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Perfil de Gustavo Grobocopatel

Texto: Leila Guerriero

Sobre el piso de listones anchos el pie izquierdo y desnudo de Gustavo Grobocopatel se


yergue tenso, como si no fuera un pie sino un esforzado órgano de la respiración, algo
que busca desesperadamente un poco de aire mientras él, los ojos cerrados, la voz
entonada, canta:
-Pa’ ofrecerle a mi dueña tengo un palacio, tengo un palacio, con un catrecito y tiento,
cobija y trapo, cobija y trapo.
Es un día feriado, pasadas las once de la mañana, y el departamento, en la zona de
Puerto Madero, Buenos Aires, donde el metro cuadrado puede costar –y cuesta- más de
ocho mil dólares, rebosa de una vitalidad optimista, deportiva. En la mesa, puesta para
seis y cubierta por una manta indígena de colores fuertes, hay fuentes con ensalada, una
botella de vino abierta. Gustavo Grobocopatel, acompañado al piano por un hombre de
melena larga, canta una zamba, un ritmo folklórico nacional, vestido con jeans negros,
camisa oscura, punteando la melodía con la mano derecha, descalzo, y, como si su pie
izquierdo lo ayudara a respirar, se yergue sobre él en las notas altas, pisa con la planta
llena en las más graves. Cuando termina, el rostro encendido, la barba corta y roja, los
ojos celestes coronando un cráneo rotundo y una altura de más de un metro noventa, le
dice al hombre del piano:
-¡Muy bien, muy bien! Es muy lindo lo que hacés, esos arreglos. Bueno, compañero, ya
estamos. Tomemos otro mate.
-¿Tarea cumplida?
-No, no, no. Nunca la tarea está cumplida. Un guerrero nunca descansa.
Dentro de dos meses, Gustavo Grobocopatel ofrecerá un recital en un espacio público,
el Centro Cultural Recoleta, y esta mañana, antes de un almuerzo con amigos, ensaya
con el pianista Gustavo Hernández un repertorio que incluye esa zamba, La Tucumanita,
de Atahualpa Yupanqui.
-Vamos a hacer el mate.
Pronuncia las eses con la misma naturalidad con la que a veces, por ser un hombre del
interior (tiene 53 años y nació y vivió hasta hace cinco en Carlos Casares, un pueblo de
20 mil habitantes de la provincia de Buenos Aires, a 300 kilómetros de la capital), las
aspira. Camina sin erguirse del todo, como si la altura lo hubiera acostumbrado a un
leve encorvamiento que le confiere la actitud de quien se dispone a escuchar una
confesión. Hace pocos meses se separó de Paula Marra, su mujer durante 25 años, con
quien tiene tres hijos (Olivia, de 22, Rosendo, de 20 y Margarita, de 17), y desde
entonces vive en este sitio que le presta su padre: dos habitaciones, living con cocina
incorporada, dos baños y vista al río de la Plata. En la sala hay una biblioteca (con libros
de filosofía, marketing, ensayos, fotografía, literatura), un sofá gris de varios cuerpos,
un sillón de orejas color ocre, tres mesas redondas bajas, una alfombra antigua, un par
de cuadros. El estilo es austero y funcional, con algunos toques de diseño como el de
dos pantallas negras que, muy bajas, iluminan dramáticamente la mesa principal.
-Dosuba, yo tenía Dosuba.
La conversación deriva hacia la calidad de la atención médica en el país. Dice que en
los años ochenta, cuando era docente en la cátedra de Manejo y Conservación de Suelos
de la facultad de Agronomía de la Universidad de Buenos Aires, donde estudió, estaba
afiliado a Dosuba, la obra social de esa universidad.
-Era un desastre, pero ahora mejoraron. Yo, que viajo tanto, veo que acá no es mala la
medicina pública. Y se atiende a todo el mundo, como debe ser. Voy a controlar el pollo.
En pocos días más estará en Dubai, invitado por el jeque de ese emirato a una reunión
de negocios junto a empresarios y líderes mundiales, y después en la cumbre de las
Américas celebrada en Panamá.
-Hice tarta, pollo, ensaladas.
-¿Cocinaste vos?
-Si. Amo cocinar.
Gustavo Grobocopatel es presidente del grupo Los Grobo, una empresa argentina de
agronegocios que factura 800 millones de dólares por año, administra 150 mil hectáreas
(repartidas entre Argentina, Uruguay, y hasta hace poco Paraguay -de donde se retiró
por no encontrar un socio acorde a sus estándares- y Brasil, donde vendió sus activos
por 450 millones de dólares al grupo japonés Mitsubishi) sembradas en un 60 por ciento
de soja, el cultivo que, con un precio de 200 dólares por tonelada en 2003, alcanzó el
record de 600 dólares en 2012 traccionado por un aumento en la demanda, sobre todo
del mercado chino (donde se lo utiliza como alimento para cerdos). En la última década,
la Argentina -que pasó de tener 14 millones de hectáreas sembradas con soja en 2004 a
20.5 millones en 2015, y produce cien millones de toneladas por año- se convirtió en el
principal exportador mundial de aceite de soja y está entre los tres mayores
exportadores del grano. En ese panorama, Gustavo Grobocopatel es no sólo uno de los
más importantes empresarios del agro local –alterna el primer puesto con el grupo El
tejar- sino la cara más visible, enérgica y convencida de un modelo de agronegocios que
dio por tierra con el tradicional y que podría resumirse como agricultura sin capital, sin
trabajo y sin tierras: el noventa por ciento de las hectáreas que cultiva no son suyas.

***

No hay épica. O hay una épica pampeana, serena. Un hombre nacido en los campos
llanos, hijo de una familia de agricultores no demasiado prósperos, un estudiante de
agronomía que vuelve al pueblo con ideas nuevas y que, donde todos decían “no se
puede sembrar, esa tierra no sirve”, siembra. Que, donde todos decían “hay que
sembrar maíz y trigo” dice: “hay que sembrar soja”. Después, el imperio. Que le valió
un mote que detesta: el Rey de la Soja.

***

-No me gusta. Porque la gente se imagina que soy el rey de no sé qué y yo no vivo
como un rey, no me comporto como un rey. No soy un rey.
Mientras ceba un mate, sentado en el sillón ocre en el que se sentará siempre, señala a
Gustavo Hernández, el pianista.
-Él es de Pehuajó. ¿Sabés qué quiere decir Pehuajó? Estero profundo. Todos esos
pueblos de la provincia de Buenos Aires tienen un significado. Por ejemplo, Trenque
Lauquen es Laguna redonda. Y la ciudad de Carhué lleva el nombre de un cacique. Hay
una leyenda entre Carhué y Epecuén ¿La conocen?
Puede hablar del cantante italiano Roberto Murolo, de Mercedes Sosa, aseverar con
autoridad que el 30 por ciento de todo el girasol que se cultivaba en la Argentina
provenía en 1920 de la zona en la que él nació, todo con entusiasmo pero, también con
cierta displicencia, como si sólo estuviera intentando que el tiempo transcurriera
henchido de una conversación fructífera. A las doce, cuando suena el timbre, camina
hasta la puerta, abre y dice:
-¡Una cosa de locos! La tropilla!
Olivia, su hija mayor, llega con Yazmín, una muchacha marroquí, y Adriel, un
mexicano, que por estos días viven en su casa.
-Te cuento –dice él, mientras presenta al grupo-. Estos jóvenes son amigos de Olivia.
Olivia tiene una cosa de integración cultural. Se dedica a recibir a gente de otras partes
del mundo. ¿Quieren un poco de Campari, chicos?
Olivia dice que sí y arroja los zapatos a un rincón. Tiene 22 años y vive sola desde los
17, en una decisión que su padre aplaudió entusiasmado -”¡Una gran experiencia!”-, y
estudia Administración de Empresas en la universidad de San Andrés, privada, muy
prestigiosa. Mientras camina hacia el cuarto de su padre dice:
-¿Mi papá te dijo que tiene buen gusto para la decoración?
-Lo mencionó.
-Siempre me dice “¿Viste qué lindo que tengo el departamento, viste qué buen gusto?”.
Pero hace trampa, porque lo ayudó una arquitecta que es hija de un amigo de él.

