Está en la página 1de 4

LA SOMBRA DEL MACHISMO

(Texto argumentativo)

Aida, Elisabeth, Bet y Marta. Cuatro mujeres de edades y situaciones muy distintas.

Con muchas luces y algunas sombras, las que les han acechado a lo largo de su

vida o las que siguen ahí, más o menos agazapadas, tratando de ponerles límites a

su capacidad y sus sueños por el hecho de ser mujeres. A veces, la sombra

adquiere la forma del miedo. Y se esconde en la noche, cuando temen volver solas

a casa. O cuando sienten el peso de una mirada intimidatoria. Otras veces, adopta

modos más sutiles. Un supuesto piropo, una bromita sobre esa minifalda, un

chiste... Son velos que van cubriendo la silueta femenina hasta tornarla más

pequeña, más disminuida. Hasta colocarte en un situación de inferioridad.

«Siempre sales perdiendo», afirma Elisabeth, una mujer menuda que decidió

alzarse sobre los tacones para mantener las miradas sin elevar la vista. Recuerda

cuando era joven y decidió callar ante las bromas machistas de los compañeros de

trabajo. Por cansancio, porque responderles aún los espoleaba más, porque hiciera

lo que hiciera, sentía que ellos ganaban. «Si criticas un piropo, te llaman feminazi»,

apunta Aida. Hay unanimidad sobre esta cuestión. ¿Por qué tenemos que aguantar

que alguien nos juzgue y decida si estamos más o menos buenas? Demasiadas

veces, las fronteras entre el piropo y el abuso se difuminan... Más sombras.

«Desde el momento en que permitimos que una mujer cobre menos por realizar el

mismo trabajo que un hombre, somos una sociedad enferma. ¿Consentiríamos que

esta desigualdad se diera entre individuos de distinta raza?». Bet lanza el

interrogante sabiendo que la respuesta es tan obvia como dolorosa. Las

1
desigualdades en el mundo laboral y la dificultad para compaginar la profesión y la

maternidad adquieren la lacerante dureza de la experiencia vivida. Al tener a su

primera hija, Elisabeth se acogió a la jornada parcial. No tuvo dudas, creyó que era

lo mejor para su pequeña, pensó que sería posible conciliar su rol de madre con el

de profesional. «Pero esa decisión ha acabado con mi carrera». Y la confesión se

transforma en un manto espeso del que, por un segundo, cuesta desprenderse.

Entre sus hebras se adivinan los momentos de decepción, de impotencia, de

pérdida. «Al final, te obligan a escoger. Aquí sí», concluye Elisabeth. En el mundo

de la educación, Marta no ha sentido la desigualdad. No al menos entre colegas.

Pero sí sabe que, en algunas clases, ante algunos alumnos, las profesoras deben

esforzarse más para hacerse respetar.

A pesar de las dificultades, a pesar de las rendiciones temporales, todas tienen

pleno convencimiento de sus capacidades. Incluso cierto orgullo por un sentido de

la responsabilidad que parece incorporado en los genes. «Las mujeres están

acostumbradas a administrar varios frentes abiertos», apunta una. «Y no pierden el

tiempo en reuniones inútiles que se alargan hasta la eternidad sin llegar a ninguna

conclusión», se suma otra. «Tienen un sentido más práctico de la vida», reflexiona

una más. Y Aida concluye: «Yo les preguntaría a los empresarios: ¿estás seguro de

que has sabido potenciar el talento femenino?».

Aida, Bet, Elisabeth y Marta. Cuatro mujeres que, en realidad, hablan en nombre de

muchas más. De esas amigas, con carreras universitarias, profesionales que aun

así aceptan comentarios despectivos de sus parejas. De esa profesora que cada

día lidia con machos alfa en potencia y sumisas voluntarias. Y también de unas

2
madres que, a través de las voces de sus hijas, también se suman al debate. «Vaya

goleada nos han metido con eso de la conciliación», se queja a menudo la madre

de Aida. «Una estafa, eso es lo que es», afirma contundente la madre de Bet.

Quejas, lamentos o retos que se expresan entre las paredes de los hogares, de

generación en generación. Pero, también, mensajes. Multitud, infinidad de

mensajes que llegan a través de los medios y que coinciden, demasiado a menudo,

en ofrecer una determinada imagen femenina, en consolidar unos roles que

encadenan a la mujer al cuidado de su cuerpo y de la familia. «Hay pocas películas

protagonizadas por mujeres que no busquen el amor», observa Bet. «Imposible no

encontrar en los diarios digitales, entre las tres primeras noticias, alguna que no

juegue con la erotización del cuerpo de la mujer», añade Aida. Hay mil ejemplos.

No hace falta hacer inventario, basta con mirar a nuestro alrededor con ojos

femeninos para ver el protagonismo cedido al escote de una, al trasero de otra, al

éxito alcanzado por ser la novia de alguien. Para ellos, las imágenes de los

encuentros de empresarios, banqueros, líderes mundiales, donde las mujeres son

la excepción.

«Mi hija quiere ser una princesa», anuncia Bet, vestida de oscuro, sin concesiones

a la coquetería y luciendo una sonrisa entre resignada y divertida. A su niña de tres

años, la misma que ha ido empalmando resfriado tras resfriado desde que, hace un

mes, su madre empezó a trabajar en una empresa de servicios editoriales, le

encanta el rosa. Al llegar a las páginas azules de los catálogos de regalos asegura

que ya no son para ella. A pesar de las opciones cromáticas de su hija, Bet tiene

muy claro cuál es la línea roja: «De la diferencia a la desigualdad hay un trecho».

3
La niña podrá vestir de rosa todo lo que quiera pero, por ejemplo, no volverá al cine

a ver a Doraemon. La simplificación de roles de la película de animación y el

declarado machismo en los personajes adultos la dejaron perpleja.

«¿Por qué un día de la mujer trabajadora?», pregunta Elisabeth. Durante años, ella

se negó a celebrarlo. La propia existencia de una celebración, aunque sea

reivindicativa, señala el horizonte aún sombrío al que nos enfrentamos. Tristes

protagonistas de las peores estadísticas. Peores sueldos, menos mujeres

directivas, brecha salarial ahondada por la crisis y, lo peor, sumando titulares de

sangre. 365 días de pérdidas y ausencias.

«En todo estás y eres todo, para mí en mí misma moras, nunca me abandonarás,

sombra que siempre me ensombras». Los versos de Rosalía de Castro servirían

para describir otro tipo de hostilidad. Un combate que no se libra en el puesto de

trabajo. Tampoco en el hogar o en la calle. Una lucha en la que solo se puede mirar

a los ojos del enemigo frente a un espejo. Porque, demasiado a menudo, el

adversario habita en las propias mujeres.