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Alian Nevins y Henry Steele

e Commager con Jeffrey Morris

Breve historia

de los Estados Unidos

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Sección de Obras de Historia

BREVE HISTORIA DE LOS ESTADOS UNIDOS

Traducción de

Francisco González Aramburo

ALLAN NEVINS y HENRY STEELE COMMAGER

con Jeffrey Morris

BREVE HISTORIA

DE LOS ESTADOS UNIDOS

r*<

60 ANIVERSARIO

FONDO DE CULTURA ECONÓMICA

MÉXICO

Primera edición en inglés,

1942

Novena edición en inglés,

1992

Primera edición en español, 1994

Título original:

A Pocket History ofthe United States

© 1992, Henry Steele Commager y The Trustees of Columbia University in the City of New York (como beneficiarios de Alian Nevins)

ISBN 0-671-79023-4

D. R. © 1994, Fondo de Cultura Económica, S. A. de C. V.

Carretera Picacho-Ajusco, 227; 14200 México, D. F.

ISBN 968-16-4256-2

Impreso en México

PROLOGO

Los Estados Unidos salieron de la oscuridad para penetrar en la historia hace casi unos cuatro siglos. Es la más nueva de las grandes naciones

y, sin embargo, en muchos aspectos es la más interesante. Y es intere-

sante porque en su historia se recapitula la historia del género humano

y se concentra el desarrollo de las instituciones sociales, económicas y

políticas. Es interesante porque sobre ella ha actuado la mayor parte de las grandes fuerzas y factores históricos que han dado forma al mundo

moderno: el imperialismo, el nacionalismo, la inmigración, el industria-

lismo, la ciencia, la religión, la democracia y la libertad, y porque el in-

flujo de tales fuerzas sobre la sociedad se revela en su historia con más

claridad que en la de otras naciones. Es interesante porque, a pesar de

su juventud, es hoy la más antigua república y la más vieja democracia, además de que vive según la Constitución escrita más antigua del mun-

do. Es interesante porque, desde sus mismísimos comienzos, su pueblo

tuvo conciencia de un destino peculiar, porque de ella han pendido las

esperanzas y aspiraciones del género humano y porque no ha dejado de

realizar tal destino o de justificar tales esperanzas. La historia de los Estados Unidos es la de la interacción entre una cul- tura del Viejo Mundo y un ambiente del Nuevo Mundo, de la modifica-

ción de la cultura por el ambiente primero y de la subsiguiente modifi- cación del ambiente por la cultura. Los primeros colonizadores europeos

de los Estados Unidos no fueron hombres primitivos, sino sumamente

civilizados, y trasplantaron desde sus patrias una cultura que tenía si- glos de antigüedad. Sin embargo, los Estados Unidos jamás fueron sim-

plemente una prolongación del Viejo Mundo: fueron lo que sus primeros

colonizadores previeron y sus padres de la patria planearon consciente-

mente, a saber: algo nuevo en la historia. Los vastos territorios aún no

conquistados por el hombre a que se enfrentaron los "pioneros" desde el

Atlántico hasta el Pacífico modificaron profunda mente las instituciones

heredadas. Y dieron origen a instituciones totalmente nuevas, así como

la mezcla de pueblos y de razas modificó las culturas heredadas y creó,

en cierto sentido, un cultura completamente nueva. Los nuevos Estados

Unidos se convirtieron en el experimento más ambicioso jamás empren-

dido, de mezcla intencional de pueblos, de tolerancia religiosa, de opor-

tunidad económica y de democracia política; experimento que quizá

prosigue aún.

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PRÓLOGO

Los historiadores y comentaristas europeos, aunque reconocieran fá-

cilmente las virtudes sustantivas del pueblo estadunidense y el valor de

sus experimentos políticos, durante mucho tiempo aseveraron que la

historia de los Estados Unidos era, no obstante, descolorida y prosaica.

Es, por lo contrario, dramática y pintoresca, y ha cuajado en un molde heroico. Se encuentran pocos paralelos en la historia moderna del dra-

ma de la rápida expansión de grupos humanos pequeños y dispersos a

través de un continente gigantesco, del crecimiento de unas cuantas co-

lonias esforzadas hasta convertirse en una nación continental de 50 es-

tados, o de la propagación de una nueva cultura y de prácticas sociales y

económicas nuevas tan rápidamente hacia los cuatro puntos cardinales.

