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NOTAS de reflexión sobre

la vida y ministerio del sacerdote.


Retiro con los sacerdotes de la Diócesis,
Martes Santo 2008

Queridos sacerdotes,

He querido asumir esta responsabilidad de serviros en este día tan señalado con la
oferta del Retiro Espiritual, porque es una preciosa ocasión de abrir el corazón a
los que somos de la misma familia, porque en este día podemos hablar en voz alta
de nuestras preocupaciones y de nuestros aciertos, revisar la respuesta que le esta-
mos dando al Señor como Iglesia local y como sacerdotes. En este día nos podre-
mos acercar a las luces y a las sombras de nuestro ministerio e iluminarlas con la
Voluntad de Dios, que nos pide fidelidad.

No me gustaría traicionar mis sentimientos si no me acordara de los 16 sacerdotes


que han muerto en estos últimos cuatro años, hermanos que han pasado a la pre-
sencia del Padre, después de una vida entregada y generosa, cuyo recuerdo nos
debe animar a seguir pidiendo por las vocaciones sacerdotales y por garantizar los
auxilios espirituales al Pueblo de Dios que me ha sido encomendado, junto a vo-
sotros. No sería justo si, en este rápido repaso, no mencionara a Juan Francisco
Soler Asensio, único sacerdote ordenado en estos cuatro años, un joven sacerdote
con un seductor porvenir, según se puede comprobar por los frutos de su trabajo
ministerial.

Me imagino que en estas circunstancias más de uno se habrá preguntado acerca


del papel que juega el sacerdote de hoy en estos tiempos tan cambiantes y donde
las ideologías, la política, la cultura… están en la “cresta de la ola” y la tarea
evangelizadora parece estar en un segundo o tercer plano. También es un moti-
vo de preocupación y sufrimiento para muchos el constatar que estamos en un
tiempo de dificultades, en un ambiente con muchas reticencias respecto de la
Iglesia, del cristianismo, de la religión en sí misma considerada, con un rechazo
claro a la religión misma en sus elementos esenciales, diciendo que no es com-
patible con los valores más apreciados de la vida actual, como son la ciencia, la
libertad, el bienestar… quienes así piensan no soportan una Iglesia diferente y
fiel a sí misma, quieren una Iglesia que se acomode, que cambie sus estructuras
1
y sus enseñanzas, que se someta al criterio común de la nueva cultura… Natural-
mente, este vaivén crea mucha angustia al que quiere ser fiel a la misión recibida
del Señor, pero somos personas de fe y conocemos que el verdadero profeta se
ha tenido que enfrentar a situaciones adversas sólo con la fuerza del Señor y
siempre ha salido adelante y, además, el misterio de la Encarnación del Hijo de
Dios confirma que Cristo vive también nuestras circunstancias históricas:
«habitó entre nosotros» (Jn 1,14). Que no estamos solos en esta aventura, conta-
mos con la ayuda de Dios.

Es lógico que el hombre de hoy sienta la necesidad de preguntarse por muchas


cosas, porque son muchas ofertas las que le vienen encima, ofertas de todo tipo
y para todo, hasta saciarles y perder el rumbo, en muchos casos… pero el hom-
bre tiene necesidad también de la transcendencia. Este hombre se pregunta so-
bre: El sentido de la vida, la dignidad de la persona (trabajo, cultura, conviven-
cia), de la historia humana...; -El sentido del dolor, de las injusticias, de la po-
breza, de la violencia o de la muerte...; -El sentido del pensamiento humano
que ha fraguado innumerables ideologías (muchas de ellas válidas, pero todas
variables y pasajeras) sobre el misterio del hombre…; -El sentido de la trans-
cendencia y del más allá como base del misterio del hombre...; -El sentido de
las normas morales (ética) para la conducta personal, familiar, social, política,
económica, internacional... No debemos olvidar que este hombre que quiere ver,
pesar, medir, experimentar, no deja de pedir espiritualidad.

Nuestra sociedad moderna nos necesita, necesita ver signos claros del Evange-
lio, necesita testigos, apóstoles auténticos, que les hablen de Dios, que curen sus
enfermedades y le perdone sus pecados, incluso en el grito hostil que lanza tal
vez hacia la Iglesia, el mundo denuncia su propia hambre de verdad, de justicia,
de renovación, que solamente el sacerdote podrá satisfacer…(1) Pablo VI les de-
cía a los neo-presbíteros: Quizá en un determinado momento el sacerdote, cuan-
do se dio cuenta de estar, por razón de su vocación, segregado del propio con-
texto social (Heh 13, 2). y destinado a una actividad bastante especializada cual
es la actividad del ministerio religioso, pensó que ya nunca podría tener contac-
tos directos y operantes con la sociedad contemporánea o con cada uno de sus
componentes; ahora tiene que cambiar de parecer; si hay un servicio que exija
la inmersión de quien lo ejerce en la experiencia multiforme y tumultuosa de la
sociedad, más aún que el del maestro, que el del médico, que el del hombre polí-
tico, es el servicio del ministerio sacerdotal: «Vosotros sois, os dice el Señor, la
sal de la tierra, vosotros sois la luz del mundo (Mt 5, 13. 15)(2).

