural,es

Una cosa por otra. En los años recientes, una vertiente de las
industrias culturales recrea comercialmente las consignas y
las actitudes de varios movimientos sociales, democráticos y li-
bertarios de Norteamérica. Es enorme la contribución de estas
aperturas al crecimiento de la tolerancia, la aceptación cre-
ciente de los derechos de las minorías, la incorporación de los
avances del feminismo. Como ha sucedido con el ritmo de li-
bertades del cine norteamericano, hay series que al amparo del
prestigio de la americanización, contribuyen a la ampliación
de criterios en el mundo entero.
¿Es posible valorar lo que ha significado para el entendi-
miento de la vida en prisiones y sus violencias de toda índole
una serie como Oz? ¿Y quién esperaba ver, a través de la fami-
lia "disfuncional" que atiende una funeraria, el acercamiento
respetuoso a las circunstancias de los velorios, como sucede
en Six Feet Undet? ¿Y cómo apreciar la trasformación del hu-
mor infantil que traen consigo las series de animación The
Simpsons y South Park? ¿Y cómo evaluar la normalización de la
experiencia lésbica que impulsa The L World, y la de la expe-
riencia gay a cargo de Will and Grace, Queer as Folk y Noah 's Are?
¿Y las aproximaciones a la vida sexual y sentimental de las mu-
jeres jóvenes en Sex and The City y Desperate House Wifes? Al fra-
casar la censura, las libertades continúan su expansión.

Cuarto epígrafe

Sorry, no tengo cash.

Presidente Ernesto Zedillo


a una indígena que le vendía
una Virgen de Guadalupe
de palma (1996).

120
ANATOMÍA DE UNA TENTACIÓN
•José María Pérez Gay

En El espacio interior de la gwbalización del capital (/m Weltinnenraum


des Kapitals, Suhrkamp, 2006) Peter Sloterdijk escribió:

En nuestros días ya nadie pone en duda que el capitalismo


mundial -aunque tenga un carácter policéntrico- haya ele-
gido ciertos lugares, países y poblaciones. Estados Unidos
de Norteamérica se cuenta no sólo entre sus regiones favo-
ritas, sino también ha llegado a ser su domicilio principal.
Estados Unidos es el país del mundo moderno que ha cons-
tituido -más que ningún otro- un gran espacio de riqueza
y prosperidad -representante incuestionable de los procesos
de modernización. Aquí se ha construido el palacio de cris-
tal de la nación que recibe a las grandes migraciones.

Así las cosas, podemos afirmar también que -siguiendo la


misma argumentación- la mayoría de los habitantes de Estados
Unidos tenía no hace mucho tiempo la convicción de sentir-
se no sólo los agentes de un sistema económico, sino también
los portadores de un entusiasmo cuyo nombre irresistible se co-
noce como the American dream. La mejor interpretación de ese
sueño -que también se llama American creed- la hizo en su tiem-
po el escritor Israel Zangwill (1864-1926), autor de la metáfora
del melting pot, como ha señalado Arthur SchlesingerJ r. en The
Disuniting of America. Reflections on a Multicultural Society (Amé-
rica desunida, reflexiones sobre la sociedad multicultural, W. W. Nor-
ton, Nueva York, 1998).
Quizá este sueño tuvo en su tiempo tantas definiciones co-
mo ciudadanos tenía por ese entonces Estados Unidos. A di-
ferencia de las muchas letargocracias en el resto del mundo,
Estados Unidos era la nación donde cualquiera podía hacer algo
nuevo, si quería hacer algo nuevo. De acuerdo con los derechos

121
constitucionales de sus ciudadanos, está presente la expecta-
tiva de hallar nuevos espacios que permitieran su ocupación y
transformación. Quizá esta expectativa se llame el "derecho a
Occidente" en un sentido no sólo geográfico, ya que Occiden-
te es el símbolo del derecho de pernada sobre la tierra, de las
conquistas en territorios desconocidos. Hace unos ciento cin-
cuenta años se llamaban Oklahoma o California y, en nuestros
días, se llaman Irak o la investigación genética, la nanotecno-
logía, la colonización de Marte o la vida artificial.
Los nativos americanos fueron, sin duda, las primeras vícti-
mas, los primeros iraquíes de su historia. La propuesta deJohn
Cadwell Calhoun se convirtió en un principio de la política na-
cional: el traslado de todos los indios al oeste del Mississippi, a
los territorios convertidos en reservaciones permanentes. Los
iroqueses, cheroquis, wampaaoags, delawares, tuscaroras, narra-
gansetts, yamasíes, senecas, sioux, hurones, apalaches, susque-
hannas, todas estas etnias desaparecieron en cruentas batallas,
exterminadas por la furia de los pioneros o vivieron acosadas por
las enfermedades en los ghettos llamados reservaciones federa-
les. A partir de 1840, las tierras al oeste del Mississippi fueron
arrasadas por traficantes, miner9s, jefes militares, granjeros y
ferroviarios, quienes lograron persuadir a las autoridades y se
las repartieron. Theodore Roosevelt ( 1858-1919) escribió: "La
justicia se encontraba en el grupo de los pioneros, porque es-
te gran continente no debía mantenerse sólo como un gran
coto de caza de míseros salvajes". Personajes de la historia esta-
dounidense tan eminentes como John Winthrop,John Adams,
Lewis Cass,John Caldwell Calhoun y Thomas Hart Ben ton afir-
maron que una raza primitiva y nómada debía permitir el paso
a una civilización cristiana y agricultora. Sus justificaciones las
encontraron en innumerables citas bíblicas que, según ellos, de-
mostraban que los blancos tenían derecho de pernada sobre la
tierra, porque procedían "de acuerdo a las intenciones de Dios
todopoderoso".
De acuerdo con las investigaciones del antropólogo Hen-
ry F. Dobyns ("Estimating Aboriginal lndian Population. An
Appraisal of Techniques with a New Hemisphere Estímate"

122
("Cálculo de la población nativa americana. Una apreciación
de las técnicas demográficas con un nuevo cálculo para el Nue-
vo Mundo", Current Anthropology, n. 7, Nueva York, 1966), antes
de que los europeos llegaran a Norteamérica los nativos ame-
ricanos del continente sumaban más de 90 millones de habi-
tantes. Una cantidad igual o parecida a la del Viejo Mundo. Si
los cálculos de Dobyns son razonables -y han sido cuidadosa-
mente considerados por expertos muy calificados- hablamos
de uno de los exterminios más impresionantes de la historia
moderna. Cuando los nativos americanos empezaron a tener
contacto con granjeros, cazadores, pescadores, exploradores
y colonos europeos, sucumbieron a la oleada de virulentas epi-
demias de los siglos XVI y XVII. La viruela, el tifus, la peste bu-
bónica, la gripe, el sarampión, la malaria, la fiebre amarilla
diezmaron a millones de seres humanos a lo largo de dos siglos,
como sucedió al parecer en menores proporciones durante
la Conquista de México. Por ejemplo, la viruela era sin duda la
peor, porque en ocasiones volvía con más fuerza la segunda y
aun la tercera vez. Al brotar de nuevo la epidemia de viruela
desaparecieron poblaciones enteras. No era fácil determinar
las densidades de población de los indios norteamericanos, las
controversias en torno a las poblaciones prehistóricas significa-
ron un dolor de cabeza para los investigadores; pero Dobyns
logró demostrar que la población de indios en Norteamérica
-en los tiempos de la Conquista- alcanzaba 9 800 000 habitan-
tes ¿Qué les sucedió a estos indios?
Los jefes indios Delaware y Pontiac son los prototipos de los
profetas que se dieron cuenta con una clarividencia casi má-
gica de la destrucción de sus pueblos por el hombre blanco.
Pontiac se convirtió en un gran líder, porque pronosticó con
dolorosa claridad el exterminio de su pueblo en la disputa por
las ricas tierras del Medio Oeste. La respuesta no se hizo espe-
rar: las numerosas bandas de indios guerreros se lanzaron a la
guerra, asolaron las tierras fronterizas y abrieron el camino de
su propia destrucción; los colonos abandonaban distritos ente-
ros pues muchos habían muerto bajo el golpe de las hachas toma-
hawk y las hogueras que arrasaban las casas y los campos. Ante

123
los ataques indios, los valles de los Apalaches fueron abando-
nados en 1767. A principios de la década de 1900, la población
india de Estados Unidos se había reducido a unos 250 mil habi-
tantes. A principios de la década de 1970, según las estimaciones
de los antropólogos, eran unos 700 mil habitantes. Los nativos
americanos no sólo fueron víctimas de las epidemias, sino tam-
bién del fuego de los ejércitos y los colonos. Se trata sin duda de
uno más de /,os muchos genocidios de la historia moderna.
Hacia 1845,John L. O. Sullivan, director de la United States
Magazine and Democratic Review, resumiendo la opinión públi-
ca de la gran mayoría de los estadounidenses, escribió ante la
anexión de Texas:

Las naciones europeas han intentado contrarrestar nuestra


política y obstaculizar nuestro poder, limitar nuestra gran-
deza e impedir el cumplimiento de nuestro destino manifies-
to, que significa el extendernos por todo el continente para
conseguir el desarrollo de millones de personas que se mul-
tiplican todos los años.

Resultado de las tendencias expansionistas y anexionistas


frente a los países fronterizos, la doctrina del destino manifiesto
no fue sino la ideología dominante en los años de la presiden-
cia de James Wood Polk (1845-1849),justificación de la disputa
existente con Gran Bretaña por el territorio de Oregon y la ane-
xión de los territorios mexicanos después de la guerra. La tras-
lación tipológica de la idea-creencia de pueblo elegido desde su
contexto bíblico al universo político y económico norteameri-
cano, su antropocentrismo teológico, el peligro que significaba
modificar el dogma tradicional -el hombre existe ad majorem
gloriam Dei- por la herejía moderna de que Dios existe ad ma-
jorem gloriam hominis.
La mayoría de los manifiestos políticos son una mezcla de
tedio y nostalgia. Por un momento, tal vez despiertan verdade-
ro entusiasmo, pero una vez desaparecida su causa inmediata
la retórica suena estridente y ampulosa a los oídos de la poste-
ridad. Las excepciones a la regla son escasas. El documento ti-

124
tulado The Unanimous Declaration of the Thirteenth United States of
America conserva, como el primer capítulo del mismo Manifies-
to del Partido Comunista, gran parte de su fuerza original. Leído
hoy es, quizá, el testimonio más preciso de cómo la idea del
"pueblo elegido" -una suerte de superación protestante del ca-
rácter excepcional del judaísmo- se convierte en el proyecto del
destino manifiesto; sin embargo, ser elegido no es sino la declina-
ción anglo-norteamericana -sostiene Sloterdijk- de la invención
europea de la subjetividad, que describe el suceso de la transfor-
mación -dentro de la vida común y corriente- en sujetos llama-
dos a participar en una misión íntima, nacional e irrepetible; es
también el password, la contraseña norteamericana para desen-
cadenar la opción y participar en el escenario mundial.
El destino manifiesto conocería una prolongación universal
inimaginable para los padres fundadores de Estados Unidos de
Norteamérica. El Manifiesto del Partido Comunista, obra maes-
tra escrita por los señores Marx y Engels -el año de 1848- es
el testimonio más conciso y escalofriante de un proceso que
causa estragos en el mundo de los últimos sesenta años: la pre-
sión inexorable de la globalización. De los cuatro capítulos
del manifiesto es el primero -y sólo el primero- el que justi-
fica el gran eco del conjunto de la obra. Los autores no sólo
prevén el futuro describiendo movimientos seculares como la
urbanización y el incremento de la mano de obra femenina, si-
no que también analizan el mecanismo de crisis inherente a la
economía capitalista con una exactitud sin parangón entre los
más recientes gurús de la globalización. Dan cuenta del verti-
ginoso ritmo de cambio al que todas las sociedades modernas
están sujetas, y otra vez prevén con precisión que roza la clari-
videncia las consecuencias "del infinito progreso de las comu-
nicaciones". También anticipan la destrucción de la industria
básica meridional, una catástrofe que ha sacudido a muchas
regiones en el mundo y de la que aún no hemos visto el final.
Por último, ponen al descubierto las implicaciones políticas de
una economía totalmente globalizada: la inevitable pérdida
del control por parte de los gobiernos nacionales, cuyo papel
se ve reducido al de "Consejo de Administración" de los nego-

125
cios comunes de la clase social dominante: la burguesía repre-
sentada hoy por las grandes multinacionales.
Nacido de una teología nacionalista, expresión del patriotis-
mo militante de una nueva nación en lucha contra la decaden-
cia del Viejo Mundo -"nosotros somos la nación del progreso, de
las libertades individuales y del sufragio universal"-, el sentirse
elegido surgió de una mezcla ideológica, que unía la carga mi-
sionera del protestantismo militante, el eco del milenarismo
cristiano y la herencia de la época pionera de los grandes viajes
de exploración y de conquista. La misma tradición de los pa-
dres fundadores otorgaba a Estados Unidos, "este imperio en
pañales", al decir de Thomas Jefferson, un derecho de colo-
nización de todo el continente. Pero fue también el testimonio
de una nación con un crecimiento demográfico extraordina-
rio y una prepotente expansión comercial en el Pacífico, que
comenzó el año de 1853 con el envío de una expedición comer-
cial y militar a Japón.

Estados Unidos ha ejercido un "charme", un encanto uni-


versal [sostiene Sloterdijk] cuyo origen radica en la consti-
tución psicopolítica de su sociedad. Desde el siglo XVIII, los
habitantes de Estados Unidos practican una versión no leibi-
niziana del optimismo que sigue renovándose hasta nues-
tros días, la armonía prestablecida del mejor de los mundos
posibles.

Según este modelo, el mundo existente no sólo es el mejor


de los mundos posibles, sino el mundo perfecto contemplado,
claro, desde la isla Ellis, el pequeño islote situado en el puerto
de Nueva York -tan perfecto que puede aceptar una cadena
interminable de avances. Desde la perspectiva de sus incues-
tionables progresos, muchas veces este optimismo se ha con-
fundido con la ingenuidad; pero en el fondo se trata de una
nueva formulación del sentido del ser. La metafísica y la ética
del improvement se remontan en parte a fuentes británicas, en
especial en el campo de los liberales de Gladstone, como lo
demostró Ian Bradley en The Optimists. Themes and Personalities

126
in Victorian Liberalism (Los optimistas. Temas y personalidades en
el victorianismo liberal, Faber and Faber, Londres, 1980).
Sin embargo, no se trata de la transformación del optimismo
en una apología del progreso, como muchos lo han creído,
sino por el contrario, de un incremento del optimismo en una
suerte de superoptimismo, que nos permite contemplar una in-
creíble relación histórica: el realismo más encarnizado y un
desacato ilimitado ante la realidad. Esa relación recuerda mu-
cho la virtuosa religión de los antiguos romanos que lograron
conciliar una piedad conmovedora con una crueldad mecánica
ante los conflictos de su tiempo presente. Los ciudadanos del
imperio romano sabían inclinar la cabeza ante la autoridad y,
sin el menor escrúpulo moral, pasar a la opresión y el asesinato
de los demás. En el progreso civilizatorio de Occidente, Beni-
to de Nursia -creador de la orden de los benedictinos- esta-
bleció las condiciones obligatorias de la conducta del hombre
nuevo en la Europa posrománica: la regla de Benito de Nursia
reemplazó el "exaltar y asesinar" de los romanos por el "ora et
labora" de la civilidad cristiana monacal.

Un hecho notable

Estados Unidos vivió una cruenta guerra civil sin cambiar su


forma de gobierno. No abandonaron la Constitución durante
la guerra civil norteamericana, no suspendieron las elecciones
y no dieron un golpe de Estado. Preservaron el mismo sistema
de gobierno establecido cuando se fundó la nación, demostra-
ron que valía la pena preservar el sistema y, sobre todo, que la
idea de la democracia no había fracasado. Éste era el signifi-
cado del discurso de Gettysburg y del grito de guerra del nor-
te: la unión. El sistema fue preservado y la unión sobrevivió.
La guerra civil no convirtió a Estados Unidos en una nación
moderna pero señaló el nacimiento de la Norteamérica mo-
derna. La Guerra de Secesión permitió que durante cuatro años
el norte definiera las condiciones para la expansión nacional
sin la obstrucción del sur, y que el Congreso de la época de la
guerra se convirtiera en uno de los verdaderos impulsores de

127
la modernidad. Apoyó la enseñanza científica y la investigación;
estableció el primer sistema de tributación oficial y acuñó la
primera moneda nacional importante; facilitó la construcción
de universidades públicas y concluyó la red de vías férreas
transcontinentales. A partir de entonces el gobierno federal
se convirtió en el motor legislativo del progreso social y eco-
nómico, y contribuyó a obtener la victoria. La derrota militar
de la Confederación transformó al Partido Republicano en la
fuerza dominante de la política nacional después de 1865. Du-
rante más de cuarenta años un fuerte gobierno central no sólo
protegió, sino impulsó el predominio del capitalismo y el esti-
lo de vida que llamamos moderno.
Afirma Sloterdijk que las ventajas filosóficas y psicopolíticas
del American way of lije son quizá la más perfecta traducción de
un modo de existencia poshistórica. Mientras los europeos,ja-
poneses, chinos, hindúes y rusos han llegado paso a paso al
mundo de las condiciones poshistóricas, y se convierten en los
oportunos advenedizos del presente, los norteamericanos son
los veteranos de la poshistoria; la noticia del fin de la historia
no es, para ellos, ninguna novedad. La revolución americana
se cumplió al mismo tiempo que la Declaración de Independen-
cia; una independencia no sólo de Inglaterra, la metrópoli, sino
también de todo el sistema de medidas, autoridades y prejui-
cios de la antigua Europa que pesaban como fardos sobre el
resto del mundo. El concepto de revolución -si se entiende en
un sentido político y desde luego futurista- les suena a los esta-
dounidenses como una inquietud absurda, como si se les or-
denara declarar por segunda vez la guerra en la que vencieron
a la Corona británica.
Desde la perspectiva de su diseño psicopolítico, Estados Uni-
dos de Norteamérica es en realidad el país del escapismaverdade-
ramente existente: un centro de exilio y refugio de toda clase
de desertores, que albergó no sólo a los evadidos cuya deses-
perada situación en los países de origen les impuso buscar una
segunda oportunidad, sino también a un sinnúmero de náufra-
gos y fracasados que pudieron salvarse de las mareas-de la His-
toria Universal -sobra, pero no sobra mencionar a los veinte

128
millones de mexicanos hambrientos que en las últimas décadas
han pasado la frontera y se han establecido en toda la nación.
Antonio Villaraigosa, el alcalde de Los Ángeles, es quizá su me-
jor representante. El país de inmigrantes propulsor de exceden-
tes ofrece un amplio margen de acción a los que han preferido
la hegemonía de las iniciativas al mundo enclaustrado de las
inhibiciones. Si pudiésemos articular en una sola frase todo el
resplandor y las paradojas de Estados Unidos, deberíamos decir:
Norteamérica le permitió a las fuerzas de la historia retirarse de
la historia, vale decir: las fuerzas evadidas de la historia que aho-
ra se preparan para descubrir de nuevo en esa nación la historia.
El único movimiento de liberación que tiene todavía senti-
do para los habitantes de Estados Unidos de Norteamérica es
aquel que intenta quitarse de encima las reliquias personales de
la vida histórica y reconocer el origen de la propia familia.

Cada individuo puede repetir en privado la sesión de la his-


toria [dice Sloterdijk] en la cual el niño que lleva dentro se
libera del dominio del mundo de sus padres. La insondable
extensión del paisaje de las terapias estadounidenses no reve-
la sino el rechazo absoluto de sus habitantes a lo que alguna
vez fue la penosa realidad exterior. Así como los emigrantes
se deshicieron del peso de la identidad que habían traído
desde lugares lejanos, y lograron convertirse en auténticos
estadounidenses, sus descendientes se deshacen hoy de la
basura psíquica del mundo interior que habían traído del pa-
sado, reliquias del Viejo Mundo. La terapia estadounidense
no consiste sino en transformar las fracturas históricas en una
suerte de seif-reliance, de autosuficiencia poshistórica.

La misma idea del trabajo ha perdido su antiguo sentido


occidental. El trabajo duro que desempeñan los migrantes
mexicanos, y otros, deja a los estadounidenses concebir su
propia idea del trabajo como un perfonnance, cuyo sentido no
es sino revelar cómo los individuos avanzan de la abundancia
de las oportunidades a la socorrida sobreabundancia del éxito.
¿Dónde sino en Estados Unidos podemos encontrar gente que

129
pueda mudarse del norte al sur para obtener más capital que
en su antiguo domicilio? ¿Dónde sino en Estados Unidos sus
habitantes contemplan con toda serenidad cómo en una cul-
tura igualitaria se abre cada vez más el abismo que separa a los
pobres de los ricos? ¿Dónde sino en Estados Unidos nos encon-
tramos la displicente inmoralidad de una oligarquía que com-
prueba todos los días un hecho incontrovertible?: para la gran
mayoría de sus habitantes las coronas de rayos que rodean a los
éxitos no son -insiste Sloterdijk- sino emanaciones de sus pro-
pias creencias. En el clima de la meritocracia, los exagerados logros
muy bien compensados de los otros son también las pruebas
de la validez del sueño de todos.

¿En qué momento se americanizó la modernidad?

Yo creo que fue a partir de la década de 1930, cuando el cine


norteamericano a través de su industria se volvió un arte y un
espectáculo universal. La imagen y el movimiento son simul-
táneos: ésta es la novedad del cine, su grandeza pero también su
servidumbre. La tradición plástica, aunque no sea kinética, no
excluye el movimiento, sólo que éste ocurre en la imaginación.
Una pintura de Velázquez o una escultura de Bernini tienen
tanto movimiento como una película de Chaplin o Eisenstein. Y
se mueven más -en todos sentidos- que Lo que el viento se Uevó.
Pero el movimiento de Velázquez o Bernini no coincide con
la inmediatez visual, requiere que la imagen se mueva mental-
mente (la pintura, dijo Leonardo, es cosa mental): es decir, la
gran tradición plástica exige que le demos a la imagen el mo-
vimien to de la imaginación. Una pintura será apreciada por el
movimiento que su imagen le permite a nuestra imaginación.
De allí que, para muchos, la obra de Velázquez sea la más ex-
celente en la historia de la pintura: no hay actividad narrativa
dentro del espacio pictórico tan intensa como la de Las meni-
nas. El cine es una experiencia vicaria, nos permite identificar-
nos con los héroes que quisiéramos ser, tan guapos como ellos,
tan seductores, tan amados por todas las Olivias de Havilland
del universo. Las escenas de nuestra primera película que nos

130
habitó durante la niñez y adolescencia, al grado que nuestras
amistades eran juzgadas por su complicidad cinematográfica,
nunca se olvidarán. La creencia en el cine como una "religión
laica", el culto a las sombras, el gran ritual de las repeticiones.
¿Alguien ha intentado describir el proceso civilizatorio que
ha generado el cine norteamericano? Me refiero a los códigos
de múltiples conductas que el cine ha desatado e impuesto en
las sociedades a lo largo de ochenta años, el enorme poder que
ha transformado la realidad de nuestros comportamientos.

La mirada acentúa la intemporalidad [escribió Carlos Mon-


siváis en su ensayo sobre Greta Garbo]. La expresión, dis-
tante y levemente angustiada, se dirige hacia la cámara, su
complemento irremediable, la técnica que realza la sensua-
lidad, la garantía de permanencia de ese instante único: la
luz en ese ángulo facial. En la figura conviven la fragilidad
y la fuerza, el deseo y el alejamiento. Al verla en las fotos y en
las películas, uno entiende con facilidad el porqué de la com-
paración reiterada de su imagen fílmica con las grandes
obras maestras del Renacimiento y la antigüedad clásica, y
por qué su fotógrafo de la MGM Clarence Sinclair Bull, creó
el montaje en el que la figura de la Esfinge detenta el rostro
de Garbo.

"Lo que otros hombres ven en las mujeres cuando están


ebrios, yo lo observo en Greta Garbo cuando estoy sobrio", es-
cribió el crítico inglés Kennet Tynan.
Al manifestar gran preferencia por los terrenos genéricos
que facilitan la comprensión, el cine ha americanizado lamo-
dernidad: el western Qohn Ford), el musical (Gene Kelly), el
gángster Qames Cagney), la épica (Cecil. B. de Mille), el melo-
drama (casi todos), el suspenso ( Hitchcock), la guerra (de Grif-
fith a Stanley Kubrick), la comedia (Ernst Lubitsch) y el culto
a la hermosura femenina (Garbo, Dietrich, Monroe, Gardner).
Cada uno de estos géneros tiene su propio código de conduc-
ta, su historia y su decadencia; una concepción del gusto y su
correspondiente idea de la política.

131
La imagen de las composiciones de seres humanos en inter-
dependencia como se manifiestan en la danza y en el cine,
sobre todo en el cine norteamericano [anotaba Norbert
Elias] puede facilitarnos la lectura del tiempo en el espacio,
la representación visual y, al mismo tiempo, histórica de las
ciudades y las familias, de las calles y los espacios urbanos y,
sobre todo, de la convivencia y la interdependencia en el
sistema del capitalismo.

Ningún ejemplo más contundente que El nacimiento de una


nación, de Griffith, primera superproducción de Estados Uni-
dos, la industria fílmica en todo su esplendor, en la Arcadia de
su oficio. La historia de la familia sureña Cameron y de la nor-
teña Stoneman, cuyos lazos de amor prevalecen a pesar de la
Guerra de Secesión norteamericana y se consolidan durante
la reconstrucción del sur. Cuando uno de los Cameron crea el
Ku Klux Klan, recibe apoyo de los Stoneman para enfrentar-
se al mulato Silas Lynch y a su milicia de afroamericanos que
protege a los negros en el poder y margina a los ciudadanos
de origen ario. Griffith nos revela a la perfección el lengua-
je de Hollywood. La desigualdad económica tiene origen en la
discriminación racial: los negros -sin análisis de su condición-
son fustigados como un cáncer de Estados Unidos y los blancos
defienden su herencia aria, sinónimo de supremacía. En El
nacimiento de una nación ya se vislumbra por primera vez un ar-
te consciente de sus propios medios.
El código de producción del cine, supervisado por la oficina
de Will H. Hays, había sido aprobado el 3 de marzo de 1930,
con todo género de especificaciones de lo que podía o no po-
día ser mostrado y dicho en las películas producidas en Holly-
wood. Su contenido era la manifestación, por un lado, de la
actitud oportunista que garantizaba la estabilidad de la industria
durante la gran crisis y, por el otro, de la mentalidad moralis-
ta e hipócrita de sus escritores, quienes deseaban "proteger la
sensibilidad del gran público". Al aplicarse el código se aten-
tó contra la integridad de muchos artistas, fue factor decisivo
en la alteración de muchos filmes -desde la etapa de prepro-

132
ducción, en que el guión era sometido a la oficina de Robert
Breen, nombrado administrador del código por Hays- y logró
acabar con más de una carrera. La filmación y el estreno, el
año de 1933, del filme de Ernst Lubitsch Design Jor Living ( cuyo
título en español es Una mujer para dos) transformó la moral
de los códigos, y puso al cine un paso más allá del lodazal de
mezquindades, intrigas y corruptelas. Miriam Hopkins, Frederic
March y Gary Cooper se convirtieron en los magos del screwbal~
de la comedia alocada, que rompió con todas las inhibiciones
masivas y la moral de esos años.
Design Jor Living es la adaptación de una obra de Noel Cow-
ard, ambientada en Europa, en la que una diseñadora indus-
trial conoce en un tren a un pintor y a un dramaturgo, con
quienes decide vivir y hacer el amor, siempre y cuando uno de
los dos no esté presente. Pero "el acuerdo de caballeros", que
dicta a los protagonistas convivir sin tener sexo, excluye a la
mujer quien, al no ser caballero, rompe el acuerdo a su anto-
jo. Ernst Lubitsch, de origen alemán, era el señor de la come-
dia. El cine trajo consigo algo nuevo. Hay directores que están
siempre en escena, como si vivieran el filme que dirigen. De
éstos se dice, con razón, que son los mejores:John Ford, Ernst
Lubitsch, Billy Wilder, Orson Welles, y muchos más del mismo
linaje. Hay otros cuya presencia en el rodaje no supone la más
leve intervención en el filme. Están allí, en efecto, pensando
en otra cosa tal vez más importante que cuanto se dice en es-
cena. Estos directores-cientos de ellos- son los que han hecho
el cine en Hollywood. ¿Quién puede trazar la línea de la ame-
ricanización de la modernidad que va, por ejemplo, de Luces
de la ciudad de Chaplin a Psicosis de Alfred Hitchcock, de Fran-
kenstein de James Whale a El resplandor de Stanley Kubrick, de
Una noche en la ópera con los hermanos Marx, de Sam Wood, a
Annie Hall de Woody Allen? La lista sería interminable; el
enigma, insondable.
Dejando a un lado cuanto puede haber de exageración en
la hegemonía de la televisión en las últimas tres décadas, y en la
revolución informática y microelectrónica, los microprocesa-
dores han sustituido los complicados y vulnerables engranajes,

133
los aparatos inteligentes con respuesta de voz o los lectores de
códigos de barras han transformado la contabilidad adminis-
trativa, la gestión de inventarios y las ventas en mostrador. La
electrónica hace posible la automatización del control de ca-
lidad al sustituir al ojo humano por los más rigurosos sensores
de láser; pero sobre todo el Internet simboliza hoy la america-
nización del ciberespacio.
Desde el fin de la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos
ha carecido de lo que los patriotas actuales llaman energy inde-
pendence. Desde el encuentro del presidente Franklin D. Roose-
velt con el rey Ibn Saud a bordo del portaaviones uss Quincy
en la cercanía del canal de Suez, unos días antes de la Confe-
rencia de Yalta, en febrero de 1945, quedó sellada la alianza
estratégica entre los dos grandes polos del escapismo en el pla-
neta hasta convertirse en una constante de la más reciente polí-
tica internacional. "A partir de ese momento quedaron unidos
el escapismo narcisista de Estados Unidos y el escapismo nar-
cótico de los rentables Estados árabes", escribió Rüdiger Sa-
franski. Detrás de su fuerte dependencia de las importaciones
de petróleo de la región del golfo Pérsico, la gran excepción
norteamericana permaneció desde entonces vinculada de un
modo más que vergonzante a las circunstancias exteriores.

El tiro por la culata

Durante la administración de George W. Bush, la americaniza-


ción de la modernidad ha llegado a un punto de no regreso.
La guerra en Irak ha traído consigo una violencia cada día
más inusitada, una guerra planeada desde hace mucho tiem-
po, ejemplo de una ofensiva unilateral y de algo insólito: la idea
de la guerra preventiva. Sus efectos psicológicos secundarios
en todo el mundo han convertido a Estados Unidos -subraya
Safranski- en un cuerpo extraño en el sistema moral ecológi-
co de la poshistoria. Aunque la retórica de sus ideólogos quie-
ra hacernos creer que envuelve al mundo entero, quien dice
globalización habla de un archipiélago floreciente, animado
por el confort y el lujo artificial, donde dominan privilegios y

134
riqueza en medio de un océano inmenso de pobreza y mise-
ria. Durante la guerra de Vietnam -la guerra de mi genera-
ción- nunca escuché o leí hasta donde recuerdo, salvo en la
guerra del golfo Pérsico, que los soldados estadounidenses se
suicidaran fuera del campo de batalla. Las estadísticas del ejér-
cito estadounidense muestran que se suicidan 17.3 por ciento
de cada diez mil soldados, 4.5 por ciento más que en el año de
2005 y 4 por encima de la media nacional. El informe consta-
ta que uno de cada cuatro soldados que se suicidan estuvo en
el frente iraquí o afgano.
Después de la barbarie terrorista del 11 de septiembre de
2001, Estados Unidos utilizará cada vez más la red de sus satéli-
tes espía para controlar la inmigración y el terrorismo, quiero
decir: permitirá más allá del ámbito militar un acceso más am-
plio a las imágenes que en tiempo real captan los potentes sa-
télites espía. En el mundo se mueven hoy en día 15 millones
de contenedores que representan 90 por ciento del comercio
mundial, y sólo 2 por ciento puede ser controlado por las adua-
nas. Ése es el verdadero dilema después del 11 de septiembre,
el problema más fascinante e importante, afirma Ryszard Kapus-
cinski. En el desarrollo del mundo actual los componentes de
un producto cualquiera se hacen en diferentes partes del plane-
ta, y termina armándose en otro lugar lejano y distinto. Si im-
ponemos un control estricto a todos los contenedores, entonces
la economía mundial se paralizaría.
Desde esta perspectiva, la teoría sobre "el choque de civiliza-
ciones", de Samuel P. Huntington, parece más bien una ficción
histórica y sociológica mal construida, porque las tecnologías
básicas en las que se erigen las formas de enfrentar la vida son
las mismas en ambas civilizaciones. El diálogo entre las civiliza-
ciones que promueve el presidente de España,José Luis Rodrí-
guez Zapatero, no me parece una mejor opción. Civilización
y técnica son términos casi sinónimos. Más exactamente, el gran
conflicto radica en que Occidente no cuenta con ofertas mo-
rales y políticas razonables para Oriente próximo, África, gran
parte de Asia y América Latina, donde la desigualdad social y
la demografía degradan cada vez más el carácter sagrado de la

135
vida. La exportación de la democracia ha resultado no sólo un
fracaso, sino una absurda quimera. En muchas culturas no eu-
ropeas, la gente tiene que buscar nuevas fuentes de sentido y
nuevas formas de orden social, y la retórica occidental de los
derechos humanos y de los Estados nacionales se queda muy
corta a la hora de abordar los verdaderos problemas políticos.
Este vacío es una de las razones por las cuales el Islam o las re-
ligiones domésticas, como el hinduismo y el animismo, logran
una afluencia de fieles cada vez mayor; son energías comuni-
tarias de una fuerza inimaginable que interpretan necesida-
des vitales inmediatas. Al parecer hemos olvidado un factor
fundamental: el ser humano es el único animal que puede in-
terpretar sus propias necesidades. La vida siempre se nutre de
dos fuentes: la técnica vital para sobrevivir y la inspiración mo-
ral. Por esa razón, el Islam es irremplazable para millones de
personas. Además, Occidente carece de un sentido del martirio:
el cristianismo moderno es una religión posheroica, mientras
que el Islam aún es heroico. Ésa es la diferencia. De los nortea-
mericanos, subraya Kapuscinski, cabe esperar que regresen a la
democracia, pero en este momento se encuentran en una pe-
ligrosísima crisis monotemática que apunta a la autodestruc-
ción de la democracia. No debemos tampoco olvidar algo muy
importante: el espacio interior del capitalismo internacional
abarca cuando mucho una tercera parte de los casi 7 mil mi-
llones de habitantes del planeta y, desde una perspectiva geo-
gráfica, apenas la décima parte de la tierra firme.
El siglo XXI será el escenario de la última lucha de la moral
universal. ¿Lograremos ponerle fin al invernadero del bienestar
en que se ha convertido el mundo o nos habituaremos a la de-
sigualdad descomunal que gobierna el planeta? ¿Miraremos im-
pasibles cómo los países ricos y poderosos, gracias a los avances
de la medicina y la genética, llegan a ser los propietarios del
potencial antropológico mientras el resto de los individuos
queda excluido del proyecto de la felicidad? La gran amenaza
es una plutocracia antiigualitaria que lleve a cabo una selección
genética de los mejores y que establezca quiénes son los ver-
daderos seres humanos ..

136
,,
DE LA CIENCIA Y LA ECONOMIA
1A AMERICANIZACIÓN DE 1A CIENCIA
•Manuel Peimbert

La creación, dominio y uso de la ciencia


moderna es básicamente l,o que distingue
al narte del sur.

Muhammed Abdus Salam

Empezaré con una definición de Ruy Pérez Tamayo:

La ciencia es una actividad humana creativa cuyo objetivo


es la comprensión de la naturaleza y cuyo producto es el co-
nocimiento obtenido por medio de un método científico,
organizado en forma deductiva y que aspira a alcanzar el ma-
yor consenso posible.

En principio, la ciencia es la misma para todos los científi-


cos de todos los países del mundo, ésta es la razón por la cual
su valor es universal. Entonces, ¿por qué hablamos de la "ame-
ricanización de la ciencia" si la ciencia es universal? Probable-
mente se deba a nuestro arraigado zapatismo, que nos lleva a
pensar que "la ciencia es de quien la trabaja", y como los ame-
ricanos son los que más se dedican y más dinero invierten en
la ciencia tenemos la idea de que los americanos se han apro-
piado de ella.
Otra respuesta sería decir que la "americanización de la
ciencia" consiste en que la manera en que se realiza la ciencia
en Estados Unidos ha sido adoptada por todo el mundo. Lo
más sensato sería hacer un recuento histórico sobre el desa-
rrollo de la ciencia en las distintas épocas y civilizaciones. Esto
nos llevaría a la conclusión de que en los últimos cincuenta años
una fracción muy importante del total de los científicos en el
mundo se encuentra trabajando en Estados Unidos y por lo
tanto un gran porcentaje de los resultados de la investigación

139
científica del periodo provienen de Estados Unidos o se publi-
caron en Estados Unidos. Desde este punto de vista podemos
decir que la ciencia se ha "internacionalizado", más que "ame-
ricanizado".
Enseguida mencionaré algunas características de la ciencia
moderna y compararé la actividad científica de Estados Unidos
con la de México, así como las implicaciones de esta compa-
ración. Como diría Justo Sierra, "queremos nacionalizar la cien-
cia y mexicanizar el saber", y para lograrlo hay que conocer qué
aspectos de la americanización de la ciencia queremos adop-
tar y cuáles queremos modificar. También mencionaré some-
ramente cuáles son las bases en las que descansa el desarrollo
científico americano.
No diré nada respecto a cómo los americanos se apropia-
ron del nombre del continente.

Características del trabajo científico (evaluación, publish


or perish, Science Citation Index, trabajo en grupo, ar-
tículos e instalaciones multinacionales)
El sistema científico americano está basado en la búsqueda de
la calidad y la productividad. Hace algunas décadas se acuñó la
frase publish or perish, "publicar o morir" sería la traducción lite-
ral; en tiempos de la Revolución francesa, y desde hace un tiem-
po se traduciría como "publica o cuello". La política de publish
or perish se practicó hasta el extremo de pervertirse, y muchos
de los científicos más importantes de hace cuarenta años la cri-
ticaron severamente.
También en México la evaluación de los investigadores em-
pezó a hacerse con base en el número de artículos publicados.
En 1959, por ejemplo, para ingresar a la recién fundada Aca-
demia Mexicana de la Investigación Científica, ahora llamada
Academia Mexicana de Ciencias, uno de los requisitos era ha-
ber publicado un artículo de investigación en los últimos tres
años. Uno de los aspectos positivos de este sistema fue que los
científicos mexicanos empezaron a publicar más, y el otro que
las nuevas ideas se difundieron y conocieron más rápidamen-

140
te. Pero también hubo aspectos negativos, pues en algunos ca-
sos los nuevos resultados se fragmentaban para poder publi-
car varios artículos y sólo se trabajaba para alcanzar la calidad
mínima a fin de que los artículos fueran aceptados por las re-
vistas de investigación.
Entonces, para evitar las distorsiones introducidas por el
publish or perish, algunas universidades americanas modifica-
ron su sistema de evaluación. También la National Academy
of Sciences, la Academia de Ciencias del Mundo en Desarro-
llo (también conocida como la Academia de Ciencias del Tercer
Mundo, 'IWAS) y otras academias de gran prestigio internacio-
nal adoptaron criterios semejantes. Se esforzaron en darle una
importancia central a la calidad y poner en segundo plano la
cantidad. Se empezaron a tomar en cuenta los diez o doce me-
jores artículos de cada candidato para que los comités hicie-
ran las evaluaciones. En los últimos veinte años se ha puesto de
moda, como mecanismo de evaluación, tener muy en cuenta
el número de citas que tiene cada investigador. Así surgió el
Science Citation Index y otros índices de registro de citas más
especializados como el Sistema de Datos en Astrofísica, ADS
por sus siglas en inglés.
De esta manera, el número total de citas que tiene un inves-
tigador se ha vuelto uno de los parámetros importantes en las
evaluaciones de todo tipo: ingreso, promoción, premiación,
otorgamiento de recursos para proyectos de investigación, et-
cétera. En las pláticas de investigación ya se menciona incluso
el número de citas que tiene algún artículo como medida de su
importancia. La evaluación se debe basar en múltiples pará-
metros en los que el número de citas sería uno de tantos, este
parámetro también tiene sesgos inconvenientes que se pueden
corregir a partir de análisis curriculares más profundos.
La complejidad de la ciencia moderna y el costo de los equi-
pos ha hecho que la investigación, que hasta 1940 era fundamen-
talmente individual, la lleven a cabo. grupos. Estos grupos son
multinacionales, multigeneracionales y, en algunos casos, mul-
tidisciplinarios. En 1940 el promedio de autores por artículo de
astronomía era alrededor de 1.5, en 1970 de 2.5 y en la actua-

141
lidad es cercano a 4. Lo mismo ocurrió con los grandes telesco-
pios, que en el siglo XIX y la primera mitad del XX pertenecían
a una sola institución, algunos de los construidos en los cin-
cuenta y los sesenta pertenecían a varias instituciones, algunos
de los construidos en los setenta y los ochenta ya eran nacio-
nales y de los construidos en los últimos treinta años muchos
son multinacionales. Los cuatro tipos de telescopios mencio-
nados se encuentran activos en la astronomía americana, pero
en general los más complejos y poderosos son aquellos que tie-
nen financiamiento multinacional. Un proceso similar se ob-
serva en otras ramas de la ciencia.

El inglés: el latín de los científicos

En los últimos cincuenta años hemos visto cómo las principa-


les revistas de investigación de Europa y Japón han decidido
publicar en inglés. Otra vez en el caso de la astronomía, más
de 99 por ciento de los artículos de investigación del mundo
se publican en inglés. Algunas revistas rusas y la revista china se
publican en el idioma local pero posteriormente se traducen
al inglés. En prácticamente la totalidad de los congresos de in-
vestigación científica internacionales las conferencias y los tra-
bajos se presentan en inglés. El inglés se ha convertido en el
idioma de la ciencia, así como lo fuera el latín para la cultura
en la Edad Media. En la actualidad no se puede hacer investiga-
ción científica de frontera si no se tiene un buen conocimiento
del inglés, además, si uno quiere que sus resultados sean cono-
cidos por la comunidad científica internacional, es necesario pu-
blicarlos en inglés.
Que una lengua se imponga a estos extremos en todo el
mundo conocido ha sucedido repetidas veces a lo largo de la
historia. Los romanos impusieron el latín en todo lugar que con-
quistaron. Siglos después, cuando ya en toda Europa se habla-
ban las distintas lenguas romances, el latín seguía siendo la
lingua franca. Es hasta 1492, año sorprenden te para España y
para el continente americano, que Antonio de Nebrija publi-
ca la primera gramática del español. Al dedicarle su obra a la

142
reina Isabel la Católica este gramático subraya la idea de que
"siempre la lengua fue compañera del imperio". Esta cita la
encontré en el espléndido libro de Antonio Alatorre Los 1001
años de la lengua española. En esa obra, Alatorre cuenta que "la
gramática de Nebrija acabó de imprimirse en Salamanca el 18
de agosto de 1492, cuando Cristóbal Colón navegaba hacia lo
aún desconocido". Puede decirse que Nebrija tuvo una espe-
cie de premonición de lo que sucedería durante los siguientes
trescientos años, es decir la expansión del imperio español y,
por supuesto, de su compañera, la lengua española. Por lo tan-
to, nosotros también hablamos una lengua imperial, aunque
ese imperio ya no exista.
A pesar de la preeminencia del inglés, es necesario desarro-
llar un léxico científico en español, que funcione para difun-
dir la ciencia al público en general y para educar a los niños y
a los jóvenes, algunos de los cuales se convertirán más adelante
en científicos. La difusión y la educación nacionales en español
son indispensables para el desarrollo de la ciencia en nuestro
país. Este trabajo lo llevan a cabo los profesores en todos los
niveles de educación, con publicaciones como la revista Cien-
cias de la Facultad de Ciencias de la UNAM, la revista Ciencia de
la Academia Mexicana de Ciencias, la colección "La Ciencia
para Todos" del Fondo de Cultura Económica, y los numerosos
libros de texto de todos los niveles producidos por los profe-
sores mexicanos. Esta labor debe seguir siendo apoyada y debe
multiplicarse.
Mientras tanto, para mantener el diálogo con los científicos
de todas las naciones debemos publicar en inglés, si no quere-
mos aislarnos y quedar a la zaga del avance de la ciencia y la
tecnología.