1 942

Allan Nevins

Henry Steele Commager

La primera edición de esta historia se escribió en los primeros años de la segunda Guerra Mundial y tuvo como objeto exponer e interpretar la cró-

nica histórica estadunidense no sólo para el mundo de habla inglesa, sino también para los pueblos de todas las naciones interesadas en la

evolución de la primera sociedad constitucional, que a la vez ha sido la pri-

mera sociedad democrática, en una época en que tanto el constitucio-

nalismo como la democracia se hallaban en peligro mortal. En los 35

años transcurridos desde que fue escrita por primera vez, ha pasado por

cinco revisiones y ampliaciones y ha sido publicada en la mayoría de las

lenguas del mundo. Esta sexta edición aparece cuando los Estados Unidos celebran o re-

cuerdan 200 años de independencia. La década transcurrida desde su

última edición ha sido la más cargada de desafíos, y quizá la que más

nos ha hecho reflexionar, en toda nuestra historia, desde la Guerra Civil

y la Reconstrucción. En su preocupación por la guerra, su susceptibili-

dad a la corrupción en gran escala y su ataque contra la integridad del

sistema institucional, revela interesantes analogías con la década ante-

rior. Así pues, también esta última década ha sido una época de sufri-

mientos y decepciones. Fue testigo, en la escena mundial, de una guerra

carente de sentido, fútil, que causó inmensos daños a un pueblo remoto con el que no teníamos motivos legítimos de disputa, y causó un daño

irreparable a la trama social, económica y moral de nuestra sociedad.

Fue testigo, en la escena nacional, de la ignominia de Watergate y de to-

dos los males que la acompañaron. Señaló, en cierto sentido, el verda-

dero final de la inocencia estadunidense; el final de esa prolongada era que se extendió desde la Declaración y la Constitución hasta el Plan

PRÓLOGO

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Marshall y la creación de las Naciones Unidas, cuando los estaduniden-

ses se pudieron considerar, en cierto sentido, inmunes a la verdad de la Historia y cuando pudieron dar por sentado que la Naturaleza y la His- toria les permitían disfrutar de normas de conducta y de moral más

elevadas que las que se podían fijar los países del Viejo Mundo. Señaló

el fin, también, lo mismo en la escena interna que en la internacional, de aquellos conceptos de una cantidad ilimitada de tierras y recursos, de

aislamiento geográfico y moral y de un destino especial y una misión

también especial, que habían ilusionado a los espíritus estadunidenses

desde Jefferson hasta Woodrow Wilson y Franklin D. Roosevelt. El futu-

ro develará si los Estados Unidos, aleccionados por la experiencia y madu-

rados por el fracaso, podrán adaptarse, en el tercer siglo de su existencia,

a una nueva posición en el mundo. Es patente que poseen la capacidad

para hacerlo: recursos naturales enormes, instituciones sólidas, una he-

rencia de la que pueden sentirse orgullosos y un pueblo tan capaz de

salir al paso de desafíos y de sobreponerse a las dificultades como el que más en el mundo. No hay razón para que no puedan salir de la crisis ac-

tual más consagrados a los valores y potencialidades de su Constitución,

más fogosos en su respuesta a las obligaciones que tienen de mante-

nerse vigilantes contra las usurpaciones del poder, más inteligentes por

lo que corresponde a la fijación de límites a ese poder, y más magnáni-

mos en su ejercicio.

Desde la última edición, el coautor de esta obra, el distinguido y querido

Alian Nevins, ha muerto, y ha dejado un vacío que no se puede llenar. Para la preparación de esta impresión, he contado con la ayuda del pro-

fesor Milton Cantor de la Universidad de Massachusetts.

