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HIBRIDACIÓN IDENTITARIA LITERATURA ARGENTINA E INMIGRACIÓN:LOS GAUCHOS

JUDÍOS DE ALBERTO GERCHUNOFF

El presente trabajo examina la configuración textual de la hibridación identitaria y la


conflictividad lingüística en textos canónicos de la literatura argentina; el primero “Los gauchos
judíos” (1910) de Alberto Gerchunoff y dos obras del grotesco criollo de Armando Discépolo
“Mustafá” (1921) y “Babilonia, una hora entre criados” (1925). Nuestro análisis adoptará una doble
perspectiva, a saber: diacrónica para contextualizar el devenir histórico que ha condicionado la
enunciación textual y sincrónica, para diseñar una interpretación de las estrategias de configuración
de sentido en la materia verbal. Asimismo, ambas perspectivas suman un tercer enfoque; “el giro
decolonial” que promueve la exégesis de la articulación textual a partir de la dialéctica de
dominador/dominado, configurada a partir de los rasgos lingüísticos que trasuntan ideología,
presentes en todo texto literario pero también y en particular en los textos del período.
La literatura latinoamericana se funda a partir de la narración de la alteridad. ¿Qué otro discurso
constituyen las crónicas de Indias de Gonzalo Fernández de Oviedo, Bernal Díaz del Castillo, Las
Casas o el mismo diario de Colón que el encubrimiento de la otredad a partir de lo previamente
conocido o imaginado. Según Dussel: “deseamos indicar por"invención" a la experiencia existencial
colombina de prestar un "ser-asiático" a las islas encontradas en su ruta hacia la India. El "ser-
asiático"-nada más- es un invento que sólo existió en el imaginario, en la fantasía estética y
contemplativa de los grandes navegantes del Mediterráneo. Es el modo como "desapareció" el Otro,
el "indio"; no fue descubierto como Otro, sino como "lo Mismo" ya conocido (el asiático) y sólo re-
conocido (negado entonces como Otro) y"en-cubierto"”1. En este sentido, la narración de la
alteridad constituye siempre una construcción retórica en relación con los paradigmas sociales de
poder y representación cultural vigentes en un período histórico determinado. Se expresa
históricamente en términos epistemológicos pero también estéticos en una discursividad objetiva y
objetivante; aun cuando gran parte de sus formulaciones discursivas estén fuertemente teñidas de
ideología, manifestada mediante un discurso axiológico que determina la alteridad a través de
juicios que oscilan entre los parámetros de superioridad de quien juzga y narra y la inferioridad del
otro, que es juzgado y objetivado desde el egocentrismo cultural de un sujeto de la enunciación
autorreferencial. Así en la modernidad, se construye alteridad o mejor se destruye
enunciativamente al otro para confirmar la superioridad cultural de lo propio; en una suerte de
retoricismo etnocéntrico cuya finalidad es la dominación mediante el establecimiento del
discurso espistemológico que legitime la conquista.

1 DUSELL, E. (1994). El encubrimiento del otro. Hacia el origen del mito de la modernidad. México. Ed. ABYA-
YALA.
Por esta razón surge y se contextualiza históricamente en las épocas de expansión colonial, (libros
de viajes, relatos con pretensión etnográfica; diarios, novelas, en fin, diversas manifestaciones de
“la narrativa de conquista”) que opera como una causa eficiente del colonialismo pero asimismo
como efecto del mismo. En tanto que sus propiedades textuales de sentido y expresión encubren la
ideología mediante la verosimilitud y estrategias de borramiento de las marcas de la subjetividad,
que aun implícita o con marcas gramaticales o léxicas atenuadas permea la totalidad de los textos;
esto es, los adapta lingüísticamente en relación con su objetivo ulterior. Por el contrario, la
alteridad, de acuerdo con Lévinas2, supone la elaboración de un vínculo insovalente de la
intersubetividad. De este modo, de la igualdad entre sujetos, de acuerdo con el filósofo francés,
surge la moralidad. Siguiendo la línea de pensamiento de Lévinas; el otro deja de ser otro; es sujeto
en tanto se lo perciba en condiciones de igualdad; dado que la diferencia cultural nunca se muestra
con tanta contundencia que justifique la negación del otro en tanto sujeto. Contrariamente, cuando
la enunciación de la otredad no sucede en términos de isovalencia, esto es, de paridad ontológica;
el sujeto que ya ni siquiera es un otro en los textos; se lo objetiva y desnaturaliza en función de su
sometimiento que paradójicamente se legitima en los discursos coloniales mediante su civilización,
es decir, su conversión en “sujeto”amparada en un universalismo cultural o religioso que disfraza su
particularismo cultural como “la civilización” o “la humanidad”; convirtiendo la sinécdoque en
totalidad, tópico de todos los discursos de dominación cuyo efecto inexorable en el otro es su
alienación esclavizada3. En este sentido, la literatura de tema inmigratorio prosigue el tópico de la
alteridad que se encuentra en los textos que dan origen a la tradición canónica latinoamericana. Es
decir, se incardinan en la lucha por articular un discurso que establezca un determinada retórica
verosímil de los otros. De este modo, la literatura latinoamericana presenta dos registros literarios
que tematizan la alteridad; en primer lugar, aquellos textos literarios escritos desde la perspectiva
del poder cuyo objetivo central es representar a los otros en términos de funcionalidad o
disfuncionalidad respecto a sus propios paradigmas conceptuales y finalidades sociales; de aquí la
tendencia, por ejemplo, a construir etopeyas que categorizan a grupos o individuos mediante un
intenso maniqueísmo que organiza los personajes de los textos literarios en relación a la pertenencia
o no pertenencia a la concepción axiológica del autor; verbigracia la novela romántica
latinoamericana: “Amalia” de José Mármol en el caso argentino. O por el contrario, en segundo
lugar, los textos que desde la marginalidad enuncian un discurso antagónico a la versión oficial y
reivindicativo de su propia experiencia histórica. Es decir, la enunciación literaria de su propia
subjetividad.

