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Seneca le dice a su hermano que todos buscan la felicidad, pero nadie sabe cómo distinguirla para así

encontrarla. El vulgo, para el filósofo es el peor intérprete de la realidad, nunca se puede confiar
en la mayoría para establecer un concepto.

Lo primero que se debe hacer para buscar la felicidad es servirse de la naturaleza y no depender de ella, pues si
somos dependientes de algo, la felicidad será efímera.

Definición del bien supremo

Seneca nos dice que prefiere llamar el bien supremo (o feliz) a quien nadie puede perturbar. De hecho, será feliz
y tendrá placer quien reniegue de los placeres. En resumen, el hombre que no desea ni teme es feliz porque está
libre de las pasiones (pathos)

Obviamente, el feliz es el que prefiere la razón (logos) a la pasión (pathos), ya que para conocer la verdadera
felicidad necesita ser consciente de ella.

El placer no es virtud

No se puede unir el placer con la virtud. El placer es caduco y siempre quiere y nunca es suficiente, en cambio la
virtud queda para la posteridad, nunca experimenta saciedad (porque eso significaría necesitarla nuevamente).
El hombre feliz siempre vivirá de acuerdo a su naturaleza racional, sólo así se distinguirá de los otros animales.
Se podrá criticar lógicamente que la búsqueda de la virtud en sí misma es un placer. Sin embargo, Séneca nos
dice algo muy a lo que decía Aristóteles: ''el placer no es un fin último, sino un medio''. En otras palabras, el
placer es un complemento como ''de sobra'' o como lo dice Séneca se obtiene sin querer dicho placer. Por lo
tanto, la virtud no se hace por dicho placer, ese placer es aparte porque el objetivo último es hacer el bien.
Entonces ¿para qué se quiere la virtud? básicamente, la virtud es el bien supremo mismo. No se puede querer
nada más allá del bien porque el bien no es un medio, sino un fin.

¿Placer y virtud juntos?


Se le pregunta a Séneca, ¿qué puede impedir que la virtud y el placer se unan para formar algo mucho mejor?
De esta forma ese bien supremo formado del placer y la virtud sería al mismo tiempo honesto y agradable.
La verdad es que nada podría ser más contradictorio que unir la virtud con el placer. La virtud se sostiene por sí
misma por ser el bien supremo, y el placer desaparece con la utilidad. Además, recordemos que el placer siempre
va a ser parte de una cosa y no una cosa en sí misma.

Otra cosa que se critica a los filósofos son las cuantiosas riquezas que poseen, siendo que ellos mismos aconsejan
aborrecerlas. Séneca responde a esto diciendo que en efecto, los filósofos disfrutan de las riquezas, pero no
dependen de ellas. Es decir, cuando alguien pierde su riqueza, éste llora o se siente miserable, en cambio el
filósofo, éste siempre sabrá que los bienes son temporales y no sufrirá por la pérdida de aquellos.

Si el necio tiene riquezas, estas estarán al mando del necio, pero las riquezas en mano del sabio estarán al servicio
del sabio.

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Con Aristóteles nos encontramos que él indica que “debemos de tener un bien supremo, saber los tipos de
placeres que existen dentro de nosotros mismos, buscar la felicidad en el interior de lo que realmente amamos,
identificar el punto medio de nuestros juicios y actitudes. Cuando logramos hacerlo podremos obtener prudencia
y certeza en nuestros actos”.

Algo similar nos enfrentamos con Seneca, pero para él “Es feliz, el que tiene un juicio recto; es feliz el que está
contento con las circunstancias presentes, sean las que quieran, y es amigo de lo que tiene; es feliz aquel para
quien la razón es quien da valor a todas las cosas de su vida”. Para Seneca es feliz aquel que valora su vida tal y
como es, sin importar en las circunstancias en que sea su tipo de vida, aquel que recibe la vida como venga,
conforme vaya viviendo, viviendo virtuosamente, al tener virtudes somos felices prácticamente, ya que tener
virtud es lo máximo, “la virtud es precio de ella misma” (Seneca). No podemos ser felices si no tenemos virtud.
A “los pequeños momentos de felicidad” los pone como placeres, placeres que para Seneca son malos en exceso
“El placer excesivo daña…” (Seneca) mientras que también nos dice que “en la virtud no hay que temer que haya
exceso, porque en ella misma está la mesura…” (Seneca). En el tema de placeres, para Seneca “Tomar lo malo
por lo bueno es locura….ni es cuerdo aquel a quien le apetecen cosas dañosas como si fueran las mejores…”
(Seneca). De acuerdo con Seneca los placeres son fáciles de encontrar y de realizar, pero son solo unos instantes,
y después, vuelves a la realidad y te preguntas ¿Dónde están? ¿Sientes que eres feliz con tu placer ya realizado?

