Está en la página 1de 90

Federico Campbell

La Máquina de Escribir
Federico Campbell

La Máquina de Escribir
Federico Campbell. La Máquina de Escribir
©Herederos de Federico Campbell
©Juan Villoro
©Élmer Mendoza
©Carmen Boullosa
©David Huerta
©Martín Solares
©Eduardo Flores Campbell
©Iliana Olmedo
©Daniel Salinas Basave
©Jaime Muñoz Vargas
©Vicente Alfonso
©Elena Trapanese

Torreón, Coahuila
Febrero, 2018

Edición no venal

Compilador
Vicente Alfonso
cajondesastre77@gmail.com

Editor
Jaime Muñoz Vargas
rutanortelaguna@yahoo.com.mx
Índice

Presentación
Historia de una máquina | 7
QWERTY
Federico Campbell | 11
Federico
Juan Villoro | 15
Fede, Federico, Campbell
Élmer Mendoza | 19
La editorial de Federico Campbell
Carmen Boullosa | 23
La poesía y Campbell
David Huerta | 27
La aventura de Federico Campbell
como piloto aviador
Martín Solares | 35
Ne obliviscaris
Eduardo Flores Campbell | 43
Las máscaras del periodismo mexicano
Iliana Olmedo | 49
El lobo en su santuario
Daniel Salinas Basave | 57
Las máscaras del Leviatán
Jaime Muñoz Vargas | 63
Federico Campbell: la caza y la cosecha
Vicente Alfonso | 67
“Mexico es un país sin verdad”. Conversación
entre Federico Campbell y Elena Trapanese | 75

Referencias | 83
Presentación
Historia de una máquina

“E
ra un hombre de máquina de escribir, no de
pluma”, escribe Federico Campbell en La
clave Morse, novela que inicia con un episodio de su
infancia: la intempestiva renuncia de su padre al te-
légrafo luego de treinta años de servicio. Tras me-
ses sin trabajar, el hombre sale un día de su casa
cargando una máquina Smith Corona negra. Afuera
del telégrafo, en una mesita, abre un escritorio pú-
blico en donde redacta, por unas monedas, cartas y
telegramas a quien lo necesite. “No sé si alguna vez
se imaginó que la vieja máquina negra le daría de
comer”, dice el narrador en esa magistral novela.
De su padre, telegrafista, Campbell heredó la
precisión y la velocidad en el uso de la palabra. De
su madre, maestra, aprendió la paciencia y el rigor
frente al idioma. Y fue su madre quien años después
compró una Olivetti en abonos y se la regaló al joven
Federico, que migró de Tijuana a la capital con esa
máquina bajo el brazo. No sé si imaginó alguna vez
que la Olivetti color plomo le permitiría convertirse
en reportero y además le serviría para escribir cua-
tro novelas, decenas de cuentos, cinco volúmenes de
ensayo, dos libros de entrevistas, un diario literario
y un manual de periodismo. El caso es que Campbell
pasó la mayor parte de su vida frente a una máquina
de escribir y así se ganó, cuartilla tras cuartilla, su

7
lugar en el mundo. Tal vez por eso en 1977, cuando
renunció a su empleo y decidió fundar con su fini-
quito una pequeña editorial independiente, no dudó
en el nombre que ésta debía llevar: La Máquina de
Escribir.
Como consta en los textos que integran este libro,
la meta de la editorial que fundó Campbell era for-
mar una colección con lo más valioso entre lo que es-
taban escribiendo los jóvenes a fines de los setenta.
Muchas veces utilizó la palabra marginal para defi-
nir aquellas modestas ediciones fuera de comercio.
No obstante, las apuestas de entonces son hoy gran-
des figuras de nuestras letras: David Huerta, Juan
Villoro, Carmen Boullosa, Fabio Morábito, Esther
Seligson, Coral Bracho, Jorge Aguilar Mora, Álvaro
Uribe, Margo Glantz… Y aunque a aquel esfuerzo le
llegó la hora de cierre, Federico jamás dejó de apo-
yar a los colegas en los que creía. Fue Campbell el
primero en apostar por Un asesino solitario, la opera
prima de un autor que es ya un clásico en nuestra
lengua: Élmer Mendoza. Fue Campbell el primero en
reseñar Porque parece mentira la verdad nunca se
sabe, de Daniel Sada. Y hablaba con auténtico fervor
de Los minutos negros, la tremenda novela de Martín
Solares. La lista de sus entusiasmos podría seguir
por varias páginas.
Federico Campbell era un hombre que a cada paso
se hacía preguntas, que olfateaba buenas historias
donde otros veíamos sólo la cáscara engañosa de la
cotidianidad. Investigaba, se preguntaba cómo fun-
cionaban las cosas, hallaba conexiones subterráneas.
Hace unos días recordaba una entre las muchísimas

8
conversaciones que tuvimos: luego de tallerear un
texto en su estudio, me pidió que le acompañara con
su relojero. Mientras caminábamos por la Condesa
me preguntó si me había fijado en que en las revistas
casi todos los anuncios de relojes marcan las 10:10. Yo
nunca había notado ese detalle. Nos detuvimos a com-
prar algunos impresos y al hojearlos comprobé que sí.
(Hagan la prueba).
A cuatro años de su muerte, esta plaqueta es un
homenaje al escritor, al editor, al periodista, al maes-
tro y al amigo. Gracias a la generosidad de los autores
aquí incluidos hemos podido armar un cuadernillo
que evoca el formato que tenían los de La Máquina
de Escribir. Esta edición fuera de comercio contiene
recuerdos de tres autores que vieron sus primeras
obras en aquella colección: Carmen Boullosa, David
Huerta y Juan Villoro. Hay también remembranzas
que provienen de las máquinas de Élmer Mendoza y
de Martín Solares, además de una entrevista que le
hizo su traductora al italiano, Elena Trapanese. Un
testimonio de su sobrino, Eduardo Flores Campbell,
así como ensayos de Iliana Olmedo y Jaime Muñoz
Vargas (este último fue además el entusiasta editor
de esta publicación). Daniel Salinas Basave da cuen-
ta de sus encuentros con el autor de Transpeninsu-
lar. Yo, como alumno de Campbell, incluyo un texto
sobre lo que significó acompañarlo en la corrección
de sus libros y en un taller de sastrería literaria que
duró casi una década.
“Por alguna enigmática razón sólo el trabajo de la
memoria trastocada en narración nos da la idea de
quiénes somos: atañe esta labor narrativa a nuestra

9
identidad personal. ¿Quién soy yo? ¿Cómo soy para
mí mismo? ¿Cómo soy para los demás?”, escribió Fe-
derico Campbell en Padre y memoria. Es probable
que, en estas páginas, quienes le conocimos respon-
damos de distinta forma a esas preguntas. Pero esas
diferentes lecturas sin duda coinciden en la admira-
ción que su obra y su persona despertarán siempre
en nosotros.
Vicente Alfonso
Montañas de Guerrero, 2018

10
QWERTY

Federico Campbell

A sí como el libro ya no es lo que fue en el pasado


(rollos de papiro o de cuero, planchas talladas en
bronce, letras grabadas en piedra) y ahora empieza a
ser una pantalla con texto, de ese mismo modo evo-
lutivo la máquina de escribir ha ido desapareciendo
para ceder su lugar a la computadora y al procesador
de palabras. Sin embargo, como la pluma de ganso o
el canutero, la máquina de escribir suele asociarse
con el placer y el trabajo que comporta el oficio de
escritor, al menos de manera emblemática.
Inventada por Christopher Latham Sholes, de
Milwaukee, la máquina para escribir no mereció
mucha atención en un primer momento, pero hacia
1873 el ingeniero industrial Philo Remington (1816-
1889) —luego de fabricar fusiles y pistolas que ya no
se vendían tanto porque había terminado la guerra
civil— adquirió los derechos de la patente, redise-
ñó el aparato, y lo lanzó al mercado con gran éxito
de ventas. A Latham Sholes se debe también la in-
vención del teclado qwerty, que se perpetúa en las
computadoras.
La máquina de escribir sobrevive, pues, como
una insignia tan antigua y romántica como la pluma
fuente, distintiva de los miembros de un gremio al
que no son ajenos los telegrafistas (también en pro-
ceso de extinción, como los escritores), las secreta-

11
rias, los reporteros y los “evangelistas” de la Plaza
de Santo Domingo que le redactan a uno sus cartas
de amor.
Por eso mismo, en 1977, un grupo de escritores de-
cidimos darle ese nombre, La Máquina de Escribir, a
una pequeña colección editorial de libros marginales
(fuera de comercio) y, también, porque pensábamos
en las “máquinas deseantes” de las que hablaba Gi-
lles Deleuze en El Antiedipo, o en el escritor como
una máquina productora de fantasías o de locuras:
juegos verbales que buscan nuevos significados y ma-
tices para entrever zonas de la realidad que antes no
habíamos percibido.
A lo largo de los años me veo dándole vuelta a las
mismas obsesiones y tomo nota de no pocos errores
o “ideas” que, de un tiempo a otro, se evaporan en la
contradicción. Como la de escribir, la máquina de la
memoria sólo refrenda el carácter cambiante y pere-
cedero de nuestra subjetividad.

La primera máquina de escribir que hubo en mi vida


fue una que me compró mi mamá en la librería Gon-
zález, en Tijuana, ya ella enferma. La sacó en abo-
nos, y con ésa me vine a México. Es una Olivetti que
todavía tengo, no me atrevo a venderla ni a echarla a
la basura, porque de algún modo oblicuo o simbólico
era un gesto de aceptación y de amor. En esa máqui-
na he escrito todos mis libros. El mensaje, en el fondo
(lo interpreté años después), era que el regalarme la
máquina de escribir equivalía a decirme, bueno, está

12
bien que tú seas lo que tú quieras ser, allá tú, adelan-
te. Así lo interpreté, como un sí a mi vida. Por cierto
que llegando a México, a la casa de Rafael Alcérreca,
se me cayó la máquina y se le rompió la estructura
de fierro vaciado; al bajar de un taxi el estuche se me
abrió, y tuve que mandarla a un taller para que la
repararan. Quedó bien.
Muchos años después, mi máquina de escribir se
convirtió en una nave espacial. De otra manera no
hubiera conocido a George López, Bryan Ferry, Fran-
cesco De Gregori, Gerald Edelman, Eric Kendel, Bill
Maher, Oliver Sacks, Nicholas Carr, Jon Kabat Zinn,
porque a través de YouTube he podido asomarme al
pasado, y ver también una película de 1926: Berlín,
sinfonía de una gran ciudad, de Max Rutman. Todo
está en Internet si uno sabe buscar.
Tampoco hubiera escuchado la filarmónica de
Berlín ni a mis dos adoradas pianistas: Mitsuko
Uchida y María Joao Pires. Siempre he vivido entre
dos mujeres.
Yo andaba a principios de los noventa atrevién-
dome a usar mi primera computadora: una que tenía
letras amarillas sobre pantalla negra y me encan-
tó escribir en ella mi libro sobre Leonardo Sciascia
y luego mi novela Transpeninsular, pero luego me
puse a cavilar: ¿qué es eso de pasarse a Macintosh?
¿Será una traición?
—Tienes que sentirlo —me decía Marta Lule—.
No se te puede explicar, como no se puede explicar el
jazz, el orgasmo, la experiencia de la lectura profunda.
Me puse entonces a hacer una pequeña encuesta
y resultó que no pocos escritores escribían en Mac:

13
Gabriel García Márquez, Juan Villoro, Adolfo Agui-
lar Zínser, Juan Marsé, David Huerta, Fernando
Vallejo (y no Carlos Fuentes que escribía a mano),
Jorge Aguilar Mora. Total que lo único que yo quería
era una máquina de escribir, no una nave espacial.
Porque una vez con el armatoste electrónico en el es-
critorio uno se conecta con todo el mundo y con lo
que se alcanza a ver desde este mundo: puede uno
ubicarse al frente de una nave que mandó la nasa a
Marte hace unos años y ver (cuando hay luz) lo que
va apareciendo por delante. Total que ahí vamos en
la nave espacial Tierra, según decía Buckminister
Fuller, y yo lo único que quería era una máquina de
escribir, como la Olivetti portátil que me regaló mi
madre.

14
Federico

Juan Villoro

H ay escritores que desearían ser los únicos en el


mundo o, en todo caso, estar acompañados de
difuntos de prestigio. Otros, más escasos, aceptan
tener colegas. Federico Campbell (1941-2014) perte-
neció a la selecta minoría de quienes disfrutan como
propio el talento ajeno.
A mediados de los años setenta se hizo cargo de la
revista md, destinada a divulgar novedades de medici-
na. Por primera vez tenía un salario digno de mención
y decidió usarlo para apoyar a escritores menos favo-
recidos. Así surgió La Máquina de Escribir, colección
de cuadernos que dio a conocer a David Huerta, Evo-
dio Escalante, Coral Bracho, Carmen Boullosa, Anto-
nio Deltoro, Eduardo Hurtado, Carlos Chimal, Rafael
Vargas, Bruce Swansey, Alberto Blanco, Adolfo Cas-
tañón, Ricardo Yáñez y muchos otros.
En 1978, a los 21 años, publiqué en esa serie El
mariscal de campo, reunión de tres cuentos. No cono-
cía a Federico ni teníamos amigos comunes. Él leyó
un texto mío en un periódico, se tomó el trabajo de
buscarme y pagó la edición de mis cuentos.
Antes del correo electrónico, el aspirante a escri-
tor hacía antesala en las redacciones, donde se gra-
duaba en rechazos. Es difícil saber cuántos de noso-
tros habríamos renunciado a publicar de no haber
sido por Federico.