***

Abraham Grobocopatel y su familia llegaron a la Argentina en 1912 desde Besaravia,


Rusia, gracias a una organización –la Jewish Colonization Association- que ayudaba a
los judíos de Europa Oriental a establecerse en colonias agrícolas argentinas. Se
instalaron en la zona de Carlos Casares y uno de sus hijos, Bernardo, comenzó a trabajar
en el campo de un vecino como peón, haciendo parvas de heno que servían como
alimento para la hacienda. Pasó de peón a administrador y llegó a ser propietario de
algunas hectáreas que más tarde heredaron sus descendientes, entre ellos su hijo Adolfo
que continuó dedicándose a la agricultura, se casó con Edith y tuvo, a su vez, cuatro
hijos. El mayor fue Gustavo, seguido de tres mujeres: Andrea, Gabriela y Matilde. Buen
alumno, líder natural entre sus compañeros, trabajaba con su padre en el campo cuando
el colegio le dejaba tiempo. A fines de los ´70 se marchó a Buenos Aires para estudiar
Agronomía. Vivió con un amigo en un departamento alquilado de cincuenta metros en
el barrio de la Paternal. Estudiar e ir al cine fueron las dos actividades más importantes
que desarrolló en la ciudad (si se deja de lado un período en el que se dedicó a tomar y
revelar fotografías, al que le puso fin cuando entendió que lo distraía de los estudios).
En 1984, cuando se recibió de ingeniero agrónomo, primer universitario de toda su
familia, volvió a Carlos Casares y siguió viajando una vez por semana a Buenos Aires,
donde enseñaba Manejo y conservación de suelos en la misma facultad en la que había
estudiado y tomaba clases de canto con Lucia Maranca, que todavía es su profesora. (La
vocación por la música empezó en el colegio secundario, siguió con su ingreso al coro
de la facultad y, aunque generó zozobra en su padre -¡horror, un hijo bohemio!-,
continuó con clases particulares, en las que ya lleva treinta años, y se desplegó en la
conformación de un trío folklórico, el Trío Cruz del Sur, con el que interpreta un
repertorio sofisticado, sin condescendencias a la demagogia, que incluye a compositores
como Atahualpa Yupanqui, Ariel Ramírez o el Cuchi Leguizamón). Por entonces, la
empresa de su padre constaba de cuatro empleados y 3500 hectáreas de campo. La sede
era el estudio de un contador amigo que les prestaba el teléfono para atender a los
clientes. Veinticinco años después, en 2008, bajo la conducción de Gustavo
Grobocopatel, Los Grobo tenía 900 empleados, 255 mil hectáreas sembradas en
Argentina, Brasil, Uruguay y Paraguay, y 48 plantas de acopio donde se podían
almacenar 2,3 millones de toneladas de granos.

***
Gustavo Grobocopatel espera cada día en la puerta de su departamento y, antes de que el
ascensor termine de abrirse, se escucha su voz diciendo “¡Hola!”. Saluda con un beso y
una frase -“¡Lindo verte!”-, ofrece algo para tomar y se sienta en su sillón, a veces con
las piernas estiradas, otras con una pierna sobre el apoyabrazos, siempre descalzo.
-Ayer, después de que te fuiste, dormí una siesta de tres horas. Estaba fulminado.
Se mudó a Buenos Aires cinco años atrás, por requerimientos de la empresa y porque
sus hijos mayores estaban a punto de empezar carreras universitarias, pero su ritmo se
mantiene inalterable: se acuesta a las diez, se despierta a las seis, y después de trotar o
hacer gimnasia tiene el día resuelto a las doce. De todos modos, algunas cosas han
cambiado.
-Trabajaba demasiado. Ahora estoy descubriendo lo bueno que es no hacer nada.
-Pero cuando uno está habituado a trabajar mucho...
-Sí.
--... y siempre le ha ido bien de esa manera...
-Sí.
-.. y de pronto deja de trabajar con ese ritmo intenso...
-Sí.
(Con cada “sí” pestañea levemente, en un gesto que es tanto una invitación a seguir
como a avanzar más rápido).
-... ¿no existe miedo a que al cambiar de ritmo las cosas empiecen a ir mal?
-No. La historia de mi empresa es de cambios de modelo permanente. Necesito el
cambio. No soy nada nostálgico. No soy muy apegado a las cosas.
Al separarse no trajo a esta casa más que algunos discos y libros, pero el desapego va
más allá: como él y su hijo Rosendo (que cursa ciencias políticas y por estos días está
estudiando en Boston) eran simpatizantes de clubes de fútbol rivales –Boca y Ríver-, al
mudarse a Buenos Aires le propuso hacerse socios de un tercero, para no estar
separados. A Rosendo le pareció bien y ahora los dos son de Argentino Juniors.
-Yo soy judío, ¿no? Errante. Hoy mi lugar es este. Durante años fue Carlos Casares.
Pero tengo una enorme capacidad de adaptación. Si tengo que estar en el campo, estoy
en el campo. Si tengo que estar acá, estoy acá. Si tengo que estar con un rey, estoy con
un rey. Si tengo que estar con un tipo de la calle, también. Me siento cómodo.
Además de ser presidente del grupo Los Grobo es Miembro del Consejo Económico y
Social de la Universidad Di Tella, forma parte del Consejo Internacional de la
Fundación Don Cabral, de Brasil, del Consejo Internacional del EGADE-TEC de
Monterrey, México.
-Yo me muevo en diversos ámbitos. La empresa, la música. Gestionar, liderar, innovar,
eso está vinculado con el pensamiento artístico mas que con el pensamiento científico.
Yo tengo amigos en la música, la empresa, la sociedad civil.
-¿La sociedad civil?
-El mundo de las ong, de líderes sociales como Gustavo Vera, como Rosario Quispe.
Gustavo Vera es un activista social al frente de La Alameda, una ong que lucha contra la
trata de personas; Rosario Quispe fundó la Asociación Warmi Sayajsunqo, mujeres
collas que luchan contra el abandono de las comunidades aborígenes de la Argentina.
Grobocopatel se siente seguro navegando en aguas que otros evitan. En 2008, por
ejemplo, Juan Carlos Alderete, dirigente de la Corriente clasista y combativa, una
agrupación política impulsada por el Partido Comunista Revolucionario, lo invitó a su
casa para hablar de la crisis financiera mundial de ese momento.
-El decía que marcaba el fin del capitalismo, y yo le dije que a mí me parecía que era
una adecuación del capitalismo, que lo que venía era un capitalismo más fuerte. Pero
quiero decirte que tengo natural empatía por estos grupos.
-¿No sos el malo cuando te ven llegar?
-Hasta que llego, sí. Después que llego, no. Les hablo con transparencia, con relativa humildad
y con intenciones de escuchar y construir.
Su vida semeja un sistema de vasos comunicantes en el que las experiencias viajan del
arte a la empresa y de allí a la sociedad y la familia, sin contradicciones y, sobre todo,
sin saldos negativos.
-Hace quince años me dijeron que era diabético. Me generó una responsabilidad sobre
mí mismo que antes no tenía. Bajé veinte kilos, descubrí que puedo tener control sobre
mi cuerpo.
Claro que, en algunos aspectos, evitar los saldos negativos es un poco más difícil.

***

En el segundo semestre de 1985 hacía un año que había regresado a Carlos Casares
cuando la zona quedó arrasada por una inundación. Él, ingeniero agrónomo experto en
suelos, creía que cuando el agua se retirara las tierras iban a producir igual que antes.
Sus vecinos, agricultores tradicionales, creían que no. Entonces se le ocurrió alquilar un
campo inundado con el siguiente trato: Los Grobo sembrarían girasol, lo cosecharían, y
en vez de pagar el arriendo en dinero dejarían sembrada una pastura. Lo hizo, y no le
fue mal. Poco después empezó a aplicar un método llamado siembra directa, que
consiste en sembrar sobre los restos de la cosecha anterior, sin retirar los rastrojos. Para
1992, toda la producción de Los Grobo se hacía con el método de tierras arrendadas y
siembra directa, y la empresa era eso que se llama un pool de siembra: miles de
hectáreas cuya explotación se concentra en uno solo. La clase de empresa que, para
muchos, es el principio del fin.