Un ejemplo es el vino, al tomarte una copa de vino es placentero, pero si lo tomas en exceso, ya no es placer, a
eso se les llaman placeres banales, al tomar en exceso estas siendo egoísta, sin virtudes, dañando tu cuerpo. Es
muy importante que para ser feliz debas comenzar con tu propia salud, y fijar cierto objetivo en el cual sientas
que serás feliz, al que debes de luchar por lograrlo, después debes comenzar una vida llena de virtudes, de buenas
obras, sacando lo mejor de ti, ser feliz haciendo feliz, sin perjudicar a nadie.

Debes construir tu felicidad mediante las cosas que te ha dado la vida. De igual manera tendría que reestructurar
mi educación y hacer que mi autoestima crezca. La felicidad no puede ser pasajera, sino que ésta debe de
perdurar por siempre, todo lo contrario del placer ya que éste si es solo momentáneo. Entonces, podría terminar
resumiendo que el placer y la felicidad son muy fáciles de confundir porque son parecidos los sentimientos, la
diferencia es el lapso de tiempo que puedan durar.

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Habla sobre la virtud y el cumplimiento del deber.

Dice que es necesario definir, en lo íntimo de la conciencia, qué es felicidad, y apartarse, al respecto, de las
opiniones públicas masificantes, o sea, del vulgo, y entendiendo por este término, no a los de vida humilde, sino
a aquellos cuya alma está dormida (I y II)

La vida feliz reside en vivir en armonía con la naturaleza, de acuerdo a sus dictados, interpretados por una mente
sana, lúcida y estable, ajena a toda presión externa o interna.

En qué consiste el sumo bien, y por tanto, la vida feliz: El sumo bien es el alma libre, insensible a las tentaciones
del placer y a los golpes de la fortuna, y cuyo único anhelo es la honestidad y el único mal la torpeza. De esta
libertad interna nace y emerge desde lo más hondo del alma una alegría profunda “que se contenta con lo que
posee y no desea nada más que lo que está próximo (III y IV)

La vida feliz es más que la insensibilidad de la piedra o la vida vegetativa de una planta, aunque ellos, al no existir
contradicción en sus naturalezas, tampoco son infelices. La felicidad para el hombre consiste en la razón
iluminada que no se aleja de la verdad, “y cuyo juicio es recto y firme” (V)

Posición del sabio ante el placer: Los del cuerpo son torpes y los del alma no es necesario ni conveniente
buscarlos, sino que acompañan naturalmente la acción virtuosa y la conciencia serena. Diferencia entre la virtud,
que es “elevada, excelsa, noble, invicta e infatigable” y el placer, que por muy sutil que sea, “cuando alcanza su
punto más alto, se extingue; su terreno es limitado y por ello, rápidamente se agota; se hace tedioso y desfallece
después del primer ímpetu”. Aquí, por tanto, la filosofía estoica se aleja del epicureísmo, a quien critica
argumentadamente (VI y VII)

Menciona la necesidad de encontrar el Yo central que purifica la razón permite que esta gobierne los sentidos:
éste es el sumo bien, la concordia del alma. (VIII)

El peligro de buscar la virtud para hallar el placer, aunque este placer sea el del alma. Así prostituimos la virtud,
es lo que hoy llamaríamos, “materialismo espiritual”, o sea, el más brutal o refinado egoísmo enmascarado de
virtud y búsqueda espiritual. Se debe aspirar a la virtud por ella misma, por el imperio feliz de su naturaleza, y
nunca para obtener lo que íntima o manifiestamente deseamos, y en lo que buscamos, por tanto, el placer (IX)