Llegados a este punto es necesario recordar de dónde hemos venido y para qué
estamos aquí, pero el hecho de ser sacerdotes nos identifica con el Sumo y Eterno
Sacerdote y pronto encontramos la respuesta con las mismas palabras del autor de
la Carta a los Hebreos: “tomado de entre los hombres, es instituido en favor de
2
los hombres” (Heb 5,1), por iniciativa absolutamente gratuita de Dios que llama
no en virtud de los méritos contraídos sino por pura benevolencia, que tiene
misericordia con quien quiere (Rom. 9,15-18) y que nos llamó desde el seno ma-
terno (cfr. Jr 1,5)(3).

Juan Pablo II decía algo muy bello de nuestra condición: “el sacerdocio nos es
dado para servir incesantemente a los demás, como hacía Jesucristo, no se pue-
de renunciar al mismo a causa de dificultades que encontramos y de los sacri-
ficios que se nos exigen. Igual que los Apóstoles, “nosotros lo hemos dejado to-
do y hemos seguido a Cristo” (Mt 19. 27); debemos, por eso, perseverar junto a
él en el momento de la cruz)(4). Tiene pleno sentido lo que nos decían nuestros
directores espirituales en el Seminario, eso de morir con “las botas puestas”, en-
tregados a la Cruz, como el Señor, hasta derramar la última gota de sangre. Afor-
tunadamente este es el testimonio que guardamos, como un tesoro, el ejemplo de
todos los sacerdotes santos que nos han precedido y que han marcado una mane-
ra de ser, un estilo de vida que les ha distinguido de todo el mundo, seguir hasta
el final de sus días con la misma responsabilidad de un amor entregado. La per-
sonalidad sacerdotal es para los demás un claro y límpido signo, a la vez que una
indicación del sentido de la vida en Cristo: el sacerdote que cree profundamen-
te, que manifiesta con valentía su fe, que reza con fervor, que enseña con ínti-
ma convicción, que sirve, que pone en práctica en su vida el programa de las
Bienaventuranzas, que sabe amar desinteresadamente, que está cerca de to-
dos y especialmente de los más necesitados.

No es muy difícil concluir que el mundo, los feligreses, nuestros conciudadanos…


nos exigen también que estemos cerca de ellos “como sacerdotes”… Así lo ex-
presaba Juan Pablo II: “Los hombres, nuestros hermanos en la fe y también los no
creyentes, esperan de nosotros que seamos capaces de señalarles esta perspecti-
va, que seamos testimonios auténticos de ella, que seamos dispensadores de la
gracia que seamos servidores de la Palabra de Dios. Esperan que seamos hom-
bres de oración”. Otra dimensión sacerdotal de peso que se pide es la calidad
humana ejercida con autoridad, pero la autoridad ha de ejercitarse con espíritu
de servicio, como «amoris officium»(5) y dedicación desinteresada al bien del
rebaño (cfr. Jn 13, 14; 10, 11). El sacerdote deberá siempre recordar que el Señor
y Maestro « no ha venido para ser servido sino para servir» (cfr. Mc 10, 45); que
se inclinó para lavar los pies a sus discípulos (cfr. Jn 13, 5) antes de morir en la
Cruz y de enviarlos por todo el mundo (cfr. Jn 20, 21). Verdaderamente este
ejemplo del Señor sigue siendo la medida de nuestra condición sacerdotal y nos
debe hacer pensar a todos.

3
Una exigencia fundamental del Evangelio: todos debemos convertirnos cada
día.

Este día de Retiro, Martes Santo, puede ser una oportunidad para plantear-
nos los aspectos esenciales de nuestra realidad sacerdotal y del ministerio para el
que fuimos llamados, una oportunidad para un examen de conciencia personal y
poder decirle al Señor cómo estamos respondiendo a su llamada, a la confianza
que nos concedió el Señor, si estamos viviendo la frescura de la vocación o so-
mos de los que se han sentado al borde del camino; si aún huele el santo crisma
en nuestra cabeza y gozamos de la parresía del Espíritu o somos de los que pen-
samos que es mejor dejar las cosas como están… total qué importa una derrota
más…; si permanece la ilusión por llevar a Cristo a todos o hemos “diluido” el
interés en una contemporización despreocupada del ministerio(6); revisemos
cómo estamos respondiendo a las inmensas necesidades de evangelización y
cómo podemos saciar el hambre de la Palabra y del Cuerpo del Señor… ¿nos ha
vencido el desánimo? ¿te has sorprendido huyendo de tu ministerio, pensando,
como Jonás, que ya no se puede hacer nada?...