***

-Yo odio el conflicto. Es mi lado débil. Si me quieren sacar algo, pónganme en una
situación de conflicto que voy a tratar de salir rápidamente.
-Pero te gusta el debate.
-Amo debatir. Porque no se trata de tener razón sino de entender.
A las nueve de la mañana de un sábado las calles de Puerto Madero están desiertas,
sumidas en un clima bucólico. Hay deportistas esporádicos, parques vacíos. La casa de
Grobocopatel tiene un balcón grande, con cactus saludables.
-¿Te gustan? Los puse yo. Me encantan los cactus.
Además de estar enfocada en la producción agropecuaria, Los Grobo incluye también
otras empresas (como Agrofina, que investiga y desarrolla agroquímicos y fertilizantes,
como un molino, como una fábrica de pastas), y provee consultoría, servicios y gestión
de riesgo a tres mil productores que siembran, en total, un millón de hectáreas. A
mediados de los años noventa, la Argentina adoptó rápidamente las semillas
transgénicas. Si la desventaja de la siembra directa es que no se eliminan las malezas de
la cosecha anterior, las semillas transgénicas, al ser más resistentes, en parte la borran.
El lado oscuro es que las malezas también se hacen más resistentes y la utilización de
agroquímicos para combatirlas aumenta año a año: si en 1955 se usaban en el país
ochocientos mil litros de herbicidas y en 1970 tres millones quinientos mil, en 2014 se
usaron 369 millones. Sólo la superficie sembrada con soja recibió mas de 200 millones
de litros de un agroquímico llamado glifosato, fundamental para combatir las malezas
que la afectan.
En 1996, con el modelo de tierras arrendadas, siembra directa y semillas transgénicas,
Los Grobo habían llegado a un récord difícil de superar: 70 mil hectáreas sembradas en
el país.
-¿Cómo te ven en tu pueblo?
-En los pueblos tenés a la mitad de la gente a favor y a la mitad en contra. Está la cosa
de “Los Grobo te cagan, están con el gobierno de turno”. Y los chupamedias, que son
fanáticos porque un primo trabaja en la empresa. Si vos decís “me va bien”, la gente
piensa “¿A quién cagaste?”. Pero la siembra directa es algo extraordinario. Es la primera
vez en la historia de la humanidad que les vamos a entregar a nuestros hijos suelos
mejores que los que nos dejaron nuestros padres.
-Quienes se oponen dicen lo contrario.
-Si lo hacés mal, pero si lo hacés bien, no. Antes, para acceder a la producción agrícola
necesitabas ser hijo de un estanciero. Esto no es más así. Podés ser el hijo de un
peluquero y dedicarte a la agricultura, porque no necesitás tierra, ni capital, ni trabajo.
Este modelo de negocios es un fenómeno que democratiza el acceso. La sociedad ya no
segmenta entre pequeños y grandes sino entre los que se adaptan y los que no se
adaptan. Los que no se dan cuenta, pierden.
-Pierden puestos de trabajo.
-Vos quitás el puesto de trabajo de tractorista, pero hay más puestos de trabajo de
contadores, de abogados.
-El que perdió el puesto de tractorista no va a tener trabajo como contador.
-No, pero los hijos del que manejaba el tractor sí.
-Entre una cosa y otra hay un hiato complicado.
-Sí, pero eso ha pasado en todas las industrias. ¿La opción cuál es: dejar de producir?
Mientras tanto, vos seguís dándole de comer a más gente de forma cada vez más barata.
Nosotros aprendimos a hacer agricultura fuera de nuestros campos como consecuencia
de una inundación, y me di cuenta de que no tenía sentido tener tierra propia. Que
podías crecer enormemente en superficie sembrada con poco dinero y muy rápido.
Después se fue sofisticando, pero creo que ahí esta la madre conceptual de nuestro
modelo de negocios.
-Que sería...
-Que se puede hacer agricultura sin tierras, sin capital, y sin trabajo. Sin tierra, porque la
alquilás; sin trabajo, porque lo tercerizás, y sin capital, porque te lo prestan. No sé si
somos los creadores, pero somos los que más lejos hemos llevado esta idea.
Que es el motivo por el cual, para muchos, Grobocopatel es una versión criolla de
Satanás.

***

Los cuestionamientos que se hacen a su modelo provienen de académicos,


conservacionistas, asociaciones de pequeños y medianos agricultores, y tienen líneas
definidas: el sistema de arriendo de tierras (quienes lo cuestionan sostienen que
concentra la explotación y que los pequeños y medianos agricultores se ven obligados a
abandonar los campos); el uso de semillas transgénicas (quienes lo cuestionan piden que
se aplique el principio precautorio, medidas protectoras que se aplican ante la sospecha
de que ciertos productos o tecnologías podrían ser dañinos); el sistema de siembra
directa (quienes lo cuestionan aseguran que los agroquímicos para combatir las malezas
son peligrosos, a lo que se suma un comunicado reciente de la OMS que mencionó al
glifosato, como probable cancerígeno); y la poca rotación de cultivos (el monocultivo
degrada los nutrientes de la tierra). Todos esos cuestionamientos tienen un protagonista
casi excluyente: la soja. Si en 1980 representaba el 10,6 por ciento de la producción
granaria en la Argentina, en 2008 –con los precios internacionales arañando los 600
dólares- pasó a representar el 50 por ciento: todos querían una porción del oro verde.
Hoy ocupa el 53 por ciento de la superficie cultivada y, a diferencia del maíz y el trigo o
la ganadería, que son de consumo interno, casi la totalidad se usa para exportación.

***

No hay épica. O hay una épica pampeana, serena. Una alumna llega tarde a la clase de
Manejo y conservación de suelos de la facultad de agronomía de Buenos Aires. La clase
ya ha empezado y un hombre le abre la puerta. Ella pregunta: “¿Y el profesor?”.
Gustavo Grobocopatel la mira divertido y dice: “Yo soy el profesor”.

***

-Uf. Voy a hacer unos mates. Con unos mate se me pasa.


Paula Marra vive con su hija menor, Margarita, en el departamento que fue, hasta hace
poco, la casa familiar de los Grobocopatel en Buenos Aires, un piso alto en un complejo
de edificios lujosos llamado Le Parc.
-Perdoname. Es que hoy vamos a firmar los papeles del divorcio con Gustavo. Muy
lindo –dice Paula Marra, con ironía dura, poniéndose de pie y restregándose los ojos.
El día anterior, por la mañana, cuando atendió el teléfono y escuchó la propuesta
–“Estoy haciendo un artículo sobre Gustavo y me gustaría conversar con vos”- dijo:
“Por Gustavo, lo que sea”. Ahora espanta las lágrimas como quien espanta un insecto y
prepara el mate en la cocina. La mañana es fría, pero ella viste una camiseta sin mangas,
pantalones de gimnasia. Tiene el pelo corto y unos ojos pequeños, llenos de
determinación. Desde 2011 no ocupa ningún cargo en Los Grobo, aunque durante 25
años fue parte fundamental de la empresa, y trabaja en Matriarca, un emprendimiento al
que el grupo apoya y que se dedica a vender productos artesanales de mujeres de las
comunidades indígenas q’om y wichi del Chaco y Formosa, dos de las provincias más
pobres del país. Después de preparar el mate, hablando de un viaje a Boston que
emprenderá en dos días para visitar a su hijo Rosendo, regresa a la sala, dispone la pava
sobre la mesa.
-Yo estudiaba Agronomía. Un día llegué tarde a la clase. Cuando abrí la puerta me
sorprendió ver al profesor, un pibe joven, lindo, todo vestido de colores. Gustavo. Un
tiempo después me invitó al cine, empezamos a salir. Nos casamos, nos fuimos a vivir a
Casares. Pero nuestro vínculo fue mejorando con el tiempo. Al principio tuvimos
discusiones. El no hablaba. Ibamos mil kilómetros en el auto para un campo, mil
kilómetros para el otro, y nada. Como nunca tuvimos ayuda doméstica viviendo en casa,
yo trataba de estar a partir de las cuatro de la tarde y ocuparme de los chicos. Fue difícil,
porque la empresa empezó a crecer muchísimo. En 1985 sembrábamos veinte mil
hectáreas y en 1996 setenta mil. Y no teníamos estructura. Gustavo recorría los lotes y
se anotaba en un cuadernito qué agroquímico había que usar. A veces siento que
estábamos en la playa con una tablita de surf y de repente vino un tsunami y salimos
volando. El mundo cambió, y ahí estábamos nosotros, liderados por Gustavo, listos para
el cambio. Yo admiro su capacidad de trabajo, que es infinita.
-¿Lo viste afectado alguna vez por los cuestionamientos que se le hacen?
-No, para nada. Él está convencido de lo que hace. Todos estamos convencidos. Si no,
no lo haríamos.