Gasto en ciencia y tecnología

Desde hace más de setenta años, en los países avanzados se ha


aceptado la idea de que es necesario un sólido desarrollo en
ciencia y tecnología para lograr el bienestar nacional y tener
un futuro exitoso. El apoyo que recibe la ciencia en estos paí-

143
ses se debe, entre otras causas, a que un gran porcentaje de la
población tiene una buena calidad de vida y a que esta pobla-
ción considera que la ciencia es el motor que genera el con-
fort y la salud de que gozan, que la ciencia puede acabar con las
enfermedades más devastadoras de la humanidad, que es fun-
damental para competir en los mercados mundiales de tecno-
logía avanzada y, en última instancia, para ayudar a resolver
los problemas de la sociedad y del medio ambiente.
Para lograr estos objetivos los países desarrollados dedican de
1 a 3 por ciento del PIB al gasto en ciencia y tecnología. Estados
Unidos dedica alrededor de 2.7 por ciento. Desde la creación
del Conacyt en 1972 hasta el presente, México ha dedicado
entre 0.3 y 0.4 por ciento del PIB al gasto en ciencia y tecnolo-
gía. En el presupuesto de este año, 2007, el gasto es de 0.35 por
ciento del PIB. Si a esto añadimos que el PIB per cápita de Esta-
dos Unidos es 7 veces mayor que en México, nos encontramos
con que México gasta per cápita 50 veces menos que Estados
Unidos. Este factor de 50 implica que estamos lejos de que la
ciencia mexicana se esté "americanizando".
Si queremos comparar a México con Estados Unidos en tér-
minos absolutos, tenemos que tomar en cuenta que la pobla-
ción de Estados Unidos es 3 veces mayor que la de México, lo
cual quiere decir que Estados Unidos invierte 150 veces más
que México en ciencia y tecnología.
La presión política y social llevó a los presidentes Salinas,
Zedilla y Fox a prometer durante sus campañas presidenciales
elevar a 1 por ciento del PIB el gasto en ciencia y tecnología du-
rante su gobierno, cosa que no hicieron. Igualmente, la Ley de
Ciencia y Tecnología de México recomienda que el gobierno
federal gaste 1 por ciento en ciencia y tecnología. Por otra par-
te, el gasto del sector privado en ciencia y tecnología es irriso-
rio en comparación con el gasto del gobierno federal.
Es necesario que la presión política y social obligue a los po-
líticos a cumplir estas promesas de campaña y esta ley, porque
sólo una opinión pública informada, crítica y demandante lo-
grará modificar las conductas de nuestros gobernantes.

144
La recaudación fiscal y la distribución de la riqueza, ¿la
mexicanización de Estados Unidos?

Del gasto en ciencia y tecnología en Estados U nidos, la mitad


se debe a la iniciativa privada y la otra mitad a los gobiernos
federal y de los estados. Para americanizar la ciencia en Méxi-
co sería necesario aumentar el gasto en ciencia y tecnología,
para lo cual habría que tener una buena recaudación fiscal. Y
si tomamos en cuenta que la iniciativa privada en México prác-
ticamente no invierte en ciencia y tecnología, la recaudación
tendría que ser mucho mayor.
Si nos vamos a los números, la recaudación fiscal de Esta-
dos Unidos es de 26 por ciento del PIB, mientras que en Mé-
xico solamente es de 10.2 por ciento del PIB, una de las peores
del mundo. Agregando al gasto federal los ingresos de Pemex,
el PIB aumenta a 16.4 por ciento. Países con un desarrollo si-
milar al nuestro como Argentina, Brasil, Sudáfrica y Turquía
tienen recaudaciones fiscales que van de 22 a 33 por ciento. En
todos los países del mundo existe una correlación muy gran-
de entre la recaudación fiscal y la distribución de la riqueza: a
mayor recaudación fiscal, mejor distribución de la riqueza.
Los países del mundo con mayor recaudación fiscal son Fin-
landia, Noruega, Suecia, Dinamarca y Bélgica. Estos países re-
caudan aproximadamente 50 por ciento del producto interno
bruto; además, tienen la mejor distribución de la riqueza del
mundo, ya que el 10 por ciento más rico de la población tiene
ingresos per cápita sólo 3 veces mayor que el 10 por ciento
más pobre de la población. En México, el ingreso del 10 por
ciento más rico es 29 veces mayor que el del 10 por ciento más
pobre.
Como mencioné anteriormente, en Estados Unidos la re-
caudación fiscal es del orden de 26 por ciento del PIB, y en ese
país el 10 por ciento más rico de la población tiene ingresos 6
veces mayor que los del 10 por ciento más pobre. Esto nos lle-
va a concluir que aunque la calidad de la ciencia en los países
del norte de Europa es similar a la de Estados Unidos, la distri-
bución de la riqueza es mucho mejor en los países del norte

145
de Europa. Lo cual significa que además de la ciencia y la tec-
nología hay otros factores que influyen en la calidad de vida
de las grandes mayorías. También podríamos decir que la po-
lítica de recaudación fiscal en Estados Unidos y la distribución
de la riqueza asociada a la recaudación fiscal se están "mexica-
nizando". Esta situación puede traducirse en que en Estados
Unidos también la brecha entre los ricos y los pobres se esta
haciendo más grande, como en México, y que Estados Unidos
debería prestar más atención a las políticas sociales que están
llevando a cabo los países del norte de Europa.
En México, la escasa recaudación fiscal se debe a muchos
factores: la mala administración, la evasión fiscal, los privile-
gios fiscales de los grandes consorcios económicos, la corrup-
ción en todos los niveles, y a que la población en su conjunto
no asocia la recaudación fiscal con el bienestar de las mayorías,
no considera el problema de la recaudación fiscal como un pro-
blema ético, como un problema asociado al bien público. Más
bien, debido a la falta de confianza en el buen uso de nuestros
impuestos y a la discrecionalidad en la asignación de los recur-
sos por parte del gobierno, se tiende a festejar a aquellos que
no cumplen con sus obligaciones fiscales y a oponerse a cual-
quier aumento en la recaudación fiscal. Está claro que cualquier
reforma fiscal debe tener como imperativo central mejorar la
distribución de la riqueza, si así fuera, esa reforma tendría el
apoyo de las mayorías.

La sociedad del conocimiento

La importancia y la utilización de los resultados de la ciencia


por medio de la tecnología ha sido espectacular en los últimos
cien años, los ejemplos abundan: el auto, las computadoras, las
medicinas, los aviones, la televisión, los hornos de microon-
das, la telefonía, la energía eléctrica, etcétera. Todos estos lo-
gros han llevado a los países desarrollados a invertir en ciencia
y tecnología. Si revisamos la historia nos daremos cuenta de
que los avances científicos del presente conducirán a los avan-
ces tecnológicos del futuro.

146
Se habla ya de "la sociedad del conocimiento" y se le ha aso-
ciado un indicador económico llamado "inversión en conoci-
miento". Este indicador consta de tres partes: 1] lo que se
invierte en ciencia y tecnología, 2] lo que se invierte en edu-
cación superior, y 3] lo que se invierte en software. En Estados
Unidos este indicador alcanza 6 por ciento del PIB, mientras
que en nuestro país apenas llega a 1.5 por ciento. También en
este indicador nos encontramos muy rezagados en relación
con los países desarrollados, 30 veces menos per cápita, núme-
ro que se obtiene al tomar en cuenta que el PIB per cápita es
7 veces mayor en Estados Unidos que en México. Si queremos
hacer la comparación en términos absolutos encontramos que
el rezago alcanza un factor de 100. La inversión en conocimien-
to está íntimamente ligada al desarrollo de las universidades y
no es casualidad que en las diversas evaluaciones internacio-
nales Estados Unidos tenga de quince a veinte universidades
en las listas de las veinte mejores universidades del mundo.
Tal parece que sólo quisiéramos tener y disfrutar de los satis-
factores que producen la ciencia y la tecnología modernas sin
sentirnos inclinados a participar en la creación de los mismos.
Es preciso que una buena parte de la población mexicana opi-
ne que el conocimiento es algo valioso, entonces esa población
obligará a los gobiernos a gastar en investigación científica, y no
dirá, como dicen que dijo Unamuno, "que investiguen ellos".
Por supuesto que para opinar bien del conocimiento hay
que tener algo de conocimiento, lo cual implica un pueblo
con una escolaridad y una calidad de educación mayor que la
que tenemos en México.

Indicadores de cantidad y calidad en la educación

El pilar principal en el que descansa el desarrollo de la cien-


cia y la tecnología es la educación de la población. A mayor ca-
lidad y cobertura de la educación, mayor número de personas
que se pueden dedicar a la generación de nuevo conocimien-
to y a la investigación científica.
En México, la cobertura en el nivel de preparatoria es apro-

147
ximadamente de 55 por ciento, mientras que en Estados Uni-
dos la cobertura es universal. En el nivel de licenciatura, la co-
bertura en México es de 22 por ciento; este número se obtiene
al considerar que de 1O250000 jóvenes en edad de cursar una
licenciatura únicamente 2 250 000 están inscritos en alguna ins-
titución de educación superior. En Estados Unidos la cobertu-
ra en el nivel de licenciatura alcanza 83 por ciento.
En México la tasa de titulación de los estudiantes que ingre-
san a la licenciatura alcanza sólo 43 por ciento y, en promedio,
los estudios de licenciatura tardan dos o tres años más que lo
indicado por el plan de estudios. En Estados Unidos la tasa de
titulación es superior a 80 por ciento y se logra en un tiempo
menor. En México, la fracción de profesores universitarios con
doctorado es menor a 4 por ciento, mientras que en el Reino
Unido alcanza 40 por ciento. Según los reportes oficiales de
2003, en México se doctoraron 11 personas por cada millón
de habitantes, mientras que en Finlandia, Alemania, Suecia y
Suiza se doctoraron más de 300 por millón de habitantes. En
Estados Unidos se doctoraron 159 por millón de habitantes,
un valor 15 veces mayor al nuestro.
En México, el número de científicos que pertenecen al Sis-
tema Nacional de Investigadores (SNI) es de 1.3 por cada 10 mil
habitantes, mientras que en Estados Unidos el número de in-
vestigadores con un nivel similar es de 20 por cada 10 mil ha-
bitantes. La diferencia entre los dos países es similar en todas
las áreas. Por ejemplo, en astronomía el número de investiga-
dores mexicanos es de 1.4 por millón de habitantes, mientras
que en Estados Unidos es de 25 por millón de habitantes.

Migración de científicos

Estados Unidos es un país que en gran medida se formó a par-


tir de la inmigración. En el siglo XX, y todavía hoy, Estados Uni-
dos se ha visto favorecido con la inmigración de personas con
el más alto nivel de preparación.
Esta tradición probablemente ha ayudado a desarrollar un
programa de internacionalización de la ciencia en Estados Uni-

148
dos. Mencionaré algunos ejemplos: 42 por ciento de los estu-
diantes extranjeros que se doctoraron después de 1980 en Es-
tados U nidos ya tenían un empleo para 1992 en ese país. En ese
mismo año de 1992, 54 por ciento de los estudiantes extranje-
ros de posgrado obtuvieron su doctorado, en comparación con
50 por ciento de los estudiantes americanos. Los estudiantes
extranjeros se tardaron en promedio 6 años en obtener su doc-
torado, mientras que los estudiantes americanos se tardaron
7. En los años noventa, 80 por ciento de los estudiantes ex-
tranjeros recibía apoyo de programas federales del gobierno
de Estados Unidos o de las universidades donde estaban ins-
critos, mismas en las que realizaban labores de asistentes en la
enseñanza o en la investigación.
Si vemos las nacionalidades de los estudiantes que se quedan
en Estados Unidos, nos encontramos que la mayoría de los chi-
nos se quedan en Estados Unidos, mientras que la mayoría de
los brasileños y de los japoneses regresan a su país. Lo cual, en
gran medida, se debe a los programas de desarrollo científico
de los distintos países.
Las ventajas que obtiene Estados Unidos con su política de
formación e importación de científicos extranjeros son mu-
chas. Mencionaré algunas:
1] Ingresan a su sistema de posgrado una mayor cantidad
de estudiantes extranjeros talentosos que ya cuentan con una
licenciatura cuyo costo fue pagado por sus países de origen.
2] Les permite utilizar su capacidad instalada con más efi-
ciencia. En algunas universidades americanas los presupues-
tos y los apoyos locales y federales dependen del número de
estudiantes inscritos en sus programas de posgrado.
3] La motivación de los estudiantes extranjeros por obtener
el doctorado con frecuencia es mayor que la de los america-
nos. Las razones varían, puede ser el deseo de regresar a sus
países de origen, realizar un buen trabajo para poder quedar-
se en Estados Unidos, la falta de compromisos familiares que
les permite dedicar más tiempo a su preparación. El desempe-
ño de los estudiantes extranjeros propicia un mejor desempeño
de los estudiantes americanos.

149
5] Los estudiantes extranjeros que se quedan en Estados Uni-
dos se incorporan al mercado de trabajo aumentando la pro-
ductividad del sistema.
6] Los que regresan con el doctorado a sus países de origen
mantienen el contacto con sus antiguos profesores y compa-
ñeros. Esto hace que colaboren con colegas americanos en
investigaciones científicas de todo tipo, lo cual potencia la inves-
tigación realizada en Estados Unidos. Los científicos extranje-
ros formados en Estados Unidos también han sido centrales
en la formulación de los programas de doctorado de sus paí-
ses de origen y con frecuencia utilizan los libros de texto ela-
borados en Estados Unidos, además de publicar en las revistas
de investigación americanas.
7] Permite que la ciencia en general avance, lo cual es im-
portante desde un punto de vista ético, ya que los científicos
de todo el mundo consideran que el desarrollo de la ciencia
es benéfico para la humanidad.
La migración de científicos y la colaboración internacional
han sido ampliamente estudiadas en Estados Unidos y los ha
llevado a tener una política de apoyo muy clara al respecto,
potenciando el desarrollo de la ciencia americana de una ma-
nera notable.
¿Qué debemos hacer ante esta situación? Nosotros no quere-
mos dominar al mundo pero tampoco queremos ser dominados,
queremos que nuestro país tenga un desarrollo independien-
te y que aproveche todo tipo de colaboración con los demás
países del mundo. De acuerdo con mi postura, México debe in-
cluir en su programa de formación de científicos los siguien-
tes puntos:
1] Seguir mandando al extranjero a una fracción de los es-
tudiantes de posgrado, pero al mismo tiempo propiciar que un
número semejante de estudiantes extranjeros realice su posgra-
do en México. Para lograr este fin es necesario que las becas de
posgrado para realizar estudios en México estén disponibles
también para los estudiantes extranjeros.
2] Propiciar la creación de fuentes de trabajo en las univer-
sidades públicas, en las industrias estatales y en el sector priva-

150
do para poder asimilar a los mexicanos que se hayan doctorado
en el extranjero, y también a los mexicanos que se hayan doc-
torado en México.
3] Seguir manteniendo una estrecha colaboración con los
científicos mexicanos que laboren en el extranjero.
4] Seguir teniendo una estrecha colaboración con los cien-
tíficos extranjeros que se hayan doctorado en México y que
hayan regresado a su país.
5] Propiciar que haya plazas de trabajo para científicos ex-
tranjeros, en número similar al de las plazas de científicos me-
xicanos que laboren en el extranjero.

La americanización de la ciencia y la política

A pesar de que los avances científicos le abren a Estados Uni-


dos más opciones de desarrollo como país, los políticos hacen
caso de las recomendaciones de los científicos solamente cuan-
do éstas coinciden con sus posiciones ideológicas o con las po-
siciones de los grupos sociales que repn?sentan. Por ejemplo,
en el caso del calentamiento global, Estados Unidos firmó el
Protocolo de Kioto en 1997, cuando William Clinton era pre-
sidente; para que el protocolo entre en operación en Estados
Unidos es necesario que sea ratificado. En la actualidad la Na-
tional Academy of Sciences y la mayoría del pueblo norteame-
ricano están de acuerdo en que Estados U nidos debe ratificar
dicho protocolo, pero el presidente Bush y el sector empresa-
rial que representa no lo están y por lo tanto Estados Unidos no
lo ha ratificado.
Necesitamos tener la capacidad científica suficiente para
planear un desarrollo independiente que garantice la supervi-
vencia de la nación, la calidad de vida de las nuevas generacio-
nes, la igualdad de oportunidades para todos los mexicanos, en
especial para acceder a la educación y a los servicios de salud,
y que garantice una mejor distribución de la riqueza. Tenemos
que distinguir claramente entre el conocimiento, cuyo desa-
rrollo siempre debemos apoyar, y la aplicación de este conoci-
miento, que debe estar dirigida a mejorar las condiciones de

151
vida de las mayorías. Debemos tener los mecanismos políticos
y sociales para garantizar lo anterior, ya que el aprovechamien-
to de la ciencia no evita necesariamente que los ricos se vuel-
van más ricos y los pobres más pobres.
Como país debemos mejorar la calidad de vida sin aumentar
el consumo, para evitar una crisis ecológica planetaria. Los pro-
blemas ecológicos son problemas de la humanidad y todos los
países deben participar en su solución, y en ello el uso del co-
nocimiento científico es absolutamente necesario.
Regresando a la frase de Abdus Salam, "La creación, domi-
nio y uso de la ciencia moderna es básicamente lo que distin-
gue al norte del sur", resumiré lo que he dicho; mi propuesta es
que debemos crear y dominar la ciencia como lo hace el nor-
te, pero debemos usarla de una manera diferente que impli-
que mejorar las condiciones de vida de la mayoría y permita
conservar nuestro planeta para las nuevas generaciones.

Ciudad Universitaria, 23 de agosto de 2007

152
MÉXICO Y SU ECONOMÍA POLÍTICA DE LA
AMERICANIZACIÓN (HIPÓTESIS PARA UN RELATO)
• Rolando Cordera Campos

Introducción

La "americanización de la modernidad" adquiere en México


perfiles peculiares y extremos interpretativos notables. No sólo
se trata del país y de la zona geográfica que conforman la fron-
tera del "extremo occidente" con Estados Unidos, sino que en
su territorio tuvo lugar a partir de la segunda mitad del siglo
XIX el esfuerzo más sostenido por construir un proyecto na-
cional, un Estado y una formación socioeconómica, capaces de
modular las tendencias unificadoras y, en su caso, de absorción
total que desde sus orígenes han acompañado a la excepciona-
lidad americana. En ella confluyen en terca dialéctica las pulsio-
nes imperiales e imperialistas, de dominio directo de economías
y sociedades, con las visiones republicanas no exentas de salva-
cionismo y misión occidentalizadora, con su cauda de progre-
so y democracia, que en el siglo XX le dieron a Estados Unidos
la centralidad cultural, tecnológica y productiva en la que la
mencionada americanización de la modernidad tenía, ¿tiene?,
sus fuerzas productivas principales.

Puede proponerse de entrada que el Estado nacional mexica-


no fue hecho a contrapelo de las fuerzas históricas primordiales
que decretaban su desaparición en aras del despliegue del pro-
greso civilizatorio y revolucionario propio de la nación del nor-
te. La dictadura de Porfirio Díaz fue en su momento justificada
ante tal escenario que no era inventado, sino que había deter-
minado en gran medida los primeros años formativos de la

153
nación independiente. A lo largo del gobierno del general y
dictador, la sombra de la intervención americana y su presencia
inicial en la explotación de recursos naturales o la construc-
ción de infraestructura estuvieron en abierta disputa con los
capitales europeos, a través de los cuales parte de las élites diri-
gentes del porfiriato buscaban balancear la impronta america-
na, y por la vía del equilibrio económico y financiero dar lugar
a una geopolítica y una geoeconomía en las cuales fincar y sos-
tener la vida y la hegemonía del Estado nacional. En buena me-
dida, este juego estratégico acompañó la reconstrucción estatal
y de la economía política nacional después de la Revolución,
de Calles y Obregón a Cárdenas y Alemán, hasta culminar en la
combinatoria de política económica y de desarrollo más exi-
tosa y ambiciosa a este respecto durante los años sesenta del
siglo XX.

En estos años, se pone en práctica una estrategia pragmática


pero con visión de largo plazo para el desarrollo y la moder-
nización social que permitiera a México navegar las tormentas
de la Guerra Fría sin caer en los tumbos y vuelcos políticos
que caracterizaban a gran parte de la región y que, como fruto
de la confrontación bipolar, o so pretexto de ella, daban lugar
a formas dictatoriales que coadyuvaban a la reproducción oli-
gárquica del orden político y social. Daban lugar también a
periodos más o menos largos de inflación y desequilibrios mo-
netarios que afectaban los ritmos de crecimiento general de la
economía y bloqueaban la modernización de las sociedades.
La Alianza para el Progreso propuesta por el presidente Kenn-
edy al inicio de la década del sesenta buscaba alinear a América
Latina con militancia clara en la bipolaridad, pero asimismo
pretendía abrir un camino congruente de modernización a la
americana para el conjunto del subcontinente, cuyas sociedades
asistían al espectáculo de su secular atraso y subdesarrollo de
cara a una intervención inédita de la Guerra Fría en sus fron-
teras: la Revolución cubana y su discurso de modernización

154
original, antiamericano a la vez que soberano, a través de un so-
cialismo que se quería innovador y, al mismo tiempo, en con-
diciones de erigir una forma de ser cosmopolita alternativa a
la que ofrecía la experiencia americana. Los gobernantes mexi-
canos aprovecharon esa coyuntura global-regional, para hacer
avanzar su proyecto, afirmar el autoritarismo presidencialista
en su doble vertiente política y económica y ampliar el mar-
gen de independencia en su relación con Estados Unidos.

Las varias formas de capitalismo, asociado con la creciente


presencia de la inversión multinacional que se experimentó en
esos lustros, propiciaron o aceleraron mutaciones significati-
vas en la estructura productiva mexicana. La sociedad se volvió
cada vez más urbana y la población creció con celeridad, mien-
tras la industria se orientaba a la producción en masa de los
bienes durables de consumo que entonces condensaban el pro-
greso y la modernidad que acompañaban a la americanización
del mundo y de México. Emergen los nuevos grupos medios
que se nutren de esas pautas de consumo, y para asegurar la
reproducción de las nuevas estructuras, la inversión responde
a la pauta dominante de participación transnacional predomi-
nantemente americana, dirigida a los mercados internos por
encima del interés tradicional del imperialismo clásico por los
recursos naturales y su exportación. A partir de los años trein-
ta del siglo pasado, al calor de las reformas de estructura y la
movilización popular cardenistas, el nacionalismo económico
desplegado por México se vuelve funcional a las nuevas dinámi-
cas de la inversión americana, pero no deja de intentar formas
y combinaciones que modulen una americanización impetuo-
sa del consumo y los reflejos culturales, determinados por las
nuevas formas de acumulación.

155
5

La sociedad mexicana se apropió de esos cambios estructura-


les mediante nuevas formas de conducta social. El reclamo
democrático hace su primera entrada en la escena en 1968 y
la respuesta brutal y criminal del Estado remite a formas de
nacionalismo autoritario incongruentes del todo con las pau-
tas de consumo y reproducción económica y social promovidas
por el propio Estado a través de la estrategia del Desarrollo
Estabilizador. Los equilibrios del autoritarismo posrevolucio-
nario se muestran como en realidad siempre lo fueron, ines-
tables y progresivamente costosos, tanto desde el punto de vista
fiscal como político general, pero los grupos dirigentes del
Estado, en ese entonces todavía de la mano de las élites eco-
nómicas, se empeñan en prolongar pautas y estilos de gober-
nar, formas de distribución social altamente concentradas y las
propias formas instaladas de modular y administrar la ameri-
canización. Se pretende renovar el nacionalismo económico
regulando la inversión extranjera y promoviendo la mexica-
na con leyes ad hoc y diversas intervenciones directas del Es-
tado en la inversión y la formación de empresas, e incluso se
intenta revisar la asociación estratégica con Estados Unidos
que era propia de aquella fase de la Guerra Fría. Se promue-
ven las relaciones intensas y extensas con el tercer mundo y
se busca revitalizar el ejercicio de los principios fundamentales
de la política exterior, pero los cambios buscados y efectua-
dos no parecen estar en sintonía con la novedad del mundo
que irrumpía en medio de crisis financieras y energéticas for-
midables: la nueva globalización, que arrasaba las reglas de oro
del sistema de Bretton Woods, abría las balanzas de capitales
y ponía en jaque, con la pujanza tecnológica y de mercado
de las multinacionales, el sistema de soberanías instalado a
partir de la segunda posguerra. La aventura renovadora del
nacionalismo mexicano topa con un mundo en desbocada
transformación, mientras Estados Unidos sufre la colosal de-
rrota de Vietnam y estrena su propia revolución conserva-
dora que, como la impuesta por la primera ministra Thatcher

156
en Gran Bretaña, abre a su vez la puerta a la modernización
neo liberal.

Sin bases materiales, conceptuales y políticas sólidas para acom-


pasar los efectos de este tumultuoso y abrumador cambio del
mundo, México y su Estado sufren sus crisis más severas en la
economía, en los sistemas de convivencia social y comunitaria
y sus formas básicas de supervivencia. Reaparece la pobreza de
masas, cada vez más urbana, los mecanismos de protección so-
cial y laboral flaquean o de plano son reducidos a su mínima
expresión y la reforma del Estado es vista como una necesidad
vital para la subsistencia nacional. La última intentona por ex-
tender la vida del nacionalismo desemboca en una crisis po-
lítica estructural de proporciones inéditas y el conjunto de
la formación social mexicana experimenta una "gran trans-
formación" que disloca estructuras y formas de vida, pero no
desemboca en escenarios de desarrollo y bienestar social satis-
factorios. La revolución neolibcral que empieza a fraguarse
durante los primeros años setenta como respuesta al "populis-
mo" del presidente Echeverría adquiere carta de naturaliza-
ción y legitimidad con la nacionalización de la banca decidida
por el presidente López Portillo. A través de las corrosivas cri-
sis económicas y financieras que marcan el final del siglo XX
mexicano se impone como fórmula única para salir de las cri-
sis y reconstruir la economía política en consonancia con el
nuevo mundo global que, al terminar el régimen bipolar, enca-
beza en soledad Estados U nidos de América. Como colofón de
esta azarosa saga, se recupera como bendición y ya no como
amenaza la americanización de México, cuya modulación y
administración fue asumida por más de un siglo como un com-
ponen te del proyecto del Estado nacional mexicano. Ahora,
dicha americanización es entendida y propuesta como el pro-
yecto nacional.

157
7

Crueldad o ironía histórica: estos primeros años de recambio


radical del proyecto arrojan resultados negativos en la econo-
mía, la vida social y la cohesión nacional que sostenían la idea
de la originalidad mexicana. Los ritmos de crecimiento eco-
nómico han caído estrepitosamente, la pobreza masiva define
la vida urbana y la desigualdad se ha afirmado como la marca
histórica de México. La americanización, como futuro ineluc-
table, pasa por mediaciones inesperadas en la democratización
de la política, cuyos vértices se acercan a los discursos y recla-
mos no sólo de justicia social, sino de afirmación nacional, mien-
tras el Estado se ve despojado de sus resortes elementales de
articulación política y apoyo a la cohesión social. La paradoja
del momento no puede ser más cruel e irónica: la primera ge-
neración de americanos nacidos en México, que anunció Carlos
Monsiváis en los años setenta, es relevada por la primera gene-
ración mexicana que abandona en masa país y territorio, aco-
rrala el American way of lije y confluye en una redefinición
tumultuosa, larvada y estentórea, de un sistema político-econó-
mico que cada vez menos parece capaz de asegurar la repro-
ducción de la americanización de la modernidad por las vías
que se pensaban propias de la civilización capitalista avanzada:
la innovación productiva y la ampliación del consumo de ma-
sas; las formas republicanas para la renovación de la vida públi-
ca; la democracia y los derechos humanos como divisa fuerte
de su expansión y liderazgo globales. Lo que se apodera del
escenario es la impronta imperialista y violenta y, en el inte-
rior, la negación de libertades y derechos. Mala hora del mun-
do para propugnar en México un cambio con el signo de la
americanización.

158
La americanización y el estado del mundo

El vocablo "globalización", más que designar un fenómeno no-


vedoso, recoge tendencias que han acompañado al capitalismo
desde sus inicios, y entre 1870 y 1914 se volvieron un orden y
no sólo un sistema económico y monetario de alcances plane-
tarios. A partir de este año, dicho orden fue hecho pedazos con
la Primera Guerra y, luego de ella, con las crisis económicas,
los proteccionismos de Estados desarrollados y los totalitaris-
mos, fascista y estalinista, mientras que el sistema capitalista
mismo se veía amenazado por la emergencia de un sistema que
se presentaba y era visto por muchos como alternativo. Vino la
Segunda Guerra Mundial que, como gran licuadora cultural
y tecnológica, puso cara a cara a razas, culturas, territorios y
naciones. A su término, con la reconstrucción de Europa y Ja-
pón, y la erección del sistema de Bretton Woods y de Nacio-
nes Unidas, bajo el liderazgo indiscutido de Estados Unidos,
se busca darle al proceso global la asignatura de evitar que "lo
que ocurrió" en los años veinte y treinta del siglo XX volviese
a suceder. Son los años de Keynes y el estado de bienestar, pe-
ro también de los primeros discursos del derecho al desarro-
llo, inspirados por el éxito americano y los primeros pasos de
la reconstrucción europea, cuya visión se incorporó al amplio
proyecto articulado por las Naciones Unidas y que en América
Latina adquiere carta de naturaleza como una doctrina global
para el desarrollo con las elaboraciones de la CEPAL conduci-
da por Raúl Prebisch.

Sabemos que esa globalización se vio mediada o de plano inte-


rrumpida por el régimen bipolar de la Guerra Fría, que sin
embargo propicia que el capitalismo internacional bajo la con-
ducción americana haya vivido su "edad de oro" como la llama-
ra Eric Hobsbawm. Esta era dorada auspicia una renovación

159
en profundidad de la competencia intercapitalista que desem-
boca en unas décadas de estancamiento y crisis del capitalismo,
así como en la emergencia de nuevos poderes y capacidades
productivas que alteran el orden global administrado por Es-
tados Unidos. Esta fase termina con el desplome de la URSS y
de la bipolaridad y el surgimiento de nuevas tendencias globa-
lizadoras. En estos años puede hablarse de una globalización
desbocada que no encuentra un orden global correspondiente,
pero que sí ve resurgir el poderío y la dinámica militar, tecno-
lógica, y económica de Estados Unidos que queda como único
centro de un orden global en construcción. La declaración del
primer presidente Bush después de la primera guerra del Gol-
fo, de que un "nuevo orden" mundial emergía, se probó en el
mejor de los casos como una hipótesis de trabajo optimista.

En la época de la globalización, escribe Bolívar Echeverría, "el


americanismo se ha impuesto como la 'identidad franca' o mí-
nimamente universal". Asumir esta circunstancia, en medio
de un proceso secular de deterioro del "conjunto de la vida eco-
nómica, social y política", es indispensable para frenar tal de-
terioro. Este americanismo, que por mucho tiempo marchó en
paralelo a la modernidad-modernización original europea, se
cruza con ésta a lo largo del siglo XX y perpetra una suerte de
invasión de Europa, que ahora, con la nueva fase de la globa-
lización, caracterizada por una aceleración histórica propulsada
por los saltos tecnológicos en la información y la comuni-
cación, se presenta como un "progresismo radicalizado; un
progresismo que se ha liberado de los obstáculos de orden
identitario ( cultural) social que lo refrenaban en la moderni-
dad europea". Los cambios políticos en Gran Bretaña después
de Thatcher, o en Francia en el presente con Sarkozy, o en Espa-
ña y no sólo con Aznar, podrían constituir elementos de prime-
ra mano para proyectar ese "cruce" civilizatorio con dominancia
americana. Empero, se trata de una dialéctica compleja en la
que participan proyectos políticos y culturales encontrados, en

160
Europa debido a los avances y condensaciones propiciados
por el desarrollo de la Unión Europea, y en Asia como fruto
de los grandes saltos económicos y tecnológicos alcanzados por
los Estados, así como por el deslizamiento del poder financie­
ro y productivo hacia esas latitudes. El enorme desbalance fiscal
y comercial americano encuentra en las nuevas concentraciones
asiáticas un balance efectivo que puede volverse un correctivo
radical del poderío americano. Si a esto va a seguir una muta­
ción del modo de vida americano, o no, es algo que no está es­
crito. No debe soslayarse, sin embargo, el hecho de que este
modo de vida se sostiene hoy en elevados niveles de endeuda­
miento individual que van de la mano con la formidable deu­
da externa del Estado americano.

La americana, nos dice nuestro autor, es una modernidad que


necesita promover el fenómeno del consumismo, así como una
"permanente negociación civilizatoria" que tiene en los me­
dios de comunicación de masas su eje central, pero también
su gólem potencial. Lo que se instala en el centro es un vacío
y lo que sobresale es la ausencia de una filosofía moral, nos di­
ce el estudioso musulmán Akbar S. Ahmed.

Para el musulmán piadoso, el problema con la civilización


del G-7 es el hoyo donde debería estar el corazón. Lo que le
da a Occidente su energía dinámica es el individualismo,
el deseo de dominar, el impulso a adquirir bienes materiales
mediante una filosofía del consumismo a toda costa [ ...]. Tal
energía frenética mantiene a la sociedad en movimiento. 1

1 Akbar S. Ahmed, "Media Mongols at the Gates of Bagdad", en Nathan


P. Gardels, At Century's End. Great Minds Reflect On Our Times, ALTI, LaJolla,
1995, pp. 26-28.

161
5

Los medios de comunicación han redefinido la mecánica del


poder junto con su capacidad clásica para movilizar y modular
el gusto y la demanda. Para Ahmed, lo importante es enten-
der el concepto de los medios como poder, "como afirmación de
superioridad cultural, como extensión de los argumentos po-
líticos, en realidad como un jugador principal". Su papel en la
actual oleada de despliegue imperial e imperialista por parte
de Estados Unidos no necesita recalcarse aquí, aunque sí es ne-
cesario admitir que en estos primeros años del nuevo milenio
los medios adquieren una particular relevancia en el manejo
sesgado y claramente funcional a los fines expansionistas y de
dominio del poder estatal y militar americano. Más que de una
americanización, en Irak, Irán y el conjunto del Medio Orien-
te habría que hablar de una dominación directa que parece
haber dejado atrás el proverbial mensaje de reivindicación cul-
tural y de democracia que había acompañado a otras opera-
ciones foráneas de Estados Unidos.

La preocupac10n por la convers1on imperialista de Estados


U nidos ha dejado de ser exclusiva de cierta izquierda como la
que encarnaría Noam Chomsky. Un insospechable cruzado de
la seguridad nacional y la Guerra Fría, como Zbigniew Brzezins-
ki 2 describe ahora las actividades estadounidenses como impe-
riales y acusa al gobierno de Bush de "propagar el miedo y la
paranoia" a través de una deliberada manipulación de la an-
siedad pública. Por su parte, Chalmers Johnson, reconocido
estudioso de las relaciones internacionales y de la expansión
americana, advierte:

2
Chalmers Johnson y Zbigniew Brzezinski, en Jonathan Freedland, "Bush 's
Amazing Achievements", The New York Review of Books, vol. XIV, n. 10, 14 de
junio de 2007.

162
En el tiempo, todo imperialismo exitoso requiere que la re-
pública o la democracia domésticas se vuelvan una tiranía
doméstica[ ... ]. Estados Unidos hoy, como la República ro-
mana en el siglo I antes de Cristo, está amenazado por un
complejo industrial-militar fuera de control y por un gobier-
no secreto controlado exclusivamente por el presidente. Des-
pués de los ataques del 11 de septiembre de 2001, un grupo
cínico y miope de dirigentes políticos empezó a ampliar los
poderes del presidente a expensas de los representantes po-
pulares electos y de las cortes. [ ... ] La gente aceptó esto, con
la excusa de que un poco de tiranía era necesaria para pro-
teger a la población. Pero como escribiera Benjamin Franklin
en 1759: aquellos que renuncian a la libertad esencial para
comprar un poco de seguridad temporal no merecen ni la
libertad ni la seguridad. 3

En esta perspectiva, la "espontaneidad" del proyecto civiliza-


torio de la modernidad capitalista de que nos habla Echeverría
parecería estar tocando a la puerta de sus límites históricos pa-
ra dar paso a una "planeación" que niega algunos de sus prin-
cipios básicos tanto en lo político como en lo económico, así
como en lo tocante a los núcleos básicos del individualismo que
se ha apoderado de los "hábitos del alma" de los americanos de
que nos hablara con entusiasmo y optimismo Tocqueville.

La americanización de la modernidad lleva al extremo el indi-


vidualismo y el consumismo, así como la centralidad del mer-
cado que es entendido como un absoluto que no admite, no
por mucho tiempo, intervenciones del Estado o de las organi-
zaciones no mercantiles de la sociedad civil. En la actual fase
de la globalización, que se ha presentado como una globaliza-
ción a la americana tal y como fue codificada en el llamado Con-
senso de Washington, se ha querido llevar esta absolutización del

3
lbid.

163
mercado al extremo de un mercado global unificado que res-
pondería a su vez a la erección de un pensamiento único y
universal. La "federación del hombre" con que soñabanJeffer-
son y los suyos se tornaría así en una aldea global angloparlante
que, además, con la portentosa revolución técnica resumida
en la computadora y el Internet, dejaría atrás la "prehistoria"
de crisis y ciclos económicos. Las primeras grandes crisis de la
globalización a finales del siglo XX, que arrancaron en Méxi-
co, asolaron Asia y Rusia y provocaron el desplome argentino,
serían argumentos de primera mano en contra de esta utopía
renovada y alimentada por la americanización que se entien-
de como proyecto global. Con todo, tanto en América Latina
como desde luego en México, pero también en Gran Bretaña y
Nueva Zelanda, este credo fue recibido por sus grupos dirigen-
tes y otros grupos influyentes de la sociedad con un intrigante
sentido de pertenencia. Los saldos de esta adopción, que no adap-
tación, de la modernidad americanizada están hoy a la vista de
todos y la búsqueda de salidas "idiosincrásicas" inspiradas en
las historias nacionales y las estructuras estatales particulares se
abre paso en los foros y las instituciones financieras internacio-
nales y en las escenas políticas nacionales. A pfrecer un recuen-
to de lo ocurrido en la región latinoamericana y en México, en
estos años de ensayo general de la globalización, se dedica el
resto de estos párrafos. No sobra empezar este repaso citando
a un indiscutido "héroe de la globalización contemporánea",
George Soros: "El colapso del mercado global sería un hecho
traumático de consecuencias inimaginables. Sin embargo, lo
hallo más difícil de imaginar que la continuación del régimen
actual". 4

4
George Soros, en John Gray, False Dawn, The New Press, Nueva York,
1998, p. l.

164
La globalización latinoamericana

La acelerada evolución del proceso de globalización en los úl-


timos veinticinco años ha afectado, en distintos grados, las
estructuras económicas y políticas domésticas del sistema trans-
nacional de Estados que surgió en la segunda posguerra. Con-
viene asumir, sin embargo, que el dinamismo de esta nueva
inserción de las economías nacionales en el mercado internacio-
nal sigue condicionado por sus respectivas historias nacionales,
por diversas características y el tipo de políticas de "acompa-
ñamiento" de cada caso particular. 5 Es decir, el Estado sigue
operando como un vehículo a la vez que como un filtro del
proceso, a pesar del surgimiento indudable de otros vectores
de poder y capacidad hegemónica que, como las multinacio-
nales o las instituciones financieras internacionales, parecen
capaces de pasar por encima de los órdenes jurídicos y sedi-
mentos culturales condensados en los Estados nacionales.

Ha sido en esta reciente fase de globalización, que la desigual-


dad en la distribución de los ingresos en el interior de los paí-
ses en desarrollo, y entre éstos y los países de mayor ingreso, se
acentuó. El rezago profundo registrado por América Latina
en estos años suele atribuirse a un deficiente proceso de inte-
gración en la globalización financiera pero también a los efec-
tos de la crisis de la deuda externa vivida durante la penúltima
década del siglo XX. 6 A la vez, cada día parece más claro que
la dinámica y la morfología de la globalización latinoamerica-
na responden también a la percepción, la participación y el

'Chang, en José A. Ocampo (comp.), El desarroUo económico en los albores


del siglo XXI, CEPAL-Alfa-Omega, Colombia, 2004.
6
Ibid., pp. 12-14.

165
compromiso de las élites políticas, empresariales e intelectua-
les, así como al grado de corresponsabilidad que pueda darse
entre los distintos actores económicos y sociales. Es en esta ma-
triz en la que pueden encontrarse los factores que explican los
resultados del proceso de globalización en cada nación.

Aún con estas diferencias, podemos señalar las tres décadas si-
guientes a la Segunda Guerra Mundial como una etapa de cre-
cimiento sostenido (la CEPAL estima una tasa promedio de 6.2
por ciento anual entre 1950 y 1982), basada en una industria-
lización dirigida y protegida por el Estado, que llevó a la am-
pliación y consolidación de un mercado nacional. A su vez, los
servicios sociales se extendieron a la par que el empleo "formal"
crecía, y en relativamente pocos años, hubo un cambio defini-
tivo en la distribución demográfica, que de ser predominante-
mente rural se concentró en algunas ciudades que crecieron
fuera de toda planeación, generando nuevos desequilibrios y
demandas sociales.

Las políticas proteccionistas se implementaron para garantizar


a las empresas el tiempo de maduración necesario para inte-
grarse plenamente al mercado, así como para crear mercados.
Esta creación artificial, a través de un sistema nacional de pro-
ducción de productores capitalistas, pronto entró en sintonía
con las tendencias dominantes en la economía norteamericana,
volcada en la producción en masa de bienes durables y siempre
dispuesta a aprovechar las nuevas condiciones de la economía
internacional.

La falta de competencia que resultó de la operación práctica


de este sistema, estimuló la ineficiencia industrial, por lo ge-

166
neral con cargo al fisco y los consumidores. El crecimiento se
fue agotando y cada etapa de la sustitución de importaciones
se hizo más difícil y costosa, tanto fiscal como socialmente; a la
vez, se formaron grandes grupos de presión, como los sindica-
tos y las cámaras industriales, que buscaron sostener la protec-
ción a cualquier costo. 7 La inflación se aceleró en medio de un
exceso de liquidez internacional impulsada por los cambios en
el mercado petrolero en los años setenta, mientras el financia-
miento del déficit externo descansaba crecientemente en la
contratación de préstamos.

Luego, al enfrentar Estados Unidos la combinatoria de estan-


camiento con inflación mediante aumentos drásticos en su tasa
de interés, estos préstamos encaran aumentos en la tasa nomi-
nal de interés de 20 por ciento y,junto con la crisis de los pre-
cios del petróleo, marcan el inicio de la crisis de la deuda y el
comienzo de la década perdida para América Latina. De ha-
berle atribuido a la crisis un carácter estructural, hubiera sido
necesario y legítimo acudir a la suspensión de pagos y a una
reestructuración de la deuda mediante una distribución de sa-
crificios entre prestatarios y prestamistas. No ocurrió así, la cri-
sis fue vista como un tropiezo de liquidez, y las instituciones de
Bretton Woods cambiaron de piel y discurso para convertirse
en abiertas operadoras de las cúpulas del poder financiero mun-
dial. La culpa recayó en los proyectos nacionales y los Estados
que los promovían, mientras los bancos que habían propicia-
do el sobreendeudamiento de América Latina quedaban li-
bres de culpa y obligaciones. Se trató, en palabras de James
Galbraith, de un "crimen perfecto". 8

7
Gert Rosenthal, "Pensamiento y políticas sobre el desarrollo en Améri-
ca Latina y el Caribe: pasado y futuro", en Louis Emmeriji (comp.), El desa-
rrollo económico y social en los umbrales del siglo XXI, Siglo XXI, México, 2001.
8
Cfr.James K. Galbraith, "A Perfect Crime: Global Inequality", Daedalus,
Cambridge, invierno de 2002.

