Está en la página 1de 9

Eje temático: Biopolítica

Modalidad: Ensayo

Título: Sociedades y cuerpos jovencita

Nombre: Mariana Rico Cortés

Institución académica: Facultad de Filosofía y Letras UNAM

Correo electrónico: marcortes933@gmail.com

ABSTRACT

El presente texto tiene la intención de comprender la crisis que atraviesa la corporalidad, por
medio de una categoría de la biopolítica actual. Esta categoría se refiere a los modos en los que
el cuerpo y la cultura resultante del capitalismo actual, han dado forma a los sujetos
contemporáneos. Dicha categoría es la de la jovencita, como lo advierte el grupo francés
Tiqqun, que resulta también del capitalismo gore, y que da cuenta de las dinámicas entre el
consumo y producción, la cultura del cuerpo construido/modificado y la cultura de la violencia,
que constituyen al sujeto de nuestro siglo, y a sus prácticas del cuerpo.

PALABRAS CLAVE

Biopolítica, cuerpo, capitalismo caliente, capitalismo gore, jovencita, necropoder, sujeto


Sociedades y cuerpos jovencita

El cuerpo en nuestra actualidad es un cuerpo que se encuentra inscrito dentro de la cultura del
agotamiento y el consumo. Esto se debe a que la biopolítica se ha trasformado en un escenario
hábil para el capitalismo caliente (Preciado 2008).

Esta cultura que resulta del capitalismo caliente (Preciado 2010), proviene de haber dejado atrás
el capitalismo del siglo XIX, sustituyéndolo por el capitalismo fármaco-pornográfico que nace
en la sociedad norteamericana después de la Segunda Guerra Mundial. Una etapa donde los
placeres y fármacos que eran penalizados y considerados tabú, pasaron a formar parte del
consumo cotidiano y se volvieron imprescindibles para el diario.

Según Beatriz Preciado, el capitalismo caliente es una mutación del capitalismo que se
caracteriza en la transformación del sexo, en una cuestión de gestión como política de vida
(como ya había intuido Foucault en su descripción "biopolítica" de los nuevos sistemas de
control social). Y porque esta gestión se lleva a cabo, a través de las nuevas dinámicas donde
se obtiene beneficio del carácter politoxicómano y compulsivamente masturbatorio de la
subjetividad moderna. Este capitalismo se erige como un nuevo régimen de control y
producción de la subjetividad, en el cual, transforma también a la pornografía en un elemento
de consumo y cultura de masas.

Las emociones, los sentimientos y la intimidad son objetos de consumo y producción enfocadas
a un objetivo final: el sujeto-cuerpo. Un sujeto cuya capacidad está en función del consumo,
producción y trabajo; insertándose también, en un contexto de exposición y veneración de la
violencia, una necropolítica, o bien, un capitalismo que termina por ser un capitalismo gore.

Entiéndase capitalismo gore como:

El derramamiento de sangre explícito e injustificado, al altísimo porcentaje de vísceras


y desmembramientos, frecuentemente mezclados con la precarización económica, el
crimen organizado, la construcción binaria del género y los usos predatorios de los
cuerpos, todo esto por medio de la violencia más explícita como herramienta del
necropoder (Valencia 2011: 15).

En el necropoder, los cuerpos y la vida misma se conciben a modo de meros productos de


intercambio capital, ya no son elementos de la cadena de producción, son elementos de
consumo directo, todo ello a través de tecnologías y técnicas de violencia, como los secuestros,
torturas, desapariciones forzadas, feminicidios, venta y tráfico de órganos, etc.
El capitalismo gore da cuenta de cómo el exceso y la normalización de la violencia en la
cotidianidad, han sido la condición de posibilidad para producir riqueza y situar a la vida y al
cuerpo, en función de la violencia y el poder, el sexo y la sangre, y al cuerpo sin valor alguno,
más que el que el mercado le otorga, puesto que en el capitalismo gore los cuerpos son:

concebidos como productos de intercambio que alteran y rompen las lógicas del proceso
de producción del capital, ya que subvierten los términos de este, al sacar del juego la
fase de producción de la mercancía, sustituyéndola por una mercancía encarnada
literalmente por el cuerpo y la vida humana, a través de técnicas predatorias de violencia
extrema (Valencia 2011: 115).

