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Ángel Bastos Martín nació en Hervás (Cáceres) España en 1951.

Se ha dedi-
cado a la enseñanza; tiene estudios de Filosofía y de Derecho. Además ha pu-
blicado el libro de poesía: “Tierra en barbecho”

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LOS ADOQUINES NO ERAN ROJOS

Ángel Bastos Martín

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Ahí estaban treinta y tres chicos de sexto de bachillerato mirando al nuevo pro-
fesor de Literatura que los tenía inmóviles en sus pupitres. La charla abierta,
libre y diferente les había desconcertado; permanecían confusos, incrédulos
ante la palabra del maestro, ellos, que se acomodaron sin más remedio al uso
monótono y uniforme de las lecciones planas y severas, sin alma, de los otros
profesores. La clase se les hizo muy corta. Un susurro recorrió el aula unos
instantes, después se han observado mudos de asombro. Aquel día de agita-
ción ya se metió para siempre en sus almas aún limpias.

La jornada escolar del 1 de octubre de 1967 se cerró con la magia de un profe-


sor particular. Marcos, Fernando, José y Pedro, amigos desde la infancia, se
fueron a la chopera, el lugar preferido para hablar de sus cosas. Allí ya espera-
ban Teresa, Sandra y Margarita, las tres jovencitas integradas al grupo el ve-
rano anterior. El ritual de siempre se repetía: saludos y cigarrillos. Las risas, las
voces claras de ellas se mezclaban con los sonidos graves de los chicos.

La conversación la monopolizaba el profesor.

―A mí me suena su cara ―dijo Teresa.

―¿Cómo no te va a sonar si pasa los veranos aquí desde hace años? Sus pa-
dres tienen el chalé cerca del paso a nivel ―contestó Fernando.

―Sí, sí, ahora caigo.

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―Yo le recuerdo en el casino hablando con mi padre ―dijo Marcos.

―Y yo le he visto más de una vez paseando por el parque con los otros ve-
raneantes y en los soportales de la plaza, en la terraza del casino ―dijo Marga.

―Es que estos son unos gilipollas, nunca se juntan con los del pueblo
―habló José con una mueca de desprecio.

―Creo que el padre es un señor muy importante en Salamanca. Me parece


que es el Presidente de la Diputación, alguna vez lo he oído, no sé donde qui-
zás a mi padre, bueno es igual ―decía Pedro.

―Pues yo ni idea, jamás me fijé en ellos, esa gente no me interesa, son de-
masiado importantes ―dijo con ironía Sandra.

El grupo de chicos se quedó un rato más en la chopera especulando, cómo no,


del profesor Luis Felipe Montero. Luis parecía haber llegado del frío, casi nadie
del Instituto tenía noticias de su contrato, todos estaban expectantes en el pue-
blo; Luis era la novedad y lo nuevo, ya se sabe, es pura indagación para los
habitantes ociosos. Al llegar a casa la mayoría de los muchachos del Instituto
sufrieron un detallado interrogatorio de sus impacientes padres.

El nuevo día escolar comenzaba temprano. Los alumnos de sexto tenían clase
de Literatura a primera hora; no faltaba nadie. Luis nombró a cada uno y pre-
guntó por sus padres, la tarea le llevó un rato, después abrió un debate sobre
la asignatura para conocer sus gustos literarios. La realidad los retrató, sólo
tenían conocimientos de los escritores de orden, pero hubo una sorpresa muy
grata para Luis: el joven Marcos González sí conocía a Miguel Hernández y a
Federico García Lorca. Luis Felipe Montero le felicitó ganándole para siempre.

El curso escolar avanzaba con normalidad. Luis seguía captando adeptos; iba
proporcionando pequeñas dosis de cultura arriesgada, evitando así la hostilidad
de las fuerzas vivas del pueblo, aunque no todo el campo era orégano. A Luis
le constaba que era observado por el correveidile del alcalde, estaba al corrien-
te de alguna chanza vertida en las tardes de chamelo y cartas en el casino de

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“los ricos”, en los silencios que provocaba su presencia, en las miradas cómpli-
ces de algunos zafios, en ridículos codazos; gestos que él captaba sin esfuerzo
y que desdeñaba con soltura evitando la confrontación caciquil.

Enero traía nieve. La sierra exponía un paisaje perfilado, bellísimo a la vista. En


el aula se estaba bien. Luis dio la bienvenida a sus alumnos y reanudó la mate-
ria después del paréntesis vacacional. El clima áspero de afuera invitaba a la
confidencia en el ambiente cálido del aula. Luis se estiró con Miguel Hernán-
dez. “Las nanas de la cebolla” le apuñalaban el alma, sobre todo esa. Recuer-
da el rostro de tierra de niño pobre, del poeta torturado y se preguntaba ¿cómo
pudieron hacerlo? y es que a Luis le taladraban como clavos sus versos, que
miraban a un pueblo desgarrado, herido por la tiranía de unos generales ruines
al servicio de una Patria ilegal y turbia; de una jerarquía católica fiel a los privi-
legios medievales; de unos terratenientes avaros, propietarios de tierras secu-
lares sustraídas a sangre y fuego; de señores y señoritos, caciques con dere-
cho de pernada, autores de asquerosas violaciones, abusos y atropellos, inmu-
nes ante la ley; de la moral de sacristía voceada desde los púlpitos, ocupados
por curas fascistas que pregonaban los valores de la sumisión. Razones terri-
bles para el golpe militar de 1936.

Hoy no pudo contenerse, se había calentado, y su palabra fue un torrente arro-


llador, irreprimible ante los ojos conmovidos de treinta y tres jovencitos. Luis
terminó la clase volviendo a leer “Las nanas de la cebolla” sin poder dominar
las lágrimas que llegaron con los versos.

Parecía imparable. Al día siguiente se arriesgó un poco más trayendo el libro


“Viento del pueblo”. Era tirarse al vacío sin paracaídas. Conocía de sobra la
Ley de prensa e imprenta de 1966 del ministro Manuel Fraga que tenía un
montón de excepciones, pero a Luis sólo le importaba abrir la cultura secues-
trada. Y, cómo no, se leyeron los poemas de guerra y la elegía primera dedica-
da a Federico García Lorca, poeta. Los chicos vibraron con el torrente de aque-
llas palabras de luz.

Observando el cuadro casi expresionista de sus alumnos, Luis tuvo un poco de


lástima de aquellas mentes vírgenes, tan dúctiles y tan ignorantes, callándose;

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la provocación traería consecuencias, pero a lo hecho pecho como diría el cas-
tizo. La clase terminó.

En la puerta del Instituto esperaban la salida de Luis, Marcos y sus tres amigos:
José, Fernando y Pedro.

―Profesor, podemos hablar con usted.

―Por supuesto. ¿Qué os preocupa? Hablad sin titubeos.

―Mire estamos muy interesados por la poesía, desconocemos la realidad,


seguro que usted tiene una buena biblioteca, nosotros hemos pensado en la
posibilidad de poder descubrir algo más que en la biblioteca del Instituto y por
supuesto en la del pueblo, aquí sólo hay libros del régimen…

―Perdona que te interrumpa Marcos, te he entendido; la mía está a vuestra


disposición. Mañana o cuando queráis os espero en mi casa, ¿de acuerdo?

Los cuatro al unísono le agradecieron el ofrecimiento. Teresa, Sandra y Marga


salieron al encuentro:

―¿Qué? ―interrogaron ellas con ansiedad.

―Sin problemas. Creemos que le ha gustado mucho nuestra propuesta,


¿verdad?

Los muchachos asintieron.

La casa de Luis Felipe Montero parecía sencilla y sólida por fuera, destacaba la
blancura de la fachada entre los postigos verdes de las ventanas. Para llegar a
la puerta principal había que subir una suave rampa no sin antes atravesar un
pequeño patio pavimentado con losetas de cemento separadas por estrechas
cisuras sembradas de césped y rodeado por rosales y hortensias. En la parte
trasera había una huerta medio silvestre con alguna higuera, cerezos, varios
ciruelos y unos castaños; nadie cuidaba de ellos, pero esa maraña le daba al
sitio el aire romántico y solitario que la naturaleza prodigiosa embellece, un lu-
gar perfecto para el descanso y la tertulia relajada. Luis Felipe pasaba muchas

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horas recostado en la hamaca de paño a rayas de colores leyendo y tomándo-
se una copa; disfrutaba de esta serena soledad como un ermitaño.

A los siete jóvenes les gustaba pasar las tardes de invierno en Las Cuevas del
Calvo; la taberna ofrecía alguna clandestinidad, propósito esencial del grupo,
además el ambiente del sitio era muy particular. El lugar era una cueva y se
accedía a ella por un largo y estrecho pasillo que se abría al final en una estan-
cia casi redonda revocada por pegotes de yeso sobre las paredes y el techo;
unas mesas grandes de madera de castaño, banquetas de asiento y una barra
alta de mostrador eran la pelada decoración, pero se estaba caliente. El dueño
de la taberna era un viejo calvo en su totalidad, un personaje de aspecto raro a
primera vista pues su calva dominante chocaba con una negrísima, larga y pro-
fusa barba que se mesaba de forma continua, también imponían el ancho mos-
tacho que ocultaba el labio superior, pero sobre todo su voz ronca apenas per-
ceptible, aunque distraía más su continua y enigmática sonrisa. Un hombre que
nunca tenía un mal gesto ni se alteraba por nada

Pidieron cerveza, mientras bebían, Marcos tomó la palabra:

―Ya sabéis ―dirigiéndose a las chicas―, el profesor nos deja entrar en su


casa cuando queramos, vosotras decidid.

―La duda ofende, Marcos ―dijo una de ellas.

Marga, Sandra y Teresa no estaban dispuestas a perderse esta oportunidad,


Luis Felipe les seducía. En los cuatro meses de curso el joven profesor las te-
nía conquistadas. En sus clases no se aburrían, siempre había sorpresas, sus
palabras trascendían dejando vibrando sus tiernos y sentimentales corazones.
La más convencida era la esquiva Teresa, la chica escuchaba con mucha
atención, apenas expresaba sus opiniones, pero los versos de Luis Cernuda,
de Federico García Lorca, de Miguel Hernández, de León Felipe, de Jorge Gui-
llén, de Gabriel Celaya… anegaban un alma ávida de voces excelsas y altas.
Sentía una densa emoción por saber más de ellos, hastiada de la verborrea
patriótica, floral y pegajosa del lenguaje nacional-católico de una enseñanza
amortajada. Con cierta impaciencia preguntó a Marcos por la visita a la casa

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del maestro. Había acuerdo entre el profesor y los jóvenes: al día siguiente
después de comer.

Los vio venir. El salón de la casa estaba en alto y se veía la carretera; en ese
momento pasaba “el martero” un tren de mercancías; el monstruoso grillo ne-
gro chirriaba al patinar las bielas de hierro para subir la pequeña cuesta que
llegaba a la estación. El fogonero enseñaba la dentadura blanca entre el sudor
y la cara tiznada de hollín correspondiendo al saludo de los muchachos. Siem-
pre hacía lo mismo con Luis, que le cumplía agitando la mano desde el venta-
nal de la habitación.

El profesor los recibió con naturalidad como si siempre los estuviese esperan-
do. Los jóvenes se acomodaron, mientras tanto Luis Felipe se fue a la cocina a
preparar café, se lo tomaron en silencio, todos estaban un poco cortados, hasta
que el profesor soltó una carcajada para anular la timidez encarnada en sus
gestos:

―Bueno, ¿se puede saber qué os pasa? Venga, chicos, que estáis en vues-
tra casa, fuera las tonterías. Ah, casi se me olvidaba ―el profesor hace un ges-
to divertido ―la biblioteca está a vuestro servicio.

Parecieron las palabras exactas pues los siete se fueron como un todo a la es-
tantería de libros. Durante el tiempo que los jóvenes permanecieron descu-
briendo la librería, Luis leía, aunque los observaba por encima del libro. En el
salón se estaba bien, la chimenea mantenía la estancia caliente. Teresa estaba
sentada en la gran mesa negra tintada de nogalina, era la huella más antigua
de la familia, la chica copiaba algo, lo hizo muy deprisa porque rápido devolvió
el libro a su sitio y se guardó la copia. La maniobra la captó el profesor, en ese
momento se cruzaron las miradas, una furtiva, la otra desenfadada y los dos
sonrieron.

―Puedes llevártelo ―le dijo Luis

Marcos ojeaba un libro de pasta dura de color marrón, en el lomo sólo se veía
el número romano de la colección, el muchacho releía una y otra vez aquel
enigma, Luis se dio cuenta y fue en su ayuda:

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―Este es complicado, Marcos; tengo una curiosidad, ¿por qué has elegido a
Nietzsche?

―Siento una atracción morbosa por ese autor, he oído hablar de él ¿algún
problema?

―No, no, en absoluto, tú puedes leer lo que quieras, pero admíteme una pe-
queña sugerencia: procura que no te vean con el libro, sólo por precaución

―Entonces, ¿me lo puedo llevar?

―Claro, por supuesto, pero te insisto sé prudente y ten cuidado con tu padre,
¿me entiendes, verdad?

La breve y confidencial conversación avivó la curiosidad del joven que ansiaba


cuanto antes hincarle el diente al tenebroso escrito. Se quedó pensando en las
últimas palabras de Luis, el profesor conocía a su padre, sabía que estaba en-
fermo, que trataba mal a su madre cuando llegaba chispo, que era un buen
funcionario, que era muy amigo del alcalde y que nunca le pegaba.

Luis le había tratado en el casino cuando se ponía estupendo después de to-


marse varias copas de anís seco de Cazalla de la Sierra, y de forma confiden-
cial, como decía a todos, exponía sus andanzas. Ventura tenía la voz grave y
acogedora, hablaba despacio con tono bajo como un cura en el confesionario,
pero gesticulaba con exageración envolviendo las palabras con las manos. El
día que habló con el profesor estaba especialmente misterioso y sobre todo
bebido, pero aún lúcido. “Yo conozco bien a tu poderoso padre, que lo sepas,
es un tipo muy listo, él también me conoce, yo leo mucho ¿sabes? Y he vivido
mucho…”

Ventura le contó que era un falangista de los de verdad y que había hablado
con Fernández Cuesta al que consideraba su amigo. No estuvo en la guerra
civil, por edad, pero que no olvidaba al ejército de Franco pasando por el pue-
blo rumbo a Salamanca, pero el relato se hizo épico cuando le narró emocio-
nado, de vez en cuando tomaba un sorbito de anís para pasar el trago, su ho-
mérica experiencia en la División Azul; no dudó ni un instante en alistarse
cuando el general Agustín Muñoz Grandes pidió voluntarios para luchar contra
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la Unión Soviética al lado de Hitler. El padre de Marcos tosió con estruendo, (la
cara se le puso roja del esfuerzo “un momento señor profesor”) antes de pro-
seguir aquella odisea, se disculpó por el ataque de tos: “fue el maldito frío quien
me pudo, no otra cosa, pero ¡qué cerca estuvimos de tomar Stalingrado! Yo
pude ver aquellas mágicas campanas que brillaban como el oro en las cristali-
nas mañana de invierno, fue terrible el asedio a la ciudad, nadie puede imagi-
nar tanto sufrimiento, yo caí muy enfermo y me trasladaron a España, estuve
ocho meses en un sanatorio entre la vida y la muerte pero sobreviví”. Al llegar
hasta aquí se calló, con claros signos de embriaguez se despidió de Luis con
una teatral inclinación de cabeza.

Los jóvenes estudiosos creían haber abusado de la confianza del maestro,


además se hizo de noche y sobre todo tenían ganas de cambiar impresiones.
Cuando se fueron Luis se sentó en el sillón de cuero frente a la chimenea y los
recuerdos salían y entraban como en una representación teatral. Sonreía pen-
sando en la ingenuidad de las autoridades del pueblo, sobre todo del orondo e
iracundo alcalde, éste presumía de la amistad de su padre cuando en los vera-
nos le invitaba a su tertulia del casino y su cortesía rondaba la reverencia. Có-
mo se equivocaban o cómo erramos al juzgar a la gente por los orígenes, si
éstos atisbaran sus andanzas, temblarían de indignación, pero la gente es así.

Los nombres amargos se agregaron como lapas a sus últimos años en el Ma-
drid clandestino y una fecha aún más trágica: aquel fatídico 20 de abril de1963
cuando el camarada fue fusilado; está en la memoria eterna, cincelada con el
punzón del dolor, de la rabia, de la impotencia por aquel hombre nervioso, ha-
blador, con el cigarro siempre pegado al labio pero dispuesto y camarada hasta
la abnegación. Julián, pobre Julián Grimau ¡cuánto te hicieron sufrir esa canalla
fascista! Esa Brigada Político-Social cuando bajo tortura no pudieron arrebatar-
te tu valentía heroica y tu silencio; los siniestros asesinos, despechados, te tira-
ron por la ventana de un segundo piso, todavía con las manos esposadas, a un
callejón y aguantaste cinco meses con graves lesiones en el cráneo y en las
muñecas; “malditas hienas” dijo Luis entre dientes.

Luis Felipe se levantó para servirse una ginebra, pero la nostalgia se había
pegado como la niebla, impotente por evitarla, volvía a esos años de lucha

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clandestina, a las largas tertulias con Federico Sánchez apodo de Jorge Sem-
prún, su elegante presencia que tanto atraía las miradas furtivas de muchas
chicas y de las más atrevidas que le pedían lumbre, más de una se quedaba
con nosotros escuchando nuestras disertaciones intelectuales que versaban de
lo humano y lo divino enaltecidos por las bellas sonrisas de carmín rojo de las
atractivas jóvenes que apenas entendían las elevadas palabras y es que Jorge
Semprún era un aluvión de ideas; su fabulosa imaginación se desbordaba con
la suma de los Martini y casi siempre nos seducía por su discurso envolvente,
lleno de confidencias, por la altura intelectual del relato y sobre todo por la ex-
periencia turbadora en el campo de concentración de Buchenwald. Luis Felipe
era unos años más joven que Semprún y éste le cooptó para el partido en las
aulas de la Ciudad Universitaria.

Después de dos años frenéticos a su lado, la relación se disolvió por causas


que todavía hieren por la forma en que sucedieron. Jorge Semprún junto con
Fernando Claudín mantenían diferencias políticas con la línea oficial del partido
costándoles la expulsión en 1964. Recuerda Luis, con pena, cómo se manipu-
laron los hechos; es verdad que a Jorge nunca le perdonaron su ascendencia
burguesa y por encima de todo su nivel intelectual, la envidia universal hace
estragos sobre los más capacitados, es la condición humana.

Esta reflexión no aquietaba la ira que sentía en estos momentos entreteniendo


su soledad junto a la chimenea y saboreando su segunda ginebra. “Pero no
hay mal que por bien no venga” como dice el dicho popular; ahora vivía unos
meses tranquilos sin apenas actividad política dedicado a la enseñanza, sedu-
ciendo a unos chicos, casi analfabetos (los desdichados padecían la formación
nacional-católica y la del espíritu nacional) disfrutaba de serenos paseos por la
carretera que iba a la ermita del Cristo de la Salud, el patrón del pueblo; a ve-
ces subía a tomar agua fresca del manantial de San Gregorio, otras, se senta-
ba a la orilla del río a mirar el agua cristalina que zigzagueaba entre las piedras
y evocaba sus años de infancia chapoteando con sus hermanos en las peque-
ñas charcas del riachuelo. Muchas tardes descansaba en el merendero de Pe-
dregoso observando el delicioso tramo del río sombreado por nogales y alisos,
algún lugareño le saludaba con respeto: “buenas tardes Don Luis”, a veces le
preguntaban por su padre, entonces sonreía. Don Manuel Montero se había
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forjado la reputación de un hombre mesurado, tranquilo, correcto pero conteni-
do con los personajes notables del pueblo, amigo de hacer favores si eran ra-
zonables “…Don Manuel, usted que tiene influencias podría…” Don Manuel se
sentía halagado ante tales muestras de servidumbre, su lema perpetuo “…ya
veremos, ya veremos, haremos lo que se pueda” y todos aliviados.

Su padre desconocía las andanzas del hijo, su creencia básica era que Luis
tenía talento y un carácter rebelde, pero nunca habría imaginado que fuese
comunista, él que presumía de sus hijos, de la educación cristiana recibida en
los mejores colegios privados y de sus buenos trabajos. El viejo Don Manuel
tenía un pasado turbio que ocultaba con esmero; en los sucesos de Salaman-
ca, el 16 de abril de 1937, participa en la algarada entre falangistas por la su-
cesión a la Jefatura de Falange, aquel degradante espectáculo con muertos
incluidos se llevó por delante a Manuel Hedilla después de la farsa consentida
por Franco para hacerse con el control y fundar Falange Española Tradiciona-
lista y de la JONS y poner de secretario general a Raimundo Fernández Cues-
ta. Don Manuel partidario de Hedilla se fue por la puerta de atrás con el rabo
entre las piernas dando tiempo al tiempo. Su esposa Asunción, que estaba en
un sin vivir, suspiró cuando Manuel se echó en sus brazos después de los dos
días de zozobra pasados.

―Manolito olvídate de esas fantasías políticas, tú eres de otra manera, noso-


tros tenemos otra vida y más ahora que espero el segundo hijo.

―Puede que tengas razón, pero necesito un tiempo ¿me comprendes?

―Claro, claro, lo importante es hijo que viene y la del pequeño Luis.

Manuel Montero se apartó de las veleidades políticas centrándose en su traba-


jo y en la vida familiar. Fueron los mejores años de su vida. Sí, porque Asun-
ción habitaba en un mundo de realidades espirituales inflamadas de ardor reli-
gioso, su vocación caritativa, abnegada según ella, invadía de paz su sensibili-
dad hacia los pobres; ¡cuánto disfrutaba con las compañeras de Acción Católi-
ca repartiendo caridad! Y al fin metió por el buen camino al amado esposo. Don
Manuel se interesó por la vida y obra de don Josemaría Escrivá de Balaguer,
un curita teatral al que fue a escuchar por curiosidad, le convenció. El Opus Dei

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parecía hecho a su medida, el cura pomposo atraía con su jerga apretada de
guiños, gestos y abierta y estudiada campechanía. El librito Camino, un libro
sencillo, sentimental, inteligente para cautivar era su libro de cabecera, nunca
se dormía sin leer algunas reflexiones del envolvente libro. El matrimonio con-
sagrado a Dios, a la Iglesia y al Régimen, trilogía inviolable que aquietaban to-
dos los temores y sobre ellos la estabilidad del espíritu.

Luis Felipe suspiró al evocar aquel tiempo: su madre había muerto en 1962 y
su padre, eximido de tanto misticismo, contactó con los regidores políticos de la
ciudad y fue elegido concejal hasta llegar a presidir la Diputación.

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Los siete jóvenes salieron de la casa del maestro muy emocionados. Teresa
había tomado el poemario de Luis Cernuda: De Las nubes, tenía prisa por lle-
gar a casa y leerlo en la intimidad de su habitación. En el libro estaba el poema:
A un poeta muerto (F. G. L.) que había ojeado por encima, ¡qué ganas de vol-
ver sobre él! Cuando llegó a su casa saludó a sus padres con prisas, sin repa-
rar en ellos, como si no existieran, se echó en la cama vestida y se sumergió
en el poema.

Marcos se encontró con el padre, pretendió evitarle, pero éste le cerró el paso.

―Tú y yo tenemos que hablar, perillán que eres un perillán ―era la palabra
favorita de Ventura.

―¿Qué he hecho ahora? ―preguntó el muchacho con mirada torva.

―Me tienes que explicar tu apego al profesor de Literatura, te pasas los días
hablando de él, que si Luis esto, que si Luis lo otro; ¿sabes una cosa? Yo me
considero amigo de su padre, hemos hablado de política y de muchas otras
cosas, coincidimos en lo esencial, pero claro él es una persona importante y yo,
bueno, soy lo que soy aunque estoy orgulloso de mi vida, un día ya te contaré.
A tu profesor le conozco desde que era un mozo, pero hay cosas en él que no
me gustan, algo me huele mal de ese hombre, creo que oculta un no sé que, a
pesar de ser hijo de quien es ―sonrió a su hijo con suficiencia ―, ya veremos.

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Es curioso, la conversación pendiente se fue a las nubes, el padre de Marcos
cogió el abrigo rumbo al casino y la tormenta que amenazaba pedrisco se eva-
poró por arte de magia. Marcos respiró aliviado.

Fernando y José se metieron en Las Cuevas del Calvo, entre cigarrillos y cer-
veza hablaron del encuentro en casa de Luis, de recuerdos de niñez, de revo-
luciones, de amores y odios. Los dos chicos eran vecinos, sus vidas paralelas
forjaron una amistad especial entre los ellos que prometieron hasta la muerte.
Otra cosa era la vida intramuros, mientras Vicente, el padre de Fernando, era
un nostálgico de sus hazañas bélicas, Juan, el padre de José, vivía atormenta-
do por la muerte del hijo mayor en un accidente imprevisto, todos lo son, el niño
se rompió la cabeza en la plaza del convento y desde entonces se negó a vivir.

Para José era una extraña suerte, sus padres le dejaban hacer, no había pre-
guntas, era libre como las aves; en cambio Fernando sufría los sondeos diarios
del padre, ese control crecía en rebeldía contra él, además se avergonzaba de
la sonora proeza que protagonizó en la visita que Franco hizo a las obras del
pantano de Gabriel y Galán en el Norte de Cáceres. Ese día su corazón se
desbordaba en emociones; desde muy temprano esperaban con impaciencia él
y la multitud su llegada. ¡Franco, Franco, Franco! Clamaba la gente al ver llegar
el Rolls-Royce. Franco se bajó del coche para saludar a las autoridades y des-
pués dar un corto paseo por la obra. La gente seguía aclamando al dictador,
cuando entre la multitud salió Vicente con la decidida intención de llegar hasta
el mismísimo General, con rapidez la guardia de seguridad se abalanzó sobre
él, Franco hizo un gesto con la mano para que le soltaran, aun tuvo la oportuni-
dad de gritar: “Franco, camarada, ¿te acuerdas de mí en el Ebro?” No tuvo más
tiempo, varios compañeros bastante alarmados le agarraron como pudieron
integrándole en el grupo; en esto Vicente saludaba al gentío que aplaudía su
irreflexiva audacia. La camisa azul mahón con el yugo y las flechas bordado en
rojo sobre el bolsillo izquierdo, impecable para los eventos, ahora estaba em-
papada en sudor, sucia y por fuera del pantalón, pero qué más daba, había
casi tocado al Generalísimo.

Luis Felipe Montero conocía bastante a los padres de Marga; con Aurelio se
había tomado algunos vasos de vino sentados en la mesa camilla, templados

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con el brasero de picón que el propio Aurelio hacía. Sólo él compartía su secre-
to y como leal camarada jamás saldría una palabra de su boca. Fueron Aurelio
y su mujer Dolores quienes le relataron su historia; los dos se unieron en 1932
al partido comunista después de rechazar las posiciones de la socialdemocra-
cia y asumir los postulados de la III Internacional.

Aurelio era un ebanista estudioso, se había formado en las juventudes socialis-


tas asumiendo algún protagonismo en la agrupación. Al inicio de la guerra civil
tuvo que salir del pueblo cuando el sanguinario Coronel Juan Yagüe se hizo
con Extremadura. Aurelio conoció la barbarie de este Coronel falangista en Ba-
dajoz y su feroz represalia contra todo lo que fuese republicano sin juicios ni
medidas de gracia. Aurelio no se lo piensa y se une al frente como voluntario,
marcha a Madrid para alistarse en el Quinto Regimiento. Su novia Dolores se
va del pueblo a casa de unos tíos que viven en Cáceres.

Aurelio se estaba lavando cuando oyó la voz alegre de su hija Marga, la joven
dejó el libro Viento del Pueblo encima de la mesa, al pobre Aurelio se le empa-
ñó la vista al tomar el librito, estaba leyendo un poema y una lágrima resbalaba
por su mejilla, el gesto de limpiarse fue captado por la chica.

―¿Le pasa algo, padre? ―preguntó la hija.

―Sí, bueno ―carraspeó Aurelio antes de tomar la palabra―. Sé que el libro


te lo ha prestado el profesor Luis.

―¿Algún problema? ―inquirió Margarita.

―No, no, todo lo contrario me alegra un montón que lo tengas, es un detalle


por parte del camarada Luis ―la muchacha hizo un gesto de extrañeza ―. Sí,
tu maestro y yo nos conocemos desde hace tiempo, él pertenece a la dirección
del partido, nadie lo sabe en el pueblo, la gente cree que por ser hijo de quien
es también será falangista, menuda sorpresa, ¿verdad?

―Pues sí ―contestó muy sorprendida Marga.

―Pero quiero contarte algo muy importante. Ya tienes diecisiete años, casi
dieciocho, y puedo confiar en ti. La historia es muy larga y muy trágica, pero

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voy a ir al grano. Durante la guerra estuve destinado en el frente de Castuera,
la única zona de Extremadura en manos republicanas, se llamaba “la bolsa de
la Serena”. Estábamos asediados por el ejército franquista con la moral por los
suelos hasta que llegó Miguel Hernández ―la joven miró a su padre boquia-
bierta, no se lo creía ―, sí, sí, allí estaba el poeta del pueblo para levantarnos
los ánimos y creyéramos en el triunfo de la República. Era junio de 1937 y
aquel brillante joven poeta nos arengaba con palabras muy hermosas, nos ha-
blaba de libertades, de justicia, de igualdad y nos citó unas palabras de Dolores
Ibárruri retransmitida por Unión Radio Madrid: “nosotros, comunistas, defende-
mos un régimen de libertad y de democracia...En estas horas históricas, el Par-
tido Comunista, fiel a sus principios revolucionarios, respetuoso con la voluntad
del pueblo, se coloca al lado del Gobierno que es la expresión de esta volun-
tad, al lado de la República, al lado de la democracia”. Los dirigentes comunis-
tas no queremos una solución soviética, no queremos una dictadura del prole-
tariado, queremos ganar la guerra, nos decía Miguel Hernández con el puño en
alto ―. Por un momento Aurelio miró a la pobre chica, su hija, que no perdía
ripio de aquel monólogo poblado de citas que el padre de modo sorprendente
se sabía de memoria.

―¿Y usted cómo sabes tantas cosas?, si yo le creía casi analfabeto, padre.

―Pues te contaré algo que te va a choca aún más. Miguel Hernández escribe
el poema Campesino de España en Castuera y se publica en Frente Extreme-
ño un pequeño periódico editado en Castuera en junio de 1937. Margarita abre
el libro y busca el poema ―en aquel momento, de forma solemne Aurelio recita
de memoria los versos, ante el asombro de su hija ―y sé muchos más, te pre-
guntarás cómo. En la cárcel había presos muy ilustrados y éstos nos recitaban
de memoria una y otra vez poemas, no sólo de Hernández también de Lorca,
de Machado, de Alberti, y de otros comprometidos con la República. Te recuer-
do que en el frente había varios maestros integrados en un organismo llamado
milicias de la cultura que se dedicaron con toda su alma a alfabetizar a los sol-
dados durante los periodos de tregua, yo fui alumno de esos cultos y valiosos
maestros.

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―Me deja usted sorprendido padre, nadie me había dicho nada, ni madre, ni
Elena la mayor, ni Antonia con la que tengo más afinidad.

―Es verdad ninguna de tus hermanas tienen razones claras de nuestra histo-
ria, la mía y la de tu madre. Elena y Antonia saben algunas cosas, pocas, por
motivos lógicos, ¿comprendes?

―Un poco ―dijo la joven.

―Así es Marga, nos toca callar, espero un día conocer la III República. Otra
cosa, antes que se me olvide, que por cierto es vital para nuestra seguridad y
muy importante: no lleves el libro contigo, que no te lo vea nadie, te lo ruego, es
un favor especial y gracias por escuchar a este nostálgico de un pasado lumi-
noso que ensuciaron aquellos malditos.

Margarita le dio un beso largo y fuerte al hombre tan honesto y tan templado
que desconocía. Luis le fue contando el resto de sus azarosas vidas tanto la de
Dolores como la de Aurelio a una hija que estaba horrorizada por los hechos.
Así fue porque Marga desconocía que su padre estuvo en el campo de concen-
tración de Castuera. Al terminar la guerra le hicieron prisionero después del
caos que se produjo con la victoria de los sublevados el 1 de abril de 1939. Es-
tuvo en el campo de concentración un año hasta su cierre en 1940, en seguida
le trasladaron a la cárcel de Badajoz de donde salió en 1945. Durante el tiempo
que estuvo preso, su madre, Dolores, volvió al pueblo. La represión no tenía
piedad, por roja fue rapada como distintivo ominoso de su estatus. Aurelio y su
mujer al llegar al pueblo apenas salieron de casa, cada quince días tenían que
presentarse en el cuartel de la Guardia Civil. Luis le contó la historia con llane-
za sin sumar las vicisitudes y el indescriptible sufrimiento que aquellas criaturas
padecieron por defender la República ganada en las urnas en febrero de 1936.

Marga comprendió, para ella el mundo se hizo más tenebroso, pero empezó a
querer, a respetar y a venerar a unos padres tan libres. Se comprometió para
siempre que su único camino, la única pasión: la libertad y la justicia.

―Gracias, Luis ―le dijo Margarita con los ojos empapados de lágrimas. No
quiso preguntar más, ya saldría toda la verdad, la buscaría con ahínco.

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El miedo es también libre y necesario en tiempos difíciles, pensaba el profesor
desde su propia experiencia. De todas maneras él se la estaba jugando con el
grupito de chavales, que disfrazando la realidad al inscribirse en el Ayuntamien-
to como “taller de poesía”, estaba revolucionando sus cándidas mentes.

Pedrito como le llamaba Luis era el chico de la pandilla más vulnerable y quizás
el más simple; educado y protegido por sus padres, el joven era el hijo de Don
Pedro, un maestro distintivo de las escuelas graduadas por su “particular peda-
gogía”. Don Pedro, mutilado de guerra sin titulación, era maestro por decreto.
Al terminar la guerra la enseñanza escolar estaba despojada de maestros, mi-
les de éstos fueron depurados y muchos otros asesinados durante la contienda
pues lo mejor de la pedagogía española tuvo que partir para el exilio; la guerra
de España fue la derrota del pensamiento y la educación. La dictadura fusiló
aquella escuela pública, laica y gratuita basada en los principios educativos de
la Institución Libre de Enseñanza. Los nacionales se encargarían de “aniquilar
la semilla de Caín” palabras del obispo de Salamanca Pla i Deniel.

Don Pedro oficial con el grado de alférez al terminar la guerra civil se incorpora
a la enseñanza; falangista entusiasta instruía a sus alumnos en los principios
de Falange: el imperio, la patria y Dios son sus bases formativas, todo ilustrado
con las canciones: el Cara al sol, Montañas nevadas, Prietas las filas, Isabel y
Fernando… y también el himno carlista Oriamendi.

Además Don Pedro tenía una peculiar forma de castigo y corrección; todas las
mañanas antes de comenzar las tareas escolares los chiquillos puestos en pie
junto al pupitre esperaban en absoluto silencio la revisión de orejas y uñas, en
el silencio monacal del aula se oía el chasquido de la regla de madera impac-
tando en los dedos apiñados del muchacho sucio. Lo cierto es que el método
era tan efectivo que los niños antes de entrar se hurgaban los oídos y blan-
queaban las uñas con ayudas externas por el terror a ser señalados.

Pero Pedrito había salido al carácter dulce de la madre o quizá la personalidad


débil eran las secuelas de la naturaleza violenta del padre, una forma clara de
rechazo hacia él. Pedro se incorporó con excesivo entusiasmo al grupo, casi
siempre los conversos son lo más sectarios, hay que demostrar en cada minuto

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su voluntad inflexible de fidelidad al nuevo estilo, a las nacientes ideas, y Pedro
parecía impulsivo cuando era en el fondo un trozo de pan, algo que a Luis no
se le escapaba.

Entre aquel elenco de jóvenes ávidos de conocimientos estaba la hermosa


Sandra, guapa por fuera y por dentro, esta chica rubia de ojos azules soslaya-
ba con naturalidad el acoso masculino de los chicos del Instituto aspirantes a
sus quiméricos favores que ella salvaba con un mohín, tan seductor, que los
enloquecía aún más. Sandra era feliz con su grupo, la vida era bella: tenía ami-
gos, sus padres la adoraban, la hermana pequeña la idolatraba sin rastro de
celos, no existían problemas económicos, el padre poseía una tienda de telas y
confección que iba bien. Vamos, que Sandra era el amor de todos, había naci-
do para la gloria.

Los días iban cayendo con la cadencia irrevocable de la existencia. Los siete
estaban en una nube; su mundo atípico giraba como un todo en la vesánica
búsqueda del conocimiento, la poesía como alegoría intelectual donde asegu-
rar su frágil cultura. Pero en esa burbuja se hallaban protegidos de un mundo
ceniciento evitando los charcos sucios. Esto lo hacía viable la dirección del ma-
go Luis que definitivamente arriesgaba por ellos, amparado en la simpleza de
los miopes mandatarios del pueblo que le creían de los suyos. Uno de esos
días intensos, el profesor les dijo memorando a los filósofos epicúreos: “cum-
plid las reglas, pero no seáis sus esclavos, buscad el placer y la felicidad culti-
vando la razón”. Luis se reconocía en muchos principios de Epicuro basado en
la ataraxia o ausencia de turbación, muchas veces les recordaba a los chicos
una frase del filósofo: “cuando el hombre se libere de sus falsos temores y elija
racionalmente sus placeres, llegará a ser un buen actor. Y aún más alejaos de
los placeres no naturales, ni necesarios como el poder, la fama, el prestigio”.

Un día de finales de marzo, sentados en la hierba de las traseras de la casa


con el Valdeamor de frente, la montaña de nombre tan insinuante, los jóvenes
miraban prendados la belleza de los cerezos en flor, la falda de la montaña era
como un estampado insólito de la sensualidad extrema de la naturaleza, conte-
nía la mayor manifestación de hermosura que se podía contemplar. Luis entró
en la casa y salió trayendo un libro:

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―A ver, chavales, quiero leeros este poema, escuchad ―entonces Luis ca-
rraspeó, su voz tomó un tono solemne, siempre que recitaba adquiría ese estilo
pomposo y los versos se derramaron sobre los corazones delicados, con tanta
fuerza, que a Teresa se le saltaron las lágrimas ―¿qué te pasa, Teresa?

―Que este poema me emociona muchísimo, es que la injusticia me saca de


quicio, pero sobre todo la impotencia ante tamaña barbaridad.

―A mí me pasa lo mismo, siempre que lo leo me deprimo. La intensidad trági-


ca que Luis Cernuda expresa en el poema (F. G. L.) es única. Cernuda critica
con acritud la envidia cainita hacia lo distinto; su rabia es incontenible contra la
injusticia más insensata. ¿Qué os parece si cada uno de nosotros leemos una
estrofa y después la comentamos? ―. Preguntó Luis a los chicos.

La respuesta fue afirmativa. La tarde clara se hizo más luminosa con el home-
naje a los dos poetas de su tiempo. Lorca y Cernuda, Cernuda y Lorca prota-
gonizaron las horas más emotivas, densas y profundas en las conciencias de
aquel elenco de convertidos a la causa. Este día Luis arrancó muchas sombras
de sus corazones palpitantes; aquellas cabezas, ungidas con las flores de la
hermosa primavera, jamás se marchitarían.

“Abril florecía junto a mi ventana entre los jazmines y las rosas blancas” estos
versos de Antonio Machado le recordaron a Luis que el curso fluía con tanta
rapidez que el final se acercaba y él vivía provisionalmente la experiencia do-
cente. Los alumnos comprendían mejor sus mensajes y entre ambos intereses
se impuso un silencio tácito, los chicos no le traicionaban, fue un pacto natural,
sin exigencias, libre y el profesor supo agradecérselo. El campo exuberante
de vegetación invitaba al paseo; Luis y sus incondicionales hacían la ruta hasta
la ermita para bajar a la fuente de San Andrés, tomar un descanso, darse la
vuelta y llegar a la fuente de Pedregoso para contemplar las aguas bravas del
riachuelo que rugía contra las piedras. Aquel año cayó bastante nieve sobre el
Valdeamor y el río bajaba con mucha agua. En el mes de abril, tan sugerente,
tan prometedor hicieron camino. Pero al terminar el mes, Luis desapareció, el
profesor llevaba varios días sin presentarse en clase. Los siete fueron a su ca-
sa alarmados, nada, entonces preguntaron al Director; los muchachos respira-

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ron cuando se les comunicó que el profesor estaría ausente unos días por
asuntos propios.

Luis apareció quince días después, estaba más delgado, pero la mirada reve-
laba un arrebato insoluble.

―Teresa le preguntó, profe ¿dónde has estado?

―A su tiempo, todo a su tiempo.

―Hemos estado muy preocupados ―dijo Marcos.

―Pues ya me veis ―fue la simple respuesta de Luis.

Comenzó la clase, los treinta y tres alumnos se removían en sus pupitres anhe-
lando sus palabras. Luis se sentó encima de su mesa.

―Bueno, chicos y chicas, ya estoy de vuelta sano y salvo, sé que os estáis


preguntando algunas cosas y tenéis derecho a saber, lo haré.

Desde este momento el profesor inició una lección que perduraría para siempre
en los corazones de aquellos alumnos privilegiados. Como un nuevo Ulises les
narró la epopeya: “París es ahora mismo el centro del mundo, hoy es 14 de
mayo y todo está en el aire; el día 10, chavales como vosotros, hicieron huelga
general. El líder es un joven universitario de 23 años que reivindica la esponta-
neidad, no quiere vanguardias políticas, él dice “la imaginación al poder” le lla-
man Dani “el rojo”. París es el faro ahora mismo de la libertad, en las calles del
Barrio Latino surgen barricadas como hongos, se levantan con los adoquines
de las calles y se grita: “debajo de los adoquines está la playa”…

El aula se hizo voz, se inundó de palabras prohibidas, violó la virginidad de los


lirios que no cerraban sus bocas ante tanta libertad. Era un milagro que en el
país más sedado por las fanfarrias de las palabras muertas del poder corrupto
y clerical, se oyera el discurso subversivo, corrosivo y radical de un profesor
que desde la pasión se inmolaba, se desnudaba sin el menor pudor ante treinta
y tres muchachos. Por la clase desfilaron los iconos de la revolución desde
Mao hasta el Che sin esquivar a Ho Chi Minh, a Patricio Lumumba, a Lenin,

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Marx, a Luther King a tantos hombres y mujeres que jamás se habían nombra-
do.

Algo no funcionaba, aquellos muchachos nunca traicionaron sus bocas a pesar


del constante acoso de sus padres que notaban los cambios. Luis ya era el hé-
roe para estos jóvenes que se alejaban de la adolescencia a galope, subidos al
caballo sin bridas de una quimérica libertad. El futuro es una realidad menos
brillante, pero los ideales jamás se cercenarán cuando tienes dieciocho años;
cada nuevo día se reinventan, son recién nacidos dispuestos a ser lo imposible.

“París bien vale una misa” dijo Luis a los siete. La camarilla no entendió.

―¿Qué significa eso? ―preguntó Marcos

―Nada especial sólo que mereció la pena el viaje.

Luis recibía noticias de su buen amigo Julio desde París. Julio y él se conocían
de sus tiempos universitarios, después de unos años de trabajos en el poblado
chabolista del Pozo del Tío Raimundo junto al cura comunista el padre Llanos,
el amigo se marchó a París. Julio le quiso retener un poco más en la ciudad,
pero Luis Felipe Montero no quería abusar de su amistad y eso que intentaba
retenerle: “Luis estamos asistiendo a un momento histórico”, le decía Julio; “pe-
ro la responsabilidad con el trabajo es lo primero, compréndeme Julio, cuánto
me gustaría participar de este mayo revolucionario.”

Era viernes 31 de mayo de 1968, el último día del mes, hacía calor, los chicos
estaban sentados sobre la hierba formando un círculo, Luis tenía a su izquierda
a Sandra y a su derecha a Pedro. Esperaban las palabras del maestro como el
agua de mayo, pero él quería respuestas.

―Marcos, tú que eres tan idealista, qué opinión tienes sobre los sucesos de
París.

―Estoy triste ―. La vista en el suelo indicaba con claridad el estado abatido


de su ánimo, parecía que se iba a callar que aquello le superaba, miró a Luis
que sonreía, en lugar de enfadarse, muy propio de él, resopló y dijo ―: estoy
triste porque en esta mierda de país no pasa nada y no nos enteramos de na-

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da. Estamos acojonados con este régimen que nos tiene aislados. España es
ceniza: acobardado, dominguero, beato y cutre; ¡cómo envidio a la gente joven
de fuera! Leen lo que quieren, escuchan la música que quieren y nosotros nos
conformamos con el “la, la, la”, con Karina, con el Dúo Dinámico, con Formula
V… con toda esa bazofia ―y terminó con un exabrupto ―. Cuando cojones se
morirá ése.

―Bravo Marcos, has dado en el clavo ¿quién más quiere opinar?―preguntó


el profesor

―Yo ―dijo Teresa ―. Apoyo en su totalidad lo dicho por Marcos. ¡Qué en-
vidia! Los jóvenes del mundo poniendo contra la pared a los gobiernos y noso-
tros aquí, en un pueblo, obedientes y aburridos. Gracias Luis por abrirnos los
ojos.

―Pues yo cuando termine el curso me voy, todavía no sé donde pero fuera


de España ―dijo José.

―Y a mí me atrae el estilo de vida hippy, esta sociedad no me gusta y sobre


todo sus maniobras, la hipocresía me asquea. Mis padres, los pobres, cuánto
han aguantado, cuántas humillaciones han sufrido, cuántos silencios impuestos
y lo que les queda. Su gran delito fue defender la República y la libertad que
estos hijos de puta se comieron dejando un reguero de sangre, de odio y de
traición. Espero con impaciencia el momento en que la historia haga justicia
cuando éstos sean juzgados por atropellos tan odiosos. Tengo la convicción en
ese futuro, ¿verdad Luis? ―dijo la joven Marga.

―Así será ―le contestó el profesor.

―Mis ideas son parecidas a las vuestras, os pido perdón, ya me entendéis.


Mi padre es lo que le enseñaron mis abuelos, en el fondo creo que es también
una víctima: un mutilado de guerra y encima agradecido por su contribución a
una España Grande y Libre, es un modesto vencedor. Yo no quiero esta victo-
ria y lucharé por restituir las libertades como en esta primavera revolucionaria
―dijo un contrito Pedro, el hijo de Don Pedro el maestro.

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―Qué bien nos sentimos cuando estás cerca, cuando nos arropas, ¿y des-
pués? No te puedes imaginar, Luis, cómo sufrimos tu ausencia, estuvimos
desorientados, idos y rotos. El curso se termina y tú cogerás a otros alumnos,
nosotros tomaremos el camino que podamos, aunque yo le he dicho a mi padre
que voy a estudiar Filosofía y Letras en Salamanca, mi padre no pone pegas,
sigue en sus treces, cada vez es más ferviente defensor de su amigo Franco y
tiene dinero. Mi hermano Ángel es independiente y para él soy invisible. Mi ob-
jetivo es dar clases de filosofía en un Instituto y hacer de mis alumnos chicos
desobedientes que piensen por sí mismos ―de esta manera se expresó Fer-
nando.

―A mí la primavera me pone sensiblera, no entiendo muy bien para que val-


drán las barricadas de París, no sé si en el mundo habrá más justicia, más
igualdad y más hermandad. Yo como Jose me iré a otro país, me atrae mucho
Latinoamérica, pero antes quiero estudiar medicina en Santiago de Compostela
en la famosa Universidad de Fonseca, la que cantan los tunos… “triste y sola,
sola se queda Fonseca triste y llorosa queda la Universidad y los libros”… allí
tengo una tía hermana de mi madre, ya he pasado algún verano con ella y me
gusta mucho Galicia ―dijo la bella Sandra.

Las conversaciones se alargaron. El tiempo se detuvo. Se hizo de noche. Luis


les dejaba, estaba melancólico, la piedad por estos muchachos tan leales se
hacía lágrima. Al profesor, como a casi nadie, le gustan las despedidas. Luis
pensaba en los días pasados en París, en la fuerza de la gente, aquel slogan
tan manoseado “el pueblo unido jamás será vencido” tan cierto, la unidad con-
tra esa casta que detenta el poder puede cambiar el mundo, pero el mundo
apenas sale a la calle, son ráfagas en la historia como ahora, ay si la gente fue-
ra consciente de la bomba de su fuerza, se acabarían las miserias, las de-
sigualdades, las injusticias sociales, los privilegios, la pobreza pero los podero-
sos lo tienen todo y nos dan de vez en cuando migajas en forma de democra-
cias perversas y tienen contentos a la plebe, callan a los plumíferos, se ganan
a los intelectuales, silencian a los sindicatos con subvenciones, liberan a los
políticos que hacen de la política un oficio, se hacen tertulias con tintes de falsa
pluralidad, se reparten el pastel hasta hartarse y el pueblo viendo el banquete
desde la butaca, pegados a ella, asegurados. Luis se convencía, el único ca-
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mino es la revolución permanente, pero también reflexionaba sobre la frenética
alucinación.

El 10 de junio el cristal de la ventana del comedor estaba hecho añicos, la pie-


dra melló la mesa de fresno de su padre en una esquina. El jueves, trece de
junio, Luis Felipe Montero recibió un telegrama: CAMARADA. SAL DEL PUE-
BLO HOY MISMO. TE ESPERO EN LA ESTACION DE ATOCHA. SALUD. Lo
leyó varias veces, estaba confuso, ¿qué ocurría? Había que ponerse en mar-
cha, recogió sus cosas, cerró los postigos, hizo la maleta, se aseguró que la
casa quedara bien cerrada, esperó la noche, el tren a Madrid salía a las doce
menos cuarto.

Al día siguiente una pareja de la guardia civil aporreaba con insistencia la puer-
ta infructuosamente, Luis estaba en Madrid.

