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La rebelión de los pensionistas

Juan Francisco Martín Seco | 08/03/2018

Las pensiones públicas se han visto siempre amenazadas, pero no por las limitaciones
económicas, sino por los intereses del sistema financiero y de las fuerzas económicas.
La ofensiva ha sido constante. Ya en los años ochenta y noventa el sistema público
sufrió varias reformas, todas ellas encaminadas al empeoramiento de las condiciones
para los beneficiarios, pero ha sido en este siglo, con la llegada del euro y
principalmente con la crisis económica, cuando el ataque ha sido férreo y ha afectado a
los mismos cimientos del sistema.

Las pensiones públicas han estado en el centro de todas las políticas de austeridad y de
los diversos ajustes impuestos a los países miembros por Bruselas. En España la
agresión se inició en aquella fatídica noche de mayo de 2010 en la que, contra toda
lógica, Zapatero y su ministra de Economía se entregaron sin resistencia alguna a las
presiones de Alemania. Junto al tajo dado a las retribuciones de los empleados públicos,
se congelaron las pensiones. La ofensiva continuó con la reforma acometida más tarde,
en 2011, por el mismo Zapatero, en la que ya se perfilaba el factor de sostenibilidad;
pero se consumó y perfeccionó con la emprendida por Rajoy en 2013, con efectos
letales tanto por la eliminación de la actualización anual de la pensión por el incremento
del IPC, como por la concreción del factor de sostenibilidad, que amenaza seriamente la
cuantía de las futuras prestaciones.

Todas estas modificaciones en el sistema han tenido un mismo origen, la coacción, de


una o de otra forma de Bruselas. Difícilmente se puede hablar por tanto de haber
superado la crisis, si no se les restituyen a los pensionistas sus anteriores derechos. No
puede extrañarnos, en consecuencia, el grado de virulencia que están mostrando las
múltiples manifestaciones de pensionistas. Era evidente que cuando la inflación
retornase a tasas normales, iba a hacerse presente uno de los efectos más negativos de la
reforma, la depreciación progresiva de la cuantía en términos reales de las prestaciones.

Durante este tiempo, las distintas fuerzas políticas han estado mareando la perdiz sin
enfrentarse seriamente con este problema. Tan solo cuando los pensionistas se han
echado a la calle es cuando han intervenido, pero con una única finalidad: pescar votos
en río revuelto. Junto a los muchos errores, el Pacto de Toledo tenía dos aspectos
positivos. El primero, el compromiso de todos los partidos de no utilizar las pensiones
como arma electoral; el segundo, garantizar a los jubilados que sus prestaciones
mantendrían el poder adquisitivo. Ambos factores parecen haberse perdido en el
momento presente.

En el tema de las pensiones -que afecta tanto a los jubilados actuales como a los futuros-
se dan dos aspectos que, aunque conectados, conviene separar. Uno es el de la
actualización anual de las pensiones, contemplado hasta en la Carta Magna; el otro es el
de la solvencia del sistema en el futuro.

La actualización o no de las pensiones por el IPC es un falso problema que solo aparece
como tal cuando se rodea de falacias. En la época en la que estaba vigente la
actualización de las prestaciones por el IPC, si la inflación había crecido más de lo
esperado y había que pagar la correspondiente diferencia a los jubilados, casi todos los
medios de comunicación asumían la mentira de que representaba un coste adicional al
erario público, lo que no es cierto, ya que con la inflación también se incrementan los
ingresos del sector público en igual o mayor cuantía.

Antiguamente muchas familias de economía modesta cuando iban a tener un hijo


afirmaban, con cierta ironía, esa especie de máxima de que los niños traían un pan
debajo del brazo, lo cual en la mayoría de los casos no era cierto. Pero algo parecido, y
en esta ocasión sí que con razón, se puede predicar del impacto de la inflación sobre el
presupuesto del Estado. La inflación viene con su financiación debajo del brazo, porque
si bien puede incrementar los gastos del Estado, también aumenta automáticamente
todos los ingresos.

Hacienda afirma que este año la recaudación impositiva va viento en popa. La razón hay
que buscarla ciertamente en que la economía en términos reales está creciendo un 3%,
pero también en el incremento de los precios, que aumenta de forma automática los
ingresos del Estado. No hay, por lo tanto, ninguna razón para negarse a la actualización.
Rechazarla es tan solo aprovechar la inflación para hacer una transferencia de recursos
del colectivo de los pensionistas a las otras aplicaciones presupuestarias o a la reducción
del déficit.

