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Miércoles, 03 de Abril de 2013 Antología Denis Sulmont

______________________________III Parte: Los Trabajadores Mineros Metalúrgicos


HISTORIA DEL MOVIMIENTO OBRERO MINERO
METALURGICO
Denis Sulmont 1980
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1. EL PAPEL HISTORICO ESTRATEGICO DEL PROLETARIADO MINERO


METALURGICO
El proletariado minero-metalúrgico está llamado a jugar un papel estratégico
muy importante para la organización y lucha del pueblo en el país. Eso, que ya señaló
claramente Mariátegui es aún más válido hoy en día. Se debe primero a que los
trabajadores mineros metalúrgicos constituyen la columna vertebral de la clase obrera
peruana, no sólo por su alta composición proletaria (son 80,000 obreros), sino sobre
todo por la importancia de la minería para el imperialismo y el funcionamiento de
nuestra economía deformada: la minería aporta más del 50% de nuestras exportaciones
y de las divisas que sirven para importar y pagar las deudas. El papel estratégico del
proletariado minero-metalúrgico para el pueblo peruano se debe también a su estrecha
vinculación con el campesinado, y su rol clave en los frentes populares urbanos como
en Cerro de Pasco, Ilo, Arequipa, Huancavelica, etc.
El proletariado minero-metalúrgico tiene una rica experiencia histórica, ocultada
por la enseñanza oficial: historia del trabajo duro y explotado, productor de la principal
riqueza del país; historia de luchas constantes, marcadas por el sacrificio, la solidaridad
y el heroísmo, en defensa del salario, de las condiciones de trabajo y de vida, de los
intereses populares, de sus organizaciones; historia de la vivencia de hombres y mujeres
enraizadas en lo más profundo de la cultura indígena nacional, enriqueciéndola con su
experiencia y capacidad creativa; historia de la defensa consecuente de los recursos
naturales peruanos frente al imperialismo; historia que reivindica una economía y
sociedad organizada por la clase trabajadora en beneficio de todo el pueblo.
Rescatar esta historia, con sus avances y retrocesos, analizarla y sacar sus
lecciones es una tarea imprescindible para desarrollar la conciencia y unidad de clase
del proletariado minero-metalúrgico, para fortalecer su acción presente y futura.

2. ANTECEDENTES
Desde tiempos pre-coloniales, la minería ha constituido una actividad importante
en el Perú. Durante los Incas, se extraían minerales como el cobre, oro y plata
fundamentalmente. Los minerales eran codiciados por su valor de uso, destinándoles a
la fabricación de utensilios, herramientas y objetos religiosos. El trabajo en las minas
era realizado por las comunidades en calidad de tributo al estado, mediante el sistema de
la “mita”. El trabajo era duro, pero las comunidades se turnaban y de esta manera
ningún campesino tenía que pasar más de dos o tres veces al año en ese trabajo.
La conquista española destruyó el ordenamiento incaico, fundamentalmente
agrario. La extracción de minerales preciosos pasó a constituir el eje de la economía
colonial con el descubrimiento de la mina de mercurio de Huancavelica. Más de 800
minas eran explotadas a inicios del siglo XVII. Los españoles transformaron la mita
incaica en salvaje sistema de explotación. Las comunidades indígenas fueron obligadas
a dedicarse exclusivamente al trabajo en las minas, siendo sometidas a una bárbara
explotación que diezmó la población indígena. La riqueza extraída fue transportada a

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España. De esta manera, con el saqueo de los recursos naturales peruanos, se sentaron
las bases para el desarrollo del capitalismo en las naciones europeas.
Al finalizar el siglo XVIII, luego de centurias de explotación irracional, la mayor
parte de las minas cerraron. La población indígena era tremendamente reducida y las
vetas más florecientes estaban agotadas. Para la explotación minera ya eran necesarias
nuevas técnicas. La minería no logró recuperarse hasta fines del siglo XIX.
Luego de la independencia de los españoles, la economía peruana entró en
relación con el capitalismo europeo, especialmente inglés. A mediados del siglo XIX, el
guano y el salitre se constituyeron en los primeros grandes productos de exportación
que abrieron el Perú al sistema internacional capitalista, produciendo un auge
económico, al calor del cual se construyeron los ferrocarriles. Este auge fue
aprovechado por una oligarquía despilfarradora y por las compañías extranjeras. Los
trabajadores que extrajeron esta riqueza fueron casi esclavos, en especial los “culies”
chinos, quienes fueron brutalmente explotados. Terminada la bonanza del guano y
salitre y luego de la guerra con Chile, el Perú se halló nuevamente hundido en el
colapso económico. Los ferrocarriles y muchas riquezas minerales fueron entregados a
la compañía imperialista Grace en pago de la deuda.

3. INICIOS DEL CAPITAL IMPERIALISTA Y DEL PROLETARIADO EN LAS


MINAS
A fines del siglo pasado, el desarrollo de la gran industria y de los monopolios
en los países capitalistas de Europa y Estados Unidos trajo importantes consecuencias
sobre la economía mundial. Aumentaron las necesidades de los países capitalistas en
materias primas, los monopolios financieros intensificaron su búsqueda de nuevas
fuentes de inversión, realizando inversiones directas y préstamos en los países
coloniales y semi coloniales. Esta internacionalización del capital financiero industrial,
acompañada de una política agresiva de dominación de los países industriales sobre los
demás, inició la fase propiamente imperialista del capitalismo, la que será decisiva para
la formación de la incipiente clase obrera en el Perú.
Renació la minería, dándose nuevas garantías a las inversiones privadas y en
especial al capital extranjero (Código de Minería de 1901). Empezó la explotación en
grande de la plata y del cobre, con nuevas técnicas modernas. La Backus and Johnson
(1889) y luego la Cerro de Pasco Mining Company (1901), ambas empresas
norteamericanas, desplazaron a los pequeños mineros e iniciaron la gran minería del
centro. La minería se desarrolló también en la sierra norte con la penetración de la
Northern Peru Mining Company (1921). Fue también la época de la instalación de la
International Petroleum Company en la explotación del petróleo, de la Grace y
Gildemeister en la del azúcar, etc.
La Cerro de Pasco Co. compró las principales minas de los departamentos de
Cerro de Pasco y Junín, instalando en La Oroya (1922) las operaciones de fundición y
refinación de los minerales. La mayoría de las plantas de procesamiento desaparecieron
y los concesionarios mineros que quedaban pasaron a depender casi integralmente del
complejo minero-metalúrgico norteamericano. Además, los humos y relaves de las
operaciones de la Cerro afectaron las tierras de las comunidades campesinas de la
región, muchas de las cuales fueron adquiridas a bajo precio por la empresa
norteamericana, que posteriormente las reacondicionó para desarrollar una producción

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ganadera destinada a abaratar su mano de obra. La Cerro de Pasco Co. se convirtió así
en uno de los principales terratenientes del país.
La concentración de las concesiones mineras y de las tierras, la destrucción de
los cultivos, la quiebra del comercio local, la difusión de nuevas relaciones mercantiles,
la subida de precios, etc., contribuyeron a empobrecer a parte de la pequeña burguesía
local y sobre todo a la masa indígena. Muchos campesinos se vieron obligados a buscar
nuevas fuentes de ingreso mediante el duro trabajo de las minas. Al mismo tiempo,
tuvieron que luchar para defender sus tierras, resistir a la proletarización y escapar a la
despiadada explotación capitalista.
Las empresas mineras que requerían importantes contingentes de obreros,
aprovecharon del empobrecimiento del campesinado, atrayéndolo al trabajo de la mina
mediante el sistema de enganche.
El enganche es un viejo sistema de contrata en el que la empresa, mediante un
“enganchador” adelanta al campesino una suma de dinero a título de préstamo, que éste
debe pagar trabajando en la mina. Generalmente el contrato de enganche coincidía con
períodos de baja actividad agrícola, en especial después de la cosecha.
Los enganches representaron una mano de obra minera barata para las empresas,
casi la mitad de un obrero estable. Los capita listas ahorraban parte del pago de la fuerza
de trabajo en la medida que los medios de subsistencia de los mineros quedaban
asumidos en parte por su trabajo como campesinos. Las empresas pudieron realizar así
importantes sobre-ganancias.
Hay que añadir que el enganchador sobre-explotaba a los que contrataba para
sacar su propia ganancia, apareciendo así ante los mineros como el principal explotador,
lo cual permitía a los capitalistas esquivar parte el odio de clase del proletariado.
En la mayoría de los centros mineros, los enganchadores o directa mente las
empresas instalaron los “mercantiles”, obligando a los trabaja dores a comprar en ellos a
precios elevados y utilizando a veces el sistema de pago en “vale”. De esta manera el
trabajador enganchado quedaba endeudado y los capitalistas podían retenerlo y
explotarlo más.
Las condiciones de trabajo en las minas eran extremadamente duras. Fuera de
todo control hasta 1919, la jornada de trabajo era prolongada al máximo. En muchos
casos, se trabajaba día y noche, manteniendo la labor 36 horas consecutivas, con sólo
pequeños descansos dedicados a la comida y la masticación de la coca; luego se
descansaba 12 horas y retornaba enseguida al trabajo, y así sucesivamente.
El aspecto más temible para los indígenas era los peligros mortales que
afrontaban: los accidentes de trabajo y la silicosis. La incipiente legislación sobre
accidentes de trabajo (1911) no fue aplicada sino muy parcial y tardíamente en las
minas, al igual que la legislación sobre enfermedades profesionales, que recién empezó
en 1935. A todo ello se añadían las miserables condiciones de vida en los campamentos
en lugares apartados, fríos y de gran altura.
Los campesinos conocían estas condiciones de trabajo y de vida en las minas.
Un huayno dice por ejemplo: “Estoy perforando la roca dura, estoy perforando mi
propia tumba”.
En resumen, puede decirse que los mineros constituían un proletariado en
constante formación y renovación, aún ligado a la economía campesina y la comunidad
indígena. Su ideología fue formada en base a su carácter mixto de minero y comunero.

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Estuvo sometido a los métodos más crueles de explotación. Su situación empeoró con
los efectos de la crisis mundial en 1929.

4. EMPIEZA LA LUCHA
Las primeras luchas del proletariado minero tomaron la forma de violentas
protestas, sin organización ni dirección estable, siendo aplastadas rápida y
sangrientamente por la represión. El carácter transitorio de los mineros y su aislamiento
en campamentos sometidos a la estrecha vigilancia policial de la empresa, dificultaron
la forja de un movimiento estructurado. Al mismo tiempo, el enfrentamiento cotidiano
con la represión, la peligrosidad del trabajo y la dureza de la vida en los campamentos
contribuyeron a generar una gran combatividad en el proletariado minero.
El año 1919, se produjeron importantes conflictos en Morococha y Casapalca.
En el primer caso, un incidente entre obreros y la policía se convirtió rápidamente en un
motín en el que hubo diversos actos de sabotaje. La empresa, Backus y Johnson se negó
a conciliar, paralizó sus operaciones y despidió la totalidad de su personal. En
Casapalca, los trabajadores volaron la mercantil de la empresa en protesta contra los
altos precios de los artículos que les eran vendidos. Estos hechos ocurrieron al mismo
tiempo que se producían importantes luchas obreras por la jornada de ocho horas y el
abaratamiento de las subsistencias en Lima. Pero entre ambos movimientos no hubo
ninguna conexión, ni sindical ni política. Su simultaneidad se debe más bien al común
empeoramiento de la situación económica de los trabajadores y al aumento del costo de
vida, que prácticamente se duplicó entre 1913 y 1919, siendo aún mayor en los
campamentos mineros.
Es notable la violencia espontánea de estas acciones que suponen un ambiente
previo de tensiones y “odio embotellado” entre los trabajadores y las autoridades de la
empresa. También es importante recalcar el carácter pre-político de estas acciones que
no tenían casi organización ni ideología que las guiara.
Hubo sin embargo importantes intentos de organización sindical, especialmente
en Morococha y Casapalca. Es probable que algunos líderes de estas minas tuvieran
contactos con el grupo anarco-sindical de Lima de los años 20, ya que la Federación
Obrera Local de Lima, fundada en 1918, señala la existencia de una Central Obrera en
la región minera. Sin embargo estos primeros contactos no lograron consolidarse.
Solamente a partir de 1928, el grupo de Mariátegui de Lima y luego el Partido
Comunista, conjuntamente con la CGTP, pudieron cristalizar una organización sindical
en las minas.

5. MARIATEGUI IMPULSA LA ORGANIZACION MINERA


Hasta los primeros años 20, el incipiente movimiento obrero, centrado
principalmente en la capital, estaba dirigido por los anarco-sindicalistas, quienes
intentaron desarrollar la conciencia de clase y realizar una revolución social a partir de
la acción directa de los trabajadores organizados en sindicatos, al margen de una
organización política. Durante los años 20 el proletariado amplió sus perspectivas,
vinculándose con los grandes movimientos sociales reformistas y revolucionarios de su
época, tanto a nivel nacional como internacional.
Dos figuras contribuyeron activamente a precisar las alternativas ideo-políticas
del proletariado peruano: Víctor Raúl Haya de la Torre y José Carlos Mariátegui. De la

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polémica entre ambos surgieron las alternativas políticas que marcarán profundamente
la historia del movimiento obrero en adelante: el nacional-reformismo aprista y el
socialismo mariateguista. Haya fundó el APRA como frente en 1924 y cómo Partido en
1930, buscando formar una alianza anti-imperialista y anti oligárquica, en la que esté
presente el proletariado, pero bajo la dirección de los sectores medios. Mariátegui, que
formó el Partido Socialista en 1928, llamado Comunista en 1930, consideraba que la
lucha contra el imperialismo y la oligarquía sólo puede ser consecuente si es que el
proletariado se constituye en dirección política del pueblo, consolidando una alianza
obrero-campesina y encaminando la revolución hacia el socialismo.
La perspectiva de Mariátegui dio gran impulso a la organización clasista y el
desarrollo de la conciencia de los trabajadores y de las masas indígenas, fomentando los
sindicatos como frente único, desarrollando una labor de educación ideológica y
política, constituyendo una central nacional, la CGTP (1929), y echando las bases del
partido de la clase trabajadora.
Mariátegui resaltó la importancia estratégica del proletariado minero:
“En el Perú la organización y educación del proletariado minero es, con el
proletariado agrícola, una de las cuestiones que inmediatamente se plantean...
A parte de representar en sí mismos importantes concentraciones proletarias
con las condiciones anexas al asalariado, (los centros mineros) acercan a los
braceros indígenas a obreros industriales, a trabajadores procedentes de las
ciudades, que llevan a estos centros su espíritu y principios clasistas. Los
indígenas de las minas, en buena parte, continúan siendo campesinos, de modo
que el adherente que se gana en ellos es un elemento ganado también en la clase
campesina”. (El Problema de las razas en América Latina, Tesis presentada a
la I Conferencia Comunista Latinoamericana, Buenos Aires, 1929).
La relación de Mariátegui con el proletariado minero se estrechó en 1928, a raíz
de un grave accidente ocurrido en Morococha, que costó la vida de varios trabajadores,
por negligencia de la empresa. La revista Amauta, y el periódico Labor, dirigidos por
Mariátegui, realizaron entonces una campaña para defender a los mineros contra los
abusos de la empresa. Al mismo tiempo, el grupo de Mariátegui contribuyó a capacitar a
los trabajadores de Morococha, creando una biblioteca popular y centros culturales,
dando difusión al periódico Labor y estableciendo contactos con dirigentes mineros
como Adrián Sovero y Gamaniel Blanco. Estos dirigentes organizaron en 1929 un
Comité Central de Reclamos de Morococha y realizaron una huelga en apoyo a las
demandas de mejores condiciones de trabajo y aumento salarial. Esta huelga tuvo un
relativo éxito, lo cual entusiasmó a los miembros del grupo de Lima, entonces
organizado en el Partido Socialista.
La gran capacidad de dirección estratégica y táctica en Mariátegui está reflejada
en el siguiente extracto de una carta que escribió a Moisés Arroyo Posada (19 de
noviembre de 1929):
“Ha estado en Lima el Comité de Morococha, pero no ha conseguido el éxito
que esperaba en sus gestiones. La empresa se niega a conceder el aumento. Y el
Gobierno, por supuesto, la ampara. Lo que interesa, ante esto, es que los
obreros aprovechan la experiencia de su movimiento, consoliden y desarrollen
su organización, obtengan la formación en La Oroya, Cerro de Pasco y demás
centros mineros del departamento, de secciones del sindicato, etc. No deben
caer, por ningún motivo, en la trampa de una provocación. A cualquier reacción

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desatinada, seguiría una represión violenta. Eso es probablemente lo que desea
la empresa”. (Citado por César Lévano)
La labor de organización del proletariado minero se hizo en medio de un grave
enfrentamiento entre la patronal y los obreros, debido a la crisis mundial del capitalismo
que estalló en 1929. Los empresarios rebajaban los salarios, aumentaban los ritmos de
producción y despedían personal. Frente a ello, los trabajadores sintieron con mayor
urgencia la necesidad de organizarse.

