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Diacronía

Por

Luis Parmenio Cano Gómez




LIBRO UNO

Tratando de recordar el pretérito, encontraría una opción ideológica de su


papá Angeloti. Un tipo nacido en medio de las convulsiones propias de
confrontaciones milenarias. Como esa de vivir en medio de caudillos
perversos, asentados en la “Aldea Toro Alto” Secuencias de profundo dolor en
lo físico y lo espiritual. Una translocación de principios. Empezando por la
conversión en verdades aviesas, el trasunto hereditario. Algo así como postular
una noción de vida y de vivirla, relacionada con lo que empezaría a ser “un
nuevo tributo a la venganza Compulsiva”. Es decir, una voluntad cosida a las
imprecaciones venidas desde tres generaciones atrás.
El escenario contextual, tendría que ver con las alucinaciones peyorativas
en lo que correspondería al nacimiento primero de la “huella”, centrada en
línea paterna. Se había conocido, antes la vigencia de cualquier expresión
verbal relacionada con la concusión cerebral. En el origen mismo de su
condición de sujeto. Una tipología asociada a la perversión de origen
biológico. Es más, sin haberse concretado aún la teoría freudiana, en términos
de la herencia sutil de expresiones que provocarían la aparición de variables
psicológicas. Un entramado de excesiva convulsión, al momento de enfrentar
cualquier desarreglo. Comoquiera que, en sucesión de hechos y de doctrinas,
podría decirse que el sujeto de hoy, tendría un hilo conductor somático
corpóreo. Yendo más allá, diríamos que éste (el sujeto) vigente realiza
acciones imposibles de controlar. Por lo mismo que su “arcano” no ha podido
ser reportado, en plena consciencia. Como decir que fuera una instancia
parecida a la condición de “inimputable”, en la teoría básica dell derecho
penal.
La confluencia de vectores transmisores de la heredad, venida desde
ignotos momentos; en los cuales se habían manifestado pautas de
comportamiento relacionadas con la condición de “perversidad”. Una especie
de condición sine quanum transportada desde esos momentos y los
ilusionarlos asociados. Como si, en esa opción de interpretación, cobrara
certeza la comparación entre el sujeto vigente; y aquellos que habrían
manifestado sus antepasados biológicos circunstanciales. Un estereotipo
cifrado en las angustias. En el cual los sucedáneos propuestos otrora, no
habían logrado superar el enredo psicológico.
No sé por qué, ahora, en el escenario propio de Tlatelolco, hago alusión al
entendido de “angustia existencial”, propuesta por Freud, en lo clínico y en lo
teórico, en “Malestar de la Cultura” Y desarrollada por Sartre en lo
motivacional que permea a cualquier sujeto. Un irse yendo por la vía de la
concatenación de opciones, a partir de la influencia del entorno. Soportado,
éste, en una extensión ajena. Como cuando, el yo, se extingue paulatinamente.
Llegando a la postración ideológica. E, inclusive, corporal. Una figura
asociada a lo relacional, definido por Heidegger, tratando se hacer compatible
su “idea de sujeto puro”, con su adhesión al nazismo como impronta de
perfección racial.
Digamos, entonces que, Angeloti le traspasaría a su hijo una vertebración
del yo, a partir de las secuencias hereditarias imposible de superar. Una lucha
constante entre pasado y presente. Siendo, en esa condición, Tlatelolco, figura
existencial venida desde su padre. Y, éste, desde su abuelo. Visto en línea de
propagación “espontánea”.
Corriendo el tiempo y, a partir de mi cuadro relacional con mis pares
etarios, lograría exacerbar mi análisis en lo que respecta a la actuación
vivencial. Mi fui haciendo gregario de la línea de pensamiento que remite
cualquier hecho, a las junturas psicológicas del ser concreto. Siendo así,
entonces, empezaría (yo) a decantar los postulados vigentes de cada sujeto;
por la vía de una condicional primaria. Como entender la relación causa
efecto. En una “idolatría” cifrada. Con su correspondiente soporte hereditario.
Reconociendo que, aun, no tuviese la capacidad de adentrarme en la psiquis de
cada sujeto, individualmente considerado y las opciones de participación en el
sujeto colectivo; si tendría clara la opción de fidelización de una impronta
psíquica.
Tlatelolco, entonces, se constituiría, sin verlo y/o percibirlo, en individuo
central en el proceso que me convocaría a la estructuración de una teoría
aproximada acerca del ser y la consciencia. Con los insumos que proveerían
Freud y, en contravía, los aportes lacanianos. Una confrontación validada por
mí. Incluso, le habría dado a entender (a Tlatelolco) que su pretendido
“universalismo” ideológico; no era otra cosa que prefigurar su actuación, a
partir de los enigmáticos principios de Angeloti. A futuro, le diría yo, sus
soportes teóricos precondicionales, lo sumergiría en una falsa complejidad
científica, filosófica. Siendo, apenas, una incipiente deducción arbitraria.
Cuando yo conocí a Felixberto Ahanan, el heredero en primera instancia
de la teoría perversa de Zenón Apócrifo, en relación con la precondicionalidad
que recorre cualquier actuación de cada ser ideológico. Empecé (yo) a la
dilucidación de su entorno como prefiguración obsoleta. Ya, en discusiones
precedentes, yo le propondría una enajenación voluntaria y válida; con
respecto a la condicionalidad aristotélica y socrática; en cuanto teorías de la
percepción de la Naturaleza y sus implicaciones con respecto a la definición
del “control sumario”. Un entendido, el mío, que recurriría a la extensión
tardía en la teoría de la utopía definida por Moro.
Es necesario reconocer, de mi parte, una expresión que podría ser
tipificada como “ilusionismo impertinente”; tratándose de expresar una opción
de vida válida. Empezaría (Yo) dando tumbos en lo que tiene que ver con la
teoría de Maquiavelo. Una vía anchurosa en lo circunstancial. Una figura
parecida a la disección elaborada por Campanela, en su intento de asociar la
teoría de Estado, con la imperfección prístina, en lo que hace con la
tribulación individual. En ese juego de intenciones propagadas a partir de la
teoría de Erasmo. Sería, en consecuencia, una opción de extravío no
reconocido.
Su condición (la de Tlatelolco) de volátil pensador, conllevaría a la
pretensión de tejer un hilo conductor entre los “sofistas inveterados” y la
noción prístina de San Agustín. En lo que referiría a la hilatura ideológica
cristiana, originada en las investigaciones de Pablo de Tarso. Una
convergencia asumida, más como derivación de la impotencia teórica, que
como sabia expresión de la soledad del sujeto y su nexo con la asociación de
lecturas e ideas de esa teoría agustiniana. Tlatelolco, se iría por una línea de
intervención e interpretación que lo conduciría a un enjambre de ideas sin
sentido en la realidad. Como cuando alguien te dice que “mi elaboración
teórica es de tal fortaleza conceptual, que no haría falta nada más”.
Ese embolate terciario, daría cuenta de las intervenciones fraguadas entre
Angeloti y su hijo. Una vía de “esponjosa certidumbre”; sólo válida para su
propia teoría que haría presencia en todos los actos desarrollados por ellos.
Todo, en una visión desabrida de lo presente en términos de acciones y
propuestas. Una convocatoria, casi supina. Un tejido manifiesto que los
enredaría al momento de postular términos para la interpretación de lo
cotidiano. Como un zartal de palabras enrevesadas.
Ese día primero de abril, pude entender con mayor certeza el entramado
teórico de Tlatelolco. Daría cuenta de su condición de sujeto envolvente, por
lo bajo. Presentando un comportamiento enlagunado, en las heces superlativas
de la teoría de la precondicionalidad manifiesta, que había heredado de
Angeloti. Una contextualización amañada. Por cuanto haría válida una opción
que juntaría la herencia extemporánea de Felixberto Ahanan y de Zenón
Apócrifo. Tanto como sentir que se va extendiendo el “ilusionismo perverso”.
Y, comoquiera que su ejercicio (de Tlatelolco”) casuístico, conllevaría a tratar
de extinguir el tiempo de vigencia de su prototipo pretendidamente soportado
en la triada Moro, Campanela y Erasmo, cruzado, de una manera grosera y
perversa con el galimatías teórico de Felixberto Ahanan y Zenón Apócrifo.
A partir de las imposiciones, de intención autoritaria. Por parte de
Tlatelolco y su padre Angeloti, se fue vertebrando una ideología soportada en
el extravío teórico. Siendo, ésta, un fundamentalismo primario y espurio;
empezaría a andar el camino de la precondicionalidad untada de, en su
lenguaje, los nichos teóricos emparentados, con la filosofía aristotélica y
socrática. Por una vía que reclamaría la reconversión de todo lo actuado en lo
que referiría al prontuario exhibido por lo que él consideraría un escenario
previsto en sus disquisiciones imperativas. Este tejido absolutista empezaría
ese recorrido descrito. En sucesión de haceres que lesionarían derechos,
independientemente de los daños irreparables. No solo en lo relacionado con
su teoría en sí. También en alusión a la historia vivida por parte de los sujetos
en sumisión.
Desde mi posición herética, le haría conocer los términos de la refutación
inherente a mi cuestionamiento de su condición de verdulero filosófico. Un
ataque, de mi parte, soportado en mis propias convicciones. Siendo yo, eso sí,
heredero crítico de las ideologías de Sócrates, Moro, Campanela y Erasmo. En
posición vehemente. Pero ejerciendo la noción de lo libertario. Como
conjunción de mi propia historia y lo aprendido y hecho en el recorrido
insumiso que me ha caracterizado.
Estaría, yo, en la construcción y ejecución del proceso incisivo. Yendo en
contravía de sus imprecaciones impuestas. Trataría de ejercer como sujeto
impulsivo. Asumiría lo mío como vocería representativa de aquellos y
aquellas que tratarían de no subsumirse en los extravíos teóricos y de acciones
diseminadas por parte de Tlatelolco y, de su padre Angeloti.
Con el tiempo, como premisa atosigante, iría recorriendo la vida, esa vida,
de confrontación milenaria. Trataría de postular la creación de un ejército
libertario. Trataría de asumir la nomenclatura del ahora. Proponiendo la
ruptura con los sofismas. Desarrollaría, para lograrlo, la inminente
justificación inherente a mi repudio de la teoría de la precondicionalidad
manifiesta, espuria
En el Mediodía de mi estancia al lado de Jerusalén, la mujer reina mía. Le
prometería auscultar lo que traducía el mandato de Tlatelolco y su padre
Angeloti. El tiempo había pasado lento. En el proceso que desarrollaría
nuestra unción como líderes de la sublevación tardía. No por esto dejaríamos
de derivar EL cuestionamiento absoluto. Ya sabíamos, ella y yo, que la
doctrina sería nefasta opción, para todos y todas que ejercían como súbditos y
súbditas de esa proclama vergonzante. Con la laceración de los espíritus
nutrientes, otrora, del universalismo sensato, con la herejía teórica como
soporte.
Haríamos una reflexión profunda de lo nuestro. Como teoría de la
liberación. Cuestionaríamos el concepto prevaleciente, en términos de la
precondicionalidad como arrobamiento falso. Como figura ecléctica, al
momento de proponer el arribo a la noción de condicionalidad única, posible.
Yéndonos por la vía de Moro, Campanela y Erasmo. Una juntura teórica,
temeraria; como quiera que tuviéramos que flexibilizarlas para lograr una
opción teórica no contradictoria. Pero si epopéyica en lo hacía con la
confrontación del determinismo ampuloso, lacerante.
En lo de la condicionalidad, como teoría de los hechos y las acciones,
intuíamos refuerzos un tanto ignotos. Pero de fuerza verificable, al momento
de trazar el plan de fuga teórica; con respecto a los usufructuarios de la teoría
fácil de la precondicionalidad manifiesta. Nos remontaríamos a los orígenes
dilucidados por Pablo de Tarso. En una sucesión de hechos y convocatorias.
Entropía trascendental histórica. Juntando propuestas en las vicisitudes
mosaicas y su mención autoritaria, teniendo la Tabla de las Leyes, en su poder.
Volcaríamos todo lo correspondiente a la noción insinuada en la Diáspora
Judía. En una disección no viciada. Esa que provenía desde la aparente opción
nebulosa en la relación entre la herencia de Abraham y sus tribus. Pasando por
el entendido de las gobernanzas romanas. En eso de puntualizar, como lo
hiciera Orígenes, al momento de presentar la interpretación del nuevo reino,
con su teoría de aproximación a gobernanza real del Dios expuesto. En cruce
de caminos con la intervención tardía de los postulados erasmianos. Algo así
como obrar sobre la justificación del poder, venido de un Dios humanizado.
Pasando, inclusive, sobre las reflexiones agustinianas. En una potencia de
crecimiento real de la vida, nuestra vida. Y el significado en términos de la
vigencia de la confrontación necesaria. Esa condicionalidad no volvería a
repetirse. Entonces, por lo mismo, la necesidad de actuar aquí y ahora, era
indispensable. En tratándose de la liberación con respecto a la
precondicionalidad errática.
Nuestro Demiurgo tendría como referente lo propuesto por Palas Atenea y
su nexo con la condicionalidad liberta de Ariadna. En esa encrucijada se
eregiría como potente soporte. En elongación de nuestra disposición para
aceptar el desafío autoritario de Tlatelolco y su padre Angeloti. Simplemente
nos dedicaríamos a organizarnos para la guerra. Como un Todo ajeno a los
engarces que, hoy por hoy, mantienen inhibidos e inhibidas a los hombres y
mujeres que repudiarían el poder extraviado. Como representación malversada
de Zeus trepidante. En ese parecido entre él y la doctrina milenaria de la
expiación prolongada. Nos hicimos, pues, insumiso yo e insumisa ella. Y
recorreríamos nuestro universo en la intención de templar los espíritus.
Yéndonos en búsqueda de emisarios varones. Una figura razonada. Pero no en
la Razón ampulosa kantiana. Iríamos en procesión no idólatra. Venceríamos,
en plena lucha a la precondicionalidad manifiesta de Tlatelolco y Angeloti.
Precisamente, en ése martes primero de abril, le diría a mi Jerusalén
amada, que tendríamos como tarea primera, ejercer una impronta teórica. Le
contaría lo de mi relación con los socráticos vigentes en la defensa de la
doctrina ética del maestro. Pero le diría, además, que “La Utopía fresca y
desligada de disquisiciones inoportunas,” de Moro mártir. Siendo victimizado
en razón a su libertaria propuesta. De una universal opción, Igualdad, en lo
preciso, que transmutaría, por vía de la dialéctica hegeliana, en poderdante
sujeto. Y, Erasmo construiría, otra vez su “Elogio de la Locura”.
Corría el año de la expresión votiva. Llegaríamos, a Ciudad Protesta,
ensimismados. Un cierto toque de indiferenciación, sutil. Nuestro propósito
sería acceder a Plaza Libertad, en medio de hombres y mujeres llegados desde
el este. Habían caminado más de ochocientos kilómetros. Una
universalización encontrada en la víspera. Cuando llegaría la copia doctrinaria.
Enviada en las alas del Águila de Vencedores”. Siendo Diosdado y Melisa, los
receptores primeros. Antes de la difusión del texto. Un tanto parodiando a la
organización clandestina del contrapoder. Nos haríamos a la velocidad de
gestión vertida en el entorno de los guerreros y las guerreras. Una
transmutación del universo. Seríamos, en consecuencia los libertarios
adscritos(as) al Dios Sol. Un tanto como esa bifurcación cuyo origen tendría
que ver con el interregno Moro-Campanela. Una fidelización propia. Pero, por
esto mismo, plantaríamos los códigos de identificación. Una transmisión uno a
una. Cuya verificación no admitiría la duermevela de los y las insomnes.
Sería, pues, la contestación beligerante; al pretendido azoramiento promovido
por Tlatelolco, cuyo objetivo sería menoscabar las fuerza ideológica de
nuestra doctrina de la condicionalidad dialéctica, no espuria.
Esa tarde, dos de abril, del año siguiente a la imposición de la doctrina de
precondicionalidad manifiesta; llegaríamos a Plaza Libertad, de la mano de los
vocingleros escogidos desde antes. Una romería de hombres y mujeres
aderezados con las plumas multicolores implicando a la nostalgia válida. A los
ajetreos libertarios; que habían ido difuminando a partir de la iridiscencia del
Divino Sol no impuesto. Con alegorías al otro Dios Par de Erasmo.
Cuando llegamos a la Plaza Libertad; ya casi todo estaba dispuesto. Mi
Jerusalén amada arribaría en la Carroza del Sueño no Hibrido. Recordando el
proveído de la Diosa Palas; quién le había traspasado su poder a partir del
sueño maravilloso en el cual escucharía su mandato. En vocería plena y
vibrante, su alocución transmitió su contenido.
Sucedió como casi siempre suceden las cosas, cuando son nuestras.
Estando ahí, situado en la esquina tercera del barrio; una joven mató a su
amiga. Aparentemente en juego guerrero de recordación perdida. De mi parte,
solo un vahído absoluto. Como cuando uno siente que en ese dolor se le va el
alma. Un cuadro impresionante. La joven agresora, muchacha bien dotada de
cuerpo. Con rasgos de cara un tanto masculinos. Con ojazos negros,
penetrantes. De esos que se involucran con uno y lo traspasan. La agredida,
ahí en el piso. Pero todavía con ojos verdes abiertos. Labios gruesos,
provocantes. Cuerpo de una delgadez envidiable. Piel color canela, lisa,
embriagante.
Y pasó que, se hizo aglomeración inmediata. Cada quien tratando de
esculcar cualquier versión. Qué fue a propósito. Qué las habían visto discutir
el día anterior. Qué la muerta era amante de la que le dio muerte. Qué no hubo
tal juego. Que el puñal entró con fuerza inusitada. Que las vieron pasar de las
manos cogidas. Qué la de la piel café no era del barrio. Que…
Por lo mío, no tuve dudas. En verdad un juego de libre interpretación.
Como luchadoras cuerpo a cuerpo. Un brilloso metal hecho arma ligera. Ahí
en el piso. Ganaba quien lo cogiera primero e hiciera un giro de cuerpo en su
propio eje. Y atacara con la fuerza de su brazo derecho. Y, simplemente, se le
fue la mano a la primera que cogió el metal.
Lo digo, porque ya lo había visto. En ese sueño de mitad de noche, anterior
una vez lo soñé y comenzó el no poder dormir; viajé en el tiempo. Y localicé
las hendiduras de la ciudad profana. Y, allí, estaban ellas. En otro tiempo. Con
sus telas trasparentes, actuando como envolturas. Y sus cuerpos al desnudo, se
exhibían en las transparencias. Y vi esos muslos sólidos, puestos en firme.
Guerreras ahí, en pleno coliseo temerariamente habilitado. Y estaban otras
mujeres cuando empezó el duelo. Y vi volar caballos alados adornados con
estolas de flores. Y vinieron en veloz carrera, como rayos enceguecedores,
caballeros de alta estima. Dicho así por lo que vestían. Adornadas sus cabezas
con olivos en fuego.
A la otra noche. Noche antes del día en que en la esquina tercera del barrio;
volvería a ver el duelo. Ya en la arena del coliseo. Y tribunas todas colmadas.
Y llegaron otros en carrozas, haladas por machos cabríos. Conté hasta cien de
ellos. Y bajaron los señores. Y se instalaron en tribuna especial. Con sus
frentes en alto. Con gestos imperiales. Y localicé las aureolas que circulaban
en torno a su cabeza.
Esa misma noche, antes del día aquel, empezó el duelo en verdad. Y la de
ojazos negros penetrantes. Se abalanzó sobre la morena de muslos bien
henchidos. Con ese cabello al viento. Y vi el metal ahí, en la arena. Y entraron
en el cuerpo a cuerpo. Brazos y piernas entrelazadas. Fundidos al unísono.
Con la música al aire. Siguiendo sus movimientos. Y cayeron en la arena. La
de negros ojos inhabilitó a la otra. Y cogió el metal, tratando de incorporarse
para hacerse vencedora, en ademán no previsto abrió el pecho de la vencida. Y
su corazón al aire Fue.
Yo seguía ahí. Viendo el cuerpo endurecerse. Viendo esa piel hermosa
languidecer. Tornándose en opaco gris desierto. Viendo como sus ojos se iban
apagando. Viendo ese cuerpo entero provocante, languidecer al infinito. Ya
frío. La sangré antes viscosa a torrentes, una resequedad muda. Pétrea. Y
seguía llegando gente. Inventando palabras para azorar a la vencedora. Y ella
puesta en pie. Con su mirada perdida. Como implorando perdón, no se sabe a
quién. Y su vuelo de cabello apuntando al infinito. En esa ráfaga de viento
que, de pronto, llegó desde la nada.
Volví a la otra noche, antes de este día aciago. Ya, otra vez, el desvelo.
Insomnio tardío. Volcado a la arena del coliseo que seguía pleno. La arena
teñida de rojo. Al lado de las dos. Y la del metal en la mano, erguida. Sus ojos
de tristeza absoluta, constante. El cuerpo tirado ahí. Ya perdido. Ya sin el brillo
de la vida. Cabello que se tornó opaco. Ya no con el brillo de antes. Toda
arropada en el velo traslúcido. La desnudez abierta. Paso a paso fui
recorriendo con mi mirada su hermosura. Y la sentí como si fuera mía. Como
si antes del duelo la hubiera poseído con delirio. Con ternura exacta, sin la
expresión dubitativa mía en otros quehaceres.
Ahí, en esa tercera esquina seguía yo. Como impávido testigo de lo que vi
en la otra noche. Gente inmediata. Un grupo asfixiante por lo tumultuoso. Ya
llegaron los levanta cuerpos. Con sus guantes finos. Pegados a la piel de sus
manos. Y con la parsimonia acostumbrada. Abriendo los labios gruesos, con
pinzas plateadas. Cerrando los ojos de la que fue muerta en lance absurdo.
Tocando la herida del pecho. Agrietándola más. Y cubriendo todo el cuerpo
con manta blanca. Ya no podía ver yo, esa hermosura apretada en bajo vientre.
Y metieron el cuerpo en bolsa negra. Y luego la cerraron. Y desapareció, pues,
el cuerpo entero. Y la vencedora dolorida. Con espasmos cada vez más fuertes.
Mirándolo todo en derredor. Auscultando. Como buscando un nombre para la
tragedia. Para ella y para la vencida.
Y, esa misma noche del antes de, vi a Zeus en la tribuna. Envejecido.
Llorando también. Y su séquito. Hermes, Afrodita, Aquiles, Hera. Todos y
todas, lamentando la muerte. En la arena seguía, con sus ojos agrandados,
lamentando lo sucedido. Rogando la no tipificación de preterintencionalidad.
Buscando asidero en la belleza de la perdedora y en la suya propia. Con el
velo alzado al viento. Con la desnudez exaltada. Sus pechos inflamados, pero
tristes también. Y vinieron a caballo a levantar el cuerpo. Sin guantes. Espada
al cinto. Lo alzaron sin dulzura. Lo colocaron ahí, en el carruaje. Sin
ceremonia. Casi sin respeto. Los vi alejarse con la rapidez de corcel recién
adiestrado para la guerra.
Ya es otra noche. Yo sigo ahí. En la esquina tercera de mi barrio. Ya ha
pasado todo. Ya no hay nadie. Solo ella. Aturdida. Me le acerqué. La abracé
con mi cariño posible, henchido. Secándole las lágrimas que ya hacían como
laguna en el piso. Con oleadas vibrantes. De un azul celeste divino. Y le
acaricié su cabello. Se había vuelto blanco, casi níveo.
Sin saber cómo, ni por qué, se deshizo de mí. Volando se fue. Acompañada
de nubes grises, presagiando tormentas. Hasta que se perdió en el infinito cielo
herrumbroso. Su última mirada fue para mí. Diciéndome adiós
Esa misma noche volvería al sueño y al desvelo. Ya no había nadie en el
coliseo. La arena toda teñida de rojo a borbotones. Ella ahí. Mirándome. Con
el metal en la mano. Lo lanzó al aire. Y ella tras él. Ascendió rauda. Detrás del
envejecido Zeus. Con su mano, un adiós que todavía es latente en mí; a pesar
de haber pasado cuarenta noches, de sueño perdido. De desvelos perennes y
por la noche guarnecido.
Escuchando su voz transmisora, caería en cuenta de la similitud que la
Diosa hecha cuerpo, tenía con mi amada Jerusalén. Casi que, como en
coincidencias universales, liberadoras; todo como que habría sido previsto y
proveído. Una luciérnaga chispeante. Sus palabras (de mi Jerusalén) se fueron
apoderando de la multitud de los posibles y las posibles libertarios(as). Todo
empezaría a ejercer como vértigo de voces y acciones, cifrados en la ortodoxia
del milenio pasado. Pero, ahora, tan vigente. Como fue vigente, pues, las
alocuciones bravías. Siendo, en sí, las mujeres, sujetas poderdantes. De la
valentía acuciosa. En enervante propuesta válida. Sin los estereotipos de la
Precondicionalidad Manifiesta. Invitación. La de Palas. Ahora también, de la
Diosa bravera, mi Jerusalén.
Entraríamos a la universalidad concreta del ilusionario dado por la teoría
que evocaría la condicionalidad inherente a las heredades de pulsión no
adocenada. Más bien, como bisturí en manos de los cirujanos Moro,
Campanela y Erasmo. Diseccionando el cuerpo basto. Y segmentando el todo.
Haciendo de éste líneas no convergentes y sumisas, como las de Tlatelolco y
Angeloti. En principio las valoraríamos como bellas formas de simetría
prístina. Una evocación de triunfos antiguos. Y que, ahora, representan la
libertad. Eligiendo una impronta no acobardada. Ni como simple segregación
de cuerpos muertos. Toda una elegía al Dios Sol y, a su par, el Dios de Pablo
de Tarso, decantado por la teoría erasmiana. Sin embargo, al conocer su
verdadero objetivo imperial, haríamos corte insumiso.
Nos haríamos a la mar terreno. Por la vía de propinarle derrota a la
gendarmería de Tlatelolco y su padre. Pasiones venidas desde la historia
misma de los vencedores. Propinándoles a los agarrotados emisarios de la
doctrina de la precondicionalidad manifiesta; sucesivas derrotas.
Decantaríamos los mensajes cifrados de los Dioses Sol y el Supremo
Erasmiano. Con pundonor, derivado del posicionamiento nuestro. En las
verdades ortodoxas; más no magnificadas por la obsolescencia de nuestros
rivales. Llegaríamos, así, al territorio de la confrontación última.
Dispondríamos los insumos construidos a partir de casi tres milenios de
historia. Gestores y gestoras, de tiempo atrás; más no repeticiones vacías. O de
contenido con directriz anclada en el diseño prepotente y espurio de
Tlatelolco. Nos haríamos, pues, al vuelo no rasante. Iniciaríamos, con
velocidad de luz, el viaje promisorio. En el cual las heredades no supondrían
embeleso y yugo asfixiantes.
Llegaríamos a buen puerto, el día catorce de agosto. Fecha iniciática. Sin
los abalorios procaces de los detentadores del poder. Forzaríamos la ruptura
con la ambivalencia heredada por Tlatelolco y Angeloti. Haríamos buen
cimiento, en la tierra generosa y libertaria. Saldríamos en rauda carrera.
Tendríamos, a la vez, las ilusiones ciertas. A partir de cada uno y cada una
criatura vinculada con nuestro ejercicio de guerra. Nos adentraríamos, en puro
vértigo societario, en la esperanza que nos depararía el entorno. Podríamos
descifrar los mensajes venidos desde otros universos. Soñados. No
subsumidos en la teoría derrotada ya. Haríamos homenaje a la Madre Tierra
Cimera. Iluminada, ahora, por los faros construidos a partir de toda la
avanzada dispuesta para recorrer los caminos abiertos. Potenciados, Sin ser
uniformes; pero tampoco serían opciones dislocadas.
Estando aquí, ahora, daríamos cuenta de toda genuflexión. Amaríamos la
vida, por lo mismo que ya habíamos amado las historias de la historia de la
vida. Habíamos bebido en las fuentes del Dios Boyante. Venido de la
bifurcación teórica. Un vuelo de libertad. En el cual, la condicionalidad,
ejercería como dialéctica figura convocante
En el amanecer del Día Primero, visitaríamos el Trono Impostergable del
Supremo. Una muchedumbre acezante. Elogiando a los Dioses Elegidos.
Hechos en pura fibra dialéctica. Todo en derredor, brillaba como luciérnagas
abrumadas por su misma gloria. Tendríamos el placer de conversar con Ellos.
En la fuente primera. En aquella que había sido construida a puro nervio
pulsado. Sin aspavientos deleznables. Más bien como policromías
convergentes. Ideario no prófugo ni avergonzado. Mucho menos mero señuelo
de traición. Desde allí veríamos a los impostores derrotados. Como si
fuéramos opción absoluta y plena. Empezaríamos a tejer la versión de la
libertad no hiriente; ni condicionada. En contrario, una Oda al placer. Un tanto
asimilado a los epicúreos. Noción de ser en sí. En lo colectivo y en lo de sujeto
individualizado. Como si fuéramos ejército dotado para triunfar en milenios
venideros.
Cierta tarde, mi amada Jerusalén, sentiría indisposición de cuerpo
biológico. Empezaba a crecer como insania furtiva. Como envenenamiento
venido del exterior. Secuencias insensatas, se irían apoderando de ella.
Desasosiego impulsivo, doloroso. Empezaría en el delirio de ausencias
motivadoras. Como si fuera sujeta avejentada. Perdiendo el brillo de cabello
que había sido adorado por mí y por nuestros ejércitos. Una pus empozada;
parecían sus divinos ojos cafés. Sus piernas empezarían un deterioro
progresivo, acelerado.
Quedaríamos atados a su dolor. Toda la romería libertaria empezaría a girar
en torno suyo. Vendrían los cánticos de alegría incesante, Convocándola a
derrotar a la muerte que se avecinaba. Toda una locura. Una pléyade de
doctrinarios libertos, empezarían a forcejear con las fuerzas disociadoras en
sus tejidos. Pústulas enfermizas. Ejercicios proveídos desde todos los rincones
del reino vivo. Vocinglería tierna. Dibujantes de imaginarios traídos desde
otros universos pensados. Cada quien en postura de beligerancia sutil. En
disposición de matar el mal que se la iría llevando. Vendrían las diosas
encabezadas por Palas. Estaría, aquí, la Divina Minerva. La Fiestera Melisa;,
liberadora de los entornos mágicos por ella misma imaginados. Llegaría el
Divino Zeus, impávido. Demostraría su enamoramiento con respecto a mi
amada Jerusalén. Como quien quisiera llevársela para ser cuidada y curada en
su Trono Milenario.
En fin que nada pudieron hacer. Se nos iría yendo. En nuestras propias
manos. Toda ella entraría en convulsiones cada vez más enfermizas. Seguiría,
su cuerpo, el curso de las aguas hechizas. Un mal que siendo de la Divina
Jerusalén; se convertiría en pandemia virulenta. Todas nuestras mujeres
empezarían a transitar el mismo camino de congoja potenciada. Nos daríamos
a la tarea de expulsar las aviesas representaciones del martirologio. Cada una
empezaría a delirar también, como Jerusalén. A mostrar sus ojos como
empozamiento del pus agobiante y penetrante. En el dolor de sus cuerpos,
empezaríamos a navegar. Como quienes regresarían después de haber sido
derrotados. Sujetos de hecho, como nosotros, Iríamos aceptando que ya no
estarían más con nosotros
Exactamente el primero de abril de ese año siguiente a las imposiciones
perversas de Tlatelolco y su padre, morirían todas nuestras Vestas. Y, con
ellas, nuestro imaginario. Ya no estaría nuestra diosa terrena, para transmitir
los ilusionarlos vivos, en puro cuerpo arrobador. Se fueron sin disfrutar el
cruce de caminos que nos habían llevado a la victoria. Sin ellas, comenzaría
un volver a empezar saturado de irrelevancias conceptuales. Se fueron yendo
ante la impotencia nuestra para derrotar el Mal que las había acosado y dado
muerte. Haríamos, en su honor, hologramas perennes. En tejidos
incandescentes, benévolos. Marcharíamos hasta Plaza Libertad.
Construiríamos una perenne romería exclamatoria.
De regreso a Palacio, empezaría a sentir la ventisca enfermiza. La
pudrición de las aguas. Empezaría a exhalar Vahos turbios y mortales. Mi
recordación empezaría a visitar lugares pasados. A la percepción, otra vez, de
los cuerpos y la guerra. En mis sueños empezaría a retrotraer mi espíritu.
Sentiría la flagelación que amputaría mis sienes y mi cerebro. Vería la
disección de los cuerpos. Mi teoría de la condicionalidad dialéctica, me
parecería una explosión que desdibujaría nuestro triunfo pasado.
En un catorce de abril de no sé qué año; decidiría que no iría más. Mi
última mirada sería para mi diosa Palas. Me perdería en la profundidad de la
penumbra. Quedaría la envolvente palabra de su testamento.
“Dijo que estuvo Antioquía, buscando a aquellos que vivieron con el
Maestro. Siendo ya confeso partidario, necesitaba conocer más de cerca las
condiciones en que se había desarrollado la doctrina. En todo eso que tenía de
enigmático y susceptible de transformación bicéfala. Tal vez con un recuento
de Hechos, conocido de parte de Lucas. En esa inmensidad de caminos. Tanto
en lo conceptual; así como también en lo plebeyo de la casuística. En un
tiempo en el cual el mensaje estaba aún vivo en lo inmediato.
Hizo alusión a las contradicciones fundamentales. De un lado la opción
judía que reclamaba una versión apologética de la enseñanza mosaica. Por la
vía de entender la posibilidad del salvamento, ligada al ritual de los
circuncisos. Algo así como la generación espontánea de la fe primera.
Y es que Pablo de Tarso, convertía su discurso no en lo efímero y liviano
del conocimiento. Por el contrario, soportado en la verticalidad. Así se lo haría
saber a Santiago, el hermano del crucificado. Como quiera que, en ciernes,
existía la argumentación básica para asumir la perduración doctrinaria. En una
conexión indispensable con el mandato no conocido en escritura. Más bien,
una herencia, centrada en la transmisión verbal. Por lo mismo que la
orientación había sido difundir la hermenéutica de la condicionalidad teórica,
referida a entender la relación causa-efecto; en una perspectiva trascendente.
Un azoramiento visceral, recorrería ese momento crucial histórico. Como
una especie de vena rota que convocaba a surtir las proclamas. Con arrebatos
místicos, en principio. Pero racionales en lo que esto tiene de asumir los
íconos indispensables. Ya lo diría, casi cinco siglos después Sor Juana Inés y
Juan de la Cruz; por la vía del catecismo lírico. En una exaltación continua del
viaje hacia el conocimiento de Dios; a partir de una versión herética, sublime
Si hubo o no transgresiones, en razón a la profundización del
conocimiento, no se puede afirmar en términos absolutos. Lo que sí quedaría
plenamente claro, serían las condiciones que deberían prefigurarse antes de la
proclamación evangélica. Con todo lo que esto conllevaría. Es decir, ese
ilusionario universo de ideas y, de otra parte, de dificultades no superadas.
Como en esa noción de trámite, casi notarial que acompaña a toda heredad
teórica, poco sistemática y mucho de confusa.
Es decir, visto en esa dinámica, el movimiento de persuasión en lo que
correspondería a la ética y a la religiosidad; no tendría grandes motivaciones.
No habría posibilidad de encarar los retos propios de la explicación y
justificación de la teoría en sí. Inclusive, porque ser o no cristiano, seguidor de
la palabra hablada de Jesús, se había convertido en una didáctica aplanada.
Con la mirada puesta, más en la vivencia que fue real e inmediata; que el
escenario filosófico y teológico.
Pablo, por esto mismo, caminaría hasta deshacer el cuerpo físico y
reconstruir el cuerpo doctrinal. Siempre por una vía, tan profundamente
humana, que a cada nada, se produciría la eclosión del mensaje se tornaría en
simple borbotón de frases inacabadas.
Y lo encontrarían, cualquier día, al lado de Santiago, tratando de descifrar
por sí mismos los secretos internalizados de la Escuela Farisaica. En ese ir y
venir de expresiones monosilábicas. Casi como mero susurro. En una
envoltura ya lejana, como pensamiento y como afinidad directa con el Dios
perdido. Y, Santiago, no atinaba a ser coherente. Como cuando alguien no ha
tenido claridad acerca de lo vivido. Mucho menos acerca de lo trascedente de
ese haber vivido de cerca el proceso de martirologio.
Otra cosa, bien distinta, hubiera sido la historia de lo sagrado como
proceso, si Sor Juana Inés y Juan de la Cruz, hubiesen vivido mil quíntenos
años antes y estuvieran allí, con los dos reunidos.
Tertuliano estuvo, ese día, trillando su discurso. El mismo. Como referente
lo cotidiano en el actuar de los apologéticos de la diáspora. Tal vez, en lo más
íntimo, el conocía de su equivocación al elegir ese camino. Pero ya no había
vuelta atrás. El conflicto se había profundizado. Tanto que, el
judeocristianismo sucumbiría como opción única válida en el proceso de
consolidación del monoteísmo mosaico. Ya, la devertebración, estaba acunada.
Porque no había por donde ni con que desglosar las doctrinas básicas.
En ese tiempo, la división política y administrativa, comprometía una
noción primaria del concepto de estado. Por una vía apenas lógica, dado el
contexto. Una configuración geopolítica con fronteras tan delgadas, que el
Imperio Romano, se deslizaba hacia una figura de poder un tanto extraviada.
O, para decirlo mejor, en el cual las directrices cruzaban territorios acicalados
con ese universo de opciones de interpretación en términos de lo que pudiera
constituir el referente básico. Una posición dubitativa. Entre la permanencia de
la ortodoxia fundamental del politeísmo inherente a las convicciones
heredadas. Y el crecimiento de lo tripartito. Fundamentalmente en lo respecta
al fariseísmo político-administrativo, el judaísmo venido directamente desde
las escrituras antiguas, mosaicas y los hechos asociados a la nueva versión
mesiánica; habida cuenta del crecimiento del mensaje de Jesús. Como Nuevo
Gran Profeta.
Rondando “El Templo”, como instrumento físico; fortalecido, reconstruido
en gobierno de Herodes el Grande. Y que se hacía escenario de confrontación.
En diatribas portentosas. Casi como acariciando la contienda precursora de un
nuevo régimen político-religioso. Vista, la nueva ideología como herética y
como originada en especulaciones, más que en doctrina sólida. Porque, en lo
cotidiano, ya estaba hecho el ejercicio. Ya había un discurso y unas acciones
de proselitismo, permeado por una nueva noción de Dios Significante; en
necesidad de retar a la humanidad que se deterioraba cada día más, a partir de
escindir y extraviar el acumulado histórico y religioso. Inclusive, con el
agravante que era casi imposible dilucidar contenidos.
Y es que Tertuliano pretendía zanjar la confrontación (casi ciento cincuenta
años después) una disputa que empezaría a trascender la simple arenga. Por lo
mismo que, a la par con la confrontación centrada entre el Imperio y la
tripartita amalgama contestaría; se irían desgranando posiciones menores, pero
adheridas al mismo piso originario. Ya los fariseos administradores, tenían un
disenso, por la vía de los zelotas. Siendo estos una representación grupal,
enfrentada con el fisco romano. Y allá, en Jerusalén, se harían excesivamente
fuertes. Casi como desplazando todo el contenido mismo de las expresiones
judeocristianas.
Daba cuenta, el rico propietario y esponjoso crítico leguleyo, de
pretensiones un tanto militaristas. Como si evocara, hacia atrás, los
condicionamientos propios de la historia religiosa asociada con el Pueblo
Judío. De la dirección política de Moisés y de su capacidad para establecer con
sus dirigidos una relación de prepotencia centrada en los Diez Mandatos
Fundamentales. Y se hizo fuerte, Tertuliano, a partir de su ofensiva en contra
del decantamiento en la doctrina, realizado por Pablo de Tarso. Algo así como,
en una seguidilla de torpezas a nombre de la ortodoxia.
Los Juegos Olímpicos en 165, marcaron el surgimiento de otra arista en la
confrontación. Marciòn, empezó a ejercer como opción preponderante. En un
entramado de confusión. Al menos en lo que respecta al significado de la
propuesta de los eirenos. De la razón de ser de la variante en Peregrino y su
inmolación, en nexo con la defensa de sus postulados fundamentales.
Ya estaba dicho, diría Pablo de Tarso, de lo que se trata es de la
preservación del hilo conductor básico. De no dejar extinguir el fuego del
cristianismo; por la vía de ignorar que la confrontación con la teoría
helenizante, no era otra cosa que expresiones de la dinámica misma de la
contradicción. Entre el Jesús histórico, ambivalente. Y el Cristo, resucitado. Es
decir, no surtir teoría escindiendo las dos partes. Por el contrario, haciendo
cohesión. Centrando la divulgación en el ejercicio doctrinal, a partir de ese
equilibrio. Y, tal vez por esto último, la Trilogía Pablo-Santiago-Pedro, se fue
deshaciendo. Porque no cabían ambigüedades; siendo como era el momento
de decisiones.
Lucas, en apariencia, esperaba descifrar los nuevos códigos propuestos por
El Reformador. Pero su estreches intelectual, dio lugar a la escritura de los
Hechos, de su versión evangélica, como palabras agrupadas en una linealidad
que no daría cuenta de la estructura doctrinal del Maestro y de sus acciones.
Por ahí, entonces, Lucas se tuvo que contentar con el distanciamiento. Lo que
podría llamarse bajo perfil. Solo pasados casi doscientos años se vino a exhibir
el escrito suyo, en cierta hilatura, por lo menos cohesionadora.
Ya andaba Popea con su Nerón. Y ya había pasado el momento histórico de
Herodes el Grande. Y sus sucesores, Herodes Antipas, Arquelao y Herodes
Filipo, verían diluirse el poder entre sus manos. Y, el crecimiento de los
cristianos y los judeocristianos seguiría siendo disímil y agrandado en
confusión. Un tanto remontando la historia desde antes de, los esenios, Anàs,
de Aarón, de los levíticos. Se encontraría nuestro Tertuliano, confeso
ignorante, de frente con esa historiografía. Que solo logra dilucidar en lo
inmediato primario de las andanadas en contra de Pablo. Y siendo así, se erige
en defensor de la diáspora, casi que por simple ley de la gravedad.
Cuando Popea incita, entonces viene a cuento la tragedia de Juan El
Bautista. Ya ahí, en el mero episodio de la acción iniciática de Jesús. En el
agua, como agua pura que remite a borrar rastros; estaba presente, en latencia
casi, la diversidad estatutaria. Si es quien, Jesús, superior a quien es Juan El
Bautista; es un circulo que nunca se cerró. Y lo mismo va para la designación
del espacio temporal para el ejercicio sacramental. Si, en ese contexto físico y
conceptual de Templo Sagrado. O de, en menor dimensión, el propio Sanedrín.
El ir y venir de las acciones y sus consecuencias.
Perdiendo la cabeza El Bautista, como que se pierde en el tiempo la
posibilidad de la dilucidación. Quedarían, entonces, en remojo parte de los
orígenes. Y se remonta, otra vez, predecesores. No solo en lo que hacen
alusión los hacedores de profecías en el pasado. También en cuanto a los
nexos con posturas de los clásicos helénicos. Desde Sócrates hasta Aristóteles;
pasando por las opciones propuestas por Séneca. Siendo, eso sí, la partición de
las Doce Tribus. Y las enseñanzas, en torno al Dios Vengador e Iracundo, de
Moisés. Y la noción de sacrificio, en términos de la conminación a Jacob. Y, a
su vez, la herencia máxima doctrinal judía propiamente dicha.
Cuando Constantino entra en baza, el manejo de las contradicciones no se
ha atenuado. Y no tenía por qué. Seguía siendo referente el consolidado de
Pablo y sus prístinas propuestas de vaciar los contenidos de la diáspora; de tal
manera que pudiese decantarse la enseñanza en sí. Ya no de su misterio en
relación con la opción trinitaria. Ni con el símbolo propio pentecostal.
Haciéndose, como en verdad se hizo, converso utilitarista. Propiciador de
recursos físicos. De poder y de obligatoriedad deriva de él; sumerge a la
doctrina en un pozo absolutamente obscuro y contradictorio, de por sí. En este
contexto, la aparición de Orígenes y de sus reflexiones filosóficas, proveen de
nuevo instrumento a la teoría del de Tarso.
Nuestro Tertuliano, pues, se iría extinguiendo. Él mismo se dice y se
replica. Y se va diluyendo en los avatares propios de una dinámica que lo
trasciende. Y, cualquier día, lo encontramos inmerso en su propio discurso.
Ahogado en sus propias palabras insípidas e intrascendentes.
Yo, en Melisa Vivo. Como en Egea doliente Como que estaba yo sumido
en tinieblas. Y relampagueante vino Cronos en búsqueda de Egea la Madre
mía. Y que, en el Urano naciente, decantaron las cosas habidas. En tránsito
elocuente. Por la vía de la partición de lo circundante. Como propio Dios
avieso. En elongación propuesta; al término del vivir manifiesto. Y me
embolaté en roles. Lo permitido era casi nada. Por lo mismo que el Zeus
venido, hacía de su séquito de nubes una expresión primera. Una vía
encarnada en lo que supo, después, por su madre valerosa. Que engañó al
engañador pétreo. Y que hizo de él, torrente de vida plena. Esa Rea vigorosa
en puño de voz de acción. A partir de la profecía de Urano. En teniéndolo lo
ocultó. Una expresión de viva potencia. Y, allí, con las Horas hechas en
separación del mundo terreno. El de Egea viva. Y lo arroparon en la Creta
posible. Como cuna para albergar al bienvenido y bien protegido. Y, en la
avanzada misma, Hefestos, castigado por el avieso Cronos, empezó la agenda
que haría posible el Trono mismo para el admirado. Ese Zeus vibrante,
apoyado en la hermosa cabra Amaltea. Y, por ahí mismo, se fueron dibujando
los pasos y las potenciales acciones. Con Melisa, abeja admirable y solidaria,
empezaron a acuñar al latente Dios en ciernes. En la posición de albergar a
cada día; aquello que solo sería posible, con el arrebato mismo de la pasión
concreta. Con esos inicios desparramando alegorías y trinos.
Un cantar venido y habido. Y, cada quien, como yo mismo, embelesado en
lo que sería euforia en transcurriendo el día. Y la noche postulada. Como
manto para evitar la soledad y la agonía. Provenida desde allá mismo. Desde
la creación primera. Y que, yo, sin asirla sucumbía en los quebrantos de lo que
me albergaba. Como territorio y como proclama perdida. Por ahí, vagando.
Con el alma endurecida. Con esos pliegues de ternura perdidos. Desde que
había perecido la gran Metis acompañante. Desde que no supe más de la
Melisa mía. O de Zeus…En fin que me di a la tarea de ser yo único. En esa
intención presenta, cada día, de penetrar la Tierra misma. La Egea sumida en
simple trozo pasivo y ceniciento. Y, por ahí que fue la cosa, me fui poniendo el
rótulo de doliente humano presente. Perdido. Ausente. Venido a menos, como
cualquier coloquial verso cantado por la Luna misma.
Y sí que, deambulando en lo que soy, fui perfilando el futuro seré. Anclado
en los testimonios perdidos. Nunca encontrados. De lo que Prometeo dijo al
momento de nacer. En esa elocuencia viva de tejedor de verdades y de haceres
en solidaridad conmigo y que todos y todas. En ese ir yendo de sabiduría y de
solidaridad perenne. Como cuando veía, yo, coser los hilos a mi madre. Para la
cobija. Para las vestiduras mías. A cada paso y a cada momento de realidad
posible. O imposible. Según la lectura que cada quien quiera hacer. O inventar.
Y sí que, en crecimiento necesario, me fui acercando a mi yo concreto.
Palpable. En construcción de lo que pudría haber sido. En derrota de la
decrepitud. Me acerqué al ser Lacaniano. Invertido. Puesto en el pellejo de lo
propuesto por Freud. Como Dios silente. En cantilena expresada. En el
derrotero incipiente. O real. O ya culminado. Cualquiera cosa dicha, se
tornaba en la preclusión de lo propuesto. De lo ejercido. De lo manifiesto. En
ese aquí y allá dicho. Vivo. Escudero, yo, de lo que vendría. Entre el Lacan
insidioso y herético. Y el Freud, cimentando cada yo sujeto puesto.
Manifiesto. Ahí postulado y previsto.
Y sí que se derrumbó mi vida. La vida. Esa que, en mí, se tornó en
bicicleta de tres pedales. Sujeto en posición crítica. Perdularia. O cimera, en lo
que esto tiene de haber estado. O estar. O seguidilla de haceres y de
propuestas. En la vaguedad sombría. De mi Luna. O del lado del Sol hiriente.
Como martinete machacante. Perenne. O efímero. O doliente. Como cuerpo
atravesado por la daga mía. O de cualquiera. Que, en fin, no volví. Y no
volveré. Ante la Egea promiscua. Sabedora de lo que pasa y pasará. Aquí. En
donde estoy hoy. Pero que no estaré mañana.
El erizado cabello estaba ahí. En cabeza de ella; la que solo conocí en
ciernes. Como relámpago no sutil. Por lo mismo que como afanoso
convocante. Siendo, como es en verdad, una especie de alondra pasajera y
mensajera. Se me parece al verdor de los bosques que crecen en silencio. Sin
sentir unos ojos ensimismados por su pureza; siempre presente. Creciendo en
lentitud. Pero, siempre, en ebullición de células, en trabajo constante.
Haciendo real lo que potencial al sembrarlos era.
En verdad no la había visto pasar nunca. Como si la urdimbre de la vida en
ella, no fuera más que simple expresión de fugaz cantinela. Abarcando
circunstancias y momentos. En sentimientos explayada. Como momentos de
transitorio paso. Por cada lugar, muchas veces umbrío. Como simple pasar de
largo. Sintiendo lo que está; como si no estuviera.
Y así fue siempre. Cada ícono suyo, más velado que el anterior. Como
Medusa incorpórea. Solo latente. Sin Prometeo ahí. Vigilante. Hacedor del
hombre. Acurrucado en esa veta grisácea. Tejiendo el lodo. Amasándolo.
Hasta lograr cuerpo preciso. Y, soplado por Hera, vivo aparece. En los mares
primero. Tierra adentro después. Locuaz a más no poder. Por lo mismo que el
jocoso Hermes robó el tesoro vacuno de Apolo. Y lo paseó en praderas
voluntarias. Que ofrecieron sus tejidos en hojas convertidos.
En esto estaba mi pensamiento ahora. Cuando vi surgir el agua. Desde ahí.
Desde ese sitio en cautiverio. Y la vi correr hacia abajo. Rauda. Persistente.
Siendo, en esto mismo, niña ahora. Y va pasando de piedra en piedra hasta
hacerse agua adulta. En ríos inmortales. Y la Afrodita coqueta, mirándola no
más. Tomándola en sus manos después. Besándola triunfal. Haciéndola
límpida a más no poder. Y juntas. Agua y Diosa, recibiendo el yo navegante.
Inmerso en ellas. Con la mirada puesta en el Océano más lejano. El de Jonios.
O el de Ulises. Desafiando a Poseidón. El Dios agrio e insensible. El mismo
que robó tierra a la Diosa cercana al Padre Mayor. Y que fue conminado a
devolverla. Y que, por esto, secó todos los ríos y lagunas. Solo el nuestro
permanecería. Por estar ella presente.
Al hacerse noche de obscuridad afanada. Vimos una luz alada. Cruzando el
aire de neutralidad dispuesto y de fuerza creciente. Y bajó esa luz. Prendida en
una rama. Con sus alas apagadas. Ya no luciérnaga veloz. Más bien postura de
bujía con tonalidades diversas. Y nos dijo, al vuelo, que guiaría nuestra fuga.
Hasta encontrar la flecha que mataría al Dios de Mares insolente y perverso. Y
que, allí, no más llegásemos, plantaría surtidores de agua dulce. Y separaría
estos de la pesada sal de los mares. Dándonos la clave para revivir lo que
había sido muerto. Y que era, entonces, nuestro tutor y conversador en lúdica
creciente.
Cuando se fue ella, volvió la luz; aun siendo noche. Río abajo fuimos.
Encontrando caminos de disímil figura. Escarpados unos. Tersos, lisos, otros.
Y, en cada uno, sembramos ternura. Llegando a ellos, vimos llegar las
creaturas prometeicas. Y llegó Perseo. Engalanado. Como sabio tendencial
Como creyéndose ya, Dios de plena corporeidad. Superior al Padre Mayor. Por
encima del Olimpo enhiesto.
Y, allí mismo, surgieron los apareamientos. Ninfas con Titanes. Vírgenes
no puras, con los hijos espurios de Cronos. Pasó, también, el Jehová de los
Judíos. Con vuelo rasante y tardío. En busca del Moisés hablado y trajinado;
en desierto consumido. Y vimos al Adán insaciado: Buscando el sexo de su
Eva no encontrada. También pasaron los hijos de Hades. Buscando abrigo
temporal. Y volvieron las lluvias. Presagio de la muerte del Dios de los mares
salados.
Una vez llegamos a Creta, nos dispusimos a organizar las Jornadas
Olímpicas. A viva voz y vivo puño. De gladiadores dotados de los frutos que
da la paz. Y vinieron las trompetas. Desde Delfos. Pasaron los Argonautas
Homéricos. Vino el potente Ulises, desafiando la gravedad sin saber que era
ella. Soplaron los vientos mandados desde el Olimpo. Júpiter henchido de
fuego.
Dios retador latino ante el Dios Griego Zeus. Las carrozas dispuestas. Las
coronas también, para quienes deberían se coronados, siendo triunfantes.
Así pasaron, por mi recuerdo, las cosas que viví en antes. Bajo este cielo,
ahora, me siento tan solo como la pareja que se quedó del Arca del
transportador Noé. Una soledad asfixiante. Persuasiva en lo que tiene de
válido la resignación. Estando aquí, ahora, se quiebra mi pasión por verla de
nuevo. A la Diosa incitante que cautivó mi ser. Tanto que ya no respiro
tranquilo. Viéndola en remisión a su Cielo. Y, volviéndola a ver, aguas abajo.
Como cuando conquistamos el Paraíso. Como cuando nos hicimos inmortales
pasajeros del vuelo y de la vida. Recurrente es, pues, mi silencio, adrede, por
lo más. Estando así, recuerdo a la Eva convocante. Y veo su cuerpo de tersura
infinita. Y la poseo antes que su Adán regrese del exilio. Y, de su preñez,
nacieron dos réplicas de Tetis y de Vulcano. Creciendo, a la par, se fueron
difuminando en el amplio espectro. Llegando Adán, palpó el vientre de su
Eva. Y supo que allí había anidado alguien y había dejado su semilla. Y la
violentó con bravura inmensa. Lo maté yo. Así en veloz disparo de flecha.
Ahora estoy en reposo obligado. Ya no está conmigo la fuerza que me
había sido cedida por Sansón. Ya no experimento ninguna incitación. Como
antes, cuando mi visión volaba en busca de la desnudez de las mujeres todas.
Como en represalia por haber perdido para siempre a la Diosa Pura. Aquella
con la cual navegué. Y que, su sexo, inauguré. Habiendo frotado antes, en mí,
la sangre de los genitales cortados por Cronos a su padre. Y, todavía, escucho
su voz diciéndome: has sembrado en mí. Mañana no me verás más. Pariré al
lado de mi padre. Y lanzaré al fuego eterno lo que de ti pueda algún día nacer.
No la volveré a ver más. Es, por lo mismo, que moriré; como lo hizo, en
cercano pasado, Cleopatra. Una cobra hincará sus colmillos en mi cuerpo. Y
mi espíritu volará al infinito. A purgar mis penas, al lado de los dioses
despojados de atributos. Expulsados del Olimpo Sagrado; por haber agraviado
al Padre Zeus. O al Dios Júpiter llegado.”

LIBRO DOS

Ya, es otra época. Habíamos visto crecer la nervadura de las Vestas amadas
con delirio, antes. Creceríamos en otro nivel de la historia nuestra. Ya pasado
mucho tiempo, entraríamos en la solvencia de la teoría de la condicionalidad.
Los vectores biológicos habían mellado el horizonte al cual tenderíamos.
Volveríamos a sentir la hipoconsciencia vivida en los milenios pasados.
Enhebrando, cada hilo al consciente magnificado. Sentiríamos, otra vez, la
huella doliente del demiurgo volátil. En una contravía expresa. Yéndonos a la
ligera. Pero, en secuencias plurales. Como cuando habíamos hecho custodia de
la herencia. En el universo arcano. Voluptuoso. Ceñido al tiempo. Como
insumo herético. Siendo, al mismo tiempo, nervio de lo posible. En esa línea
de crecimiento no aciago.
Habiendo muerto mi diosa Jerusalén, en el otrora tiempo calcinado ya.
Cuando habíamos izado la bandera de los soles apretujados, casi muertos en
lentitud de frío apareado con la mentira de Tlatelolco y Angeloti. Veríamos, en
este nuevo tiempo, resurgir la estrechez de penumbra ávida. Una longitudinal
viajera. En las carrozas imaginadas. Ya no tan ciertas como en aquel pretérito
cálido. Una hipocondría, diría, en la dejadez del Imperio. Como esa naciente
imagen de la egolatría ilusoria. En la perspectiva aislacionista. Como tiovivo
aspaventoso. Un ser lineal, casi perplejo.