La excusa que utiliza el Gobierno, y de alguna forma también Ciudadanos, la carencia


de recursos presupuestarios, no es aceptable. Es un tema de elección, de decisión
política. ¿Por qué el recorte tiene que ser en las pensiones y no en otras partidas de
gasto? ¿Por qué no en defensa, en la financiación de las Comunidades Autónomas, en
los gastos de los Ayuntamientos o en las inversiones públicas? ¿Por qué no prescindir
de los compromisos adquiridos con Ciudadanos de bajada de impuestos, de establecer
los complementos salariales que en el fondo suponen una subvención a los empresarios,
o de reducir las cotizaciones sociales? ¿Por qué quitar a los pensionistas lo que les
corresponde para dedicarlo a otras partidas quizás mucho más dudosas e inadecuadas?

La no actualización puede considerarse un robo, un verdadero expolio. Constituye sin


justificación un impuesto específico a los pensionistas. Impuesto que tiene un carácter
acumulativo, lo que produce a medio plazo efectos devastadores en las pensiones.
Imaginemos una inflación promedio anual del 2%. El primer año la no actualización es
equivalente a un impuesto del 2%, el segundo año sería de un 4% (1,02 x 1,02), del 6%
el tercer año (1,02 x 1,02 x 1,02). Y así sucesivamente. El año diez, el impuesto
acumulativo sería equivalente al 22%. El año veinte, el impuesto sería del 48%. Es
decir, para una persona que llevase 20 años de jubilación, la pensión sin actualización
anual sería la mitad de lo que le correspondería si se hubiese actualizado año a año.
La protesta de los pensionistas está obligando a todos los partidos a pronunciarse. El
Gobierno se está viendo forzado a dar una alternativa, alternativa que no es fácil de
entender. Se trata de conceder a algunos pensionistas una desgravación fiscal. Todos los
gobiernos tienen la tentación, contra la lógica más elemental de la Hacienda Pública, de
conceder las ayudas sociales como minoración de ingresos, en lugar de a través del
correspondiente capítulo de gastos. Además de los muchos defectos que la teoría
impositiva predica de los gastos fiscales, hay que señalar que la finalidad de la
administración tributaria es la de cobrar los impuestos y perseguir el fraude, no la de
gestionar las pensiones. Para este cometido, ya está el Ministerio de Trabajo.

Aun cuando no se conoce bien en qué va a consistir el alcance concreto de la medida, se


puede afirmar que solo hay una explicación para huir de la actualización anual de las
pensiones por el IPC y establecer en su lugar una prestación social a los pensionistas. La
razón hay que buscarla en que el coste de esta ayuda será muy inferior al de la
actualización, seguramente porque el número de beneficiarios será muy reducido, pero
también y principalmente porque la prestación no será acumulativa y en el caso de la
actualización, sí.

El Gobierno en su argumentación está utilizando cifras que pueden inducir a engaño.


Afirma que la pensión media ha crecido en el último año el 14%. El dato puede ser
cierto, pero la razón no es, tal como se asegura, porque ese haya sido el incremento de
las pensiones individuales, sino porque las prestaciones de los jubilados que abandonan
el sistema es sustancialmente inferior a la de los jubilados que se incorporan, lo que es
más bien revelador de cómo la cuantía de las pensiones se deteriora a lo largo del
tiempo, y eso que hasta ahora se han venido actualizando por el IPC.

Desde el Ministerio de Trabajo, departamento del que han surgido las reformas más
duras y reaccionarias (no sé por qué los pensionistas se fueron a manifestar ante el
Ministerio de Hacienda en lugar de ir al de Trabajo, que es el que elaboró la ley), se ha
filtrado un cuadro que ha recogido algún periódico de Madrid. Pretende mostrar cómo
evolucionará en el futuro el porcentaje del gasto en pensiones sobre el PIB, si se
actualizasen las prestaciones por el IPC. Distingue varios escenarios según el
incremento real de la economía, pero curiosamente la hipótesis que escoge para la
inflación siempre es la misma, 1,8%. La razón es evidente, los datos son idénticos sea
cual sea la inflación; incluso si esta fuese cero y por lo tanto no hubiese ninguna
actualización de las prestaciones. No sé si los datos son buenos o malos. Solo el
ministerio tiene las tripas, y conoce las hipótesis sobre las que se han elaborado, pero
cuadros como este se vienen confeccionando desde los años ochenta sin que jamás se
haya acertado en las previsiones a tan largo plazo. En cualquier caso, lo que es seguro es
que la evolución del porcentaje del gasto sobre el PIB no depende de la inflación ni de
que se actualicen las pensiones. Otra cosa es que se quiera aprovechar la inflación para
rebajar las prestaciones a los jubilados y conseguir así que el gasto total se reduzca. En
ese caso es innegable que cuanto mayor sea el IPC, mayor será el recorte que se dé en
términos reales a las pensiones y menor, el gasto total, lo que no tiene mucho sentido.