A tiempos nuevos se recomiendan formas nuevas, pero aún necesitamos dejar


atrás maneras y criterios de actuar, métodos y sistemas envejecidos y que ahora
no sirven, porque usan lenguajes que dice poco o plantean cuestiones ya resuel-
tas… está claro que la tarea prioritaria es evangelizar(7) a todos, pero además
debemos cuidar la fe de los ya cristianos, como recomendaba Pablo a los sacer-
dotes y obispos de Éfeso, porque son propiedad de Dios: “«Tened cuidado de
vosotros y de toda la grey, en medio de la cual os ha puesto el Espíritu Santo co-
mo vigilantes para pastorear la Iglesia de Dios, que él se adquirió con la sangre
de su propio hijo”(8).

Escuchemos la invitación a la conversión ofrecida en este tiempo a los cristia-


nos, que debe ser oída también por los que hemos sido llamados al apostolado,
es una exigencia fundamental del Evangelio, dirigida a todos los hombres (Cfr.
Mt. 4. 17; Mc. 1. 15.), y tanto más debemos considerarla como dirigida a noso-
tros. Si tenemos el deber de ayudar a los demás a convertirse, lo mismo debemos
hacer continuamente en nuestra vida. Convertirse significa retornar a la gracia
misma de nuestra vocación, meditar la inmensa bondad y el amor infinito de
Cristo, que se ha dirigido a cada uno de nosotros, y llamándonos por nuestro
nombre, ha dicho: “Sígueme”. Convertirse quiere decir dar cuenta en todo mo-
mento de nuestro servicio, de nuestro celo, de nuestra fidelidad, ante el Señor
de nuestros corazones, para que seamos “ministros de Cristo y administradores
de los misterios de Dios” (I Cor 4. 1). Convertirse significa dar cuenta también
de nuestras negligencias y pecados, de la cobardía, de la falta de fe y esperan-
za, de pensar únicamente “de modo humano y no “divino”. Recordemos, a este
propósito la advertencia hecha por Cristo al mismo Pedro (Cfr. Mt. 16. 23). Con-
4
vertirse quiere decir para nosotros buscar de nuevo el perdón y la fuerza de
Dios en el Sacramento de la reconciliación y así volver a empezar siempre,
avanzar cada día, dominarnos, realizar conquistas Espirituales y dar alegremen-
te, porque “Dios ama al que da con alegría"(2 Cor. 9. 7) . Convertirse quiere de-
cir “orar en todo tiempo y no desfallecer” (Lc 18. 1. Jn 4. 35).

En estos tiempos difíciles es cuando más debemos cuidar la vida interior, amena-
zada siempre con las falsas esperanzas del secularismo que “desnaturaliza desde
dentro y en profundidad la fe cristiana y, en consecuencia, el estilo de vida y el
comportamiento diario de los creyentes” (9). Si la fuerza del apóstol la da el Espí-
ritu, andar por la vida derrotados es confirmar la victoria del sinsentido y eso no
lo podemos tolerar los que desde la libertad y conscientemente le hemos dicho al
Señor que cuente con nosotros, que él nuestro Camino, Verdad y Vida. No tene-
mos derecho a “entristecer al Espíritu” (Cfr. Ef 4,30):
¯ con nuestra poca fe y falta de disponibilidad para testimoniar tu Evange-
lio “de obra y de verdad”( 1 Jn. 3, 18);
¯ con el “secularismo” o con el querer “conformarnos a este siglo”( Cfr.
Rom. 12, 2) a cualquier precio;
¯ finalmente, con la falta de aquella caridad, que “es paciente, es benigna ...
”, que “no es jactanciosa ... ” y no “busca lo suyo ... ”, que “todo lo excusa,
todo lo cree, todo lo espera, todo lo tolera ... ”, de aquella caridad que “se
complace en la verdad” y sólo de la verdad (1 Cor. 13, 4-7).

Os propongo unas consideraciones de Papa Juan Pablo II(10), que van en esta
línea y sale al encuentro de los abatidos y atribulados:
“Haz que no “entristezcamos” al Espíritu
¯ con todo aquello que lleva en sí tristeza interior y estorbos para el alma,
¯ con lo que hace nacer complejos y causa rupturas con los otros,
¯ con lo que hace de nosotros un terreno preparado para toda tentación,
¯ con lo que se manifiesta como un deseo de esconder el propio sacerdocio ante
los hombres y evitar toda señal externa,
¯ con lo que, en último término, puede llegar a la tentación de la huida bajo el
pretexto del “derecho a la libertad”.
Haz que no empobrezcamos la plenitud y la riqueza de nuestra libertad, que
hemos ennoblecido y realizado entregándonos a Ti y aceptando el don del sacer-
docio.
Haz que no separemos nuestra libertad de Ti, a quien debemos el don de esta gra-
cia inefable.
Haz que no “entristezcamos” tu Espíritu.
Concédenos amar con el amor con el cual tu Padre “amó al mundo”, cuando en-
tregó “su Unigénito Hijo, para que todo el que crea en El no perezca, sino que ten-
ga la vida eterna” (Jn 3, 16).

