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Cinco experimentos psicológicos muy famosos que hoy nos

asustarían.
La imagen clásica del psicólogo es la de un señor con bigote o barba, un tanto excéntrico, que
habla a sus pacientes desde un cómodo sillón

El psicólogo Russell Willett se somete a un experimento de control mental en un programa de


televisión. (Corbis)

MIGUEL AYUSO

07.10.2013 – 06:00 H.

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La imagen clásica del psicólogo es la de un señor con bigote o barba, un tanto excéntrico, que
habla a sus pacientes desde un cómodo sillón orejero mientras fuma en pipa. Su consulta tiene
muebles antiguos, muchos libros y, quizás, algún que otro cráneo; pero no es el único lugar donde
trabaja. El señor en cuestión, además de tratar a sus ricos pacientes, realiza extraños
experimentos en los sótanos de la universidad.

Ahora que las consultas de los psicólogos están dominadas por muebles blancos de Ikea y jardines
zen parece que el tiempo en que se hacían extraños experimentos ha quedado muy lejos pero,
aunque a medida que avanzaba el siglo XX fue cambiando la visión de lo que se podía y no se
podía hacer en las investigaciones psicológicas, la regulación deontológica de la profesión no fue
completa hasta mediados de los 70.
Muchos estudios psicológicos relevantes serían imposibles de realizar hoy en día debido a los
modernos estándares éticos

Hoy en día todos los colegios y asociaciones de psicólogos cuentan con su propio código ético que
prohíbe expresamente –tal como recoge el Código deontológico del Consejo General de la
Psicología de España– que las investigaciones psicológicas produzcan en la persona “daños
permanentes, irreversibles o innecesarios para la evitación de otros mayores”. El engaño,
habitual en numerosos experimentos, también está regulado, cuando no prohibido en muchas
asociaciones.

Estos 10 experimentos fueron grandes hitos de la investigación psicológica, nos ayudaron a


entender numerosas cuestiones sobre nuestro comportamiento pero ni el más insensato de los
psicólogos los pondría en marcha hoy en día.

El experimento del Pequeño Albert (1920)

En 1920 el psicólogo de la Universidad Johns Hopkins John B. Watson trató de demostrar


empíricamente que el condicionamiento clásico –más conocido como el condicionamiento Pávlov,
pues fue demostrado por primera vez en un animal de manos del fisiólogo ruso Iván Pávlov–
también funcionaba en humanos.

Al igual que Pávlov logró que su perro salivara al oír una campana, pues asociaba el sonido de ésta
con la llegada de la comida, Watson trató de que un niño asociara las ratas con el golpe de un
martillo sobre una lámina metálica, sin pensar en el trauma que podía crearle.

El pequeño Albert, que así se llamaba el niño, tenía tan sólo 11 meses y tres días cuando se inició
el experimento. Tras comprobar que el bebé no tenía ningún miedo natural a las ratas, pero sí a
los sonidos estridentes, empezaron a dejarle sólo en compañía del roedor mientras sonaban los
martillazos. Después de varios ensayos, la sola presencia de la rata provocaba auténtico pavor en
el niño, que desarrolló fobias, también, a los perros, la lana o las barbas, cuya textura asociaba al
pelo de la rata.

La intención de Watson era proseguir el experimento para hallar la forma de eliminar en el


pequeño Albert el miedo condicionado –aunque no tenía ni idea de cómo iba a lograrlo– pero la
madre del niño, asustada ante lo que habían hecho, se negó a volver a dejar al niño en manos del
psicólogo. Albert murió a los seis años, víctima de una enfermedad que nada tenía que ver con el
experimento, y nunca sabremos si sus fobias habrían perdurado hasta la edad adulta.

El estudio Monstruo (1939)

El psicólogo de la Universidad de Iowa Wendell Johnson (en la foto) trató de averiguar las razones
por las que los niños tartamudeaban experimentando con un grupo de huérfanos. El psicólogo
seleccionó a 10 niños tartamudos y otros 12 que hablaban perfectamente y los mezcló en dos
grupos. Uno de los grupos recibió un refuerzo positivo –se les decía a los niños que iban a superar
la tartamudez, que no debían sentirse mal, que era normal…– y el otro recibió un castigo,
independientemente de que los niños fueran o no tartamudos –se les decía que era una
vergüenza, que debían detener su comportamiento inmediatamente, que no debían hablar si no lo
hacían correctamente…–.