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3

Habían pasado unos días, acabaron el curso y se les presentaba el tan ansiado
verano. Estaban en las Cuevas del Calvo. Con aire melancólico se miraban
entre ellos, bebían cerveza, fumaban celtas cortos sin boquilla, las palabras
eran monosílabas.

―Es un cabrón, un cabrón ―renegaba el impetuoso Marcos

―Escuchad y tú en especial Marcos ―era Marga ―tenéis que saber la ver-


dad. Yo sé muchas cosas de Luis que he tenido que silenciar. Nunca os he di-
cho nada de esto ni de mis padres, nosotros, sólo nosotros conocemos la ver-
dadera historia de Luis. El profesor venía de incógnito a mi casa, mi padre y él
hablaban hasta altas horas de la noche de política, de las esperanzas de un
futuro mejor, de todo. Yo escuchaba sus conversaciones, a veces Luis me invi-
taba a participar, imaginaos lo orgullosa que me sentía, yo, entre los dos hom-
bres más importantes de mi vida. El 30 de junio mi padre me enseñó esta carta,
iba dirigida a él, en ella hay un mensaje de mucho cariño para nosotros; os
cuento, Luis es miembro destacado del partido comunista, ha participado acti-
vamente junto a órganos importantes del Comité Central del Partido Comunis-
ta; os estaréis preguntando qué hacía en el pueblo como profesor de Literatura,
la respuesta casi la intuimos, su padre al ser un hombre del régimen tapaba las
intenciones de su hijo, ¿quién iba a sospechar del cándido profesor?, pero Luis
tenía la enorme responsabilidad de trabajar por el partido en Extremadura. Re-
cordad que nunca estaba los fines de semana en el pueblo. Su desgracia vino
un día que le vieron en Béjar en el bar El Farol hablando con un “topo”, el Sr.

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Ángel Blázquez. Este hombre estuvo veinte años escondido en un falso techo.
En su juventud perteneció a la U.G.T. y a la CNT. El Sr. Blázquez estaba vigi-
lado por un policía de la secreta un personaje sombrío, mal encarado, solitario,
peinado hacia atrás, que sujetaba el pelo ondulado con abundante brillantina,
extremadamente peligroso, de mirada oblicua, con ojos de besugo y sin escrú-
pulos. Se cuenta que el día que Carrero Blanco voló con su coche un pesado
Dodge Dart el 20 de diciembre de 1973, un joven profesor nada más llegar al
bar soltó: “un hijo de puta menos”. En ese momento tomaban el aperitivo una
peña de amigos, el mayor del grupo, un hombre de pelo blanco, muy alto, de
modales educadísimos se dirigió al joven profesor: “perdone, no es mi intención
corregirle, pero lo que usted ha dicho si lo hubiese oído ese señor de la brillan-
tina, el policía secreta, le pisa la cabeza, usted es profesor y sabe más que yo”.

No era la primera vez que hablaron, a Luis le interesaba mucho la historia so-
bre la “topera” de Béjar, y a Blázquez, aunque de escasas palabras, sí le in-
teresaba que hubiese constancia de todo el sufrimiento padecido en su lucha
por defender la República para que nunca se perdiera la memoria del horror y
la crueldad de tantos testimonios. El único que leyó el telegrama en el que le
avisaban del peligro fue mi padre, el chivatazo estaba cursado.

― ¿Y dónde está ahora Luis? ―preguntó Fernando.

―No sabemos nada.

El relato de los hechos consiguió calmar a Marcos que se disculpó, pero eso no
les restó silencio y melancolía. Rumiaban su orfandad, Luis había sido un to-
rrente de luz en sus anodinas vidas, había inflamado sus corazones de ideas
nobles, de libertades por conquistar, de ilusiones creíbles, de futuros con ban-
deras tricolores, de tantas palabras hermosas que jamás se olvidarían.

En el mes de julio el pueblo se llenaba de veraneantes, gentes acomodadas


que lucían su apariencia con la naturalidad de los privilegiados que ostentan su
frivolidad como consustancial, como genética, como derecho divino sin mirar ni
de soslayo a los nativos. Hacían sus vidas entre ellos y con ellos, tan estúpi-
dos, tan blandos, tan clasistas que ni se daban cuenta de los otros, los invisi-
bles, ellos eran los vencedores, los amos, los agraciados por la guerra.

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Pero Marga, Pedro, Fernando, Sandra, Teresa, Marcos y José embarcados en
el proceloso mar de la libertad iban solos a la deriva, sin brújula, decididos a
saltar por encima de las apariencias, usos y costumbres sociales. La chopera,
junto al parque, fue el refugio preferido. Hablar, hablar, hablar, apostados en el
verde bravío y protegidos por los altos chopos, marcaría los meses del verano
del 68. Los encuentros siempre festivos, siempre estrenados (eran tan jóvenes)
amaban con pegamento la vida arrebatada que la luz y el calor del verano re-
galaba sin contención. Ese prado sería testigo privilegiado de los discursos fer-
vientes, febriles y fanáticos de siete abducidos del mundo real.

La mañana de julio brilla en las hojas, el aire está inmóvil, la temperatura del
medio es la perfecta, cobijada por las sombras del boscaje, se oye el ruido del
agua de las fuentes de piedra que la arrojan por las bocas seráficas de los in-
fantes semidesnudos, también se escucha la poda de las tijeras de Aniceto re-
cortando los setos. Los chicos saludan al parquero por cortesía y alguno de
ellos por un recelo pasado. En José y Marcos perduran los recuerdos de infan-
cia porque el inflexible parquero los sacudía con el escobón cuando les sor-
prendía trepando por la cancela de madera camino de la escuela, para los ni-
ños era un juego de picardía, una travesura más, el juego del gato y el ratón,
para Aniceto un quebradero de cabeza con los pillos que le mortificaban su or-
gullo profesional, y es que el parque era su parque, su dedicación, su vida. Su
alegría era que ese espacio municipal fuera la joya del pueblo, la envidia de la
comarca y de la provincia. Los forasteros se deshacían en halagos por la belle-
za incontestable de un parque de empaque versallesco, propósito conseguido
por su fundador en 1940.

La imperante necesidad de ser, de permanecer después, de evocar un recono-


cimiento en alguien anónimo nos obliga a hacer cosas triviales como aquellos
siete jóvenes que gravaban sus nombres a punta de navaja en el icónico chopo
donde vincularían para siempre su amistad. El árbol simbólico, singular y único
para la nostalgia, quizá un día trágico lo tronchara el viento o el hacha, ¿quién
sabe el destino del árbol y el de ellos?

Tumbados en la hierba, las caras de niño todavía, las sonrisas oníricas y las
risas frescas colisionan con los objetivos irrefrenables de libertad, de revolucio-

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nes de papel en un pequeño pueblo gobernado por el oficio del orden y las
buenas costumbres.

―Yo soy marxista-leninista-maoísta.

El exabrupto salió de la boca de José, causando un estallido de risas de los


presentes que no podían remediar al mirar la cara de desengaño del mucha-
cho.

―No sé por qué os reis de ese modo, iros al corral.

Las manos femeninas intentaban consolar al pobre José. Fernando pidió con
un gesto de reproche un poco de seriedad para el ofuscado Jose que tenía la
mirada clavada en el suelo, de todos era conocido su notoria sensibilidad, que
él disimulaba con actitudes ariscas que le hacían más entrañable.

―Venga, Josito, no te enfades ―intervino Teresa ―, nos ha hecho gracia tu


contundencia, pero no nos reímos de ti, si todos te apreciamos mucho y tú lo
sabes.

―Está bien, pero yo pienso así, no juzguéis mi ignorancia, a lo mejor os lleváis


alguna sorpresa, el tiempo pondrá a cada uno en su sitio, ya lo veréis.

―Mal inauguramos las tertulias de la chopera, hablemos, discutamos, razone-


mos y expongamos pero con tranquilidad como hacíamos con Luis ―dijo Fer-
nando.

―Lo siento, Fernando― se disculpó José.

El intrascendente episodio no mermó ni un ápice las ganas de explayarse del


grupo y en la hermosa mañana de julio brotaron todas las rosas. Las exposi-
ciones francas, valientes y sin rodeos viajaron por los caminos abiertos del con-
trato con la verdad. La mañana se deslizaba con calma, el tiempo de la charla
perecía con la hora de comer. Antes de despedirse Sandra propuso que el te-
ma a tratar para el siguiente día fuese analizar la figura del Che. No hubo dis-
cusión, estaba en el espíritu de todos.

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Las chicas esperaban en la chopera alegres y habladoras la llegada de ellos
que venían juntos. El día estaba limpio y además festivo por la conmemoración
del 18 de julio, pero el aniversario de la victoria franquista no restó vivacidad al
círculo de amigos, ellos se reservaban para dar suelta al mito. Pronto se entre-
garon a la tarea, sin preámbulos, con la firmeza de la juventud. Sandra abrió el
debate:

―Ayer nos reímos de José, es verdad que su contundencia nos cogió despre-
venidos, pero José es transparente como el agua, ojalá fuéramos como él sin-
cero y directo, yo no tengo mucha información sobre el Che Guevara, aunque
lo admiro sin condiciones por ser el gran revolucionario y además porque me
cautiva su pose: la boina, la barba y la mirada misteriosa hacia el horizonte,
también su juventud y me asusta la imagen del cadáver con los ojos abiertos y
el torso desnudo que evoca una pintura de un Cristo yacente en la sala de la
lavandería de un hospital. Bueno todo de él me atrae espero hoy aprender mu-
cho.

―Sandra lo de la pose es un poco frívolo, ¿no crees?

―Marcos, contigo ni pan ni cebolla, no sabes aceptar un poco de humor, para


ti o blanco o negro, la rigidez intelectual es cerrazón, creo, y no quiero ofender-
te, pero debemos tener la mente abierta.

―No voy a discutir contigo Sandra, allá tú con tus bobadas, yo he leído mucho
sobre el Che, Luis me dejó información, nuestro profesor le admiraba pero elo-
giaba más la revolución cubana porque Luis era un anarquista disfrazado― y
mirando a los otros ―¿me entendéis?

―No ―dijo Fernando ― ¿qué quieres decir con lo del anarquismo del profesor,
si todos sabemos su pertenencia al partido comunista? Además es contradicto-
rio lo que has dicho antes, que yo sepa la revolución cubana es marxista.

― ¿Tú que sabes de marxismo?

― ¿Yo? más que tú―dijo ofendido Marcos―. Tú te crees el intelectual del gru-
po, parece que estás por encima del bien y del mal, que lo sabes todo, que los
demás somos unos ignorantes, ¡ya está bien!
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Teresa intervino pidiendo tranquilidad a los dos. La intervención de la chica pu-
so el debate en su lugar, ellos con dieciocho años cumplidos pretendían com-
prender una historia poco analizada aún: si el Che era comunista, si Fidel Cas-
tro no lo era, si entre los dos había una rivalidad por la supremacía en la revo-
lución.

―Nosotros, ¿qué sabemos?, conocemos lo que Luis nos contó y reproducimos


sus ideas, esa es la pura verdad ―dijo Marga.

La realidad era así, la gente muy joven lanza sus ideas sin filtros, son dogmáti-
cos, intransigentes, radicales y vanidosos, y éstos, sobre todo Marcos y Fer-
nando, eran los ejemplos claros de lo anterior. Ahora el Che Guevara era el
mito entre la juventud rebelde, los jóvenes del mundo libre ostentaban la ima-
gen del héroe, inmortalizada por Alberto Díaz (Korda) el 5 de marzo de 1960
cuando el Che tenía 31 años. Korda como convencido comunista no permitió
que se comercializase con la imagen después de que ésta fuera usada en un
anuncio de vodka. En una rueda de prensa le dijo a los periodistas: “como de-
fensor de los ideales por los que el Che Guevara murió, no me opongo a la re-
producción de la imagen para la difusión de su memoria y de la causa de la
justicia social en el mundo”.

Una cosa quedó clara entre los siete aquella mañana luminosa del 18 de julio
de 1968, el Che quería extender la revolución por Latinoamérica, llevar el so-
cialismo a un mundo aplastado por Estados Unidos que desprestigiaba y aco-
saba con saña los objetivos alcanzados por la revolución cubana. El imperia-
lismo yanqui siempre tan voraz, tan canalla no podía consentir la difusión socia-
lista; inventaba tramas, enloquecido por enemigos imaginarios, creía que la hoz
y el martillo segarían y aplastaría su capitalismo rampante. La historia y los he-
chos son tozudos: Cuba estaba provocando una auténtica histeria entre los
planificadores norteamericanos, hasta el punto que el paranoico Kennedy dijo
públicamente que Estados Unidos sería barrido entre los desechos de la histo-
ria si no conseguía volver a tener a Cuba bajo control. El fanatismo de la admi-
nistración norteamericana llegaba a extremos irrisorios pensaban que las temi-
bles fuerzas militares cubanas invadirían a los Estados Unidos enseñando a los
niños de la escuela primaria a esconderse debajo de las mesas porque venía el

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“coco” Fidel; están en los archivos internos de la administración Kennedy. Pero
algo que ilustra aún mejor la enajenación de la época fue la respuesta que le
dio el embajador mexicano cuando John F. Kennedy trataba de organizar la
seguridad colectiva para la defensa contra Cuba con el apoyo de México, el
embajador le dijo que si a los mexicanos les dijeran que Cuba constituía una
amenaza a su seguridad nacional, 40 millones de mexicanos morirían de risa.

Después del caótico debate sobre el mito revelaban sus exiguos conocimientos
para un asunto tan arduo, algo que no aceptó el joven Marcos González:

―No me habéis entendido.

La expresión de Marcos no tuvo respuesta, el grupo le conocía bien y no se


apuntaban a una discusión bizantina sobre la capacidad o no del amigo, ade-
más estaban cansados de tantas palabras, de tantos cigarrillos, de tantos pen-
samientos, de tanta revolución; era la hora de tomarse unas cervezas en la te-
rraza de las Palmeras. Los siete estiraron los músculos entumecidos dejando
atrás la chopera aquel 18 de julio festivo.

34
4

El verano del 68 avanzaba, las fiestas del pueblo, el 15 de agosto, anunciaban


el ocaso de los veranos en la localidad. El tiempo se rarificaba de forma furtiva,
lentamente; las rebecas al hombro esperando la noche en los bancos del par-
que, en las terrazas, en los paseos lo atestiguaban. El atractivo del pueblo se
sostenía de forma principal en la dulzura del clima, los veraneantes huían de la
canícula de sus ciudades abrasadoras, la mayoría venía de Badajoz, de Cáce-
res, de Sevilla y de Madrid. Estas gentes apuraban su estancia hasta las fiestas
del Cristo, el 15 de septiembre, y los nativos retomaban la cadencia tozuda del
otoño mágico, del invierno riguroso, de la deliciosa primavera; muchos suspira-
ban el día en que recuperaban la paz de sus calles, plazas y rincones ahuyen-
tada por la invasión de los forasteros.

Y nuestros soñadores ensayaban sus ideas en el escenario de los chopos, aje-


nos a la bullanga de fuera. Hoy buscaron otra atmósfera, cansados de la hierba
y de los ojos codiciosos de cotillas que acechaban sin disimulo pegando la ore-
ja.

En el desván oblicuo de Marcos continuaron el relato. Marcos harto de las tri-


fulcas del padre (el padre detestado, alcohólico, amargado) necesitaba con ur-
gencia un lugar para resistir. El desván es refugio de náufragos y el chico
desamparado lo tomó, pero el doblado requería un diseño nuevo. Con la ayuda
del grupo el doblado, en otro tiempo lugar de ruinas, se fue pareciendo a un
local limpio y acogedor. Con gran dedicación forraron las paredes con chapas
de madera pintadas de un verde intenso, a las vigas del techo le dieron pintura
blanca y el suelo de tablas se lijó y se pinto de color rojo, Marcos consiguió una
estantería con baldas blancas que ocupaban todo el espacio del fondo del des-
ván. Fernando aportó un tocadiscos con sonido aceptable, Teresa se hizo con
una alfombra alegre y nueva que ocupaba la mitad del suelo y sobre la litera,

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Marcos, puso el famoso póster del Che, regalo de Sandra. El olor rancio del
humo para curar la chacina, el hedor penetrante de los orines de los gatos se
hizo aroma de pinturas.

―Bueno, esto es otra cosa ―dijo un entusiasmado Marcos―. Será nuestro


tabernáculo, el origen de nuestros antepasados judíos.

Marcos hizo alusión a los judíos porque el pueblo mantenía una judería en
buen estado, todavía estaban en pie las casas de la época dorada de esta co-
munidad hasta que la intransigencia de los Reyes Católicos los obligó a mar-
charse. La expulsión de los judíos fue otra más de las vergüenzas históricas de
España.

En el desván renovado tomó su sitio el nuevo orden. Los excesos verbales se


diluían, se serenaban con la música, unas notas que apagaban los sonidos de
charanga y pandereta de la corredera en fiestas, de la verbena del casino del
14 de agosto, de los pasodobles en los toros, del ruido pachanguero del sonido
del Régimen. Como solitarios habitaron en un mundo que les hizo feliz en ese
verano eterno de1968.

Todavía resuenan los ecos del gran susto que protagonizaron Marcos y sus
amigos José, Pedro y Fernando en una tarde fría de 1960 en el desván.

―¿Te acuerdas Fernando?

―¡Cómo no me voy a acordar! Chica la armamos.

El tremendo ruido se oyó en toda la calle y eso que Marcos sólo utilizó bicarbo-
nato y vinagre. Los recuerdos de la infancia regresaron con evidente añoranza
de un tiempo entre brebajes y potingues en un desván oscuro y sucio pero ati-
borrado de despojos que hacían de ellos un mundo de posibilidades, de ma-
gias, de fantasías propias de la edad de la inocencia.

El silencio se hizo completo cuando sonó el tocadiscos y la voz de Raimon sa-


lió al viento:

Al viento,

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La cara al viento

El corazón al viento…

Los muchachos escuchaban con devoción los hermosos versos del cantautor,
pero el tono agitador lo puso L’estaca. Los jóvenes entonaban el estribillo en
catalán de Lluis Llach con mucho sentimiento. Los versos de L’estaca elevaron
sus voluntades revolucionarias.

Si estirem tots

Ella caura

I molt de temps

No pot durar

Segur que tomba, tomba, tomba

Ben corcada deu ser ja…

Pusieron la canción muchas veces, levantaron los puños cada vez que sonaba
el tomba, tomba, tomba hasta saciarse de rebeldía y de libertad. Rebosados de
música, de libertades, de puños cerrados y de humos se hizo el silencio.

―Tengo una carta de Luis, ¿la leo? ―dijo Marga aprovechando la entrega de
los amigos

―Vamos Marga ―dijeron algunos con la voz pastosa y perezosa de los em-
briagados.

De pronto un silencio espontáneo. Era una carta extensa donde Luis narraba la
evolución de la primavera insumisa. Luis estaba en París compartiendo piso
con su amigo Julio. Como primicia les revelaba la nueva pasión por la escritura,
ya les mandaría una copia, decía. Como Luis les conocía bien se extendía so-
bre los sucesos pasados. “Hoy es 13 de septiembre, París está tranquilo. Des-
pués del histórico 24 de mayo, el día que murió un estudiante, diez millones de
personas han hecho huelga general, el 30 de mayo el presidente de la Repúbli-
ca, Charles De Gaulle, ha disuelto la Asamblea convocando elecciones para el

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23 y 30 de junio. El ser humano es una incógnita, digo esto porque los resulta-
dos electorales legitimaron más al general, su partido UDR obtuvo el 60 por
ciento de los votos, mientras los comunistas se quedaron con el 6,98 de los
votos.”

“No pasa nada, esto tiene una explicación sencilla los jóvenes de mayo nunca
hablaron del poder, la ingenuidad juvenil pregonaba sólo la libertad, que no es
poca cosa, pero sin organización las utopías se desvanecen. Yo me quedo con
algo muy importante la gente en la calle pone en peligro cualquier poder, las
masas somos una bomba pero nos alienan, nos aturden, nos entretienen con
baratijas como a los niños. Hay un poder callado que por desgracia nos dirige,
“el Imperio”…

“Os dejo una tarea haceros con Rayuela es una novela de Julio Cortázar, com-
plicada de leer pero excepcional, los personajes niegan lo acostumbrado, lo
usual, como nosotros”.

La noche entraba ya y los jóvenes un poco aturdidos por las copas, el tabaco,
la música, la carta, los cantos se reclinaron sobre las paredes del desván aun-
que después de la noche llega la madrugada. La aguja del tocadiscos arañaba
los surcos invisibles, punteaba la guitarra de Elvis y al aire enrarecido del des-
ván se escuchó la voz insinuante en I´ll Never Let You Go, la delicada balada
sacudía las emociones de los hijos de la Luna, la última noche que pasaban
juntos en el inmortal verano. Sonó Love Me Tender, por las mejillas de Sandra
resbalaban dos lágrimas, Marga y Marcos enlazaron sus manos, Jose escu-
chaba tumbado en la alfombra aquella melodía sublime, la apasionada mirada
de Pedro estaba en Sandra, su amor de silencio, Fernando también amaba a
Teresa con sonrisas sugerentes.

En el reloj de la iglesia sonaron las doce, una a una se oyeron los golpes de
campana. Marcos abrió las cuatro aberturas del desván, la Luna llena testifica-
ba la hora hechizada, el comienzo de la felicidad revolucionaria “bonheaur re-
volutionnaire”.

Por qué no, el clima, alentado por el alcohol, renovó los bríos de la muchacha-
da. José saturado de tanta balada pinchó un LP de los Rolling Stones, el rock

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libertino, provocador, comprometido de la banda “satánica” excitó las penúlti-
mas fibras subversivas de los presentes. Y entonces, con el puño en alto, como
si estuviese ensayado, como en un teatro, el coro juvenil declamó: “no seremos
como nuestros padres, no queremos el poder, no queremos esa vida ni ese
consumismo. No queremos la productividad, ni la información, ni la segregación
de lo diferente.”

“Bajo el pavés está la playa.”

“La imaginación al poder.”

“Hagamos el amor y no la guerra.”

El desván se ilumina con la claridad utópica de los niños de las flores porque su
mundo está aquí, han despreciado el otro, también tentador, feliz en los ríos
cristalinos de hondas charcas cercadas por las sombras de los nogales, de los
alisos, de los castaños donde alborotan, gamberrean los muchachos del pueblo
con las risas frescas de las muchachas. No, su felicidad la hallaron en las pala-
bras rutilantes de los nuevos filósofos, en las tertulias interminables y circula-
res; en los compromisos inamovibles a veces poco dialécticos; en su fe por la
verdad.

También en la madrugada del desván se desgranan las letanías libertarias de


los líderes de la revuelta: de Dani “el Rojo”, de Daniel Bensäid, del trotskista
Alain Krivine, del viejo Sartre, del santón Marcuse, sin que supieran quienes
eran. La borrachera ácrata de la fantasía desbordada se hace real:

“Pidamos lo imposible” ―dice Marga.

“Bombardeemos el cuartel general” ―dicen a la vez Pedro y Sandra.

“La autoridad ha muerto” ―dice Marcos.

Y José, Fernando y Teresa: “tomad vuestros deseos por realidades”

Se oye desde el comedor la voz femenina de María, la madre de Marcos:

―Marcos, tu padre está al caer.

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―Tiene razón madre, ya nos vamos.

Era la una de la mañana, los abrazos y los besos ponían fin a la noche más
hermosa, acompañados por la Luna se fueron a sus casas.

Estos muchachos se consagrados a la causa de la libertad huyeron de lo su-


perficial para implicarse en el conocimiento de las historias veladas, fue el ve-
rano febril en la búsqueda del yacimiento inédito de la sabiduría que Luis el
maestro les delegó. Fueron los tres meses más agitados de sus breves vidas,
los más dichosos en la hierba fresca de la chopera, en el doblado oscuro y cá-
lido, en las catacumbas de Las Cuevas del Calvo. Pero septiembre evocador y
marchito se adhiere sin querer, con lentitud implacable al tiempo cada día más
suave, a la luz que decae, a la pérdida de brillo en las hojas de los árboles, a la
ausencia de los niños que ya están en la escuela, al silencio y la soledad en los
senderos del parque donde se oye con nitidez el sonido de las tijeras del par-
quero.

La despedida, qué palabra tan esquiva. El tiempo que se quede para siempre
en el reloj parado, que no avance, el desvarío de la tristeza nos desgarra por
dentro, por fuera, qué alusivo qué sugerente las imágenes del tren que lenta-
mente se pone en marcha y los pañuelos al aire agitando la angustia igual que
el movimiento de las manos y las lágrimas desbordas.

Se decían adiós junto al chopo marcado con sus nombres: Pedro, Teresa,
Sandra, Fernando, José, Marcos, Margarita. El verano del 68 estaba grabado
también en sus almas adolescentes.

“Cuando la tuna te dé serenata no te enamores compostelana… y deja la tuna


pasar con su tra la la la”, le dijo al oído Pedro a su adorada Sandra. Ya habían
hablado de sus destinos, el preuniversitario lo harían Fernando y Teresa en
Salamanca, Pedro en Sevilla; Marcos, José y Marga se quedaban en el pueblo.

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5

“No puedo vivir sin ti, no hay manera”, es lo que pensaba Pedro desde Sevilla
al recordar a Sandra en la otra punta del mapa. “Pronto nos veremos”, le decía
por carta la chica.

Y pasaron las estaciones, el verano de 1969 estaba en los ojos del grupo, en la
indolencia de los desdeñosos veraneantes que paseaban sus palmitos por los
pasillos del parque una y otra vez, en los gritos y risas de la chiquillería jugando
en la fuente negra a coger buches de agua y correr hasta vaciar el contenido
en la cara del otro, en la podadora tenaz del parquero, en la madres paseando
a sus bebés por el medio del parque, en el solitario que continuamente inte-
rrumpe la lectura del libro, en la imagen sugerente de la pareja de novios que
se besan en un beso perpetuo.

Ellos junto al chopo tatuado, unidos otra vez para explicarse, para reanudar el
discurso interrumpido. Pero hay transformaciones visibles en algunos, un año
es poco tiempo en la monotonía de la vida diaria, no en Marcos que es una
aparición con la melena larga, la barba densa y negra que tapa su rostro, sólo
se ven unos ojos huidizos, delirados. La mutación es notoria también en sus
gestos contenidos, las palabras salen con una modulación pausada de afina-
ción baja como si estuviese afónico. Marcos González es Nietzsche, sus frases
son las del filósofo ―ya le advirtió el maestro Luis que el libro “Así habló Za-
rathustra”era complejo― los retos le estimulaban y claro los resultados se
veían.

Marga se ha vinculado a Marcos, a ella no le percuten las ideas de él, le ama


desde hace tiempo, Marga sigue empapándose de la poesía, su objetivo es
memorizar los poemas de Viento del Pueblo como homenaje a sus padres Au-
relio y Dolores por los que siente devoción y respeto, ¡cuánto daría por devol-
verles la libertad! por restituirles la dignidad que les arrebataron. Marga no
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amontona odios contra los vencedores, su padre ha perdonado y ha descarta-
do la venganza, está convencido de la inutilidad del encono, es un hombre
bueno y sobre todo sabio. Su ilusión es que lleguen a conocer la democracia,
teme por la frágil salud del padre resentida por la edad y las fatigas pasadas,
aunque Aurelio no se queja, sigue con su vida normal junto a Dolores, su com-
pañera del alma.

El exterior de Fernando es el mismo del pasado verano, quizás ha moderado


aún más su lenguaje, se advierte a primera vista su amabilidad en el trato, la
delicadeza con la que trata a su amiga Teresa, pero hay cierta frialdad en sus
modales con los demás. Teresa y Fernando han estrechado sus lazos en Sa-
lamanca, los dos quieren estudiar lo mismo, se les ve que están hechos el uno
para el otro; esta chica tan formal, tan contenida parece mayor al lado de sus
amigos.

Pedrito es todo generosidad, abraza a cada uno con el mismo cariño, la misma
efusión pero el roce con Sandra le provoca una excitación que apenas puede
disimular, han sido tantas las horas tantos los días pensando en ella desde la
lejanía que su presencia le atolondra y la bella Sandra advierte su ardor dibu-
jando una sonrisa tunante en los labios rosados. Es verdad que un año más
han modelado un cuerpo para la tentación, es una belleza sensual, hechicera
que la hermosa joven lleva con naturalidad. Nunca revelará a su devoto Pedro
el éxito que tiene entre los estudiantes de Santiago de Compostela, soñadora,
evoca las rondas constantes de los tunos, sobre todo del tuno Jose Manuel que
está colado por ella, que le echa los piropos más encendidos, que le manda
malos poemas de amor, que la corteja hasta la casa de su tía cogidos de la
mano, que en los soportales la besa con pasión, es una historia ligera, Sandra
no está enamorada.

―¿Dónde has parado, José, que no se te ha visto el pelo?―le preguntó Mar-


ga.

―Por ahí

―Pero cuenta, hombre, cuenta.

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―Es un asunto personal, no pienso decir nada sobre esto.

―No te enfades José.

―No me enfado, ya me conocéis.

Ante tanto mutismo nadie volvió sobre el tema. Eso sí, José estaba más delga-
do. De todos era pública su mala relación con el padre, éste después de la
muerte de un hijo y de tener otro con graves problemas de movilidad a causa
de una enfermedad rara, se había inhibido de sus responsabilidades en todos
los frentes, se apostaba en la corredera sin tiempo, los únicos ingresos para la
casa eran aportados por su madre limpiando para don Antonio, el cura. José
tenía tristeza en la mirada pero había regresado.

―Parece que fue ayer y otra vez estamos en el mismo lugar―dijo Teresa.

―¿El plan para este verano? ―preguntó Pedro.

―Nos fue bien el del pasado, ¿no?, sigamos con el guión―contestó Sandra.

Los demás aceptaron. El grupo no era el mismo. La alegría de los encuentros


en la chopera se restringe un poco, las efusiones se dominan, la palabra se
hace densa, rebuscada. Afuera todo es en apariencia igual: el verano reanuda
la rutina estival con sus costumbres habituales.

―¿Quién ha leído Rayuela? ―preguntó Marga―. Yo la leí pero no la entiendo.

―Yo empecé pero la tuve que dejar por lo mismo no la comprendo ―dijo
Pedro.

―Yo ni me acordé, tengo otras cosas que hacer más importantes que leer,
eso se lo dejo a los intelectuales ―se expresó con reticencia José.

―La novela es como un caleidoscopio ―comenta Teresa―, es un libro que


se lee como uno quiera; Horacio Oliveira dice: “si algo había elegido desde jo-
ven era no defenderse mediante la rápida y ansiosa acumulación de una “cultu-
ra”, truco por excelencia de la clase media argentina para hurtar el cuerpo a la
realidad nacional y a cualquier otra, y creerse a salvo del vacío que la rodea-

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ba”. Me gusta esta reflexión y es que andamos como locos por acumular cono-
cimientos, por lo menos esto me pasa a mí.

―Puede que sea verdad pero es que nosotros estamos en la infancia del
conocimiento. Este año en la universidad aprendí algo: estamos muy verdes,
pensamos que somos revolucionarios porque hablamos del Che, escuchamos
canciones protesta, alzamos el puño, repetimos como loros consignas del ma-
yo francés, y es curioso que no entendamos la novela de Julio Cortázar, quizá
Luis nos sobrevaloró, somos demasiado jóvenes y un poco vanidosos, ¿no os
parece? ―Fernando dijo esto.

―Serás tú el vanidoso. Yo he comprendido la novela y me gustó una frase de


un personaje, más o menos dice que todos vamos por el mismo camino solo
que unos empiezan por la izquierda y otros por la derecha. Yo he empezado
por la izquierda, empiezo a dudar de ti.

―No digas gilipolleces, Marcos, que te gustan mucho las frasecitas y se las
encasquetas al primero, siempre igual, joder contigo, te crees el señor de la
verdad y sin darte cuenta ofendes, precisamente Cortázar cuestiona los absolu-
tos, si nos venden la vida ya prefabricada, busquemos la felicidad sin mochilas
cargadas de libros, la realidad es dura para todos, a ver quién me explica qué
pintamos en este mundo, nos justificamos para seguir, eso sí con muchas
creencias, normas y prótesis; una cosa te digo vive y deja vivir, ¿ me entien-
des?

Marcos esta vez no contestó mortificado por la contundencia de Fernando. La


mañana en la chopera se esfumaba con rapidez, la tertulia controvertida entre
los dos gallos terminó sin damnificados porque Fernando y Teresa evitaban la
confrontación gratuita con el áspero Marcos al que le gustaba porfiar hasta no-
quear al contrario o buscar su retirada. El verano del 69 podría venir cargado
de tormentas.

En la retirada, Marcos criticaba a Fernando:

―Te das cuenta, Marga, que Fernando siempre intenta humillarme, se cree el
muy cabrón que por estudiar Filosofía y Letras lo sabe todo, de verdad no le

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aguanto, y otra cosa ¿has notado que su forma de hablar es forzada? Es imbé-
cil, acaba de salir del pueblo y su expresión es tan fina, con tantas eses finales,
que me revienta, coño, si es bellotero de pura cepa y su padre un señor que
tiene una zapatería.

―Tienes razón ―le dice Marga ―, pero no merece la pena que te angusties
por él, tú eres más inteligente.

―Siempre ha sido un envidioso.

Fernando y Teresa también opinaban sobre la tertulia:

―Marcos es un cretino, no acepta que alguien sepa de un determinado tema,


se irrita sin sentido, piensa que estoy contra él, que le busco, Teresa, ¿qué
piensas?

―Creo que Marcos es un anormal, sólo hay que fijarse un poco, no le tengas
demasiado en cuenta al fin somos amigos, estamos avisados, ¿no te parece?

―Gracias Teresa, eres un cielo.

El verano huía, la estación ociosa para jóvenes, acomodados y funcionarios


pasaba como siempre entre verbenas y ferias, entre baños en las charcas, el
picú del Villa Rosa donde los chicos bailaban hasta la madrugada, excursiones
a la sierra, meriendas en Las Frisas, paseos románticos entre los pinos hasta la
Plaza de Nápoles donde el amor se aplacaba con la única precaución de vigi-
lar la censura de los dos curas del pueblo que inoportunamente paseaban por
el camino del pecado a esas horas; veladas en los soportales del Universal to-
mando cervezas. Y nuestros extrañados jóvenes ligados al refugio fresco de las
Cuevas del Calvo.

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6

Los veranos siguientes regresan a los lugares amados, resisten ante un mun-
do que lo ven de lejos, no les afectan las críticas. Mantienen la amistad supe-
rados los veranos del 70, 71, 72 sin deterioros visibles. En 1973 ya no es el año
de los niños asombrados en aquellos lejanos días de octubre de 1967 por el
profesor Luis que los inyectó el virus de la inquietud intelectual. Saben que Luis
Felipe Montero ha recibido un premio literario en Francia, el libro lo ha presen-
tado Fernando Arrabal, Luis y Fernando se han hecho amigos, se conocieron
en el mayo agitado del 68, Arrabal se implicó con su particular forma de ser,
revolucionario a su manera, un guasón de sí mismo, poliédrico, incalificable,
muy agudo; Luis le está agradecido, su editorial, donde Arrabal publicó La pie-
dra iluminada en 1971 (la ed. Chistian Bourgois) lo ha divulgado. Marga tienen
ahora el libro, todavía no lo ha leído, está en francés.

Se escucha el ruido metálico de las tijeras del parquero.

―Buenos días, Aniceto, ¿cómo le va?

―Bien, bien, otro año más viejo y vosotros a lo vuestro, ¿verdad?

―Sí, sí, claro a lo nuestro.

Siempre le saludaban y él agradecido: “son unos chicos estupendos y educa-


dos” decía en la taberna de Camisón a los compañeros de cartas.

El tiempo detenido otra vez, la monotonía de todos los veranos con las mismas
rutinas, pero qué alivio, la vida seguía igual.

En la chopera se estaba bien, amparados por las sombra de los árboles evita-
ban la canícula de la mañana de julio. Había pocas ganas de charlar, se mira-

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ban, fumaban, sonreían. Pasaba el tiempo y Marcos, inquieto como siempre, lo
rompe:

― ¿Habéis leído el libro “Revolución en la revolución” de Régis Debray?

― ¿Quién es ese? ―preguntó José.

― Este señor estuvo nada más y nada menos que con el Che en Bolivia. De-
bray dejó París donde daba clases de Filosofía para irse a Cuba en 1960, que-
ría ver con sus propios ojos el primer Estado socialista de América. En 1967
sigue a su amigo Ernesto Che Guevara a Bolivia, participando en el movimiento
guerrillero con el objetivo de derribar la dictadura de René Barrientos y expan-
dir la revolución por toda América Latina. Es detenido y encarcelado en abril de
1967, es condenado a treinta años. Por la presión internacional consigue la
amnistía y es puesto en libertad dos años después. Esta es su biografía a trazo
grueso.

―Su libro es muy interesante, yo lo leí el pasado año, ¿te acuerdas Teresa
del seminario que se le dedicó en la universidad? Fue muy aprovechado por
nosotros. La censura ni se enteró.

―Es cierto, aprendimos mucho―dijo Teresa.

Excepto Marcos, Fernando y Teresa los demás no tenían idea del personaje.
Discutieron varias ideas del libro como: “el marxismo es un método de análisis
que desemboca en la iniciativa revolucionaria” y una reflexión contra los movi-
mientos revolucionarios que no están organizados, estos movimientos espon-
táneos son estériles. Y su feroz crítica a los “politicastros” que piensan que los
hombres de acción son unos ingenuos, la paradoja es que estos ingenuos han
creado un país socialista democrático, no como los estados del socialismo real.

El nivel de las tertulias se había elevado de tal manera que la mayoría del gru-
po a penas seguía los monólogos de Marcos y Fernando con la colaboración
de Teresa. José protestó.

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Sois unos cabrones, si seguimos por este camino me voy, yo no soy universi-
tario, habláis para vosotros, estoy de oyente, pasivo, me aburro con vuestra
suficiencia, ese no era el propósito del grupo ¡Hay que joderse con tanto listo!

―Tienes razón, y perdona José, nos excedemos con tanto cultismo innece-
sario, te prometo ser más normal ―dijo Teresa.

―Ojalá.

La sangre no llegó al río. Fernando y Teresa admitieron la reprimenda de José,


pero Marcos no escuchaba, él a lo suyo.

La normalidad duró hasta el día que Pedro dejó de asistir a la chopera, pensa-
ron que era un rebote del amigo y que volvería, se equivocaban, Pedro dejó la
tertulia. Sandra intuía algo: “tenemos que verle, hoy mismo; yo me precio de
conocerle y a Pedro le pasa algo, estoy casi segura.” Avisados dejaron la con-
versación.

Pedro está encamado, el chico tiene fiebre, le brillan los ojos, sonríe: “no es
nada”, es tan bueno que se disculpa por su ausencia. Sus amigos confían en
una rápida recuperación, piensan en un fuerte resfriado de verano, nada grave.
Los chicos preguntan a Sandra: “tú, que estudias medicina, qué te parece. Mi
opinión no cuenta, me faltan pruebas, no creo que sea algo serio”. Lo cierto es
que Pedro sigue en la cama con fiebre.

Don Andrés le visita dos veces al día. Este médico rural, entregado en cuerpo y
alma a su admirable profesión se quita horas de sueño estudiando los caso
difíciles; le preocupa que el joven no mejore. Don Andrés ha renunciado a los
placeres superficiales jamás se le ha visto en el bar, en el casino, en una terra-
za de verano, es ajeno a los intereses políticos, el alcalde siempre cuenta con
él, se lo agradece pero se niega, tampoco es un hombre religioso, su participa-
ción es nula en oficios piadosos, en ceremonias procesionales, en misas de
difuntos, tampoco se le conocen romances ni devaneos femeninos, vive su so-
ledad voluntariamente como un asceta en su cartuja sin una brizna de resenti-
miento, con la libertad que le da su oficio. A don Andrés se le ve por las calles

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con su gran cartera de cuero con hebillas; visita a diario a sus enfermos sin
distinción de clase. En el pueblo se le respeta y se le admira.

Al médico le tiene muy preocupado la poca evolución del joven, los tratamien-
tos fracasan. La habitación de su casa sigue iluminada hasta muy tarde, estu-
dia con detalle el caso. La salud de Pedro se deteriora. Los amigos empiezan a
preocuparse. Sus padres no pegan ojo vigilando al enfermo. Son fechas amar-
gas para su entorno. La angustia en los rostros es visible, lo pesimistas piensan
en lo peor:

“tan joven”

“hijo único”

“tan buen chaval”

Son las seis de la mañana del lunes, 30 de julio. Los padres del chico se so-
bresaltan al oír unos golpes en su puerta, es don Andrés. El médico tiene una
breve conversación a solas con don Pedro.

― ¿Qué sucede? ―pregunta muy alarmada la madre.

―Tranquila, María, ahora le cuento.

Don Andrés le ha extendido un volante. En pocas palabras el maestro le expli-


ca la situación a su mujer. El chico tiene que ingresar ya mismo en el hospital.
El hospital de Salamanca está a 90 kilómetros del pueblo. A las nueve entra de
urgencia en el clínico.

Sandra es la primera en visitarle lo ha hecho a diario. Toca al timbre con insis-


tencia, llama al chico; una vecina:

−Niña, no insistas, al muchacho se lo llevaron en ambulancia.

Sandra se lo agradece, reúne a los amigos en los soportales de la plaza. “Yo


pienso ir esta tarde.” Llegan nerviosos al hospital; la angustia la llevan escrita
en sus rostros. Tocan con delicadeza la puerta de la habitación 32. Pedro pare-
ce dormido, la pregunta obligatoria a la madre. “¿Cómo se encuentra?” “Toda-

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vía es pronto, le están haciendo pruebas.” La mujer se echa a llorar: “mi Pedri-
to, mi Pedrito” repite con el sentimiento de una madre. “Todo saldrá bien, ya
verá”, la consuelan.

Pedro en la cama parece más largo, un gotero delata la dolencia del joven. Pe-
dro abre los ojos grandes, inocentes como los de un niño. Feliz se deja mimar
por ellos, las risas iluminan el rostro desmejorado del joven. “Pronto volvere-
mos a la chopera, a las Cuevas, al desván”

El tiempo de la visita se agotó, una joven enfermera les invita con afabilidad a
dejar descansar al enfermo. El penúltimo adiós, el beso largo de Sandra, los
deseos de mejoría motivan al paciente que sonríe, que agradece de corazón la
visita. Don Pedro y María, la madre, se quedan consolados por el cariño, el
apoyo de estos chicos tan buenos.

Sandra le visita con frecuencia, se compadece al verle indefenso con la mirada


de un perrito abandonado. El amigo del alma parece un niño con la cabeza
despojada, sólo se ven unos inocentes ojos negros. La calidez de luz en sus
ojos desconcierta la sensibilidad de Sandra, su alma de vainilla.

La enfermedad que baja sin freno no desordena la naturaleza serena de Pedro,


al contrario se realza, no se rebela y el chico sin un quejido acepta el desenla-
ce. Y en Sandra brota el amor, se prenda de él, desde entonces comparte su
más profunda intimidad, los pensamientos y las palabras guardadas destilan
ternura, sólo ternura.

Ellos se han ido, están solos, Sandra sonríe, Pedro no puede disimular la erec-
ción que mantiene la sábana como una tienda de campaña. La joven se des-
nuda con lentitud, él contempla magnetizado su cuerpo, son segundos para la
eternidad, ella se mete en la estrecha cama del enfermo; el contacto es tan
cercano que sus cuerpos tiemblan, las manos trémulas palpan todas y cada
uno de las curvas de sus pieles erizadas de deseo, los labios ávidos visitan los
lugares censurados, el éxtasis llega acoplados en un solo universo. No hay
tiempo, el vocablo más ambiguo del lenguaje deshace la magia de los minutos
arrebatados al reloj, pero el consuelo fue tan profundo que derrumbó los muros
de la balsa contenida.

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Sandra verifica, ebria de amor, que la solapada rebeldía del chico en la umbría
de la chopera era aparatosa, solo le ve como agua de sierra cristalina, sin
asomo de artificio, es sereno y limpio como un niño pequeño.

Los días en el hospital los evocará siempre bellos e intensos. Las palabras, los
gestos, las risas, los llantos, las bromas, los largos abrazos, los profusos besos
serán el triunfo que la vida le regaló. Del joven enfermo y desvalido Sandra ex-
trae el diamante más codiciado: su amor. Las frases inventadas son burbujas
de champán que achispan sus sentidos de celofán, de las bocas salen las flo-
res más emotivas, sus miradas líquidas suavizan las iras del decaimiento. San-
dra en la intimidad, en la soledad de su habitación repasa, visiona, memoriza
cada minuto compartido con él; sabe que esta felicidad tan vidriosa se la dispu-
ta a la muerte en cada encuentro. Se duerme con él y en él.

La enfermedad de Pedro avanza inexorable como el crepúsculo de la tarde sin


un resquicio a la esperanza, lo último. En él, la leucemia se ha acoplado como
una repugnante sanguijuela al cuerpo delgado, exánime del joven que se apa-
ga. La parábola del destino se manifiesta contradictoria en Pedro que alcanza
un halo mágico al que observa sus gestos finales. Sandra contempla atónita la
obra perfecta, como si un pincel genial hubiese adornado con los tonos, los
colores, las proporciones justas el alma del hermoso joven.

El día llega cubierto de sombras, las horas del adiós irreversible avanzan al
galope. Hay dos sobres metidos entre las páginas del último libro.

―Éste se lo das a Sandra, el otro es para mis colegas ―le dice Pedro a su
madre con la voz entrecortada.

La madre se los entrega:

―No lo abráis ahora, me ha comunicado que lo hagáis en la chopera.

Pedro tiene los ojos ciegos puestos en la lejanía, su respiración se hace a cada
momento más ruidosa, el ruido agónico cesa y Pedro nos deja a las doce del
mediodía en un tristísimo domingo: el 30 de septiembre de 1973, tenía veinti-
trés años.

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Las campanas doblan con un tañer que hiere, los pájaros vuelan muy bajo casi
rozando el suelo. Las nubes tapan el Valdeamor. El reloj de la torre da las cinco
campanadas de la tarde. La gente sube la empinada cuesta que lleva al atrio
de la iglesia; muchos hombres esperan fumando en la estrecha glorieta el ser-
vicio religioso, después en rigurosa fila aguardan su vez para dar una leve ca-
bezada hacia los deudos.

El funeral tiene el impacto de la contrariedad, el templo está al completo, don


Antonio hace un emotivo panegírico de Pedro desde el bautismo olvidándose
del progresivo distanciamiento del joven en los asuntos religiosos. La ceremo-
nia termina con el requiescat in pace. Sandra, Marcos, José, Fernando, Teresa
y Margarita con el permiso de los padres sacan a hombros el féretro entre los
sollozos desgarrados de la madre. Por las mejillas de Sandra las lágrimas res-
balan hacia el suelo. El cementerio queda lejos de la iglesia por debajo del pa-
seo de los pinos, en la ladera de un monte. El lúgubre acompañamiento pasa al
lado de la chopera, los jóvenes en homenaje póstumo giran el féretro señalan-
do al chopo simbólico donde están grabados sus nombres.

Nada más que silencio, el cura reza un responso revestido con la capa pluvial
de negro detallado por un bordado en plata con el símbolo del Espíritu Santo
en el dorso, rocía con el hisopo los restos mortales. Los amigos juntos miran
perdidos el descenso del féretro, la primera palada produce un sonido seco con
la madera del ataúd que profana el silencio sepulcral de los presentes, una flor
cae al hoyo.

― ¡Pobre Pedro, tan joven! −alguien lo dice.

Los jóvenes salen del cementerio como ancianos, su caminar torpe, lento de-
clara un dolor tan agudo que les supera. Cada uno quiere estar solo. Las ma-
dres consuelan a su manera la amargura de los chicos.

―Te he preparado unas sopas, te vendrán bien, no has comido nada hijo/a.

―No tengo ganas.

―Déjale.

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Su único sustento es la clausura en el dormitorio aislado con los recuerdos. La
intensidad emotiva, las horas sin dormir velando al amigo, las muestras de cor-
tesía, el desánimo, el agotamiento físico son los aliados redondos para un largo
y profundo sueño. La realidad es un espejismo con el nuevo día, hoy se que-
dan, el mundo exterior es el adversario de su sensibilidad sublimada. Sandra
que despierta con los sueños de él, está serena, en su diario recoge todo lo
posible.

― ¿Cómo te encuentras, cariño? −pregunta su madre con el tono mimoso


que usa con ella, que hoy acentúa.

―Un poco mejor −contesta Sandra con un hilo de voz.

―El tiempo lo cura todo, ya verás. Cuando estés repuesta procura salir,
hazme caso, amor mío ―le dice la madre con dulzura.

―Lo sé, no te preocupes, sabes que soy fuerte, además la historia con Pedro
ha sido tan maravillosa que no tengo pena sino su presencia que me ayudará.

― ¡Que chico tan bueno, que lástima! Hacíais una pareja perfecta.

― Tienes razón. Perdona mamá pero ahora no me apetece hablar de él.

―Comprendo, comprendo. Me callo te dejo con tu silencio.

― Gracias

Los días que vinieron fueron erráticos, la falta del amigo les aleja, la realidad
causa vértigo. El verano se fue como Pedro, el tiempo se vuelve oscuro, som-
brío, solitario como un viejo que rumia los recuerdos en un banco de madera.
El pueblo se vacía de veraneantes, por las calles y plazuelas, fantasmales, an-
dan deprisa, mirando el suelo, con las manos en los bolsillos, algún que otro
hombre camino de la taberna.

El dolor se debilita; ha pasado una semana del amargo día, se hallan junto al
árbol blanco leyendo sus nombres, son las cuatro de la tarde, van a cumplir la
última voluntad del amigo muerto, desean que se acabe pronto lo dicen sus
gestos contrariados, es el peor momento del grupo, desde aquella lejana fecha

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del mes de octubre de 1967, seducidos por el joven profesor, Luis Felipe Mon-
tero, volaron como pajarillos bulliciosos a la arboleda de chopos a revelar sus
emociones adolescentes.