Ahora, podemos suscribirnos también a las descripciones que se derivan a partir del texto
“Primeros manuales para una teoría de la jovencita”, publicado por el Tiqqun. En este texto
se clasifica al hombre y a la mujer en una nueva categoría: “la jovencita”, término que no sólo
engloba lo sexual y lo corpóreo, sino que describe una realidad basada en un sistema económico
que ha colonizado la vida íntima e ideológica de los sujetos, capturando a la subjetividad,
intimidad, emociones, pulsiones; al deseo y al amor, en meras relaciones de poder, consumo y
producción. De modo que se ejerce control sobre el sujeto, ya no desde el exterior, sino desde
el interior y lo propio de éstos, los cuales asumen un control de sí mismos con el fin de poder
adaptarse a un deseo que no es el suyo.

La cultura desde las perspectivas mencionadas anteriormente (capitalismo caliente, capitalismo


gore y “la jovencita”) presentan nuevas modalidades de un sujeto actual, ya sea en forma de “la
jovencita”, o un sujeto resultante del capitalismo gore (Valencia 2011).

Estas figuras, modalidades o categorías de hombre-sujeto, nos sirven para analizar el biopoder
y sus representaciones corporales actuales. La vida humana en nuestra actualidad ha sido
reducida a una nuda-vida, como lo destaca Agamben. El cuerpo se torna mera carne que
necesita ser vigilada, controlada y gobernada en función de estándares de belleza, asepsia,
placer, violencia y consumo. Las relaciones de poder se introducen en los cuerpos, invadiendo
todo registro de éste; desde lo más íntimo, hasta lo público y común y el modo en cómo somos
gobernados.

En cuanto al modo de gobierno, Foucault adopta la idea de la representación del poder,


entendiendo a éste como el ejercicio de sujeción del sujeto. Así mismo, Foucault veía un modo
de gobierno que se basaba en disciplinas biopolíticas, tecnologías del poder, ejercicios de
dominación y control del sujeto, para el sometimiento de las acciones de los otros y de uno
mismo. No obstante, este tipo de gobierno ha cambiado. La biopolítica de hoy se caracteriza en
primer lugar, por su plasticidad sobre el cuerpo, la carne y la subjetividad. Los dispositivos
biopolíticos de poder se han ido transformando. De modo que, si el orden de las sociedades
cambia, los dispositivos de poder se adaptan a nuevos principios que rigen la vida y dictan los
parámetros de “normalidad”. En este sentido, las categorías resultantes del capitalismo caliente,
el capitalismo gore y la jovencita son resultado de un nuevo orden político, cultural y social.

En el biopoder actual los sujetos no poseen lenguaje propio, ni tienen la capacidad de hablar,
sentir, desear o actuar por sí mismos. El cuerpo-sujeto pasa de ser sujeto a paciente, se vuelve
un vil autómata, especialmente en el ámbito de lo emocional, ya que se vuelve, como lo dice el
Tiqqun, un hombre-máquina (Tiqqun 2012: 7). Es decir, son “cuerpos extranjeros a sí mismos
y sometidos a la tiranía del buen funcionamiento (en la salud, el amor o el sexo)” (Tiqqun 2012:
7).

La biopolítica actual, no sólo atraviesa el modo en el que las instituciones y tecnologías de


poder alteran la subjetividad del sujeto, intervienen también en la corporalidad misma. Los
cuerpos de nuestra actualidad son cuerpos moldeados, maleables, sometidos y sometibles; que
significan mucho, como para ser dejados a su libre arbitrio.

En este necropoder, el mercado y el consumo como directrices de los modos de vida, se orientan
a una vida y corporalidad propias al ámbito de la violencia. Es un contexto donde imperan
valores como la cosificación y negación del otro, el machismo, el ejercicio de la violencia sobre
las mujeres, la sobrevaloración de la feminidad y masculinidad; la necesidad continua y
pertinente de placer, entre otros parámetros que están dentro del goce y, por tanto, de la muerte.
Por ejemplo: el tráfico y consumo de estupefacientes, armas, personas, órganos, etc.