Muchos de los niños participantes en el estudio siguieron arrastrando secuelas hasta la edad
adulta
Mary Tudor, una estudiante de Johnson, fue la encargada de llevar a cabo el experimento, y
recogió en sus notas que, pasadas cinco sesiones, los resultados eran evidentes: muchos de los
niños del grupo "castigado" que hablaban bien antes ahora se negaban a hacerlo y mostraban
dificultades, mientras que los niños del grupo de refuerzo positivo mejoraron notablemente.

Los compañeros de Johnson fueron tremendamente críticos con su experimento, al que


bautizaron como “Estudio Monstruo” y le convencieron para que lo interrumpiera y lo ocultara.
Tras finalizar el experimento, Tudor siguió visitando el orfanato para atender a los niños a los que
había vuelto tartamudos, pero muchos siguieron arrastrando secuelas hasta la edad adulta.

En 2001, después de que el diario Mercury News publicara un artículo que denunciaba los traumas
psicológicos que todavía sufrían los participantes en el experimento, la Universidad de Iowa pidió
perdón públicamente y le cambió el nombre a su clínica de logopedia y foniatría, bautizada en
honor a Johnson. En agosto de 2007 seis de los huérfanos participantes en el experimento fueron
indemnizados por el estado de Iowa con 925.000 dólares, debido a los daños emocionales
provocados.

El experimento de Asch (1951)

El psicólogo polaco Solomon Asch fue uno de los pioneros de la psicología social. En uno de sus
más famosos experimentos pidió a un grupo de estudiantes que identificaran en unas fichas, como
las que ilustra este texto, la línea de la carta de la derecha cuya longitud es igual a la de la carta de
referencia, a la izquierda. Parece fácil y, de hecho, lo es. Pero ¿qué contestaríamos si el resto de
los participantes del experimento eligieran al unísono otra opción?

El experimento de Asch fue uno de los primeros que aporto evidencia empírica a las teorías
sobre el comportamiento de masas
Asch trataba de comprobar el poder de la conformidad. Por ello, entre los grupos de 7 a 9
estudiantes que participaron en el experimento sólo un individuo, el sujeto crítico, actuaba
conforme a su propio criterio. El resto de los participantes eran cómplices y, a medida que
pasaban las tarjetas, cambiaban su elección según el criterio de Asch, previamente establecido. Al
principio, contestaban correctamente, pero después empezaban a contestar de forma errónea.
Esto hacía que los sujetos verdaderos desarrollaran un profundo malestar y acabaran escogiendo
la opción incorrecta el 36,8% de las veces, aunque sólo cuando los cómplices estaban presentes.

El experimento de Asch fue uno de los primeros que aportó evidencia empírica a las teorías sobre
el comportamiento de masas y el conformismo del grupo, pero es probable que hoy no se hubiera
podido realizar de la misma forma, pues los códigos deontológicos de las investigaciones
psicológicas no permiten engañar a los participantes sin su conocimiento previo, sin informar, al
menos, de que existe esa posibilidad, algo que habría arruinado el experimento.

El experimento de Robber´s Cave (1954)

Muzafer Sherif, uno de los fundadores de la psicología social, ideó este experimento junto a su
mujer, Carolyn Sherif, para estudiar el origen de los prejuicios en los grupos sociales. El estudio se
desarrolló en un campamento de los boy scout situado en el Parque Estatal de Robber´s Cave, en
el que participaron 22 adolescentes varones de 11 años de edad. Los jóvenes fueron divididos en
dos grupos desde el inicio mismo del campamento.

