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ECOLOGIA, CAMPESINADO

E HISTORIA
«Genealogía del poder»
Colección dirigida por
Julia Vareta y Femando Atvarez-Uría

Diseño cubierta:
Roberto Titrégano

Dibujo de la portada:
Femando González de Requena

Esta edición ha sido realizada con la


colaboración del Area de Cultura del
Excmo. Ayuntamiento de Córdoba

<DEduardo Sevilla Guzmán y Manuel González de Molina Eds.


€> Las Ediciones de la Piqueta
© De la presente edición: Ediciones Endymión
C/. Cruz Verde, 22
28004 Madrid
I.S.B.N. S4-7731-146-3
Depósito Legal: M-7429-1993
Imprime: Gráficas García-Rico
CA María del Carmen, 30
INDICE
Págs.
1. Introducción General..................................................... 9

I PARTE: CONTEXTO TEORICO


2. Ecología, campesinado e historia: Para una reinterpre­
tación del desarrollo del capitalismo en la agricultura,
Manuel González de Molina y Eduardo Sevilla Guzmán.. 23
3. Letrados y campesinos: El método experimental en la
antropología económica, Raúl Uurra............................. 131
4. El proceso de trabajo agrícola y la mercantilización, Jan
Douwe van der Ploeg.................................................... 153
5. La racionalidad ecológica de la producción campesina,
Víctor Manuel Toledo.................................................... 197
6. Hacia una historia socioecológica: Algunos ejemplos
andinos, Juan Martínez A lier........................................ 219

II PARTE: A N D A LU C IA

7. Introducción a la Segunda p arte.................................. 257


8. Nuevas hipótesis sobre el campesinado y la Revolución
Liberal en los campos de Andalucía, Manuel González
de Molina Navarro........................................................ 267
9. Una propuesta de interpretación de la historia de la
agricultura andaluza de los siglos XIX y XX, Antonio
Miguel Bernal............................................................... 309
10. Cultura del trabajo e ideología: El movimiento campe­
sino anarquista andaluz, Isidoro Moreno Navarro........ 335
11. Antropología económica del campesinado andaluz,
Pablo Palenzuela............................................................. 357
12. Jornaleros andaluces, ¿una clase en extinción? Un análi­
sis de la conflictivídad campesina en los años 80, Miguel
Gómez Oliver.................................................................. 375
13. Agricultura andaluza y ecología, Manuel Delgado Ca­
beza ...................................................... ......................... 409
14. Epílogo: El problema de la tierra y el movimiento
jornalero andaluz: Algunas ideas desde la ecología
política, Francisco Garrido Peña............... .................... 429
1. INTRODUCCION GENERAL

Durante los cinco últimos años venimos tratando de


establecer un esquema teórico que conecte la práctica y los
contenidos éticos del movimiento ecologista con la teoría
social agraria, especialmente con aquellas aportaciones, aún
dispersas, que parten de la crítica a los paradigmas vigentes
para establecer una nueva forma, menos entrópica, de enten­
der las relaciones del hombre con su raedioambiente. Nues­
tro punto de partida se encuentra en la denom inada Agroe-
cología1, que entiende las relaciones sociales como el
elemento central de la evolución de los ecosistemas2, pero
que hasta el momento no ha desarrollado un cuerpo ético y
teórico en el campo de las ciencias sociales. Los artículos

1 Cf. Miguel A. Aitierí, Agroecologia (Berkeley: Ediciones CetaL


1983); hay edición inglesa como Agroecofogy. The Scientific Bases o f
Alternative Agriculture (Boulder/London: Westview Press/IT Publica-
tions, 1987), y M. Altieri and S. Hecht (eds.), Agroecology andSm all-F arm
Development (Berkeley: CRC Press, 1989). También tiene interés C.
Ronald Carrol!, John H. Vandermeer y Peter Rosset (eds.), Agroecology
(New York: McGraw-Hill, 1990), aunque algunos de sus trabajos estén
teñidos del enfoque medioambientalista institucional que elude el com ­
promiso del investigador hacia un cambio en las relaciones sociales.
2 Cf. los trabajos de Richard B. Norgaard, Migue! A, Altieri, Frederick
Buttel y, sobre todo, Víctor M. Toledo en los trabajos más abajo señala­
dos. Juan Martínez Alier presenta en España este enfoque en la revista.
Ecología Política. que, junto con artículos originales, pretende ofrecer en
castellano los trabajos más relevantes que aparecen en Capitalism, Na ture
and Socialism. En la misma línea está la revista Agroecologia y Desarrollo,
publicada por el Consorcio Latino Americano sobre Agroecologia y Des­
arrollo (CLADES) y editada por Miguel A. Altieri y Andrés Yurjevic.
que contiene este libro pretenden contribuir a esta tarea
desde un enfoque preciso: el Neopopulismo Ecológico, que
combina las aportaciones más interesantes de la tradición
socialista, especialmente de los populistas rusos y del neo-
populismo de Chayanov, con los logros históricos de las
formas de explotación campesina en el manejo de los recur­
sos naturales y en unos valores morales que tienden a consi­
derar las relaciones de los hombres con la Naturaleza en
términos de arm onía y no de subordinación.
'L a fundam entación teórica de nuestro esquema se
encuentra en la Ecología cuando muestra cómo cada ecosis­
tema, fragm ento de un espacio natural, posee un límite (teó­
ricamente reconocible) para su adecuada apropiación, más
allá del cual se atenta contra su renovabilidad y, por tanto,
contra su propia existencia como ecosistema. Así, pues, la
artificialización que produce el hombre en los ecosistemas
transform ándolos en agroecosistemas, para ser eficiente
desde la perspectiva de la producción, debe realizarse en
arm onía, no en conflicto, con las leyes ecológicas. Si esto no
tiene lugar así, la producción realiza un cierto forzamiento
ecológico que, a largo plazo, puede atender contra la reno­
vabilidad de los recursos naturales; es decir, contra su pro­
pia base m aterial3.
La agricultura industrializada que actualm ente ha sido
impuesta por los países desarrollados en el m undo, se basa
en un modelo tecnológico de artificialización creciente de
los agroecosistemas que está atentando de forma irreversible
contra su reproducción. En efecto, desde una perspectiva
ecológica «tal modelo productivo supone categorías de dis­
criminación de los recursos, formas tecnológicas y estrate­
gias productivas que, dirigidas única y exclusivamente al
incremento de la rentabilidad de lo producido, ni reconocen
ni aprovechan las condiciones naturales en las que se realiza

3 Víctor M. Toledo, «Intercambio ecológico e intercambio econó­


mico» en E. Leff (comp.), Biosociologta y articulación de las ciencias
(México: U N A M , 1981). Cf. también del mismo autor Ecología y Autosu­
ficiencia alimentaria (México: Siglo XXI, 1985) y su trabajo en el nc 1 de
la revista Agroecologia y Desarrollo, marzo, 1991; pp. 52-55.
la producción, ni mucho menos son capaces de orientarla en
función de las vocaciones naturales en las que se realiza la
producción». Los ecosistemas son transformados mediante
formas de expansión de su capacidad productiva al margen
de los límites de su adecuada apropiación agroecológica.
Tales formas de expansión se realizan a través del incre­
mento de la utilización de energía no humana, de tecnología
y de insumos energéticos mediante un proceso de acum ula­
ción que, basado en el excedente que genera sobre la repro-
ducción humana, permite nuevas y reiteradas expansiones
de la capacidad productiva de los agroecosistemas4. Estos se
ven, así, obligados «cada vez más a generar de m anera
masiva y en un mínimo de tiempo unos o unos cuantos
productos capaces de competir ventajosamente en el m er­
cado». Tal forma de producción entra en abierto conflicto
con los ciclos ecológicos, la renovación y la capacidad de los
suelos, la diversidad orgánica e inorgánica de los ecosiste­
mas, el equilibrio de los sistemas hidrológicos y la escala a la
cual debe efectuarse toda producción ecológicamente ade­
cuada5.
Ello es así porque la base de las expansiones de la capa­
cidad productiva de los agroecosistemas industrializados se
encuentra en la utilización de una creciente extracción de
( recursos naturales. Tan fuerte artificialización de la arqui-
I tectura ecosistémica crea en el hombre la falsa ilusión de que
Icada vez depende menos de la naturaleza. Sin embargo, el
1continuo forzamiento de las condiciones naturales para
Jograr el incremento en la productividad, constituye un pro­
ceso creciente de sometimiento de los agroecosistemas a los
ciclos de rotación y acumulación del capital que atenta de
manera irreversible contra su renovabilidad.
En efecto, para que estos agroecosistemas fuertemente
artificial izados funcionen se requiere: 1) un continuo sumi­

4 Sobre los aspectos terminológicos y conceptuales de la ecología


para el análisis de estos temas Cf. Juan Gastó, «Bases ecológicas de la
modernización de la agricultura» en O. Sunkel y N. Gligo (eds.)t Estilos de
desarrollo y medio ambiente en América Latina (México: FCE, 1989), Vol.
1, pp. 341-378.
5 Víctor M. Toledo, Ecología y Autosuficiencia... op. cit., p. 54.
nistro de energía que proviene de la naturaleza: 2) una conti­
nua reposición de los elementos arquitectónicos artificiales
deteriorados, y 3) un reacom odo de los m ateriales deterio­
rados ya que éstos y la energía que se extrae del medio se
transform an, en térm inos de m asa y energía, en una canti­
dad igual de productos y residuos6. Sin em bargo, la mayor
parte de la energía utilizada no es renovable y la reposición y
el reacom odo de materiales se realiza, en general, sin un
reciclaje de los recursos extraídos, com o sucede en los eco­
sistemas naturales, descargando éstos en form a de residuos
en el agua, la tierra y el aire, o sea, en la biosfera, produ­
ciendo un forzam iento ecológico cada vez m ayor en los
ecosistemas.
/ La form a de producción de la agricultura industrializada
supedita la producción a la racionalidad de la ganancia y a
la acum ulación del capital de tal suerte que genera un pro­
gresivo deterioro de la naturaleza. Así, la raíz de este dete­
rioro posee la misma naturaleza que la creciente degrada­
c ió n a que se ve som etida la sociedad. Com o hemos
señalado en o tro lugar es posible «am pliar la teoría de la
explotación de M arx a la naturaleza, al valor “ recursos
naturales” : de la m ism a m anera que el trabajador se ve
despojado del producto de su trabajo, haciendo posible eí
beneficio capitalista, la N aturaleza es explotada para incre­
m entar la productividad del trabajo m ediante la externaliza-
ción del coste generado p or el uso de unos bienes limitados
cuyo consum o produce, adem ás, residuos. Dicho en otros
térm inos, cuanto más trabajo hum ano es sustituido por
energía y m ateriales en el proceso de trabajo para conseguir
mayores beneficios (clave de la plusvalía relativa), mayor es
la necesidad del m odo de producción capitalista de abaratar
las m aterias prim as y de expulsar de sus costes los creados
p or los derechos de la actividad productiva. Sólo es posible
incrementar la explotación del trabajo aumentando la explota­
ción de la naturaleza. La acum ulación capitalista ha estado y

6 Osvaldo Sunkel, «Introducción» en O. Sunkel y N. Gligo (eds.),


o A ocn rm U n i/ n tp d ín iim h ie n te . .. OD. c it., pp. 13-16.
está, pues, en el origen y desarrollo de la actual crisis
ecológica»7.
El desarrollo del capitalismo en la agricultura supone,
pues, un proceso de sometimiento de la naturaleza a los
cielos de rotación y acumulación de capital que corre para­
lelo al sometimiento que unos grupos hum anos imponen
sobre otros, generando distintas formas de desigualdad. El
libre juego del mercado va, poco a poco, orientando la pro­
ducción hacia lo más rentable, convirtiendo a enormes sec­
tores de la naturaleza y de la sociedad en proveedores de
productos requeridos por aquellos sectores de elevados
ingresos y, globalmente, por los países centrales, industriali­
zados. El fenómeno de transferencia de valor de pobres a
ricos o de la periferia al centro, se corresponde, palm o a
palmo, con el fenómeno de transferencia de energía de los
ecosistemas a los agroecosistemas industrializados, fenó­
meno por el cual se deteriora y, finalmente, se destruye el
equilibrio ecológico de la naturaleza8.
El primer supuesto de nuestro esquema se encuentra
/p u e s , en la consideración de que la conservación y la repro-
¡ ducción de los sistemas agrarios está estrechamente relacio-
/ nado con el tipo de sociedades y las relaciones que en su
\ interior se establecen entre los distintos grupos sociales. Por
| tanto, el análisis de las desigualdades sociales debe abor­
darse como una enfermedad ecosistémica. El segundo, en el
v reconocimiento de que las culturas campesinas tradicionales

7 M. González de Molina y E. Sevilla Guzmán, «Una propuesta de


diálogo entre socialismo y ecología: el neopopulismo ecológico» en Eco­
logía Política, n° 3, 1992.
8 La raíz teórica de nuestra propuesta se encuentra en el populismo
ruso. Cf. Juan Martínez Alier, «Ecologismo marxista y neo-narodnismo»
en Mientras Tanto, nQ 13,1989; pp. 145-152. Un mtento de fundamentación
teórica puede verse en E. Sevilla Guzmán y Karl Heisel (eds.), Anarquismo y
movimiento jornalero en Andalucía (Córdoba: Ayuntamiento, Colección
Díaz del Moral, 1988); también en el artículo «Redescubrimiento a Chaya-
nov: hacia un neopopulismo ecológico» en Agricultura y Sociedadt n° 55,
1990; pp. 201-237; y en M. González de Molina y E. Sevilla Guzmán,
«Peasant Knowledge in the Oíd Tradition of Peasant Studies» en Procee-
dings o f the International Workshop Agricultural Knowledge System s and the
Role o f Extensión, Bad Boíl, Hohenheim, 21-24 o f May. 1991, pp. 140-158.
desarrollaron sistemas de manejo de los recursos naturales
mucho más eficientes desde el punto de vista ecológico que
las qué desarrollamos en la actualidad, regidos por el mer­
cado y la lógica del beneficio. A la reivindicación de tales
culturas se dedica el trabajo de Víctor Toledo, quien mues­
tra el carácter energéticamente eficiente, ecológicamente
conservacionista y alimentariamente suficiente de sus prác­
ticas productivas. Finalmente, que esta relación de las cultu­
ras campesinas con la naturaleza constituyó y constituye un
aspecto esencial de su «Economía Moral» que afecta direc­
tamente a la concepción global que el orden campesino tiene
de la relación Hombre-Naturaleza. En ésta desempeña un
papel central el conocimiento campesino —al que dedica su
contribución Raúl Iturra— como generador de ia cultura
que en siglos de adaptación simbiótica ha desarrollado los
mecanismos de captación del potencial agrícola de los sis­
temas biológicos, estimulando y regulando las bases de sus-
tentabilidad y reproducción9.
En esta confrontación entre las culturas y formas de
producir «modernas» y «tradicionales» pretendemos situar
nuestra labor crítica para recuperar aquello que de útil
tuvieron éstas en la perspectiva de un desarrollo sostenible,
ecológicamente perdurable y socialmente justo. Por ello la
H istoria tiene en nuestro esquema teórico una dimensión
central. Tratam os de explicitar en ella los mecanismos que
hicieron posible la degradación progresiva de los agroecosis­
temas hasta alcanzar la situación actual en que su reproduc­
ción se ve comprometida. Al atribuir al capitalismo, que fía
al m ercado la asignación de los recursos naturales, la res­
ponsabilidad esencial de la crisis ecológica, su desarrollo en
la agricultura se convierte en su principal factor explicativo.
En este sentido, las teorías convencionales que han tratado
de explicitarlo, «Teorías de la Modernización Agraria» y
«Marxismo Agrario», se muestran incapaces de descubrir
los mecanismos esenciales de la transformación altamente
entrópica de los ecosistemas agrícolas. La propuesta teórica

9 Gastón Remmers, «Agricultura tradicional y agricultura ecológica:


vecinos distantes» en Agricultura y Sociedad, en prensa.
que subyace en estos materiales conlleva, pues, una crítica a
dichas teorías y la elaboración de una alternativa interpreta-
ti va que se explícita en la primera parte de este lib ro 10.
Sí, como hemos dicho, el mercado y la eficiencia ecoló­
gica son incompatibles, corresponde a su progresivo des­
arrollo la desintegración de las formas productivas tradicio­
nales. A este proceso, que autores como KarI Polanyi o
Henri Bernstein llamaron de «mercantilización», dedica Jan
Douwe van der Ploeg su contribución, expíicitando una teo­
ría cuya virtualidad explicativa no se agota en los fenóme­
nos puramente económicos. El trabajo de los editores de
esta obra, que se incluye a continuación, pretende reunir
todas las aportaciones antes señaladas para establecer un
esquema teórico que trata de mostrar cómo el capitalismo
penetró en la agricultura, especialmente en la agricultura
campesina, a través de un proceso de mercantilización con
distintos grados de intensidad, determinando su subordina­
ción a la lógica del beneficio y del mercado. La sustitución
de la lógica de la subsistencia por la del beneficio y el con-
sumismo fue resultado de la creciente mercantilización de
cada vez más aspectos de la vida social de los agentes en la
agricultura. «De esta manera, el libre juego del mercado
orientó poco a poco la producción agraria hacia lo más
rentable y no hacia lo más ecológicamente adecuado».
En este contexto preciso se sitúa la aportación de Juari
Martínez Alier, referida a los movimientos campesinos delí
Tercer Mundo, a los que califica como «ecologistas»; Alier
sostiene que los movimientos sociales de los pobres soni.
luchas por la subsistencia y son ecologistas en sus objetivos: /
la energía (incluyendo la energía alimentaria), el agua, el \
espacio para vivir; pero, sobre todo, lo son porque, al menos j
implícitamente, pretenden conservar los recursos ambienta- j
les fuera del sistema general de mercado, fuera de la valor*

10 Adelantos parciales de la misma pueden verse en E. Sevilla Guz­


mán y M. González de Molina, «Ecosociología: Elementos teóricos para
el análisis de la coevolución social y ecológica» en Revista Española de
Investigaciones Sociológicas, n° 52, 1990; pp. 7-45; y en «Hacia un des­
arrollo agroecológico desde el campesinado» en Política y Sociedad, nQ9,
1991; pp. 57-72.
\ ción crematística. Las luchas campesinas por la subsistencia
)constituyen, así, no sólo prácticas objetivamente anticapita-
^ listas sino que, en la medida en que desmercantilizan sus
j necesidades, contribuyen objetivamente a restaurar el equi-
( l i br i o de los agroecosistemas11.
La mayoría de los movimientos ecologistas plantean la
necesidad de una salida alternativa a la crisis que se base en
\ la emergencia de una nueva sensibilidad, producto de un
Scambio moral. La lógica campesina presente en los movi­
mientos de los pobres por la subsistencia, m uestra que una
í nueva moral distinta a la capitalista es posible y que los
I contenidos de dicha lógica, al estar basados en la satisfac-
j ción desmercantilizada de las necesidades indispensables y
en una form a de producción adaptada a ese objetivo, ofre­
cen elementos de interés para su configuración. La «nueva
moral» está, pues, más cerca de la «Economía Moral» del
campesinado que de la lógica de la «acumulación capita­
lista», tanto por su carácter ecológicamente eficiente como
por los valores positivos que conlleva su relación con el
medio. En definitiva, el Neopopulismo Ecológico, como
esquema teórico y estrategia de investigación-acción, presu-
i pone la reivindicación de los valores morales, de las prácti-
! cas productivas eficientes y del potencial transform ador de
; los movimientos campesinos en su lucha contra el capita­
lism o y por un desarrollo agrícola sostenible.
A este objetivo se consagra la segunda parte de este
libro, que intenta recoger las últimas investigaciones que en
el terreno del campesinado y del movimiento jornalero
andaluz se han realizado desde la Historia, la Antropología,
la Economía o la Ecología Política. Aunque a primera vista
inconexas, estas aportaciones —de las que se habla am plia­

11 La búsqueda de evidencia empírica en la dirección de las hipótesis


que configuran esta argumentación se ha realizado en M. González de
Molina y E. Sevilla Guzmán, «Minifundio y gran propiedad: estabilidad y
cambio en la Alta Andalucía, 1758-1930» en P. Saavedra y R. Villares (eds.),
Señores y campesinos en la península Ibérica, siglo X V U l-X X (Barcelona:
Crítica, 1991), Vol. 2, pp. 88-138; y en A. Barragán, M. González de Molina
y E. Sevilla Guzmán, «Revueltas campesinas en Andalucía» en Cuadernos
de Historia 16, n® 294.
mente en la introducción a la segunda parte— constituyen
un material básico para la implementación de una estrategia
de desarrollo endógeno que tanto necesitan las comunidades
rurales de Andalucía.
Para ello, es preciso introducir en la pesquisa no sólo los
principios ecológicos naturales, sino también el estudio de
las influencias culturales,, éticas y políticas que histórica­
mente se han producido en la apropiación de los recursos
naturales. Como ha señalado recientemente Martínez Alier,
las predicciones no pueden basarse únicamente en el conoci­
miento de una sola rama de la ciencia. Un buen ejemplo de
ello es la economía del automóvil, disciplina que necesita­
ría conocer «la historia del motor de combustión interna
con uh análisis de su eficiencia, comparada por ejemplo con
la máquina de vapor. También habría que incluir un análisis
del desarrollo de la urbanización, sin olvidar una historia
geológica y humana del petróleo, ni tampoco las propuestas
para reemplazar los combustibles fósiles. Deberíamos expli­
car el triunfo social de una moralidad que permite la elec­
ción entre la producción de alimentos para las personas y la
de combustible para los automóviles mediante criterios
crematísticos. También deberíamos añadir un análisis del
valor ostentoso y simbólico del automóvil, tratando de
poner de manifiesto qué se esconde tras la expresión, tan
corriente entre algunos grupos sociales de ciertas partes del
mundo, de que ‘el automóvil es una necesidad’. Asimismo,
habría que considerar las implicaciones demográficas de
esta historia. De nuevo necesitaríamos la ayuda de un soció­
logo o de un historiador de la ética para explicar la intro­
ducción de un conjunto de valores morales que a pesar de
las protestas iniciales supusieron la aceptación, por parte de
la sociedad, de un aumento de la mortalidad a causa del
automóvil en determinados grupos de edad, que de otro
modo tendrían más largas expectativas de vida. El reduccio-
nismo crematístico puede conducir a los ecosistemas a pen­
sar que las primas de los seguros de accidente, o la compen­
sación que se paga a las víctimas de ios accidentes o a sus
herederos, son una medida adecuada de los efectos del
automóvil en las ‘estadísticas vitales’; o pueden calibrar los
costos sociales del automóvil no incorporados, al precio
pagado p or los conductores, calculando el valor de las vic­
t im a s e n términos del ‘capital hum ano’ que representan»l2.
La ciencia económica convencional es incapaz de valorar
no sólo las muertes e invalideces causadas por los accidéntes
de automóvil, sino tampoco los gases emitidos en la fabrica-
ciónide éstos, que duplican el efecto invernadero. Y mucho
m e n o s las modificaciones que la atmósfera está experimen­
tando como consecuencia de la liberación de dióxido de
carbono sobre las posibilidades de absorción de los océanos
y la fotosíntesis: un automóvil consume cada mil kilómetros
la misma cantidad de oxígeno que necesita un ser humano
pato; vivir un año.
La «ciencia económica de los automóviles» que necesi­
tamos debe considerar las muertes, el petróleo destruido la
naturaleza deteriorada no sólo para nosotros sino para las
generaciones futuras. Es decir, necesita la geología, la biolo­
gía, la agronom ía y la sociología, entre otras disciplinas, y
sobre todo, una ética. Necesita ésta, por tanto, incorporar a
su pesquisa tanto una combinación de hallazgos de ciencias
naturales y sociales como una ontología de la ciencia.
Ya puede afirmarse que existe un generalizado movi­
miento intelectual que, partiendo de la crítica del conoci­
miento científico, trata de modificar sus bases epistemológi­
cas para corregir la «perversión crematística» que ha
provocado el eurocentralismo y la disyunción y parcelación
de tal form a de conocimiento. «La rarefacción de las comu­
nicaciones entre ciencias naturales y ciencias humanas, la
disciplináriedad cerrada (apenas corregida por la insuficien­
cia interdisciplinariedad), el crecimiento exponencial de los
saberes separados, hacen que cada cual, especialista o no,
ignore cada vez más el saber existente. Lo más grave es que
semejante estado parece evidente y natural». El hecho de
vivir en la época en que más rápidos y acumulativos cono­
cimientos se han producido nos lleva a dejar de percibir que
«nuestras ganancias inauditas de conocimiento se pagan con

12 Joan Martínez Alier y Klaus Schlüpman, La ecología y la econo-


-/fl/tf (México: FCE, 1991), p. 225.
inauditas ganancias de ignorancia. La Universidad y la
Investigación han producido tal forma de mutilación del
saber que en lugar de crear un “codesarrollo simbiótico"
por transformaciones m utuas entre la biosfera y el hombre
ha soñado con dom inarla, rompiendo asi Ja coevolución»13.
Esto ha generado la injusticia ideológica, á través de la
«ciencia» de la implantación hegemónica de «una form a de
producir que deja en manos de un mecanismo, socialmente
construido pero que se postula como natural —el merca­
do— , la regulación y el control de los mecanismos de la
reproducción biótica y social»14.
La «ciencia» ha elaborado unos principios a los que
parece haber atribuido una naturaleza inmutable y absoluta,
haciéndoles así coexistir con la degradación de la naturaleza
y la sociedad. La crisis ecológica, legitimada por la ciencia
«económica convencional» es una trágica evidencia empí­
rica de la ineluctable necesidad de un cambio de paradigma
para la ciencia15. En efecto, ha sido ésta, la ciencia, quien ha
permitido que en su nombre se hayan provocado modifica­
ciones de la naturaleza de tal magnitud y en tan breves
lapsos de tiempo, que no sólo la está exponiendo a peligros
irreversibles, sino que está atentando contra la vida humana.
El hombre respira sin conocer las leyes de la respiración
ya que su saber biótico tiene la vida de la vida. La coevolu­
ción social y ecológica tiene la naturaleza de la naturaleza,
por eso los sistemas de uso de la tierra que han sido desarro­
llados localmente durante largos años de experiencia empí­
rica y experimentación campesina han mantenido los meca­
nismos de su renovabilidad sin conocerlos. Pero la ciencia
no tiene conocimiento del conocimiento, por lo que está
llegando a romper la coevolución social y ecológica. El

13 Edgar M orin, La Methode: l La na ture de la Na ture; I I La vie de la


Vie. y III La connaissance de la Connaissance (París: Editions du Seuil,
1977, 19B0 y 1986, respectivamente), passim.
14 E. Sevilla Guzmán, «Hacia un desarrollo agroecológico desde el
campesinado» en Política y Sociedad, n° 9, 1991; pp. 57-72; p. 57.
15 José Manuel Naredo, La Economía en evolución. Historia y pers­
pectivas de las categorías básicas del pensamiento económico (Madrid:
Siglo XXI, 1987).
nuevo paradigm a científico ha de tener, pues, la vida de la
vida, la naturaleza de la naturaleza y el conocimiento del
conocimiento. Por ello, humildemente, debe acercarse al
campesino para aprender: la ciencia tiene que humanizarse y
en su dimensión productiva, campesinizarse.
La labor de Julia Varela y Fernando Alvarez-Uría, como
directores de esta colección, ha sido mucho más im portante
de lo que ellos pueden suponer. Y ello por varios motivos:
primero, por haber generado un «nicho ecológico» con el
que este trabajo se identifica; segundo, por haber enrique­
cido éste con un trabajo «clave» en nuestra tradición intelec­
tual como el de Kari Polanyi; y, tercero, por habernos hecho
cuestionar mucho de lo que sigue, obligándonos a cuidar
hasta la ordenación de los textos. La vida de la vida de Jesús
M oya, con sus gatos, nos ha proporcionado mucho más de
lo que él puede llegar a imaginarse. Angel Palerm y Teodor
Shanin son los acreedores mediatos de este trabajo, los
inmediatos son los autores de esta primera parte del libro,
que nos perm itieron llegar a una agroecologia, campesinado
e historia que, pensando en Andalucía, busca un conoci­
miento del conocimiento para la naturaleza y la vida.

Granada/ Córdoba
Octubre de i 99 i
I PARTE: CONTEXTO TEORICO
2. ECOLOGIA, CAMPESINADO E HISTORIA.
PARA UNA REINTERPRETACION
DEL DESARROLLO DEL CAPITALISMO EN LA
AGRICULTURA

Manuel González de Molina Navarro


Eduardo Sevilla Guzmán

L INTRODUCCION

l~ - E n los últimos tiempos, la capacidad destructiva del


I hombre sobre la naturaleza se ha acentuado de manera
I notable. Considerables extensiones del planeta se han con-
\ vertido en desérticas o semidesérticas. Cada veinte segundos
^ desaparece una explotación agrícola y la «carga química» en
í el ambiente y en los seres vivos aumenta peligrosamente
(gracias al desarrollo de prácticas agrícolas intensivas. Los
cosques, pulmón de la tierra, desaparecen progresivamente
no sólo como consecuencia de la lluvia ácida, sino también
de las continuas roturaciones, del pastoreo intensivo o de la
explotación con fines puramente comerciales de la madera.
fÍEl nivel de contaminación de las aguas registra unos niveles
I realmente alarmantes, debido al vertido incontrolado de fer-
; tilizantes y pesticidas. La salinización de acuíferos y la acidi­
ficación de los suelos están imponiendo además una reduc-
; ción considerable de los rendimientos agrarios por unidad
de superficie1. Y todo ello mientras los países desarrollados
^-mantienen un sistema alimentario basado en el sobrecon-

1 Para una más completa información véase por ejemplo Carlos


Antunes, Pierre Juqutn et al., «Por una alternativa verde en Europa.
Manifiesto Ecosocialista» en Mientras Tanto, nQ41, verano de 1990, pp.
59-172.
sum o de productos en serie cargados de residuos químicos y
/sintéticos peligrosos para la salud, en tanto una parte consi-
/d erab le de la población mundial permanece condenada al
\h a m b re y a la desnutrición.
Estos gravísimos problemas, manifestación en la agricul­
tura de la crisis ecológica, aparecen como consecuencia de
una form a de producir que, siguiendo los esquemas teóricos
de la ciencia económica, deja en manos de un mecanismo,
socialmente construido pero que se postula como natural
— el m ercado— , la regulación y el control de los mecanis­
mos de la reproducción biótica y social. Dicha ciencia eco­
nómica sustenta su axiomática en una estructura epistemo­
lógica antropocéntrica que se plasma en ei «sagrado»
principio de la productividad como orientador de toda prác­
tica hum ana productiva. En efecto, como han dem ostrado
recientemente José Manuel Naredo y Juan M artínez A lier2
respecto a la economía m arxista, por un lado, y de forma
análoga y con m ayor detalle respecto a la economía liberal,
los conceptos de capital, inversión y contabilidad nacional,
entre otros, entran en colisión con principios de las ciencias
naturales tales como las leyes de la termodinámica o el prin­
cipio de intercam bio abierto de la ecología general3. El de­
sarrollo torcido del pensamiento económico unido a la lenti­
tud de la renovación científica que esta disciplina posee en
sus mecanismos de evolución, está llevando a la hum anidad
[a un callejón sin salida; no es que la naturaleza se halle en
j peligro, es la sociedad hum ana quien camina abiertamente
\hacia su extinción.
No hay duda que la N aturaleza proseguirá, pero de lo
que tampoco hay duda es de que si continúan producién­

2 Cf. José Manuel Naredo, La economía en evolución (Madrid: Siglo


X X I, 1987), pp. 53 y ss. y su trabajo «La contradicción desarrollo-
medíoambiente a la luz de las ciencias de la naturaleza» en Información
Ambiental. n° 5, primavera, 1985; pp. XVI-XXIII. Juan Martínez Alier,
«Economía y ecología: Cuestiones Fundamentales» en Pensamiento Ibe­
roamericano, 1989; pp. 41-60 y, sobre todo, su excelente trabajo con Klaus
Schlupman, Ecological Economics (Oxford: Blackwell, 1987).
3 Juan G astó, Ecología. El hombre y la transformación de la natura­
leza (Santiago de Chile: Editorial Universitaria, 1981).
dose, por ejemplo, las modificaciones que la composición
química de la atmósfera está experimentando, como conse­
cuencia de la relevante liberación de dióxido de carbono
sobre las posibilidades de absorción de los océanos y la
fotosíntesis, toda vida superior se extinguirá sobre el planeta
en un tiempo histórico muy reducido. Son los modos de'
producir, valorar y distribuir la riqueza, que dom inan en
nuestra sociedad, los responsables de tal situación. Las polk
tifas ambientalistas adoptadas por los gobiernos de los lla­
mados «países desarrollados» sólo puede retrasar el proceso
unas cuantas generaciones. Pero la producción de dióxido
de carbono de los diez mil millones de habitantes que habrá
dentro de cien años y de las actividades productivas hum a­
nas, ecológicamente superfluas —un automóvil consume
cada mil kilómetros la misma cantidad de oxígeno que nece­
sita un ser humano para vivir un año— y energéticamente
irrenovables, es algo que será bióticamente imposible de
soportar si no cambia la forma de producción y consumo
actuales.
Las presiones ejercidas sobre el medio por las prácticas
sociales productivas y su legitimación académica en la
«ciencia económica» actual, son una trágica evidencia empí­
rica de la inaplazable necesidad de romper con los paradig­
mas dominantes en las Ciencias Sociales. El papel hegemó-
nico desempeñado por la ciencia económica ha determ inado
que éstas se muevan entre la dualidad aparente de los
«paradigmas liberal y marxista». Los intentos hasta ahora
realizados para cambiar tales paradigmas introduciendo
una perspectiva ecológica no han conseguido aún modificar
realmente la separación y estanqueidad que históricamente
se impuso desde el siglo XVIII entre las «ciencias del hom ­
bre» y las «ciencias de la naturaleza». Algunos progresos
notables se están realizando, sin embargo, recientemente en
esta dirección. El surgimiento, desde las Ciencias Naturales,
de la Agroecologia debe entenderse en este contexto.
El hecho de que la agricultura consista en la manipula­
ción por parte de la sociedad de los «ecosistemas naturales»
con el objeto de convertirlos en «agroecosistemas» supone
una alteración del equilibrio y la elasticidad original de
aquéllos a través de una combinación de factores ecológicos
y socioeconómicos4. Desde esta perspectiva, la producción
agraria es el resultado de las presiones socioeconómicas que
realiza la sociedad sobre los ecosistemas naturales, produ­
ciéndose una coevolución o evolución integrada entre cul­
tura y medio ambiente. El que la economía convencional,
tanto desde su perspectiva liberal como marxista, no haya
tenido en cuenta esta interrelación prácticamente desde su
fundación com o disciplina científica en el siglo XIX, se
encuentra en el origen de la visión antropocéntrica y pro­
fundam ente optimista que ha guiado el quehacer científico y
productiyo de los agentes. Los resultados de estas prácticas
sociales los acabamos de ver muy resumidos, en tanto aún
no se ha realizado una crítica en profundidad de los instru­
mentos de conocimiento y de su conexión axiomática con
que los paradigmas liberal y marxista han construido la
historia del paso de Agricultura Tradicional —muy depen­
diente del medio— a la Agricultura M oderna; o lo que es lo
mismo, el desarrollo del Capitalismo en la Agricultura.
Efectivamente, ambos enfoques han sido resultado de la
aplicación de construcciones conceptuales impregnadas de
ideas al margen de toda posible contrastación y de fuertes
connotaciones éticas sobre la bondad del progreso. Teorías
como las de la Modernización, la consideración agónica o
residual del campesinado, la inevitabilidad de la caída del
capitalismo, la superioridad técnico-económica de la gran
explotación agraria, etc., pueden considerarse construccio­
nes teóricas de este tipo. Ellas han influido enormemente en
la elaboración de una concepción generalizada sobre el de­
sarrollo del capitalismo que ha entendido como positiva y
necesaria la modernización agraria; cuya encarnación ideal
se encuentra en la gran explotación agrícola y cuyo principal
enemigo debe buscarse en la resistencia a desaparecer de lo
tradicional, encarnado en la pequeña explotación campe­
sina.
La crisis de la agricultura intensiva en capital, fuente de

* Cf. Miguel A. Altieri, Agroecology. The Scientific Bases o f Alterna-


Uve Agriculture (Boulder: Westview Press, 1987), p. 5.
graves problemas medioambientales, y la reivindicación cre­
ciente de la agricultura campesina tradicional como medio
de interacción equilibrada con los ecosistemas, obligan a
una crítica en profundidad de dichas teorías. Esta crítica
debe responder a una cuestión que ahora resulta básica:
¿Qué mecanismos hicieron posible que el agricultor cam­
biará sus viejos métodos de laboreo, más eficientes desde un
punto de vista ecológico, por un modo de cultivar la tierra y
usar los recursos que conduce directamente a la sobreexplo-
tación y a la degradación ambiental? La respuesta debe con­
ducir a la elaboración de nuevas categorías conceptuales y a
una articulación axiomática que sitúe en primer plano del
análisis las relaciones entre los agentes sociales y los ecosis­
temas. No se trata de integrar una dimensión ecológica más
en los estudios tradicionales sobre el cambio social en las
sociedades agrarias, sino de partir de la inseparabilidad de
los sistemas sociales y ecológicos.
En los apartados siguientes vamos a intentar contribuir a
esta tarea en la medida de nuestras posibilidades, mediante
el examen crítico de las teorías convencionales del cambio
agrario para proponer, después, algunos elementos que
permitan entender, desde una perspectiva agroecológica, los
efectos del desarrollo del Capitalismo. Partiremos, para ello,
de los conceptos de «latifundio» y «campesinado», los dos
polos opuestos del esquema evolutivo que tanto el m ar­
xismo como el pensamiento liberal coincidieron en diseñar
para la agricultura, para, posteriormente, superar esta dia­
léctica mediante la proposición de una vía más acorde con
las transformaciones sociales y a la vez ecológicas que tuvie­
ron lugar en dicho ámbito.

2. CAMPESINADO Y LATIFUNDIO EN EL
PENSAMIENTO SOCIAL
Nuestra propuesta tiene como una de sus características
clave la aproximación al análisis de la realidad desde una
perspectiva interdiscipünaria; de ahí que denominemos al
contexto del mismo como pensamiento social. Conside-
28
. *—

rando éste como el m arco global en el que puede insertarse


aquel conjunto de elaboraciones teóricas que, provenientes
de cualquier campo del conocimiento de las denominadas
ciencias sociales, sea relevante para nuestra pesquisa.
Hemos optado, a efectos analíticos, por agrupar las concep-
tualizaciones seleccionadas en dos grandes enfoques tal
com o hemos dicho: el liberal al que calificamos en su aplica­
ción a la parcela agraria, objeto de nuestro análisis, como
teorías de la m odernización agraria. Y el marxista, utili­
zando tan controvertida expresión en nuestros días en un
sentido lato en el que ju nto a las aportaciones de los clásicos
situamos, paulatinam ente, diferentes corrientes m odificado­
ras de la ortodoxia inicial hasta concluir, en el apartado
siguiente, con la heterodoxia más radical: aquélla que cons­
truyó el propio Marx en su última década de existencia.

2.1. Campesinado y latifundio en las teorías de la moderni­


zación agraria
El cam pesinado definido en el contexto teórico de las
tesis de la modernización constituye una «subcultura»
caracterizada p o r una serie de «valores» de cuya interreía-
ción se desprende una específica organización social etique­
tada como «tradicional». Los campesinos así definidos son
desconfiados en las relaciones personales; perceptivos de lo
bueno como limitado; hostiles a la autoridad gubernam en­
tal; familísticos; faltos de espíritu innovador; fatalistas, limi­
tativos en sus aspiraciones; poco imaginativos o faltos de
em patia; no ahorradores por carecer de satisfacciones
diferidas; localistas y con una visión limitada del mundo.
Cada uno de estos elementos están para Rogers —el más
relevante de los numerosos científicos sociales adscritos a
esta tradición intelectual— interrelacionados funcionalmen­
te p or lo que la separación de alguno de tales «componentes
es realizar una violación heurística que sólo puede permi­
tirse en sentido analítico»5. La preocupación central de esta

5 Everett M. Rogers, M odernization among Peasants (New York:


H olt. Rinehart and W iston, Inc., 1969), pp. 24-36.
corriente teórica es caracterizar las barreras sociales y psico­
lógicas que presenta el campesinado al cam bio6. El objetivo
perseguido es «encontrar una palanca para impulsar el
émbolo del cambio planeado» obteniendo así la moderniza­
ción de los campesinos7.
No es éste lugar para presentar el estado de la cuestión
sobre el tema; no obstante, remitimos al lector a los trabajos
hasta aquí citados para cerrar el esbozo de contextualiza-
ción teórica apuntado.
Respecto al latifundismo en las teorías de la moderniza­
ción existe igualmente una abundante literatura que cree­
mos innecesario analizar aquí. No obstante en un reciente
trabajo caracterizábamos el concepto de latifundio dentro
de esta tradición teórica8. Baste con señalar que mientras el
campesinado sí posee en este contexto teórico una específica
forma de explotación basada en la economía natural y en la
utilización de inputs internos que permiten hablar de una
economía cerrada con tecnología rudimentaria y tradicio­
nal; en el caso del latifundio el rasgo básico es el desaprove­

6 George M. Foster, Traditional Culturs and the Impact ofTechnolo-


gical Change (New York: Harper& Brothers, 1962). Hay traducción cas­
tellana en (México: FCE, 1964). Una excelente crítica a este tipo de con-
ceptualización puede verse en Jesús Contreras Hernández, «La teoría de
la modernización y su concepto de cultura campesina: Reflexiones críti­
cas» en Eduardo Sevilla Guzmán (ed.), Sobre agricultores y campesinos
(Madrid: Servicios de Publicaciones Agrarias del Ministerio de Agricul­
tura, 1984), pp. 109-148.
7 E.M. Rogers, Modernizaron... op. cit., pp. 38 y 39. Para una más
detallada caracterización de esta sociología modernizante de la vida rural
en el contexto más amplio de la sociología rural institucionalizada, así
como una crítica sustantiva a sus planteamientos básicos puede verse en
E. Sevilla-Guzmán (ed.), Sobre agricultores y... op. cit., pp. 41-107 y en
especial pp. 78-95.
8 E. Sevilla, M. González de Molina y K. Heisel, «El latifundio en el
pensamiento social agrario. De la revolución burguesa al regeneracio-
nismo», ponencia en el Seminario Internacional As Regioes do Latifundio
numa Perspectiva Histórica, Universidad de Evora, 1-3 Octubre de 1987.
Publicado posteriormente en Economía e Sociología, Gabinete de Investi-
gacao e Accao Social do Instituto Superior Economico e Social de Evora,
n° 45/46,1988, pp. 149-194. Existe una versión catalana en Estudis <THis­
toria Agraria.
chamiento de los recursos para el nivel tecnológico que las
coordenadas de tiempo y espacio podrían fijar. Uno de los
máximos representantes de estos estudios de la moderniza­
ción rural, T. Lynn Smith, puede servirnos como paradigma
respecto a la caracterización del latifundio propugnada
desde este enfoque. En una de sus investigaciones sobre Bra­
sil, Smith escruta la reform a agraria necesaria para «des­
arrollar ese país por las vías de las modernas sociedades
democráticas occidentales» y evitar en él la fortuna seguida
por «la Rusia soviética, la comunista China y la Cuba de
C astro»9. Más tarde pasa a definir el latifundio «como aquel
trecho de tierra que deliberadamente es apartado de los usos
productivos». Tal desaprovechamiento va normalmente
vinculado a un conjunto de desajustes sociales en las comu­
nidades rurales a las que domina, «En efecto —prosigue
Smith— latifundismo, analfabetismo y otros indicadores de
bajo status ocupacional así como la debilidad del gobierno
local van ineluctablemente atados unos junto a o tro s» ,0. La
pobreza analítica de las conceptuaüzaciones esbozadas
surge de la falta de continuidad teórica, en lo que respecta a
las ciencias sociales agrarias, de las grandes interpretaciones
esbozadas por los fundadores de las ciencias sociales. Así,
los trabajos de Max Weber, Vilfredo Pareto, Ferdinan Ton-
nies, Emile Durkheim y tantos otros no encuentran una
réplica adecuada en las múltiples disciplinas nacientes11.
Como acabamos de ver, las interrelaciones entre la pro­
ducción teórica y el contexto sociopolítico en que ésta se
desarrolla nos obliga a considerar a la teoría social como
parte de una totalidad cultural en evolución por lo que con­
sideramos imprescindible introducir determinados aspectos

9 T. Lynn Smith, «Agrarian Reform in Brasil» en Studies in


Sociology-Estudios de Sociología (Buenos aires: Omega, 1963), Tomo III;
pp. 11-29; p. 12.
10 Ibid. pp. 14 y 15.
11 En efecto, los trabajos en los que Max Weber, por ejemplo, ana­
liza la estructura agraria de determinado tipo de sociedades históricas no
han tenido una continuidad teórica en esta tradición intelectual. Cr. Max
Weber, The Agrarian Sociology o f Ancient Civilizations (London: New
Left Review Editions, 1976).
del contexto sociopolítico en que aquélla se inserta. Así, tras
la Segunda Guerra Mundial la hegemonía política e intelec­
tual de USA, por un lado, y de la URSS, por otro, m utilaría
de raíz cualquier intento de reflexión teórica sobre la dimen­
sión histórica de las estructuras agrarias. «Por el contrario,
la Mass Society, por un lado, y la clase obrera industrial, por
otro, se constituyeron en el foco de atención de sus reflexio­
nes, las cuales se veían siempre teñidas por una ideología de
“la agonía del campesinado” . Esta surge, por una parte, de
la aceptación acrítica de las versiones dogmáticas y m utila­
das que les presentaba la ortodoxia estalinista y, por otra,
por la mera ignorancia del problema ante la aceptación de
que los procesos de desarrollo económico han de seguir
indefectiblemente las distintas etapas de un proceso que se
presume secuencial y taxonómicamente único» n .
El único esfuerzo sistemático por aplicar la historia a la
teoría social agraria se debe a Pitirim A. Sorokin al intentar
introducir inútilmente en la sociología de la vida ru ra l13 la
antigua tradición de los estudios campesinos14. A pesar de
las furibundas criticas a que normalmente se ve sometido
este a u to r15 es obligado reconocer que su trabajo A Syste-
matic Source Book in Rural Sociology supuso un esfuerzo

t2 Eduardo Sevilla-Guzmán, «Una breve incursión por la “otra


sociología rural” » en Howard Newby y E. Sevilla-Guzmán, Introducción
a la sociología rural (Madrid: Alianza, 1983), pp. 137-165; p. 145.
13 Cf. E. Sevilla-Guzmán (ed.), Sobre agricultores y... op. cit.. pp.
41-95.
14 Cf. Eduardo P. Archetti and Svein Aass, «Peasant Studies: An
Overview» en Howard Newby (ed.), International Perspectives in Rural
Sociology (Chichester: John Wiley & Sons, 1978), pp. 107-129. Una exce­
lente recopilación de trabajos de este autor, incluyendo la versión caste­
llana del arriba citado —que también aparece en el n® 1 de Estudios
rurales latinoamericanos, Enero-Abril, 1979; pp. 7-31, puede verse en
E.P. Archietti, Campesinado y estructuras agrarias en América Latina
(Quito: Ceplaes, 198!).
15 Howard Newby and Frederick H. Buttel, «Toward a Critical
Rural Sociology» en F.H. Buttel and H. Newby (eds.), The Rural Socio-
logy o f the Advanced Societies. Critical Perspectives (London: Croom
Helm, 1980), pp. 6-7; Marvin Harris, The Rise o f the Anthropological
Theory (London: Paul and Keagan, 1969), p. 103.
intelectual extraordinario, por un lado, de recoger el valioso
legado de los estudios rurales europeos y, por otro lado, de
intentar aplicar la historia como una variable explicativa en
la investigación social. La ambición teórica de su teoría del
continuo rural-urbano pretendía caracterizar «las diferen­
cias que son generales en el espacio y, relativamente, cons­
tantes en el tiempo; esto es, aquellas diferencias que apare­
cen en una form a más o menos visible en el pasado y en el
presente, y en todos los mundos sociales rural y urbano
(Egipto, Siria, Grecia, Roma, Europa, América, etc.)»16. El
intento de fundam entar empíricamente tales diferencias en
cada uno de estos contextos históricos, presentando los tra­
bajos más relevantes hasta entonces realizados, fue una
im portante aportación a las ciencias sociales agrarias de los
años treinta que careció de continuidad ante el hostil
ambiente intelectual generado por la caza de brujas acadé­
mica de aquellos a ñ o s17.
No obstante, reivindicar el esfuerzo de Sorokin en aquel
contexto intelectual así como la relevancia de muchos de sus
trabajos no significa no aceptar el fracaso de su aportación
teórica a las ciencias sociales agrarias una vez abortada su
veleidad populista. «El “continuum rural-urbano” como
germen teórico de lo tradicional y lo moderno fue extendido
de la Sociología Rural a la A ntropología18, Geografía, Eco­
nomía y demás ciencias sociales agrarias. Los intentos de
m odernizar a los campesinos en base a la tecnología social
agraria y a la introducción de agricultura química y tecnifi-
cada que subyace al enfoque de esta tradición teórica tiene

16 P.A. Sorokin, C.C. Zimmerman y C.J. Galpin, A System atic


Source Book in Rural Sociology (New York: Russel & Russel, l.1 ed. de
1930, 1965), Tomo I, p. 186.
17 Cf. E. Sevilla-Guzmán, Sobre agricultores... op. cit., pp. 58-61.
18 D onde mejoró ciertamente con el concepto de Folk Society de
Refteid directamente emparentado con la nueva tradición de los Estudios
Campesinos (Cf. H. Newby y E. Sevilla, Introducción a la Sociología... op.
cit., pp. 147-148). Cf. sus trabajos «The Folk Society» en American Jour­
nal o f Sociology, Vol. LII, nQ4, enero, 1947; pp. 293-308, y «The Natural
History o f the Folk Society» en Social Forces. Vol. X X X I, nfi 3, marzo,
1953, pp. 224-228.
como su mayor logro al entusiasta desarrollo com unitario
—tan americano como la tarta de cerezas— que ha resul­
tado ser irrelevante e inadecuado»19.
La dicotomía entre lo tradicional y lo moderno en el
conjunto de esta tradición ha implicado, como dijimos
antes, la incomprensión de fenómenos como la pervivencia
de formas de explotación teóricamente «atrasadas» y el
establecimiento de un ideal a conseguir plasmado en la
modernización de los países desarrollados como punto de
tránsito obligado o de llegada deseable por las zonas o paí­
ses «atrasados», que curiosamente han desembocado en la
actual «crisis ecológica» y en el riesgo serio para la repro­
ducción de la especie humana y para la vida en general del
planeta.
El ejercicio histórico, en el seno de estas teorías, ha con­
sistido en demostrar y ensalzar el despliegue progresivo de
las fuerzas del progreso/modernidad olvidando sistemáti­
camente todo aquello que contradijera ese desarrollo ineluc­
table. Los procesos sociales, dotados de una tendencia
innata (la «racionalidad» weberiana, la innovación técni­
ca, el mercado smithiano, etc.) hacia la modernidad han
planteado las relaciones entre lo tradicional y lo m oderno en
términos de incompatibilidad y enfrentamiento, lo que
—unido a una categorización ética sobre la bondad del
progreso— han impedido estudiar adecuadamente fenóme­
nos como el campesinado o el latifundio, categorizándolos a
priori como «atrasados», «superados por la historia», «a
desaparecer», o «ineficientes»20.

