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Por qué celebramos la Cena del Señor jesucristo

“Sigan haciendo esto en memoria de mí.” (1 COR. 11:24)

¿QUÉ CONTESTARÍA?
¿Por qué debemos celebrar la Cena del Señor?
¿Qué símbolos se utilizan en la Conmemoración? ¿Qué representan?
¿Cómo reaccionan los cristianos ungidos a lo que dice la Biblia sobre su esperanza?
¿Y las otras ovejas?
YA HA caído la noche sobre Jerusalén, pero la luna llena ilumina la ciudad. Es el 14 de nisán
del año 33. Jesús y sus apóstoles acaban de celebrar la Pascua, que conmemora el momento en
que los israelitas salieron libres de Egipto mil quinientos años atrás. Ahora, en compañía de sus
11 apóstoles fieles, Jesús instituye una cena especial. Mediante esa cena se recordará su muerte,
que ocurrirá antes de que concluya el día (Mat. 26:1, 2).
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Después de orar, Jesús les pasa el pan sin levadura a sus apóstoles, y les dice: “Tomen,
coman”. Entonces, sosteniendo una copa de vino, de nuevo hace una oración, y les dice: “Beban
de ella, todos ustedes” (Mat. 26:26, 27). Ya no les ofreció más alimentos a sus fieles amigos, pero
esa cena fue memorable, pues les enseñó muchas cosas importantes.
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Así fue como Jesús estableció la Conmemoración de su muerte, también llamada “la cena del
Señor” (1 Cor. 11:20). Ahora bien, ¿por qué conmemoramos la muerte de Jesús? ¿Qué significan
el pan y el vino? ¿Cómo podemos prepararnos para la Conmemoración? ¿Quiénes deben comer
del pan y beber del vino? ¿Y cómo reaccionan los cristianos ungidos y las otras ovejas a lo que
dice la Biblia sobre sus respectivas esperanzas?
POR QUÉ CONMEMORAMOS LA MUERTE DE JESÚS
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Todos los descendientes de Adán hemos heredado el pecado y la muerte (Rom. 5:12). Ningún
ser humano imperfecto puede liberarse a sí mismo o liberar a otros de esa condena. No hay ningún
rescate que pueda pagarle a Dios en compensación (Sal. 49:6-9). Pero, con su muerte, Jesús
ofreció algo que Dios sí podía aceptar como rescate: su cuerpo perfecto y su sangre. Dio su vida
por nosotros y presentó ante Jehová el valor de su sacrificio. ¿Qué logró con eso? Que podamos
ser liberados del pecado y la muerte y vivir para siempre (Rom. 6:23; 1 Cor. 15:21, 22).
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Dios nos demostró su amor al entregar a su Hijo como rescate (Juan 3:16). Y Jesús demostró
que también nos quiere al dar su vida por nosotros. Antes de venir a la Tierra, cuando era el
“obrero maestro” de Dios, ya sentía mucho cariño por “los hijos de los hombres” (Prov. 8:30, 31).
Si de verdad agradecemos lo que Jehová y Jesús han hecho por nosotros, asistiremos a la
Conmemoración. Así obedeceremos el mandato: “Sigan haciendo esto en memoria de mí” (1 Cor.
11:23-25).
¿QUÉ SIGNIFICAN EL PAN Y EL VINO?
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Al instituir la Conmemoración de su muerte, Jesús no transformó milagrosamente el pan y el
vino en su cuerpo y su sangre literales. Más bien, con las expresiones “esto significa mi cuerpo” y
“esto significa mi ‘sangre del pacto’, que ha de ser derramada a favor de muchos”, dejó claro que el
pan y el vino eran solo emblemas, o símbolos (Mar. 14:22-24).
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Aquella noche del año 33, Jesús usó pan sin levadura que había sobrado de la comida de la
Pascua (Éx. 12:8). En la Biblia, la levadura a veces está relacionada con la corrupción o el pecado
(Mat. 16:6, 11, 12; Luc. 12:1). Por eso, el pan sin levadura fue un símbolo muy apropiado para el
cuerpo sin pecado de Jesús (Heb. 7:26). Este es el pan que se usa en la Conmemoración.
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El vino que usó Jesús representó su sangre, o su vida, igual que el vino que usamos hoy en la
Conmemoración. En un lugar a las afueras de Jerusalén llamado el Gólgota, Jesús derramó su
sangre “para perdón de pecados” (Mat. 26:28; 27:33). Si valoramos su sacrificio, nos prepararemos
cada año para esta ocasión tan especial.