2 LEVINAS, EMMANUEL. (2012). Totalidad e infinito. Salamanca: Ediciones Sígueme.


3 Véase la crítica de los efectos de la dominación colonial en la psique de los colonizandos en Fannon. F. (2009)
Piel negra, máscaras blancas. Madrid. Akal.
Esto es así, en el contexto general de la literatura latinoamericana: en la novelística chicana, por
ejemplo, novelas como “Peregrinos de Aztlan” (1974) de Miguel Méndez o “Jalamanta un mensaje
del desierto” (1996) evidencian el cruce entre emigración, exilio e identidad como condiciones
palmarias de la identidad migratoria del coletivo chicano y expresan una vindicación de la
subjetividad colectiva frente a su encubrimiento social . Recordemos dicho sea de paso, que el
colectivo chicano en Estados Unidos no solo alude a los migrantes mexicanos que cruzan la frontera
sur sino asimismo a aquellos ciudadanos mexicanos que en virtud del Tratado Guadalupe-Hidalgo,
firmado por México y Estados Unidos en 1848, en virtud del cual se reformulaban los límites entre
ambos países, se convierten precisamente en extranjeros en su propia tierra, víctimas de una
imposición de un orden cultural y económico ajeno. Pero asimismo, en el contexto de la literatura
argentina en particular; frente al arribo de ingentes cantidades de inmigrantes desde el último tercio
del siglo XIX hasta mediados del siglo XX; surge una novelística, escrita desde la perspectiva del
poder cuya finalidad en términos pragmáticos se orienta a criticar el fenómeno desde el prejuicio
xenófobo. Sucede de esta manera en novelas como “La Bolsa” (1891) de Julián Martel (1867-
1896) en la que se articulan varios tópicos del antisemitismo decimonónico; ocurre en la novela de
Eugenio Cambaceres “En la sangre” (1887), típica novela de tesis naturalista imbuida de
determinismo seudocientífico que insta a impugnar la emigración proveniente del sur de Italia por
no ser apta racialmente para el progreso. Además, en Argentina, la llegada de inmigrantes produjo
no solamente una novelística de historias que intentan funcionar como ejemplarizantes estudios
científicos pero también apólogos de índole mora para promover la alerta social sobre el particular,
como las anteriores, sino además una serie ensayística que repensaba el país en términos de su
nueva realidad; intentando establecer un nuevo paradigma identitario nacional. De este modo, la
heterogeneidad de los colectivos inmigratorios acicatea la elaboración cultural de un paradigma de
nacionalidad. Así “La restauración nacionalista” (1922) de Ricardo Rojas o “El escritor argentino y
la tradición” de Borges, presente en su ensayo Discusión (1957) en el que definía el lugar de la
literatura argentina dentro del canon occidental; respondiendo tardíamente al debate entre literatura
nacional y literatura extranjerizante4 En efecto, la relación de la élite argentina terrateniente
respecto de los inmigrantes fue ambivalente e incluso negativa cuyo punto más álgido lo constituyó
la Ley de Residencia o Ley Cané la que en 1902 facultó al gobierno a expulsar a inmigrantes sin
juicio previo. La ley fue utilizada por sucesivamente para reprimir la organización sindical de los
trabajadores; expulsando principalmente a anarquistas y socialistas; de intensa aplicación luego de
la represión de las huelgas patagónicas durante 1920 y 1921.