19 Teodor Shanin y Peter Worsley, «Editors’ Preface» a Boguslaw


Galeski, Basic Concepts o f Rural Sociology (Manchcster University Press,
1972), p. V. Hay edición castellana en (Barcelona: Península, 1977), como
Sociología del Campesinado.
20 Una excelente crítica a la historiografía y los estudios socioeco­
nómicos agrarios puede verse en Alfonso Orti, «Crisis del modelo neoca-
pitalista y reproducción del proletariado rural» en E. Sevilla Guzmán
(ed.), Sobre agricultores y campesinos (Madrid: Ministerio de Agricultura,
1984), pp. 169-250. Para, una crítica del concepto de modernización apli­
cado a la agricultura desde la perspectiva de la sociología rural, pp. 78-95
de ese mismo trabajo.
2.2. Campesinado y latifundio en el marxismo agrario
Buena parte de la tradición marxista, basándose aparen­
temente en el propio Marx, hán participado de esta idea
centrando su pesquisa en Ja confrontación entre lo tradicio­
nal y lo moderno. Aunque distinta, la versión ortodoxa del
marxismo que nos ha llegado y que predominó a lo largo de
los sesenta primeros años de este siglo, no ha sido sino una
variante más de las teorías de la modernización por más que
su orientación fuese radicalmente distinta21. AI igual que el
pensamiento liberal, el marxismo condena a la desaparición,
por anacrónicas, determinadas formas de explotación. En
efecto, categorías conceptuales como latifundio y campesi­
nado fueron integradas en el Materialismo Histórico en el
contexto de los «órdenes económicos» respectivos en los que
se encontraron y analizados de acuerdo no con sus dinám i­
cas internas específicas, sino con las que marcaban la evolu­
ción de tales «órdenes económicos».
Tanto Marx como Engels, fundadores del M aterialismo
Histórico, elaboraron una forma de pensar la historia enca­
minada a descubrir las estructuras esenciales de la sociedad
para, a través de ellas, explicar sus mecanismos de evolu­
ció n 22. En sus obras subyace, por tanto, una teoría de los

21 Cf. Salvador Giner y Eduardo Sevilla Guzmán, «The Demise of


the Peasants: some Reflections on Ideológica! Inroads into Social
Theory» en Sociología Ruralis. The Journal o f the Euro pean Society fo r
Rural Sociology. Vol. X X , ne 1-2, 1980; pp. 13-27.
22 La más clara, aunque harto esquemática exposición de tal cons­
trucción teórica se encuentra, com o veremos más adelante, en Angel
Palerm, Modos de producción y formaciones socioeconómicas (México:
Edicol, 1977) que constituye una guía de aprendizaje. Cf. también su
trabajo Antropología y marxismo (México: CIS-INAH, Nueva Imagen,
1980). N o obstante en su forma originaria la caracterización de los
esquemas de evolución del proceso histórico tal como Marx lo esbozara
en sus anotaciones ha sido reconstruida partiendo de su Crítica de la
economía política, que hoy se conoce como los Grundrisse. Cf. Karl Marx,
Grundrísse (Harmondsworth: Penguin Books, 1974) con un excelente
estudio introductorio de Martin Nicolaus: hay una edición castellana
como Elementos fundam entales para la crítica de la economía política
(borrador) J857-58 (Madrid: Siglo XXI, 1972), dos tomos. Cf. también
Eric J. Hobsbawn (ed.), K arl M arx, Precapitalist Economic Formaúons
modos de producción y de las formaciones socioeconómi­
cas. De una manera simplificada podría decirse que el
esquema marxista del proceso histórico parte de la hipótesis
general de que «la historia de la humanidad es la de la
transición de formas de organización social sin clases a las
sociedades de clases»23.
El punto de partida de la interpretación que el Marxismo
Agrario hace del pensamiento de Marx y Engels sobre el
proceso histórico se encuentra en La Ideología Alemana24.
Tal interpretación surge del enfoque metodológico que utili­
zan al relacionar la evolución del pensamiento humano con
las condiciones de vida en que éste se encuentra. El elemento
clave en el análisis de esta relación son las formas de propie­

(London: Lawrence & Wishart, 1964). Versiones castellanas de Gregorio


Ortiz en Madrid: Ciencia Nueva, primero, y Ayuso después en primera
edición de 1967 y segunda de 1975, respectivamente; o, más cuidada, de
G. Ortiz, J. Pérez Royo y M. Roces en (Barcelona: Gnjalbo, 1979). Cf.
igualmente Maurice Godelier, Sur les sociétes precapitalist es (París: Edi-
tions Sociales, 1970) y su versión castellana con el título de Teoría m ar­
xista de las sociedades precapitalistas (Barcelona: Lata, 1971). Reciente­
mente ha aparecido en castellano la edición de Krader de Sobre los
cuadernos etnológicos de M arx que permiten interpretar su pensamiento,
dentro del esquema evolutivo del proceso histórico, respecto a las socie­
dades no occidentales y precapitalistas. Los apuntes etnológicos de Karl
M arx transcritos, anotados e introducidos por Lawrencc Krader (Madrid:
Pablo Iglesias-Siglo XXI, 1988).
23 Karl Marx, carta a J . Weydemeyer del 5 de marzo de 1852, citado
en M. Godelier, La notíon de "mode de productiott asiatique" et les schémes
marxistes d ’evolutions des sociétés (ERM, 1964), la primera edición caste­
llana es de (Buenos Aires: Eudecor, 1966). Utilizamos la edición caste­
llana Maurice Godelier (ed.), Sobre el modo de producción asiático (Barce­
lona: Martínez Roca, 1969), pp. 13 y 64.
u Fue escrita en 1845-46 publicándose en una primera versión
incompleta, al perderse parte del manuscrito, en 1903 por Edward Bers-
tein. No llegó a publicarse en forma completa hasta 1932 como parte del
volumen V de la primera sección de la edición histórico crítica de las
obras completas, escritos y cartas de Marx y Engels: Mara-Engeis, Gesam-
tausgabe. La edición aquí utilizada es la castellana de (Barcelona: Gri-
jalbo, 1972). Cf. cronología en la edición de Martin Nicolaus: M arx,
Grwn¿//í5e(Harmondsworth: Penguin Books, 1982), pp. 158-180; y David
McLellan, Karl M arx. Su vida y sus ideas (Barcelona: Giijalbo, 1977), pp.
161-178.
dad que, como centro ordenador de «la actividad y ei
comercio material», estructuran el «proceso material de
vida» de los individuos. Las distintas fases delimitadas para
establecer un correlato entre «nuevas condiciones de pro­
ducción» y la «determinación social de la conciencia» cons­
tituyen una secuencia unilineal que en su argumentación
juega un papel meramente ilustrativo25. El núcleo de su
argum entación se sintetiza en su famosísimo desenlace teó­
rico: «No es la conciencia la que determina la vida sino la
vida la que determina la conciencia»26.
Ambos autores, incidirán de nuevo en el tema dos años
más tarde ai escribir el Manifiesto Comunista resaltando el
carácter accesorio de las-etapas concretas que utilizan en su
argum entación teórica al modificar éstas27. Queda, pues,
claro que ni en la Ideología, ni en el Manifiesto la perspectiva
unilineal del proceso histórico es un elemento sustantivo de
su discurso. No obstante, donde sí lo es (constituyendo por
ello la raíz de la confusión teórica posterior) es en ei análisis
de la génesis de la renta capitalista del suelo que realiza Marx
en el Tom o I de El Capital. Latifundismo y campesinado son
aquí esbozados como formas de explotación en aquellos
aspectos relacionados con la evolución histórica de la renta

25 Karl Marx y Friedrich Engels, La ideología alemana (Barcelona:


Grijalbo, 1972), pp. 19-21. Cf. la excelente discusión de este esquema de
desarrollo del proceso histórico que realiza Maurice Godelier en Sur les
sociéfésprécapitalistes {?aús: Editions Sociales, 1970), cap. I, apartado A.
Hay traducción castellana en (Barcelona: LAIA, 1971) con el título de
Teoría M arxista de las sociedades precapitalistas, pp. 13-19. Cf. también
sobre este tema Lawrence Krader, «Evoiuzione, rivoluzione e Stato: Marx
e il pensiero etnologico» en Eric J. Hobsbawn (dir.), Storia del M arxismo
I. ¡I M arxism o ai lempi di M arx (Torino: Giulio Einaudi, 1978), pp. 211-
214 y en especial 242-244.
26 Karl Marx y Friedrich Engels, La ideología... op. cit.. p. 26.
27 En la Ideología alemana (1846) diferencian tres etapas en la histo­
ria de la humanidad: la propiedad tribal, la antigua propiedad comunal y
estatal y la propiedad feudal (Marx, K. La ideología alemana. Traducción
de W enceslao Roces, Barcelona: Editorial Grijalbo, 1977-78). en el Mani­
fie sto Comunista (1848), los estadios evolutivos de las sociedades con
clases, consistían en las sociedades asiática, antigua, feudal y burguesa
moderna (Marx, K. y Engels, F., El M anifiesto Comunista. Madrid:
Áyuso, 1976, 3.a edición).
del suelo. Y es este concepto el elemento conductor de una
argumentación tan sólo teóricamente válida para Europa28.
Por otra parte, este análisis se realiza mediante la ficción
metodológica del dominio del capitalismo en todas las
ramas de la producción, por un lado, y mediante la proyec­
ción, desde el pasado hacia el presente, de los elementos
escrutados29.
La marginación paulatina de la pequeña explotación
campesina en el proceso de penetración del capitalismo en el
campo en favor de la explotación agraria a gran escala es
analizada por Marx en el tomo I de El Capital utilizando la
experiencia inglesa («enclosures acts», leyes de pobres, etc.)
como forma de contrastación empírica. Por ello la visión
unilineal del proceso histórico aquí reflejado, y en este caso
sí es sustantiva en su argumentación, sólo es válida para la
configuración inicial del centro del sistema económico
m undial30. Pues bien, la extrapolación de este análisis y su
categorízación teórica como explicación universal es la esen­
cia del Marxismo Agrario31. Sus formuladores fueron Karl

2S Y ello en el contexto de lo que Marx denomina la economía natu­


ral «donde ninguna parte o sólo una parte insignificante del producto
agrícola entra en el proceso de circulación, e incluso sólo una parte insig­
nificante de la porción del producto constituye Ja renta del terrateniente
como ocurría, por ejemplo, en muchos latifundios de la antigua Roma y
en las villas de Carlomagno y como sucede más o menos... durante toda la
Edad Media», Karl Marx, El Capital (México: FCE, 1966), p. 729.
19 Sobre el método empleado por Marx al escribir el I tomo de El
Capital como intento de dar continuidad a su enfoque teórico y metodo­
lógico Cf. Angel Palerm, Modos de producción y formaciones socioeconó­
micas (México: Edícol, 1976).
30 Seguimos aquí la conceptualización de Wallerstein aunque como
veremos más adelante, critiquemos tal enfoque en aspectos esenciales de
su núcleo teórico.
51 Su legitimación global se debe a Engels quien (muerto Marx y con
ios materiales que preparó para entender la dinámica del campesinado en
el proceso histórico) en El origen de ¡afam ilia, de la propiedad privada y del
Estado (1884) presentó la universalización del esquema unilineal Cf. L.
Krader (ed.), K arl Marx: The Ethological Notebooks (Amsterdam: Van
Grocum, 1972). Hay una versión castellana reciente en (Madrid: Siglo
XXI/Fundación Pablo Iglesias). Para entender la relación intelectual de
Marx y Engels y su divergencia final es imprescindible el trabajo Storia del
Kautsky, por un lado, y Vladimir I. Lenin, por o tro 32. Aun
cuando ambos autores tuvieran un fuerte enfrentamiento en
el terreno de la práctica política33, su visión del avance del
capitalismo en el campo es sustantivamente similar. Y ello
no es casual ya que ambos pretendieron dar continuidad
teórica al trabajo de Marx y a la lectura que ambos hicieron
del capítulo de El Capital antes señalado con un profundo
conocimiento de su obra hasta entonces conocida.
En un esfuerzo de síntesis el Marxismo Agrario podría
definirse como el esquema teórico que interpreta la evolu­
ción de la estructura.agraria en el proceso histórico a través
de las siguientes características.

1. Evolución unilineal: Las transformaciones qu


se operan en la agricultura responden al cambio de la
sociedad global. Tal cambio está determinado por el
crecimiento de las ‘"fuerzas productivas” y la configura­
ción del progreso como resultado. Estas generan formas
de polarización social en las que se produce un proceso
acumulativo de formas de explotación. Así, «la esclavi­
tud es la primera forma de explotación, la form a pro­
pia del mundo antiguo; le sucede la servidumbre, en la

marxismo l. II marxismo ai tempi di M arx (Milán: Giulio Einaudi, edito­


res, 1978) y en especial los trabajos de Hobsbawn (pp. XXVI-XXIX);
Lawrence Krader (pp. 211-244), y Gareth Stedman Jones (pp. 315-354).
32 En 1899 se publicaron los trabajos en que ambos autores analizan
el desarrollo del capitalismo en la agricultura. Kautsky utiliza Alemania
com o referencia empírica y Lenin hace lo propio en Rusia. Ambos traba­
jos han de considerarse com o dos clásicos del pensamiento social agra­
rio: Karl Kautsky, La Cuestión Agraria (París: Ruedo Ibérico, 1970) y
Vladimir Ilianovic Lenin, El desarrollo del capitalismo en Rusia (Barce­
lona: Ariel, 1974).
33 Una esquemática pero clara exposición de tal enfrentamiento
puede verse en L. Kolakowski, Las principales corrientes del marxismo. Su
nacimiento, desarrollo y disolución IL La edad de oro (Madrid: Alianza
Editorial, 1982), pp. 55 y ss. Una visión más completa está en M. Salva-
dori, «Kautsky entre ortodoxia y revisionismo» en Historia del M arxismo
4. El m arxism o en ¡a época de la Segunda Internacional (2) (Barcelona:
Bruguera, 1980), pp. 217-262.
Edad Media, y el trabajo asalariado en los tiempos
modernos»34.
2. Secuencia histórica: Tales formas de explota­
ción se insertan en fases históricas de evolución de las
sociedades en las que la reproducción de las relaciones
económicas y sociales responden a la lógica de funcio­
namiento del desarrollo de las fuerzas productivas. Se
produce así una secuencia histórica de modos de produc­
ción irreconciliables entre sí.
3. Disolución del campesinado: La aparición del
capitalismo, como modo de producción previo al
socialista, determina la disolución del campesinado
como organización socioeconómica característica de
los modos de producción previos a él. La centraliza­
ción y concentración como procesos necesarios al capi­
talismo industrial eliminan al campesinado de la agri­
cultura al ser aquel incapaz de incorporarse al progreso
técnico.
4. Superioridad del latifundismo: Las grandes po­
sibilidades de adaptación de la gran explotación al
funcionamiento de la agricultura capitalista, como una
rama más de la industria, dotan al latifundio de una
potencial superioridad técnica que, a través de las venta­
jas de las «economías de escala», permitirán el creci­
miento de su composición orgánica del capital, avan­
zando así hacia la socialización de la producción
agraria.
5. Contraposición de la gra» y pequeña explota­
ción: Como resultado de lo anterior, la dinámica del
capitalismo genera una confrontación entre el campesi­
nado y el latifundismo que tiene como desenlace la pro-
letarización del campesinado y la polarización social
en el campo.

Aun cuando Kautsky y Lenin formularan el contexto


teórico de las características apuntadas, la riqueza del análi­

34 F. Engels, El origen de la fam ilia, de la propiedad privada... op. cit.,


p. 179.
sis realizado por am bos, al intentar explicar la evolución del
capitalism o en la agricultura, permite encontrar en sus tra­
bajos m ultitud de elementos teóricos plenos de fertilidad
analítica.
Así, las matizaciones de Kautsky a la tendencia general
del capitalismo a disolver y eliminar el campesinado le lle­
van a explicar los mecanismos de la «mayor lentitud» de los
procesos de centralización y concentración en la agricultura.
Y al hacerlo, form ula propuestas teóricas respecto a las pre­
siones políticas de los grandes terratenientes y el papel del
estado, por un lado, y a las formas de resistencia del campe­
sinado, por otro. Llega así a definir —contradictoriamente a
la tesis central de su trabajo— al «sector campesino de la
economía política capitalista» como una fuente de «acumu­
lación primitiva continua»36.
De análoga form a, la caracterización que hace Lenin de
los mecanismos de proletarización del campesinado le llevan a
apartarse de la intencionalidad política de su trabajo —la
aniquilación teórica del populism o— y, con ello, a llenar de
contradicciones su exploración del latifundismo como
form a de explotación y germen de una tendencia hacia la
socialización de la producción38.

35 Para un excelente análisis de la riqueza teórica de este trabajo Cf.


Hanza Alavi y Teodor Shanin, «Peasantry and Capitalism: Karl Kautsky
and the Agrarian Question» en Karl Kautsky, The Agrarian Quesiion
(Zwan, 1988). Cf. un extracto en Agricultura y Sociedad, n° 47, abril-
junio, 1988; pp. 43-54. Tiene mucho interés el análisis que realiza, sobre
este tema, Miren Etxezarreta, La evolución del campesinado (Madrid:
Ministerio de Agricultura, 1979), aun cuando discrepemos en otros aspec­
tos.
36 Cf. en este sentido el excelente análisis de David Goodman y
Michael Redclift, From Peasant jo Proleiarian (Oxford: Basil Blackwelí,
1981), pp. 100-112. Es importante matizar que la evolución intelectual de
Vladimir 1. Lenin com o consecuencia de sus praxis política le apartó
sustantivamente del M arxismo Agrario aquí caracterizado. Cf. Teodor
Shanin, artículos publicados en Agricultura y Sociedad. nQ 11, 1979, y nQ
16, 1980. También tiene interés, aun cuando discrepemos en determina­
dos aspectos de su trabajo, la obra de Emilio Pérez Touriño, Agricultura y
capitalismo. Análisis de la pequeña producción campesina (Madrid: Minis­
terio de Agricultura, 1983).
Sin embargo, es necesario resaltar que tanto la «Teoría
de la proletarízación» de Lenin como el esquema de la
«polarización social agraria» de Kautsky suponen la conso­
lidación del rígido marco teórico que acabamos de esquema­
tizar. La influencia de éste sobre la práctica totalidad de las
interpretaciones sobre las formas de penetración del capita­
lismo en la agricultura y la consecuente prevalencia de una
interpretación macrosocial del canúiio agrario ha supuesto
una clara visión mecanicista de la agricultura en el proceso
histórico. Cambio social agrario sólo perceptible a través de
la transición de un modo de producción a otro y de la lucha
efímera de éstos por la dominación del conjunto de las for­
maciones sociales sin la posibilidad de coexistencia.

2.3. Campesinado y Latifundismo en el contexto de la evolu­


ción reciente del marxismo
El vacío teórico creado como consecuencia de la crisis de
las teorías de la modernización de las que —según hemos
visto— el Marxismo Agrario participó activamente, signi­
ficó la gradual sustitución de la diootomía tradicional/m o­
derno por una nueva manera de entender la evolución de las
sociedades que supuso un cambio cualitativo de gran enti­
dad: el análisis de las formas heterogéneas de organización
de lo social desde la perspectiva de la dialéctica centro/peri­
feria. Con ello se trasvasaba el foco de atención de las
«sociedades avanzadas» {en las que supuestamente debían
desaparecer el campesinado, por un lado, y el obrero agrí­
cola, por otro, para imponerse el modelo agroindustria!) a
las sociedades denominadas «en desarrollo» donde conti­
nuarían subsistiendo tales «residuos» preindustriales.
Hasta entonces el marxismo clásico había asum ido
—como ha señalado acertamente Hanza Aíavi37— la «per­
versa creencia» de que en estas «sociedades surgirían nuevas
fuerzas sociales que impulsarían su desarrollo. Sin embargo
y contra lo esperado, en las sociedades avanzadas, de una

37 H. Alavi, «The Structure o f Peripheial Capitalism» en H. Alavi y


T. Shanin (eds.), ¡ntroduction lo the Sociology o f “Developing Societies"
(London: Macmiltan, 1982), pp. 172-192; p. 172.
parte, persistieron formas de explotación basadas en la
fuerza de trabajo familiar y, aunque en menor medida, focos
de marginación jo rn alera38; y, de otra parte, en las «socie-
dades en desarrollo» lo que realmente se desarrolló fue el
subdesarrollo.
Un conjunto de teorías neomarxistas trataron, entonces,
de explicar tal m antenimiento de formas, por un lado, y de
situaciones, por otro, consideradas por Marx como de tran­
sición39. Pero centraron el debate en la categorización de

38 Cf. Howard Newby, The Deferential worker (Harmondsworth:


Penguin Books, 1979); Francois Bourquelot, «De quelques tendances sur
l’emploi des salaries dans la production agricole» en Economie Rurale,
1987; Giovanni Mottura and Enrico Pugliese, «Capitalism in Agriculture
and Capitalistic Agriculture: The Italian Case» en Frederick H. Buttel
and Howard Newby (eds.), The Rural Sociology o f Advanced Societies
(London: Croom Helm, 1980), pp. 171-199. Y más específicamente
Enrico Pugliese, II braccianti agricoli in Italia (Milano: Franco Angelí,
1983).
39 Los debates básicos del neoniarxismo en tom o a la acumulación
del capital y los orígenes del capitalismo surgieron básicamente en dos
frentes. Por un lado, como consecuencia de la crítica de Paul Sweezy al
trabajo de Maurice D obb, Studies in the Development o f Capitalism (Lon­
don: Routledge & Kegan Paul, 1946) y las polémicas generadas en distin­
tas revistas originariamente en la revista norteamericana Science and
Society, 1950-53» reunida parcialmente en Rodney Hilton, The Transition
fro m Feudalism to Capitalism (London: New Left Books, 1976). Hay
varias recopilaciones en castellano del debate, entre otras, en Ciencia
Nueva, Artiach y Ayuso. Recientemente se ha publicado un interesante
debate historiográfico sobre el tema que R.H. Milton considera como
continuación de éste y que recopila trabajos aparecidos en Past and Pre­
sent de 1976 a 1982. Cf. T.H . Aston y C.H.E. Philip (eds.), El debate
Brénner (Barcelona: Crítica, 1988). De hecho, Rober Brenner («The ori-
gins o f capitalist development; a critique of neo-Smithian Marxism» en
New L e ft Review, nQ 104) participa activamente en la creación del otro
frente del debate aparecido con los trabajos de André Gunder Frank que
apoyándose en Paul A. Baran ( The Political economy o f growth, New
York: Monthly Review Press, 1957), analiza la problemática latinoameri­
cana (Capitalism and underdevelopment in Latin America, 1967; Latin
America: under development or revolution, 1969 y Lumpenbourgeoisie:
íumpendevelopment-dependence, class and politics in Latin America, 1972,
los tres publicados en New York: Monthly Review Press). Una interesante
interpretación del marco teórico esbozado por Frank puede verse en A.
Eugene Havens, «Methodological íssues in the Study o f Development» en
tales formas como cuestión principal: si las relaciones de
producción en el seno de las formas de explotación en tran­
sición eran capitalistas o, por el contrario, tenían una natu­
raleza precapitalista.
El enfoque mayoritario de los estudios sobre el «subde-
sarrollo» buscó, ante todo, las causas profundas del m ante­
nimiento del mismo atribuyendo al «centro» la principal
responsabilidad. Sin embargo, lo que realmente se hizo fue
realinear la dicotomía Tradicional/M oderno al sistema eco­
nómico mundial, «nuevo concepto teórico» en el que se
buscó la génesis y pervivencia del atraso. Quizá el esquema

Sociología Ruraiis, Vol. XII, n° 3-4, 1972. Este enfoque fue completado
más tarde por Inmanuel Wallerstein (The Modern World-System, New
York: Academia Press, 1974). Se establece así una estrategia teórica para
interpretar la génesis, en el siglo XVI, de la jcrarquización capitalista de
estados y naciones que desde una posición central privilegiada explotan al
resto como periferia subordinada poruña red internacional de mercados.
Esta teoría del subdesarrollo en el marco de la economía mundo tiene una
gran relevancia política ya que define la estrategia revolucionaria a seguir
respecto a las alianzas de clase. La critica de Ernesto Laclau («Feuda­
lismo y capitalismo en América Latina*», Instituto Torcuatto di Telia,
Buenos Aires, 1968, publicado más tarde en New Left Review. mayo-
junio, 1971; hay versión castellana en Anagrama, 1973, con el título de
Tres Ensayos sobre América Latina junto a dos trabajos de Stavenhagen y
Marini respectivamente), primero, y la disputa en torno al desarrollo
desigual de Enmanuel y Bettelheim (Vechange inegal, París; Maspero,
J969; trad. cast. en Siglo XXI; el mayor interés está en las observaciones
teóricas del segundo), después, abrieron una nueva interpretación del
tema en términos de articulación de modos de producción no-capitalistas
en tom o al capitalista que como hegemónico no disuelve sino que «con­
serva y descompone» a aquéllos en el seno de la específica formación
social periférica quedando así subordinados. La más radical interpreta­
ción de este esquema se debe a Samir Amin (L ‘accumulation á Vécheile
mondiaie. París: Anthropos, 1970; hay traducción castellana en Siglo
XXI). La incorporación de la crítica que la antropología marxista fran­
cesa realizara en los años 60 a la asumida economía neoclásica en la
antropología anglosajona supone un importante enriquecimiento del
debate (Cf. sobre todo Maurice Godelier, Rationalité et irretionaiité en
economie, París: Maspero, 1966) aunque más tarde llegue a suponer un
oscurecimiento del problema como consecuencia de la irrupción del idea­
lismo althusseriano y sus seguidores. (Cf. E.P. Thompson, The Poverty o f
Theory and other Essays. London: Merlin Prees, 1978; hay traducción
castellana en Barcelona: Crítica, 1981).
conceptual más logrado y representativo de esta corriente
fue el de G under Frank-Inm anuel Wallerstein sobre «La
Economía Mundo».
Al margen de trasladar al centro la parte casi única de la
responsabilidad del estado «subdesarrollado» de la periferia
(sobre lo que volveremos a insistir más adelante), este enfo­
que mantenía aún grandes problemas para aprender la hete­
rogeneidad de formas de explotación presentes en form a­
ciones sociales tanto del centro como de la periferia. En
efecto, tendía, por un lado, a categorizar a los países de la
periferia y del centro como exponentes de dos únicos modos
de producción —el precapitalista en el país subdesarrollado
y el capitalista en el centro desarrollado— con lo que el
análisis seguía moviéndose en un plano macrosocial y, por
otro lado, tal construcción teórica reducía el capitalismo a
términos de mercado e intercambio, ignorando la naturaleza
de las relaciones de producción y, con ello, la existencia de
grupos sociales en conflicto más o menos perm anente40.
Esta posición sintonizaba con una tendencia bastante
generalizada en el seno de los historiadores de la Economía
a buscar en el desarrollo de las relaciones de intercambio la
génesis del capitalismo. La formación y expansión del mer­
cado ju nto con la creciente monetarización de tales relacio­
nes, eran com paradas normalmente con ei origen y desarro­
llo del capitalismo. En mayor o menor grado, la gran parte
de las sociedades que existieron desde la Alta Edad Media
mantenían sistemas de producción de bienes que solían
intercambiarse en el m ercado41, pero no por ello podríamos

40 La crítica de Ernesto Laclau (a pesar de sus posteriores veleidades


estructuralistas, Cf. Politics and ideology in M arx theory, London: New
Left Books, 1977) es todavía en muchos aspectos válida: «Feudalism and
Capitalism in Latin America»» en New Left Review, mayo-junio, 1971,
aunque su esquema del feudalismo quedara com o veremos más tarde
incompleto. Para una excelente crítica al modelo teórico global, Cf.
Harriet Friedman, «Is there a World Capitalism System?» en Queen's
Quarterly, 9 0 /2 , (Summer 1983), pp. 497-508.
41 Anthony Gidens, The Class S truc ture o f the Advanced Societies
(London: Hutchinson and Co. Ltd., 1980). 2.1 edición, p. 95. Hay traduc­
ción en castellano en (Madrid: Alianza Editorial, 1983).
afirmar su carácter inequívocamente capitalista. Como
decía Marx: «La producción y circulación de mercancías de
ninguna manera implica la existencia del modo de produc­
ción capitalista... Una vez que la mercancía se ha convertido
en la forma general de producción, podríamos hablar con
propiedad de producción capitalista»42. Porque lo que
realmente distingue al capitalismo —como modo de pro­
ducción específico— es que la fuerza de trabajo es conver­
tida en mercancía: «Las condiciones históricas de existencia
de éste (el capital) no se dan, ni mucho menos, con la circu­
lación de mercancías y de dinero. El capital sólo surge allí
donde el poseedor de medios de producción y de vida
encuentra en el mercado al obrero libre como vendedor de su
fuerza de trabajo y esta condición histórica envuelve toda
una historia universal. Por eso el capital marca, desde su
aparición, una época en el proceso de la producción
social»43.
De acuerdo con la interpretación «neosmithiana» de
Frank-W allerstein44, la mera incorporación de una o varias
comunidades al mercado sería suficiente para considerarlas
como capitalistas, independientemente de cuáles fuesen sus
formas de producir. Las relaciones de producción e, incluso,
la «capacidad de mercado», si se prefiere utilizar la categoría
de Max Weber, originadas ambas en una específica organi­
zación del trabajo, quedarían en este esquema interpretativo
al margen de clarificación y su diversidad y heterogeneidad

42 Citado en H. Alavi, «The Structure o f Pcripheral Capitalism»», en


H. Alavi and T. Shanin (eds.), Introduction to the Sociology o f “Develo-
ping Societies" (London: Macmillan Press, 1982), p. 174.
43 K. Marx, El Capital (México: FCE, 1952), Tomo 1, p. 123. El
subrayado es nuestro. En una nota a pie de página añade: «Lo que carac­
teriza, por tanto, la época capitalista es que la fuerza de trabajo asume,
por el propio obrero, la forma de una mercancía que le pertenece y su
trabajo, por consiguiente, la forma de trabajo asalariado. Con ello se
generaliza, al mismo tiempo, la forma mercantil de los productos del
trabajo».
44 Cf. Robert Brenner, «The origins o f capitalist development: A
critique o f neo-Smithian Marxism» en New Left Review, nfi 104, julio-
agosto, 1977. Hay traducción castellana en En Teoría, nc 3, 1979, pp.
57-166.
oscurecidas. Los vínculos de mercado entre unas com unida­
des y otras o entre agregados más amplios no poseen «per
se» la capacidad de homogeneizar lo fundam ental de las
relaciones sociales en un modelo único.
Es más, la confrontación histórica de la tesis de I.
Wallerstein plantea problemas de envergadura, derivados de
su visión arriba criticada, al atribuir al m ercado un poder
desintegrador y asociar el capitalismo a éste. La calificación
de zonas «periféricas» y «semiperiféricas» que realiza de
determ inadas áreas de Europa en los siglos XVI-VIII no se
sostiene, ya que imposibilita una explicación a la vez endó­
gena de su situación de «atraso». Tales zonas se convierten,
así, en sujetos pasivos del desarrollo de las zonas centrales,
desvalorizando de entrada la capacidad de intervención de
las mismas en un proceso en formación, el de la división
internacional del trabajo. El mercado se torna, pues, en una
encamación de la Historia contra quien es imposible rebe­
larse, al menos, de una m anera no transitoria.
La resistencia del campesinado a desaparecer con el de­
sarrollo del capitalismo y la pervivencia estable, incluso, de
otras formas de explotación no capitalistas en la periferia,
convenció finalmente a un grupo de teóricos sociales mar-
xistas de la necesidad de indagar el por qué los esquemas de
evolución unilineales hacia la progresiva transformación de
dichas formas de explotación en capitalistas o bien sufrían
parones cronológicamente considerables o desmentían el
carácter unidireccional de tales esquemas. De esta reflexión
surgieron nuevos planteamientos teóricos como el esquema
conceptual de la disolución-descomposición de los modos
de producción no capitalistas45 y, sobre todo, las diversas
versiones de la «Articulación» de los modos de producción,
debidas entre otros a Pierre-Philippe Rey46 y ¿laude Mei-

4i Charles Bettelheim, «Prefacio a la edición francesa» de A. Emma-


nue!, El intercambio desigual (Madrid: Siglo X X I, 1973), pp. 379-423. Cf.
también del mismo autor La transición a la economía socialista (Barce­
lona: Fontanella, 1974).
46 «Sur Particulation des modes de production»* en Problémes de la
pianification. nQ 13, Centre d’études de planiftcation socialiste, Paris-
Sorbonne, pp. 42 y ss.
llassoux principalmente47.
La virtud de este replanteamiento en la evolución de los
«órdenes económicos» es que por primera vez en las versio­
nes más o menos ortodoxas del marxismo se reconocía la
posibilidad de que existieran con carácter estable formas de
explotación no capitalistas incluso en fechas muy avanzadas
del siglo XX sin que, por ello, estuvieran condenadas de
antemano a la desaparición: la concepción leninista de la
irreconciabilidad quedaba rota. La sobrevivencia de distin­
tos modos de producción precapitalistas con mayor o menor
intensidad según nos alejáramos del centro a la periferia era
ahora enfocado desde la propia lógica del desarrollo desi­
gual del capitalismo que los «articulaba» a través del mer­
cado y de otros mecanismos de dominación. La coexistencia
de diversos modos de producción no sólo era posible sino
que era la forma más usual en la que el capitalismo se exten­
día por la periferia.
Sin embargo, esta nueva concepción no carecía de graves
problemas: no sólo no abandonaba la óptica del desarrollo
unilineal representado por el capitalismo que dom inaba a
través de la articulación al resto de los Modos de Produc­
ción, sino que al considerar las diversas formas de explota­
ción no capitalistas como modos de producción, permane­
ció dentro de la lógica del análisis macrosociológico. La
confrontación entre lo tradicional y lo moderno se trasla­
daba a la periferia, pero pára realzar la función estricta­
mente pasiva que lo tradicional jugaba en el desarrollo —a
pesar de todo imparable— de lo moderno. Ignoraba, de esta
manera, la especificidad que las formas de explotación no
capitalistas imprimen a cada sociedad subordinada rele­
gando el problema a un mecánico impacto externo trans­
formador, que sólo produce una forma externa de dom ina­
ción48. La subordinación de cualquier forma de explotación

41 Femmes, greniers el capitaux (París: Maspero, 1975). Hay edición


castellana en (México: Siglo XXI, 1977).
4S Para una interesante exposición de este «marco teórico de la arti­
culación» en el contexto de los análisis del campesinado. Cf. David
Goodman and Michael Redclift, From Peasant lo Proletarian (Oxford:
Basil Balckwell, 1981), pp. 54*67.
al capitalismo venía determ inada —según esta visión— casi
exclusivamente por factores externos49, olvidando las con­
diciones estructurales que actúan no sólo a niveles económi­
cos sino a nivel de las estructuras de poder y de las mentali­
dades que sustentan las instituciones sociales como una
unidad m odelada por la historia. No podía ser de otra
m anera en tanto el capitalismo fuese considerado como un
estadio superior de la racionalidad posible y, aún deseable,
en el avance irrefrenable de las fuerzas productivas y éstas
siguiesen considerándose como el demiurgo que finalmente
condujese a los pueblos a grados superiores de bienestar,
dado su carácter socializador inm anente50. Sólo la crisis eco­
lógica y el cuestionamiento subsiguiente tanto del impacto
del desarrollo tecnológico com o del concepto mismo de
progreso podría —como veremos— poner en cuestión tales
axiomas.

J. L O S ENFOQUES ALTERNA TIVO S EN LA


TRAN SIC IO N A L CAPITALISM O
En efecto, la virulencia de la crisis ecológica, el cuestio­
nam iento de los paradigmas usuales en las ciencias sociales,
basados en un antropocéntrico concepto de progreso ilimi­
tado, ju nto con la reflexión que generó en el seno de «la
tradición de los Estudios Campesinos», la pervivencía del
cam pesinado fue dando lugar a nuevas form as de entender
la evolución de los órdenes económicos. La recuperación de
Chayanov y de aspectos poco conocidos del propio Marx
constituyen los primeros resultados de un replanteamiento

49 Las dos posiciones extremas de los enfoques de la articulación en


su aplicación al campesinado son la Meillassoux (Cf. «From Reproduc-
tion to Production» en Economy and Society. Vol. 1, nQ 1, 1972, donde
aparece esquematizado su enfoque teórico y Femmes, greniers et capitaux.
París: Masperso, 1975, donde se desarrolla) para quien las relaciones de
producción capitalistas tienen com o premisa previa la separación del
productor de los medios de producción, y la de Vergopoulos (con Samir
Amin, La question paysanne et le capitalisme. París: Anthropos, 1970)
para quien el campesinado es reconstituido por «un capital no capitalista».
50 Juan Martínez Alier, «El marxismo y la economia ecológica» en
M ientras Tanto, nc 35, octubre, 1988, pp. 127-147.
crítico de la relación entre las formas de explotación capita­
listas y no capitalistas, que han conducido a una crítica
global del Marxismo Agrario.
No se trataba, como en tantas ocasiones, de averiguar
cuál sería el auténtico Marx, el de ésta o aquella época, sino
si era posible fundamentar en él una lectura distinta de los
procesos sociales que, partiendo de la coexistencia de una
pluralidad de formas de explotación, se distanciara amplia­
mente de los esquemas unilineales de la tradición marxista.
Varios han sido los autores que han pretendido reconstruir,
desde esta perspectiva, una concepción distinta del proceso
histórico. Los que nos interesan aquí han sido quienes lo
han hecho desde la perspectiva de los estudios campesinos,
es decir, los que se han centrado en la caracterización del
papel central del campesinado en él mismo. Respecto al
análisis de las estructuras socioeconómicas precapitalistas
son Thompson, Hobsbawm y Godelier, fundamentalmente51;
respecto al campesinado en el capitalismo, junto a los dos
últimos citados, son Galeski, Shanin, Alavi y Palerm quie­
nes nos interesan especialmente52. Lamentablemente este
último dejó inconclusa la más prometedora reconstrucción

51 Hric Hobsbawm (ed.), Karl Marx. Precapitalist Economic form a-


tions (London: Lawrence and Wishart, 1964). Versiones castellanas de
Gregorio Ortiz en (Madrid: Ciencia Nueva), primero, y Ayuso, después,
en primera edición de 1967 y segunda de 1975, respectivamente; o, más
cuidada, de G. Ortiz, J. Pérez Royo y W. Roces en (Barcelona: Grijalbo,
1979). Cf. igualmente Maurice Godelier, Sur les sociétés precapitalistes
(París: Editons Sociales, 1970) y su versión castellana con el titulo de
Teoría marxista de tas sociedades precapitalistas (Barcelona: Laia, 1971).
i2 Cf. Boguslaw Galeski, Basic Concepts o f Rural Sociology (Man-
chester University Press, 1972). Hay edición castellana en (Barcelona:
Península, 1977) como Sociología del Campesinado; Teodor Shanin (ed.),
Peasant and Peasant Societies (Harmondsworth: Penguin Books, 1971).
Hay traducción castellana en (México: Fondo de Cultura Económica,
1979) y su trabajo clave Late Marx and the Russian R oad (London: Rout-
ledge & Kegan Paul, 1983); Hamza Alavi and Teodor Shanin (eds.),
Introduction i o the Sociology o f “ Developing Societies" (London and
Basingstoke: The MacMillan Press Ltd., 1982). Cf. también Eric Hobs­
bawm y Hamza Alavi, Los campesinos y la política. Las clases campesinas y
las lealtades primordiales (Barcelona: Anagrama, 1976).
de la teoría general desde el enfoque de los estudios
cam pesinos53.
En efecto, el enfoque teórico que M arx fue imprimiendo
a su trabajo en la última década de su vida acabó por modi­
ficar su propia teoría de los modos de producción y las
formaciones socioeconómicas, atribuyendo en ella una mul­
tiplicidad de posibilidades de actuación al campesinado. Ei
análisis exhaustivo de la producción de Marx desde 1870 a
1883 y la interpretación de los m anuscritos y cartas de estos
años en el contexto de las lecturas que Marx fue realizando
de los autores populistas (sobre todo de Chernyschevski)
muestran una evolución de su pensamiento que desembocó
en un claro replanteamiento del papel del campesinado en el
proceso histórico54, atribuyendo a este último una clara
dimensión multilineal.
Pero quien planteó la cuestión con mayor crudeza fue
Chayanov, quien por los años veinte señaló que «sólo rara­
mente encontramos en la vida económica un orden econó­
mico... puro... Lo usual es que los sistemas económicos exis­

53 Se debe a este autor el intento de reconstrucción de la teoría de los


m odos de producción y las formaciones socioeconóm icas situando la
forma de explotación campesina en los esenciales contextos históricos. Su
Historia de la Etnología. de la que sólo llegaron a aparecer tres tomos,
pretendía dedicar uno a Marx desarrollando tal labor. La reflexión pri­
mera de esta obra en la que busca una continuidad teórica de Marx con
Luxemburg, Wíttfogel, Chayanov, Kula, Polanyi y Preobayenski es su
trabajo Angel Palerm, M odos de producción y form aciones... op. cit. Cf. E.
Sevilla-Guzmán, «L’evolucionisme multilineal en els estudís pa'gesos.
Sobre el llegat téoric d’Angel Palerm» en Historio i Antropología a ¡a
memoria (f Angel Palerm (Publicaciones de f Abadía de Montserrat, 1984)
y E. Sevilla Guzmán, «Camperols i marxisme en l’obra d’Angel Palerm»
en Quaderns de l'lnstitut Catató ¿fAntropología, n° 3 /4 , 1981.
54 Cf. M. Rubewl, Marx: Life and W orks (London: Macmillan, 1980);
K. Krader (ed.), K arl Marx: The Ethnological Notebooks (Amstedam: Van
Grocum, 1972) y The Asiactic Mode o f Production (Amstedam: Van Gro-
cum, 1975). Hay una reciente traducción castellana en (Madrid: Pablo
Iglesias-Siglo X XI, 1988); D. Torr (ed.), Selected Correspondence (Lon­
don: Lawrence & Wishart, 1975); M arx/Engels, Cartas sobre el Capital
(Barcelona: Laia, 1974)', y sobre todo los trabajos de H. Wada y D. Saker
en Teodor Shanin (ed.), Late M arx and the Russian Road (London: Rout-
ledge & Kegan Paul, 1984).
tan unos al lado de otros formando conglomerados muy
complejos. Hoy día quedan bloques importantes de unida­
des de trabajo familiar campesino, entremezclados en el sis­
tema capitalista mundial». Lo cual exigía «concebir una
serie de sistemas teóricos adecuados al rango de los órdenes
económicos del presente y del pasado y que nos permita
descubrir las formas de su coexistencia y de su evolución»55.
Se debe a Rosa Luxemburgo la llamada de atención pri­
mera, dentro del Marxismo, sobre esta cuestión al plantear
las lagunas derivadas de la aplicación de la teoría del Capita­
lismo que Marx realizara en El Capital a otros contextos
sociales en los que coexistían distintos sistemas económicos.
Aún en los países capitalistas —sostenía Luxemburg— de
industria más desarrollada «quedan todavía, junto a las
empresas capitalistas agrícolas e industriales, numerosas
manifestaciones de tipo artesano y campesino, basadas en el
régimen de la producción simple de mercancías»56. Y ello
era, y sigue siendo así hoy en día, incluso en las zonas de
capitalismo más desarrollado donde, junto a los «viejos paí­
ses capitalistas», existen sociedades que aún perteneciendo
al centro del sistema mundial capitalista están ellas mismas
divididas en zonas centrales y zonas periféricas57. La

í5 Alexander V. Chayanov, «Zür Frage einer Theorie des nichKapi-


talistischen Wirstschafts-systeme» en Archiv fú r Sozial Wissenschaft un
Sozialpolítik, Vol. 51, Í924, en Angel Palerm, Modos de producción y
formaciones socioeconómicas (México: Edicol, 1977), p. 149. Acaba de
aparecer una valiosísima edición italiana en algunos de sus trabajos sobre
economía de las explotaciones, reforma fundaría y reforma agraria, y
agronomía social y cooperación preparada por Fiorenzo Sperotto y pre­
sentada por Giovanni Mottura como A.V. Cajanov, Veconom ía di Lavoro
(Milano: Franco Angelí, 1988).
55 Rosa Luxemburg, La acumulación del capital (1912). (Madrid:
Orbis, 1985), Tomo II, pp. 140 y 142.
57 Ulf Jonsson y Rony Petterson ha mostrado recientemente cóm o la
evolución de las estructuras agrarias del Occidente europeo tuvo — frente
a las teorías usuales de desarrollo del Capitalismo— una gran estabilidad
entre 1870 y 1930. En la mayoría de los países, excepto Inglaterra y
Escocia, las explotaciones campesinas eran predominantes; de tal manera
que no se puede encontrar en este período un fenómeno de expansión
generalizada de las grandes explotaciones capitalistas a costa de las
pequeñas explotaciones campesinas. Y añaden: «La coexistencia estable
Europa mediterránea es un buen ejemplo y probablemente
Andalucía, la zona paradigmática de estos espacios oscuros
del capitalismo central.
Para Rosa Luxemburg «junto a ios países capitalistas de
Europa y Norteamérica» quedaban «todavía continentes
enormes en los que la producción capitalista sólo empieza a
manifestarse en unos cuantos centros dispersos, presentando
en la inmensidad de su superficie las más diversas formas
económicas, desde el comunismo primitivo hasta el régimen
feudal campesino y artesano»58. Como puede verse la huella
de Luxemburg es evidente en las teorías neomarxistas que
tratan de explicar las formas de penetración del capitalismo
tanto en los espacios oscuros del centro como en los países
periféricos aun cuando no se sientan obligados a citarla, sea
por pudor político o académico. Para nosotros, su reflexión
metodológica sobre la obra de Marx y el germen teórico de
su visión sobre el proceso de intercambio entre la produc­
ción capitalista y los espacios no capitalistas del sistema
mundial constituye un punto de partida.
Punto de partida que no sólo es válido para un análisis
histórico sino que resulta hoy de imprescindible utilidad.
¿Cómo si no analizar fenómenos cada vez más generalizados
como el de las economías sumergidas o informales, o el
«resurgimiento» de las explotaciones familiares como base
de unos complejos agroindustriales más preocupados del
suministro de crédito y de factores de producción y la distri­
bución de las cosechas que de transform ar el proceso de

de diferentes formas de organización (de la producción) se convierte en un


problema para la mayoría de las teorías sobre la agricultura y el capita­
lismo en la medida en que ellas ven en el capitalismo una fuerza homoge-
neizada que moldea la estructura agraria de la forma en que prefiere. Ello
suele implicar que una forma de organización finalmente triunfa. La
supervivencia de formas de organización consideradas com o no com pati­
bles con el capitalismo es, entonces, tomada com o un signo de atraso y de
la existencia de obstáculos para las fuerzas del cambio». U. Jonsson y R.
Petterson, «Friends or foes? Peasants, capitalists and markets in West
European Agriculture, 1850-1939» en Review Fernand Braudel Center,
Vol. XII, n° 4, 1989; p. 540.
58 Rosa Luxemburg, La acumulación del... op. cit., p. 141.
producción? Como afirma Shanin: «Un elemento central de
la sociedad global contemporánea es el fracaso de las socie­
dades capitalistas y de las centralizadas en avanzar sin lími­
tes y en asegurar el bienestar general en las formas esperadas
por las teorías del progreso del siglo XIX, tanto socialistas
como liberales. El control y la magnitud de los beneficios de
las empresas capitalistas multinacionales está avanzando al
ritmo de la retirada de las formas de producción capitalistas
usuales y de la organización social en cuanto a la progresión
del desempleo y del «subempleo», de las «economías infor­
males» y de otras estructuras de supervivencia»59.
Estos planteamientos «neomarxistas» han partido y par­
ten, efectivamente, de los supuestos de coexistencia mencio­
nados, pero desde una doble perspectiva: desde la perspec­
tiva de los procesos de transición y desde el alejamiento, e
incluso rechazo, del carácter irreconciliable de tales formas
de producción en el interior de un mismo espacio econó­
mico, Este cambio de enfoque no sólo ha significado una
redefinición de las concepciones dicotomías usuales: tradi­
cional/m oderno y centro/periferia, sino que ha implicado
también una ruptura con la priorización del enfoque lógico
en la evolución de los órdenes socioeconómicos. La necesi­
dad, primero, de análisis microsociales —donde el estudio de
los procesos de trabajo y las formas concretas de producción
deben adquirir un papel central— para, después, intentar su
inserción en un contexto capitalista (o de otro modo de
producir distinto y dominante) ha necesitado la resolución
de problemas derivados de las modalidades de interrelación
entre los do% niveles micro y macrosocial, de análisis. Ello
ha conducido a la revalorización de los conceptos de sub-
sunción «formal» y «real» al capitalismo que elaborara
Marx y que quedaron relegados a lugares secundarios en el
conjunto de su obra. Pero vamos a examinar con algún
detenimiento tales posiciones.
En efecto, la coexistencia de formas de producción dife­

59 Theodor Shanin, «El mensaje de Chayanov; aclaraciones, faltas de


comprensión y la teoría del desarrollo contemporánea» en Agricultura y
Sociedad, n° 48, julio-septiembre, 1988; p. 170. El subrayado es nuestro.
rentes ha sido vista por estos autores como indicador del
carácter transitivo entre modos de producción de determi­
nadas form aciones sociales. £1 autor más representativo de
esta óptica es Maurice Godelier quien define los procesos de
transición como:

«una fase muy peculiar en la evolución de una


sociedad; aquella fase en que tal sociedad se enfrenta a
la dificultad cada vez mayor, de naturaleza externa o
interna, de reproducir el sistema social y económico en
el cual se fundam enta y, de esta m anera, empieza a
reorganizarse —de un modo más o menos rápido o
más o menos violento— sobre la base de otro sistema,
que finalmente se convierte, a su vez, en la forma gene­
ral de nuevas relaciones entre los individuos que com­
ponen esta sociedad y de sus nuevas condiciones de
existencia»60.