***

Hace unos años, en una entrevista concedida a AFP, Gustavo Grobocopatel dijo: “Quien
critica a la soja está contra los pobres que empezaron a comer”. En 2014, en un artículo
publicado por la revista virtual lavaca, decía “(...) China consumía 7 kilos de carne por
habitante hace 30 años, ahora consume 70. Los que dicen que no hay que venderle
forrajes a los chinos piensan: que se caguen de hambre. No les importan los pobres del
mundo. El que piensa así es un hijo de puta. Bueno: que permita que otros ayudemos a
esa gente”.
La voz del hombre llega por teléfono. Es académico y, aunque se lo sindica como un
conservacionista moderado, dice: “Lo siento, pero no voy a participar en un artículo
sobre Grobocopatel. Los pooles de siembra de gente como él han destruido los campos,
han dejado tierra arrasada y se han retirado. Cuando uno se encuentra con tipos a los
que se les murieron los hijos por un cóctel de agroquímicos, no hay manera de no
ponerse en un extremo. Es mentira que hacen soja para alimentar a la gente. Yo acepto
que me digan que enriquecerse es glorioso. Pero no voy a aceptar que me digan que lo
hacen para alimentar a la gente”.
En 2014, el fotógrafo argentino Pablo Piovano recorrió 6000 kilómetros de áreas rurales
en las provincias de Entre Ríos, Chaco y Misiones (donde, en verdad, Grobocopatel no
tiene injerencia), registrando imágenes de habitantes de pueblos ubicados en áreas
fumigadas con agroquímicos. El resultado es un trabajo titulado El costo humano de los
agrotóxicos en el que se ven personas con afecciones monstruosas en la piel, con
microcefalia, con terribles retrasos mentales y abominables parálisis motoras.

***

La hoja tiene membrete de la empresa Valuar y un título: Informe grafológico de


Gustavo Grobocopatel. Llega por mail con un mensaje breve: “Encontré el análisis
grafológico con las marcas de mis debilidades. Me lo hicieron hace unos 12 o 13 años.
Creo que mejoré, pero me falta muuucho”. A lo largo de párrafos que hablan de una
personalidad arriesgada y audaz, de alguien creativo, visionario, con gracia y trato
envolvente, carismático y sencillo, lúcido, original, sensible y seductor, empático,
dinámico, inquieto y líder, unas pocas frases, que no suman tres renglones, reseñan
características negativas: “no siempre toma en cuenta las opiniones de los demás”, “no
valora a los demás en su justa medida”, “irritable”, “cambiante en su humor”, “no suele
ponerse en el lugar del otro”. Todas están resaltadas con color amarillo. Como si sólo
importara eso: lo que no está bien, lo que hay que corregir.

***

Gustavo Grobocopatel bebe un té, las ventanas abiertas, el aire tibio de un otoño
benigno sobre la ciudad.
-En una época yo decía “Mi mujer es mi mejor mitad”. Pensando que eso era bueno. Y
después descubrimos que ser la mejor mitad de otro no es tan bueno. Paula es una
persona muy diferente a mí. De una gran inteligencia emocional, pero es como si tuviera
el inconciente a la intemperie. No tiene filtro. Eso muy impactante. Bueno, yo estaba
enamorado de eso.
-Pero vos escapás al conflicto.
-Si, pero prefiero tener la incertidumbre de estar al lado de alguien que no sabés muy
bien qué va a hacer. Eso me genera mucha expectativa. Nos divertíamos, nos reíamos
mucho.
-¿Tenés fotos de ella?
-Claro.
Va hasta la computadora que está sobre la mesa - no hay otro espacio de trabajo en la
casa-, la abre, hace click sobre una carpeta.
-Ah –dice, como si la aparición hubiera sido inesperada-. Ahí esta.
Paula en la playa, Paula con ovejas, Paula con mujeres del norte argentino, Paula en
Nueva Zelanda.
-En cuerpo y alma.
Paula en la China, Paula en un curso de gastronomía en la academia Barilla de Italia,
Paula en Venezuela, Paula en un aeropuerto, Paula con un gorro de exploradora.
-Fue interesante, fue divertido. Fue intenso.

***

Si los opositores a su modelo aseguran que el proceso de siembra directa degrada los
suelos, él sostiene que “con el advenimiento de la siembra directa se frena el proceso de
erosión y degradación”. Si los opositores a su modelo aseguran que hay que rotar
cultivos, que sembrar siempre soja es perjudicial, les da la razón pero sostiene que “el
problema son las políticas públicas que van en contra del productor y a favor de la
soja”. Si los opositores a su modelo aseguran que el glifosato afecta la salud humana, él
sostiene que no hay evidencia científica pero que, si la hubiera, la decisión final debe
ser del Estado. Si los opositores a su modelo aseguran que los pooles de siembra han
destruido el modelo agrario tradicional, él sostiene que “hicimos la revolución agraria
que democratizó el acceso a la tierra. La tierra no está en manos de los herederos de la
tierra sino de los emprendedores profesionales que ocupan el espacio que tenían antes
los herederos”.
En 2008, cuando Los Grobo cumplió 25 años, se publicó un libro que resumía su
historia. En la introducción, Gustavo Grobocopatel escribía: “Soñé que corría el año
2020 y nos encontrábamos sentados con Paula tomando un café en un bar de no sé qué
pueblo de campo. Podría ser algún lugar de Africa o de Europa del Este. O una aldea de
la India, de la altillanura colombiana o de Brasil. Escuchábamos hablar a dos
campesinos (...) hasta que uno de ellos preguntó: “¿Por qué se llamará Los Grobo esta
empresa de acá?”.

***

-Hay gente a la que el crecimiento nuestro le provocó cariño y respeto, y a otros envidia
y rabia.
Paula Marra ha recibido, en media hora, cuatro llamadas telefónicas. Ninguna duró más
de un minuto, a veces menos.
-Nosotros somos bastante austeros. Los chicos eran unos chicos más del pueblo y vivían
de acuerdo a esas costumbres. Iban a colegio público, hacían lo que hacían todos. Eso
si, siempre viajamos mucho. Decíamos “Si tenemos guita, es para viajar”. A mí me
impresiona esa capacidad que tiene Gustavo de hacer que las cosas pasen, su curiosidad
por otras culturas, su avidez por tratar de entender.
-¿Estaba ávido de entenderte a vos?
Mira la mesa de madera lustrosa. Se sirve un mate. Se hace un silencio largo.
-Yo pienso que hemos funcionado más como compañeros de trabajo frente a un
problema. El me ha escuchado mucho y se ha interesado mucho en mi punto de vista en
relación a cosas que teníamos que hacer.
Permanece en silencio, mirando la mesa.
-¿Y en lo mas íntimo?
La respuesta llega rápida como un fustazo.
-Y en lo mas íntimo no es una persona a la que le guste intimar. Me parece que, como
tiene tantas cosas que quiere llevar adelante, ese espacio de entender cómo el otro
funciona no es su fuerte.
-Le cuesta escuchar.
-Si. Bah, no le interesa directamente. Me tengo que ir. ¿Me acompañás?
Sin buscar abrigo, ni un bolso, ni dinero, teléfono en mano, se levanta, camina hasta el
ascensor, sube y aprieta el botón de la planta baja.

