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LOS GIROS DE LA GEOGRAFÍA HUMANA

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LOS GIROS
DE LA GEOGRAFÍA HUMANA
Desafíos y horizontes

ALICIA LINDÓN
DANIEL HIERNAUX
(Dirs.)

Gerardo Bocco
Paul Claval
Béatrice Collignon
Daniel Hiernaux
Jacques Lévy
Alicia Lindón
Liliana López Levi
Rocío Rosales Ortega
Pedro Sunyer Martín
Paula Soto Villagrán
Angelo Turco
Pedro S. Urquijo

UNIVERSIDAD AUTONOMA METROPOLITANA


Casa abierta al tiempo UNIDAD IZTAPALAPA División de Ciencias Sociales y Humanidades

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LOS GIROS de la Geografía Humana : Desafíos y horizontes / Alicia Lindón y
Daniel Hiernaux, directores. — Rubí (Barcelona) : Anthropos Editorial ;
México : Universidad Autónoma Metropolitana. Iztapalapa, 2010
303 p. ; 24 cm. — (Obras Generales)

Bibliografías
ISBN 978-84-7658-993-9

1. Geografía humana I. Lindón, Alicia, dir. II. Hiernaux, Daniel, dir.


III. Universidad Autónoma Metropolitana-Iztapalapa. Div. Ciencias Sociales
y Humanidades (México) IV. Colección

Primera edición: 2010

© Alicia Lindón Villoria et al., 2010


© UAM-Iztapalapa. División de Ciencias Sociales y Humanidades, 2010
© Anthropos Editorial, 2010
Edita: Anthropos Editorial. Rubí (Barcelona)
www.anthropos-editorial.com
En coedición con la División de Ciencias Sociales y Humanidades de la Universidad
Autónoma Metropolitana. Iztapalapa, México
ISBN: 978-84-7658-993-9
Depósito legal: B. 26.839-2010
Diseño, realización y coordinación: Anthropos Editorial
(Nariño, S.L.), Rubí. Tel.: 93 6972296 / Fax: 93 5872661
Impresión: Novagràfik. Vivaldi, 5. Montcada i Reixac

Impreso en España - Printed in Spain

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electroóptico, por fotocopia, o cualquier otro, sin el permiso previo por escrito de la editorial.

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UNA GEOGRAFÍA DANDO GIROS...
A MANERA DE INTRODUCCIÓN

Alicia Lindón y Daniel Hiernaux


Universidad Autónoma Metropolitana, Iztapalapa, México

Las certezas que ordenaban el mundo más o menos hasta los años setenta parecen ha-
ber desaparecido, dejando el campo abierto a todas las suposiciones, las propuestas, y
también al desconcierto e incertidumbre teórico, epistemológico, metodológico y técni-
co. Relatar, a manera de una película, todos los cambios que han trastocado el universo
donde se desempeña la humanidad, sólo sería posible dejando en el tintero un sinfín de
acontecimientos que nos obligan a tomar, día a día, decisiones no tradicionales, decisio-
nes que no encuentran anclajes en las formas del pensamiento geográfico instaurado
desde el pasado.
Las ciencias que aparentemente eran la piedra angular del mundo moderno teñido
de racionalidad, no pueden escapar a ese derrumbe de las certezas. Por una parte, el
progreso científico ha modificado radicalmente los patrones de conocimiento. Por otra
parte, las ciencias sociales tratan de construir nuevos patrones de comprensión de los
comportamientos humanos que no pueden asirse de los mismos postulados que les da-
ban certezas en un pasado, ni tan remoto.
La geografía humana no escapa a esas sacudidas: se han presentado desde los inicios
del siglo XIX, con el advenimiento de la geografía alemana y sus ilustres científicos tales
como Alexander von Humboldt y Carl Ritter. En los últimos veinte o treinta años del siglo
XX e inicios del XXI, estas sacudidas han sido tan notorias que han afectado la solidez del
andamiaje intelectual que había fundado el éxito de cierta geografía moderna. No es posi-
ble hablar de un corte radical entre una fase tradicional o «moderna» de la geografía
humana y la situación actual. Sólo se pueden identificar momentos claves, publicaciones
faro y tomas de posición que han resultado decisivos y que han sido los motores de una
puesta en tela de juicio de la geografía tradicional. Muy frecuentemente las voces innova-
doras inicialmente han sido rechazadas, para luego ser aceptadas crecientemente, en el
mismo sentido en el que Hägerstrand planteara en su teoría de la difusión.
Para analizar esta situación en diversas disciplinas se ha recurrido a la expresión
«giros». Así, la noción de giro no pretende afirmar que la dirección seguida sea clara, sino
que la disciplina se mueve aparentemente hacia otro derrotero. Tampoco se ha planteado
la existencia de un giro, sino de múltiples giros que intentan dar respuestas a las tenden-
cias generales de las ciencias sociales, pero atendiendo las especificidades de la disciplina.

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Alicia Lindón y Daniel Hiernaux

Esta obra se aboca específicamente a revisar la teoría geográfica actual desde esta
perspectiva particular. Es ampliamente conocido en la geografía humana que en diversos
momentos históricos se han publicado obras teóricas o teórico-metodológicas que se han
presentado bajo la perspectiva de las nuevas tendencias, y en relación con ello la disciplina
ha asumido reiteradamente la idea de una «nueva geografía». Tan notorio es el asunto que
actualmente cuando se menciona la expresión «nueva geografía», sobre todo en el contexto
de la enseñanza universitaria de la disciplina, parecería condición sine qua non aclarar a
qué nueva geografía se refiere. Es significativo el asunto, más aún si se observa que en otras
ciencias sociales vecinas no resulta usual hablar por ejemplo de una nueva sociología, o de
una nueva psicología, de una nueva antropología... Tal vez esta necesidad de los geógrafos
de postular cada tanto tiempo «nuevas geografías» tiene alguna relación con aquel prejui-
cio de que la geografía es muy antigua. En un sentido amplio, seguramente lo es, sobre
todo si se asume como geografía aquellos tempranos desarrollos de los cartógrafos, o la
cartografía de los navegantes del siglo XVI y XVII, o más aún los interrogantes que algunos
se formularon desde la antigüedad en torno a la relación del hombre con la naturaleza.
En esta obra no desconocemos todas esas «viejas» y «nuevas» geografías, ni las nue-
vas tendencias con las que casi siempre han venido identificadas. En un sentido amplio los
giros en la geografía humana podrían considerarse una nueva geografía. Sin embargo, el
uso tan reiterado de la expresión, a nuestro entender, le resta potencial analítico para lo
que aquí se trata de estudiar. Por otro lado, aquellas nuevas geografías de otros tiempos, y
las consecuentes nuevas tendencias también de aquellos tiempos, han sido extensamente
analizadas en numerosas obras ejemplares. Por lo que en esta ocasión no se aspira a
revisitar aquello tan revisado por autores y obras clave de la disciplina. Por el contrario,
nos abocamos a las transformaciones que caracterizan nuestro filo del presente.
Por otro lado, los giros traen consigo algunas innovaciones que no estuvieron presen-
tes en las nuevas geografías y las nuevas tendencias de otros tiempos: una de ellas es que
los giros de los cuales nos hacemos eco no sólo expresan una renovación y revolución en
las técnicas de investigación, como ocurrió en otros tiempos. También representan cam-
bios radicales respecto al punto de observación del mundo por parte del geógrafo.1
Otra innovación de estos giros es que con ellos por primera vez se replantea —implí-
cita o explícitamente— el concepto de espacio que da sustento a las diversas aproximacio-
nes en el sentido de incluir lo no material. Aquellas nuevas geografías, de una forma o de
otra, se sustentaron en concepciones espaciales que privilegiaban la dimensión material.
Las teorías geográficas abiertas a estos giros se hacen eco de lo que Benno Werlen
denomina el segundo giro cultural (de finales del siglo XX). Ese segundo giro cultural,
entre otras cuestiones, marca un acercamiento a las otras ciencias sociales como no se
había observado en el pasado y con disciplinas con las que la geografía casi no había
tenido diálogo. Éste es el caso de la lingüística, la psicología, la antropología. Con res-
pecto a otras disciplinas con vínculos desde tiempo atrás (como puede ser la sociología),
estos giros ayudan al diálogo con teorías y voces de esas disciplinas, que anteriormente
eran ajenas al quehacer geográfico aunque no lo fuera la relación con cada una de esas
disciplinas en sentido amplio. Por ello, en la actualidad el acercamiento de la geografía
con disciplinas como la sociología se ha replanteado.

1. Otras disciplinas, como la antropología, han reflexionado sobre esta cuestión desde hace mucho
tiempo. En el caso de la geografía humana recién parece llegar el interés explícito por el tema con
estos giros de finales del siglo XX.

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Una geografía dando giros... A manera de introducción

En una obra reciente, el Tratado de geografía humana (Hiernaux y Lindón, 2006), se


hace un balance del devenir de la geografía humana desde mediados del siglo XX. La
búsqueda de respuestas a esta pregunta tampoco permitía recorrer las transformaciones
ocurridas en cada rincón de la geografía humana (cada campo de la disciplina). La presen-
te obra recoge el espíritu de aquélla por lo que respecta al interés en la reflexión teórica y
teórico-metodológica. Sin embargo, el propósito de esta obra es más acotado: revisar algu-
nos campos de la geografía humana o de la teoría geográfica exclusivamente en función de
los mencionados giros de fines del siglo XX. Así emergen diversos interrogantes, por ejem-
plo: ¿cómo han sido integrados en la geografía humana, los mencionados giros, nacidos
en otros contextos disciplinarios? ¿Cómo han adquirido sus propios matices en la geogra-
fía humana? ¿Qué campos de la geografía humana se han involucrado más intensamente
en estos giros? ¿Cómo se reconstruyen esos campos de la geografía humana que se han
abierto a los giros? Estas preguntas sólo son algunos de los numerosos interrogantes que
han iluminado este trabajo, como se ve a lo largo de los capítulos.
La obra también tiene otro propósito, como es el de reconstruir el devenir por
medio del cual estos giros diversos, más que conducir a un desequilibrio o una desinte-
gración de la geografía humana, parecería que están contribuyendo a la consolidación
definitiva de la disciplina como parte de las ciencias sociales. Este devenir ha sido postu-
lado por numerosos autores desde tiempo atrás, y es retomado por los autores de la
presente obra. En un sentido amplio, en la idea del catálogo de disciplinas, se podría
argumentar que la ubicación de la geografía humana en las ciencias sociales no es nada
nuevo. Sin embargo, en esta ocasión nos referimos a la apropiación de procedimientos
más bien teórico-metodológicos propios de las ciencias sociales: la integración de estos
giros en la disciplina parecería que la orillan a aprender a apropiarse e integrar en su
lectura del mundo la teoría social de manera plena y avanzar en la posterior teorización,
por mencionar uno de estos horizontes de manera muy general. Este tipo de rumbo está
lejos de rechazar, descalificar u olvidar todo el cuerpo teórico-metodológico construido
por la disciplina previamente. Más bien estos procesos la colocan en la posibilidad de
penetrar en rincones de la realidad geográfica antes no explorados.
Con esta perspectiva general, el libro se estructura en dos partes: en primer término
se presentan algunas contribuciones acerca de las transformaciones más bien generales
de la disciplina y de las ciencias sociales que en ella influyen, ocurridas en las últimas
décadas, que vienen denominándose giros, o que autores como Werlen denominan se-
gundo giro cultural. Esta primera parte también incluye un repaso de las transformacio-
nes del mundo que inducen estos cambios del saber especializado. Una segunda parte
aborda estos giros, pero en diversos campos del saber geográfico.
Esta primera parte se inicia con dos textos que asumen como objetivo la introduc-
ción de la temática general del libro: primero se plantea un texto teórico —de Alicia
Lindón— acerca de los giros. Este texto se dedica a reconstruir una aproximación a los
giros en las ciencias sociales y en la geografía humana en sentido amplio. Alicia Lindón
observa la situación de la geografía humana previa a los giros, encasillada en una «jaula
de hierro» —para utilizar la célebre expresión de Max Weber— tanto en términos teóri-
cos como metodológicos, poco flexible y escasamente abierta al mundo del saber vecino.
Esta circunstancia representó un obstáculo para que la disciplina pudiera emprender
una renovación tal como se venía experimentando en las demás disciplinas sociales. De
esta forma la autora presenta primero un repaso de cada uno de los principales giros
producidos en las otras ciencias sociales. Posteriormente muestra cómo unos autores,

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Alicia Lindón y Daniel Hiernaux

que deliberadamente rompieron con el molde y las ataduras tradicionales de la geogra-


fía humana, se acercaron a esos giros y fueron apropiándoselos en la geografía humana.
Como derivación de ello se fueron generando enfoques a veces denominados críticos, en
otras ocasiones identificados como posmodernos, postestructuralistas, subjetivistas,
constructivistas, posfenomenológicos...
Estas innovaciones se fueron integrando progresivamente en el quehacer de la geo-
grafía humana. Esta integración y verdadera reapropiación es lo que analizan los demás
autores de esta obra en los capítulos posteriores con los matices propios de los distintos
campos del saber geográfico.
A continuación se presenta un capítulo de Daniel Hiernaux en el cual se realiza una
revisión crítica de las transformaciones recientes más elocuentes de la geografía huma-
na en términos generales. Si bien este capítulo y el previo son introductorios, son de
naturaleza diferente. El precedente ubica el problema teórico de los giros en las otras
ciencias sociales y su proceso de apropiación en la geografía humana. El segundo capí-
tulo de esta primera parte, en cambio, se centra en problemáticas internas de la geogra-
fía humana, aunque relacionadas con los giros.
Así, el texto Daniel Hiernaux se inicia con las siguientes preguntas: ¿de qué manera
los geógrafos se han ubicado frente a estos giros?, y ¿en qué medida han producido
nuevo conocimiento geográfico disparado por estos giros o, si acaso, sólo han importa-
do a la disciplina conocimiento de las otras ciencias en las que se iniciaron los giros? A
partir de unas reflexiones propias sobre los giros, el autor se pregunta si este camino no
podría derivar en una escisión definitiva entre la geografía humana (integrada en las
ciencias sociales) y la geografía física (relacionada con las ciencias de la tierra y las cien-
cias naturales en general). Los derroteros que se abren para la geografía humana son
varios y van desde el racionalismo tradicional y exacerbado de la corriente «tecnológica-
cientificista», la geografía «en modo menor» en referencia a la llamada «geografía apli-
cada» y la posibilidad de una «geografía sensible» al mundo. El autor reconoce que las
tres opciones están abiertas y, en cierta forma, el curso de los próximos años dirá si
coexisten, si unas se imponen o incluso si algunas de estas tres se desdibujan y se confi-
guran otras. Finalmente, este capítulo recuerda la relevancia y la dificultad del proceso
de transmisión del conocimiento geográfico, en un contexto complejo donde «todo cam-
bia»: en otras palabras, se pregunta cómo orientar la formación de las nuevas generacio-
nes de geógrafos. Una opción es hacerlo dando un lugar destacado a las innovaciones
traídas por los giros y que aún no están instituidas. Otra opción es ofrecer formacio-
nes menos reflexivas y profundas, pero más articuladas con las salidas al mercado de
trabajo de tipo profesionalizante. Seguramente las respuestas a esas preguntas deberán
partir del tipo de formación geográfica que se busque.
El siguiente capítulo, de Paul Claval, tiene el mérito de los textos escritos por pensa-
dores que a lo largo de una extensa trayectoria biográfica han desarrollado la capacidad
comunicativa para expresar de manera muy simple procesos muy complejos. Así, Claval
plantea no tanto las transformaciones en la teoría, sino una síntesis inicial muy ilustra-
tiva acerca de las transformaciones en el contexto social e histórico (las transformacio-
nes en el mundo) que impulsaron a la disciplina a una nueva revisión.
El título del capítulo de Paul Claval expresa nítidamente el propósito de su texto: «La
geografía en recomposición: objetos que cambian, giros múltiples. ¿Disolución o profun-
dización?». El profesor Claval nos ofrece un panorama amplio de las transformaciones del
mundo que impulsan a la geografía en su reconstrucción. En efecto, un mundo que se

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Una geografía dando giros... A manera de introducción

globaliza, una sociedad que privilegia cada vez más el ocio —cumpliendo las predicciones
que anunciaron Joffre Dumazedier y Jean Fourastié hace décadas—, una crisis ambiental,
una organización social que se transforma, una mayor relevancia de lo simbólico, entre
otros cambios, son todas piezas clave para la geografía inmersa en los giros. Todos estos
fenómenos y procesos difícilmente podían ser relevados por la geografía tradicional, tanto
porque ese saber no había desarrollado esquemas teóricos en torno a estos nuevos y reno-
vados fenómenos, como porque tampoco disponía de metodologías e instrumentos para
trabajar estas dimensiones de la realidad. El planteamiento del autor no es pesimista, todo
lo contrario; frente a los riesgos de disolución, a la pérdida de las viejas certezas, se asiste
actualmente más bien a una profundización de la disciplina, a la multiplicación de sus
campos y a un enriquecimiento sustancial por el contacto acelerado y progresivo con las
demás ciencias sociales, que tanto demoró en frecuentar nuestra disciplina.
Posteriormente, se presentan dos textos acerca de las transformaciones más fuertes
de la geografía humana en este discurrir de los giros: un texto de Jacques Lévy y a
continuación un texto de Angelo Turco.
Tanto el texto de Lévy como el de Turco resultan particularmente relevantes para el
propósito de esta obra porque aportan observaciones que trascienden la reflexión de las
transformaciones de la geografía como disciplina en sí misma. En el caso de Jacques
Lévy, su conocida apertura a otras disciplinas lo lleva a una lectura compleja de los
actores, los objetos y los entornos, que supera el tratamiento que usualmente han toma-
do estas categorías en la geografía humana. En este sentido cabe destacar el interés de
traer al ámbito de la geografía humana aportes de autores muy reconocidos como Bru-
no Latour. Esta reflexión —aunque sea abierta y en proceso de continuar construyéndo-
se— ofrece un interés adicional al contenido que radica en un formidable impulso para
repensar las transformaciones de la geografía humana en un contexto en el cual se rom-
pen los moldes epistemológicos de la Ilustración que tanto han marcado nuestra disci-
plina, en búsqueda de otras interpretaciones.
Así, Jacques Lévy inicia su trabajo con un recordatorio acerca de las certezas actuales
sobre el concepto de espacio y la dimensión espacial de lo social. Este ejercicio tiene la
virtud de poner sobre la mesa de discusión los consensos que se pueden asumir en este
libro para luego avanzar en los diversos giros y en sus implicaciones para la geografía
humana. La propuesta del autor se transparenta desde las primeras líneas, cuando expre-
sa las siguientes palabras: «Propongo entonces una ontología constituida en torno a los
actores, los agentes (entendidos como seres humanos no actores), los objetos (actantes
pero no humanos)2 y los entornos». La intención es entonces reconstruir lo que usualmen-
te se plantea de manera laxa y convencional como la relación «sociedad/espacio». El apor-
te de Jacques Lévy se nutre de propuestas de autores que han contribuido a una verdadera
revolución en los estudios sociales de la ciencia y de la teoría de la ciencia, como Bruno
Latour que confrontó los modelos simplistas y dicotómicos de las ciencias, tales como el
que enfrentaba al exteriorismo y al interiorismo. Al asumir Jacques Lévy la idea de los
objetos como actantes, como operadores no humanos, y trasladarla a la geografía, rompe
la tradicional visión disciplinaria que comprende los objetos como simples realidades
físicas que sólo merecen ser localizadas en el espacio paratáctico.
El autor muestra que el giro geográfico no es simplemente una transformación in-
terna de la disciplina. Dicha transformación se articula con un giro espacial de la socie-

2. Ésta es una expresión de clara inspiración en Bruno Latour.

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Alicia Lindón y Daniel Hiernaux

dad. En el cruce de ambos procesos, el espacio adquiere un nuevo papel para cada
fragmento social y para la sociedad en conjunto.
De gran interés le resultará al lector/a el esquema sobre los entornos y la ética desa-
rrollado por Lévy, en donde se sintetizan tres modelos opuestos de visiones del mundo, en
el cual el espacio adquiere diferentes connotaciones: se trata del modelo agro-industrial, el
neo-naturalista y el post-materialista. Así, Lévy plantea que la intervención de los geógra-
fos no es neutra, antes bien obedece a ciertas lógicas relacionadas con estas tres visiones
del mundo. El autor resume en las siguientes palabras el papel del científico [el geógrafo]:
«Nuestro papel aquí no es el de refutar el derecho de los ciudadanos ordinarios a decidir,
sino el de mostrarles, poner en evidencia, las consecuencias últimas de sus decisiones».
A su turno, Angelo Turco prosigue y profundiza en este trabajo de rotura de los
límites disciplinarios3 pero sin perder la mirada disciplinaria. Así el autor desarrolla una
reflexión propia de largo plazo sobre las transformaciones del concepto de espacio a
través de la historia del pensamiento para arribar a la situación actual, en medio de los
giros de finales del siglo XX. Con referencias complejas y una visión enciclopédica del
pensamiento humano, nos obliga a la inmersión en una reflexión profundamente filosó-
fica pero también aterrizada, porque remite directamente a las dos figuras narrativas (el
espacio paratáctico y el espacio liminar) que guían, aun sin explicitarlo, las grandes
corrientes de la geografía humana, aun si quienes las emplean no siempre estén atentos
al sustrato filosófico de su propio quehacer.4
De esta forma, el texto de Turco nos ofrece la posibilidad de preguntarnos cuáles
son las figuras narrativas sobre el espacio que están contenidas —de manera implícita
las más de las veces— en cada teoría geográfica y también en las diversas interpretacio-
nes geográficas del mundo y sus fragmentos. La posibilidad de develar esos implícitos es
significativa, no como simple tarea especulativa del pensamiento humano, sino para
comprender los aspectos sobre los cuales puede avanzar o no una interpretación geográ-
fica por las bases teóricas que la sustentan.
Esto último resulta decisivo para esta obra porque las actuales tendencias de la
geografía humana (como de casi todas las otras ciencias sociales) hacia la apertura te-
mática impulsan al geógrafo a penetrar en aspectos de la realidad que en numerosas

3. Esta idea con la que identificamos el texto de Angelo Turco —la de romper los límites disciplina-
rios pero sin perder la mirada disciplinaria— ha estado presente y lo sigue estando en el pensamiento
de geógrafos cuyos aportes a la disciplina han sido fundamentales. En ese sentido, resultan ilustrativas
aquellas palabras de Allan Pred: «Soy totalmente indiferente a los límites disciplinarios de la geogra-
fía, pero estoy totalmente preocupado por la geografía como una condición ontológica» [am totally
unconcerned with the disciplinary limits of geography, but fully concerned with geography as an
ontological condition, as an inescapable existential reality]. URL: http://geography.berkeley.edu/
PeopleHistory/faculty/AllanPred_InMemoriam.html#A Pred Geography Biography Page
4. En otros campos del saber, como la sociología, destacadas figuras se han planteado metas semejan-
tes a la que aquí se comenta. Es el caso del trabajo totalmente reconocido de Jeffrey Alexander en la obra
titulada Las teorías sociológicas desde la Segunda Guerra Mundial. En el estudio introductorio de esa obra,
el sociólogo americano se pregunta «qué está detrás de cada teoría sociológica», contenidos implícitos
que terminan dando la razón de ser a cada una de las teorías. Esa reflexión de Alexander terminó por ser
un verdadero faro porque encuentra que esos implícitos —que casi ningún sociólogo pensó en estos
términos, pero que sí asumen— se relacionan con la idea que cada uno asume acerca del orden social y
la acción social. La develación que hace Alexander de estos implícitos termina siendo la pista clave para
comprender hasta qué punto se pueden articular diversas teorías (en aquel caso sociológicas), sin entrar
en contradicciones. Aclarar esta cuestión ha sido muy relevante para la investigación sociológica, más
aún cuando todas las tendencias contemporáneas defienden de una forma o de otra el eclecticismo.

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Una geografía dando giros... A manera de introducción

ocasiones resultan inaccesibles para los supuestos teóricos que se han tomado de parti-
da. Un ejemplo difundido es pretender estudiar la construcción social de diferentes lu-
gares cuando los supuestos teóricos de fondo conciben lo social como un agregado o
una estructura. El estudio del proceso de construcción social del lugar es inalcanzable a
través de conceptos como pueden ser el de población, porque los supuestos acerca del
mundo de uno y otro son casi inconciliables. Frente a esta avidez por penetrar la reali-
dad por sus diversos rincones, por girar la mirada, parecería que se dibujan al menos
tres cursos de acción para el pensamiento geográfico: uno es aquel en el que se pretende
mostrar apertura temática en la investigación empírica, cuando en esencia no se han
ampliado ni girado los supuestos teóricos. Otro curso también frecuente es aquel en el
que algunos geógrafos han realizado verdaderas rupturas en sus supuestos teóricos de
fondo, a fin de penetrar en esas dimensiones de la realidad antes no advertidas. Aún
habría otro curso posible que sería el de explorar con sagacidad epistemológica las posi-
bles triangulaciones entre unas entradas y otras.
Con inquietudes epistemológicas de este tipo, Angelo Turco aborda el tema de las
figuras narrativas en la geografía humana: para el autor, las principales figuras narrati-
vas de la disciplina son la del «espacio paratáctico», por un lado, y la del «espacio limi-
nar», por el otro. El capítulo pinta un fresco histórico de gran calidad y delicada erudi-
ción sobre la forma en que estas figuras narrativas se asumen en las ciencias y en particular
en la geografía humana. El autor introduce así una perspectiva filosófica del espacio que
no es frecuente en la disciplina: el espacio paratáctico es aquella figura narrativa que actúa
a través de la yuxtaposición de objetos y lugares. El autor muestra que esta figura narra-
tiva del espacio paratáctico adquirió hegemonía a la sombra de la modernidad. En las
antípodas se encuentra la figura narrativa del «espacio liminar [que] incorpora toda la
precariedad de una realidad geográfica absolutamente concreta, cuya complejidad resi-
de, en última instancia, en la innovación que puede llegar a ser, más que en el “hecho”
que se observa, o lo que ya es. En fin, el espacio liminar es el margen entre la superficie
y la profundidad». Turco plantea así no sólo la complementariedad de las dos figuras
sino la aceptación de la figura de la liminaridad en la geografía humana actual, o por lo
menos en ciertas corrientes de la disciplina abiertas a los giros.
La segunda parte de la obra analiza los giros en algunos campos particulares de la
geografía humana, sin pretender exhaustividad en cuanto a los ámbitos del saber geográ-
fico aquí estudiados. En un principio se presentan dos capítulos dedicados a dos campos
tradicionales de la geografía humana, como son la geografía económica (desarrollado por
Rocío Rosales) y la geografía histórica (estudiado por Pedro Sunyer). En estos textos se
pone en evidencia que, aun en los ámbitos del saber geográfico con fortísimas tradiciones,
finalmente los giros han terminado por avanzar y movilizar el pensamiento geográfico.
Ambos textos, tanto como los que se presentan a continuación de éstos, ilustran en
buena medida lo que se viene presentando desde el inicio de la obra: esa profunda trans-
formación de la geografía humana concierne no sólo al dominio epistemológico sino
también al nivel metodológico e incluso técnico-metodológico. Además, resulta ilustra-
tivo comprender los caminos por los cuales estos campos particulares muy tradiciona-
les (al igual que otros que no se analizan en esta obra) están constantemente enfrentados
a un proceso que parecería inacabable de reconsideración de sus fundamentos y proyec-
ción sobre nuevos horizontes.
El texto de Pedro Sunyer ofrece una revisión crítica de las transformaciones recien-
tes de la geografía histórica. Así, se presentan los debates que han animado este campo

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Alicia Lindón y Daniel Hiernaux

del saber geográfico en las últimas décadas. Aun si el autor privilegia la evolución de la
geografía anglosajona (que de hecho es la más creativa en esta concepción de los giros),
sus observaciones son decisivas para comprender y dimensionar los dilemas y las pro-
puestas de los autores clave en el campo, a lo largo del tiempo.
Sunyer rescata la importancia del giro positivista que condujo a la hegemonía por
cierto tiempo de lo que Ortega Valcárcel denominara la «geografía teorético-cuantitati-
vista». Este giro positivista —o más precisamente la revolución cuantitativa— redujo
notoriamente la impronta de la descripción geográfico-histórica que dominara durante
las décadas previas no sólo en geografía histórica, sino en toda la geografía humana.
La necesidad de «repensar» la geografía histórica que se planteara Baker desde
1972 a fin de construir otra geografía, finalmente es algo bastante próximo a lo que
podemos observar en otros campos del saber geográfico: una toma de conciencia del
atraso teórico y metodológico que debería de producir una renovación a fondo tanto en
el dominio teórico como en el metodológico. En última instancia, ésa es la meta última
de toda esta obra. Sunyer demuestra así que la geografía histórica, a la par de otros
campos de la disciplina, asume la necesidad de construir una geografía en la encrucija-
da del individuo, el lugar y la sociedad, como protagonistas y constructores de la histo-
ria pero también de las transformaciones del espacio.
El autor también saca a la luz las conexiones entre la geografía histórica y ciertas
geografías humanistas o antecedentes de ellas. Éste es el caso de destacados geógrafos
—difíciles de encasillar— como John K. Wright y David Lowenthal. En síntesis y nueva-
mente en concordancia con las tendencias planteadas en los otros campos de la geografía
humana, Sunyer muestra que se asiste actualmente a una apertura de los antiguos com-
partimentos estancos, como una forma de aproximarse y aprehender un «universo infinito».
La geografía económica, un bastión de la racionalidad tradicional en geografía hu-
mana, se encuentra cada vez más sometida a presiones de renovación. Como lo analiza
Rocío Rosales en este capítulo, las transformaciones de la geografía económica han sido
sustanciales, hasta tal punto que ya no se parece a la versión clásica que se enseñaba hace
algunas décadas y que todavía se sostiene en los programas universitarios más tradiciona-
les. Rosales señala la importancia del giro cultural que transformó radicalmente las certe-
zas de este campo de la geografía humana. Observa Rosales que la geografía crítica pre-
sentó una concepción del espacio geográfico/económico —con un fuerte sesgo hacia los
sistemas mundiales y el poder, que habían sido escasamente estudiados por el pasado—
que devino en la aproximación dominante. La autora analiza muy particularmente el
encuentro fructífero entre la geografía y la sociología, que ha dado lugar a nuevos derrote-
ros para la geografía económica: en esa senda ubica el reconocimiento del mercado como
una construcción social. Esta concepción transforma el quehacer de la geografía econó-
mica al abrir nuevas perspectivas sobre la construcción social del espacio en sí. La autora
presta particular atención a lo que denomina el giro institucionalista y evolucionista de
este campo del saber geográfico. Algunas de las derivaciones teóricas de estos giros de la
geografía económica se ubican en el estudio de la empresarialidad y la gobernanza indus-
trial, temas que han cobrado un gran interés para la configuración de esta geografía eco-
nómica que gira. La autora concluye que es la concepción del espacio como construcción
social el gran eje articulador de los diversos abordajes que han permitido una clara y
contundente renovación del estudio de la relación entre la economía y el espacio.
A continuación el libro integra tres campos particulares de la geografía humana
ampliamente involucrados en los giros. Así, se presenta el campo de la geografía urbana,

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Una geografía dando giros... A manera de introducción

analizado por Alicia Lindón. Luego se incorpora un capítulo sobre la geografía de los
espacios domésticos, elaborado por Béatrice Collignon, y otro sobre la geografía de gé-
nero, desarrollado por Paula Soto.
Alicia Lindón nos introduce en uno de los campos más tradicionales y supuesta-
mente consolidados de la geografía humana, como es la geografía urbana. A pesar de lo
tradicional y consolidado, este campo no ha perdido vigencia. Todo lo contrario, se
reconstruye permanentemente intentando dar respuestas a las transformaciones urba-
nas de cada día y a la renovada centralidad que adquieren en la vida social actual. Reco-
noce la autora que los avances en la geografía urbana contemporánea han sido fragmen-
tarios y heterogéneos, que es necesario no sólo deconstruir sino reconstruir el saber
geográfico sobre la ciudad y la vida urbana. A esta tarea —un verdadero giro— se aboca
en su contribución. La autora destaca, en primer lugar, la relevancia de pensar la geogra-
fía urbana no sólo en términos de localizaciones y flujos en el territorio, es decir, ir más
allá del espacio paratáctico, para emplear la expresión de Angelo Turco. En esa búsque-
da de alternativas geográficas urbanas herederas de los giros, encuentra que un núcleo
relevante radica en la introducción del movimiento en sentido amplio (en la perspectiva
vitalista), cuestión poco estudiada por la geografía urbana tradicional. En este camino,
define el movimiento con las siguientes palabras: «puede ser comprendido como el de-
venir constante de la vida urbana que hace5 (o construye) la ciudad a cada instante».
Otro de sus aportes a esta geografía urbana en giro se ubica en su planteamiento de
abordar la ciudad y el espacio urbano a través de las experiencias espaciales del sujeto
habitante, integrando la vieja discusión —de raíces heideggerianas— acerca del habitar.
Para dar contenido a esta reconstrucción de la geografía urbana, la autora desarro-
lla su propuesta de estudiar escenarios urbanos en los que se condensa esa vida urbana
y la experiencia del sujeto que habita la ciudad. Si bien estos escenarios no pueden dar
cuenta de toda la extensión de la vida urbana, pueden resultar fragmentos densos de la
misma. Así, su propuesta de los escenarios urbanos constituye una aproximación teóri-
co-metodológica a la ciudad de tipo holográfico.
El trabajo de Alicia Lindón se aleja —clara y voluntariamente— de lo que fue (y es
todavía) la geografía urbana tradicional. La geografía urbana tradicional no es objeto de
análisis en este capítulo, precisamente porque el libro no analiza lo tradicional y conso-
lidado de cada campo, sino sólo en aquella pequeña parte que está en sintonía con los
giros de esta última parte del siglo XX. La autora evidencia la necesidad de construir
también «otra geografía urbana» («otra» en el sentido de la obra de Joan Nogué y Joan
Romero) que tome en cuenta al sujeto y su subjetividad como parte del medio urbano.
Así, se acerca considerablemente al giro subjetivista que han emprendido otras ciencias
sociales. Otra cuestión —que va más allá de los objetivos del capítulo— sería indagar
hasta dónde esa otra geografía urbana puede integrarse con las geografías urbanas ya
hechas. Seguramente para quien trate de dilucidar esa pregunta una pista de mucha
ayuda será preguntarse por las figuras narrativas del espacio que están subyacentes en
cada una de esas geografías urbanas muy consolidadas.
En la misma orientación que el capítulo de geografía urbana se ubican los textos de
Béatrice Collignon y de Paula Soto: la primera remite a un tema olvidado en la geografía

5. Aunque el verbo hacer suele no ser frecuente en los estudios urbanos y en la geografía urbana en
particular, nos interesa usarlo y enfatizarlo porque consideramos que es la forma más explícita de dar
cuenta de las prácticas de los sujetos, del actuar sobre el mundo de las personas.

LOS GIROS DE LA GEOGRAFÍA HUMANA 15

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Alicia Lindón y Daniel Hiernaux

humana tradicional, el de los espacios domésticos, siempre vistos como un recinto «sagra-
do» del cual toda interpretación geográfica era imposible. La autora abre así la puerta a
fructíferos trabajos sobre los espacios domésticos (asociables también a la temática de la
vida cotidiana, cuya evolución en la geografía humana ha sido desarrollada detalladamen-
te por Alicia Lindón en el Tratado de geografía humana ya mencionado) que enriquecerán
las aportaciones geográficas a la teoría social. Sin duda alguna, la lectura que ofrece la
autora en parte emerge de los casos empíricos que ha estudiado (y que como todo caso
conllevan especificidades notables), pero al mismo tiempo trata de remontar esas especi-
ficidades a través del análisis de lo singular que contienen y que por lo mismo puede estar
presente en otros casos. Finalmente, nuestra disciplina está hecha de singularidades, ya lo
planteara Entrikin a través de su célebre neologismo: The «Betweeness» of Place.
Béatrice Collignon, retroalimentándose de sus significativas investigaciones sobre
el espacio doméstico de los inuits y también del análisis de los estilos de vida actuales del
mundo «moderno», se propone —en la misma línea optimista y de reconstrucción
del saber geográfico que desarrolla Alicia Lindón— desmenuzar las virtudes del análisis
geográfico de los espacios domésticos. Aunque la autora no utiliza esta expresión, está
sentando las bases para una geografía de los espacios domésticos. Sin duda alguna,
esta tarea se ha iniciado de manera muy reciente y es una de las tantas derivaciones de
los giros que analizamos. Para la autora el espacio doméstico permite arrojar luz sobre
la construcción de la dimensión espacial de las sociedades. En segundo término, el estu-
dio geográfico del espacio doméstico hace posible legitimar la vida cotidiana como obje-
to de estudio geográfico. Esto último tiene la virtud de constituir al individuo común y
banal en sujeto de estudio de la geografía. Finalmente, la autora plantea que el análisis
del espacio doméstico tiene la virtud de contribuir e impulsar un giro metodológico en
la disciplina. Estas propuestas, plenamente articuladas con las que hace Alicia Lindón
en su capítulo sobre geografía urbana, invitan a cierto optimismo sobre el devenir de la
geografía, demostrando que unos temas específicos, algunas formas de abordar la rela-
ción entre la sociedad y su espacio, pueden contribuir —en opinión de las autoras— a
una saludable reconstrucción del trabajo geográfico y de la misma disciplina.
El trabajo de Paula Soto ofrece una síntesis de las aportaciones de la geografía
humana al tema del género, que ha tenido poca relevancia en las geografías iberoameri-
canas, a pesar de su fuerte peso en las anglosajonas. Abrir de forma creciente la geogra-
fía humana a la dimensión de género es sin duda alguna un reto para nuestras geo-
grafías latinoamericanas. El reto es tanto más fuerte cuanto el tema del género ha sido
objeto de muchísimas publicaciones, unas más académicas, otras más militantes y par-
ticipativas. El desafío que parece haber cumplido este trabajo es el de reconstruir la
senda seguida por la geografía para acoplarse a esa ola de estudios sobre el género, sin
por ello perder la identidad del trabajo geográfico.
El trabajo de Paula Soto sobre la geografía de género parte de la necesidad de
repensar las diferencias, y no sólo las del género. El trabajo de la autora señala, siguien-
do los avances recientes de las geógrafas de género, que la geografía tradicional ha esta-
do dominada por la presencia masculina que le imprimió no sólo ciertas temáticas, sino
también una visión general. Podríamos preguntarnos si la hegemonía de la figura narra-
tiva del espacio paratáctico que señala Angelo Turco no es justamente una de las conse-
cuencias de la dominación masculina en la geografía. Por lo pronto, la autora ofrece un
atinado seguimiento del tránsito de la geografía humana de las mujeres hacia una geo-
grafía a veces «feminista» y en otras ocasiones, de «género». Esta segunda denomina-

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Una geografía dando giros... A manera de introducción

ción —geografía de género— al ser más amplia ha permitido integrar también una geo-
grafía de la masculinidad, aunque apenas está esbozada. Asimismo, la geografía de gé-
nero también abre la puerta a una profundización de las temáticas del «otro» en la
geografía humana. «Nuevas preguntas, nuevos objetos, nuevos espacios» es el título de
un inciso del texto que remite notoriamente a esta geografía que gira hacia la dimensión
del género y que el presente texto contribuye a esclarecer en sus limitaciones, pero tam-
bién en sus enormes potenciales para una geografía humana enfrentada a un giro cultu-
ral insoslayable.
Por último, esta segunda parte del libro incluye dos campos en los cuales los giros
aún no han generado cambios tan profundos como en los previos, pero aun así se puede
constatar su influencia. Uno de ellos es un campo emergente de la disciplina, la geografía
del ciberespacio y de los mundos virtuales, desarrollado por Liliana López Levi; el otro
aborda la geografía ambiental, a través de las voces de Gerardo Bocco y Pedro Urquijo.
El capítulo de López Levi, a semejanza del anterior, muestra que este campo se ha
ido construyendo en un contexto de fuerte producción intelectual sobre el tema general
de lo virtual. En los últimos tiempos han florecido aportaciones sobre lo virtual, la ciber-
nética en general, e incluso la transformación del ser humano en un complejo hombre/
máquina, que ponen en tela de juicio muchas certezas tradicionales sobre lo humano.
La orientación del trabajo de López Levi se adecua bien a la obra en conjunto en cuanto
a que, en vez del camino más sencillo de revisar las consecuencias de la existencia de
este nuevo «mundo digital» —como, por ejemplo, la fractura digital y su distribución
territorial en el mundo—, toma el camino de analizar las distintas aproximaciones teó-
ricas producidas por la geografía y por las otras ciencias sociales, para estudiarlo. Así,
por ejemplo, la autora da cuenta de las formas de concebir el espacio virtual. Esto últi-
mo nos permite preguntarnos si ello no dará paso a una nueva figura narrativa sobre el
espacio para la geografía actual que mira el espacio virtual.
Liliana López Levi, en concordancia con lo que expresan varios autores de esta
obra, enfatiza la importancia de la transformación tecnológica de los últimos 30 años en
las ciencias sociales y, en particular, en la geografía humana. A nivel conceptual, la auto-
ra destaca la obra que ha marcado un hito en la reflexión sobre las implicaciones socia-
les y espaciales de las transformaciones tecnológicas, que es sin lugar a dudas Neuro-
mancer de Gibson, publicada por primera vez en 1984. Si bien las concepciones del
ciberespacio han evolucionado desde la publicación de ese libro fundador, no es menos
cierto que sentó bases que aún se mantienen.
La autora pone en evidencia que, a pesar de la proliferación de muestras de la rele-
vancia del ciberespacio en la vida de cada día, los geógrafos no le han prestado suficiente
atención o al menos no la necesaria como para producir conocimiento innovador sobre el
asunto. Al respecto podemos preguntarnos si acaso está ocurriendo una difusión al estilo
de la que proponía Hägerstrand. Más bien parecería que —una vez más— se constata la
dificultad que los cambios de contexto y los giros diversos deben afrontar para ser recono-
cidos e incorporados en la geografía instituida. La autora repasa las diversas aproximacio-
nes al ciberespacio producidas desde las ciencias sociales, particularmente desde los estu-
dios culturales, y también lo que se ha avanzado desde la geografía humana. Así, logra
ofrecer al lector una sugerente tipología de estudios. Sin embargo, como ella misma lo
afirma, estamos frente a «un futuro lleno de caminos por explorar».
A continuación, esta segunda parte se cierra con un texto de Gerardo Bocco y Pedro
Urquijo dedicado a la geografía ambiental, en donde se pone en evidencia que aun un

LOS GIROS DE LA GEOGRAFÍA HUMANA 17

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Alicia Lindón y Daniel Hiernaux

campo sólo parcialmente integrado en la geografía humana, como es el de lo ambiental,


también resulta inmerso en las transformaciones y giros que analizamos. Los autores
han logrado no sólo hacer preguntas pertinentes sobre lo que realmente es y trabaja la
geografía ambiental, sino que abren pistas creativas sobre su relación con los giros de
la geografía humana y con ésta en términos generales.
Gerardo Bocco y Pedro Urquijo son exponentes de una visión de la geografía am-
biental que busca su acercamiento con la geografía humana. El repaso que hacen los
autores de la primera constituye un claro relato analítico de los tropiezos y los aciertos
que experimenta la geografía en general cuando se propone estudiar el «mundo natu-
ral». Con cierta dificultad para aportar algo más allá de las ciencias de la tierra, con
frecuencia desbordada por los avances de las disciplinas que se desprenden o se identi-
fican con la ecología, la geografía ambiental no ha conocido el éxito que podría esperar-
se en un contexto de fuertes controversias sobre el ambiente, como en la actualidad. Los
autores toman una posición clara al respecto: no habrá una verdadera geografía am-
biental sin una clara articulación de la misma con la geografía humana y también con la
teoría social en general. Ello constituye un giro en ciernes. Si bien la empresa presenta
serias dificultades por el atrincheramiento de ciertos grupos intelectuales dedicados a
estudiar lo ambiental, no es menos cierto que se presenta en este texto una veta muy
relevante sobre la necesidad de introducir la dimensión de lo «natural» y «ambiental» en
el quehacer de la geografía humana de una manera más concluyente que lo que se ha
hecho en el pasado. Quizás, como lo señalan atinadamente los autores, sea a través del
concepto del «habitar» —ya señalado como central tanto en el capítulo de Alicia Lindón
como en el de Béatrice Collignon— y con el referente ineludible de la obra del geógrafo
Augustin Berque, que se pueda lograr una mejor comprensión de la relación entre el
hombre y la naturaleza.
El libro termina con un trabajo, de Alicia Lindón y Daniel Hiernaux, en el que se
gira la perspectiva de análisis. Antes que reflexionar en lo que ha ocurrido en diversos
rincones de la disciplina, se toma el eje de la relación de la geografía humana con las
otras ciencias sociales. En este capítulo se presenta la compleja relación que ha acerca-
do —y en ocasiones ha distanciado— la disciplina a las otras ciencias sociales, como la
sociología o la antropología.
En este capítulo, los autores primero muestran cómo las ciencias sociales se confi-
guraron a través de un desentendimiento radical respecto al espacio. Por otro lado, la
geografía humana se replegó durante largo tiempo en análisis del espacio notoriamente
huérfanos de la dimensión social, aunque actualmente nadie duda en reconocer que lo
social es el gran productor del espacio. Luego, la lenta evolución de la relación entre la
disciplina y las otras ciencias sociales condujo a un acercamiento que se ha tornado más
estrecho en la actualidad, una vez barridas las viejas bases epistemológicas de las disci-
plinas tradicionales. Esta evolución muestra también que las ciencias sociales tienden a
construir su propia interpretación del espacio al margen de lo que la geografía humana
viene desarrollando desde hace décadas. Así, las otras ciencias sociales no sólo asocian
los aportes de la geografía humana al pensamiento espacial más tradicional, sino tam-
bién soslayan las interpretaciones más recientes producidas por la geografía humana
involucrada activamente en los giros que se estudian en la obra. Por lo tanto un giro
espacial de las ciencias sociales sin una interlocución con la geografía humana puede
llevar a muchas confusiones y vacíos por ambas partes y diferir en el tiempo la compren-
sión profunda de la dimensión espacial de lo social.

18 LOS GIROS DE LA GEOGRAFÍA HUMANA

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Una geografía dando giros... A manera de introducción

Por último, es necesario reconocer que sería legítimo y esperable que numerosos
lectores se pregunten: ¿qué ha sucedido con otros campos de la geografía humana frente
a estos giros? El libro no ofrece respuestas a este interrogante porque no se pretendía
asumir la meta —meritoria pero inalcanzable— de la exhaustividad de campos del saber
geográfico. Si se considera que la producción del conocimiento es una labor colectiva,
entonces no sería difícil considerar que pueden producirse otras obras que den respues-
tas a todo lo que aquí no se llega a abordar. Ése es el sentido de fondo de la obra, iniciar
una reflexión que otros podrían continuar en otras obras.
Por otro lado, estos capítulos, si bien ni pretenden ni podrían agotar la disciplina,
consideramos que ofrecen pistas sucintas que pueden ser de gran utilidad para repensar
espacialmente diversas problemáticas del mundo actual. En última instancia la teoría
(no sólo en la geografía, sino en todas las ciencias sociales) surge de la interpretación del
mundo empírico y encuentra su destino al producir nuevas interpretaciones de otros
fragmentos del mundo. Así, por ejemplo, las geografías de género ofrecen un prisma
enriquecedor para analizar la pobreza, que usualmente no sólo ha sido analizada aespa-
cialmente (con énfasis económico), sino también sin diferencias de género ni de genera-
ción. De igual forma, la perspectiva de la geografía urbana aquí desarrollada podría ser
una ventana para proyectarla y desde allí comprender diversas situaciones urbanas de
violencia y miedo, que tan frecuentes se han hecho en las ciudades actuales. O de igual
forma podría contribuir a darle inteligibilidad a distintas situaciones y escenarios urba-
nos de la discriminación del otro diferente. De manera semejante, el tratamiento de los
espacios domésticos aquí planteado podría constituir un acervo teórico para penetrar
en el estudio de otros espacios domésticos, y a través del potente mecanismo de la ana-
logía llevar a esos otros mundos domésticos interrogantes que emergen del estudio de
Collignon, no para hallar lo mismo sino para hacer surgir lo específico. De hecho, los
geógrafos que han estudiado los espacios de los homeless o SDF,6 muchas veces han
tomado los rasgos propios del espacio doméstico occidental y burgués como la metáfora
para confrontar esos otros espacios domésticos que un sujeto puede reconfigurar en la
calle o en el espacio público. Éstos son sólo unos pocos ejemplos que destacamos en
cuanto a la potencialidad de estos desarrollos teóricos y teórico-metodológicos parcia-
les, para abordar espacialmente diversas aristas del complejo mundo actual.
Todos los capítulos reflexionan a partir de un mismo punto de partida —los giros
en la geografía humana—, sin embargo, las diferencias propias de cada campo estudia-
do se hacen insoslayables. En algunos campos, muy instituidos y muy apegados a las
dimensiones materiales, los giros han encontrado más resistencias. En otros campos
menos construidos, los giros pudieron florecer rápidamente porque han venido a cons-
tituir —en ocasiones— el enfoque desde el cual el campo de la disciplina se terminó de
cristalizar. Por lo anterior, cada capítulo presenta una peculiar lectura del tema de los
giros a través de las especificidades del mismo. Esto no es una debilidad sino la expre-
sión de la riqueza de la singularidad.
Por otra parte, una geografía que gira también debe asumir el reto de reconocer las
voces de sus autores y sus especificidades. Los giros en la geografía humana también
implican reconocer que el autor es parte del texto. En las ciencias sociales en sentido
amplio, actualmente sería difícil asumir la concepción del texto como un producto en sí
mismo con independencia de su autor. Todo autor está inserto en diversos contextos, ha

6. SDF: sin domicilio fijo.

LOS GIROS DE LA GEOGRAFÍA HUMANA 19

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Alicia Lindón y Daniel Hiernaux

integrado en su pensamiento a otros autores y sostiene debates con otros. Así, las caracte-
rísticas intelectuales propias de cada autor llevan a cada texto de esta obra colectiva por
diferentes caminos para construir el conocimiento. Unos con un discurso muy próximo a
la realidad geográfica, otros con discursos más distanciados del fenómeno empírico, y
más cercanos a la reflexión filosófica. Unos con una discusión epistemológica más some-
ra, otros con debates más profundos en este ámbito. Algunos focalizan los actuales giros
de finales del siglo XX de manera directa, mientras que otros optan por llegar a ellos como
resultado de un largo devenir del pensamiento geográfico. Esa heterogeneidad también se
expresa en los diferentes estilos de escritura de los autores: textos más extensos, textos
más breves; textos más elaborados, textos más inconclusos y provocadores, textos con
fundamentación muy fuerte en otros pensadores previos y otros con pocas referencias a
obras precedentes, al menos pocas referencias explícitas, ya que implícitamente siempre
en un discurso están contenidos muchos otros que lo precedieron.
El reto de reflexionar y avanzar en los giros que imbrican las ciencias sociales y la
geografía humana es una línea de trabajo que apenas se inicia. Esta obra sólo pretende
constituir un eslabón en este camino, esperando que otras investigaciones sigan en esta
senda que, sin concebirla como inagotable, aún contiene muchas posibilidades para la
renovación del pensamiento científico en general, y geográfico en particular. Por otra
parte, cabe subrayar que mientras en numerosas obras recientes este asunto de los giros
en la geografía humana se aborda de manera más o menos general, este libro trata de
aportar algo a esa reflexión pero particularizándola en diversos campos del saber geo-
gráfico, sin aspirar a recorrer todos y cada uno de ellos. De esta forma, la obra intenta
encontrar un punto medio entre el carácter holístico que ha sido característico de la
geografía y lo especializado, asumiendo que esto último emerge en la línea de reflexión
particular escogida —los giros— pero también en lo propio de cada campo del saber
geográfico estudiado.
No se debería cerrar esta presentación sin destacar la relación de trabajo que se
estableció con todos los autores de esta obra a lo largo de dos años. Lejos estamos de
haber llegado a una simple recopilación, más bien se ha tratado de un diálogo fecundo
con todos y cada uno de los autores de tal suerte que el libro es auténticamente un
producto colectivo. De igual forma es necesario agradecer a nuestra Casa Abierta al
Tiempo, la Universidad Autónoma Metropolitana en su Unidad Iztapalapa, y en particu-
lar al rector de la unidad, Dr. Javier Velázquez Moctezuma, así como al Coordinador
General del Consejo Editorial de Ciencias Sociales y Humanidades de la Unidad Iztapa-
lapa, Dr. Gustavo Leyva Martínez, por sus muestras de apoyo en el proceso editorial, así
como el interés por todo nuestro trabajo en torno a la geografía humana. Asimismo,
nuestro cálido agradecimiento a la Editorial Anthropos, que reitera el interés por pro-
fundizar en el pensamiento espacial, así como por difundirlo extensamente en Ibero-
américa. En particular, nuestro más sincero agradecimiento a Esteban Mate, que ha
sido un gran interlocutor y amigo en todo este proceso.

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PARTE PRIMERA

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LOS GIROS TEÓRICOS: TEXTO Y CONTEXTO

Alicia Lindón
Universidad Autónoma Metropolitana, Iztapalapa, México

La geografía humana de las últimas tres décadas está inmersa en un conjunto de trans-
formaciones teóricas, epistemológicas y metodológicas que venimos denominando de
manera genérica «giros»: el giro cultural, humanista, relativista (García Ramon, 1999;
Smith, 1992; Pile y Thrift, 1995). A su vez, estos giros que se han instalado en la discipli-
na se vinculan con otros giros de la teoría social, como el lingüístico, pragmático, semió-
tico, narrativo, interpretativo, biográfico, pictórico... La propuesta de este libro —re-
flexionar y analizar el devenir de la teoría geográfica en términos de ese conjunto de
giros— enfatiza el cambio de dirección en la forma de estudiar la relación espacio/socie-
dad o la dimensión espacial de lo social, para emplear la conocida fórmula de Jacques
Lévy (1994) y también de la geografía social francesa reciente (Veschambre, 2006).
En un primer nivel estos giros ponen en tela de juicio las formas de producir cono-
cimiento geográfico, es decir, las categorías y conceptos geográficos de los que nos vale-
mos para descifrar las variadas y complejas relaciones de las sociedades con el espacio.
Sin embargo, esto también trae consigo la puesta en cuestionamiento de lo que puede
ser conocido geográficamente. Así, los giros en la geografía humana replantean las posi-
bilidades y formas de comprensión del mundo al atreverse a iluminar rincones de la
realidad que no habían cobrado interés para el conocimiento geográfico. Por ello, los
giros de la disciplina —aun sin proponérselo— han venido a poner en vilo la definición
de las fronteras del mundo, al ampliar el objeto de estudio de la geografía.
Estos replanteamientos se pueden leer al menos en dos registros, que difícilmente
se podrían deslindar uno del otro: el teórico y el metodológico. En cuanto a lo teórico,
replantear la posibilidad de comprensión del mundo espacialmente supone el recono-
cimiento de que, con ciertas aproximaciones teóricas instituidas y refinadas en la disci-
plina, algunas dimensiones de ese mundo, ciertos niveles y/o fragmentos, podrían re-
sultar inaccesibles al conocimiento o al menos permanecer en la penumbra. Con rela-
ción a lo metodológico, se observa que el replanteamiento de las formas de conocer
necesariamente trae consigo una revisión de las estrategias metodológicas para acer-
carse a la realidad misma y descifrarla. En otras palabras, la ampliación del mundo
geográfico nos enfrenta al problema de cómo estudiar lo que anteriormente no tenía
estatuto geográfico.

LOS GIROS DE LA GEOGRAFÍA HUMANA 23

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Alicia Lindón

Algunos ejemplos de aspectos espaciales del mundo sobre los que los giros han
puesto en discusión las posibilidades geográficas de comprenderlos pueden ser los espa-
cios domésticos, los espacios de la intimidad o el cuerpo mismo, entre muchos otros.
Siempre ha existido el espacio corporal, y es algo propio del ser humano la configura-
ción de las coordenadas espacio-temporales a partir del propio cuerpo. Se podría argu-
mentar que al menos desde el nacimiento de la geografía moderna (en la segunda mitad
del siglo XIX), de alguna forma tanto los espacios domésticos como los de la intimidad
han sido parte del mundo, a pesar de que estos espacios han presentado diferencias en
los mundos urbanos y rurales, así como en los diversos grupos sociales: no se puede
negar que no era (ni es) semejante el espacio doméstico rural que el urbano, o el espacio
doméstico de los sectores urbanos medios que el de los sectores populares urbanos, por
mencionar unos ejemplos. Más allá de esas diferencias innegables, queremos señalar
que en muchos contextos existe, y ha existido desde largo tiempo, alguna forma de espa-
cio doméstico. Algo semejante —aunque bastante más restringido— se podría plantear
respecto a los espacios de la intimidad. La presencia de este tipo de espacios desde hace
más de un siglo no impide reconocer que en la actualidad han cobrado mayor importan-
cia en la vida social por todo lo relacionado con la instauración social del individuo.1
De esta forma, lo relevante de este ejemplo para pensar los giros de la geografía
humana radica en que, a pesar de la existencia de ambos tipos de espacios (domésticos
y de la intimidad) desde el pasado y de su acrecentamiento reciente, nuestra disciplina
no les ha otorgado relevancia geográfica y, por lo mismo, resultan invisibles para las
aproximaciones geográficas legitimadas.2 Como derivación de lo anterior, la geografía
no se había preguntado sino hasta hace poco tiempo cómo estudiar este tipo de espa-
cios. Por ello, no contamos con preguntas teóricas específicamente geográficas sobre la
comprensión de éstos, ni mucho menos con estrategias metodológicas para darles inte-
ligibilidad, excepto algunos avances muy recientes desarrollados por geógrafos que asu-
men inquietudes como las de este libro, de búsquedas innovadoras. Éste es el caso de
Béatrice Collignon (2001) y Jean-François Staszak (2001)3 para el ámbito particular de
los espacios domésticos.
Si esto ha ocurrido con los espacios de los que la geografía no había relevado su
existencia, no menos oportuno resulta preguntarnos por lo ocurrido con aquellos otros
espacios largamente estudiados por la disciplina: los giros han permitido observar fenó-
menos y preguntarnos por ellos, cuando con anterioridad a este movimiento del pensa-
miento geográfico se estudiaban esos espacios pero sólo en ciertos aspectos, parcial-
mente. Esto se puede constatar, por ejemplo, en el caso de los espacios turísticos, en los
que, en virtud de los giros, la geografía parece redescubrir cuestiones antes no adverti-
das (Hiernaux, 2006).
Algo semejante podría plantearse para el caso del espacio urbano, que en ciertas
dimensiones resultaba invisible para el geógrafo urbano. Por ejemplo, se podría obser-

1. Respecto a la instauración del individuo nos remitimos a una obra clásica como la de Norbert
Elias (1990). Otra igualmente fundamental y referida de manera directa a la ciudad y la vida urbana es
la de Remy, Voyé y Servais (1991a y b).
2. Hablamos de invisibilidad en el sentido en el que la planteara Odette Louiset (2001) en su
análisis de las ciudades: en términos teórico-metodológicos.
3. Sobre este tema de la omisión de los espacios domésticos en la geografía se puede consultar el
trabajo de Béatrice Collignon en este libro. En sentido más amplio nos remitimos a la obra de Collignon
y Staszak (2004).

24 LOS GIROS DE LA GEOGRAFÍA HUMANA

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Los giros teóricos: texto y contexto

var esto con relación al espacio callejero de las ciudades que es apropiado como lugares
de residencia: la residencia en la calle no es un fenómeno nuevo, aun cuando actualmen-
te recrudezca en ciertas ciudades. Por otra parte, la geografía urbana siempre ha estu-
diado el espacio de las calles, aunque no en términos de residencia, sino con referencia
a temas como la circulación, la valorización del suelo urbano, la localización de activida-
des económicas... Sin duda alguna, las calles muchas veces (por no decir casi siempre)
han albergado mucho más que la circulación. Sin embargo, recién con los actuales giros
de la disciplina —que rompen esquemas muchas veces aceptados pero pocas veces dis-
cutidos— algunos geógrafos comenzaron a plantearse sistemáticamente cuestiones como
el estudio de las calles como residencia (a veces fija y semi-fija, en ocasiones móvil) de
ciertos urbanitas cada vez más identificados como homeless (Sommerville, 1992), otras
veces denominados SDF (sin domicilio fijo) (Zeneide-Henry, 2002).4
Continuando con las ciudades, se podría observar una circunstancia parecida con
respecto a los espacios de la nocturnidad: la geografía urbana parecería haber estudiado
la ciudad diurna, como si la ciudad nocturna sólo fuera la ciudad del Homo dormiens, el
espacio urbano desierto, silencioso e inmóvil. Dicho de otra forma, se abordaba el asun-
to como si la ciudad diurna fuera toda la ciudad. No es difícil advertir que esta forma de
proceder de la subdisciplina ha hecho invisible geográficamente más o menos la mitad
de la ciudad.5 Algo semejante podría plantearse para muchos otros espacios objeto de
estudio de la disciplina desde tiempo atrás.
En el contexto anterior, los giros han venido a producir cambios en los horizontes
que le permiten a la geografía descubrir y preguntarse por espacios que anteriormente
no eran ni siquiera observados geográficamente, y también descubrir más espesura y
profundidad en otros espacios estudiados con anterioridad pero sólo analizados en unos
niveles y no en toda su densidad.
Al mismo tiempo es necesario subrayar que estas transformaciones en la disciplina
no resultan de manera autónoma y ajena al mundo. Tal como lo plantea Jacques Lévy en
este libro, no se producen por una evolución interna de la geografía. Más bien surgen en
el diálogo de nuestra disciplina con otras ciencias sociales y, al mismo tiempo, frente a la
necesidad de comprender las transformaciones del mundo mismo. Estos giros de la
geografía humana buscan respuestas al devenir cambiante de las sociedades contempo-
ráneas y su relación con el espacio.6

4. Cabe observar que la expresión en inglés hace referencia a la falta de hogar de estos sujetos, en
tanto que el énfasis de la expresión francesa radica en la ausencia de un domicilio fijo. Sin duda alguna,
la afirmación de que estos sujetos no poseen hogar podría ser discutible si se amplía el concepto de
hogar. En este sentido, parecería que la expresión francesa podría ser más pertinente porque coloca la
ausencia en un concepto de fuerte contenido formal, como es el domicilio. Sin embargo, un paso más en
la reflexión permite observar que también puede resultar insatisfactoria si se considera que en muchas
ocasiones estos sujetos poseen un lugar fijo en el cual habitan, aun cuando sea una calle, un parque, un
área verde, una estación de trenes… En español no se ha acuñado aún una expresión propia, tal vez
porque llegamos al tema más tarde y eso nos da la posibilidad de advertir los límites de las otras expre-
siones y, por lo mismo, no logramos una que sortee exitosamente las advertencias previas.
5. Así como algunas voces destacadas de las geografías de género, como la de Maria Dolors García
Ramon, han expresado que la geografía ha estudiado la mitad de la humanidad asumiendo que se
estudiaba a los seres humanos, de igual forma, desde la perspectiva de la nocturnidad, se podría
plantear que sólo se ha estudiado la mitad del espacio urbano —el diurno— como si fuera todo el
espacio urbano.
6. En este aspecto nos remitimos al texto de Claval en este libro.

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Alicia Lindón

Con el contexto previo y a fin de repasar —muy esquemáticamente— algunas de las


líneas de fuerza más destacadas en torno a los mencionados giros, a continuación pre-
sentamos, primero, un apartado en el que se recapitula de manera muy somera sobre
estos giros en las otras ciencias sociales. Este apartado sólo aspira a constituir un esque-
ma básico que pueda acompañar las lecturas de los siguientes capítulos. Una revisión
crítica y a fondo de estos giros en las ciencias sociales constituiría en sí misma una
empresa intelectual mayor, que necesariamente va más allá de los objetivos posibles del
capítulo y de la obra misma. Luego, en un segundo apartado, se presentan de manera
igualmente esquemática e inevitablemente incompleta algunas de las formas de apro-
piación de estos giros en la geografía humana de las últimas tres décadas.