4 ABAD DE SANTILLÁN, DIEGO. (1930). El movimiento anarquista en la Argentina. Desde sus comienzos hasta
el año 1910. Buenos Aires. Argonauta.
Dirigidas por el coruñés Antonio Soto y el criollo José Font.. 56. Por otra parte, el desengaño de los
políticos y escritores de la denominada “Generación del 80” con la inmigración se debía no solo a
cuestiones raciales sino principalmente políticas, debido al ejercicio por parte de los obreros de su
conciencia de clase; practicada anteriormente en Europa. 7. El problema era nuevo para la élite de
una sociedad acostumbrada al quietismo social frente al paternalismo caciquil de una oligarquía
semifeudal que vio peligrar sus intereses a partir de dos procesos concomitantes: el auge urbano de
la gran capital y el establecimiento de un proletariado con un alto nivel de conciencia política y de
organización sindical. De esta manera, la tensión entre capital y trabajo daba al traste con las
consignas de aquellos pensadores del período anterior; la generación del 37, que cifraban en el
arribo de inmigrantes el acicate para el progreso económico y la incorporación del país al sistema
capitalista mundial. En efecto, pensadores como Alberdi o Sarmiento alentaban desde su
cosmovisión eurocéntrica la incorporación de inmigrantes europeos como sucedáneo de las clases
subalternas autóctonas; incapaces de ser incorporadas al proceso de civilización. Tanto Alberdi
como Sarmiento hubiesen acordado con las palabras de Héctor Murena en el siglo XX: quien
ejemplifica la alienación de la “intelligentsia” argentina en la escisión entre la imagen que devuelve
un espejo narcisista y la imagen de su contexto social situado en las antípodas: He aquí los
hechos: en un tiempo habitábamos en una tierra fecundada por el espíritu, que se llama Europa, y
de pronto, fuimos expulsados de ella, caímos en otra tierra, en una tierra en bruto, vacía de
espíritu, a la que dimos en llamar América.8 En la misma línea que recorre toda la producción
cultural argentina; un siglo atrás desde los parámetros del maniqueísmo civilización o barbarie
sarmientino, tanto Alberdi como Sarmiento habían reaccionado con virulencia y espanto a la
contracara americana de la imagen propia idealizada de Murena. Sarmiento en “El progreso” en
1844 escribe:¿Lograremos exterminar los indios?. Por los salvajes de América siento una
invencible repugnancia sin poderlo remediar. Esa canalla no son más que unos indios asquerosos
a quienes mandaría colgar ahora si reapareciesen. Lautaro y Caupolicán son unos indios piojosos,
porque así son todos. Incapaces de progreso, su exterminio es providencial y útil, sublime y
grande. Se los debe exterminar sin ni siquiera perdonar al pequeño, que tiene ya el odio instintivo
al hombre civilizado . Es menester recordar que la denigración sarmientina se produce sobre dos
personajes históricos; cuyos méritos guerreros han sido consignados en la única obra épica escrita
en América sobre las guerras entre españoles e indígenas durante el siglo XVI; nos referimos a “La
araucana” de Ercilla.

5 BAYER, OSVALDO (1972-1974). La Patagonia rebelde. Buenos Aires. Editorial Furia.


6 BORRERO, JOSÉ MARÍA (1928). La Patagonia trágica. Buenos Aires. Kraft.
7 Entendemos “conciencia de clase” en terminos de G. Lukács como opuesto al concepto de “alienación”, esto es, la
imposibilidad de percibir las condiciones de explotación de la sociedad capitalista. Véase: “Historia y conciencia de
clase” del mismo autor.
8 MURENA, HÉCTOR (1954). El pecado original de América. Buenos Aires. Fondo de Cultura económica. (Pág.
33).
En contraposición, el poeta épico español describe a Lautaro en estos términos:

“De quién prueba se oyó tan espantosa (..)


¿Y que solo valor, y no otra cosa,

de un bárbaro muchacho haya podido


arrebatar por fuerza a los cristianos
una tan gran victoria de las manos?

No los dos Publios Decios, que las vidas


sacrificaron por la patria amada,
ni Curcio, Horacio, Scévola y Leónidas,
dieron muestra de sí tan señalada;
ni aquellos que en las guerras tan reñidas
alcanzaron gran fama por la espada,
Furio, Marcelo, Fulvio, Cincinato,
Marco Sergio, Filón, Sceva y Dentato.

¿Decidme, estos famosos, qué hicieron


que al hecho de este bárbaro igual fuese?
(..)¿A qué riesgo y peligro se pusieron
que la sed del reinar no les moviese (..)”9

El encono sarmientino se mantuvo invariable pues 17 años después en carta a Mitre estampa: no
trate de economizar sangre de gauchos. Este es un abono que es preciso hacer útil al país. La
sangre es lo único que tienen de seres humanos. En tanto que Alberdi afirma: haced pasar el roto,
el gaucho, el cholo, unidad elemental de nuestras masas populares por todas las transformaciones
del mejor sistema de instrucción; en cien años no haréis de él un obrero inglés que trabaja,
consume, vive digna y confortablemente. 1011. Es interesante, en línea con el análisis de Samir Amin
establecer que la conciencia de la superioridad europea frente a otros pueblos como reproduce
Alberdi residía en el modo capitalista de organización de su sociedad.12

