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LAS LETRAS QUE

NOS NOMBRAN
Revisión de la literatura del Viejo Caldas
1834-1966

Juan Carlos Acevedo Ramos


JUAN CARLOS ACEVEDO RAMOS

Manizales, Colombia. Poeta, ensayista, cronista y perio-


dista cultural. Colaborador de varios periódicos y revistas
de Colombia. Miembro de la Academia Caldense de
Historia. Sus poemas hacen parte de antologías publi-
cadas en Rumania, España, México, Perú, Uruguay y
Colombia. Ha publicado los libros de poesía Palabras en
el purgatorio (1999), Palabras de la tribu (2001), Los ami-
gos arden en las manos (2010), Noticias del Tercer Mundo
(2010), Todos sabemos que el poeta es un fantasma
(2012) y Los huéspedes secretos (2014); el libro de cróni-
cas Bitácora de ciudad (2014) y el capítulo Literatura en
Manizales: de las burlas de café a los premios literarios,
para Cátedra de Historia de Manizales ‘Bernardo Arias
Trujillo’, Territorio y Cultura. (2015).

Ha obtenido el Premio ‘Descanse en Paz la Guerra’, de


la Casa de Poesía Silva, y el VI Premio de Poesía ‘Carlos
Héctor Trejos’. En 2015 fue finalista el Premio Nacional
de Poesía del Ministerio de Cultura de Colombia.
LAS LETRAS QUE
NOS NOMBRAN
Revisión de la literatura del Viejo Caldas
1834-1966

Juan Carlos Acevedo Ramos


LAS LETRAS QUE
NOS NOMBRAN
Revisión de la literatura del Viejo Caldas
1834-1966

Juan Carlos Acevedo Ramos


Las letras que nos nombran.
Acevedo Ramos, Juan Carlos, 1973-
Revisión de la literatura del Viejo
Las letras que nos nombran :
Caldas 1834-1966
revisión de la literatura del Viejo
© de la edición Caldas 1834-1966 / Juan Carlos
Banco de la República Acevedo Ramos. -- Bogotá : Banco de la
Subgerencia Cultural República. Subgerencia cultural, 2016.
Calle 11 n.° 4-14 96 páginas : grabados ; 19 cm.
Teléfono: 3431111, ext. 2936 Incluye bibliografía.
www.banrepcultural.org 1. Literatura colombiana - Historia
Bogotá D.C. y crítica - Siglo XIX
2. Colonización - Zona Cafetera
Investigación y textos (Colombia) 3. Creación literaria
Juan Carlos Acevedo Ramos - Caldas (Colombia) 4. Café en la
literatura I. Tít.
Coordinación editorial Co860.4 cd 21 ed. A1556390
Claudia Cristancho Camacho
CEP-Banco de la República-
Corrección de textos Biblioteca Luis Ángel Arango
Gustavo Patiño Díaz

Diseño
Tangrama

Impresión
Contacto Gráfico Ltda.

ISBN: 978-958-664-343-6
Bogotá, Colombia
2016

La publicación de este libro se realiza


con motivo de la apertura del nuevo
Centro Cultural del Banco de la
República en Manizales.

Imagen de carátula
‘Paso del Quindío en los Andes’.
Alexander Von Humboldt. Grabado de
George Cooke, 1812. Colección de Arte
del Banco de la República
Contenido
Presentación 10
Introducción 16

1 La literatura de la colonización,
entre 1834 y 1849
21

Las voces de los ancestros 22


Una mitología propia 31
La poesía llegó a lomo de buey 34

2 Literatura de folletín,
entre 1850 y 1900
43

Narraciones de la Montaña Blanca. 44


Una narrativa incipiente
La literatura gris. Una apuesta por la difusión 52
de autores y pensamientos
Arrieros fuimos y el canto fue nuestra huella 55

3 Literatura y café, entre


1905 y 1966
67

1905, vuela la “mariposa verde” 69


Periodistas en la aldea 70
La poesía como un ejercicio espiritual 81
para una nueva tierra

Obras citadas 91
Presentación
Carlos Augusto Jaramillo
Gerente Centro Cultural Banco de la República-Manizales
Estas páginas brindan un panorama de la literatura caldense
junto con un necesario recuento histórico, pero, sobre todo, una
mirada global sobre lo que ocurrió en el periodo que abarca la
colonización antioqueña, los años de formación del departamen-
to de Caldas durante la primera mitad del siglo XX y la posterior
etapa de subdivisión en los actuales departamentos de Caldas,
Quindío y Risaralda.
De la literatura de la colonización antioqueña, muy poco
conocida pero rica gracias a la confluencia de una dura realidad
y los mitos que tratan de explicarla, se podrían escribir páginas y
páginas que, además de ilustrar sobre los trasfondos político, so-
cial y religioso de la época, darían, y ojalá así sea, lugar a nuevas
investigaciones.
Uno de los aspectos más interesantes para resaltar tal vez
sea el particular ethos de los primeros hombres que decidieron
enfrentar con un machete y un azadón a una selva que se les
resistía. La literatura de este periodo entendió como pilares de su
particular moral algunas contradicciones que definieron esa épo-
ca. Así, al mismo tiempo que se valoraba al hombre más trabaja-
dor (como en Un héroe de la dura cerviz, de Efe Gómez), también
había un culto al “avispado” que lograba salir adelante a veces a
punta de engaños (¡Que pase el aserrador!, de Jesús del Corral).
Lo mismo pasaba con la religión y la fe que estaban afianzadas en
los corazones de los colonos (Cómo narraba la historia sagrada el
maestro don Feliciano Ríos, de Rafael Arango Villegas), pero que
se mezclaba profundamente con la creencia en las brujas y con
miles de agüeros que prosperaban en la época.
El fruto de la coexistencia de estas contradicciones es el
humor, que permea las historias y las hace populares durante su

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paso de boca en boca y hasta su llegada final a la tinta gracias
a las obras de escritores que recogieron aquellas memorias que
sobrevivieron a los viajes a través de caminos enfangados
y naturaleza hostil.
Un capítulo especial merecen las publicaciones que apa-
recieron con la llegada a la región de la primera imprenta (circa
1850), hecho que contribuyó a que existieran 28 periódicos en
circulación a inicios del siglo XX. Estos constituyeron no solo
un espacio informativo, sino también la vitrina de la construc-
ción literaria de un pueblo que empezaba a convertirse en punto
de referencia para el país y donde la imagen del arriero se iba
transformando en la del comerciante y la del culebrero en la del
escritor intelectual. Así, las retahílas y trovas terminaron por
pasar al papel como costumbrismo y pronto se fueron trastocan-
do las maneras tradicionales por los modelos europeos. Con los
periódicos llegaron las revistas y con ellas el auge de la poesía
que fue, durante varios lustros, el sello literario del naciente de-
partamento de Caldas, creado en 1905, que comprendía también
los actuales departamentos de Risaralda y Quindío.
Con la prosperidad aportada por el café y el caucho se
inició una fase rica no solo para la economía del país, sino también
para sus letras. Además de los versos, la oratoria, el cuento y hasta
la novela empezaron a alumbrar un panorama en el que las revis-
tas y las publicaciones, que se producían en la “Mariposa verde”1,
fueron reconocidas incluso en el ámbito internacional. Este fue el

1 Caldas fue la “Mariposa Verde” a la que se refirió poéticamente el


versificador pereirano Luis Carlos González en su bambuco Por los caminos
caldenses.

12 | Presentación
momento en el que los escritores de la región imprimieron su sello
indeleble en las letras caldenses, desde los más conservadores,
como Silvio Villegas, hasta los de izquierda, como Luis Vidales.
En esta publicación, el trabajo de Juan Carlos Acevedo
Ramos —poeta e historiador de la literatura de la región— ha
consistido en desentrañar las formas que consolidaron lo que
sería después la literatura caldense, la cual pasó por varias
etapas que incluyeron desde las representaciones grecolatinas
más conservadoras hasta liberalísimas expresiones, como las del
poeta Luis Vidales en su poemario Suenan timbres, obra que, sin
duda, transformó la literatura de Colombia.
La publicación de este libro coincide con la apertura del
nuevo Centro Cultural del Banco de la República en Manizales,
que estará enfocado en el paisaje cultural cafetero y ligado al
mismo a través de sus colecciones y diversas publicaciones.
El presente texto es el primero de varios proyectos editoriales
que ayudarán a comprender mejor algunos conceptos sobre el
paisaje cultural regional y que, se espera, contribuyan a la inves-
tigación que se fomenta desde la Subgerencia Cultural del Banco
de la República.

13
Introducción
Tres momentos icónicos se han vivido en la literatura de Caldas:
el primero es la denominada colonización antioqueña en el lejano
siglo XIX (1834), el segundo es la creación del departamento de
Caldas a inicios del siglo XX (1905) y el tercero es su posterior
división (1966), para crear tres departamentos: Caldas, Quindío
y Risaralda. Podríamos hablar, si se quiere, de una literatura fun-
dacional, una literatura de búsqueda y una más de consolidación
durante estos tres períodos.
Hablamos de una literatura fundacional porque a la par
que arrieros y colonos fundaban villorrios y caseríos, la tradi-
ción oral fundaba mitos y leyendas, cantaban coplas y poemas,
escribían bambucos y pasillos y contaban los primeros cuentos de
arriería o se dejaban embelesar por las leyendas indígenas de te-
soros escondidos, mientras dramatizaban las primeras puestas en
escena del teatro de provincia, a través del sainete, por ejemplo.
Luego vino ese período posterior a la formalización de la
vida administrativa como nuevo departamento con capital propia,
donde autores y obras pudieron conocer el mundo y sus cambios,
es decir, explorar el nuevo siglo XX, lo cual les permitió iniciar
una literatura de búsqueda, el hallazgo de estéticas propias, hecho
que arrojaría momentos ya imborrables en la historiografía litera-
ria de la región, como la aparición del mal llamado grecoquimba-
yismo o grecolatinismo en las primeras décadas del siglo XX.
Y después de la fragmentación de Caldas como departa-
mento, en la segunda década del siglo pasado, lo cual, como ya se
sabe, arrojó dos nuevos territorios administrativos: Risaralda y
Quindío, se inició lo que podríamos llamar literatura de la conso-
lidación, en pro de una literatura propia, una que apenas se está
empezando a cristalizar en obras y nombres de escritores a nivel

17
nacional y fuera del país, si se quiere. Este trabajo traza un mapa
de ruta para conocer lo más representativo de los dos primeros
momentos (literatura fundacional y la literatura de búsqueda),
como inicio de la identidad cultural y literaria que hoy nos iden-
tifica en la Colombia que tenemos en el siglo XXI.

18 | Introducción
La literatura de
la colonización,
entre 1834 y 1849
En 1834, las tierras de lo que luego se conoció como Viejo Caldas
estaban habitadas por indígenas de varias etnias (pozos, paucuras,
picaras y carrapas en el norte, cartamas y ansermas en el occiden-
te, pantágoras, palenques y marquetones en el oriente y quim-
bayas en el sur), que enfrentaron a campesinos y comerciantes
llegados del oriente antioqueño atraídos por la riqueza natural de
la región y las oportunidades de comercio que ofrecía. Los colonos
conquistaron estos fértiles territorios y como arrieros se adentra-
ron en ellos con sus familias mientras la Iglesia católica, interesa-
da en la evangelización, les titulaba las tierras. Con los arrieros y
colonos llegó también a la región una cultura que, al mezclarse de
maneras aún no claras con la ya existente en el territorio, generó
el arte y las letras que hoy nos nombran.

LAS VOCES DE LOS ANCESTROS


Al calor de un fogón, de una molienda, de unas veladoras, cubier-
tos por la noche fría y las ruanas, protegidos por machetes y som-
breros, oraciones y fe, los hombres que llegaban de Antioquia
con la arriería, y dormían en descampados, bosques y fondas,
traían consigo no solo el cansancio de la titánica jornada o la es-
peranza de nuevas tierras y riquezas, sino también sus historias
y aventuras, las cuales se fueron convirtiendo en los primeros
brotes de una literatura primigenia y silvestre que transmitieron
de generación en generación al ser contadas una y otra vez en
caminos y lugares de estancia.
Estos anónimos hombres extendieron un mapa de mitos,
espantos y leyendas por todo el Viejo Caldas. De sus aventuras
como exploradores y colonos en las difíciles tierras del sur de
Antioquia recogieron temas sobre fantasmas y brujas, guacas

22 | La literatura de la colonización, entre 1834 y 1849


y entierros, que noche tras noche, semana tras semana, mes tras
mes y año tras año terminaron constituyendo la tradición oral
de la región.
Gran parte de ella se construyó al recoger las voces de
conquistadores españoles que pasaron por tierras del sur de
Antioquia antes que los nuevos colonos y se mezclaron con las
historias de la Antioquia grande y las de las tribus que habitaban
estas tierras.
El escritor e historiador Adalberto Agudelo Duque
(“Primeros escritores”) se refiere a este tema desde los ances-
tros españoles: “[…] los españoles también dejaron huella, […]. Es
necesario anotar que las historietas del tesoro de María Pardo y
las apariciones de Bermúdez evidencian el muy probable esta-
blecimiento de algunos ibéricos en las faldas de los páramos” (3),
y estas palabras hablan, por supuesto, de la manera como toda
la tradición oral de los tres tipos de pobladores de las nuevas
tierras (conquistadores españoles, campesinos antioqueños e
indígenas) se fue mezclando para crear esa literatura fundacio-
nal que evolucionó del mito a la narrativa y la poética con que
contamos hoy.
María La Parda, nos dice el historiador Octavio Hernández
Jiménez, es

[…] una leyenda que se cuenta en la geografía de la cor-


dillera central, a lado y lado, como Marulanda, San Félix,
Salamina, Aranzazu, Neira, Manzanares y Marquetalia.
María La Parda era una mujer ambiciosa que robó el
dinero a la propia madre y lo escondió en una gruta que
queda ubicada entre Marulanda y San Félix. Allí está

23
resguardado entre unas peñas blancas rodeadas de male-
za, El tesoro de María La Parda lo cuida el mismo Diablo,
pues ella hizo un pacto con él. (6)

Sobre Bermúdez, la otra leyenda resaltada por el escritor


Agudelo Duque, el mismo Hernández Jiménez nos dice:

[…] la geografía de esta extraña leyenda (o mito menor)


abarca con sus necesarias variables, todo el departamento
de Caldas. Para unos tiene apariencia humana pero para
otros se trata de la mítica explicación a un fenómeno físico.
En el Oriente de Caldas lo escuchan silbar en las
noches de los Jueves Santos, arriba en un alto.
En el centro del departamento, más trágicos que en
otras regiones, dicen que Bermúdez fue castigado —por
su avaricia— a recorrer de noche el camino Popayán-
Medellín en una hora, cuando los arrieros, con las mulas,
se demoraban en viaje redondo Medellín-Popayán-
Medellín, la módica suma de 50 días. […].
Pero, tal vez, los detalles más espeluznantes sobre
Bermúdez se cuentan en Chinchiná. A base de robos,
atracos y otras maldades, Bermúdez se volvió muy rico y
gustaba darles a sus hijas todo el gusto que quisieran. […]
como castigo le toca errar por el mundo entero cargando
en el hombro a una de sus hijas y arrastrando cadenas. (6)

Cuatro nombres de historiadores contemporáneos des-


tacan en la búsqueda de este tipo de literatura, transmitida de
un caserío al otro y de un habitante al otro por medio de la voz.