1976

Henry Steele Commager

I. EL ESTABLECIMIENTO DE LAS COLONIAS

Rasgos naturales de la América del Norte

La historia de la colonización inglesa en la América del Norte comenzó

una hermosa mañana de abril de 1607, cuando tres naves azotadas por

las tormentas, del capitán Christopher Newport, echaron anclas cerca

de la embocadura de la bahía de Chesapeake, y despacharon a tierra

hombres que encontraron "prados amenos y altísimos árboles, con tales

aguas dulces que casi se maravillaron" de verlas. En estas naves venían

George Percy, el activo y apuesto hijo del duque de Northumberland, y

el capitán John Smith. Percy anotó que encontraron nobles bosques, de

suelo alfombrado de flores; excelentes fresas, "cuatro veces más grandes

y mejores que las que tenemos en Inglaterra"; ostras "muy grandes y de

gusto delicado"; mucha caza menor, "montones de nidos de pavos y mu-

chos huevos", y un poblado indio, en el que los salvajes les llevaron pan

de maíz y tabaco que fumaban en pipas de barro con cazoletas de cobre.

Durante un tiempo, estas primeras experiencias en Virginia les pare-

cieron encantadoras. Las Observations de Percy nos describen el deleite

que causaron a los recién llegados las aves de vivos y variados colores, las frutas y bayas, el excelente esturión, y el placentero paisaje. Pero su animada narración, llena de una poesía salvaje, concluye en algo que

parece un grito. Pues nos cuenta de qué manera los indios atacaron a los colonos, y "avanzaron a gatas contra nosotros desde las colinas, como si

fuesen osos, sujetando en sus bocas sus arcos"; de qué manera sufrieron

los hombres "crueles enfermedades, bubas, flujos y fiebres ardientes"; y

cómo murieron de pura hambre, "arrastrados sus cuerpos para sacarlos

de sus cabanas y enterrarlos, como a perros".

El establecimiento de una nación nueva en la América del Norte no

fue cosa de fiesta. Supuso un trabajo áspero, sucio, pesado y peligroso.

Tenían ante ellos un gran continente salvaje, cuyo tercio oriental estaba

cubierto de bosques sin senderos; cuyas montañas, ríos, lagos y llanuras

inmensas estaban trazados todos a escala grandiosa; sus parajes norte-

ños ferozmente fríos en el invierno; sus zonas meridionales hirvientes en el verano; lleno de animales salvajes, y poblado por pueblos belicosos,

crueles y traicioneros que se hallaban aún en la Edad de Piedra. Por mu-

chos conceptos, era una tierra ominosa. Se podía llegar a ella tan sólo

luego de un viaje tan peligroso que algunas naves sepultaron a tanta

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EL ESTABLECIMIENTO DE LAS COLONIAS

gente como la que desembarcaban. Pero, a pesar de todos sus inconve- nientes, se prestaba admirablemente para convertirse en el hogar de un

pueblo enérgico, que quería prosperar.

América del Norte es un continente aproximadamente triangular, cuya

parte más ancha zona rica, variada y, en general, bien irrigada se

halla situada entre el vigésimo sexto y el quincuagésimo quinto parale-

los. Su clima aquí es saludable, con un verano cálido que permite levan-

tar excelentes cosechas y un invierno frío que estimula la actividad de

los hombres. Los europeos pudieron establecerse en la mayor parte de esta zona sin pasar por ningún doloroso proceso de adaptación. Pudieron in-

troducir sus principales cultivos de plantas alimenticias: trigo, centeno, avena, habichuelas, zanahorias y cebollas. Encontraron en la nueva tie- rra dos plantas alimenticias nuevas de extraordinario valor, el maíz y la

papa. El "grano indio", cuando se plantaba en mayo, proporcionaba ma-

zorcas asaderas en julio y más tarde forraje para el ganado, camas de tusa para los colonos y un rendimiento incomparable de granos. Por do-

quier abundaba la caza; venados y bisontes se contaban por millones;

las bandadas de palomas salvajes oscurecían el cielo. Las aguas coste-

ras abundaban en peces. A su debido tiempo, la investigación reveló que

América del Norte contenía más hierro, carbón, cobre y petróleo que cual-

quier otro continente. Poseía bosques casi infinitos. Bahías y caletas pro-

porcionaban numerosos abrigos a lo largo de la costa oriental, baja en

general, en tanto que anchos ríos como los de San Lorenzo, Connecti-

cut, Hudson, Delaware, Susquehanna, Potomac, James, Pee Dee, Savan-

nahfacilitaban la penetración a considerable distancia hacia el inte-

rior. Se podía uno establecer y ampliar luego las tierras adquiridas sin

excesivos trabajos.