Yo había dormido en una especie de ilusión necrológica, Una punzada de
doliente expresión. El universo otro; el de la levantisca y briosa luciérnaga que
había sido predispuesta. En la locomoción perdida; después de haber realizado
el inventario de vida. Con los nutrientes escarceos de la diosa muerta en el
origen mismo de la historia.
Ya, sin la envoltura plausible. Más bien en unción precaria de la ternura
antes derrotada. Cuando mi Jerusalén, ligera expresión de las ansias votivas.
No deleznables. Pero si, en decadencia viva. Como esponja absorbente. Como
ligero vuelo diurno. Hacia el Sol nuestro avejentado. Lisiado. En proceso de
enfriamiento progresivo; inclemente. Viendo crecer el sopor de la Idea Nueva.
Una figura casi arbitraria. Nacida y crecida en los años impares: Del tejido
lento. Incesante embriagador. Insolente noción del cuerpo teórico de
Jenófanes. Quien se había ido perfilando como enhiesto cóndor. Planeando
sobre el territorio descubierto. En los presagios y cotejaciones elaborados por
la ilustración copernicana. Surtiendo brechas de agua ilusionarlos. Permeando
los ejércitos de los nuevos gregarios. Casi aniquilados, por la pudrición de
teorías y acciones. Ambivalencia ultrajante.
Y, en mi soledad vivicante, empecé la búsqueda. Iría, primero, donde la
diosa madre de mi diosa amada Jerusalén. Una Yocasta libertaria. Guerrera en
las alucinaciones construidas por su amoroso Edipo. Empezaría el tránsito
hacia el embeleso magnífico. Como sinrazón venida. Como ser de tendencia
polivalente. En el universo anchuroso. Nuevos tiempos. En encelada utopía.
Volviendo a Moro prístino. Volvería a beber conocimiento, en la embriagante
teoría erasmiana. Viviéndolo en pura extensión sin ningún azoramiento
ampuloso. Viéndolo (a Erasmo); en su incesante brega. En contra de los
templarios. Una juzgadera de opciones. Tal vez, en introversión impropia.
Pero, por esto mismo, una especie de sopladura de enfermizos momentos.
Como decantación. Como visionario comportamiento. Ahí, en el mismo
territorio, en el cual había conocido a Yocasta. Ahora lo siento como si hubiera
sido anterior al momento mismo en que conocí a mi Jerusalén.
Los ensueños, en mí, fueron preclaros. Ese mismo tiempo en el cual
conocería, en letra viva, el viajero anagrama de Elisa. La mensajera libertaria.
Actuando como conductora palaciega. Ofreciéndose como liberta no enjuta.
Por los caminos mismos de las otras diosas. Pero, en ella, sería como suplir los
vacíos que habían dejado aquellas que se hicieron Vestas en el tiempo habido
en millones de años atrás. Casi en ciernes, el inicio de la vida en sí. Sin esos
empozamiento perdularios de la doctrina de Tlatelolco. Una universalización
de los atajos para acceder con mayor pasión a las fronteras incólumes de
Sócrates y de Zenón. Una expresión no ensimismada. Ni postrada. En
contravía de lo planteado por Thales. En su geometría potente. Dilucidando
los entrabes magnificados de Minerva; cuando esta estaba en proceso de
ebullición.
Y, la recordación de Hesíodo llegó en vuelo rígido. Lo mismo que una
opción propuesta. A la par con la ética nicomaquea O, como esfera celeste que
recién empezaría su deambular por los universos no conocidos. O, como
viajera Zenaida hecha presente. Tal vez, por todo eso, empezaría a sentir el
vértigo casi limítrofe con el extravío engarzado a la Vía Láctea empobrecida
de luz y de trajín divino.
La indagación, soportada en un método que involucra a la lógica y a la
capacidad de reflexión teóricas, permite avanzar en la búsqueda de opciones
para interpretar aspectos relacionados con nuestro rol, como humanos, en el
contexto de la Historia. Tanto en lo que hace referencia a los contenidos
filosóficos, religiosos y sociales; como también en lo que concierne a la
construcción de referentes que nos sitúen en condiciones de ejercer como
sujetos con identidad y valores.
En los escritos de Hesíodo, aparece un hilo conductor en esta perspectiva.
Su Teogonía, a manera de ejemplo, se erige como un instrumento teórico que
expresa la intención de encontrar explicación a la constante necesidad de la
humanidad por trascender; por superar la soledad y su efecto colateral de
angustia, que la recorre individual y colectivamente.
En Justicia, trabajo y días, Hesíodo indaga por el significado que tiene la
relación de los humanos con los dioses, en términos de su quehacer diario. En
ese afán y esa exigencia que le depara su nexo con el mundo inmediato, con la
naturaleza, son la subsistencia; que no es otra cosa que la posibilidad de su
prolongación y su permanencia como especie. Al mismo tiempo, trataría de
entender el sentido que adquiere la transferencia relativa de poder que
efectúan los dioses. Algo así como la percepción plena de la necesidad que
tenemos los humanos de contar con herramientas que nos permitan desarrollar
una vida social, sin perder la individualidad: Pero, al mismo tiempo,
asumiendo como indispensable el requerimiento que subyace a la vida social.
Esto es: la existencia de unos valores que puedan y deban ser aceptados como
indiscutidos al momento de ejercer determinadas acciones vinculadas con ese
quehacer cotidiano que, en fin de cuentas, es el que hace inteligible su
presencia en la tierra.
En Hesíodo, la intención por explicar y justificar esa transferencia relativa
efectuada por los dioses, adquiere una connotación asociada con la
construcción de un entendido de moral. Es por esto que, sus disquisiciones en
torno a esa explicación y justificación, van delineando el esfuerzo que requiere
presentar esa transferencia, como algo que ha sido discutido en los escenarios
de las divinidades. Es tanto como entender que ese tipo de transferencias no es
producto de una decisión exenta de conflictos y de desconfianza. Inclusive, la
referencia al concepto de venganza y castigo en Zeus, es expresado por
Hesíodo como inherente a ese concepto de desconfianza. Veamos esto, en la
alusión a la posición de Zeus con respecto a la humanidad, a partir de la
actitud de Prometeo que, aquí, ejerce como sujeto perverso de intermediación
entre los dioses y los humanos.
“…Y es que los dioses mantienen oculto para los hombres el medio de
vida, pues de otra manera fácilmente trabajarías en un día de manera que
tuvieras para un año aun estando inactivo; al punto podrías colocar el
gobernalle sobre el humo y cesarían las faenas de los bueyes y de los
infatigables mulos.
Pero Zeus, irritado en su corazón, lo ocultó porque el astuto Prometeo le
hizo objeto de burlas. Por ello maquinó penosos
000000000000000000000males para los hombres y ocultó el fuego. A su vez,
el buen hijo de Jápeto, en hueca férula, lo robó para los hombres al prudente
Zeus, pasándole inadvertido a Zeus, que lanza el rayo.
Estando irritado díjole Zeus, amontonador de nubes: ‘Japetónida,
conocedor de los designios de sobre todas las cosas, te regocijas tras robarme
el fuego y engañar mi mente, gran pena habrá para ti mismo y para los
hombres venideros. A éstos, en lugar del fuego, les daré un mal con el que
todos se regocijen en su corazón al acariciar el mal…”
Y es que, Hesíodo, no cesa en su empeño por armar una estructura
conceptual sólida e integral. Lo asumió como un reto al cual fue convocado
por las musas; tal y como lo expresa en su Teogonía. La integralidad, en él,
está vinculada con la certeza que lo acompaña, en el sentido de obrar como
transferidor de las verdades. Como intermediario. Como sujeto que sabe
interpretar el oficio que le ha sido conferido. Esta integralidad permite inferir
un contexto único fundamental; derivado de otros contextos, si se quiere,
primarios. Es como una sumatoria. Como armar un rompecabezas en donde
cada pieza debe encajar de manera perfecta, para poder acceder al contexto
fundamental, como estructura.
Entonces, aparece la noción del bien y del mal; de la justicia y del castigo;
de la subsistencia y de los insumos para obtenerla y asumirla.
Este tipo de alusión, efectuada por Hesíodo, en el sentido de que los
humanos dependemos de la voluntad de los dioses y de que somos sujetos
condicionados por sus designios; está presente en otras opciones vinculadas
con la necesidad de trascendernos y de encontrar referentes de moralidad,
justicia y de temor ante las circunstancias que nos rodean y que pueden
incitarnos a realizar acciones en contra de la prolongación de la vida, relajada
en los humanos. Tal es el caso de la opción Cristiana Católica, la cual
comparto. Para precisar mi construcción lógico-conceptual relacionada con
este texto; cito la palabra de Dios en el Génesis.
“…Vuelto a la mujer le dijo: ‘Multiplicaré los trabajos de tus preñeces.
Con todo dolor parirás tus hijos y, no obstante, tu deseo te arrastrará hacia tu
marido, que te dominará ‘.
Al hombre le dijo: ‘Porque has seguido la voz de tu mujer y porque has
comido del árbol del que te había prohibido comer, maldita se la tierra por tu
culpa. Con trabajo sacarás de ella tu alimento todo el tiempo de tu vida. Ella te
dará espinas y cardos y comerás la hierba de los campos. Con el sudor de tu
frente comerás el pan hasta que vuelvas a la tierra, pues de ella fuiste tomado,
ya que polvo eres y en polvo te has de convertir…”
Las coincidencias en los textos, nos remiten a entender una dinámica
interior que convoca a los humanos a relativizar su presencia y su existencia
física en la Tierra. En el caso particular de lo expuesto por Hesíodo, estas
coincidencias conducen a precisar la razón de ser de su indagación, de su
búsqueda. Con las limitaciones y diferencias propias de la diferenciación en
las opciones; es posible establecer nexos, más allá del origen y expresión de
esas opciones.
De lo que se trata, en consecuencia, es de precisar en esas coincidencias la
tipificación de un hilo conductor en el camino hacia esa necesidad de
trascenderse y de referirse a una divinidad, por fuera de la existencia física y, a
partir de allí, construir un escenario de integralidad que domine y oriente
nuestro comportamiento individual y social. Conviene, en este contexto,
remitir a una expresión de Hesíodo en esta obra analizada.
“…Antes vivían sobre la tierra las tribus de los hombres sin males, sin
arduo trabajo y sin dolorosas enfermedades que dieron destrucción a los
hombres que, al punto en la maldad los mortales envejecen. Pero la mujer,
quitando con las manos la gran tapa de la jarra, los esparció y ocasionó
penosas preocupaciones a los hombres. Sola allí permaneció la esperanza, en
la infrangible prisión bajo los bordes de la jarra, y no voló hacia la puerta,
pues antes se cerró la tapa de la jarra, por decisión del portador de la Égida,
amontonador de nubes. Y otras infinitas penalidades estaban revoloteando
sobre los hombres, pues llena de males estaba la tierra y lleno el mar; las
enfermedades, unas de día, otras de noche, a su capricho van y vienen
llevando males para los mortales en silencio, pues el providente Zeus les quitó
la voz; de esta manera ni siquiera es posible esquivar la voluntad de Zeus...”
Queda claro, entonces, en mi opinión, una línea de interpretación que
refiere a la angustia que ha recorrido a la humanidad. Su presencia en la
Tierra, ha estado cruzada por vicisitudes asociadas a su sentimiento de culpa.
Culpa originada en la incapacidad de percibir los alcances de sus acciones en
relación con la divinidad. Con un ser supremo que lo trasciende. Pero que, al
mismo tiempo, puede ser su guía en el camino hacia la superación de esa
angustia
Otro de los retos asumidos por Hesíodo, en esta obra, está relacionado con
la interpretación de la diferenciación entre los hombres. Esto, en la perspectiva
de entender y construir una opción para identificar el origen de la diversidad.
Aquí, también, se pueden identificar coincidencias; si se mira desde la visión
inherente (en el caso de mi opción religiosa) a lo sucedido a partir de Babel.
Porque, siendo como es la humanidad heterogénea. Diversa en sus
expresiones físicas y, si se quiere por extensión, en sus motivaciones y
opciones cotidianas. Se hace necesario encontrar una explicación en cuanto al
origen de esa diferenciación.
Ya no es la búsqueda, en términos del origen y la explicación que permita
trascender y superar la soledad y la angustia. Ahora se trata de interpretar la
dinámica en que transcurre el quehacer humano; en un escenario que incluye
la diversidad. Entender esto supone remitirse al origen de la misma. Si bien, en
la misma perspectiva básica vinculada con el nexo entre los humanos y el Ser
o los seres trascendentes; incluyendo ya la connotación que adquiere la
tipificación de diversidad como diferenciación racial. Y aquí entra a
desempeñar un rol especial, aspectos como si esa diversidad involucra a la
existencia de una división entre los seres humanos. En términos de seres mejor
dotados y seres menos dotados.
Veamos lo anterior, en la expresión presentada por Hesíodo en “Mito de las
razas”, incluido en el texto que he venido analizando.
Sócrates confrontó con firmeza las posiciones vigentes. Podría decirse que,
esa confrontación, estuvo anclada en la reivindicación de la gestión individual
de cada sujeto, basada en la indagación y la reflexión. A partir de ahí, postular
nuevas interpretaciones. Así, entonces, el conocimiento no puede ser una
dádiva. Tampoco es un privilegio heredado. Se adquiere con el esfuerzo
individual, ligado a la participación en escenarios concretos que convocan a la
discusión y el intercambio. Solo así puede entenderse la magnitud de los retos
que tiene la humanidad. Sócrates, entonces, realiza un ejercicio individual y lo
conecta con un ejercicio colectivo, social. Convoca a unir esfuerzos para
acceder a opciones de mayor jerarquía. Entendida, esta última, como mayor
dimensión. La moral, la virtud y la ética, en consecuencia, son realizaciones
que se insertan en el cuadro de valores de la sociedad; a partir de esas acciones
vinculadas con el conocimiento y con la asunción de esos retos.
La visión socrática, en mi interpretación, es una absolutización del
esfuerzo individual en la búsqueda de referentes, a partir del desarrollo del
conocimiento. Vista así, esa visión, podría aparecer como la reivindicación del
individualismo, en abstracción del contexto social en que cada individuo
interviene Sin embargo, efectuado un análisis de conjunto, es posible entrever
que él entiende la acción individual como un punto de partida; como un
instrumento con el cual la sociedad puede llegar a alcanzar y realizar
postulados plenos de justicia equidad.
De otra parte, la opción socrática, es una invitación a trabajar por ser
consecuentes. Esto traduce, no ejercer posiciones de desdoblamiento. Cada
sujeto debe adquirir conciencia acerca de su rol. Debe esforzarse por hacer
coincidir lo que dice ser de sí mismo, con sus intervenciones prácticas,
cotidianas.
La tarea moral. Para Sócrates es el saber fundamental es el saber acerca del
hombre. La tarea más importante de cada uno es el cuidado del alma, y la del
político, hacer mejores a los ciudadanos. El saber que defiende es, pues, ante
todo, moral o práctico y, además, universal. Se trata de conocer para poder
obrar bien. Sostiene que en el conocimiento está el secreto de la actuación
moral. El conocimiento es virtud, el vicio es la ignorancia, y el remedio está
en que la virtud puede ser enseñada. Cuando el hombre conoce el bien, obra
con rectitud: nadie se equivoca a sabiendas. La causa de que los hombres
obren mal no está en una debilidad sino en un error intelectual: juzgan como
bueno o conveniente lo que no es tal.
Por esta razón invita a cada uno a preguntarse sobre qué‚ sea el bien, en la
confianza de que –sin necesidad de "molestar a los dioses"– la razón que anida
en cada uno puede alumbrar ese conocimiento. Esta búsqueda le da al hombre
su felicidad.
Establece así esta secuencia:
–Conocer. ¿Para qué? –Para obrar bien.
–Obrar bien. ¿Para qué? –Para ser feliz.
–El sabio es feliz.
Superación del relativismo. También Sócrates, como los demás sofistas, es
crítico con lo establecido. No se trata de aceptar los valores tradicionalmente
admitidos o las opiniones establecidas aunque sean las de la mayoría.
Es preciso buscar lo que las cosas son y, en concreto, qué sea la justicia, la
virtud o el bien. Paradójicamente admite con los sofistas que la virtud puede
enseñarse, pero no admite que haya maestros, porque el conocimiento se
encuentra en nosotros y sólo se necesita un método adecuado –que desde
luego no es la retórica para sacarlo a luz.
Lo importante es buscar lo auténtico por uno mismo; sólo el individuo
autónomo puede dar razón de sus actos, estableciendo así la prioridad de la
"razón" (conciencia) como instancia última moral, culminando y superando,
de esa manera, la crítica sofística y el relativismo moral, porque no se puede
separar lo que es bueno para uno de lo que es bueno sin más.
La virtud es conocimiento. Al considerar que todas las virtudes morales
son formas de conocimiento, Sócrates entiende que seríamos justos si
conociéramos la justicia, porque no interesa un saber teórico sino práctico,
porque no queremos, en último término, saber qué es la justicia sino "ser
justos", o que cosa sea la valentía, sino "ser valientes". …”
Los humanos hemos recorrido un largo camino. A pesar de las vicisitudes,
hemos mantenido la esperanza de alcanzar la justicia; a partir de promover la
concreción de valores éticos y morales en nuestra gestión. Esa esperanza debe
permanecer. Por ella debemos luchar. Y, en este proceso, las enseñanzas de
Sócrates siguen siendo un faro. Método que nos permite abordar el análisis de
uno o varios postulados. Siendo así, entonces, es posible hablar de un
procedimiento fundamentado en la reflexión. Pero, al mismo tiempo, esta
reflexión tiene como punto de partida la identificación de un hilo conductor;
de tal manera que permita establecer una secuencia o momentos en el curso o
desarrollo del análisis. Esto es lo que explica, en términos de precisión
semántica y metodológica, la existencia de tendencias y/o líneas de
interpretación, en razón a los instrumentos conceptuales y prácticos utilizados
en el proceso de identificación, desarrollo y conclusión, respecto a un
determinado postulado.
Para ilustrar el contexto propuesto, considero pertinente citar al profesor
Francisco Rodríguez Consuegra en su escrito: “La vía negativa hacia el
concepto de consecuencia lógica” .
“Los objetivos principales de este artículo son dos. En primer lugar,
explorar la vía negativa que lleva de los conceptos de independencia y
consistencia al de consecuencia lógica, frente a la vía positiva –la usual- que,
partiendo del concepto Tarski año de verdad, reconoce sólo el precedente de
Bolzano y, a veces también, el de Aristóteles. En segundo lugar, mostrar el
nexo existente entre el punto de vista formal y el concepto de consecuencia
lógica, que surge con toda claridad precisamente en relación al desarrollo del
concepto de independencia, como se ve cuando se estudia la aparición de los
primeros sistemas verdaderamente formales en la escuela de Peano…”
Visto así, en consecuencia, la lógica, no puede ser asumida como sistema
único de preceptos, definiciones y/o valores. Es, insisto, un instrumento
metodológico que permite identificar y desarrollar un procedimiento para
lograr la interpretación de uno o varios postulados y, a partir de ahí, construir
opciones de demostración. Por lo tanto, la caracterización de métodos,
procedimientos y estructura de conceptos para la búsqueda de esas opciones,
tiene que ver con la existencia de escuelas, corrientes y/o sistemas.
Para ilustrar con más énfasis esta aseveración, veamos otro aparte del
escrito realizado por el profesor Francisco Rodríguez Consuegra.
Comencemos con el texto canónico de Tarski 1936 publicado poco
después de su-también universalmente aceptada-definición recursiva del
concepto de verdad para lenguajes formalizados.
Entre los conceptos semánticos fundamentales tenemos el de satisfacción
de una función enunciativa por parte de un objeto o de una serie de objetos. [..]
El significado intuitivo de frases como Juan y Pedro satisfacen la condición
“X e Y son hermanos”, o la tripla de números 2,3 y satisface la ecuación
“x+y=z”, no deja dudas. [..] Uno de los conceptos que pueden definirse en
términos del concepto de satisfacción es el concepto de modelo. [..] Sea L una
clase cualquiera de enunciados. Reemplazamos todas las constantes
extralógicas que aparecen en los enunciados pertenecientes a L por las
variables correspondientes, siendo las mismas constantes reemplazadas por las
mismas variables y las constantes distintas por variables distintas. De este
modo obtenemos una clase L´ de funciones enunciativas. Cualquier serie de
objetos que satisfaga cada función enunciativa de la clase L´ será denominada
modelo o realización de la clase L de enunciados (justo en el mismo sentido se
habla habitualmente de modelos de un sistema axiomático o de una teoría
deductiva). [..] En términos de estos conceptos podemos definir el concepto de
consecuencia lógica como sigue: el enunciado X se sigue lógicamente de los
enunciados de la clase K sí y sólo sí cada modelo de la clase K es asimismo un
modelo del enunciado X.
Tarski, en este ensayo menciona sólo a Carnal como predecesor, aunque
generalmente se considera que también lo fue Bolzano (que Tarski menciona
en otros escritos. Ahora veremos que, efectivamente, la definición de Bolzano
es muy parecida. El texto es casi un siglo anterior al de Tarski (Bolzano 1837)
…”
Desde mi interpretación, a partir del análisis de los textos citados y del
seguimiento en torno a los elementos básicos constitutivos de la lógica, esta
permite situar un horizonte para el desenvolvimiento de la reflexión en torno a
áreas específicas y generales del conocimiento. Inclusive, en extensión del
concepto propuesto por mí en este escrito, podría decirse que la teoría del
conocimiento, está anclada en los instrumentos metodológicos que permite la
lógica. Lo cual, a su vez, permite inferir su posición como condicionante
válida, al momento de construir y desarrollar referentes fundamentales para la
investigación en diferentes áreas del conocimiento. En esta misma perspectiva,
entonces, cabe la afirmación según la cual la duda como insumo necesario en
el proceso que subyace a al crecimiento cultural de la humanidad; establece de
por sí un nexo con la lógica, tratándose de la búsqueda de alternativas que
permitan superarla, a partir de la cotejación y confrontación de las hipótesis
vinculadas con el origen concreto de esa duda. A manera de ejemplo: el
método desarrollado por Lewis H. Morgan en sus investigaciones en las líneas
del progreso humano desde el salvajismo hasta la civilización a través de la
barbarie (La sociedad primitiva); nos permite entender la dimensión de los
retos que asume un investigador, en desarrollo de un proceso concreto, para
resolver dudas concretas en lo que hace referencia (como en este caso) a al
estudio de los orígenes de la sociedad. Veamos apartes del prólogo escrito por
Gregorio Weinberg, para la edición del texto “La sociedad primitiva”,
realizada en 1972 por la Dirección de Divulgación Cultural de la Universidad
Nacional de Colombia.
“El libro de Morgan, La Sociedad Primitiva, puede y debe ser ubicado
dentro de la serie de los magistrales estudios sobre la naturaleza y la sociedad.
Su obra puede ser parangonada con la de Copérnico, que independiza
audazmente la ciencia de la teología y niega el geocentrismo; con la de
Galileo, creador del método científico; con la de Kant-Laplace, formuladores
de la primera hipótesis cosmogónica que prescinde de la divinidad; con la de
Lyell, que racionaliza y da sus fundamentos a la geología; con la de Darwin al
plantear en forma inconmovible el principio de la evolución y con la de Marx,
su contemporáneo en más de un sentido, con su genial análisis histórico de la
sociedad. Es dentro de esta línea, la más progresista y consecuentemente
científica, que debe colocársele para entender en toda su significación y
trascendencia el aporte de Morgan a las ciencias del hombre…”
Con los anteriores elementos conceptuales como referentes, me permito
presentar mi interpretación acerca de la aplicación de la lógica en la vida
intelectual según el requerimiento señalado por el profesor Luis Fernando
Silva, para optar a la superación del indicador de logro 202.
Ya, en la introducción realizada este escrito, he señalado mi entendido en
torno a la razón de ser de la lógica, a sus fundamentos y su desarrollo. Uno de
los elementos consignados por mí, habla de su significación en términos del
análisis y la investigación. Asimismo, he dado cuenta de su nexo con el
método; en cuanto que permite abordar la interpretación en áreas generales y
específicas del conocimiento. También he precisado acerca de la existencia de
diferentes tendencias o escuelas en el desarrollo de la lógica como instrumento
metodológico.
Se trata, ahora, de enfatizar con respecto a su aplicación (aunque ya lo he
expresado en la introducción, en el ejemplo presentado para el caso de Lewis
H. Morgan, en sus Investigaciones en las líneas del progreso humano desde el
salvajismo hasta la civilización, a través de la barbarie).Para avanzar en este
propósito, he decidido recurrir al texto de Edmund Husserl (Investigaciones
lógicas).
En el capítulo 1 (La lógica como disciplina normativa y especialmente
como disciplina práctica), Edmund Husserl, nos acerca a la discusión en torno
al significado que adquiere la lógica, a sus tendencias y a la perspectiva que
adquiere su aplicación. Veamos.
“…La imperfección teorética de las ciencias particulares.
Enséñanos la experiencia cotidiana que la maestría con que un artista
maneja sus materiales y con el juicio decidido, y con frecuencia, seguro, con
que aprecia las obras de su arte, sólo por excepción se basan en un
conocimiento teorético de las leyes que prescriben al curso de las actividades
prácticas su dirección y su orden y determinan a la vez los criterios
valorativos, con arreglo a los cuales debe apreciarse la perfección o
imperfección de la obra realizada. El artista profesional no es por lo regular el
que puede dar justa cuenta de los principios de su arte. El artista no crea según
principios, ni valora según principios. Al crear, sigue el movimiento interior
de sus facultades armónicamente cultivadas, y al juzgar, sigue su tacto y
sentimiento artístico, finamente desarrollado. Pero esto no sucede sólo en las
bellas artes, en las que primero se habrá pensado, sino en todas las artes en
general, tomada la palabra en su sentido más amplio. Concierne, pues, también
a las actividades de la creación científica y a la apreciación teorética de sus
resultados; esto es, de las fundamentaciones científicas de los hechos, leyes y
teorías. Ni siquiera el matemático, el físico o el astrónomo necesita llegar a la
intelección de las últimas raíces de su actividad, para llevar a cabo las
producciones científicas más importantes; y aunque los resultados obtenidos
poseen para él y para los demás la fuerza de una convicción racional, no puede
el científico tener la pretensión de haber probado siempre las últimas premisas
de sus conclusiones, ni de haber investigado los principios en que descansa la
eficacia de sus métodos….”
Luego, en sentido conceptual y práctico, la lógica admite su aplicación en
áreas diferenciadas y diversas. El problema acerca del grado de
profundización y de identificación que se logra, en desarrollo de una
determinada aplicación en nexo con un área específica del conocimiento,
supone establecer los límites en los que se desenvuelve el proceso.
“…Si quieres ahora, con todo detalle te contaré otro relato y tú grábate en
tu mente, como dioses y hombres han llegado a ser del mismo origen.
En un primer momento los inmortales que habitaban las moradas olímpicas
crearon una raza áurea de hombres mortales. Estos existían en época de Crono,
cuando él reinaba sobre el Cielo, y vivían como dioses con un corazón si
preocupaciones, sin trabajo y miseria, ni siquiera la terrible vejez estaba
presente, sino que siempre del mismo aspecto en pies y manos se regocijaban
en los banquetes lejos de todo mal, y morían encadenados por un sueño; tenían
toda clase de bienes y la tierra de ricas entrañas espontáneamente producía
mucho y abundante fruto; ellos tranquilos y contentos compartían sus trabajos
con muchos deleites.
Después que la tierra sepultó esta raza, ellos, por decisión del gran Zeus,
son démones, favorables, terrenales, guardianes de los hombres mortales.
Ellos vigilan las sentencias y las funestas acciones, yendo y viniendo por todas
las partes en la tierra, envueltos en la bruma, dispensadores de riqueza, pues
también obtuvieron ese don real.
…El padre Zeus creó otra tercera raza de hombres mortales, de bronce, en
nada semejante a la de plata, nacida de los fresnos, terrible y vigorosa; a éstos
les preocupaban las funestas acciones de Ares y los actos de violencia; no se
alimentaban de pan, pues tenían valeroso corazón de acero. Rudos, de gran
fuerza y terribles manos nacían de sus hombros sobre robustos miembros…”
Es toda una construcción lineal, pero contradictoria; al menos en términos
del sentido que adquiere el tránsito de cada raza por la Tierra. Es ahí, en mi
opinión, en donde reside la fuerza del relato de Hesíodo, al momento de
sustentar su visión de integralidad en el que hacer de la humanidad y de su
relación con los dioses.
Es la explicación de los avatares en que se ha encontrado la humanidad;
desde el momento mismo de su presencia física en la Tierra. En la obra,
entonces, Hesíodo, traza un camino tortuoso. La esperanza está situada en la
expectativa de cierta forma de redención o de reconciliación. Entre la
humanidad misma y entre esta con los dioses.
Por lo tanto, Justicia, trabajos y días, constituye una expresión de la
ansiedad humana por alcanzar un punto de estabilidad. Algo parecido a un
punto de equilibrio que le permita acceder a una interpretación plena del
sentido de su existencia. Para lograrlo, debe conducirse con arreglo a
determinados cánones o reglamentas. Debe entender que la posibilidad de
redimirse está atada al cumplimiento de roles que incluyen la noción de
trabajo como instrumento para subsistir; del tiempo como expresión de la
continuidad de la vida, cifrada en momentos y de justicia; entendida como la
sujeción a principios y valores que otorgan la posibilidad, a su vez, de
construir la ética, la moralidad y la interacción social.
la justicia es la libertad del hombre pero él ha yacido la maldad de poseer
riqueza absoluta para hacerse poseedores de bienes ajenos que causan
vergüenza unida a miseria al igual la arrogancia a la riqueza. Quisiera hacer
pertinente un fragmento de Hesíodo al hablar sobre la maldad del mundo: “un
hombre, maquinando males para otros, los maquina para sí mismo, y una
decisión es malísima para quien la toma “.
Al adentrarme en esta definición sobre la maldad que algunos seres han
establecido para la ganancia de sobre salir en busca de sus intereses de
proporcionar a manera de envidia por despreciar, acabar, terminar y abusar
nacen de la propia voluntad de querer activar su plan de rebelarse contra su
odio y repudio desahogándolo hacia al otro sin tener justificación de hacer la
maquinación. Esto es lo que sucede entre el conjunto social, cada individuo si
desea su corazón activa lo que al ser siempre a tendido por su condición
natural de maquinar males para proceder a la venganza. Esto es lo que al
mundo agobia a la problemática y al ideal popularista de hacer mal por mal y
no cooperar para la adjudicación lo que al mundo más mata es la tiranía de
extensión universal los hombres como lo describe Aristóteles es un ser animal
qué actúa en cierta circunstancias no con la razón si no inclinados a los
sentimientos anti-éticos con la estructura de los principios que rigen al
hombre. Jesús en una de sus palabras también a definido al hombre frente al
mal que suscita en él: no todo lo que nace del hombre nace de la boca hacia
fuera sino de su interior hacia a fuera”.
La indagación acerca de los contenidos, en un texto y/o en una
determinada exposición teórica y conceptual, nos convoca a realizar
recorridos, también, teóricos y conceptuales. Porque, en otras palabras, toda
indagación, debe estar soportada en la visión y en la interpretación particulares
de quien la efectúa. De no ser así, navegaríamos en una especie de lugares
comunes o, lo que es lo mismo, en una homogeneización impertinente. Esto,
en razón a que debe prevalecer la asunción de retos que comprometan una
opción conceptual. Queda claro que, hablar de asumir retos y postular
opciones teóricas, no supone vulnerar el soporte fundamental de los
contenidos analizados.
Para el caso de la referencia (el análisis de propuesta contenida en la obra
de Ludwig Josef Johann Wittgenstein); se configura un reto vinculado con la
noción de lenguaje, de su significado, en el proceso de interpretación del
mundo y de las posibilidades inherentes, al momento de transferir con palabras
esa interpretación. Algo así como dilucidar el contenido de estas, de la
significación que adquieren, tratándose de la necesidad de expresar la visión o
la internalización que cada sujeto ha construido; a partir de su contacto con los
hechos y las cosas físicas, concretas.
Siendo así, en consecuencia, constituye un reto en el cual aparece una
diferenciación clara con respecto a la indagación acerca de otras opciones
teóricas-filosóficas. Entre otras razones, porque está de por medio el concepto
de significante y significado, en términos del lenguaje. Ya no es tanto, como
en Sócrates, o en Platón o en Aristóteles; una reflexión en la perspectiva de
dilucidar la posición del o de los sujetos en torno a determinados referentes
(éticos, morales, físicos, etc.). Tampoco, en desarrollo de la conexión y
evolución de la filosofía clásica, se trata del análisis de la opción kantiana o
hegeliana; en términos de la noción de razón, de la lógica, de las percepciones
del sujeto. Lo de Wittgenstein es, si se quiere, una opción teórica que
trasciende esos referentes conceptuales; por cuanto introduce un hilo
conductor vinculado con los contenidos internalizados por el sujeto y la
posibilidad de transferir los mismos a partir de las palabras. Tanto como
entender la filosofía como teoría del conocimiento asociada a la lingüística y a
la antropología.
Cabe agregar, además, que esa indagación está inmersa en la dicotomía
propia de Wittgenstein; como quiera que su opción teórica tuviera dos fases
claramente contradictorias, al menos en lo que respecta a los postulados
fundamentales.
En lo que sigue, entonces, presento mi interpretación acerca de la opción
teórica-filosófica de Ludwig Josef Johann Wittgenstein. Queda claro que, para
hacerlo, me remito a su obra principal, publicada en vida, “Tractatus lógico-
philosophicus”; así como a sus dos obras póstumas “Investigaciones
Filosóficas” y “Los cuadernos azul y marrón”. El primer texto ha sido
caracterizado, por algunos analistas, como la expresión teórica del “primer
Wittgenstein” y los otros dos (fundamentalmente “Investigaciones
Filosóficas”), como la expresión teórica del “segundo Wittgenstein”.
Considero pertinente comenzar con la siguiente aseveración de
Wittgenstein: “…El mundo es la totalidad de los hechos, no de las cosas. El
hecho, es el darse efectivo de los estados de cosas; mientras que dicho estado
de cosas es una conexión de objetos (cosas). En consecuencia, el mundo será
la totalidad del darse efectivo de conexiones entre objetos…”
Toda su construcción teórica, al menos en el Tractatus, involucra la noción
de lenguaje. De la manera cómo es posible acceder a la interpretación del
mundo, por la vía de asociar hechos y, secundariamente, las cosas percibidos
y/o conocidos. Al mismo tiempo, como elemento colateral fundamental, la
posibilidad de transferir esa interpretación por la vía de las palabras. Es ahí, en
ese proceso de transferir, en donde reside la razón básica del conocimiento. Al
menos en lo que este tiene de lógico y comprensible.
El lenguaje, como asociación de palabras con contenido que sirve para
comunicar una determinada idea o un determinado concepto; supone la
existencia y/o la construcción de referentes precisos. Wittgenstein los vincula
con la noción de proposición. Es algo así como entender la indagación, por la
vía de los hechos, acerca del mundo (de la naturaleza misma), como proceso
que, a su vez, está soportado en una especie de método que permite articular y
cifrar los contenidos de la proposición, como insumo necesario. Como punto
de comienzo, para realizar la búsqueda. Es decir, darle un contenido con
sentido al proceso. Pero, por esto mismo, adquirir la capacidad de
discernimiento que nos permita tipificar al lenguaje mismo, con sus
posibilidades y con sus limitaciones
Por esta vía, Wittgenstein, desemboca en postulados heréticos (si se
observan desde la perspectiva de la clásica noción de la teoría del
conocimiento). Veamos esto, en sus palabras:
“…Me es indiferente que el científico occidental típico me comprenda o
me valore, ya que no comprende el espíritu con el que escribo. Nuestra
civilización se caracteriza por la palabra ‘progreso’. El progreso es su forma,
no una de sus cualidades. Esta forma es típicamente constructiva. Su actividad
estriba en construir un producto cada vez más complicado. Y, aun cuando la
claridad y la transparencia, estén al servicio de este fin, no son un fin en sí
mismas. Para mí, por el contrario, la claridad, la transparencia, son un fin en
sí…”
Sin embargo, considero pertinente un interrogante, en torno a esta noción
de claridad y de transparencia, en términos de la interpretación del mundo, a
partir de los hechos y del lenguaje. ¿La transparencia, la claridad son, en sí,
una postura ética? ¿O, también, están asociadas (como concepto), a una
expresión que se infiere de la indagación y compromete a una visión integral
del mundo?
Tratando de resolver mi interrogante, me remito a la siguiente expresión de
Wittgenstein, veamos (aclaro que el resumen trascrito a continuación, es una
recopilación lograda a partir de mi investigación en deferentes páginas Web):
“…Además, así como un hecho atómico o estado de cosas [Sachverhalt] es
una conexión entre cosas, una proposición atómica será una conexión entre
palabras. Asimismo, dichos objetos o cosas son posibles de ser nombrados por
medio de las palabras, id est, que se da una relación entre las palabras y las
cosas, de manera que las proposiciones atómicas representan hechos atómicos
y, de este modo, constituyen una imagen o pintura [Bild] de la realidad. Y,
puesto que "la totalidad de las proposiciones es el lenguaje" (Ibid., § 4.001),
éste será una suerte de mapa de la realidad.
En cuanto a las proposiciones atómicas, las hay de tres clases:
a) Las que representan hechos atómicos: son aquellas que forman parte del
lenguaje significativo [sinvoll], v. gr., “Sócrates es mortal". Dichas
proposiciones, en tanto que se refieren a hechos, son contingentes y, eo ipso,
susceptibles de ser verdaderas o falsas.
b) Las que no representan hechos atómicos: son aquellas que no pertenecen
al lenguaje significativo o con sentido [Sinn], es decir, que carecen de
significación. Se subdividen a su vez en:
o b.1.) Sin sentido [sinnlos]: v. gr., "Sócrates es Sócrates". Aquí están
incluidas todas las tautologías y contradicciones, de modo que estas
proposiciones serán siempre verdaderas las unas y siempre falsas las otras,
aunque de un modo bastante distinto que las anteriores; puesto que "no
representan ningún posible estado de cosas" (Ibid., § 4.462). Por ello, las
proposiciones sin sentido no serán, en rigor, auténticas proposiciones, ya que
"pertenece a la esencia de la proposición poder comunicarnos un sentido
nuevo" (Ibid., § 4.027).
o b.2.) Absurdas o insensatas [unsinnig]: v. gr., "Sócrates es idéntico".
Es claro que estas proposiciones no pueden ser ni verdaderas ni falsas, sino
absurdas. Estas tampoco son proposiciones en sentido estricto, sino que se
trata de pseudo proposiciones [Scheinsätze].
Ahora bien, se dijo que el lenguaje se constituía en un mapa del mundo,
vale decir, de la realidad. Por lo tanto, los límites del lenguaje serán los límites
del mundo. Y si ocurre que el lenguaje natural tiende en ocasiones a rebasar
dichos límites, ello se debe a que es imperfecto. De ahí que haya que encontrar
en el lenguaje una estructura lógica que constituya su esencia. Dicha estructura
lógica será el lenguaje ideal.
Pero sucede que las proposiciones mediante las cuales se describe la
estructura lógica del lenguaje no son ni proposiciones significativas ni sin
sentido, sino absurdas. Por consiguiente, no habrá, hablando con propiedad,
metalenguaje. Así, el Tractatus todo no es más que una escalera para acceder a
cierta visión correcta del lenguaje y del mundo; pero es necesario "arrojar la
escalera después de haber subido por ella" (Ibid., § 6.54).
De esta manera, "lo que se expresa [muestra] en el lenguaje no podemos
expresarlo [decirlo] nosotros a través de él" (Ibid., § 4.121). De ahí que la
tarea propia de la filosofía no sea un decir respecto del lenguaje sino un
elucidar el lenguaje.
[...] nuestras palabras sólo expresan hechos, del mismo modo que una taza
de té sólo podrá contener el volumen de agua propio de una taza de té por más
que se vierta un litro en ella. (Conferencia sobre ética)
De ello resulta que "el sentido del mundo tiene que residir fuera de él"
(Tractatus, § 6.41) y, por añadidura, fuera del lenguaje significativo, es decir,
del lenguaje con sentido. Recuérdese que, según esta caracterización del
lenguaje, "una proposición sólo puede decir cómo es una cosa, no lo que es"
(Ibid., § 3.221).
Ahora bien, que algo esté fuera del mundo, es decir, que sea inexpresable,
no implica que no exista, sino que, muy por el contrario, "lo inexpresable,
ciertamente, existe. Se muestra, es lo místico [das Mystische]" (Ibid., § 6.522).
En efecto, la pregunta acerca de cómo sea el mundo es una pregunta
posible de tener una respuesta, aunque la ignoremos. La respuesta es una
respuesta acerca del mundo o, por así decirlo, intramundana y, en último
término, científica, puesto que no pasaría de ser una mera descripción de
estados de cosas, de hechos. Pero que el mundo sea es algo de otra naturaleza.
Tan es así que, para poder explicarlo, deberíamos ubicarnos fuera del mundo,
es decir, rebasar los límites del lenguaje significativo, metaforizar, hacer
poesía, metafísica...
El método correcto de la filosofía sería propiamente éste: no decir nada
más que lo que se puede decir, o sea, proposiciones de la ciencia natural —o
sea, algo que nada tiene que ver con la filosofía—, y entonces, cuantas veces
alguien quisiera decir algo metafísico, probarle que en sus proposiciones no
había dado significado a ciertos signos. Este método le resultaría
insatisfactorio —no tendría el sentimiento de que le enseñábamos filosofía—,
pero sería el único estrictamente correcto. (Ibid., § 6.53)...”
Con el respeto debido por Wittgenstein, considero que su método (al
menos el expresado en el “Tractatus lógico-philosophicus”) conduce a una
opción teórica de interpretación un tanto dicotómica. O, lo que es lo mismo, a
una noción del mundo, de los hechos, de las cosas, un tanto cercana a la visión
de los escépticos. Porque, en comienzo se postula la posibilidad casi absoluta
de acceder al conocimiento del mundo, por la vía de construir escenarios de
interpretación y de transferencia de esa interpretación a través del lenguaje.
Pero, casi simultáneamente, se diluye esa posibilidad, en razón a la
imposibilidad que tiene el lenguaje de aprehender todo el proceso relacionado
con la sucesión de hechos. Es algo así como, en últimas, un reconocimiento de
la impotencia relativa que tiene el sujeto para interpretar la totalidad y
transferir esa interpretación. Algo parecido a un vacío, en donde los conceptos
no desempeñan un rol preciso, desde la perspectiva del conocimiento. Me
queda la sensación de que, lo que denomina Wittgenstein transparencia y
claridad, no es otra cosa que cierta indefensión del sujeto ante esa totalidad.
Porque está condicionado por el significado del lenguaje; porque,
Wittgenstein, lo ubica en el terreno en el cual la búsqueda de los significados,
tiene relación con el contenido de unas proposiciones previas que, en su
desarrollo, pueden o no coincidir con el significado que se busca.
Desde mi opción teórica, no considero apropiada la absolutización de los
términos adjudicados a la diferenciación. Infiero, una vez analizados algunos
apartes de los textos (“Tractatus lógico-philosophicus” e “Investigaciones
filosóficas”), que se trata de momentos en ese proceso de interpretación.
Obviamente, debo reconocer que, si el mismo Wittgenstein, reconsideró
muchos de los conceptos vertidos en el “Tractatus lógico-philosophicus”;
quiere decir que los asumió como no pertinentes, en el contexto de la
evolución teórica de su pensamiento filosófico.
Sin embargo, insisto en ello, para el caso del contenido y la pertinencia de
las proporciones básicas y de la relación significante-significado, en términos
del lenguaje (manera de ejemplo), en sus “Investigaciones filosóficas”, retoma
el concepto de lo absurdo o imposibilidad y lo dimensiona asociado al
concepto de contexto.
Lo anterior es lo que explica, en parte, la dicotomía. Entonces, en esta
nueva perspectiva en la cual se vincula la noción de contexto, las
proposiciones, su significado, adquieren una dimensión en la cual se involucra
(o infiere) la noción de pertinencia. Esto es lo mismo que entender una
dinámica, en donde los significados tienen que ver con el momento (el
contexto) en el cual se expresa una definición, a partir de una determinada
proposición.
Siendo así, entonces, lo absurdo adquiere una connotación asociada con la
no pertinencia, según sea el momento o el contexto en el cual se propone o se
infiere un significado.
Con todo lo dicho y actuado, mi Jerusalén ya había hecho presencia en el
recuerdo. Cuando localizamos la fuerza de la palabra de Wittgenstein. Y, en lo
previsto como protocolo Hesíodo. En esta soledad galopante. El imperio de
Tlatelolco, exhibido como logotipo guerrerista avieso, se había ido
decantando. Un solo color en penumbra. Ensayando opciones de contenido
lineal. Convocando a la aplicación de una opción de poder virulento. Nuestro
ejército había sido sometido. Por lo que la policromía sensata de la lógica y de
la palabra en ella. Las Vestas, compañeras de mi diosa Palas. Navegando en la
sensibilidad absoluta. Como si estaríamos expuestos (as) al fuego arrasador.
En politica de gobierno venido a menos. Por lo mismo que descendimos en la
profunda Madre Tierra. Como si estuviésemos buscando otro aire para nuestro
nervio libertario.
Ya, entonces, el ensordecedor ruido de los anti socráticos; habían ido
plasmando su vértigo asfixiante. La recurrencia, nuestra, a la tríada
Campanela-Moro-Erasmo, seguiría la huella primera. Un vuelco atado a la
visión de los estagiritas. Pretendiendo la renovación de las líneas de
pensamiento, Vinculándolas con el ignoto beneficio teórico religioso de la
Escuela de Elea. En la perspectiva fulgurante de Parménides y Jenófanes.
Unas vibraciones que empezarían a permearnos. Como luz engarzada en las
acciones con tendencia prístina.
Y, en lo personal, yo insinuaría la opción relacionada con la virtud
fundamental de la teoría de Descartes. Hice lectura profunda de su concepción
básica. Y, en su entendido de racionalidad virtuosa, lograría transferir noción
de ciencia. En la intención de usufructuar el cuadro determinista. Por la vía, en
mi opinión, más pura. Un escenario para la doctrina Apócrifa. Demostrando
que, ésta, se construye en la condicionalidad no divina. Pero si una opción que
se haría fundamental; al momento de darle a mi actuación soporte sólido. Ya,
entonces, estaría en disposición de retar al Imperio de Tlatelolco. Ante todo,
porque iría enhebrando los hilos que empezaban a aparecer mucho más
nítidos. Una confluencia de doctrinas (Moro, Campanela, Erasmo, Descartes)
asumidas, por mí, como válidas propuestas dotadas de un milenarismo
acucioso, dialéctico.
Ahora bien, en términos de la lógica básica; empecé a cristalizar nuestra
doctrina. Por la vía de reflexión exenta de arbitrariedad. Una tendencia
iridiscente. En la cual, la perspectiva de la palabra asimilada al nervio de
Wittgenstein. Tratando de localizar la Idea, en tránsito a la elaboración de un
poder centrado en la condicionalidad prístina. En confrontación al
empozamiento ideológico pútrido de la dupla Tlatelolco-Angeloti.
En visión de la semiótica, en particular de Wittgenstein, he localizado un
lenguaje propio, tratándose de incidir en el proceso en que me he
comprometido con los(as) herederos(as) de las diosas Palas y Jerusalén. Por
una vía guerrera. Pero, al mismo tiempo, dotada de estrategias conceptuales y
estratégicas. La apelación al discurso racional de Descartes, supone el
reconocimiento de la necesidad de trascender lo eventual. O lo simplemente
histórico; tratándose de configurar la doctrina que debe acompañar y justificar
el proceso referido.
En esa perspectiva, decanté unas palabras vividas por mí en el contexto del
Congreso de dolientes de la verdad y de la filosofía. Decidí volver a lo escrito
por mí en el tiempo en que vivía con la diosa Yocasta. Estando en el estado de
ansiedad benévola. Una disquisición aromatizada. Con giros de pensamiento
áureos. Localizados en el eslabón que fungía como conector con la vida
cotidiana. En un énfasis en la elongación de la casuística vertida en el paso a
paso. Recordando, en lo puntual los orígenes del quehacer en la medialuna de
cada ser. Volviendo a la consecución de los insumos de las deidades de vuelo
cimero. La vaguedad no tenía cabida aquí. Por el contrario, la versatilidad de
las insomnes y epopéyicos variantes. Una búsqueda del hilo conductor
primario. En la noción de vida caminante. En sueños venidos desde la Pradera
Mágica que había inaugurado la Melisa combativa. Sin rigideces.
Engalanando el corpus de los terrenos seres. No tocados por la desidia de la
precondicionalidad manifiesta.
Ese día, primero de marzo, estuve trajinando la vida. A pesar de la
reiteración, sentí que era algo nuevo. Como cuando tú te miras al espejo y
notas que has envejecido prematuramente. Llegué a mi sitio de trabajo más
tarde de lo permitido. De inmediato el supervisor, Ananías, me hizo firmar
planilla, en la cual se daba cuenta de los retardos. Ni siquiera supe expresar lo
que me pasaba. Lo cierto es que, en toda la jornada laboral, no pude superar
ese deje de tristeza. Tanto es así, que Tertuliano, mi compañero de máquina se
extrañó mucho. Ante todo porque nunca había pasado eso del “vacío mental”.
Le dije que había pasado mala noche. Que no pude dormir bien. Que fue un
insomnio absoluto. Como si, el tósigo de la desesperanza, estuviera ahí.
Conmigo.
Terminé mi turno. Tal parece que no hice el pulimiento de los rodillos. No
fue solo intuición. Algo así como que Ananías me dijo; “si sigues así estás
perdido.”. En la carroza alada me quedé dormido. Llegué a mi casa, como
atolondrado. Tanto así que, sin saludar a mi mamá Yocasta. Ni a mi hermana
Iris. Me tiré a la cama vestido. Un sueño no reparador. Más bien, ese tipo de
sueños, que lastiman. Por lo rudos. Imágenes incorpóreas. Transitando por la
carrera 49, en mí el barrio. Y veía correr las sombras del desasosiego. Y esas
penumbras que me amenazaban. Y crucé la calle, buscando no sé qué. Como
cuando uno se siente perdido, vacío de espíritu. En algunos momentos, corría
sin rumbo. Sin ninguna mirada concreta. Sueño azaroso. De idas y venidas en
el mismo sitio. Sin moverme. Paralizado. Como un flagelo hiriente.
Desperté muy de madrugada. Como entre las tres y las cuatro. Me levanté,
caminé por mi cuarto. Como si se tratase, de efectuar una medición, en
términos de pasos y pies, para calcular metros cuadrados. Me dirigí a la
cocina. Ahí estaba mamá Yocasta. Preparaba el desayuno. Me miró
compungida. Como si un dolor de madre, insinuara algún tipo de dolor ajeno.
No me habló. Simplemente, me indicó con su mirada que estaba muy
temprano,. Que durmiera otro rato. Recordando lo del día anterior
No pude conciliar el sueño, a pesar de haberlo intentado. Pensaba en
Minerva, mi prometida. A sus escasos dieciocho años, ya estaba a punto
terminar la Escuela Primera de Jenófanes le había atraído desde muy niña.
Con su papá Aristarco de Elea ya hacía cálculos de parábolas, como
prerrequisito para proyectar un nuevo modelo de proyectores y su incidencia
en primero y segundo universo. Y sí que nos conocimos tres años atrás,
mientras ella preparaba su prueba de ingreso a la Escuela. Una casualidad de
la vida. Yo había llegado a su casa, preguntando por su hermano Orígenes
Calamitoso. Me dijo que no había llegado del Coliseo. Le habían cambiado el
turno, en su tarea de aprendiz de gladiador.
A partir de ahí, sus ojos me cautivaron. Con cualquier disculpa, iba a su
casa dos o tres veces por semana. A ella le producía mucha alegría mis visitas.
Su mamá Eneida de Caldea había entendido, que mis visitas, tenían como
objeto, no conversar con Amadeo; sino hablar y estar cerca de Minerva. Yo
permanecía varias horas conversando con “Miner”. Preguntándole por el
contenido de alguna de las áreas del conocimiento que cursa. Por el cálculo, la
geometría, la física y sus aplicaciones. Los domingos, con el visto bueno de
mamá Eneida de Caldea, salíamos a caminar por el barrio. Disfrutábamos
viendo a la gente. A los niños y niñas que jugaban en el parquecito.
Cualquier día, un martes, por cierto, terminé mi jornada laboral más
temprano. Había pedido permiso a don Ananías, para asistir a una cita médica.
Llegué al barrio más temprano, después de la cita con el médico. Me encontré
con Orígenes, en la esquina de la cuarenta y nueve con octava. Lo noté muy
disgustado conmigo. Como cuando uno percibe que algo malo había pasado.
Le pregunté el motivo de su actitud me contestó con palabras hirientes. “…
después de lo que has hecho con mi hermana Minerva, no quedan ningunas
explicaciones…”. Nos despedimos. Llegué a casa confundido. Le comenté a
mamá Gertrudis lo que me había dicho Amadeo. Me contestó:”…no sólo él.
Casi todo el barrio repudia tu descaro. Eso de una preñez no deseada. A más
de haber obligado a “Miner”, a coito forzado. En verdad, yo no he podido
entender tu actitud. He hecho mucho esfuerzo para no botarte de la casa.
Esa versión me puso en una conmoción profunda. No entendía que había
sucedido. No me pasaba por mi mente haber inducido a “Minerva”. Con o sin
consentimiento. Nunca había realizado ninguna acción indigna. Es más,¿
cómo podía haberlo hecho, si mis visitas eran con el visto bueno de mamá
Esperanza?. Y nuestras caminatas eran públicas. Simplemente recorríamos las
calles cogidos de la mano. Todos y todas que nos miraban, podían ser
testigos(as) de nuestro comportamiento.
No quise ir a la casa de ”Miner”.. Arreglé mi ropa. Solo salí con mi maleta.
Inicialmente con rumbo desconocido. Me decidí pasar por la casa de
Tertuliano. Le comenté lo sucedido.”…te conozco y no te considero sujeto
procaz…”. Me ofreció hospedaje en su casa. Tenía un cuarto desocupado.
Vivía solo. Acepté el ofrecimiento.
Caminé hasta la cocina. Allí estaba mamá Yocasta. Me indagó acerca de la
hora tan temprana para levantarme. Le dije:”…mamá no he podido dormir. He
tenido sueños con imágenes borrascosas, insjusticables. Me veía en un terreno
inhóspito. Asediado por multitud de figuras irreconocibles.. Mamá Yocasta,
simplemente, me arropó con mi cobija. Me dijo: “…Venustiano, ¿no te das
cuenta que eres un muchacho todavía, imberbe. Y que hoy es domingo. Y que
debes asistir a la Academia de a la catequesis, como preparación para tu
primera entrevista con Absalón de Cirea?
Ese domingo, de camino para la Academia, vi que muchas personas
estaban en la casa de la señora Eneida, la madre de la niña Minerva Indagué el
motivo. La señora Isis Peromaniaca, me dijo…”, ¿acaso no te has dado cuenta
que “Miner”, murió el viernes pasado?
El discurso adocenado y erosionado de Zenón Apócrifo, se fue yendo en la
inmensidad del territorio dispuesto a para los Abalorios Ortodoxos de
convergencia iniciática por la vía de los Censores Cretenses; habilitados por el
presocrático Simón de Asia
En pleno arrebato lógico, volviendo a la expresión tardía de quienes
habrían precipitado el análisis del Discurso de los hegelianos, en contravía de
lo expuesto por Spinoza. En puro vértigo oficioso de las ideas anteriores a
Orígenes. Sujeto bienvenido por su potente palabra enclaustrada. Un sigilo de
alcurnia. Heredado de Orestes Pretérito. Endiosado vergonzante. Mal
asimilado a la Doctrina Primera de la pléyade de Vestas vivificadas por Palas.
En el universo creciente. Figuras de plena tendencia auspiciada por Séneca en
sus Cartas de Lucillo. En la aproximación a la palabra anglosajona. Secuencias
substanciales y concatenadas. De la vida, en su brevedad. De la felicidad como
acompañante en el día a día. Las meditaciones y su apología del caudillo.
En extemporaneidad, me fui yendo hacia los dominios de la palabra vana e
incierta. Un universo zigzagueante. Con aproximaciones a la duda como
referente no idólatra. Mejor, como soporte vital, al momento de envolver la
actuación primaria.
Comoquiera que Jenófanes viajaría hasta Ciudad Creta, yo me hice cargo
de la casa. Situada en el Horizonte Clásico. Tenía (la casa) un “encanto”. Tal
parece que, en lejano pasado, se constituyó en refugio para magos y magas.
Todo se podría dar. La leyenda hablaría de Comandos Mixtos. El propósito
tenía que ver con crear alucinaciones. En una perspectiva que comprometiera a
Barrio Isla y sus entornos. Lo primero que se conoció, hablaba de conexiones
con el infinito mundo de los desaparecidos. Una especie de proclama no
contestataria. Mejor sería decir que, quienes no volvieron, flotaban en el
medio aire. Susurros que espantaban. Y que fueron creciendo a medida que
crecía la ciudad Dionisius.