24 | La literatura de la colonización, entre 1834 y 1849


Son ellos Javier Ocampo López, Fabio Vélez Correa, Octavio
Hernández Jiménez y Jorge Emilio Sierra Montoya.
Ellos, desde sus trabajos escritos, nos recuerdan que en
esos años aciagos de difícil acceso a las tierras indomables del
Viejo Caldas, los mitos indígenas, las leyendas criollas y la poesía
hecha música a través de la popular trova, alimentaron las noches
inclementes de los años de la colonización.
La manera en que tomaron fuerza las historias narradas a
viva voz tenía que ver mucho con los cuenteros, hombres capaces
de enriquecer las historias con los ajustes que hacían según la
necesidad aplicada a una trama preestablecida, o al valor casi
de héroe, siempre en ascenso del protagonista; en ambos casos
para mantener la tensión de la historia narrada y, por supuesto,
el tipo de final que manejaban, desde lo sorpresivo hasta lo
predeterminado.
Aquí los valores antropológicos y folclóricos de cada relato y
el factor moral que los caracterizaba muestran una tradición arrai-
gada y entronizada entre los primeros pobladores del Viejo Caldas.
El historiador Darío Usma Porras nos recuerda que no solo
de historias y hazañas fantásticas se habla en las pequeñas al-
deas, caseríos y villorrios, también había tiempo para el humor y
las anécdotas: “Los reiterados cuentos de las divertidas hazañas,
irreverencias y metidas de pata de Cosiaca, Marañas, Calzones y
Pedro Rimales, cuyos relatos hacían sonrojar a las mujeres de la
casa, echarse bendiciones a la abuelita y propiciaban la risa de
los maliciosos muchachos y serios señores” (41) hacían que
la jornada larga y extenuante fuera más ligera.
Es la cercanía con el lenguaje coloquial lo que permite
que en esos años de exploración y dominio de una tierra agreste,

25
la literatura oral permee todas las capas sociales, si existían en
la época, de manera igualitaria; tanto dueños de tierras como
colonos, arrieros y trabajadores escuchaban las historias una y
otra vez hasta hacerlas propias y llevarlas a nuevos territorios
para tener una jornada más y para que una noche más fueran el
tema que no les permitiría perder su capacidad de imaginar, de
soñar y de temer.
Y ¿por qué se logró esto?, ¿por qué los contadores de
historias en el Viejo Caldas sobresalieron? La respuesta está en
la manera como narraban las anécdotas, las aventuras, los hallaz-
gos en medio de las montañas duras y los valles selváticos, y es
que es bien sabido que, más que contar o referir un hecho, los
caldenses actuaban sus relatos.
En esta época primitiva de la tradición oral entre arrieros
y colonos cabe destacar que las supersticiones y los agüeros eran
pan de cada día. De ello nos habla con propiedad el investigador
Javier Ocampo López en su libro Supersticiones y agüeros colom-
bianos. Se sabe que campesinos y patronos que viajaron hacia el
sur desde Antioquia y al occidente desde el Cauca llegaron con
miles y miles de creencias populares que se extendieron por todo
el Viejo Caldas. El método científico y el pensamiento académi-
co no habían llegado a estos hombres que batallaban contra la
adversidad de climas y montañas; lejos está todavía la llegada
de la ciudad letrada. Recordemos algunas supersticiones:
Empecemos por las que tienen su origen en la religión y
que, sin mediar la Iglesia, el pueblo adoptó y adaptó a sus creen-
cias. La primera puede ser una entronizada en todos los hogares
del Viejo Caldas: los mil jesuses. Esta se hacía repitiendo mil
veces el nombre de Jesús frente a un improvisado altar casero;

26 | La literatura de la colonización, entre 1834 y 1849


casi siempre el pequeño altar se hacía con ramitas de plantas
aromáticas que cortaban de los solares y los patios interiores,
y a su alrededor se ponían, simbólicamente, las peticiones que,
según las necesidades, se debían cubrir; estas iban desde un
mercado hasta una casita. La segunda, según rezan estas supers-
ticiones, dice que en las noches de los Jueves Santos, los tesoros
escondidos y el dinero enterrado de los avaros resplandecen; de
aquí probablemente nacen muchas historias de guaqueros en la
época de la colonización, y se hacen visibles esa noche porque
quieren recordar las antiguas monedas de plata por las que Judas
traicionó al Maestro.
Y si recordamos las que tienen un origen en los quehace-
res de los colonos y los arrieros, ¿qué tal hablar de la mala suerte
por pasar debajo de una escalera? Estaba prohibido pasar por
ese espacio, y si se cruzaba por allí, el transeúnte debía pedir un
deseo. Su origen —dicen los estudiosos— se debe al triángulo
como figura sagrada de los dioses. Si uno atravesaba el que se
forma entre la escalera y la pared, estaba retando a los dioses.
Y ¿si hablamos de la sal como mala suerte? En casa de los colo-
nos y en los ranchos de los arrieros era de mala suerte derramar
la sal2. Así que en época de mulas y bueyes en tierras del sur de
Antioquia se heredó y se ajustó esta superstición. Para salvar el
hogar de la mala suerte cuando se regaba la sal, se debía reco-
gerla con un trapito húmedo y diluirla en bastante agua.

2 La sal era un bien muy preciado porque ayudaba a conservar los alimen-
tos perecederos, tanto así que en la Antigüedad egipcios y romanos pagaban
con sal a soldados y esclavos por sus trabajos; ni una sola pizca se debía
perder.

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Y las supersticiones trajeron los agüeros que nos alcanzan
hasta los días de este siglo XXI. Entre los más comunes tenemos:
tener una matica (planta) de millonaria atrae el dinero; las muje-
res solteras deben cargar entre la cartera una cabeza de ajo ma-
cho para atraer a los hombres; las que se van a casar deben llevar
tres prendas el día del matrimonio: una prestada, una robada y
una usada; para las embarazadas, si el estómago está en punta,
será un niño, y si es redondo, una niña. De la vida pasamos a la
muerte, y recordemos que tras el fallecimiento de un ser querido
se deben cambiar de lugar todos sus bártulos, porque si no, su
alma no descansará en paz y vendrá a jalarnos de los pies.
Para finalizar este aparte sobre las voces de los ancestros,
leamos un poético ejemplo, en el que se citará un mito indígena
muy importante para la región del Viejo Caldas y que ha hecho
carrera por más de cien años entre las gentes propias y visi-
tantes de la región. Es aquel que cuenta la historia del cacique
Cumanday y su relación con el nevado del Ruiz, referido así por
Fabio Vélez Correa:

EL CACIQUE CUMANDAY
[…] Cuando en la diafanidad de una tarde manizalita el ne-
vado del Ruiz, níveo y esplendoroso, nos imagina un titán
americano cuidando celoso un patrimonio de sus antepa-
sados, recordamos una leyenda.
Ingente masa montañosa, el nevado desafía incó-
lume y perenne el tiempo y el espacio; con su arrogancia
mayestática refulge bajo un sol punzante y un cielo azul
o siniestro se arropa con un manto de neblina tenebrosa

28 | La literatura de la colonización, entre 1834 y 1849


y tétrica. Pero es que hay un personaje íntimamente
ligado al nevado del Ruiz.
Un personaje legendario, envuelto en el hálito
del misterio. Sus huellas un día desfloraron la nieve y su
calor fundió algunos copos llovidos de la frente del Atlas.
Humano, muy humano, unió por siempre su vida a la del
inerte coloso.
¡Cumanday, Cacique del albo reino! Este es nuestro
personaje.
Todos los indicios nos llevan a pensar que
Cumanday fue un Paece; por lo tanto, bizarro en su obrar;
que defendió el terruño con ferocidad ante el invasor
foráneo y que corajudo, supo engrandecerse como la
cordillera andina.
Cumanday, Cacique del albo reino; Paeces, tribu
acostumbrada sólo a la turbulencia de sus riscos tormen-
tosos por sobre los cuales tendía sus ingeniosos puentes
para que la Gaitana posase sus pies tiernos y de color
mortecino.
Sometidos a una aculturación descompuesta, los
Paeces han perdido su imperio terrenal, su organización
social, sus costumbres, sus mitos, la hermosura de su
existencia, para quedar reducidos a una ostensible deca-
dencia. Pero su berriondera de indios americanos quedó
por siempre impresa en ese amo del frío y las nubes, y en
aquel cacique del albo reino.
Cumanday: nombre que debe pronunciarse con un
dejo de romanticismo y melancolía.

29
Cumanday: apelativo que simboliza las más claras
virtudes americanistas, las que deben reinar siempre en
nosotros, americanos.
Enamoróse Cumanday perdidamente de una hermo-
sa india, hija de un cacique de tribu lejana. Floreció aquel
amor en medio de las soledades cordilleranas, los abismos
despoblados de vegetación y las lagunas heladas.
Por fin, un día, los picachos se vistieron de galas, de
las profundidades emergieron cantos delicados, tristes,
de capadores y tambores y las lagunas guardaron temblo-
rosas en su seno un poco de calor.
Cumanday, el Cacique, se casaba: ¡Uri, yani hiri
hauna!
Pero la desgracia se cernía negra y torturante
sobre aquella unión. Los malos espíritus se ensañaban con
esos dos seres llenos de felicidad.
Al tiempo del nacimiento del primer hijo, la esposa
de Cumanday enfermó gravemente. Otra vez la niebla
reinó, y el silencio eterno imperó en la cordillera.
El brujo, arrugado como las montañas que lo rodea-
ban, solamente dio la salvación a unas yerbas, posibles de
encontrar al otro lado del Ruiz. Partió Cumanday melancó-
lico pero con ahínco: la vida de su esposa y de su hijo por
venir dependían de él. Y partió el Cacique para nunca vol-
ver. Aquella astrosa montaña lo devoró entre sus blandos
pliegues, una traicionera grieta voraz tragó inmisericorde
al esposo amoroso y al padre anhelante. También murie-
ron su esposa y su hijo.

30 | La literatura de la colonización, entre 1834 y 1849


Y cuenta la leyenda, velada y etérea, que el osado ca-
minante que logre llegar a lo más alto del nevado, se encon-
trará con el Cacique Cumanday quien, fantasmal y rodeado
de soledad donde sólo se escucha el silbido del viento, le
rogará lleve a su hogar, en su tribu, el manojo de yerbas que
ofrece suplicante al asombrado visitante de su Alto Reino,
en el Nevado del Ruiz... (Mitos, espantos y leyendas 46)

UNA MITOLOGÍA PROPIA


Cuando se leen informes de antropólogos, etnógrafos, sociólogos
sobre nuestros orígenes indígenas, los que lograron sobrevivir
y los que poco a poco desaparecen, se crea dentro del lector o el
investigador un poco de melancolía y rabia por no haber atinado
a conservar sus tradiciones.
Uno de los documentos más recientes es apenas del 16 de
agosto de 1943, es decir, cuando aún el Viejo Caldas era un solo
departamento, y nos habla de la expedición del arqueólogo, etnó-
grafo e historiador Luis Duque Gómez (Marinilla 1916-Bogotá
2000), quien escribió el informe de la visita antropológica
realizada en 1943 al departamento de Caldas, concentrada en los
indígenas del río La Vieja (Quindío), Riosucio y Supía (Caldas) y
Quinchía (Risaralda), sin dejar de lado a la comunidad negra de
Guamal, en el occidente caldense. Recordemos este aparte:

[…] De Pradera pasó la comisión al río La Vieja, ya en el


departamento de Caldas, con el fin de visitar una tribu
indígena que tiene su asiento en las márgenes de este
río. Efectivamente, se localizó a unas veinte cuadras de

31
la desembocadura del río Espejo, en un punto llamado
“La Arenosa”. Se trata de un grupo perteneciente a la
conocida familia de los Chamí, los cuales conservan su
idioma y casi todo el patrimonio de su cultura primitiva.
Esta tribu se derrama en la actualidad por gran parte del
Occidente de Caldas, especialmente por los municipios
de Supía, San Antonio del Chamí, Mistrató, Riosucio,
Quinchía, Apía, Mocatán, Arauca, Risaralda, hasta llegar al
Valle del Cauca, especialmente al municipio de Obando.
Su lengua se logró identificar como perteneciente al
grupo Chocó, lengua esta que Rivet clasificó últimamen-
te como de origen Karib. Se tomaron algunos datos y
fotografías sobre su vivienda, costumbres y demás. En
la actualidad viven en este sitio unas treinta familias,
venidas del norte del Departamento desde hace unos
cincuenta años.
Parece que los indios que se encuentran organi-
zados en comunidades en los municipios de Riosucio,
Quinchía y Guática son del mismo origen de los de la
familia Chamí; a esta conclusión llegamos después de re-
coger sobre el terreno un buen número de datos y consul-
tar la tradición que se conserva entre estas gentes.
Del Quindío se trasladó la comisión a Riosucio,
uno de los núcleos indígenas más fuertes del depar-
tamento de Caldas. Allí viven más de 15.000 indios,
agrupados en parcialidades y amparados por la Ley
89 de 1890. En esta zona desapareció por completo el
idioma primitivo, lo mismo que en Quinchía y Guática; la
mayoría de las costumbres puede decirse que son las de