Ante el tema de la revalorización, el líder de Ciudadanos se pone trascendente y afirma


que ese no es el problema, sino que hay que acudir al tema de la sostenibilidad a largo
plazo, y habla de crear empleo, de subir los salarios, de arreglar el problema de la
natalidad, de la conciliación. Todo eso está muy bien, pero, mientras se consigue,
permítase a los jubilados actuales no perder al menos poder adquisitivo. Es la falsa
parábola de la caña y el pez, que tanto emplean los que se oponen a las prestaciones
sociales. Lo de enseñar a pescar puede ser muy bueno, pero mientras aprende, désele el
pez al que lo necesita, porque mientras aprende o no se ha podido morir de hambre.
Algo parecido ocurre con las pensiones. Mientras se crea empleo, se corrige la tasa de
natalidad o se suben los salarios, manténgase el poder adquisitivo de los pensionistas.

La viabilidad del sistema público de pensiones no se puede cifrar en el mero hecho de


rebajar poco a poco las prestaciones, que es lo que se lleva haciendo reforma tras
reforma. Eso no es hacerlo viable, sino destruirlo paso a paso. Además, así soluciona el
problema cualquiera. El remedio tampoco puede venir ni de la natalidad ni de la
conciliación, ni siquiera del empleo y de los salarios en sí mismos. Para mostrar y
asegurar la viabilidad del sistema hay que sacar las pensiones del estrecho margen de la
Seguridad Social y de las cotizaciones y situarlo entre todas las obligaciones del Estado
y de un Estado Social que es el que establece nuestra Constitución. Pero este aspecto
merece un artículo completo, así que lo dejamos para la próxima semana.

La rebelión de los pensionistas (II)


Juan Francisco Martín Seco | 15/03/2018

En el artículo de la semana pasada, al filo de la manifestación de pensionistas, traté el


tema de las pensiones. No obstante, limité mi análisis a la conveniencia de que las
prestaciones se actualicen anualmente por la inflación; postulé la necesidad de que su
cuantía en términos reales no se recorte ni se produzcan transferencias del colectivo de
los pensionistas a otros colectivos o, lo que es lo mismo, que los poderes públicos no
utilicen la inflación y las pensiones para solucionar sus problemas presupuestarios. Al
final del artículo prometí abordar esta semana el manido tema de la suficiencia
financiera del sistema público de pensiones.

Anticipaba ya que la solución del problema no podía restringirse a bajar la cuantía de


las pensiones. Así, lo soluciona cualquiera. Aunque en realidad, en este caso no se trata
de solución sino más bien de destrucción progresiva del sistema público. Adelantaba
también que, si realmente se pretende resolver la cuestión, hay que rescatar las
pensiones del estrecho campo al que las confinó el Pacto de Toledo con la separación de
fuentes y de su exclusiva financiación mediante cotizaciones sociales. En ese marco no
hay salida posible, ya que entran en funcionamiento todos esos condicionantes de la
pirámide de población, del empleo, de los salarios, e incluso de la presión de los
empresarios y la permisividad de algunas fuerzas políticas acerca de la reducción de las
cotizaciones sociales, alegando como excusa que se trata de un impuesto al trabajo.

Hay que negar hasta que haya que plantearse el problema. ¿Por qué específicamente nos
preguntamos si es posible la financiación de las pensiones públicas y no de la
educación, de la sanidad, del ejército, de la policía, de las ayudas a la dependencia, del
pago de la deuda, de las subvenciones a los empresarios y emprendedores, de los gastos
de los Ayuntamientos, de las Comunidades Autónomas, del servicio exterior del Estado,
de la justicia, del seguro de desempleo, del AVE, y de otras muchas obras públicas, y de
tantas y tantas partidas de gasto público? Si de algún capitulo de gasto no se debería
dudar, es precisamente del de las pensiones, porque en cierto modo se trata de una
deuda contraída por el Estado: devolver a los jubilados lo que han aportado (en su
conjunto) a lo largo de su vida activa.