6. LA LABOR DEL PARTIDO COMUNISTA


El Partido fundado por Mariátegui, transformado en Partido Comunista en 1930,
adoptó la línea de la Tercera Internacional Comunista y decidió concretar la
organización sindical y política del proletariado minero. Jorge del Prado salió a las
minas en marzo de 1930, tomando contacto con los dirigentes de Morococha y tratando
de organizar a los trabajadores de La Oroya, Casapalca, Gollarisquizga y Cerro de
Pasco.
Fue ayudado por las principales figuras del naciente Partido Comunista Esteban
Pavletich y Eudosio Ravines, quien recién había regresado de Europa. Justo en este
momento, Mariátegui entraba en agonía, muriendo el 16 de abril. Con él desapareció el
más lúcido conductor de la clase obrera peruana. Eudosio Ravines lo reemplazó en la
conducción del Partido Comunista, implementando en forma rígida la llamada “táctica
de clase contra clase” que había adoptado la Tercera Internacional, en el supuesto que la
revolución estaba “a la vuelta de la esquina”. Abandonando las tareas de consolidación
de las fuerzas clasistas y rompiendo con todas las alianzas, la nueva dirección del
Partido Comunista sobre valoró el alcance político de las luchas obreras y les impulsó
una línea insurreccionalista.
Cuando Del Prado y Sovero entraron en La Oroya, en agosto de 1930, no
conocían prácticamente a nadie y los obreros estaban sin organización. Sin embargo, en
un solo día y prácticamente a pesar de ellos, provocaron una manifestación obrera muy
importante que llegó hasta la toma del local policial. Los obreros movilizados formaron
el sindicato de La Oroya. Se dio posteriormente la organización de los sindicatos de
Cerro de Pasco, Gollarisquizga, Malpaso y Casapalca.
Los dirigentes comunistas convocaron entonces a un Congreso Minero del
Centro, con la finalidad de constituir una Federación Minera afiliada a la CGTP. El
Congreso fue convocado para noviembre de 1930.
Antes del Congreso, ocurrieron una serie de movilizaciones que rebasaron a los
propios dirigentes del Partido Comunista. En setiembre los mineros de Cerro de Pasco
manifestaron en protesta contra un acuerdo entre la gerencia y algunos empleados
amarillos que no tenían en cuenta el pliego de reclamos presentado por los obreros. En
medio de la manifestación, un funcionario norteamericano mató a un obrero,
desencadenando una revuelta furiosa y una represión sangrienta.
En el mes de octubre, en Morococha, ocurrió un incidente entre el dirigente
Sovero y el superintendente de la mina, los mineros organizaron una manifestación
exigiendo a la policía que detuviera al superintendente, logrando su cometido. En esta
ocasión el dirigente Gamaniel Blanco se dirigió a los mineros y la población de
Morococha, hablando de la lucha de clases y de la toma del poder. Explicó también lo
que significaba el comunismo y terminó su discurso dando vivas a los soviets. Los

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obreros se entusiasmaron. En otro mitin, el dirigente Sovero empezó alabando la obra
de Sánchez Cerro y terminó dando vivas a la Unión Soviética y a la Revolución
Proletaria. Jorge Del Prado intervino también explicando lo que era el Partido
Comunista y la organización sindical.
El repentino impulso sindical permitió una mayor coordinación de las luchas
mineras y su relación con la CGTP en Lima. A mediados de 1930, los centros mineros
presentaron sus pliegos reivindicativos. Los metalúrgicos pedían un aumento de salario
para todos los trabajadores de la Corporation. La empresa se opuso a ello. Había
adoptado la táctica de aceptar a los sindicatos, pero controlarlos a través de agentes
infiltrados en ellos. Además, con la colaboración del Ministerio de Gobierno de
Sánchez Cerro, la empresa logró que los pliegos se discutiesen en Lima. Sin embargo la
CGTP pudo unificar parcialmente a los delegados, quienes regresaron a sus bases con
algunas conquistas y fueron recibidos con grandes manifestaciones de júbilo.
Frente a estos éxitos, los principales dirigentes del Partido Comunista pensaban
que el proletariado minero podía convertirse desde ya en vanguardia de la revolución
proletaria en el Perú. Aplicando las consignas de la Tercera Internacional, llevaron a
cabo una campaña de denuncia de los dirigentes poco claros que de vez en cuando
apoyaban al Gobierno de Sánchez Cerro. Ravines pensó también en la posibilidad de
organizar los “soviets” en las minas, o sea embriones de poder proletario, tal como
ocurrió en la revolución rusa. Estas medidas no tenían en cuenta que los mineros
representaban una masa de trabajadores relativa mente aislada del resto de los
trabajadores del país y que la organización clasista estaba todavía muy incipiente,
especialmente en el campo. Además no se tomó en cuenta la situación de vulnerabilidad
de los mineros frente a las empresas, por amenaza de despido a raíz de la crisis. El
apresuramiento revolucionario de los dirigentes y la represión no dieron suficiente
tiempo para que el incipiente desarrollo clasista pudiera echar raíces más profundas
entre los mineros y los campesinos del centro como lo había planteado Mariátegui.

7. EL CONGRESO MINERO Y LA MASACRE DE MALPASO EN 1930.


El 8 de noviembre llegaron 14 delegaciones a La Oroya para el Congreso
Minero. Se contó con la plana mayor del Partido Comunista. El temario del Congreso
representaba una sistematización de las principales reivindicaciones mineras y de los
campesinos afectados por las empresas mineras. Incluía también la discusión de los
estatutos de la Federación Minera.
En la noche del día siguiente, el Gobierno, en una acción destinada a golpear
mortalmente al Partido Comunista, apresó a todos los dirigentes reunidos y los trasladó
a Lima. Enterados de esto, los obreros iniciaron una huelga. Los de Morococha y
Casapalca marcharon hacia La Oroya. Los metalúrgicos cogieron como rehenes a dos
funcionarios de la empresa y organizaron grandes manifestaciones de trabajadores
frente a la prefectura. Estos acontecimientos coincidieron con importantes conflictos en
la capital, especialmente huelgas en las principales fábricas textiles, lo cual permitió a la
CGTP convocar a un paro nacional en Lima. Frente a esta presión, el Gobierno se vio
obligado a liberar a los de tenidos del congreso minero, los cuales desfilaron por las
calles de Lima cantando la Internacional y dando vivas al gobierno de los obreros,
campesinos y soldados.
Los delegados mineros y de la CGTP regresaron triunfalmente hacia La Oroya,
aclamados por la masa en cada estación del ferrocarril. Para acoger a los dirigentes, los

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obreros prepararon una gran manifestación en La Oroya. Unos 2,000 trabajadores de
construcción de la Central hidráulica de Malpaso quisieron unirse a la manifestación y,
por haberse impedido su traslado en tren, tuvieron que marchar a pie. Fueron
interceptados a balazos por un destacamento policial en el puente de Malpaso,
resultando 23 muertos y 27 heridos (12 de noviembre). Los trabajadores recogieron los
cadáveres que habían sido arrojados al río y los llevaron a La Oroya en un clima de gran
tensión. Al entierro, asistieron 5,000 trabajadores.
Los caídos de Malpaso, víctimas de la brutal represión coordinada entre el
imperialismo y el gobierno peruano marcarán profundamente la memoria y conciencia
de las masas en la zona minera del centro.
A raíz de los sucesos de Malpaso, los funcionarios norteamericanos de la Cerro
se fueron a Lima. En La Oroya, los obreros ocuparon la fundición y algunas
instalaciones mineras, haciendo funcionar las máquinas necesarias para no ocasionar
daño. El Gobierno declaró el estado de sitio en los departamentos de Lima y Junín y
empezó a perseguir a los dirigentes sindicales y los comunistas. Ravines y Del Prado
pasaron a la clandestinidad. Gamaniel Blanco, Pavletich y numerosos dirigentes fueron
detenidos. Gamaniel Blanco murió en el Frontón al año siguiente. Es considerado como
el primer gran líder y mártir del proletariado minero.
El mismo 12 de noviembre, un Decreto-Ley disolvió a la CGTP y a las
principales organizaciones sindicales. La Cerro declaró un lock-out y despidió a sus
trabajadores. Durante los años siguientes, funcionó con menos de la mitad del personal
que tenía antes, prohibiendo toda organización sindical.
La represión contra el Partido Comunista y los sindicatos fue alentada por los
gremios patronales y los órganos de derecha, especialmente el periódico El Comercio.
El Embajador norteamericano en el Perú llegó hasta solicitar una intervención armada
de los Estados Unidos. A fines de 1930, la represión afectó también a los trabajadores
de la International Petroleum Company, ocasionando centenares de muertos y heridos
en Talara, así como la disolución de la recién formada Federación de Petroleros. Los
trabajadores mineros y petroleros quedaron sin organización sindical prácticamente
hasta 1945. De esta manera, los capitalistas y sus aliados hicieron recaer todo el peso de
la crisis sobre los trabajadores, aprovechando de la coyuntura para liquidar a sus
organizaciones. Se abrió así un largo período de represión.

8. LOS AÑOS BAJO TIERRA (1931-1947)


Durante los años que van desde la crisis de 1930 hasta fines de la dictadura del
General Odría, el proyecto de desarrollo sindical y político del proletariado que
impulsara Mariátegui quedó aparentemente frustrado. La CGTP no resistió a tres años
de intensa represión. El Partido Comunista, perseguido y sometido a graves problemas
de dirección tras la muerte de Mariátegui, entró en un largo período de crisis orgánica,
agudizada por la traición de su Secretario General, Ravines, quien se transformó en
agente anti-comunista a fines de los años 30. Recién el Partido Comunista pudo realizar
su primer Congreso en 1940, expulsando a Ravines. Pero en esos años, llevó a cabo una
política de abandono de la lucha de clases, siguiendo en forma liquidadora la táctica de
Frente Anti-Facista que había adoptado a Tercera Internacional en 1935.
Esta política llamada “browderismo” alejó el Partido Comunista de la clase
obrera, favoreciendo la influencia del APRA en ella, Recién a fines de los años 50, con
el nuevo impulso del proletariado, la tarea de reconstrucción de la obra sindical y

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política de Mariátegui será retomada y permitirá el afianzamiento de una hegemonía
clasista.
El APRA se organizó en Partido de masa al calor de la campaña electoral de
1931 y en torno a banderas anti-oligárquicas radicales, que atrajeron gran cantidad de
trabajadores, en momentos en que el Partido Comunista se encontraba aislado por su
táctica y por la represión. Con ello, el APRA ganó influencia en algunas bases
sindicales, influencia que logró extender en los años siguientes. Al no lograr tomar el
poder en las elecciones y ser objeto de una violenta persecución, el APRA buscó una
salida de tipo insurreccional, que fue derrotada con el aplastamiento de la revolución de
Trujillo en 1932.
La casi liquidación de la dirección clasista y el aplastamiento de las fuerzas
populares canalizadas por el APRA permitieron un largo período de predominio del
estado oligárquico (gobiernos de Benavides y Prado), en el que la organización de los
trabajadores quedó prohibida. El movimiento obrero tuvo que desarrollarse “bajo
tierra”.
En esta situación, los mineros libraron importantes luchas, que poco se conocen,
debido a la clandestinidad y la represión que borraron su recuerdo. Se dio por ejemplo la
movilización solidaria de mineros y campesinos de Tamboraque y San Mateo (1934), en
protesta por la destrucción de cultivos por los humos y relaves de las empresas mineras.

9. RENACE LA ORGANIZACION (1944-1948)


Con los efectos de la segunda guerra mundial (1939-45), las actividades mineras
cobraron un mayor dinamismo en el Perú. Además la corta apertura democrática que se
inicia al fin de esta guerra, permitió el renacimiento de la organización. Los comunistas
y apristas se pusieron de acuerdo para crear una nueva central sindical, la CTP (1° de
mayo de 1944).
En las minas, el renacer de la organización fue impulsada por dirigentes clasistas
que habían logrado mantenerse presentes en la clandestinidad en los años anteriores. Sin
embargo, las debilidades del PCP impidieron el despliegue de su labor. Los comunistas
perdieron la dirección de la CTP y los apristas empezaron a ganar influencia en las
minas.
El Gobierno de Bustamante y Rivero, elegido en 1945, permitió la legalización
de los sindicatos. Entre 1945 y 1947, fueron reconocidos 38 sindicatos mineros: El
Sindicato de Obreros Metalúrgicos de La Oro ya en 1945; los Sindicatos de Casapalca,
Cerro de Pasco, Morococha, Empleados de Yauli Oroya, Marh-Tunel, Huaron,
Gollarisquisga, en 1946; los de Atacocha, Vanadium Corp., Ferroviarios La Oroya, en
1947.
El Sindicato de La Oroya se constituyó el 15 de marzo de 1944, después de
largas jornadas de luchas clandestinas. Su primer Secretario General fue Eustaquio
Maldonado, destacándose también el dirigente Manuel Palacios, quien encabezó un
grupo de dirigentes que, por primera vez, se rebelaron contra la empresa, consiguiendo
importantes aumentos en 1947 y 1949.
En 1947, se organizó la Federación de Empleados de la Cerro de Pasco
Corporation (reconocida en 1954 bajo el nombre de Unión de Sindicatos de
Empleados de la Cerro de Pasco Corporation), que tuvo un comportamiento pasivo y
pro-patronal.

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A nivel regional, también en 1947, se reconstituyó la Federación de
Trabajadores Mineros del Centro, que se afilió a la CTP y fue controlada por los
apristas, quienes le aportaban asesoramiento.