167
7

La desaceleración que implicó este tropiezo se estima en una


caída de la tasa de crecimiento promedio del PIB de 5.2 por
ciento entre 1950 y 1970 a 1 por ciento en los ochenta. El creci-
miento medio anual del PIB de 1990 a 2003 fue de 2.6 por cien-
to y 0.9 por ciento el del producto per cápita. Mientras que de
1945 a 1980 el crecimiento de las mismas variables fue de 5.5
por ciento y 2.7 por ciento respectivamente_!) A pesar de haberse
observado una cierta recuperación del coeficiente de inversión
en estos últimos años, los países latinoamericanos no han lo-
grado recuperar por más de dos décadas sus niveles de inversión
en infraestructura como proporción del producto. Debido al
tipo de política macroeconómica implementada, la vulnerabi-
lidad financiera en que se han visto inmersas nuestras nacio-
nes está reflejada en el papel que desempeñaron los grandes
flujos de capital en los vaivenes del crecimiento económico. La
volatilidad de la cuenta de capital ha superado como determi-
nante del ciclo económico a la apertura comercial, a la IED (in-
versión extranjera directa), la demanda externa y a los términos
de intercambio. 10

Puede decirse que el capitalismo crece a saltos, a través de cri-


sis y formidables momentos de "destrucción creativa" como
planteara Schumpeter. De aquí la necesidad histórica del vo-
cablo "cambio estructural". Sin embargo, debe admitirse que
en este caso las crisis financieras y económicas del periodo fue-
ron abiertamente aprovechadas para imponer el cambio estruc-
tural como una ideología que respondía a la ideología mayor
de la globalización desplegada por Estados Unidos. De aquí la
rápida importación de los criterios de eficiencia y competitivi-

9
José A. Ocampo, América Latina en la era global, CEPAL, Bogotá, 2004,
p. 35.
10
lbid., pp. 29-33.

168
dad como justificación de los enormes costos sociales del cam-
bio y de las crisis. Prácticamente todos los países de la región
adoptaron el cambio estructural de mercado hacia la globaliza-
ción como divisa única. Lo que siguió fue una revisión drásti-
ca, a la baja, del papel del Estado en la economía y una apertura
acelerada en las relaciones económicas con el exterior, un im-
portante proceso de privatización y desregulación, y una li-
beralización financiera amplia. El cambio se presentó a través
de dislocaciones sectoriales y regionales que desembocaron en
un empobrecimiento masivo y una aguda concentración del
ingreso. 11

Al convertir la pauta de crecimiento anterior en una "leyenda


negra", se minimizaron sus logros. Sin duda, se esbozaron for-
mas un tanto novedosas de inserción productiva, pero lo que
predominó fue la adopción de técnicas y fórmulas retóricas,
una modernización epidérmica, que no llevó a una efectiva nue-
va ruta de expansión que propiciara una nacionalización de la
globalización que, a su vez, permitiera organizar el crecimien-
to y la distribución en congruencia con los nuevos reclamos
de convivencia política y social inherentes a la democracia re-
presentativa.

10

Las tendencias a la conformación de un mercado de alcance


planetario ponen en cuestión las formas conocidas de regula-
ción económica, la capacidad de los Estados para ejercer su
soberanía y para encontrar fórmulas societales que encami-
nen los procesos democráticos por senderos de credibilidad,
estabilidad y legitimidad. La globalización a la americana no ha
podido desplegar una nueva forma de entendimiento e inter-
cambio efectivamente global, y hoy tiene enfrente a una mi-

11
Cfr. David !barra, El nuevo orden internacional, Aguilar, México 2000.

169
gración mundial desbocada a través de la cual las masas del
mundo subdesarrollado y de las naciones dislocadas por el cam-
bio buscan ajustarse subversivamente al desarrollo y la moder-
nidad ofrecidos.

11

No obstante, los flujos financieros desde el año 2000 han re-


ducido su velocidad de crecimiento, los beneficios traducidos
en impulsos al crecimiento interno de las economías se han
concentrado en los países exportadores de petróleo, y un blo-
que de países que ha intensificado el comercio intrarregional
( esto es "sur-sur") liderados por India y China, y no sólo den-
tro de sus regiones, sino también siendo los países con creci-
miento más alto del conjunto mundial, impulsados por su auge
exportador. La recuperación ha tardado, y los flujos de inver-
sión se dirigen hacia los países emergentes de Asia y a China,
la inversión productiva y el empleo nuevo han preferido los
países que ofrecen mano de obra más barata, llevando las discu-
siones alrededor de un crecimiento de países "sin empleo". 12
Las experiencias exitosas de exportación, se han basado, pre-
dominantemente, en la reducción de costos en su componen-
te salarial. Esto ha desembocado en una aguda concentración
del ingreso debida a la disparidad de salarios entre el trabajo
calificado y semicalificado orientado hacia más dinámicas li-
gadas al comercio exterior, y el no calificado que se distribuye
en actividades ligadas a los segmentos más aislados del merca-
do interno. La americanización entendida como incorporación
masiva a actividades de mayor valor agregado y productividad
no se cumple, pero alcanzarla en esos términos define hoy toda-
vía el marco de restricciones y conjeturas que la globalización
impone a las visiones y decisiones del Estado y de influyentes
capas de la sociedad. El amanecer prometido por la globaliza-
ción se presenta así, una y otra vez, como un falso horizonte.

Panorama social de América Latina, 2005, Comisión Económica para


12

América Latina y el Caribe (CEPAL), Santiago de Chile, 2006.

170
12

Es un hecho que la inversión transnacional ha impulsado la


integración latinoamericana al proceso de globalización. Se
trata de una tendencia novedosa que podría ser alentadora,
pero cuyo rumbo está todavía por calibrarse. Casi 40 por cien-
to de la IED se ha dedicado a la compra de activos existentes y
las remesas por concepto de utilidades, que son la contrapar-
tida de la transnacionalización de las economías, han comen-
zado a ser un rubro de creciente significación en la cuenta
corriente de la balanza de pagos regional. Además, en América
Latina y el Caribe no se evidencian orientaciones al desarrollo
de elementos tecnológicos estratégicos, ni su difusión por par-
te de las trasnacionales. En la etapa reciente, el crecimiento
económico que se alcanzó se ha ligado en muchos aspectos al
auge exportador y a su tendencia creciente, pero no hay, nos
dice Ocampo, "una asociación estrecha entre el crecimiento de
las exportaciones y un régimen comercial liberal. Se han crea-
do confusiones al mezclar los análisis centrados en las reformas
estructurales, con los ajustes y políticas de estabilización". u

13

La conclusión más importante a que llegan muchos análisis re-


cientes del cambio estructural para la globalización de América
Latina es que el factor determinante de sus dinámicas y resul-
tados no ha sido la liberalización o el proteccionismo per se, si-
no cómo se han implementado las políticas, en qué contexto y
su combinación con "otras medidas" (como el fomento indus-
trial o el desarrollo social). Es crucial, nos dice Chang, orientar
la actividad a la generación de alto valor agregado, "lo que las
fuerzas del mercado por sí solas no pueden no provocar a una
velocidad [y forma] deseable desde el punto de vista social". 14

13
]. A. Ocampo (comp.), El desarrolln económico en !ns albores del siglo XXI,

cit., pp. 24-25.


14
Chang, en ibid., p. 73.

171
Las relaciones dinámicas con el mercado exterior presentan, a
lo largo de la historia económica, diferentes formas de apertu-
ra y visiones separadas únicamente por la historia y el tiempo.

El caso de la apertura de la economía mexicana


de Porfirio Díaz al TLCAN

El crecimiento económico que vivió México de 1877 a 1911 y


que abarca la presidencia del general Porfirio Díaz y el cua-
trienio de Manuel González, se debió tanto a la estabilidad po-
lítica como a las garantías que el gobierno mexicano concedió
a los inversionistas nacionales y extranjeros de que sus capita-
les serían respetados y de que se mantendría el orden interno
a toda costa.

El ascenso a la presidencia de la República de Porfirio Díaz


coincidió con una fase en el desarrollo industrial de las gran-
des potencias que marcaba nuevas tendencias en el comercio
internacional: por un lado, los países que se habían industria-
lizado después de Inglaterra, como Estados Unidos, Francia y
más tardíamente Alemania, necesitaban nuevos mercados don-
de colocar sus productos y mejores fuentes de materias pri-
mas; pero además, el desarrollo económico había producido en
esos países excedentes de capitales que comenzaron a movili-
zarse fuera de sus fronteras, en busca de inversiones lucrativas.

Para beneficiarse de estas tendencias, el gobierno necesitaba


normalizar sus relaciones con el exterior, interrumpidas en el
caso de Europa desde la intervención francesa pero, sobre todo,
congeladas por el problema de la deuda. Con Estados Unidos el
único tropiezo diplomático fue un intento del gobierno nor-

172
teamericano por condicionar su reconocimiento al gobierno
de Díaz a la inmediata solución de las cuestiones pendientes,
que iban desde el pago de reclamaciones hasta la pacificación
de la frontera, a lo que el nuevo presidente se negó rotunda-
mente. Aunque Estados Unidos modificó su actitud inicial hacia
Díaz a la vista de las concesiones ferroviarias, el expansionis-
mo norteamericano aconsejaba al gobierno mexicano tomar
providencias para contrarrestar la injerencia de los norteame-
ricanos buscando equilibrarla con la participación de capita-
les europeos.

El 22 de junio de 1885, el presidente expidió las leyes que fi-


jaron las bases para el reconocimiento, consolidación y liqui-
dación de la deuda pública y que fueron conocidas bajo el
nombre de "conversión Dublán". Con base en estas disposicio-
nes, la deuda pública se clasificó en deuda consolidada en virtud
de conversiones anteriores; deuda no consolidada provenien-
te de déficit en los presupuestos anteriores al 1º de julio de
1882 y, finalmente, la deuda posterior al 1º de julio de 1882 y
que fue denominada como deuda flotante. Los primeros pagos
de la deuda se harían gradualmente y el encargado del servi-
cio de la deuda nacional sería el Banco Nacional de México. 15
Esta decisión permitió normalizar las relaciones económicas
de México con Europa y diversificar las relaciones comercia-
les y las inversiones extranjeras. A partir de 1888, el gobierno
mexicano volvió a hacer uso del crédito externo, aunque con
una importante diferencia: a partir de entonces diversificó sus
fuentes de financiamiento, incluyendo además de los bancos
y casas financieras inglesas, a instituciones de crédito de Fran-
cia, Alemania y Estados Unidos.

15
Jan Bazant, Historia de la deuda exterior de México, 1823-1846, El Colegio
de México, México, 3a. ed., 1995, pp. 128-30.

173
5

La ansiada nivelación de los presupuestos de ingresos y egre-


sos se alcanzó en 1895 y a partir de ese momento la política eco-
nómica se encaminó a reafirmar la supremacía económica del
gobierno federal a través de dos medidas que desde hacía mu-
cho tiempo habían deseado realizar los gobiernos anteriores.
La primera fue el rescate de las Casas de Moneda de la Repú-
blica, que desde los primeros gobiernos independientes ha-
bían sido arrendadas en condiciones onerosas para solventar
las siempre apremiantes necesidades del erario. La segunda
acción trascendental del gobierno fue la supresión de las alca-
balas y derechos de portazgo en toda la República. En opinión
de Limantour, esta reforma "destruyó para siempre el cacicaz-
go económico en que vivieron desde la Conquista de México
las diferentes regiones del país y algunas veces hasta las juris-
dicciones administrativas más pequeñas" 16 y contribuyó al flo-
recimiento de todos los ramos de la economía, al permitir la
libre circulación de mercancías en el interior del país.

La política comercial frente al exterior practicada por el gobier-


no porfirista fue pragmática, orientada a favorecer la importa-
ción de todos los artículos necesarios para el florecimiento de
la industria y el comercio, pero protegiendo siempre los inte-
reses económicos tanto de los grandes productores agrícolas
como de las industrias que comenzaban a desarrollarse. En pa-
labras de Limantour, al gobierno no le interesaban los pronun-
ciamientos doctrinarios en la materia que tan socorridos fueron
en décadas anteriores, sino simplemente adaptarse a las circuns-
tancias de los mercados internos y externos:

16
José Yves Limantour, Apuntes sobre mi vida pública, Porrúa, México,
1963, p. 56.

174
Rchúyo toda discusión escolástica sobre proteccionismo o
libre cambio, no porque mis ideas hayan carecido de brújula
en esa materia, pues me he inclinado toda la vida en el sen-
tido de la libertad del tráfico internacional, sino porque
he creído y sigo creyendo en la imposibilidad de implantar
ciegamente, de la noche a la mañana, un sistema de adua-
nas que en nada tomase en consideración las circunstan-
cias especiales de origen, de raza, de situación geográfica y
de infinidad de circunstancias que influyen hondamente en
la condición económica de los pueblos. Como hombre de
estudio, puede uno afiliarse en tal o cual escuela o sistema,
pero como hombre de gobierno, debe uno tomar en cuenta
lo que acaba de decirse, y proceder con cierto eclecticismo,
según las circunstancias del momento y las graves dificulta-
des que constantemente se presentan en la vida práctica de
las naciones. 17

A principios del siglo XX, el gobierno mexicano se enfrentó a


un reto mayúsculo: la necesidad de dejar el patrón bimetalista,
fuertemente basado en la producción nacional de plata, para
adoptar el patrón oro, que ya era el referente obligado en las
transacciones comerciales internacionales. Para tal fin fue crea-
da la Comisión de Cambios y Moneda, con el objeto de llevar
a cabo la transición hacia el nuevo patrón que se consumó en
1905. Durante esos años la discusión giró en torno a los incon-
venientes del nuevo patrón para una nación productora de pla-
ta como era el caso de México, e incluso se planteó en algunos
folletos la crítica de que se estaba sacrificando el interés nacio-
nal por satisfacer intereses externos. 18

17
Ibid., p. 54.
18
Sobre el cambio de patrón monetario dejaron numerosas opiniones
tanto en la prensa como en folletos los miembros de la Comisión, en parti-
cular Joaquín D. Casasús, Ricardo García Granados y Pablo Macedo.

175
8

Durante los últimos años del porfiriato, Limantour estuvo es-


pecialmente preocupado por lograr que el gobierno mexicano
incrementara su control sobre los ferrocarriles, ante el peligro
de que se creara un monopolio norteamericano. La naciona-
lización de los ferrocarriles fue una acción gubernamental sin
antecedentes en México tanto por su envergadura financiera
como por su significado, al sentar un precedente de interven-
ción directa del Estado para salvaguardar el interés de la nación.
No fue una nacionalización similar a las que tendrían lugar
después, en tanto que no representó un cambio del sistema le-
gal de propiedad, sino más bien una transacción financiera en
la que el gobierno adquirió las acciones suficientes para ga-
rantizar el control de las principales empresas sin asumir la
responsabilidad de operar directamente los ferrocarriles. Sin
embargo, fue un acontecimiento muy importante en la histo-
ria de la política económica, el último acto de consolidación
de su poder económico que llevó a cabo el Estado porfirista:

Impelida, como ya se sabe, por la necesidad de poner al país


a cubierto de una combinación ideada por los magnates ame-
ricanos ferrocarrileros para fusionar en una sola empresa
nuestras principales líneas, la Secretaría de Hacienda tomó
el proyecto de quitar de las manos extranjeras en que se
hallaban, la propiedad y la explotación de dichas líneas, ha-
ciendo la concentración en condiciones tales que sin que el
gobierno, que en general es mal administrador, manejara los
ferrocarriles, adquiriera sin embargo un predominio sobre
todo ese sistema de líneas, asegurándose así para siempre la
independencia económica de la República, una mejor dis-
tribución de las vías férreas en el territorio nacional, grandes
beneficios en el servicio de transportes y por fin, la verda-
dera nacionalización de las empresas. 19

19
J. Y Limantour, op. cit., pp. 83-84.

176
9

Pasada la emergencia que representó la crisis de 1907, subsis-


tía sin embargo la incertidumbre sobre la sucesión presiden-
cial del general Díaz como un factor que influía cada vez en
mayor medida en los inversionistas. Por otro lado, estaba abona-
do el terreno para que la inconformidad de la gran mayoría
que no se había beneficiado del crecimiento económico estalla-
ra. La apertura a la inversión extranjera fue una característica
del porfiriato, pero también lo fue la búsqueda de su diversifi-
cación, a fin de crear un sistema de pesos y contrapesos entre los
distintos inversionistas y las diferentes naciones involucradas.

10

Durante el periodo posrevolucionario la economía mexicana


redefine la visión del desarrollo en la agenda nacional, lo que
históricamente coloca al país en un cambio estructural pro-
fundo y a la vez en un desafío: el proceso de conversión de lo
rural a lo urbano y de lo agrario a lo industrial. La estrategia
de desarrollo se basó en la intervención activa del Estado en
la generación de infraestructura básica y en la coordinación,
a través de una política industrial activa, del desarrollo pro-
ductivo del país.

11

Considerando que desde la Independencia el país solamente


ha gozado de dos largos periodos de crecimiento sostenido
( el gobierno de Porfirio Díaz y la hegemonía política del par-
tido de la revolución bajo sus diferentes denominaciones de
PNR-PRM-PRI, entre los años 1933 a 1982) tendremos que reco-
nocer que el crecimiento ha sido la excepción más que la re-
gla en la historia económica de México. 20

20
Rolando Cordera Campos y Leonardo Lomelí Vanegas, "El cambio es-
tructural en México, 1982-2004: elementos para una evaluación", ponencia

177
12

El periodo de crecimiento que inicia con la presidencia de Lá-


zaro Cárdenas encuentra como directrices principales el desa-
rrollo de infraestructura y la construcción efectiva del mercado
interno en México. La modernidad en ese momento, frente a
una economía aún primario-exportadora, dependió de un inci-
piente proceso de industrialización. Las relaciones comerciales
con Estados Unidos durante el inicio del periodo de crecimien-
to son significativas: ese país fue origen y destino de 51 por
ciento de las exportaciones y 61 por ciento de las importaciones
mexicanas en 1934, y representan los niveles más bajos desde
entonces.

13

En 1945, 83 por ciento de las exportaciones y 82 por ciento de


las importaciones estaban comprometidas con Estados Uni-
dos. La Segunda Guerra Mundial estrechó la integración del
comercio, y la oportunidad de acelerar el desarrollo industrial
se benefició debido a la demanda ya no sólo de recursos natura-
les, sino de manufacturas. La entrada al mercado estadouniden-
se se debió a una coyuntura, nunca a una visión estratégica de
integración entre ambos países. Sin embargo, a partir de 1946,
la proporción de exportaciones compradas por Estados Uni-
dos regresa a los niveles previos al conflicto: alrededor de 70
por ciento del total. Son las importaciones las que se mantie-
nen con una participación de un poco más de 80 por ciento
durante los siguientes diez años.

14

El alto componente de importaciones que trasciende la co-


yuntura es indicio de uno de los problemas estructurales que

presentada en el Instituto de Estudios Económicos e Internacionales, Sao


Paulo, 6 de mayo de 2005.

178
afectarían a la economía mexicana hasta nuestros días: la de-
pendencia tecnológica y de bienes de capital. Si bien durante
la bonanza mexicana de 1933-1981 el PIB se multiplicó por 1 7
en cuarenta y ocho años; la integración comercial con el, ya
desde entonces, principal socio comercial y económico de Mé-
xico era fuerte, pero genera una dependencia absoluta. A fina-
les de la década de los setenta sólo se enviaba a Estados Unidos
68 por ciento de nuestras exportaciones y recibíamos de ese
país 62 por ciento de nuestras importaciones.

15

Antes del agotamiento de la crisis de la deuda, el proceso de sus-


titución de importaciones tuvo resultados satisfactorios, pero
de mediano alcance. Los bienes de consumo lograron incorpo-
rar cierta complejidad tecnológica, y junto con los bienes inter-
medios lograron aceptables niveles de encadenamiento hacia
atrás. La tecnología y los bienes de capital, la parte "dura" de la
sustitución de importaciones, nunca llegaron a una fase efec-
tiva. Dada una industrialización inacabada, las restricciones
externas al crecimiento y un manejo irresponsable de las finan-
zas públicas en el país se escuchaban voces de cambio hacia otro
modelo de crecimiento, la apertura y posterior americaniza-
ción de la estructura económica de México estaba por llegar.

16

El estallido de la crisis de la deuda externa en 1982 ha sido vis-


to como el final de una etapa en la historia del desarrollo me-
xicano. No fue para menos, en ese año el PIB descendió en 0.62
y 4.2 por ciento al siguiente, que en contraste con las altas ta-
sas de crecimiento previas dimensiona la profundidad del cho-
que ocurrido en el sistema productivo nacional. Algo similar
ocurrió con la formación de capital que registró una caída de
15.9 por ciento en 1982 y 27.8 por ciento en 1983. En especial,
la inversión pública resintió un declive significativo que afec-
tó proyectos en curso o detuvo el inicio de otros que eran vistos

179
la inversión pública resintió un declive significativo que afec-
tó proyectos en curso o detuvo el inicio de otros que eran vistos
entonces como cruciales para hacer realidad una siembra pro-
ductiva y a largo plazo de la riqueza petrolera que había lleva-
do al auge económico del país a partir de 1978. Por su parte, los
precios crecieron por encima del promedio de los años ante-
riores, la tasa de inflación alcanzó 98.8 por ciento, el peso se
devaluó como en cascada 21 y arrancó una fuga de capitales que
no parecía tener otro fin que el agotamiento de las reservas in-
ternacionales de México.

17

Tómese nota que entre 1978 y 1981 la economía creció a ta-


sas superiores a 8 por ciento, de 8.96 por ciento en 1978, 9.7
por ciento en 1979, 9.23 por ciento en 1980 y 8.77 por ciento
en 1981. La formación de capital superó el crecimiento del
PIB: avanzó en 15.12 por ciento, 20.2 por ciento, 14.9 por cien-
to y 14.7 por ciento en los mismos años. Ciertamente, los pre-
cios registraban ya índices de crecimiento altos, superiores a
los que habían marcado el arranque de la inflación en los pri-
meros años setenta. En 1978, la inflación creció en 17.51 por
ciento, para elevarse a 18.20 por ciento, 26.23 por ciento y 28.08
por ciento en los años siguientes. Por su parte, la deuda pública
externa en 1975 se elevó a 16.42 por ciento del PIB, para llegar
en 1978 a 23.61 por ciento. A partir de ese año, sin embargo,
gracias sobre todo a las elevadas tasas de expansión del produc-
to, la deuda bajó a 22.1 por ciento, 17.36 por ciento y 21.15
por ciento en los tres años siguientes. Gracias a la dinámica de
las exportaciones petroleras, el déficit en la cuenta corriente
parecía estar bajó control, pero ya en 1981 representó 5.23
por ciento del PIB, por encima del nivel que había precipita-
do la devaluación de 1976 ( 5.05 por ciento en 1975 y 4.22 por
ciento en 1976).

~
1
De 26.4 pesos por dólar al final de 1981 a 150 por dólar al final de
1982.

180
18

Era claro que el alto nivel de endeudamiento empujaba el dé-


ficit externo al alza, sobre todo si se considera que en 1981 se
dio un cambio significativo en la composición del endeuda-
miento a favor de la deuda a corto plazo y en detrimento de
la de largo plazo. Entre 1978 y 1980, la deuda pública externa
de corto plazo fue de 1.2 por ciento a 0.77 por ciento del PIB, en
tanto que en 1981 llegó a significar 4.29 por ciento del PIB. Con
todo y las expectativas y realidades que trajo consigo la bonan-
za petrolera de esos años, era claro que las relaciones básicas
de la dinámica macroeconómica no apuntaban al equilibrio y
que, además, con todo y las ganancias externas producidas por
las ven tas de crudo, el país encaraba ya con toda fuerza su talón
de Aquiles histórico condensado en la tendencia al desequili-
brio externo.

19

De cualquier forma, puede decirse que el trauma de 1982 puso


a flote contradicciones de todo tipo, sumergidas o a flor de tie-
rra, que apuntaban a la necesidad urgente de cambios. Empu-
jadas por el draconiano ajuste externo decidido por el gobierno
del presidente De la Madrid y, poco después, por la convicción
en las cúpulas del poder político y social de que el ajuste era no
sólo insuficiente sino incapaz para enfrentar los desafíos de
una economía desequilibrada y estancada.

20

No sólo en el ámbito económico, también en el político y so-


cial, el país ha registrado desde entonces mutaciones enor-
mes, articuladas por el proyecto de globalizarlo cuanto antes
y, por esa vía, sacarlo de la espiral de sobreendeudamiento,
inflación, devaluación y descalabros productivos que caracteri-
zaron el final de los años setenta y la totalidad de los ochenta. La
crisis fue desde luego financiera y monetaria e inmediatamente

181
económica y productiva, pero también recogió y dio lugar a
una dramática ruptura en el modo como acostumbraban re-
lacionarse los grupos dirigentes del Estado con los grupos
dominantes en la economía. La nacionalización bancaria de
aquellos años reveló las enormes brechas existentes en el es-
quema de cooperación entre el sector público y el privado que,
durante el gobierno anterior, el del presidente Echeverría, ha-
bían empezado a aflorar al calor de diversos acontecimientos
económicos y políticos y del activismo presidencial que buscó
sellar con crecimiento económico las fallas en el sistema polí-
tico que 1968 había develado a un costo muy alto en vidas y
expectativas juveniles. La "regla de oro" del sistema mexicano,
como gustaba llamarla el senador José Luis Lamadrid, empezó
a conocer sus últimos tiempos. El reconocimiento de la presi-
dencia mexicana, como el lugar de las decisiones de última ins-
tancia en la política del poder pero también en la economía,
empezó a ser acremente cuestionado desde las propias cúspides
de la empresa privada. La necesidad de corregir a fondo el ré-
gimen del presidencialismo autoritario heredado de la Revolu-
ción mexicana se volvió idea fuerza del reclamo democrático
que hasta entonces habían protagonizado, sobre todo, grupos
populares, sindicatos, organizaciones agrarias y los estudian-
tes que lo habían convertido en exigencia fundamental, pri-
mordial, de la democracia.

21

La crisis económica de aquellos años llevaba casi de manera na-


tural a preguntarse si debajo de los desequilibrios financieros
domésticos y externos, y detrás del conflicto entre el sector pú-
blico y el privado, no había desarreglos y desencuentros mayo-
res en el conjunto de la organización estatal. Éstos propiciaban
enfrentamientos recurrentes que buscaban saldarse con medi-
das de corto plazo, que afectaban las finanzas públicas y luego al
entorno macroeconómico, hasta aterrizar en descalabros cam-
biarios cada vez mayores y en una corrosión progresiva de un
sistema financiero cuyo punto crítico es, al final del día, la con-

182
fianza que pueda generar en el público, en los poderes de he-
cho y de derecho y desde luego en los prestamistas e inversio-
nistas internacionales. Sin embargo, en los primeros momentos
después de la crisis de aquel año, de lo que se trataba, al decir del
presidente De la Madrid que tomó posesión en medio de la tor-
menta, era de "evitar que el país se nos fuera entre las manos".

22

Para lograr este propósito, el gobierno sometió a la sociedad


y su aparato productivo decaído a un drástico ajuste externo y
fiscal que tenía como objetivo principal y casi único crear el
excedente necesario para continuar pagando la deuda, tener
acceso a mercados internacionales financieros y, gracias a ello,
retomar el crecimiento que entonces no sólo se perdía como re-
sultado de la crisis financiera, sino por una decisión de Esta-
do. Como se sabe, la estrategia no rindió los frutos esperados
y más bien se convirtió en una "política económica del desper-
dicio" como la bautizaran en aquellos años Vladimiro Brailovs-
ky y Natán Warman. A partir del ajuste, la economía empezó a
trazar una trayectoria de crecimiento distinta a la histórica, con
menor dinamismo promedio y, en consecuencia, con una me-
nor capacidad para crear empleos formales, precisamente en el
periodo en que empezaba a abrirse paso la transición demo-
gráfica del país, para dejar en pocos años de ser una sociedad
de niños y volverse, como lo que es hoy, una sociedad de jóve-
nes adultos.

23

Como se observa en la gráfica 1, tras un periodo donde la ten-


dencia de la tasa de crecimiento era ascendente hasta alcan-
zar una meseta en el final de la década de los años sesenta, la
dinámica de crecimiento se redujo lentamente durante la déca-
da siguiente, debido a que con la crisis de 1982 se gestó un cam-
bio de nivel en la serie, una alta volatilidad y una reducción
considerable y rápida del ritmo de crecimiento.

183
GRÁFICA 1
FILTRO HODRICK-PRESCOTT DE LA TASA
DE CRECIMIENTO DEL PIB, 1921-2004

Fuente: Cálculos propios con base en datos del INEGJ.

GRÁFICA 2
FILTRO HODRICK-PRESCOTT,
FORMACIÓN BRUTA DE CAPITAL FIJO /PIB, 1960-2004

Fuente: Cálculos propios con base en datos del INEGJ.

184
La inestabilidad que caracterizó la economía a partir de la
crisis de la deuda de 1982 también se observó en la tasa de acu-
mulación de la economía.

24

Desde 1960 hasta 1981 el porcentaje de la FBCF (formación bru-


ta de capital fijo) con respecto al PIB tuvo una ascenso conti-
nuo hasta llegar a 26.5 por ciento en este último año, después
de superar una reducción pequeña durante la crisis de 1976.
De 1981 en adelante, la acumulación de capital entró en una
ruta declinante hasta llegar a niveles inferiores a 20 por ciento
del PIB, con una cota mínima en 1995 de 14.5 por ciento. Las
recuperaciones observadas desde este año, en que el país en-
cara la peor de sus caídas económicas, no han podido superar
la trayectoria impuesta por las crisis de los años ochenta y co-
mo consecuencia México enfrenta en la actualidad un serio
reto en cuanto a la posibilidad real de "recuperar" un futu-
ro deteriorado seriamente ya por la falta de inversión pública
y privada. El retroceso de la primera, además, ha implicado
notables daños a la infraestructura, en parte humana y social,
de México y muchas de sus omisiones se expresan ya como
agudos embotellamientos que estrangulan las posibilidades de
retomar la senda histórica de crecimiento que se abandonó en
1982.

25

Al calor del fracaso de la batería de recetas convencionales con


que se quería alcanzar el ajuste externo, se comenzó a delibe-
rar en torno a la idea del cambio estructural. No se trató de
una deliberación abierta y pública, mucho menos democráti-
ca, pero se planteó con insistencia en las cumbres de la eco-
nomía y las finanzas, desde luego en los corredores del poder
político, que este cambio estructural, hacia una economía abier-
ta y de mercado, liberada hasta donde fuera posible de sus adi-
posidades corporativas y estatistas, camino único para que el

185
país pudiera adaptarse e inscribirse sin tardanza en los porten-
tosos cambios del mundo.

26

De lo que se trataba, como se insistía en la escena internacio-


nal, era de reencontrar la vía del mercado y del capitalismo que
se había bloqueado en buena parte de Europa y Asia, pero tam-
bién en América Latina y África durante la Guerra Fría que,
paradójicamente, había propiciado en buena parte del mun-
do la exploración de caminos intermedios, "terceras vías" del
tipo más diverso. A partir de la caída del Muro de Berlín todo se
volvió reformismo para la globalización que el llamado Con-
senso de Washington codificó en discurso y receta universal, y
que habrían de declinar por igual checos y polacos, rusos y me-
xicanos, peruanos y brasileños. A los chilenos los habían forza-
do a hacerlo a sangre y fuego durante la dictadura de Pinochet
y a los argentinos les había causado enormes destrozos de sus
tejidos sociales y colectivos básicos, así como decenas de miles
de muertos, en un enfrentamiento provocado por la utopía
negra de implantar "una economía de mercado y una sociedad
cristiana". El proyecto así, a pesar de sus implicaciones negati-
vas previstas por muchos, era cosmopolita y en clara sintonía
con el globalismo neoliberal que entonces pretendía haber lo-
grado convertirse en pensamiento único.

27

Muchas reformas se hicieron para cumplir con el cometido de


globalizar México. Todas ellas, modificaron más o menos ra-
dicalmente las relaciones del Estado con el resto de la socie-
dad, y la reforma política consumada casi al final del siglo y del
ciclo reformista neoliberal así lo confirmó. Economía y política
responden ahora a otros códigos y claves; sus imperfecciones
e ineficiencias pueden todavía atribuirse a los ecos del viejo ré-
gimen, pero en lo fundamental deben entenderse como fallas
y defectos de los nuevos arreglos, fallas del mercado, como ocu-

186
rre siempre salvo en la imaginería neoliberal, pero también, en
realidad sobre todo, fallas de un Estado que no acaba de defi­
nir su perfil ni de dar lugar al surgimiento de un nuevo orden
democrático y de una nueva economía política que permitan
darle un sentido histórico a tantos cambios y reformas como los
que México ha vivido. Este sentido histórico tiene que tener co­
mo punto duradero y sustentable de apoyo un crecimiento alto
y sostenido que pueda estar por lo menos a la altura de las ne­
cesidades de empleo emanadas de la demografía.

28

Cambios ha habido y no han sido inocuos. Por ello, en busca de


un nuevo curso, es preciso hacerse cargo de lo que han traído
consigo, de sus efectos inmediatos y estructurales, antes de aco­
meter nuevas mudanzas. Pasemos revista sumaria a las princi­
pales reformas.

29

La primera buscó redimensionar el sector público y revisar a


fondo el papel del Estado en la economía, así como redefinir
las relaciones comerciales y financieras con el exterior. De
ella emanaron las drásticas revisiones de la política comercial
y las privatizaciones, la reprivatización bancaria, las nuevas re­
glas de apertura a la inversión extranjera directa (IED) y, en
parte, la reforma del artículo 27 de la Constitución para li­
berar la tierra ejidal y comunal. Con estas reformas, se quiso
incluso justificar el retraimiento absurdo de la inversión públi­
ca que ahora se tiene que lamentar. Ha quedado claro para
todos, incluso para quienes soñaban con una economía en la
que todo quedara a cargo del mercado y de la inversión pri­
vada que, por definición y credo, siempre será más eficiente y
racional que la pública, que la elasticidad y capacidad de sus­
titución del esfuerzo público por la iniciativa privada han sido
lo que se quiera menos perfectas y oportunas y que, por ello,
la economía no ha sido capaz de aprovechar eficientemente

187
y a fondo las ventajas reales y supuestas de la apertura a la glo-
balización.

30

La segunda reforma apuntó a los tejidos políticos del Estado


posrevolucionario y pretendió llevar a éste a una nueva etapa:
a una democracia representativa que pudiese recoger la plu-
ralidad social e ideológica y diese un cauce productivo y reno-
vador a los conflictos y pugnas distributivas y por el poder que
son propias de las sociedades complejas. Evadir el "México bron-
co" del que habló don Jesús Reyes Heroles y darle un senti-
do progresivo a su socorrida frase "el que resiste apoya". Con
la alternancia consumada en el año 2000 con la victoria de Vi-
cente Fox a la presidencia y la derrota del PRI, la conjunción
virtuosa entre ambas reformas se puso a prueba y, vista desde
esta perspectiva, apenas logró notas mínimas gracias a la esta-
bilización de los precios internos y del tipo de cambio. Basado
en la ilusión de reinventar la historia, decretando sin más que
el país "había perdido setenta años", el presidente Fox convir-
tió sus dichos de campaña en credo central de su gobierno; el
entendimiento público y político del curso reformista y de los
nuevos problemas que había hecho emerger sufrió un enor-
me daño.

31

Al final, lo que se impuso fue el estancamiento político y con-


ceptual en el Estado, que se ahondó cuando el presidente resol-
vió que era la pluralidad desplegada en el Congreso de la Unión
la responsable de la nociva trabazón en que se encontraba la
república. Lo que no se logró fue recuperar la senda perdida
del crecimiento rápido, y tanto el PIB como la inversión repor-
taron en estos primeros seis años del nuevo milenio desempe-
ños mediocres. La resultante inevitable ha sido la corrosión
del mercado de trabajo, la afirmación del empleo informal co-
mo una forma de vida casi mayoritaria, el desempleo o el subem-

188
pleo juvenil en masa y el incremento al parecer imparable de
la emigración que llegó en estos años a la cifra de más de 400
mil mexicanos que cada año dejan el país para irse a Estados
Unidos. No sobra agregar aquí, que muchos reportes señalan
que en proporción creciente estos emigrantes son jóvenes urba-
nos con un promedio educativo superior a la media nacional.
La compensación que suponen unas remesas que han llegado
ya a los 20 mil millones de dólares en los últimos años no alcan-
za para esta auténtica fuga de capital humano del sur al nor-
te. La paradoja cruel de esta globalización es que el país pobre
subsidia a través de su gasto educativo y en salud y otras ero-
gaciones públicas al país más rico.

32

Es esta coyuntura la que exige una revisión del curso de la glo-


balización de México y que se asuman riesgos explícitos en el
diseño de nuevas políticas para la economía y el desarrollo so-
cial. Los arreglos políticos que dan sustento a la democracia
reclaman también revisiones urgentes, a la luz de lo acaecido
en la contienda electoral de 2006. Pero puede advertirse ya que
el cambio político, vital como parece ser, tendrá que seguir la
suerte de estos cambios en la economía política y las formas de
distribuir el excedente social. Las reformas de la política demo-
crática que reclama la situación resultante de la elección pre-
sidencial no podrán hacerse en solitario. Los actuales resortes
y acomodos políticos que dieron lugar al cambio democrático
tendrán que usarse, tal y como están, para intentar construir
un cauce de entendimiento entre actores y comunidades que
viven ya, con intensidad y angustia, una pugna distributiva, en
buena parte todavía larvada, pero cuyas expresiones puntua-
les, en los sectores y en las regiones y localidades, adquieren
signos cada día más ominosos.

189
33

No se trata de regatear los logros del curso reformista ante-


rior: en menos de veinte años México se volvió un gran expor-
tador de manufacturas pesadas y semipesadas, base poderosa
de la producción y la exportación automotriz y electrónica y,
en conjunto, sus ventas al exterior se multiplicaron por cin-
co. También, superó su condición de economía casi monoex-
portadora, dependiente en alto grado de las ventas foráneas de
crudo; en la gráfica 3 se observa el cambio drástico de la com-
posición de las exportaciones durante la década de los ochenta
y noventa. En medio de estas transformaciones de la estructu-
ra comercial, México atrajo montos considerables de inversión
extranjera directa. En muy poco tiempo, el país se volvió uno
de los tres principales socios comerciales de Estados Unidos
y apareció en la escena comercial mundial como un nuevo y
atractivo jugador de grandes ligas.

34

La reforma económica no ha podido fortalecer al Estado en


sus finanzas, y más bien lo ha afectado por su permisividad fis-
cal hacia el comercio exterior y su secular ineficiencia para
recaudar los impuestos que marcan las leyes. Hoy, a medida
que se agudiza la percepción de las enormes desigualdades y
de las cuotas mayúsculas de pobreza que afectan a las ciudades,
el éxito exportador difícilmente puede servir para apoyar la
legitimidad del sistema político democrático.

35

Con la entrada en vigor del TLCAN, el modelo exportador de


México selló la americanización de su economía, y la concen-
tración del comercio exterior se agudizó; durante el primer
año de la vigencia del tratado las exportaciones hacia Estados
Unidos alcanzaron 84.6 por ciento del total, mientras que a
principio de la década de los noventa eran de 72.2 por cien-

190
GRÁFICA 3
COMPOSICIÓN DE LAS EXPORTACIONES,
1980-2005
100% ......... -..-- --- - - - - - - -- - - -- -'
00%

€0%

40%

1
1
20%

0% '
• No petroleras e Petroleras

Fuente: Cálculos propios con base en datos de BANXICO.

to. La economía mexicana ha entrado en proceso de sincronía


con la economía norteamericana, de acuerdo con palabras del
anterior secretario de Hacienda, Francisco Gil Díaz, la econo-
mía nacional se ve afectada por los ciclos económicos de Esta-
dos Unidos con un rezago de seis meses.

36

La nueva configuración de la estructura del crecimiento de


la economía de México ahora depende de forma explícita
e importante de nuestro vecino del norte, sus ciclos se hacen
nuestros, la decisión de sus consumidores le da o le quita el
empleo a nuestros compatriotas, incluso cabría preguntarse si
la reactivación de la economía estadounidense a través de sus
excesivos gastos militares no activa también nuestra economía;
hoy más que nunca podemos estar montados en un motor de
crecimiento que de acuerdo a nuestra tradición en la polí-
tica internacional, nuestro pacifismo y nuestro respeto a la
autodeterminación de los pueblos y el principio de no inter-
vención puede contradecir a nuestras tesis internacionalistas.
Los ciclos de paz y de guerra en Estados U nidos se convierten

191
en políticas de gasto y por ende de crecimiento y contracción
económica afectando con un breve rezago a la economía me-
xicana, nuestro modelo secundario exportador es frágil, y la
soberanía económica se trastoca debido a la excesiva vincula-
ción de nuestra economía con la del norte.

37

La IED se consolidó a partir de la firma del TLCAN; en 1994 sólo


representó 46.6 por ciento del total de recursos invertidos en
el aparato productivo nacional por parte de extranjeros. Du-
rante el año 2001 se alcanzó el récord de 78 por ciento, casi 8
pesos de cada 1O invertidos en la producción nacional prove-
nientes de otros países eran estadounidenses. Durante 2006 la
participación de los americanos fue de 65 por ciento. En tér-
minos de desarrollo las comparaciones son odiosas pero en-
señan, y deberían servir para afinar los sentidos y atemperar
reflejos para intentar un efectivo cambio de rumbo. En términos
de producto per cápita, México ocupa el lugar 58 por debajo de
Argentina, Costa Rica, Chile y Corea. Se estima que la familia
mexicana promedio obtenía ingresos en 2002 por 8 450 dóla-
res al año. Singapur y Hong Kong tenían tres veces más y Corea
el doble. En 1950, Corea era tres veces más pobre que México
en producto per cápita.

38

Con la educación ocurre algo similar. La escolaridad prome-


dio en Corea ascendió de 8. 7 años en 1985 a 10.8 años en
2000. La nuestra fue de 5.2 años en 1985, a 7.2 años en 2000.
Se estima que en 2004 la escolaridad promedio de la población
económicamente activa era de 8.4 años. El decil más pobre
apenas cubría 3.6 años, el segundo llegaba a 4.9 y el tercero a
5.95. Sólo a partir del decil VII se superaba el promedio con
8.9 años. Los dos deciles más ricos de la población económi-
camente activa registraban un promedio de escolaridad de
11.05 y 13. 77 años.

192
39

Como se dijo, éstos son datos duros que contrastan con las
pretensiones del cambio estructural más profundo intentado
en México en la segunda mitad del siglo XX. Desembocan en
una circunstancia social de pobreza, informalidad laboral y ex-
trema desigualdad. Según estimaciones del economista Gon-
zalo Hernández, el decil más rico tenía en promedio ingresos
mensuales de 30 mil pesos reales (pesos de 2003). El decil más
pobre sólo llegaba a 1 380 pesos al mes. La brecha de ingresos
entre ambos deciles era de aproximadamente 2 050 por ciento.

40

Las reformas cambiaron usos y costumbres, así como formatos


y rutinas del cálculo económico, pero las dislocaciones que
propiciaron no fueron interiorizadas oportunamente por el
cuerpo social y productivo que emergía. Por eso redundaron
en un debilitamiento mayor del Estado, cuyas fallas, aparentes
o inventadas en los primeros años ochenta del siglo pasado,
sirvieron para justificar una reforma económica a rajatabla y,
luego, una reforma política dejada al amparo de los votos.

41

Sin un Estado decidido a modular el cambio por él mismo


desatado con el propósito de globalizar a la nación y moder-
nizarla, lo que tenemos hoy es un Estado más débil que antes,
sin capacidad fiscal y sin credibilidad política suficiente. La
necesidad vital de una tercera reforma, la "reforma social del
Estado" debía ser evidente para todos. No lo es, y es por ello que
la idea de una reforma moral e intelectual es algo más que una
hipótesis de trabajo. Iniciarla implica muchos riesgos pero es
vital intentarlo antes de que las corrientes de descontento so-
cial, hoy todavía contenidas por las precarias represas del Es-
tado y por la propia expectativa democrática, se desborden.

193
42

Es preciso asumir y volver una forma de compromiso político


y cultural que la política democrática y la economía abierta
deben estar incrustadas en una dimensión social atenazada por
la desigualdad, la pobreza y las tendencias a la desintegración
comunitaria y el desplome de la cohesión social. La reforma eco-
nómica y política del Estado sólo encaró estas circunstancias
con políticas subordinadas, dependientes de los cálculos ele-
mentales derivados de la estrategia de estabilización a toda cos-
ta, extrañamente aceptada y hasta aprobada en los hechos por
todos los partidos y sus legisladores. Lo que sigue ausente es una
visión de largo plazo pero comprometida a concretarse en el
corto, que asuma la centralidad de la equidad como requisito
para un desarrollo mejor y para la superación progresiva, pe-
ro sistemática, de la pobreza que afecta a casi la mitad de la
población del país.
Las decisiones que estuvieron detrás del cambio estructural
para la globalización, incluida la reforma política, no son el
fruto de ninguna ley natural. De esto se habla y bien en los tex-
tos que forman este libro. Mucho menos son el resultado de
un mandato unívoco e inapelable de la economía o la historia.
Las élites dirigentes y los grupos dominantes de la economía y
las finanzas no consideraron que la desigualdad y la falta feha-
ciente de equidad eran temas cruciales, que su atención podía
posponerse hasta lograr las metas de globalización y dinamismo
económico planteadas. No se reconoció que fuera urgente ocu-
parse de él y actuaron en consecuencia.

43

El caso es que ahora, esta mezcla de carencia e insatisfacción so-


cial elemental se ha vuelto tormenta política y movilización social
multiforme, que pone a prueba la capacidad intelectual y ética
de estas élites para encauzarlas y aliviar creíblemente a sus víc-
timas. Volver a lo social y convertirlo en el objeto de la tercera
reforma del Estado es fundamental porque sólo así podrán salva-

194
guardarse y en el tiempo ampliarse las señas de identidad de la
historia moderna de México: la dimensión intelectual, cultural,
ética, de un Estado nacional forjado en la adversidad y que no
puede renunciar por voluntad a sus obligaciones fundamenta-
les. Al intentar hacerlo, supuestamente transformarse en Estado
"ágil y esbelto", en realidad ha minado su capacidad de conduc-
ción y de mediación de un conflicto que es inevitable, pero que
puede modularse si hay acuerdos básicos y sensibilidad mínima.