La situación es incómoda pero obligatoria. De pie, serios, solemnes, hermosos


escuchan la voz sosegada de Sandra leyendo su carta:

“Mi amada Sandra: Tejí una larga alfombra de recuerdos, momentos, senti-
mientos, ilusiones… durante muchos años, desde que éramos niños. No pude
manifestar ese fervor que me torturó hasta hace muy poco. Yo era tan tímido y
tú tan libre, tan hermosa, tan inaccesible que no me atreví a escalar esa cima
tan seductora. ¡Qué idiota fui! ¿Por qué los apocados sufrimos tanto en silen-
cio? No lo sé, quizás la cuna, la mala educación, bueno, no sé filosofar, lo cier-
to es que tú sí lo sabías; las mujeres casi siempre esperáis, me lo dijiste.

Todas las noches de mi enfermedad me dormía con tu imagen, revisando cada


gesto, interpretando tu mirada, reteniendo cada palabra para desearte con el
ansia del amanecer y verte.

Que melodía de amor fue nuestro encuentro íntimo, ¡dios! me faltan las pala-
bras para el momento más sublime de mi existencia. Ese día aspiré tu olor de
hembra, admiré la belleza de tu hermoso cuerpo desnudo, me deshice con tu
ternura, con tus besos, con tus caricias ¡y esa mirada azul! que me arrebató,
que me derritió, fue tan intenso que ya no me importaba la parca.

Cuando el final lo tocaba supe ver casi rozar tu dolor. Sandra la enfermedad
me afiló todos los sentidos, me dejé arrullar por una sensación cercana a la
felicidad, difícil de explicar, fui yo ¿recuerdas? quien te consolaba, acariciándo-
te con mi corazón de papel.

Sandra, amor mío, me lo diste todo, me voy lleno de ti; estos dos meses justifi-
can una vida, para mí suficiente. Recuérdame sólo por lo bello, por los sesenta
días de verdad, auténticos, locos, románticos, emotivos, dolientes y felices.
Sandra, estoy colmada de ti, no sufras mi ausencia, aléjate de mí. Mi hermosa
Sandra, cuando recuerdes hazlo desde la dicha.

Adiós mi amor, hasta siempre.”


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Qué difícil son algunos episodios de nuestras vidas, imposibles explicar con
palabras: la depresión, la desdicha, la felicidad, el abandono, la despedida, el
amor; los siquiatras atiborran de pastillas su incapacidad, los sicólogos enga-
ñan la suerte con recetas para sostener la mutilación del alma. Siempre el
tiempo como solución. Los amigos de Pedro aún son demasiado jóvenes, ahí
está su gravedad ante lo incomprensible. Todavía falta leer la segunda carta
dedicada a ellos. Fernando recoge el sobre que le extiende Sandra y lee:

“Mis queridos amigos: sólo una palabra cubriría todo el papel: gracias. Vuestra
amistad y cariño me han conmovido y han sostenido mis dolencias estos días.
Lamento no haber podido expresar mis afectos a cada uno por separado, lo
comprendéis. Ahora os lo transmito, el orden no importa, ya habréis leído mi
carta a Sandra, para alguno será un poco cursi, para mí es así, a lo mejor soy
un poco teatral, perdonadme.

Siempre Fernando, ¿sabes? te admiré desde niño, me impresionaba la capa-


cidad para resolver las travesuras de chiquillo, cómo serenabas la ira de los
adultos, envidié tu inteligencia y tu madurez, ojalá des todo lo que llevas dentro.
Gracias amigo.

Te toca Marcos; de verdad, eres la imaginación, lo absurdo en los otros era en


ti natural, haces de la vida un juego arriesgado. Cuántos ratos fantásticos pa-
samos en el desván inventando historias, trajinando epopeyas, haciendo expe-
rimentos, montando teatrillos con los trapos antiguos de las arcas, me hacen
sonreír los disgustos y los sustos que les dábamos a nuestras madres y algún
que otro sopapo de los padres. No pierdas ese potencial tan único, seguro que
serás una figura.

Mi Marga, “tu risa me hace libre, me pone alas” Miguel Hernández tu gran pa-
sión, transmitida por nuestro gran maestro, Luis, y por supuesto, por esos pa-
dres que tanto sufrieron por la libertad de los que estás tan orgullosa, no es
para menos. Sé que guardas con celo muchos secretos; que tu alma de cristal
no se rompa con la rudeza de la vida, tú te mereces ser feliz.

Teresa, si hay una metáfora que te defina es la del mar en calma. A lo mejor es
una estridencia de mi estado febril, pero yo te vi así durante estos años de

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amistad. Nunca te desbordaste, siempre te controlabas, ¿de dónde salía tu
paz, cuál era tu secreto? Pensé mucho en esto y me ayudó en los peores minu-
tos de dolor.

Y tú, José, el infortunado José maltratado por las desgracias familiares al que
quiero como el hermano que no tuve. Eres el hombre bueno como Antonio Ma-
chado, además te parecías al gran poeta desdichado por la forma suave en el
decir, por tu capacidad de escuchar dando valor al que hablaba y te agradeceré
hasta la muerte, qué ironía, la paciencia conmigo escuchando mi mala oratoria,
mis ideas delirantes que te tragabas con toda la atención del mundo, tú sí que
tienes la auténtica sabiduría.

Yo soy el ingenuo de la pandilla, tuve mala suerte: la rigidez de mi padre y la


enfermedad aunque a ésta le debo el conocimiento, muchas veces me dijeron:
“que poco conocimiento tienes, eres un ignorante” me humillaban, sufría, tam-
poco sabía contestar, nunca en mi corta vida he sabido defenderme, es un
error, el rencor te roe como el cáncer, y dar una hostia a tiempo te alivia la ira.

Los días de dolor inhumano me revelaban contra Dios y el mundo, me atormen-


taba hasta el fondo, pero el amor y el cariño obraron el milagro, esos soportes
me transformaron, cuánto sufren los solitarios, a mi lado estuvo Juan un enfer-
mo de cáncer, murió solo, qué pena, alguna migaja de compasión recibió de
nosotros, comprendí entonces la desigualdad, la injusticia, la maldad de una
sociedad enajenada, lo vi en Juan, los libros en estos casos sobran.

Una y última cosa entendí que la compasión es abrasiva, dejé de lastimarme,


fue el mejor descubrimiento; en los días finales alcancé la paz. Gracias una vez
más a todos. Seguid unidos.

Pedro, Pedro, Pedro, la carta les retorció el alma, la nostalgia resucita los vera-
nos pasados en la chopera, pero era el doloroso momento de separarse de la
amada ¿Volverían? Eran muy jóvenes todavía.

El periodo del duelo hostigaba a cada uno a su estilo. Sandra se asiló en casa,
enclaustrada en su habitación con libros; los procesos de Latinoamérica ocu-
paban parte del tiempo como boya emocional. Fernando y Teresa, cogidos de

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la mano, paseaban su olvido por el largo paseo entre negrillos centenarios.
Marcos se encerró leyendo con apremio la filosofía moral nietzscheana para el
porvenir. De José nada se sabía. Marga atendía a sus padres, Aurelio pasaba
mucho tiempo encamado, la salud se deterioraba por días, le faltaba el aire,
Marga sufría con la fatiga del padre, don Andrés el médico se mostraba pesi-
mista, Aurelio lo llevaba con resignación, la única pena que se llevaba es no
ver el final del monstruo, qué equivocados o qué ingenuos fueron aquellos que
se creyeron que la dictadura sería efímera, que al final de la segunda guerra
mundial, los aliados le depondrían, y 1973 se iba de la mano con el General ¡Y
ya treinta y siete años! ¡Qué canalla es la historia! Se lamentaba el pobre hom-
bre.

El final se escenificó en las Cuevas del Calvo; remisos, obligados por las cir-
cunstancias se despidieron; con un abrazo colectivo terminó una época de co-
piosas experiencias, de momentos de felicidad exaltada, de revoluciones teóri-
cas, de amistad inquebrantable, de éxtasis intelectual, nada parece eterno y
menos en la condición humana, abrumadora experiencia que éstos aprendie-
ron.

Cada uno de ellos tiró para su lugar. Teresa y Fernando seguían con sus estu-
dios de Filosofía en Salamanca. Sandra marchó a Santiago de Compostela
bajo la tutela de los tíos. Llevaba un propósito firme: adiós a los devaneos con
el tuno de la Facultad, sólo Pedro ocuparía los afectos de su corazón. José se
largó del pueblo sin rumbo conocido, desapareció sin una nota, sin estela, co-
mo una sombra. Y Marga era el puntal para el padre moribundo.

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Amar los lugares sin restricciones es suicida, ellos se creían inmortales, cobija-
dos en su venerada chopera, el extremo se alía con los jóvenes, debe ser de
esta manera, pero la muerte del amigo vira hacia la hostilidad; al terminar la
lectura de las cartas el entorno se transforma. Han dejado de ser los niños de
la chopera como se decía en el pueblo.

―No volveré jamás a este sitio ―dijo José.

―Yo tampoco ―hasta cinco voces confirmaron la reflexión de José.

La muerte del compañero dejó un agujero negro en sus corazones quebradizos


que el tiempo taparía. El desasosiego y la angustia son la piel del alma como el
escritor que dijo: “lo más profundo que tenemos es la piel” ¿A qué piel se refe-
ría? Yo hablo de lo anímico, del espíritu, de lo oculto, de la reserva unipersonal,
seña propia de cada uno.

Vivir con nuestros fantasmas, aceptarlos, como el premio nobel de economía


que en una lucha titánica convivió con ellos, nos permitirá salir del lado oscuro
¿Quién no tiene miedo, miedos? Son los espantajos que nos acompañan has-
ta la tumba. Hemos nacido para la lucha contra todos.

El delirio ciñe como una boa a Marcos González. La muerte de Pedro acelera
el proceso. Quiere romper con el mundo:

―Me voy ―le dijo un día a sus padres.

Él y su padre tenían una disputa permanente desde que Luis, el profesor, llegó
al pueblo un lejano octubre del 67. A Ventura no le gustaba nada la deriva del
hijo.

―¿A dónde vas? Tengo derecho a saberlo, soy tu padre y merezco una ex-
plicación. Te comió la cabeza ese rojo de mierda ―hablando para sí mismo,

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sin mirar al hijo―: a mí no me engañaba yo un falangista amigo de Fernández
Cuesta olía a los rojos desde la distancia… hijos de puta ―relataba.

―A usted no le importa lo que yo haga con mi vida, usted nunca se preocupó


por nosotros, usted es un borracho infame, un… ―Sonó una hostia que dejó
marcada la mejilla de Marcos.

―No tengo padre ―y se fue dando un portazo.

Como el enviado se marchó al desierto a renegar del mundo; llevaba de com-


pañeros a Nietzsche y a Wilhelm Reich. Cuando regresa del exilio Marcos im-
presiona: sus ojos negros centellean escondidos entre la larga melena negra
que le tapan la cara; sólo se vez una nariz ganchuda entre una copiosa barba,
es la mismísima imagen del siniestro Grigori Yefimovich Rasputín, el Monje
Loco; también le serviría para sus propósitos la fascinante vida del personaje.
Marcos necesitaba discípulos, sino de qué le servía la metamorfosis artificial, a
la manera de Rasputín buscaba un grupo de flagelantes (los jlysty) para recrear
sus visiones.

Pensaba en Marga que compartía con él su inclinación por la anarquía, pero la


joven dedicaba todo su tiempo al padre. Un mal día de enero, no pudo superar
el frío destemplado que a modo de guadaña segó la vida de Aurelio. La muerte
del padre socavó la filosofía de la chica hasta ahora serena. Vengaría al hom-
bre silenciado por los esbirros de una dictadura inicua que se llevó por delante
lo mejor del país.

El Régimen penaba el deterioro internacional, Franco cedía la presidencia del


gobierno a su hombre fiel, Carrero Blanco que saltaba por los aires en diciem-
bre de 1973, en venganza ajusticiaron con Garrote vil, el 2 de Marzo de 1974,
al joven anarquista Salvador Puig Antich.

El Dictador tenía flebitis, era el principio del fin.

Los ingenuos se creían que todo el campo era orégano; el presidente del go-
bierno Carlos Arias Navarro, un duro represor en la guerra civil, engañaba al
mundo con la parodia del espíritu del 12 de febrero, panfleto supuestamente
“aperturista” de asociacionismo político que “El Carnicero de Málaga” estafó a
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todos el 24 de febrero con el caso Añoveros y la condena a muerte del anar-
quista Puig Antich en marzo.

Marcos después de la agresión se oculta en un chozo de una finca de sus pa-


dres. En el delirio intelectual, ajeno a la realidad del país, hilvana un plan para
llevar a cabo el objetivo de crear un grupo de adeptos. Pronto consigue lo que
quiere; una media docena de adolescentes se ven abducidos por el “gurú”.
Marga se conecta al grupo, atraída por la capacidad persuasiva de Marcos.

―Necesito tu ayuda, Marga, tú tienes motivos más que suficientes para mortifi-
car a estos fachas. Nosotros somos libres “hagamos el amor y no la guerra”.

―Estoy contigo.

―No te arrepentirá, lo tengo todo bien atado, confía en mí.

Comienza la vida pública. El extravagante grupúsculo pasea su exotismo por el


pueblo sin pudor, con descaro. Han asimilado el estilo hippy, se exhiben en Las
Palmeras, terraza de verano acotada por una verja de hierro. El sitio tiene poca
iluminación, ellos se van a una esquina protegidos por un gran tilo, la tropilla se
aprieta alrededor de una pequeña mesa de formica aguardando la noche, al
relente de la Luna, vacía la terraza, llega el momento de Marcos. El hechicero
se reviste de una bien estudiada solemnidad, baja la voz, gutural, rumorosa y
aparece una libreta de tapas negras, lee:

“Os propongo una parábola: No pocos que quisieron expulsar a su demonio


acabaron ellos mismos dentro de los cerdos.” Los más jóvenes se echaron a
reír, pero el gesto de reproche de Margary silenció las risas:

―Escuchad con atención. Prosigue Marcos:

“A quien le resulte gravosa su castidad, precisa que se le desaconseje: para


que no se convierta en el camino hacia el infierno, es decir, hacia el fango y la
lascivia del alma.

Diréis tal vez que os hablo de cosas sucias. Para mí no es esto lo más sucio.

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A quien busca el conocer le disgusta bajar al agua de la verdad, no cuando es-
tá sucia, sino cuando no es profunda.

Realmente existen castos que lo son desde lo más hondo de sus almas: son
dulces de corazón, ríen más y mejor que vosotros.

Se ríen incluso de la castidad. Y preguntan ¿qué es la castidad?

Tal castidad, ¿es una tontería? Mas esa tontería ha venido a nosotros, y noso-
tros a ella.

Hemos ofrecido a tal huésped amor y hospitalidad; ahora habita en nosotros −


que siga todo el tiempo que guste.

Así habló Zarathustra.”

Marcos con las palmas juntas inclina la cabeza ante las chanzas de varios de
sus discípulos. El maestro pierde la compostura.

―¿Qué cojones os hace tanta gracia? Si vais por ahí os mando a tomar por

culo―entre dientes, dirigiéndose a Marga ―, es como echar margaritas a los


cerdos.

―Es que no entendemos nada ―dijo un chaval con cara de pillo, lleno de
pecas en la cara y de pelos rebeldes.

―¿Quién es ese “Zatustra”, o como se llame? ―preguntó una jovencita, de


dieciséis años de aspecto desaliñado, pero muy graciosa de cara.

―Sois unos chiquillos ―dijo Marcos con cierta condescendencia ―. Tengo


por lo que se ve mucho trabajo por delante, pero haré de vosotros unos chicos
libres.

La fresca se echaba en la terraza; los chavales estaban aburridos, algunos


bostezaban de forma descarada.

―Por hoy es suficiente, mañana seguiremos.

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Cada uno marchó para la casa. Marga declinó la invitación de Marcos. Los días
venideros iban a ir por los atajos del desvarío. Marcos subió la cuesta que le
llevaba hasta el chozo, dentro se alumbraba con varios candiles de la abuela,
un jergón de hojas de maíz le servía como camastro; tardó en coger el sueño,
inquieto por superar las dificultades. Lo que le agobiaba era la búsqueda de un
lugar para sus acciones iluminadas fuera de las miradas inspectoras de las au-
toridades. Dentro de su tormenta interior, algún rayo de luz metía un poco de
cordura a la arriesgada empresa que pergeñaba: no quería por nada del mundo
poner en peligro la integridad de los chicos y chicas que le seguían, aunque el
camino estaba trazado.

Al día siguiente Marcos se reunió con Marga en la glorieta de la Plaza de Nápo-


les. Hablaron de muchas cosas, conversaron sobre todo del lugar a elegir, tra-
taron los temas que más les alarmaban: el espacio y la intimidad. Sin más se
pusieron manos a la obra; cogidos de la mano examinaron los caserones
abandonados, había varios; al final se decidieron por el antiguo cuartel de la
guardia civil cercano a las Cuevas del Calvo; el sitio les pareció perfecto, des-
habitado, zona poco transitada y un largo edificio con muchos nichos para ocul-
tarse. Necesitaban unas cuantas chapas que tapasen las ventanas desvencija-
das, unas cuantas esterillas y unas pocas velas.

Como narrador confieso que los hechos los describo por una serie de casuali-
dades. Conocía al profesor Luis Felipe Montero por su obra narrativa indepen-
diente y de carácter comprometido, el mal llamado realismo-social que aprecia-
ba por su calidad. Pasaba los veranos en el pueblo; me puse en contacto con
él porque alguien, no me acuerdo, me dijo que impartió clases de Literatura el
lejano curso del 67-68. Pasamos muchas horas hablando de todo en su casa y
en la terraza de Las Palmeras. Evocaba con emoción aquella extraña expe-
riencia con unos jóvenes inquietos que le ganaron y a los que donó muchas de
sus vivencias. Luis sonreía nostálgico, los recuerdos de cada uno permanecían
intactos en su mente, le parecía que el tiempo se hubiese detenido.

―Háblame de Marcos ―le interrumpí ―, me han contado historias de él que


son pura ficción.

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―Vaya, de invención nada, su increíble aventura fue real.

―Te escucho, Luis.

Entonces mi amigo, ya podía presumir de ello, me narró la leyenda del joven


Marcos; la delirante aventura con Marga y aquellos inexpertos muchachos que
transgredieron la moral nacional-católica en este bello rincón de la alta Extre-
madura al final de la dictadura.

―Marcos González, de los siete que iban a mi casa, era único. A mí me sor-
prendía por su lucidez y la capacidad de asimilación.

Por fin ya tenía documentación oral para pasar al papel la historia insólita. Me
despedí de Luis temporalmente, se había establecido una buena sintonía entre
nosotros y quedamos en vernos con frecuencia. Le agradezco su generosa
ayuda, sin él esta historia no hubiese salido a la luz.

Perdona, lector esta digresión, pero para mí es nuclear el ejercicio de docu-


mentación, como se dice ahora “ir a las fuentes”.

Tomo de nuevo el hilo interrumpido. Marcos conduce a la gavilla de sus chicos


al lugar elegido, la aprobación es general, manos pues a la obra. La falta de luz
natural es su mejor aliado, crear un ambiente cegado, coloreado por la parva
luz de unos velones imitaría el medio perfecto de una cripta.

En el hábitat del viejo cuartel se aislaban seis extraviados muchachos: Carlitos


el jovencito pecoso de pelos indomables, Marisol la hermana pequeña de Mar-
cos que también se hartó del clima opresivo del padre, Ángela y Elena dos me-
llizas ausentes, mustias, dejadas a pesar de su juventud y Domingo hermano
de José, el chico de movilidad mermada, que andaba de puntillas balanceando
todo el cuerpo.

El disparatado grupo le importaba muy poco las arengas frenéticas del maes-
tro, aunque él hablaba de “La Función del Orgasmo”, “La revolución sexual”, los
chicos gozaban del placer de la independencia, del abandono de sus cuerpos
jóvenes, de la promiscuidad compartida.

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― ¡Qué bien se está! ¿Verdad, hermana? ―decía una de las mellizas.

―Yo pienso quedarme aquí con Marcos ―afirmó Domingo ―, en mi casa


todos los días hay bronca. Mi padre es un amargado y le zumba a mi madre
cuando le viene en ganas, por eso José se marchó.

―Sin problemas―dijo Marcos ―. Por cierto ¿sabes por dónde anda?

―No, es como si se lo hubiese tragado la tierra, además mis padres no pre-


guntan.

Con la inconsciencia de la juventud el grupo se creía preservado de los sabue-


sos, pero éstos rastreaban como perros de caza las pistas dejadas. Alguien
avisó al cuartel, una pareja de la benemérita rondaba los movimientos de los
muchachos.

Una patada en la puerta desencajada pilló a la tropa en una situación inconve-


niente. La respuesta fue fulminante:

―Vístanse, coño.

La situación tragicómica la miraban, muertos de risa, la gente de las terrazas.


Los chicos con Marcos al frente parecían penados de otro siglo; en fila, pero
agarrados de la mano, avanzaban penosamente por la calle principal camino
del cuartel de la guardia civil.

Varios de ellos conocían los métodos que se gastaban. El miedo asomaba en


el rostro anaranjado del pequeño Carlos. El sargento de la guardia civil se
amasaba las manos, su cara afilada tenía una mueca en los labios que imitaba
una sonrisa, estaba de pie detrás de la mesa del despacho, era el adelantado
de la comarca por la saña de las técnicas utilizadas para escrutar lo que él que-
ría saber. Con un saludo burlón empieza el interrogatorio.

―Bueno… bueno… bueno, otra vez nos vemos las caras; Carlitos no aprendes
¡Qué pena! ¿Y tú Domingo, no tienes bastante con lo tuyo? Pobre muchacho
¡Hombre! Aquí tengo al ideólogo de la cuadrilla, el ínclito Marcos González
acompañado por la hermana, el chico de las fechorías, el pillo número uno del

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pueblo ¡Y cómo no! Su amiguita del alma, la hija del comunista, perdón, de los
comunistas, y ahora, lo que no me explico, ¿qué coño hacen las mellizas en
este circo? Espero con ansiedad vuestras explicaciones, adelante.

El interrogatorio fue el esperado: el sarcasmo, los insultos, los puntapiés y los


golpes caían si contemplación, sin exclusión sobre los rostros, las nalgas y bra-
zos de los acorralados chicos según las respuestas.

―Eres un hijoputa ―exclamó Marcos en su desesperación.

―¿Qué has dicho? Es que no oigo bien ―preguntó el sargento.

―Lo que ha oído.

―Repite, repite si tienes los cojones que tiene tu padre, él sí es un héroe no tú


que juegas a ser comunista. ¿Qué cosas tiene la vida? El padre, buen amigo
mío, por cierto, que combatió al comunismo con La División Azul, que se la ju-
gó por la Patria tiene un hijo gilipollas ¿Qué os parece compañeros?

Una risotada de respaldo cuartelero coreó la pregunta del sargento.

―¡ Vamos, repite! ―exigió el guardia

―Eres un malnacido.

Una catarata de golpes cayeron sobre el infeliz, pero Marcos exento de miedo
continuaba con las blasfemias excitando aún más los bajos instintos del guar-
dia.

―Basta ya, le vas a matar ―le avisó el compañero que tomaba notas.

―Déjame, hostias, que a este bicho se le van a quitar las ganas de hacer el
soplapollas.

El sargento pareció calmarse al oír los llantos y gritos desgarrados de los otros.

―Vosotros os podéis ir a casa, pero Marcos y la comunista se quedan en el


calabozo. Una cosa os digo alejaos de éste, que no llegue a mis oídos que vol-

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véis a las andadas y otra, de aquí a casa sin salir en tres días, mañana llamaré
a vuestros respectivos padres ¿Entendido?

―¿Qué va a pasarle a mi hermano? ―Preguntó muy alterada su hermana Ma-


risol.

―Eso es para mí.

El escarmiento fue durísimo, Marcos estuvo retenido unos días hasta la apari-
ción del padre, el señor Ventura.

―Coño, Durán que son chiquilladas de muchachos, qué escándalo público


ni leches, nadie ha visto nada, ¿o tú te crees lo que dice la gente? Y encima
sabiendo quien soy, toda mi puta vida defendiendo a España y luchando contra
esos rojos, no me toques los huevos Durán.

―Te voy a dar un consejo, ata en corto a tu hijo que éste siempre ha sido un
bala y que sepas que lo suelto por ti.

―Te lo agradezco, Durán, no hay más que hablar.

―Lo dicho, Ventura.

Ni una manifestación de afecto ni agradecimiento de Marcos a su padre, guar-


daba mucho rencor contra él.

El grupito hippy se disolvió como el azucarillo en el agua, eran órdenes tajantes


del sargento Durán. La Comuna del pueblo fue un soplo de rebeldía del mago
Marcos que en su éxtasis libertario, absoluto irresponsable en el medio político
en el que pretendía lo imposible.

66
8

El 27 de septiembre de 1975 la sangre volvía a correr por las llanuras de Espa-


ña. En la mañana del aciago día, sábado tortuoso, morían ejecutados dos jóve-
nes de ETA: Juan Paredes Manot y Ángel Otaegui y tres del FRAP: José Luis
Sánchez Bravo, Ramón García Sanz y José Humberto Baena Alonso.

La opinión mundial clamaba contra los fusilamientos, el Papa Pablo VI interce-


dió por el indulto, el dictador Franco no se puso al teléfono, la suerte estaba
echada. Esa madrugada del 26 al 27 de septiembre manchada y negra como la
bestia fue “la noche más larga” como escribió en un poema herido el cantautor
Luis Eduardo Aute: Al alba.

Si te dijera, amor mío,

Que temo a la madrugada,

No sé qué estrellas son éstas

Que hieren como amenazas,

Ni sé qué sangra la luna

Al filo de su guadaña.

Presiento que tras la noche

Vendrá la noche más larga

Quiero que no me abandones

Amor mío, al alba

67
Al alba, al alba

Los hijos que no tuvimos

Se esconden en las cloacas,

Comen las últimas flores,

Parece que adivinaran

Que el día que se avecina

Viene con hambre atrasada.

Miles de buitres callados

Van extendiendo sus alas,

No te destroza, amor mío,

Esta silenciosa danza,

Maldito baile de muertos,

Pólvora de la mañana.

La culminación de la tragedia terminó a las ocho y media de la mañana,


encogido el mundo ante la iniquidad del dictador que estaba a las puertas de la
muerte, el caudillo puesto por la gracia de Dios le importó un pimiento la bene-
volencia teológica.

Margary ante el sargento Durán sostuvo la mirada de halcón, perforada de ira,


de impotencia y de desprecio.

―Te admiro ―dijo con sorna el guardia civil ―, bueno admiro a los rojos, es
que no aprendéis. Tu padre en el fondo era un buen hombre, nunca se me re-
beló, era un corderito igual que tu madre, Dolores, en cambio la niña me sale
respondona. Aléjate de ese muchacho, te lo digo por tu bien, es una mala in-
fluencia.

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―A usted eso no le importa, es mi vida, ¿sabe?

―Vaya, vaya con la niña. Si ya lo digo yo no aprenden. Qué le vamos hacer; es


que me cuesta creer que el hijo de un falangista señalado y la hija de un comu-
nista también señalado se asocien ―dirigiéndose al compañero
―¿comprendes algo? De todos modos a los jóvenes no hay Dios que los en-
tienda. Me estaré haciendo viejo. Joven, no me cabree y lárguese cuanto antes
a su casa, ¡ah! y no salga en unas cuantas semanas, ¿entendido?

―Esté seguro que no me verá el pelo por un tiempo.

―¡Será descarada! ¡Lárguese!

Margary salió con la cara encendida, las mejillas como manzanas rojas y miedo
en los ojos huidos. El sargento Durán era el inquisidor invariable de la leyenda
negra de un país al que tenían agarrado por los huevos los de siempre.

Franco moría un venturoso 20 de noviembre de 1975, casi cuarenta años per-


didos, irrecuperables para la historia. En la televisión una y otra vez la imagen
de él, hasta la nausea, una tautología de hechos de las páginas más negras y
más sucias. La Historia casi siempre se escribe con renglones retorcidos, torti-
ceros, amañados. Un 22 de noviembre soleado y frio los restos del dictador
viajan en el túmulo de un camión militar camino del monstruoso monumento a
los caídos. En el valle de Cuelgamuros se instaló el mausoleo para depositar el
cadáver del dictador, paradoja o no la ignominiosa construcción se hizo con
presos políticos para dar eterno descanso a Francisco Franco, Caudillo de Es-
paña, sólo responsable ante Dios y la Historia y al primer jefe de Falange José
Antonio Primo de Rivera.

Dolores, la madre de Margary, declinaba con lentitud. La muerte de su marido


Aurelio fue definitiva, la mujer luchadora perdió el contacto con el mundo, su-
mida en un estado de honda oscuridad miraba a un televisor sin luz con imáge-
nes extrañas para su demencia atezada de espantajos, miraba la muerte del
dictador con media sonrisa estancada de otra realidad. La muerte acechaba
cerca, tanto, que el uno de diciembre Dolores se fue para siempre. La falta de

69
la madre le permitió acoger a Marcos que malvivía en una choza a las afueras
del pueblo sobre un suave collado rodeado de robles.

A la muerte del General los dos jóvenes preparaban su irrupción en las calles
del pueblo. Un día se dejan ver por la terraza de Las Palmeras. La primavera
sucede con el lujo de un valle blanco y rosa en los cerezos en flor, el verde in-
tenso de la pradera, el azul oscuro del Valdeamor, la vivacidad de los cauces
de los riachuelos con el agua de nieve volando sobre las piedras, los neveros
de las cumbres visibles desde abajo, la arboleda tupiéndose de los verdes de-
siguales de las hojas, la algarabía de los pájaros apremiados por conseguir el
mejor abrigo para la futura prole.

Marga ha dejado atrás los llantos, hay luz en su mirada ―alegría de bronce en
el rostro― el vientre tenuemente abultado. Las risas de la pareja son abiertas,
vertidas de felicidad que molesta a los resentidos, celosos de la libertad expla-
yada de ellos que lo hacen sin ánimo de incomodar, con naturalidad. La pleni-
tud del júbilo por la maternidad de Marga se contagia a los jóvenes seguidores
que han vuelto después de la forzada emigración.

Pero la gente ruin, al fin y al cabo esa masa de los honestos que son los vale-
dores del bien común, obediente, manipulada, estúpida miran con ojeriza la
primavera de estos chicos entusiasmados por la naciente gestación de la ma-
ravillosa Marga, la mujer más feliz del mundo.

Marga evocaba el poema de Miguel Hernández “Menos tu vientre” que con in-
sistencia recitaba su padre a pesar de que siempre se enjugaba las lagrimas
con los versos, pero ahora era claro y profundo, se lo dijo a Marcos.

―La única pena es que mis padres no conocerán al nieto de la libertad.

El vientre de Marga crecía entre los halagos y manoseos de los amigos que
ella animaba cuando el pequeño daba pataditas.

―Ahora, ahora.

Y los muchachos ponían las manos sobre su vientre entre exclamaciones de


júbilo. Porfiaban con el futuro nombre y aparecían todos los nombres.

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―Se llamará Pedro por mi amigo ―dijo Marcos.

El fin de la gestación había acabado; en cualquier momento el pequeño Pedro


vendría al mundo; en la madrugada del miércoles 8 de septiembre de1976, no-
che de luna llena nació Pedrito, un precioso bebé que el padre recogió entre
lágrimas de orgullo. La infinita alegría que le hipnotizaba al ver al hijo produjo
en Marcos una exaltación que necesitaba proclamar. Salió a la calle y a grito
pelado voceaba por el pueblo:

―¡Soy padre, soy padre…!

Después de anunciar su paternidad, obligado a retirarse por la advertencia de


Teófilo el municipal de guardia que le metió en razones.

―Marcos, hombre, no son horas.

Por primera vez entró en juicio sin protestar: “gracias, Teófilo, es que me cues-
ta contenerme, ¿me comprende?”. “Claro, Marcos que te comprendo, a mí me
pasó lo mismo con mi primero, tampoco sabía dónde tenía la cabeza, todavía
lo recuerdo como si fuera hoy, también era el hombre más feliz de la Tierra,
pero ahora es mejor que acompañes a tu mujer.” “Tiene toda la razón señor
Teófilo.”

Aquella luna grande inspiraba las palabras más tiernas y sentidas del padre
hacia el hijo que tomado en sus brazos le habló quedo, con mimo. “Mi Pedrito
que esta luna y estas estrellas iluminen siempre tu camino, que la madre natu-
raleza te haga hermoso como los cerezos en flor del valle, que el viento arras-
tre las nostalgias y melancolías del futuro, que la lluvia se lleve las tristezas,
que el sol brille eternamente en tus sentimientos y que seas libre como las aves
que surcan los cielos.”

Jamás Marcos ha tenido una confesión tan clara de sentimientos, han desapa-
recido los rencores, el mundo tan hostil antes es inefable ahora. Es el pequeño,
es su presencia quien le da esta felicidad genuina nunca experimentada en su
breve pero azarosa vida. Descubre abstraído que la armonía, la paz son esta-
dos primitivos que nada tienen de relación ni con la cultura, ni la educación ni el

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dinero. Por primera vez llora sin pudor, sin rabia la incomprensión de sus emo-
ciones.

Los meses siguientes fueron los dominantes en su vida, pero a Marcos la rutina
le asfixiaba, se hartaba pronto de las responsabilidades cotidianas. El trabajo
de conserje en el instituto de enseñanza le mortificaba, sólo era feliz con su hijo
y con Marga. Durante estos meses pasivos el joven padre se inicia en los tex-
tos marxistas, libros escondidos por Aurelio que Marcos desempolva. Llegó una
noticia.

―Marga estoy organizando el partido comunista en el pueblo.

―Ten mucho cuidado Marcos, aún no está legalizado.

―No tardará; la futura democracia no tendría sentido sin su participación, sé


que Santiago Carrillo está en contacto con Adolfo Suárez.

El drástico asesinato de los abogados de Atocha un siniestro 24 de enero de


1977 por un grupo fascista vinculados a Falange dirigido por Francisco Albada-
lejo Corredera autor intelectual y tres pistoleros de la Alianza Apostólica Anti-
comunista, la triple A, o AAA, nublaron los cielos de un país que buscaba con
ansia la libertad. Estos fascistas nostálgicos odiaban con inquina a todo lo que
oliera a comunismo, ya cantaban en la guerra: “Átame las alpargatas, morena
mía, dame el fusil que voy a matar más rojos que flores tienen mayo y abril”.
Éstos eran los salvadores de España. Esta calaña fascista, vengativa y de vue-
los infinitos, eran los kamikazes de la muerte. El odio al “rojo” estaba en un có-
digo heredado en las fronteras irracionales del pensamiento más manipulado
de la historia. A éstos le salía una erupción de furor inflexible, eran terroristas
pornográficos de la sangre, presumían de sus trofeos, tal era su repulsión pa-
ranoica hacia la izquierda. Este era el testamento del dictador más cruel de los
últimos cuarenta años en la Europa Occidental.

La respuesta a la barbarie más cobarde de estos fascistas tuvo lugar un día


después, fue una demostración de moderación de más de 150.000 personas
que acompañaron a los féretros en absoluto silencio. El mundo conmovido pu-

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do ver por televisión al PCE a cara descubierta, todo el que quiso comprobó
que la violencia estaba en el otro lado.

Un Sábado Santo Rojo era legalizado el Partido Comunista de España. El día 9


de abril de 1977 las campanas de gloria tocaban repiques de libertad. Al fin,
después de cuarenta años desterrado de infamias, vencido de mentiras, ca-
lumniado hasta el vómito enseñó su rostro noble a una nación engañada, adoc-
trinada y católica, que comprobó boquiabierta que los comunistas no tenían ni
rabo ni cuernos.

―Ya podemos caminar al fin ¡Cuánto hubiera dado mi pobre padre por vivir
este momento! El hombre más bueno del mundo se fue sin odio; el hombre con
la frente y con las manos limpias que soportó casi toda su vida, con total digni-
dad, los incontables desprecios de los cercanos. “El comunista” ―decía entre
lamentos la joven madre.

―Pero todo pasa, ahora es nuestro momento ―le dijo Marcos estrechándola
entre sus brazos.

―Ojala, por ellos. Espero que su ejemplo y su lucha hagan de España un país
democrático ―Y Marga dio un beso al retrato de sus padres que colgaba en la
pared del comedor.

Las elecciones al Parlamento se acercan, surgen las canciones: “Libertad sin


ira, pero libertad… Para la libertad sangro, lucho, pervivo…” y de tantos. Saltan
los slogans de los partidos, los carteles, los mítines, los debates. El país vive
los momentos más entusiastas desde la memoria de los tiempos, allá por 1936,
cuarenta y un años después.

Marcos excitado recorre la provincia de Cáceres; en la comarca de Las Hurdes


se ve el miedo en los rostros cuarteados de los hombres, caras cetrinas de tris-
tezas, miserias y fatigas, de abandono histórico; en las paredes de pizarra pe-
gan los carteles del partido, la gente mira, sonríen las bocas desdentadas de
las mujeres y los hombres, los niños acompañan a Marcos en el coche, piden
con sus manos pequeñas caramelos, pegatinas, gorras, mecheros que Marcos
regala sin contención, siente pena por esta gente olvidada, por estos niños con

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mocos, por estas mujeres avejentadas por los soles ariscos del campo, por las
ropas negras de la memoria de sus muertos, mujeres de luto y de sombras.

Las Hurdes maltratadas es un territorio de la alta Extremadura de un encanto


mágico, cerrado de pinos que trepan hasta lo alto de las lomas, de hondonadas
fértiles surcadas por arroyos de aguas transparentes, de idílicos huertos sem-
brados con el primor y la sabiduría de siglos, de los olivares cuidados con celo
donde las malas hierbas desaparecen a la vigilancia de los campesinos. En las
zonas umbrías crecen los helechos que dan frescura al paisaje boscoso, en las
más abiertas las jaras, los tomillos, el romero, el cantueso, las esparragueras
embriagan con su fragancia los sentidos. Por todos los rincones de estos suge-
rentes paisajes se ven los colmeneros donde las abejas zumban afanosamente
elaborando el dulce y viscoso fluido. Pero la calumnia y la indiferencia cayeron
como una plaga sobre este trozo apacible de España.

Marcos no tiene tiempo para el hijo, se pierde los balbuceos de Pedrito. Marga
se pasa los días encerrada en la casa pendiente del bebé, decae su humor, el
abatimiento cala como la lluvia fina, lentamente.

―Marcos, sabes que tienes un hijo ―le reprocha la mujer.

―Sí, lo sé, pero las elecciones son muy importantes, ¿es que no lo compren-
des? Pareces tonta ―contesta él, zanjando la cuestión ―. Me voy a la cama.

El insulto lo guarda, intenta comprender, le ama más de lo que se imagina pero


ante él se aturde, las palabras se cierran, la angustia crece en su corazón de
cristal. Marcos nunca llegará a conocer la inteligencia ni la extensa sensibilidad
de Margarita.

El 15 de junio se conocen los resultados electorales: UCD gana las elecciones,


el PCE obtiene unos resultados aceptables, 19 diputados y tercera fuerza polí-
tica. En la dirección del partido hay cierta contrariedad, se esperaban mayores
logros. La campaña electoral, con los pabellones, plazas de toros abarrotados
de hombres y mujeres con banderas del partido ondeando al viento de las liber-
tades auguraban un éxito espectacular. La realidad siempre es brutal cuando
se pone excesiva ilusión y poco realismo.

74
Pero a Marcos el árbol no le dejaba ver el bosque, su quijotismo ideológico no
encontraba obstáculos, enfrascado en el arrebato político avanza como los an-
tiguos conquistadores en la búsqueda del dorado. Participa en el IX Congreso
del PCE con entusiasmo incondicional. Es ponente defendiendo el leninismo
frente a la postura del Secretario General, Santiago Carrillo, que quiere un par-
tido marxista, democrático y revolucionario, rechazando la política de bloques y
el distanciamiento de la Unión Soviética como modelo de socialismo.

Marcos tiene aun la reserva del padre, esa nostalgia sentimental por la URSS,
la madre de la revolución de 1917, paradoja de un padre falangista que estuvo
en la División Azul al lado de Hitler contra el comunismo al que debe una tu-
berculosis que le tiene supeditado a un pulmón artificial. Las tesis de Carrillo se
imponen y el partido abandona el leninismo.

Marga sola, abandonada se ha planteado dejarle, todavía le ama y las dudas


arrugan la decisión definitiva. Necesita hablar con él, quiere pensar que las co-
sas vuelvan al principio, que Marcos atienda a su pequeño Pedro. “¿Dónde
está papá?” Pregunta el niño con insistencia y la madre le miente.

Marcos regresa cargado de recuerdos, exaltado como de costumbre, cuenta a


Marga su experiencia: “¿me vistes en la tele? Mira esta foto con Pasionaria y
esta con…” así hasta agotar el sumario de los tres días en Madrid. Un monólo-
go pesado, que creía insuperable.

― ¿Has visto lo guapo que está nuestro hijo?

―Sí, pero no me sigues.

Marga se calló, evitaba por todos los medios meterse en una discusión. Marcos
era tan narcisista que lo importante era él, sólo él, el mundo real pasaba a su
lado como las cosas en un tren de alta velocidad. La realidad estaba en su ca-
beza, las frivolidades exteriores eran para la gente estúpida que no compren-
dían nada. Él volaba muy alto, qué bello era el mundo desde arriba.

―Marcos, he pensado que este verano podíamos irnos a la playa. Pedrito lo


pasaría muy bien y nosotros retomar lo dejado.

75
―Me gusta la idea, quizá necesite un poco de descanso.

Lo cierto era que Marga estaba muy guapa, tenía 28 años llamativos: alta, mo-
rena clara como el bolero, el pelo largo y negro que cuidaba con primor, heren-
cia de la madre, el tipo esbelto con el peso equilibrado que mantenía firme, la
piel limpia de manchas y unos ojos marrones de ensueño. Para Marcos, cega-
do por la suficiencia del superhombre, Marga era inmaterial, el tiempo de am-
bos se deslucía como la ropa tintada en encuentros esporádicos, apagados,
malogrados en la cima de los deseos vehementes.

Quería recuperarlo. Pedrito disfrutaba en la arena llenando incansable cubos y


cubos de plástico con la pequeña pala, el niño no se metía en el agua, las olas
le asustaban, de vez en cuando el padre le ayudaba en la supuesta construc-
ción de castillos que se hundían en las pequeñas manos del chiquitín. La cara
de Marga se iluminaba de felicidad al verlos. Durante los ratos de descanso,
tumbados sobre la arena, Marcos hablaba y hablaba del futuro, de la existen-
cia, de los recuerdos. Le gustaba filosofar inventar mundos paralelos, explicar
la realidad alienada en la que vivía supuestamente la gente. Marga sólo escu-
chaba las lecciones magistrales que él impartía, de vez en cuando le pregunta-
ba:

― ¿Qué te parece? ¿Tengo o no tengo razón?

―Sí, claro, por supuesto ―contestaba ella.

Los días pasaban entre la playa, los recorridos por el pueblo, por los puestos
de marroquinería, bisuterías y chucherías; por los casetas de libros de ocasión
donde Marcos se pegaba buscando alguna sorpresa barata, ediciones de libros
marxistas que a veces aparecían o ediciones del hijo predilecto de la ciudad:
los poemas de Rafael Alberti. A Marga le gustaba pararse en los puestos de
ropa, en los de cerámica popular y en los olorosos puestos de jabones e in-
ciensos. A Pedrito le encantaban los tiovivos y las manzanas de caramelo.

Cuando el pequeño dormía Marga desplegaba sus encantos delante de Mar-


cos, un juego de insinuaciones seductoras cargadas de un erotismo delicado

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que despertaban los caprichos del amor imperioso; los encuentros era tan in-
flamados tan arrebatados tan ebrios que terminaban transidos de gloria.

―Te quiero ―decía Marcos.

―Te quiero ―decía Marga.

Trémulos de placer dormían con la profundidad del cuerpo transportado a los


limbos del amor. Después de aquella larga sequía vinieron tormentas caudalo-
sas de pasiones retenidas que rebosaron los depósitos del néctar de la fecun-
didad. Un mes después Marga esperaba su segundo hijo.

La rutina, tan pertinaz, restituía una realidad que Marga presumía, pero Marcos
volvía a las andadas. Los maravillosos momentos del verano residían en el ol-
vido para un hombre obsesionado por ser alguien en la política. Las primeras
elecciones municipales salían a su encuentro.

El vientre de Marga crecía, ahora su gestación sucedía en la soledad de la ca-


sa sin las cobas de los amigos de antaño que estaban en lo suyo, el único con-
suelo es el niño que le alegraba la vida con su gracia y sus ocurrencias infanti-
les.

―Marga, me presento a las elecciones, soy cabeza de lista por decisión del
comité local, ¿qué opinas?

―¿Yo? ¿Acaso cuenta mi opinión?

―Joder, Marga siempre cuento contigo, ¿o no?

―Lo que tú digas

No quería discutir con Marcos, ¿para qué? Esfuerzo inútil. El tiempo quita o da
razones. La felicidad es una ilusión, ellos podían ser felices pero Marcos nada-
ba en aguas superficiales.

La campaña electoral se pone en marcha con una pegada de carteles con la


fotografía de Marcos. Son días febriles, largos, jadeantes, retóricos donde el
candidato se deja la piel, la garganta y las suelas de los zapatos en busca de

77
votos. Promete un cambio radical a sus vecinos, se le llena la boca de libertad
y de promesas, algunas soñadas, la mayoría irrealizables en un país con pocos
recursos y mucho paro. Marcos confundía los deseos con la realidad. La dicta-
dura aun sobrevolaba con los fantasmas de la guerra encima; tuvo la oportuni-
dad de comprobarlo.

En uno de los días de campaña electoral a Marcos le reventaron un mitin gen-


tes de la extrema derecha. “Tú de qué hablas, si eres el hijo de un viejo falan-
gista que tuvo huevos de luchar contra vosotros, y tú, que has sido toda tu vida
un “bala” qué cojones de democracia explicas a la gente que ni tú mismo te la
crees. Bájate de ahí, comunista de pacotilla, si tienes lo que tienes que tener o
si no te bajamos a hostias”

Marcos por primera vez no entró al trapo, ante la situación violenta optó por la
retirada. La decisión fue muy comentada en el pueblo. “Este chico no es el
mismo, menudo cambio”. Marcos en ese momento ganó muchos enteros y
adeptos.

Los resultados electorales le dieron la razón; por primera vez el Partido Comu-
nista de España conseguía un concejal con el once y pico por ciento de los vo-
tos, dos puntos por encima de los resultados a nivel autonómico. Al finalizar el
recuento la excitante noche del martes 3 de abril de 1979, Marcos González
estaba tan contento como un niño con zapatos nuevos. La celebración se per-
petuó hasta muy tarde, los cubalibres rebosaban siempre, las risas socarronas,
las canciones beodas ―la Internacional se cantó hasta la ronquera― los abra-
zos trasegados de alcohol compensaban los esfuerzos de tantos días de cam-
paña.

―Hasta la lucha final ―repetía una y otra vez un camarada borracho con el
puño en alto.

―Hasta la lucha final ―le contestaban los otros.

―La penúltima ―dijo otro camarada que apenas se tenía en pie ―esta noche
duermo al sereno si no al tiempo ―comentó con la lengua de trapo y una riso-
tada grotesca.

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Margarita oyó la cerradura y varios choques con los muebles, con la luz del
baño apagada Marcos orinó fuera del váter, dando tumbos se tiró sobre la ca-
ma, al minuto roncaba con rugidos de león. La joven madre estaba cerca del
parto, se echó a llorar, mientras el otro con jadeos de borracho dormía la mona
farfullando palabras incoherentes.

Aquella noche y la madrugada, Marga visionó fotograma a fotograma la historia


con Marcos: los recuerdos en la chopera, las cervezas en las Cuevas del Cal-
vo, la fascinante noche en el desván, las acaloradas discusiones con su amigo
Fernando, la transformación con ese aspecto tenebroso de aparecido, su dis-
curso corrosivo plagado de frases del filósofo loco que a ella le impresionaban,
el aciago día que descubrieron el cubil del amor y de las flores, la paliza que
recibió del sargento Durán, su compromiso de amor eterno, el descubrimiento
de un Marcos desconocido el verano pasado: tierno, atento y fogoso, dispuesto
a conquistar su corazón delicado. Recuerda con nostalgia las palabras que le
dedicó su añorado Pedro, él daba en el centro de la diana al entender su ver-
dadero valor de mujer, su carácter sensible, el dolor resignado por Aurelio y
Dolores, los padres humillados injustamente por un régimen fascista que no
perdonaba, en permanente contradicción con un dictador de comunión diaria y
unos ministros del Opus Dei. Pensaba que había nacido sin estrella, intuía que
la vida se la tenía que conquistar, que la existencia era caprichosa hicieras lo
que hicieras, que el camino se hacía al andar, golpe a golpe, verso a verso co-
mo dijo Antonio Machado.

Marcos se despertó al mediodía, la cabeza como un tambor, la voz empañada,


los ojos hinchados y rojos, una mueca de asco en el rostro, llamó a Marga, no
hubo respuesta. La chica había ido a la compra al llegar a casa se derrumbó en
el sofá no sólo por el peso del vientre, estaba abrumada de rabia y de amargu-
ra, ni fuerzas tenía para alzar la voz, una palabra balbuceó aquella sombra de
mujer:

―Cabrón.

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El segundo hijo nació el 14 de abril. Un ramo de claveles rojos posaban encima
de la mesilla con una tarjeta: “por favor, perdóname. Te quiero”. Juan, como le
llamaron, no mitigó la ira de Marga. La decisión estaba tomada:

―¡Márchate!

―Pero al menos déjame explicarte ―suplicó Marcos ―. Marga te quiero y el


niño necesita un padre. Reconozco que te he dejado muy sola, que las eleccio-
nes me han engullido, pero te necesito.

―No vuelvas a jugármela, seré inflexible.

―Te lo juro por nuestros hijos.