Los giros en las otras ciencias sociales

En las ciencias sociales y la filosofía contemporánea las fuertes transformaciones sociales


del siglo XX, sobre todo de las últimas tres décadas del pasado siglo, han sido acompaña-
das de nuevos discursos, renovadas propuestas teóricas, a veces identificadas como pensa-
miento posmoderno, otras veces como pensamiento postestructuralista, otras como pen-
samiento crítico y en no pocas ocasiones como nuevas visiones subjetivistas y constructi-
vistas. Todas esas teorías, que desde un ángulo u otro han intentado dar cuenta de las
sociedades actuales, han venido a constituir un contexto que ha ido penetrando en la
geografía humana de manera creciente.7 Si bien toda esta efervescencia teórica ha genera-
do tensiones entre diversos rumbos y horizontes posibles —por ejemplo, mientras unos
proclamaban la muerte del sujeto (Jameson, 1991; Foucault, 1968), otros defendían
el regreso del mismo (Touraine, 1997) y todavía otros sostenían que el sujeto no tiene que
regresar porque nunca ha partido (Castoriadis, 2007 [1975])— resulta enriquecedor
que nuestra disciplina ya no siga el camino de aislarse de este devenir de la teoría social,
como lo hizo en otros tiempos, sino que por el contrario se haya involucrado activamente
en él, aun cuando esto le haya implicado fragmentación interna y numerosos dilemas. En
última instancia, todo ello es favorable porque es expresión de haber superado los tiempos
en los que la disciplina parecía moverse exclusivamente por procesos de evolución inter-
na, al margen del resto de las ciencias sociales.
En ese contexto del pensamiento contemporáneo de la segunda mitad del siglo XX,
en notoria ebullición, resulta pertinente ubicar un hito: el giro lingüístico —nacido en la
década de los sesenta en la filosofía contemporánea de la mano de autores como Ludwig
Wittgenstein (en su segunda época), Richard Rorty, John Austin y John Searle— sin
duda alguna puede ser reconocido como la piedra angular de estas transformaciones de
las ciencias sociales (Rorty, 1998 [1967]). Uno de sus principales méritos radica en ha-
ber permitido el cuestionamiento y la superación del pensamiento representacional,
que concebía de manera bastante directa y simple la relación entre la conciencia y el
mundo exterior que es objeto de esa conciencia. En pocas palabras, este giro de la filoso-

7. La posibilidad de comprender el devenir de la geografía dentro de otros contextos, como el de la


filosofía contemporánea y el de las ciencias sociales, es una forma de revalorizar la perspectiva herme-
néutica según la cual un texto cobra sentido dentro de un contexto. En este caso, la geografía es el
texto y las otras ciencias sociales son el contexto. Dicho sea de paso, esto muestra una relación fuerte
entre nuestra disciplina y las restantes ciencias sociales, relación que no siempre ha estado presente.

26 LOS GIROS DE LA GEOGRAFÍA HUMANA

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Los giros teóricos: texto y contexto

fía contemporánea mostró la relevancia que adquiere el lenguaje en esa relación entre la
conciencia y el mundo exterior.
Así, a partir del giro lingüístico la comprensión del vínculo entre el mundo interior
y el mundo exterior pudo dejar atrás los esquemas dualistas y dicotómicos que habían
prevalecido durante largos años. Con el giro lingüístico, el lenguaje deja de ser aquello
que está entre el yo y la realidad, para pasar a ser aquello que construye tanto el yo como
la realidad (Scavino, 1999). De esta forma el giro lingüístico replanteaba la concepción
de la realidad y del conocimiento. Se abría —en las ciencias sociales— el camino hacia
las visiones constructivistas.
Si estas ideas fueron rechazadas inicialmente en la filosofía no podía esperarse que la
geografía las admitiera presurosamente, cuando el sesgo materialista y objetivista ha dado
el tono a la disciplina durante largos años. En este sentido cabe recordar el señalamiento
de Claude Raffestin: «la geografía es víctima de su evidencia» (Raffestin, 1986). No es
difícil advertir que en estas palabras la evidencia no refiere sino a las formas espaciales.
Aun así, con su sesgo materialista, la geografía tampoco pudo quedar totalmente al mar-
gen de lo que este movimiento generó en las ciencias sociales contemporáneas.
Una de las expresiones derivadas —directa o indirectamente— del giro lingüístico
es el pensamiento que ha venido a constituir el denominado giro pragmático. En este
caso, el énfasis se ubica en el estudio de los actos del habla en la perspectiva desarrollada
inicialmente por Austin (1990) y continuada por Searle (1994 y 1997). John Austin deve-
ló el error de considerar que los enunciados expresados por las personas sólo describen
los estados de las cosas, mostrando que los enunciados también hacen el mundo. Así,
este autor desarrolla el concepto de actos del habla entendidos como prácticas. Asimis-
mo, se muestra que el lenguaje ordinario o natural da cuenta de grupos y comunidades
sociales de pertenencia. De esta forma, la relación entre el lenguaje y los grupos sociales
de pertenencia adquiría relevancia. Por su parte —dentro de este giro— Searle estudió
de manera particular los actos ilocutorios, es decir, aquellos que se hacen al hablar. En
este camino el autor puso el foco de análisis en la intención —como por ejemplo pedir
algo, ordenar, sugerir, interrogar—, para lo cual el hablante elige palabras específicas.
Otra vertiente del giro lingüístico es el denominado giro pragmático-trascendental.
Uno de los aportes más relevantes es el de Habermas, para quien el lenguaje «posee un
doble carácter: es empírico, ya que nace del cúmulo de experiencias históricas particula-
res, y [también] es trascendental, ya que contiene categorías y esquemas que permiten
darle forma y estructura al mundo» (Berthier, 2006). Por ello, en esta propuesta el énfasis
radica en las condiciones que permiten el acuerdo intersubjetivo y lingüístico respecto a la
validez de lo que dicen (Habermas, 1987) los participantes en una relación interpersonal.
Desde los años noventa, en las ciencias sociales se postula de manera cada vez más
frecuente la importancia de la imagen en la construcción del conocimiento (Sartori,
1998; Arfuch, 2002b). En esta sintonía Casanueva y Bolaños (2009) plantean la existen-
cia de un giro pictórico entendido como un acercamiento transdisciplinario para el cual
el papel de la imagen se constituye en una fuerza clave para comprender las sociedades
contemporáneas. Un planteamiento semejante se expresó en la obra de Frederic Jame-
son (1999) cuando observó que las sociedades posmodernas se caracterizan por la ex-
pansión de la cultura de la imagen —la estetización— que constituye la ideología del
consumo del capitalismo actual, característica del fin o la disolución del sujeto protago-
nista y constituyente (Jameson, 1991). Michel Maffesoli —con diferentes raíces intelec-
tuales, más cercanas al sujeto— también forma parte del pensamiento posmoderno que

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Alicia Lindón

destaca la relevancia creciente de la imagen y lo estético en las sociedades contemporá-


neas (1993).
Todo lo anterior fue produciendo en el conjunto de las ciencias sociales un movi-
miento que terminó siendo identificado como giro cultural. Sería muy simplista asumir
que el giro cultural desembocó en las perspectivas subjetivistas y del sujeto. Más bien
ocurrió lo contrario, sobre todo en sus inicios. El giro cultural —que se impulsa a la luz
de las teorías posmodernas y postestructuralistas— contribuyó a deconstruir la perspec-
tiva de la autonomía y la creatividad individual (planteada con anterioridad a este giro
por las teorías subjetivistas, interaccionistas y la fenomenología schutziana...). Como lo
ha advertido Rustin (2006: 42), una vez que los atributos individuales han sido remitidos
al contexto cultural, el individuo termina siendo analíticamente sólo un residuo carente
de interés para esas aproximaciones. Más relevante aún resulta reconocer que las visio-
nes más radicales ligadas al giro cultural y al lenguaje terminaron por omitir al individuo,
al concebir la realidad social como enteramente estructurada, construida y/o producida
desde la discursividad, las palabras, los signos, la cultura. El individuo no quedaba muy
lejos de aquella conocida expresión crítica de Harold Garfinkel (1967) respecto a las
perspectivas (estructural-funcionalistas), que reducen el actor a un «idiota cultural».
No obstante, en la efervescencia de las últimas tres décadas del siglo XX algunas
voces dentro del giro cultural y el pensamiento posmoderno comenzaron a interesarse
de manera creciente por los procesos de individuación así como por el sujeto. Todo ello
contribuyó a abrir otros senderos en los que la discursividad, las tramas de significados,
la subjetividad adquirían todo su potencial a la luz de la singularidad8 de cada individuo
dentro de un mundo social que lo configura pero al cual también el sujeto transforma.
Del individuo se pasó al actor y del actor al sujeto social. Así, el interés por el sujeto y la
subjetividad renace en las ciencias sociales desde los años ochenta (Touraine, 1997;
Giddens, 1995 y 1997; Gergen 1991; Joseph, 1988...). Y ello parecería haber contribuido
al redescubrimiento de la biografía en las ciencias sociales aun cuando el hallazgo haya
sido tardío. Tal como lo plantea Michael Rustin (2006): las ciencias sociales sólo recien-
temente advierten la importancia de la biografía, mientras en las humanidades todo lo
biográfico siempre tuvo centralidad. No hay que olvidar que en los años setenta Roland
Barthes —al influjo del regreso al sujeto, según Dosse (2007)— se aboca a las biografías
y, como era usual en él, acuña el neologismo, en este caso, de biografema: una serie de
destellos de sentido que conforman una historia pulverizada del narrador, de un pintor,
de un poeta (Barthes, 1977: 17).
Si las ciencias sociales —como la sociología (Rustin, 2006)— se han demorado en
reconocer el valor de la biografía como aproximación a la realidad social, la situación de la
geografía humana en lo biográfico está mucho más rezagada. La geografía humana ac-
tualmente apenas dispone de estudios aislados en los que se revaloriza la biografía como
enfoque o aproximación a la realidad geográfica (García Ramon, 2003; Lindón, 2008).
Este redescubrimiento de la biografía es teórico, es epistemológico y también es un
giro metodológico. Algunos autores —tales como Rustin (2006) desde el pensamiento
social anglosajón, o bien Leonor Arfuch (2002) desde el pensamiento latinoamericano—
lo han denominado expresamente «giro biográfico». El historiador François Dosse ha-

8. La referencia a la singularidad se refiere a las formas en las que lo social se especifica en una
vida particular. Por ello, lo singular no es sinónimo de lo particular. Más bien es una mediación entre
lo social y lo individual.

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Los giros teóricos: texto y contexto

bla de una «explosión biográfica» ocurrida desde principios de los años ochenta, tras un
constante desprecio por parte del saber erudito, «sin duda demasiado relacionado con
esa parte acordada a lo emotivo y a la intensificación de la implicación subjetiva» (Dos-
se, 2007: 21).
En esencia este giro biográfico ha permitido comprender la emergencia de lo social
en la singularidad de las biografías, al mismo tiempo que destaca el carácter holístico de
la persona. Y dado que las biografías sobre todo se pueden comunicar al otro contándo-
las, el giro biográfico ha venido articulado con el giro narrativo. Este último advierte
sobre la centralidad de la reconstrucción narrativa de lo vivido, mostrando que la trama
de significados se termina de configurar después de la experiencia, cuando esa experien-
cia es contada, es puesta en palabras. Como dijera Brunner (1988), la narrativa es una
forma de construir la realidad.
Sin lugar a dudas, el giro narrativo no ha sido ajeno al giro interpretativo que se
plantea el problema de acceder a las tramas de significados que dan cuerpo a toda na-
rrativa o relato y que orientaron la acción, a veces como significados manifiestos y en
otras ocasiones como francamente latentes.
Así, los giros biográfico, narrativo, interpretativo y subjetivo han colocado en el
centro de estudio al sujeto con su capacidad creativa y también con las sujeciones al
mundo social del cual forma parte. Es el sujeto en esas tensiones quien construye y
reconstruye lo social a través de la acción (las prácticas) y sus significados, así como
también por medio de la discursividad sobre su hacer en el mundo y de las motivaciones
de la acción.
De alguna manera se podría considerar que estos giros han movilizado, han cam-
biado la orientación, en dos cuestiones que algunos autores —como Alexander— han
reconocido como la clave para comprender las diferencias entre las diversas teorías
sociales. Estas dos cuestiones son el concepto de orden social y el de acción social, que
subyacen en casi todas las teorías sociales, y que muy pocas veces se hacen explícitos. En
este sentido Alexander ha advertido que las posibilidades de comprensión del mundo
que ofrecen las teorías difieren según conciban a la acción social como interna al sujeto,
emotiva, idealista, sensible, subjetiva, normativa, no-racional, voluntaria; o bien si la
conciben como externa al sujeto, en busca de la eficiencia, materialista, objetiva, instru-
mental, egoísta y racional. En cuanto al orden social, según este autor, el dilema estará
en que las teorías lo conciban como lo que genera el control colectivo, como externo al
individuo y previo a la acción; o bien, como la posibilidad de libertad, como algo interno
a los individuos y negociable entre las personas (Alexander, 1989: 15-26).
En la última década, estos giros múltiples —con los diversos matices que van ad-
quiriendo en las diversas disciplinas sociales y según distintas filiaciones teóricas— pa-
recería que siguen convocando crecientemente a la reflexión de los científicos sociales.
Por ejemplo, en América Latina ya se han realizado tres encuentros internacionales que
han llevado por título (y temática general) Los giros teóricos, en todos los casos con un
espíritu transdisciplinario explícito. El primero se realizó en Córdoba (Argentina) en el
año 2006. En 2008 se realizó el segundo encuentro internacional sobre el mismo tema,
en Ciudad de México.9 Y a inicios de 2010 tuvo lugar el tercer encuentro de la misma
convocatoria en la ciudad de Buenos Aires.10

9. http://www.propuestaeducativa.flacso.org.ar/evento.php?id=7&num=29
10. http://girosteoricosbuenosaires.blogspot.com/

LOS GIROS DE LA GEOGRAFÍA HUMANA 29

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Alicia Lindón

Los giros y la geografía humana

En este devenir, algunas ideas de fuerte peso en la teoría social y la filosofía contemporá-
nea —al menos para aquéllas de sensibilidad posmoderna, o bien subjetivista— como la
deconstrucción y la narrativización del mundo,11 han arribado a la geografía humana
planteando desafíos no menores. Un ejemplo son los planteamientos de deconstruir el
saber geográfico acerca del mundo —lo que autores como Vincent Berdoulay (2000) sue-
len denominar los relatos geográficos— o la deconstrucción del saber dominante (Collig-
non, 2001), así como también la deconstrucción del saber cartográfico (Farinelli, 2007;
Harley, 2005; Minca, 2002). En todos los casos, los alegatos a favor de la deconstrucción
geográfica encuentran su razón de ser en lo que esos saberes legitimados han ocultado.
En cada campo de la geografía humana estos giros han adquirido diferentes mati-
ces, aunque en términos generales implican la construcción de un nuevo cuerpo teórico
en torno al espacio en diálogo con lo producido sobre el asunto por las otras ciencias
sociales (Lévy, 1999).
Al mismo tiempo, estos giros en la geografía humana suelen otorgarle una renova-
da centralidad al sujeto/actor. El redescubrimiento del sujeto/actor/individuo ha consti-
tuido uno de estos giros de la geografía humana, y necesariamente supone un acerca-
miento a la sociología (al menos a aquélla sensible al actor), aunque también a la psico-
logía social, a la antropología. Asimismo, algunos destacados geógrafos involucrados en
este giro hacia el sujeto insisten en que sólo parcialmente ha sido logrado, en cambio
extensamente ha sido anunciado (Debarbieux, 1997; Gumuchian et al., 2003). Otra cues-
tión relevante al respecto es que este giro geográfico hacia el sujeto en estricto sentido no
es uno sino varios con matices entre unos y otros. Tal vez sería un exceso de esquematis-
mo intentar perfilar algunos de los caminos que adquiere este giro en la disciplina.
Mencionamos algunos, pero sin pretender agotar el giro hacia el sujeto en ellos.
Posiblemente habría que reconocer que las geografías que giran hacia el sujeto
encuentran un momento fundacional en la naciente geografía social francófona de los
años sesenta. En particular merece recordarse la célebre expresión de Renée Rochefort,
con la cual se abría este camino: «la geografía social comienza con la inversión del orden
de los factores [entre el espacio y la sociedad], una inversión del interés» (Rochefort,
1963: 20). La geografía social francófona actual —con todas sus vertientes (Di Méo,
2000; Séchet, 1998; Ripoll, 2006; Veschambre, 2006)–— también podría incluirse en
este giro hacia el sujeto, que ha venido a sintetizarse en la fórmula «la dimensión espa-
cial de lo social». Por ejemplo, Di Méo y Buléon han señalado recientemente: «La geo-
grafía no se puede contentar con tomar en cuenta a los grupos sociales, también debe
anclarse en el sujeto, el individuo, la persona, el actor» (2005: 39).
Otra de las formas de girar hacia el sujeto se relaciona con el cuestionamiento de la
racionalidad instrumental. Y en particular está presente en las perspectivas herederas
de la geografía económica. Éste es el caso del camino geográfico en torno al estudio de
los sujetos emprendedores, como se plantea en el capítulo de Rocío Rosales.

11. La narrativización es aquella forma de interpretar el mundo (o sus fragmentos) en la cual se


omite la identificación del sujeto que interpreta. De esta forma, esa omisión le otorga a la interpreta-
ción un carácter casi universal e indudable. Este concepto de narrativización puede iluminar la com-
prensión de diversos territorios y territorialidades. Por ejemplo, Alicia Lindón lo aplica con relación a
los suburbios y periferias (2007a).

30 LOS GIROS DE LA GEOGRAFÍA HUMANA

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Los giros teóricos: texto y contexto

Otra perspectiva con cierta afinidad con esta última es la que en la geografía se ha
desarrollado a la luz del desarrollo local. En estas geografías del desarrollo local se ob-
serva una relevante apropiación de la figura del actor desarrollada en la sociología, que
es replanteada con relación a las identidades territoriales, la proximidad social, las ac-
ciones orientadas a proyectos locales innovadores que terminan constituyéndose en
acciones colectivas. Uno de los méritos de estos acercamientos radica en la concepción
del territorio como aquello que permite cristalizar y producir sinergias entre los actores,
sus acciones colectivas, las identidades para que de allí emerja lo local y el desarrollo
local (Klein, 1997 y 2006; Klein y Fontan, 2003 y 2004).
Otra perspectiva geográfica derivada del interés en el sujeto/actor es la desarrollada
por Gumuchian acerca del actor territorializado. Uno de los mayores méritos de esta
propuesta se halla en la inmersión en la teoría social (Giddens, Bourdieu, Goffman) y el
desarrollo de la propuesta geográfica que busca los puntos medios entre las aproxima-
ciones constructivistas de raíz interaccionista y las constructivistas más estructuralis-
tas. Al mismo tiempo, el acercamiento al actor territorializado aspira a mediar entre los
planteamientos metodológicamente más holísticos acerca del sujeto histórico (de raíces
post-marxistas) y otros planteamientos más anclados en el individualismo metodológi-
co (Gumuchian et al., 2003).
De igual forma cabe subrayar que en términos generales las geografías de la vida
cotidiana constituyen en sí mismas un giro hacia el sujeto y a veces también hacia su
subjetividad (Berdoulay y Entrikin, 1998; Di Méo, 1999). En algunos casos, estas geo-
grafías de la vida cotidiana se interesan particularmente por las trayectorias espacio-
temporales, los proyectos institucionales y las prácticas espaciales, recuperando la tra-
dición anglosajona de la Time Geography (Pred, 1981).
Las geografías de corte constructivista constituyen otra perspectiva de este giro
hacia el sujeto. Por ejemplo, los trabajos de Michel Lussault (2007), que conciben al
sujeto situado y se plantean que no es suficiente con reconocer que las prácticas constru-
yen el espacio. Se requiere dar un paso más adelante para comprender cómo es que las
prácticas construyen el espacio (Lussault y Stock, 2010). De igual forma, otra parte del
giro geográfico hacia el sujeto ha destacado la dimensión cultural para la comprensión
del espacio (Philo, 1991, 1999; Duncan y Ley, 1993).
Aún cabe subrayar que otra forma de girar hacia el sujeto es aquella que lleva a
profundizar la dimensión sensible y la experiencia espacial misma (Buttimer y Seamon,
1980; Tuan, 1975, 1976, 1977). Todo ello se concreta en formas variadas de abordarlo
según las temáticas en estudio. Por ejemplo, las geografías del miedo son una de estas
vertientes que giran hacia el sujeto abordándolo en su vida cotidiana, no sólo en térmi-
nos de prácticas espaciales sino también de sentidos y significados otorgados a las prác-
ticas y a los lugares en los que se despliegan.
En general, estos giros hacia el sujeto han impulsado el interés por reconocer y
comprender lo inmaterial como parte de la realidad geográfica. Posiblemente, la magni-
tud de esta transformación sólo se puede dimensionar si se recuerda que en la geografía
más legitimada lo inmaterial nunca había adquirido una clara relevancia, tal vez por el
peso que han tenido las formas espaciales en la conformación del pensamiento geográ-
fico. En este sentido, a inicios de los noventa, Nigel Thrift hablaba de la hegemonía de la
cultura en las ciencias sociales y en la geografía (1991: 144) como un cambio, una ruptu-
ra con algo previo. Sabemos que la cultura estuvo presente en la geografía moderna
desde sus inicios a finales del siglo XIX: Ratzel y Vidal de la Blache la incluyeron explíci-

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Alicia Lindón

tamente. Sin embargo, en aquel tiempo cuando la geografía se interesaba por la cultura
sobre todo lo hacía con relación a la cultura material. La hegemonía reciente de la cultu-
ra en la geografía desborda lo material.
El redescubrimiento geográfico de la inmaterialidad —que está en el centro de los
giros que analizamos— ha contribuido al hallazgo del lenguaje (Olsson, 1978, 1980,
1991, 1997; Mondada, 2000, 2006), las narrativas y los relatos (Berdoulay, 1988, 2000;
Claval, 2007; Barnes y Gregory, 1997) como constructores de los lugares, a veces desde
niveles estructurales y en otras ocasiones desde el sujeto en su mundo cotidiano. En
otros términos, la apropiación del giro lingüístico en la disciplina ha permitido recono-
cer de manera explícita la capacidad de las palabras para construir los lugares. Así, la
geografía asume que el espacio no sólo es objeto de manufactura y modelado material,
sino que su construcción pone en juego procesos más complejos que integran lo inmate-
rial, es decir, saberes, palabras, imágenes, fantasías... (Gumuchian et al., 2003; Lévy y
Lussault, 2000 y 2007; Lindón, 2007b). Dicho de otra forma, los sujetos no sólo constru-
yen los lugares cuando levantan viviendas, edificios, talan bosques, abren caminos, cul-
tivan tierras. También se construyen los lugares al hablar de ellos y hacerlo de cierta
forma, enfatizando algo, omitiendo otro rasgo, asociando ciertos fenómenos con otros.
En este aspecto el tema de fondo se halla en que esos discursos sobre los lugares proce-
den de prácticas espaciales particulares en dichos lugares y también anteceden a otras
prácticas espaciales (Lindón, 2007b). En otros términos, los lugares también son cons-
truidos por los sentidos y significados que se les atribuyen. Por su parte, esas tramas de
significados adquieren vida, se configuran, en el lenguaje, en los actos del habla. Y estos
juegos del lenguaje, para usar la célebre expresión de Wittgenstein, nunca son ajenos a la
vida práctica, son parte del mundo del hacer: la relación entre las palabras y el hacer es
indisociable, aun cuando no es lineal ni directa.
En este camino de apropiación del giro lingüístico y de otorgarle centralidad geo-
gráfica a la inmaterialidad, los hallazgos teóricos iniciales casi siempre parecieron eclip-
sar el interés geográfico por lo material. Aunque algunos años después del furor inicial,
hacia los años noventa, se empezaron a buscar alternativas que incluyeran lo inmaterial
sin relegar por ello lo material. Así, la geografía de las últimas dos décadas comenzó a
explorar las relaciones mutuamente constituyentes de ambas dimensiones, lo material y
lo no material (Staszak, 2002; Lussault, 2007).
Algunos trabajos característicos de este giro en la geografía son los de Lorenza
Mondada aplicados específicamente al espacio urbano (2000), así como los de esta auto-
ra con Jean-Bernard Racine (1995). En esta perspectiva, la apropiación geográfica del
giro lingüístico y pragmático ha permitido que autores como Lorenza Mondada pusie-
ran en evidencia que la relación entre el espacio y el lenguaje se puede comprender en
tres registros principales que son los siguientes: las palabras del espacio, los decires
sobre el espacio, es decir, las prácticas que tratan el espacio como objeto de discurso, y
los decires en el espacio, es decir, las prácticas situadas en el espacio como lugar de
enunciación (Mondada, 2006: 434-436). Asimismo, existen estudios geográficos que
abordan la relación entre el lenguaje y el lugar desde otros ángulos, por ejemplo, a través
de los tropos y retóricas tales como la metonimia, la metáfora... (Debarbieux, 1995). En
estos casos, la idea de fondo radica en que estos tropos, o bien ciertas retóricas, le dan
particulares sentidos a los lugares y así contribuyen a su construcción social.
El giro pictórico o giro iconográfico ha sido retomado intensamente por la geo-
grafía cultural. Por ejemplo, se ha apropiado en el estudio de los centros comerciales,

32 LOS GIROS DE LA GEOGRAFÍA HUMANA

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Los giros teóricos: texto y contexto

en el estudio de lo que se ha denominado el culto de la imagen-mercancía, en la comer-


cialización de lo visual. Este campo de estudios geográficos ha sido tan prolífico que
resulta muy difícil citar sólo algunos trabajos. También en otros ámbitos de la geogra-
fía ha penetrado. Éste es el caso de las geografías urbanas que se han interesado por
estudiar los procesos de promoción inmobiliaria de las gated communities con base en
la imagen de las construcciones, e incluso asociando estilos de construcción de las
viviendas con fantasías de la felicidad. En el caso mexicano, se pueden citar en esta
perspectiva trabajos de Liliana López Levi, Isabel Rodríguez Chumillas y Eloy Méndez
(2006a y 2006b).
Otra forma de apropiación por parte de la geografía del giro pictórico se constata
en el interés creciente de ciertos geógrafos por incursionar con profundidad creciente
en las artes, y particularmente en la relación entre la geografía y la pintura. Esta
relación se ha hecho más intensa en torno al estudio geográfico del paisaje y la pintu-
ra paisajista, aunque también otros estilos de pintura han cobrado interés para los
geógrafos. En este sentido es importante reconocer que esta relación no ha sido redu-
cida a la expresión más simple —la representacional—, es decir, aquella en la cual la
pintura representa y muestra los paisajes. Los geógrafos han puesto en evidencia
cómo, en diversas ocasiones, el paisaje de la pintura es el que configura el paisaje
geográfico. En este camino se puede citar el trabajo pionero de Denis Cosgrove (1984),
en donde reconstruye —con una perspectiva de geografía histórica— la forma en que
las transformaciones en la noción de paisaje de la pintura contribuyeron a legitimar
en el sentido común las relaciones de propiedad de la tierra, que luego se plasmaron en
el territorio.
En la geografía iberoamericana también se puede destacar el trabajo de Joan No-
gué —en este caso con un énfasis humanista— sobre el paisaje y la pintura paisajista de
la comarca de Olot (Catalunya) (Nogué, 1993). En el caso de la geografía francófona, se
destaca la obra de Jean-François Staszak que ha penetrado en diversas expresiones de
las artes plásticas (2004), pero casi siempre en relación con la construcción de los luga-
res exóticos. En particular se puede recordar su estudio geográfico de la obra de Paul
Gauguin (Staszak, 2003; 2006).
Posiblemente, el giro pictórico o iconográfico es uno de los que pudo ser integrado
y reapropiado en la disciplina con más rapidez y profundidad por la larga tradición
iconográfica y representacional que siempre ha formado parte de la geografía, y que no
es ajena al papel que en ella han jugado los mapas. Sin duda alguna, otra vertiente del
giro pictórico es la que se abocó a las lecturas críticas y deconstruccionistas de los ma-
pas (Harley, 2005; Farinelli, 2007).12
Otra perspectiva que da cuenta de la apropiación del giro pictórico e iconográfico
en la geografía es la relacionada con las geografías poscoloniales: por ejemplo, el papel
de la imaginación para darle significado a una serie de cuestiones que se desencadena-
ron en el mundo, históricamente, a partir de los procesos de colonización: éste es el caso
de los análisis geográficos que sacan a la luz el papel que jugó la imaginación para
otorgarle expresión visual a las formas de la naturaleza y los paisajes que emergen con
los procesos de colonización. Estas perspectivas —en las que nuevamente se destaca el
trabajo de Denis Cosgrove (2008)— pueden considerarse parte de las transformaciones

12. Para una revisión crítica sobre lo iconográfico en la geografía se puede consultar el trabajo de
Carla Lois (2009).

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Alicia Lindón

que adquiere el giro pictórico o iconográfico en la geografía porque articulan el compo-


nente imaginario con lo visual, y en el cruce de ambos se halla la imagen. Dentro de estos
rumbos también se destacan ciertas investigaciones geográficas atravesadas por la mi-
rada de género, como los trabajos recientes de Maria Dolors García Ramon sobre las
viajeras catalanas a África (García Ramon, Nogué y Zusman, 2008).
Por su parte, el giro biográfico ha encontrado más dificultades para penetrar y
enraizar en la geografía humana que lo ocurrido con el pictórico o iconográfico. En
buena medida esto se vincula con que la relación entre la geografía y la lingüística es
francamente reciente. Por esto último, los procesos institucionales de formación de
los geógrafos casi nunca han incorporado el lenguaje, y sin duda alguna esto acarrea
una dificultad considerable para penetrar en el giro biográfico. No obstante, en las
últimas tres décadas el auge de las metodologías cualitativas en todas las ciencias
sociales también alcanzó a la geografía y así la investigación geográfica comenzó a
acercarse a las narraciones y relatos por la vía técnica de las entrevistas. Sin embargo,
sería muy reduccionista afirmar que el empleo de entrevistas como herramienta téc-
nica pueda ser asimilado a un giro biográfico. Esa herramienta técnica sólo les ha
representado a los geógrafos el primer acercamiento a la discursividad. En muchas
ocasiones, este primer acercamiento ha sido la forma de comenzar a abrirse hacia
algo mucho más profundo como es el giro biográfico, que no se limita al carácter de
técnica o herramienta.
A pesar de los rezagos, el giro biográfico ha ido penetrando en aquellas geografías
sensibles al sujeto en sentido amplio (Berdoulay y Entrikin, 1998; Berdoulay, en prensa;
Lindón, en prensa), o bien en aquellas geografías centradas en el estudio de sujetos
específicos. Esto último es lo que se ha observado en ciertas geografías de género (Gar-
cía Ramon, 2003), así como en ciertas geografías de la subalternidad y de la interseccio-
nalidad, que por la centralidad otorgada al sujeto de estudio o a ciertas condiciones
propias de dicho sujeto comienzan a revalorizar la biografía como forma de compren-
sión del mundo (Molina, 2006). Una derivación de estos giros ha sido el redescubrimien-
to de las diferencias entre los sujetos que habitan los lugares (Smith, 1992; Harvey,
1996). Esto hizo posible transitar desde las visiones universalistas del ser humano, tan
ancladas en la geografía humana clásica, hacia la revalorización de la especificidad de
los seres humanos en relación con sus identidades e identificaciones, conforme a sus
múltiples y cambiantes posiciones en la trama social, y de acuerdo con sus mundos de
relaciones sociales, próximas y distantes.
Otra derivación de esta apropiación de los giros en la geografía se fue canalizando
progresivamente en torno a la reflexión de la dimensión espacial del cruce de lo políti-
co, lo moral y la ética. Una expresión de este curso del pensamiento geográfico se obser-
va en planteamientos como los de David Smith (1997), cuando desde finales de los años
noventa se pregunta si es posible hablar de un giro moral en la geografía. Posterior-
mente, en ciertos círculos de geógrafos anglosajones se fue profundizando la reflexión
espacial sobre lo moral y lo ético, de modo tal que actualmente se ha legitimado una
geografía de la moralidad (Lee y Smith, 2004). Este giro ha venido a articular las inter-
secciones entre cuestiones tales como la exclusión, la opresión, la subalternidad, la
construcción narrativa del otro como una exterioridad unitaria observable desde afue-
ra (Duncan, 1993; Soja, 1996; Cosgrove, 2008). En algunos casos este curso del pensa-
miento fue alimentando las ya mencionadas geografías poscoloniales. En otros casos,
se fueron integrando otros componentes como el género, la corporeidad y la masculini-

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Los giros teóricos: texto y contexto

dad (McDowell, 2004). Más aún, algunos geógrafos han cultivado el estudio de la inter-
sección entre lo poscolonial y la condición de género. En ocasiones, el énfasis analítico
se colocó en la producción de prácticas de resistencia y de liberación de ciertos sujetos
subalternos. En otros casos, se enfatizó la colonización y las prácticas de reproducción
de la subalternidad.
Este devenir de los giros también se puede comprender en dos cursos de investiga-
ción complementarios pero diferenciados: uno de ellos es el que se focalizó en las geo-
grafías del bienestar, de la exclusión y la opresión —considerando ejes analíticos tales
como la salud, los derechos humanos, los valores, el post-apartheid, cuestiones de géne-
ro y la dominación masculina, corporeidades, el trabajo, entre otros. El otro camino fue
el que se orientó hacia la revisión de la propia práctica profesional del geógrafo, pero
evaluada desde la reflexión ética, moral y política. Esta revisión crítica de la práctica
profesional se abocó tanto a la revisión del trabajo de campo con diversos tipos de suje-
tos sociales subalternos, excluidos, oprimidos; como también a la crítica de la práctica
del geógrafo en cuanto a la forma de comprender el mundo por el prisma teórico em-
pleado (Cosgrove y Domosh, 1993; Cunnan, 2004).
Por otro lado, el asunto de la ética, la política, el poder y el control también ha
venido a converger, al menos parcialmente, con lo que algunos autores denominan el
«giro animal», y otros directamente redefinen como el giro hacia la bestialidad. Con un
rumbo semejante ciertos autores identifican estas perspectivas como la biologización de
la política, la bioética y la biopolítica. Sin duda alguna estos nuevos derroteros se rela-
cionan con algunas ideas de Gilles Deleuze. A su vez, todo ello parece a veces articularse
con la cuestión del cuerpo y la corporeidad a partir del dolor, la tortura, la mutilación
(Abrahamsson, 2009; Abrahamsson y Abrahamsson, 2007). Algo relevante que se des-
prende de este devenir es que la centralidad que otros giros le habían otorgado a la
subjetividad, en este curso parece desvanecerse y ser ocupada por el componente de la
vida y la animalidad.
También se puede mencionar un giro hacia la corporeidad y las emociones que se
alimenta con fuerza de las geografías de género (Davidson y Milligan, 2004; Davidson,
Bondi y Smith, 2005), pero las trasciende y penetra en las geografías de diversos tipos de
sujetos sociales particulares, como las personas de la tercera edad, los enfermos de sida,
así como en cuestiones tales como la apropiación del espacio público por la performati-
vidad corporal.
Este repaso no puede ser más que doblemente parcial: está incompleto porque nece-
sariamente falta mencionar muchas otras derivaciones que fueron generando los giros de
las ciencias sociales en la geografía y también otras derivaciones que se generaron como
resultado de procesos internos de la propia geografía. Además esta revisión es parcial
porque no ha dado cuenta de los innumerables cambios de rumbo que cada uno de estos
cursos fue generando como respuesta a las nuevas perspectivas teóricas que iban surgien-
do, pero también con relación a la autocrítica permanente de los intelectuales comprome-
tidos en esta tarea y, de igual forma, como respuesta a los nuevos cambios en el mundo
que se pretende hacer inteligible. Otra cuestión que se debe observar es que estas
líneas que se han ido esbozando, con necesario esquematismo por la complejidad del
asunto, no se deberían concebir como exhaustivas y excluyentes. En otros términos, algu-
nos desarrollos han participado de varios de estos giros tanto de manera simultánea como
en diferentes momentos en el tiempo. Asimismo, algunos geógrafos han asumido algunos
giros y luego los abandonan o matizan las posturas. Un ejemplo conocido es el del geógra-

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Alicia Lindón

fo Don Mitchell, que tras haber defendido inicialmente la centralidad de lo discursivo y la


textualidad, propone luego un regreso a la dimensión económica y a lo material (Mitchell,
2000; Mitchell y Boyle, 2008) llegando a subrayar la necesidad de cautela con la dimensión
discursiva. Esto ha ocurrido con muchos otros pensadores e ideas, y es expresión del
movimiento constante en el que está inserta esta búsqueda intelectual.

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40 LOS GIROS DE LA GEOGRAFÍA HUMANA

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LOS GIROS DE LA GEOGRAFÍA HUMANA 41

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LA GEOGRAFÍA HOY:
GIROS, FRAGMENTOS Y NUEVA UNIDAD

Daniel Hiernaux
Universidad Autónoma Metropolitana, Iztapalapa, México

To Everything (Turn, Turn, Turn)


There is a season (Turn, Turn, Turn)
And a time to every purpose, under Heaven1

En ciertos momentos de la historia de las ciencias sociales, puede observarse una modi-
ficación radical de las formas de concebir una disciplina que suele llevar a una inflexión
en la trayectoria del pensamiento de la época. Un cambio paradigmático importante
puede ser el origen de esta nueva orientación que termina imponiendo una modifica-
ción sustancial de la cosmovisión de la época como fue el caso de la revolución coperni-
cana. En algunos casos, ciertos científicos han conducido una reflexión de fondo cuyos
sustentos se ubican claramente fuera de los senderos predecibles. Esto a su vez puede
implicar una modificación radical del comportamiento disciplinario que se reflejará
tanto en la manera de pensar la disciplina como en el método que la misma emplea.
Sea a través de la reflexión epistemológica o de la experimentación paciente, el
resultado suele ser una nueva orientación del conocimiento capaz de imprimir un «giro»
en la ciencia. Este proceso normal, o más bien deseable, conduce entonces a lo que se
conoce como «progreso científico».
Esta revisión y puesta en discusión de una disciplina también puede ser consecuen-
cia de cierto malestar originado en los fundamentos epistemológicos con los cuales se ha
conducido la investigación científica en el pasado. Por ende, algunos científicos presien-
ten la existencia de enfoques distintos y aún no explorados y se dedican a construir los
cimientos de una nueva orientación disciplinaria. No siempre son avalados por la ciencia
«establecida» por lo que, con frecuencia, esta actitud genera oprobio o represión.
A su turno, factores externos, en ocasiones, también pueden ser decisivos para in-
ducir la necesidad de revisar los fundamentos de tal o cual ciencia. El descubrimiento de
América, por ejemplo, actuó como hito y parteluz entre una concepción tradicional del
mundo y las perspectivas revolucionarias que iban a derivarse de la nueva realidad geo-
gráfica. A su turno, la mundialización o globalización, sea cual sea la preferencia de
denominación, se presenta como un factor en parte externo que determina nuevas con-

1. «Para cada cosa (gira, gira, gira) hay una temporada (gira, gira, gira) y un tiempo para cada
propósito bajo el cielo», letra de una famosa canción de los años sesenta adaptada por Pete Seeger del
Libro del Eclesiastés de la Biblia.

LOS GIROS DE LA GEOGRAFÍA HUMANA 43

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Daniel Hiernaux

diciones de operación de las ciencias en el mundo articulado por redes. Por ejemplo, la
posibilidad de un mayor intercambio entre científicos gracias a las nuevas tecnologías
de la información, el avance considerable en la difusión mundial del conocimiento local,
la generación de un conocimiento multilocal (en ocasiones premiado como se ha podido
notar en el otorgamiento del Premio Nobel) o el reconocimiento de la existencia de un
conocimiento universal son sólo algunos índices de un fenómeno importante que tras-
torna la evolución potencial de la ciencia en el siglo XXI y cuyas implicaciones se está
muy lejos de haberlas estimado en todas sus facetas.
Finalmente, cabe destacar el trabajo innovador de algunos personajes que pode-
mos calificar como «agitadores de ideas» y que, a su vez, llega a impulsar la adopción de
nuevos paradigmas científicos. Dentro de un mundo de las ideas cada vez más fragmen-
tado por obediencias institucionales forzadas que imponen reglas estrictas de la comu-
nicación y de clasificación del saber, ciertas personas actúan como «electrones libres»
por su interés en multiplicar la vinculación entre disciplinas científicas, y entre éstas y
diversas formas de conocimiento, como las artes por ejemplo. El papel de esas personas
será tanto más decisivo si cuentan con el reconocimiento en una disciplina particular a
partir de la cual ejercen su papel de difusión de otros conocimientos y de encuentros
interdisciplinarios con toda forma de creación. Sin voluntad de ser exhaustivos ni de
apuntar a las figuras más prominentes en este rumbo, puede citarse a Ilya Prigogine
(1996), Bruno Latour (2005) y Howard Becker (2009). Este último, en un libro reciente,
no duda en analizar de manera articulada a George Bernard Shaw, Erving Goffman,
Jane Austen, Italo Calvino y George Perec. Esta mezcla de interés por el teatro, la litera-
tura y las artes en general, viniendo de un sociólogo profundamente marcado por las
enseñanzas de la Escuela de Chicago, abre ventanas sumamente perspicaces e innova-
doras para repensar las ciencias sociales (Becker, 2009).2
Algunos científicos, como el joven filósofo libertario francés Michel Onfray, no du-
dan en despreciar la vía universitaria que ofrece el reconocimiento y la seguridad profe-
sional, para ponerse al servicio de la «gente» en general con sus publicaciones de libros
de gran difusión, sus audiolibros y su proyecto colectivo de una Universidad Popular
(Onfray, 2004). Muestra así una preocupación central por la constitución de una filoso-
fía distinta, no solamente por su forma de «pensar el pensamiento», sino también por su
relación con su público y por la forma de construir el saber con el mismo, antes que
imponerlo desde la cátedra formal.3
La geografía no ha sido ajena a este tipo de situaciones. En varios momentos se han
dado estos golpes de ariete, que vinieron a derrumbar las puertas de una pseudosegu-
ridad disciplinaria así como las certezas científicas de la misma. Esta forma de proceder
se puede detectar desde la formación del pensamiento moderno en la geografía: en este
sentido, Alejandro von Humboldt puede ser visto como el primero de los modernos,

2. Charles Wright Mills, en alguna forma, desempeñó un papel similar para la sociología a media-
dos del siglo pasado, cuando criticó una disciplina enfundada en un estructuralismo que perdía pro-
gresivamente su sentido (1968).
3. Cabe señalar que este autor, editado por decenas de miles de ejemplares, es representativo de
una tendencia reciente de difundir el conocimiento filosófico entre quienes no son «naturalmente»
proclives a ello, partiendo de la idea que todos somos capaces de tener una reflexión filosófica. Desde
la geografía podemos recordar también el éxito de la «nueva geografía universal» de Eliseo Reclus
(1830-1905) publicada inicialmente a manera de folletos semanales de más de 200.000 ejemplares.
Dos excelentes ejemplos de una promoción verdaderamente popular del conocimiento.

44 LOS GIROS DE LA GEOGRAFÍA HUMANA

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La geografía hoy: giros, fragmentos y nueva unidad

mientras que Immanuel Kant ocuparía el lugar del último (y de lejos no el mejor) de los
geógrafos tradicionales, aun si se discuten todavía y se aprecian nuevamente sus plan-
teamientos sobre el concepto del espacio.
Hace más de medio siglo, una renovación similar fue notoriamente dirigida por
F. Schaefer cuando criticó amargamente a la geografía tradicional, abriendo así la vía al
enfoque «teorético-cuantitativista» que se desarrollaría en los años inmediatamente pos-
teriores (Schaefer, 1977). Su papel de agitador de ideas fue notable, aun si su muerte
temprana impidió que jugara un papel relevante en la construcción de una nueva orien-
tación para la geografía posterior a la Segunda Guerra Mundial. Prácticamente fue un
hombre de una sola obra, aun así marcó decididamente la transición geográfica de me-
diados del siglo pasado y con esa única intervención pasó a la historia de la disciplina.
Los «agitadores de ideas» suelen ser intelectuales con una acérrima propensión a
innovar, a no respetar los límites en la forma de pensar impuestos por la geografía estable-
cida. En este sentido, su capacidad innovadora puede ser afectada por las presiones de la
institucionalidad geográfica, y ello es válido para todas las disciplinas. No todos los inno-
vadores resultan entonces capaces de afrontar el duro reto de posicionarse frente a la
corriente tradicional e instaurada en su disciplina. Algunos, como Yi-Fu Tuan, desde la
soledad de un trabajo constante pero no altisonante, dieron sentido y orientación a quie-
nes deseaban abrazar una visión más humanista para una geografía que no podía des-
prenderse de su ropaje estructural (Tuan, 2004 y 2005). Su discurso, si bien fue conocido
desde principios de los años setenta en la geografía americana, fue relativamente poco
difundido por nadar a contracorriente del paradigma dominante —teorético-cuantitati-
vista— de esa época. Así se tendría que esperar hasta avanzados los años ochenta para que
se le reconozca un papel preponderante en la renovación de la geografía humana.
Podemos recordar también a William Bunge quien, desde una visión radical y mili-
tante, pretendía sacudir la geografía americana de finales de los sesenta. Su posición lo
llevó a que fuera expulsado de su universidad y sacrificara su carrera por predicar una
geografía más cercana a la gente, más próxima a una realidad desigual para gran parte
de la población (Merrifield, 2001).
No todos los innovadores, es decir, aquellos que sacuden las certezas, están conde-
nados al oprobio y al rechazo de sus contemporáneos. Podemos recordar en este sentido
el caso de David Harvey, quien ha ayudado a consolidar una visión crítica y renovada de
la geografía humana, superando las visiones radicalmente estructurales.
A su turno, también destaca el papel de Paul Claval para la geografía francófona
quien, en diversas etapas de su trayectoria académica, trajo a su disciplina propuestas de
otros ámbitos. Éste fue el caso de los flujos económicos hasta la introducción de una
renovada dimensión cultural, de la cual ha sido heraldo en el mundo francófono en los
últimos 30 años, por lo menos (Claval, 2003 y 2007, entre otros). En el mismo sentido
podemos destacar otros personajes como Jean-Bernard Racine y Antoine Bailly, entre otros.4

4. El libro de Da Cunha y Matthey (2007) es de hecho una recopilación de textos ofrecidos en home-
naje a Jean-Bernard Racine. Una frase de Anne-Claude Berthould (2007), en su contribución al homena-
je a Racine, expresa claramente su trayectoria: dedicó su vida profesional a «...apuntar a los márgenes
para llegar a la esencia», lo que refleja su forma de pensar la geografía. La expresión también podría ser
aplicable a otros autores como Tuan, por ejemplo. Podemos recordar también el excelente trabajo de
Racine y Walther sobre la geografía de las religiones (Racine y Walther, 2006), y para el caso de Antoine
Bailly, codirector de la Enciclopedia de la geografía de (1992), que enarbola un espíritu universalista por
el cual las fronteras disciplinarias son presentadas como creaciones fantasiosas de las instituciones.

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Daniel Hiernaux

Cabe señalar que estos geógrafos y varios otros que no mencionaremos aquí, han sido
abrevados por diversas escuelas geográficas y se han movido notoriamente en el mundo
académico mundial.
Sea por cuestiones externas, sea por el trabajo meritorio de esos agitadores de ideas,
la geografía actual afronta una serie de «giros». El tema de los «giros» es, en cierta
forma, un aporte formidable para el replanteamiento de la geografía humana de este
siglo XXI. No obstante tampoco debería asimilarse a una revolución interna, es decir, un
aggiornamento de la misma geografía humana. En efecto, los giros han sido, y son,
tendencias que impulsan a emprender bifurcaciones en la manera de concebir la geo-
grafía, que han abierto nuevas pistas, pero no por ello han conllevado una refundación
total de la disciplina y en todos sus campos, por lo menos hasta ahora.
La cuestión central entonces podría ser: ¿de qué manera los geógrafos han reac-
cionado frente a las exigencias de estos giros y qué grado de autonomía o de depen-
dencia se ha generado a partir de la adopción de los diversos giros en la geografía
humana? En las páginas que vienen trataremos primero acerca del contenido de estos
giros para el caso específico de la geografía. Posteriormente, nos dedicaremos a re-
flexionar sobre la fragmentación de la disciplina, en un apartado titulado «Fragmen-
tos». Finalmente, será tiempo de reflexionar sobre los derroteros que se presentan en
la geografía humana actual. El cuarto y último apartado resume nuestra posición per-
sonal frente a esos cambios, posición que se deriva de nuestra práctica profesional de
la geografía humana, pero también de la certeza de la necesidad de una renovación
profunda en la geografía humana, que ya hemos introducido en una obra anterior
(Hiernaux y Lindón, 2006).

1. Giros

La primera referencia a un «giro geográfico» se remonta a una corta introducción de


Marcel Gauchet (1996) a un monográfico de la revista Le Débat, a lo largo del cual per-
mea justamente un espíritu diferente sobre la geografía humana. Sin embargo, la obra
decisiva que inscribe el tema en el pensamiento geográfico reciente es el muy conocido
libro de Jacques Lévy (1999), que propone una revisión de nuestra forma de pensar la
geografía («pensar el espacio para leer el mundo» es el subtitulo de la misma), que
marcaría un giro frente a la geografía previa.
Si bien el término «giro» es empleado como el lema del título de la obra de Lévy,
casi como un «gancho» promocional, de manera bastante significativa el autor no lo
retoma en el glosario que presenta al final de la obra. Aunque sí señala la idea de bifur-
cación. Notaremos también que en el Dictionnaire de la géographie, de l’espace et des
sociétés, que dirige junto con Michel Lussault (Lévy y Lussault, 2003), se elude proponer
una definición a la voz «giro». Posiblemente ello se relacione con que la voz «giro» se
presta a diversas interpretaciones y, por lo mismo, cabe en esta ocasión analizar con
más detalle la cuestión.
La idea del «giro» en sí no es un concepto geográfico, sino la señal de un cambio de
orientación que a su turno puede dar pie al desarrollo de nuevas conceptualizaciones.
Por una parte, las ciencias sociales han sido invadidas en tiempos recientes por propues-
tas innovadoras que trazan nuevos derroteros. Algunas de ellas son el giro lingüístico,
como tendencia general a prestar más interés al lenguaje en sí, o el giro cultural como

46 LOS GIROS DE LA GEOGRAFÍA HUMANA

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La geografía hoy: giros, fragmentos y nueva unidad

una nueva visión del mundo que se ancla en lo cultural como línea de lectura transversal
a todas las temáticas tratadas.
A su turno, el despertar de las ciencias sociales hacia la dimensión espacial (que se
analiza en detalle en el último capítulo de esta obra) plantea la existencia de un giro
espacial que sólo en ciertos autores ha implicado una mirada hacia el quehacer de los
geógrafos. Entre aquellos que desde otras ciencias sociales integran consideraciones
espaciales en sus análisis sociales se constata que las referencias a la geografía son esca-
samente tomadas en cuenta. En otros términos, la geografía no ha demostrado tener la
fuerza científica suficiente como para ser el referente obligado de quienes desean inte-
grar el espacio a sus dominios de estudio, situación que no tiene equivalente en las
demás ciencias sociales: quien pretende introducir una dimensión económica en sus
análisis, ni siquiera se atrevería a dejar de lado los aportes de las ciencias económicas.
En cambio, ignorar la geografía cuando se introduce el espacio es algo tan frecuente que
pasa desapercibido. De tal suerte que se puede hablar de espacio en un entorno discipli-
nario, sin por ello recurrir mínimamente a las tradiciones disciplinarias que han inten-
tado construirlo.
Un buen referente y ejemplo de ello lo encontramos en el libro editado en 2009 por
Thierry Paquot y Chris Younès, Le territoire des philosophes, una obra muy relevante que
reúne una gran cantidad de renombrados especialistas, cada cual analiza el pensamien-
to sobre el espacio de algún filósofo del siglo XX y finales del XIX. Así, la obra recorre
desde Georg Simmel a Peter Sloterdijk, pasando por Bergson, Benjamin, Foucault, De-
rrida y tantos otros y otras («otras» aunque sólo se analice la obra de dos mujeres filóso-
fas, Hannah Arendt y Simone Weil). Los autores se abocan a lo que los directores de la
obra denominan una «filosofía de la dispersión» (Paquot y Younès, 2009: 7), es decir,
una búsqueda del conocimiento en otros «pastizales disciplinarios» (la expresión es de
los autores). La referencia a la geografía es por lo menos escasa, y sólo aparece explícita-
mente cuando Paquot pretende encontrar el sentido dado a la palabra territorio en las
ciencias sociales (Paquot, 2009: 9-27). También notaremos que el capítulo sobre Foucault
(Villani, 2009: 161-176) no introduce ninguna referencia al debate entre el filósofo y el
bien conocido Yves Lacoste, en el primer número de la revista Hérodote (1976). Si bien
no podemos más que saludar el mérito de esta obra, queda el amargo sabor de que
mucho del trabajo académico actual pasa por asaltos corsarios a buques propios.
No es éste el momento de lamentar esta situación que responde al endeble reconoci-
miento de la disciplina geográfica, todavía mal enseñada y difundida. Situación que ha
sido decisiva en el estigma que lleva, para muchos, como el perfecto ejemplo del trabajo
descriptivo de escaso interés, como lo señalaba justamente Foucault en el mencionado
debate, o bien Wallerstein en su obra Abrir las ciencias sociales (Wallerstein, 1996).
Sin duda alguna, un alto índice de legitimación de la disciplina es algo difícil de
alcanzar, lo que buscan indudablemente quienes proponen una lectura diferente de la
geografía y son capaces, además, de dialogar con las demás ciencias sociales, modifican-
do así, paso a paso, la idea que se tiene de la geografía desde fuera de la disciplina. A ello
debe agregarse que ese trabajo de legitimación no sólo debe realizarse hacia afuera, es
decir, de cara a las demás disciplinas, sino que es pertinente también hacerlo hacia
adentro ya que desafortunadamente muchos geógrafos suelen contentarse de una ver-
sión light de la disciplina geográfica. Esto constituye un elemento más que contribuye al
detrimento de una reflexión geográfica constante y necesaria sobre los propios campos
de trabajo de la disciplina, sus fundamentos epistemológicos y sus formas de trabajo.

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Daniel Hiernaux

Finalmente, el giro más significativo para nosotros —desde la disciplina— es aquel


giro geográfico por el cual la geografía admite actualmente que «...la complejidad del
mundo actual requiere de los acercamientos interdisciplinarios y la construcción de
nuevos cuerpos teóricos...» (Lindón e Hiernaux, 2006: 9). Este giro representa una aper-
tura que, si bien se había planteado desde tiempo atrás, se encuentra muy lejos de ser
asumida por la comunidad geográfica en sentido amplio. A este respecto, cabe recordar
la obra ejemplar de Milton Santos que señalaba, desde 1968, que no le quedaba más
horizonte a la geografía que asumir este encuentro con las ciencias sociales, aun al pre-
cio de modificar sus concepciones y sus métodos (Santos, 1991 [1968]). Seguramente
estas palabras pueden ser asumidas actualmente como un discurso premonitorio que
data de hace 40 años y que no ha resonado lo suficiente (Hiernaux, 2008a). Nuevamente,
la observación del quehacer geográfico muestra la distancia entre esas palabras, casi
proféticas, y una realidad poco alentadora cuya responsabilidad recae en los geógrafos
en general y quizás más particularmente en quienes enseñan una geografía tradicional
que perpetúa las deficiencias atávicas y esconde las propuestas innovadoras.
Ahora bien, las preguntas y consecuencias inmediatas que se derivan de este enfo-
que de los giros desde la geografía humana son múltiples y eminentemente complejas.
La primera anotación es que la geografía debe asumir su debilidad conceptual y teórica,
evitando esconderse bajo la propuesta kantiana de una ciencia transversal que puede
tomar de todo, pero en cierta forma no se hace responsable de nada. La pobreza con-
ceptual es evidente aún en la geografía actual, y una parte considerable de la produc-
ción geográfica no pasa de ser una descripción «ilustrada» que, en el mejor de los casos,
replica conceptos de otras disciplinas o temáticas sin analizarlos más que superficial-
mente: un ejemplo evidente surge cuando los geógrafos profundizan el tema de los
barrios separados físicamente del resto de la ciudad por acciones directas de los promo-
tores del espacio urbano o de los residentes: sin mayor análisis desde la geografía, asu-
men que eso representa un «barrio cerrado», etiqueta que merecería ser analizada con
mayor profundidad.5
Más aún, una traba esencial es la escasez de discusión sobre la ontología misma del
espacio. El espacio, aún actualmente y para muchos geógrafos, es considerado como
algo «predado». El espacio suele no discutirse, se toma como existente en su materiali-
dad. Sólo a partir de ciertos análisis y algunas aportaciones de otras disciplinas se puede
observar una reacción de algunos geógrafos en busca del anhelado Grial: «el sentido del
espacio», o el «sentido del lugar», nuevos conceptos que se han desprendido de la nece-
saria discusión sobre la pertinencia de seguir concibiendo el espacio en la esfera de los
«objetos físicos», cuando nuestra percepción del mismo y las emociones que genera son
dimensiones relevantes que la mayor parte de los geógrafos no han evaluado como tales.
Ha resultado particularmente difícil para muchos geógrafos percatarse de que la
concepción tradicional de la geografía sobre el espacio se ha sustentado en la dimensión
física del objeto «espacio» y en la distribución espacial de los objetos materiales en el
espacio. De tal suerte que la disciplina tendría, antes que nada, que explicar la localiza-

5. Sólo apuntaremos lo siguiente para abrir la discusión: la idea de «barrio cerrado» en el fondo
debería remitir sólo a la separación física del entorno inmediato. Sin embargo, ha derivado en un
concepto de cerrazón absoluta que contradice la realidad: más bien estamos frente a la posibilidad de
entender que la ciudad funciona a partir de ramilletes de ínsulas que, a la manera del sistema
socioespacial isleño del Pacífico Sur estudiado por Joel Bonnemaison (2001), podría ser más oportu-
namente calificado como «archipiélago», aplicando a nivel barrial la metáfora de Pierre Veltz (1999).

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La geografía hoy: giros, fragmentos y nueva unidad

ción de los fenómenos, la bien conocida «distribución de los objetos sobre la faz de la
tierra» que durante décadas ha sido la definición fundamental del quehacer geográfico.
Desarmada frente a una nueva concepción del espacio que combine su esencia física
con la dimensión subjetiva, la geografía tradicional prefiere en muchos casos eludir la
temática y seguir por sus veredas tradicionales.
Un ejemplo ilustra bien la anotación anterior: el giro lingüístico, en ese sentido, nos
ha evidenciado el potencial analítico del texto como estructuración de un lenguaje ex-
presivo, que puede analizarse para entender las prácticas espaciales de los sujetos o de
los productores institucionales (públicos o privados del espacio). Recurrir a los tropos
de la retórica para construir un análisis geográfico alternativo del espacio puede ser una
vía saludable para la geografía humana que ha sido escasamente aplicada.
Otro ejemplo es el tema de la escala geográfica: la escala «macro», es decir, la que
otorga legibilidad a los objetos pequeños, ha sido escasamente asumida por los geógra-
fos: si bien algunos y algunas han demostrado la necesidad de penetrar en la esfera de la
vida cotidiana y de la casa, su quehacer es considerado por la mayoría de los colegas
como un trabajo etnográfico o psicosocial más que como una empresa auténticamente
geográfica. Una cita de Albert Demangeon es elocuente al respecto: «Renunciemos a ver
a los hombres como individuos» (1956).
Una revisión del pensamiento decimonónico, período de construcción de las bases
de la geografía moderna, puede ayudar a explicar este fenómeno. Antes del siglo XIX el
espacio público era el espacio de casi todas las actividades del ser humano, y sólo pro-
gresivamente se separa el espacio privado e íntimo del público, tendencia concomitante
a la dominación creciente de la burguesía sobre la vida social y económica del mundo
capitalista avanzado. En consecuencia, la geografía humana, que es una construcción
hecha antes que nada por burgueses «sistémicos» (siendo Vidal de la Blache su repre-
sentación paradigmática), no se permite traspasar el umbral de la casa y a lo más se
limita a realizar tipologías de sus aspectos exteriores o analizar la morfología de su
concentración.
Parte del giro geográfico descansa entonces indudablemente en la necesidad de
regresar sobre lo que pensábamos que estaba claramente establecido, el concepto mis-
mo de espacio. De esta manera, podemos repasar varias certezas en pos de derrumbar-
se, como la evidencia de la representación cartográfica para expresar fenómenos geo-
gráficos y la aparente neutralidad de la misma (Harley, 2005).
Regresar sobre los conceptos fundacionales de la geografía en general y de la huma-
na en particular, asumir la necesidad de cierta modestia frente a lo que aportan las
demás ciencias sociales y buscar la aplicación posible de sus propios conceptos es sólo
parte del giro geográfico que algunos han admitido plenamente.
El tema de las metodologías se asocia evidentemente a lo anterior: no sólo las de
representación, para lo cual se ha hecho ya una crítica notable de los mapas y de sus
bases subjetivas, sino la metodología de análisis. La geografía tradicional se ha resguar-
dado en las dimensiones de lo material y por ende de lo visible. Así, se ha autolimitado,
y ello ha facilitado el tema de la metodología porque el objeto de trabajo es lo que se ve,
ese paisaje que algunos reducen crudamente a lo que es visible, aprehensible por la vista.
Tal es, por ejemplo, la definición de Roger Brunet del paisaje (1999).
Enumeraciones, clasificaciones, categorizaciones son entonces algunos de los pro-
cedimientos que permiten, además, recurrir a las técnicas estadísticas esenciales —por
sofisticadas que sean— que siguen siendo elementales en cuanto a la forma de captar la

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Daniel Hiernaux

realidad geográfica, reducida a la materialidad. Todo el plano de lo inmaterial y de lo


subjetivo escapa a esos análisis. La introducción de esas dimensiones sólo se puede
hacer mediante técnicas ad hoc, las cuales no han sido generadas por la geografía tradi-
cional; es entonces cuando la idea de «préstamo» planteada por Milton Santos, a la cual
nos remitimos anteriormente, adquiere su valor pleno: la geografía debe pedir prestado
y sincrónicamente construir su propia «caja de herramientas» para analizar la subjetivi-
dad y las dimensiones no «objetivas-físicas» del espacio geográfico y de la relación de la
sociedad con el mismo, en todas las escalas posibles.
La escala grande en el sentido estricto de la geografía es finalmente aquella en la
cual florece la vida humana que debería ser un centro de interés del geógrafo, pero éste
suele preferir la lejanía tranquila y descansada de una visión a pequeña escala, donde los
murmullos y los ruidos de lo cotidiano no distraen de la musicalidad que pretende en-
contrar —el geógrafo— en las estructuras. Parece además sugestivo que la escala «gran-
de» sea la que se refiere a una visión cercana que permite distinguir las cosas pequeñas,
lo que llama a pensar que ésa es la visión de «grandeza», la que remite a las cosas minús-
culas que se ubican en la trama socioespacial de la vida de los individuos. La visión
«lejana», la de la escala chica implica —al contrario— una visión reductora de las cosas,
porque no penetra en aquellas minucias que constituyen la riqueza de la vida: se precisa
construir una interpretación subjetiva, ciertamente, pero volviendo a situar los órdenes
de importancia de las cosas y los procesos humanos sobre la faz de la tierra.
Asumir el giro geográfico implica entonces, entre otras cuestiones, focalizarse so-
bre aspectos que la geografía tradicional ha ignorado regularmente: por ejemplo, descu-
brir los objetos pequeños, que solían escapar a la mirada del geógrafo tradicional: esos
murmullos de la vida (Javeau, 1987), estas minucias que ligan (Les tout petits liens de
Laplantine, 2003; también Macherey, 2009), el «modo menor» de Albert Piette, en donde
el detalle particular, según este autor, es «efecto de humanidad» (Piette, 1996: 145). Ése
es el detalle que algunos literatos como George Perec consideran como central en su
presentación del mundo (Perec, 1983).
El giro geográfico entonces debe plantearse como una reconstrucción radical de un
marco metodológico «prestado y reconstruido» que no dude en introducir lo cualitativo,
lo interpretativo y lo subjetivo: en suma, un reto considerable frente a las tradiciones
geográficas en la materia.
Otro rumbo que se abre con los giros es el de la reflexión sobre el hecho de que,
acorde con el Zeitgeist legitimado, la geografía ha sido más un ámbito de hombres
que de mujeres, de blancos que de otros colores, de «heteros» en vez de «homos», de
europeos más que de habitantes de otros continentes. En síntesis, que las dimensio-
nes clasistas, racistas, machistas y «moderno-europeo-centristas» han pululado y
dominado en la geografía.
Por supuesto, adherirse a una puesta en cuestión sistemática de la disciplina plan-
tea riesgos: una desazón evidente cuando se toma conciencia de que la geografía —la
propia disciplina— es sólo el lejano recuerdo de una profesión anhelada, encontrándose
rodeada de miles de sirenas que atraen con melodías diferentes a todos los navegantes,
formados por las escuelas geográficas tradicionales.
El otro riesgo es que la geografía muestra grandes dificultades para reconstruirse
y en algunos casos los geógrafos optan por fundir sus propuestas en un crisol «cultura-
loide», como parecería que ocurre con cierta geografía anglosajona, en el cual todo es
válido, no hay conceptos ni escuelas de pensamiento, y las disciplinas se han difumi-

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La geografía hoy: giros, fragmentos y nueva unidad

nado a favor de trabajos culturales que van desde los estudios poscoloniales a los
estudios gay-lésbicos pasando por la astrología. No cabe duda de que es en esos estan-
tes de «estudios culturales» de librerías americanas donde podemos encontrar una
parte sustancial de los trabajos geográficos que han perdido el rumbo, es decir, traba-
jos pseudo-geográficos.
Finalmente, no podemos eludir el tema de la reproducción del conocimiento geo-
gráfico: cuando una disciplina se encuentra en un giro, proponer una dirección adecua-
da puede ser extremadamente difícil. ¿Hasta qué punto es conveniente sostener la ense-
ñanza de las tradiciones geográficas si somos quienes las criticamos? Ésta es una pre-
gunta que algunos nos hacemos a diario en el aula. También conviene preguntarse hasta
qué punto la enseñanza de una geografía distinta que no adquiere aún una legitimidad
científica no es una suerte de fantasía para los estudiantes que, en su mayoría, esperan
que la formación les otorgue esencialmente las bases legitimadas de la profesión que
eligieron. Seguramente esa pregunta no tiene respuesta ya que un estatus profesional
sólo puede provenir de lo instituido, mientras que la renovación sólo es posible enfren-
tándose a lo instituido.