9 ERCILLA y ZUÑIGA, ALONSO DE. La araucana. Canto III. Madrid. Cátedra. P 68-69.
10 Bases y puntos de partida para la reorganización nacional. Capítulo XV. Pág. 90.
11 “Que la ineptitud como labrador y criador imputada al infiel fue un artilugio inventado para raparles sus tierras en
nombre de la cvilización y el crucifijo. Que el gaucho, (…) fue declarado vago de profesión para tapar el tabú a la
propiedad de la tierra que pesaba sobre él. LUIS FRANCO.(2002) La Pampa habla. Buenos Aires Ediciones de la
Biblioteca nacional. Pág 225.
12 SAMIR, AMIN. (1989). El eurocentrismo. Crítica de una ideología.México. Siglo XXI. Pág 39.
Por lo que, de acuerdo con este autor, la imposición del sistema capitalista a escala planetaria
produjo la necesidad del universalismo en dos campos, a saber; tanto en el plano del análisis
científico de los fenómenos sociales como en el diseño y consolidación de un proyecto social que
superara los condicionamientos históricos y retomara la idea del progreso social; articulado como
uno de los principales proyectos de la razón ilustrada y reactualizado en el siglo XIX por el
positivismo13. Ahora bien, tal universalismo gnoseológico pero asimismo político no excluye el
proyecto de una cultura nacional. Proyecto acusado en las naciones americanas cuyos procesos de
independencia de la metrópoli fueron acicateados por la zozobra metropolitana a causa de la
invasión del imperialismo napoleónico y que alcanzan el centenario de su libertad política en 1910
como es el caso de la Argentina. Si el país recibía un creciente número de inmigrantes desde
mediados del siglo XIX hasta el primer tercio del siglo XX producido por las disolución política de
los antiguas entidades imperiales y luego por la crónica pauperización de las clases proletarias
europeas, (revoluciones de 1820, 1830, 1848 y 1917) ya era palmaria la necesidad para las élites
argentinas de establecer un paradigma identitario; tal necesidad se solventó mediante dos prácticas;
la educativa a través de la ley 1420 y la literatura criollista. Ambas cimentaron un proceso de
homogeneización cultural que establecerá el relato de “la comunidad imaginada” que articula todo
nacionalismo de acuerdo con Benedict Anderson14. En este aspecto, será la figura del gaucho la que
se implementará como sinécdoque en la simbolización de aquella entidad abstracta de “lo nacional”.
Sin embargo, la canonización simbólica del gaucho no sucedió rápidamente. Históricamente, su
aparición en las crónicas data del siglo XVI; así como en la literatura de viajes o de residentes
extranjeros ,establecidos en el país, desde los albores hasta finales del siglo XIX 15. En todos los
casos, se alude a un trabajador rural de vida seminómade, encargado de las faenas pertinentes al
arreo y yerra del ganado.16. Para autores como Sarmiento y Alberdi; dada su idiosincrasia indómita
y su partidismo político por los caudillos de las provincias interiores en contra de Buenos Aires
constituirá un escollo para el proceso civilizador que será preciso erradicar. Sarmiento, por ejemplo,
en su “Facundo o civilización y barbarie en las pampas argentinas” (1845) homologa, en una
estrategia discursiva determinada pragmáticamente por los receptores de su texto, la barbarie

13. La civilización, que era en suma la Europa misma, era un título que se otorgaba a sí mismo el progreso europeo.
(…). Así , estas dos ideas de “civilización” y de “progreso” , que están asociadas muy estrechamente, no datan una y
otra más que de la segunda mitad del XVIII, es decir, de la época en que entre otras cosas, vio nacer el materialismo” en
GUENON, RENE (1924) Oriente y Occidente.

14 ANDERSON, BENEDICT (1993). Comunidades imaginadas. Reflexiones sobre el origen y difusión del
nacionalismo. México. Fondo de Cultura económica.
15 Como por ejemplo Alfredo Ebelot, francés que reside en la Argentina publica el texto costumbrista“La Pampa.
Costumbres Argentinas, publicado en 1889 en la Revue des Deux Mondes en París, en 1889. Describe al gaucho de
la siguiente manera: “Cierto aire corajudo y sufrido,su resignación, su aguante, su valor son su principal mérito
plástico”. Pág 125.
16 RODRIGUEZ MOLAS, Ricardo E. (1982). Historia social del gaucho. Buenos Aires. Centro Editor de América
Latina.
gaucha con el bárbaro por antonomasia para la Europa de su tiempo, el turco; de esta manera,
Sarmiento articula textualmente la barbarie gaucha a través de su homologación con la barbarie
oriental. Por otra parte, la biografía del caudillo Facundo hiperboliza sus rasgos bárbaros y su
peligrosidad política puesto que Facundo disputa el poder a la élite civilizada y europea de Buenos
Aires. Un segundo hito en la consideración del devenir diacrónico de la figura del gaucho lo
constituye “El gaucho Martín Fierro” (1972) de José Hernández quien describe a su protagonista
desde una consideración empática como víctima de un gobierno que lo emplea como soldadesca
destinada a padecer lo indecible en la pelea en la frontera contra los indígenas. 17 Es indudable que la
calidad literaria del Martín Fierro, en su momento encomiado por Unamuno quien le dedicó un
profundo análisis dialectal y de géneros así como su difusión masiva en amplios círculos 18,
contribuyeron a fijar al gaucho en la memoria colectiva. La obra de Hernández es trascendente,
entre otros méritos; por operar una variación en la estilización literaria del gaucho, es decir, en las
características tópicas de la serie literaria a la que pertenece. En este aspecto, el gaucho de
Hernández produce una reversión; un doble del paradigma establecido en la construcción textual del
gaucho hasta su época. Que es a un tiempo reescritura e impugnación. Lo que para los autores
románticos es antipatía; en Hernández se convierte en empatía; la enunciación autoral de los
románticos se sitúa en un locus enunciativo exterior, descontextualiza al gaucho y lo interpreta
desde un horizonte cultural antagónico; interpretación que es en todos los casos denigratoria;
mientras que en Hernández se convierte en una comprensión casi laudatoria. Porque concibe al
gaucho en su contexto y para su contexto; en este sentido; el gaucho como signo solo puede jugar
un papel positivo interpretado en función del sistema social y cultural al que pertenece; esta es la
operación de exégesis que realiza Hernández; lo reconsidera porque lo supone un signo solo
intelegible en su propio medio; es el único modo posible de otorgarle una significación positiva. En
tanto que los románticos lo perciben en términos siempre negativos porque lo refieren a un sistema
social y cultural respecto del cual el gaucho es incompatible. Tal incompatibilidad es la que sella su
destino. De esta manera, este tipo vinculación siempre conducirá a una etopeya denigratoria; o en
una hiperbolización de su incompatibilidad en el discurso de la civilización. Hernández supera el
maniqueísmo explícito de la dicotomía sarmientina porque percibe la otra cara de la civilización;
esto es, la barbarie “civilizada”y sus consecuencias negativas sobre los gauchos. Hernández invierte
la polaridad y percibe sus contradicciones, sus matices para concluir impugnándolos. En definitiva,