La conversación tuvo poco recorrido, las visitas consiguieron que la rabia de


Marga se disipara. La humanidad de la joven madre, el rescoldo de amor por
él, la eterna compasión por el sufrimiento ajeno lograron el milagro de la tole-
rancia.

80
9

“Hay hombres que luchan un día y son buenos. Hay otros que luchan un año y
son mejores. Hay quienes luchan muchos años, y son muy buenos. Pero hay
los que luchan toda la vida, esos son los imprescindibles”. Bertolt Brecht

La reseña no admite dudas, ¿estamos de acuerdo? Yo lo estoy. Ha habido y


hay políticos éticos que han robado a manos llenas derechos, libertades y justi-
cias a los poderosos, a los ricos, a los dictadores, jugándose la vida o perdién-
dola, ¡ay! qué hubiera sido de la pobre humanidad sin ellos. Es el juego univer-
sal entre opresores y oprimidos; a veces por manipuladores canallas (disfraza-
dos de corderos) los hombres ceden y delegan en los opresores, en el capital,
en la resignación clerical―esperanzas del cielo ignoto― en la información in-
tencionada su valía y la libertad, viviendo de rodillas abducidos por el poder.

Marcos no fue al entierro de su padre; no aceptaba consejos; su madre le rogó,


hasta Marga, pero ni por esas. Su rigidez, la aversión a un padre extraño que le
echó de casa, que le insultó por sus ideas, que jamás recibió una caricia, una
palabra de cariño y sobre todo su boca muda después de los resultados electo-
rales las archivaba en su memoria de elefante sin remordimiento. Ahora se
centraba en la familia y en el trabajo, temía los silencios de Marga.

La vida que cargaba, su monotonía, agredían las ansias de ser, él no valía pa-
ra la contemplación; la familia era un invento para débiles, un instrumento dia-
bólico al servicio del orden moral repugnante. Un día dijo en la terraza de Las
Palmeras: “yo he nacido para la gloria”. Poco a poco se distanciaba de los su-
yos, el regreso a casa se dilataba como la luz del verano; escusas cada vez

81
menos creíbles, silencios y reproches de Marga ponían cada vez un ladrillo
más en el muro de la división entre ambos.

La actividad política ocupaba su vida y su tiempo. Marcos convencía con la pa-


labra, estaba preparado para sortear las fullerías de los adversarios, los aplas-
taba con la dictadura de la oratoria. En los comités, reuniones y congresos su
voz era alta y clara. Pronto adquirió la notoriedad a la que aspiraba desde lo
más hondo. Avanzaba como una apisonadora, comenzaba “su carrera política”.

En las primeras elecciones a la Asamblea de Extremadura es elegido diputado.


La vida le pega un cambio entero, algunos fines de semana la pasa en el pue-
blo con los niños y con Marga. Marcos no tiene término medio, entregado a su
condición de diputado olvida la otra realidad, sus relaciones se ensanchan, la
afinidad política con las camaradas erosionan su débil compromiso con Marga.

Nuria es la mujer perfecta, comprometida, feminista, luchadora y guapa. Mar-


cos encuentra en ella la complicidad, la agudeza, la armonía, el reconocimien-
to, la confidencia; todo junto la convierten en la mujer ideal.

Marga tiene la intuición de mujer y también los hechos; llevan tiempo sin rela-
ciones íntimas, el chico fogoso, en permanente excitación que le hacía el amor
en cualquier sitio a cualquier hora, que le compraba ropa interior sexy que ju-
gaban a roles seductores, cuánto le gustaba la fantasía sexual de colegiala ma-
la, tan tópica, con faldita escocesa y la de enfermera también, tan trivial, con la
bata tan corta y tan ajustada que dejaban sus encantos a la vista del vicioso
médico, ¿dónde estaba ese Marcos ardiente, lujurioso, libre de prejuicios que
valoraba el sexo como lo más sustancial en la pareja?

Marga le puso a prueba aquel fin de semana, acentuó todos los hechizos de
mujer fatal, depilando su sexo, algo que le excitaba sin sujeción porque a la
vista tan erótica se lanzaba como un toro, no fallaba. Marga no tuvo el éxito
esperado, follaron ―bueno hicieron el amor― como un matrimonio casto, sin
palabras obscenas, sin preámbulos lascivos, sin posturas atrevidas. La unión
fue rápida, casi virtuosa. Marga apenas cogió el sueño, tenían que hablar. No
hubo conversación, Marcos se marchó sin despedirse.

82
Pero la realidad supera la ficción, nunca se hubiera imaginado Marga hasta
donde llegaría la osadía de Marcos. Uno de tantos fines de semana el diputado
se trajo a la amiga. Les vieron en la terraza de Las Palmeras, en Las Cuevas
del Calvo, en los soportales. Las noticias escabrosas corren como la pólvora.
Su hermana Antonia le comentó, escandalizada, que ha visto a Marcos y a una
chica forastera agarrados de la mano y en situación cariñosa por el pueblo.

La provocación, peor, el descaro, llega cuando Marcos se presenta en su casa


con Nuria:

― ¿Qué tenemos de comida, cariño? ―pregunta con alegría de beodo―. Mira


te presento a una camarada del partido que tenía ganas de conocer el pueblo,
se llama Nuria.

La humillación se la traga, Pedrito juguetea por el comedor, no quiere que vea


a su madre fuera de sí. Marga les hace unos huevos fritos, su interior es como
una balsa de lava, cavila intoxicada de rabia: “cabrón, hijo de puta, miserable”.
Cuando se van se mete en el baño a llorar.

La afrenta es como un ácido, le roe la autoestima hasta sentirse una mierda.


No va a consentir una más. Le llama por teléfono, la conversación es corta y
contundente: “mañana te espero”. “A ver si encuentro un hueco, tengo la agen-
da llena.” “Tú verás, pero lo nuestro es para mí decisivo.” Marga colgó.

Allí estaba con toda la cara sin un ápice de debilidad, sonriente, descarado:

―¿Qué es lo que quieres?

―Explicaciones. Tú no eres un hombre. ¿Cómo me tratas así? ¿Cómo te atre-


ves a traerme una amiga a mi casa? ¿Es que sólo soy tu criada? Mira no te
mandé a tomar por culo por los niños, que son tus hijos, es igual a ti nada te
importa, tú ya has conseguido lo que querías, a nosotros que nos parta un ra-
yo. Eres un hijo de puta y un mierda. Jamás vuelvas por aquí o te arranco el
alma.

Aún tuvo el descaro de añadir:

83
―¿No defendíamos el amor libre?

―Pero qué amor, gilipollas.

―Un amor generoso, compartido.

―Eres un asqueroso, un maldito sicópata.

Marcos se echó a reír. Si me vas a insultar cojo las de Villadiego. ¿Quieres ha-
blar conmigo, pues hablemos? El tiempo es el que tú quieras. Te escucho, pero
déjame que te diga algo: “Dónde asoma la Marga libre y hippy, la joven liberta-
ria que no le importaba la gente, te recuerdo que siempre hicimos lo que nos
dio la gana, ¿o no?

―No me jodas Marcos, ¿en qué mundo vives? ¿Es que piensas que somos
aquellos muchachos provocadores e irresponsables de hace años? Pedrito tie-
ne siete años y yo treinta y cinco. Algo que no sabes: siento las miradas en mi
nuca, ¿comprendes?

―¿Vergüenza? ¿Quizás necesitamos su comprensión? A la basura su moral.

―Yo me quedo frente a ellos, es mi mundo, tú estás lejos de la realidad.


Créeme, observo sus miradas de compasión.

Después de estas palabras las lágrimas de rabia y de humillación resbalan por


las mejillas de Marga. Marcos pretende atraerla, pero ella le rechaza con un
contundente empujón, su ánimo es un desguace apilado de odio.

―¿Cómo hemos cambiado tanto? ¿No te acuerdas de nuestra comuna?, com-


partíamos hasta el amor, sé libre ―dijo Marcos con intención perversa.

―¡No! ―gritó Marga.

―¿Por qué?

―Marcos, pensaba que eras mejor persona; mi dignidad es lo más importante.


Tu interesada coherencia tiene ese límite.

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― ¿Te acuerdas cuando Nietzsche dijo: “¿quién de nosotros no se ha sacrifi-
cado ya a sí mismo por su buena reputación?

Marga estaba preparada, se acercó a la estantería y tomó el libro del filósofo


abriéndolo por las páginas subrayadas y leyó: “el asco que nos inspira la sucie-
dad puede ser tan grande que nos impida limpiarnos, justificarnos”―Y el filóso-
fo sigue con una claridad de profeta ―: “Toda verdadera mujer siente su pudor
ofuscado por la ciencia. Le parece como si la mirasen por debajo de la piel;
peor aún por debajo de sus vestiduras.” ―Aunque sus escritos no eran mis
predilectos, le reconozco en esta parábola, así me siento.

Marcos González que no escucha se atreve a decir: “o lo tomas o lo dejas”.

―Vete de una puta vez de mi vida.

El abandono desgarra la existencia. Marga sufría este estado desde que Mar-
cos estaba con su licenciatura política, ya vivía sin vivir encerrada en la casa
aburrida de todo; se iba temprano a la cama hastiada de la televisión. Una de
estas noches se levantó de la cama sin aire, se asfixiaba, creía que se moría,
el corazón lo sentía en las sienes, se dejó caer en el suelo apoyando la espalda
en la pared, nunca había sufrido la sensación de muerte súbita; con fatiga lla-
mó por teléfono a su hermana: “Antonia me encuentro muy mal ven pronto”. La
hermana se la encontró en el suelo respirando con mucha agitación. Antonia,
muy asustada, le tomó las manos, le consoló con las palabras que creía nece-
sarias, le preparó una tila y Marga se fue tranquilizando. La madrugada se les
hizo muy larga, pero Marga habló de Marcos. Antonia no imaginaba el dolor
que esta criatura había soportado, sintió pena por la hermana y un odio incon-
testable hacia el miserable Marcos.

Las pastillas apenas paliaban el desamparo. El médico la derivó al siquiatra, la


medicación agravó su estado. Marga pensaba en un infarto, acudió al cardiólo-
go.

―Usted lo que tiene es una depresión.

―He ido al siquiatra, me recetó valium.

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Médico y enfermo hablaron. El cardiólogo estaba furioso con el compañero:
“¿pero cómo te manda valium? Es lo más desacertado en tu estado, no me lo
puedo creer, algunos les dan el título en una tómbola, no me querello por pru-
dencia.”

El experimentado doctor le recetó lantanon y un manual de buenos consejos.


“El corazón como un reloj, si es usted todavía una jovencita a mi lado.” Aque-
llas palabras de ánimo y la medicina paliaron los síntomas de angustia.

Una de las enfermedades más grave es la del alma, no da la cara parece asin-
tomática, nadie o casi nadie lo aprecia y las “ayudas” son el peor remedio. “Hay
que vivir,” “sal, que te dé el aire”, “olvida…” Todos los tópicos del mundo con la
buena voluntad de los consejeros. Marga estaba frente al muro, avergonzada;
se intoxicó de culpa, se sentía como una mierda, no tenía valor para salir, ni
para nada, le hastiaba todo, sólo la basura televisiva toleraba, incapaz de leer,
de dormir sin pesadillas, de comer con gusto, de, de…

Salió al mundo después de una larga travesía por el silencio. Se sentaba en la


terraza de Las Palmeras, un paquete de cigarrillos y cervezas acompañaban
las tardes solitarias, recostada en la silla de plástico, miraba hacia la lejanía,
cuando Pedro salía de la escuela salía corriendo hasta la terraza para estar
con su madre, Marga le dejaba, al pequeño Juan lo cuidaba su hermana Anto-
nia.

Lentamente Marga emergía del agujero. Su hijo Pedro comenzaba el curso es-
colar, pronto manifestó un rechazo escolar preocupante: su conducta distraía la
marcha normal de sus compañeros, en clase no paraba, se peleaba con todos,
era soez, provocaba jaleos, se negaba a trabajar, tamborileaba con el lápiz
hasta conseguir la atención del maestro. Los padres iniciaron una creciente
censura contra el niño quejándose al Director del chico y del maestro. Ángel
estaba un poco desbordado, pero reunió a los padres, pidió calma y les prome-
tió una rápida solución. El maestro Ángel acababa de llegar al centro escolar,
aunque tenía experiencia, era la primera vez que se enfrentaba a un alumno
hiperactivo, llamó a la madre.

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No fue la última visita, las entrevistas se sucedieron a lo largo del curso; el niño
mejoraba con cada encuentro de la madre con el tutor. A Marga le gustaba la
pedagogía del profesor y empezaba a pensar en él. Ángel era un joven sensi-
ble, educaba en valores y le gustaba dialogar con los alumnos. Pedro le cogió
cariño y el chico mejoraba de forma progresiva. Marga estaba agradecida,
además la depresión se desvanecía también, su talante se relajaba y sutilmen-
te comenzó a cuidarse. Cada visita era más larga, las conversaciones tomaron
el rumbo de la confidencia, en una de ellas se lo dijo:

―Me gustas, Ángel.

El maestro lo notaba, Marga estaba guapa, cada día más. Sentía por ella una
dulzura especial, le respaldaba en su extensa y penosa historia con Marcos, en
las desdichas de los padres fallecidos y le convencía su forma de pensar, ade-
más coincidían en los gustos literarios, para Ángel el poeta Miguel Hernández
era devoción, siempre le dedicaba tiempo a sus alumnos con los versos del
poeta hasta dedicarle un lámina con fotos de él y poemas sencillos para niños
que fijaba en la pared del aula.

Sus aficiones compartidas los arrimaban un poquito más en cada cita; llegó el
momento, se despedían y fue ese instante ciego en que los dos se besaron con
pasión, sin apuro. En un largo abrazo ungido de quietud, sentido en el calor de
sus cuerpos unidos estallaron las emociones retenidas de Marga que lloraba
mansamente, recuperando su alma de mujer, la dignidad vencida por el innom-
brable, la vuelta a la vida arrebatada. La felicidad corría por sus venas como
una adolescente enamorada cuando se desprendieron del abrazo rendido.

El profesor Luis Felipe Montero presentaba una nueva novela en Mérida, a ella
estaba invitado el Diputado Marcos González. Hacía años que no se veían, se
unieron en un fuerte abrazo. Luis se conservaba bien, todavía mantenía la bar-
ba negra, y el pelo, sin canas, apenas había retrocedido, le acompañaba una
mujer rubia de mediana edad. Después del acto literario tuvieron ocasión de
tomar unas copas, hablar de sus vidas, evocar los buenos tiempos. Marcos
invitó al profesor y a su pareja a dormir en su apartamento, Luis aceptó.

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Fue una velada agradable donde Marcos se mostraba seguro, su relevancia en
el partido le proporcionaban un aire de estrella, medía las palabras, se sujetaba
cuando le salía la vena extravagante, quería impresionar.

―Marcos, ¿qué ha sido de Marga? ―preguntó Luis con aparente curiosidad.

―Nos separamos, ella no se implicó en la política. Es un tema muy triste. No


quiero hablar de él, perdóname.

―Estás perdonado, era una simple inquietud ―después preguntó―: ¿tienes


hijos?

―Sí, dos: Pedrito y el pequeño Juan, los veo poco, Marga me lo impide, ¿me
comprendes? Sufro su ausencia.

―Permíteme otra pregunta personal ¿y tu padre, cómo está?

―Murió ―contestó con sequedad Marcos.

―No quiero ahondar pero tu padre siempre me inquietó, era un hombre amar-
gado que con el alcohol se le soltaba la lengua y me hacía confidencias insidio-
sas, tengo la sospecha que fue él el que dio el soplo a la guardia civil.

―Puede ser, mi padre era un cabrón.

Luis comprendió que por ese camino Marcos no transitaba entonces evocaron
aquel curso del 68, repasando las historias personales, recordando a cada
compañero, los siete de la rebelión, y cómo no, la trágica pérdida de Pedro.
Luego Luis hizo un repaso de su travesía por la política, su abandono de res-
ponsabilidades, todavía era militante, y su quehacer literario, novelas de com-
promiso social fundamentalmente. Le dijo a Marcos que el partido socialista le
ofreció la Consejería de Educación, Cultura y Deporte en el primer Gobierno de
la Junta que rechazó por coherencia, además había publicado un largo artículo
sobre la miseria de Extremadura que sentó muy mal al Ejecutivo Socialista,
desde ese momento fue silenciado. Por lo demás estaba tranquilo. Después
hablaron de la situación de España y de la reubicación del PCE, en crisis, en

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un país distinto al que ellos, los dirigentes, todavía no entendían. La larguísima
conversación se dilató hasta bien entrada la madrugada.

Marcos junto a la actual compañera Nuria transitaba por la política como un


emperador ajeno a la militancia de base, a éste le importa la necesidad neuróti-
ca de ser alguien, de brillar. Algunos hombres rellenan la vida de harapos, des-
pués estalla la basura. La sensación de existencia plana se siente, el vacío es
a veces tan insoportable que necesitemos un montón de asideros para tirar
como sea, agarramos una ilusión, una mariposa y seguimos.

Marcos le dice en secreto a Nuria: “no sabes el inmenso placer que experimen-
to cuando mis decisiones son acatadas sin rechistar, este poder me tonifica,
pienso que el fin justifica los medios, pero quiero más”

―No te entiendo ―le dice Nuria ―. Creía que estábamos en política para ayu-
dar a la gente o para servirla, no para lucrarnos.

―Eres una ingenua Nuria.

―Ya te voy entendiendo.

―¿Sabes? Estoy decidido a hacerme con la Secretaría General del Partido


como sea, el actual Secretario es un atolondrado.

―¿Has pulsado la opinión de los camaradas?

―Claro.

No era verdad, Marcos cosifica a quien le rodea, los camaradas para él tienen
el valor de uso. Sus ideas nieztchenianas siguen en su pensamiento, la simple
voluntad de vivir es absurda, la voluntad de poder, de dominio marcan sus ob-
jetivos. Convencido hasta el tuétano que la fe, la debilidad, el pesimismo, la
nostalgia, la compasión son formas alienadas de subsistencia, son morales de
esclavos; el triunfo, los triunfadores tienen moral de señores; para los pobres
de espíritu está el reino de los cielos pero en la tierra chapotean como los cer-
dos en el barro de la tristeza, se confunden con la ciénaga, son la carne bovina
de los depredadores. Los achicados se resbalan en una caída estrepitosa e

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inútil. Los nihilistas se intoxican con su pesimismo irracional. Los idealistas son
unos cretinos, iluminados utópicos que se creen que pueden cambiar el mundo
con sus epístolas.

Él no es del infinito grupo de los obedientes, Marcos pisotea cualquier situación


de dominio, su fragilidad es el coladero para las ambiciones ajenas, su silencio
afirma la voluntad del rival, entiende que si no participa decidirán por él, son
sus razones para ser más duro, más crítico, más activo. Vuela como un buitre
sobre los muertos políticos. Está por encima del bien y del mal. Tensar la cuer-
da contra el competidor, prueba la resistencia de éste hasta romperla, es como
un ciclón que arrasa lo que interrumpe su fuerza. Y conoce el arma: la informa-
ción, quien la tiene, logra el poder.

El Congreso regional estaba en movimiento, Marcos buscaba con avidez adep-


tos para su pretensión soñada: la Secretaría General del Partido. Presentó su
lista sin pactar con el otro, un opositor más joven que él, al que se le había uni-
do una mayoría holgada de delegados. No aceptó una lista de consenso, en la
votación final perdió.

Aquella derrota sin asimilar le impulsó hacia su desgaste definitivo, él no podía


ser cola de león y se marchó dando un sonoro portazo. Sin dar explicaciones a
nadie desapareció del mapa. Ni siquiera tuvo la decencia de hablar con su
compañera Nuria. Así se las gastaba el tipo, su monstruoso yo gobernaba su
vida, cualquier rastro de humanidad se diluyó en las piras de la vanidad.

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10

Todos habían cambiado. Sandra ganó peso, la pureza de su piel blanca se os-
curecía por los sombras de los lunares, pero estaba atractiva todavía. Fernan-
do mostraba unas profundas entradas, un rostro alargado, una mirada miope
detrás de gafas de cristales gruesos, pero unos modales afinados como ensa-
yados, su mujer, Teresa, mantenía la tipología de aquella adolescente seria,
delgada y alta; sus rasgos juveniles parecían a simple vista indemnes, quizás
progresaba su reserva. José estaba muy flaco, el rosto chupado se hundía en
las mejillas escurridas, mostraba un bigote grande teñido de nicotina, el pelo
limpio y abundante caía sobre los hombros en una melena larga que a veces
se recogía en coleta.

Se encontraban en la terraza de Las Palmeras después de unos cuantos años.


José se había instalado en el pueblo el pasado verano. Teresa conseguía la
plaza de Filosofía en el Instituto para el curso que entraba y Fernando planea-
ba hacerse con el cine “Juventud”, en manos de la iglesia y darle una o varias
vueltas de tuerca. Sandra obtuvo una beca para hacer un trabajo en su espe-
cialidad de endocrinología en las Hurdes sobre enfermedades del tiroides. Los
treintañeros por casualidades del destino se volvían a juntar.

La tarde en la terraza recogía un montón de experiencias de los reunidos hasta


que irrumpieron Marga, Ángel y sus niños. Saludos, besos y presentación.

―Volver a empezar como en la película de Jose Luis Garci ―dijo Fernando.

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―¿Vuestros hijos? ―preguntó Marga ―Por ahora no queremos, quizá más
adelante, ¿verdad, Fernando? ―contestó Teresa.

La pregunta que estaba en el aire salió de la boca de Sandra:

― ¿Marcos?

―No quiero hablar de él hoy, con el tiempo os contaré sus felonías conmigo.
Es un hijo de puta, una mala persona con eso lo digo todo. Gracias a Ángel la
vida vuelve a sonreírme, pero las he pasado canutas.

―Doy fe ―confirmó José ―. Yo quise ayudar, pero su situación personal esta-


ba tan deteriorada que me sentí incapaz.

―Dejemos las historias pasadas, pasemos página y volvamos a ser felices


como en los tiempos de la chopera ―dijo Marga.

−Tienes toda la razón, el azar nos da otra oportunidad maravillosa para vivir
tiempos nuevos, experiencias distintas, sentimientos diferentes, realidades li-
bres, ¿qué más queremos? Aprovechémoslas con alegría ―dijo Sandra con
emoción.

Fernando y Teresa le daban vueltas y más vueltas a la idea del cine, el alquiler
del local era asumible, pero el párroco del pueblo ponía condiciones. “Nada de
películas subidas de tono, ¿me entiendes, Fernando?” “Pero este cretino cuan-
do se va a enterar que vivimos en democracia” pensó. “Por supuesto”. La igle-
sia siempre con su discurso vertical y universal. En este país jamás dejaríamos
la tutela de la iglesia, la histórica monarquía católica era ese lastre que ni los
socialistas se atrevían a tocar.

Al párroco le interesaban más el dinero que la ética y puso pocas pegas con el
metálico por delante. Una parte conseguida, la otra se iba esbozando en su
cabeza aunque quería abrirla a los amigos, le preocupaba qué tipo de cine
echarían, cómo recibirían una población pequeña las innovaciones. Para Fer-
nando el cine era un arma cultural inexplorada en los pueblos por razones ob-
vias, había que desterrar el redundante cine del destape de los Estesos y Paja-
res, de los Ozores y Alfredos Landas, ya estaba bien de culos, pechos y pubis

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de una España paleta, reprimida y machista que no veía más allá. También
competir con la televisión del “un, dos, tres”.

El verano pasaba entre tertulias sobre cine, la ilusión de la aventura mantenía


al grupo vivo, se puso la fecha el 15 de septiembre, mientras, fue un sin vivir
adecentar el local, modernizar las cámaras de proyección, hacer la propagan-
da… ¿Qué películas estrenarían? Se hizo el recorrido, saltaban títulos, habla-
ban sin saber sólo Fernando tenía ideas los demás fantaseaban. Después de
muchas vueltas salió un título.

―Los santos inocentes−afirmó con cierta rotundidad Fernando ―. Es una pelí-


cula que viene al pelo; somos extremeños, es una historia dura que se vivió no
hace muchos años en nuestra tierra y todavía hay zonas rurales que siguen
fuera de la ley. Teresa y yo la vimos en Madrid y nos gustó, el guión es fiel a la
novela de Miguel Delibes.

―Yo he leído la novela ―dijo Ángel ―tú también la leíste, Marga.

―Claro Ángel además la comentamos. La elección creo que es un acierto ―


comentó Marga.

― Y a ti, José, ¿qué te parece? ―preguntó Teresa.

― Me parece bien, lo que vosotros digáis, yo de cine lo justo.

―Lee la novela, te va a gustar ―le recomendó Fernando.

―Lo haré ―contestó José.

José cada vez se alejaba más del grupo, su mundo no era ese, a él le importa-
ba muy poco la aventura personal de Fernando y su compañera, estaba dema-
siado marcado por otras historias que ellos desconocían y que jamás contaría a
nadie.

José se había hecho con la taberna de Las Cuevas del Calvo, ahora era un
pub. Le gustaba el ambiente de las noches, sobre todo en verano. José estaba
marcado ya desde pequeño. Era silencioso por carácter, un silencio endurecido
por una infancia y una adolescencia frustrada por la indiferencia de un padre

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deshecho, ahora, años después, le comprendía. Su padre Juan se borró de la
vida, vivía por inercia, jamás superó la muerte del hijo y la fortuna le volvió a
dar la espalda con el último hijo, un chico con problemas: distrofia muscular hoy
la nombran como enfermedad de Pompe, el pobre muchacho se desplazaba
sobre las puntas de los pies y costaba verle. Estos reveses superaron al padre
que tiró la toalla para siempre, no tenía valor para quitarse del medio y parasi-
taba solo por las calles. Susana la madre de José, una mujer esbelta y valiente
sí aceptó la tragedia, luchó por él como supo y pudo; con la cabeza alta traba-
jaba todos los días en la casa del cura. La puta masa del pueblo hablaba por
detrás, a ella le importaba muy poco y lo notaba en los gestos estúpidos. José
observador desde pequeño alcanzaba las intenciones. Se tragó tantos sapos
que sus silencios se alargaban contra este mundo sucio y absurdo.

Luis Felipe Montero habló mucho con José aquel curso del 68, éste agradecía
las muestras de interés, de afecto, de comprensión del profesor, por eso se
hizo incondicional de sus ideas. A José la poesía le atraía lo preciso, no era
como sus amigos paladines de los poetas de la República por mor de Luis Feli-
pe que los llevaba por donde quería, a él le atraían sus ideas revolucionarias y
su compromiso con los desposeídos de todo; este profesor le caló quitándole
capas de resentimiento, de ira, de veneno y fue sobre todo su amistad, su
compasión, su afecto los que agradecería eternamente. Siempre queda gente
maravillosa para dar cierto sentido a esta existencia inexplicable.

Cuando Pedro, su mejor amigo murió, el universo que habitaba se talaba para
siempre, se marchó sin advertencias, sin hacer ruido. Una mañana de septiem-
bre tomó un tren con destino a Madrid. Necesitaba dinero pronto. La juventud,
la buena presencia, sus modales educados convencieron al propietario de un
restaurante que solicitaba camarero para la barra. Al cabo de un año, le asfi-
xiaba el entorno, el Madrid urbano, las prisas, el ruido, las luces, los coches, lo
único que le agradaba de Madrid era la sensación de libertad, el pasar desa-
percibido, era invisible para ese espacio, algo que compensaba la necesidad
de sentir la soledad, tan ansiada, después de los apurados años en el pueblo al
que amaba y odiaba.

94
José tomaba decisiones con rapidez, aunque antes había reflexionado en la
soledad de su habitación el camino a seguir. Cuando al final del verano del 68
se marchó, nadie supo que estuvo en Tánger. Un amigo de la época todavía
estaba en la ciudad africana. Tenía contacto con él desde entonces. Belabada
le recibió con ganas, los momentos con el español fueron especiales. Abde-
rrahin Belabada era un marroquí listo como el hambre, de la misma edad que
José, quería comerse el mundo, prosperar como fuera, salir de la pobreza his-
tórica de su familia, gente precaria que vivía de unos pocos corderos en un
pueblo de barro cerca de Ketama.

Belabada y José se complementan, tienen experiencias equiparables, el des-


graciado muchacho huyó de la casa por un padre violento que abusaba de él
cuando quería. Tánger esa ciudad prohibida es su destino. Es la ciudad de mo-
da para gente de todo pelaje: cosmopolita, multicultural, refugio de excéntricos
millonarios, de escritores malditos alcohólicos, de bohemios, de pedófilos, ho-
mosexuales; una meca para estafadores, pillos y oportunistas.

Belabada sobrevive después de vivir por las calles de Tánger, en un ambiente


dominado por la miseria, la violencia, la prostitución y las drogas, estuvo un año
arrestado en una cárcel podrida, cuando salió del infierno supo apreciar la vida
y también aprovecharse de esos pájaros cerrados por nubes de mierda de dro-
gas y alcohol. Limpia su imagen haciendo de guía de turistas europeos y ame-
ricanos con un inglés deficiente, el trabajo lo abandona pronto; Belabada es un
joven fibroso, guapo y sobre todo tiene labia y gracia que trastorna a tanto rela-
jado. Sale a la noche, le transitan las mujeres y también muchos hombres ex-
tranjeros ansiosos de sexo rápido. Abderrahim hace a todo y llega el dinero,
pero ese mundo depravado le hastía.

José va a ser un buen aliado, le gusta el español por lo prudente sobre todo y
por su carácter afable, valores apreciables en una sociedad chismosa, corrup-
ta, olfateada por mil narices, observada por mil ojos, peligrosa por todos los
ángulos, vericuetos y nichos. Van a correr riesgos, pero están preparados. Los
contactos de Belabada esperan en Ketama, el joven conoce al dedillo la zona,
le dice al amigo:

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―José te vas a marear ―y se ríe a carcajadas de la cara del español.

La ruta del Rif es peligrosa por la carretera infernal, casi un camino de cabras
en un zigzags de vértigo por las montañas. José contempla por el cristal sucio
del autobús los profundos valles verdes, evita la mirada asustado por lo cerca
que está del abismo, parece imposible que el autobús quepa en esa senda
serpenteante como una bicha. Al bajar José está blanco como el mármol, Ab-
derrahim se guasea un rato del amigo.

―Eres un hijoputa ―dice José.

―No entender, no entender ―parlotea entre risas.

―Menudo pillo estás hecho Belabada.

Después de las bromas viene el temor a una realidad desconocida. El hachís.


Belabada ha visto como se elabora, como sacan el polvillo de las plantas, como
la doble moral permite que en las quebradas del Rif crezca le planta sin medi-
da; los agentes miran para otro lado, las mafias hacen lo que quieren, los in-
termediarios se multiplican, los camellos de distribución están por todos los si-
tios, los peligros aumentan con las lanchas rápidas en las aguas bravas del
estrecho de Gibraltar, es una pelea frenética entre guardias y correos por ha-
cerse con los fardos de hachís. Pero es el oro en paño de tantos campesinos
bereberes, de policías, militares, gendarmes, mafias…es un mundo de subsis-
tencia que mueve millones de dólares.

José y Belabada se convierten en pequeños traficantes, acechan a los extran-


jeros que vienen ansiosos, son los más fáciles, los que se hacen los despista-
dos, los snob, los inexpertos, los novatos que quieren experimentar, para eso
han venido; también suministran hachís a los conocidos de Tánger, a los que
vienen en coche y se llevan algún paquetito camuflado. Los dos jóvenes
aprenden el oficio sin poner en riesgo su seguridad, son listos, son prudentes,
procuran con todas sus estrategias el anonimato. Han tenido varios sustos, so-
bornar es fácil, unas horas en dependencias policiales y vuelta a empezar. Y
así durante unos pocos años.

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Pero Jose necesita volver, tiene nostalgia de la tierra, del pueblo, de sus mon-
tañas, de sus cerezos, quiere descansar, dejar esta vida extremada casi en el
filo de la navaja y buscar la paz. No hay problemas con el amigo cuando se lo
comenta serán colegas hasta el final. Es una despedida rápida sin demasiados
aspavientos, los dos son almas gemelas en la desgracia y en la fortuna. Han
convivido sin apenas roces, se han hecho adultos en un ambiente despiadado,
han compartido cama y mantel, se han divertido juntos.

―Belabada, amigo del alma, hasta siempre.

―Nunca te olvidaré, José, que seas feliz.

El último abrazo ponía fin a la ceremonia de un adiós doloroso. Abderrahim no


dejó de mover la mano entre lágrimas hasta desaparecer su amigo español en
la mar agitada del estrecho.

El quebranto de José es visible, éste lo nota al llegar al pueblo, hay miradas


que lo dicen todo. No puede claudicar ahora, sosiega el ánimo herido en la ca-
sa de sus padres, “donde habite el olvido”, verso de Cernuda que José rescata
también, es su poeta. En la casa vive su hermano Domingo, al que apenas co-
noce.

― ¿Te importa que me quede unos meses? Espero buscar pronto un lugar y
dejarte tranquilo con tu vida.

―Qué me va a importar, también es tu casa, además tendrás que contarme,


¿no te parece? Son tantos años sin saber de ti, eres mi único hermano y te
quiero ―dijo Domingo con tristeza en la mirada.

―Gracias, hermano, te compensaré, te lo mereces―. En un acto de compren-


sión y de lástima, se acercó a él; los hermanos se fundieron en un largo abra-
zo―. Gracias una vez más.

José es parco en palabras, retiene las emociones con sequedad, le repelen las
confidencias, el pasado es pasado convencido que remover historias es alentar
los fantasmas vergonzosos. Ahora quiere centrarse en el futuro pub. Las cue-

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vas del Calvo irradian la magia de la tierra, la profundidad del silencio, la fasci-
nación de la perenne noche.

Ha pasado la estación invernal, vuelven las golondrinas, es el tiempo de hacer.


Al principio de la primavera el pub es la realidad de José. En su horizonte apa-
rece una luz femenina que le transportan a un mundo desconocido: el amor, la
pasión, la sensualidad única que la mujer sólo posee que sabe dar con la di-
mensión profunda, desconocida en el hombre. José ignoraba la ternura feme-
nina, su virilidad estaba aliviada en los sótanos del sexo. Esa antorcha es He-
lena que un día apareció en el pub, discreta y hermosa como una invención, el
encuentro fue como una balada.

―Por favor un cubalibre ―pidió la chica.

― ¿Mucha o poca ginebra? ―preguntó José.

―Poca.

Helena se tomó varias copas sentada en una mesa apartada, fumando y escu-
chando música. José desde la barra observaba embelesado los movimientos
naturales, pero sugerentes de la joven. Con un gesto de la mano pedía el tubo
de ginebra con coca cola que José atendía con solicitud de arrobado. Se hacía
tarde, la clientela desaparecía lentamente hasta que ella y él se quedaron so-
los.

―Ni siquiera sé cómo te llamas ―antes que contestara ― ¿Me puedo sentar
contigo?

―Sí, me llamo Helena, ¿y tú?

―José, ¿y cómo has caído por aquí?

―Fue sencillo, un amigo me habló de este rincón y me convenció, es verdad lo


poco que he visto me ha gustado, sobre todo los cerezos en flor, estoy fascina-
da. Pienso quedarme unos días.

98
Pocas veces José habló tanto. La bella joven era parca en palabras y le agra-
daba la conversación casi un monólogo de José. Las copas desinhiben, las
frases se apagan para dar entrada al flirteo consentido por los dos.

―Te invito a mi casa, ¿vienes?

―Bueno.

Fue el principio de una historia de pasión. José se enamoró hasta la locura de


esta chica especial, era tan bella que los hombres se volvían para mirarla con
descaro, aunque ella lucía sus atributos con naturalidad. Helena con su saber
estar iluminaba las sonrisas de los hombres, Las Cuevas se llenaban todas las
noches al reclamo de la hermosa joven. Vivieron la primavera y el verano en
una nube de fervor íntimo, sólo existían el uno para el otro, cada jornada era un
nuevo nacimiento.

Ketama y Tánger se quedaron atrás, los contactos de Belabada y de José se


deshacían de forma inevitable, los recuerdos envejecían, la distancia una ex-
tensión para el olvido. Pero en José anidaba la semilla de la destrucción, tam-
poco Helena llenaba el hueco de su infelicidad crónica forjada en la infancia
huera de afecto. Si era buena persona se lo debía al carácter flemático de su
naturaleza. Las circunstancias adversas formaron una personalidad debilitada,
poco resistente a la frustración. Se pasaba muchas horas fuera de Las Cuevas
en la soledad de su habitación, tirado en la cama consumido de todo.

Helena estaba bastante preocupada, si estaba en el pub era por él, le amaba
como nunca había amado.

―Cariño, no puedes seguir así ―. En ese momento Helena intentó tirarle el


polvo blanco que pretendía esnifar, fue la peor decisión; José le pegó un mano-
tazo, la chica se estampó contra la pared. Se hizo daño, pero se mantuvo ente-
ra ―. Eres un estúpido ―dijo la joven.

José con rapidez la levantó del suelo.

99
―Perdóname, por favor, te lo ruego ―dijo muy arrepentido ―. No querría ha-
certe daño por nada del mundo, antes de hacerlo me arranco la vida, lo digo
muy en serio, perdóname.

José abrazó a Helena con fuerza al tiempo que le dedicaba las palabras más
dulces, confundido de su brutalidad: “no volverá a pasar te lo juro, tú y sólo tú
has sido lo mejor de mi vida, te quiero con toda mi alma, por favor te necesito,
no me abandones, por favor no me abandones.”

―Prométeme que esta mierda no se interpondrá en nuestro camino, promé-


temelo José.

―Lo haré por ti te lo juro Helena, tienes que ayudarme, solo no puedo.

Los dos se compensaron amándose con delicadeza. José le musitaba pala-


bras, compromisos de amor perpetuo que correspondía Helena con su hermo-
so cuerpo. La unión se alargó toda la tarde entre mimos, caricias, pasiones
consumadas, acuerdos finales, juramentos de adoración indisolubles, palabras
y palabras de adulación, de coba, de agasajo se dedicaron como dos amantes
inocentes. Después José le dijo:

―Mañana quiero que te pongas muy guapa, me apetece dar una fiesta a mis
amigos. Llevo tiempo dándole vueltas.

―Lo que tú digas, ¿el motivo?

―Recuperar su amistad. Tengo que reparar mi actitud con ellos, me fui del
grupo sin ruidos, como un ladrón. La noche será para ellos; he contratado un
conjunto que toca blues y jazz con clase, me voy a gastar una pasta pero es lo
de menos, mi exquisito amigo Fernando Galán lo disfrutará.

―Siempre Fernando, este nombre se ha colado un montón de veces en nues-


tras conversaciones, ¿por qué le tienes tanta manía?

―Pues sí, siempre él ¡Somos tan distintos! ―dijo con ironía ―. Fernando es
refinado, intelectual y por supuesto un grandísimo pedante.

―Y no lo soportas, claro, sois polos opuestos, ¿no es cierto?

100
―Es más complejo que las diferencias de carácter. Él pudo estudiar, Fernandi-
to Galán son sus libros, se expresa por ellos, la naturalidad se le fue hace
años. Mi amigo ha sufrido poco y ha vivido menos, aunque se crea el padre de
todas las experiencias. Reconozco, no soy envidioso, que tiene una buena for-
mación pero el cabrón abusa de ella, las palabras son sus armas ―puta tiranía
de las palabras ―dijo José entre dientes ―. Fernando es muy profundo, a pe-
sar de todo, se delata con su elocuencia, ¿me entiendes Helena? Yo soy de-
masiado orgulloso, demasiado ácrata para dejarme envolver por sus argucias.

―Joder, me has dejado sorprendida, no te suponía tal fondo.

―Todavía no me conoces bien, sé más de lo que aparento pero no es mi estilo


presumir ni discutir, me gusta escuchar y hablar lo justo, hoy es la excepción a
la regla. Te quiero.

―Yo también te quiero.

La noche en Las Cuevas fue especial. Casi todos estaban: Teresa, Fernando,
Sandra, Margary y el nuevo, Ángel. Bebieron y escucharon música hasta la
madrugada. Hablaron del tiempo pasado. Rieron, lloraron, se abrazaron. Re-
cordaron a Pedro, la enfermedad, el tiempo en el hospital, el entierro, la despe-
dida en la chopera, las cartas, la tremenda tristeza después, el vacío. Recorda-
ron a su mejor profesor, Luis Montero, el maestro comunista que les abrió otro
mundo, que les hizo personas, que los educó, que les conectó a la poesía. Ha-
blaron, cómo no, de Marcos y su deriva, también de su ocaso, nadie conocía su
destino. La nostalgia se adentra en los corazones de los amigos, pérfido senti-
miento que nos equivoca; el tiempo, cualquier tiempo pasado fue mejor, nociva
memoria que nos la juega errando la perspectiva de la realidad, siempre en la
boca, ¿te acuerdas de…? Y el abandono en las grietas del olvido de lo ingrato,
de lo incómodo, de lo fenecido, avatares de la vida, ¿no?

Cuando se quedaron solos José se abrazó con Helena.

―¡Cómo te miraba Fernando! Te devoraba con los ojos. ¿Charlaste con él?

―Sí, un poco.

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―¿De qué?

―No lo recuerdo bien, sí, me aduló con algún piropo, no sé, me lo quité de en-
cima, me agobiaba.

―Es un salido.

―Olvidemos, José.

―Tienes razón, Helena.

― ¿Te apetece un paseo?

―Sí, hace una noche maravillosa, vamos.

Enlazados por la cintura pasearon por la orilla del río. La Luna grande y redon-
da iluminaba los pasos de los amantes hasta la fuente Chiquita. El tiempo se
paró, ya no se escuchaba el torrente del río de aguas veloces, ni vieron la cara
de la Luna, ni sintieron la frescura de la madrugada. Del manantial exiguo de
palabras de amor de José salieron como un suceso mágico estos versos de un
poeta anónimo: “que no los seque el Sol, tus labios húmedos de caña, déjame
sorberlos con ansia, antes de que salga el alba”. Al alba era cuando regresaron
a casa atiborrados de amor.

La encrucijada de José se divide en dos caminos: el sendero liso y llano donde


espera la hermosa Helena o el camino escarpado donde le aguarda la agonía.
Las razones del hombre son impenetrables. José tiene en sus manos la paz
esperada, pero es un condenado sin remedio, así lo cree y se ha hecho carne
en su mente perturbada. Su pauta es la pérdida obtusa de la sinrazón, el odio a
la vida, es un absurdo suicida. Ahora vive unas semanas acodado en Helena,
la joven enamorada compite por hacerle feliz.

―José, ¿nos perdemos en París una semana? ¿Qué me dices?

―Buena idea, sólo que no tengo esmoquin ―dijo muy serio José.

Los dos se echaron a reír, Helena se meaba de la risa. Cuando quería, José
tenía unos golpes muy graciosos, conocida su reserva habitual.

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París hipnotizaba a cualquiera con ganas de perderse. Los dos se empaparon
de lluvia, de copas, de sexo y de arte. Días acelerados de vida por los rincones,
plazas y avenidas sugerentes. En Montmartre, la plazuela de los artistas calle-
jeros, uno le hizo a Helena un romántico retrato con carboncillo, salió preciosa
con una boina negra ladeada hacia la izquierda. Pasearon por las callejuelas
empinadas del barrio empedrado, compraron carteles de Henri de Toulouse-
Lautrec, a la joven le gustaban sobre todos los carteles del Moulin Rouge; des-
pués José le explicó a Helena la revuelta estudiantil en el Barrio Latino, en la
Sorbona, un lejano mayo del 68, evocando a Luis Montero. Caminaron cogidos
de la mano por Los Campos Elíseos, parándose cada poco para besarse. Fue-
ron “Días de vino y rosas” para siempre.

Pero José entraba en estados depresivos peligrosos. Se aislaba del mundo. La


realidad le resultaba insultante, se deformaba en una mente trastornada que
alcanzaba alivio en el consumo. No podía a pesar de prometerle a Helena que
lo dejaría.

Es la media noche, Helena está nerviosa, José no baja al local, espera hasta la
una de la madrugada, todavía hay gente pero sus nervios saltan, alguna copa
se vierte encima de varios clientes que se enfadan con ella, no puede más. Sa-
le del bar con el corazón alocado, le cuesta abrir la puerta. Un grito, una carre-
ra, una llamada:

―José, Jose por favor, contéstame.

Jose está tirado en el suelo del cuarto de baño encogido como un feto. La jo-
ven se precipita sobre el cuerpo rendido de él. Helena le estimula, le llama con
insistencia, le acaricia el pelo; al fin un gemido registra la vida exánime del
hombre que se queja en un ay muy débil, que tirita sin control. En un hilo de
voz: “Helena échame una manta, por favor no me muevas”. La chica está muy
asustada, va hacia el teléfono.

―¡No! ―un grito doloroso sale agónico de su garganta que paraliza a Helena.

La joven no sabe qué hacer abrumada por el estado sin control de su compa-
ñero, el tiempo pasa con lentitud. “¿Cómo te encuentras? ¿Estás mejor?

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¿Quieres que te lleve a la cama?” Tantea varias veces la muchacha, desorien-
tada. Un intento para levantarle del suelo le ocasiona un vómito.

―No me muevas ―dice José.

Helena espera sentada en el váter, contempla el rostro apagado del compañe-


ro, llora de impotencia ante el enojoso momento; contiene los nervios con respi-
raciones profundas, aguarda.

―Llévame a la cama. Con cuidado Helena, estoy bastante mareado.

Con decisión la chica toma por las axilas el cuerpo, lo alza y lentamente lo lleva
a la cama. El esfuerzo tiene recompensa, José se duerme, el sueño agitado lo
vela con atención la joven. Unas horas después despierta afligido, quejoso,
quebrantado; mira a su amada con ojos de lamento, mirada de súplica.

―Lo siento, lo siento por ti, no te lo mereces, soy un perfecto cabrón, un imbé-
cil, un…

―Calla y descansa es lo mejor.

Le hace caso y vuelve al sueño. El descanso restablece un poco las fuerzas


físicas del abatido José.

―¿Por qué?

―Me tienes que ayudar Helena porque estoy jodido. Me conoces poco, hoy te
contaré los secretos de una personalidad desquiciada. Soy una mierda, un día
creí en los mitos y ellos me destruyeron, sí, los seductores o conductores de
mundos maravillosos, un día creí en la libertad completa, en la redención de las
ataduras viciadas de una sociedad asquerosa, me llené de ideales, de utopías
inalcanzables sin conocerme, ¿cómo voy a cambiar el mundo si no sé ni quién
soy? Sin saber mis limitaciones, que son tantas. Me creí un intelectual, un po-
bre pedante que con cuatro ideas pretendía cambiar las cosas, éstas seguían
poco más o menos. Me defraudó el mayo del 68, el fracaso de la revolución, el
socialismo real y tantos hechos tramposos que liquidaron mi delirio agitador.
Sin ellos, sin ti soy el ser más vulnerable de la tierra. No me justifico pero la

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soberbia es lo peor, la mía es de libro y me pasó lo que me pasó. Pensé que
era Dios, que era irreductible, que era inmune, que era fuerte, que era, que era,
¡qué error! La realidad tiene otro color, un color mucho más oscuro que no nos
enseñan. Y aquí me tienes un despreciable ser humano frágil, tonto y vacío.

―Ya, José, yo te quiero, no me cuentes.

―Es cierto, me hago daño.

―Tenemos que conseguirlo. Saldrás con mi ayuda.

―Lo intentaré, pero va a ser muy difícil.

Los días que siguieron fueron tan cenagosos que Helena pensó que era el fin
de José. Nunca pudo imaginar la bestialidad del hombre que conocía hasta
ahora, un hombre sereno y educado que se contenía siempre ante cualquier
provocación. Los vómitos, temblores, gritos y aullidos socavaban la resistencia
de la horrorizada muchacha. Pero todavía vendría lo peor: una furia inconteni-
ble, desproporcionada le atrapó como si estuviese hechizado por algún ente
maligno, tirando lo que tenía delante.

―Átame, Helena por lo que más quieras ―le decía a la joven en las pausas de
sus delirios.

Así lo hizo. La joven tuvo que soportar insultos, ruegos abyectos, súplicas la-
crimosas pidiendo una mísera dosis.

―Quiero morir, Helena déjame morir por favor, no puedo más, no puedo.

Al fin el cuerpo vencido de José cedió, el caballo despavorido aceptó las bridas.

―Gracias, un millón de gracias Helena.

―Lo conseguimos José.

¿Quién era este ser sublime? ¿De dónde vino? ¿Por qué arriesgaba su es-
plendida vida por él? Se preguntaba conmovido una y otra vez.

―¿Quién eres?, Helena.

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Helena sonreía, bajaba sus bellos ojos llenos de luz, bromeaba con él y se di-
luía la respuesta entre zigzagueantes secretos.

―Te quiero, José, esa es la respuesta, lo demás es insignificante. Te conté


que el pueblo me gustó, que vine a ver los cerezos en flor de este valle único y
que me enamoré de ti. También sabes que soy de Madrid, que vivo con mis
padres, que estudié Historia y que hago lo que me da la gana, vamos, que soy
una chica normal.

―Me engañas, bribona, ¿verdad que sí? Te lo noto, pero me importa muy po-
co.

―Seamos felices, ahora que pasamos lo peor. Olvida.

―Tienes toda mi adoración, mi hermosa Helena. Eres lo mejor del universo


―un poco de silencio, después un ruego ―: Helena no me abandones.

―Jamás.

José era un niño grande asustado, aterrado de su extravío en el bosque tene-


broso de la existencia.

Con la apurada alegría, con las limitadas ganas de vivir José sólo mimaba las
relaciones con ella: las palabras más delicadas para ella, los encuentros más
apasionados para ella, los besos más efusivos para ella, su mito, ella. El todo,
ella. Helena vivía en una nube de azúcar, servida y admirada como a una diosa
por el hombre más torturado por el mejor de los hombres.

Algo no iba en la mente de José. Tenía un tesoro que su intelecto delirante


rehusaba, necesitaba un tratamiento urgente, pero era refractario a cualquier
recomendación.

