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“EL GIGANTE EGOÍSTA”,

MÁS ALLÁ DE SU ÉPOCA

ÉDISON DUVÁN ÁVALOS FLOREZ1


duvanflo@yahoo.com

E
l Gigante del cuento “El gigante egoísta”, del escritor inglés Oscar Wilde, es
un personaje que se diferencia de aquellos que imperaban en la literatura
del siglo XIX. Contrario a la corriente de los personajes creados por algunos
de los máximos representantes de este siglo -Alexander Dumas, Honoré de Balzac y Víctor
Hugo-, que no atravesaban las fronteras plenamente demarcadas entre el bien y el mal,
el Gigante abandona los territorios de la maldad y se adentra en los de la bondad.

El Gigante no es como Athos, Porthos o Aramís, quienes a pesar de sus actitudes


irreverentes y, en algunos casos, de sus comportamientos desadaptados, iluminan cada
página de Los tres mosqueteros, de Dumas, con su espíritu de lealtad hacia un fin noble.
Tampoco se parece a ninguno de los protagonistas de La comedia humana –como Balzac
denominó a toda su vasta obra- donde, a pesar de la variedad de ambientes y de
entramados que presenta cada una de las más de cien novelas, todos los personajes
podrían ser divididos en dos grandes grupos: los que tienen escrúpulos y aquellos capaces
de hacer cualquier cosa por lograr sus mezquinos propósitos.

No, el Gigante de Oscar Wilde encuentra más bien sus precedentes en dos obras
que, precisamente por esa ambivalencia en sus personajes, pasaron casi desapercibidas
por el siglo XIX. Una de ellas es Madame Bovary, de Gustave Flaubert, y la otra es Rojo y
Negro, de Stendhal. Los personajes de estas dos obras -Madame Bovary en la primera,
Julián Sorel en la segunda- no pueden ser catalogados moralmente porque, aunque
tengan comportamientos totalmente indebidos y demasiado reprochables, sus
motivaciones interiores siempre estarán enmarcadas en la altivez del espíritu. Ambos se
identifican claramente con el Gigante de Oscar Wilde porque hacen parte de una realidad
donde no existen villanos ni héroes, sino más bien comportamientos circunstanciales
generados por factores internos y externos.

Por ejemplo, los factores internos que motivan al Gigante se notan perfectamente
al inicio del cuento. Es claro que su actuar –impedir que los niños jueguen en su jardín,
poner letreros amenazantes para advertirlos- no es una característica intrínseca o un
rasgo permanente de su personalidad, ni mucho menos es un fenotipo que provenga de
su condición física anormal. Se trata simplemente de una decisión pasajera que obedece

1 Estudiante de la Universidad Andina Simón Bolívar.


a su momento individual: necesidad de mantenerse aislado, de permanecer solo después
de los siete años de conversación que ha mantenido con su amigo el Ogro de Cornish.

Ahora bien, después de esta motivación interna entran en juego los factores
externos que determinan el comportamiento del Gigante. Estos factores externos están
representados por el clima invernal que se apodera del jardín, un elemento manejado
magistralmente pues a la misma vez es personaje y es ambiente. Sí, el clima -entendido
como personaje- está dotado de una vida cuya principal función es generar una sensación
opresora en las emociones del Gigante: la Nieve y la Escarcha “se sentían a gusto”, El
Granizo “se vestía de gris y su aliento era como hielo”, El Viento del Norte llegó “envuelto
en pieles y anduvo rugiendo por el jardín durante todo el día, desenganchando las plantas
y derribando las chimeneas”. De igual manera, el clima -entendido ahora como
ambiente- tiene el propósito de desestabilizar emocionalmente al Gigante, pero esta vez
hastiándolo por medio de un espacio monótono que no le ofrece ninguna posibilidad de
nuevas experiencias cromáticas o táctiles.

Entonces, es así como ese personaje o ese ambiente llamado clima, obliga al
Gigante, producto de la opresión emocional y del hastío sensorial, a quebrantar sus
necesidades internas para darle paso a una nueva forma de interpretar la vida. El Gigante
ya no quiere estar solo, ya no quiere permanecer aislado del mundo: se alegra cuando
los niños retoman el jardín y con ellos llega la Primavera. En ese momento aparece un
personaje de suma importancia en el cuento, un personaje que marca el momento en
que el Gigante atraviesa la frontera de la maldad para insertarse en el mundo de la
bondad. Se trata del niño pequeño que lloraba con amargura mientras intentaba
infructuosamente agarrar una rama del árbol.

Este niño, más allá de las acciones que desempeña y de las que provoca en los
demás personajes para el desarrollo de la trama, cobra una importancia dramática al final
del relato, cuando es revelada su verdadera identidad. El lector, al identificarlo con
Jesucristo por sus huellas de clavos en las manos y en los pies, experimenta en este hecho
sorpresivo una intensa relación con el texto. Empieza a captar la profunda dimensión de
lo que ha leído, construye su propia interpretación y le encuentra sentido a cada una de
las acciones. El niño, así, se transforma en un ser que no encontró la ayuda del Gigante
para atrapar la rama del árbol, sino que la buscó para entregarle su piedad; el beso que
le dio al Gigante en el cuello fue en realidad una muestra de su amor hacia la humanidad,
independiente del comportamiento de cada sujeto; y el llevarse al Gigante al Paraíso fue
un acto de justicia para recompensarlo por haber abandonado los territorios de la maldad
y entrar en los de la bondad. Es la doctrina cristiana representada en una historia.

Pero estos elementos dramáticos no lograrían, por sí mismos, penetrar en la


sensibilidad del lector si no fuera por la forma como están presentados. El narrador acude
constantemente a la poesía para crear un contraste que realza la belleza del relato. La
sinestesia, la metáfora y la animación son recursos literarios que le sirven para suavizar
un mundo que de otra manera podría rayar en una crudeza despiadada. La inclemencia
del clima, el aislamiento del Gigante, su rechazo a los niños, el llanto del niño que no
puede alcanzar la rama, su desaparición, su aparición desde el mundo de los muertos, las
heridas que presenta en sus manos y pies y la muerte del Gigante son situaciones de
extrema crudeza que, sin embargo, están dibujadas con tal delicadeza, con tal ternura,
que resultan asimilables para cualquier lector, sin perder, por supuesto, su carácter de
hechos sobrecogedores. El tono del texto le genera al cuento un equilibrio que le impide
caer en lo patético y lo eleva a lo artístico.

Ahora bien, a manera de paréntesis y abandonando el enfoque narratológico, se


podría intentar un análisis interpretativo con tintes sociales sobre este cuento de Oscar
Wilde. Las características del Gigante pueden compararse con las de las personas adultas
que se encierran en sí mismas, que se niegan a vivir el mundo más allá de su oficina, que
levantan a su alrededor una muralla para impedir que ingrese la felicidad, la imaginación,
la aventura. Lo único que les queda es conformarse con el jardín frío y triste de su
realidad: madrugar a desayunar para ir a trabajar y regresar en la noche a casa para volver
al siguiente día a hacer exactamente lo mismo, y así durante 30 años hasta que se puedan
jubilar. Pero cuando estas personas se abren a la posibilidad de derribar los muros, de
dejar entrar la fantasía, representada por los niños, entonces su vida se llena de color y
cobra nuevos sentidos.