32 | La literatura de la colonización, entre 1834 y 1849


los blancos; sólo el tipo se conserva relativamente muy
puro, especialmente en algunas de las parcialidades. No
obstante, existen algunas palabras de origen indígena
en esta región, las cuales han sido incorporadas defini-
tivamente al español y que seguramente son de origen
Chamí. (Duque Gómez 3)

Han pasado solo 73 años y casi nada de lo que el informe


dice se encuentra en esos territorios en la actualidad. Son las
tribus de los quimbayas, ansermas, pijaos, concuyes, pozos, pau-
curas, carrapas, marquetones, palenques o pantágoras, quienes
nos heredaron una rica mitología propia.
Los dioses, mitos y leyendas de estas tribus y otras más
que poblaron el Viejo Caldas antes de la conquista y las que so-
brevivieron hasta después de la colonización, llegaron enredadas
en las bocas de los colonos desde el Estado Soberano del Cauca
y desde Antioquia; su literatura, por demás oral, ha enriquecido
las raíces del territorio que ocupamos. Han logrado llegar hasta
la segunda década del siglo XXI. Algunas de ellas, como “La
Llorona”, propia al parecer de los quimbayas, no es más que la de
una indígena y su enamorado. Ella le pide a él que le regale una
joya que se ve al fondo de la laguna, y esa joya es el reflejo de la
luna en el agua. Este se lanza al agua para traerla y complacerla,
pero en el intento se ahoga; ella, desesperada, se lanza tras de él
y también fallece. Dicen que en los días de luna llena, en las ori-
llas de la laguna o de los ríos se ve a la indígena llorar por el ser
que ha perdido, con aullidos que dan miedo a quien la escucha.
Hay que ahondar en otras leyendas, como la de Simeón
Bangalú, en las tierras de Guamal, en Supía; la del tesoro del

33
Pipintá, en Aguadas; el tesoro de Maravelez; las de Ingrumá,
Takurama y Yerma, en Apia, Calarcá y Batatabatí, en Quindío;
la Xaxaraca, en Anserma, y la desaparición de la tribu de los
palenques.
Muchos autores respetados del país se han encargado de
darles forma a estos relatos mitológicos, como Alexander Castillo
en su libro Mitos y leyendas colombianos, para otorgarle un poco
de continuidad a los orígenes de la mezcla de ciudadanos que so-
mos en los tres departamentos que antes fueron el Viejo Caldas.

LA POESÍA LLEGÓ A LOMO DE BUEY


Esta gesta colonizadora fue cantada por trovadores y poetas.
Ellos llevaban en sus mulas y bueyes, además de sus herramien-
tas de trabajo y su valor, un instrumento: el tiple, y con él le
cantaron a la vida misma, atravesada por los temas centrales de
la poesía de todos los tiempos: la muerte, el amor y la soledad.
Tres subgéneros fueron los predominantes desde la poe-
sía: la copla, la trova y la seguidilla. El primero, con una estructu-
ra de cuatro estrofas que pueden contener versos octosilábicos,
los cuales riman entre el primer y el tercer verso y entre el se-
gundo y el cuarto. En cambio, el segundo subgénero, la trova, es
poesía escrita para ser cantada, no es una canción, sino más bien
una composición poética que permitía ser acompañada del tiple;
fue quizá la más popular y se prestó para contar toda una historia
o para hacer versos divertidos para niños y grandes. El tercero,
la seguidilla, es otra forma de poesía en la cual el segundo y el
cuarto verso riman.
Al ser de fácil ejecución y con el juego nemotécnico
como aliado del creador, estos hombres de montaña, analfabetos

34 | La literatura de la colonización, entre 1834 y 1849


todos, pronto se hicieron populares y permitieron que desdichas,
travesías, amarguras, desencantos, fortuna, romances, pérdidas
y miedos fueran de nuevo un tema de reunión alrededor del
fogón, de la molienda, del río, de la mina o de la fonda donde
se congregaban para el trabajo o después de este para pasar
desde la voz y las cuerdas, es decir, desde la poesía oral (coplas,
seguidillas y trovas) a conjurar sus sentimientos:

Mi mujer y mi mulita
se murieron a un tiempo
¡Qué mujer ni qué carajo
la mulita es lo que siento!

Si Dios hubiera sabido


lo bueno que es besar
no nos hubiera ponido
la nariz pa´estorbar.

Leamos algunos ejemplos citados por el académico Javier


Ocampo López en su libro Folclor, costumbres y tradiciones
colombianas:

Si vusté va a trovar conmigo


tiene que saber trovar
pues´ta la cabeza llena
y un costal por desatar.
***
El que trovare conmigo
tiene que trovar derecho

35
porque yo aprendí a trovar,
comiendo arepa y afrecho.
***
Di’ónde venís gallinazo
con tu ollita de manteca
ni mi’hagás burla señora
qu’es para mojar arepa.
***
El gallinazo es un cura
porque yo lo vide ayer
a l’orilla del camino
confesand’una mujer.
***
Una niña me dijo
en Salamina
cuándo vas por el niño
que ya camina.

Es importante recordar que a mediados del siglo XIX e


inicios de XX los narradores orales o cuenteros de las fondas y
las arrierías eran también, en la mayoría de ocasiones, quienes
hacían las veces de trovadores y poetas. Se hicieron populares
y solicitados en velorios, para los denominados “cantos de los
muertos”, en los bailes y fiestas, en las fondas y hasta en los
casorios, como denominaban al matrimonio.
Esta fuerte tradición oral se extendió hasta la creación de
una rica literatura oral infantil. Hay que repetir que los colonos
llegaron con toda su numerosa familia, y los niños también hi-
cieron parte fundamental de la historia de las nuevas tierras del

36 | La literatura de la colonización, entre 1834 y 1849


sur. Al llegar desde Sonsón, por ejemplo, y arribar a Aguadas, los
poetas y trovadores ya tenían un serie de cancioncillas, trovas y
trabalenguas hechos para los más pequeños. En otra gran muestra
del historiador Ocampo López podemos leer:

Cayó un teja, mat’una vieja,


dijo la vieja: ¡Ay mi molleja!
Cayó un ladrillo, mat’un novillo,
dijo el novillo: ¡Ay mi jundillo!
Cayó un tejón, mat´un ratón,
dijo el ratón: ¡Ay mi zurrón!

Naranja china, limón pintón


subíte al palo, negro jetón.
Naranja china, limón francés
dame un piquito si me querés.

Esta es, en palabras de entendidos investigadores, una


literatura festiva, alegre, llena de humor. Miguel Álvarez de los
Ríos (Gil Montoya 236) recuerda en sus trabajos a Elías Recio,
uno de los hombres más importantes en la fundación y consoli-
dación de la naciente Villa de Pereira, al lado del padre Remigio
Antonio Cañarte, en el año 1819. Las búsquedas dicen que Elías
Recio actuaba como secretario del Comicio, es decir, un empleo
en la estructura administrativa, y también cumplía el rol de nota-
rio público. Álvarez lo recuerda, además, porque:

[...] Recio empieza a rimar recuerdos, sobre la vida de


Pereira en el último tercio del siglo XIX, del que ha sido

37
testigo y con una fina letra de notario, va perpetuando en
versos irregulares, aquel desangelado acaecer: peleas de
vecinos, lances de arrieros, desastres ocasionados por el
desbordamiento del río Otún, […]. En julio de 1865, Tiberio
Morales hiere con arma contundente, en la cabeza,
a Crispiniano Sierra:

“Por una mujer hermosa,


parece que fue la cosa...”
culmina la estrofilla, pareada, de Recio...
(Álvarez de los Ríos, en Arboleda González 157)

Pero más adelante Álvarez de los Ríos apunta sobre este


mismo personaje:

En una estrofa de siete versos dejará nuestro poeta su


registro sobre un caso de hurto de aves de corral:

“No había terminado el año,


cuando Sebastián Montaño
llegó ante el Corregidor,
a quejarse de un señor
llamado Pedro Salinas,
quien le robó seis gallinas
y un gallo reproductor”.
(Álvarez de los Ríos, en Arboleda González 158)

Agudelo Duque (“Primeros escritores”) nos trae


esta muestra al decir que viniendo de Antioquia ya traían

38 | La literatura de la colonización, entre 1834 y 1849


adivinanzas, trabalenguas, rondas y retahílas, todas transmiti-
das desde las reuniones bajo las veladoras y candelabros, en los
patios y solares y en los lomos de los bueyes y las mulas que
los transportaban. Leamos entonces:

PALOMITA BLANCA
Palomita blanca
copetín azul
llévame en tus alas
a ver a Jesús.

Ay mi palomita
a quien yo adoré
viéndose con alas
me besó y se fue.
***
Cinco velitas
en un varillar
ni secas ni verdes
se pueden cortar
***
Una señora
muy aseñorada
con muchos remiendos
sin una puntada.

Finalizando este aparte sobre la poesía primitiva de la


colonización, es clave escribir que no hubo publicaciones en
formato de libro en esta época; es decir, la gesta colonizadora

39
no dejó libros editados por autores canónicos. Total, su historia,
que inmortalizaran poetas, cronistas y cuentistas, se lee desde
nuestra literatura embrionaria porque se valió de la tradición
oral narrativa; también la poesía se valió de la memoria auditiva
y de las voces de peones que posaban de bardos para ser trans-
mitida entre generaciones hasta llegar a un momento especial: la
fundación de Manizales el 12 de octubre de 1849, cuando Jorge
Gutiérrez de Lara, gobernador provincial de Antioquia, firmó la
ordenanza para la creación del Distrito Parroquial de Manizales.
Se entró en auge porque Manizales era un proyecto fun-
damental que debía cristalizarse y con todo el apogeo económico
se vivieron días de esplendor para la cultura. Llegaron entonces
los primeros periódicos y revistas y reuniones literarias y se
empezaron a publicar obras en esas páginas, así se dejó atrás
una literatura fundacional hecha por las voces de los ancestros y
entró una nueva literatura de búsquedas, de estilos y de formas.

40 | La literatura de la colonización, entre 1834 y 1849


Literatura de
folletín, entre
1850 y 1900
Los años de la colonización se van quedando atrás y los pueblos
del norte y el occidente se van convirtiendo en centros de inter-
cambio comercial. Con el comercio llegaron otras posibilidades,
como los viajes, las importaciones y los extranjerismos, cada una
de ellas permitió —a su manera— que la cultura se mezclara, se
enriqueciera, se transformara, y buscara los medios para hacerse
reconocer como propia, como nuestra.
En toda Colombia, y por supuesto en Latinoamérica, du-
rante el siglo XIX proliferaron los denominados folletines (en el
periódico El Neo-Granadino, uno muy influyente en la Bogotá de
1840, se publicó a manera de folletín Matilde o Memorias de una
joven, novela en dos tomos escrita por Eugenio Sue). Se trataba
de textos que se insertaban en los periódicos y tuvieron la capa-
cidad de capturar a unos lectores cada vez más numerosos con
propuestas literarias sencillas que iban de los relatos novelescos
a los históricos y los costumbristas.
Este tipo de literatura y la de los demás géneros fueron
mejor documentadas durante la segunda mitad del siglo XIX.
Con mayor fortuna podremos explorar nombres y autores que
consolidaron al Viejo Caldas como un epicentro literario para
Colombia, uno que tenía sus orígenes en los nuevos territorios
de Antioquia y Cauca.

NARRACIONES DE LA MONTAÑA
BLANCA. UNA NARRATIVA INCIPIENTE
Desde la voces de los ancestros, desde su asombro ante lo desco-
nocido por sus escasos conocimientos científicos, desde su tradi-
ción de hombres habladores —otros dirían enredadores—, en fin,

44 | Literatura de folletín, entre 1850 y 1900


desde su oralidad se siembra la semilla que haría germinar más
tarde, tal vez, a inicios del siglo XX, la narrativa escrita en Caldas.
Es sabido que después de los narradores orales llegó el
relato, porque el cuento no vería la luz sino décadas después.
Avanzaba ya la década de 1850, Manizales se estrenaba
como ciudad principal. Aguadas y Salamina en el norte, Anserma
y Riosucio en el occidente, por citar algunos pueblos, la veían
como un punto de encuentro entre los colonos caucanos y los
antioqueños, y allí confluyeron distintos saberes. Pero Manizales
estaba en construcción, la colonización se ocupaba de cosas dia-
rias, del quehacer de su gente y de la administración de la ciudad
con sus primeros gobernantes.
En el fondo se entendía que no existiera una disposición
total para hacer de la literatura un camino. Colombia se debatía
entre guerras civiles y acciones propias de las aldeas. Es nece-
sario evocar aquí las palabras de Jaime Mejía Duque (citado por
Quintero y Naranjo) cuando escribe:

Durante el siglo XIX y los primeros años de existencia de


Caldas, no tenemos conocimiento de que la novela hubiera
tenido alguna presencia relevante. Todo este tiempo es
dedicado fundamentalmente a la tarea colonizadora, de-
jando poco espacio a los llamados por Adalberto Agudelo,
“ocios constructivos”, como la lectura y la escritura. La
región se fue poblando de marginales desplazados que se
ganaban su espacio a base de tesón y perseverancia: la
minería y la agricultura de pan coger serían sus recursos
de supervivencia iniciales. (24)

45
El costumbrismo es el “ismo” de la colonización, es la ten-
dencia literaria que permite a los primeros escritores del Viejo
Caldas escribir relatos, narrar la vida que ven, la que conocen, en
la que se sienten seguros porque pueden hablar sobre sus cos-
tumbres, sus quehaceres y sus percepciones. La academia, el uso
de las técnicas que exige un cuento, todavía no se ha desarrolla-
do a plenitud.
El escritor Samuel Velásquez Botero (Santa Bárbara
1865-Manizales 1942), fue llevado a Manizales por sus padres,
Hermenegildo Velásquez y Mercedes Botero, donde cursó sus
primeros años de escuela (más tarde viajará a Medellín para
ingresar a la Universidad de Antioquia), y es el hombre que
visibilizó a los escritores fundacionales de la narrativa en el
Viejo Caldas. De él se destacan dos novelas: Al pie del Ruiz y
Madre, que obtuvo el Premio Nacional de Narrativa Colombiana
en Medellín, en 1897. Desde esa época, finales del siglo XIX e
inicios del XX, Velásquez Botero logró que su obra fuera traduci-
da al italiano, al francés, al inglés, al polaco y al ruso.
Fue un hombre que disfrutó las artes: estudió pintura, se
destacó como dibujante, además en las letras se desenvolvió en
la poesía y la narrativa (novela y cuento) y también en la dra-
maturgia. Samuel Velásquez Botero se erigió como uno de los
primeros y más importantes escritores del período posterior a la
fundación de Manizales. Pronto se radicó en Bogotá, donde trabó
amistad con intelectuales como Rafael Pombo, Diego Fallón, José
Joaquín Ortiz y José Asunción Silva. De esta época es el libro
Sueños y verdades, recopilación de ensayos, cuentos y poemas.
Él mismo lo ilustró con sinnúmero de dibujos y lo imprimió en
Manizales en la imprenta de Mario Camargo y Compañía.