***

Matilde Grobocopatel, la hermana menor de Gustavo Grobocopatel, vive en el mismo


conjunto de edificios en el que vive Paula Marra, en una torre diferente. Es rubia, el
cuerpo trabajado y magro, quizás como consecuencia de ser profesora de educación
física y haber trabajado mucho tiempo como tal. Pocos años atrás, a sus 41, cuando ella
y su marido Juan, mano derecha de Gustavo en la empresa, salieron a correr él murió
súbitamente. Desde entonces, ella tuvo que aprender a hacer todo lo que no sabía:
administrar sus acciones en la empresa, ocuparse de ir a los bancos.
–Yo hacía una vida muy cómoda. Y tuve que aprender todo desde cero. Gustavo me
tuvo toda la paciencia del mundo. Yo siempre fui su hermanita menor.
Habla en voz calmada y baja, como si cada frase fuera un secreto, y se ríe –de actitudes
ociosas que ve en otras mujeres con las que trata, de algunas de las cosas que hacen sus
hijos- de una manera serena y por momentos triste. Usa una camiseta sin mangas color
verde oliva, pantalones de jean oxford, zuecos con plataforma. Son las cinco de la tarde
y por los enormes ventanales del living se ven los aviones que despegan desde el
aeroparque cercano. Es propietaria de otro departamento en el mismo edificio –
docientos metros cuadrados- pero alquila este, de más de trecientos, en el que vive con
sus dos hijos más chicos.
-En mi casa siempre nos dijeron que había que estudiar lo que nos gustara. Pero mi papá
nos quería inculcar las típicas profesiones de esa época, las que para él serían las
“importantes”. Quería que yo estudiara abogacía. Supongo que le venía bien en la
empresa, pobre. Ya tenía al ingeniero agrónomo, a una de mis hermanas que era
licenciada en administración. Pero estudié educación física y mi mamá sigue diciendo:
“Una mente desperdiciada”. Con Gustavo el mandato era más fuerte, porque era el hijo
varón. Pero yo creo que en el caso suyo es más elección que mandato, que le encanta lo
que hace. Igual, no sé si te contó que cuando él era adolescente mi papá quería comprar
un campo. No estaba seguro y entonces le preguntó a Gustavo: “¿Vos te vas a dedicar al
campo? Decime, porque si vos no te vas a dedicar, no lo compro”. Esa es mucha presión
para un chico.

***

En el baño de visitas de la casa de Gustavo Grobocopatel hay tres objetos: una toalla,
un jabón, un rollo de papel higiénico. La prescindencia se replica en la oficina austera
en la que trabaja, a pocas cuadras de aquí, en la Bolsa de Cereales de Buenos Aires; en
su auto, que es el mismo desde hace siete años; en su costumbre de usar el transporte
público munido de una tarjeta SUBE que otorga descuentos a los usuarios.
-Mi viejo siempre decía: “Si no cuidás lo poco, no cuidás lo mucho”. Pero yo pienso
que la guita viene y se va. Hay que usarla. Me parece más importante no perder el
entusiasmo por lo que hago que perder el dinero.
-Pero si perdieras todo...
-No tengo problema con eso. Me han robado varias veces. La casa, el auto. Sólo se
podrían llevar libros y cedés. No tengo chofer, ando en subte, en colectivo, tengo una
SUBE, no uso alhajas ni relojes. Nosotros somos de una familia de clase media
devenida exitosa, pero la primera pelota de fútbol que tuve me la gané con un álbum de
figuritas, a los diez años. Ahora viajo en business, no porque crea que me lo merezco
sino porque soy demasiado grande y no entro en turista. La plata la gasto en viajes. A mi
mujer y a mí nos parecía que nuestros hijos tenían que mirar el mundo entero como un
lugar de oportunidades. No solamente el pueblo o la ciudad.
La idea de la expansión está en la base de Los Grobo, que llegó a tener intereses en
Paraguay y Brasil donde, hace un par de años, vendió sus activos en 450 millones de
dólares al grupo japonés Mitsubishi. Eso retrasó el objetivo de transformar a la empresa
en un líder regional, pero él –que está seguro de que ese momento llegará en cinco o
diez años- lo cuenta con orgullo: “Me decían “Lo que vendés no vale nada, porque
vendés viento. No tenés tierras, no tenés maquinaria”. Y ahora les digo: “Vieron?
Algunos están dispuestos a pagar muy caro por el viento”.

***

-A que edad empezaste a viajar?


-No tengo memoria de no haber viajado. A los 12 me fui sola a Europa, pero con mi
familia ibamos mucho a Italia, fuimos a Sudáfrica, Egipto, Jordania, la India. Cuando
nos fuimos a la India, cinco meses antes mis papás nos empezaron a dar libros sobre el
país, para que los leyéramos. Siempre preparamos los viajes así, para tratar de entender
el lugar al que vamos.
El departamento donde vive Olivia, la hija mayor de Gustavo Grobocopatel, fue
showroom de Matriarca, la empresa de su madre, y todavía conserva algunos rastros de
su pasado como oficina: una sala con dos enormes mesas de trabajo, una fotocopiadora.
Un día más tarde, Olivia partirá a Dubai con su padre, que la invitó a acompañarlo.
-No lo puedo creer. Nunca viajé con ese lujo. Vamos en primera clase, en Emirates, y
nos quedamos en ese hotel, Burj Al Arab. Jamás viajaría así por mi cuenta. Es lujo
extremo y a mí me gustan las cosas más reales. Pero invitada, y gratis, todo bien.
Va descalza, usa una camiseta blanca debajo de una camisa de jean abierta. Tiene la piel
lozana, blanquísima, una herradura tatuada en una muñeca porque le gustan los
caballos: hacía equitación y ahora juega al polo.
-Yo siempre digo que soy la más burguesa, la más cara de todos.
Una de las paredes del living está cubierta por un gigantesco mapamundi que ella trajo
de Londres y que pegó con un amigo durante arduas horas de trabajo. Al pie del
mapamundi hay un sofá de tres cuerpos. Le gusta sentarse ahí con amigos a charlar
porquemirando el mapamundi siempre terminan hablando de algo interesante: los países
del G20, por ejemplo, o los conflictos en oriente medio.
-Hace cinco años, cuando nos mudamos acá, mis papás como que se hicieron jóvenes.
En Casares se pasaban el día trabajando, y acá salían, iban al teatro, al cine, hacían
cenas en casa con amigos. Para mí fue un descubrimiento ver que los papás podían
hacer cosas de gente joven. Pero cuando yo era chica estuvieron bastante ausentes. El
reclamo de “Nunca me van a ver a las obritas de teatro del colegio” estaba siempre. No
almorzábamos ni cenábamos juntos. Trabajaban muchísimo, se lo pasaban arriba de un
auto yendo y viniendo. Igual, fueron padres amorosos. Jamás vi a mi papá contestar el
celular delante mío, o contestar mails cuando viajamos. Mi mamá era una madre muy
rara para un pueblo chico como Casares. Siempre me acuerdo del entusiasmo con que
me hablaba de las cosas. Yo le decía “Mami, tengo que hacer un trabajo sobre la
ballenas”, y me decía “Ay, yo soy experta en ballenas, ¿qué querés que te cuente?”. Me
pusieron muchos límites hasta que cumplí 14 años y a esa edad me dijeron: “Las
decisiones que tomes de ahora en más son tuyas, vas a tener que vivir con ellas”. Y así
fue que con mi hermano nos fuimos solos a Europa, después a Vietnam, Myanmar y
Camboya, yo con 18 y el con 17, de mochileros. Dormíamos por cuatro dólares la
noche. Los viajes con la familia no eran tan mochileros, pero tampoco eran lujosos.
Hará cinco años que mi papá decidió que le tocaba viajar cómodo, entonces nos dijo
“Ustedes en turista y yo en primera, con su madre”. Siempre nos dice: si no cuidás lo
poco, no cuidás lo mucho. En mi familia no importa cuánto gastás en educación y
viajes, pero todos cuidamos el dinero. A partir de que me reciba, mi papá ya me dijo que
el siguiente viaje me lo tengo que pagar yo. Y mi mamá me avisó: “Desde el día en que
te recibas, no podés pasar más de una semana sin trabajo”. A mí me parece perfecto.
Tenemos esa regla: si no estudiás, trabajas. Porque estudiar también es un lujo.
-¿Vas a trabajar en Los Grobo?
-No, los hijos no podemos, por una cláusula que pusieron. Tenemos que trabajar dos
años en otra compañía y después ver. A mí me parece perfecto, porque nosotros somos
todos súper independientes. A todos nos criaron así. Son cero protectores. Cero. Al
revés. Hace dos semanas me fui a lo de una amiga en La Plata, y me rompieron el vidrio
del auto a la noche. Y mi amiga me dice “Ay, llamá a tu mamá o a tu papá para ver qué
podés hacer”. Y le digo “Ni en pedo. Me van a decir “qué querés que haga, estás en La
Plata, el auto es tuyo, llamá al seguro y arreglate solita”.
-Tu padre no es el superhombre que viene a sacarte de todos los problemas.
-No. Para mí no es un superhombre. Yo le conozco los lados débiles. Es muy ansioso,
no tiene ninguna capacidad de contemplación. Cuando viajamos te hace un itinerario de
las nueve de la mañana a las once de la noche, a qué museo vamos a ir, dónde vamos a
almorzar. Y a todo le ve el lado bueno. Es muy positivo y yo a veces le digo “Pero papá,
esto no tiene ningún lado bueno”. Yo soy mucho más tajante, pero él parece que
entendiera todo.
Como todos sus hermanos, Olivia se educó en Carlos Casares en una escuela pública y
dice que fue sólo cuando se mudó a Buenos Aires cuando supo que existía algo llamado
diferencia social.
-Fue un shock. En el colegio me preguntaban dónde había estudiado, quiénes eran mis
abuelos, mis papás, qué hacían. Yo nunca fui conciente de la diferencia social. Igual en
el campo es más sencillo porque todos hacemos lo mismo. Vamos a andar a caballo, a
tomar mate, a ver una peli. Pero nosotros ya somos así. Mi hermano Rosendo alquiló un
departamento en Boston y lo amuebló con cosas que encontró tiradas en la calle. Yo el
fin de semana pasado me fui a Ayacucho, un pueblo donde se hace la fiesta nacional del
ternero, y dormí en el piso con diez amigos y no gasté un peso. Tener plata también te
da una responsabilidad. Mi papá siempre dice hay que invertir en el país y generar
puesto de trabajo. En ese sentido, él es una presión. Está en diez mil ong, universidades,
proyectos. Si le digo “Me gustan los caballos”, ya me dice que tengo que tener un haras
gigante y exportar mi marca al mundo. Yo estudio administración pero soy apasionada
de la historia. Y quizás, si no hubiese tenido ese velo, esa presión, hubiese estudiado
historia. De repente pensás. “¿Yo quería hacer todo esto o estoy respondiendo al reflejo
de un entusiasmo?”.