CÓMO PODEMOS PREPARARNOS
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Si seguimos el programa de lectura bíblica para la Conmemoración que aparece en el folleto
Examinando las Escrituras diariamente, podremos meditar en lo que Jesús hizo en los días
anteriores a su muerte. Eso nos ayudará a preparar el corazón. Una hermana escribió: “Esperamos
con muchas ganas la Conmemoración. Cada año nos parece más especial. Todavía recuerdo
aquel día en la funeraria en que, mirando el cuerpo sin vida de mi padre, comencé a apreciar de
verdad el rescate. [...] Sí, conocía todos los textos sobre el tema y sabía explicarlos perfectamente.
Pero solo cuando sentí en carne propia el dolor de la muerte, entendí el valor del rescate y lo
mucho que significa para nosotros. ¡Eso me consoló tanto!”. Cuando nos preparemos para la
Conmemoración, reflexionemos en cómo el sacrificio de Jesús nos libera del peso del pecado y la
muerte.
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Otra manera de prepararnos para la Conmemoración es predicando más. Quizá hasta
podamos ser precursores auxiliares durante esos meses. Invitemos a todos los que podamos a la
Cena del Señor. Hablar de Jehová, de su Hijo y de las bendiciones que nos esperan nos llenará de
alegría (Sal. 148:12, 13).
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Además, pensemos en lo que el apóstol Pablo escribió a los cristianos de la congregación de
Corinto (lea 1 Corintios 11:27-34). Destacó que cualquiera que come del pan y bebe del vino
“indignamente”, o con falta de respeto, es “culpable respecto al cuerpo y la sangre del Señor”.
De manera que, antes de participar, el cristiano ungido debe examinarse con cuidado para ver si
Dios aprueba su conducta porque, de no ser así, “come y bebe juicio contra sí mismo”. Debido a su
conducta impropia, muchos corintios eran “débiles y enfermizos, y no pocos [estaban] durmiendo
en la muerte”. Es posible que algunos de ellos comieran y bebieran en exceso antes o durante la
Conmemoración, y que por esa razón estuvieran mental y espiritualmente dormidos. Jehová los
desaprobó por comer del pan y beber del vino en ese estado.
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Comparando la Conmemoración a una comida con invitados, Pablo advirtió a los ungidos:
“No pueden estar bebiendo la copa de Jehová y la copa de demonios; no pueden estar
participando de ‘la mesa de Jehová’ y de la mesa de demonios” (1 Cor. 10:16-21). En caso de que
un ungido haya cometido un pecado grave, debe buscar la ayuda de los ancianos (lea Santiago
5:14-16). Si ha demostrado que está sinceramente arrepentido, no estaría mostrando falta de
respeto por el sacrificio de Jesús al comer del pan y beber del vino (Luc. 3:8).
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Sería bueno que, al prepararnos para la Conmemoración, reflexionáramos y oráramos para
asegurarnos de cuál es la esperanza que Jehová ha puesto ante nosotros. Nadie debería comer
del pan y beber del vino si no tiene pruebas claras de que es un cristiano ungido. Eso sería una
falta de respeto al sacrificio de Jesús. ¿Cómo saber si debemos tomar o no de los símbolos de la
Conmemoración?
¿QUIÉNES BEBEN DEL VINO Y COMEN DEL PAN?
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Los que comen del pan y beben del vino en la Conmemoración tienen que estar
absolutamente convencidos de que han sido incluidos en el nuevo pacto. Refiriéndose al vino,
Jesús dijo: “Esta copa significa el nuevo pacto en virtud de mi sangre” (1 Cor. 11:25). A través del
profeta Jeremías, Dios dijo que reemplazaría el pacto de la Ley que había hecho con los israelitas
por un nuevo pacto (lea Jeremías 31:31-34). Jehová hizo ese nuevo pacto con los israelitas
espirituales (Gál. 6:15, 16). Este acuerdo tuvo validez gracias al sacrificio de Cristo mediante su
sangre derramada (Luc. 22:20). Jesús es el mediador del nuevo pacto, y los ungidos fieles vivirán
con él en el cielo (Heb. 8:6; 9:15).