5
Ser sacerdote es una maravillosa aventura de amor

Algunos se han preguntado, en su interior, si esto de ser sacerdote tiene sentido


hoy, cuando el nivel de consideración social está tan bajo, el discurso del mundo
va por otros caminos y la gente no demanda los sacramentos... ¿Cómo es posible
esto? ¿Acaso no conocen el ministerio de Nuestro Señor cuando nos decía que yo
no he venido a ser servido, sino a servir? Que la gente se “distraiga” en la exigen-
cia de la vocación, humanamente se puede entender, pero a un sacerdote no le es
permitido olvidase de que ha sido Jesús el que ha salido a su encuentro y le ha
propuesto como camino para santidad la Cruz, el servicio a los hermanos y la fi-
delidad incondicional a Nuestro Señor: “Se entra en el sacerdocio a través del sa-
cramento; y esto significa precisamente: a través de la entrega a Cristo, para que
él disponga de mí; para que yo lo sirva y siga su llamada, aunque no coincida
con mis deseos de autorrealización y estima. Entrar por la puerta, que es Cristo,
quiere decir conocerlo y amarlo cada vez más, para que nuestra voluntad se una
a la suya y nuestro actuar llegue a ser uno con su actuar”(11).

Os recuerdo especialmente que nosotros, sacerdotes y ministros ordenados, somos


la expresión o signo personal y sacramental de Jesús Sacerdote, Buen Pastor y
que nuestra vocación es el amor. La santidad tiene sentido "relacional", de perte-
necer afectiva y efectivamente a aquél que por excelencia es el Santo. San Pablo
definió con esta bellas palabras lo que somos: "servidores de Cristo y administra-
dores de los misterios de Dios" (1Cor 4,1), así que somos "hombres de
Dios" (1Tim 6,11). Cristo nos ha elegido por su propia iniciativa amorosa (cfr. Jn
15,16) y, consecuentemente, nos ha capacitado para poder responder con coheren-
cia a este mismo amor(12). Nuestra vida está llamada a la santidad y es, al mismo
tiempo un ministerio de santidad, somos forjadores de santos(13). Ello equivale a
"mantener la mirada fija en Cristo"(14), para poder pensar, sentir, amar, obrar co-
mo él. "La referencia a Cristo es, pues, la clave absolutamente necesaria para la
comprensión de las realidades sacerdotales"(15). Esta santidad es posible(16).
El camino de la santidad sacerdotal se recorre dejándose conquistar por el amor
de Cristo, a ejemplo de S. Pablo: "No vivo yo, sino que es Cristo quien vive en
mí... vivo en la fe del Hijo de Dios, que me amó y se entregó a sí mismo por
mí" (Gal 2,20). Y es este mismo amor el que urge a la misión: "El amor de Cristo
me apremia" (2Cor 5,14). Nuestra llamada a la santidad incluye el compromiso
ministerial de ayudar a los fieles a emprender el mismo itinerario de santificación.
Se trata del "ministerio y función de enseñar, de santificar y de apacentar la grey
de Dios"(17), como colaboradores de los obispos. Por esto, "la perspectiva en la
que debe situarse el camino pastoral es el de la santidad"(18). La dimensión cris-
tocéntrica de la santidad se concreta necesariamente en dimensión eclesiológica.

D. Juan Esquerda(19) nos hace este pequeño resumen de este ser sacerdote, movi-
dos por el amor de Cristo: La dimensión cristocéntrica o cristológica de la santi-
6
dad sacerdotal se traduce en:

- Declaración mutua de amor, como elección y llamada:


"Como el Padre me amó, yo también os he amado; permaneced en mi
amor" (Jn 15,9); "Yo os he elegido a vosotros" (Jn 15,16); "vivo en la fe del
Hijo de Dios, que me amó y se entregó a sí mismo por mí" (Gal 2,20).

- Relación de encuentro, amistad, intimidad, contemplación:


"Estuvieron con él" (Jn 1,39); "instituyó Doce, para que estuvieran con él, y
para enviarlos a predicar" (Mc 3,14-15); "vosotros sois mis amigos" (Jn
15,14); "estaré con vosotros" (Mt 28,20); "mi vida es Cristo" (Fil 1,21).