***

Ayer en la noche fue al cine, solo, a ver una película turca. Al salir comió pizza en
Güerrin, una pizzería tradicional de la avenida Corrientes. Hoy el departamento está
como todos los días: tranquilo, solitario.
-Soy muy ansioso. Tengo dificultad para escuchar. Ahora estoy descubriendo que me
gusta no hacer nada. Es una etapa nueva de mi vida, con libertad casi absoluta para
pensar mis cosas. Me gustaría ayudar a que haya seguridad alimentaria, a que no haya
pobreza rural, a que haya menos impacto en el medio ambiente. Si vos me dijeras cuál
es el mejor momento de la historia y el mejor lugar para ser empresario de los
agronegocios, te digo acá y ahora. Es la época del mundo donde uno puede ser más útil
para la sociedad, donde está todo este desafío para alimentar, los temas ambientales. Los
Grobo tiene un futuro importante porque está vinculado con el sector que va a crecer
mucho en la Argentina. El país produce unos cien millones de toneladas de soja. Se
habla de 160 millones para 2020. Y no hay agronegocios en el mundo que sean
plataformas tan bien estructuradas como Los Grobo. No tenés veinte opciones. Tenés
dos. O tres. Por eso le tengo mucha fe.
Sin embargo, en marzo de 2009, en una entrevista que concedió a la revista Fortuna,
decía: “No puedo crecer en el país (...) En la Argentina no vamos a crecer (...) o incluso
podemos llegar a retroceder. En cambio, sin sequía ni trabas a la exportación, en Brasil
el crecimiento rondará el 30% y en Uruguay un 20%". En marzo de 2014, en Infobae,
decía que “la producción agrícola de la Argentina de los últimos siete años a esta parte
se mantiene estancada (...) Estamos sufriendo las consecuencias de unas políticas
equivocadas".
-La empresa como máquina de hacer dinero no tiene mucho sentido. Si la empresa no
se integra a la sociedad, si no la seduce, es difícil que sea sustentable. Los Grobo factura
más de 800 millones de dólares al año y podría crecer tres, cuatro veces.
-¿Y es probable que eso suceda?
-En cuanto se resuelvan algunas cuestiones esto va a explotar, en el buen sentido. Desde
la 125 para acá hubo un estancamiento.
En 2008, el gobierno argentino decretó un aumento de la retención a la exportaciones y
anunció que serían progresivas: a mayores precios, mayores retenciones. Eso generó un
profundo conflicto con el campo, con 400 cortes de ruta en todo el país a modo de
protesta, y el decreto fue enviado al congreso para su legitimación. Finalmente, la que
se conoció como la ley 125 de Retenciones Móviles fue rechazada y hoy las retenciones
a la exportación son del 35 por ciento.
-De la 125 para acá a veces apoyaste, otras criticaste.
-Yo siempre tuve una actitud de apoyo crítico.

***

Fabio Quetglas es profesor de Desarrollo Local y Economía Social en la UBA,


consultor independiente, y conoció a Gustavo Grobocopatel en 2008, en pleno conflicto
con el campo, en un foro de discusión. Quetglas era partidario de las retenciones,
aunque no tal como las planteaba el gobierno, y después de escucharlo Grobocopatel lo
llamó para conversar. Desde entonces son amigos y salen a caminar todos los domingos
a la mañana. El despacho de Quetglas queda en el barrio del Abasto, un barrio muy
popular de la ciudad de Buenos Aires, y tiene dos escritorios, paredes desnudas,
estanterías de metal.
-He ido cientos de veces a la casa de Gustavo, y no hay personal doméstico. Paula se
pone los guantes y lava los platos. Él nunca te hace sentir que es un señor de altos
ingresos económicos. Yo a veces voy con él a la cancha y digo “Estoy caminando con
un tipo que factura mil millones de dólares por año, no lo puedo creer”. Yo doy clases
en la facultad de ciencias sociales. Hay 3000 alumnos y 37 agrupaciones políticas. Les
dije a mis alumnos: “Vamos a discutir el modelo agrario con Grobocopatel”. Se me
cagaron de risa. Para ellos, Grobo era el diablo. A la clase siguiente lo llevé al gordo. Se
los metió en el bolillo. Les dedicó cuatro horas de su tiempo. Un pibe le dijo que él era
una bazofia, un estafador del futuro de la humanidad, y el gordo escuchaba con
paciencia y respondía.
-¿No podría pensarse que lo hace para lavar una imagen cuestionada?
-Una cosa es discutir argumento contra argumento y otra argumento contra prejuicio.
Hacer soja y soja y soja es un problema para los suelos, pero el mismo problema sería si
se hiciera trigo y trigo y trigo. El problema no es la soja, sino incentivar la rotación, y el
estado no la incentiva: no dice “voy a hacer menos retenciones al maíz para que se
siembre maíz”. Otro tema cuestionable es el tema de los pooles de siembra. Son
estrategias organizativas, que aumentan la eficiencia y la producción, y oponerse a eso
es como oponerse al advenimiento de la industria. El estado tiene que ocuparse de
promover la rotación de cultivos, reglamentar la zona de siembra, y no lo hace. Pero
Gustavo entiende que si la mayor parte de una sociedad se resiste a ciertas tecnologías,
no hay que dar respuestas técnicas sino hacer pedagogía. Ahora, ¿lava la cara con eso?
A mí me parece que no, que lo hace de manera genuina. Pero si lo vamos a ver de forma
descarnada, también hay una cuestión de conveniencia: el no cree que sea sostenible un
modelo de negocio cuestionado por la mayoría de la sociedad. Pero en el fondo se trata
de cambiar la forma de pensar las cosas. No se trata de tener razón. Se trata de entender.

***

-Grobocopatel ha tenido un impacto muy positivo en aspectos de modernización–dice


por teléfono Osvaldo Barsky, investigador principal de CONICET (Consejo Nacional
de Investigaciones Científicas y Técnicas) y autor del libro La historia del campo
argentino-. Pero yo no compraría totalmente el modelo de la felicidad que él propone.
Tampoco creo que su aporte a las cuestiones de responsabilidad social sean enormes. Se
dice mucho más de lo que se hace. Son iniciativas saludables, pero pequeñas cantidades,
muy marginales como para venderlas como un gran proyecto. Ha sido una obsesión de
toda su vida contrarrestar esa visión del gran pool de siembra expropiador que destruye
la tierra, y se ocupa de combatir esa imagen desde su capacidad de transmisión porque
es un hombre muy inteligente. Pero creo que la discusión está en otra parte, en un
debate sobre políticas de Estado.