El tejido de ansiedad y de la zozobra se hizo, cada vez, más expandido.
Sucesión de hechos inenarrables. Caminos que empezaron a estrecharse y a
cambiar de lugar de tránsito y de destino. A tal punto que, Epopéyico fue
poseyendo un tipo de lenguaje comunicativo. No conocido hasta el momento.
Figuras tendenciosas que se iban creando a partir de las habilidades de
palabras.
Sucedió que, en diciembre pasado, tan pronto el calendario marcaba la
superación de la franja del treinta y uno de octubre y primero de noviembre.
Los y las habitantes de Barrio Isla, sintieron fuerte temblor de tierra. Y se
abrieron los muros de las casas. Y se partió el camino. Y, quienes por ahí
transitaban, escucharon voces. De fuerte potencia. Un vozarrón que increpaba.
Como tratando de ejercer poder fundamentalista. Camino que empezó a
llenarse de cuerpos latentes. Los veíamos. Pero, nunca, pudimos asirlos. Ni
intercambiar palabras con ellos y ellas. La ventisca crecía en fuerza. Alcancé a
llegar hasta la casa perdida. Es que se había constituido en punto de
referencias. Cerré la puerta. Esa voz seguía incitando al exterminio. Juvenala
de Apaporis, la maga mayor, logró entrar por la hendija del costado derecho de
la puerta. Un cuerpo aplanado que se fue restaurando y posicionándose del
patio y de las habitaciones. Un susurrar extremo. Vertiendo palabras y frases
que yo no entendía. Fueron apareciendo otras mujeres, que yo no conocía. Una
desenvoltura agría. Con trozos deleznables. Una juntura de cuerpos y de
sombras. Un aspaviento inmenso.
Decía que, cuando Jenófanes, se fue para Ciudad Creta, asumí el encargo.
Algo así como tratar de imponer en ese escenario peligroso e infame la ley del
miedo Pero, andando el tiempo, me fui debilitando. Ya no tuve el amplio
conocimiento de las cosas y de los hechos en ellas. Me fui perdiendo en los
caminos. Y en los entornos viciados. No podía hablar. Ni ver más allá de los
delgados cuerpos. Empecé a tratar de interpretar ese lenguaje sórdido, no
humano. Y Valentierra, el mago mayor, me fue poseyendo. Como si pudiese
construir, desde afuera, cuerpos siameses. Con aureolas blancas, encendidas.
Empecé a sentir la fuerza de la tierra que no paraba de sacudirse. Se extendió
en el tiempo. Todo fue desmoronándose. Empezamos a entender que el tiempo
se había detenido. Y que, el viento agreste, se unió con el trepidar del suelo.; y
con la ventisca que crecía en fuerza y en duración.
Itayosara de Caldea logró sobreponerse. Vino hacia mí, con pasos
tortuosos. Sus ojos eran fuego de color verde. Una aplicación de pasos
sinuosos. Me tomó de la mano. Y empezó a mirarme. Sus ojos fueron
cambiando, en color. Y en intensidad del fuego. Me subsumió el cuerpo.
Éramos dos no una. Fui sintiendo el vaho propio de la pudrición. Nos fuimos
adentrando en la casa. Pasamos por las habitaciones. Y, allí mismo, fuimos
matando a quienes dormían. Cercenando sus miembros. E hicimos espacio. Y
fuimos construyendo holocaustos. Miles de cuerpos inanes. Cada paso de
Itayosara, y yo en ella, significaba la expresión de mensajes. Con contenidos
que remitían a la Inquisición. En esa sangría perniciosa. En volumen más
inmenso que la franja central de la tierra. Avanzábamos por los caminos ya
desechos. Pisos que ejercían como brújula adormilada. Con el fuego hiriente.
La madre de Itayosara, llamaba .Arritoquieta de Maquea Había vivido en
el tiempo en que se fundó ciudad Isis. Aprendió el arte de hacer desaparecer
todo cuanto existía. Había hecho pareja con Vladimir Macabeo. Ambos fueron
creciendo en sabiduría terrena y de ancho espectro. Cuando nació Itayosara
dio cuenta de su capacidad para ejercer diferentes espectáculos. Construidos
como vertimientos malévolos. Itayosara nació cuando Jenófanes hería el agua
y el viento con una vigorosa espada, surgida de la nada. Y, la niña, empezó a
caminar, tan pronto nació. Sus ojos de fuego cambiaban de color, según el
espacio y las circunstancias. Fue encerrada en el cuarto de las ilusiones
perversas. Allí creció. Y se iría apropiando de sus pares. Desaparecían en la
velocidad que ella imprimía a sus acciones. No sentía (Itayosara) ningún tipo
de nostalgia y/o de pasión benévola. Se fue yendo por el camino, tan pronto
superó la prueba primera de la catarsis desplegada por todo el universo, el
grupo de demonios. Alzando un vuelo infinito. Cada quien es cada quien,
decía Pompeyo Yicliota. Y, siendo así, Itayosara se refugió en Ciudad Creta
Allí empezaría a construir espectros propios. Adoctrinando a hombres y
mujeres que irían naciendo. Proclamaría el libre albedrio. Con susurros
monocordes. Con lenguaje cifrado, fue difundiendo sus proclamas. Cada vez
crecía más el número de súbditos, cuya libertad, era la permitida por Rosalía.
Cuando, esta se juntó con Arimatea Juan, harían una dupla que ejercería poder.
Como tósigo infinito. Como esclavitud sin límites. Todos y todas tenían que
aprender el arte de las desapariciones. Asimismo, la capacidad para
desenterrar a los niños y las niñas que habían muerto; antes de llegar ella a
ciudad Creta, Por lo mismo, cada primero de noviembre, siendo medianoche,
avasallaban los cementerios. Y revolvían las tumbas. En un silencio absoluto.
Y, regresándolos (as) a la tierra, los convertía en emisarios del holocausto.
Yendo y viniendo, por caminos intransitables para los humanos. Pero abiertos
para ese ejército de cuerpos. Hablaban, entre sí, con palabras no conocidas.
Más como gritos incomprendidos.
Jenófanes llegaría a ciudad Creta, en medio de una tormenta. Alumbraría
con los cirios robados al Santo Exceomo. Hizo sentir su voz en todo el espacio
habido. Entró a la casa, traspasando la puerta sin abrirla. Se acercó al lecho de
Itayosara y su hombre. Con su vaho de pudrición y de fuego, las deshizo. Y,
allí mismo, instauró el poder de las acezantes voces de quienes volverían a la
vida estando muertos.
En puro nervio punzante, me haría a la idea de la necesidad de los
siloquios, vertidos en los matices expuestos en la doctrina epicúrea. En
disposición dell Talismán Oferente. En vía diaria. Búsqueda de embriones
vivos de lo que llegaría a ser “los universos cercanos de las galaxias lejanas”,
como preparación para nuestros ejércitos libertarios.
***
Siempre tenía puesto el vestido que le regalo su abuela Evelyn de Agea.
Para la celebración de su grado en “Ciencias de la Tierra”, en la Universidad
del Este. Una batica en tela de colorines. Predominaban los símbolos
asociados a la geometría euclidiana. Un escote amplio y mangas en forma de
triángulos equiláteros. Siendo aún muy niña, Pancracia tenía el don de mirar
para adentro y para fuera. En envolvente desplazamiento lineal; pero con
tendencia al móvil en reposo.
Estudió su básica en el Liceo Epicuro, ubicado en la aldea que la vio nacer.
Una infancia más o menos tranquila. Amada por papá Absalón de Corinto y
mamá Eritrea. Siendo única hija, recibía más protección que el promedio de
las niñas de su edad. De tal manera que, solo hasta los quince años cumplidos
le fuera permitida la visita, en casa, de Redames de Vigoya, joven que iba a la
par con ella en su desarrollo académico, en el mismo liceo.
El hecho, en sí, que su mamá la recogiera a la salida, la condicionó de tal
manera que las otras niñas la apodaban “anacoreta moderna”. Algo así como
queriendo resaltar su estrechez en el recorrido de calles y lugares. No solo en
el pueblito. También incluía sitios y lugares del entorno más amplio. Le dolía
el apelativo. Tenía crisis periódicas; durante las cuales era excesiva la
sudoración y una sordera casi total. Este mismo episodio conllevaba a una
sucinta policromía en toda la piel.
Conoció a Redames en una fiestecita que se celebró en el liceo, para
recaudar dinero destinado a ampliar la Ronda “Arquímedes”. Se trataba de
extender las fronteras hasta cuarenta metros más allá. Bailaron toda la tarde-
noche. Sin cambiar de parejo o pareja. Es de anotar que, mamá Eloísa y papá
Rafael, también bailaron. Sin que esto hubiera implicado descuidar los
movimientos de la niña.
Después de esa fecha, conversaban en los descansos entre clase y clase.
Rogelio le llevaba, todos los días, un detallito diferente. Por esa vía acumuló
casi trescientas mascotas. Perros y perras en trapo. Pájaros y pájaras en papel
aluminio. Gatos y gatas en papel globo, etc. Todo lo fue acomodando,
Pancracia en su cuarto de cuatro por cuatro metros. De los dieciséis metro
cuadros de área, la niña utilizó diez y medio para guardar las cositas que le iba
reglando su “átomo bullicioso”; como ella llamaba a su enamorado.
Se graduaron al mismo tiempo. El hecho de ser bachilleres, llenó de
profunda satisfacción a papá y mamá de Pancracia. A papá Absalón y mamá
Eritrea respectivamente de “Rada”. Como le decían todos y todas en el barrio.
Todo fue adquiriendo, para ella y para él, características no habidas antes. Se
hicieron mucho más recatado (a). Se hicieron más fundamentalistas en lo de la
disciplina para estudiar. Con el vivo deseo de ingresar a la academia
Tanto ella como él, tenían la esperanza de acceder al grado de estudios
posdoctorales; en sus respectivas áreas del conocimiento. Ella en “Ciencias de
la Tierra”. Él en “Física Protomoderna.”
La abuela Evelyn siguió paso a paso la evolución académica de su nieta.
Tratando de conciliar disciplina y divertimiento. En una hacedera de ensayos.
Por vías diversas. Desde cursos intersemestrales; hasta vacaciones en
Pontevedra, bahía ubicada en los límites entre “ La Aldea de Loreto” y el país
de “Las Siete Maravillas de Oriente”. Un embeleso lúdico cada vez más
enervante. Cada vez más adornado con lentejuelas trapezoidales.
De conformidad con “el avance estructural del pensamiento en forma de
poliedros y cónicas”. También avanzaban en proclamas temporales.
Relacionadas con el entorno territorial y social. Se hicieron vértebras
referenciales para todos y todas sus pares etarios. Como cuando se navega en
anchurosos ríos; cuya fuerza de las aguas podía ser medido a partir del
“teorema de las cinco aproximaciones al infinito mundo de Arquímedes”.
Su incidencia empezó a crecer, en las relaciones con pares internacionales.
Fue creciendo su método para preparar la resistencia al “Armagedón del
Futuro”. Se fueron extendiendo casi a todos los ámbitos de La diversidad
nanotecnológica de la que le hablaba la abuela Evelin a su sobrina directa y a
su nieto político.
Pero, en el entretando, el país de ella y de él, empezaba a profundizar su
desmoronamiento. Esquirlas recibidas como reflejo potenciado de las guerras
vecinas. Las calamidades empezaron a crecer. Cada ciudad y cada barrio se
iban enajenando. Como si fluyera, de manera constante y arrasadora los
desechos expulsados por los generadores de partículas abrasivas. Todos y
todas se sentían inermes ante el complot entre “El Imperio Máximo” y sus
aristas geográficas y políticas. Proceso en el cual se iban perdiendo las
ilusiones. La autonomía para redefinir opciones diferentes. Todo por cuenta
del embriagante consistorio implementado y adecuado a los requerimientos
reales y/o tendenciales. Una razón de cambio emparentada con las ecuaciones
diferenciales en la cual cualquier referente libertario era asfixiado.
“Pancra” y “Rada” no daban cuenta de su ultraje a los símbolos y las
acciones inherentes, relacionadas con la necesidad de la “resistencia humana”.
Simplemente, porque su ilusionario dejó de ser propio de la sujeta (ella) y del
sujeto (él). Su entusiasmo estaría centrado en crecer, hasta el límite. O más
allá. Sus pulsiones hacía mucho tiempo habían perdido contacto con “el ser en
sí” colectivo y liberador.
Cualquier día “la geometría molecular” y “la distribución Poisson aplicada
para medir distancias interestelares”; empezaron a hacerse obsoletas. Ya “el
Álgebra Vectorial en cinco dimensiones” y “la aplicación del cálculo de
fractales para modificar el núcleo de las células ambiguas”; se habían tomado
el poder para modelar la activación de cualquiera grupos humanos proclives a
ser convertidos en “sujetos (as) binarios pioneros en el desistimiento de
cualquiera intención por humanizar los colectivos sociales.
Pancracia y Redames habitan, hoy por hoy, en el territorio acondicionado
para fungir como “reservorios científicos”. Dispuesta, ella. Dispuesto, él a
perfeccionar, cada vez más, la selección natural dirigida. Es decir, lo suyo, no
es otra cosa que la aplicación de los resultados de la investigación “El
acogimiento primario de las células mecánicas, al momento de prolongar la
vida de todos los sabios y todas las sabias en el universo”.
Por lo mismo, cuando la ví pasar, Pancracia se deshizo del vestido
policromado y geométrico que le regaló su abuela Evelyn. Quedando todo su
cuerpo en la envoltura estrecha vectorial, creada por ella cuando se hizo
bachiller. Y se fue perdiendo en la holgura de la brillantez de un día que la
asfixió. Aplicándole dosis relativamente puntuales de la ternura hecha a partir
de la teoría refleja de nuestra luna. Siendo yo el sujeto mínimo que se cruzó en
su camino, cuando era apenas una niña. Y, yo, siendo aventajado emisario del
reino de los tres soles. Situado en el límite de” La vía Láctea” y “Antares
32987.”
Cuando eso fuera alcanzaríamos una velocidad infinita. Para r remontar el
vuelo potente enseñado, como Pigmalión, a recabar los propósitos de concretar
el feliz momento, Para lograr la transformación necesaria. Por una vía
penetrante, De mis diosas Palas, y Jerusalén.
Los iniciados tendrían características profanas. Por cuanto serían agentes
incorporados en el fortín de Tlatelolco y Angeloti. Algo así como un período
de transición. Configurando, a partir de ahí la huella infinita. Semejando el
Caballo de Troya en una versión tan distante en el tiempo; que no sería tiempo
nuestro. Pero si de las Vestas de mis diosas. Quienes procurarían lograr esa
penetración necesaria.
Viéndolo como quimera, el escenario, sería nutrido con la esperanza puesta
en el triunfo nuestro, el de la humanidad. Me haría cuerpo invisible. Llegaría a
la realidad naciente. Como hospedero que se gratifica de su potencia prístina.
La realidad convincente y decantadora de su mismo fuero. Aproximación a la
Tierra del Dios naciente. Pero tan humano como Campanela, Moro, Erasmo y
Descartes
Siendo así, transmuté. Encontrándome en el reino de las pieles. Como puro
de vellocino no encontrado. Llegué a la Tierra en primero de octubre. Y me
puse a mirar a las gentes. Que caminaban, casi sin tocar el suelo.
El viejo Tertuliano Pedro vivió casi treinta años en “Lago Fractal”, un sitio
vinculado con el territorio de “Las Tres Primaveras”, Un lugar extraño.
Comoquiera que, cada tres noches de los años bisiestos; la Luna descendía
hasta el límite de la atmósfera terrestre. Queda claro, entonces, que “ese
proceso lunario”, modificaría todo lo establecido a partir de los cálculos en
mecánica celeste. Traduce, esto, que la “astronomía de posición”, tendría que
ser modificada. Ante todo en lo que haría con los cálculos de la opción
gravitatoria. Los océanos colapsarían, de no ser por la modificación de la
teoría embrionaria acerca del Sol. Se expandirían los anillos de vuelo.
Tendrían, además, que reconvertir las dos geometrías básicas. Producto de la
modificación de la elíptica vigente. Entonces, la trigonometría esférica entraría
en un proceso de revaluación. Por lo mismo que los espejos asociados a las
tres dimensiones, de por sí y de manera mecánica obvia, entrarían a acotar las
distancias. Ya, Mercurio y Venus ejercerían su traslación, de manera diferente.
En una variación de tres grados; sobre las oscilaciones de todos los cuerpos
sólidos a trece u ocho años luz.
Tertuliano, había sido un sujeto estudioso de “las posibilidades del caos del
universo a partir de la modificación de todo el trasunto teórico y práctico de la
mecánica celeste”. Nació al abrigo de una familia de matemáticos puros. Tanto
así, que la fecha de su nacimiento había sido calculada a partir de los catorce
meses después de haber nacido su hermano Pigmalión. Es decir que, papá
Abeliano, utilizó las tablas logarítmicas. Auxiliares en el cálculo de las
integrales definidas con aplicación a la teoría de las probabilidades.
Doña Poliedra de Ahan, su mamá, había estudiado en la Universidad de la
República, el programa “Estadística Sincrónica”, sin necesidad de educación
primaria y media. Es más, una vez terminó su pregrado, el gobierno de la
universidad le otorgó una beca para estudios posdoctorales en “Estadística de
las Series Actuariales con dos o más variables complejas. Algo revolucionario,
aun en la velocidad de cambios modificatorios de la ciencia matemática.
Mamá Poliedra conocería a papá Abeliano, en la ceremonia de graduación
de su amiga Derivada Zúñiga en el programa de “Geometría Euclidiana y
Trigonometría Esférica”, título otorgado por la Universidad del Bosque
Primario. Poliedra y Derivada, a su vez, se habían conocido en la celebración
de los cuatrocientos años que cumpliría la “Ecuación de las cuatro variables
homogéneas aplicada en el cálculo de la variación del tiempo superficial de los
sólidos con respecto a los Polos terrestres”.
El hijo de Tausil, Thales Einstein, no seguiría el mismo rumbo. Desde
chico mostró inclinación absoluta por las ciencias sociales. La educación
primaria y secundaria las hizo en el “Liceo Aristóteles”. Tendría, corriendo el
tiempo una capacidad absoluta para el estudio de la “Antropología Forense”.
Más bien recatado, en lo que respecta a la exhibición de sus capacidades como
investigador. Tendría, como prueba de fuego, la investigación acerca de “los
cuerpos físicos y la reducción de los tiempos para asumir su condición de
momificación con exposición de sus falanges a las condiciones del cambio
climático y la intervención de los grupos paramilitares impulsados por el
oficial mayor Álvaro Ernesto Uribe Pinzón Desempeñó (Thales) un rol
fundamental. Tanto así que fuera designado como “joven emérito en el
contexto de la anatomía vertical”.
Papá, sin que se conociera el motivo, entró en un proceso de” decadencia
asintótica “Algo así como el síndrome de Foucault. Postulado como origen de
“una de las enfermedades más raras del último siglo. La sintomatología,
tendría tres referentes fundamentales: la imposibilidad para percibir los
cambios asincrónicos en el hemisferio izquierdo”; leve tendencia a confundir
los resultados del álgebra de funciones, aplicada al cálculo de la
termodinámica y “profunda molestia ocular izquierda para acceder al
conocimiento de la semiología de las letras cruzadas”. Esto le produciría un
estado general de abatimiento asincrónico. Entre Poliedra, Pigmalión y Thales
se centrarían en hallar una opción sostenible, desde el punto de vista de la
teoría general de los tres ángulos obtusos en un universo asociado a la
interpolación de valores numéricos impares.
Lamentablemente, todo el esfuerzo fuera en vano. Abeliano, cada vez con
mayor agudización, empezaría a perder sus signos vitales. Ya el cálculo de
integrales indefinidas aplicadas a la teoría de la medianía lunática y solar; no
lo tendría como sujeto activo. Mucho menos, el análisis de la caída libre de
tres objetos lanzados simultáneamente desde una altura de trescientos metros.
Condición absolutamente necesaria para enhebrar los cuatro hilos
fundamentales. En tratándose de calcular tiempos y medidas en el universo
medio entre Antares 67745 y la Vía Láctica.
Abeliano, murió el mismo día en que se celebrarían los tres siglos de
vigencia de la teoría del triángulo de Pascal y su influencia en el cálculo del
sistema de cinco ecuaciones simultáneas, con cinco incógnitas. Insumo básico,
tratándose de hallar el punto medio para la asimilación de la teoría de “las tres
parábolas, descritas en el dominio de tres cuadráticas semipuras
Hoy, doce años después de la muerte de Abeliano, Tausil, obtuvo el
doctorado honoris causa como “maestro de maestros en física cuasi-cuántica,
con desplazamiento de los cuatro ejes soportados en seis cuerpos móviles; con
aceleración continua”. Otorgado por la Universidad al Sur de las Islas
Vírgenes”. En palabras de agradecimiento, hizo referencia a Hegeliano
Hobbes Benavides, actual esposo de Poliedra.
Hoy, es nuevo día un tanto mezquino. Ligado a la consecución de los
híbridos. Tendría que volar hasta el meridiano cretense Tertuliano amenaza
con el golpe habilitado para extirpar el presente un tanto volátil. Yo, me haría a
la idea de estar como eximio reportero de la vida. Mientras otros y otras, no
lograban atinar a la certeza en el cuadro casi hipnótico. Seguidera en propósito
tardío, Pero, me diría, valió la pena, En razón a la huidiza. No había
localizado, aún, el trono de Tlatelolco. En razón forzada.
Siendo, como lo dije antes, sujeto de expresiones valederas al momento de
proponer un nuevo estado de vida. Insistía en los prolegómenos invertidos; al
momento de la enajenación como sujeto propio. Un Demiurgo incesante.
Como aproximación a la huella doliente. Veía caminar a las Vestas. Pero no
estaban Pla y Jerusalén {en me pondría a la indagación de las fuentes en las
cuales confiaba.
El erizado cabello estaba ahí. En cabeza de ella; la que solo conocí en
ciernes. Como al relámpago no sutil. Por lo mismo que como afanoso
convocante. Siendo, como es en verdad, una especie de alondra pasajera y
mensajera. Se me parece al verdor de los bosques que crecen en silencio. Sin
sentir unos ojos ensimismados por su pureza; siempre presente. Creciendo en
lentitud. Pero, siempre, en ebullición de células, en trabajo constante.
Haciendo real lo que potencial al sembrarlos era.
En verdad no la había visto pasar nunca. Como si la urdimbre de la vida en
ella, no fuera más que simple expresión de fugaz cantinela. Abarcando
circunstancias y momentos. En sentimientos explayada. Como momentos de
transitorio paso. Por cada lugar, muchas veces umbríos. Como simple pasar de
largo. Sintiendo lo que está; como si no estuviera.
Y así fue siempre. Cada ícono suyo, más velado que el anterior. Como
Medusa incorpórea. Solo latente. Sin Prometeo ahí. Vigilante. Hacedor del
hombre. Acurrucado en esa veta grisácea. Tejiendo el lodo. Amasándolo.
Hasta lograr cuerpo preciso. Y, soplado por Hera, vivo aparece. En los mares
primero. Tierra adentro después. Locuaz a más no poder. Por lo mismo que el
jocoso Hermes robó el tesoro vacuno de Apolo. Y lo paseó en praderas
voluntarias. Que ofrecieron sus tejidos en hojas convertidos.
En esto estaba mi pensamiento ahora. Cuando vi surgir el agua. Desde ahí.
Desde ese sitio en cautiverio. Y la vi correr hacia abajo. Rauda. Persistente.
Siendo, en esto mismo, niña ahora. Y va pasando de piedra en piedra hasta
hacerse agua adulta. En ríos inmortales. Y la Afrodita coqueta, mirándola no
más. Tomándola en sus manos después. Besándola triunfal. Haciéndola
límpida a más no poder. Y juntas. Agua y Diosa, recibiendo el yo navegante.
Inmerso en ellas. Con la mirada puesta en el Océano más lejano. El de Jonios.
O el de Ulises. Desafiando a Poseidón. El Dios agrio e insensible. El mismo
que robó tierra a la Diosa cercana al Padre Mayor. Y que fue conminado a
devolverla. Y que, por esto, secó todos los ríos y lagunas. Solo el nuestro
permaneció. Por estar ella presente.
Al hacerse noche de obscuridad afanada. Vimos una luz alada. Cruzando el
aire de neutralidad dispuesto y de fuerza creciente. Y bajó esa luz. Prendida en
una rama. Con sus alas apagadas. Ya no luciérnaga veloz. Más bien postura de
bujía con tonalidades diversas. Y nos dijo, al vuelo, que guiaría nuestra fuga.
Hasta encontrar la flecha que mataría al Dios de Mares insolente y perverso. Y
que, allí, no más llegásemos, plantaría surtidores de agua dulce. Y separaría
estos de la pesada sal de los mares. Dándonos la clave para revivir lo que
había sido muerto. Y que era, entonces, nuestro tutor y conversador en lúdica
creciente.
Cuando se fue ella, volvió la luz; aun siendo noche. Río abajo fuimos.
Encontrando caminos de disímil figura. Escarpados unos. Tersos, lisos, otros.
Y, en cada uno, sembramos ternura. Llegando a ellos, vimos llegar las
creaturas prometeicas. Y llegó Perseo. Engalanado. Como sabio tendencial
Como creyéndose ya, Dios de plena corporeidad. Superior al Padre Mayor. Por
encima del Olimpo enhiesto.
Y, allí mismo, surgieron los apareamientos. Ninfas con Titanes. Vírgenes
no puras, con los hijos espurios de Cronos. Pasó, también, el Jehová de los
Judíos. Con vuelo rasante y tardío. En busca del Moisés hablado y trajinado;
en desierto consumido. Y vimos al Adán insaciado: Buscando el sexo de su
Eva no encontrada. También pasaron los hijos de Hades. Buscando abrigo
temporal. Y volvieron las lluvias. Presagio de la muerte del Dios de los mares
salados.
Una vez llegamos a Creta, nos dispusimos a organizar las Jornadas
Olímpicas. A viva voz y vivo puño. De gladiadores dotados de los frutos que
da la paz. Y vinieron las trompetas. Desde Delfos. Pasaron los Argonautas
Homéricos. Vino el potente Ulises, desafiando la gravedad sin saber que era
ella. Soplaron los vientos mandados desde el Olimpo. Júpiter henchido de
fuego.
Dios retador latino ante el Dios Griego Zeus. Las carrozas dispuestas. Las
coronas también, para quienes deberían se coronados, siendo triunfantes.
Así pasaron, por mi recuerdo, las cosas que viví en antes. Bajo este cielo,
ahora, me siento tan solo como la pareja que se quedó del Arca del
transportador Noé. Una soledad asfixiante. Persuasiva en lo que tiene de
válido la resignación. Estando aquí, ahora, se quiebra mi pasión por verla de
nuevo. A la Diosa incitante que cautivó mi ser. Tanto que ya no respiro
tranquilo. Viéndola en remisión a su Cielo. Y, volviéndola a ver, aguas abajo.
Como cuando conquistamos el Paraíso. Como cuando nos hicimos inmortales
pasajeros del vuelo y de la vida. Recurrente es, pues, mi silencio, adrede, por
lo más. Estando así, recuerdo a la Eva convocante. Y veo su cuerpo de tersura
infinita. Y la poseo antes que su Adán regrese del exilio. Y, de su preñez,
nacieron dos réplicas de Tetis y de Vulcano. Creciendo, a la par, se fueron
difuminando en el amplio espectro. Llegando Adán, palpó el vientre de su
Eva. Y supo que allí había anidado alguien y había dejado su semilla. Y la
violentó con bravura inmensa. Lo maté yo. Así en veloz disparo de flecha.
Ahora estoy en reposo obligado. Ya no está conmigo la fuerza que me
había sido cedida por Sansón. Ya no experimento ninguna incitación. Como
antes, cuando mi visión volaba en busca de la desnudez de las mujeres todas.
Como en represalia por haber perdido para siempre a la Diosa Pura. Aquella
con la cual navegué. Y que, su sexo, inauguré. Habiendo frotado antes, en mí,
la sangre de los genitales cortados por Cronos a su padre. Y, todavía, escucho
su voz diciéndome: has sembrado en mí. Mañana no me verás más. Pariré al
lado de mi padre. Y lanzaré al fuego eterno lo que de ti pueda algún día nacer.
No la volveré a ver más. Es, por lo mismo, que moriré; como lo hizo, en
cercano pasado, Cleopatra. Una cobra hincará sus colmillos en mi cuerpo. Y
mi espíritu volará al infinito. A purgar mis penas, al lado de los dioses
despojados de atributos. Expulsados del Olimpo Sagrado; por haber agraviado
al Padre Zeus. O al Dios Júpiter llegado.
No me llevaría ninguna nostalgia ciega. Procuraría, en cambio, por la
generosidad de los libertos que hacen mella a los cobardes. En los escenario
creados, a partir de mi rosa embriagante. Mi Jerusalén, al lado de mi Palas
victoriosa. Hice engalanar el hospicio benévolo, Como hospedante al aire
creciendo a ráfagas ansiosas. Mirando el lejano horizonte. Combatiendo a
quienes han seguido, al pie de letra, la doctrina malsana y vulneradora.
Haciendo, en tropelía acezante, el discurso de su aparente victoria. Pero, en lo
de la libertad constante, he llevado mi letra y mi discurso más allá de este
territorio sombrío, por cuanto lo han avasallado los saltimbanquis
ceremoniosos y perversos. Que le han cantado a la violencia, como seguidera
de propósitos infames.
En el año en que mataron la esperanza, emergieron las voces antes
calladas. Sucedió, cuando mis diosas arroparon a los caminantes libertarios.
Dueños, todos y todas a observar el color rojizo del mar. Sabiendo que éste
sería portador de las verdades antes sometidas. Exacerbamos nuestras
palabras. En el poema límpido de las ilusiones, todavía conservadas. Como en
natura silente. Como si, la vida, estuviese dispuesta para ser reivindicada como
proceso insumiso.
En la seguidera de opciones válidas; volvimos a mirar aquellos hechos
ciertos y libertarios. Como en búsqueda de nuevos y nuevas militantes
alborozados. Recordando a la cautiva Jerusalén, cuando se hizo mujer
impulsadora de todo el trasunto. Y la vimos, en su libertad propuesta desde los
universos desconocidos, pero amigos.
Andando el tiempo, entonces, recordé lo que fui en próximo pasado. Y me
volví a contar a mí mismo. Con palabras de los dos. Aquellas que
construíamos, viviendo la vida viva
Es como todo lo circunstancial. Cuando regresas ya se ha ido. Y lo
persigues. Le das alcance. Y lo interrogas. Al final te das cuenta que fue solo
eso. Por eso es que te defino, a ti, de manera diferente. Como lo trascendente.
Como lo que siempre, estando ahí, es lo mismo. Pero, al mismo tiempo, es
algo diferente. Más humano cada día. Una renovación constante. Pero no
como simple contravía a la repetición. Más bien porque cuenta con lo que
somos, como referente. Y, entonces, se redefine y se expresa, En el día a día.
Pero, también, en lo tendencial que se infiere. Como perspectiva a futuro. Pero
de futuro cierto. Pero, no por cierto, predecible. Más bien como insumo
mágico. Pero sin ser magia en sí. No embolatando la vida. Ni portándola, en el
cajón de doble tejido y doble fondo. Por el contrario, rehaciéndola, cuando
sentimos que declina. O, cuando la vemos desvertebrada.
Siendo, como eres entonces, no ha lugar a regresar a cada rato. Porque, si
así lo hiciéramos, sería vivir con la memoria encajonada. En el pasado.
Memoria de lo que no entendimos. Memoria de lo que es prerrequisito.
Siendo, por lo mismo, memoria no ávida de recordarse a sí misma. Por temor,
tal vez, a encontrar la fisura que no advertimos. Y, hallándola, reivindicarla
como promesa a no reconocerla. Como eso que, en veces, llamamos
estoicismo burdo.
Y, ahí en esa piel de laberinto formal, anclaríamos. Sin cambiarla. Sin
deshacernos de lo que ya vivimos sin verlo. Por lo mismo que somos una cosa
hoy. Y otra, diferente, mañana. Pero en el mismo cuento de ser tejido que no
repite trenza. Que no repite aguja. Que se extiende a infinita textura.
Perdurando lo necesario. Muriendo cuando es propio. Renaciendo ahí, en el
mismo, pero distinto entorno.
Quien lo creyera, pues. Quién lo diría, sin oírse. Quien eres tú. Y quien soy
yo. Sino esa secuencia efímera y perenne. De corto vuelo y de alzada con las
alas, todas, desplegadas. Como cóndores milenarios. Sucesivos eventos
diversos. Sin repetir, siquiera, sueños; en lo que estos tienen de magnetismo
biológico. Que ha atrapado y atrapa lo que se creía perdido. Volviéndolo
escenario de la duermevela enquistada.
Y, sigo diciéndolo así ahora, todo lo pasado ha pasado. Todo lo que viene
vendrá. Y todo lo tuyo estará ahí. En lo pasado, pasado. En lo que viene y
vendrá. En lo que se volverá afán; mas no necesidad formal. Más bien,
inminente presagio que será así sin serlo como simple simpleza sí misma. Ni
como mera luz refleja. Siendo necesaria, más no obvia entrega.
Y siendo, como en verdad es, sin sentido de rutina. Ni nobiliario momento.
Ni, mucho menos, infeliz recuerdo de lo mal pasado, como cosa mal habida;
sino como encina de latente calor como blindaje. Para que hoy y siempre, lo
que es espíritu vivo, es decir, lo tuyo; permanezca. Siendo hoy, no mañana.
Siendo mañana, por haber sido hoy...y, así, hasta que yo sucumba. Pero, por lo
tanto, hasta que tú perdures. Siendo siempre hoy. Siendo, siempre mañana.
Todo vivido. Todo por vivir. Todo por morir y volver a nacer. En mí, no sé.
Pero, de seguro sí, en ti como luciérnaga adherida a la vida. Iluminándola en
lo que esto es posible. Es decir, en lo que tiene que ser. Sin ser, por esto
mismo, volver atrás por el mismo camino. Como si ya no lo hubieras andado.
Como si ya no lo hubieras conocido. Con sus coordenadas precisas. Como
vivencias que fueron. Y hoy no son. Y que, habiendo sido hoy, no lo será
mañana.
Y es ahí en donde quedo. Como en remolino envolvente. Porque no sé si
decirte que, al morir por verte, estoy en el énfasis no permitido, si siempre he
querido no verte atada, subsumida; repetida. Como quien le llora a la noche
por lo negra que es. Y no como quien ríe en la noche, por todo lo que es.
Incluido su color. Incluido sus brillosos puntos titilantes. Como mensajes que
vienen del universo ignoto. Por allá perdido. O, por lo menos, no percibido
aquí; ni por ti ni por mí.
Y sí que, entonces, siendo yo como lo que soy; advierto en ti lo que serás
como guía de quienes vendrán no sé qué día. Pero si sé que lo harán, buscando
tu faro. Aquí y allá. En el universo lejano. O en el entorno que amamos.
Ya, pasado el tiempo, propuse el recorrido, por el camino para recuperar
nuestra memoria ida. Desde que Tlatelolco, puso mordaza a las palabras
limpias y viajeras. Desde ese escenario, recordamos las aventuras y los
sufrimientos de quienes dieron la vida, su vida, por la libertad. Desde
entonces, conocimos, al lado del camino anchuroso réplicas de generosas
entregas. En particular, conocimos, a las niñas y mujeres insumisas y mártires.
De lo dicho en relación con Epopéyico de Tesalia, me propuse validarlo.
Yo sé que “el Bondadoso”, estuvo mucho tiempo en jornadas de acción.
Cuando él supo que, en muchas regiones del país, se estaba vulnerando a todos
los humanos no creyentes de la Doctrina de la Precondicionalidad Manifiesta.
No solo de mujeres y hombres adultos (as). Fundamentalmente, le preocupaba
la situación de los niños y las niñas. Conoció relatos que le erizaban la piel.
Como ese que narraba la condición en que fue muerta Nazarith de Mileto.
Torturada en cuerpo doloroso. Tanto como decir que sus manos fueron
amputadas. Y que su vientre fue abierto con taladro. Y que, antes de eso, fue
violada por más de diez hombres. Los mismo que, el día anterior, llegaron a la
casa en la cual vivía con su tía Genoveva de Bravante Su padre y su madre,
habían sido muertos un año antes. Quedó desamparada durante diez meses;
hasta que su tía, hermana de su padre, la recogió cuando vagaba sin rumbo por
el parquecito del municipio. Y que nadie se atrevía a recogerla y procurarle
abrigo. Algo así como que, los y las habitantes de Puerto Tiberiades, temían
represalias por parte de Casiano de Elea, que ejercía como comandantes del
grupo armado “Los Lancerotes”. Por cuenta de haber declarado objetivo
militar a la mamá y el papá de Natalia. Todo, en relación con sus actividades
como líderes defensores de la voz libertaria de Jerusalén y Palas..
Asumió, Genoveva, con mucho apego y vehemencia, las recomendaciones
de su tía. Volvió a la Academia de Nicomaqueo de Tartaria“”. De allí había
desertado cuando su director reunió a todos y todas alumnos y alumnas. Dijo,
en su momento don Rogelio, “…Esta niña se ha convertido en una amenaza
para la integridad física de ustedes, los maestros, las maestras y,
particularmente para mí como responsable de la Academia. Sabemos que
Suetonio, su padre. Y Salustia de Éfeso, su madre, están siendo acusados de
auxiliadores del Ejército de Palas y Jerusalén”. Yo sé que, en mucho, sus
acciones están relacionadas con la solidaridad y la superación de las
precariedades de todos y todas en el pueblo. Pero, a decir verdad, puede más la
palabra de Javier. No hacerlo así, sería sufrir en carne propia los horrores que
todos y todas conocemos. Entonces, Natalia, nos harías un favor, retirándote
de la Academia…”
Otra vez fue rechazada. Tuvo que asumir, ella misma, lecciones de
escritura, lectura y aritmética; apoyada en los textos que su tía había guardado,
desde que era pequeña., Aceptaba los requerimientos de su protectora. Lavar
la ropa. Cocinar y el aseo de la casa. Esto se le dificultaba, en razón a que el
piso es en tierra. Una vez terminaba estos quehaceres, se dedicaba a su la
práctica autodidacta.
Sofía de Trieste, su única amiga, se reunía con ella y le narraba lo
aprendido por ella en el día a día. Cursaba el Primer Nivela de Lógica
Socrática. Allí solo había niñas. Las maestras, todas, ellas eran ministras del
Noble Templo. Sofía era hija única del matrimonio entre Tesalia de Arimatea y
Macario el Justo, en la semana pasada, había cumplido quince años. A pesar
de ser advertida por mamá y papá, en el sentido de lo peligrosa que era su
amistad con Genoveva, ella nunca tuvo miedo. Tanto así que, cuando llegaron
los súbditos de Javier, por primera vez, para amenazar a doña Ana. Y para
notificarle que, tanto ella como su sobrina, debían abandonar el municipio,
estando Sofía allí; no tuvo ningún miedo. Simplemente abrazó a Natalia.
Lloraron juntas.
La señora Ana habló con su sobrina. Le dijo que, ella, no estaba dispuesta
a acatar el mandato de ese canalla y de sus secuaces. Bastantes riesgos había
enfrentado en la vida. No estaba para salir huyendo. La niña asumió la actitud
de su tía, como suyo.
El día de su muerte, su amiga Sofía estaba estudiando en casa de su amiga
del alma. La obligaron, a Sofía, a salir de la casa; le dijeron que ella no tenía
nada que temer. Que su papá y su mamá eran ejemplo para Puerto Maduro.
Su tía fue muerta primero. Un balazo de fusil en la frente. Luego siguieron
con Natalia. Por mucho tiempo, nadie dijo nada. Solo silencio cómplice
obligado. Sofía estuvo durante muchos días en estado de tristeza absoluta. Y,
dijo, siempre tendrá a Natalia en su memoria y que quisiera ser como ella.
Nos fuimos para Cárpatos. Este es un territorio áspero. Desde mucho
tiempo atrás habíamos ansiado estar ahí. En tanto que queríamos acceder a
información más precisa, en lo que hace referencia a las condiciones en las
que vive la gente. El referente era la condición de itinerantes de las mujeres.
Habida cuenta que, en nuestro país, hemos sido, tendencialmente, misóginos.
Inclusive con el agravamiento de ser violentos. Para nosotros, tal parece, las
mujeres no merecen ser tenidas en cuenta. Para Olegario y yo, no se trata de
referir el problema de manera sesgada. Es más, la intención de hacer visible lo
que está pasando allí. Cuando la señorita Eugenia nos contó lo sucedido en el
último tiempo. Varias mujeres fueron muertas. Todos los crímenes con un
mismo hilo conductor. Sus parejas, hombres, asumieron la figura que siempre
planteada como soporte. Eso que han dado en llamar “momentos de ira e
intenso dolor”.
Cuando niña, Eugenia, le correspondió vivir en hogar apacible. Vivía con
su madre. Ella, Aurora, ejercía como madre cabeza de familia. Su padre, don
Marcial Lancheros, murió víctima de agresiones en cuerpo dolido. Edmundo
Octavio Victoriano, el propietario de inmenso territorio, una parte en lo que se
define como “tierra inhóspita” que se deja esperando mayor valorización con
el paso del tiempo. Otra parte estaba sembrada de arroz y ajonjolí. Una
vastedad que la mirada no alcanzaba a establecer, en el horizonte, Con un
grupo de ochocientos trabajadores. En las cabañas dispuestas, alrededor de la
franja que da a la carretera principal, vivían. Una especie de ciudad dentro de
la ciudad. El pago era en vales cambiables para el pago de la alimentación y el
alojamiento. El excedente era muy poco. Generalmente invertido en productos
de aseo corporal.
Don Marcial, trabajador en la Hacienda “El Arrozal”, como se llamaba la
propiedad el señor Edmundo Octavio, asumió la tarea de organizar sindicato
que agrupara a todos los trabajadores de campo y a las trabajadoras encargadas
de la concina y los comedores. Desde el principio de su acción proselitista,
empezaron las amenazas por parte de personas adscritas al séquito personal
del patrón. Para don Marcial, constituyó un quehacer casi de martirologio. No
solo por las continuas amenazas. También por la actitud de la mayoría de los
trabajadores, que se negaban a que fueran incluidas las mujeres trabajadores.
Su argumento era “las mujeres no tienen nada que hacer. Solo sirven para abrir
las piernas”.
En junio del año pasado, mientras efectuaba visitas a las barracas, fue
atacado por los perros que acompañaban a los gendarmes de la finca. Fueron
azuzados por éstos, para que atacaran a don Marcial. Su cuerpo fue
destrozado, en presencia de otros trabajadores. Solo don Elmer Paniagua, se
preocupó por llevar a Marcial a la enfermería. Allí, ante la precariedad de los
insumos y, en razón, a que no había ninguna persona idónea para este tipo de
heridas. Murió ahí mismo, en una de las rústicas camas que había.
Mamá Aurora y Eugenia, después de la muerte de papá Marcial,
habilitaron un sitio adyacente a la casita, para vender fruta, jugos y cigarrillo.
Mamá Aurora asumió casi la totalidad de la carga en tiempo. Eugenia le
ayudaba en las tardes y parte de los fines de semana; en razón a que siguió
estudiando, en el colegio “Nicanor Ezpeleta”. Ya cursaba grado sexto de
bachillerato. Su graduación se produjo en diciembre, casi quince meses
después de la muerte de papá Marcial.
Cuando nosotros llegamos, nos acogió en la casita. Tenía dos cuarticos, la
cocinita, aljibe y un lugarcito habilitado como baño. Descansamos un rato,
después de un viaje de casi dieciocho horas; por terreno destapado. Eugenia
nos llevó hasta el colegio. Allí hablamos con el señor director, don Pantaleón
Hinojosa. Conversamos con él durante dos horas. Supimos, a partir de sus
palabras fluidas y claras; una dimensión impresionante de la situación. No solo
en la aldea. También de todos as aldeas de la zona. Él, don Pantaleón, tenía
muy clara la situación. No solo en lo que hace a conceptos muy sólidos, acerca
de la lucha de las mujeres por su emancipación; sino también en términos de la
precariedad delas políticas públicas de Estado. Su hija, Belarmina, Ejercía
como doliente de lo que pasaba con las mujeres. Había organizado, después de
la muerte de don Marcial, una comunidad de mujeres encargadas de atender a
las mujeres violentadas.
Diariamente atendía tres o cuatro casos. Todos ellos, derivados de la
violencia intrafamiliar con los esposos o compañeros como protagonistas.
Después de conversar con el señor director del colegio, pasamos a la
alcaldía. Don Eudoro Piernagorda, ejercía el cargo. Más por imposición de
Edmundo Octavio, que por respaldo de la comunidad. Nos refirió lugares
comunes, en lo que respecta a su posición respecto al flagelo de la violencia en
contra de las mujeres. Algo así como “…yo he estado muy preocupado por el
asunto. Inclusive, ya se lo informé al señor gobernador de la provincia, en
carta fechada en enero del año pasado”. “…Créanme que yo lamento mucho lo
que viene ocurriendo acá...”.
Esa misma noche, fuimos despertados por fuertes golpes en la puerta de
entrada de la casita. Se vino abajo. Entraron como diez hombres armados.
Procedieron a destruir lo poco que había. Las fruticas que tenía doña Aurora
para elaborar el jugo del día siguiente, en el puestecito de ventas, fueron
destripadas con sus botas. A nosotros dos nos hicieron desvestir. Fuimos
vejados en todo el cuerpo. A Eugenia se la llevaron. A pesar de los gritos de
las dos mujeres y nosotros. Los vecinos y vecinas no se inmutaron. Tal vez,
por miedo. O, simplemente, como respaldo a Edmundo Octavio, pues era, en
la práctica, el dueño de todo lo habido en el pueblo, incluidas las voces de sus
habitantes. A la mamá de Eugenia la maltrataron, de tal manera, que murió ahí
mismo, en la piecita que ocupaba con su hija.
Nos llevaron hasta la salida del pueblo. Nos subieron a un carromato tipo
todo terreno. El conductor lo echó a andar y se alejó a toda velocidad. Se
detuvo en un paraje desolado. Nos hizo descender a empujones. Primero le
dispararon a Abelardo. Un lanzazo en su sien derecha. A mí me hicieron
caminar hasta el río. Allí me empujaron. Las aguas borrascosas hicieron el
resto, mientras el conductor aplaudía. Antes de morir recordé a Belarmina,
tirada al piso en la carretera. Y, el vehículo, pasando sobre su cuerpo
Por este camino, empezaron a transitar. Y se harían regentes de la nueva
palabra viva de Pala y Jerusalén. Allí, en el lugar previsto, tendimos nuestro
Campamento Litigante. Desbrozamos el terreno, quitando los helechos
sombríos. Entrabando los surcos y los parales, afianzando las lonas en cuero
seco. Empozando el agua nítida. Y recogiendo los frutos que se exhibían como
trofeos para vencedores.
En esa ponderación e las palabras y el territorio, hicimos ejercicios mudos.
Era tanto como entender que, lo silente, sería nuestra mejor arma. Rondando
todos los sitios aledaños al Palacio de los Tres Soles, como llamaba Angeloti
el refugio encontrado, después de haber sido derrotados él y Tlatelolco.
Fuimos insinuando poderes de las espadas puntudas, violentas.
Al amanecer, de ese día, nos contamos historias vividas como pasado de
pura pulsión benévola. Incesantes notas y palabras. Cosidas a nuestros trapos.
Casi que como recordadera insultante; pero expuesta, de tal manera que
parecieran momentos vividos por todos y todas.
Todo lo que he sido es nada. Lugar y tiempo, por ahí tirado. En una
nomenclatura de alma, vacía. Sin las perspectivas que casi todos y todas
tienen. Empecé por acceder a la vida, como cuando se asume una comparsa.
Con sombras chinescas. Y con un vahído presuntuoso que no tuvo lugar
nunca. Manifestaciones como para recordar nunca. En ese juego milenario de
los altavoces, llamando a quien fuere sujeto envuelto en lo inhóspito como
razón puntual de vida. En ese medio camino surtido de veleidades. Como
artesano venido a menos en sus haceres. Por ahí dándole a la palabra como
mero lujo pasajero. Sin poder construir ternura. Este yo que ha andado tanto,
pero que sigo en el mismo punto de partida. Una entelequia en la expresión.
Presuroso e impávido doliente de la vida en plenitud.
Cierto día, en un marzo, por cierto, invité a Pedronel Cipagauta, para que
me acompañara en un ejercicio rudimentario. Como escoger una posición
cualquiera. Para navegar en ella, hasta los límites del Pacífico asfixiante. Una
duermevela, le dije yo. Venía, como yo, de cualquier lado y en cualquier
tiempo. Y, él, surtió voces, rapadas al aire. En una tronera de posibilidades
habladas. Tanto como la ejecución de opciones desprovistas de cualquier
trasunto libertario.
Y, en estas elongaciones de cuerpo, nos fuimos. Caminando al lado de uno
al otro. Circundamos toda la esfera corpórea. Por todos los atajos irreversibles.
En ocasiones como simples ser él y ser yo. En algo parecido a la diatriba
vergonzante. Unos episodios malgastados. Como vena rota. Aludiendo acerca
de esto y de lo otro. Como para no dejar la costumbre de hablar. Pero decires
improvisados y como al viento echados. Sin dirección alguna. Lo que, los
otros y las otras, llaman vocería incompleta. Yendo por ahí. Por donde se
prestará la brújula.
Cipagauta es sujeto anodino. Eso pienso yo, después de haber jerarquizado
los cruces hablados y hechos. Notaba, en él, una figura como barca flotando.
Meciéndose en recordaciones de lo que fue antes. Y sigue siendo ahora. En
este universo de opciones que se pierden a cada momento vivido. Todo esto
hecho con insumos encontrados en cualquier parte. Como inmersos en
espacios acezantes; metidos a lo que a bien tenga quien lo vive. Y nos
pusimos, en la tarde, a ver pasar la vida. Sin ningún esfuerzo. Ni siquiera en lo
mínimo ilustrado, atropellado.
En este septiembre vivo, recurrimos a la búsqueda de la razón de ser de lo
que somos. De nuestro deambular alcahueta. En el querer mismo de dejar
pasar lo que fuere. Sin embargo, le hicimos el escape a toda proclama
vituperaría Y nos situamos en el perfil perdido desde hace setenta veces siete
en años. Y yo lo busqué a él. Él me buscó. Y no nos encontramos en el mismo
espacio. Como si hubiésemos anclado en aguas imperiosas. Demostrativas de
lo enjuto que es el hablar hoy en día.
Lo lúgubre se impuso. Como cantinela abatida desde antes que fuese verbo
de por sí, decantada en el ejercicio postulado. Hecho de mil haberes y decires
agrios. Perdidos, sin huella. Siendo hoy el día de la cisura nostálgica; he
decidido volver vista atrás. Como buscando los remos para enderezar la vida,
hecha rescoldo ahora, por cuenta de los incendiarios vecinos nuestros. Idos en
la contera de escenarios. Suponiendo, él y yo, que habíamos sido dispuestos
para arengar lo que fuese, en nervadura de ocio y de aplicaciones.
Hoy, como ayer, estamos aquí anclados al hacer de lo inhóspito. Sin
ejecuciones previstas antes. Situándonos en posición de inconformes
ordenados de mayor a menor. Por fuera y por dentro. Éramos visires sin
funciones. Perplejos sujetos que no pudieron volver al punto de partida. Ese
que recordamos tanto, como se recuerda lo ansiado, desde casi estar en vientre
de madres nutridas de silencio habidos en todo tiempo.
Ni que esta vida mía estuviera en latencia básica. Ni que las cosas fueran
trazadas de acuerdo al periplo de un albur. Y, por lo mismo que digo esto,
siento que me cruza una nostalgia plena. Como cuando se tiene enfrente la
soledad primaria absoluta. En ese yendo por ahí que voy. De aquí y de allá,
alusiones constantes. A la desvertebración del universo mío de conformidad,
sin poder localizar la participación mía en el entorno. En la manera de ser sin
sentir la ausencia de condiciones para acceder a todo lo habido. Desde antes y
ahora. Como subsumido en la querella conmigo y con el otro yo de afuera. En
ese espacio colectivo que no reconozco. Por lo mismo que sigue siendo una
convocatoria a vivir la vida de otra manera. En una figura de extrañamiento y
de extravío. Un andar sin reconocer lo posible adjudicado a la belleza tierna.
Efímera o constante. Es, en mí, una especie de violentación de los supuestos
íntimos. Asociados a todo lo que, en potencia, pueda ser expresado. O, al
menos, sentido.
Un organigrama, lo mío, uniforme. Como simple plano a dos voces. En
una hondura de dolor manifiesto. Como queriéndome ir adonde han ido antes,
quienes han muerto. Tal vez en la intención de no enfrentar más lo habido
ahora. Por una vía en la cual no haga presencia la lucidez. Porque he ido
entendiendo que, haber nacido, me sitúa en minusvalía propia. Como
construida desde adentro. En una simpleza de vida. Como hecha en papel
calcado. Subsumido en condiciones inherentes a la vacuidad. Andando y
andando caminos que llevan a ninguna parte.
Sintiendo el malestar de no vivir, viviendo otra instancia. Por ahí en
cualquier otra parte anudada a la desviación. Localizando la volatilidad del
viento. Traspasando las ilusiones, con la espada mía insertada en el vacío. En
una urdimbre apretada, asfixiante. En vuelo raudo hacia el límite del universo
lejano. Presintiendo que ya he llegado, Que ya he desnudado lo que soy. Un yo
mismo aplastante, irrelevante, no promiscuo. En lo que esto tiene de
incapacidad para ser uno solo. Y no muchos, desenvolviendo el mismo ovillo.
Una enajenación potente. Absorbente. Vinculada al no ser siendo. En
búsqueda de camino de escape propuesto por mí mismo. En lo que soy y he
sido. Como en recordación de lo que, en un tiempo, fui. Como pretendiendo
volver al vientre, para no salir. Como en reversa. Como atado a la memoria
perdida. Envejecida. O, por lo menos, nunca utilizada para hacer posible la
largueza de la esperanza. Una figura, la mía, tan banal. Tan inmersa en la
negación de todo. En lo circunstancial perdido. En el contexto proclamado
como aluvión de rigores. De itinerarios envolventes. Surtidos de simples
cosas.
Un yugo que he sentido y siento. Como aspaviento demoledor. En
vocinglería innata y rústica. Con las voces en eco idas. Y de regreso, en lo
mismo sonido. Un estar y no estar que me apabulla. En fin, que, siento que
voy muriendo en mi misma tristeza. Como si ya hubiera llegado el momento
de no ser más.
Y sí que, en esa envoltura dispuesta, ha ido erosionando la vida. La mía.
Un sentir desmoronarse. Sin aspirar más a seguir siendo ahí. O allá. Un
condicionamiento que se ha tornado perenne. Un no a mi yo. Una incidencia
plena. De todo lo pasado. Como leviatán áspero. Punzante. Agobiante. En
postrer respiro. Ese que antecede, lo inmediato, a la muerte.
Insípido tiempo. Este que deambula por ahí como si nada. Aun sabiendo
que lleva en sí, ese tejido nefasto de violencia. De insania viva a toda hora y
día. Con esos niños y esas niñas que van y vienen sin horizonte. A cuenta de
opciones de vida y de conceptos, que las y las sitúan en posición de ser
vulnerados por vejámenes. Abiertos, asincrónicos. De aquí y de allá. Como si
fuese único horizonte habido y posible. O con esas mujeres nuestras, matadas.
Vulneradas. Como sopladura en ese vahído maldito. Que nos cruza. Que las
infiere como simples expresiones de vida sin pulsión válida. O, en esos
dolores todos. Asumidos como vigencia y vigía circundantes. Como si fuese
oxígeno necesario para vivir, así. En esa penuria de alma y de valores. Que
están ahí mismo. En ese ir y venir de toda hora y momento.
Y sí que, entonces, este tiempo es tenido en cuenta como referente de las
gobernanzas. Huero y hueco soporte de haceres alongados, potenciados.
Erigidos como valores universales, a ser acatados. Como simbología que se
torna proclama de recinto en lentejuelas soportado. Como vasos comunicantes,
hechos hervideros de solapados agentes. Sujetos catalépticos, que obran como
momias vivas. Revividas a puro golpe de normativas. Y de imperativos. En
esa lógica con nervadura trinitaria. Con horizonte impúdico a lomo del gestor
virulento, aciago, cicatero, malparido. En lo que esto tiene, no de referencia a
mujer ninguna. Más bien como cuerpo y vida hecha y contrahecha, a partir de
manuales pensados para armar. Rompecabezas, con piezas preestablecidas. En
eso que tienen todos los modelos construidos. A semejanza de rutinas,
pensadas en catacumbas pútridos.
O, en esa ironía que da la vida, ver rodando y crescendo, la búsqueda de
orquesta que partitura interprete. En cualquier opción de pentagrama. Así sea
en RE o en Do desparramado. Erigiendo, como expresión con algún sentido y
tono, la vendimia de los saqueadores de culturas y promotores de lobotomías
colectivas. Directrices hechas y, por lo mismo, diseminadas. Como pandemias.