2. Fragmentos

Que la geografía haya perdido su sacrosanta unidad es indudable. No puede negarse esa
situación evidente, que se relaciona con el giro gradual y creciente de la geografía hacia
otras ciencias sociales como la economía y la sociología. La fragmentación de la geogra-
fía como disciplina anteriormente unitaria es un proceso que se ha dado posiblemente
desde el momento en que la disciplina misma pretendió adquirir un carácter científico.
Por ello las primeras voces que se han elevado en contra de la separación entre geografía
física y geografía humana se remontan a un siglo, es decir, que aparecen en paralelo a la
formación de las escuelas geográficas tradicionales.
Una «ciencia de la tierra» —Erdkunde— como la que fue propugnada por Humboldt
y Ritter difícilmente podría integrar todos los ingredientes que requiere el análisis de la
relación entre la sociedad y el espacio. Es así como la división entre geografía física y
humana se tornó ineluctable. Moviéndose en ámbitos de referencia tan distintos como
las ciencias llamadas «duras» y las ciencias sociales y humanidades «blandas», la geo-
grafía asumió rápidamente un mimetismo con el ámbito que la rodea.
Hoy en día, es evidente que las ciencias de la tierra han devorado a los geógrafos
físicos, que difícilmente logran distinguir su bagaje del de las otras disciplinas «herma-
nadas». Esta constatación está todavía más presente cuando se entiende que la proble-
mática ambiental ha conducido a darle prioridad a ciertas temáticas sobre las cuales la
geografía, por lo menos en el estado actual de sus conocimientos y aportes, no es capaz
de presentar respuestas propias a partir de sus postulados tradicionales. No debe extra-
ñar entonces que se asista a un desprendimiento de las ciencias ambientales de la geo-
grafía tradicional, lo que deja a ésta amputada de buena parte de su legitimidad científi-
ca. Las ciencias ambientales pueden ser vistas como la reunión de un dominio de cono-
cimiento centrado en el entorno bio-terrestre, que conjuga disciplinas muy variadas
como la biología o la geología. Sin embargo, no pueden dejar de lado la dimensión
«humana» por el papel decisivo de la acción humana sobre el entorno, calificado casi
unánimemente como depredador. La geografía tradicional, capaz de traducir la acción

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humana en acciones localizadas y medibles, parecería entonces la más apropiada para


dialogar con las demás disciplinas integradas. Aun si no es imposible que a título parti-
cular algún especialista de las ciencias ambientales exprese un interés por las dimensio-
nes subjetivas de la relación sociedad-espacio o por lo inmaterial en general, no obstan-
te, no es evidente que por ese interés pueda introducir esas dimensiones no materiales
en sus análisis si no es de una manera reduccionista.
De manera simultánea, otras voces «posmodernas» ponen en tela de juicio las
oposiciones binarias propias del pensamiento de la modernidad. La distinción «natu-
raleza/cultura» es puesta en crítica (por ejemplo Watts, 2005) considerando que natura-
leza y cultura son una «construcción social unitaria» (Wilson, 1991). Sin poder expla-
yarnos sobre el tema, podemos señalar también que esta forma de repensar lo «natu-
ral» versus lo «cultural» tiene que ver además con las interrogantes que sugieren la
aparición del tema de la robótica en su forma «cuasi» humana con los cyborgs y, por
otra parte, con los experimentos médicos más recientes. Este tipo de análisis, obvia-
mente, acaba por obligarnos a repensar la separación tradicional entre la geografía
humana y la geografía física, que podría ser, finalmente, el reflejo más directo de la
división binaria cultura/naturaleza impuesta por el pensamiento moderno.
Así se llega a finales del siglo XX a la siguiente situación: cuando la geografía humana
había acelerado su alejamiento de la geografía física y empezaba a consolidar su carácter
como ciencia social en términos del siglo XX, en la reflexión filosófica comienzan a flore-
cer ideas que al llegar a la geografía vuelven a matizar ese alejamiento de lo natural. Estas
ideas proceden de varios frentes dentro de la propia geografía humana: por un lado, dis-
cursos como el de Berque (1990, 2000), que devuelven al centro de la geografía la relación
con la naturaleza desde unos fundamentos filosóficos orientales que ven la relación orgá-
nica del ser humano con el medio, y que vuelve a plantear como punta de lanza el concepto
de habitar. De esta forma, el regreso de la geografía humana a la naturaleza en este caso se
hace a través de la integración de las dimensiones sensibles y subjetivas.
Por otro lado, aparecen en la geografía aquellas voces que se hacen eco de discursos
como el de Deleuze acerca de la bestialidad, para terminar produciendo un «giro ani-
mal» (Deleuze y Guattari, 1988; Deleuze, 1985 y 1988). En resumen, estos planteamien-
tos le otorgan una renovada centralidad a la naturaleza, pero no ya como la había abor-
dado la geografía física en su clásica veta geomorfológica, biogeográfica o higrogeográ-
fica, sino como una deconstrucción del antropocentrismo. En estos enfoques, lo animal
tampoco se analiza a partir de los animales domésticos ni exóticos, sino desde la bes-
tialidad. Por ejemplo, el tema de la violencia social es replanteado como violencia natu-
ral. Lo animal así aparece asociado con detritus, con los restos, la muerte, la violencia, la
basura, el dolor físico, lo instintivo, la tortura y sus espacios. Este curso del pensamiento
geográfico, aún incipiente, anticipa cambios sustanciales porque parece recordar que
para la geografía humana la naturaleza no puede olvidarse bajo el manto de la construc-
ción y producción del espacio.
La otra cara de estos procesos hay que leerla en el giro espacial, las ciencias sociales
y las humanidades no han encontrado en la geografía el referente científico que sustente
sus interrogantes sobre el tema de la relación de la sociedad con el espacio, como ya se
afirmó. En consecuencia, el geógrafo no constituye un buen interlocutor para esas cien-
cias sociales, si alguna vez pudo haberlo sido. Así, se forman escuelas de pensamiento
sobre el espacio a partir de los núcleos epistemológicos tradicionales de las ciencias
sociales. En otros términos, las disciplinas sociales construyen una teoría propia de la

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La geografía hoy: giros, fragmentos y nueva unidad

relación entre las ciencias sociales y el espacio, con escasas referencias a los textos geo-
gráficos sobre la materia. La dificultad de entendimiento entre las disciplinas es eviden-
te. No sólo prima el desentendimiento entre la geografía y las demás ciencias sociales
sino también entre ellas, que no pueden partir de un punto común, como sería una
construcción aceptada del concepto de espacio. Se asiste entonces a algo que había
notado ya Yves Lacoste en la entrevista a Foucault de 1976: cada autor recurre a la
palabra espacio a su manera, y más aún, construye metáforas espaciales que usa regu-
larmente (Lacoste, 1991) sin por ello referirse a teorías geográficas o a la disciplina en sí,
que suelen ignorar si no menospreciar.
El uso libre de la voz «cartografía» en las ciencias sociales es un buen ejemplo de
una metáfora que no debería dudarse en denominar como «maligna», porque desvirtúa
los conceptos y teorías que sobre el asunto se han desarrollado en la geografía. Se bana-
liza el término hasta quitarle su fuerza interpretativa más elemental, se lo vacía de con-
tenido y por lo mismo pierde potencial analítico.
Frente a esas recuperaciones de «pastizales geográficos por rebaños de otras disci-
plinas», cabe preguntarse cuáles han sido las respuestas de los mismos geógrafos. La
primera es el desconocimiento y la cerrazón: mantenerse en el dominio disciplinario sin
prestar atención a esos juegos que se asumen como ajenos. La segunda suele ser la
tolerancia total, hasta el punto de asumir el uso pervertido de conceptos e introducirlo
en el trabajo propio, lo que parece a todas luces una posición suicida para la compren-
sión de la dimensión espacial. La tercera alternativa, y quizás la más notoria, es la cons-
tatación de la emigración —o la huida— de geógrafos hacia otras disciplinas, situación
que no debería eludirse.
Todo eso no es ajeno a la insuficiencia de las respuestas de la geografía frente a los
temas candentes del mundo actual. Si bien podemos observar contribuciones convin-
centes de la disciplina en temas como la globalización por ejemplo,6 no es menos cierto
que el liderazgo de otras ciencias sociales es inconfundible en temas como el transnacio-
nalismo, las situaciones poscoloniales o la vida cotidiana por ejemplo (este último caso
subrayado ampliamente por Alicia Lindón en el Tratado de geografía humana, como
también por las contribuciones de Béatrice Collignon y Liliana López Levi en esta mis-
ma obra). No se está afirmando que no existe una respuesta geográfica a esas temáticas,
sino que suele ser tenue en cuanto al reconocimiento que logra dentro de la propia
geografía. Y adicionalmente es insuficiente porque está anclada en unas pocas voces de
geógrafos abiertos a estos tiempos. De esta forma no es posible reposicionar a la disci-
plina en pie de igualdad con los aportes de las demás ciencias sociales.
Más aún, estas nuevas temáticas han inducido una fragmentación significativa del
conocimiento geográfico, que ha corrido la suerte de los imperios coloniales: de grandes
bloques se ha reducido a pequeñas insularidades que ante la dificultad de diálogo con
sus pares dentro de la propia disciplina, opta por introducirse en otros ámbitos científi-
cos. En otro trabajo desarrollamos una reflexión en ese sentido con relación a la geogra-
fía del turismo, que unas veces toma un rumbo totalmente tradicional y otras veces se
orienta hacia una investigación enteramente multidisciplinaria, por la emigración de
sus miembros hacia esos grupos. En el seno de esas nuevas colectividades científicas,

6. Sobre la mundialización o globalización no podemos dejar de citar a Carroué (2002), Klein y


Lasserre (2006), Lévy (2008), Manzagol (2003) como ejemplos relevantes y recientes en el mundo
francófono, o Scott (1998), entre otros muchos, para el ámbito anglosajón.

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con toda evidencia la geografía suele ser la pariente pobre o peor reconocida, a la que se
llama eventualmente para la representación cartográfica de la distribución del fenóme-
no geográfico u otras actividades secundarias (Hiernaux, 2006).
No cabe duda de que una tarea central en el panorama actual es entonces la de
recomponer la geografía como una ciencia más unitaria a partir de los fragmentos dis-
persos y en ocasiones contradictorios que se han desarrollado en las décadas anteriores.
Esta tentación que asumimos al emprender la producción del Tratado de geografía hu-
mana hace unos años (Hiernaux y Lindón, 2006) fue en cierto sentido el fruto de un
idealismo radical que, si bien dio frutos insoslayables, no dejó de demostrar lo utópico
ya de esta misma aventura, cuando se puede observar que la geografía ya se ha multipli-
cado en numerosas escuelas, sub-escuelas y líneas que parecería imposible ni siquiera
enumerar y más difícil aún estudiar y sistematizar.
La fragmentación no proviene solamente de la formación de escuelas distintas. Una
revisión de esto no sería imposible de lograr a partir del acceso creciente a la información
geográfica sobre lo que proponen las diversas escuelas de pensamiento. El asunto más can-
dente es la diferenciación profunda entre dos formas de ver el mundo que hemos descrito en
otro ámbito como el recurso a la razón pura o la razón sensible (Hiernaux, 2008b). Mientras
que la última es fruto del regreso de cierto vitalismo que el positivismo decimonónico había
condenado al exilio, la primera ha asentado su posición de manera indeleble en la «moder-
nidad tecnológica avanzada», y no ha podido ser desbancada por las nuevas corrientes que
—sintéticamente y a falta de una mejor apelación— llamaremos «posmodernas».
Por el contrario, se asiste en los últimos lustros a un refuerzo sin precedentes de
una geografía racionalista ultrapositivista: la evolución de las nuevas tecnologías de la
información y la comunicación (NTIC) ha sido un hecho decisivo para este desarrollo.
En efecto, la fe en un progreso evidente de la descripción vulgarizada de la faz de la
tierra, aunada a una capacidad creciente para analizar sistemáticamente datos «duros»
de la epidermis terrestre, sean físico-naturales o humanizados, ha otorgado una cientifi-
cidad creciente a quienes se reconocen totalmente en los métodos cuantitativos, en la
materialidad de la tierra y de la relación sociedad-espacio, y en la racionalidad causal de
los procesos socio-espaciales. En cierta forma, se asiste también a la constitución de un
nuevo Zeitgeist popular orientado a un nuevo conocimiento del mundo basado en las
imágenes del mismo: la popularidad del canal televisivo de National Geographic, las fotos
de Yann Arthus-Bertrand y los innumerables programas televisivos sobre descubrimien-
tos, paisajes, lugares exóticos, etc., son muestra de un nuevo interés por el mundo, que
se emparenta con el interés exótico que privó en el siglo XIX y que condujo al éxito de las
grandes descripciones populares como la geografía universal de Eliseo Reclus. Sin em-
bargo, esas descripciones son más racionalistas (la imagen de Google Earth con la máxi-
ma precisión posible es el símbolo de este deseo de conocimiento racional) o bien son
usadas para persuadir al internauta o al «Homo vidente» a apoyar una causa determina-
da (el ambientalismo por ejemplo). Por ende, son sólo el soporte, en un formato cierta-
mente agradable y convincente, de la calidad de nuestro desarrollo científico sustentado
en nuevas tecnologías capaces de describir el mundo de una manera muy sofisticada y,
aún más, disponible para cualquiera que tenga una televisión, un ordenador conectado
a Internet, o un teléfono de nueva generación con acceso a Internet.
El reconocimiento de esa nueva geografía racionalista que ondea entre el público
popular y la hipertecnología ha sido tan grande, que actualmente puede pretender eri-
girse en ciencia «aparte» a la cual sus seguidores suelen asignarle el nombre de «geomá-

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La geografía hoy: giros, fragmentos y nueva unidad

tica». Así, el nombre busca el reconocimiento doble, se trataría tanto de «geo» como de
«informático», es decir procesos científicos avalados por el análisis computacional. Su
pretensión desborda los límites de su campo original desde el momento en el que algu-
nos de sus exponentes asumen que sus procedimientos, fruto de una razón que se consi-
dera «inexpugnable», son suficientemente científicos como para ser aplicados a lo cua-
litativo y a cualquier aproximación o dimensión de los procesos geográficos.
Frente a estas posturas se encuentran quienes se ubican en visiones que, si bien reco-
nocen el carácter ineludible de la racionalidad como la lógica para analizar los procesos
geográficos, no asumen la unidireccionalidad del pensamiento y de la acción humana, por
lo que reconocen que algunas dimensiones no son medibles, no son claramente racionalis-
tas, sino más bien subjetivas, efímeras y fugaces. Todas estas dimensiones no son resulta-
do de una conducta humana primitiva, sino de la esencia misma de lo humano.
Esta última geografía, que podemos calificar como «geografía sensible», asume la
ineludible existencia de un vitalismo evidente en las prácticas humanas que se manifies-
ta en la misma producción social del espacio, tanto de manera individual como colecti-
va. Esas prácticas no pueden ser interpretadas mediante las mediciones y las causalida-
des propias de la razón positivista, ya que suelen ser guiadas por creencias, mitos, ima-
ginarios, o simples actitudes que escapan a los modelos racionales.
Asimismo, el estudio geográfico de las prácticas humanas con relación al espacio se
ve obligado a una actitud constructivista que es la que considera que el conocimiento
«procede de la construcción de enunciados sobre realidades que tienen una existencia
distinta del observador» (Lévy, 1999: 395). Esto implica que el conocimiento no existe
como tal, sino que debe inferirse a partir de una realidad que transmite sea un discurso,
sea una práctica observable. La actitud que requiere el científico es entonces de acompa-
ñamiento y de observación, en vez de búsqueda de comprobación de un sistema de
hipótesis preestablecidas y obedeciendo a normas o leyes construidas como sistema
explicativo general previo a la observación.
La observación de las prácticas es un acercamiento a los detalles, incluyendo cues-
tiones como la gestualidad, la entonación de la voz, la performatividad particular del
individuo en el espacio. Estamos entonces frente a una geografía que forzosamente debe
abrir toda su sensibilidad receptiva para registrar lo aparentemente imperceptible, una
geografía sensible a los pequeños mundos de vida de las personas en la tierra. Esta
orientación ha sido ya asumida por ciertos autores anglosajones pero dista mucho de
haber sido aceptada satisfactoriamente por las escuelas francesas o en el ámbito ibero-
americano. Una vez más es posible observar que el reconocimiento de la relevancia de
estos procesos antes citados conduce a algunos geógrafos a abandonar prácticamente
su disciplina para seguir los caminos trazados en esas direcciones por otras.

3. Derroteros

En un contexto como el anterior, la pregunta ineludible que emerge es acerca del devenir
posible de la geografía para este siglo XXI.
Como se señaló previamente, persiste una postura cientificista que aboga por una
mayor cercanía con las ciencias «duras» y que concentra sus esfuerzos en adquirir un
reconocimiento por imitación de ésas, recurriendo a todas las tecnologías que puedan
contribuir a un reconocimiento científico de este estilo.

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Daniel Hiernaux

Esta vía podría denominarse «tecnológico-cientificista». Tiene sus lógicas, sus mo-
delos, toma en préstamo tradiciones de otras disciplinas y es sumamente invasora del
resto de la geografía, porque se autodefine como «la» vía principal de renovación de la
geografía. Esta vía, de paso, también sepulta cualquier capacidad para reunir los frag-
mentos separados de geografía física y humana. El precio de seguir este derrotero es
considerable: implica traducir la geografía humana en una mezcla de variables e indica-
dores socio-humanos, medirlos y subsumir la vida humana con toda su complejidad en
un sistema mensurable y representable de micro-eventos «socio»-espaciales, suscepti-
bles de ser representados en sistemas de información geográfica o técnicas similares.
Cabe subrayar que esta postura también se alimenta plenamente de una concepción
matemático-geométrica del espacio, que a pesar de su creciente sofisticación por la po-
sible asimilación de geometrías no euclidianas, no deja de ser una abstracción reductora
del espacio y mucho más aún de lo vivido espacialmente.
La otra vía, que sólo se ha insinuado hasta ahora, es la de la geografía en modo
menor: es la geografía aplicada tal como se maneja en las instancias oficiales, en las
consultorías privadas y en ciertos ámbitos académicos de nivel modesto en cuanto a sus
aspiraciones teóricas. Su volumen de producción es enorme y su reconocimiento pro-
viene del dicho de que «la geografía es lo que hacen los geógrafos», opción por lo demás
simplista para comprender la evolución de una ciencia. Éste es el ámbito de la geografía
aplicada, la que ha sido defendida a capa y espada por conocidos geógrafos, como por
ejemplo Phliponneau (2001).
Quienes sostienen este tipo de enfoques parten de modelos simples, de gramáticas
espaciales como el juego del «lego» geográfico inventado por Roger Brunet, esa «coremá-
tica» tan apreciada por quienes no quieren complicar la geografía y su propio pensamien-
to con reflexiones que estiman de poca utilidad (Brunet, 1997, entre otros), porque impli-
can reiniciar en cero los fundamentos con los cuales se realiza el trabajo diario, por ejem-
plo en la enseñanza media de la geografía. Esa geografía aplicada puede ser atractiva
porque resulta simple y sustentada en recetarios espaciales que son aplicables tanto al
análisis como a la propuesta programática en el campo del llamado ordenamiento territo-
rial. Este tipo de enfoques y de métodos son los que dominan entre los geógrafos: no hay
que olvidar que la mayor parte de los geógrafos egresados de las universidades se insertan
en entornos laborales para los cuales la eficacia priva sobre la innovación, y la repetitivi-
dad se impone al descubrimiento de nuevas vías de solución de los problemas. Es esta
geografía la que es demandada por las instancias de desarrollo científico y, ciertamente, la
que prevalece en el entendimiento de lo que es la geografía en el mundo del sector público.
La tercera vía corresponde a aquella geografía «sensible», denominación bajo la
cual se reúnen —quizás arbitrariamente— diversas corrientes o por lo menos posturas
epistemológicas distintas. Esta vía podría ser el camino para reconstruir una geografía
que funcione en diálogo con las ciencias sociales actuales. Esta vía recoge una posición
crítica con fundamentos en las realidades vividas y no en análisis exclusivamente estruc-
turales con un discurso preestablecido. Esta vía asume una racionalidad reconocida en
la construcción del conocimiento geográfico a partir de las realidades concretas, pero sin
posturas predeterminadas y avasalladoras de la realidad misma. Esta vía se interesa en
las pequeñeces y lo no dicho, o lo no expresado explícitamente, que puede resultar tan
valioso para el conocimiento geográfico como los actos que transforman físicamente el
espacio. Tal vez esta tercera vía no sea la única salida, ya que la articulación de procesos
socio-territoriales de mayor alcance con el mundo de vida es una tarea de notoria com-

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La geografía hoy: giros, fragmentos y nueva unidad

plejidad. Sin embargo, más allá de que esta vía sea una o varias, no se debería eludir la
comprensión de los mundos de vida, que son lo decisivo para todos los habitantes del
planeta, sin por ello minimizar la relevancia de procesos de mayor alcance.
Esta tercera vía es la que inspira cada uno de los capítulos de este libro y numerosas
publicaciones anteriores de sus autores.

4. Post-data

No hay camino fácil ni una sola vía hacia la renovación de la geografía. No puede realizar-
se esa renovación mediante la sumisión a visiones exclusivamente centradas en la subjeti-
vidad, ni a otras que reduzcan todo a indicadores, sean cualitativos o cuantitativos.
Quizás la visión tradicional de la unidad de la geografía, es decir, la unión de su
quehacer sobre el mundo físico y sobre la dimensión humana, se podría lograr mediante
una geografía que integre lo ambiental con lo humano y que considere, como lo dijo
Reclus hace más de un siglo, que «El hombre es la naturaleza que toma conciencia de sí
misma» (Reclus, 1905: 505).
Por otra parte, probablemente el escollo mayor sea la separación entre una visión
tecnificada de la geografía, animada por el culto a la razón pura y la fe en la técnica, y
por otro lado una visión sensible como la que describimos anteriormente, que asume
también la razón, pero una razón abierta, sensible y atenta al mundo en todas sus di-
mensiones. Sabemos hasta dónde han conducido las visiones fáusticas del mundo a la
irracionalidad de la acción de la humanidad sobre la faz de la tierra.
Quizás entonces debamos rechazar esa tecnificación que no explica ni remedia,
sino complica y distancia al hombre de su entorno vital. Así se podría optar por una
visión humanista del mundo, la cual requiere sustancialmente de la geografía para sus-
tentar sus análisis.
Finalmente, queremos expresar aquí algunas ideas personales sobre el tema de la
transmisión del conocimiento geográfico en la época actual.7 Cuando emergen dudas y
las certezas tradicionales se derrumban, no cabe duda de que la educación juega un
papel fundamental para la transformación de las mentalidades, en este caso las de los
geógrafos y geógrafas que se insertarán pronto en el mercado de trabajo. Podemos re-
cordar que Eliseo Reclus y Piotr Kropotkin en su tiempo ya manifestaban su incomodi-
dad, incluso su enojo, frente a la educación geográfica tradicional de hace más de un
siglo. Habían subrayado la necesidad de desprenderse de la transmisión de un conoci-
miento descriptivo de la tierra para aliar conceptos, metodologías y acercamiento a las
realidades sociales.
Esas voces no fueron oídas en su época y la transmisión del conocimiento geográfi-
co no sólo se formalizó en otra orientación, sino que se endureció hacia una visión
particular, fuertemente descriptiva, racionalista, eurocentrista, y en ocasiones colonia-
lista, del mundo. La ruptura con este modelo educativo no pudo ser tampoco resuelta

7. Las notas que siguen provienen en buena medida de la experiencia de la creación y desarrollo de
la Licenciatura en Geografía Humana en la División de Ciencias Sociales y Humanidades de la Univer-
sidad Autónoma Metropolitana Iztapalapa en 2002. No obstante, no se pretende acá agotar todo lo que
se puede extraer de esa experiencia de la cual los mismos promotores y protagonistas hemos aprendi-
do mucho y seguimos aprendiendo. Tenemos entonces una asignatura pendiente más: la evaluación
de lo logrado y de los errores que pueden haberse cometido.

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Daniel Hiernaux

cabalmente en el marco de la crítica marxista de los sesenta y setenta, porque esa crítica
no aportó elementos suficientes para reconstruir un modelo diferente. Sin embargo, se
le debe reconocer a esa crítica una mayor cercanía con el espacio real, cierta adecuación
de sus modelos generales a las escalas geográficas que permiten analizar el espacio con
detalle, aunque en contraparte sus modelos interpretativos no le han permitido analizar
más que ciertas dimensiones de la riqueza y la pobreza de la cotidianidad, para utilizar la
expresión de Henri Lefèbvre (Lefèbvre, 1968; véase también Lindón, 2006).
Con todo lo afirmado en las páginas anteriores, parecería que la ausencia de un
modelo único de saber y la fuerte presencia de ciencias «competidoras», tanto sociales
como bio-físicas, sobre la relación sociedad-espacio podrían hacer aún más complicada
la situación. Por una parte, esta afirmación es defendible. Sin embargo, no debe dejarse
de lado que otros procesos han contribuido a mejorar la calidad de la enseñanza, como
la existencia de una vasta información sobre la tierra y las sociedades en general, accesi-
ble de manera libre por la web, la circulación del conocimiento científico avanzado por
la misma red y, en términos generales, una mejoría sustancial de las condiciones de
impartición de la docencia en términos prácticos.
Situar la geografía en el contexto de las ciencias sociales parece entonces una meta
esencial que debería ser perseguida: la disyuntiva de ubicarla entre las ciencias «duras»
sigue siendo fuerte para algunos, aunque todo parece indicar que es una vía sin salida.
La ubicación de la geografía entre las ciencias sociales no es una simple asignación
científica en cierta visión de las ciencias: es además el reconocimiento que la geografía
es una disciplina que tiene en su centro el ser humano con la especificidad de pretender
analizar en particular su relación con el espacio. Colocar al hombre en su relación con el
espacio hace de la geografía una ciencia «humana» o «social», lo que debe ser reivindi-
cado como tal.
En segundo lugar, frente a los desbordamientos de la geografía sobre otras discipli-
nas y de éstas sobre la primera, la afirmación misma del valor y la necesidad de la
disciplina geográfica se torna esencial: la geografía ofrece un potencial explicativo irreem-
plazable para el mundo actual y eso debe ser asumido no sólo por los profesores sino
también por aquellos que están en proceso de formación, quienes desde un principio
deben ser empujados a comprender, valorar y asumir el papel que los geógrafos y geó-
grafas jugarán en la sociedad de mañana.
Otra dimensión es la aplicación de un enfoque constructivista en la enseñanza de la
geografía; no se trataría de dar el conocimiento, sino lograr que éste se derive del en-
cuentro del estudiante con dos aspectos fundamentales: la realidad del mundo y los
análisis que la geografía ha podido realizar del mismo. Ello implica desarrollar un sen-
tido crítico sobre el conocimiento pasado tanto como sobre las aportaciones más recien-
tes, evitando la sustitución de «dioses» antiguos por nuevos dioses. La construcción del
conocimiento en el proceso de enseñanza-aprendizaje es una tarea particularmente difí-
cil cuando el sistema educativo previo a la universidad privilegia la acumulación del
conocimiento en vez del encuentro crítico con el mismo. La reproducción del conoci-
miento de otros sin el impulso para construir uno propio —aun cuando sea en el nivel
que puede tener un estudiante cuyas bases teórico-metodológicas al ingresar a la univer-
sidad son necesariamente endebles— inhibe la capacidad creadora del estudiante, cuan-
do debería ser fomentada centralmente.
El acercamiento a lo multidisciplinario es un aspecto crítico: obviar lo disciplinario
en la geografía es evidentemente peligroso, tal como se puede observar en la mayor

58 LOS GIROS DE LA GEOGRAFÍA HUMANA

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La geografía hoy: giros, fragmentos y nueva unidad

parte de los programas de geografía que carecen de una formación en la teoría geográfi-
ca y en la historia del pensamiento en la disciplina. Este acercamiento al pasado, más
que promoverlo como una forma de otorgar al estudiante una formación de tipo enci-
clopédica —de dudosa utilidad—, resulta más relevante por lo que ofrece en cuanto a la
posibilidad de situar los aportes recientes en contexto histórico, así como para construir
la identidad del mismo estudiante.
La segunda pregunta que habría que hacerse con relación a lo interdisciplinario es
cómo acercar la geografía a las demás ramas del conocimiento. Ello no se puede hacer
desde afuera de la geografía misma. Por ende, no se trata de cubrir los créditos de los
planes de estudio con materias de otras orientaciones disciplinarias, sino que se debe
asegurar que cada campo geográfico enseñado remita a las aportaciones de las demás
disciplinas que más la apoyan en su propia constitución y construcción permanente
como campo. Ello no impide que la formación sea abierta, y que por medio de una
flexibilidad significativa se pueda empujar al alumnado a acercarse a las demás discipli-
nas, en sus propios terrenos.
Dejando en este nivel las reflexiones sobre la transmisión del conocimiento geográ-
fico, queremos cerrar este capítulo con una nota más bien optimista: aun si asumimos
que la geografía muestra debilidades, que se ve sometida a fuertes presiones por parte
de otras disciplinas que parecerían invadir los espacios propios, debe reconocerse al
mismo tiempo que el mayor interés por las dimensiones espaciales del mundo actual (y
futuro) otorga a la geografía un rol fundamental en la construcción de un mañana más
positivo que lo que podría presagiarse.
Al construirse aun como piedra de toque de una confluencia de intereses en torno a
la relación entre la sociedad y el espacio, la geografía es privilegiada: tiene en sus manos
algunas claves para construir otro futuro, y por ende para humanizar un mundo que
parecería alejarse de esa misma noción.

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LA GEOGRAFÍA EN RECOMPOSICIÓN:
OBJETOS QUE CAMBIAN, GIROS MÚLTIPLES.
¿DISOLUCIÓN O PROFUNDIZACIÓN?

Paul Claval
Universidad de la Sorbona-París 1

La dinámica actual del pensamiento geográfico refleja las rápidas transformaciones de


un mundo de tan brusca globalización que la hizo adelantarse a la evolución de las
instituciones y de las regulaciones. Esta dinámica del pensamiento geográfico se expre-
sa en la emergencia de dos inquietudes principales: una que se refiere a la evolución de
los medios y de sus equilibrios, y otra que surge de la aspiración a una mayor justicia.
Ambas cuestiones no son ajenas a las mutaciones que experimentan las instituciones
universitarias y los organismos de investigación en casi todas partes. Todo ello es el
resultado de un cuestionamiento profundo de los postulados en los que se han basado
largamente las ciencias sociales en general y la geografía en particular.
Con este artículo deseamos esbozar un panorama de estas mutaciones. Se evocarán
las presiones económicas y ambientales que gravitan sobre nuestro mundo, las aspira-
ciones de la mayoría y la demanda de conocimientos geográficos que se van conforman-
do. Esto no puede ser ajeno a las formas emergentes de la investigación. Dentro de una
óptica más epistemológica, se analizan en este texto las fuerzas que remodelan la disci-
plina geográfica o la materia.

1. Objetos que cambian

Un mundo globalizado

El mundo que los geógrafos tratan de comprender está cambiando. Sus transformacio-
nes no han dejado de acelerarse desde el inicio de la revolución industrial (Claval, 2003a).
Ante todo, han conducido a la creciente diferenciación de los espacios: ciertas zonas del
mundo estaban equipadas con medios de transporte y de comunicaciones modernos
mientras que otras permanecían apartadas del movimiento. Había países y regiones
modernizados; otros no lo estaban.
La concienciación de los problemas del desarrollo desigual, inmediatamente después de
la Segunda Guerra Mundial, marca un giro: ¿acaso es aceptable ver cómo los nuevos medios,
de los que dispone la humanidad, conducen a una distribución tan desigual de la riqueza?

LOS GIROS DE LA GEOGRAFÍA HUMANA 63

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Paul Claval

La evolución técnica acelera las transformaciones a partir de los años cincuenta. El


costo del transporte de los productos pesados disminuye rápidamente con el aumento
del tonelaje de los barcos, con el diámetro cada vez mayor de los oleoductos y de los
gasoductos y el aumento del voltaje de las líneas eléctricas. Desde ese momento, en
todos los lugares fue posible disponer de formas de energía concentrada. La transforma-
ción de las técnicas productivas se extendía del sector industrial al sector agrícola. Las
tareas domésticas comenzaron a aligerarse.
Paralelamente a la revolución de los transportes pesados, la del contenedor facilita
el traslado de productos fabricados y reduce considerablemente los gastos ocasionados
por la ruptura de carga, antaño necesaria a lo largo de los itinerarios.
El automóvil da movilidad creciente a las personas en las cortas y medianas distan-
cias, mientras el avión y el tren de gran velocidad aceleran los viajes lejanos. Las teleco-
municaciones prácticamente son instantáneas desde un extremo al otro del planeta. La
estructura de redes de transporte rápido y de comunicaciones también cambia: para
asegurar la conmutación de un itinerario a otro, la organización se torna piramidal. Los
avances en las técnicas de conmutación dejan de requerir jerarquías muy complejas:
como mucho se requieren dos o tres niveles. Por ejemplo, en el caso del transporte
aéreo, se conectan los aeropuertos locales con los hubs, de donde parten los viajes inter-
continentales para destinos lejanos.
El resultado de estas mutaciones técnicas es espectacular. Se empieza a hablar de
globalización. Ya es posible comunicar instantáneamente cada punto de la superficie de
la tierra con cualquier otro punto: la glocalización subraya el acercamiento de lo local a
lo global. Los contactos lejanos se establecen sin requerir de pesadas redes, que lentifica-
ban los enlaces: los operadores sacan provecho de su posición para beneficiar a los
primeros con las informaciones, filtrarlas y controlarlas.
Técnicamente, la modernización se ha convertido en algo realizable en todos los
rincones de la superficie terrestre. Existe un fuerte cambio en los modos tradicionales
de organización del espacio: las ciudades y el campo ya no difieren socialmente, porque
todos los grupos sociales tienen acceso a la misma información: lo anterior conduce a
una suburbanización y a una rurbanización cada vez más amplia de la población y a un
movimiento de contraurbanización (Berry, 1976). La oposición entre el centro y la peri-
feria pierde su pertinencia, dado que la instrumentación de técnicas avanzadas y el
acceso a las redes ya no están monopolizados por sitios y regiones localizados en la
articulación de las redes. Los únicos puntos que todavía se benefician de una ventaja son
los que gozan de mayor facilidad en los enlaces a larga distancia: esto conduce a la
metropolización, es decir, a la concentración de algunas funciones importantes de la vida
económica en los centros dotados con un gran aeropuerto.
La evolución de las técnicas trastorna a las empresas: las de la primera mitad del
siglo XX tendían al gigantismo porque su organización a través de redes internas de
comunicación a distancia aseguraba transacciones a un costo inferior al que había que
pagar cuando se pasaba por las redes públicas. Ya no es el caso: las grandes empresas
tienden ahora a dividirse y a transferir a subcontratistas una parte cada vez mayor de
sus actividades, para especializarse en el diseño, la logística y la distribución. Por consi-
guiente las transnacionales se multiplican. Aprovechan las nuevas facilidades de trans-
porte y de comunicación para ubicar las operaciones de construcción y de montaje en
los lugares en donde se paga menos por la mano de obra. Una evolución del mismo tipo
se perfila para las operaciones de lanzamiento en el mercado y para la investigación.

64 LOS GIROS DE LA GEOGRAFÍA HUMANA

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La geografía en recomposición: objetos que cambian, giros múltiples. ¿Disolución o profundización?

La globalización se frenó durante un tiempo por las restricciones nacionales esta-


blecidas durante la primera mitad del siglo XX. La desreglamentación que se generaliza
a partir de finales de los años setenta facilita las transformaciones. No va acompañada
de ningún esfuerzo para sustituir la vigilancia ejercida por las naciones por alguna ac-
ción internacional. La crisis financiera actual nos recuerda que no puede haber vida
económica sin un mínimo de orden.
Desde la década de los cuarenta, la descolonización multiplica los Estados-nacio-
nes construidos con base en el modelo de aquellos que se habían establecido en Europa
desde el siglo XVIII. En principio, cada uno debía gozar de una soberanía absoluta en su
territorio. Las transformaciones recientes de la economía perturban este bello esquema
(Badie, 1994). Pocos son los nuevos Estados que pueden recabar entre sus ciudadanos
impuestos lo suficientemente elevados como para hacer vivir una administración y un
ejército modernos. Una gran excepción: los países que obtienen ingresos de las regalías
pagadas por las compañías extranjeras que explotan sus riquezas naturales, pero cuyo
control democrático del poder se hace imposible. Otros países escogen servir de pantalla
para la actividad de los narcotraficantes y de los grupos terroristas que los financian. De
esta manera, la transición hacia un mundo más democrático queda comprometida por
la debilidad de la mayor parte de los nuevos Estados, mientras aquellos que habían
tenido cierto éxito ven disminuir sus recursos conforme las empresas se reubican en
otros lugares. La instalación de marcos plurinacionales siguiendo el modelo de la Euro-
pa unida es lenta: sus efectos son positivos pero todavía limitados.

Sociedades de ocio

El aumento general de la productividad, resultado de la mecanización y de la automati-


zación, conlleva un deslizamiento de los empleos hacia los servicios y la disminución del
tiempo de trabajo. Se ingresa en la vida activa más tarde que en el pasado, se retira de
ella más temprano que lo que se hacía anteriormente. La jornada en la fábrica o en la
oficina es más corta. El tiempo de ocio se alarga.
Todo lo anterior modifica profundamente la producción: la parte que corresponde
a los espectáculos, al cine, a la televisión, al turismo o a la asistencia a los restaurantes se
refuerza. Entre la geografía de las horas de los períodos de trabajo y la geografía de las
horas de los períodos de descanso se intercala una geografía del ocio, de la que ni siquie-
ra se sospechaba su existencia. Hace medio siglo del prodigioso auge.

Problemas ambientales cada vez más dramáticos

La presión que la humanidad ejerce en el medio ambiente no deja de crecer: es el


resultado del rápido aumento de la población causado por la modernización de la
medicina, de la industrialización que consume abundante energía y materias primas,
y de la urbanización que se desprende del rápido incremento de la productividad en el
sector agrícola. El mundo necesita cada vez más agua, energía, materias primas, pro-
ductos alimentarios. Son tales las descargas que proceden de las nuevas actividades,
que muchos ecosistemas no cuentan con la resiliencia suficiente para absorberlas y se
encuentran profundamente modificados por contaminaciones que dejan de ser loca-

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Paul Claval

les, afectan a entornos cada vez más extensos y terminan por alterar el equilibrio glo-
bal del planeta.
Por lo tanto, el crecimiento no puede proseguir a través de las mismas líneas reco-
rridas desde la Segunda Guerra Mundial. Para definir la evolución deseada, la comisión
Brundlandt inventa, en 1989, la expresión desarrollo sostenible (Claval, 2006). Por mo-
tivos de justicia social, no se trata de renunciar al crecimiento; es conveniente reorien-
tarlo, mostrándose más económico, limitando el recurso a las energías fósiles (culpables
de la mayor parte de la emisión de gases de efecto invernadero) y aprovechando las
energías renovables.
No se trata de caminar hacia atrás: regresar a los modos de vida del pasado no es
posible, ni siquiera deseable. Las técnicas de telecomunicación, poco ávidas de energía y
poco contaminantes, no se cuestionan: globalización y glocalización subsistirán. La for-
ma de distribución de la población que se ha ido estableciendo desde hace medio siglo
tiene tal avidez de energía que habrá de reconsiderarla, pero aún no se perciben bien las
formas que adoptarán las reestructuraciones que requerirán de tiempo.

Formas de organización sociocultural que cambian

Para dar cuenta de la globalización y de los límites que de manera creciente afrontan las
transformaciones que provocó, bastan los métodos y los procesos perfeccionados por la
geografía durante los dos primeros tercios del siglo XX: todo se desprende de las nuevas
relaciones con el medio ambiente, autorizadas por el uso de formas concentradas de
energía, la disminución de los costos del transporte y la casi instantaneidad de las trans-
ferencias de información. La ecología, la demografía, la geografía económica o la geo-
grafía del turismo ofrecen un arsenal eficaz para comprender las dinámicas en curso y
las tendencias que de ellas se desprenden.
Los geógrafos se encuentran más desconcertados cuando quieren llegar más lejos:
las transformaciones recientes no son sólo cuantitativas. También son cualitativas: las
ciudades y el campo han perdido sus especificidades. Las zonas suburbanizadas y rur-
banizadas no se parecen a las zonas de densidad promedio de ayer; las ciudades ya no
desempeñan el mismo papel.
El contexto institucional está en plena mutación. Las empresas no dejan de adap-
tarse a las nuevas condiciones del intercambio. La soberanía de los Estados está fuerte-
mente erosionada. Las organizaciones transnacionales o multinacionales se multipli-
can. Los contactos que se establecen a través de Internet o del teléfono móvil tienen un
impacto considerable.
La naturaleza misma de las civilizaciones se modifica (Claval, 2003b). Las sociedades
históricas se basaban en dos formas y en dos niveles de cultura: para los estratos popula-
res éstas eran ampliamente orales. Para los estratos de las élites se apoyaban más en lo
escrito. Las culturas vernáculas aseguraban la transmisión de los saberes domésticos, de
la mayoría de las técnicas de producción y las reglas de vida dentro de las familias y de las
comunidades locales. Cada uno vivía dentro de un marco que comprendía o donde se
reconocía: ¿para qué preocuparse por los problemas de la identidad en los grupos en
donde se transmitía automáticamente? La cultura de las élites daba más cabida a los
preceptos morales, a la filosofía y a la religión. Se aprendían las disciplinas indispensables
para participar activamente en las extensas redes del poder que estructuraban la sociedad.

66 LOS GIROS DE LA GEOGRAFÍA HUMANA

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La geografía en recomposición: objetos que cambian, giros múltiples. ¿Disolución o profundización?

Con el asombroso cambio en los medios de comunicación, las culturas populares


de ayer fueron sustituidas por culturas de masa, en donde la oralidad sigue desempe-
ñando un papel importante, pero donde los medios de comunicación sustituyen —o
complementan — las relaciones que se establecían dentro de las familias o en los vecin-
darios. Al mismo tiempo, las culturas de las nuevas élites dan más posibilidades a las
ciencias y a las técnicas de la comunicación que a las creencias religiosas y a las formas
tradicionales de la moral.
La geografía de las décadas de los cincuenta y de los sesenta es incapaz de esclare-
cer las mutaciones de los marcos sociales, políticos, económicos y culturales en los que
se inscribe la vida actual.

Entre rechazo y adaptación: las dinámicas simbólicas

¿Cómo reaccionan los hombres ante los cambios rápidos que experimentan? Algunos
rechazan el cambio, pero para seguir totalmente fieles a los modelos del pasado, debe-
rían permanecer al margen de las corrientes de la vida moderna, renunciar al intercam-
bio, parapetarse en algún rincón aislado. Es irrealista como alternativa: ¿cómo enfren-
tarse al aumento de poblaciones si no se ponen en práctica nuevas técnicas? ¿Por qué
rechazar lo que, en las sociedades modernas, constituye indiscutiblemente un progreso,
los medicamentos, los aparatos de fotografía, la radio, la televisión, la telefonía móvil?
Queriendo o sin querer, la mayor parte de las sociedades se transforman. Entonces el
rechazo pasa a otro plano: se torna simbólico.
Otras sociedades endosan la modernidad pero la remodelan. Aceptan algunos de
sus aspectos, ponen mala cara a otros, reinterpretan el conjunto. A pesar de la hosque-
dad de los fundamentalistas y los grandes discursos acerca del shock de las civilizacio-
nes, no se debería negar que nuestro mundo es un mundo de hibridación y de mestizaje.
¿No es acaso esto lo que lleva, en ciertos países como Estados Unidos, a considerar el
multiculturalismo como una ventaja?
Los grupos que rehúsan simbólicamente el Occidente, como también aquellos que
se acomodan al mismo, deben responder a preguntas que no se planteaban en el pasado:
¿en qué se fundamentan sus identidades cuando el universo se ha ampliado y las relacio-
nes locales han perdido su función de anclaje? Se está dispuesto a participar en una
aventura más global que en el pasado, pero con la condición de que todos reconozcan
que se existe como entidad original. Al respecto, Don Mitchell habla de guerras cultura-
les (Mitchell, 2000). Tiene razón: la cultura ya no es tan sólo lo que da a cada uno el
medio para actuar sobre las cosas y para integrarse a la vida colectiva. La cultura se ha
convertido en una señal de reconocimiento que se exhibe y que se trata de materializar,
de imprimir en el terreno. Nunca se había hablado tanto del patrimonio como actual-
mente; nunca nos habíamos preocupado tanto por los paisajes.
El progreso de los transportes, de las comunicaciones y de las técnicas productivas
no se limita a trastornar la actividad ni la distribución de los hombres. Afecta a sus
culturas, cuestiona las identidades que parecían apropiadas desde siempre, conduce a
otras actitudes con respecto al pasado, al presente y al futuro. El cambio de las cosas
hace cambiar las actitudes, los comportamientos y las costumbres. Es preciso recurrir a
nuevas geografías para comprender estas dinámicas.

LOS GIROS DE LA GEOGRAFÍA HUMANA 67

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Paul Claval

Comunicación y sentido de la justicia

La diversidad del mundo excitaba la curiosidad del público: éste estaba contento con
saber cómo lograban vivir los hombres en condiciones que apenas podían imaginarse.
Los grupos que descubrían los exploradores se encontraban instalados en entornos tan
difíciles que su evolución resultaba más lenta. Su singularidad podía achacarse a la
naturaleza. Que ciertos medios, ciertas regiones, ciertos estratos de la población fuesen
pobres podía escandalizar, es cierto, pero sin que se pudiese hacer gran cosa para mejo-
rar su situación.
Las comunicaciones mejoraron hasta tal punto que los sitios lejanos ya no nos son
desconocidos: muchos son aquellos que los frecuentan. La mayor parte regresa en pro-
funda rebelión ante las desigualdades patentes en su cercanía: ¿se puede dejar a tanta
gente sumirse en la miseria cuando se dispone de medios de producción eficaces y de
transportes rápidos?
De este manera, se imponen nuevas actitudes: la evolución de los últimos 50 años,
en cierto sentido, ha uniformizado el mundo, dado que en todos los lugares se encuen-
tran disponibles las mismas formas de energía y las mismas técnicas. Esto no ha hecho
desaparecer —muy al contrario— las diferencias de ingresos, de movilidad, de expecta-
tivas de vida y el acceso a la educación o a la salud. Estas desigualdades ya no se perci-
ben desde el ángulo de lo pintoresco o del exotismo. Requieren de soluciones.
No son sólo las transformaciones económicas del mundo las que ponen a prueba
los saberes geográficos de ayer; en un planeta que se percibe como más pequeño y donde
las presiones ecológicas nos sitúan a todos en un mismo plano, no se puede permanecer
inmóvil ante las calamidades, las desigualdades, las masacres, las hambrunas. Nos gus-
taría que la geografía contribuyese a establecer más justicia e igualdad. Estas demandas
resultan todavía más apremiantes porque ocurren en un momento en que la globaliza-
ción aumenta las diferencias en las fortunas y las tensiones, más que atenuarlas.

2. Nuevos estilos de investigación

Desde finales del siglo XIX, la investigación geográfica se encuentra dominada por las
instituciones universitarias. No deja de multiplicarse el número de departamentos, aún
más rápido es el incremento de docentes–investigadores y de investigadores que se les
asignan. Hasta alrededor de los años cincuenta, en Francia, la mayor parte de los profe-
sores participaban en la excursión interuniversitaria que les permitía seguir el movi-
miento de la investigación: ¡cabían en un autobús! ¡Ahora son más de mil quinientos! La
evolución es general.
No faltan las señales que indiquen las profundas reestructuraciones en proceso. La
investigación académica siempre ha ido acompañada de una investigación de Estado:
servicios nacionales de cartografía, a cargo del levantamiento de mapas regulares; insti-
tutos de estadísticas o de estudios demográficos; centros de investigación sobre los pro-
blemas del mundo rural, de las ciudades, de las desigualdades, de los países de ultramar,
etc. La lista no deja de extenderse.
El financiamiento de la investigación se modifica: para ir más allá de las cifras
recabadas por los servicios oficiales, para conocer las opiniones, los comportamientos y
las aspiraciones de la gente, hay que proceder a hacer levantamientos de terreno, a llevar

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La geografía en recomposición: objetos que cambian, giros múltiples. ¿Disolución o profundización?

a cabo encuestas. Estas operaciones resultan costosas. Aun cuando se realicen dentro de
un marco universitario, su financiamiento suele proceder de los gobiernos locales o de
las empresas que tienen que resolver problemas precisos y que se preocupan menos por
hacer avanzar la reflexión fundamental que por obtener resultados fiables. Los equipos
de investigación se estructuran para responder mejor a las preguntas planteadas: recu-
rren a especialistas procedentes de varias ciencias.
Hoy se alaban las virtudes de la pluridisciplinariedad. Las investigaciones en el
terreno tienden cada vez más a esta forma de trabajar. ¿Cuáles son los efectos de estas
coexistencias? Cada uno conduce a definir mejor su ámbito: en la investigación acadé-
mica tradicional, el progreso con frecuencia era generado por la caza furtiva en tierras
de los otros. En un equipo pluridisciplinario, estas incursiones son mal vistas: la trans-
disciplinariedad sufre una regresión. El geógrafo es el que sabe cómo hacer hablar a los
paisajes, a los mapas, y se ocupa de las distribuciones. Es todo lo que puede reivindicar.
La asistencia de otros colegas en el terreno, indudablemente le enseña otros métodos y
otros procedimientos. Pero la coexistencia entre las disciplinas desalienta los esfuerzos
encaminados a ir hasta el meollo de los problemas, aquellos que esclarecen la forma en
que los individuos construyen su vida social. La pluridisciplinariedad es una realidad.
Se opone a la transdisciplinariedad.
El aumento constante del número de investigadores incrementa el potencial de las
encuestas, permite una producción más sistemática de los datos y facilita la solución de
los problemas prácticos. Por otra parte, la transdisciplinariedad, esta forma de olvidar
las fronteras para ir al meollo de los problemas que practicaban los universitarios, ac-
tualmente se practica menos que en el pasado. La investigación fundamental sufre las
consecuencias.

3. Giros múltiples

Cuatro series de giros han afectado la investigación en las ciencias sociales y en geogra-
fía durante la última generación: 1) el regreso arrollador de la idea de ciencia «crítica»,
inspirada en la Ilustración, que trascendiendo la explicación de lo real está encaminada
a reformarlo; 2) la crítica de los enfoques y de las actitudes propias de la civilización
occidental, que gravitaban sobre su concepción de la ciencia; 3) el cuestionamiento de
los fundamentos lingüísticos, espaciales y culturales de nuestros enfoques; 4) la reflexión
profundizada acerca de las relaciones entre los objetos y los sujetos. Estas mutaciones y
cuestionamientos superan el marco de la geografía, pero pesan en su evolución.

Regreso al ideal de la Ilustración: la idea de ciencia crítica

En el siglo XVIII, los hombres descubren que son responsables de su destino. Para
guiarse recurren a la ciencia. Esperan que la ciencia les explique la situación actual,
que denuncie los principios erróneos que son la causa de la desgracia de la humanidad
y que indique las correcciones que deben hacerse. Para muchos de los primeros teóri-
cos de la vida en grupo, de Thomas Hobbes a Jean-Jacques Rousseau, las instituciones
funcionan mal porque no cumplen con la lógica de un verdadero contrato social. Bas-
ta con regresar a las primeras formas del contrato social para encontrar lo auténtico.

LOS GIROS DE LA GEOGRAFÍA HUMANA 69

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Paul Claval

Concebida de esta manera, la reflexión científica sobre la sociedad no tiene por


primera finalidad decir lo que conviene hacer para progresar. Como lo mostró Robert
Nisbet, las decepciones con respecto a la Revolución Francesa condujeron a la ciencias
sociales a escoger otro camino (Nisbet, 2003). Conscientes de la complejidad de las
interacciones que funcionan en cualquier colectividad, los investigadores se tornaron
más modestos. Su ambición empezó a ser más bien dar cuenta de lo existente que pro-
poner itinerarios hacia la utopía.
Los sociólogos de la escuela de Frankfurt propusieron, en las primeras décadas del
siglo XX, retomar el espíritu de la Ilustración; trataron de crear una «ciencia crítica»
(Vanderberghe, 1998-1999). La llegada de los nazis los obligó a partir al exilio, por lo que
se dan a conocer sus ideas en el mundo anglosajón y en particular en Estados Unidos. Su
ideal sale fortificado de la agitación universitaria de 1968. Muchos son los que ya tan
sólo ven en las ciencias sociales como se practican a su alrededor una perversión bur-
guesa de los grandes ideales de la Ilustración. Con la aparición de la revista geográfica
Antipode, a principios de la década de los setenta, la geografía radical anglosajona se
convierte en uno de los motores de renovación de la disciplina. El éxito de Geocrítica, la
publicación que Horacio Capel coordina en Barcelona desde hace 30 años, muestra el
eco de esta actitud en el mundo iberoamericano.

Las ciencias ante los cuestionamientos de Occidente: el posmodernismo

Muchas civilizaciones están cimentadas en una religión que fundamenta su identidad,


gravita sobre sus instituciones y orienta su acción: cabe pensar en la India, en el islam,
en la cristiandad. Desde el siglo XVII, la vía seguida por Europa y por las sociedades que
diseminó en otros lugares del mundo se singulariza. El cristianismo continúa respon-
diendo a las inquietudes de las conciencias individuales, pero son nuevas formas de
creencias, las ideologías, las que dan cuenta de los devenires colectivos y los orientan.
Así, Occidente se estructuró alrededor de filosofías de la historia y de ideologías del
progreso. Esto garantizó estos sistemas de pensamiento, es su fundamento «científico».
Actualmente ya no se cree que el progreso forzosamente conduzca a la felicidad:
alarga la vida humana, controla las epidemias, triunfa cada vez más sobre las enfer-
medades, hace desaparecer el hambre, pero vuelve los armamentos más temibles y los
conflictos más sangrientos. ¿Acaso las ideologías pretendidamente científicas no avala-
ron ni facilitaron ciertas empresas dudosas de la civilización occidental, su expansión
imperialista en particular? ¿No son acaso responsables de los totalitarismos nazis o
comunistas, que se cobraron tantos millones de víctimas?
La crítica de Occidente a la que se dedican los posmodernos se remonta en el pasa-
do en forma más o menos lejana. Es particularmente vigorosa en Estados Unidos. Se
nutre con la difusión de la obra de filósofos y sociólogos como Henri Lefebvre, Jacques
Derrida, Gilles Deleuze, Michel Foucault. La palabra clave de estos enfoques es la de-
construcción, que enseña a desconfiar de las palabras y de las nociones de las que nadie
ponía en duda su pertinencia.
La crítica de la modernidad abarca esencialmente tres puntos: 1) se había sobredi-
mensionado el peso de la historia en la explicación de las realidades sociales. Por ende,
la relevancia del espacio se reducía (Jameson, 1984, 1991); es conveniente invertir esta
tendencia. 2) Se asumía, de manera errónea, que la verdad científica era absoluta, lo que

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La geografía en recomposición: objetos que cambian, giros múltiples. ¿Disolución o profundización?

reducía el papel de la intuición y de la sensibilidad, oponía las ciencias a las humanida-


des y desvalorizaba las formas empíricas del conocimiento. 3) Los saberes occidentales
se apoyaban en la primacía dada a la vista, lo cual no dejaba de tener consecuencias en
el orden social, porque se pasaba fácilmente de la observación a la vigilancia (Foucault,
1989). De esta forma, el pensamiento occidental se volvía represivo y coercitivo.
Para el posmodernismo, los desarrollos narrativos propuestos por las ciencias so-
ciales reflejan tanto las perspectivas que abarcan como las distribuciones y los procesos
que pretenden explicar: los grandes relatos carecen de valor.
Gracias al posmodernismo, la geografía deja de aparecer como una disciplina sub-
alterna para las otras ciencias sociales: se espera de ella nuevos puntos de vista sobre el
sentido de la vida y la dinámica de los grupos humanos.

Las ciencias ante el cuestionamiento de Occidente: los enfoques poscoloniales

En el transcurso de los últimos 20 años, el cuestionamiento de Occidente destaca la


relación entre los conocimientos científicos desarrollados por Europa y la dominación
que ejerce en el resto del mundo. Éste es el tema central de los enfoques poscoloniales.
Este tipo de enfoques tiene varios rostros. En primer lugar, se responsabiliza el uso
político de las técnicas de dirección y de control que la reflexión sobre la mirada ha
hecho nacer desde el Renacimiento: por ejemplo, la cartografía, el trazo de fronteras y
límites administrativos, el establecimiento de sistemas policiacos, la multiplicación de
las formas de encierro para reducir las resistencias (O’Thuatail, 1996).
Desde Edward Said, las acusaciones siguen otra vía: la ciencia actúa de común
acuerdo con las políticas de conquista porque les ofrece una justificación, presentando
una imagen negativa de las otras culturas.
Cuando se evoca la construcción de Oriente por el orientalismo, Said abre una gran
vía a la nueva geografía: la de la «imaginación» geográfica, en el sentido inglés del térmi-
no: los «imaginarios» geográficos de las lenguas románicas (Gregory, 1994). El campo
abierto conduce a los geógrafos a interrogarse sobre la génesis de las categorías que
aceptaban como evidentes. Por ejemplo, la división del mundo en continentes, entida-
des como los Balcanes, el Asia de los monzones, el Norte y el Sur, etc.
Los estudios poscoloniales muestran lo que permitió a Occidente dominar a las
otras civilizaciones. También se dedican a ver los cambios brutales provocados por estos
nuevos contactos. Las culturas locales son brutalmente cuestionadas: ¿acaso no fracasa-
ron? ¿Cómo resistir el impacto de ideas que se difunden con suma rapidez por estar
refrendadas por el éxito de los invasores, impuestas por la forma de educación que
establecen y multiplicadas por los intercambios que desarrollan? Los enfoques poscolo-
niales se dedican a estudiar las culturas mestizas y los saberes híbridos que se desarro-
llan en las zonas colonizadas o dominadas.
Occidente se ve afectado a su vez. Es pervertido por el poder del que goza y del que
se aprovechan los expatriados; atribuye a los universos que acaba de conquistar los
vicios que se reprimen en él: la ociosidad, la desidia, y la voluptuosidad sobre todo. La
construcción del otro revelada por las imágenes que Gauguin propone de Tahití o de las
Islas Marquesas resulta reveladora desde ese punto de vista (Staszak, 2003).
De esta forma, las dinámicas que se van generando no se detienen con la descoloni-
zación: el cruce de culturas prosigue; sigue transformando los países largamente domi-

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nados y aquellos que los habían conquistado. Es a través de esta apertura progresiva a
las dimensiones culturales de los contactos desiguales como sin duda contribuyen más
los estudios poscoloniales a la renovación de la geografía contemporánea.

La época de los giros

Generalmente se califica como giros a la tercera serie de transformaciones que afectan a


las ciencias sociales y la geografía. ¿Qué es lo que expresan? El descubrimiento de que
no se pueden construir las ciencias del hombre y de la sociedad al igual que las ciencias
de la naturaleza porque llevan en sí realidades diferentes. De esta manera se desarrolla-
rán las siguientes revisiones:

1. El giro lingüístico abre la ronda en los años ochenta. Se comenta más en historia
que en otras disciplinas, pero se refiere a todas.

[Linguistic turn] se percibe primero en su dispersión, su efervescencia, su radicalidad, sus


contradicciones, como un momento cumbre, a veces vehemente, pero más bien breve,
desafiando los grandes paradigmas de las ciencias sociales e impugnando de manera viru-
lenta la modernidad en sus fundamentos económicos industriales y tecnológicos, en sus
valores originados en la Ilustración: el progreso, la razón, el humanismo, el universalismo
[Müller, 2006: 1.183-1.184].

¿A partir de qué nace? De una doble constatación: 1) las realidades recogidas por
las ciencias del hombre y la sociedad son captadas a través de palabras, signos (y en un
registro cercano, pero más significativo para la geografía, a través de imágenes). 2) Es-
tas ciencias proponen discursos que se inscriben en la lógica de todas las formaciones
narrativas y merecen ser estudiadas como tales.
El giro lingüístico destaca que «la experiencia humana y su relación con la realidad
no pueden concebirse fuera de la mediación del lenguaje» (Müller, 2006: 1.183). Este
giro adquiere una forma más radical entre aquellos que consideran que «la realidad
permanece fuera de todo alcance, sólo el lenguaje puede expresarla y el lenguaje consti-
tuye las realidades o incluso la realidad misma» (Müller, 2006: 1.183).
La lingüística, la semiología, la semiótica, la narratología poseen un alcance que
trasciende el ámbito de donde nacieron. Permiten comprender las dificultades experi-
mentadas por las ciencias sociales para delimitar sus objetos, los límites que afrontan y
las inflexiones impuestas por las lógicas narrativas a discursos hasta ese momento pre-
sentados como puramente científicos. El giro lingüístico recuerda la dimensión retórica
de cualquier proceso científico, cuando se la creía totalmente desterrada de este campo
desde Francis Bacon, en el alba de la modernidad.

2. En los años noventa, se empieza a hablar del giro espacial, que afecta a las cien-
cias sociales en general. La evolución se remonta a los debates del estructuralismo: que
haya sistemas en la realidad social, nadie lo duda, pero éstos no son increados, perma-
nentes, eternos, sino que han sido construidos por los hombres. Por lo tanto, las ciencias
sociales deben analizarse como construcciones de dos pisos: ponen en relieve el papel de
las estructuras que enmarcan a los individuos, limitan sus elecciones y gravitan sobre
sus comportamientos; toman en cuenta la historia dado que las estructuras nacen de la

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La geografía en recomposición: objetos que cambian, giros múltiples. ¿Disolución o profundización?

iniciativa de los actores sociales. Esta historia conduce a la diferenciación de los hom-
bres y de los sitios. De aquí deriva lo que se conoce como teoría de la estructuración de
Giddens (1984).
En forma más general, el giro espacial es consecuencia del fin de las filosofías de la
historia: el correr del tiempo no basta para develar la verdad de lo social. La sociedad se
inscribe en los medios que utiliza, domina y condiciona. La sociedad saca partido del
alejamiento, que aísla a las personas, les da seguridad y les permite afirmar su originali-
dad. Para conservar su coherencia, la sociedad conjura los efectos de la distancia me-
diante la instauración de un orden simbólico que borra la diversidad (Gottmann, 1952).
El sentido de la vida individual y colectiva se lee tanto en la articulación de estas estrate-
gias espaciales como en las convergencias que revela la flecha del tiempo.
El giro espacial confiere a la geografía un papel estratégico que jamás había tenido
en el conjunto de las ciencias sociales: «debemos a Henri Lefebvre la noción del predo-
minio del espacio en la era poscontemporánea» (Jameson, 1991: 364).