El punto central de la argumentación de Godelier es,


pues, la m anera en que se reproducen las formas materiales
y sociales de producción. El método que propone seguir
para rastrear la transición es el de «marcha atrás» para
intentar «ver en el pasado las razones de la descomposición»
de las antiguas relaciones de producción y su parcial extin­
ción. «Por este procedimiento regresivo, se intentan descubrir
las fuerzas que han llevado a esta descomposición de algu­
nos de estos elementos»61.
Este enfoque sobre el cambio de dominación de los
modos de producción significa un avance considerable si se
tiene en cuenta que rechaza explícitamente las concepciones
de confrontación entre ellos, de su consideración como irre­
conciliables, para adm itir que en los períodos históricos de

60 Maurice Godelier, «D ’une mode de production á l’autre: théorie


de ia transición» en Recherches Sociologiques, Vol. XII, n° 2, 1981, pp.
161-194; pp. 162-163.
61 Maurice Godelier, «Introducción: el análisis de los procesos de
transición» en Los procesos de transición. Estudios de casos antropológicos.
Revista Internacional de Ciencias Sociales. UNESCO, diciembre, ¡987. pp.
3-15; p. 8. El subrayado es nuestro.
transición coexisten y se confrontan hasta sus límites modos,
de producir diferentes. Los procesos de transición serían,
pues, para Godelier aquellos momentos en que «los modos
de producción, modos de pensamiento, modos de actuación
individual o colectiva se ven confrontados a límites, internos
o externos, y comienzan a agrietarse, a perder importancia,
a descomponerse a riesgo de vegetar durante siglos en luga­
res menores, o también a extenderse por sí mismos o por
voluntad sistemática de grupos sociales que se oponen a su
reproducción en nombre de otros modos de producir, pen­
sar y actuar cuyo desarrollo desean»62.
Como puede observarse, el resultado de dichos procesos
de transición no tiene por qué implicar la desaparición de
los viejos modos de producción que, en cambio, pueden
coexistir durante mucho tiempo con el nuevo modo de pro­
ducción dominante. Hasta aquí Godelier no se aparta de los
planteamientos que dieron lugar a las teorías de la Articula­
ción. Sin embargo, la interpretación que ha realizado del
pensamiento de Marx recientemente respecto a la génesis
histórica del sistema económico mundial supone no sólo un
distanciamiento considerable de los citados enfoques de la
Articulación sino también una propuesta metodológica dis­
tinta que recupera el concepto de «subsunción» presente en
los análisis de M arx63.
Con la aparición y el desarrollo de la gran industria
finalizó la transición de las formas feudales de producción al
modo capitalista, primero en Inglaterra, después en Francia
y más tarde en Alemania, es decir, en los países que consti­
tuían el centro del sistema mundial capitalista, aunque en el
interior de estas sociedades se produjo también una división
entre zonas centrales y periféricas. Durante este proceso, en
los países del centro y en las zonas industriales de su inte­
rior, la explotación de los trabajadores dejó cada vez más de
revestir la forma de extracción de una plusvalía absoluta,

62 Ibid.. p. 5.
63 Cf. una exposición global de la reinterpretación del pensamiento
marxiano de Maurice Godeüer en Enciclopédia Einandi (Vila da Maia:
Imprensa Nacional-Casa da Moeda, 1986), Vol. 7, pp. 11-215.
por medio de la prolongación del tiempo de trabajo, para
transformarse en la extracción de una plusvalía relativa vin­
culada al enorme aum ento de la productividad del trabajo
social y al abaratam iento de los costes de reproducción de la
fuerza de trabajo. Se produjo así una intensificación de las
relaciones contradictorias entre zonas centrales y zonas
rurales o periféricas con respecto a la industrialización
m oderna64.
Dichas relaciones, contradictorias en Marx, son reinter-
pretadas por Godelier de una manera que creemos acertada:
«Ante la competencia de los productos industriales el arte­
sanado doméstico de las familias campesinas y el artesanado
rural de los pueblos se hunden y, por primera vez, la agricul­
tura se encuentra separada de las industrias que le son nece­
sarias. Se desarrolla un doble movimiento contradictorio:
por una parte, la forma capitalista de producción destruye o
descompone con su competencia las formas antiguas de
producción, haciendo caducas sus bases materiales y, por
otra parte, ...las reproduce sobre una base material que ella
misma proporciona; con lo cual las coloca bajo su depen­
dencia y también mediante el dominio que ejerce sobre toda
la producción mercantil»65.
Lo relevante de la interpretación que Godelier hace de
Marx delim itando, tanto espacial como tem poralmente, la
génesis del centro del sistema económico mundial es que
subraya la permanente división —que Marx señaló en sus
últimos trabajos66— de éste en zonas centrales y periféricas
conectadas orgánicamente mediante relaciones de dom ina­
ción-subordinación. Pero «Marx no detuvo ahí su análisis
—prosigue Godelier— , el movimiento de la historia no

w Maurice Godelier (ed.), Los procesos de transición... op. cit., pp.


5-15.
65 Maurice Godelier (ed.), Los procesos... op. cit. Una interpretación
análoga, respecto a tal periodización, pero extendiéndose en el pasado y
dando a su trabajo una caladura histórica de gran relevancia puede verse
en Eric R. W olf, Europe and the People without H isto ry(Berkeley: Univer-
sity o f California Press, 1982).
66 Teodor Shanin, «Late Marx: gods and craftsmen>* en Teodor Sha­
nin (ed.), Late M arx and the Russian... op. cit., pp. 3-39; p. 6.
acaba tampoco aquí. A su modo de ver, los hechos dem os­
traban, en la segunda mitad del siglo XIX, que ya había
comenzado una nueva transición, en la medida en que, en el
centro del sistema mundial capitalista, la gran industria y la
producción del masas había empezado a entrar en conflicto
con el carácter privado de la propiedad de los medios de
producción, del producto, del dinero y del capital. La
prueba de ello la veía, tanto en la aparición de las cooperati­
vas obreras como en la multiplicación de las sociedades por
acciones y los grandes monopolios. Europa estaba ya, como
escribió, en transición hacia la reconversión del capital en
propiedad de los productores asociados, en propiedades
directamente sociales. Pero esta reconversión no podía lle­
varse a cabo con transformaciones puramente económicas.
Eran precisos formidables hechos sociales y políticos: las
clases explotadas tenían que tomar el poder y hacer una o
varias revoluciones67.
Tan larga cita se justifica plenamente dado que m uestra
hasta dónde llegan las limitaciones de la reinterpretación de
un Marx que (debido a la época en que escribió los textos en
que se basa Godelier) no podía renunciar a su particular
visión hegeliana de la Historia. Godelier entiende la tran­
sición como un período limitado por más que de duración
variable, entre un modo de producción y otro; ello le hace
asumir una visión que, aunque flexibiliza las concepciones
tradicionales de unilinealídad del proceso histórico, acaba
reforzándolas con el establecimiento de un período transi­
tivo; pero de cuya transitoriedad se deduce una tendencia
inmanente hacia el triunfo de lo nuevo, del nuevo modo de
producción.
El conflicto, desde su perspectiva, es resultado, primero,
de la confrontación entre clases sociales enfrentadas en el

67 Un más extenso análisis de estos temas puede verse en los artícu­


los de Maurice Godelier, «Trabalho», «Modo de producao» y «Reprodu-
cao», del citado trabajo Enciclopédia. 7 Modo de Producao, Desenvolvi-
mento, Subdesenvolvimento (Viia de Maía: Impresa Nacional-Casa de
M oeda, 1986), pp. 11-131. Cf, especialmente pp. 79-81 donde se detalla
esta periodización así como los elementos clave que Marx pareció atribuir
a la evolución de cada una de estas fases.
interior de cada forma o modo de producción; pero, des­
pués, se constituye como un período de confrontación en las
fronteras de los modos de producción que se enfrentan por
lograr la dominación de una sociedad determinada. Para
Godelier la razón última, la racionalidad de un determinado
modo de producción es la transform ación total de todas las
relaciones sociales antiguas en las específicamente suyas. En
este sentido, sólo la práctica social consciente de la clase
situada en el polo opuesto del eje de dominación en el viejo
sistema de producción tiene una calidad fundadora de la
nueva sociedad y tiende a ser considerada, por tanto, casi
como la única práctica social significativa.
Aun estando de acuerdo con este planteam iento, quizá
muy condicionado por la visión que de la Revolución Fran­
cesa han tenido los científicos sociales marxistas, no pode­
mos limitar el cambio social ni a las prácticas conscientes
únicamente de un determ inado grupo social ni podemos
reducirlo a los momentos en que se pasa de un modo de
producción a otro; ni tan siquiera, incluso, sería pertinente
entender el conflicto fundacional de la nueva sociedad como
el resultado único de la confrontación de dos clases irrecon­
ciliables que de esa manera posible generarían el «Cambio
Social».
A ello debe añadirse que esta concepción de Godelier
sobre los procesos de transición se encuentra anclada aún en
una interpretación estructuralista, muy de moda en la Fran­
cia de hace unos años. Tendía este tipo de explicación a
reforzar el carácter unilineal del proceso histórico y a afir­
m ar la superioridad del modo de producción capitalista,
atribuyendo, por tanto, un carácter tendencial inmanente a
las prácticas sociales hacia su consolidación y triunfo, en la
medida en que éste acercaba objetivamente al Socialismo.
Pero desde nuestro punto de vista, el concepto de transición
no debe incorporar juicios éticos que supongan la acepta­
ción del carácter ineluctable del desarrollo plasmado en la
consideración de la inevitabilidad del triunfo del modo de
producción nuevo sobre el anterior; tampoco debe implicar
ni provisionalidad ni finitud ni, incluso, la desaparición de
las «viejas formas de producción» una vez que hayan triun­
fado las nuevas. Debemos reconocer que si la «superioridad
tecnológica» y la «eficiencia económica» del capitalismo
sobre el feudalismo llevó a Marx a pensar de esa m anera (al
menos hasta la discusión con los populistas rusos), a nos­
otros no nos corresponde más que constatar la virtualidad
expansiva de dicho modo de producción y su capacidad de
subordinar otras formas de producción distintas más que
admitir ciegamente la generalización de las formas produc­
tivas propiamente capitalistas como una necesidad68.
Porque no hay reglas predeterminadas que rijan la evo­
lución de las sociedades en su conjunto al margen de las
sociedades mismas. Lo que podemos observar son «regula­
ridades», en el sentido de Pierre Bourdieu69, en que las
sociedades han evolucionado —especialmente en Occiden­
te— como consecuencia no de conceptos analíticos a los que
se le impute una tendencia inmanente (el modo de produc­
ción a dominar completamente, a transformar, a superar al
anterior en mayor racionalidad, etc.), sino de estrategias que
sociedades concretas —compuestas de una red compleja de

68 Máxime cuando ei capitalismo está íntimamente asociado a la


generalización de las causas que han desembocado en la actual crisis
ecológica. Desde la economía ecológica se hace hincapié en el despilfarro
de energías no renovables a las que no se les imputan tasas de descuento
algunas para consumos futuros, o se critica la incapacidad del mercado
para incorporar las cxternalidades negativas del crecimiento económico;
pero ello es insuficiente: es la propia lógica del beneficio capitalista el
origen próximo, según veremos, de la crisis ecológica. Por tanto, la
modernidad capitalista no sólo no es una necesidad sino que incluso no es
deseable. Deben, pues, abandonarse los esquemas de pensamiento tan
frecuentes en las ciencias sociales que tienen su origen en las teorías del
progreso social elaboradas primero por Spencer y, después, por Marx y
Engels y que identifican la modernidad con un estadio superior evolutivo
de la humanidad. Como afirma Naredo: «Este empeño en demostrar que
la humanidad se había movido, se estaba moviendo y se movería siempre
en la dirección deseable ha guiado mayormente el quehacer de las llama­
das ciencias sociales nacidas en el seno de la actual civilización» en Hum­
berto Da Cruz (ed.), Crisis económica y ecología. Crisis ecológica y eco­
nomía (Madrid: ediciones Miraguano, 1980), p. 103.
69 Pierre Bourdieu, «De la regla a las estrategias» en Cosas Dichas
(Barcelona: Gedisa, 1988), pp. 67-82. Traducción de Choses dites (París:
Editions de Minuit, 1987).
relaciones sociales entretejidas por sus componentes—
han desarrollado en base a la realización de sus específicos
intereses.
Ello implica considerar contingente la formalización
estructural que de la evolución de los órdenes socioeconó-,
micos ha hecho buena parte de la tradición marxista;
implica, pues, el rechazo de las regias preestablecidas que
rigen su movimiento y que normalmente requieren de perío­
dos igualmente formalizados de «transición», para recupe­
rar como necesaria una visión en la cual la propia evolución,
los cambios, son el resultado de las estrategias más o menos
conscientes de los diversos grupos sociales, surgidos como
consecuencia de la dinamización de las mismas que ia con­
frontación de intereses distintos y contradictorios genera.
Desde esta óptica, la transición se parecería más a un movi­
miento continuo en direcciones múltiples que a un movi­
miento finito, limitado, teleológico; y el modo de produc­
ción seria definido a partir del análisis del conjunto de las
regularidades observadas como resultado de prácticas socia­
les de expansión, dominación, sobrevivencia, resistencia o adap­
tación entre y en el interior de formas de explotación concretas.
Creemos que el concepto de transición sólo puede adqui­
rir sentido en un marco teórico multilineal del proceso his­
tórico si se concibe su existencia no sólo en los momentos de
cambio de dominación y consolidación de dos modos de
producción, sino también la que puede derivarse entre unas
formas y otras de explotación en el interior de una form a­
ción social. Tales formas de explotación entretejen un
entram ado complejo de relaciones sociales en las que unas
relaciones especificas de producción intentan subordinar (o
transform ar también) a las restantes. Su éxito o fracaso
dependería, en todo caso, del resultado de un conflicto de
intereses (que esas mismas formas de producción generan
entre sí y en su interior) que dinamiza procesos de resisten­
cia, confrontación o, finalmente, de adaptación. Es decir, lo
que proponemos es una consideración consecuentemente
múltiple de la transición, tanto en su dirección como en los
distintos niveles en que nos movamos, tanto el macrosocial
como el microsocial.
El segundo elemento deí que han partido los plantea­
mientos «neomarxistas» alternativos han sido, según seña­
lamos anteriormente, el de la revalorización de los concep­
tos de subordinación o «subsunción» que elaborara Marx.
Dicha reelaboración, inserta también en la reinterpretación
antes expuesta, de los procesos de transición tiene dos prin­
cipales representantes: el propio Maurice Godelier y Hamza
Alavi. Estos autores han recurrido a las categorías de
«subordinación formal» y «subordinación real» que Marx
definió en los capítulos dedicados a la Plusvalía Absoluta y
Relativa (Cap. XIV) y a la «llamada Acumulación Origina­
ria» (Cap. XXIV), aunque pueden encontrarse alusiones
puntuales en otros pasajes de El Capital10.
La visión o interpretación de Godelier sobre estos plan­
teamientos peca de demasiado rígida, sin tener en cuenta
que Marx únicamente estaba analizando la génesis del capi­
talismo en su forma pura. En efecto, Godelier adopta la
estrategia de «marcha atrás» que utilizara Marx al escrutar
ios mecanismos de funcionamiento del capitalismo. Y que,
como señalara Angel Palerm71 respondían a un modelo
metodológico muy concreto, cuyas características eran las
siguientes:
a) Para eliminar cualquier perturbación externa al
sistema «consideró al capitalismo no como el modo de
producción dominante en el mundo articulado con
otros modos de producción, sino como el único y
exclusivo a escala universal». Dicho con otras pala­
bras, Marx consideró en su esquema teórico al capita­
lismo como un modo de producción “ puro” .
b) El pasado interesa básicamente «en función de
la necesidad de explicar la posibilidad del presente;
esto es, desde la situación actual que se desea explicar
se proyecta hacia el pasado para escrutar en términos
de historia y sociedad los elementos significativos del
cambio en las relaciones sociales».

70 K. Marx, El Capital (México: FCE, 1962), Tom o I, pp. 240, 266,


425-443, 476-482, 518 y 607 y ss.
71 Modos de producción y formaciones... op. cit.. pp. 47-51.
c) La tercera característica utilizada por Marx s
refiere «a la im portante distinción que se hace en El
Capital entre la forma de investigar y la de exposición».
La forma de investigar pretendía construir un modelo
analítico con «validez universal» y consistía en «apro­
piarse del material en detalle, analizar sus diversas
formas de desarrollo, trazar sus conexiones internas».
Se trataba, pues, de una estrategia de análisis «aplica­
ble a cualquier m odo de producción y a toda clase de
circunstancias históricas». Por el contrario, la forma
de exposición, es decir, la «construcción del modelo o
tipo ideal», resulta ser específico para cada caso. Marx
sólo construyó un modelo aplicable al capitalismo.

Lo que pretende hacer Godelier, por el contrario, es


centrar su pesquisa en secuencias de un proceso real, en los
períodos de transición. De esa manera Godelier categoriza
la «subsunción formal» coy\o un paso previo a la domina­
ción total del capitalismo simbolizada por la «subsunción
real», volviendo (como ha hecho el marxismo tradicional, a
confundir un modelo de análisis puro y, por tanto, que debe
someterse a contrastación empírica) a establecer una evolu­
ción normativa de las sociedades72. Dicho en otros térmi­
nos, los procesos de transición constituirían una «fase parti­
cular» en la evolución de una sociedad en la que se pasaría
de la dominación de un modo de producción caduco a otro
nuevo a través de la existencia de formas diversas de pro­
ducción subsumidas formalmente al nuevo modo de pro­
ducción dominante: «La hipótesis de Marx es que nuevas
formas de producción aparecen, espontánea y esporádica­
mente, cuando un sistema económico comienza a resquebra­
jarse y desintegrarse. Comienza a crecer entonces sobre la
base de la habilidad, de técnicas y procesos de trabajo here­
dados del pasado, hasta el punto que, para continuar su

72 Cf. el esquema de las «Variaciones de las relaciones de correspon


dencia o no en el ámbito de los tres momentos de desarrollo del sistema de
producción capitalista» en Maurice Godelier. «Modo de Producao» en
Enciclopedia Einandi... op. cit.. pp. 63-106; p. 84.
desarrollo, deben destruir su punto de partida y reempla­
zarlo por nuevas técnicas y maneras de producir más ade­
cuadas y que son producto de su propio desarrollo. Esto es
lo que Marx llamó el paso de la subsunción formal de un
proceso de trabajo antiguo bajo formas sociales nuevas,
bajo relaciones de producción nuevas a la subsunción real
de un proceso de trabajo nuevo bajo esas relaciones de pro­
ducción nuevas»73.
Ya hemos criticado suficientemente este concepto finito
y limitado de la transición de Godelier y su carácter ideoló­
gico. En este sentido y abundando en una concepción muy
parecida, David E. Goodman y Michael R. Redclift han
llegado a caracterizar la tendencia del desarrollo del capita­
lismo en la Agricultura como la del paso de la subsunción
formal del trabajo a la subsunción real, manifestada en la
progresiva insignificancia de la tierra para la producción y
reproducción de alimentos, figurando con ello una evolu­
ción paralela aunque más lenta a la que ha registrado la
industria74. Por tanto, la coexistencia de distintas formas de
explotación quedaría circunscrita, en esta interpretación, a
los períodos de transición y, por tanto, su duración sería
meramente efímera; su duración mayor o menor dependería
de la capacidad y del tiempo que transcurriera hasta que el
modo de producción dominante (en este caso el modo de
producción capitalista) sometiera y transformara en pro­
piamente capitalistas al resto de las formas de producción
precapitalistas.
Una aplicación, en nuestra opinión, más correcta de la
teoría de la subsunción de Marx es la que formula Hamza
Alavi, al trasladarla a la dicotomía centro/periferia y no
sólo a la oposición entre lo tradicional/m oderno; ello

75 M, Godelier. introducción: análisis de tos procesos de transición...


op. cit., p. 7.
74 D.F. Goodman y Michael R. Redclift, «La agricultura de la Euro­
pa Occidental en transición: la producción simple y el desarrollo del
capitalismo» en Agricultura y Sociedad. n° 43,1987, pp. 9-42. Según estos
autores ha sido la dependencia del factor tierra, de la naturaleza, lo que
ha obligado al Capitalismo en algunos casos a una subsunción formal de
otras formas de explotación como la explotación familiar.
supone, de hecho, una reelaboración de las teorías de la
«Articulación». Aunque Alavi acepta que el fin último de la
lógica del Capitalismo es el paso de la subsunción formal a
la real, esto es, «la transform ación de los modos precapita­
listas»75, no se establece a priori su limitación en el tiempo:
«Este es un proceso histórico —mantiene Alavi— cuyo
curso y duración es determinado por condiciones y caracte­
rísticas particulares de existencia del modo precapitaüsta y
la manera del impacto del capital»76.
Alavi reconoce, por tanto, la pervivencia estable (duran­
te un período de tiempo imposible de determinar previa­
mente) de formas de explotación precapitalistas o no capita­
listas bajo régimen de subsunción formal al modo de
producción capitalista dom inante en determinadas socieda­
des y ello le acerca bastante a los teóricos de la Articulación.
No obstante se separa de ellos de forma considerable al no
admitir por ello contradicción ninguna en el carácter capita­
lista de tales sociedades: «El capitalismo no las borra
—formas de producción precapitalistas— totalmente y las
sustituye por nuevas instituciones sacadas de la nada. Toma
ios legados del pasado como materia prima para construir
su sociedad de futuro, combinándolas con nuevas realidades
sociales y culturales que él también crea. A menudo apare­
cen como una ilusión de continuidad, donde han ocurrido

75 «Cuando el capitalismo comienza a emerger en una formación


social o, com o en el caso de las sociedades que son subordinadas al
Capitalismo Colonial, penetra desde fuera, hay un período durante el cual
los dos modos de producción existen cara a cara, en mutua contradicción
que es resuelta por el triunfo último del m odo de producción capitalista,
en virtud de la transformación de los modos precapitalistas y de la sub­
sunción del proceso de producción (y reproducción) que existe en tal
esfera, bajo el capital». De nuevo, como hace Godelier y la tradición
marxista, se confunde «las cosas de la lógica con la lógica de las cosas»
como dijo el propio Marx; se ajusta la norma o la regla establecida del
análisis teórico de la estructura del modo de producción capitalista al
desarrollo de las formaciones sociales. Hamza Alavi, «The Structure o f
Peripheral Capitalism» en Hamza Alavi and Teodor Shanin, Introduction
to the Sociology o f “Developing Societies” (London: Macmillan Press,
1982), pp. 172-192.
76 Ibid, p. 182.
profundos cambios, cuando los fenómenos sociales han sido
observados de una manera empiricista, descuidando las dis­
continuidades estructurales subyacentes y el nuevo signifi­
cado que, de ese modo, ha sido dado a las formas antiguas.
Esto ha ocurrido, podemos argüir, en el caso de quienes ven
formas precapitalistas conservadas por el capital antes que
transformadas en virtud de su subsunción al capital»77.
Sin embargo, Alavi parece deslizarse hacia una inter­
pretación estructural-funcionalista —como lo hicieron los
teóricos de la «Articulación»— en determinados momentos
de su argumentación. Reconoce que en el caso de las rela­
ciones centro/periferia, «las relaciones sociales y económi­
cas no existen sólo dentro de formaciones sociales sino tam ­
bién entre ellas»78; y ello seria aplicable en buena lógica a las
relaciones entre unas formas de explotación y otras en el
seno de una misma o varias formaciones sociales. Pero
cuando aborda las relaciones de subordinación formal y su
paso progresivo a una subordinación real, entiende el con­
cepto de subordinación como una confrontación entre el
capitalismo y las formas de explotación precapitalistas, cuyo
resultado es siempre la adaptación de éstas a aquél. Tales
formas se constituyen, entonces, únicamente como una
«función pasiva» del desarrollo del capitalismo, sin posibili­
dad de interacción alguna en el curso del mismo. Dicho en
otras palabras, la aproximación analítica que propone Alavi
a cualquier forma de explotación no capitalista o precapita-
lista, debe tener como supuesto metodológico la búsqueda
de la «función» que dicha forma de explotación cumple «por
referencia a las necesidades», en este caso del capitalismo, al
que forzosamente ha de hallarse subordinada. Ello parece
deducirse del siguiente párrafo de su argumentación:

«El rasgo decisivo de la transformación de las


sociedades precapitalistas campesinas, como conse­
cuencia de su subsunción al capital colonial, es que
mientras previamente ellas eran capaces de realizar las

77 Hamza Alavi, The Structure o f Peripheral... op. cit., p. 174.


78 Ibid, p. 178.
condiciones de su reproducción, no fueron capaces por
más tiempo, después de su transform ación por el capi­
tal colonial, excepto sobre la base de nuevas condicio­
nes estructurales de ia economía capitalista colonial,
como vendedoras de fuerza de trabajo o de mercancías
en la que su fuerza de trabajo es incorporada y también
como mercados para la producción colonial... Ellas no
pueden reproducirse por sí mismas excepto dentro del
integum ento del capital, bajo el cual ellas son subsu-
midas... Ellas son nuevas creaciones y no simplemente
sobrevivientes de un pasado precapitalista que es con­
servado como tal, para servir o ayudar al Capitalis­
m o»79.

Este argum ento, que pospone hasta la eliminación del


capitalismo como dom inante (¿a través de la «Revolución
Socialista»?) la posibilidad de constitución autónoma de
otras formas sociales de producción (o formas de explota­
ción) y que no entiende la posibilidad y aún la coexistencia
de formas de explotación diferentes con la capitalista en una
relación conflictiva, confunde las «regularidades» observa­
das —sobre todo en Occidente— en el desarrollo del Capita­
lismo con la regla inamovible de su desarrollo universal.
Como dice Henry Bernstein, «nos ha costado trabajo enfati­
zar que el “ modelo clásico” : (la destrucción de la economía
natural campesina mediante el proceso de mercantilización
inducido por ei Capital) es un caso especial y no su forma
única o necesaria de desarrollo»80.
Fenómenos como las experiencias de explotación coope-
rativa promocionados por los movimientos verdes y alterna­
tivos europeos o los de la economía sumergida de subsisten­
cia prueban, incluso en las zonas del centro capitalista
desarrollado, como formas sociales de producción diferen­

79 Hamza Alavi, The Structure o f Peripheral Capitalism... op. cit.. p.


188. El subrayado es nuestro.
80 Henry Berstein, «Notes on Capital and Peasantry» en Review o f
African Political Economy, nü 10, Sep-Dic., 1977,
tes puede existir dentro en las fronteras del capitalismo sin
someterse completamente a su lógica81.
Con los planteamientos de Alavi se pierde, además, la
perspectiva del conflicto social como dinamizador de los
procesos sociales, siendo sustituido por una regla preesta­
blecida de desarrollo estructural del modo de producción
capitalista contra el que los agentes sociales —los campesi­
nos, por ejemplo— pueden rebelarse pero con escasas posi­
bilidades de modificarlo. Con tal perspectiva resultará muy
difícil entender, por ejemplo, la historia de Andalucía en los
doscientos años últimos; especialmente, las diversas estrate­
gias que el campesinado utilizó para reproducir su forma de
explotación típica: no sólo defendiendo las bases materiales
de su subsistencia (bienes y derechos comunales, diversifica­
ción de bases económicas, emigración temporera, etc.), sino
también aprovechando las oportunidades generales por la
propia debilidad del capitalismo español (al requerir su
colocación como hegemónico de una alianza con buena
parte de los grupos sociales dominantes bajo el dominio del
modo de producción feudal y depender de las economías
capitalistas del occidente europeo) o aprovechando las con­
tradicciones derivadas del ordenamiento legal burgués (el
Código civil que consagraba un régimen sucesorio y de pro­
piedad que podía favorecer las estrategias reproductivas del
campesinado). La propiedad burguesa de la tierra (condi­
ción de la subordinación al capital de las formas de produc­
ción campesinas) resulta contradictoria al proporcionarles
una base fundamental sobre la cual pueden reproducirse con
estrategias de herencia y matrimonio adecuadas a su
reproducción.
En este sentido, el análisis de lo ocurrido con la intro­
ducción de las plantaciones coloniales en Sumatra, lleva a
Ann Stoler a esta sugerente conclusión:

81 Pablo Palenzuela, «Estrategias económicas domésticas de los jor­


naleros andaluces: salario, subsidio y economía sumergida» en Agricul­
tura y Sociedad, n9 50, 1989, pp. 75-107. Cf. especialmente el nQ 6 de la
Revista d ’antropología social. 1988, con artículos de Susana Narotzki,
Marie-Cristine Zelem y Raúl [turra, entre otros.
«Económicamente, pues, los trabajadores (de las
plantaciones) pueden utilizar un conjunto de estrate­
gias de producción para mantener cierto grado de
autosuficiencia. Estos esfuerzos materiaies de supervi­
vencia pueden mantenerse e incluso llegar a la posibili­
dad política de sustraerse del dominio de que son
objeto, tal como hicieron en Sumatra en los años 50.
Políticamente» la facultad de mantener tales medios
alternativos de subsistencia puede permitir formas de
resistencia específicas a trabajadores que se encuentran
sólo “ bajo la subsunción formal” . En otras palabras,
tal como he defendido en otro lugar, la lucha de una
población activa para reproducirse puede reducir, ver­
daderamente, lo que le cuesta al capital ía mano de
obra, y de esta forma ser “ funcional” al capital, al
mismo tiempo que tales tentativas de independencia
económica pueden arrancar de la oposición popular al
propio capitalismo... Dicho de otro modo, la conse­
cuencia imprevista de los esfuerzos de una población
para satisfacer sus necesidades básicas puede ser la
resistencia de los trabajadores ante el proceso de
subsunción»82.

Así, pues, de nuestra crítica a Maurice Godelier, por un


lado, y a Hamza Alavi, por otro, llegamos a la conclusión de
que la coexistencia de formas de producción se produce
mediante mecanismos evolutivos que resulta imprescindible
desvelar. Se hace, pues, necesario indagar, por un lado, en la
multilinealidad de tales formas de coexistencia y, por otro,
en los procesos de trabajo como sistemas de relación.
El más completo análisis de los procesos de trabajo en la
sociedad capitalista se debe a Harry Braverman83, quien

82 Ann Stoler, «Transiciones en Sumatra: el capitalismo colonial y


las teorías sobre la subsunción» en Revista Internacional de Ciencias
Sociales, nü 144, diciembre, 1987; pp, 105-129; p. 121. En este sentido
también, «Plantation politics and protest on Sumatra’s East Coast» en
Journal o f Peasant Studies. nc 13 (2), 1986, pp. 124-144.
83 Labor and Monopoiy Capital The Degradation o f Work in the
Twenty Century (New York; Monthly Review Press, 1974).
parte en su indagación desmontando el mito del «deterni­
nismo tecnológico» según el cual es inevitable, en cualquier
tipo de sociedad moderna, sea socialista o capitalista, la
forma de producir industrializada que «tiene como su rasgo
central la inevitable separación Üel hombre industrial entre
ejecutivos y empleados»84. Partiendo de un análisis histó­
rico, Braverman establece que «aunque las mismas fuerzas
productivas que son características del cierre de una época de
relaciones sociales son también características de la apertura
de la época siguiente... las relaciones entre tecnologías y
sociedad van mucho más allá de un simplificador determi-
nismo»85. En efecto, tal determinismo —como el propio
Marx estableció— es falso «en la historia, en general, y par­
ticularmente inútil en épocas de confrontación y naturaleza
transicional. En tales épocas las sociedades exhiben, de
manera clara, la coexistencia de una gran variedad de for­
mas de relación social sobre la base de una tecnología aná­
loga». El proceso de configuración histórica de nuevas for­
mas de producción no surge de golpe, sino por el contrarío,
mediante formas evolutivas y sistemas de coexistencia. El
diseño de un esquema teórico adecuado a esta realidad,
donde tenga acomodo una interpretación más ajustada a
los hechos de las modalidades históricas de penetración del
capitalismo en la agricultura, es nuestro siguiente propósito.

4. UNA PROPUESTA DESDE EL NEOPOPULISMO


MARXISTA

Basándonos en los autores mencionados y en las críticas


que hasta aquí les hemos efectuado, creemos posible elabo­
rar una interpretación alternativa al marxismo tradicional,
tanto en el marco general de la evolución de los órdenes

Clark Kerr, John T. Dunlop, Frederick Harbison and Charles A.


Myers, Industrialista and Industrial Man {Cambridge University Press,
1960), p. 15. En este sentido Cf. la excelente y clásica recopilación de Tom
Burns. Industrial Man (Harmondsworth: Penguin Books. 1969).
85 Harry Braverman, Labor and Monopolv Capital... op. cit.. p. 19.
socioeconómicos, como en el más específico dei papel del
campesinado en el proceso histórico. Dicha interpretación
se basa en buena medida en la consideración que sobre el
proceso histórico y del papel del campesinado en él hicieron
el último Marx, por un lado, y Chayanov, por otro; que
podría denominarse como «neopopulismo marxista». Tal
concepción no sólo implica reconocer la posibilidad y aún la
existencia real en cada momento histórico de una heteroge­
neidad de formas sociales dé explotación, sino reconocer
también, con Marx pero sobre todo con Chayanov, que la
evolución —establecida como resultado de una red de rela­
ciones de adaptación o confrontación entre tales formas de
producción— en una determinada formación social no nece­
sariamente debe culminar en el dominio total del modo de
producción capitalista (o industrial, si incluimos los modos
de producción de economía centralizada y planificada), sino
que puede adoptar direcciones múltiples o multilineales.
Partiríamos de la elaboración de categorías especial­
mente pertinentes para el análisis de las formaciones micro-
sociales; junto al concepto analítico de Modo de Producción
y descriptivo de Formación Social, adecuados a plantea­
mientos macrosociales, planteamos la consideración de
«Comunidad» (en nuestro caso rural), como agregado cons­
ciente de grupos domésticos interrelacionados, como con­
cepto descriptivo, y el de Forma de Explotación, como con­
cepto analítico, para planteamientos microsociales. Final­
mente, planteamos unas relaciones entre los niveles mi-
cro/macro que son conflictivas (descriptivamente) y que
deben ser comprendidas (analíticamente) desde la reelabo-
ración no funcionalista de los conceptos de «subsunción for­
mal y real».
Partiríamos para ello de la validez de los conceptos de
«formación social» y de «modo de producción», pero siem­
pre que diferenciemos cuidadosamente uno del otro. En este
sentido, la distinción de Alavi es pertinente: «Un modo de
producción define la estructura de las relaciones sociales de
producción: es un concepto analítico»; es decir, un concepto
que debe implicar una manera coherente de funcionar un
sistema como ideal y no intentar confundir la realidad con el
Modo de Producción; éste no debe de convertirse en una
«construcción de la realidad» que normativice y discipline el
funcionamiento de sus partes al margen de las partes mis­
mas. «El concepto de “ formación social” —añade Alavi—
es un término descriptivo. Denota una entidad social actual
y específica, con todas sus particularidades, producto de
desarrollos pasados, de estructuración y reestructuración,
resultado del accidente y del designio y de todos los legados
del pasado y potencialidades para el futuro. Como tal, se
refiere a una particular, geográficamente limitada e históri­
camente dada, entidad social con recursos y formas dadas
de organización económica y política y rasgos culturales»86.
Aunque hemos de reconocer que el concepto de forma­
ción social, en tanto que descriptivo, puede aplicarse a enti­
dades sociales de diverso tamaño, se ha impuesto en las
ciencias sociales la costumbre de identificarlo con las unida­
des políticas usuales en cada momento histórico: las nacio­
nes y/o los Estados-Nacionales para el Capitalismo, las
monarquías o los reinos para el Feudalismo, etc. De manera
análoga, y más aún, conforme la división del trabajo se fue
haciendo más compleja y la interrelación entre los fenóme­
nos económicos mayor, el concepto de Modo de Producción
acabó aplicándose a las formaciones sociales así definidas o
incluso a unidades de análisis mayores. Ambos conceptos se
convirtieron en dos herramientas exclusivas, y en cierto sen­
tido, imprescindibles para el análisis macrosociológico.
Nosotros proponemos otro par de conceptos más perti­
nentes para análisis de carácter microsocial, que contienen
una diferenciación semejante entre ellos: el concepto de
«Comunidad Local» y el de « Forma Social de Explotación».
Entendemos por «Comunidad Local» aquel agregado de
grupos domésticos que estando asentando sobre un territo­
rio específico, mantiene sus formas de vinculación por dife­
rentes tipos de relaciones sociales, entre las cuales el paren­
tesco, la vecindad y la amistad tienen una consideración
significativa en su calificación como grupo social; es decir,
aquel agregado de grupos domésticos «unidos por un sis­

*6 Hamza Alavi, The Structure... op. cit.. p. 178.


tema de lazos y relaciones; por intereses comunes, pautas
compartidas de normas y valores aceptados; por la concien­
cia de ser distintos de los demás grupos, definidos de
acuerdo con el mismo principio»87. Hacemos hincapié en el
concepto de grupo doméstico y no en el individuo como
factor básico de agregación, puesto que entendemos tales
grupos domésticos como unidades básicas.de acción social y
económica (siendo su carácter de unidad de renta clave para
nuestra conceptualización); en otros términos, como unida­
des de producción, reproducción y consumo88; por tanto, de
ellos se derivan un conjunto de efectos sociales diferenciados
y se generan prácticas socialmente significativas, máxime
cuando vamos a analizar formas de explotación fuertemente
confundidas con la familia89 como es nuestro propósito.
Téngase en cuenta que el grupo doméstico suele ser el titular
del patrimonio, que las decisiones sobre número de hijos,
herencia y la propia reproducción social se realizan —por
medio de estrategias— en el seno de dicho grupo doméstico,
que, por tanto, limitan o amplían las posibilidades que los
agentes sociales tienen de adscribirse a éste o aquel grupo
social.
El concepto de «Comunidad Local», especialmente útil
para el análisis de las comunidades rurales, sería pues un
concepto descriptivo de las entidades locales «con recursos y
87 Boguslaw Galeski, Basics concepts o f Rural Sociology (Manchester
University Press, 1972), p. 76. Traducción castellana como Sociología del
Campesinado (Barcelona: Península, 1977).
88 Jacques G oody, Produciion and Reproduction (Cambridge Univer-
sity Press, 1973). Cf. también Raúl Iturra, Antropología Económica de la
Galicia Rural (Santiago: Servicio de Publicaciones da Consellería da Pre ­
sidencia e Aministración Pública. Xunta de Galicia, 1988), pp. 17-24.
89 Junto at conocido énfasis puesto por Chayanov para el campesi­
nado, pueden citarse otros autores que sitúan la base de su argumentación
en los grupos domésticos, Marshall Sahlins, Stone Age Economics (Lon­
don: Tavistock Publications, 1974); Claude Meillassoux, Femmes. Gre-
niers es Capiteaux (Paris: Maspero, 1976); Hans Medick, «The protoin-
dustrial family economy: the structural function o f househald and family
during the transition from peasant society to industrial capitalism» en
Social History. nQ 3, Octubre, 1976, entre otros muchos. Eduardo Sevilla
Guzmán, «El Campesinado» en Salustiano del Campo (ed.), Tratado de
Sociología (Madrid: Taurus, 1989), pp. 366-399.
formas dadas de organización económica y política y rasgos
culturales» propios. En este caso, el acercamiento analítico a
la «Comunidad Local» lo realizaríamos mediante el con­
cepto de «Forma Social de Explotación», diferenciándolo
del concepto de Modo de Producción no sólo por el tamaño
de la unidad de observación sino porque a este nivel de
análisis podemos encontrar, mediante el estudio de casos,
elementos explicativos que sin ánimo de generalización nos
permitan contestar cualitativamente a las preguntas formu­
ladas y encontrar evidencia empírica que las fundamente.
Si estamos de acuerdo en que en el seno de una misma
formación pueden coexistir formas de producir diferentes,
fruto de una peculiar evolución histórica a lo largo de la cual
también existieron formas de relación productiva heterogé­
neas, hemos de elaborar categorías analíticas apropiadas
que no se agotan en el concepto de Modo de Producción. Se
trata de revitalizar los conceptos utilizados por Marx de
«Procesos de Trabajo» y, sobre todo, «Formas de Explota­
ción».
Entendemos por «Proceso de Trabajo», basándonos en
Marx90, al conjunto de operaciones, ordenadas y sistemati­
zadas por el empleo de un saber específico, que tienen por
objeto la transformación de una materia prima (tenga ésta o
no trabajo incorporado) en producto con un valor de uso
históricamente dado mediante el consumo de una cantidad
determinada de energía y materiales y la utilización de los
instrumentos o medios de producción adecuados.
Ahora bien, para que ello sea posible es necesario el
concurso de determinadas «condiciones materiales» y «fun­
ciones sociales»; «Entre los objetos que sirven de medios
para el proceso de trabajo cuéntase, en un sentido amplio,
además de aquéllos que sirven de mediadores entre los efec­
tos del trabajo y el objeto de éste y que, por tanto, actúan de
un modo u otro para encauzar la actividad del trabajador,
todas aquellas condiciones materiales que han de concurrir
para que el proceso de trabajo se efectúe. Trátase de condi­

90 Kar) Marx, El Capital (México: Fondo de Cultura Económica,


1966), Tomo 1, capítulo 5; pp, 130 y ss.
ciones que no se identifican directamente con dicho proceso,
pero sin las cuales éste no podría ejecutarse de un modo
completo o sólo podría ejecutarse de un modo imperfecto. Y
aquí, volvemos a encontrarnos, como medio general de tra­
bajo de esta especie, con la tierra misma, que es la que
brinda ai obrero el «locus standi» y a su actividad el campo
de acción. Otros medios de trabajo de este género, pero
debidos ya al trabajo del hombre, son, por ejemplo, los
locales en que se trabaja, los canales, las calles, etc.»91.
Extrapolando este planteamiento de Marx, diríamos que
todo proceso de trabajo requiere el concurso de otros proce­
sos o actividades anteriores o posteriores para que pueda
realizarse; requiere de las funciones sociales que realizan
otros agentes. Ello da lugar a una división social primaria o
restringida del trabajo, que tiene como principal tarea pro­
veer de las materias primas, medios de producción, energía
o saberes necesarios a la ejecución del proceso de trabajo
que consideremos. A esta división simple del trabajo, que no
alude a la diversificación de tareas y actividades sociales
necesarias para el desarrollo en su conjunto de una sociedad
dada sino sólo a uno de sus sectores, la denominaríamos
Proceso Social de Trabajo. Este concepto, cuando se utiliza
para agregados sociales reducidos como la comunidad local,
puede tener una utilidad importante para el análisis de la
asignación de los lugares sociales de los agentes.
Ello implica, cuando menos, el establecimiento de rela­
ciones entre los agentes como consecuencia de su participa­
ción en el proceso social de trabajo y del surgimiento de una
«cultura material» específica que asegura su ejecución.
Parentesco, vecindad y amistad se combinan aquí de manera
específica en el seno de estrategias desarrolladas por los
agentes para la reproducción de dichos procesos de tra­
b ajo92, si bien de esto hablaremos más adelante, porque en
los procesos de trabajo no sólo intervienen los objetos, el
trabajo y los instrumentos, sino también media el logro de

91 Karl Marx, i'IC apital... op. cit.. p. 133.


92 Pierre Bourdieu, Cosas Dichas (Buenos Aires: Gedisa, 1988), pp.
67 y ss.
un determinado fin, sujeto a una determinada racionalidad
productiva. Como dijo Marx: «El obrero no se limita a
hacer cambiar de forma la materia que le brinda la natura­
leza, sino que, al mismo tiempo, realiza en ella su fin, fin que
él sabe que rige como una ley las modalidades de su actua­
ción y al que tiene necesariamente que supeditar su
voluntad»93.
En un sentido estático podríamos distinguir tantos pro­
cesos de trabajo como maneras de operar para el logro de un
fin (un valor de uso histórico y culturalmente determinado)
que se dieran en una formación social dada. Su caracteriza­
ción se realizaría a partir de la semejanza de las operaciones
necesarias en un conjunto ordenado, independientemente de
cuál fuera el producto; de la misma manera que son idénti­
cos los procesos de trabajo utilizados para producir trigo o
cebada, por ejemplo. En un sentido dinámico, sin embargo,
unos procesos de trabajo se diferenciarían de otros en el
carácter que en su seno la división técnica del trabajo ejerce­
ría sobre la ordenación de las operaciones y en las caracte­
rísticas de los instrumentos de trabajo y de los saberes
empleados. Es decir, la diferencia se encuentra en las distin­
tas relaciones técnicas de producción: «Lo que distingue
—afirma Marx— a las épocas económicas unas de otras no
es lo que se hace, sino el cómo se hace, con qué instrumentos
de trabajo se hace»94. Ello implica poner el acento sobre las
modalidades de control o dominio que los agentes sociales
ejercen sobre el proceso de trabajo en general95.