- Relación de pertenencia:
"Habiendo amado a los suyos, los amó hasta el extremo" (Jn 13,1);
"Padre... los que tú me has dado"... (Jn 17,9ss); "no vivo yo, sino que es
Cristo quien vive en mí" (Gal 2,20).

- Relación de transparencia y misión:


"Vosotros daréis testimonio, porque habéis estado conmigo desde el princi-
pio" (Jn 15,27); "el Espíritu... me glorificará, porque recibirá de lo mío y os
lo anunciará a vosotros" (Jn 16,14); "Padre... he sido glorificado en ellos
(son mi expresión)" (Jn 17,10); "Como el me envió, también yo os env-
ío" (Jn 20,21)...; "el amor de Cristo me apremia" ( 2Cor 5,14).

A la luz de la presencia de Cristo Resucitado, que sigue acompañando a "los su-


yos" (Jn 13,1), se llega a unas actitudes que podríamos llamar de sabiduría y de
sentido común cristiano y sacerdotal, y que constituyen la señal para saber si uno
camina seriamente por el camino de la santidad en dimensión cristológica. La vi-
vencia de nuestra realidad de participar en el ser de Cristo y de prolongar su mi-
sión, se podría concretar así:

- No dudar del amor de Cristo:


Mons. Francisco Xavier Nguyen van Thuan, arzobispo de Saigón, estuvo
13 años en la cárcel Saigón. En los primeros días del duro cautiverio, sin-
tiéndose con desánimo por su aparente inutilidad, supo discernir la voz del
Señor en su corazón: "Te quiero a ti, no tus cosas"(20).

- No sentirse nunca solos:


Mons. Tang, obispo de Cantón estuvo 22 años en la cárcel. Cuando llegó a
Roma y resumió los sufrimientos pasados en aquella soledad. Al preguntar-
le por las razones que le ayudaron a perseverar, respondió: "Cristo no aban-
dona"(21).

7
- No poder prescindir de él:
Pablo, en la cárcel de Roma: "En mi primera defensa nadie me asistió, ante-
s bien todos me desampararon... Pero el Señor me asistió y me dio fuer-
zas" (2Tim, 4,16-17).

- No anteponer nada a él
"En los enamorados la herida de uno es de entrambos, y un mismo senti-
miento tienen los dos"(22).

Luces y sombras de la labor ministerial

Es un motivo de gozo señalar que hoy la gran mayoría de los sacerdotes de todas
las edades desarrolláis el ministerio con un esfuerzo gozoso, frecuentemente fruto
de un heroísmo silencioso, particularmente es esta tierra nuestra con característi-
cas tan especiales. En relación a lo que nos cuentan los mayores de la Diócesis
con las limitaciones que “disfrutaban”, entre fríos y caminatas, ahora no existe
término de comparación, ya que han mejorado mucho las vías de comunicación,
los servicios y prestaciones sociales, se tiene al alcance de la mano los remedios
más urgentes y la disposición de los hermanos a servir no ha variado.

Sois conscientes de que hay que trabajar hasta el límite de las propias energías, sin
ver, a veces, los frutos de la labor, pero sin perder la esperanza, porque el que da
el crecimiento es Dios(23). Os agradezco sinceramente vuestro coraje de apósto-
les que aceptáis, con naturalidad seguir adelante a pesar de los años y de las enfer-
medades. Quiero que seáis conscientes de que miro y valoro, como un ejemplo
admirable para todos, vuestra generosidad y la total entrega al Señor, por quién
estáis dando la vida, gastándola y desgastándola. En la reunión de los arciprestes
veíamos la dramática realidad, que la edad media de los sacerdotes que hay en la
ciudad de Teruel es de 73,20 años, un dato que lo dice todo y que me lleva a daros
las gracias por no pedirme nunca el dejar las responsabilidades. Dios sabrá recom-
pensar vuestra generosa entrega.

Para Dios y para la sociedad no pasa desapercibido ese esfuerzo, vuestra tarea
constituye un anuncio vivo de la gracia divina que, una vez recibida en el mo-
mento de la ordenación, sigue dando un ímpetu siempre nuevo al ejercicio del
sagrado ministerio; vuestra palabra y vuestro testimonio es verdaderamente
evangelizador. Os vuelvo a animar a no decaer ante las dificultades, a que po-
tenciéis las atenciones para reservar el primado absoluto a la vida espiri-
tual, estar siempre con Cristo, viviendo con generosidad la caridad pastoral e
intensificando la comunión con todos los hermanos, en primer lugar, con los
otros sacerdotes y con el Obispo(24). A nadie le es desconocido que el ministe-
rio sacerdotal es una empresa fascinante pero ardua, siempre expuesta a la in-
8
comprensión y a la marginación, sobre todo hoy día, puesto que el sacerdote su-
fre con frecuencia la fatiga, la desconfianza, el aislamiento y la soledad. Por esta
razón, insisto, es mayor la necesidad de apoyarse en Cristo, en la Iglesia y en los
hermanos.