Este nuevo biopoder que se establece en términos de violencia, muerte y un capitalismo


avasallador y aniquilador, cuenta también, con nuevas tecnologías de control. Se añaden ahora
al hospital y al psiquiátrico, las acciones del farmacopoder y los desarrollos en materia
quirúrgica, plástica, hormonal, genética y química-farmacológica que permiten modificar los
cuerpos de manera directa e inmediata; y a la cárcel, se le añaden los medios de comunicación
y entretenimiento, las tecnologías de la información y las comunicaciones y las propias
disciplinas y tecnologías propias del comercio-producción del necropoder o capitalismo gore.

Los cuerpos ahora abusan de los fármacos y las drogas con el fin de mantener o incrementar
sus niveles de producción. Tecnologías donde los dispositivos de poder y disciplina vuelven al
cuerpo en un objeto modificable y comercializable. El sujeto-cuerpo pierde su autonomía.
Ahora, la categoría de jovencita se puede entender en dos niveles: el primero, resulta de la
acción fármaco-pornográfica que se ejerce sobre el cuerpo; ficciones somáticas de feminidad y
masculinidad resultantes de intervenciones farmacológicas, quirúrgicas, químicas y médicas:
lo masculino y lo femenino dejan de ser sólo cuestión de cultura, identidad de género o moda;
son procesos biológicos creados o recreados artificial e intencionalmente.

Por ejemplo, los cuerpos expuestos al viagra y a sus eyaculaciones provocadas químicamente,
los cuerpos modificados por la cirugía plástica o procesos quirúrgicos para que el cuerpo
siempre tenga una supuesta apariencia de persona joven.

Por otro lado, “la jovencita” construye su corporalidad, realizando una ampliación de los rasgos
corporales de la masculinidad y la feminidad. Su inscripción corporal se basa en una
transformación químico- quirúrgica del género y el sexo. Pues ahora, todos quieren ser una
proyección carnal, de los iconos sexo-genéricos proyectados en los medios de comunicación de
masas.

En este sistema mediático de producción y consumo, el cuerpo es objeto de la gestión estatal,


que ha terminado por ser materia fundamental del capitalismo. El cuerpo se muestra como un
indicador de consumo, control, placer, autocomplacencia, etc. Los materiales del campo de la
fármaco-pornografía, se encargan ahora de la construcción de los cuerpos del siglo XXI y se
sitúan en el sistema de producción/consumo de sustancias químicas, elaboración de nuevos
psicotrópicos sintéticos y la difusión de imágenes pornográficas que morfosean el cuerpo y las
subjetividades.

Como ya se mencionó anteriormente, la construcción del cuerpo está en función de la fármaco-


pornográfica. Por ejemplo, la transformación del espacio interior subjetivo en un afuera
expuesto públicamente en las redes sociales, que a la vez incrementa los dispositivos de
vigilancia, o la práctica de malas dietéticas que van desde un modo de alimentación inadecuado,
hasta manuales y libros de autoayuda que prometen el éxito y la felicidad inmediata. O incluso,
dinámicas en las que el sujeto le entrega al Estado el control de su cuerpo.

Este régimen que permite y posibilita que estos sujetos-cuerpo sean lo que son, no se dirige
exclusivamente a la producción de placer, sino que se orienta al control, mediante la gestión de
la excitación y la frustración. Un contexto donde el fin de la sexopolítica y de la narcopolítica,
es el de la producción de subjetividades, a través del control técnico y biológico del cuerpo. Un
gobierno en el cual la conducción de cuerpos (y posteriormente conductas), se basa en procesos
que dan lugar a subjetividades definidas por “las sustancias que dominan su metabolismo, por
las prótesis cibernéticas a través de las que se vuelven agentes, por los tipos de deseos fármaco-
pornográficos que orientan sus acciones” (Preciado 2008: 33).

El cuerpo de la jovencita es producto de un capitalismo caliente, basado en semióticas y


procesos bio-farmacológicos que se materializan en la excitación-frustración, en el que sus
cuerpos serán sometidos a todos los procesos necesarios para constituir un cuerpo adaptado a
dicho capitalismo. La jovencita, principalmente, enfatiza el hecho de ser un sujeto masa, que
no sólo es fruto de la modificación química y corporal. La jovencita no es ni hombre, ni mujer;
ni mayor, ni joven, es una representación, una imagen, un ideal de la eterna juventud, un juego
de la seducción ilimitada, del placer indiferente, del amor consumible y asegurado.

