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Volume 4, Number 1

Editorial. Vejez y Género. Algunos Conceptos para el Análisis y el Debate


– Pedro Sánchez Vera – 1

Las Mujeres Viudas en España – Juan López Doblas – 22

Vejez y Género en la Antropología Brasileña – Andrea Moraes Alves – 46

¿Quién Teme al Espejo? Una Polémica Sociológica en Torno a Cómo los


Gays Ven el Envejecimiento Gay – Ernesto Meccia – 70

Género y Generación. Influencia en la Implicación Política de los


Mayores en España – Emilia Riesco – 96

Las Canas de la Devoción. Prácticas Religiosas y Perspectiva de Género


– Felipe Vázquez Palacios – 134

List of Reviewers 2015 – 153


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Editorial. Vejez y Género. Algunos Conceptos para el Análisis y


el Debate

Pedro Sánchez Vera1

1) Universidad de Murcia, España

Date of publication: January 30th, 2016


Edition period: January 2016 - July 2016

To cite this article: Sánchez Vera, P. (2016). Editorial. Vejez y Género.


Algunos Conceptos para el Análisis y el Debate. Research on Ageing and
Social Policy, 4(1), 1-21. doi: 10.17583/rasp.2016.1881

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RASP – Research on Ageing and Social Policy Vol. 4 No. 1
January 2016 pp. 1-21

Editorial. Vejez y Género.


Algunos Conceptos
para el Análisis y el Debate
Pedro Sánchez Vera
Universidad de Murcia

H
ace tiempo, en un muy interesante artículo sobre la sociología de la
vejez (y de las edades) en España (Miret y Pérez, 2007), se
analizaba la creciente penetración de la sociología de la vejez
dentro de la sociología española, así como la evolución de sus distintos
campos de interés a la par que había ido evolucionando la sociedad española
desde la transición (tomando en consideración, sobre todo, la mejora en la
situación económica y social de los mayores). Ya entonces se apuntaba el
creciente interés por los estudios de vejez y género. Desde entonces la
proliferación de trabajos en este ámbito ha sido notable.
No hace falta insistir que desde la sociología se ha prestado atención
creciente al fenómeno de la presencia mayoritaria de las mujeres dentro del
grupo de mayores de 65 años. Desde los trabajos de referencia de Arber y
Ginn (1996) se ha venido produciendo bastante al respecto. Siendo un hecho
central la feminización de la vejez, sin embargo, quedan por indagarse –al
menos en la sociología española de la vejez– algunos ámbitos que vayan más
allá del antes referido. Es en este punto donde me gustaría llamar la atención
sobre la valía del número de la revista RASP que el lector tiene en su mano.
En el mismo se ponen en relación vejez y género tomando como referencia
temáticas tan interesantes como dispares como las aquí abordadas: viudedad,
homosexualidad, socialización, política, religiosidad.

2016 Hipatia Press


ISSN: 2014-6728
DOI: 10.17583/rasp.2016.1881
2 Pedro Sánchez Vera – Editorial. Vejez y Género

Dentro de la evolución de la sociología de la vejez en España, y a modo


de presentación y de contextualización del muy interesante elenco de
artículos que conforman este número monográfico de RASP, que hemos
tenido el honor de coordinar, me permito referir algunos conceptos teóricos
que entiendo nos permiten un adecuado abordaje de la vejez en relación al
cuerpo y al género.
Para poder hacer un análisis sociológico adecuado de la vejez en relación
al género, entendemos que previamente deberíamos poner en relación estos
dos ámbitos (vejez y género) con algunas de las tendencias sociales más
actuales que, sobre el cuerpo, las edades y el género-sexo, vienen acaeciendo
en nuestras sociedades. Tendencias que vienen siendo estudiadas por
distintos ámbitos disciplinares de la sociología, entre los cuales están la
sociología de la vejez, la de las edades, la del género y, por supuesto, la
sociología del cuerpo. De esta última y de sus debates y hallazgos, se está
empezando a nutrir una emergente y cada vez más madura sociología de la
vejez. Algunos de los artículos que componen este número son un buen
exponente de este hecho, tal como hemos señalado.
Dentro de las referidas tendencias sociales, me quiero detener en una
nueva sociología de vejez (y de las edades) que cristaliza, entre otras cosas,
en la exaltación del cuerpo joven y en los cuerpos de futuro (Fukuyama,
2000; 2003; Sánchez Vera, 2008). Junto a esto, la tendencia social hacia la
cosificación (cuando no la mercantilización) de los cuerpos y la medicaliza-
ción de la vida social en muy variados ámbitos (Lipovetsky, 2007).
En las sociedades postindustriales se produce una exaltación del cuerpo
joven y bello, que contribuye a la “pérdida de valor” del cuerpo senior (tanto
desde una perspectiva relacional como cronológico-biográfica) así como a la
práctica de un “edadismo” social en la medida que los sujetos pierden
belleza y lozanía al paso de los años. Como señalaba Bazo (2005, p. 48):

Una de las características de las sociedades contemporáneas es el


“edadismo”. Dicho edadismo, se ve especialmente acentuado en la
elevada valoración del cuerpo joven en nuestras sociedades (..) para-
dójicamente, en las sociedades envejecidas, las personas mayores van
teniendo una creciente visibilidad social, pero a pesar de la referida
visibilidad, la vejez es todavía temida y odiada, y suele producirse una
invisibilidad manifiesta en los medios de comunicación, que dan la
impresión de que en el mundo sólo existen personas jóvenes, e incluso
podríamos añadir que además solo existen las personas guapas, sanas
RASP – Research on Ageing and Social Policy, 4(1) 3

y ricas. La idolatría que las sociedades contemporáneas profesan por


los valores asociados a la juventud, hace que las personas ancianas
gocen de escaso prestigio social, existiendo incluso prejuicios acusa-
dos respecto a las personas ancianas y la ancianidad en general. Esto
es lo que ha llevado a los expertos a hablar de “edadismo”, término
traducido del inglés “ageism”, y que hace referencia a la prevención
contra las personas ancianas, que suelen ser percibidas negativamente.

La resistencia activa a las secuelas que en el cuerpo deja la edad se


convierte en uno de los imperativos de nuestras sociedades. El culto abierto
a la juventud y a la salud tiene su antípoda en la vejez y la muerte que son
percibidas no sólo como una adversidad personal sino también como un
cierto fracaso moral, por lo que se espera de toda persona responsable que no
se abandone a la usura del tiempo y que luche denodadamente por
conservarse joven y sana (Castillo, 1997, p. 34) so pena de ser objeto de
menosprecio (Berger y Berger, 1972, p. 323). Muy interesantes resultan las
aportaciones al debate por parte de Castillo (1997), el cual nos hace ver la
doble dimensión de la intervención sobre nuestro cuerpo en nuestras
sociedades consumistas: de un lado, hedonismo, de otro, control y
sufrimiento para estar en valor. Castillo hace un repaso casi exhaustivo de
autores (Durkheim, Weber, Weblen, Nietze, etc.) y tipos de sufrimiento, para
hacernos ver la doble dimensión del cuerpo.
Autores como Le Breton (2006) se refieren al cuerpo en tanto que
construcción simbólica, esto es: el efecto de una construcción social y
cultural. A partir de la medicina y la biología, se formula la concepción del
cuerpo admitida por la sociedad occidental. Concepción de la persona que le
permite al sujeto decir "mi cuerpo", como una posesión. En esta línea,
Lipovetsky (2000) señala cómo la representación social del cuerpo ha
sufrido una mutación, la llegada de un nuevo imaginario social en torno al
cuerpo produce el narcisismo. El miedo moderno a envejecer y morir es
parte de ese neo-narcisismo: el desinterés por las generaciones futuras
intensifica la angustia de la muerte. El individuo pasa a enfrentar a su
condición mortal sin ningún apoyo trascendente. En cuanto a la
personalización del cuerpo, el permanecer joven y no envejecer es el mismo
principio del reciclaje, el propio cuerpo se convierte en sujeto y debe situarse
en la órbita de la liberación.
Desde una perspectiva de género, la vejez también debe prestar atención
a la sociología del cuerpo y de las emociones (esta es la denominación que
4 Pedro Sánchez Vera – Editorial. Vejez y Género

está cristalizando progresivamente). Para autores como Randall Collins


(1997), la sociedad es ante todo una actividad corporal y de emociones.
A la hora de interpretar del cuerpo anciano, autores como Giddens y
Turner hacen notables aportaciones para la sociología de la vejez. Así
Giddens (2000) nos hace comprender que el cuerpo no es un mero ente
biológico, sino que se encuentra afectado por las influencias sociales como
experiencias, contexto de vida, normas, valores, que experimenta un ser
humano en cada ciclo de su vida, e inculca una técnica corporal, que se
expresa en el uso social que se hace de él. Para Giddens (1995), el sujeto es
“responsable” de su cuerpo, el cual es sometido a reelaboración permanente
a lo largo de la vida. Para Turner (1989, pp. 57-89), el cuerpo puede y debe
convertirse en una parte central de la investigación sociológica, pues el
cuerpo es fundamental para los órdenes micro y macro de la sociedad.
Una sociología del cuerpo debería incluir a juicio de Turner, entre otros
elementos, una “sociología de la desviación y del control”, pues las
mortificaciones del yo están unidas a las del cuerpo. Distinguiendo entre la
desviación de las apariencias del cuerpo (sonrojos, rubores, secreciones no
deseadas) sujetas a la vigilancia cultural, y las desviaciones del cuerpo
interior (la afección y la enfermedad), que son también objetos de evaluación
moral. Así Turner entiende que “la sociología del cuerpo como vehículo de
información acerca del yo, se dividiría en torno de la estigmatología de la
apariencia exterior y de los cuerpos deformes” (1989, p. 68). Igualmente
considera factores básicos las dicotomías “privado-público” y “masculino-
femenino”. La mejora del aspecto físico a través de las reparaciones
corporales, así como a través del tratamiento de la enfermedad –no
olvidemos que la concepción de la vejez como enfermedad es una de las más
claras manifestaciones del antes referido edadismo–, son algunos factores
que, como pone de relieve Turner, hacen difícil saber realmente qué es el
cuerpo, “pues siendo material también es una metáfora” (1989, p. 32). Para
Turner (1994), el cuerpo ofrece de por sí una amplia superficie apropiada
para exhibir pública y notoriamente marcas de la posición familiar, rango
social, afiliación tribal y religiosa, edad y sexo.
Para las relaciones vejez y género, resultan igualmente interesantes y
enriquecedoras aportaciones como las de Elias (2006), el cual nos habla de
cómo en la Edad Media empezaron a gestarse nuevas formas de intervención
sobre el cuerpo y cómo estas distinguirán en adelante a una clase social de
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otra: cómo comportarse en la mesa, las necesidades naturales, modos de


sonarse, escupir, autocontrol de heces fisiológicas, las relaciones sexuales,
límites de la vergüenza, del pudor, las transformaciones de la agresividad y
la violencia (Elias, 2006, pp. 144-169). Bourdieu (1986) seguirá con la
vinculación entre clase y control sobre el cuerpo.
Para entender al sujeto mayor (mujer u hombre), difícilmente podremos
hacerlo si no lo ponemos en relación con su estatus social. Por esto, y sin
entrar en las teorías del estatus y las clases (que quedan fuera de los
objetivos de esta introducción), es inevitable hacer alguna alusión a concep-
tos colindantes –siguiendo el esquema de análisis de Max Weber–, diferen-
ciando tres esferas de influencia: clase, estatus y poder: La clase, en general,
se refiere a la situación económica de las personas en una comunidad. El
estatus suele definirse como la posición que ocupan en un grupo, y que
conlleva derechos y deberes. La categorización por edad tiene serias limita-
ciones, ya que, en lugar de hacer referencia a personas, sugiere categorías y
estereotipos; así las personas son categorizadas por las percepciones que de
ellas se tiene. Referido al poder, en función del tipo de sociedad, el anciano
ocupa una posición más o menos valiosa. Históricamente se observan
cambios en la estructura y en la organización de las socie-dades que han
contribuido a mermar el estatus y el prestigio de las personas mayores.
Sin abandonar los tradicionales ámbitos del edadismo (prevención-
prejuicios hacia la vejez) y el de la construcción social de las edades, la
sociología de la vejez debe escrutar y soportarse en bases teóricas a las que
rara vez se hace mención. En este ámbito, la exaltación de lo joven y la
lucha de los sujetos provectos por disimular las secuelas que la edad deja en
el cuerpo es un campo de referencia.
En la construcción social de la vejez, el declive de la “salud” aparece
como un hecho central en los estudios sobre esta, en la medida que el
deterioro de la salud aparece como la razón principal para considerar que
una persona ha entrado en la vejez, aún por encima de la edad (IMSERSO,
2001). Los sujetos son en parte lo que su aspecto denota (el cuerpo como
escenario). El paso del tiempo, aunque deja huellas físicas y condiciona la
personalidad de cada ciudadano, es el factor más objetivo de referencia
social. Pues cada sujeto tiene un cuerpo, en el que, aunque con más o menos
importantes márgenes de error, se puede determinar el impacto del tiempo
sobre el mismo (edad biológica). De esta manera, del cuerpo socialmente
6 Pedro Sánchez Vera – Editorial. Vejez y Género

informante, es difícil sustraerse, ya que es el reflejo de una historia o


biografía individual, de unos rasgos o caracterizaciones de los grupos
próximos al sujeto en cuestión, y el reflejo de una condición y estatus social
individual, de una clase social y de un estilo de vida.

Relato a continuación y de manera sucinta algunos de los conceptos de la


sociología en los que enmarcar la relación entre vejez y género.
Dentro de la sociología de Pierre Bourdieu, sus conceptos de “capital
físico” (nuestro cuerpo), “capital, cultural” (lo que sabemos), “capital
económico” (lo que tenemos) y “capital social” me parecen del mayor
interés. Junto a estos “capitales”, podríamos añadir otro que, en opinión de la
socióloga Catherine Hakim, debería considerarse el cuarto "activo personal"
(Hakim, 2012, pp. 102-104); se trata del concepto de “capital erótico”, el
cual lo define como una combinación de atractivo estético, visual, físico,
social y sexual para otros miembros de tu sociedad, y especialmente para el
sexo opuesto, en todos los contextos sociales, una mezcla de belleza,
atractivo sexual, vitalidad, saber vestirse bien, encanto y don de gentes. Así,
para Hakim, a más capital erótico, más resultados en la vida.
Para entender la obsesión por el control de los cuerpos y continuando con
Bourdieu (1986), resultan particularmente interesantes las diferencias entre
el “cuerpo real” y el “cuerpo ideal” (socialmente deseable). Entre uno y otro
está el “cuerpo recreado”, donde el sujeto actúa e interviene en mayor o
menor medida y de una forma u otra sobre su cuerpo. Estos ámbitos nos
permiten reflexionar sobre las intervenciones sobre el cuerpo para
“rejuvenecerlo” o mantener su “capital” (físico, social, erótico).
De este mismo autor, el concepto de “hábitus” es central para una
sociología del cuerpo.

El habitus se define como un sistema de disposiciones durables y


transferibles –estructuras estructuradas predispuestas a funcionar
como estructuras estructurantes- que integran todas las experiencias
pasadas y funciona en cada momento como matriz estructurante de las
percepciones, las apreciaciones y las acciones de los agentes cara a
una coyuntura o acontecimiento y que él contribuye a producir
(Bourdieu, 1972, p. 178).

El “hábitus” va a depender de la clase social y afecta también a nuestro


cuerpo, ya que no es un simple estilo de vida que se deriva de pertenecer a
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una clase sino que implica la totalidad de nuestros actos y pensamientos,


pues es la base con la cual tomamos determinadas decisiones. Es el pilar que
conforma el mero conjunto de conductas y juicios aprendidos aunque
pareciese que es lo “natural”, como lo llama Bourdieu, en nosotros: nuestros
gestos, gustos, lenguaje, etc. El “hábitus” implica pues una serie de
inclinaciones e inercias que vinculan el género a nuestro cuerpo, y que
actúan a modo de “recordatorio” de cómo hemos de comportarnos –como
hemos aprendido–, según unas maneras masculinas y otras femeninas. Para
Bourdieu, a través de la ”hexis” modelamos y actuamos sobre nuestro propio
cuerpo. A través de la misma “envolvemos” nuestro cuerpo y se enclasa y
establecen jerarquías entre los individuos (Bourdieu, 2004).
De Bourdieu podríamos rescatar igualmente el concepto de “violencia
simbólica” (Bourdieu y Passeron, 2000) para entender el “edadismo” de las
sociedades y la lucha entre los grupos por imponer su visión del mundo y
que ésta sea percibida como normal y legítima. El control sobre el cuerpo
(Bourdieu, 1986), al igual que la antes referida exaltación del cuerpo joven,
vienen justificadas en este concepto, así como la “dominación” de lo
masculino dentro de la visión de género de las sociedades (Bourdieu, 2000).
En la construcción de una sociología de la vejez (y de los mayores),
quizás deberíamos añadir, junto al “hábitus”, el concepto complementario de
“estilo de vida”, el cual alude a los comportamientos de la vida cotidiana e
implica que estas conductas están influidas no sólo por variables
socioeconómicas, como la renta o el hábitat, sino también por otros factores
que tienen más que ver con lo simbólico o cultural: los deseos, las ideas y las
imágenes. Por otro lado, el estilo de vida tiene una manifestación visible a
través del lenguaje, el vestido y el aspecto exterior, los gustos y las aficiones,
las relaciones familiares y de amistad e, incluso, la vivienda, pero sobre todo
con el conjunto de actividades cotidianas (Andrés Orizo, 1998, pp. 269-270).
En opinión de una experta, referido a las personas ancianas, el concepto de
estilo de vida lleva a considerar a las personas ancianas como un grupo
heterogéneo, lo cual se ajusta a la realidad, pues, tradicionalmente, o al
menos durante una primera etapa de la sociología de la vejez en España, a
los mayores se les ha dado un tratamiento homogéneo (Bazo, 2005, p. 49).
La consideración de homogeneidad con la que se ha tratado a los mayores ha
sido frecuente; sin embargo, nada más alejado de la realidad, pues la
8 Pedro Sánchez Vera – Editorial. Vejez y Género

heterogeneidad ha sido precisamente uno de los hallazgos de la sociología de


la vejez (Cabré, 1993, p. 19).
Referido al cuerpo y al género, el concepto de “estigma” (Goffman)
resulta de gran operatividad a la hora de valorar el cuerpo, particularmente el
femenino, más ligado a la “observación” social y a la identidad. Con la edad,
los atributos de feminidad (la mujer ya no puede reproducir, pechos caídos,
etc.) ven mermar el valor de su cuerpo, que se ve sometido a una cierta
“mutilación” (algo parecido ocurre en la mujer que, como consecuencia de
una operación de cáncer de mama, se ve mermada de una parte de su
identidad). De Goffman, interesan particularmente sus referencias a la
presentación del yo en la vida social (1959) y, sobre todo, el concepto de
“estigma” (1995). Para Goffman, esa representación no es casi nunca
inocente o espontánea, sino que resulta pautada por las normas sociales o las
conductas precedentes, y por tanto sujeta a un programa de actuación. Así
los sujetos o “actores” aprenden un “programa” que les viene dado a través
de unos “papeles”. Para analizar la vejez, el concepto de “estigma” nos
parece del mayor alcance. Así, para Goffman, el individuo estigmatizado
puede descubrir que se siente inseguro acerca del modo en que nosotros, los
normales, vamos a identificarlo y a recibirlo. De este modo, aparece en el
estigmatizado la sensación de no saber lo que los demás piensan realmente
de él. Dentro de los tres tipos de estigma referidos por Goffman (las
abominaciones del cuerpo, los defectos de carácter del individuo y los
estigmas tribales de la raza, nación o religión), sobre todo los dos primeros
resultan del mayor interés para deslizar una mirada sociológica sobre la
vejez y el género. Otro concepto de Goffman que puede resultar de interés
para el análisis sociológico de la vejez en relación al género es el concepto
de “glosas corporales” (Goffman, 1979, p. 30).
A la hora de “intervenir” sobre las secuelas que el tiempo deja sobre el
cuerpo, entendemos del mayor interés hacer referencia entre otros a los
conceptos de “técnicas del cuerpo” (Marcel Mauss) y de “tecnologías del
yo” (Foucault). Referido a las “técnicas del cuerpo”, nadie duda de la
importancia que tiene para muchos sujetos mayores la dirección y organiza-
ción espacio-temporal de su cuerpo. Los hábitos como una forma de organi-
zación de la vida cotidiana han sido frecuentes en los análisis sociológicos
de los sujetos mayores. Marcel Mauss señala que el cuerpo es el primer y
más natural instrumento del hombre: “Aludo con la expresión ‘técnicas del
RASP – Research on Ageing and Social Policy, 4(1) 9

cuerpo’ a las formas en que los hombres, en las distintas sociedades, utilizan,
de acuerdo con la tradición, su propio cuerpo.” (Mauss, 1971).
A partir de allí Mauss realiza una exhaustiva descripción y clasificación
de técnicas corporales en distintas culturas, entre las que se encuentran: las
técnicas del movimiento, de la actividad, del reposo, del sueño; las técnicas
de los cuidados del cuerpo y su desarrollo etario, obstétricas, crianza y
nutrición, adolescencia, educación y adiestramiento; las técnicas de la
sexualidad y la diferencia entre los sexos; las técnicas del alma o técnicas del
cuerpo para entrar en comunicación con los dioses, etc. etc.
Para Mauss, los principios de las técnicas mencionadas (1971, pp. 309-
336) para entender el cuerpo son: 1) División de las técnicas corporales
según los sexos; hay una sociedad de hombres y mujeres, dice Mauss, donde
hay razones, nuevamente, no solo psicológicas y biológicas, sino también
sociológicas. 2) Variación de las técnicas corporales por motivo de la edad;
hay características que se consideran hereditarias pero que en realidad
pueden ser de cualquiera de las tres fuentes anteriormente mencionados, ya
sea de orden fisiológico, psicológico o social. 3) Clasificación de las técnicas
corporales en relación con su rendimiento; el adiestramiento como tal
pareciera ser en relación humano-animal, pero lo cierto es que el primer
adiestramiento sucede como montaje entre humano y humano, se adquieren
rendimientos, normas y técnicas desde la primera infancia. Los primeros en
quedar sometidos a adiestramiento son los propios humanos, antes de
domesticar a los animales. 4) Transmisión de las formas técnicas; según esto
se pueden analizar los principios de la elección social de los movimientos
adecuados y los incorrectos.
Siguiendo con los imperativos de la “vejez activa”, a la que con tanto
éxito se ha apuntado la sociología de la vejez, la resistencia de los sujetos a
envejecer nos lleva de lleno a otro de los autores que reflexiona sobre las
intervenciones sobre el cuerpo. Se trata de Michel Foucault, el cual
denominaba “tecnologías del yo” a uno de los tipos de prácticas mediante las
cuales los seres humanos han producido conocimiento sobre sí mismos (los
otros tipos de prácticas serían: las tecnologías de manipulación de cosas, las
tecnologías simbólicas y las tecnologías de poder). Las “tecnologías del yo”
son aquellas que

permiten a los individuos efectuar, solos o con ayuda de otros, cierto


número de operaciones sobre su cuerpo y su alma, sus pensamientos,
10 Pedro Sánchez Vera – Editorial. Vejez y Género

sus conductas, su manera de ser; es decir, transformarse con el fin de


alcanzar cierto estado de felicidad, de pureza, de sabiduría, de
perfección o de inmortalidad (Foucault, 1990, p. 48).

Las tecnologías del yo incluyen actividades que, como en el caso de la


confesión o la dirección pedagógica, implican en alguna medida el control
de unos sujetos por parte de otros más que una gestión individual de las
prácticas. Referido a las “tecnologías del yo” y como consecuencia de la
sexualización de las sociedades post industriales y del creciente valor que las
sociedades otorgan al cuerpo físico, no es de extrañar que entre las
tendencias sociales se encuentre un crecimiento en los gastos destinados a la
seducción de los cuerpos, que en opinión de algunos especialistas
(Lipovetsky) excede en crecimiento al gasto destinado a educación.
La preeminencia del cuerpo y de la salud son puestas de relieve por uno
de los más avezados sociólogos de la sociedad de consumo de masas
(Lipovetsky, 2007). En estas sociedades, el individuo se gregariza o se
diluye en un todo global, surgen nuevas formas de realzar la identidad, bien
sea a través del consumo o a través de nuestro propio cuerpo. Vivir el
presente se ha convertido en una preocupación por la salud y las
enfermedades: Homo sanitas. No es de extrañar que Lypovetsky (2007),
referido al “poder e impotencia del hiperconsumidor”, señale como
tendencias del consumo las siguientes: 1) Medicalización del consumo: los
gustos por la salud y productos sanos aumentan. 2) Gobierno del cuerpo y
desposesión: el neoconsumidor busca combatir la mortalidad a prolongar su
salud de manera natural. 3) Hipermaterialismo médico: “la farmacopea de la
medicina”, nuestra necesidad de prolongar el bienestar nos la ofrece la
medicina. 4) Centralidad del cuerpo: todo lo que tienes que ver con el
bienestar físico-espiritual: yoga, pilates, masajes, saunas, etc. 5) Se valoran
los placeres inmediatos (hiperconsumo).
En la misma línea, autores como Giddens (2000) nos hablan de una
tendencia a la medicalización de la vida social en el mundo occidental.
Desde finales del siglo XVIII, los médicos sustituyeron a los sacerdotes en el
lecho de los moribundos, dejando la muerte de ser un pasaje espiritual y
comenzó a ser un proceso natural supervisado médicamente (Walter, 1994,
p. 12). De igual manera, autores como Seale (1998, p. 75) nos hablan de la
influencia y de la extensión del discurso médico moderno incluso al propio
gobierno de las sociedades modernas en las que se ha asistido a la
RASP – Research on Ageing and Social Policy, 4(1) 11

sustitución de dicotomías sociales básicas para la gestión del vivir y el morir:


lo moral/inmoral fue remplazado por lo normal/patológico, sano/enfermo,
saludable/no saludable.
El cuerpo como elemento de interacción social, ligado a la belleza y a la
imagen, ha ido cobrando un estatus capital en nuestras sociedades. Para una
adecuada comprensión de la prospectiva social, este no puede ser entendido
más que como una unidad o una totalidad, esto es: la integración del cuerpo
físico sano y la imagen que transmite a través del cuidado integral del
mismo. En dicho cuidado cada vez se hace más difícil deslindar los aspectos
estrictamente médicos de los terapéutico-preventivos, y de los relacionados
con la belleza y la imagen. El cuerpo y su lenguaje es cada vez más apre-
ciado como intermediario social (Fast, 1971), convirtiéndose en una fachada
del éxito social en distintos órdenes (trabajo, amor, etc.) y ocupando un lugar
central de la identidad del sujeto (Featherstone, Hepworth y Turner, 1991).
El cuerpo en la cultura de consumo está ahora sujeto a un millar de
técnicas “disciplinarias” enfocadas a manipularlo y, en la medida de lo
posible, a parecer atractivo y aún más “sexi”; así, junto a las dietas y
programas de ejercicios, existen toda una serie de formas de trabajo corporal
que se pueden realizar para realzar nuestro atractivo físico y crear un cuerpo
bello (Entwistle, 2002, p. 155).
Referido al género (y al sexo), la identidad del sujeto está ligada en gran
parte a ambos como construcciones histórico-culturales. Sobre este
particular, son muchos los especialistas en la materia que han llamado la
atención sobre muy variados aspectos cambiantes de las identidades
masculina y femenina. Así y a modo de ejemplo, Butler (2001) nos habla de
los “cuerpos que importan” refiriéndose a la incidencia de la escenografía
social de los mismos; Schilder (1983) nos pone sobre la mesa la importancia
de la imagen y la apariencia del cuerpo humano en sus procesos identitarios.
Otros enfatizan los aspectos cambiantes de las identidades de género, bien
sea sobre la masculinidad y sobre el incierto “futuro de los hombres”
(Salzman, Matathia y O´Reilly, 2005), o a través del análisis de la
“construcción de la masculinidad” (Valcuende del Rio y Blanco López,
2005) de los “peligros de ser varón” (Goldberg, 2005), sobre los cambios
sociales y su influencia en la identidad masculina (Lomas, 2003), sin olvidar
alguno de los aspectos referidos a la tradicional dominación de un género
sobre otro (Bourdieu, 2000; 2004). Otros autores van a prestar especial
12 Pedro Sánchez Vera – Editorial. Vejez y Género

atención a la importancia y al alcance de las transformaciones de la identidad


femenina y masculina, bien sea desde un punto de vista cultural (Morris,
2005; 2009) o social (Badinter, 1993; Castells y Subirats, 2007; Gil Calvo,
2000; Martínez Oliva, 2004). Desde la perspectiva de las sociedades
globales, autores como Giddens (2000) hablarán de una transformación de la
intimidad, a través del amor, el erotismo y la sexualidad; Castells (1997) lo
hará sobre la identidad de género en la era de la información. Otros autores,
especialistas en la denominada “sociedad del riesgo”, han puesto el acento
en la importancia del sentimiento de seguridad (Beck, 1998; 2002;
Luhmann, 1992) junto a la creciente individualización de los actores sociales
y particularmente de las relaciones entre los sexos dentro y fuera de la
familia (Singly, 2005; Touranine, 1987).
En cuanto a la sexualidad, la sociología ha puesto de relieve la
importancia creciente del sexo en las sociedades, hasta el extremo que la
sexualidad es una de las constantes que más han influido y permanecido a lo
largo de la historia de la humanidad, lo cual no quita que haya una
redefinición de roles y de identidades sexuales y del estatus de la sexualidad
en la vida cotidiana de los sujetos y en la interacción social (Pinker, 2009).
Asuntos estos que, referido a las sociedades contemporáneas, han llevado a
algunos especialistas a hablar de la “cultura del striptease” (McNair, 2004),
o sobre la importancia del sexo y su creciente independización de la
procreación y de la familia (Baker, 2001), sobre la “caótica” incidencia de la
sexualidad en el amor y en las nuevas formas de relación amorosa (Beck y
Beck, 2001; Marina, 2007), sobre la “pornografía en la sociedad”
(Lipovetsky 2002, pp. 76-78), o sobre el alcance y la transparencia de las
nuevas identidades sexuales en general (Gil y Cáceres, 2008) y de las
femeninas (Gimeno, 2005; Preciado, 2002; 2008; Puigvert, 2002) y
masculinas en particular (Guasch, 1995), o sobre el sexo como “nueva
adicción” (Valleur y Matysiak, 2005).
De otra parte, y referido al género, algunos autores, siguiendo a Foucault,
hacen referencia al concepto de “tecnologías de género” para referirse a uno
de los aspectos centrales en la articulación de la sociedad, como son las
diferencias de género; con este concepto, se hace referencia a una muy
variada gama de elementos que remarcan, definen y enfatizan el género de
los sujetos (De Lauretis, 1989). Para esta autora, el género y las diferencias
sexuales serían efecto de representaciones y prácticas discursivas. Las
RASP – Research on Ageing and Social Policy, 4(1) 13

tecnologías de género estarían ligadas con prácticas socioculturales,


discursos e instituciones capaces de crear “efectos de significado” en la
producción de sujetos hombres y sujetos mujeres (De Lauretis, 2000, p. 39).
No debemos olvidar la incidencia en la construcción social de la vejez y
el género de conceptos como el de “modernidad líquida” (Bauman, 2003) y
de “amor líquido” (2005), conceptos que incorporan los sentimientos (al
igual que hace Collins) en el análisis de la sociedad. Tampoco quiero dejar
de lado a Fukuyama (2003) y al “futuro post-humano”, en donde las
intervenciones sobre el cuerpo (incluidos el género y la sexualidad) y los
sentimientos pueden ser una realidad nada lejana.
También la sociología del género, unida a la creciente sexualización y
sensualización de la vida social, incluido el consumo (Lipovetsky), son
ámbitos en los que enmarcar esa “nueva” mirada sobre la vejez a la que
antes me he referido. Las nuevas identidades de género, en continuidad con
los trabajos sobre género de la sociología (Bourdieu, 2000; 2004) y el
trabajo realizado por el feminismo, han subido un peldaño: poner a los
hombres en el análisis y en el debate, compartiendo los métodos con los
realizados sobre mujeres, lo que permite ver nuevas y diferentes maneras de
ser hombre (ya no hay un modelo único y hegemónico). Sobre este
particular, un informe reciente sobre el hombre del Siglo XXI (A woman’s
nation, 2015), sostiene que el Mad Men ha sido sustituido por el hombre de
familia emocionalmente inteligente, esto es, un hombre que conjuga el éxito
con ser un buen padre, un buen marido, un buen hijo y un buen amigo,
jugando un papel importante la inteligencia emocional en este nuevo varón,
elementos que no son tan contundentes al referirse al hombre senior, ya que
los varones mayores de 65 años identifican en menor grado la inteligencia
emocional como parte de ser fuerte, y tienden a valorar más el poder físico
(p. 58). Junto a la incorporación del hombre al debate sobre género, los
debates sobre la construcción social del cuerpo homosexual empiezan a
despertar el interés de los sociólogos de la vejez.