46 | Literatura de folletín, entre 1850 y 1900


Sus poemas se caracterizan por su facilidad con el verso
alejandrino y su musicalidad. Se destacan sus poemas “La lucha”,
“La hoja de acero”, “Magdalena” y “Manizales”, al cual pertene-
cen estos versos:

Al hollar los colonos de bíblicas guedejas


en busca de un asilo, la enhiesta serranía,
se alzó una fuga de águilas, oscureciendo el día,
y al Chimborazo fueron a relatar sus quejas.
(Velásquez Botero, Sueños y verdades 35)

Su narrativa, en cambio, es de corte fatalista, dramática,


envuelta en el realismo costumbrista que impera en la época. En
su novela Madre, nos dicen desde la página web de la Biblioteca
Luis Ángel Arango, se producen escenas dramáticas:

Viendo Inés la gula de muerte con que iba a hundir a su


amante de un garrotazo, se lanzó a detener el arma, y la
detuvo, pero no el machete de Felipe, que por atajar el gol-
pe del palo, cayó fúlgido y mortal como un rayo sobre su
cabeza. Dio un grito, abrió los brazos y se fue boca abajo.
Todo sucedió tan velozmente que la señora no tuvo
tiempo para detener a la joven.
—¡Me la mataron, por fin!... ¡Hija de mi alma!
(Velásquez Botero, “Madre” 5)

Para cerrar el capítulo de este escritor hecho en Manizales


y que forma parte de la diáspora que se produjo hacia ciudades
como Bogotá, Medellín y Popayán, recordemos que también

47
animó publicaciones como Caras y Caretas, de Buenos Aires;
Blanco y Negro, de Madrid, y en Colombia, Cromos, El Gráfico,
El Montañés y La Revista Gris, de la cual formaba parte de la
Junta Directiva otro escritor hecho en la Manizales de finales del
siglo XIX y radicado en Bogotá en la primera mitad del siglo XX:
Maximiliano Grillo, el célebre Max Grillo (Marmato 1868-Bogotá
1949), quien después de su paso por Manizales viajó a Bogotá a
completar su formación académica humanística y diplomática.
En 1892 Max Grillo fundó la célebre Revista Gris, de la
mano del también intelectual Alfonso Villegas, y se destacó como
poeta, ensayista y dramaturgo. Igual a Velásquez Botero, su esta-
día bogotana le permitió la amistad de grandes intelectuales de
la época, como Baldomero Sanín Cano, con quien fundó la revista
Contemporánea y los periódicos El Vigía y El Autonomista.
Entre sus obras destacamos Emociones de la guerra
(1903), Raza vencida (1905) y Santander, el hombre civil, el
guerrero (1919), la obra que lo fue encumbrando como uno de los
grandes escritores de estas tierras del Viejo Caldas.
Dos nombres de altos intelectuales hechos en el Viejo
Caldas nos recuerdan las palabras de Adalberto Agudelo, cuando
escribe:

[…] la identidad de Caldas nace en 1843 —otras fuentes


datan 1874— cuando el General Alejandro Restrepo
Restrepo, antiguo telegrafista y jefe actual de la guarni-
ción militar trae a Manizales una imprenta casualmente
comprada al poeta Gregorio Gutiérrez González. […]. En
1890, a siete años de la imprenta, hay en la aldea un
periódico por cada cincuenta habitantes, es decir 28

48 | Literatura de folletín, entre 1850 y 1900


títulos para 14.000 parroquianos. Y lo mismo acontece
en Aguadas, Riosucio, Salamina… Allí donde llega la letra
de molde se disparan los impresos con nombres, talentos,
ideologías, campañas cívicas […].
(Caldas patrimonio 6)

Volviendo a la comarca, a la aldea que está creciendo,


podemos nombrar la manera en que los jóvenes de las familias
ricas se formaban en las tertulias literarias, sobre las cuales el
historiador Albeiro Valencia Llano nos dice:

Casi todos los jóvenes de la élite se iniciaron en las ter-


tulias literarias; en estas instituciones aprendieron a dar
los primeros pasos en las letras. La tertulia más famosa
era la Sociedad Literaria, organizada en 1885; se dice que
aquí se formó el semillero de escritores del “protagonis-
mo intelectual” de Manizales de principios del siglo XX,
bajo la dirección del educador José María Restrepo Maya.
La Sociedad Literaria funcionó durante mucho tiempo
en la casa del hombre más rico de la ciudad, don Pablo
Jaramillo, pero si se analiza el listado de socios activos en-
contramos que allí está la flor y nata, las personas más no-
tables por su riqueza y cultura. Se destacan las siguientes:
Silverio Antonio Arango Villegas, José Ignacio Villegas,
Pompilio Gutiérrez, Victoriano Vélez, Félix A. Salazar J.,
Alfonso Villegas, Pedro Mejía, Benjamín Villegas y Valerio
Hoyos, entre muchos otros. La tertulia funcionó sin
problemas pues no tenía angustias económicas, contaba
con buena biblioteca y, al año de fundada, empezaron a

49
editar el periódico La Primavera, en un formato de cuatro
páginas, bajo la dirección de Silverio A. Arango. (Valencia
Llano “Los intelectuales” 4, 5)

Estos hombres vendrán a soportar el crecimiento de los


intelectuales de más alto vuelo de la región del Viejo Caldas en
las primeras décadas del siglo XX.
Antes de la tertulia Sociedad Literaria, existió, según el
padre Fabo, una primera tertulia. Es el año de 1873, y Agudelo
Duque la refiere de la siguiente manera:

La primera tertulia literaria en Manizales, tuvo lugar en


casa de Rosarito Grillo, quien llegó a publicar cuentos
y artículos en Cromos y en el Diario Nacional. De ella
se suponen estos versos que pregonan y desnudan la
discriminación a la mujer:

“[…] Aquí el talento


juzgarse oprobio
si está en el alma
de la mujer…
La envidia entonces
también el odio
tejen coronas
para su sien”.
(Caldas patrimonio 4)

Pereira, por su parte, ya tenía vocaciones e inclinacio-


nes propias, que auguraban la ruptura que décadas después

50 | Literatura de folletín, entre 1850 y 1900


terminaría con la creación de los dos departamentos de Risaralda
y Quindío. En el caso de la vecina Pereira, agrega Valencia Llano:

Mientras tanto en Pereira estaba brotando una genera-


ción de intelectuales influenciados por el pensamiento
de Rafael Uribe e interesados en el nuevo departamento
o región. Lo anterior se evidencia en el surgimiento de
la prensa escrita, en 1903, gracias a la introducción de la
imprenta por don Emiliano Botero; los primeros periódi-
cos muestran esta realidad: El Pijao, dirigido por Mariano
Montoya y Carlos Echeverri Uribe, y El Esfuerzo, de don
Emiliano Botero; éste era un semanario de cuatro páginas,
donde publicaron sus primeros artículos los escritores
Julio Cano, Manuel Felipe Calle, Abel Marín, Ricardo
Rodríguez Mira y Luis Cuartas. (“Los intelectuales” 5)

Se aproximan los años finales del siglo XIX y muchos de


los grandes escritores que se harán visibles en el XX apenas
nacen en Pereira, Armenia o Manizales, sin dejar atrás Riosucio,
Calarcá, Salamina, Manzanares, Marmato, Supía o Filadelfia.
Las tertulias literarias propiciaron entonces la aparición
del periodismo. Ya la primera imprenta funcionaba desde hacía
una década y el ejercicio de las letras de molde se logra docu-
mentar con revistas y periódicos que se convierten en ventas,
en tribunas y palcos para los cambios que traerá un nuevo siglo.

51
LA LITERATURA GRIS. UNA APUESTA
POR LA DIFUSIÓN DE AUTORES
Y PENSAMIENTOS
Los grupos de intelectuales, humanistas, artistas emergentes, po-
líticos y empresarios vieron en las publicaciones seriadas una ma-
nera de visibilizar sus ideas, sus pensamientos, sus sensibilidades.
Este tipo de literatura, que muchos no permitirían que
fuera clasificada así, es de suma importancia en el desarrollo
histórico del Viejo Caldas. Se ha denominado peyorativamente
como una literatura “no convencional” o “semipublicada”, y
autores especialistas en temas de bibliotecología y archivística
la han definido como literatura “fugitiva”; en resumen, ha sido
difícil de precisar. En algo los expertos han estado de acuerdo:
su mayor característica es la de no entrar en la cadena de pro-
ducción y de distribución del mercado editorial.
La primera noticia que se tiene en este período (1874-
1936) en el cual las guerras internas hacían presencia, es la de
una publicación seriada que apareció bajo el título de El Ruiz.
El académico Fabio Vélez Correa, en su ensayo Generaciones,
movimientos y grupos literarios en Caldas, escribe:

Con la aparición del primer periódico de Manizales, funda-


do por don Alejandro Restrepo R., cuya primera página
decía: “Año 1. Estado Soberano de Antioquia - Número
1 - EL RUIZ - Periódico científico, literario e industrial -
Manizales 21 de septiembre de 1874”, se inició una impor-
tante y valiosa vida cultural y periodística.
La fundación de este periódico, El Ruiz, permitió
generar en las gentes un deseo de estar comunicados,

52 | Literatura de folletín, entre 1850 y 1900


de expresar sus inquietudes y de valorar lo escrito como
medio de formación cultural. (155)

Este periódico, según Javier Ocampo López, reunió en sus


páginas a las plumas más influyentes de la época, como doña
Agripina Montes del Valle, Rafael Pombo y Epifanio Mejía, entre
otros. Dice Ocampo López:

[…] en El Ruiz escribió el poeta Epifanio Mejía la siguiente


poesía:
“Más allá de Manizales
me dicen que se levanta
entre cordilleras verdes
una cordillera blanca.

Que el sol la riega con oro,


la luna con oro y plata;
los viajeros antioqueños
me dicen que El Ruiz se llama”.

En el año 1876, en plena guerra civil, el gobierno


confiscó la imprenta de Don Alejandro Restrepo y sus-
pendió el periódico, que tuvo gran influencia en las letras
manizaleñas. (Manizales 150 años 5)

Llegaría en 1876 un nuevo periódico bajo el título de La


Serenata, cuyo director fue Alejo María Patiño. Pero es mucho
más tarde cuando se consolidan de verdad los periódicos, pues
los dos nombrados apenas alcanzaron unas pocas ediciones.

53
Así llegamos al 3 de octubre de 1880, a la fundación de
Los Ecos del Ruiz, cuyo director, Federico Velásquez (Sonsón,
1819-Manizales, 1883), poeta que en El Oasis (primer periódico
de literatura publicado en Medellín en 1868), bajo el seudóni-
mo de Rico de Fe firmaba, a la usanza de entonces, sus versos.
Velásquez publicó casi toda su obra poética en Manizales, ya
capital de Caldas. Agudelo Duque resalta el siguiente ejemplo:

A LA RUINA DEL TEMPLO DE MANIZALES


Dedicado a mi amigo L. Marmolejo

Ruina que fuiste ya Templo suntuoso


Donde el pueblo ferviente orar venía
¿Qué fue del esplendor que en ti solía
contemplar el viajero silencioso?

¿Dónde tu torre está? ¿Dónde el hermoso


conjunto de tu excelsa gradería?
¿Quién trocó tu belleza de otro día
En la forma de espectro pavoroso?

Tu silencio responde al alma mía,


“campo de soledad” entristecido:
“Templo fui; ruina soy: esa es mi historia.
Que la obra, si es del hombre, dura un día.
Y luego desaparece en el olvido
En polvo convertido” y en escoria.
Federico Velásquez C. (96)

54 | Literatura de folletín, entre 1850 y 1900


Los Ecos del Ruiz reunió, al igual que los anteriores perió-
dicos, a grandes nombres de la vida industrial, política e intelec-
tual de la Manizales de finales del siglo XIX.
Después se fundaron nuevos periódicos: La Idea (1882),
La Primavera (1886) y El Amigo del Hogar (1891). Una ciudad
con 14.000 habitantes ya tenía suscriptores a sus periódicos.
Y después de Los Ecos del Ruiz llegará la época de efer-
vescencia de las publicaciones seriadas, de la literatura gris,
como lo hemos anotado atrás: La Revista Nueva (1899) —a los
ojos de los expertos, la más importante publicada en Manizales
durante la consolidación de la ciudad y el departamento que se
crearía cinco años más tarde—, con su periodicidad mensual,
tuvo dos momentos estelares: el primero que fue el de su crea-
ción, en 1899, por parte de los altos intelectuales Jesús María
Guingue Carvalho (Sopetrán 1864-Manizales 1920) y Jesús
Londoño Martínez (Sonsón 1863-Manizales 1937); los historia-
dores nos cuentan que en su primera etapa la revista solo fue
publicada durante un año, pues, entre otras razones, se cerró
debido al estallido de la guerra en Colombia. Y el segundo, en
1904, cuando alcanza la estelaridad que se le conoce.
Es en la emblemática Imprenta de Manizales donde se lo-
gra este auge periodístico y literario del que hoy goza la historia
de la ciudad.