Algunos rasgos naturales del continente habrían de dejar profunda

huella en el curso futuro de la nación estadunidense. Las múltiples ba- hías y caletas de la costa del Atlántico facilitaron la creación de nume- rosas colonias pequeñas, en vez de unas cuantas grandes. Quince en to-

tal no tardarían en establecerse, contando a Nueva Escocia y Quebec, y proporcionaron a esa parte de la América del Norte, en su primera

historia, una rica variedad de instituciones. Cada una de ellas se aferró

tenazmente a su propio carácter. Cuando llegó la independencia, la na- ción que se formó con 13 de dichas unidades tenía por fuerza que con-

vertirse en una federación. Tras la llanura costera se elevaba una ancha

y salvaje barrera montañosa, la cadena de los Apalaches. Era tan difí-

cil cruzarla, que los poblamientos costeros crecieron hasta tornarse bas-

tante densos, recios, con usos y costumbres bien arraigados, antes de

que la población empleara grandes energías para la expansión al otro

lado de los Apalaches. Cuando avanzaron hacia el oeste, cruzaron las

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montañas para encontrar ante una inmensa llanura central, la de la

cuenca del Misisipí. Ésta, que abarca casi la mitad de la superficie de los

Estados Unidos y más de la mitad de la tierra cultivable, era tan llana

que las comunicaciones resultaban fáciles; especialmente porque la sur-

caban, hacia el este y el oeste, numerosas corrientes navegables las de

los ríos Wisconsin, Iowa, Illinois, Ohio, Cumberland, Tennessee, Arkan- sas y Rojoy, por el norte y el sur, el gran sistema fluvial de los ríos Mi-

sisipí-Misuri. Los colonos se establecieron en esta cuenca fértil con rapi-

dez y facilidad, relativamente hablando. Hombres de todas partes de la

costa y de todos los países de la Europa occidental se mezclaron en ella en circunstancias de igualdad. Se convirtió en un gran crisol dentro del

cual se desarrollaron una nueva democracia y un nuevo sentimiento

norteamericanos

Más hacia el oeste se encuentran altiplanos de clima tan seco que, jun-

to con las Montañas Rocosas, situadas un poco más allá, demoraron du-

rante mucho tiempo el avance decidido de la colonización. Los suelos y el oro de la distante vertiente del Pacífico atrajeron a un puñado de pio-

neros aventureros varias décadas antes de que estas planicies semiáridas

les fueran arrebatadas a los indios. California era un estado populoso y poderoso hacia las fechas en que una faja amplia, sin colonizar, todavía la separaba, junto con Oregon, de las porciones más antiguas de los Es- tados Unidos. Pero esta faja no se mantuvo mucho tiempo en soledad. A

la zaga de los cazadores de búfalos, los rancheros ganaderos cubrieron

rápidamente las llanuras, mientras la población se fue tornando gra- dualmente más densa a medida que los ferrocarriles trajeron los mate-

riales para la conquista del país carente de árboles: alambre de púas,

molinos de viento, maderas y aperos agrícolas. Aumentó también el

número de granjas regadas. Hacia 1890, la llamada "frontera" había des- aparecido considerablemente y ya no existía el "Salvaje Oeste".

Desde un principio fue inevitable que el movimiento de colonización

procediera en general de este a oeste. Desde la costa atlántica, el San

Lorenzo y las vías fluviales de los Grandes Lagos, que proporcionaban el

acceso más fácil al interior, coman aproximadamente en dirección este-

oeste. La apertura del valle del Mohawk en los Apalaches septentrio-

nales, que con el tiempo proporcionó el lugar para la construcción del

Canal de Erie, constituía otra ruta este-oeste. El valle del Ohio, una ter-

cera gran arteria de la colonización, tiene un trazado que aproximada-

mente va de este a oeste. En grado sorprendente la emigración desde el

Atlántico, sin interrupción, hasta las Rocosas propendió a seguir los pa-

ralelos de latitud. Fue inevitable también que la soberanía francesa so-

bre Luisiana y la soberanía mexicana sobre California y el Sudoeste se

desvanecieran ante el avance de los norteamericanos de habla inglesa.