***

El martes 7 de abril Gustavo Grobocopatel recibe un mail con esta pregunta: “Dijiste en
una charla que “Las empresas ponemos plata en la sociedad pero ¿sabemos si eso
generó gente con más capacidad, más autónoma, más feliz?” ¿Cuál es la respuesta: sí o
no?”. Su contestación llega pocos minutos después: “La respuesta es no. Y es porque no
nos involucramos en las causas de los problemas y pensamos que con poner guita se
arregla”.

***

Una línea más o menos recta que atravesara dos kilómetros podría unir las casas de
todos los Grobocopatel en Buenos Aires, incluido su ámbito de trabajo. Las oficinas de
la empresa, ubicadas en el edificio de la Bolsa de Cereales, están a siete cuadras de la
casa de Gustavo Grobocopatel. Gabriel Bisio, uno de los CEO del grupo, un hombre
que trabaja hace años en la empresa, está en la oficina de Grobocopatel –un escritorio,
dos sillas, ninguna computadora-, esperando el comienzo de una reunión en la que se
hablará acerca de Frontec, una división nueva dentro de Los Grobo donde se desarrolla
una plataforma que permite aplicar un paquete tecnológico a los suelos con exactitud
quirúrgica y decir “esta hectárea necesita este fertilizante; en esta otra vamos a sembrar
tal cosa”.
-Gustavo es muy ansioso y esa ansiedad a veces puede transformarte en un martirizador
de tus colaboradores.
-¿Y eso sucede?
- Si. Y a veces estalla. Pero así como lo he visto perder la paciencia en una reunión, lo
he visto retomar el control. Y lo bueno es que si vos pensás que está diciendo una
boludez se lo podés decir. Es muy fácil laburar con él. Porque es íntegro. Piensa y hace
en la misma dirección. Y además tiene una dualidad fantástica: no le gusta el conflicto,
pero ama el debate. Entonces se puede discutir.

***

Carlos Reboratti, licenciado en geografía e investigador del CONICET, dice, en un bar:


-La soja genera militancia, a favor y en contra. Pero no podés decir “Soja no” porque no
es realista. El asunto es que en este momento al estado le interesa que la soja se haga en
grandes cantidades, porque eso significa un gran ingreso. El estado podría promover la
rotación de cultivos. Por ejemplo, en vez de hacerle 35 por ciento de retenciones
impositivas al maíz, hacerle el 20. Pero no lo hace. Ahora la OMS dijo que es probable
que el glifosato sea cancerígeno. Entonces los anti soja dicen “¿Vieron? Es
cancerígeno”. Los pro soja dicen “No, la OMS dijo que es probable”. Si el estado
regulara la fumigación, no debería haber problemas. Y con lo transgénico, los
ambientalistas exigen que se aplique el principio precautorio, que impide que una
innovación científica se aplique antes de que pase determinado tiempo de prueba.
Ahora, ¿cuánto hay que esperar para probar el efecto de la transgenia en el organismo
humano? ¿Cincuenta años? Lamentablemente, el capitalismo no espera cincuenta años.

***

Son las tres de la tarde y en las oficinas de Los Grobo comienza una reunión en la que
se discute cómo se presentará en público la empresa Frontec. Varias personas estudian la
aplicación, la evalúan. Gustavo Grobocopatel escucha mientras come una ensalada.
Después de un rato entra la recepcionista, le dice algo. El sale, vuelve a entrar, se
agacha y susurra:
-Vení, acompañame.
Sale de la sala de reuniones y entra en su oficina, donde lo esperan dos hombres jóvenes
que parecen entusiasmados y nerviosos.
-Mirá, ellos vienen del club Papa Francisco, de Francisco Solano.
Los hombres explican que el club trabaja con gente del barrio con problemas de
adicción, que Grobocopatel les donó dinero y que, en agradecimiento, han venido a
regalarle una camiseta del equipo, en marcada
-Todo fue por Gustavo Vera –dice Grobocopatel-. Ni siquiera sé a quién le mandé guita,
pero Gustavo me dijo que ellos la necesitaban, y yo hago todo lo que me dice Gustavo
Vera.
Le piden tomarse una foto y él los abraza, campechano y sonriente. Minutos después, en
la reunión, resolverá en pocas palabras un asunto –un asunto que implica mucho dinero,
mucho trabajo invertido, mucho riesgo- entre dos personas que no logran ponerse de
acuerdo.

***

Norma Giarracca y Miguel Teubal estaban, en marzo de 2015, en la casa que


compartían desde hacía décadas, centenaria y fabulosamente bien conservada. Teubal es
economista, experto en sistemas agroalimentarios e investigador del CONICET.
Giarracca era socióloga, profesora del Instituto de investigaciones Gino Germani, de la
UBA y, falleció en junio pasado. Ese día Miguel Teubal había regresado, como todos los
sábados, de hacer las compras en un mercado orgánico.
-Lo que pasa –decía Norma Giarraca- es que el discurso de Grobocopatel es muy
seductor, pero sus supuestos son falsos. El dice que se necesita aumentar la producción
de alimentos en el mundo. Falso. La producción basta para alimentar a la humanidad
entera; el problema es la distribución. Dice que la ciencia lo controla todo. Falso. La
ciencia tiene, para controlarse, el principio precautorio. Cree que todo lo moderno es
mejor. Falso. Entre el descubrimiento científico y la aplicación hay una serie de
mediaciones que el no toma en cuenta.
-¿Vos creés que, en el caso de que esos supuestos sean falsos, él lo sabe y los sostiene a
pesar de saberlo?
-No. Yo creo que es un problema ideológico. Que está convencido. Porque si no qué es,
¿un hombre muy malo que quiere que los chicos se enfermen? No creo. Yo creo que hay
una ideología. Por eso no me siento a debatir con él ni le respondo en twitter.
-¿Por qué?
-Porque mi convicción no es de la misma naturaleza de la de él. Mi convicción está
basada en una investigación autónoma e independiente. La de él tiene un interés.
-¿Cuál es la alternativa para contraponer a su modelo?
-Volver al modelo chacarero, el modelo de antes –decía Teubal.
-¿Y se puede volver a eso?
-Todavía sí –decía Giarraca.

***

-¿Hay alguna virtud que te parezca sobrevalorada?