3. La curiosidad de los geógrafos por las dimensiones culturales de su disciplina no


cesa de afirmarse a partir de la década de los setenta: se redescubren los lugares; la
experiencia que ya se tiene de ellos reviste una dimensión fenomenológica de la cual se
toma conciencia; en la medida en que la génesis de las identidades ya causa problemas.
Territorio y territorialidad se convierten en temas recurrentes de investigación. También
las representaciones atraen la atención. En los años ochenta, el mundo de habla inglesa
se pone a discutir acerca de una New Cultural Geography. La evolución es similar en
Francia y en un gran número de otros países. Los trabajos sobre la cultura se multipli-
can rápidamente en el transcurso de los años noventa.
Como consecuencia, el creciente interés por los hechos culturales sólo marca un
tiempo para introducir dentro de la geografía una subdisciplina, la geografía cultural.
En su esencia, resulta semejante a las subdisciplinas que ya se distinguían, como la
geografía económica, la geografía política, etc. En efecto, existe una lógica propia a
los hechos de la cultura (Claval, 2003b): se basan en la transmisión de conjuntos es-
tructurados de informaciones, conocimientos y creencias. Los hechos de la cultura
están conformados por imágenes y discursos; hacen causa común con la comunica-
ción; tienen una dimensión mental y traducciones materiales en el hábitat, en las
máquinas-herramientas, en el uso de los medios y el ordenamiento del espacio, o en el
vestir, el arte, etc. Los hechos de la cultura vinculan el presente con el pasado y lo
orientan hacia el futuro, legitiman las instituciones que estructuran la sociedad, el
poder que ahí se ejerce, o las critican y ponen en tela de juicio; dan un sentido a la vida
individual y colectiva.
Lo que aporta la idea de giro cultural es una dimensión adicional: se trata de consi-
derar que la cultura no se limita a agregar un nuevo capítulo a la materia. El giro cultu-
ral obliga a repensar la cultura y a volver a estructurarla completamente.
Las subdivisiones de la disciplina admitidas desde finales del siglo XIX tales como
geografía económica, geografía política, geografía social, etc., sólo son de un valor
relativo. La economía no constituye obligatoriamente un campo casi autónomo de la
actividad humana. En las sociedades estudiadas por los etnólogos y en muchas socie-
dades tradicionales, la economía está imbricada en el sistema de parentesco, en los
juegos de poder, en las competencias por el prestigio. En una sociedad en donde la
economía está tan ampliamente emancipada como en la nuestra, la estructura que

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Paul Claval

adoptan las empresas, así como la naturaleza y el volumen de la demanda, reflejan los
valores elegidos y las preferencias culturales; no son variables autónomas. Esto puede
repetirse en el caso de lo político o de lo urbano: las sociedades que concentran el
interés de los etnólogos ignoran la ciudad; las que se establecen en nuestros días ya no
conocen más que un continuum de densidades, dentro de las cuales van a difuminar-
se las oposiciones cualitativas, durante largo tiempo de gran vigencia, entre la ciudad
y el campo.
Desde tiempo atrás, los geógrafos saben que las realidades por las que se interesan
tienen una dimensión histórica. El giro cultural ha venido a aportar la idea de que esta
historia no supone simplemente la variación de los hechos sociales de acuerdo con una
gama de amplitud y de magnitud. La historia también da cuenta de su naturaleza; cues-
tiona su ontología y la del espacio en la que se inscriben.
Plantear que la geografía toma un giro cultural implica la aceptación de que la
disciplina jamás podrá reducirse sólo a lo puramente cuantitativo de la oferta y la de-
manda, a las necesidades y las satisfacciones. Dicho de otra forma, esto supone admitir
que no se pueden abordar los hechos sociales y su distribución en el espacio más que
aceptando la idea de que son de naturaleza simbólica tanto como material.

La teoría del actor-red

Los enfoques practicados en las ciencias sociales ponen en juego actores que experimen-
tan el peso de las colectividades dentro de las cuales se mueven. También suelen ignorar
el entorno material donde se toman las decisiones, el papel de los instrumentos a dispo-
sición de cada uno de los actores, las herramientas de las que disponen. Sin embargo,
existe otra vía posible:

Latour sustituye la división común de las ciencias sociales [entre fenómenos de «estructu-
ra» con frecuencia considerados como los únicos elementos explicativos y fenómenos de
«superficie»] por una atención a las «pruebas» que van conformando a los seres, se van
formando los lazos y finalmente se articula el mundo [Linhardt y Munesia, 2006: 689].

En este enfoque, no se puede comprender el fenómeno estudiado si se disocia el


actor del marco y de los objetos movilizados por la acción. Es el objeto de la teoría del
actor-red (Callon, 1986, 1992a, 1992b):1

Ésta impide [...] enfocar cualquier encuesta con una definición previa de lo que es humano
y de lo que no lo es, de lo que es natural y de lo que es artificial, de lo que es común y de lo
que es singular. De esta preferencia conferida a la observación de las asociaciones entre
actores heterogéneos, se desprende principalmente una oposición a todo proceso que cons-
tituya lo «social» como una categoría sustantiva a priori. La teoría del actor-red considera
la explicación sociológica no como un recurso analítico, sino como un objeto de indaga-
ción. Refiere las categorías generales y universales a la manera en que los mismos actores
las producen. Hace a un lado la cuestión moderna del espíritu sustituyéndole por los equi-
pamientos de la humanidad [Linhardt y Munesia, 2006: 5].

1. Esta teoría fue desarrollada inicialmente por Michel Callon, y también retomada conjuntamen-
te con Bruno Latour.

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La geografía en recomposición: objetos que cambian, giros múltiples. ¿Disolución o profundización?

La teoría del actor-red todavía no ha tenido el mismo impacto en la geografía que la


ola de los post y que la sucesión de cambios, pero va en la misma dirección: un cuestio-
namiento radical de las perspectivas sobre la acción humana y el entorno.

4. ¿Disolución o profundización?

¿Cómo afectan a la disciplina las transformaciones aceleradas del mundo, la emergen-


cia de nuevas interrogantes en la opinión pública y las mutaciones repetidas experimen-
tadas por las ciencias sociales? ¿Acaso la disciplina no corre el riesgo de disolverse en
nuevas constelaciones del saber? ¿A fuerza de enriquecerse y diversificarse, la geografía
no avanza hacia la fragmentación? ¿Se vislumbra una reestructuración disciplinaria?

El riesgo de disolución

Desde hace una generación, la geografía ha ampliado tanto sus perspectivas y ha diver-
sificado tanto sus campos que a veces se tiene la impresión de que se va a perder en un
magma donde se confundirían las humanidades y las ciencias sociales. John-Paul Jones
III y Wolfgang Natter han escrito:

La geografía entera está hecha de textos e imágenes y a su vez estos textos e imágenes
constituyen totalmente la geografía. Que esta afirmación no sea evidente, refleja los proce-
sos disciplinarios que hasta ahora han trabajado en la separación, como objetos distintos de
investigación, por una parte del «espacio» y por otra parte de los «textos» y de las «imáge-
nes». Como «representación» de la vida social, el estudio especializado de los textos y de las
imágenes tradicionalmente se ha vinculado con la crítica literaria y con la historia del arte. Al
mismo tiempo, la geografía se encerró similarmente dentro de límites y sus investigadores
concentraron principalmente su atención en el carácter y en la variabilidad de las naciones,
de las regiones, de los paisajes y de los entornos [Jones III y Natter, 1999: 239].

La frontera entre los discursos, las imágenes y la geografía se creó artificialmente


en el pensamiento moderno. Para John-Paul Jones III y Wofgang Natter, hoy este corte
debe sobrepasarse:

Nuestra argumentación se basa en dos hipótesis fundamentales: primero, el espacio pue-


de ser tratado como un producto social que no sólo contiene, sino que mediatiza las rela-
ciones entre los individuos y la sociedad; y después, los textos [...] de la misma manera
pueden ser considerados como productos sociales mediatizados y mediatizantes. En una
perspectiva epistemológica y ontológica que considera a las dos como productos del poder
social y por ende como objetos interconectados de análisis, surge a la luz la posibilidad de
reteorizar la relación entre el espacio y las representaciones y así trascender la distinción
actual entre teorías del espacio y de la representación [Jones III y Natter, 1999: 240].

Dicha posición conduce a estos autores a recusar la mayoría de las categorías pues-
tas en práctica por los geógrafos para comprender, por ejemplo, el espacio - la distancia.
Las interpretaciones al estilo de Jones III y Natter siguen siendo la minoría. Mu-
chos piensan que el peligro de la fragmentación de la disciplina es más real que el riesgo
de la disolución.

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Paul Claval

¿Enriquecimiento o fragmentación?

La disciplina no deja de diversificarse. En el pasado, se interesaba sobre todo por los


adultos de sexo masculino entre su ingreso a la vida activa y la edad de su jubilación o de
su desaparición: a ellos se debía la mayor parte de la transformación de los medios.
¡Esta perspectiva ignoraba a las mujeres, los niños y los ancianos!
Ahora, la geografía se interesa por la manera en que se percibe, se sueña, se vive la
extensión, y por la forma en que se valora el entorno o se lo percibe. A la geografía le
interesa conocer cómo se frecuentan, se memorizan y se asocian los lugares a los dife-
rentes momentos de la vida de cada uno, o a las diversas manifestaciones de la sociabi-
lidad. Las posibilidades que se ofrecen no son las mismas para todos: hay interés por la
geografía vivida por las mujeres, por los niños, por los ancianos o por las minorías
sexuales o étnicas para denunciar los millares de prejuicios de que son víctimas estas
categorías, hacer un balance de las frustraciones que se les imponen y darles oportuni-
dades más equitativas. Se desarrollan nuevos campos: geografías de género, de la vejez y
de la infancia; geografías vividas por las minorías; geografías de la ciudad y del campo
vistas por aquellos que las viven o que las visitan, etc.
La disciplina de ayer privilegiaba las escalas medias (como la regional) y olvidaba
otras. Insistía en los lugares, pero no los estudiaba mucho. Ignoraba lo que ocurría
dentro de la casa o el apartamento, los espacios más pequeños, sin embargo son donde
el hombre-habitante ejerce sus talentos de acondicionador y debe arreglárselas con pe-
queñas delimitaciones, usar ardides con ellas, sacarles provecho.
Las nuevas técnicas de comunicación, Internet y el teléfono móvil en particular,
crean nuevas maneras de vivir el espacio, de triunfar sobre la distancia y de jugar con las
representaciones del espacio. Los estudios sobre los espacios virtuales se multiplican.
La diversificación de los enfoques es el resultado de la renovación de las perspecti-
vas en los campos analizados desde hace largo tiempo. La geografía de los lugares se ha
teñido con nuevos colores a causa de su papel en la experiencia vivida de cada uno y en
la construcción de las memorias individuales y colectivas. Los estudios regionales se
hacen poco frecuentes, pero los trabajos sobre el territorio y la territorialización abar-
can espacios de la misma escala.
Los planteamientos han cambiado. La geografía de la primera mitad del siglo XX se
dedicaba a las diferenciaciones que un observador exterior podía proponer dentro de un
área dada; ponía en marcha un proceso lógico: la regionalización (Claval, 2007). Actual-
mente, se busca conocer la manera en que se viven, se apropian, se sienten los espacios
de escala mediana, y de ser preciso, cómo los individuos y los grupos los transforman
con base en su propia identidad.
En esta perspectiva, se replantean otros objetos clásicos de la disciplina. Por ejem-
plo, a la geografía le interesaban los paisajes porque expresaban la actividad modelado-
ra del hombre. El punto de vista de la disciplina frente al paisaje era funcional. La pers-
pectiva actual es más amplia. Para la geografía, el paisaje constituye una realidad per-
ceptual además de una realidad material. El paisaje habla al que lo observa o a quien lo
atraviesa, acompaña o contraría sus estados de ánimo, le llena de alegría o de temor, le
recuerda el pasado, el suyo o el del grupo del que forma parte. Es portador de un senti-
do. Muchas veces está sembrado de ruinas y si los edificios antiguos de que consta se
conservan celosamente, es porque el pasado que refrendan no ha muerto. Contribuye a
otorgar un sentido a la existencia de las personas de hoy.

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La geografía en recomposición: objetos que cambian, giros múltiples. ¿Disolución o profundización?

Se han vuelto a examinar otros campos. Por ejemplo, en diversos lugares la econo-
mía deja de regirse por mecanismos de mercado. En un lugar, más bien depende del don
y del contradón. En otros lugares se concibe como redistribución de las riquezas por
parte de una autoridad superior: las lecciones de Marcel Mauss y de Karl Polanyi final-
mente se han comprendido (Mauss, 1923-1924; Polanyi, 1992). La demanda la confor-
ma la moda y, por lo tanto, la cultura. El funcionamiento de las empresas no sólo depen-
de de la lógica impecable de sus organigramas. También refleja el peso de las formas
dominantes de la sociabilidad del lugar.
La renovación de la geografía política es todavía más completa: desde Ratzel, este
campo de la disciplina giraba alrededor del Estado, de sus fronteras, de su capital y de
sus redes administrativas; analizaba también los comportamientos electorales, pero el
capítulo que les dedicaba no estaba claramente vinculado con el resto de la disciplina.
El enfoque político de la geografía ya no parte del territorio nacional y del Estado
soberano. Más bien analiza el poder en todas sus formas: en unos casos el poder es el
resultado del recurso a la violencia y a la amenaza que logra hacer valer. En otros
lugares es aceptado y legitimado. Todas las relaciones institucionalizadas acarrean
consigo parcelas del poder. Quien tiene los medios de producción domina más o me-
nos a sus empleados en su totalidad. El orador, el predicador, el maestro obtienen su
influencia de su poder de persuasión y de la fuerza de las ideas que transmiten. Los
juegos de la política están presentes ahí donde el Estado se encuentra ausente: Pierre
Clastres (1974) ya lo había esbozado, pues calificaba como sociedades contra el Esta-
do a las sociedades sin instituciones de poder como había observado en América del
Sur. La política ocupaba tanto espacio como en nuestras sociedades, pero su meta era
prevenir la concentración del poder, más que favorecerla y utilizarla para reestructu-
rar las relaciones sociales.
La geografía social estaba curiosamente estática: o bien se apoyaba en las estadísti-
cas oficiales, y el cuadro de la vida colectiva que trazaba sólo era válido por la noche,
cuando todo el mundo estaba en su domicilio y dormía; o bien sólo tomaba en cuenta las
divisiones jerárquicas en castas o en clases sociales y sólo percibía las tensiones y los
conflictos en juego entre ellas. Los procesos actuales son más sensibles a la diversidad de
las instituciones, a la arquitectura compleja que perfilan, a la multiplicidad de papeles
que desempeñan los actores y a la dimensión subjetiva de su pertenencia a tal o cual
categoría, a tal o cual clase.
¿Geografía humana, geografía rural? Los antiguos marcos también han estallado
en pedazos. El campo ya no es habitado por agricultores y campesinos de manera pre-
dominante. En las ciudades llama la atención la extensión. La oposición ciudad/campo
ya perdió vigencia. Hoy, más bien se observa un continuum. Con el automóvil, los avan-
ces de las telecomunicaciones, Internet, el teléfono móvil y la prolongación de la escola-
ridad, todos tienen acceso a un amplio conjunto de informaciones compartidas. La dife-
renciación está en la facilidad de acceso para algunos a las actividades al aire libre, en la
posibilidad para otros de participar con mayor facilidad en ciertas formas de interac-
ción. Con la civilización del ocio, el campo de la geografía turística no ha dejado de
ampliarse: la sedentariedad ha dejado de ser el modo de vida de casi toda la población.
Nuestras sociedades secretan nuevas formas de nomadismo.
¿Acaso es una fragmentación lo que se desprende de este panorama? En nuestra
interpretación no es así. Es más bien un enriquecimiento. Aunque hay que reconocer
que viene acompañado de cierta confusión. ¿Acaso es posible entrever, en el trasfondo

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Paul Claval

de todo esto, las líneas de fuerza de una construcción que correspondería a la profundi-
zación de la disciplina?

¿Una disciplina que se profundiza?

1. Los cambios contemporáneos de la escena mundial y el ascenso de las aspiraciones y


de los nuevos ideales implican la actualización de nuestras formas de pensar. Los cues-
tionamientos de las ciencias sociales y de la geografía tal como aún se practicaban hace
unos 30 o 40 años, son el resultado de críticas cada vez más y más severas dirigidas a la
civilización y al pensamiento occidental. Su virulencia conduce a reconsiderar las bases
filosóficas de éstas. ¿Se puede decir que por lo mismo están condenadas y que el pensa-
miento científico y el racionalismo que promovieron están prontos a desaparecer? Nada
menos seguro que ello.
Para completar los sistemas de creencias que brindan un sentido a la vida indivi-
dual, las sociedades occidentales han descubierto, desde hace tres siglos, su necesidad
de certidumbre sobre las evoluciones colectivas: se construyeron ideologías. Las del pro-
greso han muerto. Otras van apareciendo y las sustituyen: el desarrollo se vuelve sosteni-
ble, lo que causa una visión más equilibrada del entorno y constituye un ideal que Euro-
pa, América y los lugares del mundo pueden compartir. Asimismo, se afirma el peso de
las ideologías del inconsciente.
Tal es el contexto en el cual se ejerce actualmente el racionalismo crítico.

2. Al relatar la historia de nuestra disciplina, desde hace 50 años se tiene la costumbre de


subrayar las rupturas y las discontinuidades que la han afectado: crítica de la dimensión
ideográfica de la geografía clásica y nacimiento de la nueva geografía en el cambio de los
años cincuenta a los sesenta; redescubrimiento de los lugares, perspectiva fenomenoló-
gica y geografía radical en los años setenta; geografías posmodernas y nueva geografía
cultural en los años ochenta; geografías poscoloniales y giro cultural en los años noven-
ta. Sin embargo, cabe preguntar: ¿cuestionaron cada una de estas sucesivas revolucio-
nes, a su turno, la disciplina en sus fundamentos? ¿Acaso no pueden leerse como una
profundización gradual de los mismos fundamentos? ¿Qué nos permite decir que en
cada etapa vamos avanzando un poco más en la realidad?

La ampliación progresiva del devenir geográfico y de los métodos de la disciplina

La atmósfera naturalista y positivista en la que la geografía humana se había desarrolla-


do a finales del siglo XIX y principios del XX conducía a los geógrafos a partir de lo
sensible y de lo visible: de los lugares y no de los hombres, como lo subrayaba Vidal de la
Blache; de las formas, del paisaje; también del mapa para captar el mundo desde arriba
y para capturarlo en diferentes escalas. La descripción desempeñaba un papel esencial
en este proceso. Pretendía ser explicativa y lo era en la medida en que introducía meca-
nismos que en sí eran visibles y medibles. Ahí donde no era posible (de hecho, esto era
en la mayor parte de la geografía humana), se limitaba a las tipologías.
Las mutaciones que van sucediéndose a partir de los años cincuenta rompen con el
naturalismo y el positivismo. La geografía económica ya no se limita a describir las

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La geografía en recomposición: objetos que cambian, giros múltiples. ¿Disolución o profundización?

actividades productivas de los hombres, los flujos de mercancías que generan y los mer-
cados a través de los cuales se venden. Piensa en el circuito económico en su totalidad,
del consumidor al productor (la demanda), y del productor al consumidor (la asigna-
ción de los ingresos). Se interesa tanto por los flujos monetarios y de información (que
son intangibles) como por los flujos tangibles. Por lo tanto, procura tener los medios
para captar la totalidad de los mecanismos que entran en juego en la vida económica.
No es «la revolución cuantitativa» la que constituye la aportación principal de la nueva
geografía, sino su enfoque en los mecanismos que actúan en la vida económica y en el
papel que juega la distancia.
Es posible transferir este proceso a otros ámbitos: algunos se dedicaron a hacerlo
en el transcurso de los años setenta. Así se analizaron los mecanismos sociales y las
arquitecturas a las que dan nacimiento (Claval, 1973), los juegos del poder y las diversas
configuraciones que van a crear (Claval, 1982). La ciudad se comprende como una má-
quina para maximizar las interacciones sociales más que como un conjunto construido
(Claval, 1981). Así, la comprensión de las realidades sociales, políticas y humanas se
vuelve más precisa y más eficiente.
Los mecanismos que analizaba la nueva geografía (de los sesenta-setenta) combi-
naban la toma de decisiones individuales y las interacciones sociales. Se simplificaba la
visión del hombre en la que se basaban: se fundaba en la idea de que los actores toma-
ban decisiones racionales y bien informadas.
Los giros negociados por las ciencias sociales y por la geografía desde hace una
generación han conducido a rechazar estos postulados. El hombre es diverso porque la
formación que ha recibido y la experiencia que tiene del medio y de la vida social varían
de un sitio a otro y de un momento a otro (Hägerstrand, 1970). El mundo analizado por
los geógrafos es a la vez material e ideal. Esto conduce a interesarse en los procesos
desatendidos durante largo tiempo, porque se sustraían a la observación: comunica-
ción, memorización, reflexión, decisión. Nuestra disciplina ya no puede rehusar intere-
sarse por el individuo, porque es en la mente de cada uno donde se desarrollan la mayor
parte de los procesos considerados.
El hombre (niño, mujer, anciano, inmigrado reciente, homosexual, etc.) objeto de
la atención del geógrafo ya no es una simple máquina de producción o de consumo.
Come, bebe, conversa, ríe, canta, duerme, descansa, sueña, fantasea... Su naturaleza es
social, pero no en la forma en que la sociología y la geografía social tradicionales perci-
bían a los grupos humanos: la sociedad está en cada uno porque la ha aprendido descu-
briendo el entorno en el que crece, dominando la palabra, en contacto con parientes y
vecinos; más tarde, sus horizontes se abren porque va a la escuela, aprende a leer, escu-
cha radio y ve televisión.
El hombre es social porque es el receptáculo de lo que lo rodea. Asimila e integra lo
que lo rodea a su capital de prácticas, de saberes, de conocimientos o de creencias. La
posición que ocupa, las riquezas o los títulos que ha heredado, el poder del que dispone
le confieren una posición particular en el grupo en el que se desarrolla, pero la sociali-
dad tiene raíces más profundas.
El hombre es también un ser de instinto, animado por pulsiones profundas de las
que no siempre es consciente. No vive sólo en el presente. La cultura que ha recibido lo
une al pasado. Y dotándose de una identidad, va a anudar el conjunto de lo que es, de lo
que fue y de lo que ha recibido. Aferra su ser a los que lo rodean: su identidad es a la vez
colectiva e individual, le otorga un sentido al entorno material y a los paisajes en los que

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Paul Claval

se desarrolla. Dado que así le da consistencia a su ser, logra los recursos para proyectar-
se en el futuro.
El mundo en el cual el hombre se encuentra inmerso no sólo está hecho para satis-
facer sus necesidades. Debe reflejar sus aspiraciones. No se comprenden los entornos
conformados por las sociedades si se ignora el imaginario que los habita, así como el
fragmento de la cultura que contiene y las raíces profundas que encuentra en el incons-
ciente de cada uno (Claval, en proceso).
Por lo tanto, la reconstrucción en curso de la geografía requiere el análisis de los
sueños y de los fantasmas de cada uno. Implica tomar en cuenta las representaciones
generalmente descuidadas porque no se refieren a realidades tangibles: las de los otros
mundos, requeridas por las sociedades para juzgar lo que es y conocer lo que debe ser.
Hace más de 50 años que la geografía religiosa aprovecha los trabajos de Mircea
Eliade (Dardel, 1952). Cuando insiste en lo sagrado, introduce en la comprensión de lo
religioso el papel de lugares misteriosos que afloran en ciertos puntos, haciéndolos a la
vez atractivos y temidos, abriendo a los creyentes ventanas a otro mundo. Los geógrafos
hasta ahora han dudado en explorar estos otros lugares, que se dan a sí mismas todas las
colectividades. Para ir más lejos por el camino de la profundización, es decir, en la explo-
ración de los procesos y de los mecanismos sociales e individuales que implican el espa-
cio, hay que vencer estos prejuicios.

Conclusiones

¿Cómo concluir estas rápidas reflexiones sobre los giros de las ciencias sociales y la
geografía? ¿Está amenazada la geografía por la disolución? ¡Con toda certeza no es así!
¿Corre el riesgo de fraccionarse en direcciones cada vez más divergentes? Sí y no: su
enriquecimiento requiere la diversificación de las curiosidades y de los campos que
explora, pero esto no forzosamente conduce a la desaparición del núcleo central.
Los cuestionamientos que la sociedad occidental acaba de experimentar se refieren
más al lugar que le había dado a las ideologías del progreso y de la historia que a las
herramientas intelectuales que constituyen el racionalismo y la ciencia. Éstos deben
cambiar, renunciar a las ambiciones desmesuradas expresadas durante largos años, pero
no están condenadas las ciencias sociales y la geografía.
El núcleo alrededor del cual es posible la reconstrucción está en gestación desde
hace casi medio siglo: su constitución se ha vuelto posible al tocar a su fin el positivismo
y el naturalismo, que privaban a la disciplina de la posibilidad de explorar lo que se
sustraía a la observación. El trabajo sistemático de exploración de los procesos y de los
mecanismos que, en la vida colectiva, implican y conforman el espacio, comenzó en
los años sesenta en el ámbito económico, en los años setenta en lo que se refiere a la vida
social, juegos políticos y razón de ser de las ciudades. Los giros recientes han ampliado
singularmente este campo: lo que se abre a la curiosidad son los juegos de la comunica-
ción, de la memoria, de la representación y de la reflexión. La geografía adopta los
colores de lo imaginario. Además explora los otros lugares —tanto los más lejanos como
los más cercanos— que permiten a los hombres dotarse con una visión normativa. De
esta manera la geografía también llena el vacío que la separaba hasta ahora de las disci-
plinas del ordenamiento.

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La geografía en recomposición: objetos que cambian, giros múltiples. ¿Disolución o profundización?

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82 LOS GIROS DE LA GEOGRAFÍA HUMANA

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ACTORES, OBJETOS, ENTORNOS:
INVENTAR EL ESPACIO PARA LEER EL MUNDO

Jacques Lévy
Escuela Politécnica de Lausana

Sabemos que... Empecemos no con un credo (creo) sino con un scio (sé). Sabemos
que el espacio es un componente de la vida social, que difícilmente sea posible aproxi-
marse a él como una realidad externa a la sociedad. Es una dimensión transversal a lo
social (Lévy, 1994). Sabemos que no hay leyes generales del espacio, sino que en todos
los casos se trata de leyes de la sociedad. Sabemos que no hay relaciones espacio/
sociedad, sino relaciones de las partes con el todo. Sabemos que la escala se define,
no a priori, sino como una serie abierta de umbrales que toman el lugar de un conjun-
to de lugares, el área. Sabemos que no hay una distancia, sino varias distancias y que
la gran variedad de métricas,1 territorios y redes, caracteriza a los espacios contem-
poráneos. Sabemos que la extensión de un espacio no puede ser definida a priori, sino
como una expresión particular de lo que contiene y que el fondo del mapa ya es un
mapa en sí mismo. Sabemos que los espacios están hechos de varias capas y que la
co-espacialidad de esas capas no es obvia y evidente, sino problemática como la con-
temporaneidad de los individuos o de las sociedades que viven aparentemente en la
misma época. Sabemos que la geografía es una ciencia social y que la naturaleza no
es la suma de las ciencias naturales, sino la relación de los seres humanos con el
mundo biofísico.
Sabemos que todo esto, en comparación con lo que existía y que anteriormente se
llamaba «geografía», representa un cambio manifiesto en la historia de una disciplina
que, más que otras en el continente de lo social, es una disciplina que se ha demorado en
identificar sus posibles roles y tareas en el concierto de las ciencias sociales. Por ello es
difícil no concordar con Daniel Hiernaux cuando sostiene en este mismo volumen que la
situación actual de la geografía humana no sólo se trata de un aggiornamento, no es sólo
una piedra suplementaria añadida a una casa ya sólidamente construida. Es una nueva
casa que, al final, parece que está llegando a ser un departamento (o apartamento) del
edificio común de las ciencias sociales.

1. La métrica es un modo de medida y de tratamiento de la distancia: «Modo de medida de la


distancia, la métrica es también modo de gestión. Seleccionar una métrica en vez de otra, es tomar un
partido técnico, una elección política, una elección de ordenamiento» (Lévy y Lussault, 2003: 607-609).

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Jacques Lévy

Sin embargo, lo que podemos llamar un giro geográfico es más que esa evolución
interna, es más que un giro de la geografía, también es un giro espacial de la sociedad.
Es el encuentro entre esa dinámica y otra dinámica, la que se desarrolla en la sociedad y
que le otorga al espacio un nuevo papel para todos los componentes sociales y también
le concede un nuevo papel para la sociedad en su conjunto. El giro geográfico toma
todo su sentido histórico porque se encuentra, converge, con el giro espacial. Sabemos
que el espacio es un recurso para un número creciente de habitantes ordinarios, que
no solamente «se las arreglan con el espacio», sino también colocan los lugares y los
vínculos entre éstos en el centro de sus proyectos de vida. Sabemos que la mundializa-
ción articula todas las escalas y da un nuevo sentido a los lugares. Sabemos que los
actores individuales organizan sus universos espaciales con coherencias métricas y
escalares que no podían existir antes, como lo ha mostrado Béatrice Collignon a pro-
pósito de la posible integración de los espacios domésticos en una concepción integra-
dora de la espacialidad de los individuos (Collignon, 2001 y 2009). Sabemos que las
principales apuestas que están en juego (ciudad, mundo, ambiente natural) concier-
nen e implican al espacio. Sabemos que habitar es más que vivir y sabemos que no
somos los únicos en saberlo.
Ahora bien, resulta que uno de los retos fuertes que se presenta para la geografía
actualmente es el de comunicar este giro a las otras ciencias sociales. El paisaje de las
ciencias sociales ha cambiado mucho en esas últimas décadas y el problema que se
plantea a los geógrafos es el de integrar el vocabulario conceptual de la geografía den-
tro de la nueva situación de las ciencias sociales. No es tan difícil porque los cambios
de la geografía no son independientes de las mutaciones más generales de la cognición
de los mundos sociales. El fin de los estructuralismos y la emergencia de un paradig-
ma «actoral» (centrado sobre los actores) no es, para la geografía, una información
que llega después. Más o menos explícitamente era parte del contenido del cambio
teórico de la geografía. Por ejemplo, para la geografía urbana que evoca Alicia Lindón
en este mismo volumen, centrada sobre una ciudad holográfica del individuo móvil, la
importancia de las realidades inmateriales, la apertura de los posibles espacios, no
hubiera sido factible dentro del paradigma estructuralista. En particular ello no ha-
bría sido posible por una razón simple: no había lugar ni para una sociedad fabricán-
dose por sí misma, fabricando su historia, ni para la dimensión espacial de lo social en
las cuatro teorías estructuralistas más fuertes (el marxismo, la lingüística estructural,
la antropología estructural y el psicoanálisis). Una vez que ese historicismo congelado
ha sido conjurado, se puede re-encontrar la historia de forma diacrónica, pero tam-
bién de manera sincrónica. Cada instante es el encuentro problemático entre una rea-
lidad (por ejemplo, el patrimonio urbanístico de un lugar), una actualidad (por ejem-
plo, la vida cotidiana de este lugar con los micro- y macro-eventos que allí ocurren) y
una virtualidad (por ejemplo, las posibilidades de un desarrollo de la urbanidad en el
lugar). La cualidad de un lugar depende de la relación entre esas tres temporalidades
en el presente. A veces, cuando las tres dimensiones entran en resonancia, un lugar
puede alcanzar un estado de gracia, como actualmente sucede con el centro histórico
de Ciudad de México.
Por lo tanto, la nueva geografía se encuentra confortable en una configuración que ha
exorcizado la maldición de un historicismo sin historia y de un presente caído del cielo.

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Actores, objetos, entornos: inventar el espacio para leer el mundo

1. Un mundo de entornos

Hemos entrado así en la edad de los entornos. A continuación se argumentan las razo-
nes de este planteamiento.
¿Qué es un entorno? Es un marco englobante sobre el cual los englobados actúan.
Es un sistema de interacciones relativamente equilibrado entre el todo y las partes. Sin
embargo, el entorno no puede entonces ser definido solamente con las características de
lo englobante. Debe incluir lo que hace, lo que dice, lo que quiere, todo lo englobado. Las
relaciones entre los dos términos se despliegan en ambos sentidos, cada uno teniendo
un predominio sobre el otro, desde cierto punto de vista. Esta idea es próxima a lo que
plantea Augustin Berque (2000) a través de la expresión trayección.2
En este sentido, es posible preguntarnos: ¿qué es nuevo en este curso o decurso? Es
que estamos transitando de la especie/ambiente a una unificación a través de la palabra
«entorno». Si los términos «ambiente» y «entorno» son empleados a veces como sinóni-
mos, en esencia expresan dos realidades distintas: por un lado, expresan la realidad del
espíritu del darwinismo, es decir, la que corresponde al marco que constriñe, en el cual
una especie puede o no vivir y prosperar. También expresan la realidad que define el
proceso humano de construcción de un marco de vida artificial del que los que lo sufren
son también más o menos los que lo fabrican. La primera mutación ocurre cuando se
acaba por comprender que nuestra dependencia de lo que nos rodea es, por una parte, el
resultado de nuestra acción. Es la mutación de sufrir en el actuar. Ésta es la postura de
la Ilustración que Kant define de la siguiente manera:

Aufklärung ist der Ausgang des Menschen aus seiner selbst verschuldeten Unmündigkeit.
Unmündigkeit ist das Unvermögen, sich seines Verstandes ohne Leitung eines anderen zu
bedienen [Kant, 1978 (1784)].
La Ilustración es la salida del hombre de su minoría de edad causada por él mismo. La
minoría de edad estriba en la incapacidad de servirse del propio entendimiento sin la
dirección de otro.

Propongo entonces, una ontología constituida en torno a los actores, los agentes
(entendidos como seres humanos no actores), los objetos (actantes pero no humanos) y
los entornos.
Los actores son los operadores dotados de la competencia estratégica, pero no son
las únicas realidades sociales que actúan. También existen operadores humanos que no
son actores, los agentes, y además están los operadores no humanos, que son «actantes»
—según la expresión de Bruno Latour (1991a, 1991b, 2008)— de dos maneras: por un
lado, porque incorporan las intencionalidades de los seres humanos que los han fabrica-
do y, por otro lado, porque son involucrados en el mundo de la acción, interfieren con
sus características propias con las intencionalidades de los actores. Esa re-animación de

2. [N. del E.] Augustin Berque concibe la «trayección» como: «la mediación histórica de lo subjeti-
vo y lo objetivo, de lo físico y lo fenoménico, de lo ecológico y lo simbólico...» (Berque, 2000 [1990]:
48). En otra ocasión Berque expresa que la «trayección es la conjunción de lo físico y lo fenoménico
que engendra la realidad en movimiento de la ecumene. Del latín trajectio: atravesado, transferido. La
idea expresada por tra(ns) es la de ir más allá de un límite, pasar al otro lado. El límite es el que el
dualismo moderno ha instituido entre el mundo interior subjetivo y el mundo exterior objetivo. Esta
dicotomía es incapaz de dar cuenta de la realidad de la ecumene» (Berque, 2006: 101).

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Jacques Lévy

los objetos, en el sentido de darles vida otra vez, resulta ser un cambio o mutación
mayor que permite dar por concluida la postura epistemológica según la cual la técnica
es marginal.
La técnica no se reduce a las tecnologías. La técnica en esencia constituye la inten-
cionalidad de los inventores de los objetos. Somos todos técnicos cuando, por ejemplo,
transformamos la computadora (ordenador) que nos habían vendido en aquella otra a
la cual le hacemos realizar muchas más tareas que las originales, y cada vez más. Los
objetos no sólo son materiales, como lo pensaba la geografía clásica. Son también reali-
dades ideológicas, valores, normas, culturas. La tríada «actores-objetos-entornos» nos
permite sobrepasar las fronteras entre lo material, lo inmaterial y lo mental, como lo
plantea Paul Claval en este mismo volumen.
Existen híbridos de entorno y actores (como lo son las organizaciones) e híbridos
de entorno y objetos (como es el caso de las instituciones), así como algunas realidades
tales como los Estados, las Iglesias o las grandes empresas que pueden acumular los dos
estatutos dobles. El entorno no puede existir solo (o con vida propia y autónoma) por-
que está basado en la dependencia de la dupla entre lo englobante/englobado. Si lo
englobado puede igualar la fuerza de lo englobante es porque es un operador determina-
do y la movilización organizada de sus recursos le permite una magnitud comparable a
la de las fuerzas englobantes. Un habitante individual único, a partir del momento en
que dispone de cierta capacidad financiera solvente, tiene una potencia de alteración
considerable sobre el entorno que comparte con muchos otros habitantes. Una casa cons-
truida en un paisaje donde no había anteriormente ninguna construcción, hace de ese
paisaje otro paisaje. Todo aquello que creemos, que sabemos o pensamos saber (por
ejemplo, acerca de cómo queremos que sea la casa), se puede constituir en el elemento
decisivo de la definición de un entorno (por ejemplo, a partir del nuevo paisaje en el cual
está integrada la casa).
Así, la irrupción de la conciencia ecológica no es la consecuencia del peligro que se
presenta realmente, porque nunca ha sido menor que el actual el riesgo natural directo,
por lo menos en los países más desarrollados. El cambio mayor al que se asiste actual-
mente en ese sentido es la conciencia súbita y radical de la potencia de la acción humana
en él. Entonces, la naturaleza no es una cosa sino una relación. La naturaleza es el
mundo biológico y físico por cuanto concierne a los seres humanos. Esto quiere decir
que hay varias naturalezas porque hay varias relaciones posibles con el mundo bio-
físico. Y esas naturalezas son entornos. Esto vale tanto para el ambiente natural en el
sentido habitual de la expresión, como también para el cuerpo cuando es concebido
como otra envoltura natural de los seres humanos. El espacio habitado es también un
entorno. La sociedad es, por excelencia, el entorno de lo social.
Con ese enfoque se desmorona la idea de un entorno canónico, que sería la naturale-
za sobre la cual estarían superpuestas e impuestas las obras humanas. La cronología ya no
determina el orden conceptual. En ese caso perdería valor conceptual la noción cronológi-
ca según la cual primero fue la naturaleza, luego sobre ella el ser humano y luego sus
objetos. Vivimos en entornos en los cuales hemos inyectado una parte variable de nuestras
intencionalidades, pero todos somos responsables por lo que hemos decidido.
¿Qué hacemos con los entornos? En la época de la sociedad reflexiva, nos movemos
dentro de estos entornos y somos sus usuarios, y al mismo tiempo los tomamos en
cuenta en lo que respecta a su conservación y su porvenir. En su libro In Weltinnenraum
des Capital, Peter Sloterdijk (2006) describe el mundo globalizado como un universo

86 LOS GIROS DE LA GEOGRAFÍA HUMANA

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Actores, objetos, entornos: inventar el espacio para leer el mundo

donde los actos unilaterales ya no pueden tener lugar, los actos unilaterales no tienen
cabida. Este autor define la «densidad» como una característica de la sociedad contem-
poránea que hace que cada acción desencadene una serie de retroacciones que encua-
dran y enmarcan la violencia de los actores. Hay numerosos actores, pero cada vez
existen menos autores en el sentido que usa Sloterdijk (2006). En otras palabras, no se
está haciendo referencia al autor de una obra de arte, sino al perpetrador de un acto
aislable, como puede ser un crimen, cuyas consecuencias son impuestas al prójimo.
Así se puede comprender mejor de qué forma cambia la cuestión si se adiciona la
noción de entorno a la dupla «actor-objeto». Por un lado, el entorno integra e internaliza
todas las realidades sociales que quedaban a veces metodológicamente como algo exter-
no al objeto. Un ejemplo de estas realidades sociales concebidas como externas es la idea
de «naturaleza humana» o las hipotéticas «leyes del espacio». Por otro lado, el entorno
contiene la idea de que los marcos que nos permiten aprehender las relaciones actores-
actores, actores-objetos u objetos-objetos son construidos diacrónica o sincrónicamente
por esas mismas relaciones. Al incluir el entorno desaparece la noción de lo exterior
inmanente, trascendente o indefinido. Antes bien, debemos pensar la cuestión en térmi-
nos de totalidades tan complejas como sean, incluso si requerimos por ello analizar
todos sus contenidos para entenderlas. A este enfoque lo venimos denominando «siste-
mismo dialógico» (Lévy, 1999, 2002). En esencia, se plantea que una visión del todo no
podría existir si no se incluyera la fuerza activa de las partes. Esto es necesario para
tomar en cuenta la historicidad: si no hubieran interacciones entre el contenido y el
contenedor, no se podría comprender cómo cambian las sociedades, lo que dicho sea de
paso era un problema insoluble en el paradigma estructuralista.

2. Entornos y ética

La tabla de página siguiente muestra que en los debates sobre la sociedad existen por lo
menos tres grandes modelos o paradigmas incompatibles entre sí, que se oponen en el
debate público y que cada uno de ellos posee una consistencia significativa. En particu-
lar, resulta que el desarrollo sostenible no es tan consensual como parece. La idea misma
de desarrollo sostenible es refutada por la corriente neo-naturalista. Dentro de los que
valorizan la conciencia ambiental existen orientaciones fuertemente antinómicas, aun-
que una lectura superficial las podrías plantear como una misma perspectiva.
Esto último sirve para mostrar que nos estamos moviendo en un universo político
en que el principio dinámico ya no es una tensión entre principios morales compartidos
por todos y diversas violaciones a esos principios por parte de lo que se llamaba intere-
ses particulares, es decir, las pertenencias y sumisiones comunitarias familiares, étnicas,
territoriales, religiosas, geopolíticas o de clase social. Las normas morales compartidas
ampliamente tienden a ser sustituidas por valores éticos que se van construyendo coti-
dianamente en la práctica de la acción situada.
En esa tendencia, los individuos ordinarios y anónimos de pronto adquieren un rol
mayor porque ya no existen «profesores de moral» que sean lo suficientemente legíti-
mos como para imponer. Por ejemplo, la historia del aborto en Occidente demuestra
que un movimiento social horizontal consiguió cambiar concretamente la definición
que la sociedad le daba a la vida humana. Sin duda el logro de ese movimiento social
horizontal construye una definición que entra en contradicción frontal con el discurso

LOS GIROS DE LA GEOGRAFÍA HUMANA 87

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88

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Paradigmas
Jacques Lévy

Agro-industrial Neo-naturalista Post-materialista

Actor extra-societal
Entorno, componente
Objeto-soporte de la acción. independiente.
de la sociedad. La naturaleza
Papel de la naturaleza

88
La naturaleza es un conjunto La naturaleza tiene
es un patrimonio que
de recursos disponibles un punto de vista
se inventa y se valoriza
y derechos intrínsecos

Historicismo anti-humanista: Anti-humanismo


Humanismo histórico: pasado-
Relación humanos/historia estructuralismo a-histórico: trascendencias
patrimonio, futuro-proyecto
o evolucionismo e inmanencias

No hay historia
Cientifismo, progreso Auto-perfectibilidad
Horizonte de espera acumulativa, ausencia
tecnológico de las sociedades
de progreso

Principio de justicia (Des)igualdad uniforme (Des)igualdad diferenciada Igualdad diferenciada (equidad)

Temáticas
Depredación reproductiva.
Producción depredadora, Producción reproductiva,
Lógica del sistema productivo Estagnación
crecimiento desarrollo
o decrecimiento

Principio de funcionamiento
Programación, estandarización Tradición, adaptación Innovación, creación
de la actividad productiva

Actores dominantes Organizaciones, instituciones Comunidades Individuos, sociedades

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Tipo de desarrollo Desarrollo arriesgado No relevante Desarrollo sostenible

Circulación, sitios, «cuencas», Arraigo, ambiente, Movilidad, lugares, entornos,


Valores vinculados al espacio
localizaciones ruralidad, localismo urbanidad, mundialidad

LOS GIROS DE LA GEOGRAFÍA HUMANA


Actores, objetos, entornos: inventar el espacio para leer el mundo

de las religiones. Este tipo de procesos es lo que denominamos mutación de la moral


en la ética. Y este retroceso de la moral y avance de la ética se produce en una relación
fuerte con la noción de entorno. Esas definiciones éticas que emergen están en rela-
ción directa con entornos.
Mantener una actitud ética reconocida puede resultar una tarea agotadora porque
nunca estamos en situación de liberarnos tanto de nuestra responsabilidad acerca de
lo que está englobado, como también de lo englobante. La búsqueda de intrinsic values
en la naturaleza es comparable a la astrología o a un uso simplificado del psicoanálisis:
si yo pudiera escapar a mi responsabilidad sobre mí mismo y los demás, atribuyendo
los problemas a causalidades externas, podría descansar un poco. Sin embargo, eso
será cada vez más difícil de alcanzar para el ser humano actual. En un artículo recien-
te, Bruno Latour (2008) recuerda esta situación. Sabemos que no hay un Dios que
castigue nuestra ubris y destruya nuestro Babel. Las tristezas de nuestro mundo pro-
vienen de las dificultades que nosotros tenemos para escuchar lo que ocurre y lo que se
dice en el mundo cuando pretendemos ordenarlo. Asimismo, la naturaleza como reali-
dad englobante no tiene significado sino como un componente del devenir humano.
Sin seres humanos, no hay naturaleza, solamente un conjunto heterogéneo y aleatorio
de fenómenos biológicos y físicos que no existirían si algunas catástrofes destruyesen
las sociedades.
Así, una cuestión típica de la época de los entornos se puede formular en los si-
guientes términos: «Haz esto, no hagas esto». Anteriormente, existía un principio de
autoridad, una autoridad superior que actualmente ya no existe; por ello la moral está
siendo sustituida por la ética. La cuestión básica que un investigador se puede plantear
podría ser, por ejemplo, la siguiente: «¿Será esto lo que quieres hacer?». Ciertas actitu-
des de los climatólogos relacionadas con el cambio climático se podrían considerar como
«pre-entornales» o «pre-éticas», es decir, más apegadas a una moral única. Estos espe-
cialistas suelen desarrollar una postura misionaria y una pedagogía de la simplificación
que consiste en atenuar las incertidumbres de la investigación. Esta forma de actuar, sin
duda alguna, se debe a la creencia de que es útil ofrecerle al público, en un tema tan
complejo, conclusiones unívocas que generan un sentimiento de urgencia favorable frente
a una acción pública radical. Esto puede conducir a triunfos rápidos pero, a largo plazo,
suele revelarse como una estrategia peligrosa. Frente a la sociedad, a largo plazo este
desarrollo científico tendrá el costo social de la desvalorización de la imagen de la cien-
cia, que luego resulta muy difícil de revertir, como lo hemos visto en el caso de las lluvias
ácidas que, afirmaban algunos investigadores, debían destruir en 10 años todas las sel-
vas y bosques de Europa y América del Norte. El tiempo transcurrió y esas predicciones
no se cumplieron. Los especialistas del entorno natural deben aceptar que también con
el entorno societal cada acción provoca retroacciones potencialmente espectaculares.
Si la sociedad hace elecciones, toma decisiones que pueden derivar en efectos ca-
tastróficos, es precisamente porque —con una expresión democrática o no— sus miem-
bros así lo han querido. El espacio de hoy es, en gran parte, el resultado de las intencio-
nes y las acciones de ayer. El espacio de mañana será, en lo esencial, la consecuencia de
las acciones iniciadas hoy. Sin embargo, si se ha podido escoger cierta dirección o rum-
bo en las decisiones, eso significa que, simétricamente, podrían haberse invertido esas
opciones. Y aquí interviene la responsabilidad de los investigadores. Deben ser capaces
de proveer utensilios de información y de reflexión que permitan a los ciudadanos orientar
el debate público y tomar las decisiones justas, que puedan hacer accesible lo esotérico

LOS GIROS DE LA GEOGRAFÍA HUMANA 89

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Jacques Lévy

y tornar en algo simple lo complejo. Esto, hoy más que nunca, resulta una exigencia
mayor en el trabajo científico.
Nuestro papel aquí no es el de refutar el derecho de los ciudadanos ordinarios a
decidir, sino el de mostrarles, poner en evidencia, las consecuencias últimas de sus deci-
siones y preguntarles, por ejemplo: ¿será que quienes habitan ese espacio y toman el
riesgo de habitarlo también toman el riesgo de hacerlo inhabitable para los demás?
Así podremos integrar el pensamiento de los actantes, las espacialidades y el pensa-
miento acerca de los entornos, los espacios, en una geograficidad que expresa la presen-
cia activa, y hasta ahora ineludible, del espacio en nuestra condición humana, es decir,
en nuestra libertad para inventarnos.

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90 LOS GIROS DE LA GEOGRAFÍA HUMANA

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FIGURAS NARRATIVAS DE LA GEOGRAFÍA HUMANA1

Angelo Turco
Universidad de Aquila

Espèces d’espaces... Como todos saben, la geografía humana cuenta con una larga his-
toria que puede narrarse de muchas maneras. Limitándonos a la cultura occidental,
intentemos contarla a través de dos estilos de representación que reflejan dos diferen-
tes organizaciones conceptuales del mundo: el espacio paratáctico2 y el espacio limi-
nar.3 El interés por los modelos de representación espacial permanece vivo entre geó-
grafos y estudiosos de las ciencias del territorio, como muestran en Italia últimamente
Farinelli (2003) y Marson (2008). Sin embargo, el interés por una reconstrucción epis-
temológica a partir de la trama de figuras narrativas sobre el espacio se halla apenas
en sus inicios.4
El espacio paratáctico tiene que ver con secuencias, localizaciones, coordenadas y
cosificaciones de las características naturales o antrópicas de la superficie terrestre.
Esta figura narrativa del espacio paratáctico conlleva articulaciones causales, desde las
más elementales, como los procedimientos estímulo-respuesta, a las más complejas,
basadas en mecanismos de causalidad lineal o en redes de causación. Siguiendo esta

1. El autor agradece a Rodolfo Bertoncello la traducción de este texto, y a Béatrice Collignon,


Alicia Lindón y Daniel Hiernaux el enorme y profuso trabajo de revisión de la traducción del texto.
2. [N. del E.] La palabra paratáctico deriva de parataxis (del griego), y da cuenta del «acto de
colocación de algo junto a otra cosa». Gramaticalmente se refiere a la técnica discursiva en la cual se
yuxtaponen unidades sin emplear conjunciones.
3. Para una primera elaboración de estas categorías y para una discusión sobre su significado,
tanto teórico como heurístico, nos remitimos a Turco (2000).
4. En relación con esta cuestión, el trabajo de Edward S. Casey (1997) abre perspectivas importantes
desde el perfil filosófico pero, basado en un enfoque externalista, permanece desligado de los problemas
de investigación empírica y de la institucionalización de la disciplina. La referencia a esta última plantea
el riesgo de una reconstrucción historiográfica unidimensional del pensamiento geográfico, como ha
dejado claro hace algunos años una discusión sobre el tema retomada por David Stoddart (1986) y David
Livingstone (1992). Más allá de las posiciones académicas observables en diversos países, la necesidad
de la institucionalización evoca la centralidad de las dinámicas de participación (comunidades científi-
cas, equipos de investigación, etc.) en la producción y difusión de los conocimientos científicos, como
queda subrayado por la epistemología post-kuhniana, en relación con la cual remitimos a Angelo Turco
(1987). Sobre estos temas, además del texto fundamental de Horacio Capel (1981), también son ilustrativos
los textos panorámicos de Johnson y Claval (1984) y el de Dunbar (2001).

LOS GIROS DE LA GEOGRAFÍA HUMANA 91

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Angelo Turco

figura narrativa del espacio, la geografía en ocasiones ha construido auténticos modelos


sintácticos, los más notables de ellos se remontan a la «revolución cuantitativa».
El segundo estilo de representación del espacio (liminar) se relaciona con las for-
mas espaciales que incesantemente componen y recomponen la indeterminación de los
fenómenos naturales y la imprevisibilidad de la historia humana.
Este segundo estilo deja un amplio espacio a la comprensión, combinando la lógica y
el sentimiento. Además, y aun reconociendo el valor de la persistencia, este estilo enfatiza
el cambio, asumiendo como referencia alegórica no tanto la física de los sólidos sino la de
los líquidos y, aún más, la de los estados gaseosos. Imagina estabilidades lejanas al equili-
brio, para expresarlo con la fórmula siempre actual de Ilya Prigogine. El espacio liminar
se interesa menos por las agregaciones topográficas que por los procesos de localización,
conjugando los procedimientos de ubicación con sus efectos a escala múltiple. Este estilo
de narrar el espacio favorece la consideración de estos complejos órdenes de disposición,
no tanto en la naturaleza de las cosas, sino en cuanto a la de los eventos.
Entre las verdades axiomáticas y las verdades consensuales, estos modos de repre-
sentar el orden espacial del mundo se hallan siempre copresentes en la narración geo-
gráfica, desarrollando formas de categorización y texturas verbo-icónicas apropiadas.
La acumulación de lo que se llama «conocimiento geográfico» es un proceso central en
la construcción cultural de Occidente. En los diversos períodos históricos, las estrate-
gias discursivas de la geografía se entrecruzan con las técnicas, las artes, las religiones.
Con sus lenguajes y sus retóricas, nutren el espíritu del tiempo y se alimentan de él.
La convivencia de marcos conformacionales paratácticos y liminares se desplegó a
veces de forma bastante equilibrada, como en la antigüedad clásica, a veces bajo el
dominio de un marco sobre el otro. Queriendo simplificar podríamos decir que en el
Medioevo el espacio liminar impuso su supremacía sobre el espacio paratáctico. Con
el advenimiento de la modernidad, aunque ésta estuvo marcada por diferentes paradig-
mas, dicha relación se invirtió hasta llegar a aceptarse, mediante la institucionalización
disciplinaria, la hegemonía en la ciencia geográfica contemporánea de un modelo de
tipo paratáctico. A su vez, la crisis de la modernidad, que se intensificó en el último
cuarto del siglo XX, ha puesto en cuestión esta hegemonía, subrayando lo inadecuado
que resulta el modelo paratáctico no sólo para la comprensión, sino incluso para expli-
car los procesos territoriales. En la comunidad de geógrafos, esto determinó un movi-
miento hacia la recuperación del espacio liminar como figura narrativa de influencia
cada vez mayor.
Por su parte, las humanidades muestran una nueva sensibilidad hacia los fenóme-
nos territoriales, los lenguajes que los describen y las teorías que se proponen explicar-
los. Este tournant géographique (giro geográfico), para retomar la expresión de Jacques
Lévy (1999), impulsa la recuperación de una geografía plural, que la modernidad había
arrasado bajo el predominio del espacio paratáctico. Un factor central de esta revitaliza-
ción del relato geográfico es la reconsideración de configuraciones antiguas de la terri-
torialidad, olvidadas, y sin embargo inmanentes —aunque también controvertidas—,
entre las que sobresalen el paisaje, el lugar, el ambiente. Estas configuraciones cierta-
mente son elusivas, pero no por esto resultan menos incisivas en su geograficidad (geo-
graphicalness), es decir, en esa experiencia humana fundamental que trasciende el «es-
tar-en-el-mundo» para convertirse en el «habitar-la-tierra».
En esta dialéctica entre el espacio paratáctico y el espacio liminar, la razón carto-
gráfica juega un papel crucial. Vale la pena apuntar esto de entrada porque la cartografía

92 LOS GIROS DE LA GEOGRAFÍA HUMANA

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Figuras narrativas de la geografía humana

es un instrumento y no es la causa de la afirmación de una u otra figura narrativa. Es un


instrumento que después se hace autónomo en sus metodologías, en sus técnicas y en
sus lenguajes, siguiendo recorridos autorreferenciales, según lo han mostrado toda una
serie de estudios realizados, desde John Brian Harley (1992) hasta Christian Jacob (1992),
sin olvidar a Franco Farinelli (1991), entre otros. Por ello, ningún tipo de espacio puede
reducirse a los modelos de representación cartográfica (euclidiana, pre-euclidiana o post-
euclidiana). Los modos de representación cartográfica son funcionales y más o menos
técnicamente eficientes respecto de las formas narrativas que conocemos y que se suce-
den en los diversos períodos históricos, ámbitos culturales y grupos sociales (Cosgrove,
1999). En resumen, si bien podría reconocérsele a la cartografía cierta autonomía epis-
temológica, vale la pena recordar que el paradigma que inspira a la geografía siempre es
geográfico y nunca cartográfico.5
En las páginas que siguen, evocaremos algunos aspectos importantes de este itine-
rario narrativo, así como algunas de las consecuencias que la dialéctica de las figuras
narrativas provoca en nuestra disciplina y que se reflejan en el estatuto mismo del saber
que produce y vehicula. En conclusión, insisten en la necesidad de prestar una mayor
atención a la problemática de los estilos de representación, dada una persistente voca-
ción «filosófica» de la geografía, que lleva la intención de proyectar sus aportaciones en
donde se cruzan las humanidades y la ética pública.

1. Comenzando con los tiempos antiguos...

La cultura clásica nos aporta diversas tradiciones de investigación en las cuales se mez-
clan arquitecturas conceptuales tanto de tipo paratáctico como de tipo liminar.6 La pri-
mera de ellas es la herodotiana-estraboniana. Esta tradición es la más conocida y la más
longeva. Se expresa a través de ambas figuras narrativas, aun si en los diversos períodos
una de ellas pudo tener predominio sobre la otra. Bajo el perfil de los estilos de represen-
tación, la tradición herodotiana-estraboniana resulta ser un híbrido fecundísimo, con-
sagrado por el mismo padre fundador que, mientras se muestra atento a las «historias»
de las tierras de más allá del horizonte que se estratifican en el suelo como «geografías»,
no es menos sensible a la verdad del mito, por usar una expresión afortunada de Kurt
Hubner (1990). Herodoto es consciente de que la mirada puede captar de la realidad
sólo aquello que es visible, pero puede tener acceso a lo invisible sólo mediante testimo-
nios e indicios que deben someterse luego a alguna elaboración discursiva (Hartog, 2003).
Una segunda tradición, también muy conocida, es la geométrica, cuya máxima
expresión es la medición de la circunferencia de la Tierra que llevó a cabo Eratóstenes.7
Tampoco debemos olvidar las líneas de conocimiento geográfico desarrolladas en las
enseñanzas del concepto de naturaleza, de las cuales destaca la importante sistematiza-
ción aristotélica que distingue entre una «filosofía natural» y una «filosofía de la natu-

5. La reanudación de este debate a partir del desarrollo de las nuevas técnicas geomáticas debe
mucho a John Pickles (1995), con una instructiva reflexión del autor 10 años después de la de 1995
(Pickles, 2006). Para limitarnos sólo a este autor, consultar al menos Pickles (2004).
6. Entre los numerosísimos trabajos sobre este tema, destaca el sólido marco de referencia prepa-
rado por el geógrafo Van Paassen (1957).
7. Acerca de la Tierra como cuerpo celeste en el imaginario occidental, consúltese Denis Cos-
grove (2001).

LOS GIROS DE LA GEOGRAFÍA HUMANA 93

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Angelo Turco

raleza». La primera tiene que ver con la materialidad de la naturaleza y se desenvuelve a


nivel de la investigación empírica, que comprende observaciones y hechos, descripcio-
nes y clasificaciones. La segunda tiene que ver con la formalidad de la naturaleza y se
desarrolla a nivel de las interrogaciones fundamentales sobre la existencia y el devenir
de los fenómenos. A estas líneas de conocimiento pueden asociarse de alguna manera
las ligadas a la biología y a la medicina, con sus especulaciones sobre la influencia que el
ambiente puede tener sobre el bienestar de los individuos y la salubridad de los asenta-
mientos humanos.8
Una ulterior tradición, curiosamente menos conocida entre los geógrafos, pero
de importancia decisiva para la episteme de una «ciencia geográfica» unificada, es la
que llamaríamos ontológica. A través de las especulaciones de pensadores como Pla-
tón y Aristóteles, esta tradición se propone instituir las condiciones que hagan posible
la comprensión de la «geograficidad» de la superficie terrestre. De hecho, en la anti-
güedad clásica, la complejidad de una «geo-grafía» y, por lo tanto, de una potenciali-
dad constitutiva del existir propia de la superficie terrestre, es percibida en todo su
extraordinario espesor. Simultáneamente, la idea de territorio se halla bien formada y
resulta muy rica. Baste pensar, por su gran actualidad, en las reflexiones sobre las
condiciones de aparición del espacio público, tema significativo por la cualidad espe-
cíficamente geográfica de la polis griega (Lévêque y Vidal-Naquet, 1964). Sin una sóli-
da noción de espacio público, difícilmente la organización política habría podido ela-
borar formas territoriales que, superando el modelo de la polis, llegaran hasta la cons-
titución de los imperios (Nicolet, 1988; Cresci Marrone, 1993). Cuando se habla de
una tradición ontológica de la geografía clásica, no se trata sólo de territorio; se inclu-
yen también complejas configuraciones de la territorialidad, como el lugar y el paisa-
je. En relación con el lugar, se impone la idea de la topogénesis, que fue diluyéndose en
los siglos sucesivos hasta perderse por completo en la edad moderna tardía (Turco,
2009a). Destacan también los análisis de la dialéctica topos/chora, hechos visibles por
Augustin Berque y que resultan cruciales para una reconsideración de la problemática
del lugar (Berque, 2000). En relación con el paisaje, es sabida la reticencia de los
helenos, que no contaban siquiera con una palabra específica para indicarlo. Sin em-
bargo, como lo ha señalado Christian Jacob, el landscaping dista de estar ausente en la
geografía griega (Jacob, 1984).
La antigüedad romana habrá de insistir en particular en la estética y en la armonía
en el desarrollo de un pensamiento paisajístico. Así los romanos elaboraron el concepto
de locus amoenus (lugar ameno), que estuvo en auge desde los tiempos de Lucrecio y se
proyectó mucho más allá del ámbito histórico de la latinidad (Mugellesi, 1975).
El fuerte vínculo entre figuras narrativas de tipo paratáctico y de tipo liminar se
ve reforzado en virtud de los modos mismos del relato geográfico, que recurren a
técnicas y géneros varios, sean figurativos como el mapa, sean textuales como los
informes, los documentos catastrales o las composiciones de alto valor literario, tales
como la poesía y la tragedia.9 La metáfora es un recurso descriptivo sumamente exten-
dido (Bertrand, 1989). Las características territoriales, incluso las aparentemente más

8. Sobre estas tradiciones, además del conocido título de Clarence J. Glacken (1996), se señalan en
el ámbito geográfico los trabajos de Mario Pinna (1988) y Jean-François Staszak (1995).
9. Sobre la discusión de la cartografía antigua, remitimos a las robustas síntesis de Harley y
Woodward (1987).