17 “La situación del poblador de la campaña incorporado a las milicias de frontera como resultado de un crimen o de
la arbitrariedad política, o simplemente de la necesidad de hombres para la defensa de la frontera y los devastadores
efectos sobre el orden social rural, constituyen el argumento central de Martín Fierro” MÍGUEZ J. EDUARDO
(2005) El mundo de Martín Fierro. Buenos Aires. Eudeba.
18 Unamuno establece que: “(…) no hay en la República Argentina obra que haya gozado de mayor popularidad. En
diez años, desde 1872, en que apareció, hasta 1882, alcanzó cual ningún libro hispanoamericano, once ediciones
con un total de 58.000 ejemplares...” en ISAACSON, JOSÉ (1986) Martín Fierro Cien años de crítica. Buenos
Aires .Editorial Plus Ultra.
si para los autores románticos, (Mármol o Sarmiento) el gaucho constituía el paradigma de la
barbarie; el enemigo autóctono y atávico de la civilización; en Hernandez, constituye su víctima. A
continuación, a final del siglo, Eduardo Gutiérrez lo transformará en protagonista del folletin.“Juan
Moreira” (1880); profundizando los atributos de rebeldía, coraje e insumisión a la autoridad
presentes en la obra de Hernández que tanto agradaban a los lectores de su época. Las habilidades
folletinescas de Gutiérrez seducirán a un público masivo y contribuirá a hacer de la figura del
gaucho perseguido por la ley, un héroe popular cuyo éxito lo convirtió también en protagonista de
transposiciones teatrales19. En 1905 el escritor modernista Leopoldo Lugones publica “La Guerra
Gaucha” como homenaje a las tropas gauchas irregulares que hostigaron a los españoles en el
enfrentamiento bélico independentista entre 1815 y 1825. En términos textuales, Lugones estiliza el
gaucho mediante los parámetros de la estética modernista y constituye el primer autor que lo
vincula con un momento histórico trascendente para el concepto de nacionalidad: la independencia
política. Por otra parte, Lugones reforzará la caracterización heroica del gaucho en la serie de
conferencias realizadas en 1913 sobre el Martín Fierro reunidas bajo el título de “El payador”, obra
publicada en 1916, en la que esencializa la figura del gaucho. Ahora el gaucho es entendido no solo
como héroe sino como arquetipo vinculable a la clásico. Lo menta en el apartado “El hijo de la
pampa” del siguiente modo: “El gaucho fue el héroe y el civilizador de la Pampa.” 20 Borges mismo
consagra también como rasgo preponderante su valentía en su poema “El gaucho” en una
trayectoria textual circular ya que refiere su origen mítico, su transcurrir histórico para resolver su
figura en un final nuevamente mítico.
“Hijo de algún confín de la llanura
Abierta, elemental, casi secreta,
Tiraba el firme lazo que sujeta
Al firme toro de cerviz oscura.

Se batió con el indio y con el godo,


Murió en reyertas de baraja y taba;
Dio su vida a la patria, que ignoraba,
Y así perdiendo, fue perdiendo todo.

Hoy es polvo de tiempo y de planeta;


Nombres no quedan, pero el nombre dura.
Fue tantos otros y hoy es una quieta
Pieza que mueve la literatura.

19 El actor y productor teatral uruguayo José Podestá crea en 1886 inicia el teatro rioplatense con “Juan Moreira”
inspirándose en el personaje de Gutiérrez.
20 LUGONES, LEOPOLDO. (1916) El payador. Buenos Aires. Kraft. (Pág
Fue el matrero, el sargento y la partida.
Fue el que cruzó la heroica cordillera.
Fue soldado de Urquiza o de Rivera,
Lo mismo da. Fue el que mató a Laprida.

Dios le quedaba lejos. Profesaron


La antigua fe del hierro y del coraje,
Que no consiente súplicas ni gaje.
Por esa fe murieron y mataron.

En los azares de la montonera


Murió por el color de una divisa;
Fue el que no pidió nada, ni siquiera
La gloria, que es estrépito y ceniza.

Fue el hombre gris que, oscuro en la pausada


Penumbra del galpón, sueña y matea,
Mientras en el Oriente ya clarea
La luz de la desierta madrugada.

Nunca dijo: Soy gaucho. Fue su suerte


No imaginar la suerte de los otros”.
No menos ignorante que nosotros,
No menos solitario, entró en la muerte.