―Debemos ir a un especialista ―le aconsejaba Helena con mucho tacto.

― ¿Me estás llamando loco?

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―No, ni mucho menos aunque es mejor descartar otras cosas. José te com-
portas de forma extraña, hay días que te levantas eufórico y otros pareces un
espantajo: deprimido, ausente, mudo y yo no sé qué hacer.

―Estoy bien, son mis historias, no te preocupes.

Pero Helena acertó, su compañero empeoraba, cada vez se mostraba menos,


el pub lo llevaba ella, eludía la realidad: “déjame de problemas” decía. Helena
no contestaba, le presagiaba un final atormentado y en la intimidad digería su
impotencia.

Así fue, un mal viaje se lo llevó para siempre.

Helena había puesto todo y él sin voluntad repitió la historia de su padre. Hele-
na estaba en paz aunque una intensa sensación de vacío permanecería hasta
olvidarle.

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11

Una palabra dura la ausencia de lo cercano. La gente necesita saber, curiosear


para llenar sus vidas intranscendentes. Frases sólo frases:

―Murió ese chico.

―Sí, creo que de una cosa rara.

―Claro se metía de todo.

―Ya lo decía yo, ese va a terminar mal.

― ¿Cuántos años tenía?

―Treinta y cinco o treinta y seis.

―Pero era un muchacho muy bueno, muy callado y educado.

― ¡Pobre!

― Él se lo buscó.

― ¿A qué hora es el entierro?

―A la una.

Las conversaciones se perdían en los trajines de las comadres, de los ociosos


de los bancos y los asiduos de los bares. Después se echaba el silencio, que

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hablar de los muertos trae mal sino en la educación puritana. “Que descanse
en paz” expresión socorrida en tales momentos.

Los amigos fueron a darle el pésame a su hermano Domingo, el familiar más


cercano de José, los otros no aparecieron en el sepelio. Marga tuvo unas pala-
bras de consuelo para el hermano recordando los malos momentos que pasó
con los engaños de Marcos y cómo José le dio apoyo. Domingo también rete-
nía las veleidades del “gurú” Marcos con sus experiencias ácratas y sus disla-
tes nietzscheanos y sus matracas con la función del orgasmo de Wilhelm Reich
en el antiguo cuartel donde fueron sorprendidos por la guardia civil. Claro que
se acordaba, y muy bien, de aquellos meses increíbles que vivieron extasiados
entre marihuana, borracheras y sexo.

―Todavía me sueño con el sargento Durán, la de hostias que nos metió el hi-
joputa y las barbaridades que nos dijo, ¿te acuerdas Domingo?

― ¡Cómo se me va a olvidar Marga!, menudo miedo pasamos. Además estuvo


particularmente sádico con mi discapacidad, le tengo siempre en mis recuerdos
―dijo Domingo con amarga ironía.

Pero la muerte atrae y más si es anómala. La masa se agolpa a husmear cual-


quier incidente, necesitan carnaza, necesitan entretener sus vidas anodinas;
muchos esperaban ver a la bella Helena, se chismorreaba en las conversacio-
nes de taberna sobre su cuerpo del modo soez con que se hace entre eunucos
intelectuales. Todos frustrados por su ausencia, Helena guardaba su recuerdo
en otro lugar. Salvado el caso, los enredadores retomaban sus vidas tristes,
pero al acecho siempre.

La maldición perseguía a aquel grupo hecho en 1967, jovencitos apasionados


cruzando la adolescencia juntos en un país de rencores con la fortuna de tener
un profesor que les cepilló la caspa nacional católica. Siempre estaba la lealtad
de todos por Luis Felipe. Sandra retenía sus enseñanzas apenas había virado
sus ideales. Marga le llevaba en el corazón, agradecida por el respeto y devo-
ción que les donó a sus padres. Su padre Aurelio cuántas veces se emocionó
con la mirada atenta del profesor oyendo las sabias palabras que pronunciaba
con un vaso de vino a la parva luz de una bombilla en la mesa camilla junto al

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brasero de picón, cogido a la mano de su madre Dolores que sólo asentía con
la cabeza a la charla de ellos. Fernando parecía estar por encima de sentimen-
talismos y rara vez pronunciaba su nombre, no así Teresa que archivó aquel
momento especial cuando, solícito, le facilitó el libro de Las nubes de Luis Cer-
nuda.

Era inevitable apelar al pasado, remover la memoria para no olvidar. Ángel se


conocía la leyenda del mítico profesor por boca de su compañera Marga y sen-
tía gran curiosidad por conocerle en persona. Luis Felipe hacía tiempo que no
pisaba el pueblo, le conocían por su obra literaria.

―Tenemos que invitarle, me gustaría conversar con él después de oíros hablar


con tanta admiración de sus virtudes ―dijo Ángel.

―Yo también.

Quien lo dijo era Octavio Acosta; este Acosta se descolgó por el pueblo un mes
de abril, también en busca de un rincón perdido, según él se paró en esta esta-
ción hipnotizado por la belleza del paisaje. El personaje estrafalario paseaba
por los soportales en pantalón corto, en soledad, un día tras otro. Llamaba la
atención por su flacura, por su andar pausado, por la talla de sus piernas largui-
ruchas y escuálidas, por su porte desmadejado y su sonrisa festiva. No fingía,
la serenidad de sus modales al fin atrajeron a los curiosos.

― ¿Qué se te ha perdido por aquí? ―le preguntó intrigado, un vecino particu-


lar, mitad poeta mitad pintor, que a veces se juntaba con el grupo del cine.

―Nada, vivir, ¿te parece poco? ―contestó el hombre sin acritud.

―Mi casa está por el camino que sube hasta el puente blanco por donde pasa
el tren, ¿lo conoces?

―Sí, me gusta ese paseo que lleva a la ermita, lo hago desde que vivo aquí. Mi
casa está cerca de la fuente de Pedregoso, en una pequeña huerta al lado del
río. ¿Sabes dónde te digo?

―Sí, sí, ya sé dónde.

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El pequeño poeta- pintor con sus gruesos cristales de miope inició un largo
monologo sobre todas las cosas. Octavio Acosta escuchaba y escuchaba con
la paciencia de un monje. Cuando al poeta se le acabaron las palabras le pre-
guntó:

― ¿Y tú qué piensas?

― ¿Yo? Nada, ahora estoy de oyente. No me entiendes, ¿verdad?

―No ―dijo con total franqueza el aturdido poeta.

―Ya lo comprenderás, es una larga historia. Nos veremos.

−Claro, hombre.

Fue el primero en caer en sus redes, después vinieron más. El personaje se las
traía, descolocaba al mejor hombre, como un pésimo sofista pretendía eliminar
de su vida el lastre cultural, familiar e ideológico. Nunca hacía mención de su
familia, no era anarquista, ni marxista, ni cristiano, ni de derechas, ni de iz-
quierda, ni intelectual; era un regalo para el osado que monologaba con él. Án-
gel tuvo el honor de sufrir su reserva.

―Marga, he estado con ese, el larguirucho.

― ¿Y?

―Que estoy cabreado; me he pasado más de una hora charlando con él en los
soportales y el tío sólo me decía: “por qué”. He terminado agotado con mis me-
jores razonamientos, y chica, nada. Me siento como un gilipollas.

―Ese Octavio es un raro, no te comas el coco.

El tal Octavio había dejado el trabajo de controlador aéreo en el aeropuerto de


Barajas, había vendido todo y se afincó aquí por azar. Tendría unos cuarenta y
cuatro años y no quería volver a la realidad, con sus ahorros pensaba vivir has-
ta el final, de hecho se dejaba invitar, fumaba si le ofrecían un cigarrillo, tomaba
chupitos de whisky o cualquier bebida de la misma forma. Se hacía el pobretón,
siempre con la misma vestimenta, los mismos zapatos; con esas artes la gente

111
se ablandaba y se dejaba agasajar. “Parece un buen hombre” comentaban las
buenas vecinas. Octavio Acosta agradecía las atenciones con exquisitos moda-
les, algo que conmovía a las señoras.

Para el personaje se paró el tiempo y el iluso que se adentraba en las turbulen-


tas aguas de las ideas, de la cultura o de la vida se encontraba con un probado
pero oblicuo oyente que se limitaba a preguntar un lacónico por qué. La espi-
nosa labor de explicar, de justificar pensamientos, de superar contradicciones,
de edificar un discurso coherente ante la pasividad y su eterna pregunta, ago-
taban al más pintado. Muchos fueron los que se liaron en la tela de araña del
mesurado personaje que desde la atalaya de su libertad contemplaba con arro-
gancia las existencias trajinadas de los otros. El pequeño y miope poeta-pintor
contaba cierto día, muerto de risa, que estaban en la terraza de Las Flores bajo
los soportales Octavio, Ángel el maestro, su compañera Marga y Bellido un
poeta de Salamanca que leía unos poemas de su obra Forma de ser; de pronto
se oyeron los ladridos de un perro y a Octavio se le llenaron los ojos de lágri-
mas, con tal profusión, que éstas resbalaban por sus consumidas mejillas sin el
menor recato. El poeta miope y Ángel se partían de risa cada vez que evoca-
ban aquella tarde. Lo cierto es que Octavio se daba a conocer, sabía mucho
más de lo que transmitía y poco a poco se hacía hueco en el grupo.

Estaban en la terraza de Las Palmeras hablando de cine. Fernando y Teresa


se multiplicaban en busca de contactos con directores de cine, con actores y
actrices, con productores, con ese mundo. La asistencia aumentaba y la gente,
sobre todo joven, disfrutaba de un cine de calidad. Además de los fines de se-
mana que se proyectaban películas comerciales, lo miércoles había cinefórum,
la experiencia calaba y los debates recogían las impresiones abiertas de los
tertulianos que formulaban ideas interesantes y arriesgadas sin morderse la
lengua, lo que avivaba los encuentros.

―El próximo miércoles ponemos Siete días de enero de Juan Antonio Bardem,
pero estamos Teresa y yo haciendo gestiones para traer al sindicalista Joaquín
Navarro, quiero que sea un bombazo. ¿Conocéis la historia? La película es un
documento histórico de aquellos terribles días de enero de 1977 que llevó al
país a una situación límite. La lucha de los fascistas por mantener sus privile-

112
gios puso a España al borde del fracaso democrático. De aquellos polvos vinie-
ron los lodos: el intento de golpe de Estado del 23 de febrero de1981. Yo ya la
he visto y la verdad que es impactante.

Aquel miércoles el foro se llenó, el interés del grupo, todos contribuyeron con
entusiasmo para divulgar el evento, fue total.

El dirigente comunista de Comisiones Obreras Joaquín Navarro no puso pegas


y allí estaba debatiendo con los presentes la luctuosa memoria del brutal aten-
tado. En la eterna y fría noche del 24 de enero un comando de fanáticos de
extrema derecha fueron a por él; la suerte o el destino: esa noche salió antes
del despacho de los abogados; los ultras preguntaban por Navarro, las res-
puestas nerviosas por la actitud agresiva de los fascistas y de pronto los tiros
contra los abogados; los asesinos no tuvieron piedad y se llevaron por delante
cinco vidas y dejaron gravemente heridos a otros cuatro en el despacho labora-
lista, situado en el número 55 de la calle de Atocha.

El odio sectario plantado por la dictadura franquista daba los frutos monstruo-
sos de una calaña de gentes que mataba rojos como ellos decían de manera
grosera y de forma indiscriminada. La noticia era que uno de sus protagonistas,
Joaquín Navarro, explicaba e instruía a unos ciudadanos sobre verdades como
puños de la historia real de una España trágica.

La rutina se adentraba en las obligaciones de los amigos. Marga cuidaba de


sus dos hijos, recuperó la paz con Ángel, su querido maestro. Ángel era un tipo
exclusivo, con su talante reposado, abierto y sencillo se había ganado el cariño
de la gente y de los alumnos, la pedagogía progresista basada en el respeto
por el niño, en la creatividad, en el desarrollo crítico, en la libertad marcaban un
estilo distinto, Ángel con asiduidad escuchaba el disco de Another Brick in the
Wall ―Otro Ladrillo en el Muro―de Pink Floyd.

No necesitamos ninguna educación.

No necesitamos ningún control del pensamiento.

Ningún oscuro sarcasmo en el aula.

113
Profesores, dejad a esos chicos en paz.

¡Hey, profesores! ¡Dejad a esos chicos en paz!

Al maestro le gustaba y le servía de aviso, detestaba profundamente su época


escolar, era consciente que persistían los pésimos hábitos de la disciplina y del
control en muchos de sus compañeros, eran maestros de la dictadura que no
aceptaban los cambios democráticos y que le miraban con recelo, pero él
avanzaba con sus alumnos al margen del sistema.

Fernando dedicaba su tiempo al cine, pasión que le daba rendimientos y satis-


facciones. La gente del pueblo, sobre todo los jóvenes, por fin veían cine de
calidad. La fama de las proyecciones se extendió hasta la comarca y los fines
de semana la sala se llenaba. Fernando contaba con la ayuda de su compañe-
ra Teresa y de los amigos.

Teresa recibía el apoyo total de los chicos del Instituto, sus clases de Filosofía
le daban la compensación que deseaba; Teresa mantenía vivo el espíritu de
Luis Felipe, un día ya lejano le prometió que seguiría sus métodos si llegaba a
dar clases y cumplía.

Sandra pasaba muchas horas de estudio investigando, pero le atraía el contac-


to con la gente de las Hurdes donde realizaba sus observaciones y ensayos,
estos perdidos ciudadanos sufrían todavía el abandono secular y la manipula-
ción histórica, Sandra lo tenía muy en cuenta, con su actitud respetuosa, su
amabilidad y su belleza los conquistaba. En Sandra permanecían casi intactos
los ideales de Luis Felipe, seguía con interés el proceso revolucionario en Nica-
ragua y los movimientos de la Contra apoyada por Los Estados Unidos bajo la
Administración de Reagan.

Octavio Acosta residía en otro mundo fuera de la realidad aunque se agarraba


a sus “amigos del cine” como los apodaba, sobre todo no faltaba a las tertulias
de los sábados en casa de Marga y de Ángel. Octavio apenas se manifestaba,
le interesaba más escuchar los razonamientos de Fernando que siempre le
parecían muy agudos y los del resto de la compañía.

114
Era un sábado más, la rutina sabática: película, cena y tertulia. Estaban Marga,
Ángel, Teresa, Fernando, Sandra y Octavio, los niños de Marga todavía esta-
ban despiertos a Pedrito le costaba dormirse, era un chico inquieto y a los diez
años la curiosidad le avivaba los sentidos. El pequeño pronto le podía el sueño
en brazos de su madre. La normalidad imperaba, se servían los chupitos, se
fumaba, se hablaba de la película, Pedrito al fin se rendía y a concluir la velada
como siempre: en armonía. Llevaban un buen rato conversando, Octavio no
había abierto la boca, observaba y sin venir a cuento suelta:

―Todos vosotros sois unos burguesitos.

Aquel exabrupto cayó como un relámpago, sacudiendo la fraternidad del grupo.


El ente dudoso, pegado al grupo como un chicle, había conseguido su objetivo.

― ¿Cómo?−saltó como un resorte Sandra ―. ¿Y tú?

―¿Yo? No ―dijo con absoluta flema.

―Vete a la mierda, ¡hipócrita!―le contestó Sandra muy alterada.

Esta vez el liderazgo de Fernando pidiendo calma se vació porque Sandra vol-
vió a cargar contra Octavio que escuchaba en actitud provocativa.

―Te voy a decir una cosa, Octavio, ¿quién coño te crees? Tú que vives como
Dios, tú que parasitas, tú que no haces nada, tú ―Sandra tomó un poco de
aire, Teresa y Marga que estaban a su lado le pidieron calma ―. Dejadme, ne-
cesito decir lo que pienso sino me enveneno ―y mirando con fijeza a Octavio
―. ¿Sabes? Es muy fácil abandonar, dejar el puesto de trabajo, la familia, el
pasado y vivir del cuento. Escucha, Octavio, todo el mundo alguna vez ha pen-
sado en liarse la manta a la cabeza y huir de los problemas, las responsabili-
dades, los afectos, las frustraciones de la vida y todo, además tú no me cono-
ces y tampoco a mis amigos, tú vienes y nos das lecciones de tu moral, perdo-
na te estás equivocando, si vas por ese camino no vuelvo más a estas veladas
y lo siento mucho por mis amigos.

Pero Octavio Acosta no se inmutaba, su cara de cera, impersonal, escrutaba


con sus ojos de rapaz el rostro encendido de Sandra.

115
― ¿Acabaste? No hace falta que grites, se pueden decir las cosas con tranqui-
lidad, yo sólo he dado una opinión, ¿por qué te ofendes tanto?

―Oye, que no me confundes con tu aparente serenidad que demuestra lo falso


que eres Octavio, además yo nunca me he aprovechado de nadie. ¿Acaso tú
no eres un desahogado?

―Sí

―Entonces, ¿por qué provocas?

―Porque me molesta vuestra doble moral, habláis de libertad, de derechos y


sois unos individualistas.

A la última andanada de Octavio se revolvió Marga.

―¿Estás borracho o qué? No tienes ni puta idea de lo que somos y encima te


hemos aceptado con generosidad, esta noche te has pasado cuatro pueblos,
es incomprensible tu chulería, coño.

―No te enfades Marga, ya sabes quien se pica…

―Venga que eres un socavón.

Sandra se acercó al oído de Teresa: “no aguanto a este gilipollas, me voy”.


Tomó la palabra Fernando.

―Es muy tarde y el horno no está para bollos. Octavio nos provoca con inten-
ción. Su cinismo creo que es puro desafío. Durante la bronca se me ha pasado
una idea que puede ser interesante: podemos intentar en los próximos fines de
semana explicarnos. ¿Qué os parece?

A todos les gustó la idea. Ahora tendrían la oportunidad de contar su mundo sin
cortes como en una película.

116
12

La experiencia cercana al psicoanálisis era presuntuosa por parte del grupo,


ninguno era psiquiatra ni psicólogo, pero la gran oportunidad de hablar y contar
en un mundo donde nadie te escucha podría ser reveladora. Aunque sólo era
un juego. Pusieron unas reglas mínimas: se podía interrumpir varias veces para
preguntar o aclarar, no cabía la descalificación, ni hacer valoraciones, libertad
total de expresión.

Estaban todos sentados: Octavio Acosta, Fernando, Teresa, Sandra, Ángel y


Marga. Parecían interesados por la novedad; tres mujeres y tres hombres cita-
dos a un reto sin redes. Acomodados con sus copas y sus cigarros iniciaron la
función.

―¿Empiezo yo? ―preguntó Octavio.

―Tú mismo ―contestó Fernando.

―Bien. Tengo cuarenta y cuatro años, soy de una familia acomodada de Ma-
drid, mi padre fue un militar que estuvo en al lado de la Republica en la guerra
civil, al caer Madrid salió huyendo hacia Alicante donde se hacinaban miles de
republicanos para embarcar, el 28 de marzo pudo entrar en el viejo carbonero
inglés Stanbrook con mi madre y mi hermano mayor de dos años rumbo a
Orán. Estuvimos en Argelia varios años. Un hermano de mi padre pudo intro-
ducirnos en España, lo demás es historia. Un día os contaré las peripecias que
sufrimos, hoy no es el momento. Pude estudiar en Madrid, terminé ciencias

117
políticas y después me preparé para ser controlador aéreo. Para vuestra infor-
mación: estuve varios años colaborando con la revista Cuadernos para el Diá-
logo.

Pero me cansé de todo, pensé que la vida que hacía era estúpida, el trabajo
me obsesionaba y mis nervios estaban a flor de piel. En veinte años de profe-
sión gané lo suficiente y aquí me tenéis. ¿Alguna pregunta?

―Sí, ¿Por qué esa actitud individualista?

―¿Individualismo? No, Fernando, esa palabra tiene trampa, en la cultura de


izquierda se asocia a egoísmo. Yo he dado mucho a esta sociedad. Vosotros
tenéis ofuscaciones intelectuales.

―¿Qué entiendes por prejuicios intelectuales? ―preguntó Teresa.

―La cultura apela a una colección de ideas establecidas y convierte en feti-


ches categorías aisladas como espíritu, vida, individuo.

―Ya, pero no es cierto cada uno de nosotros es un mundo, la cultura se rein-


venta, se discute, se analiza en cientos de foros, es dialéctica y creo que no
está cosificada ―le contestó Teresa.

―Yo no quiero ser Dios, ni quiero dioses. La cultura se ha divinizado, no es


neutral, es oscura con intención, es interesada. El fetichismo nos lleva de la
mano a la mitología; yo no quiero ni ídolos, ni mitos, ni modelos, para mí son
mentiras. Hoy, los que hacen de críticos de la cultura, se emborrachan también
de iconos y nos manipulan, mi querida compañera.

―Todos dependemos del sistema nos guste o no ―dijo Fernando.

―Pues ya me ves a mí que paso de él, y como sé que me vas a contestar, me


adelanto y te hago la siguiente reflexión: el sistema engulle lo que se le ponga
en su plato, es un monstruo que no hace ascos, que mastica sin vomitar jamás.
También la cultura se queda atrapada en los dientes de la bestia; me refiero a
la cultura comercializada. Un filósofo actual dice que el espíritu y el dinero van
de la mano. Tenemos la falsa ilusión de que nuestra cultura es libre, pero es

118
puro espejismo. Los sibaritas de la cultura se creen dioses y no dejan de ser
unos autistas encerrados también en sus grupos, en sus guetos de sabiduría y
se mueven despreciando a la masa vulgar y grosera. La cultura elitista no les
hace felices porque es para su consumo y me atrevo a más: les atonta, les
atrofia lo social, les vuelve pedantes, solitarios, inhumanos, clasistas y tontos.
La cultura en estos casos no libera sino lo contrario. Bueno me callo que me-
nudo rollo os he largado; yo busco el olvido sin estorbar a nadie.

―Lo que has expuesto es muy intelectual y todo eso, pero por qué nos ayudas
en el cine ―preguntó Fernando.

―Porque un tipo solitario y desclasificado infunde sospechas además vuestra


experiencia fue interesante.

―Nos has utilizado entonces.

―Hombre no seas tan simple Fernando.

― Gracias por el cumplido, no hacía falta, pero tengo una duda: ¿por qué ha-
blas en pasado?

―la rutina me cansa.

―Abandonas, ¿no?

―Es posible.

―Siempre huyendo Octavio, mal asunto.

―Es tu opinión. Yo hago este viaje sin maletas, sólo el corazón y el instinto me
guían. No tengo miedo al futuro ni a la muerte, hasta donde sea.

―Frases bonitas, pura retórica.

―Te equivocas, amigo.

El dialogo entre Fernando Y Octavio fue peculiar, cada uno se retrató sin avan-
zar, la frenada de Octavio se veía, las palabras no abarcaban la extensión de lo
que era Octavio Acosta, el enigma permanecía.

119
Lo cierto era que la velada había agotado el preacuerdo de hablar dos o tres
por sesión. El grupo tenía más que suficiente por hoy, se prefería hablar de
cosas menos serias, además las copas enredaban la lengua. Las charlas se
replegaron casi por parejas. Fernando y Octavio mantenían una conversación
particular. Marga y Sandra bromeaban, sus risas alegres las describían. Ángel
y Teresa charlaban animadamente de su mundo escolar.

Tenían todo el tiempo del mundo. El juego continuó en el sábado siguiente.


Quien abrió el melón fue Ángel.

―Me toca. Nunca he contado esto, solamente mi compañera Marga sabe lo


que me pasó. Me da un poco de vergüenza, pero hemos quedado en que se-
riamos sinceros y estoy seguro que me comprenderéis. Los hechos son muy
dolorosos. Bien, soy carne de seminario: un lejano otoño de 1963 entré en un
viejo edificio de techos muy altos y de largos pasillos oscuros junto a otros
ochenta y seis asustados muchachos. No se me olvidará jamás la extraña sen-
sación de abandono cuando se fue mi padre y me quedé con un cura alto que
me acompañó hasta la cama del largo dormitorio de suelo de madera donde ya
había varios compañeros. “Este es tu sitio, tenlo siempre todo ordenado.” No
me dijo más se fue con otros padres y yo saqué mis cosas personales de la
enorme maleta de cartón de color gris colocándolas en la mesilla y en unos
armarios comunes. Otro cura se me acercó para ver como estaba, me limpié
los ojos reventados de lágrimas; “Angelito no llores verás lo bien que vas a es-
tar”.

Los años pasaron por distintos colegios de Madrid, Ávila, Guadalajara; cerca de
esta ciudad junto a las riberas del Henares, en una finca, se ubicaba un bellísi-
mo edificio de estilo mudéjar, antigua residencia de unos marqueses que dona-
ron el palacete a la Congregación, en este sitio idílico hice el noviciado, aisla-
dos de la civilización, junto a dieciocho compañeros. En la noche del 25 de julio
de 1969, a punto de amanecer tuve la experiencia más sobresaltada de mi vi-
da. Me llevé un susto de muerte, el compañero Frenzel un nicaragüense, diez
años mayor que yo, estaba debajo de mi cama con su asquerosa mano encima
de mi sexo; salté de la cama como un muelle refugiándome en los servicios
hasta la hora de levantarse. Me fui directo al confesor que me aconsejó que le

120
contara lo sucedido al padre maestro, le hice caso. El resultado fue que al
monstruo lo expulsaron, mientras tanto, ante el asombro de los demás novicios,
me habilitaron una habitación de invitados hasta su marcha. El secretismo es el
arma de las Sociedades religiosas, el padre maestro me impuso el silencio ab-
soluto bajo secreto de obediencia, una regla sibilina de los Estatutos Religiosos
para mantener sus enroscados propósitos. El hecho es que mi madre me notó
raro, su visita coincidió con el día de los hechos ―uno de los días más sinies-
tros de mi vida― me preguntó varias veces “¿estás bien, hijo?, sé que no se
marchó tranquila, yo mantuve mi silencio. Nadie entendía nada pues estába-
mos a veinte días de hacer la profesión religiosa que nos convertía en miem-
bros de la Congregación. El 15 de agosto de 1969 hice los votos de pobreza,
castidad y obediencia ante el superior Mayor de la Inspectoría.

A mí me dejó muy tocado, no tuve ayuda y sí sospechas de los superiores


sobre todo del Consejero un tal Fulgencio Sánchez, un tortuoso y sádico per-
sonaje que me violentaba diariamente hasta el punto de intentar pegarme sin
motivo real. Ese mismo año me expulsaron del estudiantado de filosofía, pero
con ayuda del cura del pueblo me readmitieron. Me presenté en el seminario
mayor con una carta y mi maleta, la sonrisa cínica en la cara carnosa de Ful-
gencio Sánchez era el ensayo de la venganza posterior. Fue un error aciago: la
persecución, el acecho disimulado, la vigilancia me rodeó durante un año satá-
nico; pude sentir en mis carnes la exploración más mezquina y violenta que un
ser humano puede aguantar. El Consejero triunfó frente a un pobre muchacho
que puso en duda su autoridad, me dijo con burla: “hermanito, siempre triunfa
el fuerte, yo soy su superior, usted no es más que un simple pañuelo en mis
manos al que puedo estrujar a mi antojo, márchese, nunca me olvidará, se lo
aseguro”. No me dieron las explicaciones de mi nueva y definitiva expulsión.
Solo y con quinientas pesetas y mis pocas cosas me fui a la estación de Ato-
cha. Recuerdo como ayer que me compré un paquete de tabaco negro y un
libro de Miguel de Unamuno: La agonía del cristianismo, colección Austral,
cuarta edición.

Así ha sido, estoy marcado por la experiencia traumática de aquellos dos años
crueles que la mala fortuna me tocó con la mano de hierro de la insidia. Antes
de acabar os juro que las sospechas infundadas fueron tan peregrinas que
121
puedo decir sin sonrojo, que el voto de castidad lo mantuve hasta el extremo de
que jamás me masturbé en el seminario, obsesión de la moral vigente de en-
tonces que llevaba por la calle de la amargura a más de un compañero religio-
so: la maldición del pecado solitario como adjetivaban estos obsesos a un acto
tan natural.

Voy terminando. He sobrevivido aunque las heridas a veces, muchas veces


dan síntomas. Para superar la injusticia y la humillación es imprescindible el
olvido, el perdón, el amor y la comprensión y yo tengo la suerte de tener a Mar-
ga que ha compensado la carestía afectiva que me robaron desde los doce
años. Otra reflexión, la exclusión me inutilizó por un tiempo para la vida de fue-
ra o el siglo como decían ellos, no tenía ni puta idea de la realidad hasta el ex-
tremo de no saber el valor del dinero, respecto a las mujeres era un castrado,
la mujer encarnaba el pecado. Superar mis prejuicios vino de forma casual.
Una pareja de recién casados, amigos de mi hermana se alojaban en su casa;
el chico me propuso una larga conversación, su profesión de siquiatra le legiti-
maban para el cometido. Todo fue como siempre bastante anormal, todo era
nuevo para mí; llamé a su puerta y me abrió él, la primera visión fue el cuerpo
desnudo de su mujer, mi reacción: darme la vuelta, nunca había visto un des-
nudo femenino.

―Puedes mirar ―me dijo con naturalidad ―, el cuerpo de una mujer es un re-
galo para la vista masculina, no hay nada malo en contemplar la belleza.

Nos fuimos a dar un largo paseo, la larguísima conversación me abrió los ojos,
sus palabras fueron un bálsamo para extirpar la culpabilidad. Una anécdota
que revela lo verde que estaba: el siquiatra me invitó a una fiesta: había al-
cohol, marihuana y mujeres con poca ropa, la minifalda estaba de moda y yo
miraba de soslayo a las chicas, todas me gustaban de lejos.

―Ángel, ¿quieres bailar? ―me preguntó la hermosa mujer del siquiatra. Miré a
su marido, nunca había bailado con una chica.

―Vamos ―me animó él.

122
Al principio le puse los brazos sobre los hombros manteniendo la distancia de
castidad, ella se pegó a mi cuerpo, su contacto me trastornaba los sentidos, el
olor del pelo, el perfume de hembra, la suavidad de sus formas, la cercanía de
su rostro apoyado sobre el mío me levantaron los sentidos, la joven esposa
sonreía. Me alejé corrido de vergüenza. La pareja me siguió.

―Es normal ―me dijo la bella joven.

Fue mi primer amor, aquella noche soñé con ella, pero el recuerdo de su olor
me siguió dulcemente durante meses y también la muerte de los ñoños escrú-
pulos sobre el mundo femenino. La mujer no era el pecado.

Los putos curas casi me estrellan, estoy convencido que sería otra persona sin
su inicua influencia. Una vez le dije a mi padre cargado de ira:

―Te voy a decir una cosa: hoy soy mejor persona con todos los adjetivos gra-
cias al marxismo, no a la teología castradora de aquellos infames curas; voso-
tros tuvisteis mucha responsabilidad en mi infelicidad, ya no os culpo compren-
dí las circunstancias, ¡qué bien quedaba ante la sociedad nacional católica te-
ner un hijo sacerdote! Pero no esperéis un cariño incondicional, me robasteis
los mejores años de mi vida, nueve años son muchos años, padre. Mi padre se
calló.

Menuda noche os estoy dando, lamento mi sinceridad pero este soy yo: un po-
bre hombre atestado de reliquias, maltratado con inquina, ultrajado y humillado
por esos, señalado…

―Déjalo, cariño, te haces daño ―le dijo con dulzura su compañera Marga.

La confesión de Ángel dejó tocado al grupo, no se dijo nada sólo palmaditas en


el hombro y abrazos; en estos casos se expresaba mejor la solidaridad en los
rostros afligidos, suficientes como para silenciar la tertulia y marcharse.

―Un día tenemos que hablar sobre la iglesia esa institución inventada por los
hombres para el control de su naturaleza libre ―le dijo Fernando a Ángel a
modo de consuelo.

123
Cuando estuvieron solos Marga y Ángel se abrazaron.

―No llores

―No puedo remediarlo Marga, cada vez que lo recuerdo se me abren las heri-
das.

―Hoy te haré el amor como nunca, mi querer es incondicional por lo maravillo-


so ser humano que eres.

―Gracias Marga, tú sí que eres la mejor.

―Vámonos a la cama.

Se amaron con la ternura que guardaban los dos, despacio, recorriendo cada
poro de sus pieles, esparciendo los vocablos más delicados como gotas de
llovizna que iban regando sus corazones sedientos de compasión. Fue la no-
che más hermosa.

13

Volvieron a la semana siguiente, el juego debía terminar a pesar de las sorpre-


sas. Fernando tomó la palabra:

―Ángel con su turbador relato, sus palabras de vértigo aun las llevo gravadas,
mi narración es menos dramática. Todavía evoco aquel mítico 1968 al lado del
maestro Luis Felipe, las ínfulas revolucionarias, la quimera libertaria; es verdad
que creí con fe en aquello. En Madrid Teresa y yo nos dedicamos en cuerpo y
alma al cambio democrático, los dos como sindicalistas de Comisiones Obreras
en la federación de la enseñanza; me harté del lenguaje sindical, de reuniones
124
tediosas, de compañeros obtusos, de las prisas, de mi tiempo y añoraba mi
valle y los cerezos en flor y las callejuelas desiertas y los sonidos del campo;
tenía muchas ideas ecologistas para el pueblo pero los representantes políticos
eran tan cerriles como los asnos de oro. Había cumplido, ya dudo de todo, los
adoquines no eran tan rojos y quizás la filosofía me enseñó que el pensamiento
está invadido, contaminado de subjetividad.

Sandra que siempre le escuchaba con atención le interrumpió:

―¿Terminaste?

―Por ahora, sí.

―No estoy de acuerdo contigo.

―Me da igual Sandra, no me vas a convencer, pero di lo que quieras.

―Sigo. Todos estamos un poco decepcionados, creímos que la libertad era el


talismán de la Arcadia prometida y ahora nos llega la depresión por la dura
realidad, presumimos de ser la generación libre, la del pensamiento verdadero,
la del cambio y estamos estancados, si no luchamos volverán las oscuros vien-
tos del capitalismo salvaje, los buitres del pensamiento único.

―Sí, Sandra, teoría y teoría de gente utópica, te lo respeto pero yo no quiero


eso, hace tiempo que aparqué la singularidad juvenil o la pasión libertaria como
quieras nominarlo, es evidente que soy el producto de muchas ideas, hoy me
aferro a mi filosofía individual cercana a los epicúreos, recuerdas que ya nos lo
explicó nuestro amado profesor Luis.

Sandra no le contestó. Octavio Acosta con una mueca desordenada en su boca


de rana estaba en permanente alerta a la caza de la mosca.

―Tú, Fernando eres el más escéptico, ¿puedo saber por qué? ―le preguntó
Octavio.

―Las malas experiencias. Estoy decepcionado con esta democracia de pacoti-


lla, creía que los socialistas iban a cumplir y nos han metido en la OTAN. Yo
nunca he sido comunista de militancia, considero sus ideas irrealizables, ade-

125
más el socialismo real no es marxista; leí La alternativa de Rudolf Bahro: con-
tribución a la crítica del socialismo realmente existente y me abrió los ojos,
leedlo. Me gana el filósofo griego que dijo: “el sabio debe orientar toda su vida
en el sentido de buscar el placer y evitar el dolor”

―Es una frase brillante. El dolor, la soledad, el miedo, la angustia, la pobreza,


el odio… son del ser.

―Por supuesto Octavio, pero ellos (los epicúreos) decían con mucha sensatez
que la austeridad, el desasimiento de los bienes materiales, el equilibrio entre
el cuerpo y el alma proporcionan parte de la alegría del vivir.

―¡Qué bonito! ―dijo Sandra ―. Habrá que alejarse del mundo, de la gente, de
los problemas, y cada uno a lo suyo, menudo cuento Fernando, que se jodan,
¿verdad?

―No has entendido. Decía el sabio ―Fernando sacó un papel, que llevaba
preparado ―: “el hombre debe acatar las normas por el cálculo de los placeres.
Las leyes no son sino el remedio, el mar menor, con el que se ponen, por lo
menos, las condiciones necesarias para que pueda buscarse el placer. Por eso
y sólo por eso debe el hombre observar los mandatos de la autoridad”.

―Son otros tiempos ―le contestó Sandra.

―Y sigo tirando de manual: en “la observación de las normas debe ser pasiva.
Evitar intervenir en la vida política, en los negocios públicos e indagar la felici-
dad en nuestro interior”.

―Positivismo puro y duro, frases bonitas sólo frases, ¿y la revolución, la incon-


formidad, la protesta ante las injusticias? Bajemos los brazos, verás la de hos-
tias que nos meten; la historia se ha llenado de luchas para conseguir dere-
chos, igualdades y sobre todo libertades, y tú sabes que se han conseguido
desde la izquierda con muchos muertos en las cunetas. Fernando no te reco-
nozco, esos filósofos vivían hace tres mil años y tú te justificas en ellos para
hacer de la capa un sayo.

126
―Y te digo algo más, amiga Sandra, el positivismo no reconoce un orden obje-
tivo de valores. Las leyes se crean para controlar a la gente y a los pueblos,
imagínate si no las hubiera. El hombre es un lobo para el hombre.

Fernando desde su posición de filósofo dominaba el debate, pretendía seguir el


camino de la teoría, esquivar lo personal. Estaba empachado de revoluciones
tiradas a la papelera, de frases bonitas, de mensajes tramposos, de basura
política, de líderes carismáticos. Y tirando del papel escrito―lo traía preparado,
dijo entre risas― leyó: “estamos obligados a desconfiar acerca de los datos
que nos suministra la razón y los sentidos. Todo hombre sensato no puede ―lo
dijo un filósofo del siglo XIX ― ante cualquier juicio, sino abstenerse de unirse
a él o de rechazarlo, sin que tenga tampoco valor las argumentaciones, ya que
toda opinión puede ser verdadera o falsa y lo mismo referido a la conducta o a
la ley. No hay bondad y justicia en sentido objetivo. Un acto puede ser bueno o
malo, una conducta justa o injusta, depende de las situaciones. Todo es pacta-
do, convencional y subjetivo”.

Fernando se quedó tan ancho largando el cultismo copiado del filósofo, era un
monologo aburrido que sus amigos escuchaban entre neblinas de tabaco y tra-
gos de licor. Sandra se agitaba desde el sofá, negaba con la cabeza ante la
flema del exquisito y creído tertuliano.

―Sólo es posible la felicidad para la gente educada. Los de izquierda pensa-


mos que la revolución cultural es el camino hacia la libertad ―dijo Sandra.

―Frases, hay mucho analfabeto feliz en su agujero.

―Me dejas a cuadros.

―No quiero polemizar contigo allá tú con tus ideas emancipadoras, yo no creo
en nada.

Fernando había cumplido. Cuando le interesaba se transformaba en el escépti-


co más oscuro que la noche. Consciente de su superioridad intelectual despre-
ciaba al contrario haciéndole saber con vocabulario lacónico que le importaba
un bledo su opinión.

127
La tertulia se apagaba en la mayoría menos en Sandra que estaba tocada por
el sátrapa al que le tenía ganas, y él se dio cuenta.

―Es hora de marcharse. No te preocupes Sandra hay mucho invierno por de-
lante, además tenemos cansados al personal con nuestra charla errada que no
les interesa, ¿no ves que se abstienen?

―Lo que tu digas amado Fernando.

El reto seguía, aún faltaban los monólogos de las tres mujeres: Sandra, Teresa
y Marga.

Las ideas de Sandra eran firmes como los cimientos de un dique. Sandra esta-
ba preparada, sin guardar la ropa se tiró a las aguas negras de la laguna, sin
mirar el fondo. “Mi relato es lineal, en estos últimos años mi vida ha sido una
estable rutina. Volví al pueblo por nostalgia, no por los cerezos en flor en la
primavera, ni la nieve en el Valdeamor en el invierno, ni los colores decadentes
del otoño mágico en los montes sino por los recuerdos del verano en la chope-
ra, la perenne memoria de Pedro, mi amado Pedro que me tira con la fuerza de
un imán siendo yo puro acero. No he vuelto a enamorarme, mi dedicación a la
medicina me llena el tiempo. En cada enfermo veo a Pedro, es un talismán en
mi existencia”.

Sandra suspiró, su recuerdo le despertaba profundas emociones, la voz le tiri-


taba y dejaba su energía agotada, después de un trago y de una caricia de
Marga reanudó el relato: “soy, seguro, la que menos ha progresado, sigo con
mi fe puesta en la revolución, creo que el mundo necesita a los idealistas, a los
utópicos, a los Che”.

―Hay que avanzar, evolucionar ―le soltó la frase abrasiva el refinado Fernan-
do.

―No me da la gana.

―Allá.

128
―Escucha, Fernando tú sabes como yo que muchos revolucionarios se han
adaptado al sistema y a sus privilegios, ser de izquierdas y revolucionario es
demasiado duro para el estómago y para el bolsillo. ¡Cuánto impostor en la His-
toria! ¡Y cuánto daño han hecho! Te doy nombres: el radical Regis Debray, el
amigo del Che, que ahora vive como Dios en el Consejo Presidencial de Mitte-
rrand, y deshonra su figura y vulgariza su pensamiento tildándolo de volunta-
rismo, foquismo y guevarismo. Otro que tal baila el maoísta Ronald Castro, ar-
quitecto amigo de Miterrand que se burla de sus ideas, no me importa que el
libertario Dany el Rojo diga: “sólo los idiotas no evolucionan”. Todos se justifi-
can para unirse al sol que más calienta, al poder, a las influencias. Son unos
desalmados.

Sandra se ha puesto roja. La voz es punzante, agita las manos de forma exa-
gerada, la mirada azul está alojada en la estantería de libros de Ángel. Se da
cuenta de su efervescencia, siempre se pone muy nerviosa cuando habla con
Fernando, su soberbia la anula, es un tóxico que le aspira el alma. Guarda si-
lencio, tregua que vale para ordenar ideas, beber un vaso de agua, fumarse un
cigarrillo, tomar el aire en el pequeño huerto de la casa y estirar las piernas,
echar una ojeada a los niños que llevan dormidos un tiempo, ir al servicio.

El receso ha venido bien; Sandra se ha lavado la cara, su belleza es limpia, sin


maquillajes; con los años Sandra ha ganado en elegancia, la madurez le ha
añadido el don de la distinción. El juego sigue su curso imparable, fue un reto,
un compromiso obligado que vuelven sobre él.

―¿Quién es coherente, Sandra? ―preguntó Teresa.

―Alain Krivine, Daniel Bensaïd por ejemplo.

―Pero Alain Krivine dijo sobre el mayo francés que fue una rebelión, pero no
una revolución ―añadió Fernando.

―¿Y qué?

―Nada, que son los menos, las fantasías revolucionarias son pasado mi queri-
da Sandra, tú vives en un mundo feliz.

129
―¿Quieres la verdad? ¿Quieres saber lo que pienso de ti y del grupo, con la
excepción de Marga?

―No tengo miedo, vamos, valientes.

La puntada activó las escasas reservas de prudencia que debía: “Tú te lo has
buscado Fernando. Estoy harta de tus mofas. Tienes un problema serio, tu nar-
cisismo te destruirá, lo verás. Eres un vanidoso insufrible. No me apetece se-
guir, ¿para qué gastar palabras ante una mente tan privilegiada como la tuya?”

―¿Y nosotros no contamos? ―preguntó Octavio Acosta.

Sandra por consideración hizo el esfuerzo definitivo y continuó el relato. “Siem-


pre la misma monserga: la corrupción, los políticos, los programas, nada está
bien para nuestros paladares delicados. Que si la transición, que si el socialis-
mo, que si el comunismo, que si la revolución, que si la iglesia… justificaciones
para quedarnos de brazos cruzados y como decía Octavio somos un grupo
acomodado, contertulios de salón especulando sobre la realidad obscena que
nos escandaliza y se acabó. Hace años queríamos cambiar el mundo de fase y
ahora somos unos vividores cargados de ideas excelsas”

―Eres injusta Sandra y soberbia, nos examinas con frivolidad; ¿qué sabes tú
de las razones existentes de cada uno de nosotros? Tú sí que eres pretenciosa
―dijo Teresa bastante molesta con Sandra.

Fernando aplaudió blandamente a su compañera Teresa. Sandra no se achicó,


acosada como se veía, era como un animal sin salida y sacó las uñas.

―Me paso tu burla por donde sabes, os revelo un secreto: este verano me voy
a Nicaragua como cooperante, quiero ayudar a esa gente, quiero participar del
proceso revolucionario del país

―Esas huidas me desconciertan ―afirmó Ángel −. Son razones personales y


me gustaría contarlas, ¿te parece bien?

―Para eso estamos aquí, para opinar.

130
―No te conozco mucho, me pareces una mujer admirable e inteligente pero te
equivocas en tus aspiraciones revolucionarias, yo pienso que a los pueblos hay
que dejarlos con sus algaradas: sin intervenir y sin colonizar. La historia nos
enseñó lo que se ha hecho con los nativos, destruirlos, robarlos, aniquilarlos.
Fuera las ONG, fuera los misioneros, fuera las intrusiones. Hemos jodido a
África, Oriente Medio, Latinoamérica con evangelios, constituciones perversas,
asesinamos en nombre de la democracia y seguimos sin aprender y encima
nos manipulan.

―Me permites Ángel una cosa, yo sé todo eso y algo más: a Nicaragua la asfi-
xian la Contra (contrarrevolucionaria) una organización militar apoyada, cómo
no, por Los Estados Unidos que tiran a muerte para arrasar al Movimiento
Sandinista; para tu información el FSLN derrota en 1979 al dictador Anastasio
Somoza Debayle, un personaje de la saga Somoza que con el apoyo de la oli-
garquía, la iglesia católica y los Americanos tenían sojuzgado al pueblo desde
1934. Necesitan ayuda. Yo no quiero ser cómplice del “democrático Reagan” ni
de la “democracia norteamericana”. No pienso cruzarme de brazos y justificán-
dome. ¿Me he explicado?

―Perdona, Sandra, no me trates como a un gilipollas ―Ángel se había mos-


queado y le dio―. Los iluminados, los salvadores son una desgracia.

―Mira, Ángel no te mando a donde sabes por educación, pero eres un resenti-
do.

―Eh, eh, para Sandra que terminamos para siempre.

―Rectifico, perdona se me ha calentado la boca, pero también te digo que no


soy una iluminada, sólo que defiendo la otra orilla, la abarrotada como sabes
por millones de seres humanos ofendidos y engañados desde la prehistoria por
los de siempre. Recuerda que si no hubiese sido por tantos hombres y mujeres
que lucharon y les arrebatamos algunos derechos y libertades al linaje hoy es-
taríamos con cadenas. El capitalismo rampante nos llevará al caos si no hace-
mos nada. Con nuestra pasividad engordamos su nómina.

131
―Bueno ―intervino Fernando ―, ya está bien de mítines, que nos tienes
abrumados Sandrita, relájate y tómate una copa.

―Lo que tu digas Fernandito.

La madrugada del domingo enrojecía los ojos de los tertulianos y los bostezos
involuntarios ponían fin a la dura y cargada velada de otro sábado.

De nuevo otra trasnochada, sería la última. Fueron llegando sin prisas, Octavio
pasaba muchas horas con Ángel y los niños, a menudo almorzaba con ellos y a
veces se quedaba a dormir en el sofá cama. Fernando y Teresa llegaron los
últimos por el cine, Sandra jugaba con el tren de Pedrito y al pequeño Juan lo
acunaba su madre para dormirle.

Cuando Pedro se rindió, Ángel con mucho cuidado lo subió a su habitación.


Todo dispuesto para el juego final. Marga ofreció el turno a su amiga Teresa.

―Estoy un poco cansada de esto, me parece un poco artificial, siempre hemos


hablado con la normalidad de unos amigos que se reúnen para charlar de todo,
lo de estas semanas me parece rígido, dicho esto, y pienso ser breve, voy al
grano. El sábado pasado la declaración de principios de Sandra me dejó per-
pleja; nos conocemos desde la infancia, y chica, menudo cambio, ¿de dónde te
vienen esas humos tan revolucionarios, si siempre fuiste la estable chica mona
por la que bebían los vientos todos los chicos del instituto? ¿Qué te has toma-
do? ¿O quién te ha comido la cabeza?

―No seas impertinente, Teresa; me decepcionas ―No, no lo soy, pero no me


gustan que me den lecciones, aunque admiro de verdad a la gente que habla y
se sincera sin astucia, con la ingenuidad de un niño.

―Teresa si sigues por ahí me voy.

―Perdona, era una simple aclaración, retiro lo dicho, a lo mejor te interesa lo


que voy a decir, seguro que coincidimos en algunas cosas por ejemplo: yo igual
que tú, que Fernando y que Marga fuimos arrastrados o contaminados por
nuestro mítico profesor Luis Felipe Montero en aquel maravilloso curso del 68
tan original; fuimos tan felices tan libres tan puros que nos duele la realidad,

132
pero también me enamoré del rock, cuando vi Hair aquella ópera fantástica que
conectaba con mi idea del paraíso incontaminado, con el amor libre, con la paz
mundial fue la iluminación de mi ideal de vida. La imagen que doy no es real
detrás de mi apariencia equilibrada está la Teresa apasionada y rebelde, no he
claudicado Sandra, no soy una pequeña burguesa como dice Octavio, nada es
cierto, persigo la felicidad como todos, ese es el gran reto.

―Yo también he visto Hair, la ópera hippy la ocupó la burguesía ―dijo Octavio
Acosta.

―Sé lo que quieres decir; la industria ve negocio y pervierte las ideas hermo-
sas alterando su esencia para sacar dividendos, todo lo maravilloso lo cubren
de espesura, lo banalizan. Siempre hay gente más astuta que los revoluciona-
rios.

―Este argumento me interesa ―dijo Sandra ― ¿puedes desarrollarlo?

Teresa miró a Sandra sin rencor halagada por su interés.