Los artículos que componen este monográfico de RASP nos aportan una
visión complementaria de la vejez y el género. Se simultanean los análisis de
la realidad española con las de otros contextos latino-americanos (Argentina,
Brasil, México), así como las miradas: sociología y antropología. Siguiendo
esto, se abordan asuntos tan interesantes como la viudez, la homosexualidad,
14 Pedro Sánchez Vera – Editorial. Vejez y Género

el estado de la cuestión de los estudios sobre vejez y género en Brasil (desde


la perspectiva antropológica), el género y la generación en relación a la
implicación política de los mayores, y la religión y género (también desde la
perspectiva antropológica).
El sociólogo de la vejez Juan López Doblas nos aporta un muy
documentado y enriquecedor trabajo sobre “Las mujeres viudas en España”
que llena un cierto vacío en el tiempo sobre el conocimiento de las formas de
vida de las mujeres viudas en España. La preeminencia de la mujer respecto
al varón en situación de viudedad es un asunto que, siendo conocido, debe
verse en un contexto de cambio social y familiar.
Como señala el autor, el hecho de que nos encontremos con un colectivo
de personas que está adquiriendo una creciente relevancia demográfica (casi
tres millones), y cuyos comportamientos y actitudes vienen cambiando
profundamente en las últimas décadas, otorga un gran interés a su conoci-
miento sociológico. Justamente esto es lo que hace el autor en este estudio
de corte cuantitativo (basado en el análisis descriptivo de los datos de los
Censos de Población) y en el cual, a pesar de las limitaciones de informa-
ción, se desgranan datos del mayor interés, entre los cuales se encuentran los
aspectos sociodemográficos, la expansión de vida en solitario y las situacio-
nes de convivencia familiar. El autor, con una visión global de los cambios
familiares y una trayectoria notable en el campo de la sociología de la vejez,
nos aporta algunas claves para el mejor conocimiento de este colectivo.
La antropóloga brasileña Andrea Moraes Alves (Universidad Federal de
Rio de Janeiro), en su artículo sobre “Vejez y género en la antropología
brasileña”, nos da una magnífica idea de los campos de interés de las
ciencias sociales en Brasil y en particular de la antropología sobre las
problemáticas de vejez y género. En este rico y documentado artículo, la
autora plantea una muy interesante cronología (con afán de exhaustividad),
de los estudios y la evolución de sus campos de interés. En el relato de
autores y temas en relación al género y vejez, los divide en grandes campos:
la familia, el trabajo, el cuerpo y la sexualidad. Desde la familia se abordan
asuntos como los de las jerarquías de poder, las formas de transmisión de
valores y las prácticas de cuidado; otros estudios analizan la presencia de
mujeres “jóvenes abuelas” a las cuales se pone en relación con las “madres
adolescentes”. Otros temas estudiados han sido: los hombres viejos de
familias urbanas de estratos populares (la participación de viejos y viejas en
RASP – Research on Ageing and Social Policy, 4(1) 15

la reproducción del hogar y de sus miembros), los hogares unipersonales de


mayores, los modos de vida y las experiencias de personas centenarias en
familias brasileñas.
Con respecto al trabajo, los estudios demuestran que la conexión entre
trabajo y familia es esencial para la comprensión de la vejez brasileña. Así se
han estudiado, entre otros, los siguientes asuntos: los desafíos de la
jubilación, el regreso al trabajo de personas jubiladas, que en Brasil es
obligatorio para la mayoría de los jubilados debido a la precariedad de las
jubilaciones; la constitución de una identidad política por los jubilados,
sobre todo a través de la irrupción del movimiento social de los jubilados en
el escenario brasileño de los años noventa.
Con respecto al cuerpo, género y vejez, los estudios han centrado su
interés en la sociabilidad, el cuidado geriátrico, la salud y la violencia contra
ancianos. En cuanto al cuerpo, se analiza la sociabilidad, prestando atención
a las mujeres como grandes promotoras de la ideología de la “tercera edad”
en Brasil. Por último y en lo concerniente al sexo (la propia autora es una de
las autoras de referencia) se observa un creciente interés en los estudios por
el tema de la sexualidad en la vejez y en las diferencias de género en cuanto
a su percepción y la sociabilidad urbana en relación al cuerpo, habiéndose
estudiado también asuntos tales como la homosexualidad.
En otro artículo (“¿Quién teme al espejo?..”), el sociólogo argentino
Ernesto Meccia (Universidad de Buenos Aires y del Litoral) nos hace una
muy enriquecedora aportación sobre la homosexualidad en la vejez, tema en
el que es un especialista reconocido tal como avala su importante obra al
respecto. Soportado en investigaciones empíricas, Meccia nos aporta sólidas
bases teóricas sociológicas en torno a las representaciones sobre el
envejecimiento gay que tienen los gays en la actualidad.
El autor no sólo hace un recorrido de estas grandes teorías y autores, sino
que interactúa y media con ellas. Su estudio se soporta en tres grandes
teorías: la de la “competencia en crisis”, la del “envejecimiento acelerado” y
la del “estrés de minorías”. Así, en su artículo, Meccia, nos presenta las
distintas formas en que los varones gays en proceso de envejecimiento se
representan el envejecimiento gay. Las aproximaciones y aportaciones
teóricas que el autor realiza son una contribución notable para el
conocimiento de un asunto tan escasamente abordado por la sociología de la
vejez. Sin separar el análisis del envejecimiento gay del análisis del
16 Pedro Sánchez Vera – Editorial. Vejez y Género

envejecimiento de cualquier otra persona, el autor hace un recorrido por los


autores más relevantes que se han aproximado al asunto desde cada una de
las perspectivas anteriormente mencionadas. Así, desde la teoría de la
competencia en crisis, algunos de sus autores ponen de relieve la gran
diversidad de patrones de envejecimiento, la presencia de aspectos positivos
del envejecimiento gay y la alta satisfacción con la vida de muchos de los
encuestados, contradiciendo así el estereotipo del hombre gay aislado, solo,
viejo. De otra parte, la teoría del envejecimiento acelerado sostiene que los
varones gays se ven a sí mismos como con más edad en un momento de la
vida en el que los varones heterosexuales no se ven así. Por último, el estrés
de minorías puede suponer entre otras cosas que el sentimiento de
pertenencia a una minoría puede dar un resultado positivo, permitiendo
resolver el estrés y volviendo a los gays mayores “competentes” para
enfrentar lo que tengan que enfrentar.
Emilia Riesco Vázquez (Universidad de Salamanca) nos aporta un
excelente trabajo sobre “Género y generación: influencia de la implicación
política de los mayores en España”. La participación de los mayores en los
comicios es un asunto al que hasta la fecha no se ha prestado la atención que
requiere; el envejecimiento demográfico va aparejado al de los censos
electorales, donde el elector de sesenta y más años representa en torno a un
cuarto y un tercio del cuerpo electoral en los países envejecidos, como es el
caso de España (en el Censo Electoral de 2011, un 23.5% de la población
tenía 65 o más años).
El alcance del asunto, ya lo señalábamos hace tiempo, el envejecimiento
de los censos y su feminización van a tener efectos importantes en los
resultados electorales (Sánchez Vera y Bódalo, 2000); si a esto añadimos la
implicación objetiva de los mayores en el ejercicio de su derecho al voto,
estamos hablando de un asunto clave para la sociología política. Pero no
todo es la edad, tal como señala Emilia Riesco en este excelente y necesario
trabajo, junto a la generación y al género; el hecho de la pertenencia a una
determinada generación está influyendo en la implicación en los asuntos
públicos, ya que cada generación es distinta de las demás y marca a sus
miembros con un cierto “determinismo generacional” debido a sus
características comunes: el tamaño relativo, la educación recibida, la
incorporación a la actividad laboral, el calendario de formación de familia,
etc. La investigación está soportada en un estudio empírico, basado en la
RASP – Research on Ageing and Social Policy, 4(1) 17

explotación y análisis de datos del Centro de Investigaciones Sociológicas


(CIS): Barómetro de opinión, estudios Postelectorales de Generales,
Parlamento Europeo y Andalucía.
El estudio analiza comparativamente dos generaciones: La “generación
de la guerra” y la “generación del desarrollo”, y lo hace prestando atención
al interés por la política, la participación y el comportamiento electoral. En
este trabajo, también se aporta información relevante acerca de la próxima
generación de mayores, que no sólo tendrá una gran importancia numérica
sino que, previsiblemente, asumirá un importante protagonismo social.
En cuanto al género, según la autora, ha llegado la generación que ha
superado el síndrome de la dictadura y que está alumbrando un nuevo tipo
de ciudadanía con mayor compromiso cívico y que, como es de esperar,
mostrará un mayor empoderamiento.
En su artículo “Las canas de la devoción: Prácticas religiosas y
perspectiva de género”, el antropólogo de la vejez en México, Felipe
Vázquez Palacios (investigador del prestigioso Centro de Investigaciones y
Estudios Superiores en Antropología Social del Golfo), nos pone en relación
las distintas prácticas religiosas (católicos y evangelistas) con el género. No
se trata en modo alguno de asunto menor, pues la penetración del
evangelismo, sobre todo en las comunidades indígenas, es importante en
muchos estados de México. En este artículo, Felipe Vázquez nos muestra los
resultados de una importante investigación etnográfica (basada en 100
entrevistas y observaciones en profundidad) sobre la dimensión religiosa en
contextos rurales del Golfo de México entre 2010 y 2015.
El artículo resulta de gran interés para interpretar las prácticas y los
rituales en relación al género entre ancianos de iglesias católicas y
evangelistas. Referido a la práctica religiosa, tal como el autor señala, el
punto de partida es que cada etapa de la vida tiene su propia devoción,
compromiso religioso y social, y que los roles masculinos/femeninos se
reconfiguran, redefinen y flexibilizan conforme se transita a edades
avanzadas (por arriba de los 75 años). Así, en la vejez, los factores asociados
a la misma (pérdida de la salud, necesidad de cuidado y atención, retiro
laboral, nido vacío, muerte del cónyuge y pérdida de status) en cuanto a las
experiencias religiosas, favorecen una redefinición y flexibilización de roles
masculinos y femeninos entrecruzando sus fronteras, lo que en la práctica se
traduce en unas relaciones de mayor complementariedad y solidaridad entre
18 Pedro Sánchez Vera – Editorial. Vejez y Género

las personas envejecidas. De otra parte, la presencia de hombres y mujeres


ancianas y su rol dentro de la comunidad religiosa (tanto en el plano práctico
y ritual, como también en lo simbólico y en los significados) varían entre
católicos y pentecostales.

Mi satisfacción por haber colaborado en la gestación de este monográfico


de RASP sobre vejez y género. Mi agradecimiento al consejo editorial por
darme la oportunidad de haberlo coordinado. Quiero mostrar mi gratitud
especialmente a los autores que participan en el mismo. El haber contactado
con ellos ha sido un honor, y una suerte el haber podido contar con sus
valiosas aportaciones de expertos. Con cada una de ellas en concreto, y todas
en su conjunto, creemos que se ha contribuido a enriquecer el conocimiento
de las relaciones entre vejez y género. Con este número, RASP ha
favorecido el encuentro de investigadores de América Latina y España, el
conocimiento recíproco, y abierto y fortalecido nuevos ámbitos para afrontar
las relaciones entre vejez y género.

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Pedro Sánchez Vera es Catedrático de Sociología en la Universidad


de Murcia, España

Contact Address: psvera@um.es


Instructions for authors, subscriptions and further details:

http://rasp.hipatiapress.com

Las Mujeres Viudas en España

Juan López Doblas1

1) Universidad de Granada, España

Date of publication: January 30th, 2016


Edition period: January 2016 - July 2016

To cite this article: López Doblas, J. (2016). Las Mujeres Viudas en


España. Research on Ageing and Social Policy, 4(1), 22-44. doi:
10.17583/rasp.2016.1731

To link this article: http://doi.org/10.17583/rasp.2016.1731

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to Creative Commons Attribution License (CCAL).
RASP – Research on Ageing and Social Policy Vol. 4 No. 1
January 2016 pp. 22-44

Las Mujeres Viudas en España


Juan López Doblas
Universidad de Granada

Resumen
Sobre los modos de vida de las mujeres viudas, gran parte de las cuales posee una
edad avanzada, existe muy poco conocimiento en España. Este trabajo aborda dicho
objeto de estudio desde una perspectiva sociológica. El planteamiento teórico recoge
aportaciones de investigaciones realizadas en otros países donde esta cuestión sí que
viene tratándose desde hace tiempo, considerando si viven solas, si comparten el
hogar con hijos y/o con familiares de otras generaciones o si han vuelto a encontrar
pareja. A nivel empírico se lleva a cabo un análisis descriptivo de las formas de vida
de las viudas españolas, utilizando datos secundarios procedentes de varios censos
de población, que pone de manifiesto la continua expansión que está registrando la
solitaria, en detrimento de la convivencia intergeneracional. Entre los resultados del
estudio también cabe destacar cómo la manera en que viven las viudas varía en
función del curso vital y, en el plano sociodemográfico, cómo la viudedad tiende a
concentrarse aceleradamente en la vejez.

Palabras clave: mujeres viudas, envejecimiento, modos de vida, vida en solitario,


convivencia entre generaciones, curso vital.

2016 Hipatia Press


ISSN: 2014-6728
DOI: 10.17583/rasp.2016.1731
RASP – Research on Ageing and Social Policy Vol. 4 No. 1
January 2016 pp. 22-44

The Widowed Women in Spain


Juan López Doblas
Universidad de Granada

Abstract
In Spain, little knowledge exists on the living arrangements of the widowed women.
This paper approaches the above mentioned object of study from a sociological
perspective. The theoretical exposition gathers contributions of researches realized
in other countries where this question has been treated, considering if they live
alone, if they share the home with children and/or with relatives of other
generations, or if they have returned to find couple. A descriptive empirical analysis
is carried out, using secondary information proceeding from several censuses of
population, which reveals the continuous expansion that living alone is registering,
and the detriment of the intergenerational conviviality. It is also necessary to
emphasize how the living arrangements change depending on the life course and,
from the sociodemographic perspective, how the widowhood tends to intensively be
concentrated in the old age.

Keywords: widowed women, ageing, living arrangements, living alone,


intergenerational co-residence, life course.

2016 Hipatia Press


ISSN: 2014-6728
DOI: 10.17583/rasp.2016.1731
24 Juan López Doblas – Las Mujeres Viudas en España

E
ste trabajo versa sobre los modos de vida de las mujeres viudas
mayores de 65 años. Es una temática bastante investigada en otros
países occidentales, sobre todo en Estados Unidos, pero que apenas
ha sido tratada en España. Sin embargo, el hecho de que nos encontremos
con un colectivo de personas que está adquiriendo una creciente relevancia
demográfica y cuyos comportamientos y actitudes vienen cambiando profun-
damente en las últimas décadas, otorga un gran interés a su conocimiento
sociológico. Indagaremos sobre esas mujeres, aunque también hemos creído
conveniente extender nuestro análisis a las viudas de edad inferior dado lo
mucho que el curso vital de las personas determina sus formas de
convivencia. Incluso entre las viudas mayores de 65 años difieren de una
manera significativa, dependiendo de factores como la situación familiar (si
poseen o no hijos y, si los tienen, su edad, su estado civil, el lugar donde
residen, etc.) o el estado de salud, factores ambos que tienden a modificarse
a medida que pasa el tiempo. Examinar los modos de vida de las mujeres
viudas, en general, supone así pues nuestro objetivo principal.
Abordaremos tal objeto de estudio desde una perspectiva cuantitativa,
llevando a cabo un análisis descriptivo de datos publicados por el Instituto
Nacional de Estadística (INE, en adelante) correspondientes a los últimos
censos de población que se han realizado en España. Los censos ofrecen
excelente información sobre los rasgos sociodemográficos de las personas
(edad, sexo, estado civil, nacionalidad, nivel de estudios, etc.) y sobre sus
modos de vida (características de la vivienda donde habitan, tamaño,
estructura del hogar, etc.). Su aparición periódica, cada diez años, permite
efectuar comparaciones en el tiempo y descubrir tendencias en los
fenómenos sociales. En nuestro caso, hemos seleccionado a las mujeres
viudas que residen en viviendas principales para conocer cómo viven,
particularmente la clase de hogar en el que habitan y, si no es unipersonal,
con qué persona o personas lo comparten. Los resultados que mostraremos
pueden ser un punto de partida en el desarrollo de un mayor número de
investigaciones en torno a un asunto, como el que nos ocupa, de enorme
contenido sociológico.
RASP – Research on Ageing and Social Policy, 4(1) 25

Marco Teórico

Sobre las formas de vida de las mujeres viudas existe un conocimiento


sociológico todavía escaso en España. Disponemos de los estudios pioneros
de Alberdi y Escario en los años ochenta, uno de carácter cualitativo (1986)
y otro cuantitativo (1990), que no se centraron en los modos de vida sino que
abordaron muchos otros aspectos de la realidad personal, familiar y social de
las viudas, pero que siguen teniendo un gran interés. Igual cabe afirmar de
varios trabajos más recientes, como el dirigido por Sánchez Vera (2009)
sobre los procesos de adaptación a la viudez de las personas mayores,
varones incluidos, o el que lleva a cabo Spijker (2012) sobre sus trayectorias
familiares tras la pérdida del cónyuge. Durante los últimos años han
aparecido algunos estudios sobre la formación de parejas en las edades
avanzadas, teniendo como referencia principal las actitudes y los
comportamientos de las mujeres viudas (Sánchez Vera y Bote, 2007; Ayuso,
2011; López Doblas, Díaz Conde y Sánchez Martínez, 2014). También
existen publicaciones sobre cuestiones que afectan especialmente a las
viudas, por ejemplo la soledad como sentimiento (Iglesias de Ussel et al.,
2001) o como estilo de vida (López Doblas, 2005; Zueras y Miret, 2013).
Merece destacarse además la obra de Freixas (2013) poniendo en valor a las
mujeres mayores del siglo XXI, entre las cuales incluye naturalmente a las
viudas.
Con todo, se trata de un número limitado de investigaciones, de manera
que las mujeres viudas constituyen un grupo de población sobre el que se ha
indagado relativamente poco en España. Ello nos ha llevado a revisar la
literatura internacional en busca de trabajos específicos que nos informaran
de ellas, en particular de sus modos de vida. Y lo cierto es que hemos
encontrado multitud de ellos en revistas europeas y americanas. Su lectura
nos permite afirmar, como punto de partida, que desde hace bastante tiempo
viene observándose en la totalidad de los países occidentales un continuo
aumento de aquellas que viven en solitario, máxime en las edades
avanzadas. Este hecho pone de relieve los profundos cambios ocurridos en el
seno de la familia y de la sociedad en general, tendentes hacia una mayor
independencia residencial entre las generaciones. La convivencia, que en
otro tiempo era obligada a fin de asegurar la propia subsistencia, ha dejado
de ser necesaria.
26 Juan López Doblas – Las Mujeres Viudas en España

La disminución del tamaño medio de los hogares y el incremento de los


habitados por una sola persona son consecuencias de tales cambios, en cuyo
desarrollo las personas mayores, en especial las mujeres que no tienen
pareja, han tenido un papel protagonista (Burch y Mattews, 1987; Wolf,
1990; Schoeni, 1998). Entre ellas, en efecto, las viudas han sido reconocidas
específicamente como principales artífices de la expansión que ha ido
registrando el modo de vida solitario durante las últimas décadas, en
detrimento de la convivencia intergeneracional (Michael, Fuchs y Scott,
1980; Macunovich, Easterlin, Schaeffer y Crimmins, 1995; Tomassini,
Glaser, Douglas y Grundy, 2004). El reclamo de independencia residencial
que hacen las viudas es firme y se mantiene en el siglo XXI, como siguen
reconociendo los expertos (Jenkins, 2003; Van den Hoonaard, 2009).
Aquellas mujeres viudas que no viven solas comparten la vivienda
fundamentalmente con hijos. Dependiendo de la edad que posean y del
momento de su trayectoria vital en el que se encuentren, dicha convivencia
suele responder a dos situaciones residenciales distintas:
a) Por una parte, muchas viudas encabezan el hogar en el que residen
junto a uno o varios descendientes, sin emancipar, constituyendo una familia
monoparental. Si no ha transcurrido demasiado tiempo desde la muerte del
cónyuge y su pérdida les sorprendió cuando eran aún relativamente jóvenes,
quizás se trate de hijos menores de edad. En otros casos, los hijos son ya
adultos pero continúan en el domicilio de la madre porque no han logrado
insertarse con éxito en el mercado laboral o bien han sufrido la ruptura de su
matrimonio y carecen de recursos económicos suficientes para establecerse
de manera independiente. Sobre este otro tipo de convivencia intergenera-
cional, del que benefician especialmente los hijos adultos, existe una
abundante bibliografía extranjera (Kahn, Goldscheider y García, 2013;
Stone, Berrington y Falkingham, 2014; Schwarts y Ayalon, 2015).
b) La segunda clase de convivencia con hijos adultos, en cambio,
beneficia sobre todo a las mujeres viudas. Suele producirse en una etapa más
avanzada de sus vidas, siendo ya octogenarias o de edad superior, cuando los
problemas de salud dificultan o impiden su desenvolvimiento autónomo. Se
recurre a ella como medio para evitar el ingreso en una residencia e implica,
por regla general, la mudanza de las viudas hasta el domicilio de aquellos
familiares que se prestan a acogerlas. Esta realidad ha sido también bastante
investigada en otros países, sobre todo en Estados Unidos, confirmándose la
relevancia del cuidado informal que la familia presta a las personas mayores,
RASP – Research on Ageing and Social Policy, 4(1) 27

en la mayoría de los casos mujeres ancianas viudas, durante los últimos años
de su vida (Lee y Dwyer, 1996; Coleman y Ganong, 2008; Seltzer y
Friedman, 2014).
Relacionada también con los modos de vida de las mujeres viudas, otra
cuestión que ha sido ampliamente investigada es la posibilidad de que
vuelvan a tener pareja. Muchos estudios han comparado sus actitudes con las
de los viudos, llegando a la conclusión de que estos últimos son más
propensos a formar este tipo de uniones que las viudas (Stevens, 2002;
Moorman, Booth y Fingerman, 2006; Carr y Boerner, 2013; Wu, Schimmele
y Ouellet, 2015). El rechazo de las viudas, no obstante, es más rotundo
respecto a un nuevo matrimonio que a alternativas como la cohabitación o
las relaciones denominadas 'living apart together' (Smith, Zick y Duncan,
1991; Wu, 1995). Otros autores han contrastado la postura de las mujeres
viudas con la que mantienen las divorciadas, que resulta en general menos
reacia con la idea de rehacer su vida con otro hombre (Burch, 1990; Wilson
y Clarke, 1992). Se ha indagado, asimismo, sobre cómo valoran su retorno a
la vida en pareja aquellas viudas que han dado ese paso (Brogard y Spilka,
1996; Clarke y Wilson, 1994; Watson, Bell y Stelle, 2010).

Metodología

Este trabajo examina las formas de vida de las mujeres viudas en España
residentes en viviendas principales, excluyendo a las que se encuentran
institucionalizadas. Dado que la viudedad constituye una experiencia sobre
todo femenina, hemos decidido centrarnos en ella y no considerar la
situación de los varones, salvo para mostrar de ellos datos puntuales a
efectos comparativos con las viudas (edad media de los viudos y su reparto
según el tamaño del hogar en el que habitan). Abordaremos los modos de
vida desde una óptica cuantitativa, mediante un análisis descriptivo que toma
como fuente principal el último censo de población realizado en nuestro
país, en 2011. También utilizaremos datos de censos anteriores a fin de
ofrecer una visión evolutiva de aspectos capitales de nuestro objeto de
estudio. Pese a que la viudedad tiende a concentrarse en las edades
avanzadas, no limitaremos el análisis a las mayores de 65 años sino al
conjunto de las viudas por cuanto que el curso vital de las personas
condiciona la manera en que residen (circunstancias familiares, estado civil,
posición económica, etc.).
28 Juan López Doblas – Las Mujeres Viudas en España

En este sentido, vamos a describir los modos de vida de las mujeres


viudas en España, diferenciando entre ellas por edad. Lo haremos atendiendo
al tamaño del hogar en el que se encuentran residiendo ya que esta variable
informa de un hecho básico en nuestro estudio, si viven solas o no. El
incremento de los hogares unipersonales registrado en todos los países
occidentales, manifestando el auge de estilos de vida que favorecen la
privacidad y la autonomía, nos obliga a conocer en qué medida están siendo
asumidos por las mujeres viudas en España. Por otro lado, respecto a
aquellas que no están solas sino que comparten la vivienda con otra u otras
personas, interesa saber al alcance que posee una forma de convivencia que
podría representar la principal alternativa a la soledad: la convivencia con
otro hombre, ya sea volviéndose a casar o estableciendo una unión de hecho.
Conoceremos qué proporción de viudas lo hacen tanto en hogares
bipersonales, donde por consiguiente no existe nadie más conviviendo, como
en hogares de tres miembros o de cuatro o más miembros, en los cuales
suelen estar presentes también hijos y/o, en menor grado, otros familiares.

Resultados

Aspectos Sociodemográficos

En España existen cerca de tres millones de personas viudas, exactamente


2.870.730, lo que representa el 6,16% de la población. Cuatro de cada cinco
son mujeres, buena parte de las cuales tiene una edad avanzada puesto que
durante las últimas décadas la viudez ha ido concentrándose en la vejez.
Según el Censo de Población de 2011, el 40% de las mujeres viudas son
mayores de 80 años, mientras que en 1991 suponían el 26,59% y en 1970
menos del 16%. En el ciclo vital de las personas en general y de las mujeres
en particular, la defunción del cónyuge ocurre en un momento cada vez más
tardío y los casos de viudez precoz se han hecho cada vez más infrecuentes.
Lo que no varía con el paso del tiempo es que enviudar constituya una
experiencia sobre todo femenina, dadas las mayores tasas de mortalidad que,
a cualquier edad que se considere, registran los varones (tabla 1).
RASP – Research on Ageing and Social Policy, 4(1) 29

Tabla 1
Peso relativo de las mujeres entre las personas viudas y de las mayores de 80 años
entre las mujeres viudas

Relevancia sexo femenino Relevancia viudas ancianas


Censo Total personas Mujeres viudas Total mujeres Viudas 80 o más
viudas (N) (%) viudas (N) (%)
1970 2.019.945 1.610.075 79,71 1.610.075 255.120 15,85
1981 2.218.692 1.789.862 80,67 1.789.862 354.200 19,79
1991 2.349.674 1.917.253 81,60 1.917.253 509.816 26,59
2001 2.647.848 2.184.790 82,51 2.184.790 697.787 31,94
2011 2.870.730 2.361.035 82,25 2.361.035 946.210 40,08
Fuente: E. P. con datos de los Censos de 1991, 2001 y 2001 sobre personas residentes en
viviendas familiares (INE).

Entre 1991 y 2011, además, el promedio de edad de las viudas españolas


se ha elevado de una manera sustancial, alrededor de cuatro años, habiendo
pasado de 71 a 75 años. El de los viudos también ha crecido, pero no en
tanta medida: de 71,88 a 73,52 años.1 Ha ocurrido así porque recientemente
la esperanza de vida masculina viene aumentando más que la femenina,
merced a una reducción más profunda de la mortalidad: de 1991 a 2014 la
referida al nacer ha avanzado en más de seis años y medio entre los varones
(de 73,50 a 80,17) y en cinco para las mujeres (de 80,67 a 85,71). 2 La
posible convergencia de las expectativas de vida por sexo supone uno de los
principales debates planteados en los estudios de longevidad en el siglo XXI
(García, 2015). Como resultado, la duración de la etapa matrimonial está
alargándose comparativamente más para las mujeres que para los varones. Y
ello es lo que ha motivado un hecho sin precedentes en la sociedad española,
arriba insinuado pero que conviene recalcar para que no pase desapercibido:
la edad media de las viudas supera a la de los viudos, al contrario de lo que
ocurría en el pasado.
La viudez tiende a concentrarse en la vejez, siempre ha afectado mucho
más a la mujer que al hombre y, conviene añadir, genera modos de vida que
vienen transformándose profundamente en las últimas décadas. En la
actualidad casi la mitad de las mujeres viudas españolas viven solas, el
48,09%. La otra mitad convive con alguien: el 25% lo hace en hogares
30 Juan López Doblas – Las Mujeres Viudas en España

bipersonales, el 13% en hogares formados por tres miembros y el 14%


restante en hogares de cuatro o más miembros. Pero estos datos, extraídos
del Censo de Población de 2011, ponen de relieve una tendencia de curso
bastante firme: la expansión de la vida en solitario entre ellas, habida cuenta
de que en 2001 el porcentaje de viudas residiendo en hogares unipersonales
era del 43% así como en 1991 inferior al 35%. En sentido contrario, se ha
reducido muchísimo la convivencia en hogares de cuatro o más miembros ya
que la proporción de mujeres viudas habitando en uno de ellos rondaba el
30% en 1991 y el 20% en 2001.
Idéntica propensión hacia la vida en solitario se percibe, por cierto, entre
los viudos. El porcentaje de ellos en hogares unipersonales también viene
ascendiendo de forma sostenida en las últimas décadas: si en 1991 era
inferior al 31%, en 2001 sobrepasa el 44%. Por el contrario, la relación de
viudos habitando en hogares de cuatro o más miembros ha disminuido en
una cuantía enorme durante este período, pasando de rondar el 35% en 1991
al 16% en 2011, esto es, reduciéndose a la mitad (tabla 2).

Tabla 2
Distribución de los viudos y de las viudas, según el tamaño del hogar en el que
habitan, en 1991y 2001 y 2011

Censo de 1991 Censo de 2001 Censo de 2011


(N) (%) (N) (%) (N) (%)
Viudos:
Unipersonales 132.791 30,71 193.518 41,79 226.335 44,41
Bipersonales 90.861 21,01 104.791 22,63 132.530 26,00
Tres miembros 59.169 13,68 62.706 13,54 69.090 13,56
Cuatro o más 149.600 34,60 102.043 22,04 81.740 16,03
Total 432.421 100 463.058 100 509.695 100
Viudas:
Unipersonales 666.990 34,79 940.833 43,06 1.135.470 48,09
Bipersonales 421.389 21,98 505.982 23,16 597.530 25,31
Tres miembros 263.530 13,75 297.766 13,63 301.295 12,76
Cuatro o más 565.334 29,48 440.209 20,15 326.740 13,84
Total 1.917.253 100 2.184.790 100 2.361.035 100
Fuente: E. P. con datos de los Censos de 1991, 2001 y 2001 sobre personas residentes en
viviendas familiares (INE).
RASP – Research on Ageing and Social Policy, 4(1) 31

De estos datos se desprende otra circunstancia sobre la que queremos


dejar constancia en nuestro trabajo: en realidad, los modos de vida de las
personas viudas no difieren significativamente por sexo en el sentido de que
varones y mujeres participan de esa tendencia común hacia la independencia
en lugar de la convivencia intergeneracional en hogares poblados.
A nivel sociodemográfico podemos añadir los siguientes apuntes:3
- Dado el envejecimiento demográfico que define a este colectivo de
población, nueve de cada diez mujeres viudas forman parte de la población
laboral inactiva.
- La escasa presencia en el mismo de mujeres de nacionalidad extranjera:
sólo el 3,60%, cuya edad media resulta además significativamente más joven
(63,11 años).
- La mayor parte de las viudas, cerca del 43%, reside en el mismo municipio
en el que nacieron. El 26% lo hicieron en otra comunidad autónoma y el
4,76% en otro país.
- Su déficit de instrucción académica. El 9% de las mujeres viudas son
analfabetas y el 34% saben leer y escribir pero carecen de estudios. Menos
del 5% poseen estudios de tercer grado, la gran mayoría diplomaturas
universitarias.
- El elevado período de tiempo que llevan residiendo en su vivienda
principal. Un tercio de las viudas desde hace más de 40 años, otro tercio
entre 30 y 40 años y el restante menos de 30 años. En la gran mayoría de los
casos, alrededor del 83%, se trata de una vivienda en propiedad.
- Casi la mitad de esas viviendas carece de calefacción: el 34% sin
instalación pero con aparatos que permiten calentar alguna habitación y el
14%, incluso, sin ningún aparato para ello. Por otro lado, dos tercios de las
viudas ocupan una vivienda sin acceso a Internet.
- La inmensa mayoría de estas mujeres ha tenido hijos. Únicamente el 9,65%
de ellas no han sido madres, aunque entre las viudas menores de 50 años
dicho porcentaje casi se triplica (el 24,18%).
- El 11% de las viudas cuida habitualmente a un menor de 15 años, por lo
general hijo o nieto. El 6% lo hace de una persona con problemas de salud,
casi siempre un familiar. El 4% realiza tareas benéficas o de voluntariado.
- En lo que concierne específicamente a aquellas mujeres viudas que han
rehecho su vida de pareja, han solido buscar en mayor medida a varones
solteros o bien a separados o divorciados, que a viudos.
32 Juan López Doblas – Las Mujeres Viudas en España

Expansión de la Vida en Solitario

Vamos a centrarnos definitivamente en el análisis de las formas de vida de


las mujeres viudas en España. La expansión de la vida en solitario entre ellas
constituye un hecho generalizado, cabe destacar, puesto que se observa en
todas las etapas del curso vital. El porcentaje de viudas jóvenes (hasta 50
años) en hogares unipersonales se ha duplicado con holgura entre los censos
de población de 1991 (el 5,56%) y 2011 (el 12,79%). Entre las que poseen
una edad intermedia (de 50 a 75 años), su aumento relativo no ha sido tanto
pero también se ha producido: cerca de un 8% más de viudas viviendo solas.
En las edades avanzadas el avance ha sido extraordinario: en 2011 práctica-
mente la mitad de las viudas de 85-89 años reside en hogares unipersonales,
mientras que en 1991 apenas lo hacía el 25%.

Gráfico 1. Porcentaje de viudas en hogares unipersonales (izquierda) y en hogares


de 4 ó más miembros (derecha), por edad, en 1991, 2001 y 2011
Fuente: E. P. con datos de los Censos de Población de 1991, 2001 y 2011 (INE)
RASP – Research on Ageing and Social Policy, 4(1) 33

Estos resultados vienen a significar que España comparte una tendencia


que lleva varias décadas registrándose en otros muchos países europeos y
occidentales en general, como es el aumento del número de hogares
unipersonales que están habitados por mujeres viudas. Los crecientes niveles
de independencia residencial con respecto a familiares de otras generaciones,
particularmente en las edades más avanzadas, ponen de manifiesto la
difusión de un estilo de vida que prima la intimidad y la autonomía sobre la
compañía y la protección material que podrían llegar a obtener en el
supuesto de que convivieran con ellos. Por esta razón, en efecto, la cifra de
viudas residentes en hogares de cuatro o más miembros ha experimentado
una honda disminución: en el grupo de edad de 85-89 años, por ejemplo, el
porcentaje de las que ocupan uno de ellos rondaba el 39% en 1991 pero es
inferior al 16% en 2011 (gráfico 1).
Sin embargo, como también reflejan esos datos, el tipo de hogar en el que
habitan las mujeres viudas depende, en gran medida, de las circunstancias
biográficas por las cuales atraviesan:
- Entre las menores de 50 años, y pese a su fuerte incremento reciente, el
porcentaje de aquellas que viven solas continúa siendo relativamente escaso.
La razón es que, a esas edades, la gran mayoría convive con hijos,
encabezando un núcleo monoparental.
- A partir de entonces la proporción de viudas solas va elevándose de manera
bastante sostenida, hasta alcanzar su valor máximo, próximo al 60%, entre
las que poseen 77 años. La emancipación de los hijos, precisamente, va
generando ese alza puesto que son cada vez más las que dejan de convivir
con ellos y constituyen un hogar unipersonal.
- Pasada esa edad, por el contrario, la tendencia del fenómeno es descen-
dente debido a que los problemas de salud van surgiendo o agravándose y
una cifra creciente de viudas dejan de valerse por sí mismas para mantenerse
independientes en casa: muchas de ellas recurren entonces a la convivencia
con familiares. Aun así, cerca del 40% de las viudas mayores de 90 años
viven solas (gráfico 2).
34 Juan López Doblas – Las Mujeres Viudas en España

Gráfico 2. Distribución de las mujeres viudas, por años cumplidos, según el tamaño
del hogar donde residen
Fuente: E. P. con datos del Censo de Población de 2011 (INE)

Situaciones de convivencia familiar

Conviene asimismo indagar en la estructura de aquellos hogares en los que


las mujeres viudas conviven con alguien. Si habitan en uno bipersonal, como
hacen unas seiscientas mil en España, lo más normal es que lo encabecen y
lo compartan con un hijo: de cada cuatro hogares, tres corresponden a este
perfil monoparental. Pero también existe una minoría significativa de viudas
que ha rehecho su vida junto a otra persona, el 6,43%, aunque entre las
menores de 50 años su número ronda el 19%: emparejarse de nuevo es una
decisión que toman, sobre todo, las mujeres jóvenes. Las demás viudas en
hogares biparentales conviven con un descendiente pero sin encabezarlos, o
bien con el padre, la madre, uno de sus hermanos, otro pariente o, en casos
excepcionales, con una persona que es ajena a la familia: representan casi el
RASP – Research on Ageing and Social Policy, 4(1) 35

17%, aunque entre las mayores de 90 años ese porcentaje asciende hasta el
26,75% debido a que muchas sufren problemas de salud y necesitan la
convivencia para ser cuidadas (gráfico 3).

Gráfico 3. Modos de convivencia de las viudas residentes en hogares bipersonales,


por grupos de edad
Fuente: E. P. con datos del Censo de Población de 2011 (INE)

Algo más de trescientas mil mujeres viudas residen en hogares de tres


miembros. En la práctica totalidad de los casos conviven con hijos, pero en
contextos bastante diversos entre sí. Muchas encabezan el hogar que
comparten con dos hijos (el 38%) o bien con un hijo más otra persona (el
17%, por lo general un familiar: sea un nieto, un hermano, un ascendiente o
la pareja). El 45% restante forma hogares de otro tipo, gran parte de los
cuales incluye a una hija y un yerno o a un hijo y una nuera: suelen ser ya
casos de mudanza residencial al domicilio de los familiares, tras haber
dejado de valerse por sí mismas para realizar actividades cotidianas básicas.
36 Juan López Doblas – Las Mujeres Viudas en España

La etapa del curso vital por la que atraviesan las mujeres viudas vuelve a
dictar su modo de convivencia. La gran mayoría de las ancianas residentes
en hogares de tres miembros se ha trasladado a la vivienda de los familiares:
casi el 77% de las que tienen 85-90 años y el 85% de las que superan los 90.
En cambio, cerca del 60% de las viudas de hasta 59 años encabezan un
núcleo monoparental junto a dos hijos, cifra que a partir de esa edad
desciende constantemente: el 44% de las viudas de 70-74 años y el 24% de
las de 80-84. Un tercer hecho a destacar es que el 20% de las viudas menores
de 50 años en estos hogares convive con pareja e hijo (gráfico 4).

Gráfico 4. Modos de convivencia de las viudas residentes en hogares de tres


miembros, por grupos de edad
Fuente: E. P. con datos del Censo de Población de 2011 (INE)

En los hogares más poblados, aquellos constituidos por cuatro o más


miembros, habitan en España un total de 326.735 mujeres viudas. Debido a
su mayor tamaño poseen una estructura más heterogénea que los anteriores.
RASP – Research on Ageing and Social Policy, 4(1) 37

La tercera parte de ellos se compone de un núcleo con hijos sin emancipar:


cerca del 25% albergan situaciones monoparentales y en otro 6,26% está
presente la pareja, sin excluir en ambos casos la presencia de algún pariente
más en la vivienda (como por ejemplo un ascendiente, un hermano, etc.). En
el 68% restante, las mujeres viudas no encabezan su hogar sino que proba-
blemente se hayan mudado al domicilio de algún descendiente, donde quizás
convivan además con el yerno o la nuera y/o con uno o varios nietos. Esta
última fórmula, por consiguiente, es la que destaca sobremanera entre estos
hogares de estructura compleja, buena parte de ellos multigeneracionales.
Pero el momento del curso vital por el que atraviesan las viudas
determina, nuevamente, dónde y con quiénes residen. Unirse a otro hombre
y recomponer así la familia es una decisión que toman fundamentalmente las
más jóvenes: en torno al 35% de las menores de 50 años residentes en
hogares de cuatro o más miembros vive con la pareja, frente al 3,25% de las
que poseen 65-69 años y menos del 1% de las mayores de 75. Por otra parte,
encabezar un núcleo monoparental es una experiencia más común entre las
viudas que poseen una edad intermedia (50 a 64 años) que entre cualesquiera
otras. Por último, el 90% de las viudas mayores de 85 años que habitan en
este tipo de hogares ya no los encabezan sino que seguramente han tenido
que mudarse a ellos por sus problemas de salud; muchas han estado viviendo
antes en solitario durante un tiempo más o menos dilatado y retoman la
convivencia familiar porque desean evitar la institucionalización a toda
costa.