15
Su interés por la escritura ajena se extendió a la
traducción (el teatro le debe magníficas versiones
de David Mamet y Harold Pinter), la reflexión ensa-
yística (fue el gran conocedor del novelista siciliano
Leonardo Sciascia) y la entrevista entendida como
forma del arte.
En los últimos años del franquismo vivió en Bar-
celona y detectó a los autores que poco después prota-
gonizarían la literatura de la transición. El resultado
fue Infame turba, libro de diálogos que hace man-
cuerna con Conversaciones con escritores. En ambos
volúmenes Campbell extrae respuestas que mejoran
a los autores.
José Agustín señaló que sólo al conocer a Campbell
supo que la entrevista era un género literario (se re-
fería a la conversación que sostuvieron poco después
de su excarcelación de Lecumberri y que la revista
Piedra Rodante publicó bajo el título de “José Agus-
tín salió del tambo”).
Desde que José Carreño Carlón le publicó un tex-
to en una revista hecha en un garaje de Hermosillo,
Campbell se convenció de que editar es un heroísmo
que depende de complicidades. Luego de publicar a
decenas de autores en La Máquina de Escribir, deci-
dió que Carlos Chimal y yo nos hiciéramos cargo de
la tarea. Abrió ese espacio singular y se lo regaló a
sus discípulos.
Asombra que alguien que dedicó tanto tiempo a
los demás fuera además un autor notable. Uno de
sus temas predilectos —la relación entre el poder y
la cultura— dio lugar a la novela Pretexta, las cróni-
cas periodísticas de Máscara negra y los ensayos de

16
La invención del poder. En otra vertiente, abordó los
misterios de la memoria y la recuperación escrita de
los placeres perdidos (Post scriptum triste, La clave
Morse, Padre y memoria, La memoria de Sciascia).
En su tercera y fecunda veta, se ocupó de la esquiva
identidad de los seres fronterizos: Todo lo de las fo-
cas, Tijuanenses y Transpeninsular.
Las focas que pasan de la arena al mar le parecían
emblemas de quienes viven entre dos realidades. Su
interés por las situaciones limítrofes provenía de la
cultura híbrida de Tijuana, pero también de pasar
con soltura de las agitadas aguas del periodismo a la
tierra firme de la ficción. Escritor anfibio, se aclima-
taba en varias realidades.
No es casual que eligiera el nombre de “La hora del
lobo” para una de sus columnas. Nada más enigmático
que el momento de luz incierta en que el día se confun-
de con la noche. En su periodismo político, Campbell
descifraba la verdad entre las sombras de la retórica.
A fines de los ochenta le ofrecimos un banquete
en el Casino Español para recodar La Máquina de
Escribir. Se mostró sorprendido del homenaje. “Mi
único mérito es que me gustan sus textos”, comentó,
como si pidiera disculpas.
En una ocasión le hablé para confirmar una cita
en su casa. “Te espero en media hora”, dijo. Puso
agua a hervir y abrió un libro. La magia de la lectu-
ra hizo que se olvidara de la estufa. Cuando llegué,
el agua se había evaporado. “Me distraje leyendo”,
señaló la nube en la cocina: “Se me fue el santo al
cielo”. Lo que se había ido al cielo era el libro. Pocos
lectores leían con la pasión de Federico.

17
Cuando se cumplió un año exacto de su muerte,
Carmen Gaitán organizó un acto conmemorativo en
Bellas Artes donde nos volvimos a reunir sus miles
de amigos. Sólo Federico y Carmen, su mujer, podían
juntarnos a todos. Nunca una despedida dependió
tanto de una sola palabra: “gracias”.

18
Fede, Federico, Campbell*

Élmer Mendoza

E scribo este texto en Álamos, Sonora, una madru-


gada de marzo de 2016. Fuera de mi habitación
el silencio es un pan con leche. Te mandó saludos el
Fede, me dijo Rosina Conde un día que llegó a Culia-
cán. ¿Cómo está el bato? Igual, ya sabes, ha inventa-
do un mundo para él solo en que a todos nos recibe
con abrazos y sonrisas. Creo que el acercamiento a
Campbell que comparte Daniel Salinas en este libro
pertenece a ese universo. Es un libro personal, una
biografía íntima, un texto crítico. Está Federico des-
de que nació el primero de julio de 1941, hasta el 15
de febrero de 2014 en que se fue, seguramente nada
seguro de que debía hacerlo.
Este libro es para que conozcamos a Federico, un
fanático de la machaca y las tortillas de harina, lo
mismo que de la cocina italiana, para que sepamos lo
divertido que era el Fede, un morro acá, que quería
usar chamarra de piel con nombres en la espalda,
que le encantaban los helados y el rock, un libro para
que nos acerquemos a Campbell, una de las voces
más poderosas de la literatura mexicana contempo-

*Este texto prologa el libro El lobo en su hora: la frontera narra-


tiva de Federico Campbell, de Daniel Salinas Basave. Coedita-
do por el Centro Cultural Tijuana y el Instituto de Cultura del
estado de Durango. Premio Nacional de Ensayo Literario José
Revueltas 2015.

19
ránea, con una historia de laberinto en que unos días
le gustaba ser visible y los demás pasar desaperci-
bido. Campbell tenía un país: el Norte, y para él Ti-
juana era la capital, una ciudad que le daba dolor y
caricias. Le dolía la imposibilidad de que lo leyeran
como un escritor importante en su tierra, creía que
su obra no era justamente aquilatada en su ciudad
natal; ésa que lo acariciaba en los recuerdos que son
el centro de su literatura. Salinas desarrolla exten-
samente esta liga entre un tijuanense de pura cepa
y una ciudad que es absolutamente seductora. Es un
orgullo conocer Tijuana, atravesar la Rumorosa para
perderse en sus calles, sus piernas y garitos.
Por mis conversaciones con tijuanos, con Campbell
a la cabeza, percibo la incomparable dicha de haber
nacido allí, algo así como ser parte de un paraíso o
de la misma historia nacional. Los tijuanenses inter-
pretan el paso del tiempo sin melancolía y les gusta
el beisbol.
Salinas deshoja con pasión la vida de Federico
Campbell. Trata con amplitud su perfil de periodis-
ta, su paso por la revista Proceso y su famosa colum-
na “La hora del lobo”; sin embargo, la mayor parte
de esta obra está llena de nombres de escritores y
del perfil de Campbell como autor con ciertas parti-
cularidades, sobre todo su lucha contra la sequía y
esos arranques repentinos en que creía que sólo sería
escritor durante ciertos años que ya habían feneci-
do. En Pretexta, su primera novela, enseña la garra
que mostrará más definida en la segunda, Todo lo
de las focas, y que desarrollará completamente en
las siguientes: Transpeninsular y La clave Morse. El

20
autor de El lobo en su hora se detiene en estas dos
donde devela a un Federico maduro, creador de pai-
sajes y personajes; tanto Fernando Jordán como el
padre de la segunda son reales, pero en el proyecto
de Campbell son entes de ficción que nos dejan nu-
merosas interrogantes cuyas respuestas están en la
imaginación.
En Padre y memoria, el tijuanense explica los ca-
sos de varios escritores y sus particulares relaciones
con sus padres, incluyendo el suyo, hijo de un tele-
grafista que le dejó más dudas que certezas, y un or-
gullo que se fue solidificando con los años. Campbell
fue un mecenas, un escritor que abrió puertas para
todos. Salinas recopila varios testimonios de autores,
incluyéndome, que fuimos de la mano de Federico,
que recibimos libros, orientación y aliento. Sobre
todo, nos mostró que era posible contar una región,
señalizar nuestras ciudades con nuestro lenguaje
y nuestras historias. Una ciudad es multitemática,
y queda claro que Campbell eligió una parte de Ti-
juana para llevarla a la ficción y lo hizo bien; desde
luego la recreación de la península de Baja Califor-
nia en Transpeninsular es una joya. Lo que vieron
los ojos de Jordán, del Che Abente, de Federico y de
Salinas, lo tenemos a la mano. Ya notarán que cada
vez que recorren esa caprichosa lengua de tierra, los
misterios cambian de nombres, nombres que no lle-
gan a formar parte de nuestros recuerdos porque son
reflejos de la luz en las piedras.
Lo decía Ricardo Piglia: “No me gustan los escri-
tores demasiado satisfechos”, porque no hay duda, la
mayoría de las grandes obras de la literatura mexi-

21
cana han nacido de las vacilaciones de autores como
Campbell, cuya lucha con la palabra escrita es memo-
rable. Con un estilo sólido y seguro, Daniel Salinas
desarrolla cada uno de los diecinueve capítulos con
cuidado extremo; en cada uno encontramos trozos
de entrevistas, palabras de Campbell y reflexiones
sobre una obra que sorprende por su profundidad,
su atmósfera libertina y el perfil de sus personajes.
Salinas es tenaz y nada egoísta, no niega que el dí-
namo para realizar esta obra es la gran admiración
que siente por el broder Fede, cuya imagen Carmen
Gaitán, su esposa, nos permite compartir. Bueno, es
la hora del desayuno, ¿creen que podamos conseguir
buen café en Álamos en algún lugar que no sea con
Teresita o con la tía Nidia? Pasen el tip.

22
La editorial de Federico Campbell

Carmen Boullosa

C onocí a Federico Campbell cuando comenzara su


editorial, La Máquina de Escribir. Era editor de
una revista (Mundo Médico), tenía poco tiempo de
haber regresado de Barcelona donde publicó su libro
de entrevistas a escritores, Infame turba. Escribía la
novela Todo lo de las focas.
La Máquina de Escribir se llamaba así, según ex-
plicó Federico, como “un homenaje a El Antiedipo de
Deleuze y Guattari… que hablan de que el escritor
es una máquina productora de fantasías, las má-
quinas pensantes. Luego entonces el escritor es una
máquina de escribir. También porque mi mamá me
regaló una máquina de escribir poco antes de morir y
ese regalo llevaba un mensaje de aceptación del hijo
que la había traicionado al desertar de la Facultad
de Derecho. Creo que fue un acto de amor que sólo
hasta ahora, ya de viejo, he empezado a comprender
en toda su dimensión”. Hay que contradecirlo en un
punto: Federico no tuvo vejez, murió a los 72 años
que no suman los suficientes para llamarse anciano.
La Máquina de Escribir era una serie de plaquettes,
o folletos de diseño sobrio, pasta color crema inten-
so (o amarillo), con un margen dibujado a los cuatro
lados, en la parte superior del recuadro el título y el
nombre del autor, y al pie del éste el nombre del sello
editorial y la imagen que la representaba, una má-

23
quina de escribir. La tipografía de sus páginas era la
misma de la portada (creo que Bodoni), pero peque-
ña, las páginas engrapadas al centro.
Los ejemplares no llegaban a librerías, se distri-
buían de mano en mano. Era una empresa de gene-
rosidad, no pensaba su creador en cómo recuperar
tiempo y dinero, Federico invertía en la generación
que veía nacer, sin ánimo alguno de lucro.
Yo no conocí a Federico previo a la editorial, así
que no sé los pormenores de su fundación. Él decía
que había estado ahorrando para viajar a la India,
que se dio cuenta de que el dinero no le alcanzaría,
que pensó en usar el dinero que tenía para crear una
revista literaria que se llamaría La Máquina de Es-
cribir, y que lo que hizo fue su colección literaria.
Tuve la suerte de ser la autora de uno de los títu-
los de la editorial de Federico. Coral Bracho y Mar-
celo Uribe fueron los que me recomendaron me le
acercara. El primer volumen de La Máquina de Es-
cribir había sido el primer libro de poemas de Jorge
Aguilar Mora, U.S. Postage air mail special delivery,
acababa de salir un libro de David Huerta.
Corría 1978. Llegué a la sala del departamento de
Federico Campbell con mi manuscrito mecanografiado
en una Olivetti portátil bajo el brazo. Atento, amable,
lo recibió, me dijo que lo leería, y en muy breve tiempo
me llamó con la buena nueva de que lo aceptaba. En
un parpadeo ya estaban las galeras, pronto existió el
libro, El hilo olvida. Su gesto me cambió la vida, y me
abrió la puerta al mundo literario de entonces.
Federico costeó la edición de la plaquette; mi par-
te fue enviar ejemplares por correo en sobres que él

24
me puso en la mano —de papel estraza, impreso el
sello a la izquierda que identificara a la editorial—.
El tiraje era de mil ejemplares. Federico me dio la
lista de destinatarios, escritores, críticos y editores,
a máquina escrita la dirección de cada uno. Fue un
editor verdadero, ponderaba los textos literarios, se-
leccionaba, editaba, se hacía responsable del proceso
entero del libro, organizaba la distribución y cuidaba
la recepción. En lo que no pensaba era en hacer de
ello un comercio.
Me acuerdo cuando escribí a mano los nombres
de los destinatarios, un buen número eran autores
que yo había leído, Eduardo Lizalde (quien también
daría poemas a La Máquina de Escribir), Salvador
Elizondo, Juan García Ponce, Juan Vicente Melo,
José de la Colina, Vicente Leñero, Fernando Bení-
tez, José Luis Martínez, José Agustín, la lista cu-
bría el panorama de los hacedores y finos lectores
de literatura en español. Algunos (no tan pocos)
ejemplares fueron a dar al extranjero. El de Huber-
to Batis, que escribiría la primera reseña, lo entre-
gué en su mano, había sido su alumna en el primer
semestre de carrera.
Apareció en La Máquina de Escribir la primera re-
copilación de poemas de Coral Bracho —Peces de piel
fugaz— y las de Fabio Morábito, Bárbara Jacobs, An-
tonio del Toro, José María Espinasa, Carlos Chimal,
Bruce Swansey, Álvaro Uribe, entre otros. También
uno de Juan Villoro —creo que él, aunque fuera algo
más joven que nosotros, ya había publicado un vo-
lumen anterior en otro sello— y, como se dijo, auto-
res consolidados, además de los mencionados David

25
Huerta, Margo Glantz, María Luisa Puga, Esther
Seligson, Rosario Ferré, Margarita Dalton.
Por esos años, otro escritor mexicano, Mariano
Flores Castro, también editaba libros, bellamente
impresos, en París. Mariano acaba también de morir.
“Todo llega, todo pasa, todo se acaba”, escribió Lope
de Vega. Pero la generosidad de Federico Campbell
queda, su ojo nos dio sentido y casa. Descanse en paz. 