Qué errores y tinieblas del alma disipa la virtud, y cómo despierta nuestra verdadera naturaleza. No hay placer
puro si no hay honestidad, y no puede haber honestidad si se busca el placer y no la virtud (X)
Hacia dónde nos dirige el placer, qué nos aconseja. Ejemplos vergonzosos de esclavos del placer que arruinaron
su alma (XI)

Diferente naturaleza del placer del sabio y del necio. El placer que acompaña naturalmente la acción del sabio:
“es calmo, moderado, casi tierno, discreto y casi imperceptible, pues viene sin ser llamado, y aunque venga por
sí mismo, no recibe ningún tipo de honras, ni es recibidos con alegría; en efecto, el sabio lo mezcla e intercala en
su vida, como el juego y los divertimentos con los asuntos serios” (XII)

Comentarios a la filosofía de Epicuro. El peligro de elogiar el placer y casi hacerlo sinónimo de la virtud,
produciendo gran confusión en el alma, pues así se llega a justificar los peores vicios. El peligro de este filosofía,
el epicureísmo, más severa de lo que parece, no es lo que dice, sino lo que interpreta el ignorante (XIII)

Debemos seguir siempre a la virtud, del mismo modo que un ejército sigue a su estandarte. Los grandes placeres
son como animales enfurecidos a los que es muy difícil tratar sin salir herido, y cuantos más menos vida propia
tiene el alma, subyugada por tales tiranos (XIV)

Para obedecer a Dios es necesario grandeza de ánimo, no puede obedecerle aquel que se siente abatido por el
placer o el dolor. Aceptar con grandeza de ánimo todo aquello que sucede, pues se halla dentro de lo posible, y
por tanto pertenece a la naturaleza del universo en que vivimos. “Somos impelidos a este compromiso: soportar
las contingencias de ser mortales y no perturbarnos con aquello que no podemos evitar. Nacimos en un reino:
ser libres es obedecer a Dios” (XV)

La felicidad reside en la virtud. Nada más es necesario. Sólo debe ser considerado bueno o mal lo que nace de la
virtud o del vicio, lo demás carece de ninguna importancia moral, y por lo tanto, es indiferente para el alma.
Caminar hacia la virtud es deshacer los nudos que nos atan a lo que es por naturaleza mortal (XVI)

Acusaciones del ignorante envidioso al filósofo rico. Así responde Séneca a los rumores infamantes que se
extendieron por Roma: No me exijas que yo sea igual a los mejores, sino mejor que los malos: me basta, cada
día, alejar algunos vicios y corregir algunos errores (XVII) La malevolencia venenosa de los envidiosos y los
viciosos no debe impedir seguir siempre los mejores, y no los peores ejemplo (XVIII y XIX). El malvado ve en la
virtud ajena una crítica a sus propios delitos, y en la grandeza de alma una ofensa a su mediocridad.

Valor de aquellos que se esfuerzan de veras en ser virtuosos. Crítica que se hace a los filósofos de no haber
llegado a la perfección, pues sólo están en marcha hacia ella y cargan aún muchas imperfecciones. En este
apartado Séneca formula el “Ideario estoico como camino hacia los Dioses”, verdadero credo filosófico de la más
pura vigencia actual (XXI)

Desde este apartado hasta el final, Séneca explica la actitud del filósofo o del sabio ante las riquezas. Dice cómo
es más difícil ser virtuoso en la riqueza que en la pobreza: “En la pobreza, sólo hay un género de virtud: no dejarse
subyugar ni abatir; en la riqueza la temperancia, la liberalidad, la frugalidad, el orden y la magnificencia tienen
un campo abierto”. Enseña cómo la clave de las riquezas consiste en tenerlas en un lugar mental en que no se
sufra si son arrebatadas: “¿Debes estar burlándote de mí –dice Séneca, hablando como si fuera su hermano- es
que las riquezas no ocupan en tu casa el mismo lugar que en la mía?-¿Quieres saber por qué no ocupan el mismo
lugar? Para mí, si las riquezas desaparecieran, sólo se arrastrarán ellas mismas; si ellas se alejasen de ti, te
quedarías estupefacto y te sentirías abandonado de ti mismo; en mi casa las riquezas ocupan un lugar cualquiera;
en la tuya ocupan el lugar más elevado; en suma, las riquezas me pertenecen, tú perteneces a las riquezas” (XXII)

¿Por qué no va a poder ser el sabio rico?, se pregunta Séneca, la única cuestión es que las riquezas sean honradas:
“Deja de prohibir el dinero a los filósofos: nadie condenó la sabiduría a la pobreza. El filósofo poseerá grandes
riquezas, pero que no habrán sido sustraídas ni manchadas por la sangre de nadie, sino por el contrario,
adquiridas sin perjuicio de nadie; sin lucro sucio, tan honestas en la salida como en la entrada, que no harán
gemir a nadie, sino a los hombres malvados”. El filósofo no debe ser soberbio en la riqueza, y tampoco
esconderla, avergonzado; tampoco la alejará innecesariamene, de su puerta[2].