Discusión

En España el estudio de las formas de vida de las personas se ha realizado,


sobre todo, desde la óptica de la Sociología de la Familia. El problema es
que se ha centrado en las jóvenes, indagando acerca de los procesos de
emancipación y de constitución del grupo familiar propio, así como en las de
edad intermedia, abordando por ejemplo el divorcio o las familias
monoparentales. La Sociología de la Familia, en cambio, no ha mostrado
hasta el presente demasiado interés por el análisis de los modos de vida de
las personas que no están en edad reproductora, particularmente de las
personas mayores. En la propia Sociología de la Vejez española, incluso, son
contados todavía los trabajos que abordan dicha cuestión. Este artículo ha
tratado de paliar ese vacío de información, preocupándose de una manera
38 Juan López Doblas – Las Mujeres Viudas en España

específica por un segmento de la población sobre el que tampoco abunda el


conocimiento sociológico en nuestro país, como el que componen las
mujeres viudas.
El análisis de resultados que hemos efectuado revela varios aspectos
sociodemográficos que cabe destacar. Uno alude a un hecho consabido: las
mujeres siguen representando una amplísima mayoría entre las personas
viudas, en concreto cuatro de cada cinco, lo que supone un rasgo estructural
dado que siempre ha ocurrido así en España. Otro es el proceso de
envejecimiento que viene experimentando este grupo de población, habida
cuenta de que la pérdida del cónyuge ocurre a una edad cada vez más tardía:
la viudez precoz o prematura, relativamente frecuente en el pasado,
constituye en la actualidad un suceso extraordinario. En 2011, además, se ha
registrado algo insólito en nuestro país: la edad media de las viudas supera a
las de los viudos, algo que se debe en gran parte a que la esperanza de vida
de los varones está creciendo a un ritmo mayor que la de las mujeres.
La temática principal objeto de estudio, no obstante, han sido los modos
de vida de las mujeres viudas, los cuales vienen transformándose de manera
muy profunda durante las últimas décadas. Pese a que la viudedad tiende a
concentrarse en la vejez, no hemos limitado nuestro interés a las mayores de
65 años sino que lo hemos hecho extensible al conjunto de las viudas
españolas (2.361.035). Esta decisión obedece a un hallazgo de suma
importancia en la revisión de la literatura internacional que hemos llevado a
cabo: la forma en que viven las mujeres viudas (solas, con hijos sin
emancipar, en pareja o en hogares a los que se han mudado para convivir y
probablemente para ser cuidadas por familiares) depende del momento de su
trayectoria vital en el que se encuentren. La confirmación de esta realidad,
también en España, supone una de las conclusiones más relevantes del
trabajo, junto a la firme expansión que viene teniendo el modo de vida
solitario.
En el análisis de las formas de vida de las mujeres viudas, una variable
esencial es el tamaño del hogar donde habitan. Si no es de tipo unipersonal,
resulta fundamental la estructura que posee. Factores demográficos (tener o
no hijos, por ejemplo), económicos (recursos propios con los que se cuenta),
socioculturales (la costumbre, el control social) y de salud (si padecen o no
enfermedades que dificulten o impidan el desenvolvimiento autónomo) se
conjugan a la hora de determinar cómo se distribuyen las viudas entre las
diferentes clases de hogares. Y también influye mucho sus preferencias
RASP – Research on Ageing and Social Policy, 4(1) 39

respecto a cómo vivir, si desean hacerlo en la vivienda propia u optan mejor


por mudarse con alguien, si deciden vivir solas o conviviendo con la familia,
si establecen una nueva relación de pareja o descartan esa posibilidad, etc.
Pues bien, la vida en solitario está haciéndose cada vez más frecuente entre
las viudas españolas, cabe subrayar, pero en una cuantía dispar dependiendo
de la edad:
- Entre las jóvenes (hasta 50 años), su incremento relativo entre 1991 y 2011
ha sido enorme y se explica sobre todo por razones de índole material, como
la mayor inserción que han ido teniendo estas mujeres en el mercado laboral
y su creciente independencia económica. También influyen los factores
demográficos puesto que han solido casarse más tarde y retrasar el
calendario reproductor, de forma que la muerte del cónyuge ha sorprendido a
muchas sin haber llegado a ser madres (al 24,18%, según queda referido en
el apartado sociodemográfico).
- En el fuerte aumento de viudas octogenarias y nonagenarias en hogares
unipersonales, mucho más han influido los factores culturales: la mayor
aceptación social de estilos de vida como el solitario donde prima la
intimidad y la libertad, o el reclamo para sí de una autonomía en el obrar
cotidiano que hallan en el hogar propio y no si convivieran con familiares.
Por eso estas mujeres se las arreglan con sus pensiones, por reducidas que
sean, para mantenerse residencialmente independientes en tanto que
responda la salud, en lugar de mudarse con nadie o ser institucionalizadas.
- En cuanto a por qué no se ha expandido comparativamente tanto la vida
solitaria entre las viudas de edad intermedia (50 a 75 años), la creciente
dificultad de los hijos adultos para emanciparse podría ser un factor
determinante: hijos que tardan más en constituir sus propios grupos
familiares o que regresan a casa porque han perdido el empleo o bien su
relación de pareja. El incremento del divorcio a raíz de la modificación
legislativa de 2005 y la crisis económica que sufrimos desde hace años, en
efecto, estarían motivando en muchos casos una convivencia intergenera-
cional obligada.
En general, las circunstancias familiares condicionan los modos de vida
de las mujeres viudas. Si la pérdida del cónyuge les ha sorprendido a una
edad temprana, sin haber llegado a tener descendencia, es más probable que
busquen a alguien con quien rehacer su relación de pareja, volviéndose a
casar o estableciéndose en una unión de hecho, o bien que opten definitiva-
mente por vivir solas. Caso de haber hijos pequeños, las viudas suelen
40 Juan López Doblas – Las Mujeres Viudas en España

encabezar un núcleo monoparental que va diluyéndose conforme se produce


su emancipación. Es así como muchas de ellas, una vez liberadas de la
responsabilidad de ocuparse de la familia, viven solas durante años o
décadas, hasta que los problemas de salud lo imposibilitan. Llegado ese
momento, habrán de adoptar otra decisión capital: si permanecer en el hogar
propio siendo cuidadas por otra persona (familiar o no, con la que
probablemente convivan), si mudarse con familiares o si ingresar en una
residencia. Son posibles pautas de cambio de los modos de vida de las
mujeres viudas a través del tiempo, que ponen de relieve otra circunstancia
digna de resaltar, su carácter dinámico.
Este estudio presenta, no obstante, algunas limitaciones. En primer lugar,
su carácter descriptivo y no explicativo. La escasez de información
estadística que hay en España sobre los modos de vida de las personas,
particularmente de las mujeres viudas, impiden la realización de análisis más
profundos que pudieran llegar a determinar, por ejemplo, la medida exacta
en que están condicionados por variables demográficas, económicas,
sociales y culturales. Es algo que hemos sugerido en nuestro trabajo pero
que no hemos podido concretar empíricamente. Los datos que aporta el
Censo de Población son pocos y, de otro lado, tampoco disponemos de
encuestas específicas en torno a este objeto de estudio. Otra limitación es
que no se incluya la dimensión cualitativa en el análisis del fenómeno.
Hubiera sido conveniente interpretar los discursos de las mujeres viudas en
diferentes formas de vida (solas, con pareja, en núcleos monoparentales o sin
encabezar el hogar donde residen); y, además, distinguir entre ellas
atendiendo al curso vital. Pero, desgraciadamente, tampoco contamos con
materiales de campo que lo posibiliten.
En el futuro sería necesario que se efectuasen en España más investiga-
ciones sobre los modos de vida de las mujeres viudas, aplicando técnicas
como la entrevista o el grupo de discusión, que permitieran conocer las
ventajas y los inconvenientes que perciben a cada uno de ellos, sus
problemas cotidianos y los recursos que poseen, sus relaciones familiares,
vecinales y sociales, etc. También deberían realizarse estudios longitudinales
de carácter cuantitativo a fin de captar cómo van evolucionando las formas
de vida de las viudas con el paso del tiempo. En síntesis, deberían llevarse a
cabo trabajos que, con la financiación necesaria, aplicaran una estrategia
metodológica de mayor calado basada en la combinación, la complemen-
tación o la triangulación de herramientas cuantitativas y cualitativas de
RASP – Research on Ageing and Social Policy, 4(1) 41

investigación social. Sus resultados ofrecerían una información de la que


carecemos aún hoy en España pero de la que disponen los sociólogos que
analizan la viudedad en otras sociedades occidentales.

Notas
1 Fuente: Censos de Población de 1991 y 2011 (INE).
2 Fuente: Indicadores Demográficos Básicos. Resultados provisionales, año 2014 (INE)
3 Fuente: Censo de Población de 2011 (INE).

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Juan López Doblas es Profesor Titular de Sociología en la


Universidad de Granada (España)

Contact Address: jdoblas@ugr.es


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Vejez y Género en la Antropología Brasileña

Andrea Moraes Alves1

1) Universidade Federal do Rio de Janeiro, Brasil

Date of publication: January 30th, 2016


Edition period: January 2016 - July 2016

To cite this article: Alves, A. M. (2016). Vejez y Género en la Antropología


Brasileña. Research on Ageing and Social Policy, 4(1), 46-68.
doi: 10.17583/rasp.2016.1722

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RASP – Research on Ageing and Social Policy Vol. 4 No. 1
January 2016 pp. 46-68

Vejez y Género
en la Antropología Brasileña
Andrea Moraes Alves
Universidade Federal do Rio de Janeiro

Resumen
Este artículo presenta un panorama de la producción etnográfica brasileña sobre
género y vejez. El texto explora algunas investigaciones pioneras sobre el tema y
señala posibles desdoblamientos. La tradición de investigación antropológica sobre
género y vejez en Brasil comenzó entre los años 1970/1980 y permanece activa
hasta los días de hoy. Los primeros artículos y libros divulgados consideraron las
relaciones familiares y el mundo del trabajo. Poco tiempo después, proliferaron las
investigaciones sobre temas como la sociabilidad urbana y el cuerpo. Actualmente,
el campo de estudios sobre sexualidad atrae nuevas investigaciones. Todos estos
trabajos contribuyeron para la diseminación de la perspectiva generacional entre los
estudios de género. La mirada generacional implica un ejercicio comparativo, ya que
pensar en términos de trayectorias de generaciones que envejecen posibilita una
atención al sentido de los cambios y las permanencias en las interpretaciones y
prácticas de género.

Palabras clave: vejez, género, antropología, Brasil

2016 Hipatia Press


ISSN: 2014-6728
DOI: 10.17583/rasp.2016.1722
RASP – Research on Ageing and Social Policy Vol. 4 No. 1
January 2016 pp. 48-68

Old Age and Gender


in Brazilian Anthropology
Andrea Moraes Alves
Universidade Federal do Rio de Janeiro

Abstract
This article presents a panorama of the ethnographic Brazilian production on gender
and old age. The text explores some pioneering researches on the topic and indicates
possible developments. The tradition of anthropologic research on gender and old
age in Brazil began between the years 1970/1980 and it actually remains active. The
first articles and spread books considered the family and work relations. A little time
later, the researches proliferated on topics as the urban sociability and the body.
Nowadays, the field of studies on sexuality attracts new researches. All these works
contributed to the dissemination of the generational perspective in gender studies.
The generational perspective implies a comparative exercise, since thinking in terms
of aging generation paths makes possible an attention to the sense of the changes
and the permanencies in the gender interpretations and practices.

Keywords: old age, gender, anthropology, Brazil.

2016 Hipatia Press


ISSN: 2014-6728
DOI: 10.17583/rasp.2016.1722
48 Andrea Moraes Alves – Vejez y Género

E ste artículo comienza con una pregunta: ¿de qué manera la


intersección entre los conceptos de género y vejez nos puede
ayudar a comprender las experiencias de los individuos en
sociedad? ¿Existe algo específico que podamos aprender a través de ese
entrecruzamiento? ¿Qué nos enseñan los estudios de género y vejez sobre la
vida social?
Antes que nada, es necesario especificar qué se entiende por género y
por vejez. Ambos conceptos poseen una historia reciente bastante rica y
plural. En la literatura contemporánea de las ciencias sociales, género y
vejez atraviesan un cambio; pasan de conceptos que se dirigían a la
disyuntiva naturaleza y cultura para conceptos que extrapolan esa
oposición. Dejan de referirse a un constructivismo social anclado en una
base natural no problematizada para postular un ejercicio permanente de
deconstrucción. Este cambio reciente coloca nuevos desafíos para el
pensamiento social y nos incita a reflexionar sobre los límites y las
potencialidades de las marcas sociales de género y de generación/edad.
La bibliografía sobre género en las ciencias sociales es bastante extensa,
y este concepto ha atravesado transformaciones significativas desde su
surgimiento en los años 1970. De las perspectivas estructuralistas a las
posestructuralistas, son muchas las lecturas que pueden ser articuladas. Más
allá de los desacuerdos, una cuestión parece alcanzar cierto consenso entre
los estudiosos y las estudiosas del tema de las relaciones de género: la idea
de que es necesario tener en cuenta el entrecruzamiento del género con
otras categorías marcadoras de diferencia para comprender las dinámicas de
producción de desigualdades en el mundo contemporáneo. Así, la
intersección entre género/clase/raza/generación/edad nos permite identificar
y caracterizar las relaciones de poder entre individuos y colectividades.
La tradición de estudios sobre vejez en las ciencias sociales brasileñas,
sobre todo la tradición antropológica, incorporó desde su emergencia como
área de conocimiento las perspectivas de género y de clase social. Las
principales investigaciones producidas en ese campo evidenciaron la
importancia de pensar esas dimensiones en forma articulada. En nuestro
caso, la vejez fue desde siempre “engendrada” y marcada fuertemente por
los contornos de la clase social. Otro aspecto importante está en el hecho de
que muchas investigaciones pioneras sobre género y sobre vejez en Brasil
RASP – Research on Ageing and Social Policy, 4(1) 49

partieron de los estudios sobre familia y, posteriormente, de los estudios


sobre sociabilidad urbana. Las discusiones sobre familia/generaciones y
sobre la cuestión urbana fueron espacios centrales para la producción de
investigaciones sobre género y vejez (Lins de Barros, 2006). Actualmente,
vienen ganando importancia los debates sobre la sexualidad como campo de
producción de estudios sobre la vejez.
Vale la pena también prestar atención a la nomenclatura utilizada en
estos estudios. En las investigaciones antropológicas, el término
preferencial es vejez y no envejecimiento. La categoría envejecimiento es
utilizada más ampliamente en otras áreas de conocimiento. Sin embargo,
ese término recibe poca adhesión entre los antropólogos. Un relevamiento
realizado en el banco de tesis de doctorado y disertaciones de maestría de la
CAPES (Coordenação de Aperfeiçoamento de Pessoal de Nível Superior),
del Ministerio de Educación, muestra que entre 2010 y 2014 fueron
presentadas 1470 tesis y disertaciones con la palabra envejecimiento en el
título. Los posgrados que más produjeron investigaciones fueron de las
áreas de gerontología, enfermería y gerontología médica, con una menor
participación de los posgrados de ciencias sociales y sociología. Los
posgrados en antropología no aparecen. Cuando la palabra vejez es
investigada, aparecen citados posgrados en antropología, si bien en una
forma menor que los posgrados en gerontología, psicología y educación,
que son los más productivos. El término vejez es empleado en el título de
242 tesis y disertaciones defendidas entre 2010 y 2014.
Teniendo en cuenta ese marco general, la propuesta de este artículo es
discutir vejez tomando como referencia central género. El contexto en el
cual se llevará a cabo esta discusión se refiere a las experiencias de
colectivos y de individuos con la cuestión de la vejez en la sociedad
brasileña, principalmente en medios urbanos. Partiré de trabajos
etnográficos hechos por investigadores brasileños.1 La idea es sistematizar
las investigaciones pioneras y mostrar cómo la intersección género/vejez
apareció en las mismas. Las investigaciones aquí reunidas nos ayudarán a
reconocer los dilemas, desafíos y conquistas que las personas más viejas
viven en una sociedad cuya distribución etaria se transformó radicalmente
en poco tiempo.2
50 Andrea Moraes Alves – Vejez y Género

Género, Familia y Vejez

La importancia de la familia como espacio de reflexión sobre las relaciones


inter-generacionales es incontestable. Las posiciones jerárquicas, las formas
de intercambio y de transmisión son algunos de los aspectos de los análisis
antropológicos que tomaron a la familia como campo de producción de esos
elementos. Entre las generaciones, la posición de los más viejos, así como
las posiciones de género, muestra la producción y reproducción del tipo de
distribución de autoridad y poder dentro del orden familiar.
En la antropología brasileña, los estudios sobre familia forman parte de
la estructuración de la propia disciplina. Desde clásicos como Gilberto
Freyre, la familia es un tema recurrente y constantemente actualizado en los
debates. En este espacio, me gustaría destacar algunos trabajos de autores
importantes de la antropología brasileña que se dedicaron al análisis de la
familia y de la posición de los más viejos en el interior de las relaciones
familiares.
Un primer trabajo importante es Autoridade e afeto: avós, filhos e netos
na família brasileira, de Myriam M. Lins de Barros (1987). El libro trata
sobre los cambios que afectan las relaciones familiares a partir de la llegada
de los nietos. Los relatos destacan la perspectiva de los abuelos sobre esas
transformaciones. Familias de estratos medios urbanos de la ciudad de Rio
de Janeiro y sus experiencias de movilidad social son retratadas a partir de
las narrativas de aquellos que asumen el lugar de los más viejos. Se trata de
un valioso estudio que aborda los temas de las jerarquías de poder, las
formas de transmisión de valores y las prácticas de cuidado. La principal
conclusión de la autora es que la posición de abuelo/abuela en esas familias
posibilita una reconfiguración de los recuerdos, donde el ejercicio de la
paternidad/maternidad es redimensionado, reevaluado. Abuelos y abuelas,
sobre todo estas últimas, desempeñan junto a los nietos funciones de
cuidado que aproximan esa red familiar a una configuración más extensa y
menos nuclear. En tal posición, los abuelos son muchas veces llamados a
mediar relaciones entre hijos y nietos, no sin conflictos. Esa práctica
cotidiana reconstruye lazos generacionales y pone en perspectiva roles de
género, principalmente aquellos que atañen al lugar de las mujeres en la
familia urbana de estratos medios.
RASP – Research on Ageing and Social Policy, 4(1) 51

La importancia de este estudio reside no solo en su carácter pionero,


sino principalmente en el hecho de haber señalado una tendencia que no ha
hecho más que profundizarse en las familias brasileñas: el rol central que
ocupan los abuelos y abuelas en la crianza de los nietos, ya sea en el
cuidado doméstico cotidiano o a través del aporte de recursos financieros.
La longevidad conquistada por las nuevas generaciones envejecidas, la
posición de las mujeres en el mercado de trabajo, las experiencias de
separaciones y recasamientos, son elementos que contribuyen
conjuntamente para los nuevos arreglos familiares, en los cuales los abuelos
y abuelas ocupan una posición relevante.
Otro investigador importante en este campo es Parry Russel Scott.
Norteamericano, radicado en Brasil, Scott desarrolla investigaciones
importantes sobre género, generaciones y familia, dedicándose
principalmente a estudios que toman como contexto el Nordeste de Brasil.3
En dos artículos de 2001 y 2007, este autor observa la presencia de mujeres
relativamente jóvenes (45 años) que ya son abuelas, son las responsables de
sus hogares y frecuentan “grupos de ancianos”. Desde una perspectiva
generacional y de género, uno de los textos (2001) compara las “jóvenes
abuelas” con las “madres adolescentes” y argumenta que, en ambos casos,
se trata de experiencias de “liminaridad”, o sea, abuelas jóvenes y madres
muy jóvenes vivencian procesos similares: una anticipación del ciclo de
vida que conlleva consecuencias en el cotidiano domiciliar y en la
experiencia individual.

Para las mujeres, con pocas oportunidades de ganar dinero, muchas ya


esterilizadas, y con los hijos crecidos, ya abuelas, sin maridos, algunas
con beneficios y pensiones vitalicias, no es ni la identidad de madre,
ni de trabajadora, ni de ama de casa la que las ubica más
adecuadamente en la nueva fase del ciclo de vida en la que se
encuentran. En sociedades con una longevidad aumentada y una
reproducción disminuida (lo último más para las mujeres que para los
hombres), ha surgido una nueva fase de liminaridad que exige una
identificación más clara de esta importante fase en el ciclo de vida. De
este modo, identificándose tempranamente con el grupo de ancianos,
la adulta, a pesar de aún ser “joven”, pero ya habiendo experimentado
todas aquellas experiencias que constituyen el cotidiano de la vida
como adulta, amplia oportunidades para solidaridades, para la
redefinición de roles, para el ingreso en una nueva fase, con el
52 Andrea Moraes Alves – Vejez y Género

refuerzo de algunos programas estimulados por el Estado y por otras


entidades, que se caracteriza por lo “lúdico merecido”, por el
“respeto”, y por la “desobligación”, y aún abre nuevos mercados para
la sociedad de consumo. Se está definiendo así un nuevo espacio en el
ciclo de vida, tanteando en el descubrimiento de nombres adecuados,
pero buscando desesperadamente “ritualizarlo” lo suficiente para
diferenciarlo de la “mismidad” de la vida adulta afligida y llena de
responsabilidades que todos conocen (Scott, 2001, p. 71).

Parry Scott (2008) también estudió hombres viejos de familias urbanas


de estratos populares, identificando lo que él denomina una inversión de
papeles de género en la vejez. En esta investigación, realizada en un barrio
de la periferia de Recife/Pernambuco, el autor observa que en la vejez los
hombres terminan quedándose más en su casa que las mujeres. Mientras
estas salen para realizar distintos quehaceres en la ciudad y en el barrio, los
hombres optan por un cotidiano más doméstico.
El trabajo de Alda Britto da Motta (1998), realizado en Salvador, Bahia,
también en la región del Nordeste de Brasil, con familias donde los más
viejos son personas de referencia, muestra la participación de viejos y viejas
en la reproducción del hogar y de sus miembros. Sin embargo, la autora
señala una diferencia de género importante. Cuando la persona de
referencia es una mujer más vieja, las condiciones de reproducción del
hogar y de la familia empeoran. Los hogares cuyos jefes son hombres
viejos tienden a tener mejores condiciones de vida. Sin embargo, en casos
de viudas más viejas que viven solas, Britto de Motta detectó
representaciones predominantemente positivas. Lejos de evocar ideas de
soledad y abandono, muchas mujeres que se encuentran en esa situación
domiciliar y son funcionalmente independientes expresan sentimientos
positivos en relación a esa experiencia, refiriéndose a la libertad y
autonomía que su condición les permite.
A pesar de no ser un patrón de residencia común en Brasil, los hogares
unipersonales han crecido cada vez más. A fines de la década de 1990, este
ya era un fenómeno identificable en las estadísticas, si bien todavía bastante
tímido. En el último censo demográfico, fue posible establecer que entre
2004 y 2013 hubo un crecimiento de este tipo de hogares, pasando de 10%
a 13,4%. La mayor concentración de personas que residen en hogares
unipersonales está en el segmento etario de más de 50 años. Mientras que
RASP – Research on Ageing and Social Policy, 4(1) 53

en la región Sur y Sureste se observan más mujeres que hombres viviendo


solas, en las demás regiones brasileñas, los hombres son mayoría en esa
situación.
Más recientemente (2010), esta autora investigó los modos de vida y las
experiencias de personas centenarias en familias brasileñas. Un aspecto
interesante de este trabajo es el de resaltar el amplio espectro de edades que
componen la vejez y sus relaciones generacionales. En una misma familia
es posible encontrar personas de 60, 80 y hasta 100 años, y esa amplitud
etaria implica visiones de mundo y condiciones de existencia muy
diferentes e incluso conflictivas. Aunque la esperanza de vida de los
brasileños sea de 78,5 años para las mujeres y 71,2 para los hombres, la
realidad de las familias multigeneracionales comienza a ser un factor
relevante para el análisis de la vejez en Brasil.

Género, Trabajo y Vejez

Las memorias en relación al tiempo de trabajo y los desafíos de la


jubilación son temas recurrentes en los estudios antropológicos sobre viejos
en Brasil.
Cornélia Eckert (1998) realizó una etnografía con carboneros y sus
memorias sobre el trabajo en la mina. El locus de su investigación fue una
ciudad en el Sudeste de Francia. Después de sufrir un período de crisis, la
ciudad y la compañía carbonera pasaron por profundas transformaciones. A
partir de las narrativas de los jubilados de las minas y sus familias, Eckert,
cuya tesis fue presentada a inicio de los años 1990, analiza las tensiones
entre el sentimiento de ruptura y disolución que esos individuos vivencian y
los ideales de continuidad y permanencia de pertenecimiento al grupo y a la
región. Aunque el tema de las relaciones de género no sea explícitamente
resaltado, este atraviesa todo el texto. Hombres y sus memorias del trabajo
y de la vida en la mina son referencias esenciales para construir la imagen
de “trabajador honrado”. Sin embargo, es en el mundo de la sociabilidad
pública donde aparecen de forma más nítida las cuestiones de género y
vejez.4 Eckert muestra una separación entre la sociabilidad de viejos y
viejas, aunque también hay momentos en los que se comparte, como en las
fiestas locales. En relación a los más viejos, la diferencia está en la forma
como estos participan en asociaciones de ocio:
54 Andrea Moraes Alves – Vejez y Género

Mujeres, en general entre los 50 y 80 años, se reúnen diariamente en


pequeñas sedes subvencionadas por la Prefectura para leer, jugar
cartas, tejer, bordar. Pero, principalmente, conversar. Los hombres, en
general jubilados, también están asociados, pero no participan de las
actividades diarias, prefiriendo pasear en pequeños grupos, jugar
petanque, visitar un café o las “casas de jubilados”, o quedarse en casa
(Eckert,1998, p. 199).

Peixoto (2004) discute el regreso al trabajo de personas jubiladas y


Simões (1998) la constitución de una identidad política por los jubilados.
Ambos autores destacan un tema muy importante para pensar la vejez
brasileña contemporánea: el papel de “proveedores” que, sobre todo los
hombres más viejos pero también algunas mujeres, ocupan en las
configuraciones familiares.
Peixoto muestra que ese regreso al trabajo no posee un itinerario y
propósito únicos. Jubilados y jubiladas por edad/tiempo de servicio pueden
volver al trabajo por razones muy diversas y en tipos de trabajo también
diferentes. Ese regreso puede darse en el mercado formal o informal de
trabajo, la persona puede comenzar una actividad nueva o aprovechar
habilidades y conocimientos ya conquistados. En un estudio que considera
el sexo y la clase social, la autora concluye que si bien la reinserción en el
mercado de trabajo es obligatoria para la mayoría de los jubilados
brasileños, debido al valor mínimo de las jubilaciones, ciertas carreras son
beneficiadas en ese proceso, como los comerciantes, empresarios,
profesionales liberales, profesores universitarios. Los profesionales de
menor calificación, por otro lado, encuentran mayores barreras para su
reinserción. La posición del jubilado o jubilada en su hogar y la situación
familiar también contribuyen para esa relocalización. Las mujeres son las
que viven mayoritariamente en cohabitación, principalmente las viudas con
sus hijos o hijas. La jubilación, pensión o propiedad de la casa definen el
sentido de la ayuda material que se establece entre madres e hijos. Para las
jubiladas, volver a trabajar puede ser tanto una necesidad para cumplir con
los apoyos familiares dentro de casa, como una forma de mantener la
autonomía y libertad fuera de casa. No es poco común que esos jubilados y
jubiladas aún tengan sus padres vivos y también necesiten ayudarlos. La
RASP – Research on Ageing and Social Policy, 4(1) 55

convivencia entre tres o cuatro generaciones ya no resulta un fenómeno


infrecuente.5
El estudio de Simões nos traslada hacia la dimensión más política de la
experiencia de la jubilación. A partir de un análisis del “movimiento por el
147%”, el autor problematiza la expansión de la importancia política de los
viejos en el escenario brasileño de los años 90. La “Movilización por el
147%” unió a jubilados y pensionistas de la previdencia social en torno a
una lucha por la reposición de los valores de los beneficios que habían sido
eliminados. La “movilización” se extendió por varios meses entre 1991 y
1993, y fue acompañada por una intensa batalla judicial retratada por la
prensa brasileña. En los medios, la “rebelión de los viejitos”, como fue
denominada, produjo una imagen dramática de las dificultades y carencias
que caracterizan el modo de vida de muchos viejos, dando lugar a
reflexiones públicas sobre el futuro de la previdencia social y el
envejecimiento poblacional, y generando una fuerte solidaridad en la
sociedad. Quienes alcanzaron mayor visibilidad fueron principalmente los
hombres, proyectando hacia sí mismos la figura de “proveedores” de sus
familias y de la jubilación como un derecho fundamental. Se trata de una
figura positiva que combate las imágenes de desprotección y fragilidad que
contribuyen a estigmatizar la vejez.
A partir de estas investigaciones precursoras es posible observar que la
conexión entre trabajo y familia es esencial para la comprensión de la vejez
brasileña. Son temas que se entrelazan necesariamente y las relaciones de
género quedan marcadas por esa conexión.

Género, Cuerpo y Vejez

En este apartado me gustaría mencionar una investigación realizada por mí


misma a principios de los años 2000 y publicada en 2004, bajo el título A
Dama e o Cavalheiro: um estudo antropológico sobre envelhecimento,
gênero e sociabilidade.6 En este trabajo, la discusión sobre cuerpo, género y
vejez queda circunscripta al tema de la sociabilidad, más allá de que existan
actualmente otras situaciones de investigación que analicen esa tríade a
través de estudios sobre cuidado geriátrico, violencia y salud. Antropólogos
y antropólogas brasileñas también han contribuido a esos campos de
discusión, como las investigaciones de Debert & Oliveira (2012) sobre
56 Andrea Moraes Alves – Vejez y Género

“violencia contra ancianos” y la de Clarice E. Peixoto (2011) sobre


prácticas de asilo geriátrico.7
Mi trabajo se centró en la observación participante de mujeres que
practicaban danza de salón y frecuentaban diferentes bailes de la ciudad de
Rio de Janeiro. En algunos de estos, las mujeres más viejas se hacían
acompañar por bailarines, en general más jóvenes que, a través de una
remuneración, les garantizaban una pareja para bailar durante todo el
evento. La edad de esas mujeres variaba entre los 60 y 70 años. Casadas,
viudas y solteras; jubiladas y pensionistas, pertenecientes a los estratos
medios urbanos.
Mis principales conclusiones fueron: el cuerpo de las mujeres más viejas
gana visibilidad a través del baile, las vestimentas, los peinados y el
maquillaje. Esa posición de la mujer más vieja en el salón de baile provoca
también una alteración de la posición masculina. Además de la presencia de
hombres jóvenes, atraídos por la posibilidad de alquilar sus cuerpos para el
baile como una nueva salida laboral, los hombres viejos que buscan el baile
en la expectativa del encuentro de una compañera amorosa vivencian
obstáculos para la realización de ese proyecto. En los espacios de danza de
salón observados para la investigación, además de la escases de mujeres
jóvenes disponibles, es posible notar que las más viejas están mucho más
motivadas por la posibilidad de ejercitar el dominio y la seducción de sus
cuerpos con los bailarines profesionales, más jóvenes que ellas, que de
interactuar con hombres de su edad, cuyos cuerpos pierden, de este modo,
visibilidad.
La danza de salón aparece como un ejercicio de dominio sobre el cuerpo
propio y el cuerpo del otro. Lo fundamental no es repetir los pasos
correctamente, sino integrar los movimientos de los cuerpos que se
entrelazan. Asistir regularmente a los bailes contribuye a lograr el
adiestramiento corporal para la danza y produce clasificaciones de las
parejas de bailarines, separando aquellos que son ágiles y graciosos de
aquellos que aún no alcanzaron el dominio necesario. No tener éxito en la
conquista de ese cuerpo para el baile puede ser entendido como una señal
de “vejez”. El cuerpo viejo resulta aquel que no responde a los comandos,
que no logra realizar los movimientos necesarios. En ese contexto, lo que
las mujeres más temían era perder la flexibilidad y el control corporal, y
tener que parar de bailar.
RASP – Research on Ageing and Social Policy, 4(1) 57

La presentación de sí mismo por medio del vestuario también es un


punto importante. Entre las mujeres, el uso de faldas y tacos es valorizado.
Se vuelve esencial evitar usar “ropa de vieja”, o sea, muy oscura, de telas
pesadas o sin adornos. Las mujeres usan faldas pinzadas, telas livianas y
coloridas, escotes discretos y accesorios. El perfume es imprescindible.
Para las mujeres que acompañé a los bailes, preparar el cuerpo es una
actividad que siempre antecede la ocasión y evoca señales de femineidad.
Se da mucha atención al rostro y al cabello. Los peinados y cabellos teñidos
enmarcan el rostro. Por medio de la expresión facial, el bailarín demuestra
sus emociones. La presencia de la mujer mayor en el salón de baile,
exhibiendo un cuerpo adiestrado y embellecido, aparece como un desafío a
la invisibilidad del cuerpo femenino envejecido.
Las mujeres parecer estar al frente de los cambios más relevantes en
relación a la interpretación de la vejez. Ellas han sido las grandes
promotoras de la ideología de la “tercera edad”.8 En el caso de los bailes, lo
que queda en evidencia es la fuerte disposición de las mujeres a mostrar sus
cuerpos en movimiento, desafiando la regla tácita de que las viejas no son
atractivas. La generación que inauguró la “era de la tercera edad” fue
también la que vivió, en la juventud, los efectos de la liberación femenina y
los cambios en los patrones sexuales. Estos factores tuvieron bastante
importancia en las trayectorias de esos individuos y, por lo tanto, son
relevantes para estudiar su curso de vida.
Aún en relación a cuerpo, sociabilidad y género en la vejez, me gustaría
destacar cuatro trabajos anteriores al mío que contribuyen enormemente a
esta discusión; se trata de las investigaciones pioneras de Myriam Lins de
Barros (1998), Flavia de Mattos Motta (1998), Mauro Brigeiro (2000) y
Clarice E. Peixoto (2000).
Myriam Lins de Barros, en una investigación realizada en la década de
1970, entrevista un grupo de mujeres católicas, de estratos medios de Rio
de Janeiro, con edades entre 60 y 80 años, sobre sus trayectorias de vida. La
mayoría de esas mujeres eran solteras y no tenían hijos. A lo largo de su
vida, construyeron una carrera profesional, alcanzaron el nivel superior de
educación, se comprometieron políticamente a través de acciones en la
Iglesia católica, identificándose poco con la función de “ama de casa”. La
dimensión pública de la vida es muy valorizada por este grupo, y marca un
tipo de vejez que no era común en la década de 1970. Las mujeres
58 Andrea Moraes Alves – Vejez y Género

investigadas por Lins de Barros, diferentemente de aquellas estudiadas en


mi propio trabajo, no dedican el mismo tiempo y atención al cuerpo. Para
ellas,

el cuerpo y el uso de accesorios para decorarlo forman parte (…) de


una forma de control de la expresión de la vejez. (…) Parece haber
una forma adecuada de vestirse, o mejor, el estigma puede ser
denunciado, tornando evidente la vejez, sea a través de una vestimenta
estereotipada de vieja, o a través de una forma considerada por ellas
como exageradamente joven para la edad (Lins de Barros, 1998, p.
142).