Expuestas al viento. Para que vuelen. Y que, volando, hagan aplicación en su
derrotero. Aquí y allá. Como en el ahí de los troyanos sorprendidos. Como
esos inventos de toda la vida y de todos los días. En cuanto que somos sujetos
y sujetas de locomoción, entre incierta y cierta. Viviendo en una u otra
entelequia. Qué más da. Si todo lo habido ha sido y será, secuencia a
perpetuidad pensada. O no pensada. Siendo cierto, eso sí, que lo que más
odian y han odiado los exterminadores ha sido y es a la fémina ternura. Tal
vez, más por ser fémina que otra cosa.
Y, yendo en ese por ahí, tortuoso e in-sereno; hemos ido encontrando lo
avieso de las conjuras. Hemos ido andando el pantano. Que succiona los
cuerpos y las vidas en ellos. Caminando lo empinado y pedregoso. Como
yendo al lugar que conocimos como cuna de Pedro Páramo. O en el cuarto
frío, en tierra en que vivió el que encontró la perla casi viva; en la
nomenclatura de palabras en Steimbeck.
Y sí que, en ese envolvente torbellino de vidas juntas. O en las soledades
solas de Kafka. O en lo insólito vivido por el sujeto sutilmente áspero de
Camus. O, en esa comunidad internalizada, viviente y compleja de Cortázar en
su Rayuela. O, en fin, en ese saber que somos. Casi siempre sin haber sido
nosotros y nosotras. Ahí, en ese tejido de vida pasando y pasando. En este
maldito tiempo de cronología que mata. Por lo mismo que, siendo tiempo, no
redimido. Por lo mismo que redención es sinonimia de puro embeleco mata
pasiones y mata ilusiones.
Será por eso que yo, en mi íntimo yo incierto y perturbado, sigo amando a
esa ramera propuesta por Manolo Galván. En esa simple letra, en canción casi
clisé zalamero. O, en esa misma línea, sigo amando a la amante del puerto que
dio origen a la otra simpleza del “hombre llamado Jesús””; el hijo de esa que
entregó su cuerpo a quien pasó primero. Vuelvo y digo: será por eso. Por
tantas simplezas juntas; que sigo viviendo a diario, con la dermis ilusionada,
expuesta, a lo que pasa, pasando. Tal vez pobre sujeto, insumiso empedernido.
Que sigue atado a cualquier canto de letra compleja o fútil. Pero expeliendo
más vida que este tiempo enjuto. Pletórico de sujetos, serios. De pies en tierra,
dominando. Valgo más yo, como sujeto ingrávido de fácil vuelo
Me siento como en remolinos. Como cuando uno siente y percibe que la
memoria da vueltas por ahí. Pero sin poder precisar ni tiempo ni espacio. Yo
salí de Puerto Lejanías hace, exactamente, cuatro años. Estuve lo que llaman
andaregueando sin rumbo fijo. Primero fui a parar a la ciudad Hinojosa.
Llegué, por cierto, un primero de octubre. Sus casas y las personas me eran
conocidas. Pero, como enlagunado, no supe acertar en lo que iba allí a buscar.
Unos barrios muy parecidos. Con sus calles estrechas y con espacios amplios.
Como parques naturales. No tocados por nadie. Eso es lo que entendía. Un río
ancho. Asumí, por mi cuenta, que tenía gran profundidad. Ante todo, la parte
que pasa a dos cuadras de la alcaldía. Todo estaba silente. Nadie a quien
preguntar. Puertas cerradas. Y pensé, dentro de mí, que no habían sido abiertas
en siglos. Zócalos vistosos. Amarillo, verde, rojo. Pero los veía borrosos.
Como si los colores, de por sí, se hubieran puesto de acuerdo para no despertar
el interés en el iris pleno. Mi mirada, perdida. Como tratando de adivinar qué
pudo haber pasado con sus gentes. Y su calidez, si alguna vez se hubiese
hecho presente, no radiaba. No sentí esa intuición de algo siquiera.
Nació en el leprosorio de Ciudad Vigía. Inimaginables los vientos,
rodando. Venidos desde la ternura amarrada, enviciada al truculento espasmo.
Ella, por si sola, había rondado desde antiquísimos tiempos. Desde cuando la
vida se hizo secuencia desparramada por el mar hiriente. Los avatares, en
seguidilla, lo fueron siguiendo. Desde la violencia hecha muralla, profanada e
inhóspita, por lo bajo.
Ese hombrecito, empezó a ver el mundo, como proclama ya arrinconada:
Metida en la muerte de la simpleza y de la aventura ansiada. Ahora mutilada.
Sus orígenes, en eso de la herencia venida como patrón circular; remontan al
tiempo en el cual la levitación era viento turbio; como cuando uno pretende
dibujar El Sol a mano alzado. Una circunscripción rotando por todos los
avatares del entorno. Viviendo una mudez que se amplía. Una memoria vaga;
la ternura embolatada. Sin hacer superficie en el agua. Dulce o salada. En todo
caso, cuando Patronato Antonio Lizarazu llegó a la vida; desde ahí mismo
sintió que no podía vivir en ese escenario ditirámbico. Y se juntó con Inesita
del Santísimo Juramento de las Casas. Ella y él trataron de buscar remedio a
las afugias heredadas. Se hicieron al torbellino brusco, insensato.
Y, entre ella y él, vaciaron todas sus fuerzas, como rogando aceptación. En
este universo explayado. Con sus sistemas ya definidos. Después de esa
explosión constante. Yéndose por ahí. En lo que sería una finura en todos los
tiempos. Ecos de él y ella. Cantándole a los mares. Como decían otrora; solo
cantos de sirena.
Y llegaban las noches, después de ver morir el día. Y en la inmensa Luna,
trataron de conocer su otra cara. Como diciendo que no es posible la
obscuridad eterna. Que lo sensato sería que, esa Luna lunita, los acogiera. Y
que les permitiera crecer a su lado.
Ya, en el pueblito suyo había comenzado las fiestas. Y se escondieron para
que no los incitaran, a ella y a él a desestimular la alegría que, siempre, han
querido conocer. Fiestecita encumbrada. Venciendo la gravedad, al aire sus
cuerpos. Atendiendo las miradas de papá y mamá. Fingiendo, en veces, una
locura hirsuta. Como escogiendo las nubes con las cuales arroparse. Y su Sol,
amado Sol, les prohibió avanzar hasta su centro hirviente; milenario.
Cuando a él lo tocaron las fisuras de piel. En esas ampollas que maduraban
constantemente. Para luego volverse estigmas supurando ese pus malévolo.
Ella le rogó que la untara. Para acompañarlo hasta todos los días y todas las
noches juntos. Y, él en arrebato impuro le dijo sí. Y llegaron a ese sitio.
Conocieron a sus pares. Se hicieron solidarios. Cada día, en esa carne viva
licuada por el calor inmenso, como tósigo; fueron enhebrando los días. Y, en
las noches, contándose las historias aprendidas en pasado hiriente. Se hicieron
sujetos y sujetas de la veeduría ampliada. En ese perímetro primero y último,
tuvieron que asumir sus datos personales. En lo que eran ya. No en lo que
fueron antes.
Y pasaban los días, en veces, fulgurantes. Rojos como deben ser las cosas
y los cuerpos a la orilla de esa estrella enana que va muriendo. Pensaron en la
miríada de otros cuerpos celestes ampliados. Un ejercicio que combina lo
cierto de ahora. Y lo que puede pasar después. -Patronato e Inesita del
Santísimo Juramento de las Casas, empezaron ese mediodía que separa la vida
de la muerte. Ahí, en esa sillita breve. La del parquecito único. Se hacían
sangría en sus pústulas. Se besaban. Juntando esos labios henchidos. A punto
de reventar. Se acariciaban sus cabellos. Se miraban entre sí. Como en ese
espejo no conocido.
Por fin, les llegó la muerte. En esa amplitud manifiesta. En ese parquecito.
En su casita color azul perenne. Y llevaron sus cuerpos. Los devolvieron a la
tierra de la cual habían venido. Y se perdió la suma de años y de siglos…
simplemente no volvieron.
Y sí que me estoy yendo para la otra orilla, Buscando, tal vez, tu rastro
benévolo. Seguí la huella de Marceliano Upegui. Pretendiendo acabar con el
acoso de los opresores de la vida. Queriendo saber, de antemano, la
nomenclatura de tu sombra. Te vi en ese escenario abrupto. Siguiéndote por
todo el albur. Me hice a la idea de estar ampliando todo el entorno. Buscándote
como desesperado fiscal que no encuentra a su reo. Sin embargo, bauticé ese
coloquio con el nombre de epopeya benévola. Me hice a la mar. Como
cautivando las opciones venidas desde el día pleno. Nostálgico. Ancho de
cobertura ignota. Cuando dejé de verte en el escenario proscrito. Como si todo
fuera, no más que endilgarte la culpa. De toda propuesta antigua.
De mi parte, supe la diferenciación de los cuerpos. El tuyo, el mío. En ese
intercambio vociferante. Alevoso. Maltratratándote en ese camino nuestro del
tiempo atrás. Me fui, por lo mismo, por el camino acezante. Mostrando mi
condición de doliente nervadura próxima al desvarío hipócrita. Como diciendo
que el cianuro es a la vida; como la mentira engañosa es a la historia.
Yo sí que tengo claro lo de tu partida. En ese sueño, soñé que te tenía de
nuevo. Habiendo trasegado los territorios ampliados. Llenos de perfiles apenas
perceptibles. Te vi en la lejura de vida acompasada. Con el urticante proveedor
de insumos para los milagros.
Luego, entonces, lo dicho por mí ya fue dicho. Como sin reversa posible.
Como ignoto fundamento de hacer posibilidades inmensas en este refugio mío.
Elocuente, verdeamarillo. Componenda insólita venida a más. En esa
contraternura aciaga. En los límites entre lo habido, y lo porvenir sin el
escenario pérfido. Como si tú o yo hubiésemos fornicado con la solidaridad. Y,
que, por eso, el universo se hubiera propuesto desandar lo que antes dimos,
por cierto. En esa bruma insolente. Protestando por nuestro llamado, a tiempo.
Y, entonces, este ejercicio estuviera como prolongación imbécil. En esa
trenza miserable, apabullando lo mejor de la vida vivida. Por cierto, invertida
en lo cotidiano. Uno tras uno los versos de la impotencia, para acomodar los
cuerpos en ese quehacer.
En verdad no sé qué decirte ahora. En esta lejanía bruta. Siendo tus ojos
como golosinas para niños y niñas. En esa envoltura mágica de tu cuerpo, No
es momento de divagar, como perogrullada en mención. Más bien te digo, en
el silencio, la perdición de mis fronteras. Otrora traspasas por ti, en mis
brazos. No es momento de elocuencia efímera. Es más, como mariposas
volando alrededor de tu cuerpo y del mío.
Como luciérnaga de potente luz. Ahí no más en la esquinita de antes. Te
espero. Con una emoción no detallada por ninguno de los controles insípidos
aletargados. En una posición adversa. Como quienes ejercitan su tiempo en la
más liviana actividad.
Mi conjuro es, pues, prístino. En el que incluyo mi versión de la calidad
humana, en todos los bretes lánguidos de mi vida. Que se fue en pos de tu
huella incandescente. Untada de Sol. En frecuencia ida. En la lúdica absorbida
por ti. Y por este ser de juntura casi perversa.
Lo convenido es, para mí, la valoración de palabra hecha. Yo me fui por
ahí. Tratando de precisar lo que quería hacer, después de haber propuesto volar
con la vida en ello. Y es bien convincente lo que me dijiste ese día. Y yo me
propuse transitar el camino que tú dijeras. Y, te entendí, que sería el comienzo
de una ilusión forjada a partir de validar lo nuestro como propósito de largo
vuelo. Ante todo, porque he sido tu amante desde siempre. Inclusive, desde
que yo hice de mis pasos naciente, una conversadera sobre lo que somos y lo
que fuimos. Sin temor al extravío, acepté que no había regresión alguna. Que
seríamos lo que nos propusimos ese día, siendo niño y niña; con en realidad
éramos. Y sí que arreció la bondad de tus palabras. Enhebrando los hilos de lo
vivo y vivido. Aun en ese lugar del tiempo en el cual apenas si estábamos en
condición de realizar el ilusionario. Un desarreglo, ungido como anarquía de
sujetos. Sin detenernos a tratar de justificar nada. Como andantes eternos.
Como forjando el tejido, a manos llenas. Y, pensé yo, hay que dar camino al
mágico vuelo hacia la libertad, ayer y hoy pérdida. Un vacío de esperanza
atormentador. Por lo mismo que era y es la suma de los pasados. Y, precisando
en el aquí, que nos dejábamos arropar de ese tipo de soledad acuciosa. Casi
como enfermedad terminal. Como si nuestro diagnóstico se lo hubiera llevado
el viento. En ese tono de melancolía que suena solo cuando se quiere ser cierto
sin el protagonismo del diciente lenguaje habido como insumo perplejo. En
todo ese horizonte expandido de manera abrupta, imposible de eludir.
Un frío inmenso ha quedado. Ya, la nomenclatura de seres vivos, de ser
amantes libertarios; se ha perdido. Mirando lo existente como dos seres que
han perdido todo aliciente. Un vendaval potenciando lo que ya se iba de por sí.
Fuerte temblor en eso que llamamos propuesta desde el infinito hecho posible.
Como circundando la Tierra. En periodos diseñados por los mismos dos que se
abrazaron otrora. Cuando creímos ver en lo que pasaba, un futuro
emancipador. Ajeno a cualquier erosión brusca. Como alentando el don de
vida, para seguir adelante. Hasta el otro infinito. Pusimos, pues, los dos las
apuestas nítidas, aunque complejas. Un unísono áspero. Pero había disposición
para elevar la imaginación. Dejar volar nuestros corazones. Como volantines
sin el hilo restrictivo. Y, si bien lo puedes recordar, hicimos de nuestros juegos
de niño y niña, todo un engranaje de lucidez y de abrazos cálidos, manifiestos.
Hoy siento que lo convenido en ese día primero del nacer los dos, ha caído
en desuso. Porque, de tu parte, no hay disposición. Que todo aquello hablado,
en palabras gruesas, limpias, amatorias.se hicieren ovillo insular Un vaivén de
cosas veo yo. Un estar pasando el límite de lo mínimo posible para acceder a
la opción de estar vivo y viva. Supongo, entonces que ya perdimos todo lo que
fue el universo que nos cobijó antes. Como estando en condiciones de
minusvalía absoluta.
Esta mañana, recién despierto, convoqué a mi yo taciturno, casi
avergonzado, Después de haber estado en la noche, ansioso de estar contigo. A
decir verdad, no pude dormir. Estando yo mismo contándome, en inventarios
de voces y palabras, lo inmensa que eras. Viéndote en cada paso. Y en cada
momento
Ya en la tarde pude apaciguar mi espíritu. Con decir que pude salir a la
calle. Todo para arengar a todos y todas; para que no naufragaran como lo
estoy haciendo yo. Dispersé mi mirada. Y te vi ahí, en el parquecito umbrío.
Aquel que nos albergó. Cuando éramos dos. No ahora que solo soy yo, uno.
En pergamino acuoso expresamos nuestros sueños, venidos desde el
Olimpo lejano. En galaxia nueva, insidiosa. Le daríamos vuelta cincunrefleja.
Remontando todos los albores enhiestos. Buscando, tal vez, los hechos sin
realizar. Las consignas de largo vuelo. Con las parábolas surcando, en sus ejes,
la uniformidad de aquellos horizontes conocidos, cuando surgieron las
directrices envolventes, vivicantes como vulcano ardiente. Ámbares
sosegados, pero de reflejos potentes. Hacinados en nuestra esfera lúcida.
Trazada, a vuelo alzado, por los arquitectos de la lejana expresión.. Matusalén
con Enoc imperioso. Noé, descrito como cuerpo crispado. En el Arca
refugiado; con todos los seres posibles. Con la visión incorpórea y luminosa.
En iridiscente magia terrena. Embelesado con la soledad venida a cuento.
La soledad mía, ahora, se parece al primer tiempo en que perdía a mis
diosas. Retrotrayendo las imágenes de las danzantes Vestas, casi olvidadas.
Vertiendo aromas tomados de los jardines novelescos. Conocidos como
axiomas en profundidad relevante. Hurgando los cuerpos celestes, con la
mirada ampuloso, furtiva. Inclinando los planos absorbentes. Metidos en
plenilunios hermosos. Con la Luna, nuestra Luna, ardiente, esponjosa. Como
robándole al Padre Sol sus luminarias rojizas.
En fin que, el hervidero de volcanes en fuego liberados. Estando en el
otrosí necesario, al momento de validar los valles hechizos. Amparados en las
luciérnagas vibrantes, libres, presurosas. Venido a menos hoy, cuando el
recuerdo de mi Pas y mi Jerusalén, me hace ser figura postrada. Como cuando
uno quiere ejercer la vida, como rutilante expresión, opaca, casi muerta.
Todo lo que he sido es nada. Lugar y tiempo, por ahí tirado. En una
nomenclatura de alma, vacía. Sin las perspectivas que casi todos y todas
tienen. Empecé por acceder a la vida, como cuando se asume una comparsa.
Con sombras chinescas. Y con un vahído presuntuoso que no tuvo lugar
nunca. Manifestaciones como para recordar nunca. En ese juego milenario de
los altavoces, llamando a quien fuere sujeto envuelto en lo inhóspito como
razón puntual de vida. En ese medio camino surtido de veleidades. Como
artesano venido a menos en sus haceres. Por ahí dándole a la palabra como
mero lujo pasajero. Sin poder construir ternura. Este yo que ha andado tanto,
pero que sigo en el mismo punto de partida. Una entelequia en la expresión.
Presuroso e impávido doliente de la vida en plenitud.
Cierto día, en un marzo, por cierto, invité a Pedronel de Cipagauta, para
que me acompañara en un ejercicio rudimentario. Como escoger una posición
cualquiera. Para navegar en ella, hasta los límites del Pacífico asfixiante. Una
duermevela, le dije yo. Venía, como yo, de cualquier lado y en cualquier
tiempo. Y, él, surtió voces, rapadas al aire. En una tronera de posibilidades
habladas. Tanto como la ejecución de opciones desprovistas de cualquier
trasunto libertario.
Y, en estas elongaciones de cuerpo, nos fuimos. Caminando al lado de uno
al otro. Circundamos toda la esfera corpórea. Por todos los atajos irreversibles.
En ocasiones como simples ser él y ser yo. En algo parecido a la diatriba
vergonzante. Unos episodios malgastados. Como vena rota. Aludiendo acerca
de esto y de lo otro. Como para no dejar la costumbre de hablar. Pero decires
improvisados y como al viento echados. Sin dirección alguna. Lo que, los
otros y las otras, llaman vocería incompleta. Yendo por ahí. Por donde se
prestará la brújula.
Cipagauta es sujeto anodino. Eso pienso yo, después de haber jerarquizado
los cruces hablados y hechos. Notaba, en él, una figura como barca flotando.
Meciéndose en recordaciones de lo que fue antes. Y sigue siendo ahora. En
este universo de opciones que se pierden a cada momento vivido. Todo esto
hecho con insumos encontrados en cualquier parte. Como inmersos en
espacios acezantes; metidos a lo que a bien tenga quien lo vive. Y nos
pusimos, en la tarde, a ver pasar la vida. Sin ningún esfuerzo. Ni siquiera en lo
mínimo ilustrado, atropellado.
En este septiembre vivo, recurrimos a la búsqueda de la razón de ser de lo
que somos. De nuestro deambular alcahueta. En el querer mismo de dejar
pasar lo que fuere. Sin embargo, le hicimos el escape a toda proclama
vituperaría Y nos situamos en el perfil perdido desde hace setenta veces siete
en años. Y yo lo busqué a él. Él me buscó. Y no nos encontramos en el mismo
espacio. Como si hubiésemos anclado en aguas imperiosas. Demostrativas de
lo enjuto que es el hablar hoy en día.
Lo lúgubre se impuso. Como cantinela abatida desde antes que fuese verbo
de por sí, decantada en el ejercicio postulado. Hecho de mil haberes y decires
agrios. Perdidos, sin huella. Siendo hoy el día de la cisura nostálgica; he
decidido volver vista atrás. Como buscando los remos para enderezar la vida,
hecha rescoldo ahora, por cuenta de los incendiarios vecinos nuestros. Idos en
la contera de escenarios. Suponiendo, él y yo, que habíamos sido dispuestos
para arengar lo que fuese, en nervadura de ocio y de aplicaciones.
Hoy, como ayer, estamos aquí anclados al hacer de lo inhóspito. Sin
ejecuciones previstas antes. Situándonos en posición de inconformes
ordenados de mayor a menor. Por fuera y por dentro. Éramos visires sin
funciones. Perplejos sujetos que no pudieron volver al punto de partida. Ese
que recordamos tanto, como se recuerda lo ansiado, desde casi estar en vientre
de madres nutridas de silencio habidos en todo tiempo.
Ni que esta vida mía estuviera en latencia básica. Ni que las cosas fueran
trazadas de acuerdo al periplo de un albur. Y, por lo mismo que digo esto,
siento que me cruza una nostalgia plena. Como cuando se tiene enfrente la
soledad primaria absoluta. En ese yendo por ahí que voy. De aquí y de allá,
alusiones constantes. A la desvertebración del universo mío de conformidad,
sin poder localizar la participación mía en el entorno. En la manera de ser sin
sentir la ausencia de condiciones para acceder a todo lo habido. Desde antes y
ahora. Como subsumido en la querella conmigo y con el otro yo de afuera. En
ese espacio colectivo que no reconozco. Por lo mismo que sigue siendo una
convocatoria a vivir la vida de otra manera. En una figura de extrañamiento y
de extravío. Un andar sin reconocer lo posible adjudicado a la belleza tierna.
Efímera o constante. Es, en mí, una especie de violentación de los supuestos
íntimos. Asociados a todo lo que, en potencia, pueda ser expresado. O, al
menos, sentido.
Un organigrama, lo mío, uniforme. Como simple plano a dos voces. En
una hondura de dolor manifiesto. Como queriéndome ir adonde han ido antes,
quienes han muerto. Tal vez en la intención de no enfrentar más lo habido
ahora. Por una vía en la cual no haga presencia la lucidez. Porque he ido
entendiendo que, haber nacido, me sitúa en minusvalía propia. Como
construida desde adentro. En una simpleza de vida. Como hecha en papel
calcado. Subsumido en condiciones inherentes a la vacuidad. Andando y
andando caminos que llevan a ninguna parte.
Sintiendo el malestar de no vivir, viviendo otra instancia. Por ahí en
cualquier otra parte anudada a la desviación. Localizando la volatilidad del
viento. Traspasando las ilusiones, con la espada mía insertada en el vacío. En
una urdimbre apretada, asfixiante. En vuelo raudo hacia el límite del universo
lejano. Presintiendo que ya he llegado, Que ya he desnudado lo que soy. Un yo
mismo aplastante, irrelevante, no promiscuo. En lo que esto tiene de
incapacidad para ser uno solo. Y no muchos, desenvolviendo el mismo ovillo.
Una enajenación potente. Absorbente. Vinculada al no ser siendo. En
búsqueda de camino de escape propuesto por mí mismo. En lo que soy y he
sido. Como en recordación de lo que, en un tiempo, fui. Como pretendiendo
volver al vientre, para no salir. Como en reversa. Como atado a la memoria
perdida. Envejecida. O, por lo menos, nunca utilizada para hacer posible la
largueza de la esperanza. Una figura, la mía, tan banal. Tan inmersa en la
negación de todo. En lo circunstancial perdido. En el contexto proclamado
como aluvión de rigores. De itinerarios envolventes. Surtidos de simples
cosas.
Un yugo que he sentido y siento. Como aspaviento demoledor. En
vocinglería innata y rústica. Con las voces en eco idas. Y de regreso, en lo
mismo sonido. Un estar y no estar que me apabulla. En fin, que, siento que
voy muriendo en mi misma tristeza. Como si ya hubiera llegado el momento
de no ser más.
Y sí que, en esa envoltura dispuesta, ha ido erosionando la vida. La mía.
Un sentir desmoronarse. Sin aspirar más a seguir siendo ahí. O allá. Un
condicionamiento que se ha tornado perenne. Un no a mi yo. Una incidencia
plena. De todo lo pasado. Como leviatán áspero. Punzante. Agobiante. En
postrer respiro. Ese que antecede, lo inmediato, a la muerte.
Insípido tiempo. Este que deambula por ahí como si nada. Aun sabiendo
que lleva en sí, ese tejido nefasto de violencia. De insania viva a toda hora y
día. Con esos niños y esas niñas que van y vienen sin horizonte. A cuenta de
opciones de vida y de conceptos, que las y las sitúan en posición de ser
vulnerados por vejámenes. Abiertos, asincrónicos. De aquí y de allá. Como si
fuese único horizonte habido y posible. O con esas mujeres nuestras, matadas.
Vulneradas. Como sopladura en ese vahído maldito. Que nos cruza. Que las
infiere como simples expresiones de vida sin pulsión válida. O, en esos
dolores todos. Asumidos como vigencia y vigía circundantes. Como si fuese
oxígeno necesario para vivir, así. En esa penuria de alma y de valores. Que
están ahí mismo. En ese ir y venir de toda hora y momento.
Y sí que, entonces, este tiempo es tenido en cuenta como referente de las
gobernanzas. Huero y hueco soporte de haceres alongados, potenciados.
Erigidos como valores universales, a ser acatados. Como simbología que se
torna proclama de recinto en lentejuelas soportado. Como vasos comunicantes,
hechos hervideros de solapados agentes. Sujetos catalépticos, que obran como
momias vivas. Revividas a puro golpe de normativas. Y de imperativos. En
esa lógica con nervadura trinitaria. Con horizonte impúdico a lomo del gestor
virulento, aciago, cicatero, malparido. En lo que esto tiene, no de referencia a
mujer ninguna. Más bien como cuerpo y vida hecha y contrahecha, a partir de
manuales pensados para armar. Rompecabezas, con piezas preestablecidas. En
eso que tienen todos los modelos construidos. A semejanza de rutinas,
pensadas en catacumbas pútridos.
O, en esa ironía que da la vida, ver rodando y crescendo, la búsqueda de
orquesta que partitura interprete. En cualquier opción de pentagrama. Así sea
en RE o en Do desparramado. Erigiendo, como expresión con algún sentido y
tono, la vendimia de los saqueadores de culturas y promotores de lobotomías
colectivas. Directrices hechas y, por lo mismo, diseminadas. Como pandemias.
Expuestas al viento. Para que vuelen. Y que, volando, hagan aplicación en su
derrotero. Aquí y allá. Como en el ahí de los troyanos sorprendidos. Como
esos inventos de toda la vida y de todos los días. En cuanto que somos sujetos
y sujetas de locomoción, entre incierta y cierta. Viviendo en una u otra
entelequia. Qué más da. Si todo lo habido ha sido y será, secuencia a
perpetuidad pensada. O no pensada. Siendo cierto, eso sí, que lo que más
odian y han odiado los exterminadores ha sido y es a la fémina ternura. Tal
vez, más por ser fémina que otra cosa.
Y, yendo en ese por ahí, tortuoso e in-sereno; hemos ido encontrando lo
avieso de las conjuras. Hemos ido andando el pantano. Que succiona los
cuerpos y las vidas en ellos. Caminando lo empinado y pedregoso. Como
yendo al lugar que conocimos como cuna de Pedro Páramo. O en el cuarto
frío, en tierra en que vivió el que encontró la perla casi viva; en la
nomenclatura de palabras en Steimbeck.
Y sí que, en ese envolvente torbellino de vidas juntas. O en las soledades
solas de Kafka. O en lo insólito vivido por el sujeto sutilmente áspero de
Camus. O, en esa comunidad internalizada, viviente y compleja de Cortázar en
su Rayuela. O, en fin, en ese saber que somos. Casi siempre sin haber sido
nosotros y nosotras. Ahí, en ese tejido de vida pasando y pasando. En este
maldito tiempo de cronología que mata. Por lo mismo que, siendo tiempo, no
redimido. Por lo mismo que redención es sinonimia de puro embeleco mata
pasiones y mata ilusiones.
Será por eso que yo, en mi íntimo yo incierto y perturbado, sigo amando a
esa ramera propuesta por Manolo Galván. En esa simple letra, en canción casi
clisé zalamero. O, en esa misma línea, sigo amando a la amante del puerto que
dio origen a la otra simpleza del “hombre llamado Jesús””; el hijo de esa que
entregó su cuerpo a quien pasó primero. Vuelvo y digo: será por eso. Por
tantas simplezas juntas; que sigo viviendo a diario, con la dermis ilusionada,
expuesta, a lo que pasa, pasando. Tal vez pobre sujeto, insumiso empedernido.
Que sigue atado a cualquier canto de letra compleja o fútil. Pero expeliendo
más vida que este tiempo enjuto. Pletórico de sujetos, serios. De pies en tierra,
dominando. Valgo más yo, como sujeto ingrávido de fácil volar, volando.
Me siento como en remolinos. Como cuando uno siente y percibe que la
memoria da vueltas por ahí. Pero sin poder precisar ni tiempo ni espacio. Yo
salí de Puerto Lejanías hace, exactamente, cuatro años. Estuve lo que llaman
andaregueando sin rumbo fijo. Primero fui a parar a la ciudad Arcadia. Llegué,
por cierto, un primero de octubre. Sus casas y las personas me eran conocidas.
Pero, como enlagunado, no supe acertar en lo que iba allí a buscar. Unos
barrios muy parecidos. Con sus calles estrechas y con espacios amplios. Como
parques naturales. No tocados por nadie. Eso es lo que entendía. Un río ancho.
Asumí, por mi cuenta, que tenía gran profundidad. Ante todo, la parte que
pasa a dos cuadras de la alcaldía de Siracusa. Todo estaba silente. Nadie a
quien preguntar. Puertas cerradas. Y pensé, dentro de mí, que no habían sido
abiertas en siglos. Zócalos vistosos. Amarillo, verde, rojo. Pero los veía
borrosos. Como si los colores, de por sí, se hubieran puesto de acuerdo para no
despertar el interés en el iris pleno. Mi mirada, perdida. Como tratando de
adivinar qué pudo haber pasado con sus gentes. Y su calidez, si alguna vez se
hubiese hecho presente, no radiaba. No sentí esa intuición de algo siquiera.
En esta ciudad estuve como veintitantos días. Tengo esa certeza, porque
me dio por medir el tiempo con el tránsito del Sol. Una especie de medianía
me envolvió. Y las ráfagas de viento me hacían recordar a Viridiana de
Xemos. Mujer de embrujos. Que había conocido en Puerto Xiloco. Había
vivido con ella por espacio de trecientos días, bien contados. Muy montaraz su
figura de cuerpo, de palabras y de acciones. Nuestros primeros días juntos, lo
celebramos cantando esas cancioncitas que ella y yo habíamos aprendido
desde que fuimos niño y niña. Para ella y yo, era como contar cosas, sin
música. Solo sé que decíamos palabras que echábamos al aire. Y cuando nos
cansamos, fuimos hasta la tiendita de Marcus Hiposo. Por cierto, un ciudadano
cretense que llegó a nuestra tierra, según me dijo un día, huyendo de la
violencia ensañada en su país.
No estaba el señor dueño. Ni nadie que lo reemplazara en la atención a los
compradores y compradoras. Sin embargo, la puerta estaba abierta. En su
interior todo aparecía como intocado. Sus mercancías denotaban la presencia
del polvo acumulado. Viridiana entró y me invitó a seguirla. Dos piecitas, una
cocinita y un patiecito subyugante. En uno de los cuarticos, acostado de
cuerpo, estaba Marcus. Sin respirar siquiera. Pero su mirada estaba abierta.
Como escapadas de algún sitio aterrador. Había todo tipo de insectos y de
animales grandes. Todo su cuerpo ya empezaba a exhibir el olor y el color de
la pudrición. Su cabello estaba arrancado del cráneo. Y, sus labios, cosidos con
hilo de trenza. Y su cara como si la hubiesen flagelado.
Viridiana y yo quedamos perplejos. Pero no nos decíamos ninguna palabra.
Cayó la noche primera. Y, en sucesión, pasaron una y otra vez, Nos habíamos
acostumbrado al olor y a la cantidad de gusanos sobre el cuerpo de Marcus
Hiposo. Iban y venían. Como danzando de la dicha por lo que encontraban
todos los días. A decir verdad, el tiempo voló. Y ella y yo, también. Ahí, en
esa postura y sin comer y sin beber, estuvimos ahí. En el cuartico de don
Mario.
Hoy aquí, habiendo llegado de todos los caminos juntos. Y sintiendo el
calor abrasador; mi memoria y mi estar en sí, parecen quebrados. Sin sosiego.
Impelido a versificar con palabras incoherentes, insumisas. Los árboles
meciéndose. Siguiéndole el paso al viento ululante. Mi mirada puesta en las
cosas, no en las personas. Simplemente porque nadie había. Simplemente
porque, este yo erguido, empezó a inflamarse. Las pústulas empezaron a
crecer y a doler. Ahogan.mis gritos, no sé por qué.
Y ya, siendo de noche otra vez, vislumbré un cuerpo que venía hacia mí.
Cuanto más se acercaba, más se me parecía al cuerpo de Marcus. Cuando
estuvo ahí, en frente mío, empezó un verter de palabras. Insumisas como las
mías. Nos hicimos un mundo con nuestros cuerpos. Y fuimos ascendiendo
hasta lo más alto. Y, llegando allí, veíamos el agua correr. Las gentes salir. En
fin, que volvió a la vida lo que antes no era. Y, los dos, fuimos arrastrados por
el viento. Aún ahora, cien años después, seguimos girando. Mirando los
amaneceres y las noches, sin poder decirnos nada.
Nació en el leprosorio de Ciudad Vigía. Inimaginables los vientos,
rodando. Venidos desde la ternura amarrada, enviciada al truculento espasmo.
Ella, por si sola, había rondado desde antiquísimos tiempos. Desde cuando la
vida se hizo secuencia desparramada por el mar hiriente. Los avatares, en
seguidilla, lo fueron siguiendo. Desde la violencia hecha muralla, profanada e
inhóspita, por lo bajo.
Ese hombrecito, empezó a ver el mundo, como proclama ya arrinconada:
Metida en la muerte de la simpleza y de la aventura ansiada. Ahora mutilada.
Sus orígenes, en eso de la herencia venida como patrón circular; remontan al
tiempo en el cual la levitación era viento turbio; como cuando uno pretende
dibujar El Sol a mano alzado. Una circunscripción rotando por todos los
avatares del entorno. Viviendo una mudez que se amplía. Una memoria vaga;
la ternura embolatada. Sin hacer superficie en el agua. Dulce o salada. En todo
caso, cuando Patronato Antonio Lizarazu llegó a la vida; desde ahí mismo
sintió que no podía vivir en ese escenario ditirámbico. Y se juntó con Inesita
del Santísimo Juramento de las Casas. Ella y él trataron de buscar remedio a
las afugias heredadas. Se hicieron al torbellino brusco, insensato.
Y, entre ella y él, vaciaron todas sus fuerzas, como rogando aceptación. En
este universo explayado. Con sus sistemas ya definidos. Después de esa
explosión constante. Yéndose por ahí. En lo que sería una finura en todos los
tiempos. Ecos de él y ella. Cantándole a los mares. Como decían otrora; solo
cantos de sirena.
Y llegaban las noches, después de ver morir el día. Y en la inmensa Luna,
trataron de conocer su otra cara. Como diciendo que no es posible la
obscuridad eterna. Que lo sensato sería que, esa Luna lunita, los acogiera. Y
que les permitiera crecer a su lado.
Ya, en el pueblito suyo había comenzado las fiestas. Y se escondieron para
que no los incitaran, a ella y a él a desestimular la alegría que, siempre, han
querido conocer. Fiestecita encumbrada. Venciendo la gravedad, al aire sus
cuerpos. Atendiendo las miradas de papá y mamá. Fingiendo, en veces, una
locura hirsuta. Como escogiendo las nubes con las cuales arroparse. Y su Sol,
amado Sol, les prohibió avanzar hasta su centro hirviente; milenario.
Cuando a él lo tocaron las fisuras de piel. En esas ampollas que maduraban
constantemente. Para luego volverse estigmas supurando ese pus malévolo.
Ella le rogó que la untara. Para acompañarlo hasta todos los días y todas las
noches juntos. Y, él en arrebato impuro le dijo sí. Y llegaron a ese sitio.
Conocieron a sus pares. Se hicieron solidarios. Cada día, en esa carne viva
licuada por el calor inmenso, como tósigo; fueron enhebrando los días. Y, en
las noches, contándose las historias aprendidas en pasado hiriente. Se hicieron
sujetos y sujetas de la veeduría ampliada. En ese perímetro primero y último,
tuvieron que asumir sus datos personales. En lo que eran ya. No en lo que
fueron antes.
Y pasaban los días, en veces, fulgurantes. Rojos como deben ser las cosas
y los cuerpos a la orilla de esa estrella enana que va muriendo. Pensaron en la
miríada de otros cuerpos celestes ampliados. Un ejercicio que combina lo
cierto de ahora. Y lo que puede pasar después. -Patronato e Inesita del
Santísimo Juramento de las Casas, empezaron ese mediodía que separa la vida
de la muerte. Ahí, en esa sillita breve. La del parquecito único. Se hacían
sangría en sus pústulas. Se besaban. Juntando esos labios henchidos. A punto
de reventar. Se acariciaban sus cabellos. Se miraban entre sí. Como en ese
espejo no conocido.
Por fin, les llegó la muerte. En esa amplitud manifiesta. En ese parquecito.
En su casita color azul perenne. Y llevaron sus cuerpos. Los devolvieron a la
tierra de la cual habían venido. Y se perdió la suma de años y de siglos…
simplemente no volvieron.
Y sí que me estoy yendo para la otra orilla, Buscando, tal vez, tu rastro
benévolo. Seguí la huella de Marceliano de Elea. Pretendiendo acabar con el
acoso de los opresores de la vida. Queriendo saber, de antemano, la
nomenclatura de tu sombra. Te vi en ese escenario abrupto. Siguiéndote por
todo el albur. Me hice a la idea de estar ampliando todo el entorno. Buscándote
como desesperado fiscal que no encuentra a su reo. Sin embargo, bauticé ese
coloquio con el nombre de epopeya benévola. Me hice a la mar. Como
cautivando las opciones venidas desde el día pleno. Nostálgico. Ancho de
cobertura ignota. Cuando dejé de verte en el escenario proscrito. Como si todo
fuera, no más que endilgarte la culpa. De toda propuesta antigua.
De mi parte, supe la diferenciación de los cuerpos. El tuyo, el mío. En ese
intercambio vociferante. Alevoso. Maltratratándote en ese camino nuestro del
tiempo atrás. Me fui, por lo mismo, por el camino acezante. Mostrando mi
condición de doliente nervadura próxima al desvarío hipócrita. Como diciendo
que el cianuro es a la vida; como la mentira engañosa es a la historia.
Yo sí que tengo claro lo de tu partida. En ese sueño, soñé que te tenía de
nuevo. Habiendo trasegado los territorios ampliados. Llenos de perfiles apenas
perceptibles. Te vi en la lejura de vida acompasada. Con el urticante proveedor
de insumos para los milagros.
Luego, entonces, lo dicho por mí ya fue dicho. Como sin reversa posible.
Como ignoto fundamento de hacer posibilidades inmensas en este refugio mío.
Elocuente, verdeamarillo. Componenda insólita venida a más. En esa
contraternura aciaga. En los límites entre lo habido, y lo porvenir sin el
escenario pérfido. Como si tú o yo hubiésemos fornicado con la solidaridad. Y,
que, por eso, el universo se hubiera propuesto desandar lo que antes dimos,
por cierto. En esa bruma insolente. Protestando por nuestro llamado, a tiempo.
Y, entonces, este ejercicio estuviera como prolongación imbécil. En esa
trenza miserable, apabullando lo mejor de la vida vivida. Por cierto, invertida
en lo cotidiano. Uno tras uno los versos de la impotencia, para acomodar los
cuerpos en ese quehacer.
En verdad no sé qué decirte ahora. En esta lejanía bruta. Siendo tus ojos
como golosinas para niños y niñas. En esa envoltura mágica de tu cuerpo, No
es momento de divagar, como perogrullada en mención. Más bien te digo, en
el silencio, la perdición de mis fronteras. Otrora traspasas por ti, en mis
brazos. No es momento de elocuencia efímera. Es más, como mariposas
volando alrededor de tu cuerpo y del mío.
Como luciérnaga de potente luz. Ahí no más en la esquinita de antes. Te
espero. Con una emoción no detallada por ninguno de los controles insípidos
aletargados. En una posición adversa. Como quienes ejercitan su tiempo en la
más liviana actividad.
Mi conjuro es, pues, prístino. En el que incluyo mi versión de la calidad
humana, en todos los bretes lánguidos de mi vida. Que se fue en pos de tu
huella incandescente. Untada de Sol. En frecuencia ida. En la lúdica absorbida
por ti. Y por este ser de juntura casi perversa.
Lo convenido es, para mí, la valoración de palabra hecha. Yo me fui por
ahí. Tratando de precisar lo que quería hacer, después de haber propuesto volar
con la vida en ello. Y es bien convincente lo que me dijiste ese día. Y yo me
propuse transitar el camino que tú dijeras. Y, te entendí, que sería el comienzo
de una ilusión forjada a partir de validar lo nuestro como propósito de largo
vuelo. Ante todo, porque he sido tu amante desde siempre. Inclusive, desde
que yo hice de mis pasos naciente, una conversadera sobre lo que somos y lo
que fuimos. Sin temor al extravío, acepté que no había regresión alguna. Que
seríamos lo que nos propusimos ese día, siendo niño y niña; con en realidad
éramos. Y sí que arreció la bondad de tus palabras. Enhebrando los hilos de lo
vivo y vivido. Aun en ese lugar del tiempo en el cual apenas si estábamos en
condición de realizar el ilusionario. Un desarreglo, ungido como anarquía de
sujetos. Sin detenernos a tratar de justificar nada. Como andantes eternos.
Como forjando el tejido, a manos llenas. Y, pensé yo, hay que dar camino al
mágico vuelo hacia la libertad, ayer y hoy pérdida. Un vacío de esperanza
atormentador. Por lo mismo que era y es la suma de los pasados. Y, precisando
en el aquí, que nos dejábamos arropar de ese tipo de soledad acuciosa. Casi
como enfermedad terminal. Como si nuestro diagnóstico se lo hubiera llevado
el viento. En ese tono de melancolía que suena solo cuando se quiere ser cierto
sin el protagonismo del diciente lenguaje habido como insumo perplejo. En
todo ese horizonte expandido de manera abrupta, imposible de eludir.
Un frío inmenso ha quedado. Ya, la nomenclatura de seres vivos, de ser
amantes libertarios; se ha perdido. Mirando lo existente como dos seres que
han perdido todo aliciente. Un vendaval potenciando lo que ya se iba de por sí.
Fuerte temblor en eso que llamamos propuesta desde el infinito hecho posible.
Como circundando la Tierra. En periodos diseñados por los mismos dos que se
abrazaron otrora. Cuando creímos ver en lo que pasaba, un futuro
emancipador. Ajeno a cualquier erosión brusca. Como alentando el don de
vida, para seguir adelante. Hasta el otro infinito. Pusimos, pues, los dos las
apuestas nítidas, aunque complejas. Un unísono áspero. Pero había disposición
para elevar la imaginación. Dejar volar nuestros corazones. Como volantines
sin el hilo restrictivo. Y, si bien lo puedes recordar, hicimos de nuestros juegos
de niño y niña, todo un engranaje de lucidez y de abrazos cálidos, manifiestos.
Hoy siento que lo convenido en ese día primero del nacer los dos, ha caído
en desuso. Porque, de tu parte, no hay disposición. Que todo aquello hablado,
en palabras gruesas, limpias, amatorias.se hicieren ovillo insular Un vaivén de
cosas veo yo. Un estar pasando el límite de lo mínimo posible para acceder a
la opción de estar vivo y viva. Supongo, entonces que ya perdimos todo lo que
fue el universo que nos cobijó antes. Como estando en condiciones de
minusvalía absoluta.
Esta mañana, recién despierto, convoqué a mi yo taciturno, casi
avergonzado, Después de haber estado en la noche, ansioso de estar contigo. A
decir verdad, no pude dormir. Estando yo mismo contándome, en inventarios
de voces y palabras, lo inmensa que eras. Viéndote en cada paso. Y en cada
momento
Ya en la tarde pude apaciguar mi espíritu. Con decir que pude salir a la
calle. Todo para arengar a todos y todas; para que no naufragaran como lo
estoy haciendo yo. Dispersé mi mirada. Y te vi ahí, en el parquecito umbrío.
Aquel que nos albergó. Cuando éramos dos. No ahora que solo soy yo, uno.
Como enardecido fuego virulento, que ocasiona la sequedad de los
territorios y los templos. De aquellos y aquellas cantantes en Corinto. Me
explayé en contar los días. Deduciendo que ya Virgiliana de Asís, había
lanzado vuelo hacia el este. En búsqueda del texto perdido de Orígenes.
Saltando lagos. Volando sobre los mares, se estrecharon las posibilidades de
apaciguar el fuego lento de las lujuriosas águilas del norte. Ellas, así como yo,
dedicaron sus palabras a las Vestas incipientes. Las Primeras. Aquellas que no
habían logrado pasar el Monte de Olivos. Se sumergieron, por lo tanto, en las
brechas esponjosas de agua salda impúdica, sonajera. Vertida allí por los
poderdantes Tlatelolco y Angeloti. Como hueras causas perdidas. Asimiladas
a la doctrina de la infamia suprema
Y es que Tertuliano pretendía zanjar la confrontación (casi cien años
después) una disputa que empezó a trascender la simple arenga. Por lo mismo
que, a la par con la confrontación centrada entre el Imperio y la tripartita
amalgama contestaría; se iban desgranando posiciones menores, pero
adheridas al mismo piso originario. Ya los fariseos administradores, tenían un
disenso, por la vía de los zelotas. Siendo estos una representación grupal,
enfrentada con el fisco romano. Y allá, en Jerusalén, se hacían excesivamente
fuertes. Casi como desplazando todo el contenido mismo de las expresiones
judeocristianas.
Daba cuenta, el rico propietario y esponjoso crítico leguleyo, de
pretensiones un tanto milenaristas. Como si evocara, hacia atrás, los
condicionamientos propios de la historia religiosa asociada con el Pueblo
Judío. De la dirección política de Moisés y de su capacidad para establecer con
sus dirigidos una relación de prepotencia centrada en los Diez Mandatos
Fundamentales. Y se hizo fuerte, Tertuliano, a partir de su ofensiva en Contra
del decantamiento en la doctrina, realizado por Pablo de Tarso. Algo así como,
en una seguidilla de torpezas a nombre de la ortodoxia.
Los Juegos Olímpicos en 165, marcaron el surgimiento de otra arista en la
confrontación. Marciòn, empezó a ejercer como opción preponderante. En un
entramado de confusión. Al menos en lo que respecta al significado de la
propuesta de los eirenos. De la razón de ser de la variante en Peregrino y su
inmolación, en nexo con la defensa de sus postulados fundamentales.
Ya estaba dicho, diría Pablo de Tarso, de lo que se trata es de la
preservación del hilo conductor básico. De no dejar extinguir el fuego del
cristianismo; por la vía de ignorar que la confrontación con la teoría
helenizante, no era otra cosa que expresiones de la dinámica misma de la
contradicción. Entre el Jesús histórico, ambivalente. Y el Cristo, resucitado. Es
decir, no surtir teoría escindiendo las dos partes. Por el contrario, haciendo
cohesión.
En este entonces de ahora, he dicho y he consumado actos de plena unción
divina. Ya, es tarde eso, había envuelto el velo de mis diosas. Colocándolos en
derredor del sepulcro enjuto. Bochornoso. Por lo mucho que me atosiga la
pérdida. En peralta sinuoso, encuevado en el plano que da a la pendiente del
tiempo que se va empoderando de mi ser. Como sujeto ingrávido. Pero que, tal
vez por eso, viviqué el sueño en otros mundos. Veía circunnavegar las naves
de los adelantados hombres ponzoñosos. De aquellos representantes de reinos
que vendrían a futuro. Y que llenarían de dolor a seres iluminados, en la
ceguera que estaba viviendo. Los pulsé y los encontré en mis sueños.
En verdad, yo, si había pensado ir algún día. A Cajamarca, la ciudad
permitida. Para todos. Desde Cumbemayo, Flor de Cumbre. Lugar Fortín del
Imperio. Inca, Atahualpa, retenido, engañado. Como todo lo hecho, en
ramplonería por los mercenarios. Invasores. Depredadores. Arrasadores de
culturas. De aspaventosas expresiones subyugantes. En contubernio, con los
enajenados inquisidores; en proclamas ampulosas, asesinas.
Incas de extirpe milenaria. En lo suyo. Posicionados de su cultura.
Herederos de mixturas étnicas, en veces descifradas, identificadas. En
ejercicios libertarios, a vuelo. Dolientes de condiciones venidas en alza.
Horizontes en hibernación. Latentes guerreros ahí. Testigos de la inveterada
acción usurpadora. De la ambición de jerarquías sucesivas. De los robadores
en continuidad. De los saqueadores. Perros de presa perversos. No por
denominación, en sí, del animalismo. Más bien de lo que esto traduce como
sangría de tesoros hacia la "bienamada Madre Patria" ávida de lentejuelas
espurias.
Atahualpa engañado, sometido. Vulnerado. Testimonio cierto de lo infame.
De figura extorsiva. De secuestro impune. De cazarrecompensas pútridos.
Quizá, hoy, en la leguleyada del procedimiento imputacional y del castigo. Del
marco jurídico que envuelve. Diciendo, aquí y allá lo deleznable. Bronca ante
la aquiescencia, en lo histórico. De esa figura punible, extensión de lo más
perverso. Rescate cobrado. Inmolado su pagador. Engañado, confundido.
Como premonición, a quinientos años ha, de lo kafkiano procesal. Delito
que quedó ahí. En la embolatada teoría de lo extorsivo. Yendo y viniendo en
embudo, asfixiante. Como "señor K" imbuido de potencia imperial nativa
aquí. No ha sido interés de la historia, en sí, de lo procesal en sí. Ni como
lógica. Ni como hermenéutica. En lo escrito, solo se ha registrado lo de la
"civilización europea" adyacente a la ética nicomaquea. Al aristotelismo
empedernido, dando cuenta de los "grandes progresos de la humanidad"
vinculados con la ciencia jurídica.
Ningún Tribunal Internacional, ha erigido esa ignominia como delito de
lesa humanidad. Siendo, como fue en verdad, secuestro extorsivo agravado.
Por lo mismo que el victimario victimizó de manera intencional. Inclusive,
desde la opción conceptual propia de la extensión de conducta dolosa, la
infame Monarquía Española, fue sujeto de culpa, Por cuanto sus agentes
perpetraron, en su nombre, la tropelía mayor de asesinato en persona inerme.
En el sujeto representante del Imperio Inca. Con tanto o, mucho más, soporte
de legalidad que la misma Corona. Por cuanto se ejercía, (como en todo poder
de gobernanza) en representación de un pueblo. Más, aún, siendo éste Pueblo
Nativo invadido., Avasallado. Habiendo sido violentadas sus fronteras, su
religiosidad, su cultura. Trastocados todos sus cimientos; a nombre de Poder
Lejano. Siendo ese, aquí, sin derecho a reconocimiento alguno. Por lo mismo
que manipuló, tejió y ejecutó el exterminio. A través de sus tutelados.
Pero es la misma impronta bandidesca, ni que decir tiene, de sucesivas
realizaciones. Con la misma saña. Por lo mismo que, tan perdulario fue eso;
como ha sido y seguirá siendo el quehacer de la gendarmería internacional,
actuando "a nombre de la civilización". Que no es lo mismo que de la
Humanidad avergonzada.
Me detuve en Eritrea la Nueva. Birlando a la soldadesca. Buscando el
otrora Vellocino lustroso. Tratando de concretar la ruta que me llevaría a bordo
de los barcos milenarios. Como fantasmagóricas fieras hirientes. En puro laso
asfixiante. Heredero de los esclavistas del Templo. Hice fuga, entonces, hacia
los arreboles del crepúsculo avieso. Me dí a la tarea de volver a convocar a
aquellos y aquellas libertarios y libertarias. Ya, en Campamento hechos, le di
velocidad y espacio. Dandó9les órdenes de beligerancia. Para invadir el Fuerte
de Tlatelolco. Todos y todas, en silente ejercicio, accedieron a la puerta
azarosa, asfixiante.
Los prolegómenos estuvieron a cargo de Melisa de Egea. Ella, en ese vuelo
nítido que sabía hacer, erguida, trepidante, sobrevoló el Castillo. Su mirada,
como lanzas frenéticas libertarias, penetró los sitios escondidos de los
cobardes poderdantes de la Doctrina de La Precondicionalidad Manifiesta.
Retrógrados sujetos de alma vocinglera. Pletóricos demonios hechos fuerza,
en razón a la apologética de conquistadores aviesos. Observando esa
monotonía de colores inversos al quehacer de fuego abierto, libertario.
Con razón estoy en el desvarío ampliado. Sí, no más, ayer me di cuenta de
lo que pasó con Anita. La niñita mía que amo. Desde antes que ella naciera.
Porque la vi en los trazos del vientre de su madre, Amatista. Y la empecé a
cautivar desde el momento mismo en que empezó a gozar y a reír. Ahí en el
caballito de carrusel primario, íntimo. Cuando, en el cuerpo de su madre,
montaba y giraba. Ella, en esa erudición que tienen los niños y las niñas antes
de nacer; se erigió en guía suprema. Yo, viéndola en ese ir y venir
momentáneo, le dije que, en este yo anciano taciturno, prosperaba la ilusión de
verla cuando naciera. O de arrebatarla a su madre, desde ahí. Desde ese cuerpo
hecho mujer primera. Y le dije, como susurrante sujeto, que todo empezaría a
nacer cuando ella lo hiciera. Y le seguí hablando aun cuando escucharme no
podía. Simplemente porque su madre, amiga, mujer, se alejó del parquecito en
donde estábamos. Y me quedé mirando a Amatista madre, en poco tiempo
concretada. Y la vi subir al busecito escolar que ella tenía. Pintado de
anaranjadas jirafas. Y de verdes hojas nuevas. Y se alejó, en dirección a casa.
Y yo la seguí con mi mirada. Traspasando las líneas del tiempo y de los
territorios. Sin cesar me empinaba para dar rienda suelta a mi vehemente
rechazo por haberte alejado de mí. Niña bella. Niña mañanera.
Y, en el otro día siguiente. Ella, tu madre, volvió a estar donde nos vimos
ayer. Amatista madre. Como voladora alondra prístina, se sentó en el mismo
sitio. En ese pedacito de cielo que había solo para ella y para ti. Y me miró.
Como extrañada madre que iba a ser pronto. Y me dijo, con sus palabras como
volantines libertarios surcando el aire, qué ella nunca me dejaría llevarte al
lugar que he hecho para los dos. Que, según ella madre, ese lugar tendría que
albergar tres cuerpos. Uno inmenso, el de ella. Otro, en originalidad absoluta y
tierna, el tuyo. Y, el mío, sería solo rinconcito desde el cual podría verlas
regatear el lenguaje. Elevándolo a más no poder. Casi, entre nubes ciegas,
umbrías. Y que, ella, tejería tus vestiditos azules, rojos, morados, infinitos los
colores. Y que, su mano, extendería hasta el más lejano universo. Para que,
siendo dos, me dijeran desde arriba que yo no podría ser tu dueño. Ni nada.
Solo vago recuerdo de cuerpo visto en la calle. En el parque. Más nunca en el
aire ensimismado.
Otra tarde hoy. Yo aquí. Esperándolas. Tú en el cuerpo de ella. Y las vi
acercarse, desde la distancia prófuga, Viniendo del barriecito amado por las
dos. El de las callecitas amplias. Benévolas. Desde esa casita impregnada por
el arrebato de las dos mujeres vivas. Transparentes. Orgullosas de lo que son.
Y, tú y ella, con los ojos puestos en una negrura vorazmente bella. Amplia,
dadivosa. Y las vi en el agua hendidas. Como en baño sonoro, puro.
Imborrable. Y agucé mis sentidos. El olor fresco de sus cuerpos. Y el escuchar
las risas y las palabras que se decían las dos.
Hoy, en este sábado lento, estoy acá. Esperándolas como siempre. Y veo
que llegan mujeres otras. Con sus hijos y con sus hijas. Niños y niñas nuevos y
nuevas aquí. Pero, mi mirada, buscaba otros cuerpos. El de Amatista y de
Anita, como decidí llamarte. Buscándolas por todo el espacio abierto. Sentí
que no podía más con la nostalgia de no verlas. Y me pesaban las piernas.
Como hechas de plomo basto. Y, mis ojos, horadando todo el territorio. Y
miraba el aire que bramaba. Como sujeto celoso. Como fuerza envolvente,
Pero no llegaron. Ni ella. Ni tu cuerpo en ella. Pasando que pasaban las
horas, todo estaba como hendido en la espesura de bosque embrujado. Y me
monté, con mi mirada, en los carritos pintados que veía. Como siguiendo la
huella de su cuerpo y el tuyo en el de ella. Viajero sumiso. Con el vahído
espeso de la tristeza, pegado en mí. Viendo calles. Cerradas ahora, para
cualquier asomo de alegría. Así fuese pasajera, Y llegó la noche. Y, el frío con
ella. Eché a caminar. Llegué a la casita mía. Y las encontré. Dibujadas en la
pared. Ella riendo y tú también. Pero eran solo eso. Dos cuerpos hechos. Ahí.