93 Karl Marx, Ei Capital... op. cit., p. 131. Tales argumentaciones son


realizadas considerando los trabajos de Max Weber sobre el desarrollo
del capitalismo.
94 Karl Marx, fbidern, p. 132.
95 Sobre este aspecto Cf. el ya citado trabajo de Henry Braverman,
Labor and Monopoly Capital (Nueva York: Monthly & Review Press,
5974). Refiriéndose al modo de producción capitalista, Braverman hace
hincapié en que el progreso de la división técnica se convierte en funda­
mental para el control del proceso de trabajo al permitir que el trabajador
asalariado sea desposeído de su conocimiento y del dominio gerencia! de
dicho proceso. Todo ello frente a la forma de explotación campesina en la
que la cooperación simple, el tipo de instrumentos y de operaciones que
Al mismo tiempo, cada proceso de trabajo mantiene
unas relaciones específicas, de apropiación de la naturaleza
o «relaciones ecológicas». Como dice Marx, «el trabajo es,
en primer término, un proceso entre la naturaleza y ei hom­
bre, proceso en el que éste realiza, regula y controla
mediante su propia acción su intercambio de materias con la
naturaleza»96. En dicho proceso no se crea, pues, única­
mente riqueza según la economía clásica, sino que, como
mantiene Frederick Soddy aplicando la segunda ley de la
Termodinámica, se consume o se gasta, también riqueza, en
forma de recursos materiales y energéticos97. «El trabajo
devora sus elementos materiales, su objeto y sus instrumen­
tos, se alimenta de ellos; es, por tanto, su proceso de con­
sumo. Este consumo productivo se distingue del consumo
individual en que éste devora los productos como medios de
vida del ser viviente, mientras que aquél los absorbe como
medios de vida del trabajo, de la fuerza de trabajo del indi­
viduo, puesta en acción. El producto del consumo indivi­
dual es, por tanto, el consumidor mismo: el fruto del con­
sumo productivo es un producto distinto del consumidor»98.
En cada proceso de trabajo se produce, pues, el gasto de
una determinada cantidad de energía endosomática, necesa­
ria para el uso de la fuerza de trabajo, y el gasto también de
una determinada cantidad de energía exosomática, necesa­
ria para la ejecución de las operaciones que dicho proceso de
trabajo conlleva. Y ello sin contar el gasto energético incor­
porado, tanto a las materias primas, como a los medios de
producción. Si, por tanto, el proceso de trabajo no es más
que el consumo de determinados recursos materiales y ener­

requiere el proceso de trabajo son controlados por cf campesino y ejerci­


dos mediante un saber que domina.
96 Marx, 1, 5e, p. 130.
97 F. Soddy, Cartesian economics (London: Hendersons, 1922),
citado en Juan Martínez Alier, «Economía y Ecología: cuestiones funda-
mentales» en Pensamiento Iberoamericano, 1989, pp. 41-60. Sobre la inci­
dencia en la práctica productiva de la segunda ley de la Termodinámica
Cf. H.T. Odum, Ambiente, energía y Sociedad (Barcelona: Ed. Biume,
1980), pp. 409.
9S Marx, 1, 5o p. 135.
géticos, interesa sobre manera conocer cuál es el carácter,
renovable o no, de los recursos naturales empleados porque
en todo proceso de trabajo se establecen relaciones de apro­
piación (consumo) de recursos materiales y energéticos que
pueden ser o no renovables o que pueden reproducirse o no
en el mismo proceso de trabajo. Si el «trabajo necesario»
permite la reproducción, al menos teórica, de la energía
humana consumida, no en todos los procesos de trabajo se
repone la energía gastada ni se tienen en cuenta las externa-
lidades desencadenadas en su ejecución".
Por tanto, en cada proceso de trabajo los hombres esta­
blecen una relación específica con el medio más o menos
entrópica y éste es uno de ios rasgos definitorios de más
interés para nuestros propósitos. Ello depende en buena
medida del carácter de las relaciones de producción dado
que generan una dialéctica específica con las fuerzas produc­
tivas'00. En efecto, lo que imprime carácter al proceso de
trabajo es la relación de apropiación deí trabajo excedente
creado en dichos procesos en la medida en que disciplina
todas las relaciones que en su interior se establecen. Son las
relaciones sociales de producción las que orientan la percep­

99 Sobre esta cuestión Cf. Juan Martínez Alier. Ecological Econotnics


(Oxford: Biacwell, 1987); «Ecologismo marxista y neo-narodismo ecolo­
gista» en Mientras Tanto, nQ 39, 1989, pp. 145-152; «Ecological Econo­
mics and Eco-Socialism» en Capitalism, Nature and Socialism. n° 2, 1989,
pp. 109-123; «Economía y Ecología: Cuestiones Fundamentales» en Pen­
samiento Iberoamericano. 1989, pp. 41-60. Cf. también Enrique Leff, Eco­
logía y capital. Hacia una perspectiva ambiental del desarrollo (México:
UNHM, 1986); Víctor Manuel Toledo, Ecología y Autosuficiencia Alimen­
taria (México: Siglo XXI, 1985); Michael Redclift, Development and the
environmental crisis (London: Methuen, 1984).
100 Juan Martínez Alier, «Et Marxismo y la Economía Ecológica» en
Mientras Tanto, n^1 35, octubre 1988, pp. !2 7 -í47. Cf. también Michael
Redclift, Development and enviromental crisis (London: Methuen, 1984).
Como dice Maurice Godelier: «en todas partes aparece un vínculo último
entre la manera de usar la naturaleza y la manera de usar al hombre». En
cada proceso de trabajo históricamente dado, las relaciones de apropia­
ción de la naturaleza son reflejo mutuo de las relaciones de explotación,
por eso «no hay crisis en et uso de la naturaleza que no sea una crisis en el
modo de vida del hombre» en L id é e l et le matériel. Pensée, econmies.
societés (París: Fayard, 198), p. 155.
ción de dicho excedente mediante el establecimiento de
derechos (parentesco, propiedad, derechos políticos, etc.)
sobre los medios de producción, incluidos los recursos
materiales y energéticosl01, y ello implica una configuración
específica de los procesos de trabajo que los unifica y per­
mite identificarlos bajo una misma Forma de Explotación.
En consecuencia, lo que define a una Forma Social de
Explotación (en su doble acepción y de forma de explotación
de los recursos naturales y del trabajo humano) es la forma
específica de relación o combinación entre el trabajo humano,
los saberes, los recursos naturales y los medios de producción
con el fin de producir, distribuir y reproducir los bienes y
servicios socialmente necesarios para la vida. En este sen­
tido, «todo proceso de producción social es —como decía
Marx— al mismo tiempo proceso de reproducción. Las
condiciones de la producción son también las de la repro­
ducción...»l02. En cada comunidad los agentes sociales
deben sustraer del consumo recursos humanos y naturales
para posibilitar la repetición de los procesos de trabajo y de
las relaciones que en ellos se generan y que los hacen posi­
bles. «En cualquier época como en cualquier cultura los
seres humanos necesitan guardar bienes y personas del con­
sumo inmediato para ser usados en el futuro en la renova­
ción del ciclo de vida. La forma de esta sustracción al con­
sumo es un proceso diferente, como también las funciones o
lo que es sustraído para ser usado después; lo guardado
corresponde a bienes necesarios para la reproducción
humana, de las ideas, de las técnicas, de las normas clasifica-
torias de personas o ética».
Junto a conceptos morales como el «crimen» o el
«pecado» que Raúl Iturra ha mostrado para las sociedades
campesinas como disciplinadoras de las personas y regla-
mentadoras del acceso a la tierra103, existen otros con res­

101 Cf. Enrique Leff, Ecología y Capí (al... op. cit.. p. 37.
102 Karl Marx, El Capital (México: FCE, 1983), Tom o II, XX, pp.
350 y ss.
10> Raúl Iturra, «El grupo doméstico o la construcción coyuntural de
la reproducción social» en Conferencia al IV Congreso de Antropología de
pecto a la relación hombre/naturaleza que también deben
ser considerados como factor reproductivos de importancia
desde la perspectiva de la economía ecológica. La visión
organicista que las religiones propiciaron de la naturaleza y
del hombre hizo concebir al mundo como una gran entidad
biológica. Esta concepción propició unas relaciones no
depredadoras de los hombres con la naturaleza. Más ade­
lante veremos cómo en las sociedades campesinas, donde
junto a la racionalidad de la subsistencia existía también
esta concepción, los procesos de trabajo, con rotaciones
adecuadas y energía animal, contenían siempre mecanismos
de restitución de la energía gastada. Sin embargo, cuando el
papel de las religiones fue suplantado por la racionalidad del
lucro capitalista, por la nueva religión: la ciencia y su mani­
festación normativa más evidente, la Economía, las relacio­
nes entre los hombres y la naturaleza cambiaron. Como
sostiene Naredo: «De esta manera, cuando se racionalizan
los procesos del mundo natural, desacralizándolos, cuando
se descubre que en el mundo inorgánico no tienen lugar esos
procesos de generación en los que antes se creía, cuando se
constata que éste no se ajusta a esa visión sexualizada del
mundo que recogían las antiguas mitologías, es cuando la
llamada ciencia económica extiende la idea de “ producción”
al conjunto de las actividades humanas, aunque sean mera­
mente de apropiación o de transformación (y destrucción)
de materias ya existentes en el planeta e incapaces de repro­
ducirse... Y es que esta idea de la “ producción” —en torno a
la que giraban las antiguas creencias y mitologías— se adap­
taba perfectamente a las exigencias de la nueva ideología
que nació con el capitalismo, de confundir aquellas activi­
dades y trabajos consagrados a la apropiación y transfor­
mación de ciertas riquezas naturales a ritmos superiores a
los que la naturaleza podía reponerlos, de aquellos otros
destinados a acrecentar la producción de riquezas»104. Cada

España, Alicante, 21-24 Abril, 1987 (Alicante: Universidad de Alicante,


1989), pp. 19-38; p. 24.
104 José Manuel Naredo, «La ideología del progreso y de la produc­
ción encubre la práctica de la destrucción» en Humberto da Cruz (ed.),
una de estas «formas de explotación» conforman, pues, los
límites del juego donde los agentes sociales desarrollan sus
estrategias de reproducción social105.
Pero ¿qué diferencia realmente a una Forma de Explota­
ción de un Modo de Producción, puesto que las característi­
cas de una están en el otro? Desde nuestro punto de vista, es
la vocación totalizadora de una determinada forma de
explotación la que determina su consideración como modo
de Producción. Existieron y existen formas de explotación
adecuadas a sectores de la actividad económica muy especí­
ficos que no han manifiestado vocación totalizadora alguna
como es el caso de la Forma de Explotación Campesina o
las Formas de Explotación protoindustriales (manufactura
doméstica, por ejemplo). Estas no necesitaron —dada su
posición subordinada— generar «sus propias relaciones
jurídicas, sus formas de gobierno, etc.», ya que los meca­
nismos de su reproducción estaban en buena parte deposi­
tados en los propios de otra forma de Explotación totaliza­
dora.
En efecto, en las formaciones sociales coexisten, según
hemos venido manteniendo hasta ahora, formas de explota­
ción heterogéneas y adecuadas a esta y otra rama o sector de
producción. Pero, «en todas las formas sociales existe
—según sostiene Marx— una producción determinada que
es superior a las demás; las relaciones que ésta engendra
asignan a las demás producciones y a las relaciones que éstas
a su vez engendran, sus rasgos e influencias respectivas. Se
trata de una especie de luz general que baña a todos los

Crisis Económica y Ecología, Crisis Ecológica y Economía (Madrid: Edi­


ciones Miraguano, 1980), pp. 109-110.
105 Sobre esta cuestión Cf. Pierre Bourdieu, «Les strategíes matri­
moniales dans le systéme de reproduction» en Annales, año 27, nQ 4-5,
Jul.-Oct,, 1972; pp. 1105-1125. De! mismo autor, «De la regla a las estra­
tegias» en Cosas Dichas (Buenos Aires: Gedisa, 1988), pp. 67-82; Jack
Goody, Production and Reproduction (Cambridge University Press, 1976);
Raúi Iturra, «Stratégies de reproduction: le droit canon et le mariage dans
une village portugais (1862-1983)» en Droit et Société. n Q 5, París. ¡987.
22 pp.; o su monografía Antropología Económica de la C alida Rural (San­
tiago de Compostela: Xunta de Galicia, 1988).
colores y modifica sus tonalidades particulares. Es como un
éter particular que determina el peso específico de todas las
cosas...»106. Las relaciones de producción propias de esa
forma de explotación, con vocación totalizadora, constitu­
yen «la estructura económica de la sociedad, el fundamento
real» sobre la cual se elevan las superestructuras jurídicas y
políticas, a las que corresponden formas definidas de con­
ciencia social»107.
Es esa vocación totalizadora la que convierte en Modo
de Producción a una Forma Social de Explotación. Y ello
mediante la subsunción de las otras formas presentes, ya sea
formal o realmente, en las distintas actividades que confor­
man la división social del trabajo. El modo de Producción
estaría, pues, constituido por formas de explotación «su­
bordinadas realmente» y, por tanto, con idénticas relaciones
de producción, distribución y reproducción ai margen de la
rama de la producción en la que tuvieran lugar; y por los
mecanismos ideológicos, políticos, jurídicos y culturales que
garantizarían su reproducción y la reproducción subordina­
das de las otras formas de explotación diferentes.
Este es, más en lo concreto, el sentido que para nosotros
tiene el concepto marxiano de «subsunción». Marx elaboró
este concepto para significar las modalidades heterogéneas
mediante las cuales el Modo de Producción Capitalista se
«apoderaba» de otras formas de explotación. Porque éstas
no coexistían simplemente sino que mantenían «relaciones
mutuas»: «Sería falso, entonces, colocar—afirmaba Marx—
las categorías económicas en ei orden histórico según el cual
han tenido una acción determinante. Su orden está determi­
nado mucho más por medio de sus relaciones mutuas dentro
de la sociedad burguesa moderna, y es el contrario del que
sugiere su relación natural o del que corresponde a la
secuencia de su desarrollo histórico. No se trata del lugar
que las relaciones económicas ocupan en la sucesión histó­

106 Kar! Marx, Grundisse. citado en Angel Palerm, Modos de Produc­


ción y Formaciones Socioeconómicas (México: Edicol, 19—), pp. 10-11.
107 Karl Marx, prefacio a la Contribución a la Crítica de la Economía
Política, citado en Angel Palerm, op. cit., p. 8.
rica de las diferentes formas sociales... Se trata de la cone­
xión orgánica que guardan en el interior de la sociedad bur­
guesa moderna...»108
Marx profundizó teóricamente sobre el particular al dis­
tinguir entre la producción de plusvalor absoluto y plusva-
lor relativo, como dos modalidades diferentes de apropia­
ción capitalista del plustrabajo. Si bien reconocía que: «La
producción de plusvalor absoluto es la base general sobre la
que descansa el sistema capitalista y el punto de arranque
para & producción de plusvalor relativo»; esta última suponía
un «régimen de producción específicamente capitalista» y la
transformación de la subsunción formal por la «subsunción
real del obrero al capitalista». Dicha transformación ade­
más revolucionaba «desde los cimientos hasta ei remate los
procesos técnicos del trabajo y las agrupaciones sociales»i09.
Habló, además, de «formas intermedias» de supeditación al
capital, en las cuales éste «no se había adueñado todavía
directamente del proceso de trabajo»1'0. De acuerdo con
este planteamiento, la «subsunción formal» se materializaría
mediante la extracción del excedente absoluto —por tanto,
sin cambios significativos en el proceso de trabajo— y la
«subsunción real» mediante la extracción del valor exce­
dente relativo que, obviamente, requerida cambios en los
instrumentos, técnicas y nivel de producción, es decir, un
aumento de la productividad del trabajo.
Tales categorías sirvieron a Marx para analizar el caso
de Inglaterra y la génesis del Capitalismo en dicho contexto
en el capítulo dedicado a la acumulación originaria o primi­
tiva. Dibujó varias formas mediante las cuales el capitalismo
se adueñó de la producción y señaló situaciones en las que el
adueñamiento no tenía que implicar su transformación en
capitalistas: «La clase de los obreros asalariados que surgió
en la segunda mitad del siglo XIV, sólo representaba por
aquel entonces y durante el siglo siguiente una parte muy
pequeña de la población, que tenía bien cubierta la espalda
108 Ibiclem, citado en Angel Palerm, op. <cii.. p. 12.
109 Karl Marx, El Capital, Tom o III, capítulo 14, p. 426. El subra­
yado está en el original.
110 Ibidem.
por el régimen de ios campesinos independientes, de una
parte, y de otra, por la organización gremial de las ciudades.
La supeditación (subsunción) del trabajo al capital era
puramente formal, es decir, el régimen de producción no
presentaba aún un carácter específicamente capitalista. El
capital variable predominaba considerablemente sobre el
capital constante»111.
Pero nunca fue más allá de tal constatación, válida en su
concreción para Inglaterra, ni explicó más detalladamente el
significado de tales categorías conceptuales. Anteriormente
rechazamos ciertas interpretaciones restrictivas y estructu-
ral-funcionalistas de las mismas y no vamos a reincidir aquí.
Sólo vamos a destacar algunos aspectos que pueden ampliar
e! campo de utilización de los conceptos de «subsunción real
y formal»: la distorsión que en las relaciones hombre/medio
genera el paso de la subsunción formal a la real; la utilización
del concepto para la subordinación al capital de procesos no
estrictamente económicos y, finalmente, el papel del conflicto
social en el cambio del carácter de la subsunción.
Los procesos de trabajo subsumidos «realmente» al capi-i
tal son aquellos en los que la cooperación es cada vez más
compleja y en los que los procesos técnicos tienen cada vez
mayor importancia frente a la fuerza de trabajo. En ellos el
capital constante aumenta de manera continuada, alentando
por la espectativa del beneficio. Pero el capital constante no
sólo representa trabajo incorporado, como afirmaba Marx,
sino que en términos de economía ecológica representa una
cantidad de energía y de materiales consumidos y por con­
sumir para su funcionamiento que no son reproducidos en el
mismo proceso de trabajo, y la generación de una determi­
nada cantidad de residuos.
En efecto, el Capital superó las limitaciones propias a la
plusvalía absoluta mediante el aumento de la capacidad
productiva de la energía contenida en el trabajo. El meca­
nismo típicamente capitalista de maximización del beneficio
llevó, pues, a la progresiva mecanización de la producción; o
dicho en términos de economía ecológica: a la progresiva

1,1 Karl Marx, El Capital. Tomo III, capítulo 24, p. 628.


adición o sustitución de energía humana por cantidades cre­
cientes de materiales y combustibles fósiles —no renovables,
por tanto— en el proceso de trabajo. El desarrollo de las
fuerzas productivas, como tendencia inmanente a la lógica
del capitalismo, corría paralelo al receso, paradójicamente,
de los recursos naturales. Luego ha sido y es, precisamente,
ese mecanismo consustancial a la producción específica­
mente capitalista, la causa principa! del consumo abusivo de
energías y materiales y de la progresiva contaminación por
residuos. Cuanto más trabajo humano es sustituido por
energía y materiales para conseguir mayores beneficios
(clave de la plusvalía relativa), mayor es la necesidad del
modo de producción capitalista de abaratar las materias
primas y de expulsar de sus costes los creados por los de­
sechos de la actividad productiva. Sólo es posible incremen­
tar la explotación del trabajo aumentando la explotación de
la Naturaleza. En este sentido, los conceptos de subsunción
real y formal son útiles para caracterizar, en términos de
economía ecológica, la intensidad entrópica con que el capita­
lismo modifica los procesos de trabajo en paralelo con el
grado de mercantilización que sus diferentes factores
alcanzanl12.
«Ninguna civilización ha sido ecológicamente inocente»
mantienen J.P. Deléage y D. Hémery, pero reconocen que
en aquellas culturas «en las que el hombre es la fuerza pro­
ductiva principal, la adaptación al ecosistema es el principio
fundamental del funcionamiento de la sociedad...»113. En
este sentido el paso de la subsunción formal de procesos de

1,3 En los países llamados «socialistas» ha sido el Productivismo y la


competencia con los países capitalistas, basados en una comprensión
errónea e interesada para las «nomenclaturas» del pape! de las fuerzas
productivas com o agentes del cambio hacia el Comunismo, los que han
mantenido, como dice Giddens, el contrasentido d« la «explotación socia­
lista». ¿Cómo explica la reinversión y el crecimiento económ ico sí se
remunera al trabajador todo el producto de la energía endosomática
consumida? La productividad creciente de! trabajo está en la base tanto
del Capitalismo como del «Socialismo Real» y constituye el principal
factor de ruptura con e! medio.
113 J.P. Deléage et D. Hémery, Les servitudes de la puissance, une
historie de i'energie (París: Fiammarión, 1986).
trabajo a la subsunción real ha supuesto históricamente la
ruptura definitiva de las situaciones más o menos homeostá-
ticas precedentes y ia instauración de unas relaciones entre
la sociedad y su ecosistema que han desembocado en la
actual crisis ecológica114.
Si el concepto de subsunción puede aplicarse como herra­
mienta teórica a ios postulados de la economía ecológica, su
virtualidad va más allá del análisis puramente económico y
encierra una manera general de entender todas las relaciones
sociales entre ios hombres y su evolución en el interior de
sociedades dadas. Por tanto, su ámbito de aplicación puede
ampliarse, como han sugerido tanto Maurice Godelier como
Ann Stoler a ámbitos muy diversos como la cultura, la poli-
tica, etc. Es decir, no se agota en el análisis de la subordina­
ción de los procesos de trabajo, sino que debe aplicarse
también a las «relaciones sociales bajo las cuales los produc­
tores directos son producidos», como por ejemplo el papel
de la enseñanza burguesa (mentalidad contable fomentada
por la matemática, etc.) en la subordinación de la cultura
campesina o la transformación de su «racionalidad» no
basada en el lucrot15. Cuestión ésta que se vuelve fundamen­
tal, como veremos, a la hora de caracterizar como campesi­
nos a los jornaleros o de explicar sus modalidades no prole­
tarias de acción política. Es éste un tema que consideramos a
continuación, al analizar las formas de explotación campe­
sinas.
Por último, debemos realzar el papel que el conflicto
social tiene y ha tenido en las relaciones entre las formas de

lu Ello no quiere decir que en las situaciones de subsunción formal,


las formas de explotación subordinadas no se vean constreñidas a la
ruptura de su equilibrio homeostático por la presión del capital al minar
las bases de su reproducción social — caso por ejemplo de los campesinos
que en los bosques subtropicales se dedican a la deforestación al ser
expropieadas sus tierras y las bases de su subsistencia anterior— ni
expuestas a las crecientes externalidades negativas que la actividad eco­
nómica del mundo desarrollado está provocando en las áreas de! Tercer
Mundo.
m Raúl Iturra, «Continuity and Change: The peasant way to transi-
tion in a Galician village» in Revue Internationales des Sciences Sociales.
París, diciembre, 1987.
explotación subordinadas al modo de producción capita­
lista. Frente a las interpretaciones estructuralfuncionalistas
para las que la «pervivencía» de formas de explotación
subordinadas es una necesidad generada por el desarrollo
del modo de producción dominante, debemos entender
dicha pervivencia en términos de conflicto entre esas formas
y el modo de producción. El resultado de dicho conflicto
puede implicar la pervivencia de una determinada forma de
explotación en régimen de cierta independencia; la renego­
ciación continua de las formas en las que se subordina al
modo de producción dominante; o su desaparición defini­
tiva por medio de la transformación total del proceso de
trabajo (subsunción real). Sin olvidar tampoco que la capa­
cidad de subordinación del modo de producción dominante
no está previamente escrita como algo progresivo e inevita­
ble, sino que depende de la resistencia que encuentre
—medida en términos de conflicto— en las otras formas de
explotación y de su propia fortaleza o debilidad para ven­
cerla.

5. CAMPESINADO Y LA TIFUND/SMO COMO FORMA S


DE EXPLOTACION CAMPESINAS

A continuación vamos a intentar la aplicación de algu­


nos de los conceptos antes definidos a una de las realidades
históricas más controvertidas, el campesinado, que ha
puesto en crisis muchas de las teorías explicativas del cam­
bio y desarrollo en la agricultura. No vamos a criticar aquí
la vía «ortodoxa» de vehiculizada a través de la gran explo­
tación, puesto que ello se ha hecho ya en buena medida, sino
mostrar que dicho proceso de penetración no se opera a
través de las grandes o pequeñas explotaciones, debate este
que consideramos por consiguiente estéril, sino que inde­
pendientemente del tamaño el Capitalismo transforma las
relaciones sociales en ei campo a través de la mercantiliza­
ción creciente de los procesos de trabajo agrícolas. El análi­
sis de este fenómeno en el caso de la explotación campesina,
considerada históricamente como opuesta o resistente al
Capitalismo, mostrará la virtualidad de la propuesta teórica
que realizamos.
Utilizaremos aquí el concepto de campesinado en la
acepción ortodoxa que adquirió en los años setenta dentro
del pensamiento social116, para más tarde concluir con una
definición específica de campesinado como forma de explo­
tación. Conceptualización esta, como pretendemos desarro­
llar al final de este apartado, que puede incluir incluso a la
gran explotación latifundista. En efecto, la consideración
del minifundio y del latifundio como dos formas históricas
de explotación campesina constituye una de las hipótesis
más relevantes que se derivan de la forma en que propone­
mos interpretar el desarrollo del Capitalismo en la agricul­
tura. Dicho en otros términos, el elemento clave de la con­
versión en capitalistas de las formas de explotación previas
fue, independientemente del tamaño de las explotaciones, la
progresiva mercantilización del proceso de trabajo y, como
consecuencia del mismo, lia progresiva sustitución dentro de
él del trabajo por el capital.
En este sentido resulta fundamental la consideración de
la comunidad local, cuando esta es campesina, como núcleo
básico de relaciones sociales establecidas entre los grupos
domésticos que la integran. La dimensión comunitaria de
solidaridad, como formas múltiples de ayuda mutua consti­
tuye un elemento central a la hora de caracterizar los grupos
domésticos campesinos. Su acción social basada en lazos de
parentescos y residencia y, constituidos como unidad eco­
nómica en cuyo seno se desarrollan estrategias de subsisten­
cia y reproducción, tienen una dimensión central en nuestro
análisis. Como lo tiene, igualmente, la contextualización
histórica del mismo, puesto que cualquier conceptualización
que realicemos —máxime si es un concepto tan escurridizo
como el campesinado— sólo tiene sentido en el seno de unas
determinadas coordenadas espacio-temporales.
Especificamos inicialmente este aspecto puesto que, en

116 Cf. Eduarrdo Sevilla Guzmán y Manuel Pérez Yruela, «Para una
definición sociológica del campesinado» en Agricultura y Sociedad, n° I,
1976.
determinadas condiciones, es usual que los grupos domésti­
cos campesinos diversifiquen sus fuentes de actividad y de
renta y participen, al mismo tiempo, en formas de explota­
ción diferentes. Este fenómeno de «pluriactivídad», que
puede llevar a una precipitada calificación de capitalista o
precapitalista a algunas formas de gestión campesina de la
producción, puede en realidad responder a estrategias de
subsistencia y reproducción que los individuos, pero sobre
todo los grupos domésticos mencionados, desarrollan ante
la presión de las relaciones de mercado y la pérdida de las
bases naturales de reproducción que conlleva la sumisión al
capitalismo117. Esta coexistencia de relaciones de produc­
ción distinta, algunas de ellas incluso capitalistas, pueden no
responder a la racionalidad o a la lógica del intercambio
mercantil, sino a la lógica reproductiva del campesinado.
Ello quiere decir que en nuestro esquema interpretativo se
dota al grupo doméstico campesino de una capacidad de
acción autónoma, de desarrollar estrategias propias y espe­
cíficas que las interpretaciones tradicionales del desarrollo
del Capitalismo —tanto en su versión de las «teorías de la
Modernización» como del «Marxismo Agrario»— siempre
le negaron, relegándole a la consideración de sujeto pasivo
de una transformación social inevitable. En definitiva, eí
desarrollo del Capitalismo en la agricultura debe contem­
plarse como la confrontación/adaptación dialéctica entre
las formas de producción campesinas y la voluntad subordi-
nadora del Capitalismo a través del mercado.

5. J. La forrfta de explotación campesina


Se debe a Alexander V. Chayanov la primera aproxima­
ción sistemática al concepto de forma campesina de explo­

117 Cf. al respecto Raúl Iturra, Antropología económica de la Galicia


Rural (Santiago de Compostela: Xunta de Galicia, 1988); Franco Caz-
zola, «La pluriativitá nelle campagne italiano; alcuni problemi interpreta-
tivi» en Bolletmo Bibliográfico del Centro S iu d ip er la Storia e Historia, nQ
38, 1987, pp. 877-913; Cf. también los trabajos contenidos en el ne 6 de la
revista Arxiu. D ’Etnografia de Catalunya, dedicado monográficamente a
«Grupo doméstico y transición social».
tación socioeconómica de los recursos agrarios. Durante los
años setenta este autor «fue aclamado por algunos como el
nuevo Marx de los campesinos, el heroico inventor de una
economía política radicalmente nueva. Y fue atacado con el
mismo ardor por los defensores de los viejos regímenes inte­
lectuales»118. Sin embargo, el contexto teórico que permite
comprender el significado de su aportación permanece en
buena medida aún desconocido119.
Como ya hemos adelantado, el modelo de Chayanov
posee una doble perspectiva: macroanalítica que muestra
una consideración multilineal de proceso histórico en el que
la forma de explotación campesina coexiste con o tra s 120; y

lls Teodor Shanin, «Introduction» lo Alexander V. Chayanov, The


Theory o f Peasant Economy (Wisconsin University Press, 1986). La pri­
mera edición en Nfoscú, 1925; !a edición inglesa primera es de (Home-
wood: The American Hconomic Association, Richard D. Ipwin, Inc.,
1966), Hay una traducción castellana de la edición rusa con el título de La
organización económica campesina (Buenos Aires: Nueva Visión, 1974),
La referencia del texto aquí acotado es una traducción de la referida
introducción a la edición inglesa publicado, por iniciativa del propio
autor, con el título de «El mensaje de Chayanov, aclaraciones, faltas de
comprensión y la “teoría del desarrollo” contemporáneo» en Agricultura
y Sociedad. nQ 48, julio-septiembre, 1988, pp. 141-208; p. 141. Tiene
mucho interés Fiorenzo Sperotto, Planificazione Libérale e Socialismo dei
Campifamiglia. Produzione familiare e crisi del liberalismo nelle opere di
A. V. Chayanov (Universita degii Studi di Modena: Tesis doctoral presen­
tada en la Facolta di Economía e Commercio, Curso 1984-1985), dos
tomos.
119 Cf. en este sentido los trabajos de Teodor Shanin sobre la coyun­
tura histórica de su obra TheRoots o f Otherness: Russia's Turn o f Century
(London: Macmillan Press Limited, 1986) y su citada recopilación Late
M arx and/he Russian Road... op. cit. Para un intento de contextualización
teórica Cf. Eduardo Sevilla Guzmán, «Redescubriendo a Chayanov» en
Agricultura y Sociedad, ne 55, 1990. Y sobre todo la excelente selección de
Fiorenzo Sperotto en Aleksandr Vasil’evic Cajanov, L'economia di Lavoro
(Milán: Franco Angeli/Insor, 1988) con un interesante prólogo de Gio-
vanni Moltura.
120 Alexander Chayanov, «Zur Frage einer theorie der Nichtkapi-
talschen Wirtschaftssysteme», en Archiv fo r Sozialwissenschaft und
Sozialpolitik, Band, Vol. r l, 1924. Publicado en inglés en A.V. Chayanov,
The Theory o f Peasant Economy (Homewood III: The American Econo-
mic Association, 1966), en edición de B. Kerblay, B. Smith y D. Thorner,
microanalítica en la que formula los conceptos clave para
aproximarse al análisis de la lógica de explotación campe­
sina121 junto a la cual aparece una propuesta de desarrollo
rural basado en la cooperación y en su Agronomía Social122
que no vamos a considerar aquí, por estar distanciado de los
intereses de este trabajo.
Para Chayanov123 los conceptos elaborados por la teoría
económica tradicional no son aplicables al tipo de actividad
económica que desarrolla el campesinado. Esto se debe a
.que aquélla analiza todos los fenómenos económicos desde
una perspectiva capitalista. Las categorías analíticas de
renta, capital, precio y otras muchas se han elaborado en un
marco teórico en el que el trabajo asalariado, por un lado, y
la maximización de los beneficios, por otro, operan como
variables presentes en el desenvolvimiento de la actividad
económica. La lógica económica del campesinado, por el
contrario, se basa en la existencia de una fuerza de trabajo
familiar y en la satisfacción de las demandas de la unidad
económica familiar campesina, por lo que los mecanismos a
través de los que operan son esencialmente diferentes a los
de la economía capitalista.
Para Chayanov «el volumen de la actividad económica
familiar tanto en la agricultura como en la artesanía y el
comercio» no responde a la búsqueda de ganancias (no pre­

Reeditado en 1986 con un prólogo de Teodor Shanin (Cf. /Igncu/ínn; y


Sociedad, n Q48. 1988). Hay una traducción francesa com o «Sur le ihéorie
des systém es économiques noncapitalistes» en A naly se ei Previsión. Voi.
X ili, nQ I, 1972. No existe, sin embargo, edición castellana completa de
este trabajo del que aparece una selección de Angel Palerm, Modos de
Producción... op. cit., pp. 140-149.
121 Alexander V. Chayanov, The Theory o f Peasant... op. cit. Una
buena selección de esta dimensión microeconómica puede verse en A.V.
Chayanov (Tschaianoff) «The Socio-Economic Na tu re o f Peasant Farm
Economy» en P.A. Sorokin, Carie C. Zimmerman y C. Galpin, A. Svste-
m atic Source Book in Rural Sociology (Nueva York: Russell & Russell,
1965, 1.a ed. 1931), vol. 2, pp. 144-147.
122 A.V. Chayanov, L ’economía di Lavoro... op. cit.. pp. 175-227.
123 Seguimos aquí el análisis que sobre Chayanov realizamos en E.
Sevilla Guzmán, «El campesinado» en Salustiano del Campo (ed.), Tra­
tado de Sociología (Madrid: Tecnos, 1985), pp. 314-347, pp. 320 y 321.
tende acumular), sino que está sujeto al producto total
obtenido tanto en la cosecha como de las actividades no
agrarias. Así, «el producto neto del trabajo está determi­
nado por el incremento anual de los valores materiales que
llegan a la explotación y que son obtenidos como resultados
de su trabajo anual»!24. Es decir, lo que determina el empleo
de un nivel de fuerza de trabajo familiar no es la retribución
a ésta, ya que para el campesinado no existe eí concepto de
salario. El campesino —para Chayanov— mide «subjetiva­
mente» los insumos de su trabajo: son las necesidades que
hay que satisfacer las que originan la organización econó­
mica de la producción en el campesinado. Así, ésta viene
determinada por el tamaño y composición de la familia; el
número de miembros activos de la misma, la fuerza de tra­
bajo familiar y sobre todo por el grado de autoexplotación
actual, es decir, por el esfuerzo y fatiga a que se ven someti­
dos sus miembros. El grado de autoexplotación de la fuerza
de trabajo familiar es percibida por la unidad campesina
desde una doble perspectiva: por un lado, desde la de su
significado para el consumo; y, por otro, desde la del esfuerzo
y fatiga que produce cada incremento del producto. De esta
forma «la remuneración, expresada objetivamente, por uni­
dad de trabajo será considerada ventajosa o desventajosa
por la familia campesina según el estado de equilibrio básico
entre la medida de la satisfacción de las necesidades de con­
sumo y la fatiga y dureza del trabajo» l25. Para cada incre­
mento del producto este segundo componente se incrementa
de tal forma que decrece la valoración subjetiva del con­
sumo. Así, pues, «en cuando se alcanza el punto de equili­
brio el continuar trabajando carece de sentido para el cam­
pesino o el artesano, ya que los gastos de trabajo se hacen

Alexander V. Chayanov, The Theory o f Peasant Economy.. opt,


cit.. p. 70.
125 Alexander V. Chayanov, The Theory o f Peasant Economy... op.
cit.. p. 87. Para una excelente discusión sobre el concepto chayanoviano
de «tiagosmost» traducido como fatiga y dureza en el trabajo no sólo en
su dimensión física, de esfuerzo, sino también en su dimensión mental
como aburrimiento y desgana. Cf. Angel Palerm, Modos de producción f
formación socioeconómicos (México: Edicol, 1976).
más duros de soportar que las consecuencias de no
trabajar»126.
Sin embargo, el nivel de autoexplotación de la fuerza de
trabajo campesina no viene solamente determinada por la
satisfacción de sus necesidades de consumo familiar. La
autoexplotación campesina está motivada por la lógica de
su reproducción social. El campesino ha de producir tanto
para satisfacer sus necesidades en lo que se refiere a su con­
versación y de los suyos, manteniendo asegurada su produc­
ción y consumos futuros (fondo de reemplazo); a sus obliga­
ciones sociales impuestas por las necesidades culturales de
carácter social, de parentesco o amistad o religioso, entre
otras (fondo ceremonial); como al cumplimiento de la trans­
ferencia de excedentes que le exige la sociedad global (fondo
de renta)127. Existe, pues, una parte de la producción cam­
pesina que es absorbida por los sectores no campesinos de la
sociedad. Este excedente no consiste sólo en las rentas por
una posible tenencia indirecta de la tierra (arrendamiento,
aparcería y otras formas), sino también, y sobre todo, en las
transferencias que a través de los mecanismos del mercado
el campesinado se ve obligado a realizar. Este fenómeno,
que será analizado más adelante al considerar la relación de
dependencia del campesinado, forma parte de la integración
que tanto en términos económicos, sociales como políticos
se da entre el campesinado y la sociedad global y es conse­
cuencia de las relaciones asimétricas que se establecen entre
ambas como consecuencia de la distribución del poder eco­
nómico social y político de la sociedad.
Aun cuando consideramos que es irrelevante la bús­
queda de una definición del campesinado como categoría
universal ya que poseería una naturaleza ahistórica l2\ tie­
nen interés, como modo de aproximación al análisis de las

126 Ibid, p. 145.


127 Eric Wolf, Peasant... op. (London: Prentice-Hail, 1966), pp. 4-10.
128 Cf. sobre este tema Henry Berstein, «Concepts for the Analysis of
Contemporary Peasantries» en Rosemary Galii (ed.), The Política! Eco­
nomy o f Rural Development: Peasants, International Capital and the State
(New York: State University Press, 1981).
formas de trabajo del campesinado, las consideraciones que
realiza Teodor Shanin. Así, para este autor «el campesinado
consiste en pequeños productores agrícolas que, con la
ayuda del trabajo de sus familias y un equipamiento simple,
produce principalmente para su propio consumo y para
atender a las obligaciones que tiene para quienes detentan el
poder político y económico. Esta definición implica una
específica relación con ía tierra, con la explotación agrícola
familiar y con la comunidad campesina como unidades
básicas de interacción social; una característica de estructura
ocupacíonal; una particular influencia del pasado y unas
específicas pautas de desarrollo»129.
Vamos a detenernos en esa específica relación con la
tierra, uno de los aspectos más decisivos y, al mismo tiempo,
desconocido. Hace ya tiempo, la racionalidad ecológica del
campesinado fue intuida por Angel Palerm al preguntarse
por su continuidad histórica y constatar la enorme plastici­
dad social del campesinado: «no sólo subsiste modificán­
dose, adaptándose y utilizando las posibilidades que le
ofrece la misma expansión del capitalismo y las continuas
transformaciones del sistema», sino que subsiste también
gracias a las «ventajas económicas frente a las grandes
empresas agrarias» que poseen sus formas de producción.
Tales ventajas proceden, según mantenía Palerm, de que
«produce y usa energía de la materia viva, que incluye su
propio trabajo y la reproducción de la unidad doméstica de
trabajo y consumo». Por ello, para el mencionado autor, «el
porvenir de una nueva tecnología centrada en el manejo
inteligente del suelo y de la materia viva por medio del
trabajo humano, utilizando poco capital, poca tierra y poca

129 Teodor Shanin, «The peasantry as a political factor» en Sociolo-


gicalReview. Vol. 14, 1966, nc l,p p . 5-27, reproducido en Teodor Shanin
(ed.), Peasant and Peasant Societies (Hardmondsworth: Penguin. 1971),
pp. 238-263; p. 240. Existen varias ediciones posteriores ampliando los
trabajos en ésta recopilados. Hay una edición castellana en (México:
Fondo de Cultura Económica, 1979). Cf. también del mismo autor sus
trabajo en los n° 1 y 2 de The Journal o f Peasant Studies recopilados como
Naturaleza y lógica de la economía campesina (Barcelona: Anagrama,
1976).
energía inanimada. Ese modelo antagónico de la empresa
capitalista tiene ya su plataforma en el sistema campesi­
no» no.
Pero la más completa característica de la producción
campesina en términos ecológicos ha sido recientemente
realizada por Víctor M. Toledo. Su argumentación parte de
la tesis de que existe cierta racionalidad ecológica en la pro­
ducción tradicional: «En contraste con los más modernos
sistemas de producción rural, las culturas tradicionales tien­
den a implementar y desarrollar sistemas ecológicamente
correctos para la apropiación de los recursos naturales».
Todo proceso de producción agrario puede ser reducido
empíricamente a flujos de materiales, energía, trabajo, mer­
cancías e información. La diferencia y el resultado distinto
entre unos procesos y otros se sitúa en la manera en que
tales flujos son organizados y circulan desde ei ecosistema
hacia el sistema social y viceversa. De acuerdo con este
supuesto, se pueden distinguir dos formas principales de
manejo humano de la naturaleza: a) los recursos naturales
son obtenidos sin provocar cambios sustanciales en los eco­
sistemas naturales (caza y recolección, por ejemplo), y b) los
ecosistemas naturales son parcial o totalmente desarticula­
dos y parcial o totalmente reemplazados por plantas o ani­
males en proceso de domesticación (agricultura y ganade­
ría)131.
Pues bien, la diferencia ecológicamente significativa
entre ambas formas de manejo reside en que los ecosistemas
naturales tienen capacidad, en el primer caso, para mante­
nerse, repararse y reproducirse por sí mismos; en tanto que
los sistemas transformados requieren necesariamente ener­
gía externa para autoabastecerse, ya sea ésta humana, ani­

li0 Angel Palerm, «Antropólogos y campesinos: los límites del capi­


talismo» en Antropología y Marxismo (México: Nueva Imagen, 1980), p.
169. Artículo basado en los cursos impartidos en la Universidad de Texas
en 1978 y en la Iberoamericana de México en 1979.
Ul Cf. Juan Gastó, «Bases ecológicas de la modernización de la
Agricultura» en Osvaldo Sunkel y Nicolo Giigo (eds.), Estilos de desarro­
llo y medioambiente en América Latina (México: Fondo de Cultura Eco­
nómica, 1980), pp. 341-378.
mal o fósil. Desde estas perspectiva resulta absolutamente
fundamental para caracterizar las formas de producción
(manipulación/transformación) el tipo de energía externa
que utilizan, puesto que ello tiene una incidencia directa
sobre el medio. La inadecuación entre el «tiempo de reposi­
ción» de la energía fósil y el tiempo que se invierte en gas­
tarla en los procesos productivos modernos ha otorgado a
esta fuente energética el carácter irrenovable frente a la que
procede del hombre y de los animales que sí lo son. La
producción capitalista, gran consumidora de materiales,
productora de residuos y despilfarradora de energía, ha
necesitado históricamente cantidades crecientes de energías
fósiles y ha aumentado la presión extractiva sobre los recur­
sos naturales agotables132.
Frente al carácter energéticamente ineficiente (cada vez
se invierte más cantidad de calorías en producir alimentos
con el mismo poder calórico) de la producción agraria capi­
talista o moderna, Víctor Toledo ha subrayado el carácter
eficiente de la producción campesina tradicional, dado que
basa sus fuentes esenciales en la energía humana y animal
plasmada en el trabajo; a ello debe añadirse que la produc­
ción campesina realiza un aprovechamiento integral de los
subproductos generados en el proceso productivo y man­
tiene un tiempo de producción que permite la renovación de
los suelos. Pero este manejo eficiente de la energía surge del
carácter mismo de la forma de explotación campesina: por
el aporte familiar de la fuerza de trabajo; por el alto nivel de
autosuficiencia, donde predominan los valores de uso sobre
los de cambio; por el autoconsumo como limitador de las
necesidades a las imprescindibles para la existencia; por los
objetivos que orientan la propia práctica productiva: la
reproducción simple de la explotación, etc.

1,2 Hemos desarrollado esta cuestión con más detenimiento en


Manuel González de Molina y Eduardo Sevilla Guzmán, «Hacia un Neo-
populismo Ecológico», ponencia presentada al X IV Congreso Europeo de
Sociología Rural. Giessen, Julio de 1990, 30 pp., y en «Ecosociología:
elementos teóricos para el análisis de la coevolución social y ecológica» en
Revista Española de Investigaciones Sociológicas, n° 52, 1990, pp. 7-45.
De acuerdo con esta caracterización, Toledo liega a la
conclusión de que la participación del campesinado en los
flujos económicos del mercado es escasa o permanece
subordinada al logro de su autosuficiencia. Dado que ésta
depende esencialmente de la explotación de los recursos
naturales, «el mantenimiento y reproducción del campesino
y de su familia se basa más sobre los productos que vienen
de la naturaleza que de los bienes obtenidos del mercado»;
de ahí que sea el primer interesado en «adoptar mecanismos
de sobrevivencia que garanticen el flujo ininterrumpido de
bienes, materiales y energía del medio natural». Se com­
prende entonces que el campesino prefiera una producción
no especializada, basada en el principio de la diversidad de
recursos y de prácticas productivas; se comprende, también,
que no sea exclusivamente un trabajador agrícola, sino que
complete su actividad fundamental con otras prácticas
extractivas y productivas, resguardándose de las fluctuacio­
nes que el azar, el clima o incluso el mercado, provocan en
las economías domésticas. Y es esta estrategia campesina
«multiuso» la que covierte a los campesinos en los primeros
interesados en reproducir y conservar tanto la diversidad
biológica como la heterogeneidad espacial; es decir, la que
los convierte en ecológicamente conservacionistas135.
Ahora bien, ¿cómo es posible que los campesinos hayan
cambiado, y sigan haciéndolo, sus sistemas tradicionales de
laboreo, ecológicamente eficientes, por un tipo de cultivo y
uso de los ecosistemas que conduce directamente a la
sobreexplotación de los recursos y a la degradación ambien­
tal? Los planteamientos del marxismo clásico basado en el
análisis de los conflictos y transformaciones institucionales
que generalizaron el trabajo asalariado, y la progresiva sustitu­
ción de este por capital para aumentar los beneficios, resultan
insuficientes para explicar el proceso desde un punto de vista
ecológico. Indudablemente, el propietario de una explotación
l}3 Todos estos argumentos pueden verse en Vjctor M. Toledo, «The
Ecological Rationality o f Peasant Productions», en Miguel Altieri and S.
Hecht (eds.), Agroecology and Small-I'arm Development (CRE Press, en
prensa). En esta publicación se incluye la versión castellana de este
trabajo.
con trabajo asalariado que busca valorizar su capital invertido
y obtener el máximo beneficio, trata de implementar un tipo
de producción que reduce la eficiencia ecológica de manera
significativa.
Sin embargo esta teoría no basta para explicar cómo los
campesinos, titulares de explotaciones sin trabajo asala­
riado, han sido partícipes de estos modelos de producción
intensiva en pesticidas, fertilizantes, etc. y han buscado,
también, al menos en los países desarrollados, maximizar si
no el beneficio sí la producción. Tampoco el marxismo clá­
sico explica el por qué hasta finales del siglo XIX algunas
grandes explotaciones capitalistas poseían, pese a su carác­
ter, un manejo eficiente de los recursos, sin apenas requerí-
mientos externos de energía y materiales. La polémica entre
pequeña y gran explotación, que traspasó tanto al marxismo
como a las teorías liberales de la modernización, no aclara
nada en este terreno dado que, con el nivel de generalización
alcanzando en el uso de insumos, no puede afirmarse en
rigor que las grandes explotaciones contaminen proporcio­
nalmente más que las pequeñas.
De acuerdo con estos planteamientos, el elemento clave
a considerar, al analizar la evolución de las formas de explo­
tación campesina, es la diversidad de formas de extracción
del excedente (entendido no sólo como un flujo monetario o
de alimentos sino como un flujo de energía y materiales) y la
específica reacción campesina ante ellas, manteniendo o
transformando los procesos de trabajo y, por tanto, su rela­
ción con el medio. Dicho en otros términos, las formas de
dependencia del campesinado —cuya plasmación más signi­
ficativa se encuentra en las distintas maneras en que el plus-
trabajo campesino es extraído— tienen mucho que ver con
las maneras en que los campesinos se relacionan entre sí y
con la tierra para producir y reproducirse. En este sentido
tiene mucho interés la caracterización que realizaron Deere
y De Janvry de los mecanismos básicos de extracción del
trabajo excedente campesino134, sintetizándolos en tres
134 Carmen Diana Deere y Alain De Janvry, «A conceptual frame-
work ior the empirical anatysis of peasants» en American Journal o f Agri­
cultura/ Economics, Vol. 6, nQ 4, 1979.
esenciales: la extracción por renta, por impuestos y por el
mercado135.
Nos vamos a centrar en este último por ser el agente
históricamente considerado, tanto por el marxismo agrario
como por las teorías de la modernización, como el disol­
vente específico de las formas de explotación campesinas.
Cuanto más involucradas se encuentren éstas en el mercado
más cerca se encuentrarán, según las citadas teorías, de la
lógica del beneficio y más cerca estarán de su disolución/-
transformación en formas de explotación específicamente
capitalistas (algunas situaciones propias del pequeño empre­
sario agrícola familiar, por ejemplo). Desde nuestra perspec­
tiva no se trata, sin embargo, de poner en el centro del
debate el carácter capitalista o feudal, o la consideración
como modo de producción específico de las formas de
explotación campesinas; la cuestión es otra: el distinto grado
de mercantilización de sus economías que éstas desarrollan
en contacto con el mercado y que las coloca en un grado
mayor o menor de subordinación o subsunción al sistema
capitalista. El resultado puede ser, efectivamente, la trans­
formación total (subsunción real) del proceso de trabajo y
de la racionalidad que lo orienta; pero este proceso no nece­
sariamente se realiza siempre ni es la meta previsible en la
evolución de las sociedades agrarias; lo normal es que exis­
tan formas de explotación con distintos grados de subordi­
nación al capitalismo.
El análisis de la extracción del excedente campesino a
través del mercado requiere, por tanto, aclarar los aspectos
fundamentales en dicha relación social si se quiere com­
prender adecuadamente el papel del campesinado en el des­
arrollo del sistema capitalista. En primer lugar, que los
recursos del campesinado tienen una naturaleza vinculada a
sus marcos sociales de acción y reproducción social: domés­
tico productivo, doméstico consuntivo y comunal. En

135 Cf. el excelente trabajo de Diego Piñeiro al aplicar este enfoque a


los campesinos uruguayos: Formas de resistencia de la agricultura familiar.
El caso del noroeste de Canelones (Montevideo: CIESU, Ediciones de ia
Banda Orienta!, 1985).
segundo lugar, que la lógica de acción (tanto individual
como grupo doméstico, como social al formar parte de la
comunidad local) no está exclusivamente vinculada a una
racionalidad económica mercantil, aun cuando se vea for­
zada en mayor o menor grado a aceptarla.
Como ha señalado recientemente Raúl Iturra «en la pro­
ducción destinada al cambio los productores acceden a dos
esferas de recursos: la de una economía externa o de mer­
cado y la de una economía interior o campesina. Este tipo de
producción de mercancías conlleva, por su misma natura­
leza, una contradicción entre las dos esferas. De esta con­
tradicción se origina toda una serie de constricciones sobre
ios recursos de las pequeñas (explotaciones), lo que dificulta
su trabajo y que los campesinos deben resolver por sus pro­
pios medios. Las soluciones que se observan en la práctica
indican que la producción de mercancías es el resultado de
un proceso permanente de distribución y redistribución de
recursos dentro de la esfera de la economía campesina. Este
proceso tiene como meta la superación de las deficientes
condiciones materiales que se derivan del intercambio con la
economía de mercado a la que los campesinos venden su
producción»I36.
Este planteamiento genérico permite abordar el compor­
tamiento económico del campesinado introduciéndolo en el
esquema conceptual hasta aquí elaborado. Así, el conjunto
de procesos de trabajo de una unidad doméstica campesina
estará en la esfera de recursos de la economía externa o de
mercado o en la esfera de la economía interna de acuerdo
con los objetivos que construyan sus estrategias productivas
y reproductivas. Con ello no queremos decir que el tipo de
energía, de saberes y medios de producción y que están
definidas por los procesos previos al proceso de trabajo con­
siderado, definan unas relaciones técnicas de producción
diferentes en cada esfera.
Veamos con mayor detalle los mecanismos de apropia­

156 Raúl Iturra, Antropología Económica de la Galicia Rural (San­


tiago: Consellería da Presidencia e Administración Pública. Xunta de
Galicia, 1988), p, 17.
ción del plusvalor generado por las unidades domésticas
campesinas en la producción destinada al intercambio del
mercado, donde su voluntad se ve supeditada a una raciona­
lidad productiva mercantil.
El valor de un producto está determinado por la produc­
tividad media del trabajo alrededor de la cual oscilarán los
precios. Sin embargo, éstos están fijados por el Estado con­
siderando el efecto sobre los consumidores como prevalente
respecto al efecto sobre los productores. Las unidades de
producción capitalistas y campesinas que producen un
mismo cultivo emplean procesos de trabajo con una división
técnica del trabajo altamente diferenciada tanto en la orde­
nación de las operaciones realizadas como en las caracterís­
ticas de los instrumentos de trabajo y saberes empleados.
Así, como señala Tepicht en el tipo de fuerzas productivas
campesinas la sustitución prevalente viene definida por los
factores tierra y trabajo, frente a la sustitución de trabajo
por capital típica de los procesos capitalistas137. Por consi­
guiente, la mayor productividad del trabajo de las unidades
de producción capitalistas beneficiará a éstas de la existencia
de las unidades de producción campesinas al poder capturar
la diferencia entre el valor de su trabajo y el valor socíal-
mente determinado.
La respuesta de las unidades domésticas campesinas ante
esta devaluación de su trabajo será el incremento de su tasa
de autoexplotación. Esta será la respuesta campesina a corto
plazo (hasta que puedan reorientar las estrategias producti­
vas debido a la rigidez de la tierra como medio de produc­
ción). La reorientación de sus estrategias productivas pasará
lógicamente por la recomposición y redistribución de su
esfera de economía interior (es decir, de la recomposición y
transformación del proceso de Trabajo), así como de su
producción para el autoconsumo y de los ingresos no agra­
rios provenientes de su fuerza de trabajo doméstica.
El efecto global, desde una perspectiva macroanalitica,
de este proceso de apropiación capitalista del excelente