26
La poesía y Campbell

David Huerta

C uando Federico Campbell cumplió 70 años, nos


reunimos algunos amigos y lectores suyos en la
Galería de Rectores de la Feria Internacional del Li-
bro de Minería. Fue el 6 de marzo de 2011. Ahora
Campbell ha muerto: murió el 15 de febrero de 2014.
El sábado primero de marzo de 2014, también en
la Feria de Minería, por iniciativa de su gran ami-
go Fernando Macotela, organizamos una reunión
para recordar al amigo y al escritor, sus dos facetas
convergentes en la misma personalidad. Unidos en
torno de Carmen Gaitán y de Federico Campbell
Peña, manifestamos nuestro cariño y nuestra ad-
miración por el camarada y por el autor de libros
inolvidables.
En ese lejano marzo de 2011 preparé un puñado
de evocaciones y reflexiones acerca de la peculiar
relación de Federico Campbell con la poesía. Es un
testimonio público sobre un asunto literario, des-
de luego —pero hay en esas páginas, así lo creo, un
temblor de amistad fervorosa y de admiración ino-
cultable. Federico Campbell fue mi hermano mayor
y nunca podré aliviar el dolor por su muerte. Ofrez-
co los siguientes renglones, mi intervención en 2011
para su cumpleaños 70, a la memoria de Campbell.
He dejado algunos verbos en presente —otros están
en pasado, pues se trata de una serie de considera-

27
ciones acerca de una larga amistad—. He modificado
y corregido pasajes y expresiones.

***

Hablar de Federico Campbell significa, para mí, ha-


blar de cuarenta años de mi vida, de nuestras vidas,
y convocar una serie de imágenes imborrables: cierta
colección de pequeños cuadernillos poéticos y prosís-
ticos —diminutos: cabían en la palma de la mano o
en el bolsillo de la camisa—; los oficios del periodista
en la alta noche llamada Cierre de la Edición y su
conversada vigilia y sus discusiones, a veces arduas,
en torno de los temas de la escritura y la historia;
las tertulias para hablar de política y de literatura
(en ese orden, me temo): primero las trapacerías y
chicanas de los funcionarios públicos, luego los libros
leídos y en busca de nuestros comentarios; sus libros
mismos leídos ávidamente en la Ciudad de México y
en Tlayacapan; los amigos comunes, siempre en el
centro de las preocupaciones, los entusiasmos y las
pasiones.
Las ciudades de Campbell forman parte de un
complicado sistema imaginario en el cual la memoria
—uno de los temas fundamentales de su universo—
funciona como el desencadenante de evocaciones
interminables: al lado de Huatabampo, París; junto
a Santa Rosalía, Barcelona. Podría pensarse en un
cortocircuito continuo y en desencuentros o asime-
trías inevitables (¿cómo hablar de Las Ramblas y la
tijuanense Avenida Revolución en el mismo minu-
to?); pero en el discurso de Campbell todas esas re-

28
laciones funcionan con una extraña coherencia, llena
de gracia. Vean y escuchen, si no lo creen ustedes, la
conversación de Campbell con Claudio Isaac hecha
para la televisión universitaria: Campbell dice unas
cuantas cosas apasionantes sobre ciudades y litera-
tura. Estamos hechos de las ciudades donde tuvimos
experiencias memorables, le dijo Campbell a Claudio
Isaac. Es una idea hermosa, relacionada simultánea-
mente con varios temas: la memoria, la identidad,
los viajes, las obras humanas y la gravitación de esas
obras —en este caso, las ciudades— en el corazón y
en el recuerdo.
Cuarenta años es muchísimo tiempo. Debo de-
cir esto, sin embargo: en todos esos años no se ha
agotado mi curiosidad por la vida y los trabajos de
Federico Campbell; no han saciado mi interés por
sus imaginaciones, por sus chifladuras, por sus es-
crituras; no han desanimado mi deseo de decirle, a la
manera de Macedonio Fernández, en cada encuentro
o en cada llamada telefónica, en su casa de la calle
Jojutla, junto a Carmen Gaitán, para contestar mi
llamada: “Gusto de verlo vivir, de acompañarlo en
esta vida”. Si se lo dijera, no me haría caso; o bien
me preguntaría, con ese tono tan reconocible para
sus adictos: “Y eso, ¿de dónde lo sacaste, maestro?”.
Hay un tema entre nosotros, presente siempre.
Campbell ha decidido —con una arbitrariedad de la
cual está hecho, también, su genio— lo siguiente: ese
tema más bien me pertenece o es de mi uso exclusivo,
o de mi casi personal (o gremial) incumbencia —tema
mío y de mis colegas, según él. Ese tema es la poesía.
Mis colegas serían, según esa visión campbelliana,

29
los poetas; en especial los poetas mexicanos. Ape-
nas hay en esa tribu hirsuta unas cuantas personas
a quienes considere yo tan colegas míos como con-
sidero a Campbell. Pero Campbell sentenció, o casi:
“Tuya es la poesía, y de tus colegas”. A refutar esa
idea, entonces, o ese parecer campbelliano, dedico la
mayor parte de estos renglones en homenaje a este
individuo formidable.
No hace falta ir muy lejos para ver a Federico
Campbell en plena poesía. Uno de sus extraordina-
rios libros de periodismo literario se titula Infame
turba, y es una serie de entrevistas con escritores
indudablemente españoles. Apenas hace falta recor-
darlo: esas dos palabras, “infame turba”, provienen
de la Fábula de Polifemo y Galatea, poema de Luis
de Góngora de la segunda década del siglo xvii. Es la
quinta octava del poema —se describe ahí la guari-
da del cíclope Polifemo, gigante siciliano— e “infa-
me turba” ocurre en el penúltimo verso, el séptimo,
primero de la llave o par de versos conclusivos de la
estrofa; dice así el pareado:

…infame turba de nocturnas aves,


gimiendo tristes y volando graves.

Las aves proyectadas con lúgubres aleteos desde


el interior de la cueva de Polifemo son siniestras,
como corresponde al ámbito monstruoso en donde
prosperan. El poeta no nos dice cuáles son esas aves;
los comentaristas han hecho correr alguna tinta so-
bre ese punto y la lista puede ser muy simpática:
búhos, buitres, murciélagos, cuervos, urracas. Podrá

30
objetarse la lista: por ejemplo, los murciélagos no
son propiamente aves; pero en medio de esas ima-
ginaciones barrocas poco importa. En mis pesquisas
gongorinas me encontré el nombre fantástico de una
de esas integrantes de la infame turba polifémica:
los vespertiliones, enormes murciélagos cuyo vuelo se
emprende al atardecer, como su nombre indica. Al
leer las entrevistas de Campbell con sus colegas es-
pañoles puede escoger uno las aves correspondientes
a cada uno de ellos.
Por otro lado, muchas veces he evocado al sicilia-
no Polifemo con una efigie parecida a la del gigante
devorador, alegoría del Estado en la portada original
del libro de Hobbes: el Estado, Sicilia —estamos en
pleno territorio de Federico Campbell. Y todo ello, lo
hago notar con enorme gusto, a partir de unos versos
de mi poeta favorito —bien claros en la bibliografía
campbelliana.
He aquí otro poema, de raíz indudablemente po-
pular, dicho con un placer inocultable por Federico
Campbell en una calle de la colonia Condesa y trans-
crito por mí en un cuaderno de notas:

El gallet de la perdiu
ara plora, ara riu.

Está en catalán y significa más o menos: “El po-


llito de la perdiz ora llora, ora ríe”. La rima catalana
se pierde en español; Campbell disfruta enormida-
des el original. Me pregunto la razón de ese gozo; la
respuesta: se trata sin la menor duda de la sensibi-
lidad campbelliana ante la poesía pura —pues esos

31
versitos catalanes, cuya simpleza pueden parecerles
a algunos nadería, son una especie de diminuta apo-
teosis de la sonoridad lingüística, poética, prosódi-
ca. Poesía pura, por supuesto. Le he oído a Federico
Campbell decir esos versos maravillosos dos o tres
veces seguidas, en varias ocasiones, con una sonrisa
en la cara, su cara rubia, inolvidable.
Uno de los poetas españoles entrevistados por
Campbell fue el genial Jaime Gil de Biedma. De
pronto, sin aviso, Campbell puede soltar en medio de
la conversación unas palabras extrañas, convocadas
acaso por el dicho de algún amigo:

Yo nací (perdonadme)
en la edad de la pérgola y el tenis.

Son dos versos de Gil de Biedma, del poema “In-


fancia y confesiones”, dedicado a Juan Goytisolo.
Me he visto tentado de imaginar cómo habría es-
crito Federico Campbell una evocación parecida;
los elementos de esa evocación están ahora a mi
alcance, en la entrevista con Claudio Isaac, y en
otra entrevista campbelliana, para la televisión ba-
jacaliforniana, con Felipe Parra. Hay mucho de in-
fancia y de confesiones en esas charlas: los mismos
elementos de Gil de Biedma en su poema —pues
“infancia es destino”, como reza el adagio, y además
“el niño es el padre del hombre”, como afirmaba Wi-
lliam Wordsworth y sabía Sigmund Freud, el mago
de Viena. Campbell nació, nos enteramos, por ejem-
plo, en la edad de los temores, mexicanos y nortea-
mericanos, ante un posible ataque japonés a la base

32
militar de San Diego: algo muy diferente a la niñez
burguesa de Gil de Biedma.
No sé si alguna vez Campbell escribió poemas.
Por lo menos en una ocasión, en el año 2002, se le de-
dicó un poema nocturno y melancólico. Sabemos de
su trato asiduo, en una temporada de su juventud,
con ese funámbulo mexicano, el mágico Juan José
Arreola —fue su discípulo en el legendario taller de
la revista Mester, parte ya de los pequeños mitos li-
terarios de nuestro país. No pudo Campbell no haber
oído hablar a Arreola acerca de poesía; no pudo no
haberlo escuchado decir de memoria decenas o cien-
tos de versos. En su memoria de escritor perduran
esas huellas. O para decirlo positiva, afirmativamen-
te: el sello de Arreola, en Campbell, sigue vivo. Y con
ese sello, la energía de los poemas escuchados.
Nos debemos todos un libro sobre las novelas y los
cuentos, los reportajes y las entrevistas, de Federico
Campbell. Algún día se escribirán y quizás en este mis-
mo momento alguno de los escritores jóvenes cercanos
a él planeen algo parecido. En buena hora. En esos li-
bros, ojalá, no se olvide la poesía y su peculiar presen-
cia en la vida y los trabajos de Federico Campbell.
No quiero terminar mi intervención sin evocar a
uno de los amigos más queridos por Campbell y por
mí —y desde luego, también por Eduardo Clavé—:
Arturo Cantú. Él ya no está con nosotros. Lo diré con
más claridad: me duele su ausencia en este domingo
de marzo. Cantú murió en septiembre de 2006 y su
falta no ha dejado de aturdirnos. Federico Campbell
fue testigo de primera de las diversas sabidurías poé-
ticas de Arturo Cantú; a veces discutía con él sobre

33
esos temas y yo me maravillaba de su audacia —pero
Cantú sabía con quién hablaba, pues era amigo de
Campbell de larga data. Esos dos hombres sabían
mirarse a los ojos y era un estupendo espectáculo mi-
rarlos mirarse, como sabe bien Eduardo Clavé.
No cometo una infidencia, quiero creer, si recuer-
do aquí las palabras con las cuales Arturo Cantú
se refirió en cierta ocasión a Federico Campbell, en
una conversación conmigo. Lo llamó, con el verso de
una fábula de Félix María de Samaniego (otra vez la
poesía): “Un panal de rica miel”. No está mal. Debo
decirlo, mejor: es perfecta esa frase poética para des-
cribir a nuestro homenajeado.

34
La aventura de Federico Campbell
como piloto aviador

Martín Solares

A veces los maestros que tienen la influencia más


compleja en nuestras vidas llegan de las ma-
neras más sencillas, a veces por culpa de un libro.
Ese fue para mí el caso del gran Federico Campbell.
Quizás lo que creo recordar en realidad lo imagino,
pues imaginación y memoria van juntas, como bien
demostró cierto autor de Tijuana, pero a pesar de
ello trataré de contar dos mañanas de agosto del año
en que conocí a Federico Campbell. Dicen que lo que
ocurre en el mundo editorial debería quedar dentro
del mundo editorial, pero hoy voy a quebrar esa regla
en honor de un maestro.
Yo, señoras y señores, soy uno de los miles de lec-
tores que conocieron a Federico Campbell gracias a
su columna “Máscara negra”. No me la perdía cada
fin de semana en la última página de La Jornada Se-
manal, que para mí era la primera. Allí un señor de
apellido pop se aventuraba a hacer algo que entonces
me parecía inaudito y ahora sé que es urgente: crear
una ruta aérea que nos permita ir de los libros a la
realidad y de la realidad a los libros, a fin de acos-
tumbrarnos a examinar el país con ojos y recursos
literarios. Eso es lo que hacía el gran Federico: ana-
lizar los escabrosos sucesos políticos que se vivieron
bajo el México de Carlos Salinas de Gortari y com-
parar las novelas más emblemáticas del género poli-