44

Las lecciones del cambio mexicano hacia la globalización son


ya muchas y es preciso volver sobre la experiencia y una histo-
ria que es todavía presente. Es mucho lo que resta por hacer
para darle solidez al entendimiento del cambio e inducir a una
decisión de tomar riesgos para gobernarlo y darle un sentido
redistributivo hacia la igualdad y la equidad con democracia y
libertad. Lo que podemos postular aquí y ahora es que después
de veinte años de globalizar a la nación es preciso y factible pro-
ponerse nacionalizar la globalización: crear capacidades produc-
tivas, institucionales e intelectuales, de imaginación histórica y
sociológica innovadoras, para adaptar la tecnología global
y hacer que la apertura al exterior funcione a nuestro favor y
beneficio.

45

Más que continuar por la senda de las reformas interminables,


de una, dos, o varias generaciones, lo que hay que acometer
es la reforma de las reformas. Importar sin adoptar, sino para
adaptarla a nuestras tradiciones y necesidades, la lección bási-
ca de los países que han sido exitosos en la globalización: ser
heterodoxos frente al fundamentalismo del mercado único y
la receta universal; ser ortodoxos en la afirmación de los inte-
reses nacionales que en nuestro caso se originan en la cues-
tión social dominada por la desigualdad, la concentración del
privilegio y la pobreza de las masas.

195
46

De estas concepciones y convicciones sobre el desarrollo y los


cambios en su estructura, tiene que emerger la racionalidad de
esta tercera reforma. De no avanzar pronto en esta dirección,
lo que se pone en riesgo es la convivencia social y con ella la de-
. mocracia. Lo que urge es darle al reformismo un sentido inno-
vador que haga del riesgo una opción históricamente racional.
No sólo está por delante una reforma estatal para llevar a cabo
una inserción virtuosa en la globalidad, sin incurrir en segmen-
taciones mayores del territorio y la cultura nacionales; también
se ha vuelto crucial una revisión de los acuerdos básicos, polí-
ticos y sociales que sostuvieron la evolución histórica latinoa-
mericana. Contra lo que se ha dicho insistentemente en estos
años de revisión radical de la pauta de desarrollo, América La-
tina nunca ha sido ajena ni renuente a formas de inserción en
la economía política internacional, incluso en la fase de ma-
yor vigor de la sustitución de importaciones.

47

Lo demás tendrá que volverlo ruta política y legal, de institu-


ciones y de conducción económica, una pluralidad política que
en su diversidad esté a la vez dispuesta a experimentar, para
volverse una democracia social que pueda sostener un Estado
democrático de derecho, capaz de darle sentido nacional a la
globalización de México.

196
DEL PSICOANÁLISIS Y EL FEMINISMO
EL PSICOANÁLISIS EN LA ASÍ LLAMADA
"MODERNIDAD": ESTADOS UNIDOS
• Roberto Castro Rodríguez

La primera vez que el psicoanálisis llega a Estados Unidos de ma-


nera directa es en 1909 con el viaje de Freud a ese país, invitado
por la Universidad Clark de la ciudad de Boston. Esta visita y las
conferencias que impartió se basaron en los temas centrales de
su trabajo clínico psicoanalítico hasta esos años: los cuadros clí-
nicos y su etiología del inconsciente, el estudio sobre los sueños
y el papel de la sexualidad inconsciente, todo esto desde la pers-
pectiva y la estructuración de la vida del inconsciente mismo.
Hubo reacciones de aceptación e interés por la perspectiva
del inconsciente en la sintomatología y los cuadros clínicos
psicopatológicos, pero la moral religiosa imperante manifestó
un fuerte rechazo y una descalificación violenta que se expre-
saron en ataques en la prensa ( The Bastan Evening Transcript, por
ejemplo) y directamente de personajes del mundo intelectual
y científico, como William James, Adolf Meyer y Franz Boas,
entre otros. 1
Los ataques provenían de lo que se conoce como "la mora-
lidad tradicional de Estados Unidos", la cual abarcaba las nor-
mas sociales, económicas y, desde luego, religiosas, con ideales
de pureza matrimonial unidos al éxito económico (la tradición
evangélica y protestante según las observaciones de Alexis de
Tocqueville en su texto La democracia en América).
Los escritos de Freud habían sido traducidos precariamen-
te al inglés años antes de su visita a Estados Unidos, y después
de su presencia en la universidad siguieron publicándose, así
como los de otros psicoanalistas.

1
Nathan G. Hale,Jr., Freud and the Americans. The Begi,nningof Psychoanaly-
sis in the United States, 1876-1917, Oxford University Press, Oxford, 1971.

199
Además de abordar los problemas psíquicos en el ejercicio
clínico desde una perspectiva distinta -principalmente por la
incorporación de lo inconsciente, es decir, el entendimiento de
la vida consciente simplemente como un índice, un lugar re-
ducido, comparado con la dimensión inconsciente-, también
expuso las diferencias en cuanto a la concepción de la vida
misma, la cultura y la civilización. Comprometerse con un pro-
ceso terapéutico psicoanalítico significaría hacer una reflexión
y un análisis sobre la influencia de la cultura y la civilización
en la persona misma, y esto llevaba al estudio crítico del mono-
teísmo, la monogamia, la mujer como polígama por naturaleza
y monógama a partir de las angustias del hombre, la introduc-
ción de un tercero por la vía del deseo inconsciente de la ma-
dre, la ausencia de identidad, la realidad onírica que, por su
dimensión virtual, resulta decisiva en la vida cotidiana y los des-
figuras y malentendidos en cada sujeto al tratar de relatar su vida
y pretender ser el historiador de su pasado. Estas ideas, además
de otras relacionadas a la estética, la ética y la moral, estaban pre-
sen tes en sus trabajos sobre la interpretación de los sueños, los
tres ensayos sobre la vida sexual y amorosa y en los historiales
clínicos sobre la histeria y la obsesión-compulsión.
El psicoanálisis nace principalmente por la escucha que Freud
hace de sus pacientes, pero también por el lugar que ocupa la
muerte de su padre. Este suceso y el inicio de la inclusión de
lo inconsciente hicieron explícito lo que el psicoanálisis ex-
presó como "modernidad", y que, desde su inicio y en sus pro-
pios términos, examina a partir de los hallazgos clínicos sobre
la vida inconsciente: la inexistencia del padre, el ocaso de la
función paterna que durante veinte siglos se había vivido co-
mo un hecho o una realidad, pensar o vivir la estructura social
como garantía de un futuro domeñable, explicar el orden del
cristianismo en Occidente como una forma que por absurda
se cree en ella y cómo esta creencia exigida confirma que jamás
hubo padre ni lo habrá. Ni siquiera el medio intelectual esta-
dounidense contaba con el conocimiento suficiente como pa-
ra asimilar la idea de que el orden patriarcal es una figuración
debido a su inexistencia. Y si hubo tal asimilación pasó inadver-

200
tida. Lo que sí se daba con relativa facilidad era una forma de
negación de esta realidad, apoyada en la christian science, que
rechazaba cualquier tipo de mal simplemente negándolo: que si
creemos en Dios, la fuerza de esta creencia elimina cualquier
padecimiento, indisposición o mala vida, y que con una simple
decisión desaparecen tales padecimientos o enfermedades.
Por otro lado, el mundo médico psiquiátrico de Estados Uni-
dos se apropió de las ideas de Freud de una manera pragmáti-
ca, utilitaria, como un recurso benéfico más. Intentó sumarlas
al acervo de herramientas técnico-clínicas para la solución de
problemas psíquicos. Los ámbitos cultural e intelectual simpli-
ficaron las ideas retomándolas como una teoría coherente: la
sexualidad y la agresividad humanas fueron entendidas y lle-
vadas a una aceptación más amable y se hizo énfasis en la con-
formidad social, el optimismo y la simplificación en la solución
de conflictos con una retórica que preservaba los valores reli-
giosos. Los psiquiatras se dividieron entre ortodoxos, reacios
a las ideas de Freud, y eclécticos, a los que se agregaron en la
década de los treinta los psicoanalistas europeos que habían
emigrado a causa del nazismo.

Pero, por segunda ocasión, Freud observa, escribe y emite su


opinión acerca de Estados Unidos con un estudio biográfico
sobre el presidente Woodrow Wilson. 2
Cuando Wilson se autonombra salvador de Europa y exige
un tratado para asegurar la paz después de la llamada "Gran
Guerra" de 1914, da muestras de un pensamiento mágico y
delirante, acompañado de rituales y ruegos a un dios que no
era más que un nombre atribuido a su creencia y fe propias.
Wilson pensaba que lo guiaba una inteligencia superior a la
suya; decía que se comunicaba con Dios. Como estadista cristia-
no, actuaba como un ministro que dictaba la ley de Dios desde
su púlpito, convirtiendo a la Casa Blanca y a quienes se dirigía
en su rebaño. Había sido elegido por Dios -según él- para lle-

2
Sigmund Freud, W: Wilson. A Biographycal Study, Vintage, Nueva York,
1974.

201
var a cabo una gran tarea mundial. Se dijo de todo sobre él:
que era un calvinista convicto, un presbiteriano, un Cristo en
la Casa Blanca, etcétera; de todo, menos que era un líder que
había exhibido el grano de verdad delirante, paranoica, de la
población creyente de Estados Unidos.
Al destacar todo esto, Freud se vale de las ideas formuladas
en Tótem y tabú, De guerra y muerte y La transitoriedad,3 trabajos en
los que expresa sus impresiones en relación con la guerra euro-
pea; también están presentes las propuestas de El porvenir de
una ilusión, Duelo y melancolía, y sus ideas sobre la psicosis y el
narc1s1smo.
Freud observa que el Estado no es más que el que exige
obediencia y sacrificio, el que monopoliza la violencia y el dere-
cho de llevar la muerte a los ciudadanos, el que se erige en juez
y representante de la civilización a la que a su vez destruye. A
primera vista, los dirigentes ejercen una violencia político-eco-
nómica, pero en el fondo es más una violencia religiosa, mono-
teísta y, en última instancia, pulsional inconsciente. Según las
circunstancias, el Estado representa lo que cualquier ciudada-
no: un salvajismo protegido, ya sea por el derecho natural, pú-
blico, civil o divino.
Para Freud, el ciudadano es la "medida" calculada que no
sirve más que para satisfacer el placer propio; de lo que se tra-
taría, pues, sería -en sus palabras- de convertirlo en objeto se-
xual, apropiarse de su fuerza de trabajo y volverlo un "bien"
propio entre todos los bienes. Es decir, ejercer el derecho de
eliminar su placer para volverlo propio, reducir a nada, a cosa,
eso que aparece como un "bien" cualquiera en la cultura; como
el mismo Freud insiste, el ciudadano como un "bien".
La guerra y el delirio mesiánico muestran que esto es una
búsqueda inconsciente natural en su forma más extrema de
maldad y con un lenguaje que evoca los fines supuestamente
más "elevados" de la cultura.
Esto es lo que piensa Freud de los Estados europeos, en par-

3
Sigmund Freud, De guerra y muerte y La transitoriedad, Amorrortu, Bue-
nos Aires, t. XIV, pp. 273-313.

202
ticular del Estado alemán, así como del lenguaje y la actitud
mesiánicas de Wilson.
Con ello se destaca la actualidad del monoteísmo como una
estructura y una forma de pensamiento delirante y mágico,
tribal, arcaico y brutal, que determina los intereses y pasiones
racionalizados en el discurso de los dirigentes y los Estados. Una
estructura de pensamiento con una historia de más de veinte
siglos que define en gran medida el funcionamiento del mo-
do de producción capitalista occidental.
El Estado, tal como lo refleja Freud en varios de sus escritos,
es la estructura que expresa la ausencia del padre. Represen-
tar al Estado como a "un muerto" es una forma de racionalizar
ese "valor del placer" inconsciente entre semejantes, que en la
desigualdad social se ejerce por unos contra otros, y que es un
intento por imitarlo que se ejemplifica en el santo, el héroe y
los mártires de la patria, una suerte de vil parnaso nacional,
una vulgarización o actitud cultural-convencional que conlle-
va una intención de sometimiento, amenaza y eliminación del
prójimo. Es negarse a llevar a cabo un proceso de duelo y acep-
tación de la muerte propia, y también es una inclinación a
computar y calcular la muerte del otro para efectuar exclusio-
nes y renuncias. Decir que se tiene comunicación con Dios o
creerse su representante no es más que aceptar ser un gaville-
ro asesino, porque -como aclara Freud- en el inconsciente se
piensa y desea el asesinato, y el que no se ejecute no lo ha-
ce menos importante; en el inconsciente, creer en Dios equi-
vale a eliminar todo lo que estorbe en el camino.
Mediante las pulsiones inconscientes, el valor de uso persi-
gue la incondicionalidad del otro, su obediencia o sumisión
hasta obtener de él el mayor placer posible, reducirlo a cosa y
si es posible lograr su eliminación. Conseguir el dominio y la
sumisión del prójimo es previo, como valor de uso, al valor que
se les otorga a los objetos.
Esta conducta repetitiva se da tanto por las vicisitudes sádi-
cas de las pulsiones como porque en el inconsciente no exis-
te la muerte propia.
Esto es lo que hace decir a Freud que el discurso de Wilson

203
sobre el gentleman puritano, calvinista, bautista o cristiano más
bien era el alegato hipócrita de un gavillero. A Freud le pare-
cía muy fastidioso, molesto e insultante el cinismo, oculto o
abierto, y la desfachatez con la que se pronunciaba Wilson so-
bre fines nobles para disponer de la vida de los demás, recla-
mando a la vez un incondicionalidad sumisa.
Exigir tratados de paz para asegurarla equivalía a no darle
un lugar a la muerte, y Freud pensó, manifestó y denunció
que lo único que se garantizaba con esos "tratados" de carác-
ter ritual era una continuidad en la búsqueda de la muerte del
otro. Una versión más de la paz sagrada que, al anunciarla, al
justificarla como una garantía sagrada, se vuelve suceptible de
ser violada; es decir, lo sagrado como una garantía para dispo-
ner del otro, de su vida y muerte.
Para Freud, la historia se muestra como una extensa cade-
na de asesinatos, matanzas y exterminios "sagrados" que se con-
vierten en enseñanza escolar. Simplemente son maneras de
negar la muerte propia, gestos como el ''flirt norteamericano"
que menciona Freud, el gesto banal que supuestamente hace
olvidar la muerte, el duelo y su aceptación.

En el contexto de la guerra, Freud insiste en darle un lugar a


la muerte propia, darle el derecho que le corresponde. De esa
manera, la realidad que se vive adquiere más veracidad y se so-
porta mejor, y la ilusión también alcanza su valor real.
Freud emplea el término Versagung -traducido como "ma-
lestar"- de una manera particular. Su uso no sólo se refiere al
malestar frente a la realidad externa, social, económica, cultu-
ral o civilizatoria. Es todo eso, pero también alude a la renuncia,
al rechazo, de lo que se transmite como la "tradición" familiar,
filial, de un individuo, y que lo sujeta inconscientemente a una
herencia que no escogió ni pidió compartir o participar en ella,
pero que sin embargo lo somete y lo condena a repetirla.
Este rechazo, que en gran medida se experimenta de mane-
ra no consciente, es lo que Freud entiende por "el padre co-
mo un muerto". En la actualidad se considera que la función
paterna está en su ocaso, y esto equivale a lo que comúnmente

204
se ha llamado "modernidad" o "posmodernidad". El descrédi-
to comenzó con el pater familia, y siguió con las instituciones
religiosas y el Estado. Hoy representa el desconcierto hacia el
futuro y a la vez la supervivencia de ciertas formas tribales ba-
sadas en la creencia de un padre; pero resulta más sorpren-
den te aún entender que con su pretensión de eternidad, el
sujeto busca y encuentra su extinción.
Los términos "modernidad" y "posmodernidad" son polémi-
cos para el psicoanálisis; existen muchos fenómenos sociales,
económicos, políticos y culturales que desde la perspectiva del
psicoanálisis están en franca crisis, pero vistos desde otro punto
de vista son cuestiones que se busca conservar, cuidar, prote-
ger y seguir viviendo, como por ejemplo el ejercicio monogá-
mico de la vida amorosa que resulta de la expresión formal,
socioeconómica, de un monoteísmo con más de veinticinco
siglos de existencia y cuya estructura mental es tribal. Además,
en la población mundial la cantidad de gente que vive bajo es-
tas normas es mayor a la de los intelectuales que insisten en la
"crisis de la modernidad y posmodernidad", a pesar de que mu-
chos de ellos sean monógamos.
En Occidente no ha habido ningún grupo social que haya
puesto un alto a esta forma legal de origen jurídico-religioso,
y menos en Estados Unidos a principios del siglo XX.
Freud entendió la aparición del psicoanálisis como un
"asunto del padre", es decir, como una necesidad de pensar, re-
flexionar e interpretar el ocaso de la función paterna.
La reflexión sobre este asunto, tal como lo formuló desde
1914 en el contexto de la guerra, posiblemente sea uno de los
motivos por los cuales en las décadas posteriores o en el llama-
do "posfreudismo" Freud se consideró como cosa del pasado.
El verano anterior al inicio de la guerra europea de 1914,
Freud se encontró con Rilke y conversaron sobre temas como
la transitoriedad, lo bello y el juicio estético.
Consideraba que debido a la no aceptación de la ausencia
de eternidad, la ausencia de padre -el hecho de que éste siem-
pre haya sido un muerto, un inexistente-, se vuelve difícil
comprender que la transitoriedad radica en la experiencia de

205
significación singular, privada, diferente a lamentarse de lo que
es bello por su carácter transitorio.
La aceptación del duelo por la inexistencia del padre equi-
vale a darle a la muerte el lugar que le corresponde, es decir,
comprender que las significaciones en cada sujeto nada tienen
que ver con su supervivencia, su duración absoluta, o el supues-
to de que su permanencia en un solo sentido corresponde a la
idea de "progreso" y su fondo delirante mesiánico tal como se
piensa en Occidente. Salvar al padre ha llevado a una escisión
cada vez mayor entre las expectativas y las realidades de la civi-
lización, siendo que si se aceptara su inexistencia quizá la crea-
tividad estaría menos amenazada y podría asegurar aún más su
perdurabilidad.
Freud le dio un lugar central a la vida inconsciente porque
lo tiene, y no por asumir una postura particular. Los ámbitos
culturales y civilizatorios tienden a negarle el lugar que le co-
rresponde o, si se lo otorgan, resulta insuficiente y a menudo
revelan una actitud desdeñosa.
Desde su aparición, el pensamiento psicoanalítico ha insis-
tido en el carácter sacerdotal de los que se adjudican el cargo
de representantes de la civilización, pero ésta no facilita el pa-
pel de representarla -ni hacerlo parecería recomendable-, ya
que cuanto más proclama su gloria más se hunde, por el sa-
cerdote que exige obediencia a la eternidad o por el líder que
promete un orden social nuevo; y aquí aparece la identificación
con lo doliente, la impotencia, el desamparo, lo cual hace pre-
visible el límite o el fracaso del proyecto o la ilusión, o sea, una
manera más de ejercer la violencia sobre el otro.
El "llamado" del líder, el santo, el prócer o el héroe siempre
será hacia la muerte o hacia la prolongación del sufrimiento.
La crítica de Freud hacia la conducta mesiánica delirante en
su ensayo sobre Wilson es una reflexión que abarca muchas de
las ideas contenidas en el ensayo exploratorio de Max Weber 4
sobre el protestantismo y el espíritu del capitalismo.

4
Max Weber, La ética protestante y el espíritu del capitalismo, Península, Bar-
celona, 1973.

206
Lutero tradujo el término griego "klesis" como "Beruf, en
alemán, vocablo que usa Weber en sus consideraciones sobre
el "llamado" de la vocación profesional y el espíritu del capi-
talismo.
Este "espíritu" del capitalismo hizo dudar a Freud sobre la
viabilidad del psicoanálisis en la sociedad estadounidense. En
este "Beruf del espíritu capitalista, religioso-pragmático, se co-
tiza el bienestar presente garantizado: el crédito financiero.
De lo que se trata es de "ganar" tiempo, de vivir supeditado a
la confianza y bondad de la moneda, a la inmediatez de la eco-
nomía, y calcar en la vida los mecanismos más elementales del
crédito monetario: un desarreglo delirante que se había confi-
gurado desde el siglo XVIII a partir de la "confianza" y que siglos
atrás tenía forma religiosa, pero que en la estructura capitalista
se volvió un "espíritu" violento, de una individualidad cruda,
inédita en su forma social, originalmente autoerótica como cual-
quier creencia y conducta religiosas. A Freud le pareció que
en este "espíritu" difícilmente se cumpliría con el compromiso
que requiere un proceso psicoanalítico sin tiempo límite y, si
acaso sucediera, sería una de las peores alternativas en el sen-
tido de destitución, análisis y reubicación de las idealizaciones
o ideales para enfrentar precisamente la no identidad, es de-
cir, entender que la identidad prometida, además de inexis-
tente, nada más sirve para dar réditos.
Si he mencionado a Freud, es porque en el ámbito psicoana-
lítico nadie fue más contundente que él en las consideraciones
sobre este estado de expoliación en el que vive un individuo
en el sistema capitalista estadounidense.
En la sociedad del capitalismo naciente, la angustia de la
muerte y la búsqueda de orden y eficacia en el trabajo para
honrar a Dios tienen un sentido presente en busca de la vi-
da eterna -pero se trata más bien de una transacción comercial,
un cálculo para que la ganancia garantizada tenga un efecto
de negación "cumplida" de la muerte. Esto traería una ilusión
oculta, un ideal, una fantasía privada de mesianismo, de espera
y esperanza de un beneficio particular. Las versiones cuáque-
ras, protestantes, pietistas, adventistas, bautistas, etcétera, todas

207
niegan la muerte y pretenden recibir el beneficio o remunera-
ción de la eternidad. La intención abierta responde a una ética
del bien, del beneficio común; la intención oculta reside en
ganar el fruto del trabajo de los demás y un Dios para sí mis-
mo. De ahí que Freud calificara de gavilleros a los gentlemen
del capitalismo, incluido el pastor Wilson, ejemplo inmejora-
ble en esos días, quien con sus intenciones de pastorear a los
europeos irritó enormemente a Freud.
Resulta claro, pues, que los ideales e idealizaciones esconden
un uso, un utilitarismo que Freud no dudó en explicar como
la apropiación de la fuerza de trabajo de otro -y desde luego
puede pensarse, para acumularlo como propio-, pero el sen-
tido más esencial es hacer al semejante un objeto de placer in-
consciente, ponerlo al servicio del placer propio. En el "Beruf'
no se trabaja para alcanzar la gloria de un dios, sino para re-
montar el temor a la propia muerte; y, si en la vida emocional,
monogámica -que es la que reclama el monoteísmo- se exige
el ascetismo, esto no es más que un utilitarismo, un cálculo,
una cotización del otro para fines autoeróticos inconscientes.
Como no se le da su lugar a la muerte y se sostienen las ilu-
siones sobre la vida eterna, esto garantiza más violencia, más
masacres, como el verdadero objetivo de la historia.
En De guerra y muerte, el escrito sobre Wilson, y El porvenir
de una ilusión, Freud apunta con claridad sus consideraciones
sobre cómo la teología cristiana prestó su vocabulario a los pro-
cesos de "crédito" y confianza en el mundo financiero; hubo
una amalgama de valores que facilitó el paso de lo sagrado a lo
vulgar en el individuo; éste se convence, se satisface, se endeu-
da pero no puede pagar con la moneda de la imaginación, ese
espacio privilegiado, privado, en el que se pueden llevar a cabo
operaciones rápidas y garantizadas de intercambio y circula-
ción, así como creer tanto en un crédito ideal, ilimitado, como
en el descrédito rápido si no se cumple.
Es el deterioro de la civilización reflejado en el de un suje-
to y sus creencias en créditos ilimitados proporcionados por la
civilización religiosa y sus mentiras delirantes de mesianismo.
Hay una "capitalización" del monoteísmo y sus formas socia-

208
les en las que se favorece la exclusividad de la violencia y la
promesa de una identidad que, desde las consideraciones de
los estudios sobre el inconsciente, no existe y no existirá tal
como es pensada desde otras disciplinas o sectores del saber
que sólo toman en cuenta la vida consciente. Lo que se obser-
va es cómo con el apoyo de las tesis sobre el inconsciente lo
teológico-político determina los intereses de unos sectores so-
ciales sobre otros.
Esto no es una novedad psicoanalítica ni tampoco la única
forma de conocimiento, pero lo que sí revela son los meca-
nismos inconscientes, perversos, que han sostenido y hecho
perdurables las escenificaciones histéricas de esto que hoy se
revela como un desastre imparable de dimensiones cada vez
mayores.

Desde principios del siglo XX, en el medio profesional médi-


co se entabló una lucha por la aceptación e inclusión de lo in-
consciente en la psicopatología clínica de la vida consciente.
Esta discusión tuvo sus frutos, aunque muy limitados, tanto en
Europa como en todo el continente americano debido a que
las estructuras sociales encerraban un contenido religioso muy
pronunciado. Por otro lado, el psicoanálisis nunca pretendió
abarcar los fenómenos sociales, pero sí los observó, reflexionó y
se expresó sobre ellos. Hizo observaciones críticas sobre el sis-
tema de producción capitalista, pero también resintió los efec-
tos del reacomodo de este sistema de producción y sus formas
más propias, como las guerras, por ejemplo.
Los psicoanalistas emigraron hacia el mundo anglosajón an-
tes, durante y después de la Segunda Guerra Mundial. Esto
trajo un cambio en el estudio, acercamiento, aceptación y expre-
siones sobre la inclusión de lo inconsciente, principalmente
en Estados Unidos, hacia donde había emigrado una cantidad
apreciable de psicoanalistas originarios de Europa central.

209
Cuando surge en Europa la violencia de preguerra en la déca-
da de los treinta, los avances teórico-clínicos psicoanalíticos se
ven suspendidos. En esos años, esa generación de psicoanalis-
tas estaba consagrada al estudio -entre otros temas- de las así
llamadas estructuras del "yo", el "super yo" y el "ello", que al ser
retomadas en Estados Unidos apuntan a una nueva dirección.
Aparece la idea de un "yo" con fines adaptativos frente a la rea-
lidad externa, y se crea toda una corriente anglosajona que da
por sentado que esta estructura del sujeto tiene una autono-
mía relativa frente a lo inconsciente. Se pensaba, pues, que la
adaptación al orden social tendría que ser un logro de cada
individuo, ya que lo único que se requería era reducir toda ex-
presión de lo inconsciente para conseguir el disfrute de un or-
den social fundamentado en alcanzar cierta "salud mental".
Como se ha creído que la identidad nacional e individual
existen, que están presentes en el "self', parecería que sólo es
necesario alcanzar una armonía o balance en las estructuras
de esta organización psíquica; la finalidad, los logros y los al-
cances de esta armonía traerían el bienestar interno a cada
individuo. Este criterio se manifiestó en Estados Unidos de ma-
nera insistente en el campo psicoterapéutico en la época de
posguerra, y desde luego se elaboraron toda una teorización y
una concepción yoica adaptativa al medio -representante de un
capitalismo con ventaja respecto al de otros países-y se conside-
ra como una realidad que persigue la salud, y cuyo logro sería
paradigmático frente a otras formas capitalistas. Se esperaba que
el psicoanalista se colocara claramente como un agente facili-
tador de la adaptación a este "progreso" socioeconómico que
Estados Unidos lidereaba en el mundo capitalista. No existía
otro sistema que se centrara en la búsqueda de una meta indi-
vidual, y menos en las condiciones en las que había quedado
Europa.
Durante la posguerra, esto marcó una diferencia notable
entre el pensamiento psicoanalítico europeo -lugar de origen
del psicoanálisis- y el estadounidense -que se apropió del psi-
coanálisis. De la posguerra a nuestros días, los psicoanalistas
estadounidenses hablan como si el psicoanálisis que practican

210
fuera el único que debe tomarse en cuenta, entre otras cosas,
porque en Estados U nidos se dieron avances en las ciencias en
general y, por tanto, también se esperaba un adelanto en las
llamadas ciencias humanas y psicológicas, y simplemente por-
que la abundancia y los avances tecnológicos tenían que refle-
jarse en el ámbito y la práctica psicoanalíticos.
En los años cincuenta del siglo pasado, el psicoanálisis en Es-
tados Unidos era una gran novedad, incluso con demasiadas
expectativas, algo que nunca sucedió al interior mismo del ám-
bito del psicoanálisis. Se introdujo como una extensión de la
psiquiatría, que a su vez era una especialidad médica, por lo
que se determinó que sólo los médicos ejercerían el psicoaná-
lisis; de ahí que las valoraciones del proceso analítico tuviesen
en sus fines y alcances un criterio médico. Por otro lado, el psi-
coanálisis se vendió en los medios de comunicación como una
mercancía más que traería bienestar o solucionaría males cró-
nicos psíquicos que otros medios no habían logrado solucio-
nar como se esperaba. El psicoanálisis pasó a formar parte de
toda una red de servicios y estructuras dedicadas a la salud. En
su calidad de especialidad médica se tuvo que ceñir a una prác-
tica definida por los servicios de los seguros médicos y a una
industria farmacéutica que dictaba cómo debían tratarse los sín-
tomas psicológicos, además de influir en las resoluciones de los
comités de vigilancia que seleccionan a los psicoanalistas.
De esta manera, las compañías aseguradoras se comprome-
ten al pago de dieciocho consultas, siempre y cuando un psi-
quiatra escogido por ellas decida si procede o no el tratamiento
psicoanalítico. Aquí, hace falta destacar que entonces el psicoa-
nálisis sólo es viable para los sujetos susceptibles de readaptar-
se a las leyes del mercado, pero no se ocupa o no le importan
los problemas emocionales de un sujeto que no cumpla con
un mínimo de posibilidades para hacer frente a ese sistema so-
cioeconómico. Las afecciones graves de pacientes que requieren
un tratamiento psiquiátrico-psicoanalítico que no esté inclui-
do en el pago límite de las aseguradoras simplemente son
considerados sujetos "no reciclables" para la circulación y la
producción económicas. Un porcentaje muy elevado de ciu-

211
dadanos en esta situación -y cada día son más- pertenece a los
40 millones de estadounidenses fuera de los sistemas de salud.
Todo lo que se había ganado en los primeros cuarenta años
de práctica analítica en Europa se perdió en buena parte debi-
do a que en Estados Unidos se estudió el psicoanálisis desde
una perspectiva positivista, con una mezcla de pragmatismo
inglés, protestantismo o cristianismo, filosofía del lenguaje y
analítica, y una maquinaria de laboratorio empeñada en com-
probar con la metodología de las ciencias sociales la efectivi-
dad de los tratamientos personales privados. 5
Las investigaciones de campo y las estadísticas, a las que los
"investigadores" estadounidenses están acostumbrados, expo-
nen resultados catastróficos en la práctica del psicoanálisis.
Los resultados de estos estudios e investigaciones tuvieron eco
en la pregunta que formuló Serge Leclaire en cuanto a la exis-
tencia real de psicoanalistas en Estados Unidos y, si los había,
cuántos eran, y a partir de ahí plantearse la verdadera existen-
cia del psicoanálisis en Estados Unidos.
En realidad, los mismos estadounidenses han procurado
que los resultados se adapten a la defensa y preservación del
conservadurismo religioso tan peculiar de ese país. Al aplicar los
métodos de las ciencias sociales al psicoanálisis, ese conservadu-
rismo se convierte en una religión volcada en el positivismo.
En Estados Unidos se quiere hacer creer que el psicoanáli-
sis ha fracasado, pero sólo es una consecuencia de lo que ha
ocurrido en ese país: al individuo se le exige apegarse a los in-
tereses económicos con aceptación y adaptación, efectividad y
rapidez, y sin mayor compromiso. Las construcciones teóricas
"modernas" eliminan todo lo referente a la vida inconsciente
y más bien hablan de conceptos de la "personalidad" adaptables
a la realidad externa; serían como una especie de sintomato-
logía tolerada por las grandes corporaciones, pero dentro de los
límites permitidos por sus consejos de vigilancia para el fun-
cionamiento profesional.
5
Nathan G. Hale, Jr., The Rise and Crisis of Psychoanalysis in the United Sta-
tes. Freud and the Americans, 1917-1985, Oxford University Press, Oxford,
1995, pp. 276-345.

212
La falta de consideración o respeto por la individualidad y
la creatividad es lo que ha llevado al fracaso en Estados Uni-
dos. Sólo existe un pequeño grupo de psicoanalistas que se ha
revelado contra la poderosa maquinaria corporativa que dese-
cha todo lo que no le sirve. Ellos buscan replantear las direc-
trices del psicoanálisis en su práctica y reflexiones teóricas; han
volcado sus intereses en el pensamiento europeo de los siglos
XIX y XX, cuna del psicoanálisis, particularmente el alemán y
el francés. 6 Desde la posguerra de los años cincuenta del siglo
pasado se hizo creer que el psicoanálisis se escribía en inglés
y sólo un reducido grupo de psicoanalistas estadounidenses se
ha interesado por el psicoanálisis escrito en alemán, su idioma
materno, lo que nos obliga a reconsiderar la pregunta de si el
psicoanálisis que se escribe y piensa en alemán, francés, inglés
o español es el mismo.
De producirse cambios en el enfoque, la manera de pensar,
reflexionar, integrar o extender la presencia del psicoanálisis
en Estados Unidos, esto se deberá no a los factores que deter-
minan los avances de las otras especialidades médicas, como
puede serlo la investigación, sino más bien a la diversidad en
los sectores sociales que no participan en los sistemas de salud
ni están integrados al aparato capitalista corporativo, produc-
tor y director de las políticas en los sistemas de salud.

6
M. G. Thompson, The Truth aboutFreud's Technique, NewYork University
Press, Nueva York, 1994; M. Bergmann, Understanding Dissidence and Contro--
versy in the History of Psychoanalysis, Other Press, Nueva York, 2004; J. Rubín,
A Psychoanalysisfor Our Time, NewYork University Press, Nueva York, 1998; y
E. Zaretsky, Secrets of the Soul, Knopf, Nueva York, 2004.

213
FEMINISMO Y AMERICANIZACIÓN: LA HEGEMONÍA
ACADÉMICA DE GENDER
• Marta Lamas

¿Es gender w mismo que género?


Según Bolívar Echeverría, "la americanización de la moderni-
dad durante el siglo XX es un fenómeno general: no hay un
solo rasgo de la vida civilizada de ese siglo que no presente de
una manera u otra una sobredeterminación en la que el 'ame-
ricanismo' o la identidad 'americana' no haya puesto su marca"
(Echeverría, 2007). En estas páginas exploro tal afirmación en
el campo feminista y planteo que la "americanización" del fe-
minismo se expresa, de manera fundamental, en la forma en
que el concepto gender (género) se ha constituido en "la" ex-
plicación sobre la desigualdad entre los sexos, borrando cual-
quier referencia a la diferencia sexual. Dicha americanización
dificulta explorar el dato de la sexuación del cuerpo para ana-
lizar los procesos que ocurren entre las mujeres y los hombres,
pues todo lo que pasa entre ellos se adjudica al género.
La americanización arranca desde una cuestión básica: en
castellano "género" no quiere decir lo mismo que genderen in-
glés. En español, "género" es un término más amplio: se refie-
re a la clase, especie o tipo a la que pertenecen las cosas, a un
grupo taxonómico, a los artículos o mercancías que son obje-
to de comercio e incluso a las telas. En inglés, gendertiene una
acepción restringida, que apunta directamente a los sexos.
Decir en inglés "vamos a estudiar el gender" lleva implícito que
se trata de algo relacionado con la diferencia sexual; decir lo
mismo en castellano resulta confuso e impreciso para las per-
sonas no iniciadas; ¿qué género se trata de estudiar: un {,Stilo
literario, un musical, una tela?1 En nuestra lengua, la conno-

1
En inglés genderse aplica para hablar de un animal o una persona porque
son seres sexuados; en castellano no es así. En español, la definición clásica

215
tación de género como cuestión relativa a la construcción de lo
masculino y lo femenino sólo se entiende en función del gé-
nero gramatical, y únicamente quienes están en antecedentes
del debate teórico en las ciencias sociales comprenden la ca-
tegoría "género" como la simbolización o construcción cultural
que alude a la diferencia sexual y la relación entre los sexos.
Además, el que en castellano los hombres y las mujeres sean
nombrados como género masculino y género femenino pro-
voca confusión cuando se habla de género. Encima de todo,
como el feminismo puso de moda el concepto de género, es fá-
cil caer en el error de que hablar de género o de perspectiva
de género es referirse a las mujeres o a la perspectiva del sexo
femenino. De hecho, en la actualidad gran cantidad de perso-
nas al hablar de género se refieren nada menos que a las mu-
jeres. En muchas ocasiones se sustituye mujeres por género.
La utilización del término "género" aparece también como una
forma de situarse en el debate teórico, de estar a la moda y de
ostentar un discurso cultural moderno. Para algunas perso-

del término "género", de diccionario, es la siguiente: "Género es la clase, espe-


cie o tipo a la que pertenecen las personas o las cosas". El Diccionario de uso
del español de María Moliner, consigna cinco acepciones de género y apenas
la última es la relativa al género gramatical, o sea, a la definición gramatical
por la cual los sustantivos, adjetivos, artículos o pronombres pueden ser fe-
meninos, masculinos o -sólo los artículos y pronombres- neutros. Según
María Moliner, tal división responde a la naturaleza de las cosas sólo cuando
esas palabras se aplican a animales, mientras que en otros órdenes el género
femenino o masculino es asignado de manera arbitraria. Para los anglopar-
lantes, que no atribuyen género a los objetos, resulta sorprendente oírnos
decir "la silla" o "el espejo": ¿de dónde acá la silla es femenina y el espejo mas-
culino? También por eso la connotación de género en inglés es sólo en re-
lación a seres vivos sexuados, mientras que en castellano sí podemos dudar
sobre, por ejemplo, el género del mar -¿es la mar o el mar?- o preguntar
por el género de un objeto. Además, la arbitrariedad en la asignación de gé-
nero a las cosas se hace evidente, por ejemplo, cuando el género atribuido
cambia al pasar a otra lengua. En nuestra cultura la Luna se asocia con lo
femenino y el Sol con lo masculino, mientras que en alemán es al revés: el
Sol es femenino -"la Sol"- y la Luna es masculino -"el Luna". Así, a partir
de una arbitrariedad se desprenden valoraciones sobre "lo femenino" o "lo
masculino" que son aceptadas culturalmente.

216
nas, hablar de género suena más neutral y objetivo que hablar
de mujeres y menos incómodo que hablar de sexos. Al decir
"cuestiones de género" para referirse erróneamente a cuestio-
nes de mujeres, da la impresión de que se quiere imprimir serie-
dad al tema y quitarle la estridencia del reclamo feminista. Por
todo esto, lo que tendría que ser solamente un concepto nuevo
de las ciencias sociales acaba por usarse de manera errónea.
Este uso equívoco -que se halla muy extendido- ha reduci-
do el concepto "género" a un término asociado con el estudio
de aspectos relativos a las mujeres. Y quienes creen que el em-
pleo del término "género" les da más seriedad académica,
dejan de referirse a mujeres y hombres como los dos sexos y
utilizan la expresión "los dos géneros".
Es importante señalar que el género, en su acepción de sim-
bolización de la diferencia sexual, afecta tanto a hombres como
a mujeres y que la definición de feminidad se hace en contraste
con la de masculinidad, por lo que "género" se refiere a aquellas
áreas -tanto estructurales como ideológicas- que compren-
den relaciones entre los sexos. "Género" es, pues, un concepto
relacional.
Sabemos que el significado de las palabras no es inmutable,
sino que se encuentra inevitablemente sujeto a los procesos cul-
turales e histórlcos que impactan su uso. Los conceptos estable-
cen una relación entre ideas; cuando éstas se modifican, ellos
también lo hacen. Pero los cambios no son tajantes ni se produ-
cen por decreto de un día para otro, por lo que suelen persistir
las anteriores acepciones. A raíz de ello, es común encontrar que
distintos autores usan tanto la palabra como el concepto "géne-
ro" de manera diferente, de acuerdo a sus tradiciones intelec-
tuales, a su formación o especialización. Además, en muchos
textos se utiliza "género" como traducción de gender, olvidando
que la acepción clásica anglosajona de genderes sexo. ¡Qué con-
fusión! Gender se traduce como sexo, pero también como gé-
nero. Pero cuando se traduce gender por género, ¿se alude a la
clasificación gramatical por la cual se agrupan y se nombran a los
seres vivos y las cosas inanimadas como masculinos, femeninos o
neutros, o se refiere a la simbolización de la diferencia sexual?

217
En inglés el género es "natural", pues responde al sexo de
los seres vivos, mientras que en otras lenguas, como el caste-
llano, el género es gramatical, pues a los objetos sin sexo se les
adjudican artículos femeninos o masculinos. En una gran va-
riedad de investigaciones y programas se traduce gender como
género y no como sexo. Cuando en inglés se plantea la necesi-
dad de tener una gender perspective, con frecuencia se está hablan-
do de que hay que manejar la información sobre hombres y
mujeres, que hay que hacer evidente la pertenencia a un sexo
de las personas que se estudia, y no que hay que comprender
el entramado cultural de la simbolización. Cuando se dice que
ciertos estudios no toman en cuenta el gender, ¿significa que no
se discrimina la información por sexo o que no se comprende
el impacto de la simbolización de la diferencia sexual?
Cuando el término genderes traducido al castellano hay que
ver si el sentido original es el de sexo o el de la nueva acepción
de género. Por ejemplo, la expresión gender gap, usada para
hablar de la diferencia cuantitativa entre mujeres y hombres,
se debería traducir como "brecha entre los sexos". Solamente
algunas personas en las ciencias sociales le dan a genderel senti-
do de construcción cultural y lo usan con el propósito de distin-
guir entre lo biológico y lo social. De ahí que la confusión en
torno al término género sea sustantiva. Así, en la palabra géne-
ro se mezclan, al menos, estas tres grandes formas de utilización:

ACEPCIÓN CLÁSICA ACEPCIÓN CLÁSICA NUEVA CATEGORÍA


EN CASTELLANO EN INGLÉS

Especie o tipo. Sexo. Conjunto de ideas,


(Gender). creencias, representa-
Modo o manera de dones y atribuciones
hacer algo. sociales construidas
Clase a la que pertene- en cada cultura to-
cen personas o cosas. mando como base la
En el comercio: cual- diferencia sexual.
quier mercancía. Lo "propio" de las mu-
Cualquier clase de tela. jeres y Jo "propio" de
Género gramatical. los hombres, en una
determinada cultura.