137 Jerzy Tepicht, M arxisme el Agriculture: le paysan polonais (París:


Armand Colin, 1973), pp. 24-26.
campesino repercute incrementando la tasa de ganancia de
las unidades de producción capitalistas, con lo que el apa­
rente beneficio para ei conjunto de los trabajadores del pre­
cio más bajo de los alimentos se transforma en un incre­
mento de la tasa de plusvalía relativa, lo que sólo beneficia'a
los propietarios de los medios de producción. Este trasvase
del excedente campesino ha llevado a algunos autores a
afirmar que «los productores campesinos son equivalentes a
los asalariados, ya que producen plusvalía pero en condi­
ciones menos determinadas que ei proletariado»138.
En la racionalidad que rige estos comportamientos del
campesinado prima la reproducción del grupo doméstico
(de sus integrantes) antes que la obtención de un beneficio
adecuado al capital invertido, es una racionalidad no capita­
lista. Y ello determina, pues, que «las explotaciones campe­
sinas funcionan a menudo a tipos nominales de beneficio
negativos y, sin embargo, sobrevivan, algo imposible para la
explotación agraria capitalista. La estrategia de producción
y empleo que guía en muchos casos a numerosas explota­
ciones familiares es la maximización de la renta total y no la
del beneficio o el producto marginal»139. Es decir, la racio­
nalidad económica campesina consiste en la búsqueda del
máximo de producción y no en el despliegue de estrategias
de búsqueda del máximo beneficio fundadas en mentalidad
de cálculo económico, contable y capitalista. En ello juega
un papel esencial la «racionalidad comunal» que imprimen a
sus estrategias reproductivas, basadas históricamente «en el
trabajo en grupos unidos por lazos moralmente definidos
hasta el advenimiento del individualismo como sistema de
reproducción»!40. La coexistencia de las esferas de recursos
económicos del mercado y campesina supone unas formas
de trasvase que han de interpretarse como modos de resis­
tencia a la apropiación capitalista del plusvalor. En estas

l3s Henry Berstein, Concepts fo r the Analysis o f Contemporary Pea-


san tries... op. cit., p. 23.
,J9 Teodor Shanin, «El mensaje de Chayanov: aclaraciones, faltas de
comprensión y la “ teoría del desarrollo” contemporánea» en Agricultura
y Sociedad nQ48, Julio-Septiembre, 1988, p. 145.
140 Raúl Iturra, Antropología Económica.,, op. cit., p. 13.
formas de resistencia tiene una gran importancia la solidari­
dad y ayuda mutua como vínculo social comunitario cam­
pesino e incluso, la posesión en común de bienes y servicios.
Importancia que en ellas tiene el matrimonio, la herencia y
el parentesco como los medios estratégicos para la organiza­
ción de la circulación de las personas, las cosas y los saberes
en orden a la reproducción de tal organización social y de
sus procesos de trabajo anejos.
Uno de los elementos clave para el desarrollo de las
estrategias campesinas es el control que las unidades domés­
ticas ejercen sobre los medios de producción, sobre la tierra
(aunchie no tenga la propiedad), sobre los saberes, y en
general, sobre los procesos de trabajo; es decir, el control
que ejercen sobre los mecanismos de producción y, even­
tualmente, de todos o de parte de los mecanismos de repro­
ducción. Para ello la propiedad de la tierra puede constituir
un elemento fundamental que asegure dicho control sobre
una de las condiciones esenciales del proceso de trabajo. Sin
embargo, la propiedad no es indispensable en la medida que
el uso de la tierra se puede conseguir, como hemos visto
anteriormente, por mecanismos de cesión como el arriendo,
la aparcería, etc. Lo realmente importante es la posibilidad
real de que el grupo doméstico planifique su futuro de
reproducción sin un horizonte de incertidumbre respecto a
los medios de producción entre los cuales juega un papel
esencial sus formas reproductivas del conocimiento.
Los reajustes que las unidades domésticas campesinas
realizan entre las esferas de la producción interna y externa,
han de interpretarse, pues, como el producto de estrategias
de resistencia o adaptación de acuerdo con su lógica repro­
ductiva. Desde esta perspectiva, y no de otra, debemos
entender las decisiones tomadas por los campesinos en
orden a transformar los procesos de trabajo, que tienen
como consecuencia una mayor dependencia del mercado.
Dependencia que se explícita históricamente en la especiali-
zación productiva y en la introducción de inputs externos
—sobre todo energéticos— con el objetivo de lograr un
incremento de la productividad, de un mayor ingreso mone­
tario con el cual adquirir los bienes y servicios imprescindi­
bles para su existencia y reproducción, que ahora asigna el
mercado a través de los precios. La especialización produc­
tiva, la introducción de tecnología en ia explotación, en
definitiva, la intensificación del grado de subsunción al capi­
talismo, resultan de la aplicación de estrategias puestas al
servicio del logro de sus objetivos reproductivos en las nue­
vas condiciones creadas por aquél141. Indudablemente, tales
cambios alteran la relación positiva del campesinado con la
naturaleza: en la medida en que cada vez depende más del
mercado y menos de la naturaleza el flujo de bienes necesa­
rios para lograr satisfacer sus necesidades elementales,
tiende cada vez más a realizar una producción que atenta
contra la renovación de los ecosistemas.
En definitiva, la clave para entender este proceso reside
en una visión reelaborada de la teoría marxista de la expío-

141 Cf. por ejemplo los procesos de mecanización y especialización


lechera estudiados por Raúl Iturra (Antropología Económica de la Galicia
Rural... op. cit.. pp. 71 y ss.) y José María Cardesin (Estrategias de cambio
en la agricultura gallega: "Ierra Cha" en los siglos X V lll-X X . Santiago de
Compostela: Tesis de Doctorado, Universidad de Santiago, Octubre de
1990, pp. 30 y ss.); o la síntesis realizada por Ulf Jonsson y Ronny Petter-
son «Friends or foes? Peasants, Capitalists and Markets in West Euro-
pean Agriculture, 1850-1939» en Review Eernand Braudel Center. Vol.
XII, na 4, 1989, pp. 535-571) sobre el mismo tema para las explotaciones
campesinas europeas. Los autores demuestran cómo el campesinado
europeo pudo incorporarse sin problemas a las innovaciones en materia
de cultivos, rotaciones, tecnología química, etc., que tuvieron lugar a
finales de la pasada centuria y comienzos de la presente; incluso muestran
cómo, tras un primer momento en que los precios hicieron posibles las
economías de escala para la mecanización y la motorización, estos proce­
sos pudieron ser incorporados con su producción masiva y precios ase­
quibles a las explotaciones campesinas. Por tanto, no podemos mantener
que el desarrollo tecnológico opere en una dirección determinada en lo
que a la agricultura se refiere; especialmente en la idea extendida de que lo
hace favoreciendo la extensión de las grandes explotaciones. Ello depende
del tipo de tecnología de que se trate, de la facultad con que puede
difundirse, de las condiciones del mercado de factores y, por supuesto, de
las estrategias reproductivas del campesinado. Lo cual implica no sólo
que el desarrollo del Capitalismo no está predeterminado en la agricul­
tura, sino que éste no prefiere ni la pequeña ni la gran explotación, sino
todas y ninguna. La coexistencia es de formas de explotación y no de
tamaños.
tación, salvando su núcleo teórico principal pero abando­
nando el trabajo asalariado como única forma de represen­
tación de las relaciones de producción capitalistas. Si
coincidimos en que lo esencial de dichas relaciones es la
percepción de un excedente por mecanismos económicos; es
decir, de mercado, éste tiene que ser posible a través del
intercambio no sólo de la fuerza de trabajo físicamente con­
siderada por dinero, sino también a través de un determi­
nado producto que la contenga. Sí, al mismo tiempo, consi­
deramos que no sólo añade valor el trabajo humano sino
también los recursos naturales142, convendremos en que ía
explotación capitalista afecta no sólo al hombre sino tam­
bién a la Naturaleza. Ahora bien, el rasgo distintivo del
capitalismo es el mecanismo de la reproducción o acumula­
ción que tiende a ampliar constantemente el capital como
base de la maximización de los beneficios. La progresiva
sustitución del trabajo por capital ha sido también la pro­
gresiva explotación de los recursos naturales.
Pues bien, la intensificación de la producción agraria
capitalista, que corre paralela a la reducción de la eficiencia
ecológica, puede explicarse en función de la creciente mer­
cantilización de los procesos de trabajo, tanto en las grandes
como en las pequeñas explotaciones agrarias. Con la cre­
ciente mercantilización del proceso de producción y de
reproducción, el campesino se ve privado en la práctica del
control de ios medios de producción convirtiéndose en un
mero prestatario de fuerza de trabajo. La diferencia entre el
coste de los inputs y la venta de la cosecha determina la
remuneración de su fuerza de trabajo, independientemente
de su valor real143. Hemos de reconocer que el campesino,
así subordinado al capital, no resulta el típico asalariado;
pero creemos que representa una variante en la que el plus-

142 M. González de Molina y E. Sevilla Guzmán, «Una propuesta d


diálogo entre Socialismo y Ecología: el Neopopulismo Ecológico». Ecolo­
gía Política, n° 3, 1992, 32 páginas.
,4J H. Bernstein, «Concepts for the Analysis of Contemporary Pea-
santries». En Rosemary Galli (Ed.), The Política! Economy o f Rural Deve­
lopment. Peasants, International Capital and State. New York: State Uni-
versity Press, 1981.
trabajo es extraído a través de! mercado; lo que ocurre es
que ei Capital ha externalizado parte de la reproducción de
la fuerza de trabajo, repercutiéndola sobre la propia econo­
mía doméstica campesina. Pues bien, esta vía de penetración
del Capitalismo implicaría primero la subordinación de la
explotación campesina al mercado a través de la mercantili­
zación de la producción, para ir apoderándose posterior­
mente del proceso de trabajo mediante la progresiva concu­
rrencia del campesino al mercado para adquirir en él cada
vez mayor parte de los inputs (tecnológicos especialmente)
necesarios144.
Este proceso de mercantilización sufrió un brusco salto
adelante con las reformas agrarias liberales en Europa y la
presión del Capital metropolitano en los países del tercer
mundo, que significó la entronización de la propiedad pri­
vada y el predominio del uso agrícola o ganadero del suelo.
El sistema tradicional de campos abiertos y aprovecha­
miento comunal, basado en el uso integrado agrosilvopasto-
rii, fue destruido por las leyes de cerramientos, por la apro­
piación privada de los bienes y derechos tradicionales y por
la consideración de la tierra como una mercancía más. Los
campesinos vieron limitadas sus fuentes tradicionales de
aprovisionamiento de energía endo y exosomática (combus­
tible para el hogar, alimento para los animales de tiro, caza
y recolección, etc.) y los usos comunales (rebusca, espigueo,
pastoreo, derrota de mieses, etc.) y el acceso a la tierra
resultó cada vez más difícil.
Estas nuevas circunstancias llevaron al campesino a
redefinir sus estrategias reproductivas: asegurar el acceso a
la tierra y su transmisión intergeneracional, reorientar las
tradiciones prácticas «multiuso» de los agroecosistemas
hacia la consecución de los bienes y servicios imprescindi­
bles, ahora a través deí mercado. Muchos de los productos
necesarios para la subsistencia serían en adelante mercan­
cías sometidas a las fluctuaciones de los precios; la manera
en que podían adquirirse, esto es, mediante el empleo de

144 J. D. Van der Ploeg, Labor, M arkets, and Agricuitural Labor Pro-
duaion. Boulder: Westview Press, 1990.
dinero, impulsaron al agricultor a especializar su produc­
ción. De esta manera el libre juego del mercado orientó
poco a poco la producción agraria hacia lo más rentable y
no hacia lo más ecológicamente adecuado. Las explotacio­
nes agrarias aumentaron los flujos económicos con el mer­
cado a la vez que reducían los flujos con la naturaleza,
incrementando los valores de cambio sobre los de uso.
La dependencia del mercado se reforzó a través de la
venta de una cosecha especializada que posibilitara la
obtención de los bienes imprescindibles para la subsistencia.
La integración progresiva de los mercados agrarios interna­
cionales y el diferencial de valor añadido entre producción
agraria e industrial presionaron y, de hecho siguen hacién­
dolo hoy, a la baja en la remuneración monetaria de las
cosechas. Los empresarios agrarios solucionaron esta pér­
dida de rentabilidad intensificando la producción y el con­
sumo de inputs externos y, consiguientemente, reduciendo
la eficacia ecológica. Los campesinos, que sin tener como
objetivo la valorización de un capital, pretendían maximizar
el ingreso posible con el que subvenir sus necesidades repro­
ductivas, entraron también en la lógica de la producción
intensiva en capital y el alto impacto ecológico. Cuando esto
no fue posible, los campesinos —empujados por el hambre o
el desempleo— roturaron laderas de montes e incluso exten­
siones significativas de bosque, acentuando la desprotección
de los suelost45.
Hemos de reconocer que junto a la tradicional forma de
explotación asalariada del trabajo agrícola, convive aquella
forma basada en la explotación del trabajo campesino. Tres
son los mecanismos que la explican: el intercambio de pro­
ductos entre el sector industrial y el pequeño agricultor,
desfavorable para este último, y las estrategias de subcon-
sumo y autoexplotación que éste implementa para mante­

A. de Janvry y R. García, «Rural Poverty and Environmental


Degradation in Latin America: Causes, Effects, and Altcrnative Solu­
tions». Paper presented at International Consultation on Environmeni, Sus-
tainable Development. and the Role o f Sm a/l Earmers. International Fund
for Agricultura! Development, Roma, Octubre de 1988.
nerse en el mercado. Debe comprar cantidades crecientes
—para hacer frente a íos rendimientos decrecientes de un
cultivo especializado y energéticamente deficitario— de
inputs externos con un valor añadido superior al contenido
en el producto cosechado. La caída tendencia! del precio de
éste y de la renta agraria neta es resuelto mediante la reduc­
ción del consumo de productos de fuera de la explotación o
mediante la intensificación del trabajo familiar cuando no se
dispone de capital suficiente. La remuneración del trabajo
campesino resulta, pues, más baja en muchas ocasiones que
el precio de mercado de la mano de obra asalariada.
Esta forma de explotación capitalista del trabajo campe­
sino produce impactos igualmente degradantes en los ecosis­
temas y desmonta el mito del «buen campesino» que por
naturaleza desarrolla, al margen de la historia, prácticas
ecológicamente eficientes para los agroecosistemas. Sin
embargo, debe reconocerse que «la inexistencia de una ten­
dencia interna hacia la maximización de ganancias en la
comunidad campesina funciona como un mecanismo regu­
lador que impide que la tendencia hacia la maximización de
la tasa o la masa de ganancias capitalistas se traduzca en
forma directa en un agotamiento de los recursos natura­
les146. En otros términos, la intensidad de la subordinación
al mercado capitalista de la explotación campesina marca el
grado de desequilibrio y desarticulación de los agroecosis­
temas y el carácter más o menos eficiente, ecológicamente
hablando, de las prácticas productivas campesinas.
Ahora bien, el grado de subordinación no es producto
únicamente de las presiones de! sistema capitalista sino de la
respuesta campesina ante las mismas, regida por sus estrate­
gias reproductivas. Su análisis debe ser contextualizado en
la matriz global de su universo sociocultural, ya que sólo
desde éste, a través de la forma en que crea y desarrolla su
conocimiento, puede llegar a explicarse realmente su com­
portamiento.
En esta tarea pueden sernos especialmente útiles las
aportaciones de Jack Goody y Pierre Bourdieu, tal como

146 E. Leff, Ecología y Capital. México: UNAM, 1986.


han sido recientemente reinterpretados por Raúl Iturra en
un esfuerzo de continuar sus trabajos reconduciéndolos
hacia los ámbitos de la Antropología económica con un
transfondo cultural sumamente enriquecedor. Seguimos,
pues, la argumentación de Raúl Iturra en torno a grupo
doméstico y los procesos de producción y reproducción del
campesinado y su vida social. «El saber varía de época en
época, es constructor del proceso de reproducción social que
desigualmente se desarrolla en el tiempo pero tiene funcio­
nes específicas aislables, y cuyo proceso central parece ser la
construcción de la memoria del pueblo. Historia, reproduc­
ción social, memoria, son tres procesos —dice Raúl Iturra—
que propongo es necesario estudiar en cada análisis especí­
fico o en cada etnografía, para poder dar cuenta de qué es lo
que constituye la composición y tamaño del grupo domés­
tico (que es lo que preocupa a Goody) y su coyunturalidad
(que es lo que preocupa a Bourdieu)»14?.
Tanto G o o d y 148 como Bourdieu149 elaboran una estra­
tegia teórica para analizar la reproducción social como con­
junto de bienes, personas y saberes que constituyen el capi­
tal transmisible en el ciclo de desarrollo que un grupo
doméstico organiza estratégicamente. Al retomar esta estra­
tegia teórica Raúl Iturra plantea la cuestión de la «incorpo­
ración diferenciada en eí tiempo de individuos que nacen
dentro de una situación social ya definida a la cual, lenta y
diferencialmente, van siendo incorporados» para dar cuenta

u7 Raúl Iturra, «El grupo doméstico o la construcción coyuntural de


la reproducción social» en Federación de Asociaciones de Antropología
del Estado Español, IV Congreso de Antropología (Universidad de Ali­
cante, 1989), pp. 19-39; p. 21.
us Jack G oody, Production and Reproduction (Cambridge University
Press, 1976) y su trabajo previo sobre este tema «Domestic Groups,
Addison-W esley Module» in Antropology (Reading Massachussets, 1972);
pp. 1-32. Cf. su obra clave The Domestication o f the Savage M ind (Cam­
bridge University Press, 1977), hay traducción castellana en (Madrid:
Akal, 1985).
149 Pierre Bourdieu, «Mariage strategies as strategies of social repro­
duction» en R. Foster y O. Ranon (eds.), Family and Society (Baltimor:
The John Hopkins University Press, 1962). Cf. en castellano «De la regla
a las estrategias» en Cosas dichas (Buenos Aires: Gedisa, 1988), pp. 67-82.
de todos los procesos que van colocando coordinadamente
al nuevo individuo en la estructura150.
Los procesos de insercción del campesinado en su matriz
social poseen un contexto ecológico específico que vincula
su aprendizaje como ser social al conocimiento de los proce­
sos biológicos en que se inserta la producción de su
conocimiento:

«El saber del campesinado se aprende en la hetero­


génea ligazón entre grupo doméstico y grupo de tra­
bajo, sea en una aldea o en heredades mayores. El
conocimiento dei sistema de trabajo, la epistemología,
es resultado de esta interacción donde la lógica induc­
tiva es aprendida en la medida que se ve hacer y se
escucha para poder decir, explicar, devolver el cono­
cimiento a lo largo de las relaciones de parentesco y de
vecindad. Lo comparado ál saber letrado, la conducta
reproductiva rural, es resultado de una acumulación
que no se hace en los textos, sino que directamente
sobre las personas y los lazos que tejen»151.

Lamentablemente, en la mayor parte de los análisis


sobre reproducción social y capital transmisible se utiliza
como variable explicativa central las situaciones de propie­
dad, a través de las cuales las personas se relacionan, redu­
ciendo a este tipo de bienes reproductivos la explicación de
los procesos de cambio del grupo reproductivo, minusvalo-
rando así los elementos históricos así como los bienes invo­
lucrados en la reproducción de las ideas, de las técnicas y de
la ética152. Sin embargo, parece estar cada vez más claro que

tí0 Raúl Iturra, El grupo doméstico o la construcción... op. cit.. p. 25.


iM Raúl Iturra, «Letrados y campesinos: el método experimental en
Antropología econímica». Incluido en esta misma publicación.
152 Sobre esta cuestión Cf. Pierre Bourdieu, «Les strategies matri­
moniales dans le systéme de reproduction»» en Anales. n° 4 y 5, julio-
octubre, 1972; pp. 1, 105-125. Del mismo autor «De la regla a las estrate­
gias» en Cosas Dichas (Buenos Aires: Gedisa, 1988), pp. 67-82; Jack
Goody, Production and Reproduction (Cambridge: CVP, 1976); Raúl Itu-
rra, «Strategies de reproduction: le droit canon et le mariage das une
para considerar adecuadamente el proceso de reproducción
social es necesario considerar que «la sucesión de épocas
indica la aparición y desaparición de la cultura... del de­
sarrollo del capital financiero al lado de las sociedades cam­
pesinas o simplemente de los grandes cambios políticos que
acontecen en el nivel del Estado Nación y que tienen resul­
tados en las aldeas que normalmente estudiamos153. Tales
aspectos culturales, vinculados al intercambio, generan una
específica forma de relación o combinación entre el trabajo
humano, los saberes, los recursos naturales y los medios de
producción con el fin de producir, distribuir y reproducir los
bienes y servicios socialmente necesarios para la vida. Y ello
porque, como ya hemos señalado anteriormente, «todo pro­
ceso de producción social es al mismo tiempo proceso de
reproducción...»154. En cada comunidad los agentes sociales
deben sustraer del consumo recursos humanos y naturales
para posibilitar la repetición de los procesos de trabajo y de
las relaciones que en ellos se generan y que los hacen
posibles.
En estos momentos coexisten dos tipos de lógica que se
influencian mutuamente a lo largo de los cambios que se
producen a nivel de los procesos económicos. Y siguiendo,
de nuevo, a Raúl Iturra, «es posible ver que a pesar del
comercio, las relaciones de producción de las aldeas campe­
sinas europeas y latinoamericanas, de los cultivadores afri­
canos y de los clanes oceánicos están basadas en la adjudica­
ción de obligaciones de trabajo por medio de la estructura
del parentesco; en todas ellas se puede ver además la abs­
tracción de la estructura en elementos... que garantizan
ritualmente el compromiso oral de la forma en que el con­
trato lo garantiza para todos los individuos, letrados o no,
de las culturas con escritura. Esta forma de trabajar y

village postuguis» (1862-1983) en Droit et Société. n° 5, París, 1987, pp.


22; o su monografía Antropología Económica de la Galicia Rural (Santiago
de Compostela: Xunta de Galicia, 1988).
153 Raúl Iturra, El grupo doméstico o la... op. cit.. p. 26.
154 Karl Marx, El Capital (México: FCE, 1966), Tomo II, Cap. XX,
p. 350.
reproducir la sociedad en que no hay cálculo maximizado
para el lucro desde que el recurso capital no existe, es la
sociedad de la producción de la dádiva...; se puede decir que
junto a ella se ha desarrollado en íos últimos cientos de años
una forma principal orientada por el lucro... la sociedad que
reproduce por la lógica de la renta, de la acumulación y de la
circulación de mercancías»155.
El campesinado se mueve bajo la coexistencia de ambos
tipos de lógica: la primera forma parte de su forma de adap­
tación simbiótica a los agroecosistemas, mientras que la
segunda constituye una nueva forma de coerción a sus estra­
tegias de reproducción, desviando éstas de la articulación
estable que históricamente desarrollara a través de una
coevolución biótica y social como parte de los ecosistemas
de los que formaba parte.
La respuesta campesina a la penetración de la lógica de la
renta se desarrolla a través de una múltiple diversidad, pro­
bablemente relacionada con la diversidad biótica existente
en su ecosistema contextuad Esta adoptará, unas veces, dis­
tintas formas de adaptación, otras muchas, múltiples modos
de resistencia pero siempre constituyendo parte de su diná­
mica de reproducción subsumida a la penetración de las
formas materiales, unas veces, culturales, otras, que confi­
guran el proceso de subsunción.
El concepto de resistencia del campesinado, tal como
aquí lo estamos delimitando teóricamente, supone diferen­
tes tipos de obstaculización al paso de la subsunción formal
a la real con respecto a la disolución de los mecanismos de
reproducción social campesinos que genera ei avance del
capitalismo. Estas prácticas de resistencia son contempla­
das, por tanto, dentro de nuestro discurso, como producto

155 Raúl Iturra, El grupo doméstico o la construcción coyuntura!... op.


cit.. p. 26. Hemos seguido los trabajos de este autor para caracterizar el
proceso aún inconcluso de elaboración del marco teórico que aquí hemos
llamado de Conocimiento Local por su situación teóricamente privile­
giada como discípulo de Jack Goody, por un lado, y colaborador de
Maurice Godelier, por otro. Además, en nuestra opinión, su obra sobre
estos temas constituye la más acabada versión sobre el que él llama cono­
cimiento de la oralidad o campesino.
de las mismas estrategias reproductivas que los grupos
domésticos campesinos desarrollan como alternativa, fron­
tal o complementaria, a las prácticas adaptativas a dicho
avance. Tales prácticas no deben categorizarse como tales
únicamente cuando el conflicto sea abierto: en el sentido
tradicional usado para designar los motines, manifestacio­
nes, incendios, bandidaje social organizado y otras formas
de violencia campesina. Esta concepción tradicional de las
prácticas de clase es el producto de la aplicación de paráme­
tros de la cultura urbana y letrada a un grupo social que no
lo es. Es más, la gradación moral de acciones que la historia
social marxista ha construido: desde la «Rebeldía Primitiva»
—concepto elaborado por George Rudé y, sobre todo, por
Eric H obsbawn156— hasta el estatus privilegiado de que
gozan los movimientos organizados y con expresión polí­
tica, deriva de la visión leninista y de su concepción de la
conciencia de clase plasmada en la dialéctica «partido de
vanguardia/masas». Tal concepción que se ha revelado ine­
ficiente para explicar el comportamiento conflictivo de ía
propia clase obrera, resulta especialmente inoperante para
analizar la práctica específica de clase del campesinado.
Junto a las manifestaciones típicas del conflicto rural
deben considerarse también lo que James Scott ha llamado
«formas diarias de resistencia campesina»: falsa sumisión,
ratería, furtivismo, ignorancia fingida, calumnia, incendio,
sabotaje, deserción, roturaciones ilegales, etc.; es decir, for­
mas de acción no necesariamente coordinadas ni colectivas
entre las que deben incluirse también la resistencia simbólica
o ideológica «como una parte integral de la resistencia de
clase». Son formas de lucha «casi enteramente endógenas a
la esfera de la aldea... Ello implica que tales formas de resis­
tencia son permanentes, continuas, estrategias diarias de las
clases rurales subordinadas bajo condiciones dificultosas.

156 E. Hobsbawn y G. Rudé, Captain Swing: A Social H istory o f the


Great English Agricultural Uprising o f 1830 (London: Lawrence and Wis-
hart, 1969) y E. Hobsbawn, Primitive Rebels (Manchester: Manchester
University Press, 1959 y 1963). Cf. también E. Hobsbawn, «Peasants and
Politics» en Journal o f Peasant Studies, nc 1, octubre de 1973, pp. 3-22.
En tiempos de crisis o de cambio político pueden comple­
mentarse con otras formas de lucha más oportunas».
El mismo Scott ha mostrado claramente los efectos de
este tipo de resistencia campesina a partir del análisis del
caso de «Sedaka» (Malasia): «El objetivo, después de todo,
de la resistencia campesina no es derribar directamente o
transformar un sistema de dominación, sino lo suficiente
para sobrevivir dentro de él. El objetivo usual de los campe­
sinos... es trabajar en el sistema con la mínima desventaja,...
pueden aliviar la explotación, pueden cambiar el curso del
desarrollo subsiguiente, y pueden más raramente, ayudar a
derribar el sistema. Estas son consecuencias posibles. Su
intención, por contra, es siempre sobrevivir y persistir». Y lo
mismo podríamos decir de los Huachilleros peruanos, del
movimiento campesino ruso de la segunda mitad del XIX o
del campesinado andaluz157.
Ello implica también una reconsideración, de acuerdo
con lo desarrollado en este trabajo, de las causas que expli­
can la respuesta del campesinado. Para nosotros, en sintonía
de nuevo con Scott158, la práctica conflictiva campesina no
se funda en el hecho objetivo de la pobreza y explotación,
sino que surge del sentimiento objetivo que el campesinado
interioriza como consecuencia de las formas de coerción a
que se ve sometido. No son los niveles objetivos de explota­
ción quienes provocan su respuesta, sino el establecimiento
subjetivo de una «barrera de subsistencia» de su grupo

157 James scott, «Everyday forms of Peasant Resistance» en Journal


o f Peasant Studies. n° 2, 1986, pp. 5-35; para una argumentación más
amplia Cf. Weapons o f the Weak. Everyday o f Peasant Resistance (Massa-
chusetts: Yale University Press, 1985); en este mismo sentido de resisten­
cia y lucha contra la penetración del capitalismo Cf. Ramachandra Guha,
The Unquiet Woods (Delhy: Oxford University Press, 1989) y Juan Martí­
nez Alier, Los Huachilleros del Perú (Urna-París: Ruedo Ibérico, 1974).
m James C. Scott, The Moral Economy o f the Peasant. Rebelión and
Subsistance in Southeast Asia (New Haven: Yale University Press, 1976),
passim. Una crítica al enfoque de Scott, por no considerar adecuadamente
el rol de la coacción, puede verse en Diego Piñeiro, Formas de resistencia
de la agricultura familiar. El caso del noroeste de Canelones (Montevideo:
Centro de Información y Estudios del Uruguay, Ediciones de la Banda
Oriental, 1985).
doméstico. La práctica conflictiva puede surgir cuando se
sobrepasa, por parte del Estado, los capitalistas o los terra­
tenientes, tal barrera. Manteniendo su nivel de subsistencia,
las formas de explotación externas tienen para el campesi­
nado una consideración secundaria. Existe una suerte de
derecho a la vida del campesinado que ha de ser respetado
por los agentes que se apropian del excedente campesino; un
valor de reciprocidad, delimitado por un derecho a la subsis­
tencia, que configura ios límites de la explotación y la rup­
tura de la legitimidad de su relación con el terrateniente, el
capitalista o el Estado.
La forma más adecuada de categorización de esta idea se
encuentra, indudablemente, en el concepto de «Economía
Moral de los Pobres». Este fue acuñado por Edward P.
Thompson para tratar de refutar el reduccionismo de la
historiografía económica que definía como motines de
hambre las formas de resistencia de la «multitud» a la pene­
tración del capitalismo. Aun cuando «es cierto», por
supuesto, que los motines de subsistencia eran provocados
por precios que subían vertiginosamente, como consecuen­
cia de las prácticas incorrectas de los comerciantes, Pero
estos agravios operaban dentro de un consenso popular en
cuanto a qué prácticas eran legítimas y cuáles ilegítimas en
la comercialización, en la elaboración del pan y demás com­
portamientos económicos. Esto estaba, a su vez, basado en
una idea tradicional de las normas y obligaciones sociales,
de las funciones económicas propias de los distintos sectores
dentro de la comunidad que, tomadas en conjunto, puede
decirse que constituían la «economía moral de los pobres».
Un atropello a estos supuestos morales, tanto como la pri­
vación en sí, constitutía la ocasión habitual para la acción
directa. A través de una amplia gama de ejemplos Thomp­
son demuestra que «es posible detectar en casi toda acción
de masas del siglo XVIII alguna noción legitimizante. Con
el concepto de legitimización Thompson quería decir que los
hombres y las mujeres que constituían el tropel creían estar
defendiendo derechos o costumbres tradicionales; y en gene­
ral, que estaban apoyados por el amplio consenso de la
comunidad». Para Thompson en las comunidades rurales
inglesas del siglo XVIII existían unos supuestos morales en
cuya configuración social «parecía “antinatural” que un
hombre se beneficiara de las necesidades de otro, y se daba
por supuesto que en momentos de escasez, los precios de
estas “necesidades” deberían permanecer al nivel acostum­
brado, incluso aunque pudiera haber menos»159.
En definitiva, en el universo cultural campesino, se con­
figura una «Economía Moral» que codifica las normas éti­
cas que garantizan la reproducción social y que, por tanto,
orientan las prácticas sociales del campesinado. Desde nues­
tra'perspectiva, su «acción conflictiva» debe entenderse
como el enfrentamiento con las presiones que otros grupos
sociales o instituciones ejercitan con el fin de trastocar el
orden campesino, poniendo en peligro el éxito de las estra­
tegias reproductivas.
Finalmente, hemos de considerar el comportamiento
conflictivo del campesinado dentro del marco de su relación
con la tierra. No es un aspecto nuevo, sino que es un aspecto
de dicha economía moral que afecta directamente a la con­
cepción global que el orden campesino tiene de la relación
del hombre con la naturaleza. Los recursos naturales (ener­
gía, agua, espacio para albergarse, la tierra, etc.) constituyen
el otro polo esencial de la posibilidad reproductiva; sin ellos,
toda estrategia fracasa. Por tanto, los campesinos desarro­
llan, en determinadas condiciones, luchas tendentes a asegu­
rar su conservación y control en tanto que el acceso a ellos
es indispensable para la vida. Ha sido Juan Martínez Alier
quien ha caracterizado este tipo de comportamiento conflic­
tivo como «luchas ecologistas».

«La Ecología humana estudia —según mantiene


Alier— el flujo de energía y de materiales en socieda­
des humanas. Los ricos y los pobres se diferencian por
su consumo exosomático de energía y materiales... Las
159 Edward P. Thompson, «The Moral Economy o f the English
Crowd in the Eitheenth Century» en Pasi and Presen!, n° 50, febrero,
1971; pp. 76-136. Su primera caracterización apareció en The M aking o f
ihe English Workíng Cláss (Harmondsworth: Penguin, 1980, 1 / ed. de
1963), pp. 68-73.
luchas sociales por mantener el acceso a los recursos
naturales, contra su privatización y explotación co­
mercial, son simultáneamente luchas ecologistas si lle­
van a una gestión de los recursos que los degrade
menos. Ahí, por supuesto, la interpretación ecologista
(de la Historia) tropieza con la hipótesis de “ la trage­
dia de los bienes comunales” , y también tropieza con
la tesis de que la pobreza es causa principal de degra­
dación ecológica. La evidencia muestra que los pobres
son a menudo muy poco ecológicos, ya que su pobreza
les lleva a tener horizontes temporales muy cortos y a
infravalorar el futuro... Sin embargo, mi tesis es la
siguiente: aunque la pobreza es causa de degradación
del medio ambiente, los ricos suponen una carga
mayor sobre el medio ambiente que los pobres, por sus
mayores niveles de consumo; además, la pobreza es
consecuencia de determinadas relaciones políticas y
económicas; por tanto, los movimientos sociales de los
pobres contra los ricos son a menudo, simultánea­
mente, movimientos ecologistas... que han usado otros
lenguajes sociales que los del ecologismo actual»160.

En definitiva, y siguiendo este enfoque, podríamos


caracterizar como «ecologista» aquel comportamiento con­
flictivo del campesinado tendente a evitar o retrasar su
subordinación ai sistema capitalista o hacerla menos intensa.
En la medida en que la privatización y mercantilización de
la tierra que impone dicho sistema merma la heterogeneidad
espacial y la biodiversidad; en la medida en que reduce y
dificulta el acceso de los campesinos a recursos naturales
que antes no se intercambiaban en el mercado; y en la
medida en que la mercantilización de sus economías obliga a
los campesinos a intensificar el uso de su explotación (con
un subsidio cada vez mayor de energías e inputs químicos
externos), las luchas que se oponen a la penetración del
sistema capitalista pueden considerarse como ecologistas.

160 Juan Martínez Alier, «Hacia una historia socio-ecológica: algu­


nos ejemplos andinos», incluido en esta misma publicación.
■5.2. La forma de explotación latifundista
Tradicionalmente el latifundio se ha considerado —al
menos en España y Portugal— como un residuo feudal o
como la muestra más palpable de la persistencia del feuda­
lismo tras un proceso de modernización incompleto o de
revolución liberal frustrado161. La enorme difusión que en
occidente tuvieron las teorías de la Modernización y, en
particular, las posiciones de T. Lynn Smith, de las que ya
hemos hablado, apoyaron esta interpretación del latifun­
dismo, considerando el «desaprovechamiento» como algo
connatural al carácter feudalizante de sus relaciones socia­
les162.
Hace algún tiempo, Martínez Alier y más recientemente,
A.M. Bernal han mostrado claramente el carácter capitalista
del latifundio contemporáneo163. El latifundio, desde ia
perspectiva de este último autor, ya no sería signo de pervi­
vencia de relaciones de producción feudales sino todo lo
contrario, el vehículo —junto a la expansión del comercio

Í61 Esta interpretación asocia la pervivencia del latifundismo y la


pequeña explotación minifundista con la continuidad de buena parte de
las relaciones sociales de producción feudales. Tal pervivencia es comple­
tada, desde esta perspectiva, como la causa esencial del atraso, estanca­
miento productivo y falto de modernización de la agricultura ibérica. Esta
visión, tan extendida entre los agraristas hasta hace bien poco tiempo,
tiene su origen en una específica interpretación sobre la manera en que
finalmente se hizo la Revolución Liberal en el campo. Hombres como
Díaz del Moral (Historia de tas Agitaciones Campesinas Andaluzas),
Carrión (Los latifundios en España), o más recientemente Bosque Maurell
(Estudios de Geografía Rural) o Malefakis (La Reforma Agraria en la 2.1
República) sostuvieron esta concepción particular sobre el proceso revo­
lucionario español, que hunde sus raíces intelectuales sin duda en la
obra de Joaquín Costa.
162 Para una crítica de este enfoque de la modernización Cf. nuestro
trabajo citado en la nota n° 8.
163 Juan Martínez Alier, «¿Un edificio capitalista con fachada feu­
dal? El latifundio en Andalucía y en América Latina» en Cuadernos de
Ruedo Ibérico. n° ¡5, octubre-noviembre, 1967; pp. 3-53 y Antonio M.
Bernal, Economía e historia de los latifundios (Madrid: Instituto de
España, Espasa-Calpe, 1988).
internacional— de la mercantilización y de la implantación
temprana del capitalismo:

«La hipótesis más extendida —dice A.M. Bernal—


y que nosotros mismos hemos contemplado en ante­
riores estudios, consideraba que la permanencia de los
latifundios y la consolidación de la gran propiedad
serían los más directos responsables de la pervivencia
de unos sistemas y técnicas de cultivos que empezaban
a quedar obsoletas, ai destinar los terratenientes las
disponibilidades inversoras, más que a modernizar la
explotación, a ampliar el patrimonio por compras
sucesivas de tierras. La abundancia y baratura de la
mano de obra disponible también había actuado, di-
suasoriamente, en apoyo del inmovilismo y en poster­
gar el cambio hasta fechas muy tardías, con notorio
desfase respecto a las agriculturas circundantes. Este
supuesto modelo... ha sido sometido a critica puntual,
poniendo en entredicho aspectos importantes como la
pretendida tardanza 'en la modernización, mientras
que otros han tratado de explicar la racionalidad de la
pervivencia del arcaísmo en función de su rentabilidad
económica»l64.

Desde esta perspectiva, la «fachada arcaica» y la visión


de estancamiento económico serían, en realidad, el resul­
tado de la «versatilidad» de los empresarios latifundistas
para adaptarse a los cambios (paso del tercio a año y vez,
sustitución del vacuno por mular, etc.) y el resultado de las
estrategias rentabilistas que darían esa apariencia de inmovi­
lidad. La no mecanización, hasta fechas tardías, no sería,
pues, el exponente de la naturaleza cuasifeudal del latifun­
dio, sino el resultado de una decisión económica «racional»
de los «empresarios» latifundistas tomada de acuerdo con
estrategias de maximización del beneficio. El carácter capi­
talista del Latifundio como forma de explotación ha que-

164 A.M . Bernal, Economía e Historia de ¡os Latifundios... op. cit., p.


dado, pues, fuera de toda duda; ai menos en lo que a deter­
minados propietarios latifundistas se refiere, una vez estu­
diadas sus contabilidades165.
Sin embargo, si la cuestión parece no ofrecer dudas
desde los propietarios, ofrece muchas más desde la óptica
del proceso de trabajo típico de los latifundios y desde la
consideración que hagamos de los trabajadores directos que
participan en dicho proceso. El capitalismo —según mante­
nía Marx y viene de nuevo a cuento— «se apodera primero
del trabajo en las condiciones técnicas dadas por el desarro­
llo histórico. No modifica inmediatamente el modo de pro­
ducción. La producción de plusvalía, en la forma anterior­
mente considerada, por simple prolongación de la jornada
se presenta, por lo tanto, independientemente de todo cam­
bio en el modo de producción» 166.
Si reconocemos, con el propio Marx, que un «modo de
producción específicamente capitalista» sólo existe sobre la
base de la producción de plusvalía relativa, hemos de con­
cluir que el latifundismo, como forma de explotación,
correspondería a esta primera forma de apropiación o
subordinación (formal) al capital de los procesos de tra­
b ajo 167. El capital se apodera, en estos casos, sólo de deter­
minados aspectos del proceso de trabajo, obteniendo el
excedente únicamente bajo la forma de plustrabajo absoluto
y la neta orientación productiva de la explotación hacia el
mercado. Pero no se apodera o no logra apoderarse de todo
el proceso de trabajo ni logra subordinar totalmente los
mecanismos de reproducción y subsistencia del trabajador
directo. Efectivamente, el excedente depende esencialmente
de dos variables: la prolongación de ia jornada de trabajo
—es sabido en este sentido las prolongadas jornadas de tra­
bajo de los jornaleros y la práctica usual del «destajo»— o la
baja remuneración de la fuerza de trabajo, de los salarios.
Este fenómeno es producto de la escasa penetración de capi­
tal fijo en las explotaciones, determinando una composición

165 Antonio M. Bernal, Economía e historia... op, cit., passim.


166 M arx, // / . p. 248.
167 Ihidem, p( 248.
orgánica del capital bastante poco significativa; incluso, los
saberes necesarios y determinados aperos de labranza per­
manecen en manos de los trabajadores directos. De esta
manera, el núcleo económico de esta forma de explotación
estaría en la preponderancia casi absoluta de la propiedad
como relación que ordena su funcionamiento según criterios
de maximización del excedente, bien es verdad; pero, dada
la baja composición orgánica del capital, la relación jurídica
de apropiación de la tierra se convierte en la condición fun­
damental de esa forma de explotación. En cierta medida, es
aún una relación extraeconómíca de monopolización de la
principal condición de la producción, la tierra, la que per­
mite la extracción del plustrabajo, donde los condicionantes
políticos a nivel de Estado-Nación juegan un papel significa­
tivo en la posibilidad de su supervivencia. En este sentido,
el análisis realizado por Gilíes Postel-Vinay de las grandes
explotaciones latifundistas francesas tiene pleno sentido en
la Península Ibérica y en Latinoamérica: Las grandes
ganancias obtenidas por los terratenientes no se entenderían
sin precios protegidos y bajos salarios, captando, pues, una
fracción importante de la «plusvalía social» gracias al man­
tenimiento de su papel monopólico sobre la tierra, es decir,
a través de la renta de la tierra; papel garantizado por su
prevalencia política en el Estado-Nación apenas salido de la
Revolución Industrialm . Si el factor trabajo puede abara­
tarse mediante trabajo artesanal y destajo, ello es posible
por la cobertura que ofrece el Estado en el sentido arriba
apuntado y por la falta de alternativas de reempleo de la
mano de obra excedente agraria.
En estas condiciones, el proceso de trabajo se organiza
en base a una «cooperación simple», que para Marx es una
forma especial y no normal («la cooperación compleja») de
la producción capitalista. Se asemeja a «aquella especie de
agricultura en gran escala que corresponde al período
manufacturero y que sólo se distingue sustancialmente de la
agricultura campesina por la masa de jornaleros simultá­

168 Gilíes Postel-Vinay, La rente fonciere dans le capiialisme agricole


(París: Maspero, 1974).
neamente empleados y por el volumen de los medios de
producción concentrados. La cooperación simple sigue
siendo la forma predominante de aquellas ramas de produc­
ción en las que el capital opera en gran escala, sin que en
ellas intervenga de un modo considerable la división del
trabajo ni la maquinaria»169. Tanto las operaciones produc­
tivas como los trabajadores se yuxtaponen en este tipo de
explotación, realizando la misma tarea o tareas muy pareci­
das. La división técnica del trabajo en el seno de la explota­
ción es mínima o prácticamente inexistente. La escasa pene­
tración del capital, por tanto, no logra despojar totalmente
al trabajador de su conocimiento y del dominio de las ope­
raciones de dicho proceso de trabajo. Al mismo tiempo,
estas características —más propensas a un uso extensivo de
la explotación— la convierten en más dependiente del medio
en el que se insertan, obligándola a mantener una relación
de conservación o reproducción de los factores naturales y
de los flujos energéticos. En este sentido, J. Manuel Naredo,
y Pablo Campos han mostrado la «racionalidad ecológica»
y la eficiencia energética de las explotaciones agroganaderas
de los latifundios andaluces bajo sistemas de rotación al
tercio y de «año y vez»170.
Desde la perspectiva del impacto de esta forma de explo­
tación, que podríamos denominar como «formalmente capi­
talista», o siguiendo a Servolin de «capitalismo arcaico»171,
sobre los trabajadores directos y sobre la comunidad cam­
pesina los problemas de conceptualización son aún mayores.
El latifundio, como forma de apropiación de la tierra en
forma de grandes explotaciones con una baja composición de
capital, genera una fuerte segmentación social en el seno de
las comunidades campesinas; pero, desde nuestro punto de
vista, de su presencia no puede concluirse el inicio de un

169 Marx, 7, XI. pp. 270-i.


170 «La energía en los sistemas agrarios» en Agricultura y Sociedad,
nü 15, 1980, pp. 17-114.
171 «L’absortion de Tagriculture dans le mode en production capita-
liste» en L'univers poliiiquc des paysans (París: Armand Colín, 1972). Tra­
ducido en M. Etxezarreta, Ixi evolución del campesinado. Lm agricultura en
el desarrollo capitalista (Madrid: MAPA, 1979), p. 16L
proceso que conduzca a la desaparición de las pequeñas
explotaciones campesinas ni, necesariamente, a la pérdida
del carácter campesino de dichas comunidades. La tradicio­
nal conexión establecida entre latifundio y descampesiniza-
ción, que se basa en la incompatibilidad entre pequeña y
gran explotación bajo condiciones de mercado y competen­
cia, no tiene por qué ser una relación general y universal-
mente válida en todo momento y lugar.
Dicha conexión se encuentra en la raíz de la frecuente
categorización de los trabajadores asalariados como prole­
tarios y su artificial separación del campesinado. Ello ha
dado lugar a frecuentes problemas a la hora de analizar su
comportamiento, especialmente la protesta jornalera, y ha
conducido a una polémica estéril sobre su carácter de clase.
Nosotros creemos que una adecuada conceptualización del
trabajador asalariado en comunidades latifundistas sólo
puede explicitarse mediante su contextualización temporal y
el rechazo de la frecuente identificación con los asalariados
urbanos. El impacto provocado por la presencia deí latifun­
dismo en una comunidad campesina, desde el punto de vista
de su transformación capitalista, sólo puede ser entendido
en su contexto histórico. Para ello es preciso reconocer pre-
viamente que el grupo doméstico y la comunidad local gene­
ran vínculos socioeconómicos y culturales de entidad mucho
mayor que en las ciudades y que, por tanto, el individuo
como unidad de análisis carece de virtualidad analítica:
cuanto mayor sea el retroceso en el tiempo, convendremos
en que la fuerza de las relaciones comunitarias y familísticas
será mayor. Ya dijimos que al acercarnos a realidades con­
cretas es frecuente encontrar grupos domésticos, e incluso
uno o varios de sus miembros individualmente considera­
dos, que combinan varias formas de explotación y, por
tanto, participan de varias relaciones de producción. Hemos
visto, igualmente, que dicho comportamiento responde a las
estrategias familiares de reproducción y subsistencia y que
lo normal es que los grupos domésticos campesinos desarro­
llen actividades múltiples tanto en el uso del medio agrario
como de las oportunidades económicas posibles.
En este sentido, el salario —entendido como jornal per­
cibido estacionalmente y base de su calificación como prole­
tario— no siempre representa ei único ingreso ni constituye,
por tanto, la única condición reproductiva del grupo domés­
tico jornalerol72. La Historia de Andalucía muestra, por
ejemplo, las frecuentes migraciones temporales de los jorna­
leros —no sólo a la manzana o a la uva, sino a la siega o a la
aceituna dentro del propio perímetro andaluz— , su fre­
cuente recurso a la caza (muchas veces furtiva); a la recolec­
ción de frutos silvestres o a los sobrantes tras las cosechas; o
la importancia que hasta finales del siglo XIX tuvo para sus
economías el aprovechamiento de los bienes y derechos
comunales: tanto en el monte (que proporcionó el combus­
tible doméstico necesario, el pasto para los animales de tiro,
incluso parte de la alimentación anual de la familia) como
en los terrenos llamados de Propios, repartidos por los
Ayuntamientos entre jornaleros y labradores pobres.
Cuando las desamortizaciones y las leyes de cerramien­
tos acabaron con tales derechos y usufructos, los jornaleros
se vieron abocados a conseguir a través del mercado los
bienes que antes conseguían gratis de la Naturaleza. La
dependencia del mercado se intensificó tanto para conseguir
los productos como para acceder al trabajo asalariado que,
desde entonces, fue convirtiéndose en la fuente principal
(aunque no única, ya que trató y aún trata de diversificar sus
rentas173) de ingresos; el grado de mercantilización de sus
economías aumentó y, con él, su subordinación al capital.
Este proceso de desposesión campesina, que suele acompa­
ñar al desarrollo del capitalismo en Occidente, explica mejor

172 Por ejemplo, en la provincia de Granada, 161 de los 202 Ayunta­


mientos que la componen, respondieron afirmativamente a la pregunta,
formulada por el Instituto de Reformas Sociales a primeros de siglo, de
«si es frecuente que las familias obreras tengan algún otro ingreso ade­
más de los jornales»; los ingresos alternativos consistían generalmente «en
el cultivo por cuenta de las expresadas familias de terrenos arrendados, en
la venta de productos, cría de animales, en tener casa propia, etc...». En
1. R.S., Resumen de la Información acerca de los obreros agrícolas en las
provincias de Andalucía y Extremadura (Madrid: Imprenta Minuesa de los
Ríos, 1905), pregunta 111.3.
171 Vid. Pablo Palenzuela en este mismo volumen.
la realidad histórica del campesinado que el concepto de
«descampesinización», fenómeno este que no siempre ocurre.
El proceso clave para entender dicho desarrollo no es,
pues, la desaparición de las pequeñas explotaciones en bene­
ficio de las grandes, sino el grado o intensidad de la mercan­
tilización del proceso de trabajo (entendido como la progre­
siva sustitución de trabajo por capital) y de las economías
domésticas campesinas. El latifundismo, como forma de
explotación en la que se utiliza una dotación mínima de
capital y que requiere fuentes alternativas de renta para
completar los ingresos de una abundante cantidad de jorna­
leros, produce una mera subordinación formal de los grupos
domésticos, campesinos sin transformar necesariamente sus
específicas relaciones sociales, por más que desde el punto
de vista de los latifundistas su forma de gestión sea clara­
mente capitalista. En definitiva, lo que diferencia a una
explotción latifundista —como en el caso de la explotación
campesina— de una gran explotación capitalista es el grado
de mercantilización del proceso de trabajo y de los agentes
que intervienen en el mismo; es, por tanto, un problema de
intensidad en la subordinación de esta modalidad de explo­
tación agraria al Capitalismo.
Lo podemos comprobar, también, desde ei punto de
vista de las ideas que orientan la práctica de los campesinos
sin tierra. En el caso de Andalucía, y ello puede ser extensi-
ble a otros contextos sociales, los estudios de Díaz del
Moral, Juan Martínez Alier174 o, más recientemente, Isidoro
M orenoI75, muestran hasta qué punto la ética jornalera está
cercana a la «Economía Moral» del campesinado, donde la
racionalidad de la supervivencia (y no del lucro o de! con­
sumo) la separan radicalmente del proletariado urbano. Y es
que, en realidad, los jornaleros no son sino campesinos sin
tierra. La separación «contranatura» que se ha hecho del
jornalero del campiesinado se fundamenta en una interpreta­
ción errónea de Marx hecha por el marxismo tradicional al
elaborar una teoría de las clases sociales, que por cierto