―Claro, el diseño es sencillo: para el sistema su dialéctica es más sutil que la


nuestra, ellos nos destruyen los sueños, las utopías, las libertades, después de
cebarlos; claro, antes nos dan un tiempo hasta cosificarlo, lo demás viene solo:
utilizan nuestras propias armas hasta que el edificio revolucionario e intelectual
se derrumbe para hacer baratijas, souvenires, en una palabra consumo. Hoy se
adultera todo, el individuo inteligente se desinfla. Es duro observar como lo mí-
tico se pone al nivel del asfalto, reconozco que es un plan pérfido pero a la vez
genial. Se consume literatura, cine, música, arte; todo lo bello se comercia, se
vanaliza ¿y quién alega lo contrario? Ellos venden cultura, es una tesis sin res-
puesta, ¿no? Estas formas de “cultura” igualan en su sentido más deleznable,
totalizan, uniforman, globalizan y falsifican la cultura crítica como instrumento
diferenciador, específico y libre.

Teresa descansaba de la profunda reflexión encendiendo un cigarrillo; aspiró


con deleite el humo del tabaco. El silencio se hizo entre los presentes abstraí-
dos en sus propios pensamientos. Fernando sonreía orgulloso de la elocuencia
de su compañera. Sandra también fumaba; Octavio se hacía el loco mirando

133
los libros de la estantería de Marga y de Ángel. Teresa había activado un deba-
te espinoso entre personas leídas e inconformistas.

La primera respuesta vino del taimado Octavio.

―Teresa, si no me equivoco has definido a los enemigos de las alternativas,


tengo curiosidad en saber quiénes son, ¿les puedes poner nombres?

―Por supuesto Octavio, no tengo miedo a mis verdades, pero es redundante,


tú eres muy listo y de sobra lo sabes. Una corriente muy peligrosa penetra en el
sistema que es seriamente antidemocrática y que en el futuro aniquilará a la
mayoría, son las teorías económicas de Milton Friedman y de Friedrich Hayek
dos premios Nobel peligrosos neoliberales que defienden a muerte el libre mer-
cado, piensa Octavio en los lobos de Wall Street, depredadores temibles, tute-
lados por las doctrinas de M. Friedman y los “Chicago boys” que centran sus
ideas en tres grandes principios: eliminar los controles de precios; desregular
los mercados de capital; reducir las barreras al comercio, menudo chollo para
los ricos, ¿no te parece Octavio?

―Coño, Teresa ¿cómo sabes tanto de economía?

―Me conoces muy poco, amigo.

―Con este análisis apocalíptico ya no se puede hacer nada según tú, el capita-
lismo ha vencido definitivamente, sólo nos queda la resignación, pues yo no
renuncio, lucharé ― afirmó desafiante Sandra.

―Me parece muy bien ―contestó Teresa sin ganas de polemizar.

Teresa se guardaba muchas cosas y había hecho muchas pero ahora estaba
en paz con sus clases de Filosofía en el Instituto, donde impartía docencia den-
tro del más escrupuloso respeto por sus alumnos y en ayudar a su compañero
Fernando en el cine. Si algo le generaba desasosiego era su infertilidad, no
podía tener hijos, pero esta amargura la reservaba en lo más hondo de su co-
razón y jamás daba concesiones a nadie excepto a Fernando.

Esta larga travesía se cumplía con la intervención de Margarita.

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―Mi relato será breve; soy la menos preparada del grupo, no pude estudiar
Magisterio la carrera que me ha gustado siempre, pero la vida es como es.
Siempre llevo en mi recuerdo a mi madre Dolores y a mi padre Aurelio tengo
rencor porque esta democracia aún no ha recuperado la memoria histórica de
los represaliados por la dictadura, pensé que el Gobierno socialista haría el
trabajo, falsa ilusión, el miedo es libre.

Dicho esto os revelo un secreto guardado y que hoy me apetece contar. Cuan-
do estuve arrastrada por la infidelidad de Marcos mi vida no valía nada ni mis
hijos me mitigaban el dolor, quería tanto a Marcos que la humillación me sumió
en la locura y fue nuestro amigo José quien me sacó del agujero. Un día como
tantos bebía en la terraza de Las Palmeras, sola, no quería compañía, me pa-
saba las tardes perdida entre la gente sin su presencia, no veía más allá de mis
sandalias, bueno, una tarde se me acercó José y hablamos, fueron mis prime-
ras palabras en meses, así me fue sacando la rabia contra el mundo, poco a
poco me abrí, cuántas lágrimas soltamos ¡dios! La amistad nos envolvió de tal
modo que nuestros cuerpos necesitaban compensación y José y yo tuvimos
una apasionada aventura de amor durante un tiempo, los dos heridos por tanto
desamparo nos curamos a base de compasión absoluta y de entrega sin freno.

También retengo la memoria de nuestro maestro Luis Felipe, sé que habló con
Marcos cuando éste vivía con Nuria en Mérida pero no trascendió porque Mar-
cos también se alejó de todo, nadie sabe por dónde vaga. Ahora estoy en el
mejor momento de mi vida al lado de mi admirable y admirado compañero Án-
gel, es el mejor ―la mirada acuosa de Marga buscó la de Ángel que sonreía
―. Por último, antes de que me abrume la emoción, voy a ser madre otra vez.

Ya no pudo seguir rebasada por las lágrimas de felicidad. Todos a una felicita-
ron a Marga y ellos se unieron en un largo abrazo colmado de besos.

El camino se hizo, los seis amigos se concedieron la fiesta final.

135
14

“What’s on a man’s mind” ¿Qué hay en la mente de un hombre? La frase de


Sigmund Freud encabeza una litografía muy repetida en la que se ve el rostro
de Freud y el cuerpo desnudo de una mujer incrustado desde la nariz hasta la
frente.

Fernando tenía la litografía en su estudio personal, una de sus fantasías era


encontrar la mujer perfecta. Archivaba los recortes de mujeres de cine, recorta-
ba las partes que le atraían de ellas. Pasaba horas entregado al juego secreto,
ni siquiera Teresa sabía de su caprichoso pasatiempo. Trataba por todos los
medios de conseguir la figura de la hembra diez; cientos de imágenes de muje-
res se acumulaban en los cajones de su mesa. Las bellas mujeres del cine se
amontonaban, visionaba una y otra vez fragmentos de películas seleccionadas
donde aparecían los mitos eróticos. De Lauren Bacall halló su voz sensual en
las películas del género negro; se enamoró de los marmóreos muslos de Silva-
na Mangano cuando recolectaba grano en Arroz amargo; le atrapó los labios
sensuales, la sonrisa inigualable de la mujer más atractiva e incitadora del
mundo, la Brigitte Bardot (B. B.), esta chica de físico opulento poseía en los
ojos el esplendor de las diosas y en el cuerpo el trazado de un prodigio; se ex-
tasió de la belleza serena casi celeste de una sublime Catherine Denueve en la
película Belle de jour; se prendó de la hermosura angelical de Linda Darnell; se
extravió al contemplar las piernas desnudas de Marilyn Monroe una y otra vez,
era su escena favorita, en el paseo por el andén de la estación cuando el aire
de las rejas de ventilación del metro levantó la falda blanca de la pícara actriz

136
por encima de la cintura en la película de 1955 The Seven Year Itch; amó a la
rubia elegante y fría Grace Kelly, para Fernando, coincidía con Alfred
Hitchcock, era el rostro más bello y equilibrado del cine; le trastornaban los se-
nos imponentes de Kim Novak en Vértigo, la turbadora adolescente Sara Mon-
tiel, los seductores ojos malvas de Elizabeth Taylor, las curvas espectaculares
de la provocativa Mae West, la cautivadora Lana Turner en El cartero siempre
llama dos veces, los maravillosos pechos de Victoria Abril en La muchacha de
las bragas de oro, las interminables piernas y el trasero alto de la vedette Nor-
ma Duval, la generosa anatomía de Sofía Loren, la cándida y dulce belleza de
Romy Schneider en Sissi, las caderas opulentas de María Omaggio en La Lo-
zana andaluza, la belleza agresiva, felina de Ava Gardner, el pubis rubio de
Barbara Bouchet, la mirada inquietante de la ambigua Marlene Dietrich. Fer-
nando ha visionado cientos de veces la imagen de Bo Derek saliendo del agua
en la película 10, la mujer perfecta, es una de sus preferidas.

Fernando vive en un mundo paralelo íntimo que le tiene abrumado, su herméti-


ca obsesión se la lleva Helena. Hace un año que no tiene noticias de la bella
muchacha, después de la muerte de José desapareció. Al Fernando estable le
tiene desasosegado el recuerdo de Helena, todos los días vive en su mente
aquella chica extraña, no entiende como se enamoró de un tipo como José.
Necesitaba saber de ella con urgencia, la esperanza de encontrarla la podía
tener Domingo el hermano de José.

Domingo vendía cupones en los soportales de la Corredera apoyado siempre


sobre la misma pared del bar las Flores junto a la vitrina donde Fernando
anunciaba los estrenos de cine. Fernando se paró con él.

―Domingo, ¿sabes algo de Helena?

―Sí ―dijo con sequedad Domingo.

―Hombre, no te pongas así, sólo quiero la dirección, si no te importa, es que


voy a Madrid y me gustaría invitarla a un estreno.

Domingo le dio las señas y Fernando le compró dos cupones de la ONCE. El


paso estaba dado, ahora las escusas a su compañera Teresa. A ésta le impor-

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taban poco los asuntos personales de él igual que sus escapadas. Teresa se
había transformado en una mujer reposada, satisfecha con sus clases, la única
pasión era su preocupación intelectual por la poesía, ella misma escribía ver-
sos en la más estricta intimidad, en la biblioteca personal aparecían los poetas
clásicos junto a los transgresores y modernos, tenía una relación por carta con
el poeta argentino Mario Gelman al que había conocido en una conferencia
sobre la poesía de la generación del 68 y que le informaba de las novedades,
sólo el argentino recibía sus poemas. Para Teresa era una delicia ir a la chope-
ra, sentarse en el viejo chopo de su juventud, leer, mirar a los niños jugar y al-
borotar como los pajarillos junto a la fuente de hierro, charlar un rato con el se-
ñor Aniceto, el viejo parquero que se pasaba el tiempo de jubilación en su par-
que echando una mano al nuevo con sus atinadas pautas para que el parque
luciera como en sus tiempos. Teresa y Fernando eran ya más compañeros que
amantes.

Fernando sin avisar se presentó en el piso de Madrid. Helena se llevó un susto


al encontrarse con él.

―Menuda sorpresa, Fernando. ¿Qué te trae por aquí?

―Unos asuntos relacionados con el cine. Domingo me dio tu dirección, y como


hacía tiempo que no se te veía, quizás desde la muerte de José y te fuiste sin
decir nada pues tenía ganas de saber de ti, pero me voy porque veo que tienes
visita; si te apetece mañana nos vemos en la Puerta del Sol, yo estaré junto al
monumento de Carlos III.

―Allí nos veremos, sobre las tres de la tarde.

―De acuerdo, y perdona la intromisión.

―No importa.

La breve conversación la hicieron de pie en la entrada del piso; Fernando se


quedo cortado al comprobar que la visita era la de un muchacho de edad pare-
cida a la de Helena. No había huellas de actividades afectivas ni en el rostro ni
en la ropa, algo que tranquilizó al mirón Fernando.

138
La vio llegar desde la estatua ecuestre, se fijó en ese andar ondulante y seguro
de las mujeres sensuales con la mirada alta y al frente sin atender a los viejos
rijosos que la desnudaban ni a los hombres que la piropeaban, parecía no es-
cuchar nada, desdeñosa con los mirones. Helena era la mujer deseada, ella lo
sabía; todas las hembras bellas reciben halagos desde la pubertad, son agasa-
jadas tanto por hombres como por mujeres de modo habitual.

Helena llevaba un vestido ligero estampado en colores verdes que el leve vien-
to ajustaba al talle para el deleite del sector masculino y para la vista ávida de
Fernando.

Se saludaron

―Aquí me tienes.

―No sabes cómo te lo agradezco, pensé que no vendrías. ¿Comemos?

―Buena idea, conozco un restaurante gallego cerca del Parlamento donde po-
nen un buen menú, ¿vamos?

―Lo que tú digas.

El restaurante era acogedor y dispuesto de tal manera que la intimidad estaba


asegurada. La decoración con motivos gallegos los trasladaba al ambiente ma-
rino, ondulado y verde de la dulce Galicia. El sitio era perfecto para la confiden-
cia. Pidieron comida típica de la zona acompañándola con un albariño de Cam-
bados. El delicado vino blanco animó el diálogo y la agitación de Fernando que
en un abandono de pasión quiso tomar las manos de ella que Helena rechazó.
“Perdona, no es mi intención molestarte, pero estás tan guapa que me puede.”

―Helena, ¿quién es ese chico que estaba en el piso?

―Es mi hermano ―sonrió con picardía Helena. La chica adivinó las intencio-
nes de él ―. Fernando este verano había pensado ir al pueblo el mes de agos-
to, le he dado muchas vueltas, imagina por qué: la muerte del pobre José me
dejó muy tocada y pensé pasar página pero algo que no sé explicar me lleva al
lugar donde he sido feliz, tengo nostalgia del valle, de la montaña, de los rinco-

139
nes del bello barrio judío por donde nos perdíamos José y yo abrazados, be-
sándonos a cada paso para terminar siempre en el río, beber agua fría de la
fuente Chiquita y amarnos en la orilla del riachuelo en la madrugada, en el si-
lencio cómplice, en la luna inocente. Tengo ansias de volver, de reconciliarme
con José llevándole unas flores a su tumba y hablar tantas cosas con él des-
pués de un larguísimo año, recorrer los mismos pasos que pisamos los dos y
soltar todas las lágrimas contenidas. También tomarme muchas copas en su
pub, en la misma butaca donde reímos, lloramos y hablamos de todo.

El monólogo lo interrumpió Fernando.

― ¿Qué tenía José de especial para engancharte con tanto fervor? Para mí era
un infeliz con muchas lagunas, no me lo explico.

―José ―contestó Helena ―, era extremadamente frágil, pero un ser lleno de


luz sin una pizca de maldad, una persona, como tantas, incomprendida con la
fortuna de espalda. Me enamoré de él por su mirada de perrillo abandonado
aunque su sed de amar era ilimitada, nunca he sentido tanto a un hombre co-
mo a José y he estado con algunos.

Se callaron. El tortuoso Fernando miraba a la bella, esbozaba una sonrisa ma-


liciosa, en su imaginación lujuriosa sospechó de sus primores, convencido de
sus actividades de chica de relaciones dudosas; no se creyó que aquel chico
del piso era su hermano sino un cliente. Con intención preguntó:

― ¿Qué hacemos? ¿Vamos al piso?

―Lo siento Fernando, tengo que visitar a mi madre, la mujer necesita mis cui-
dados, lo comprendes, ¿no?

―Como quieras, te veo en agosto.

―Sí, sí, allí estaré, seguro.

Se despidieron con un abrazo. Fernando la vio caminar entre la gente hasta


desaparecer por la calle Carretas, un instante después se fue caminando hasta
le estación de Atocha ensimismado en sus fantasías. En el viaje de regreso al

140
pueblo llevaba un extraño sentimiento de haber dado el patinazo de su vida.
Estaba humillado, frustrado, jodido; él que se pensaba que iba a conquistar a la
chica de sus sueños con sus capacidad de seducir, con su elocuencia abruma-
dora, con sus modales refinados copiado de tantas películas, y un hombre tan
listo confundió el deseo con la realidad. Los fabulados días del invierno y de la
primavera pensando y desando a su diosa se fueron por la alcantarilla del fra-
caso.

Al fin llegó agosto. Fernando esperaba en el andén, recorriendo nervioso una y


otra vez el firme del apeadero, se paró al ver el tren asomar por el berrocal,
unos minutos después bajaba Helena. Se dieron un flojo abrazo, un diálogo
intranscendente resumió el encuentro.

― ¿Dónde te llevo, Helena?

―Al hotel de apartamentos.

Otra frustración más se apiló en el ánimo de Fernando, no entendía la frialdad


de ella, él que había soñado con un encuentro novelesco en las últimas noches
del verano encerrado en su estudio, parando el momento de su presencia, exci-
tado en visiones verdes de la hermosa joven. La realidad, casi siempre chata,
bajó del guindo al ilusionado caballero.

Helena indiferente a los ardores del iluso amante revivía en soledad los días
pasados con José por los mismos espacios transitados. Todos los días iba al
cementerio, todos los días se sentaba en el mismo lugar donde se tomaba una
copa con él, todos los días recorría el paseo de los pinos hasta el asiento de
piedra de la Plaza de Nápoles, todos los días bebía agua de la fuente Chiquita,
todos los días se tumbaba en el prado junto a la orilla del río.

Fernando acechaba como un gato el momento de cobrar la pieza. El 14 de


agosto marcado en rojo era el día; la noche del 14 con la verbena del casino se
inauguraba las ferias y fiestas del pueblo, en esta noche señalada los habitan-
tes de la comarca y lo más burgués del pueblo se reunían alrededor de la pista
de baile con sus mejores atuendos. Noche de miradas, de chismes, de borra-
cheras, de vicios furtivos de hombres maduros embelesados en los movimien-

141
tos sensuales de las jóvenes. Fernando tan crítico con estas veleidades, tan
duro con sus vacíos paisanos había invertido su solidez insurgente y caía en
sus redes como uno más, arrastrando a Teresa y a los amigos de siempre. Hoy
sólo estaba interesado en Helena. Fernando venció la resistencia de ella con
astucias de veterano hechicero de la palabra: “lo vamos a pasar de maravilla,
será una noche que no olvidarás, créeme, te lo prometo,” otras muchas prome-
sas convencieron a la muchacha. Helena estaba preciosa vestida sin lujo, con
la belleza de su naturalidad eclipsaba los aderezos y maquillajes de otras em-
peñadas en lucir por encima de sus posibilidades.

La orquesta inició el bolero “Reloj no marques las horas” y Fernando sacó a la


pista a Helena que no opuso resistencia. La lentitud del baile permitía a Fer-
nando sentir la sensualidad voluptuosa que desprendía aquel cuerpo cubierto
por un leve vestido; se dejó llevar por la enajenación del momento, abandona-
do en sus brazos cerró los ojos perdido en la dicha perfecta, ella apoyó la ca-
beza en su hombro dejándose llevar. Bailaron con el tiempo de los boleros que
salían de la voz sugerente de la solista, sonaron: “toda una vida”, “ansiedad”,
“aquellos ojos verdes”, “te amo”…Y Fernando dulce como un merengue, em-
briagado de melancolía, dejado a su suerte, extraviado, sólo sentía el cuerpo
de ella, el aroma de su pelo, el gozo enajenado de tenerla tan cerca y llevado
por la letra de un bolero musitaba palabras de amor: “ te quiero Helena, te de-
seo Helena, ya no puedo vivir sin ti, déjame amarte por favor”. Ella no respon-
día.

En la mesa, Teresa observaba paralizada la escena en la pista de baile, la


sangre le hervía en las venas, no se lo creía. Llegaron los amantes, la sonrisa
de beodo de él aumento su ira.

―Me voy a casa.

―Teresa por favor no me hagas esto.

―Allá tú. No quiero montar un espectáculo, pero lo de esta noche sobrepasa


cualquier límite, eres patético y tu crueldad es infinita, piensa.

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Teresa se levantó y con ella Ángel y Marga. Durante el trayecto Marga amagó
con algunas palabras de consuelo, pero Teresa sólo contestó: “gracias Marga
eres muy buena, ahora no”. “¿Te acompañamos?” preguntó Ángel. “Prefiero
estar sola, gracias de verdad”.

La pareja se trajinaba la noche entre bailes y copas. Fernando estaba tan pues-
to que la desazón no erosionaba su veleidad, el consuelo y la felicidad estaban
en Helena y nada frenaba aquel caballo desbocado. Amanecía.

―Estoy cansada, Fernando, me voy.

―Te acompaño.

Dieron un rodeo desde el casino hasta el hotel, Fernando la asía por la cintura,
la llevó por la chopera, a su abrigo se besaron y se acariciaron; Fernando quiso
llegar hasta el final, pero Helena se negó:

―Es suficiente, vámonos.

―Me tienes loco, ¿sabes? Haré lo que me pidas.

―Estoy muy cansada.

Un rayo de lucidez diluyó el enajenamiento turbio que le acompañaba desis-


tiendo del propósito amasado durante días y sobre todo en esta verbena pro-
miscua. Fernando llegó sobre las siete de la mañana, ebrio de emociones se
metió en la cama sin olvido y se durmió al instante. Murmuraba entre sueños
palabras borrosas, un nombre salía limpio: Helena.

Teresa se levantó, el sueño no llegó, le sintió llegar, el asco era absoluto, ni un


segundo a su lado, se dio una ducha rápida y se fue a casa de Ángel y Marga.
El rostro seco y serio de Teresa lo explicaba todo.

―¿Quieres un café? ―preguntó Marga.

―Como quieras.

Marga trajo el café y las dos se sentaron en el sofá; necesitaban una larga con-
versación.

143
―Suéltalo todo Teresa.

―Es un cabrón, es un hijo de puta. Nunca pensé que me la pegara de ese mo-
do delante de todos. ¿Cómo se puede ser tan imbécil? Putero, pedante, asque-
roso. Es…es imposible ―la voz le fallaba, tanta era la ira.

―Te comprendo sin reservas. Recuerda cómo eran los dos en nuestra juven-
tud. A Marcos me entregué con toda mi alma, le admiraba por su radicalidad,
por su libertad, por su entrega, me amaba con pasión desatada, nos queríamos
en cualquier sitio, le importaba un pito la gente, a veces llegué a pensar que los
mirones le ponían y acuérdate lo que me hizo. Las pasé canutas, me sentía
humillada y rota como las muñecas abandonadas en el desván desmadejadas
y sucias. El monstruo no tuvo compasión, ni sus hijos le retuvieron se fue para
siempre, todavía estoy esperando una señal. Perdona que te cuente, pero las
traiciones se parecen tanto, ¿verdad Teresa?

―Verdad. Yo también confié en él, él tan refinado tan culto tan equilibrado;
¡qué ingenua he sido! Yo que me creía que él estaba por encima de las velei-
dades femeninas, qué poco le conozco. Se habla, se escribe de la intuición fe-
menina, es que somos tan amantes que nos olvidamos que los tíos sólo pien-
san con el pene. Ni estudios ni leches cuando ven a una mujer joven y guapa
babean como los perros, se comportan como ellos, les huelen el culo y a mon-
tarlas.

― ¿Qué vas hacer?

―Está muy claro, dejarle. ¡Cómo voy a convivir con ese mierda! No comprendo
como por un coño tira todo, es un estúpido. De algo estoy segura: esa chica no
le quiere, Helena es enigmática, apenas sabemos de ella, pocas veces se ha
expresado, reconozco que es muy atractiva, ¿pero es motivo para que él pierda
la cabeza?

―¡Va! Ya se sabe que los tíos son unos calaveras y a nosotras nos tocaron los
más crápulas. Es paradójico: los dos eran los refinados, los intelectuales, los
listos. Nos deslumbraron con su sabiduría de pacotilla y no eran más que co-
mediantes rellenos de soberbia ―dijo Marga para consolar a su amiga.

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―No le necesito para nada, dentro de poco tiempo me suplicará; en realidad es
un pobre cobarde.

― Pero no te ablandes, Fernando es persuasivo y tratará de engatusarte.

―Sé de sus tretas, son muchos años juntos Marga.

―Es verdad yo también le conozco, nunca pensé que el más digno de nuestros
amigos, el más revolucionario junto con mi ex, el más coherente patinara de
esta manera, no lo entiendo, al final Octavio va a tener razón somos unos pro-
gres de salón, unos pequeños burgueses que jugamos a ser revolucionarios
pero que nos hemos mojado poco; los adoquines de las barricadas del Barrio
Latino en el mítico 68 no eran tan rojos.

―Claro, nosotros con palabras altas en la chopera, en el desván, en las Cue-


vas del Calvo, en la terraza de Las Palmeras completamos nuestra cuota re-
belde y el mundo sigue igual, fíjate como acabamos: Marcos, José, Fernando
yo misma convertida en una normal profesora de filosofía, mi promesa hecha a
Luis Felipe Montero un lejano día en su casa, de remover conciencias críticas
se desvanecieron por mor de mi seguridad, y la verdad, por comodidad. Me
siento muy mal por todo Marga ―y a Teresa se le agotaron las palabras opri-
mida por la fatiga.

―Vamos Teresa, mira hacia adelante, tienes todo por hacer, tú vales mucho y
nos tienes a mí y a Ángel, pégale una patada en el culo a ese gilipollas no te
merece.

―Es fácil decirlo Marga, tú lo pasaste mal, te echaste a perder sin entender por
qué Marcos te la pegó, menos mal que apareció tu ángel salvador, ¿y ahora
qué?

―Saldrás, el tiempo lo cura todo, es una frase manida pero es real.

Las dos amigas charlaron toda la tarde.

Fernando se levantó a deshora. Tenía la boca pastosa, le dolía la cabeza.


Abrió la nevera cogió la botella de agua y bebió con avidez hasta vaciarla, des-

145
pués se hizo una manzanilla, el estómago le ardía de acidez, se metió en la
ducha y dejó correr el agua fría hasta espabilarse; su pensamiento era Helena.
En pocos minutos esperaba en el hotel a que bajara. Helena apareció luminosa
vestida con un pantalón vaquero y una blusa roja, sin nada de maquillaje sólo
una pincelada rosa en los labios.

―Estás guapísima ―dijo el arrebatado Fernando

― ¡Gracias!

―Vamos.

Agarrados de la mano se metieron por la calle principal abarrotada de gentes


que curioseaban por los puestos de la feria. Helena miraba pulseras trenzadas
a mano y pendientes de aro y Fernando obsequioso se adelantaba. El día es-
taba radiante de sol, la fecha del quince de agosto centraba la festividad mayor
del año, a la gente se la veía feliz en el escenario repleto de juegos, bandero-
las, guirnaldas, carruseles, puestos de chucherías, tómbolas, columpios, co-
ches de choques, chozos donde se tomaba sangría y peces muy fritos…Helena
y Fernando recorrían los bares atestado de vecinos y forasteros, las cervezas y
la sangrías las acompañaban con aperitivos de la tierra; se hartaron de pinchos
de bacalao, de patatas bravas, de cortecillas en adobo, de jeta a la brasa, de
pimientos rellenos. Un poco achispados, y el estómago lleno, con la tarde en-
trada, el físico pedía pausa. Los dos enlazados por la cintura se fueron al apar-
tamento. Una ducha rápida, y la cama, amparo para cuerpos perjudicados co-
mo los suyos, pero a Fernando se le fue el cansancio al ver a Helena desnuda,
temblando de excitación se acopló al esplendor de aquel dechado de hermosu-
ra reservada hasta ahora para él. Helena se dejó llevar alagada por su fogosi-
dad.

Aun faltaba un trecho en el día más exaltado de su incipiente relación. El amor


nubla cualquier objetividad y cualquier reparo. Fernando, cegado de pasión,
postergó las miradas desautorizadas de los conocidos y con ostentación pa-
seaba el trofeo, su trofeo. El crepúsculo invitaba a la confidencia; sentados en
la terraza de Las Palmeras entre cubalibres y cigarrillos, Fernando desataba su
fácil oratoria explicando la vida, su vida, sus arrebatos revolucionarios, su es-

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cepticismo, su pasión por el cine y Helena escuchaba distraídamente las pajas
mentales del personaje sonriendo de vez en cuando por cortesía. Ella compa-
raba las diferencias entre su amado José tan sincero tan abierto tan transpa-
rente tan sencillo con el pedante Fernando tan sofisticado tan forzado tan inte-
lectual y una sonrisa enigmática se posaba en sus labios rosa.

Y los días se iban, el final de agosto avisaba de la hora temida. Fernando no


aceptaba su marcha.

―Quédate Helena.

― Hemos hablado de esto muchas veces, te dije que mi vida está en Madrid.

―Todo ha sido una farsa, ¿no?

― No

― ¿Entonces?

―Tú te la jugaste, yo no.

― ¿Y ahora qué?

― Es tu problema.

― Nunca pensé que fueras tan cruel.

―No es verdad, ya te lo dije en Madrid; tú perdiste la razón, me acosaste con


insistencia, me dijiste que era una historia de verano, me juraste que después
cada uno con su vida. Tengo buena memoria

― Pero…

― Ya tienes años para aventuras casi de adolescentes, tú tan reflexivo no adi-


vinabas las consecuencias de tus actos, la fastidiaste la noche del catorce
cuando me sacaste a bailar con la música de los boleros tan románticos, re-
cuerda cómo me abrazabas, cómo rozabas mi pelo con tus besos delante de tu
compañera Teresa y de tus amigos y de los asistentes vecinos tuyos, tú no te
dabas cuenta, a ti te daba todo lo mismo, pero yo notaba las miradas de repro-

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che, recuerda que Teresa y tus amigos se fueron ¿o ya lo has olvidado? No
quiero ponerme en la piel de esa chica en la noche de la verbena, despierta
Fernando, no te voy a dar lecciones de ética pero debemos ser coherentes con
nuestras acciones. Fue y es tu problema ―era la parrafada más larga que He-
lena había soltado en el tiempo que estuvo con él.

―Estoy aturdido es como si me hubiesen dado un puñetazo, no sé qué decir,


he sido tan cretino, perdóname.

―Por descontado. Mañana me voy.

―Lo sé, lo sé, lo sé ―repetía dándose puños en la frente ―estaré allí Helena.

A las cinco de la tarde salía el tren. Fernando todavía albergaba una mínima
esperanza. Se había pasado la noche en blanco. Fue a buscar a Helena al ho-
tel. El trayecto hasta la estación casi en silencio. Los amagos de conversación
los cortaba la joven con un intencionado: si, no. Llegaron con adelanto. Las
manos de Helena rechazando sus manos y él acosando hasta el último suspiro
y ella evitándole. Cuando el tren se acercaba, Fernando enajenado se abrazó a
ella: “no te vayas, no te vayas Helena, te amo”. Helena impasible se subió al
tren. Cinco minutos después el jefe de estación agitó el banderín rojo y el tren
lentamente se puso en marcha. Helena no sacó la mano desde la ventanilla del
vagón y a Fernando le corrían dos gruesas lágrimas por las mejillas envejeci-
das.

148
15

Teresa estaba acogida en casa de Marga no quería encontrarse con Fernando,


acumulaba mucho rencor, se pasaba el día en la habitación leyendo aunque
apenas retenía lo leído dispersa en imágenes de la noche en la verbena.

Ángel y Marga hablaron entre ellos.

― He pensado que podíamos ir de camping a Sesimbra en Portugal, un com-


pañero del colegio me ha hablado muy bien del lugar, me dijo que hay un cam-
ping municipal estupendo y que lo pasan muy bien en la playa, ¿qué te parece,
Marga?

― Me gusta la idea pero hay que convencer a Teresa.

― Corre de tu cuenta.

Teresa no puso pegas sólo que ella buscaría un hotel; su intención era no in-
miscuirse en la vida de ellos y además apreciaba mucho su propio espacio.

Durante dos días Ángel consiguió el equipo adecuado para la acampada. El 18


de agosto muy de mañana se montaron en el coche los niños, Teresa, Marga y
Ángel con destino al pueblo. A las dos de la tarde llegaban al camping “el Forte
do Cavalo” situado en lo alto de un monte cerca de la playa. Teresa con ayuda
de Ángel encontraron el Hotel do Mar, un hotel en la falda de un monte de pi-
nos debajo de un Castillo medieval, el alojamiento quedaba cerca del camping
y parecía un sitio tranquilo con vistas al mar.

149
Las mañanas reventadas de sol las pasaban en la playa de arena muy fina; los
niños disfrutaban a sus anchas del agua y la arena, ellos tomaban al mediodía
unas cervezas con un huevo duro al que ponían sal y pimienta en el chiringuito
de la playa, los chiquillos se contentaban con unos polos y patatas fritas. Eran
felices y Teresa volvía a sonreír. Por las tardes paseaban por el pueblo antes
de sentarse en la terraza de Emidio para degustar los deliciosos caracoles de
Sesimbra acompañados de pan torrado con mantequilla y tomarse una bandeja
de lambujinhas; otras veces iban a tomar café con dulces típicos como los pas-
teles de nata espolvoreados con canela, también iban a una placeta de arqui-
tectura tradicional con fachadas de azulejos colmada de restaurantes y en una
esquina la taberna del Pescador donde se bebía un licor anisado servido a pre-
sión que les ponía muy contentos, tampoco faltaba los helados de todos los
sabores que los niños lamían con deleite.

La familia se retiraba al camping, Teresa se quedaba un poco más tomando un


refresco en una de las muchas terrazas del paseo marítimo, apreciaba estos
momentos de soledad contemplando el mar. Un hombre como de unos cuaren-
ta y tantos años de pelo largo y barba cerrada y larga la observaba, el señor
transportaba un maletín de madera y un portafolio, se acercó a la mesa que
ocupaba Teresa.

― ¿Le puedo hacer un retrato a carboncillo? Perdone mi injerencia pero su


cara me atrae, ¿puedo?

― Bueno ―contestó con indiferencia Teresa.

Durante unos minutos el artista trazó las líneas fundamentales de su rostro


hasta conseguir la imagen perfecta donde resaltó la luz de los ojos.

― ¿Qué le parece?

― Me gusta, ¿cuánto le debo?

― Nada, es un regalo.

― ¿Y eso?

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― No lo sé ha sido un impulso, su rostro me atrajo, sobre todo sus ojos negros.

La consideración del pintor descolocó a Teresa que no sabía cómo agradecer


el detalle, pero algo en él le atraía.

― Le invito a una copa.

― La acepto, no tengo nada que hacer, por cierto ¿cómo se llama?

―Teresa ¿y usted?

―Mário, Mário Antunes residente en Lisboa.

―Una curiosidad, hablas muy bien el español.

―He vivido en España unos años.

Entonces vino una larga explicación de Mário por insistencia de ella. Teresa
estaba impresionada por la capacidad de fabular del pintor, por la naturalidad
de su palabra sin asomo de pedantería. “Si te aburro con mis historias me lo
dices”, pero la mirada lo decía todo y Teresa estaba encantada. Mário Antunes
inició su aventura en Granada.

―¿Conoces la ciudad?

―Sí, he ido varias veces, es una ciudad que me seduce desde jovencita
cuando un profesor me introdujo en la poesía y nos habló de los poetas de la
República y del poeta asesinado aquí. Antonio Machado en un poema trágico:
“se le vio, caminando entre fusiles/ por una calle larga/salir al campo frío/ aún
con estrellas, de la madrugada…

― “Que fue en Granada el crimen/ sabed ― ¡pobre Granada! En su Granada”


―cerró Mario ante los ojos emocionados de ella.

― Me sorprendes Mário.

― Es posible, un portugués recitando a Machado es raro ¿verdad?

― Sí, pero cuenta, cuenta, la curiosidad me mata.

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― El rastro de Federico García Lorca y la Alhambra me trajeron a Granada.
Tengo cuarenta y cinco años, después del 25 de abril en 1977 me fui de Lis-
boa.

― Perdona que te corte ¿cuando citas el 25 de abril te refieres a la revolución


de los claveles?

― Claro, yo participé de la revuelta. Cuando sonó Grândola, Vila Morena a las


0.20 del 25 de abril se me removió el sentimiento más profundo: la sed de liber-
tad. Nuestra revolución fue tan peculiar que no tiene comparaciones en la His-
toria. Hay una bellísima historia que prueba mi teoría: una mujer, Celeste Caei-
ro en la mañana del 25 portaba flores, flores que el dueño del restaurante don-
de trabajaba regaló a sus empleados porque se suspendió el banquete aniver-
sario de la apertura del restaurante. Celeste iba para su casa, las calles de Lis-
boa estaban tomadas por los militares, un soldado le pidió un cigarro, “no llevo
nada encima, lo siento”, pero en un acto de compasión para el pobre soldado
tomó un clavel rojo y lo introdujo en la boca de su fusil, con una ancha sonrisa
el soldado agasajó a Celeste y aquel acto se multiplicó, todos los fusiles de
Lisboa llevaban un clavel en sus cañones.

― Es una crónica preciosa ―dijo Teresa.

― Y el símbolo de una libertad ansiada desde 1926. El Estado Novo se ancló


en este pobre país bajo la bota de Salazar un dictador que aisló del mundo a
Portugal, Salazar mantuvo el slogan: “orgulhosamente sós” (orgullosamente
solos) manteniendo las colonias contra la opinión de todos y convirtiendo a
nuestro país en el más pobre de Europa Occidental. Por eso el 25 de abril fue
una revolución sin apenas desgarros. Yo estuve todo el día recorriendo Lisboa
cantando, fue una explosión de alegría, la percepción de renacer, me parecía
que mi país era otro: la gente y la luz eran distintos, en mí había una felicidad
infantil total.

― Parece todo muy quijotesco como muy romántico.

― Y así fue en un principio, no todo fue de color rosa, más adelante te contaré.
Aquel día venturoso para Portugal el presidente Marcelo Caetano exigió para

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su rendición la presencia de un oficial de alta graduación y a las 17:45 se rindió
ante el general António de Spínola. A Revoluçâo dos Cravos pasó a la historia
de este pueblo y cuando Portugal pasa por momentos difíciles la gente se ma-
nifiesta con la canción de Zeca Grândola, Vila Morena.

― Zeca es José Afonso, ¿no?

― Sí, él compuso la famosa canción el 17 de mayo de 1964 dedicada a la So-


ciedad Musical Fraternidad Operaria Grandolense. Zeca estuvo siempre al lado
de la revolución hasta su muerte en 1987, el pobre padecía la enfermedad de
esclerosis lateral amiotrófica (ELA) la misma que padece Stephen Hawking.

La noche penetraba deprisa cautivados por la grata conversación, Mário Antu-


nes formulaba su mundo con sencillez en un lenguaje hermoso que retenía la
total atención de Teresa que sonreía al contemplar sus gestos entregados que
le recordaban los de su admirado profesor Luis Felipe; una pequeña nube de
nostalgia pasaba por su cabeza, se depositaba en su rostro un momento, para
volver a mirar los labios y los ojos melosos de Mário.

― Me siento feliz a tu lado, tienes algo que calma, que destierra las tristezas.

― Pero si sólo he hablado yo, me gustaría conocerte mejor, Teresa. Es mi im-


presión pero pareces un poco introvertida como si te costara abrir tus senti-
mientos, ¿puede ser?

― Puede, todavía tenemos una semana por delante. Sólo te adelanto que
vengo de un episodio muy desagradable con Fernando mi compañero casi
desde la infancia. Ya es muy tarde y tengo que regresar al hotel.

― ¿Dónde te alojas?

― En el Do Mar.

―Te propongo otra opción, si te apetece, tengo un estudio a cien metros de


aquí junto al mar, además podemos escuchar el disco de Grândola, Vila More-
na, tengo varias versiones, a mí me gusta mucho la interpretación de Amália
Rodrigues; nunca me canso de oírla se me arrepio na pele o como decís en

153
español se me pone la piel de gallina ―un largo silencio se interpuso entre
ellos. Las miradas son todo ―. Te deseo Teresa.

― Y yo también.

Los pocos metros que los separaban hasta el estudio iban en silencio agarra-
dos por la cintura. El apartamento era pequeño y sencillo, estaba un poco des-
ordenado con cuadros sin terminar, olía a productos de pintura pero era muy
acogedor.

― Como te dije vamos a escuchar la mítica canción de Grândola, Vila morena


en la voz clara y desgarrada de Amália Rodrigues, después en la voz grave y
directa de José Afonso.

El disco empezó a girar; Mário abrazó el cuerpo de Teresa, con suavidad fue
despojando su cuerpo del breve vestido, sin prisas, besando la piel sonrosada
y caliente del sol hasta quedar desnuda delante de él. Mário recorrió cada zona
del cuerpo encendido, excitado, anhelante de ella, se oía terra da fraternidade.
Teresa hizo lo mismo besó el cuerpo fuerte con la humedad dúctil de sus labios
por las ondulaciones por las turgencias de la morfología varonil de aquel hom-
bre vertical, sonaba o povo é quem mais ordena. Se invadieron con la intensi-
dad del deseo urgente…dentro de ti, ó cidade.

― Gracias Mário, eres maravilloso.

― Gracias también, eres especial.

Durante un tiempo largo siguieron acariciándose, Teresa, entregada y plena,


era la mujer más dichosa del planeta. Abrazados volvieron a escuchar la voz
quebrada de Zeca, a Mário le corrían las lagrimas por el rostro que Teresa la-
mía con la ternura femenina y única que sólo una mujer puede dar cuando
ama.

― Me estoy enamorando de ti ―dijo Teresa arrimada a su cuerpo.

― Me pasa lo mismo.

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Las frases mimosas se desvanecían lentamente en las sombras del sueño pro-
gresivo, reparador, feliz. La luz cegadora penetraba por el balcón del estudio,
Mário bajó las persianas y volvió a desear el cuerpo desnudo de Teresa que se
dio la vuelta murmurando entre sueños palabras ininteligibles. Se despertaron
al mediodía, Teresa miró la hora en el reloj blando de la pared, se sobresaltó:

― Es tardísimo Mário y mis amigos estarán preocupados. Nos damos una du-
cha rápida y un café y nos vamos a la playa.

― No me agrada mucho la idea, yo te acompaño y después quedamos aquí.

― Mis amigos son encantadores, además quiero presentarte, son cosas mías,
por favor Mário te lo ruego.

― Acepto ―Mário intuía que Teresa le debía mucho a esos amigos, en la con-
versación de la pasada noche hizo referencias de ellos y de su generosidad

― Gracias Mário eres muy bueno.

Antes de ir a la playa se pasaron por el hotel. Teresa se puso el bañador y en-


cima un pareo y un sombrero de paja con una cinta roja en el medio.

― Ellos se ponen al final de la bahía junto al puerto de pescadores, tienen una


sombrilla con caballitos de mar.

Llegaron donde se hallaban ellos: Marga estaba tumbada bocabajo tomando el


sol, Ángel leía y los tres niños jugaban en la orilla.

― ¡Buenas tardes! ―dijo Teresa con júbilo.

― Vaya estábamos intranquilos ―contestó Marga con una mueca de censura


en el rostro.

― Perdóname, pero tengo sorpresas ―el gesto de Marga manifestaba duda


―. Después, después.

Las presentaciones de cortesía sencillas y los diálogos por parejas. Ángel y


Mário entablaron una conversación sobre política, fue una charla sumada de

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ideas muy afines, pero una pregunta sobre el buen manejo del castellano por
parte de Ángel dio un giro total al coloquio:

― Estuve en España unos años, “soy culo de mal asiento” como decís voso-
tros. La ciudad soñada para un modesto pintor como yo era Granada, fue un
flechazo nada más pisar el suelo empedrado del Albaicín, ¿lo conoces?
―Ángel negó con la cabeza ― tienes que ir, tú que además eres un entusiasta
de Lorca según me has contado. Me instalé en una buhardilla frente a la Al-
hambra, ¡qué espectáculo! Ángel, levantarme y acostarme frente a ella durante
dos años y se fijó a mis recuerdos como el tatuaje de amor de una belleza pu-
ra. En Granada pintaba una y otra vez el monumento desde el mirador de San
Nicolás, desde esta elevación se divisa toda la ciudad y la Vega y la imponente
sierra. Todos los días, fuera invierno o verano me ponía debajo de un árbol y
reproducía la Alhambra siempre diferente, a los turistas le gustaban mis repre-
sentaciones pictóricas y no me fue mal.

― ¿Te aburro? ―preguntó Mário escrutando su mirada.

― No, me encanta como lo cuentas.

― Vamos a tomarnos una caneca de cerveza y lo dejamos para otra ocasión.

― Bueno, sí, me apetece.

Las dos mujeres se metieron en las confidencias. Teresa deseaba compartir


con una de sus amigas de infancia la noche mágica vivida con Mário: “es ma-
ravilloso Marga, nunca he sentido tanto, este hombre tiene duende es la suavi-
dad y la gentileza de trato que desarma, es la armonía, es el equilibrio, es, es”

― ¡Me estoy enamorando Teresa!

― A ello y goza y estruja esta historia. Has sufrido mucho, te lo mereces.

― Gracias, gracias, gracias Marga, no sé como devolverte tu apoyo.

― No me debas nada, en este mundo tan absurdo, a veces, debemos dar sin
esperar, este es otro secreto de la felicidad.

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Los niños tenían hambre.

― Nos vamos ―dijo Marga ―. Si queréis compartimos, tenemos pescado para


asar de sobra.

― Otro día Marga, entiéndeme ―dijo Teresa.

― Claro, perdona, ¡qué tonta soy!

Se despidieron, hacía mucho calor. Mário y Teresa bajaron la cuesta agarrados


de la mano.

― ¿Qué te han parecido?

― Son encantadores, Ángel es un tipo muy preparado y Marga es una mujer


sencilla y alegre y a los tres chiquillos se les ve felices.

― Gracias a ellos no me he deprimido, qué importante es tener amigos en los


momentos difíciles ¿verdad Mário?

Mário Antunes afirmó con un movimiento de cabeza, tenía prisa por llegar y
liberarse del despiadado sol de las tres.

― ¿Has probado la caldeirada?

― No, ¿qué es?

― Ya lo verás, si te gusta el pescado cocido este plato es una delicia, a mí me


encanta.

Esperaron en una mesa del restaurante, mientras tomaban un vino blanco de la


región de Ribatejo un Vinha do Alqueve que a Mário le agradaba en particular.
Saborearon con deleite la comida, el vino, un postre portugués delicioso y sen-
cillo Serradura hecho con galletas, nata y leche condensada y una amendoa
amarga muy fría. Durante el almuerzo hablaron sobre Portugal, Teresa desco-
nocía este olvidado país tan cercano y tan lejano para la mayoría de españoles.

― Hemos vivido de espaldas, no obstante nosotros os conocemos mejor


―aseveró Mário.

157
― Es incongruente que las dos dictaduras de la Península Ibérica no se enten-
dieran.

―Tú sabes que Salazar despreciaba a Franco, con su soberbia intelectual le


tildaba de espadón sin cultura y Franco le acusaba de taimado y oscuro. Los
dos extraviados jodieron bien a los pobres portugueses y a los pobres españo-
les, así nos ha ido en Europa.

― ¿Sabes? de Portugal me atrae el Fado, es una música que me conmueve: el


desgarro amargo del ausente es tremendo.

― Es cierto, decía Fernando Pessoa que formó el alma portuguesa cuando no


existía, el fado es la fatiga del alma, la mirada de desprecio de Portugal a Dios
que le abandonó.

― Parece muy triste, pero me gusta.

― Así somos.

Dejaron la conversación, los camareros recogían las mesas y en el restaurante


no quedaba nadie. Se fueron al estudio, la sal del mar y la arena pringaban los
cuerpos. Duchados y frescos volvían a reunir sus deseos esta vez con la pa-
sión de la vida candente.

―Te amo Mário, me has resucitado, nunca creí que fuera tan ardiente siempre
me asignaron el papel de niña y de mujer formal, equilibrada, seria, y me adap-
té, esa es mi imagen, pero me he caído del caballo o me has tirado tú, bendita
caída, ahora descubro a mi edad otra Teresa que sale al exterior.

― La mala educación, la educación castradora nos anula la creatividad y sobre


todo la libertad, nos hacen monstruos reprimidos, encogidos, correctos en el
peor sentido; los Estados necesitan corderos y tontos para legitimar sus exce-
sos. Hay un ejemplo claro: cuando somos niños siempre alzamos la mano en la
escuela primaria, al pasar al grado superior nadie la levanta, esto lo digo por
experiencia; en Lisboa estuve un año dando charlas de arte en los centros, los
pequeños me cosían a preguntas, los grandes se las guardaban o no tenían, ya

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los habían inutilizados o estaban en el proceso. Hoy las aulas son recintos para
lavar cerebros. Es lo que pienso.

―Tienes mucha razón, yo que me dedico a la enseñanza veo alumnos desmo-


tivados, acríticos, pasivos, y es verdad, no preguntan. Enseñamos sólo cono-
cimientos y dejamos las emociones colgadas, seguro que es más importante el
qué que el cómo, los maestros nos inclinamos por cómo dar la asignatura en
lugar de intelectualizarnos, qué hay en nuestras cabezas, qué les decimos. Es
más cómodo inhibirse por desidia o por ignorancia o por el puto sistema.
¡Cuántos maestros analfabetos!

―Muy de acuerdo.

Tenían tantas cosas que contarse que los temas les atropellaban. Después de
las parrafadas mutuas se fueron a la playa. Agosto se iba con calor y el viento
estaba en calma. Gozaban con los baños del agua fría del mar, haciéndose
ahogadillas, besándose después como si fueran adolescentes; sobre la arena
palabras y palabras.

― Mário, ¿qué fue lo que más te gustó de España?

―De tu país casi todo, si estuve tantos años fue por el patrimonio cultural, por
su historia, por sus contrastes. Te voy a contar algo que pocas veces he desve-
lado; mi padre fue un brigadista en la guerra civil, estuvo en el 2º Batallón Do-
mingo Germinal junto a los anarquistas españoles; fue de los pocos que se sal-
varon en la Batalla del Ebro, pudo huir y regresó en 1938 a Lisboa. El anar-
quismo portugués fue el predecesor de la FAI, pero España siempre nos olvida.
Mis ideas libertarias se las debo a mi padre, él por desgracia falleció, yo le de-
bo mucho y mi recuerdo siempre en el corazón ―Mário Antunes detuvo la pa-
labra por la intensa emoción que la evocación de su padre le producía. Teresa
le tomó la mano―. Disculpa, Teresa, soy un sentimental aunque no me importa
esta condición: los hombres también lloran. Por eso amo a España, mi padre
tuvo siempre nostalgia de aquella España republicana tan adelantada que los
fascistas y el clero se cargaron de forma tan vil y cruel. ¡Cuántos españoles
desconocen la historia real de tantos luchadores que dejaron sus vidas por la
libertad! Ojalá recuperemos la memoria tirada en las cunetas, ellos se merecen

159
la verdad. “La verdad siempre es revolucionaria” decía un premio Nobel de Lite-
ratura francés.