35
ciaco con la atroz realidad nacional de entonces, que
a la fecha no ha cambiado mucho, e incluso se diría
que regresa, pues abundaban crímenes sin resolver,
faltaba voluntad para hacer justicia, era un escánda-
lo cómo proliferaba la impunidad. A quien no haya
leído la recopilación de esos artículos en Máscara ne-
gra no sé qué está esperando, y menos ahora que se
reeditaron en el Fondo de Cultura Económica como
parte de La era de la criminalidad, sin duda la obra
principal del Federico ensayista. Yo reuní cada uno
de esos artículos a medida que se publicaban y no
cesaba de recomendarlos, porque eso tienen los ensa-
yos de Federico: generan nuestro entusiasmo y nos
obligan a prestarlos a nuestros conocidos, ya que no
podemos dejar de asombrarnos o de sonreír ante las
conexiones que hace, como tampoco podemos dejar de
indignarnos con su denuncia de la impunidad hasta
que transmitimos esa denuncia, o ese artículo diver-
tido a otro lector. Dice Julio Cortázar que transmitir
un texto literario de un lector a otro es la prueba de
fuego de la calidad. En el caso de Federico sus en-
sayos pasan esta prueba de fuego ampliamente: nos
invitan a una conversación literaria y de inmediato
advertimos que ese interlocutor es de una sabiduría
y una autenticidad inusual. Sus ensayos provienen
de su entusiasmo, en un noventa por ciento, y cuan-
do las cosas en nuestro país empezaron a torcerse de
modo visible, a mediados de los años noventa, tam-
bién de su indignación en un diez por ciento, pero la
suya era una indignación meditada, sobria, que nos
invitaba a pensar, a ir más allá de la irritación mo-
mentánea. Con ese equilibrio envidiable, libros como

36
Post scriptum triste, La invención del poder o Padre y
memoria encienden nuestra devoción por la mejor li-
teratura, ese fuego que una vez encendido no se pue-
de apagar. Para muchos lectores suyos, de Tamauli-
pas a Baja California, la prosa de Federico funcionó
como esa mecha inicial y ese faro de cada ocho días
que, en un país de telenovelas y boletines oficiales,
nos invitaba a entender que la literatura no es sólo
un divertimento y que la verdad no debe ser patrimo-
nio de los políticos. Por eso, cuando el editor Andrés
Ramírez me dijo que Joaquín Mortiz iba a publicar
una recopilación de “Máscara negra”, le pedí que me
dejara participar en el proceso editorial. Le pedí que
por lo menos me dejara ser el corrector, y corrector
fui. El libro venía más que limpio: impoluto. Apenas
me atreví a sugerir que el autor eliminara uno de los
textos, a fin de evitar un parrafito que se repetía, que
desarrollara la conclusión en otro, que era delicioso,
en fin: lo que habría sugerido cualquier lector de la
columna, deseoso de verla cristalizar en un libro. Al
día siguiente me llamó Andrés Ramírez para decir-
me que el maestro Campbell preguntó quién había
osado hacer tales sugerencias y exigía verlo de inme-
diato. Así que de inmediato fui a un café de Vicen-
te Suárez. Campbell salió de la calle Jojutla con los
brazos cargados de libros, revistas y periódicos. Yo lo
había visto en fotos, así que lo reconocí a una cuadra
de distancia, y me llamó la atención su chamarra de
piloto aviador. La figura del piloto siempre estuvo
muy presente en la imaginación de Federico. En sus
cuentos y ensayos nunca dejó de sobrevolar la geo-
grafía de Sonora, de Sinaloa, de su Baja California

37
querida. Si entraba un sujeto de aspecto sospechoso
al café en el que estábamos platicando, Federico de-
cía: Mira quién llegó a las cuatro. Oye, decía yo, pero
si apenas son las diez de la mañana. A las cuatro,
es decir, atrás a mi derecha, como los aviadores de
antes, que se orientaban con las manecillas del reloj:
las doce al frente, las tres a tu derecha, las seis de-
trás, las nueve a tu izquierda, etcétera: es un dipu-
tado priísta a las cuatro, hablando con alguien que
parece el Niño Verde, ¿en qué andarán esos tipos?
Con ese sistema de orientación aérea, con esa inteli-
gencia que le permitía explicar la realidad más oscu-
ra en el interior de sus ensayos, Federico clasificó y
siguió todos sus intereses. Si examinan ese libro rico
y monumental que es La ficción de la memoria, un
magnífica compilación de ensayos sobre Pedro Pára-
mo y El llano en llamas, otra gran aportación de Fe-
derico a la literatura mexicana, tan nutritiva como
realizar una maestría y un doctorado en literatura
sobre Juan Rulfo, verán que en su ensayo principal
Federico clasificó como piloto aviador a los pueblos
reales que podrían ser Comala: Apulco, Tuxcacuesco,
Sayula, Tapalpa, Jiquilpan, San Pedro Toxín, Toli-
mán, Chachahuatlán, La Agüita, La Piña, Tonaya,
Totolinizpa, Autlán. Como las manecillas del reloj
organizó también el resto de sus intereses en la vida:
el periodismo, el derecho, la nostalgia por el estado
de derecho, su devoción por Tijuana y Sicilia —y en
ese orden—, la obra de Leonardo Sciascia, el cine y
el teatro, su amor por su esposa Carmen Gaitán y
su hijo Federico Campbell Peña, y en el centro, por
supuesto, la literatura. Por eso imagínense mi sor-

38
presa cuando Federico llegó a aquel café a las doce
en punto y me regaló novelas de Rubem Fonseca, de
Paul Auster, de Eric Ambler, de Raymond Chandler.
Luego, como sabemos sus amigos, a todos nos siguió
obsequiando otros libros, otras revistas y otros su-
plementos o periódicos que en su opinión deberíamos
leer para avanzar en nuestros proyectos de vida. La
lectura era la clave para este escritor ejemplar.
Federico jugó un papel importante en la difusión
de la obra de Leonardo Sciascia, Harold Pinter y
David Mamet, pero también en el descubrimiento y
publicación de diversos escritores mexicanos en su
propio país. Su lectura y apoyo representaron una
ayuda extraordinaria para al menos tres generacio-
nes de escritores. A Juan Villoro, Carmen Boullosa,
Coral Bracho, Fabio Morábito, Bárbara Jacobs, José
María Espinasa, Álvaro Uribe, Jorge Aguilar Mora,
David Huerta, Carlos Chimal y buena parte de los
autores que se dieron a conocer a finales de los ochen-
ta y sin los cuales no se entendería la literatura ac-
tual, Campbell los publicó primero que nadie en su
pequeña editorial, La Máquina de Escribir, fundada
ni más ni menos que con la bonificación que le dieron
luego de dirigir la revista Mundo Médico. En lugar
de irse de vacaciones a su amada Barcelona o a su
adorada Sicilia (a las cuatro en punto de sus aficio-
nes), en lugar de cobrar por esas plaquettes que ob-
sequiaba de mano en mano prefirió recordarnos que
la vida no sirve y la memoria es inútil si la literatura
no está en el centro de nuestras coordenadas, y así se
dio a publicar y a dar a conocer a los nuevos escrito-
res. El boom de los narradores del norte que comenzó

39
a mediados de los años noventa tampoco se habría
producido sin su entusiasmo y recomendación. Fe-
derico fue el primero en apoyar la publicación de la
extraordinaria novela de Élmer Mendoza, Un asesi-
no solitario, y fue el primero en reseñar y difundir
la monumental obra de Daniel Sada, Porque parece
mentira la verdad nunca se sabe. Sobra decir que si-
guió apoyando a jóvenes autores hasta sus últimos
días, y Augusto Cruz García-Mora, Rodolfo Naró y
Vicente Alfonso, entre muchos otros, no me dejarán
despegar sin decir la verdad.
A lo largo de sus ensayos y artículos Campbell nos
recuerda que el mejor tema de la literatura somos
nosotros mismos: la búsqueda sincera de nuestros
orígenes, la pregunta por el padre y la madre, por
el lugar en que nacimos, por nuestro estado de áni-
mo, por las relaciones demasiado estrechas entre los
crímenes que ocurren en la realidad más próxima y
los que encontramos en remotas novelas policíacas o
de espionaje. Tenía la convicción de que la literatura
no es una forma de diversión que se aleja de la rea-
lidad, sino una especie de encantamiento hecha con
personajes e historias, y aunque no contiene tesis,
antítesis o síntesis, algo esencial nos dice sobre cómo
está hecho este mundo. Hay una palabra central en
sus libros: la palabra memoria, que intentó compren-
der como pocos, y llegó a la conclusión de que esta
no funciona como un caset o un cd que registra algo
y lo deja listo para reproducirse de manera idéntica
en cada ocasión en que alguien recuerda, sino que se
parece a una receta que invoca los ingredientes que
usamos para cocinar: hasta cierto punto el resulta-

40
do es el mismo cada vez que recordamos el pasado
y repetimos la receta, pero siempre hay variaciones
que dependen de la cocción del momento presente.
Cada vez que alguien recuerda, como bien concluyó
Federico, se convierte en un escritor de ficción. Esto
que descubrió con sus últimos ensayos, Federico lo
investigó a lo largo de sus cuentos y novelas, pues la
memoria es el punto de partida de Tijuanenses, La
clave Morse y Transpeninsular, ese admirable viaje
de norte a sur y de sur a norte por Baja California, a
la manera del periodista Fernando Jordán.
La segunda vez que fui a verlo desayunamos con
Carmen y me mostraron zonas enteras de su casa
ocupadas por carpetas en las que Federico reunía el
material para sus numerosos proyectos en proceso.
Desde entonces se gestaban los libros que Federico
terminó durante los últimos años de su vida y que
ahora se reeditan por primera vez o en segundas edi-
ciones revisadas: La era de la criminalidad, Regreso
a casa y nuevas ediciones de Pretexta o el cronista
enmascarado, Padre y memoria y La memoria de
Sciascia. A fin de profundizar mejor en el significa-
do del arte también trabajaba en tres novelas: una
sobre un escultor inspirado en Gabriel Orozco, otra
sobre un actor que podría ser una mezcla de Robert
de Niro y Marlon Brando, y una sobre un escritor
que podría ser él mismo y se iba a Sonora a dar una
conferencia sobre Sicilia. En algún punto de nuestra
segunda conversación Federico abrió el catálogo de
la editorial italiana que publicaba a Leonardo Scias-
cia. Me mostró una lista de más de 300 títulos, en
la cual había un renglón en blanco y no numerado

41
entre el número 99 y el 101: Toda la gente creerá que
esto fue un error, dijo Federico, pero ¿sabes por qué
dejaron este espacio en blanco? Porque Sciascia iba
a publicar con ellos un libro que no terminó, que fue
interrumpido por su muerte, y el editor en lugar de
sustituirlo por otro, porque Sciascia era insustituible,
dejó ese espacio en blanco, como los aviadores que de-
jan en blanco en la formación el espacio que corres-
ponde a los colegas caídos en combate.
A un año de su muerte se hace evidente ese enor-
me espacio en blanco que su partida dejó en la litera-
tura mexicana. Se vuelve evidente, también, que las
obras de Federico Campbell nos invitan a poner la
literatura en el centro, y estarán de acuerdo conmigo
Daniel Sada a las tres, Juan Villoro a las seis, Car-
men Boullosa y Élmer Mendoza a las nueve, y tantos
lectores a las doce de ustedes: por ello Federico tiene
toda nuestra admiración, toda nuestra gratitud.

42
Ne obliviscaris

Eduardo Flores Campbell

E l sábado 15 de febrero de 2014, en la Ciudad de


México, falleció el escritor y periodista Federico
Campbell. En mi opinión, creo que él partió un poco
antes, la noche del 14 de febrero, día del telegra-
fista. (Campbell era hijo de un hombre que ejerció
este oficio, y solía definirse como “el hijo del telegra-
fista”, frase que también definía a Gabriel García
Márquez). Su muerte fue noticia en los diarios de
circulación nacional y acaparó las primeras planas
de los periódicos de su natal Tijuana. Los medios de
comunicación habían dado seguimiento a su condi-
ción médica desde que ingresó al hospital un par de
semanas antes. Semblanzas y citas de destacados
escritores, amigos y colegas periodistas, destacaban
que fue un hombre inquisitivo, congruente, cami-
nante, generoso, ético, crítico del poder y la crimi-
nalidad quien se cuestionaba con frecuencia si su
escritura servía a alguien o para algo, pues decía
que en este país uno puede denunciar todo y nunca
pasa nada.
Sesenta años de andanzas por el mundo habían
comenzado cuando, a los 14 años, un joven inquieto
salió de Tijuana rumbo a un internado en Hermosillo.
Estudió periodismo en Minnesotta, trabajó de repor-
tero en Connecticut, fue corresponsal en Washington.
Muy joven recorrió por vez primera la península ita-

43
liana y vivió en Barcelona. Fue un asiduo visitante
de París, de Roma, de Sicilia, y al final de su vida
desarrolló entusiasmo por Berlín. Pero los suyos no
fueron sólo viajes geográficos. Sus andanzas en el pe-
riodismo, el ensayo y la literatura culminaron con su
última presentación en público, en una conferencia
sobre Juan Rulfo la noche del 24 de enero de 2014
en el Centro Cultural Tijuana. Se cerró el círculo. A
los 72 años, Federico había vivido lo suficiente para
recordar que empezó a escribir en una máquina por-
tátil que le regaló su madre y que continuó hacién-
dolo el tiempo suficiente para ver que las personas
revisaban las noticias o disfrutaban de los libros en
dispositivos electrónicos móviles que cargaban en su
mochila o en el bolsillo.
Ni su enfermedad ni su muerte afectaron el tra-
bajo que, con el editor Martín Solares, Campbell
venía realizando desde 2013. Un mes y medio antes
de morir, el autor de Transpeninsular le había en-
tregado el manuscrito de su libro de ensayos Padre
y memoria. Algo parecido sucedió con la nueva edi-
ción de Pretexta o el cronista enmascarado, cuyas
correcciones definitivas dejó indicadas en un viejo
ejemplar, de modo que poco después de su muerte
salieron de las imprentas cinco libros: La era de la
criminalidad (fce), Padre y memoria (Océano), Re-
greso a casa (coedición Conaculta/Cecut), Pretexta
(fce) y gracias a su traductora al italiano, Elena
Trapanese, La memoria di Sciascia (Impermedium
Libri). Aquí vale recordar lo que Juan Villoro dice
en el prólogo de la muy reciente edición de Trans-
peninsular (Ediciones B, 2015): “editar es un he-

44
roísmo que depende de complicidades”. Federico
Campbell lo aprendió muy joven. ¿Cómo podría ol-
vidarlo?
Campbell era mi tío, hermano de mi madre Sarina
Campbell. Narrar lo que conviví con Federico toda
una vida, o una crónica de su última visita a Tijuana
(del 20 al 27 de enero de 2014), no sería muy dife-
rente al anecdotario de cualquier familia de Tijuana
que recibe visitantes: Los Angeles County Museum
of Art en lugar de Disneylandia; la tienda de exce-
dentes militares en San Diego en lugar del centro
comercial de Mission Valley.
“¿Por qué se llama El nombre de la rosa?”, me pre-
guntó poco después de haberme enviado el libro de
Umberto Eco a mediados de los ochenta. Leí seiscien-
tas páginas en dos días y medio y todavía no lo sé.
Antes, a los 15, cuando vivía con mi hermano Jesús
en la colonia Las Brisas, a donde constantemente lle-
gaban libros por correo, leí Adiós a las armas de He-
mingway, La línea de sombra, de Conrad y muchos
otros títulos. ¿Cómo olvidarlo?
Aunque el tío no me enseñó a leer, me acercó des-
de niño a la buena literatura y a hacer conexiones.
Como para muchos, fue tío, amigo, mentor, padre,
hermano y un gran cómplice. Por eso cuando me en-
teré de su enfermedad, apenas cuatro días después
de despedirnos en Tijuana, tomé una maleta, el últi-
mo libro de Vargas Llosa (que desde entonces no pue-
do terminar de leer) y un vuelo nocturno. Acababa de
amanecer cuando llegué al Hospital, al área de tera-
pia intensiva, donde había varios casos confirmados
de influenza AH1N1.