Séneca describe después (XXVI) cuán difícil y necesario es el arte de otorgar beneficios, pues exige medida,
prudencia, generosidad, discernimiento. Séneca es sublime en su filosofía, dice: “Donde hay un hombre, hay
lugar para otorgar un beneficio”. Su retórica vital y desbordante, de la misma naturaleza que su alma, dice cómo:
“A uno lo ofrezco, a otro lo pago; a este le socorro, de aquel me apiado; a aquel le ayudo, porque considero que
no merece que la pobreza lo perturbe o aprisione; a otros no les doy, aunque lo necesiten, porque sé que
continuarán necesitando exactamente igual aunque les de; a unos los daré, a otros les impondré mis dádivas. En
tal materia no puedo ser negligente: nunca invierto mejor que cuando doy”.

Termina con una sentencia filosófica definitiva, la riqueza no es un bien, pero sí lo es hacer buen uso de ella:
“Niego que las riquezas sean un bien, pues, si lo fuesen, harían buenos a los hombres; pero como no se puede
decir que lo que se encuentra en los hombres malos sea un bien, me niego a darles este nombre” (XXIV)

El siguiente apartado, el XXV, subraya hasta qué punto él es independiente de sus riquezas, ilustrándolo con
numerosos ejemplos que podemos resumir en que la suma riqueza y los honores más privilegiados no le harán
ser diferente de lo que él es, y lo mismo con las más grandes pérdidas, sufrimientos y miserias: será el mismo, ni
se jactará con lo primero ni se sentirá miserable con lo segundo.

En el siguiente, el XXVI continúa reflexionando sobre las riquezas: “El sabio nada permite a sus riquezas, y a vos
las riquezas os lo permiten todo, como si alguien os hubiera prometido la posesión eterna de ellas, os
acostumbráis y os apegáis a ellas”

Séneca explica que una cualidad del sabio es que vive siempre satisfecho en el presente y seguro en relación con
el futuro. Es decir, es siempre feliz con lo que le rodea, porque nada teme, nada desea y considera lo que llega a
él siempre como un tesoro; sea lo que sea lo que le depare el futuro, sabe que, como viene de Dios, será siempre
un bien.

Séneca termina el diálogo poniendo como ejemplo a Sócrates, siempre honrado y siempre inexpugnable a las
críticas, y anuncia una de las verdades tantas veces repetidas siglos y siglos después y que es la quintaesencia de
la verdadera moral cristiana: No mires la paja en el ojo ajeno cuando…

“¿Os fijáis en los granos de los demás, estando, como estáis, cubiertos de llagas? Es como si alguien se riese de
una peca o de la verruga de un cuerpo bellísimo, al mismo tiempo que lo corroe una sarna furibunda. Criticad a
Platón por desear dinero, a Aristóteles por recibirlo, a Demócrito por desdeñarlo, a Epicuro por gastarlo;
comparadme con Alcibíades y con Fedro, y, sin embargo, os consideraríais felices si consiguieseis imitar nuestros
vicios”

Y en el párrafo final augura tormentas y ruina en el alma de quienes le critican, y leyendo entre líneas prevee
tempestades en la República amenazada por tales pasiones furibundas que se iban a pagar el prestigio, la fortuna
y aun las vidas de tantos, pasiones que convergían y estaban ya penetrando en la máxima autoridad, el
Emperador Nerón su peor discípulo… y el más tristemente conocido.

Como dijimos, hay en este diálogo filosófico lo que podemos llamar un ideario de la filosofía estoica, cuya
doctrina predica una posición viril –la vida es milicia, diría Séneca- ante las circunstancias, las dificultades,
pruebas y seducciones del mundo: El código de una nueva ética que permitiría, llevado a efecto, la forja espiritual
de una nueva juventud, más pura y más fuerte, capaz de limpiar las pústulas morales de nuestra sociedad
envejecida, renovándola, por tanto, y devolviéndole la esperanza.