ARRIEROS FUIMOS Y EL CANTO


FUE NUESTRA HUELLA
La poesía tiene el privilegio de ser fundadora. Hay un saber
fundacional en sus cantos. Todos los pueblos de la humanidad,
desde tiempos inmemoriales, se han servido de sus poderes, a

55
través del ejercicio de la palabra, para sanar, alabar, nombrar,
recordar y vislumbrar.
Es sabido que oración y poesía son hermanas, que canto
y poesía también, y es allí, entre oraciones y cantos, donde la
poesía (hecha plegaria o pasillo) deja la huella que habla de
la historia de todos nosotros.
Desde las épocas de exploraciones, migraciones, guerras
civiles y fundaciones, la poesía era compañera de arrieros y colo-
nos, de campesinos y dueños de tierras, rodeaba al hombre sim-
ple y al letrado. Y en las montañas y los valles del Viejo Caldas la
facilidad para el verso fue casi natural. Muchos de los poetas más
importantes de Colombia han nacido en diferentes épocas en
estas tierras de café y plátano, de páramos y bosques húmedos.
Los legados con que llegan los colonos y los arrieros son
voces del romanticismo, y poetas de Antioquia como Gregorio
Gutiérrez González (1826-1872) y Epifanio Mejía (1838-1913) son
los sumos sacerdotes que leen el credo de la poesía en los prime-
ros años de la colonización.
Toda la tradición de expansión, exploración y desplaza-
miento que ocurrió en el Viejo Caldas muestra que los primeros
poetas llegaron de tierras antioqueñas. Fueron muchos y, tal vez,
el primero de ellos fue Antonio María Arango Montoya (Rionegro
1809-Manizales 1881), uno de los fundadores de la ciudad de
Manizales y de los primeros en desplazarse al nevado del Ruiz
a “cazar los ganados salvajes que había allí”.
Su biografía nos dice que ejerció como el primer juez de la
ciudad, además de concejal, presidente del concejo y más tarde
alcalde, entre el 1º de agosto al 31 de diciembre de 1854.

56 | Literatura de folletín, entre 1850 y 1900


Quien alcanza un nombre importantísimo dentro de las
letras y los movimientos intelectuales de finales del siglo XIX
y primeros años del XX es doña Agripina Montes del Valle
(Salamina 1844-Anolaima 1915). Desde temprana edad utilizó
este seudónimo, pues su nombre verdadero fue Azucena del Valle
y Porcia. Considerada la intelectual más importante de su época,
colaboró con periódicos y revistas del Viejo Caldas, Antioquia y
Bogotá, como El Mosaico, donde en 1872 publicó varios poemas.
Fue académica, bibliotecaria y artista. Admirada por poetas
como Rafael Pombo, construyó una poesía desde la postura de
la mujer en épocas muy difíciles para el desarrollo intelectual
de ellas en Colombia.
Como ejemplo recordemos que en 1872 obtuvo en Chile
la medalla de honor en un concurso literario con un poema
titulado “A la América del Sur”. También con su poema “Canto
al trabajo” fue galardonada en 1881 en otro certamen poé-
tico en Bogotá. Además publicó: “El último pijao” (1910), “A
Policarpa Salavarrieta” (1882), “A Bolívar” (1882) y “A Cristo
Sacramentado” (1882).
El eminente Rafael Pombo hizo el prólogo de su libro
Poesías de Agripina Montes del Valle. Tomo I (1883, Imprenta
de Vapor de Zalamea Hn de Bogotá), donde señala su rebeldía
al combinar la métrica de formas inesperadas y desconocidas,
rompiendo con los más altos órdenes clásicos que imperaban
en el siglo XIX; se refiere también a la especialidad de su estilo,
sus imágenes frescas y, por supuesto, resalta su poema “Al
Tequendama”, que la convirtió en una personalidad influyen-
te y respetada dentro de la lírica castellana. Conozcamos un
fragmento:

57
AL TEQUENDAMA
A mi nobilísimo amigo el doctor Carmelo Arango M.

Tequendama grandioso:
deslumbrada ante el séquito asombroso
de tu prismal riquísimo atavío,
la atropellada fuga persiguiendo
de tu flotante mole en el vacío,
el alma presa de febril mareo
en tus orillas trémula paseo.
Raudas apocalípticas visiones
de un antiguo soñar al astro vuelven,
resurgen del olvido sus embriones
y en tus iris sus formas desenvuelven.
¡Y quién no soñará, de tu caída
al formidable estruendo,
que mira a Dios crear omnipotente,
entrevisto al fulgor de tu arco horrendo...!

¡A morir!…Al abismo te provoca


algo a la mente del mortal extraño;
y del estribo de la ingente roca
tajada en babilónico peldaño,
sobrecogido de infernal locura,
perseguido dragón de la llanura,
cabalgas iracundo
con tu rugido estremeciendo el mundo.
¿Qué buscas en lo ignoto?
¿Cómo, a dónde, por quién vas empujado?...

58 | Literatura de folletín, entre 1850 y 1900


Envuelto en los profusos torbellinos
de la hervidora tromba de tu espuma
e irisado en fantástico espejismo,
con frenesí de ciego terremoto
entre tu aérea clámide de bruma
te lanzas despeñado
gigante volador sobre el abismo.
Se irgue a tu paso murallón inmoble
cual vigilante esfinge del Leteo,
mas de tu ritmo bárbaro al redoble
vacila con medroso bamboleo.

Y en tanto al pie del pavoroso salto,


que desgarra sus senos al basalto,
con tórrida opulencia
en el sonriente y pintoresco valle
abren las palmas florecida calle.
Por verte allí pasar, la platanera
sus abanicos de esmeralda agita,
la onduladora elástica palmera
riega su gargantilla de corales,
y al rumor del titán cosmopolita,
con sus galas y aromas estivales,
la indiana piña de la ardiente vega,
adorada del sol, de ámbar y de oro,
sus amarillos búcaros despliega.
sus ánforas de jugo nectarino
te ofrece hospitalaria
la guanábana en traje campesino,

59
a la par que su rica vainillera
el tamarindo tropical desgrana
y la silvestre higuera
reviste al alba su lujosa grana.
Bate del aura al caprichoso giro
sus granadillas de oro mejicano
con su plumaje de ópalo y zafiro
la pasionaria en el palmar del llano;
y el cámbulo deshoja reverente
sus cálices de fuego en tu corriente... (64)

La historia ha ubicado a Victoriano Vélez (Manizales 1871-


1956) como uno de los prohombres del Viejo Caldas. Bachiller en
filosofía por el Colegio de Nuestra Señora del Rosario de Bogotá
y graduado en derecho y ciencias políticas de la Universidad
Nacional, fue alcalde de Manizales y senador de la República,
entre muchos cargos que ocupó en su vida administrativa.
Desde la literatura siguió la corriente del costumbrismo.
Fue novelista, cuentista y poeta; destacó más como lo último; en
sus versos había claridad, retratos de costumbres y delicadas
descripciones, dolor, angustia, amor y pérdidas.
A él se le atribuye el bambuco El enterrador, aunque su
autoría se la pelean artistas de varios países y se le ha llegado a
atribuir al poeta colombiano Julio Flórez, pero hagámosle caso
a los historiadores de la literatura del Viejo Caldas y de Antioquia
cuando nos dicen:

La vida de Pedro León Velásquez o Pedro León Franco o


Pelón Santamarta, que es el nombre con que se conoce

60 | Literatura de folletín, entre 1850 y 1900


en los medios musicales al autor de Antioqueñita, Grato
Silencio fue como de novela […]. Ejerció la sastrería como
forma de subsistencia, oficio heredado de su progeni-
tor, con quien conformó un dueto interpretativo y con
otro sastre, Adolfo Marín, organizó otro dúo que llevó
nuestro aire vernáculo, el bambuco, por todos los confi-
nes de Centroamérica, […] regresó a Medellín a disfrutar
de su merecida fama y del reconocimiento histórico de
haber sido, con Adolfo Marín, el primer colombiano que
grabó discos. El enterrador, letra del poeta manizaleño
Victoriano Vélez, canción que se la han querido apropiar
en numerosos países, el pasillo Jamás, de autor anónimo,
conformaron el primer acetato colombiano. (34)

El bambuco conocido también como La hija de Juan Simón,


se popularizó de tal manera que se hace necesario recordarlo:

Enterraron por la tarde la hija de Juan Simón


y era Simón en el pueblo el único enterrador,
el único enterrador.
Él mismo a su propia hija al cementerio llevó
y él mismo cavó la fosa murmurando una oración.
Y llorando como un niño del cementerio salió
con la barra en una mano y en el hombro el azadón,
y en el hombro el azadón.
Y todos le preguntaban: ¿de dónde vienes Simón?
Y él, enjugándose sus ojos, contestaba a media voz:
soy enterrador y vengo de enterrar mi corazón.
Soy enterrador y vengo de enterrar mi corazón. (4)

61
Por su parte, Abel Farina se alzó como uno de los poetas
del Viejo Caldas con más proyección en la segunda mitad del
siglo XIX. Nació en Aguadas en 1875 y murió en Medellín en
1921. Como Montes del Valle, empleó un seudónimo, su nombre
real fue Antonio María Restrepo. Supo aprovechar su autoforma-
ción para manejar varios idiomas. Fue traductor de poetas como
Stéphane Mallarmé, Paul Verlaine y Alfred de Musset. También
siguió la corriente del modernismo colombiano. Atacó desde la
evolución literaria de las vanguardias el costumbrismo de Tomás
Carrasquilla; es famosa la carta que este le dirigió a Farina en
julio de 1906, donde se lee, por ejemplo:

Al fin recibí las letras y los versos que me diriges. Aunque


me llamas maestro, no tengo la presunción de retornarte
el título, diciéndote discípulo. Me habían informado que
te mostrabas muy agrio y destemplado conmigo. No tal.
Tu réplica no puede ser más noble, más franca ni más a
tu altura. Tendré que agradecértela. Ella me honra dema-
siado; y, si yo necesitase de más vanidades, no sería poco
lo que en esta vez habría de agregar al montón. Por mucho
que te desconsueles, habré de ser sincero: tus seguidillas
me parecen hermosas. Por su espíritu y su corte, me han
confirmado en dos ideas: en la aristocracia de tu tempera-
mento y en la plebeyez del mío.
Dices que en mi escrito me encuentras falseado.
¡Ojalá! Tan pésima es mi calidad, que habría de ganar de
todos modos, con las falsificaciones. Dices, también, que
me encuentro contradicho. No lo dudo, amigo mío. Si en
este enredo que llaman almas no hubiese contradicciones

62 | Literatura de folletín, entre 1850 y 1900


y antinomias, se me figura que la vida habría de ser bas-
tante peor de lo que es. […].
Bien haces en llamarme cura sofístico. Como a ti,
se me figura que mis razonamientos son una mentira muy
gorda que me estoy metiendo yo mismo; un antojo de pro-
barme y de probar que no siempre soy tan descabellado
y falto de juicio.
Tu noticia sobre la difuntez de mi regionalismo es
una crueldad tuya, amigo mío. Ya ni aun hiede: tanto tiem-
po hace que murió. Ni yo mismo trataré de desenterrarlo.
Uno tiene el derecho y debe tener el valor de avergonzarse
de los suyos, muertos o vivos. […].
Sigue cantando cual te plazca; que, como reza un re-
frán de mis montañeses, “el chillido es libre y el gusto más”.
El mérito es como La Iguana crecida. Tú le tienes.
Ninguno, más que yo, te lo reconoce. Deja, pues, Abel
Farina, que zumben las moscas, que ladren los perros,
que prediquen los curas... ¡y arriba con la creciente!
Tu párroco y amigo muy adicto,
Tomás Carrasquilla.

Para el año de la carta a Farina, Carrasquilla tiene 48


años y es un hombre ya con un espacio importante en las letras
colombianas, Farina cuenta con 30 años y está en disposición
de “modernizar” o, mejor, “actualizar” la poesía colombiana y, de
paso, toda nuestra literatura.
Abel Farina es, entonces, una voz mayor en la litera-
tura del Viejo Caldas, una que logró ver sus libros publicados
bajo títulos como: Páginas locas (1894-1900), Flautas de pan

63
(1902-1904), Modernas (1904), Evangelios y otros poemas
(1902-1911). A continuación se citan dos de sus poemas del libro
Evangelios y otros poemas:

SONETO A…
Sabes acariciar, eres experta
en mimos y blandísimas traiciones;
bajo tu mano estallan las pasiones
—así, la aurora con el sol despierta.
Tu mirada, cual una zarpa abierta,
presagio de infalibles sumisiones,
tiende su red, y engulle corazones,
como un perro, el Amor junto a tu puerta.

“¡Infame! ¡Infame!” te dirán a una


el Vicio helado y la Virtud demente,
viendo en ti el mar, y el ábrego, y la sirte.

Rendido, en tanto, alabo mi fortuna,


en el polvo, a tus pies, hundo la frente,
abro los brazos para recibirte. (27)

DEDICATORIAS
I. De unos versos
Para que el verso ardiera
con una lumbre pura
cual la que en tus pupilas
de acéanide fulgura,

64 | Literatura de folletín, entre 1850 y 1900


O para que gimiese
como un laúd sonoro
bajo tu cabellera
trenzada en seda y oro.