Para las mujeres de mi investigación, en cambio, el objetivo central de la


elección de la ropa no es evitar el estigma de vieja, sino intensificar las
cualidades del cuerpo para su exhibición en el baile de danza de salón.
Flávia de Mattos Motta (1998) también investigó mujeres viejas que
frecuentaban bailes y otras actividades de ocio, como viajes en grupo. La
autora observó que esas actividades potencializan cierta femineidad y
muestran el lado “coqueto” de esas mujeres, una identidad femenina que
atraviesa primordialmente la producción y la performance corporal. Motta
estudió mujeres de estratos populares en Porto Alegre, ciudad del sur de
Brasil, y verificó la centralidad del cuerpo y la sexualidad en el discurso de
esas mujeres sobre sí mismas. La forma de hablar sobre el tema era siempre
jocosa. Al igual que entre las mujeres de estratos medios cariocas que yo
investigué, entre ellas no aparecía ninguna mención relativa al uso de
tecnologías estéticas como cirugías plásticas, dietas o ejercicios físicos
como condiciones necesarias para la exhibición del cuerpo.
En un estudio sobre la sociabilidad de viejos en Rio de Janeiro y en
Paris, Peixoto (2000) se refiere a la importancia del desempeño físico para
hombres y mujeres más viejos que se dedicaban a practicar vóley en la
playa de Copacabana y asistían a bailes de danza de salón en plazas
públicas. El cuerpo aparece como un medio de interacción social. Su
agilidad y destreza asumen un papel fundamental para el mantenimiento de
la vida social más allá del espacio doméstico. En las situaciones de baile
que investigué en mi etnografía, esa centralidad del desempeño corporal
para mantener la sociabilidad también tuvo un carácter evidente.
RASP – Research on Ageing and Social Policy, 4(1) 59

Las investigaciones recién citadas prestan atención principalmente a


mujeres en actividades públicas de sociabilidad y ocio. Un contrapunto
interesante es el trabajo de Mauro Brigeiro (2000) sobre aspectos que hacen
a la sociabilidad de hombres viejos. Su investigación etnográfica fue
realizada en un shopping center de la ciudad de Rio de Janeiro. En ese
espacio urbano cerrado, un grupo de hombres más viejos, jubilados, se
reunía para conversar y pasar el tiempo. Se encontraban regularmente en el
área de alimentación del centro comercial. Entre ellos también se observó la
cuestión de la jocosidad, al igual que entre las mujeres estudiadas por
Flávia de Mattos Motta. Uno de los temas preferidos de esa conversación
era la sexualidad heterosexual. Para ellos, a través de chistes y bromas, la
masculinidad se construía en los discursos sobre la virilidad sexual y la
capacidad de conquistar mujeres.
El movimiento que va del estudio de la sociabilidad hacia la sexualidad
resulta evidente. Los espacios de sociabilidad urbanos investigados en estas
etnografías pioneras guardan todos, en cierta medida, alguna referencia a la
sexualidad de los más viejos. Es un tema cercado de silencios en el
cotidiano. Sin embargo, encuentra fisuras que permiten su formulación en
los espacios de ocio. Actualmente, el interés por la sexualidad de los más
viejos estimula la producción de nuevas investigaciones, algunas de las
cuales comienzan a observar una sexualidad no heteronormativa en la
vejez.

Género, Sexualidad y Vejez

El progresivo aumento del interés por el tema de la sexualidad en la vejez


traduce un doble y amplio movimiento contemporáneo. Un movimiento que
refleja tanto la atención dada a las dimensiones de la subjetividad/
identidad, como una preocupación relativa al derecho a la salud. Ambas
dimensiones se encuentran ligadas, en última instancia, al gran tema de los
Derechos Humanos.
El antropólogo Mauro Brigeiro escribe en 2002 el artículo Envelheci-
mento bem sucedido e sexualidade: relativizando uma problemática. En
este texto, aborda la forma como la gerontología utiliza fundamentos de la
sexología para promover la actividad sexual entre los más viejos. El
abordaje terapéutico de la sexualidad entre los viejos se basa en una
60 Andrea Moraes Alves – Vejez y Género

naturalización de la sexualidad femenina y masculina, en la construcción de


identidades fijas de género fundamentadas en características psicológicas
diferentes y complementarias. Los hombres viejos son así vistos como seres
de deseo, deseo que debe ser rescatado y preservado (piénsese en la
propagación del uso del Viagra). Las mujeres, en cambio, son vistas como
reprimidas y puro objeto del deseo masculino. Para ellas, la sexualidad sería
inseparable del casamiento. Los hombres viejos son considerados limitados
en su concepción de la sexualidad, al asociarla exclusivamente a la
penetración, y estarían más interesados en el sexo que las mujeres.
Las terapias sexuales de la gerontología recomiendan que a los hombres
viejos se les enseñen formas de ampliar sus prácticas sexuales, mientras que
las mujeres deben ser educadas en el sentido de liberarse de la represión.
Sobre los cuerpos de hombres y mujeres viejos actúan así pedagogías del
sexo que buscan fomentar el bienestar individual.
Antropólogos y antropólogas de Brasil han realizado recientes investiga-
ciones sobre este tema. Se destacan actualmente investigaciones que
abordan la homosexualidad, sobre todo la masculina. Son etnografías
emprendidas en su mayoría por jóvenes investigadores que se preocupan
por entender la homosexualidad a partir de una perspectiva generacional. Se
trata de un movimiento relativamente reciente, observado principalmente en
congresos científicos del área de la antropología y en algunas tesis de
doctorado y disertaciones de maestría. Considero que esos estudios abrirán
nuevos caminos para el análisis de la vejez brasileña contemporánea.
Investigaciones con mujeres lesbianas, así como con otros segmentos de la
comunidad LGBT, son aún escasas. Cito la tesis doctoral de Monica
Siqueira (2009) sobre travestis más viejas y sus trayectorias de vida y mi
propio trabajo (2010) sobre mujeres lesbianas más viejas, sus itinerarios e
historias afectivo-sexuales.
Mi trabajo está basado en narrativas sexuales. Esas memorias relatadas
son materiales preciosos en la medida en que desvendan relaciones entre
determinados sujetos y contextos sociales, revelando las redes de contacto
social que les posibilitaron en el pasado tener experiencias de
homosexualidad femenina en la ciudad de Rio de Janeiro. En el momento
de la vida en el que se encontraban durante esa oportunidad de contar su
historia de vida sexual –una historia que permaneció en la sombra por
RASP – Research on Ageing and Social Policy, 4(1) 61

algunos años– esta se presentó como una forma de dar sentido a sus
trayectorias y de situarse como sujetos de ese relato.
El acto de narrar su historia, sus vivencias a lo largo del tiempo, les
permitió a las entrevistadas una presentación de sí, la construcción de una
biografía en el sentido que Bourdieu (1996) le da a este término. Los
eventos y actores trasladados al centro de la escena o a sus márgenes
señalan las relaciones que la narradora entiende como significativas. Según
Plummer (1995), al registrar “historias sexuales” es necesario tener en
mente el contexto en el cual estas se producen y con el que se relacionan.
En mi investigación, formó parte del contexto de la narración la interacción
con una investigadora más joven, heterosexual y una narradora por lo
menos veinte años más vieja y homosexual. En este sentido, las historias
contadas suponen como receptor alguien que no comparte los mismos
códigos. Además, son declaraciones que se dirigen hacia alguien cuya
distancia etaria no permite compartir las mismas referencias temporales. La
ciudad era otra, y eran también otras las formas de circulación en los
lugares apuntados como espacios abiertos a las prácticas e interacciones
entre homosexuales. Teniendo en cuenta que nos estamos refiriendo a la
homosexualidad femenina, cuyos espacios siempre fueron más restringidos
que los masculinos, podemos comprender en qué medida esas narrativas
nos hablan muchas veces de la casi ausencia de lugares. Una metáfora
perfecta para la invisibilidad de la homosexualidad femenina. No obstante,
la homosexualidad fue vivenciada por ellas, espacios fueron construidos
para esa experiencia y se transforman ahora en material para el recuerdo.
En coherencia con investigaciones que han trabajado con la memoria
relativa al mundo del trabajo y la ciudad, las memorias puestas en juego en
esos relatos sexuales son también construcciones individuales basadas en
referencias contextuales. Como toda memoria, se articula con el porvenir a
medida que lo que es accionado sobre el pasado está en conexión con el
presente y con los proyectos futuros de las narradoras. La memoria coloca
en movimiento la trayectoria individual de esas mujeres, concediéndoles un
espacio para que ellas se apropien de lugares que estaban “casi olvidados”,
de momentos que se volvieron significativos en el presente. De este modo,
vuelven a recordar el único bar que podían frecuentar en la ciudad para
conquistar, de las cartas de amor intercambiadas y escondidas, de los clubes
de fans de ciertas cantantes que eran un punto de referencia para el
62 Andrea Moraes Alves – Vejez y Género

encuentro entre iguales. Son momentos y espacios significativos porque


instrumentan la percepción de aquello que las constituye como sujetos con
una vida afectivo-sexual, con historias de amor que pueden ser contadas en
el presente y que dan sentido al transcurso de la vida. Así, la vejez emerge
como una oportunidad abierta para recordar y construir los hilos de esa
historia. Paralelamente, la vejez constituye el tiempo en el que esa historia
se mantiene y se conecta con proyectos futuros; y se convierte así en un
momento de creación (Lins de Barros, 1998).
En relación al universo gay masculino, destaco el trabajo precursor del
antropólogo Júlio Simões (2004). Este autor argumenta que la imagen de
“coroa”, homosexual masculino de mayor edad, no debe ser necesariamente
vista de forma negativa. La vejez entre homosexuales masculinos adquiere
tonos diferenciados de acuerdo con las trayectorias individuales que
determinadas cohortes etarias construyen. Aquellos homosexuales
masculinos que llegan a la mediana edad a comienzos de los años 2000
tienen trayectorias diferentes a las de generaciones anteriores, y esto
influencia directamente la manera como vivencian la vejez.

Esta es la cohorte que dispuso de un abanico de opciones más amplio


en el campo de las experiencias sensoriales, desde las drogas no
alcohólicas hasta el relajamiento de las actitudes en relación al sexo”.
Es la que promovió el reconocimiento explícito de la homosexualidad
como estilo de vida legítimo, fundó el movimiento por los derechos de
los homosexuales, transformó la resistencia a la policía en el bar
Stonewall en un símbolo poderoso, fecha de referencia de grandes
demostraciones públicas del ‘orgullo gay’. Es también, por trágica
ignorancia, la cohorte que más sufrió los efectos devastadores de la
epidemia HIV-Sida. Esta comenzará a llegar al período más avanzado
de la vida con su peculiar historia de transcursos y enfrentamientos,
que podrán conducir a nuevas concepciones sobre el envejecimiento y
la homosexualidad (Simões, 2004, p. 434).

El interés por la relación entre vejez y homosexualidad no significa


tratar de establecer algo específico en el envejecimiento de homosexuales.
La etapa más avanzada en el curso de la vida no adquiere marcas singulares
porque los viejos en cuestión sean gays o lesbianas. Son las trayectorias de
vida, marcadas por vivencias comunes de determinadas cohortes etarias, las
RASP – Research on Ageing and Social Policy, 4(1) 63

que pueden imprimir marcas distintivas en el envejecimiento y en la


homosexualidad.

Conclusión

Los apartados de este artículo son un tipo de clasificación que encontré para
dar cuenta de aquello que considero una parte relevante de la discusión
brasileña sobre vejez y género, a partir de la perspectiva de autores del
campo de la antropología. Ciertamente existirán lagunas, y estas son de mi
total responsabilidad y quisiera disculparme ante la posibilidad de haber
dejado de lado alguna obra/autor pionero. El objetivo general fue el de
ofrecer un panorama de los estudios sobre vejez y género más divulgados
en la comunidad de antropólogos brasileños. Aunque no se trata de un área
cuantitativamente prolífica en antropología, son cuatro décadas de
constante investigación sobre el tema y es un asunto que se ha renovado a
partir de intereses que incorporan nuevas áreas de investigación.
A partir del panorama aquí trazado es posible considerar que se trata de
un campo de estudios dinámico y consistente. Las investigaciones, si bien
con enfoques diferentes, están interconectadas, de forma que estudios sobre
familia y trabajo se articulan con el tema de la sociabilidad y del cuerpo.
Estos, a su vez, remiten a estudios sobre sexualidad. El recurso a las
narrativas y memorias, y a la perspectiva generacional, es frecuente. Las
investigaciones abordan la vejez en sectores medios de la población, así
como en las clases populares, si bien hay una ausencia de etnografías que se
dediquen a los estratos superiores. En cuanto al género, los abordajes
frecuentemente incorporan la división entre lo masculino y lo femenino,
exacerbando esa dicotomía. Los primeros estudios sobre vejez y género en
Brasil tendieron a concentrar su atención en la construcción de la
masculinidad y la femineidad en esa etapa de la vida, mostrando, muchas
veces, la reproducción de patrones tradicionales de esa división. Muchos
trabajos enfatizan el papel de las mujeres más viejas en relación a los
cambios de discursos y prácticas de género. Dependiendo de la cohorte
etaria en cuestión, la vejez femenina adquiere contornos diferentes.
Recientemente, con el avance de los estudios de sexualidad en la vejez,
emergen nuevas preguntas. El envejecimiento de gays, lesbianas, bisexuales
y transgéneros presenta nuevas dimensiones de estudio, así como la
64 Andrea Moraes Alves – Vejez y Género

indagación sobre el lugar de la heterosexualidad o de la homosexualidad en


las experiencias del envejecer.
La pregunta inicialmente propuesta en este artículo: ¿qué nos enseñan
sobre la vida social los estudios sobre género y vejez? puede ser ahora
respondida. Considerar la intersección entre género y vejez permite analizar
contextualmente diferencias sociales. La perspectiva generacional que el
estudio de la vejez exige adiciona historicidad al enfoque de género.
Trayectorias generacionales contribuyen a la comprensión de los cambios y
permanencias en las interpretaciones y prácticas de género. Las próximas
generaciones que envejecerán estarán marcadas por otros procesos sociales:
el aumento de la centralidad del cuerpo como locus de la subjetividad podrá
tener algún impacto sobre la manera de envejecer de las generaciones
futuras; las distinciones de género que, aunque no están extintas, se
encuentran remodeladas, también podrán influenciar la vejez de hombres y
mujeres en el futuro; la legitimidad creciente de los diferentes arreglos
familiares combinada con la expansión de la longevidad producirá efectos
cada vez mayores sobre el rol de los hombres y las mujeres en las familias.
Las nuevas generaciones encontrarán su modo de envejecer y, muy
probablemente, poco tendrá en común con el actual. No existen modelos
prefabricados de vejez, cada tiempo histórico crea el suyo.

Notas
1 Existen algunos antropólogos y antropólogas brasileños que trabajan sobre el tema de la
vejez desde, por lo menos, la década de 1980. Los estudios sobre vejez y género en Brasil se
han renovado y actualmente una joven generación de investigadores se ocupa inclusive de las
dimensiones de la sexualidad en esos estudios. Este relevamiento de lo producido en la
temática no pretende ser exhaustivo. La elección del campo antropológico es una de las
dimensiones que lo limitan, ya que no serán contemplados los trabajos realizados en otras
áreas de las ciencias sociales.
2 Aún sin ser un país muy envejecido en relación a los demás países latinoamericanos, Brasil

cuenta actualmente con un 13% de su población con 60 o más años de edad. En 2013, había
una persona con 60 años o más de edad cada cinco personas con edades de entre 15 y 45 años.
La tendencia indica que esa diferencia será cada vez más estrecha (IBGE, 2014).
3 La región Nordeste concentra el 27.7% de la población brasileña según datos de la Pesquisa

Nacional por Amostragem Domiciliar (PNAD) – 2013, producida por el Instituto Brasileiro
de Geografia e Estatística (IBGE). Constituye la segunda mayor concentración poblacional
del país, a pesar de tener la menor tasa de urbanización. El Nordeste posee un 12,4% de su
RASP – Research on Ageing and Social Policy, 4(1) 65

población con 60 años o más. Se trata de la población con el menor promedio de escolaridad
por año en Brasil (3,3), mientras que el promedio nacional en ese mismo segmento etario es
de 4,7. El 54,2% de la población nordestina con más de 60 años vive con menos de un sueldo
mínimo mensual. Los arreglos domiciliares más comunes son: división de la residencia con
hijos mayores de 25 años y/u otros familiares. El 65,3% de los viejos nordestinos son
personas de referencia en su domicilio, siendo que la mayor parte de los individuos que ocupa
esa posición está compuesta por hombres (IBGE, 2014).
4 Posteriormente, esta autora realizará una investigación sobre las narrativas de los habitantes

más viejos de la ciudad de Porto Alegre, sur de Brasil, y las experiencias de miedo, el
extrañamiento y también el pertenecimiento en relación a la movilidad en la ciudad y la
ocupación del espacio urbano (Eckert, 2002).
5 Para actualizar las informaciones estadísticas sobre la situación residencial de las personas

más viejas en Brasil. Según la Síntesis de Indicadores Sociales (IBGE, 2014, p. 37), sabemos
que: En 2013, el arreglo familiar más común para los más viejos (30,6%) era aquel compuesto
por personas viviendo con hijos, todos con 25 años o más de edad, en presencia o no de otros
parientes o agregados, siendo este indicador más alto para las mujeres (33,3%) que para los
hombres (27,3%). Otro arreglo común fue aquel formado por parejas sin hijos (26,5%), y para
los hombres este arreglo fue más frecuente (33,4%) que para las mujeres (21,0%).
6 Noten que utilicé el término envejecimiento en el título. Mi propósito fue enfatizar la noción

de vejez como proceso y no como un estado o una identidad, ya que era de ese modo como se
referían muchas de las personas entrevistadas para mi tesis.
7 Vale la pena destacar también el trabajo de la antropóloga Mirian Goldenberg que, en 2008,

publicó un libro titulado “Coroas”, expresión del lenguaje corriente para referirse a los viejos
en Brasil, semejante a “veteranos”, en el cual considera mujeres de estratos medios en el
segmento etario de los 50 años y los desafíos que el proceso de envejecer puede representar
para ellas. Su argumento se basa en la idea de que en Brasil el cuerpo y el casamiento
constituyen un capital social. La pérdida de ese capital social con la llegada de la vejez marca
negativamente la experiencia de las mujeres brasileñas.
8 Sobre el término “tercera edad”, indicamos el trabajo de Guita Grin Debert (1997) como una

referencia importante. La autora relaciona la ascensión de ese término a las crecientes y


nuevas formas de inserción de personas más viejas en el mercado de consumo de bienes y
servicios. La “tercera edad” está compuesta de un repertorio de recomendaciones sobre lo que
significa envejecer con “calidad de vida”. Ese repertorio es flexible y supone una creencia en
la responsabilidad individual por el propio proceso de envejecer.

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Siqueira, M. (2009). Arrasando horrores: uma etnografia das memórias,


formas de sociabilidade e itinerários urbanos de travestis das antigas.
Tese [doutorado]. Florianópolis: PPGAS/UFSC.

Andrea Moraes Alves es Profesora Asociada en la Escuela de


Trabajo Social de la UFRJ-Brasil

Contact Address: andreamoraesalves@gmail.com.


Instructions for authors, subscriptions and further details:

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¿Quién Teme al Espejo? Una Polémica Sociológica en Torno a


Cómo los Gays Ven el Envejecimiento Gay

Ernesto Meccia1

1) Universidad Nacional del Litoral y Universidad de Buenos Aires,


Argentina

Date of publication: January 30th, 2016


Edition period: January 2016 - July 2016

To cite this article: Meccia, E. (2016). ¿Quién Teme al Espejo? Una


Polémica Sociológica en Torno a Cómo los Gays Ven el Envejecimiento
Gay. Research on Ageing and Social Policy, 4(1), 70-95. doi:
10.17583/rasp.2016.1723

To link this article: http://doi.org/10.17583/rasp.2016.1723

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RASP – Research on Ageing and Social Policy Vol. 4 No. 1
January 2016 pp. 70-95

¿Quién Teme al Espejo?


Una Polémica Sociológica
en Torno a Cómo los Gays
Ven el Envejecimiento Gay
Ernesto Meccia
Universidad Nacional del Litoral y Universidad de Buenos Aires

Resumen
Se analizan distintas formas de representación social del envejecimiento gay por
parte de personas mayores gays. Se traen elementos de distintos enfoques teóricos:
la teoría de la “competencia en crisis”, teorías de “ajuste y resiliencia”, la teoría del
“envejecimiento acelerado” y la teoría del “estrés de minorías”. La reflexión se ciñe
al envejecimiento que experimentan personas gays que han vivenciado las grandes
transformaciones sociales de la homosexualidad, discernibles en las sociedades
occidentales a partir los años 70, asumiendo que los mismos representan una
subjetividad gay “bisagra” que estaría conformada por repertorios representacio-
nales contrastantes, unos provenientes de la antigua homosexualidad en la que se
socializaron primariamente, y otros del modelo gay propiciado, genéricamente,
luego de la revuelta de Stonewall. Desde el punto de vista metodológico, se transita
cada una de las teorías intentado señalar sus aciertos y limitaciones, aportando datos
primarios (entrevistas) y secundarios (estadísticas sobre percepciones y entrevistas).
Como conclusión, se señala que se han observado situaciones contrastantes por
identidad sexual, por ámbito de escenificación de la identidad (los de la salud
médica se observan claramente regresivos) y por las características que los sujetos
adjudican a los entornos institucionales dentro de los que desarrollaron su biografía.

Palabras clave: homosexualidad, envejecimiento, modelos perceptivos, marcos de


la experiencia, otros significativos.

2016 Hipatia Press


ISSN: 2014-6728
DOI: 10.17583/rasp.2016.1723
RASP – Research on Ageing and Social Policy Vol. 4 No. 1
January 2016 pp. 70-95

Who’s Afraid of the Mirror?


A Sociological Polemic on the
Gay Vision of the Gay Ageing
Ernesto Meccia
Universidad Nacional del Litoral y Universidad de Buenos Aires

Abstract
Our aim is to analyze different representational forms of gay ageing by old gays. We
will draw on aspects related to various theoretical viewpoints and enhance them by
presenting empirical evidence with a critical approach. Thus, we will delve into the
theory of competence in crisis, some theories of adjustment and resilience, the
theory of fast aging, and last, the theory of minority stress. Our reflection is focused
on aging experienced by gays who have witnessed social changes as from the 70s,
taking into account they represent a turning point in gay subjectivity formed by
contrasting representational repertoires, some deriving from an old homosexuality
pattern in which they socialized primarily and others from the gay model fostered,
generically, after the Stonewall uprising. From the methodological point of view, the
texts of the authors considered representative of the theories mentioned are crossed.
Then, each was busy trying to point out their particular strengths and limitations
providing primary data (interviews) and secondary (statistics on perceptions and
interviews). In conclusion, it is noted that there have been contrasting situations in
the aging process based on heterogeneous analysis variables, including: sexual
identity, the scene of identity (areas of healthcare are clearly regressive to show the
gay identity) and, among others, by the features that subjects allocated to
institutional environments within which developed his biography.

Keywords: homosexuality, ageing, perceptual models, experience frames,


significant others.

2016 Hipatia Press


ISSN: 2014-6728
DOI: 10.17583/rasp.2016.1723
72 Ernesto Meccia – Cómo los Gays Ven el Envejecimiento Gay

L a problemática del envejecimiento gay presenta varias dimensiones


analíticas: se lo puede abordar desde la sociología de la salud, de las
generaciones, de las identidades, de la percepción, o desde modelos
teóricos específicamente gerontológicos. Todos ellos aportan elementos para
la discusión. Sin embargo, en este artículo no tomaremos ninguno de esos
atajos. Antes bien, intentaremos utilizarlos para reconstruir una polémica en
torno a las formas en que los varones gays en proceso de envejecimiento
pueden representarse el envejecimiento gay.
Las percepciones de las personas y de los grupos sociales se construyen
en clave relacional. Producto del carácter transversalmente dialógico de la
percepción, las subjetividades ponen a existir “otros” (concretos o
imaginados) a través de los cuales hacen inteligible la propia posición dentro
de las cambiantes circunstancias de la vida social. Es pertinente, por lo tanto,
prestar atención a quiénes harían presentes los gays cuando piensan su
propio envejecimiento, es decir, cuáles serían los “otros significativos”
(Mead, 1972; Goffman, 1974; Becker, 2009) que son puestos a funcionar
como puntos de referencia. ¿La vejez legítima será solamente la vejez que
disfrutan los heterosexuales? ¿O la que solamente pueden vivir los gays?
Que la edad es más una cuestión de percepción que de posesión, o que es
más un estado de la subjetividad individual que expresa otro estado del alma
colectiva y de la organización social, es una hipótesis que manejan los
sociólogos de las generaciones. Por eso, estudiar el envejecimiento gay
implica adoptar una perspectiva subjetiva y otra objetiva, lo cual equivale a
reafirmar aquel principio de Pierre Bourdieu (2007) que expresa que lo
social existe dos veces: en las psiquis y en las estructuras.
Los modos en que se ven a sí mismos los gays mayores requieren
argumentos que incorporen el entramado estructural de la homosexualidad y
sus transformaciones. De lo contrario no podría comprenderse por qué, “en
privado”, la gente gay se siente vieja antes de tiempo, o por qué logra
sentirse vieja mucho después que sus pares heterosexuales, o por qué otros
nunca llegan a sentirse así, más allá de que todas se hayan puesto a observar
su cuerpo en la intimidad. Y es que gran parte de la verdad sobre quién le
teme al espejo se encuentra afuera de nosotros. Lo que encontramos en el
espejo es, sociológicamente considerada, nuestra corporeidad en tanto
“ejemplo” de un modelo perceptivo que, de formas siempre reguladas
aunque variadas, nos la hace ver de un modo característico. En otras
RASP – Research on Ageing and Social Policy, 4(1) 73

palabras, lo que aparece en el “cuerpo gay” que envejece son las propiedades
de un conjunto de convenciones que nos han interpelado y en las que nos
hemos reconocido.
Esta argumentación es particularmente valedera para nuestros propósitos
ya que vamos a considerar a los integrantes de una categoría social que hasta
hace poco tiempo era unilateral y asimétricamente objeto de discursos
homofóbicos. Por lo menos hasta la década del 70, la homosexualidad era
“hablada” casi exclusivamente por los saberes médico, psiquiátrico, psico-
analítico y religioso, a los que es preciso sumar una discursividad de sentido
común informal pero no por ello menos sistemática. Las acentuaciones
monstruosas de las que era objeto lograban crear pánico ante la presencia o
la cercanía de los “representantes” del arquetipo así construido y cotejado.
También lograban crear auto pánico, una opresiva conciencia deletérea en
los mismos gays que terminaban viviendo presos de la homofobia
internalizada. Justamente, una de las acentuaciones negativas más extendidas
y unilaterales respecto de la homosexualidad fue la vejez. Recórranse
películas, cuentos y novelas o hagamos memoria de las leyendas de los
barrios de las grandes ciudades y/o de los pequeños pueblos y allí aparecerá
característicamente decadente y/o amenazante el “viejo” homosexual.1
Con posterioridad a los episodios de Stonewall (EEUU, 1969), se
inaugurará un momento que tiene como característica más notable la puesta
en circulación de discursos que expresan desde adentro el mundo gay. Son
todos discursos de afirmación que parecieran responder una a una a las
predicaciones monstruosas de la homofobia, la mayoría de las veces
desmarcándose aunque otras reivindicando la “anormalidad”. Así los
discursos del “gay pride” y del “coming out” llegaron a ser narrativas
transversales de la homosexualidad en las sociedades occidentales. Es de
esperar, en estas condiciones, que el envejecimiento gay pueda comenzar a
enmarcarse en otros modelos perceptivos, algo de lo que ya estarían dando
cuenta algunas películas.2
Por lo tanto, más que preguntarnos por el envejecimiento gay queremos
preguntarnos por los modelos perceptivos del mismo, o por los “marcos de
la experiencia” (Goffman, 2006) en los cuales lo alojamos, o por las grillas
interpretativas de la realidad gay de las que disponen los gays en momentos
históricos determinados.
74 Ernesto Meccia – Cómo los Gays Ven el Envejecimiento Gay

En nuestros días viven personas gays cuya subjetividad es producto de


haber transitado distintas configuraciones societales de la homosexualidad:
en un momento tuvieron “disponible, al alcance de la mano” (Schutz, 1974)
un repertorio representacional marcadamente homofóbico (y nada más) y
luego una variedad de repertorios derivados del gay pride. No solamente
conocieron repertorios de ambos tipos, también conocieron configuraciones
jurídicas distintas, entramados institucionales y de socialización contras-
tantes. Esas personas, hoy por hoy, son viejas o se encuentran transitando el
proceso de envejecimiento. La pregunta ya puede imaginarse: ¿con qué
modelos perceptivos lo verán y se verán? (Meccia, 2011).
Dijimos que a partir de la revuelta de Stonewall, en Estados Unidos, en
1969, lo gay comenzó a ser dicho en sus propios términos y se tradujo en
movimiento político. 1969 representa, sin lugar a duda, un punto de giro.
Cada país, llegado el momento, ha tenido “su” Stonewall. Pensemos en los
gays estadounidenses que hoy tienen cerca de 90 años: en ocasión de
Stonewall tenían 45; los que hoy tienen 80 tenían 35; los que tienen 70
tenían 25, y así sucesivamente. En mi país (Argentina) existe alto consenso
en visualizar la reapertura democrática de 1983 (luego de la dictadura militar
más luctuosa de la historia) como el inicio de un período en el que
crecientemente tendrán concreción las demandas de reconocimiento de los
gays. Veamos: los gays que hoy tienen 90 años tenían en aquel momento 58
años, los que hoy tienen 80 tenían 48, los que tienen 70 tenían 38 y así
sucesivamente. ¿Quiénes, de quienes hoy son viejos o están en proceso de
envejecimiento, han podido “desarrollar” más orgullo gay y representaciones
de la vejez concomitantes? Obviamente que menos quienes tienen más edad
y mucho más quienes tienen menos. Pero, justamente, uno de los puntos más
interesantes para pensar hoy el envejecimiento gay está dado por la
existencia de generaciones enteras que han quedado “en medio” del discurso
alterizante y del discurso del orgullo. ¿Con cuál o con cuáles repertorios
cognitivos significarán el envejecimiento?
“Polifasia cognitiva”, la conocida formulación de Denise Jodelet (1986)
hace referencia a esta situación perceptiva: el momento a veces largo en el
que las representaciones se nutren de elementos provenientes de sistemas
representacionales distintos. Categorizar entonces a los gays que hoy son
viejos o están en proceso de envejecimiento como pertenecientes a
generaciones “pre-Stonewall”, “Stonewall” o “post-Stonewall” (Assis
RASP – Research on Ageing and Social Policy, 4(1) 75

Simoes, 2004)3 (o como quiera denominarse estos períodos en cada país) es


un atajo analítico a tener en cuenta ya que cada momento refiere a la
pertenencia de los sujetos a uno o varios mundos socio-semánticos,
asumiendo que la pertenencia a más de uno condiciona diferencialmente las
probabilidades de la percepción.
A modo de ejemplo: una persona gay que vivió en Buenos Aires la
reapertura democrática de 1983 y tenía 28 años en ese entonces, tiene hoy
60. Pensemos en esa persona e intentemos ver cómo podrían afectar su
concepción del envejecimiento el conjunto de pliegues socio-semánticos que
conforman su subjetividad. Por una parte, ha sido formado por el discurso
alterizante y ha interaccionado en configuraciones sociales opresivas. Luego,
fue inundado por la pérdida y el duelo y doblemente alterizado por la
epidemia del SIDA en los años 80 y 90. ¿Qué perspectivas de futuro podía
tener en aquel momento él y los de su generación? En particular: ¿qué
perspectivas de envejecimiento? Con posterioridad, pudo apreciar cómo las
organizaciones políticas gestionaban avances en los terrenos del estado y/o
cómo en los medios masivos de comunicación se mostraba la cuestión gay
con creciente respeto en ficciones e informes periodísticos y/o cómo se iban
facilitando sus relaciones con su entorno no-gay, incluida su familia y/o
como las Marchas del Orgullo iban sumando cada vez más gente (gay y no
gay). Finalmente, hace 5 años fue testigo de lo inimaginable: la sanción de
una ley de matrimonio civil, que le daría (a él y a los de su generación) la
posibilidad de ser padres y con ello la posibilidad de experimentar uno de los
marcadores del tiempo más característicos de sociedades como las nuestras
que es, al mismo tiempo, un dador de sentido muy convencionalizado de la
vejez puesto que habilita la posibilidad de la abuelidad. De todas estas
posibilidades antes estaban privados. En este nuevo contexto: ¿Qué
perspectivas de futuro se pueden tener? En particular: ¿qué perspectivas de
envejecimiento? Y: ¿qué quedaría, remanente, de las perspectivas ante-
riores?
Esta persona de 28 años en el momento del “Stonewall argentino” tendría
hoy (a los 60) más probabilidades que una persona que en ese momento
tenía 38 (y hoy tiene 70) de representarse su envejecimiento desde el modelo
perceptivo que comenzó a operar desde entonces. Si pensamos en gente de
más edad esa probabilidad tendería a disminuir y si pensamos en gente de
menor edad el modelo perceptivo tendería a tener operatividad preeminente.
76 Ernesto Meccia – Cómo los Gays Ven el Envejecimiento Gay

Lo que estaría en juego, entonces, para representarse el envejecimiento


entre quienes no son tan viejos ni son jóvenes sería su capacidad de
“resiliencia” o su aptitud para volver inoperativas en el nivel cognitivo a las
viejas imágenes degradantes de la homosexualidad y del envejecimiento
homosexual.
Las teorías que expondremos a continuación, en su conjunto, parecieran
estar abocadas a dar algunas respuestas a este inmenso interrogante. Todas
basadas en investigaciones empíricas, veremos como algunas sostienen que
la “buena vejez” en gays no sólo es posible sino exitosa, mientras que otras
ponen esa capacidad seriamente en duda.
Una aclaración: por supuesto que no despegamos el análisis del
envejecimiento gay del análisis que pudiera hacerse del envejecimiento de
cualquier otra persona. No dudamos que existen procesos estructurales de
minusvaloración social que son transversales en entramados sociales que, al
decir de Marta Nussbaum (2006), hace que las personas sientan vergüenza
de los signos de su humanidad, entre ellos, el “crepúsculo” de los cuerpos.
Con todo, estamos convencidos de que existen torsiones particulares en este
proceso que son imputables a la pertenencia de los sujetos de nuestra
reflexión a una categoría social estigmatizada. No buscar en una
investigación sociológica esa particularidad sería aportarle, imperdonable-
mente, a la cruenta maquinaria de su invisibilización social.

Teorías de la Competencia en Crisis, Ajuste y Resiliencia

En el contexto académico estadounidense, en los años 70, ya se disponía de


agudas reflexiones sobre el envejecimiento que se esforzaban por desarmar
el estereotipo de que el viejo gay representaba la alteridad absoluta y alicaída
de sus pares heterosexuales, tenidos como los paladines de la buena vejez.
Jim Kelly (1977) y especialmente Douglas C. Kimmel (1978, 1979) fueron
los representantes de esta corriente: “La amplia diversidad de patrones de
envejecimiento, la presencia de aspectos positivos del envejecimiento gay, y
la alta satisfacción con la vida de muchos de los encuestados contradice el
estereotipo del hombre gay aislado, solo, viejo.” (1979: 239). Estas aproxi-
maciones no postulan solamente que los varones heterosexuales no eran
fuente de referencia legítima sino que se ven inmersos en un proceso de
RASP – Research on Ageing and Social Policy, 4(1) 77

envejecimiento que, en comparación con el de los gays, es vivido


traumáticamente.
Basado en un conjunto de entrevistas en profundidad, Kimmel elaboró un
inédito argumento que denominó “competencia en crisis”. Para el autor, los
varones homosexuales de aquellos momentos, desde su nacimiento se habían
visto obligados a lidiar con distintas fuentes de rechazo social: desde la
familiar, pasando por la escolar y la laboral, entre otras. Este extendido
rechazo hizo de ellos expertos precoces en manejos de crisis, sabios para
gestionar la adversidad, campeones en el desarrollo de saberes y estrategias
situacionales para salir airosos cuando todo el mundo quería aplastarlos. Y
muchas veces lo habían logrado, lo cual sería una instructiva forma de
corroborar la sabiduría del aserto “aquello que no te mata, te fortalece”. Con
estos antecedentes, sostiene, la vejez no tiene grandes chances de representar
ninguna instancia particularmente dramática ya que los gays estarían
preparados para hacerle frente. Bajo esta perspectiva, una crisis más casi no
sería una crisis: si siempre que se los indujo a pensar lo peor de sí mismos
supieron preservarse y si siempre que tuvieron problemas interaccionales
supieron resolverlos, la etapa de la vejez no podría evocar la imagen de una
espina. Así, la adversidad y el sufrimiento tempranos serían las grandes
escuelas que proveerían a los gays de insumos para llevar adelante una vejez
satisfactoria. Si existe un alto grado de resiliencia el mismo guardaría una
relación de proporciones con la cantidad de crisis previamente superadas.
Leemos en Kimmel (1979, p. 244):

Los entrevistados señalaron muchas de las ventajas, y las desventajas-,


del envejecimiento como homosexual. Tal vez uno de los
entrevistados resumió la ventaja de ser gay en proceso de
envejecimiento con mayor claridad: ‘La preparación para la vejez es
mucho mejor entre los gays que entre los heterosexuales. Debido a
que siempre ha sido así, no has esperado a nadie para cuidar de ti,
salvo a ti mismo.’ (…). Se continúa en gran parte realizando lo que
antes se hacía para la gente gay, por lo que hay menos necesidad de
adaptarse a nuevos roles y expectativas. Otro encuestado señaló que
vivir solo durante los últimos años no es algo que caracterice
solamente a la gente gay: muchos heterosexuales viven solos después
de la muerte de su cónyuge, pero muchas personas homosexuales han
vivido solos durante períodos considerables de sus vidas y están
acostumbrados a ello.
78 Ernesto Meccia – Cómo los Gays Ven el Envejecimiento Gay

Es interesante ver que los otros significativos son los propios homo-
sexuales y cómo en esta subjetividad desempeñan un papel absolutamente
positivo: son ellos (no los heterosexuales) una buena guía para una buena
vejez. El experto en crisis no tiene que aprender en la vejez a vivir solo, ni a
cocinar, ni a lidiar con las cuestiones del hogar. Ya hizo todo eso (y mucho
más). Y allí se lo tiene: íntegro, siempre restablecido, ajustado más que
satisfactoriamente a esta etapa. Un cierto halo de heroicidad y de plena
reivindicación de la homosexualidad como escuela frente a la adversidad
emerge de algunos testimonios, por ejemplo:

‘Ser gay me dio todo lo que tengo intelectualmente, emocionalmente,


todos los sentidos. Siento que ser gay es prácticamente un boleto para
cruzar todo tipo de barreras sociales que nunca habría podido cruzar
de otra manera’, entre ellas: la vejez. (Kimmel, 1979, p. 244).