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-Para alcanzarla, en primer lugar, no hay que seguir el camino tomado por la mayoría. Lo mejor no es lo que
agrada la mayoría: “la prueba es la abundancia de lo peor”.

-La felicidad no hay que buscarla en lo aparente, en lo que resplandece exteriormente. Hay que hallarla en lo
escondido: no asombrándose de ningún suceso. Así se llega a la perpetua tranquilidad, a la libertad.

Éstas vienen de obviar los placeres (y con ellos, los dolores) y la casualidad. Así se llega al conocimiento de la
verdad y a la afabilidad, que provienen del propio bien del espíritu.

Actuar según lo que dicta la razón lleva a la felicidad. Feliz es quien se contenta con lo que tiene el presente, sin
ansiar nada más.
-Epicuro consideraba que el placer no se podía separar de la virtud. Y que el lugar de los placeres se encontraba
en el vientre. Séneca piensa que todo este razonamiento es un disparate.

-Los vicios dan lugar a resoluciones contradictorias. Las virtudes originan decisiones unánimes.

-Lograr la virtud es el bien supremo, no se puede pretender conseguir algo más elevado.

-Quien se deja en manos de los placeres, se descuida a sí mismo, abandona su libertad y se hace reo de ellos.

-“Hemos nacido en un reino: obedecer al dios (las leyes de la naturaleza) es la libertad”.

-En su escrito, hay un componente muy significativo de autojustificación, ya que posee enormes riquezas y, al
mismo tiempo, propone la austeridad y exhorta a desdeñarlas. Séneca se anticipa a las críticas de sus posibles
detractores.

Arguye que las riquezas están justificadas siempre que se obtengan honestamente. No son el bien principal, pero
es más deseable tenerlas que no tenerlas. Todo ello lo resume muy bien en una frase: “Que prefiero moderar
mis goces, a reprimir mis dolores” (sin duda, un buen ejercicio de cinismo entre lo que predica y lo que hace).

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El estoicismo es una escuela filosófica fundada por Zenón de Citio en el 301 a. C. Su doctrina filosófica estaba
basada en el dominio y control de los hechos, cosas y pasiones que perturban la vida, valiéndose de la valentía y
la razón del carácter personal. Su objetivo era alcanzar la felicidad y la sabiduría prescindiendo de los bienes
materiales.