Se necesitaría,
princesa dulce y grave,
que en mi jardín de sombras
posase el vuelo un ave. (31)

Existen, además, nombres y obras de autores que no han


quedado registrados en la historiografía de la literatura del Viejo
Caldas; aquellos a quienes acertadamente Adalberto Agudelo
Duque denomina los escritores de la “Literatura Secreta”. Ellos
merecen un capítulo aparte en este tipo de trabajo; aquí inten-
tamos visibilizar a la manera de un iceberg los nombres más
luminosos, y los demás están soportándolos.

65
Literatura y café,
entre 1905 y 1966
La historia política de Colombia habla de la Confederación
Granadina de 1858 como el espacio donde el presidente
Mariano Ospina Rodríguez plantea, por primera vez, la po-
sibilidad de crear un nuevo departamento, al sur del Estado
Soberano de Antioquia, del cual había sido gobernador. La idea
no prosperó.
Tres décadas más tarde, en 1888, se propuso ya bajo el
nombre de Departamento del Sur, con Manizales como capital.
Posteriormente, en la llamada Regeneración Conservadora,
Rafael Uribe Uribe (liberal), con el apoyo de la dirigencia de
Manizales, bajo el liderazgo de Aquilino Villegas y Daniel
Gutiérrez Arango (conservadores), propuso la creación del
departamento de Córdoba, nombre con el cual se rendiría un
pequeño tributo al prócer antioqueño José María Córdova, y la
capital sería Manizales. Uribe Uribe fue derrotado. Sin embargo,
su propuesta estaba bien estructurada.
A comienzos del siglo XX, después de los anteriores in-
tentos, bajo el mandato del presidente Rafael Reyes, se aprueba
la Ley N° 17 del 11 de abril de 1905, cuyo artículo 3o. dice:

Créase el Departamento de Caldas, entre los departamen-


tos de Antioquia y Cauca, cuyo territorio estará delimitado
así: El río Arma desde su nacimiento hasta el río Cauca;
este aguas arriba hasta la quebrada de Arquía, que es el
límite de la provincia de Marmato, por los límites legales
que hoy tienen, como también la Provincia del Sur del
Departamento de Antioquia. Parágrafo. La capital de este
departamento será la ciudad de Manizales.

68 | Literatura y café, entre 1905 y 1966


Desde 1905 se inicia la historia de nuestro departamento
y comienza también el ciclo de las letras que nos formaron. De la
mano de una economía que regía a cada una de las tres ciudades
desde productos distintos: en Manizales (fundada en 1848), el
café; en Pereira (1863) y Armenia (1889), el caucho. Así, la cultura
avanzó por caminos que un departamento tan nuevo no pretendía
explorar, ni conquistar, ni dominar.

1905, VUELA LA “MARIPOSA VERDE”


Esta primera década del siglo XX es apenas el tiempo de afianza-
miento administrativo, aún hay que aprender a ser departamento
y ciudad capital y dejar atrás el ancestro antioqueño y sus direc-
trices para emprender vuelo.
Octavio Hernández Jiménez en su página web Espacios
vecinos se refiere, desde lo literario, al viejo Caldas así:

Poéticamente, Caldas fue “la Mariposa Verde” a la que le


cantó el versificador pereirano Luis Carlos González en
su bambuco Por los caminos caldenses, que es todo un
compendio de historia y sociología y que alude al fenóme-
no muy olvidado de que Caldas no es un segregado de un
único estado soberano, sino un agregado territorial, con
sus correspondientes etnias, de Antioquia, Cauca y Tolima
(Chocó pertenecía al Cauca):

Por los caminos caldenses


llegaron las esperanzas
de caucanos y vallunos
de tolimenses y paisas

69
que clavaron en Colombia
a golpe de tiple y hacha
una mariposa verde
que les sirviera de mapa.

Y es el poeta quien bautiza desde el empleo de la perífra-


sis al nuevo departamento de Caldas. Adentrémonos en su lite-
ratura, es decir, en nombres, y obras, y movimientos, y literatura
gris que guiarán futuras investigaciones sobre el tema en Caldas,
uno que ya muchos autores han trabajo con suficiente profundi-
dad y profesionalismo para reconstruir nuestra historia desde las
letras de molde.

PERIODISTAS EN LA ALDEA
La narrativa en Caldas desde la segunda década del siglo XX fue
acogida por lectores y críticos. Nombres y obras se publicaron
y poco a poco ganaron respeto y análisis desde las esferas cen-
tralistas del país.
Atrás empiezan a quedar las reuniones alrededor del
fuego para contar historias, las fondas de arrierías que convoca-
ban trovadores, los mitos y las leyendas; las supersticiones y los
agüeros se debilitan y el poeta trovador ya no tiene dónde ex-
presarse. Hay un mundo nuevo, el siglo se despierta y la manera
de descubrirlo y de contarlo será a través de los viajes, del arte
y la literatura que llegan a través de periódicos, revistas y libros.
Empecemos con la literatura gris, de la que ya hemos
hablado en los capítulos anteriores. El profesor Rigoberto Gil
Montoya, en su artículo Primera memoria escrita y primeros

70 | Literatura y café, entre 1905 y 1966


lectores en Pereira (Risaralda, Colombia) a comienzos del siglo
XX: el ingreso a la vida moderna, nos recuerda:

Y a partir de la instalación en 1903 de la primera im-


prenta en Pereira, se pasó al registro diario de la crónica
periodística. El taller de imprenta fue abierto por un den-
tista de profesión, don Emiliano Botero, “ciudadano muy
honorable que de la noche a la mañana se hizo periodis-
ta”, de acuerdo con el balance que sobre la historia del
periodismo local hiciera Eduardo Correa Uribe en 1960,
antiguo director de los periódicos Sangre Nueva (Pereira,
1919) y El Día (Pereira, 1922). La metáfora es bien signi-
ficativa de la manera casual y espontánea como empieza
a darse cuerpo a la memoria escrita de la ciudad. […]. (5)
Para Eduardo Correa Uribe (1960, 76) el dentista
Emiliano Botero “vino a luchar por el progreso y adelanto
de la pequeña ciudad que era Pereira en la primera década
del siglo XX”. Botero fue el director de El Esfuerzo, perió-
dico en pequeño formato donde solía ofrecer a sus lecto-
res-clientes fincas y solares “muy bien situados”, cerca de
la plaza de Bolívar, al tiempo que les recordaba su antiguo
oficio, en razón a que él había “practicado por más de
25 años la profesión de extracción de piezas dentales”,
por lo cual ofrecía sus “servicios a todos los que tengan
a bien ocuparlo”. Quien requería sus servicios profesio-
nales podía encontrarlo en “el local de la Imprenta, y va
a toda hora del día y de la noche a domicilio. Esto lo hace
en la confianza de larga práctica y de haber adquirido el

71
permiso que exige la ley, en virtud de un examen aproba-
do por el Sr. Prefecto de la Provincia. Precios módicos”.
Asnoraldo Avellaneda (1959), uno de los testigos
de aquellas décadas, anota en sus apuntes históricos
sobre Pereira que “don Emiliano Botero publicitaba su
taller fijando cartelones en las esquinas y en la puerta de
su tipografía, anunciando que tenía para su clientela una
variedad de tipos de letras”. El Esfuerzo “constaba de dos
hojas” y en él era frecuente leer crónica roja. Una de ellas
“trataba de un homicidio que hubo, protagonizado por
Alejandro Campuzano y Alejandro Trujillo, que se publicó
bajo el alarmista título: “Alejandro Campuzano mató a
Alejandro Trujillo por celos de una niña de 55 años. El he-
cho ocurrió en el Alto del Clarinete” que quedaba, como ya
lo anoté antes, cerca de los antiguos tanques viejos […]”.
[...] Por este sendero, se establece el periodismo
como oficio y la idea de narrar como registro de un de-
venir. Los ideales de progreso, los propósitos de animar
obras materiales, la necesidad de vincular el poblado a los
incipientes procesos educativos de un país aislado, con
escasas vías de comunicación; empezó a exigir su propio
relato. Los editoriales y las páginas sociales de los peque-
ños periódicos dieron cuerpo a ese relato, a la representa-
ción inicial de una idea de ciudad. (Gil Montoya 6)

Después de El Esfuerzo llegaron muchísimos intentos


periodísticos en la ciudad, con títulos como El Pueblo (1909),
Polidor, Periódico Crítico-Literario (1918) y Tricolor y Vendimias
(1914). Fueron múltiples esfuerzos que no lograron sostenerse en

72 | Literatura y café, entre 1905 y 1966


el tiempo por motivos como las deudas de los suscriptores o la
publicidad que invertía el comercio en ellos.
Algo valioso registraron estás páginas grises en la ciudad
de Pereira: hicieron lectores y enrutaron escritores. En ellos
no solo se publicaban noticias o la vida social de la ciudad,
sino que había apartes para las letras nacionales, es decir, para
poetas como Pombo y Flórez o narradores como Rivera y Tejada.
Pero lo que hay que resaltar es que en esas páginas ya apare-
cían los nombres de los primeros escritores de Pereira: Elías
Recio, Lisímaco Salazar, Ignacio Puerta, Alfonso Mejía Robledo,
Benjamín Tejada Córdoba, Carlos y Emilio Echeverri Uribe,
Juan B. Gutiérrez, Ramón Correa y Aníbal Arcila. El mismo Gil
Montoya agrega:

Hablamos aquí de los primeros escritores que surgie-


ron en la ciudad, de los primeros narradores y poetas
que empezaron a darle una mayor dimensión humana e
intelectual al colectivo. Hablamos de la palabra escrita y
de lo que ella promueve en las dinámicas de una sociedad
que impulsa la construcción de su propia memoria, en
su necesidad de representarse. Hablamos, en suma, del
ejercicio de una “prensa literaria”, como la denominara
Carmen Elisa Acosta (2005), al referirse al papel que ésta
desempeñó en la construcción de ciertos gestos del lector
en el siglo XIX. […]. (4)

Fernando Uribe Uribe en su libro Historia de una ciudad


(6), narra que Pereira estaba muy próxima al estilo de la poesía
festiva, porque los editores optaban por llamar la atención de

73
los suscriptores con ingeniosas composiciones poéticas,
de carácter popular:

CIGARRERÍA AMBALEMA
El que sea buen fumador
le guste cosa buena, Váyase sin dilación
a la fábrica “Ambalema”
allí encuentra favoritos,
violetas y Falsenaguas,
los mejores tabaquitos
que nos traen esta agua.
Buenos tabacos comunes
en rama, de lo mejor:
por eso sin dilación
vaya Ud. a la “Ambalema”
allí le compran la vena.
Y le ponen en tal fin,
que juro por Santa Elena,
que no volverá a comprar.

Así aparece en periódicos y revistas el ingenio creativo


de los escritores en la demostración de la poesía festiva de la
que hemos hablado páginas atrás. Y si en Pereira se daban las
empresas periodísticas con mayor o menor fortuna, en Manizales
no era distinto.
Es apenas 1904 cuando hace su reaparición Revista
Nueva, bajo la dirección de Rufino A. Molina, y con ella se inicia
la época dorada de la literatura gris en el Viejo Caldas. Era
una revista dedicada “a la literatura y a la ciencia”, cuya Junta

74 | Literatura y café, entre 1905 y 1966


Redactora estaba conformada por los periodistas e intelectua-
les Alfonso Villegas Arango, Juan B. Gutiérrez, Emilio Robledo,
Alfonso Robledo J., Victoriano Vélez y Juan Pinzón. Años más
tarde se unieron Samuel Velásquez y Aquilino Villegas. Como
muy pocas publicaciones de su generación, Revista Nueva llegó
al número 40 en su edición y se publicó hasta junio de 1911.
A diferencia de sus hermanas antioqueñas o bogotanas,
las revistas de Caldas no hicieron énfasis en la política y dejaron
que escritores en ciernes y hombres “cultos” expusieran creacio-
nes e ideas en sus páginas. Aparecieron después otras publica-
ciones, como Revista Lectura Popular (1905), dirigida por Juan
José Molina, educador que le impartió un carácter científico,
literario e histórico a su revista. Aparece después Albores (1907),
cuyo director fue Pedro Luis Rivas, recordada porque los escrito-
res Victoriano Vélez, Max Grillo y Samuel Velásquez fueron sus
colaboradores con artículos sobre literatura, filosofía e historia.
La literatura gris fue una manera acertada de hacerse
visible, de mostrar talento y acceso a la información. Así, por
ejemplo, Luis Donoso (1893-1957) fundó y dirigió la revista
Palabras (1913), de línea literaria, que logró ver la edición de
ocho números.
Ese mismo año Jorge S. Robledo fundó Revista Motivos,
con la cual alcanzó 23 entregas hasta 1916, las cuales salieron
una tras otra de la icónica Editorial Renacimiento. Su vocación
era literaria y apoyó a autores como Juan B. López, Tomás
Calderón y Rafael Arango Villegas.
Son años en que las publicaciones empiezan a alcanzar
momentos de suma importancia en la consolidación de autores
y obras, es decir, desde las revistas se empieza a moldear la

75
literatura de Caldas en su etapa de nuevo departamento, con
nombres, obras y editoriales que alcanzarían prestigio nacional.
En 1918 hace su entrada para la historia de Caldas la
revista Archivo Historial, a juicio de prestigiosos nombres que
escriben la actual historia de nuestro departamento, esta es “la
más completa y prestigiosa revista de historia que haya tenido
Caldas” (Vélez Correa, Diccionario). Sobre su fundador y director,
Enrique Otero D’Costa (Santander 1883-Bogotá 1964), el crítico
literario Fabio Vélez Correa afirma:

Un prolífico investigador, escritor, editor, y periodista de


Santander, que se instaló en Manizales donde permaneció
ocho años […]. Perteneció a la entonces dinámica Sociedad
de Mejoras Públicas de Manizales. […] El Doctor D’Costa
ingresó como Miembro Correspondiente de la Academia
Colombiana de Historia en 1917, y en 1924 fue designado
Miembro de Número. Se desempeñó como Director del
Boletín de Historia y Antigüedades. Y dirigió el Archivo
Historial, publicación del Centro de Estudios Históricos
de Manizales. (Diccionario 286)