218
Surgimiento del nuevo concepto de "género"

Hoy, en las ciencias sociales y en las políticas públicas, se entien-


de por género el conjunto de creencias, prescripciones y atribu-
ciones que se construyen socialmente tomando a la diferencia
sexual como base. Esta definición de género se perfila en Esta-
dos Unidos a finales de los años cincuenta, su uso se generali-
za en el campo psicomédico en los sesenta, con el feminismo
de los setenta cobra relevancia en otras disciplinas, en los ochen-
ta se consolida académicamente en las ciencias sociales y en los
noventa adquiere protagonismo público, pues se constituye en
un caballito de batalla dentro de las instancias multilaterales y
agencias internacionales, como la ONU y el Banco Mundial, que
condicionan su apoyo y sus préstamos a los gobiernos al he-
cho de que tengan "perspectiva de género".
Más allá de lo esclarecedor que pueda resultar el nuevo con-
cepto de "género", es indudable el papel determinante que ju-
gó la hegemonía académica norteamericana, que a partir de
su "acuñación" construyó un nuevo campo de estudio y de ac-
ción, armó una "visión" denominada perspectiva de género y la
difundió con todos los medios a su alcance, que no eran pocos.
Así, la academia feminista norteamericana impulsó una inter-
pretación sobre la desigualdad entre mujeres y hombres, y el
género fue velozmente "universalizado" por los mecanismos de
globalización de la doxa norteamericana. Esto es lo que Bour-
dieu y Wacquant (2001) califican como "argucias de la razón im-
perialista". Estos autores señalan que "el imperialismo cultural
reposa sobre el poder de universalizar los particularismos vin-
culados a una tradición histórica singular haciendo que resulten
irreconocibles como tales particularismos" (2001, p. 7). Y de-
nuncian el papel de las agendas de investigación, promovidas
por las universidades y las fundaciones filantrópicas y las agen-
cias multilaterales, pues dichas agendas son también productos
culturales norteamericanos. De ahí que la perspectiva de géne-
ro concentre una línea de trabajo impulsada por la hegemonía
económico/ cultural norteamericana. La decidida promoción
que hacen las universidades norteamericanas, más allá de su

219
aceptación académica, ha permitido que el concepto nortea-
mericano de "género" alcance un gran impacto en los organis-
mos multilaterales y su uso se imponga como consecuencia de
la americanización de la modernidad que describe Echeverría.
Fue en Estados Unidos, en el campo de la psicología, en su
vertiente médica, donde primero se utilizó gendercon una acep-
ción nueva, para establecer una diferencia con el sexo. Los
años cincuenta representan un parteaguas en este campo en
relación a la identidad sexual y de género. Un grupo de inves-
tigadores coordinados por el doctor John Money estudia casos
de trastornos de la identidad sexual y hermafroditismo y en ese
contexto Money empieza a usar el término gender (género) con
una connotación nueva. Para Money, gender es el "outlook, de-
meanor and orientation", precisamente lo que Goffman (1970;
1980) planteará después como la presentación del self. Quien
retoma y profundiza la nueva definición de gender es Robert
Stoller, un médico psiquiatra y psicoanalista, profesor en la Fa-
cultad de Medicina de la Universidad de California en Los Ánge-
les (UClA). Stoller es el director del grupo que funda, en 1962,
la Gender Identity Research Clinic (GIRC) en UClA. Robert Stol-
ler elabora teóricamente sobre su investigación en la GIRC, y
publica Sex and Gender en 1968. Ahí examina casos en los que
al nacer una criatura se la "etiquetó" de manera equivocada,
pues las características externas de sus genitales se prestaban
a confusión. Esto le permite diferenciar la identidad de género
de la biología ( el sexo) de una persona. Stoller sostiene que lo
que determina la identidad y el comportamiento no es el se-
xo biológico, sino el hecho de haber vivido desde el nacimien-
to las experiencias, ritos y costumbres de género. Y concluye que
la asignación y adquisición de una identidad es más importan-
te que la carga genética, hormonal y biológica.
El planteamiento de que muchas de las cuestiones que consi-
deramos atributos naturales de los hombres o de las mujeres en
realidad son características construidas socialmente no deter-
minadas por la biología resultó muy atractivo para las feminis-
tas. El resurgimiento del movimiento feminista, que se inicia a
finales de los sesenta y principios de los setenta en Estados Uni-

220
dos, tiene a sus seguidoras más importantes entre la población
universitaria. Muchas académicas intentan darle una proyec-
ción profesional a su experiencia personal, e inician investi-
gaciones sobre qué significa ser mujer. La nueva categoría gender
(género) se perfila como muy promisoria y varias académicas
feministas desarrollan con ella investigaciones y elaboraciones
teóricas para comprender mejor el entramado de la simboliza-
ción de la diferencia sexual, distinguiendo las construcciones
sociales y culturales de la biología. Además del objetivo cientí-
fico de comprender mejor la realidad social, estas académicas
tenían un objetivo político: distinguir que las características hu-
manas consideradas "femeninas" eran adquiridas por las muje-
res mediante un complejo proceso individual y social, en vez de
derivarse "naturalmente" de su sexo. Supuestamente, con la
distinción entre sexo y género se podía enfrentar mejor el deter-
minismo biológico y se ampliaba la base argumentativa a favor
de la igualdad de las mujeres. Así, con el uso de la categoría
"género" se logra el reconocimiento de una variedad de formas
de interpretación, simbolización y organización de las diferen-
cias sexuales en las relaciones sociales.
Inicialmente, la antropología fue la disciplina que más utili-
zó la investigación con la categoría "género". El texto de Gayle
Rubin (1975) fue la referencia fundacional: ella habló del siste-
ma sexo/género como el conjunto de arreglos mediante el cual
la cruda materia del sexo y la procreación humanas eran mol-
deadas por la intervención social y por la simbolización. De ahí
que Rubin planteara que todas las sociedades clasifican qué es
"lo propio" de las mujeres y "lo propio" de los hombres, y esta-
blecen desde esas ideas culturales las obligaciones sociales de
cada sexo a partir de una serie de prohibiciones simbólicas.
Con esa interpretación se pudo ver que la dicotomía masculino
/femenino, con sus variantes culturales (del tipo de los con-
ceptos chinos del yangy el yin), establece estereotipos, las más de
las veces rígidos, que condicionan los papeles y limitan las po-
tencialidades de las personas al estimular o reprimir los com-
portamientos en función de su adecuación al género.
La fuerza de la sexuación propicia que se vean como "natu-

221
rales" disposiciones construidas culturalmente. De esta manera,
al simbolizar dualmente la condición humana, las personas en-
cuentran la "esencia" de cada sexo no sólo en las características
biológicas que los distinguen, sino en un conjunto de caracte-
rísticas y atribuciones sociales, vinculadas a la diferencia sexual.
Entre otras cosas, esta simbolización "transforma la historia
en naturaleza y la arbitrariedad cultural en natural" (Bourdieu,
2000, p. 12). Dentro de este esquema, la asimetría sexual se tra-
duce también en asimetrías de poder y de estatus, en un patrón
que asocia, de manera casi universal, lo masculino a la cultu-
ra y lo femenino a la naturaleza.
El debate feminista sobre el género abordó objetos de estu-
dio tradicionales de la antropología, tales como la relación en-
tre lo simbólico y lo social, la construcción de la identidad y la
capacidad de acción (agency). Además, se amplió a otras discipli-
nas, como la filosofía, la lingüística, la historia, la crítica litera-
ria y el psicoanálisis, lo cual produjo cambios y precisiones en
la utilización de dicha categoría. Una consecuencia muy posi-
tiva fue que el debate en el ambiente académico feminista se
filtró a otras capas de la sociedad y propició una mirada más
crítica sobre las relaciones entre mujeres y hombres.

El género fuera del canon: el caso de Iván Illich

A principios de los ochenta, en la academia norteamericana


florecían las reflexiones e investigaciones sobre el género. En
1982 se publica Gender, el libro de Iván Illich traducido al cas-
tellano como El género vernáculo ( 1990). De difícil lectura, pues
sus 125 notas a pie de página representan más de la mitad del
texto, este trabajo estuvo antecedido por gran expectación, so-
bre todo en los círculos intelectuales europeos donde Illich
tenía influencia. Sin embargo, al revisar hoy la bibliografía de
los estudios sobre género en diversas disciplinas -antropología,
sociología, historia- es notable la ausencia de referencias a
Gender. ¿A qué se debe este silencio? Illich desafió a la doxa so-
bre género, se enemistó con la academia feminista norteame-
ricana y quedó excluido del circuito académico sobre género.

222
Gender 2 es la continuación de su reflexión sobre el trabajo
doméstico, expuesta en Shadow Work (1981). Illich señala que
ha "adoptado" el término gender "para designar una diferencia-
ción en la conducta que es universal en las culturas vernácu-
las. Distingue lugares, tiempos, herramientas, tareas, formas de
lenguaje, gestos y percepciones asociados con hombres de los
que están asociados con mujeres", y califica a esta distinción,
en particular género vernáculo,3 porque "tal conjunto de asocia-
ciones es tan peculiar de un pueblo tradicional como lo es su
habla vernácula".
Illich se propone "examinar el apartheid y la subordinación
económica de la mujer, evitando las trampas sociobiológicas y
estructuralistas que explican esta discriminación como algo
inevitable, por factores 'naturales' o 'culturales"'. Parte de un
señalamiento amplio, que "tanto el género como el sexo son
realidades sociales que tienen una tenue relación con la anato-
mía", sin embargo después afirma: "género y sexo son conceptos
ideales y limitantes para designar una polaridad: la transfor-
mación industrial de la sociedad de un sistema de género a uno
de sexo". Su interés se centra en esa transición del dominio del
género al del sexo, que "constituye un cambio de la condición
humana que no tiene precedente". Su planteamiento es que
todo crecimiento económico implica la destrucción del géne-
ro vernáculo y se basa en la explotación del sexo económico.
Illich se refiere al sexo (económico o social) como "la dualidad
que tiende hacia la meta ilusoria de la igualdad económica,
política, legal o social entre hombres y mujeres".
El tema de la igualdad es un punto candente. Illich está muy

2
El libro está dividido en los siete capítulos siguientes: l] "Sexismo y creci-
miento económico", 2] "El sexo económico", 3] "El género vernáculo", 4] "La
cultura vernácula", 5] "Los dominios del género y el medio vernáculo", 6]
"El género a través del tiempo"; y 7] "Del género roto al sexo económico".
3
Vernáculo quiere decir: del país de la persona que se trata; o sea, nati-
vo, doméstico, indígena. Según María Moliner, se aplica corrientemente só-
lo a la lengua: idioma local. Illich señala que el género vernáculo "siempre
refleja una asociación entre una cultura dual, local, material, y los hombres
y mujeres que viven conforme a ella".

223
consciente de que genera escozor porque su razonamiento in-
terfiere con los sueños de varios grupos y sectores:

Con el sueño feminista de una economía sin género y sin


roles sexuales obligatorios [ ... ] con el sueño izquierdista de
una economía política cuyos sujetos fueran igualmente hu-
manos [ ... ] con el sueño futurista de una sociedad moder-
na donde la gente fuera plástica, donde la elección de ser
dentista, varón, protestante o manipulador de genes mere-
ciera el mismo respeto.

Illich lanza a debate la igualdad entre hombres y mujeres:


como ni la buena voluntad ni la lucha ni la legislación ni la
técnica han logrado reducir la explotación sexista característi-
ca de la sociedad industrial, "la igualdad entre hombres y mu-
jeres no es posible". Además, hace señalamientos duros: que
"los esfuerzos para promover la igualdad sólo han beneficiado
a una minoría de mujeres, que ese proyecto (la lucha por la
igualdad) está destinado al fracaso", y señala que cualquier plan
de acción o de investigación que se base en el concepto de per-
sona (en vez de en hombres y mujeres) no funcionará. Illich
afirma que "la mayoría de las mujeres no cree en la igualdad"
y que, además, "las mujeres no lograrán la igualdad".
Para él, lo definitorio del género es la complementariedad, a
la que califica unas veces de "enigmática y asimétrica"; otras,
"ambigua y equilibrada". Esta complementariedad es funda-
mental, y se ha ido perdiendo irremediablemente. Illich dice:
"Cuando desde la infancia hombres y mujeres captan el mundo
a partir de lados complementarios, desarrollan dos modelos
distintos para conceptualizar el mundo". Según su punto de
vista el género implica una diferencia en el habla, una comple-
mentariedad en las tareas y una relación primordial con las
herramientas, todo lo que la industrialización ha destruido irre-
mediablemente: el género vernáculo. Illiéh expresa su desen-
canto porque las personas están perdiendo la masculinidad y
la feminidad vernáculas, y es evidente que preferiría regresar
a épocas pasadas, en las que la marcada división entre mujeres

224
y hombres correspondía a esferas separadas, "complementa-
rias y asimétricas". Esta aspiración nostálgica lo hace idealizar
el pasado, como cuando afirma que la discriminación econó-
mica de la mujer aparece con el desarrollo, sin considerar las
evidencias antropológicas, etnográficas e históricas que susten-
tan que la discriminación económica de la mujer ha existido
en todas las épocas históricas, tanto en sociedades sin clases
como en sociedades estratificadas. 4
Pese a lo irritante y dificil que resulta la lectura de Gender,
tiene muchas formulaciones agudas y estimulantes, como cuan-
do dice que "para la hija que regresa al campo mexicano, equi-
pada con un diploma universitario, el género de su anciana
madre puede fácilmente parecer una servidumbre de la que
ella ha escapado".
La censura del trabajo de Illich en la literatura sobre géne-
ro expresa justamente un aspecto de la americanización de la
agenda de género, que destila desprecio por la erudición eu-
ropea de un personaje como Illich. Este pensador, además,
quedó fuera de las capillas norteamericanas también por la
confrontación que tuvo con la comunidad académica feminis-
ta en Estados Unidos. En 1982, la Universidad de Berkeley 5 lo
invitó a hablar sobre su libro. Antes de su llegada, muchas aca-
démicas se preguntaban cómo era posible que, en un campo
dominado principalmente por mujeres, se invitara a las presti-
giosas conferencias Regents a un hombre sin trayectoria en los
estudios sobre género. Otras, en cambio, estaban felices que
el tema del género suscitara un interés tal que rebasara el ám-
bito feminista y que alguien tan famoso como Illich hubiera
escrito una reflexión al respecto. Illich impartió ocho confe-
rencias de septiembre a noviembre que generaron primero

4
Maurice Godelier (1986), entre otros, ha mostrado que el predominio
masculino presupone la división del trabajo del género "vernáculo", echando
por tierra el planteamiento sobre el cual Illich construye su andamiaje téorico.
5
La revista Feminist lssues dedicó un número íntegro a la presentación de
Illich. Con el título "Beyond the Backlash: a Feminist Critique oflvan's Illich
Theory of Gender", publicó ocho ensayos críticos sobre el texto de Illich y
sobre la confrontación en Berkeley.

225
decepción y luego ira. Illich "se atrevía" a usar otra definición
sobre sexo/ género que la que se había ido estableciendo en
la academia feminista. La crítica feminista se concentró en tres
puntos, dos metodológicos y otro ideológico-político: 1] su uso
arbitrario de la categoría género, 2] una apropiación "tram-
posa" de textos femmistas, sin citarlos, y 3] su postura conser-
vadora, evidente en su rechazo a la idea de la igualdad entre
hombres y mujeres y en su mistificación del papel de la mujer
en el pasado. Sin duda, hay mucho que criticarle a Iván Illich,
pero también hay mucho que rescatar de su pensamiento. Va-
rias de sus principales interrogantes siguen vigentes a la fecha
y justamente el debate sobre la igualdad, muy en el sentido
que él plantea, marca la distinción entre las feministas de la
igualdad y las de la diferencia. ¿Por qué congelar su reflexión
y borrarlo de las bibliografías sobre género?

El éxito norteamericano: el caso de Judith Butler

Hemos visto que inicialmente, en los setenta, se habló del sis-


tema sexo/género como el conjunto de arreglos mediante el
cual la cruda materia del sexo y la procreación era moldeada
por la intervención social y por la simbolización (Rubín, 1975).
Después, en los ochenta, se definió al género como una pau-
ta clara de expectativas y creencias sociales que troquela la or-
ganización de la vida colectiva y que produce la desigualdad
respecto a la forma en que las personas valoran y responden a
las acciones de los hombres y las mujeres. Esta pauta hace que
mujeres y hombres sean los soportes de un sistema de regla-
mentaciones, prohibiciones y opresiones recíprocas, marcadas
y sancionadas por el orden simbólico. Al sostenimiento de tal
orden simbólico contribuyen por igual mujeres y hombres, re-
produciéndose y reproduciéndolo, con papeles, tareas y prác-
ticas que cambian según el lugar o el tiempo. En los noventa se
asume que los seres humanos son el resultado de una produc-
ción histórica y cultural, pero la formulación de Judith Butler
(1990) del género como performance se introduce en el deba-
te y cobra una relevancia mundial.

226
Filósofa de formación, Judith Butler es tal vez la figura in-
telectual más importante del feminismo norteamericano y su
influencia teórica es inmensa. Butler ve al género como "el re-
sultado de un proceso mediante el cual las personas recibimos
significados culturales, pero también los innovamos" y se pregun-
ta hasta dónde el género puede ser elegido. ¿Cómo interpretar
esto? ¿Como la escenificación de los mitos culturales en nues-
tro ámbito personal? ¿Como la posibilidad de construir nuestras
propias versiones del género? Estas preguntas llegan al centro
de las inquietudes de las activistas: ¿ser femenina es un hecho
"natural" o un "performance" cultural? ¿Se constituye la "natu-
ralidad" a través de actos culturales que producen reacciones
en el cuerpo? ¿Cuáles son las categorías fundantes de la iden-
tidad: el sexo, el género, el deseo? ¿Es el deseo una formación
específica del poder?
En su libro Gender Trouble ( traducido como El género en dis-
puta) Butler define al género como el efecto de un conjunto
de prácticas regulatorias complementarias que buscan ajustar
las identidades humanas al modelo dualista hegemónico. Divi-
de su argumento en tres partes: "Sujetos de sexo/género/de-
seo", "Prohibiciones, psicoanálisis y la producción de la matriz
heterosexual" y "Actos corporales subversivos". Retoma a Freud,
Lacan, Foucault, Derrida, Kristeva y Wittig en pos de "una es-
trategia para desnaturalizar los cuerpos y resignificar las catego-
rías corporales" y registra una serie de "prácticas paradójicas"
que ocasionan la "resignificación subversiva" de los cuerpos y
"su proliferación más allá de un marco binario".
El trabajo de Butler tiene tal impacto que se ha convertido
en el punto de referencia para la discusión teórica sobre gé-
nero en la academia norteamericana. No obstante, entre mu-
chas teóricas e investigadoras del otro lado del Atlántico no
logra el mismo efecto, inicialmente por la rica tradición herme-
néutica que la teoría psicoanalítica tiene en Europa. Sin duda,
la conceptualización de género se enriquece con los debates
acerca de su carácter performativo, pero en el campo europeo
prevalece la vieja tradición de hablar de la diferencia sexual.
Aunque Butler parte de que el género es central en el proce-

227
so de adquisición de la identidad y de estructuración de la sub-
jetividad, pone el énfasis en la performatividad del género, o
sea, en su capacidad para abrirse a resignificaciones e inter-
venciones personales. Con la confusión de que en inglés gen-
der también es sexo, se cuestiona el supuesto de Butler de que
en tanto el género se hace culturalmente, se puede deshacer,
y se la critica tomando su planteamiento como que el sexo es
una construcción cultural que se puede deconstruir.
Un flanco vulnerable de ver al género como performance ra-
dica en que dicha interpretación no puede dar cuenta de la
manera compleja como se simboliza la diferencia sexual: en es-
pecial, la introyección inconsciente de las identificaciones de
género. 6 Por ello Butler es criticada por lo que se califica como
una actitud voluntarista sobre el género. Si bien al describir la
prevalencia de un modelo hegemónico de relaciones estructu-
radas dualmente, ella postula la flexibilidad de la orientación
sexual y legitima sus variadas prácticas, parece olvidar que jus-
to por el inconsciente es que, aunque las prácticas regulatorias
impongan el modelo heterosexual de relación sexual, existen
la homosexualidad y otras variaciones queer. Éstas muestran la
fuerza de la simbolización inconsciente y las dificultades psíqui-
cas para aceptar el mandato cultural heterosexista.
Ante la persistente crítica de científicas sociales europeas
(que usan la teoría psicoanalítica) a una postura que reduce la
diferencia sexual a una construcción de prácticas discursivas y
preformativas mientras se niega implícitamente su calidad es-
tructurante, Butler se ve obligada a explicarse con más detalle,
lo que hace en un segundo libro al que titula Bodies that Matter
( Cuerpos que importan, 1993). A partir de ahí, Butler enriquece
y transforma sus concepciones. En un libro posterior, Undoing
Gender (Deshaciendo el género, 2004), se centra en las prácticas
sexuales y los procesos de cambio de identidad, define al gé-
nero de forma parecida al habitus de Bourdieu: como "una in-

6
Contrasta la formulación de Butler con la de Pierre Bourdieu sobre el
habitus y el uso que él le da al concepto de reproducción. Véase Bourdieu
(1991).

228
cesante actividad realizada, en parte, sin que una misma sepa
y sin la voluntad de una misma" (2004, p. 1).
Si bien Butler introdujo un catalizador estimulante en el de-
bate en torno al género, no se puede dejar de lado el hecho
de que su éxito también se debe a la promoción realizada por
el circuito académico norteamericano. Además, como las tensio-
nes políticas e intelectuales que recorren el escenario mundial
también impactan la producción de teorías y conocimientos,
las nuevas teorías sobre el sujeto y la génesis de su identidad,
que postulan la producción de la alteridad a partir de procesos
relacionales e imaginarios, remiten a una crítica al heterose-
xismo. Éste es un tema central de la reflexión de Butler, quien
al denunciar la forma en que opera la normatividad heterose-
xista en el orden representacional, se convierte en una paladín
de la teoría queer en Estados U nidos. Y al abrir una fecunda
vía de argumentación contra la discriminación y la homofo-
bia, coincide con la agenda de la diversidad sexual, impulsada
por fuertes grupos de lobbying LGBT (lesbianas, gays, bisexua-
les y trans) en Estados Unidos.
Si bien la aportación de Butler es incuestionable, llama la
atención la forma en que se convierte en la gurú del gender. Ella
"reempaqueta" anteriores planteamientos realizados por lin-
güistas y antropólogos respecto a interpretar la cultura como
un sistema de símbolos. Desde hace tiempo, la antropología
había señalado que en la forma de pensarse, en la construc-
ción de su propia imagen, de su autoconcepción, los seres hu-
manos utilizan los elementos y categorías hegemónicos de su
cultura y los transforman. Lo que aportan numerosas inves-
tigadoras feministas es justamente el trabajo con las metáforas
culturales de la diferencia sexual y su análisis de cómo éstas pro-
ducen un universo de representaciones y categorías que subor-
dinan socialmente a las umjeres.
Hoy en día, la aportación inicial de Butler del género como
performance ha quedado rebasada por ella misma; sus más recien-
tes reflexiones se acercan a lo que otras personas de las ciencias
sociales han formulado. En especial, el lenguaje como un ele-
mento fundamental de la matriz cultural que produce el género.

229
Los múltiples significados de ''género"

El concepto de "género", entendido como la simbolización que


los seres humanos hacen tomando como referencia la diferente
sexuación de sus cuerpos, se ha extendido en las ciencias so-
ciales. Sin embargo, hemos visto que su aplicación y su ambigua
acepción en inglés como sinónimo de sexo han introduci-
do confusiones semánticas y conceptuales. Por eso existe una
considerable crisis interdisciplinaria y trasnacional (Visweswa-
ran, 1997) en torno a qué significa verdaderamente el género.
Parte de la confusión tiene que ver con algo que ya docu-
mentó Mary Hawkesworth (1997): a medida que prolifera la
investigación sobre el género, también lo hace la manera en
que las personas utilizan el término. Entre la enorme varie-
dad que Hawkesworth registra, se usa "género" para analizar la
organización social de las relaciones entre hombres y mujeres;
para referirse a las diferencias humanas; para conceptualizar
la semiótica del cuerpo, el sexo y la sexualidad; para explicar la
distinta distribución de cargas y beneficios sociales entre mu-
jeres y hombres; para aludir a las microtécnicas del poder; para
explicar la identidad y las aspiraciones individuales, etcéte-
ra. Así, resulta que se ve al género como un atributo de los in-
dividuos, como una relación interpersonal y como un modo de
organización social. El género también es definido en términos
de estatus social, de papeles sexuales y de estereotipos sociales,
así como de relaciones de poder expresadas en dominación y
subordinación. Asimismo, se lo enfoca como producto del pro-
ceso de atribución, de la socialización, de las prácticas disciplina-
rias o de las tradiciones. El género es descrito como un efecto
del lenguaje; una cuestión de conformismo conductual; una
característica estructural del trabajo, el poder y la catexis, y un
modo de percepción. También es planteado como una oposi-
ción binaria, aunque igualmente se le considera un continuum
de elementos variables y variantes. Después de enumerar una
larga lista de usos e interpretaciones, Hawkesworth hace un se-
ñalamiento muy atinado: el género ha pasado de una catego-
ría analítica a ser una fuerza causal o explanans. Así, el término

230
"género" se ha convertido en una especie de comodín episte-
mológico que da cuenta tautológicamente de lo que ocurre en-
tre los sexos de la especie humana.
Además, aunque se acepta que el orden simbólico es el que
establece la valoración diferencial de los sexos para el ser par-
lante, ¿es posible distinguir qué corresponde al género y qué
al sexo? La duda está presente en otras interrogantes. Si el sexo
también es una construcción cultural, ¿en qué se diferencia
del género? ¿No se estará nombrando de manera distinta a lo
mismo? ¿Cómo desactivar el poder simbólico de la diferencia
sexual, que produce tanta confusión e inestabilidad de las ca-
tegorías de sexo y género?
El modelo analítico que opone naturaleza a cultura para
explorar la construcción cultural de los significados sexuales,
en la dicotomía masculino/femenino y su mancuerna priva-
do/público, dificulta comprender que el sistema de género no
es algo inamovible, sino que opera como un aparato semiótico
que estructura los procesos de socialización.
Aunque nadie duda a estas alturas que el género, por defi-
nición, es una construcción cultural e histórica, es evidente que
se ha vuelto un concepto problemático no sólo por la dificultad
para comprender la complejidad a la que alude, sino también
por el hecho generalizado y lamentable de su cosificación. De
forma gradual, "género" se ha vuelto un sociologismo que cosi-
fica las relaciones sociales, consideradas como sus productoras,
pues falla al explicar cómo los términos masculino y femenino
están presentes en el lenguaje antes que cualquier formación
social. El concepto de "género" ha sufrido una reificación y se
ha convertido en un fetiche académico. 7 Partiendo de que el
concepto "género" está reificado, recordemos lo que dijeron
hace tiempo Adorno y Horkheimer (1978): toda reificación es
un olvido. ¿Qué se olvida con la reificación del género? La di-
ferencia sexual, que es al mismo tiempo sexo/sustancia y sexo/

7
El acto de tratar algo como si fuera un fetiche quiere decir, figurativa-
mente, "admiración exagerada e irracional" (M. Moliner, Diccionario de uso
del español) y "veneración excesiva" (Diccionario de la Real Academia).

231
significación. Este olvido recorre el pensamiento feminista
y conduce a errores reduccionistas, como sostener que todo es
construcción cultural y esquivar cualquier referencia a la ana-
tomía.
En el esfuerzo por clarificar el significado de "género", y
romper con la univocidad, una de las aportaciones más útiles
en el campo antropológico es la de Alice Schlegel (1990), quien
despliega su análisis tomando al género como un constructo
cultural que no incide en las prácticas reales de los hombres y
las mujeres. Ella distingue entre el significado general de "gé-
nero" (general gender meaning) -lo que mujeres y hombres son
en un sentido general- y el significado específico de "género"
( specific gender meaning) -lo que define al género de acuerdo
con una ubicación particular en la estructura social o en un cam-
po de acción determinado. Asimismo, descubre que a veces el
significado específico de "género" en una instancia determi-
nada se aleja del significado general, e incluso varios significa-
dos específicos contradicen a este último.
En las situaciones concretas donde se dan las relaciones en-
tre mujeres y hombres no siempre opera el significado gene-
ral que se atribuye al género. Los significados generales, que
se desprenden de los rituales, los mitos, la literatura, chocan con
frecuencia con cuestiones de rango y jerarquía, por eso las ac-
titudes particulares de un sexo hacia el otro pueden discrepar
del sentido general. Desde el significado general de "género"
hay una forma en que se percibe, se evalúa y se espera que se
comporten las mujeres y los hombres, pero desde el significa-
do específico se encuentran variaciones múltiples de cómo lo
hacen. Estas contradicciones aparentes en los mandatos so-
bre la masculinidad y la feminidad remiten al hecho de que las
relaciones entre mujeres y hombres no son sólo las de maridos
y mujeres, sino de varios tipos: padres e hijas, abuelas y nietos,
hermanos y hermanas, tías y sobrinos, etcétera. Estas diferen-
cias introducen elementos jerárquicos debidos a la edad o al
parentesco que invierten o modifican los significados genera-
les de "género".
La conclusión de Schlegel de que las vidas concretas de los

232
individuos, las experiencias de sus cuerpos y sus identidades
rebasan el dualismo, va muy en la línea de lo que señala la psi-
coanalista Virginia Goldner ( 1991). Goldner afirma que existe
una paradoja epistemológica respecto al género: esto es, que
el género es una verdad falsa pues, por un lado, la oposición
binaria masculino/femenino es supraordenada, estructural, fun-
dan te y trasciende cualquier relación concreta; así masculino
/femenino, como formas reificadas de la diferencia sexual,
son una verdad. Pero, por otro lado, esta verdad es falsa en la
medida en que las variaciones concretas de las vidas humanas re-
basan cualquier marco binario de género y en que existen
multitud de casos que no se ajustan a la definición dual.
Este tipo de matices y precisiones erosionan la idea del sis-
tema de género como primordial, transhistórica y esencial-
mente inmutable. También se perfila una nueva comprensión
de la maleabilidad humana, que tiene poco que ver con los
enunciados formales sobre lo "masculino" o lo "femenino". Ade-
más, cada vez hay más conciencia de lo que dijo otra antro-
póloga, Muriel Dimen (1991): que el género a veces es algo
central, pero otras veces es algo marginal; a veces es algo defi-
nitivo, otras algo contingente. Al relativizar el papel del género,
se tienen más elementos para desechar la línea interpretativa
que une, casi como un axioma cultural, a los hombres a la do-
minación y a las mujeres a la subordinación.

Una consecuencia de la americanización

Quiero regresar al punto de la americanización, pues en todo


este debate lo sustantivo no es el hecho de que el género sea
una verdad falsa o que en la teoría feminista se ignore a Illich,
la referencia obligada sea Butler, y Schlegel sea apenas conoci-
da. Lo importante es que la americanización del género ha lle-
vado paulatinamente al "borramiento" de la diferencia sexual
en las reflexiones y teorizaciones feministas. Sí: no obstante el
género ha aportado una perspectiva crucial de investigación e
interpretación, su uso reificado ha derivado en el olvido de la
diferencia sexual. Y quiero subrayar que en psicoanálisis "dife-

233
renda sexual" alude al proceso de estructuración psíquica que
se realiza en función de cómo el sujeto se posiciona incons-
cientemente ante la diferencia anatómica; por ello hablar de
"diferencia sexual" implica darle un lugar al psiquismo, con
su elemento inconsciente.
La americanización ha logrado que las escasas referencias a
la "diferencia sexual" en la mayoría de las reflexiones feminis-
tas aludan solamente a la sexuación. La diferencia sexual, como
un estructurante psíquico, rebasa el concepto anatómico. Ade-
más, la conceptualización americanizada de gender piensa a
mujeres y a hombres sólo como un constructo de prácticas dis-
cursivas variables históricamente. Si bien los seres humanos
son en efecto el resultado de una producción histórica y cul-
tural, también hay que entender que son seres sexuados que
tienen una subjetividad con procesos psíquicos inconscientes.
No se puede pensar a las mujeres y los hombres como un re-
flejo de la realidad "natural", ni tampoco sólo como una cons-
trucción cultural. Los seres humanos son la confluencia de la
carne, la mente y el inconsciente en el cuerpo sexuado.
Mujeres y hombres somos iguales como seres humanos y di-
ferentes en tanto sexos. Esto no significa entender la diferen-
cia entre los sexos como una afirmación "ontológica", como si
existiera una verdad absoluta de la mujer opuesta a la del
hombre (Boccia, 1990), pero sí implica aceptar su peso y espe-
cificidad en dos ámbitos donde verdaderamente hay una ex-
periencia diferente: el de la sexualidad y el de la procreación.
Sexualidad y reproducción no son cuestiones marginales, pero
tampoco constituyen la "totalidad" de una mujer y ni siquiera
su razón más profunda; por eso no pueden constituir el prin-
cipio arbitrario de un derecho ni de formas de ciudadanía ra-
dicalmente diferentes para ambos sexos (Saraceno, 1990). Lo
notable es que la discriminación en razón del sexo acecha en
ámbitos donde ni la sexualidad ni la reproducción cuentan.
Por eso vale la pena preguntarse por qué, en un momento en
que las vidas de hombres y mujeres se están igualando en otros
terrenos, la postura que reivindica la igualdad encuentra más
resistencia que la que defiende la diferencia.

234
La americanización ha soslayado la reflexión sobre las conse-
cuencias de la diferencia sexual, entendida en sus tres compo-
nentes del cuerpo (carne, mente e inconsciente) para privilegiar
la perspectiva de género. Muchas académicas feministas, que
han evadido el tema, se han cobijado en un rechazo al determi-
nismo biológico. Pero no hay que tirar las aguas de la biología
con todo y niño. No se trata de considerar "la naturaleza" co-
mo el origen y la razón de la situación de subordinación de las
mujeres. Aunque hablar de biología parece enfrentarnos con
algo inmodificable, ya Evelyne Sullerot (1976) señaló, en el co-
loquio al que convocóJacques Monod sobre "El hecho femeni-
no", que en ocasiones es más difícil cambiar los hechos sociales
que los de la naturaleza. 8
Lo que sí hay que hacer es asumir cabalmente lo que nos
muestra la biología. Pongo un ejemplo elocuente. La preemi-
nencia de un esquema simbólico dualista habla de que la es-
pecie humana está conformada por dos sexos. Sin embargo, la
existencia de personas intersexuadas y hermafroditas hace que
biólogas como Anne Fausto-Sterling ( 1992; 1993) afirmen
que debe hablarse de por lo menos cinco sexos. 9 Lo interesan-
te, en todo caso, es que ante las variedades biológicas de la se-
xuación, que contradicen el énfasis binario de los esquemas de
clasificación humana, la cultura construye una simbolización
que opone dicotómicamente a mujeres y hombres. Tal vez un
camino más fecundo para comprender la condición humana
sea aceptar que hay varias formas de ser mujer y ser hombre,

8
Evelyne Sullerot (1976) señaló que "la profunda reticencia -la mayor
parte de las veces, cabe hablar sin exageración de rechazo vehemente- ante
la idea de hablar de genética sexual y, por lo tanto, de anclaje del sexo en
lo 'dado', lo 'innato' más profundo, procede de un miedo comprensible a
que tal conocimiento tenga como frutos sociales la detención del proceso
de igualación de los sexos".
9
Fausto-Sterling plantea que existen, y que habría que nombrar, a las
personas intersexuadas con predominancia de órganos femeninos ferms, a
las que tiene predominancia de órganos masculinos merms y a las personas
hermafroditas. Así,junto con mujeres y hombres, habría por Jo menos cin-
co tipos de sexuación, o sea, cinco sexos.

235
con traslapes y ambigüedades en sus biologías, sus identidades
psíquicas y sus prácticas sociales.
La hegemonía explicativa del género ha desalentado explo-
rar las consecuencias biológicas de una diferencia fundante y
estructuran te como la sexual. Por eso, a pesar de que se distin-
guen las variadas y cambiantes formas de la simbolización, per-
sisten ciertas dudas: ¿las prácticas son producto únicamente
del proceso de simbolización o tal vez ciertas diferencias bio-
lógicas condicionan algunas de ellas? ¿Hay o no una relación
contingente entre cuerpo de hombre y masculinidad y cuerpo
de mujer y feminidad? Despejar esta incógnita es imprescindi-
ble para esclarecer qué supone la disimetría biológica entre
los machos y las hembras de la especie. Lo masculino y lo fe-
menino ¿son transcripciones arbitrarias en una conciencia neu-
tra o indiferente? Es indudable que el hecho de que el cuerpo
de mujer o el cuerpo de hombre tengan un valor social previo
ejerce un efecto en la conciencia de las mujeres y los hom-
bres. Pero aunque se reconozca el peso de la historia y la cul-
tura, ¿en qué medida la significación del género tiene raíces
en la biología?, ¿es posible vincular ciertos aspectos de la desi-
gualdad social con la asimetría sexual? Estas interrogantes re-
miten a otra que tiene un cariz político: si tanto la feminidad
como la masculinidad ( en el sentido de "género") son más que
mera socialización y condicionamiento, si son algo más que una
categoría discursiva sin referente material, o sea, si tienen que
ver con la biología, ¿se podrá eliminar la desigualdad social de
los sexos?
Resulta paradójico que, por la americanización de la pers-
pectiva de género, persista la dificultad para reconocer que el
lugar de las mujeres y de los hombres en la vida social huma-
na no es un producto sólo del significado que sus actividades
adquieren a través de interacciones sociales concretas, sino tam-
bién de lo que son biológica y psíquicamente. Por eso, resulta
cada vez más crucial construir puentes entre las ciencias socia-
les, las naturales y el psicoanálisis. Freud fue de los primeros
en señalar que ni la anatomía ni las convenciones sociales po-
dían dar cuenta por sí solas de la existencia del sexo. Lacan fue

236
más lejos al decir que la sexuación no es sólo un fenómeno
biológico, porque para asumir una posición sexuada hay que
pasar por el lenguaje y la representación: la diferencia sexual
se produce en el ámbito de lo psíquico, como bien lo demues-
tra hoy la existencia de personas transexuales.
La confusión que produce el malentendido del término
gender, en su doble acepción de sexo y de construcción cultu-
ral, acaba remitiendo, por un lado, a la idea de una esencia y,
por otro, alimentando la mistificación constructivista. Además,
el voluntarismo inherente al constructivismo social ha tomado
la categoría "género" como una de tantas diferencias entre los
seres humanos: raza, clase, edad, etcétera, confundiendo otra
vez en gender al sexo y sin considerar a la diferencia sexual co-
mo una diferencia fundan te y estructurante.
Al privilegiar la perspectiva de género y olvidar sexuación y
psiquismo se resbala a dos errores reduccionistas. Primero, el
rechazo irracional a indagar las determinaciones biológicas
parece plantear el temor de que si biología es destino, no hay
posibilidad de igualdad. Pero el desafío es pensar la igualdad
a partir de la diferencia: la desigualdad social y política entre
los sexos es un producto humano, que tiene menos que ver con
la condición sexuada de los individuos que con las creencias
que guían la manera en la cual la gente actúa y conforma su
comprensión del mundo. La condición sexuada tiene conse-
cuencias, pero éstas no son las determinantes en la producción
de desigualdad. Segundo, la ceguera ante lo psíquico dificul-
ta entender cuestiones como el habitus, esa introyección incons-
ciente de esquemas de acción y percepción (Bourdieu 1991).
La paradoja es que el sujeto, al estar encarnado en un cuerpo
sexuado, es construido socialmente en sistemas de significados
y representaciones culturales, y los mandatos culturales son asu-
midos de manera inconsciente, dando pie a fenómenos como
el de la violencia simbólica (Bourdieu, 2000).
Aceptar que el sujeto es carne, mente e inconsciente pone
en cuestión que se use sólo la construcción social (el género)
para explicar su conducta. Es impres_cindible incorporar lo bio-
lógico y lo psíquico para entender a los sujetos. La sexuación

237
produce, además de las consecuencias biológicas conocidas,
un universo de prácticas y representaciones simbólicas e imagi-
narias de un peso mucho mayor que el de las propias diferencias
biológicas. A partir de un conocimiento que otorga significa-
dos diferentes al hecho de tener cuerpo de mujer o cuerpo de
hombre, el yo relacional del sujeto genera identificaciones, sen-
timientos y pulsiones inconscientes. Por eso es que las conduc-
tas y prácticas de las mujeres y de los hombres son resultado
más de procesos psíquicos y construcciones culturales, derivadas
del lenguaje y las representaciones simbólicas, que expresio-
nes de una esencia biológica. Esto no niega el hecho de que,
como seres sexuados, mujeres y hombres tienen procesos bio-
lógicos diferenciados, cuyas consecuencias habría que precisar
mucho mejor de lo que se ha hecho. Y de la misma manera que
hay que explorar lo biológico y lo social, también hay que ha-
cerlo con la dimensión psíquica. Para recuperar la integralidad
de la diferencia sexual habría que entenderla con el énfasis
psicoanalítico de que pertenece al orden de lo real, 10 que reba-
sa lo biológico e implica lo inconsciente.
Para enfrentar la americanización en el campo de la acade-
mia feminista no basta con señalar el hecho indiscutible de que
el sujeto no existe antes de las operaciones de la estructura so-
cial, sino que es producido por las prácticas y representaciones
simbólicas dentro un contexto sociohistórico dado. Hay que
estudiar los procesos que se dan entre mujeres y hombres to-
mando en consideración el dato fundante de la sexuación del
cuerpo, con sus componentes fisiológicos y psíquicos.

Ciudad de México, agosto de 2007

10
Los tres órdenes lacanianos son: real, imaginario y simbólico. Lo real
es "una verdadera cosa en sí", es lo que no se puede describir, pero que se
vive. Lo real no se puede expresar con palabras. Véase la entrada "real" en
el Diccionario introductorio de psicoanálisis Úlcaniano, Paidós, Buenos Aires, 1997.

238
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241
DEL ARTE, LA LITERATURA
Y EL CINE
EL POP ARTY LA CLAUSURA DEL ARTE AURÁTICO
• Jorge Juanes

Para escribir del arte realizado en Estados Unidos, primero


hay que tratar de conocerlo y comprenderlo. Digo esto por-
que hay muchos "críticos" que hablan de oídas y, faltaba más,
niegan por principio todo lo que tenga que ver con el arte
norteamericano. El cliché es conocido: la patria del imperia-
lismo contemporáneo convirtió el arte en mercancía, lo bana-
lizó y envileció. Quienes ocupan ahora el lugar del arte son los
mercachifles y las subastadoras internacionales, el poder de
los media, las estrategias de integración social provenientes
de la sociedad del espectáculo y las decisiones, omnipoten-
tes, de las instituciones culturales creadas por el ogro filantró-
pico y por el sinnúmero de museos y galerías que señorean a lo
largo y ancho del territorio estadounidense. Y con el dossier de
culpabilidades en la mano, sólo queda agregar que de Estados
U nidos provienen las pestes que asolan al mundo actual: la so-
ciedad del espectáculo, el despliegue de la industria de la cul-
tura, el mito del triunfo de lo hipermoderno capitalista y, en
fin, el desarme ideológico-político requerido para que la na-
ción paradigmática y sus poderes económicos y políticos se im-
pongan en los cuatro puntos cardinales del planeta tierra.
Desde luego y en términos artísticos, para dichos críticos la
punta de lanza, el inicio del seudoarte de masas enajenante, es
el pop art y, en la cima, la estrella mayor: Andy Warhol. Señala-
do esto, me pregunto: ¿qué hay de cierto? ¿De qué trata, a fin
de cuentas, el pop art y cuál es su relación con los poderes fác-
ticos? Antes de responder quisiera dar un breve testimonio de
lo que considero las rutas dentro de las que se desenvuelve el
arte norteamericano. Entre los siglos XVI a XVIII, nada relevan-
te sucede en el Nuevo Mundo. Ya en el XIX se dan los prime-
ros pasos para crear un arte propiamente norteamericano, sin
embargo, este intento resulta poco creativo, ya que lo marca

245
el ascetismo propio de una civilización de corte protestante re-
nuente, en consecuencia, a aceptar el despliegue sin cortapisas
de imágenes de cualquier signo.
Hay que reconocer, además, que desde el origen mismo de
Estados Unidos hasta los primeros años del siglo XX, pesa la
dependencia de las propuestas plásticas importadas del arte
oficial europeo, en las que prima la ausencia de todo aquello
que en el Viejo Mundo surgió como respuesta a lo codificado y
a lo académico; o sea, la revuelta de los márgenes de los Tinto-
retto, Goya, Delacroix, Turner, Degas, Van Gogh ... Tanto si se
trata de escenas rurales o de paisajes costumbristas, de retratos
o de bodegones, lo que es dable observar a lo largo de este siglo
XIX son refritos de códigos pictóricos neoclásicos o de propues-
tas románticas mal asimiladas. Podemos llegar a reconocer en
algunos artistas, cierto es, una probada capacidad artesanal, lo
cual permite calificarlos, en el mejor de los casos, de discípulos
esmerados.
De los años diez a mediados de los cuarenta del siglo XX, la
situación tiende a cambiar. La primera sacudida proviene de la
célebre exposición conocida como Armory Show (Exposición del
arsenal), en la cual los logros de los artistas norteamericanos,
empeñados en romper con dogmas académicos y rutinas plás-
ticas, son expuestos junto a un considerable acervo de obras en-
tre las que destacan las propuestas de vanguardia; ni Picasso, ni
Matisse, ni Duchamp (Desnudo bajando la escalera será la gran
protagonista del evento) faltan a la cita. La muestra tiene la vir-
tud de desatar polémica entre los que celebran y los que vitupe-
ran ( el cubismo fue lo que provocó mayor disgusto). El caso es
que la semilla del arte moderno ha sido plantada y empieza a
dar frutos. En los años veinte y, más aún en los treinta, el arte
norteamericano vive al interior de una ardua disputa entre ban-
dos plenamente identificados. Por un lado, están los pintores
regionalistas empeñados en ofrecer un metarrelato supuesta-
mente consagrado a rescatar el origen y al ser último de la Gran
Patria. Por el otro, nos encontramos a los adeptos de la pintu-
ra comprometida, una especie de realismo socialista confina-
do a representar las luchas de los explotados.