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10. DE NUEVO LA REPRESIÓN (1948-56)


El proceso de rearticulación sindical fue acompañado de un nuevo auge
reivindicativo, que se acentuó aún más con el fuerte aumento del costo de vida,
especialmente en las minas. El desarrollo de la conciencia y organización política de los
trabajadores asustaba a la burguesía y los sectores reaccionarios. Estos empezaron a
boicotear el proceso democrático y preparar un golpe militar para imponer de nuevo su
dictadura abierta sobre la clase trabajadora y el pueblo.
A principios de 1948, ocurrieron serios enfrentamientos en la ciudad de Cerro de
Pasco, a raíz del problema de la carestía de subsistencias, agravado por la actitud
prepotente del prefecto. Encarando este problema, la Federación de Trabajadores
Mineros del Centro preparó un pliego de reclamos e invitó a Luis Negreiros, Secretario
de Organización de la CTP y combativo líder aprista, para asesorarlo. El prefecto, al
conocer este hecho, hizo apresar a Negreiros y lo regresó a Lima. Pero la población de
Cerro de Pasco, exasperada por la escasez de víveres y por la actitud del prefecto, se
movilizó realizando un mitin. En medio de provocaciones de la represión, la
muchedumbre llegó a golpear y matar al prefecto. El Departamento de Cerro de Pasco
fue puesto en estado de sitio y se desencadenó una nueva persecución de los dirigentes1.
Finalmente, tras un intento fallido de un sector del APRA de tomar el poder
mediante la insurrección (3 de octubre de l948), el General Odría realizó un golpe
militar que inició una nueva fase de dura represión contra el movimiento obrero. La
CTP fue puesta fuera de la ley y la policía asesinó a Negreiros. Los dirigentes sindicales
de los años anteriores fueron reemplazados por oportunistas y el gobierno maniobró
para dividir el movimiento sindical, corromperlo, debilitarlo y controlarlo. Los
dirigentes políticos, apristas y comunistas fueron implacablemente perseguidos.
Paralelamente, la dictadura de Odría abrió las puertas en grande al capital extranjero,
especialmente en el sector minero y petrolero. En 1950 promulgó el Código de
Minería, totalmente entreguista al capital extrangero. Se firmaron los contratos de
Marcona y Toquepala (1952 y 1954), incrementándose así fuertemente la presencia del
capital norteamericano en la gran minería.
La dictadura de Odría terminó en 1956 con una grave crisis económica y política
que dio lugar a un pacto entre el APRA y la derecha y permitió la elección del segundo
gobierno de Manuel Prado. Empezó así el período de la convivencia en el que el APRA
abandonó su línea radical frente al poder oligárquico y al capital extranjero e
implementó una política de abierta colaboración de clases.

11. CRECE EL PROLETARIADO MINERO-METALURGICO


Después de la segunda guerra mundial, el imperialismo norteamericano, líder del
mundo capitalista, tomó especial interés en controlar los productos estratégicos para su
poderío industrial y militar, principalmente los minerales y el petróleo. De allí que las
principales inversiones en el Perú se hayan dirigidas hasta estos sectores. Como
consecuencia de ello, la producción minera peruana aumentó considerablemente y
acentuó su peso en la economía, aportando más de la mitad de las divisas del país. Fruto

1
Estos acontecimientos han dado a un libro de César Pérez Arauco “El prefecto. Crónica de un
magnicidio”. Serie: Historia del pueblo mártir del Perú, tomo IX, ediciones el pueblo. Lima, 2004.
(email: elpueblo@speedy.com.pe)

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de las grandes inversiones de Southern Perú Copper Corporation y Marcona Mining
Company, empezaron a producir a fines de los años 60 las minas del sur, Toquepala y
Marcona, dedicada a la extracción de minerales de cobre y hierro respectivamente. Se
trata de minas a tajo abierto, empleando una tecnología avanzada y un personal estable
que requería de un alto nivel de calificación. En estas empresas, los trabajadores fueron
sometidos a un estricto control técnico e ideo-político en su trabajo como en su vida
cotidiana, estrechamente vigilados por los sistemas de “plant protección”. La
organización sindical fue sometida a duras represiones.
En las minas más tradicionales, el interés del capital en incrementar la
producción generó importantes cambios. La Cerro de Paseo Corp. empleaba hasta 1945
una tecnología que, si bien puede ser considerada como avanzada en su época, requería
grandes cantidades de trabajadores. Utilizaba, como hemos visto, a mineros no
calificados, que combinaban el trabajo en la mina con el trabajo en el campo. A partir de
1945, la Cerro de Paseo Corp. inició una segunda etapa: buscó modernizar su
organización productiva y empezó a necesitar una mano de obra más calificada y
estable. Incrementó además el número de empleados y cuadros-técnico administrativos.
La Cerro de Pasco Corp. implementó la técnica de tajo abierto en Cerro de Pasco
en 1958 (destruyendo progresivamente la ciudad tradicional). Introdujo el sistema de
relleno hidráulico en la mina de Morococha. A partir de 1960, realizó inversiones en la
refinería de zinc y de cobre de La Oroya, la concentradora de Paragsha de Cerro de
Pasco, y la abertura de la mina de cobriza en Huancavelica, que empezó a producir en
1967.
La Cerro de Pasco Corp. trató de incrementar su producción sin aumentar el
número de trabajadores. Sin embargo, por las características de la explotación minera en
la sierra central, donde prevalecen las minas subterráneas, no llegó a reducir
sustancialmente su carga laboral, mientras aumentaron sus gastos en remuneraciones,
debido al carácter más estable y tecnificado de los trabajadores. Ello afectó la
rentabilidad del capital de la empresa, que presionó para congelar los salarios,
generando una fuerte ola de conflictos.

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12. EL SINDICALISMO MINERO METALURGICO Y LA CONVIVENCIA
(1956-61)
Con el segundo Gobierno de Prado, el APRA reinició su vida pública y pudo
fortalecer su aparato político y sindical. La apertura democrática que representó la
convivencia después de los ocho años de dictadura de Odría permitió al Partido
Comunista reorganizarse e iniciar un período de crecimiento, al igual que algunos
pequeños grupos trotskistas. Por último se estructuraron los nuevos partidos reformistas,
en especial Acción Popular, al calor del sorpresivo éxito electoral del arquitecto
Belaúnde.
La convivencia permitió la reorganización de numerosos sindicatos y la creación
de nuevos. Especialmente en las empresas mineras, los trabajadores tuvieron que
sostener prolongadas luchas para imponer el reconocimiento de su organización. El
sindicato de Marcona fue reconocido en 1957 y el de Toquepala en 1961.
Al iniciarse la planta Siderúrgica de Chimbote, se constituyó en 1957 el
Sindicato de Trabajadores de SOGESA (hoy SIDERPERU) que posteriormente se
relacionará con el gremio minero-metalúrgico.
En estos años, fueron reconocidos los sindicatos de obreros de Colquijirca,
Milpo, El Pilar, Santander, Chungar, Santo Toribio, Caudalosa Grande, Northern, Mina
Raúl, los sindicatos de empleados de El Brocal, Huaron, etc. Se organizó la Federación
de Trabajadores Mineros del Norte, que en 1961 agrupaba a 7 sindicatos (2,000
trabajadores). Se consolidó la Federación de Trabajadores Mineros y Metalúrgicos
del Centro que fue reconocida en 1960, agrupando a 35 sindicatos (30,000
trabajadores).
El APRA siguió ejerciendo un poderoso control sobre el movimiento sindical
nacional, a través de la CTP. Pero, si bien pudo ampliar su clientela sindical, el APRA
no pudo responder al ascenso de las reivindicaciones de los trabajadores, especialmente
en los momentos de crisis económica. Los nuevos sectores laborales radicalizaron sus
métodos de lucha y se demostraron más receptivos a la dirección e ideología de los
partidos de izquierda.
Gran parte de la actividad de los dirigentes sindicales apristas fue dedicada a
luchar contra los nuevos líderes clasistas de izquierda, difundiendo la ideología anti-
comunista del “sindicalismo libre”, impulsado y financiado por la gran burguesía
norteamericana.
La convivencia y la institucionalización de la CTP permitieron al APRA utilizar
la “negociación política” como principal método de acción sindical. Este método
consistía en provocar una intervención oficial en favor de determinadas demandas de las
bases, levantando la amenaza de la agitación contra la estabilidad del régimen y el
peligro de un golpe militar. Esta estrategia de presión, que buscaba sacar partido de la
fragilidad del bloque en el poder, permitía al APRA culpar de la agitación a los
“comunistas” y, aparecer como único portador de la “solución” de las reivindicaciones,
manteniendo el respaldo el respaldo de las bases. Dicha estrategia sólo fue viable en
período de bonanza económica, cuando el gobierno estuvo en capacidad de hacer
concesiones. Con la crisis económica de 1958, y posteriormente en 1967, los dirigentes
sindicales apristas tuvieron más bien que cumplir el papel de “bomberos” frente a la
exigencia de lucha de las bases, que empezaron a cuestionarlos abiertamente y a
propiciar un sindicalismo basado en sus propias fuerzas. En la práctica, los trabajadores

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redescubrieron los principios básicos del sindicalismo clasista que Mariátegui había
impulsado.
La trayectoria del movimiento sindical minero-metalúrgico del centro y del sur
muestra claramente esta evolución.

13. SE RADICALIZAN LAS LUCHAS EN EL CENTRO


La reorganización de los sindicatos en 1956 permitió a los obreros de la Cerro de
Paseo Corp. realizar ese año una combativa huelga que duró casi cuatro semanas. La
huelga contó con la participación masiva de los trabajadores y de las mujeres. Logró un
aumento de 16 soles y un contrato colectivo favorable.
Al año siguiente, los Estados Unidos redujeron sus importaciones de cobre, zinc
y plomo y los precios de estos productos cayeron, precipitando una crisis que afectó a
toda la economía nacional. Esta situación afectó también los ingresos y el nivel de
ganancia de la Cerro de Pasco Corp., la cual buscó rebajar sus gastos, reduciendo su
personal. Esta reducción fue selectiva, ya que, mientras seguía aumentando el número
de empleados, los efectivos obreros se redujeron en un 20% entre 1957 y 1960. De paso
la empresa trataba de ampliar el estrato de empleados, según una política de promoción
y de integración destinada a dividir al proletariado y rebajar su fuerza sindical. Por otro
lado, la empresa pidió prolongar por un año más los convenios colectivos.
Los sindicatos se opusieron a esta última medida, tomando en cuenta que la
devaluación de la moneda beneficiaba a la empresa y afectaba a los trabajadores. La
inseguridad en el trabajo por la reducción del personal contribuía a deteriorar las
relaciones laborales. Sin embargo, la dirigencia aprista buscaba evitar una medida de
lucha.
En 1958, ocurrieron duros enfrentamientos en la ciudad de Cerro de Pasco. Un
incidente entre un ingeniero y un minero provocó una reacción masiva de los
trabajadores y de la población que se movilizó hacia el barrio del Staff donde vivían
casi exclusivamente los norteamericanos. El movimiento rebasaba la capacidad de
control de la dirigencia sindical. La empresa amenazó con cerrar la mina, pero terminó
negociando con el sindicato.
Al mismo tiempo que trataba de reducir su personal obrero, aumentar la
productividad y congelar los salarios, la Cerro Pasco Corp. buscó explotar en forma más
directa y tecnificada las haciendas ganaderas, con el fin de abaratar los medios de
subsistencia de sus trabajadores y ahorrar en remuneraciones. Empezó a cercar con
alambre de púas las tierras de pastoreo que usaban tradicionalmente las comunidades,
expulsándolas de estas tierras2. En 1960, el desalojo de los campesinos de San Antonio
de Rancas, ordenado por la empresa, dejó tres muertos y decenas de heridos. Este hecho
fue respondido por una huelga de los sindicatos de la Cerro de Pasco Corp. y un paro
nacional de protesta de 24 horas convocado por la CTP que se llevó a cabo el 13 de
mayo de este mismo año.
El proletariado minero no fue ajeno a las luchas campesinas. En efecto, muchos
mineros mantenían su condición de comuneros y seguían considerando su trabajo en las
minas como algo transitorio, aspirando regresar a su comunidad y mejorar allí sus
condiciones de vida. En Cerro de Pasco, llegó a constituirse a fines de los años 50 un
2
Estos acontecimientos son objeto de la famosa novela de Manuel Scorza, Redoble por Rancas,
publicada en 1970.

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Frente Obrero Campesino Estudiantil (FOCE), con el asesoramiento del abogado
Genaro Ledesma, quien integrare el Frente de Liberación Nacional que se organizó para
las elecciones de 1961.
El APRA, por su parte, buscaba contener las luchas tanto mineras como
campesinas, para no crear problemas al Gobierno de Prado y con la Cerro Pasco Corp.,
ya que consideraba a los yanqui como principales defensores del “mundo libre”. El
APRA hizo todo lo posible para impedir la alianza obrero-campesina.
El Partido Comunista canalizó parte del descontento de las masas mineras frente
a la dirección aprista, impulsando un nuevo sindicalismo clasista y tratando de
reorganizar la CTP. En estos años, influyeron también en algunas minas organizaciones
trotskistas como el Partido Obrero Revolucionario.
El año 1962 fue el punto culminante de los enfrentamientos en el centro. La
coyuntura nacional estaba marcada por una extensión de las luchas campesinas, una
radicalización del movimiento estudiantil y del movimiento obrero, así como un gran
despertar de las fuerzas nacionalistas y revolucionarias en América Latina, a raíz de la
Revolución cubana. En el Perú, se desarrollaba una vasta campaña para la reforma
agraria, la nacionalización del petróleo y de la gran minería. La crisis originada por las
elecciones en junio de 1962 dio lugar a un golpe militar, tomando el poder una Junta
que buscó a la vez impulsar algunas reformas y controlar por la represión los
movimientos populares, preparando el terreno para la elección de Belaúnde en 1963.
A fines de 1962, se agudizaron los conflictos en la zona minera del centro,
extendiéndose la huelga a todos los sindicatos de la Cerro de Pasco Corp. Durante la
huelga la represión desató graves acontecimientos. En La Oroya, cuando un
destacamento de trabajadores cruzaba el puente enarbolando la bandera peruana,
intervino la policía arrebatando la bandera. Los trabajadores enfrentaron heroicamente a
la policía, logrando rescatar el pabellón nacional. Sin embargo, la empresa y el gobierno
estaban dispuestos a quebrar la huelga y dar un golpe de muerte a la organización
sindical. Misteriosamente se produjo un incendio en una de las bodegas de la empresa,
lo cual sirvió de pretexto para una brutal represión.
Los dirigentes fueron apresados y cruelmente torturados. Poco después, en los
primeros días del año 63, la Junta Militar ordenó el apresamiento de unos 1,500
dirigentes políticos, sindicales y estudiantiles de izquierda a nivel nacional, y en
particular en la zona del centro (entre ellos, Ledesma), confinándolos luego en los
penales de el Sepa y el Frontón. Muchos trabajadores fueron despedidos de su trabajo
acusados por la empresa de sabotaje.
Estos acontecimientos permitieron al APRA retomar temporalmente el control
de los sindicatos. Hasta 1968, los mismos dirigentes apristas han ido dando vueltas en
los cargos sindicales, actuando en forma burocrática y alejándose de las bases.

14. EL MOVIMIENTO SINDICAL EN TOQUEPALA Y EN LAS BASES DEL


SUR
La organización sindical en la gran minería del sur empezó junto con la
convivencia. A pesar que el Gobierno y los grandes capitalistas norteamericanos habían
optado por reconocer la existencia de los sindicatos y tratar con ellos, pusieron grandes
trabas cuando los trabajadores empezaron a impulsar su organización, obligándolos a
librar duras luchas, en especial en Toquepala.