-La honestidad. Es tan obvio que hay que ser honesto que rescatarla como una virtud me
parece absurdo. Y te diría que la lealtad, pero es que no me parece que la lealtad sea una
virtud. Yo prefiero la inteligencia y la libertad. Ser leal es algo que uno hace en relación
al otro. A mí me gusta la palabra “integridad”. Me produce mucho desprecio la gente
que no es íntegra.
-¿Y qué es alguien que no es íntegro?
-Alguien que dice una cosa y hace otra.
Las frases, las ideas, las palabras replicadas por Fabio Quetglas, Gabriel Bissio, Olivia:
“no se trata de tener razón sino de entender”, “hay que ser íntegro”, “el que no cuida lo
poco no cuida lo mucho”. Quién fue el primero en pensarlas, en decirlas, en disponerlas
hasta conformar ese ecosistema de creencias laicas.
-En Los Grobo se habla de sustentabilidad. Sin embargo, las semillas transgénicas que
usan están cuestionadas por grupos conservacionistas.
-Yo creo que habría que poner el foco en los mecanismos de control, no en oponerse a la
tecnología.
-Si dentro de veinte años te dijeran “La soja que usted produjo dio como resultado niños
con dos cabezas...”
-Si no hubiésemos hecho desarrollos tecnológicos el riesgo de contaminación hubiese
sido menor, pero más gente se hubiese muerto de hambre. También dicen que el celular
produce cáncer. Entonces no usemos celulares.
-¿Te molesta el cuestionamiento?
-No, no. Porque pienso que uno puede estar equivocado. Y creo que la sociedad tiene
derecho a tener temor por situaciones que desconoce. Pero me parece que la
irracionalidad del debate produce conflictos inútiles. El tema del glifosato, por ejemplo,
lo tiene que dirimir el Ministerio de Salud y los ciudadanos tenemos que aceptar lo que
diga. Cuando el estado falta y pone a la gente una contra la otra, eso sí me molesta.
Porque viene alguien con una foto de un chico deforme y la verdad es que te sentís muy
mal de que te acusen de haber generado eso.
-Llevás mucho tiempo instalado en una situación de privilegio...
-Sí.
-...y estás muy cerca de gente que puede ejercer el poder...
-Sí.
-Si tenés un problema en la empresa vinculado con el ministerio de trabajo, hablás
directamente con el Ministro de Trabajo...
-Sí.
-¿Si perdieras ese acceso no te quedarías a la intemperie?
-No. Haría otra cosa. Soy una persona libre. Desde el punto de vista ideológico creo que
la libertad es el bien mayor. Yo soy anarquista. Ideológicamente anarquista.
-Un mundo anárquico es una desgracia para los débiles.
-Yo creo que el gran desafío es hacer fuertes a los débiles.
Es una noche templada, casi primaveral, y Gustavo Grobocopatel está sentado en su
sillón, los pies descalzos, las piernas estiradas. Acaba de llegar de Dubai y esta a punto
de partir a Abra pampa, en el norte argentino, con sus amigos del trío Cruz del sur que
vienen a cenar esta noche y se quedarán a dormir.
-Dubai es interesante. Una especie de centro de servicios, de logística y financiero, que
conecta oriente y occidente, muy ingenioso. Pero no es un lugar que te emocione.
La mesa está dispuesta y hay olor a comida recién hecha. Su móvil permanece
encendido pero jamás suena. Detesta hablar por teléfono y la gente lo sabe (y también
saben que él jamás dejaría de atender una llamada). Ahora entra un mensaje, mira la
pantalla, sonríe y dice:
-Mi ex mujer.
Es Paula Marra, desde Boston.
-Mi mujer, que me quiere comprar zapatillas.

***
Omar Príncipe, presidente de la Federación Agraria Argentina, que nuclea a pequeños y
medianos productores, dice por teléfono:
-En mi pueblo, que tiene 3500 habitantes, somos 350 productores en 36 mil hectáreas.
Vamos a comprar el pan al pueblo, cuando se rompe una máquina la llevamos al taller
del pueblo, compramos gasoil y fertilizantes en el pueblo. Hace poco leía que un pool
de siembra que sembraba 35 mil hectáreas se quejaba de la baja rentabilidad. Un solo
pool siembra todas las hectáreas que sembramos 350 productores que generamos trabajo
y sostenemos el arraigo de un pueblo de 2500 personas. Esa es la diferencia entre un
modelo agropecuario y otro. El suelo no es una plataforma de extracción de nutrientes.
Pero muchos ven a la soja como alternativa rentable. Cuanto más llevemos a un
monocultivo a nuestro país, mayor riesgo corremos de producir desarraigo en el interior.
Si tenemos un país donde cada vez haya más agricultores, podemos sostener la
soberanía alimentaria. Y eso lo podemos garantizar los agricultores. No lo garantiza el
agronegocio.

***

Le gustan los ensayos de Octavio Paz, más que su poesía, y nunca se cansa de ver la
película ¡Que viva México!, de Einsenstein. Recuerda con la misma emoción las
cosechas de trigo de su infancia (aquel rubio esplendor) y el momento en que, en la
facultad, entendió de manera cabal, científica, cómo funcionaba la fotosíntesis. Admira
a Martha Argerich –“toca con una especie de furia”- pero sólo pudo verla una vez en el
Teatro Colón porque, reconoce, no pertenece al mundo de la música clásica, no sabe
cómo se consiguen entradas para esos eventos únicos. No es poco usual que, a quienes
lo critican, los invite a discutir su modelo en las instalaciones que la empresa tiene en
Carlos Casares, 1600 metros cuadrados de construcción hípermoderna en medio del
campo. En diversas ciudades argentinas se vio obligado a abandonar encuentros
empresariales por una salida discreta porque, en la calle, grupos de ecologistas aullaban
en su contra y los organizadores temían por su seguridad (aunque, dice, no le hubiera
importado salir por la entrada principal). Mantuvo, a través de cartas abiertas, largas
polémicas públicas con escritores y economistas que están en las antípodas de su
postura, y todas empezaban con frases como “Qué alegría poder intercambiar ideas, con
respeto, entre personas comprometidas con el interior del país”.

***

Son las nueve y media de la mañana y Gustavo Grobocopatel conversa con tres hombres
de traje y dos mujeres que exudan eficacia empresarial. El, con una camisa y un abrigo
de lana liviano, parece alguien que pasaba por ahí y decidió quedarse. Junto a los CEOS
de otras compañías participará en una conferencia organizada por una universidad
pública, la universidad de San Martín, sobre sustentabilidad y responsabilidad
empresaria. Con un vaso de café en la mano muestra algunas fotos de su viaje por el
norte, que ya subió a Facebook.
-Yo soy mas de twitter. Pero ahí tenés que estar muy seguro, porque te putean de lo
lindo. Con lo del glifosato te dicen “¡Asesino, vos sabías, mataste a toda esa gente!”.
-¿Y?
-Y, lo de siempre. El estado es el que tiene que regular, y el estado se corre.
Durante la charla, las respuestas de los expositores son extensas, abundan en frases
como “alianzas transversales”, “planteo de objetivos”, y él escucha con las manos
cruzadas debajo de la nariz o mesándose la barba. Interviene tres veces, nunca más de
cuatro minutos, hablando en voz muy baja ante un micrófono que casi no lo capta. Dice:
-En poco tiempo vamos a poder diseñar plantas que van a ser fábricas. A esta altura,
estar hablando de transgénicos es antiguo, casi medieval. Entonces tenemos que
organizarnos como sociedad, porque si no va a pasar lo que paso con la revolución
industrial: dolor, guerras, revoluciones. Y estamos viendo los primeros síntomas del
dolor que tienen que ver con la brecha creciente entre ricos y pobres. La desigualdad es
la consecuencia del desequilibrio de acceso al conocimiento.
Cuando la charla termina, un directivo de la universidad dice que quiere proponerles un
desafío ”provocador”.
-Que fundemos un espacio de reflexión en la universidad. Y que ustedes sean los
primeros en incorporarse.
Dos de los conferencistas aceptan, halagüeños. Grobocopatel, dice:
-Nosotros estamos involucrados en una empresa del Gran Chaco que se llama
Matriarca. Consiste en comercializar productos de dos mil emprendedoras sociales de la
comunidad q’om. Un espacio de reflexión es importante. Pero los invito a que hagan un
espacio de reflexión en el Chaco. En Abra pampa. En Formosa. Acá ya hay suficientes
espacios de reflexión.
Después del saludo final se acerca, guiña un ojo, dice:
-¿Viste? A veces pierdo la paciencia.

***

La mañana es gris, apelmazada. Grobocopatel usa bermudas, una camiseta amplia, y


camina con paso ágil hacia un café que queda a una cuadra de su casa y donde va a
encontrarse con el periodista de un diario económico. Aunque faltan diez minutos para
el encuentro, quizás conociendo la puntualidad prusiana de su entrevistado, el periodista
ya está en la puerta. Grobocopatel se presenta con tono amigable:
-¿Me esperás dos minutos? Termino de hablar con ella y empezamos.
Entra al bar, saluda, se sienta. Apoya la notebook –el único objeto que carga, además de
las llaves y algo de dinero- sobre la mesa.
-Me quedé pensando en una pregunta que me hiciste en mi casa. Si le tenía miedo a
algo. Un miedo muy común es el miedo a la muerte, ¿no?
Afuera, Puerto Madero parece una zona cubierta por capas de silencio y de inmovilidad,
un territorio arrasado por un bombardeo o una nevada invisible.
-Pensé que, si ahora me llevara por delante un auto y quedara tirado en el piso y tuviera
un segundo para pensar algo, creo que pensaría “Qué suerte todo lo que hice”. No le
tengo miedo a la muerte.
Hace una pausa, se reclina en la silla, se cruza de brazos.
-¿Y a qué otra cosa podría tenerle miedo? No se me ocurre a qué.