La pregunta que hay que hacerse es qué estructura fiscal se precisa para financiar los
múltiples aspectos de un Estado social, al que recurrimos continuamente para reclamarle
toda clase de servicios y prestaciones, pero al que somos totalmente renuentes a la hora
de financiarlo. La cuestión habrá que plantearla en toda su amplitud. Es el conjunto de
los ingresos del Estado el que debe financiar todos los gastos, sin hacer corralitos, sin
comportamientos estancos y sin crear impuestos afectados a finalidades concretas.
Desde esta perspectiva, la variable estratégica no es la pirámide de población o la tasa
de natalidad. Si lo fuesen, la salida sería relativamente sencilla, permitir mayores tasas
de emigración. ¿Pero para qué queremos incrementar la población activa si se va a
traducir en un número mayor de desempleados? Tampoco podemos afirmar que el quid
radique, en sentido estricto, en el número de ocupados. Lo importante no es cuántos
producen sino cuánto se produce. Lo que no es lo mismo. Un número más reducido de
personas puede producir una cantidad mayor de bienes si se incrementa la
productividad.

Desde esa perspectiva global, en la que todos los ingresos financian la totalidad de los
gastos, la variable fundamental es la evolución de la renta global del país (sea cual sea
el número de activos) y cómo se reparte. Más concretamente, qué porción va al Estado,
como accionista mayoritario de la economía nacional, para financiar la totalidad de los
bienes y servicios públicos, entre los que se encuentran las pensiones.

Thomas Piketty, en su libro “El capital en el siglo XXI”, realiza un enorme esfuerzo
para obtener series históricas de determinadas magnitudes, remontándose de manera
estimable en el tiempo. Entre las variables que estudia se encuentra la elevación de la
renta per cápita como resultado del incremento de la productividad. El PIB por habitante
apenas creció hasta 1700, con lo que tampoco se modificó sustancialmente el nivel
económico y el género de vida de las sociedades. La realidad económica comienza a
modificarse de forma notable a partir de la Revolución Industrial. En la Europa
occidental la renta per cápita en términos constantes pasó de 100 euros mensuales en
1700 a más de 2.500 euros en 2012, con un crecimiento anual promedio del 1%.

Por supuesto, la evolución no ha sido homogénea a lo largo de todo este tiempo.


Centrándonos en los últimos treinta dos años (1980-2012), la tasa promedio fue del
1,8%. Aun cuando esta tasa es bastante más reducida que la de las décadas anteriores, es
lo suficientemente elevada como para que la renta per cápita durante estos años se haya
incrementado en términos reales el 77% y se haya creado sobrada riqueza para que no
exista ningún obstáculo en la financiación en su conjunto del Estado social, incluyendo
por supuesto las pensiones. Podemos afirmar que por término medio somos cada vez
más ricos, por lo que se viene abajo el famoso discurso de la austeridad y ese intento de
convencernos de que ahora no es posible lo que ayer sí lo era.

Un ejemplo muy fácil ayudará a entender lo que afirmamos. En aras de la claridad, el


supuesto se ha simplificado al máximo, pero el resultado sería siempre parecido por
mucho que lo complicásemos. Para hacerlo lo más sencillo posible se ha supuesto que el
único gasto que tiene que afrontar el Estado es el de las pensiones, de manera que el
producto se reparte entre el excedente empresarial, los trabajadores y el Estado, es decir,
los pensionistas. Todos los datos se expresan en moneda constante prescindiendo de la
inflación.

En el año t, existen 20 millones de trabajadores y 8 millones de pensionistas y la renta


nacional ha ascendido a 800.000 millones de euros. El excedente empresarial neto de
impuestos alcanza el 51% del producto o, lo que es lo mismo, 408.000 millones de
euros. La retribución media anual neta de los 20 millones de trabajadores es de 16.000
euros, y la cantidad global, por tanto, dedicada a salarios asciende a 320.000 millones.
Los impuestos absorben los 72.000 millones de euros restantes, con lo que se puede
hacer frente a una pensión anual media de 9.000 euros.

En el año t+25, el número de trabajadores ha descendido a 16 millones, mientras que el


número de pensionistas sube hasta los 12 millones. La renta nacional debido al
incremento de productividad se ha elevado en un 25%, ascendiendo por tanto a un
billón de euros. El excedente empresarial mantiene su participación en la renta del 51%,
en este caso 510.000 millones de euros. Para mantener la pensión media en 9.000 euros
anuales (sin pérdida de poder adquisitivo) los impuestos alcanzan los 108.000 millones
de euros, lo que permite un sobrante de 382.000 millones de euros que, dividido por el
número de trabajadores, ofrece un salario medio de 23.875 euros.