De este modo, la literatura gauchesca primero y la novelística nativista después, modulada por la
impronta lugoniana, proporcionaron a la nueva república, un héroe que funcionaba como relato
seminal; como mito fundador de la nacionalidad; un avatar de Eneas criollo; a partir del cual
elaborar una suerte de relato nacional. Sin embargo frente a sus precedentes clásicos; los héroes
plurales y culturales de los pueblos antiguos; se da la paradoja de que la etopeya del gaucho
consigna como su rasgo sobresaliente el individualismo y la resistencia a toda autoridad e
institución social constituida. Es decir en tanto que los héroes culturales clásicos a los que se lo
homologa son héroes fundantes de institucionalidad social; el gaucho evidencia un perfil ácrata;
antisocial y enemigo acérrimo de la institucional constituida por tanto nunca fundador ni propulsor
de la misma. Ahora bien, cuando Gerchunoff publica sus “Gauchos judíos” (1910), la serie literaria
lleva más de medio siglo de consolidación. Lejos están ahora los denuestos de Alberdi y Sarmiento.
Ahora el gaucho ahora es emblema nacional y hasta en términos dialectales se expresa esta
reconsideración positiva; así en la familia léxica “ser gaucho” ; significan ser una buena persona o
proclive a no negar favores; asi como “gauchada” es sinónimo de favor 21. Lo interesante en
Gerchunoff es su operación de apropiación del arquetipo nacional, operación realizada por un
escritor cuyos padres y él mismo son de origen inmigrante. Así sus cuentos revelan una voluntad
escritural de asimilamiento; demostrando literariamente la heterogeneidad constitutiva de la
identidad y elevando el sincretismo a paradigma literario. En efecto, Gerchunoff himbrica dos
identidades de dos pueblos denostados y perseguidos secularmente, el pueblo gaucho y el pueblo
judío; ambos se conjugan en una síntesis literaria que ejemplifica aquella máxima de Rimbaud en
sus “Cartas del vidente”: Je est un autre. En esta época: la historia usa modelos literarios y una de
las principales preocupaciones de la historiografía es la formación de la nación; la nación se
concibe en términos ideológicos e históricos del proyecto liberal y se imagina sobre todo, a través
de la literatura, a su vez, se vuelve tanto histórica (e historicista) como nacional o americanista
(Unzueta, 1993:13).22. La operación anterior se presenta ya desde el título de la colección de 25
cuentos costumbristas. El costumbrismo no solo se encuentra en el sentido de los textos, sino por
supuesto en las marcas genéricas que del subgénero conserva. Sus títulos por ejemplo: “Las bodas
de Camacho”, “Divorcio”, “El Boyero” o “Llegada de inmigrantes” persiguen la focalización de
estampas representativas de tipos y costumbres; pero con una innovación: el particular detenimiento
en la hibridación identitaria, es decir, la yuxtaposición de identidades y su síntesis resultante. Así
las anécdotas no solo refieren una especificidad individual; exhiben una vocación de totalidad que
refiere principalmente a la configuración de un proceso de integración social. Por otra parte,
presente ya desde el título mismo de la colección: en rigor, “Los gauchos judíos”; entendiendo por
tales desde su definición original, en el texto son pocos; más bien la mayoría de personajes son
agricultores, un médico, un rabino, etc que conviven con gauchos criollos. Así la voluntad de
asimilación ya se presenta en el sintagma que de título a la obra; sin embargo en esta voluntad de
asimilación al paradigma nacional se realiza a partir de la propia subjetividad no hay exclusiones.
De esta manera, el título puede interpretarse sintagmáticamente como sustantivo +adjetivo o
sustantivo + sustantivo, en ambos casos la ordenación sintagmática en su naturaleza
complementaria sustenta el mismo resultado semántico: una unidad bimembrada cuyos
significantes remiten a su vinculación que connotativamente refiere la asimilación a la cultura del
país de acogida sin perder la identidad primigenia de un nuevo colectivo. Ahora bien, la obra de
Gerchunoff es publicada en 1910, año de los fastos que celebran el aniversario del país. De acuerdo
con Claudio Maíz: La celebración centenarista forma parte de una política de la memoria, puesto
qu eel estado oligárquico promovió, con todos los medios a su alcance, los fastos del evento. La
celebración no destacaba los diversos sentidos con los que se concebía la nacionalidad,