Sin vida. Y, esa misma noche, decidí no vivir más. Y me maté con metal
brilloso. Y mis manos embadurnaron con mi sangre los cuerpos dibujados por
no sé quién.
Lo que siempre soñó, Verticalisimo Polaco de Isis, se hizo concreción.
Desde que lo parió su mamá Emperatriz Cleopatra de Sajevo, se hizo a la idea
de gobernar. En universo imbuido de seres acostumbrados a verificar las
herencias; por la vía de proclamar vigente el ejército milenario de notarios del
tiempo. Con esas aureolas crecidas y expandidas, por la totalidad de los
horizontes. En una envergadura posesiva, Quedando en vuelo, solo las
vivencias cartujas. Como inmensidad de ideas rotas, por lo mismo que su papá
Luxo Xavier de Ugarte, ya había expelido todo el odio posible en el entorno
palaciego.
Casi siempre, de la mano con su hermanastra Xroqueta Anaïs, iniciaba el
día, con una caminata por toda la vecindad. Constituida por hombres y
mujeres adultos y adultas. No había niños ni niñas. Solo él. Una manifestación
explosiva, cuando no entendía las palabras dispuestas por ahí. Como meros
ecos repetitivos al infinito. Y, en ese mismo afán violento, los caminos se
abrían en puros lodazales. Ella, Xroqueta, asía su mano izquierda.
Pretendiendo que no volara al primer impacto de los vientos de abril y agosto.
Porque, en eso de haber soñado lo que en realidad es, Verticalisimo mostraba
una enjundia inusual. Casi como rapacidad venida desde el límite del tiempo y
de la Tierra. Se iba por las nubes gruesas, densas. Exponiendo su mirada al
pálpito del hidrógeno azuzado, prepotente. Como si ya supiera, en ciernes, el
poder guardado en su centro rodeado de electrones y protones en fuerza
devastadora.
Cada día iban, en sus paseos empalagosos, atesorando extravíos punzantes.
Reteniendo el aire. Cambiándolo de sitio. Inspirándolo en pleno bullicio de
correrías. Desafiando los caballos, en sus bríos y en la apuesta de conquistar
distancias infinitas. Cada día, un afán superaba al otro. En una nomenclatura
escrita con la tinta sangre exprimida a los acorzados unicornios. Unas
premisas decantadas, a partir de codificar los seres. En sus huellas y en sus
utopías.
Todo el verdor de los inmensos jardines expuestos al bello Sol, en el día. Y,
a la bella Luna, en las tardes-noches. El maltrato iba fluyendo. A cada recodo,
en paralelo, al camino primero; desojaban los cabellos de las lindas y
tempraneras galaxias doncellas. Casi como al galope de los hierros hendidos
en los cuerpecitos. Cada hiriente lance, suponía imprimir su sello. Xroqueta
Anais, imponente, esclava impotente, dirigía el espectáculo del día a día. Y
empezaron los sembradíos de cuerpos tiernos, desollados.
El paso del tiempo fue delineando los surtidores necesarios para recorrer la
historia, por parte de los cabríos sujetos del mismo corte. Como ADN ya
pensado desde que explotaron, en hecatombe, todos los aderezos forjando
miríadas de soles, encasillados en estiramientos voraces de las galaxias.
Fuerzas gravitacionales infinitas. En infinitos universos expuestos en
perspectivas. En las lógicas viajeras. Como demostrando que, cada vida cabría
en cada postura ígnea.
Y si, entonces, que Luxo de Ugarte soñó en esa tarde-noche, que
gobernaría la historia, desde el mismo momento en que fue parido. Y mamá
Emperatriz Reina fue consciente de eso. Por lo mismo, en consecuencia,
arrulló a su hijito en cunita hecha de hierros calcinados. Y de cuerpos celestes
sin vida. Y, en el hidrógeno condensado, preso en las coloquiales voces;
desmirriadas acezantes. Con energía espuria. Y, en ese crecer incesante,
torcido. Contrario a las uniones, los espasmos y las hecatombes, miradas
millones de años luz, hacia atrás.
Se hizo idólatra de sí mismo. El sesgo creciente, lo vivió imprecando a su
hermanastra esclava. En procesos sigilosos. O aspaventosos, según fuese hora
o momento. Y la poseyó en la misma franja entre pasado y presente. En
embelesado surco de ella. Hiriente, como el que más. Y, de esa unión
surgieron, otras galaxias minimizadas en brillo y en cuerpos celestes válidos.
Una soñadera burlesca, lacerante. Impropia en lo que esto tiene de las
iridiscencias perdidas. En afanosos y estridente voces licuadas por el viento
enfermizo. Expandido por todo lo habido; por cuenta de este mensajero
procaz, vergonzoso.
Una tarde, mientras Melisa encendía el fuego de las antorchas, preparando
el allanamiento; sentí un vaho penetrante. Bocanadas de aire impuro. Solícito
encubrimiento de las verdades. Todo como dándole vueltas a la premura
aciaga. Se hizo hiriente viento huracanado. Levantando el agua de nuestro mar
cercano, que empezó a inundar las brechas nuestras. En carrera suprema, dí la
orden de levantar nuestras lonas. Empezaríamos, aquí, el desalojo del
territorio. Llamé a Melisa y le ordené que volviera. Izamos las aureolas y las
banderas. Dejándolas como certeza de que habíamos estado allí. Tal vez, como
mensaje tierno a las diosas que, estaba seguro, habrían de volver. Y, en
consecuencia, lancé al viento la voz libertaria de Minerva y de Lucrecia de
Isimoz
Un lugar para amar en silencio. Ha sido lo más deseado, desde que se hizo
referente como persona ajena, a los otros y las otras. En ese mundo de
algarabía. En este territorio de infinito abandono, con respecto a la esperanza.
Y a la vida, en lo que esto supone crecer. De ir yendo en procura de las
ilusiones. Un deambular casi sin límites. Como expósito itinerario. En veces
de regreso al pasado. En otras, asumiendo el presente. Y, otras, con la mira
puesta hacia allá. Como rodeando los cuerpos habidos, arropándolos con el
manto que cubrió el primer frío.
Y sí que, Ignacio de Violles, fue decantando cada una de sus ideas. Como
cosas que vuelan. Que volaron desde que la humanidad empezó el camino. En
el proceso de transformación. Todo en un escenario sin convicciones sinceras.
Más bien, como en alusión a lo perdido desde antes de haber nacido. E
Ignacito, como siempre lo llamó su madre, estuvo en la situación de invidente.
Nacido así. En la obscuridad tan íntima. Se fue imaginando el mundo. Y las
cosas en él. Y el perfil de los acompañantes y las acompañantes. Cercanas
(os). Y se imaginó los horizontes. Las fronteras. Los territorios. Todo, en el
contexto de lo societario. Y se encumbró en el aire. Y en las montañas
insondables. Y las aguas de mares y ríos. Aprendió a llorar. Y a reír. Editando
cada uno de los momentos, en sucesión.
Al mes de haber nacido, se dio cuenta de su condición de sujeto sin ver.
Todo porque su madre lo supo antes que él. La intuición de todas las madres.
Que Luisito la miraba sin verla. Y se dedicó a enseñarle como se tratan los
momentos, sin verlos. Como se hace nexo con la vida de los otros y las otras.
Aprendió, de su mano, a ver volar los volantines de sus pares infantes. A
seguir la huella de los carritos de madera. De los trencitos hechos con el metal
que ya existía antes de él y de ella. Siguió, con sus ojos tristes, velados, el
camino que llevaba a la ciudad centro. A mirar el barrio. Y la casa suya. Y
fueron creciendo en la pulsión que significa asumir retos y resolverlos.
Se acostumbró a sentir y palpar las violencias. Las cercanas. Y las de más
lejos. El hilo conductor de las palabras de Eloísa Valverde, despejaban dudas.
Y, en la escuelita, emprendió la lucha por alcanzar el conocimiento
trascedente. A medir la Luna. A imaginar su luz refleja. A dirigirse, en
coordenadas, al Sol. A entender el régimen de la física que estudia los planetas
todos. Allí conoció a su Sonia. La amiguita volantona. Amable, radiante. De
ojos como los suyos. Negros, inescrutables. Vivos en el silencio de la noche
constante. Y aprendió a hablar con ella de todo lo habido. De los rigores del
clima. De la exuberante naturaleza amenazada. De la química del universo. Y
de los códigos ocultos de las matemáticas infinitas. Y del significado de las
voces agrias. Atropelladas, envolventes. Ácidas, disolventes. Pero, al mismo
tiempo, las voces de los sueños. De la ilusión. De la vida compartida. En la
bondad e iridiscencia. Y, juntos, vieron los colores mágicos del arco iris.
Enhebrando cada instante. Soplando el azul maravilloso. Y succionando el
amarillo cándido. Y vertiendo al mar los tonos del verde insinuado. Y,
avivando el rojo magnífico.
Y aprendieron a conocer sus cuerpos. Con las manos. De aquí y de allá. En
un obsequiarse, en el día a día. Palpando sus cabezas. Y sus caras. Y sus
vientres. Y sus piernas. Todo cuerpo elongado por toda la inmensidad de los
decires. Y caminaban camino al Parque. Manos entrelazadas. Risas volando a
lo inmenso del firmamento cercano. Y hablaban, en la banquita de siempre. Y
lloraban de alegría, cuando escuchaban y veían el ruido de los niños y las
niñas jugando. Siempre, ella y él, asumiendo el rol de la gallina ciega
estridente. Sabia. Corriendo. Tratando de superar, en velocidad, al sonido y a
la luz, su luz suya y de nadie más.
Fueron creciendo, envueltos en la magnificencia de los árboles.
Entendiendo cada hecho. Fino o grueso. O, simplemente, atado al estar lúcido.
Y corrieron, siempre, detrás del viento. Hasta superarlo. Y sus palabras,
orientaban el quehacer del barrio. De sus gentes amigas. Y, cada día, se
contaban los sueños habidos en la noche dentro de su noche profunda. Y
nunca sintieron distanciamientos. Ella y Él, con sus secretos y sus verdades.
Escritas en las paredes de cada cuadra. Dibujos de pulcritud. Las aves. Y los
elefantes expandidos. De la María Palitos, en cada hoja. De los leones
anhelantes. De las cebras rotuladas en blanco y negro. Sus colores ciertos.
Posibles.
Le dieron la vuelta al mundo. Desde el África milenaria. Con todos los
negros y las negras, en lo suyo. Con las praderas y los lagos incomparables.
Con el sufrimiento originado en el arrasamiento de sus culturas y de sus vidas.
Por la caterva de bandidos armados, pretendiendo erosionar sus vidas. Y, ella y
él, se aventuraron por los caminos a la libertad. Y soñaron con Mandela. Y con
Patricio Lumumba. Y con el traidor Idi Amín. Y recorrieron Asia, en toda la
profundidad de saberes. De rituales. De razas. De la China inconmensurable.
Del Japón en la quietud dinámica de sus valores. Y vieron a las gentes
derretidas en el pavoroso fuego expandido a partir de la explosión nuclear.
Jugaron, en simultánea, con los niños y las niñas, en Nagasaki Hiroshima
arrasadas, Entendieron la dialéctica simple de Gandhi. Y sufrieron los rigores
en Vietnam, cuando el Imperio pretendió aniquilar a sus gentes. Sintieron el
calor destructor del Napalm. Y entraron a los túneles en los arrozales. Y
Vieron, en ciernes a Australia y todo lo no conocido antes. Y volaron sobre los
glaciales atormentados, amenazados de muerte. Y estuvieron en Europa. Con
todas las contradicciones puestas. Desde la ambición de los colonizadores. Su
entendido de vida. Como esclavistas. Pero, al mismo tiempo, conocieron a sus
pueblos y de sus afugias. Y recorrieron a nuestra América. Sabiendo descifrar
los contenidos de sus divisiones territoriales. Sobre todo, la más profunda.
Norte Y Sur. En esa fracturación aciaga.
Y sí que, Ignacio y la Sonia suya, crecieron sintiéndose a cada paso. Y el
barrio. Su barrio, se fue perdiendo. Lo sintieron en la decadencia. Cuando sus
vivencias y las de su gente, fueron arrinconadas, asfixiadas. Y murieron sus
padres y sus madres. Y se sintieron en soledad profunda. Pero, aprendieron a
hacer los cortes y las ediciones de vida. Su vida. Y, en su noche constante y
profunda, se fueron acicalando. Aún, ya, en su vejez. Cuando todos y todas
olvidaron a Sonia y a su Luisito. Y, ella y él, siguieron viviendo su vida.
Descubriendo, cada día, las maravillas y las hecatombes en el infinito
universo. En esa brillante noche. Iridiscente. Hecha con su imaginación y sus
ilusiones.
En la madrugada de la fecha anunciada, por parte de Hilarión de Obeso. De
parte de Jerusalén y Palas, caí en ensoñación ambigua. Dolientes figuras,
surcaron mi mente. Viéndolas en el cobertizo del palacio Tlatelolco. Estaban
amarradas. Sus manos, a la espalda, vertían el dolor y la sangre. Y, también,
empezaron las nubes a embotar mi mente. Como mirando los cuerpos
apelmazados, como llagas dolorosas.
Yo supe de la muerte de este señor, hace media hora. Un niño, vecino, me
relató que, viniendo de la escuela, vio el cuerpo de un hombre tirado. Ahí en la
acera de la casa de don Virgilio Pomares. “Me asusté mucho, de Ubaldino de
Zurea”, me dijo el chico. Y yo, como imbuido de esos deseos locos de celebrar
lo macabro; me desplacé enseguida. Y, como ya creo que lo dije, lo vi ahí. Una
profunda herida en el cuello. Esa sangre seca, que le corría por la espalda y
por el tórax. Ese charco, inmenso, que más parecía apiladura de costras; que
esa espesura fluida que es a los mamíferos, combustible continuo que va y
viene, como surtidor de vida.
Y, en el camino, me encontré con Diógenes Ateniense, el novio de mi
hermana. No más al mirarlo y saludarlo, me dio por recordar el día ese de la
fiestecita, cuando celebramos la, boda. Qué lujo de orquesta. Y qué música,
tan bacana. El novio bailando “patacón pisao”, siguiéndole el paso a la novia.
Y es que, Dorita, sí que sabe de eso. De bailar. Desde pequeñita. Todavía le
recuerdo, cuando celebramos su bautizo; bailando “Anacaona”.
Y sigo allí. Como ensimismado. Mirando esa cabeza, yerta. Con un cabello
que, aunque empezaba a opacarse, exhibe unas sortijas bellísimas. Un negro
`profundo, brusca y tierno al mismo tiempo. Y, sin saber porque, vino a mi
recuerdo el día en que conocí a Andrea Tártara. Tal vez, porque el cabello de
ella era tan esplendoroso como el de éste cuerpo que está ahí tirado. Que fue
vejado, inclusive. Porque, se me olvidaba precisar, que sus uñas estaban
arrancadas. Tanto las manos como en los pies. Y, sus pestañas, también había
sido arrancadas. Así, esos hermosos ojos, se mostraban a la intemperie; como
queriendo volver a mirar la vida.
Cuando yo conocí a Adrián, tuve la sensación de estar enfrente de alguien
que, al vuelo, induce a reflexionar. Con una mirada, ya desde tan niño, torva.
Una boca, con rictus de ofensa para quien quisiera mirarlo. Unas manos,
excesivamente livianas. Delgadas. Como las de experto cirujano, ávidas de
bisturí. Todo él navegando entre lo brutal y lo insípido. Como queriendo
ufanarse de la lectura a la que convocaba.
Yo diría que, en lo inmediato visceral, remontaba a los orígenes de la
estructura freudiana de la vida. De las pulsiones; de las pasiones y los
impulsos. Como sujeto condensado, repleto de potencia latente. Algo parecido
a lo que se ha dado en llamar “Caja de Pandora”. Creo que, en lo más
recóndito de su bella reflexión acerca de la psiquis, Freud analizaría el cuadro
de Adrián, como tratando de escudriñar: Como si se diera cuenta de que ahí,
en esa cabeza sesuda, podrían encontrarse las respuestas a sus interrogantes
máximos. Como en la intención de descifrar los mensajes que, estando ahí, no
son todavía realidad.
Pedro Cancelado, estuvo a mi lado. Durante esa dos largas horas en que
miré el cadáver de este señor mío. Que nunca antes había visto. Que, a lo
mejor, nadie había visto; por lo menos vivo. “Es como si hubiera sufrido
mucho antes de morir”, me dijo Pedro. Y yo dije sí, con un movimiento de
cabeza. En esa heredad que ha estado siempre. Como diciendo a todo que sí.
Por mero reflejo corporal. “En este cuerpo, si veo plena la muerte sin
convicción”, recababa el Pedro Cancelado. Y, yo, absorto. Volviendo a la
afirmación como cabeceo inmediato.
Esa misma noche, encerrado en mi cuarto, retome el hilo conductor de mi
análisis. Y seguía apuntando a que Adrián, fue el asesino. El propiciador de
todo ese sufrimiento reflejado en ese cuerpo ya inerte.
No dormí en toda la noche, incluida la madrugada. Seguí viendo ese
cuerpo trozado. Y, con un grito mudo, recordé que ese cuerpo si lo había visto
antes. El de ese joven que me encontré el martes pasado, yendo para Palermo.
Casi a las seis de la mañana. Cuando todavía estaba despierto, sentí unos
leves golpecitos en la puerta del cuarto. Cuando abrí, me encontró de frente
con esos ojos que parecían rasurados. Con esos cortes transversales,
invitándome al olvido de lo que había visto. “…no vaya a ser que a usted
también lo maten y le quemen las manos y las piernas con el mismo carbón
encendido que en mi aplicaron los tres hombres, uno de ellos don Diógenes.
Que llegaron antier a mi casa, me llevaron y me mataron sin yo saber nada de
lo que me endilgaban. Entre otras cosas, que yo violé a su hermana, de usted,
don Ubaldino…”
Despertar doliente. Traté de recuperar la consciencia perdida en ese sueño
erosinante. Miles de punzadas, sentía en mi cabeza. Recordándome el pesado
sueño, embriagante y doloroso. Como que, yo, veía en ese cuerpo yerto el
cuerpo de mi Palas y el de mi Jerusalén. Ellas habían enviado su mensaje. Y,
necesariamente tendría que ordenar la avanzada, hasta el punto que ellas
habían significado. Y lo logré. Empecé los preparativos. Ya Melisa estaba
dispuesta. Al lado de Minerva y de Yocasta. Esta última se nos había unido en
la noche anterior. Con disposición para ayudar en la envolvente marcha.
Por sinuosos terrenos empantanados, fuimos caminando. Con nuestros ojos
puestos en el camino que nos conduciría al Castillo de los imperiales. Paso a
paso. Calculando cada medida de cuerpo de la zona áspera. Como incendiarios
sujetos veloces en la configuración de la avanzada libertaria.
Pero, así no lo quisiera, había algo en mí que me atormentaba. Como si
fuera secuela del sueño tenido en la noche. Como añorando el sexo de mi
amada. Como ferviente amante que la desea de manera perenne. Por esto
mismo, iba disipado. Perdiendo la concentración, en veces. Como atolondrado
cuerpo que camina, sin caminar
. En despertar de un día cualquiera. En consentimiento de los dos, se hizo
icono lo que antes era solo falso conserje. Le dimos el nombre de lógica, en
conexión con lo que entendíamos desde antes de ser uno, siendo dos. Y
volamos, en vuelo ajeno, a los palacios de reyes eternos, no vencidos por la
historia guerrera libertaria. Nos hicimos, pues, escoltas de lo que pasó, en
ciernes. Como homenaje a África profunda, absoluta. Y resultaron ser reyes
proselitistas, en la nueva era de lo que somos hoy. E hicimos voz bipartita,
como convocatoria a las voces todas, imaginadas. Nos fuimos yendo en lo
pendenciero. Por la vía de no promover libertadores melifluos. Asumimos la
brega hecha protesta libertaria. Pero, quien creyera, llevando por dentro los
traidores a la manera de Caballo de Troya. Y vimos a Idi Amín pútrido,
torcido sujeto. Y volamos, de nuevo, a ese Congo distanciado, liberado de la
Bélgica presuntuosa, engañadora como supuesta madre patria. Localizamos la
potente Biafra, en separarada ya, de no sabemos qué. Pero, sabiendo que
estaba languideciendo. Con sus hijos e hijas negras devoradas por la miseria.
Hambruna hecha potencia. Con los déspotas hiriendo el camino y los cuerpos.
A todos los lugares yendo y viniendo. Se fue perdiendo en el agobio
potenciado. Todos y todas en la negrura, color bello. Les fueron hendiendo las
lanzas como a corazón abierto.
Esa, la mujer mía, negra de conocimiento grato. De potente palabra
convocante. Como presagiando, con su voz, lo que vendría. Por los valles.
Reconfortando los ríos. Haciendo de las expediciones tumultos volcados. A lo
que resultar pudiese. Metida en la oración andante. Contando las cosas con
buen dedal y enhebramiento. Y, todos y todas, creímos ver, en ella, la libertad
creciente. Convergiendo en los continentes todos. Un de aquí para allá
irreverente. Viendo lo autoritario como escuálido cuerpo qué lugar no tendría.
Y, en esos esbozos, su vocinglería iconoclasta, fue surtiendo de palabras el
lenguaje. Precisas, perspicaces, hirientes de ser necesario. Pero, sobre todo,
elocuente mimosa ampliada. Para nombrar a los niños y a las niñas.
Diciéndoles de lo que vendría. De tal manera que fungieran como surtidores
ampulosos en lo sereno que debería ser. En nervadura evidenciada desde el
comienzo. Desde que, las mujeres, aprendieron a ser madres. Originados los
seres vivientes, en el clamor por el sexo dúctil. Tierno, explosivo, herético.
Pero, en los tumbos dando, yo la seguí en primera pieza y primeros pasos.
Tratando de alcanzar su vida. Y untarme en ella. Para ser negro del tiempo
mozo, libertario. Y, ella, como si nada andando. En veloz carrera. Para
alcanzar la estrella habida. Y supuso que volar tendría. Y se apropió de las alas
de Pegaso, negro también, como ella. Viajaron juntos. Ella y Él. Hasta el
abierto espacio de universo dado. Como prolongación de infinito estímulo.
Yo, viendo lo que pude ver, me fui haciendo enano, impotente sujeto de
mediodía apenas. El día siendo él y ella. Y juntaron alas mucho más grandes.
Habidas en contienda ligera con las aves lentas y presurosas. Haciendo de
cada estar, huella imborrable ahora y siempre. Unieron sus cuerpos en negritud
los dos. Unieron la hermosura de la Vía Láctea, con su hechura de planetas
dependientes de su vuelo; con las galaxias todas. Y se hizo un universo de
amplitud prolongada. No perecedero. Por lo mismo que la Negra fue
creciendo. Ya volando sin el alado sujeto equino que fue suyo. Solo ella y sus
alas. Y, las aves todas, viéndola en esa plenitud de vida, le cedieron también
las suyas.
Lo mío, es hoy, no otra cosa que cazador de albedrío teñido, hecho.
Buscándola en esta mí libertad sin ella. He roto cadenas antiguas y modernas.
En ese ejercicio narrado. La he buscado en el entorno de todos los soles. De
las lunas manifiestas, como silentes niñas que arroparme quisieron. Para
mitigar la soledad cantada. O silente como la que más habida. Andando yo, sin
las alas, robadas por ella. Por la Negra inmensa. Supe que creó otros mundos.
No a su imagen y semejanza, Más bien como iconos sueltos. Rondando, por
ahí. Aduciendo que son libres. Pero reclamando de la Negra Vida, su
presencia. Para ser conducidos a la explosión toda. Como suponiendo, o
murmurando, que despertarán en nuevo Bing Bang, más pleno y expansivo
que el de otrora hecho.
Y sí que, en esas andando. Como esperándola en la esquina de la galaxia
nuestra, Tal vez añorando verla pasar algún día. Y que, me preste sus alas. Par
ir volando hasta Asia pujante. Y volviendo a ver a nuestra África recién
naciente. Descubriendo la pulsión de la Australia inmensa y gratificante,
Surcando a la América toda. Y, proponiéndole a la Europa íngrima que se una
a nosotros y a nosotras para levantar la vida, en plenitud potente, deseada.
La conocí en el universo habido. Siendo ella mujer de libertad primera. En
esa exuberancia que me tuvo perplejo. Durante toda la vida mía. Siempre
indagándola por su pasado sin fin. Siendo este presente su expresión afín a lo
que se ama en anchura inmensa. Siendo su belleza el asidero de la ternura. En
su andar vibrante. En caminos por ella pensados. En ese ejercicio lujurioso
sublime, herético. Me fui haciendo a su lado, como sujeto de verso ampliado.
Me dijo, en el ahora suyo, lo mucho que podía amarme. Diciéndole yo lo de
mí viaje al límite gravitatorio. Ofreciéndole todo el ozono vertido en el fugaz
comienzo que se hizo eterno. No por esto siendo mera expresión de momento.
Ella, a su vez, me enseñó sus títulos. Siendo el primero de todos su holgura en
lectura y en palabras. Yendo en caravana de las otras. Con ellas deambulando
de la mejor manera. Por ahí. Por los anchurosos valles. Por los mares
empecinados en demostrar su fuerza. Cogiendo el viento en sus manos y
arropándolo para que no se perdiera. En fin que, la mujer mía libre; se fue
haciendo, cada vez más explayada en recoger lo cierto. En lucha constante con
la gendarmería despótica. Fue cubriendo con su cuerpo todos los lugares no
conocidos antes.
La vi llorar de alegría inmensa. Cuando encontró la yerba de verde nítido.
Y las aves volando que vuelan con ella. Me dijo lo que no decir podían las
otras. Juró liberarlas. Y sí que lo hizo. Con su ejército de potenciado. Uno a
uno. Una a una, fueron apareciendo. Espléndidos y espléndidas. Con el traje
robado a la Luna nuestra. Sin oropeles. Pero si hechos con tesitura amable.
Elocuente. Enhiesto. En ese andar que anda como sólo ella puede hacerlo.
Todos los lugares, todos, se fueron convenciendo de lo que había en esa
belleza extraña. No efímera. Cambiante siempre. Siendo negra que fuere. Y
amarilla superlativa. Y blanca venida a la solidaridad de cuerpo. En mestizaje
abierto, profundo.
Como queriendo, yo, decirle mis palabras, me enseñó a tejerlas de tal
manera que surgió la letra, el lenguaje más pleno. Siendo, ella, lingüista
abrumadora en lo que esto tiene de amplitud posible, para enhebrar las
voluntades todas. Haciéndose vértebra ansiosa, a la vez que lúcida para la
espera. Me trajo, ese día, los mensajes emitidos en todas partes. Conociéndola,
como en realidad es, me fui deslizando hasta la orilla del cántico soberbio. Y,
estando ahí, triné cual pájaro milenario. Convocando a mis pares para
ofrecerle corona áurea, a ella. Para efectuar el divertimento nuestro, ante su
potente mirada. Negra, en sus ojos bellos. Locuaz conversadora en la historia
entendida o, simplemente, en latencia perpendicular, en veces, sinuosa en
curvatura envolvente, en otras. De todas maneras permitiendo el
encantamiento ilustrado.
Este territorio que piso hoy; se convertirá en paraíso para las y los herejes
todos y todas. Para quienes han ido decantando sus vidas. Evolucionando
enardecidas. Como decir que el ahínco se hace cada vez más cierto; por la vía
de la presunción leal, no despótica. Aclamando la voz escuchada. Voz de ella
sensible. De iracunda enjundia permitida, plena, elocuente. Conocí, lo de ella
en ese tiempo en que casi habíamos perdido nuestros cuerpos. Y nuestras
palabras todas. Y sí que, en ese viaje permitido, me hice sujeto mensajero
suyo. Llevando la fe suya; como quiera que es fe de la libertad encontrada.
Uno a uno, entonces. Una a una, entonces; nos fuimos elevando en las
hechuras de ella. Transferidas a lo que somos. Conocimos las nubes no
habidas antes. Y los colores ignotos hasta entonces. Y las lluvias nuevas.
Venidas desde el origen de la mujer que ya es mía. Y digo esto, porque
primero me hizo suyo, en algarabía de voces niñas, trepidantes en potencia de
ilusiones, engarzadas en el cordón obsequiado por Ariadna; hija de ella.
Concebida en libertaria relación con el dios uno, llamado por ella misma, dios
de amplio espectro. Hecho no de sí mismo; sino por todos y todas. Siendo, por
eso mismo, dios no impuesto desde la nada. Más bien dios dispuesto como
esperanza viva vivida.
Cuando terminó mi vida, al lado de ella, me fui al espacio soñándola como
el primer día. Cuando, con ella, comenzó Natura embriagante, nítida.
Dominante.
Qué domingo este. Anclado, en esta plaza, estoy yo, hace ya algún tiempo.
Ya he estado en varias ocasiones. Pero lo de hoy es, particularmente especial.
Esa nostalgia que me ha invadido. Como convocante a dilucidar, de una vez
por todas, el tipo de camino a emprender. La concreción de la caminata. Hasta
cierto punto estoy mimetizado. Como si nadie supiese lo que hay en mí. En
este tiempo tan lejano ya, de esos hermosos días, allá en mi barrio amado.
Recuerdo el impulso básico, por todas las calles andando. Las voces que
llamaban a la expresión de la vida, en medio de cada arrabal. Siendo yo, todo,
condensación de esperanza. Aún, habiendo vivido como lo había hecho: casi
como tósigo que penetra y hunde, en lo más hondo, el espíritu de fe y de
liberación.
Qué día es este día. Un carnaval de espacio triturado. Oyendo todas las
voces. Diversas. Ansiosas de no sé qué. Porque, por esto mismo, es mi brega.
Por distanciar. Pero puede más mi soledad de búsqueda impenetrable. Como
ciento ahora el silencio. Como me he dejado llevar por el vértigo del dolor
nefasto. Que tritura y destruye, todo lo que he podido alcanzar a ser. Aun
dentro de estas limitaciones mías. Como garras que no me sueltan. Por el
contrario, que me colocan en cepo eterno.
Como añoro yo esos días. En la mañana dominical; alzando el vuelo hacia
la didáctica de la lúdica primaria. Emergiendo en cada esquina. Como
repetición dichosa que me hacía feliz. Ese pasado inmenso, que añoro. Tal vez
porque, siendo niño, no veía desaparecer las cosas bellas. Así como si nada.
Que bipolaridad enhiesta. Entre sentir el vacío y sentir, también, la fascinación
de lo cotidiano. Recreando la sensibilidad hasta magnificarla. Hasta
convertirla en motor imaginario. Con el eros sin explotar. Casi que como
enfatización perenne.
Y, sin saber cómo, llegó el naufragio. Eso que estoy viviendo en este
presente. Hecho trisas el insumo fundamental. Una vida que se corroe a sí
misma. Sin saber porque. En veces, ensayando la diatriba del insulto; como
expresión de rechazo. En veces augurándome a mí mismo toda la felicidad
posible por venir. Sin que llegue. Como ese límite en lo del día. Como
llegando allí, sin llegar al fin. Como depositario de fracasos. Uno sobre otros.
Con un horizonte que, de manera tardía, me engulle y de satura.
Esos domingos míos, antes. Días de ensayo y de vocación. Hacia lo nuevo.
Sin dejar de ser yo mismo. Sin olvidar que existía. Precisamente por eso, para
mí, son añoranzas de ternura. Aún ahí, en ese lodazal que amenazaba con
permearme a cada paso. Con todo aquello que dolía. Con todo y que sentía el
contubernio entre la tristeza y la desesperanza. Pero que, yo, ignoraba, estando
en el juego callejero. Y en la penumbra nítida del regreso a casa, después de
deambular por ahí. Por cualquier parte.
Y hoy, en este domingo cerrado. Sin por dónde mirar lo sublime; ahoga
mis ímpetus. Esos que creí que nunca perdería; después de haber bebido la
fuente de la vida. Siendo esa tú. Y tus anhelos. Tú y tu alegría desbordada.
Allá lejana. En ese otro territorio; en el cual también es domingo. Pero otro, no
este mío.
Y se van decantando las condiciones. Ya, como otrora no lo había
percibido, solo me recorre el beneplácito de haber vivido. Como memoria que
no habilita nada más que la victoria de los dioses que siempre he odiado,
desde el mismo día en que hice ruptura con mi universo no profano. Desde el
día en que dije no va más mi sublimación. Diciendo no va más el ejercicio
oratorio como evento religioso perverso.
Pero yo ya lo sabía. El pago por esa partición, tiene que ver con el
crecimiento de la ansiedad, como castigo, tal vez. No lo sé en ciencia cierta. Y
vuelves a aparecer allí, en esa esquina de esta plaza empalagosa, en lo que esto
tiene de perdición del poder de la magia de amar. Siendo, en este lugar, sujeto
que no atina a resolver el entuerto de siempre. El nudo gordiano que asfixia y
que liquida, a cuenta gotas. Por esto es de mayor dolencia. Por esto es de
mayor severidad.
Por lo pronto no sé qué más vendrá. Si ha de ser el colapso absoluto. O si
ha de ser una nueva esperanza. Encontrarla, no sé dónde. Tal vez ande por ahí
y yo no la he visto. Es posible que haya acabado de pasar y ha dejado su
suspiro en el aire. Y si ya pasó, no sé si lo volverá a hacer. De pronto, quien
sabe cuándo.
Y, al unísono con esas voces continuas. Inacabadas, estrepitosas, diciendo
nada; me he volcado al vacío. A ese espacio que no creía mío. Pero que, ahora
en este domingo que cuento, se erige como presencia soberbia. Tal alta como
monte Everest. Tan aletargadora que, por si misma, hace enmudecer, el grito
de potencia que creía tener.
A no ser por ti, aún en vaguedad insoslayable, tu espíritu vuele hasta acá.
Como águila gendármica. Atravesando esos pesados montes que veo allá, en
la terminación del Sol, al menos por hoy. Y si fuese así, yo diría que la
esperanza podría volver; a no ser que tu vuelo de águila inmensa, se detenga a
mitad de camino y regrese hasta donde a cualquier hora partiste.
Ayer no más estuve visitando a Palas. Me habían contado de su situación.
Un tanto compleja, por cierto. Y, en verdad la noté un tanto deteriorada en su
pulsión de vida. “Es que no he logrado resarcirme a mí misma. Porque,
estando para allá y para acá, se me abrió la vieja herida. No sé si recuerdas lo
de mi obsesión por lo vivido en lo cotidiano. Simplemente, así lo entendí en
comienzo, estaba unida al dolor por las vejaciones constantes. A esa gente que
tanto he amado. Verlos, por ahí, sin horizontes. En una perspectiva centrada en
la creciente pauperización. Pero no solo en lo que respecta al mínimo de
calidad de vida posible. También en eso de ver decrecer los valores íntimos.
Ante todo, porque, se ha consolidado un escenario inmediato y tendencial,
anclado en la preeminencia de los poderes económicos y políticos, de esos
sectores, de lo que yo he dado en llamar beneficiarios fundamentales del
crecimiento soportado en la explotación absoluta. En donde no existe espacio
posible para la solidaridad y los agregados sociales indispensables para
aspirar, por lo menos, al equilibrio. Y no es que esté asumiendo posiciones
panfletarias. Es más en el sentido de decantación de lo que he sido. Siendo
esto, una tendencia a la sublimación de la heredad de quienes se han esmerado
por construir opciones que suponen una visión diferente. De aquellos y
aquellas que lo dieron todo. Que lo arriesgaron todo, hasta su vida. Por
enseñar y comprometerse a fondo.
Es tanto, Lucio de Abriaqui, como sentir que he llegado casi al final de mi
caminata por la vida. Porque siento que no hay con quien ni con quienes.
Aunque parezca absurdo, todos y todas que estuvieron conmigo, han
emigrado. Han cambiado valores por posiciones políticas en las cuales se
exhibe una opción de acomodarse a las circunstancias. A vuelo han
desagregado el compromiso y las convicciones. Por una vía de simple
repetición de discursos anclados en lo que ellos y ellas llaman Desenmascarar,
en vivo, a esos beneficiarios fundamentales. Convirtiendo la lucha en debates
insulsos. Porque, a sabiendas de ello, pretenden construir lo que se ha dado en
llamar tercera vía. O, lo que es lo mismo, una connivencia con los
depredadores. Con aquellos y aquellas que se han posicionado como
controladores. En consolidación de un Estado que, en teórico es social y de
derecho. Pero que, en concreto, no es otra cosa que las garantías de su
permanencia. Vía, un proceso que es como reservorio. Como eso de asimilar
eventos, que para nada lesionan su razón de ser.
Y, estoy en un parangón. Sé que he ido y he venido. En veces como noria.
Como lo que llamarían mis contradictores, un ejercicio ramplón. Supra
ortodoxo. En fiel posición, que no es más que una figura asimilada a esa
utopía sinrazón. Es como si hubiese llegado a un punto que ejerce como
estación de vida. Como convocando a desandar lo andado. Como que no
alcanzo a dimensionar los bretes diarios. Como si convulsionara. Como si, ni
para aquí ni para allá. Y eso duele Germán. Porque es una soledad casi
absoluta. No me hallo. Tanto como soportar una comezón visceral.
Siendo, entonces, así he optado por vivir lo mío. Ahí, encerrada.
Hermética. Sabiendo lo riesgos. Porque cuando se llega a un momento como
este, es tanto como querer no ir más. No forzar más a la vida en lo que esta no
me puede dar. Desde ahí, hasta la regresión paulatina, solo existe un nano
segundo…”
Ciertamente, me conmovió Palas. Con todo lo que la he querido. Con todo
lo que vivimos en el pasado. Definitivamente la admiro. Pero me entra el
temor de que, en verdad, no quiera ir más.
Y pensado y hecho, a escasos tres días de haber hablado con ella supe, a
través de Juliana, que encontraron su cuerpo incinerado. Murió como esos
bonzos que otrora, en público, se incendiaban. Fabiana, simplemente, se fue.
Y, aún en eso, se destaca su entendido de vida. Bello, pleno y de absoluta
lealtad con ella misma.
Lo que si es cierto, tiene que ver con su belleza. Un dibujo pleno.
Concierto vivo entre cuerpo y líneas de expresión exhibidas ahí. En labios
prestos a la risa. A diario compartida. Con todos y todas. Una lisura en piel de
cuello insinuante. Pero, siempre, muy suyo en lo que esto tiene de enhebración
con la limpieza de espíritu.
No más, ayer, la vi. Estando en esa brega no ajena a su visión de lo
humano como garante del ir y venir creativo. Como recreando los aqueus, en
diario tránsito casi prístino. Perfilando la aqueia como comienzo. En un andar
de a día y noche. Como Creta viviente arropada por la lucidez de la Diosa de
enjundia exuberante. El Santuario Yzicikane. En Anatolia. El Pueblo Catal
Huyuk. En posición de uititas como si fuesen danza compleja milenaria.
Y, en eso de haberla visto en esa simpleza bondadosa. Solidaria; centré
toda mi posibilidad de ternura amplia. Sincera. Y la vi, cuando ella veía más
allá de lo que yo, en verdad, podía. En un ejercicio de vuelo imaginario. Por
mares y territorios no vistos. Ni por mí; ni por nadie. Ni antes ni ahora. Ni, tal
vez, después. Y, en eso de haberla visto ese día, hice énfasis yo. Para tratar de
encumbrar mi noción de ser vivo. Viviendo y viendo la que es Idea y
Convocatoria a ver la vida en dinámica de ternura con alas abiertas. Inmensas.
Una finura de Sujeto Fémina. Subyugante. Y, ahí mismo. En ese mismo
día; la percibí con dolor íntimo. Inmerso en su alma nítida. Como cuando se
intuye que crece el desdecir de la alegría. Y, ella percibió, también, que yo ya
daba cuenta; en mi íntima tristeza; de esa erosión en ciernes. Sin un por qué
válido. O, al menos, constituido por una variable ensanchada. Como nube
asfixiante. De inusual densidad conocida.
Al verla así. Diluyéndose lo que era antes de ayer solo belleza inmensa.
Nítida. Subyugante. Ese ayer pasó a ser referente de dolor mío. En algo similar
al ahogo absoluto de la voluntad. Y de la esperanza. Y de la ternura de ahora y
de después. En ese consciente tan mío y tan de todos. Cuando sentimos que ya
no estará dado, para nadie, el derecho cierto a vivir la imaginación absoluta.
En una orfandad como látigo punzante. Que empezó a cruzarnos desde ahí
mismo; cuando, en ella, empezó a eclosionar la soledad. De cuerpo. Y del
ávido espíritu. Certero, antes de ayer, en lo que ilusionario mágico, humano;
era como heredad que ansiábamos todos y todas.
Y, por lo mismo dicho, percibido y visto; el antes de la belleza abierta y
cierta; empezó el declive. Obscurana arrogante. De crecer constante.
Exponencial. Un glacial. Y, nosotros y nosotras, ateridos (as); acompañándola
en su periplo. Como esa decadencia que se impone. Sin explicación aparente.
A no ser aquella que la relaciona a ella y a lo que era hasta antes de ayer, con
la vida viva que la han ido matando. En ese recorrido de voces. De arengas.
De acciones. Tan propias de la gendarmería palaciega. Vinculante. En lo que
significa esto. Como trasunto envolvente que hiere y mata. En lentitud de
tortura. De inclemente pavura. Que crece y crece en paralelo al decrecimiento
de ella. Y de su hermosura. Y de su ternura. Y de su esperanza antes habida. Y,
ahora, dolida. Derrotada en su significado que se tornó efímero. Por lo mismo
que no me amó nunca. Y que, en ese nunca hiperbólico, soporté mi venganza.
Construida a pulso perverso. Desde el mismo día en que sus divinos ojos
dijeron no, a mi mirada furtiva de insinuación lasciva. Y, por lo mismo cierto,
que sentí que este yo mío, era más que simple sujeto de llegar tardío al Edén
suyo. En el cual, en su momento vivo, entregó hoja de ruta a quienes, con ella
conductora, recorrieron todos los mares y todos los cielos. Hasta que, este yo
perverso, la mató a ella navegante en agua y vuelo. Y a los (as) que, con ella,
navegaron y volaron. Haciendo de la vida imaginación y anhelo.
En esto de cargar con una culpa, parece que se expande la vida en sentido
contrario a lo que queremos. Lo digo porque, no más pasados veinte años, y ya
estoy de vuelta. Aquí como si nada hubiera pasado. Pero, muy en lo recóndito,
yo sé que si pasó. Y, no solo eso, además sé que no logré conjurar nunca la
posibilidad de regresión. En ese universo en el que me he desenvuelto. Y que,
ahora, no atino a precisar en cuestión de términos y de conceptos.
Transcurría, como solo yo lo sé, ese año absorbente. En el que nadie
atinaba a dilucidar acerca de la sucesión de eventos. En ese proceso de erosión
de lo que somos. En penumbras que nos llevaban para allá y nos volvían a
regresar al punto de partido originario. En el vértigo propio de lo que acontece
sin que sepamos porque. Al menos así lo entendía. O trataba de hacerlo.
Me fugué de ahí. De esa prisión modelo. Una familia en donde se expandía
el odio contra todo aquello asociado a la ternura. Como en esas vocinglerías
propias de quienes horadan a los sujetos; sin importar la condición; ni la edad;
ni el sexo. Mucho menos sus creencias. Familia de esas que están ahí. Que
siempre han estado. Y que perduran en el tiempo. Profundizando todo lo
dañino que sea posible abarcar.
ESE DÌA, EN MI CUARTO, LOGRÈ VERTEBRAR LA IDEA DEL
ESCAPE. No sin antes ensayar una aproximación a la resurrección de la vida.
En lo que esta tiene de posibilidad de reconstruirse. Tanto en el tiempo como
en el espacio. Y, yo mismo me decía acerca de la absoluta necesidad perentoria
de reclamar lo perdido. Es decir de todo ese acumulado que se ha ido
amontonando ahí. Pero que, por esto mismo, no ha pasado de ser simple
aglomeración. De cosas y de vidas. Pero que, al fin y al cabo, obran como
resorte imaginario que reivindica la razón de ser de la humanidad.
Mi hermana, Asáis, también estaba ahí, conmigo. Nuestras miradas se
tornaban cada vez más lentas; en lo que suponía debía de ser la aceleración de
las respuestas. Como en esas ondas hertzianas; que van y vienen. Y que
sintonizan las opciones. Y las relanzan al desgaire. Pero no. Ella y yo,
seguíamos absortos. Tal vez buscando las condiciones y las circunstancias
propicias. Pero, sin poder atinar a nada. Sentíamos volar nuestra imaginación,
recortada. Como sumisos seres a los cuales lo despótico y autoritario les han
cortado lo poco que quedaba de sus alas que, otrora, ejercían como motor
entregadas al viento. Direccionando la esperanza. Hasta allá. Hacia ese
horizonte que creíamos nítido y libertario.
Cuando llegó Fóseca, Asáis y yo, habíamos juntado nuestras manos. Como
pregonando una rogativa perenne. Como si nunca más nos reconociéramos en
el afán de la liberación. Estábamos claudicados. Como supongo yo que debe
ser la derrota total. De hombres y mujeres que habíamos empezado la lucha
desde el mismo momento en el que la vida comenzaba.
Este Fóseca nació aquí, hace ya cincuenta años. De niños, jugábamos a ser
dos creativos. Dos imaginarios que se bifurcaban ante cada hecho.; pero
volvían al punto de partida cuando sentíamos ese silencio atroz al que tanto
miedo le teníamos. Y cada rayo. Y cada lluvia intensa; ejercían como
convocantes para nosotros. Ahora que lo miro, después de tantos años, me doy
cuenta que la vida es un camino. El tránsito lo hacemos por la vía que más nos
permita la concreción de ideales. De sueños. Y de acciones convergentes o no.
Hoy, lunes de pasión, Jerusalén y yo. Seguimos ahí. Fuimos mutilados por
Fonseca de Arriara. Hizo de nosotros, cuerpos de expiación. Cercenadas las
manos. A trozos, fuimos cayendo. Acompañados de espasmos dolorosos. Y
nuestros ojos volaron como ave de martirologio. Nuestras bocas escaldadas a
lo máximo. En fin que, ella y yo, sucumbimos. Y él, como si nada.
Simplemente mirándonos en el desangre total. Sin reír. Pero, tampoco, sin el
menor asomo de tristeza.
Y yo, particularmente, sentí que me iba yendo, desmoronando. Solo acaté a
susurrarle a Asáis”…lo que fue, ya fue hermana mía; nuestro padre así lo
decidió, tratando de cortar nuestro vuelo de amantes íntegros…”
A pocos días de haber iniciado nuestra ofensiva, encontramos el cuerpo de
Venancio Callao. Uno de nuestros lanceros preferidos. Mostraba su cuerpo las
heridas ignominiosas. No hechas en combate. Más como tortura.
Diseccionados sus miembros. Con el color verde de la pudrición. Hicimos el
alto impostergable. Y, allí mismo procedimos a la ceremonia en honor al
guerrero muerto.
Continuamos nuestra avanzada, a la mañana siguiente. Día lluvioso.
Áspero. Frío. La congoja empotrada en nosotros y nosotras. El recuerdo,
todavía fresco del héroe caído; tratando de amilanar nuestros ímpetus. En los
barriales de agua empozada, vinagre. Y, otra vez, inicié mi tránsito interno.
Una efusión de dolor amargo. En la recordadera de mi pasado.
Tal parece que echó en bolsillo roto, la promesa que le hizo a la. Niña
Vesta, esa, de ojazos color café, Ella había conocido al negro Panairi, en una
visita que su familia hizo a Puerto Xálaca, en el Departamento de Córdoba.
Hicieron migas de inmediato. El negro trabajaba para el alcalde Arcesio Nieto
Molinares. Servicios generales. Desde amarrar los perros para que no
mordieran, a los visitantes. Hasta colaborar con los zootecnistas en la
elaboración de queso y suero costeño.
Panairi había nacido en Valles del Sinaí Desde muy niño le tocó darle al
camello. Su familia era tan pobre, como la mayoría y un poco más. Con
esfuerzo casi sobrehumano, logró terminar la básica primaria. Se separó de su
papá Epuleyo Guasca, cuando mamá Lísimaca falleció, debido a la mordedura
de serpiente coral.
De todas maneras, desde ahí, supo que es la tristeza y la melancolía.
Trajinó mil un caminos, Dando tumbos, sin lograr deshacerse de ese reguero
de días punzantes.
Lo de Macairí, surgió así. Como cuando, las cosas se van dando, casi sin
percibirlas. La nena lo conmovió de inmediato. En una mirada absorbente.
Bellamente pegajosa. En el escenario que se ensanchaba, con la complicidad
del mar abierto. La familia de la niña, venía desde Nazarith. En la intención de
acceder a este territorio. En el cual se vive, con la sensación de estar en la
alegría perenne.
Abdalá Bifronte, el papá de Macairí, había conocido al señor Jefe, cuando
éste fungía como estudiante ávido de conocimiento. Abdalá estudiaba en la
misma Academia. Y, los dos, se hicieron amigos y cómplices. En proceso de
consolidar una perspectiva para alcanzar opciones benévolas.
La mamá de la niña, doña Roxa Verbenal, había conocido a papá Abdalá,
en una fiesta. Allí mismo en el barrio en el cual vivían. Una sensación de
placer, sentían en mirarse mutuamente. Y en el bailoteo, Sus palabras,
empezaron a ser susurros tiernos. Tanto así que se sentían sujetos que ascendía
al espacio medio. Entrelazaban sus manos. En una sensación de vocería tierna.
Más allá de la solitaria simpleza, engañosa.
Macairí le hablo, por primera vez, a Abrahmus, cuando éste bajó las
maletas y las colocó en fila, al pie del cuarto que iban a ocupar. Le dijo; “señor
lo pido el favor que me ayude a entrarlas al cuarto…”.se cruzaron sus miradas.
Ella percibió la melancolía del negro. Como si hiciera lectura de su pasado, en
esos ojos grises.
Macairí empezó a ubicar su ropa y de mamá y papá. El negro Abrahmus se
sintió un tanto extraño. Como sujeto en vuelo, sin contacto con la vida terrena.
Una vez pasaron los segundos de encantamiento, se retiró. Se dirigió al
extenso solar de la casa, tratando de serenarse. Para continuar el deshierbe que
le había solicitado el señor alcalde. Pero, el azadón y las tijeras las sentía
pesadas. Sintió un espasmo corporal que, nunca antes había sentido. Dejó el
oficio a medio empezar y se dirigió a su cuarto, en el propósito de descansar
un rato. Tratando de alejar el sentimiento de soledad que lo acompañaba, en
mucha más profundidad.
Al día siguiente, muy temprano, empezó su labor como cocinero. Preparó
el desayuno, tal y como le había dicho el doctor Arcesio. Suero, arepas,
huevos revueltos con tomate y cebolla y café con leche. Él mismo puso la
mesa a la espera de la niña, don Anselmo, mamá Rosa y el propio anfitrión.
Pandolfi, una vez servida la comida mañanera. Se retiró al cobertizo, para
preparar los aperos de los caballos que iban a utilizar, la familia de Marielita y
el señor alcalde. De antemano, habían acordado un recorrido por toda la
sabana. Además, visitar el sembrado de naranjas, plátanos, guanábanas y
melones.
Una vez se retiraron los viajeros y las viajeras, el negro fue hasta la plaza
de mercado. Compró la carne de res, las gallinas, el ñame, el arroz y los
condimentos necesarios para el almuerzo, programado. Lo seguía
acompañando la soledad profunda. Esas ganas de llorar. Además, el tósigo del
cuerpo de la niña. El cual había visto, en plena desnudez, mientras ella se
bañaba. Tal vez, en ese ritual propio de quienes se sienten, como él,
convocados a apreciar la belleza. No en la intención burda de la lascivia. Era
algo que lo había acompañado desde pequeño, cuando se bañaba en las aguas
del río Guaviare, en compañía de sus primas Adelaida e Isabel. Él y ellas en
desnudez preciosa. Por lo mismo, entonces, cuando el señor alcalde, la niña.
Mamá Rosa y papá Anselmo regresaron; Pandolfi estaba todavía excitado.
Pero ya había preparado el almuerzo. Lo sirvió con mucha emoción y
pulcritud. Era, el negro, especialista en la preparación de la limonada fría.
Los días pasaban con la rutina propia de la familia de la niña y el señor
Jefe. Algo así como la cultura construida con el pasar de los años. El martes
dos de junio, empezaron los preparativos para el viaje de regreso de la visita.
Pandolfi, en la mañana, había visto a la niña en su desnudez, cuando se
bañaba. Se le acercó y la envolvió en un abrazo puro. Marielita se dejó llevar
en ese torbellino de sensaciones nunca antes conocidas. La llevó hasta el
cuarto que ocupaba la familia de la niña. La ayudó a vestirse. No sin antes
haberla arropado con la toalla. Le prometió a la niña que viajaría cualquier día
hasta su casa en la ciudad de Nazarith. Y que repetiría su torbellino de
abrazos. La secaría y la vestiría. Y que, después, les diría a papá Abdalá y
mamá Roxa, que le permitieran llevarla hasta el horizonte lejano y que
ascendería con ella, hasta el medio universo. Y que allí, una vez Marielita
cumpliera la edad requerida, la haría suya. Y que, ese día el Sol iluminaria con
mucha mayor fuerza. Y que nacerían hijos e hijas que se encargarían de hacer
crecer el otro medio universo, en compañía de la Luna.
Marielita empezó a soñar con ese momento. Con ansia pura. Con
alucinaciones benévolas. Pero, el negro Pandolfi, nunca cumplió su
compromiso. Porque, simplemente, se fue mar adentro. Y, nunca más, se supo
de
Sin entender la palabrería de Julián Macedonia, Pedro de Támesis, tenía un
lotecito en el cual vendía todo tipo de verduras, papas, frijol seco, panela
especial traída desde San José de Isnos. Hablaba poco, pero explayaba una
juntura de solidaridad y sentimiento, que era reconocido como sujeto de
perspectiva en lo que hace a la construcción de opciones equitativas.
Julián, era tenido por sujeto de escaso conocimiento en lo que hace a la
noción de sociedad y los principios que la rigen. Por lo mismo, entonces,
Pedro Pablo, se sintió molesto ante esa vocería impropia e irrespetuosa. Por un
instante recordó su infancia. Cuando caminaban desde y hacia la escuela
María Auxiliadora. Dando brincos en el tierrero resbaladizo. Hablando la
cuentería que recordaban, Tumbando pomas y mangos biches, en cuanto
solarcito se les atravesaba.
Las posibilidades de crecimiento escolar y de cuerpo, la sentían con cierto
desdén. Todo por cuenta del chispero en que se solazaban. Algo parecido a
aquella tersura engañosa. Cuando empezaron a soñar, dentro sus mismos
sueños. Parecido a la nervadura gruesa que tenían sus pares. Ellos, en
contrario, eran muy livianos de postura y de decisiones. Alguien diría que esas
actitudes, se podían tipificar como pusilanimidad.
Sin quererlo, los dos, empezaron a desbrozar el camino acechante de los
torbellinos que envuelven la vida de todos aquellos y aquellas que se deciden
por andar por ahí. Sin tener la certeza que reclama vivirla en una postura
creativa. Como en embriagante día a día. Yendo por ahí. Sin tratar de escarbar
en el terreno propio de las exigencias claras, complejas, necesarias.
En fin que Julián Macedonia volvió al pueblito en que había nacido treinta
años atrás. Se dirigió a la bodeguita que era propia y la administraba el mismo
Pedro Pablo. Después del saludo protocolario de los dos amigos, empezaron a
dilucidar lo que cada uno quería decir, después de tan larga ausencia. Como
esas que Julián había tejido y vertido por todos los lugares por donde pasaba.
Pedro Pablo no reclamó nada. Simplemente, se decidió por la buena ventura y
la libertad de cada quien para hablar, diciendo lo que quisiera. Pero, eso sí, le
quedó claro a Julián, que ya no sería lo mismo. Que su amistad era algo así
como expresión huera.
Se hospedó (Julián) en el único hotel que había en Labranzagrande. Ni por
asomo, Pedro Pablo le hubiera ofrecido su casa, como sitio para descansar y
estar en el pueblo. Simplemente quedaron en conversar al día siguiente, al
calor y nervio de unos aguardienticos. A la vez, se hizo pleno el hecho la
noticia en el sentido que Marianita Benjumea vivía en unión libre con Pedro
Pablo, desde hacía casi diez años. Siendo, como en realidad fue, que Mariana
Había estado enamorada en Julián, casi desde la edad en que ella apenas podía
conocer lo que la sociedad define como “uso de razón”. Julián siempre la
despreció. Pero, a pesar de eso, se sintió engañado por su amigo, cuando
conoció la noticia, estando él en Sopo, municipio cercano a Labranzagrande,
Allí administraba una pequeña empresa procesadora de leche, quesos y
cárnicos.
Madrugaron los dos. Pedro Pablo había dejado a Mariana encargada de la
bodeguita. Las palabras empezaron a volar. Agrediendo en veces. Y resaltando
la vieja amistad en otras. Como anecdotario continuo. Contado al calor de
cada botella desocupada. Hubo un momento en que los dos empezaron a
hablar en tono alto. Julián llegó a decir que Mariana era y había sido una
ramera enclaustrada.