174 La estabilidad del latifundio. París: Ruedo Ibérico, 1968.


175 Ver el trabajo incluido en la segunda parte de este volumen.
Marx nunca e^boró. Dicha teoría es la que preconiza el
modelo sociológico «base-superestructura», en la cual son
los elementos objetivos e infraestructurales, especialmente
las relaciones de producción, las determinantes en la asigna­
ción de los lugares sociales de los agentes. Este modelo, que
ha sido suficientemente criticado176, otorga un papel secun­
dario a los aspectos relacionados con la conciencia social y
con la cultura en particular, y ha tenido un fuerte arraigo no
sólo en las versiones ortodoxas oficiales de los partidos
marxistas, sino, incluso, en las corrientes académicas mar-
xistas más difundidas, como por ejemplo el Estructuralismo.
No vamos a entrar a criticar este esquema interpretativo, en
lo que se refiere al campesinado en buena medida lo hizo
E.P. Thompson hace ya tiempo en «The Making» y en su
ensayo posterior «La miseria de la teoría».
Para este autor, la clase es un «fenómeno histórico, que
unifica un cierto número de sucesos dispares y aparente­
mente inconexos, tanto en la materia prima de la experiencia
como en la conciencia». De esta manera se rompe con el
determinismo económico del que el concepto de clase está
preso y con su consideración objetivista y estructural para
retomar su dimensión histórica, de actuación y conciencia,
es decir, de conflicto: «la experiencia de clase —nos dice
Thompson— está en gran manera determinada por las rela­
ciones productivas en las que el hombre nace —o en las que
entra voluntariamente—..., la conciencia de clase es la
manera en que tales experiencias se manejan en términos
culturales: encarnadas en tradiciones, sistemas de valores,
ideas y formas institucionales»!77. Por tanto, deberemos
rechazar una interpretación del jornalero únicamente en
176 Vid. Anthony Giddens, Sociology (London: Blackwell, 1989); The
Class Structure in the Advanced Societies (London: Hutchinson, 1973);
Pierre Bourdieu, La distinción. Criterios y bases sociales del gusto (Madrid:
Taurus, 1988).
177 E.P. Thompson, The Making o f the English Working Class
(Hardmondsworth: Penguin, 1968), pp. 8-9. Hay traducción castellana en
(Barcelona: Laia, 1977). Cf. también The Poverty o f Theory (Londres:
Merlin Press, 1978), traducido en (Barcelona: Crítica, 1981); sobre el
propio E.P. Thompson Cf. el interesando estudio de Harvey J. Kaye, The
Bristish marxist historians (Oxford: Polity Press, 1984), recientemente edi-
términos de relaciones de producción, de asalarización, para
—junto a ellas— retomar aspectos tan importantes como su
cultura y, especialmente, su «cultura dei trabajo», la racio­
nalidad de su comportamiento y, sobre todo, su práctica
histórica conflictiva. Desde esta perspectiva, tanto la «cul­
tura del trabajo» como su racionalidad son específicamente
campesinas, fundadas en un sistema de relaciones sociales
características y basadas en la fuerza de las relaciones fami­
liares y de vecindad, los vínculos de amistad y cooperación,
vinculados, en general, a la economía de subsistencia cam­
pesina. Lo mismo podríamos decir de su práctica conflictiva
que, según hemos mostrado en otro sitio178, resulta ser
propiamente campesina. En este sentido, cabría rechazar la
consideración de «primitivas» que para las formas de con-
flictividad no organizadas en sindicatos o partidos con obje­
tivos «emancipatorios» claros se ha hecho por buena parte
de la historiografía desde Eric Hobsbawn y su «Primitive
Rebels».
En una obra anterior con Rudé, Hobsbawm caracterizó
a los trabajadores agrícolas británicos anteriores a 1.830
como no campesinos, pero viviendo aún en un orden social
«tradicional, jerárquico, paternalista y, en muchos aspectos,
reacio a la lógica del mercado», eran «proletarios sólo en el
sentido económico más general», ya que tanto el tipo de
trabajo que realizaban como el universo social en que vivían
les impedían desarrollar «las ideas y los métodos de autode­
fensa colectiva que los habitantes de la ciudad supieron des­
cubrir». Por su permanencia entre el campesinado, los tra­
bajadores agrícolas sólo plantearon formas de acción
«primitivas», es decir, no emancipatorias, dado que su obje­
tivo era «la defensa de los derechos tradicionales de ios
desheredados rurales, como ingleses nacidos libres que eran,
y la restauración del orden social estable que —al menos así
tado en castellano por Julián Casanova en (Zaragoza: prensas Universita­
rias de Zaragoza, 1989).
178 Manuel González de Molina y Eduardo Sevilla Guzmán, «Anda­
lucismo Histórico y Movimiento Jornalero-' en J. Beramendi y R. Máiz
(comp.), Los nacionalismos en la España de la II República. (Madrid:
5.XXI. 1991), pp. 305-333.
lo parecía retrospectivamente— Íes había dado seguri­
dad» ,79. Aunque la caracterización de los trabajadores agrí­
colas como campesinos no plantea serios problemas —en
España la historiografía sobre el movimiento obrero sigue
planteándolos en términos de «proletariado» rural— , su
concepción sobre el carácter de su práctica conflictiva
recuerda mucho a la que Genovese califica como «prepolí-
tica» l8°. Estamos de acuerdo con James Scott, quien
atribuye a esta forma de analizar a los jornaleros una «iró­
nica combinación de concepciones leninistas y burguesas de
lo que constituye la acción política»185. El campesinado sin
tierra, los jornaleros, como el resto del campesinado des­
pliegan formas específicas de lucha y resistencia que no pue­
den ser analizadas con idénticas categorías a las de la clase
obrera industrial y con concepciones más «éticas» que «cien­
tíficas» de lo que debe ser conciencia y práctica de. clase.
Precisamente para la defensa del «orden social estable»
campesino, el jornalero despliega un lenguaje organizativo y
unas formas de lucha propias que le convierten en un cam­
pesino más cuyo objetivo principal es la tierra. Tanto Sidney
Mintziíí2 como Roseberry183 han mostrado la centralidad de
esta reinvidicación que les convierte en campesinos, y la
«inutilidad» de otras reivindicaciones de carácter global.
Tanto para los jornaleros como para los campesinos propie­
tarios, la tierra constituye el medio esencial de reproducción y
subsistencia del grupo doméstico. La práctica social del
movimiento populista ruso y la del movimiento jornalero
andaluz así lo demuestran !M. Desde esta perspectiva y si

174 L. Hobsbawn y G. Rució, Captain Swing: A Social Hisiory o f the


Great English Agricultural Uprising o f JH30 (l.ondon: Lawrence and Wis-
han, 1969), p p .'124 y 195-196.
!S0 Fu gene Genovese, Roll. Jordán Roll (New York: Pantheon Books,
1974), p. 598.
m James C. Scott. Everyday fo rm s o f Peasant Resistance... op. cit.. p.
24.
IN2 «The Rural Proletarist and the problem of Rural Proletarian con-
ciusness» en Journal o f Peasant Studies. 1 (3), 1974, pp. 291-325.
lítl «Images o f the Peasant in the Consciousness of the Venezuela
Proletarist» en Proleiarions and Proiest (London: 1986), pp. 149-169.
Eduardo Sevilla Guzmán y Karl Heisel (eds.), Anarquismo y
partimos de la misma base que Edward P. Thompson, es
decir, de que las clases no existen al margen del conflicto de
clases, de que no existe una determinación única —basada
en las relaciones de producción— en la conformación de las
clases al margen de la «experiencia» y de la práctica conflic­
tiva concreta, llegaremos a la conclusión de que el jornalero
—por el conjunto de relaciones sociales en las que está
inmerso y por el tipo de lucha desarrollada— debe conside­
rarse como campesino, esto es como campesino sin tierra.
Esta caracterización del latifundio muestra la enorme
plasticidad de las formas de explotación en la evolución
histórica de la agricultura. Y, concretamente, que la «forma
de explotación latifundista» no es sino una entre otras de las
posibles modalidades de subsunción o subordinación formal
del trabajo al capital. Desde esta perspectiva cobra sentido
nuevamente la definición que uno de ios autores de este
trabajo hizo anteriormente de! latifundio: «Entendemos por
latifundismo la estructura socioeconómica y cultural gene­
rada por la acción estructurante de la propiedad de la tierra
sobre aquellas comunidades campesinas en las que se da un
predominio de explotaciones agrarias de gran extensión, que
formando ecológicamente parte de dicha comunidad crean
sobre la misma un sistema local de dominación de clase
ejercida por el grupo de terratenientes que monopoliza los
medios de producción agraria con la fiel asistencia, a través
de unas específicas relaciones sociales de dependencia, de un
sector de la comunidad compuesto por unas clases sociales
de servicio en cuyas manos se encuentran las instituciones
económicas, culturales y políticas que controlan a nivel local
la vida de la comunidad creando en la misma la explotación
del campesinado»185. Y esto parece ser, también, la tesis de
Joe Foweraker, para quien —analizando el caso de Brasil—
el latifundio constituye una forma de explotación que a tra­
vés de una suerte de «suspensión histórica» inmoviliza la

movim iento jornalero en Anclalucia (Córdoba: Excmo. Ayuntamiento.


Colección Diaz del Moral, 1988), passim.
185 E. Sevilla Guzmán, «Reflexiones teóricas sobre el concepto socio­
lógico de latifundismo» en Afonso de Barros (ed.). Agricultura Latifundia-
n a na Península Ibérica (Evora: Gulbenkian, 1980), pp. 29-46.
tierra y el trabajo para evitar un uso alternativo de esos
factores. «El latifundio es, por consiguiente, tanto en su
organización como en su ambiente no capitalista, una forma
de explotación que en eí contexto contemporáneo es subor­
dinado al modo de producción capitalista dominante. Tal
creación dinámica de un “ambiente sub-capitalista” ha
tenido lugar por una intensa competencia política por el
control de la tierra y el trabajo que se fue promoviendo
primero por las exigencias del capital comercial y más tarde
por las relaciones de producción capitalistas en la economía
nacional»586.
Desde esta perspectiva, la forma de explotación latifun­
dista no debe confundirse con la «gran explotación capita­
lista», muy capitalizada y «técnicamente eficiente» que des-
cibiera Karl Kautsky en la Cuestión Agraria. Aunque en
puridad podríamos llamarla —siguiendo a Lenin— como
Latifundio también. Sin embargo, por todo lo hasta aquí
expuesto es preciso reconocer que por el tipo de proceso de
trabajo peculiar que genera; por el tipo de comunidad cam­
pesina fuertemente estratificado que crea, por el tipo de
empleo estacional que demanda; por su baja composición
orgánica del capital, y por la prevalencia que en ella ostenta
la propiedad de la tierra, debemos reservar el término «lati­
fundista» para la forma de explotación que hemos venido
analizando.

186 .loe f'oweraker. The Struggle fo r Ijanú (Cambridge: Cambridge


University Press, 1981), pp. 205-206.
3. LETRADOS Y CAM PESINOS:
E L METODO EXPERIM EN TA L EN
ANTROPOLOGIA ECONOM ICA

Raúl Iturra

1. EL PROBLEMA

En el título de este trabajo está implícita una hipótesis.


Normalmente clasificamos el universo que estudiamos a
partir de las relaciones que las personas tienen con sus
medios de trabajo, ya que lo que queremos entender es
cómo los hombres producen y reproducen su sociedad,
cómo tejen sus relaciones. A veces, también clasificamos
nuestro objeto de estudio tomando por base el propio pro­
ceso de trabajo. Otras veces, consideramos la jerarquía, la
estructura o el estado de las personas y, a partir de esas
relaciones, ordenamos el mundo que queremos entender.
Mi propuesta es diferente: ¿por qué no atender a las maneras
y modos como las personas conocen y clasifican su propio
universo, para entender cómo producen sus relaciones socia­
les? He querido contraponer dos grupos, normalmente en
contacto en la investigación científica de la sociedad, para
decir que lo que los divide es la manera en que elaboran
conceptos acerca de lo real. Esta afirmación que trataré más
adelante, está relacionada con la segunda parte de mi título.
En Occidente, el conocimiento se ha desarrollado
mediante comparaciones, estableciendo un sistema de fe­
nómenos como una serie de regularidades y buscando todas
las diferencias que se puedan encontrar para, experimental­
mente, reconstruir la serie que coincidirá con la verdad. En
Occidente, los últimos trescientos años han visto desarro-
liarse una manera de producir la sociedad que llamamos
economía. La economía para la que vivimos, consiste en
abstraer la realidad en valores que hagan las cosas inter­
cambiables entre sí y que permitan fijar una escala de pre­
cios a las actividades que las personas ejercen. El criterio
que sirve de punto de partida es la creación de una masa de
bienes, de una riqueza, que ha de pertenecer autónom a­
mente a un individuo y que llamamos lucro, Pero el con­
tacto con pueblos que no tienen moneda y, sin embargo,
intercambian —como los clanes oceánicos y las tribus afri­
canas, o una serie de actividades que en Europa y en Amé­
rica Latina realizan las personas y por las cuales no hay
retribución monetaria—, plantea la cuestión de entender la
base conceptual de cómo se entiende lo real sin la existencia
de un mediador universal, la moneda. Este fenómeno, o
mejor dicho, este comportamiento coloca a la economía,
que se basa en la acumulación para el lucro, en un dilema:
de una parte ¿cómo controlar las actividades no cuantifica-
bles?; de otra, ¿será o no provechoso extraer de esos com­
portamientos algunos procesos que sírvan también para el
lucro?
En las sociedades con intercambio no monetario la acu­
mulación se ha centrado fuertemente en aquellas maneras de
trabajar en las que se coloca en el mercado un bien produ­
cido sin necesidad de gastar dinero en su retribución. De
hecho, también entre el campesinado europeo existen for­
mas de trabajar que son gratuitas para la economía central,
aun cuando no lo son para el propio campesino. El letrado
entiende esta actividad como dádiva, pero para el campe­
sino supone una serie de compromisos sobre su tiempo de
trabajo en su tierra. El experimento consiste en que el
letrado revela la estructura de ese trabajo y contribuye así al
lucro.

2. EL LETRADO

Creo que es fácil entender que en la sociedad en que


vivimos hay un grupo, no muy extenso, de personas que
conocen la causa de los comportamientos, o por lo menos su
proceso. El conocimiento experimental tiene un método y
una técnica. El método, como dije, es la comparación de
formas diversas, en este caso, de producir sociedad; y la
técnica es anotar, poner por escrito, y así recordar y modifi­
car, si fuera preciso, esas formas heterogéneas del saber. El
poner por escrito permite la formación de un cuerpo teórico
que permite transmitir textualmente a las nuevas generacio­
nes los descubrimientos de la generación anterior. Uno de
los problemas más graves que tiene el ser humano es el de la
muerte, y el del deterioro del cuerpo y del conocimiento
antes de morir. En la cultura letrada, la transmisión escrita
deí saber resuelve el problema puesto que coloca el saber en
una memoria despersonalizada, que perdura a través del
tiempo y que puede ser trabajada porque está labrada en
signos y símbolos. Parece como si la mayor parte de la
población en que vivimos hoy, fuese capaz de entender,
aprender y continuar su saber por medio de la letra escrita.
No obstante, los hechos muestran más bien lo contrario: del
conjunto de la población, sólo una mínima parte llega a
estudios superiores y, de esa parte, es mínima la que contri­
buye con textos y explicaciones de fenómenos que formen
una escuela interpretativa de los hechos sociales. El letrado
es la persona que lee, escribe, calcula, conoce la teoría, tiene
una clasificación de las diferentes corrientes del saber y que,
tras años de entrenamiento en gramática, matemáticas, his­
toria y otros conocimientos que le permiten ir más allá de la
apariencia, es capaz de contribuir con nuevas ideas a la
explicación de la dinámica de las relaciones sociales.
El letrado, un experto, trata de usar el método compara­
tivo para entender la función social de un hecho social, lo
que puede fácilmente hacer desde el momento en que
domina los criterios clasificatorios que le entrega la teoría de
su ciencia. Me parece justo decir, entonces, que la actividad
de desentrañar los procesos de construcción de lo social,
consiste en pasar los hechos observados por un prisma epis­
temológico, contextualizado en el tiempo y en el espacio. El
letrado que estudia el campesinado, como se puede ver en la
vasta literatura existente sobre el tema, tiende normalmente
a usar la comparación en forma de subsunción a la teoría. El
pensamiento deductivo lleva, en este caso, a la formación de
modelos que subordir^n el proceso social a una estructura
conceptual primero, teórica después, donde seres humanos
que normalmente lidian con lo real de una forma instrumen­
tal y estratégica, aparecen en forma de cálculo de produc­
ción, formas de matrimonio, sistemas de herencia, costum­
bres que normativizan sus acciones. El letrado reordena la
realidad procesual de la razón práctica, reformula los fenó­
menos que se le presentan para llevarlos a la serie de control
que, en Occidente, es el individuo que calcula, elige y maxi-
miza sus opciones. Esta es, por lo menos, la inclinación de la
ciencia de la economía que traspasa todos los otros saberes,
porque está en la base del pensamiento cultural del letrado y
de la propia reproducción que le permite vivir y saber.

3. EL CAMPESINO

El concepto de campesinado hace referencia a un sistema


de trabajo, una tecnología con la cual una persona aprende
a transformar la naturaleza. Normalmente se define al cam­
pesinado como una cultura que proporciona ideas y orienta
la actividad de individuos que nacieron, y quedaron, en el
medio rural. El campesino es la persona que aprende, en la
práctica del trabajo, la manera de entender el universo que
lo circunda. Desde el comienzo de su ciclo de vida, las per­
sonas van observando la actividad que su grupo doméstico y
sus vecinos realizan, y ya en sus juegos ejecuta la mímica de
la realidad con que, eventualmente, se enfrentará cuando
sea adulto. La característica más importante, es la de estar
cada individuo, desde su nacimiento, definido socialmente
por el lugar que ocupa en la dinámica de desarrollo de su
ciclo doméstico. Mientras que en la vida industrial las per­
sonas son separadas del contexto parentai y vecinal para
pasar a ser individuos que saben porque aprenden, escolar o
técnicamente, una actividad, en la vida rural hay dos princi­
pios que parecen tener una gran importancia: la subordina­
ción de cada persona a su grupo social y la sustitución que
tendrá que efectuar dentro del grupo de las personas que
saben manipular la tecnología del trabajo, pero que desapa­
recen a causa de la muerte. Hay aquí otro hecho necesario
que hay que considerar, y es que el campesino, sea propieta­
rio de la tierra que trabaja o no, por lo menos la posee en
cuanto la trabaja. Y es esta posesión que dinamiza la necesi­
dad de tener permanentemente una renovación del ciclo
doméstico para poder servir al ciclo agrícola. Una renova­
ción hecha en dos sentidos: uno, en la necesidad de producir
nuevos seres humanos, de donde se deriva que las relaciones
de parentesco y alianza son de extraordinaria importancia; y
otro, en la de producir entre los nuevos miembros los pró­
ximos adultos, que aprenderán a poner en movimiento toda
esa tecnología de arados, tractores, aguas, tierras, lluvias,
que sin una persona que las piense y entienda, sería una
masa inerte de materia. La velocidad de renovación de indi­
viduos se puede apreciar en la propia conformación del
grupo doméstico, normalmente de tres generaciones: una
que sabe más de lo que puede trabajar o ser capaz de actuar,
otra que practica lo que ha venido observando, y oír a que
aprende al tiempo que su cuerpo se desarrolla para tener la
capacidad de actuar de la generación intermedia. Se puede
apreciar, también, en las relaciones entre los grupos domés­
ticos, grupos de trabajo diseminados constituidos según los
conocimientos y capacidades de los individuos, repartidos
por los campos particulares no por familias, sino por
saberes.
En resumen, el saber del campesino se aprende en la
heterogénea ligazón entre grupo doméstico y grupo de tra­
bajo, ya sea en una aldea o en heredades mayores. El cono­
cimiento del sistema de trabajo, la epistemología, es resul­
tado de esta interacción donde la lógica inductiva es
aprendida en la medida que se ve hacer y se escucha para
poder decir, explicar, devolver el conocimiento a lo largo de
las relaciones de parentesco y de vecindad. Si la compara­
mos con el saber letrado, la conducta reproductiva rural, es
el resultado de una acumulación que no se hace en los tex­
tos, sino directamente en contacto con las personas y a tra­
vés de los lazos que se tejen entre ellas.
4,. EL ENTENDIMIENTO

De los dos grupos de personas que se enfrentan para


elaborar una explicación, en la que el letrado compara y el
campesino es comparado, resultan para el primero una abs­
tracción de cualidades reiteradas, y para el segundo, una
heterogeneidad de hechos que subsume a su propia capaci­
dad de actuar. El letrado organiza ei universo gramatical­
mente, esto es, el mundo es una lista que se fabrica a partir
del concepto de orden que introduce el abecedario; al igual
que divide la realidad en cálculos aritméticos de optimiza­
ción de recursos. Lo que ei letrado pretende saber, con su
entendimiento hermenéutico, es cómo está organizado el
universo campesino con su entendimiento práctico. La
taxonomía que busca el letrado es resultante de la propia
manera de reproducir la vida que practica: correlacionar la
fuerza de trabajo con la productividad y el gasto de moneda
en inversión o pérdida. Es por esto que en la literatura de las
ciencias sociales normalmente aparece, en el tema rural,
primero una descripción de la estructura de la propiedad,
luego de la población, derivada de las formas de trabajo,
para, a veces en la literatura antropológica tal vez, aparecer
el intercambio matrimonial y la herencia. El proceso repro­
ductivo queda estructurado para poder ser comparado al
universo teórico de la productividad y del cambio. El cientí­
fico además, quiere intervenir, cambiar, lo que supone que
tiene un conocimiento de la realidad que la hace expedita,
más maleable. Lo que no deja de ser verdad, porque el
conocimiento científico que es el pensamiento del letrado, le
permite ver más allá de las apariencias.
Por su parte, el entendimiento campesino está formado
por lo que es externo, y esto puede apreciarse en las descrip­
ciones que hace, al igual que en la forma de organizar el
trabajo y en el pensamiento que orienta su acción, como
veremos más adelante. Se puede argumentar que hay un
punto que no es observado por el letrado, que es el de la
formación de ios conceptos entre los campesinos: el mundo
rural es siempre, en la investigación como en la literatura de
ella resultante, un mundo de adultos, y de adultos en acción.
La memoria y su formación, como el olvido, son hechos que
no aparecen: ni la infancia ni la ancianidad son estudiados,
como no lo son tampoco las rupturas de la estructura genea­
lógica del conocimiento causadas por la muerte de la gene­
ración intermedia en accidente, por la guerra, o la emigra­
ción. Si la transmisión del saber campesino se efectúa de
adultos a niños y de especialistas a aprendices, una ruptura
en la cadena produce otra manera de enfrentarse a lo real.
Esta forma de entender cómo se entiende, oficio del letrado,
refleja la propia manera de aprender que el letrado tiene,
donde ias instituciones que lo enseñan son una abstracción
de ios hechos reales, ya que un docente que desaparece es
luego sustituido por otro, dada la posibilidad que permite el
contrato. El entendimiento letrado es contractual, el enten­
dimiento campesino está, por el contrario, ligado a la expe­
riencia de vida que se desprende de su proceso.

5. LOS CONCEPTOS

También se podría argumentar que el punto de partida


conceptual del letrado y del campesino son los mismos:
ambos comparten una misma cultura cristiana, y ambos
pasan obligatoriamente por la iniciación en el positivismo
liberal por medio de la escolarización obligatoria. Sin
embargo, debe de existir alguna cosa diferente a través del
aprendizaje, ya que menos personas de la vida rural que de
la vida urbana llegan a las profesiones. Si el aprendizaje es
un ejercicio de la inteligencia que aprende lo que ve y oye, es
natural que cada grupo tienda a reproducirse a sí mismo. No
es sólo el descendiente del letrado quien tiene más oportuni­
dad de entender los textos, es también el hijo del comer­
ciante que calcula, divide y correlaciona, el hijo del proleta­
rio que administra y lleva las cuentas de una heredad
grande, el empleado de comercio, el sacristán, el hijo del
trabajador especializado que lee el periódico y desarrolla la
capacidad de distinguir.
Centrándonos en la cultura cristiana, digamos que no
tiene mayor sentido en las ciudades, donde la relación
persona-cosa en la que trabaja ya está mediada por una
jerarquía dada por la teoría económica. En el proceso de
vida rural, la relación persona-objeto tiene una racionalidad
en la cual la disciplina y la jerarquía emanan de los propios
individuos, por lo menos en lo que se refiere al proceso de
trabajo; es verdad que precios y salarios son una escala de
bienes evaluados que ayuda a optar entre trabajar en el
campo, en otro país, o aprender una especialidad con algún
maestro artesano. Sin embargo, para el caso que me pre­
ocupa, el campesinado creó un sistema de jerarquías,
mediaciones y autoridad extra históricas, como un conjunto
de acciones que se deben hacer y otras que no, que son de
extrema utilidad en la estructura del trabajo. Desde el nivel
local, el Estado sólo se ve en ios impuestos, Ucencias y jui­
cios, pero no en lo cotidiano. La vida nacional no parece ser
un asunto que tenga mucho que decir respecto a las perso­
nas en la realización de sus tareas. Hay que dejar en claro,
sin embargo, que me refiero a la religión como al conjunto
de ideas que normativiza el ritual y las relaciones de jerar­
quía, históricas o fuera de ella, como los santos; y también, a
la forma simplificada con que la Iglesia Católica en el Sur de
Europa, ha enseñado el Derecho Canónico; la catequesis.
Este derecho tiene vigencia porque define una reglamenta­
ción de la alianza reproductiva, define el parentesco, siste­
matiza las capacidades de las personas en cuanto capacida­
des para entender el trabajo, las cosas, las relaciones y }a
autoridad. Este derecho, fabricado a partir de la experiencia
sensible del comportamiento social, entrega un saber que
está en la memoria del conjunto de las personas, por lo cual,
al ser actuado, no es novedad para quien lo aprende por
primera vez; es como poner palabras a los hechos, propor­
ciona un léxico para la acción y para la interacción. La ley
positiva es, desde luego, conocida para quien tiene propie­
dad, y para quien tiene litigios, que en el campo son siempre
abundantes; sin embargo, esta ley positiva está muy relacio­
nada a instituciones que han continuado desde un pasado
predominantemente feudal. El letrado está entrenado en la
prueba, el método comparativo lo impulsa a la abstracción,
a la construcción de leyes generales a partir de las experien­
cias particulares. El campesino es un conjunto de particula­
rismos.

6. EL APRENDIZAJE

Señalábamos antes que hay otro punto en común, apa­


rentemente, entre el letrado que compara y el campesino que
es comparado: es la escuela. Si el letrado llega a comparar,
es porque ha hallado la forma de unir lo cotidiano con
formas de abstraer las condiciones de lo real. No sólo sabe
escribir, leer y calcular aritméticamente, sino que además, su
individualidad está claramente inserta en el tiempo histórico
en que se encuentra y contextualizada entre los diversos
saberes y dominios que clarifican su cuerpo, su inteligencia y
su individualidad para sí mismo. El letrado actúa como tal
cuando consigue hacer un discurso para la mente de otros,
cuando puede explicar con palabras, ejemplos, metáforas,
signos, fórmulas y modelos. El discurso campesino versa
sobre lo sensible que hiere su propia experiencia. El letrado
comienza la escolaridad primaria y acaba, después de
muchos años, con los estudios superiores, su investigación y
sus propios textos, pasando del yo al vosotros.
De otro modo, el campesino llega a la primaria con la
realidad ya definida, el contacto con la reproducción de la
vida que él mismo contribuyó a crear, y con una epistemo­
logía más cercana a lo sagrado que vio en casa. Los estudios
primarios, según observo en mi investigación, son los únicos
que realiza y ni llega a completar, pareciendo, más bien, ser
una anécdota en su vida. En sus estudios, durante pocos
años, en pocas horas por día y en pocas semanas por año, se
enfrenta a una sociedad nacional que nunca vio. El currículo
de las escuelas en Portugal y España, por ejemplo, se refie­
ren a lugares armoniosos, médicos sonrientes que mejoran
la salud, policías amables que orientan, y otras actividades
que no se ven en la vida cotidiana real. Los libros de texto
no sirven para que los niños reconozcan su realidad, sino
más bien para otro propósito. Este propósito habla de la
relación con la universalidad de la igualdad de los hombres
en derecho y obligaciones —no de la condición humana—.
El liberalismo liberó las tierras del patrimonio feudal y las
hizo circular en papel moneda dentro del mercado, para lo
cual necesitaba compradores. Al traspasar el derecho de
raíz, o la raíz del derecho sobre un bien, del señor al mer­
cado, creó la función social vacante de pequeño propietario;
al desamortizar, dinamizó la necesidad de la compra de la
tierra que se trabajaba. Las condiciones son las del contrato
y para esto fue preciso crear al individuo, y así fue univer-
salizada y obligatoria la escuela. En ella se construye el
tercer personaje, el ciudadano, que junto con la tierra y la
propiedad, conforman el sistema de trabajo que da su apoyo
a la producción industrial. Esta realidad del ciudadano es la
que falta en el campo, donde cada uno es miembro de un
grupo bien definido, conocido por su actividad y por su
habilidad: en el campo, cada persona se identifica con su
grupo social, ya sea la aldea o una actividad similar. El
pluralismo y la heterogeneidad de la vida rural son el obstá­
culo del que carece el letrado, para integrarse en el Estado-
Nación. Los letrados campesinos cuyas vidas he estudiado,
son resultado del seminario, del sindicato, del partido, o de
la voluntad paterna que los apartó temprano del sistema de
trabajo rural y los encerró en el cuarto con el libro de texto,
un puñado de dinero, un explicador y la idea de ser mejores
y superiores a sus vecinos, antes que la tecnología rural
explicara lo real a sus ojos.

7. LA TEORIA

El saber que emana de la práctica, es una teoría envol­


vente que ocupa la razón de la persona al explicarle el
mundo que habita. El orden geográfico que impera en las
relaciones, era conocido antes que el erudito orden alfabé­
tico. La taxonomía es arriba-abajo, derecha-izquierda, lejos-
cerca, pesado-liviano, accidentes del terreno o elementos del
paisaje. Estos elementos del paisaje siempre cambiante con
las estaciones, imprimen al pensamiento campesino una
dinámica emanada de la vida donde se aplica, de la que
carece la vida industrial en que vive el letrado. La vida del
letrado puede ser tan inmutable como el texto en que estu­
dia, siempre presente con sus letras iguales. Se puede decir
que la teoría campesina de la reproducción ha huido hasta
ahora del encapsulamiento de las horas y de la domestica­
ción del tiempo y sus condiciones. El letrado viene de un
mundo en que ordena al sol, mientras que el campesino
viene de un mundo donde el sol manda; y también la luna.
No quiero decir con esto que el letrado construyó una cul­
tura y el campesino no: ambos modifican la naturaleza a
partir de dos perspectivas opuestas de la experiencia. El
letrado la entendió inflexiblemente, el campesino flexible­
mente va cambiando su ser. El letrado tiene instrumentos
para penetrar la epidermis de los fenómenos, el campesino
penetra la comprensión del mundo a través de los signos de
la epidermis y teoriza lo que está por debajo.
Entre estas dos formas diferentes de entender, no hay
punto de comparación posible, si no es acentuando las dife­
rencias culturales para constatar que existen. Y todavía más:
una vez que sabemos cuáles son las diferencias, y sabemos
que la teoría racionalista que explica el mundo es más eficaz
que la razón que lo entiende, es posible pensar en una estra­
tegia de extender el pensamiento racionalista a la experien­
cia campesina —o a las otras experiencias, urbanas, clásicas,
tribales— que correlacionen los hechos epidérmicos con ios
hechos sociales. Así, me parece que hablar del método expe­
rimental en Antropología Económica, es entender que
letrado y campesino conviven en un contexto que los separa,
en donde el campesino acaba por no entender el contenido
del discurso del letrado, y el letrado ignora el proceso de
construcción cultural que el campesino puede hacer en la
medida en que clasifica y calcula mediante la experiencia y
no a través del experimento. Pienso que el caso de la chi­
quita que decía saber matemáticas sin que su profesor estu­
viese de acuerdo con ella, viene al caso. « Fernanda, ¿cuántos
azadones hay en tu casa? Cinco. A cinco le quitas tres,
¿cuántos quedan? No se'. Entonces, Fernanda, quita el de tu
padre y de tu madre y de tu hermano, ¿cuántos son? ¡Ah!,
dos, el de mi hermana y el mío». Así, se juntan las dos partes
de la comparación que el letrado quiere hacer a partir de su
entrenamiento en el racionalismo positivista y en su deseo
de hacer de la ciencia un instrumento para el cambio.

8. LA ORALIDAD

El conocimiento campesino tiene, entonces, ese fuerte


componente de cultura de la oralidad donde el letrado,
hombre habituado a la exactitud del texto que desarrolla
una teoría, no encuentra la seguridad que le da su manera de
entender la formación del saber. Creo que hay dos fuentes
de la transmisión del saber oral, que son textos donde el
letrado puede, con seguridad, encontrar la genealogía de las
ideas campesinas y el conocimiento que orienta su actividad.
Una, es el utillaje técnico, ya sea usado en el trabajo como
las herramientas, ya sea una representación de lo que los
hombres hacen, como son los monumentos y santuarios. En
las herramientas está sintetizada, escrita, la acumulación del
saber que muchos siglos de experiencia han ido materiali­
zando y mejorando. El campesino vive en un mundo per­
manente de cambios, en donde tiene que mantener igual su
ritmo de producción para el intercambio con ei sistema cen­
tral de la economía. Uno de los vectores son las condiciones
de su contrato —siervo, enfiteuta, arrendatario, mediero,
propietario— , a través dei tiempo: la moneda en que paga y
le pagan, varía. El otro, consiste de sus propias condiciones
de producción, que limitan o dinamizan su economía.
Así, hay diferencias entre campesino y campesino, y
diferencias de época a época. Cuando las condiciones del
mercado aprietan, el utillaje a usar es el que él mismo
fabrica, donde no tiene que remunerar ningún factor de
trabajo. Es característica del campesino combinar y alternar
ios instrumentos con que trabaja, a veces su fuerza de tra­
bajo, a veces la tracción mecánica. La contabilidad que el
productor rural lleva, como aritmética del dinero, y con la
que forzosamente tiene que lidiar, es ei raciocinio que decide
qué instrumento y qué personas empleará. Casi se puede
afirmar que, en coyunturas en que la base material hecha
por otros para él sube el costo, el productor sólo gastará la
energía que su propia reproducción le permite: su cuerpo y
el de sus familiares, sus animales y su tierra. La contabilidad
nacional de la producción suele entenderse como el texto
más seguro para conocer cuál será la racionalidad aplicada
al trabajo. Sin embargo, siendo el productor rural una estra­
tegia de sus recursos en conexión con el contexto de su
coyuntura y, en ningún caso, un experimentador, la estrate­
gia que utiliza, reveladora de su raciocinio, realmente no
aparece en la contabilidad nacional. Esta contabilidad es
apenas la estructura final de un proceso mucho más deta­
llado que sólo se puede observar en resolución. La oralidad
del campesino no se encuentra en lo que dice, sino en lo que
hace; y esa oralidad es de alternativas escasas, oscilando
entre el empleo de sí y del dinero, y esto es algo que puede
conocerse mediante la observación participante de un tra­
bajo de campo prolongado en el tiempo por parte del
letrado. El saber campesino se dice oral porque no está en
los libros, sino en los textos que manipula en su trabajo, las
herramientas y en las estrategias que implementa.

9. LA ESCRITURA

No se puede pretender, sin embargo, que un campesino


europeo, o latinoamericano, sea sólo una fuente de estrate­
gias oralmente transmitidas. La cultura campesina en los
dos continentes, es también una cultura de libro, es una
cultura fundamentalista. Es verdad que el saber positivista
es un conocimiento fuera de su lógica de trabajo, como lo es
para la mayor parte de la población de cualquier estado-
nación moderno. Pero no todo el saber se encuentra en el
experimento controlado, hay también la experiencia como
he señalado anteriormente. Y esta experiencia está acumu­
lada en los textos que los letrados ignoramos o entendemos
mal, y acabamos por encontrarlos tan sagrados, como si
creyésemos que una divinidad los dictó. Esta es la segunda
fuente escrita del pretendido saber solamente, o puramente,
oral de los campesinos. Esta fuente no siempre está mediada
por un explicador del sentido del texto; es el propio texto ei
que ha sido dictado por el conjunto histórico de la experien­
cia y no todo es aceptado como parte de una verdad que
pasa a ser oficial cuando la recoge un poder político cada
vez más minoritario, la Iglesia, que es confundida con la
religión por el letrado ateo. La solidaridad que impera entre
las personas es la versión laica de la caridad con que se
explican los contenidos de los textos bíblicos. El conjunto de
los mandamientos, sea para el campesino creyente o para
quien piensa que la vida acaba con el azadón, la hoz y el
martillo, consiste en un conjunto de advertencias acerca de
cuáles son las consecuencias si se obra de una manera u otra.
No se podría prohibir, o mandar realizar, un com porta­
miento a quien, por causa de las condiciones de su oficio, es
un estratega. Las personas del campo entienden el bien y el
mal por las consecuencias que de ello se derivan, de tal
manera que en diferentes circunstancias la evaluación de un
comportamiento varía según la conveniencia. El código
ético no es estricto ni compulsivo; es, simplemente, un indi-
cador de alternativas y consecuencias que las personas
conocen por su propia experiencia.
El letrado que quiere comparar la conducta campesina a
la suya propia, esto es, a la teoría con que entiende, necesita
conocer los textos fundamentales, que registran esas alterna­
tivas, tan correctamente como conoce los archivos en que
hechos y genealogías están registrados. No podría ser de
otra manera entre un conjunto de pueblos, como los euro­
peos, que construyeron el registro de su conducta histórica
en un texto central. Lo que se puede comparar, entonces, es
el entendimiento de los cánones vigentes del comporta­
miento y de la estructura de la sociedad en uno u otro de los
sectores que de manera diferente usan la escritura, o la pala­
bra escrita, para tejer su red de relaciones: el letrado la
produce individual y exclusivamente, y el campesino, en el
conjunto de su grupo social.
¡O. LA CONCLUSION

No podía dejar de escribir la fatídica palabra con que los


letrados intentamos acabar un texto que, inmediatamente al
menos, convenza a los otros de su estirpe. Mi texto, todo él,
me parece una continua conclusión de mis años de trabajo
de campo y de vida en aldeas campesinas y chabolas urba­
nas de dos continentes. Me parece, sin embargo, que queda
por decir una palabra acerca del método comparativo y del
método experimental. La comparación permanente que es la
vida del letrado en los medios no letrados — i.e. que no
producen modelos que se exponen en seminarios y cursos-—,
me ha enseñado que letrados y campesinos venimos de una
misma fuente cultural, el cristianismo, sea el militante que
entiende mediante la fe, sea el laico, porque entiende a tra­
vés del experimento. La diferencia fundamental estriba en la
confección de arquetipos que los letrados hacemos, de
modelos donde vamos ordenando los procesos de vida,
todos cuantos nos caen en la mano, para poder entender y
explicar. La antropología económica, que es la rama de la
antropología social que practico, se ha construido en base a
subordinar los procesos reproductivos a modelos de racio­
nalidad esperados para el desarrollo de una sociedad que
queremos ver, por lo menos, sin el castigo del trabajo duro y
que pueda acumular en sí la riqueza que produce. El método
experimental considera a campesinos, tribus y clanes como
instituciones mal regladas y sin conocimiento. Perdemos
con ello entender la perspicacia que ha permitido la supervi­
vencia de estos grupos y sus formas de conocimiento, a
pesar de la expansión colonizadora del capital. Tal vez cen­
trarnos más en el análisis de cómo se defienden las culturas
subsumidas en la cultura burguesa, nos dé la dimensión de
entender como entienden los campesinos, tribus, clanes y
trabajadores, la superación de los límites que le impone la
acumulación del lucro en un solo sector, el industrial propie­
tario. El objetivo del científico es entender cómo entienden,
para poder incorporar esos parámetros y esa epistemología
en los textos que el positivismo liberal por lo menos, el
socialismo por lo más, quiere incorporar en la experiencia
rural y las otras. El problema estriba en que así estamos a
ver al contrario: el registro textual del campesino es ex-post-
facto y no ante-ex-hoc como el del letrado. Allí donde el
letrado no reacciona si no tiene teoría para ver, el campesino
improvisa e incorpora en su experiencia, transmisión oral
del saber, confesión de textos que los letrados teólogos
supieron hacer. Es así como entiendo el método experimen­
tal: el uso ex-post-facto de un saber basado en una práctica
que rompe con los modelos con que los quiere entender el
letrado.
Este trabajo tuvo su origen en una conferencia en la que
hice referencias que no aparecen en esta versión. Esa es la
diferencia entre el pensamiento hablado y el pensamiento
escrito: el primero es reiterativo, el segundo es discursivo,
aun cuando el letrado, habituado a la técnica de la escritura,
podría tener una oralidad con principio, medio y fin. Esta
diferencia de registros con que se expresa la lógica de un
mismo individuo, es también la diferencia de la lógica entre
letrado y campesino cuando están frente a frente y cuando
cada uno piensa al otro. A mi modo de ver las cosas, la
comparación como método se dirige justamente a entender
la racionalidad con que el mundo es ordenado por el uno y
el otro. Cada uno abstrae ideas de lo real a partir del entre­
namiento del pensamiento en un tipo de discurso inductivo
o deductivo. El método experimental tendría como fin apor­
tar alguna riqueza en ese tipo de comparación. El letrado,
obligado por así decir a colocar su discurso como serie de
control, puesto que es con su pensamiento como entiende
las ideas del otro, compara a partir de ese dato y así consi­
gue formular sus conclusiones: su cultura es la lista de ver­
dades que le sirve para saber lo que pasa con el sujeto obser­
vado. Lo importante, sin embargo, es producir un entendi­
miento de la generación de la racionalidad campesina
dentro de sí misma, colocando el discurso del sujeto —en
acciones y en palabras— como centro del universo que
quiere entender y comparando repetidamente las formas
diversas con que el grupo o sujeto que estudia, cambia de
manera de construir sus relaciones y de ordpnar su mundo
material.
Específicamente, en la ciencia social, las épocas históri­
cas acaban por ser más importantes de lo que se reconoce a
veces. Unicamente entendiendo la manera de reproducir.la
sociedad en una época determinada, separada de otra á par-
tir de los puntos de ruptura de algunos aspectos, podemos
convertir la lógica o la racionalidad campesina en la serie de
control, en tanto que su propia variación sería la serie expe­
rimental, Claro está que nunca hay puntos de ruptura tan
definitivos que no nos dejen ver que, al final, existe siempre
una continuidad en la conducta social así como un conjunto
de relaciones que luego aparecen y van subordinando, sub-
sumiendo, formas anteriores. Pienso, con los datos a mano,
que las fases de subsunción que existen en el campesinado
son, en los últimos siglos, la desvinculación de tierras a
instituciones, la circulación generalizada de la moneda, la
inserción del productor rural en un trabajo más mercantili-
zado, y su incorporación parcial, en los estados-naciones de
Europa. Todo ello, impulsado a través de una instrucción
pública que nunca llegó a ser adecuada. Esto es así porque
las relaciones dominantes de la reproducción por el lucro
(centrada en el propietario industrial) están correlacionadas
con el entendimiento parcial de las instituciones capitalistas
en conjunto. Ello genera tal número de incógnitas en la
cabeza del campesino —y del jornalero— , que lo obligan a
recurrir a sus propios conocimientos para continuar su his­
toria. Es tal vez este hecho lo que mantiene una continuidad
en el pensamiento campesino, metafóricamente represen­
tado por un tipo de voluntad externa a la sociedad histórica
—una divinidad—, que el letrado, cuyo continuo es el expe­
rimento, no consigue entender completamente. Es esta dife­
rencia en la percepción de la construcción de relaciones
sociales, lo que hace para mí fascinante hacer una distinción
entre letrados y campesinos, a fin de entender la mente cul­
tural que organiza el método experimental, método que no
consigue escapar al pensamiento cultural. No obstante, este
método acaba por dar datos objetivos al letrado para conse­
guir entender como se entiende. Y así elaborar un método
que sirva para enseñar a aprender el positivismo a la racio­
nalidad campesina.
12. BIBLIOGRAFIA

Como un texto letrado es siempre la derivación del


conocimiento científico de la materia que trata, sea acumu­
lado en otros textos, sea de la evidencia empírica del autor,
entiendo que las ideas usadas en cuanto se escribe deben ser
referenciadas como parte integral del texto. En primer lugar,
quiero decir que mi argumento proviene de tres de los varios
trabajos de campo que he realizado en el transcurso de mi
vida:*Vilatuxe, Galicia, 1974-76; Pinheiros, Beira Alta, Por­
tugal, 1981-83, y Vila Ruiva, Beira Alta, Portugal, 1988-90.
En la aldea gallega residí continuamente durante casi dos
años y estudié las estrategias de la racionalidad campesina
para sobrepasar la subordinación a que está sometida. Se
debe ésta a la especialización lechera para una industria
multinacional, la empresa Nestlé, y a la doble vinculación al
mercado: tanto de productos agrícolas de! Estado Español
como de mano de obra de países Latinoamericanos y euro­
peos que aún no habían constituido el hoy Mercado Común
Europeo o Comunidad Económica Europea —es decir, la
unión de varios países que homologan su producción, aun
cuando sus trazos históricos y culturales mantienen una
dura frontera que la historia no conseguirá unificar— . En el
trabajo de Pinheiros, nombre que di a la aldea de Sao Joao
do Monte, estudié principalmente el casamiento y celi­
bato. Es en mi estudio de Vila Ruiva, que realicé con tres
jóvenes colegas que colaboran conmigo, Felipe Reis, Nuno
Porto y Paulo Raposo, así como con la colaboración puntu-
ral de la médica Berta Nunes, que me centré —nos
centramos— en el proceso de aprender en y más allá de la
escuela, en la racionalidad campesina reproductiva. Fruto
de estos trabajos escribí varios textos, algunos de los cuales
son:
—«Strategies of social recruitment: a case of mutual help
in rural Galicia (NW Spain)» en Milán Stuchlik (ed.), The
Queen University Papers in Social Anthoropogy, Vol. 2, Goals
and Behaviour (Belfast, 1977), pp. 75-95. Hay una versión
francesa en la revista Meridies, ne 2, París, Juin 1985; pp.
171-197,
—«Strategies in the domestic organisation of production
in rural Galicia (NW Spain)» en Cambridge Anthropology,
Vol. VI, nQ 182; pp. 88-129. Hay una versión portuguesa en
Ler Historia, n9 1, Lisboa, Jan-Abril, 1983; pp. 81-111.
—«Continuity and change: peasant transition in a Gali-
cian Parish (NW Spain)» en The Processes o f Transition-
Anthropological case studies, International Social Science
Journal nQ 114, París, Nov. 1987; pp. 481-505.
—«Racionalidade tradicional, racionalidade individual;
reciprocidade e optimizacao ñas estratégias produtivas
duma paróquia rural galega» en Actas do II Coloquio de
Aníopoloxia, Santiago de Compostela, Xuño 1984, pp.
165-189.
—Antropología Económica de la Galicia Rural (Galicia:
Xunta de Galicia, 1988), España, p. 180.
—«Mariage, ritual and profit: the production of produ-
cers in a Portuguese village (1862-1983)» en Social Compass.
Revue International de Sociologie de la Religión, XXX, nQ I,
Université Catolique de Louvaina, pp. 73-92. Hay una versión
más extensa en Ler Historia, ne 5, Lisboa, 1985; pp. 59-83.
—«Religious Practices in Portugal» en Facts and figures
about Portugal (Lisboa: Sociedade Portuguesa de Estudos
Rurais, 1987), pp. 137-152.
—«Strategies de Reproduction: le droit canon et le
mariage dans un village Portugais» en Droit et Societé.
Revue International de Théorie du Droit et de la Sóciologie
Juridique, nQ 5, París; pp. 7-23.
—«La reproduction hors mariage. L’example d ’un
village portugais (1862-1983)» en Etudes Rurales, nQ 113-
114, París, 1988; pp. 90-100.
—«Factores de reproducción social en sistemas rurales:
trabajo, producción de productores y pecado en aldeas
campesinas» en Arxiu d'Etnografia de Catalunya, nQ 6,
Tarragona, 1988; pp. 101-123.
—«El celibato como sistema reproductivo de personas,
bienes y saberes en aldeas campesinas» en Dolores Comas y
Aurora González (coord.), Antropología. Familia y relacio­
nes de parentesco. Estudios desde la Antropología Social
(Generalitat Valenciana, 1990), pp. 117-133.
Creo que hay tres textos en donde sintetizo las ideas
debatidas en los hasta aquí citados:
—«A religiao como teoría de reproducao social» en Ler
Historia, nQ 15, Lisboa, 1989; pp. 95-111.
—«Trabalho de campo e observacao participante em
Antropología» en Santos Silva y Madureira Pinto (orgs.),
Metolodogia das Ciencias Sociais (Porto: Afrontamento,
1986), pp. 148-163.
—«El grupo doméstico o la construcción coyuntural de
la reproducción social» en IV Congreso de Antropología de
España, Alicante, 1987, pp. 19-38. Hay una versión portu­
guesa en Sociología: Problemas y Prácticas (Europa-Amé-
rica: C.I.E.S., 1988).
De mi último trabajo de campo en Vila Ruiva, cuyo
texto redacto en este momento (Memoria e Aprendizagem: A
construcao social do insucesso escolar) son relevantes al pre­
sente texto las siguientes publicaciones que ya he efectuado:
—«A passagem da oralidade a escrita: o mito do insu­
cesso escolar» en I Jornadas de Antropología e Etcnología
Regional, Escola Superior de Educacao de Leiria, Actas,
1988, pp. 11-16.
— A descontinuidade entre a escrita e a oralidade na
aprendizagem (Escola Superior de Educacao de Braganca:
Séroe Estudos, 1989), p. 10.
— A aprendizagem para além da Escola: o jogo numa
aldeia portuguesa (Guarda: Editada por Associacao de
Jogos Tradicionais, 1990), que escribí con Felipe Reis, 31 pp.
—«Fogerás a escola para trabalhar a térra» en Revista
Lusitana, Nova Série, nQ 8, 1990, 15 pp.
Creo que una síntesis de estos y otros artículos que aún
están en prensa, sobre todo los del tema «El Pecado» (5
textos) y «Learning despite formal teachin» (C.U.P., 60 pp.),
este último con Felipe Reis, son los textos:
—«A revolucao que nao conseguiu matar a divindade»
en Ler Historia, ne 17, 1989, Bicentenário da Revolucao
Francés, pp. 56-67.
—«A Etnografía, memoria da Historia» en Estudos em
homenagem a Ernesto Veiga de Oliveira (Lisboa: INIC,
1990), pp. 305-311.
—«Pensamiento Dogmático, Pensamiento Positivista: o
Governo letrado das relacoes sociais» en Antropología Por­
tuguesa, Vol. 7, Coimbra, 1989; pp. 37-41.
Este conjunto de trabajos no serían posibles sin las dis­
cusiones que he tenido a lo largo del tiempo con Jack
Godoy, Milán Stuchlick y Alan Macfarlane; Maurice Gode-
lier, Marie-EIisabeth Handman y Louis Assier-Andrieu;
Ramón Máiz, Ramón Villares, José Carlos Bermejo; Dolores
Comas, Juan José Pujadas y Joan Prats; Jesús Contreras e
Ignasi Terrades; Francois Houtart y Leonardo Boff; Eduar­
do Sevilla, Manuel González de Molina e Isidoro Moreno;
José Matosso, Miriam Halpern Pereira, Joao Ferreira de
Almeida, Alfonso de Barros, Joao de Pina Cabral, José Car­
los Gomes da Silva, José Fialho, Jorge Freitas Branco, Joa-
quim País de Brito; Ernesto Veiga de Oliverira, Benjamín
Pereira; Boaventura de Sousa Santos, José Madureira Pinto;
Carmelo Lisón Tolosana y Ricardo San Martín. Y a través
de los años, Mary Bouquet y, muy especialmente, Brian
Juan O’NeiL Cada uno de ellos tiene una vasta obra que está
incluida en las bibliografías de los trabajos míos citados y
que han servido de apoyo teórico y etnográfico para poder
entender lo reai y para poder pensar. Hay textos específicos,
sin embargo, que están siempre presente en mis ideas:
—Karl Marx, Grundrisse (1857-58) (Penguin, 1973).
—Jack Godoy, The Domestication o f the Savage Mind
(C.U.P., 1974), hay versión castellana; y The interface bet~
w'een the written and the oral (C.U.P., 1987).
—Maurice Godelier, La production des Grandes Hornes
(Fayard, 1982) y L’idéel et le materiele (Fayard, 1984).
—Edmund Leach, Dialectic in Practical Religión (C.U.P.,
1977).
—Mever Fortes, Religión, moral it y and the per son. (ed.)
Jack Goody (C.U.P., 1987).
Anteriormente he citado las fuentes de trabajo de campo
y de archivos en cuyos datos elaborados me baso para discu­
tir con mis colegas y así elaborar mis textos. Be querido así
sustantivar el argumento de mí texto, recurriendo a las
pruebas esparcidas en mis trabajos, a las bibliografías que
ellas contienen y a quienes han influido en mi teorización de
los hechos sociales. Mis metáforas, como las llama mi amigo
Eduardo Sevilla, a cuya amistad y empeño en mi participa­
ción en este libro tanto le debo, así como a Manolo Gonzá­
lez de Molina, mi otro amigo en el Sur de España, que con
tanto entusiasmo me ha ayudado. Pero, tal vez deba más al
trabajo de campo y los seminarios semanales que durante
dos años fueron la inolvidable experiencia de Vila Ruiva.
4. EL PROCESO DE TRABAJO AGRICOLA
Y LA MERCANTILIZACION
Jan Douwe van der Ploeg

El debate sobre la mercantilización se enfoca en este


artículo desde dos diferentes perspectivas. En la primera
sostengo que el proceso de mercantilización dista de ser
uniforme o de ser algo acabado, aun en las regiones de
Europa muy desarrolladas. Mi argumento descansa en el
supuesto de que la agricultura constituye una unidad com­
pleja de actividades productivas y reproductivas que absor­
ben numerosos elementos que, eventualmente, pueden
transformarse o no en mercantilizados. Así, aunque el grado
de mercantilización sea un concepto desacreditado en
muchos debates, adquiere desde esta perspectiva un lugar
central. Paralelamente a esta argumentación, la evidencia
empírica muestra que los diferentes grados de mercantiliza­
ción acarrean, de hecho, consecuencias muy importantes,
tanto sobre los estilos de gestión adoptados conscientemente
por los agricultores, como sobre la forma en que se estruc­
tura y desarrolla el trabajo agrícola en cuanto a la actividad
productiva. En mi opinión, el grado de mercantilización
agrícola es, de hecho, un resultado negociado por los agri­
cultores y otros intereses.
La segunda perspectiva se refiere al proceso de cientifh
cación que se halla cada vez más entrelazado con el proceso
mismo de mercantilización. Por cientificacíón entiendo la
reconstrucción sistemática de las actuales prácticas agrícolas
según las pautas marcadas por diseños de carácter científico.
Por medio de la cientificación se crea una estructura que
permite al capital obtener un control más directo sobre el
proceso de trabajo agrícola. Aquí se puede aplicar, a la
dinámica del desarrollo agrario, el análisis de Marx acerca
de la formación del capitalismo industrial y del papel de­
sempeñado por la ciencia en el cambio de la subsunción
formal del trabajo al capital a la subsunción real. Llego a la
conclusión de que hasta donde la cientificación acelera el
proceso de mercantilización se alcanza un resultado final
que no puede analizarse sencillamente en términos de las
relaciones mercantiles. De hecho los regímenes de produc­
ción desarrollados en tal proceso unifican las explotaciones
agrarias y la agroindustria en formas específicas. Y ello por­
que sus relaciones mercantiles se encuentran gobernadas por
una nueva matriz de relaciones de poder que las integra. Tal
estructura de poder, expresada básicamente a través de las
relaciones técnico-administrativas, prescribe y sanciona a la
agricultura de la mercantilización como proceso de trabajo.
Esta perspectiva sobre el debate actual de la mercantili­
zación se centra en ciertos puntos débiles de éste, en forma
tal que este trabajo debe, pues, considerarse como un
intento de corregir la teoría de la mercantilización más que
de rechazarla.
Algunos de los puntos débiles, que voy a examinar aquí,
son los siguientes:

1. El tratamiento de las relaciones no-mercantiles,


que se identifican principalmente en el seno de las ins­
tituciones familiares y/o comunitarias, como fenóme­
nos residuales. En contraste con este enfoque, haré
hincapié en la necesidad de examinar la persistencia, la
vitalidad y los efectos de las relaciones no-mercantiles
en el proceso de trabajo mercantilizado donde las rela­
ciones mercantiles expresan su especifidad. Asimismo,
las relaciones no-mercantiles manifiestan su especifi-
dad y sus efectos en el curso de los procesos de trabajo.
Por esta razón, el estudio de los procesos de trabajo
agrícolas constituye el elemento central de mi enfoque.
2. El análisis anterior se halla entrelazado con un
segundo punto ambiguo en los enfoques mercantiles;
tal es el papel real desempeñado por los agricultores en
el proceso de mercantilización. Como señala Norman
Long1, la literatura sobre la mercantilización suele
«negar al campesinado un papel estratégico y activo en
el proceso mismo de mercantilización».
3. Por último, deseo subrayar otro punto débil: la
incapacdad de la teoría de la mercantilización para
explicar los procesos diferenciales en los distintos nive­
les: nacional, regional o de la explotación agrícola. En
mi opinión, las combinaciones específicas de mercanti­
lización y cientificación explican una buena parte de la
diversidad euroepa. Se puede aducir asimismo que las
combinaciones específicas, las estrategias de los agri­
cultores y la mercantilización, observada como un
proceso histórico y estructuralmente diferenciado, dan
cuenta, en buena medida, de las diferencias entre las
distintas explotaciones que se manifiestan en una
población agrícola determinada.