21 Diccionario del habla de los argentinos (2017). Academia Argentina de Letras.


22 En GAMBETTA ORTIZ, EUGENIA (2012) Modelos de civilización en la novela de la Organización Nacional
(1850-1880) Buenos Aires. Editorial Corregidor.
únicamente, sino la complacencia de una clase social, con la que la nacionalidad se identificaba.
(…). Ciertos discursos literarios no impugnan ni rechazan la estructura que da origen a los
festejos, sino que se suman a ellos mediante la consolidación d ella imagen fecunda, apacible,
presuntuosa de la Argentina. En otros términos , tales discursos contribuyen a tomar natural una
determinada tradición, a tal punto que se la experimenta como verdaderamente acontecida y no
como una construcción simbólica. (Maíz:pág 106). De manera consciente “Los Gauchos judíos”
participa de esta construcción simbólica que también contribuye a forjar. En este sentido, la obra se
inicia con un prólogo que modaliza la recepción del sentido de todo el texto. Se dirige
privativamente a sus lectores judíos y los insta a participar de la efemérides mediante una estrategia
que se prolongará durante todo el texto y que procura contrastar el pasado con el presente y por
ende, aludir implícitamente al futuro: (…) ¿recordáis cuando tendíais, allá en Rusia, las mesas
rituales para glorificar la Pascua?. Pascua magna es esta. Abandonad vuestros arados y tended
vuestras mesas. Cubridlas de blancos manteles, sacrificad los corderos más albos y poned vino y
sal en augurio propicio. Es generoso el pabellón que ampara los antiguos dolores de la raza y
cura las heridas como venda dispuesta por manos maternales.
Judíos errantes, desgarrados por viejas torturas, cautivos redimidos, arrodillémonos, y bajos sus
pliegues enormes, junto con los coros enjoyados de luz, digamos el cántico de los cánticos, que
comienza así: Oíd mortales…Este proemio no funciona como un simple protocolo de instrucciones
de recepción del texto. Es mucho más. En primer lugar, en un marco de ceremonia sagrada; de aquí
su estilo preciosista con similitudes modernistas; se homologan dos signos simbólicos de
relevancia: la pascua y el pabellón. El narrador establece un cruce entre ambos. El primero celebra
el segundo y el segundo recibe y cobija al primero. Tal vinculo de resignificación de ambos en su
nivel representativo se enmarca en una apelación a la dialéctica temporal de la memoria para que
contraste el pasado con el presente .articula el maridaje de dos símbolos en la conciencia de los
receptores. Es más que una operación estética; es una operación textual vehementemente apelativa
que funciona como una conversión de los receptores “judíos errantes” en ciudadanos argentinos;
puesto que el pabellón ampara los antiguos dolores de la raza y cura las heridas como venda
dispuesta por manos maternales. Frente al cobijo brindado, la apelación del narrador a arrodillarse,
en respuesta respetuosa y solemne. Son dos actitudes que el texto diseña y que representan y
anticipan los contenidos ulteriores del texto. Además el carácter ceremonial del texto no solo
imbrica identidades, no solo consolida una síntesis identitaria sino que además, establece
ciudadanía; por eso la operatividad del símbolo elegido del pabellón en la consolidación del
mensaje final. Por tanto, los judíos no solo serán gauchos, categorización que homologa su
autoctonía por sobre su exotismo sino antes que asimismo son ciudadanos argentinos de pleno
derecho.
Pero asimismo esta definición reelabora la tradición de la serie literaria gauchesca dado que de
acuerdo con Josefina Ludmer: (…) el punto extremo más alto del género es la definición del
gaucho como hombre argentino y es uno de los consejos de Martín Fierro a sus hijos. (Ludmer: 58)
De la colección de 25 cuentos, solo uno presenta un cronotopo exótico, el primero. El texto que
abre la colección denominado “Génesis” inaugura una poderosa y constante intextextualidad con la
tradición de los textos sagrados judaicos. Pero además, profundiza el contraste entre pasado y
presente: Jacobo se acordaba de esas asambleas. Era el tiempo en que las leyes excepcionales se
multiplicaban en el santo imperio de las Rusias. Las picas de los cosacos demolían sinagogas
antiguas y los viejos santuarios traídos de Alemana, santuarios historiados , solemnes y nobles, en
cuyo remate resplandecía el bitriángulo salomónico eran conducidos por las calles municipales.
(…) Fue entonces cuando el Daín, rabí Jehuda Anakroi, hizo un viaje a París para convenir con
los hombres del Barón Hirsch la organización de las colonias hebreas en la Argentina. Y el Daín,
con su elocuencia ejercitada en las disptas sinagogales describió un porvenir magnífico para el
pueblo perseguido. Su voz emocionaba vibraba como en e templo al hablar de la Tierra
Prometida. (Gerchunoff: 9). La “Tierra Prometida” es la denominación del territorio judío de
acuerdo con la Torá. Fue prometida por Dios a Abraham y sus descendientes. Así en esta
denominación del narrador; el país de acogida de los inmigrantes no solo funciona en el texto como
tal sino que es denominado con el apelativo más alto que otorga la tradición bíblica hebrea. Así la
hibridación identitaria supone también la conversión del espacio, en un espacio trascendente para la
cosmovisión de los inmigrantes; ese convierte en más que un destino aleatorio; constituye “el
destino” histórico para todo un pueblo. El renombrar, esto es, la asignación de una denominación
de la propia tradición al espacio nuevo constituye una reinterpretación. De este modo, la operación
de reinterpetración, de relectura y cruce cultural es uno de los procedimientos enunciativos
constantes de la hibridación indetitaria en todo el texto. Implica un acercamiento sentimental y una
reapropiación de lo nuevo que deja de ser ajeno, otredad para ser leído significativamente en