Entonces, y a contrapelo de los estereotipos de sentido común y de otras


aproximaciones científicas, se tendría que la homosexualidad per se no es un
factor de mal envejecimiento. Es claro que los entrevistados han señalado a
Kimmel una serie de desventajas de la vejez pero las mismas no son
imputables a la homosexualidad: los problemas de salud, y/o los ingresos
monetarios insuficientes, y/o la depresión por la jubilación y por la pérdida
del capital social, son cuestiones atinentes a cientos de millones de personas
en situación de envejecimiento en las sociedades occidentales, comprendidas
en las generales de una ley de paulatina desafiliación social.
La audaz teoría de la competencia en crisis (recordemos que las
publicaciones de Kimmel son anteriores a la década del 80) fue y es utilizada
como sólido antecedente en investigaciones que siguen destacando altas
capacidades de resiliencia y ajuste en el envejecimiento no solamente de
gays sino también de lesbianas.
Por ejemplo, Brown, Alley, Sarosy, Quarto y Cook (2001) presentaron
los resultados de un estudio etnográfico en el que participaron un total de 69
gays de entre 36 y 79 años (la mayoría tenía entre 50 y 65). El objetivo era
examinar cómo los hombres gay mayores ajustaron, psicológica y
socialmente, la orientación sexual con el proceso de envejecimiento.
Presentan algunos hallazgos interesantes. Por ejemplo: que los entrevistados
pasan mucho tiempo en compañía de amigos gays dentro de sus propios
RASP – Research on Ageing and Social Policy, 4(1) 79

grupos de edad. La mayoría informó estar involucrados con la comunidad


gay habiendo participado o participando en alguna actividad, mientras que
alrededor del 15% no tuvo participación alguna. De importancia: la mayoría
de los participantes estaba en contacto regular con sus familias y afirmaron
que las habían puesto al tanto de su orientación sexual. Por último, la
mayoría dijo haber experimentado discriminación por su orientación sexual,
y un tercio haber sufrido discriminación dentro de la comunidad gay por
razones de edad o etnia. (Brown et al., 2001).
Comparado con Kimmel, los hallazgos siguen la misma dirección:
cuestionar firmemente el estereotipo del homosexual mayor decadente,
aislado, deprimido, retraído e inactivo. También exhorta a que no se
confundan los planos de análisis: los gays mayores pueden tener problemas
pero no por la orientación sexual sino como consecuencia de la estigma-
tización social. Tal vez hoy este razonamiento suene redundante pero no
debemos olvidar que la literatura científica y de la divulgación de aquel
entonces enmarcaba per se a la homosexualidad en el terreno patológico. De
hecho, la desclasificación dentro del Manual de Desórdenes Mentales data
de 1973.
Como añadido, este estudio enfatiza la variable “capital social” que
parecería jugar un papel importante para la resiliencia, la recuperación y el
mantenimiento de la alta estima de sí en la adultez y la ancianidad. Notemos
que el capital social tiene dos indicadores: los amigos y, sobre todo, la
“comunidad gay” la cual no solamente se reconoce sino que se visualiza
como un lugar donde desarrollar actividades. Las conclusiones de los autores
son óptimas, tal vez por demás:

El envejecimiento de los varones homosexuales tiene las mismas


cuestiones que el de otros hombres de edad avanzada, aunque también
se enfrentan a desafíos únicos y adaptaciones en sus vidas diarias. En
general, los entrevistados en estos estudios se presentaron como
ajustados social y psicológicamente en el proceso del envejecimiento.
Ellos viven sus vidas como lo desean. Son activos en la comunidad
gay. Son sexualmente activos. Mantienen relaciones amorosas
estables y tienen vida social. Que ellos estén tan bien adaptados es un
testimonio de su fortaleza. (…) Los estudios presentados aquí dan
fuerte apoyo a los hallazgos anteriores que, en general, afirmaban que
los hombres gay se adaptan bien al envejecimiento. (…). Tal vez, en
80 Ernesto Meccia – Cómo los Gays Ven el Envejecimiento Gay

este momento, podemos decir con cierta convicción de que los


hombres gay envejecen considerablemente bien y son relativamente
libres de muchas de las complicaciones experimentadas por los
varones heterosexuales de su misma edad (Brown et al., 2001, pp. 52-
53).

La teoría de la competencia en crisis y los enfoques del ajuste y


resiliencia aciertan al lograr mostrar el otro lado de la moneda: allí donde el
sentido común y gran parte de la producción científica mostraban decadencia
y malestar se comenzó a mostrar envejecimientos alternativos con todo lo
que ello supuso de visibilización para una categoría social que era
furiosamente hablada por discursos homofóbicos. Sin embargo, en su afán
de visibilización alternativa da la sensación de que estas teorías, llegado un
momento, también pueden crear nuevas formas de invisibilización de
realidades específicas del envejecimiento gay. Al respecto, existe evidencia
empírica que haría insostenible una representación del envejecimiento tan
extraordinaria.
Por ejemplo, los datos que presenta el gerontólogo Brian De Vries
(2009), nos llevan a interrogarnos si la competencia en crisis no culminaría
cuando los gays que envejecen se enfrentan a entornos médicos y de
cuidados de salud en general. Veamos: en un estudio, el 18% de los gays
manifestaron una valoración negativa de los servicios de salud puesto que
sus efectores son insensibles frente a la orientación sexual. En tanto que un
25% de los gays dijeron que directamente no les manifestaron su condición
sexual o raramente hablaron de ella. Aún personas gays mayores que
lograron hacer el coming out frente a sus familias (uno de los indicadores de
competencia para una buena vejez) parecieran encontrar un límite cuando se
hallan expuestos ante la mirada médica, frente a la que quedarían
paralizados, retrocediendo y volviendo a hacer el (antiguo) coming in.4 Las
reacciones tendrían una preocupante razón de ser: De Vries (2009) cita un
estudio de la Gay and Lesbian Medical Association de 2006 que revela que
el 40% de los estudiantes de enfermería piensa que la orientación sexual es
una cuestión de la esfera privada. En tanto que entre el 5 y el 12%
encontraban que las personas LGTB eran “asquerosas” (“disgusting”). En la
misma línea, otro estudio (realizado por MetLife, 2006) sostiene que el 19%
de los encuestados manifestaron tener poca o ninguna confianza en que el
RASP – Research on Ageing and Social Policy, 4(1) 81

personal médico les otorgue un trato digno y con respeto en tanto personas
LGBT en la vejez.
Como última reflexión: habría que tomar recaudos para que las
investigaciones delimitaran las áreas de la vida social en las que estos gays
se han movido competentemente y, sobre todo, para que mostraran aquellas
en las que ello no ocurre ya que seguirían operativos mecanismos de
percepción homofóbicos que producirían en los gays viejos más que
competencia para enfrentarlos, competencia para evitarlos.

Teoría del Envejecimiento Acelerado

Según el antropólogo brasileño Julio Assis Simoes (2004), la primera


formulación de este enfoque aparece en la obra de John H. Gagnon y
William Simon (1973) y es retomada por Richard Friend (1980). La teoría
de envejecimiento acelerado sostiene que los varones gays se ven a sí
mismos como con más edad en un momento de la vida en el que los varones
heterosexuales no se ven así.
No se trata solamente de una percepción académica. En la etnografía de
Néstor Perlongher (1993) sobre el mundo de la prostitución masculina en
San Pablo (Brasil) se puede apreciar como en el argot del lugar tenía cabida
esta categorización etaria: entraban en la categoría de “tía” o “maricón” los
homosexuales clientes que tenían 35 años y más. En Argentina, durante los
años 80 y 90 en contextos de no prostitución la categoría también aludía a
gente de la misma edad. Inclusive en el sentido del humor de las
comunidades gays, la cuestión de la precocidad etaria es insistentemente
traída con metáforas del mundo del espectáculo: gays de este rango etario
que para hablar de sí mismos apelan a historias de divas que supieron
retirarse a tiempo de la exposición pública para que no se vea el paso del
tiempo. “El tiempo es cruel: destruye las ilusiones y muestra las arrugas” le
dicen en los años 40 a una diva del cine argentino (primer ícono
homosexual) advirtiéndola para que deje a su amante mucho más joven.5
Asimismo esta estratificación llega a la actualidad: en los sitios web
pornográficos gays la etiqueta “mature” trae imágenes de actores de esa
edad. Por último, presentamos una anécdota del gerontólogo Richard Friend
(1980). Cuenta que para realizar una investigación publicó un aviso
clasificado en distintos medios comunitarios gays. Buscaba varones
82 Ernesto Meccia – Cómo los Gays Ven el Envejecimiento Gay

homosexuales de los “más viejos” que le concediesen entrevistas. Se


sorprendió de haber recibido un número importante de respuestas por parte
de personas que estaban entre los 30 y los 40 años.
Estimo que no es ésta la ocasión para cotejar si esta lectura del paso del
tiempo es tan distinta de la que realizan varones y mujeres heterosexuales de
la misma edad. Tampoco lo expresado debería servir para afirmar que los
gays tienen una lectura “errada” de la realidad. Al contrario, habría que
intentar hacer inteligible desde adentro las cosas y eso haría trizas las
nociones de lo verdadero y lo falso, erigiendo exclusivamente lo que es
“evidente” en ámbitos finitos de sentido (Schutz, 1974; Schutz y Luckmann,
1977).
Robert Schope, un investigador que retoma algunos planteos de la teoría
del envejecimiento acelerado, aporta una sugestiva reflexión cuando dice:

…esto se hace eco de la opinión comúnmente aceptada que un hombre


gay es viejo cuando cumple 30 años (Berger, 1982b). Los hombres
gay que salen de los últimos veinte años o que transitan sus treinta
años pueden incluso sentir que han saltado desde la adolescencia a la
edad madura o vieja. Los hombres gay pueden interpretar enveje-
cimiento en forma “inapropiada” porque carecen de los “marcadores”
sociales que guían la percepción del tiempo de los heterosexuales
(Schope, 2005, p. 25).

Se trata de una reflexión, en mi opinión, no exenta de dramatismo, sobre


la que presentaré dos reflexiones. Primera: más arriba nos habíamos referido
al período pre-Stonewall en términos de la existencia de discursos
cruentamente alterizantes y de configuraciones societales y jurídicas
adversas hacia los gays. Era tal el nivel de represión de la homosexualidad
que muchos gays directamente se retiraban o no se involucraban en diversas
oportunidades interaccionales bajo la justificación “esto no es para nosotros”
(Bourdieu, 1988) debido al miedo a ser descubiertos y ser objeto del
descrédito. Ante semejantes retiradas de la vida social es adecuado plantear
que bien podrían sentir que se encontraban fuera de la historia o que la
historia era algo que les pasaba a los otros, es decir, a los heterosexuales. Si
imaginariamente un almanaque funcionaba, ése era el de la sociedad
heterosexual, esa entidad tan tremenda que cotidianamente los colocaba en
sus márgenes. Por lo tanto, tiene sentido postular que estarían echadas las
RASP – Research on Ageing and Social Policy, 4(1) 83

cartas para una percepción diferencial del tiempo y del transcurrir,


justamente porque el transcurrir era el de los demás y la vida era una especie
de espectáculo obligado para los homosexuales.
Los ritos de pasaje que vivenciaban los heterosexuales, como los de
convertirse en padres, festejar la graduación de los hijos o, finalmente, ser
abuelos, no eran vivencias de los homosexuales en aquellos contextos
sociales y jurídicos. Aunque esto no ha sido estudiado, es muy probable que
se encuentre allí parte importante de la clave de esta alteración de la
temporalidad: los gays habrían vivenciado las mismas etapas que los
heterosexuales pero sólo hasta la adolescencia, el momento del
descubrimiento sexual y, en consecuencia, del subsiguiente ocultamiento y
de la retirada de la corriente de las vivencias socialmente pautadas, las
vivencias, dijimos, de quienes quedaban “adentro” de la historia. En estas
condiciones, “jóvenes” solamente podrían ser los heterosexuales porque
solamente ellos cumplían dentro de la “juventud” con ritos
convencionalizados como noviar, casarse y tener hijos. En cambio, los gays,
privados de estas posibilidades, “saltaban” directamente desde la
adolescencia a la “madurez”. El envejecimiento, en consecuencia, les
quedaba mucho más cerca.
Segunda reflexión: Además, ¿cómo no ponderar en este “gran” salto
adelante la influencia del sentimiento de pérdida y duelo de la época del
SIDA? En esa tremenda coyuntura también los gays (y sólo los gays)
tuvieron que hacerse grandes aceleradamente, crecer de golpe, experimen-
tando en plena juventud gigantescas pérdidas afectivas, esas pérdidas que
sus pares heterosexuales muy por lo general experimentarían en su vejez.
Otra vez, aquí tenemos otro proceso dramático que llevaría a estas personas
rápidamente hacia la vivencia de eventos propios de otra etapa de la vida.
¿Cómo, bajo estas condiciones, no sentirse maduro antes de tiempo?
Si la comparamos con la teoría de la competencia en crisis, ajuste y
resiliencia, la teoría del envejecimiento acelerado presentaría un perfil
representacional menos dinámico. Si en aquella el curso de la vida, incluido
el envejecimiento, se aparecía ante los gays como un conjunto de oportu-
nidades para salir adelante, ajustándose exitosamente y teniendo a los gays
como otros significativos positivos, en la teoría del envejecimiento acelerado
tendríamos que la lectura del envejecimiento estaría fatalmente teñida por
representaciones que fueron provistas por vivencias pasadas negativas de la
84 Ernesto Meccia – Cómo los Gays Ven el Envejecimiento Gay

homosexualidad. Vimos como la precocidad de la imaginación era la otra


cara de la moneda de ver que los heterosexuales, a diferencia de ellos, tenían
una historia porque estaban en la historia, es decir, tenían una vida con
etapas que se desarrollaba paulatinamente. Entonces, podría postularse que
esta subjetividad postularía como otros significativos a los pares etarios
heterosexuales respecto de los cuales se mediría y evaluaría negativamente
al no haber “vivido lo suficiente”.
Pero esta subjetividad no solamente pondría como otros significativos a
los heterosexuales; también el sentimiento de precocidad etaria se daría
porque se pone en escena a la sociedad gay. Sí: los gays mayores sienten que
“desde adentro” se los induce a pensarse negativamente. El peso de la
“sociedad gay” sobre su autopercepción es notoriamente gravoso, algo que
no sucedería así en el caso de las lesbianas que envejecen en relación con la
“sociedad lesbiana”, aparentemente mucho más tolerante del envejeci-
miento.
Robert Schope (2005) dirigió una encuesta administrada a 183 personas,
74 de las cuales eran gays y 109 lesbianas. Se crearon dos grupos de edad:
105 encuestados de menos de 40 años (52 gays y 53 lesbianas) y 78
encuestados de 40 y más (22 gays y 56 lesbianas). Los porcentajes de las
respuestas a cómo ambas sociedades veían la vejez muestran una importante
diferencia en la percepción de la edad según los respondentes sean gays o
lesbianas, delineándose una tendencia que opaca la edad de los mismos
como variable explicativa. Esto es: que más allá de la edad que tengan los
gays y las lesbianas, existiría un patrón perceptivo amigable con el
envejecimiento lesbiano por parte de las lesbianas y un patrón perceptivo
adverso en el caso de los gays. Presentamos algunos resultados:
a) El 50% de la muestra de varones gays jóvenes opina que la visión de la
sociedad gay sobre la vejez gay es "terrible" y el 38.5% que es “tolerable”;
en tanto que los gays mayores, aunque pudieran sentirse bien con su vejez
personal, piensan en un 36.4% que la visión es “terrible” y otro 36.4% que
es “tolerable”. Es decir que el 88.5% de los gays jóvenes han elegido las
categorías “terrible” o “tolerable” para significar cómo los gays ven el
envejecimiento, en tanto que han elegido lo mismo el 72.8% de los que
tienen más de 40 años. El 37.3% de las lesbianas más jóvenes, en cambio,
eligió la categoría “aceptable” y un 27.5% la categoría “buena” para
significar cómo la sociedad lesbiana ve el envejecimiento lesbiano, en tanto
RASP – Research on Ageing and Social Policy, 4(1) 85

que las que tienen más de 40 años eligieron la primera categoría en un


36.5% y la segunda en un 32.7%. Sumado, tenemos que el 64.8% de las
lesbianas jóvenes sienten que la sociedad lesbiana evalúa “aceptablemente”
o “bien” el envejecimiento lesbiano, en tanto que las más grandes ven lo
mismo en un 69.2%.
b) Preguntados sobre cómo ven su propio envejecimiento, los porcentajes
varían aunque la tendencia (cierto que mucho más reducida) seguiría
teniendo vigencia: el 28% de los gays más jóvenes sienten “tolerable” su
propio envejecimiento, junto a un 27.3% entre los gays más grandes. Pero al
mismo tiempo, el 34,6% de los primeros lo ven “bien” y un 31.8% de los
segundos también. Respecto de las lesbianas el 11.3% de las más jóvenes
ven con “tolerancia” el proceso junto al 10.9% de las más grandes, en tanto
que han elegido la categoría “buena” un 30.2% y un 15.5% respectivamente
y la categoría “fantástica” un 24.5% y un 12.7% (contra un 3.8% y un 9.1%
de los gays).
c) En términos generales, o mejor, en la “superficie”, existiría una
considerable aceptación personal de la propia vejez en el caso de los gays
especialmente si se compara ese cuadro con el cuadro de cómo la sociedad
gay ve el proceso. Sin embargo, la capacidad de recuperación de esas
imágenes sociales no sería significativa ya que,
d) los varones gays estiman que son "old" a una edad promedio de 39
años, en tanto que las lesbianas sienten lo propio a los 49 años, 10 años
después.
Sin duda que los datos de Schope son sugerentes aunque por momentos
no resultan precisos ya que no se sabe si la principal variable que explica el
sentimiento de envejecimiento acelerado en gays mayores es el “género” o la
“orientación sexual”. También estimamos que lo que presenta es un conjunto
de variaciones concomitantes que permiten ver cómo ciertos valores de una
variable corren junto con los de otra pero no muestra “por qué” corren
juntos. Además, el único factor que presenta resulta insuficiente: habla de las
particularidades de la socialización gay que, a diferencia de la de las
lesbianas, tendría epicentro en una red de bares donde tendría que mostrarse
una apariencia física óptima; algo que resultaría una postal del pasado que ha
sido superada, en parte, por la socialización a través de Internet. Sea como
sea, sigue pareciendo una explicación atractiva pero incompleta; y ello no
representaría necesariamente un déficit del autor: antes bien, podría
86 Ernesto Meccia – Cómo los Gays Ven el Envejecimiento Gay

representar uno de los tantos casos en que un fenómeno social muestra un


desenvolvimiento muy difícil de seguir a través de estimaciones estadísticas,
si es que de esa forma se lo puede efectivamente rastrear.
Ante este panorama nos parece pertinente reponer parte de la hipótesis
que Martin Levine expuso en “Gay Macho” (1998). El sociólogo, al estudiar
las transformaciones de las expresiones de género de la homosexualidad
post-Stonewall, pudo detallar dos momentos de un proceso de transición. En
el primer momento era predominante la asociación de la homosexualidad
masculina a un alma femenina (la figura del “hombre fallido”); en el
segundo momento (que es el momento post-Stonewall) surgiría una nueva
figura en el imaginario social, la del gay masculinizado y vigorizado por la
juventud, en un contexto de estrechamiento del ideal masculino. A través de
un estudio etnográfico, Levine documentó cómo la transición imaginaria era
asimismo discernible en las prácticas de socialización gays y concluyó que
esa neo-masculinidad conjugaba la parodia y la emulación.
El estudio de Schope se publicó en 2005 y fue realizado en 2002. Vale
decir que muchos de sus encuestados mayores se socializaron antes, durante
y después de Stonewall, es decir, han andado la transición señalada por
Levine. Con ello queremos sugerir que la variable género pudo haber
operado en estas generaciones en el sentido de haberles solicitado más
masculinidad y vigor juvenil, tal el “precio” de aquella primera
visibilización gay. Los encuestados de Schope en aquel contexto tal vez
hayan emulado más que parodiado la masculinidad hegemónica. Nuestra
hipótesis es que lo expuesto nos da buenas razones para suponer que, si
repitiéramos la encuesta de Schope en el día de hoy, la percepción del
envejecimiento gay acelerado no tendría esos ribetes dramáticos,
probablemente porque los jóvenes gays de hoy hacen más parodia que
emulación de la masculinidad recia y juvenil; y a más “distancia de rol”
(Goffman, 1974) más probabilidad de que el envejecimiento gay se
representa a través de otro esquema.

Teoría del Estrés de Minorías

Ilan Meyer (2003, 2011) es un psiquiatra interesado en las políticas públicas


destinadas a las poblaciones LGTB. Sus investigaciones ponen un énfasis
especial en las condiciones sociales que pueden afectar la salud mental. Es
RASP – Research on Ageing and Social Policy, 4(1) 87

autor de la teoría del “estrés de minorías” en la que conjuga elementos


conceptuales de la psicología, la psicología social y la sociología que viene
siendo aplicada en el estudio del estrés provocado por situaciones
interaccionales violentas como, por ejemplo, el bullying. Estimamos que
presenta varios puntos de interés para incorporarla al estudio del
envejecimiento gay. Meyer se acerca a la definición de este fenómeno
aludiendo metafóricamente al sobrepeso:

El estrés puede ser definido como cualquier condición que tiene el


potencial de despertar la maquinaria adaptativa de una persona.
Utilizando el análisis de la ingeniería, el estrés puede ser descripto
como una carga respecto a una superficie de apoyo. Al igual que una
superficie se puede romper cuando el peso excede su capacidad para
soportar la carga, el estrés psicológico ha sido descripto como un
punto de ruptura a partir del cual un organismo puede llegar al
“agotamiento” (Meyer, 2001, p. 09).

Esta sucinta definición ya dejaría entrever más momentos de un proceso


que no estaban presentes en la teoría de la competencia en crisis. Si este
último pone el acento en la “competencia” ante la crisis, en Meyer pareciera
que la competencia es una de las respuestas posibles de la maquinaria
adaptativa de la persona inmersa en un contexto de discriminación. La otra
respuesta de la maquinaria es, justamente, una “no respuesta” producto de la
incapacidad de elaborarla. El estrés es ni más ni menos que el resultado de
esa inoperatividad: el agotamiento ante una situación crítica que abruma la
subjetividad de los sujetos porque no se acierta o no se avizora el modo de
su resolución. La cadena causal sería: identidad sexual no heterosexual,
situación interaccional adversa y violenta, búsqueda de respuesta, falta de
respuesta, agobio, estrés, afectación de la salud mental (paradigmáticamente:
aislamiento y depresión). Ya veremos que de una forma interesante Meyer
sugiere de qué dependería, sociológicamente hablando, que las personas
puedan gestionar satisfactoriamente la adversidad y lograr ajuste y
resiliencia.
El estrés se produce por dos clases de factores. En primer lugar están los
que denomina “estresores generales”: el duelo ante la pérdida de seres
queridos, situaciones de minusvaloración identitaria producto de situaciones
crónicas como la falta de empleo o la aparición de una enfermedad
88 Ernesto Meccia – Cómo los Gays Ven el Envejecimiento Gay

discapacitante o la dinámica misma de la vida en las grandes metrópolis son


algunos ejemplos. La característica principal de estos estresores es que: “son
ubicuos, todos los individuos en las sociedades modernas están expuestos a
ellos” (Meyer, 2011, p. 10). En segundo lugar están los factores cuya
capacidad de afectación es diferencial ya que logran abrumar a los
integrantes de grupos minoritarios catalogados negativamente. Son los
“estresores de minorías”:

las personas de estatus sociales desfavorecidos están expuestos a


factores de estrés añadidos, que son únicos. Me he referido a éstos
como estrés (también social) de minoría. El estrés de la minoría
proviene de la desventaja social relacionada con el estigma estruc-
tural, el prejuicio y la discriminación. (…). Por definición, el estrés
minoría es único, ya que afecta y requiere adaptación especial por las
personas LGB, pero no por los heterosexuales (Meyer, 2011, p. 10).

Por lo tanto tendríamos que los integrantes de minorías sociales


negativamente etiquetadas tendrían que hacer frente a ambos tipos de
factores, lo que produce una sobrecarga adaptativa.
Meyer ha descrito cuatro vías por las cuales los procesos de
estigmatización se incorporan en la gente. Los presentaremos teniendo en
cuenta las vicisitudes de los sujetos de nuestra reflexión. La estigmatización
se hace carne en las víctimas: (a) a través de eventos originados en prejuicios
y/o en condiciones prejuiciosas crónicas; por ejemplo, expulsión o
marginación de los ámbitos educativos y miradas familiares tenidas como
negativas aun cuando no se hayan concretado en ningún evento dramático,
(b) a través de la auto vigilancia concomitante ante las expectativas
negativas de los demás; por ejemplo, evitando a las personas cuya
frecuentación, según ellos, puede confirmarlas, (c) a través de la
internalización del estigma social (“homofobia internalizada”, en nuestro
caso), y (d) a través del ocultamiento de la identidad gay ante los auditorios
no gays. Al respecto ya hemos visto el ejemplo del coming in en los
escenarios médicos de los gays mayores, al que debemos agregar la no
revelación de la identidad sexual a sus hijos por parte de gays mayores o
viejos que son padres (Meyer, 2011).
Esta es una de las caras de la dinámica social de las minorías: la que se
asocia al estrés irresuelto porque los otros significativos son representantes
RASP – Research on Ageing and Social Policy, 4(1) 89

del heterosexismo que operan negativamente en la visión de sí. Pero para


Meyer también se debería ver el reverso, explorando la idea de que
pertenecer a una minoría puede tener un resultado positivo permitiendo
resolver el estrés y volviendo a los gays mayores “competentes” para
enfrentar lo que tengan que enfrentar, como quería Kimmel.
Estamos ante uno de los planteos más interesantes de la teoría del estrés
de minorías. Meyer propone pensar la diferencia entre envejecer
“individualmente” como gay y envejecer como “miembro” de la minoría
gay; una distinción que trae a la polémica la cuestión del capital social de los
sujetos discriminados. Puede suponerse que los homosexuales que
envejecieron en ausencia de una plataforma cognitiva gay hayan envejecido
en forma individual y en situaciones de estrés crónico, negándose a
reconocer en los otros homosexuales a sus pares debido a la homofobia
internalizada, la cual podía incrementarse debido a que la figura misma de la
“vejez” era uno de los objetos permanentemente recreado por los discursos
alterizantes. De modo inverso, es probable que los gays que envejecen en
contextos contemporáneos y posteriores a Stonewall lo hayan podido hacer y
lo hagan en compañía de la plataforma cognitiva “orgullosa”.
Queremos sugerir que la sociabilidad gay mediada por las nuevas
coordenadas cognitivas (amplificadas por los medios de comunicación)
puede operar en la dirección de que los gays viejos o en proceso de
envejecimiento se animen a compartir las vivencias de esta etapa de la vida y
que ello redundaría en el resultado cognitivo mayor de lograr neutralizar a
los otros significativos negativos poniendo en acción a los que envejecen
con ellos y como ellos.
Pero esto plantea un gran interrogante que desplaza el análisis hacia
dimensiones que no hemos tocado hasta el momento. Y sobre todo hacia
una: ¿en dónde, en qué lugares estos gays podrán socializarse, encontrarse,
reconocerse y desarrollar un sentimiento de pertenencia que neutralice los
aspectos negativos? La pregunta es significativa ya que los gays mayores se
retirarían de los circuitos de socialización con propósitos sexuales utilizados
por los jóvenes (bares, saunas, discotecas), circuitos que ven con un
importante sentimiento de exterioridad y ajenidad, a lo cual habría que
sumar la sensación de extrañeza derivada de la denominada “brecha
digital”.6
90 Ernesto Meccia – Cómo los Gays Ven el Envejecimiento Gay

La falta de “lugar” en un sentido genérico es uno de los temas emergentes


más importantes de los testimonios que obtuve para mis investigaciones:

¿Dónde se van los gays que ya no están? ¿Qué pasa que ya no los veo,
que hace rato ya no están? ¿Dónde se habrán metido? ...porque no
circulan más? (…) ¿Se desvanecieron? ¿Se fueron a Europa? ¿Se
murieron? (…). Me gustaría en un futuro no muy lejano, ser el mentor
y generar un espacio alternativo para gays adultos mayores, donde
puedan tener la contención adecuada a sus necesidades específicas, y
porque considero que una sociedad sana es aquella que también tiene
en cuenta a sus mayores (Raúl, 72 años).

Y yo le preguntaba: ¿no se piensa en algún lugar para gente de nuestra


edad? Porque hay mucha gente sola. Yo veo mucha gente grande,
sola, que no tiene familia y yo podría compartir con otro. O sea, la
idea era que, cuando éramos jóvenes y llegáramos a esta edad
dijéramos: “¿qué tenés vos? ¿y qué tenés vos?” Bueno, entonces
compramos, por ejemplo, una casa con ocho habitaciones. Vamos a
compartir, vamos a convivir. Tenemos gente que nos limpie, tenemos
gente que nos cocine. O sea: tener una vejez digna. Ayudarnos. Que
no se nos vaya nada a la cabeza. O sea, vos ves hoy un tipo gay
grande, de nuestra edad y vos ves que está lleno de ganas de hablar
porque está solo, no está en pareja. “La casa comunitaria”, te cierro así
la idea. No sé quién se podría encargar es esto pero es necesario y
porque es muy interesante. Pero, no sé, los chicos de hoy en día no
apuestan, pican, y además no tienen un sentido profundo de lo que es
la amistad (Rafael, 57 años).

No encuentro ni a mis amigos o conocidos (algunos lógicamente


fallecieron) pero si los encuentro advierto que se les ha terminado la
cuerda, son como relojitos de aguja que dejaron de funcionar. Qué se
yo. Podés preguntarte: “¿adónde estarán?” pero hay respuestas que a
veces te duelen. Lo que te quiero decir, es que para mi generación fue
una cuestión muy difícil aceptarse a uno mismo. Y tengo la teoría que
si no te aceptas te borrás del mundo. ¿Y cómo no te vas a borrar más
si además sos un viejo y no tenés adónde ir? Pasa una cosa curiosa: en
“El Olmo”7 hasta hace un tiempo iba mucha gente de mi edad.
Ahora… ni eso. Esto es un misterio en apariencia porque, ya te dije, la
RASP – Research on Ageing and Social Policy, 4(1) 91

gente se borró porque siente que ni se aceptan ni los aceptan (Juan


Carlos P., 74 años).

Para mí la utopía gay es eso que te dije: que haya espacios, que se
creen lugares de socialización donde no solamente te alaben por lo
fálico, y eso que a mí me alaban por eso, pero claro… no soy
solamente eso (Carlos, 67 años).

Como vemos, el encuentro de una casa bajo el arcoíris o la edificación de


un hogar al final del camino aparecen como anhelo, necesidad, como una
utopía para los gays viejos o en proceso de envejecimiento. En su conjunto
estos testimonios parecieran reclamar un entramado institucional que aún no
existe ni como “forma social pura” ni como parte de la agenda de un
programa integral de política pública destinada a la vejez LGTB. Y esa
ausencia limitaría poner a favor del envejecimiento gay la pertenencia
minoritaria en el sentido en que lo planteaba Meyer.

Una Polémica Sociológica

Respaldados en investigaciones empíricas, hemos tratado de suministrar a


los lectores una polémica sociológica en torno a las representaciones sobre el
envejecimiento gay que tienen los gays en la actualidad. Sostuvimos que
esas representaciones no vienen a cuenta de ninguna realidad en el sentido
de que no existirían unas más verificables que otras. Hablar de
representaciones sociales de la vejez, dijimos, conduce la investigación a
detectar cuáles son los atributos del “modelo perceptivo” que sostienen y, en
particular, qué papel se asigna a los otros significativos. Los tres enfoques
que presentamos son de gran interés para armar y para seguir con esta
polémica cuya pertinencia, sin embargo, muy probablemente sea exclusiva
de las “generaciones bisagra” que hemos analizado, cuya subjetividad está
compuesta por la mezcla del discurso alterizante y el discurso del gay pride.
Por supuesto que nada garantiza el “avance” en la historia de los grupos
discriminados; pero es más que probable que esta polémica no demuestre el
mismo potencial cuando, en el futuro, se investigue el envejecimiento de los
gays de las últimas generaciones. Sin duda que otros modelos perceptivos
cobrarán vigencia.
92 Ernesto Meccia – Cómo los Gays Ven el Envejecimiento Gay

Cuadro resumen (elaboración propia):

OTROS LOGRO DE
SIGNIFICATIVOS RESILIENCIA

COMPETENCIA EN Gays Positivo


CRISIS

ENVEJECIMIENTO Heterosexuales Negativo


ACELERADO
Gays Negativo

ESTRÉS DE Heterosexuales Negativo


MINORÍAS
Gays Positivo

Notas
1 Por ejemplo, el viejo gay aparece como “amenazante” en una escena de “pánico
homosexual” en I Vitelloni (Federico Fellini, 1953) y como “decadente” en Morte a Venezia
(Luchino Visconti, 1971).
2 En Begginers (Mike Mills, 2010) hay una historia de coming out orgulloso de un gay

anciano que forja así un gran vínculo con su hijo. En Gerontophilia (Bruce LaBruce, 2013) se
tiene la reivindicación de la belleza de un anciano gay por parte de un joven. En Love is
Strange (Ira Sachs, 2014) se cuenta desde una perspectiva nativa los avatares de una pareja
gay en proceso de envejecimiento. Se trata de películas incomparables por la construcción de
una imagen positiva y desdramatizadora.
RASP – Research on Ageing and Social Policy, 4(1) 93
3 Esta periodización se encuentra desarrollada en un interesante artículo del antropólogo Julio
Assis Simmoes referido a las antiguas y nuevas convenciones sobre la periodización de la
vida de los gays en Brasil.
4 “Coming in”: utilizo esta expresión respetando la definición que me diera un entrevistado

en el curso de mis investigaciones. “Saliendo un poco de los vapores de nostalgias y


melancolías, me he dado cuenta que en el llamado "estilo de vida gay" hay un período del
"coming out" (pasar afuera = salir = exponerse) que también puede ser seguido de otro
periodo, no demasiado investigado que por ahora bautizaré, por juego idiomático, como el
"coming in" (pasar adentro = entrar = ocultarse)” (Raúl, 72 años).
5 La película se llama “El canto del cisne” (Carlos Hugo Christensen, 1945). Su protagonista

fue Mecha Ortiz, femme fatal por excelencia de los años 40, apreciada por viejas generaciones
de homosexuales en Argentina. En sus papeles más famosos era amante de varones muy
jóvenes y el tema del envejecimiento y la “consecuente” discordancia no tardaba en aparecer
dramáticamente.
6 Debe reconocerse, no obstante que, por ejemplo, en la ciudad de Buenos Aires funcionan

algunos establecimientos de este tipo donde la concurrencia gays mayores y ancianos es


notoria.
7 “El Olmo” es una confitería que durante los años 80 y hasta fin del siglo XX fue un punto de

encuentro importante de los gays. Sito en la intersección de las avenidas Santa Fe y


Pueyrredón de la ciudad de Buenos Aires, particularmente los sábados por la noche se veía
súbitamente híper poblada por gays de la ciudad y sus adyacencias.

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Ernesto Meccia es Profesor Regular de Sociología en la Universidad


Nacional del Litoral y en la Universidad de Buenos Aires (Argentina).