Conviene aclarar que la relevancia prestada a la cientifi-


cación y a la mercantilización no significa que se pueda
ignorar el análisis de los fenómenos político-económicos.
Mi análisis utiliza datos italianos aunque ello no se haga
para cuestionar o reemplazar formulaciones teóricas con
inducción empírica. El problema con que uno se enfrenta es
que los modelos de mercantilización a menudo adoptan una
forma de razonar estrictamente deductiva2, que ipso facto

1 «Comoditization: Thesis and Antithesis» en Norman Long, Jan


Dotiwe van der Pioeg, Chris Curtin and Louk Box, The Com m oditization
debate: Labour Process. Strategy and Social N etwork (Agricultural Uni­
versity of Wageningen, 1986). Papers o f the departaments of Sociology,
n« 17.
2 Cf. en este sentido: P. Gtbbson and M. Neocosmos, «Some Pro-
blems in the Política! Economy of “ African Socialism” » en H. Bernstein
and B.K. Campbell (eds.), Contradictions o f Acumula t ion in Africa: Studies
in Economy and S ta te (Berverly Hills: Sage Publications, 1985) y Berns­
tein, H., «Is there a Concept of Petty Commodity Production Generic lo
Capitalism?», ponencia presenta al XIII European Congree f o r Rural
Sociology (Braga, Portual, 1986). Versión revisada para su publicación en
un número especial de Social Analysis on Rethinking P e tty C om m odidy
Production editado por A. Mac Ewen Scott.
excluye una consideración seria de los hallazgos sustantivos.
De ahí que el espacio teórico necesario para la interpretación
y conceptualización de fenómenos empíricos relevantes
simplemente se elimine o ignore, sobre todo si éstos caen en
la esfera de las llamadas relaciones no-mercantilizadas. Sólo
así se explican afirmaciones aparentemente tan extremas
como «la extensión de la producción mercantil se halla his­
tóricamente completada»3 y que, por consiguiente, «carece
de sentido hablar de una mercantilización diferencial»4.
Los ejemplos empíricos aquí presentados sirven, enton­
ces, para indicar por qué y cómo estos modelos deductivos
cerrados debieran abrirse para permitir una comprensión
más significativa de los procesos de transición agraria.
Incluyo entre éstos las respuestas y estrategias de los agricul­
tores frente a los procesos que, especialmente si se observan
por medio de estos modelos cerrados, parece que simple­
mente los abruman.

La complejidad y la dinámica de la actividad agrícola


En este apartado vamos a considerar la complejidad del
proceso de trabajo agrícola, centrando nuestra discusión en
tres niveles. En primer lugar la agricultura se concibe como
una unidad de actividades productivas y reproductivas. En
segundo, se analizan las diferentes tareas involucradas en la
producción y en la reproducción y se destaca la continua
necesidad de coordinar estas tareas diversas vis-a-vis unas de
otras. Tal análisis plantea la cuestión (a veces propuesta en
los escritos marxistas) de si el proceso de trabajo agrícola, en
particular entre los productores mercantiles simples, ha de
ser considerado como intrínsecamente atrasado. En tercer
lugar se examina la necesidad que tienen los agricultores de
coordinar las esferas productivas y reproductivas con otras
relevantes, tales como las familiares y comunitarias, o de la
economía más amplia y del sistema institucional. Mi obje­
tivo aquí consiste en indicar algunos mecanismos mediante

3 Bernstein, H., Is there a Concept of... op. cit.. p. 36.


4 P. G ibbon and M. Neocosmos, Som e Problems in the Poli tica!... op.
cit., p. 165.
Figura 1. DOMINIOS DE LA PRODUCCION AGRARIA.
los cuales el proceso de trabajo se halla inculcado (y final­
mente estructurado) con relaciones no mercantiles y con
relaciones mercantiles.
La caracterización de la complejidad relacional de la
agricultura se hace necesaria para evitar un tratamiento ina­
decuado del proceso de trabajo agrícola tal como aparece
normalmente en la literatura sobre la mercantilización. La
consideración de modelos generales que excluyen una con­
sideración rigurosa de las estrategias agrícolas y el problema
de los grados de mercantilización surge de la ignorancia del
complejo conjunto de relaciones que vinculan la producción
agraria con los diversos procesos reproductivos, o de dejar
al margen la doble coordinación entre tareas laborales y
específicas y diferentes dominios sociales.

La unidad de producción y reproducción


Siguiendo la caracterización de Marx de los elementos
básicos involucrados en el proceso de trabajo, la agricultura
puede ser considerada como la interacción continua de la
fuerza de trabajo, los objetos de trabajo y sus instrumentos.
La especifidad de la agricultura surge del hecho de que los
objetos de trabajo se componen, en este caso, de organismos
vivientes tales como el ganado, los cultivos, los árboles y el
suelo. Esta interacción de elementos se orienta en parte a la
producción de valores sujetos de intercambios (e.g. en forma
de leche, grano o fruta) y en parte consiste en el material
reproductivo de los mismos elementos. Así pues, mediante
el proceso de trabajo se reproducen no sólo los objetos de
trabajo sino también la fuerza de trabajo y los instrumentos.
De este modo, la producción y la reproducción se hallan
estrechamente interrelacionados y son interdependientes.
Esta interacción entre producción y reproducción se
halla bellamente ilustrada por uno de los factores de pro­
ducción más prosaicos: el estiércol. Así, Marc Bloch llegó a
comentar «la historia agraria huele a estiércol». En efecto,
primeramente, el estiércol es un producto del proceso de
producción (al menos en lo que respecto a la ganadería),
para, más tarde (excluidas las sociedades pastoriles que lo
usan como fuente de energía para cocinar o como preserva­
tivo del queso), convertirse, por medio del trabajo agrícola,
en un instrumento bajo forma de fertilizante natural para
revitalizar el suelo, realizando claramente una función
reproductora5. Sin embargo, una vez convertido en fertili­
zante natural, también puede venderse. De ahí que, aparte
de ía reproducción de la fertilidad del suelo, el estiércol
puede ser utilizado para la reproducción de la fuerza de
trabajo, directamente por medio de su uso para cocinar, e,
indirectamente, mediante el intercambio por otros produc­
tos para el consumo familiar o por efectivo. Debiera seña­
larse también que puede ser convertido en un instrumento
utilizado directamente en la producción, como en el caso de
algunos pueblos pastoriles que lo queman para ahuyentar a
los mosquitos de sus rebaños.
Vemos, pues, que en la agricultura, la producción y la
reproducción se hallan estrechamente conectadas. Su inter­
dependencia depende de diversas circunstancias. En primer
lugar, de cómo clasifica el agricultor al elemento conside­
rado: como «producto», como «instrumento» o como
«objeto de trabajo». En segundo lugar, de cómo es conside­
rada esa específica tarea de trabajo: como perteneciente al
dominio de la producción o al de reproducción. Y, obvia­
mente, también depende del tiempo y del espacio. Los pro­
ductos finales, instrumentos u objetos de trabajo varían según
el tiempo y el espacio debido a que las áreas y las épocas
difieren en términos de sus relaciones sociales de producción
por medio de las cuales se constituye el proceso de trabajo.
Pero, independientemente de la forma específica que adopte
el proceso de trabajo, ha de garantizarse la interacción
básica de la producción y la reproducción.

5 Según otro gran experto en historia agraria europea, Siicher van


Bath, B.H. De Agrarische Geschchiedenis van West Europa (Utrecht: Het
Spectrum, 1960), pp. 500-1.850, se logró un progreso considerable en la
producción material mediante la mejora de la aplicación del estiércol. Su
detallado estudio sobre las tasas de rendimiento concluía que la historia
agraria consiste en tres grandes temas: ¡estiércol, estiércol y más estiércol!
La coordinación de las diferentes tareas
Dentro del marco general de la producción y la repro­
ducción se puede distinguir una gama amplia de diferentes
tareas. El número y contenido de éstas depende del tipo de
especialización (según sea, por ejemplo, cultivo de trigo,
ganadería u horticultura) y también del nivel de desarrollo
de las fuerzas productivas6. El cultivo del trigo — una de las
especializaciones más sencillas que implica relativamente
pocas tareas— se compone de 400 decisiones separadas;
cada una de ellas es relevante para el nivel de producción
realizado (i.c. producción por hectárea) o los costos inverti­
dos. Cada decisión (o conjunto de decisiones) afecta a una
cadena perfectamente definida de tareas, tales como la pre­
paración del suelo, la aplicación de fertilizante, la selección
de cultivos adecuados, la siembra o el control de plagas.
Cada una de estas categorías amplias resume una cadena
independiente de tareas más detalladas. La preparación de]
suelo, por ejemplo, implica la elaboración de un plan para
rotar las cosechas, arar, surcar y cultivar así como el m ante­
nimiento del drenaje y (posiblemente) de los sistemas de
riego. Todas las tareas han de ser temporalmente calculadas
para que coincidan en condiciones climáticas específicas, y
de manera análoga con el resto de las tareas involucradas en
el proceso. Lo crucial es q u e ‘la ejecución de cada tarea sea
básicamente dependiente del mantenimiento de un equili­
brio entre todas las tareas7.

6 Esto no implica ninguna relación lineal entre nivel de desarrollo y


complejidad. De hecho, la relación entre los dos es muy contradictoria:
mientras que un aumento en la calidad del trabajo agrícola lleva a la
definición de un número creciente de tareas, por otra parte, el proceso de
modernización implica un cambio creciente de tareas a favor de organis­
mos foráneos. Estos dos elementos serán desarrollados posteriormente.
7 A este respecto debiera hacerse hincapié en que virtualmente nin­
guna tarea se halla determinada por parámetros físicos y /o técnicos.
Véase Van der Ploeg «Patterns o f Farming Logis, Structuration o f
Labour under lmpact of Extemalization: Changing Dairy Farming in Nort­
hern Italy» en Sociología Ruralís, XXV, N c 1. pp. 5-25. Cada tarea se
caracteriza por una cierta gama de alternativas respecto a su definición
precisa y subsiguiente realización. Tomem os por ejemplo el arado: aun si
La coordinación de las tareas es, por tanto, estratégica
para la organización del proceso de trabajo, y, consecuen­
temente, del desarrollo de la producción agrícola. Por con­
siguiente, son esenciales en el proceso de trabajo agrícola,
por un lado, la unidad del trabajo mental y manual, en
oposición a su separación. Y por otro, el ejercicio de un
control directo por parte del productor sobre las condicio­
nes inmediatas bajo las que se realiza la producción, en
oposición al control externo y la determinación de estas
condiciones. Los agricultores adquieren, por medio del pro­
ceso de trabajo agrícola, la capacidad de desarrollar el
potencial productivo de sus explotaciones, lo que, en mi
opinión, constituye una de las ventajas decisivas que la pro­
ducción mercantil simple (PMS) tiene sobre la producción
capitalista en la agricultura.
La unidad entre el trabajo mental y el trabajo manual así
como el control efectivo por parte del productor directo
sobre el proceso de trabajo están —si bien en grados
diferentes— presentes en la producción mercantil simple,
aun cuando ello tenga lugar en diferentes grados. No'obs­
tante, tal unidad cae fuera de la producción capitalista,
caracterizada por la relación del capital con el trabajo
asalariado.
Friedmaii y Bernstein hacen hincapié en la viabilidad de
la producción mercantil simple en agricultura. Pero ninguno
de ellos lo relaciona con el proceso de trabajo en cuanto tal,
ni con las diferentes condiciones que estructuran el proceso
de trabajo en la producción mercantil simple en contraste
con la agricultura capitalista. Friedman8 relaciona las venta-
el tipo de arado y caballos disponibles ya están dados (i.e. determinados
por decisiones anteriores), la profundidad y el ancho de los surcos y las
rutas precisas a través dei campo (que tendrán, a mediano plazo, impor­
tantes consecuencias para el gradiente de la parcela y su potencial
productivo) habrán de definirse. En suma, arar puede hacerse de diferen­
tes maneras, aparte del equilibrio que ha de mantenerse entre arar y otrar
tareas, no hay un modo correcto a priori. El modo correcto depende en
gran medida del actor.
* Freedman, H., «World market, State and Family Farm: Social
Bases of household Production in the Era of Wage Labour» en Compara-
tive Studies in Society and History, 20, pp. 563.
jas competitivas que, sobre la producción capitalista, tiene la
producción mercantil simple con la ausencia en ésta de un
requerimiento estructural de beneficios y con su flexibilidad
del consumo personal. Bernstein9 mantiene que la superiori­
dad coyuntural de la pequeña producción mercantil en la
agricultura, en períodos históricos particulares, se debe a las
«condiciones técnicas y sociales (del mercado)». Ambos, al
parecer, excluyen la posibilidad de que los productores mer­
cantiles simples desarrollen un proceso de trabajo (y, por
ende, un potencial productivo en sus explotaciones) más allá
de los límites inherentes a la agricultura capitalista. Proba­
blemente esta diferencia se explique a través de la posesión
efectiva de los medios de producción y control sobre la pro­
ducción y reproducción: en todo el mundo los pequeños
productores mercantiles (ya sean campesinos o pequeños
agricultores) logran rendimientos (o niveles de productivi­
dad material) considerablemente más altos que los típicos de
la agricultura capitalista. Esto ha sido abundantemente
documentado por F eder10, Jacoby ll, Van der Ploeg!2; y en
el caso de Italia, por Brusco13 y Bolhuis y Van der Ploeg14.
Gavin Smith sostiene un punto de vista semejante
cuando afirma que «la producción mercantil simple puede
lograr buena parte de su ventaja competitiva por el uso que
hace de las relaciones sociales no mercantilizadas en las que
se halla inmersa», y sugiere por tanto que «las características
del desarrollo de la producción mercantil simple tienen tanto
que ver con Jas características no mercantilizadas»15, como

9 H. B ernstein, Is there a Concept of... op. cit., p. 563.


10 F eder, E., Gewah und Ausbeutung, Ijjteinam erikas Ijindwirtschaft
(H a m b u rg o : H o f fm a n und C am pe, 1973).
11 J a c o b y , E., M an and La tul. The fundam ental íssue in Development
(L o n d o n : A n dre D e u stsh , 1971).
12 P lo e g , J . D . van der, De Gestolen Toekonst. impenalisme, landher-
vorming en boerenstrijd in Perú (W ageningen: D e U itb uit, 1976).
13 B ru sco , S., Agricoltora ricca e calssi sociali (M ilan o: Feltrinelli,
1979).
14 B o lh u is, E.E. y J .D . Van der Ploeg, Boerenarbeid en Stijlen van
Landdbouwbeoefemng (Leiden: Leiden D e v e lo p m e n t Studies, 1985).
15 S m ith , G . A . , « R e fle c tio n s o n the Social R ela tio n s o f Sim ple
hasta ahora se ha afirmado. Gavin Smith desarrolla su
argumento mediante un análisis del papel de las comunida­
des campesinas en América Latina, que él clasifica como
representantes de conjuntos particulares de relaciones socia­
les de producción. Por medio de la comunidad y sus institu­
ciones se halla determinado el acceso a la tierra, el trabajo
inter-familiar, la tecnología, el crédito y el resto de los facto­
res de producción. En el análisis, que sigue, aplico una línea
similar de razonamiento pero centrándome en las relaciones
sociales en la producción16 más que en el acceso a los facto­
res de producción. Ilustro mi argumento con referencias a la
agricultura europea moderna. Mis conclusiones coinciden
bastante con el punto de vista de Smith de que las caracterís­
ticas del desarrollo de la producción mercantil simple, y de
ahí su ventaja competitiva, se deben en buena medida a sus
elementos no mercantilizados.

La agricultura en cuanto coordinación de dominios


Además de la coordinación de tareas dentro el marco de
la producción y reproducción, hay otro nivel de coordina­
ción, el que articula los dominios de producción y reproduc­
ción con otros dominios sociales17 tales como el de la fami­

Commodity Production» en Journal o f Peasant Studies, Vol. 13, (1986),


pp. 99-108. Itálicas mías.
16 La distinción entre relaciones sociales en la producción, en con­
traposición a las relaciones sociales de producción fue elaborada por
Borawoy, M., The politics o f Production (London: Verso for New Left
Books, 1985), p. 20.
n El concepto de dominio es utilizado para delinear los campos de
actividad (Vincent, J., «Agrarian Society as Organized Flow; Processes o f
Development, Past and Present» en Peasant Studies, Vol. VI, n° 2, Abril
1977, pp. 56-65) en los que se hallan inmersos los agricultores. Cada
dominio puede ser considerado como sujeto a las faenas, un concepto más
amplio que trabajo, que normalmente se asocia simplemente al dominio
de la producción. Si bien éste no es el lugar adecuado para elucubrar
sobre estos problemas, es importante indicar la naturaleza problemática
de los linderos de estos dominios (es decir, los linderos pueden ser cam­
biados a resultas del trabajo agricola mismo, como ha señalado Lacroix,
A., 7 ransformations du Troces de Travail Agrie ole: ¡ncidences de 1‘indus-
trialisation sur les Consilions de Travail Paysannes [Grenoble: INRA-
lia18 o el del sistema económico e institucional más amplio
en e! que se halla inserta la agricultura (véase figura 1).
Aunque en la mayoría de los casos la producción es, esen­
cialmente, producción mercantil y el agricultor tiene que
vérselas continuamente con los mercados, no debiéramos
identificar sencillamente el dominio de las relaciones eco­
nómicas e institucionales con los mercados existentes y las
agencias de mercado. Debemos considerar toda la gama de
relaciones externas que los agricultores mantienen con un
cierto número de diferentes tipos de instituciones (tales
como las de crédito, extensión y organizaciones de agricul­
tores) y áreas económicas. Además, tendremos que especifi­
car para las diferentes unidades agrícolas las relaciones pre­
cisas existentes con mercados y agencias particulares. AI
igual que la producción, el dominio de las relaciones eco­
nómicas e institucionales ha de incluir al agricultor en su
calidad de agente comprometido activamente en el curso de
estas relaciones; ampliándolas, profundizándolas, corri­
giéndolas, transformándolas, resistiéndose a ellas o invir-
tiéndolas.
Este enfoque se halla implícito en muchos estudios empí­
ricos de la agricultura moderna. Como señalan, por ejem­
plo, Newby et a l . I9: «La posición económica general de los
agricultores no es en modo alguno un fenómeno unitario,
pero ha de ser dividida en varios componentes analítica­
mente separados, pues el agricultor no participa en un solo
mercado, sino en varios, a veces como vendedor, pero tam­
bién en calidad de comprador; su posición es una amalgama
de situaciones cambiantes, en varios mercados». El asunto
se complica todavía más, como muestra Bennet, por el
hecho de que las actividades económicas de los agricultores

IREP, 1981]), asi como ei problema de) solape de dominios, com o se


ilustra en la figura 1.
t8 Aqui limito mi atención a otros dom inios, aunque esto no quiera
decir que el dominio familiar sea menos significativo.
!9 Newby, H., Bell, C .( Rose, D. y Saunders, P., Paiernalism and
Power, Ciass and Control in Rural England (London, Hutchinson, 1978),
p. 73.
no dependen exclusivamente del mercado. En su estudio de
Jasper, una región triguera de Canadá, llega a la conclusión
de que «si bien los agricultores de Jasper producen única o
principalmente para el mercado, su comportamiento eco-
nómico no se limita a esta actividad. Intercambian bienes y
servicios entre ellos, y estos intercambios se encuentran regi­
dos en parte por ias consideraciones no-mercantiles o no-
monetarias (...). A pesar de los sistemas de mercado, el com­
portamiento económico entre los agentes empresariales
puede adquirir muchas de las características de los sistemas
no mercantiles»20. La existencia de intercambios no mercan­
tiles, aun dentro de la agricultura modernizada plantea el
tema teórico de la importancia de la variabilidad entre los
agricultores en su uso de recursos y relaciones económicas e
institucionales específicas21.
El dominio de las relaciones económicas institucionales
es, pues, importante para entender la coordinación de la
producción y de otras actividades. Si la mano de obra, por
ejemplo, es difícil de movilizar en los mercados externos o,
por medio de los mecanismos no mercantiles más amplios, o
si el agricultor por alguna razón no quiere utilizar las posibi­
lidades existentes, en ese caso el dominio de la producción
tiene que ser cuidadosamente coordinado con el dominio de
la unidad doméstica, de modo que la demanda de mano de
obra que surja en el campo de la producción se halla cuida­
dosamente regulada de acuerdo con la oferta de mano de
obra agrícola de la unidad doméstica. Precisamente este eje
de la coordinación fue investigado por Chayanov.
Un argumento similar puede elaborarse en torno a las
interrelaciones con otros dominios. De hecho, el grueso de
la sociología agraria se ha volcado implícita o explícita­
mente en estos tipos de interrelaciones, sus condiciones,
consecuencias y dinámica. Sin embargo, es de destacar que

20 Bennet, J., O fT im e o f the Enterprise, North American fa m ily Farm


Management in a Contexi o f Resource M arginality (Minneapoüs: Univer­
sity of Minnesota Press, 1981), p. 16, El subrayado es nuestro.
21 Cf. Curtin Ch., «The peasant family farm and commoditization in
the west of Ireland» en Long. N, etc al., The C om m oditization debate ... op.
cit., pp. 58-76.
la coordinación entre dominios diferentes no es en modo
algunos reducible a un simple ajuste funcional. La coordina­
ción implica cierta transferencia de significado de un domi­
nio al otro: sólo de este modo pueden ser dirigidas las dife­
rentes actividades de un modo significativo. Los dominios
diferentes evocan, evidentemente, diferentes marcos forma-
tivos. La lógica del mercado transmitida al agricultor, a
través del dominio de las relaciones económicas e institucio­
nales, no es la misma que la vigente, por ejemplo, en la
familia: pueden coincidir hasta cierto grado, pero también
pueden diferir sustancialmente. De ahí que el buen empresa­
rio, definido en el marco normativo de las relaciones eco­
nómicas e institucionales, a menudo se vuelve simultánea­
mente un mal vecino en lo que respecta a la familia y a la
comunidad local. Como lo expresa Moerman22: «Los que...
usan el mercado más eficientemente que sus vecinos son los
paisanos que, por éstas y por otras razones, son criticados
por calculadores, agresivos y egoístas... a los ojos de su
coterráneos son unos hijos de perra». Lo mismo puede ocu­
rrir en el dominio de la producción, puesto que sus impera­
tivos y estructuras cognitivas tal vez no se trasladen ni coin­
cidan necesariamente con los marcos normativos de otros
dominios. Así, la interacción de los diferentes dominios
implica el manejo de diferentes sistemas de valores. Corres­
ponde al agricultor unir o reconciliar estos diferentes ele­
mentos normativos. Creo que es parte inherente de tal ope­
ración la selección de uno de los marcos como elemento
racional o conjunto de principios organizativos para la
interpretación y manejo activo de los otros. En consecuen­
cia, es precisamente por medio del equilibrio y la actuación
en estos marcos normativos —en algunos casos totalmente
contradictorios— como se realiza la transferencia de signifi­
cado de un dominio a otro.
En un reciente proyecto de investigación23 se examinó

M o erm a n , M ., Agricultura! Change and Peasant Choice in a Thai


Village (Berkeley: University o f California Press), p. 144.
23 Llamado «Guastalla 2 » y dirigidos por Benvenuti. Los resultados
de esta investigación serán publicados en fecha breve.
esta transferencia de significado. Se confrontó a los agricul­
tores con una lista de acciones que, en uno u otro modo,
podrían considerarse relevantes para el desarrollo agrícola.
La lista era sencilla. El rasgo relativamente nuevo en el
estudio era que no sólo contenía elementos derivados del (o
aplicables al) dominio estricto de la producción —como
sucede normalmente en los estudios de las llamadas funcio­
nes objetivas— sino que también abarcaba cambios posibles
al interior del dominio de las relaciones institucionales
económicas.
Tras solicitar a los entrevistados que ordenaran por
rango estos elementos de acuerdo a sus propios criterios, se
aplicó un análisis factorial. Este mostró que las estrategias
generales definidas por estos agricultores existían en pasos
bien coordinados y simultáneos en ambos dominios. Aun­
que, teóricamente, era posible formular estrategias que
tomaban en cuenta sólo o básicamente el dominio de la
producción, los agricultores operaban bajo el principio de
coordinación mutua entre ambos dominios. Las estrategias
básicas que surgieron —consideradas en calidad de planes
significativos de acción que implicaban la coordinación de
tareas en uno u otro dominio fueron:

a) El deseo de obtener crédito subsidiario (sin


retrasos normales) para ampliar el área agrícola,
mecanizar más y elevar la producción.
b) El intento de integrar la explotación agrícola
más sistemáticamente en el agrobusiness, que llevase a
una mayor involucración en su sistema de ayuda y
apoyo técnicos, para obtener importantes reducciones
en los costos de la explotación agrícola.

Es notorio, aunque no sorprendente, que los agricultores


definieran sus propias estrategias de desarrollo, al menos, en
parte, como una función de los cambios externos. De ahí
que los cambios en el dominio de la producción los veían
como algo relacionado con la forma en que manejaban el
otro dominio, cada vez más decisivo, de las relaciones eco­
nómicas e institucionales. Al mismo tiempo, debe destacarse
.________ ________ . agricultura en los
! polders holandeses
f explotaciones lecheras e?
^ ~ el norte de Italia (valtt
t----------------------------------------- j ¡dem (montañas)

j-----------------------j arroz* Italia

j----------------------------------- { granos, India

j------------------------------------------ ¡ cacao, Costa de Marfil

I------------------------- j patatas, Perú

j----------------j arroz, Guinea-Bissau

¡------------------------------- 4 cacahuete, Guinea-Bissau

-6 0 -5 0 -¿C- -3 0 -2 0 -1 0 tic +20 OC +<0 +50 +*0

Figura 2: PROM EDIO DE VARIACION


EN LOS RENDIM IENTOS DE DISTINTOS SISTEMAS
AGRICOLAS
que tratar con organismos externos (e.g. préstamos o aseso­
ría técnica) no era algo en modo alguno neutro para las
actividades en el dominio de la producción y la reproduc­
ción. Por medio de esta coordinación se transfirieron signi­
ficados específicos. De ahí que se descubriera que ei uso del
crédito no estaba asociado, por ejemplo, con un aumento en
el proceso de intensificación sino con un patrón de desarro­
llo agrícola basado en una ampliación de la escala y /o una
reducción de costos. Y, de este modo, ciertos elementos
normativos y cognitivos asociados con el circuito bancario
y/o el agrobusiness se tradujeron en un estilo específico de
labranza. Así los cambios en el dominio de las relaciones
económicas e institucionales surtieron efecto sobre la estruc­
tura del trabajo agrícola.
Esta transferencia de significado de un dominio a otro,
que dio forma a las estrategias agrícolas, no se distribuyó al
azar entre la población rural. Ocurrió que los agricultores
que, independientemente de las razones, vieron sus empre­
sas agrícolas inmersas en una densa red de relaciones eco­
nómicas e institucionales fueron también los que, más que
otros, desarrollaron estrategias que definían el desarrollo
agrícola básicamente como una función del cambio externo.
Estos agricultores trataron de ajustar en la medida de lo
posible el funcionamiento de sus explotaciones a las exigen­
cias de un estructura más amplia.
Los elementos discutidos hasta aquí resaltan un rasgo
básico de la agricultura: su heterogeneidad. Independiente­
mente del indicador utilizado, hay en todo sistema agrícola
una variación considerable; un buen ejemplo de ello es el
rendimiento. Esto se halla ilustrado en la figura 2, que mues­
tra el patrón de variación en torno ai promedio de rendi­
mientos obtenidos en varios sistemas agrícolas. Esta varia­
ción es, en grado considerable, el resultado de los diferentes
modos en que se estructura el proceso de trabajo. Refleja
diferentes patrones de definición y ejecución de tareas y un
equilibrio diferente entre las actividades de producción y
reproducción.

Externalización, reproducción y mercantilización

La llamada modernización de la agricultura sigue fre­


cuentemente la ruta de la externalización por la cual un
número creciente de tareas son separadas del proceso labo­
ral agrícola y son así asignadas a organismos externos. Este
proceso se muestra esquemáticamente en la figura 3, que
toma como ejemplo la situación de la ganadería lechera.
El resultado de este proceso es una división creciente del
trabajo entre industria y agricultura, así como entre diferen­
tes unidades productivas en el interior del sector agrícola.
Pero, en contraste con la industria, donde una parte consi­
derable de la especialización creciente y de la división del
trabajo tiene lugar en el interior de la fábrica (y por tanto no
implica un aumento importante en el intercambio mercan­
til), el desarrollo agrícola suele implicar un proceso de
Figura 3. EXTERNALIZACION, CRECIMIENTO DE LA DIVISION
DEL TRABAJO Y DE LA MULTIPLICACION DE LAS
RELACIONES DE MERCANTILIZACION Y TECNICO-
ADMINISTRATIVAS.

externalizaeión que genera una multiplicación de las rela­


ciones mercantiles. Las tareas que fueron organizadas y
coordinadas inicíalmente, bajo el mando del mismo agricul­
tor, han de ser coordinadas ahora mediante el intercambio
mercantil y por medio del sistema recién establecido de las
relaciones técnico-administrativas. Esta externalizaeión cre­
ciente no sólo afecta las actividades de producción sino que
resulta también en una transformación completa del pro­
ceso de reproducción.
Esto se halla ilustrado por la reproducción material. La
producción agrícola presupone una reproducción continua
del trabajo, de los objetos de trabajo y de los instrumentos.
Su reproducción no solamente se halla estrechamente vincu­
lada a la producción sino que resulta del proceso de produc­
ción mismo. Mediante la producción se reproduce la fertili­
dad del suelo y la del material genético (cultivos y anima­
les)24. De manera similar, tampoco se pueden desvincular
entre sí la reproducción y el ordeño.
Esta línea de razonamiento puede extrapolarse a todos
los factores relacionados de la producción y de los insumos.
La figura 4 representa un esquema hipotético de reproduc­
ción en el cual el mercado simplemente opera como salida.
Sin negar el papel estratégico que puede representar la
salida mercantil, debiera hacerse hincapié en la autonomía
de la reproducción vis-a-vis de los mercados. El proceso de
reproducción no pasa de modo sistemático por los merca­
dos25. Los factores de producción y los insumos no se movi­
lizan por medio de las relaciones mercantiles, i.e. no entran
en el proceso de producción como mercancías. Su disponibi­
lidad, al inicio de un nuevo ciclo de producción, es dada —y
su carácter se halla determinado— por una variedad de
mecanismos específicos de movilización y asignación. Por
razones de claridad, conviene añadir que la tierra es here­
dada principalmente por la familia y ampliada por medio
del matrimonio; el trabajo es a menudo suministrado y
reproducido mediante las instituciones comunitarias: el
capital suele funcionar en tanto capital familiar y es repro­
ducido por medio de ahorros (típicamente prescindiendo de
préstamos); y los principales objetos de trabajo (e.g, ganado
y semillas) así como la mayoría de los insumos, tales como

24 Este argumento puede ser ampliado: por medio de su control


sobre la reproducción, así como mediante la unidad de producción y
reproducción cuidadosamente observada, evaluada y (reorganizada, los
agricultores pueden mejorar la calidad del trabajo, los objetos de trabajo
y los instrumentos, así como una creciente maestría sobre ta interacción
entre estos elementos.
25 Lacroix, A., Transformations du Procésde Traveil... op. cit., y Bol­
huis, E.E. y Ploeg, J.D. Van der, Boerenarbeid en Stijlen... op. cit.; en
especial los Capítulos 2 y 3, muestran que este esquema puede mantenerse
en buena medida aún cuando la producción agrícola se vuelve en parte
dependiente de ios insumos industriales, tales com o los fertilizantes quí­
micos, los tractores, etcétera.
forraje y estiércol, son reproducidos mediante el proceso de
trabajo mismo. Por tanto, mientras los factores de produc­
ción e insumos, con los cuales se inicia el nuevo ciclo de
producción, no sean mercancías, tienen un valor de uso26.
Entran en el proceso de producción como valor de uso,
como productos del trabajo previo27, aunque esto, claro
está, no soslaya el hecho de que el agricultor —que hace
funcionar el esquema esbozado en la figura A— sea un pro­
ductor mercantil siempre que cosecha para el mercado.
Empero, produce, moviliza y utiliza valores de uso, en parte,
para realizar los valores de cambio y, en parte, para iniciar
ciclos subsiguientes de producción28.
Una vez que tiene lugar la creciente externalizaeión de
las tareas y la producción implica una involucración cre­
ciente de las relaciones de intercambio29, los objetos mismos
de trabajo, los instrumentos y, progresivamente, el trabajo
también, entran en el proceso de producción en calidad de
mercancías y así alcanzan simultáneamente un valor de uso
y un valor de cambio. De este modo las relaciones mercanti­
les penetran hasta el centro del proceso productivo y
comienzan a mercantilizar el proceso de trabajo mismo. La
figura 5 muestra este proceso mediante el cual se interrela-

26 Marx explicó que para el propietario «su mercancía no posee


ningún valor de uso inmediato, de otro m odo, no lo llevaría al mercado.
Tiene valor de uso para otros; pero para él su únjeo valor de uso directo es
el de ser depositario de valor de cambio y, por tanto, un medio de inter­
cambio» (Marx, K., Capital, Vol. I [London: Lawrence and Wisehart,
1977 y 1979j> p. 80. Original publicado en 1867, primera edición en inglés
en 1887). Evidentemente en la agricultura no es así, al menos en lo que
respecta a los principales factores de la producción, tales como la tierra. A.
partir de los años 50 todo granjero holandés que fuera propietario de una
granja mediana o grande podría haber mejorado su ingreso simplemente
vendiendo su tierra y dedicarse a vivir del interés de su capital invertido;
pero no lo hicieron. Para ellos su tierra no era principalmente depositaria
del valor de cambio.
21 Marx, K., Capital... op. cit., p. 176.
n Marx, K., Capital... op. cit., p. 191.
29 Unicamente al ser intercambiados los productos del trabajo
adquieren, en cuanto valores, un status social uniforme, distinto de sus
formas variadas de existencia como objetos de utilidad (Marx, K., Capi­
tal... op, cit., p. 70).
donan los circuitos e intercambio y la reproducción
agrícola.
Conviene hacer hincapié en que estos dos esquemas de
reproducción son construcciones teóricas y no debieran, por
tanto, confundirse con situaciones empíricas particulares
y/o con fases históricas. Sin embargo, al compararlas;
podemos sacar las siguientes conclusiones acerca de la
estructuración del trabajo agrícola:

1. En la figura 4, que describe una reproducción


relativamente autónoma, se da ya la disponibilidad de
factores de producción y los insumos no-factoriales,
mientras que con la reproducción dependiente del
mercado (figura 5) la cantidad de factores e insumos es
flexible y en términos amplios sigue la lógica del
mercado30.
2. Cada figura genera diferentes estilos de m anejo^
agrícolas; la reproducción dependiente del mercado se
halla asociada con la planificación a corto plazo, mien­
tras que en la reproducción autónoma hay una pers­
pectiva a más largo plazo: cada ciclo de producción \
requiere la creación de la base para ciclos futuros. j
3. Otra diferencia básica es que la eficiencia téc- j
nica es crucial para la reproducción autónoma, puesto /
que el proceso sólo puede lograrse mediante el [
aumento lento en la relación entre los factores dados {
de producción e insumos, de una parte, y la produc- \
ción realizada, por otra. En contraste, la reproducción \
dependiente del mercado lleva a un manejo diferente \
de los recursos. Dado que la cantidad de capital, tra­
bajo, insumos y a veces incluso la tierra es flexible—a >

30 La formulación de Friedmann coincide con la figura 5. Concibe la


producción mercantil generalizada como la mercantilización completa de
tocios los factores de producción, lo que implica una movilidad completa
de estos factores, movilidad que se logra por medio de los mercados y se
halla gobernada por la lógica de mercado (Friedmann, FL, «Household
Production and the National Economy: Concepts for the Analysis o f
v. Agrarian Formations» en Journal o f Peasant Studies. 7 (1980), pp.
158-184.
esfera de la outputs para
circulación el m ercado

esfera de la 1 factores t in p u ts y 1
inputs de !a o u tp u ts ^ Tactores de la
producción p ro d u cid o s
| producción I p ro d u cció n
J r ep ro d u cid o s

Figura 4. REPRODUCCION AUTONOMA.

esfera de
factores de producción producción
la circulación e ínputs adquiridos para la venta

esfera de factores de producción producción


la producción e inputs utilizados

Figura 5. REPRODUCCION DEPENDIENTE DEL MERCADO.

corto y a mediano plazo— y esos costos iniciales de


producción han de ser valorados31, la producción se
organiza para obtener niveles óptimos de eficiencia
económica más que técnica32.

31 D ado que la eficiencia económica expresa básicamente una rela­


ción de intercambio entre beneficios y costos, «este intercambio los pone
en relación mutua en cuanto valores, y los realiza com o valores» (Marx,
K., Capital... op. cit.. Vol. I, p. 89).
n Debiera recordarse aquí que, al menos en lo que respecta a los
extremos, la eficiencia técnica y económica es más bien antagónica entre
4. Como consecuencia de los elementos preceden­
tes, la producción, bajo reproducción autónoma, suele
desarrollarse con una intensificación creciente. Me­
diante la compleja vinculación mutua de los procesos
de producción y reproducción, se aumenta la calidad
del trabajo y los medios de producción, que llevan a
rendimientos crecientes por objeto de trabajo; mien­
tras que, con la reproducción dependiente del mer­
cado, la reproducción se desarrolla con una amplia­
ción de escala, por la cual el número de objetos de
trabajo por productor aumenta pero los rendimientos
se estacan o caen.

Hasta aquí he bosquejado dos patrones contrastantes de


reproducción, que se distinguen por sus grados de extemali-
zación. Esta diferencia plantea el problema teórico, aunque
en buena medida ignorado, de la significación de los grados
elementales de mercantilización. Como señalé anterior­
mente Bernstein33 argumenta que la ampliación de la mer­
cantilización se halla históricamente completa; Gibbon y
Neocosmos sostienen que «las condiciones de producción
mercantil generalizada se cumplen cuando los individuos no
pueden existir y reproducirse fuera de los circuitos de la
economía mercantil y de la división del trabajo generada por
la relación capital/trabajo asalariado y sus contradicciones»
(como las resume Bernstein)34.
Gibbon y Neocosmos35 proponen que «hay solamente
dos grados de mercantilización: producción mercantil sis­
temática o generalizada, que no es, efectivamente, produc­
ción mercantil en absoluto». Así, el único grado que de
hecho reconocen es el de la producción mercantil ocasional

sí (para Italia véase Messori, F., «La Valutazione d ell’efficenza a tira verso
indici sintetici »* en Rivista di Economía Agraria . n° 4 (1984), pp. 707-726).
33 Bernstein, H., Is there a Concept of... op. cit.. p. 36.
33 Bernstein, H., Is there a Concept of... op. cit., p. 11.
35 Gibbon, P. y Neocosmos, M., «Some Problems in the Política!
Economy of “ African Socialism” » en H. Bernstein y B.K. Campbell
(eds.), Contradictions o f Accumulation in Africa: Studies in Economy and
State (Beverly Hill: Sagé Publications, 1985), p. 165.
y no generalizada, caracterizada por el «hecho de que una
vez que los campesinos (o cualquiera) producen sistemáti­
camente mercancías, están controlados por formas definidas
y precisas de la regulación capitalista, que actúa como el
límite absoluto de su actividad»36.
Aparte de la naturaleza problemática de centrarse exclu­
sivamente en los individuos más que en el trabajo, las afir­
maciones anteriores sobre la imposibilidad teórica y la
superfluidad histórica de los niveles desiguales de mercanti­
lización, son contrarias a la naturaleza básica de los proce­
sos de trabajo agrícolas. Esto puede ser demostrado al revi­
sar una vez más las complejidades ya bosquejadas de la
actividad agrícola.
La agricultura implica muchos elementos diferentes que
normalmente se hallan subsumidos bajo las categorías abs­
tractas de capital, tierra y trabajo. Esta obstrucción, sin
embargo, no debiera oscurecer la heterogeneidad y la varie­
dad de los elementos concretos involucrados, especialmente
donde, para la mayoría, la reproducción (y, por tanto, tam­
bién el grado de mercantilización) pueden seguir patrones
más bien diferentes. Gavin Smith observa con razón «que si
por trabajo doméstico se entiende el trabajo no mercantili-
zado provisto por los miembros de la familia, entonces muy
raramente esto delimita cualquier otra de sus (no mercanti­
lizadas) relaciones sociales de producción»37. Así los objeti­
vos de trabajo e instrumentos son movilizados frecuente y
sistemáticamente por medio de mecanismos no mercantiles
y asignados de acuerdo con una lógica no mercantil. No se
trata de un alegato en favor de una especie de economía
moral, como acusó Carol Smith a Gavin Smith de haber
hecho en su trabajo anterior, sino reconocer simplemente
que las relaciones sociales de producción no se hallan limi­
tadas a fenómenos económicos y aún menos a la esfera de
las mercancías.

36 Gibbon, P. y N eocosm os, M., Som e Problems in the Política/... op.


cit., p. 165.
37 Smith, G .A ., «Reflections on the Social Relations of Simple
Commodity Production» en Journal o f Peasant Studies. Vol. 13 (1986), p.
100.
Una segunda fuente de complejidad surge debido al
hecho de que la reproducción es muy variada y no se limita a
la reproducción de la sola fuerza de trabajo. La reproduc­
ción material y social de otros elementos del proceso del
trabajo es por lo menos igual de importante. Precisamente
en este punto son deficientes los modelos corrientes de mer­
cantilización. Estos modelos ignoran o delegan en buena
medida a un nivel secundario de análisis la reproducción de
las relaciones sociales de producción que forman el proceso
de trabajo. Esto es esencialmente notorio en la obra de Gib­
bon y Neocosmos, pero también en artículos anteriores y
posteriores de Bernstein38.
Una última fuente de complejidad se encuentra en el
proceso de trabajo mismo. Este proceso implica, como ante­
riormente, ia ejecución y coordinación simultánea o crono­
lógica de diferentes tareas. Esta coordinación implica el con­
trol del productor directo sobre el proceso de trabajo
mismo. Sin embargo, a diferencia de la industria, en la que
el capital pudo eliminar la necesidad de control por parte de
los trabajadores mediante la reestructuración del proceso de
trabajo y la creación de divisiones entre trabajo manual y
menta!, en la agricultura el capital ha sido en gran medida
incapaz de lograr esto. Este cambio en el control (de agri­
cultor a agrobusiness) ha sido, hasta muy recientemente,
prácticamente imposible de realizar, debido a la compleji­
dad del proceso de trabajo y a la capacidad de los agriculto­
res de defender su control sobre él.
Podemos concluir, entonces, que si se pasan por alto
estas complejidades estructurales, que componen el proceso
de trabajo, entonces el eje completo de las relaciones mer­
cantiles y no mercantiles en que se halla inserta la actividad
agrícola desaparecerá completamente del análisis.

58 «El que los tipos diferentes de producción campesina (y otros


incluidos los de los países capitalistas avanzados) puedan incorporar rela­
ciones no mercantiles y mecanismos de asignación es, presumiblemente,
una consideración estrictamente secundaria para la conceptualización de
la producción mercantil en pequeña escala» (Bernstein, H., Is ¡here a
Concept of... op. cit., p. 19). El subrayado es mío.
Un tabú reconsiderado: “grados de mercantilización”

En un trabajo anterior de Bernstein39 el problema teó­


rico del proceso de mercantilización históricamente com­
pleto permanece sin solución. Dentro de la producción mer­
cantil simple, distingue un proceso doble de reproducción:
la reproducción simple de los productores y (de) la unidad de
producción40. Sostiene que ésta última implica la «incorpo­
ración de mercancías en en ciclo de reproducción como artí­
culos de consumo productivo (e.g. instrumentos, semillas,
fertilizantes). Y luego sugiere que es útil para... distinguir los
varios modos y los grados en que la producción campesina
se constituye... por medio de las relaciones mercantiles»41.
Estos grados debieran entonces ser elucidados en términos de
ia (diferencial) intensificación de las relaciones mercantiles,
un concepto que enlaza la producción campesina con la
división social del trabajo más amplia, su relación con la
industria, etc. Así, como él lo explica, «en el nivel de la
economía familiar, la intensificación de las relaciones mer­
cantiles se refiere al grado en que se realiza la reproducción
por medio de la producción y el intercambio de mercan­
cías». Bernstein introduce un elemento sorprendente y con­
tradictorio cuando señala simultáneamente que «las simples
medidas cuantitativas que pueden mostrar, por ejemplo, que
sólo se dedica a la producción mercantil el 20 por ciento del
tiempo o el 20 por ciento de la tierra, son engañosas». En un
artículo posterior acerca de «las granjas familiares del tipo
norteamericano o europeo, que pueden también (sic) existir
en ciertas ramas agrícolas de algunas economías del Tercer
M undo»42, Bernstein vuelve sobre este tema al introducir el
concepto de mercantilización diferencial, basada en el
supuesto «de que la extensión de la producción mercantil

39 Bernstein, H., “ African Peasantries: A Theorical Framework” en


Journal o f Pesant Studies, 6 (1979), pp. 421-443.
40 lbid, p. 425.
4! lbid. p. 429.
42 Bernstein, H., Is there a Concept of... op. cit., p. 16.
está históricamente completada (...) pero su intensificación
no lo está»43.
Esta yuxtaposición de la extensión y la intensificación de
la mercantilización es, en mi opinión, inadecuada y contra­
dictoria44. Mientras la intensificación de las relaciones mer­
cantiles implique una creciente división social del trabajo
(entre agricultura e industrias, por ejemplo, y entre diferen­
tes unidades de producción dentro de la agricultura), esto
conducirá inevitablemente, como subrayé en la discusión
anterior sobre externalizaeión, a diferentes extensiones o
grados de mercantilización a) nivel de las unidades de pro­
ducción (ver figura 3), Precisamente estos grados de mercan­
tilización pueden ser identificados mediante los tipos de
simples medidas cuantitativas que Bernstein rechaza. Aún si
la producción es cien por cien producción mercantil (como
se ilustra en la figura 4), el grado de mercantilización del

43 lbid. p. 36. Itálicas mías.