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EL ESTABLECIMIENTO DE LAS COLONIAS

Aun en los días de la colonia, agudos observadores señalaron que la

gente que dominara el valle del Ohio con el tiempo llegaría a dominar el

Misisipí. Era igualmente cierto que las personas que dominaran la cuen-

ca del Misisipí tendrían que llegar a dominar toda la zona situada al

oeste de la misma. Gracias a su número y a su energía superiores, los estadunidenses sacaron el máximo provecho de sus ventajas geográficas.

Afortunadamente para los colonos blancos, los indios de aquella parte

de la América del Norte eran demasiado poco numerosos y demasiado

atrasados como para constituir un grave impedimento a la colonización.

La acosaron y a veces la demoraron; jamás lograron detenerla duran-

te mucho tiempo. Cuando los primeros europeos llegaron, los indios al

este del Misisipí probablemente no pasaban de las 200 000 personas. Los de todo el continente, al norte de México, indudablemente no pasaban de

500 000. Armados tan sólo de arcos y flechas, con la tomahawk y la po-

rra de guerra, e ignorantes de todo arte militar con excepción del de la

emboscada, por lo común no fueron rival para los grupos de blancos

bien pertrechados y vigilantes. Por lo demás, no habían mostrado mayor

capacidad para someter a la naturaleza, y, como vivían principalmente

de la caza y de la pesca, sus recursos eran precarios. La mayoría de los

centenares de tribus de las 59 "familias" reconocidas al norte de México

eran pequeñas y no podían formar bandas guerreras formidables. La or-

ganización india más poderosa fue la de las Cinco (más tarde Seis) Na-

ciones de la familia iroquesa, cuyo bastión se encontraba en la porción

occidental de Nueva York, que tenía un consejo general y llevaba a cabo una política agresiva por la cual los temían sus vecinas tribus algonqui-

nas. En el Sudeste, los creek habían formado otra fuerte confederación

de la familia muskogea; en el remoto Noroeste, en las llanuras altas, los

sioux habían forjado una organización un poco más débil. La lucha entre los colonos y los indios durante el periodo colonial

pasó por varias etapas bien definidas. Tan pronto se establecieron las

primeras colonias, la mayoría de ellas entró en agudo conflicto local con las pequeñas tribus vecinas. Un buen ejemplo es el de la breve y feroz

Guerra Pequot en la Nueva Inglaterra, que en 1637 concluyó con la des- trucción completa de la tribu pequot que habitaba el valle del Connecti-

cut; otro ejemplo nos lo proporciona la guerra entre los colonos de Vir-

ginia y las tribus powhatan, que empezó en 1622 y terminó también con

la completa derrota de los indios. Pero a medida que los recién llegados

blancos fueron avanzando y se apoderaron de espacios más grandes de

tierras, los indios formaron amplias alianzas tribales para hacer resis- tencia. El rey Felipe, por ejemplo, reunió a varias tribus importantes de Nueva Inglaterra, que lucharon heroicamente durante dos años antes de que los aplastaran; en tanto que los colonos de Carolina del Norte tu-

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vieron que enfrentarse a alianzas semejantes durante la Guerra Tuscaro- ra; y los colonos de Carolina del Sur durante la Guerra Yamassee. Estas luchas fueron duras y extensas, por lo que causaron muchas pérdidas de vidas y propiedades a los blancos. Finalmente, llegó la fase de la guerra

en que los indios encontraron aliados europeos. Algunas de las tribus

del norte se aliaron con los franceses; algunas de las tribus del sur reci-

bieron armas y estímulos de los españoles. Afortunadamente para los

colonos de habla inglesa, la poderosa Confederación Iroquesa se mostró amistosa y prestó ayuda activa en las operaciones contra los franceses. Al final, los indios hostiles fueron tan decididamente derrotados en esta

tercera fase de la guerra como en las dos anteriores.