Los estoicos proclamaron que se puede alcanzar la libertad y la tranquilidad tan solo siendo ajeno a las
comodidades materiales, la fortuna externa y dedicándose a una vida guiada por los principios de la razón y la
virtud.
Los estoicos antiguos dividieron la filosofía en tres partes (D.L. 7.41): la lógica (teoría del conocimiento y de la
ciencia, que incluye la retórica y la dialéctica), la física (ciencia sobre el mundo y sobre las cosas) y la ética (ciencia
de la conducta). Todas ellas se refieren a aspectos de una misma realidad: el universo en su conjunto y el
conocimiento sobre él. Este puede ser explicado y comprendido globalmente porque es una estructura
organizada racionalmente de la que el hombre mismo es parte integrante, siendo la faceta más importante la
ética.
Lógica[editar]
Para los estoicos el terreno de la lógica incluía no solo lo que modernamente se entiende por ello, sino además
la epistemología, la retórica y la gramática. En el campo de la lógica desarrollaron la lógica inductiva. Dividieron
la lógica en Retórica (ciencia del recto decir) y Dialéctica (D.L. 7.41).
Los estoicos, filósofos preocupados esencialmente por problemas éticos, sostienen que se llega a la virtud por el
saber. Por tanto, deben buscar el conocimiento pese a todas las objeciones, y para ello deben encontrar un
criterio de verdad certero. Consideran que la percepción deja la impresión de lo externo en el alma, que al nacer
sería como una tabla de cera en la que lo exterior imprime sus signos. Las representaciones generales se deben
al enlace entre impresiones o a su permanencia. No hay, pues, ni ideas platónicas ni una energía externa que
produzca conceptos. A partir de esta base, el argumento principal de los estoicos para afirmar la existencia de
un criterio de verdad es que las impresiones son iguales para todos los individuos. Consideran que el consenso
de los hombres sobre las representaciones se puede tomar como punto de partida para la demostración. Sin
embargo, en el último estoicismo hay cambios respecto a este punto. Para Cicerón no se trata del consenso entre
los individuos, sino de representaciones innatas, presentes desde el nacimiento en cada uno. Según Cicerón, el
hombre nace con unos principios morales, la creencia en Dios y otros.
Respecto a las percepciones, los estoicos consideran que el criterio del conocimiento verdadero es la evidencia
de la percepción. Las percepciones son verdaderas, el error -cuando hay contradicciones- está en la opinión, no
en las percepciones, que son veraces al mostrar algo en unas determinadas circunstancias.
Física[editar]
En el campo de la física retornaron a la filosofía de Heráclito: todo está sometido al cambio, al movimiento. La
física, según el estoicismo, es el estudio de la naturaleza tanto del mundo físico en su totalidad como de cada
uno de los seres que lo componen, incluidos los seres divinos, humanos y animales.
El universo es un todo armonioso y causalmente relacionado (es decir, todo está relacionado por una serie de
causas), que se rige por un principio activo, el Logos cósmico y universal del que el hombre también participa.
Este logos cósmico, que es siempre el mismo es llamado también Pneuma (‘soplo’, Spiritu en latín), aliento ígneo,
ley natural, naturaleza (physis), necesidad y moira (‘destino’, Fatum en latín), nombres todos ellos que hacen
referencia a un poder que crea, unifica y mantiene unidas todas las cosas y que no es simplemente un poder
físico: el pneuma o logos universal es una entidad fundamentalmente racional: es Dios (panteísmo), un alma del
mundo o mente (razón) que todo lo rige y de cuya ley nada ni nadie puede sustraerse. Inmanente al mundo, el
logos es corpóreo, penetra y actúa sobre la materia (hylé): principio pasivo, inerte y eterno que, en virtud
del pneuma o logos, produce todo ser y acontecer. Todo en la naturaleza es mezcla de estos dos principios
corpóreos (materialismo).
Aunque la naturaleza (physis) es plenamente racional, no rige de la misma forma a todos los seres:

 Los hombres nacen con un alma7 como si fuera una «tabla rasa» pero cuando adquieren cierta madurez
pueden, mediante el uso de una «fantasía» aceptar o rechazar las impresiones que los «iconos» que
desprenden las cosas fijan en el alma como conceptos. Cuando el hombre maduro ejerce una «fantasía
cataléptica» es capaz de comprender la verdad de los conceptos, a partir de dichas impresiones y elaborar a
partir de los mismos juicios verdaderos y razonamientos verdaderos.
 En los animales irracionales mediante un alma sensible que percibe pero no conoce.
 Mediante un alma vegetal en las plantas.
 Mediante el movimiento local de los átomos regidos por el fatum o destino.8
La teología estoica es panteísta: no hay un Dios fuera de la naturaleza o del mundo; es el mismo mundo en su
totalidad el que es divino, lo que justifica que la creencia en los dioses, pese a su heterogeneidad, sea universal.
La concepción de un cosmos dotado de un principio rector inteligente desemboca en una visión determinista del
mundo donde nada azaroso puede acaecer: todo está gobernado por una ley racional que es inmanente (como
su logos) y necesaria; el destino no es más que la estricta cadena de los acontecimientos (causas) ligados entre
sí: «Los sucesos anteriores son causa de aquellos que les siguen, y en esta manera todas las cosas van ligadas
unas a las otras, y así no sucede cosa alguna en el mundo que no sea enteramente consecuencia de aquella y
ligada a la misma como a su causa». (SVF, II, 945).
El azar no existe; es el simple desconocimiento causal de los acontecimientos. Si nuestra mente pudiera captar
la total trabazón (conexión) de las causas podría entender el pasado, conocer el presente y predecir el futuro.
Este mundo es el mejor de todos los posibles y nuestra existencia contribuye a este proyecto universal, por lo
que, como veremos, no hay que temer al destino, sino aceptarlo.
El logos que todo lo anima está presente en todas las cosas como lógoi spermatikoi, ‘razones seminales’ de todo
lo que acontecerá. Como el mundo es eterno y el logos es siempre el mismo inevitablemente habrán de repetirse
todos los acontecimientos (eterno retorno) una y otra vez. El mundo se desenvuelve en grandes ciclos cósmicos
(aión, ‘año cósmico’), de duración determinada, al final de los cuales todo volverá a comenzar de nuevo, incluso
nosotros mismos. Cada ciclo acaba con una conflagración universal o consumación por el fuego de donde
brotarán de nuevo los elementos (aire, agua y tierra) que componen todos los cuerpos, comenzando así un nuevo
ciclo.
Ética: La moral estoica[editar]
Al estar todos los acontecimientos del mundo rigurosamente determinados y formar parte el hombre
del logos universal, la libertad no puede consistir más que en la aceptación de nuestro propio destino, el cual
estriba fundamentalmente en vivir conforme a la naturaleza. Para ello, el hombre debe conocer qué hechos son
verdaderos y en qué se apoya su verdad.
El bien y la virtud consisten, por tanto, en vivir de acuerdo con la razón, evitando las pasiones (pathos), que no
son sino desviaciones de nuestra propia naturaleza racional. La pasión es lo contrario que la razón, es algo que
sucede y que no se puede controlar, por lo tanto debe evitarse. Las reacciones, como el dolor, el placer o el
temor, pueden y deben dominarse a través del autocontrol ejercitado por la razón, la impasibilidad (apátheia,
de la cual deriva apatía) y la imperturbabilidad (ataraxia). Estas surgirán de la comprensión de que no hay bien
ni mal en sí, ya que todo lo que ocurre es parte de un proyecto cósmico. Solo los ignorantes desconocen el logos
universal y se dejan arrastrar por sus pasiones.
El sabio ideal es aquel que vive conforme a la razón, está libre de pasiones y se considera ciudadano del mundo.
El cosmopolitismo, que defiende la igualdad y solidaridad de los hombres.