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En 1957, los trabajadores de construcción del “proyecto Toquepala” quienes
enfrentaban pésimas condiciones de trabajo y de vida y se encontraban aislados en un
mundo estrechamente vigilado por la Southern, lograron reunirse para formar un
Sindicato Único de Trabajadores (25 de setiembre). Las empresas constructoras, Utah y
Emkay, respondieron con el despido de uno de los dirigentes. Frente a ello, el sindicato
recién formado inició una huelga, medida que contó con el apoyo solidario de los
gremios de trabajadores de Ilo y Tacna. Al no darse ninguna solución, diez dirigentes
del sindicato se declararon en huelga de hambre. El 4 de noviembre, la policía trató de
desalojar a un grupo de huelguistas organizados en piquetes. Al disparar contra ellos,
mató a dos obreros (Arturo Cáceres y Gerardo Salinas), resultando heridos siete más. El
gobierno emitió un comunicado calumnioso, echando la culpa a los trabajadores y
avalando la posición de las empresas. La ausencia de una solidaridad efectiva del
movimiento sindical a nivel nacional obligó el levantamiento de la huelga sin resultado
favorable para los trabajadores y el sindicato quedó destruido.
La masacre del 4 de noviembre de 1957 en Toquepala tuvo hondas
repercusiones políticas a nivel nacional, desenmascarando la política anti-laboral del
Gobierno de la Convivencia y su sumisión a los intereses de las grandes empresas
extrangeras.
En 1960, con la entrada en producción de la mina de Toquepala, resurgió el
intento de impulsar el sindicato. Este se constituyó el 14 de abril de 1961. Para obtener
su reconocimiento, los trabajadores recurrieron a la CTP, la cual presionó a través de la
ORIT (matriz del sindicalismo libre en América), haciendo prevalecer la Resolución
No. 87 de la Organización Internacional del Trabajo sobre la libre sindicalización, que
el Perú recién había ratificado. La Southern, que ya contaba con una mano de obra
estable y calificada (más de 3,000 trabajadores) empezó a considerar que el oponerse a
toda organización sindical la llevaría a enfrentarse a conflictos incontrolables, siendo
preferible conducir las relaciones laborales en cauces más previsibles,
institucionalizados y legales. Además la empresa colocó a agentes suyos en el sindicato.
De esta forma este fue reconocido oficialmente el 16 de setiembre de 1961, bajo el
nombre de Sindicato de Trabajadores de Toquepala y Anexos. Se formaron también
tres otros sindicatos: el de Empleados de Toquepala, y los de obreros y de empleados
del Área-Ilo. El APRA trató de influir en estos sindicatos, a través de los seminarios de
capacitación que implementaba el sindicalismo libre en el Perú y en Estados Unidos.
Una vez reorganizado el sindicato de Toquepala los trabajadores empezaron a
presionar con fuerza para la resolución de sus reivindicaciones. Al negarse la empresa a
resolver el pliego de reclamos en 1962, los obreros y empleados formaron un frente
unido e iniciaron la huelga, tanto en Toquepala como en Ilo (10 de agosto). Exigían que
los salarios mínimos no sean menores de lo que gana un minero norteamericano en una
hora de labor semejante.
La huelga de la Southern recibió un amplio respaldo del resto de la clase obrera
del sur: La Unión Sindical de Tacna realizó un paro de solidaridad, mientras que en
Arequipa, Ilo y Moquegua la población dio su apoyo mediante la recolección de
víveres. Los sindicatos mineros de Marcona, Hierro Acarí, Cobre Acarí y San Juan de
Lucana constituyeron la Federación Regional de Mineros y Metalúrgicos del sur, y
se pronunciaron en apoyo a la huelga, exigiendo además la revisión del contrato de
Toquepala. Esta Federación realizó un paro de solidaridad el 23 de agosto de 1962
Después de dos semanas de huelga, los trabajadores de Toquepala obtuvieron un
aumento de remuneración con pago retroactivo, el descuento sindical por caja, la

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reposición de los despedidos y otras importantes conquistas. Sin embargo la empresa se
negó a pagar el retroactivo, y los sindicatos decidieron continuar la huelga. Los
dirigentes buscaron un apoyo a nivel nacional, pero se enfrentaron con las posiciones
conciliadoras de la CTP y las amenazas de represión de la Junta Militar. A pesar de ello,
después de 37 días de huelga, la empresa tuvo que reconocer el pago retroactivo. Fue
una importante victoria sindical.
Frente al fortalecimiento del movimiento sindical y el estrechamiento de los
lazos de solidaridad entre las bases del sur, la Southern inició una política de
hostigamiento y amedrentamiento de los trabajadores, negándose además a cumplir con
los acuerdos convenidos. Esta política originó una nueva huelga de 20 días, a fines de
1962. Esta vez, luego de una acalorada asamblea en Toquepala, la huelga fue
suspendida en base al ofrecimiento formal de la CTP de ir a un paro nacional en caso
que no se solucionaran las peticiones planteadas contra las medidas de represalias de la
empresa. Pero, una vez reiniciadas las labores, la empresa y el gobierno hicieron
fracasar las negociaciones.
En los años siguientes, los sindicatos de la Southern continuaron en pie de lucha,
realizando varias huelgas. La empresa por su parte implementó una política laboral
destinada a aislar a sus trabajadores del resto de la clase trabajadora, buscando
orientarlos hacia el consumismo y el economicismo. También utilizó las discrepancias
entre los dirigentes de Ilo (apristas) y los de Toquepala, para quebrar el frente sindical.
En setiembre de 1966, la empresa despidió a uno de sus supervisores, por
actitudes calificadas como “condescendientes” hacia los trabajadores. El Sindicato de
Empleados asumió inmediatamente la responsabilidad de su reposición, iniciando una
huelga. Frente a ello, la empresa decretó el cierre de la mina y de la concentradora,
impidiendo a los obreros concurrir a sus labores. El cierre duró 10 días. El sindicato
obrero se movilizó para exigir el pago de los días no trabajados, la reposición del
ingeniero despedido, y el retiro de las fuerzas policiales del campamento, decretando
una huelga.
El primer día de la huelga, 14 de octubre, la policía atacó violentamente a un
grupo de dirigentes, matando a tres de ellos: Simón Aguilar, Mariano Gómez y Silverio
Cruz. Atacó con metralletas al mismo campamento, dejando un saldo trágico de
víctimas.
Esta nueva masacre de Toquepala originó otra vez un acalorado debate en el
Parlamento Nacional. El Gobierno y la empresa acusaban a los “infiltrados comunistas”.
La oposición censuró al Ministro de Gobierno y de Trabajo. El régimen de Belaúnde
resultó desgastado políticamente.
Los sucesos de octubre de 1966 en Toquepala no llegaron a anular el sindicato,
pero pusieron en repliegue la actividad sindical hasta fines de 1967. La masa laboral
quedaba fuertemente golpeada, guardando un gran resentimiento hacia la empresa. Esta,
por su lado, intentó hacer un “borrón y cuenta nueva”, aplicando su política
integracionista de “buenas relaciones laborales”. Además apoyó decididamente a los
dirigentes apristas, dándoles todas las facilidades para realizar sus cursillos de
capacitación en sindicalismo libre, junto con la CTP, el Centro de Estudios Laborales
del Perú (CELP) y el Instituto Americano de Desarrollo del Sindicalismo Libre
(IADSL), entidades financiadas por las grandes empresas y el gobierno norteamericano.

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Sin embargo, la mayoría repudiaba a la camarilla de la CTP encabezada por
Julio Cruzado. A nivel nacional, al calor de una nueva crisis económica se iba
reorganizando el sindicalismo clasista.
A fines de 1967, en Toquepala fue elegida una nueva directiva, con Ignacio
Portilla como Secretario General, Oscar Quispe Secretario de Organización y Víctor
Cuadros Secretario de Interior, predominando las tendencias independientes y clasistas.
Esta dirigencia impulsó el pliego de 1968, contando con la asesoría de Ricardo Díaz
Chávez. Se realizó entonces una huelga que marca un nuevo período de activación
sindical y el avance de las posiciones clasistas en la minería del sur.

15. SE FORJA LA FEDERACION NACIONAL (1959-1969)


El crecimiento del proletariado minero-metalúrgico y de su organización sindical
en las diferentes regiones del país sentó las bases para la constitución de la Federación
Nacional.
Esta tuvo su origen en el Primer Congreso de la Federación de Trabajadores
Mineros, Metalúrgicos y Similares del Centro, que se realizó en La Oroya en diciembre
de 1959. En este Congreso participaron delegados de Marcona y Toquepala (que
entonces luchaban por formar sus sindicatos) y se acordó constituir la Federación
Nacional de Trabajadores Mineros, Metalúrgicos y Similares.
Esta Federación Nacional escapó al control de los dirigentes apristas, al
predominar el criterio de los clasistas que decidieron no afiliarse a la CTP. Ello originó
que la Federación fuera desconocida por las bases controladas por el APRA, en especial
la Federación del Centro. Las autoridades tampoco la reconocieron.
El movimiento clasista en las minas estaba avanzando, y ello se veía reflejado en
los congresos y otros eventos sindicales donde prevalecieron muchas veces sus
posiciones. Pero no tenía suficiente fuerza como para imponerse en la dirección de las
organizaciones, más aún tratándose de una matriz nacional. Por eso, la Federación
Nacional fue recuperada burocráticamente por los apristas en 1966, quedando práctica
mente desactivada. Las Federaciones regionales, la del norte, del centro y del sur
también estaban bajo el control aprista, perteneciendo todas a la CTP.
A partir de 1967, la correlación de fuerzas políticas en el sindicalismo minero-
metalúrgico fueron cambiando, al igual que en el sindicalismo nacional.
El estrangulamiento de la economía llevó en 1967 a la devaluación, la restricción
del gasto público y una grave crisis política del gobierno de Belaúnde. El costo de vida
subió en más del 50%, muchas fábricas cerraron y se dieron numerosos despidos. Los
conflictos se multiplicaron y los sindicatos impulsaron medidas de lucha pidiendo un
aumento general de salario. El gobierno concibió un miserable aumento de 10%, lo cual
provocó una indignación de la mayoría de los sectores laborales, y el planteamiento de
un paro general. Belaúnde, el APRA y la derecha, que temían un golpe militar, se
pusieron de acuerdo para evitar el paro. Consecuente con ello, la CTP aceptó el pequeño
aumento decretado por el gobierno y bloqueó toda medida de lucha. Numerosas bases
acusaron a los dirigentes apristas de haber traicionado la lucha sindical y se movilizaron
activamente con paros, marchas y mítines.
Los sectores de izquierda, encabezados entonces por el PC-Unidad, habían
intentado varias veces desplazar a la dirección aprista de la CTP. En 1966 decidieron
actuar al margen de ella y constituir un Comité de Defensa y Unificación Sindical

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(CDUS). Dicho Comité logró dar dirección a las bases radicalizadas por la crisis y
atraer a los núcleos más estratégicos del movimiento sindical. El 14 de junio de 1968,
dichos núcleos formaron la CGTP, retomando el nombre de la central creada en 1929
por Mariátegui y los principios del sindicalismo clasista que éste había enarbolado.
Poco después, se daba el golpe de estado encabezado por el General Velasco.
El proletariado minero-metalúrgico tuvo una activa participación en este proceso
de reorientación y reorganización sindical.
La mediana minería, que fue una de la más golpeada por la crisis, se movilizó,
implementando una forma de lucha que será muy utilizada por los mineros y
metalúrgicos en los años siguientes: la marcha de sacrificio. Los primeros a utilizar esta
forma de lucha fueron los sindicatos de Atacocha y Chicrín, en 1967. Después de ocho
días de marcha, 1,600 mineros llegaron hasta la plaza Manco Cápac en Lima donde
recibieron el apoyo de numerosas organizaciones sindicales y populares, logrando el
éxito para sus reivindicaciones. De la misma manera se movilizaron varios sindicatos de
la mediana minería del sur: los mineros de Condestable, de Cata, y de Raúl. Estos
sindicatos fueron asesorados por el CDUS y se afiliaron a la CGTP.
En la gran minería, tanto en el sur como en el centro, el deterioro de las
condiciones de vida y la pasividad de los dirigentes apristas favorecieron un cambio en
las direcciones sindicales.
En 1967, los sindicatos obreros de la Cerro de Paseo Corp. concertaron un Pacto
de Ayuda Mutua y Solidaridad en caso de conflicto. Este pacto, impulsado por los
clasistas, fue un primer paso hacia la reorganización de la Federación Nacional.
Al año siguiente, ocho días después del golpe militar, un grupo de obreros,
principalmente jóvenes, tomaron el local de sindicato metalúrgico, desconociendo a los
dirigentes y declarando el sindicato en reorganización. Esta acción, impulsada por el
PC-Unidad, fue acogida con simpatía por la mayoría de los trabajadores, quienes
acudieron desacostumbradamente muy numerosos a las asambleas generales. Los
dirigentes apristas denunciaron a los golpistas como “elementos políticos”, y la empresa
los despidió. Frente a ello, los golpistas recurrieron a una hábil jugada, pidiendo al
Gobierno Militar su apoyo. Aún no estaba clara la orientación del nuevo régimen, pero
la jugada surtió efecto. La empresa tuvo que reponer a los despedidos y ellos afianzaron
su liderazgo sindical.
El acontecimiento que alteró decisivamente la correlación de fuerza dentro del
movimiento minero-metalúrgico empezó con la discusión del pliego de reclamos de
1969 en la negociación colectiva de los catorce sindicatos de la Cerro de Pasco Corp.
Estos sindicatos, asesorados por la CTP habían pedido un aumento de S/. 16. En trato
directo en Lima, doce sindicatos aprobaron un aumento de S/. 13. Dos sindicatos, el de
La Oroya y de Cobriza, no reconocieron este acuerdo y decidieron dar un plazo de
huelga.
La huelga de La Oroya y Cobriza, que duró 23 días, contó con una participación
masiva de los trabajadores y también de las mujeres, organizadas en Comités de damas,
quienes acordaron como medida de presión realizar una marcha de sacrificio a Lima. La
marcha se inició el 13 de setiembre con más de 5,000 trabajadores, encabezados por
mujeres y niños y animados por una banda de música. Fue detenida a unos 100 Km. de
Lima por la Guardia Civil, quien apresó a numerosos dirigentes y trabajadores, así como
el asesor legal Díaz Chávez, y el sacerdote de La Oroya Manuel Gutiérrez. Sin
embargo, el mismo día, la Dirección General de Trabajo concedió a los sindicatos el