LOS PRIMEROS COLONOS

Al rudo nuevo continente los primeros colonos británicos llegaron en

grupos atrevidos. Las naves que al mando de Christopher Newport lle- garon a Hampton Roads, el 13 de mayo de 1607, sólo llevaron hombres.

Establecieron Jamestown con un fuerte, una iglesia, un almacén y una

hilera de pequeñas cabanas. Cuando las calamidades cayeron sobre ellos,

el capitán John Smith hizo gala de una fibra, una energía y una capaci- dad que, en el segundo año, lo convirtieron en presidente y dictador

práctico de la colonia. La agricultura se desarrolló lentamente; en 1612, John Rolfe empezó a cultivar tabaco, y, como consiguió elevados precios

en el mercado de Londres, todo el mundo se dedicó al cultivo de esta

planta, hasta el punto de que incluso se plantó en la plaza del mercado. Sin embargo, el crecimiento fue lento. Hacia 1619 no había en Virginia

más de 2 000 blancos. Ese año se distinguió por tres acontecimientos. Uno

de ellos fue la llegada de una nave desde Inglaterra con 90 "doncellas"

que habrían de ser dadas en matrimonio a los colonos que estuviesen dispuestos a pagar 120 libras de tabaco por su transporte. Este carga-

mento fue recibido con tanta alegría que no tardaron en enviarse otros.

No menos importante fue el inicio del gobierno representativo en la

América del Norte. El 30 de julio, en aquella iglesia de Jamestown donde John Rolfe varios años antes había consolidado una paz transitoria con

los indios al casarse con Pocahontas, se reunió la primera asamblea le- gislativa del continente: un gobernador, seis consejeros y dos burgueses de cada una de 10 haciendas. El tercer acontecimiento significativo del año fue la llegada, en agosto, de un barco holandés con esclavos negros,

20 de los cuales fueron vendidos a los colonos. Mientras Virginia lograba dificultosamente sobrevivir y crecer, una

congregación de calvinistas ingleses establecidos en Holanda estaban

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EL ESTABLECIMIENTO DE LAS COLONIAS

haciendo planes para trasladarse al Nuevo Mundo. Estos "peregrinos", que

habían sido perseguidos por haber negado la supremacía eclesiástica del

rey y deseado establecer su propia iglesia, procedían de la aldea de Scroo-

by, en Nottinghamshire. Por todos conceptos, eran un grupo notable. Po-

seían tres dirigentes de destacada capacidad. El maestro John Robinson, instruido, amplio de miras y de corazón generoso, que se había graduado

en la Universidad de Cambridge; un sabio anciano, William Brewster,

quien también había hecho estudios en Cambridge, y William Brad-

ford, sagaz, enérgico e idealista. Los hombres comunes eran íntegros,

industriosos y sobrios, así como valientes y templados. Habían sufrido

la hostilidad del vulgo en Inglaterra; habían soportado la soledad y pasa-

do grandes trabajos en Holanda. Ahora, luego de conseguir una licencia para establecerse en América, un barco llamado Mayflower y las nece- sarias provisiones, se prepararon para soportar los rigores de los terri- torios salvajes. Partiendo de Plymouth, en número de 102, los peregrinos, el 1 1 de diciembre vieja cuentade 1620, desembarcaron en la costa

de Massachusetts. Durante ese invierno, más de la mitad de ellos mu-

rió de frío y escorbuto. Bien pudo escribir William Bradford:

Pero ahora no puedo menos de pararme y hacer una pausa y asombrarme

Habiendo así cruzado el vasto

ante el estado actual de esta pobre gente

océano y soportado un mar de dificultades antes y durante la preparación

no

tienen ahora amigos que les den la bienvenida, ni posadas para reconfortar o

refrescar sus cuerpos maltratados por la intemperie, ni casas ni mucho menos

pueblos a los que acogerse o solicitar socorro

Y por lo que toca a la estación,

era invierno, y quienes conocen los inviernos de ese país saben que son rudos y violentos y sujetos a crueles y formidables tormentas, peligrosos para el que

viaja a lugare