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Figuras narrativas de la geografía humana

ligadas a la naturaleza, como la insularidad, permiten elaboraciones sensibles tanto a


las razones del mythos como a las del logos (Vilatte, 1991; Borca, 2000; Constantako-
poulou, 2007).10 Por su parte, la construcción de la categoría del «otro» perfila no sólo
un repertorio de usos y costumbres, también postula una forma específicamente terri-
torial de otredad, con base en la cual se dibujan los mapas, aun aquellos que son sólo
mentales, de una precoz geografía de los otros lugares (Hartog, 2007). La intención
retórica o pedagógica, el recurso de la personificación de los lugares, la maravilla que
permite la palabra evocativa, son parte integrante de ese «graphein», como lo llama
Christian Jacob, que abarca registros culturales y técnicos diferentes y que permite
pasar «de la construcción laboriosa del espacio a la conciencia del orden cósmico»
(Jacob, 1988: 1-4).11

2. Mythos y logos: una alianza para decir el mundo

En la antigua Hibernia, el rey de Inglaterra posee sólo cuatro ciudades, entre las cuales
se encuentra Divellino (Dublín). La gente es muy pobre y salvaje, pero hay auténticas
maravillas: algunos son sumamente longevos (viven 200, 300, 400 años). También hay
un riachuelo en cuya orilla crece un arbolito con frutas que se asemejan a pequeñas
patatas: sólo que, cuando estas frutas caen, si caen en el agua se convierten en duraznos
(«que nosotros mismos comimos») y si caen en tierra se convierten en aves («y nosotros
mismos nos llevamos vivas algunas de éstas a Inglaterra»). También hay otro río —o
quizás un pequeño lago— junto a una iglesia: si se introduce madera en sus aguas, se
convierte en hierro («hicimos la prueba nosotros mismos»).
Estas citas de Mirabilia pertenecen a Jacobo de Sanseverino y se tomaron de un
relato de viaje —¿verdadero?, ¿imaginario?— que se remonta a inicios del siglo XV (1416-
1418) y que hoy se conoce con el título de Pequeño libro de las maravillas, en relación
evidente con el Gran libro de las maravillas, que remite a los célebres nombres de Marco
Polo, John Mandeville y Odorico de Pordenone (Sanseverino, 1985). Más allá de la cu-
riosidad que evoca —como también la despiertan otros libros parecidos— este pequeño
libro resulta sumamente instructivo. En él se abren todas las posibilidades: todo lo que
no es ordinario (y, por lo tanto, es maravilla) es, sin embargo, plausible y desde el mo-
mento en que puedo dar testimonio de algo —lo digo porque lo he visto, porque lo he
hecho— lo inexplicable resulta del todo admisible: la experiencia vale como prueba, más
allá de lo sorprendente que pudiera parecer.
El Occidente medieval diseña una compleja geografía propia, construida a partir de
la larga transición del mundo antiguo tardío (Lozosky, 2000; Merrills, 2005). Grandes
figuras, comenzando por Paolo Orosio, el brillante alumno de Agustín, buscan conjugar
las veneradas tradiciones clásicas con conocimientos inéditos, estilos de representación

10. El tema de la insularidad como categoría descriptiva y nudo conceptual se representa con
continuidad en la narración geográfica: Bouloux (2004); Donattini (2000); Fugère (1995) y Lestringant
(2002).
11. Sobre los registros de la geografía clásica y sus códices ampliamente aceptados de su narra-
ción, se puede recordar Janni (1984). Por su parte, Arnaud (1989) muestra el juego entre los poderes
de la palabra y de la figuración cartográfica. Sobre los modos de constitución de una «geografía» en
presencia de marcos conformacionales diversos, puede consultarse la excelente obra de Cruz Andreotti,
Le Roux y Moret (2006).

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y formas argumentativas que plasman el espíritu del tiempo a través de narraciones


entre las que se destaca la narración geográfica.12 Dicha narración mezcla lo concreto
con el estupor, la magia con lo empírico, las preocupaciones políticas con las creencias
religiosas, pero también busca establecer un método para conciliar diversos tipos de
información, para efectuar verificaciones empíricas siempre que los textos resulten de-
masiado contradictorios entre sí.13 La textura entre el espacio paratáctico y el espacio
liminar en el relato geográfico es finísima y, como ya hemos visto, en las mismas des-
cripciones testimoniales se confunden las alegorías y las reconstrucciones literales. La
argumentación lógica ya no es la reina indiscutible del acto demostrativo, sino que es
moderada y a veces incluso fieramente rebatida por la argumentación metafísica (De-
nery, 2005).
Y es así que los «libros de las maravillas» coexisten con libros en los cuales rige la
observación descarnada. Piénsese, por ejemplo, en Ciriaco de Ancona, en Guillermo
de Rubrick, en Nicolás de Conti (Roux, 1995). Por otra parte, pueden observarse cir-
cunstancias del mismo tipo en la cartografía medieval: por un lado, están las famosas
cartas llamadas «T en O», en las cuales el mundo está organizado conforme a los
imperativos religiosos del centro; es decir, Jerusalén. Por otra parte, circulan portula-
nos y cartas náuticas en las que la exigencia de rigor que demandan las prácticas
comerciales coexiste con toda una serie de otros tipos de preocupaciones: estéticas, ideo-
lógicas, retóricas.
Con el Renacimiento y los grandes descubrimientos, Europa estará cada vez me-
nos dispuesta a aceptar enunciados que no estén sólidamente comprobados en las
zonas del mundo sometidas a su creciente influencia. Después de todo, el Mundus
Novus de Américo Vespucio es un todo compuesto de «cosas (res) que hemos hallado
y que (no sólo) no se contaban entre las cosas que conocían los Antiguos (sino) que
contradicen su opinión» (Vespucio, 1984: 89). Sabemos de lo largo y complicado que fue
el paso de una cosmografía ptolemaica, en la cual se mezclan observaciones, creen-
cias «maravillosas» y sentimientos religiosos, a una cosmografía post-ptolemaica, ca-
racterizada por la medición y la explicación. En ciertos aspectos, las revoluciones
intelectuales habrán de ser radicales y relativamente rápidas: la forma de la Tierra,
por ejemplo (Randles, 1990); así como las formas y la posición de los continentes y de
las aguas. En cambio, en otros aspectos y señaladamente en el caso del contenido
físico y humano de estas mismas tierras y aguas, las modificaciones del conocimiento
y de sus representaciones serán mucho más lentas y a menudo sólo parciales.14 En
resumen, si bien es cierto que tiende a afirmarse un estilo de representación paratác-
tico, también es cierto que el espacio liminar continúa permeando la narración geo-
gráfica. En particular, el pensamiento mítico —o mítico-religioso— sigue acompa-
ñando a la geografía en el modo de pensar y de describir la tierra, durante una buena
parte de la edad moderna.15

12. Sin olvidar que las cosmografías están ligadas a las cosmologías, que a su vez están empeñadas
en conciliar la herencia greco-romana con la bíblica (Randles, 1999).
13. Como muestra para el caso italiano, Nathalie Bouloux (2002).
14. La literatura sobre esta transición es abundante en múltiples aspectos. Para tener una buena
idea de lo existente se puede consultar: Dainville (1969), Broc (1980), Milanesi (1984) y Randles (2000).
15. Como bien lo han mostrado Glacken (1996) y posteriormente y para aspectos más específicos
geógrafos como Wheatley (1969 y 1971), Capel (1985), Dematteis (1985), Racine (1993).

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Figuras narrativas de la geografía humana

3. Una geografía para la modernidad

El espacio paratáctico no es una invención de la modernidad. No obstante, se muestra


capaz de responder —dados sus marcos de conformación— tanto a las necesidades
políticas como a los aspectos económico-comerciales generados por los grandes descu-
brimientos. La afirmación cada vez más decisiva de esta figura narrativa de la geografía
humana debe verse en relación con los nuevos órdenes mundializados, con el crecimien-
to de la población, con las capacidades técnicas que las sociedades europeas desarrollan
para transformar la naturaleza en medio de producción, y constituir el espacio en recur-
so. Desde nuestro punto de vista, la modernidad señala el advenimiento de un tiempo en
el cual los geógrafos comienzan a representar un mundo en el cual todas las cosas están
en su sitio. Constituidos en comunidad científica en la segunda mitad del siglo XIX, se
dan a la tarea de describir la tierra en forma ordenada: ordenada de otra forma, pero
ordenada. Esto no ocurrió sin tempestades epistemológicas. En el tránsito del siglo XIX
al XX, la geografía se inserta en la lista de las ciencias humanas cultivadas en la universi-
dad, pagando el precio de una intensa «revolución científica». El modelo narrativo del
espacio paratáctico conserva su hegemonía, pero el paradigma que lo sustenta científi-
camente cambia, pasando de una impostación exploratorio-cartográfica a una sistemá-
tico-institucional.

3.1. En los orígenes de la geografía moderna: el paradigma exploratorio-cartográfico

La cultura geográfica de la modernidad se halla profundamente marcada por el paradig-


ma que llamamos exploratorio-cartográfico. Se trata de una rama antigua de la geogra-
fía que expresa la tensión por escrutar más allá de la línea del horizonte para conocer
tierras y poblaciones con las cuales establecer nuevas relaciones. Sin embargo y aun sin
ser el único filón de interés tradicionalmente cultivado por la geografía, llega a imponer-
se y a eclipsar otras preocupaciones que se conjugan con lo que durante siglos el sentido
común consideró como «saber geográfico». La conquista de la hegemonía por parte de
este modelo se inicia en la edad de los grandes descubrimientos, consolidándose en el
curso de los tres siglos siguientes. Los grandes descubrimientos, que son el momento
inaugural de la modernidad en Europa, tienen su base en las tecnologías náuticas, pero
también en conocimientos considerados principalmente geográficos, ligados a la capa-
cidad de no perderse, tanto en el mar como en la tierra. En su forma más apreciada (en
tanto más precisa) bajo el perfil cognitivo y fiable, bajo el perfil comunicativo, estos
conocimientos son recogidos por y encauzados a través de la cartografía, tanto náutica
como terrestre. Los mapas son el instrumento indispensable del descubrimiento y éste
acrecienta los contenidos informativos de los mapas, estimulando su producción y po-
tenciando su eficacia. Las bitácoras, las relaciones y literaturas de viaje, la diarística y
las memorias de viaje se multiplican con el correr del tiempo, alcanzando inclusive un
notable favor del público.16 Estos materiales conservan su interés como fuentes de in-

16. Se entiende que en la panoplia de los géneros textuales sería necesario agregar también obras
literarias tales como diálogos más o menos «morales», novelas y relatos de ambientación «exótica»,
obras teatrales, libretos de ópera. Pero, al final y más allá de la literatura, todas las artes reflejan el
imaginario del descubrimiento y participan en su incesante construcción.

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Angelo Turco

formación, al tiempo que, considerando la creciente orientación práctica de la geogra-


fía, cumplen a menudo una función científicamente auxiliar respecto de la cartografía.
Se puede decir que devienen realmente útiles en la medida en que los cosmógrafos los
codifican figurativamente como conocimientos cartográficos. Su producción cartográ-
fica, por lo tanto, se convierte en ortodoxia científica, en especial con el desarrollo de las
técnicas de representación euclidianas. Pero los mapas también se convierten en necesi-
dad social, dadas las apuestas culturales, económicas y políticas subyacentes.
Cierto es que en el curso del siglo XVIII se lleva a cabo un capítulo importante en el
proceso de formación del conocimiento geográfico «moderno». La Ilustración juega en
esto su papel, como es bien sabido (Broc, 1975; Godlewska, 1999; Livingstone y Withers,
1999; Mayhew, 2000; Blais y Laboulais, 2006). El papel instrumental e ideológico de la
cartografía en la construcción del Estado post-westfaliano, con sus proyecciones expan-
sionistas, no requiere ya ser demostrado (Buisseret, 1992).17 Por otra parte, va difun-
diéndose la sensación de que es necesaria una «personalidad geográfica» en relación
con la idea misma de Estado. Esta noción no parece poder derivarse de conocimientos
directos de tipo físico-perceptivos del territorio del Estado —son muy pocos los que
tienen la posibilidad de viajar—, sino que debe recabarse sobre todo de una experiencia
textual de su geografía (Bruckner, 2006). A la luz de todo esto, se comprenden mejor los
términos de una lúcida disputa científica que, en el ámbito alemán, busca poner en
cuestión la hegemonía del paradigma exploratorio-cartográfico. La idea, socialmente
muy consistente, de una «geografía pura» que propugna el predominio de un conoci-
miento territorial no referencial (banal), aunque locacional (teórico), en donde lo que
importa no es la posición dada (lage), sino el proceso que la genera —sea natural o
antrópico—, se ensancha conceptualmente oponiéndose a las pretensiones de una
«geografía de Estado» ya supeditada a los intereses corporativos de las cortes euro-
peas.18 La disputa cultural introduce un ethos en la historia del pensamiento geográfico
que anticipa y prepara las fecundas controversias que habrían de sacudir la disciplina
en el siguiente siglo. Pero la batalla por la geografía pura está perdida: la geografía de
Estado, plenamente orientada a reducir la información territorial a sus dimensiones
funcionales, cuantitativa y cartográfica, consagra el paradigma exploratorio como la
mejor (y más eficiente) estrategia geográfica para el conocimiento del mundo, promo-
viendo el argumento, sólo en apariencia tautológico, de que «el espacio de la nueva
geografía no puede existir, puesto que ningún mapa lo representa» (Farinelli, 1985).

3.2. La transición paradigmática en la geografía de finales del siglo XIX

Aun en la persistencia del marco paratáctico y en el momento de máxima expansión del


paradigma dominante, las cosas comienzan a cambiar. La ampliación y el refuerzo de
los ímpetus coloniales mantienen actual y cada vez más valioso el conocimiento produ-
cido por el paradigma exploratorio-cartográfico. Pero un nuevo proceso irrumpe en el
seno de la cultura geográfica, uno destinado a revolucionar su perfil: la institucionaliza-

17. Con especial referencia a Francia se pueden recordar los trabajos de Dainville (1964), Konvitz
(1987) y Petto (2007).
18. Reconsiderando el asunto en términos de la reflexión de Lefèbvre (1973), aparece en juego la
representación del espacio objetivo de la «ciencia real» y el espacio de las representaciones, incesan-
temente recorrido por los fermentos sociales.

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Figuras narrativas de la geografía humana

ción de las disciplinas científicas en las universidades europeas y en los países influidos
por los esquemas culturales de Europa. Esto favorece la constitución de comunidades
de profesores e investigadores que se identifican cada vez menos con la exploración
—profesional o aficionada— y que cada vez más, en lugar de ello, tienden a establecer
protocolos específicos de producción y de comunicación de la investigación. Estos pro-
tocolos no se orientan únicamente o de manera prevaleciente al logro de fines inmedia-
tos y utilitarios. Más bien, se plasman en intentos que tienen en cuenta siempre mayores
exigencias «puras» o «fundamentales». Y se inspiran cada vez más en constructos que
no están orientados por instancias externas (políticas y económicas, por ejemplo), sino
ampliamente estimulados por inquietudes internas y, en definitiva, autorreferidas.
En el curso de unas cuantas décadas, a caballo del nuevo siglo, el movimiento reno-
vador se difunde en Europa y también más allá de ella, desde las Américas hasta Asia
oriental: se afirma un espíritu inédito del tiempo «geográfico». Sin renunciar a sus con-
notaciones naturalistas, la ciencia geográfica incorpora de manera cada vez más decisi-
va el componente antrópico en sus horizontes de indagación. Convirtiéndola en la di-
mensión central de sus preocupaciones la nueva disciplina académica hace su entrada
en la modernidad científica, gracias al trabajo de personalidades tales como —limitán-
donos a Europa— Paul Vidal de la Blache en Francia o Friedrich Ratzel en Alemania.
Es difícil resumir de qué manera y a través de qué medios, en su fase de transición
paradigmática, esta nueva geografía, más científica y menos operativa, incide en el mo-
delo exploratorio-cartográfico. Para responder a las interrogantes a largo plazo relativas
a la compleja relación entre la sociedad y el territorio, se hacen sentir exigencias de
orden sistemático, en contraste con las prácticas cognoscitivas que se apoyan en la im-
provisación, el entusiasmo y las que se consideran como imperativos del momento des-
de el perfil político y/o social (expansión colonial, crecimiento urbano, áreas de influen-
cia, industrialización). Se hace más explícita la relación con las doctrinas filosóficas que
permiten encuadrar, desde un punto de vista epistemológico, los nuevos órdenes disci-
plinarios en las universidades. Esto sin dejar de advertir los ecos de las disputas que
oponen los grandes movimientos culturales: pensemos en la disputa entre el positivismo
y el historicismo, especialmente significativa para el nacimiento de la nueva geografía.
Más aún, se deja sentir, de forma cada vez más incisiva, la competencia con otras cien-
cias humanas que atraviesan el mismo proceso de institucionalización en ese momento,
en especial la sociología y la antropología (Capel, 1981).19 Esto en términos de doctrina,
pero también en términos del reparto de recursos académicos: cátedras, espacios, finan-
ciamientos destinados a la enseñanza y a la investigación.20

19. En lo que respecta a la escuela francesa de geografía (Berdoulay, 1981; Claval, 1998; Robic,
2006), los ecos se perciben hasta bien entrada la segunda posguerra cuando, por ejemplo, estudiosos
como Max Sorre o Maurice Le Lannou sienten aún la necesidad de establecer las líneas a través de las
que discurre (o debería discurrir) la relación entre la geografía y las diversas ciencias humanas (Sorre,
1975; Le Lannou, 1961). La puesta en paralelo de la geografía con otras disciplinas, por otra parte,
prosigue gracias al esfuerzo de estudiosos de primer plano como Pierre George y, más tarde, Paul
Claval, mientras números monográficos de diversas revistas especializadas vuelven a proponer el
tema hasta nuestros días. Por ejemplo, Ethnologie Française, en su n.º 4 del año 2004.
20. El problema epistemológico es particularmente espinoso. Existe en geografía, de hecho, un dua-
lismo entre una parte general, de vocación teórica y sistemática y una parte regional (que la sistematiza-
ción de Bernardo Varenio considera como «especial» pero que, después, será gustosamente indicada
como «particular»), de vocación empírico-descriptiva. Este dualismo se encuentra en todas las disci-
plinas que se institucionalizan, a veces más bien de manera tímida, como en el campo de las ciencias

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Angelo Turco

Resulta fácil comprender de qué modo las nuevas perspectivas vinculadas a la ins-
titucionalización de la disciplina habrán de continuar cruzándose con las vinculadas a
las perspectivas exploratorio-cartográficas, decididamente más inclinadas a lo operati-
vo y, durante mucho tiempo, de un carácter imperialista más o menos explícito. Esta
mezcla puede a veces crear algo de confusión e inclusive cierta crisis de identidad entre
los geógrafos, quienes habrán de denunciar sus efectos durante mucho tiempo, incluso
a lo largo de la segunda posguerra.21 La confusión, sin embargo, producirá también
consecuencias positivas. En particular, no faltará la incitación a una renovación de pro-
blemáticas y metodologías que someta a discusión los fundamentos de la disciplina. En
particular, habrá de formarse un embrión crítico muy importante en el período de la
transición, entre los siglos XIX y XX, especialmente en el punto en el que la indagación
sobre el sentido del conocimiento alcanzado aborda no sólo las intenciones de quien lo
produce, sino de quien concretamente se sirve de dicho conocimiento.22
Es en este marco en el que adquieren un relieve muy especial aquellas personalida-
des que median entre las dos posturas, favoreciendo una transición sin rupturas. En lo
tocante a Italia, por ejemplo, una figura emblemática de esta convivencia es G. dalla
Vedova, quien después del secretariado de la Sociedad Geográfica Italiana asume su pre-
sidencia: se trata de la primera presidencia de un profesor universitario, un «geógrafo
debidamente titulado», que sucede a las presidencias de figuras eminentes con perfiles
diversos, a quienes les resulta difícil acreditarse como «científicos», aun si nos limitára-
mos a los cánones de la época.23
Una figura destacada en la mediación entre estas dos orientaciones paradigmáticas
de las disciplinas geográficas es, desde luego, Paul Vidal de la Blache. El fundador de los
Annales de Géographie es un estudioso de formación histórica, atentísimo a todo lo que
tiene que ver con la expansión europea y las tierras de reciente exploración. Su preocu-
pación conjuga dos exigencias prioritarias: por una parte, vigilar constantemente todas
aquellas vertientes que pudieran llevar a teorías falaces en tanto que, con gravísimo
error metodológico, tienden a generalizar las observaciones locales. Por otra parte, le
interesa tornar creíbles las descripciones empíricas a través de pruebas documentales,

históricas, a veces de forma más clara, como en el caso de la sociología o de la antropología. La geografía,
por su parte, plantea una característica complementaria, casi totalmente desconocida en las demás
disciplinas: la conjunción entre connotaciones propias de las ciencias físico-naturales con otras propias
de las ciencias humanas. Una suerte de cardinalidad epistémica encuadra, pues, la «nueva geografía»
—entre geografía física y antrópica, general y regional— que se resume en una colocación ideal de
inmediata percepción, pero de dificilísima realización. Esto habrá de generar interminables discusiones
las cuales, sin embargo, contribuyen a determinar el modo —finalmente no normativo— con el que
actualmente se ejerce la crítica y se desarrolla el conocimiento geográfico.
21. Particularmente incisivos para el caso de Italia son los trabajos de Lucio Gambi (1972, 1992).
22. De modo ejemplar, a estos efectos, podríamos decir que el uso político de la geografía, conside-
rado tendencialmente como obvio desde el paradigma exploratorio-cartográfico, se percibe como
altamente problemático en las nuevas corrientes que plasman la cultura geográfica.
23. Comenzando por Cristoforo Negri, fundador de la Società Geografica Italiana, y por su sucesor,
C. Correnti, antecesores de esas «eminentes personalidades» evocadas polémicamente por O. Marinelli,
figura destacada de la geografía italiana de la primera mitad del siglo XX, «...que se interesan por la
sociedad hasta el punto de asumir su total dirección, salvo por dejar languidecer el instituto y guiarlo
de modo que muchos sospecharon si había un ideal absurdo de tener una geografía sin geógrafos»
(Cerreti, 2000). Sobre las «sociedades geográficas» que surgen un poco por todas partes, como lugares
de elaboración, difusión y mediación cultural, además del ya citado trabajo de Capel (1981), se pueden
consultar los ejemplos más en detalle de dos grandes instituciones (Cameron, 1980; Fierro, 1983).

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Figuras narrativas de la geografía humana

discusiones, comparaciones, contextualizaciones, argumentaciones demostrativas de las


cuales el paradigma dominante, que también está basado en la observación puntual, no
parece preocuparse demasiado.24
La órbita de estas figuras de la mediación habrá de llenarse de personalidades y
experiencias de lo más variadas. En ocasiones, se perfilarán recorridos de reflexión críti-
ca: en el caso de Italia, basta pensar en un Arcangelo Ghisleri y, en el caso de Francia, en
un Elisée Reclus. En otros casos, se perfilarán recorridos originales de enriquecimiento
de la geografía, ciertamente heteróclitos y no siempre adecuadamente recogidos por las
comunidades institucionalizadas. Vale la pena citar a C. Cattaneo en el caso de Italia, a
G.P. Marsh en el caso de Estados Unidos o E. da Cunha en el caso de Brasil. Como quiera
que sea, vale la pena recordar que en el seno mismo de la escuela de Paul Vidal de la
Blache, Lucien Gallois, intérprete de la ortodoxia vidaliana, perpetuó un infanticidio
cultural contra la intuición arriesgada y no menos prometedora de Marcel Dubois. Nos
referimos a la gestación del filón más reflexivo de esa «geografía colonial» que, sin em-
bargo, la «batalla de los Anales» (vívidamente reconstruida por Olivier Soubeyran) habrá
de encargarse de liquidar, a favor de una geografía tropical menos expuesta a las deri-
vaciones geopolíticas. Estas problemáticas depuraciones parecen, en cierto modo, para-
dójicas. El ideal de una ciencia impoluta, programáticamente «apolítica», motivada por
las necesidades de una demanda cognoscitiva contingente, marca una contraposición
sin solución entre el paradigma sistemático-institucional y el exploratorio-cartográfico.
Empujado hasta sus últimas consecuencias, sin embargo, este ideal habrá de producir
en los hechos algunas de las trampas más insidiosas que las ideologías imperialistas y el
ímpetu colonial habrían de colocar en el camino de la evolución científica de la geografía
(Soubeyran, 1997). En este marco deben colocarse también aquellas prácticas coloniales
concebidas para producir conocimientos funcionales para el expansionismo de ultra-
mar, que se encargan de esterilizar de raíz la naturaleza visionaria de una geografía
colonial abierta a proyectos y propuestas reflexivas, tan generosos quizás como ingenuos
(Turco, 1996; Godlewska y Smith, 1994; Bruneau y Dory, 1994; Driver, 2001).25

3.3. La hegemonía cultural del espacio paratáctico

Son diversos los principios que inspiran la concepción de la disciplina que, a partir de la
segunda mitad del siglo XIX, estaba en proceso de institucionalizarse en escuelas y uni-
versidades. Del mismo modo, en distintos países los geógrafos se hallaban organizando
tradiciones de investigación implantadas en realidades intelectuales e institucionales
diversas. Sin olvidar que, a pesar de sus aspiraciones de construir una «ciencia pura»,

24. Para limitarnos a África, es útil recordar la crítica formalmente respetuosa pero implacable
que Vidal hace de la obra de Frobenius, que en esos años buscaba afanosamente dotar al conocimiento
de África de un marco teórico que incorporara asimismo su geografía antrópica (Vidal de la Blache,
1899). Un intento importante, el de Frobenius, el primero hecho con seriedad y quizás finalmente
suficiente para eliminar los paralogismos hegelianos, tan célebres como nefastos culturalmente y que
se negaban a morir tercamente en el colectivo imaginario de la edad colonial. Vidal aprecia los inten-
tos de Frobenius y quizás incluso admira en él cierto valor intuitivo, pero duda en fiarse de ellos,
anticipando con sus reservas de forma que merecería estudiarse a fondo ese aferramiento a las gene-
ralizaciones inductivas, formalizado 30 años más tarde por el racionalismo crítico de matriz popperiana.
25. Para los aspectos más propiamente geopolíticos Dodds y Atkinson (2000), O’Tuathail (1996).

LOS GIROS DE LA GEOGRAFÍA HUMANA 101

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Angelo Turco

los geógrafos no renunciaron jamás a jugar un papel social específico y no limitado al


campo de la investigación y de la formación, sino abierto a las instancias de desarrollo y
de articulación territorial que estaban siendo atizadas por fenómenos poderosos como
la industrialización, la urbanización y las nuevas funciones sociales que el Estado co-
menzaba a asumir.26
Sin embargo, la preocupación de fondo era más o menos la misma. El enfoque que
hacía coherente y reconocible su modelo descriptivo, tanto en el interior de las comuni-
dades académicas como ante el gran público, requería de dos instrumentos principales:
la «situación» y la «distribución». En efecto, la «geograficidad» del relato geográfico
quedaba garantizada a partir del momento en el cual el objeto de la narración era loca-
lizado en la superficie terrestre y dotado de dimensión espacial; es decir, identificado en
su extensión, circunscrito y, de ser posible, medido.
Así pues, todas las cosas se hallan en su lugar. Decimos precisamente «las cosas» ya
que este modelo descriptivo (paratáctico) funciona al precio de una notoria reificación de
la superficie terrestre de la cual los aspectos simbólicos, así como la acción territorial que
se liga a dichos aspectos, se van eliminando de manera progresiva.27 Es así que, por ejem-
plo, el mito o lo sagrado no se consideran aspectos «geográficos» más que en sus compo-
nentes materiales e inmediatamente visibles: la iglesia, el cementerio, los itinerarios de
peregrinación, este cultivo, aquella crianza de animales. Volveremos sobre todo esto.
No es necesario insistir demasiado sobre la vocación cartográfica de este modo de
ordenar el mundo. También aquí, sin embargo, es necesario precisar que el vencedor
es el componente «euclidiano» del conocimiento cartográfico. Esto ha ido a contraco-
rriente de toda una variedad expresiva presente no sólo en las cartografías antigua y
medieval, sino también en la utilizada en la cartografía moderna, a pesar de conocerse
como «euclidiana». Me refiero específicamente a un conocimiento ligado a la visibili-
dad y, por lo tanto, a una estetización del conocimiento territorial que, aun pasando
por el cedazo de la geometría, introducía códigos figurativos de tipo métrico, también
de tipo cromático, verbo-icónico y retórico. Se articulaba así —y se sigue articulando—
una lógica de la representación y de la comprensión extremadamente rica en el mapa,
ya que éste se basa en una dialéctica potente y nunca resuelta entre lo lógico declarado
(la medida, la precisión, la exhaustividad) y lo analógico subyacente (la ideología, la
retórica, la estética).

26. Véanse los casos de Francia, Suecia y Estados Unidos, analizados con acentos diversos, respec-
tivamente, por Baudelle, Ozouf-Marignier y Robic (2001), Buttimer y Mels (2006), Schulten (2001).
27. Notemos a este respecto que, habiéndose despertado el interés por la «física sacra» (Capel, 1985)
en relación con la geografía, persiste una compleja estrategia de atención por parte de la Iglesia, articulada
en varios niveles. El primero de ellos tiene que ver con el campo de la «geografía eclesiástica», inventario
razonado de los lugares de mayor interés para la Iglesia: pues en ellos actúan sus instituciones, porque
en ellos ocurrieron eventos notables, porque constituyen referencias a las Escrituras o por otros factores
(Matougues, 1849). Un segundo nivel tiene que ver con una tradición volcada a recuperar los contenidos
«morales» de esta rama de los conocimientos humanos, antigua y prestigiosa (Bartoli, 1664). Un impor-
tante nivel ulterior tiene que ver con la producción de este conocimiento por parte de los hombres y de
las organizaciones de la Iglesia, protagonistas directos del avance de los conocimientos en las diversas
partes del mundo, especialmente a través de las congregaciones misioneras (jesuitas en primera línea) y,
más en lo general, de los «viajes a título de razones religiosas» (Zurla, 1835). Finalmente, recordemos el
aspecto pedagógico ínsito en el aprendizaje de la geografía y del cual la Iglesia, siempre sensible a los
problemas de la formación de los jóvenes, no puede desinteresarse; en relación con Italia, consultar, por
ejemplo, Reitmer (1821), Galanti (1833 y 1846).

102 LOS GIROS DE LA GEOGRAFÍA HUMANA

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Figuras narrativas de la geografía humana

Esta paradoja, que reside en el lenguaje cartográfico y conlleva una fértil problemá-
tica, no parece haber jugado un papel demasiado importante en la transición paradig-
mática, sino de un modo irreflexivo. Es por esto que el modelo descriptivo de los geógra-
fos se asemeja menos a una sintaxis que a una parataxis. Este espacio paratáctico no es
más que la puesta en secuencia de áreas de algún modo «sensatas». La distribución de
los fenómenos sobre la superficie terrestre, siempre «verdadera» puesto que se da como
una evidencia observable y a fortiori cartografiable, termina por convertirse en un valor
en sí mismo (el famoso «dónde» de los geógrafos, puesto en paralelo con el «cuándo» de
los historiadores). Celebrando el triunfo de la yuxtaposición sobre la conexión, el espa-
cio paratáctico se convierte en un tipo de ciencia de lo plausible y adquiere su coherencia
gracias a una semántica de la función que, por su universalidad, le garantiza, entre otras
cosas, un éxito duradero.
La semántica de la función se halla muy lejos de ser un significado sin valor semió-
tico como a veces deja entender, por ejemplo, Roland Barthes. Por lo pronto, está dotada
de una gran flexibilidad: en el fondo, todo puede servir para algo. La semántica de la
función, por ello, puede interactuar con otras semánticas que no podrían desplegarse
completamente sin ella.28 Además, permite excluir la concepción kantiana del espacio,
ya que más de un elemento —cada uno marcado por su propia función— puede ocupar
total o parcialmente una misma extensión. Es una liberación del espacio absoluto la que
comunica la idea de recoupement,29 concepto de la geografía clásica francesa. En resu-
men, esta semántica de la función sigue siendo irremediablemente pobre en sí misma.
Por lo anteriormente señalado, la superficie terrestre se reordena en este espacio
paratáctico, en el que la complejidad territorial —depurada de sus elementos reticulares
y simbólicos— es reducida a su expresión de componentes materiales, para configurar-
se discursivamente a partir de una enunciación de elementos secuenciales. Estos ele-
mentos secuencialmente enunciados pueden yuxtaponerse con base en parámetros mé-
tricos, tipológicos o de otro tipo. Las causas, las relaciones recíprocas y retroactivas, los
mecanismos de acción, es lo que viene después. Los efectos sociales, la activación de
nuevos procesos de territorialización, todo ello viene después. No es que se desdeñe
explicar, o se deje de interrogar por la génesis de las fenomenologías reificadas (o cosifi-
cadas), o sobre su estado de procesos en interacción con otros procesos, sean éstos
espaciales o sociales, técnicos o simbólicos. Es sólo que la explicación se considera como
evidente: ya está incluida en la descripción. Después de todo, es suficiente agregar a la
observación una pequeña dosis de sentido común para dar razón de tal «situación» y de
tal «distribución»: en principio son ciertas, repetimos, por el sólo hecho de que existen y,
por ello, su existencia es autojustificante. Explicación y comprensión, parecería, se cap-
tan con la mirada, ya sea en el valle frente a mí o sobre el mapa desplegado en mi

28. Por ejemplo, las semánticas indexicales resultan decisivas para la construcción de una proble-
mática del lugar como hemos tratado de mostrar en Turco (2008b). [N. del E.: se puede recordar que la
perspectiva indexical, inicialmente planteada en la lingüística y luego retomada en la teoría social a
través de la etnometodología garfinkeliana, plantea que el lenguaje natural, cotidiano, siempre coloca
índices junto a los sustantivos, que les otorgan características especiales. Por ejemplo, en el lenguaje
natural o cotidiano no se dice casa, sino mi casa, su casa, una casa nueva, una casa próxima, una casa
lejana, una casa destruida.]
29. [N. del E.] La palabra recoupement, utilizada por el autor en francés en la versión original en
italiano, no tiene traducción directa al castellano: da cuenta de la estrategia de atar cabos, de encon-
trar articulaciones entre fenómenos o buscar intersecciones entre fenómenos conectados espacialmente.

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Angelo Turco

escritorio. Frente a la enorme tarea esencial que representa la producción del dato de
base —el lugar de las cosas— los problemas explicativos, las hipótesis, las teorías resul-
tan, si no una pérdida de tiempo de la abstracción, al menos una tarea secundaria y
dejada con gusto a otras disciplinas consideradas «más especializadas».

4. La institucionalización de la disciplina: algunas consecuencias


epistemológicas mayores

4.1. La exclusión del mito de la geografía institucionalizada

Uno de los efectos más importantes de la institucionalización de la disciplina, preocupa-


da por alinear el discurso de la geografía con los cánones científicos de las demás cien-
cias sociales, es la ruptura de la alianza entre mythos y logos que, durante milenios,
había anclado la descripción de la superficie terrestre. En el curso del siglo XIX, toda
injerencia mítica fue progresivamente desterrada del proceso de construcción de lo que
hoy llamamos «ciencia geográfica». De manera más precisa, el mito —presente aún, con
todos sus ecos metafísicos en el Erdkunde de Carl Ritter— va desapareciendo con gran
rapidez del horizonte del pensamiento geográfico y prácticamente no tiene peso alguno
a finales del siglo XIX, cuando se forman los grandes modelos descriptivos de la geogra-
fía institucionalizada.
Esta exclusión conduce a una composición discursiva que, en la nueva geografía
institucionalizada, relata proyectos de ocupación en los que el cálculo, el interés y la racio-
nalidad técnica marginan progresivamente el peso de las creencias y de los conocimientos
no protocolarios y, en primer lugar entre éstos, los conocimientos locales. Para rematar
esta expulsión, el relato geográfico paratáctico selecciona la idea de la política como dise-
ño, eliminando al mismo tiempo la política como pasión civil. Vale la pena recordar algu-
nos de los indicios que parece más prometedor seguir para aclarar todo esto.
Está aquella afirmación del pensamiento positivista y sobre todo su interpretación
por parte de los geógrafos, como es la necesidad de construir un lenguaje común reco-
nocible en el momento en el que aprenden a concebirse y a funcionar como comunidad
de investigadores. También es cierto que este devenir no ocurre igual en todas partes del
mismo modo. Las etapas que marcan la formación de la «école française de géographie»,
por ejemplo, dan testimonio de la existencia de un espíritu inquieto en este sentido. Sin
embargo, como pone de manifiesto Vincent Berdoulay, el mismo neo-kantismo «no con-
tradecía en el fondo al positivismo... del que buscaba superar las interpretaciones (más)
estrechas» (Berdoulay, 1981). De hecho, el positivismo acaba por funcionar no tanto
como protocolo epistemológico, sino más bien como una especie de espíritu de la época,
que impregna la práctica científica, especialmente en ocasión de manifestaciones so-
lemnes (congresos nacionales e internacionales, por ejemplo), eventos emblemáticos
(fundación de revistas, inauguración de cursos universitarios), dinámicas académicas
(tácticas para el acceso a las cátedras y a los recursos para llevar a cabo trabajos de
investigación).
Otro indicio: la preocupación por separar el (nuevo) conocimiento geográfico, que
se propone ser riguroso y austero, de una visión popular de las tierras lejanas, alimenta-
da fuertemente, por el paradigma exploratorio. En especial, el ultramar colonial juega
un papel importante en el imaginario de las grandes potencias imperialistas, diseñando

104 LOS GIROS DE LA GEOGRAFÍA HUMANA

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Figuras narrativas de la geografía humana

los horizontes geopolíticos a la luz de diversos exotismos, sobre todo de origen literario
y pictórico (Turco, 1995).
Mencionemos también lo que podríamos denominar el efecto perverso del meca-
nismo de la escala. Parecería que, si se considera a pequeña escala, lo que tiene que ver
con el mito y las ideologías sociales y políticas que se afirman en el cambio de siglo es
bastante comprensible intelectualmente y, por ello, menos peligroso para la superviven-
cia de la disciplina. Es por esta razón que los geógrafos no se preocupan cuando en sus
análisis recurren a los nacionalismos o a los mesianismos universalistas en lo tocante,
por ejemplo, a la «misión civilizadora» o incluso a la «responsabilidad del hombre blan-
co». A gran escala, en cambio, la razón mítica no se impone en sí al espíritu del investi-
gador, puesto que ella no se exterioriza en artefactos materiales dignos de atención. En
los estudios sobre el terreno, incluyendo los que llevan a la realización de cartas —sean
topográficas o temáticas—, los mitos no son evidentes. Las simbolizaciones territoriales
no son inmediatamente captables y, por lo tanto, no interpelan de forma imperativa la
conciencia científica del investigador.
Por último, por encima de todo esto se hallan las exigencias propias de los modelos de
conocimiento funcionales a los intereses coloniales y a las estrategias religiosas «de la
nueva misión» que, cada uno a su modo, generan retóricas de aniquilamiento de la otre-
dad.30 Especialmente si ésta se nutre de mitos y se plasma en el territorio con sus concep-
ciones metafísicas más que con sus obras materiales.

4.2. En busca de una «ciencia normal»

¿Cuáles son los efectos de todo esto en la formación de la ideología disciplinaria? ¿Cuá-
les son las consecuencias en las diferentes escuelas que se disputan la supremacía inte-
lectual? ¿Cuáles son las consecuencias en la actitud de los geógrafos hacia el «pensa-
miento teórico», en su capacidad para elaborar programas de investigación en el sentido
de Imre Lakatos o, más modestamente, para proponer recorridos explicativos satisfac-
torios y en todo caso competitivos respecto de aquellos de que disponen las otras disci-
plinas sociales que acompañan a la geografía en el plano académico y político-social? En
resumen, ¿mediante qué recorridos la geografía se encamina a convertirse en una «cien-
cia normal»?, para usar la célebre expresión de Thomas Kuhn (1971).
Se trata de temas cruciales que podrían adquirir un nuevo impulso problematiza-
dor si se encuadran en una perspectiva analítica centrada en las figuras narrativas. Sin
pretender abordar esta empresa enorme, cabe evocar al menos algunas de las conse-
cuencias de la marginación de la liminariedad en el modelo descriptivo de la geografía
institucionalizada.
Al mismo tiempo se registra la paradoja de un empobrecimiento generalizado de
la información acumulada y transmitida. El crecimiento cuantitativo del conocimien-
to no se traduce siempre en una mejora de la calidad. Lo denotativo, o sea la aparien-
cia sensible, predomina sobre lo connotativo y marcadamente sobre las motivaciones
espirituales de la acción territorial. La realidad tiende a ser explicada mediante causa-
lidades de tipo lineal y no acumulativo, lo que parece satisfacer los criterios lógicos de

30. Acerca de las relaciones entre la «nueva misión» y la «nueva geografía», consúltese, en relación
con un intento serio y, sin embargo, aún no logrado, Turco (2008a).

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Angelo Turco

cientificidad dictados por el positivismo. Por otra parte, ese tipo de causalidad produ-
ce explicaciones cada vez más banales de los hechos geográficos, puesto que conside-
ran sólo las causas «eficientes» de la sistematización aristotélica, ignorando las otras
categorías causales.
Por otra parte, se observa que en el seno de lo connotativo residual el desempeño (el
hacer y el saber hacer) predomina sobre lo simbólico (los fundamentos culturales de la
acción territorial). De esto se deriva que la geografía se reduzca a su fenomenología
funcionalista, con una tendencia a cancelar toda referencia a la dimensión axiológica.
También se observa en los modelos explicativos de la territorialidad una creciente
influencia de los componentes de orden natural. Esta dependencia se efectúa a menudo
a través de la activación de estrategias analógicas centradas tanto en elementos físicos
(los comportamientos humanos son determinados por el ambiente o se adaptan a él)
como en elementos biológicos (racialismo, cuando no racismo abierto).
Además de la afirmación de ideologías deterministas, lo anterior lleva a una margi-
nación progresiva de la historicidad y de lo político en el análisis de los procesos territo-
riales. Aun si en la visión de los fundadores, comenzando por Ratzel y Vidal de la Blache,
las cosas no eran exactamente de esa manera y la geografía humana, según estos auto-
res, no podía dejar de ser una geografía política.
De ello resulta un debilitamiento de la capacidad de teorización, y un intensivo
recurso a conceptos, teorías y modelos extradisciplinarios. Esto ocurre de formas cada
vez más implícitas y, por lo tanto, no reflexivas. Es así que inclusive puede ocurrir que lo
que en otra disciplina es sólo un enunciado especulativo, una hipótesis de trabajo o, en
los casos más graves, una afirmación propagandística, sea importado a la geografía
como una teoría bien comprobada.
No nos podemos sorprender entonces si se va difundiendo en la geografía paratác-
tica una verdadera ideología científica minimalista, que comporta repliegues autorrefe-
renciales y renuncias imaginativas. Bastará señalar al respecto que, en el momento en el
cual otras disciplinas académicas practican el juego de la institucionalización a plenitud
y se esfuerzan, por ejemplo, en elaborar una problemática «del otro», la geografía huma-
na se abstiene de participar en el estudio de la cultura de la otredad empleando sus
propios medios. Es decir, no concentra su atención en el sitio del otro, haciendo «del
otro lugar» una categoría analítica autónoma específica y fuerte de la geografía institu-
cionalizada, incluso en una era tan sensible como la colonialista.

5. La crisis del espacio paratáctico y el retorno del espacio liminar

La crisis del espacio paratáctico comienza a fermentar a partir de la segunda mitad


del siglo XX. Es testigo de la inadecuación de la geografía para dar cuenta de las gran-
des transformaciones de la posguerra, y coincide con un malestar territorial que gol-
pea tanto a los individuos como al cuerpo social. De hecho, una y otro (crisis y males-
tar territorial) contribuyen a la desintegración del paradigma que ha legitimado toda
una primera y larga fase de la ciencia geográfica institucionalizada. Esto encierra una
pérdida de confianza en los modelos descriptivos de la geografía, que genera —en el
interior de la disciplina— una larga temporada de revisión de paradigmas, de la que la
«revolución cuantitativa» constituye el evento de mayor ruptura. No es éste el lugar
para evocar estas revisiones paradigmáticas de naturaleza muy diversa, tanto desde el

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Figuras narrativas de la geografía humana

punto de vista teórico como metodológico.31 Lo que importa es ver la forma en que el
espacio paratáctico, figura narrativa dominante de la geografía durante largo tiempo,
se puede empezar a discutir en el contexto de esta nueva visión, aun si con frecuencia
sea de forma elíptica, y gradualmente acompaña a la otra gran figura narrativa, que es
el espacio liminar. Queremos subrayar con esto que la crisis del espacio paratáctico no
es simplemente metodológica, sino que toca lo más profundo de la ideología discipli-
naria: por esto, no puede hallarse una solución a través de ajustes instrumentales que,
sin embargo, permanecen dentro de un paradigma dominante teóricamente pobre y,
por lo tanto, inadecuado en relación con las expectativas sociales. Se hace necesario
un cambio de perspectiva. Una mutación que involucre no sólo la metodología, sino la
misma teoría y, todavía con mayor profundidad, el modo de problematizar los proce-
sos territoriales, operación sobre la que ha insistido especialmente Claude Raffestin
(1976, 1978).32
En resumen, se produce en la geografía una especie de conquista desde abajo de un
modelo de producción científica formalizado por el racionalismo crítico y en particular
por Karl Popper. Si se recuerda que en el modelo popperiano la lógica del descubrimien-
to científico es guiada por la secuencia problemática-teoría-metodología-empiria, se
entiende por qué una explicación satisfactoria de la realidad no puede partir de la obser-
vación empírica (como en gran medida pretendía el paradigma dominante) y mucho
menos a partir de la «simple» modificación de los instrumentos de observación (como
sostenía, por ejemplo, la revolución cuantitativa). Más bien, ésta debe apuntar a la natu-
raleza de la interrogación (problemática) y, por consecuencia, a la calidad de las conjetu-
ras elaboradas como respuesta al cuestionamiento inicial (teoría) (Raffestin y Turco,
1984). Es precisamente el desplazamiento del focus desde la observación empírica hacia
el refinamiento metodológico y desde éste hacia la teoría para llegar, en tiempos bastan-
te recientes, a dejar de lado el espacio paratáctico y permitir la reaparición del espacio
liminar como ingrediente crucial de la imaginación científica de los geógrafos.33
En el campo de las ciencias humanas, por lo tanto, puede no asumirse explícita-
mente la territorialidad, pero se está obligado a subsumirla constantemente. Es en este
surco problemático donde se lleva a cabo esa especie de revolución silenciosa que es el
pasaje desde el marco conformacional del espacio paratáctico al del espacio liminar.

31. Entre los primeros y más eficaces manuales que sistematizaron las nuevas articulaciones
paradigmáticas de la disciplina se señala el de Bailly y Beguin (2000 [1982]). Sobre los fermentos
intelectuales de la geografía humana, entre las muchas panorámicas disponibles se pueden consultar
las recientes de Castree, Roger y Sherman (2005), Hubbard, Kitchin y Valentine (2008) y, con un
enfoque interdisciplinario, Hubbard, Kitchin y Valentine (2004).
32. Desde este punto de vista, el intento del cuantitativismo por recuperar los modelos normativos
de localización de la tradición alemana presenta aspectos de novedoso interés. No hay duda, de hecho,
de que los modelos de Von Thünen, Weber, Christaller y Loësch expresan representaciones paratácticas.
Sin embargo, éstas no se enuncian de modo apodíctico ni tampoco se construyen de manera inductiva,
a través de una generalización de casos particulares, sino que se recaban de manera deductiva, a partir
de una serie de axiomas y postulados. Si se cambian unos (por ejemplo, la racionalidad económica) u
otros (por ejemplo, la minimización de los costos de transporte), cambia el esquema de localización.
De hecho, estos modelos son ambivalentes, dado que mientras por una parte vuelven rígida la repre-
sentación, por la otra hacen explícitas las reglas, lo que posibilita la crítica y su re-escritura.
33. Entre los años setenta y ochenta del siglo pasado, Jean-Bernard Racine lleva a cabo una obra
pionera sobre este desplazamiento: French y Racine (1971), Racine y Raymond (1973), Isnard, Racine
y Raymond (1981).

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Angelo Turco

Ahora bien, el espacio liminar es, antes que nada, lo específico de un mundo en el
que las cosas se identifican cada vez menos por su materialidad y, en todo caso, ya no
están todas en su sitio o no están siempre donde se hubiera esperado que estuvieran. Se
trata no ya de una realidad telúrica, cosificada e inmóvil,34 sino de un espacio fuerte-
mente estimulado y mutable, que desde hace algunos años diversos geógrafos han co-
menzado a explorar, asumiendo la complejidad, por ejemplo, o la posmodernidad o la
biopolítica.
La semántica del término liminar puede dar significado a una gran variedad de
fenomenologías que (en espera de alguna teoría general) pudieran ser objeto de con-
ceptualizaciones particulares. Liminar, en las narraciones geográficas contemporá-
neas, es un espacio al margen. Un margen posicional, y por eso un campo de interac-
ciones basado en el contacto físico: es el caso, por ejemplo, de una frontera.35 Pero
también un margen en muchos otros sentidos. Por lo pronto, pueden ser liminares
aquellos ordenamientos territoriales que ponen en cuestión los órdenes existentes, no
sólo en virtud de las relaciones de fuerza, sino también por remitir a principios de
justicia ambiental o a legitimaciones de contrapoder y mucho más.36 En segundo lu-
gar, puede haber un sentido liminar en la interfaz entre la acción territorial del sujeto
y la de la colectividad. En tercer lugar, está el umbral: el espacio liminar puede conce-
birse como un conjunto de valores críticos que inducen diversas morfogénesis, diver-
sas transformaciones geográficas más o menos rápidas e intensas a partir de puntos
privilegiados —nodalidad, centros, ciudades— que, sin embargo, no son exclusivos.
También puede ser un espacio liminar el existente entre la actualidad y la potenciali-
dad: la historia y la territorialización no sólo son el conjunto de eventos que se han
producido y sedimentado en el suelo, por ejemplo en un paisaje; es también el conjun-
to de procesos de los que se ha conservado lo no realizado, es decir, la mera posibili-
dad. El espacio liminar incorpora toda la precariedad de una realidad geográfica abso-
lutamente concreta, cuya complejidad reside, en última instancia, en la innovación
que puede llegar a ser, más que en el «hecho» que se observa. El espacio liminar es el
margen entre la superficie y la profundidad: es la remisión explícita al carácter semió-
tico de los ordenamientos y de los eventos geográficos que se incorporan en el discurso
como epifenómenos (los significados, es decir, las representaciones dominantes) de
una configuración subyacente que espera ser puesta a la luz (depósito de significados,
semiosis ilimitada, círculo hermenéutico).
El núcleo duro de esta semántica de la liminariedad es «estar entre» —una between-
ness como diría Nicholas Entrikin— que expresa la importancia relacional de un lugar y,
al mismo tiempo, su ambigüedad, su dialéctica. En resumen, expresa su perenne condi-
ción de transición (Entrikin, 1991). Si el espacio paratáctico era el de la permanencia, el
espacio liminar es el de la fragmentación y la recomposición, que se despliegan tanto en
los «hechos» como en los «discursos». El cambio es una inmanencia que incorpora la
lógica de la dislocación de la que habla Trevor Barnes (1996). En lo que nos importa
aquí, la mutación (la dislocación, la des-situación) es un dato estructural que no pode-

34. Las «cosas eternas» del Principito, que recientemente ha retomado Dematteis (2008).
35. Claude Raffestin desde hacía tiempo había llamado la atención sobre la liminariedad de los
espacios fronterizos (Raffestin, 1974), hoy ampliamente reconocida, como lo muestra de manera re-
ciente Chiara Brambilla (2009).
36. Para tener una visión no conformista de la geografía humana, basada en los postulados que se
discuten, véase Phillips (2005).

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Figuras narrativas de la geografía humana

mos limitarnos a postular o, peor aún, a considerar como evidente, pero en relación con
el cual es necesario medir la pertinencia social, tomando en cuenta las condiciones de su
surgimiento, los actores que participan, las fuerzas que intervienen, los lugares puestos
en juego, y las formas y las condiciones de su narratividad.
La figura narrativa de la liminariedad espacial se enfrenta hoy en día con procesos
de gran envergadura, que al mismo tiempo son procesos científicos, tecnológicos, políti-
cos, económicos, religiosos y, de manera más amplia, culturales. Sería imposible enu-
merarlos, aunque vale la pena recordarlos en sus grandes líneas:

1. «Aparición» de estratos de realidad que no se resuelven en un objeto, sino que se


expresan en una relación que no se halla situada necesariamente de forma unívoca. En
este caso, ¿cuál es el contexto geográfico de una relación? Piénsese, por ejemplo, en la
dimensión política, en el poder o, mejor aún, en una entidad puramente abstracta, como
la legitimidad. ¿Podemos contentarnos con «localizar» la relación, aun si esto fuera
posible? O, al contrario, ¿debe procederse a un relato de la realidad geográfica «móvil»
en formas lingüísticamente apropiadas y, en consecuencia, poniendo en juego aparatos
conceptuales pertinentes (Retaillé, 2009)?37
2. Simbolización creciente de los procesos sociales. Esto abre perspectivas extre-
madamente ricas para la geografía, entre otras cosas a causa de la intensificación de los
dinamismos territoriales. En especial, estos últimos aceleran su adecuación a las tempo-
ralidades sociales que, a su vez, obedecen a los ritmos de la producción, del consumo y
de los intercambios simbólicos.
3. Regreso de la espiritualidad. En las sociedades llamadas secularizadas y raciona-
les, el territorio se convierte en un verdadero campo axiológico, un horizonte de sentido
densamente cargado de valores concernientes a lo sagrado, al mito, a la afectividad, a la
multiformidad estética inspirada en las antiguas y nuevas culturas visuales.
4. Irrupción de los nuevos medios electrónicos (media) en nuestra cotidianidad. En
especial fax, móvil, ordenador portátil, con la multiplicación y complejización de los
respectivos programas que interactúan entre sí para formar una «red de redes». En
pocas palabras, una extraordinaria revolución tecnológica que en muy poco tiempo ha
rediseñado el mundo de la información y de la comunicación, hasta constituir tecnoes-
pacios de relación (ciberpaisajes, ciberespacios) con una problemática propia específi-
camente geográfica.38 A la importancia creciente de los nuevos medios y de la red de
redes, se une el surgimiento de formaciones sociales del todo inéditas, como la «socie-
dad de la información» descrita por Manuel Castells o las nuevas clases creativas descri-
tas por Richard Florida, cuya acción territorial no podría relatarse geográficamente
siguiendo los esquemas narrativos del espacio paratáctico (Castells, 1997, 1998).
5. La difusión de los nuevos medios se vincula estrechamente a la mundialización,
entendida como fenómeno no sólo económico, sino totalizador. La mundialización tie-

37. Entre los diversos estudios dedicados al tema, también se pueden consultarlos trabajos de Tim
Creeswell (2006).
38. Sobre estos temas, la bibliografía geográfica ha ido creciendo rápidamente desde el número,
inaugural de alguna manera, de la Geographical Review (vol. 2, 1997) y el libro pionero de Kitchin
(1998). Sobre las transacciones metafóricas entre el tecnoespacio y el Viejo Mundo, especialmente
importantes para las cuestiones que aquí tratamos, remitimos a Turco (2002), y a los desarrollos
ramificados elaborados por Hindenburgo Francisco Pires y su equipo en la UERJ; entre los muchos
trabajos, se pueden consultar Pires (2003); por último, Pires (2005).

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Angelo Turco

ne una larga historia que los geógrafos están redescubriendo, como lo ha mostrado
recientemente Christian Grataloup (2007). Sus declinaciones actuales asocian la veloci-
dad y la mutabilidad de las relaciones económicas con lógicas extremadamente flexibles
en las relaciones geopolíticas e integran cada vez en mayor medida los factores cultura-
les, obligando a una especie de redefinición permanente de la relación local/global, cuya
naturaleza liminar no puede ignorarse.
6. Los procesos a través de los cuales actualmente se despliega la mundialización
obligan a repensar la cuestión del Tercer Mundo, más que nunca declinado en plural. En
particular, partiendo de la base de teorías adecuadas de la medición: quien piensa en el
Tercer Mundo debe saber elaborar cartografías capaces de combinar lo que actualmente
parecen ser los dos criterios fundamentales de un tercermundismo duramente enfrenta-
do a los impulsos de globalización:39 países con escasas posibilidades de negociar las
condiciones de su participación en los procesos de globalización. Países que experimen-
tan importantes niveles de exclusión social en el marco de los procesos endógenos de
modernización política, económica y cultural (Turco, 2009b).
7. La explosión de la cuestión ambiental, cuya mayor consecuencia es la puesta en
escena de la «naturaleza social de la naturaleza» y, con ello, la de las racionalidades múlti-
ples y cada vez más heterocentradas que determinan el valor de los elementos localizados.
Se forman redes de enorme complejidad entre las subjetividades, los movimientos colecti-
vos, las arquitecturas jurídicas, la acción política. Una nueva crítica social comienza a
adquirir una «geograficidad» que, por ser intrínseca a todo proceso, exige ser elucidada de
forma sistemática, tanto en sus componentes como en su funcionamiento.40

Esta conjunción de elementos no puede ser reconducida al marco conformacional


del espacio paratáctico. La incapacidad de esta figura narrativa para dar razón de la
geografía humana contemporánea provoca una especie de pérdida del pensamiento es-
pacial, la desaparición de algo que Ludwig Wittgenstein ha descrito en una página céle-
bre, cuando relata dos experiencias que vive a menudo: la «maravilla por la existencia
del mundo» y la sensación, ligada a la primera, de sentirse «absolutamente seguro»; es
decir, «el estado de ánimo en el que decimos: estoy seguro, nada puede hacerme daño,
pase lo que pase» (Wittgenstein, 1992).
Se trata de motivos vitales que pertenecen a cada uno de nosotros. Y bien, con la
crisis de la espacialidad paratáctica, todo esto se erosiona: el contenido apotropaico del
lugar se desvanece, habitar ya no comporta la experiencia íntima de la seguridad. Esta
crisis genera representaciones opacas, angustia existencial, modalidades de convivencia
de tipo segregativo y, al final, una extraordinaria manipulabilidad ideológica de las con-
diciones del habitar y de la mismísima acción política. En resumen, es ese mundo sin
calidad evocado por Eleonora Fiorani (1995), en el cual la vinculación arcaica entre la
historia humana y la presencia terrestre se fragmenta o regresa a formas de algún modo
preculturales, si es que el término «cultura» se deriva del latín colere, cuidarse, proteger,
defender: y, como notara Martin Heidegger, habitar significa preservar. Pero, ¿qué suce-

39. Como es sabido, «globalitarismo» es la expresión empleada por Milton Santos para indicar los
impulsos hegemónicos internos al proceso de globalización, sean de naturaleza económica, política o
cultural (Santos, 2004).
40. La sensibilidad de los geógrafos hacia estos temas se ha manifestado durante mucho tiempo,
como puede verse en el trabajo de Peet y Watts (1996). Sobre la naturaleza social de la naturaleza, cabe
destacar el esfuerzo de diversos geógrafos, entre los cuales Castree y Braun (1998 y 2001), Castree (2005).

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Figuras narrativas de la geografía humana

de si no hay nada que preservar, si ya no se habita un lugar sino que, simplemente, se


está en algún lado?
Tres pistas parecen dramáticamente prometedoras al respecto: la fuga hacia la atopía,
la pérdida del paisaje, la violencia sobre el ambiente. En relación con la primera, anotemos
que si la utopía es la negación pura y simple de los lugares de la historia, la atopía proclama
el colapso del hombre-habitante que, privado de alguna manera de su sustancia cultural,
se encuentra inerme frente a los procesos de degradación de la espacialidad. Esto se refleja
en los sistemas de representación de los lugares, los hacen elípticos y francamente evanes-
centes, hasta determinar su inconsistencia y, por así decirlo, su desaparición por ininteligi-
bilidad.41 La recuperación de la capacidad de relatar el espacio liminar pasa entonces a
través de una recuperación de la problemática del lugar.42 Este último debe sustraerse a la
insignificancia a la que lo ha relegado el sentido común (todo punto/área de la superficie
terrestre es un lugar) para convertirse, en los nuevos marcos del relato geográfico, en una
cualidad territorial y en un dispositivo de individualización (Turco, 2009a).
Junto a la crisis de la topía como cualidad territorial, se une la del paisaje, a despe-
cho de la gran atención que actualmente se le dedica o quizás precisamente por ella. De
hecho, la eficacia narrativa del espacio liminar pasa a través de la reconquista de la
configuración paisajística de la territorialidad, operación mucho más ontológica que
teórica, a la cual contribuyen estudiosos tales como Claude Raffestin (2005), Massimo
Quaini (2006) y Augustin Berque (2009).
Llegando a la tercera pista, podemos decir que sin un anclaje firme en la base «terri-
torial» (y no simplemente «natural»), el ambiente se halla a su vez expuesto a erosiones
cada vez más violentas. Oprimida entre valoraciones científicas y telarañas discursivas
impregnadas de retórica, la cuestión ambiental se inclina ante la bandera del conflicto
(Faggi y Turco, 2001). La geograficidad (geographicalness) ya no puede reglamentarse
mediante normas jurídicas ordinarias, puesto que el derecho del ambiente se especifica
ahora como un derecho al ambiente (Bobbio, 1990): un derecho humano fundamental
que, a la par del derecho a la paz o del derecho al desarrollo, se incluye en las Constitu-
ciones de los Estados soberanos (Peces-Barba Martínez, 1991). Por lo tanto, se entiende
bien de qué forma la necesidad creciente de justicia ambiental que reclama la geografía
popular (people’s geography) moviliza nuevas articulaciones institucionales e inclusive
nuevos procesos de legitimación política.

41. La atopía quizás no sea algo absolutamente nuevo, pero es en la segunda mitad del siglo XX
cuando se afirma de manera importante. La crisis de la territorialidad permanece latente en las cien-
cias sociales de la posguerra y surge durante los años sesenta, primero entre los estadounidenses, en
un país que se torna extraño para sus propios habitantes por efecto de lo que Vance Packard (1972)
llama «la ultramovilidad». La misma crisis que, asociada con la «hiperselección», estaba destinada a
determinar, en el análisis de Alvin Toffler (1970), precisamente la «muerte de la geografía». La percep-
ción social, así, aun soñando la topofilia descrita por Tuan (2007), permanece en un duro enfrenta-
miento con la geography of nowhere (geografía de ninguna parte) (Kunstler, 1993), en la metrópolis
elusiva (Lang, 2003) y en otras situaciones de desasosiego. Por su parte, la crisis de la territorialidad y,
en su seno, la desaparición del lugar, se manifiesta en Europa de diferentes maneras en las ciencias
humanas. En Francia, por ejemplo, Michel Foucault explora la idea de heterotopía. Paul Virilio retoma
los temas de la velocidad y de la desaparición. Marc Augé plantea el problema de una negación del
lugar («no lugar») tanto más radical por estar inscrita en la práctica misma del territorio.
42. Además del célebre Yi-Fu Tuan (1977) y de las posturas de los geógrafos «humanistas» (Adams,
Hoelscher y Till, 2001) sobre este tema de los cruzamientos interdisciplinarios (Light y Smith, 1998)
señalamos los esfuerzos de geógrafos como Tim Cresswell (1996, 2004) y Vincent Berdoulay y Nicholas
Entrikin (1998).