Este intelectual colombiano publicó: Dianas tristes (1905),


Comentarios Críticos sobre la fundación de Cartagena. Vol.
XLVIII (1921) y Primer libro de actas de Cabildo, de la ciudad de
Pamplona en la Nueva Granada. 1552-1561. Vol. LXXXII (1950).
Una de las publicaciones cumbre de las letras calden-
ses es, sin lugar a dudas, Revista Cervantes. Bajo la visión del
emblemático editor Arturo Zapata, esta revista vio la luz en
1929, para beneficio de la sociedad desde la reconstrucción de

76 | Literatura y café, entre 1905 y 1966


la basílica de Manizales tras el incendio del 20 de marzo de 1926
(comenzó aproximadamente a las cinco de la mañana y se inició,
según los historiadores en la carrera 22 con calle 23 esquina,
donde funcionaba el Centro Social; se quemaron dos manzanas y
entre las edificaciones afectadas estaba la basílica de la ciudad).
Zapata vio la posibilidad de fusionar el arte y la industria en una
sola empresa, y así creó su revista Cervantes, que a través de
las pautas publicitarias demostró que el comercio y la industria
manizaleña podían adherirse a causas por la ciudad.
Lo que crea con toda la intención Arturo Zapata es
una industria cultural y comercial que da resultados desde la
Tipografía Cervantes y la Editorial Zapata. La revista impulsa una
imagen basada en la literatura y el nacionalismo que persigue
la visión continental, no la del modelo imperialista. Buscaba una
integración de culturas, que se leían entre líneas al detallar dise-
ños gráficos y tipologías de los temas que trataban, reconociendo
un pasado que no se puede negar. Tuvo grandes escritores en sus
páginas: Tomás Calderón, Fernando González y Alberto Arango
Uribe, entre muchos otros.
Por su parte, la revista Atalaya, fundada en 1936 y dirigi-
da por Gilberto Agudelo, logró superar las expectativas de dura-
ción promedio de este tipo de publicaciones (alcanzó la década
con 114 números) y logró posicionarse con una fuerte tendencia
literaria. Agudelo Duque sostiene:

[…] con una orientación vanguardista y literaria, indis-


pensable en una época de agitación política y cultural sin
precedentes en la historia de la parroquia. Mucho más
que la oratoria grecolatina los que impulsaron el nombre

77
de “Meridiano Cultural” fueron los colaboradores de
“Atalaya” obreros, artesanos, profesionales de “izquierda”
que estudian la revolución rusa, leen a “Sacha Yegulev”, y
los escritos de Luis Tejada, su maestro y mentor desde la
tumba. (“Los tiempos del ruido” 5).

Cuando se abren sus páginas, se leen artículos y textos


literarios de intelectuales que se consolidarían años más tarde:
los nombres del futuro estadista y sobresaliente ensayista Otto
Morales Benítez (Riosucio1920-Bogotá 2015) y de Ovidio Rincón
Peláez (Anserma 1915-Bogotá 1996).
Al escribir sobre el nuevo departamento y su evolución
literaria se hace necesario revisar la irrupción en el panora-
ma de los años treinta en Caldas y en Colombia del grupo Los
Leopardos, que reunió a cinco hombres con talento, poder
de oratoria y escritos certeros: Eliseo Arango, José Camacho
Carreño, Joaquín Fidalgo Hermida, Augusto Ramírez Moreno y
Silvio Villegas, quienes se hicieron visibles cuando desde las au-
las universitarias, primero, y desde la palestra pública, después,
rechazaron con posiciones políticas y argumentos convincentes
el orden político que vivía el país bajo la tutela de los hombres
más poderosos del Partido Conservador.
Fue, tal vez, el grupo que más impactó en el siglo pasado
los cimientos del Partido Conservador en Colombia. La anécdota
de su bautizo es contada por Vicente Pérez Silva así:

Se refiere que un día, luego de una acalorada asamblea


estudiantil en la que Eliseo Arango, Fidalgo Hermida
y Silvio Villegas se habían enfrentado con lucimiento

78 | Literatura y café, entre 1905 y 1966


a Gabriel Turbay y a Hernando de la Calle, [Augusto]
Ramírez Moreno les dijo: “Mis hijitos, ustedes se tienen
que bautizar. Deben adoptar un nombre de guerra, algo
que dé la sensación de agilidad, de fiereza, algo carnicero
como “Los Leopardos”. (s. p.)

Y si nombramos dentro de la Literatura de la primera mi-


tad del siglo XX al grupo Los Leopardos, es porque entre ellos se
destacó al orador Silvio Villegas (Manizales 1902-Bogotá 1972):

Los Leopardos tratamos de renovar el viejo programa


conservador, la oratoria política y la literatura nacional
[…]. Por primera vez, en muchos años de historia patria,
un grupo juvenil reclamaba su jerarquía intelectual
política, quebrantando la costumbre de que únicamente
los primates, el coro de los ancianos, podría dirigirse con
autoridad a su partido y a la nación. (Villegas 89)

Tres revistas más cierran este somero recorrido por el


mapa de la literatura gris del nuevo departamento de Caldas en
la primera mitad del siglo XX. La Revista Manizales —fundada
en 1940 por el poeta e intelectual Juan Bautista Jaramillo Meza
y su esposa, la poeta Blanca Isaza de Jaramillo Meza— tuvo tres
épocas: la primera, desde su fundación hasta 1967, cuando muere
Blanca Isaza; la segunda, al asumir como director natural Juan
Bautista Jaramillo hasta su muerte, en 1978; y la tercera, hasta
su desaparición en diciembre de 1998, bajo la dirección de Aída
Jaramillo Isaza. Reconocidos autores nacionales y extranjeros

79
vieron sus creaciones publicadas en las páginas de esta insigne
revista de las letras caldenses.
La historia de nuestra literatura reconoce a Milenios
(1950) y Siglo XX (1963) como las dos publicaciones que cierran
la ebullición de las revistas antes de la división del departamen-
to. Cada una de ellas, nos acercó a la literatura contemporánea
y sus páginas sirvieron para mostrar las nuevas plumas de la
literatura caldense. Los nombres de escritores como Samuel
Ocampo Trujillo, Rafael Lema Echeverry, José Vélez Sáenz y
Jorge Santander Arias, en Milenios, al igual que Jaime Ramírez
Rojas, Hernando Salazar Patiño, José Chalarca, Jaime Echeverry,
Óscar Jurado, Néstor Gustavo Díaz, Néstor Galeano y Héctor Juan
Jaramillo, en Siglo XX, pronto hicieron carrera, corroborando
el impulso que estas revistas dieron a sus letras iniciales en el
mundo de la literatura de Caldas.
Para terminar este apartado sobre el periodismo en el
nuevo departamento, debemos hablar de la fundación en 1921
del periódico La Patria, dirigido por el abogado Francisco José
Ocampo Londoño (1896-1946), gobernador del departamento en
1926. Entre sus colaboradores de La Patria siempre han figurado
los escritores más representativos de cada generación en Caldas.
Sus páginas no solo han alentado las voces de los nuevos escrito-
res o de los políticos más influyentes de cada época y de los más
altos intelectuales de la región, sino que también han servido
para apoyar grandes empresas cívicas de la ciudad y la región.
En 1940 José Restrepo Restrepo y Gustavo Larrea
Córdoba compraron la empresa. Más adelante Larrea vendió sus
acciones a Restrepo, cuyos descendientes siguen manejando
hasta el día de hoy esta casa editorial.

80 | Literatura y café, entre 1905 y 1966


LA POESÍA COMO UN EJERCICIO
ESPIRITUAL PARA UNA NUEVA TIERRA
En cada línea que escribo trato siempre, con mayor o me-
nor fortuna, de invocar los espíritus esquivos de la poesía,
y trato de dejar en cada palabra el testimonio de mi devo-
ción por sus virtudes de adivinación, y por su permanente
victoria contra los sordos poderes de la muerte. El premio
que acabo de recibir lo entiendo, con toda humildad, como
la consoladora evidencia de que mi intento no ha sido en
vano. Es por eso que invito a todos ustedes a brindar por
lo que un gran poeta de nuestras Américas, Luis Cardoza
y Aragón, ha definido como la única prueba concreta de la
existencia del hombre: la poesía.

Con estas palabras Gabriel García Márquez cerraba, en el


frío diciembre de 1982 en Estocolmo, su discurso ante los reyes
de Suecia, pronunciado en el Banquete del Premio Nobel, y llega
de nuevo a los lectores porque es a través de la poesía como
Caldas se ha abierto camino en el difícil terreno de las letras
colombianas.
Siendo apenas un departamento en desarrollo, Caldas ya
se había hecho un nombre con poetas de talla nacional desde
años atrás.
Blanca Isaza de Jaramillo Meza irrumpió en el panorama
del nuevo departamento con una fuerza comparable a la de poe-
tas continentales como Juana de Ibarbourou, Delmira Agustini,
Alfonsina Storni y Gabriela Mistral. Nació en 1889 en Abejorral,
estudió en Manizales e inició su obra desde los 15 años de edad,

81
al escribir “El Río”, su primer intento de poesía. Su compañero
de aventuras literarias en un siglo que apenas comenzaba fue el
poeta y escritor Juan Bautista Jaramillo Meza.
Todo estaba dispuesto para que ella se convirtiera en un
referente de las letras de Caldas. Ya en 1904 se realizaban en
Manizales los Juegos Florales, espacio literario consagrado a la
poesía, donde ella tuvo un destacado papel, al ser merecedora de
varios premios. Dos años más tarde Salamina celebraría esta tra-
dición en varias versiones, donde nombres como Tomás Calderón
empezarían a ocupar un notable lugar en las letras de la tierra
del café.
Regresando a Blanca Isaza, sabemos que se destacó
como colaboradora en los principales periódicos y revistas de
Colombia y América y gozó de prestigio y respeto de toda la so-
ciedad literaria del continente. De su extenso número de libros
publicados (16) en géneros que van desde la poesía, pasando
por la narrativa (cuento y crónica), hasta experimentar con los
denominados cuadros de costumbres, recordamos Selva Florida
(1917), Los cuentos de la montaña (1926), La antigua canción
(1935), Claridad (1945), Del lejano ayer (1951) y Preludio de
invierno (1954).
En 1951, en la celebración del Centenario de Manizales,
Isaza y su esposo fueron coronados como los poetas más impor-
tantes de Manizales por intelectuales y poetas de la época.
Juan Bautista Jaramillo Meza nació en 1892 en Jericó.
Desde 1916 se radicó en Manizales y cultivó la amistad de escri-
tores latinoamericanos y españoles como Rubén Darío, Juana de
Ibarbourou, Gabriela Mistral y Eduardo de Ory. En Colombia su
grupo de amigos intelectuales contaba en la lista con Aquilino

82 | Literatura y café, entre 1905 y 1966


Villegas, Julio Flórez, Guillermo Valencia, Eduardo Castillo y
Porfirio Barba Jacob, su amigo entrañable. Fue miembro de la
Academia Colombiana de la Lengua, de la Academia Nacional de
Historia y del Centro de Historia de Manizales. Desde las letras
trabajó como biógrafo, poeta y crítico literario. Dirigió también
el diario El Renacimiento desde 1932. Murió en 1978.
Suenan timbres es la obra que rompe la poesía colombia-
na en 1916. Su autor es Luis Vidales, poeta, escritor, crítico de
arte, profesor universitario, periodista y estadígrafo que nació en
1900 en Calarcá (Quindío) y murió en Bogotá en 1990.
Viajó a París entre 1926 y 1929 para adelantar estudios
en ciencias políticas (Escuela de Altos Estudios de París). Formó
parte del grupo fundador del Partido Comunista colombiano y lle-
gó a ser su secretario general en 1932. Dirigió Vox Populi, órgano
del mismo partido. Su voz resuena, hasta hoy, en la historia de la
literatura colombiana como la que cambió el curso de la poesía
en los primeras décadas del siglo XX, con la apuesta de vanguar-
dia que lo inmortalizó. Participó activamente desde su fundación
del grupo Los Nuevos. Un ejemplo de su poética es:

ORACIÓN DE LOS BOSTEZADORES


Dedicado a Leo Le Gris-Bostezador

Señor.
Estamos cansados de tus días
y tus noches.
Tu luz es demasiado barata
y se va con lamentable frecuencia.
Los mundos nocturnales

83
producen un pésimo alumbrado
y en nuestros pueblos
nos hemos visto precisados a sembrarle a la noche
un cosmos de globitas eléctricas.
Señor.
Nos aburren tus auroras
y nos tienen fastidiados
tus escandalosos crepúsculos.
¿Por qué un mismo espectáculo todos los días
desde que le diste cuerda al mundo?
Señor.
Deja que ahora
el mundo gire al revés
para que las tardes sean por la mañana
y las mañanas sean por la tarde.
O por lo menos
Señor
si no puedes complacemos
entonces
Señor
te suplicamos todos los bostezadores
que transfieras tus crepúsculos
para las 12 del día.
Amén.
(Vidales 17)

Es 1903 cuando nace en Rionegro Baudilio Montoya. Nos


dice el investigador Carlos Alberto Villegas Uribe en su semblan-
za del poeta quindiano:

84 | Literatura y café, entre 1905 y 1966


Sus padres, partícipes de esa epopeya de la esperanza que
se denominó la colonización antioqueña, partieron con él
desde Rionegro, cuando tenía cuatro años de vida y se radi-
caron en Calarcá, un incipiente caserío del antiguo Caldas,
hoy convertida en la segunda ciudad del departamento del
Quindío, a la cual siempre consideró como su tierra natal.
Allí creció bajo la sombra protectora de robles,
cafetos y guaduales, se hizo maestro de escuela y empezó
a cultivar la poesía como condición vital de su existencia.
En 1938 recoge en su primer libro Lotos, posteriormente
aparecerían Canciones al Viento (1945), Cenizas (1949),
Niebla (1953), Antes de la noche (1955) y Murales del re-
cuerdo, que constituyen la totalidad de su corpus poético
editado. Quedan algunos versos manuscritos, con correc-
ciones del poeta, en poder de su familia que esperan ser
publicados aún. (2)