términos de la propia tradición cultural. Pero además el espacio rural receptor es considerado
asimismo en términos de ucronía purificadora; se refiere a la recuperación de un antiguo modo de
vida pretérito; reñido con el secularismo urbano; en línea también con “Oda a la Vida Retirada de
Fray Luis”. Fue en España donde, los judíos dejaron de cultivar la tierra y cuidar sus ganados. No
olvide usted, mi querido rabí, lo que se dice en Zennm, el primer libro del Talmudo, al hablar de la
vida del campo: es la única saludable y digna de la gracia de Dios. Por eso, cuando el rabí
Zadock-Kahn me anunció la emigración a la Argentina, olvidé, en mi regocijo, la Vuelta de
Jerusalén, y vino a mi memoria el pasaje de Jehuda Halevi: Sión está allí donde reina la alegría y
la paz. A la Argentina iremos todos y volveremos a trabajar la tierra, a cuidarr de nuestro ganado
(…). Si volvemos a esa vida retornaremos a nuestra existencia anterior , y ¡ojalá pueda en mi vejez
besar esa tierra y bendecir bajo su cielo a lo shijos de mis hijos!.(Gerchunoff: 10). La ucronía en
este caso no es simplemente un retorno al pasado; la prolongación en el presente de las costumbres
antiguas constituyen en la visión del narrador; la legitimación de un promisorio futuro. Por esta
razón la exclamación final del personaje cargada de emotividad que supone el deseo de que el
pueda constatar la certeza asegurada por su fe de lo que ocurrirá en el futuro. En el texto “Llegada
de inmigrantes” se reitera el idealismo de la misma idea desde un construcción textual realista: El
almacen estaba lleno y el gentío rumoreaba esperando a los que llegaban de Rusia, entre los
cuales figura un rabino de Odessa, anciano y talmudista de la Ieschuva de Vilna, quien, a juzgar
por nuestras noticias, estuvo en París, donde lo recibió cortésmente el barón Hirsch, “el padre de
la colonia” (…) De los vagones descendían los inmigrantes, roídos por la miseria e iluminados los
ojos de esperanza. El último en aparecer fue el rabino .(…)
-Aquí -dijo- trabajaremos nuestra tierra, cuidaremos nuestro ganado y comeremos nuestro pan.
Henchido de entusiasmo, imponente y profético, al viento la barba como una bandera, saltó del
tronco y abrazó al sargento besándole en la boca. (Gerchunoff: 22). Mientras que en “La siesta” la
hibridación identitaria se plasma en dos sentidos: en primer lugar, por el motivo la anécdota que se
narra: la huida de la hija de Ismael con un gaucho; y en segundo lugar, la descripción enfática que
focaliza la criollización d de uno de los colonos: -¡No ve, todo un gaucho!. Bombachas, cinturón,
cuchillo y hasta esas cositas de plomo para matar perdices, en cambio, en la sinagoga parece
mudo y no sabe rezar!. (Gerchunoff:19). A su vez En “La trilla” reaparece el contraste
pasado/presente: Bien se yo que no estamos en Jerusalén; bien se yo que esta tierra no es aquella
de nuestros antepasados. Pero sembramos y tenemos trigo, y de noche, cuando regresamos de la
era, detrás del arado, podemos bendecir al Altísimo porque nos ha conducido fuera de donde
eramos odiados y vivíamos perseguidos y miserables. (Gerchunoff: 24). En “El Boyero” el
narrador rinde homenaje a la figura del gaucho mediante la historia de Remigio Calamaco quien
ante el desempeño cobarde de su hijo en un duelo, lo hiere para incentivar su valentía. Su hijo
pierde la vida y Remigio es encarcelado. Remigio no solo es gaucho sino además cantor. El
narrador construye una descripción que tiene más de elegía que de etopeya. El boyero pertenece a
otro tiempo; tiempo de épica y comunismo. Vive una encrucijada existencial, añorando un pasado
de épica y comunismo y un presente mercantil y burgués que lo oprime: Paladín de huestes
bravías concluía su existencia repleta de hechos gloriosos, en las monótonas tareas de la colonia.
Ni siquiera rodeos o yerras. Divididas en predios las enormes extensiones de tierra, alambrados
por todas partes, su espíritu acostumbrado al comunismo de antes, se sentía oprimido en el nuevo
régimen. Disperso el criollaje, muertos los camaradas de los días grande y olvidados, miraba con
oculta tristeza a los extranjeros, que araban el campo y llevaban la cuenta de los terneros y
gallinas. Su vejez, llena de lamentos como su guitarra, traducía la melancolía infinita de los
vencidos. (Gerchunoff: 38). En esta línea “El poeta” narra la historia de Favel Duglach, arquetipo
del personaje que da título a la obra: En su espíritu se habían fundido las tradiciones hebreas y
gauchas. Aquel judío flaco y amarillo como una llama, sentía la poesía criolla del valor en la
misma forma que se exaltaba al relatar, ante el auditorio acostumbrado, algun episodio de la
Biblia. (…) Rabí Favel solía decir:
-Soy un gaucho judío.
Finalmente, la lengua de la obra establece la coexistencia de dos léxicos; así en términos de
unidades léxicas, el texto realiza una hibridación en relación con la caracterización verosímil del
discurso de los personajes. De este modo, en los personajes criollos o acriollados; predomina el
léxico gaucho: ansina, gurí, petiso, por ejemplo o el dialecto del español entrerriano en tanto que
en el discurso de los inmigrantes los hebraísmos.
Para concluir, todos los niveles del texto; a saber, su finalidad pragmática; el nivel de sus
elementos simbólicos integrados en la diégesis; la idiosincracia de los personajes; la microhistoria
correspondiente a cada uno de ellos; el nivel dialectal en la oralidad en los diálogos, se articulan con
la finalidad de establecer una síntesis cultural y social armónica entre inmigrantes y autóctonos,
finalidad que el texto cumple plenamente al tiempo que revela los condicionantes ideológicos del
momento histórico que lo determina.
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