45
A veces, a los seres humanos nos hermana la tra-
gedia. Ahí estaba el tío, tras el vidrio transparente,
dormido. Más tarde llegaron Beatriz Aldaco, Vicen-
te Alfonso, Rosina Conde, Titi Mendoza, Federico su
hijo, y Carmen su esposa. Los siguientes días pasé la
mayor parte del tiempo en la sala de espera. De día
aquello era difícil, de noche peor aún. “¿Familiares
de fulanito o zutanito?”, son palabras que no deseas
escuchar. En las madrugadas no salen buenas noti-
cias de terapia intensiva.
Alguna vez leí que después de 50 años, muchos
recordaban exactamente el momento en que se en-
teraron del asesinato de Kennedy. Muchos tenían
grabado a detalle lo que estaban haciendo cuando
escucharon la noticia. ¿Cómo podrían olvidarlo? El
15 de febrero me levanté muy temprano para ir al
Hospital. Alguien cuyo nombre no recuerdo me pasó
la estafeta, y me di cuenta de que muchos amigos se
habían sumado a pasar las noches al pendiente de
Federico. Entonces sonó el teléfono: ¿familiares de
Federico Campbell?
La buena vibra, el apoyo y la solidaridad llegaron
de todas partes del país y del extranjero. Pero tam-
bién ocurría lo contrario: el embate de algunos en las
redes, con su insensible los Campbell mal y de ma-
las, me recordaba a los personajes que Javier Marías
llamaba “Ladrones de cenizas”.
El tío Federico tuvo una gran vida y construyó
una gran obra. Gracias a él estoy consciente que qui-
zás algunos detalles que comento no sucedieron tal
como yo los describo. Porque gracias a él aprendimos
que más que reproducir, la memoria recategoriza, re-

46
organiza. “Para acabar pronto; no podríamos vivir ni
pensar sin memoria,” solía decir el tío cuando habla-
ba de uno de sus temas favoritos, que está presente
en la mayor parte de su obra. Por eso, también es un
dato curioso que ne obliviscaris (No olvidar) reza el
escudo de armas del Clan Campbell. No, tío Federi-
co, nosotros no te olvidamos.

47
Las máscaras del periodismo mexicano

Iliana Olmedo

U na de las estrategias que el gobierno empleó


para justificar el golpe a Excélsior frente a la
opinión pública fue desacreditar a su director, Julio
Scherer. Además del vacío informativo generado por
la mayoría de los medios sobre el golpe y la parciali-
dad de los que lo tomaron en cuenta, aparecieron li-
bros que desprestigiaban a Scherer y a Daniel Cosío
Villegas, uno de los colaboradores más críticos y cu-
yos editoriales eran temidas por el gabinete. Estos li-
belos, escritos en lenguaje coloquial y con la finalidad
de revelar supuestas verdades ocultas, mostraban
un perfil tergiversado —y por demás difamatorio—
de los dos intelectuales. Su función se concentraba
tanto en desprestigiar, como en suministrar visiones
oficialistas de la situación social y política de Méxi-
co. Este tipo de calumnias, muy comunes en los años
sesenta, aparecía en tirajes profusos y sin sello edi-
torial, siempre firmadas con seudónimo.
Hubo toda una industria que generaba estas pu-
blicaciones. El creador de libelos escribe, como ha
afirmado Federico Campbell, “desde el Poder, por el
Poder, para el Poder”, es decir, necesita de un apa-
rato que propicie y distribuya estos textos y está
formado por casas editoriales, personas que dieran
financiamiento para los amplios tirajes y autores
fantasmas que accedieran a redactarlos. Es precisa-

49
mente este último elemento el eje de la discusión de
la novela Pretexta o el cronista enmascarado (1979)*
de Federico Campbell. La intención del autor consis-
tía en hacer una suerte de recreación ficcional de la
situación del país. De hecho, la tituló de esa mane-
ra porque, como él mismo explicó: “así se les decía a
ciertas tragedias latinas de la época de Séneca que
estaban adobadas con historia y personajes de la rea-
lidad política más inmediata”.
Pretexta narra la historia de un aspirante a escri-
tor y periodista, Bruno Medina, que por su falta de
pericia para sobrevivir de la escritura y el periodis-
mo se ve en la difícil tarea de componer la biogra-
fía difamatoria de su maestro y amigo, el profesor
Álvaro Ocaranza. Así, esta novela recrea —falsifica
con los nombres de la ficción— la elaboración de toda
una campaña falaz —y maquinada desde el poder—
para difamar a Julio Scherer un par de años antes
del golpe a Excélsior, pero que, junto con las otras
argucias, facilitaría su caída.
Campbell se acercó al Excélsior de Scherer en la
década de los sesenta, como colaborador. Sin embar-

*Esta novela cuenta con varias ediciones y reediciones (sobre el


tema véase la tesis doctoral de Juan Tomás Martínez Gutiérrez,
La memoria y los lenguajes del poder en dos novelas políticas de
finales del siglo xx: Pretexta, de Federico Campbell y Guerra en el
paraíso, de Carlos Montemayor, México, unam, 2015). Campbell
realizó cambios importantes a la novela en dos ediciones. En la
última edición póstuma, de 2014 publicada por el fce, su alumno,
el escritor Vicente Alfonso, integró las anotaciones manuscritas
que Campbell había hecho a un ejemplar y cuidó la edición. Ésta
puede considerarse la definitiva y es la que utilizamos para citar
en el presente trabajo.

50
go, cuando sucedieron los hechos que dieron lugar a
la salida de Scherer, Campbell no trabajaba en Ex-
célsior. Se había distanciado del grupo desde noviem-
bre de 1968, porque prefirió, según relata, partir a
Washington como corresponsal por “cierta paranoia
y el terror de salir a la calle en las noches”, después
del 2 de octubre. Al volver a la ciudad, se incorporó al
equipo editorial de una revista médica y no firmó “la
carta de solidaridad con la dirección de Julio Scherer
cuando llegó el golpe desde Los Pinos. Me lo perdí.
No lo viví. Por timidez, tal vez, por inseguridad. Y
me lo reproché”.
El texto que sirvió de punto de partida para la fic-
ción realizada por Campbell fue el panfleto titulado,
El Excélsior de Scherer. Firmado por Efrén Aguirre
y en cuya portada roja aparece la imagen desgastada
de Marx, salió sin editorial y fechado en 1973. En-
mascarado en un seudónimo común, el texto plan-
tea que el autor compartió la redacción de Excélsior
con Scherer durante varios años y que su testimonio
es un recuento de primera mano. El texto se divide
en capítulos breves que pretenden trazar el perfil de
Scherer, primero como enfermo mental y psicópata
peligroso, después como comunista ferviente, e in-
cluso, drogadicto y homosexual. Para concluir que
la línea de Excélsior y de todos sus colaboradores,
miembros de “el soviet de Reforma 18”, está dirigida
por la locura, la “corrupción moral” y sobre todo por
la Unión Soviética. Esta radicalidad inevitablemente
llevaría al conflicto, “la guerra en México” y la muer-
te masiva. Su estrategia en cierto modo es muy sim-
ple, se basa en la calumnia para generar el miedo.

51
El libro comienza declarando que “está hecho con la
verdad” y después va desglosando episodios en los
que Excélsior tuvo una opinión importante. Siempre
cuestionando la valía y, más que nada, la verdad de
esta opinión.
El escritor fantasma fue una figura frecuente en la
década de los años setenta en México, no sólo para la
redacción de libelos y folletos (des)informativos, sino
para mantener desde la columna semanal o diaria
una opinión que legitimara las políticas del gobierno
en curso. Estas prácticas narrativas revelan mucho
acerca de la manera como operaba el poder para ma-
nipular la opinión pública, también demuestran que
estos procederes estaban institucionalizados y eran
conocidos, tanto por periodistas como por los dueños
de los diarios. De ahí que Campbell afirme: “La gue-
rra sucia del periodismo mexicano, si la hay, es ésa: la
del anonimato y el seudónimo”. No sólo porque el anó-
nimo evita el señalamiento del periodista o reportero
como representante pagado del gobierno, sino porque,
explica Campbell: “El anonimato del libro le permiti-
ría expresarse con más desinhibición y libertad que de
costumbre. Era la forma perfecta de ocultarse y emitir
sin temores sus opiniones y sus condenas”.
La novela Pretexta es también una discusión
acerca de la locura generada por el poder. ¿Cómo so-
brevivir cuerdo en un país donde la simulación, la
violencia y la represión son las constantes y donde
cualquier aspiración de periodismo libre es clausu-
rada? En semejante contexto lo último que queda
indemne es la salud mental de los ciudadanos. En
la novela vamos siguiendo el proceso de delirio de

52
Bruno Medina, que empieza con el arrepentimiento
por falsear la imagen de su maestro, continúa con la
culpa por realizar un acto moralmente reprobable y
termina con la pérdida de la razón. En ese aspecto
Campbell sugiere que quizá la demencia de Medina
fue provocada —a través de intimidaciones y sos-
pechas— también por el gobierno, para mantenerlo
bajo control. Además de que la locura del cronista
enmascarado es también el resultado del combate
entre sus distintas identidades en conflicto.
Para Federico Campbell, todos los padres están
ausentes y son una suerte de Pedro Páramo al que
hay que buscar y, en última instancia, inventar. En
Pretexta el Estado también desempeña este papel de
padre que renuncia a sus hijos y la consecuencia de
este abandono es el fracaso moral de los hijos, su fa-
tídica corrupción. De ahí la imposibilidad de inten-
tar construir un país mejor. Campbell escribió: “Pe-
dro Páramo, la novela, va convirtiéndose en la gran
metáfora del poder mexicano, la quintaesencia del
cacique y del absolutismo presidencial, el modo de
ser de la presidencia autoritaria, el estilo del poder
mexicano”. Esta idea sostiene también la debilidad
de carácter de Medina, que no puede evitar acabar
siendo un ejecutor del discurso de la oficialidad e in-
cluso difamar a su padre putativo.
Bruno encarna la dependencia de los medios al
poder, marcada por la autocensura por elección. Bien
por temor, bien por el mismo cansancio que el oficio
crea en los reporteros mal pagados, la mayoría opta-
ba por restringir y matizar sus opiniones políticas,
sobre todo si partimos del hecho de que el beneficio

53
y el provecho personal caracterizaron los estándares
periodísticos de la época y que eran los periodistas
(y empresarios de la prensa) quienes adoptaban el
silencio para conseguir la aprobación y las preben-
das gubernamentales. Dentro de este sistema de
sobreentendidos y realidades calladas, se mueve El
Excélsior de Scherer y todas sus paradojas. El tema
de fondo es un dilema moral, ¿cómo ser un periodista
incorrupto en México? Por eso Campbell plantea que
el mismo sistema —ya institucionalizado— coartaba
la libertad de prensa y la prensa optaba por dejarse
comprar. Esa limitación tácita e incómoda ha estig-
matizado al periodismo mexicano y los intentos por
salirse han acabado, en el mejor de los casos, como el
golpe a Excélsior. Campbell declaró: “Hay algo en la
actividad periodística mexicana que podría recono-
cerse como una insatisfacción de fondo, no muy co-
mún en otras profesiones […] En el periodismo, pa-
radójicamente, un signo de éxito a mitad del camino
—hacia los 40 años, por ejemplo— consiste en aban-
donar el trabajo de reportero, dejar de ser periodista,
no continuar siéndolo”. Otra de las preocupaciones
campbellianas, y que reitera en varios de sus libros,
es la inutilidad en la que cae el periodismo en México
al no tener repercusión en la sociedad civil, porque
nadie lee o no le importa o bien no hace nada. Así,
el periodista “experimenta una suerte de melancolía
profesional: tiene la sensación de que sus reportajes,
por valientes que sean y documentados que estén, no
pasan de ser rayas en el agua: piedras de Sísifo que
suben y suben y vuelven a subir sin llegar nunca a
la cima, volviendo al principio, al pie de la cuesta.

54
Resultan ociosos e inútiles”. En último término, la
actividad periodística es una forma que no paga de
arriesgar la persona y la familia. Así, Pretexta, a tra-
vés de la locura de su protagonista, nos muestra las
muchas máscaras de las que el periodismo mexica-
no se apropia y derrumba toda posible esperanza en
una prensa libre.