Este sencillo ejemplo desmonta todas las profecías catastrofistas de los que ponen en
duda la viabilidad del sistema público de pensiones. El incremento de un 25% del PIB
(porcentaje más bien modesto de acuerdo con la tendencia existente en Europa desde
1700) permite que, aun cuando la cifra de los jubilados haya crecido un 50% (cuatro
millones) y los ocupados hayan descendido en un número similar, las pensiones puedan
mantener el poder adquisitivo y al mismo tiempo es posible un crecimiento sustancial
del excedente empresarial y del salario medio.

La viabilidad del sistema público de pensiones, al igual que la del resto de las
prestaciones sociales, no es un problema de producción, sino de distribución.
Trabajadores, empresarios y Estado concurren a participar en la renta nacional. No es
tanto una cuestión económica sino política. ¿Qué parte de la renta debe ir mediante
impuestos al Estado para acometer todas las cargas del sector público? John Kenneth
Galbraith anunció ya hace bastantes años la idea de que cambios como la incorporación
de la mujer al mercado laboral y el aumento en la esperanza de vida exigirían una
redistribución de los bienes y servicios que habrían de ser producidos y, en
consecuencia, consumidos, a favor de los llamados bienes públicos y en contra de los
privados.

El envejecimiento de la población de ninguna manera provoca la insostenibilidad del


sistema público de pensiones, pero sí obliga a dedicar un mayor porcentaje del PIB no
solo a financiar las pensiones, sino también a pagar el gasto sanitario y los servicios de
atención a los ancianos y los dependientes. Detracción por una parte perfectamente
factible y, por otra, inevitable si no queremos condenar a la marginalidad y a la miseria
a buena parte de la población, precisamente a los ancianos, una especie de eutanasia
colectiva. Habrá quien diga que estos bienes y servicios, incluidas las pensiones, los
podría suministrar el mercado. Pero llevar a la práctica tal aseveración significaría en
realidad privar a la mayoría de la población de ellos. Muy pocos ciudadanos en España
podrían permitirse el lujo de costearse todos estos servicios, incluyendo la sanidad, con
sus propios recursos. ¿Cuántos ciudadanos tienen la capacidad de ahorrar una cuantía
suficiente como para garantizarse una pensión de jubilación digna?

Hay dos tipos de ahorro: el individual y voluntario; y el público y obligatorio mediante


impuestos. Desde el punto de vista del Estado social, no se puede confiar en el ahorro
privado y voluntario para proporcionar los recursos necesarios a los jubilados. Solo
algunos, muy pocos, tendrían en ese caso una pensión digna. Sin embargo, la economía
nacional produce recursos suficientes para que el ahorro público y obligatorio del
Estado (impuestos) subvenga a cubrir con carácter general esta contingencia.

La verdadera amenaza a las pensiones y en general al conjunto del Estado social radica
en esa postura cada vez más generalizada que se opone a la subida de impuestos a pesar
de que España cuenta con una presión fiscal muy por debajo de la media Europea; y el
mayor peligro se encuentra en las fuerzas políticas como Ciudadanos que van más allá,
puesto que para pactar con el Gobierno lo primero que exigen es la bajada de impuestos
y se niegan después a la actualización de las pensiones de acuerdo con la inflación. Eso
sí, pretenden engañar al personal (como buen partido populista) afirmando que la rebaja
impositiva va dirigida a los pensionistas.

Los detractores del sistema público de pensiones adoptan a menudo un tono compasivo,
preocupándose de las futuras generaciones y considerando que no rebajar las pensiones
constituye una enorme injusticia intergeneracional, ya que, según dicen, se hará recaer
sobre las próximas generaciones una carga muy pesada. En primer lugar, hay que
señalar que los más interesados en que se mantengan las pensiones públicas o en que no
se reduzca su cuantía son los jubilados del futuro, porque el efecto de cualquier recorte
o reforma será tanto mayor cuanto más se aleje del presente.

En segundo lugar, si cada generación es más rica que la precedente se debe en buena
medida a que parten de un nivel técnico, educacional y social mayor, gracias al esfuerzo
realizado por las anteriores generaciones que acumularon un bagaje de estructuras y de
inteligencia colectiva que ha hecho posible el incremento de la productividad.