En cuanto la cooperación se hizo necesaria las hostilidades cesaron y los grupos se entrelazaron
hasta la práctica fusión

Durante una primera fase se consolidó la formación de los grupos, que ni siquiera sabían de la
existencia de otros niños, y se consolidaron espontáneamente jerarquías sociales internas. Los
niños pusieron nombre a cada uno de ellos: The Rattlers y The Eagles. Tras esto, los investigadores
–camuflados como monitores del campamento– empezaron a crear fricciones entre los grupos, a
base de competencias deportivas y gymkanas. La hostilidad entre los grupos se hizo patente
enseguida y, de hecho, la segunda fase del experimento tuvo que zanjarse antes de lo previsto por
problemas de seguridad. En la tercera fase Sherif introdujo tareas que requerían la cooperación de
ambos grupos: desafíos que necesitaban resolver ambas partes, como un problema de escasez de
agua o un camión atascado en el campamento. En cuanto la cooperación se hizo necesaria las
hostilidades cesaron y los grupos se entrelazaron hasta tal punto que los niños insistieron en
volver a casa en el mismo autobús.

El estudio es uno de los más citados de la historia de la psicología social y fue un auténtico éxito,
pero hoy en día jamás se aprobaría su realización: los niños no fueron informados de su
participación en el experimento y fueron engañados del principio al fin del mismo.

El experimento de Milgram (1961)

Stanley Milgram con su máquina de electrocutar falsa.

En julio de 1961, el teniente coronel nazi Adolf Eichmann, responsable directo de la solución final
en Polonia, fue sentenciado a muerte en Jerusalén. Como muchos de los militares nazis, Eichmann
alegó que no sabía lo que estaba haciendo, pues sólo se limitaba a seguir órdenes. Al
psicólogo Stanley Milgram,de la Universidad de Yale, le asaltaron entonces varias preguntas:
¿podía Eichmann estar diciendo la verdad? ¿Eran los militares nazis conscientes de lo que
hacían? ¿Puede una persona normal cometer barbaridades sólo porque la autoridad se lo ordena?

Para averiguar el papel que juega la obediencia en nuestro comportamiento Milgram diseño un
experimento en el que participaban tres personas: un “investigador”, un “maestro” y un
“alumno”. Los “maestros” fueron reclutados a través de un anuncio en el que se pedían
voluntarios, remunerados, para participar en un “estudio de la memoria y el aprendizaje”. Los
“alumnos” eran estudiantes de Milgram, compinchados.

Al comenzar el experimento el “investigador”, un colaborador de Milgram, se reunía con los dos


participantes del estudio y les hacía creer que estaba repartiendo los roles al azar. Tras esto,
explicaba al “maestro” que cada vez que el “alumno” contestara erróneamente una pregunta
tendría que apretar un botón que le provocaría una descarga eléctrica. Cada vez que el “maestro”
castigaba al “alumno” éste simulaba que se retorcía de dolor. A medida que avanzaba el
experimento, el "investigador" iba pidiendo al "maestro" que aumentara la potencia de las
descargas y el "alumno" iba elevando su interpretación, golpeando el cristal que le separaba del
"maestro", pidiendo clemencia, alegando su condición de enfermo del corazón, gritando de agonía
y, a partir de cierto punto (correspondiente a 300 voltios), fingiendo un coma.

https://www.youtube.com/watch?t=22&v=8rocRcUOwFw

Milgram y sus compañeros pensaban que la mayoría de los “maestros” se negarían a continuar
en el experimento pasado cierto punto, pero descubrieron que la insistencia del investigador para
que siguieran aplicando las descargas tenía un tremendo efecto sobre los sujetos: el 65% de los
participantes llegaron a aplicar la descarga máxima, aunque se sentían incómodos al hacerlo, y
ninguno se negó rotundamente a aplicar las descargas hasta alcanzar los 300 voltios.

El experimento fue todo un éxito a nivel académico y dio pie a decenas de investigaciones,
pero fue muy criticado por lo poco ético del mismo, algo que se puso de manifiesto dada la
grabación de un vídeo documental sobre todo el proceso. Los resultados del experimento, y las
reflexiones sobre este, fueron sintetizados por el propio Milgram en su libro Obediencia a la
autoridad (1974), un clásico absoluto de la psicología social.

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