La jovencita representa una sociedad extremadamente hedonista, donde lo social se diluye por
lo individual. La vida de la jovencita está basada en el capitalismo de las emociones que buscan
la eterna felicidad y el éxito supremo, lo cual se traduce, entre tantas cosas, a nunca sufrir, pues
la jovencita piensa que: “Hoy en día, no sufrir no es un lujo, es un derecho” (Tiqqun 2012: 66).

Los rasgos propios de la jovencita son su impersonalidad, total intolerancia ante el dolor de los
demás, impecabilidad, y nula empatía como modo de ser. La jovencita es una imagen que
representa al espíritu ganador que tanto se nos ha vendido en el consumo moderno (Bauman
2010).

Vivir como jovencita responde a una eterna disputa librada entre el sujeto y la aseguración del
amor verdadero. Pero, un amor en función de aquello que es querido y que genera felicidad. Un
amor que no confronta las heridas narcisistas, y en este sentido, las armas de la jovencita son
los productos a los que puede acceder, en un mercantilismo imperante de la vida íntima y de
los sentimientos. Esas armas serían un bolso, unos músculos, unos senos prominentes, una
bonita cara y una brillante sonrisa; elementos vacuos alejados del concepto de amor y
sentimiento, pero que hoy en día son los pasos que venden para tratar de conseguir esa felicidad
tan anhelada y, tan fácilmente comprable. Una guerra que se disputa entre el amor artificial y
el verdadero amor. Entre las potencias de un cuerpo vivo y un cuerpo vaciado.

La jovencita oculta una realidad que no es otra, más que la de la vulgaridad de sus acciones y
hechos; la angustia por su perfección y, la soledad por su capacidad de consumir emociones.
Es por ello, que este tipo de sujeto-cuerpo necesita una reeducación y pedagogía completas
sobre los sentimientos, afectos, emociones y por supuesto, de su cuerpo.
La jovencita es un tipo de biopolítica que va más allá de la construcción de un cuerpo. Dicha
construcción influye directamente sobre el cuerpo, volviendo a éste en una moneda de cambio.
La relación con el mundo desde la jovencita existe y es efectiva, si se paga con las potencias
del cuerpo que resulten valiosas para el capitalismo caliente y la fármaco-pornografía. De no
ser, así, la moneda se vuelve obsoleta y el cuerpo, caduca. En este sentido, es posible observar
cómo el mercado ha conquistado lo más íntimo del ser humano: su subjetividad, sus emociones,
sus afectos, deseos y pulsiones, así como todo aquello que hasta la fecha parecía imposible de
ser mercantilizado y consumido.

El amor que controla las vidas de los ciudadanos jovencitas no es un amor autónomo. Es un
amor que se ve intervenido y mediado por la influencia de la publicidad y la medicina. Quienes
ejercen de autoridad a la hora de indicar en qué consiste biológica, genética y socialmente el
amor, elaboran un producto para que sea consumido y lo insertan en una lógica capitalista, que
hace que dichos productos parezcan auténticos. En este sentido la biopolítica ya no sólo es un
cuerpo modificado, sino sentimientos construidos, publicitados, embalados y puestos en venta
para ser consumidos y asimilados.

La jovencita vive lo cotidiano de la nuda vida (Agamben 2003), una vida sin sentido y sin
responsabilidad hacia sí misma y con los otros. El sufrimiento en la jovencita se pretende
erradicar, porque éste no tiene cabida en un mostrador, en un par de implantes o en un programa
de televisión. El sufrimiento no es un producto atractivo, porque sería una de las cosas que le
regresaría su humanidad y un poco de autenticidad. La jovencita viene a ser un sujeto más masa
y más heterogéneo, que las demás figuraciones teóricas del sujeto biopolítico actual; es puro
consumo de superficialidades. Ella es “animador y vigilante del entorno en la gestión dictatorial
del ocio” (Tiqqun 2012: 113).

Los paisajes de lo humano y lo social en la era del capitalismo gore o capitalismo caliente, han
dado pauta a una nueva forma de biopolítica que invade y actúa de forma directa sobre lo
corporal, sobre las emociones y sentimientos.