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Angelo Turco

6. Una ciencia social, una filosofía de la acción territorial

A la par de las otras ciencias sociales, la geografía se halla hoy en día frente al desafío de
un cambio tan rápido como proteiforme.43 Ignorar este desafío significa ceder a la tenta-
ción de administrar una suerte de renta disciplinaria: la geografía existe, es antigua, es
importante y tanto peor para aquel que no lo tenga en cuenta. Esta renta disciplinaria,
sin embargo, acaba por conducir hacia la inanidad y/o el mantenimiento más o menos
subrepticio de las representaciones tranquilizadoras y de los modelos de análisis del
espacio paratáctico. A esta pulsión parasitaria se opone un auténtico ethos geográfico
que entra en la connotación misma del tournant (giro) del que estamos hablando. Este
ethos no sólo encuentra alimento en los obstáculos científicos, finalmente reconocidos y
asumidos como tales, sino que se refuerza gracias a una creciente reflexión de los geó-
grafos sobre sus propias prácticas. Esto los coloca frente a frente con el carácter estraté-
gico del conocimiento territorial, en relación tanto con la gestión individual y colectiva
de la cotidianidad como con la elaboración técnica y política del horizonte proyectual.
Hoy como nunca, la geografía merece entenderse y asumirse de manera explícita como
un intento intelectual, el esfuerzo de conferir una coherencia narrativa al proyecto con-
cluyente del hombre: habitar el territorio, que finalmente significa «ser humanos sobre
la tierra», por usar la expresión de Augustin Berque (1996).
Junto a este ethos se puede evocar una perspectiva ulterior que el tournant (giro) abre
a la geografía: la naturaleza profundamente filosófica de una territorialidad que flota so-
bre la misma definición del ser humano y de las condiciones de despliegue de su sociabili-
dad. La acción territorial, como modalidad de comportamiento social, no puede reducirse
a su perfil instrumental ya que existen otros perfiles que entran en juego con fuerza.44 Por
la sustancia misma de sus interrogaciones y a la par de otras disciplinas sociales —como la
psicología o la antropología, la sociología o la ciencia política— la geografía podría produ-
cir por sí misma la reflexión sobre el elemento filosófico que ella incorpora: junto a las
incursiones en la filosofía de los filósofos que nos cuentan cosas a veces interesantísimas
sobre el espacio, el territorio, el paisaje y también, según la convención kantiana, sobre la
naturaleza íntimamente espacial del pensamiento, los geógrafos podrían capitalizar ellos
mismos filosóficamente su experiencia de investigación.45 Esto conduce a saber reconocer
los núcleos universalistas de problemáticas que pueden elaborarse de manera empírica y
desarrollar, sobre este tipo de base, una crítica sistemática de la razón territorial.46

43. [N. del T.] Proteiforme en tanto puede adquirir múltiples formas.
44. Es precisamente aquí donde resulta totalmente pertinente el alegato de Jürgen Habermas sobre
la función «vicaria» de la filosofía frente a las ciencias humanas (Habermas, 2003). La reflexión filosófi-
ca, en efecto, abandonaría su rostro imperial de platzanweiser, el pensamiento fundamental que domina
a los otros pensamientos «asignándoles su lugar». Ésta habrá de asumir, más bien, el estatuto humilde
pero precioso de «sustituto provisional» de las teorías empíricas que plantean, sin embargo, el problema
de los fundamentos o que corren el riesgo a cada instante de caer en la trampa de los escepticismos, si su
pretensión de hacer planteamientos en términos formalmente ortodoxos se adopta a ultranza o, aún de
manera más sencilla, si tardan en ponerse sobre la mesa, aun estando, por así decirlo, en el aire.
45. Es el horizonte sobre el cual se mueven, aun cuando lo hagan desde perspectivas diferentes,
geógrafos como Gunnar Olsson, Augustin Berque, Yi-Fu Tuan, Giuseppe Dematteis, Denis Cosgrove,
Claude Raffestin, David Harvey.
46. También debe decirse que, en este campo, los episodios que se han aireado en Europa, un
continente tan viejo como poco sabio, tienen un peso difícil de olvidar. Sabemos en qué se convirtió,
bajo la pluma de Friedrich Hegel, la metáfora ritteriana del camino del sol; y recordamos qué pudo

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Figuras narrativas de la geografía humana

En resumen, podría haber llegado el tiempo de imaginar la geografía como una


disciplina empírica, capaz sin embargo de desarrollar en su seno también una suerte de
filosofía de la acción. Se trataría de una filosofía de la acción territorial: una reflexión
que confiere la geograficidad de la experiencia humana. Por otra parte, esta filosofía de
la acción territorial reflexiona sobre los problemas de valor planteados por una práctica
espacial embebida de memoria histórica, una práctica tanto cotidiana como proyectual,
tanto individual como colectiva. Parece que a partir de aquí se pueden esbozar al menos
algunas de las líneas conductoras de esta filosofía de la acción territorial.
La primera tiene que ver con la ética del discurso geográfico que podría presentarse
como defensora de las tesis universalistas sobre la utilización de la naturaleza socializa-
da y, por lo tanto, sobre el territorio.47 Esto ocurriría sin enmascaramientos científicos,
pero con la fuerza de su estatuto relativamente débil de discurso práctico. En términos
habermasianos esto significa un discurso concerniente a cuestiones de justicia y no de
verdad. La ética del discurso permitiría a los geógrafos no tanto tomar decisiones mora-
les —lo que ya están haciendo, como todos— sino más bien asumir responsabilidades
públicas en el desarrollo de las discusiones, en su calidad de actores capaces de organi-
zar discursivamente una reflexión sobre: 1) el punto de ruptura «del acuerdo normati-
vo» garante de cierto equilibrio socio-territorial dado: nos referimos a la injusticia ya no
tolerable socialmente; 2) los procedimientos capaces de garantizar la reglamentación
consensual de una materia social tan opinable como los conflictos territoriales, sean
éstos de base étnica, ambiental, política, económica, religiosa o de otro tipo. En un
contexto tan «garantizador» como el de la ética del discurso parece que pueden volver a
proponerse las interrogantes de un interés profundo relativo, por ejemplo, al estatuto
ontológico del lugar o del paisaje o del ambiente, configuraciones plurales de una matriz
común, como lo es la territorialidad.
Una segunda línea conductora tiene que ver con una función de mediación cultu-
ral, una suerte de transdisciplinariedad crítica que tiene poca relación con las tradicio-
nales reivindicaciones normativas de la geografía, transmitidas por las retóricas de su
doble naturaleza «física» y «antrópica». De hecho, si bien es cierto que existe un tour-
nant géographique en las ciencias sociales, no es menos cierto que todos estos lenguajes
y conocimientos se ignoran recíprocamente. Éstos radican en contextos de elaboración
muy diferentes que, por ser «culturas de expertos», de ninguna manera se comunican
entre sí.
Una tercera línea se vincula con toda una serie de estudios que tienen que ver con la
reconstrucción de los procedimientos a través de los cuales se ha llevado a cabo la terri-
torialización en el marco de las sociedades, digamos, no occidentales. También es cierto
que esta reconstrucción se relaciona con las preocupaciones de la geografía como cien-
cia social: una ciencia social que quizás decida concentrarse menos en los sistemas de
reificación y un poco más en los sistemas de simbolización (Turco, 1999). Más allá de los
resultados científicos, queda sin embargo una filosofía de la acción territorial que está
particularmente interesada, en relación con los conocimientos geográficos tradiciona-
les, en enfocar las bases comunes sobre las que se desarrolla históricamente el proceso

hacerse con las interrogantes de Friedrich Ratzel sobre las búsquedas a ciegas de la modernidad,
evocadas por David Harvey (1998 [1990]) y por Raffestin, Lopreno y Pasteur (1995). Pero también
sabemos que pensar espacialmente la mutación social es una obligación arriesgada, a la cual los
geógrafos no pueden sustraerse, como nos lo recuerda de manera oportuna Claudio Minca (2006).
47. David Harvey ha escrito páginas profundas sobre este tema (Harvey, 1996, 2003).

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Angelo Turco

que termina con el conocimiento tópico, reduce la diversidad a la diferencia y legitima


cada vez más la exclusión y el dominio como algo ya no contingente, sino afirmativa-
mente universal del juego social.
No hay opción posible entre las dos figuras narrativas que han intentado dar cuen-
ta, en el curso de largos siglos, del proyecto humano de habitar la tierra, al fin convertida
en territorio. Un proyecto concluyente, cierto, y sin embargo siempre inconcluso. Poro-
so, percolativo, de diversas escalas, el espacio liminar incorpora parataxis como disposi-
tivos de estabilización necesarios para urdir el relato geográfico, pero insuficientes para
describir la realidad telúrica. Serán los mutables estatutos de la ciencia los que determi-
nen las relaciones de fuerza entre los dos marcos conformacionales, y a estos estatutos
no habrá de faltarles la imaginación creativa ni la inspiración moral. Sin embargo, al
final, una disciplina que quiera volver a apropiarse de una responsabilidad ontológica
específica debe correr el riesgo de hacer convivir en su horizonte narrativo los más
rigurosos protocolos de las ciencias humanas con las interrogantes poco tranquilizado-
ras y, sin embargo, necesarias de una filosofía de la acción territorial.

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118 LOS GIROS DE LA GEOGRAFÍA HUMANA

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LOS GIROS DE LA GEOGRAFÍA HUMANA 119

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PARTE SEGUNDA

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APRENDIZAJE COLECTIVO, REDES
SOCIALES E INSTITUCIONES:
HACIA UNA NUEVA GEOGRAFÍA ECONÓMICA

Rocío Rosales Ortega


Universidad Autónoma Metropolitana, Iztapalapa, México

La geografía económica en particular está inmersa en el giro institucional (Amin y Thrift,


1993; Amin, 1999; Amin, 2001; Jessop, 2001; Cumbers, McKinnon y McMaster; 2003) y en
el giro evolucionista (Boschma y Frenken, 2005). Ambos están trayendo el resurgimiento
de debates que habían quedado inconclusos tiempo atrás, sobre la articulación entre las
estructuras y la subjetividad de los actores, al mismo tiempo que retoman las tradicionales
preocupaciones de vinculación del territorio, la economía y la sociedad (Granovetter, 1990;
Swedberg, 1997, Dalziel e Higgins, 2006; Thrift y Kris, 1996).1 En este contexto, la geogra-
fía económica nuevamente encuentra un ámbito fructífero para replantear novedosas for-
mas en las que el espacio interviene en la articulación de la acción económica. La reflexión
sobre los nuevos caminos de la interrelación entre la geografía y la economía requiere cada
vez más una discusión de mayor profundidad teórica que permita comprender los supues-
tos epistemológicos y ontológicos, que tanto una como otra han compartido dentro de los
debates en las ciencias sociales. Y estos dos giros están contribuyendo a ello notoriamente.
El surgimiento de nuevos conceptos en la geografía económica actual sólo se puede
comprender cabalmente en el contexto de la discusión teórica sobre los giros epistemo-
lógicos y ontológicos que han ido conformando las ciencias sociales. Éste es el caso de
conceptos tales como el de aprendizaje colectivo, redes sociales, instituciones, gober-
nanza industrial y empresarialidad.
En este sentido, el presente capítulo organiza toda su argumentación con base en la
compleja configuración que se produce entre el análisis epistemológico del mercado
—esto significa la explicación de los supuestos que lo conforman—, el análisis ontológi-
co de los sujetos que configuran ese mercado y la epistemología espacial que se vincula
a esas nociones de mercado e individuos.

1. Desde la sociología económica, el trabajo de Granovetter y las investigaciones más recientes de


Swedberg han elaborado una reflexión mayor sobre la vinculación entre la sociedad y la economía.
Por parte de la economía institucional y evolucionista, los trabajos de Hodgson han elaborado una
propuesta más interdisciplinaria desde la perspectiva de estudios de la complejidad. Esta propuesta se
ha apoyado en la teoría de la evolución, ahora denominada darwinismo generalizado como una forma
de diferenciarse del evolucionismo social que predominó en las ciencias sociales durante las primeras
décadas del siglo XX (Aldrich, Hodgson et al., 2008).

LOS GIROS DE LA GEOGRAFÍA HUMANA 123

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Rocío Rosales Ortega

Los giros epistemológicos, ontológicos y espacial configuran así el mapa concep-


tual a través del cual se presenta la forma en que la geografía económica de hoy en día se
interesa crecientemente en la comprensión de las motivaciones, los hábitos, las rutinas,
las normas, las prácticas y los contextos que fomentan la innovación, el aprendizaje y,
por lo tanto, la organización y el cambio de las instituciones económico-sociales que
definen la vida de los territorios.
En este sentido, el primer apartado del capítulo realiza una muy breve presentación
de las principales características que consolidaron la presencia del giro positivista en la
geografía económica analítica a partir de los años cincuenta del siglo pasado. Ésta es
una referencia a un cambio previo pero que se requiere revisar para presentar la situa-
ción actual. En un segundo apartado se presentan los debates y el diálogo entre la socio-
logía económica y la geografía a fin de mostrar la presencia del giro cultural actual, que
ha llevado a la redefinición de los temas de estudio de la geografía económica a través de
conceptos como el de embeddedness, capital y redes sociales. En el tercer apartado se
explican y analizan los debates producidos por el giro institucional y evolucionista que
se está presentando en las ciencias sociales y a los que la geografía económica no
puede mostrarse ajena.
En el cuarto apartado se analizan dos de las problemáticas que ha abordado la
geografía económica, y en las cuales el papel de los actores y su contexto histórico-social
adquiere mayor relevancia. Así, se estudia por un lado la empresarialidad entendida
como la acción de los actores emprendedores capaces de transformar su entorno y, por
otro, la gobernanza industrial como una forma de articulación de la cooperación y la
asociación entre productores en diferentes escalas. En un quinto apartado se presentan
las reflexiones finales sobre los cambios más importantes que está experimentando la
geografía económica en comparación con los temas y metodologías que se abordaban a
mediados del siglo pasado.

1. El giro positivista en la geografía económica

El fortalecimiento de la geografía económica como disciplina científica que superaría la


tradición descriptiva, representada por la geografía económica estadística y comercial,
se produjo cuando los geógrafos se apropiaron de los principios que sustentan el positi-
vismo que largamente dominó en las ciencias sociales (Claval, 1981, 1998).
Cabe recordar que los principales fundamentos filosóficos que nutrieron al positi-
vismo indicaban: a) que la naturaleza es fija y estable, b) que la misma podía conocerse
por medio de principios de comprensión igualmente fijos, estables y universales, así
como c) la separación entre la mente y la materia. Como propuesta filosófica social
incluye diversas tradiciones como el empirismo, el racionalismo y el naturalismo, los
cuales han convivido en una tensa interrelación entre las exigencias de la comprobación
empírica y la elaboración de explicaciones universales con base en la lógica racionalista
(Hughes y Sharrock, 1999).
En la búsqueda de la separación de la ciencia y la filosofía, el positivismo desarrolló la
idea de que la realidad estaba al alcance de los sentidos, y por lo tanto era posible estable-
cer una clara diferencia entre el hecho y el valor como principal argumento a favor de la
objetividad de la investigación científica (Rosales, 2006). Como se mencionó anteriormen-
te, el positivismo reconoce dos formas de conocimiento, el empírico y el lógico, ambos

124 LOS GIROS DE LA GEOGRAFÍA HUMANA

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Aprendizaje colectivo, redes sociales e instituciones: hacia una nueva geografía económica

representados por las ciencias naturales y la lógica matemática. Para aplicar la propuesta
positivista al ámbito geográfico, las actividades económicas fueron reducidas a fenóme-
nos susceptibles de localización y representación en modelos matemáticos y gravitaciona-
les con ayuda de la física. En este camino, los geógrafos se encargarían de argumentar a
favor de la investigación empírica y causal (Ortega Valcárcel, 2000; Barnes, 2001).
De esta forma, el positivismo se constituyó en la visión epistemológica predominante
en la geografía en general y en la geografía económica como su mejor expresión. Esto
permitió unificar a la geografía en torno a los siguientes elementos comunes: a) la percep-
ción de la realidad como elemento externo e independiente del sujeto cognoscente, b) la
relación directa entre la validez, el conocimiento y la verdad, c) y el distanciamiento entre
el lenguaje de sentido común y de la cotidianidad de los sujetos para constituirse en un
lenguaje objetivo, neutral y científico, d) la búsqueda del conocimiento a través del recono-
cimiento de leyes universales o explicaciones generales (Gregory, 1984; Rosales, 2006).
La geografía económica que surgió en los años cuarenta y cincuenta compartió los
supuestos ontológicos y epistemológicos de la economía neoclásica que se había ido con-
formando en el seno del positivismo. En términos ontológicos, se apropió del concepto del
Homo oeconomicus y explicó el comportamiento humano con base en el principio de la
racionalidad maximizadora, así como también el supuesto del intercambio contractual
entre individuos autónomos (al menos parcialmente), manteniendo de igual forma el su-
puesto del individualismo metodológico (Strassman, 2004). En términos epistemológicos
entendió el mercado como el ámbito por excelencia del encuentro entre la oferta y la
demanda, un mercado que funciona en términos abstractos y universales ya que las leyes
de la oferta y la demanda, así como de la libre competencia, eran concebidas de manera
libre de la política, del contexto histórico y por lo tanto independientes de los intereses de
los diversos grupos sociales. Al elaborar analíticamente con tal nivel de abstracción los
procesos económicos, el tiempo y el espacio desaparecieron en toda la explicación.
En gran medida resulta paradójico que la geografía económica recurriera a la eco-
nomía espacial y a la sofisticación de los métodos cuantitativos para asegurar su carác-
ter científico cuando, simultáneamente al apropiarse de esos principios teóricos, el cos-
to de ello era la desaparición del espacio del horizonte analítico o, en el mejor de los
casos, adquiría un estatus menor.

2. El giro cultural: diálogos entre la sociología y la geografía económica

En los debates sobre la explicación de las formas de organización del mercado en la socie-
dad y del papel de los individuos en el mismo, dos perspectivas han sido fundamentales
para la sociología y la geografía económica: la tradición marxista (y neomarxista) y el
trabajo fundacional de Karl Polanyi mediante su clásica obra La gran transformación, que
ha enriquecido el bagaje conceptual de las ciencias sociales con el desarrollo y reflexión
del concepto embeddedness (Ettlinger, 2003; Hess, 2004; Gómez, 2004), conocimiento tá-
cito (Gertler, 2001) y el estudio de las instituciones en el funcionamiento del mercado.2

2. Desde la sociología económica, el concepto de embeddedness (incrustamiento) desarrollado por


Polanyi ha sido ampliamente recuperado en los trabajos clásicos de Mark Granovetter (1985, 1990).
En cambio, en el estudio de las instituciones, aun cuando Polanyi ya observaba el mercado como una
institución, tanto sociólogos como economistas ubican en primer lugar la obra de Thorstein Veblen
(Gallino, 2008; Pearce, 1999).

LOS GIROS DE LA GEOGRAFÍA HUMANA 125

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Rocío Rosales Ortega

Aunque ambas perspectivas coinciden en el papel fundamental de la historia para


la explicación de los cambios que experimentan las sociedades en sus formas de organi-
zación de la vida económica, Polanyi se diferencia de la tradición marxista en la medida
en que presta mayor atención a las formas de interrelación entre el mercado, los actores
y el papel de las instituciones en la regulación de la actividad económica. Se debe tener
en cuenta que esta última cuestión hoy en día es uno de los principales temas de discu-
sión en las ciencias sociales. En gran medida, Polanyi (1992) desarrolló explícitamente
una argumentación mayor sobre los hombres y su organización social ante las nuevas
formas de configuración de la vida económica representada por el capitalismo.
A partir de estas dos tradiciones, la geografía económica se desarrolló en dos direc-
ciones principales. Por un lado, encontramos la geografía radical que se fundamentó en
los principios del materialismo histórico, principalmente durante los años sesenta y
setenta. Mientras que en la década de los años ochenta y noventa, la geografía económi-
ca se acercó más a las discusiones sobre la interrelación de la sociedad y la economía a
través del análisis de las redes sociales y las instituciones, temas que este campo de la
geografía fue profundizando de manera paralela a lo que ocurría en la sociología econó-
mica (Thrift y Olds, 1996; Ettlinger, 2003; Hess, 2004).
La geografía económica conformada con base en el materialismo histórico inclu-
yó la perspectiva temporal y, en consecuencia, fue posible reconocer la diversidad de
formas de expresión de la relación entre el espacio, la economía y la sociedad. Debido
al carácter histórico de la propuesta marxista fue posible reconocer la combinación
de diferentes formas de organización de la producción, con diversas estructuras espa-
cio-temporales (Ortega, 2000). Sin embargo, en el proceso de cuestionamiento de la
epistemología del mercado elaborada desde la economía espacial, el materialismo
histórico geográfico (Soja, 1989), continuó sobredimensionando el papel de la econo-
mía sobre la sociedad y el espacio, de tal manera que las conformaciones territoriales
devenían en simples reflejos de las estructuras económicas. En otros términos, se
desarrolló una concepción del espacio como reflejo de la economía (Santos, 1990): de
esta forma el espacio quedaba reducido a un elemento determinado y configurado
por la economía.3
En su intento por incorporar la diversidad socio-espacial de los procesos económi-
cos, dos tendencias contribuyeron de manera importante en la conformación de una
geografía económica con carácter crítico:4 la propuesta de sistema-mundo de Immanuel
Wallerstein y el estudio de la división espacial del trabajo impulsado por Doreen Massey
(1984). Ambas perspectivas de estudio prestaron atención a los cambios en la organiza-
ción de la producción, que generaban nuevas formas de división espacial del trabajo
(Santos, 2000; Méndez, 1997).
Una línea de investigación que se derivará del análisis de los procesos estructurales
y sus expresiones territoriales y por lo tanto particulares, será el desarrollo de las po-

3. Una excepción a esta tendencia se observa en los trabajos de Milton Santos (1996, 2000) quien
desde la geografía crítica destacó por su argumentación a favor de una relación interdisciplinaria
entre el espacio, la sociedad y la economía, para contribuir en la conformación de una visión del
espacio como producción social, que desarrolló en el estudio de la diversidad latinoamericana.
4. A diferencia de la geografía radical que recuperó el carácter político del marxismo dentro de la
disciplina, la geografía crítica se nutrió más profusamente de tradiciones filosófico-humanistas que
permitieron elaborar debates epistemológicos sobre el papel del espacio en la conformación de los
procesos sociales.

126 LOS GIROS DE LA GEOGRAFÍA HUMANA

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Aprendizaje colectivo, redes sociales e instituciones: hacia una nueva geografía económica

tencialidades metodológicas del concepto de escalas.5 En este sentido, el concepto de


escalas deja de entenderse como una noción de carácter técnico (la relación proporcio-
nal entre la realidad y la representación cartográfica) para constituirse en una expresión
de la interrelación de diferentes instancias de organización territorial de una economía
organizada a nivel mundial (Méndez, 1997; Nogué y Rufi, 2001: 20). A partir de esta
propuesta, la escala es considerada más como una expresión teórico-metodológica de
las interrelaciones de los procesos económico-espaciales que como una representación
proporcional de un recorte territorial. En este sentido, el estudio del proceso de confor-
mación e interrelación de las escalas proporciona mayor flexibilidad a las variadas for-
mas de interrelación que los territorios pueden tener en diferentes etapas del tiempo.6
En síntesis, el materialismo histórico geográfico presentó un cambio fundamental
en la explicación sobre la organización del mercado y el papel de los individuos en la
constitución de la vida económica. La incorporación del eje temporal permitió com-
prender la diversificación de las formas y las características que los mercados adquirie-
ron en los diversos momentos históricos. De esta manera se abrió un margen de re-
flexión sobre el papel político y cultural de los actores sociales, que la geografía econó-
mica crítica intentó desarrollar.
La geografía económica de los años ochenta y noventa (influida por la llegada del
posmodernismo a las ciencias sociales)7 se interesará en profundizar el estudio de la
espacialidad de las interacciones sociales que configuran y particularizan los territorios,
de tal manera que asume una actitud más abierta ante las demás disciplinas sociales y
en particular se involucra en el análisis de las implicaciones espaciales de conceptos
tales como embeddedness, capital social y redes sociales, entre otros (Thrift y Olds, 1996).
Así es como también se genera un interesante debate acerca del carácter cultural o eco-
nómico de la misma geografía económica (Thrift y Olds, 1996; Amin y Thrift, 2000;
Yeung, 2001; Martin y Sunley; 2001).
De esta forma, la geografía económica establece un estrecho diálogo con la sociolo-
gía de Mark Granovetter, quien no sólo continuó desarrollando la reflexión que Polanyi
había iniciado con relación a la vinculación de las formas de vida social y la organiza-
ción de la economía a través del concepto de embeddedness, sino que también recuperó
la tradición del constructivismo8 social que impulsaron dentro de la sociología del co-

5. En el contexto de la crisis económica mundial de los años setenta y ochenta, la geografía econó-
mica, a través del estudio de la división internacional del trabajo, consideró que el nivel local —en
relación con la escala global— podía proporcionar elementos para la comprensión de las variadas
formas de organización económica que los grupos sociales recreaban en sus territorios. De esta forma
se conformaron los locality studies o estudios de localidades.
6. Para una breve revisión de los debates sobre el tema de las escalas, véase Brenner (1998, 2001),
Howitt (1998), Marston (2000) y Paasi (2004).
7. Harvey (1998) analiza el posmodernismo como una lógica cultural del capitalismo tardío, en la
medida en que éste surge en el contexto de la crisis del fordismo y de la organización del sistema de
acumulación flexible en donde los mercados de trabajo, los productos y las formas de consumo se
vinculan de manera más compleja. Por otra parte, Ortega (2000) reconoce que la llegada del
posmodernismo implicó el cuestionamiento de las seguridades teóricas de la modernidad, así como
un mayor acento en lo local, lo individual, en la diferencia, aspecto que contribuyó a replantear el
discurso geográfico en las ciencias sociales.
8. Los antecedentes del constructivismo parten desde el idealismo de Kant y el neokantismo así
como desde su forma historicista con Vico y Hegel. Sus características principales se encuentran
definidas por algunos resultados de la psicología de la percepción, por la epistemología genética de

LOS GIROS DE LA GEOGRAFÍA HUMANA 127

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Rocío Rosales Ortega

nocimiento, Peter L. Berger y Thomas Luckmann con su obra clásica La construcción


social de la realidad. Así se llegó a afirmar que el estudio de la economía es una construc-
ción social (Swedberg, 1997). Esta veta de investigación que se desarrollará en la socio-
logía económica, y que la geografía económica compartirá, se apoya en un cambio epis-
temológico sobre la explicación del mercado, así como en un cambio ontológico sobre el
papel de los actores en la organización de la vida económica. A diferencia de la económi-
ca ortodoxa, la sociología económica argumentará que la actividad económica es una de
las diversas formas de acción social que realizan los individuos y, de esta forma, también
considera la existencia de múltiples racionalidades y motivaciones que dirigen el actuar
de los mismos.
En esta misma dirección, el trabajo de Arnaldo Bagnasco (1988), titulado El merca-
do como construcción social, finalmente termina de vincular las reflexiones sociológicas
con las expresiones territoriales que implicaron el estudio de los distritos industriales
italianos. En general, los trabajos desarrollados por sociólogos (Bagnasco y Triglia) y
economistas italianos (Beccatini, Garófoli), coinciden en la explicación de la experien-
cia de los distritos italianos a través de la particularidad de los elementos no-económi-
cos que se expresan en la estructuración de un territorio. De esta forma, los distritos
italianos, los sistemas productivos locales y los procesos de innovación se convierten en
el principal eje de investigación de la geografía económica desde una perspectiva multi-
disciplinaria en donde las formas de organización económica se analizan con base en
los cambios en las relaciones socio-territoriales.
La extensión del paradigma constructivista en las ciencias sociales y también
permeará la geografía económica: los mercados se explican así con base en la diversi-
dad histórico-cultural en la que se configuran. Se abandona la visión atomizada del
individuo y el espacio. La relación entre el individuo y el espacio comienza a ser
concebida como el producto de la construcción de formas de interacción socio-espa-
cial contextualizadas. El estudio de las formas en las que la acción económica se
estructura en cada territorio se convertirá en el tema central de la geografía económi-

Jean Piaget, de las ciencias cognitivas y la sociología del conocimiento representados por el programa
fuerte de David Bloor y Barry Barnes (Abbagnano y Fornero, 2008) así como el trabajo de Peter Berger
y Thomas Luckmann ([1968] 2001). La diversidad de fuentes que alimentan esta tradición ha dado
lugar a un continuo debate sobre el peso que debe darse a las percepciones generadas por los indivi-
duos, ya sea debido a la relevancia de los procesos cognitivos o a los marcos institucionales (marcos
materiales según Hacking, 2001) en donde se contextualizan las percepciones de los individuos. El
trabajo que desarrolla John R. Searle (1997), La construcción de la realidad social, parte precisamente
de analizar la forma como a través de la historia y la acción colectiva se definen instituciones que
enmarcan o circunscriben las percepciones y formas de actuar de los individuos. Searle argumenta en
contra de la idea de que todo es socialmente construido (lo que define como construccionismo univer-
sal) y establece la diferencia entre procesos que son ontológicamente subjetivos y los que se pueden
denominar epistemológicamente objetivos. Una de las más importantes críticas que se dirigen al
constructivismo consiste en el carácter relativista del conocimiento (Hughes y Sharrock, 1999, Hacking,
2001). En este sentido, para el realismo crítico de Bhaskar es necesario recuperar para las ciencias
sociales el análisis de la dirección de la causalidad en la explicación.
En gran medida, el auge del giro institucional y evolucionista en las ciencias sociales se encuentra
engarzado con los debates filosóficos del realismo crítico impulsado por Bhaskar, y que Geoffrey Hodgson
retoma, para continuar preguntándose sobre la dirección causal de los procesos sociales y por lo tanto
acerca de la relación entre las instituciones y los individuos que dirigen el cambio social. En la geografía
económica uno de los problemas de investigación clave consiste en comprender y explicar la interrelación
entre los procesos individuales y colectivos que generan aprendizaje e innovación.

128 LOS GIROS DE LA GEOGRAFÍA HUMANA

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Aprendizaje colectivo, redes sociales e instituciones: hacia una nueva geografía económica

ca y se desarrollarán las implicaciones espaciales del concepto embeddedness, capital


y redes sociales.
El concepto de embeddedness (usualmente traducido al español como incrustado o
insertado)9 que utiliza Polanyi surge en el contexto de explicación de la forma en que las
relaciones económicas se encuentran inmersas en un contexto histórico social como la
economía pre-capitalista. En el proceso de explicación de la forma en que la economía
capitalista parece convertirse en un sistema con reglas propias, el mismo Polanyi llega a
utilizar el concepto de disembedded, para referirse a la posibilidad de que el mercado y la
organización del trabajo, en el capitalismo, adquieren para generar sus propias reglas.
Así también, el concepto de capital social comienza a tomar un papel destacado en las
ciencias sociales por su potencialidad para abordar aspectos que no habían sido analiza-
dos durante el auge del positivismo en las ciencias sociales, tales como la confianza, las
normas de reciprocidad, la cooperación (acción complementaria orientada al logro de
objetivos compartidos de un emprendimiento común), las redes y las formas de participa-
ción civil, las reglas formales e informales o las instituciones (Ostrom, 2003: 155).
Este concepto de capital social fue previamente elaborado por Bourdieu (1997) y
Coleman (1990). Bourdieu fue quien primero identificó tres tipos de capital que los
actores sociales se esfuerzan por controlar y acumular, el capital económico, el capital
cultural y el capital social. Para este autor, el capital social puede entenderse como el
conjunto de redes sociales que un actor puede movilizar en provecho propio. El con-
cepto de capital social continúa generando múltiples debates en torno a su definición,
explicación y tratamiento metodológico. Gran parte de las diferencias en torno a su
definición parten del carácter más individual o bien más estructural, así como de las
dificultades para identificar las relaciones causales que lo generan (Herreros, 2002;
Ostrom, 2003). Parte del problema teórico y social que se expresa en la comprensión y
análisis del capital social se produce principalmente por la dificultad en encontrar un
equilibrio entre el mercado y la sociedad en el contexto de las sociedades capitalistas,
en donde su definición sustantiva se apoya en la desigualdad y por lo tanto en la com-
petencia por los recursos.
Por otra parte el análisis de las redes y los flujos en la geografía se ha convertido en un
camino metodológico imprescindible para comprender la unidad del mundo y la diversi-
dad de los lugares.10 El estudio de las redes sociales tiene diversos antecedentes y caminos
para la investigación geográfica. Por un lado, se encuentran las referencias al carácter
predominantemente material de las mismas, que se expresa por ejemplo en la organiza-
ción del transporte. Por otra parte, se encuentran las aproximaciones que destacan el
carácter virtual o intangible de las redes sociales (Johnston, Gregory y Smith, 2000: 480;
Santos, 2000). Tanto las redes materiales como las sociales son interdependientes y se
transforman en el tiempo y el espacio de acuerdo con el medio técnico-científico. De ma-
nera tal que las redes han transformado sus formas de expresión de un tiempo lento y un
espacio quizás más acotado, a un tiempo rápido y un espacio más extenso que se impulsa
bajo la globalización. En el proceso de configuración de las redes se combinan sus carac-
terísticas, demostrándose que puede generarse una gran heterogeneidad de interrelacio-

9. Para una revisión más detallada de las múltiples connotaciones que se le pueden dar a la palabra
embeddedness y, sobre todo, para las implicaciones teóricas del mismo, véase Gómez (2004).
10. Según Jacques Lévy, la mundialización debe considerarse una topogénesis, esto es, una fábrica
de lugares (Lévy, 2006).

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nes materiales (infraestructura, tecnología, productivas y comerciales) y sociales (viejos y


nuevos grupos sociales de pertenencia) que fomenten la conformación de la diversidad
espacial, que también es expresión de relaciones de poder.
Así también las redes pueden clasificarse como redes fuertes y redes débiles. Las
primeras son el resultado de una fuerte convivencia de larga duración en un mismo
lugar, que al mismo tiempo que favorece la comunicación y el logro de objetivos comu-
nes, dificulta la apertura y vinculación con otros grupos de interés. Según Granovetter
(1973), las redes débiles se pueden observar como una vinculación con otros grupos
sociales que proporcionan mayor fluidez y flexibilidad a las relaciones sociales.
Para el análisis espacial de las redes, los conceptos de horizontalidades y verticalida-
des han contribuido a una reflexión más detallada acerca de las interrelaciones que se
establecen entre los procesos de producción, los grupos sociales y los lugares. Las verti-
calidades dan cuenta de las formas jerárquicas de relación, de las formas de subordina-
ción y en ocasiones del sometimiento que se establece entre los procesos, los grupos y los
lugares distantes. En tanto que las horizontalidades se refieren a las relaciones de coope-
ración, cercanía y compatibilidad de formas de vida (Santos, 2000: 241). Además de la
estructura vertical u horizontal, las redes variarán según su composición, tamaño y
dispersión, las dos últimas con una fuerte expresión territorial.
Las redes territoriales pueden ser resultado de una integración regional que aprove-
che las ventajas de la proximidad física o bien redes asociativas que articulan territorios
dispersos. Al igual que las redes sociales, las redes territoriales favorecen la cooperación
entre los territorios en la medida en que sus interrelaciones se fortalecen dentro de un
contexto regional. Dentro de la perspectiva del análisis de redes, el territorio se define y
se reproduce como una red, o un conjunto de ellas, constituida por nodos —institucio-
nes, empresas, organizaciones— entre los que se registran flujos que definen determina-
das estructuras que evolucionan. En toda red existen variadas posiciones —competen-
cia y complementariedad— ocupadas por los diversos espacios contenidos en el territo-
rio (Semitiel y Noguera, 2003: 7). En gran parte, el estudio de las cadenas globales de
mercancías (Global Commodities Chains), de las cadenas de valor (Global Value Chains)
y de la gobernanza industrial, expresa las diversas conformaciones de redes producti-
vas, comerciales y sociales entre empresas globales y locales.

3. El giro institucional y evolucionista

El interés por el estudio de las instituciones tiene una amplia trayectoria de discusión en
la geografía económica. De hecho, es posible identificar tres principales vertientes. Una
de ellas es la teoría del regulacionismo francés, adoptada por la geografía económica
para estudiar los diferentes modos de regulación social que se producen en distintos
territorios (Jessop, 2001). Esta teoría parte del análisis de tres aspectos sustantivos de la
regulación de la actividad económica, a saber: a) el paradigma industrial, que significa
el predominio de las formas de organización del trabajo, b) el régimen de acumulación,
relacionado con la organización de la estructura macroeconómica, y c) el modo de regu-
lación que se refiere a las normas y reglas institucionales para articular el funcionamien-
to económico, social y político (Lipietz y Leborgne, 1990). Aunque la propuesta regula-
cionista no logró ofrecer un análisis detallado de las características y evolución de la
regulación socioeconómica más allá de las características del Estado, tuvo el mérito de

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Aprendizaje colectivo, redes sociales e instituciones: hacia una nueva geografía económica

incorporar el estudio de las instituciones como producto de la interrelación entre los


intereses económicos y los sociales, reconociendo así la diversidad de formas de articu-
lación territorial de los modos de regulación social (Martin, 2000).
Una segunda vertiente de análisis institucional se desarrolló con el reconocimiento
de la importancia de lo «socio-cultural» en la geografía económica. A partir del giro
cultural efectuado en la geografía y con los planteamientos de Thrift y Olds (1996) res-
pecto al proceso económico replanteado como un proceso socio-cultural, fue posible
reconocer que las instituciones son un aspecto central en la construcción de la econo-
mía. Así también, los estudios sobre los distritos industriales italianos dirigieron la aten-
ción al estudio del contexto socio-cultural para la comprensión de las formas de organi-
zación de la producción y del trabajo en distintos territorios.
Finalmente, una tercera vertiente sobre el estudio de las instituciones se ha produ-
cido en los últimos 20 años por la relación que la geografía económica ha desarrollado
con la economía y la sociología.11 De esta forma, encontramos que la economía institu-
cional, a diferencia de la economía neoclásica, ha desarrollado un gran interés por las
instituciones como un elemento clave en todos los niveles de funcionamiento de la eco-
nomía, desde la estructura y el funcionamiento de las empresas, hasta el funcionamien-
to de los mercados. Así también, el institucionalismo sociológico se nutre de la reinter-
pretación de la acción económica entendida como una acción social, y así estudia, me-
diante los aportes de Granovetter y Swedberg, las múltiples interrelaciones de las
instituciones sociales en la vida económica.
El institucionalismo sociológico con su estrecha relación con el constructivismo
social ya había sido incorporado en el estudio del espacio económico, según lo que
mencionamos anteriormente. De esta forma, su extensa discusión y utilización en el
análisis geográfico económico permitió encontrar nuevas y variadas críticas a la econo-
mía neoclásica.
Ante este conjunto de múltiples y variadas propuestas de análisis institucional, es
necesario reconocer que todavía hoy en día no contamos con una geografía económica
institucional y evolucionista completamente articulada. Por lo tanto, asumimos que es
necesario prestar mayor atención a las discusiones que se han producido sobre las insti-
tuciones para así comprender las diferencias epistemológicas, ontológicas y metodoló-
gicas sobre el concepto de institución. Según Jessop (2001), a partir del esclarecimiento
de los supuestos ontológicos y metodológicos que definen las instituciones es como se
puede evaluar el tipo de geografía económica-institucional que se está planteando.
En este sentido, encontramos que la economía institucional se puede diferenciar
entre un «viejo» y un «nuevo» institucionalismo. Esta diferencia se fundamenta en la
explicación que cada propuesta tiene sobre las instituciones. En el caso del «viejo insti-
tucionalismo», que se fundamenta en el trabajo de T.B. Veblen y que Hodgson recupera,
las instituciones se explican como sistema de reglas sociales que estructuran las interac-
ciones sociales y que se encuentran en continuo proceso de conformación (Hodgson,
2006). En cambio, el «nuevo» institucionalismo continúa basándose en el individualis-
mo metodológico que define una naturaleza humana dada, y por lo tanto estática, que

11. Otra vertiente de institucionalismo que se desarrolla desde la ciencia política también está
teniendo cierta presencia en la geografía económica. Desde la perspectiva desarrollada por la econo-
mía política espacial, también es necesario estudiar la organización institucional de la política así
como las relaciones de poder que se expresan en las instituciones económicas. Véase Martin (2000),
Amin (2001), Cumbers, McKinnon y McMaster (2003).

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precede a la existencia de instituciones sociales (Hodgson, 2007). En pocas palabras, el


neo-institucionalismo aborda el estudio de las instituciones como estructuras dadas di-
rigidas principalmente a disminuir los costos de transacción y aumentar la eficiencia
económica.12
Junto con la economía institucionalista se ha producido un importante desarrollo
de la economía evolucionista13 que comparte con el institucionalismo histórico evolu-
cionista (Martin, 2000) el interés por analizar y explicar la conformación y cambio de las
instituciones. Al proporcionar una mayor flexibilidad en la interrelación entre la estruc-
tura y la agencia, las formas de transformación institucional se han analizado de mane-
ra más compleja. Así se ha podido comprender que la evolución incremental no es la
única forma en la que el cambio institucional puede generarse. Al encontrar que algunas
instituciones persisten aun cuando ya no responden a las necesidades sociales y requisi-
tos de desarrollo económico, fue necesario teorizar las diversas formas o combinaciones
entre estructuras institucionales lentas y dependientes de su trayectoria histórico-eco-
nómica junto con las transformaciones coyunturales, que dan lugar a importantes cam-
bios en la trayectoria que se venía produciendo en un territorio.
En cuanto a las aportaciones del estudio de las instituciones, Jessop (2001: 1.216)
considera que este concepto expresa una destacada propuesta de reflexión de antino-
mias ontológicas que han caracterizado el análisis social durante varias décadas: a) la
relación entre la determinación estructural y la agencia, b) la relación entre el holismo y
el individualismo (la vinculación macro y microsocial); así como antinomias epistemoló-
gicas, tales como: a) la relación abstracto y concreto (por ejemplo, la explicación de los
procesos que caracterizan el capitalismo y sus formas particulares de expresión social),
b) la relación entre lo simple y lo complejo (acciones económicas simples y su vincula-
ción con procesos económicos complejos), c) los problemas de vinculación entre la des-
cripción empírica y la teoría, d) la diferencia entre las perspectivas ideográficas y las
nomotéticas; y finalmente los dilemas antinómicos metodológicos, tales como: a) las rela-
ciones anascópicas (de abajo arriba) y katascópicas (de arriba abajo), y b) el análisis de
las escalas mediante el estudio de la relación global-local.
Según lo anterior, la geografía económica institucional que se está formando tiene
varios ejes de discusión relevantes. En primera instancia, se interesa en el estudio del
papel de los diferentes tipos de instituciones en la definición del espacio económico y
para ello se apoya en los conceptos de ambiente institucional y arreglos institucionales. El
análisis del ambiente institucional se refiere tanto al sistema de convenciones informa-

12. Aunque Hodgson debate en varias ocasiones con el neo-institucionalismo, al mismo tiempo
menciona que existen varias ocasiones en las que el mismo North ha ampliado el concepto de institu-
ciones que definió inicialmente. A pesar de los posibles cambios elaborados por North, los principios
epistemológicos del análisis económico no se alejan lo suficiente de la escuela neoclásica.
13. La economía evolucionista a su vez tiene muy diversas líneas de interpretación, sin embargo
Hodgson (2007) propone prestar atención a los supuestos ontológicos de esas propuestas para de esta
forma comprender la manera en que los supuestos evolucionistas (relación entre la ontogénesis y la
filogénesis) han ido cambiando la explicación del ámbito social. El evolucionismo social de principios
del siglo XX explicó y justificó las diferencias entre los individuos con base en la estructura genética de
cada uno (ontogénesis) mientras que el evolucionismo que recupera Hodgson y al que a su vez deno-
mina «darwinismo generalizado» compagina las disponibilidades biológicas y el contexto social para
plantear las múltiples habilidades que pueden desarrollar las personas (filogénesis), de tal manera que
pueden crear y transformar hábitos, rutinas y reglas que, a su vez, pueden influir en la transformación
de las prácticas sociales que constituyen a las instituciones.

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Aprendizaje colectivo, redes sociales e instituciones: hacia una nueva geografía económica

les, costumbres, normas y rutinas sociales (consumos culturales, prácticas de trabajo


socializadas, etc.) como a las estructuras formales de reglas y regulaciones. El concepto
de arreglos institucionales se utiliza para denotar las formas particulares de organiza-
ción (tales como los mercados, las empresas, los sindicatos, etc.) que surgen como con-
secuencia del ambiente institucional. Es importante considerar que los arreglos institu-
cionales no sólo reproducen sino también pueden transformar el ambiente institucional
(Martin, 2001).
Un segundo aspecto a considerar en la conformación de la geografía económica
institucional es el énfasis en la evolución de la organización económico-territorial.
Las instituciones se caracterizan por ser dependientes de una trayectoria histórica y al
mismo tiempo que reproducen acuerdos sociales, también son susceptibles de promo-
ver sus cambios. Si la trayectoria histórica (path dependence) es importante en la confor-
mación de las instituciones, el lugar también juega un papel relevante. Esto significa que
las instituciones también son dependientes del lugar en el que se constituyeron (place
dependent). Junto a la reflexión de la evolución económico-territorial, el estudio de la
innovación (tecnológica y social) tiene un papel relevante, y de hecho es uno de los
temas más estudiados en la geografía económica actual.
Finalmente, tanto los procesos socio-culturales que funcionan en las diferentes es-
calas de la organización económica territorial, como la consideración de las formas de
regulación social y la gobernanza de las economías regionales y locales son aspectos que
la geografía económica institucional está estudiando. De manera tal que, para los geó-
grafos económicos institucionalistas, el panorama económico de un territorio se pro-
yecta mucho más allá que el mercado (Jessop, 2001).
Todavía son numerosos los temas con los que la geografía económica sigue contri-
buyendo al estudio de la interrelación entre el espacio económico y la configuración
institucional. Siguen elaborándose nuevas preguntas de investigación: por ejemplo, ¿cómo
se constituye y se transfiere el conocimiento tácito?, ¿cómo y por qué se producen inno-
vaciones sociales y tecnológicas en algunos territorios y no en otros?, ¿por qué y cómo
sobreviven instituciones y prácticas que no son favorables para el desarrollo económi-
co?, ¿de qué manera pueden transformarse trayectorias histórico-económicas que pro-
ducen un encierro de los territorios? Estas y muchas otras preguntas son las que contri-
buyen a articular los fundamentos del institucionalismo y evolucionismo geográfico.

4. Caminos de la geografía económica: empresarialidad y gobernanza industrial

Para el estudio de la acción económica como proceso contextualizado espacial y tempo-


ralmente, se ha requerido del desarrollo de nuevos temas de investigación en los cuales
la capacidad de los actores en relación con su entorno social genera importantes trans-
formaciones en la organización económica de los territorios. En este sentido, los con-
ceptos de empresarialidad y gobernanza industrial han profundizado en el estudio de la
forma en la que los actores reproducen su acción económico-social, dando lugar así a
diversas transformaciones territoriales.
El interés por el estudio de la empresarialidad se debe en gran medida a dos aspec-
tos: 1) al creciente debilitamiento de la noción del sujeto racional guiado por la relación
costo-beneficio, así como 2) al reconocimiento de la complejidad de motivaciones, razo-
nes y contextos que constituyen las decisiones y las formas de vida de los emprendedo-

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res (Vigo, 2004). En este sentido, las condiciones socio-económicas, las interacciones y
vinculaciones que se establecen cada día en un territorio se consideran elementos fun-
damentales para el desarrollo de las habilidades que conforman una personalidad em-
prendedora (Steyart y Katz, 2004).
Actualmente existen diversos enfoques para el estudio de la empresarialidad (Kan-
tis, 2002). Uno de ellos es el enfoque neoclásico, que insiste en prestar mayor atención a
la conducta individual y el desempeño en la toma de decisiones, mientras que por otra
parte se ha desarrollado un enfoque societal,14 en el que se brinda mayor atención al
estudio de las redes como herramientas metodológicas para reconstruir y analizar la
interrelación entre la acción individual, la acción colectiva y las instituciones, vinculán-
dose con la creación de capital social además del material (Chell, 2007; Cope et al.,
2007).15 Los conceptos de capital social y redes se convierten en importantes ejes de
análisis de las interrelaciones de la vida económica y social que recrean los emprendedo-
res. Si concebimos al capital social como el conjunto de redes sociales que un actor
puede movilizar (Bourdieu, 1985), el estudio de las características de las redes se con-
vierte en una de las herramientas metodológicas para comprender la forma en que el
emprendedor vincula sus habilidades y potencialidades individuales con el contexto eco-
nómico y social en el que se encuentra. En oposición a la concepción atomizada de los
individuos, el estudio de las redes proporciona una visión estructural de la acción indivi-
dual y en este sentido propone: a) analizar los actores y sus acciones de manera interde-
pendiente, b) las relaciones entre los actores permiten trasferencias materiales e inmate-
riales, c) los modelos elaborados mediante grafos estudian la estructura relacional de los
agentes entre condicionamientos y oportunidades, d) finalmente, muestra visiones rela-
cionadas de los procesos sociales, políticos y económicos (Simitiel y Noguera, 2004).
En interrelación con la constitución del capital social (que no necesariamente siem-
pre es positivo) previamente mencionamos que las redes pueden ser muy diversas (fuer-
tes, débiles, horizontales, verticales) así como también pueden cambiar en el tiempo. La
forma de acceso a las redes sociales también puede indicar el nivel de exclusión o inclu-
sión que las caracteriza y de la misma forma, constituir un capital social de carácter
excluyente o incluyente. Así también, la forma y la potencialidad de las redes sociales
podrán estar definidas por la etapa de desarrollo del emprendimiento y por la reputa-
ción del emprendedor (Cope et al., 2007). El territorio es el ámbito en donde se define y
reproduce una red social, de tal manera que revela su importancia a través de tres di-
mensiones: 1) las economías de aglomeración, 2) la confianza, y 3) los procesos de inno-
vación. Las economías de aglomeración consisten en el ahorro de costos en la actividad
económica debido a la cercanía entre las empresas. Este tema forma parte del estudio de

14. Bajo esta clasificación pueden ubicarse tanto el enfoque del estructuracionismo con base en el
trabajo de Giddens (Chell, 2007), así como las aportaciones de la sociología económica de Granovetter
y Swedberg, que recuperan la tradición del constructivismo social de Berger y Luckmann, en esta
subdisciplina.
15. El tema de la empresarialidad también está siendo estudiado desde el enfoque neo-
institucionalista que se desarrolla en la economía, en donde la acción empresarial está sujeta a la
normatividad que se expresa en instituciones. Desde la historia económico-social, la cultura se analiza
como elemento diferenciador de los significados y prácticas empresariales. Estas dos perspectivas,
con diferentes énfasis, se interesan por comprender y explicar, junto con la sociología económica, la
compleja interrelación que se produce entre los agentes y las estructuras sociales. El énfasis en el
elemento explicativo de esta relación marca sus diferencias.

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Aprendizaje colectivo, redes sociales e instituciones: hacia una nueva geografía económica

la economía espacial que posteriormente y desde la perspectiva de los distritos indus-


triales marshallianos o los sistemas productivos locales, ha sido profundizado a través
del estudio de la proximidad, no sólo como una cuestión meramente física sino también
socio-cultural.
Así, la empresarialidad se ha vinculado estrechamente con la capacidad de innovar.
De esta forma, el tema de la innovación, inicialmente impulsado por Schumpeter, como
también las transformaciones tecnológicas que generan la continua renovación del capi-
talismo, ha adquirido múltiples modificaciones al ampliarse a las formas de organiza-
ción social e individual vinculadas con los contextos territoriales que favorecen el desa-
rrollo territorial. En este sentido, la innovación se define como la capacidad de generar
e incorporar conocimientos y condiciona no solamente el dinamismo económico sino
también el territorial. De esta manera, Caravaca et al. (2005) desagregan el análisis de la
innovación de la siguiente forma: a) innovación empresarial, ya sea en el interior de
la empresa o también innovaciones de productos y gerencial, b) el proceso innovador
como transmisión de conocimientos codificados, susceptibles de intercambio en el mer-
cado, y c) la innovación más como un proceso colectivo que individual, en donde el
entorno juega un papel muy importante. La innovación parte de la difusión del conoci-
miento tácito que se transfiere a través de las relaciones interpersonales y no sólo en el
mercado, de tal manera que se caracteriza como innovación social.
Ante este panorama de enfoques, las explicaciones sobre la empresarialidad16 han
cambiado: de colocar la clave explicativa en conductas orientadas a un objetivo, se ha
pasado a considerarla como la habilidad para reconocer e instrumentar oportunidades,
la disponibilidad para crear organizaciones, la responsabilidad para llevar a cabo nue-
vas combinaciones de métodos, productos, insumos y mercados (el empresario innova-
dor de Schumpeter), así como la capacidad para afrontar la incertidumbre. Todas estas
cualidades han hecho comprender a los emprendedores como actores que generan in-
novaciones y cambios, no solamente en el mundo económico sino también en el social
(Winn, 2005; Chell, 2007).
Por otra parte, y siempre teniendo presente la articulación de las características
locales con el contexto global, la geografía económica también se involucró en el estudio
de las interrelación entre los recursos locales y globales por medio de la integración de
redes globales de producción y/o comercialización (Helmsing, 2002; Justo, 2004; Bosch-
ma, 2005; Giuliani, Petrobelli y Rabellotti, 2004). En este sentido, desde la economía, la
sociología y la geografía se han desarrollado los conceptos de cadenas globales de mer-
cancías17 (Global Commodities Chain), cadenas globales de valor y gobernanza indus-
trial, para mostrar las múltiples formas de articulación entre los elementos locales y
globales que definen y diferencian la organización económico-social de los territorios,
así como los mecanismos de coordinación globales de las diversas actividades de una
industria o sector específico (Gereffi, Humphrey y Sturgeon, 2005; Sturgeon, 2008).
El concepto de CGM tiene sus orígenes en los aportes que Hopkins y Wallerstein
elaboraron sobre el estudio de los sistemas de producción globales, para analizar los

16. De hecho, el cambio de enfoques de análisis se refleja en el cambio de conceptos. Tradicional-


mente se define al empresario como el creador de nuevas organizaciones, en cambio, el concepto de
empresarialidad quiere añadir la posibilidad de creación de organizaciones dentro de organizaciones ya
existentes, en donde lo primordial es el reconocimiento de nuevas posibilidades, escenarios u oportuni-
dades, instrumentación y gestión de las mismas. Véase Winn (2005) y Shane y Venkataraman (2000).
17. De aquí en adelante CGM.

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Rocío Rosales Ortega

flujos de bienes y servicios que se presentaban en una escala global (Sturgeon, 2008).
Posteriormente, Gereffi (2001) complementó los aportes de estos autores para definir
las CGM como redes globales de producción coordinadas por una empresa líder, que
articulan múltiples escalas territoriales en la integración de las actividades complemen-
tarias de producción en torno a una industria o sector específico (Sturgeon, 2008: 6).
Este concepto manifiesta, principalmente, que las cadenas globales de producción son
desarrolladas y coordinadas por grandes empresas multinacionales, que buscan aprove-
char las ventajas y capacidades técnico-productivas localizadas en los sistemas produc-
tivos locales, por medio de la articulación funcional de estos sistemas.
En esta línea de argumentación, Gereffi (2001) propuso dos categorías de análisis
para entender las formas de coordinación y organización de las CGM. Por un lado,
propuso las CGM dirigidas por el productor, en donde las redes globales de producción
son coordinadas por empresas intensivas en tecnología (como empresas de fabrica-
ción de componentes automovilísticos y maquinaria pesada), que controlan todos los
eslabones de la red mediante la externalización de sus actividades productivas. Por otro
lado, se encuentran las CGM dirigidas por los compradores, que consisten en redes
productivas globales coordinadas y articuladas por empresas de diseño y/o comerciali-
zación que establecen redes de descentralización productiva y territorial en los países
subdesarrollados (Gereffi, Humprhey y Sturgeon, 2005; Gereffi, 2001).
Desde esta perspectiva, las CGM se caracterizan por una relación vertical con res-
pecto a las empresas locales establecida a través de la subcontratación que ejercen las
primeras sobre las segundas. Esa relación vertical es lo que les permite externalizar sus
operaciones y así obtener formas flexibles de producción, que les permitan reducir
sus costos de operación y adaptarse de una mejor forma a los constantes cambios del
mercado (Sturgeon, 2008; Helmsing, 1999).
A pesar de que el enfoque de las CGM expresa una forma de articulación entre redes
globales y redes locales mediante una relación de gobernanza, casi siempre se concentra
en el estudio de las redes verticales. No se profundiza en el análisis de los intercambios
tecnológicos y los procesos de involucramiento de las empresas de los eslabones más
bajos de la red, que pueden producir muy variadas formas de articulación. Desde esta
perspectiva, la inserción de las empresas locales en las redes globales de producción se
presenta de forma pasiva, dando la impresión de que no movilizan sus recursos territo-
riales en la formación de las ventajas competitivas de la red, sino más bien se integran a
la misma a través de mecanismos de innovación y producción impuestos por las empre-
sas líderes (Gereffi, Humphrey y Sturgeon, 2005; Sturgeon, 2008; Giuliani, Petrobelli y
Rabellotti, 2004; Justo, 2004).
A partir de las limitaciones del concepto de CGM, Gereffi, Humphrey y Sturgeon
(2005), desarrollaron el concepto de cadenas globales de valor (CGV) con el fin de mos-
trar las múltiples formas de coordinación que se construyen en los contextos territoria-
les que articulan las cadenas globales de producción. Este concepto reconoce la horizon-
talidad de las redes globales de producción, que es producto de una participación más
activa de las empresas de todos los eslabones de la red no sólo en términos de gobernan-
za, sino también en cuanto a la transferencia y codificación del conocimiento que fluye
por la misma. Las CGM y las CGV son diferentes ya que en las primeras la transmisión
del conocimiento se presenta casi siempre en una sola dirección, de la empresa líder al
resto de la cadena. En las segundas, si bien se acepta que existe una empresa líder que
coordina la organización y transferencia del conocimiento, existe el reconocimiento de

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Aprendizaje colectivo, redes sociales e instituciones: hacia una nueva geografía económica

que en cualquier eslabón de la cadena productiva puede desarrollarse un conocimiento


específico valioso para la elaboración del producto final (Sturgeon, 2008; Gereffi, Hum-
phrey y Sturgeon, 2005).
Los teóricos de las CGV proponen diversas formas de abordar las relaciones de
coordinación y gobernanza en las redes globales de producción. En primer lugar, hacen
referencia a las relaciones de jerarquía por medio de las cuales las empresas líderes de la
red dominan la organización de la misma, proporcionando a los proveedores de la red
instrucciones detalladas y específicas sobre los procesos de producción. La segunda
forma de coordinación que proponen es la gobernanza relacional, mediante la cual las
empresas líderes mantienen relaciones de reciprocidad organizacional con los provee-
dores de la red. Por último, proponen las relaciones de conocimiento entre las empresas
líderes y los proveedores, para analizar los intercambios de conocimiento codificado
dentro de la red (Gereffi, Humphrey y Sturgeon, 2005; Sturgeon, 2008).
En esta línea de argumentación, el concepto de CGV pone un gran énfasis en la
articulación y complementariedad de los elementos locales y globales que definen los
procesos de aprendizaje colectivo en las cadenas globales de producción. Desde esta
perspectiva, el conocimiento que circula por las cadenas globales de producción se
produce tanto por la transferencia del conocimiento global (descontextualizado) que
las empresas líderes transfieren a la red, así como por la asimilación, codificación y
procesamiento que realizan los actores de los sistemas de producción locales integra-
dos en las mismas. Esto da lugar al surgimiento de un conocimiento territorialmente
contextualizado que define el valor agregado de la cadena global de producción (Jus-
to, 2004; Sturgeon, 2008; Gibbon, 2000; Giuliani, Petrobelli y Rabellotti, 2004; Bosch-
ma, 2005).
Por consiguiente, el concepto de gobernanza industrial18 se refiere a las formas de
regulación o coordinación socioterritorial distintas al Estado, que dan lugar a la for-
mación de relaciones interempresariales. A su turno, estas últimas posibilitan la inser-
ción de los sistemas de producción locales en las CGV. En gran medida la GI se intere-
sa por el estudio de los procesos de gobernanza que desarrollan las grandes empresas
dentro de los sistemas productivos locales, que promueven las creación de modos de
cooperación entre las pequeñas empresas locales, que les permiten la creación y utili-
zación de los recursos territoriales locales a fin de insertarse en redes amplias de pro-
ducción y comercialización (Benko, 2006; Pérez, 2004). Así, estas redes empresariales
se convierten en mecanismos de gobernabilidad por medio de los cuales las empresas
grandes desarrollan mecanismos de control, sistemas de reglas, procedimientos y nor-
mas de coordinación y asignación de recursos e información para las empresas de
menor tamaño (Humphrey y Schmitz, 2001).
De esta forma, los conceptos de CGM, CGV y GI permiten entender la articula-
ción socio-productiva de los sistemas productivos locales en la globalización. Sin em-
bargo, los dos últimos conceptos son los que expresan con mayor riqueza la compleji-
dad que caracteriza las múltiples formas de inserción de estos sistemas dentro del
contexto de la globalización, en donde las particularidades territoriales adquieren mayor
relevancia.

18. De aquí en adelante GI.

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Rocío Rosales Ortega

5. A manera de conclusión

En comparación con las preguntas de investigación y análisis de la realidad de la


geografía económica analítica de los años cincuenta del siglo pasado, la geografía eco-
nómica institucionalista y evolucionista ya no sólo se interesa por reconocer patrones
de localización e intentar comprender la «racionalidad» que guía la decisión de la
localización. Aun cuando el tema de la aglomeración de las actividades económicas
sigue estudiándose, ya no es suficiente explicarla como una relación tautológica. En la
búsqueda de nuevas explicaciones, las relaciones socio-territoriales están adquiriendo
mayor relevancia.
Desde finales del siglo XX, la geografía económica se interesa por comprender la
complejidad de los procesos que articulan la vida económico-social desde una perspec-
tiva definitivamente más interdisciplinaria. El giro epistemológico y ontológico experi-
mentado en las ciencias sociales con respecto al estudio del mercado y de los actores
sociales, ha contribuido a la reconstrucción de una geografía económica que ha podido
revalorar el papel del espacio en la constitución del mundo económico-social. De esta
forma, los conceptos de redes, aprendizaje colectivo e instituciones han adquirido ma-
yor presencia en la medida en que son conceptos que se recrean en los debates interdis-
ciplinarios que configuran el estudio actual de la relación entre el territorio, la economía
y la sociedad. Ejemplo de lo anterior es el estudio de la empresarialidad, entendida
como la capacidad de iniciativa que desarrollan los actores sociales en todos los ámbitos
de la vida social y particularmente en el mundo económico. Por su parte, el concepto de
gobernanza industrial expresa la confluencia entre el concepto de redes sociales y esca-
las que expresan la multidireccionalidad de las relaciones socio-espaciales, que estudia
la geografía humana.
En este sentido, el giro espacial que se expresa en la geografía económica contem-
poránea, a través del concepto de espacio como construcción social, funciona como eje
articulador entre las diversas perspectivas disciplinarias que se interesan por estudiar
los procesos económicos, al contextualizar histórica y socialmente las características del
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LA GEOGRAFÍA HISTÓRICA Y LAS NUEVAS
TENDENCIAS EN LA GEOGRAFÍA HUMANA*

Pedro Sunyer Martín


Universidad Autónoma Metropolitana, Iztapalapa, México

En 1983 fue publicado el artículo «Historical Geography in Britain, 1920-1980: Conti-


nuity and Change», del geógrafo Henry Clifford Darby, en la prestigiosa revista británica
Transactions of the Institute of British Geographers. En ese trabajo se hacía un recuento
de lo que había sido la geografía histórica en Inglaterra desde el inicio de sus estudios en
1925 —junto a personalidades como Bernard L. Manning—1 hasta 1980. Con este texto
trataba sin duda de justificar su trayectoria intelectual y arremeter con lo que considera-
ba una moda pasajera, es decir, la revolución cuantitativa en geografía. Un cambio que,
como aseguraba, había sorprendido a muchos por cuanto no había ocurrido de forma
prevista desde el interior de la disciplina sino que había procedido del exterior, ligado al
desarrollo tecnológico de esos años.2 Asimismo, daba cuenta de algunas de las tenden-
cias que se avizoraban en el horizonte de la geografía a partir de la irrupción, a finales de
1960 y principios de 1970, de nuevas corrientes filosóficas e ideológicas, y de la recupe-
ración de otras ya existentes. Entre ellas menciona los estudios sobre el comportamien-
to (behaviourism), la fenomenología, el existencialismo, la hermenéutica, el marxismo,
el humanismo y el radicalismo, reflejos de los cambios que se venían sucediendo en el
mundo y de la creciente influencia de las ciencias sociales tanto en el mundo académico
como en la sociedad (Darby, 1983).
Hablar de Henry Clifford Darby (1909-1992) es tratar con la personalidad que do-
minó el panorama de la geografía histórica británica3 entre 1930 y 1970. La obra que

* Agradezco a los coordinadores de la obra, en particular a la Dra. Alicia Lindón, los comentarios
críticos realizados al texto original, que han ayudado a hacer más comprensible lo desarrollado en este
capítulo. [N. del autor.]
1. Bernard L. Manning ganó la cátedra de Geografía en la Universidad de Cambridge en 1921.
Posteriormente, en 1934 abandonó esta enseñanza para dedicarse a la historia de las religiones. Fue esa
cátedra la que permitió a Darby acceder a la universidad (Darby, 1983). En relación con Henry Clifford
Darby pueden leerse en el Journal of Historical Geography diversos artículos dedicados a su persona. En
particular el volumen 15 (1), enero de 1989, debidos a D.W. Meinig, R. Butlin y R. Lawton. Tras su
deceso, Hugh C. Prince le dedicó un artículo en el número de octubre de 1992 de la misma revista.
2. Una opinión semejante plantea Spate (1989).
3. Sobre los principales autores de la geografía histórica británica véase Phillips y Unwin (1985).