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aumento de S/. 16 y liberó a los presos. La medida de lucha había tenido éxito, y por su
parte el gobierno militar, que buscaba una nueva base de sustento político entre los
trabajadores, contribuía a desprestigiar más profundamente a los dirigentes apristas. A
raíz de estos acontecimientos el Sindicato de Trabajadores Metalúrgicos de La Oroya se
desafilió de la CTP.
En Toquepala, los clasistas estaban también ganando posiciones, teniendo que
enfrentar una dura ofensiva de la Southern. A fin de 1969, el Sindicato tuvo que asumir
una huelga de más de un mes, pidiendo el despido del Jefe del Departamento de
Relaciones Laborales, el cambio del sistema de Plant Protección (que hacía “como si
Toquepala no fuera tierra peruana sino un país extranjero”) y otros puntos. En la huelga,
el Sindicato de Toquepala recibió el apoyo económico solidario de los metalúrgicos de
Chimbote y de La Oroya, cuyo sindicato dio un plazo de huelga de solidaridad. El
conflicto terminó con una gestión del Ministro de Energía y Minas, quien viajó a la
zona, teniendo que acceder a las razones del sindicato.
En Marcona, la pugna entre los apristas y clasistas era muy viva y sus
respectivas fuerzas estaban equiparadas. Sin embargo este sindicato participó de las
iniciativas que se dieron en 1969 para reorganizar la Federación Nacional.
Los cambios señalados tanto en la orientación sindical de importantes bases,
como en la mayor solidaridad efectiva entre bases, permitieron, a iniciativa de la CGTP,
la convocatoria de un Congreso Nacional Minero, que se realizó en La Oroya en
diciembre de 1969, con la participación de los sindicatos obreros de La Oroya, Cobriza,
Toquepala, Marcona, Mina Raúl, Condestable, Cata y otros. Por acuerdo de este
Congreso se decidió reorganizar la Federación Nacional que había sido creada en 1959
y que los apristas habían prácticamente desactivado desde 1966. Se creó una nueva
Federación Nacional de Trabajadores Mineros y Metalúrgicos del Perú
(FNTMMP), eliminando la palabra “y Similares” de la anterior. Los acuerdos más
importantes del Congreso fueron:
− La afiliación de la FNTMMP a la CGTP
− La lucha por mejores condiciones de vida y de trabajo y la revisión del sistema
de jubilación.
− El rechazo al recién firmado contrato de Cuajone y la exigencia de
nacionalización y explotación estatal de las riquezas mineras.
Víctor Cuadros Paredes (dirigente de Toquepala) fue elegido Secretario General
y Manuel Orrego (dirigente de Marcona), Secretario de Organización.
Debe señalarse el papel cumplido por Ricardo Díaz Chávez, asesor legal de la
CGTP desde su creación, y miembro del PC-Unidad, quien desde años anteriores venía
orientando la lucha de numerosos sindicatos mineros. Logró una gran ascendencia sobre
los dirigentes del sector y en la Federación Nacional. Esta ascendencia se debió en
primer lugar a la situación de dependencia de los sindicatos respecto a los trámites
legales complejos que exigen la intervención de un especialista; en segundo lugar, la
falta de experiencia sindical y política de los dirigentes y las bases mismas; y en tercer
lugar, al hábil aprovechamiento de una coyuntura política y económica en la que la
radicalización de las luchas reivindicativas mineras permitió alcanzar importantes
conquistas. El liderazgo de Díaz Chávez adquirió un carácter caudillesco, asumiendo su
función de dirección política laboral alrededor de su persona más que en torno a una
labor de carácter colectivo.

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______________________________III Parte: Los Trabajadores Mineros Metalúrgicos
Paralelamente a la reorganización de la Federación Nacional, se constituyó la
Federación Departamental de Trabajadores Mineros y Metalúrgicos de Pasco
(1969), animada por Milpo, Huaron, Vinches, San Expedito, El Pilar, Gollarisquizga,
etc. e impulsada por dirigentes de izquierda, al margen de la desactivada Unión Sindical
Departamental de Pasco. Sin embargo, esta nueva Federación no logró consolidarse.
A principios de 1970, se creó la Federación de Trabajadores Mineros y
Metalúrgicos de la Cerro de Pasco Corporation, fruto del Pacto de Solidaridad
firmado entre los catorce sindicatos de la Compañía en 1967. Esta Federación se
transformó en Federación dé Trabajadores de Centromín Perú después de la
estatización de la Cerro de Pasco Corp. en 1973.
En el Sur, la CGTP propició una reorganización de la Federación de
Trabajadores Mineros y Metalúrgicos del Sur, que se había desafiliado de la CTP
(1970). Su nuevo Secretario General fue Manuel Orrego, de Marcona. A parte de
Marcona, participaron Toquepala, Chapi, Minas Raúl, Condestable, Cobre Acari, Minas
Cobre y Río Seco. Las autoridades desconocieron esta federación que no llegó a
afianzarse. En 1973 el Ministerio de Trabajo emitió una resolución retirando a los
sindicatos de Toquepala y Marcona de la FNTMMP, aduciendo que antes estaban
afiliados a dicha Federación Regional y que no podían estar afiliadas a dos federaciones
al mismo tiempo.
Sin embargo, si se realiza un balance de estos años finales de la dé cada del 60,
se observa que el proletariado minero-metalúrgico peruano había logrado un importante
nivel de centralización, al mismo tiempo que recuperaba su independencia política de
clase.

16. LA MINERÍA ES CLAVE PARA EL REGIMEN MILITAR


El régimen militar que se impone en 1968 busca un desarrollo económico y una
organización social que responda a los objetivos castrenses de “seguridad social”,
apuntando a asegurar un estado fuerte y controlar a los movimientos populares.
Para implementar su proyecto desarrollista, el Gobierno requería impulsar el
sector exportador con el fin de contar con las divisas necesarias a sus planes de
industrialización y para pagar la deuda externa que había contraído la economía
peruana. Para ello, era clave que el estado impulsara las inversiones y la producción en
el sector minero.
En primer lugar, como condición para refinanciar la deuda, el Gobierno firmó un
nuevo contrato con la Southern en 1969: el Contrato de Cuajone. En segundo lugar, el
Estado recuperó varias concesiones mineras que las empresas privadas dejaban de
explotar: Antamina, Tintaya y Ferrobamba de la Cerro de Pasco Corporation;
Quellaveco de la Southern; Michiquillay de la Asarco; Cerro Verde de Anaconda y
Bayóvar de la Kaiser. MINERO PERU (creado en 1971) fue encargado de desarrollar la
producción y MINPECO (creado en 1974) la comercialización de los minerales. En
tercer lugar, a través de la Ley General de Minería (DL 18880, 1971) y Otros
dispositivos legales, se dieron varios incentivos a las inversiones y a la producción del
sector minero en general3. Dado el carácter estratégico del sector, el gobierno buscó

3
En 1970, Víctor Cuadros en su condición de Secretario General de la FNTM fue nombrado miembro
integrante de la comisión que elaboró el anteproyecto de la Ley General de Minería 18880 en lo referente

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reforzar la presencia del estado en él. En 1974 el complejo minero-metalúrgico Cerro de
Pasco Corp. fue estatizado, formándose CENTROMIN PERU. Al año siguiente, el
Estado compró la Marcona Mining, para constituir HIERRO PERU.
Para llevar a cabo todas sus operaciones mineras, el estado recurrió a capital
internacional, mediante grandes préstamos y contratos, constituyendo en algunos casos
empresas mixtas. Las inversiones más importantes fueron realizadas en la mina de
Cerro Verde en Arequipa, la refinería de Cobre de Ilo y la refinería de zinc de
Cajamarquilla, cerca de Lima.
La apertura de la mina de Cerro Verde y de la Refinería de Cobre significaron el
fortalecimiento del proletariado minero-metalúrgico del sur al constituirse dos nuevos e
importantes sindicatos, el 3 de marzo de 1972 y el 5 de marzo de 1976, respectivamente.
Aprovechando de las medidas de promoción del estado, se enriquecieron los
dueños de la mediana minería, tanto de capital extranjero (norteamericanos, japoneses,
franceses, canadienses, etc.) corno de capital nacional (Samamé Boggio, Benavides de
la Quintana, Baertl, Brazzini, Fernandini, Gallo, etc.), varios de sus representantes
ocuparon puestos claves en la administración estatal.
De este modo, el estado, el capital imperialista y nacional dieron un nuevo
impulso a la producción minera, duplicándose la Ley de cobre en 1976.
La política de “seguridad nacional” del régimen militar implicaba también
controlar a los movimientos populares, y en especial al proletariado. Constatando el
fracaso de la política de los partidos tradicionales de la burguesía, Velasco pretendió
ganarse a los trabajadores y el pueblo en general, con los siguientes objetivos: 1.
obtener una base social de apoyo; 2. conciliar intereses de clases; y 3. encuadrar a los
diferentes sectores de la clase trabajadora en instituciones controladas por el estado.
Estos objetivos, condensados en la ideología del “participasionismo”, fueron
impulsados por el SINAMOS, el Movimiento Laborarl Revolucionario (MLR), la
Central de Trabajadores de la Revolución Peruana (CTRP) y otras instituciones
controladas por el aparato estatal.
Frente al movimiento sindical, el Gobierno Militar no contaba con la
desprestigiada CTP. Pero no pretendía dar paso al sindicalismo clasista. Tan sólo
negoció con la CGTP y la reconoció oficialmente en 1971, presionado por sus bases y
porque el PC-Unidad que controlaba su dirección, le prestaba un cierto apoyo político.
El Gobierno Militar buscó también ganarse a los trabajadores e implementar un
régimen de colaboración de clases en las empresas mediante la creación de las
Comunidades Laborales. Las Comunidades Mineras y la Comunidad de Compensación
Minera (COCOMI) fueron instituidas por la Ley General de Minería. La FNTMMP
dio orientaciones sobre la necesidad de ganar las direcciones de las comunidades con
dirigentes obreros y clasistas, a fin de ponerlas al servicio de los trabajadores y
coordinar con los sindicatos. Esto motivará la oposición de los empresarios al sistema
comunero, cuyos alcances fueron drásticamente recortados por el gobierno militar en su
Segunda Fase (DL 22333, 1978).
La política del régimen velasquista polarizó las posiciones al interior del
movimiento sindical y del minero en particular. El PC-Unidad, de acuerdo a su

a seguridad e higiene minera; muchas de las sugerencias planteadas fueron mutiladas. Sin embargo
algunas obligaciones para los empresarios mineros fueron recogidas en la Ley.

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estrategia, enmarcada en la concepción soviética de la “coexistencia pacífica”, de
aliarse con los sectores reformistas de la burguesía, dio su “apoyo crítico” al régimen
militar, tratando de resolver pacíficamente los conflictos de clases y no crearle
problemas al Gobierno. Las otras posiciones de izquierda revolucionaria, de más
reciente presencia en el movimiento obrero (Vanguardia Revolucionaria, Movimiento
de Izquierda Revolucionaria, Partido Comunista del Perú-Patria Roja, y otros),
coincidieron en considerar al régimen como dictadura anti-popular, representante de los
intereses del gran capital, y se opusieron a poner al movimiento obrero a la cola del
reformismo, criticando la posición “revisionista” del PC-Unidad.

17. EL AUGE DE LAS LUCHAS MINERAS (1969-71)


Los años 69-71 fueron de gran auge de las luchas mineras, como consecuencia
de la reorganización y centralización sindical y de la línea combativa de las nuevas
dirigencias que mantuvieron una autonomía de clase, frente al reformismo, y llegaron a
desbordar a la política de apoyo crítico al Gobierno Militar implementada por el PC-
Unidad. En el movimiento sindical minero, empezaron a tener mayor influencia fuerzas
clasistas opuestas a la dirección de dicho partido.
En estos años, se realizaron numerosas huelgas y marchas de sacrificio. La
proporción de huelgas sobre el total del país fue considerable (69% de las horas
hombres perdidas en 1971), a pesar que los mineros y metalúrgicos no pasan del 2% del
total de los trabajadores del país (ver Cuadro: Huelgas mineras 1968-78).
En abril de 1970, los sindicatos de la Cerro de Pasco Corp. negociaron su pliego
de reclamos y, a pesar de la consigna en contra de la CGTP, decidieron por estrecha
mayoría ir a la huelga. Empezaron a manifestarse discrepancias entre algunos dirigentes
de Cobriza y los “revisionistas”. La CGTP trató de recuperar el movimiento
organizando una marcha de sacrificio en Lima e invitó a los mineros a que participaran
a un mitin de apoyo al Gobierno. La mayoría de los trabajadores buscaban más bien
aprovechar de la ocasión para presionar a las autoridades para la solución de sus
reivindicaciones.
La marcha llegó a Lima en el Estadio de San Martín de Porras. El mitin se
realizó el 9 de abril en la plaza Dos de Mayo. Los dirigentes de la CGTP querían
transformarlo en manifestación de apoyo a Velasco, amenazado por la oposición de
derecha. Luego de unos días, después de haber conseguido una solución a sus
principales reclamos los trabajadores regresaron a sus centros de trabajo.
En la segunda mitad del año 70, se reiniciaron numerosas huelgas tanto por parte
de los sindicatos de la Cerro de Pasco Corp., como de Marcona y Toquepala, por
aumentos salariales principalmente. Algunas bases se mostraron particularmente
beligerantes, como el caso de Cobriza donde dos trabajadores habían fallecido
electrocutados por falla de la empresa. En setiembre, toda la gran minería se encontraba
en huelga (20,000 trabajadores).
En realidad no hubo una efectiva coordinación entre todas estas luchas. En la
zona del centro, varios sindicatos criticaron a la CGTP y a la Federación Nacional por
no apoyarlos, rechazando el asesoramiento de Díaz Chávez. Este impulsó un Pacto de
Solidaridad y Defensa Mutua entre los sindicatos de Marcona, Toquepala, La Oroya y
los Ferroviarios del Centro. Pero se podía notar un cierto distanciamiento entre la
mayoría de las bases del centro y los dirigentes nacionales.

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En 1971, la ola huelguística adquirió proporciones aún mayores. En enero, la
FNTMMP llamó a un paro general para la solución de diferentes bases en conflicto. La
huelga fue acatada principalmente por las bases del sur, consiguiendo parte de sus
objetivos.
En el centro, varias bases de la mediana minería protagonizaron largas luchas,
exigiendo homologar sus salarios con los de la Cerro de Pascp Corp.: San Ignacio de
Morococha realizó una huelga y una marcha de sacrificio que llegó a Lima a pesar de la
intervención de la policía. El Pilar también paró (42 días) y realizó una marcha, con el
apoyo de Milpo, Cerro de Pasco y otros sindicatos de la zona.
Los sindicatos de la Cerro de Pasco Corp. estuvieron también en constante pie
de lucha, realizando numerosas huelgas. En el caso de la huelga de Railway-Oroya, los
trabajadores y las mujeres tuvieron violentos choques con la policía.
El auge de las huelgas mineras inquietaba hondamente a los empresarios que
presionaron a través de la Sociedad Nacional de Minería para que el Gobierno ponga
mano dura.