Contact Address: ernesto.meccia@gmail.com


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Género y Generación: Influencia en la Implicación Política de los


Mayores en España

Emilia Riesco Vázquez1

1) Universidad de Salamanca

Date of publication: January 30th, 2016


Edition period: January 2016 - July 2016

To cite this article: Riesco, E. (2016). Género y Generación: Influencia en


la Implicación Política de los Mayores en España. Research on Ageing and
Social Policy, 4(1), 96-133. doi: 10.17583/rasp.2016.1762

To link this article: http://doi.org/10.17583/rasp.2016.1762

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RASP – Research on Ageing and Social Policy Vol. 4 No. 1
January 2016 pp. 96-133

Género y Generación:
Influencia en la Implicación
Política de los Mayores
en España
Emilia Riesco Vázquez
Universidad de Salamanca

Resumen
España experimenta un proceso de envejecimiento demográfico desde hace varias
décadas que la sitúan actualmente como uno de los países más envejecidos del
mundo. Este proceso lleva asociados cambios en las características de las diferentes
generaciones, que serán especialmente relevantes en las cohortes futuras de personas
mayores. Concretamente, el envejecimiento de la población alterará los patrones de
implicación política. Este trabajo analiza la influencia que pudieran tener tanto las
cuestiones de género como la generación en el comportamiento político de las
personas mayores. Se realiza un estudio relacional basado en la explotación de datos
del Centro de Investigaciones Sociológicas. Los hallazgos del mismo evidencian que
género y generación introducen importantes diferencias tanto en el interés como en
la participación social. Se concluye aportando averiguaciones acerca de la
importancia que tiene la pertenencia a una determinada generación en lo que
respecta a la implicación en los asuntos públicos, frente a consideraciones frecuentes
que le atribuyen un mayor protagonismo a la edad. Asimismo, se aporta información
relevante acerca de la próxima generación de mayores, que no sólo tendrá una gran
importancia numérica sino que, plausiblemente, asumirá un importante protago-
nismo social.

Palabras clave: participación política, género, generación, compromiso cívico

2016 Hipatia Press


ISSN: 2014-6728
DOI: 10.17583/rasp.2016.1762
RASP – Research on Ageing and Social Policy Vol. 4 No. 1
January 2016 pp. 96-133

Gender and Generation:


Influence on the Political
Implication of the Elderly
in Spain
Emilia Riesco Vázquez
Universidad de Salamanca

Abstract
Spain suffers a demographic ageing process for several decades now, and today it is
one of the most aged countries in the world. This process entails changes in the
characteristics of different generations, some of which will be especially relevant in
the future cohorts that advance into mature age. Specifically, the ageing of the
population alters the patterns of political implication. This work analyzes the
influence that gender questions and generation may have in the political behavior of
the elderly. We present a relational study based on the data provided by the Centro
de Investigaciones Sociológicas (Center for Sociological Research). Our findings
prove that gender and generation introduce important differences in interest as well
as in social participation. We also provide conclusions on the importance of
belonging to one specific generation with regard to the implication in public affairs,
as opposed to frequent considerations that tend to grant more preeminence to age.
Similarly, we provide relevant information on the next older generation, who will
not only be important in number, but also will conceivably take on a very important
main social role.

Keywords: political participation, gender, generation, civil engagement

2016 Hipatia Press


ISSN: 2014-6728
DOI: 10.17583/rasp.2016.1762
98 Emilia Riesco – Género, Generación e Implicación Política

E spaña ha sufrido un proceso de envejecimiento demográfico desde


hace varias décadas que no sólo ha cambiado la estructura por
edades de la población, sino que también lleva asociados otros
cambios en las características de las generaciones que la integran (Pérez
Díaz, Abellán y Ramiro, 2012). La vejez ha dejado de tener connotaciones
negativas asociadas a sí misma y ha empezado a remplazarse por un
concepto positivo (Trinidad, 2006) que todavía cambiará mucho más en los
años sucesivos. Cada nueva generación se ha visto incrementada con un
capital humano superior, ya que, como afirman Pérez Díaz et al. (2012), el
mal llamado envejecimiento demográfico es realmente el resultado de la
modernización demográfica. El envejecimiento de la población es el mayor
logro social de la humanidad. Este proceso va configurando generaciones
cada vez mejor dotadas que, a medida que se van incorporando a la vejez,
muestran una transformación en las características, actitudes y comporta-
mientos de las personas mayores, representando un gran potencial para la
sociedad en su conjunto. Por todo ello es necesario que se aborde el estudio
de esta categoría de edad desde el reconocimiento de las crecientes
potencialidades, no sólo para sí misma, sino para el conjunto de la sociedad.
La modernización sociodemográfica va a hacer posible que los mayores
sean cada vez más activos, y no serán sólo receptores de recursos, sino que
serán actores protagonistas cada vez más importantes.
Desde el punto de vista de la Sociología política, las personas mayores en
España se han convertido en una fuerza electoral de primer orden (el 23,5%
del censo electoral en 2011) (INE, 2013), que podrían determinar el
resultado de cualquiera de las elecciones. Si bien parece ser que los mayores
no actúan como un nuevo actor político colectivo (Durán, 2002), sí parece
existir una proporción importante de ellos que desearían estar presentes en
distintos ámbitos de la vida pública (Pérez Ortiz, 2009a; Riesco, 2009), lo
que lleva a plantearnos, como objeto de este artículo, el análisis de la
influencia del género y la generación en la implicación política de los
mayores en España con el fin de descubrir su potencial.
El manuscrito presentado se inserta dentro de un trabajo más amplio que
analiza el compromiso cívico de las personas mayores en España. La calidad
de la democracia está directamente relacionada con el ejercicio activo de los
derechos políticos y civiles de su ciudadanía, es decir, con su implicación
política. Habermas (1998) y Putnam (1993) afirman que cuanto mayor es la
participación de los ciudadanos, mayor es el control que se ejerce sobre los
RASP – Research on Ageing and Social Policy, 4(1) 99

representantes políticos, lo que implicará una mayor responsabilidad en el


ejercicio del poder (Putnam, 1993; 2003; Torcal, 2006; Durán, 2007b). Para
Putnam, el compromiso cívico o capital social de una comunidad radica en
el interés que manifiesta en los asuntos públicos, en su participación
electoral y en la intensidad y densidad de su vida asociativa (1993; 2003).
El objeto de este estudio es abordar las dos primeras dimensiones,
analizar el interés por la política y la participación electoral de los mayores.
Se realiza una comparación en función de las etapas vitales o de desarrollo
de los sujetos. Concretamente, nos referimos a las denominadas genera-
ciones del desarrollo (55 a 64 años) y de la postguerra (65 y más años) (Gil
Calvo, 2003) y se indaga sobre la influencia del género en las mismas.
Pretendemos dar respuesta a algunos de los interrogantes que plantea en el
terreno político el envejecimiento de la población.
Las hipótesis que orientan nuestro trabajo están basadas en las teorías del
envejecimiento activo, de la participación y de la estratificación por edades
(Riley, 1985; 1988). Este enfoque destaca las relaciones entre los cambios
estructurales y la diferenciación por cohortes. Parte de la idea de que la
sociedad se compone de generaciones sucesivas de individuos que envejecen
de distinta manera. Cada generación debe afrontar un conjunto de
acontecimientos y cambios relacionados con el momento socio-histórico en
el que vive. Riley considera que la variable edad incide en función de las
características de su cohorte, que va más allá de los cambios derivados del
proceso de envejecimiento. El planteamiento del envejecimiento activo hace
referencia a una participación continua de las personas mayores en las
cuestiones sociales y respalda su responsabilidad para ejercer su partici-
pación en el proceso político.

Viejos y Nuevos Paradigmas de la Política

El fenómeno del envejecimiento, en general, no se aborda desde presu-


puestos democráticos ligados a la participación política, sino que más bien se
incide en cuestiones de gestión y financiación, desde una concepción
moderna de lo político (Durán, 2002). En este trabajo, se va a incidir en el
proceso democrático.
Con la llegada del nuevo siglo y de la sociedad de la Información, entre
las muchas cosas que han cambiado en la sociedad, una de ellas es el sentido
de la participación social. Las sociedades de hoy en día reclaman modelos de
100 Emilia Riesco – Género, Generación e Implicación Política

participación distintos de los que hemos conocido hasta ahora, es decir, de


los que demandaba la Modernidad Tradicional. Una de las características de
la Modernidad Tradicional es la clara distinción entre sujeto y objeto de la
participación social y política. Podríamos decir que toma fuerza la máxima
del despotismo ilustrado de “todo para el pueblo, pero sin el pueblo”,
llegándose en la práctica a que las organizaciones y agentes considerados
socialmente como políticos, a través de sus actuaciones, se conviertan en
sujetos y protagonistas de la acción política, mientras que los agentes
sociales y la ciudadanía en general quedan únicamente como destinatarios de
esas políticas, es decir, como objetos de dicha acción. La ruptura entre sujeto
y objeto en un sistema capitalista lleva también a la invisibilidad de los
agentes considerados como económicamente no productivos, como en el
caso de las personas mayores. La Declaración Política de la Asamblea de
Vejez y Envejecimiento, en Madrid en 2002, se corresponde con el nuevo
paradigma de participación. Desde el planteamiento moderno de la vejez, se
piensa en lo que la política institucionalizada puede hacer por los mayores,
pero sin tener en cuenta el planteamiento político de la participación de este
colectivo como tal (Durán, 2002). Se considera a los ancianos como clientes
del Estado y como tal se les atiende. Las personas mayores han sido
consideradas una clientela electoral a la que dirigirse los partidos políticos
antes de cada periodo electoral.
Por otro lado, para Castells, las nuevas tecnologías de la información
permiten la liberación del tiempo (2000) y confieren una nueva temporalidad
que denomina el tiempo atemporal que se manifiesta en todo el ámbito de la
experiencia humana, siendo la forma emergente del tiempo social. Esta
concepción enlazaría con el surgimiento, en palabras de Offe (1988), de un
nuevo paradigma de la política, así como con los estudios de Inglehart
(1998) sobre los valores postmaterialistas y las cuestiones políticas
postmodernas que buscan alternativas a las formas institucionalizadas de
representación y participación políticas. Para Beck, sería el paso a la
“modernización reflexiva” (Beck, Giddens y Lash, 1997), donde lo político
se manifiesta más allá de las responsabilidades y las jerarquías formales. Al
mismo tiempo, Innerarity (2006) señala que se ha producido una
modificación del marco de condiciones a partir del cual los temas eran
diferenciados como públicos o privados y tratados como tales. Lo que se
considera público o privado está sometido a cambios históricos y a
decisiones políticas, por eso exige una continua redefinición. En la
RASP – Research on Ageing and Social Policy, 4(1) 101

actualidad, las demandas de equidad exigen una nueva formulación de


igualdad. Las diferencias han de ser reconocidas en igualdad, pero en tanto
que diferencias; por ello, las personas mayores, que reclaman una mayor
presencia en la política, no demandan privilegios. Estas y otras teorías
coinciden en señalar que podríamos estar asistiendo a la aparición de un
nuevo actor político colectivo, del cual los mayores podrían constituir una
parte muy importante. Retomando los argumentos de Castells, en la sociedad
emergente se está debilitando el ciclo vital ordenado en torno a categorías
sociales, entre las cuales la educación, el tiempo laboral, las trayectorias
profesionales y la jubilación se convirtieron en supremas. Las razones para
esta nueva tendencia están en la cronología variable del tiempo laboral.
Mientras que antes la ancianidad se consideraba un último estadio
homogéneo de la vida, al que se accedía por la jubilación, ahora es un
universo muy diverso que se extiende hacia grupos más jóvenes y más
mayores y redefine el ciclo vital obligando a establecer una distinción entre
varios grupos de edad, cuyas diferencias reales dependerán en gran modo del
capital social, cultural y relacional acumulado durante sus vidas (Castells,
2000; Guillemard, 1988).

Metodología

Cada una de las dimensiones estudiadas, interés por la política y


participación electoral, son susceptibles de medirse a través de indicadores.
Para cada uno de ellos, hemos realizado tablas de contingencia con el fin de
analizar la incidencia de la variable sexo, haciéndolo tanto intragrupo como
intergrupo de cada una de las dos categorías de edad consideradas. El interés
por la política se infiere de la propia declaración acerca de la misma, de la
percepción de la complejidad que tienen de los asuntos políticos, de la
exposición a la información de actualidad política y de las conversaciones
mantenidas sobre la misma. La participación electoral es observable, así
como el sentido de la misma.
El análisis empírico se basa en la explotación de datos del Centro de
Investigaciones Sociológicas (CIS), utilizándose el barómetro de opinión de
abril de 2009 (nº 2798), los estudios postelectorales de las Elecciones
Generales y Autonómicas de Andalucía del 2004 y 2008 (nº 2559 y nº 2757
respectivamente) y de las Elecciones al Parlamento Europeo de 2009 (nº
2807), así como el estudio de las Elecciones Generales de 2011 (nº 2920).
102 Emilia Riesco – Género, Generación e Implicación Política

La población objeto de nuestro estudio son las personas de 55 o más años


de edad, divididas en dos subgrupos: de 55 a 64 años y de 65 y más. Esta
agrupación obedece al interés por analizar y comparar el comportamiento
político de cada una de esas dos categorías de edad, ya que el grupo de
menor edad formará parte de la generación de mayores inmediatamente por
venir, cuyas características probablemente distarán mucho de los
estereotipos que hoy atribuimos a la vejez. Cada generación es distinta de las
demás y marca a sus miembros con un cierto “determinismo generacional”
debido a sus características comunes: el tamaño relativo, la educación
recibida, la incorporación a la actividad laboral, el calendario de formación
de familia, etc. (Gil Calvo, 2003). Las personas entre 55 y 64 años de edad,
en el momento del estudio, nacieron entre los años 1945 y 1954, pertenecen
a la denominada por Gil Calvo generación del “desarrollo” mientras que los
de 65 y más años pertenecen a las generaciones de principios del siglo XX.

Resultados

Interés por la Política

El interés por la política es uno de los aspectos que permite identificar la


implicación cívica de la ciudadanía. Hemos analizado varios indicadores que
podrían aportar información relevante sobre esta dimensión; aquí haremos
referencia solamente a los que muestran mayores diferencias entre ambos
subgrupos en función del género.

Percepción de la complejidad de la política. El análisis de los datos del


estudio 2807 del CIS (p. 26) muestra diferencias claramente significativas
entre los distintos grupos de edad a la hora de calificar la política como
difícil de entender. Concretamente, la política aumenta su complejidad a
medida que aumenta la edad de las personas (Tabla 1).
El análisis comparativo entre los grupos de mayor edad revela diferencias
generacionales claras. Mientras para el 70,5% de la generación de la guerra
civil la política resulta un tema complejo, disminuye al 55,8% para la
generación del desarrollo.
El análisis en función del sexo muestra que en el grupo de 55 a 64 años
son las mujeres las que principalmente están de acuerdo en considerar la
política como un tema complicado (64,9%), comparándolas con los varones
RASP – Research on Ageing and Social Policy, 4(1) 103

de este mismo grupo de edad donde sólo un 46,6% está de acuerdo con esta
afirmación (χ23=16,278 p=.001). Al realizar el mismo análisis en el grupo
de edad de 65 años y más, encontramos también diferencias significativas
(χ23=52,375 p=.000), y en el mismo sentido que el análisis anterior, es decir,
las mujeres son las que consideran la política como un tema complejo (Tabla
1). Asimismo, también obtenemos un efecto significativo para la variable
generacional sólo en las mujeres (χ23=31,263 p=.000). Así, las mujeres de
65 y más años son las que consideran la política como un tema complejo, en
comparación con sus pares de 55 a 64 años.

Tabla 1
Percepción de la complejidad de la política por grupos etarios y sexo

La política como un tema complicado (%)


Orientación Categorías Grupo de Muy de De En Muy en TOTAL
del contraste de Control Comparación acuerdo acuerdo desacuerdo desacuerdo (N)
55 a 64 12,7 35,9 40,6 10,8 315
Hombres
Sexo / 65 y más 15,0 43,8 33,3 7,8 306
Edad 55 a 64 18,1* 46,8 30,0* 5,1 237
Mujeres**
65 y más 34,0* 45,0 14,8* 6,2 420
Hombres 12.7* 35,9* 40,6* 10,8* 315
55 a 64**
Edad / Mujeres 18,1* 46,8* 30,0* 5,1* 237
Sexo 65 y Hombres 15,0* 45,8 33,3* 7,8 306
más** Mujeres 34,0* 45,0 14,8* 6,2 420
*Residuos estandarizados corregidos mayor en valor absoluto a 1,96. / ** Significancia estadística al 0,05

Importancia de la política en la vida de las personas. En el análisis de


las diferencias entre los grupos de edad y la importancia que le otorgan a la
política (CIS, estudio 2798, p. 11), encontramos que no son significativas
(χ24=7,869 p=.091). Sin embargo, el análisis del sexo y la consideración del
impacto de la política en la vida cotidiana descubren que los varones
consideran la política como un tema medianamente importante (43,7%),
104 Emilia Riesco – Género, Generación e Implicación Política

mientras que para las mujeres es un tema poco relevante en sus vidas
(44,4%) (Tabla 2).
El estudio concreto de la interacción entre las variables grupo de edad de
la generación del desarrollo y de la guerra civil, el sexo y la importancia de
la política en sus vidas, considerando la edad como variable moderadora,
muestra que existen diferencias significativas sólo para el grupo de edad de
65 años y más (χ22=9,077 p=.01), es decir, las mujeres de 65 años y más
consideran que la política no es un tema relevante en sus vidas (47,2%), en
comparación con los varones de este mismo grupo de edad, quienes
mencionan que la política es un tema moderadamente importante (42,9%).
Ahora bien, cuando consideramos la variable sexo como moderadora y
hacemos la comparación entre las mujeres y varones de distintos grupos de
edad, no se observan diferencias significativas para ninguno de los dos
sexos. Por tanto, la diferencia de la importancia otorgada a la política es
fundamentalmente un tema de género, y sólo dentro del grupo de 65 y más
años.

Tabla 2
Importancia de la política según grupos etarios y sexo

Importancia de la política (%)


Orientación Categorías Grupo de Poco o nada Medianamente Muy TOTAL
del contraste de Control Comparación importante importante importante (N)
55 a 64 33,9 44,6 21,5 121
Hombres
Sexo / 65 y más 32,5 42,9 24,5 163
Edad 55 a 64 40,3 33,1 26,6 124
Mujeres
65 y más 47,2 29,2 23,6 178
Hombres 33,9 44,6 21,5 121
55 a 64
Edad / Mujeres 40,3 33,1 26,6 124
Sexo 65 y Hombres 32,5* 42,9* 24,5 163
más** Mujeres 47,2* 29,2* 23,6 178
*Residuos estandarizados corregidos mayor en valor absoluto a 1,96. / ** Significancia estadística al 0,05.
RASP – Research on Ageing and Social Policy, 4(1) 105

Frecuencia con la que se habla de política. Puede saberse también la


importancia e interés por la política en función de la frecuencia con que se
habla o discute de ella, así como de la exposición mediática a noticias y otras
informaciones de actualidad.

Hablar de política con los amigos. La comparación de la frecuencia con


la que hablan de política con sus amigos entre los distintos grupos de edad
indica que los adultos de 35 a 54 años son los que más hablan de política con
sus amigos (52,8%), en comparación con los jóvenes (18 a 34 años) (50,1%)
y los adultos mayores y ancianos (55 años y más) (35,7%).
La comparación entre la generación del desarrollo y de la guerra civil
confirma la tendencia descrita anteriormente; es decir, las personas de entre
55 y 64 años conversan sobre política al menos algunas veces con sus
amigos, mientras que las personas de más de 65 años, en su mayoría, nunca
lo hacen (Tabla 3).

Tabla 3
Frecuencia con la que se habla de política con los amigos según grupos etarios y
sexo
Frecuencia con la que se habla de política
con los amigos (%)
Orientación Categorías Grupo de A Algunas TOTAL
del contraste de Control Comparación menudo veces Raramente Nunca (N)
55 a 64 15,1 39,0* 27,7 18,2* 159
Hombres**
Sexo / 65 y más 11,9 23,3* 33,3 31,4* 210
Edad 55 a 64 9,2 30,7* 27,6 32,5* 163
Mujeres**
65 y más 5,7 17,7* 21,2 55,5* 283
Hombres 15,1 39,0 27,7 18,2* 159
55 a 64**
Edad / Mujeres 9,2 30,7 27,6 32,5* 163
Sexo Hombres 11,9* 23,3 33,3* 31,4* 210
65 y más**
Mujeres 5,7* 17,7 21,2* 55,5* 283
*Residuos estandarizados corregidos mayor en valor absoluto a 1,96. / ** Significancia estadística al 0,05.
106 Emilia Riesco – Género, Generación e Implicación Política

La misma tendencia generacional se repite cuando se considera la


variable sexo. Ahora bien, cuando ahondamos en el análisis comparativo en
función del sexo para cada grupo de edad, observamos diferencias
significativas a favor de los hombres tanto para el grupo de 55 a 64 años
(χ23=10,350 p= .016), como para el de 65 y más años (χ23=29,732 p=.000),
es decir, los varones son los que hablan “algo más” de política con sus
amigos, mientras que las mujeres, mayoritariamente, nunca hablan de este
tema. Al considerar la variable sexo como moderadora, obtenemos un efecto
significativo para los varones (χ23=15,123 p=.002) y mujeres de la
generación del desarrollo (χ23=23,062 p=.000), es decir, tanto los varones
como las mujeres de 55 a 64 años hablan en mayor medida de política con
sus amigos que sus congéneres del grupo de edad de 65 y más años. Se
refleja el efecto generacional entre la generación del desarrollo y de la guerra
civil y, a su vez, el efecto de género dentro de cada generación, aunque éste
se deja sentir, en mayor medida, en el grupo de mayor edad.
El tabú existente sobre la política, durante los casi cuarenta años del
franquismo, ha calado fuerte en las personas mayores educadas bajo la
represión política durante la mayor parte de su vida, y eso es lo que les
impediría hablar abiertamente de esos temas con amigos, por el miedo
interiorizado a las posibles represalias. Los menores de esa edad (de 55 a 64
años) han vivido ya un largo periodo democrático, lo que les habría
permitido superar los miedos y sustituirlos por los valores de la libertad de
opinión y de expresión.

Hablar de política con los familiares. En esta dimensión aparece una


diferencia generacional entre los jóvenes y los adultos, ya que los jóvenes
rara vez o nunca hablan sobre este tema con sus familiares (52,8%), en
contraste con los adultos que indican que las conversaciones sobre este tema
son algo más frecuentes (50,7%); mientras los adultos mayores,
coincidiendo con los jóvenes, mencionan con mayor frecuencia que rara vez
o nunca hablan con sus familiares de política (62%).
El análisis de los grupos de edad de nuestro interés evidencia nuevamente
diferencias significativas en la misma línea del patrón anteriormente
indicado, es decir, la mayoría de personas de 55 a 64 años hablan con
regularidad sobre política con sus familiares, mientras que las personas de 65
años y más nunca lo hacen. Los datos ponen de manifiesto que el efecto
generacional está de nuevo presente para esta dimensión (Tabla 4).
RASP – Research on Ageing and Social Policy, 4(1) 107

El estudio de esta dimensión en relación con el sexo culmina con la


presencia del efecto generacional, aunque sólo con significación estadística
para el caso de las mujeres; en concreto, las mujeres de 65 años y más son
las que menos hablan de política con sus familiares respecto de sus pares de
55 a 64 años (χ23=15,455 p=.001); lo mismo ocurre cuando se realiza el
análisis intergrupo, es decir, las mujeres de 65 y más años hablan menos de
política con sus familiares que los hombres de la misma edad (χ23=16,644
p= .001).
El efecto generacional y de género se hace presente sólo para el grupo de
mujeres de 65 y más años. Aparece de nuevo el gender gap para las mujeres
de la generación de la guerra civil, socializadas en un déficit democrático y
con unos estereotipos de género que profundizan en una subcultura
tradicional “femenina” que las inhibe en mayor medida que a los hombres
de los temas políticos.

Tabla 4
Frecuencia con la que se habla de política con los familiares según grupos etarios
y sexo
Frecuencia con la que se habla de política
con los familiares (%)
Orientación Categorías Grupo de A Algunas TOTAL
del contraste de Control Comparación menudo veces Raramente Nunca (N)
55 a 64 12,6 34,0 31,4 22,0 159
Hombres
Sexo / 65 y más 12,6 26,6 31,8 29,0 214
Edad 55 a 64 18,2* 25,5 24,8 31,5* 165
Mujeres**
65 y más 8,4* 20,6 24,1 46,9* 286
Hombres 12,6 34,0 31,4 22,0* 159
55 a 64**
Edad / Mujeres 18,2 25,5 24,8 31,5* 165
Sexo Hombres 12,6 26,6 31,8* 29,0* 214
65 y más**
Mujeres 8,4 20,6 24,1* 46,9* 286
*Residuos estandarizados corregidos mayor en valor absoluto a 1,96. / ** Significancia estadística al 0,05.
108 Emilia Riesco – Género, Generación e Implicación Política

En el análisis de la pregunta “estoy mejor informado sobre política que la


mayoría de la gente” (CIS, estudio 2807, p. 26), se observa una tendencia
similar en las categorías de edad extremas. Los “adultos mayores y
ancianos” (21,8%) y los “jóvenes y adultos jóvenes” (19,1%) presentan las
menores proporciones de sujetos que consideran estar mejor informados en
política. Por el contrario, en los “adultos” (35 a 54 años) existe una mayor
proporción de personas que manifiestan estar mejor informadas que el resto
(23,6%).
Considerando la variable sexo como moderadora, observamos que los
varones se sienten mejor informados (29,1%) que las mujeres (15,5%). Sólo
se dan diferencias significativas para las mujeres de ambos grupos etarios
(χ23=13,660 p=.003) y, dentro de estas, las mujeres mayores de 65 años son
las que afirman estar peor informadas que sus pares femeninas de 55 a 64
años (Tabla 5).

Tabla 5
Información sobre política según grupos etarios y sexo

Estoy mejor informado sobre política


que la mayoría de la gente (%)
Orientación
del Categorías de Grupo de Muy de De En Muy en TOTAL
contraste Control Comparación acuerdo acuerdo desacuerdo desacuerdo (N)
55 a 64 5,7 28,3* 44,8* 21,1 279
Hombres**
Sexo / 65 y más 4,9 19,4* 53,8* 21,9 288
Edad 55 a 64 3,4 13,3 48,5* 34,8* 233
Mujeres**
65 y más 1,3 13,5 37,3* 48,0* 394
Hombres 5,7 28,3* 44,8 21,1* 279
55 a 64**
Edad / Mujeres 3,4 13,3* 48,5 34,8* 233
Sexo Hombres 4,9* 19,4* 53,8* 21,9* 288
65 y más**
Mujeres 1,3* 13,5* 37,3* 48,0* 394
*Residuos estandarizados corregidos mayor en valor absoluto a 1,96. / ** Significancia estadística al 0,05
RASP – Research on Ageing and Social Policy, 4(1) 109

Al considerar el grupo de edad como variable moderadora, también


aparecen diferencias significativas, tanto para el grupo de edad de 55 a 64
años (χ23=23,733 p=.000), como para el grupo de 65 años y más
(χ23=52,347 p= .000) y, en este caso, al igual que en el análisis anterior, las
mujeres de ambos grupos de edad son las que afirman que no están bien
informadas de política en comparación con los varones de sus respectivos
grupos de edad.
Los datos empíricos nos llevan a constatar que, al igual que en otros
países desarrollados, hay diferencias significativas por sexo, mostrando las
mujeres menor grado de información política.

Tiempo dedicado a informarse. Otro factor revelador del interés por la


política es el tiempo que dedican a informarse de la actualidad política,
medido, concretamente, por el tiempo que suelen pasar viendo o escuchando
informativos en televisión o radio, así como el seguimiento que hacen a
través de la prensa escrita o Internet.
Del análisis de contingencia realizado (CIS, estudio 2807, p. 28, 28a, 29,
29a, 30, 31, 32, 33) a partir de la frecuencia acumulada de los tres medios de
información más utilizados (TV, prensa y radio) y circunscrito a los grupos
de edad objeto de estudio, observamos que la tendencia de ambos grupos es
bastante homogénea. Así, uno de cada tres entrevistados, de ambos grupos
de edad, utiliza estos medios para informarse frecuentemente de la
actualidad política. Sin embargo, la mayoría de cada grupo asegura que no
utiliza nunca dichos medios y, en términos comparativos, los de 65 y más
años son los que menos los utilizan.

El uso del periódico como medio de información política. El análisis del


uso del periódico muestra que, al igual que en la distribución de los medios
en general, la mayoría de los entrevistados no utiliza nunca este medio para
informarse. Una situación que, analizada desde los distintos grupos de edad,
se reafirma para los grupos extremos, es decir, los más jóvenes y los más
viejos son los que mayoritariamente nunca utilizan este medio para
informarse. Esta tendencia se invierte para los grupos de mediana edad. Esta
situación se confirma y reafirma al constatar que las personas de 55 a 64
años utilizan más el periódico que los de 65 y más años.
A la luz de los datos, parece existir una cierta relación entre la edad del
entrevistado y el uso de este medio para informarse, sin embargo, es una
110 Emilia Riesco – Género, Generación e Implicación Política

distribución no lineal, alcanzando el mayor uso del periódico en la edad


mediana.
El análisis de la utilización del periódico por parte de los grupos de edad
objeto de estudio, controlado por el sexo, nos indica que los hombres de
ambos grupos de edad lo utilizan más que las mujeres. Esta situación de
menor acceso informativo de la mujer se ve reafirmada cuando hacemos la
comparación intergrupo de edad, ya que las mujeres de 65 y más años leen
menos periódicos que las mujeres de 55 a 64 años, siendo estas diferencias
estadísticamente significativas. Por tanto, el acceso a la información de los
periódicos se ve limitado por factores de género en detrimento de la mujer y,
aún más, cuando estas son de edad avanzada, siendo estas diferencias
significativas tanto para el grupo de 55 a 64 años (χ25=27,375 p=.000)
como para los mayores de 65 años (χ25=38,308 p=.000).
Los datos empíricos nuevamente ponen de manifiesto las diferencias
existentes en nuestro país entre hombres y mujeres de las edades
consideradas. En este caso, se observa que el gap sexual es evidente.
Además, al efecto de género se suma el efecto generación, las mujeres de
mayor edad lo utilizan en menor medida todavía.
El análisis del uso de la TV y la radio para informarse de la actualidad
política nos revela que se mantiene el mismo patrón que para la prensa
escrita.

El uso de Internet como medio de información sobre temas políticos. El


uso de Internet como fuente de información política está condicionado, por
un lado, por el nivel de recursos con los que cuenta una persona, ya que
estos condicionan el acceso a la red y, por otro lado, por el uso político que
de Internet hagan los usuarios. El análisis aquí realizado sobre el uso de
Internet como medio de información política revela grandes diferencias en
función de la edad. El uso de Internet, a nivel general, es del 7,2%, y donde
se concentran los mayores valores es en los grupos de menor edad, siendo
del 3,7% para los de 55 a 64 años y del 2,3% para los mayores de 65 años.
El análisis del uso de Internet, respecto al género, nos señala que dentro
del grupo de 65 y más años las mujeres son las que menos utilizan Internet
para informarse del acontecer político, encontrándose diferencias
significativas (Tabla 6) (χ21=5,841 p=.016). Asimismo, se observa que las
mujeres mayores de 65 años utilizan menos Internet que sus pares de sexo de
55 a 64 años, siendo también estas diferencias significativas (χ21=6,323
RASP – Research on Ageing and Social Policy, 4(1) 111

p=.012). Es fácil descubrir cómo el factor generacional y de género define


una posición desfavorable para las mujeres del grupo de mayor edad. Sin
embargo, se observa, con significación estadística, que para el grupo de 55 a
64 años esta tendencia se invierte, y son las mujeres de esta edad las que
utilizan más Internet que sus pares masculinos. Consideramos que al ser
Internet un medio de información minoritario, posiblemente, las mujeres de
55 a 64 años usuarias de este medio son las que tienen una vida laboral
activa y logran borrar la brecha del género en el interés por la política y el
uso de Internet o incluso superarla.

Tabla 6
Utilización de Internet como medio de información según grupos etarios y sexo
Utilización de Internet
como medio de información (%)
Orientación Categorías de Grupo de
del contraste Control Comparación Sí No TOTAL (N)
55 a 64 3,4 96,6 326
Hombres**
65 y más 3,8* 96,2* 317
Sexo / Edad
55 a 64 4,1 95,9 245
Mujeres**
65 y más 1,1* 98,9* 438
Hombres 3,4 96,6 326
55 a 64**
Mujeres 4,1* 95,9* 245
Edad / Sexo
Hombres 3,8 96,2 317
65 y más**
Mujeres 1,1* 98,9* 438
*Residuos estandarizados corregidos mayor en valor absoluto a 1,96. / ** Significancia estadística al 0,05

En resumen, la proporción de personas que utilizan los medios de


comunicación para informarse sobre política es baja y más en el caso de los
grupos de edad estudiados; dentro de estos grupos se constata la tendencia de
que las personas de 65 y más años hacen un menor uso de ellos que las de 55
a 64 años. Aparecen diferencias de género dentro de un mismo grupo de
edad, siendo las mujeres las que se informan menos de política, situación
que se potencia con la edad, como se observa cuando se compara a las
112 Emilia Riesco – Género, Generación e Implicación Política

mujeres de ambos grupos. Sin embargo, para las mujeres de la generación


del desarrollo, se invierte la tendencia en el uso de Internet y son ellas las
que utilizan más la red para informarse de temas políticos que sus coetáneos
varones, siempre teniendo en cuenta que es minoritario el uso que se hace de
este medio.

Participación Electoral

Las elecciones competitivas constituyen la pieza central del sistema


democrático. Aquí abordamos el análisis de la participación electoral de los
grupos etarios estudiados a través de varios indicadores, tales como el
ejercicio del sufragio, el sentido del mismo y la orientación del voto.

Ejercicio del sufragio.

Ejercicio del sufragio en las Elecciones Generales del año 2004. El


análisis de los datos de las elecciones generales del año 2004 (CIS, estudio
2559) nos indica que a mayor edad mayor es la participación electoral, ya
que más del 90% de los adultos de 45 y más años participó en estas
elecciones ejerciendo su voto, mientras que la participación de los más
jóvenes alcanzó un promedio de 81%.
Considerando la interacción entre los grupos de edad y el sexo, el análisis
nos indica que sólo existen diferencias significativas, explicadas por el sexo,
en el grupo de 65 y más años (χ22=13,602 p=.001) (Tabla 7), de tal modo
que los varones de 65 años y más fueron a votar en mayor proporción que
las mujeres, con una participación del 94,6% y 89% respectivamente. Se
aprecia la influencia de la generación en las mujeres del grupo de 65 y más
años que, durante gran parte de su vida, se han visto relegadas a la esfera de
lo privado, quedando lo público como algo privativo de los varones.

Ejercicio del sufragio en las Elecciones Generales del año 2008. El


análisis del sufragio en estos comicios (CIS, estudio 2757) muestra bastantes
similitudes con lo acontecido en el año 2004. Se repite que a mayor edad,
mayor es la participación electoral. El análisis comparativo de la
participación en estas elecciones muestra diferencias significativas para los
grupos de edad estudiados, siendo las personas de 55 a 64 años las que
votaron en mayor medida que el grupo de edad de 65 años y más.
RASP – Research on Ageing and Social Policy, 4(1) 113

El análisis de la interacción entre el sexo y el ejercicio del voto indica


que las diferencias significativas encontradas son generacionales (χ22=6,725
p=.035) y de sexo (χ22=10,302 p=.006). De esta forma, las mujeres de 65 y
más años son las que menos ejercen el voto, en comparación con sus pares
femeninas de 55 a 64 años y con los varones del mismo grupo de edad
(Tabla 8).

Tabla 7
Ejercicio del sufragio en el año 2004, sexo y grupos etarios y sexo

Ejercicio del sufragio en el año 2004


Fue a votar Fue a votar, pero Prefirió TOTAL
Grupo Etario y sexo* y votó no pudo hacerlo no votar
Hombre N 286 4 17 307
% 93,2% 1,3% 5,5% 100%
R. C. 0,5 -1,2 0,2
55 a 64 Mujer N 320 9 18 347
años
% 92,2% 2,6% 5,2% 100%
R. C. -0,5 1,2 -0,2
Total N 606 13 35 654
% 92,7% 2,0% 5,4% 100%
Hombre N 456 6 20 482
% 94,6% 1,2% 4,1% 100%
R. C. 3,4 -3,2 -1,7
65 años Mujer N 596 31 43 670
y más % 89,0% 4,6% 6,4% 100%
R. C. -3,4 3,2 1,7
Total N 1052 37 63 1152
% 91,3% 3,2% 5,5% 100%

* Significancia estadística al 0,05.