Los estoicos dividían la filosofía en lógica, física y ética. En su lógica desenvolvieron la teoría sensualista
(ver: Sensualismo) del conocimiento. Todos los conocimientos, según esta teoría, son suministrados por las
percepciones sensoriales. El alma, antes de la experiencia, es una tabla rasa. Las ideas son impresiones de los
objetos en el alma. Las representaciones sensibles son sometidas después a una reelaboración por la inteligencia:
así se forman los conceptos y los juicios generales. El depositario de todos los procesos del conocimiento, según
la doctrina de los estoicos, es el alma, que representa un cuerpo de una clase especial, el pneuma (unión de aire
con fuego). En el terreno de la física, los estoicos se evidencian como materialistas; desenvuelven la teoría
de Heráclito (ver) sobre el fuego. Consideran la Naturaleza como un todo íntegro material, y al mismo tiempo,
racional y vivo, cuyas partes todas se hallan en movimiento. “El sabio estoico no tiene en cuenta, ni mucho
menos, ‘una vida sin desarrollo vital’, sino una vida absolutamente móvil, como ya se deriva de su concepción
sobre la Naturaleza, concepción heracliteana, dinámica, en desarrollo y viva” (Marx). El fuego es al mismo tiempo
la razón (el logos), la divinidad. Todo en el mundo está sujeto a la severa necesidad. La noción de los antiguos
sobre el destino adquiere en los estoicos el carácter de una conexión causal de las cosas. De la filosofía naturalista
de los estoicos se deriva la regla fundamental del “hombre prudente”: “vivir en conformidad con la Naturaleza”,
es decir, en conformidad con la razón mundial e individual. El hombre, al someterse a la razón, se desembaraza
de las pasiones y del yugo de las cosas exteriores, alcanza la impasibilidad (la “apatía”). El hombre libre es feliz y
sólo está sujeto a su propia voluntad. Su felicidad es condicionada, no por los placeres sensuales, sino por la
conciencia de la virtud. Así como todos los objetos proceden de la sustancia única (el fuego), así también las
inteligencias de los hombres son partículas de la razón universal. El hombre es ciudadano del universo. El esclavo
y el amo, el noble y el plebeyo, en principio, son iguales. Esta proclamación de igualdad y la tendencia
cosmopolita de los estoicos fueron la expresión ideológica del comienzo de la desintegración de la sociedad
esclavista