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Los cristianos ungidos saben que han sido incluidos también en el pacto del Reino (lea Lucas
12:32). Este pacto lo estableció Jesús con quienes se mantuvieron a su lado y también aguantaron
“sus sufrimientos” (Filip. 3:10). Y, gracias a este acuerdo, todos los ungidos fieles tendrán el
privilegio de reinar en el cielo con Jesús para siempre (Rev. 22:5). Estos cristianos pueden, por
tanto, tomar del pan y del vino en la cena del Señor.
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Solo pueden tomar del pan y del vino quienes tienen el testimonio del espíritu de que son
hijos de Dios (lea Romanos 8:15-17). Notemos que Pablo usó la palabra abba, que significa “¡oh,
padre!”. Este es un término cariñoso que un niño podía usar al dirigirse a su padre, y combina la
cercanía de la palabra papá con el respeto que transmite la palabra padre. Expresa muy bien la
relación tan especial que los ungidos llegan a tener con Jehová cuando reciben “un espíritu de
adopción como hijos”. El espíritu santo de Dios “da testimonio con [el] espíritu” de ellos en el
sentido de que les ayuda a entender que son hijos ungidos de Dios. No se trata simplemente de
que no les llama la atención vivir en la Tierra. Más bien, están convencidos de que, si se mantienen
fieles hasta la muerte, serán herederos con Cristo en el Reino celestial. Hoy ya solo queda en la
Tierra un pequeño grupo de los 144.000 hijos de Dios que “tienen una unción del santo” (1 Juan
2:20; Rev. 14:1). Se sienten tan cerca de Jehová que pueden decirle: “¡Abba, Padre!”.
DOS ESPERANZAS, DOS FORMAS DE SENTIR
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Si usted es un cristiano ungido, sin duda menciona con frecuencia su esperanza de ir al cielo
cuando le ora a Jehová. Y lo que dice la Biblia tiene un significado especial para usted. Por
ejemplo, cuando esta habla de la boda en el cielo de Jesús y “su novia”, sabe que eso se refiere a
usted, y anhela que llegue ese momento (2 Cor. 11:2; Juan 3:27-29; Rev. 21:2, 9-14). Cuando Dios
expresa en la Biblia el amor que siente por sus hijos espirituales, usted piensa: “Está hablando de
mí”. Y cuando encuentra en la Biblia instrucciones dirigidas a los ungidos, el espíritu santo lo
impulsa a obedecer y a decir en su corazón: “Eso es para mí”. Así es como el espíritu de Dios “da
testimonio” de que usted tiene la perspectiva de ir al cielo.
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Por otro lado, si usted forma parte de la “gran muchedumbre” de “otras ovejas”, Dios le ha
dado la esperanza de vivir en la Tierra (Rev. 7:9; Juan 10:16). Desea vivir para siempre en el
Paraíso, y le encanta meditar en lo que la Biblia dice sobre cómo será la vida en la Tierra. Anhela
que llegue el día en que pueda disfrutar de paz absoluta junto con su familia y sus amigos. Y está
deseando que el hambre, la pobreza, el sufrimiento, la enfermedad y la muerte dejen de existir
(Sal. 37:10, 11, 29; 67:6; 72:7, 16; Is. 33:24). No ve la hora de que resuciten sus seres queridos
para darles la bienvenida (Juan 5:28, 29). Sin duda, está muy agradecido a Jehová por ofrecerle
ese maravilloso futuro. Y aunque no toma del pan y del vino, asiste a la Conmemoración para
demostrarle lo mucho que agradece el sacrificio de rescate de su Hijo.
¿ASISTIRÁ?
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Sea cual sea su esperanza, si quiere que se haga realidad, es necesario que ejerza fe en
Jehová, Jesús y el rescate. Durante la Conmemoración podrá meditar en su esperanza y en lo
importante que fue la muerte de Jesús. Cuando se ponga el Sol el viernes 3 de abril de 2015,
millones de personas por todo el mundo celebrarán la Cena del Señor en los Salones del Reino de
los Testigos de Jehová y en otros lugares.
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Si usted asiste a la Conmemoración, se sentirá aún más agradecido por el rescate. Escuchar
con atención la conferencia que se presentará lo motivará a demostrar amor por las personas y a
hablarles de cuánto nos ama Jehová y de lo que hará por nosotros en el futuro (Mat. 22:34-40).
¡No se pierda esta celebración única!