55
El lobo en su santuario

Daniel Salinas Basave

L a historia del hubiera es ácida y seductora. Ima-


ginar las charlas nunca sostenidas, las preguntas
no formuladas, las respuestas no obtenidas, las pala-
bras no escritas. El vastísimo e interminable relato
de lo que pudo haber sido. Si me fuera dado pedir un
deseo literario, sería que este ensayo tuviera mucho
más de testimonio. Vaya, me habría gustado tener
un arsenal de anécdotas lo suficientemente grande
como para titularlo “charlas con Federico Campbell”,
pero la realidad es que en esta historia la primera
persona debe limitarse a fungir como un ente sate-
lital. Pienso en más de una decena de colegas que
vivieron mil y un anécdotas junto a Federico y que
tienen elementos de sobra para narrar una gran his-
toria con un ángulo y una mirada mucho más per-
sonal e íntima que la mía. Espero alguno de ellos se
decida a escribirla. Por lo que a mí respecta, decidí
entregarme a la relectura y libreta en mano hacer
labor de reporteo entre familiares y amigos cerca-
nos de Federico. Lo único que puedo concluir, cada
que escucho sus testimonios, es que los envidio. En
verdad me hubiera gustado muchísimo poder tratar
más a Federico Campbell.
Sin embargo, también tengo un pequeño anecdo-
tario de momentos compartidos con este excepcio-
nal personaje y aunque ya nos ha quedado clara la

57
vocación fabuladora de la memoria y su compulsión
a inventar mentiras, cada uno de esos momentos lo
atesoro en mis recuerdos.
Saludé por vez primera a Federico Campbell en el
otoño de 1999, en la redacción del diario en donde yo
laboraba y a donde el escritor acudió a sostener un
chat con los lectores. Por aquella época no me perdía
su columna “La hora del lobo” en la Revista Milenio
en donde no eran infrecuentes los perfiles de autores
o las recomendaciones literarias. El día en que lo co-
nocí, yo llevaba en la mano un libro que compré y leí
por recomendación expresa de “La hora del lobo”. Se
trataba de Negra espalda del tiempo, ese sui generis
experimento de Javier Marías, posterior a la publi-
cación de su novela Todas las almas, en donde narra
cómo realidad y ficción acaban irremediablemente
amalgamándose y confundiéndose.
Le enseñé el libro y pareció un poco sorprendido
de verme con esa lectura. “¿Viste cómo se fusionan
realidad y ficción? Nada es mentira, nada es verdad”,
me dijo, o creo que me dijo, en aquel brevísimo pri-
mer encuentro.
Mi siguiente encuentro con Federico Campbell
ocurriría tres años después y sería, por fortuna, un
poco más prolongado. Tuve la fortuna de poder ins-
cribirme a un seminario sobre periodismo narrativo
que duraría una semana y que me hacía muchísima
ilusión tomar. La proeza fue que el diario en don-
de trabajaba me diera licencia para poder aislarme
parcialmente durante las horas que duraba la clase.
Aquello fue una experiencia riquísima. Fue entonces
cuando descubrí a un maestro disperso, contrario a

58
cualquier esquema, que saltaba compulsivamente de
un tema a otro y olvidaba lo dicho un minuto atrás.
Aquello no eran clases, sino charlas de café en don-
de no había método ni programa alguno y en donde
lo mismo se hablaba del mal uso del español en la
mayoría de los medios de comunicación que del ra-
cismo implícito en no pocas campañas publicitarias.
Yo acababa de leer por vez primera Transpeninsu-
lar y la dedicatoria de Federico en la primera página
fue escrita durante aquel seminario, que terminó de
forma abrupta, al puro estilo de Pretexta o, en pa-
labras de Federico, dando el sciasciazo. El viernes
10 de abril de 2002, último día del taller, los jefes
policiacos de todas las corporaciones tijuanenses fue-
ron citados para una concentración de emergencia en
un rancho en Tecate, Baja California. Estando ahí,
las puertas fueron cerradas, los soldados del Ejército
Mexicano les apuntaron con sus armas y les fueron
colocando esposas en sus muñecas. Irrumpió en el
cielo bajacaliforniano un avión militar Hércules don-
de los jefes policiacos fueron subidos a la fuerza y
llevados a la Ciudad de México para ser investiga-
dos por sus presuntos vínculos con el narcotráfico.
Aunque semanas o meses después fueron liberados,
muchos de los comandantes que aquel día fueron lle-
vados en el Hércules se han ido muriendo, ejecutados
por la mafia. Lo cierto es que casi todo el alumnado
del seminario de Campbell estaba conformado por
reporteros en activo, que salimos en estampida rum-
bo a Tecate apenas se conoció la noticia.
Volví a topar con Campbell en una o dos ferias
del libro pero mi siguiente experiencia compartida

59
ocurrió hasta el verano de 2009, cuando por media-
ción de su sobrino Eduardo Flores Campbell lo in-
vité como expositor a mi clase en un diplomado de
Periodismo en la Universidad Iberoamericana. Mis
alumnos descubrieron al excelente conversador y al
distraído maestro, que habló de todo menos del tópi-
co de la clase. A partir de entonces empecé a tener
contacto con él por medio de su sobrino, quien fungía
como una suerte de secretario particular.
Meses después, en una mañana de invierno, reci-
bí sorpresivamente una llamada suya invitándome a
tomar un café. Recuerdo que nos encontramos en el
estacionamiento de la Plaza Río. Federico tomó un
helado. Aquella ocasión me regaló Padre y memoria.
La fecha de la dedicatoria en la primera página dice
27 de enero de 2010.
Creo que la experiencia más intensa que he vivido
junto a Federico Campbell fue cuando lo visité en su
casa de la Condesa un atardecer de agosto de 2011
para hacerle una entrevista. El cielo de la capital era
un manto negrísimo cuando llamé a la puerta. Cuan-
do empezamos a charlar, en la sala de su casa, el
manto oscuro se había transformado en diluvio uni-
versal. Tan intensa era la lluvia, que al escuchar la
grabación de la entrevista la voz de Federico se pier-
de y lo único que la bocina arroja es el retumbar de
la lluvia contra el tragaluz.
Aquella vez hablamos de Tijuana, que era el tema
eje de la entrevista. La lluvia no cesaba mientras
Federico invocaba a la tramposa memoria y me ha-
blaba con nostalgia de una ciudad que —casi seguro
estaba— no había existido ni siquiera en su infancia.

60
Su fantasmal territorio límbico se revelaba cada vez
más como una fábula, una chapuza de los recuerdos.
Su charla era de un fatalismo nostálgico. Por un mo-
mento pensé en el Ernesto Sábato de Antes del fin. Al
caer la noche subimos a la biblioteca, ubicada en la
parte más alta de la casa. La biblioteca de un escritor
puede ser un santuario, una zona sagrada poblada
por alephs y embrujos. Es el caso de la de Campbell.
El suelo de madera yacía poblado por varios montí-
culos de libros. También la escalera de caracol que
conduce hacia un tapanco. Cada escalón es un alte-
ro de literatura. En los libreros, obvia decir, no cabe
uno más. La biblioteca tiene poco más de ocho mil
libros. En la zona sagrada no tuve cabeza para con-
tinuar la entrevista. Saqué mi cámara y empecé a
tomar una fotografía tras otra mientras Federico pa-
recía olvidarse de mi presencia y hojeaba sus libros,
acercando la cara a sus hojas, oliéndolos, mirando a
las partes altas del librero como queriendo cazar un
pájaro al vuelo. Se iba diluyendo en largos silencios
y lo único que se escuchaba era el retumbar de la
lluvia contra la ventana.
Creo que sólo hasta esa tarde empecé a intuir la
profundidad de su oscuro mar interior. Aquel día me
pegunté si Campbell pertenecería a la estirpe de Vir-
ginia Woolf, Sylvia Plath o Cesare Pavese, si acaso el
flujo de la bilis negra corría por su interior. Federi-
co me dijo aquella tarde que había padecido severas
depresiones por más de 30 años. Su temperamento
melancólico lo sumergía en hondos hoyos negros de
los que resultaba complicado salir. No me atreví a
preguntarle si alguna vez pensó seriamente en el

61
suicidio, aunque él mismo me dijo que no pocas veces
escribió desde el tormento y la saudade como un Fer-
nando Pessoa. Conocer a Carmen Gaitán y casarse
con ella le había ayudado mucho. También dejarse
de sentir obligado a escribir, aunque en algún mo-
mento la escritura haya sido su tormentosa tabla de
salvación.
Ya era noche cerrada en la Ciudad de México y mi
avión rumbo a Tijuana saldría en unas horas. Fue al
despedirnos cuando me dijo que a lo mejor él había
dejado de ser escritor y por eso los hoyos negros iban
desapareciendo de su mente. Ahora sólo le restaba
vivir con alegría lo que le quedara de vida. Subí al
taxi y al alejarme vi que permanecía parado en el
umbral de la puerta de su casa y no resistí la tenta-
ción de tomarle una última fotografía desde el vehí-
culo andando.
Fue la penúltima vez que lo vi en mi vida. La úl-
tima ocurriría dos años después, en una fría noche
invernal donde todo fue Rulfo y saudade.

62
Las máscaras del Leviatán

Jaime Muñoz Vargas

L os mexicanos que vivimos en el zedillato pode-


mos acceder a un libro que se adapta, con im-
placable precisión, a la crisis de fin de sexenio. Se
trata de La invención del poder, de Federico Cam-
pbell (Tijuana, 1941). Novelista (Pretexta, Trans-
peninsular), cuentista (Tijuanenses), ensayista (La
memoria de Sciascia, Máscara negra, Post scriptum
triste), Campbell es también un incisivo periodista.
Ha sido director de la revista Mundo Médico, funda-
dor de la editorial La Máquina de Escribir y, hasta
1992, miembro del Investigate Reporters and Edi-
tors, cuya sede se encuentra en la Universidad de
Missouri. De 1977 a 1988 fue uno de los más prolí-
ficos reporteros de Proceso, y ha trabajado para pu-
blicaciones como Marcha, Amaru y El Nacional de
Caracas. Como traductor ha trasladado al español a
Shakespeare, Pinter y Sciascia, entre otros.
Su trayectoria como “historiador de lo inmediato”
ha sido tan intensa y profunda que es hoy en México
uno de los pocos intelectuales autorizados para teo-
rizar sobre las más refinadas sutilezas del ejercicio
periodístico. Quizá por eso mismo en su paleta de in-
tereses Campbell ha incluido, desde hace años, una
tenaz indagación del artefacto más siniestro creado
por la humanidad: el poder. No es gratuito entonces
su fervor por Sciascia ni el regusto salobre que deja

63
cada uno de sus textos. Acostumbrado como está a
bucear en los pudrideros del poder, Campbell nos
conduce virgilianamente a esos infiernos. Él no se
engaña, y al no engañarse nos desengaña: el poder
—la máquina que controla nuestras vidas— está
hecho de la misma materia que la escoria, es decir,
el poder es el reino de la inmoralidad. Tal es, en
esencia, el eje temático de La invención del poder:
el Leviatán es tan siniestro que se oculta en el dis-
fraz de un cordero, o, aplicado al entorno local, el
sistema político mexicano es tan cínico que todavía
presume de impoluto. La invención del poder nos
sirve entonces en esta hora para comprender el en-
granaje de la maquinaria que se echa a andar, sobre
todo, en los tiempos del golpeteo por la sucesión.
Editado por Aguilar en su colección Nuevo Siglo,
el libro está compuesto por 26 ensayos* enmarcados,
todos, en el propósito de escudriñar los vericuetos
—¿puedo decir ontológicos?— del poder. Desprovis-
tas del aparato erudito propio del ensayo académico,
las piezas de La invencion… dejan ver sin embargo
el dominio que Campbell tiene de su copiosa biblio-

*Los 26 ensayos contenidos en la edición original de La invención


del poder están incluidos en La era de la criminalidad, volumen
publicado en 2014 por el Fondo de Cultura Económica. Con 812
páginas, el libro reúne, corregidos y ampliados, dos títulos previos
de Campbell: La invención del poder y Máscara negra, además de
incorporar un tercero hasta entonces inédito. El libro concentra la
mayor parte de los ensayos de Campbell en torno a crimen, poder
y novela policial, y da una idea del cuidado que el autor ponía no
sólo en actualizar sus obras, también en profundizar en los temas
que le apasionaban. Por ejemplo, a la sección de La invención del
poder le añadió treinta ensayos breves.

64
grafía. La reflexión, pues, se suministra a los lecto-
res sin prescindir del rigor que demanda un tema
tan espinoso.
Campbell desmenuza las manifestaciones inscri-
tas en las palabras de Sciacia que epigrafan el libro:
“No es literatura lo que es fantasía, sino la realidad
tal y como es manipulada y sistematizada por el po-
der”. Así por ejemplo en “De inventione”, el primer
texto, donde el autor de Máscara negra observa que
“el poder es inventado un día, en los tiempos más
remotos de la humanidad, pero al mismo tiempo el
poder inventa; es una entidad que genera una inven-
ción: es pasivo y activo, es centrípeto pero también es
centro de fuga, es productor de ficciones y fantasías.
Adultera la realidad, la moldea según sus necesidades
y la impone a los demás, a través de uno de sus gestos
más agresivos: la propaganda y la prefabricación”.
Tras acudir a numerosas referencias filosófico-his-
tórico-literarias (Hobbes, Weber, Bobbio, Foucault,
Canetti, Cioran y un larguísimo etcétera), el tijua-
nense demuestra que la urdimbre del poder tiene su
base en el ejercicio de la violencia, en la intimida-
ción. Por más que se disfrace, por más que emboce
su rostro, el poder es una bestia insaciable de más
poder. El desmenuzamiento articulado por Campbell
asombra por la frialdad de su ejecución: hunde su es-
calpelo en el vientre de la bestia y deja a los lectores
el horror de lo que se esconde tras aquel pellejo. No
hay pues un solo párrafo donde no asome la desgra-
cia, de ahí que la cascada de citas y las conclusiones
del autor inviten a vacunarnos contra el apetito de
poder. Por ejemplo, estas palabras de Cioran: “El po-

65
der es diabólico: el diablo no fue más que un ángel
con ambición de poder, luego entonces ni un ángel
puede disponer del poder impunemente. Desear el
poder es la gran maldición de la humanidad”.
Como maldición y mascarada, como trampa y azo-
te de la civilización es tratado el poder en este libro.
Con Bobbio, el tijuanense nos recuerda que los clási-
cos y los modernos que han escrito sobre la catadura
del poder no lo han hecho sólo para describirlo en
su hora y su lugar: “Hobbes se está refiriendo ahora
a las elecciones en Yucatán. Weber no entiende por
qué el gobierno es juez y parte en la calificación de
las elecciones”, en otras palabras, la reflexión sobre
esta rama de la infamia humana se actualiza tanto
como cambian los gobiernos que sin embargo conser-
van los mismos tics a lo largo de la historia.
Rige en toda La invención... la certeza de que el
poder es intrínsecamente perverso. Los ensayos que
componen el libro ( “Animalidad política”, “El poder
invisible”, “El bobo excitado”, “El paradigma propa-
gandístico”...), desnudan a la bestia e invitan a odiar-
la o al menos a verla siempre con recelo, como bien
se lo tiene merecido desde que, en las cavernas, un
hombre se impuso a sus congéneres con un garrote.