Participación electoral en las Elecciones al Parlamento Europeo del


año 2009. Se ha realizado el análisis de la participación electoral en estas
elecciones (CIS, estudio 2807) para ver si se mantiene la misma tendencia de
participación que en las elecciones al Parlamento Español o si, por el
114 Emilia Riesco – Género, Generación e Implicación Política

contrario, la menor cercanía a la institución europea actúa como elemento


disuasorio. El análisis nos indica que, al igual que en los sufragios
anteriormente analizados, los mayores presentan, en términos absolutos y
comparados, una mayor participación en las elecciones. Sin embargo, es
preciso señalar que, en términos globales, la participación electoral en las
elecciones al Parlamento Europeo es mucho menor que en las elecciones
generales, tanto del 2004 como del 2008. Por ese motivo, la participación de
los más viejos alcanza sólo un 75%, pero es ciertamente mayor que la del
total de la población, que fue de un 65,5%.

Tabla 8
Ejercicio del sufragio en el año 2008 según grupos etarios y sexo

Ejercicio del sufragio en el año 2008 (%)

Orientación Categorías de Grupo de No pude Normalmente


del contraste Control Comparación votar voto, pero no Sí vote Total
quise ir a votar
55 a 64 0,8 5,6 93,6 375
Hombres
Sexo / 65 y más 2,1 6,4 91,5 528
Edad 55 a 64 2,4* 5,7 91,9 418
Mujeres**
65 y más 5,7* 5,4 88,9 714
Hombres 0,8 5,6 93,6 375
55 a 64
Edad / Mujeres 2,4 5,7 91,9 418
Sexo Hombres 2,1* 6,4 91,5 528
65 y más**
Mujeres 5,7* 5,4 88,9 740
*Residuos estandarizados corregidos mayor en valor absoluto a 1,96. / ** Significancia estadística al 0,05

El análisis de la participación según el sexo nos muestra efectos


generacionales y de género. De esta forma, se observa que los varones de 65
y más años muestran mayor disposición a participar en las votaciones que
sus pares de 55 a 64 años (χ22=8,785 p=.012) (Tabla 9). Respecto al efecto
RASP – Research on Ageing and Social Policy, 4(1) 115

de género, observamos que los hombres de 55 a 64 años son los que más
participaron respecto de sus pares femeninos (χ22=10,213 p=.006).

Tabla 9
Ejercicio del sufragio en el año 2009 según grupos etarios y sexo

Ejercicio del sufragio en el año 2009 (%)

Orientación Categorías de Grupo de No pude Normalmente


del contraste Control Comparación votar voto, pero no Sí vote Total
quise ir a votar
55 a 64 3,8 21,0* 75,2 319
Hombres**
Sexo / 65 y más 7,0 13,4* 79,6 313
Edad 55 a 64 10,2 16,8 73,0 244
Mujeres
65 y más 9,1 15,5 75,4 439
Hombres 3,8* 21,0 75,2 319
55 a 64**
Edad / Mujeres 10,2* 16,8 73,0 244
Sexo Hombres 7,0 13,4 79,6 313
65 y más
Mujeres 9,1 15,5 75,4 439
*Residuos estandarizados corregidos mayor en valor absoluto a 1,96. / ** Significancia estadística al 0,05

Consideración del voto: ¿derecho o deber? Según el análisis de los


datos del estudio postelectoral del CIS al Parlamento Europeo del 2009
(estudio 2807, p. 27), los ciudadanos de 65 y más años son los que en mayor
medida interpretan el voto como un deber frente al resto de categorías de
edad. Así, para el 47,5% es un deber frente al 52,5% que lo entienden como
un derecho. En términos generales, los encuestados en este estudio
consideran el hecho de votar más como un derecho (66,3%) que como un
deber (33,7%). Sin embargo, conforme aumenta la edad de los entrevistados,
la tendencia a considerar el voto como un deber aumenta considerablemente
y resulta significativo en términos comparados. Tal es el caso de los sujetos
con edades entre 55 a 64 años y de 65 y más años, donde, si bien la mayoría
consideran el voto como un derecho, también es cierto que, en términos
116 Emilia Riesco – Género, Generación e Implicación Política

comparativos con el resto de grupos etarios, estos grupos se componen de


una proporción relevante y significativa de sujetos que consideran el voto
como un deber. En el grupo de 55 a 64 años, seis de cada diez consideran
que es un derecho, consideración todavía alejada de la que tienen las
cohortes más jóvenes, nacidas y socializadas en la democracia; tres cuartas
partes de los jóvenes de 18 a 24 años consideran que el ejercicio del voto es
un derecho.
El análisis según el sexo nos muestra que los hombres de 55 a 64 años,
respecto a los de 65 años y más, consideran el ejercicio electoral más como
derecho que como deber (χ21=9,333 p=.002) (Tabla 10). Las comparaciones
adquieren dimensión de género entre 55 a 64 años, al ser los varones los que,
de forma estadísticamente significativa, identifican la participación electoral
con un derecho (χ21=5,882 p=.015) (Tabla 10). Las mujeres de esa edad han
tenido un acceso reducido al mercado laboral y han sido socializadas con
roles de género diferenciados que limitan su participación en la política y,
por ello, la actitud y consideración hacia la misma.

Tabla 10
Consideración del voto como derecho o como deber según grupos etarios y sexo

Consideración del voto como derecho


o como deber (%)

Orientación del Categorías de Grupo de Un derecho Un deber


contraste Control Comparación
Total
55 a 64 64,2* 35,8* 307
Hombres**
65 y más 52,0* 48,0* 304
Sexo / Edad
55 a 64 53,8 46,2 234
Mujeres
65 y más 52,9 47,1 401
Hombres 64,2* 35,8* 307
55 a 64**
Mujeres 53,8* 46,2* 234
Edad / Sexo
Hombres 52,0 48,0 304
65 y más
Mujeres 52,9 47,1 401
*Residuos estandarizados corregidos mayor en valor absoluto a 1,96. / ** Significancia estadística al 0,05.
RASP – Research on Ageing and Social Policy, 4(1) 117

En resumen, el ejercicio del sufragio es mayor a medida que aumenta la


edad. Las mujeres tienen menor participación electoral que los varones, y
más aún las mujeres mayores de 65 años. La elevada participación de las
personas mayores podría estar relacionada con la alta proporción de las
mismas que considera el voto más como un deber que como un derecho.
Respecto al sexo, observamos que los varones de 65 y más años tienden a
considerar el voto más como un deber que como un derecho. En cambio en
los hombres de 55 a 64 años ocurre lo contrario. Estos datos ponen de
manifiesto que, para los varones de la generación del desarrollo, se ha
producido un cambio importante en la asimilación de los derechos cívicos
que supone una renovación generacional con cambios de envergadura. No
obstante, todavía permanecen algunas diferencias de género. Así, en el caso
de las mujeres no se observa ese cambio de consideración.

Orientación del voto. Realizamos el análisis de las preferencias


partidistas y de la orientación del voto de los españoles de mayor edad.
Aquí presentamos el análisis de las tablas de contingencia de las dos últimas
consultas electorales realizadas al Parlamento Español (2008 y 2011), y se
comparan los resultados con los obtenidos en el análisis realizado de las
elecciones generales del año 2004 y al Parlamento Europeo del 2009 (que no
se adjuntan por razones de extensión). La selección de estas elecciones
obedece a varias razones. La primera es que ambas son elecciones generales;
la segunda que son las más próximas en el tiempo, y la tercera es que en las
elecciones de 2008, ya instalados en la crisis, se le renovó la confianza al
partido que estaba en el gobierno (PSOE) mientras que en las de 2011 se
produjo la victoria del PP que estaba en la oposición.

Orientación del voto en Elecciones Generales del año 2008. El análisis


de la orientación del voto en estas elecciones (CIS, estudio 2757) presenta
muchas similitudes con los resultados de las elecciones del 2004. La
participación general fue del 74% y da como resultado el triunfo del partido
que está en el gobierno, el PSOE. Sin embargo, por primera vez en tres
décadas, ambos partidos, PSOE y PP, obtienen más votos que en 2004. El
PSOE logró más de once millones de votos y el 48% de los escaños, el PP
logró superar los diez millones de votos y un 44% de los escaños; son los
mejores resultados obtenidos en todo el periodo democrático tanto para el
partido vencedor como para el partido perdedor; este doble crecimiento se da
118 Emilia Riesco – Género, Generación e Implicación Política

por la mayor concentración del voto en los dos partidos mayoritarios. Esta
misma concentración general del voto se repite para las persona mayores.
Centrándonos en los grupos de población objeto de estudio, el análisis de
la dirección del voto nos muestra que ambos grupo de edad votaron
principalmente al PSOE y las diferencias significativas se observan
exclusivamente en el voto hacia Izquierda Unida (IU) (χ23=11,442 p=.010).
Así, observamos que las personas de 55 a 64 años votan más a IU que los
mayores de 65 años (Tabla 11). Asimismo, si analizamos los datos en
función del tipo de partido, obtenemos una vez más que los adultos mayores
y ancianos votan más al PSOE, pero también son los que votan
mayoritariamente más al PP, como constata la distribución de votos hacia
este partido.

Tabla 11
Partido político al que votó en las elecciones de 2008 según grupos etarios y sexo

Partido político al que votó en 2008 (%)

Orientación Categorías de Grupo de PSOE PP IU Otro TOTAL


del contraste Control Comparación partido (N)
55 a 64 56,0 31,1 4,6* 8,3 627
Edad**
65 y más 55,4 35,6 2,0* 7,0 908
55 a 64 57,4 29,8 4,9 7,9 305
Hombres
Sexo / 65 y más 53,8 35,5 3,1 7,6 383
Edad 55 a 64 54,8 32,1 4,4* 8,7 321
Mujeres**
65 y más 56,5 35,7 1,1* 6,7 524
*Residuos estandarizados corregidos mayor en valor absoluto a 1,96. / ** Significancia estadística al 0,05.

El análisis de la orientación del voto considerando el sexo y los grupos de


edad, no arroja diferencias significativas relevantes para la distribución de
los votos hacia los partidos mayoritarios. Solamente se observa un efecto
significativo generacional en el caso de las mujeres de 65 y más años que
tienden a votar menos a IU que sus congéneres de 55 a 64 años (χ23=10,665
RASP – Research on Ageing and Social Policy, 4(1) 119

p=.014). No encontramos efectos significativos para el sexo dentro de los


grupos de edad (Tabla 12).
El análisis de la orientación del voto en las elecciones de 2008 presenta
las mismas pautas que en las elecciones de 2004. En general, se produce una
concentración del voto en los dos grandes partidos (tendencia que había
caracterizado a España desde los años setenta) y esta tendencia se acentúa
más aún en el caso de los de más edad. Las personas de 65 y más años se
inclinan por el PP en mayor proporción, superando la media de la población
en su conjunto, y menos al resto de partidos. Pese a ello, este grupo mantiene
la misma pauta de voto que la sociedad en su conjunto; es decir, ambos
grupos de edad votaron principalmente al PSOE (el voto otorgado está por
encima de la media del conjunto de la población) y las diferencias
significativas sólo se observan en el voto a IU (χ23=11,442 p=.010). Las
personas de 55 a 64 años tienden a votar más a este partido que los de 65
años y más. En estas elecciones se produce una elevada concentración del
voto en los partidos de izquierdas por el conjunto de la población,
posiblemente apelando al voto útil, apareciendo el efecto generación. Así,
los de 65 y más años concentran el voto mayoritariamente en el PSOE y los
de 55 a 64 lo hacen en mayor proporción en IU.

Orientación del voto en las Elecciones Generales del año 2011. La


participación del conjunto del electorado en estas elecciones fue de casi un
72%, dos puntos inferior a las del 2008, y se produce un relevo en el partido
que gobierna. El PP obtiene el 44,6% de los votos y la mayoría absoluta,
mientras que el PSOE ve reducidos sus votos al 28,7%. Otra de las
novedades de estos comicios es la pérdida de la hegemonía bipartidista, que
se venía reforzando en las dos legislaturas anteriores.
Del análisis realizado de la orientación del voto (CIS, estudio 2920),
obtenemos que ambos grupos de edad votaron principalmente al PP al igual
que el resto del electorado. Ahora bien, en términos comparados,
encontramos que los mayores de 65 años votan más al PP en contraste con
los adultos de 55 a 64 años, que votan en mayor medida a IU u otros partidos
(χ23=52,109 p=.000) (Tabla 12).
Al analizar la orientación del voto en función del sexo y la generación,
observamos que la mayoría de los varones mayores de 65 años votan al PP.
Por el contrario, los varones entre 55 a 64 años votan mayoritariamente al
PSOE, IU-LV y a otros partidos. La orientación del voto hacia el PSOE se
120 Emilia Riesco – Género, Generación e Implicación Política

da, mayormente, por varones de entre 55 a 64 años (Tabla 12). En el caso del
voto de las mujeres se da un patrón similar al de los varones, es decir, las
mujeres mayores de 65 años votan más al PP, mientras que en el caso del
voto a IU y otros partidos ocurre lo contrario (χ23=30,927 p=.000). No se
observa efecto de género, en cambio sí aparece efecto generación; así, los de
la generación del desarrollo votan en menor medida al PP y votan
mayoritariamente a los partidos con una orientación ideológica de izquierda.

Tabla 12
Partido político al que votó en las elecciones de 2011 según grupos etarios y sexo

Partido político al que votó en 2011 (%)

Orientación Categorías de Grupo de PP PSOE Otro TOTAL


IU-LV partido
del contraste Control Comparación (N)
55 a 64 41,8* 33,2* 8,2 16,8* 316
Hombres**
Sexo / 65 y más 56,8* 29,4 3,0* 10,9* 405
Edad 55 a 64 43,2* 30,5 9,8* 16,5* 315
Mujeres**
65 y más 55,6* 32,9 3,8* 7,7* 495
Hombres 41,8 33,2 8,2 16,8 316
55 a 64
Edad / Mujeres 56,8 29,4 3,0 10,9 405
Sexo Hombres 43,2 30,5 9,8 16,5 315
65 y más
Mujeres 55,6 32,9 3,8 7,7 495
*Residuos estandarizados corregidos mayor en valor absoluto a 1,96. / ** Significancia estadística al 0,05.

El análisis comparado de los resultados de las encuestas postelectorales,


realizadas por el CIS, de las elecciones generales de los años 2004, 2008,
2011 y de las elecciones al parlamento europeo de 2009, nos indica que se
mantiene la tendencia del voto de las personas mayores de 65 años, y que
esta tendencia es hacia un voto más conservador que el resto de los votantes,
a la vez que se da un mayor apego al partido que en ese momento está en el
gobierno. Así, en las elecciones del 2004, que dieron la victoria al PSOE
frente al PP, que gobernaba en ese momento, los ciudadanos de 65 años y
RASP – Research on Ageing and Social Policy, 4(1) 121

más votaron mayoritariamente al PSOE; sin embargo, lo hicieron en menor


medida que el conjunto de la población, con una diferencia de casi seis
puntos, la misma diferencia del voto otorgado al PP por parte de los mayores
con respecto a la media del conjunto del electorado.
En las elecciones generales de 2008, las personas de 65 y más años
mantienen la tendencia de votar al PSOE, pero, en el grupo de 55 a 64 años
se observa, significativamente (χ216=16,982 p=.009), que el voto al PSOE
aumenta (Tabla 11).
En las elecciones del 2009 al Parlamento Europeo, ya instalados en la
crisis económica, el PSOE desciende en voto recibido por el conjunto de la
población; sin embargo los mayores apenas le retiran su confianza,
otorgándosela más de un punto por encima del conjunto de la población
(50,2% vs. 48,6%) y también siguen votando más al PP que el total de la
ciudadanía (40,6% vs. 37,2%).
En las elecciones generales del 2011, en las que de nuevo se ha dado la
alternancia en el gobierno ganando las elecciones el Partido Popular, se
observa el mismo fenómeno aunque con menor intensidad; así, los mayores
de 65 años votan al PSOE, partido que está en el gobierno en el momento de
las elecciones, por encima de la media del conjunto de los electores (1,8%),
pero a su vez también votan más al PP (7,8% más que la media), siendo el
valor más elevado del otorgado por el electorado a este partido. Asimismo,
estos datos ponen de manifiesto la tendencia, ya indicada, a votar menos a
otros partidos, entre ellos a Izquierda Unida-Los Verdes. Sin embargo, se
evidencia un cambio de tendencia para las personas de 55 a 64 años; estas
personas votan comparativamente más a los partidos de izquierda y menos al
PP que la generación que les precede; asimismo, otorgan su voto en mayor
medida a los partidos minoritarios, rompiendo con la tendencia a concentrar
su voto en los dos grandes partidos. Esta tendencia se evidencia de forma
muy clara en las últimas elecciones, aunque ya se dejaba notar en las
elecciones anteriores. Otro cambio importante, puesto de manifiesto en estos
comicios, es la desaparición del efecto de género para la generación del
desarrollo; esta tendencia, ya apuntada en las elecciones generales del 2008,
se confirma estadísticamente en el 2011; así, se observa que las mujeres de
55 a 64 años expresan una orientación de voto similar a sus coetáneos
varones. Las mujeres de esta edad distan mucho de las mujeres que les
preceden ya que, en general, tienen mayores niveles de formación, se han
incorporado al mercado de trabajo, han madurado con el uso masivo de las
122 Emilia Riesco – Género, Generación e Implicación Política

nuevas tecnologías, y todos estos factores convergen en una nueva forma de


ver el mundo y experimentar el compromiso cívico.

Discusión

Interés por la Política

El interés por la política hace referencia a la curiosidad que los ciudadanos


manifiestan por los asuntos públicos y que, previsiblemente, les llevará a
estar atentos sobre lo que ocurre en el ámbito político; es una de las actitudes
que más influye en la participación política, aunque esta influencia no es
directa, ni es la misma para todos los tipos de participación (Bonet, Martín y
Montero, 2006). El interés por la política, tal como la hemos analizado, tiene
como objeto al propio ciudadano y, más concretamente, la percepción que
tiene de sí mismo como actor político. Desde la perspectiva clásica de la
cultura política, se considera al interés por la política y a la eficacia política
interna como los componentes sustanciales de la dimensión conocida como
“implicación política” de los ciudadanos (Bonet et al., 2006). La literatura
sobre el tema parece coincidir al calificar que la “desafección política” es el
rasgo que mejor define a la cultura política española (Montero y Torcal,
1990; Morán y Benedicto, 1995; Orizo, 1996); sin embargo, esa actitud
negativa no han sido óbice para dar apoyo al régimen democrático. Nuestros
resultados son coincidentes en gran medida con los de otros autores. No
obstante, es preciso hacer constar que la principal dificultad que hemos
encontrado para contrastar los resultados, en esta dimensión, estriba en la
ausencia de estudios con datos homogéneos para algunos de los indicadores
que hemos analizado y, en el caso de existir, no han tenido en cuenta las
mismas categorías de edad en su análisis.
En España, el nivel de interés por la política, en general, no ha sufrido
grandes oscilaciones después de tres décadas de democracia, y está muy por
debajo de la media de los países europeos (ESE, 2002; 2009; 2012; Gunther
y Montero, 2001;1 Gunther, Montero y Torcal, 2001; Torcal, 1995; 2006).
Solo un 20% de los españoles dice tener interés por la política según el
estudio realizado por Bonet et al. (2006), un 26% según los datos de la ESE
de 2009 o 28% de la ESE de 2010-11; los españoles siguen destacando por
ser el país con menor interés por la política de toda Europa. Además, al igual
que en otros países desarrollados, hay diferencias significativas de género,
RASP – Research on Ageing and Social Policy, 4(1) 123

mostrando las mujeres un menor interés (García Escribano y Frutos, 1999;


Verba, Nie y Kim, 1978).
Esta falta de interés puede deberse, en gran parte, a la percepción
individual de la complejidad de la política. A los españoles en general, la
política les resulta compleja en una proporción muy superior que a los
ciudadanos del resto de Europa (ESE, 2009) y, en particular, a las personas
mayores la política les resulta compleja en mayor medida, datos coincidentes
en gran parte con otros estudios (Barrio y Sancho, 2012; Pérez Ortiz, 2009b;
2006; 2005; 2002). Son varias las explicaciones que permiten justificar esto
y que han sido planteadas desde los años sesenta. Por una parte, la
explicación estructural plantea que el desigual acceso a diversos recursos
explica por qué algunas personas son más activas políticamente que otras;
así, las personas que disponen de menos recursos socioeconómicos
manifiestan un menor interés e implicación política (Verge y Tormos, 2012);
esta afirmación es coincidente con los resultados aquí expuestos, lo que
explicaría un menor interés e implicación en los asuntos públicos por parte
de las mujeres. Por otra parte incide el efecto generacional; las personas
mayores de 65 años han sido socializadas en la dictadura, con escasas o
nulas posibilidades de participación política y con una clara diferenciación
de roles de género, donde la socialización de las mujeres tiende a centrarse
en el espacio privado y en roles políticos más pasivos, frente a la
socialización de los varones centrada en el espacio público. La educación,
tanto en la familia como en la escuela, incidía en esa división de roles que
para las mujeres suponía alejarse de la esfera pública, con una exaltación de
los valores de esposa y madre, inculcándoles un papel conformista y pasivo
(García Escribano y Frutos, 1999).
El consumo de información política es otro indicador del interés por la
política. Los resultados de la cuarta ola de la Encuesta Social Europea
muestran que en España el consumo de televisión es moderado y que es el
preferido frente a la radio y la prensa (alrededor del 38% de los españoles no
escucha nunca la radio y un 45% nunca lee los periódicos). Del conjunto de
los españoles sólo un 18% ve noticias políticas más de una hora al día. El
bajo consumo de información política está relacionado con el bajo interés
por la política que existe en España. El porcentaje de personas que se
interesan “mucho” o “bastante” por la política es el más bajo de Europa
(26%). En Dinamarca, el 72% del conjunto de personas se interesan
“mucho” o “bastante” por la política, prácticamente igual que el conjunto de
124 Emilia Riesco – Género, Generación e Implicación Política

españoles que se interesan “poco” o “nada” (73%) (ESE, 2009). Esta falta de
interés puede deberse, a su vez, a la percepción individual de la complejidad
de la política. Los resultados de nuestro estudio muestran que una de cada
tres personas, de los grupos de edad objeto de análisis, afirman que utilizan
la televisión, radio y prensa, para informarse frecuentemente de la actualidad
política; sin embargo, la mayoría de los entrevistados en cada grupo
aseguran que no los utilizan nunca y, de los grupos analizados, los de 65 y
más años son los que menos los utilizan. Son coincidentes en revelar que la
televisión es el medio más utilizado y que el 50% y 53% de las personas que
pertenecen a los grupos de edad entre 55 y 64 años y de más de 65 años,
respectivamente, utilizan todos o casi todos los días este medio. Asimismo,
coinciden en señalar el bajo consumo de radio y prensa. El uso preferente de
determinados medios de comunicación para informarse sobre política está en
relación con el consumo general que hacen de estos medios; Sánchez Vera y
Bódalo (2010) señalan que la televisión es el medio que tiene un mayor
número de usuarios de personas mayores, incrementándose su consumo con
la edad. Le siguen radio, prensa y, a bastante distancia, Internet.
En España, se observa una brecha informática importante en el uso de las
nuevas tecnologías para informarse de política, respecto a la media de los
países europeos (ESE, 2009). En el caso concreto del uso de Internet como
fuente de información política, según la cuarta ola de la ESE (2008-2009),2
sólo un 25% de los españoles hace uso de este medio todos los días. En
países como Suecia, Holanda, Dinamarca o Noruega, entre un 56% y un
62% de la población consulta Internet a diario (ESE, 2009). Nuestros
resultados son bastante más pesimistas, ya que solo el 7,2% del conjunto de
la población afirma utilizar Internet como medio de información política,
concentrándose los valores más altos en los grupos de menor edad, con
valores mucho más reducidos para los grupos de edad objeto de nuestro
estudio (3,7% para los de 55 a 64 años y 2,3% los mayores de 65 años). Esta
brecha está doblemente condicionada; por un lado, está determinada por el
nivel de recursos con los que cuenta una persona, ya que estos facilitan el
acceso a la red y, por otro lado, por el uso político que de Internet hagan los
usuarios (Anduiza, Cantijoch y Cristancho, 2010a). Los resultados de
nuestro análisis coinciden con la explicación dada por los autores citados.
La edad y el género tienen un efecto significativo en el uso de Internet como
medio de información política. Los más mayores y las mujeres de más edad
consumen menos información política por la red; sin embargo, las mujeres
RASP – Research on Ageing and Social Policy, 4(1) 125

de la generación del desarrollo presentan un cambio significativo al ser


usuarias más frecuentes que los varones de su generación. En general, la
realidad del uso de Internet está muy lejos de la potencialidad que este
medio ofrece, ya que, con los datos analizados, podemos afirmar que el
seguimiento online de los asuntos públicos es minoritario y sus usuarios
tienen un perfil distinto de los que siguen dichos asuntos por los medios
tradicionales. Estos resultados coinciden con los expresados por Anduiza et
al. (2010a; 2010b), con la excepción del comportamiento señalado de las
mujeres de 55 a 64 años, si bien es verdad que en el estudio citado no
utilizan esa categoría de edad en su análisis. Castaño, Martín y Martínez
(2011) señalan la existencia de un contexto general de desigualdad de género
para todas las dimensiones analizadas; así, los hombres aventajan a las
mujeres en intensidad del uso, tanto del ordenador como de Internet, en los
temas lúdicos y económicos, mientras las mujeres dominan los contenidos
de uso más social, como son los relacionados con el empleo, la salud y la
formación, dimensión que han denominado “usos de bienestar social”, en la
que también se incluye la prensa, radio y TV. El estudio de Castaño no
diferencia por categorías de edad, por lo que no sabemos si, en el caso de
hacerlo, los resultados serían coincidentes con los nuestros, pero pensamos
que sí hay una relación directa con el hallazgo de que, precisamente, sean las
mujeres comprendidas entre 55 y 64 años las que consuman mayor
información política por Internet.

Participación Electoral

Los hallazgos de nuestra investigación ponen de manifiesto que las personas


mayores tienen una tasa de participación electoral más elevada que el
conjunto de la sociedad española en todo tipo de comicios, coincidiendo con
otros estudios (Pérez Ortiz, 2005; 2009b). Existe una mayor participación en
el sufragio a medida que se incrementa la edad de los votantes, alcanzando la
máxima participación para el grupo de 55 a 64 años, descendiendo
ligeramente para los de 65 y más años. España se sitúa en la franja media
europea, con tasas elevadas en participación electoral (Colectivo IOÉ, 2008).
Los resultados de nuestro análisis respecto de la orientación del voto de los
mayores en las diversas elecciones confirman la tendencia al bipartidismo
que ha caracterizado a los resultados electorales en España desde los años
126 Emilia Riesco – Género, Generación e Implicación Política

setenta (Montero y Lago, 2010; Astudillo y Rodon, 2013), y se observa que


esa tendencia se acentúa a medida que aumenta la edad (Pérez Ortiz, 2009b).

Comportamiento Electoral de la Generación del Desarrollo

Los hallazgos de la investigación evidencian un cambio de tendencia en el


comportamiento electoral de las personas de la generación del desarrollo con
respecto a las personas de mayor edad. Algunos de los cambios más
relevantes son los siguientes. En primer lugar, se observa que las personas de
55 a 64 años votan comparativamente más a los partidos de izquierda y a los
partidos minoritarios, rompiendo con la tendencia a concentrar su voto en los
dos grandes partidos. En segundo lugar, se evidencia un hallazgo importante,
la desaparición del efecto de género en las preferencias electorales,
tendencia ya apuntada en las elecciones generales del 2008 y confirmada
estadísticamente en las elecciones del 2011. Los resultados ponen de
manifiesto que la orientación del voto de las mujeres de 55 a 64 años
muestra un patrón similar al de los varones de esa cohorte. Estos datos
validan nuestra hipótesis de que las nuevas generaciones de mayores
mantendrán un comportamiento político que se aleja del que mantienen los
viejos actuales. Esto no significa que la generación del desarrollo posea un
sistema de valores y actitudes concreto y único sino que, al igual que otros
grupos de edad, está integrado por personas dispares, con diferentes niveles
socioeconómicos y trayectorias vitales, pero, pese a ello, la influencia “de la
generación o cohorte es muy relevante a la hora de establecer el sistema de
valores perteneciente a un grupo poblacional” (Barrio y Sancho, 2012, p.
275). En palabras de Gil Calvo (2003, p. 95),

el pertenecer a una u otra generación es algo determinado por la fecha


de nacimiento, que ya no se puede cambiar. […] compartiendo el
mismo itinerario biográfico que se vive bajo un común destino
histórico. Y como cada generación es distinta a las demás, todas
resultan incomparables entre sí, marcando a sus miembros con un
cierto determinismo generacional, debido a sus características
comunes.

Pues bien, esta generación de nacidos entre 1945 y 1960, que son los que
se han jubilado o se jubilarán entre el año 2010 y el 2025, entraron en
política a una edad temprana, protagonizaron la Transición Española,
RASP – Research on Ageing and Social Policy, 4(1) 127

cuentan con una larga experiencia de compromiso social activo por causas
diversas y cabe esperar, como así lo indican los datos analizados, que se
prolongue en los años de la ya inmediata jubilación e incluso que se reactive
su experiencia activista de los años de juventud. Las investigaciones sobre el
cambio de valores tienden a subrayar la importancia de los efectos
generacionales; la teoría del postmaterialismo de Inglehart (1991; 1998) es
un ejemplo de ello.

A Modo de Conclusión

Generación de la Guerra versus Generación del Desarrollo

La guerra civil española es el punto de referencia central en las generaciones


de personas mayores actuales, actuando como experiencia formativa crucial
entre las generaciones de la guerra y anteriores y la generación del desarrollo
(Pérez-Díaz, 2003a) imprimiendo claras diferencias entre ellas. Las
diferencias en la implicación política son favorables hacia el grupo personas
que en la actualidad cuentan con edades comprendidas entre 55 y 64 años,
que hemos denominado “generación del desarrollo”. Los ciudadanos de esta
generación muestran una implicación política más activa que las genera-
ciones que les han precedido.
A pesar de existir diferencias en las actitudes y comportamiento político
entre ambas generaciones, las personas que pertenecen a la generación de la
guerra sienten como suyas las mismas preocupaciones que el conjunto de la
sociedad, no están ensimismadas en sus propios problemas y mantienen un
nivel de compromiso cívico, en algunos aspectos, más elevado que el
conjunto de la población española, como ocurre con la participación
electoral. Pese a considerar la política con un mayor grado de complejidad
que los más jóvenes, apenas se sienten peor informados que estos, y esa
complejidad no es óbice para que haya una minoría de personas mayores
muy interesada por los asuntos públicos y comprometida con ellos. Los
mayores coinciden con los más jóvenes en el nivel de información política
que poseen. La respuesta dada en los sufragios es solvente y coherente con
su orientación ideológica, dejándose sentir el efecto generación.
Sin embargo, para la generación del desarrollo, la política no es más
compleja que para las edades inferiores y le dan una importancia similar al
conjunto de los ciudadanos. Esta importancia la manifiestan hablando más
128 Emilia Riesco – Género, Generación e Implicación Política

de política con familiares y amigos, así como mostrando una mayor


exposición a la información de los medios de comunicación o a través de la
red. Las personas de 55 a 64 años consideran el ejercicio del sufragio
mayoritariamente como un derecho, frente a los de mayor edad, que lo
consideran, en una alta proporción, aunque no mayoritariamente, como un
deber; este es un indicador más de la brecha generacional que se establece
entre las generaciones de la guerra o anteriores y las generaciones de la
democracia, de las cuales ésta es la primera cronológicamente. La
generación del desarrollo mantiene una mayor identificación en las actitudes
y comportamiento político con el conjunto de la sociedad que con la
generación de la guerra, respecto a las dimensiones analizadas.

Género e Implicación Política

El sexo y la edad son dos variables sociodemográficas clásicas que


introducen importantes diferencias tanto en el interés como en la
participación política. Respecto del sexo, los hombres han tendido a mostrar
mayor interés y a participar tradicionalmente más en los asuntos públicos
que las mujeres, pero esas diferencias se han ido reduciendo cada vez más
hasta casi desaparecer actualmente, de igual manera que sucede en el caso
del voto o la orientación ideológica. Las diferencias de género se evidencian
en mayor medida en la generación de la guerra que en la generación del
desarrollo. Con el mayor nivel educativo femenino y la lenta pero progresiva
incorporación de las mujeres españolas al mundo laboral, las diferencias de
género se han ido diluyendo hasta llegar a desaparecer en algunos de los
indicadores analizados. Ejemplo de ello es el uso de Internet; las mujeres de
la generación del desarrollo invierten la tendencia y son ellas las que utilizan
más este medio para informarse sobre temas políticos que sus coetáneos
varones. Otro cambio a destacar es la desaparición del efecto de género en la
orientación del voto para la generación del desarrollo; esta tendencia, ya
apuntada en las elecciones generales del 2008, se confirma estadísticamente
en el 2011. Así, se observa que las mujeres de 55 a 64 años expresan una
orientación de voto similar a los varones de la misma edad. Estos hallazgos
vendrían a validar nuestra hipótesis que señala la importancia del efecto
generación en la implicación cívica, coincidiendo con Pérez Ortiz (2005;
2009b), Gil Calvo (2003) y Pérez Díaz (2003b; 2007).
RASP – Research on Ageing and Social Policy, 4(1) 129

A la vista de los datos analizados, podríamos afirmar que, con la cohorte


que actualmente se encuentra entre los 55 y 64 años de edad, ha llegado la
generación que ha superado el síndrome de la dictadura y que está
alumbrando un nuevo tipo de ciudadanía con mayor compromiso cívico y
que, como es de esperar, mostrará un mayor empoderamiento. Son esas
personas las que encabezarán una reestructuración del entramado social de la
vejez sin precedentes y que afectará a toda la sociedad. Estamos convencidos
de que el incremento de implicación cívica de los mayores tendrá efectos
beneficiosos sobre la calidad democrática de la vida comunitaria y la calidad
de vida de cada uno de los ciudadanos.
Consideramos que el estudio presentado es novedoso y que los hallazgos
del mismo aportan información relevante acerca del compromiso cívico de la
próxima generación de mayores, que no sólo tendrá una gran importancia
numérica sino que, plausiblemente, asumirá un importante protagonismo
social. Por otro lado, creemos haber aportado averiguaciones valiosas acerca
de la importancia que tiene la pertenencia a una determinada generación en
lo que respecta a la implicación en los asuntos públicos, frente a frecuentes
consideraciones que le atribuyen un mayor protagonismo a la edad
cronológica.

Notas
1 Citado por Font, Montero y Torcal (2006).
2 La quinta edición de la ESE 2010-11 no incluye este ítem.

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Emilia Riesco Vázquez es Profesora de Sociología en la Universidad


de Salamanca (España)

Contact Address: riesco@usal.es


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Las Canas de la Devoción: Prácticas Religiosas y Perspectiva de


Género

Felipe R. Vázquez Palacios1

1) Centro de Investigaciones y Estudios Superiores en Antropología Social


del Golfo, México

Date of publication: January 30th, 2016


Edition period: January 2016 - July 2016

To cite this article: Vázquez Palacios, F. (2016). Las Canas de la


Devoción: Prácticas Religiosas y Perspectiva de Género. Research on
Ageing and Social Policy, 4(1), 134-152. doi: 10.17583/rasp.2016.1725

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RASP – Research on Ageing and Social Policy Vol. 4 No. 1
January 2016 pp. 134-152

Las Canas de la Devoción:


Prácticas Religiosas
y Perspectiva de Género
Felipe R. Vázquez Palacios
Centro de Investigaciones y Estudios Superiores en Antropología Social del Golfo

Resumen
Mi objetivo es mostrar las diferencias entre ancianos y ancianas, católicos y
evangélicos desde una perspectiva de género. El punto de partida es que cada etapa
de la vida tiene su propia devoción, compromiso religioso y social, y que los roles
masculinos/femeninos se reconfiguran, redefinen y flexibilizan conforme se transita
a edades avanzadas (por arriba de los 75 años). El análisis se sustenta en una
investigación etnográfica en la que se realizaron 100 entrevistas y observaciones a
profundidad en contextos rurales del Golfo de México entre 2010 y 2015. Los
resultados evidenciaron que, independientemente del sexo y prácticas religiosas, al
irse reduciendo la participación cultica y el círculo social, se adoptaron ciertos roles,
símbolos y significados religiosos, que se volvieron más personales y conllevaron, la
mayoría de las veces, interacciones de mayor complementariedad y solidaridad
donde la continuidad o discontinuidad de los roles masculinos y femeninos se
entrecruzan en sus fronteras constantemente y donde lo más importante es el ser
humano como tal.