246
Tanto los regionalistas (que ocultan la parte impresentable
de la epopeya norteamericana: la eliminación de las tribus in-
dígenas, la esclavización de los negros ... ), como los realistas
sociales, lo único que ofrecen, como era de esperar, son rece-
tas didácticas, sermones plásticos que, o bien exaltan el edén de
la vida rural y la bonhomía y pureza de los campesinos, o bien
reproducen los clichés ideológicos propalados por los manua-
les de la izquierda del bloque, donde el socialismo venidero en-
carna, a su vez, el edén de los tiempos futuros. El hecho es que
las comentadas posiciones historicistas se autoproclaman co-
mo representantes del "auténtico arte norteamericano", y, en
nombre de ello, de paso, descalifican a las vanguardias artísti-
cas acusándolas de querer imponer modelos extranjerizantes,
ajenos a las esencias incubadas en la matriz de una norteame-
ricana pujante y autosuficiente.
Empero y frente al arte didáctico conservador, prospera a
su manera el arte de vanguardia percibiendo sus protagonistas
que Estados Unidos va a la zaga del arte transgresor. Bajo el le-
ma de que la tradición norteamericana se debe más al futu-
ro que al pasado histórico, ponen manos al cumplimiento de la
tarea futurista; no es casual, así, el despliegue, de un modo de-
cidido en los años veinte y treinta, de una posición de vanguar-
dia: el abstraccionismo pictórico, influido, en gran parte, por
el neoplasticismo holandés, con Mondrian como modelo pa-
radigmático. Hay ecos, incluso, del constructivismo ruso y de
la Bauhaus; del esteticismo de Matisse y del cubismo sintético.
Si bien la revuelta contra la academia y el diálogo con las van-
guardias europeas da resultados positivos, ello no basta aún pa-
ra situar el arte de Estados Unidos en un lugar destacado. Pero
lejos de resignarse a ocupar el furgón de cola de la locomotora
vanguardista, los defensores de la tradición del futuro persisten
en la aventura de lo nuevo. Y no sólo mediante obras, sino a tra-
vés de la creación de museos de arte moderno, destinados a dar
a conocer a los artistas y al público en general un amplio pano-
rama de lo realizado en los tiempos que corren.
Cabe agregar que a consecuencia de la Segunda Guerra
Mundial, Estados Unidos se ve beneficiado por el exilio de ar-

247
tistas y pensadores europeos proclives a la afirmación del arte
insurgente. Por donde se lo examine, las condiciones para dar
el gran salto artístico alcanzan un punto de madurez envidiable.
Y si bien los nombres de pioneros como Man Ray, Alexander
Calder, Edgard Hopper y Georgia O'Keeffe ... nos hablan de
logros innegables, será, en rigor, a mediados de los años cua-
renta cuando, por fin, el arte norteamericano cuente con una
plástica original e innovadora encabezada por los pintores ges-
tual-informalistas, con Jackson Pollock y De Kooning a la cabe-
za, y por los adeptos al campo de color, Mark Rothko y Barnett
Newman, entre ellos. Surgen asimismo críticos dotados de una
indiscutible capacidad para pensar los problemas centrales del
arte moderno; por citar a los más importantes, pensemos por
ejemplo en Clement Greenberg y en Harold Rosenberg. En
los años cuarenta tenemos, entonces, un fecundo encuentro
entre artistas originales y críticos rigurosos.
Por más que los antinorteamericanos profesionales protesten,
por más que nos digan que se trata de una operación maqui-
nada por el Departamento de Estado y los poderes fácticos, la
realidad es que el arte hecho en Estados Unidos reordena de
alguna manera la lectura de la plástica contemporánea, pues
cuando se pensaba que las vanguardias eran asunto del pasa-
do, resulta que renacen con piel renovada. Yo agregaría que
los mal llamados expresionistas abstractos (ni todos son expresio-
nistas, ni todos abstractos) no sólo encarnan sus inquietudes
plásticas en el plano de las formas, sino que vindican aún el
pathos que atraviesa desde el romanticismo la odisea del arte mo-
derno: la autonomía y la libertad personales, la marginalidad
insobornable y el desgarramiento existencial al grado de la au-
todestrucción, el culto al arte. Puede afirmarse que entregados
a vivencias singulares nuestros artistas no olvidan, sin embar-
go, la dimensión de la otredad: el abismo de lo sublime, el si-
lencio de los dioses huidos, los arquetipos arcaico-arcanos que,
quiérase o no, subyacen a los tiempos presentes.
¿Huida de lo real, acaso? ¿Encierro estéril? Nada de eso, sim-
ple y sencillamente se trata de hacer del arte un absoluto por
artistas marcados, heridos por una sociedad gregaria e indife-

248
rente. Y la herida produce dolor, un dolor padecido en sole-
dad y al margen del ruido de la muchedumbre, un autismo que
conduce a la pérdida de contacto con el mundo social circun-
dante. Al menos es así como Jaspers Johns, Rauschenberg o
John Cage perciben la apuesta artística de sus marginados
compatriotas. Queda una salida: retornar a la vida cotidiana y
redimir los objetos y símbolos que la pueblan, a saber, la ban-
dera norteamericana y las latas de cerveza, los ruidos de la calle
y la promiscuidad entre la baja y la alta cultura, el collage que
da lugar a combinaciones insólitas ... Y para reciclar las vivencias
y los símbolos compartidos por los ciudadanos comunes y co-
rrientes, es necesario que alguien pague y, en ésas, Rauschen-
berg compra un dibujo de De Kooning y lo borra; el heroísmo
existencial pasa, así, a la reserva del estudio precintado.
Podemos decir que bajo tales circunstancias llega la hora
de la rebelión de las masas, temida y denigrada, como se sabe,
por el pensamiento mandarinesco. Pero el pop art, entremos
en tema, ignora el asco de los intelectuales de invernadero, to-
ma la estafeta de lo común y corriente; y en la entraña de un
mundo tecnificado e infestado por nubes que escupen fango,
rompe de una buena vez con el sueño del arte aurático, dis-
tanciado de los avatares de la cotidianidad y dirigido a las éli-
tes egregias. Por supuesto, algo ha pasado mientras tanto en
el espacio-tiempo social norteamericano: el advenimiento de la
sociedad del espectáculo, de la industria de la cultura, de la es-
tetización de la mercancía, concretado todo en el marco de la
prioridad de las demandas de los consumidores sobre los deter-
minismos del productor. Las masas han dicho No, no queremos
ya más Ford T negros, el siempre lo mismo de lo mismo, ahora
queremos el cambio incesante y personalizado de la oferta con
la peculiaridad, además, de que ésta debe tener glamoury ser
atractiva, al grado de colmar los gustos kitsch de las mayorías.
Y las masas dicen Sí, queremos, queremos y compramos.
Los diseñadores industriales, los publicistas, los ingenieros
de conciencias y los llamados expertos en las estrategias de es-
tetización de la mercancía pasan a un primer plano. El lema
gregario es claro: darle a los consumidores objetos que poten-

249
cien la sensación de bienestar y de alegría, y hacerles sentir que
viven en el mejor de los mundos posibles. ¡Que el mañana pa-
radisiaco sea ahora! Si es necesario crear deseos ligados a la ex-
pansión apoteósica de la mercancía estetizada: ¡se les crea! Y
los artistas pop operarán sobre la base de tal primacía del dise-
ño glamoroso del mundo, sobre tal espectáculo deslumbrante
y tentador. Una de sus primeras tareas consistió en mostrar la
remitificación operada por la sociedad del espectáculo: mitos
que existen a ras del suelo, en las carteleras publicitarias, en el
supermercado, en los medios de comunicación, en cualquier
parte y a cualquier hora del día.
Eso, mitos prosaicos que suscitan que Zeus, Apolo y Dioniso
hagan mutis para dar paso a dioses manoseables y consumi-
bles, y en donde la Acrópolis cede el paso a las grandes urbes
metropolitano-modernas asentadas en el territorio del tío Sam;
ciudades espectaculares, pobladas por rascacielos geométri-
co-funcionales que velan el sol, urbes ciertamente fascinantes
y opresivas a la vez, y en cuyas entrañas impera una economía
del despilfarro impulsada por los grandes emporios monopo-
listas y configurada por múltiples dispositivos de consunción
que extienden sus tentáculos hasta el grado de penetrar el infi-
nito del deseo. Seducir es la consigna. La cultura del espectácu-
lo confirma, reafirma, pone a la gente ante el presente elevado
al plano de lo único o absoluto, y no le deja margen de escape.
En estas circunstancias, el individuo culturizado es cualquie-
ra, uno de tantos, esto y lo otro; a fin de cuentas un miembro
de una gran familia supraindividual surgida a partir de borrar
la singularidad del existente autónomo.
Sometidos, pues, al golpeteo de consignas gregarias, los in-
dividuos terminan siendo integrados en la red que recorta el
ojo virtual de los media, donde se aniquila la posibilidad de un
resto incontrolado y, por si las moscas, la industria del deseo
inducido confina a los ciudadanos a cohabitar en las crecien-
tes filas de la muchedumbre. Todos somos masa y no lo somos.
Seres transmutables, picamos la carnada ó la vomitamos en la
cara misma de los pescadores de cuerpos y de almas. Partien-
do de tal panorama ambiguo, el objetivo prioritario del siste-

250
ma estriba en crear la sensación de que se vive en un mundo re-
suelto, sin enigmas, establecido en el nivel de lo que la gente
percibe, habla y siente. A los muchos sólo se les pide una cosa:
que tras las noches de placer cumplan a rajatabla con los ho-
rarios de la penuria codificada; tenemos así que el individuo
tembloroso que bajo la luz de la luna sostiene el vaso de whisky,
se trastoca a la hora de la jornada laboral en un operador dies-
tro condenado a someterse al control de mandos de la impera-
tiva máquina destinada a producir plusvalía.
Aquí, allá, puede ser a la vuelta de la esquina; puede pasar
cualquier cosa en cualquier instante. La calle, que impone leyes
anónimas en nombre del cumplimiento de determinadas y te-
diosas convenciones: tareas, gestos, tratos y comportamientos
exteriores, lenguajes impersonales por doquier. Cosas signo,
objetos, imágenes para atraer y poseer, aquí y allá, el glamour
del automóvil, la envoltura luminosa, la oferta para potenciar el
confort, el kitsch hollywodense. Ofertas al alcance de quien lo de-
see y cuente con dólares suficientes. Cientos, miles, millones
de individuos que chocan entre sí o se ceden el paso. Y no fal-
ta la invitación a la mujer para que se atreva a ejercer el sexo
fuera del matrimonio: a mayor número de experiencias ma-
yor éxtasis, a mayor éxtasis mayor salud y larga vida. ¡Hay que
atreverse! No sólo la noche es celestina del placer, puede pe-
carse de día ya que a fin de cuentas la puesta en escena de es-
pacios-habitación (vulgo moteles) para alertar a los cuerpos
caídos o victimados por la insufrible rutina del matrimonio le
ofrece, a éstos, el ansiado nicho clandestino para volver a expe-
rimentar el añorado orgasmo.
Nada ni nadie podrá escapar a la formidable presencia e in-
fluencia del paisaje artificial consolidado como segunda natu-
raleza; detenerse en los escaparates, atender señales, perderse
entre concurridos espacios saturados de bienes de consumo
diseñados para satisfacer apetitos, hora tras hora, minuto a mi-
nuto, circunstancial, efímeramente, cada vez como si fuera la
primera. Territorio abierto a la sorpresa donde todo se rehace
y se desvanece, y en donde costumbres y tradiciones diversas se
entrecruzan. La nación, la historia, el mundo que viene de lejos

251
y lo actual encarnados, confundidos en la presencia inmediata
de los fetiches compartidos. Zonas rojas, zonas blancas, determi-
nado contexto urbano. Confusión por doquiera. Bares, parques
de recreo, drogadictos y "gente bonita". Transportes, medios de
comunicación, el eterno de la moda y la persistencia reiterati-
va del cartel colorido prometiendo placeres sin fin junto a la
ruina sucia, olvidada, gris.
Todavía más: el mundo avocado a la disposición combinato-
ria, democrática y estándar de los soldaditos intercambiables
no puede evitar la zozobra del suceso inesperado, la violencia
encarnada en el asesino que acecha o en el accidente de tráfi-
co, o cuando suenan y resuenan las sirenas de la policía o de la
Cruz Roja. Hay catástrofe. Hay tragedia. Hay asesinatos por do-
quiera. Pero hay también revuelta. Recuerdo los cantos de bata-
lla de los años sesenta: crear situaciones, tomar la calle, y antes
que nada, acercar el arte a la vida. Mediante la plástica, la lite-
ratura ( best-seller, novela beat... ), el cine, la música, el ensayo, el
teatro del cuerpo. Cualquier técnica o cualquier medio dis-
ponible valen para la empresa: serigrafía, cartel, objeto seriado,
publicidad, cómic, fotografía, diseño industrial, graffiti. En
efecto, los sesenta son tierra de nadie en donde conviven los in-
tegrados con los apocalípticos; Las Vegas y Disneylandia con el
viaje beat y el rock duro. Los integrados que aceptan, sin chis-
tar, la manipulación como bandera, el conformismo y la vida
sedentaria como normas y, de modo primordial, el deseo con-
fesado de que no cese nunca el eterno retorno de la sociedad
del espectáculo; los apocalípticos que detectan en el auge de la
cultura de masas el fin de la cultura, la amenaza de la creación,
la muerte de la diferencia y del estilo, el advenimiento del arte
digerible.
Ni torre de marfil ni alquimia purista embelesada en per-
fecciones imposibles. Ni ensimismamiento extremo y estéril.
Sin comprometerse ni con los apocalípticos, ni con los inte-
grados, los artistas pop más relevantes toman partido a favor de
los referentes de la muchedumbre para, de inmediato, elevarlos
al plano de formas netamente plásticas. Pero ¿acaso es posible
situarse en medio? Lo es. Expliquémonos. El pop no tiene nada

252
que ver -ésta es la primera confusión a desechar- con el arte
popular de raigambre tradicional, ni por tanto, con las señas de
identidad originario-esenciales o con los usos y costumbres eter-
nos e inviolables de una nación. El pop es un arte que tiene
por marco de referencia, lo hemos ido explicando, al sistema
de la mercancía plenamente configurado; entiéndase, un siste-
ma que no se define por valores ideocrático-estatales como suce-
de en los sistemas estatalistas; por poner ejemplos extremos, en
el fascismo, el nacionalsocialismo y el socialismo real. Así enton-
ces, ajeno a determinantes ideocráticos, el pop establece sus
propuestas en el ámbito simbólico surgido de la producción,
circulación y consumo de bienes mercantiles previamente es-
tetizados de cuya realización depende el logro del objetivo sub-
yacente: la producción incrementada de plusvalía.
El po-p mantiene, así, una relación prioritaria con la superficie
estético-simbólica inscrita en el mundo de los objetos-signos
mercantiles que configuran la cotidianidad norteamericana, ha-
ciendo las veces, por lo tanto, de referentes gregarios compar-
tidos por la mayoría de los ciudadanos. Operar artísticamente
como lo hace el pop en el espacio donde se forja la identidad
masiva, valiéndose de imágenes y mensajes hiperreconocidos,
logra de inmediato, sobra advertirlo, una amplia comunica-
ción. Acercamiento entre el arte y la vida que no significa, como
se dice por ahí, que el pop se entregue sin más a los dictados de
los poderes monopólico-empresariales y mediáticos. La atri-
bución de las propuestas del pop a los intereses más sórdidos
del capitalismo se da, ante todo, entre los analistas europeo-
continentales y los latinoamericanos. Me parece que ello es fru-
to de la incomprensión hacia la diferencia norteamericana. Me
centraré en el punto clave del debate: los artistas pop carecen
de una alternativa política al capitalismo; y en asuntos de re-
volución, nada de nada.
El hecho es que a diferencia de lo que sucede en Europa y
América Latina, en Estados Unidos, a excepción de algunas sec-
tas prosocialistas y del ya señalado realismo pictórico didáctico
contestatario, brilla por su ausencia la idea de superación del
sistema imperante. Lo cual no debe sorprendernos, vistos los

253
resultados totalitario-catastróficos de las alternativas anticapita-
listas surgidas a lo largo del siglo XX. Aunque no es éste el lugar
para hacer un examen de las causas que propiciaron el fracaso
estrepitoso del sistema persecutorio, carcelario y sangriento
de las alternativas llamadas revolucionarias, o las razones por las
cuales la palabra revolución ha terminado convertida en un fe-
tiche vacío y estéril, propicio para el encubrimiento de dema-
gogos y charlatanes que poco o nada tienen que ofrecer para
la solución de los problemas reales de la vida, sí quiero adelan-
tar dos o tres ideas que pudieran liberarnos de la enajenación
capitalista y de los estatalismos ideocráticos: antes que nada,
romper de un modo decidido con los maniqueísmos y las po-
siciones de poder que caracterizan desde siempre a la política
de los políticos, sean de derecha o de izquierda; situar cual-
quier forma de emancipación en el aquí y en el ahora, o sea, en
el tiempo finito que caracteriza a los existentes reales y no, como
se estila en los discursos escatológico-salvíficos, en un porvenir
meramente metafísico; afirmar sin cortapisas lo que potencie
la libertad y negar aquello que la impida; reconocer en el in-
dividuo autónomo y libre la última instancia de la libertad.
Pero dejemos esto, pues lo que aquí me interesa, y a ello voy,
es examinar los alcances crítico-irónicos del pop en el terreno
del arte. Queda lo que queda: efímeras imágenes profanas y de
superficie, símbolos fugaces y estereotipados que cubren el es-
pacio del desamparo dejado por la "muerte de Dios". Señas de
identidad del sistema, sin echar al olvido ninguna de las ofertas
a la mano: Coca-Colas, hamburguesas, sopas enlatadas, flechas de
orientación, pasta dental que garantiza la sonrisa seductora,
ídolos de cine e ídolos políticos; Marilyn y Mao,James Dean y el
Che, sin faltar, por supuesto, la pacotilla mediática. Mezcla ecléc-
tica que constata el triunfo total del continente (según la etique-
ta, será la elección) sobre el contenido, del empaque sobre el
valor de uso. Sin faltar las nuevas maneras de mesa: comida in-
dustrializada para engullir deprisa y corriendo ya que, nunca lo
olvidemos, tiempo es dinero. Pues bien, los artistas pop cele-
bran, en la apoteosis de la promiscuidad, la caída del arte au-
rático amparado en el fetiche de la obra única e inalcanzable.

254
Claus Oldenburg al habla:

Estoy a favor de una cultura que debe su forma a la vida, que


se retuerce, se expande y acumula y escupe y gotea y que es
pesada, brusca y dulce e idiota como la vida misma [ ... ] . Estoy
a favor de un arte que se puede usar como un plano, al que
se pueda pellizcar como el brazo de tu querida o besuquear
como a un perro faldero. Un arte que se dilate y que rechi-
ne como un acordeón, que se pueda manchar con comida
como un mantel viejo.

La preeminencia de la contemplación abre paso a la del con-


senso: el arte no está ya frente a nosotros, nosotros estamos en
él. Tal es la intención manifiesta: reconocer en el fetichismo
de la mercancía estetizada un irresistible llamado al arte que,
por supuesto, se atiene a las formas tradicionales. Las masas rei-
teran: ¡Queremos más de lo ordinario! El pop art cumple. Con
el pop desaparecen los secretos; con la desaparición de los se-
cretos desaparece, a su vez, la obligación de interpretar bajo
la ley de la hermenéutica de la sospecha. En el régimen pop,
cualquier superficie es potencialmente venerable. Serle fiel al
ocaso de la distancia exige repetir en serie lo que salta a la vis-
ta, corriendo el riesgo de sucumbir ante el esquematismo o la
saturación de convenciones. La apuesta está en el aire: se trata
ahora de que lo imaginario no rebase jamás a lo imaginable,
es decir, a lo representable. Por lo demás, las representaciones
del pop no dejan ninguna casilla sin cubrir, al grado de obtener
un fichero completo de la sociedad de consumo: obras plagadas
de información tautológica, empeñadas en transmitir el mismo
icono trivial en registros diferentes bajo el principio positivis-
ta que, a la letra, dice: el mundo es finito, cabe en elsistema de
las imágenes espectaculares, incluidas aquellas que los exqui-
sitos tildan de vulgares.
Otra vez Claus Oldenburg:

Adoro la vulgaridad. El buen gusto es muerte, la vulgaridad


es vida. La gente llama vulgares a las cosas que le parecen

255
nuevas [ ... ]. Cuando las cosas son ya conocidas. Cuando se
han hecho viejas, les parecen de buen gusto. Por eso adoro
la vulgaridad y odio el buen gusto.

Si hay algo primordial en el pop, es la necesidad de comuni-


cación simbólica masiva, hecho que obliga a guardar fidelidad
a convenciones icónico-formales interiorizadas en el cuerpo
social; datos sociológicos en sí, compartidos por el hombre sin
atributos y multiplicados hasta la saciedad. El pop incluye, como
modo de proceder, las técnicas mecánico-reproductivas al uso:
el trabajo sobre fotografías reducidas a esquemas monocro-
máticos emprendido por Warhol; la atenta lectura formal del
cómic -encuadres aislados, onomatopeyas, nubecitas que aco-
gen el texto significativo- por parte de Lichtenstein; la coexis-
tencia y acumulación de lenguajes reciclados por Robert
Indiana, o la refinada poética cartelística de Wesselmann.
Aunque el nombre y los primeros atisbos emergen en Ingla-
terra por obra y gracia de Richard Hamilton, el pop alcanza
máximo esplendor en Estados Unidos (pienso que el pop inglés
y en general el pop europeo, guardan una marcada dependen-
cia de técnicas y configuraciones formales tradicionales, de allí
que se acerquen con timidez y reserva a los procesos y a las mi-
tologías modernas). Las formas, los temas y los estilos del pop
tienen mucho que ver así, en su fase climática, con el American
way of live. Ya en Estados Unidos, en donde el pop se cubre de
gloria en 1962 y declina en 1968, cabe distinguir tres vertientes
en cierta medida enfrentadas: el pop culto, el pop del uno de
tantos y el pop ácido, duro (schockerpop).
Y hay una celebridad rutilante, Andy Warhol. Dije celebri-
dad, mas no héroe, pues en el pop de muchedumbres no hay
héroes. Warhol, publicista, genio y farsante, personaje trivial y
profundo a la vez, actor, víctima por parte de una feminista de
un atentado que por poco le cuesta la vida, creador de seudoar-
tistas, director de cine ... , no tuvo empacho en confesar su obse-
sión más arraigada: "Quiero ser rico, quiero ser famoso; como
todo el mundo". Lo logró Andy, que reitera obsesivamente las
imágenes trilladas incluyendo las condiciones del proceso indus-

256
trial donde fueron originalmente gestadas. Sin duda, un artis-
ta con olfato de sabueso para descubrir bisuterías. Pensemos en
un recopilador; un divulgador que atraviesa calles y autopistas
rastreando modas, tendencias, imposturas, redimiendo lo mis-
mo las ofertas de consumo que la muerte concretada como
basura mercantil. Y algo que tenemos que reconocerle a Warhol
es que logre producir la transfiguración de imágenes trilladas,
valiéndose de refinadas alteraciones cromáticas; en ello reside
una de las claves de su magia plástica.
Warhol, como la mayoría de los artistas pop, reproduce lo ya
producido, rediseña, recrea imágenes a la vista. Reconoce la
sopa Campbell's y la Coca-Cola como el denominador común, y
comparte asimismo el culto masivo hacia el star system. Median-
te duplicación de la imagen de la Mona Lisa, recicla y parodia
irónicamente la obra de arte paradigmática, y no deja de ve-
nerar lo que todos veneran, el dólar. Cierto: Warhol toma de
la calle las imágenes de "sus" obras, potenciándolas en series
y sin ocultar el plagio perpetrado, renunciando a la par a la
identificación del arte con la manualidad, el oficio artesanal
o la obra única. Warhol ha entendido; no hay otra realidad
que la de las imágenes circundantes tamizadas por los medios
de masas ( etiquetas, empaques, anuncios de publicidad ... ): ni
rostros naturales, ni cosas en estado bruto, ni presencias virgi-
nales. Tal será -Polaroid mediante- la convicción: el estilo lo
hacen los media.
Tenemos el registro, ya repetido miles de veces, de imáge-
nes que nos seducen y nos abruman, plasmadas en espacios
ayunos de ilusionismo tridimensional, sin sombras y, por tanto,
sin volumen; superficies estrictas que exigen, en consecuen-
cia, recorridos netamente visuales. Warhol repite los géneros
clásicos: retrato, bodegón, algo de paisaje pero como simulacro,
porque en su obra impera la representación del simulacro exis-
tente. Y todo cabe en el baratillo: Superman, Popeye, Batman, el
beso-vampiro de Bela Lugosi. Quién puede quejarse cuan-
do, potenciando el poder de imagen con cierto coloreado lle-
no de hechizo, el artista encumbra el rostro aislado del mito
carnal e inalcanzable: Marilyn. Labios rubicundos y sensuales,

257
temple de ánimo melancólico y mirada distraída, exceso de
maquillaje y una sonrisa cómplice que ni siquiera los dientes
sintéticos pueden desnaturalizar. Signos, gestos tras los que se
oculta una fragilidad extrema; estereotipos que inmortalizan la
imagen de seres mortales, efímeros, evanescentes como lo fue-
ron Ginger, Liz yJackie; o en la otra esquina Elvis,Jagger, Beuys,
James Cagney, Marlon, Mao o el Che.
Iconos modernos, encantadores, depresivos, poderosos o
audaces, fracturados siempre. Como si Warhol tratase de per-
manecer en la cuerda floja, de recrear el panorama deslum-
brante de imágenes que, en su presencia reiterada, producen
angustia. Sus autorretratos delatan, por cierto, que Warhol es
en cierta medida un advenedizo de la sociedad del espectácu-
lo. Y ya que estamos aquí, pienso que posiblemente estamos
ante el más grande retratista de la segunda mitad del siglo XX;
retratos de alguien capaz de revelar las intimidades que subya-
cen bajo la superficie de los iconos profano-consumibles. ¡Y sus
autorretratos! Hay en ellos como un pudor, un ocultarse a la mi-
rada de los otros. Los autorretratos lo muestran como alguien
que está adentro y afuera de la sociedad del espectáculo, como
un individuo precario que tiene un pie al lado de la muche-
dumbre y otro en plena soledad. Lo cual explica que parte de
su rostro permanezca siempre a resguardo. Impenetrabilidad
perceptible asimismo en los retratos que hace de otro artista,
Joseph Beuys. Andy, quien siempre se encuentra en estado de
ausencia. Andy, cuyas obras no son suyas; quien se representa
desolado, perdido, ausente, gélido, distante, pues sabe bien que
tras la superficie de las cosas impera la barbarie.
Lo pienso, pienso que Warhol es, en el fondo, un artista trá-
gico que detecta, en el corazón de la banalidad, el tedio de la
vida moderna, e incluso la catástrofe, la descomposición y el
horror que la acosan por doquiera casi como un hecho natu-
ral. Accidentes de auto, silla eléctrica, asesinatos anónimos,
apaleamientos de hombres de raza negra, homofobia, lucha
de todos contra todos ... y la bomba atómica de trasfondo. Mi
parecer es, en suma, que la obra de Warhol se entromete en
el corazón de la sociedad del espectáculo, y utiliza los medios

258
de comunicación y lá mecánica de la reproductibilidad técnica,
guiado por el propósito de mostrar, por una parte, el proceso
de homogeneización de las conciencias en torno a las imáge-
nes inscritas en la mercancía estetizada (incluidos los personajes
mediáticos), mientras que por la otra, y valiéndose de las mis-
mas imágenes utilizadas por el sistema, saca a la luz la violencia
y sus desastres subyacentes.
Tras manipular imágenes consumidas, que son o fueron no-
ticia, Warhol nos hace ver lo que en esencia pasó desapercibi-
do: la indiferencia ante la muerte. Porque el tema de Warhol
es la muerte norteamericana (moderna, por lo tanto) paten-
te en la serie Death and Disasters (Muerte y desastres). A lo que no
escapa el reconocimiento de la ruina final de la mercancía pa-
tentizado en el estado de caída de los otrora brillantes y seduc-
tores empaques: etiquetas desprendidas y ultrajadas, sucias, en
donde el aluminio que les sirvió de soporte acaba convertido
en herrumbre. De lo hasta ahora expuesto, podemos deducir
que Warhol elige imágenes paradigmáticas de la sociedad del es-
pectáculo para, a renglón seguido, prescindir de lo irrelevante
en pro de acentuar lo sustantivo. Para él no se trata, entonces,
de agregar algo exterior -un mensaje político, un sermón mo-
ral, una consigna ideológica- a lo ya dado por el mundo coti-
diano, sino de mirar lo mismo de otra manera, de hacernos ver
de nuevo el sinnúmero de imágenes que de tan manoseadas
han dejado de percibirse en profundidad.
Lo que sus críticos no quieren comprender es eso: que la
apuesta de Warhol no consiste en proponer una realidad al-
ternativa, sino en descubrir la diferencia en lo ya dado. Que
nuestro artista sospeche de los paraísos terrenales escatológicos
concebidos por ciertos pensadores políticos y por determi-
nados filósofos, presuntamente comprometidos en la eman-
cipación de los pueblos, no lo convierte, tal y como lo piensa
la izquierda del bloque, en el publicista de lujo de las empre-
sas transnacionales. Ése es el punto: a Warhol se le crítica por
lo que a mi entender es una virtud antes que un defecto: no
participar del hechizo de las fórmulas petrificadas y totaliza-
doras propaladas por los pastores de almas "revolucionarias".

259
Y es que a nuestro artista le basta y sobra con descubrir un mun-
do herido y tocado de muerte tras la pantalla cegadora de la
mercancía-imagen, lo cual es una forma de negación determi-
nada que realiza, no lo olvidemos, un individuo que resiste a
distancia y bajo el resguardo de The Factory.
Que rabien, Andy, que las almas bellas e ideológicamente
infalibles rabien; tú hiciste lo tuyo.
Son muchos los artistas que prueban, que quisieran acariciar
la fama con el pop, pocos los que destacan. Lichtenstein está
entre estos últimos. Refinado dibujante que trabaja con bata
blanca, preciso, limpio. Capaz de tomar cualquier imagen naci-
da en los media y elevarla al gran arte en tanto, en rigor, sigue
creyendo en el arte culto y sus estructuras plásticas sustentantes.
Para lograr sus propósitos se vale, en general, de enormes telas
en las que encarna fragmentos con imágenes monumentaliza-
das sacadas del cómic y tratadas como formas cerradas median-
te duros, exactos e inequívocos contornos que reposan sobre
fondos punteados con puntos bendéi, y que reproducen la trama
del papel impreso. Pintura de laboratorio, austera e intelectual,
apoyada en superficies lisas y pulidas. Blanco, negro, siempre
pocos colores. Lichtenstein toma distancia, registra, somete to-
do lo que toca a un diseño común que otorga, a los elemen-
tos de cada cuadro y al conjunto de su obra, un aire de familia
distinguido y distintivo. Lichtenstein no desperdicia la ocasión
para hacer gala de una fina ironía. Pensemos por ejemplo en
el texto incluido en un célebre cuadro: Why, Erad darling, this
painting is a Masterpiece! My, soon you 'll have all of NEW YORK cla-
moring Jor your work! (Por qué, Erad cariño, ¡esta pintura es una
Obra Maestra! ¡Pronto tendrás a todo Nueva York aclamando tu tra-
bajo!)
Nada escapa al sistema de ordenamiento estilizado del pin-
tor: tiras cómicas, templos griegos, espejos, naturalezas muer-
tas ... Lichtenstein pone siempre entre comillas sus emociones,
lo cual le permite dar cuenta, digamos que objetivamente, de
las grandes y las pequeñas miserias del mundo: nacionalismos y
armas portadoras de extrema violencia ( Takka Takka; Whaam!),
escenas de amantes furtivos o el llanto congelado y melodra-

260
mático de algún personaje de cómic, sin faltar el gesto típico
del gángster. De la cultura plástica de Lichtenstein, dan cuenta
las deudas, confesadas en su obra, con la historia de la pintu-
ra: Vermeer, Cézanne, Seurat, Picasso, Mattise, Léger, Mon-
drian, Hokusai, Arp, De Kooning, Pollock ... Sin duda: se trata
de un juego irónico. Lichtenstein configura las imágenes ma-
noseadas que utiliza dentro de patrones constructivos prove-
nientes de la pintura culta, los cuales, a su vez, pierden el aura
y el distanciamiento que les diera origen. Por otra parte, y si-
guiendo el ejemplo de Rauschenberg o de Jaspers Johns, su
obra oscila entre las formas nacidas de la soledad del estudio
y las nacidas para servir a la muchedumbre. Tenemos así imáge-
nes populares recodificadas en el paso del tratamiento tecnoló-
gico al artesanal;junto con imágenes que recrean linealmente
los chorreados y salpicaduras del expresionismo abstracto.
Lichtenstein, por cierto, practica también el arte puro en
la serie de los Espejos. Hablamos de un ejercicio de estilo me-
cánico capaz de homogeneizar todo lo que recrea, lo mismo
un templo griego que una naturaleza muerta, o la paráfrasis
de un cuadro famoso, que la reproducción de cualquier repro-
ducción. Lichtenstein acaba siendo víctima de su propio sistema
pictórico, buena muestra es el estilo reiterativo y académico que
preside sus últimas obras en las que repite, cuadro tras cuadro,
una fórmula similar en la que se verifican, rescriben y repiten
los códigos provenientes de un lenguaje petrificado. Si nos atre-
vemos a hablar de un Lichtenstein finalmente caído en la ruti-
na, es porque sus obras lo delatan; delatan que murió por mano
propia, por insistir en fórmulas resueltas, en las que no se trata
ya de poner sobre el lienzo un mundo de imágenes re-creadas,
sino, más bien, de disponer rutinariamente la lógica de una
elección carente de savia vital.
¿Qué decir del lavabo con florecitas? ¿O dei' anhelado bedroom
amueblado en el marco de un decorado amable dentro de un
ambiente confortable y de innegable mal gusto, propio para
que la gente bonita haga exordio de la suciedad y la violencia
callejeras? Sí, hablamos del kitsch absoluto vindicado por Olden-
burg. Todo tan norteamericano y tan aseado: lo seudobello, lo

261
seudosublime, lo seudoaristócrático. Oldenburg no se detiene
ante nada: el cursi birthday cake, el ice cream cone, el lunch-box...
Una burla, sin duda, una burla cruel de los refugios concebi-
dos para aniquilar la angustia de las almas bellas atrapadas en
la lógica material y espiritual del sistema de la mercancía to-
tal. Cierto, Oldenburg no deja de ser un innovador. Me refiero
ahora a sus esculturas blandas y mutables que mucho le deben a
Dalí (recuerdo el memorable Sofi Toilet), o a los célebres monu-
mentos que consagra a las cosas más comunes, desde la pinza
de colgar la ropa al enchufe casero, pasando por el encumbra-
miento de la colilla de cigarro. Asimismo, no es posible ignorar
el papel decisivo que tuvo Oldenburg en la creación y difusión
del happening. En efecto, consiguió lo que se propuso, a saber:
un arte fiel a la vida misma, "que se puede fumar igual que un
cigarrillo".
Por su parte, Wesselman, al recorrer espacios íntimos, retiene
lo único que merece ser retenido: la sensualidad evanescente.
Adviértase que Wesselman, Matisse mediante, dota de un refi-
nado gusto erótico y estético todo lo que toca. Ello por medio
de la construcción de formas nítidas, equilibradas que poten-
cian un sinnúmero de sugestiones, así como de modos surgidos
en el diseño publicitario. Percibamos el humo del cigarro en
convivencia con esos labios-lengua abiertos a Eros, sin faltar el
rouge; los generosos pezones en flor; la combinación de colo-
res que destacan sobre planos que semejan papeles recorta-
dos. Notemos en el primer plano, la naranja afrodisiaca que
anuncia la expulsión del paraíso hacia los manes de la tierra;
tras ello, un rostro inmaterial en pose de entrega. Tal es el jue-
go: desnudos que son un guiño a Modigliani ( Great American
Nude 54), combinados con naturalezas muertas que duplican
el anuncio callejero dentro de una atmósfera de set cinemato-
gráfico. Arabesco, ornamentación, finura, espacios limpios que
registran el rito hogareño del baño diario de una mujer cual-
quiera -observado por el voyeur oculto-, figura plana entre fi-
guras planas, tan natural, tan entregada a su propio goce, tan
inocente. Percibamos otra vez; dejemos que el placer intelec-
tualizado nos atrape en su elegante red.

262
Ya aquí, quisiera hacer una digresión. Si el pop ha vindicado
algo en términos plásticos, es el gusto y la mirada, lo cual no
es poca cosa. Cualquiera que haya ojeado un manual de esté-
tica, sabe que el placer o gusto fue algo condenado por cierto
arte religioso al igual que por determinadas teorías filosófi-
co-especulativas, o incluso por artistas de vanguardia a lo Du-
champ, en el entendido de que la dimensión hedonista le resta
profundidad al arte, lo banaliza. Empero decía ya el filósofo
trágico, Nietzsche en persona, que el placer es más profundo
que el dolor. Respecto a esto sólo me queda decir que las con-
denas a una forma determinada de ejercer el arte me parecen
peligrosas y pueriles, pues el arte es un territorio abierto en don-
de cabe lo sublime y lo inmediato, el placer y el dolor, la tra-
gedia y la comedia, lo alto y lo bajo ... ; que cada quien haga su
apuesta. También la mirada ha sufrido el desprecio, sobre todo
de parte del conceptualismo tautológico, empeñado en reducir
el arte a filosofía, y lo que es peor, a la filosofía logocéntrica.
Lo grave así es que el despliegue de la visualidad exuberante
quiere ser contrarrestado con teorías ascéticas, provenientes de
entramados lógico-conceptuales que repudian las derivas del
cuerpo y de la sensibilidad; es el nuevo puritanismo, el puritanis-
mo cientificista enseñado en las renovadas facultades de filoso-
fía. Los adeptos del pop, dicen bien: que con su pan se lo coman.
Volvamos a lo nuestro, al pop, ahora guiados por la mirada
de Rosenquist, un pintor muy norteamericano en su poética
plástica. Pocos como él han registrado, con suma paciencia y
a lo largo de una carrera artística, el paisaje de la ultramoder-
nidad, que no es otro que el paisaje hipermoderno inscrito en
las vallas publicitarias. Obras enormes, macroscópicas, espec-
taculares. Fragmentos monumentalizados de un transeúnte que
lleva en la memoria el sueño americano. Publicista al fin, Ro-
senquist guarda apego a las imágenes combinadas de manera
inconexa que su obra convoca, no faltando nunca el reciclaje
de Magritte. Cuando es necesario comprometerse políticamen-
te, asiste con puntualidad a la cita desatando las iras del poder;
el gigantesco mural F-III, 1964-1965 (Museo de Arte Moderno
de Nueva York), repulsa decidida a la guerra de Vietnam, lo

263
prueba con creces. Obra maestra por donde se la examine,
representa el poder destructivo norteamericano con todas sus
consecuencias: basta aquí el fuselaje de un F-III que sobrevue-
la sobre el mundo de imágenes espectacular, para descubrir la
barbarie que subyace tras la máscara encubridora del sistema
de la mercancía. ¡Y la imagen de la niña sonriente con cara de
muñeca bobalicona tocada por un aparato para rizar el pelo,
convertido aquí en un casco de aviación, es sencillamente ma-
gistral!
Rosenquist capta, en suma, la paranoia norteamericana, la
visión de un paraíso que se siente amenazado por el mal exte-
rior, el mal son los otros, sin aceptar que se encuentra en rea-
lidad carcomido por la violencia interior. Sordamente pues, sin
protagonismo, nuestro artista atisba en la epidermis de los me-
dia la verdad de un mundo convulso. Rosenquist no se duer-
me en sus laureles, sus últimas obras muestran su experiencia
con la poética de la luz neón, poética de colores atmosféri-
co-artificiales que, desde luego, no curan a nadie del miedo
ancestral a lo extraño reduplicado en el terror a los presagios
apocalípticos inscritos en el mundo presente. Oigamos sus pala-
bras sobre la relación entre pintura y barbarie contemporánea
(se refiere a F-JII): "Pensé en hacer una pintura que rodeara
una habitación entera, que cubriera todas las paredes. Una
habitación casi sin aire, de aspecto tétrico que contuviera me-
táforas de la nada, de la destrucción total".
Hay artistas pop, pienso ahora en Ed Ruscha, que le dan a
ciertos cuadros ( el emblemático óleo sobre lienzo Large Trade-
mark with Eight Spotlights, 1962) un marco constructivo y unas
calidades plásticas surgidas del cine, en primer lugar el uso de
las letras que simbolizan al sello del productor con el que se
da inicio a una película y, desde luego, el manejo del color. Al
contemplar algunas de sus obras se tiene la impresión, en efec-
to, de estar ante una pantalla de cine. Ruscha gusta, además, de
realizar cuadros impersonales, casi fotográficos, de gasoline-
ras y símbolos comerciales. No todo en el pop es negación de lo
antecedente, por ejemplo, los cuadros de Robert Indiana de
números y signos acompañados de ~~ferencias afectivas (Eat,

264
Die, Lave... ), mantienen un diálogo formal con el abstraccionis-
mo pospictórico inexpresivo y de contornos duros ( hard-edge).
Y si del regusto exacerbado por lo kitsch hablamos, nadie den-
tro del pop como Mel Ramos; su Hippopotamus (1967) no tiene
parangón al respecto y, así lo creo, sólo en Estados Unidos se
cuenta con estómagos capaces de degustar tamaño empalago
plástico.
El pop consuma su efímera vida en el fotorrealismo pictórico
y ultraverista: imágenes frías que congelan al espectador, obras
descarnadas e intachables, realizadas con técnica esmerada,
virtuosa e impersonal, que dan lugar a imágenes fieles, puntua-
les, escritas en signos carentes de alteridad, y en las que que-
da impolutamente registrado el mundo a la mano (sin echar en
falta el tipo señora que va de compras al supermercado). Imá-
genes en que la segunda naturaleza, la naturaleza artificial,
consuma su triunfo sobre la naturaleza primera en el marco de
un ilusionismo visual que suscita -tal es la intención- el eclip-
se de la alteridad en nombre de la representación absoluta o
hiperreal de lo que esta ahí; hecho que, al sobrecargar la rea-
lidad de más realidad, dota a las imágenes presentes con los
caracteres de una plenitud absoluta carente de profundidad y
de polivalencia. Jean Baudrillard lo dice pronto y claro:

Queremos acumular, acrecentar, agregar cada vez más, vol-


viéndonos incapaces de afrontar el dominio simbólico de la
ausencia. Por eso mismo estamos hoy sumergidos en una
especie de ilusión inversa, una ilusión desencantada: la ilu-
sión material de la producción, la ilusión moderna de la pro-
liferación de las imágenes y de las pantallas.

Derrocado lo inasible e insondable, el arte queda igualado


con un positivismo chato que cancela su diferencia y cae bajo el
embrujo de la pantalla cegadora de la sociedad del espectácu-
lo. Ante ello, surgen interrogantes insoslayables: Baudrillard:

¿Habrá todavía una ilusión estética? Y si no la hay, ¿habrá


una vía hacia una ilusión transestética? ¿Habrá todavía una

265
vía radical hacia el secreto de la seducción, de la magia? ¿Ha-
brá todavía, en el confín de la hipervisibilidad de las cosas,
de su transparencia, de su virtualidad, lugar para una ima-
gen, lugar para un enigma, lugar para acontecimientos de
la percepción -acontecimientos nuevos de la percepción-,
lugar para una fuerza efectiva de la ilusión, para una verda-
dera estrategia de las formas y de las apariencias?