Si bien es cierto, que la biopolítica a la que se refería Foucault fue el resultado del cambio del
orden del mundo (el paso a la modernidad, el paso a la sociedad de producción), el tránsito a
una nueva era, dio pie a la existencia de diversos poderes que gobiernan todos los aspectos de
la vida. Desde esta perspectiva, la biopolítica puede modificar al sujeto en su estado más puro:
el cuerpo.
Actualmente, la corporalidad del sujeto se ha vuelto un tipo de vida-nuda y de sujetos deseantes
de consumo y jovencitas, que son sometidos a las posturas e imposturas del nuevo contexto
biopolítico: la invasión y acción directa del poder, sus herramientas y tecnologías, sobre los
cuerpos de los sujetos y sus voluntades. Estos cuerpos, son ejemplos de lo importante que es
para el poder, establecer ejercicios de control y dominación corporal sobre los sujetos, y que en
las jovencitas se añaden a la comercialización, manipulación e invasión del capital en la vida
íntima, dejando de tener sentimientos autónomos, y comprando ahora los supuestos
sentimientos que brindan una aparente felicidad que pertenece a la mercantilización y
comercialización.

El cuerpo, se ha convertido en una de las mejores armas del biopoder actual. El cuerpo, que
durante siglos fue aprisionado, desdeñable e intocable, se convierte tras las tecnologías actuales
del cuerpo: el farmacopoder, el capitalismo gore y la mercantilización de la vida íntima, en un
objeto moldeable para el sistema de producción-consumo, de objetos, cuerpos y sujetos.

El cuerpo y las emociones son los dos fines de las tecnologías del biopoder de nuestro siglo.
Estas tecnologías se han vuelto extremadamente poderosas e invasivas con la gran velocidad
en la que se desarrollan las TIC y los medios de comunicación de masas contemporáneas. Estos
medios son los mejores transmisores de estos ideales normativos, pues encarnan las categorías
corporales aquí descritas. Son dispositivos de poder que harán que “la humanidad futura debe
ser funcional y funcionar en todos sus aspectos, incluso si a veces opone resistencia. Cada
disfunción representa una falta de eficacia que debe ser corregida. Empalmarse cuando toca o
desaparecer” (Tiqqun 2012: 92).

Hace dos siglos atrás, el sujeto se percibía a sí mismo como algo hermético, ahora, el sujeto, el
sujeto-cuerpo se encuentra dispuesto a miles de posibilidades en las que su morfología se vuelve
cambiante en todos sus registros; desde su anatomía y fisiología, hasta los regímenes de
consumo y producción que se le imponen y lo atraviesan.

Bibliografía

Agamben, G. (2003). El Homo sacer. El poder soberano y la nuda vida. Valencia: Pre-textos.

Bauman, Z. (2010). Mundo consumo. Barcelona: Paidós.

Deleuze, Gilles. (1991). Foucault. Barcelona: Paidós.


Foucault, M. (1981). Vigilar y castigar. Nacimiento de la prisión. Madrid, Siglo XXI.

__________. (1996) El orden del discurso. Primera edición. Madrid: Ediciones Endimión.

__________. (1998). Historia de la sexualidad. Vol. I. La voluntad del saber. Madrid, Siglo
XXI.

__________. (2009). Nacimiento de la biopolítica. Madrid: Akal.

Martínez-Collado, A. (2007). Tecnoliberación. Ya somos cyborgs. Madrid: Rizomas.

Preciado, B. (2008). Testo Yonki. Madrid: Espasa-Calpe.

_________. (2010). Pornotopia. Arquitectura y sexualidad en ‘Playboy’ durante la guerra fría.


Barcelona: Anagrama.

Russell, A. (2008). La mercantilización de la vida íntima. Apuntes de la casa y del trabajo.


Madrid: Katz.

Tiqqun. (2012). Primeros materiales para una teoría de la jovencita. Seguido de hombres
máquina: modo de empleo. Madrid: Antonio Machadao.

Valencia, S. (2012). Capitalismo gore y necropolítica en México contemporáneo, en Relaciones


Internacionales, no. 19.

También podría gustarte