18. LA MASACRE DE COBRIZA EN 1971


A mediados de 1971, los sindicatos de la Cerro de Pasco Corp. presentaron su
pliego: pedían un aumento de unos S/. 300, y numerosos puntos referentes a las
condiciones de vida y trabajo (en total 139 puntos). El pliego incluía la jornada de seis
horas y la jubilación a los quince años de trabajo, teniendo en cuenta las enfermedades
profesionales que acortan la vida de los mineros. La empresa no quiso aceptar ningún
punto de este exigente pliego y, a fines de octubre, los sindicatos entraron en huelga.
Varios ministros viajaron a La Oroya para negociar, ofreciendo S/. 15. de aumento, lo
cual fue rechazado. El gobierno desató entonces una violenta campaña contra la huelga.
La CGTP se mostró también contraria a la medida de lucha.
A principios de noviembre, mientras transcurría la huelga, ocurrieron graves
acontecimientos en Cobriza. Un grupo de trabajadores había subido a Parco
(campamento de los funcionarios) para impedir el traslado de una máquina. Ocurrió un
choque violento con la policía estacionada allí, resultando varios heridos, entre los
cuales un obrero grave. Los trabajadores indignados tomaron tres altos funcionarios
como rehenes, y los trasladaron al local sindical. Luego de varias negociaciones, uno de
los rehenes fue liberado, pero los demás fueron retenidos, en espera de la solución del
pliego y de una amnistía total. A los cinco días, un destacamento de Sinchis,
fuertemente armado, tuvo la orden de intervenir. Disfrazados de paisanos, asaltaron el
local sindical y liberaron a los rehenes. En la refriega cinco mineros resultaron muertos
(entre ellos el Secretario General del Sindicato, Pablo Inza) y numerosos trabajadores
desaparecieron sin que se sepa su paradero. En unos días un centenar de huelguistas
cayeron presos.
Frente a esos sucesos, el gobierno suspendió las garantías en los departamentos
de Lima, Junín, Pasco y Huancavelica. Apresó a los principales dirigentes. La huelga
tuvo que ser levantada. Fue un duro golpe para el movimiento sindical minero del
centro, que entró en un cierto repliegue durante más de un año. Los presos fueron
liberados en Julio de 1972.
La FNTMMP, entonces afiliada a la CGTP y bajo la influencia ideológica del
PC-Unidad, mantuvo una actitud pasiva frente a esta lucha, hecho que contribuyó a su

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alejamiento de las bases de la gran minería del centro, debilitando el movimiento
minero y metalúrgico nacional en su conjunto.

19. LA FEDERACIÓN NACIONAL SE ALEJA DE LA CGTP


En 1972, si bien decayó la actividad sindical minera en el centro, continuó la
oleada de huelgas en el sur y en otras bases de la Federación Nacional. A las
reivindicaciones salariales se añadieron las protestas por los despidos, generados por el
inicio de una crisis, afectando principalmente la mediana y pequeña minería, debido a la
baja de los precios de minerales.
Las principales luchas fueron las de Mina Acarí (con marcha a Lima), Mina
Raúl, Santa Elisa, Milpo, Cobre Pampa, etc. Además, tanto en la Southern como en
Marcona, se dieron importantes conflictos por el despido de trabajadores empleados por
empresas contratistas: la UTAH (que realizaba los trabajos en Cuajone), y la JJ. Calmet,
constructora del campamento de Marcona. Los despedidos de Marcona realizaron una
marcha de sacrificio en Lima, y soportaron una larga lucha.
A pesar de los problemas de relación con algunas bases, se puede decir que la
Federación Nacional tenía una activa participación en la centralización de la oleada de
luchas mineras que se daba desde su creación. Ello le permitió afianzarse como matriz
del proletariado minero metalúrgico nacional. Sobre esta base, la Federación buscaba su
reconocimiento oficial y en su II Plenario Nacional (diciembre de 1971), decidió ir al
paro nacional para obtenerlo. El reconocimiento de la FNTMMP se logró en junio de
1972. La Federación, que agrupaba a unos 40,000 trabajadores, constituía el principal
soporte de la CGTP.
Sin embargo, la oleada de conflictos agudizó las contradicciones entre la
dirigencia de la FNTMMP, que buscaba responder a las exigencias de sus bases, y la de
la CGTP, que no quería crear problemas al Gobierno. Estas contradicciones se fueron
agudizando hasta la separación de la Federación de la CGTP a principios de 1973.
Las contradicciones se expresaron primero a nivel político. A fines de 1972,
Manuel Orrego, dirigente de la FNTMMP y del Sindicato de Marcona, fue separado del
PC-Unidad “por indisciplina partidaria”. Al mismo tiempo, la CGTP atacó a Díaz
Chávez, acusándolo de fomentar conflictos y prolongarlos deliberadamente para
provecho personal, ex pulsándolo de su cargo de asesor. También, apareció en Unidad
la notificación de su expulsión del Partido. Asimismo, la CGTP lanzó acusaciones de
infiltración de agentes del APRA y de la ultra en la Federación, denunciando su afán de
“propiciar la caída del Gobierno Revolucionario”, etc.
Frente a ello, la FNTMMP convocó su VII Asamblea Nacional Plenaria (febrero
1973), en la que se acordó la desafiliación de la CGTP, la ratificación de Díaz Chávez
como asesor, así corno un plazo de paro nacional exigiendo la solución a varios
problemas existentes en las bases.
En respuesta a estos acuerdos, la CGTP atacó a Víctor Cuadros y Manuel
Orrego, acusándolos de haber falseado la Asamblea.
Mientras ocurrían estas contradicciones, se desarrollaron importantes luchas,
especialmente en Marcona y Cuajone. El 4 de marzo, el Ministerio, aprovechando de la
división sindical, expidió un auto-divisional desconociendo a la Junta Directiva de la
FNTMMP y excluyendo de esta Federación a los sindicatos de Toquepala y Marcona
aduciendo su afiliación a la Federación Regional del Sur, como hemos visto antes. Esta

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medida perseguía el debilitamiento del paro nacional anunciado por la Federación para
los días 6-7 de marzo.
La FNTMMP rechazó esta intromisión del Gobierno en asuntos sindicales
internos, e impulsó el paro en forma exitosa. El Ministro de Trabajo tuvo que desmentir
que hubiese desconocido a la Federación, y dejó sin efecto la exclusión de los sindicatos
de Marcona y Toquepala. Por su parte, la FNTMMP ratificó su desafiliación de la
CGTP, considerándola como “una medida temporal, provisoria, un repliegue con la
finalidad de fortalecer las bases”.
Los dirigentes de la CGTP buscaron recuperar el control de la Federación,
mediante una serie de maniobras. El 22 de marzo asistieron a una Asamblea General del
Sindicato de Toquepala donde concurrieron apenas un centenar de trabajadores,
logrando la expulsión de Víctor Cuadros y Abel Montesinos (Secretario de
Organización), así corno la desafiliación de este Sindicato de la FNTMMP4. También,
los dirigentes de la CGTP lograron un nuevo acercamiento con Orrego, quien había
recibido por parte del entonces Ministro de Trabajo, Sala Orosco, la promesa de apoyo
para constituir una nueva directiva de la Federación Nacional.
Mientras seguían las luchas en las bases y habiendo realizado de nuevo un paro
nacional exitoso los días 19-21 de junio, la FNTMMP convocó al X Plenario Nacional
para el mes de setiembre.
Poco antes del Plenario, apareció un comunicado a nombre de la FNTMMP,
firmado por Orrego, que expulsaba a Víctor Cuadros y otros dirigentes, acusándolos de
ser responsables de la división de la Federación, cuestionando el acuerdo de
desafiliación de la CGTP y convocando el Plenario en Huampaní.
Víctor Cuadros por su parte declaró que Orrego había sido expulsado de la
Federación por haber querido formar una directiva paralela y en colusión con las
autoridades de Trabajo, convocó al plenario en un local del Rírnac.
Es así que el 22 de setiembre se realizaron dos plenarios, uno en el local del
Sindicato Backus en el Rímac (Cuadros) que reunió a 27 bases, y otro en Huampaní
(Orrego) que reunió a 12 bases. Este último acordó reafiliarse a la CGTP, y “expresar su
apoyo unánime al Gobierno Revolucionario de la Fuerza Armada”. Poco después, la
Federación dirigida por Orrego fue reconocida legalmente por el Ministerio de Trabajo.
El plenario dirigido por Cuadros, que reunió a la mayor cantidad de bases,
decidió realizar un paro preventivo de 72 horas a partir del 1° de octubre, en protesta
por el reconocimiento de la Federación dirigida por Orrego y exigiendo el
reconocimiento de la auténtica FNTMMP, además de otras reivindicaciones.
El 30 de setiembre, fue deportado del país Díaz Chávez, acusado de tomar
“actitudes subversivas, en contra de la seguridad del estado”. El mismo día aparece un
comunicado público de la CGTP, CNT y CTRP, censurando la actitud de Díaz Chávez
y Cuadros, y apoyando la gestión de Sala Orosco, entonces Ministro de Trabajo.
En cumplimiento de sus acuerdos, la FNTMMP dirigida por Cuadros inició un
paro preventivo (4 de noviembre) para que se ratifique su reconocimiento. Al no tener
satisfacción, realizó una huelga (4-20 de diciembre), que paralizó 25 asientos mineros.

4
El 12 de abril una multitudinaria Asamblea modificó el acuerdo, levantando la supuesta censura a
Cuadros y Montesinos, devolviéndoles todos sus derechos y ratificándolos en sus cargos como dirigentes.

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Ante tal situación, el Ministerio de Trabajo solucionó los pliegos de las bases en
conflicto y reconoció a la FNTMMP dirigida por Cuadros “por haber acreditado el
mayor número de sindicatos adherentes”. Pero, corno hemos dicho, el Ministerio de
Trabajo reconoció también la otra Federación, llamada Federación de Trabajadores y
Metalúrgicos del Perú, logrando dividir así la matriz nacional del proletariado minero-
metalúrgico.
La Federación dirigida por Orrego, afiliada a la CGTP, no llegó a centralizar las
luchas de las bases que pretendía representar, ni pudo consolidarse. Luego sería dirigida
por Cajahuaringa y ligada al PC-Mayoría. Finalmente en 1980, los dirigentes de la
CGTP buscarán impulsar una tercera federación minera, en forma aún más burocrática.
La CGTP mantendrá una Federación de Trabajadores Mineros y
Metalúrgicos del Perú (luego dirigida por Cajahuaringa, y ligada al PC- Mayoría).
Esta Federación no llegó a centralizar las luchas de las bases que pretendía representar,
ni pudo consolidarse orgánicamente.
La FNTMMP participó a la conformación del Comité de Coordinación y
Unificación Sindical Clasista (CCUSC) que, a partir de 1974, trató de centralizar las
bases clasistas opuestas a la dirección sindical del PC-Unidad, tanto afuera como
adentro de la CGTP (Federación de CENTROMIN, SUTEP, Federación de Aduanas,
importantes bases de la FNTMMP, FETI EMCOS, CCP, etc.).
En el CCUSC, la Federación Nacional Minera se opuso a la línea de algunos
dirigentes que en la práctica apuntaba a crear una quinta central. Buscó más bien luchar
por Lina centralización desde dentro y fuera de la CGTP y desde las bases para impulsar
una central única.
La tenaz lucha del proletariado minero metalúrgico por su independencia
política de clase hizo que el reformismo militar no lograra éxito en impulsar el
“Sindicalismo participacionista” en este sector. Por ejemplo una de las pocas bases
mineras que tuvo la CTRP fue la Federación de Trabajadores Mineros y
Metalúrgicos de Arequipa (constituida en marzo de 1971) que agrupaba a las bases de
Arcata, Orcopampa, Caylloma y San Juan de Chorunga. Sin embargo, en 1978, dicha
federación se desafilió de la CTRP, adoptó una línea clasista y se afilió a la Federación
Nacional. En 1979, agrupó también al Sindicato de Cerro Ver de.

20. EL PROLETARIADO MINERO-METALURGICO Y LA CRISIS (1974- 77)


La breve expansión económica registrada entre 1969-72 se realizó sin que
cambiara sustancialmente la estructura de la producción ni la subordinación al capital
privado, en especial extrangero. Los capitalistas recibieron una serie de incentivos, pero,
por oponerse a las medidas del gobierno que recortaban sus prerrogativas empresariales
(Comunidad laboral, ley de estabilidad laboral DL 18471, intervención mayor del
estado en la economía), se resistieron a invertir. Las grandes inversiones que impulsó el
estado con préstamos de capitales extranjeros, especialmente en el sector minero y
petrolero, no tuvieron efectos a corto plazo y, conjuntamente con el fuerte aumento del
gasto público, favorecieron el vertiginoso aumento de la deuda. Además, con la crisis
internacional, aumentaron los precios de los bienes importados. Las posibilidades del
Estado de reactivar la economía se estrecharon. Se inició un proceso inflacionario. Los
salarios reales empezaron a caer a partir de 1974.

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El inicio de la crisis y de la inflación significó un nuevo auge de huelgas y
movilizaciones populares, que terminó por romper el esquema político conciliatorio del
régimen militar. Los aparatos de movilización social, duramente cuestionados por la
mayoría de los trabajadores, se convirtieron en instrumento de manipulación utilizados
por el poder para frenar las luchas populares. El Gobierno de Velasco perdió el sustento
social y político que había tratado de conseguir y cayó en agosto de 1975.
El Gobierno de la Segunda Fase, presidido por Morales Bermúdez, buscó
restablecer el “clima de confianza” que reclamaba el capital privado, otorgándole
grandes concesiones, reduciendo los alcances de la comunidad laboral, modificando el
régimen de “estabilidad laboral” mediante el DL 22126, y desarrollando una ofensiva
sistemática contra el movimiento sindical, mediante el despido de los dirigentes
clasistas y la represión (deportaciones, suspensión de garantías, etc.). Asimismo, el
Gobierno dio una serie de “paquetes de medidas económicas”, que implicaban el recorte
de los subsidios y la alza de los precios, la contención de las remuneraciones, mediante
sistemas de “asignación excepcional” y “topes salariales”.
Para pagar la deuda externa, que llegó a casi 10 mil millones de dólares, el
Gobierno intensificó la producción para las exportaciones, con el fin de obtener divisas,
lo cual significaba el saqueo masivo de los recursos naturales del país, en particular los
minerales.
Para asegurar el máximo incremento de la producción minera, el gobierno
recortó los derechos sindicales y limitó la negociación colectiva. En 1976, dio el DL
21462 que declaró en emergencia al sector minero, ilegalizando las huelgas y
suspendiendo la estabilidad laboral. El mismo año, el DS 001, junto a el Estado de
Emergencia y la Suspensión de Garantías, extendió durante casi un año, la supresión del
derecho de huelga a todos los trabajadores del país. Al amparo de estos dispositivos y
del famoso DS 010 de 1977, las principales empresas mineras despidieron a centenares
de dirigentes sindicales. En 1978, se dio el DL 22195 (prorrogado dos veces, hasta
agosto de 1980), que limitó los pliegos al solo punto de los aumentos salariales,
excluyendo las condiciones de trabajo. Esta limitación afectó principalmente al
proletariado minero, que más sufre de los problemas de accidentes, enfermedades
profesionales y malas condiciones de vida por la naturaleza de su trabajo y los lugares
donde viven.
La mediana minería fue una de la más afectada por la crisis económica, y los
trabajadores tuvieron que enfrentar los despidos, el cierre de centros de trabajo, el no
pago de remuneraciones y beneficios sociales. En 1975, se realizaron numerosas
marchas de sacrificio en este sector: la de Caudalosa Grande, Cóndor, Cata Acari, Santa
Marta, Canarias, etc. En algunos casos, los trabajadores asumieron la administración de
su empresa, mediante el sindicato o la comunidad minera, como fue el caso de Cata
Acari.
En la gran minería del sur, la represión contra los dirigentes clasistas, las
maniobras de las autoridades y la acción de elementos oportunistas lograron desactivar
en parte los sindicatos, en especial en la Southern y Marcona. En esta última empresa el
dirigente Orrego terminó aislándose y dio paso a una dirigencia pro-patronal, impulsada
por el APRA a principios de 1975. En el centro, la Federación de CENTROMIN
mantuvo más bien una línea clasista radical. En su II Congreso en La Oroya (julio de
1975), aprobó su afiliación a la FNTMMP. Sin embargo, en la práctica, por
discrepancias políticas, subsistieron problemas de coordinación entre ambas
federaciones.