― Me gusta lo que dices Mário, me recuerdas a mi profesor Luis Felipe que era
un amante de la verdad, el único que conocí en mi juventud, lástima que sus
discípulos mi amigo Marcos, mi compañero Fernando renegaron de sus ideales
como tantos que eran tan rojos de boca, yo misma me he adocenado, la única
que mantiene la fe en la revolución es mi amiga Sandra. Éramos siete ilumina-
dos por la antorcha de un febril profesor de literatura en el lejano 1967, de los
siete dos se fueron para siempre, uno de ellos Pedro el chico más limpio murió
de leucemia y José el desdichado no superó sus adicciones y el excéntrico
Marcos desapareció, éste casi destroza la vida de Marga la mujer de Ángel,
pienso muchas veces en aquellos años de luces, de tertulias interminables en
la chopera, de versos sueltos en un ambiente cerril y torpe, cómo nos elevamos
sobre la miseria del régimen franquista en la edad de la ingenuidad, nos em-
briagamos de palabras altas, de puños alzados, de canciones condenadas, de
poesía como “arma cargada de futuro” verso de Gabriel Celaya, qué pena Má-
rio en lo que nos hemos quedado.

― No mires atrás, la nostalgia del pasado es demoledora, yo sé por qué lo


digo, yo tiendo al existencialismo pesimista; el futuro me aterra, la edad, las
enfermedades, la fealdad y las pérdidas son pacto de mis reflexiones perturba-
doras y de mis pesadillas. No nos han enseñado a vivir, una asignatura que no
está en los programas de la vida, pura vida.

Se estaban poniendo melancólicos, los dos saltaron sobre los pensamientos


premiosos, el silencio necesario, las palabras que no se dicen se olvidan, era
un mutismo tácito y callaron con un beso largo. La tarde se echaba, el sol se
había ido detrás de un monte, la playa se despejaba de familias con niños, sólo
quedaban parejas de enamorados y muchachos que jugaban al fútbol con las
miradas de sus chicas que se reían con esas risas frescas de los retozos juve-
niles de sus elásticos chicos.

― ¿Nos vamos? ―preguntó Mário.

― Como quieras.

160
Fue una tarde larga de sol, de playa, de palabras y de halagos. La brisa del
mar y del sol agregaba belleza al rostro delicado de Teresa.

― Estás muy guapa Teresa.

― Gracias, Mário, será el aire de Sesimbra.

―Te deseo.

La frase produjo en Teresa una excitación carnal tan fuerte que las aletas de su
nariz vibraron de ganas de él. Con Mário había florecido la mujer pasional que
estaba oculta por capas de indiferencia. Fernando siempre vio en ella a una
mujer fría, culta, moderada, ambigua y descubrió en pocos días sus ganas de
amar y ser amada con lujuria como hembra por un hombre hábil como Mário.
Teresa estaba eufórica, renacida y feliz, su alegría era tan penetrante que ex-
clamó sin ningún pudor: “te quiero Mário Antunes”. Se fueron abrazados hacia
el refugio del pintor, agitados de marejada. Ni la sal se interpuso entre los cuer-
pos codiciosos de amor avaro y sediento, ansioso de tantas pérdidas. Fue el
crepúsculo más bello para Teresa que lloraba de gozo.

― ¿Por qué lloras?

― Tú lo sabes, farsante.

Y los dos rieron.

Era el último día de camping para Marga, Ángel y los niños. A las once estaban
en la playa, había que aprovechar las horas de arena y sol, sobre las doce lle-
garon Teresa y Mário.

― Se te ve radiante Teresa ―dijo su amiga Marga ―, no pareces la misma y


esto no es sólo cosa de la brisa marina ―y le dio un suave codazo de compli-
cidad.

La Teresa reservada se quitó la máscara y sin adornos le fue contando la aven-


tura con Mário. “Ya te lo dije el otro día este hombre es incomparable, lo cierto
es que estoy rendida a sus pies y habrá planes para el futuro; lo tenemos que
trazar y en eso estamos”.

161
― ¿Te vas a Lisboa con él?

― Ahora no podemos, yo no quiero dejar mi trabajo en el instituto, pero hay


posibilidades para el próximo curso. Te cuento: en Lisboa hay un instituto es-
pañol y todos los años salen plazas, intentaré conseguir este destino.

Mário propuso una cena de despedida. Todo fue muy bien. Teresa confirmó a
la pareja de amigos que se quedaba con Mário una semana en Sesimbra.

Durante el viaje de vuelta Teresa y Ángel opinaron sobre la relación.

― Fernando seguro que la está esperando ―dijo Ángel.

― Que le den, Fernando es un perfecto gilipollas. Nunca comprenderé que él,


el hombre cerebral perdiera la cabeza por una chica cuando todos sabíamos
que Helena es libre. Me contó Teresa que había rescatado su condición de mu-
jer porque llegó a creer que era frígida, que su vida sexual estaba en vía muer-
ta con Fernando y que había aceptado la condición de compañera con él. Y
fíjate qué miradas de deseo despiden sus ojos.

― Me di cuenta en la cena, todo eran atenciones de Mário con ella y al revés.


Mário es un tipo encantador y muy culto, me habló de su vida en España y de
sus estancias en Londres y París, ¿sabes Marga que su padre fue un brigadis-
ta y luchó como tus padres contra Franco?

― No lo sabía, sigue.

― Me dijo que un día te contaría a ti la historia porque yo le hablé de tu padre,


se emocionó y le tienes ganado.

Mário recorrió toda España después de su larga estancia en Granada, la ciu-


dad que más le cautiva de nuestro país, anduvo por Sevilla por Córdoba por las
bellísimas Úbeda y Baeza, de ésta ciudad retiene el aula donde Antonio Ma-
chado impartió clases de Literatura francesa a solas con su soledad y la honda
tristeza por la pérdida de Leonor, me dijo Mário que se conmovió en el aula
estrecha y fría viendo el paraguas del poeta colgado en el perchero. Un año de
estos tenemos que ir a Baeza. Después Mário recorrió el Cantábrico desde San

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Sebastián hasta Santiago de Compostela parando en Altamira sobrecogido por
las pinturas rupestres. Me dijo que gozó con las altas catedrales góticas de
Castilla la Vieja y siguió los pasos del Quijote por Castilla la Nueva y Madrid,
claro; estuvo varios meses atraído y fulminado por Velázquez y Goya. No podía
dejar España sin rastrear los pasos de uno de sus pintores preferidos: Salvador
Dalí y Cadaqués y la incalificable, maravillosa y única arquitectura de la Sagra-
da Familia de Gaudí en Barcelona.

El último y el más emotivo destino lo reservó a la memoria del poeta del pueblo,
el poeta de la tierra, del hambre, de la tortura, de la luz, del compromiso. Paseó
por Orihuela y se desordenó su emoción, evocó “las nanas de la cebolla” en la
casa-museo del poeta y en el cementerio donde reposan sus huesos junto a su
mujer Josefina Manresa y su hijo Miguel. En esta inolvidable conversación me
reveló que su secreta pasión era el cante jondo porque le aunaba al fado por el
grito del dolor universal que el desahucio de las gentes humildes sufre por la
horda despótica de una élite que juega en un tablero de ajedrez el destino del
mundo. Cambiando de tema: ¿qué te contó Teresa?

― ¿Te fijaste en ella? No parece la misma. Me explicó que Mário quiere conti-
nuar con su relación y la decisión de dejar a Fernando es firme, que no tiene
miedo.

― ¿Y Mário de qué vive?

― Es un pintor reconocido en Portugal, me dijo Teresa que hace retratos de


gente notoria y además trabaja en una revista satírica de la capital como ilus-
trador. Los veranos los pasa en Sesimbra haciendo caricaturas en el paseo
marítimo. Mário no se da importancia, su formación marxista le humanizó, en
esto coincidimos; para él lo necesario es la categoría humana lo demás es va-
nidad, no juzga ni por la riqueza ni la meritocracia.

―Y transmite serenidad ¿verdad?

― Es cierto me contó que buscando paz interior hace yoga y me animó a esta
práctica. Es un espíritu libre aunque se juzga con dureza, dice que tiene mu-
chas contradicciones, que tiende a la melancolía y al pesimismo.

163
― A mí, Teresa me dijo que aún tiene algo que conseguir o experimentar, se lo
dijo de forma tan enigmática que mi amiga lo dejó ir.

Durante el largo trayecto a casa la pareja desmenuzó las anécdotas en Sesim-


bra convencidos de volver al próximo verano.

Mientras los amantes subidos en la nube vaporosa de las seducciones se en-


tregaban sin barreras al conocimiento más profundo. El tiempo de silencio se
alejaba del tedioso pasado de Teresa que hermoseaba como un jardín en pri-
mavera al que Mário abonaba para que los colores brotasen intensos. Tiempo
de playa, de terrazas, de paseos, de sexo. El amor crecía en ellos como en los
niños día a día, “verso a verso”, beso a beso. El amor siempre es adolescente,
primario, irracional y lo vivían sin medidas entregados al único universo: sus
cuerpos; su proximidad era como una cortina que impedía una mirada más allá
de ellos. Teresa estaba asaltada de ardor como el rayo que no cesa, en su
arrebato le suplicó:

― No me abandones nunca, Mário. Amo, te amo como jamás he amado.

― Siempre te amaré.

Eran frases cortas que se dedicaban y venía después un silencio sonoro. Un


elixir de infinito placer circulaba por los subterráneos de lo más recóndito. Tere-
sa encontraba una felicidad antigua, inexplicable, sólo sentida en su niñez los
días de las ferias cuando el tamborilero del pueblo despertaba a los niños con
las melodías tiernas y alegres de su dulzaina y salían detrás del músico reco-
rriendo las calles del pueblo.

164
16

Empezaba a amanecer en Sesimbra, Teresa y Mário tenían por delante más de


cuatrocientos veinte kilómetros. A Mário le gustaba viajar y este viaje le apete-
cía por regresar a España, volvía después de unos años a pisar tierras extre-
meñas: Badajoz, Mérida, Cáceres, Plasencia, ciudades que conocía de paso.

Instalados en el coche iniciaban el trayecto sin prisas disfrutando de la soledad


de la carretera a esa hora primera entre dos luces. Mário puso una cinta de
Amalia Rodrigues y encendió un cigarrillo. Por las ventanillas bajadas entraba
el aire fresco que despeinaba la melena ondulada de Teresa. En Elvas se baja-
ron para ver la localidad fortificada, centro de compras para los vecinos de Ba-
dajoz, en un escaparate Mário vio una reproducción en barro de la noble cabe-
za de Zeca, pensó en Ángel y en su larga conversación sobre el 25 de abril.

― Le hará mucha ilusión, ¿verdad Teresa?

― No lo dudes a Ángel y también a Marga les impresionaste la tarde que con


tanto sentimiento entonabas la mítica Grândola, Vila Morena de José Afonso

Mário compró dos terracotas.

― Para ti, Teresa.

― Eres un amor, no sabes la ilusión que me hace.

Siguieron el trayecto hasta la vieja plaza de toros de Badajoz, el lugar más vil
de la guerra civil, Mário Antunes le contó a Teresa que él conservaba la crónica
165
de su compatriota Mário Neves enviada al Diário de Lisboa; horrorizado dijo
que jamás volvería a Badajoz. Los historiadores no se ponen de acuerdo pero
en el genocidio cayeron entre 1.800 y 4.000 personas sin juicios. Otro periodis-
ta norteamericano dijo que escribía la historia más dolorosa de su vida, “la es-
cribo a las cuatro de la madrugada enfermo de cuerpo y de alma…” y narra del
sadismo empleado por la barbarie falangista, por los regulares africanistas del
ejército sublevado y la guardia civil.

― Mi padre me narró la verdad, me dijo que la guardara siempre en mi memo-


ria, también añadió que el gobierno de Portugal devolvía a los republicanos que
huyeron de España.

― Las guerras son una estafa para la humanidad que nos deshonra como es-
pecie, y la guerra civil española fue un atropello brutal contra las libertades de
la joven República. Franco no hubiera ganado la guerra si Francia e Inglaterra
hubiesen apoyado al gobierno legítimo. Yo me cabreo cuando se comparan
muertos, ¿es que la gente no sabe que los militares africanistas dieron un gol-
pe de estado? La República con gobierno legal por supuesto tuvo que defen-
derse contra esa canalla que protegía los intereses espurios de la clase bur-
guesa que además contó con el apoyo de la Alemania nazi y de la Italia fascis-
ta. ¡Menudos aliados! ¡Vaya compañeros de viaje! ¡Qué legitimidad! Fue una
vergüenza. En nuestro país aún siguen los del frente popular arrojado en fosas.
No hay memoria ―dijo muy enfadada Teresa.

―Y tienes razón, los parias de la tierra tenemos que conquistar la libertad y los
derechos a base de lucha contra la basura omnipotente. La historia se repite
una y otra vez, ojalá fuera verdad el verso que recoge la canción de Grândola,
Vila Morena: “O povo é quem mais ordena”.

Se montaron en el automóvil dejando atrás Badajoz camino de Mérida donde


pensaban almorzar y pasear por los monumentos romanos y ver el magnífico
Museo Nacional de Arte Romano. Durante el trayecto conversaron sobre la bru-
tal represión en Badajoz capital y en los pueblos cercanos. Teresa le comentó
a Mário que Marga tenía mucha información por su padre Aurelio y su madre
Dolores, dos jóvenes comunistas al inicio de la guerra civil en 1936 que sufrie-

166
ron las consecuencias de la brutalidad de falangistas, legionarios y moros. El
odio hacia ellos adjetivándolos de ratas, alimañas y otros epítetos muestra a las
claras la repugnancia irracional de la derecha por unos seres que buscaban
justicia y dignidad en aquella trágica España de caciques. Teresa le dice a Má-
rio que se debe recuperar la paz definitiva con el reconocimiento de los muer-
tos que defendieron la legalidad:

― Yo creo, es mi opinión, que nunca habrá reconciliación y que España siem-


pre estará partida. La memoria colectiva, la memoria histórica vivirá en el lóbulo
central y en el hipotálamo del pueblo eternamente.

― Eres muy pesimista.

― No Mário soy bastante realista, las gentes de nuestro país son rencorosas,
sólo hay que escuchar a los políticos en sus mítines: se arrojan piedras. A ve-
ces pienso que seguimos en la España del 36, que nada ha cambiado, que los
dos frentes resisten.

― Dejemos por un rato la memoria, si te parece bien.

― Sí porque me pone de mala leche.

Comieron en el restaurante Nicolás donde degustaron una caldereta extremeña


con vino de la tierra y natillas caseras. Antes de coger el coche entraron por la
calle de Santa Eulalia que termina en la Plaza España donde tomaron café en
una de sus terrazas. Encantados con la visita a Mérida cogieron la Nacional
630 con destino a Cáceres. No podían pasar de largo sin darse una vuelta por
la sorprendente Ciudad Vieja que retiene el aire único del Medievo y del Rena-
cimiento por sus calles empinadas, por los monumentos y plazuelas. Desde la
ciudad Teresa llamó por teléfono a su amiga Marga: “llegaremos entre las ocho
y las nueve”.

A la nueve llamaban a la puerta de la casa de Ángel y Marga.

― Perdonad la espera ―dijo Teresa.

― Ha sido culpa mía.

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― No le hagáis caso ―le disculpó Teresa

― Me he permitido traeros unos presentes.

― ¿Por qué te has molestado?

Abrieron los regalos.

― ¡Qué maravilla! Me encanta. ¿Cómo lo has conseguido? −preguntó Marga.

― Teresa me dejó una fotografía tuya.

La caricatura estaba muy lograda, los rasgos de Marga ilustraban su personali-


dad: la exuberancia del pelo negro, los ojos amelados muy expresivos, la frente
noble, los pómulos agudos, una boca pequeña de labios gruesos un poco exa-
gerados y la nariz chata pero graciosa mostraban un acabado casi perfecto de
su carácter.

― Es para ti, Ángel.

Ángel después de la admiración y los reconocimientos para el regalo de Marga


abrió la caja.

― Muchas gracias Mário, es una sorpresa muy agradable.

― Hablamos tanto del 25 de abril y de él y de su hermosa canción que imagi-


naba que te haría ilusión.

― No sabes cómo, además me compré un LP de José Afonso, cada vez que


oigo Grândola me emociono.

― ¿Traeréis hambre?

Cenaron en un ambiente de cordialidad. En la mesa estaban Sandra y Octavio


tanto Marga como Ángel reclamaron su presencia, bueno a Octavio no hacía
falta invitarle se paraba todos los días a charlar con su amigo. Pero la sagaci-
dad de Ángel, un poco larvada por el nivel intelectual de Octavio, le pronostica-
ba un jugoso coloquio con el portugués. Durante la cena Octavio estuvo mudo

168
pero su mirada felina vigilaba todos y cada uno de los gestos de Mário y eva-
luaba sus palabras.

Le cayó muy bien, le parecía un hombre sencillo sin afectación, le inspiraba


confianza y su estilo de vida era paralelo al suyo, quedó rendido ante su sabi-
duría. Es sorprendente la ilógica de las impresiones, Octavio el indeterminado,
el obtuso se vaciaba ante un desconocido. El amigo Ángel se dio cuenta de la
empatía de Octavio hacia el portugués. La noche prometía. Aunque hubo un
detalle extraviado que sólo captó Teresa: a Mário se le iba la mirada persi-
guiendo a Sandra que también habló poco en la cena.

Mário era el foco de la velada, algo que le resultaba molesto. Teresa estaba
encantada con la erudición de él, su miraba enamorada un tanto boba como la
de todos los conquistados sorprendían a Octavio que hizo un comentario mor-
daz:

―Te ha dado fuerte.

―¿Lo comprendes, verdad?

―No soy idiota, es que Mário es un regalo ―Teresa le fulminó con su mirada
grande ―, oye que lo digo de corazón sin retintín alguno. ¿Sabes? Mário y yo
nos parecemos, nos cuesta encontrar un lugar en este mundo; yo llevo una
vida de asceta, vivo con lo justo, busco la felicidad despojado de todo, soy paci-
fista como Gandhi pero a diferencia de él no lucho, me parece una pérdida de
tiempo.

Las palabras intencionadas las recogió Sandra. Mário Antunes aguardaba ex-
pectante su respuesta, Sandra le atraía, había en ella una mirada febril de mu-
jer apasionada que cautivaba.

―Por respeto a Mário te voy a contestar sin agresión, Octavio; tu mente pun-
zante siempre busca una respuesta, tu aparente desidia es tu falta de proyecto,
tu fracaso; nos quieres meter en tu red para sentirte mejor, yo ya te conozco
muy bien y sé de tus estrategias, vamos, tus trampas, tus minas; sabemos las
razones de tu escepticismo, las justificaciones, pero ese camino trillado por
muchos como tú es puro polvo; no quiero discutir contigo estilos de vida, allá
169
cada uno, respeto la forma de estar en este mundo, aunque tú no me vas a
convencer ni me vas a apear de mis utopías ya me conoces Octavio.

Mário sonreía ante la avalancha de intenciones que Octavio recibía sin mover
una pestaña. En las frases comprendía la fuerza arrolladora de la hermosa
Sandra y se lo dijo.

―Me gustas, Sandra, Teresa me habló de ti en Sesimbra y no se ha equivoca-


do. Me atrae mucho tu compromiso personal, eres muy valiente.

La mirada verde de Sandra se humedeció: “gracias Mário”

La noche se extendía entre copas. La tertulia templada: “suave es la noche”


decía el gran escritor F. Scott Fitzgerald. Y así fue. Disfrutaron como nunca de
las confidencias, de las intenciones, de las palabras, de los halagos. Aquella
noche las espadas estuvieron envainadas; la armonía aportada por Mário y la
libertad de un grupo que sin los rozamientos del estridente Marcos ni el narci-
sismo del pedante Fernando se sentía holgada.

Esa noche marcaba el principio del fin de un grupo casi histórico. El repaso fue
inevitable y sobre todo nostálgico, los recuerdos dolorosos de los que se fueron
para siempre: el jovencísimo Pedro, el malogrado José, la evasión de Marcos,
desaparecido, la impostura de Fernando, incomprensible; después la revela-
ción de Sandra que los dejaba para irse a Nicaragua como cooperante y la sor-
presa de la velada que llegó de sopetón cuando Octavio anunció su próxima
marcha. También vino a la tertulia el recuerdo resistente de su viejo profesor
Luis Felipe Montero ya sólo para las tres mujeres: Sandra, Teresa y Marga. El
fantástico grupo de los siete del aquel irrepetible curso de 1968 se desvanecía,
ahora la memoria y el vacío siempre.

―Ha sido un honor conoceros, sois los mejores y gracias de corazón: me lo


habéis ganado. Yo mañana me marcho a Lisboa ―dijo Mário Antunes.

―Quédate unos días ―le dijo Ángel.

―No, debes entenderme ―y en ese momento miró a Teresa.

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―Es verdad qué tonto soy.

Era de madrugada cuando se despidieron. Teresa y Mário se fueron a la habi-


tación preparada por Marga.

―¡Buenas noches!

―¡Buenas noches!

En la intimidad Teresa y Mário conversaron de todos. Se amaron con intensi-


dad contenida después llegó el sueño profundo. Se levantaron tarde. Marga les
preparó un desayuno abundante. Llegó el momento de la despedida. La pareja
estuvo abrazada un buen rato.

―Sé fuerte, pronto nos veremos.

―Lo soy, ya sabes que mi decisión es inamovible. Cuando llegues a Lisboa me


llamas.

―Lo haré.

Mário se montó en su automóvil, Teresa y sus amigos se quedaron hasta verle


desaparecer. Ahora se acercaba el momento de la realidad y el rostro serio de
Teresa explicaba la preocupación.

―¿Quieres que te acompañe? ―preguntó Marga

―Bueno ―Teresa no podía articular palabra.

Fernando estaba sumido en la perplejidad desde que Helena le dejó plantado y


de la desaparición de Teresa. Atenazado por la culpabilidad se dejó ir, su as-
pecto dejado y sucio contribuían al desamparo por el que se deslizaba. Un
hombre tan inteligente y tan calculador perdía la cabeza por un amor imposible.
La única esperanza que alentaba es que su compañera Teresa le perdonara,
estaba dispuesto a todo, suplicaría si fuera necesario, se tragaría su orgullo,
mentiría. Su desesperación aumentaba cada día que pasaba sin ella; la angus-
tia era insoportable, las fuerzas se le iban y el tiempo lo invertía en la cama
amodorrado y debilitado incapaz de salir del círculo.

171
―Aquí te dejo, no te vuelvas atrás ―le animó su amiga Marga.

Era una frase sin respuesta, Teresa lo tenía muy claro. Pero el miedo insalva-
ble se ajustaba al corazón como un guante.

Llamó a la puerta sin decisión, esperó unos largos segundos; Fernando estaba
en la cama y no oyó la llamada; Teresa abrió, casi le tira el hedor que llegó a la
nariz, la casa era un montón de cosas tiradas por el suelo, el desorden y la su-
ciedad tomaban el comedor.

―¿Fernando?

Nadie contestaba. Teresa se fue al dormitorio y se lo encontró encogido entre


un revoltijo de sábanas. Teresa le zarandeó con cuidado, Fernando se movió
protestando adormilado y entorpecido por el sueño y la flojedad. Se restregó
los ojos como si viera una aparición.

―¿Eres tú, Teresa?

―Sí.

―¡Por fin! ―exclamó Fernando como un triunfo.

―Tenemos que hablar, pero antes lávate y aféitate y desayuna que pareces un
muerto.

Fernando renacía: se duchó, se afeitó y se perfumó.

―Aquí me tienes de nuevo, a olvidar el pasado, a tomar nuestras vidas como


antes: tú con tus clases y yo con mi cine, ¿de acuerdo?

―Te va a doler y mucho lo que tengo que decirte Fernando.

―Tú dirás.

―No sé ni cómo empezar, pero voy al grano no quiero que la amargura nos
destroce aun más a los dos. Tú me has hecho daño, me has lastimado como
mujer, tú sabes que no me lo merecía pues siempre fui una compañera leal. Me
enamoré de ti desde joven eras mi única referencia. La relación entre nosotros

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se deterioraba por la costumbre, parecíamos una pareja mayor; recuerda que
apenas me tocabas, que la pasión se había esfumado, que hablábamos poco,
que éramos demasiado educados en nuestra relación, que los detalles no exis-
tían ya entre nosotros y así podría seguir, no quiero hacerme daño ni hacerte
daño con más reproches, lo nuestro se acabó.

Era la frase maldita la que Fernando no quería oír, pero salió de su boca con
seguridad y Teresa era de las mujeres que no se volvían atrás.

―Por favor Teresa: perdóname, sin ti no soy nada, te necesito y todavía te


quiero. Es cierto lo que has dicho, fui un estúpido; te lo ruego: dame una opor-
tunidad, sólo una, cambiaré te lo juro, volveremos a empezar.

Fernando suplicaba arrodillado ante ella, lloraba con las manos juntas implo-
rando su perdón. El guión parecía sacado de una película trágica; resultaba
histriónica la actuación de Fernando tan patética, tan humillada, tan desmedida.
A Teresa aquello le parecía ridículo, de mal actor, casi infantil.

― A tu edad, con tu actitud siempre arrogante, tu esnobismo, tu control de las


formas, esto me parece una comedia.

― Eres una… ―no llegó a terminar la frase.

― Me voy para siempre.

― ¿El pasado no cuenta, Teresa?

― Claro, me quedaré con lo bueno, no soy una depravada a tu lado aprendí


mucho y te lo debo.

―También te he amado con pasión, ¿o ya no te acuerdas?

― Es cierto ―Teresa no añadió más dándose cuenta del talente agresivo que
esgrimía un Fernando desquiciado.

― ¿Me dejas así?

― No alarguemos la despedida, es mejor para los dos, nos haríamos daño.

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― Será tu opinión, tu…

Teresa no le contestó dejándole con la palabra en la boca. El aire limpio de la


calle supuso un indescriptible alivio para ella asfixiada por el olor insoportable
de la casa y la ansiedad de una conversación trabada. Marga salió a su en-
cuentro.

― ¿Qué tal?

― Regular. No se lo esperaba el muy imbécil, aún se creía que volvía a su la-


do.

― ¿Mencionaste a Mário?

― No, hubiese sido peor.

― ¿Y cómo estaba?

― Hecho un adefesio. Me sorprendió. La casa olía a excrementos, no te lo


puedes imaginar, espero que no haga una tontería.

― ¿Por qué piensas esas cosas?

― Es que le vi muy jodido, aunque es un comediante y todo puede ser una es-
trategia por su parte para conseguir mi perdón, no lo sé y me preocupa.

― Teresa no te sientas mal. Ese tipo es un pervertido, sólo te quiere para no


hallarse solo ahora que ha sufrido la soledad.

― Es inevitable Marga, son muchos años juntos.

― No sientas lástima por él; un día en la playa me revelaste algunas cosas


muy feas de Fernando. Yo tuve un desengaño con Marcos que me dejó muy
tocada, Fernando es del mismo pelaje que el otro, los conocemos Teresa, huye
sin compasión.

― Intentaré relajarme.

La conversación se producía mientras iban a casa. Por el camino se encontra-


ron con Sandra.
174
― Tienes mala cara Teresa, ¿Qué ocurre? Soy médico y puedes confiar en mí
―dijo alarmada su amiga al observar su rostro descompuesto.

Teresa por honradez a sus muchos años de amistad le confió los problemas.
Las tres mujeres amigas desde la infancia lloraban. Sandra le ofreció su casa y
su cariño. Teresa se animaba, probada la verdadera amistad, tan importante en
los momentos difíciles.

―Os agradezco de corazón vuestro apoyo, lo necesitaba.

―Siempre estaremos a tu lado, siempre ―contestaron las dos amigas.

Era de noche, Teresa se movía de un lado a otro.

―Tranquila ya te llamará ―le dijo Marga. En ese momento sonó el teléfono. Lo


cogió Marga ―. Es Mário.

Tuvieron una larga conversación. La cara de Teresa transmitía alegría.

―¿Todo bien?

―Sí, muy bien. Mário me ha tranquilizado y me ha prometido que pronto ven-


drá, ¿no es maravilloso?

―Ves, todo se arreglará. Ahora cenamos y a descansar que te hace falta.

Los niños se fueron a la cama pronto, el curso escolar había empezado y las
mañanas eran una montaña hasta salir camino de la escuela. Los tres amigos
se entretuvieron un rato charlando de lo cotidiano, la vida rutinaria volvía para
la pareja y Teresa era considerada y más ahora que estaba profundamente
premiada por unos amigos tan generosos. Los problemas se allanaban poco a
poco. Teresa estaba sola en su nueva casa de alquiler, su actual estatus le
proporcionaban tranquilidad y libertad, podía preparar sin sobresaltos los estu-
dios para acceder a una plaza en el Instituto Español en Lisboa y poder vivir
con Mário. La separación la había fortalecido, no sufría síntomas raros ni año-
ranzas ni bajones ni culpabilidad; a veces se preguntaba si no era un poco iló-
gico la falta de él, pero era lo contrario cada vez cobraba más felicidad; de to-
das maneras su vida se limitaba a sus clases, el único contacto social eran sus

175
amigos Marga y Ángel. Temía encontrarse con Fernando aunque no le guarda-
ba rencor, pero la amistad fue imposible sobre todo después de una visita de
Mário.

Tomaban unas cervezas en el pub de Domingo con sus amigos y allí apareció
Fernando, al verlos se le cambió la cara, con un gesto obsceno, visible para
todos los del bar, y un exabrupto hacia ella, se fue como un condenado. La vi-
sión de Teresa con aquel hombre de aspecto bohemio le revolvió las entrañas,
en su cabeza se ejecutaba una venganza.

Fernando apenas dormía obsesionado con Teresa, sus noches tóxicas le deja-
ban maltrecho, se alejó de todos, se emborrachaba solo en su casa y su dete-
rioro eran tan visibles que Octavio, que aun no se había ido, tuvo compasión
por él.

―Fernando, ¿qué necesitas? ¿Te puedo ayudar?

―No.

―Te vas a la ruina. No puedes joderte la vida por orgullo.

―Es mi problema. ¿De dónde sacas tu teoría? Eres un engreído siempre lo


has sido, desde que te conocí me caíste mal ―Fernando lo decía con mirada
turbia ―. Déjame con mi mierda.

―Necesitas ayuda ―insistía Octavio.

―Te equivocas, mi vida no vale nada.

Las últimas palabras se podían interpretar de una manera y a Octavio sí le pu-


sieron en alerta.

―Me quedo contigo, además vamos a ir a un especialista.

―¿De qué estás hablando?

―De un siquiatra Fernando, conozco los síntomas y tienes una depresión im-
portante. Necesitas con urgencia al especialista que te saque del agujero.

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―Déjame solo, quiero terminar de una vez con mi vida, estoy harto de vivir, soy
un desgraciado. No quiero ver a nadie.

―La vida es hermosa Fernando.

―Gilipolleces de cura.

Octavio mostraba el verdadero rostro de la fraternidad, el compromiso de un


hombre maltratado por su particular forma de vivir se humanizaba ante la des-
gracia del amigo. Al final Fernando conmovido por la abnegación, la misericor-
dia y la palabra de Octavio al que detestaba renovó la voluntad de resistir. Y se
puso en manos del especialista en las enfermedades del alma tan poco enten-
didas. Después de unos meses tortuosos, Fernando salió de la hondura de su
mal y retomó su mundo y se perdonó.

Un día sin comentarlo a nadie sin dejar ninguna nota Octavio Acosta, el fugitivo
inclasificable, el hombre vertical, buscando un lugar en el mundo se marchó. Su
desaparición dejó muy preocupado a Ángel que no entendía su marcha, pero
no temía por él; alguna vez en las largas conversaciones de su casa, Octavio le
dio algunas pistas sobre su futuro, hablaba de buscar la paz definitiva en algún
país lejano, se refería a la India.

El último año Octavio Acosta tenía un escogido grupo de jóvenes con los que
estudiaba y analizaba el camino a seguir en su incesante búsqueda de la ar-
monía. Se reunían por las tardes en la austera vivienda que se había construi-
do con sus manos a las afueras del pueblo cerca del río. La gente del pueblo
empezaba a murmurar, la presión absurda como tantas promovidas por los
“honestos” hundieron su reputación. Como a Octavio nada ni nadie le ataban,
era tan libre que la comidilla de unos pueblerinos maliciosos no iba a derribar
sus convicciones. Se fue sin ira. Como había llegado se fue sin nada.

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17

A Marga le punzaba la ausencia de Octavio, intuía su marcha, su compañero


Ángel seguro que sabía más, cuando llegó a casa se lo preguntó.

―Ángel, ¿por qué se marchó nuestro amigo?

―A Octavio nada le retenía aquí, se portó con rectitud siempre, pero ya sabes
la incultura miserable de los maliciosos. Y eso no lo toleraba. Yo mismo estuve
en varias asambleas en su casa y puedo afirmar que eran charlas de cultura
crítica y de ejercicios de yoga. Los pocos que iban se relajaban y aprendían. Sé
que se decía que los chicos salían fumados, falso, tú conocías bien a Octavio y
nunca se fumó un porro.

―Es cierto.

―Octavio era un ser libre, si quieres un poco estrafalario, un poco cáustico me-
jor dicho irónico, pero era su muro, detrás estaba un hombre muy inteligente y
muy frágil. Su verdadera nobleza la demostró ayudando a Fernando. Recuerda
las puyas que le metía éste; a mí me decía: “no le aguanto, y date cuenta la
paradoja, Marga. Los demás miramos para otro lado ante la hundimiento visible
de Fernando, sólo él.

―Tienes toda la razón Octavio era distinto y eso tiene un precio. Me cuesta
recordar algunas cosas de mi niñez y de mi juventud pero ahora comprendo.
Ya te conté la triste crónica de mis padres y en un rincón de mi memoria se
almacena un recuerdo vago pero cierto: de pequeña apenas tenía amigas es-

178
toy convencida que los padres les comentaban sus recelos. Aquellos rojos se-
ñalados, mis padres, pobrecitos, jamás dieron una queja, nunca nos contaron
nada solamente supe la verdad el día que me vio con el libro de poesía Viento
del Pueblo de Miguel Hernández que me regaló mi profesor Luis Felipe Monte-
ro. A mi padre le vi limpiarse los ojos y ese momento lo retengo, mi piedad por
él y por mi madre se agrandaron. Fíjate, Ángel, tuvimos una infancia feliz yo y
mis hermanas; nunca sufrimos un maltrato, a mis padres jamás les vi discutir
se respetaron y se amaron hasta la muerte y otra cosa importante: mi padre
trataba a mi madre con una delicadeza singular, nunca supe el fondo pero intu-
yo que fueron las vejaciones a las que la sometieron.

―La diferencia siempre es sospechosa para la intolerancia. Hubiera gozado


mucho oyendo a tu padre narrando aquella terrible guerra, oír de su boca las
impresiones que le causó el conocimiento personal de Miguel Hernández, de
su dura experiencia en la cárcel, de los años de plomo en el pueblo, de los si-
lencios, de las conversaciones clandestinas a la parva luz de una bombilla en
las profundidades de la casa con tu maestro Montero. Sabes que estoy muy
interesado por este periodo de la Historia, quizá escriba un libro sobre la me-
moria secuestrada de la Alta Extremadura, estoy recopilando información en el
pueblo de los represaliados y los fusilados.

―Ten cuidado Ángel, todavía hay heridas abiertas.

―Ya lo sé Marga, pero es un deber ético y un compromiso con la verdad. Hay


que hacer visible también la invisibilidad de las mujeres en la contienda, por
ejemplo el caso de tu madre.

―Este pueblo tiene memoria para lo que quiere.

―Pero Marga, ¿siempre nos callaremos por la convivencia? Esta Transición ha


permitido que muchos verdugos mueran impunes, yo los hubiera sentado en el
banquillo pero esta democracia es tan aséptica, tan puritana que muchos sica-
rios siguen en el poder. Numerosos comunistas exigieron la ruptura pero el to-
dopoderoso Secretario General del partido actuó por su cuenta.

―Déjalo Ángel, olvídate de los políticos y disfrutemos de nuestros hijos.

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―Es que me indignan las reservas políticas y las decisiones unipersonales,
costumbre de los viejos partidos que hay que cambiar con valentía y más en un
partido que se define democrático y dialéctico; abajo el centralismo democráti-
co forma sutil de liquidar la elaboración colectiva, cada vez estoy más de
acuerdo con Antonio Gramsci cuando propugnaba que un partido debe contar
con las bases y que funcionen como el intelectual sumado, para este gran filo-
sofo marxista todo hombre es un intelectual, pero veo que mi charla te aburre,
te comprendo soy un pesado―. Ángel dejó la conversación por Marga que le
miraba sin poner atención.

Teresa apareció exultante. Se abrazó a Marga

―Lo conseguí ―estaba tan emocionada que sólo repetía: “lo conseguí, lo con-
seguí”

―Pero, ¿qué? Teresa.

―La plaza en el Centro Escolar en Lisboa ―y soñadora ―: qué feliz voy a ser
al lado de Mário ―parecía una adolescente apasionada.

―Me alegro de verdad. Ángel y yo hemos decidido pasar el mes de julio en el


camping de Sesimbra con los niños; el año pasado disfrutamos como nunca.

―Perfecto Marga, allí nos veremos los veranos; madre mía ¡qué contenta es-
toy! Con la euforia ni he llamado a Mário.

―Oye, una curiosidad: ¿sabes algo de Fernando? Hace tiempo que no le veo.

―Sí. Tenía mucho miedo, pero al verme con Mário Antunes su actitud cambió.
Fernando es increíble me dijo que quería hablar, yo le dije que en un lugar neu-
tral, así lo hicimos. Me esperaba una escena, pues fue lo contrario. Me dijo en
un tono frío pero amable: “No quiero saber nada de ti, yo soy el culpable, acep-
to tu decisión, no volveré a molestarte.” Más o menos hicimos las paces. Él ha
cumplido. También me dijo que estaba muy decepcionado con sus amigos y
que estaba muy agradecido a Octavio.

180
Fernando anhelaba el momento de encontrarse con Helena. A través de Do-
mingo, el hermano de José, supo que la chica vendría en el mes de julio, se lo
dijo en los soportales y Fernando que no daba crédito después de la fría des-
pedida del pasado verano estaba en ascuas. ¡Cuántas noches pensando en
ella! Su imaginación desbordada, delirante recordando su belleza, la blancura
delicada de su piel, el aroma sutil de olor a vainilla que emanaba de su cuerpo.
Fernando perpetuaba su pasión por ella y la esperanza de reconquistarla.

Y Helena apareció el uno de julio. A Fernando el corazón le dio un vuelco.

―Estás preciosa, Helena ―es lo que acertó a decir, paralizado como un ado-
lescente.

―Gracias, Fernando ― un leve gesto de rechazo aclaraba de inmediato su


posición: nunca recaería. Lo del verano anterior fue una breve aventura y ade-
más le vio muy mayor.

―Nos veremos, ¿verdad? ¿Te alojas en el mismo hotel?

―Sí.

―Bueno, mi casa está a tu disposición, mi compañera y yo lo hemos dejado.

―Te lo agradezco Fernando pero no.

Las últimas palabras le dejaron confuso un momento y pensó que le gustaba su


independencia, y nada más, que no eran rechazo. Fernando en su ceguera
desechaba la dentera que en Helena le provocó su presencia.

Los hechos llegaron como un relámpago. Fernando fue a buscarla al hotel. Es-
taba transformado y traía un ramo de claveles rojos, olía en exceso a perfume
caro.

―Es para ti.

―Son muy bonitos.

―¿Puedo pasar?

181
―Adelante −Helena estaba con una bata de seda, su hermoso cuerpo se adi-
vinaba y los ojos codiciosos de Fernando la desnudaban, sin contención se fue
hacia ella.

―¡No, no, no!

Fernando arrebatado intentaba besarla, ella braceó con todas sus fuerzas apar-
tándose de él.

―Vete por favor si no quieres que me ponga a gritar. Llévate los claveles no
quiero verte nunca más. Vete de aquí.

La escena fue tan desagradable que Helena rompió a llorar. Fernando volvía a
equivocarse.

Las noticias en los medios informaban sobre el fallecimiento por un infarto del
escritor Luis Felipe Montero. Hablaron en los periódicos y en la televisión de
sus libros y de su militancia en el Partido Comunista; mencionaban los años de
clandestinidad en Madrid al lado de varios dirigentes históricos y la lealtad al
partido hasta su muerte.

Teresa, Sandra y Marga se reunieron para recordarle.

―Yo voy a ir al entierro ―dijo Marga ―. ¿Qué pensáis hacer?

―Yo también voy ―dijo Sandra.

―Iremos ―añadió Teresa.

Los funerales se realizaron como había dejado en su testamento el escritor:


con sobriedad y en la intimidad. Sin embargo muchos fueron a darle el último
adiós, entre ellos antiguos camaradas y el secretario general del partido comu-
nista.

Era inevitable: las tres mujeres recuperaban la memoria de aquel maravilloso


curso cuando ellas, adolescentes, se deslumbraron con Luis Felipe Montero, el
profesor que agitó, y de qué manera, sus almas sentimentales. Rescataban
emocionadas los lugares y el tiempo fenecido de tertulias interminables, de

182
poesía, de revoluciones de papel, de sus primeros amores: Pedro, Marcos,
Fernando. Las tres amadas por ellos, las tres heridas por ellos.

Las reflexiones sobre el tiempo pasado les cargaban de melancolía.

―Cualquier tiempo pasado fue mejor ―parecía lamentarse Teresa.

Parece que fue mejor, olvidaban la tormentosa relación de Marcos y Marga,


ésta que embaucada por el enajenado compañero estuvo al borde del suicidio;
Marga delegó su propio pensamiento en él dándole el mando para envilecer su
inclinación natural bondadosa, amputando su libertad, lo mismo que le sucedió
a Teresa y Fernando, los dos que se creían hechos de la misma pasta se acli-
mataron a la nada, a una monotonía indiferente, educada y estéril con un final
absurdo en una noche de verbena con una joven misteriosa y bellísima como
sacada de un novela, diez años más joven que Fernando. Y Sandra frenada
por el breve pero tan intenso amor como el fogonazo de una fumarola con el
añorado Pedro.

La desaparición de los familiares y conocidos encoge nuestro mundo, nos re-


cuerda las coplas de Jorge Manrique a la muerte de su padre: tan sabias y tan
acertadas. Pero la vida seguía y las tres mujeres retoñaban después de los
largos y oscuros inviernos.

Era el segundo día de julio, Teresa paseaba por la carretera que lleva a la ermi-
ta, en la explanada de la ermita descansaba Helena. La sorpresa se dibujó en
el rostro de Teresa.

―¿Y tú, qué haces por aquí?

―Dispuesta a pasar el mes de julio en el pueblo.

―No comprendo, pensaba que jamás volverías.

―Ya ves.

―Aunque no es de mi incumbencia, ¿acaso estás enamorada de Fernando?

Helena sonrió.

183
―¿De ese? Ni mucho menos, ese es un pervertido por calificarle como se me-
rece ―la joven se echó la melena hacia atrás antes de proseguir ―. Yo estoy
aquí por José, vendré todos los veranos a recordarle.

―Para mí es inesperada tu franqueza, siempre fuiste tan reservada.

―Es mi forma de ser.

―No, no, si no te critico. Sé que tú no tuviste la culpa de la conducta de ese, yo


lo he superado, ahora estoy enamorada de un portugués ―Teresa se dio cuen-
ta de la inutilidad de sus palabras ―. Perdona, no sé por qué te cuento esto.

―Bueno, es tu vida ―dijo con indiferencia Helena.

Teresa convencida de la resistencia de ella optó por dejarla con sus recuerdos.

Fernando desamparado, solo y profundamente contrariado se metió en las


Cuevas del Calvo, puso los codos en la barra del bar y pidió al camarero un
cubalibre y después otro y otro más, bebía con apremio desgastando su esca-
sa estima. Los pensamientos cada vez más turbios se hincaban como puñales
en su tortura interior.

―Anda, Fernando vete a casa ―era La voz pausada de Ángel.

Ángel había entrado en el bar con unos colegas del Colegio. Fernando mostra-
ba signos de embriaguez hablando solo y pegando algún puñetazo encima del
mostrador.

―Vete a la puta mierda ―contestó sin mirarle.

―Soy tu amigo Ángel.

―No tengo amigos, sois todos unos hijos de puta.

La conversación parecía imposible ante el estado alterado de Fernando, pero


Ángel insistía:

―¿Qué te pasa? ―le preguntó Ángel al tiempo que le ponía un brazo encima
de su hombro.

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―Que qué me pasa ―la expresión simiesca de Fernando lo delataba ―, me
pasa que la zorra de Helena me ha mandado a tomar por culo, ¿y sabes? − Su
voz era tan lenta y sus ojos tan inciertos que daban pena ―Yo la quiero, no
sólo para follar, ¿me entiendes? Y no me toques

―Claro que te entiendo, pero así no vas a conseguir nada; no sé que habrá
pasado entre vosotros…

―¿Quieres saberlo? Es fácil: no doy la talla, esa chica busca el príncipe azul,
será gilipollas, y mira Ángel ―las manos ahora se apoyaban en los hombros de
su amigo ― ¿qué cojones vio en el idiota de José que era un mierda y un dro-
gadicto? ¿Qué cojones tenia él que yo no tenga? Mira, para empezar estoy
doctorado en Filosofía, sé más que nadie de cine, yo he traído el único cine
bueno que se ha visto en este asqueroso pueblo, ¿sabes lo que te digo? A la
mierda todo. Camarero ponme otra copa y ponle a éste lo que quiera, yo pago
―lo dijo a voces.

―Tranquilo Fernando ―le dijo el dueño del bar ―, es la última.

―Me tomaré las que me salga de la polla.

El lenguaje obsceno era el lenguaje enajenado de alguien que ha perdido los


papeles y Fernando daba el espectáculo ante los clientes del bar que se reían
de las barbaridades que escupía su boca envenenada. Ángel sintió una profun-
da lastima por él.

―Vámonos, Fernando ―Ángel tiraba de él con suavidad ―yo te llevo a tu casa


o a la mía, donde quieras.

―Déjame, coño −la voz se le quebró y empezó a lloriquear.

Después de un breve forcejeo Ángel lo sacó del bar. Su amigo lo llevaba del
brazo. Se pararon, una arcada avisaba.

―Siéntate.

Fernando se llevó las manos a la cabeza, al rato un chorro de vómito salpicó


los zapatos de Ángel. Las arcadas venían con estruendo, después otra vomita-

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da, se quedó semiconsciente. Ángel esperó un buen rato hasta que arrojó todo
el alcohol.

―Vamos, Fernando, espabila. ¿Estás mejor?

―Sí.

―¿Te llevo a tu casa o a la mía?

―A mi casa, por favor.

―Como quieras.

Con toda su paciencia Ángel le acompañó, le quitó los zapatos y los pantalones
y le metió en la cama. A los pocos minutos dormía la borrachera. Aún, Ángel
estuvo un rato velando el sueño ruidoso de su amigo.

Era tarde y Marga poco acostumbrada a los retrasos de él estaba intranquila.

―¿Cómo vienes a estas horas?

―Te cuento.

Marga no se lo creía.

―¿El mismo Fernando?

―Sí, sí, él.

―Tenemos que ayudarle ―dijo Ángel.

―No se lo merece.

Al salir de clase Ángel fue a ver al amigo. Llamó aporreando con fuerza la puer-
ta. Al rato abrió. No dijo nada.

―¿Cómo te encuentras?

―Va, regular.

―No quiero molestar, ahora me voy.

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―Ángel.

―Dime.

―Ayer me pasé, ¿no? Tengo sensaciones encontradas, cuéntame.

―Te emborrachaste, dicen que los borrachos y los niños dicen la verdad, no
quiero creerlo, pero estabas un poco agresivo.

―Y dije muchas tonterías.

―Es cierto

―Paso por momentos muy malos y me encuentro solo y desorientado. Con lo


de Teresa me ayudó Octavio, pero Helena me vuelve loco, me he enamorado
de esa mujer como un adolescente y ella me rehúsa. Ayer le llevé flores a su
habitación, y estaba tan atractiva que perdí la cabeza.

―Fernando, es un error, si la chica no quiere déjala y céntrate en tu vida, hay


muchas mujeres y tú eres un hombre inteligente. Reflexiona y racionaliza, es la
única vía. Es una tontería destruirse, la vida es bonita y a los cuarenta tienes
mucho que vivir. Aparca las fantasías y sé tú mismo.

―Lo pensaré.

―Me marcho y acude a mi casa cuando quieras, puedes confiar en mí y en


Marga.

―Gracias, Ángel, eres un buen hombre.

La enfermedad no se detuvo, seguía y seguía bebiendo, arrastrándose por los


bares con su soledad a cuestas, sin hacer caso a nadie, destruyéndose, dispa-
ratando del mundo hasta que el hígado dijo basta. Acabó en el hospital con el
cuerpo y el alma destrozado.

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18

Se reunieron en casa de Marga: Sandra y Teresa. La última velada. Resultaba


extraño que fuera el final de un grupo que se había desunido lentamente por
las historias conocidas. El último, Fernando, vencido por una depresión. Con la
nostalgia del postrero verano resucitaron todos los veranos; aparecieron tantos
momentos tantas emociones que se desbordaron en lágrimas, lloraron también
de alegría evocando las anécdotas de todos.

―Pura vida como dicen los costarricenses.

―Es cierto, Ángel: la vida es existencial, unas veces absurda otras maravillosa
―sentenció Teresa.

―Yo no quiero pensar demasiado y quiero hacer camino sin mirar atrás ¿para
qué? Tengo un marido y tres hijos que son lo mejor del mundo ―dijo Marga.

―Tuviste suerte Marga y te la merecías: Ángel fue la energía ―afirmó Sandra.

―Me ponéis colorado, pero el mérito es de Marga, ella es la mujer fuerte.

Después de tantas palabras y de tantos floreos acabó la noche más perfecta.

Teresa al fin dejaba atrás el pueblo y se reunía con Mário en Lisboa, tenía por
delante seis años en la ciudad de Pessoa junto a él. Estaba electrizada, feliz,
en la bella ciudad de las siete colinas tomando un café en una de las terrazas
de la Avenida de la Liberdade.