Palabras clave: vejez, prácticas religiosas, género, discontinuidades, roles

2016 Hipatia Press


ISSN: 2014-6728
DOI: 10.17583/rasp.2016.1725
RASP – Research on Ageing and Social Policy Vol. 4 No. 1
January 2016 pp. 134-152

The Gray Hairs of Devotion:


Religious Practices and Gender
Felipe R. Vázquez Palacios
Centro de Investigaciones y Estudios Superiores en Antropología Social del Golfo

Abstract
My purpose is to show the differences between old men and women, Catholics and
Evangelicals, from a gender perspective. The starting point is that each phase of life
has its own devotion, religious and social commitment, and the male/female roles
are reconfigured, redefined, and more flexible as it travels to old age (above 75
years). The analysis is based on an ethnographic research in which 100 interviews
and observations were realized in rural contexts of the Gulf of Mexico from 2010 to
2015. The results evidenced that regardless of gender and religious practices to go
reducing cultic participation and social circle, certain roles, symbols and religious
meanings were adopted, they became more personal, which led, in most of the time,
to interactions more complementarity and solidarity where the continuity or
discontinuity of its male and female roles constantly crisscross in their borders and
where the most important is the human being as such.

Keywords: old age, religious practices, gender, discontinuities, roles.

2016 Hipatia Press


ISSN: 2014-6728
DOI: 10.17583/rasp.2016.1725
136 Felipe Vázquez – Prácticas Religiosas y Género

E
n este trabajo abordo las diferencias que se manifiestan en las
prácticas religiosas entre ancianos(as) católico(as) y evangélico(as)
desde una perspectiva de género. Mi punto de partida es que los
factores asociados con la vejez –pérdida de la salud, necesidad de cuidado y
atención, retiro laboral, nido vacío, muerte del cónyuge y pérdida de status–,
en el ámbito de las experiencias religiosas, propician una reconfiguración,
redefinición y flexibilización de roles masculinos y femeninos entrecruzando
sus fronteras. Todo esto se traduce en relaciones de mayor complementa-
riedad y solidaridad entre las personas envejecidas, lo que les permite
garantizar la continuidad de su existencia y su representatividad como
actores sociales.
El análisis se sustenta en una investigación etnográfica en la que se
realizaron 100 entrevistas y observaciones a profundidad sobre la dimensión
religiosa en diversas estancias de trabajo de campo en contextos rurales del
Golfo de México entre 2010 y 2015. Por cuestiones de análisis clasifiqué la
información en dos diferentes rangos de edad: El primero, constituido por 28
ancianos y 12 ancianas de 60 a 75 años, y, el segundo, formado por 15
varones y 45 mujeres de 75 años y más. Me enfoqué esencialmente en
quienes se habían distinguido por ocupar algún cargo en sus iglesias o por
ser o haber sido miembros asiduos a las actividades religiosas. Me
interesaron, principalmente, aquellas personas que se encontraban en estados
de dependencia e imposibilitados para salir de sus hogares, debido a que en
el desarrollo de la investigación me percaté de su relevancia para este
estudio. De acuerdo a su adscripción religiosa, 75 de los informantes eran
católicos, 20 de corte pentecostal y neo-pentecostal, 3 presbiterianos, un
metodista y un bautista.
El texto se divide en tres apartados. En el primero tomo pulso con la
literatura existente de perspectiva de género abordando sus temáticas más
recurrentes y centrándome en los trabajos donde se cruzan las variables de
género, vejez y religión. En segundo lugar, presento la información empírica
que avala el planteamiento de este análisis, resaltando las formas en las que
son vividas las diferencias de lo femenino y masculino entendidas como
construcciones sociales permeadas por la cultura, que las organiza y ordena
conjuntamente con las creencias y prácticas religiosas, pensamientos, valores
y formas de ser. Finalmente, armo una discusión sobre lo expuesto
resaltando cómo las discontinuidades en los roles y la forma en que
RASP – Research on Ageing and Social Policy, 4(1) 137

flexibilizan las fronteras entre lo femenino y lo masculino permiten realizar


algunas consideraciones sobre cómo se reorganizan y estructuran nuestras
formas de organización y pensamiento más elementales en esta última etapa
de la vida.

Religión, Género y Vejez

Hasta ahora, nuestro interés comparativo como analistas sociales en el


registro etnográfico de los imaginarios de lo femenino y lo masculino en las
diferentes sociedades se ha caracterizado por centrar su visión en las esferas
de la vida social relacionadas con el parentesco, la sexualidad y los roles 1 de
género. Estas esferas de la vida social son vistas como espacios que se
estructuran y son estructurados por la cultura y los preceptos religiosos,
aceptados y reproducidos por la sociedad. Es interesante observar cómo, en
las obras clásicas de la antropología de Maine, Bachofen, Mclennan,
Lubbock, Morgan y Engels, se hallan debates sobre los roles, comporta-
mientos y organización tanto en el matriarcado como en el patriarcado,
poniendo énfasis en la domesticidad de las mujeres, su pasividad, religió-
sidad y papel en la crianza y transmisión de valores morales. Incluso en
trabajos antropológicos representativos como los de Malinowski “The sexual
life of Savages” (1980) y el de Margaret Mead, “Sex and temperament in
three primitive Societies” (2001), se mostró que las percepciones sobre la
masculinidad y feminidad no están determinadas por el sustrato biológico,
sino por el cultural y social.
No obstante, como analistas sociales, nos hemos abocado muy poco a
estudiar la manera en que los roles asignados van transformándose a la par
de nuestra maduración tanto como individuos y como sociedades, pese a que
tenemos muy presente que la vejez provoca un cambio gradual en las
obligaciones del trabajo y los roles desempeñados, a causa de la declinación
del vigor, la reducción del ingreso y el círculo social, así como la falta de
oportunidades, independientemente de que se sigan teniendo habilidades
para continuar trabajando, o bien, el conocimiento y la experiencia para
llevar a cabo diversos proyectos, trabajos y tradiciones.
En estudios un poco más recientes que se han hecho sobre el papel que
los ancianos tienen en los rituales y ceremonias religiosas, se resaltan el
respeto, la obediencia y consideración de los demás. San Román (1989, p.
17), por ejemplo, describe al anciano de estas primeras sociedades como:
138 Felipe Vázquez – Prácticas Religiosas y Género

Polígamo, con las riendas del control económico y político en una


mano y del poder ritual en la otra, amado y venerado por esposas y
descendientes hasta el fin de sus días, depositario del conocimiento
ancestral, de la sabiduría que sólo la experiencia concede en una
sociedad donde sólo la experiencia daría las claves de la adaptación.
(Es) vital, cariñoso con los niños, educador de los jóvenes, autoridad
para sus hijos y los hijos de sus padres…

En el caso de las ancianas, se hace énfasis en su rol pasivo, como abuelas


en la esfera privada o como curanderas, parteras y rezadoras en la esfera
pública. En otras palabras, se muestra cómo se han destacado por un
conocimiento y saber práctico de la vida cotidiana que, si bien no las inviste
de ningún tipo de poder simbólico o prestigio social, hace que su
participación sea importante para el funcionamiento de las comunidades
(Lombardo, 1994; Ortiz, 1990).
Es importante señalar que, en la revisión bibliográfica que hice sobre la
diferenciación en los roles de la población envejecida, se encontraron menos
referencias en las sociedades en contextos urbanos que en los contextos
indígenas y rurales, que por cierto comparten características muy similares,
pues, al llegar a la vejez, hombres y mujeres no son tratados de la misma
manera. Simmons (1945) y Reyes (2002), por ejemplo, comentan que el
respeto y reconocimiento son privilegio sólo de aquellos varones que han
destacado por los logros de su juventud, su autonomía y capacidad de
satisfacer sus necesidades;2 de hecho, los hombres por lo general centran su
vida en el aspecto laboral, pues ser proveedores los inviste de respeto y
autoridad, por lo que al llegar la vejez, con sus impedimentos físicos y
mentales, muchos de ellos se sienten como una carga para sus familias,
como si al pasar de los años perdieran su status masculino (Ramos, 2005;
Bijarro, 2005; Márquez, 2007). Cuestión contraria sucede en las mujeres,
pues su trabajo no es reconocido socialmente, raya en la informalidad, y, si
es fuera del ámbito doméstico, puede poner en juego su integridad, por lo
que en su mayoría se limitan a cumplir su rol en el mantenimiento del hogar
y el cuidado de niños y familiares dependientes (Arias, 2009; Márquez,
2007; Montes de Oca y Herbero, 2007; Ripoll, 2014; Briñon, 2015; L.F. y
Bastida, 2015).3
Por otro lado, los movimientos que se dieron en favor de la equidad de
género4 en los años setentas no sólo tuvieron un impacto en el ámbito
RASP – Research on Ageing and Social Policy, 4(1) 139

académico, político y social, también dieron pie a investigaciones donde se


mostró que no es lo mismo ser creyente varón o mujer en edades avanzadas
(Vázquez, 2012; Velázquez, 2013; Vázquez, 2014). La ordenación de la
primera ministra de la Iglesia Congregacional del estado de Nayarit en
México en 1974 y de mujeres pastoras en la Iglesia Metodista, así como el
hecho de que algunas ocupasen puestos como el de obispas en iglesias como
la anglicana, metodista, luterana y pentecostal, hicieron que como analistas
sociales de la religión, profundizáramos en la creciente participación y
protagonismo femenino en el ámbito religioso. Brusco (1986), por ejemplo,
se centra en cómo las mujeres pueden ser agentes de cambio en sus roles
tradicionales y que la conversión rompe la barrera entre lo masculino y lo
femenino reestableciendo las relaciones matrimoniales. Lagarriga (1995)
destaca los papeles de las monjas, rezanderas y organizadoras de diversas
actividades sociales y religiosas como las visitas en los hospitales y cárceles;
McGuirre (1997), observa cómo muchas religiones han integrado a la mujer
en el centro de la acción del ritual; De la Torre (1995) y Bowen (1996)
enfatizan en su función como animadoras en las peregrinaciones, oraciones
/rezos, rosarios y principales participantes en actividades proselitistas; De la
Rosa (1999) y Garma (1998) las abordan como poseedoras de algún don
espiritual como el de sanidad y el de lenguas.
Recientemente hay estudios como el de Velázquez (2013) que muestran
el impacto de las prácticas y creencias religiosas en el ámbito doméstico, en
las percepciones y comportamientos de género y en la conformación de
identidades. Collí (2014), por su parte, analiza cómo entre las mismas
creyentes surgen diferencias en las formas de comprensión de los estilos de
vida, que las llevan a negociar su “ser y deber ser” en cuanto a sus roles.
Martínez y Vargas (2015) elaboran una distinción en función del tipo de
iglesia al que asisten las personas, haciendo énfasis en los recursos utilizados
para la evangelización, los espacios de participación y las experiencias de
conversión, observando que los hombres conversos al protestantismo
adoptan con mayor facilidad los ideales relacionados con la equidad de
género y el respeto a los mayores. Sin embargo, autores clásicos como Max
Weber (1999) ya habían considerado que la presencia femenina era más
destacada en las religiones que enfatizaban los aspectos emocionales que se
vinculaban con lo divino y destacaba su rol en los ritos de éxtasis y
ceremonias de posesión en las religiones populares, pese a que en las
religiones jerárquicas y burocráticas, el dominio masculino era evidente.
140 Felipe Vázquez – Prácticas Religiosas y Género

Con estos trabajos se puede afirmar que la religión, la vejez y el género,


son variables que están presentes en nuestras rutinas cotidianas y que la
importancia de la presencia femenina en lo religioso poco a poco se ha
dejado sentir independientemente de los simbolismos masculinos que en
muchas ocasiones promueven conductas de discriminación.

Las Prácticas Religiosas de Ancianos y Ancianas en las Iglesias

Las organizaciones religiosas son espacios de refugio para las personas de


edad avanzada, especialmente las más vulnerables, pobres, marginadas,
desahuciadas, excluidas y segregadas.5 Pero, más allá de ello, la iglesia es un
espacio de encuentro social y cultural en el que se pueden observar con
claridad la continuidad o discontinuidad de sus roles sociales y de género,
así como las formas en las que son vividos, organizados y ordenados
conjuntamente con las creencias y prácticas religiosas, pensamientos, valores
y formas de ser de las personas envejecidas. Y es que los ancianos(as), como
actores sociales y religiosos, tienen sus propias especificidades, necesidades,
modos de estructurar sus creencias y de llevarlas a la práctica, para subsistir
y beneficiarse de ellas en un sentido simbólico, emocional, espiritual e
incluso material y social.
Con base en el trabajo de campo realizado en las iglesias católicas y
evangélicas, se observaron diferenciaciones en actividades, ideas y horarios
que realizan las personas envejecidas.
En las iglesias católicas, las mujeres acuden con más frecuencia a las
misas y celebraciones matutinas y vespertinas, según sus actividades
domésticas se lo permitan, mientras que los hombres son más pasivos o
renuentes a participar en las celebraciones culticas y tienden a acudir por las
tardes o en las noches que son los espacios de tiempo que han tomado como
“libres” desde su juventud.
En las iglesias de corte pentecostal, las mujeres por lo general después de
los cinco años de edad se sientan a la izquierda y los hombres a la derecha.
Los ancianos son los únicos que pueden estar al frente de la congregación,
mientras que a las ancianas no se les permite tal privilegio.
En las agrupaciones de corte histórico, los ancianos(as) asisten juntos,
como matrimonio con sus hijos y/o nietos, pues una familia unida a lo largo
de los años es ejemplo de un ideal para los demás feligreses. No obstante, en
ciertos momentos del culto religioso, por cuestiones didácticas o de prácticas
RASP – Research on Ageing and Social Policy, 4(1) 141

religiosas, se les puede dividir por sexo e incluso por edad, para recibir
enseñanzas más específicas a su rol de género y las expectativas implícitas
en él. Por ejemplo, las mujeres de la iglesia pueden reunirse un día a la
semana en una organización llamada “sociedad femenil”, lo mismo los
hombres pueden reunirse en otra conocida como “fraternidad de varones”.
La división puede hacerse por edades, “liga de jóvenes e intermedios”,
“clase de adultos” y “clase de párvulos, cuneros”. Esto implica que se den
interacciones sociales más frecuentes al interior de estas asociaciones, sobre
todo entre personas del mismo sexo, edad o situación.
Por otro lado, en algunas iglesias neo-pentecostales, tales divisiones
pocas veces se dan, por lo que se pueden entablar interacciones sociales con
diferentes personas independientemente de la edad o el sexo.
En las iglesias católicas, muchas veces los hombres forman parte de una
banda musical que participa en las ceremonias y liturgias, mientras que las
mujeres se dedican al aseo y mantenimiento del exterior de la iglesia. Los
ancianos se dedican a repicar la campana o dar anuncios sobre las
ceremonias religiosas, en tanto que las ancianas visten a los santos o
participan de forma activa en charlas sobre las funciones que deben tener
como esposas con base en sus preceptos religiosos. En las peregrinaciones o
rituales, los hombres sobresalen cargando al santo, mientras que las ancianas
resaltan con sus voces en los cantos y rezos.
Es de hacerse notar que en los espacios religiosos, generalmente, la
participación, la edad y la constancia son reconocidas de tal forma que un
anciano católico puede llegar a ser sacristán y en una iglesia evangélica
puede ser pastor o líder, o bien asumir cargos directivos o administrativos;
mientras que las ancianas, por lo general, ocupan cargos de ejecución
rutinarios que de alguna manera las mantienen activas y les permiten
exteriorizar sus experiencias en la vejez. Obviamente hay excepciones y
pueden llegar a ser dirigentes, pero no deja de haber exclusión y desigualdad
salarial, o escaso apoyo para ascender de puesto.

Soy Pastora, tengo 35 años de servicio, y desde ese entonces no he


tenido voz y voto como los pastores que tienen cargos como
superintendente u obispo, mi opinión debe ser reservada, porque entre
ellos se hacen compadres y se van rolando los puestos de poder que
tienen mejor pago, yo ya estoy esperando sólo que El Señor me llame
a su presencia… RC, 65 años, Metodista.
142 Felipe Vázquez – Prácticas Religiosas y Género

Las diferencias señaladas no sólo se dan en el plano práctico, ritual, sino


también a nivel simbólico y de significado; en la cosmovisión religiosa sobre
la salvación, la eternidad, el infierno, Dios y la muerte, de tal manera que,
por ejemplo, mientras un anciano al pensar en la muerte se pregunta qué será
de su parcela y los animales, sin su supervisión, una anciana, piensa en los
nietos y los hijos, especialmente en los “descarriados”, así como en lo que
será el cuidado de su cónyuge. Y, aunque ambos coincidan en que la muerte
es un destino común, un hecho que va afectar la vida de sus familiares,
actividades e individualidad, causando tristeza y angustia entre los allegados
al difunto, muchos tienen esperanza en el “más allá”. En el caso de los
ancianos católicos, hay una visión de la eternidad como un lugar donde se
podrá disfrutar de la tranquilidad, la presencia de Dios y la alegría, sin los
problemas de la vida actual. En el caso de los evangélicos, se tiene la
creencia de que en la eternidad estarán muy activos alabando y glorificando
a Dios, esa será su principal tarea: “… el glorificar su santo nombre.”

Es un lugar muy concurrido donde están los apóstoles, millares de


personas vestidas de blanco y con mucha luz; donde hay descanso y
solaz (FVM, 73 años, Católico).

En este lugar si bien ya no tendremos de qué preocuparnos de nada,


vamos estar concentrados en alabar a nuestro Dios, contentos y felices
platicando con Él día noche sin descanso sin nada que nos moleste
(MSH, 69 años, Bautista).

No obstante, pese a esta visión esperanzadora, las ancianas católicas se


aferran a una visión marcada por las diferencias de género que vivieron,
destacando sus roles asignados.

Vamos a estar con Dios, con la virgen de Guadalupe y seguramente


allí, estarán los santitos y las almas de los difuntos y mi esposo que
fue muy devoto. Así como en las películas con angelitos alrededor,
rodeados de flores. Nosotras estaremos tejiendo o confesionando
hermosos trajes y los hombres armando arreglos hermosos para
ofrecerlos a la Virgen y a su hijo Jesús (COU, 69 años, Católica).

Allí, ya no vamos afligirnos por la comida, ni por los hijos. Es un


tiempo de paz de tranquilidad, de perdón y de gran alegría, porque va
uno a encontrarse con sus hijos y con sus familias. Tendremos tantas
cosas que contarnos… (MOD, 70 años, Neo-pentecostal).
RASP – Research on Ageing and Social Policy, 4(1) 143

Cabe mencionar, con base en estos ejemplos presentados, que los


significados y símbolos religiosos de las personas de edades avanzadas
constantemente se ven amenazados por las ideas de las demás generaciones,
o, si no, se ven debilitados por la desvinculación con el grupo. Todo esto
genera que constantemente se estén construyendo y deconstruyendo
significados, símbolos, prácticas, roles, que se vuelven cada vez más
personales y adaptados a sus circunstancias individuales, donde muchas de
las veces se olvidan de diferenciaciones de género, edad o posición
teológica.

… fui catequista 5 años y a mí no se me pegó nada, si usted quiere;


nomás la persignada, esa sí no se me olvidó; pero yo, de oraciones y
rezos y eso: nada. Ora que ya no veo, me gustaría saber más, pero
ahora ya no puedo (...), cuando era muchacha, mandaba a mis
criaturas a hacer su primera comunión y eso, pero ya después ya no,
pensaba de que fueran a la iglesia, mejor que me ayuden a arreglar la
casa, sólo que vayan a misa y con eso (…), pienso que a mi edad uno
no necesita tanta prédica, con que se porte uno bien con eso más que
suficiente (CR, 87 años, Católica).

A misa iba a diario, pero ya no puedo ver. Yo me quedo ahora en


casa, aquí me encomiendo a la virgen y a los santos, al sagrado
corazón de Jesús, platico con mis animales (pollos, gatos y perros). A
veces pienso que es mejor estar aquí sola que estar en la iglesia
tijereteando a los que van. (LH, 75 años, católica).

Obviamente que habrá ancianos(as) que, por su lucidez, vigor, capacidad


física y actividad, no presenten estas situaciones, y que continúen
internalizando modelos de identificación elaborados previamente en su
sociedad,6 con los cuales regulan genéricamente las situaciones, las
actividades, conductas, sexualidad, sentimientos, deseos y explicaciones
que dan significado a sus experiencias de la vida, las formas de aprehender
el mundo, consciente o inconscientemente, así como el despliegue de
representaciones, imágenes, entendimientos cognoscitivos y respuestas que
guían y regulan la vida y el comportamiento cotidiano.
144 Felipe Vázquez – Prácticas Religiosas y Género

Las Discontinuidades en los Roles y la Forma en que se Flexibilizan


las Fronteras entre lo Femenino y lo Masculino

Hasta aquí hemos visto que los ancianos(as) son poseedores de criterios
bastante sólidos acerca de sus creencias y prácticas religiosas, pues son los
que fundamentan con mayor amplitud el porqué de las mismas y participan
con mayor sistematicidad y fervor en los cultos, celebraciones de
determinadas fechas, ritos y peregrinaciones siempre y cuando sus
capacidades físicas y mentales lo permitan. Sin embargo, son los más
vulnerables a sufrir cambios radicales en sus conductas, formas de
pensamiento y reflexión, valores y referentes de interacción social, los cuales
se viven acompañados generalmente de nostalgia, tristeza, alegría,
satisfacción, soledad, depresión, pobreza o exclusión. En la vejez, las
personas sufren una adaptación constante a nuevas formas de comprender y
relacionarse con lo que los rodea, y las creencias y prácticas religiosas les
permiten adquirir nuevos significados en correspondencia con las situaciones
de vida que experimentan.

A mí, ya se me olvida todo, ya no sé dónde vivo, donde están las


llaves de la casa, lo que dejo en la lumbre. La otra vez quise ir al
mercado que se pone junto a la iglesia y ya no supe regresar, le pedí a
la virgen que me ayudara a recordar, afortunadamente hubo alguien
que me conoció y me trajo de retorno a la casa. Tengo miedo a
perderme. Por eso ya no salgo, sólo voy a misa y acompañada. Ya casi
nadie me visita, y aunque vienen a verme, yo no me acuerdo de ellos y
me da pena por no poder platicar con ellos. (TR, 77 años, Católica).

Un hallazgo importante de mi trabajo de campo es que las discontinui-


dades en los roles en la población anciana eran más notorias entre los
ancianos que entre las ancianas, debido a que los hombres, al tratar de evitar
el ostracismo social que les han dejado la jubilación y la incapacidad física
para trabajar, se ven en la necesidad de adaptarse a nuevas tareas que las
ancianas han llevado a cabo en al ámbito doméstico de forma rutinaria desde
su juventud como cocinar, hacer el aseo de la casa, ir por los nietos a la
escuela o cuidar enfermos. En este sentido, las nuevas rutinas son vistas por
las personas mayores como parte de un sistema de complementariedad
conyugal.7
RASP – Research on Ageing and Social Policy, 4(1) 145

Siempre ando buscando en que entretenerme, barro, escombro, riego


las plantas, llevo a mis nietos a la escuela, voy por ellos, acompaño a
mi esposa a sus terapias, le lavo el coche a mis hijas, Me canso, me
siento y duermo un ratito, y busco en qué mantenerme ocupado, trato
de sentirme útil. (JA, 73 años, Católico).

Siempre estuve atenida a él, él siempre estaba al tanto de las cosas que
hacían falta en la casa, de los trabajos del campo, y ya después con su
enfermedad (se fue quedando ciego), abandonó sus tierras y pues yo
tuve que entrarle pues mis hijos estaban en Estados Unidos, yo me
entendía con los jornaleros en los trabajos que había en el campo,
además de cuidarlo y atenderlo con sus comidas y aseo de la casa. A
veces le digo, ahora yo soy el hombre y tú la mujer, pues yo ando
haciendo lo que él hacía y él se queda cuidando la casa. (AR, 71 años,
Neo-pentecostal).

Nada me apura; nada más estoy comiendo y durmiendo, no tengo que


trabajar: me siento en el corredor y ahí estoy viendo quién pasa. Me
canso y me acuesto un rato. En las tardes les digo a mis nietos que me
lean la Biblia. Me pongo a ver novelas con mi esposa, Y cuando me
aburren me voy hacer algo en la casa, pero... ¡me canso! Siento que
las manos se me hormiguean al agarrar las cosas… Así me la paso: a
las 6 de la tarde me da de cenar mi esposa y me vuelvo a sentar en mi
cama; espero a que llegue la noche y me acuesto a dormir a las 9. Pero
no duermo! Vengo a quedarme dormido a media noche, cuando me
vence el sueño. Me pongo a recordar cuando yo trabajaba en el
campo, en medio de los maizales, cuando venía la cosecha, cuando
regresaba a casa bien cargado con la leña. (CH, 79 años, Pentecostal).

Asimismo, observé que la enfermedad y la discapacidad modifican los


roles de género, pues, aunque las personas vayan perdiendo poco a poco sus
habilidades, no necesariamente se presenta una pérdida del poder en la
familia. Más bien se manifiesta una entrada a la esfera privada, en donde
especialmente los hombres desconocen las actividades que se tienen que
realizar, ya que la mayor parte de su vida estuvieron en la esfera pública. En
palabras sencillas, en la vejez avanzada (de 75 y más años), tanto el hombre
como la mujer comparten más equitativamente la jefatura y trabajos del
hogar. Entonces, ¿será posible encontrar una mayor equidad entre hombres y
mujeres, acompañada por una vida cada vez más privada y pacifica?
146 Felipe Vázquez – Prácticas Religiosas y Género

Con la enfermedad de mi esposo, tuve que entrarle al trabajo en la


parcela y dejar un poco la cocina. Yo soy la que voy a ver a los peones
si están haciendo bien el trabajo, voy a las reuniones ejidales donde se
toman decisiones sobre la producción de nuestros cultivos, mi esposo
se queda en la casa, como ya no ve, le es difícil hacer lo que antes
hacía, pero él sigue aconsejándome cómo debo de hacerle para
trabajar con los peones y qué hacer en cada situación. (LR, 67 años,
Católica).

Es importante señalar que, a medida que se conquistan edades por arriba


de los 75 años, el caso de los ancianos(as), independientemente de su sexo,
sus símbolos y significados se ven amenazados, ya sea porque se privilegian
a los de las generaciones más jóvenes o porque algunos de ellos no pueden
participar de manera activa en los rituales y prácticas religiosas a causa de
sus enfermedades y discapacidades, lo cual repercute de manera negativa en
sus vidas, pues, al irse reduciendo la participación cultica, el círculo social se
reduce a veces a niveles íntimos o familiares únicamente, lo que implica que
en la vejez se adopten ciertas prácticas, símbolos y significados religiosos
cada vez más personales y adaptados a sus especiales circunstancias.

Yo ya no creo en que el Papa sea el representante de Cristo en la


tierra, con tanto que se ha visto que hacen, ya ve Usted el Maciel,
pederasta, mujeriego, alcohólico, y sepa Dios que tanto más. Yo ya no
les creo, por eso ya no voy a misa, mis hijas me dicen: hay papá ya se
está haciendo usted ateo. Yo trato de ser buena persona y con eso
basta, yo soy más santo que el santo Papa. (DV, 85 años, Católico).

Antes daba gracias a Dios por los alimentos antes de comer, ahora
poco lo hago públicamente, no porque ya no esté agradecido con Dios,
sino porque en lo más profundo de mí siempre lo hago. Mis hijos me
critican que ya no me acuerdo de los principios que les enseñé, pero
no es así, cuando uno va madurando se da cuenta que como ya no
tiene uno que educar, es posible flexibilizar rutinas y a veces hasta
significados que antes eran algo muy rígido. Ahora como que las
adaptamos a nuestras necesidades más personales. (RP, 70 años,
Pentecostal).

Entonces, si partimos de que cada etapa de la vida tiene su propia


devoción, compromiso religioso y social, es relevante señalar que especial-
mente en las personas de más de 75 años encontramos una mayor
acuciosidad por buscar la tranquilidad, la paz, la espiritualidad, la libertad y
RASP – Research on Ageing and Social Policy, 4(1) 147

la equidad. Ser hombres o mujeres es menos importante que ser humanos,


que “ser uno mismo”, por lo que los estilos de vida se centran más en el
respeto y la cooperación. En este escenario, la religión ofrece un marco de
certezas, para saber qué hacer, sobre todo, cuando las fuerzas declinan, y ya
no quedan ganas de luchar o hacer planes a futuro pues están situados en el
“hoy”: “en este momento”.
Con lo anterior no quiero decir que en edades avanzadas las distintas
carreras, conflictos, competencias y luchas de la vida lleguen a su fin, sino
que las relaciones entre hombres y mujeres se vuelven más cooperativas y
complementarias, y, aunque el rol de líderes de los hombres no deja de ser
jerárquico a costa de la sumisión de las mujeres, ni el de éstas deja de ser
privado, operativo y doméstico, ambos aprenden a apoyarse mutuamente
para subsistir, resistirse a la dependencia y el rechazo.
Cada día es más difícil ajustarse a los ideales de la vejez exitosa, sobre
todo cuando se alcanzan edades por arriba de los 75 años, pues resulta difícil
salir de casa porque el aire daña y la luz molesta, por los riesgos que se
corren y ya no se diga por la inseguridad y la violencia que se vive en la
sociedad. La sensación de ser una carga aumenta y sólo se desea vivir sin
complicaciones y tranquilidad. Sin embargo, aun cuando este tipo de
personas envejecidas se ven en ese círculo vicioso, donde los espacios más
comunes son la recámara, la cocina y la ventana (cuya vista les dice que
hace mucho que han dejado de pertenecer a este lugar y tiempo), no se
pierde la esperanza de continuar viviendo. Los casos analizados muestran
que la espiritualidad sigue allí fortaleciendo al cuerpo cansado,
discapacitado, enfermo, dando sentido y significado a su dependencia, a las
despedidas y heridas diarias, a la soledad que llenan las horas de su
existencia.
Cuando se llega arriba de los 75 años como hombres, ya no se trata de
presumir de los cheques y todas las puertas y ventanas que se han abierto, de
decir que se es fuerte, de presumir una vejez activa, ya no tiene sentido
presumir los títulos, porque al final de cuentas los títulos los da la vida para
bien o para mal. Como mujeres, ya no tiene mucho sentido luchar o
lamentarse por ese puesto directivo, ni decir que se ha triunfado sobre el
patriarcado social y divinamente concebido e impuesto, resulta cada vez
menos atractivo desear vestidos, zapatos, ir a la moda. Se trata más bien de
preguntarse por el sentido de las cosas. Luego, entonces, “¿Para qué asumir
como obligatorio cumplir con las expectativas que se les han impuesto?” Las
148 Felipe Vázquez – Prácticas Religiosas y Género

fronteras entre ser hombre y mujer se flexibilizan porque ante todo la vida
gira en torno a fines, objetivos. Ya no importa quién limpia la casa o quién
haga esto o aquello, lo que importa es que esté limpia, el estar vivos, lo que
importa es que haya comida sobre la mesa y medicina en el botiquín. Si se
tiene a alguien a lado, no importa de qué cartera se paga la luz, el agua o el
teléfono, quién siembra o quien recolecta, quién vela en la cama al otro, a
veces es el hombre, a veces la mujer, pues el fin último es garantizar nuestra
supervivencia y una vida medianamente digna, es centrarse en la paz, el
consuelo y hacer del ser supremo un benefactor, un amigo, un escucha,
alguien que comprende los males, da explicación, alivio y ayuda para
comprender cuánto se ha crecido a lo largo de la vida para encontrar perdón
y redención. Porque las metas van más allá de la presunción, pues,
independientemente de la iglesia o adscripción religiosa, con la fe solventa
las incapacidades, flexibiliza las relaciones, ablanda los corazones y hace
convivir en relaciones de cooperación y complementación.
La discontinuidad de los roles en la vejez dentro de un ámbito religioso
da para reflexionar mucho más, no sólo en el ámbito de las relaciones entre
hombres y mujeres o la reconfiguración y reconstrucción de los valores,
percepciones y rutinas de vida en el último trecho de la existencia, sino en
todo lo que es nuestra existencia. Es necesario tener presente que cada día
cambian nuestras formas de creer, pensar, actuar, deber y poder, por lo que
no hay que esperar a que la vida nos rebase y llegar con mayor conciencia a
esas canas y esa devoción.

Notas
1 Entiendo los roles como un conjunto de relaciones interdependientes diseñadas cultural-
mente que implican deberes y derechos conquistados por el individuo en su carrera hacia la
vejez y distribuidos según el sexo. Los distintos roles se adquieren por aprendizaje social y
en relación con intereses o necesidades.
2 Bourdieu (2000), en un análisis etnológico de los Bereberes de Cabilia, observa conflictos,

luchas de poder y una disertación existencial entre el “ser” y el “deber ser” en lo que se
refiere al género. Por ejemplo, señala que los hombres buscan destacar en la vida pública y
someten a la mujer a roles privados y pasivos tomando control del espacio, ejerciendo
autoritarismo tanto en la dinámica del hogar, como en la sexual, y excluyéndolas de ciertos
grupos.
3 Arias (2009), realiza un análisis de las mujeres mexicanas que emigran de contextos rurales

hacia las grandes ciudades y observa cómo son cuestionadas en lo referente a su sexualidad
RASP – Research on Ageing and Social Policy, 4(1) 149

debido a que el dinero y el alejamiento del hogar se consideran como ventanas hacia el
libertinaje, lo que las excluye de las herencias y el apoyo de sus familias, en las que se
privilegia a aquellas que cumplen su rol de cuidadoras. Briñon (2015) enfatiza la división
tradicional del trabajo en la que el rol de las mujeres se limita a las labores domésticas y de
cuidadoras de niños, dependientes y ancianos(as), lo que se justifica en la experiencia o ideal
de maternidad. Ripoll (2014), por otro lado, comenta que, si bien vivimos en una sociedad
más igualitaria en la que los hombres también participan de forma activa en las tareas
domésticas a modo de cooperación, no deja de presentarse una cierta inequidad en lo que se
refiere a las mismas, ya que los varones toman las más sencillas y dejan las más tediosas a las
mujeres.
4 Es pertinente hacer alusión a que, a mediados de los años 50, surgen las primeras críticas

dentro de lo que será llamada la teología feminista, cuya idea fundamental era la de buscar
una igual dignidad del hombre y la mujer, criticando la sociedad patriarcal y resaltando el
sufrimiento de la mujer.
5 Vázquez (2015) ha mostrado que las iglesias son espacios donde los ancianos(as) pueden

mejorar la situación por la que atraviesan, solucionar o mitigar algunas de sus necesidades
más esenciales. Mediante este tipo de organizaciones, según el autor, es posible contribuir de
una manera más eficaz al fortalecimiento de las redes de apoyo intergeneracionales, tanto al
interior de la familia, como con los miembros del grupo religioso y vecinos.
6 Hay que subrayar el papel de la familia que, junto con otras instituciones como la iglesia y la

escuela, delinea las prácticas y posibilita la interacción social en los espacios públicos y
privados, pues, a través de la interacción con padres, hermanos, tíos y abuelos, nuestros
informantes aprendieron los preceptos religiosos, valores, esquemas cognitivos y modelos
culturales existentes, sobre lo que corresponde a cada uno y las conductas que se esperan de
ellos en diferentes contextos y situaciones, lo que contribuye a conformar las identidades
religiosas y de género.
7 En ninguno de los casos analizados pude observar indicios de competitividad entre los

cónyuges.

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Felipe R. Vázquez Palacios es Investigador del Centro de


Investigaciones y Estudios Superiores en Antropología Social del
Golfo (México)

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List of Reviewers 2015

th
Date of publication: January 30 , 2016
Edition period: January 2016 - July 2016

To cite this article: (2016). List of Reviewers 2015. Research on Ageing


and Social Policy, 4(1), 153. doi: 10.17583/rasp.2016.1885

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RASP – Research on Ageing and Social Policy Vol. 3 No. 1
July 2016 p. 153

List of Reviewers 2015

We deeply appreciate reviewers’ contributions to the quality of this journal


during 2015. Yours sincerely,

Alfredo Alfageme
Luis Ayuso
Editors

Anderson, Nicole Hernández Peinado, Manuel


De Miguel, Verónica Martínez del Castillo, Jesús
Durán-Muñoz, Rafael McLaughlin, John
Fernández, Mercedes Ortega, Marta
Fernández-Carro, Celia Plaza, Juan F.
García, Livia Sánchez Martínez, Mariano
García-Bacete, Francisco Spijker, Jeroen
García-Pastor, Begoña Torrent, Rosalia
González, Mª Nieves Trinidad, Antonio

2016 Hipatia Press


ISSN: 2014-6728
DOI: 10.17583/rasp.2016.1885