Concretamente en el caso de España, los jubilados actuales han costeado con sus
impuestos una educación universal y gratuita de la que la mayoría de ellos no gozaron
en su infancia y adolescencia. También con sus impuestos han facilitado en buena
medida el acceso a la universidad de las generaciones posteriores, facilidades de las que
muy pocos de su generación disfrutaron. Con sus cotizaciones se han mantenido las
pensiones de los trabajadores de épocas precedentes. Han sido su trabajo y sus
contribuciones al erario público los que han hecho posible que hoy las estructuras y el
desarrollo económico en España sean muy superiores a los que conocieron en su niñez y
que la renta per cápita sea más del doble de la existente hace cuarenta años. ¿No tienen
derecho a que al menos se mantenga el poder adquisitivo de sus pensiones?
El suicidio de Rajoy
Juan Francisco Martín Seco | 22/03/2018

También podría haber titulado este artículo “La rebelión de los pensionistas (III)”,
porque va a ser seguramente el asunto de las pensiones el que acabe dando la puntilla al
presidente del Gobierno. Rajoy ha sido un superviviente. Con su carácter gallego y con
cierta dosis de sentido común ha resistido todos los envites, que no han sido pocos. Su
principal error, sin embargo, ha sido el de los nombramientos de sus ministros; entre los
que sobresale el de la ministra de Empleo y Seguridad Social, Fátima Báñez quien,
como se han encargado de vocear en Internet, no ha tenido ningún empleo ni público ni
privado, solo político, y nunca ha cotizado a la Seguridad Social. Y aunque en su
currículum aparece como economista y licenciada en Derecho, me temo que lo que
posee es uno de esos títulos híbridos que dan algunos centros universitarios de la iglesia,
que pretenden abarcar todo, pero cuyos alumnos terminan no siendo ni juristas ni
economistas.

Lo cierto es que Fátima Báñez ha empujado al Gobierno de Rajoy a aprobar dos de las
leyes más nocivas desde el punto de vista social: la de la reforma laboral y la de las
pensiones. La primera hizo perder al PP casi la mitad de los diputados en las pasadas
elecciones, y la de las pensiones y el empecinamiento actual a no corregirla les puede
conducir a perder parte del resto. No sé si Rajoy se ha dado cuenta de que entre los
actuales pensionistas y los que están a punto de jubilarse se encuentra una buena parte
de sus votantes.

Pocas veces se ha podido ver tan indignados a los pensionistas. Lo que no tiene nada de
extraño, porque es ahora cuando comienzan a manifestarse los efectos perversos de la
reforma. En los años anteriores, en plena crisis, la inflación era negativa o cercana a
cero con lo que la actualización o no de las pensiones apenas tenía importancia. Es en
este año, cuando el incremento de los precios ha comenzado a tener cierta relevancia y
además se acerca ya 2019, momento en el que entrará en vigor el factor de
sostenibilidad que deprimirá aun más las prestaciones futuras.

Rajoy recurre una vez más a Europa y a poner como pantalla la necesidad que hubo de
eludir el rescate. No caben demasiadas dudas de que Bruselas y más bien Frankfurt
estuvieron detrás de la aprobación de ambas leyes. Es más, en cierto modo estas
exigencias estaban ya implícitas en la carta que Trichet y Fernández Ordóñez enviaron a
Zapatero en 2011. Sin embargo, no está nada claro que, de no haber aprobado la ley de
pensiones, se hubiera tenido que instrumentar el rescate. Entre otras cosas, porque las
fechas no cuadran.

No se le puede negar a Rajoy el mérito de no haber sucumbido a las presiones de los


poderes económicos y mediáticos que pretendían, asustados por los elevados tipos de
interés que dañaban fuertemente sus intereses, que se pidiese el rescate. De ello no se
deduce, sin embargo, que la negociación con Europa fuese la epopeya que intenta
vendernos de Guindos en su libro “España amenazada”. Rescatar a España no era lo
mismo que rescatar a Grecia o a Portugal, y la situación y dimensión económica de
estos países no son iguales que las del nuestro. Merkel tampoco quería, por razones de
su política interior, que Rajoy solicitase el rescate; y, sobre todo, las dificultades que
sufría España eran similares a las de Italia, país gobernado en ese momento por Monti,
impuesto por Berlín y Bruselas; y además Draghi era italiano.