Este es el poeta que nace con el departamento de Caldas y


el que muere justo cuando inicia su división, en 1965, en Calarcá
(Quindío). Una muestra de su trabajo con la poesía:

EL VELORIO
Gotean los velones de herrumbrosos candiles
sobre el féretro negro del humilde velorio,
y una luz mortecina que se enreda en perfiles
riega cárdenos tintes en el cuarto mortuorio.
Con voz atormentada se empieza el responsorio
por el alma del mozo que finó sus abriles,
recomienzan las quejas y al fulgor ilusorio

85
los semblantes parecen como viejos marfiles.
A la luna de otoño ladra un can vagabundo
que se eriza medroso bajo el cielo profundo;
se despiertan los gallos tempraneros del huerto;
y cuando grita un búho las notas de su agüero,
advierten que en la vuelta primera del sendero
se ve alzando la sombra del ánima del muerto.
(Montoya, en Sarmiento 5)

De tierras del Quindío también es la poeta Carmelina Soto


(Armenia, 1916-1994). Sobre su obra el profesor universitario
Carlos Alberto Castrillón comenta:

Carmelina Soto se sintió siempre atraída por la obra de


Delmira Agustini, a quien admiraba por su poesía in-
dependiente del contexto. Su primer libro, Campanas
del alba (1941), se ubica en el ámbito de lo que en ese
entonces significaba la difusa poética de Piedra y Cielo,
con leves acentos nerudianos. Mucho después la poeta
diría que el piedracielismo quedó “convertido a lo sumo
en una estampilla de color”. En su segundo libro, de 1953,
la encontramos por momentos cercana a Barba Jacob, pero
con una energía interior que supone la lucha por una voz
propia, la que se conjuga en Tiempo inmóvil (1974).
El gran aporte de Carmelina Soto a la literatura co-
lombiana es haber sido una mujer autónoma tratando de
configurar una poética propia, en un medio cultural hostil
a ambas opciones. Con poemas agresivos y provocadores,
con una actitud insumisa y antimaternal, es una poeta con

86 | Literatura y café, entre 1905 y 1966


una palabra distinta. Más allá del éxito de su poesía, esos
son gestos que, por escasos, se deben señalar y recordar.

Es sin duda una de las voces olvidadas más importantes


del Caldas de 1905.
La gran Maruja Vieira White (1916), tal vez la poeta más
notable de todos los que tenemos en Caldas, agrega sobre la obra
y la vida de Carmelina Soto:

Estamos en deuda con Carmelina Soto y es necesario


que todas las jóvenes mujeres que ahora escriben —y los
hombres también por supuesto— conozcan su obra. Tal el
propósito de este estudio, que sigue el orden de “Tiempo
Inmóvil”, la selección poética de 1974. Contiene poemas
que antes estaban dispersos en publicaciones de perió-
dicos y revistas nacionales y extranjeros, que abarcan
los años de 1940 a 1950, su primer libro “Campanas del
Alba”, “Octubre” y algunas prosas escritas posteriormente.
Ella dijo:
“El don de la palabra es don divino. Por él toma
forma y acción el pensamiento y cuando se ilumina por
la gracia de la poesía, se expresa por la boca del hombre
como una llama que canta”.
Así la perfección de su “Mensaje”, un soneto que es
el primer poema conocido de Carmelina Soto:

Esta palabra azul, clavel al viento,


al llegar al país de tu sonrisa,

87
será una mariposa, solo brisa
mecida por el aire de tu aliento.

Se nutrirá del néctar de tu acento


y del clima sonoro de tu risa.
Su vuelo musical cortará aprisa
el aire manso de tu pensamiento.

Será forma perfecta y deseada


que diga todo sin saber de nada...
lo mismo que el clamor de la campana

que da su voz e ignora que el sonido


ha dejado un momento estremecido
el rosado cristal de la mañana...

Estamos, sin lugar a dudas, ante una deuda histórica con


una mujer que transformó las letras de un departamento que
apenas se abría paso en las huestes de la poesía colombiana.
Carmelina Soto nutrió y vigorizó una poesía escrita por las ague-
rridas mujeres que codo a codo buscan un espacio en el coro de
las letras nacionales.
Es indudable que la literatura del Viejo Caldas no acaba
en la poesía entendida como ese ejercicio espiritual que practi-
caban los hombres de las nuevas tierras, las mismas que fueron
domadas por las manos de los arrieros, revestidas de color por
la imaginación de las mujeres que llegaron con ellos, y conquis-
tadas a lomo de mula o de buey. Hay mucho más en las voces
de los ancestros antioqueños y las letras de molde y páginas

88 | Literatura y café, entre 1905 y 1966


amarillentas que se esconde en lugares que apenas nos hemos
atrevido a visitar. Esta es la muestra de una literatura inconclusa
que gana espacios cada vez más importantes en la identidad del
Eje Cafetero en el que los tres departamentos de Caldas, Quindío
y Risaralda se han convertido.
Pocos nombres y obras han quedado registrados aquí de la
rica e inagotable literatura del Viejo Caldas. Ha sido un traba-
jo difícil seleccionar solo una pequeña nómina de narradores,
poetas y periodistas para escribir las páginas que componen este
libro y es indudable la necesidad de investigar un poco más para
dar forma a una literatura que ayudó, desde sus inicios, a forjar
el país letrado que conocemos.
Si muchas de las ficciones y poemas, que hacen posibles
estas páginas, han logrado sobrevivir casi 200 años es porque
el lenguaje oral o escrito lo ha propiciado. Así, desde la voz
de poetas y cuenteros y las páginas de revistas y periódicos
creados por literatos autoformados, se logró que la palabra
fuera la huella de los ancestros caldenses para evitar que el
olvido alcanzara sus hazañas y la literatura de Caldas, Quindío
y Risaralda continuara abriendo caminos ya no de herradura,
como son conocidas las trochas por donde los cascos herrados
de los caballos pasaban, sino de futuro y esperanza.

89
OBRAS CITADAS

Agudelo Duque, Adalberto. “Los tiempos del ruido”. Manizales


150 años. Comp. Javier Ocampo López. Manizales:
Editorial La Patria, 1998. 2,3.
Agudelo Duque, Adalberto. “Primeros Escritores. Las letras
que quedan”. Manizales 150 años. Comp. Javier Ocampo
López. Manizales: Editorial La Patria, 1998. 4-6.
Agudelo Duque, Adalberto. Caldas patrimonio y memoria cultu-
ral. Manizales: El Instituto, 1994.
Agudelo Duque, Adalberto. El ensayo, la historia y la crónica.
Ecos del Ruiz 5 (1999): 8.
Arboleda González, Carlos y Horacio Gómez Aristizábal. Oradores
del Gran Caldas. Manizales, Instituto Caldense de Cultura,
2001.
Castaño Guzmán, Ángel. “Estudio literario. Carmelina Soto:
Canción para iniciar un olvido”. El Espectador. Internet.
26 nov. 2015.
Duque Gómez, Luis. Informe antropológico sobre el viejo Caldas.
1943. Internet. 26 nov. 2016.
Gil Montoya, Rigoberto. “Primera memoria escrita y primeros
lectores en Pereira (Risaralda, Colombia) a comienzos del
siglo XX: el ingreso a la vida moderna”. Historelo, Revista
de Historia Regional y Local. 6.12 (2014): 205-30.
Hernández Jiménez, Octavio. “La naturaleza de los hombres”.
Patrimonio y memoria cultural de Caldas. Manizales:
Gobernación de Caldas, Editorial La Patria, 1995.57-61.

91
Ocampo López, J. Manizales 150 años. Cajas, linotipos, rotativas.
Manizales: Editorial La Patria, 1988.
Ocampo López, Javier. Abel Farina, El quijote soñador. Manizales:
Ed Instituto Caldense de Cultura, 1996.
Ocampo López, Javier. Folclor, costumbres y tradiciones colom-
bianas. Bogotá: Plaza & Janés, 2006.
Ocampo López, Javier. Supersticiones y agüeros colombianos.
Bogotá: Penguin Random House. 2008.
Pérez Silva, Vicente. “Garra y perfil del grupo de Los Leopardos”.
Credencial Historia 132 (2000).
Quintero López, L. H. y Naranjo Arias, H. A. El compromiso históri-
co y social en La noche de las barricadas y las manifesta-
ciones. Pereira: Universidad Tecnológica de Pereira, 2015.
Uribe Uribe, Fernando. Historia de una ciudad. Manizales: Editorial
Kelly, 1963.
Usma Porras, Darío. Lo típico en tierra de colonización antioqueña.
Anserma: Gráficas Digital, 2013.
Valencia Llano, Albeiro. “Los intelectuales en la conformación de
la región caldense”. Colombia Impronta 2 (2012): 1-21.
Velásquez Botero, Samuel. “Madre”. Tres novelas. Medellín,
Imprenta Departamental, 1998.
Velásquez Botero, Samuel. Sueños y verdades. Manizales, Blanco
y Negro, 1926.
Vélez Correa, Fabio. Diccionario de autores caldenses.
Una apuesta por la identidad. Manizales: Editorial
Panamericana, 2014.
Vélez Correa, Fabio. Generaciones, movimientos y grupos litera-
rios en Caldas. Revista Impronta 3.11 (2013): 155-200.

92 | Obras citadas
Vélez Correa, Fabio. Mitos, espantos y leyendas de Caldas.
Manizales: Imprenta Distrital de Caldas; 1997.
Vidales, Luis. Suenan timbres. Selección Cultura Colombiana.
Bogotá: Plaza y Janés, 1986. 17.
Vieira White, Maruja Carmelina Soto en la Poesía Colombiana.
2014. Internet.
Villegas Uribe, Carlos Alberto. Baudilio Montoya. 2010. Calarca.
net.
Villegas, Silvio. El hada Melusina. Cartas de amor y pasión.
Bogotá: Editorial Panamericana, 1996.
Zambrano, J. D. y Sarmiento Aguirre, M. Lecturas críticas de
la obra de Baudilio Montoya. Armenia: Biblioteca de
Autores, Universidad del Quindío, 2011.

93
IMÁGENES
Páginas 4-5: ‘El paso de Piedra de Moler en el río de la Vieja, Quindío’.
Viaje a la América Equinoccial (Colombia, Ecuador, Perú), Édouard André.
Diseño de E. Riou, 1875-1876. Biblioteca Luis Ángel Arango

Páginas 8-9: ‘La tarabita’. Viaje a la Nueva Granada, Charles Saffray.


Diseño de A. de Neuville, 1869. Biblioteca Luis Ángel Arango

Páginas 14-15: ‘Hacienda de las Cruces, Quindío’. Viaje a la América Equinoccial


(Colombia, Ecuador, Perú), Édouard André. Diseño de E. Riou, 1875-1876.
Biblioteca Luis Ángel Arango

Página 19: ‘Las palmas de cera del Quindío (Ceroxylon Andícola)’.


Viaje a la América Equinoccial (Colombia, Ecuador, Perú), Édouard André.
Diseño de E. Riou, 1875-1876. Biblioteca Luis Ángel Arango

Páginas 20-21: ‘Un camino de Antioquia’. Viaje a la Nueva Granada,


Charles Saffray. Diseño de A. de Neuville, 1869. Biblioteca Luis Ángel Arango

Página 41: ‘Cosecha de cera del Ceroxylon en el Quindío’. Viaje a la América


Equinoccial (Colombia, Ecuador, Perú), Édouard André. Diseño de Taylor
y A. Ferdinandus, 1875-1876. Biblioteca Luis Ángel Arango

Páginas 42-43: ‘Puente sobre el río Otún’. Viaje a la Nueva Granada, Charles
Saffray. Diseño de A. de Neuville, 1869. Biblioteca Luis Ángel Arango

Páginas 66-67: ‘Paso del Quindío en los Andes’. Alexander Von Humboldt.
Grabado de George Cooke, 1812. Colección de Arte del Banco de la República

Página 90: ‘La selva de helechos arbóreos’. Viaje a la América Equinoccial


(Colombia, Ecuador, Perú), Édouard André. Diseño de E. Riou, 1875-1876.
Biblioteca Luis Ángel Arango

Página 95: ‘Musa Paradisiaca’. Viaje a la Nueva Granada, Charles Saffray.


Diseño de A. de Neuville, 1869. Biblioteca Luis Ángel Arango

Página 96: ‘‘Cabaña y palmeras en las Pavas, Quindío’. Viaje a la América


Equinoccial (Colombia, Ecuador, Perú), Édouard André. Diseño de E. Riou,
1875-1876. Biblioteca Luis Ángel Arango

94 | Imágenes
Este libro hace un recuento de la literatura del Viejo Caldas
o el Eje Cafetero, que hoy se denomina Triángulo del Café
(compuesto por Caldas, Quindío y Risaralda), con el fin de
propiciar una mirada —construida desde la misma literatura—
hacia su historia poética, narrativa y periodística.

Igualmente se ocupa de revisar tres momentos claves para


esta literatura: el primero es la denominada colonización
antioqueña acaecida en el siglo XIX (1834), el segundo es la
creación del departamento de Caldas a inicios del siglo XX
(1905) y el tercero es la posterior división del mismo (1966)
en tres departamentos: Caldas, Quindío y Risaralda, con el fin
de analizar las llamadas literatura fundacional, literatura de
búsqueda y literatura de consolidación que surgieron en cada
uno de estos momentos.

Dos hitos trascendentales son aquí, además, motivo de análisis:


el primero, el auge de la literatura oral de colonos y arrieros
y exploradores e indígenas, y el segundo, la llegada, a finales
del siglo XIX, de la imprenta que originó la creciente aparición
de revistas y periódicos, con la subsiguiente visibilidad de los
primeros escritores del Viejo Caldas.

9 78 9586 64 3 4 3 6

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