Podría agregarse: ¿el arte de hoy es la publicidad? ¿El arte


es el mercado? ¿Todo es arte y por lo tanto el arte ha muerto?
No es mi intención dar aquí respuesta. El hecho es que en los
años sesenta hubo también un pop duro, subversivo, francamen-
te contracultura}: otras formas de percepción, otras imágenes,
otra manera de tratar con el cuerpo y con el deseo. Allí don-
de las imágenes fotorrealistas se conformaban con dar cabida
a una gris arquitectura urbano-funcionalista, apenas sensuali-
zada con el color de los anuncios forjados en el mundo de la
publicidad, allí mismo, la contracultura ensucia las paredes con
la poética del graffiti, borrando al paso las representaciones
del simulacro. Romper o rasgar algo que no es de nuestra au-
toría, inscribir en las paredes públicas nuestro signo rebelde y
hermético -''Yo, se trata de mí,Jorge"-, significa en efecto, salir-
se del límite impuesto por la ley de la intolerancia que vampiri-
za los cuerpos. Traidores a la sociedad de consumo, instalados
en el espacio marginal de la provocación crítica, cansados de
ver y de volver a ver el despliegue omnipotente de la mercan-
cía estético-espectacular que la convierte ante nuestros ojos en
algo fatal, que nos condena a la impotencia, los afirmadores
de la diferencia no tienen más remedio que tachar los espa-
cios oficiales, desequilibrarlos, herirlos e infectarlos con el ve-
neno de la marginalidad insurgente.
Leo a la contracultura del pop duro como la pesadilla del
mundo normal, como su legítimo bastardo que pone en ple-
na luz aquello que el mundo oficial censura u oculta; y que lo
hace, aun sea en las inquietantes estaciones del metro, o en
paredes sucias o relucientes. Se asiste así a una revuelta que afir-
ma el margen en una ciudad que súbitamente carece de due-

266
ño, en cualquier instante, a la vista de cualquiera y valiéndose de
letras e imágenes negras que parodian o destruyen las sujecio-
nes aniquilan tes que atentan contra la libertad y la creatividad.
Pensemos en un enfrentamiento franco entre la moral sacer-
dotal, propia de "ranas viejas y aburridas", y la moral transva-
loradora que acoge y potencia los márgenes y en donde caben
todos los expulsados -vagabundos, errantes, militantes del
amor y paz, rockeros-, allí mismo, en el no lugar donde se toca
el clarín del juicio final contra las costumbres reactivas: muer-
te del poder, muerte de la familia, antipsiquiatría, muerte de
la rutina, muerte a la mala conciencia; fiesta más fiesta menos,
hasta terminar de una buena vez con la castración estándar de
los cuerpos.
La exacerbación de los márgenes no hace sino proferir un
¡basta ya! a la lógica combinatoria del cálculo mercantil e instru-
mental, sus cuentas, sus técnicas, su apatía deseante; ese arse-
nal de artefactos y de modelos de comportamiento codificados
que declaran cancelada la era de la tierra y de los dioses, del
temblor y de las pasiones radicales. Yla policía persigue, y el Es-
tado brama. Para los defensores del simulacro, la física del
graffiti semeja un horrendo crimen, una mancha pestilente,
el uno de tantos teme, ciertamente le teme a los signos que aco-
meten, provocan, desafían. Pero la mancha crece, se infiltra en
la sociedad de consumo como un disolvente e intenta instau-
rar el imposible de pervertir por entero a la moral gregaria y
enferma, haciendo que estalle lo que reprime y desarticulan-
do sus coartadas. Seguramente los críticos de arte esterilizados
podrán probarnos, con la ayuda de los modelos egregios de
la historia del arte, que el arte de los márgenes es a menu-
do convencional, dado también al estereotipo, etcétera, y que,
en consecuencia, no da la talla. Hay casos y casos. Pero nadie
puede borrar la aventura.
La irrupción de la contracultura es, en fin, el advenimiento
de la prostitución intempestiva. Los hay que van hasta el final,
y por lo que respecta a la irreverencia del graffiti tenemos que
nombrar al más radical:Jean-Michel Basquiat (1960-1988), de
ascendencia puertorriqueña y haitiana, negro y yonqui, muer-

267
to por una sobredosis de heroína en Nueva York, a la edad de
veintisiete años. Es la odisea de un artista marginal que, sin re-
cibir lecciones de nadie, le devolvió a la pintura la espontanei-
dad y la energía perdidas en el simulacro fotorrealista: lienzos
que dejan ser al espacio y acogen simultáneamente palabras
escritas lo mismo en español que en inglés, auténticos dardos
subterráneos, sin faltar máscaras que muestran los dientes y en-
cubren rituales arcaico-arcanos, frases inconexas por doquiera;
todo ello sostenido en un andamiaje estructural cuya arquitec-
tura responde a trazos toscos y plásticamente expresivos que
reposan sobre un color en estado salvaje, sin decantar, sucio
de intensidad, instintivo, como borrones, como manchas. Pin-
tura del golpe espontáneo que recuerda el toque, el tono im-
previsible del saxo jazz. Warhol acoge la apuesta del rey zulú.
El artista cínico protege al héroe. Los dos extremos se hacen
eco, trenzan juntos la doble imagen del simulacro: uno eleva
las artes plásticas al estado de mercancía absoluta, el otro pone
ante los ojos el lado oculto e inconfesable que subyace al es-
cenario significante/insignificante de los media. La estrella y
el héroe, el cínico y el rebelde, forman el díptico de la era del
vacío. Tras su muerte, el teatro del arte ligado a la sociedad
del espectáculo cierra las puertas; señoras, señores: la esceni-
ficación del pop ha concluido.

268
LA BARBARIE DEL IMPERIO Y LA "BARBARIE" DE LOS
BÁRBAROS: COETZEE, UNA LITERATURA EN EL
BORDERLINE
• Raquel Serur

A manera de presentación

En una conversación con el profesor Colin v\Thite llegamos a


una conclusión: el escritor vivo que mejor maneja la lengua
inglesa es sin duda John Maxwell Coetzee. En efecto, como
pocos logran hacerlo, Coetzee es capaz de moldear la lengua
inglesa a su antojo, lo que le permite encontrar siempre el to-
no narrativo adecuado para cada una de sus novelas. Como su-
cede sólo con los grandes escritores, una vez que caemos en la
red de su narración, nos envuelve en ella como una araña po-
derosa, para ser devorados por una prosa en la que cada fra-
se depende del todo y el todo de cada frase. Pero esta eficacia
narrativa es sólo el rasgo más evidente de la muy alta calidad de
su obra novelística, como intento mostrar en lo que sigue.
¿Formación? Coetzee, además de sus méritos como novelis-
ta, es lo que en nuestro medio llamamos un académico duro.
Su educación media la cursó en una escuela católica de la or-
den de los maristas en Cape Town. Consecutivamente se graduó
con honores de las carreras de Matemáticas y de Letras Ingle-
sas. Consiguió un trabajo como programador de computado-
ras en la IBM de Inglaterra que abandonó después de tres años
para ingresar a la Universidad de Texas en Austin. En 1968 ob-
tuvo su doctorado en Literatura Inglesa, Lingüística y Germa-
nística. Trabajó un par de años como asistente de profesor en
la SUNY Buffalo y regresó a Sudáfrica para enseñar en la Univer-
sidad de Cape Town de donde es profesor emérito. Actualmen-
te tiene un puesto honorífico de investigador en la Universidad
de Adelaide, en Australia, y regularmente imparte cursos en uni-
versidades norteamericanas.
¿Premios? Muchos y muy variados. Entre ellos cabe destacar
el afamado Booker Prize, ganado dos veces por él con sus no-

269
velas The Life and Times of Michael K y Disgrace. Llegó a la cúspi-
de hace un par de años, cuando hizo suyo el codiciado premio
Nobel.
¿Lectores? Quizás su novela más leída sea Disgrace, segura-
mente la más lograda. Sin embargo, su producción es muy vas-
ta y abarca títulos como Dusklands, In the Heart of the Country,
Foe, Age of !ron, Slow Man, etcétera.
A pesar de ser un autor tan prolífico y tan ampliamente reco-
nocido es interesante apuntar que precisamente en su tierra, en
su Sudáfrica natal, es menos frecuentado que en otras latitu-
des. Con el calificativo de "too dark and depressing" ("demasiado
oscuro y deprimente"), un importante crítico literario sudafri-
cano lo descartó de un plumazo, y lo hizo con éxito. Me parece
incluso que sus novelas y ensayos son más conocidos y aprecia-
dos en muchos países de habla hispana que en la propia Sudá-
frica o en los países de habla inglesa.
Quisiera aventurar una hipótesis acerca del porqué de esta
situación.
De manera reiterada e incisiva, desde los múltiples ángulos
que conforman su prisma literario, Coetzee hace hincapié en
una serie de abominaciones sin las cuales resulta insostenible
la así llamada "civilización occidental". Coetzee escribe desde
el dolor intenso que le produce haber nacido en un rincón del
mundo donde todas las contradicciones del capitalismo peri-
férico se dieron y -según su visión en Disgrace- se siguen dan-
do de la manera más virulenta y brutal; donde "lo humano"
está reservado para los de raza blanca, mientras a los de raza
negra les corresponde un estatus impreciso de lo "humanoi-
des" o "cuasi-humanos". Así de simple.
El peculiar racismo del apartheid sudafricano aparece en las
novelas Coetzee, pero no de manera obvia o panfletaria; lo ha-
ce mediante alegorías sorprendentes construidas sólo a partir
de ciertas cristalizaciones del dolor. Son alegorías que alcanzan
esa universalidad que muchos buscan y muy pocos logran, pues
revelan la situación fundamental de desesperación y desam-
paro en la que se encuentran millones y millones de seres hu-
manos en nuestro planeta Tierra.

270
Sus escritos, como los de Elizabeth Costello, el personaje que
es la contraparte femenina en la novela del mismo nombre,
versan sobre las formas modernas de la inhumanidad, practica-
das sobre los perdedores, incluidos los del reino animal; sobre
los límites de la razón y lo ineluctable del mal; sobre la censu-
ra soterrada y el valor crepuscular de las humanidades.
Sus preocupaciones se centran en los dilemas humanos más
graves y profundos y en la historia de los mismos.
"¿Qué significa para usted ser una escritora australiana?
Australia es un país que queda muy lejos." Le preguntan a su
personaje Elizabeth Costello, y ella contesta: "¿Lejos de qué?" 1
De Estados Unidos, el nuevo centro imperial, ciertamente, pe-
ro también de Europa, el viejo centro imperial, y las exigencias
de su tradición intelectual.
Coetzee no quiere entretener al lector, no aspira a divertir-
lo. Su ficción es de una exigencia implacable y es una invita-
ción irónica a pensar el mundo en el que habita el lujoso lector
que, ya por serlo, puede hacerse un tiempo para leerlo. Por lo
mismo, muchos de sus lectores que están inmersos en la lógica
del capital encuentran en él a un escritor que sin duda escri-
be muy bien pero que "desperdicia" esa capacidad de escritura
malgastándola en escritos "deprimentes", "oscuros", "desagra-
dables", condenándola de esta manera al olvido en la academia
y en las disquisiciones de los especialistas.
¿Personalidad? Acorde con el tipo de escritor que es, Coetzee
vive alejado de los reflectores. No circula como lo hacen otros
escritores del jet-set internacional. No suele conceder entrevis-
tas y es hosco socialmente, parco y hasta se podría decir que
poco gentil.
Desde el punto de vista de la vida social debe decepcionar
profundamente a sus "fans" porque no bebe alcohol, es vegeta-
riano, habla poco, etcétera. Incluso recuerdo haber leído que
en una reunión internacional de escritores en Adelaide (antes
de que adoptara esta ciudad como su lugar de residencia) un re-

1
J. M. Coetzee, Elizabeth Costello, Viking, Nueva York, 2003 (citado en ade-
lante como E. C.).

271
portero que no quería darse por vencido y quería lograr a toda
costa una entrevista con él debió reconocer que todo era inútil,
debiendo limitarse a conversar con un amigo íntimo de Coetzee,
quien le contó un particular que podría acercarnos al tipo de la
sensibilidad de este autor. Este testimonio,junto con la descrip-
ción que hizo de él, formaron el material de su artículo.
Describió que en la fiesta de escritores Coetzee permaneció
tímidamente en un rincón, sin mostrar interés por conversar
con sus colegas y observando atentamente lo que sucedía en el
salón. Respecto de sus tiempos libres, en los días del congreso
se pasaba dando paseos en bicicleta por Adelaide. Pero lo más
conmovedor del artículo y lo verdaderamente significativo fue
el testimonio del amigo de Coetzee. Le confió que, en sus via-
jes, Coetzee llevaba siempre consigo una cobija, la de su único
hijo, que había muerto en un accidente. Gracias a esta cobija
y por medio del olfato, Coetzee podía conservar la cercanía de
su hijo. El testimonio puede ser escalofriante, pero revela la
peculiar sensibilidad este autor, que permea toda su obra. Aca-
baba de leer entonces The Master of Petersburg, por lo que me
impresionó doblemente el constatar cómo era capaz de trans-
figurar este dolor tan personal en literatura. El ángulo peculiar
desde el que nos presenta a Dostoievsky descubre en el escri-
tor ruso al hombre agobiado por el sufrimiento _;de manera
parecida a la suya- por la pérdida de su hijo.
En fin, un escritor como Coetzee, con los temas que escoge
y la perspectiva desde la que mira el mundo, no podía ser un
escritor jovial, feliz de ser exitoso; un hombre de mundo, cul-
tivador de la persona, fuese la suya propia o la de los otros. Es
un escritor de sesenta y cinco años sumido en la duda, que vi-
ve la vida a través del sufrimiento y que no soporta el mundo
establecido, incluido el submundo de la cultura y de su indus-
tria. Seguramente, como su personaje Elizabeth Costello, se
pregunta: "¿Cuál es el propósito de escribir? ¿Para qué se es-
criben cosas difíciles que traen la intención de perturbar al
lector?" (E. C., p. 123).
El mundo literario y la celebración de la fama se ponen en
cuestión cuando Costello acepta un premio y dice: "El libro

272
que ahora homenajeáis dejará de ser recordado algún día. Y
está bien que así sea. Tiene que haber algún límite para la
obligación de recordar que ponemos sobre nuestros hijos y
nuestros nietos" (E. C., p. 17). 2

Borderline, frontier, boundary

Una vez hecha la presentación, quisiera abordar el tema de la


americanización de la modernidad desde una perspectiva po-
co común. Desde la literatura de un autor de ficción, como es
J. M. Coetzee, que aborda las formas de la vida moderna y esco-
ge situar la trama, la anécdota y a los personajes mismos creados
por él en los extremos más negativos a los que esta vida moder-
na puede llegar. Quisiera comentar de él dos novelas notables
por la calidad de su escritura y por la inquietud que produjo
en mí su lectura. No pienso leer ante ustedes un trabajo aca-
bado y completamente pensado, sino más bien lo que intento
es presentar una aproximación, un, balbuceo quizás, sobre una
serie de intuiciones que reconozco en este autor. Se trata de
compartir con ustedes una lectura de este autor que, según
me parece, no se ha hecho en el ámbito de la crítica literaria,
una lectura que surge, en parte, de las reflexiones que he he-
cho a partir del seminario sobre la modernidad. Se trata, pues,
de un trabajo en proceso al que quisiera dar forma ante ustedes
a fin de recibir sus comentarios y sobre todo su crítica, para, de
ser el caso, poder desarrollarlo de mejor manera.
Las novelas que quisiera comentar aquí son dos: The Lije and
Times aj Michael K y Waiting Jcrr the Barbarians. En ambas novelas
el escritor escoge un tono de alto dramatismo para comenzar,
del que no descenderá para dar respiro o concesión alguna a
sus lectores. Logra atrapar la atención desde la primera frase
pero advirtiendo desde la misma que no pretende entretener-
nos ni mucho menos mostrarnos algún resquicio habitable den-

2
"The book which you honor, will cease to be read and eventually cease to be
remembered. And properly so. There must be some limit to the burden of remembering
we place on our children and grandchildren."

273
tro del mundo. Lo que persigue es más bien justo lo contrario:
sugiere al lector que el mundo que él habita y al que supone
habitable en tanto que vive en él, y en él trabaja, duerme, des-
cansa, tiene hijos, etcétera, es un mundo que se ha vuelto ya in-
sostenible, esencialmente hostil a la existencia humana; le
invita a instalarse imaginariamente en la vida que se desenvuel-
ve en los márgenes de un proceso civilizatorio que está llegan-
do a los límites de su posibilidad de existencia, una vida que
invade ya y permea sutilmente el propio mundo del lector. Esos
márgenes en los que vive la mayoría de la gente en este plane-
ta y en los que pronto (como sugiere en Esperando a los bárba-
ros) sólo una minoría controlará los espacios habitables para los
"escogidos" de la especie humana,justificando esta barbarie me-
diante la calificación de "bárbaros" lanzada sobre todas las otras
formas de ser humano que no son como ella. Por lo mismo, la
frontera es uno de los principales temas que trabaja Coetzee,
y de una manera tal, que nos produce escalofríos, deslumbrán-
donos al mismo tiempo con el tratamiento que hace de él me-
diante su capacidad de novelar.
Coetzee sugiere que, en la modernidad del capitalismo desa-
rrollado, uno de los temas más preocupantes, lo mismo para los
seres humanos comunes y corrientes que para los Estados na-
cionales, es el de la frontera en su más amplia acepción. Para los
primeros, los migran tes, por una urgente necesidad de sobre-
vivir; para los segundos, los sedentarios, por una urgente nece-
sidad de excluir. Coetzee se sitúa en el intersticio, en el borderline
y explora la irracionalidad y la barbarie a la que conduce esta
confrontación de intereses contrarios e irreconciliables.
En la primera novela, La vida y la época de Michael K, Coetzee
aborda el tema de la frontera entre la vida y la muerte en un
territorio atravesado por la guerra, en donde la noción de la pa-
tria como una casa propia no existe para los desprotegidos,
para los "subhumanos"; en donde una persona que ha nacido
en un territorio y pertenece a una de las muchas generaciones
que nacieron allí necesita de un permiso especial para transitar
por él, para llevar a su madre a bien morir en su tierra natal.
Esta acción tan sencilla y tan humana se convierte en un

274
viaje imposible para K y su madre. Todo el aparato del Estado
se interpone mediante una burocracia absurda que no entien-
de de sentimientos ni le importan los problemas de la gente
común y corriente.

K no podía subirse al tren sin una reserva de asiento y un


permiso para abandonar la península del Cabo, declarada
en estado de alerta. La primera reserva que podría darle
era para el 18 de agosto, dentro de dos meses; en cuanto al
permiso, sólo lo concedía la policía. K le suplicó que le die-
ra una salida anterior, pero todo fue en vano: el estado de
salud de su madre no constituía una razón especial, le dijo
el empleado; al contrario, le aconsejaba que no lo mencio-
nara en ningún caso [M. K., p. 9V

El personaje es un jardinero que se distingue por la malfor-


mación de su rostro; viaja acompañado de una madre a pun-
to de morir de hidropesía y que en su vida productiva no era
más que una simple sirvienta; son seres que no le importan a
nadie y mucho menos a una burocracia que tiene que ver con
los formularios de solicitud y no con seres humanos que solici-
tan. Los verdaderos seres humanos, los que tienen la capa-
cidad de solicitar algo, tienen rostros regulares y no como el
que se describe en el párrafo con el que inicia la novela, que per-
turbó a los que lo miraron desde el momento en que nació,
incluyendo a su propia madre:

Lo primero que advirtió la comadrona en Michael K cuan-


do lo ayudó a salir del vientre de su madre y entrar en el
mundo fue su labio leporino. El labio se enroscaba como
un caracol, la aleta izquierda de la nariz estaba entreabier-
ta. Le ocultó el niño a la madre durante un instante, abrió
la boca diminuta con la punta de los dedos, y dio gracias al
ver el paladar completo.

J. M. Coetzee, Vida y época de Michael K., Mondadori, Barcelona, 2006


(citado en adelante como M. K.).

275
A la madre le dijo:
-Debería alegrarse, traen suerte al hogar.
Pero desde el primer momento a Anna K le disgustó esa
boca que no se cerraba, mostrándole un trozo de carne vi-
va. Se estremeció al pensar lo que había crecido en ella to-
dos esos meses [M. K., p. 9].

Con esta escena impactante inicia la novela The Lije and Ti-
mes of Michael K, escena que, contada, es como un golpe en el
estómago del lector: la poderosa imagen de un bebé cuyo la-
bio leporino le parece repugnante incluso a su madre es una
imagen que el lector sabe que abunda en el mundo que lo ro-
dea pero que cuidadosamente trata de evitar toparse con ella.
Justo por eso Coetzee la trae al terreno de la ficción con una
fuerza lingüística que la vuelve indeleble.
Al terminar de leer la novela, el lector se pregunta sobre la
descripción inicial, pues ese ser repugnante resulta ser uno de
los seres más nobles y puros que habitan el planeta Tierra. Ese
tipo de ser humano que pareciera ya extinto y que lleva como
fachada un rostro que hace que la gente lo rehúya es el que tran-
sita en un mundo repugnante que pareciera estar hecho para
acabar con todo lo bello, con todo lo vivo. A través del persona-
je, Coetzee enfatiza la importancia de otra frontera: la fronte-
ra entre lo tangible y lo intangible, lo evidente y lo secreto, en
un mundo en donde lo intangible o no ostensible se descarta,
mientras que lo visible y presentable es el pasaporte con el que
se transita en la vida. Un mundo en donde un hombre pobre
y presumiblemente de color, y además con un labio leporino,
está condenado de entrada a ser un marginado.
¿Cómo enfrenta el personaje de Michael K su físico y su mar-
ginalidad? Dedicado a lo suyo, a la jardinería; sin resentimientos.
El contacto con la tierra es su tarea en la vida y en ella se inser-
ta como parte de la naturaleza, llevando su silencio a cuestas.

K no tenía amigas a causa de su rostro. Estaba más cómodo


solo ... Sus parques preferidos eran los de pinos altos y sen-
deros oscuros de agapantos. A veces los sábados no oía la si-

276
rena al mediodía y continuaba trabajando solo hasta la no-
che. Se levantaba tarde los domingos por la mañana; los do-
mingos por la tarde visitaba a su madre [M. K., p. 10].

Esa vida apacible se ve interrumpida por la enfermedad de


la madre, su único sustento emocional, su única relación vital.
De pasada, Coetzee nos introduce al mundo de la enferme-
dad y nos muestra cómo, para la gente pobre, el acceso a un
hospital es comparable con el descenso a una suerte de infierno.
El pobre, sugiere Coetzee, no debe enfermarse pues su super-
vivencia radica en la salud que demuestre tener para trabajar
y ganarse un hueco como refugio para su restringido "tiempo
libre". El pobre, en definitiva, no puede enfermarse impune-
mente, pues si lo hace, si traspasa la frontera entre salud y en-
fermedad, su mundo entero se resquebraja y desmorona. "Antes
de ingresar en el hospital había pasado semanas en la cama,
incapaz de trabajar. Vivía con el temor de que se acabara la ca-
ridad de los Buhrmann" (M. K., p. 12).
Coetzee describe, con una escalofriante economía de len-
guaje, lo inhumano de la seguridad social en la sociedad capi-
talista, en un párrafo que no necesita comentario:

Hacía meses que Anna K padecía de una gran inflamación


en las piernas y los brazos; después el vientre también co-
menzó a hincharse. Ingresó en el hospital sin poder andar
y casi sin poder respirar. Pasó cinco días acostada en un pa-
sillo entre decenas de víctimas de puñaladas, palizas y heri-
das de bala que la mantenían despierta con sus lamentos,
desatendida por las enfermeras sin un momento libre para
consolar a una anciana, mientras los jóvenes a su alrededor
morían de forma dramática. La reanimaron con oxígeno al
ingresar, después le administraron pastillas e inyecciones para
rebajar la inflamación. Sin embargo, cuando pedía una cu-
ña, pocas veces había alguien que se la llevara. No tenía ba-
ta. En una ocasión, tanteando la pared para llegar al lavabo,
un anciano con un pijama gris la paró y, entre groserías, le
mostró sus partes. Las necesidades físicas se convirtieron en

277
una fuente de tormento. Cuando las enfermeras pregunta-
ban por las pastillas, les decía que se las había tomado, pero
a menudo mentía. Después, aunque la dificultad respira-
toria disminuyó, las piernas le picaban tanto que tenía que
tumbarse sobre las manos para no rascarse. Ya al tercer día su-
plicaba que la enviaran a casa, aunque evidentemente no
suplicó a la persona apropiada. Las lágrimas que derramó el
sexto día eran sobre todo lágrimas de alivio por escapar de
ese purgatorio.
En la recepción Michael K pidió una silla de ruedas que
le denegaron. Condujo a su madre los cincuenta pasos que los
separaban de la parada del autobús con el bolso y los zapa-
tos en una mano. La cola era larga. El horario pegado al pos-
te anunciaba un autobús cada quince minutos. Esperaron
durante una hora en la que las sombras se alargaron y el
viento se enfrió. Como no podía sostenerse en pie, Anna K
se sentó junto a un muro con las piernas extendidas como
una mendiga, mientras Michael guardaba el sitio en la cola.
Cuando llegó el autobús ya no había asientos libres. Michael
se sujetó a una barra y abrazó a su madre para que no se ca-
yera. Eran las cinco en punto cuando llegaron a la habitación
en Sea Point [M. K., p. 11].

La enfermedad de la madre y su última voluntad de termi-


nar sus días en el pueblo donde había nacido son el punto que
encuentra Coetzee para crear a partir de él una de las alego-
rías más logradas de la literatura contemporánea. K es la imagen
viva del desamparo. Es un alma pura, un ser solitario, extravia-
do en un mundo en donde la hostilidad, la crueldad y la indi-
ferencia prevalecen y en donde él sólo dispone del arma de la
resistencia pasiva para enfrentarlo. El enigma trascendental
que acosa a todo ser humano en algún momento de su vida:
¿a qué vine yo a este mundo? K lo descifra con esta clave: "le
habían traído al mundo para cuidar de su madre" (M. K., p. 13).
Por lo mismo, abandona todo lo conocido para emprender el
viaje sin retorno; la jornada al abismo de las dificultades sin lími-
te, de los impedimentos reiterados, del hambre, de la soledad,

278
etcétera. Inevitablemente, su madre muere y se la entregan,
convertida en cenizas, en una cajita de papel de estraza. K sabe
que no puede regresar a cuidar del jardín municipal pues su
"prescindible existencia" se encuentra indisolublemente uni-
da a esa caja de cenizas. Su misión en la vida, una vez muerta
su madre, es llevar sus cenizas a la tierra de los Karoo, a su ran-
cho, para que se integren al paisaje de su infancia, a la tierra
de sus antepasados. Sin permiso para transitar, logra sortear
todos los obstáculos y llega finalmente al rancho en ese pueblo
fantasma, abandonado por sus propietarios blancos y de don-
de los trabajadores de color habían sido expulsados segura-
mente por los temores surgidos al inicio de la guerra. En este
punto hay un parentesco interesante con Rulfo, que a los lec-
tores de habla hispana nos lleva a preguntarnos si Coetzee ha-
brá leído tal vez Pedro Páramo. Ya en el pueblo se instala en el
veld (campo) donde, como una epifanía, se le revela la nece-
sidad de plantar unas semillas de calabaza que ha encontrado
en la casa abandonada y cuidar de ellas para que la tierra yerma
vuelva a dar sus frutos. En medio de la barbarie, de una gue-
rra que no se sabe cuándo inició ni si tendrá un fin, Michael
K siente la necesidad de colaborar con esa tierra a fin de que
vuelva a dar sus frutos. Y no es una tarea que él haga con fines
utilitarios, sino más bien todo lo contrario. No es para vender
las calabazas, ni siquiera para comerlas, por lo que él quiere
plantarlas, sino simplemente para que la tierra no muera como
sí murió su madre y como sí murió todo lo que rodeaba al ran-
cho. K se alimenta de esta idea más que de los insectos y yerbas
que encuentra en el veld. Es esta necesidad la que le devuelve
su dignidad humana a él, que vive en el borde entre la vida y
la muerte de un organismo que apenas puede subsistir. Es pre-
cisamente en los bordes de lo humano que K siente la necesi-
dad de ejercer su humanidad plantando semillas de calabaza en
la tierra.
La ilusión de K se ve interrumpida por un familiar de los
dueños del rancho, un desertor de la guerra que con su pre-
sencia lo obliga a huir a los alrededores hasta que lo atrapan
y llevan a un campo de trabajos forzados. Testarudamente esca-

279
pa del campo para regresar a terminar su tarea. Son entonces
los guerrilleros los que aparecen y de los que se esconde. Ter-
mina al fin siendo capturado por los soldados del ejército, que
ponen una bomba en la casa y destruyen sistemáticamente to-
da su labor.

K se sentó con la cabeza entre las rodilla. Aunque tenía la


mente despejada, no podía controlar el mareo. Un hilillo de
espuma le rezumó por la boca; no se molestó en detenerlo.
La lluvia lavará cada grano de esta tierra, se dijo, el sol lo se-
cará y el viento lo dispersará antes de que la estación cambie.
No quedará un grano con mis huellas, igual que mi madre
que, tras su paso por la tierra, ahora está limpia, dispersa y
transformada en hojas de hierba [M. K., p. 135).

Lo que mata a K no es el hambre, es esta visión de una tierra


dcsertificada por el paso firme de una historia que no le per-
tenece y que ni siquiera le deja vivir al margen de ella. K, este
hombre sencillo, es descrito de la siguiente manera por la his-
toria oficial:

Según dicen, lo encontraron completamente solo en un lu-


gar apartado del Karoo, dirigiendo un puesto de apoyo a
la guerrilla que opera en las montañas, escondiendo armas
y cultivando alimentos, aunque claramente sin comérselos
[M. K., p. 135].

La frontera irreconciliable entre una visión del mundo y otra


radicalmente opuesta se trabajan de manera alegórica en esta
novela y, por lo mismo, K se transfigura simbólicamente en
muchos miles y millones de Michael K que viven de la ilusión
de trabajar la tierra, de alimentarla y verla ofrecer sus frutos;
mientras otros cientos de miles están ahí para impedírselo en
nombre de una abstracción, del nuevo dios de los modernos
que se llama Capital. Lo que hace Coetzee es correr el velo que
cubre al presente y hacer que lo que no está a la vista, lo que es-
tá bajo la superficie del presente, lo escondido, surja a la super-

280
ficie. El desamparo de Michael K y de su madre es el desampa-
ro en el que viven cientos de miles de personas en todo el tercer
mundo. La Sudáfrica del apartheid era tan sólo el modo más ex-
tremo en donde esta modernidad del capitalismo desarrollado
se mostraba de manera más radicalmente atroz por la mons-
truosidad que significa una segregación consagrada institucio-
nalmente.
Es evidente que Coetzee estaba reflejando de manera obli-
cua lo que sucedía en la Sudáfrica de 1984, donde las fronte-
ras entre blancos y negros se estaban viniendo abajo por los
movimientos libertarios que tenían lugar en ese momento en
su país. Como dice Nadine Gordimer "Coetzee escribe po-
niendo la piel de sus palabras bajo la piel de las víctimas de es-
tos tiempos modernos de Michael K".

La barbarie del Imperio y la "barbarie" de los bárbaros

La acción de la novela Esperando a los bárbaros se sitúa en la


frontera de un imperio imaginario con un espacio exterior,
la que atraviesan los bárbaros nómadas con el fin de vender
algo o de trocarlo por medicinas. La situación en la frontera es
difícil pero clara. La frontera existe entre un territorio y otro,
y tanto los de un lado como los del otro están conscientes de
que las pequeii.as incursiones bárbaras no son una amenaza
para el Imperio, sino más bien la ratificación de una relación
de dominio establecida y "aceptada" por ambas partes. Al me-
nos eso es lo que cree el magistrado hasta que las reglas del
juego cambian con la llegada a la frontera del coronelJoll, un
enviado del centro, encargado de la seguridad del Imperio. Con
su llegada se rompe una forma de gobernar y se hace evidente
que el Imperio ha dado un paso adelante.
Pero la frontera que se quiebra no es al exterior sino al inte-
rior del Imperio. Aparecen de pronto dos "políticas" o dos mo-
dos de ser del Imperio. Y lo que Coetzee muestra, de manera
sutil pero contundente, es cómo una y otra formas del Imperio
requieren de dos formas de ser humano distintas. La construc-
ción del personaje del magistrado es impecable en la novela.

281
Previo a la llegada del coronelJoll, el magistrado es un hombre
que tiene confianza en el Imperio; cumple su función de servi-
dor público con fidelidad a su gobierno; está orgulloso de ser
parte de una nación imperial y cree en ella. Por otra parte, su
relación con los bárbaros no es hostil. No deja de percibirlos co-
mo seres humanos extraños e incluso inferiores a él, aunque re-
conozca que no entiende a cabalidad ni su lengua ni su cultura
ni sus formas de comportamiento. Esto, irónicamente, no le im-
pide disfrutar de su capacidad erótica manteniendo relaciones
sexuales con mujeres bárbaras. Sin embargo, él percibe este dis-
frute como una suerte de tributo merecido; como una compen-
sación justa por vivir en la frontera y cumplir con sus funciones
con aptitud y entrega; para él son como una suerte de bono ex-
tra al que tiene derecho por saber cómo tratar con los bárbaros
sin dejar que éstos invadan el mundo de los privilegios imperia-
les o pretendan algún tipo de levantamiento o insurrección.
Éste es el estado de cosas cuando llega el coronel Joll, un
enviado del Imperio que viene a "poner orden" en la fronte-
ra en respuesta a informes acerca de un posible ataque de los
bárbaros.Joll es un burócrata que no se tienta el corazón para
cumplir la misión que el servicio secreto le ha encomendado.
Es parte del Tercer Departamento. El Tercer Departamento
tiene la certeza de que los bárbaros están preparando una rebe-
lión y, por lo mismo, ha encomendado aJoll que utilice todos
los medios necesarios para proteger la frontera. Es un hombre
entrenado para reprimir y torturar, medidas indispensables
para proteger "el mundo civilizado" que encarna el Imperio.
A pesar de que el magistrado, que es quien vive en la frontera y
la conoce bien, no ha percibido ningún peligro, tiene que obe-
decer las órdenes del coronel.
Mediante el contraste entre estos dos personajes, Coetzee
describe cómo a una forma de gobierno sin duda autoritaria se
le superpone otra todavía más rígida y brutal. Muestra cómo,
frente aJoll, el magistrado aparece como un hombre débil, lle-
no de sentimientos contradictorios, lleno de culpas, como un
hombre cuya conducta es en definitiva obsoleta e inadecuada
para el nuevo Imperio que requiere de hombres duros e inhu-

282
manos. La decencia elemental y humana del magistrado la
percibe J oll como una simple debilidad. Para J oll, el "otro" es
sin más un enemigo, y no se anda con miramientos para ani-
quilarlo si éste es el caso. Dos personajes, dos formas de ver el
mundo, dos maneras de gobernar. Un choque entre dos mane-
ras de percibir "lo moral": para el uno, como un sustento esen-
cial del ejercicio del poder y, para el otro, como un obstáculo
del mismo.

Cuando vuelvo a ver al coronelJoll en su primer rato libre


llevo la conversación al tema de la tortura.
-¿Qué ocurre si el preso dice la verdad -le pregunto-,
pero nota que no le creen? ¿No es una situación terrible? Ima-
gíneselo; estar dispuesto a confesar, confesar, no tener nada
más que confesar, estar destrozado y sin embargo ser pre-
sionado para seguir confesando. ¡Qué responsabilidad para
el que interroga! ¿Cómo puede usted saber cuándo un hom-
bre le ha dicho la verdad?
-Existe un tono especial -le dice Joll-, un tono especial
penetra en la voz del que dice la verdad. El entrenamiento
y la experiencia nos enseñan a reconocer ese tono [ ... ].
Al principio sólo obtengo mentiras, así es, primero sólo
mentiras, entonces hay que presionar más; luego el desmo-
ronamiento, tras éste seguimos presionando, y por fin la
verdad. Así es como se obtiene la verdad [E. B., p. 14] .4

El lector juega un papel fundamental en la definición de esta


contienda al interior del Imperio. Los dos personajes están ahí
para permitir al lector ver que la vida verdadera, si está en al-
gún lado, es afuera del Imperio. A pesar de la precariedad de
la existencia de los nómadas, se percibe que "lo humano" está
más bien con ellos, en ellos. Amenazados por la creciente difi-
cultad para subsistir y por el poderío del Imperio, los bárbaros
viven en un presente cruel que les ha arrebatado su historia y

4
J. M. Coetzee, Esperando a /,os bárbaros, Mondadori, Barcelona, 2004
(citado en adelante como E. B.).

283
sus formas de socializar. Es como si los bárbaros supieran que
tienen que resistir porque el huracán imperial, a pesar de su
fuerza devastadora, tendrá que pasar y ellos seguirán ahí, para
comenzar todo de nuevo.
La relación del magistrado con la mujer bárbara juega un
papel clave en la novela. Es a través de esta relación que el lec-
tor se vuelve testigo de un tormento interior que crece en la
medida en que crece su convicción de que "algo está mal" al
interior del Imperio. Por lo mismo se da a la tarea de reparar
el daño infligido a esta mujer a quien la tortura dejó inválida
y casi ciega. Una vez que se ha permitido ver la verdad de la
situación en que se encuentra el dominio imperial, sabe que
no puede ir en contra de sus designios, pero no por ello está
dispuesto a sacrificar sus principios. La frontera entre la con-
ciencia y la inconciencia se ha roto y su aceptación del "otro"
encarnado en la mujer bárbara es total. Arriesga incluso su pro-
pio sacrificio con tal de restituirla a su lugar, de devolverla a su
tribu. Es como si, mágicamente, con este acto, la situación de
los "otros" pudiera volver a la "normalidad" anterior a la pre-
sencia del coronelJoll. En este momento de la novela Coetzee
nos muestra al magistrado como un personaje cuya ingenuidad
lo lleva a su propio sufrimiento y destrucción paulatina. Coetzee
nos hace ver su inteligencia en acción, sus permanentes contra-
dicciones y sus enormes limitaciones. El Tercer Departamento,
por su parte, ve en el magistrado a un hombre que se ha con-
taminado por los bárbaros y, en esa medida, lo considera un
peligro y actúa en consecuencia. La tortura será también un re-
curso empleado en casos como el suyo.
La relación con la mujer bárbara es una relación extraña. Se
acerca a su cuerpo no para satisfacer sus necesidades sexuales,
lo que hace con una prostituta, sino para descifrar el misterio
del cuerpo torturado. La Historia dejó una inscripción en cada
poro de la piel de la mujer bárbara, una marca que él trata de
lavar, una herida que él intenta restañar. Lo que quiere el ma-
gistrado es desvanecer las inscripciones de una Historia que lo
avergüenza, que lo atormenta, que no lo deja vivir en paz. Las
inscripciones de violencia en un cuerpo joven, deseable pero

284
no deseado, son las palabras del lenguaje de la tortura; un len-
guaje que él no logra entender y mucho menos aceptar pero
que está ahí, en ese cuerpo de mujer, en esa historia personal.
Para él ese cuerpo es tan intrigante como las inscripciones en
las tablillas que encontró en las ruinas de esa tierra fronteriza y
que parajoll son la prueba fehaciente de su complicidad con
los bárbaros. A su pregunta de qué dicen las tablillas, el magis-
trado responde irónicamente haciendo alusión a las atrocidades
que Joll ha cometido. Supuestamente lee en este texto anti-
guo, en estas indescifrables inscripciones, una situación deses-
perada, tan desesperada como la que se vive en la frontera del
Imperio desde que llegaron del centro los verdaderos bárba-
ros encabezados por el coronel J oll.

Ahora veamos qué dice la siguiente [tablilla]. Vean, hay un


único carácter. Es el carácter bárbaro "guerra". Pero tiene
también otras acepciones. Puede significar "venganza" y, si
se pone boca abajo, puede leerse '}usticia". No hay modo
de saber qué acepción se pretende comunicar. Forma par-
te del ingenio bárbaro. Sucede lo mismo con el resto de las
tablillas [ ... ]. Componen una alegoría. Pueden leerse en di-
ferente orden. Además, cada tablilla puede leerse de muchas
maneras. Juntas se pueden leer como un diario doméstico,
o como un plan de guerra, o pueden ponerse de lado y leer-
se como una historia de los últimos años del Imperio, me
refiero al antiguo Imperio [E. B., p. 164].

La última vuelta de tuerca en la novela es el capítulo final


en el que el magistrado es restituido en su trabajo y regresa a
él para seguir con su vida. Los procedimientos del coroneljoll
le enseñaron a vivir su cuerpo hasta la degradación última y le
enseñaron también que a los que gobiernan el Imperio sim-
plemente se les obedece sin cuestionar ni sus fines ulteriores
ni sus métodos para conseguirlos.

La primera vez que el suboficial Mande! y su hombre me


trajeron de vuelta aquí y encendieron la lámpara y cerraron

285
la puerta, me pregunté cuánto dolor sería capaz de resistir
un viejo rollizo y comodón en nombre de sus excéntricas
ideas sobre cómo debería conducirse el Imperio. Pero a mis
torturadores no les interesaban los distintos grados de dolor.
Únicamente les interesaba demostrarme lo que significaba
vivir en un cuerpo, sólo como un cuerpo, un cuerpo que pue-
de abrigar ideas de justicia mientras estés ileso y en buen es-
tado, y que las olvida tan pronto le sujetan la cabeza y le
meten un tubo por la garganta y echan por él litros de agua
salada hasta que tose y tiene arcadas y sufre convulsiones y
se vacía. No vinieron para sacarme a la fuerza el relato de
lo que les había dicho a los bárbaros ni de lo que los bárba-
ros me dijeron a mí. Por tanto, no tuve ocasión de espetar-
les a la cara las palabras altisonantes que tenía preparadas.
Vinieron a mi celda para enseñarme el significado de la pa-
labra "humanidad", y me enseñaron mucho en el espacio
de una hora [E. B., pp. 168-69].

La novela Esperando a los bárbaros tiene en la obra narrativa


de Coetzee un lugar especial. El autor formula en ella explícita-
mente una alegoría que se sugiere en sus otras obras de muchas
maneras. Para Coetzee, el mundo occidental moderno encie-
rra en su vida manifiesta un mecanismo infernal cuya función
consiste en volver imposible la vida dentro de sus fronteras, en
reprimir, deformar, acallar y anular todo intento humano de
felicidad induciendo en los habitantes del mismo la convicción
de que ese sacrificio es indispensable porque sólo él garantiza
la acumulación de fuerzas que es necesaria para hacer frente
a la amenaza que acosa desde el mundo exterior, poblado de
bárbaros enemigos. Para Coetzee, el mundo occidental moder-
no es el verdadero imperio de la barbarie, de la negación de
la vida civilizada, que se justifica a sí mismo adjudicando a la
otredad del otro la función de amenaza para su seguridad,
de "otredad enemiga", proyectando sobre él su propia barba-
rie y ubicándolo así como el "bárbaro" que debe ser mantenido
a raya, como en el apartheid, o si no reprimido o en último ca-
so aniquilado.

286
Es el sentido que encontramos en el poema de Cavafis que
dio lugar al título de esta inquietante novela de Coetzee y del
que, para concluir, quisiera leerles unos versos:

-¿Por qué empieza de pronto este desconcierto


y confusión? (¡Qué graves se han vuelto los rostros!)
¿Por qué calles y plazas aprisa se vacían
y todos vuelven a casa compungidos?

Porque se hizo de noche y los bárbaros no llegaron.


Algunos han venido de las fronteras
y contado que los bárbaros no existen.

¿Y qué va a ser de nosotros ahora sin bárbaros?


Esta gente, al fin y al cabo, era una solución.

287
DEJOHN WAYNE A AL PACINO O CÓMO APRENDÍ A NO
PREOCUPARME Y AMAR EL CINE NORTEAMERICANO
• José Marquina

Quiero advertirles que en esta plática, cuyo tema es el cine, no


voy a hablar como un especialista, pues no lo soy. Un especia-
lista en cine tendría que ser un crítico cinematográfico y estoy,
afortunadamente, lejos de serlo. Digo afortunadamente por-
que comparto lo dicho por Frarn;:ois Truffaut cuando señaló que
"un niño jamás responde cuando le preguntan qué va a ser de
mayor: Voy a ser crítico de cine". Yo, al igual que todos los ni-
ños, no quiero ni siquiera hablar como uno de ellos. Les voy a
hablar como lo que sí soy, un cinéfilo.
Algunos piensan que la cinefilia es una enfermedad, y tal vez
tengan razón, los cinéfilos son, somos, personas extrañas que
cuando viajamos vamos encontrando locaciones. Reconozco
que si camino por las calles de Manhattan, siempre espero que
aparezca De Niro y/o Pacino y después de unos instantes se
escuche "¡Corte!"
La cinefilia sí es una enfermedad que, como la varicela, nor-
malmente se adquiere en la niñez. Los síntomas han sido des-
critos magistralmente por Ingmar Bergman:

Yo tenía nueve años y se acercaba Navidad, fiesta en la que


los niños de mi familia recibíamos regalos de una anciana
amiga de casa. Los regalos llegaron dos días antes de Noche-
buena. Descubrí inmediatamente que uno de ellos contenía
un proyector de cine y casi me desmayé de alegría. Sin em-
bargo, en el momento del reparto de los juguetes, el pro-
yector fue para mi hermano de trece años. Pero éste, que
nunca había mostrado el menor interés por la cinematogra-
fía, aprovechó la ocasión para venderme el proyector[ ... ].
Escapé a un oscuro trastero donde me refugié con mi nue-
vo juguete. Se llamaba cinematógrafo.
A veces me he sentido asombrado al recordar la exaltada

289
e inexplicable emoción del niño que yo era. Si pasaba los fo-
togramas uno a uno, apenas ocurría nada. Pero si movía la
manivela con rapidez, nacía el movimiento: las sombras em-
pezaban a actuar, las caras se volvían hacia mí, los ojos se
abrían y las bocas formaban palabras inaudibles. Recuerdo
aquellas imágenes con una claridad y un enfoque que, se-
guramente, nunca existieron en la realidad.
Ya era dueño de un rectángulo de luz, del incesante mo-
vimiento de las sombras y de unas misteriosas relaciones que
se adentraban en el mundo de los sueños: el niño de nue-
ve años había tocado la mano invisible de un gigante.
Hoy, más de medio siglo después y en la oscuridad de la
sala de montaje, aún continúo sintiendo la misma emoción.