Todo ello coadyuvó a que no fuese necesario pedir el rescate. En la solución tuvo
mucho que ver el ortodoxo Monti que, contra todo pronóstico, en la Cumbre de junio de
2012 se rebeló y amenazó con vetar el comunicado final si no se aprobaba que fuese la
Unión Europea (MEDE) la que asumiese el saneamiento de los bancos en crisis. A esta
pretensión se sumó inmediatamente Rajoy, inmerso en la crisis de la banca española, y
un poco más tarde, aunque quizás con menos decisión, Hollande. Merkel no tuvo más
remedio que aceptar la idea, pero echó balones fuera, condicionándola a que antes se
adoptasen las medidas necesarias para que las instituciones de la Unión asumiesen la
supervisión y la potestad de liquidación y resolución de las entidades.

Aun cuando esa cumbre no sirvió para que el MEDE absorbiese el coste de las crisis
bancarias de España e Irlanda, sí fue el precedente de que tan solo un mes después
Mario Draghi pronunciase la famosa frase “El BCE hará todo lo necesario para sostener
el euro. Y, créanme, eso será suficiente”, que sirvió para despejar los negros nubarrones
que se cernían sobre el euro y sobre las deudas italiana y española. En todo caso, lo que
parece evidente es que la ley de pensiones que se aprobó más tarde (2013) no ha tenido
nada que ver en la superación de la crisis, ni con la corrección del déficit ni con la
recuperación económica. Curiosamente hasta este momento ha sido totalmente
inoperante, y es precisamente ahora cuando la economía lleva varios años de
crecimiento, cuando comienza a surtir sus efectos.

Es por esto por lo que se entiende muy mal la cerrazón de Rajoy de no actualizar las
pensiones, siquiera de acuerdo con la inflación. Ya no hay presión de la Unión Europea,
al menos no tiene la misma fuerza. La política de austeridad pierde puntos y se pone en
cuestión. ¿Cómo se puede afirmar que la crisis ha pasado y que la economía va viento
en popa y al mismo tiempo defender que hay que recortar la renta a una parte
importante de la población, tan vulnerable como la de los pensionistas? Además, son en
buena medida el huerto electoral del Partido Popular. Hay que remarcar el hecho de que
la cuestión no radica en subir o no subir las pensiones, sino de si se reducen, pues esa es
la consecuencia al no regularizarlas por la inflación.

España es de las pocas economías en las que no se actualizan (porque el índice de


revalorización de la ley es realmente una broma macabra). Alguien le ha soplado a
Rajoy que solo dos países lo hacen con el IPC, lo cual puede ser cierto tan solo a medias
porque los otros o bien lo hacen con la evolución de la economía (PIB nominal) o con
los salarios, y ambas variables llevan ya un componente de precios. En estos casos la
actualización no se limita a mantener el valor adquisitivo de las pensiones, eso se da por
descontado, sino que se intenta que además participen de alguna forma de la bonanza de
la economía cuando esta se produce. Supongo que los jubilados españoles estarían
encantados de que sus prestaciones se regularizasen de acuerdo con la evolución
nominal de la economía, o de los salarios. Saldrían sin duda ganando, solo hay que
constatar que la prestación media de los pensionistas que salen del sistema es bastante
inferior a la de los que entran.

Tanto Ciudadanos como el PP y el Gobierno pretenden engañar a los jubilados


limitando la posible mejora a las pensiones mínimas y a las de viudedad. Deberían tener
en cuenta que en materia de pensiones ninguna prestación es alta. La pensión máxima
lleva bloqueada desde hace treinta años, de manera que son muchos los jubilados que
están cobrando una prestación menor de la que les correspondería de acuerdo con su
cotización. Los gobiernos son proclives a realizar una única política redistributiva, la
que transfiere fondos de los pobres a los muy pobres. Entre los pensionistas hay muy
pocos ricos; economías sencillas, como mucho, clase media, pero clase media de verdad
y no la que pinta Albert Rivera en sus peticiones de bonificaciones y subvenciones. Los
niveles medios y altos de las pensiones hacen referencia en su mayor parte a
trabajadores muy normales, incluso modestos, que simplemente han cotizado a lo largo
de toda su vida profesional. Tratarles como ricos y manifestar que solo se van a subir -
mejor dicho, que no se van a bajar- las pensiones mínimas no tiene sentido.