La predicación de la Palabra

Con motivo del próximo Sínodo, que comenzará en Roma en octubre, y que tie-
ne un tema central para la vida cristiana, como es la Palabra de Dios, os pido en-
carecidamente que os dispongáis a una preparación seria y a tomar conciencia de
la absoluta necesidad de «permanecer» fieles, anclados en la Palabra de Dios y
en la Tradición para potenciar la condición de testigos y discípulos de Cristo,
conociendo y predicando la verdad (cfr. Jn 8, 31-32), con toda fidelidad(25). Es-
to nos exige todavía mayor preparación para predicar la Palabra con autentici-
dad, y transmitirla «sin doblez y sin ninguna falsificación, sino manifestando
con franqueza la verdad delante de Dios» (2 Cor 4, 2). Con madurez responsa-
ble, evitando reducir, distorsionar o diluir el contenido del mensaje divino. La
tarea consiste en «no enseñar la propia sabiduría, sino la palabra de Dios e invi-
tar con insistencia a todos a la conversión y la santidad»(26).

La predicación no se puede reducir a la comunicación de pensamientos propios,


experiencias personales, simples explicaciones de carácter psicológico(27), so-
ciológico o filantrópico y tampoco puede usar excesivamente el encanto de la
retórica empleada tanto en los medios de comunicación social. Se trata de anun-
ciar una Palabra del que no se puede disponer porque ha sido dada a la Iglesia a
fin de que la custodie, examine y transmita fielmente(28). La predicación de la
Palabra es normalmente el canal privilegiado para la transmisión de la fe y para
la misión de evangelización, este es nuestro desafío, por eso, para los de dentro
y para los de fuera, para los creyentes y para los no creyentes, el presbítero de-
berá hacerse la misma pregunta de San Pablo: «¿Cómo creerán sin haber oído? y
¿cómo oirán si nadie les predica?» (Rom 10, 14). La respuesta a estas preguntas
nos urge a una buena preparación permanente con seriedad y responsabilidad
(29), para poder servir mejor.

El sacerdote, promotor de las vocaciones

No quiero terminar sin hacer la llamada que hace siempre la Iglesia y que en es-
te momento es vital para nuestra Diócesis: “esfuércense los sacerdotes por
acompañar a los jóvenes durante el periodo delicado y decisivo de la búsqueda
vocacional”(30). Pues eso que hagamos lo posible para no olvidarlo. Vosotros
desempeñáis un papel único e insustituible en la pastoral vocacional. Con la
convicción de que el Espíritu sigue distribuyendo con gran liberalidad los caris-

9
mas de las vocaciones especiales, y que Cristo sigue llamando a los jóvenes por-
que los ama ( Mc. 10, 2)(31).

La pastoral vocacional comienza en la comunidad cristiana, con una invitación a


la oración y al testimonio, también involucrando a las familias y a las escuelas,
ya que los padres y los maestros son educadores también en la esfera relativa a
la elección de la vida. Pero os toca a vosotros el llamarles directamente, sin
complejos, y ayudarles a encontrar la luz en todo el abanico de las vocaciones,
acercándoos con delicadeza y acompañándoles individualmente mediante una
esmerada dirección espiritual. Sin embargo, hay que tener presente, que la mejor
propuesta debe proceder de vuestra propia vida, coherente y feliz.

Termino con un motivo de profunda alegría y esperanza para toda la Diócesis,


con los seminaristas que actualmente se están formando para servir en esta Igle-
sia local. Unos son de estas tierras y otros han venido de fuera, por lo que esta-
mos profundamente agradecidos, ya que, como a Abrahan, han tenido que dejar
su familia y su cultura y le han dicho al Señor que cuente con ellos aquí, son de
admirar por la valentía y arrojo y confío que se sentirán como hermanos entre
los hermanos. En el caso de los que han venido de Colombia, cuentan con el
aval de sus Obispos y con el del Rector de su Seminario, con el que hemos man-
tenido un estrecho seguimiento, otros dos comienzan desde primero Institucional
sus estudios, aunque son profesionales de diversas disciplinas y no habían estado
en ningún seminario antes.

Creo interpretar sus sentimientos de alegría por la buena acogida que se les ha
dispensado y agradezco al Rector del Seminario Mayor, Don Blas Sanz, su ines-
timable trabajo.

Confiando en la misericordia divina y bajo el amparo de Santa María os deseo


una vivencia generosa de la Semana Santa y una feliz Pascua de Resurrección.
Mis saludos especiales a vuestras comunidades parroquiales.