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El Gobierno puso su puntería contra la FNTMMP. Ya estaba deportado el asesor
Díaz Chávez. En agosto de 1975, Velasco deportó al Secretario General Víctor Cuadros
y al asesor laboral José Oña, junto con otros dirigentes políticos y sindicales. Ello dio
lugar a un inmediato paro de protesta en Toquepala, base de Cuadros, y a una amplia
coordinación de los sindicatos para exigir la repatriación de los exiliados. Estos
regresaron con la amnistía dada al inicio de la segunda fase, pero, a un mes y medio de
su regreso, fueron de nuevo privados de su libertad, y confinados al penal del Sepa,
conjuntamente con Hernán Cuentas, ex-dirigente, de Cuajone, Genaro Ledesma y otros.
Mientras estaba recluido en prisión, Cuadros fue reelegido Secretario General de la
FNTMMP (IV Congreso Nacional enero de 1976).
Frente a la continua ofensiva patronal y del Gobierno, la FNTMMP realizó dos
paros nacionales a principios de 1976: un primero los días 19-20 de enero y un segundo,
coordinado con las bases clasistas del CCUSC el 22 y 23 de marzo.
Estas luchas, junto con una amplia solidaridad nacional e internacional,
permitieron la liberación de los presos del Sepa en mayo de 1976. Sin embargo, el 14 de
junio, el Gobierno volvió a deportar a Díaz Chávez. Oña Meoño también fue deportado
el 17 de diciembre.
En su plenario de mayo de 1976, la FNTMMP acordó realizar un paro general el
16 de agosto. Sin embargo, la suspensión de garantías y otras medidas represivas del
Gobierno que impedían la realización de asambleas, no permitieron que el paro se
materializara. Posteriormente, la Federación Nacional realizó una consulta a bases para
un paro nacional de 48 horas, en solidaridad con la huelga de pescadores, y por la
solución de los problemas pendientes del sector minero. La Federación de
CENTROMIN, por su lado, se adelantó, impulsando un paro regional de 24 horas para
el 13 de diciembre, paro que no fue coordinado por la Federación Nacional. Dicho paro
tampoco pudo concretarse y la empresa arremetió contra los dirigentes sindicales: Ocho
de San Cristóbal fueron despedidos, y Edilberto Torres, Secretario General de la
Federación de Centromín fue detenido.

21. EL PARO DEL 19 DE JULIO

En 1977, tras el demoledor paquete de medidas económicas del Ministro Piazza


(mayo), la protesta popular se extendió en todo el país. En Arequipa, el Sindicato de
Cerro Verde, junto con las principales bases sindicales, impulsaron un paro
departamental de 48 horas (22-23 de mayo). En Toquepala, los trabajadores entraron en
pie de lucha y el Gobierno hizo apresar a Víctor Cuadros que se encontraba coordinando
con el sindicato (22 de junio). Frente a ello, las cinco bases de la Southern pararon. Sin
embargo, Cuadros fue nuevamente deportado (6 de julio), acusado de ocasionar
multimillonarias pérdidas a la economía.
En estos días, se dieron importantes coordinaciones entre las centrales sindicales
(CGTP, CNT, CTRP-Lima), y 25 de las principales Federaciones del país, entre las
cuales se encontraba la FNTMMP, con el fin de concretar una respuesta unitaria a la
política económica anti-popular y anti-laboral de la dictadura, y para el restablecimiento
de las libertades sindicales y democráticas en general. Es así que llegó a constituirse el
Comando Unitario de Lucha (CUL), que realizó el exitoso paro nacional del 19 de julio.

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El paro del 19 de julio fue la más importante movilización de la clase
trabajadora realizada hasta entonces en el país. La casi totalidad de las bases mineras lo
acataron, a excepción de las de CENTROMIN, cuyos dirigentes no quisieron coordinar
con el Comité Unitario de Lucha (CUL) ni con la CGTP, considerando el paro como
“revisionista”. La Federación de CENTROMIN convocó su propio paro, por pliego de
reclamos, para el mes de agosto, sufriendo una dura represión. Esta marginación del
frente sindical debilitó a dicha federación y agudizó las discrepancias políticas en su
seno.
El paro del 19 de julio contribuyó a aislar aún más al régimen militar, que se vio
obligado a buscar una salida política mediante un proceso de “transferencia” del poder a
los civiles, y la convocatoria a elecciones. Además, el gobierno tuvo que levantar la
suspensión de garantías. Pero, junto a ello, y para cortar el avance del movimiento
popular y de la izquierda en la clase trabajadora, dio el DS 010 autorizando a las
empresas el despido de los dirigentes considerados como responsables del paro.
Amparados por este dispositivo, los capitalistas despidieron a más de 5,000
trabajadores, en su mayoría los dirigentes y activistas más combativos y representativos
del sindicalismo clasista de los últimos años. El Gobierno buscaba así cortar la cabeza
más activa del movimiento sindical, con el fin de rebajar su capacidad de respuesta a los
nuevos paquetes de medidas económicas previstos.
En el sector minero, fueron despedidos por el DS 010 cerca de 300 dirigentes.
Por ejemplo 11 en Toquepala, 11 en Área Ilo, 22 en Metalúrgicos-Ilo, 20 en la Refinería
de Cobre, 5 en Cerro Verde, 24 en MEPSA, 8 en Huanzala, etc.
A raíz de los despidos, el Sindicato de Toquepala inició inmediatamente, solo,
una huelga general indefinida por la reposición (12 de agosto). Esta medida, heroica,
pero que careció de coordinación y de previsión táctica, costó unos 86 despidos más
(incluyendo a Cuadros, estando él en el exilio). En CENTROMIN hubo también
aproximadamente igual cantidad de despedidos, luego de la huelga de la cual hemos
hablado.
La respuesta sindical a los despidos no logró articularse con fuerza en forma
inmediata, debido a la división en el seno del CUL, alejándose la CGTP de las demás
bases clasistas, para negociar por su cuenta con el Gobierno. Un sector de dirigentes
clasistas convocó un nuevo paro nacional el 20 de agosto, al margen de la CGTP. Este
paro fracasó. Las bases mineras que lo acataron sufrieron nuevos despidos (por ejemplo,
Huanzalá). Estos acontecimientos pusieron en evidencia la crisis de dirección del
movimiento sindical y la fragilidad de su unidad, a pesar del gran avance que significó
el CUL. Esta crisis de dirección se manifestará en los meses siguientes al dividirse el
PC-Unidad (constituyéndose el PC- Mayoría), y al postergarse el paro nacional
acordado por la CGTP en enero de 1978. Dicho paro se realizó los días 27-28 de febrero
con menor éxito que el anterior.
La reposición de los despedidos será una de las banderas de lucha más
importantes del movimiento sindical en los años siguientes, en la medida que responde
a la defensa de la organización sindical. Será la reivindicación central del proletariado
minero-metalúrgico en la gran huelga nacional que realizará al año siguiente.
Los tremendos golpes que recibía el movimiento sindical hicieron cada vez más
claro para los trabajadores que el problema de la lucha reivindicativa no podía
desvincularse del contexto político en el cual se desenvolvía. La crisis política que
atravesaba el régimen militar hacía necesario plantear alternativas, que la mayoría del
proletariado minero-metalúrgico relacionaron con los planteamientos de los partidos de

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izquierda. Frente al proceso electoral, algunos de estos partidos se reagruparon en
frentes: la Unidad Democrático Popular (UDP), y el Frente Obrero Campesino
Estudiantil Popular (FOCEP); otros se abstuvieron de participar en las elecciones para
la constituyente (Patria Roja y otros); finalmente, el PC-Unidad y el PSR se presentaron
por su cuenta.
En sus plenarios de noviembre y diciembre de 1977, la FNTMMP decidió
participar activa y conscientemente en la coyuntura política, optando por integrar la
UDP. Víctor Cuadros resultó nombrado cabeza de lista de este Frente y fue elegido
como Constituyente. También fue elegido Díaz Chávez. Pero éste, al no obtener la
posición que reivindicaba en la lista de la UDP, se distanció de los dirigentes de la
FNTMMP y empezó una violenta campaña contra ellos en las bases mineras que
asesoraba, poniendo en peligro la unidad del gremio. Sin embargo, terminó por aislarse
y censurado por unanimidad en el V Congreso Nacional de la Federación en 1979.

22. LA GRAN HUELGA DE 1978.


El año 1978 fue el punto culminante del auge huelguístico a nivel nacional. La
masificación de las luchas sindicales y populares se dio desde principios de mayo, en
que empezó la huelga general indefinida del SUTEP, que se prolongó 81 días y fue
ocasión de continuas manifestaciones populares de solidaridad.
A mediados de mayo el gobierno dio el octavo paquete de medidas económicas,
uno de los más duros. Apenas se conoció este paquete, las huelgas y manifestaciones
populares se generalizaron en casi todas ciudades, con bloqueos de calles y
enfrentamientos con las fuerzas policiales. Esta masiva movilización permitió la
efectivización de un nuevo y más amplio paro nacional, al cual se plegaron todas las
centrales y Federaciones, los días 22-23 de mayo.
Debe señalarse que en estas movilizaciones, jugaron un papel importante los
Frentes Populares de las ciudades de provincias. En algunos de estos frentes,
participaron en forma decisiva bases de la FNTMMP, como Cerro Verde en el Frente de
Defensa de los Intereses del Pueblo de Arequipa, y SIDERPERU en el Comité de
Organizaciones Populares de Ancash. Posteriormente se desarrollarán frentes
impulsados por el proletariado minero metalúrgico, en Ilo y en Cerro de Pasco.
Junto con el auge de lucha, debe señalarse también el importante impacto de la
izquierda en las elecciones para la Asamblea Constituyente, al alcanzar el 30% de la
votación.
Es en este contexto de auge popular que la FNTMMP se puso a la cabeza de una
reivindicación clave para la clase trabajadora en su conjunto: la reposición de los
despedidos. Para ello, empezó una huelga general a principios de agosto. Esta huelga
paralizó a casi toda la minería del país. Fue acompañada de una activa movilización de
los trabajadores, de las amas de casa y del pueblo en general. En el transcurso de la
huelga, unos 10,000 mineros del centro efectuaron una marcha de sacrificio hacia Lima,
y quedaron dos semanas acampados en la Facultad de Medicina de San Marcos,
protagonizando cada día importantes manifestaciones callejeras, junto con otros
gremios en conflicto.
La huelga minera coincidió con numerosos otros conflictos, en especial el de los
trabajadores estatales, amenazados en su estabilidad laboral, quienes constituyeron
entonces su central sindical, la CITE. A pesar de la confluencia de las luchas,

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nuevamente se hizo patente la carencia de una consecuente centralización sindical. La
CGTP, al no tener hegemonía en el movimiento minero-metalúrgico, no coordinó
efectiva mente con la FNTMMP. En el mitin que organizó en la Plaza Dos de Mayo, en
apoyo a las luchas del momento, negó el uso de la palabra al Secretario de la FNTMMP,
lo cual trajo como consecuencia el retiro de los mineros y de gran parte de los asistentes
al mitin, quienes se reconcentraron luego en la Plaza San Martín.
El Gobierno, por su parte, tomó medidas para evitar la confluencia de las luchas.
En la madrugada del 6 de setiembre, día que los estatales habían elegido para realizar un
paro con masivas movilizaciones, las fuerzas policiales desalojaron brutalmente a los
mineros acampados en San Fernando, embarcándolos en tren hacia la sierra central. La
huelga tuvo que ser levantada, sin haber conseguido la reposición de los despedidos.
Había durado 32 días. Fue la huelga más amplia y prolongada de la historia del
movimiento obrero minero-metalúrgico.
La falta de centralización de las luchas sindicales a nivel nacional, junto con los
problemas de coordinación en la FNTMMP, en especial con las bases del centro,
contribuyeron a debilitar la huelga minera, reforzando la inflexibilidad del Gobierno y
de las empresas, que prefirieron aguantar una larga paralización de la principal actividad
productiva del país a tener que reponer unos cuantos dirigentes despedidos. De hecho,
estaba en juego una cuestión fundamental, no sólo para el sector minero, sino para toda
la clase trabajadora: el respeto a la organización sindical, elemento clave en la
correlación de fuerzas entre el capital y el trabajo.
La derrota de la huelga minera fue un golpe para todo el movimiento sindical y
popular y marcará el inicio de un repliegue relativo de este movimiento en los meses
posteriores. Sin embargo, para los trabajadores mineros y metalúrgicos, esta lucha, si
bien no alcanzó sus objetivos inmediatos, no significó un desánimo derrotista, sino una
experiencia muy intensamente vivida de la solidaridad y combatividad obrera, y la
búsqueda de los nuevos pasos a dar para recomponer fuerzas y alcanzar niveles
superiores de dirección, organización y lucha.

23. LA REPRESION DE LA HUELGA MINERA DEL SUR


A principios de 1979, se hicieron sentir los efectos del repliegue relativo del
movimiento sindical, con la poca acogida del paro nacional convocado para los días
9,10 y 11 de enero. Sólo los trabajadores siderúrgicos de Chimbote acataron el paro los
tres días.
En el sector minero, a pesar de la bonanza de los precios de los minerales, más
de 30 bases se encontraban en conflicto, por la intransigencia de las empresas y
autoridades en la negociación de sus pliegos: estaban los sindicatos de la Southern,
CENTROMIN, HIERROPERU, MEPSA, Cata, San Vicente de Chanchamayo,
Caudalosa, Recuperada, Julcani, etc.
La FNTMMP asumió la responsabilidad de apoyar y centralizar es tos
conflictos, y convocó a un Plenario Nacional Extraordinario, que se efectivizó
exitosamente, a pesar del estado de emergencia. En este Plenario, se acordó una Huelga
General Indefinida a partir del 26 de febrero. Sin embargo, dicho acuerdo no pudo ser
ratificado por asambleas en las bases, debido al estado de emergencia, y porque algunas
bases iban resolviendo sus pliegos por su cuenta. La misma presión que significó el
anuncio de un paro nacional impulsó a las empresas y al gobierno a otorgar algunas