Se levantaron de la mesa casi al mismo tiempo. Julián insistiendo en la
expresión de ramera desde chiquita, para Marianita. Pablo, empezó a sentir
que el vino se le iba subiendo a la cabeza
Murió Julián ahí mismo. Una muerte en dolor sentido. El último aliento
fue para el mismo Pablo. Como diciéndole:…creí que, a pesar de todo, nunca
me matarías…
En una seguidera de imaginarios se ha ido la vida mía. Tal vez en afanosas
acciones fallidas. Como diciéndome a mí mismo que la brega tiene que ser
constante. Como sujeto metido en brasas incendiada. En resplandor dañino.
Tocando el viento con mis dedos. Casi siempre vertiendo las afugias al ritmo
del son que se hace vida. Nítido y embriagador canto teñido, por mí, con
incesantes colores diversos. En una mezcla que denota pasión del rojo
espléndido. Del verde insinuando lo profuso que son las vértebras de
esperanzas.
Me lancé al vacío, cuando dejé de escuchar el vibrato de voz difuminada
en la perspectiva que atrapa todo viento. Y toda la lucidez explayada. Como
naciendo apenas. De la violencia explosiva del primer momento. Una
secuencia en complicidad con todo lo habido en pasado. Y, yo, mantuve el
color negro. Al que más recurría para fomentar la iridiscencia de las noches. Y
seguí, por ahí. En desplazamientos de tortura. Sobre todo, cuando hice
memoria de la lucha libertaria, en siglos pasados. Yo en contra de todos los
tribunales inquisidores, perversos. Un canto al vuelo era mi voz. Una
postulación para dejar de ser gregario en esas expansivas legiones y centurias.
Me veía como Espartaco. Guiando sus huestes. De hombres hechos guerreros.
Y, por lo mismo, se hizo mucho más visible la condición de insumiso
perenne. Llevando la vocería de todos y todas. Recorriendo caminos incisivos.
Impidiendo la aniquilación. Yendo por los mares inconclusos. En el desafío
más grande la vida mía. Retando a la guerra brava a aquellos subordinados,
herederos de vergonzantes propuestas y acciones, en desvíos usurpadores.
Y, en ese universo increado, me fui haciendo icono potente. Visualizando
la lógica física con la cual Natura engalanaba la historia. En explosiones
sucesivas. En incesantes pasos sólidos. Avanzando en los imaginarios. Lo mío,
como remesa viva, se fue haciendo dificultad para los esclavizadores; venidos
desde el rescoldo dejado atrás por el fuego vivo, por mi atizado.
Estando ahí, en todos los entornos milenarios, libertarios. Sin embargo, en
mi yo interior, me iba desmoronando. Es, en mi opinión, el tributo de la
dejadez de mi cuerpo. Sin mis diosas pareciera un cuerpo inerte. Ya no era
nuestra lucha. Sería, por decirlo menos, una instigadora pena. Como cuando
uno siente que naufraga en lo que el entorno y, en él, mi sensación de derrota
individual. Nuestra lucha seguí firme. Pero, daba cuenta de ausencia de
énfasis. Como otrora, cuando volcaba todas mis fuerzas, a la consecución de la
libertad. Y con la mía la de aquellos y aquellas que ejercían como ciertos en su
esperanza. Una fuga, la mía, hacia lo ignoto. Con esos sueños atosigantes. Mi
Jerusalén, en mí, empezó a significar trofeo de mi sexo. Una confusión de
verdades. La mía centrada, ahora, en el embate sexual añorado desde siempre.
Decidido a enhebrar, una opción solamente con el significante de mi falo en
ella.
Y, entonces, se me olvidaron las consigas señeras en cuanto al hálito de
ternura y de fuerza que impulsaban mis acciones. Ahora, solo siento la
vehemencia de mi desasosiego y quebrantos sexuales. Se iba perfilando el yo
sin la entereza para asumir la conducción de la lucha hasta la victoria. Soñaba
con mi Jerusalén y también como mi Palas. En dese casi lascivo, la veía
desnudas a mi lado, anhelando mi lanza enhiesta. Y, a torrentes, fluía, por ella,
inimaginables torrentes de líquido, mi líquido ardiente. Veía enlagunarse mi
entorno cercano, con ese vivo líquido en busca de sus sexos. Adentrándose en
ellos. Hasta inundarlas al límite. Y, ellas empezaban a pulsar sus vientres.
Decía yo, anhelando sentir bien adentro ese líquido grueso y vivo. Tal vez,
añorando albergar, en ellas, los hijos e hijas que antes no eran de su ansia
interior. Y empecé, pues, a deshacer mi vida. Renegando de mi cuerpo y de
mis convicciones libertarias. Cediendo el paso a la diatriba.
. He resuelto comenzar a desandar lo andado. Porque tengo afán. El declive
es insoslayable. Como anti-ícono. O mejor como ícono que está ahí. Pero que
no significa otra cosa que el regreso. Al comienzo. Como lo fue ese día en que
nací. Para mí, sin quererlo, fue el día en que nacimos todos y todas. Porque, en
fin de cuentas, para quienes nacemos algún día, es como si la vida comenzara
ahí.
Lo cierto es que accedí a vivir. Ya, estando en el territorio asociado al
entorno y a la complejidad del ser uno. Pronto me di cuenta de que ser yo,
implica la asunción de un recorrido. Y que este supone convocarse a sí mismo
a recorrer el camino trazado. Tal vez no de manera absoluta. Pero si en
términos relativos; como quiera que no sea posible eludir la pertenencia a una
condición de sujeto que otear el horizonte. En la finitud, o en la infinitud. Qué
más da. Si, en fin de cuentas, lo hecho es tal, en razón a esa misma posibilidad
que nos circunda. Bien como prototipo. O bien como lugares y situaciones que
se localizan. Aquí y allá, como cuando se está, en veces sin estar. O, por lo
menos, sin ser conscientes de eso.
Cualquier día, entré en lo que llaman la razón de ser de la existencia. No
recuerdo como ni cuando me dio por exaltar lo cotidiano, como principio. Es
decir, me vi abocado a ser en sí. Entendiendo esto último como el escenario de
vida que acompaña a cada quien. Pero que, en mí, no fue crecer, Ni mucho
menos construir los escenarios necesarios para actuar como sujeto válido.
Un quehacer sin ton ni es. Como ese estar ahí que es tan común a quienes
no podemos ni queremos descifrar los códigos que son necesarios para vivir
ahí, al lado de los otros y de las otras. Duro es decirlo, pero es así. La vida no
es otra cosa que saber leer lo que es necesario para el postulado de la
asociación. De conceptos y de vivencias. De lazos que atan y que ejercen
como yuntas, Por fuera todo es inhóspito. Simple relación de ideas y de
vicisitudes. Y de calendas y de establecer comunicación soportada en el
exterminio del yo, por la vía de endosarlo a quienes ejercen como gendarmes.
O a ese ente etéreo denominado Estado. O a quienes posan como gendarmes
de todo, incluida la vida de todos y todas.
Y, sin ser consciente de ello, me embarqué en el cuestionamiento y en la
intención de confrontar y transformar. Como anarquista absoluto. Pero, corrido
un tiempo, me di cuenta de mi verdadero alcance. No más allá de la esquina de
la formalidad. Sí, de esa esquina que obra como filtro. En donde encontramos
a esos y esas que lo intuyen todo. A esos y esas que han construido todo un
acervo de explicaciones y de posiciones alrededor de lo que son los otros y las
otras. Y de sus posibilidades y de su interioridad. Y de sus conexiones con la
vida y con la muerte.
Esas esquinas que están y son así, en todas las ciudades y en todos los
escenarios. Y yo, como es apenas obvio, encarretado conmigo mismo y con
mis ilusiones. Y con mis asomos a la libertad. En ellas se descubrieron mis
filtreos con la desesperanza. Y mis expresiones recónditas, en las cuales
exhibía una disponibilidad precaria a enrolarme en la vida, en el paseo que
está orientado, hacia la muerte.
Y estando así, obnubilado, me dispuse a ver crecer la vecindad. A ver
cómo crecían, alrededor de mi estancia, las mujeres y los hombres que conocí
cuando eran niños y niñas. Y, estando en vecindad de la vecindad, conocí lo
perdulario. Ese ente que posa siempre latente. Que está ahí; en cualquier parte;
esperando ser reconocido y por parte de quienes ejercen como mascotas del
poder. Como ilusionistas soportados en las artes de hacer creer que lo que
vemos y/o creemos no es así; porque ver y creer es tanto como dejarse
embaucar por lo que se ve y se cree. Una disociación de conceptos, asociados
a la sociedad de los que disocian a la sociedad civil y la convierten en la
sociedad mariana y en la sociedad trinitaria y confesional. Y, siendo ellos y
ellas ilusionistas que ilusionan acerca de la posibilidad de correr el velo de la
ilusión para dar paso al ilusionismo que es redentor de la mentira que aspira a
ser verdad y la mentira que es sobornada por quienes son solidarios y
consultores para construir verdades.
Y, estando en esas me sorprendió la verdadera verdad. Justo cuando
empezaba a creer en el ilusionismo y en los ilusionistas. Verdadera verdad que
me convocó a reconocerme en lo que soy en verdad. Sujeto que va y viene.
Que se enajena ante cualquier soplo de realidad verdadera. Que ha recorrido
todos los caminos vecinales. En lo cuales he conocido a magos y videntes de
la otra orilla. Con sus exploraciones nocturnas, cazando aventureros que
caminan atados a la vocinglería que reclama ser reconocida con voz de los
itinerantes. Y, estando en esas, me sorprendió la incapacidad para protestar por
la infamia de los desaparecedores. De los dioses de los días pasados y de los
días por venir y de los días perdidos.
Y volví a pensar en mí. Como tratando de localizar mi yo perdido, desde
que conocí y hablé con los magos y videntes de la otra orilla. Un yo endeble.
Entre kantiano y hegeliano. Entre socrático y aristotélico. Entre kafkiano y
nietzscheano. Pero, sobre todo, entre herético y confesional. Ese yo mío tan
original. Filibustero. Pirata de mí mismo. Y, sin embargo, tan posicionado en
los escenarios de piruetas y encantadores de serpientes. Saltimbanquis que me
convocan a cantarle a la luna, desde mi lecho de enfermo terminal. La
enfermedad de la tristeza envalentonada. Sintiéndome poseído por los avatares
increados; pero vigentes. Artilugios de día y noche.
II Sopla viento frío. En este lugar que no es mío. Pero en el cual vivo.
Territorio fronterizo. Entre Vaticano y Washington. Cómo han cambiado la
historia. Cómo la han acomodado ellos. En tiempo de mi pequeñez de infante,
tenía mis predilecciones a la hora de rezar y empatar. La tríada indemostrable.
Uno que son tres y tres que vuelven a ser uno. Pero también le recé a Santo
Tomás y al Cristo Caído, patrono de todos los lugares y de todos los periodos.
Caminé con la Virgen María. De su mano recibía El Cáliz Sagrado cada
Cuaresma. En esos mis sueños en los cuales también buscaba el Santo Crial.
En esa blancura perversa de la Edad Media. Definida así por una cronología
nefasta. Purpurados blandiendo la Espada Celestial; y los Santos Caballeros
recorriendo los inmensos territorios habitados por infieles. Rodaron cabezas
setenta veces siete. La tortura fue su diversión predilecta. En la Santa Hoguera
y en los Santos Cadalsos. Y cayó Giordano Bruno. Y cayeron muchos y
muchas enhiestas figuras de la libertad y de la herejía. Y las canonizaciones se
otorgaban como recompensas. Y Vaticano todavía está ahí. Vivo. Como cuñete
que soporta la avanzada papista; aun en este tiempo. Vaticano nauseabundo.
Sitio en el cual la presencia de los herederos de San Pedro, ejercen como
espectro que pretende velar el contenido criminal de pasado y presente. Siguen
anclados. Y difundiendo su versión acerca de la vida y de la muerte.
Purpurados perdularios. Para quienes la Guerra Santa es heredad que debe ser
revivida.
Y Washington sigue ahí. Inventando, como siempre, motivaciones para
arrasar. Ya pasó lo de Méjico y lo de Granada y lo de Panamá y pasó Vietnam
(con derrota incluida) y lo de Bahía Cochinos y está vigente lo de Irak y lo de
Pakistán y lo de Afganistán. Y se mantiene Guantánamo como escenario en el
cual efectúan y efectuaron sus prácticas los profesionales de la tortura.
Y, en fin, sigo sintiendo un frío terrible. En esta bifurcación de caminos.
Todos a una: la ignominia. Y me levanto cada mañana; con la mira puesta en
una que otra versión. Escuchadas en la noche; cuando no podía embolatar el
hechizo tan cercano a la locura, al cual me he ido acostumbrando. Y, a capela,
alguien me insinúa, a mitad de camino, la posibilidad de argüir mi condición
de lobotomizado, cuando enfrente el juicio histórico de mis cercanos y
cercanas. Ante todo, aquellos y aquellas con los (as) cuales he compartido.
Siendo volantín al socaire. Siendo aproximación a la condición de sujeto
libertario. Siendo apenas buscador de límites.
III. En esta inmensa soledad soy inverso multiplicativo. Como
minimizador de acontecimientos y de acciones. Como si fuese experto
prestidigitador .Como lo fueron aquellos sujetos encargados de divertir a
reyezuelos. Otrora, yo hubiese protestado cualquier asimilación posible de mis
acciones a aquellos teatrinos incorporados a la cotidianidad burlesca.
Pero ya no puedo protestar nada. Simplemente, porque no he sabido
posicionarme como cuestionador de las entelequias del poder. En el día a día.
Porque así es como funciona y como es efectivo. Obnubilando los entornos.
De tal manera que he llegado al mismo sitio al que llegan los lapidadores de la
verdad y de la ética. Sitio embadurnado; mimetizado y que posa como lugar
común. Y que reúne a figuras asimiladas a los sátrapas. Personajes delegados
por las jefaturas de los imperios. Sí, como diría alguien próximo, ¡así de
sencillo llavería!
Inmerso en ella (…en la misma soledad) he vivido en este tiempo. Ya, el
pasado, no cuenta para mí. O, al menos como debiera contar. Es decir, como
referente reclamador ante expresiones que tuve o dejé de tener. Cierto es que
me fugué hace un corto tiempo. Fugarse del pasado es lo mismo que hacer
elusión de la convocatoria a vivir en condiciones en las cuales, el presente no
obre como tormento. Ficticio o no. Pero tormento en fin de cuentas.
Soledad relacionada con la herencia, casi como copia de genes. Soledad
que me remite siempre a ese pasado de todos y de todas. Pero que, en mí,
cobra mayor fuerza en razón a la proporcionalidad entre decires y silencios.
Esos silencios míos que pueden ser tipificados como verdaderos naufragios
conceptuales. Como remisión a la deslealtad. Con mi yo. Y con todos y todas
quienes estuvieron en ese tiempo. Y, entonces, reconozco a Fabiola, a Estela,
Leticia y a Nelly, y a Norela, y a Rosita, y a Miguel, y a Nelson, y a…
IV. Y, como si fuera poco, me hice protagónico en el ejercicio de las
repeticiones. Como queriendo volver a esos escenarios en los cuales no estuve,
pero que intuyo. El Homo-Sapiens en todo su vigor. Tratando de localizarme a
futuro, para endosarme su tristeza. Para hacerme heredero de penurias. En ese
tránsito cultural que fue, paso a paso, su itinerario. Cultura sin soporte
diferente a aquellos ditirambos que nos situaron en condiciones de vulnerar a
la Naturaleza; pero también de construir el significado del amor; de la ternura;
de la solidaridad.
V. Y, en eso de la ternura, de la solidaridad y del amor, me estoy volviendo
experto. Pero como en regresión. Es decir en contravía de lo que, creí en el
pasado, era mi fortaleza. Y me veo como advenedizo en este tiempo en el cual,
precisamente, es más necesario ser herético, punzante, hacedor de propuestas
de exterminio de aquellos que consolidaron su poder, a costa de la penuria y
de la infelicidad de los otros y de las otras.
Y, en eso de ser libre, me quedé a mitad de camino. Como pensando en
nada diferente que estar ahí; como simple perspectiva de confrontación. Una
existencia próxima al desvarío de aquellos y aquellas que siguen estando,
como yo, sin comenzar siquiera el camino. Camino que se me escapa cada vez
que lo miro o lo pienso. Camino que me es y ha sido esquivo por milenios.
Porque nací hace tantos siglos que no recuerdo si accedí a la vida o al albur
de los acontecimientos. Vida que se retuerce día a día y que no es tal, porque
no la he vivido como corresponde. Lejanos momentos esos. En los cuales
imaginé ser humano perfecto. Humano centrado en el itinerario vertido al
unísono con las epopeyas de los y las libertarios (as). Lejana tierra mía (como
dice el lunfardo). Tierra que fue arrasada desde mucho tiempo atrás. Desde
que lo infame se posicionó como prerrequisito para andar. Y andando se
quedó. Un andar predefinido. Andar que no es otra cosa que seguir la huella
trazada por nefandos personajes que hicieron de la vida una yunta. Como
encadenamiento cifrado. Como propuesta que restringe la libertad. Y que la
condiciona. Y que la mata, a cada momento.
Lejanos horizontes los que caminé. Solo. Porque la soledad es sinónimo de
estar ahí. Como convulsivo sujeto de mil maneras de aprender nada. Sujeto
que se sumergió en el lago mágico del olvido. Ese que nos retrotrae siempre a
la ceremonia primera en la cual se hizo cirugía al vuelo libertario. Cortando
alas aquí y allá. Cirugía que se convirtió en ritual perenne. Como cuando se
siente el vértigo de la muerte. Muerte que huele a solución, cada vez que
recuerdo y vivo. Pasado y presente. Como si fuera la misma cosa.
VI. Como soplo de dioses, pasó el tiempo. Yo enajenado. Esa pérdida de la
memoria que remite al vacío. Y estuve, en esa condición, todo el tiempo.
Desde que empecé a creer que había empezado a vivir. Enajenación, similar a
la de los personajes de Kafka. Prolongación del yo no posible, en autonomía.
Más bien reflejo de lo que no sucede. De lo que no existe. Un yo parecido a la
vida de los simios. Repitiendo movimientos. Inventando nada. Simple réplica.
Sin el acumulado de verdades y de hechos y de posibilidades, que debe ser
soporte de vivir la vida. Y, cualquier día, me dije que no volvería a
experimentar con eso de no sentir nada. Pero no fue posible. Simplemente
porque nunca encontré otro libreto. Porque me quedé recabando en lo que
pude haber sido y no fui. Porque, como los marianos, me quedé esperando que
viniera la redención, por la vía de la Santa Madre. Porque me obnubilé con ese
desasosiego inmenso que constituye el estar ahí. Pensando, si acaso eso es
pensar. Pensando en que sería otro. Diferente. Otro yo. No perverso. No
conciliador con la gendarmería. Otro sujeto de viva voz, no voz tardía y
repetitiva. Voz de mil y más expresiones de expansión. En el ancho mundo
histórico. Ese que es concreción de vida. Porque, lo otro, es decir estar ahí, es
como mantener vigente la enajenación profunda.
Un yo Kantiano que se sumergió (¡otra vez¡) en la heredad de los
emperadores y de los dioses míticos y de las creencias aciagas y de los
postulados polimorfos de los sacerdotes socráticos y aristotélicos. Sacerdotes
que remiten a la interpretación de lo que existe, por la vía de la vulneración del
yo concreto, vivencial; necesitado de vivir sin el cepo perenne de una
interpretación de la vida, sin otra opción que estar ahí. Esperando que los
silogismos desentrañen la vida. Y que la sitúen como premeditación. Como
expectativa unilateral; sin cuestionamientos y sin alternativas diferentes a ser
gregarios personajes que deletrean las verdades de conformidad con el
discurso ampuloso ante la asamblea de diputados que tratan de convencerse a
sí mismos, de que no existe otra alternativa a mirar el universo como centro
que fue creado desde siempre por quien sabe quién. O el Dios Zeus; el Dios
Júpiter; el Dios Cristiano que no supo administrar, a través de su hijo ilustre,
las posibilidades de quebrantar el yugo de los imperios. O del Dios del profeta
Mahoma que se enredó en justificar mil disputas por el poder que otorga la
verdad. Todos, en fin asfixiándola, en cada momento histórico. Dioses
perdularios. Matadores de cualquier ilusión. Pero yo me quedé expectante.
Esperando que llegara el salvador por la vía de la Razón kantiana; o por la vía
de la postulación dialéctica hegeliana. O, simplemente, por la vía de la
propuesta ecléctica de Engels.
Y todavía estoy aquí. Y ensayé con la proclamación de Darwin, para
resarcirme de mis creencias de la creación de las especies, a la manera de
Génesis II, 18-24. Y, tal parece que no entendí su mandato evolutivo. Y me
recree en Morgan, en la intención de concretar una propuesta de sociedad
heredada, a partir de sucesivos momentos en la historia de la humanidad. Y me
quedé esperando ver en Marx una opción diferente a la de Max Weber.
Sociedad de confrontación. De lucha de clases. Pero, tal parece que tampoco
eso lo entendí. Simplemente porque no pude descifrar el código revolucionario
inmerso en su teoría. Y me quedé esperando a Lenin. Con su teoría de partido
y de concreción de la libertad por la vía de la extirpación de la ideología de los
terratenientes y de los burgueses y del Estado
Y me quedé esperando al divino Robespierre, cuando supe de sus arengas
para destruir a la Bastilla y a los reyezuelos y a los monárquicos todos. Pero
me confundí cuando este erigió la guillotina como solución. Y, antes, había
esperado a Giordano Bruno. Pero, por su misma opción hermosa de libertad,
no pude interpretarlo; y su muerte atroz, me sorprendió prendiéndole velas a
Descartes.
VII. Otra vez desperté pensando en la libertad. Es una reiteración. De ese
tipo de expresiones que naufragan, cuando nos percatamos que la hemos
inmolado en beneficio de la metástasis con la violencia oficial. Un tipo de
vulneración que la llevó (…a la libertad) a ser auriga de vocingleros de la
democracia, que encubren prestancia adecuándola a su intervención como
promotores de esperanza centrada en su discurso de que aquí no ha pasado
nada y que solo ellos son alternativa.
VIII. Y estuve en el mercado de san Alejo. Esperando que llegaran los
cachivaches colocados como símbolo por parte de los testaferros de la guerra,
actuando a nombre de los cruzados por la buena fe, la moralidad y la eutanasia
hacia los proclives de la insubordinación. Y, allí, conocí a aquellos y aquellas
que se han constituido en beneficiarios de esa guerra y de sus mil y más
interpretaciones. Y, en esa dirección, conocí a los académicos. Sí, a los
usurpadores. Escribiendo para diarios y revistas.
Una opereta que no acaba. Y vi, con repugnancia, a los desmovilizados y
desmovilizadas. Vociferando en contra de su pasado. Y los y las vi como caza
recompensas. Allí estaba Rojas (…el de la amputación de la mano de su jefe
político y militar y que presentó como trofeo y como justificación para recibir
la mesada oficial infame) y vi a Santos y su cohorte administrando la guerra a
nombre de “los ciudadanos y ciudadanas de bien”. Y vi a todos y todas
aquellos (as) que están al lado del Emperador Pigmeo. Y vi a quienes
construyen discursos vomitivos, a nombre de la “sociedad civil”, vendiendo
sus palabras acartonadas. Como equilibristas que se agazapan. Esperando un
nombramiento.
Y, por lo mismo, me dije: ¿será que estamos condenados como pueblo a
tener que asistir al parloteo de loros y loras que han renunciado a sus
convicciones a nombre de la democracia infame de los detentadores del poder
en nuestro país. Por siglos. Pasando por encima de los muertos y las muertas
que ellos mismos han ajusticiado? ¿Será que, somos un pueblo imbécil que
consume la mercancía averiada (parodiando al viejo Lenin) de la paz y la
justicia social?
IX. Y seguí dando tumbos. De fiesta en fiesta, como dijo Serrat, cuando
cantó interpretó la canción. Y me quedé tendido, en el piso. Como queriendo
horadar el suelo para enterrarme vivo; antes que seguir aquí. En esta pudrición
universal. En donde la lógica ha sido trastocada; en donde las verdades se han
diseccionado y recompuesto, para que asimilen las palabras de los directores y
nieguen las palabras nuestras, las de los sometidos. Y seguí ahí. En ese ahí que
es todo artificio. Todo lugar común, por donde pasan maltratados y
maltratadores, como si nada. Es decir como repeticiones y prolongaciones sin
fin.
X No sé cuánto tiempo llevo así. Solo sé que me niego a reconocer mi
trombosis vivencial. Se, por ejemplo, que asistí al evento en el cual Suetonio
presentó su obra acerca de los Césares. Y me acuerdo que, estando allá, me
encontré con Sísifo. Lo noté un tanto cansado de lidiar con su condena. La
piedra, insumo mismo otorgado por los dioses perversos, había crecido en
tamaño y en peso. Y no es que la gravedad se hubiese modificado. A pesar de
no haber sido cuantificada todavía, seguía ahí; siendo la misma. Y me dijo
Sísifo: te cambio mi vida por tu interpretación del escrito del viejo Suetonio. Y
le dije: no vaya a ser que estés embolatando el tiempo conmigo, pensando en
un descuido para endosarme tú útil pétreo. Y me dijo, casi llorando, “lo mío es
otra cosa. No sabes cuánto me divierto, sabiendo que a cada subida y a cada
bajada, me queda claro que desafié a los dioses y me siento bien así”. “Pero en
cambio tú, sigues ahí. Me cuentan que te han visto en cuanto evento se
organiza. Y vas. Y vuelves a ir. Y sigues siendo el mismo Adán que recibió
hembras y machos, a manos del dios bíblico. Me cuentan que has tratado de
cambiar a Eva por la alfombra voladora de Abdallah Subdalá Asimbalá. Y que
en ella piensas remontar vuelo hacia el primer hoyo negro de la Vía Láctea.
Pero, también me han dicho, que ni eso has logrado. Que sigues ahí, esperando
que regrese Carlomagno de su travesía, para solicitarle que te deje admirar los
objetos traídos de su saqueo.
Y, en verdad, me puse a pensar en lo dicho por el viejo Sísifo. Y, no lo
pude soportar. Y lo maté. Y logré asir la alta mar, en el barco de Ulises. Y
llegué a la sitiada Troya Latina. Sí, llegué a esta patria que tanto me ha dado.
Por ejemplo, me ha dado la posibilidad de entender que todos y todas somos
como hijos de Edipo. Somos vituperarlos del Santo Oficio de la gestión
autoritaria; pero no reparamos que, a diario, poseemos a la madre democracia.
Que le cambiamos de nombre cada cuatro años. Pero que sigue siendo la
misma. Es decir: ¡nada¡.
XI. Llegué a ciudad Calcuta el mismo día en que nació Teresa. La madre
de todos y de todas…y de ninguno. La conocí, un día en el cual estaba
succionando el pus salido de las pústulas que había sembrado Indira Gandhi.
La vi. Le vi sus ojos mansos. Como mansos han hemos sido; llenos de
oprobios y pidiendo a dios por los que gobiernan. Y viajé, al lado de ella, al
Vaticano (…sí otra vez). Ella me presentó a Juan Pablo Primero. Recién, el
Santo Sínodo Cardenalicio, lo había nombrado Papa. Y, con él, estaban los
directivos del Banco Ambrosiano. A los dos días murió envenenado. Después
vine a saber, a través de Teresa, que su muerte tuvo como justificación, una
investigación que el frustrado Papa, había iniciado siendo todavía cardenal.
XII. Estando en la intención de desatar ese entuerto, me di cuenta que
había olvidado mi entorno. Simplemente, me perdí en ese laberinto de las
mentiras históricas, construidas a partir de las necesidades de quienes ejercen
alguna autoridad. Y lo que pasa es que existen muchas autoridades. Y lo que
pasa es que esas autoridades gobiernan desde mucho tiempo atrás. Y, me he
dado cuenta de que, tendencialmente, son las mismas. Yuntas que coartan el
espíritu. Y que nos colocan en posición de esclavitud constante. Y que, tan
pronto devienen en los castigos penales y civiles. Y que, al mismo tiempo,
devienen en mandatos que atosigan. Como ese de respetar y acatar lo que no
es nuestro. Por ejemplo, cuando somos requeridos a aceptar los postulados de
los imperios. Cuando estos parlotean acerca de lo habido y por haber. Aun
sabiendo que han violentado y han saqueado. Por ejemplo, cuando sabemos
que han acumulado beneficios que no le son propios.
Y vuelve y juega. Como quien dice: no ha pasado nada distinto a aceptar lo
que nos es mandado. Y, siempre nosotros, aceptando. Y estamos aquí. En ese
ahora que es taxativo en términos de lo que debemos hacer y no hacer. De mi
parte, ya me cansé. Espero, simplemente, que llegue la hora de la partida.
Al término de ese sueño impulsivo, doloroso; empezó un verdadero
martirologio como pura insania agravada. Ya no añoraba a mis diosas. Ya no
alzaba mi voz inquiriendo a mis seguidores y seguidoras. Empezó una
verdadera delgadez en mis palabras.
Y, en el entretando, nuestros enemigos habían decidido abrir las puertas de
su encierro; para salir a nuestro encuentro. Retándonos a la lucha cuerpo a
cuerpo. Con sus lanzaderas de piedra y de fuego. Con las antorchas encendidas
y expulsadas hacia nuestro territorio. No atinaba a impulsar movimiento
alguno. Por el contrario, deambulaba por todo el territorio, surtido ahora de
una abrasador calor que empezaba a cobrar vidas, de manera incesante. En
extensiones de tierra cada más amplios. Se iban muriendo los seguidores de
nuestra Doctrina de la heredad cierta. De la selección natural envolvente. Que,
lideraba yo antes, arrasaría a los inefables Tlatelolco y su padre Angeloti.
Que la vida es una, no lo sé. Sé si, que tiene que ser vivida en el ahora
presente. De futuro incierto. Como si fuera no válido, para abrigarla. Y de
pasado opulento, a veces, pero sin mirada posible, en el ahora, vivido. Como si
fuese, ella, profanadora en ímpetu. De la belleza ingrávida. O de la tristeza
necesaria. Fungiendo como ave arpía; que no se duele de ella. Pero que causa
dolor pasmoso, insólito; por lo mismo que siendo tal, se exhibe y vuela, pero
no se pierde.
Por lo tanto, en vida esta, siento que se desparrama lo habido. Como si
fuese etéreo patrimonio no vigente. Como si, en larga esa vida, manifestara el
dolor como primer recurso. Como atadura infame. Como torcedura que
atranca lo que pudiera discurrir como cosa pura. O, al menos, como nervadura
de alma, que la hace empinada y susurrante de ternura. Y, siendo así esa vida
doliente, se empecina en retrotraer lo que fue. Allá en el no recuerdo nunca. O
como si estuviera atada a la invariante locura de quienes no han sido y nunca
fueron en sí, sí mismos. Tanto como sentir que revolotean en memoria. Sin
alas suyas. Siendo prestadas las que usan, para planear sobre los entornos; de
esa vida que duele y es agria. Como la hiel que le dieron a probar al Maestro.
Ese en que cree ella; mi amante que vive. En un no estar ahí.
Y la herrumbre se ensancha. Como ensancha esa vida el mortal quehacer
que vuelve y duele. Como aguijón de escorpión en desierto. Como con atadura
a la rueda inquisitorial. Partiendo los huesos de cuerpo que duele tanto que
hasta muere de ese dolor inmenso. Que casi como, impensado. No más vuelve
avanzando a zancadas. En noche plena de Luna; pero insípida por no verte. Es
como si ensanchando lo profundo, volviese a momentos. Punzante como
ahora. Siendo, tal vez, punzante siempre.
Y vuelvo a mirar esa vida, no vida. Por lo mismo, vuelvo y digo, que no
están. O que, esa misma vida mía, te hizo perder en lontananza. En periferia
escabrosa. Como silencio absoluta. Siseando solo la voz de la serpiente
engalanada. Con sus aires de domestica de esa vida mía. Como acechándome
sin contera. Como palpando el aire. Localizando mi cuerpo casi yerto.
Y se expande, con absoluta holgura, la ceguera de los ojos míos que no lo
siento ahora; porque han volado las ansias, agotadas por no sentirte. Y sigue
viva esa vida lacerante. En corpúsculos hirientes. Como aristas del tridente
que es alzado por Dante Aglieri, simulando sus inframundos, como infiernos.
Y todo, así, entonces, se vuelve y se volverá recinto de tortura. En proclama
avivando mi dolor in situ. De lo que fue y lo que será. Pasando por el es ahora.
Hibernando en soledad. En locomoción estática. Como móvil arbitrario. Que
no se mueve ni deja mover. Como supongo que es la nada. Es decir como
sintiendo que faltas en este universo pequeño mío, hoy.
Todo así, como si fuera el todo total existente,. Como si fuera lugar
perenne. En donde habitan las sombras de tenacidad impía. Como el vociferar
de los dioses venidos a menos. Como las Parcas de Zeus. Colocadas ahí no
más. Vigilando la vida para, algún día y por siempre, volverla muerte
incesante. Como constante variación de la ternura. Como disecando la
felicidad que sentía antes. Cuando te veía siempre. Todos los días, más días.
Más soleados de Sol alegre. Como cuando te veía enhebrar la risa, como
obsequio a cualquier suceso; por simple que fuese.
Con la voz desafinada. Más de lo que antes fuera. Con las manos buscando
la puerta de la ventana tuya. Del símil de vida, ésa si vida plena. Y navego,
entonces. Desde aquí y para allá, perdido. Siendo lo mío final estando apenas
en el principio. Por ahí; en tumbos, por lo mismo inciertos. Como palabra no
generosa. Más bien como estallido de las armas en todas las guerras. En
tronera las siento ahora. En esa pavura como cantata de aspavientos. Lóbrega
al infinito. Frío carnaval de la desesperanza. Con la hidra de mil ramas y mil
espinas, como oferente.
Siendo el día que es hoy. Siendo el antes de mañana. Sigo diciendo que
necesito tu voz. No echada al aire a través de ondas invisibles. Sino como voz
fresca, incitante, persuasiva. Siendo, entonces, este hoy sin ser mañana, estoy
aquí; o ahí. O no sé dónde. Pero donde sea siempre estaré esperando tu abrigo.
De Sol naciente.
Un ensimismamiento vicioso. Una furia interna, en mí, yacía. En
escenarios lánguidos. Cada vez moría más guerrero. Y, yo, hecho trizas
miserables. Solo afanado por imaginar a mis diosas desnudas, junto a mí. Con
su sexo hambriento de mi nervio punzante. Jadeaban, como simples
voluptuosas hetairas. Y, yo, arrobado por su olor a sexo vivo. De diosas. Las
veía salir del mar. Con sus vientres henchidos. Con mi siembra en ellos. Y
crecían de manera acelerada. Hasta que, Pandora, quiso. Ella (Pandora)
azuzándolas para que dejaran de lado la lucha libertaria y se me entregaran a
mí. Y, yo, ejerciendo como insidioso y lascivo sujeto. Como presumido
poderdante de Eros Magnifica.
Que la vida es una, no lo sé. Sé si, que tiene que ser vivida en el ahora
presente. De futuro incierto. Como si fuera no válido, para abrigarla. Y de
pasado opulento, a veces, pero sin mirada posible, en el ahora, vivido. Como si
fuese, ella, profanadora en ímpetu. De la belleza ingrávida. O de la tristeza
necesaria. Fungiendo como ave arpía; que no se duele de ella. Pero que causa
dolor pasmoso, insólito; por lo mismo que siendo tal, se exhibe y vuela, pero
no se pierde.
Por lo tanto, en vida esta, siento que se desparrama lo habido. Como si
fuese etéreo patrimonio no vigente. Como si, en larga esa vida, manifestara el
dolor como primer recurso. Como atadura infame. Como torcedura que
atranca lo que pudiera discurrir como cosa pura. O, al menos, como nervadura
de alma, que la hace empinada y susurrante de ternura. Y, siendo así esa vida
doliente, se empecina en retrotraer lo que fue. Allá en el no recuerdo nunca. O
como si estuviera atada a la invariante locura de quienes no han sido y nunca
fueron en sí, sí mismos. Tanto como sentir que revolotean en memoria. Sin
alas suyas. Siendo prestadas las que usan, para planear sobre los entornos; de
esa vida que duele y es agria. Como la hiel que le dieron a probar al Maestro.
Ese en que cree ella; mi amante que vive. En un no estar ahí.
Y la herrumbre se ensancha. Como ensancha esa vida el mortal quehacer
que vuelve y duele. Como aguijón de escorpión en desierto. Como con atadura
a la rueda inquisitorial. Partiendo los huesos de cuerpo que duele tanto que
hasta muere de ese dolor inmenso. Que casi como, impensado. No más vuelve
avanzando a zancadas. En noche plena de Luna; pero insípida por no verte. Es
como si ensanchando lo profundo, volviese a momentos. Punzante como
ahora. Siendo, tal vez, punzante siempre.
Y vuelvo a mirar esa vida, no vida. Por lo mismo, vuelvo y digo, que no
están. O que, esa misma vida mía, te hizo perder en lontananza. En periferia
escabrosa. Como silencio absoluta. Siseando solo la voz de la serpiente
engalanada. Con sus aires de domestica de esa vida mía. Como acechándome
sin contera. Como palpando el aire. Localizando mi cuerpo casi yerto.
Y se expande, con absoluta holgura, la ceguera de los ojos míos que no lo
siento ahora; porque han volado las ansias, agotadas por no sentirte. Y sigue
viva esa vida lacerante. En corpúsculos hirientes. Como aristas del tridente
que es alzado por Dante Aglieri, simulando sus inframundos, como infiernos.
Y todo, así, entonces, se vuelve y se volverá recinto de tortura. En proclama
avivando mi dolor in situ. De lo que fue y lo que será. Pasando por el es ahora.
Hibernando en soledad. En locomoción estática. Como móvil arbitrario. Que
no se mueve ni deja mover. Como supongo que es la nada. Es decir como
sintiendo que faltas en este universo pequeño mío, hoy.
Todo así, como si fuera el todo total existente,. Como si fuera lugar
perenne. En donde habitan las sombras de tenacidad impía. Como el vociferar
de los dioses venidos a menos. Como las Parcas de Zeus. Colocadas ahí no
más. Vigilando la vida para, algún día y por siempre, volverla muerte
incesante. Como constante variación de la ternura. Como disecando la
felicidad que sentía antes. Cuando te veía siempre. Todos los días, más días.
Más soleados de Sol alegre. Como cuando te veía enhebrar la risa, como
obsequio a cualquier suceso; por simple que fuese.
Con la voz desafinada. Más de lo que antes fuera. Con las manos buscando
la puerta de la ventana tuya. Del símil de vida, ésa si vida plena. Y navego,
entonces. Desde aquí y para allá, perdido. Siendo lo mío final estando apenas
en el principio. Por ahí; en tumbos, por lo mismo inciertos. Como palabra no
generosa. Más bien como estallido de las armas en todas las guerras. En
tronera las siento ahora. En esa pavura como cantata de aspavientos. Lóbrega
al infinito. Frío carnaval de la desesperanza. Con la hidra de mil ramas y mil
espinas, como oferente.
Siendo el día que es hoy. Siendo el antes de mañana. Sigo diciendo que
necesito tu voz. No echada al aire a través de ondas invisibles. Sino como voz
fresca, incitante, persuasiva. Siendo, entonces, este hoy sin ser mañana, estoy
aquí; o ahí. O no sé dónde. Pero donde sea siempre estaré esperando tu abrigo.
De Sol naciente.

LIBRO TRES

Como deshaciendo el camino trepidante, seguía empequeñeciendo. Había


pasado, ya, mucho tempo. Un siglo aterrador. La derrota fue implacable.
Estábamos al merced de los Regentes del Santo Oficio. Era un recuerdo lejano
nuestra Doctrina. Campanela, Moro, Erasmo, Descartes. Éramos meros
harapos rasgados por el viento de la insania prevaleciente. Tlatelolco y
Angeloti habían logrado hacer crecer su Imperio. Hasta los límites de los
territorios nuevos, encontrados. El universo cercano, había sido tomado por
ellos y sus guerreros sumisos a su Doctrina. Volaban, ya, en la profundidad de
la Galaxia cercana. Éramos sujetos y sujetas inermes. Como si, la
concupiscencia heredada de mi naufragio y de mi desdichado cuerpo signado
por la lujuria infame. Ni Palas. Ni Jerusalén, estaban de nuestro lado. Habían
pactado con los anacoretas del siglo anterior. Había, ellas, hecho un nudo
amorfo. Pero, en ellas, persistía la nostalgia por el juego perdulario en que, yo,
había caído.
Mi yo partido, empezó una nueva búsqueda. Conocí a Venus. La bellas
mujer insinuante; en términos de libertad y del gozo por ella. Fui reclutando
nuevos guerreros y nuevas guerreras. Reconstruyendo parte de nuestra
Doctrina casi olvidada. No quise recordar, más, a mis diosas pasadas.
Fue allí en donde nos quedamos de encontrar. Mucho tempo había pasado,
hasta que nos volvimos a ver. Tanto tiempo que, a decir verdad, es como si mil
años, fueran poco al lado de esa demora.
Porque lo cierto es la ausencia. Y eso es mucho. Tanto como que significa,
en veces, la pérdida de referentes. Al menos yo los tenía pactados con ella. Mi
hermosa amiga en ciernes. Desde que nació. Aunque nació antes que yo. Pero,
en lo mágico de la vida, cuando se ama; el antes y el después son cosas de
poca importancia.
Y nació siendo bella. Dicen que mucho más de lo que era cuando yo nací y
la conocí después. De unos ojos y mirada que humillaban sin quererlo a las
demás niñas. Una ternura de rostro, trascendiendo lo cercano y lo lejano de las
comparaciones. Que, para decirlo de una vez, casi siempre son efímeras. Por
lo mismo que proponen compatibilidades e incompatibilidades, según que
analice y proponga. Pero, a lo sumo en esto de la preciosa, si se hubiesen
convocado todos los oráculos vigentes, decantaría la realidad como
coincidencia.
Y creció. En esbeltez de cuerpo. Pero, fundamentalmente, en provocación
de lo que algunos llamarían alma. No sé. Ahí yo pierdo razón. Un poco
porque, siempre acabo sucumbiendo ante la linealidad. Al equiparar alma con
religiosidad; con don de Dios en el que no creo. Pero, lo digo también aquí y
ahora, ante esa “perversa” niña dueña de todo; al carajo también con el
prejuicio. Y, digo al unísono con todos, que “alma” tiene esa niña. Dotada de
lo irrevocable, cuando esto constituye ser así. Irrenunciable locura convocante.
Y dicen que nació en Lunita de Octubre. Como motivada por la evocación
de Pedrito Infante “…de las lunas. La de octubre es más hermosa. Porque en
ella se refleja la quietud de dos almas…”. Pero quietud de que, digo yo. Lo
suyo era movimiento casi empalagoso. Ir y venir. Como en los sueños todos.
Como en esa gobernanza de vida. De la locomoción en el aire, a bordo de la
bicicleta que es y será de todos; en el pedaleo subyugante; lejano, pasmoso.
Real, imaginario sueño. A bordo de la cicla andante entre nubes. Y, la suya. La
de la niña alma, bella, diosa, mucho más significante. Por lo mismo que ella,
ahí, se hacía más diosa. Y yo la vi soñando en ese pedaleo hacia el infinito.
Y dicen, además, que “la bella alma”, vivió allí. En el barrio que debería
llevar su nombre. Y que bautizó las calles con su mirada. Y que derribó
hechizos. En ese “Chagualo” diminuto, primero. Y en ese “Camellón”
ceniciento, ícono de ternura. O en ese “San Diego” esperanzador. De eso no
queda nada. Los avasalló la Avenida Oriental. Y la Ciudad Universitaria, por
la Calle Barranquilla.
Y, vuelven a decirlo todos. Yo, incluido; la “niña-nana-nueva siempre”,
llegó al centro de la ciudad en ciernes. Y viajó por Carabobo. Y por Bolívar. Y
por Calle Colombia. Y por Palacè. Y por Ayacucho. Volvió a subir a Buenos
Aires. Y bajó, nuevamente, al Parque Berrio. Y estuvo en Parque Bolívar; con
“Fuente Luminosa” incluida. Y Llegó a Villahermosa, bordeando la media
pendiente Ecuador. Y estuvo en Boston. Y fue a Belén Rincón. Y a las Playas.
Y Fue a Belén San Bernardo. Y fue a San Cristóbal. Y al Prado Burgués. Y al
Poblado cuna de nuestra ciudad. Y estuvo en las Margaritas. Y en Robledo
primero. Y cruzó autopista sur abajo. Envigado la vio. Y la vio Itagüí. Y La
Estrella. Y Sabaneta también. Y Autopista Norte, hacia Bello, y Copacabana.
Fue a la Girardota del “Señor Caído”. Y a la Barbosa dulce de piñas Adornó
con su mirada los vuelos en el Olaya Herrera. Y estuvo en Estación Villa. Y en
Estación Cisneros; alumbrando con sus ojos las negras y hermosas
locomotoras. En ese Trensito del va y vuelve. A Cisneros. A Puerto Berrio;
embelesando a “La Quiebra”, pensado para ella por el gran Cisneros.
Esa sujeta niña. Alma inquieta, traviesa; me esperó a mí. Para incitarme a
ser su enamorado. Y, una vez lo logró, me amó tanto; que se perdió en locura.
Cuando, sin saberlo yo porqué, me alejé vadeando quimeras. Aguas de largo
aliento y alcance. Que, al final adornaron mi naufragio.
Y, por eso mismo digo ahora, cuando la convoqué; aun ya muerta. Le dije
te espero en donde te vi por vez primera: en el verdor del solar nuestro. En el
azul del cielo cercano. En el gris de las nubes densas, que cubren todo el valle.
En fin, en el mismo lugar en donde cayó ella muerta. Que es el mismo en el
que hoy me quito la vida por mí “alma bella”.
Co esta insignia de mundo moderno, empecé a recabar memorias. Era otro
tiempo. Avaro, en lo correspondiente a las lecturas. Regía un sonsonete de otra
alcurnia. Como simple modelaje insomne. Casi degradado. No quise volver al
entendido de revolución religiosa y de ortodoxia asimilada a la lógica
erasmiana y de Descartes. Empecé a buscar en las nebulosas soñadas, en
cuanto a la refriega heredada. Ese despuntar de Nuevo Siglo, aciago.
Delimitando los sueños. Casi subrogándolos. Y seguí, en esa extensión de
numerología a mano alzada. Sintiendo en mis sienes las nuevas técnicas
reemplazando a la teoría ilusionaría. Propagadora de iridiscentes memorias.
Ahora somos solo sumisos volantines.
Es, ahora, el Nuevo Imperio de “La Precondicionalidad”. Los rudos
motores. El espacio cercano y lejano al alcance de “los nuevos señores”.
Atrapando el átomo en cilindros aceleradores, Configurando neutrones
dispuestos de tal manera que irriguen energía potenciada. Aniquiladora. Toda
la Tierra y, por qué no, todo el universo en calidad de rehenes
Las recordadas Palas, Jerusalén, Minerva, Yocasta, mi Yocasta. Han
derivado en mujeres martirizadas. Mujeres que pugnan por romper el cerco al
cual las tienen sometidas. Nuevas luchas. Epopeyas postuladas como
erupciones libertarias.
Engarzado. Así decía mi papá Teodolindo, cuando trataba de expresar que
tenía problemas, más o menos graves. Éramos ocho hermanos y cuatro
hermanas. Con par gemelos y par mellizos incorporados. Llegamos a
Medellín, en enero de 1958, En ese entonces habíamos nacido y crecido
Gualberto (el mayor) y yo que me llamo Eurípides. Todo un escenario
lengaruto. Casitas apiñadas. Casi una sobre otra. Y esas callecitas solo lodo y
piedra. Yo me coloqué a trabajar como ayudante de albañilería. Mi hermano
Gualberto consiguió trabajo como mensajero en una droguería. La bicicleta se
la arrenda el dueño. Mi papá, siempre ha trabajado como comprador y
vendedor de chatarra. Así trabajaba en Liborina, municipio situado al
occidente de Medellín,
Todo iba más o menos bien hasta que llegaron al barrio (Machado), una
familia con más dificultades que nosotros. Doce, entre hermanos y hermanas.
Por partida doble. Con el tiempo los apodaron “los bizcos” (las hermanitas
también eran bizcas). Al cabo de seis años se volvieron Traquetos. Le
disparaban, con los changones, a lo que se moviera en la noche. Sobre todo
Pantaleón y Altagracia. Esta última era la mayor. Incursionaron en varios
barrios aledaños, En verdad no tiene ninguna justificación, matar a muchachas
y muchachos tan pobres como nosotros y nosotras. Por lo menos quince
muertos pusieron en menos de dos años. Todos y todas les teníamos físico
miedo.
Un viernes cualquiera mataron a Altagracia. Tres policías que llegaron al
barrio fueron los responsables. Por dos o tres meses se calmaron. Pero,
después, volvieron a arreciar sus fechorías. Se dividieron en dos grupos.
Pancracio, Benitín, Yurani y Bersarión, se desplazaron hasta Villa del Socorro,
un barrio situado al occidente de Machado. Jael, Ernestina, Idelfonso y
Pedronel; se fueron para el centro de la ciudad. Cogieron como parche la
esquina de la calle San Juan y la carrera Bolívar. Puro raponazo. A quienes se
resistieran al atraco, se lo llevaban puesto. Como diez personas muertas por
ellos.
Entretanto yo seguía con mis labores. Trabajaba con el maestro Otoniel.
No faltaba el trabajito. Conseguí novia (Pamela).Con los “bizcos” y las
bizcas”; nada de nada. Yo estaba en lo mío. De la casa al trabajo y de este a la
casa. Los domingos trabajamos hasta el mediodía. Con mi nena hablaba casi
todos los días. La esperaba al lado de las escuelita. Validó toda la primaria y
hasta quinto de bachillerato. No siguió, porque quedó en embarazo. Y,
después, la crianza de Abelardito. Vivíamos en casa de papá y mamá. Con esa
nacedera de hermanitos y hermanitas, nos fue quedando espacio en la casita.
Pamela y yo nos fuimos para una piecita en arriendo.
Y llegó mi segundo hijo Al año exactito. Lo llamamos Petronio, en honor a
mi abuelo materno. Estando en esa disciplina rigurosa; un día en que iba a
coger transporte; me salieron Pancracio, Benitín, Yurani y Bersarión. Siempre
andaban, robaban y mataban en grupo. Yo he sido muy volao, en eso que
llaman ser frentero y no tenerle miedo a alguien. Me enfrenté con ellos y ellas.
A pura piedra me deshice de ellos y ellas. Fue como si hubiera asegurado mi
muerte o de algunos de mi familia. O de la familia de mi esposa.
Rompieron las puertecitas de la casa de mi papá y de mii mamá. La de
nuestra piecita corrió la misma suerte. Me conseguí un changón. Lo compré en
la tienda de la esquina. Don Polidora no se le negaba a nadie. Hizo de
intermediario. Y listo.
Recién que habíamos cambiado puertas y ventana; una noche llegaron
todos y todas “bizcos” y bizcas”. Insultaban de una manera fea. Palabrotas
groseras, ásperas. Yo salí y los frentié. El primero que cayó fue Bersarión.
Luego le disparé a Pedronel y a Ernestina. De una se murieron. Cuando se
percataron que conmigo no podrían, Corrieron. Y yo Tras ellos. Cuando llegó
la tomba, ya había pasado una hora.
Hoy estoy aquí. En la cárcel “La Ladera” de Medellín. Purgo pena de seis
años. Pamelita tuvo que ponerse a trabajar. Mis dos hijos han crecido harto.
Mamá y papá me han visitado varias veces. . Si pudiera regresar al pasado,
haría lo mismo. Porque no se trata de fingir arrepentimiento. De lo que se trata
es vivir la vida como venga
Ejerciendo como violín de tu danza y canto, me ha dado por recorrer todo
lo que vivimos antes. Toda una expresión que vuelve a revivir el recuerdo. De
mi parte te he adjudicado una línea en el tiempo básico. Para que, conmigo,
iniciemos la caminata hacia ese territorio efímero. Un ir y venir absoluto
tratando de encontrar la vida. Aquella que no veo desde el tiempo en que
tratamos de iniciar los pasos por el camino provistos de un y mil aventuras.
Como esa, cuando yo tomé la decisión de vincular mis ilusiones a la vastedad
de perspectivas que me dijiste habías iniciado; desde el mismo momento en
que naciste.
Todo fue como arrebato de verdades sin localizar en el universo que ya,
desde ese momento, había empezado su carrera. Y, por lo mismo entonces, la
noción de las cosas, no pasaba de ser diminutivo centrado en posibles
expresiones que no irían a fundamentar ninguna opción de vida. Viendo a
Natura explayarse por todos los territorios que han sido espléndidos. Uno a
uno los fuimos contando. Haciendo de ese inventario un emblema sucinto. A
propósito de sonsacar a los tiernos días que viajan. Unitarios y autónomos. En
ese recorrido nos situamos en la misma línea habida. Situada en posición de
entender su dinámica.-
La vía nuestra, fue y ha sido, entonces, un bruma falsa. Que impide que
veamos todos los indicios manifiestos. Y que, en su lugar, incorpora a sus
hábitos, todo aquello que se venía insinuando. Desde ese mismo anchuroso rio
benévolo. Y, de mi parte, insistí en navegar contracorriente. Tratando de no
eludir ninguna bronca. Todo a su tiempo, te dije. Y esperamos en esa pasadera
de tiempo. Y volvimos, en esos escarceos, a habilitar la doctrina de los
ilusionistas inveterados. Todo, en una gran holgura de haceres trascendentes.
Y, ya que lo mío es ahora, una copia lánguida de todo lo que yo mismo
había enunciado en ese canto a capela. Y que traté de impulsar, como principio
aludido y nunca indagado. En esa sordera de vida. Solo comparable con el
momento en que te fuiste. Y entendía que no escuchaba las voces. Las ajenas y
las nuestras, Como tiovivo enjuto. Varado en la primera vuelta. Y que tú
lloraste. Pero seguía el olvido de tus palabras. Porque ya se había instalado, en
mí, la condición de no hablante, no sujeto de escucha. Mil momentos tuve que
pasar, antes de volver a escucharte. Y paso, porque tú ya habías entendido y
dominado el rol del silencio y de la vocinglería. Contradictores frente a frente.
Y que empezaste a enhebrar lo justo de las recomendaciones que te hicieron
los dioses chicaneros.
Tu irreverencia se hizo aún más propicia. Yendo para ese lugar que habías
heredado de las otras mujeres plenas. Hurgando, en ese espasmo doloroso, me
encontré con tu otro nombre. No iniciado. Pero que, estando ahí, sin uso.
Lograste la licencia para actuar con él. En todas las acechanzas que te
siguieron desde ese día
Yo, entonces, me fui irguiendo como sujeto desamparado. Viviendo mi
miseria de vida. Anclada en suelo de los tuyos. Y me dijiste que era como
plantar la esperanza. Para que, después que el Sol deje de alumbrar;
pudiésemos enrolarnos al ejército de los niños y las niñas que, a compás, de tu
música, iban implantando la ilusión en ver otro universo. Sin el mismo Sol.
Muerto ya. Tú debes elegir cual enana roja estrella nos alumbrará
En consentimiento de los dos, se hizo icono lo que antes era solo falso
conserje. Le dimos el nombre de lógica, en conexión con lo que entendíamos
desde antes de ser uno, siendo dos. Y volamos, en vuelo ajeno, a los palacios
de reyes eternos, no vencidos por la historia guerrera libertaria. Nos hicimos,
pues, escoltas de lo que pasó, en ciernes. Como homenaje a África profunda,
absoluta. Y resultaron ser reyes proselitistas, en la nueva era de lo que somos
hoy. E hicimos voz bipartita, como convocatoria a las voces todas,
imaginadas. Nos fuimos yendo en lo pendenciero. Por la vía de no promover
libertadores melifluos. Asumimos la brega hecha protesta libertaria. Pero,
quien creyera, llevando por dentro los traidores a la manera de Caballo de
Troya. Y vimos a Idi Amín pútrido, torcido sujeto. Y volamos, de nuevo, a ese
Congo distanciado, liberado de la Bélgica presuntuosa, engañadora como
supuesta madre patria. Localizamos la potente Biafra, en separarada ya, de no
sabemos qué. Pero, sabiendo que estaba languideciendo. Con sus hijos e hijas
negras devoradas por la miseria. Hambruna hecha potencia. Con los déspotas
hiriendo el camino y los cuerpos. A todos los lugares yendo y viniendo. Se fue
perdiendo en el agobio potenciado. Todos y todas en la negrura, color bello.
Les fueron hendiendo las lanzas como a corazón abierto.
Esa, la mujer mía, negra de conocimiento grato. De potente palabra
convocante. Como presagiando, con su voz, lo que vendría. Por los valles.
Reconfortando los ríos. Haciendo de las expediciones tumultos volcados. A lo
que resultar pudiese. Metida en la oración andante. Contando las cosas con
buen dedal y enhebramiento. Y, todos y todas, creímos ver, en ella, la libertad
creciente. Convergiendo en los continentes todos. Un de aquí para allá
irreverente. Viendo lo autoritario como escuálido cuerpo qué lugar no tendría.
