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I.E.S.

de Ingenio

La crisis del pensamiento occidental


Carecemos de una razón común con la que afrontar los retos de la humanidad

Antonio Campillo13 ABR 2013

Aristóteles definió al ser humano como “animal político” y como “animal dotado de logos”. Y
atribuyó a este término griego tres significados: es el lenguaje con el que pensamos y nos
comunicamos; es la ley con la que juzgamos nuestras acciones y discriminamos entre lo justo y
lo injusto; y es, en fin, el medio de conocimiento con el que nos representamos el mundo.
El logos (la ratio de latinos) nos permite pensar libremente, convivir con los otros y conocer el
mundo. Gracias a él, podemos modelar reflexivamente nuestro ethos, debatir con los demás las
leyes de la polis, poner nombre a los fenómenos del kosmos, y transmitir toda esa experiencia a
través de la educación. En la antigua Grecia había un vínculo inseparable entre la subjetividad
ética, la convivencia política y el conocimiento del mundo. Y el koinon logon o “razón común”
de Heráclito (según la traducción del recientemente fallecido Agustín García Calvo) es el hilo sagrado que permite
tejer entre sí esos tres grandes ámbitos de la experiencia humana.
Esta es la herencia y la tarea que los filósofos griegos legaron a la tradición cultural de Occidente, y que fue
convertida en un proyecto civilizatorio con vocación universalista por los filósofos de la Ilustración y los padres
fundadores de las primeras democracias modernas.
Sin embargo, la civilización occidental tenía un lado sombrío: de la “razón común” estaban excluidas las mujeres, los
asalariados, los esclavos y los “bárbaros”. Por eso, a partir del siglo XIX, surgieron tres grandes movimientos
emancipatorios: el feminismo, el socialismo y el movimiento antiesclavista y anticolonialista. Todos ellos se rebelaron
contra una sociedad “civilizada” que jerarquizaba a los seres humanos en razón de su sexo, clase social, etnia, etcétera.
Pero la autocrítica y renovación de Occidente no ha seguido un camino lineal y ascendente. La terrible “guerra civil
europea” (1914-1945) dio paso a los “30 años gloriosos” (1945-1975) que, a pesar de la amenaza nuclear y la guerra
fría, hicieron posible la ONU, la Declaración Universal de Derechos Humanos, la descolonización, los Estados de
bienestar, la Unión Europea y los nuevos movimientos sociales (ecologismo, pacifismo, etcétera). Pero, en las tres
últimas décadas, hemos asistido a la gran ofensiva del capitalismo neoliberal, que pretende desmantelar una a una
todas las conquistas civilizatorias conseguidas en Occidente y en el resto del mundo.
En pleno ascenso del nazismo, el judío alemán Husserl escribió La crisis de las ciencias europeas, para denunciar el
divorcio entre el progreso tecno-económico y el retroceso ético-político, y para exigir a los filósofos que asumieran no
ya el papel de tábanos de la polis, como Sócrates, ni el de profesores del Estado-nación, como Hegel, sino el de
“funcionarios de la humanidad”. Hoy estamos viviendo un nuevo retorno de la barbarie, pero la amenaza no viene ya
de tal o cual Estado totalitario, sino de un capitalismo depredador, desregulado y globalizado. No solo estamos
viviendo la más grave crisis económica y social desde la década de 1930, sino también una crisis ecológica global, una
crisis de legitimidad de la democracia parlamentaria y una crisis civilizatoria que afecta al conjunto del pensamiento
occidental.
En Sin fines de lucro, la filósofa estadounidense Martha Nussbaum ha alertado de esta “crisis silenciosa” del
pensamiento occidental, una de cuyas manifestaciones es la reducción de los estudios de artes y humanidades en todos
los países que han adoptado la ideología neoliberal y, con ella, una concepción economicista y tecnocrática del
conocimiento y la educación.
Citaré dos ejemplos cercanos. Uno: el VIII Programa Marco de la UE (Horizonte 2020) establecía cinco áreas
estratégicas de investigación y excluía a las Ciencias Sociales y las Humanidades; se las incluyó cuando protestaron
25.000 investigadores; en España, el Plan Estatal de Investigación 2013-2016 sigue la misma línea tecnocrática. Dos:
el borrador de la LOMCE concibe la educación como una preparación profesional para competir en el mercado,
segrega al alumnado en función del rendimiento, convierte la formación moral en un sucedáneo de la religión y
suprime dos de las tres materias filosóficas impartidas durante toda la democracia.
La humanidad se enfrenta hoy a retos inmensos que ponen en riesgo la vida, la libertad, la convivencia y la
supervivencia misma de millones de seres humanos. Pero carecemos de una “razón común” que nos permita

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afrontarlos. Vivimos una globalización de facto, pero no de iure. Por eso, hemos de repensar la relación entre ethos,
polis y kosmos, para adecuarlas a las condiciones de una sociedad global cada vez más compleja, interdependiente e
incierta.
En resumen, necesitamos renovar profundamente el ejercicio del pensamiento. Por eso, lejos de ser un oficio
anticuado e inútil, la filosofía tiene ante sí una gran tarea y una gran responsabilidad: ayudar a reconstruir la “razón
común”, para que la humanidad viviente, entretejida ya en una sola sociedad planetaria, se haga cargo de su pasado
múltiple y se enfrente al porvenir con una actitud reflexiva y cooperativa.
Antonio Campillo es catedrático de Filosofía de la Universidad de Murcia, coordinador de la Red Española de
Filosofía (REF) y autor de El concepto de lo político en la sociedad global (2008).

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