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concesiones y solucionar los conflictos, tratando de paso de debilitar la FNTMMP.
Frente a esta situación, tuvo que aplazarse la anunciada huelga general.
La no realización de la medida de lucha prevista por la FNTMMP reflejaba una
situación de desgaste del movimiento sindical debido a los despidos de los dirigentes y
los golpes sufridos en los meses anteriores. El mismo Comité Ejecutivo Nacional estaba
asumido por dirigentes despedidos, y se encontraba debilitado orgánicamente, haciendo
difícil una adecuada relación con las bases. Además, algunas de ellas estaban sometidas
a la campaña divisionista del asesor Díaz Chávez, a la cual se añadieron ataques a la
FNTMMP por parte de la Federación dirigida por Cajahuaringa. Por último, el
Ministerio de Trabajo, mediante una Auto-divisional del 20 de marzo, pretendió
desconocer a la Junta Directiva de la FNTMMP, por haber fenecido su período desde el
año anterior. De hecho, la Federación estaba preparando su Congreso Nacional, pero
había tenido que postergarlo por la situación de emergencia.
A mediados de marzo (13 y 15) los cuatro sindicatos de la Southern iniciaron
una huelga por sus pliegos, confiados que la empresa les iba a otorgar un buen aumento,
debido a la alta cotización del cobre en ese entonces. Los principales dirigentes de
Toquepala, Área Ilo y Metalúrgicos Ilo asesorados por la CGTP por un lado, y Díaz
Chávez por otro, buscaron aprovechar de esta huelga para afianzarse en la dirección de
los sindicatos, y se resistieron a coordinar con la FNTMMP.
Al llegar Víctor Cuadros a Toquepala, no le dejaron hablar en la Asamblea, y
sacaron un comunicado, desconociendo su representatividad, considerándolo ya no
como despedido, sino “ex-trabajador” de la empresa.
El Gobierno declaró ilegal la huelga y buscó amedrentar a los trabajadores
mediante algunas detenciones. El mismo Cuadros, a pesar de su condición de
Constituyente, fue detenido y remitido a la Asamblea Constituyente con un atestado. Lo
mismo pasó poco después con otro constituyente ligado a Cuajone, Hernán Cuentas.
También se impuso el Estado de Emergencia y la suspensión de garantías en Moquegua
y Tacna. Mientras tanto, los medios de comunicación de masas trataban de desprestigiar
la huelga, acusando a los dirigentes de buscar impedir la recuperación económica del
país y la transferencia del poder a la civilidad.
Luego de una semana de huelga, las autoridades de Trabajo de Arequipa
ofrecieron un aumento de S/. 240, más una bolsa de S/. 40,000, Sin embargo, sobre-
valorando su capacidad de presión, los dirigentes rechazaron esta concesión y la huelga;
continuó. Desde entonces, la empresa y el gobierno implementaron toda una serie de
medidas destinadas a romper la lucha y a descabezar nuevamente las dirigencias
sindicales. Empezaron las cartas de despidos, que afectaron tanto a los dirigentes
antiguos y actuales, como a los posibles dirigentes futuros. Asimismo, las autoridades
cortaron los créditos de la Cooperativa de Trabajadores, realizaron batidas sistemáticas
y revisaron a las personas y los vehículos, generando una intensa represión política,
económica y sicológica. Esta situación, más el total aislamiento de la huelga a nivel
regional y nacional, significó un desgaste de la lucha. La huelga tuvo que ser levantada
el día 23 de marzo, sin mayores concesiones. Resultaron 198 despedidos (105 en
Cuajone, 34 en Toquepala y 55 en Ilo), lo cual era la tercera “barrida” de dirigentes
realizada por la Southern desde 1977.
La FNTMMP intentó impulsar un paro nacional preventivo en apoyo a los
despedidos de la Southern, pero no pudo concretar esta medida.

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La ofensiva contra los sectores clasistas del sindicalismo minero-metalúrgico se
desarrolló también en Marcona, donde la policía, el 23 de marzo, tomó el local del
Sindicato Obrero, tras varios intentos de asaltos por los apristas. La directiva, entonces
presidida por Julio Reyes, fue desconocida, y luego la empresa y las autoridades de
trabajo reconocieron a una directiva aprista. Esta acordó la desafiliación de este
sindicato de la FNTMMP, pero no logró legitimarse frente a las bases, y el local fue
mantenido clausurado por la policía.
En CENTROMIN, debe mencionarse el trágico accidente de siete trabajadores
de Cerro de Pasco, ocacionado por la rotura del cable de una “jaula” (21 de junio). Se
realizó un paro pidiendo el cese de los ingenieros responsables.
En medio de esta situación muy difícil para el conjunto del proletariado minero
metalúrgico, y a pesar de todos los problemas que hemos señalado antes, la FNTMMP
realizó su V Congreso Nacional, del 4 al 8 de julio de 1979. Asistieron 150 delegados
plenos, representantes de 52 bases y cuatro federaciones departamentales: las de
Huancavelica, Centromín, Arequipa y del Centro. Este Congreso permitió a la
Federación fortalecerse, precisar su plataforma, plan de lucha y tareas. Un acuerdo
importante fue el sanjamiento con Díaz Chávez, tras un largo debate en el cual éste
mismo estuvo presente. Cuadros fue reelegido Secretario General. Saul Cantoral,
Mamani, Condori y Vásquez asumieron la Secretaría de Defensa y Silva, la de
Organización.
También el Congreso aprobó impulsar un paro nacional de 48 horas. En
coordinación con las otras centrales y Federaciones, se acordó finalmente un paro de 24
horas para el 19 de julio.

24. LUCHA SOLIDARIA EN ILO


Si bien el movimiento obrero y popular sufrió un fuerte desgaste y repliegue en
la primera mitad del año 79, especialmente en el sector minero-metalúrgico, no se puede
decir que este movimiento fue quebrado ni derrotado. Demostró más bien una capacidad
de reactivarse y de persistir en sus reivindicaciones. Nuevamente los maestros entraron
en huelga a partir de junio, la cual esta vez duró cuatro meses. A mediados de julio, más
de 200,000 trabajadores de diferentes sectores laborales se encontraban en huelga
indefinida. El 19 de julio, se realizó el quinto paro nacional.
Los sindicatos mineros estuvieron presentes en las movilizaciones de solidaridad
con la huelga magisterial. Tal es el caso de los sindicatos de la Southern y de la
Refinería de Cobre en Ilo.
Desde principios de julio, en Ilo, se realizaron coordinaciónes entre el SUTE-Ilo
y las demás organizaciones sindicales y populares para la solución de la huelga
magisterial, convocando a la población de Ilo a movilizarse en mitin y entregar un
memorial a la prefectura. A raíz de ello, los sindicatos de la Southern se reunieron,
acordando formar un “Frente de la Southern”. Por temor a los despidos, que
amenazaban terminar con lo que quedaba de sus dirigencias, la mayoría de los
sindicatos acordaron no plegarse al paro del 19 de julio. Sin embargo, este día los
trabajadores de la Refinería, junto con los maestros, pescadores y otros, realizaron un
importante mitin en la Plaza de Armas.
El 23 de julio, al ser detenidos algunos dirigentes del SUTE, la masa de la
población del Ilo se movilizó alrededor de la comisaría, exigiendo la liberación de los

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presos. Las calles fueron bloqueadas con barricadas. La protesta popular tomó
proporciones inusitadas. Las autoridades tuvieron que liberar a los detenidos que fueron
llevados en hombros a la Plaza de Armas donde se realizó un gigantesco mitin de
10,000 personas. Tres días después, los sindicatos obreros y empleados de la Southern y
el de la Refinería de Cobre llamaron a un mitin para celebrar el triunfo de la jornada del
23, expresar su solidaridad con el SUTE y levantar sus reivindicaciones y las de la
provincia: reposición de los despedidos, agua potable, control de los “humos asesinos”,
etc. El SUTE se adhirió a la movilización, que se realizó en forma masiva.
Al calor de esta lucha, llegó a cuajar el Frente de Defensa de los Intereses
Populares de Ilo, que reunió a la mayoría de los gremios del puerto, y en especial los
sindicatos minero-metalúrgicos. Dicho Frente presentó un nuevo memorial de
peticiones a las autoridades.
Nuevamente, el 8 de agosto, a raíz de una manifestación y un mitin reprimido
por la policía, se dio una revuelta generalizada de la población de toda la provincia,
decretándose el estado de emergencia, suspensión de garantía y Toque de queda. Se
multiplicaron las detenciones de dirigentes.
En protesta a las detenciones y la no atención del memorial, el Frente de Defensa
convocó a un paro provincial para el día 10, el cual fue acatado por la mayoría de los
trabajadores.
En los días posteriores, aumentaron el número de los detenidos, sobre todo del
SUTE, despedidos de la Southern y del sindicato de la Refinería de Cobre. Después de
numerosas gestiones, la mayoría de los detenidos fueron liberados, pero algunos
permanecieron largo tiempo en la cárcel en Lima. En el curso de esta lucha, debe
mencionarse también que los despedidos empezaron a organizarse más
sistemáticamente.
La movilización de Ilo no es sino una entre las múltiples luchas solidarias que,
en las diferentes ciudades y provincias del país, viene concretando el proletariado
minero-metalúrgico con el resto de la clase trabajadora. Por ejemplo, haría falta reseñar
las luchas de los trabajadores en Moquegua, en Cerro de Pasco, Huancavelica, La
Oroya, etc., también se conformaron en los últimos años diferentes modalidades de
frentes populares. La historia del pueblo peruano tiene en cada región una riqueza que
merece ser rescatada mediante numerosos, estudios y publicaciones para el desarrollo de
la conciencia nacional.

EL MOVIMIENTO OBRERO-METALURGICO Y LA
TRANSFERENCIA DEL PODER

Terminaremos esta reseña con un breve balance de la coyuntura en la cual se


desenvuelve el proletariado minero-metalúrgico al darse la transferencia del poder.
Como hemos visto, la movilización obrera y popular contribuyo en forma
decisiva a aislar la dictadura militar y obligarla a llevar a cabo un proceso electoral.

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Sin embargo, lejos de responder al anhelo del pueblo de una auténtica
democracia y de un gobierno popular, las clases dominantes buscaron una nueva
legitimidad para su dominación, tratando de darle una cara democrática. Para ello, fue
necesaria una concertación entre el Gobierno militar y los partidos de derecha (APRA,
Acción Popular y PPC). Fue necesario también que el Gobierno Militar aminorara las
luchas sindicales y populares, dando parcialmente respuestas a sus demandas,
canalizándolas bajo un liderazgo más conciliador y desactivando sus elementos más
autónomos.
En el sector minero, el gobierno mantuvo el Decreto de Emergencia, a pesar de
la bonanza que atravesaron las empresas por la subida espectacular de los precios de los
minerales en el mercado internacional, entre fines de 1978 y principios de 1980.
Además, dicha bonanza proporcionó al estado y las grandes empresas ganancias
suficientes como para implementar una política más concesiva en la resolución de los
pliegos, como se puede observar en el caso de HIERROPERU, SOUTHERN,
CENTROMIN y Cerro Verde en la segunda mitad del año 1979.
Estas concesiones, aunque limitadas, tienen un carácter abiertamente
discriminador y son instrumentalizadas por el capital y el estado para dividir y controlar
el movimiento sindical. Los aumentos salariales otorgados por las empresas de alta
rentabilidad buscan legitimizar a dirigencias sindicales más conciliadoras y pro-
patronales, tras la “barrida” de los dirigentes clasistas. Esta política va a la par con la
represión en las bases menos favorecidas, cuyas demandas exceden la capacidad de
negociación de sus empresas. Algo de ello se puede observar en el sector minero-
metalúrgico, en que los empresarios, las autoridades de trabajo y los dirigentes ligados a
los partidos de derecha o simplemente oportunistas, están a la ofensiva para controlar a
los sindicatos de la gran minería (Marcona, Southern).
El sindicalismo aprista, revitalizado por el Gobierno de la segunda fase, luego de
la victoria electoral del APRA en la Asamblea Constituyente, desempeñó un papel clave
en la concertación política que implicaba la transferencia del poder para las clases
dominantes, como puntal para el desplazamiento de las corrientes clasistas.
Sin embargo, la revitalización del sindicalismo aprista implicaba que la CTP
lograra legitimarse de nuevo frente a las bases, acostumbradas a percibirla corno
burocrática y amarilla. Por eso, algunos líderes, vinculados a la tendencia de Villanueva
en el Partido Aprista (Negreiros entre ellos) empezaron a impulsar una lucha
reivindicativa más decidida, adoptando una línea “social-demócrata” y buscando un
acercamiento con la izquierda. Esta “radicalización” chocó con la línea más
abiertamente pro-patronal y anticomunista de los principales líderes de la CTP, en
especial su Secretario General Julio Cruzado Zavala, ligado a la tendencia de Townsend
al interior del APRA.
El avance del APRA en los sindicatos pudo darse allí donde la izquierda no
logró consolidar un Frente Único, ni resistir a los despidos. En el caso de Marcona,
hemos visto que la entrada del APRA pasó por el asalto del local sindical y el abierto
apoyo de la empresa y de las autoridades de trabajo. Con eso, la dirigencia aprista no
logró legitimarse frente a las mayorías, las cuales luego de una huelga de 9 días,
realizada en julio de 1980, logró recuperar el local y realizar elecciones democráticas.
El mayor nivel de experiencia y conciencia de clase que los trabajadores han
adquirido en el curso de la última década, a pesar de todas sus limitaciones, hace difícil
que el sindicalismo aprista vuelva a enraizarse realmente en las bases del proletariado

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minero-metalúrgico. El fracaso electoral del APRA en las elecciones de mayo y su
profunda crisis interna, lo hace aún más difícil. Sin embargo, ciertamente el
“sindicalismo social-demócrata” que impulsa el sector armandista del APRA representa
una nueva fuerza reformista que competirá con los clasistas y será de gran utilidad para
el nuevo gobierno y las empresas.
En el campo clasista, la división de la izquierda con la ruptura del ARI y la
participación dividida en las elecciones, que favoreció el notable triunfo electoral de
Belaúnde, constituyeron elementos coyunturales desfavorables, que complicaron aún
más el problema de dirección y centralización sindical. Sin embargo, una vez pasadas
las elecciones, de nuevo las fuerzas clasistas lograron coordinarse. A raíz de la
elaboración de un pliego único presentado al nuevo presidente, llegó a conformarse una
Comisión Permanente de Coordinación de Centrales y Federaciones, en la cual la
FNTMMP tiene un papel activo, junto con la CGTP, la CGTP-Lima, CNT, el SUTEP,
la CITE y las principales federaciones. Es te paso constituye un avance real hacia la
central única. Entre las luchas comunes actuales, la principal constituye la reposición de
los despedidos, en cumplimiento de la amnistía laboral. Esta lucha tiene particular
importancia para el sector minero, que fue uno de los más afectados por los despidos de
dirigentes.
Frente a una derecha envalentonada por su éxito electoral, el movimiento obrero
minero-metalúrgico seguirá enfrentando duros obstáculos: no sólo la intransigencia y la
represión, sino las maniobras de una burguesía que necesita dividir para reinar y
alentará para ello las diferentes formas de oportunismo, los intereses subalternos y las
divisiones políticas de los trabajadores. Más que nunca, el proletariado minero-
metalúrgico necesita actuar en Frente Único, desarrollar su conciencia, para lograr
niveles superiores de dirección y organización sindical y po1ítica. Está en juego no sólo
los intereses vitales inmediatos de los trabajadores de las minas, sino también los
intereses de todo el pueblo, del cual el proletariado minero-metalúrgico constituye una
columna estratégica: intereses que consisten en que las minas sean para el Perú.
Lima, agosto de 1980.

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BIRLIOGRAFIA
ARCINIEGA, Rosa.
Relaciones laborales y sindicalismo en Toquepala. 1957-68. Memoria en Ciencias
Sociales, Universidad Católica, Lima, 1980.
ARGUEDAS, José María.
“Evolución de la comunidades indígenas”, Revista del Museo Nacional, Tomo XXVI,
Lima, 1957.
“Crónicas de Cerro de Pasco”, El Caballo Rojo, Suplemento de El Diario, No. 6, 22 de
junio de 1980.
ASTE, Juan.; RENIQUE, Gerardo y otros.
“Las condiciones de vida y trabajo en la minería y pequeña minería. Informe final,
ECO, Lima, 1980. Tomo 1: “El Movimiento Obrero Minero Peruano:
Una larga tradición de explotación y lucha”; “Protesta Minera y acción Sindical bajo el
gobierno militar”.
BARRICADA, No. 4, setiembre de 1978.
“Historia Minera”, p.5
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