En cuanto a las pensiones de viudedad, hay cosas difícilmente explicables. La Biblia


establece como una de las principales obligaciones religiosas la de socorrer a los
huérfanos y a las viudas, hasta el extremo de instituir la ley del levirato, exigencia de
casarse con la viuda del hermano difunto. Esa condición de debilidad social de las
viudas se ha perpetuado a lo largo del tiempo y ha llegado a nuestra sociedad capitalista
desde el momento en que era el marido el que trabajaba fuera de casa y el que
proporcionaba los recursos económicos. Su defunción era un drama para la familia. Pero
esta situación hace tiempo que está cambiando. La incorporación de la mujer al mercado
laboral hace que, en primer lugar, tengamos que hablar también del viudo y, en segundo
lugar, que las circunstancias económicas se hayan modificado. Sin embargo, se produce
la inconsistencia de que la pensión de viudedad es compatible con todas las rentas del
trabajo (cosa que no ocurre en otros países como Francia, Italia o Alemania), pero
incompatible con la propia jubilación. En cualquier caso, en las circunstancias actuales
no se puede decir que todas las pensiones de viudedad sean las más necesitadas de
subida.

Ciudadanos, el PP y el Gobierno quieren engañar también al personal estableciendo la


posible mejora mediante una reducción en el IRPF. Es curiosa la buena prensa que en
ciertos ambientes tiene la rebaja de impuestos y la repulsa que suscita el incremento del
gasto, cuando en principio tendrían que tener el mismo efecto macroeconómico. Los
resultados distributivos, sin embargo, casi siempre son distintos. Las minoraciones
impositivas son mucho menos transparentes y, como van unidas a otras muchas
variables, nunca se sabe a quién benefician y sobre todo en qué medida. Eso es lo que
ocurre con la oferta que Rivera va pregonando para ocultar su falta de propuestas para
los pensionistas. La subida del límite exento de 12.000 a 14.000 euros no implica que
beneficie precisamente a los perceptores de estas rentas, que podrían estar ya exentos,
beneficia a todos los contribuyentes y en mayor medida a aquellos que tengan un tipo
marginal más alto, es decir, a los de rentas superiores. Hay que esperar que ni los
pensionistas ni las clases bajas se dejen engañar. Cuando oigan hablar de reducciones de
gravámenes en impuestos progresivos como los del IRPF, deberían echarse a temblar
porque seguro que por uno u otro motivo terminan resultando perjudicados.
Tampoco parece que ni el PSOE ni Podemos se aclaren mucho en esta materia. Su
actuación, demasiado sesgada por sus intereses electorales, no termina de abandonar el
reducido círculo de las cotizaciones, del fondo de reserva y de considerar a las
pensiones como un problema diferente al del resto de las prestaciones y servicios del
Estado de bienestar. Sobre todo, son incapaces de hablar claro a los ciudadanos y de
decirles abiertamente que todo ello solo es posible manteniendo un sistema fiscal
potente, estructurado y progresivo, que hay que subir los impuestos, y que lo que pone
en peligro las pensiones y el resto de logros del Estado social, han sido las rebajas
fiscales que de forma un tanto demagógica tanto el PSOE como el PP han venido
practicando desde mediados de los ochenta.

Proponer impuestos a la banca está muy bien y tiene muy buena prensa, pero que nadie
crea que con ello está resuelto el problema. Detrás de los bancos casi nunca se sabe
quién hay o, lo que es peor, está el Estado que termina haciéndose cargo de las
insolvencias. Lo importante es gravar a los banqueros, a los accionistas y a los
ejecutivos, pero no solo de la banca, sino de otras muchas empresas. En general,
restituir la imposición de las rentas de capital a las que casi se ha eximido de tributar y
reformar globalmente todos los impuestos directos (IRPF, Sociedades, Sucesiones y
Patrimonio) para que recuperen la virtualidad de la que se les ha privado a lo largo de
las tres últimas décadas. El mensaje de que hay que subir los impuestos no es fácil para
una formación política, pero, si de verdad quieren ser creíbles, no tendrán más remedio
que afrontarlo. Todo lo demás es demagogia y pretender engañar al personal, y al
personal no se le engaña tan fácilmente.

Rajoy, por su parte, haría mal en minusvalorar el problema. Sus votos salen
principalmente del grupo de los jubilados, colectivo que está realmente indignado. Han
tomado conciencia de que pertenecen a las generaciones que han levantado el país en las
últimas décadas, que incluso han mantenido en buena parte la economía en la reciente
crisis y ven cómo ahora se les quiere condenar a morir en la indigencia. Presiento que
no van a consentirlo y que pueden llevarse a Rajoy y al PP por delante.