Y, en esos esbozos, su vocinglería iconoclasta, fue surtiendo de palabras el
lenguaje. Precisas, perspicaces, hirientes de ser necesario. Pero, sobre todo,
elocuente mimosa ampliada. Para nombrar a los niños y a las niñas.
Diciéndoles de lo que vendría. De tal manera que fungieran como surtidores
ampulosos en lo sereno que debería ser. En nervadura evidenciada desde el
comienzo. Desde que, las mujeres, aprendieron a ser madres. Originados los
seres vivientes, en el clamor por el sexo dúctil. Tierno, explosivo, herético.
Pero, en los tumbos dando, yo la seguí en primera pieza y primeros pasos.
Tratando de alcanzar su vida. Y untarme en ella. Para ser negro del tiempo
mozo, libertario. Y, ella, como si nada andando. En veloz carrera. Para
alcanzar la estrella habida. Y supuso que volar tendría. Y se apropió de las alas
de Pegaso, negro también, como ella. Viajaron juntos. Ella y Él. Hasta el
abierto espacio de universo dado. Como prolongación de infinito estímulo.
Yo, viendo lo que pude ver, me fui haciendo enano, impotente sujeto de
mediodía apenas. El día siendo él y ella. Y juntaron alas mucho más grandes.
Habidas en contienda ligera con las aves lentas y presurosas. Haciendo de
cada estar, huella imborrable ahora y siempre. Unieron sus cuerpos en negritud
los dos. Unieron la hermosura de la Vía Láctea, con su hechura de planetas
dependientes de su vuelo; con las galaxias todas. Y se hizo un universo de
amplitud prolongada. No perecedero. Por lo mismo que la Negra fue
creciendo. Ya volando sin el alado sujeto equino que fue suyo. Solo ella y sus
alas. Y, las aves todas, viéndola en esa plenitud de vida, le cedieron también
las suyas.
Lo mío, es hoy, no otra cosa que cazador de albedrío teñido, hecho.
Buscándola en esta mí libertad sin ella. He roto cadenas antiguas y modernas.
En ese ejercicio narrado. La he buscado en el entorno de todos los soles. De
las lunas manifiestas, como silentes niñas que arroparme quisieron. Para
mitigar la soledad cantada. O silente como la que más habida. Andando yo, sin
las alas, robadas por ella. Por la Negra inmensa. Supe que creó otros mundos.
No a su imagen y semejanza, Más bien como iconos sueltos. Rondando, por
ahí. Aduciendo que son libres. Pero reclamando de la Negra Vida, su
presencia. Para ser conducidos a la explosión toda. Como suponiendo, o
murmurando, que despertarán en nuevo Bing Bang, más pleno y expansivo
que el de otrora hecho.
Y sí que, en esas andando. Como esperándola en la esquina de la galaxia
nuestra, Tal vez añorando verla pasar algún día. Y que, me preste sus alas. Par
ir volando hasta Asia pujante. Y volviendo a ver a nuestra África recién
naciente. Descubriendo la pulsión de la Australia inmensa y gratificante,
Surcando a la América toda. Y, proponiéndole a la Europa íngrima que se una
a nosotros y a nosotras para levantar la vida, en plenitud potente, deseada.
La decisión estaba tomada. Raúl Villaveces, sería recluido en “Buena
Pastora”, sitio ejemplar para el purgatorio de penas. Ante todo, conociendo lo
que hizo.
El día en que mató a Karla Buenaventura, Raúl estuvo recorriendo su
pasado. Fue de barrio en barrio; de ciudad en ciudad. Se detuvo en ciudad
Bienaventuranza. Allí saludó a amigos y amigas del pasado. Percibió que el
lugar había cambiado. Pero no lo expresó en palabras. Simplemente, su mirada
se tornó básica. Como cuando miraba, absorto, la procesión de la soledad, los
sábados santos; en su añorada ciudad del Buen Vecino. Nunca había podido
olvidar esas celebraciones. Para Raúl, la iconografía vinculada con el
aniversario de la muerte de Jesús, el Nazareno, era una continua convocatoria
a la reconversión.
Siempre ha sido así. Por lo mismo, ese día, llegó antes de lo previsto. El
tren no se había detenido en las estaciones reglamentarias. Simplemente, su
conductor, tenía prisa. Debía llegar a Bienaventuranza, antes de que naciera su
primogénito.
Descendió, mirando alrededor. Como buscando a la mujer requerida. Una
mirada de macho perverso. Porque, nunca había logrado olvidar el día en que
la mujer buscada, le dijo en susurro: ya no me convocas como antes. Ya no
veo en ti mi horizonte erótico. Ni siquiera, mi inmediatez lúdica. Te siento tan
lejano; tan inmerso en los recuerdos, que no logro adivinar si llegaste; o si te
quedaste dormido, asfixiándome con ese aliento propio de quienes han bebido
licor todo el día.
Cuando Karla huyó, dejándolo en el cuarto, dormido; ya había amanecido.
Ciudad del Mal, empezaba su quehacer cotidiano. Ya los vendedores de
aviones de papel habían empezado su jornada. Las mujeres habían salido ya.
Ataviadas con su desnudez; prestas a exhibir su cuerpo. Una ciudad en la cual,
ellas, no habían sido, ni eran aún, noticia. Como si no existieran. Por esto, en
reunión plena, habían decidido protestar. A Margot Pamplona, se le ocurrió la
idea de proponer la desnudez como expresión de protesta. Ya veremos si el
señor obispo Pío XXIV y sus machos súbditos, serán capaces de resistir
nuestra firmeza y nuestra capacidad para hacer de la desnudez un arte y una
opción lúdica. Le aseguro, camaradas, que, por fin, seremos noticia de
confrontación a la Cofradía del Santo Oficio.
También habían salido los vendedores de ilusiones. Aquellos que cantaban
el número ganador en la lotería. Ya habían aprendido el arte del cálculo de
probabilidades. Por lo tanto, justo ese día, debía ganar el número 3345. Tal
vez, por esos avatares del destino casi siempre incomprendidos, ese número
coincidía con las cuatro últimas cifras del número de la cédula de Raúl.
Al otro lado de la ciudad, entrando por el sur, en la bodega habilitada para
albergar los cuerpos de los y las NN, llegados desde diferentes sitios de la
periferia, estaba Juvenal Merchán, el cuidador de cadáveres. Había aprendido
su oficio desde niño. Su padre, Gaspar, había heredado el arte de cavar fosas
comunes de su padre Hipólito
Era, entonces, una sucesión de saberes relacionados con las muertes
masivas, sin dolientes; sin historia. De esas muertes que se han vuelto
cotidianas; a partir de la imposición de opciones de vida vinculadas con los
conceptos de tierra arrasada, en contra de quienes, simplemente, no comparten
las propuestas y expresiones dominantes.
A propósito, Juvenal, había sido amante de Karla. Se conocieron cualquier
día, en cualquier sitio. Lo que, si recuerda, de manera plena el sujeto, es que
ese día recién terminaba de recibir el cadáver de Benjamín Cuadros. Ese que,
para Karla, había sido símbolo de libertad. A su manera. Es decir, a la manera
de la mujer que había recorrido todos los territorios, desafiando el poder de los
inquisidores cercanos y lejanos. Fundamentalmente el poder del Obispo Pío
XXIV; quien ahora ejercía como soporte del buen comportamiento en Ciudad
del Mal. Él, a su vez, había recibido de Fornicato Palacio, procurador delegado
por la Santa Sala de Preservadores del Orden, la misión de desterrar,
minimizar y erradicar los conceptos de placer y de alegría.
Benjamín, estuvo luchando al lado de Virginia Esperanza Potes. Cuando la
libertad era horizonte deseado. Ella y él, protagonizaron la Gran Jornada por
El Derecho a ser Humanos. En ese tiempo en el cual La Cofradía de los
Eméritos Caballeros de la Santa Cruz, había determinado, mediante,
Ordenanza Absoluta, que la condición de humano era un derecho que solo
podría ser otorgado a quienes demostraran haber sido convocados y
convocadas a la unción divina, por parte del Honorable Tribunal de la Santa
Virtud y la Sagrada Aplicación de los Evangelios.
Por lo mismo, entonces, tanto Benjamín como Virginia Esperanza, habían
sido condenados y condenada a trabajos forzados. Los mismos consistían en ir
de casa en casa, invitando a creer en María como virgen y en José como Santo
Varón Sacrificado.
Cuando cumplieron la condena, ella y él, decidieron poblar de hijos e hijas
libertarias (os) el territorio. Allá, en la Tierra Sagrada de Fornicato. Por lo
tanto, hicieron lo que es necesario hacer para procrear. Nacieron 16 niños y 15
niñas. En un recorrido de tiempo calculado, utilizando el multiplicativo nueve,
con escisiones calculadas entre dos y tres meses.
Tanto Virginia-madre; como Benjamín - padre; instituyeron un ritual
cifrado. Para sus seguidores y seguidoras. Algo así como entender que la
sumatoria de adeptos es condición sine-quanum para fortalecer la lucha por el
poder. Convencieron a varias parejas heterosexuales. Porque, para ellos, a
pesar de su visión libertaria; los y las homosexuales eran algo que debía
soportarse en honor a la posición libertaria. Pero, no más allá. Como si su rol
estuviese asignado desde antes. Es decir, una posición en la cual la lucha de
contrarios, suponía hembra-macho; más no esa opción en la cual el yo con
usted, en la misma condición de género.
…Y pasó algún tiempo. Villaveces permanecía en su auto-condición de
perdulario. El asesinato de Karla lo conmocionó tanto que, soñaba con ella. La
veía en todas partes. Karla, la mujer libertaria, iba a la par con sus
elucubraciones. Imaginarios enfermizos. La veía, allí, al pie de la libertad,
hecha pedestal; una figura marmórea. Como Sísifo que va y regresa. Como
Prometeo que está allí, con su vientre abierto; como manutención de las aves
que lo destripan cada día. Como Teseo originario, llegado un día cualquiera de
la tierra del nunca jamás…Y que permaneció con ella, como lo hizo, hace
siglos, con Ariadna, la hermosa amante suya que lo orientó y lo situó en
condiciones de volver a ser sí.
Para Raúl, el hecho de haberla matado; suponía no estar con ella. Con esa
Karla libertaria, pero efímera. Tan libertaria que nunca la pudo asir. Nunca
pudo concertar con ella nada diferente a estar hoy, tal vez mañana; pero nunca
aquí y ahora. Un Villaveces montonero perverso. Ser de un día; que no
reconoció, ni reconoce aún hoy en su tormentosa pena, que fue pionero del
amor a migajas. De la entrega, como trofeo que se adquiere, por haber sido
merecedor de él; en la peor versión de esa simulación de competencia. Porque
lo suyo, fue y será siempre la cautivación de la mujer sujeto de debilidad.
Porque, siempre lo dijo, las mujeres no son otra cosa que placer latente. Ellas
no piensan. Nunca han pensado...ni lo harán. Porque su cerebro es su vagina; y
sus horizontes, el placer que otorgan…En fin, que Raúl la mató; porque Karla
pensó. Porque, cualquier día ella le dijo; quiero ser libre. Ya no te quiero.
Quiero volar a otro territorio. Ese en el que conocí a Benjamín y a todos los
que son como él. Tú no eres otra cosa que Raúl Villaveces, sujeto tardío;
misógino; furtivo depredador constante.
Y, entonces, la mató. Así como la había amado, a pedacitos. El mato un día
en que su expresión convulsiva (la de él); lo hizo delirar. Un día en el cual él
se observó como lo que era, reflejo de la luna en el agua. Agua de ese pozo
pútrido que lo acompañó siempre. Pozo son nada diferente a la repetición de
cosas. En el día a día. En ese ir y venir circunstancial. Porque, Raúl, ni
siquiera pudo hacer bien las repeticiones. Todo en él fue y era ahí, en el
momento. Sin ningún acumulado visionario, trascendental. Su lógica, fue y es
la del reciclador de la historia. Aquel que recoge lo que ha sido usado. Las
ideas y las ilusiones. Raúl de nimiedades. Mató a Karla por reconocer que era
superior a él. Oh, sujeto cautivo. Inmerso en las alocuciones constantes. Sobre
el mar y sobre la Tierra. Sobre la mujer y sobre la ignominia que prevalece.
Raúl, con Pío XXIV a cuestas. Raúl que infiere, a cada paso, que su
gestión es la de complacerlos. A Pío XXIV; a Fornicato Palacio; a Pedro
Vaticano. Este último maestro de maestros en el arte de trastocar la historia.
Sujeto de mil y una ocasiones para reinventar la perversidad. Que asistió a la
inmolación de Espartaco; que condujo a las Legiones Romanas a arrasar todo
lo que fuera sinónimo de herejía. Pedro Vaticano, sujeto inconcluso, como
quiera que muriera sin haber extirpado el mal de amores. Sujeto que, por lo
mismo, nunca pudo hablar con palabra propia. Todo en él era prestado. Hasta
la manta que se suponía lo debía arropar a lo largo de la historia. Ese que se
emparentó con Claudio y con Calígula. Pedro Vaticano, sujeto de perversidad
absoluta. Por esto fue mentor de Raúl. Y, éste, lo entendía y lo aceptaba así.
Por eso no dudó en matar a Karla.
Ese día, en el cual regresó; o que visitó por primera vez (porque ya no
sabía distinguir tiempos y espacios) a su ciudad, para cumplir con el mandato
jurisprudencial; Raúl estuvo divagando. En un proceso eterno. Ante todo,
porque él sabía que la muerte de Karla era su estigma. Porque él sabía que
había matado al símil de la ilusión; de la esperanza.
Cuando él llegó, ya los y las testigos habían reflexionado. Habían
establecido un conglomerado de hechos, de circunstancias, de evidencias.
Ellos y ellas, habían logrado establecer que Villaveces esperó a Karla a la
entrada de la habitación. La dejó entrar y la abordó. Le dijo, en comienzo, que
la amaba; que siempre lo había hecho. Que vivían en función de ella. Que era
su vida y su post-vida…que no lo abandonara. Que moriría. Pero, al mismo
tiempo, aclaraba que, si no se quedaba con él, sería ella quien moriría. Que,
cuando soñaba, era ella que aparecía. Aquí y allá…En fin que, “mi bella
Karla, no me abandones”.
Karla, siempre vertical, le dijo “no me interesa tu discurso; ya lo he vivido
y lo he sufrido”. Entonces, Villaveces, se desmoronó; se consolidó como
macho perverso y la acuchilló. Muchas veces. Tantas, que el cuerpo de Karla,
parecía cedazo.
Y, en consecuencia, el jurado, votó. Ellos y ellas, definieron por
unanimidad la sentencia: debe ser ahorcado en plaza pública. Será vejado
antes. Hasta que desespere y hasta que vocifere, pidiendo la muerte inmediata.
Su defensor, Pío XXIV, insistió en la justeza de la muerte de Karla. Porque
había trastocado los roles. Porque desconoció la autoridad del hombre amante.
Porque ni ella, ni ninguna mujer tenía derecho a confrontar a los hombres. Él,
Villaveces, era su dueño y Karla no podía desconocerlo. Ella estaba obligada a
amarlo por siempre. Por lo mismo, al negarse, entraba en el territorio vedado a
las mujeres. Su independencia no había sido declarada. Ni ella, ni ninguna de
ellas, podía trasgredir los principios y los Valores de Ciudad Trinitaria.
Aquella que, algunas herejes habían cambiado de nombre llamándola Ciudad
del Mal…En fin, decía Pío XXIV, Villaveces, era un ciudadano ejemplar.
Siempre lo había sido. Al matar a Karla, él no hizo otra cosa que reafirmar el
gobierno de lo masculino. Porque Dios, ya había dicho, por siempre, que las
mujeres no son sujetos independientes, ni pensantes. Ellas serán lo que los
hombres digan que sean.
Y, entonces, Benjamín y Virginia, criaron a sus quince hijas y dieciséis
hijos, con toda ternura y aprestamiento. Procurando inculcar en ellos y ellas,
los valores que siempre los habían acompañado a él y a ella. Pero, Virginia
estaba inquieta. Su aritmética no le cuadraba. Porque la equidad tiene que ver
con la igualdad. Y no le faltaba razón. Es decir 16 varones mayores que 15
hembras. Luego, a sus sesenta años, quería ser preñada, en la esperanza de
encontrar la unidad que configurara la igualdad. Lo otro no es otra cosa que
una desigualdad.
…Y Virginia volvió a quedar en embarazo. Benjamín había hecho todo lo
posible por responder, como varón. A sus sesenta y seis años, era un tanto
difícil. Pero lo hizo- Nació otro varoncito. Virginia, creyó desfallecer. Después
del enorme esfuerzo, lo que quedó fue un incremento de la desigualdad.
Villaveces fue condenado. El jurado no aceptó la interpretación de su
defensor Pío XXIV. Fundamentalmente porque, el acusado había asumido una
opción no coincidente con los principios básicos definidos por las normas de
Ciudad del Mal. Normas que habían sido construidas y aprobadas; a partir de
la Asamblea de Mujeres Beligerantes. Mucho habían tenido que luchar para
acceder al poder. Habían sufrido desde tiempos inmemoriales. Los Santos
Inquisidores criollos gobernaron durante siglos. Ellos asimilaron las
enseñanzas del Santo Oficio. Una herencia directamente proporcional al
dominio de los invasores. Una tradición heredada de los Santos Tribunos de la
Santa Roma. Enseñaron a aplicar los métodos para garantizar la expiación y la
reconciliación con Dios; su Dios y que, por lo mismo tenía que ser el Dios de
todos y de todas. Enseñaron a castigar a las mujeres; cuando estas no
reconocieran la primacía de los varones. Cuando estas no aceptaran su
condición de seres sin opción de vida propia.
Sucedió que Benjamín y Virginia, acompañada y acompañado de sus
quince hijas y sus diecisiete hijos, se trasladaron de Villa Rebelión. Un caserío
a orillas del río Mosquitos. Ya habían urdido un plan; en la intención de
difundir sus ilusiones. Estas venían desde que el padre de Virginia, Ramón
Ilich, había construido una estrategia para acabar con el liderazgo de Los
Caballeros de la Santa Cruz, allá en Ciudad Lejana. Ramón Ilich, era un
hombre profundamente humano. Con la ternura dibujada en su rostro; y en sus
acciones. Ramón Ilich, expresaba solidaridad y esperanza, absolutas.
Por lo tanto, ese día, tres de octubre; cuando lo mataron; se cuajaron las
nubes y se desató la lluvia que acompañaría a los y las habitantes de Ciudad
Lejana, por espacio de doce meses. Sin cesar. Todo quedó anegado. Los
victimarios se ahogaron cuando cuidaban el cuerpo sin vida de Ramón. Porque
temían que se produjese otra ascensión, como la del Nazareno hacía ya cerca
de diecinueve siglos. Todo, además, porque los miembros de la Cofradía del
Divino Verbo, los instaron a no salir, por nada del mundo. Y así lo hicieron; se
quedaron en el cuarto subterráneo de la casa de Benedicto XIX quien ejercía
como descifrador de la apologética de San Marcos y que había sido escrita por
autor anónimo en Jericó, ciudad considerada, por esto, santa.
Sucumbieron ante la fuerza de la lluvia y ante su cantidad. Pudieron
haberse vertido cerca de un billón de metros cúbicos; según lo relataron los
calculistas oficiales. Pero el cuerpo de Ramón Ilich, en fin, de cuentas,
desapareció. Para su búsqueda exhaustiva fue nombrada una comisión en la
que se instalaron todos los beneméritos hijos de Benedicto XIX y los hijos de
Fornicato Palacio…Pero no encontraron nada.
Una mujer campesina, de nombre Dolores Perpetuos, halló el cuerpo de
Ramón; un día cualquiera del mes de enero del año siguiente a su inmolación.
Dolores, tejió una red secreta para informar a los seguidores y las seguidoras
de las ideas de Ramón. Al cabo de tres días, se reunieron todos y todas en la
“Cueva de San Mariano”, ubicada en las afueras. Hacía tres meses había
escampado. La ceremonia fue todo un acontecimiento. El cuerpo, sin
pudrición, fue exhibido en altar improvisado. Discursos acerca de la igualdad
y de las acciones para lograrla. Discursos acerca de la herejía necesaria; por
medio de la cual se expulsarían de la ciudad a todos los Honorables Caballeros
de la Santa Cruz; empezando por Benedicto XIX.
Y la inhumación se produjo en medio de arengas panfletarias, sinceras, a
viva voz; con profunda convicción en los ideales de Ilich y la necesidad de
continuarlos; de propagarlos por todas las ciudades y en el campo y en el mar
y en el espacio adyacente a la Tierra.
Benjamín, Virginia y las quince y los diecisiete; no hicieron nada diferente
a conservar y traducir el Mandato Ramoniano. Su horizonte se hizo inmenso.
A cada paso; en cada lugar, hablaban en reuniones clandestinas. Temiendo que
Fornicato Palacio los detectara y los y las hiciera matar. Porque, Fornicato, era
un experto. Ya había sido probada su capacidad para matar; de manera directa
y por encargo. Como resultado de esas acciones de matanza; ni Ciudad
Bienaventuranza; ni Ciudad del Mal; ni Ciudad del Buen Vecino; eran
reservorio de herejías. En estas, toda voz disidente había sido callada para
siempre.
Benjamín y Virginia murieron de manera simultánea. El veneno de la
víbora que había sido colocada de manera subrepticia en su lecho, hizo efecto
en segundos. Mucho se habló del acontecimiento, en toda el área de Villa
Rebelión y en algunos poblados vecinos.
Las quince y los diecisiete continuaron con la tarea. Vivir se tornó mucho
más difícil. A cada momento se escuchaba acerca de la generalización de las
matanzas individuales y colectivas. Pero no sólo se oía hablar de esto; también
se podía constatar. Juvenal se quejaba de la cantidad de trabajo. Los muertos y
las muertas eran muchos y muchas. Casi no había espacio en la antigua
bodega. Hasta que Fornicato Palacio decidió arrendar otro espacio; al aire
libre. Se pusieron varas verticales y horizontales y se cubrió el escenario con
plástico. Allí eran depositados los cuerpos. Venían de Lengua Larga (vereda de
Villa Rebelión); de La siembra (vereda de Ciudad del Mal); de El Ensueño
(vereda de Ciudad del Buen Vecino).
Se pudrían unos sobre otros. La fetidez era llevada por el viento hasta la
misma Ciudad Salmón; territorio del Padre de los Padres. El mismo Dios
trasplantado desde Roma; desde Castilla; desde el Sacro Imperio Anglo-Sajón
cercano. A todos y a todas los (as) asfixiaba el olor nauseabundo. Solo las
quince, los diecisiete y sus adeptos escapaban. Ellos y ellas seguían sus
labores cotidianas, como si nada. Pero, claro, sentían profunda tristeza y
temor. Un día allí; otro día allá. Una peregrinación constante. Las ideas
libertarias de Ramón Ilich, estaban grabadas en madera y bronce; de tal
manera que no las degradara el paso del tiempo.
…Y, en Ciudad del Mal, reventó la insurrección. Primero fueron las
mujeres; conocidas como las desnudas, en razón a que conformaban una
asamblea permanente de féminas en contra de los chafarotes de Pío XIX y de
sus colaterales jornadas inquisidoras. Luego fueron los niños y las niñas. Se
negaron a leer el catecismo Astete, mejorado por el mismísimo Pío y avalado
por su señoría Fornicato Palacio. Luego fueron las y los adolescentes. Estos se
negaron a entrar como aprendices a alguna de las Legiones existentes. Ni a la
del Santo Sagrario; ni a la de los Hijos e Hijas de María Auxiliadora; ni a la
Cofradía de los Hombres y Mujeres Bienintencionados (as). Por último, fueron
los abuelos y las abuelas. Ellos y ellas se negaron a servir de apóstoles en las
celebraciones de la Semana Santa. También, sobre todo ellas, se negaron a
acompañar a la Dolorosa los Sábados Santos, en su soledad.
Sucedió lo que se presumía que iba a suceder. Fornicato, Benedicto XIX;
Pío XXIV y los representantes de las cofradías y legiones; decidieron, en
reunión secreta, juntar sus ahorros y situarlos en el mercado de mercenarios
profesionales. Mercado que había sido instituido por el Nuevo Imperio Anglo-
Sajón. Le servía como fuentes de divisas y como soporte a las guerras de baja
intensidad, comunes en la región. Les alcanzó para comprar doscientos
hombres rudos. Machotes curtidos en el arte de matar ilusiones y esperanzas y
revoluciones clásicas.
Llegaron a Ciudad del Mal, el ocho de diciembre, día de la Santísima
Virgen. De manera furtiva se instalaron en los cobertizos que Fornicato
utilizaba para sus bestias. Desde allí se fueron desplazando, hasta copar todos
los espacios. Ya conocían quienes eran los y las dirigentes. Mataron a todos y
a todas. Mujeres adultas; mujeres niñas, hombres adultos y hombres niños.
Fornicato ordenó llevar todos los cuerpos hasta la Plaza Mayor de San
Jacinto, ubicada en el centro de Ciudad del Mal. Allí se hizo una pira inmensa.
Las llamas se veían desde Villa Rebelión y desde la Sede Central del Santo
Oficio Divino
De las quince, quedaron solo siete y de los diecisiete quedaron solo nueve.
Se mantuvo la desigualdad que tanto inquietó a Virginia. Lo cierto es que,
quienes quedaron, migraron hacia diferentes poblados relativamente cercanos
entre sí. Desde su nuevo sitio, recomenzaron la brega.
Ese fue el referente que tanto entusiasmó a Karla. La vida de Benjamín y
de Virginia. Casi como La Vida de Jesús y de María. Un símil que ella validó
y lo hizo suyo. Por lo mismo, cuando murieron ellos y ellas, las dirigentes y
los dirigentes de la insurrección en Ciudad del Mal; ella se propuso vengarlos
y vengarlas. Nada de poner la otra mejilla. Era ahora o nunca. Ojo por ojo.
Simplemente hubo un problema que le enredó la pita: la aparición de
Villaveces, su amante frustrado y resentido. Aquel que no le perdonó nunca el
hecho de haberse separado de él; por decisión autónoma, aprendida esa
autonomía de las conclusiones de la Asamblea de Mujeres
Raúl la localizó. Un domingo de mayo. Ella salía del almacén en donde
trabajaba. La siguió sin ser visto. Cuando Karla llegó al platanal; apareció
enhiesto el siniestro personaje. Cuchillo en mano (alguien, hoy en día, de
manera un tanto perversa, diría “a lo Pedro Navajas”). En fin, que la acuchilló.
Huyó por el camino que lleva a Villa Piedad y, desde allí hasta Villa Perdón.
Este último, un caserío habitado por ex convicto; prófugos resentidos
mandantes, con muchas muertes a cuestas.
El refugio era ideal. Allí nadie preguntaba nada. Lo llamaban, también,
“Tierra de Nadie y de Todos”. Desde ahí importaron el modelo, muchos de los
estrategas de la barbarie; hegemónicos mandarines criollos. Pútridos, siempre.
Y, entonces, se expandió el modelo. Fueron creciendo las ciudades y los países
cuyos gobernantes a la fuerza, enviaban a sus agregados y aurigas a aprender
el oficio de no preguntar nada. De guardar los secretos de las muertes
sucesivas y de no permitir la identificación de los culpables. Allí estuvo, por
ejemplo, Juan Manuel Santín; José Obdulio Miserabilísimo; Sabas Pretel de la
Cuesta. Todos en nombre del prístino Álvaro.
Y, Raúl, estuvo allí casi cuatro años. Hizo muchos amigos. Algunos de
ellos ejercieron como sus codeudores; cuando él decidió comprar a crédito El
Buzón del Olvido, Un cachivache que servía, a la manera del sobrero de los
magos, para meter en él una evidencia; o un indicio; o una flagrancia y sacar
palomas de la paz; o sapos vergonzantes; o divinas imágenes de la virgen; o
del Divino Niño.
Entre tanto, el cuerpo de la bella Karla, fue encontrado por uno de los hijos
de Fornicato Palacio. Lo llevó a otro sitio, distante de allí. El cuerpo de Karla
todavía estaba caliente. Deogracias Palacio, aplicó lo que había aprendido en
los cursos de necrofilia. Una vez terminó, volvió a trasladar el cuerpo al lugar
en el cual había sido dejado por Raúl Villaveces.
El ceremonial fue conmovedor. Todas las mujeres de La Asamblea,
estuvieron con ella y la acompañaron hasta el lugar de su cremación.
Suscribieron El Manifiesto por la Venganza y por la Pronta Justicia.
Manifiesto que se erigió como referente para todas las mujeres de la región y
del país. Un documento elaborado con un conocimiento previo de la lucha que
han librado las mujeres en todo el mundo. Ellas, inclusive, promovieron
siempre la realización de eventos y movilizaciones el ocho de marzo anterior a
la muerte de Karla. Estaban convencidas de la importancia y trascendencia de
su gestión. Como mujeres comprometidas con la defensa de sus derechos y
por la persuasión acerca de la necesidad de la ternura para crecer como
personas y como pueblo.
Raúl Villaveces había nacido en Puerto Lindo, ciudad situada al noroeste
de Ciudad Bienaventuranza. Cuando niño fue protagonista en la escuelita en
donde cursó su básica primaria. Porque exhibía capacidad para hacer de las
palabras un todo coherente; independientemente del tema que propusiera la
profesora Altagracia. Por esto mismo, estuvo mucho tiempo vinculado a la
Sociedad de los Niños y las Niñas Inteligentes. Como con Mozart, su padre y
su madre, recorrieron el país, a bordo de las capacidades de su hijo. El Circo
Diablillo Perenne lo exhibió en funciones en las cuales el público deliraba con
los conocimientos de Raulito. Hasta que, en un día cualquiera del mes de
mayo de 2020, se quedó mudo. Una forma de protestar por la utilización que
venían haciendo de él su familia y los propietarios del circo.
Creció, después de la ruptura, al lado de su tío Valentín. Cursó bachillerato
en el Liceo Mariano y se vinculó a la Universidad Trinitaria, como estudiante
del programa de pregrado Ingeniería Armamentista. Se graduó con honores y,
posteriormente, viajó al Nuevo Imperio, para cursar estudios de doctorado en
Energía Atómica Aplicada a la Destrucción. A su regreso al país, trabajó al
lado del prístino Álvaro como consejero en asuntos de moral y de seguridad.
Conoció a Karla en una celebración del Día Mariano, en Bienaventuranza.
Sucedió que Raúl fue delegado por el prístino como su delegado ante el Santo
Oficio Criollo de la Búsqueda del Cielo. Raúl siempre fue un hombre parco y
muy devoto de María Santísima. A ella le otorgaba todo tipo de sacrificios.
Decía no querer a las mujeres, por su recuerdo de lo leído en la Historia
Sagrada, acerca del rol de Eva en la Tierra y, como colateral, la expulsión del
Paraíso. Sin embargo, leía la revista Play Boy y se masturbaba en soledad,
motivado por las poses de las conejitas.
Karla había crecido al lado de su tía Saturia. Padre y madre habían muerto
en un accidente. Viajaban de Ciudad del Mal a Ciudad del Buen Vecino; el bus
en que viajaban rodó por un abismo.
Karla, bajo la férrea disciplina que le impuso Saturia, no tuvo ningún
placer en su infancia. La adolescencia, la sitúo en diferentes escenarios. El
colegio; la hacienda de su tía; las calles de Ciudad del Mal. Sin embargo, ella
nunca pudo disfrutar de su cuerpo. La asfixiaba el artefacto ideado por la tía
para impedir que Karla fuera abordada. Se trataba de un cerrojo anticuadlo,
pero efectivo.
Ese día, en plena celebración de la Santísima Virgen, llevaba un vestido
apretado, negro. Hacía diez años había muerto Saturia. Ahí, al pie de la tía
muerte, lanzó el grito de libertad. El cerrajero logró abril el candado. Los
trajes largos y hasta el cuello fueron incinerados. Danzó toda la noche del
velorio, desnuda, en su habitación. Invitó a su primo Encarnación para que la
inaugurara. Estuvo con él toda la noche. Contó veintitrés orgasmos; hasta que
Encarnación no pudo más.
Raúl se dirigió a ella, un tanto conmovido por el hecho de que Karla había
organizado una celebración paralela. Se trataba de la reunión de todas las
mujeres de Bienaventuranza y de la expedición del Manifiesto Libertario de
las Mujeres Vulneradas.
La casuística consistía en exhibir sus cuerpos desnudos en la Plaza Central
de la ciudad. Danzaban alrededor de la hoguera y, a cada paso, arrojaban al
fuego retratos y réplicas de Fornicato Palacio de Benedicto XIX y Pío XXIV.
Además, símiles de los Caballeros Cruzados. Le dijo: “señorita, usted no
puede agraviar a la Virgen de esa manera.”
Karla, simplemente, lo ignoró. Pero no pudo sustraerse al encanto de su
mirada. Ojos verdes, simples; pero con una fuerza absoluta cuando se fijaban
en alguien. En este caso, Karla, fue ese alguien. Casi desmaya. Porque ese
mirar de Raúl no permitía escape. Hablaron. Karla le expresó que no había
vuelta atrás. Las mujeres de Bienaventuranza no admitían ninguna directriz;
por sagrada que fuera.
Se volvieron a encontrar en la taberna “La vida es así”. Todo tan
coincidencial, que ella y él se sintieron sujetos de una alegoría lejana. Ella y
él, se sentaron en misma mesa. Karla ordenó una botella de aguardiente marca
Soplo Divino. Él, muy recatado, ordenó botella de vino dulce, marca Los tres
Frailecitos.
Departieron hasta pasadas las doce de la medianoche. Karla invitó a “ojitos
verdes” a su habitación. Ella vivía en casa de inquilinato. A pesar de eso, todo
muy confortable y digno. Como lo hacía siempre, se desvistió inmediatamente
llegó al cuarto. Raúl se sintió algo incómodo. Pero, inmediatamente, recordó a
las conejitas y sintió un fuerte escozor en su tornillo; tanto que se irguió
mucho más de lo acostumbrado. Se juntaron, hasta el amanecer. Raulito se
despertó asustado, porque había quedado en llamar al prístino.
Luego de haber expedido el Manifiesto, las mujeres de la Asamblea, se
dispersaron. Cada una con el propósito de arengar en la ciudad. Convocando a
la confrontación en contra de Raúl y de sus símiles. Ellas ya sabían que
Raulito era un protegido del Divino Álvaro; pero eso no las amilanaba.
Estaban decididas a la venganza. Como fuera. O en los Tribunales. O en
cualquier sitio. Lo cierto es que Raúl debía pagar por su crimen de lesa
fémina.
Prevaricato Martínez fue el primer amante de Virginia. Se conocieron
cualquier día, en Villa de Dios, una localidad situada al Este de Ciudad del
Buen Morir. Ella, la Virginia, era oriunda de Ciudad Amada por Dios. Allí
nació y creció. Su padre ejerció como sacristán en la Parroquia de San Diego
Virgen. Con su esposa Primogénita, tuvo doce hijas. Entre ellas Virginia, la
cuarta. Cualquier día, su padre, la abordó. La casa tenía dos habitaciones. Una
de ellas para José Arimatea y Primogénita. La otra, para las doce.
Le dijo, casi en susurro, “Virgita, me tienes desesperado. Te he observado
cuando te bañas; déjame, por favor, probarte”. Cuentan que Arimatea se tiró al
río. Nadie pudo recuperar su cuerpo. Sin embargo, Virginia quedó lista para
ser la madre del hijo suyo y de su padre. El niño murió cuando tenía tres años.
Un caso insólito de fiebre amarilla. Virginia nunca transfirió el hecho. Ni
siquiera a su madre Primogénita.
Cuando aprendió con Benjamín el arte de hacerse mujer autónoma, ya
había conocido el arte de la sumisión. Había estado durante muchos años, al
lado de la tristeza y de los vejámenes. Como ese, cuando su padre la vulneró;
haciéndole sentir el significado pleno de la ignominia. Desde ese día, Virginia
juró por Los Dioses Antiguos, que jamás hombre alguno le haría lo mismo.
Por eso lo ahogó en el Río de Oro. Por eso mató a Prevaricato; arrojándolo al
Lago Santo.
Benjamín no era así. Ni como Arimatea; ni como Prevaricato; ni como
Raúl. Es decir, él era un hombre pleno, sincero y que valoró siempre la
importancia del rol de las mujeres y de la construcción de escenarios de
equidad. Por lo mismo, entonces, Benjamín siempre fue perseguido por todas
las cofradías existentes en su territorio. Fundamentalmente por aquella
liderado por Pío XIX, denominada Los Caballeros Prístinos al Servicio de
Dios.
Recorrió todo el país, arengando a las mujeres y a los hombres;
transfiriéndoles el conocimiento asociado a la libertad. Ese fue el Benjamín
que tanto admiró Karla. Ese tipo de propuestas libertarias; esa condición de
sujeto comprometido convencido de la necesidad de la guerra entre las
cofradías inquisidoras y los y las hombres y mujeres que reivindicaban el
derecho a ser libres y a tener la sensibilidad y la ternura como soportes en su
actuación. Guerra que, aun hoy, continúa y que, por lo visto continuará por
siglos; hasta que sea vencidos los dueños de la vida cautiva y de la inequidad y
de la contra ternura. Y pasó mucho tiempo. Y estamos hoy asistiendo a la
misma confrontación Algo extraño en ella. Nunca la había percibido así. Una
imaginación que bordea lo absurdo. Sin que me diera cuenta, siguió con otra
historia.
Los días pasan, y mi vida en ellos. Lo de hoy es señuelo para atraer el
olvido. De todo lo que he sido. En mirar mirando, la rapiña en ese contexto tan
vivido. Yo, andando en penumbras. Como ansioso sujeto íngrimo. Sin lo justo
para acceder al estado anhelado desde ha mucho tiempo. Este recorrido lo
inicié, cuando niño. En lejano día, que vi a la Luna engarzada en chubascos
venidos, todos los días. En veces en vuelo lúdico. En otros viniendo en loco
albedrío punzante. Y sí que lo sentí. Desde ese adentro del cuerpo de madre
primera. Siendo, como en realidad fue, día de Sol pleno. En la perpendicular
situado. Sobre ese barriecito de ella, que empezó a ser mío. Cuando caí en
libre vuelo. Ella estaba, como casi todas las madres, con mirada puesta en
calle angosta en que vivíamos. Como mediodía era. Como que nubes pasando.
Viajeras lúcidas, Con grises-negros promeseros. Ella, con ojos asiduos
visitantes de la montañita, a manera de cinturón envolvente. Ciudad prisionera
en ello. Ciudad manifiesta. Que había nacido antes que la mujer madre mía
sintiese presagio de conocerme.
Y me fui haciendo sujeto triste, como en ella prendido. Como bebé
canguro esquivo. En cortedad de camino, a pasos, enarbolando potencia de
suspiro enfermizo. Yendo tras la imagen de ella. En voltereta. Viviente como
escarceos de pájaros vidriosos; en vitrales puestos por mano mágica. De
pintora bulliciosa en silencio. Yo viajero en pos de El Levante prodigioso.
Imaginado. Yo niño elucubrando. Yo sediento de alegría. Siendo, en eso, solo
corresponsal estático, venido para horadar en tierra. Para soportar la pulsión
venida desde afuera del universo enfático en trazar leyes, leyendas, caminos.
Y me hice, en ese tiempo langaruto, personaje desarropado. Por lo mismo que,
la mujer amiga mía, no hallaba rumbo. Como menesterosa náufraga en mar
violento. En noche aciaga. Envolvente.
Tiempo pasado ese. Que fue perdiendo su ahínco brutal. Que fue siendo
pasado, en luz carrera acezante. Ella y yo, de por medio. Ella sujeto ajustada
por los años y por la aspereza de enfática persistencia. Y yo, volantón. De paso
en paso. Como de rama en rama, pajarillo venido desde la ilusión perdida ya,
hace tiempo en nuestra ciudad creciente. De escenario ditirámbico. Como si
ensueño fuera de aquella locomoción habida en ceniciento paso de arroyo
creciente. O lánguida versión de hechizos. Contada por los gendarmes
venidos, en procesión ampulosa. Como heredad insensible. Como pasajera
expresión de escorpión que se hizo hiriente, al no poder mirar la mujer madre
mía. Y, ella, en esa soledad y en ese silenció puro. En lo que pudo haber tenido
como enhebración crujiente, lúcida, colmada. De miles momentos
depreciados. Una holgura de mensajes brumosos. Aferrados a los códigos
cantados. En ese ejercicio de miradas. En esa envolvente juntura de caminos.
Que estaban ahí. Desde antes de mi yo ser sujeto. Y que, ella, asumió como
preparación grata. Por lo mismo que como mujer no madre fue primera. Y
que, en ese siendo madre mujer, fue recortando su prisa. Sus ansias libertarias.
En este hoy que vivo, voy yendo en soledad agreste vestido. En
ensimismamiento actuado. Personaje hecho de mis miradas. Y las miradas de
ella, mujer virtuosa, esclava ajena. A todos y todas dada. En sintiéndose
solidaria amuga. Mujer hecha potencia. De palabra y de orgullo suyo, solo
suyo. Viajero, yo, en ella. Como sumario juicio hecho por los césares pasados
y en presentes. Ávidos reyezuelos de vigencia plena. En el hoy que duele. En
el hoy hecho escenario. De rapacería. De doliente armadura vestidos.
Soy, eso sí, de ella venido. Siendo, eso sí, sujeto hoy envuelto en ese
señuelo que se tornó en lanza que mata. En armadura ciega. Que dilapida y
que cercena los cuerpos. El mío y el de ella.
Lo convenido es, para mí, la valoración de palabra hecha. Yo me fui por
ahí. Tratando de precisar lo que quería hacer, después de haber propuesto volar
con la vida en ello. Y es bien convincente lo que me dijiste ese día. Y yo me
propuse transitar el camino que tú dijeras. Y, te entendí, que sería el comienzo
de una ilusión forjada a partir de validar lo nuestro como propósito de largo
vuelo. Ante todo, porque he sido tu amante desde siempre. Inclusive, desde
que yo hice de mis pasos nacientes, una conversadera sobre lo que somos y lo
que fuimos. Sin temor al extravío, acepté que no había regresión alguna. Que
seríamos lo que nos propusimos ese día, siendo niño y niña; como en realidad
éramos. Y sí que arreció la bondad de tus palabras. Enhebrando los hilos de lo
vivo y vivido. Aun en ese lugar del tiempo en el cual apenas si estábamos en
condición de realizar el ilusionario. Un desarreglo, ungido como anarquía de
sujetos. Sin detenernos a tratar de justificar nada. Como andantes eternos.
Como forjando el tejido, a manos llenas. Y, pensé yo, hay que dar camino al
mágico vuelo hacia la libertad, ayer y hoy perdida. Un vacío de esperanza
atormentador. Por lo mismo que era y es la suma de los pasado. Y, precisando
en el aquí, que nos dejábamos arropar de ese tipo de soledad acuciosa. Casi
como enfermedad terminal. Como si nuestro diagnóstico se lo hubiera llevado
el viento. En ese tono de melancolía que suena solo cuando se quiere ser cierto
sin el protagonismo del diciente lenguaje habido como insumo perplejo. En
todo ese horizonte expandido de manera abrupta, imposible de eludir.
Un frío inmenso ha quedado. Ya, la nomenclatura de seres vivos, de ser
amantes libertarios; se ha perdido. Mirando lo existente como dos seres que
han perdido todo aliciente. Un vendaval potenciando lo que ya se iba de por sí.
Fuerte temblor en eso que llamamos propuesta desde el infinito hecho posible.
Como circundando a la Tierra. En periodos diseñados por los mismos dos que
se abrazaron otrora. Cuando creímos ver en lo que pasaba, un futuro
emancipador. Ajeno a cualquier erosión brusca. Como alentando el don de
vida, para seguir adelante. Hasta el otro infinito. Pusimos, pues, los dos las
apuestas nítidas, aunque complejas. Un unísono áspero. Pero había disposición
para elevar la imaginación. Dejar volar nuestros corazones. Como volantines
sin el hilo restrictivo. Y, si bien lo puedes recordar, hicimos de nuestros juegos
de niño y niña, todo un engranaje de lucidez y de abrazos cálidos, manifiestos.
Hoy siento que lo convenido en ese día primero del nacer los dos, ha caído
en desuso. Porque, de tu parte, no hay disposición. Que todo aquello hablado,
en palabras gruesas, limpias, amatorias. Solo queda un vaivén de cosas que sé
yo. Un estar pasando el límite de lo vivo presente. Entrando en una
devastación absoluta. Y, este yo cansado, se fue por el camino avieso.
Encontrando todo lo habido, en términos de búsqueda. De los sollozos
perdido. De mi madre envuelta en esos mantos íngrimos de su religión por mi
olvidada. Una figura parecida a la ternura asediada por los varones grotescos.
De la dominación profunda y acechante en todo el recorrido de vida.
Mi proclama, por lo tanto, ya no es válida para registrar el deseo libertario.
Los sabuesos pérfidos han arrasado con la poca esperanza que había. En una
nube de sortilegios ingratos; por cuenta del nuevo tiempo y de las nuevas
formas de dominación en el universo que amenaza con rebelarse. De dejar de
girar. De cuestionar el dominio de Sol. Como pidiéndole que no haga sus
cuentas de vida en millo0nas de años más.
Y si, entonces, que lo convenido se convirtió en reclamación atropella. De
nuevos compromisos. Tal vez, el más importante: dejar de ser lo que somos. Y
ser lo que, en el ayer, fingimos. Pura nostalgia potenciada.
En aquí y ahora, he ido tejiendo la verdad de este tiempo. Al menos para
mí. Obrando como sujeto de vuelo libertario. He recabado en los esguinces
espurios, como tósigos, Como enredadera de lujuriosas flores que convergen
hacia la adulación mediática. He visto morir, casi de inanición forzada, la
esperanza, antes nítida, profunda,
Envolvente, como remolino aventajado. Así era mi relación con ella.
Martinica Buriticá. La había conocido en un paseo que hicieron las dos
familias. La de ella y la mía. Muy joven. Bonita. Pero, ante todo, de una
prudencia infinita. No había ningún obsoleto para sus palabras. Estudiante en
La Institución Educativa Policarpa Salavarrieta. Ahí no más en la esquinita
que visitábamos mis amigos y yo. Bien parada, en esos términos de ahora que
denotan hermoso cuerpo y bonita cara. Los dos nacimos en el mismo barrio.
Jerónimo Luis Tejelo, al occidente de Medellín. Yo un poco mayor que ella.
Nos separaban tres años. Ahora, el veintiuno de julio, cumplirá quince añitos.
Empezamos a frecuentar el mismo lugar para el divertimento. La canchita de
baloncesto que queda ahí en el centro del barrio. Martinica juega muy bien.
Tanto que ha sido designada como capitana en el equipo selección de las
Instituciones Educativas, en la ciudad. Pero, más que jugar bien al baloncesto,
lo que la distingue es lo que llaman “su don de gentes”. Muy delicada al
momento de enfrentar los problemas. Habla por todas y por todos en el
colegio. Tiene una visión absoluta, acerca de la política educativa en Medellín
y, en general, en el país. La pensadera la ubica en profundas reflexiones al
momento de cuestionar y sugerir alternativas.
Nació, según dice su mamá doña Eugenia, pensando. Desde pelaíta lo
escrutaba todo. Mirando a su alrededor. Como buscando explicación a lo
habido y por haber. Al añito de haber nacido, ya era capaz de entender lo que
le hablábamos. Y trataba de hablar. Por lo mismo, empezó a hablar fluido a los
dieciocho meses. Casi como entablar conversación con nosotros y nosotras.
Argumentaba su palabra. Vivía en una opción y pulsión de vida, equilibrada.
Pero, asimismo, capaz de contradecir a quien fuera.; desde su lógica y
perspectiva de vida.
En esto de entender la vida, es difícil saber si algo es justo o injusto. Lo
cierto es que, uno de los médicos de la IPS, diagnosticó, algo así como un
enfisema pulmonar, cuando recién cumplía diez añitos. De ahí en adelante,
como que nos cambió todo. La rutina dejó de ser la misma. Muy al cuidado de
todos y de todas en familia. A pesar del diagnóstico, Martinica no ha parado en
la hechura de su vida. Particularmente en su desarrollo académico y deportivo.
Don Hipólito, el rector del colegio, mantiene una observación constante
alrededor de la evolución de la patología. Por mucho que le hemos dicho,
acerca de dosificar sus entrenamientos y sus juegos intercolegiados; todo ha
sido en vano.
Cada noche, mi amiguita sufre dolores muy fuertes. Además, un problema
reiterado para conciliar el sueño. Y para asumir una dinámica de vida no
enfermiza. Si se quiere, en cada brevedad de los minutos, se le va yendo su
fuerza y su proclama por salir adelante. Una crisis manifiesta. Su mamá
Eugenia sufre más que ella. La ama tanto que, como dicen coloquialmente,
“ve por los ojos de la niña”.
El día de su cumpleaños, sufrió una crisis. Que fue definida como
“benévola” por parte de los médicos de la IPS. Pero, en verdad, nunca la había
sentido tan enfermita como ese día. Habíamos preparado todo para la
celebración. Un protocolo discreto, como a ella le gustaba. El ritual iba a ser el
mismo. Misa solemne en la mañana; almuerzo en familia y con los más
cercanos y cercanas amigos y amigas. Y, en la tarde, un bailecito, casi privado.
Siendo como las seis de la tarde, le vino la crisis. Esta parecía más grave que
las otras. Se desmayó en plena sala. Corrimos a auxiliarla. Le empezamos a
dar aire, despejando el sitio y soplándole con las toallas. Cuando llegaron los
paramédicos en la ambulancia, Martinica; parecía, en su cuerpo, como si le
hubiese cortado el calor de vida, durante todo el día.
Hoy, veintiocho de julio, estamos al lado de ella. Pero ya no nos habla ni
nos hablará nunca más. La rigidez de su cuerpo es absoluta. Su carita parece
ser más bella que antes.. Sus ojitos ya no nos mirarán, en ese bello mensaje
que siempre nos otorgaba.
Y sí que, ahora, simplemente seguimos su huella. En una inmediatez de
vida lánguida. Ya no es lo mismo sin ella. Dicen que quien nos deja para
siempre, merece un canto a la belleza. Y que, debemos recordarlo o recordarla
en lo que eran en lo cotidiano. Sin embargo, ´para mí, la recordadera debe ser
en tristeza. Porque, el solo hecho de saberla ida, de por sí, supone un vacío sin
reemplazo posible.
He vivido durante mucho tiempo aquí, en “La Aldea de Los tres
Traidores”, como llaman a este pueblito. Créanme que nunca he podido saber
el porqué de este nombre. Solicité al señor gobernador licencia para actuar
como investigador honoris causa, para tratar de desatar el entuerto.
Yo venía de sangre amiga como se dice ahora, al momento de las
identificaciones sumarias en la historia de nuestro país. Empecé por devolver
la historia, cien años atrás. Era el tiempo de la inventiva. Así estaba
establecido en el libro de relatos e historia que había en la Biblioteca
Municipal. Empecé a delirar, luego de leer los dos primeros tomos. Un
trasunto que me dejó perplejo. Una historia, por ejemplo, de la niña Adriana
Losada. Vivió casi setenta décadas. Y no crecía ni se envejecía.
Un día, de ese cualquiera, me encontré en la biblioteca con Susana
Arrabales, nieta del señor alcalde, don Policarpo Sensini. Una mujer todo
cuerpo. En una exuberancia magnificada. Vestía jeans que apretaba sus piernas
y su caderas; de tal manera que el imaginario volaba con relativa facilidad.
Sobre todo ahí, en donde terminaban sus bellas piernas. Me preguntó que
donde había estudiado mi carrera de historiador. A la vez, me dijo que ella
había estudiado lingüística en la Universidad Claretiana de Occidente. Y, a
decir verdad, era todo un universo de precisiones en lo correspondiente a la v-
ertebración de las palabras. Y, en general, de cómo se fueron formando las
palabras y el lenguaje escrito. Tenía una manera de conducir su discurso, que
estuve absorto durante su ceremoniosa intervención.
Para empezar, en lo concerniente a mi yo como sujeto activo, la primera
impresión empezó a ser corroborada por el trajín en el cual nos embarcamos.
Nos veíamos todos los martes de cada semana. Empleábamos la mayor parte
del tiempo, en auscultar la relación de causa efecto. Algo así como entender
ambos, que la historia de cada hecho susceptible de ser comparado, tenía que
ver con la inmensa categorización de los valores comnductivistas, derivados
de un primer acercamiento con los huitotos. Seguimos, en esa línea de
intervención, hasta que accedimos a lo que ella llamó “la cuantificación de los
hechos que propugnan por ser visibles en la historia del país.”
Yo seguía absorto con esta niña. Tanto que le escribí a don Exequiel
Peñarredonda, en el sentido de acotar una información que yo le enviaba,
como si fuera mía la categorización básica. A partir de ahí, don Serapio
Consuegra, el presidente de la Cámara de Estudios Sociales Comparados.; me
conoció Inmediatamente, fui convocado a la capital del país, para presentar los
avances en una conferencia que reuniría- a los y las mejores historiadores (as)
del continente.
Antes de partir, le hice saber a Susana, que debía asistir a un Seminario
sobre “Los insumos válidos para determinar la acidez del agua en entornos
cercanos a las plantas de procesamiento de pieles y de venados insulares
“Quedamos en que nos veríamos en la primera semana de noviembre. Así
como le hablaba a la señorita Susana, iba orquestando los trazos para que ella
me pusiera al tanto de sus investigaciones.
Ya en la ciudad, hice público un primer documento acerca del tema
encomendado, En el mismo recaudaba muchos de los datos conseguidos por
Susana. Pero, yo, los hacía parecer con indagaciones mías. Un primer
elemento, tenía que ver con la nomenclatura asignada a cada una de las
investigaciones. Por ejemplo, “el bilingüismo de los huitotos, al momento de
expresar sus opciones de vida, en el contexto de la formación y consolidación
de nuestra Nación”. También, surtí la versión propuesta por el profesor
Artunduaga, quien ejercía como tutor absoluto en los estudios de historia y
lingüística. Todo en el entendido siguiente; “cada paso dado por los aborígenes
estudiados, hablaba de referentes biunívocos”
En los cuales se conocían por traidores a aquellos sujetos varones que
decidieron comparar pares entre la visión del paradigma de la Diosa Laguna.
Y la condición de sujetos habidos después de la muerte de la sacerdotisa
“Manuelita del Socorro Góngora. Toda una expresión heterodoxa de lo que
implica la rebelión de los súbditos y súbditas. Y que, por lo mismo, los
desertores fueron expulsados hacía Villa Carmelo. Y que, por siempre, vivirían
allí por los siglos de los siglos. El costo de esa destinación corrió por cuenta de
aquellos nativos que izaron la bandera de libre expresión. En esas estaban,
cuando llegó Susana. Imperativa y tendenciosa, con respecto al fin del mundo
y la necesidad de no traicionar a nadie. Solo a los enemigos que pudieran
aparecer a futuro…
Galtieri, no pudo ocultar su aversión por la verdad. Eso venía desde mucho
tiempo atrás. El referente más notorio, tuvo que ver con su participación en el
movimiento que lo ungió como primer poderdante del reino de las “Avispas”.
Un poco de coincidencia con la hecatombe presentada en la ciudad en la que
había vivido siempre. Eso de “las Avispas”, hacía alusión a los sujetos que
entronizaron un complejo procedimiento en relación con la matanza conocida,
en “Valle Perpetuo”. Una historia ejercida y vivida, como aplicación de la
pena de muerte a quienes, antes de ellos, había desarrollado un modelo de
novedad. En eso de andar sembrando la ternura. Y es que, la ternura la habían
desaparecido aquellos mediáticos próceres vinculados con la ubicación de la
libertad, como mero cuerpo obsoleto. Esto, en su lenguaje, suponía la
erradicación de cualquier ideología de cuerpo. Allá, en lo que se llamaba “la
postulación de la ignorancia, como envolvente penuria conceptual”.
Eduardo Galtieri había nacido con la impronta de la desidia y la maldad.
Esto, en términos no necesariamente moralistas. En el pasado, la disquisición
se proponía como opción venida a menos. En ese estar yendo, por la vía de
asfixiar cualquier disidencia. Él mismo había vivido todo el proceso agresor de
las voluntades y los sujetos que suponían que “cada paso, debe ser entendido
como posibilidad libertaria. O, por lo menos, como secuencia tendencial hacia
la opción pura de la solidaridad en el cuerpo vigente de la humanidad”. Era
algo así como pensar en el presente, como única posibilidad de acceder a la
ilusión de sufrir los quebrantos de la vida. Ya, de por sí, en continua
minusvalía. Galtieri, pues, se hizo sujeto actuante. Como el émbolo que, en
ambos sentidos, succionaba y expelía el fuego aplastante. En aplicación de los
vestigios considerados, hasta ahora como irrelevante,
Y, Eduardo, posicionado como norte inverosímil en la conjugación del
verbo pensar. Digo esto, en razón a que, lo suyo, se fue construyendo paso a
paso. Desde los tiempos de la invención de la vida como sucinta visión sin
dolientes. Él mismo había elaborado los códigos del quehacer doloroso. Podría
pensarse que, él mismo, había consumado el rito iniciático de la desventura.