LOS GIROS DE LA GEOGRAFÍA HUMANA 143

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Pedro Sunyer Martín

podría calificarse como su proyecto de vida, Domesday England (1952-1977), de 7 vols.,


ha sido emblemática sobre todo para el tipo de geografía histórica que se ha practicado
durante medio siglo en el mundo anglosajón, en el período en el que este autor fue la
figura indiscutible.4
«Historical Geography in Britain, 1920-1980» (Darby, 1983) puede ser un buen
punto de partida para iniciar la reflexión sobre los cambios teóricos y metodológicos
que se han venido experimentando desde 1970 hasta la actualidad en el campo de la
geografía histórica. Muchos de estos cambios han sido paralelos a los «giros» (turn en
inglés, tournant, en francés) habidos en el conjunto de la geografía, en particular en la
geografía humana, que ya han sido suficientemente abordados a lo largo de los capítu-
los de esta obra, al tiempo que otros están relacionados con el cada vez mayor interés
que otras disciplinas de las ciencias sociales han mostrado también en estos últimos
40 años por los aspectos histórico-territoriales y espaciales de sus respectivos campos
de conocimiento.
Una de las cosas que me planteé era si estos «giros» se habían hecho explícitos
como tales en los artículos de geografía histórica. En realidad se encuentran pocas alu-
siones y, de ellas, menos aun son las que hacen uso de este término. Más bien se utiliza el
término «revolución», «movimiento», en el caso del movimiento cuantitativo de los años
setenta y ochenta y del behaviourism (behavioural revolution, Downs, 1970), o «movi-
miento» para el caso de la fenomenología (Billinge, 1977; Gregory, 1991, habla también
del «giro» geométrico). La palabra «giro» se emplea en relación con los aspectos cultura-
les («giro cultural», Pickles, 1999) y espaciales («giro espacial», Pickles, 1999; Unwin,
2000), pero también se utiliza en este sentido el término approach. En consonancia con
una afirmación de W. Norton (1991 [1984]: 57) con respecto a la escasa reflexión teórica
en geografía histórica, parecería que el investigador en esta área subdisciplinaria —salvo
en un principio, tras el «desencanto» neopositivista,5 en el que parecía urgir darle un
nuevo sentido a la existencia de la geografía histórica como especialidad— ha tendido a
aprovechar los debates que se planteaban para el conjunto de la geografía humana y
aplicarlos en sus estudios geográfico-históricos.
Ha sido por estas últimas razones que me ha resultado importante dedicar un espa-
cio a lo acontecido con la revolución cuantitativa en la geografía histórica, pues fue un
momento clave que abrió este campo a la reflexión sobre lo hasta ese momento realiza-
do, y se plantearon nuevas perspectivas a futuro para esta subdisciplina.
Antes de iniciar, conviene hacer una serie de aclaraciones sobre la perspectiva pro-
puesta, los alcances de este artículo y sus limitaciones. La primera de ellas proviene de
mi propia formación. Soy consciente de la honda influencia de la geografía francesa en
la geografía española y, sobre todo, catalana, amparada en el pensamiento regionalista y
posibilista de Vidal de la Blache. En este contexto, la historia ha sido muy importante en
los análisis geográficos, y la idea de que toda geografía era indiscutiblemente geografía
histórica, y que así debía ser, expuesta por algunos autores (entre ellos Whittlesey, 1945;
Darby, 1983; Driver, 1988; y más recientemente en español por Perla Zusman, 2006) se
aplicaba en su integridad. No obstante, la geografía histórica tal como se ha entendido
en el ámbito anglosajón ha permitido reflexionar sobre lo que se empezó a denominar la

4. Domesday guarda relación con los estados de cuenta que el señor exigía puntualmente a sus
vasallos, un tema que empezó a desarrollar desde 1940, con la obra Draining of the Fens (Wynn, 2003).
5. Utilizo la expresión empleada por Norton (1991 [1984]: 66).

144 LOS GIROS DE LA GEOGRAFÍA HUMANA

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La geografía histórica y las nuevas tendencias en la geografía humana

cuarta dimensión de la geografía,6 esto es, convertir el tiempo en la dimensión funda-


mental en el estudio de los procesos de configuración de territorios y regiones, en el
diseño de la concepción del espacio y su apropiación por parte de los grupos humanos,
entre otros temas.
Otra limitación de este texto proviene de las fuentes empleadas. Un repaso históri-
co de la teoría tal como el que se propone en este artículo debiera tratar de abrazar las
diferentes escuelas existentes, revisar y analizar los diversos temas, enfoques teóricos y
metodológicos que se están proponiendo. Sin embargo, las características del propio
objeto de la geografía histórica, el volumen de artículos publicados en estos últimos 40
años, desde 1970 hasta la actualidad, así como el número de publicaciones que acogen
temas geográfico-históricos, requerirían de un proyecto de investigación de mayor en-
vergadura que debiera abordarse desde la historia de la ciencia y de las ideas, y tam-
bién desde la sociología de la ciencia, lo cual superaría lo que se aspira desarrollar y
plantear en este texto. Es por estos motivos, principalmente, que me ha resultado perti-
nente ceñirme a las líneas desarrolladas en las escuelas británica y estadounidense de
geografía histórica, si bien no he dejado de considerar otras tan relevantes como la
francesa, que ha tenido particular incidencia en el desarrollo de esta subdisciplina en los
países latinoamericanos, como es el caso de México.7
El hecho de centrarme en las dos primeras, la británica y estadounidense, res-
ponde a razones teóricas y logísticas. Entre las primeras, está la circunstancia de que
en ellas se han hecho las críticas más acérrimas al desarrollo de la geografía histórica
clásica, y es en donde se han dado las aportaciones más emblemáticas en este campo.
En este sentido, coincido con otros autores que así lo han expresado (Baker, 1994:
75). Desde el punto de vista logístico, he podido acceder cómodamente a publicacio-
nes del ámbito anglosajón. Así títulos como Progress in Human Geography, Area, Trans-
actions of the Institute of British Geographers han recogido desde los años sesenta los
debates y las propuestas más interesantes acerca de las líneas de desarrollo de la
geografía histórica. Ha sido de fundamental importancia la consulta del Journal of
Historical Geography (1975), de obligatoria revisión para quien se dedique a esta área
del conocimiento.
El uso del término «escuela» para referirme a ámbitos geográfico-históricos nacio-
nales podría dar lugar a equívocos. Si bien es cierto que parecen existir unas caracterís-
ticas propias que han definido la geografía histórica de Estados Unidos y Canadá con
respecto a la que se practica en los países europeos, principalmente en Reino Unido y
Francia (Dennis, 1991: 266-267 y 280), a su vez, estas últimas presentan diferencias
entre sí, y también con la que se practica en Alemania y los países de la Europa oriental.

6. El término «cuarta dimensión» aplicado a la geografía procede muy posiblemente del texto de
Hartshorne (1939: 351 [175]). En el cap. VI dedicado a las relaciones de la historia y la geografía dice:
«The fact that an illustration of this relation requires a four-dimensional space reflects the extrarodinary
difficulty of producing a reasonable synthesis of the two points of view» (geográfico e histórico).
[Cursivas P.S.M.]
7. Respecto a la geografía histórica del mundo anglosajón, cabe subrayar los siguientes textos:
Prince (1971), Darby (1983), Dennis (1991), Baker (1994), Butlin (1993), entre otros publicados en el
Journal of Historical Geography. Con respecto al desarrollo de la geografía histórica francesa se pueden
destacar: Prince (1958), Baker (1980), Claval (1984), Ozouf-Marignier (1995), Clout (2009), así como el
número especial de la revista Hérodote (n.º 74/75, julio-diciembre, 1994) dedicado a la geografía histó-
rica en el que, entre otros, sobresale un artículo de Jean-Robert Pitte dedicado al desarrollo de la
geografía histórica francesa, básicamente centrado en la figura de Roger Dion.

LOS GIROS DE LA GEOGRAFÍA HUMANA 145

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Pedro Sunyer Martín

Mientras tanto, en la geografía histórica de los países mediterráneos, la influencia de la


geografía francesa ha sido considerable. En países como Japón (Kinda, 1997), la India y
otros de la Commonwealth ha tenido mucha influencia la geografía británica. También
dentro de cada ámbito nacional hay diferencias entre perspectivas y temas (Dennis,
1991; Butlin, 1993: ix-x). En definitiva, las características sociopolíticas de cada entorno
nacional y las afinidades culturales, condicionan el florecimiento de ciertas perspectivas
e intereses temáticos de unos países con respecto a otros.
Para finalizar este apartado introductorio, no está de más volver a reivindicar el papel
de la dimensión histórica en una época de cambios sobrecogedores tanto por la escala
espacial de afectación como por la velocidad a la que se están sucediendo. Momentos
como el presente —que se debate entre la veneración por lo tradicional y la de los tiempos
pasados; en el que estamos repensando el sentido del concepto de patrimonio histórico y
sobre lo que se quiere conservar y lo que conviene eliminar; en el que también algunos se
inclinan por el más completo rechazo de lo pasado en aras de una supuesta exaltación de
la modernidad (como viene sucediendo desde hace, como mínimo, 150 años)— resulta
conveniente reflexionar sobre los procesos históricos que han conducido a la configura-
ción del mundo presente de una forma integral. Es ahí donde la geografía histórica tiene
hoy un importante cometido, al incorporar más actores y lugares en la comprensión de
este mundo en el que vivimos. Aunque, al mismo tiempo, la geografía histórica que asume
estos desafíos deba replantearse, transformarse, en numerosos aspectos.

De la revolución cuantitativa

En la historia de la ciencia y de las ideas la impronta de la obra de Thomas S. Kuhn


(1962) sentó un precedente fundamental en la comprensión de la evolución de las ideas
científicas. Fue una obra rupturista con los enfoques tradicionales (historicistas, conti-
nuistas y marxistas), con antecedentes en la del germano-polaco Ludwick Fleck (1935),
de quien Kuhn incorpora algunas interpretaciones. Coincide, junto con otros autores
como N.R. Hanson (1958), en una interpretación no continuista del desarrollo científi-
co, por la cual períodos relativamente estables de lo que él denominaba «ciencia nor-
mal» se veían súbitamente sacudidos, a veces violentamente, por etapas revolucionarias
que conllevaban el cambio del paradigma dominante. Posteriormente, Kuhn matizó la
radicalidad de sus ideas y aceptó la convivencia de las grandes revoluciones con «micro-
rrevoluciones», reconociendo con ello que los cambios en la ciencia se suceden de forma
cuasi continua (Sunyer, 1997).
Algo así pareció acontecer con la revolución cuantitativa en geografía, y en particu-
lar en el ámbito de la geografía histórica. La forma de hacer la geografía histórica se
fundaba en un profundo trabajo de archivo y representación cartográfica de los datos;
con un extraordinario peso en la descripción geográfica, dentro de la cual adquiría rele-
vancia prácticamente un único método, conocido como cross-sections.8 La dificultad,
cuando no la imposibilidad, de esta geografía histórica para realizar generalizaciones de
las que pudieran resultar teorías y leyes de carácter generalizable, condujo a que se
cuestionara la geografía tradicional.

8. Una buena definición de cross section se puede encontrar en Clark (1962). Puede verse también
Berry (1964).

146 LOS GIROS DE LA GEOGRAFÍA HUMANA

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La geografía histórica y las nuevas tendencias en la geografía humana

Paul Claval —quien ha valorado positivamente los enfoques clásicos de la geografía


histórica— nos da una pista en referencia a las reconstrucciones históricas del tipo de
las realizadas por Darby en Domesday Book. En este sentido, señaló: «su interés está
fuera de toda duda: son valiosísimos tanto para el geógrafo como para el historiador, y
satisfacen a ambos por el rigor con que fueron llevados [...] sin embargo, nada funda-
mentalmente nuevo han aportado a la geografía, ni tampoco han renovado sus métodos
ni sus conceptos. Establecer las características de un país o de una región en una fecha
determinada, es describir la geografía tal como se ofrecía a los contemporáneos; la des-
cripción no tiene perspectiva temporal, no tiene duración»9 (Claval, 1974: 88).
A todo esto se pueden añadir algunos juicios negativos como los expuestos por
Prince (1971), Baker (1969) y Baker et al. (1971) y, años más tarde, también por Norton
(1984), entre otros, acerca de la aceptación acrítica de los datos de archivo, del carácter
primario de su tratamiento y la carencia de autocrítica hacia la propia labor desarrolla-
da. Finalmente, no parece de más señalar algo que puede ayudar a entender la acritud
hacia esa forma tradicional de ejercer la geografía histórica. Se trata del que podría
caracterizarse como férreo dominio de una forma de hacer la disciplina que llevó a la
irrupción de las nuevas generaciones y a su mordaz crítica.10 Parecía claramente que se
estaba viviendo una revolución científica en el ámbito de la geografía de la mano de los
nuevos enfoques teoréticos, que permitiría acabar con los interrogantes que dudaban de
la cientificidad de la geografía.
La revolución cuantitativa, como es sabido, era consecuencia de varias aportacio-
nes que coincidieron a mediados del decenio de 1950 y que tuvieron uno de sus mayores
exponentes a principios de los años sesenta con la obra de William Bunge, Theoretical
Geography (1962).11 En geografía se suele destacar como momento clave en ese cambio
de paradigma el debate planteado entre Alfred Schaefer y Richard Hartshorne con res-
pecto a la supuesta excepcionalidad de la geografía.12 Por un lado, coincidieron los avan-
ces tecnológicos en los sistemas de cómputo, que facilitaban el tratamiento de grandes
volúmenes de datos, con el mayor desarrollo de la estadística, de los modelos matemáti-
cos y de los razonamientos lógicos que iban a permitir apostar por una geografía capaz
de generar leyes, «las que gobiernan la distribución espacial de ciertas características en
la superficie terrestre, es decir, las que hacen referencia a la organización espacial»,

9. Darby, en un artículo publicado en 1962, dio una larga explicación en defensa de la descripción
geográfica como método genuinamente geográfico (Darby, 1962). Allí apuntaba algunas de las líneas
de desarrollo de la disciplina que estaban empezando a adquirir fortaleza.
10. En Gran Bretaña, la geografía histórica estaba dominada principalmente por Henry C. Darby;
en Francia era Roger Dion quien mantenía su cátedra de geografía histórica en el Collège de France
(Pitte, 1994); en Estados Unidos, durante muchos años era la escuela de Berkeley, con Carl Sauer al
frente, el principal foco de geografía histórica; finalmente, en Canadá destaca Andrew H. Clark. Sobre
las personalidades dominantes en la escuela británica de geografía histórica, puede leerse Phillips y
Unwin (1985).
11. Sobre la obra de Bunge, puede revisarse K.R. Cox (2001).
12. Respecto a este debate entre los dos geógrafos norteamericanos destaca la crítica de Schaefer a
Hartshorne (Schaefer, 1971 [1953]) y la réplica en varios escritos de Hartshorne (1955 y 1958). Desafor-
tunadamente, el propio Schaefer nunca logró rebatir la réplica de Hartshorne, más allá de lo expuesto en
1953, pues murió poco antes de ver publicado incluso ese artículo. Sobre ese debate puede leerse tam-
bién Capel (1971). Según Leonard Guelke (1975) no había tanta diferencia entre lo defendido por
Hartshorne en The Nature of Geography y lo propuesto por Schaefer; máxime cuando, como destacaba
Guelke, muchos de los discípulos de Hartshorne fueron paladines de las técnicas cuantitativas.

LOS GIROS DE LA GEOGRAFÍA HUMANA 147

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Pedro Sunyer Martín

como expresara Capel (1971), y que debían de preceder a la realidad. Estas leyes eran
resultado de la aplicación del método deductivo, lo cual suponía un giro copernicano en
los métodos geográficos. Se trataban de superar así varios problemas de la geografía y
sus métodos tradicionales, el primero de los cuales era la subjetividad de la descripción
geográfica y la exposición verbalizada, y el segundo, sustituir el estatus de «único» de las
regiones geográficas, por el de «individualidad» (Schaefer, 1953). La región pasaría a ser
un laboratorio donde se comprobarían la factibilidad de los modelos conseguidos.
En el artículo ya mencionado de Darby, el autor se preguntaba sobre la verdadera
aportación de la revolución cuantitativa en lo teórico y lo metodológico a lo ya hecho en la
geografía histórica hasta entonces (Darby, 1983: 425). A esta pregunta ya habían tratado
de responder otros autores previamente, como Leonard Guelke. Para este autor, la aporta-
ción intelectual de la geografía positivista era mínima, sobre todo si se comparaba con sus
contribuciones técnicas y metodológicas. Contrariamente, la geografía tradicional y más
la geografía histórica, tuvieron que justificar intelectualmente su trabajo y existencia ante
las críticas planteadas por la denominada nueva geografía (Guelke, 1975: 136).
Darby, en ese escrito, concluía que fue básicamente la aparición de los ordenadores
lo que permitió unas posibilidades en el tratamiento de datos hasta ese momento inima-
ginables, tanto por el volumen como por la capacidad de relacionar estadísticamente
numerosos datos entre sí. Aunque, en realidad, continúa, su aportación no había ido
más allá de ese nivel técnico. Esta cuestión se volvió a plantear años más tarde en rela-
ción con los sistemas de información geográfica en su aplicación a la geografía histórica
(Holdsworth, 2002: 671, 2003: 486). De alguna manera, este geógrafo quiso hacer hinca-
pié en que el novedoso enfoque neopositivista había sido menos revolucionario de lo que
en un principio cabía esperar. Finalmente, señalaba, no hubo la temida fractura, al me-
nos, dentro de los estudios de geografía histórica:

Puede no significar una ruptura con el pasado, sino más bien una evolución desde él. A
menudo se ha dicho que nada en el pasado suele parecer lo mismo para una generación que
para otra, pero eso no significa que la nueva visión borre el pasado [Darby, 1983: 426].13

No había habido para Darby un cambio de paradigma, contrariamente a lo que había


expresado Alan R.H. Baker años antes (1972), un investigador al que volveremos reitera-
damente en este escrito, y sin embargo, como recordaba Darby (1983) remedando una de
las sentencias del artículo de S. Gregory (1976: 388) en su evaluación del impacto de la
revolución cuantitativa en geografía,14 «la geografía nunca más volvería a ser la misma».

13. «It may mean not a fracture with the past but an evolution from it. It has often been said that
nothing in the past looks the same to one generation to another, but this does not mean that a new view
obliterates the past» (Darby, 1983: 426). Algunos autores opinan que, precisamente, la geografía histó-
rica tradicional era «positivista y empírica», que sus practicantes creían que sus fuentes eran «objeti-
vas y neutras» y que, a fin de cuentas, muchos de ellos rápidamente abrazaron «las técnicas
computacionales y estadísticas» para sus estudios y conclusiones, por lo que la oposición real al
cuantitativismo no era comprensible (Dennis, 1991: 267).
14. Aunque la frase se refiere a otro contexto. En concreto a la formación de un eje de colaboración
entre las universidades de Bristol y Cambridge a partir del éxito de la revolución cuantitativa en la
geografía británica. El interés para Darby del texto citado de Gregory es que éste utiliza uno de sus
trabajos de Domesday Geography of South-east England y Domesday Geography of Northern England
para mostrar una aproximación estadística aplicada a un campo aparentemente tan alejado de la
geografía cuantitativa como es la geografía histórica.

148 LOS GIROS DE LA GEOGRAFÍA HUMANA

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La geografía histórica y las nuevas tendencias en la geografía humana

La revolución cuantitativa fue un momento muy oportuno para revisar, con menos
vehemencia que la que manifestaba Darby, la situación en la que se encontraba la geo-
grafía histórica en esos años y valorar, a la luz de la aportación de la corriente neopositi-
vista, las contribuciones de esta disciplina al conjunto de la geografía.
En los años setenta, varios autores trataron de reflexionar sobre lo que había repre-
sentado la revolución cuantitativa en la geografía histórica: ¿moda o paradigma?15 En-
tre los numerosos autores que hicieron valoraciones sobre la aportación cuantitativa
desde la geografía histórica me centro principalmente en Alan R.H. Baker, quien coordi-
nó una obra titulada Progress in Historical Geography (1972), concretamente en el capí-
tulo introductorio con el que abre el libro, y el debate titulado «Rethinking Historical
Geography» («Repensar la geografía histórica»). Revisaré los argumentos presentados
por Baker, para luego incidir en la valoración que se le hizo a la revolución cuantitativa
desde la geografía histórica.16

Repensar la geografía histórica

No está de más recordar que, previamente al advenimiento de la revolución cuantitati-


va, la geografía histórica había estado en medio de un debate que amenazaba su existen-
cia y sentido. The Nature of Geography, de Richard Hartshorne (1939), fue, como con el
cuantitativismo, el acicate que hizo saltar por los aires la confianza de los geógrafos en la
propia disciplina y cuestionaba, entre otras cosas, la necesidad de la perspectiva tempo-
ral en los estudios geográficos y, con ello, la proximidad entre la geografía y la historia,
algo que parecía haber sido superado.17
Las cuasi periódicas revisiones sobre el estado de la geografía histórica que se ha-
bían venido haciendo a lo largo del siglo XX en el ámbito anglosajón, mencionadas por
Hugh C. Prince (1973), son síntoma y resultado de la propia inseguridad disciplinaria en
la que bogaba la geografía histórica. Aunque también son ejercicios intelectuales sanos
que manifiestan la vitalidad del campo de estudio. Así, Prince menciona el clásico dis-
curso de Sauer (1941) y otros, en los que se verifican los avances en ese campo, como los
de Andrew H. Clark (1954) y H.C. Darby (1962).18 La obra de Baker, Progress in Histori-

15. Así parece desprenderse del crítico artículo de John B. Harley (1973). En uno de sus párrafos
habla de los que fueron atraídos por la aplicación de las nuevas técnicas, cuya actitud era semejante a
la que adoptarían en «shopping in the quantitative methods marketplace», la compra en el mercado de
métodos cuantitativos.
16. Véase además Prince (1971), texto titulado arropado por renombrados geógrafos como H.C.
Darby, D. Lowenthal y F. Luckerman, L. Curry y D. Harvey, publicado en un monográfico de Progress
in Geography dedicado a la geografía histórica. También puede consultarse William Norton (1991
[1984]), donde se dedica un capítulo a la situación de la geografía histórica. En particular este texto
cuenta con la ventaja de la distancia en tiempo con respecto a los análisis de Prince y Baker, ya que
presenta algunos resultados de las líneas que apenas esbozaba Prince.
17. A esas críticas respondieron en diferentes tiempos prestigiosos geógrafos del momento de, al
menos, el ámbito anglosajón, como Carl Sauer (1941), Derwent Whittlesey (1945), A.G. Ogilvie (1952),
Darby (1953 y 1962), Baker et al. (1969). En relación con Hartshorne y la geografía histórica, puede
verse Rucinque (2007).
18. Todas estas obras están citadas en Prince (1973: 434), Clark (1954, 1962). Sobre el artículo de
Darby (1962), Baker menciona su trascendencia por tratar de reunir concepciones antiguas y modernas
de la geografía histórica. Para Darby, los temas en los que la geografía histórica debía centrar su interés

LOS GIROS DE LA GEOGRAFÍA HUMANA 149

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Pedro Sunyer Martín

cal Geography (1972) y, concretamente, su artículo «Repensar la geografía histórica»


(«Rethinking Historical Geography»), para Prince era otra de esas necesarias revisiones,
aunque con un mayor calado y con ánimo de cuestionar las bases de lo que a lo largo del
siglo XX se había considerado como geografía histórica, no en vano la autodenominada
nueva geografía debía servir para esto.19
Este Repensar era la propuesta de Baker (1972) para darle un viso de modernidad a
esta disciplina. Tiene como inmediato antecedente el artículo The Future of the Past
(1969) firmado por voces muy críticas de los enfoques clásicos y partidarios de su reno-
vación como el mismo Alan Baker, Robert Butlin, A.D.M. Phillips y Hugh C. Prince. En
él se defendía la relevancia de la perspectiva geográfico-histórica del mundo y la necesa-
ria adopción de nuevos enfoques para revitalizar la disciplina.
La reflexión sobre el futuro de la geografía histórica debía abordar, a grandes
rasgos, tres temas: una definición amplia de geografía histórica, paralela a una con-
cepción amplia del tiempo; la necesaria finalidad útil de esta disciplina, conjunta-
mente con las otras ramas de la geografía, comprometidas todas ellas con la resolu-
ción de los problemas de la sociedad. Y por último, apostar por incorporar todos
aquellos métodos y concepciones teóricas que permitieran esa actitud utilitaria de la
geografía histórica.
Alan Baker aspiraba, en Rethinking Historical Geography, no tanto a descubrir algo
que renovara esta disciplina, sino a replantear su filosofía y metodologías ya que, como
expresaba, «paradójicamente en geografía histórica lo que preocupaba era su futuro».20
El relativo long relaxation time, el largo período de respuesta de la geografía histórica
para asumir los cambios planteados desde la nueva geografía, podían llevarla a un sin-
sentido. No sólo se trataba de reducir la posible brecha con las nuevas tendencias plan-
teadas en la geografía, algo que parecía estar en la mente de muchos de ellos (Harley,
1973), sino que estos cambios debían servir para hacer de la geografía una ciencia me-
nos excepcional, como había pretendido Fred K. Schaefer (1953): la búsqueda de regu-
laridades que pudieran generalizarse y devenir en leyes, predecir el futuro, convertir, en
definitiva, a la geografía en una ciencia del espacio.
Baker se preguntaba qué habían representado los métodos hasta el momento em-
pleados como los cross-sections, los vertical themes y la investigación histórica en el
desarrollo de teorías. ¿Quizás «un trabajo inútil cuando no irrelevante», como decía
Prince? (Baker, 1972: 13). Sin embargo, la pregunta central la formulaba de la siguiente
manera: ¿la geografía histórica es sobre todo síntesis o análisis?, cuestión que ya había
sido planteada en el debate entre Schaefer y Hartshorne. De su respuesta iba a depender,
según este autor, gran parte del futuro de esta disciplina.
También planteaba Baker (1972) el reto del estudio del cambio, particularmente el
conocimiento de los factores que rigen el cambio en los patrones espaciales, insuficien-
temente abordado por la geografía histórica tradicional. Sus propuestas metodológicas

eran las geografías del pasado, los cambios en el paisaje y el pasado en la geografía actual e histórica, en
particular, la influencia de las condiciones geográficas en el curso de la historia (1994: 73).
19. En referencia al término «nueva geografía», algunos autores como Vilà (1983: 289) y Vallega
(1999: 132) lo consideran «poco afortunado», pues no había un nuevo enraizamiento epistemológico
en ella, sino, y sobre todo, era una forma de llamar la atención sobre métodos innovadores constitui-
dos con recursos basados en la ciencia computacional pero sin un trasfondo teórico propio.
20. Con esta misma frase finalizaban Alan Baker et al. su artículo (1969).

150 LOS GIROS DE LA GEOGRAFÍA HUMANA

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La geografía histórica y las nuevas tendencias en la geografía humana

contemplaban las aportaciones de otras disciplinas que habían incorporado las innova-
ciones teóricas y metodológicas del neopositivismo, sobre todo en lo que al estudio del
cambio representaba, aproximarse a los estudios del comportamiento, la aplicación de
la teoría de sistemas, así como una reconsideración de la forma de trabajar las fuentes,
principalmente, el trabajo estadístico (técnicas no paramétricas), la aplicación de mode-
los dinámicos (estocásticos): «Si queremos investigar el cambio, entonces debemos idear
categorías de cambio para nuestro estudio: debemos centrar nuestra atención en even-
tos de cambio más que en eventos en cambio».21
En definitiva, la crítica de Baker hay que leerla positivamente, en el sentido de que
urgía dar un giro sustancial a la geografía histórica si quería seguir siendo una discipli-
na con una base intelectual suficientemente asentada como para justificar su existencia
y asumirse también como útil ante los graves problemas que se vivían en el mundo en
esos años sesenta y setenta, no menores que los que vivimos en la actualidad.22
La crítica, sin embargo, también estaba a la orden del día. Entre ellas, su abstrac-
ción de la realidad y su incapacidad para dar soluciones, o al menos para tratar de
entender los problemas del mundo, sociales, económicos, políticos y ambientales (King,
1976; Naredo, 2006).
John B. Harley (1973) hablaba despectivamente de la creciente tendencia a ad-
quirir técnicas y métodos, del síndrome de estar a la «caza de la técnica» en referen-
cia a aquellos que habían visto en ello la solución a los problemas con que abordar
los estudios de geografía histórica. En concreto, la aplicación de modelos parecía
poder elaborar las ansiadas leyes de difusión o comportamiento espacial de hechos
geográficos. La crítica de Harley se dirigía a la superficialidad de los análisis hasta
entonces realizados, al desinterés de los geógrafos históricos por repensar sus funda-
mentos teóricos, así como a la falta de imaginación para idear nuevos métodos, y
revisar lo ya avanzado.
A pesar de las aportaciones (discutidas) del cuantitativismo, el «hartazgo de la su-
puesta objetividad y cientificidad de los métodos y enfoques empleados», como expresa
Butlin (1993: xi), o bien la creencia de que era posible aplicar los métodos de las ciencias
naturales en las sociales, objetivando lo humano, así como la inaplicabilidad de las teo-
rías desarrolladas (Norton, 1991 [1984]: 66), sirvió de caldo de cultivo para que los
geógrafos se aproximaran a las aportaciones epistemológicas que se estaban haciendo
en otras áreas de las humanidades y de las ciencias sociales. Así, se recuperaron enfo-
ques que ya habían hecho su aparición en la geografía hacía ya unos años, y que iban a
dominar la escena de la geografía desde mediados de 1970, afectando el desarrollo pos-
terior de la geografía histórica. Estos enfoques concluyeron, a grandes rasgos, en dos
grandes líneas de pensamiento, el humanismo y el marxismo. En ambos casos, esto
trajo nuevos temas, antes ignorados. Por ejemplo, la redefinición de los estudios históri-
co-regionales, el tema del poder y su representación, el desarrollo del capitalismo y la
configuración de los Estados contemporáneos, la atención que se estaba otorgando a la
percepción y experiencia del espacio (Butlin, 1993).

21. «If we want to investigate change, then we must devise categories of change for our study: we
must focus our attention on events of change than in events in change» (Baker, 1972). Las cursivas en
la traducción del texto son de P.S.M.
22. Su envite fue recogido por, al menos, dos autores, como veremos más adelante: Leonard Guelke
(1975) y Derek Gregory (1976). Este último, más como respuesta a Guelke (1975) que a Baker (1972).

LOS GIROS DE LA GEOGRAFÍA HUMANA 151

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Pedro Sunyer Martín

El individuo / el lugar, la sociedad / el espacio como protagonistas

Junto a las ideas citadas de Kuhn, el enfoque evolutivo en la historia de la ciencia y de las
ideas, como el que propugnaba Stephen Toulmin (1977 [1972]), nos puede ayudar a com-
prender en cierta manera lo acontecido en el campo de la geografía y, por extensión, en el
de la geografía histórica en el período correspondiente a la segunda mitad del siglo XX. Por
este enfoque se pueden comprender las disciplinas científicas como corrientes de un río
que están conformadas por conceptos, métodos, proposiciones y teorías que afloran o se
soterran en función de las condiciones del medio. Es un proceso de mutación, adaptación
y selección lo que permite la supervivencia de ideas y conceptos y, junto con ellos, desde
una perspectiva social de la historia de la ciencia, de las instituciones e investigadores a
ellas ligados (Sunyer, 1997). En este repaso de la geografía histórica resulta interesante
observar la coexistencia de diversas líneas de desarrollo y propuestas intelectuales junto
con esa avasalladora tendencia neopositivista que parece dominar la escena inicialmen-
te.23 Me estoy refiriendo a aquellas que defienden el papel del ser humano, con toda su
complejidad y dimensión; que consideran tanto su acción objetiva, mensurable, sobre el
territorio como la que otorga importancia a sus elaboraciones intelectuales fruto de la
relación con ese espacio; que otorgan importancia a su acción como individuo y como ser
en sociedad. El individuo y la sociedad se vuelven, de pronto, protagonistas en la construc-
ción del espacio y de sus elementos: lo experimentan, lo perciben, lo crean, lo usan, le dan
significado y valor al espacio. Interesan sus ideas y actitudes, más que sus acciones (Baker,
1994: 74). Y con el individuo y la sociedad, se recupera el lugar y el espacio. Estos concep-
tos adquieren a partir de los años setenta un papel protagónico en la definición del ser
humano en toda su integridad. No son estáticos sino que también «actúan». Al mismo
tiempo, estas perspectivas les recuerdan a las otras áreas de las ciencias sociales que «la
geografía es una materia importante y que está en el corazón de los aspectos fundamenta-
les de las realidades colectivas» (Claval, 1999: 245).
Los mismos defensores de las propuestas cuantitativas eran conscientes de la exis-
tencia de esas líneas y preveían su potencial.24 Como menciona Spate, «una nueva revo-

23. El conocido geógrafo O.H.K. Spate (1989) es más atrevido al decir que más que coexistencia
hubo propuestas de síntesis. En su reflexión sobre lo que supuso la revolución cuantitativa, dice
«There was always faith that older humanist values, where they had real value, would reemerge and
that there would be not merely coexistence (even that seemed threatened by the more ardent spirits
for a time) but collaboration and some degree of synthesis of the old and the new» (Spate, 1989:
XVIII). [Traducción libre: Había siempre una fe en los viejos valores del humanismo, en donde
quiera que radicara su valor verdadero, y reemergerían y su presencia no significaría sólo su coexis-
tencia (aun siendo amenazados por los espíritus más ardientes del momento) sino una colaboración
e incluso cierto grado de síntesis de los viejos valores con los nuevos.]
24. Por ejemplo, Hugh C. Prince, muy crítico con los enfoques clásicos, había dedicado previa-
mente al menos un artículo al papel de la imaginación en geografía (1962), trazaba (1971) muchas de
las líneas que van a ser consideradas en el momento del desencanto positivista. Alan Baker, acérrimo
defensor de las técnicas cuantitativas, propugnaba en algunos artículos posteriores el papel de la
ideología como estructurador del espacio y la necesidad de los enfoques del humanismo marxista en
la comprensión del espacio (Baker, 1979, 1982). También David W. Harvey o William Bunge, tras un
período de preocupación teórica por los modelos de organización espacial, declaraban finiquitado el
tiempo de la revolución cuantitativa y apostaron por una geografía radical (Capel, 1981: 426). En
particular, Harvey en su dedicación a la geografía histórica aboga por el punto de vista del materialis-
mo histórico. Finalmente, William Norton (1984) repasaba críticamente lo que había supuesto la apor-
tación positivista para la geografía histórica y presenta algunas de las líneas que ya se estaban siguien-
do en esta ciencia. Posteriormente, él se dedicará al estudio del comportamiento.

152 LOS GIROS DE LA GEOGRAFÍA HUMANA

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La geografía histórica y las nuevas tendencias en la geografía humana

lución se estaba gestando de forma paralela a la revolución cuantitativa, y no sin puntos


de coincidencia» (Spate, 1989: xviii). Algunas de las ideas que presentaron, por ejemplo,
Prince (1971) y Norton (1991 [1984]) ya habían hecho su aparición en los años cincuen-
ta y, tras el desencanto positivista, resurgieron con más empeño. En particular citan,
primero, a John K. Wright y, segundo, a William Kirk con su behavioural environment.

Dos antecedentes de la línea humanista en geografía


y sus ideas sobre la geografía histórica

Ver el pasado a través de los ojos de observadores contemporáneos y del examen crítico
de las observaciones realizadas de objetos, derivado de las ideas de Wright y de Kirk, fue
calificado por Prince (1971: 24) como el «avance más importante en geografía histórica
en los últimos años», si bien, como ha expresado Norton (1991 [1984]: 68), «sería enga-
ñoso decir que [de ellos] ha surgido un punto de vista coherente que se constituya en
alternativa eficiente y viable al positivismo».
John Kirtland Wright (1891-1969) es recordado, entre otras cosas, por su concepto
de geosofía, entendido como «el estudio del conocimiento geográfico desde cualquiera o
todos los puntos de vista [...], la naturaleza y expresión de las ideas geográficas pasadas
y presentes» (Wright, 1947: 12);25 un término de poca fortuna aunque de honda repercu-
sión intelectual relacionado, como decía el propio autor, con el del «sentido espacial del
ser humano» de Derwent Whittlesey (1945) y con su precedente Ralph H. Brown y su
Mirror for Americans (1943).26 Geógrafo interesado desde temprana edad por la relación
entre la geografía y la historia, John K. Wright paradójicamente no era precisamente un
espíritu sospechoso de estas tendencias humanistas, por su formación, si no poco cono-
cida, sí poco recordada como geógrafo físico y su interés demostrado por la representa-
ción cartográfica y los análisis estadísticos.27 No obstante, siempre manifestó curiosidad
por los aspectos humanos de la geografía, y por los paisajes humanizados más que por
aquéllos desprovistos de huella humana alguna. En el trabajo citado Terrae Incognitae:
the Place of the Imagination in Geography (1947) conminaba a realizar una geosofía
histórica, es decir, una historia del conocimiento geográfico pasado, que aunque él la
hacía equivaler a la historia de la geografía, va más allá de ella y la aproximaba a la
historia de las ideas y a la geografía histórica tal como hoy la conocemos.
Wright, considerado por algunos autores como el precedente inmediato de los estu-
dios de geografía humanística (Handley, 1993: 189), fue seguido de cerca por David
Lowenthal con su trabajo Geography, Experience and Imagination (1961), que se ha visto
como su continuación geosófica y el puente necesario con los estudios de geografía de la

25. Acerca de John Kirtland Wright (Cambridge, 1891 - Lyme, 1969) puede verse un amplio resu-
men de su biografía en el obituario escrito por David Lowenthal (1969), además del artículo de Michael
Handley (1993) e Innes M. Keighren (2005).
26. En relación con la «poca fortuna» del concepto véase Handley (1993). La opinión de este autor
se basa en la escasa repercusión en el uso del término como tal, aunque no de sus ideas. Sobre Ralph
Brown y su aportación a la geografía histórica de Estados Unidos puede verse Meinig (1989): Mirror
for Americans: Likeness of the Eastern Seaboard in 1810 (1943), que versa sobre la reconstrucción que
hace un imaginario habitante de Filadelfia, T.P. Keystone, que recopila toda la información geográfica
disponible para escribir una geografía de Estados Unidos en ese año.
27. Lowenthal (1969) cuenta un total de quince temas en los que puede clasificarse su obra.

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Pedro Sunyer Martín

percepción (Handley, 1993: 186). Muchas de las líneas de las que habla Lowenthal en
este artículo tuvieron relevancia años más tarde en la consideración de los aspectos de la
psicología ambiental, el tema cultural, el lenguaje como forma de percibir el mundo y
comunicarlo, la experiencia individual y colectiva.28
Precisamente Lowenthal ha sido quien ha contribuido con sus escritos a darle una
dimensión geográfico-histórica al concepto de geosofía de Wright. Si era posible consi-
derar las geografías de cualquier persona, como planteaba Wright, también era posible
recuperar sus historias, su memoria. Trabajos como el mencionado, Geography, Expe-
rience and Imagination (1961), pero también Past Time, Present Place: Landscapes and
Memory (1975), inauguran toda una línea de trabajos que culmina con The Past Is a
Foreign Country (1985). En ellos Lowenthal se preocupa por los mundos del pasado y la
forma como fueron percibidos por sus coetáneos, por el modo como funciona la memo-
ria, individual y colectiva, y cómo ésta se vincula con los objetos (la arqueología del
pasado), entre ellos el paisaje. Pero también sobre los usos del pasado y su ilegibilidad a
los ojos del presente: no somos capaces de leer el mensaje que llega a nuestros días a
través de esos testimonios pasados. El recuerdo de los paisajes perdidos —la nostalgia—,
la necesidad de conservar a veces a ultranza aquellas reminiscencias materiales de ese
pasado —la «tangibilidad del pasado» o, mejor, hacer tangible el pasado (Lowenthal,
1975), diacrónico, dinámico— cambia con nuestra actitud y forma de ver el mundo
presente, nos permiten recobrar, en gran manera, experiencias individuales o colectivas,
directas o indirectas, del espacio... y del tiempo.
El segundo enfoque del que hacía mención que va a adquirir relevancia es el deno-
minado behavioural environment desarrollado en la geografía inicialmente por William
Kirk y derivado de la mayor consideración que desde la geografía se daba a la percep-
ción del entorno por parte del ser humano. El ser humano actúa en el medio en función
de su forma de ver el mundo que le rodeaba (Guelke, 1989). Esta línea de pensamiento
fue expuesta en un artículo poco difundido por esos tiempos titulado «Historical Geo-
graphy and the Behavioural Environment» (1952),29 notoriamente influido por las teo-
rías psicológicas de la Gestalt. En virtud de estas teorías desarrolladas por Koffka y
Köhler, Kirk comprendió la existencia de dos mundos, el real y el percibido (phenomenal
environment y behavioural environment). El primero de ellos es independiente del elabo-
rado en la mente humana. Es sobre esta distinción que los geógrafos, históricos o no,
debían reflexionar y en donde el concepto de «valor» adquiría una honda significación.
En este sentido, animaba a sus colegas a describir el entorno, no sólo tal cual es, desde el
punto de vista de los hechos físicos, sino en términos de cómo es observado y pensado.
Para él, entonces, la geografía histórica era la historia de sucesivos entornos percibidos
que debían ser recuperados a efectos de comprender la evolución del espacio geográfico
en su complejidad (Kirk, 1989: 26; Boal y Livingstone, 1989: 11).

28. La raigambre del pensamiento de Lowenthal en Wright se ha manifestado en numerosas ocasio-


nes, por ejemplo, en las primeras líneas de una de sus más destacadas aportaciones (Lowenthal, 1961).
Lowenthal firmó también su obituario en Geographical Review (1969) y le homenajeó en una obra
colectiva (Lowenthal y Bowden, 1976). También es conveniente recordar que muchos de los colabora-
dores de esta última obra (Geographies of the Mind) han desarrollado la línea humanista en geografía.
29. Este artículo fue publicado inicialmente en la Indian Geographical Society: Silver Jubilee Souvenir
and N. Subrahmanyam Memorial Volume (Prince, 1971; Spate, 1989), apareció en una versión más
breve en Geography (1963, vol. 48, pp. 357-371) y posteriormente reimpreso en el libro de Boal y
Livingstone (1989); véase cap. 2, pp. 18-31.

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La geografía histórica y las nuevas tendencias en la geografía humana

Las ideas de Kirk abrían un mundo de posibilidades, no alejadas de las propuestas


de Wright. Los continuadores de ambos, reconocidos bajo el genérico nombre de geó-
grafos humanistas, ungidos por las ideas básicas de la fenomenología, surtirán nuevos
enfoques en su aplicación a la geografía que tratarán de hacerse efectivos también en la
geografía histórica aunque sin mucho éxito.

El «giro humanista» en geografía y la geografía histórica

La geografía humanista se ha visto como una reacción a la desmesurada «objetiva,


estrecha, mecanicista y determinista visión del hombre» (Entrikin, 1976: 616) que
planeaba sobre la investigación en las ciencias sociales.30 Su base principalmente esta-
ba en la fenomenología y, en particular, en la fenomenología existencialista. Constitu-
yó una alternativa viable y atractiva frente al positivismo (Entrikin, 1976; Billinge,
1977; Gregory, 1978; Norton, 1991 [1984]). Varios aspectos de este denominado «giro
trascendentalista» —trascendental turn, según Gregory (1978: 163)— eran de gran in-
terés para los geógrafos. De esta perspectiva los geógrafos recuperan conceptos como
el de Verstehen, en referencia a que el observador aplica un punto de vista empático
con relación al individuo o los individuos que habitaban un lugar.31 Asimismo, de esta
tradición procede el peso considerable concedido a la intuición, entendida como una
forma de conocimiento capaz de llegar a la esencia de los objetos (de conocimiento) a
través de su auto-presentación en la conciencia. De igual forma, esta perspectiva le
permite a la geografía integrar el concepto de Lebenswelt, mundo de vida, mundo de la
vida, o «mundo de la experiencia inmediata previo a las ideas de la ciencia» (Entrikin,
1976: 620) cuyo sentido será profundizado años más tarde por Alfred Schutz. Tam-
bién es fundamental la recuperación del concepto de «lugar» como «centro de signifi-
cación» o «foco del arraigo de las emociones humanas» (Entrikin, 1976: 616), y la
recuperación de la complejidad del ser humano frente a las tendencias reduccionistas
del positivismo.
Sin embargo, si bien los argumentos teóricos de la fenomenología resultaban muy
atractivos tanto para la geografía como para la geografía histórica, desde el punto de
vista metodológico, sobre todo para esta última, su aplicación a sus necesidades y obje-
tivos era compleja (Billinge, 1977; Gregory, 1978). Su importancia radica, sobre todo, en
las reflexiones que se suscitaron dentro de la geografía histórica en aras de buscar alter-
nativas que fueran aplicables a los objetivos de la subdisciplina.

30. En relación con el complejo concepto de humanismo en geografía, desde principios de los años
setenta se publicaron algunos trabajos tratando de circunscribir la geografía humanística, por ejem-
plo: Tuan (1976), Entrikin (1976), Buttimer (1976).
31. Max Weber desarrolla este concepto en la segunda parte de su ensayo Roscher y Knies y los
problemas lógicos de la escuela histórica de economía (1903) (Weber, 1985), escrito como respuesta a la
controversia sobre el método (Methodenstreit) en las ciencias sociales, iniciada en 1883 por Menger
(fundador de la escuela austríaca de economía) y Dilthey. Un debate que, como indica J.M. García
Blanco (1985), trascendió del ámbito de la economía al conjunto de las ciencias sociales. Basándose en
aspectos lógicos y metodológicos del filósofo H. Rickert, Max Weber trató de «obtener un punto de
partida para un análisis propio del fundamento lógico de las ciencias de la cultura» (García, 1985:
XVI) que permita la autonomía del conocimiento histórico frente al de las ciencias naturales. Sin
embargo, como apuntan algunos especialistas (Billinge, 1977: 60, nota 1), el concepto de Verstehen
utilizado por Weber proviene de una perspectiva neo-kantiana, diferente de la fenomenológica.

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Pedro Sunyer Martín

De esta manera, Mark Billinge ha subrayado la cadena de malentendidos que tal


filosofía acarreaba entre los especialistas, entre ellos, el uso de fuentes subjetivas, así
como su aplicación incompleta.32 Así, en el caso de las fuentes, no era tanto su utiliza-
ción sino la forma como el investigador se aproximaba a ellas con sus acciones y creen-
cias. Por otro lado, el recurso a la fenomenología parecía amparar formas de hacer que
no hubieran sido aceptadas dentro de posiciones científicas tradicionales: se justificaba
la atipicidad de las fuentes y los datos propios de la geografía histórica para evitar la
formulación de hipótesis de trabajo, preocuparse por la validez de la reconstrucción
realizada —todos los puntos de vista podrían ser válidos— o desdeñar tratamientos
científicos (Billinge, 1977: 64).
Autores como Leonard Guelke y Derek Gregory trataron en diferentes artículos de
reflexionar sobre aquellos elementos de la fenomenología que pudieran ser rescatables
para la geografía histórica. El resultado fue una serie de propuestas que comprendían
desde el idealismo de R.G. Collingwood reflejado en su obra The Idea of History (1946),
al estructuralismo de Jean Piaget y Claude Lévi-Strauss (Billinge, 1977; Gregory, 1976),
y la recuperación de la metodología del materialismo histórico y la reflexión geográfico-
histórica desde la teoría crítica del neomarxismo de Habermas y la escuela de Frankfurt
(Butlin, 1993). Pese a la escasa aplicación empírica del idealismo y del estructuralismo
en la geografía histórica, no tanto del marxismo, conviene reparar en sus ideas, pues
ayudan a entender el desarrollo de esta subdisciplina en los años siguientes.

Del idealismo al enfoque marxista

El idealismo filosófico desarrollado por Leonard Guelke se plantea también como una
propuesta alternativa al enfoque fenomenológico (idealismo fenomenológico) y al marxis-
mo, aparentemente las únicas líneas teóricas capaces de superar el enfoque nomotético
del positivismo en geografía. En un artículo publicado en 1975, Guelke ofrece una res-
puesta al reto planteado por Baker años antes, el de repensar la geografía histórica. El
idealismo se basa en la noción de que tras las acciones humanas, tras el comportamiento
humano, subyace el pensamiento racional de las ideas y las ideologías. Así, esta concep-
ción parte del sujeto, del «yo», y no del mundo externo. Según Guelke (1975), conocer las
ideas permitiría comprender mejor la acción humana en el medio.33 Propone regresar a
los estudios de carácter regional a fin de aterrizar las investigaciones geográficas en la
realidad, lejos de las aventuras teoréticas, y buscar patrones en la conformación de los
paisajes a partir del pensamiento de los actores que los crearon (Harrison y Livingstone,
1979: 76). Según Butlin (1993) y Ogborn (1999) el idealismo defendido por Guelke fue un
punto de vista que tuvo poco éxito, si bien su presentación no pasó desapercibida y desen-
cadenó una larga polémica, a partir de la respuesta desarrollada por Derek Gregory (1976)
y, años más tarde, por R.T. Harrison y D.N. Livingstone (1979).
Derek Gregory en los diversos artículos dedicados a la fenomenología (Gregory,
1976, 1978) y, en particular, a la fenomenología social de Alfred Schutz (Gregory, 1978),

32. Por ejemplo en aspectos básicos como la disquisición sin presuposiciones previas —la
fenomenología no admite formulaciones a priori—, y el escaso énfasis en la dialéctica entre el todo y
las partes (Billinge, 1977: 63).
33. Al respecto, puede leerse varios de los artículos publicados por este autor desde 1974 en los
Annals of the Association of American Geographers; véase Guelke (1974 y 1976).

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La geografía histórica y las nuevas tendencias en la geografía humana

que permitía superar las limitaciones de las ideas de Husserl en su aplicación a la inves-
tigación histórica, concluye que es al estructuralismo donde, finalmente, conduce la
reflexión de Schutz. Concretamente, en la elucidación de unas «estructuras del life-world
[Lebenswelt]» necesarias para arraigar las acciones y experiencias individual o colectiva.
Sin embargo, tampoco el estructuralismo de Lévy-Strauss le satisface y finaliza en una
crítica razonada que le aproxima al marxismo.
El estructuralismo de Lévi-Strauss resultaba de la aplicación del análisis lingüístico
de Ferdinand de Saussure a las ciencias sociales. Se pretendía la representación de los
hechos (psicológicos, sociales) en forma de modelo. No se trataba de una respuesta
contra la fenomenología de Husserl aunque contuviera elementos críticos hacia ella.
Finalmente, como indica Derek Gregory, en la búsqueda de explicaciones reductivas,
ambos enfoques acabaron por encontrarse (Gregory, 1978: 167).
De la misma manera que la lingüística estructural de Saussure diferenciaba entre la
langue (el lenguaje) y la parole (el habla), y su condición respectivamente sincrónica y
diacrónica, en las ciencias sociales debía tratarse de hacer lo mismo, esto es, identificar
las estructuras estables de la vida social para entenderlas. Pero descubrir la estructura
de la sociedad no era tarea sencilla ni evidente, pues se inserta en la maraña de afectivi-
dades, creencias, etc., que constituye el tejido social. Lévi-Strauss entendía los intercam-
bios sociales como tipos de lenguaje o formas de comunicación. Su objetivo era des-
cubrir las categorías insertas en acciones y discursos que permiten al ser humano apre-
hender, racionalizar y explicar el mundo. Las experiencias del individuo del mundo
fenoménico sólo podían trascenderse, como se ha dicho, si se relacionaban con las es-
tructuras profundas, atemporales, que circunscribían sus acciones (Gregory, 1976: 295).
Entre éstas estaban los conceptos de infraestructura y superestructura de Marx que
Lévi-Strauss recuperaba, pues según él, entre ellos funcionaba siempre un esquema
conceptual «confinado en los límites invariables de la mente humana y su sentido innato
de clasificación» (Gregory, 1978: 169).
Entre las aportaciones del estructuralismo están la reflexión sobre el significante a
expensas del significado y sobre la escritura,34 pero también el descentramiento del sujeto
y junto con él la desaparición del autor, todos ellos elementos importantes en el momento
de considerar las fuentes empleadas por el historiador y el geógrafo histórico. Pero quizá
más importante para la geografía histórica es la posibilidad que concede esta corriente a la
comprensión de sucesos y contextos del pasado en cualquier momento, porque, según él,
la «estructura del discurso tiene un significado que trasciende la contingencia histórica»
(Gregory, 1978: 169), con lo que, de alguna manera, desaparece la historia, al menos aque-
lla que no aportase elementos para hacer comprensible la estructura.
Ante esta situación, Gregory argumenta que difícilmente esta concepción de la his-
toria resultará satisfactoria para el especialista ya que «no se puede divorciar el examen
del discurso hecho por los historiadores, del contenido con el que las formas sociales lo

34. Entendido significante y significado como las partes constituyentes del signo lingüístico (parale-
lo al de lengua-habla) este esquema permite la búsqueda de otros binomios, como concepto sintagmáti-
co-paradigmático, estructura-coyuntura, sincronía-diacronía que, como afirma Giddens (1990), «pare-
cen susceptibles de una aplicación mayor que la que tenían en su entorno original». Algunas de las
cuestiones que planea Giddens al respecto son las siguientes: «¿Qué es la escritura y en qué medida
contribuye la propia escritura a la autonomía de los textos? ¿Qué relación tienen, si es que tienen alguna,
las intenciones del autor al escribir los textos con la interpretación que posteriormente se hace de ellos?
¿Debe una “teoría del texto” ser esencialmente una teoría de la lectura?» (Giddens, 1990: 282).

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Pedro Sunyer Martín

revisten» (Gregory, 1978: 172), entre ellas están aquellas que se asocian a la reproduc-
ción y transformación de las propias estructuras sociales.
Su crítica al estructuralismo le conduce a dos posibles opciones que permitirían
superar la limitación del planteamiento estructuralista ligado únicamente a la teoría de
las superestructuras. Por un lado, precisar el modo de articulación de las formaciones
sociales, como condición previa a interrogarse sobre los marcos de referencia conteni-
dos en ellas. Segundo, proporcionar unos lineamientos claros de los dominios suscepti-
bles para el análisis lingüístico.
La alusión a Marx no es gratuita en geografía histórica. Entre las contribuciones a la
geografía histórica con este enfoque se encuentra la realizada por el citado Baker, quien
hablaba de un «marxismo humanista» al conjuntar el análisis del cambio histórico con la
preocupación por la justicia social (Baker, 1979; Norton, 1991 [1984]: 76). También las
aportaciones de David Harvey, que si bien no es un autor reconocido como geógrafo histó-
rico, han contribuido también a este campo y con esta perspectiva. Uno de sus recientes
trabajos, Paris: Capital of Modernity (2003), ha sido considerado como un ejemplo de apli-
cación del método del «materialismo histórico geográfico» (Basset, 2005).
El marxismo sirvió como crítica a la geografía histórica tradicional y como elemen-
to de reflexión acerca de la construcción del espacio. Es el caso, por ejemplo, de Alan
Baker quien en uno de sus trabajos denostaba del punto de vista «claramente burgués»
que había empleado en sus artículos su antecesor Henry C. Darby (Baker, 1982).
Uno de los elementos criticados de Marx ha sido su conocida «aniquilación del
espacio por parte del tiempo», negando con ello, tal como menciona D. Gregory, la im-
posibilidad dentro del materialismo histórico para la existencia de una geografía histó-
rica del capitalismo (Gregory, 1991: 187). El espacio, para autores como Harvey y Gre-
gory —siguiendo la tradición de Henri Lefebvre (1991 [1974])—35 dejó de ser el compo-
nente pasivo sobre el que se desarrollaba la acción de la historia para constituirse un
elemento activo, producto de la sociedad y que, a su vez, permite las relaciones huma-
nas, las produce y reproduce (Butlin, 1993: 51). La proposición de Harvey no deja de ser
loable, pues a partir de su idea de hacer un «materialismo geográfico histórico», trata de
suplir la ausencia del espacio en el pensamiento del alemán, al tiempo de introducir el
marxismo en la última de las ciencias sociales que lo incorporó, la geografía humana
(Gregory, 1991: 187). Se trata de entender la sociedad y sus productos —entre ellos el
espacio— a través de la concepción materialista de la historia. Como elemento central
está el capitalismo, que se asocia con privación, proletarización, mercantilización, que
diseña el mundo a su imagen y semejanza.

De la «time-geography» a los enfoques postestructuralistas

Una de las aportaciones más emblemáticas en geografía humana que está siendo consi-
derada en geografía histórica es aquella que trata de aproximarse a la experiencia del
mundo seguida a través de las trayectorias biográficas. Se trata de lo que el geógrafo
Torsten Hägerstrand denominaba geografías temporales (time-geography), perspectiva a
la que Anthony Giddens dedica un extenso capítulo en su obra La constitución de la

35. Con respecto a la obra y la aportación de Henri Lefebvre puede verse los artículos publicados
en la revista Veredas (n.º 8, 2004) por Daniel Hiernaux, Roberto Donoso, Alicia Lindón y Blanca Ramírez.

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La geografía histórica y las nuevas tendencias en la geografía humana

sociedad (1984). Con este término pretendía el geógrafo sueco unir una serie de concep-
tos que envuelven y modelan las experiencias individuales y colectivas en los contextos
temporal y espacial. Entendida la biografía personal como un trayecto no sólo temporal,
sino también espacial.
A pesar de que sirvió y está sirviendo de base para investigaciones de geógrafos
históricos o geógrafos que han contribuido a este campo (Pred, 1981; Gregory, 1983;
Short, 2004; Daniels y Nash, 2004, entre algunos otros), este enfoque fue arduamente
criticado por varios motivos: primero por el excesivo reduccionismo del papel del ser
humano como agente. En segundo término por la desconsideración de los procesos
sociales que organizan la dimensión social y temporal (Butlin, 1993).
A finales de los años sesenta en las ciencias sociales y en la filosofía se inicia la
revisión de algunos de los principios que habían sustentado además de muchas otras
disciplinas, también algunos enfoques de la geografía histórica como los mencionados
previamente. Esto condujo al desarrollo de posiciones críticas y a las filosofías postes-
tructuralistas, como las de Jacques Derrida y Gilles Deleuze. El postestructuralismo,
que se cobija inevitablemente en el pensamiento sobre la posmodernidad, supuso un
duro golpe a la racionalidad del pensamiento moderno y acabó de un plumazo con los
debates entre las diferentes corrientes existentes en los diversos campos de las ciencias
sociales. Quizás una de las definiciones críticas más acertadas del postestructuralismo
es la expuesta por un estructuralista como Jean Piaget al caracterizarlo como un «es-
tructuralismo sin estructura» (Piaget, 1971: 110), ya que:

[...] retiene del estructuralismo todos los aspectos negativos: la desvalorización de la histo-
ria, el desprecio de las funciones y, en un grado inigualado hasta ahora, la negación del
propio sujeto, puesto que el hombre va a desaparecer. En cuanto a los aspectos positivos,
sus estructuras únicamente son esquemas figurativos y no sistemas de transformaciones
que se conservan gracias a su autoajuste [Piaget, 1971: 115].

El postestructuralismo buscaba liberar la investigación de finalidades últimas o


justificaciones finales, cuestionaba el principio de autoridad de ciertas líneas de pensa-
miento sobre otras, así como de ciertos métodos. Y sobre todo, el postestructuralismo
reconocía al lenguaje como base del conocimiento pero se criticaba la perversidad inhe-
rente a una forma de utilizarlo de manera que reproducía situaciones hegemónicas y de
privilegio. En última instancia, este enfoque cuestionaba las bases que conformaron la
división actual de las ciencias sociales (Dear, 1988: 265-266). Una de las ideas fuertes
que trajo el postestructuralismo fue la necesidad de deconstruir el saber largamente
construido. Esta idea tendrá repercusiones en la geografía histórica y en la geografía
humana en general.
El método de la deconstrucción deriva en parte de la relevancia que Derrida le daba
al texto, en su más amplio sentido. Se trataba de descubrir los límites que impone el
lenguaje a nuestra forma de pensamiento, de poner en evidencia, tanto lo que se dice o
escribe, como lo que no se expresa y permanece oculto, en una práctica que ha sido
calificada como «perversión hermenéutica» (Fernández Leost, 2006).
La aceptación de las propuestas postestructuralistas impactó directamente en los
debates internos de las disciplinas sociales, entre ellos la geografía humana y, en conse-
cuencia, la geografía histórica. Una de estas ideas fuertes para el campo en estudio,
quizás la más importante, es la de la muerte de la historia, y con ella el surgimiento de
las posiciones ideológicas ligadas a El fin de la historia de Fukuyama (1989), que nos

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Pedro Sunyer Martín

libraba, como explicaba Lledó, a la muerte de la memoria y a un presente plano, «en la


que toda vileza puede ser aceptada; porque no hay justificación ni hacia el pasado ni
hacia el futuro» (Alonso, 2003: 149).
Uno de los autores críticos con las propuestas ya no postestructuralistas sino posmo-
dernas en sentido amplio ha sido David Harvey quien, desde su posición marxista y neomar-
xista, en una de sus obras (Harvey, 1989) recela de las posibles aportaciones de esta co-
rriente. Otros autores, como Michael Dear (1988), Driver (1992), Charles Withers (2000),
John B. Hardley (1989), Robert J. Mayhew (2007, 2009) Mayhew y Elizabeth A. Clark
(2004), entre muchos otros, recuperan algunas de esas propuestas posmodernas, sobre
todo en su crítica nacida del llamado giro cultural: las fuentes empleadas en geografía
histórica requieren de una profunda revisión. De igual forma, las categorías y jerarquías
conceptuales con las que el investigador aborda un tema no hablan tanto de la naturaleza
de las cosas como de nuestro sistema intelectual. Paralelamente a la absoluta relativiza-
ción que han propugnado los teóricos de la posmodernidad, al mismo tiempo estas postu-
ras posibilitaron, más que nunca, la crítica hacia la herencia de la modernidad, la apertura
hacia temas desconsiderados con anterioridad y a discursos alternativos. Muestra de todo
ello es la explosión temática que vive, por ejemplo, el Journal of Historical Geography, al
que dedicaremos nuestra atención en los dos próximos apartados.

The Journal of Historical Geography (1975)

En 1997, Leonard Guelke advertía sobre la posibilidad de que hubiera una disolución de
la geografía histórica. Esto ocurriría «si no hay un núcleo disciplinario en términos de
“cómo las personas se han relacionado con la Tierra”» (Guelke, 1997: 233; Ogborn, 1999:
98). Esta advertencia, que es seriamente debatida por Miles Ogborn (1999), viene al caso
por el editorial desplegado ese mismo año en el Journal of Historical Geography36 escrito
por Michael Heffernan. En este texto editorial se afirmaba con rotundidad un proyecto
de geografía histórica más avanzado, una tarea impostergable, de lo que había sido
«diez años antes», cuando la revista era dirigida por Alan Baker. En ese editorial Baker
recordaba el objetivo fundamental de apertura intelectual de su origen, en la que: «nin-
gún dogma particular acerca de la naturaleza de la geografía histórica iba a promoverse:
el estudio de ningún problema específico, período o lugar del pasado iba a ser prohibi-
do» (Baker, 1987: 1).37 Esa misma apertura también implicaba despreocuparse por pre-
cisar los límites disciplinarios ni controlar su tránsito. Heffernan iba más lejos al afir-
mar la naturaleza híbrida de la subdisciplina:

La geografía histórica es, sobre todo, una disciplina híbrida y, en consecuencia, se benefi-
ciará de la amplia tendencia [...] a cuestionarse las categorías intelectuales convencionales
que el mundo moderno ha interpretado y conceptualizado.38

36. De aquí en adelante Journal.


37. Traducción libre de Pedro Sunyer. El texto original dice: «No particular dogma about the
nature of historical geography was to be promoted: the study of no problem, period or place in the past
was to be prohibited». Véase editorial del Journal of Historical Geography, correspondiente a ese año.
38. Traducción libre de Pedro Sunyer. El texto original dice: «Historical geography is, above all, a hy-
brid discipline and is, therefore, likely to benefit from a widespread tendency [...] to question the conventional
intellectual categories through which the modern world has been interpreted and conceptualized».