Es precisamente desde esta emoción desde donde preten-


do hablarles el día de hoy.
Por cierto, Bergman acaba de fallecer, a la edad de ochenta
y nueve años, y leí en el periódico que conservaba este mitoló-
gico proyector y que todavía funciona.
En el contexto de este coloquio acerca de la modernidad,
al hablar de cine no necesito tomar ninguna decisión, más o
menos convencional, para ftjar la pertenencia o no a la moder-
nidad, como pasa, por ejemplo, con la pintura, la literatura o
la ciencia. El cine es moderno, es tan joven que, de hecho, re-
presenta, en sí mismo, uno de los elementos que caracteriza a
la modernidad.
El cine nace a finales del siglo XIX, para ser exacto nace, pú-
blicamente, como espectáculo, el 28 de diciembre de 1895.
¡El Día de los Inocentes!
La primera función pública fue en el Salón Indien, en el só-
tano de un café en el Boulevard des Capucines, en París. La
entrada costaba un franco y había cien sillas disponibles, de
las cuales sólo se ocuparon treinta y tres.
La primera película que se proyectó fue un documental, La
salida de los obreros de la fábrica de los hermanos Lumiere. Las
otras películas que completaban el espectáculo, de tan sólo vein-
te minutos, eran El desayuno del bebé, El regador regado, que es la

290
primera comedia, en la que un jardinero se asoma por el tubo
de la manguera y termina empapado, y la más impresionante de
todas, La llegada del tren, en la que, por la posición de la cáma-
ra, parecía que la locomotora saldría de la pantalla para aplastar
a estos primeros espectadores, que en muchos casos gritaban
y salían corriendo.
En sus primeros años el cine fue un espectáculo de feria. In-
cluso Lumiere le dijo a Mélies: "El cine es una invención que
no tiene futuro".
Afortunadamente, Mélies no le hizo caso y se convirtió en el
primer cineasta. Como había sido mago, le encantó poder hacer
trucos de aparecer y desaparecer cosas y hasta personas ... Con
él, la aventura comienza. Todos los espectaculares efectos es-
peciales de nuestros días, que nos permiten ver dinosaurios,
explosiones que arrasan Nueva York o París, a Harry Potter
jugando quidditch en su escoba voladora, todos esos efectos es-
peciales empezaron con Mélies, que además fue el primero que
hizo películas a color. Las coloreaba a mano. El viaje a la luna,
de 1902, es una delicia.
Pero yo vengo a hablarles de cine norteamericano, que ya
para 1903 aparece con su primera película de ficción, El gran
robo al tren, de Edwin Porter, que duraba diez minutos y fue un
gran éxito. Su escena final, en la que el villano dispara seis ti-
ros a la cámara, es decir a los espectadores, fue todo un acon-
tecimiento. Con esta película nace el género cinematográfico
norteamericano por excelencia: el western.
El western le va a dar a Estados Unidos lo que no había logra-
do construir de ninguna otra forma: una épica. La épica nor-
teamericana es la conquista del oeste. Los héroes mitológicos
norteamericanos, que sí existieron, son Buffalo Bill, Billy the Kid,
Butch Cassidy y the Sundance Kid (igualitos a Paul Newman y
Robert Redford), Wyatt Earp (idéntico a Peter Fonda) y Doc
Holliday, famosos por el duelo en el OK Corral de Tombstone,
Arizona, y los que no existieron, que llámense como se llamen,
sean militares, guías, pistoleros o simples cowboys, tengan un
parche en el ojo o tengan los dos ojos, sean jovencitos o viejos,
haya indios de por medio o no, siempre son John Wayne, el

291
hombre solitario, rudo pero noble, caballero andante a lama-
nera gringa, que cree, tal vez con razón, que para encontrar
el grial hay que pasar por las piedrotas de Monument Valley,
en Utah, que era la locación preferida del granJohn Ford.
Desde luego, lo anterior es una exageración, pues la mayo-
ría de los grandes actores norteamericanos han hecho, al me-
nos, un western, desde Tom Mix, el legendario cowboy del cine
mudo, hasta Clint Eastwood en Los imperdonables, pasando por
James Stewart, Gary Cooper, Lee Marvin, Kirk Douglas, Spencer
Tracy y muchísimos más.
Los westerns ciertamente ya no están de moda (lo cual en lo
personal me parece una desgracia, pues crecí viendo funcio-
nes triples de aventuras en el cine Pathé, todos los sábados por
la tarde y en todas esas funciones se exhibía al menos un west-
ern) pero representan toda una época e influyeron, de las más
diversas formas, en infinidad de generaciones en todo el mun-
do. Dicen que Wittgenstein era fanático de los westerns. La gue-
rra de las galaxias, la primera, es un western espacial. Tal vez por
eso, su mejor personaje, entre los buenos, es Han Solo, que es
el que, sin reparos, se asume abiertamente como un cowboy.
Digo de los buenos porque el mejor personaje es, indudable-
mente, Darth Vader.
Masacre en el precinto número 13 de Carpen ter es un fantásti-
co western, donde la estación de policía es el fuerte, sitiado por
los cholos, el equivalente de los indios. Esta extraordinaria pe-
lícula es un ejemplo de que se puede hacer cine sin demasiado
dinero. De hecho, el caso de Carpen ter es rarísimo ya que sus
peores películas fueron las que tuvieron grandes presupuestos.
Otro caso que llama la atención es el de Kurosawa, el gran
cineasta japonés que hizo, a su manera, varios westerns. Los sie-
te samurais, esa obra maestra de cine de acción, es un western. Tan
es así, que en Hollywood hicieron una adaptación a western, sin
cambiarle prácticamente nada. Esta película llamada Los siete
magníficos no tiene punto de comparación con la de Kurosawa.
La influencia de los westerns llegó a todo el mundo. En los
sesenta se filmaron en Alemania los que se conocen como
sauerkraut westerns, que no fueron exitosos. Los que sí lo fue-

292
ron son los llamados spag;uetti westerns. ¿Quién no recuerda la
tonadita de El bueno, el malo y el feo con Clint Eastwood, Eli Wa-
llach y los ojos de serpiente de Lee van Cleef? Por cierto, el
primer spag;uetti western es Por un puñado de dólares que, de ma-
nera no casual, es una adaptación de Yojimbo de Kurosawa.
Dejando de lado los westerns y regresando a los orígenes del
cine norteamericano, nos en con tramos que para 1913 varias
compañías productoras de cine se mudaron a un suburbio de
Los Ángeles, llamado Hollywood. Paradójicamente, esta mo-
derna Babilonia, como algunos la han llamado, fue fundada por
una pareja de puritanos de Texas: Horace Henderson Wilcox
y su esposa.
Un momento culminante para el desarrollo ulterior del cine
es el año de 1914 en el que se estrena El nacimiento de una na-
ción de David Wark Griffith. En esta producción de dos horas
cuarenta minutos, Griffith utiliza la mayoría de los ingredien-
tes que componen, hasta nuestros días, el lenguaje cinemato-
gráfico. Con los, aproximadamente, 1 500 planos utilizados en
la película, Griffith inventa el montaje. El nacimiento de una na-
ción representa el nacimiento del cine tal y como lo entendemos
actualmente. Exceptuando el sonido y los excesos de actuación
típicos del cine silente, un espectador, acostumbrado a ver Ter-
minator y Matrix, la puede ver como una película actual.
Tuvo un costo de 100 mil dólares y fue un éxito. El número
de espectadores que vio esta película se calcula en cien millo-
nes. Se proyectó, ininterrumpidamente, cuarenta y cuatro se-
manas en Nueva York, treinta y cinco en Chicago y veintidós
en Los Ángeles. Las ganancias netas alcanzaron los veinte mi-
llones de dólares.
El nacimiento de una nación sólo tiene, desde mi punto de vis-
ta, un defectillo: es súper, súper, reaccionaria. De hecho, parte
de su éxito se debe al escándalo que provocó. El nacimiento de
una nación es el nacimiento del Ku Klux Klan en la época de
la Guerra de Secesión. En la escena cumbre, un negro malva-
do y con una mirada tremendamente lasciva, va a violar a la
pobrecita Lillian Gish, con su carita de niña buena. Todo pare-
ce perdido hasta que, afortunadamente, es salvada por el mu-

293
chacho de la película que va vestido con trajecito del Ku Klux
Klan.
El nacimiento de una nación también revolucionó el cine en
el terreno comercial, al mostrar que los grandes gastos podían
producir ganancias fabulosas.
Con el éxito, Griffith afrontó su mayor reto. Para 1916 se es-
trenó Intolerancia, que costó dos millones de dólares. Duraba tres
horas, para lo cual Griffith filmó aproximadamente setenta y
seis horas de película.
La estructura de Intolerancia es increíble para su época. Son
cuatro historias: la caída de Babilonia, vida y pasión de Cristo,
la matanza de San Bartolomé y una historia de su época. Las
cuatro historias se van contando paralelamente, haciéndose
cada vez menor la duración de cada una de ellas, conforme
avanzan las tramas. La imagen que conecta las historias, en la
que Lillian Gish mece una cuna, es de una belleza sorprenden-
te. Aparentemente, la imagen es una referencia a Whitman:
"Por siempre mece la cuna que une el ahora y el más allá".
Intolerancia fue un fracaso de taquilla. Es la primera obra
maestra cinematográfica incomprendida. Es una película pa-
ra la que el público no estaba preparado.
En esta película Griffith lo hizo todo. Dirigió actores y mu-
chedumbres, supervisó escenografías, vestuario, música, realizó
la edición y escribió el guión. Con Intolerancia, Griffith crea,
también, lo que posteriormente se llamó "cine de autor", para
diferenciarlo del cine de géneros.
Intolerancia fue la tumba de Griffith. Su ruina contrastó con
la prosperidad de Cecil B. DeMille que, sin la genialidad de Gri-
ffith, pero también sin su megalomanía, retomó la veta de Into-
lerancia, en particular en la parte de la pasión de Cristo, y fundó
el supertaquillero cine con referentes bíblicos. En particular,
DeMille empezó con la primera versión de Los diez mandamien-
tos de 1923 y Rey de Reyes de 1928. En 1956 filmó la segunda
versión de Los diez mandamientos que lanzó a la fama a Charlton
Heston en el papel de Moisés.
Esta película condensa, para mí, el significado que tiene el ci-
ne en la vida de algunas personas. Cuando la vi por primera vez

294
-la debo de haber visto más de veinte veces-, tenía siete años y
es la primera película que me impresionó brutalmente. Cuando
Moisés, disfrazado de Charlton Heston, abre las aguas del mar
Rojo, para el niño que era, fue una revelación. Pero no me ma-
linterpreten, no fue una experiencia religiosa en estricto senti-
do, fue el maravillarme ante el espectáculo de las aguas que se
abrían, con la conciencia de que era un truco y la admiración
de que pudiera hacerse semejante efecto. Estaba viendo algo
que no podía pasar y de hecho no creía que Moisés lo hubiera
realizado, pero lo estaba viendo. Creo que esta experiencia con-
densa la magia del cine. La magia de ver, incluso, lo imposible.
Esta película me sirve para comentar otra característica del
cine no sólo bíblico, sino histórico, hecho en Hollywood, que
está asociado con el hecho de que nunca se debe ir a ver una
película histórica con la finalidad de aprender historia. Si van
a ver Troya, maravfllense al ver los miles de barcos que se apro-
ximan a Troya, pero no crean que Aquiles se parecía a Brad Pitt.
Si van a ver 300, diviértanse con la exageración y disfruten la
textura fílmica, pero dense cuenta lo lejos que está la verdade-
ra historia de la batalla de las Termópilas. De hecho, el guión
de esta película es ejemplar. Está basado en un cómic de Frank
Miller, que a su vez se basó en una vieja película llamada Los
trescientos espartanos, que a su vez se basaba, lejanamente, en la
historia de la batalla de las Termópilas. Desde luego, alguien
me puede decir que 300 mantiene el espíritu de la narración
de Heródoto, y es posible, Heródoto habla de que J erjes llevó
a las Termópilas 5 283 220 hombres, sin contar mujeres y eunu-
cos. La exageración, tanto en la exactitud como en la magnitud,
es evidente. Probablemente se pueda considerar a Heródoto
como el primer guionista hollywoodense de la historia.
Regresando a Los diez mandamientos, tan no se puede confiar
en los guionistas que, incluso, son capaces de sorprender con
un rigor del que, curiosamente, no hacen alarde. La parte de
la historia de Moisés que no está tomada de la Biblia, está ba-
sada en los relatos de Flavio Josefo en Antigüedades de los judíos.
En este punto me parece importante apuntar que mientras en
Estados Unidos se ampliaban y diversificaban los tipos de cine,

295
en el resto del mundo existían extraordinarias cinematografías
con sus historias propias. Por ejemplo, en los veinte florece el
cine sueco, principalmente con dos directores, Sjostrom y Still-
er, cuyo triunfo en Europa los llevó a ... adivinaron, Hollywood.
Ninguno de ellos pudo triunfar en la industria norteamerica-
na, pero Stiller llevó con él a una actriz poco conocida que se
convirtió en una de las leyendas del cine: la divina Greta Garbo.
En la misma década llegó a Hollywood, de Alemania, un di-
rector que todavía no era reconocido en su país. Su nombre
era Ernst Lubitsch, y desde su llegada entendió a la perfección
el espíritu de Hollywood: películas de pura diversión, llenas de
alegría y acción, en las que el mundo es como un sueño pobla-
do de mitos elegantes, personas ingeniosas y situaciones im-
previsibles. Ser o no ser, para citar sólo una, es una obra maestra
que muestra el toque Lubitsch.
Otros grandes que llegaron a enriquecer a Hollywood fue-
ron, en los treinta, Lang, Murnau y Pabst.
Fritz Lang es un buen ejemplo para mostrar la increíble di-
versidad del cine norteamericano.Junto a las comedias de Lu-
bitsch, las superproducciones de DeMille, los westerns deJohn
Ford, puede coexistir, dentro de la maquinaria de la industria
cinematográfica, un personaje como Lang, "el cineasta más abs-
tracto del cine norteamericano", a decir de Ayala Blanco. En
el Lang de Sólo vivimos una vez, La bestia humana y tantas otras,
los personajes nunca abdican en una ternura complaciente que
dulcifique la trama, manteniéndose firmes hasta el final.
Igualmente, en los treinta llegó el austriaco Billy Wilder que
en 1950 filmó Sunset Boulevard, con Gloria Swanson, la estrella
del cine mudo, haciendo el papel de una vieja estrella del cine
mudo, como la propia Gloria Swanson y Erich von Stroheim, en
el papel de un antiguo director de cine, como el propio Von
Stroheim. La trama es contada por William Holden, al que vi-
mos muerto en la piscina en la primera escena de la película.
En 1959, Wilder hizo Some Like it Hot que en México se lla-
mó Una Eva y dos Adanes y en España, Con Jaldas y a lo loco, que
es una desenfrenada comedia con el mejor Jack Lemmon.
Wilder ha influenciado a infinidad de cineastas en todo el

296
mundo. Cuando en 1963, el español Fernando Trueba recibió
el Osear a la mejor película extranjera, dijo: "Quisiera creer
en Dios para darle las gracias, pero sólo creo en Billy Wilder".
Al día siguiente, recibió una llamada y al contestar escuchó:
"Fernando, soy Dios", obviamente era Billy Wilder.
Lo anterior es sólo una pequeña muestra del espíritu nor-
teamericano en el cine. La industria más poderosa que es capaz
de captar, desde prácticamente sus orígenes hasta nuestros días,
a los mayores talentos de todo el mundo.
¿No estamos muy orgullosos hoy en día de que González Iñá-
rritu, Del Toro, Cuarón, el Chivo Lubezki y varios mexicanos
más, estén haciendo películas en Estados Unidos y que los no-
minen al Osear?
Todos los caminos conducen a Hollywood. La industria cine-
matográfica norteamericana ha sido y es el paraíso prometido.
Pero ya que he hablado de Lubitsch y de Wilder, me pare-
ce el momento para recordar a otros grandes creadores que
fundaron y desarrollaron la gran comedia norteamericana, des-
de Chaplin hasta Woody Allen, pasando por el que muchos con-
sideran el mejor cómico de todos los tiempos, Bustcr Kcaton, y
los anárquicos hermanos Marx, con el extraordinario Groucho,
que en Héroes de ocasión declaraba: "Pero tiene que haber gue-
rra; pagué ya un mes del alquiler del campo de batalla", y que,
no en balde, se jactaba de ser el más inteligente de la familia
Marx, incluido el primo Karl.
Adicionalmente, el género de la comedia norteamericana
se enriqueció con la comedia de situaciones en la que brilla-
ron estrellas como Cary Grant, el galán preferido de todos. De
él dijo Hitchcock que "podría actuar con un huevo podrido
en la cara y seguiría pareciendo tan fascinante como antes".
Ya que cité a Hitchcock, éste es otro caso de un director ex-
tranjero, en este caso inglés, que realizó sus mejores obras en
Hollywood. La escena del asesinato en la ducha, en Psicosis, se
muestra en todas las escuelas de cine en el mundo, como ejem-
plo de edición dramática.
Debo reconocer que cada vez que viajo en coche por Esta-
dos Unidos y me detengo en un motel de la carretera, siento

297
un extraño gusanito en el estómago, al pensar que pueda apa-
recer, del otro lado del mostrador de la administración, un
émulo de Norman Bates, el fantástico personaje creado por
Hitchcock.
Hasta este momento he obviado un hecho fundamental que
transformó por completo al cine, que fue la introducción del
sonido. La Warner, en 1926, presentó el primer film con ban-
da sonora sincronizada, Donjuan. Al año siguiente se estrenó
la primera película hablada: El cantante de jazz con Al Jolson.
Es una película musical que dura ochenta y nueve minutos,
sentimental y aburrida, en la que el hijo de un rabino quiere ser
un cantante de jazz y se pinta la cara de negro. ¡Patético!, pero
con la famosa frase profética de Aljolson: "Esperad un minu-
to; aún no habéis oído nada".
La película fue un éxito ya que obtuvo tres y medio millo-
nes de dólares de ganancia.
De manera nada paradójica, el sonido en el cine inauguró
un género también muy norteamericano: la comedia musical.
Este género, detestado por muchos, ha producido porten-
tos como Fred Astaire, que flotó, literalmente, por las pistas de
baile, con su eterno frac, acompañado de Cyd Charisse, Rita
Hayworth y sobre todo de Ginger Rogers.
¿Quién no ha visto a Gene Kelly pisando charcos mientras
baila en Cantando bajo la lluvia?
Y aunque por definición es un género ligero, eso no ha obs-
tado para que James Cagney haga propaganda patriotera en
Yankee Doodle Dandy, poniendo a bailar a la estatua de la liber-
tad y al mismísimo tío Sam.
Cómo olvidar a los J ets y a los Sharks peleando-bailando en
Amor sin barreras, y, ni modo, que toda una generación, que
afortunadamente no fue la mía, bailó con Travolta y los Bee
Gees al ritmo de Fiebre de sábado por la noche, y para no quedar
con este mal sabor de boca, basta con recordar la extraordina-
ria Blues Brothers, traducida en México como Los hennanos caradu-
ra, en la que podemos ver y oír cantar a Arettha Franklin, Cab
Calloway, Ray Charles, John Lee Hooker, James Brown y mu-
chos más.

298
Debo reconocer que mi pasión por el cine es grave, me gus-
ta ver hasta las comedias musicales y confieso que en 1963 me
enamoré de Ann Magret al verla bailar y cantar en una pelícu-
la que hoy me doy cuenta que debía ser malísima, Adiós ídolo
mío.
Ya metidos en enamoramientos musicales, cómo olvidar a
Rita Hayworth cantando y bailando "Put the Blame on Mame"
en Gilda, en la que demuestra que una mirada, un contoneo
y un brazo desnudo, después de quitarse un guante negro, pue-
de ser mucho más erótico que cualquier película porno.
Igualmente, cómo olvidar a Marilyn Monroe cantando y bai-
lando en Los cabaUeros las prefieren rubias.
Estas dos películas, Gilda y Los caballeros las prefieren rubias,
no son propiamente comedias musicales pero son excelentes
ejemplos del papel de las estrellas en el cine norteamericano.
Las películas con Marilyn Monroe son impensables con otras
actrices. Desde su antológica aparición, de tan sólo treinta se-
gundos, con Groucho Marx en Amor en conserva, su imagen no
ha hecho otra cosa que crecer. Marilyn fue capaz de convertir
una historia tan irrelevante como la de La comezón del séptimo
año, con un comediante tan pesado como Tom Ewell, en una
película memorable, con una de las imágenes más famosas de
la historia del cine: la imagen en la que pasa por encima de la
salida de aire del metro y éste levanta sus faldas. Cabrera In-
fante ha dicho, comparando esta imagen con la Venus de Botti-
celli, que "Marilyn es una Afrodita urbana surgiendo sobre el
ajetreo del subway".
Las estrellas, como Marilyn Monroe y Rita Hayworth, son en-
carnaciones; más allá de los personajes que interpretan en sus
películas, ellas mismas son personajes. Marilyn Monroe es el per-
sonaje que interpretó magistral y trágicamente a una mucha-
cha llamada NormaJean Baker. Rita Hayworth es el personaje
creado a partir de una muchachita de origen hispano llamada
Margarita Carmen Cansino. Y para que no piensen que este fe-
nómeno es privativo de las actrices, baste recordar el caso de
Marion Morrison que, desde su primera actuación en el cine,
decidió ser John Wayne.

299
Como ejemplo del papel de las estrellas en el cine de Holly-
wood, imagínense qué habría pasado si Ronald Reagan, mal
actor y peor presidente, hubiera aceptado el papel de Rick en
Casabúmca. Estoy seguro que nadie la recordaría, pero en cam-
bio Humphrey Bogart le dio a Richard Blaine, nombre com-
pleto de Rick, la inmortalidad. Son igualmente inolvidables y
entrañables sus caracterizaciones de Philip Marlowe, el detec-
tive creado por Raymond Chandler en El sueño eterno, dirigida
por Howard Hawks, y de Sam Spade, el detective creado por
Dashiell Hamett en El halcón maltés, deJohn Huston. Estas dos
joyas del llamado cine negro contaron, además, con la partici-
pación como guionista de William Faulkner. Mi afición por el
tabaco tiene mucho que ver con estas películas. Nadie ha fu-
mado en el cine como Bogey.
En el cine norteamericano, el tema de la guerra ha sido re-
curren te, desde las películas en las que la guerra es el telón de
fondo, como la clásica Lo que el viento se llevó, hasta aquéllas en
las que la guerra es el tema central. Las guerras preferidas del
cine norteamericano han sido Vietnam y la Segunda Guerra
Mundial. En lo que se refiere a esta última, se encuentran desde
los filmes de abierta propaganda, realizados durante el periodo
de guerra, hasta los que, sin dejar de ser, en su gran mayoría, de
propaganda, ésta es menos inmediata. Como ejemplo de los pri-
meros se puede señalar Aventuras en Birmania, en la que el siem-
pre heroico Errol Flynn encabeza una misión para destruir
una estación de radio japonesa y no se tienta el corazón para
hacer una masacre de japoneses a los que sorprende al salir de
comer, pero cuando sus hombres caen en una trampa y matan
a varios de ellos, reflexiona doloridamente sobre la falta de no-
bleza y la maldad de sus enemigos. Como ejemplo de los segun-
dos, puede señalarse a Los cañones de Navarone, que ensalza el
heroísmo de los aliados, en particular de los soldados nortea-
mericanos arquetípicamente representados, de manera insupe-
rable, por Gregory Peck.
Pasando al cine de capa y espada, es imposible no hablar de
el Zorro, que aunque ha sido un personaje recurrente en la his-
toria del cine y ha sido encarnado por actores de la talla de

300
Tyrone Power y Antonio Banderas, no ha habido un "Don Die-
go Vega" como Douglas Fairbanks, esa extraña fuerza de la na-
turaleza, al que también vimos volar en su alfombra mágica en
El ladrón de Bagdad e inaugurando la colección de extraordina-
rios piratas que desde El pirata negro han poblado las pantallas.
Efectivamente los piratas han sido interpretados por Tyrone
Power, Errol Flynn, Burt Lancaster y en la actualidad Johnny
Depp en la saga de Piratas del Caribe, donde interpreta al capi-
tán Jack Sparrow, el único pirata en la historia, real y cinema-
tográfica, que camina y se mueve como Keith Richards.
Desplazándonos del mar a la selva, quiero decirles que aun-
que han existido decenas de Tarzanes, ninguno como el origi-
nal,Johnny Weissmüller, aunque debo reconocer que no acabo
de entender la razón de esta aseveración, pues no era un gran
actor y, tal vez, mi predilección tenga que ver con que es el
Tarzán de mi infancia, con el que conocí África, desde luego
no la real sino la hollywoodense, con el que descubrí algo que
casi nadie ha visto en la vida real, pero todo mundo ha visto
en las películas, las arenas movedizas, y con el que vi mi primer
desnudo femenino. Sí, el primer desnudo que recuerdo, es de-
cir, el primer desnudo inquietante, por decirlo de alguna ma-
nera, fue de Jane, la novia de Tarzán, cuando está nadando en
Tarzán y su compañera, que vi en una de esas sesiones triples a
las que hice referencia anteriormente.
En el año del estreno de Tarzán de los monos (1932) se estre-
nó una película poco conocida y que en su momento no le
gustó ni a los estudios; es una película de Tod Browning llama-
da Freaks, que presenta un circo donde puede verse todo tipo
de monstruosidades. Incluso hoy en día es una película apa-
bullante. Tal vez la realizó para compensar la película que había
filmado un año antes, un clásico del cine de terror, Drácula,
con el extrañísimo Bela Lugosi. El vampiro creado por Lugosi
es de una ingenuidad conmovedora y no asusta ni a un niño de
cuatro años. Ese mismo año se filmó Frankenstein, con el mu-
cho más impresionante Boris Karloff, quienjunto con Lugosi
acaparó el cine de terror durante muchos años. De hecho, a
Karloff lo veremos en La novia de Frankenstein, donde empie-

301
zan a aparecer elementos de humor involuntario, e interpreta-
rá a La momia, película que sigue siendo referente para todas
las momias posteriores (las momias caminan muy despacito,
con los brazos hacia delante, cojean de la pierna izquierda y no
obstante lo anterior, siempre alcanzan a la muchacha bonita
que va corriendo y de la que eventualmente se enamoran).
De los treinta y principios de los cuarenta son los otros dos
monstruos clásicos, El hombre invisible, que se diferencia de la
momia porque sus vendas son nuevas, y El hombre lobo, con su
tradicional camisa de cuadros de manga larga con todos los
botones abrochados, que es algo que se ha perdido en los hom-
bres lobo actuales.
Otros monstruos que han poblado las pantallas han sido El
monstruo de la Laguna Negra y King Kong, que tienen en común
el ser unos desadaptados que, como las momias, se enamoran
de la muchacha de la película. ¿No podrían enamorarse de una
monstrua de la Laguna Negra o de una Queen Kong y ser feli-
ces? No, King Kong no acepta las dificultades obvias derivadas
de la diferencia de tamaños.
El cine moderno de monstruos nos ha aportado una gran
película: Alien, el octavo pasajero de Ridley Scott, que tiene la
extraordinaria virtud de dejar a nuestra imaginación la cons-
trucción del monstruo. Esta virtud se perdió en las siguientes
películas de la saga, que más que de horror, se pueden catalo-
gar de horrorosas.
Tal vez éste sea el momento de romper el encanto, pues no
quiero que se queden con la impresión de que soy tan fanáti-
co como para creer que la mayoría de las películas norteame-
ricanas han sido y son buenas películas. De hecho es al revés, la
industria cinematográfica norteamericana es una maquina-
ria que produce miles de películas; de ellas, un puñado son ex-
traordinarias, un número considerable son buenas películas,
divertidas y bien hechas; la gran mayoría son obras también
bien hechas, pero mediocres, olvidables, a veces insoportables,
dependiendo del gusto de cada uno, y finalmente hay un gru-
po reducido de películas malísimas, tan malas, que muchas re-
sultan, al menos para mí, divertidísimas.

302
Entre las mediocres que me parecen odiables, están, por
ejemplo, Los ángeles de Charlie, El retorno del Jedi, con esos kilos
y kilos de peluche, Diez, la mujer perfecta, Hello Dolly, con la insu-
frible Barbra Streissand, Lave story, Rocky Jv, Rambo III, en la que
Stallone pelea junto a los futuros talibanes para librar a Afga-
nistán de la maldad soviética y muchas otras películas más.
Entre las películas que de tan malas me resultan fascinantes,
están por ejemplo, las bíblicas interpretadas por Victor Mature:
Sansón y Dalila, El manto sagrado, Demetrio, el gladiador y otras.
Victor Mature fue un actor increíble pues gozó de gran po-
pularidad, no obstante que era capaz de estropear cualquier
escena. En el momento en que aparecía, todo estaba perdido.
Era tan mal actor que sus películas están llenas de humor in-
voluntario. En lugar de conmoverme al ver los esfuerzos de San-
són por derrumbar el templo pagano, las caras de Mature me
producen una risa incontenible.
Otro ejemplo de cine malísimo es el de Ed Wood, que a di-
ferencia del caso anterior, es cine independiente hecho con
muy bajo presupuesto, lo cual se nota en las películas. Ed Wood
ha sido llamado "el peor director del mundo" pero en la ac-
tualidad es famoso por el hecho de que sus películas, de tan
malas, se convierten en clásicas. lncluso,Johnny Depp filmó una
película sobre la vida de este director. En una de sus películas
podemos ver a Bela Lugos'í luchar encarnizadamente con un
monstruo, que no pretende negar en ningún momento su con-
dición de monstruo de plástico. En su obra cumbre Plan 9 del
espacio exterior, unos extraterrestres planean destruir la Tierra,
reviviendo a los muertos para que destruyan a los humanos.
Fue un proyecto en el que Wood utilizó unos minutos que te-
nía filmados con Bela Lugosi, ya para entonces muerto, y el
resto de la película el personaje de Lugosi fue interpretado
por otra persona que perpetuamente aparece con la cara cu-
bierta por la capa. En esta película, llena de errores, vemos,
por ejemplo, cómo las lápidas del cementerio se caen solas al
paso de los personajes.
Wood filma con la lógica de un niño de seis años. Es el Juan
Orol norteamericano. En contraposición con el cine de Ed

303
Wood, lleno de fallas técnicas, errores y prim1t1vismos cine-
matográficos, se encuentran dos géneros que han llevado la tec-
nología hasta límites francamente notables, me refiero a la
ciencia-ficción y a las caricaturas, porque Holl)Wood es, indiscu-
tiblemente, un espectáculo para personas de dos a noventa y
dos años.
En lo que a las caricaturas se refiere, es sorprendente la evo-
lución del género, desde las películas de Mortimer, nombre
original de Mickey, hasta las películas actuales producidas por
Pixar, desde Donald hasta Nemo, desde Dumbo hasta Mike
Warzowsky y el colmo, desde la melcocha de Bambi, hasta la
escatología de Schrek.
Las películas de ciencia ficción nos hablan, bajo la óptica
de una sociedad extraordinariamente tecnologizada, de la com-
pleja relación amor-odio que dicha sociedad tiene con la ciencia
y la tecnología. Desde el simpático E. T. que quiere regresar a
casa y es salvado por los niños, y el empalagoso encuentro con
los alienígenas en Encuentros cercanos del tercer tipo, hasta el te-
rror por los invasores del espacio en La guerra de los mundos, las
tres de Steven Spielberg. Desde la disneyana idea de hacer un
parque de diversiones con dinosaurios vivos, hasta la toma de
conciencia del peligro que entraña convivir con dinosaurios
en Parque jurásico, también de Spielberg. Desde las aventuras
juveniles de Michael J. Fox que viaja al pasado y su mamá se
enamora de él en Regreso al futuro, hasta las máquinas que en
el futuro intentan acabar con los humanos y mandan un robot
para matar a Sarah Connor y así evitar que nazca el líder de
los humanos en el futuro, en Terminator, con Arnold Schwarz-
enegger, que demuestra que es mucho mejor en su papel de
robot maligno que en el de gobernador sonriente ... y malig-
no, por supuesto.
En el cine actual, los géneros se han desdibujado, reinven-
tado, mezclado, y lo que tenemos, en gran medida, es una va-
riedad de películas de todos los colores y sabores, entre las que
se pueden encontrar algunas extraordinarias. Para los aficio-
nados a las aventuras, la saga de Indiana Jones nos descubre
al sucesor de Douglas Fairbanks en un Harrison Ford impen-

304
sablemente invencible y con el mejor Steven Spielberg. Ni mo-
do, aunque Spielberg se ha esforzado por ser un director de
películas serias, como La lista de Schindler y Munich, las cuales
son excelentes, el mejor Spielberg está en las aventuras. De
hecho, en una película como Buscando al soldado Ryan, lo me-
jor, lo magistral, está en los primeros quince minutos, en los
que vemos la más extraordinaria versión cinematográfica del
desembarco en Normandía, que a fin de cuentas es un tema de
acción.
La magia del cine permite la transfiguración de Indianajones-
Harrison Ford en ese émulo futurista de Humphrey Bogart,
que es Rick Deckard, el perseguidor de replican tes (robots hu-
manizados) en Blade Runner, la alucinante pesadilla tecnológica
de Ridley Scott, que plantea el impreciso límite entre lo natu-
ral y lo artificial.
Otro gran director actual es Martin Scorsese, que ha de-
mostrado que un tema que en principio parece tan poco in-
teresan te como la vida de un boxeador puede convertirse en
una gran película, Toro salvaje. En ella, Robert de Niro, proba-
blemente el mejor actor de la actualidad, junto con Al Pacino,
muestra su increíble ductilidad actoral, al igual que en la obra
maestra de Scorsese, Taxi driver, retrato descarnado de los ex-
traños personajes que la sociedad norteamericana es capaz de
crear.
Y ya que he hablado de Pacino y De Niro, cómo olvidar a
Francis Ford Coppola y su obra maestra en tres actos, El padri-
no, en la que los dos primeros son tan extraordinarios, que el
tercero, que es sólo excelente, normalmente es recordado co-
mo una mala película, por la inevitable comparación con las
dos primeras.
Los padrinos nos cuentan la historia de la ya legendaria fa-
milia Corleone, el lado oscuro del sueño americano. El padri-
no, Vito Corleone es el magistral Marlon Brando, mientras que
De Niro representará, en El padrino 11, el papel de Vito Corleo-
ne joven. Aunque Brando y De Niro no se parecen, cuando uno
ve las películas es obvio que Brando era de joven como De Niro.
La estrella de toda la saga es Michael Corleone, interpretado

305
por Al Pacino. El montaje paralelo del bautizo del sobrino de
Michael, el momento en el que él se vuelve padrino, mientras
asesinan a todos los miembros de las otras familias de mafiosos,
es uno de los momentos más logrados en la historia del cine.
Con El padrino I y II y Apocalipsis ahora, Coppola se convir-
tió en uno de los más grandes directores de cine de la historia.
Podría seguir por horas hablando de películas, buenas y ma-
las, de directores, de actores, pero en algún momento debo
de parar, no sin antes señalar que El ciudadano Kane de Orson
Welles es, para muchos, la mejor película que se haya hecho.
No sé si tal afirmación tiene sentido, pero lo que sí es cierto
es que esta película, de 1941, revolucionó el cine, convirtién-
dose en el film más discutido, más analizado, más estudiado.
La famosa última palabra de Kane, que es el motor de la pelí-
cula, se ha convertido en leyenda: "Rosebud".
El cine norteamericano, tomado en su conjunto, está lleno
de paradojas y contradicciones, pero no obstante éstas, o gra-
cias a ellas, ha logrado una coherencia y cohesión notables. Por
un lado, es una industria en la que domina el ideal monetario,
que se plasma en una maquinaria impersonal y desindividua-
lizan te, pero que, paradójicamente, produce autores profun-
damente individuales como Raoul Walsh, Nicholas Ray, Elia
Kazan, Samuel Fuller, Quentin Tarantino y muchos más, de
los que tampoco he podido hablar.
El cine norteamericano es como Estados Unidos, diverso,
plural, repulsivo, fascinante, comercial, crítico, retador, compla-
ciente, intrascendente, reflexivo, perturbador, alienante.
El cine norteamericano se impone en el mundo por el po-
der de su industria, por su calidad, por la propaganda, porque
hemos crecido con él y con él hemos aprendido a ver cine,
porque no se podrían ver de corrido tres películas de Bergman
o de Tarkovski sin caer en un estado catatónico, pero sí se pue-
den ver tres películas de aventuras e irse a la cama a soñar con
Maureen O'Hara, Fay Wray o Veronica Leigh.
Estados U nidos es visto, por millones de personas en todo
el mundo, a través de sus películas. Los propios norteamerica-
nos, en muchos casos, se ven a sí mismos desde la óptica de

306
ellas, las cuales imponen modas en el vestir, en el comporta-
miento, en los valores, en las manías, en los temores, en los
tics, en los ideales de belleza, en los vicios, en las virtudes, en
las ilusiones. Un espectador del cine norteamericano debe, a
decir de Ayala Blanco,

luchar en contra de las imágenes que se le presentan y lo


embargan, debe darles un sentido, debe correr el riesgo de
alienarse en el intento, debe incluirse dentro de la obra,
debe disolverse en el espectáculo y renacer de sus cenizas, de-
be renacer un poco más maduro, un poco más envilecido,
un poco más purificado.

El cine norteamericano es autorreferencial; no responde,


generalmente, a la realidad real, sino a la realidad creada por
el propio cine. Tal vez por ello, cuando en una película se nos
avisa, al principio, que está basada en hechos reales, lo más se-
guro es que sea aburridísima.
Gran parte del cine que se filma actualmente en todo el
mundo es cine norteamericano made in ... El estilo norteame-
ricano de hacer cine es un clasicismo viviente.
Ya para terminar, espero haber logrado el objetivo que me
propuse al principio: comunicarles mi pasión por el cine, mi
pasión por esa extraña forma de vida que pasa a veinticuatro
cuadros por segundo.

307
Fotocomposición: Alfavit
Impresión: Litográfica Ingramex S.A. de C.V.
Centeno 162-1, Col. Granjas Esmeralda
México, D.F. 098IO
15-XI-2008
Ensayo y testimonio en Biblioteca Era

Jorge Aguilar Mora


La divina pareja. Historia y mito en Octavio Paz
Una muerte sencilla,-justa, eterna
Carlos Antonio AguiJTe Rojas
Critica del sistema-mundo capitalista. Entrevista a 1mmanuel Wallerstein
Rohert Antelme
La especie humana
Fernando Benítcz
En la tierra mágica del peyote
Los hongos alucinantes
Los indios de México [5 tomos]
Los indios de México. Antología
Los primeros mexicanos
Los demonios en el convento (Sexo y relígión en la Nueva España)
El peso de la noche (Nueva Espaíia de la edad de plata a la edad de.fuego)
John Berger
La forma de un bolsillo
Cada vez que decimos adiós
José Joaquín Blanco
Fltnción de medianoche
Un chavo bien helado
Álbum de pesadillas mexicanas
Federico Campbell
La ficción de la memoria. Juan Rulfo ante la crftica (compilación)
Claudia Canales
El poela, el marqués y el asesino
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Ojo/ voz
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México armado. 1943-1981
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Refracción. Augusto Monterroso ante la crítica
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Kafka. Por una literatura menor
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Tiros en el concierto
Vida de Fray Servando
Bolívar Echeverría
La modernidad de lo barroco
Vllelta de siglo
(comp.) La mirada del ángel. En torno a las Tesis sobre la Historia de
Walrer Benjamín
(comp.) La americanización de la modernidad
Mircea Eliade
Tratado de historia de las religiones
Juan Gelman
Miradas
Adolfo Gilly
La revolución interrumpida
Chiapas: la razón ardiente
El cardenismo: una utopía mexicana
Historia a contrapelo. Una constelación
(comp.) Felipe Ángeles en la Revolución
Margo Glantz
SaFia
Antonio Gramsci
Cartas de la cárcel, 1926-1937
Cuadernos de la cárcel [6 tomos]
Luis Fernando Granados
Sueñan las piedras. Alzamiento ocurrido en la ciudad de México,
14, 15 y 16 de septiembre de 1847
Héctor Guillén Romo
Orígenes de la crisis en México
México frente a la m11ndialización neo/ibera/
Michael Hardt y Toni Negri
La multitud y la guerra
Hugo Hiriart
Disertación sobre las telarañas
Sobre la nat11raleza de los sueños
Discutibles fantasmas
Carlos Illades
Las otras ideas. El primer socialismo en México. 1850-1935
Gilbert M. Joseph y Daniel Nugent
Aspectos cotidianos de la formación del estado (compilación)
Friedrich Katz
Pancho Villa (dos tomos)
La guerra secreta en México
Revuelta, rebelión y revolución (compilación)
La servidumbre agraria en México en la época porfiriana
De Díaz a Madero. Orígenes y estallido de la revolución mexicana
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Dioses del Norte, dioses del Sur. Religiones y cosmovisión en Mesoamérica y
los Andes
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Autonomías. Democracia y contrainsurgencia
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El camino de los sentimientos
El bosque en la ciudad. El cuerpo en el DF
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Siete ensayos de interpretación de la realidad peruana
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A ustedes les consta. Antología de la crónica en México
Entrada libre. Crónicas de la sociedad que se organiza
Los rituales del caos
Nuevo catecismo para indios remisos
Salvador Novo. Lo marginal en el centro
"No sin nosotros" Los días del terremoto, 1985-2005
Augusto Monterroso
La letra e
La palabra mágica
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Apariencia desnuda (La obra de Marce/ Duchamp)
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La escritura cómplice. Juan García Ponce ante la crítica
Francisco Pineda
La irrupción zapatista. 19ll
La revolución del sur. Historia de la guerra zapatista 1912-1914
Sergio Pito!
El arte de la fuga
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La noche de Tlatelolco
Fuerte es el silencio
Nada, nadie. Las voces del temblor
Luz y luna, las lunitas
Las siete cabritas
Miguel Covarmbias. Vida y mundos
Nelson Reed
La guerra de castas de Yucatán
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Conversaciones con José Revueltas (compilación)
Silvestre Revueltas
Silvestre Revueltas por él mismo
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Chile, un largo septiembre
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Tepoz.tlán: Crónica de desacatos y resistencia
Plebeyas batallas. La huelga en la Universidad
Rhina Roux
El Príncipe mexicano
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Mujeres de maíz
ZLlpatistas sin fronteras. Las redes de solidaridad con Chiapas y el altermundismo
Emir Sader
La venganza de la historia
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Insurgentes. Guatemala, la paz arrancada
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James C. Scott
Los dominados y el arte de la resistencia
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La edición sin editores. Las grandes corporaciones y la cultura
El control de la palabra
Guillermo Sheridan
Poeta con paisaje. Ensayos sobre la vida de Octavio Paz
José Sotelo Marbán
Oaxaca. Insurgencia civil y terrorismo de Estado
Lev Tolstói
Diarios l. 1847-1894
Diarios II. 1895- 1910
Correspondencia l. 1842-1879
Correspondencia 1/. 1880-I910
Marina Tsvietáieva
Natalia Goncharova. Retrato de una pintora rusa
Remedios Varo
Cartas, suer1os y otros textos (Isabel Castells, compilación)
Hugo J. Verani
La hoguera y el viento. José Emilio Pacheco ante la crítica
Juan Villoro
Ljectos personales
Jorge Volpi
La imaginación y el poder. Una historia intelectual de 1968
La guerra y las palabras. Una historia intelectual de 1994
Immanuel Wallerstein
La decadencia del poder estadounidense
Eliot Weinberger
12 de septiembre. Cartas de Nueva York
Lo que oí sobre Iraq
Paul Westheim
Ideas fundamentales del arte prehispánico en México
Eric Wolf
Pueblos y culturas de Mesoamérica
Varios autores
El oficio de escritor [Entrevistas con grandes autores]
Sergio Pito/. Los territorios del viajero
L
os textos reunidos en el presente volumen se presentaron
en un coloquio organizado por el Seminario "La moderni-
dad: versiones y dimensiones" de la UNAM. El Seminario
centra su trabajo en torno a una preocupación generalizada que se
expresa de muchas maneras en la opinión pública y que la reflexión
académica suele recoger desde distintos ángulos, pero sin un trata-
miento explícito y sistemático. Se trata de un "malestar" que, más
allá de reflejar una crisis en los niveles económico, social y político
de la vida civilizada, parece ser la experiencia del carácter no sus-
tentable del tipo de civilización de esa vida civilizada, del modo de
vivir humano que prevalece en el mundo de nuestra época.
El tipo de civilización que da lugar a esa preocupación o ese
"malestar" generalizados es el de la "modernidad capitalista". Igual
que en toda la historia moderna, también en esta vuelta de siglo las
sociedades y los estados extra europeos pagan el acceso a las ven-
tajas civilizatorias de la modernidad con una "occidentalización"
mayor o menor de su vida. Lo nuevo está en que ahora esa "occi-
dentalización" se ha reducido a una americanización. En la época
del mundo "globalizado", el "americanismo" se ha impuesto como
la " identidad franca" o mínimamente universal que deben compartir
todos los habitantes del planeta en la medida en que aspiran a ser
usuarios adecuados de los bienes de tecnología moderna, es decir, a
participar en la vida "civilizada".
Múltiples fueron las perspectivas y distintos los niveles desde
y sobre los cuales abordaron los participantes en el Seminario el
tema de esta identidad histórica particular de la que se ha servido la
modernidad capitalista para alcanzar su figura más desarrollada.

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