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―Te voy a dar toda la felicidad que llevo dentro, Mário.

Y Mário le dio un beso adulado por aquella maravillosa mujer que se entregaba
a él con toda la devoción que atesoraba.

―Intentaré estar a la altura de tu amor, pero seamos siempre libres.

En ese instante, extasiada de pasión, Teresa sólo veía el rostro amado y no


atendía a razones prácticas.

―¡Qué bien se está aquí!

―Contigo es perfecto.

Ángel, Marga y los tres niños se instalaron en el camping Forte do Cavalo en


Sesimbra dispuestos a gozar de la playa y de los platos de caracóis, de las de-
liciosas lambujinhas o de los chocos fritos en O Rodinhas, pasear por las tar-
des por el pueblo o descubrir los pueblos cercanos. Ángel y el mayor de los
niños, Pedro, después de hacer una barbacoa con el pescado y mariscos que
se vendía en el puerto se metían en el coche a vivir con pasión las hazañas de
Perico Delgado, después de Induráin en el Tour de Francia en las voces de los
comentaristas de la radio. El mes de julio en Sesimbra le daba los días más
felices del año a la familia; durante el resto del año recordaban los momentos
vividos ansiando volver al siguiente verano. Tumbados en la arena Ángel y
Marga se internaban en largas conversaciones mientras miraban con satisfac-
ción a sus hijos y comentaban con orgullo:

―Son los más guapos de la playa.

En una de las muchas conversaciones salió el tema de Marcos.

―Marga, nunca he visto a Marcos por el pueblo.

―No, el desgraciado ni siquiera se acuerda de sus hijos, él que perdió la cabe-


za el día que nació Pedrito. Recuerdo como si fuera ayer que el mamarracho
tomó a su hijo en brazos lo izó por encima de su cabeza y se lo dedicó a la Lu-
na con palabras poéticas, sentimentales, llorosas, fíjate si estaba loco que salió
a la calle gritando su paternidad. Alguna vez que otra, Pedro pregunta por él,

189
yo le he contado la verdad, Pedrito es muy espabilado y ya no hace mención
de su padre.

―Gracias a tu hijo nos conocimos, es verdad que el niño recogía toda tu an-
gustia y su comportamiento indicaba la tensión que sufría.

―Pobrecito ―en ese momento le miró, Pedro jugaba con sus hermanos cha-
poteando en el agua ―, pero ahora es feliz.

―Es verdad.

Pedro y Juanito trataban a Ángel como su padre y éste los quería sin distinción,
aunque en su corazón tenía un apartado para Pedro.

―¿Sabes, Marga? te quiero.

―Yo con toda mi alma. Qué hubiese sido de mí sin tu ayuda, siempre, te lo
juro, estaré a tu lado.

―También yo te debo mucho, venía de una experiencia terrible y tú me escu-


chabas sin parpadear reparando las tremendas heridas que aquel infame cura
me hizo. Jamás olvidaré aquel nombre, el temible Fulgencio Sánchez, el que
me arrebató la poca entereza que me sostenía, le maldigo.

―Déjalo, Ángel, y olvida y no hablemos de nuestro pasado. Una frase que he


oído no sé donde “lo que no se habla se olvida” es mi mejor terapia. Tenemos
derecho a ser felices, nos lo merecemos.

―Tienes toda la razón, además tenemos unos hijos preciosos.

―Claro, ¿qué más queremos? Somos unos afortunados, aprovechemos lo que


nos ha regalado la vida, no miremos atrás, Ángel.

A Ángel se le aceleraba la lengua al meterse en el laberinto de las torturas de


su cerebro; aunque disimulaba, casi nadie conocía su historia, su corazón
atormentado penaba por la incomprensión de su mundo conocido, él que ayu-
daba a quien fuera buscaba secretamente la comprensión, pero no se daba
cuenta que cada uno vive en la burbuja de sus limitaciones, Marga era la única

190
que adivinaba su espíritu doblegado aunque le faltaban recursos curativos para
la desinfección interior, él lo comprendía. A veces le decía que fuera a un psi-
cólogo y le contara esas experiencias amargas, quizás le darían respuestas a
su neurosis crónica; Ángel se negaba, pensaba que él encontraría las respues-
tas, de ahí su obstinación a remedios furtivos, buscaba en los libros la solución,
el bálsamo que aliviara la angustia, el vacío existencial y sin embargo la car-
coma la oía en los silencios.

―Estás muy callado, Ángel ¿Te pasa algo?

―No, miraba el mar.

―Cariño, no pienses, tú eres el mejor de los hombres.

Esas eran las palabras justas.

―Gracias Marga, eres tan intuitiva que a veces creo que te podrías dedicar a la
videncia.

―Yo soy poco leída pero la experiencia me ha dado más que los libros; siem-
pre se aprende escuchando y he retenido tantas palabras a lo largo de mi vida
que soy como un diccionario y tengo memoria de elefante. De todo lo aprendi-
do me quedo con la voluntad de vivir, de querer, de olvidar, de cerrar heridas y
de desterrar el rencor.

―Es una buena filosofía, ya quisiera ser como tú, pero los cepos de mi pensa-
miento están activados.

―Rómpelos tienes la obligación de ser feliz, debemos ir por ese camino, la


humanidad se librará de sus hierros cuando seamos libres de verdad.

―Utopía Marga, la condición humana es beligerante, competitiva, envidiosa y


ávida, nos educan desde la cuna para eso, los miles de años del ser humano
en la tierra es una tautología eterna. Nunca llegaremos a la Arcadia feliz; el mi-
to de Sísifo es la perfecta alegoría del mundo y del hombre.

―Me apetece una cerveza ―dijo Marga.

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―A mí también, la cerveza portuguesa es especial, ¿una Super Bock o Sa-
gres?

―Super Bock.

Ángel fue al chiringuito a por las cervezas y tres polos para los niños que no
descansaban. La pareja gozaba de estos momentos sencillos, a veces la felici-
dad está en los pequeños placeres.

Las conversaciones largas de Marga y Ángel en la arena de la playa debajo de


la sombrilla eran alimento de amor y de terapia.

Y los caminos se separan. Sandra había mantenido su convicción de seguir la


ruta más quebrada. Desde aquel distante curso de 1967-68 en que su profesor
Luis Felipe Montero prendió la mecha del fuego revolucionario Sandra lo ali-
mentó día a día; todavía resonaban los sarcasmos de aquel juego con sus
amigos en casa de Marga, la virulencia de los ataques verbales de Octavio, el
escepticismo del sabio Fernando, la severidad de Teresa y la digresión de Án-
gel, ellos abandonaban la breve lucha y justificaban su comodidad por motivos
espurios, estaba convencida y eso le valía.

Sandra convencida de su opción personal se preparaba para el objetivo desde


el estudio y el aislamiento. Tenía una fecha el 20 de julio, que llegaba ya; el día
anterior se fue a la chopera y estuvo en el árbol donde habían gravado las ini-
ciales de los nombres del grupo; P A eran las iniciales de Pedro Acera, justo al
lado de S L- Sandra López -. Los recuerdos afloraron con detalle como si fuera
ayer mismo cuando brincaban y cantaban las excelencias de la revolución; son-
rió con nostalgia, qué tristeza al comprobar los erráticos caminos de algunos,
no quería emocionarse sino recuperar sensaciones, momentos; otra vez se
renovaban los mismos tiempos, las mismas acciones con otros personajes: los
niños jugando alrededor de la fuente de hierro, los veraneantes paseando por
los caminos de tierra del parque, las jóvenes madres con sus pequeños senta-
das en los bancos de piedra, los muchachos asomados al estanque para ver
los peces de colores, las tijeras del nuevo parquero rematando los setos, los
solitarios leyendo apoyados en un chopo, la pareja de enamorados ajenos al
mundo cercano que se besan eternamente. La vida fija como en una fotografía,

192
como si el tiempo se hubiese parado, como si todo siguiera igual. Todavía lleva
los instantes de aquella tarde sombría de octubre, las cartas de Pedro leídas
junto al árbol de la esperanza, la honda desolación ante la muerte inconcebible.
Sandra pensaba en él. Todas las noches releía la carta que se sabía de memo-
ria y todas las noches se dormía en su corazón. Fue Pedro quien sostuvo sus
ideas y su amor por la humanidad y su entereza y su fidelidad, a nadie contaría
eso, seguro; ella guardaba intacta la mañana en que temblorosos de amor, de
deseo, de pasión juntaron sus cuerpos, fue el instante más intenso de sus vi-
das ¡y la mirada de Pedro! Sus ojos de agua grandes y negros hablaban de
placer y de agradecimiento: “me muero en paz, Sandra” le dijo con la voz lasti-
mada de sentimiento. Y otro recuerdo de él persistente en su memoria: la bon-
dad de sus ojos, eran como los de un niño sin una mota de dureza: limpios,
inocentes, claros como el agua de la sierra, le recordaban las bucólicas pala-
bras de Platero y yo de Juan Ramón Jiménez en el tierno párrafo en que des-
cribe al burrito: “Platero es pequeño, peludo, suave; tan blando por fuera, que
se diría todo de algodón; que no lleva huesos…” el maravilloso libro se lo rega-
ló en uno de sus encuentros y Pedro lo leía una y otra vez; y se le saltaban las
lágrimas por la belleza de sus frases y le decía: “es que es tan emotivo y tan
triste a veces”.

Sandra se iba de la chopera satisfecha pero con un punto de melancolía inevi-


table, dejaba atrás muchas vivencias. Un cierto desasosiego superaba su natu-
ral sereno, pensaba en el largo viaje a Managua. Ya se había despedido de
Marga y Teresa, ya estaban hechos los preparativos al detalle, llevaba un ma-
letín con medicinas. Prorrogaba el tiempo antes de despedirse de sus padres.
Su madre no atendía a razones, no entendía la extraña decisión de su hija, su
padre se callaba pero no la miraba a los ojos.

―Mamá, no llores, pronto volveré.

―Hija, eso está muy lejos y nosotros somos mayores, ¿no lo comprendes?

―Claro que sí, ya te expliqué que voy como médico y que esas pobres gentes
necesitan de nuestra ayuda.

―No te olvides de tus padres, te lo pido por Dios.

193
―Madre, cálmate, jamás os abandonaré, antes sois vosotros ya te lo he dicho,
me tendréis aquí si os ponéis enfermos.

La despedida desgarrada de su madre le dejó el ánimo abatido. El trago amar-


go se diluía en el compartimento del tren con destino Madrid.

El avión a Managua se veía desde la terminal del aeropuerto de Barajas, em-


barcó a las ocho el 20 de julio de una mañana de cielos azules con el sol como
protagonista del ardiente verano madrileño. Sandra se pegó a la ventanilla del
avión mirando con curiosidad la tierra agostada del país que dejaba atrás hasta
desaparecer con el Atlántico.

En Managua llovía con fuerza, Sandra buscó entre la gente del aeropuerto al-
gún gesto de reconocimiento, muy pronto tres personas se le acercaron, un
breve diálogo entre ellos aclaró las dudas.

Sandra se alojaría por un tiempo en una casa de seguridad. En la casa habita-


ban varios cooperantes norteamericanos, jóvenes atraídos por la revolución
sandinista que dejaban las comodidades del primer mundo por altruismo, ape-
nas hablaban español pero su compromiso superaba las dificultades. Sandra
estaba confusa y se preguntaba por qué precisamente gringos. Una chica peli-
rroja de ojos alegres se le acercó al comprobar su rostro agotado.

―Me llamo Lillian, ¿te puedo ayudar? Cuenta conmigo para lo que necesites.

―Soy española y acabo de llegar.

Lillian le contó que era ingeniera agrónoma, que llevaba un mes en Nicaragua y
que pronto se uniría a una brigada de salud, también contestó al interrogante
de Sandra: “nosotros pensamos que la afluencia de internacionalistas gringos
en las zonas donde están los contrarrevolucionarios, la llamada “Contra” soste-
nida por la Administración Reagan se frenará con nuestra presencia”.

Lillian Hall se fue a la semana siguiente pero su apoyo y su alegría le alzaron


el ánimo. En la revolución no entraban ni el desaliento ni la apatía ni la tristeza,
y más, con un pueblo arruinado por la codiciosa y sanguinaria dictadura de los
Somoza. Desde el triunfo de la revolución el 19 de julio de 1979 todas las pres-

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taciones eran pocas para levantar un país destrozado, para conseguir que en la
nación más pobre de Centroamérica germinara la justicia.

Los nicas son gentes agradecidas, cariñosas e inocentes y apreciaban de ver-


dad el apoyo de los cooperantes extranjeros. A Sandra la destinaron al pobla-
do de San José de Bocay al norte de la región de Jinotega, zona pegada a
Honduras donde la Contra pegaba duro. Se las tenía que arreglar sola en una
zona selvática y olvidada, sus conocimientos en enfermedades endémicas eran
muy útiles; muchos soldados cogían la lepra de montaña, infección temible
causada por picaduras del mosquito chirizo, el zancudo provocaba quebrantos
muy desagradables.

A pesar de la zona húmeda, pobre e incomunicada Sandra sacó su voluntad de


hierro, su amor por los necesitados, su fe en la libertad para socorrer a las po-
bres gentes. En un librito anotaba las impresiones de sus jornadas rigurosas.
“A la tenue luz de una bombilla escribo emocionada, agotada pero feliz; nunca
me había sentido tan satisfecha a pesar de las condiciones tan precarias en las
que vivo. Los nicas como les decimos son buenos como los niños y no saben
qué hacer para agradecer lo que hago, siempre tienen una sonrisa en la boca y
aportan lo poco que tienen. La revolución sandinista se afana por mejorar sus
condiciones de vida y ellos apoyan sin fisuras al gobierno. Yo estoy sorprendi-
da por la inmensa solidaridad que se respira, una empieza a creer en la huma-
nidad, cada vez me convence más la lucha de los pueblos por arrojar el capita-
lismo rampante y a sus abyectos acompañantes, sátrapas sin respeto por los
más insignificantes derechos de la persona, si ese cabrón de Reagan, obsesivo
anticomunista, viera con sus ojos sucios la mirada limpia de los pobres de aquí,
quizás asomaría un átomo de compasión en su rostro de diablo blanco, tam-
bién dudo de eso, ellos no tienen alma; bueno me voy a la cama cargada de
paz”.

Todos los días llegaban soldados heridos por la Contra, Sandra se multiplicaba
para atenderlos en el improvisado dispensario adecentado con la ayuda de los
vecinos del poblado. Las dificultades reforzaban su coraje; a veces lamentaba
su retraso en llegar a Nicaragua. Comprobaba la de fraternidad de tantos que
apartaron la teoría para hacerse realidad dejando la vida inmóvil de sus mun-

195
dos cerrados. Nicaragua era el hilo conductor de la revolución permanente, de
la voz transmitida de hombres y mujeres que pregonaban la mercancía de la
libertad como valor de uso. Los problemas eran infinitos, el imperio no toleraba
que los pobres del mundo poseyeran privilegios, la inviolable propiedad de la
riqueza atesorada con avaricia durante siglos por unos pocos nunca caería en
manos de los que clamaban su eliminación. Argüían en los foros internaciona-
les, en los contubernios secretos, en los centros de poder, en los imperios fi-
nancieros que los experimentos libertarios llevaban al hombre al estado de ali-
mañas, cómo iban a compararse con el orden, las buenas costumbres, la reli-
gión vaticana, la obediencia a la autoridad competente, la cerviz inclinada ante
Dios Todopoderoso dándole gracias por los dones concedidos y tantas
transacciones sostenidas históricamente por los servidores interesados de
mantener el Status quo, entre los más concernidos aquellos que maldicen en
nombre de la libertad individual cualquier conato de grupo constituido sin clases
sociales, donde la igualdad sea el principio rector. “paparruchas de iluminados”
dicen y dirán siempre los buitres de su moral, la del poder y los privilegios; “que
se jodan los pobres”.

Este era el debate sostenido por Estados Unidos contra la liberación de un


pueblo heroico como Nicaragua. Pero Nicaragua aguantaba las envestidas de
los bueyes. Los tontos del mundo se tragan las mentiras, que dicen democráti-
cas, como las hostias; siempre es y será, jamás nos dejarán ser libres de ver-
dad; de vez en cuando nos sueltan las migajas del engaño, el timo endémico.
Todas las luchas sean bienvenidas.

La Contra pegaba duro en la frontera de Honduras con Nicaragua, en una de


esas refriegas el Comandante César Fonseca fue herido de gravedad; con ra-
pidez fue trasladado al poblado de San José de Bocay. Sandra le limpió las
heridas y le administró unos calmantes. El militar rondaría los treinta y ocho
años; con la barba y el pelo largo se daba un aire al Che. César Fonseca tirita-
ba por la fiebre alta, en estado aturdido murmuraba vocablos incoherentes,
Sandra le tranquilizaba cogiendo su mano y murmurándole palabras de alivio;
en la madrugada al Comandante le bajó la fiebre, volvía en sí y Sandra respiró
aliviada.

196
―¿Cómo se encuentra?

La única respuesta fue un gesto con la cabeza.

―Descanse yo estoy a su lado, pronto se pondrá mejor.

Las frases de la médica paliaban un poco los intensos dolores de las heridas.
Sandra le volvió a curar con entrega y delicadeza, después le inyectó antibióti-
cos y analgésicos, el joven militar se sumió en un largo sopor.

Lentamente fue recuperando las energías; y la simpatía por Sandra “creció y


creció como la Luna Llena”. En el lento proceso de rehabilitación, César se
apoyaba en la española, como muleta humana, para dar pequeños paseos por
el poblado. César era un buen conversador y un convencido revolucionario,
sandinista apasionado, idealista irreductible que iba al encuentro de la muerte
por la liberación de los pueblos oprimidos de Latinoamérica. Admiraba sin fisu-
ras al Che, también era un lector de teoría marxista, sus libros estaban subra-
yados de rayas negras, azules y rojas con apuntes en los márgenes; muchas
conversaciones con Sandra trataban sobre los textos de Marx que a veces le
resultaban farragosos. César Fonseca necesitaba como el agua comprender
las líneas maestras del discurso y se lo decía a Sandra:

―Tenemos que cargarnos de armas teóricas, de ideología para dar sentido a


la lucha, ¿qué te parece Sandra?

―Debe ser así, donde el corazón te lleve es muy sentimental; las banderas, los
himnos y los símbolos ayudan pero son accesorios.

―¿Has leído a Marx y a Engels? −preguntó César.

―Claro por eso estoy aquí.

―Perdona la estupidez anterior.

―Es igual, por eso no me voy a enfadar.

Entonces le contó sus experiencias desde la lejana juventud.

―¿Sabes quién es el escritor español Luis Felipe Montero?

197
―No.

―Él fue un hombre comprometido hasta el final de sus días con el partido co-
munista español y eso que venía de la burguesía con un padre falangista y una
madre de Acción Católica. Tuvimos la suerte de tenerle de profesor de Literatu-
ra, él nos despegó de la cultura clerical, de un catolicismo rancio que se puso al
lado de Franco durante la dictadura.

―Disculpa que te corte, pero aquí la Teología de la Liberación se comprometió


con los pobres. ¿Recuerdas las imágenes del Papa Juan Pablo II en el aero-
puerto de Managua en 1983?

―Por supuesto, fueron vergonzosas.

―Todavía se me abren las carnes recordando el momento en que un Ernesto


Cardenal con su boina negra y su larga barba blanca, arrodillado ante él, reci-
bía la reprimenda de éste y aquella actitud colérica, impropia de un Papa, agi-
tando los índices de sus manos hacia el sacerdote para increparle por su per-
tenencia al Gobierno Sandinista y por sus doctrinas heréticas. Entre este Papa
y su mano derecha, el Cardenal Ratzinger, la Teología de la Liberación estaba
asfixiada.

―Menudos reaccionarios. Juan Pablo II es un anticomunista visceral y eso lo


explica casi todo aunque quiera dar una imagen de hombre moderno. Siempre
la iglesia en el centro del mundo, siempre omnipresente, siempre decisiva ―se
quejaba Sandra.

―Las religiones han sido un freno para la evolución, ¿por qué temerán tanto a
la libertad? Además la teoría del Big Bang desmonta a la teología: el Universo
no tiene Creador, el mundo se creó por una gran explosión de energía, pero
díselo a los teólogos.

Estas conversaciones llenaban el ocio obligado del Comandante cuando San-


dra tenía tiempo. César Fonseca tumbado en la hamaca leía Diez días que es-
tremecieron al mundo de John Reed sobre la Revolución de Octubre, aunque la
lectura era amena el Comandante levantaba la vista del libro para expiar los
movimientos de la médica que atendía a los enfermos de la zona; se embele-
198
saba contemplando la humanidad que ponía curando a los enfermos, la pa-
ciencia escuchando sus chácharas, sus desventuras y sus historias, pero San-
dra era sublime tratando a los niños, qué dulzura, qué adoración por ellos.

El joven Comandante, endurecido por la guerra, se conmovía con esta mujer


valiente y entera que sacrificaba el bienestar personal por una causa. Poco a
poco el corazón de César se enamoraba de la hermosa prenda. Sandra sentía
sus ojos, varias veces se encontraban las miradas, varias veces se sonreían,
siempre la deseaba.

La Contra seguía su delirante ofensiva minando los puertos de Corinto y Puerto


Sandino por donde pasaba el ochenta por ciento del comercio exterior del país;
la Administración Norteamericana avasallaba sin contemplación a la pequeña
nación que sólo quería levantar los trofeos de la igualdad y la justicia arrebata-
da por la mafia de los Somoza. El mundo miraba con simpatía a Nicaragua y
las voces se alzaban contra el dictador Reagan.

El comandante César Fonseca estaba recuperado; en su interior se libraba la


batalla del deber militar y la atracción por Sandra. Los encuentros íntimos le
tenían secuestrado. Sandra se daba cuenta y se lo dijo:

―César tu deber está en la guerrilla, te necesitan, tienes que marchar.

Las palabras sabias de Sandra disolvieron las escasas dudas del Comandante.

―Te visitaré pronto.

―Aquí estaré, esperándote.

Los resultados de la revolución se notaban: el analfabetismo se redujo; “sem-


bremos de escuelas la tierra”; la mortalidad infantil no era tan alta, pero la eco-
nomía se estancaba por el bloqueo norteamericano que minaba la moral de los
nicaragüenses.

Sandra además de la organización sanitaria ampliaba el tiempo sobrante en la


enseñanza; el pequeño centro de salud servía para formar a adultos y a niños.
Al terminar la jornada caía exhausta en la cama y el sueño llegaba en minutos,

199
escasos minutos pensando en César. La alegría interior creció al comprobar
que posiblemente estaba embarazada, debía esperar, ella era de menstruacio-
nes regulares y contaba ya una falta, además notaba más sensibilidad en las
mamas y cierto rechazo a algunos olores. La confirmación de su maternidad la
ratificó con la siguiente falta, no había dudas esperaba un hijo.

A pesar de las molestias físicas de su estado desbordaba alegría, algunas mu-


jeres del pueblo comentaban: “doctorcita usted está embarazada, se le ve en la
cara”, pero Sandra no lo verificaba y sólo sonreía porque esperaba como agua
de mayo al Comandante que apareció de sorpresa.

César abrazó con fuerza a Sandra, su excitación embalada la frenó ella.

―¿Qué pasa? Estás rara.

―No, César, es que tengo una gran noticia para ti.

―Descúbrela, que me tienes en vilo.

―¡Que vas a ser padre! César ¿No es maravilloso?

César la tomó en sus brazos y la colmó de besos emocionado: “soy el hombre


más feliz del mundo, gracias compañera del alma, gracias.” “Ahora sí que deja-
ré mi vida porque en nuestro país haya justicia y paz, por mi hijo y por ti.”

―Pero ahora tienes que tener mucho cuidado por mí y por tu hijo, no quiero
pensar que sería vivir con tu ausencia, ¡te quiero tanto!

―Nunca estarás sola, te lo prometo, este hijo lo protegeremos los dos, seguro.

Y el Comandante se fue a la guerra con la esencia de ella y del hijo. Sandra


escribió varias cartas: una a su madre y otra a su amiga Marga. “….Marga la
dicha es indescriptible….Me gustaría estar contigo y hablar… Mi compañero es
un hombre excepcional entregado a la causa de este pueblo al que considero
ya mi segunda patria… La gente de aquí es muy humilde y muy agradecida...
El trabajo que desarrollo me llena y soy feliz. Tengo ganas de verte.”

200
Es el décimo aniversario de la Revolución. La alegría inunda las calles de Ma-
nagua, una agitación de colores rojo y negro se alza sobre la multitud agolpada
junto a la plataforma donde hablará Daniel Ortega. La puesta en escena nece-
sita rememorar la entrada de los nueve comandantes en Managua el 19 de julio
de 1979. Unas doscientas cincuenta mil personas desde las primeras horas de
la mañana se apiñan en la plaza Carlos Fonseca Amador; muchos jóvenes con
cintas rojinegras en la frente cantan puño en alto las canciones de lucha. Apa-
recen los comandantes con pañuelos sandinistas al cuello uniformados de ver-
de oliva; las aclamaciones, aplausos, lemas y voces estallan en el aire maña-
nero silenciadas por el Presidente. Su discurso comienza: “la revolución sandi-
nista es irreversible”. Después Daniel Ortega recapitula los diez durísimos años
desde el 79 hasta aquí. Repite una y otra vez: “Uno no es ninguno” citando a
las siglas de Unidad Nacional Opositora. “Nueve contra UNO” reta a la oposi-
ción y la gente lo repite enardecida, y termina su arenga: “el pueblo tendrá que
elegir entre la revolución y la contrarrevolución, entre el imperialismo y Nicara-
gua, entre somocismo y sandinismo.” Los aplausos estruendosos zumban en la
plaza y la masa grita: en febrero y en cualquier fecha aplastaremos a la dere-
cha, nueve contra UNO, yanquis dejad de joder y así hasta perder la garganta.

La plaza de Carlos Fonseca se despejaba poco a poco al avanzar el día. San-


dra y César gozaron de la fiesta revolucionaria tanto que Sandra tenía hambre
de bucanero. César, managüense de nacimiento, conocía el mejor sitio para
atiborrarse del mejor nacatamal de Managua, el plato tradicional de los nicara-
güenses para los días festivos hecho con harina de maíz cocido y bien condi-
mentado, relleno de grasa y carne de cerdo envuelto en hojas de plátano que
se acompaña con café y pancito ― pan de mañana ― una delicia de la gastro-
nomía del país. Sandra y César se hartaron de comer. “Qué rico está todo, mi
amol” dijo entre risas la feliz embarazada. Ahítos y cansados de la jornada se
metieron por las carreteras verdes y empinadas hasta llegar a San José de
Bocay. En la intimidad cerraron con su amor la conmemoración de diez años
de libertad.

Sandra engordaba a la vista, se acercaba el momento de ver la cara de la cria-


tura. César y ella estaban de acuerdo con el nombre: si era niño se llamaría
Ernesto, si era niña, Nora, en homenaje a Nora Astorga la guerrillera sandinista
201
que ahora voceaba con valentía la defensa del pueblo nicaragüense ante las
Naciones Unidas.

El día llegó, en la madrugada del veinte de diciembre la pequeña Nora venía al


mundo; la felicidad de los padres fue como todos se imaginan, la recién nacida
portaba los parecidos de los dos, pero había heredado los ojos azules de San-
dra, no importaba, la pequeña estaba bien y rápido tomó el pecho de la madre;
la mirada extasiada de César pregonaba la felicidad completa

202
19

Nicaragua entra en el momento más crítico de la revolución. La oposición aco-


sa, la Contra se despliega por todos los rincones del país. Todavía no se han
superado los desastres del huracán “Juana”, los logros sociales están lastrados
por la guerra, la política militar de la CIA con el nuevo presidente George H. W.
Bush mantiene su cerco a Nicaragua.

Daniel Ortega convoca elecciones para el 25 de febrero de 1990. La Unión Na-


cional Opositora (UNO) formada por catorce partidos tira a matar contra el
FSLN. César Fonseca recorre las aldeas de montaña explicando la revolución
sandinista, siempre repite a los asistentes que vendrán días mejores y que con-
fíen en ellos. En estos días febriles apenas ve a su pequeña Nora, por las no-
ches acostado en una hamaca evoca los gestos de su niña y sus ojos brillan en
la oscuridad. Sandra ansía el fin de esta campaña electoral envenenada y peli-
grosa.

Los resultados empiezan a asomar por los medios, los sandinistas parecen se-
guros del triunfo, los sondeos los dan ganadores, pero la realidad se impone; el
escrutinio se cierra: ha ganado La Unión Nacional Opositara con más del 54
por ciento de los votos y 51 escaños en la Asamblea Nacional, el Frente Sandi-
nista se queda en el 40 por ciento y 39 escaños. Todos los medios del mundo
no dan crédito.

En la televisión sale una mujer con el pelo blanco y corto, se dirige a la Nación
con voz serena, es la nueva Presidenta de Nicaragua: Violeta Chamorro. Hace

203
un corto discurso avanzando sus primeras medidas. Daniel Ortega acepta los
resultados y pide a los sandinistas respeto.

Es el momento de cierta tranquilidad para Sandra, su compañero no ha conse-


guido el escaño. César entra en caída, el revolcón electoral le deja estático,
apagado sin chispa; son tantos años de lucha, de pasiones, de ideales que es-
te apagón le lastima con hondura tocándole en lo más oculto de su alma revo-
lucionaria, para un hombre como él que sólo ha vivido en eso y para eso. Des-
de niño ha visto poco a su padre, un padre entregado al glorioso combate con-
tra la dictadura de Anastasio Somoza. Sandra sabe que necesita su palabra:

―Las mariposas tienen la vida corta. Nosotros hemos puesto piedras en la


construcción del socialismo. Las semillas germinarán, no sufras, tú lo donaste
todo.

―No me repara, Sandra, pusimos lo mejor de nosotros para cambiar las condi-
ciones de mis compatriotas. Hay una montaña de muertos y me duelen. Soy
pesimista ante el imperio y matar moscas a cañonazos es un puro ideal, es la
eterna lucha de clase, en esta historia siempre perdemos los pobres. La vida es
una ilusión…

César Fonseca, el Comandante cerró la boca, hastiado de palabras y de sue-


ños.

―No te atormentes, todavía tienes a tu preciosa hija Nora y yo te amo y te ad-


miro.

―Gracias, Sandra.

En esos momentos la pequeña se despertó con hambre. La vista familiar redu-


cida a la máxima belleza de la madre dando el pecho a la hija emocionaron al
Comandante y su reflexión llegó: lo prioritario ahora era la felicidad de ellas y
también, por qué no, la suya.

Marzo se agotaba y los pasos en Nicaragua seguían el camino trazado por Es-
tados Unidos. César apenas salió de la casa desde el 25 de febrero guardando
lo valioso, leyendo sin retener, mirando la televisión, escuchando la radio, ju-

204
gando con Nora y ayudando a Sandra que seguía atendiendo a la gente. Su
compañera comprobaba como se marchitaba la luz de los ojos de César, su
apatía alarmante, su energía tirada en la hamaca.

―¿Sabes lo que he pensado?

―Dime.

―Creo que lo mejor es irnos a España durante este tiempo trágico para noso-
tros hasta que el sandinismo vuelva, aquí no significamos nada y Nora crecerá
mejor y tú encontrarás cierta paz, ¿qué te parece?

―Me cueste dejar a mi pueblo, Sandra. Déjame unos días, estoy atropellado
por los circunstancias, necesito pensar con frialdad, ¿me comprendes?

―Lo entiendo perfectamente, lo que decidas te lo aceptaré.

El tiempo de silencio se alargaba, pero César era un hombre templado y sus


decisiones firmes.

―Sandra nos iremos ―se lo dijo en el apego de la madrugada cuando sólo se


oían los sonidos engañosos de la selva.

La despedida de sus compañeros en pocas palabras, apenas preguntaron, es-


taban acostumbrados a los hechos. César les prometió volver pronto. Una re-
volución truncada por los de siempre volvería a echar brotes, ellos estaban se-
guros que el pueblo amaba el sandinismo abortado.

El optimismo histórico dominaba los mercados, era el final de la Historia, al fin


habían tumbado el telón de acero, los países del socialismo se disolvían, el
muro de Berlín fue su premio. Los símbolos son sólo alegorías, la realidad es
rebelde, ya muchos se creyeron las trampas del Imperio: el mundo entraba en
la senda de la armonía, de la prosperidad, del amor y la paz porque el Leviatán
había caído.

Una mañana de abril la familia tomaba el vuelo con destino España.

205
Sandra era un manojo de nervios y un corazón y un espíritu repartido en mu-
chos yo. Volver era una mixtura de imágenes, emociones, paisajes, personas
que giraban descontroladas en el tobogán de su cabeza. Enajenada de contra-
dicciones se dolía en silencio y muchas lágrimas se activaban de añoranzas.
Parecía estar en un sueño de acciones extravagantes pero despertó al escu-
char el llanto de su pequeña. César se había quedado dormido: “¿llega-
mos?”Preguntó a Sandra; “creo que sí, desde los altavoces han informado que
estaremos en Madrid en media hora”.

Estaban en España, en el pueblo, en la casa de los padres de Sandra. Madre e


hija se abrazaron sin poder hablar durante un buen rato, el padre esperaba su
turno de pie junto a la camilla, el pobre hombre encogido por la emoción miraba
a su hija aparecida, en su interior pensó que jamás volvería a verla, él que te-
nía todas las esperanzas en ella; la vejez se adentraba sin remedio en el ánimo
y en el cuerpo y tenerla de nuevo avivó sus vencidas ilusiones y ahora con una
nieta inesperada que miraba arrobado, enternecido, suspenso. Este ser, parte
de su sangre, era un milagro en el pasar sereno de su vida y el motivo para
continuar ¡Cuántas impresiones disentidas! Su viejo corazón danzaba una pie-
za de bolero olvidada.

―¿Cómo estás padre?

―Muy, muy feliz. Te puedes imaginar ―el hombre se dio la vuelta, no quería
que se le viera la turbación, era de otra época.

La abuela estaba como loca con la pequeña Nora, se la comía a besos y la


chiquilla protestaba agobiada de tantos arrumacos y caricias.

―Es preciosa Sandra y es clavada al padre, ¿verdad?

―Gracias, señora ―contestó un tímido César.

Los abuelos contemplaban a la nieta, que dormía plácidamente en brazos de


su madre, con el asombro en sus rostros rejuvenecidos.

―¿Pasareis un tiempo con nosotros? −preguntó la madre a modo de súplica.

206
―Por supuesto ―dijo Sandra.

―¡Qué feliz me haces hija!

Así sería hasta que encontrasen una casa en el pueblo; además deseaba com-
pensar a sus padres de tantas ausencias y dejarles disfrutar de Nora.

Abril pintaba de verdes el pueblo, ya habían florecido los cerezos, la nieve


acumulada en la sierra retrocedía con el buen tiempo. A César le gustaba el
pueblo y los montes densos del verde intenso de los castaños y le fascinaban
las construcciones antiguas sobre todas las fachadas de adobe y madera de
castaño de las casas del barrio judío. En esta estación los ríos del agua de las
nieves saltaban por las piedras con fuerza, a César le gustaba el sonido del
agua batiendo las piedras, pasaba largos minutos contemplando las curvas y
los juegos de la corriente por el lecho del río mientras su corazón se iba por las
altas montañas de su patria, en los compañeros de fatigas, en los valientes que
habían dejado la vida por sus ideales, en sus gentes; añoraba, como no podía
imaginar, su Nicaragua querida, seguía con avidez las noticias de su pueblo,
los avatares del nuevo Gobierno de Violeta y sus esperanzas estaban en un
pronto regreso porque la revolución sandinista era una revolución inacabada.

El comandante estaba como pez fuera del agua, agonizaba en un mundo que
le era extraño, que le ofrecía una vida cómoda pero que sólo le sostenían sus
mujeres: su pequeña le quitaba las penas y Sandra, sensible e inteligente, le
enamoraba todas las horas. Y no era suficiente para un hombre entregado a la
libertad, contagiado del virus agitador, cuántos repasos en las noches insom-
nes de la fiesta del 19 de julio de 1989 conmemorando los diez años de la revo-
lución. Pasaba mucho tiempo leyendo, conocía poco la literatura española y su
obra cumbre: Don Quijote de la Mancha, comenzó a leerla y le gustaba; todos
los hombres idealistas se parecen y él le vinculaba con Augusto César San-
dino, General de Hombres Libres, que murió en su lucha por la soberanía de
Nicaragua frente al imperialismo norteamericano. César sonreía leyendo el re-
lato donde Don Quijote se enfrenta a los molinos de viento con su lanza cre-
yéndolos “desaforados gigantes” que avasallan a los humildes y es que San-
dino combatió a los invasores americanos con treinta hombres y cuarenta rifles.

207
En pocas palabras expuso su objetivo en este mundo: “No me vendo, ni me
rindo. Yo quiero patria libre o morir”, y fue asesinado a las once de la noche el
veintiuno de febrero de 1934 con 38 años en el monte La Calavera. Los hom-
bres por la libertad se alzarán eternamente contra la tiranía, también era el
pensamiento de César.

Marga no esperaba visita alguna, al abrir la puerta se quedó de piedra: era su


amiga Sandra con una niña; después de la sorpresa las dos mujeres se abra-
zaron.

―Suponía que estabas en Nicaragua.

―Perdimos las elecciones y César corría peligro.

―Entiendo; ¿y esta preciosidad cómo se llama?

―Nora, en honor de una mujer valiente del FSLN.

Las dos antiguas amigas rieron, lloraron, se abrazaron, repasaron y añoraron


los tiempos que se fueron ya, pero eran mujeres fuertes que miraban sin miedo
el futuro.

―Quiero conocer a César. ¿Qué te parece si esta noche de viernes cenamos


aquí?

―De acuerdo, me gusta la idea, vendremos. Además tengo ganas de ver a


Ángel y a tus niños.

―Será una noche estupenda, ya verás.

Sobre las ocho se hallaron. En los encuentros todo es formalismo y prudencia.


Ángel miraba un poco encogido al Comandante; su mujer, Marga, le había co-
mentado las biografía de César que por la mañana se la contó Sandra. Los hé-
roes apabullan las imaginaciones íntegras como las del maestro Ángel admira-
dor casi fanático de las revoluciones en Latinoamérica, él que seguía los suce-
sos de Nicaragua con atención a través de Mundo Obrero tenía el honor de
compartir unas horas con un protagonista de una historia heroica contra el Im-
perio norteamericano.

208
César Fonseca escuchaba con curiosidad las explicaciones del maestro, el
Comandante de pocas palabras animaba el relato apasionado con afirmaciones
de cabeza, estaba gratamente sorprendido de sus conocimientos. Y en un re-
lámpago de solidaridad le dijo: “sin esta familia me habrías tenido allí”.

La imaginación desbordada de Ángel hacía sonreír al Comandante. “No todo es


tan limpio como crees, también hay oportunistas, desertores y corruptos, como
la vida”. Pero Ángel quería agasajar al héroe a costa de ser un poco adulón, un
poco extremado y un poco novelero.

La cena y la velada fueron exquisitas; los niños se portaron muy bien y la pe-
queña Nora antes de dormir hizo las delicias de los chicos con sus monadas y
coquitos. En la intimidad de la alcoba César le comentó: “son estupendos”.

El tiempo implacable arrollaba los días y el verano reanudaba las costumbres y


usos del pueblo. Las terrazas se llenaban hasta bien entrada la noche; en las
aceras de las casas los vecinos sacaban sus hamacas para gozar del frescor
nocturno; las gentes paseaban ociosas por las aceras junto a la carretera entre
álamos negros. El verano festivo, sensual, ardiente, acogedor, permisivo retra-
taba los días gloriosos de un pueblo de sierra, de valles y de aguas cristalinas
en las fuentes, en los ríos y en los arroyos. Los tiempos cambiaban y ya los
privilegiados veraneantes de antaño no eran tan singulares ya no brillaban con
su arrogancia, ahora los nuevos ocupantes eran viajeros de toda España atraí-
dos por la belleza y la historia de la villa.

Regresaban los de fuera y la hermosa y enigmática Helena recorría otra vez los
lugares de su pasado con el recuerdo de José, alejada de la diversión popular,
nada ni nadie afligirían una soledad buscada. Aquel verano aciago con Fernan-
do se olvidó, ella no era culpable de los oscuros deseos del sórdido Fernando
ni era responsable de su sensualidad ni de sus encantos femeninos que tras-
tornaban a hombres como a él, perturbándole tanto, que arruinó su vida y fue
su problema.

Fernando había superado el delirio de sus pérdidas y recuperó su pasión por el


cine, esta vez en solitario. En el viejo cine Juventud se proyectaban las pelícu-
las de estreno los sábados y domingos y los miércoles se ponía una cinta de

209
cine independiente para los cinéfilos irredentos y después discutirla al final de
la sesión. Fernando se había transformado en un hombre esquivo; difícilmente
se le veía y nunca en lugares públicos. Además del cine le atraía la montaña,
casi todos los martes cogía su mochila, sus botas de montaña y ascendía hasta
el Pinajarro el pico más alto de la sierra; regresaba al atardecer. Había escogi-
do un estilo de vivir para esconder su frágil equilibrio.

Teresa y Mário Antunes regresaban al pueblo para ver a sus amigos Ángel y
Marga. La pareja estaba muy satisfecha en Lisboa. A Teresa le iba bien en el
Instituto y Mário vivía un gran momento de creatividad, los dos planeaban sus
viajes por Portugal en los fines de semana y Teresa se enamoraba de los pue-
blos, de la gastronomía, del arte, de los paisajes y también de la gente; empezó
a comprender a este país tan afable y tan olvidado, y cómo no, su alma de Fa-
do, ahora entendía las palabras del gran poeta Pessoa.

Por fin tenían delante al revolucionario. Teresa anhelaba conocer a César Fon-
seca, su amiga Marga le contó cosas pero de forma vaga sin consistencia,
Sandra se desconectó de ella. Cenaban en el Sinagoga las tres parejas, las
miradas las acaparaba el Comandante que apenas hablaba y sus palabras
eran intranscendentes centradas en comentarios sobre la comida y el vino. El
mito, era humano, tangible, soso, introvertido; la simbología focalizada en el
Che, un icono de su juventud que Teresa pretendía recuperar en César de ma-
nera poco madura se esfumaba.

Las preguntas llegaban en batería y César con su castellano del Caribe con-
testaba como si le entrevistasen. Teresa estaba decepcionada y se lo hizo sa-
ber a su compañero Mário en voz baja: “pues vaya un revolucionario”. Pero
Mário menos idealista le contestó con un poco de ironía: “cariño, no todos van
a ser tan sublimes como el Che”. “No seas tonto”―dijo mosqueada Teresa.

Después de cenar se sentaron en la terraza de la Palmera, todos sin excepción


pidieron cubalibres, brindaron por Nicaragua y por el FSLN. Sandra acaparó la
tertulia en solidaridad con César, disculpando la parquedad de su compañero;
aprovechando su ausencia por motivos de vejiga Sandra, que había captado la
decepción de Teresa le dijo: “no le juzgues con tanta facilidad, él sí es un revo-

210
lucionario convencido, es el hombre más honesto que he conocido en mi vida y
no lo dudes está dispuesto a morir por una patria libre, Teresa las comparacio-
nes son detestables.” “No quería ofender, perdóname.” “Estás perdonada, qui-
zá sea nuestra penúltima reunión, dejemos las impresiones ligeras y persona-
les, ¿recuerdas las palabras que escribió Régis Debray en su novela “El Inde-
seable” más o menos dijo que los políticos brillan por su presencia y desapare-
cen al morir; los verdaderos revolucionario pasan de la sombra a la posteridad
cuando son asesinados, es el caso de Sandino, del Che, de Lumumba, de
Luther King y de tantos, no quiero se impertinente, sólo una cosa más te re-
cuerdo que yo he vivido en primera persona la revolución nicaragüense y aho-
ra saboreemos la felicidad de encontrarnos, ¿no?”. “Tienes toda la razón he
prejuzgado como una adolescente, todavía persisten los ecos de mi primera
juventud con mis fantasmas queridos a cuesta, nunca olvidaré aquella etapa
con nuestro recordado Luis Felipe Montero.

Cuando llegó César Fonseca se hizo un silencio incómodo que él captó:

―Podéis hablar con libertad, os escucharé con atención.

―Opinábamos sobre los revolucionarios y la revolución ―dijo Teresa.

―Seguid, seguid, vuestras ideas me interesan.

Y en la templanza de la noche de julio, los presentes, mientras acumulaban


alcohol, sus lenguas fluían sin impedimentos describiendo el mundo, filosofan-
do sobre la naturaleza del ser humano y principalmente hablando de los he-
chos políticos. Ángel intimidado por la presencia de un comandante retorcía las
palabras o las convertía en aliteraciones rebuscadas, le gustaba lucirse y más
si llevaba algunas copas en el cuerpo:

―Yo me tiro al agua sin guardar la ropa ―decía Ángel con el tono del que está
un poco tomado, y prosiguió ―: vosotros los revolucionarios sois la sal de la
tierra, sin vosotros el mundo aun estaría en la prehistoria, ¿qué coño han he-
cho por la humanidad los jerarcas y sátrapas? Jodernos. ¡Viva la revolución!
Brindemos por el Comandante.

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El grupo se echó a reír cuando Ángel casi se cae al ponerse de pie para brin-
dar.

―¿Nos vamos, Ángel? ―le dijo con amabilidad Marga.

―¿Por qué? Si estoy muy a gusto.

―Los niños están solos.

―Bueno, como tú digas ―y en su última frase dijo―: pero la conversación se-


guirá ¿de acuerdo?

−De acuerdo, de acuerdo le contestaron.

Se quedaron un rato más Sandra y César con Mário y Teresa entregados a


saborear la primera hora de la madrugada en la terraza acompañando a los
escasos jóvenes que todavía aguantaban el sueño.

―Ha estado bien ―dijo el portugués.

―¿A qué te refieres? ―preguntó Teresa.

―Por Ángel, ha estado muy simpático, nunca le he visto achispado y de verdad


decía cosas muy graciosas.

―Es cierto ―afirmó Sandra y mirando a César ― ¿tú qué opinas?

―Que tus amigos son muy agradables y que la noche ha sido linda.

―Pero a ti te pasa algo. Mis amigos parecían desilusionados esperaban al re-


volucionario y has estado callado como un muerto. No es un reproche aunque
lo parezca.

―Discúlpame, ya sabes que no me gusta hacer comedia, podría haberme luci-


do, pero no tengo humor mi Sandra y lo que te voy a contar a lo mejor no te
agrada. Yo no soy de este mundo es una frase ya dicha pero yo no me refiero a
ningún tipo de transcendencia sería una arrogancia estúpida viniendo de mí,
que va, lo que me pasa es que todo lo de aquí me es ajeno; por ejemplo esta
noche con tus amigos en la terraza estaba ido y lo siento; me molestaba el rui-

212
do, la música, la algarabía, hasta las palabras; estoy entrando en la desidia
más absoluta parezco un zombi en una sociedad extraña; fíjate Sandra hasta
dónde llega mi apatía que soy incapaz de leer mis libros de referencia, su escri-
tura me brinca me acelera el pulso me humilla. ¿Qué hago aquí? Me pregunto
obsesionado, la respuesta es siempre la misma: Nicaragua, Nicaragua, Nicara-
gua. Es una palabra que me taladra.

Sandra yo os amo a ti y a mi hija como cualquier hombre enamorado, y que es


padre, pero me falta la razón fundamental de mi existencia la lucha por mi pue-
blo, por su libertad, por recuperar su soberanía, por la justicia social. Tengo la
conciencia lacerada, mutilada, quebrada, dormida, alienada podría hacer una
hilera de adjetivos para describir el tormento y el desasosiego tan profundo en
el que habito y sólo hay un medicamento para mi mal: la vuelta a mi patria.

Es una decisión firme, Sandra; yo no quiero implicarte, tú elegirás lo que te


conviene, lo que determines será indiscutible, es tu libertad. Si te quedas no
habrá por mi parte ninguna censura, siempre que pueda estaré aquí.

Las palabras espinosas salieron de la boca de César sin brusquedad en el tono


redondo y sereno de un hombre templado. Sandra se paró en la mitad de la
calle conmovida, se abrazó con todas sus fuerzas a la talla y corpulencia del
Comandante:

―Me iré contigo, también Nicaragua y la revolución son mis certezas.

―Eres maravillosa Sandra, la mujer más extraordinaria del mundo, nunca te


traicionaré, palabra de sandinista.

Los dos se requebraron y cogidos por la cintura caminaron por el paseo de Ná-
poles, henchidos de amor; la oscuridad de la madrugada fue el aliado oportuno
de su lujuria, velados entre los pinos se amaron como nunca.

Pasada la semana de su cena en el restaurante los amigos tomaron el rumbo


de los veranos: Marga, Ángel y sus tres hijos se iban de campismo a Sesimbra,
Teresa y Mário los esperaban en su estudio en el pueblo portugués y Sandra
con César y su hija Nora volaban hacia Nicaragua.

213
Estaban en la chopera sentados en el prado natural del suelo formando un
círculo, fumando, riendo, hablando. Hacía una mañana preciosa de principio de
verano; los presumidos veraneantes paseaban por los senderos del parque,
aparecían los primeros chiquillos jugando alrededor del surtidor negro, el par-
quero recortaba los setos, los solitarios leían un libro en el banco de piedra y
alguna pareja de enamorados se besaba abiertamente en su existencia cerra-
da.

Los miraba uno por uno: al guapo y atormentado José, al siempre colérico Mar-
cos, a la formal Teresa, a la optimista y despreocupada Margarita, al serio e
inteligente Fernando y al ingenuo y risueño Pedro, el hijo del maestro que mi-
raba a la hermosa Sandra con ojos extasiados. Opinaban sobre el nuevo profe-
sor de Literatura: Luis Felipe Montero. Los gritos de Marcos y sus burlas a Pe-
dro asustaron a Sandra: ¡Pedro!

―Despierta Sandra, ¿qué ocurre?

―Nada, ha sido un sueño.

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