66
Federico Campbell:
la caza y la cosecha

Vicente Alfonso

C onocí a Federico Campbell una tarde, a inicios


de 2007, en el puerto de Veracruz. El contexto
parecía sacado de una novela, pues nos presentó el
entonces comisionado de policía de Xalapa, y lo hizo
en una mesa del café La Parroquia ocupada por una
docena de agentes. Campbell vestía un traje de lino
blanco, un sombrero panamá y zapatos de gamuza
clara, y tenía a los policías en vilo con una anécdota
que interrumpió en cuanto nos acercamos el comisio-
nado y yo. En vez de dirigirse a él, don Federico me
habló a mí:
—Así que tú eres el de la novela —dijo.
Asentí en silencio. Se refería a mi primera novela,
que unos días antes había sido declarada ganadora
del Premio Nacional de Literatura Policiaca por un
jurado que él presidía. La presencia de los agentes
se explicaba fácilmente: era el Instituto de Policía
quien había convocado al concurso.
Al final de la cena le pedí a Campbell que escri-
biera una dedicatoria en un ejemplar de Pretexta, su
novela más emblemática. Se trataba de una gastada
edición de 1996 que yo había leído y releído cuando
estudiaba periodismo. Al ver que los márgenes te-
nían mis notas, el tijuanense me lo pidió prestado
para conocer cómo las generaciones recientes re-
cibíamos la novela, pues pensaba actualizarla, y a

67
cambio me entregó una tarjetita con su teléfono. Há-
blame la semana que entra y nos tomamos otro café
en México para devolvértelo, dijo mientras guardaba
el ejemplar en su maletín de reportero.
Una semana después estaba yo tocando a la puer-
ta de su casa de la Condesa con dos propósitos: entre-
vistarlo y recuperar mi ejemplar. No logré ninguno,
pues apenas habíamos bebido un par de espressos
cuando se levantó de la mesa y dijo tajante que debía
escribir su columna. En cosa de segundos estábamos
en la banqueta, despidiéndonos. Le pedí entonces
otra dedicatoria en su manual de Periodismo escri-
to, pues desde mis años como reportero de guardia
consideraba ese libro una biblia del oficio. En vez de
firmarlo, Campbell lo hojeó y vio que también estaba
lleno de notas, así que se lo quedó para leerlas.
—Ven la semana que entra —dijo mientras cerra-
ba la puerta.
Volví, por supuesto. La semana siguiente y la si-
guiente y la siguiente y así por siete años. Me recibía
a veces en la mesa del comedor, con las tijeras en
la mano frente a una pila de periódicos, revistas, fo-
tografías y tarjetas con apuntes. Solía decir que los
diarios deben leerse así, tijeras en mano, para recor-
tar notas que permiten engrosar el archivo personal
de cualquier periodista. “Si todo oficio tiene sus se-
cretos, el de columnista no es la excepción. El más
interesante de esos secretos se llama archivo”, reza
la página 89 de Periodismo escrito. Otras veces me
recibía en su estudio, donde escuchaba las sonatas
de Mozart interpretadas por Mitsuko Uchida o por
Maria João Pires, pianistas a quienes tildaba de sus

68
novias con la complicidad de Carmen Gaitán, su es-
posa y compañera de toda la vida. Cada viernes por
la tarde comenzábamos comentando las noticias de
la semana y de allí la conversación se abría a mu-
chísimos temas: economía, derecho, filosofía, música
y, por supuesto, literatura. Sin que me diera cuenta,
aquello se fue convirtiendo en un taller periodístico
y literario donde, poco a poco, él iba desvelándome
los secretos del oficio. A esas alturas, claro, ya daba
yo mis ejemplares por perdidos, pero a cambio había
ganado un maestro.
El 29 de agosto 2009, día en que Pretexta cumplía
treinta años, lo encontré frente a su computadora
actualizando la novela, pues un día antes la organi-
zación Reporteros Sin Fronteras había denunciado
que, en lo que iba de la década, México y Sri Lanka
eran los países más afectados por la desaparición de
reporteros. Como se sabe, Pretexta es protagonizada
por dos periodistas: Bruno Medina, un joven aspi-
rante a escritor que se gana la vida haciendo cróni-
cas de lucha libre a pesar de que nunca ha asistido a
alguna, y por Álvaro Ocaranza, su antiguo maestro,
a quien el gobierno busca difamar para neutralizarlo
como miembro de la oposición política.
No era sencillo ser alumno de Campbell. Con los
años fui comprendiendo que mi maestro había pasa-
do la mayor parte de su vida inmerso en un debate
interno, una lucha entre dos vocaciones: por un lado
estaba el periodismo (o el submarino de la informa-
ción, como él llamaba a la dinámica periodística) y
por otro la literatura. Si el periodista es un cazador,
decía, el escritor es un agricultor que trabaja y vive

69
en un ritmo mental más lento que el del reportero.
Luego de tantas décadas en redacciones, él no po-
día zafarse de vivir formulando preguntas, buscando
datos y estableciendo conexiones, lo que le impedía
dedicar más tiempo a sus novelas. No son pocas las
fotos en donde aparece cargando un fajo de diarios
lo mismo en Tepoztlán que en Budapest, pues lo pri-
mero que hacía al llegar a una ciudad era buscar el
kiosco de los periódicos aún cuando no comprendiera
el idioma. Más que una obsesión era una adicción
originada, quizá, en la época en que, de niño, traba-
jaba en Tijuana como repartidor de diarios.
No era sencillo ser su alumno porque, a pesar de
su brillante trayectoria, Federico Campbell pasaba
por períodos de inseguridad respecto a sus habilida-
des literarias. Se sumía en depresiones terribles y
durante esas turbulencias solía definirse a sí mismo
como un farsante y un impostor. Él, que había sido
alumno de Rulfo, de Arreola y de Sciascia, renegaba
entonces de su condición de maestro argumentando
que no podía enseñarle nada a nadie. Otro de sus
fantasmas era la procrastinación, y lo era a tal gra-
do que un día mandó quitarle a su computadora el
componente que permitía conectarse a internet para
eliminar así un distractor.
Pero tampoco era difícil ser su alumno, pues era
un fabulador natural que enseñaba a narrar aún
sin proponérselo. Si, evocando sus charlas con Rul-
fo, Campbell escribió alguna vez que el autor de Pe-
dro Páramo escribía hasta cuando callaba, no sería
remoto decir que Campbell escribía hasta cuando
tomaba café, pues leyendo “La Hora del Lobo”, su

70
columna semanal, podía uno darse cuenta de que
muchas cosas interesantes pasaban en un café lla-
mado Mamma Roma, lugar que calificaba como “uno
de los mentideros políticos de la colonia Condesa”.
Por ejemplo, en un artículo publicado en diciembre
de 2010, Campbell recuerda que en ese sitio Rulfo le
habló de una familia de charros que se dedicaban a
matar homosexuales. En otro artículo de febrero de
2011 menciona que entonces el tema de moda entre
los clientes era el caso Florence Cassez, y en mayo
de 2012 escribió que en el Mamma Roma circulaban
toda clase de rumores sobre las campañas por la pre-
sidencia. Una tarde, mientras escuchábamos a Men-
delssohn interpretado por Hilary Hahn, Campbell
me preguntó si conocía este sitio.
—Me suena —respondí.
—Apuesto a que no has ido —insistió.
Tan pronto admití que tenía razón, me reveló el
secreto: el Mamma Roma no existía, al menos no en
un plano físico. Era una invención suya. “El nombre
te suena porque es una película de Pasolini”, dijo y
agregó risueño que las menciones eran una estra-
tegia para despistar a los servicios de inteligencia
gubernamentales. Algo parecido hizo con la Univer-
sidad de Cucurpe, casa de estudios ficticia a la que
aludió incluso en su última columna, publicada el 2
de febrero de 2014.
El 15 de febrero de ese año, después de una im-
periosa agonía que no se rebajó un solo instante ni
al sentimentalismo ni al miedo, Federico Campbell
murió. Llevaba dos semanas hospitalizado por un
cuadro de neumonía, y luego de que le realizaran las

71
pruebas correspondientes se confirmó que en algún
sitio —no se sabe si en el df o en Tijuana— se había
contagiado del virus de la influenza H1N1.
Pocos días después de su muerte, Carmen Gaitán
y yo encontramos en el estudio del maestro mi viejo
ejemplar de Pretexta. Sobre mis comentarios él había
hecho decenas de precisiones marcadas con pluma
fuente, con lápiz y con plumines de diferentes tin-
tas. Como un sastre que con jaboncillo o greda mar-
ca líneas en un trozo de casimir para saber dónde
ajustar y dónde soltar, qué piezas cortar y cuáles
coser, Campbell había trazado en ese viejo ejemplar
los fragmentos donde visualizaba cortes, remien-
dos, pespuntes: añadidos, supresiones, variaciones,
pasajes de la historia reciente de nuestro país, ade-
más de no pocas alusiones a su natal Tijuana y a
obras maestras de la literatura universal. Donde yo
creía descubrir una alusión velada a Pirandello, él
me aclaraba que en realidad estaba citando a R.D.
Laing, otro de sus autores de cabecera. En un pá-
rrafo incluso puntualizaba que el maestro Ocaranza
había hecho estudios ¿dónde más? en la Universidad
de Cucurpe. Pasé esa noche leyendo en voz alta el
ejemplar con Iliana, mi esposa, cotejando párrafos e
interpretando las señas que el maestro había dejado.
Dicho en el lenguaje de los sastres, Campbell trazó el
patrón que, tras su muerte, nos sirvió para armar la
edición definitiva que fue publicada por el Fondo de
Cultura Económica.
Algo parecido sucedió con Periodismo escrito, aun-
que en ese caso yo sabía que en octubre de 2013 el
maestro había invertido semanas en hacer una nue-

72
va edición del manual, pues pasamos varias tardes
discutiendo en torno al difícil género de la crónica.
Con la paciencia de un sastre, Campbell había actua-
lizado y enriquecido los capítulos. La nueva edición
del libro, que acaba de ser publicada por la Secre-
taría de Cultura del Gobierno Federal, consigna por
ejemplo la aparición de la Fundación para el Nuevo
Periodismo Iberoamericano, institución promovida
por García Márquez para promover la excelencia,
la ética y la innovación en el oficio. También men-
ciona blogs y páginas electrónicas, y hace referencia
a nombres de colegas cuyo trabajo admiraba: Diego
Osorno, Leila Guerriero, Magali Tercero, Javier Val-
dez Cárdenas, Roberto Herrscher. En esta edición
de Periodismo escrito, Campbell dejó una indicación
que hoy interpreto como una palmada en la espalda:
incluyó un breve ensayo mío a manera de capítulo
bajo el título “La invención de la verdad”. Un palo-
mazo literario.
“Es plausible que la detenida confección de un
libro valga como una de las tentativas más realis-
tas (…) de luchar contra el olvido y preservar la me-
moria”, escribió don Federico en Periodismo escrito.
Tras su fallecimiento, su memoria sigue más viva
que nunca, pues además de las ediciones de Pretexta
y Periodismo escrito se han publicado, corregidos y
actualizados, otros cuatro libros suyos: Padre y me-
moria, La era de la criminalidad, Regreso a casa y
Transpeninsular.

73
“México es un país sin verdad”
Conversación con Federico Campbell

Elena Trapanese

L a traducción al italiano de La memoria de Scias-


cia, de Federico Campbell, realizada en enero de
2013 y publicada en 2014 por Ipermedium libri, con-
tiene una entrevista en la que el autor aborda, entre
otros temas, el debilitamiento del Estado frente al
creciente poder de las organizaciones criminales, las
coincidencias y los contrastes entre Italia y México,
así como la amistad que le unió al novelista siciliano
Leonardo Sciascia. Con autorización de Antonio Ca-
vicchia Scalamonti, director de la editorial, y Elena
Trapanese, autora de la entrevista y traductora del
volumen, reproducimos aquí una versión condensa-
da de dicha conversación inédita en español.