Como decir que fue acicalador de las tormentas infames en contra de la
calidez y la libertad. Entonces, Eduardo Galtieri, se hizo fuerte en el sur del
sur. Allí en donde fueron convocados “los hombres de bien. Dispuestos a
hacer valer cada pulso, como acción de erradicación de cualquier demencial
proyecto relacionado con la libertad”.
Cuando yo lo conocí entendí, de inmediato, su perspectiva. Y, después, de
sus socios en capacidad de aniquilar cualquier vivencia herética. Yo, desde mi
nicho cálido, empecé a advertir acerca de la implicación de estos “visionarios
enjutos”. No de cuerpo físico inmediato. Pero, sí, de elongación de las
milenarias creencias que mantuvieron, potentes expresiones de congoja. Como
cuando, cada hecho y cada sujeto en él, no era otra cosa que la dejación
instrumental. De la bondad, de las visiones libertarias y de las opciones
incipientes, que pudieran llegar a ser lo cotidiano universal.
Y lo ví, en ciernes. Como arrebato incendiario por lo bajo. Haciendo del
fuego relámpago hiriente. Como eso de subsumirse en la fuerza ya instaurada.
Ya hecha cuerpo. Ya impuesta. No sé por qué, en ese día ocho de marzo, sentí
la necesidad de la evocación. Y me ví y sentí como sujeto de propuestas
enfáticas; en torno a la libertad y la esperanza. Pero él, Galtieri, se empoderó
como opción de mil y una violencias. Reclamaba la aplicación de la noción
originaria, en lo que respecta al poder y su ejercicio. Se daba, entonces, la
didáctica bochornosa, bastarda. Tratando de encumbrar la teoría de lo
“sensato”, entendida como proyección de las sombras de la miseria cultural.
La opción de las violencias subliminales. En el entendido que, estas, ejercían
como trasuntos orgánicos. Perennes.
Hay un dicho que dice “si lo hice no me acuerdo. Si lo expresé, tampoco”.
Una lógica perversa. Por cuanto, lo uno o lo otro, no eran cosa diferente que lo
necesario para ejercer como poder aciago. En contravía de la verdad. O de la
esperanza. O de las dos cosas juntas. Y sí que me fui erigiendo como partero
de la “nueva memoria”. Me fui yendo como matador de la ignominia. Y
decreté, para mí y para mis pares”, la violencia en contra de la violencia. Me la
jugué como sujeto depositario de la voz libertaria. Y maté a Galtieri y a su
método y principios. Lo hice, en noche de estrellas fulgurantes. Como si mi
cuerpo ejerciese la velocidad luz, como soporte de “la nueva vida”, en contra
de los milenios acumulados como pútrida expansión societaria. Recuerdo que,
esa noche, lo encontré en el Palacio Real, reunido con su séquito de
aduladores, asesores y emisarios. Le dije, por lo bajo y en pura eclosión
libertaria, que lo mío iba en contravía de lo suyo. Y le disparé en plena frente.
Y cayó, Galtieri allí mismo. Y, el cuerpo de saltimbanquis, se echaron a volar.
Eligiendo, para ello, los infiernos dantescos. Se hicieron fuertes en el refugio
de los césares antiguos y modernos. Y, yo, los hostigué con mi pluma
punzante. Y, les dije “no van más como matadores, en silencio, de las ilusiones
mías y las de los que están conmigo. Recuerdo su cuerpo violentado con mis
lanzas hirientes. Lo despedacé. Como tratando de diluir su cuerpo. Como
enfatizando en la muerte del perverso y su perversión.
En este día, entonces. De mi pulsión no efímera. He vuelto hacer de mi
memoria, una opción válida. En el sentido de haber entendido los orígenes de
la ignominia. Pero, más allá de simple réplica o metástasis. Orienté mis pasos
por el camino parecido al de Erasmo de Rotterdam. Como si me hubiese hecho
cuerpo absoluto. Mandatario de los tiempos por venir. Me apoyé en la diosa
Minerva. En sus postulaciones en contravía de los dioses que la oprimieron y
la vejaron. Hice de cada acción, una posibilidad libertaria. Galtieri muerto.
Muertas las opciones contumaces de él y de sus súbditos.
Hoy estoy aquí. Me he convertido en sujeto bipolar. He empuñado mi
lanza libertaria. Pero, aun así, siento un vacío de espíritu. Como si estuviera
anclado en la primera palabra del crucificado. Eso de pedir perdón a los
victimarios; es una opción que no reconozco como válida. Más bien, mi
pulsión se ha impuesto como tramitadora de violencias. Y en aplicación de las
mismas. He desterrado a los acuciosos obradores de pantomima. He decido ser
sujeto de envolvente pasión de venganza. Me he hecho insumo del postulado
de matanza. No reconozco ni el perdón. Ni el dejar hacer, dejar pasar. Soy
símbolo, y me siento así, mesiánico. Sigo la ruta de quien, antes que yo, hizo
de su fuerza el soporte de la muerte de los vejadores.
No sé por qué, siento el cansancio derivado del ejercicio de la venganza.
Como si hubiera perdido el referente básico de la opción colectiva libertaria.
He construido un contra-poder necesario. Pero que, en mí, ha empezado a ser
tósigo virulento. Viviendo la violencia como obligatorio laberinto. He matado
a más de cien mil sujetos de otrora. En sueños y en la realidad vigente. He
conculcado, inclusive, el derecho de mis seguidores. Por la vía atrabiliaria.
Los he despojado de su memoria y de sus perspectivas. Como en ese mar de
horizontes. Eliminando cualquier expresión de reivindicación de género.
Simplemente, he postulado y aplicado una visión de los hombres como únicos
sujetos necesarios.
Siento que me he perdido. Ya he matado a quienes debería matar. Es más, a
quienes, en veces, no debería haber matado. Soy simple propietario del don de
la venganza suprema. He ejercido y ejerzo como petulante cuerpo que ha
creído en la ilusión como mero cuerpo apaciguado. Metido en el saco de la
desmemoria. Como queriendo ejercer la condición de emisario supino.
Engarzado en la dialéctica de lo terrenal.
He ido y he venido. Ese es mi resumen vivencial. He mantenido la
obligatoriedad de ser cuerpo matador. Una especie de manipulación de la
verdad; en tratándose de césar oferente. Como queriendo expresar, que soy y
seré vengador espurio. Sin norte válido, humano, tierno y referente de la
libertad como opción perenne.
Cada vez era más difícil centrar la atención de Leopoldina. En lo
fundamental, ella tenía el mandato de hacerse mujer de opción libertaria. En
ese territorio que la había visto crecer, de la mano de Severiano Acevedo
Pompeyo. Todo empezó, cuando “Leo”, propuso una figura de “impulso
iniciático” para las mujeres. Lo suyo había sido aprendido, con la Diosa Palas.
Y, esto tenía su origen en la lectura de la versión propia, acerca de lo sucedido
en el Templo de Zeus. Una variante de lo que se ha dado en llamar “La
leyenda del Paraíso Terrenal”. Ella (Leopoldina) se había erigido en sujeta de
vuelo infinito. Yendo por abrasadores días, originados en la cercanía del Sol
milenario. Siempre ahí. Como reyezuelo mendaz.
Recuerdo el día en que la conocería. Imperiosa mujer en lucha cuerpo a
cuerpo con los aduladores perversos. Ella, “mi Leo” propuso ser mujer
sensata. O, por lo menos, mujer, enhebrada en la perspectiva de ser “Yo”, de
por sí. Y, entonces, fui decantando la idea de ejercer como sujeto impávido; al
momento de descifrar códigos preestablecidos. Una vez dije que no entiendo
roles por fuera de lo que reconozco como insumos válidos para lograr la vida
plena. De ella. Y yo. Después, supuse una erosión de mi cuerpo. Atado al
significado de voces inciertas,
En pasado recién, le había dicho, que no podría soportar la imagen de
cuerpos muertos, a su lado. Lo interpreté como el ocaso de sus pretensiones.
Exhibiciones relacionadas con la vida dispuesta en la perspectiva. De cada
quien. Menos ella. Y Dije, internalizando mi voz y mi cuerpo; que eran
acechados por las voces indispuestas. Yo, mismo, le dije a la presencia del
viento; aquello que dormía en mí. Un enrevesado sujeto que no volvería a ser
opción de minusvalías. Y, en esto de las voces y opciones, me fui yendo en
una especie de floritura acicalada. Entonces, de por sí, hice vuelo nocturno.
Guiado por las luciérnagas potenciadas. Aterricé en el horizonte que fue de
ella. Y, empecé a caminar. Es lo mismo que deshacer pasos proclives a la
traición.
Siendo, como en realidad fue, mi ser se encogió. De frío y de esterilidad
manifiesta. Solo pude enhebrar un hilo no perdido. El de la opción propuesta
por Iris. Mi anterior mujer cercana. Para mí. Entonces, Leopoldina fue mero
cuerpo de posuda.dinámica de excresencias pasadas. Cuando. Yo, fui solo
libélula apócrifa. En una insensatez absoluta. En locomoción perdida, me fui
yendo por la vía de las hetairas que .antes, había conocido. En esa pulsión
sexual. Compatible con los orígenes displicentes. De aquel u otro. Pero, siendo
ella, dada a cualquier postor. Y, así se lo hice saber. En ese primer plano de los
horizontes. En esa graficación tardía.
Es, entonces, lo uno o lo otro. Como en esa finura de las probabilidades.
Como si fuese perversión numérica. Ella y yo. Ahí en ilusiones predispuestas.
Como si las hubiera colocado con referentes machos. De lentejuelas. Yo lo
hice, no lo niego. Por lo mismo ejerzo como directriz en planos fortuitos,
inacabados. Planos que, en razón entendida, se fue perdiendo. Sin
localizaciones etéreas. Opciones de minusvalía recobradas. Tal vez, para
incitar a mirar la vida. En puro brete circunstancial.
Si lo dije, no lo recuerdo. Pero sigo siendo lo que Leopoldina llama, en su
tiempo, “momentos espurios de la libertad”. Le entendí, a partir de allí. Que
ella obró como sucedáneo de opciones antes vertidas al territorio nefasto. Y,
yo, lo entendí como propuesta inoficiosa. Volcánica. Vocería híbrida. Una
locución que, no temprana, podría ejercer como vínculo supletorio; al margen
de la “idea” de ilusión inacabada. Un logotipo, lo llamo yo, miserable. Enjuto.
O, por lo menos “fuerza que invade lo fundamental”.
Hice caso omiso de la voltereta anunciada. Entonces, me fui diluyendo
como metáfora inacabada. Lo dije, eso si lo recuerdo, que volvería como
sujeto voraz. Perturbador. Aborrecible. Portavoz ampliado de la ignominia.
Fui entendiendo, lo uno o lo otro, como fortaleza insípida. Como expresión
perdida. Sujeto de “mil verdades ampulosas”. Y, esa lógica de lo “uno” u lo
“otro “se impuso. Lógica vergonzante que imprime contraternura y contra
ilusiones. No fui yo, lo dije en comienzo. Fuiste tú. Mujer de elocuencia
asimilada, desde antes de ser ella.
Hoy. En este hoy efímero, hice presunción de ser sujeto de tres tiempos.
Uno: sujeto impávido, irreconocible como expresión benevolente. Dos: sujeto
de “imprimátur” ocioso.. Tres: inconsecuente voltereta ampliada. En el plano
cruzado por las coordenadas de lo insólito. Con esa carta de navegación, me
fui ilusionando con aquellas verdades que pretendieron se infinitas. Un yo
insumiso que pretendió volar en libertad primera. Un yo enfático en lo que
tiene de veraz, lo que antes fue solo nervadura aciaga. Persuadido de ser una
propuesta acariciada por Minerva y Melisa. En la nomenclatura Homérica. Y,
siendo él mismo, opción de relatoría peregrina; mientras yo lo abordaba en lo
estricto de la palabra hecha.
Comprendí, entonces, que lo abstracto ilusionario; era lo mismo que “lo
práctico enervante”. Y, por lo mismo, me hice hechicero proponiendo una
voladura de opciones cercanas a la idea primera del ser en sí. Con esto
implicado, ejercí como sujeto del ir y venir. Y, le dije a Leopoldina que me
acompañara en el tránsito hacia el otro territorio que había quedado atrás. Y,
fui insumo atrasado. En lo que esto tiene y tendrá, de mero tósigo ambivalente.
No sé por qué, “Leo” pretendió otra cosa. Cuando ella sabía que era lo
mismo dejado atrás. Es decir, línea graficada a partir de la ecuación no
entendida. En fín, digo yo, lo que viene vendrá por si mismo. Lo que viene
vendrá, en aplicación de simple lógica convexa. O, lo que es lo mismo, lógica
de lo terreno pasado. Lógica que no encuentra la razón de ser de yo como
sujeto. Y que, por lo mismo, enfatiza en el acervo documental de lo pasado.
Lejano. Tanto así, que ha dilapidado la vida, buscando interpretaciones
inexistentes.
En el hoy, Leopoldina mía, difiere de la propuesta hacia el universo que
conocimos en el paso absoluto. Tú y yo como emergentes cuerpos. Estando
ahí. Cuando el universo se hace, en su giro, una expresión. En perspectiva
anchurosa. No náufraga. Más bien “cosa en sí” que proclama lo iridiscente
como acompañante, en el camino, del sujeto primero. Cuyo camino nunca
llega a cualquier final. Ella y yo sin la brújula primera. Brújula que se ha
venido a menos; por cuanto ya no permite referencia ninguna. Más bien,
brújula nefasta. Cosa ya pasada. Ya convertida en mero cuerpo inhábil.
En esta mañana virtuosa la he encontrado. Estaba ejerciendo la didáctica
promesera. Le hablé al oído. Para que no escuchara nadie más. Pero, siendo
ella locura vergonzante, hizo en eso, solo sordera supina. Yo la obligué a estar
conmigo. En esa dualidad de cuerpos que no atinaban encontrar la pasión.
Cuerpos que se fueron dilapidando a si mismos, como enjuto placer no
conocido. Llegamos, ella y to, al punto de no retorno. Ella hizo. Y yo hice, el
esfuerzo necesario para equilibrar nociones antes irrelevantes.
Hoy, en esta sucesión de acciones, me fui diluyendo. Iba muriendo mi ser.
El ser de ella, aparecía como impávida cabalgadura quijotesca, venida a
menos. Nos fuimos por el anchuroso camino no conocido. Pero que, en fin,
tuvimos que hacerlo. En consecuencia, hoy mismo, nos convertimos en mero
trasunto orgánico. Sin perspectiva benévola.
Con la brújula incipiente, le di la vuelta a nuestra Tierra. Engalanando los
entornos habidos. En sucesión de secuencias casi difuminadas. Volví a ver al
sujeto herido, en la refriega en la cual nos jugábamos la libertad y el derecho a
ser gurreros de Jerusalén y de Palas.
Yo le dije: “no vuelvas a mirarme, siquiera”. No sé si como locomoción
perdida. O, simplemente. Como imprimátur medieval. Y no es que yo ejerciera
como ícono potente y válido. Era, más bien, esa percepción recién hecha. Esa,
que ha acumulado mil cien opciones. Como categorías únicas. Por el contrario,
me hice soporte de lo lógico. En la reflexión de Juanita Ventura. Había sido
origen de lo sinuoso como embeleco de vida. Y sí que era así. Ella (Juanita)
venía del matrimonio válido de Jesús Venturoso Martínez Y María Lentejuela
de Asís.
En el barrio todos y todas empezaron a sentir la convocatoria en la mirada
de Juanita. Ya estaba, cuando yo llegué al barrio. Cuando me enteré de sus
“vueltecitas” en honor a María Madre. Estaba en esa procesión itinerante. Iba
y venía en cada entorno religioso. Se hizo madre de todos y todas. Yo conocía
que, su ilusión era la de ser madre primera. Con esa devoción absoluta que
doña Anadeassín, le inculcó la razón de ser mujer. El coito vino por el lado del
obispo Sinforoso Arimatea, Su nieto era un seminarista formal. Mantenía su
postura de iniciático sujeto servido como padrón para las niñas que habían
sido bautizadas al mismo tiempo que él.
El nieto, José del Buen Milagro, venía en ascenso con respecto a sus pares.
Por lo mismo, entonces, había preñado siete doncellas. Escogidas de
antemano. En alusión a su virginidad comprobada y a su herencia manifiesta
de los Caballeros de la Santa Cruz.
Él con ella, había sido prefigurado en el domingo de resurrección de ese
mismo año. La raptaron, a la niña Isabel del Oleo Sagrado.; allí mismo en la
puerta de su casa. Fue el mismo día, en el cual tuvo que soportar el forcejeo
ventrudo de José del Buen Milagro. Sintió, ella, que “lo de él” penetraba, lo
suyo, con dolor inmenso. Como si le hubiesen cercenado parte de ese
musculito que ella ya había palpado. Y, en vientre, fue creciendo el cuerpo no
deseado. Y, a pesar de haber ensayado más de una infusión sugerida. Todo a la
cuenta que, en su interior absoluto, ella no deseaba ser madre. Ni de José del
Buen Milagro, ni de ningún macho maledicente.
Eran días de original mezcla. Entre lo iridiscente y lo ambiguo. Cada cual
insertado en la noción de “El Buen Pastor”. En magnificencia alumbrada por
el séquito de creyentes en la “divina providencia”.
Siendo, como en reali8dad era, Juanita, niña venida desde la providencia
enseñada por quienes ejercieron como orientadores de “El Divino Oficio”. Se
fue viniendo al territorio nuestro herético. Nos hizo saber que, a cada paso, iría
ensayando las voces necesarias para poder entender las proclamas de los
dueños del Cielo. Y, en esa misma expresión, me fui filtrando. Como quien no
entendía la prosa primera. Y, por lo mismo, me fui erigiendo como “novio
necesario” de la niña Juanita. Me fui yendo en la diagonal ampliada. Y fue,
por esto mismo, que hice la buenaventura a su lado.
Sin embargo, no pasaron más de tres días, cuando la sorprendí al lado de
Pablo de Tarso. Él, venía de difundir los escritos y voces de las versiones
venidas desde “El Maestro”. Por lo mismo, entonces, le dije que “esa no es
manera de actuar con quien se ama”. Ella, no entendió el mensaje. Solo
escuchó la palabrería. Más no su significado.
Yo estuve en el tiempo y el espacio de las “nuevas visiones necesarias”.
Pero fue lo mismo. Simplemente me quedé solo en la defensa de lo explicado
por Orígenes Padre. Me fui entrando a la mansión del Buen Profeta. Pero sin
entender su significado. Al lado de la diáspora. Y no es que yo conociera todo
lo habido en esos imaginarios. Relumbrantes. De ella y yo, proclamados como
padre y madre de las devociones venideras.
Estuve al acecho del pasar pasando de mí mismo. Como estafeta proclive a
la didáctica de los dioses benévolos. Pero, no los encontré. Por el contrario.
Me fui explayando en la palabra alícuota; en su mirada y sus sesgos
constantes. Mi Juanita ociosa, fue decayendo en mera institutriz contratada.
No propia. Ni heredera. Simplemente me fui dotando de insidiosas nervaduras
no conocidas, hasta aquí.
Rubem, el” Portugués” llamado así por Alfonsina madre y decana de las
ilusiones conocidas. Yo le dije, en consuencia, que los relámpagos acezantes”.
Por lo brillantes que eran. Yo, en el entretanto, le fui advirtiendo de los
ramales engañosos. Yo, pensé en decirle, que ella y yo éramos juntura del
mismo camino.
Cuando, por fín, me hice cuerpo físico posible; me condujeron a la Casona
en la cual, los y las trasgresores y trasgresoras, eran subsumidos por la
dialéctica “del biempensante”. Todo a cuenta de entender que, lo uno o lo otro,
serían simples anchuras momentáneas con respecto a la “libre luna” acuciosa.
Pero sujeta de mil caminos ya conocidos. E hice de viajero supremo. Y me
adentré en los mares ululantes. Mares de entornos aciagos. Eternos sujetos de
poder enrevesados. Con la mira y cuerpo entronizados.
Y si, que me fui envolviendo como ovillo pasado. Me fui subsumiendo en
la veraz cantinela pasada. Que, en sí, era solo rasante huella de vuelo
impropio. Como mero trasunto propuesto como entendedera lógica. Como
naufragio que pasa y muere. En las aguas de la ilusión que había deseado.
Hoy estoy aquí. Con la Juanita púber. Con la mujer pensante en las riberas
y las insondables lentejuelas de lo venido desde allá. Desde mar abierto
espumoso. Hasta la aridez de los entornos terrenos que pujan por ser
embriagantes sones de la música y canciones de quienes ya habían sido
expresiones nulas. O, tal vez, válidas. Lo cierto es que hice, de mi presencia,
albur ilusionario. Como en esa venidera de fijaciones no superadas.
Siendo así, entonces, me fui yendo como relumbrante sujeto, acicalado.
Expuesto ahí. En el mismo territorio envolvente. Como propuesta inherente a
la verdad buscada. Lo hice y lo haré hasta el fin de mis días, como diría mi
abuela Alfonsina Primera.
En eso de localizar la memoria, mi vida se ha ido perdiendo. Un esfuerzo
que está en decadencia. Tal vez, porque me he hecho sujeto de imprecisos
movimientos, al momento de trazar línea divisoria entre lo que es el ahora,
presente. Y lo que fue mi pasado. Es un andar caminos, relativamente,
complejos. Recuerdo lo que significó, para mí, la amistad con Teresa Carvajal
Carvajalino. Un sin sentido, digo ahora, constituyó la atribución que ejercía.
Una figura hiriente para ella. Por cuanto hice un sinnúmero de expresiones. A
partir de mi hegemonía bastarda. Y ella, Teresa, se fue adaptando a la
nomenclatura perversa. Con la cual, yo, pretendía orientar su vida. Una
sinrazón de locura. Tipificada, a partir de los referentes básicos. Para el
entorno como territorio acongojado. Ya no brillante como había sido a
comienzos de la vida de quienes ya habían partido. En una fundamentación
incorpórea. Y, por lo mismo, de abstracción absurda.
Nació, Teresa, en un mes y año inválidos. Eso, si se trata de entender la
opción de vida que estaba vigente. Es lo mismo que decir, “en acicalado
tiempo” lleno de contradicciones históricas. En las cuales se fueron diluyendo
las verdades. Veníamos de otro tiempo y otras visiones. Estábamos cosidos a
un horizonte de niebla imponente. De hechos y acciones no contados. Yo, en
ese mismo lapso, ya había expresado mi total rechazo a las fijaciones
impuestas por quienes ya estaban, cuando yo me decidí a estar. Es decir, en
cabriolas construidas a partir de teorías indignantes. Como esa de pretender
sugerir herencias conceptuales vinculadas con el libreto asumido desde antes.
Una vía impropia. Por cuanto ya había hecho curso la noción de la historia de
país y de nación.
Me erigí, en sujeto traductor de cada uno de los mandatos que me fueron
inculcados. A partir de un entendido de memoria y de autoridad agrias. Un
universo de insensatez necesaria en su momento. Pero que, en el correr del
tiempo, se constituyó en falacia imperdonable. En razón a que eran y son otras
las necesidades. Tanto en cognición, como en el conocimiento de quienes ya
iban creciendo. Necesitados de otras visiones. De otras opciones de vida que
no estuvieran sujetos a la metodología y la didáctica de viejos tiempos. No por
lo distantes en términos grupos etarios. Sino. En virtud de la presencia de
arengas interpoladas con la transición de escuelas de acciones politica y de
ideologías trascendentes.
Para Teresa, la vida, era algo así como la implementación de visiones y
perspectivas; que dieran cuenta, a manera de ejemplo, de las condiciones de
libertad de género. Como entendiendo que, el autoritarismo y el mando de
impunidad ideológica, no podrían continuar. Ella misma (Teresa) ya había
hecho rupturas en su entorno y su intimidad. Ya percibía una expansión de
pautas no intimidantes. No vinculadas con la sumisión. Tanto en la sociedad
mínima. Entendida como familia; hasta los movimientos y opciones
exteriores. Algo así como la asimilación de aquellas teorías que empezaban a
ser difundidas y aprendidas. Lo libertario como entorno complejo, pero
verosímil. Y, yendo es esa vía, Teresa recompuso, desde muy niña, su trajín.
Tanto del día a día. Como, también, la enhebración de culturas y políticas. A
partir de no permitir, en lo mínimo societario, su inmolación en su nexo con la
habilitación de tránsitos de mayor potencia y envergadura.
En el entretanto, yo, me fui explayando como sujeto no permeado por las
ideologías mínimas que empezaban a desenvolverse. En el entorno societario
de mi incumbencia. Por lo que ya empezaba a sentir la vocinglería y las
acciones de las mujeres. Teresa, en sí, se constituyó en sujeta de veloces
propuestas. Desde la precisa intervención inmediata. Hasta la conjugación de
estos escenarios que iban siendo vertebrados. Ella y yo, por caminos
diferenciados. Teresa partícipe de la emergencia de la pluralidad de
intervenciones. Teniendo como divisa la impronta del feminismo como acicate
para confrontar, inclusive, las relaciones afectivas (como la de ella conmigo)
en ámbitos cada vez cada vez más amplios.
Cuando la conocí, en cuerpo físico y de nuevos ideario, estábamos pleno
centro del nervio capitalista. Ella y yo, fungiendo como obrero y obrera. Con
la congoja que postula y concreta la disciplina autoritaria de supervisores.
Ejerciendo, ellos, como sujetos que hacían y hacen de puente entre capitalistas
y obreros y obreras.
Coincidimos, en uno de esos tiempos en los cuales se miden
responsabilidades y aptitudes. En el escenario inmediato de la máquina
asignada. De la verificación exhaustiva de la calidad de los productos. Y del
nexo entre esta y la asignación lógica de los insumos. En tiempo (este) en el
cual la logística se impone como teoría y como prácticas absorbentes. Siendo,
ella y yo, códigos que tenían que ser referenciados, en cualquier momento.
Eso de las horas hombre y horas mujer en el análisis de compatibilidad y
estadísticas de plena verificación. Esas líneas ascendentes y descendentes en
tiempos, capacidad y aptitudes. Un ejercicio matemático. De funciones
construidas a partir de modelos preestablecidos. Pero, también, cambiantes en
lo que hace con las funciones matemáticas soportadas en la implementación de
tiempos y movimientos. Ella y yo como insumos humanos. Avalados, a partir
de esas mediciones. Tanto tendenciales como inmediatas.
Teresa en el escenario de la revisión en términos de la calidad esperada y
su relación con lo producido. Como enervante acción que distingue cuando el
producto cumple o no con lo esperado. Momento que, por lo mismo, implica
una “confrontación” entre quienes entregan el producto y quienes, como en el
caso de Teresa ejercen como verificadores (as).
Y, yo, en ejercicio de movimiento físico. Desde la bodega de insumos,
hasta los(as) operarios(as) que manipulan las máquinas. En nuestro caso, de
máquinas tejedoras y telares de última generación. En veces, casi todas, me
subsumía en el proceso. Como dejando de ser yo mismo. Y convirtiéndome en
un yo mecanizado.
Ese día, de nuestro primer encuentro, estábamos en el descanso autorizado.
Lo mínimo necesario, medido por el supervisor inmediato. Pero, a su vez,
ejerciendo como implementador del tránsito entre capitalistas y nosotros y
nosotras. Una ropa de trabajo similar. Overoles diferenciados en el color. Los
de ellas color verde. El nuestro color azul.
Y, ahí mismo, cruzamos palabras. No tanto de lamentación; sino de diálogo
pulido. Vivencias, opciones de vida, aspiraciones íntimas. Todo en fluido
lenguaje. Propio de quienes, como ella y yo, nos sentíamos atraídos. Más allá
de primera impresión corporal y subjetiva. Teresa, mujer venida de cuerpo
societario mínimo, en el cual creció como hija única. Un proceso soportado en
privaciones, originadas en el hecho que su padre, también obrero, había
sufrido un accidente de trabajo que lo obligó a una minusvalía física. Y esta, a
su vez, derivó en pensión mínima; comparada con el porcentaje de esa
minusvalía. De nombre Eufrasio Ballesteros Moniquirá, había llegado a la
ciudad a sus escasos diecinueve años. Mamá, Noralba Rodríguez Galeano,
siempre ha vivido en la ciudad. Ella y él, se habían conocido en una fiestecita
organizada para la recaudación de víveres y dinero, como solidaridad de los y
las habitantes del barrio, con los huelguistas de “Textiles Modernos”.
Yo le conté, a Teresa, lo que había sido y es mi vida. Segundo de tres hijos
varones. Papá Oliverio Zúñiga Ballesteros, habitante de la ciudad desde su
nacimiento y de profesión zapatero. Con lo justo, logró lo que llaman
“levantar la familia”. Mamá, Rosaura Henao Portocarrero. Mujer de sumisión
absoluta. Pero, al mismo tiempo, de calidez y ternura potenciadas.
Como se dice coloquialmente “nos cuadramos”, casi de inmediato.
Salíamos juntos de la fábrica, cuando coincidían los turnos. Cuando no, nos
veíamos en el barrio. Siempre dependiendo de los horarios asignados en la
fábrica. Lo que si era imperdible, nos veíamos en su casa los domingos,
Eso de precisar e identificar roles, en asuntos de género, orientábamos
nuestro fluido de palabras. Era como confrontación constante. Ante todo,
porque no teníamos suficiente ilustración al respecto. Es decir, hablamos de
vivencias y conceptos, con los insumos propios de nuestras familias. Que
siempre, o casi siempre, no iban más allá de lo permitido por nuestras mamás
y nuestros papás.
Un día cualquiera. De esos que uno, a la distancia de tiempo, llama “el
momento propicio,” llegó a casa de Teresa, una prima suya (Valentina Narváez
Navarrete). Estudiante universitaria en el programa académico denominado
sociología. Compartimos con ella nuestro vuelo de palabras. Como se dice en
lo inmediato, de una supimos de su brillante exposición acerca de la lucha
entre géneros y las nuevas tendencias. De presencia, hasta ahora,
fundamentalmente en las universidades. Siendo, para mí, Valentina una mujer
con el don de la palabra. Vivía en unión libre con una compañera de
universidad. Eso, de por sí, la colocaba en posición herética. Tanto para
Teresa, como para mí. Y nada que decir para nuestras familias. Su
sustentación, en términos de opción afectiva, estaba soportada en teorías y
prácticas que habían empezado a desarrollarse en algunos países europeos. Así
mismo, con un inventario de textos en torno al tema.
Supe, muchos días después, que mamá Noralba y papá Eufrasio le habían
prohibido la entrada a la casa a Valentina. Obviamente, le prohibían a Teresa la
amistad con su prima. Después de esto, no seguimos a la deriva. Digo esto, en
razón a que, en Teresa y en mí, había dejado huella la personalidad de
Valentina. En íntimo diálogo, empezamos a hablar su mismo lenguaje. A
buscar opciones que fortalecieran nuestra decisión de dar continuidad a las
palabras y acciones de Valentina. Inclusive, en dos ocasiones, la contactamos
en la universidad. Nos presentó a quien era su pareja (Libertad Gonzáles
Lizarazo). Ellas tres y yo, gozábamos con sus explicaciones y didácticas en
torno a la equidad de género.
Teresa y yo asumimos el reto de difundir esas expresiones teóricas y
físicas, en la fábrica. Antes de ser despedida Teresa y ser despedido yo (con
justa causa, según la dirección de la fábrica); habíamos logrado permear a
algunos (as) compañeros (as) de trabajo.
Hoy ejercemos unión libre Teresa y yo. En una estrechura económica
como tósigo. Yo me vinculé como trabajador en un taller de mecánica
industrial; como reparador de tornos industriales. Ella, mi Teresa, no ha
conseguido ningún trabajo. Por lo pronto atiende a nuestra hija Osiris. Es
necesario decir, además que, tanto en casa de Teresa, como en la mía, no
quisieron saber nada más de ella y de mi.
En eso de acumular, en la memoria, hechos y acciones. Di por sentado que,
Teresa y yo, habíamos cruzado la frontera entre lo cierto directo inmediato. Y
esos sueños nuestros. Cobijados por expresiones de tiempo, entre real efímero
y verdad oculta. Siendo, en fin de cuentas, que Teresa y yo, somos como seres
bifurcados. En movimiento físico en otrora. O de simple expectación primaria.
Como cuando se siente que se unen pasados y presentes. No es otra cosa, por
lo tanto, que juntar pasado y presente. Haciendo énfasis en este último.
En noche lluviosa, como esas que me ungieron en el primer día, anduve
buscando la voz inicial prometida. Desde mucho antes de acceder al universo
como sujeto perdido. En esa disquisición que involucró a papá Gilberto y
mamá Aurora, Una vía deslucida, en lo que nacer tiene de momento básico,
inmediato. Y sí que empecé a navegar en sueños e ilusiones. En pequeñez de
cuerpo y sin un nítido distanciamiento con respecto a quienes ya llevaban la
impronta de haber trajinado. Ir y venir bruñido en metal ocioso, sin la noción
de cuerpo propio. Como en una locura de insumos no reconocidos. Más bien
como sujeto embelesado. En contemplación física del entorno. En efusivo
momento impar, disociado de la comunidad de seres ya establecidos.
Estando así, entonces, conocí la primera diosa llamada madre. Siendo el
padre el dios con punta de acción un tanto desviada. Pero que, en fin de
cuentas, constituyó una visión de perspectiva posible de ser orientada. Hacia
todo lo habido. Como sucinta voz en palabrería tejida con la aguja de los
siglos. En pasado de expresiones fundamentales. Breves. Iconoclastas. Por una
vía no asumida, no vertebrada en sus conocimientos de vida. En esa ciudad en
crecimiento. En esos vítores dirigidos a sí mismos. O, en veces, a infusiones
de vértigo. No internalizadas. Siendo propietarios de sus ideas, sujetos
vergonzantes. Decrépitos personajes de ensueño vituperarios. Como verdades
asimiladas a ulteriores manifestaciones. En futuro trazado desde la unción del
presente.
En esta misma vivencia inmediata, conocí a Valeria Hinojosa Armendáriz.
Mujer de ensueño casi enjuto. Pero, por lo mismo, sujeta de costumbres y
didácticas veloces. Es decir, de posturas potentes circunstanciales. Perdida,
ella, en ese telón de fondo acucioso. De nervio voraz; en lo que hace con
expresiones, en veces, cosidas con la misma locura del universo. Viajera de
más de una opción. Venida desde milenios pasados. En tiempos, de personajes
de la Ilíada. Un trasunto homérico, que la postuló como emisaria de
vocinglería latente, viva. Y se hizo, mi Valeria, propietaria de virulentos
lenguajes. Yendo por ahí. En todos los entornos tormentosos. Así la percibí,
cuando volamos en rasante vértigo. Cuando hicimos nuestro el volátil puerto
de palabras. Inventadas, deshechas. Sin aplicación lúcida. En este entorno
desnudo. Con el único abrigo de dos o tres opciones verificables. Como
insumos no perversos.
Y le dí paso a lo de Palas, en esa opción directa. En una empuñadura de
acciones cimeras. Con el cortejo de florituras conexas con lo azaroso como
punta de lanza. Y, ella, mi Valeria, le dio por zurcir los despojos. En la
perspectiva de ilustración similar a la de los enciclopedistas. Pero más
trascendente, en razón del compromiso como mujer de violenta figura. Como
decir que se hizo nervio válido, al momento de destronar a Minerva. Por una
vía un tanto impensada. Pero herética, en fin.
Y, yo, le di paso a una interpretación insólita. Viciada. Con el rescate
espurio de la historia válida y necesaria al momento de entrever el paso del
tiempo. Tiempo deslucido. Con el viento propiedad de los postuladores de
egregias caravanas. De Europa hasta África. Desde Asia hasta América.
Entonnando voces en tránsito. Sin el rumbo necesario. Más como incitación al
monólogo de tres en uno. En la visión de la estrecha estructura religiosa,
cristiana.
Aurora expresando la necesidad de convocatoria no sumisa. Como
diciéndome que ni Palas, ni yo; podríamos intentar nuevos códigos. Porque, en
su voz y palabras, lo que había pasado en tiempo; se había transformado.
Había derivado en simples propuestas ordinarias, supinas. Y, en mi yo interno,
le dije que”…Valeria había interpretado el rol de Melisa. En ese tránsito desde
la expresión homérica, hasta la universalización del corpus minusválido”. Y
que, en esa misma dirección, “Melisa hizo tránsito hasta la opción de Pablo de
Tarso”. En conjugación de ese pasado sublime con el presente en el cual
Orígenes, dio cuenta de la reinterpretación de los dioses. Asociados, ya, al
monoteísmo impávido. En una versión no tocada por la diáspora judía.
Se hizo forma, lo antes propuesto como sucedáneo incorpóreo. Y Gilberto,
el padre fue desenvolviendo el ovillo expuesto por Ariadna a su amado Teseo.
El embriagante drama de la traición manifiesta. Y que, a partir de ahí, Gilberto
se hizo protagónico sujeto. Enhebrando cada hilo, en la aguja potente del ser
entronizado. Una dilucidación que empezó a ejercer como envolvente historia
mínima. En veces insípida. En otras, sustantivos ejercicios tomados como
válidos en el proceso de postular al sujeto hombre, como continuador de las
enseñanzas del sujeto de Tarso. Todo en sincronía impensada. Refugio de las
voces transidas de fatiga del lenguaje. En palabrería incitante; pero sin la
disposición propia para ejercer como hilo conductor necesario y válido
Y, en esa secuencia histórica, Valeria se fue transformando. Desde su
figura corpórea palpable hacia una nomenclatura titilante. Como luciérnaga
imprecisa. Como estratagema dispuesta a convertir, cada paso suyo, en
vertebración del” nuevo universo” decodificado. Burlando la insensatez
entendida como insumo válido para la eclosión del fundamentalismo
asfixiante. Valeria, hecha de potente nervio punzante, fue creciendo como
opción de equidad de género. En navegación contraria a la que imponen los
océanos creados por la doctrina del Zeus pervertido.
Todo ha ido pasando, entonces. Como devenir truncado. Entre Palas,
Valeria y yo. En vía superlativa, en veces. Otras como mero camino
circundante. Alrededor del mismo territorio fijado. Con la expansión mínima
posible en el universo dado hasta hoy.
Y, en el girar girando, la lluvia nocturna ha ido embadurnando mi cuerpo y
mi subjetividad que pretendía herética. Ha ido diluyendo el nexo mío, con
Aurora y Gilberto. Ha desembocado en peroratas amorfas. Y, de la mano con
Palas y Valeria; volví a visitar a Melisa y a Orígenes y a Ariadna y a Teseo. En
contravía de la lecciones de Pablo de Tarso. Siendo, como he creído que soy,
instrumento de nervio cuajado. Lo que encuentro, ahora, es un sujeto partido.
Con la ilusión que voló a bordo del cuerpo de Valeria. Perdida entre todas las
galaxias inventadas.
Encontraría a Misael Gaspar Carvajalino, en viaje que haríamos juntos. De
tiempo atrás, fue mi referente. En términos del significado de la vida. Aun
cuando, de niños, fuéramos, juguetones, él asumiría, siempre, la opción de
vivir la vida viviéndola. Es decir, quien o quienes, discutían acerca del camino
a seguir. Contemplando la bitácora casi hecha por ellos mismos. Y si, además,
esperarían la solución de problemas, sin asumir los retos que esto demanda. Es
decir, en eso de creer que todo estaría predestinado. No son sino especuladores
con el futuro y con el presente. Tratándose de sujetos inmóviles. Cercanos a la
palabrería manifiesta. Siendo estas apenas, simplificaciones etéreas. En
pulsión enredada. Individuos centrados en ni hacer ni dejar hacer, a partir de la
huella que los ha acompañado. Como repetidera insana.
Misal y yo, entonces, traviesos infantes. Haciendo de la vida un zartal de
imaginarios. Sin permisos autoritarios. Ni de nuestras familias; ni de las
autoridades que pretenderían limitaciones a nuestro fuero. Siempre, nos
jugábamos la libertad. Por la vía de confrontar, ante todo, a los adultos.
Proclives a determinar que vuelo haríamos y si, la libertad, iría hasta desafiar
los valores inculcados. Según ellos “todo tiempo pasado fue mejor. En una
perspectiva acuciosa. Con las condenas ya establecidas. Y, en veces,
postulando que “el albedrío” había sido propuesto por los diablos. Para
enfrentar al Ser Supremo”. Y que, ese tipo de libertad; no era otra cosa que la
ansiedad volátil. En cuerpo y mente de los acusadores que pretenden
reconsiderar las verdades y las axiomas del redentor. Esto explica el tejido
cosido con hilos suministrados por todos los profanos. Siendo éstos,
poseedores malditos. Del maldito infierno.
Tuvimos, por lo tanto, la entereza de cuestionar, en caliente, las ínfulas de
disciplinarios vinculados a un determinado proyecto; y/o simplemente de
oficio. Entenderíamos, entonces, que el brete del día; nos colocaría, siempre
en condición de sujetos niños a quienes habría que reprimir; sin ninguna
restricción.
Mientras tanto, seguiríamos ejerciendo como soportes de nuestros
principios y nuestras teorías. Por esa vía, en consecuencia, fuimos postulando
ejercicios libertarios. En cada barrio. En cada escuela. En las calles. No
acataríamos, por supuesto, intromisiones.
Aún recuerdo lo que le sucedería a Franco Patiño. El compañerito nuestro,
en la escuela. Cursábamos cuarto año de la básica primaria. Don Toribio
Melcocha, rector, recibiría una queja presentada por el profesor Olegario
Acreditado Marmolejo. Según él (Olegario), Franco, había “cometido una
faltada gravísima, en razón a que me dijo que yo era un mal maestro. Que no
hago otra cosa que violentarlos…”
Olegario, entonces, asumiría que, tendría que existir la opción de la
“autoridad”; cualquiera que esta fuese. Habría una reunión del comité de
disciplina del colegio. A puerta cerrada y sin participación de ningún
estudiante. Al día siguiente citarían al papá de Franco Patiño, don Exequiel
Patiño. Le sería entregado la resolución dell Comité Disciplinario: suspensión
por doce días calendario y la publicación, en cartelera. Como escarnio ante
todos los estudiantes del colegio.
Desde ese día haríamos, Misael Gaspar Carvajalino y yo, una cruzada por
todo el barrio. Convocando a la “desobediencia civil” a todos y todas.
Significando con esta acción el entendido de respeto a la libertad individual y
colectiva. Era, algo así, como proclamar, a voz en cuello, que los adultos (as)
no tendrían por qué ejercer la autoridad en todos los ámbitos. Con mayor
razón, tratándose de las autoridades escolares. Y que,, ese tipo de actuación,
configura expresión de violencia sutil y de cuerpo.
Franco, además, sería castigado por don Exequiel. Le propinaría, tal
golpiza, que tuvo que ser llevado a una clínica. Nunca, durante los doce días
de suspensión pudimos hablar con él. Tendría. Plenamente prohibido salir
hasta la acera de su casa.
Y, seguiría corriendo el tiempo. Continuaríamos en el colegio; a pesar de la
rabia que nos cruzaba por lo sucedido. Tendríamos que asumir “las cosas
como dios manda”. En esa tipología que habla de algo así como “toda
autoridad emana de dios”. Como si no supiéramos en la historia de las
religiones; los mandatos bochornosos y autoritarios que acompañarían, por
siempre, a todos los y las súbditas. Como cuando, se siente que, en la historia
de la humanidad; siempre ha prevalecido la opción de intolerancia. Además, la
sumisión a los mandatos del Padre Eterno”. Una subyugación absoluta. Que se
transmitiría de generación en generación.
Asumiríamos, con todo lo visto y recordando, pulsiones no uniformes. Al
menos, en lo fundamental, de una coincidencia que nos permitiría ejercer la
libertad para cada uno. Y, el compromiso insoslayable, de construir escenarios
de dialogo abierto, insumiso, Un opción de vida, siempre, al servicio de
nuestros (as) pares etarios. Como enhebrando la vida, con los hilos de la
libertad y el conocimiento. Tendríamos, inclusive, tiempo para “adornar”
nuestros recuerdos. Por ejemplo, entramos en la narrativa de los amores y
desamores. Virgiliana Poroso, sería la primera y única novia de Misael.
Recordaríamos las caminatas, hasta el Bosque de la Independencia. Él cogido
de la mano con Virgiliana. Mientras tanto, yo, abrazando a Ecuménica
Fonseca Ampuero. Todos los domingos, caminábamos. Llegando al bosque,
cogeríamos pomas, tamarindos, naranjas y mangos,
Gaspar tendría fuerte discusión con Virgiliana alrededor de la religiosidad
y sus principios. Ella (Virgiliana); nunca le perdonaría a Misael el hecho de
agredir, de palabra, a los acólitos que llevaban los iconos delanteros en la
procesión del viernes santo. Nunca querría, Virgiliana, saludar a Gaspar. Y, así,
fue
Yo me había enamorado de Rquelina Quintero. Una niña que, siempre,
caminaba sola hasta el colegio. De regreso, también sola. Cualquier día me
decidí por abordarla. Intercambiar algunas palabras, en la intención de ser
amigos. De una personalidad increíble. Aceptó mi propuesta. Cuando le
indagaría, el motivo de estar siempre sola; simplemente me diría. “…lo mío es
y ha sido disfrutar del derecho a la soledad. Con mayor razón, cuando no
habría encontrado personas de pensamiento y palabra, soportadas en la bondad
y en los principios solidarios. En la autonomía personal para decir, actuar y
sentir, sin cohibiciones.
Con el tiempo, me iría dando a conocer, ante Roquelina. Haciéndole ver
que, yo, era del mismo talante suyo. Por mucho tiempo estaríamos como
amigos y novios. Aún, hoy por hoy, reivindicamos nuestros referentes
libertarios.
Una vez, subimos al bus que nos transportaría, no volveríamos a cruzar
palabra. Cada uno de nosotros viajaríamos como simples conocidos. De esos
que conversan antes del viaje. Sin que esto implique amistad profunda.
Simplemente, al bajar del bus, no lo volvería a ver. Después sabría, a través de
Virgiliana, que Misael se había suicidado.
Como postrer suspiro y. embriagado por la noche silente. En este refugio
mío, doliente, regresé a la soledad compañera, mi compañera. Empezaría a
recordar mi suprema infancia. Como embebido sujeto amortajado. En vestidos
para osamenta impía. En puros ejercicios de ditirambo. Dionisiaco, me puse en
pie, bien de mañana. Horadé mi entorno. Con el sigilo abreviado. Como
insinuando horizontes vivaces, perdidos. Localicé, otra vez, mi memoria antes
perdida.
En esa seguidera de fatalidades, quedaría envuelto en las sombras
malévolas, Todo había empezado el lunes siete de febrero. Fecha en la cual
haría público mi deseo de viajar hasta Valparaíso. Se trataría de empezar una
nueva vida. Como siguiéndole el paso a mi profesión de “consejero
matrimonial”. Quienes estaban conmigo no tendrían referencia de lo que fuera
mi pasado.
Como eso de exhibir posiciones envalentonadas. Como sujeto perdulario.
Mataría a Hércules José Ramírez Paniagua. Todo por cuenta de su noviazgo
con Ámbar Marcela Bustamante Bedoya. Ella, había sido novia mía. Pero,
cuando conoció a José Hércules, empezaría una sumatoria de mentiras. Ya no
saldría a caminar conmigo. Con justificaciones difíciles de aceptar. Cuando no
hacía referencia a las condiciones de precariedad mental; habida cuenta de la
muerte de su abuelo Sócrates, quien vivía a casi ochocientos kilómetros al sur
de la ciudad y a quien ni siguiera conocía. Otra vez, la justificación sería el
acompañamiento, en físico, a su mamá Afrodita, quien debería viajar hasta “El
Rosedal” a cumplir un encargo de papá Aristarco. Yo sabía que no era cierto,
en razón a que don Aristarco las había abandonado desde casi tres años atrás.
U, “Orígenes, no podría verme contigo, porque mi hermanito Plutarco necesita
cirugía para extirparle las amígdalas, y yo soy la única en la familia que lo
podría acompañar, porque él es muy nervioso…”. Cómo si no supiera yo que,
a Plutarco lo había intervenido mi hermano Teseo que es médico cirujano, por
la misma causa, haría ya tres años
En fin que, corriendo el tiempo, se le acabarían las disculpas. Entonces, me
diría la verdad. “Simplemente, Orígenes ya no te quiero. Es algo así como que
estoy enamorada de otro joven. Pero no aquí, en barrio. Es un muchacho que
vive en “Barrio Morado”. Lo conocería en el velorio de don Eufrates quien era
su abuelo”. “Además, mi mamá Afrodita, quien lo conocería el 29 de febrero
pasado, me habría dicho “Ámbar, yo creo que ése joven que conociste el mes
pasado; es mucho mejor partido que tu actual novio Orígenes. Hércules es más
puesto en orden y mucho más educado. Fíjate que ya por el noveno semestre
de medicina. Mientras que, Orígenes, no es más que un pobre diablo que ni
siquiera ha terminado el bachillerato…”.
Todo se había ido agriando entre ella y yo. Inclusive, de entrada, le diría
que “…conmigo no es tan fácil la cosa. Desde muy pequeño he sabido lo que
son los dolores y como habría de enfrentarlos. La venganza ha sido una de mis
mejores armas. Comoquiera que me consideraría ofendido y engañado, por ti,
quedaría dicho que, para mí o para nadie. Aunque te pareciera libreto de
telenovela.
Cualquier noche de agosto. Una vez supiera la decisión de Ámbar, estaría
con el sueño embolatado. Sin poder dormir. Y, se vendrían como ráfagas mis
reflexiones. Yo había sido hasta hoy, sujeto de tejido ampuloso. Había
trajinado por todos los caminos. Como imaginarios sombríos. Con el horizonte
perdido. Como cuando se habrían presentado episodios de soledad. Todo, a
pesar de estar en ese refugio que denominaría familia. Un acoso perturbador.
El entorno territorial y vivencial, los asumiría como volteretas embriagantes.
Cómo secuelas de martirologio. Habida cuenta de los engarces ponzoñosos
que me había tocado enfrentar. Simplemente como huella hechicera. Como
laberinto absurdo. Es más, en términos de beneficiario de herencias solapadas.
Estando ahí. Consumiendo pensamientos. De la mano de la memoria estrecha.
Sin poder juntar una idea con otra; en la intención de cuajar y completar un ser
lúcido. Apostándole a la vida, con la mochila llena de opciones necesarias para
continuar viviendo. Con protagonismo complejo. Sin la simpleza soportada en
ser, en sí, sujeto volátil.
Ese día, cuando mataría a José Hércules. Todo parecería como comienzo
después de una soñadera aberrante. Como conducto regular de incipientes
voces y acciones, grabadas en mi sesera. Recorrería todo el barrio. Yendo de
un lado a otro. Viendo sin ver. Como sujeto de percepciones perdidas. Como
ser embadurnado de nostalgia, de soledad y de tristeza. Con la perspectiva de
Vida, anclada en el dominio de la desesperanza. De grotescas figuras cosidas
en mi cuerpo. Tal vez, como milenario sujeto, venido a menos. Siendo mi
única historia, un conglomerado de ilusiones viciadas.
Cuando lo encontré, Hércules, estaba en plena conversación con tres de sus
alumnos. Allí mismo, en el salón 417 del edificio de anatomía comparada.
Quedaría en pleno silencio. Como abotagado. Sin poder expresar palabra
alguna. Mirándolos, pero ensombrecido en mi ser. Fungiendo como sujeto de
suplicio vergonzante. Sin atinar en algún movimiento. Una parálisis absoluta.
Como que me iba yendo de lo que fuera mí hoy. Perplejo. Aislado. En ese tipo
de congoja inveterada. Ajena para los y las demás. Menos para mí. Que no
estaría en capacidad de proponer ningún respiro pleno. Solo la obsolescencia
primaria.
Estaría, por algunos minutos, con el mismo tipo de visión que acompañaría
al sujeto principal en el texto “El Extranjero” de Camus. Cómo él, me iría
yendo por el camino de la vaguedad, hecha abrojos. Como silente
expedicionario en la abstracción. Seguiría viendo, sin ver. Solo la
obnubilación me acompañaría. Figuras no conocidas, resolverían por mí. Con
mi pistola en el bolsillo; iría tejiendo la sinrazón de ser. Es decir, Hércules,
reemplazaría todo lo humano que podría ser expresión concreta. Me
avasallaría la melancolía. Asfixiaría mi cuerpo el sopor de la tristeza y la
soledad. Pensaría, por algunos segundos, en Ámbar. En su madre consejera
Afrodita. En los lugares inmóviles. Anclados en la miseria conceptual. En la
abigarrada estancia de soledad que era mi hogar,
Y dispararía en cuatro ocasiones. En ensimismamiento punzante. No daría
cuenta, siquiera, de los otros muchachos. Simplemente me embelesaría con la
cabeza explotada de Hércules. Y, contemplaría, como se iría yendo. Como
empezaría el frío de la muerte, su muerte, Miraría sus ojos que empezaban a
opacarse. Ojos que no verían nunca más en el tiempo.
Por lo mismo, entonces, cambiaría mi vida y los referentes. Me iría yendo
hasta la punta del abismo. Y decidiría que sería sujeto envolvente, perdulario.
Como quien dejaría de lado lo que podría seguir siendo. Y, allí mismo,
vaciaría la recámara de mi arma. Hasta quedar como cuerpo ido. Acompañaría
a Hércules en su viaje.
Y, sin estridencias empalagosas, me fui perdiendo en el sueño antes vivido.
Mi imaginario no pararía de dar vueltas alrededor del Templo de Tlatelolco y
su padre. Había mordido el señuelo. Y me atraparon para siempre. No me
queda alternativa. Simplemente, en m silente fuga, hablaré cuando muera.
Yo dije, en el pasado temprano. Quiero sentir el vibrato de la tierra. Tal vez
para recordar, en ese silencio eterno que se avecina, lo que fui pasando por ahí
cerca. Un volver a lo que fue mi latir antes de nacer. En una extensión
brumosa. Acicalada. Y, recuerdo, por cierto hoy, ese tránsito aventajado. En
trajín envolvente. De silencio abigarrado, en nostalgias idas. He ido, siempre,
por lo bajo del espectro presente. Porque, siendo así, he sentido lo que ha sido,
hasta ahora, palabras de aquí y de allá. Y, como en simultánea, viviendo la
vida mía con acezante temple del yo sin heredad amiga. Por lo menos
manifiesta. En lo que esto tiene de empuñadura apenas tenue. Casi sin rozar la
vida de los otros y las otras. No más, para el ejemplo, lo inmediato venidero
puede dar cuenta de mis hechuras un tanto brutales, como si estuviera
prefigurando. Lo que seré en bajo tierra. Hablándole a quienes había, en el
entonces, sujetos hechos para la habladera. Y señalando a las mujeres que
estuvieron conmigo. En esos espacios plenos de una pulsión grata. Y, ahí, en
ese mismo espacio, con el cual dotaron a este yo insumiso. Oyendo lo que
antes lo oí en físico. En ese tránsito espaciado, benévolo. Y empecé a ver,
desde el piso conmigo en su vertical. Y, con esas sombras que trajo la tierrita
misma. Y, yo, en esa vocinglería niños y niñas esplendorosas y esplendorosas,
contándome los hechos de allá afuera. En ese recreo libre. En las escuelitas.
Jugando a la locura. En la cual yo era su consejero. Y ellos y ellas, siendo
potenciada habladuría.
Y, en ese dicho mío perentorio empecé a ajustar mis acciones. Para que
todo quedara, después de mí, como gobernanzas sinceras. Y, en ese sueñito de
agosto dos, recrearía lo que podría ser. En ese final amplio. A pesar de la
estrechura medida con plomadas y estructura que encontré. Hoy, estoy en eso.
Suplicándole a Jerusalén, que me soportó en los tiempos que dimos a volar,
desde el primer día. Diciéndole que me llevará allí. Que me dejara ser cuerpo,
no polvo inmediato. En horno crematorio con el poder del Sol, por la vía
aciaga. Que me llevara, en romería estando ella conformada por mis cercanos
amores. Mi Palas y mis diosas Minerva y Yocasta. Y allá en remoto físico a
quien tanto quise. Y, la mujer de ahora, con pañuelo de color negro. Porque
negrura definí yo que fuera, el color punzante, por lo sincero, no efímero.
Estando ya aquí, entonces, sigo en las palabras que ya dije. Este silencio
me acompaña. Esta dejadez, de física materia maleable. Creciendo casi en la
exponencial. Carne de yugo nacida (…como escribió Miguelito Hernández).
Fueron pasando, pues los días y las noches en ese contar hasta siempre. Un
infinito mayúsculo. Y volé. Visitando a quienes están como yo. Ese cautiverio
sensato. Afín con mi percepción de vida. Que acaba tarde o temprano. Y volví
a enterrar, mi yo mismo. Cansado de visitar tantas fisuras. Hechas como
obligatorias. En esa hendidura que define mi estancia lúgubre. Más no ajena a
los momentos vividos. Cuando fui lúcido sujeto viajero.
Los escucho, a los y las que pasan. Oigo sus palabras, en murmullo v
incansable. Y, en esa dirección, diré a mis cercanos que no dejen de transitar
por ahí. Para seguir escuchando su palabrería Y sus risas.



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