+ José Manuel Lorca Planes


Obispo de Teruel y de Albarracín

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NOTAS

(1) F. SEBASTIAN: “La gente más sensata comienza a darse cuenta de que una sociedad sin religión ni moral es un sociedad sin alma, sin
fuerza interior, amenazada de disolución por los conflictos de las pasiones y de las ambiciones. La situación actual no es normal, ha de llegar
el momento de la lucidez y la reacción, la sensatez y la sabiduría de la gente sencilla y honesta tiene que reaccionar frente al espectáculo de
la degradación y la injusticia. Tenemos que estar preparados para esta hora. No podemos defraudar a quienes vienen a nosotros buscando la
paz y el consuelo de la bondad de Dios. (Cfr art. “La Iglesia Católica en la España actual”).
(2) PABLO VI, Homilía de Ordenación de sacerdotes, Año Santo, 1975.
(3) El apóstol Pablo nos recuerda que esta llamada, que tan en contra va de sus convic­ciones anteriores y de su conducta pasada (Gal. 1,13-14),
no es algo ca­sual, sino que hunde sus raíces en la eternidad. Tiene conciencia de que en reali­dad ha sido «sepa­rado» por Dios ya «desde
el seno materno» (Gal. 1,15)
(4) JUAN PABLO II, Carta a los sacerdotes, Jueves Santo, 1979
(5) Cfr. S. AGUSTíN, In lohannis Evangelium Tractatus 123, 5: CCL 36, 678.
(6) JUAN PABLO II, Discurso al Clero de Roma. ( 9 de Noviembre de 1978), n. 3: L’Osservatore Romano. Edición en lengua española (19 de
noviembre de 1978). P. 11.No nos hagamos la ilusión de servir al Evangelio, si tratamos de “diluir” nuestro carisma sacerdotal a través de un
interés exagerado hacia el amplio campo de los problemas temporales, si deseamos “laicizar” nuestra manera de vivir y actuar, si cancelamos
hasta los signos externos de nuestra vocación sacerdotal. Debemos mantener el significado de nuestra vocación singular, y tal “singularidad
se debe manifestar también en nuestra manera de vestir. ¡No nos avergoncemos de ello! Si estamos en el mundo, ¡Pero no somos el mun-
do!".
(7) CONGREGACIÓN PARA LA DOCTRINA DE LA FE, Nota doctrinal acerca de algunos aspectos de la evangelización, “A este derecho le
corresponde el deber de evangelizar: «no es para mí ningún motivo de gloria; es más bien un deber que me incumbe. Y ¡ay de mí si no
predicara el Evangelio!» (1 Co 9, 16; cf. Rm 10, 14). Así se entiende por qué toda actividad de la Iglesia tenga una dimensión esencial evan-
gelizadora y jamás debe ser separada del compromiso de ayudar a todos a encontrar a Cristo en la fe, que es el objetivo primario de la evan-
gelización: «La cuestión social y el Evangelio son realmente inseparables. Si damos a los hombres sólo conocimientos, habilidades, capaci-
dades técnicas e instrumentos, les damos demasiado poco” .
(8) Hch 20, 28ss.
(9) BENEDICTO XVI, El desafío de la secularización, Discurso al Pontificio Consejo de la Cultura, marzo 2008: “La secularización, que se
presenta en las culturas como planteamiento del mundo y de la humanidad sin referencia a la Trascendencia, invade todo aspecto de la vida
cotidiana y desarrolla una mentalidad en la que Dios está de hecho ausente, en todo o en parte, de la existencia y de la conciencia humana.
Esta secularización no constituye sólo una amenaza externa para los creyentes, sino que se manifiesta ya desde hace tiempo en el seno mis-
mo de la Iglesia. Desnaturaliza desde dentro y en profundidad la fe cristiana y, en consecuencia, el estilo de vida y el comportamiento diario
de los creyentes”.
(10) JUAN PABLO II, Carta Jueves Santo 1982
(11) BENEDICTO XVI, Homilía de ordenación sacerdotal de quince diáconos de la diócesis de Roma en la Basílica de San Pedro el domingo 7
de mayo de 2006.
(12) ALONSO AMPUERO, JULIO, Espiritualidad del apóstol, según San Pablo:”él tiene con­ciencia clara de que no es apóstol por voluntad
propia, sino «por voluntad de Dios» (1Cor.1,1; 2Cor. 1,1; Ef. 1,1). Sabe muy bien que es «llamado como apóstol» (Rom. 1,1) exactamente
como lo habían sido los Doce, porque le ha llamado el mismo Jesús que les llamó a ellos; y -lo mismo que ellos- tam­bién Pablo ha sido lla­
mado por su nombre (He. 9,4)…”
(13) CONGRESO DE SACERDOTES EN MALTA, 2004. El "carácter" sacerdotal del sacramento del Orden exige santidad, por el hecho de
poder obrar en nombre de Cristo; la gracia sacramental comunica la posibilidad de ser santos, es decir, de ser coherentes con lo que somos y
hacemos.
(14) BENEDICTO XVI, Carta de Jueves Santo, 2004,5
(15) JUAN PABLO II, Pastores dabo bobis, 12
(16) Indicamos algunos estudios sobre santidad y espiritualidad sacerdotal: AA.VV., Espiritualidad sacerdotal, Congreso (Madrid, EDICE, 1989);
C. BRUMEAU, Les éléments spécifiques de la vie spirituelle des prêtres d'après Vatican II: Le prêtre, hier, aujourd'hui, démain (Paris, Cerf,
1970) 196‑205; J. CAPMANY, Apóstol y testigos, reflexiones sobre la espiritualidad y la misión sacerdotales (Barcelona, Santandreu,
1992); M. CAPRIOLI, Il sacerdozio. Teologia e spiritualità (Roma, Teresianum, 1992); J. ESQUERDA BIFET, Teología de la espiritualidad
sacerdotal (Madrid, BAC, 1991); Idem, Signos del Buen Pastor, Espiritualidad y misión sacerdotal (Bogotá, CELAM, 2002); A. FAVALE,
El ministerio presbiteral, aspectos doctrinales, pastorales y espirituales (Madrid, Soc. Educ. Atenas, 1989); G. GRESHAKE, Ser sacerdote.
Teología y espiritualidad del ministerio sacerdotal (Salamanca, Sígueme, 1995); J.L. ILLANES, Espiritualidad y sacerdocio (Madrid, Rialp,
1999); D. TETTAMANZI, La vita spirituale del prete (Casale Monferrato, PIEMME, 2002); R. SPIAZZI, Sacerdozio e santità. Fondamenti
teologici della spiritualità sacerdo­tale (Roma 1963); K. WOJTYLA, La sainteté sacerdotale comme carte d'identité: Seminarium (1978)
167‑181; P. XARDEL, La flamme qui dévore le berger (Paris, Cerf, 1969).
(17) VATICANO II, Presbiterorum Ordinis,7.