¿Cómo conoció usted la obra del autor siciliano? Es


decir, ¿cuál es su “primer recuerdo” de la obra de
Sciascia?
Me enteré de la existencia de Leonardo Sciascia
cuando un amigo mío, Tomás Pérez Turrent, crítico
de cine, volvió del festival de Cannes y me dijo que
la mejor película había sido una de Francesco Rosi:
Cadáveres ilustres, y que se inspiraba en la novela de
un cierto Leonardo Sciascia, siciliano por más señas.
Me interesó mucho porque yo había sido muy feliz
en Sicilia cuando tenía veinte años. Más o menos me
entendía en italiano, lo había traducido (artículos de
Moravia, de Pasolini, textos políticos de la revista

75
Renascita), y lo había hablado en Calabria porque en
el verano de 1962 pasé tres semanas en Crocifisso,
un pueblo muy pequeño, tierra adentro, no muy lejos
de Bianco en la costa del Adriático.
No me supo decir Tomás cuál novela de Sciascia
estaba detrás de la película de Rosi y me fui entonces
a la única y muy buena librería italiana que había
aquí en México. Compré varias novelas en italiano
con el propósito de adivinar cuál de ellas coincidía
con la historia de Cadáveres Ilustres. Me dio mucho
gusto. Después de leer El día de la lechuza y A cada
cual lo suyo me di cuenta de que la anécdota está
en El contexto: Varios jueces son asesinados en serie,
pero en el fondo se prepara un golpe de Estado.
A partir de entonces escribí notas críticas sobre
los otros libros de Sciascia y al cabo de pocos años te-
nía unas cien páginas publicadas y entonces me dije:
¿Y por qué no me voy a Sicilia a conocer a Sciascia y
a hacer un libro sobre él y su obra? Iba a ser mi pri-
mer viaje con un rumbo y un objetivo precisos (antes
había ido de paseo).
Esto es lo circunstancial y anecdótico. En el fondo
lo importante es que desde un principio Sciascia me
pareció un autor mexicano que escribía sobre México
sin haber estado nunca en México.

En su libro leemos la historia de su encuentro perso-


nal con Leonardo Sciascia. ¿Qué le llevó a sentir la
necesidad de encontrarlo? ¿Su viaje a Italia represen-
taba un viaje similar al que hacen los personajes de
su novela Transpeninsular, en busca del escritor per-
dido? ¿Cambió algo su visión sobre el autor siciliano?

76
Mi teoría acerca del “escritor perdido” es a poste-
riori. Se me ocurrió después de haber viajado a Sici-
lia en 1985 y después de haber publicado La memoria
de Sciascia en 1989 y Transpeninsular en 2000. Son
deducciones o interpretaciones que uno como autor
suele sacar de su propia obra con el paso del tiempo.
Mi primera impresión del escritor siciliano fue
muy grata. Lo vi por primera vez en una galería de
Palermo, en via Della Libertà, a la que solía ir todas
las tardes para conversar con sus amigos. Muy aten-
to me preguntó si no me hacía falta nada: Posso esse-
re utile? Le dije que no, yo ya estaba hospedado en un
hotel. Nunca había pensado yo antes que un escritor
de tan filosa pluma, tan diestro en la polémica, tan
incisivo, fuera este señor de apariencia tan tranquila
y un tanto tímida. Contrastaba con la imagen que yo
tenía de él, alguien más imponente. Me di cuenta de
que teníamos la misma estatura. Era de mi tama-
ño. Accedió a que nos viéramos al día siguiente en
su casa para la entrevista y luego me invitó a pasar
una semana en Siracusa, con su esposa María, y allá
fuimos. Comíamos casi todos los días en el ristoran-
te Archimide, siempre con muchos amigos: Gaetano
Tranchino y Assunta, Gesualdo Bufalino, y muchos
otros.
No es que cambiara mi visión sobre el autor sici-
liano al conocerle, sino que me sucedió lo que siem-
pre pasa cuando uno concreta algo, cuando se ma-
terializa una idea o una imagen o una fotografía: el
personaje cobró vida y a partir de entonces supe que
era un ser muy educado y muy tierno.

77
Sciascia era, como usted muestra, un buen conocedor
y admirador de la literatura en lengua española.¿La
cultura en lengua española es una buena conocedo-
ra de la obra de Sciascia? ¿Este autor es conocido en
América Latina y, sobre todo, en México? ¿Podemos
hablar de una “recepción” de Sciascia en México?
Sabíamos, claro, del interés de Sciascia por la li-
teratura española, por la poesía de García Lorca y
de Pedro Salinas, por Cervantes y de Calderón de
la Barca, por Américo Castro, y muy especialmen-
te, por Jorge Luis Borges, a quien citaba con gran
admiración. Se sabía también de su pasión por todo
lo que tuvo que ver con la Guerra Civil Española,
incluso como temática de algunos de sus cuentos, “Il
antimonio”, por ejemplo, en el que la relaciona con el
fascismo y habla de los campesinos sicilianos pobres
que tuvieron que ir a morir en España.
Se le conocía poco en México, por algunas edicio-
nes españolas aisladas y alguna cubana. Pero real-
mente el conocimiento paulatino de todas sus nove-
las empieza en la década de los 90 con las ediciones
de Tusquets, unos años después de publicado mi li-
bro en 1989, y con diversos y numerosos artículos y
entrevistas en los suplementos literarios mexicanos,
españoles, argentinos. En este sentido son de desta-
car los trabajos de Manuel Vázquez Montalbán, en
Barcelona, y Antonio Saborit aquí en México, y las
traducciones de María Teresa Meneses de textos cor-
tos y entrevistas con Sciascia.
O sea, tomó unos buenos veinte años pero final-
mente creo que en este momento la recepción de la
obra del siciliano en nuestra latitudes no podía ser

78
mejor: prácticamente todos sus libros están en las
librerías y en las bibliotecas de América Latina y
su influencia ha sido notable en muchos de los no-
velistas más jóvenes porque logró enseñar un méto-
do expositivo narrativo policiaco que lleva implícita
una amarga y sardónica reflexión sobre el poder. Las
novelas “policiacas” de Sciascia son en el fondo una
meditación crítica sobre la justicia.

La obra de usted ha tenido éxito a los dos lados del


océano, pues tiene el mérito, como ha subrayado
Claude Ambroise, no sólo de “presentar claramente
la obra de Sciascia”, sino también de poner en evi-
dencia su lado hispánico. ¿Piensa usted que su libro
pudo haber cambiado la idea que en México se tiene
de Italia, y en particular de Sicilia?
A la larga las ideas prenden. Creo que yo en Méxi-
co, por ejemplo, empecé a usar la expresión “crimen
de Estado” en mi trabajo periodístico. Pasaron varios
años hasta que ese concepto cuajara y ya lo tienen
en su vocabulario muchos periodistas y ensayistas
mexicanos. Por eso digo que, a la larga más que a
la corta, las ideas prenden y si se apagan de pronto
retoñan y se incorporan al lenguaje de quienes leen
libros y periódicos. Pues bien, esa idea es de Sciascia.
Quiere señalar esa paradoja: la imposibilidad jurí-
dica de que el Estado se juzgue a sí mismo, aunque
cometa el delito.
Otra idea de Sciascia es la que versa sobre la des-
aparición del Estado en los tiempos modernos. La
historia le ha ido dando la razón. Veinte años des-
pués de su muerte el Estado nación ya no es el mis-

79
mo. Se gobierna en función de intereses particulares
y de grupo. El interés general se ha perdido de vista.
En la era de la criminalidad —que en mi caso no es
sino la metabolización de la idea de Sciascia sobre
la sicilianización del mundo— el Estado nación tal
y como lo habíamos concebido no puede ya competir
con otros poderes: el poder de la criminalidad tras-
nacional que impera en todo el planeta y que escapa
a las jurisdicciones penales de los Estados. Se habla
ahora del “Estado fallido” copiando una fórmula nor-
teamericana y de un “Estado paralelo”. En México
hay zonas de la República en las que el Estado ya
no está: sus funciones corren a cargo del crimen or-
ganizado, como la recaudación de impuestos en for-
ma de extorsión, idéntica al pizzo siciliano. Y es que
el crimen organizado o desorganizado en México ha
asimilado costumbres, hábitos, estilos criminales, de
la mafia siciliana. Muy siciliana parece la extorsión,
el secuestro, la venganza. De todas esas cosas nos ha
estado hablando Sciascia desde sus libros, que son
una tumba sin sosiego. Muerto, el escritor nos sigue
hablando desde su pensamiento literario impreso.

En La memoria de Sciascia usted muestra tener fe en


la escritura, que le permite “golpear” con su pluma la
realidad mexicana. Después de muchos años, ¿usted
sigue teniendo fe en la escritura?
Yo no comparto el optimismo de Sciascia, espe-
cialmente en mi país donde los índices de lecturas
son muy bajos y el tiraje de los libros muy modesto.
Pero siento esto por una idea también de Sciascia:
el que en nuestro tiempo ya no cuentan mucho las

80
ideas. No se cree que una idea pueda cambiar las
cosas.
  Por eso también en México se da una espe-
cie de homologación ideológica en todos los partidos
políticos: las ideas no tienen mucha importancia ni
siquiera en las campañas electorales.
Ciertamente sigo teniendo fe en la palabra escrita
aunque cada vez sea menor el número de lectores, in-
cluso de periódicos. A veces, acaso puerilmente, ima-
gino que tiene algún sentido oponerse a los procesos
de manipulación mediática, al menos de manera in-
mediata en el periodismo crítico. Qué tan amplio es
el espectro de conciencia social en la población, no lo
sé. Cuando yo era más joven tendía a creer que a la
larga las ideas caminan. Ahora no estoy tan seguro.
En México prácticamente toda la vida política es
una simulación. Todavía, en pleno siglo xxi, no po-
demos tener elecciones verdaderamente libres, equi-
tativas y creíbles. Somos una gran mentira de país.
México, un país sin verdad.

Si el escritor es, como decía Gilles Deleuze, una má-


quina de escribir, un productor de fantasías, ¿qué
fantasías está ahora produciendo la máquina de es-
cribir de Federico Campbell?
He terminado un texto autobiográfico literario en
el que hablo de mis libros y se titula La máquina de
escribir. También he concluido otro de ensayos que
lleva por título La era de la criminalidad.
Por otra parte, he empezado tres novelas a lo lar-
go de los últimos cinco años, pero no me gusta lla-
marle “trilogía” al conjunto. La primera es sobre el
escritor: Zurcido invisible. Es la historia de un escri-

81
tor de cierto éxito que, luego de dos libros muy bien
valorizados por la crítica, no puede seguir escribien-
do. Luego de mucho pensarlo, durante meses y años,
reconoce que a él lo que realmente le ha interesado
en esta vida es la sastrería. La segunda es sobre el
escultor: El canario y la mina. Un escultor va a San-
ta Rosalía (en Baja California) porque le han encar-
gado la erección de una escultura en memoria de los
mineros muertos en un mineral agotado. Y la tercera
novela es la del actor: La criatura y el personaje, que
lleva un epígrafe de Luigi Pirandello. Empieza con
un largo monólogo del autor actor narrador en el que
cuenta su experiencia de desdoblamiento, lo que ha
significado para él haberse dedicado al teatro.
No pocos de mis intereses temáticos tienen siem-
pre algo que ver con Leonardo Sciascia. Mi libro so-
bre el Estado en la era de la criminalidad deriva del
pensamiento de Sciascia y su metáfora de la sicilia-
nización global. Mi novela sobre el actor también en
buena parte se inspira en los escritos de Sciascia so-
bre el teatro de Pirandello. Y otra novela mía, aún
en proceso de elaboración, versa sobre un profesor
que va a Sonora a dar una conferencia sobre la mafia
siciliana, y lleva por título Con algunas cosas no se
juega, frase que viene de un anónimo siciliano del
que hablaba Sciascia: “Con certe cose nos si scherza”.

82
Referencias

“Federico”, de Juan Villoro, fue publicado original-


mente en el periódico Reforma el 21 de febrero de
2014.

“Fede, Federico, Campbell”, de Élmer Mendoza, pro-


loga el libro El lobo en su hora: la frontera na-
rrativa de Federico Campbell, de Daniel Salinas
Basave. Coeditado por el Centro Cultural Tijuana
y el Instituto de Cultura del Estado de Durango.
Premio Nacional de Ensayo Literario José Re-
vueltas 2015.

“La editorial de Federico Campbell”, de Carmen Bou-


llosa, se publicó en Letras libres el 18 de febrero
de 2015.

“Campbell y la poesía”, de David Huerta, fue publi-


cado originalmente en el número 122 de Revista
de la Universidad.

“La aventura de Federico Campbell como piloto avia-


dor”, de Martín Solares, fue publicado en el su-
plemento Confabulario, de El Universal, el 15 de
febrero de 2015.

83
“Ne obliviscaris”, de Eduardo Flores Campbell, fue
publicado en el suplemento Confabulario, de El
Universal, el 15 de febrero de 2015.

“Las máscaras del periodismo mexicano”, de Iliana


Olmedo, es un fragmento de un texto mayor titu-
lado “La guerra sucia del periodismo mexicano”,
aún inédito.

“El lobo en su santuario” de Daniel Salinas Basave,


forma parte del libro El lobo en su hora: la fronte-
ra narrativa de Federico Campbell. Coeditado por
el Centro Cultural Tijuana y el Instituto de Cul-
tura del Estado de Durango. Premio Nacional de
Ensayo Literario José Revueltas 2015.

“Las máscaras del Leviatán”, de Jaime Muñoz Var-


gas, fue publicado en el periódico La Opinión, de
Torreón, en 1999.

“Federico Campbell: la caza y la cosecha”, de Vicente


Alfonso, se publicó en el suplemento Laberinto, de
Milenio, el 18 de febrero de 2017.

“México es un país sin verdad, conversación entre


Federico Campbell y Elena Trapanese”, fue pu-
blicado en la edición italiana de La memoria de
Sciascia, de Federico Campbell. Impermedium
Libri, 2014.

84
Federico Campbell. La Máquina
de Escribir fue impreso en los
talleres de Groppe, en Guada-
lajara, el 14 de febrero de 2018,
día del telegrafista y víspera del
cuarto aniversario luctuoso de
Federico Campbell. El tiraje fue
de 100 ejemplares. La edición
estuvo al cuidado de Vicente
Alfonso y Jaime Muñoz Vargas.
Federico Campbell
Juan Villoro
Élmer Mendoza
Carmen Boullosa
David Huerta
Martín Solares
Eduardo Flores Campbell
Iliana Olmedo
Daniel Salinas Basave
Jaime Muñoz Vargas
Vicente Alfonso
Elena Trapanese