160 LOS GIROS DE LA GEOGRAFÍA HUMANA

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La geografía histórica y las nuevas tendencias en la geografía humana

El problema de fondo sobre el que alertaba Guelke era el proceso de deconstruc-


ción de la disciplina, que es hacia donde parecía conducir el postestructuralismo. Así,
Guelke retomaba las aportaciones de los clásicos (Darby, Sauer, Meinig, Clark), no tanto
porque las avalara enteramente sino porque le permitían recuperar lo que para él debía
ser la preocupación básica de la geografía histórica, las relaciones hombre-medio (Guel-
ke, 1997; Ogborn, 1999).
Contrariamente a los que llamaban la atención sobre el caos conceptual y las ame-
nazas a la integridad intelectual de la disciplina, en opinión de Heffernan, la geografía
histórica se beneficiaba de un mundo en el que «las tradicionales alianzas disciplinarias,
como las estructuras políticas, ideológicas y económicas, estaban colapsando dando
lugar a una mayor fluidez (potencialmente liberadora), un caleidoscopio de reformula-
ciones, reconfiguraciones y deconstrucciones» (Heffernan, 1997).
Desde su punto de vista esta «híbrida arena disciplinaria en la que se considerarán
históricamente espacios, lugares, ambientes y paisajes», iba a redundar directamente en
la situación actual de la geografía histórica. Por ello, como tarea urgente, se comprome-
tía a «Asegurar que el Journal continúe siendo un medio no sólo para investigaciones
originales y consideradas, sino un foro que permita un intenso debate, en el que los
límites de la geografía, la historia y otras disciplinas vecinas sean habitualmente trans-
gredidos y subvertidos (Heffernan, 1997: 2).39
Más bien, como escribía Heffernan, el Journal estará abierto a aquellas colaboracio-
nes preocupadas de forma separada o conjunta con el análisis y la síntesis (respondiendo
a una pregunta que se hizo en 1973), con comprensiones individuales o colectivas, expe-
riencias e interpretaciones de lugares en el pasado así como su cultura mental y material»
(Baker, 1987: 1). Este texto significaba una vuelta más de tuerca sobre las intenciones
iniciales de la publicación mencionada. Ya no se trataba únicamente, como escribían
John Patten y Andrew Clark, de propugnar un «enfoque ecléctico y liberal», abierto a
«aquellos que tuvieran algo interesante que decir acerca de la geografía de un área en un
tiempo pasado». La revista ahora reconocía tácitamente los cambios que había experi-
mentado la geografía histórica en los 20 años transcurridos entre 1975 y 1997.

Los temas de la geografía histórica

De lo explicado hasta ahora puede observarse que hemos partido de una geografía histó-
rica de luces limitadas, para arribar a otra de amplias perspectivas. De un enfoque, que
en resumidas cuentas se basaba en la neutralidad del dato, el trabajo de archivo y la
interpretación del paisaje, a otro en el que se da papel protagónico al individuo y al lugar,
a la sociedad y al espacio, y en el que ni los datos más objetivos conservados en forma de
estadística o cartografía están libres del pecado original que supone haber sido creados
por la mano humana. De una geografía histórica que debía ceñirse a las geografías del
pasado, a los cambios en el paisaje, y a la influencia de las condiciones geográficas en el
curso de la historia (Darby, 1962, en Baker, 1994: 73), se pasaba a una geografía históri-

39. Traducción libre de Pedro Sunyer. El texto original dice: «I shall seek to ensure that the Journal
remains an outlet not only for considered and original research but also continues as a forum for
vigorous debate in which the “borders” of geography, history and several others disciplines besides are
habitually transgressed and subverted» (Heffernan, 1997: 2).

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Pedro Sunyer Martín

ca que aspiraba a ser total, como la historia que se practicaba en los Annales; del argu-
mento de que toda geografía es geografía histórica (Whittlesey, 1945) se transitaba a una
geografía histórica de naturaleza híbrida con otras disciplinas, como lo proponía el di-
rector del Journal en 1997.
Las definiciones de lo que debe ser la geografía histórica varían con respecto a las
escuelas y las líneas de desarrollo que se sigan (Dennis, 1991: 266; Butlin, 1993), y lo
mismo sucede con los temas que se pueden abordar, mucho más variados y acordes a los
tiempos que están viviendo las ciencias sociales y, en realidad, a los cambios habidos en
la sociedad a escala mundial ocurridos aproximadamente en los últimos 30 años.
En este apartado quiero ofrecer un panorama general de los temas abordados en
las investigaciones geográfico-históricas. El propio carácter de la subdisciplina, el nú-
mero de artículos que bajo esta temática se publican y la variedad de publicaciones que
acogen escritos de carácter geográfico-histórico dificultan sobremanera su concreción
en títulos temáticos escuetos. Varios trabajos me han orientado en la dificultad de enca-
sillarlos. Uno de ellos es el debido a Hugh C. Prince (1982), en el que clasifica no única-
mente los artículos publicados en el Journal of Historical Geography entre 1975-1985,
sino también sus debates y reseñas. Los agrupa según el tema, el período abordado, la
nacionalidad del autor y el centro académico de origen. Para tener un panorama más
completo compara los resultados con los de otras cuatro bases de datos más que reco-
gen los temas de investigación desarrollados en el mundo anglosajón (Estados Unidos,
Canadá, Reino Unido, Nueva Zelanda... países de la Commonwealth, en general).
Otros autores, con un ánimo menos analítico, han tratado de extraer líneas genera-
les del desarrollo de la disciplina a través de los múltiples y variados artículos publica-
dos, principalmente, en el Journal of Historical Geography. Algunos de estos textos han
tenido como finalidad mostrar la vitalidad del campo disciplinario de la geografía histó-
rica, y las ricas y fecundas relaciones con otros campos disciplinarios próximos, entre
ellos, la historia, como lo hacen Ogborn (1999), Holdsworth (2002, 2003, 2004), Naylor
(2005, 2006), Mayhew (2008).40

Las escuelas nacionales y sus temas

En primer lugar vale la pena mencionar la diferencia en cuanto a los temas desarrolla-
dos entre las diversas escuelas nacionales. Dennis (1991: 266-267) pone de relieve que
los geógrafos históricos norteamericanos se habían dedicado con mucho ahínco a te-
mas tradicionales, estudios de caso local, elementos particulares del paisaje (tipos de
edificación), la fascinación de los estudios sobre la frontera, en la línea de Turner, un
poco al compás del papel marginal de la geografía norteamericana centrada en las nece-
sidades de la planificación, los sistemas de información geográfica y las imágenes sate-
litales. La aportación radical, como explica Dennis, no tuvo tanta incidencia en Estados
Unidos como sí la adquirió en Gran Bretaña. Por su parte, la geografía histórica británi-
ca ha sido mucho más sensible a las discusiones más amplias de la geografía humana y
ha incorporado muchos de sus criterios.

40. Por supuesto, me han sido de utilidad los textos que han abordado la evolución de la geografía
histórica en ámbitos regionales particulares, por ejemplo Baker (1994) para Estados Unidos y Gran
Bretaña; Dennis (1991) para los mismos ámbitos; Claval (1984) y Pitte (1994) para Francia, entre otros.

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La geografía histórica y las nuevas tendencias en la geografía humana

Finalmente, en relación con la geografía histórica francesa, Baker (1980) y Claval


(1984) hablan de una clara preferencia de los geógrafos francófonos por un mundo que
se sabía en extinción, como es la vida rural, y que representaba un elemento estable
dentro de la cambiante fisonomía del paisaje, no sólo francés, sino europeo. Las mono-
grafías regionales de inspiración vidaliana, como apunta Claval, recuperaban una histo-
ria olvidada por los historiadores: «Arrojaban luz sobre patrones de comunidades terri-
toriales, la comarca, a veces las provincias, la trama de campos y el modo de delimita-
ción [...]; los fundamentos de la vida económica, el papel de los nutritivos cereales, de la
rotación y el barbecho [...]. Emerge de todo esto, la relevancia de la gente común y su
medio; bajo la espléndida vida de poblaciones y acontecimientos registrados en los do-
cumentos diplomáticos, subyace un silencioso y lento estrato histórico» (Claval, 1984:
235). La recuperación por parte de los geógrafos de esta historia no pasó por alto a los
historiadores de la escuela de los Annales, quienes comenzaron a reflexionar sobre las
estructuras «cuasi-estables» de los mundos del pasado, las de «larga duración», como
las denominó Fernand Braudel (1949).
Estas diferencias entre las escuelas nos pueden ayudar a entender, entre otras cues-
tiones, la sorpresa, que con motivo del congreso de la UGI en Montreal (1972), causó a
los geógrafos europeos el descubrimiento que realizaban sus colegas norteamericanos
del concepto de «lugar» (lieux, francés; place, inglés) y el de «sentido de lugar», así como
el apasionamiento que tuvieron [los anglosajones] por Vidal de la Blache (Claval, 1999:
243). Así, algo que era perfectamente comprensible desde la noción de pays, sólo pudo
incorporarse a través de la fenomenología social, por lo que suponía este término en
experiencia geográfica.

Los temas de la geografía histórica

El estudio realizado por Hugh C. Prince (1982) sobre el período 1975-1981 de los artícu-
los, debates y reseñas publicados durante su etapa como redactor del Journal of Histori-
cal Geography, habla, en primer lugar, de una publicación que tuvo un considerable eco
entre investigadores estadounidenses y británicos y, en menor grado, franceses. En el
primer caso, los temas geográfico-históricos habían tenido su recepción —y aún la tie-
nen— en varias publicaciones, como Annals of the Association of American Geographers,
Geographical Review, Landscape, entre otras, a las que cita este autor. Mientras tanto
la geografía histórica francesa, observa Prince (1982), tenía en la revista de historia de
los Annales su principal nicho.
Más interesante resultan las temáticas abordadas en la publicación en esos años.
Éstas se centran en aspectos económicos y sociales del ámbito rural y urbano, seguidos
muy de lejos por los temas ambientales y metodológicos. Por su lado, y contrariamente,
de los artículos de geografía histórica que se publicaban en los Annales, destaca Prince
(1982) que muchos se encuentran en los márgenes de la geografía, la historia y la psico-
logía. Estudios sobre la territorialidad, el sentido del lugar, la alienación, las mentalida-
des son algunos de los temas más abordados. Otros temas y períodos son mucho más
esporádicos. Los períodos de la historia más atractivos fueron el de los siglos XIX prefe-
rentemente, y el del XVIII.
Los temas abordados por la geografía histórica francesa parecen haberse ido incor-
porando lenta pero indefectiblemente en el Journal of Historical Geography. Miles Og-

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born (1999) y James Ryan (2004), en Progress in Human Geography, muestran la cre-
ciente amplitud de temas que sobre geografía histórica se van publicando en diferentes
revistas norteamericanas y son partidarios de potenciar esa interdisciplinariedad que
había ido afianzándose en la geografía histórica y que manifestaba Heffernan en su
editorial de 1997. Se superaban así los temores de una deconstrucción disciplinaria y la
reconfiguración con límites precisos, como pretendía Guelke (1997) y Ogborn (1999) y
que ha permitido aproximarse hacia este campo a profesionales de otras disciplinas.
Ogborn (1999) pone el ejemplo de cuatro temas abordados también desde otras dis-
ciplinas, principalmente la historia, a saber, el imperio, la historia ambiental, la historia
social y cultural, la herencia y la memoria. Las nociones de representación y poder, por un
lado, así como los conceptos de espacio, lugar y paisaje, nutren un enriquecido discurso
sobre cada uno de los temas mencionados. No en vano, para Ogborn (1999), las decons-
trucciones y reconfiguraciones de la disciplina se basan en un modo de entender las geo-
grafías del pasado. Por su parte Ryan (2004) incide en la relevancia del estudio de las
geografías del pasado y de la conformación del conocimiento geográfico (imágenes geo-
gráficas y forjamiento de la identidad territorial —nacional, regional—), un rico legado
que sirve como fuente para los geógrafos interesados en la comprensión del mundo.
Ogborn reconoce explícitamente la influencia de las posiciones del postestructura-
lismo, en particular, de Foucault, pero también de otras posiciones ideológicas como el
feminismo, en la reorientación de los tan manidos discursos de la geografía histórica
clásica (Ogborn, 1999: 103). En particular, esta consideración de la mujer en sus múlti-
ples aspectos, como investigadora, pero también como partícipe en la historia, permite
recuperar «la otra mitad» de los actores de la geografía y de la historia (Butlin, 1993: 67).
Junto con la perspectiva de género y con el trasfondo del problema del poder, también se
han rescatado otros actores, espacios y lugares, que hasta hacía poco habían sido margi-
nados en nuestra comprensión del mundo. Los otros colectivos sociales, minusvalo-
rados por la escasa valoración que se ha hecho de su protagonismo en la configuración
del mundo presente, como los ancianos, los homosexuales, los gitanos, los enfermos
(mentales, físicos y junto con ellos las diferentes definiciones de «enfermo»), los grupos
indígenas entre tantos otros —colectivos religiosos, ideológicos, culturales— y sus geo-
grafías están siendo considerados en las investigaciones que se están practicando ya
desde hace unos años. Son geografías de espacios exteriores y organización de espacios
interiores (McIntosh y Forsberg, 2009).
Algo semejante puede decirse de los lugares marginados tales como los desiertos,
las montañas, los humedales (los lugares «malsanos» y su definición), las selvas, los
polos. En general, todos aquellos lugares poco habitados, que presentan unas condicio-
nes de vida difíciles, que han demorado la penetración humana y su colonización —todos
ellos inexpugnables y espacios para la aventura— y que se han ido incorporando poco a
poco mediante su reciente valoración (económica, social, cultural...) bajo un término
tan eufemístico como el de «servicios ambientales». Sin dejar de ser espacios construi-
dos socialmente, estos espacios, contrariamente a lo que evoca la geografía regional,
han sido, en muchas ocasiones fragmentados, dividiendo a sus poblaciones y haciendo
incomprensible su existencia y características. También suelen ser espacios de frontera
y por lo tanto marginales en la organización estatal, como ha señalado, entre otros, Perla
Zusman (2006). Un caso emblemático es el de las montañas que ha tenido un proceso de
revalorización a partir de varios hechos, entre ellos, el de la declaración del año 2002
como Año Internacional de las Montañas. Su frecuente papel como frontera, sus recur-

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La geografía histórica y las nuevas tendencias en la geografía humana

sos, sus habitantes, su forma de incorporación a la sociedad presente, desde su creación


como espacio diferenciado en el siglo XVIII, han sido objeto de sucesivas valoraciones
geográfico-históricas.
Ligado a los espacios marginales, Robert Butlin (1993: 68) habla de la necesidad de
realizar una geografía histórica de las comunidades, como quiera que se considere este
término, muchos de cuyos protagonistas habitan esos espacios. Con ello, también se
recuperan tantos otros actores que han moldeado el espacio terrestre, muchos de los
cuales preservan sus raíces que se remontan más allá de la historia y cuyas fuentes de
información suelen ser las procedentes de la tradición oral.
El tema de la escala, como construcción social que es, está implícito en la construc-
ción del espacio: no es un armazón jerárquico preordenado, dice Marston (2000), sino
más bien resultado de las tensiones existentes entre las fuerzas estructurales y las prác-
ticas humanas. Conocer las diferentes escalas a las que funcionan ciertos procesos pue-
de arrojar un haz de luz sobre su funcionamiento y evolución.
La geografía regional —uno de los acercamientos preferidos por la geografía histó-
rica desde el siglo XIX— ha servido para justificar geopolíticamente el ejercicio del poder
y del dominio territorial. De honda tradición sobre todo en la geografía francesa que,
como explica Claval (1984), trató de explorar en los vínculos históricos entre los hom-
bres y su medio, la forma en la que ambos elementos se fueron mutuamente moldeando,
adquirió en los últimos 30 años del siglo XX un nuevo auge con enfoques más innovado-
res. Un trabajo señero en este sentido es el realizado por Donald Meinig, The Shaping of
America (1998-2002), alabado por Alan Baker en una reseña publicada en el Journal of
Historical Geography (2005). Meinig, como apunta Baker, es un profundo admirador de
la tradición de la geografía regional francesa y su perspectiva histórica. Este trabajo
tiene como más inmediato antecedente en la geografía estadounidense en la obra de
Ralph Brown Historical Geography of the United States (1948), mientras que rescata de la
geografía francesa su interés por descubrir las raíces de las actuales estructuras espacia-
les. En este sentido, se inspira en los trabajos del historiador francés Fernand Braudel,
en su concepto de larga duración, en la trilogía estructura, coyuntura y acontecimiento
que organizan su análisis, y en el impacto que tuvieron todos ellos sobre la escuela
geográfica francesa.
Alan Baker (2005) aprovecha la aparición del conjunto de los cuatro gruesos volú-
menes del proyecto de Meinig para hacer una reflexión sobre la geografía regional histó-
rica. Valora extraordinariamente el trabajo realizado y saca a relucir las dificultades a
las que tiene que hacer frente el especialista en geografía regional: debe de conjuntar «la
noción teorética de síntesis con el problema práctico de la descripción geográfica» (Baker,
2005: 634). En definitiva, la geografía regional es una especialidad que, dice, tiene mu-
chos devotos pero pocos practicantes debido a la dificultad de su realización.
Los problemas de esta línea de estudios en geografía venían de la necesidad de un
mayor rigor en los análisis practicados que condujeran a la formulación de leyes, en una
polémica que se remonta a las críticas expresadas en los años cuarenta del siglo pasado
por Richard Hartshorne. Superada en gran parte esa polémica, en la actualidad se trata
de poner énfasis en nuevas formas de organización espacial y en otros criterios de aná-
lisis regional, más allá de las unidades estatales, que permitan comprender los patrones
históricos espaciales.
Entre los temas que parecen preocupar actualmente a algunos geógrafos históricos
existen dos que son, o parecen ser, límites disciplinarios, a saber, los relacionados con

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los del medio ambiente y los de la aplicación de los sistemas de información geográfica
(SIG) a los temas geográfico-históricos. Holdsworth (2003), Naylor (2006) Rucinque y
Velásquez (2007) los han puesto de manifiesto con bastante claridad.
En relación con el primero de estos temas, algunos geógrafos opinan que están en
competencia con la historia ambiental (Holdsworth, 2003). Simon Naylor (2008) reto-
ma la preocupación de Holdsworth. Los clásicos trabajos de Man’s Role in Changing the
Face of the Earth (1956) o los posteriores de Clarence Glacken, Traces on the Rodhian
Shore (1996 [1967]) no dejan lugar a dudas del interés que la geografía histórica tiene
por lo ambiental, un tema de por sí clásico dentro, al menos, de la literatura geográfica
anglosajona (George Perkins Marsh es un buen ejemplo). Naylor es partidario de una
cooperación entre ambas líneas. Este autor ha mostrado las aportaciones de geógrafos
en esa línea, y de ambientalistas en lo geográfico-histórico ambiental, así como las debi-
lidades del movimiento histórico ambientalista al desconocer la relevancia, por ejemplo,
de la distinción entre espacio y lugar en geografía, el papel que se le otorga a las divisio-
nes político-administrativas en la explicación de fenómenos ambientales o el problema
de la identificación de la escala adecuada explicativa de ciertos hechos geográfico-am-
bientales. Por otro lado, reconoce que ciertos conceptos como el de naturaleza, medio
ambiente y paisaje habían sido, hasta hace poco tiempo, coto de los geógrafos.
En cuanto a la aplicación de los SIG en lo que se ha dado en llamar sistemas de
información geográfico-históricos (Historical GIS, en inglés), concebidos como instru-
mento, han sido vistos con cierta suspicacia, si bien algunos trabajos revelan su utilidad,
y no únicamente por la posibilidad de tratamiento de los datos y su salida gráfica
(Holdsworth, 2003). Este autor hace referencia principalmente a los trabajos de Knowles
(1993), aunque cuestiona su «novedad», pues la construcción de bases de datos y la
generación de cartografía han sido los medios con los cuales los geógrafo-históricos
siempre han realizado gran parte de su labor. Entre las ventajas, se menciona que las
nuevas tecnologías de la información permiten tratar inmensas series de datos conteni-
dos en los archivos y de manera rápida. Además, a ello se agrega la posibilidad de rela-
cionar tipos de datos entre sí y generar de forma automática cartografía de buena cali-
dad y resolución. Las técnicas de SIG permiten inferir datos en los que hay ausencia,
detectar o poner en relieve comportamientos irregulares. Sin embargo, su éxito o fraca-
so «depende más del deseo del investigador de no abandonar los métodos tradicionales
y las técnicas apropiadas para el análisis de una amplia gama de fuentes. Más bien, no
posee respuestas inherentes, sólo aquéllas provenientes del analista» (Pearson y Colier,
2002, en Holdsworth, 2003: 488).41
Otras fuentes aplicables a los SIG histórico-geográficos son cualquier soporte digi-
tal o digitalizable como pueden ser fotografías, vídeos, cine. Así, se amplían considera-
blemente las posibilidades de aplicación de este instrumento a la geografía histórica.
Finalmente, en estos últimos años, puede observarse, por ejemplo, a partir de la
publicación Journal of Historical Geography, un mayor interés de los especialistas en
geografía histórica por lo local y lo particular, la microhistoria y la microgeografía. Si-
guiendo la evolución que ha tenido la geografía humana en general hacia una mayor

41. «The success or failure of the application of GIS [...] depends on the willingness of the researcher
not to forsake the traditional methods and techniques appropriate to the analysis of a diverse range of
sources. Furthermore, it has no inherent answers, only those of the analyst» (Pearson y Colier, 2002:
114, en Holdsworth, 2003: 488). [Traducción libre de P.S.M.]

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La geografía histórica y las nuevas tendencias en la geografía humana

consideración de la «experiencia del espacio», así como la relevancia del «lugar» como
objeto de conocimiento, la geografía histórica está recalando en fuentes hasta hace poco
inusuales y que pueden llegar a poner en entredicho una forma de hacer ciencia que
trate de descubrir leyes y normas generalizables.
Tal como lo ha presentado Simon Naylor (2008), esta tendencia se refleja en publi-
caciones que tratan de dar mayor trascendencia a la propia biografía de autores relevan-
tes dentro de la geografía, como George Perkins Marsh, John K. Wright, Donald Meinig,
como si hurgando en ella se pudiera comprender mejor la relación entre las vivencias
personales y sus aportaciones. Aunque también cobran interés las biografías o, más
bien, la recuperación de aspectos biográficos de las personas anónimas (mercaderes y
comerciantes, funcionarios del Estado...) que hicieron de su día a día y de sus reflexio-
nes sobre cuestiones diversas, la base de naciones e imperios, de instituciones y de eco-
nomías territoriales.
Como puede observarse, este breve listado de temas, necesariamente limitado, tras-
luce un mundo temático cada vez más extenso y atractivo para los especialistas en geo-
grafía histórica y para cuantos quieran comprender los cambios a través del tiempo en
la organización y modelado del territorio y el espacio. Sin embargo, se puede plantear
una reflexión final que no sólo se refiera a este campo del saber geográfico sino también
a la perspectiva histórica en los tiempos actuales.

Reflexiones finales

Actualmente, hay escritores que se lamentan del actual afán de consumo de los produc-
tos artísticos, en cualquiera de sus formatos (cine, exposiciones, libros...) y, en conse-
cuencia, lo efímero de su vida, expuestos a un público cada vez más voraz, que no llega
ni a asimilar ni a recordar su contenido, y a un ansia desmedida de cumplir con el
objetivo de consumir objetos de cultura. Ello obliga a los creadores a realizar productos
tipo fast-food, de una calidad no siempre contrastada al no poder darle al objeto de
creación el tiempo necesario para su madurez. Esta situación no es exclusiva de las
producciones artísticas sino de muchísimos otros aspectos de la vida actual.
Paradójicamente, según dicen los expertos, nunca como ahora se han hecho tantos
esfuerzos por la conservación del patrimonio —cualesquiera que con este término se
quiera significar— y nunca, como ahora, se han leído tantas novelas históricas, ni ha
habido tanto aprecio por las novelas y los relatos que tengan como fondo un escenario
geográfico próximo o conocido.42 Si eso es así, la consecuencia lógica es pensar que el
ciudadano de este mundo tan occidental y de capitalismo tan exacerbado en el que
vivimos tiene la inexcusable necesidad de regresar mediante la imaginación a experi-
mentar lo que ya no es dado hacer, pues no hay tiempo, y se aboca a tratar de revivir el
tiempo y el espacio propios, la vivencia de aventuras inimaginables en la corta biografía
de cada uno de nosotros, desde la seguridad de la ficción.
Ese interés por los escenarios históricos fue en primer término la principal preocu-
pación de los geógrafos históricos de finales del siglo XIX y principios del XX, y que

42. Pongo por caso que recientemente en Barcelona se han puesto de moda recorrer los escenarios
de algunas novelas recientemente populares en un afán de reconstruir los escenarios imaginados por
los escritores en cuestión.

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Pedro Sunyer Martín

muchos lectores tratan de hallar en las novelas históricas citadas. Una etapa más madu-
ra condujo al anhelo por entender los mecanismos que actúan en esta experiencia espa-
cial y temporal, ya fuera mediante la búsqueda de modelos de comportamiento o de
leyes explicativas de los comportamientos humanos. Una etapa posterior trató de dar
relevancia al individuo y a sus vivencias, a la sociedad como núcleo donde se inserta el
individuo, al espacio y al lugar, todos ellos protagonistas. Una última etapa ha tratado de
deconstruir el conocimiento hasta ahora adquirido y mostrar nuevas formas de enten-
der la gestación del espacio geográfico.
No se trata ahora, pues, tan sólo de reconstruir de alguna manera las condiciones
ambientales en la que vivían los individuos de determinada época, el escenario de tal
tiempo histórico, como de entender, entre otras cosas, cómo funcionaba ese espacio en
las decisiones tomadas por sus protagonistas; cómo vivían ese espacio y ese tiempo tales
personas; cómo influyen las creencias y las relaciones humanas en la percepción de ese
medio; qué puede representar territorialmente (aunque también social, cultural, políti-
ca, ideológicamente...) el trazado de límites arbitrarios e imaginarios entre grupos hu-
manos, entre otras múltiples preguntas.
Quizás la mejor definición que puede ofrecerse a estos últimos 40 años de evolu-
ción de la geografía histórica en el mundo es mediante el título de una conocida obra de
Koyré, Del mundo cerrado al universo infinito (1979): se observa que la geografía históri-
ca ha pasado en un corto espacio de tiempo de ser una disciplina limitada en sus expec-
tativas teóricas y metodológicas a otra en la que parece que todo puede estar por hacer-
se. Se ha dado la vuelta a explicaciones antes asumidas sin dudar y se han planteado
nuevas preguntas que los nuevos geógrafos históricos deben contestar. Es este panora-
ma, en definitiva, el que he tratado de exponer a lo largo de estas páginas, que alientan el
desarrollo de esta especialidad de la geografía.

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LOS GIROS DE LA GEOGRAFÍA HUMANA 173

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INVIRTIENDO EL PUNTO DE VISTA: LAS GEOGRAFÍAS
URBANAS HOLOGRÁFICAS DEL SUJETO HABITANTE

Alicia Lindón
Universidad Autónoma Metropolitana, Iztapalapa, México

Como ya se ha planteado repetidamente, desde los años setenta y sobre todo ochenta, la
geografía humana no ha permanecido al margen de las transformaciones sociales re-
cientes del mundo y de los giros de las otras ciencias sociales con los que se ha tratado de
ofrecer respuestas a esos cambios sociales. Esta circunstancia muestra una ruptura con
el devenir de la disciplina en otros tiempos, en los cuales por un lado las transformacio-
nes del mundo no eran tan radicales como las actuales y por lo mismo no ponían en vilo
el saber hacer tan intensamente. Por otro lado, la relación de la disciplina con los vaive-
nes y grandes dilemas teóricos, epistemológicos y metodológicos de las otras ciencias
sociales no era tan notoria.
Esta inmersión de la geografía humana actual en los giros es una empresa por demás
compleja, sobre todo por dos razones: por una parte, esos giros no tienen un único rumbo,
de modo tal que el involucramiento no indica un nuevo horizonte, sino varios. Y por otra
parte, porque la disciplina a lo largo del siglo XX ha avanzado sustancialmente en la espe-
cialización en diversos campos del saber geográfico. Por lo cual, los giros la impactan de
formas muy disímiles en cada uno de sus campos. En ciertos campos de la disciplina han
influido más unos giros que otros, y además en unos campos —sobre todo los más conso-
lidados— las resistencias a girar han sido considerables. Mientras tanto en otros campos,
emergentes o más recientes, los giros se han insertado de manera natural, acompañando
la constitución o la consolidación —según el caso— del campo mismo.
En este capítulo se indagan algunas temáticas y nuevos rumbos surgidos a raíz de los
giros en el campo particular de la geografía urbana. En este campo y según lo previamente
señalado, uno de los dilemas se presenta en los siguientes términos: por un lado, el fenóme-
no real denominado ciudades y vida urbana ha experimentado fuertes transformaciones
en las últimas tres o cuatro décadas. Esto parece impulsar a la geografía urbana a pene-
trar en los giros a fin de poder hacer inteligibles los nuevos fenómenos urbanos. Dicho de
otra forma, si el fenómeno estudiado cambia profundamente es adecuado buscar nuevas
aproximaciones para interrogarlo, al menos en cuanto a esos aspectos novedosos.
A ello se suma una peculiar circunstancia: en el estudio de las ciudades con perspec-
tivas espaciales existe otro campo del saber —muchas veces superpuesto parcialmente
con la geografía urbana— que se suele denominar estudios urbanos, incluso con muy

LOS GIROS DE LA GEOGRAFÍA HUMANA 175

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Alicia Lindón

fuerte presencia en América Latina. En los estudios urbanos, a diferencia de la geografía


urbana, convergen científicos sociales procedentes de las diversas disciplinas y no exclusi-
vamente geógrafos,1 aunque éstos también integran a veces el campo en cuestión. Esta
circunstancia hace que los estudios urbanos, al menos en parte, hayan mostrado cierta
apertura a los giros que nos atañen, precisamente porque sus miembros muchas veces
proceden de otras ciencias sociales más inmersas en los giros que la geografía humana.
Por la estrecha relación entre los estudios urbanos y la geografía urbana, esta tendencia de
los primeros está permeando en la segunda. Esta particularidad aunada a la circunstancia
previamente comentada (los cambios en la ciudad y la vida urbana), parecerían impulsan
a la geografía urbana de manera muy activa hacia los giros que estudiamos.
Sin embargo, por otro lado encontramos una circunstancia que favorece la tenden-
cia opuesta: la geografía urbana es un campo del saber geográfico bastante consolidado.
En buena medida ese carácter consolidado se debe a la apropiación que ha hecho la
geografía urbana de las propuestas y enseñanzas de la revolución cuantitativa. En la geo-
grafía urbana lo cuantitativo no sólo modeló el espacio urbano a la usanza de las tenden-
cias de los años cincuenta y sesenta del siglo XX, años más tarde también generó nuevas
propuestas. Por ejemplo, todos los esquemas explicativos relacionados con las ciudades
globales, la competitividad de las ciudades, son algunas de esas nuevas pistas produci-
das en los años noventa, que se configuraron sobre las bases que las visiones económicas
—asociadas con la revolución cuantitativa—, legaron al estudio geográfico de la ciudad.
Un emergente de todo ello es que esa consolidación de la geografía urbana puede resul-
tar confrontada, o al menos erosionada, por los actuales giros que encuentran espacio
urbano y vida urbana donde aquellas aproximaciones consolidadas ni siquiera lo sospe-
chaban. Por todo ello, las áreas más consolidadas de este campo del saber geográfico se
posicionan frente a los actuales giros con reticencias y resistencias.
Frente a la posibilidad de reconstruir la geografía urbana por apropiación espacial
de los giros, lo que han emergido son tensiones: en ocasiones se presenta interés por
renovar e incluso refundar el campo, integrando y apropiando estos giros. Pero en otros
casos, se rechaza toda posibilidad de acercamiento con los giros. De esta forma más que
la reconstrucción de la geografía urbana posiblemente estos giros anuncian nuevas frag-
mentaciones, ahora de subcampos dentro del campo de la geografía urbana. Ante todo
ello, en este capítulo lejos de abordar las reticencias, lastres y también los aciertos de
todo lo consolidado, nos centramos en aquello que se hace eco de los giros de finales del
siglo XX, o como los denomina Benno Werlen, del segundo giro cultural (1993, 2003). La
revisión de toda la geografía urbana sería una empresa mayor, imposible de resolver en
un capítulo. Por otra parte, esa tarea se alejaría del objetivo general de la obra, ya que
una parte considerable de la geografía urbana no resulta de este giro cultural de finales
del siglo XX sino de circunstancias previas.

1. En este aspecto habría que agregar que actualmente —sobre todo en Latinoamérica— los geógra-
fos suelen seguir trayectorias de formación académica en las cuales transitan formalmente por otras
disciplinas, lo que crea mayor apertura hacia los giros. Esto se relaciona con la tendencia a trayectorias
educativas que no se inician y terminan (licenciatura, maestría y doctorado) dentro de los límites exclu-
sivos de la geografía humana. Más frecuente aún resulta este tipo de trayectorias que pasan por varias
disciplinas en las distintas etapas educativas, en aquellos geógrafos interesados en el campo de lo urbano
(Lindón, 2010). Tal vez ello no sea ajeno a que lo urbano desborda los límites de cualquier disciplina. En
otros campos de la disciplina, como suele ocurrir con la geografía histórica, aún se encuentran trayecto-
rias académicas cerradas sobre la geografía en todas las instancias educativas formales.

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Invirtiendo el punto de vista: las geografías urbanas holográficas del sujeto habitante

Con el contexto presentado, en el primer apartado de este capítulo se aborda la


perspectiva general de los giros de finales del siglo XX en el campo de la geografía urba-
na. En el segundo apartado se trata el tema del movimiento constante en que está en-
vuelta la vida urbana y la ciudad misma, y que resulta un desafío teórico-metodológico
considerable, pero afín a los giros. En un tercer apartado se revisa la renovada centrali-
dad del sujeto para la geografía urbana que se transforma y se interesa por la ciudad en
movimiento. En la cuarta parte se esboza un particular camino que integra en la geogra-
fía urbana el sujeto y el movimiento constante de la vida cotidiana. Este apartado pre-
senta una particular búsqueda de respuestas a cómo conocer geográficamente la ciudad
a través de escenarios urbanos, que no aspira a constituir más que una forma de aproxi-
marse al asunto entre muchas otras posibles.2 Por último, se presentan algunas reflexio-
nes sobre el carácter holográfico de los escenarios urbanos como otra opción teórico-
metodológica. Al mismo tiempo, se deja flotando la idea de una geografía urbana holo-
gráfica que pueda complementar las miradas corológicas de larga duración en la geografía
urbana. Las geografías urbanas holográficas también permitirían aproximaciones capa-
ces de analizar lo urbano en diferentes escalas, moviéndose de unas a otras pero sin
olvidar la escala del espacio vivido. Estas geografías urbanas holográficas de igual forma
adquieren valor para la búsqueda de descripciones densas y también para indagar pa-
trones, a través de aquello que aparece en el holograma socio-espacial observado y tam-
bién se reitera en otros contextos.

1. La geografía urbana y los giros

Una de las características centrales de estas geografías urbanas resultantes de los giros
es la de buscar concepciones e interpretaciones bastante próximas a la ciudad como
experiencia y la vida urbana misma. Estas geografías aspiran a acompañar de cerca el
fenómeno estudiado, antes que encapsularlo en esquemas lógicos que dejen fuera del
análisis buena parte de lo urbano,3 como han hecho frecuentemente algunas de las geo-
grafías urbanas más tradicionales. Así, estas geografías urbanas asumen que lo urbano
es mucho más que lo que usualmente se ha colocado bajo la lupa de este saber. Eso que
desborda los enfoques clásicos, no debe ser mutilado analíticamente sino incluido como
parte del desafío comprensivo. Por ello, con miras a discutir y producir aproximaciones
geográficas cercanas al fenómeno en estudio, resulta necesario tener en cuenta que la
relevancia creciente de lo urbano y la aceleración e intensificación de la urbanización en
el mundo actual, también han exigido una revisión constante de nuestras formas de
comprender esa realidad, cada vez más compleja, densa y cambiante. Esa revisión críti-
ca —en el sentido de la vigilancia epistemológica del propio observador— implica pre-

2. Aunque el objetivo de este libro (y del capítulo) es de carácter teórico y no tanto metodológico,
cabe observar que los giros de finales del siglo XX en términos metodológicos parecerían impulsar la
multiplicación de estrategias teórico-metodológicas en la investigación empírica, antes que reafirmar
algunas estrategias muy diseñadas y estandarizadas replicables en diversas investigaciones empíricas.
3. Nos referimos al «acompañamiento» de esta geografía urbana respecto a la realidad, retomando
la idea planteada por Michel Maffesoli (1993) con relación a su sociología, de espíritu notoriamente
posmoderno. Se podría plantear en este sentido, que las ciencias que acompañan están en las antípo-
das de las ciencias que tratan de controlar la realidad estudiada, imponiendo conceptos distantes a la
realidad estudiada y que, por lo mismo, mutilan analíticamente lo que tratan de comprender.

LOS GIROS DE LA GEOGRAFÍA HUMANA 177

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Alicia Lindón

guntarnos si nuestros abordajes son los más adecuados para seguir haciendo inteligible
el mundo urbano de cara a sus transformaciones continuas y constantes, o bien si lo son
para hacerlo inteligible en sus diversos vericuetos y fragmentos.
La reflexión acerca de estos temas desde la geografía urbana requiere del reconoci-
miento del carácter consolidado del campo disciplinario, aun cuando no sea de los más
antiguos. No obstante, en buena medida esa consolidación se relaciona con los interro-
gantes y desafíos que la expansión de la urbanización fue generándole al conocimiento
geográfico, sobre todo a partir de mediados del siglo XX.4 Por esa misma consolidación
del campo, actualmente se cuenta con numerosas teorías, conceptos y también herra-
mientas técnicas del que sería imposible dar cuenta en un capítulo de una obra colecti-
va, y que en muchos casos continúan manteniendo considerable potencialidad analíti-
ca. En suma, se cuenta con un saber hacer relevante e instituido, aunque no por ello
monolítico. Precisamente, ese acervo se ha construido contraponiendo y a veces con-
frontando visiones. Por ejemplo, Horacio Capel a mediados de los años setenta plantea-
ba que los tres sentidos que puede tener la ciudad son el de urbs o espacio físico urbano,
el de civitas o sociedad urbana y el de polis o comunidad política (Capel, 1975). En el
mismo texto el autor señala que dentro de ese abanico de opciones, lo específico de la
geografía es el estudio de la urbs. Resulta relevante observar —para nuestra discusión—
que el mismo autor casi dos décadas más tarde (2003) advirtiera que el estudio geográ-
fico de la ciudad debe realizarse en estos tres niveles, y no exclusivamente en uno de
ellos. Esto sólo constituye un ejemplo del carácter no monolítico y cambiante de la
geografía urbana.
La consolidación del campo de la geografía urbana no resulta tan notoria si se consi-
dera toda esta heterogeneidad que ha acompañado a la geografía urbana en su devenir.
Posiblemente, la consolidación de este pensamiento geográfico sólo se puede sostener
enteramente respecto a cierta geografía urbana, frente a lo cual el interrogante no se de-
mora: ¿cuál sería esa geografía urbana consolidada? Aunque una respuesta a esta pregun-
ta excedería lo que en estas líneas se busca desarrollar acerca del asunto, podríamos ade-
lantar que esa consolidación se relaciona con la geografía urbana que es tributaria de la
geografía económica y de la geografía de la población. Dicho de otra forma, la consolida-
ción estaría en aquella geografía urbana muy apegada a la concepción de la ciudad como
concentración de población y también como localización de actividades económicas. Si
esto se aborda desde otro ángulo, como es la concepción de espacio dominante, esta geo-
grafía urbana consolidada también se puede identificar con aquella que se sustenta en una
concepción del espacio geográfico en términos relativos;5 y por ello ha cultivado un saber
externo y aéreo del espacio urbano. Sin embargo, no resulta difícil reconocer que en los
últimos años se han ido gestando otras geografías urbanas que no toman como punto de
partida ninguno de los que acabamos de mencionar.
En este contexto de geografías urbanas a veces consolidadas y otras veces no tanto,
nos podemos preguntar por el impacto que están teniendo los giros en nuestro campo de
estudio. En otros términos, es válido preguntarnos —con un espíritu bourdiniano de vigi-
lancia epistemológica— si todo ese acervo construido por la geografía urbana sigue man-

4. Para fundamentar la idea de la consolidación de la geografía urbana en el caso mexicano se


puede revisar un texto reciente de Alicia Lindón (2010).
5. Entendemos la expresión de espacio geográfico en términos relativos en la perspectiva del
contenedor con contenidos (Bailly y Beguin, 2000).

178 LOS GIROS DE LA GEOGRAFÍA HUMANA

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Invirtiendo el punto de vista: las geografías urbanas holográficas del sujeto habitante

teniendo su capacidad explicativa a la luz de los giros con los cuales la disciplina se inserta
en el cambio. También caben otros interrogantes, por ejemplo: ¿cuáles son las perspecti-
vas que se abren a partir de los giros, en el caso específico de la geografía urbana?
Los giros que afectan a la geografía humana en general, para el campo particular de
la geografía urbana se expresan en dos temáticas principales, y cada una de ellas a su vez
se despliega de varias formas. Una de estas temáticas es la centralidad del sujeto. La otra
es la cuestión del movimiento.
En cuanto a la centralidad del sujeto, ante todo se debe considerar que el sujeto se
concreta en la figura del habitante de la ciudad. Y esto, por encima de todo, supone
reconocer numerosas diferencias y especificidades, antes que reducirlo a generalidades,
como se hizo en la geografía humana con el concepto de ser humano o, como ha sido
frecuente, a través del concepto de población, al menos en aquella geografía urbana con
sesgo demográfico.
El análisis del sujeto para esta geografía urbana que gira resulta conveniente con-
cretarlo al menos en tres planos analíticos. Uno de ellos es el «actuar de los sujetos» en la
ciudad, considerando que esto incluye no sólo todos los tipos de prácticas espaciales
sino también hablar de la ciudad, de sus fragmentos y hablar acerca de lo que se hace en
la ciudad.6 El otro plano analítico en el que se concreta la consideración urbana del
sujeto es precisamente la subjetividad urbana, es decir, esa trama de sentido en la cual se
mueven y actúan los urbanitas (Lindón, en prensa). Un tercer nivel analítico son las
formas espaciales con las cuales se relaciona el sujeto urbano. Así, la geografía urbana
que gira su rumbo ha encontrado en la subjetividad urbana una trama que entrelaza las
actuaciones de los urbanitas (las prácticas), con todo lo que se pone en juego en esas actua-
ciones (el sentido) y también las formas espaciales que las actuaciones (las prácticas)
generan, afrontan, transforman, utilizan, apropian, omiten...
De esta manera, la inclusión del sujeto urbano en la geografía urbana se constituye
en un medio para tejer un puente entre este campo del saber geográfico y la perspectiva
de la construcción socio-espacial de la ciudad y lo urbano (Lindón, 2007b).
La otra cuestión que adquiere centralidad en la geografía urbana que se reconstru-
ye con los giros, es la del «movimiento». Para abordar esta temática nos ubicamos en
una ventana analítica que denominamos «concepto ampliado de movimiento». En este
sentido las palabras de David Ley resultan oportunas porque perfilan un horizonte para
esta geografía urbana: «hacer una geografía de la vida cotidiana de la ciudad es rescatar
el movimiento, y no caer en lo más conocido y estudiado como los usos del suelo urba-
no» (1987: 95). Dicho de otra forma, nuestra búsqueda radica en una geografía urbana
que gira y se reconstruye desde la cotidianidad de los habitantes: nos orientamos hacia
la reconstrucción de una de esas otras geografías —para retomar la expresión de Nogué
y Romero (2006)— que se han ido produciendo en estas últimas décadas al intentar
acercamientos sensibles al sujeto y sus experiencias espaciales en la ciudad.
En esta perspectiva resulta difícil —o más precisamente, imposible— presentar una
geografía urbana abierta a los giros y, al mismo tiempo, integrada, articulada e institui-
da. En la geografía humana en sentido amplio (lo que incluye la geografía urbana) todo
lo relativo a la vida cotidiana y el sujeto son cuestiones emergentes (Debarbieux, 1997a y
1997b; Lindón, 2006a). Dicho de otra forma, sólo se han realizado avances parciales y

6. Esto implica que los actos del habla son considerados como prácticas. Al respecto nos remiti-
mos a Mondada (2000 y 2006).

LOS GIROS DE LA GEOGRAFÍA HUMANA 179

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Alicia Lindón

fragmentados. Frente a este curso del pensamiento, más que una revisión de esos avan-
ces fragmentados de una geografía urbana así renovada, nos abocamos a presentar una
perspectiva propia que integra ciertos avances realizados desde distintas voces de la geo-
grafía francófona, anglosajona e iberoamericana, y también desde algunos rincones de
las otras ciencias sociales sensibles al asunto que nos atañe. Seguramente también se
podrían perfilar otros rumbos de las geografías urbanas que giran, se replantean y bus-
can ampliar el conocimiento espacial del mundo urbano. En última instancia esta pers-
pectiva propia asume el desafío que advirtiera Michel Lussault: no sólo es necesario
deconstruir el saber geográfico sino también reconstruirlo (Lussault, 1999: 225). Así, las
pinceladas que siguen tienen el sentido de avanzar en una de las tantas posibles recons-
trucciones entre otras, que no sería factible revisar en esta ocasión.

2. La geografía urbana y el movimiento

Desde algunas perspectivas desarrolladas en nuestra disciplina se podría considerar que el


interés por el movimiento no es nuevo en la geografía urbana, ni desencadenado a partir
de los mencionados giros, sino de larga data. Efectivamente, el movimiento ha estado
presente en la geografía urbana a través del interés por estudiar la movilidad espacial y
también los flujos. En este sentido, se puede recordar la insistencia de Milton Santos en
que la mirada geográfica no se debe limitar al estudio de los fijos, sino que también debe
avanzar en el análisis de los flujos. De hecho, para Santos el «espacio es un conjunto de
fijos y flujos [...]. Los flujos son un resultado directo o indirecto de las acciones y atravie-
san o se instalan en los fijos [...], los flujos son hoy cada vez más diversos, más amplios,
más numerosos, más rápidos» (Santos, 2000: 53).7 Los flujos son una forma de movimien-
to muy importante en las ciudades, y por lo mismo en la geografía urbana.
Así, del tradicional interés por las formas espaciales (los fijos, en el lenguaje santo-
siano), más o menos desde los años ochenta, los flujos vinieron a representar para la
geografía urbana una innovadora apertura en ese complejo camino de acercamiento al
movimiento (Claval, 1981). A modo de síntesis rápida y no carente de esquematismo, se
puede recordar que los flujos básicamente se han analizado como flujos de bienes, mo-
vilidad y flujos de personas; y más recientemente también como flujos de servicios,
información, conocimiento, poder, relacionados con las redes informacionales.
En el caso particular de los flujos de bienes se puede recordar que han sido objeto
de análisis sobre todo por parte de la geografía urbana de orientación económica.
Los flujos y la movilidad espacial de las personas en diferentes lapsos de tiempo,
también constituyen una línea de larga tradición en la geografía urbana. Éste es el caso
de la movilidad espacial trabajo/residencia que ocurre dentro del ciclo de las 24 horas,
usualmente estudiada en la geografía urbana bajo el rótulo de conmuting. Este tema ha
sido una forma de abordar la suburbanización (Berry, 1976) que devino en uno de los
grandes capítulos de la subdisciplina.

7. Estamos refiriéndonos al tema de los flujos en Milton Santos según una de sus últimas grandes
obras, La naturaleza del espacio, pero cabe subrayar que el autor venía desarrollando este tema desde
años antes. Incluso, en esa misma obra, Santos cita textos propios previos, como Por una geografía
nueva (1990), cuya primera edición en portugués se remonta a 1978, o también otros textos publica-
dos inicialmente en portugués a lo largo de los años ochenta, como es el caso de Metamorfosis del
espacio habitado (1996) o también Pensando o espaço do homem (1982).

180 LOS GIROS DE LA GEOGRAFÍA HUMANA

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Invirtiendo el punto de vista: las geografías urbanas holográficas del sujeto habitante

En la última década y media, la subdisciplina generó un nuevo desarrollo teórico


relevante en torno al estudio de lo que tal vez se podría denominar la suburbanización
del suburbio, también identificado como el modelo de ciudad difusa/dispersa y a través
de muchos otros neologismos. En todos estos estudios el tema del movimiento espacial
ha estado presente porque la expansión constante de la ciudad más allá de sus límites,
constituye la conjunción de varias formas de movimiento. La construcción material del
suburbio supone una forma de movimiento de la ciudad y de los lugares de residencia,
de trabajo y de otras actividades como los servicios que utiliza el habitante de la ciudad:
se trata de movimiento en cuanto a los patrones de localización de diversas actividades.
De igual forma, este tipo de procesos ponen en juego movimientos cotidianos que deri-
van de la vida en ese nuevo suburbio (Nel·lo y Muñoz, 2004; Soja, 2001 y 2004; Ghorra-
Gobin, 2003; Monclús, 1998).
Una derivación del estudio de la movilidad residencial a lo largo de la trayectoria de
vida de los habitantes de la ciudad es la que se ha interesado por el fenómeno conocido
como gentrificación. En muchos casos este proceso ha sido estudiado desde la reestructu-
ración urbana y la renovación de los centros históricos con un sesgo en las políticas urba-
nas. En otros casos la gentrificación ha sido analizada desde la perspectiva del movimiento
de los habitantes de la ciudad que en cierto momento de su trayectoria biográfica despla-
zan su residencia hacia los centros, cuando antes —o en generaciones previas— lo habían
hecho hacia las afueras (Ley, 2003, 2000, 1995). Así, el capítulo de la geografía urbana
denominado gentrificación también ha recogido el asunto del movimiento.
Más recientemente también ha sido fuerte el interés geográfico por estudiar el mo-
vimiento espacial en términos de flujos de servicios, información y conocimiento. Esta
línea de análisis ha estado muy asociada al interés de la geografía urbana por conocer
las ciudades globales, mundiales, las ciudades en redes, las ciudades informacionales y
ha constituido uno de los frentes del trabajo en la geografía urbana reciente más recono-
cido y difundido (Hall, 1998).
En todos estos casos, el movimiento ha sido concebido como una forma de despla-
zamiento, o un mecanismo para mover algo de un lugar a otro, aun cuando los ciclos de
tiempo en los que ocurre ese desplazamiento sean diversos (las 24 horas, diario, sema-
nal, estacional, anual...). Este tipo de estudios también ha considerado el caso del movi-
miento de la información. Una derivación de este interés geográfico ha sido la revisión
de esos desplazamientos en términos del costo económico que supone dicho movimien-
to. Otra ha sido el análisis del desplazamiento desde la perspectiva del consumo de
tiempo que trae consigo esa forma de movilidad espacial. A partir de estos abordajes se
ha planteado el estudio de los desplazamientos instantáneos, es decir, aquellos que por
las tecnologías de la información no consumen tiempo, aunque actúan en el espacio.
A pesar de la heterogeneidad, la velocidad y la inmaterialidad frecuente que adquie-
ren en la actualidad estos flujos, no se debería perder de vista que desde los tempranos
tiempos de Ratzel (siglo XIX), la geografía humana en general se ha interesado por el
movimiento espacial y ello ha constituido uno de los rasgos intrínsecos de la disciplina.
En casi todos los casos, el tratamiento de los flujos y la movilidad —sean personas,
bienes, información o conocimiento— analíticamente es abordado como si lo que se
mueve fueran cosas en el sentido amplio de la expresión. Nos referimos a la idea de
«cosa» en la más pura tradición durkheimiana: «tratar los hechos sociales como cosas»,
rezaba la regla del método que tan cara le resultara a Durkheim. Aun en el caso de las
personas, estos análisis se realizan en términos de cosas que se miden, se cuantifican y

LOS GIROS DE LA GEOGRAFÍA HUMANA 181

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Alicia Lindón

en consecuencia se traducen en un dato agregado, aun cuando sea un agregado de per-


sonas (lo que finalmente ha generado el concepto de población, tan incorporado en la
geografía humana). Por ejemplo, son ampliamente conocidos los estudios de geografía
del transporte (frecuentemente reconocido como un subcampo particular de la geogra-
fía urbana) en donde se analizan las personas que se desplazan entre un lugar de origen
y otro de destino como si fueran un dato agregado. En otras palabras, se hace referencia
a cantidades de personas tal como podría ser un volumen total de mercancías que se
mueven de un lugar a otro. En esa perspectiva lo más relevante suelen ser los puntos de
origen, de destino, la cantidad que se mueve, el medio de transporte, el costo y el tiempo
de traslado. Como advirtiera Angelo Turco, estas concepciones han producido una «no-
toria reificación de la superficie terrestre» (2000: 288): el espacio urbano ha sido conce-
bido como yuxtaposición de elementos. Parafraseando a Turco se podría decir que el
espacio urbano ha sido concebido por la geografía (implícitamente) sobre todo en tér-
minos «paratácticos» (2000: 289).8
Metodológicamente esta perspectiva se complementó con una mirada geográfica
desde afuera y desde arriba o «icariana», para usar la metáfora de Paul Claval,9 cuyo
aval y principal mecanismo de legitimación ha sido la cartografía: desde arriba (a vuelo
de pájaro), por ejemplo, es posible observar la superficie en extensión, y seguir el traza-
do de estos flujos. Al mismo tiempo, el investigador observa desde afuera porque la
concepción del mundo como cosa supone que cualquiera puede captarla externamente
por su expresión material (cosa), con la sola condición de estar en el punto de observa-
ción adecuado.
El desembarco de los giros en la disciplina también ha hecho posible preguntarnos
por la problemática del movimiento pero desde otros ángulos. Esto no supone que aque-
llas formas instituidas en la disciplina para pensar el movimiento en el espacio de la ciu-
dad no fueran y sigan siendo relevantes. Más bien la cuestión que emerge es el reconoci-
miento de que la vida en la ciudad también implica otros tipos de movimiento que no
están recogidos en la perspectiva de los flujos, la movilidad espacial y los desplazamientos.
Las geografías urbanas que le otorgan centralidad al sujeto habitante de la ciudad
(como se plantea en esta perspectiva afín a los giros) aspiran a conocer y comprender
esas otras formas de movimiento que animan la vida del sujeto habitante de la ciudad y
el espacio urbano. El sujeto resulta indisolublemente ligado al movimiento en sentido
amplio porque el discurrir de la vida es movimiento. El actuar del sujeto en la ciudad es
una forma de movimiento, incluso en los instantes en los que no se desplaza. Veamos
con cierto detenimiento esta idea de movimiento que busca no reducirlo al desplaza-
miento de un lugar a otro.
La tradición filosófica clásica ha enseñado que el movimiento es el acto de modifi-
cación de algo. Dicho de otra forma, el movimiento es el constante discurrir de la vida
social, las constantes interacciones entre las personas, es el permanente obrar de los
sujetos y la capacidad de la psique humana de crear y recrear en cada instante flujos,
representaciones, deseos, afectos, imaginar la ciudad y, sobre todo, sus fragmentos. Así
entendido el movimiento no ha sido un tema de estudio usual en la geografía urbana.
Sin embargo, las ciudades —que estudia la geografía urbana— desde hace más de un

8. Para un análisis más detallado de la concepción paratáctica del espacio nos remitimos al trabajo
de Angelo Turco en este libro.
9. Paul Claval se ha referido a esta visión tan arraigada en la geografía a través de la figura mitológica
del vuelo de Ícaro (Claval, 2007).

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Invirtiendo el punto de vista: las geografías urbanas holográficas del sujeto habitante

siglo han sido caracterizadas por la aceleración,10 por las transformaciones en la vida
urbana misma, que en esencia son formas de movimiento. Tal vez por la «pesadez de la
materialidad de la ciudad» (Lacarrieu, 2007) y también por la tradición geográfica de
pensar el espacio sobre todo como formas espaciales, ha resultado natural reducir el
movimiento del discurrir de la ciudad al desplazamiento de una cosa de un lugar a otro.
Para las geografías urbanas involucradas en los giros (que son una forma de movimien-
to, aunque del pensamiento científico), la ampliación de la concepción de movimiento
parece constituir uno de los desafíos fundamentales.
El movimiento puede ser comprendido como el devenir constante de la vida urbana
que hace11 la ciudad en cada instante. Así, la ciudad es movimiento incesante. Manuel
Delgado se ha referido a esta concepción del movimiento en la ciudad caracterizándolo
como un «temblor que constituye la naturaleza de lo urbano [...] Una vitalidad urbana»
(Delgado, 2007: 19). Desde la perspectiva de la geografía urbana, esto representa cierta
innovación ya que ha predominado el interés por las formas que perduran y se presentan
más o menos estáticas. La concepción de la ciudad como movimiento también implica
acercarnos analíticamente a lo efímero y lo fugaz (Hiernaux, 2007), que también puede
ser concebido como el hacer cotidiano, las prácticas diversas y banales, y los lugares en
los cuales se despliegan las prácticas (Lindón, 2006a, 2007b). La ciudad en movimiento
sería así el conjunto de múltiples expresiones condensadas del tiempo y el espacio, que
constituyen las acciones ocurridas en esas unidades espacio-temporales.12 Tal vez por
esto, Manuel Delgado (1999: 38) ha señalado que su forma de estudiar lo urbano es en
términos de la «ciudad practicada», y no tanto a través de la perspectiva que el autor
denomina la «ciudad ocupada». Resulta significativo que la geografía urbana durante
largo tiempo se haya interesado precisamente en la ciudad ocupada. Las prácticas conlle-
van el movimiento constante porque constituyen el hacer mismo del sujeto. En cambio,
la ocupación espacial destaca la inmovilidad, ya que esta noción enfatiza la forma espa-
cial resultante de la práctica. En el análisis de la ocupación espacial, las prácticas no se
analizan en sí mismas, sino a través del producto material que generan. Así, las formas
espaciales constituyen el esquema de pensamiento de lo urbano más difundido.
En esta perspectiva, y parafraseando a Constancio de Castro, cabe preguntarnos:
¿qué relación tienen las distribuciones de grupos y sujetos sociales en los barrios y zonas
de la ciudad —por ejemplo, según el nivel socio-económico de sus residentes, o de acuer-
do con el uso del suelo— con el torbellino de la vida en esa misma ciudad en un momen-
to del día en particular, por ejemplo, el mediodía? (1997: 8). No es difícil responder que
parecería que se trata de dos realidades diferentes. Este asunto se torna muy relevante
porque la diferencia no procede tanto del fenómeno real (la ciudad o el fragmento estu-
diado) sino de la forma de estudiarlo. Dicho de otra manera, lo anterior muestra los
límites de los abordajes que pueden llegar a mutilar analíticamente el fenómeno que
denominamos movimiento, o al menos invisibilizarlo (Louiset, 2001). Esto no niega que esa
mutilación que resta visibilidad analítica a ciertos aspectos que podemos denominar

10. Siempre elocuente sobre el asunto, el clásico texto de Simmel de 1908 sobre la vida en las
metrópolis.
11. Aunque el verbo hacer suele no ser frecuente en los estudios urbanos y en la geografía urbana
en particular, nos interesa usarlo y enfatizarlo porque consideramos que es la forma más explícita de
dar cuenta de las prácticas de los sujetos, del actuar sobre el mundo de las personas.
12. Esta visión rescata las enseñanzas de Torsten Hägerstrand, que difícilmente podría ser identi-
ficado como un geógrafo «urbano».

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Alicia Lindón

«estados transitorios de lo urbano» (Delgado, 1999: 36), al mismo tiempo pueda contri-
buir a comprender otras dimensiones, como es el caso de la distribución espacial de
cierto fenómeno en un área de extensión.

3. La geografía urbana y el giro hacia el sujeto

El movimiento en la perspectiva planteada responde al hecho de que los sujetos desarro-


llan su vida en la ciudad como un constante hacer, un permanente interactuar con los
otros, consigo mismos y con las formas espaciales. Por ello, es en los individuos —en-
tendidos como sujetos sociales de existencia espacial— en donde residen los fundamen-
tos de ese movimiento o fluir constante de la ciudad (Gumuchian et al., 2003: 29).
Alain Bourdin ha observado la necesidad de «estudiar la metrópoli de los individuos
a través de la experiencia individual» (Bourdin, 2007).13 Asimismo, este autor subraya que
la heterogeneidad de la oferta de la ciudad obliga al sujeto a decidir en todo momento:14
«el individuo de la civilización metropolitana es llevado por el flujo de la oferta urbana. Su
experiencia se diferencia de la de todos los demás, afronta la incertidumbre del sentido de
elegir en todo momento. Esto vuelve mucho más difícil la organización de su vida cotidia-
na, que se convierte en un problema social y urbano» (Bourdin, 2007: 81). Estas palabras
de Bourdin resultan elocuentes de la importancia del sujeto y su perspectiva para com-
prender la ciudad, y también para esta geografía urbana envuelta en los giros. Esa incerti-
dumbre y las decisiones con las cuales el individuo la afronta, en buena medida es una
incertidumbre espacial y las decisiones también son de tipo espacial.15 Frente a estas pers-
pectivas, una alternativa para la geografía urbana abierta a los giros es precisamente la de
pensar y descifrar la ciudad desde la cotidianidad de sus habitantes, desde sus experien-
cias espaciales en constante curso de producirse y reproducirse.
En cuanto a la figura del sujeto parece importante especificarlo como «sujeto-habi-
tante» (Lindón, en prensa). Esta figura se retroalimenta del concepto de sujeto por un
lado, y por otro también del habitar.
El concepto de sujeto social parece resultar más amplio que el de actor, cuyo énfasis
radica sólo en la capacidad de actuar. Por ello se habla del sujeto histórico como aquel
que construye la historia. En cambio, el concepto de sujeto social retiene ese vínculo con
la acción (igual que el de actor) a través del propio concepto gramatical de sujeto: es
quien ejecuta la acción o de quien se habla. Y al mismo tiempo, el concepto de sujeto
incluye un segundo aspecto (que no está presente en el concepto de actor): el sujeto se
refiere a un ser que experimenta el mundo (de ahí la relación entre el sujeto y la subjeti-

13. Sin duda alguna, Alain Bourdin (2007) está parafraseando intencionalmente el título de la
conocida obra de Norbert Elias La sociedad de los individuos (1990).
14. Este tema ha sido extensamente analizado por otros autores, como Anthony Giddens (1997),
aunque en casi todos los abordajes no se lo ubica como referencia directa a la ciudad y la metrópolis
(como lo hace Bourdin), sino en el contexto de las sociedades de la modernidad avanzada.
15. No obstante, se debe reconocer que Bourdin no asume una mirada geográfica, sino más bien se
posiciona en una sociología abierta a la comprensión del espacio urbano. Esto también muestra que
para esta geografía involucrada en los múltiples giros, el diálogo con otras disciplinas es enriquecedor.
Esas retroalimentaciones transdisciplinarias también son expresión de que fenómenos complejos y
multifacéticos como las ciudades difícilmente podrían hacerse inteligibles al investigador limitado a
un solo campo disciplinario.

184 LOS GIROS DE LA GEOGRAFÍA HUMANA

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Invirtiendo el punto de vista: las geografías urbanas holográficas del sujeto habitante

vidad) y que está relacionado con otra entidad. El sujeto experimenta una sujeción a un
mundo social. En suma, el sujeto alude a la capacidad creativa (actuar) y a la sujeción a
un mundo social.
Por otro lado, al replantear el concepto de sujeto en términos del sujeto-habitante
se incorpora así la espacialidad por la vía del habitar. La figura del habitante es una de
las entradas analíticas de mayor potencialidad para comprender el espacio (Lussault,
2007): el habitante reúne de manera indisociable el sujeto y el espacio, ya que sólo se
puede ser habitante de algún lugar. La figura del habitante se constituye así en una
unidad compleja entre el sujeto y el lugar, que se resiste a ser reducida a simples dicoto-
mías. La figura del habitante también permite evitar la tan reiterada noción del usuario
del espacio urbano. Sin duda alguna, muchos habitantes del espacio urbano en ciertas
circunstancias sólo lo usan. Sin embargo, la experiencia de habitar un lugar suele des-
bordar el simple uso. Por ello, la figura del habitante parece más adecuada para com-
prender la experiencia espacial en la ciudad.
La figura del habitante también requiere de otras aclaraciones adicionales. En un
mundo como el actual, en el cual la movilidad espacial se ha tornado insoslayable, no
sería oportuno seguir concibiendo el habitar con un dejo de romanticismo en el sentido
del sujeto anclado a su tierra. Seguramente, en tiempos de acelerada movilidad espacial,
aún existen sujetos de ese tipo. Pero sólo constituyen un tipo de habitante y, por cierto,
cada vez menos frecuente. Por ello, si se considera al habitante a través de la noción de
habitar como arraigo profundo a la tierra, la potencialidad analítica del concepto se
restringiría a esos sujetos escasos y raros en una época de movilidad espacial ampliada,
de desanclajes extendidos y también de múltiples nuevos anclajes (Radkowski, 2002).
Más bien, se requiere una ampliación de la noción de habitar: por un lado, parece perti-
nente independizar el habitar del residir, sin negar que el residir constituye una de las
formas posibles del habitar. Al plantear la cuestión en estos términos, resulta