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(18) JUAN PABLO II, Novo millennio Ineunte, 30
(19) JUAN ESQUERDA BIFET, Santidad Cristocéntrica del Sacerdote, C. para el Clero, Universalis Presbyterorum Conventus, Malta
2004
(20) Ver algunas de sus testimonios de su tiempo de prisión, en: Testigos de esperanza. Ejercicios espirituales dados en el Vaticano en
presencia de S.S. Juan Pablo II (Madrid, San Pablo, 2000). Es la vivencia paulina: "¿Quién nos separará del amor de Cris-
to?" (Rom 8,35).
(21) Santa Teresa invita a "traerle siempre consigo", porque "con tan buen amigo presente, todo se puede sufrir" (Vida, 22,6).
(22) S. JUAN DE LA CRUZ, Cántico B, canc. 30, n.9
(23) 1Cor 3,5-9: “¿Qué es, pues, Apolo? ¿Qué es Pablo?... ¡Servidores, por medio de los cuales habéis creído!, y cada uno según el
don del Señor. Yo planté, Apolo regó; mas fue Dios quien hizo crecer. De modo que ni el que planta es algo, ni el que riega, sino
Dios que hace crecer. Y el que planta y el que riega son una misma cosa; si bien cada cual recibirá el salario según su propio
trabajo, ya que somos colaboradores de Dios y vosotros, campo de Dios, edificación de Dios”.
(24) CONGREGACIÓN PARA EL CLERO, Directorio para la Vida y Ministerio de los sacerdotes.
(25) Cfr. CONC. ECUM. VATICANO II, Const. dogm. Dei Verbum, 25.
(26) Cfr. JUAN PABLO II, EX. Ap. post-sinodal, Pastores Dabo Vobis, 26.
(27) Cfr. JUAN PABLO II, Catequesis en la audiencia general, 21 abril 1993: « L'Osservatore Romano », 22 abril 1993.
(28) Cfr. VATICANO II, Dei Verbum 10; JUAN PABLO II, Catequésis, 21-IV-1993: «L'Osservatore Romano », 22-IV-1993.
(29) Cfr.C.I.C, Can. 769.
(30) CONGREGACIÓN PARA LA EVANGELIZACIÓN DE LOS PUEBLOS, El sacerdote espiritualidad y misión, Roma 1989.
(31) Cf. Conc. Vat. II, Decreto sobre el ministerio y vida de los presbíteros Presbyterorum Ordinis, 11; Id., Decreto sobre la formación
sacerdotal Optatam totius, 2; Id., Decreto sobre la actividad misionera de la Iglesia Ad gentes, 16; CIC cc 233, 574 & 2, 791.

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