44 Esta confusión parece Hallarse muy relacionada con otros dos
puntos más bien débiles en el razonamiento de Bernstein. Aunque a un
nivel teórico se hace a menudo la distinción entre producción y reproduc­
ción, en su análisis de las formaciones sociales específicas se considera la
reproducción únicamente en lo que respecto a la reproducción de la
fuerza de trabajo— un tema que queda reducido simplemente a los circui­
tos por medio de los cuates se movilizan los artículos necesarios para el
consumo directo del trabajador {Bernstein, H., African Peasantries: A
Theorica!... op. cit.. p. 426). Esto se halla más agudizado en el artículo de
1979 en el que una discusión acerca del alcance de la mercantilización se
resuelve simplemente por referencia a la razón de subsistencia y a la
producción de cosechas comerciales. Bernstein aduce que las situaciones
en las que las necesidades alimenticias son satisfechas regularmente
medíante la compra se caracterizan por una división social del trabajo
más avanzada en la que algunos campesinos se especializan en la produc­
ción comercial de alimentos. Por tanto, hallamos diferencias en el interior
de la población agrícola que se encuentran reflejadas en diferentes grados
de mercantilización. Así pues, lo que es negado en un nivel teórico, reapa­
rece en su análisis empírico. De ahí que el grado (o existencia) de la
comercialización, de una parte, y la intensificación de las relaciones mer­
cantiles (entendidas como expresión de la división social del trabajo), por
otra, van de la mano, lo que vuelve muy relevantes y teóricamente justifi­
cadas las observaciones sobre el porcentaje de la fuerza de trabajo dedi­
cada a la producción de cultivos comerciales (o a la producción de
alimentos).
proceso de trabajo puede vatiar con ,iderabiemente, depen­
diendo de si está o no merecí'lilizada la reproducción de los
varios elementos del proceso de trabajo (i.c. la reproducción
material de los objetos de trabajo, instrumentos y fuerza de
trabajo). Los estudios empíricos demuestran una y otra vez
la variación considerable existente en torno al patrón pro­
medio de mercantilización. Esto se ilustra en ei cuadro 1, que
muestra el grado de mercantilización de varios factores de la
producción y de insumos no-factoriales en una muestra de
granjas lecheras en el norte de Italia. La operatividad de ios
grados de mercantilización sigue las líneas ya indicadas. Esto
es, se hicieron cálculos de cada factor de producción o
insumo para cada unidad de producción, y se indicó el seg­
mento movilizado por medio del mercado, en contraposi­
ción a la parte reproducida en el interior de la granja. El
grado de mercantilización fue entonces medido en términos
de la proporción de ios recursos movilizados por medio del
mercado en contraposición al total de estos recursos inverti­
dos en la explotación agrícola. Huelga señalar que esta fór­
mula puede ser utilizada para factores simples o insumos de
producción así como para la gama completa de recursos
agrícolas. El grado de mercantilización refleja el grado en el
que las relaciones mercantiles penetran el proceso de trabajo
y la producción. Un alto grado de mercantilización indica­
ría, por tanto, que los factores de producción y los insumos
no-factoriales entran en la producción en calidad de mer­
cancías y son valorizados según criterios del mercado. El
grado de mercantilización, en una población agrícola dada,
nunca es uniforme, sino que variará considerablemente.
Esto rige no sólo en la producción lechera italiana (ver cua­
dro 1) sino también en la producción de patata peruana45.

45 Véase Figueroa, A., La econom ía cam pesina ele la Sierra de Perú


(Lima: Pontificia Universidad Católica, 1982); Figueroa, A., «Production
and Market Exchange in Peasant Economies: The Caso o f the Southern
Highlands o f Perú» en D. Lehman (ed.), Ecology and Exchange in the
Ancles (Cambridge University Press, 1982); Tupayachi, E.B., Economía
cam pesina y m ercados de trabajo: caso del Valle Sagrados de los Incas
(Cusco; Universidad Nacional San Antonio Abad del Cusco, 1982); y
Cuadro 1

DESVI ACIONES PRO M EDIO V S T A N D A R D D E O C H O IN D IC A D O R E S DE


G R A D O S DE M ER C A N TILIZA C IO N EN G R A N JA S LECH ERAS
DE L NO RTE D E ITA LIA

Valles Montañas
Invotucraáón
en ei mercado
Promedio Standard Promedio Standard

Trabajo 9.1 (22.8) 0.1 (0.4)


Trabajo contractual 30.7 (28.5) 10.0 (12.5)
Crédito (a corto plazo) 4.6 (16.3) 1.9 (10.4)
Crédito (mediano plazo) 11.1 (50.5) 3.4 (10.8)
Crédito (largo plazo) 2.4 (3.4) 2.4 (7.6)
Tierra 28.7 (37.8) 20.2 (30.2)
Pienso y alimentos 43.8 (18.2) 37.8 (16.7)
G anado 7.2 (9.0) 7.6 (1 1 .1)
G rado general de mercantilización 26.0 (15.0) 15.1 (8.3)

Este cuadro revela una serie de puntos:

1. Existen diferencias sistemáticas en los indica­


dores generales e individuales sobre los grados de mer-
cantilización entre ios valles y las zonas montañosas.
Estas diferencias reflejan tendencias político-económi­
cas generales, eí impacto de políticas agrarias específi­
cas asi como el éxito relativo de ia cientificación, que
se enfrenta a condiciones más favorables en las llanu­
ras del Valle del Po que en las montañas ecológica y
socialmente más heterogéneas.
2. No obstante la tendencia general, las dos
regiones agrícolas contienen una variación notable en
el nivel de indicadores individuales. Algunas explota­
ciones agrícolas tienden a una reproducción muy
dependiente del mercado y muestran, por tanto, gra­
dos muy altos de mercantilización, mientras que otras
se caracterizan por niveles sumamente bajos de mer­
cantilización.
Bolhuis, l-.E. y Ploeg, J.D. van der, Boerenarbeid en Stijien van Land-
bouwbeofening (Leiden: Leiden Development Studies, 1985).
Esta última observación encaja en el supuesto general de
que, al menos en la agricultura, la mercantilización no
puede ser conceptualizada en términos de un patrón unili­
neal de desarrollo. Aún en sectores agrícolas muy desarro­
llados encontramos un gran número de granjas que funcio­
nan con base en procesos de reproducción no-mercantiliza-
dos. Por otra parte, las denominadas sociedades agrarias
tradicionales pueden, en varios aspectos (en particular en
relación a los mercados de trabajo, capital, y materiales
genéticos), exhibir a veces una mayor mercantilización. Otro
patrón es el ilustrado por la historia agraria de Holanda:
períodos notables durante los cuales los agricultores han
luchado activamente por reducir la mercantilización, no
sólo porque la vieron como un canal de explotación por
parte de los intereses comerciales, de los terratenientes y de
la élite urbana, sino también porque la considearon como
un obstáculo al desarrollo agrícola independiente. Antes de
estos períodos de emancipación, muchas poblaciones agra­
rias se mostraban muy interesadas en el intercambio mer­
cantil. Por ejemplo, barcos de estiércol con destino a los
mercados externos partían de Frisia, y lo mismo sucedía con
alimentos para el ganado (sobre todo forraje) y con la
exportación de ganado de calidad. La tierra era asignada
principalmente por medio del mercado —arriendo— y
buena parte del trabajo era asalariado. A continuación, a
mediados del siglo XIV, estas tendencias se invirtieron a
medida que los granjeros pugnaron por librarse del dominio
de otras clases. Esto revistió varías formas, tal como fue
señalado por Spahr van der Hoek46: la reducción deliberada
del tamaño de las granjas para independizarse del mercado
de trabajo asalariado; luchas en el interior de las organiza­
ciones agrícolas para reemplazar el dominio de los terrate­
nientes y de la élite urbana; un asedio corto del puerto de
Harlingen para impedir la exportación de ciertas mercan­
cías; ataques a instituciones gubernamentales locales; y ei

46 Spahr van der Hoek, J.J. y Postma, O., Geschiedenis van de Friese
l.andbouwm, dell I (Leeuwarden: Friesche Maatschappij van Landbouw,
1952).
desarrollo de cooperativas agrícolas para contrapesar los
intereses del capital comercial. El resultado histórico de
estos procesos fue una notable desmercantilización de los
factores de producción e insumos, que llevó, entre otras
cosas, al desarrollo rápido y substancial de la producción
ganadera basado en formas nuevas de selección y cría del
ganado, todo ello controlado en las granjas.

Un segundo tabú: dinamismo versus “atraso intrínseco”

Las diferencias anteriores en el grado de mercantiliza­


ción afectan significativamente al modo de llevar a cabo las
tareas agrícolas. Las formas relativamente autónomas dé~^
reproducción responden a un proceso de producción que se
estructura en torno a un alto nivel de artesanalidad que tiene
por resultado una intensificación creciente de la producción;
mientras que la reproducción dependiente del mercado con­
duce a estrategias de empresarialidad, éstas llevan, a su vez, a
un patrón de ampliación de escala y a formas más extensivas i
de producción. En este contexto 1: empresarialidad se define j
como la capacidad de adaptar el control del proceso de \
producción a la penetración de diferentes formas de relacio- \
nes mercantiles mientras que artesanalidad significa la capa- f
cidad de la fuerza de trabajo para desarrollar el potencial (
productivo de sus objetos de trabajo47. La artesanalidad j
supone, por tanto, la posesión efectiva de los medios de |
producción, el control efectivo sobre su interacción, una j
participación efectiva de los productores en los rendimien- )
tos de la producción, y, por último, una asociación estrecha j
entre trabajo mental y manual. Todas éstas condiciones pue- /
den lograrse dentro de la producción mercantil en pequeña
escala y, en la medida en que se cumplen, comprenden las
relaciones de producción que dan pie a un desarrollo autó­
nomo de las fuerzas productivas generado por el campesino
o agricultor. Por otra parte, este desarrollo de las fuerzas

A1 Bolhuis, E.E. y Ploeg, J.D. van der, Boercnarbcid en Stijlen... op.


cil.
productivas puede, por diferentes razones, ser aminorado,
distorsionado e incluso impedido. Una manera en que esto
ocurre es mediante el proceso de externalizaeión y subsi­
guiente multiplicación de las relaciones mercantiles. Obser­
vamos, por ejemplo en Italia (y podemos documentar un
patrón similar en Perú)48 que la mercantilización creciente
de la reproducción provocaba un cambio en los patrones de
desarrollo de las unidades agrícolas. Este proceso se repre­
senta en la figura 6: con el tiempo las unidades agrícolas que
presentan altos niveles de mercantilización suelen incremen­
tar su escala de cultivo, mientras que las que poseen una
cierta autonomía frente al mercado (por ejemplo, las carac­
terizadas por niveles bajo o muy bajos de mercantilización)
puede desarrollar su artesanalidad y lograr, por tanto, una
intensificación creciente de la producción.

Figura 6 . VIAS HISTORICAS DE EXPANSION EN LOS D IFEREN­


TES TIPOS DE EXPLOTACION AGRARIAS

4S Véase Bolhuis, E.E. y Ploeg, J.D . van der, Boerenarbeid en S tij-


len... op. cit.
En este punto merece la pena indicar otra ambivalencia
en el trabajo de Bernstein (sobre todo en su artículo de
1979), una ambivalencia estrechamente vinculada al pro­
blema identificado anteriormente, esto es, la aparente con­
tradicción entre grados e intensidades de mercantilización.
Escribe acerca del «retraso intrínseco de la producción mer­
cantil simple en la agricultura campesina»49, mientras que,
al mismo tiempo, subraya las pugnas que tienen lugar entre
el capital, el Estado y el campesinado sobre la posesión efec­
tiva de los medios de producción y el control efectivo de la
producción. Nos preguntamos, entonces, por qué luchan los
campesinos si sólo tienen un retraso intrínseco que defender.
Por otra parte, uno de los elementos más prometedores del
trabajo de Bernstein es, en mi opinión, su sugerencia de que
«el contenido de las relaciones entre campesinos y capital ha
de relacionarse con Ia lucha entre estos productores directos y
el capital sobre las condiciones de trabajo en la esfera de la
producción, y sobre la distribución y realización del valor del
producto»50. A esto se añade una observación crucial: «Esta
lucha es posible sólo porque los productos no han sido
totalmente expropiados y el capital no controla la produc­
ción directamente»51. Así, mientras los productores directos
controlen en buena medida el proceso de producción (esto
es, mientras no se realice una subsunción real de la fuerza de
trabajo al capital) en ese caso, defienden un interés sustan­
cial, esto es, la posibilidad de poder estructurar sus procesos
de trabajo de acuerdo a sus propios intereses y perspectivas.
Desarrollar las fuerzas productivas de tal modo que al
menos una parte de los beneficios derivados lleguen a ellos
es esencialmente diferente de la típica situación industrial en
la que estas fuerzas se desarrollan para permitir aumentos
en la producción, lo que entraña la apropiación de plusvalía
por la clase capitalista.

J<i Bernstein, H.. AJ'rican Peasantries: A Theorical ... op. cil.. p. 436.
Itálicas mías.
50 Bernstein, H., AJ'rican Peasantries: A Theorical... op. cit.. p. 432.
Itálicas mias. El asiento de las relaciones capital-campesino está en primer
lugar en la lucha por las condiciones de producción.
51 lbid. Itálicas mias.
Esta posibilidad de mantener un control efectivo sobre e!
proceso de producción va, naturalmente, asociado al grado
de mercantilización: cuantas más tareas sean externalizadas
(es decir, cuanta más división socia) del trabajo tenga lugar
en la agricultura) más se estrecha e! dominio controlado por
el productor mismo. Además, cuanto más externalizado y
mercantilizado se vuelva el proceso de producción más ha
de organizarse el dominio de la producción a fin de entrar en
el intercambio mercantil dentro y entre diferentes mercados.
De ahí que la lógica del mercado llegue a ser la racionalidad
en el interior de estos dominios formalmente controlados
por el campesino o agricultor. Esto me lleva a concluir, en
términos más teóricos, que cuando surja un retraso intrín­
seco como realidad histórica, éste no debiera analizarse sim­
plemente como un resultado genérico de la producción mer­
cantil simple. Más bien debiera conceptualizarse como el
resultado específico de la lucha entre el capital, el Estado y
el campesinado por la posesión y el control efectivos. Aun­
que éste no sea el lugar adecuado para elaborar tal tesis, me
atrevo a decir que el aparente retraso actual de la agricultura
sub-sahariana, que contrasta tan profundamente con la
antigua dinámica descrita por Boserup52 y otros, es en
buena medida un resultado de esa tan desigual lucha por el
poder.
En cualquier caso, urgen dos correcciones importantes
en lo que toca a los modelos de mercantilización existentes.
Primera, el retraso no debiera considerarse genérico en la
producción mercantil simple. Más bien el equilibrio entre
dinamismo y retraso, y el modo en que cambia con el tiempo
ha de interpretarse como un resultado de la lucha entre los
principales actores involucrados. Segunda, debiera recono­
cerse que una parte considerable de esta lucha se manifiesta
por medio del proceso mediante el cual se extiende la
mercantilización53.

52 Boserup, E., The Conditions o f Agricultura/ G row th . the Tconomic.s


o f Agrarian Chango under Popu/ation Pressure (Chicago: Aldine, 1965).
53 En una reciente contribución al debate sobre la mercantilización.
G ood m an y Redclift (G oodm an, D. y Redclift, M.. «‘Capitalism. Petty
Coomodity Production and the Farm Enterprise» en Sociología Ruralrs.
E! tercer tabú: el papel del agricultor

Con tal que la extensión de la mercantilización se con-


ceptualice como el resultado de la lucha entre el capital, el
Estado y la fuerza de trabajo agrícola, la cuestión de las
estrategias utilizadas por los agricultores para acelerar,
modificar, neutralizar, resistir o invertir las tendencias gene­
rales de ia mercantilización creciente (a menudo fomentada
por los organismos gubernamentales) se vuelve un tema de
gran interés.
Se puede ilustrar una vez más estas diferencias en las
estrategias de los agricultores con ejemplos sacados de Ita­
lia, donde hallamos dos patrones contrastantes. Dichas
estrategias pueden ser conceptualizadas como patrones
coherentes de conceptos fo lk entrelazados que utilizan los
agricultores para interpretar (y tal vez, por último, cambiar)
las condiciones en que operan, y para estructurar sus proce­
sos de trabajo. Huelga señalar que esta estrategias surgen en
un entorno político-económico específico y reflejan relacio­
nes de clase particulares. Empero, no puedo detenerme aquí
a dar detalles al respecto.
La primera estrategia, resumida en la figura 7, que u t P \
liza las categorías folk de los agricultores, sienta un objetivo \
claro: produzione (niveles de rendimiento alto) que se |
alcanza mediante la cura (el tipo de procesos de trabajo j
asociados con una pericia muy desarrollada). En esta estra- j
tegia, la autosufficienza (autonomía material vis-a-vis de los ¡
mercados) se considera una condición esencial; lo mismo \
que para la professionalitói (el profesionalismo de los agricul- \
tores) que hace hincapié en que el agricultor debiera acumu- j
lar y desarrollar el conocimiento necesario para llegar a la j
cura, en lugar de depender de sistemas de conocimiento /
lora neos. Los conceptos restantes (imperno y passione) /

Vol. XXV, n'-’ 3/4 (¡985); pp. 231-247) se acercan mucho a este punió
cuando interpretan ei proceso de externalizaeión y el surgimiento de las
relaciones mercantiles que atan al granjero al agribusines com o apropia­
ción. Su interpretación, empero, entraña una serie de limitaciones analí­
ticas que abordaré más adelante.
trabajo duro
y delicado

Figura 7. LA ESTRATEGIA DEL MANEJO “ AUTONOM O” DE LA


EXPLOTACION AGRICOLA.
subrayan el fuerte interés y motivación de la mano de obra
familiar en favor de su trabajo a pesar de la falta de incenti­
vos del mercado directo o del precio.
Los agricultores ambicionan, por medio de esta estrate­
gia, evitar (o corregir) una mercantilización creciente, que
consideran incompatible con el modo deseado de desarrollo
agrícola que destaca la intensificación de la producción
(produzione) por medio de la pericia (cura), más que utili­
zando simplemente más insumos mercantiles.
La segunda estrategia ofrece un marcado contraste con
la primera. Aquí nos topamos con una evaluación positiva
de los niveles altos de mercantilización. La estructuración
del proceso de trabajo se define esencialmente como una
función de la supremacía de las relaciones mercantiles. La
figura 8 describe esta estrategia; se utilizan conceptos fo lk
corrientes.
Esta estrategia, claro está, suele aumentar el grado de
mercantilización. Esto es aceptable y apoyado por los mis­
mos agricultores, aunque, al mismo tiempo, su puesta en
práctica genera sus propios tipos de condiciones.

Más allá de la mercantilización: el establecimiento de


regímenes de producción en la agricultura

Aunque las tareas reproductivas y productivas pueden


en buena medida ser trasladas a agencias foráneas (como se
ilustra en la figura 3), y aunque este proceso crea una sepa­
ración de fació entre la producción y la reproducción (tal
como discute Lacroix)54, persiste la necesidad de una coor­
dinación continuada de las tareas, ahora organizada en tér­
minos de una cada vez más profunda división social del
trabajo. Pero, de ser inicialmente una actividad realizada en
la explotación por el productor mismo, esta coordinación
ahora asume la forma de un conjunto de interrelaciones

54 Lacroi x. A., Transforma tions du procés de travail agrie ole: ¡nciden-


ces de rindustrialisation sur les condi ¡iones de travail pa\ satines (G re noble:
1NRA-IREP, 1982).
entre la agroindustria, los agricultores y los organismos
estatales. Huelga señalar que, por medio de estas interrela­
ciones, se expresan los diferentes intereses sociales. Lo que
está en juego, entonces, como señala Benvenuti55 es «la
negación cotidiana de la definición del rol y la puesta en
práctica del mismo por parte de los agricultores». Según este
autor, dicha mejora puede «constituir el principal vehículo
por medio del cual se alcanzan la integración de los agricul­
tores en sistemas cada vez más amplios de dependencia».
Las relaciones entre los agroindustrias y las explotacio­
nes agrícolas son relaciones mercantiles así como lo que
Benvenuti denomina relaciones técnico-administrativas. A
medida que estas últimas se vuelven más importantes, for­
man una matriz que finalmente comienza a gobernar los
tipos de relaciones comerciales resultantes. A medida que se
externalizan ciertas tareas, son reemplazadas por productos
o servicios movilizados exclusivamente por medio de rela­
ciones de intercambio. Estos productos o servicios, sin
embargo, ya no son producidos en la explotación agrícola, y
de este modo, el conocimiento de cómo usarlos (lo que
Lacroix denomina le mode~l'emp¡oi) es comunicado por la
industria (o alguna otra agencia) y, por tanto, ya no es
generado por el agricultor. Así surgen las relaciones técnico-
administrativas. Un elemento crucial para la comprensión
de estas relaciones es que, al final, resultan el vehículo por el
que a la mano de obra agrícola, de hecho, se le dan órdenes
y finalmente se le pueden sancionar. Sucede así, especial­
mente porque las diferentes tareas están interrelacionadas y,
por tanto, se hallan coordinadas. Si los organismos foráneos
son quienes definen ciertas tareas (por ejemplo, mediante el
mode d'emploi de los alimentos industriales), determinarán
también, de una manera indirecta, otras tareas que, for­
malmente hablando, caen bajo la responsabilidad del agri­
cultor. De ahí que el equilibrio entre las diferentes tareas se
sujete a las relaciones técnico-administrativas que vinculan a

55 Benvenuti, B., -<On the Dualism Between Sociology and rural


Sociology: some Hints from the Case of Modernizaron» en Sociología
rurales, XXV, 3 /4 , 1985, p. 225.
la agro-industria y a la mano de obra agrícola. De este
modo, se crea un régimen de producción específico56 por el
cual los organismos foráneos definen qué hacer, cuándo,
cómo y por quién. Como han demostrado varios «estudios
de casos»57, por medio de estos tipos de regímenes tiene
lugar la subsunción real de la mano de obra agrícola al
capital. Estos estudios también ilustran otra dimensión teó­
ricamente relevante; esto es, que tales nuevos regímenes de
producción efectivamente reestructuran el intercambio mer­
cantil de tal manera que los agricultores que se someten a los
imperativos industriales o de la agro-industria reciben
(mediante mecanismos diferenciales de precios que los favo­
recen) una remuneración más alta. Además, bajo estos
regímenes, la capacidad de los agricultores aun para reac­
cionar ante los cambios en las relaciones mercantiles se ve
sustancialmente reducida e incluso eliminada.
En una obra reciente, Goodman y Redclift58 conceptúa-

56 Este concepto deriva del más reciente estudio comparativo de


Burawoy, M., The Polines o f Production (London: New Left Books, 1985),
sobre los regímenes de factoría. Según él, «junto a la organización del
trabajo —esto es, el proceso de trabajo— hay aparatos de producción
políticos e ideológicos distintivos que regulan las relaciones de produc­
ción». Se podría argüir que el concepto de Benvenuti de ETAT (Entorno
Tecnológico-administrativo de Tareas) — aunque todavía más bien
heurístico— es el primer bosquejo sistemático del ahora dominante régi­
men de producción en la agricultura moderna. Véanse Benvenuti, B.,
«Dalla mano invisible a quello visible: U n’analisi aplicata ad alcune ten-
denze evolutive della agricoltora italiana» en La questione agraria, 7, pp.
73-116; y Benvenuti, B. y Mommaas, H., De Technologisch-Administrative
Taakomgving van Ijandbouwbedrijven: een O nderzoeksprogramtna op het
Terrein van de Kconomische Sociologie van de Landbouw (Wageningen:
Dpt. of Sociology of Western Countries, 1985).
57 Nienhus, H., «Over de Avebe en de zorg van de boeren voor de
toekmst» en Marquetalia, 5 (1982), pp. 27-53; Benvenuti, B., Bolhuis, E. y
Van der Ploeg, 11problemi d ell’im prenditorialitá agrícola nella integrazione
coopera ¡i va, uno studio di caso sulle traversie dell' Avebe {Roma: AIPA,
1982); y Benvenuti, B. y Nommaas, H., De Technolog isch-Adm in i as / ra -
lieve... op. cit.
58 Goodman, D. y Redclift, M., «Capitalism, Petty Commodity Pro­
duction and the Farm Enterprise» en Sociología Ruralis, Vol. XXV, nü
3/4, 1985, pp. 240-241.
lizan el desarrollo capitalista de la agricultura como el
movimiento competitivo de los capitales industriales para
crear sectores de valorización mediante la reestructuración
del proceso de trabajo rural heredado y pre-industrial. Lo
que denomino externalizaeión, ellos lo llaman apropiación
— un concepto que, en cierto modo, oscurece el papel activo
desempeñado por los agricultores en este proceso— . Según
Goodman y Redclift, «la industria se ha apropiado progre­
sivamente de las actividades relacionadas con la producción
y el procesamiento que, en coyunturas anteriores, se consi­
deraban elementos integrales del proceso de producción
rural basado en la tierra». Empero, surge un problema en su
argumento cuando señalan que estas actividades apropiadas
pueden ser identificadas con la subsunción real de la mano
de obra agrícola al capital y, afirman sencillamente que «la
supervivencia de las explotaciones agrícolas... da la medida
de los diferentes límites (actuales) de la subsunción real»s9.
Aparte de esta declaración un tanto leninista, tal inter­
pretación me parece básicamente incorrecta: no reconoce
que las tareas restantes, llevadas a cabo en la explotación
agrícola, se hallan a menudo organizadas estrictamente de
acuerdo a los parámetros, a la lógica y a los procedimientos
definidos por organismos externos. La subsunción real de la
mano de obra agrícola surge no tanto de que el capital se
apropie de ciertas actividades, sino de que comienza a
monopolizar el control del proceso de trabajo en la explota­
ción agrícola, de tal modo que este proceso de trabajo ya no
puede reproducirse fuera del alcance del capital. Esto es
precisamente lo que está sucediendo en los regímenes de
producción contemporáneos, organizados por medio de una
densa red de relaciones técnico-administrativas. Al igual que
en la formación del capital industrial60, la ciencia, o más
precisamente el uso específico que el capital hace de la cien­
cia, desempeña un papel estratégico en esta subsunción real

59 lbid . p. 241.
60 Véase Braverman» H., Labor and M onopoly Capital, the Degrada-
tion o f Work tn the 20th C entury (New York: Monthly Review Press,
1974).
de la mano de obra agrícola al capital. Esto, como señalé en
páginas anteriores, es lo que llamo cientifícación: al modelar
los procesos de trabajo agrícolas según criterios científicos.
Aquí podría añadirse que, por medio de la cientifícación, el
capital obtiene un control creciente sobre la producción
agrícola. La agricultura es reestructurada de tal modo que la
subsunción se vuelve realidad, no fuera de la explotación
agrícola —como parecen indicar Goodman y Redclift—
sino dentro.
Se pueden distinguir diferentes aspectos de esta interac­
ción entre mercantilización y cientifícación:
1. La cientifícación tal como se materializa en el
desarrollo tecnológico resulta en una externalizaeión
creciente y, por tanto, en una multiplicación de las
relaciones mercantiles.
2. La mercantilización lleva a una estandariza­
ción creciente de los procesos de trabajo agrícolas que
crea las bases para una mayor cientifícación al ser la
estandarización una pre-condición crucial de cualquier
proyecto científico. Además, se puede argüir que, sólo
en comparación con cierta noción de un proceso de
trabajo estandarizado, puede probarse que los mode­
los tecnológicos tienen una cierta superioridad.
3. La mercantilización y la cientifícación, basadas
como lo están en una externalizaeión creciente, con­
lleva el surgimiento y la reproducción de las relaciones
técnico-administrativas. Esto es aún más notorio allí
donde las tareas restantes en la explotación agrícola se
sujetan al proyecto científico dirigido a lograr una
mejor interacción con parámetros externos. De ahí que
la subsunción real de la mano de obra agrícola al capi­
tal sea un producto directo de la cientifícación.
La interacción de la mercantilización y la cientifícación,
por diversas razones históricas y político-administrativas, se
halla más desarrollada en el Noroeste de Europa y en ciertas
áreas de ios Estados Unidos61. Esta convergencia dio lugar a
61 Véase Gregor. H.F., Industrialization o f US Agriculture. An Inter­
pretativo Atlas (Colorado: Westview Press Inc., 1982).
un tipo totalmente nuevo de explotación agrícola, denomi­
nada en Europa la granja vanguardia y en los Estados Uni­
dos la granja industrializada. El funcionamiento de estas
explotaciones sólo puede entenderse en relación a los con­
juntos de relaciones externas que componen su tipo particu­
lar de régimen de producción, donde la lógica del mercado
se ve reemplazada por la lógica de la tecnología. Lo que
queda, en términos de cálculo económico, es caracterizado,
por los economistas agrícolas ortodoxos, como una fuile en
avani. Esta lógica de la tecnología saluda el surgimiento de
un nuevo régimen de producción basado en la cientificación
del proceso de trabajo.
Deseo dejar claro que esta última observación no está
inspirada, ni basada, en ningún clase de determinísmo tec-
nológico. Descansa en la idea de que las relaciones actuales
entre el capital, el Estado y ios agricultores son de tal natu­
raleza que ahora los primeros pueden defender mejor sus
intereses, controlando el desarrollo de una tecnología
basada en la ciencia y animando a los agricultores a que
internalicen esta perspectiva en sus estrategias agrícolas. De
este modo, en algunas partes de Europa y en los Estados
Unidos, la época de producción mercantil simple en la agri-
cultora ya ha pasado, y la subsunción real de la mano de
obra agrícola por el capital es un hecho inefable.

Conclusión

A lo largo del trabajo he tratado de aclarar la im portan­


cia del concepto de producción mercantil simple para des­
arrollar un programa relevante de investigación. En primer
lugar, se señala la necesidad de examinar empíricamente la
matriz de las relaciones mercantiles, tal como existen en
situaciones concretas particulares en que se halla inserta la
agricultura. En segundo lugar, los procesos de trabajo agrí­
colas han de ser explorados para determinar el impacto dife­
rencial de estas relaciones. Esto implica, entre otras cosas,
un análisis cuidadoso de las fuerzas que rigen el equilibrio
del progreso y el retraso en la agricultura. Por último, las
respuestas y las estrategias debieron tenerse en cuenta como
elementos cruciales en la formación de cualquier conjunto
de relaciones mercantiles. De hecho, en parte por medio del
manejo de estas relaciones, los agricultores pueden desem­
peñar su papel en la lucha entre los productores directos y el
capital.
Este programa de investigación se vuelve —al nivel con­
ceptual y metodológico— aún más complicado cuando
tenemos que integrar en él una nueva tendencia politico­
económica: la cientificación del proceso de trabajo agrícola
por medio de los desarrollos tecnológicos controlados por el
capital. La necesidad de integrar esta nueva tendencia en el
análisis es particularmente urgente: esta tendencia implica
cambios drásticos en la naturaleza, la extensión y el impac­
to de las relaciones mercantiles.
Estas consideraciones respaldan mis criterios a ciertas
tendencias actuales en ia teoría de la mercantilización, que
parecen bloquear o distorsionar algunas líneas fructíferas de
investigación, en lugar de fortalecerlas y desarrollarlas.
5. LA RACIONALIDAD EC O LO G IC A
D E LA PRODUCCION C A M PESIN A 1

introducción

En la década de los 70 tuvo lugar un renovado interés en


el conocimiento ecológico y en las estrategias de las culturas
rurales tradicionales2. Usando información procedente de
un creciente número de estudios de casos, varios autores han
hecho énfasis en la importancia de las culturas tradicionales
para el diseño de sistemas agrícolas alternativos ecológica­
mente relevantes3 y para la conservación de los recursos
bióticos y genéticos4. Por otra parte, las estrategias y cono-

! Reproducido con permiso del autor y editores de M. Altieri and S.


Hecht (eds.), A g ro eco lo g y a n d Sm all-E arm D evelo p m en t (CRC Press,
1989). Traducción castellana de Maribel Ramos Vadillo.
- Cf. Klee, C.A. (Ed.), W orld S y ste m s o fT ra d itio n a ! R esou rce M an a­
gem en t. (New York: J. Wiley & Sons, 1980) y Brokenshaw, D.W ., D.W.
Warren & O . Werner (ed.), Indigenous K n o w w ld g e S y s te m s a n d D e v elo p ­
ment. (Maryland: University Press of America, 1980).
' Cf. Altieri, M., A groecology: the S cien tific B asis o f A ltern a tivo A g ri­
a d i ure. (Westview Press, 1988).
i Cf. Brush, S.B., «Genetic Diversity and C on servaro n in Traditio-
nal Farning Systems» en./. E th n obiol{ 1986),6: pp. 151-167; Altieri, M. &
L.C. Merrick, «In Situ Conservation of Crop Genetic Resources Through
Maintenance of Traditional Farming Systems» en Econ. B ol (1987), 41:
pp. 86-96; Altieri, M. & L.C. Merrick & M.K. Anderson, «Peasant Agri-
culture and the Conservation of Crop and wild Plant Resources» en
C onservation B iology (1987), I: pp. 49-58; Michon, G. & J.M. Bompard,
«Agroforesteries Indonestennes: Contribuitons Paysannes a la Conserva­
tion des Forest Naturelles et de leur Resources» en Rev. Eco/. Terre el Vie
cimientos ecológicos tradicionales han sido utilizados como
la base para nuevos estilos de desarrollo rural en áreas del
mundo tan diferentes como Africa Occidental, el Sudeste de
Asia5, México6 y la región am azónica7. Esta investigación
ha sido notable por una razón. Aunque los investigadores
representan diferentes disciplinas, y sus trabajos son esen­
cialmente recopilaciones descriptivas de varios aspectos eco­
lógicos de culturas tradicionales, las investigaciones se han
basado implícita o explícitamente en una asunción central:
en contraste con los sistemas más modernos de producción
rural, las culturas tradicionales tienden a implementar y ges­
tionar sistemas ecológicamente correctos, para la apropia­
ción de los recursos naturales. Esta asunción, que puede ser
considerada potencialmente como un nuevo paradigma
científico, incluye una segunda tesis: existe una cierta racio-
; nalidad ecológica de la producción tradicional, aunque no
ha sido todavía cuidadosamente analizada.
Este trabajo está dedicado a explorar esta racionalidad
ecológica, que es aparentemente inherente a la producción
tradicional. Focaliza la atención en los fenómenos campesi­
nos, porque los términos culturas «tradicionales» e «indíge­
nas» (que son comúnmente usados por los estudios para
designar a los pueblos iletrados que viven en áreas rurales de
países en desarrollo) están cargados de vaguedad e incluyen
un conjunto complejo de sociedades humanas. Mientras que
los grupos tribales (incluyendo pueblos nómadas y agríco­
las) generalmente viven en núcleos geográfica y económica­
mente aislados del resto de sus sociedades nacionales, los
campesinos viven en comunidades conectadas con mercados
regionales, nacionales e, incluso, internacionales. Los cam­

(1987), 42: pp. 3-34 y Olfield, M.J. & J.B. Alcorn, «Conservation of
Traditiona! Agroecosystems» en B ioscien ce (1987), 37: pp. 199-208.
5 Cf, Marten, G .G . (Ed.), T ra d ilio n a l A g ricu ltu re in S o u th ea st A sia: A
H um an E co lo g y P erspective. (Boulder, Colorado: Westview Press, 1986).
6 Cf. Toledo, V.M., J. ¿ a ra b ia s . C. Napes & C. Toledo, E co lo g ía y
au tosu ficien cia a lim en ta ria (México: Siglo XXI Eds., 1986).
7 Cf. Posey, D.A., J. Eddins et al, «Ethnoecology as Applied Anth-
ropology in Amazonian Development» en H um an O rg a n iza tio n (1984),
43: pp. 95-107.
pesinos representan la mayor parte de la población de las,
así llamadas, culturas tradicionales, y su proporción se
incrementa abiertamente conforme las tendencias sociales
del mundo transforman las sociedades tribales en grupos
campesinos.
No obstante, la mayor parte de la discusión de este tra­
bajo es también aplicable a las sociedades tribales.

Las principales características de la producción campesina

Más allá de las discusiones teóricas y políticas acerca de


si la producción campesina constituye un modo específico
de producción o simplemente una clase o una fracción de
clase dentro de diferentes modos, hay un conjunto de carac­
terísticas que definen a la economía campesina.

1. Un rasgo importante de la producción campesina es


su relativamente alto grado de autosuficiencia. Las familias
campesinas (la unidad de producción campesina) consume
una parte sustancial de su propia producción y, concomitan-
temente, producen casi todos los bienes que necesitan. Para
usar la terminología de Marx, en la producción campesina
hay un predominio relativo de valores de uso (bienes
consumidos por la unidad de producción) sobre valores de
cambio (bienes no autoconsumidos sino que circulan como
mercancías fuera de la unidad de producción.
2. Los campesinos están comprometidos en un proceso
de producción predominantemente basado en el trabajo de
la familia con un mínimo número de inputs externos. La
fuerza humana y animal, más que los combustibles fósiles,
son las principales fuentes de energía. La familia, conse­
cuentemente, funciona a la vez como una unidad de produc­
ción, consumo y reproducción.
3. La producción combinada de valores de uso y mer­
cancías no busca el lucro sino la reproducción simple de la
unidad doméstica campesina.
4. Los campesinos, generalmente, son pequeños pro­
pietarios de tierra, debido a razones tecnológicas y frecuen­
temente también a la escasez y/o desigual distribución de
tierra.
5. Aunque la agricultura tiende a ser la actividad prin­
cipal de la familia campesina, la subsistencia campesina está
basada en una combinación de prácticas, que incluyen la
recolección agrícola, cuidado de ganado doméstico, artesa­
nía, pesca, caza y trabajos fuera de la explotación a tiempo
parcial, estacionales o intermitentes.

Una aproximación ecológico-económica a la producción rural

La manera cómo los campesinos producen bienes es un


tema de considerable interés para los economistas y otros
científicos sociales, particularmente después del redescu­
brimiento de los trabajos seminales de Chayanov8. Estos
estudios, sin embargo, examinan los fenómenos aislados de
su contexto medio-ambiental9. En esta estrecha visión los
factores naturales son simplemente eliminados de los análi­
sis o son tomados como constantes, usuaimente llamados
materias prim as10, de tal manera que la producción campe­
sina se convierte en un proceso realizado en un vacío ecoló­
gico, una consecuencia obvia de la división en compartimen­
tos estancos de la moderna ciencia. En este contexto, los
principales componentes de los fenómenos son separados y
diseccionados para ser analizados como temas de disciplinas
específicas. Por contraste, una aproximación interdiscipli­
naria económico-ecológica puede resolver ciertas contradic­
ciones fundamentales y aspectos oscuros del proceso pro­

K Cf. Durremberger, P.E. (Ed.), C h ayan ov. P ea sa n is a n d E conotnic


A n th ro p o lg y. (Berkeley: University of California. 1984).
9 Cf. Pérez. L., «The H um an Ecology of Rural Areas: an Appraisa!
of a Field of Study with Suggestions for a Synthesis» en R u ra l S o c io lo g y
(1979), 44: 584-601 y Dumlap, R.E. & K..E. Martin. «Bringing Environ-
ment in the Study o f Agriculture» en R u ral S o c io lo g v (1983); 4H: pp.
201-209.
10 Cf. Dekre, C.D. & A. de Janvri. «A Conceptual Framework for
the Empírica! Analysis for Peasanats» en A m cr. ./. Agr. Econ. (1979); pp.
601-61L
ductivo campesino, tales como la «regla de Chayanov», el
«reduccionismo ecológico» del análisis energético hecho por
los antropólogos y el rol real y potencial del campesinado11.
Antes de construir un modelo coherente de producción
campesina, es necesario reconocer que la economía campe­
sina es, en último análisis, una forma particular de produc­
ción rural o agraria, y que en estas áreas los productores
utilizan los recursos naturales como medios básicos e irreem­
plazables. Esencialmente hay dos conjuntos específicos que
deben ser analizados e integrados. Desde el momento en que
los habitantes rurales son primariamente productores que se
enfrentan a la vez a fuerzas naturales y sociales, son actores
económicos dentro de un contexto económico y ecológico.
Por consiguiente, cualquier análisis de la producción rural y
campesina debe incluir ambas variables, económica y ecoló­
gica, que afectan a este proceso. La producción campesina
siempre implica la combinación de valores de uso y de cam­
bio; es el resultado de procesos naturales y de fuerzas de
mercado que actúan sobre el campesino como productor y
consumidor. Esta doble naturaleza de la producción rural
debe ser considerada a la hora de construir un esquema
conceptual apropiado.
La producción es a la vez una categoría teórica y prác­
tica. Por consiguiente, la producción rural puede ser empíri­
camente reducida a flujos de materias, energía, trabajo,
mercancías e información12. La clave para entender y expli­
car el proceso productivo de las sociedades rurales, enton­
ces, es describir las formas en que estos flujos tienen lugar y
se integran en, y trabajan junto dentro de la realidad con­
creta donde ellos tienen lugar.
Todo esto implica, finalmente, la especialización de los
fenómenos. Por esto yo pienso que para intentar una apro­
ximación operacional, ecológicamente orientada, a la pro-

11 Cf. Toledo, V.M., La sociedad rural hoy, (México: El Colegio de


Michoacán, 1988a).
12 Cf. Cook, S., «Production, Ecology and Economic Anthropoly:
Notes Toward an Integrated Frame of Reference» en Soc. Sci. Infortn.
(1973); 12: 25-52.
Figura 1. Doble material intercambiado por una unidad rural de produc­
ción (P). (N) representa la naturaleza y (S) la sociedad.

ducción rural, necesitamos elaborar una tipología del pro­


ceso productivo como el sugerido por G odelier13.
La sociedad humana fue construida sobre las bases de la
naturaleza como una «segunda naturaleza» artificial, hu­
m anizada14 y puede ser considerada como una isla en las
aguas de un mar natural (Figura 1); cualquier unidad rural
de producción (P) es una célula en la periferia de la isla,
realizando hacia fuera dos tipos básicos de intercambios
materiales: con la Naturaleza, y con otros sectores del orga­
nismo social. En el primer caso, P intercambia materiales
fuera del organismo social, mientras que en el último caso, P
intercambia materiales con los sectores internos de la isla del
organismo social. Durante el intercambio de materiales con
la Naturaleza, P hace su particular contribución al metabo­

13 Cf. Godelier, M .( «Infraestructures, Societies and History» en


C u rren t A n th ro p o lo g y ( 1 9 7 8 ) ; 19: 7 6 3 - 7 7 1 .
14 Cf. Schmidt, A., The C'oncepi o f Na ture in M arx. (London: NLB,
1971).
lismo general que existe entre la Naturaleza y la Sociedad,
una condición eterna, natura! y presociall5. Por otra parte,
cuando P lleva a cabo intercambios de materiales con otros
sectores de la sociedad, funciona en un proceso histórico
sujeto a condiciones sociales e históricas específicas bajo las
cuales se realiza. Por consiguiente, el proceso productivo
rural puede ser analizado en términos de un intercambio
ecológico y un intercambio económico16.
Debemos, sin embargo, hacer otra distinción en el caso
del intercambio ecológico. La apropiación de la Naturaleza
es, básicamente, una apropiación de ecosistemas, que son
las unidades básicas de la Naturaleza, Durante la produc­
ción, P deliberadamente canaliza recursos materiales y/o
energéticos fuera del ecosistema, y hacia el organismo
social. Podemos distinguir dos niveles principales de inter­
vención humana en los ecosistemas:
1. En el primer nivel, los recursos naturales son obte­
nidos y transformados sin provocar cambios sustanciales en
la estructura, dinámica y arquitectura de los ecosistemas
naturales. El primer nivel incluye muchos ejemplos conoci­
dos de caza, recolección, pesca, extracción de productos
forestales y ciertos tipos de alimentación de ganado o
pastoreo.
2. En el segundo nivel, los ecosistemas naturales son
parcial o completamente reemplazados por conjuntos de
especies animales o vegetales en proceso de domesticación.
Ejemplos del segundo nivel son las plantaciones agrícolas o
forestales, la ganadería y la agricultura.
Como varios estudiosos han puesto de relieve17, la prin-

14 S c h m i d i , A ., The C oncept o f Na ture in M arx. ( L o n d o n : NLB,


1971).
16 Cf. Toledo, V.M., «La ecología del modo campesino de produc­
ción» en A ntropología & M arxism o (1980); J: p p . 35-55 y Toledo, V.M.,
«Intercambio ecológico e intercambio económico en el proceso produc­
tivo primario» en E. Laff (Ed.), B iosociologia y A rticulación de las C ien ­
cias. (México: UNAM. 1981); pp. 115-147.'
n Cf. Odum, E., «Properties of Agro-ecosystems» en Lowrence, R.
el al. A g ria d tu ra l E cosystem s. (New York; Wiley Interscience, 1984),
Figura 2. Esquema ideal de los intercambios materiales realizados por una
unidad rural de producción (P) en un paisaje tropical concreto. ( I) Area
de plantación. (2) C am p o de maíz. (3) Asentamiento hum ano. (4) Bosque
secundario. (5) Rio. (6) Bosque primario. (M AN) Medio ambiente n atu ­
ral. (MAT) Medio ambiente transformado. (MAS) Medio ambiente
social, (eh) Energía derivada del trabajo humano, (s) Sucesión ecológica.
(Ft y F 2) intercambio ecológico. (Fí) Intercambio económico. Ver texto.

cipal diferencia entre los ecosistemas naturales y los manipu­


lados por el hombre es que los primeros tienen capacidad de
automantenimiento, autorreparación y autorreproducción.
Los ecosistemas transformados, por otra parte, son sistemas
intrínsecamente inestables, que necesariamente requieren
energía externa para el automantenimiento (sea energía
humana, animal o fósil).
A partir de cuanto antecede, podemos concluir que P
intercambia materias de una forma tridimensional. Estos
intercambios son realizados por P con entidades concretas,
que tienen lugares particulares en el espacio. P actúa en tres
terrenos: 1) El medio ambiente natural (MAN), que incluye
el conjunto de ecosistemas naturales y sus etapas sucesivas
que existen en el territorio de P ; 2) El medio ambiente trans­
formado (MAT), representado por el conjunto de ecosiste­
mas artificiales o agroecosistemas; 3) El medio ambiente
social (MAS), que se fine como el espacio social donde P
lleva a cabo su intercambio económico (ver Figura 2). Mien­
tras que MAN y MAT pueden ser situados con relativa
facilidad en un espacio natural concreto, MAS es más difícil
de localizar en términos concretos. MAN y MAT pueden ser
definidos delimitando discontinuidades en el paisaje natu­
ral, usando criterios de vegetación, topografía o pedología.
MAS, por otra parte, puede ser definido sólo trazando la
relación entre P y otras unidades locales de producción, y
los mercados regionales, nacionales e internacionales.
Después de haber definido P , M A S , M A N y M A T , es
necesario describir las relaciones que pueden existir entre
ellos. Como punto de partida, podemos usar el concepto
clave de fuerza de trabajo18 que es definido como los medios
materiales e intelectuales usados por los miembros de P para
extraer sus medios de existencia de la Naturaleza. Esto
requiere esfuerzo humano ( F o ) , la fuerza y energía necesaria
para vencer la resistencia a la transformación inherente a
cualquier ecosistema. Como P en realidad actúa sobre dos
diferentes tipos de ecosistemas ( M A N y M A T ) , la fuerza de
trabajo es canalizada por dos caminos, hacia el M A N ( F o a ) y
hacia el M A T ( F o b ) .
Como resultado P, obtiene dos flujos de materias de la
Naturaleza. El primero viene de los ecosistemas naturales
(Fi) y el segundo, de los ecosistemas transformados (F 2 ). Los
materiales de estos dos flujos pueden ser utilizados por P de

IS Cfr. Cook, S., Z apotee Stoneworkers: the Dynamics o f Rural S im ­


ple Com m odity Production in Modern Mexican C apitalism . (University
Press of America, 1982).
dos maneras, autoconsumo ( F i a y F 23) , y en intercambio con
MAS (Fiby F»). En el primer caso, P genera materiales que
son retenidos como valores de uso para consumo doméstico.
En el segundo, P produce bienes (generalmente como mate­
rias primas) que circulan como mercancías. Finalmente, P
consume bienes que proceden de MAS ( F 3) y genera mate­
rias transformadas en pequeña escala, artesanía, arte,
herramientas, tejidos, etc. (F 4 ) (ver Figura 3c).

Producción campesina como una economía de subsistencia

El esquema conceptual anterior identifica en el espacio y


en el tiempo las variables claves y los principales procesos

Figura 3. Representación teórica de los intercambios ecológicos-económi-


cos llevados a cabo por una unidad de producción rural (P) en cuatro
casos sociales (e históricos) diferentes, (a) Caza y recolección en banda,
(b) Aldea agrícola tribal, (c) C om unidad campesina, (d) G ranja (com er­
cial) moderna. (MAN) Medio ambiente natural. (MAT) Medio ambiente
transformado. (MAS) Medio ambiente social. Ver texto.
que deben ser medidos y analizados para caracterizar ade­
cuadamente la producción rural, y reconoce el carácter dual
(ecológico y económico) del proceso. Sin embargo, el
modelo es sólo una representación abstracta sincrónica e
histórica del proceso de producción rural.
En términos dinámicos, el modelo nos permite observar
las diferentes formas específicas que la producción rural
puede adoptar, revelando al mismo tiempo el carácter histó­
rico del proceso. Hay un espectro continuo de combinacio­
nes entre dos tipos extremos de organización social: produc­
ción para el uso y producción para el cambio. Cada una de
las combinaciones potenciales que pueden hallarse en el
modelo corresponde a formas de sociedades específicas his­
tóricamente determinadas y aparece a partir de ellas. Por
ejemplo, en las formas más simples de producción para el
uso, el proceso se reduce a un intercambio ecológico entre P
y MAN (Figura 3a) como es ejemplificado por las socieda­
des cazadoras y recolectoras, o entre P, MAN y MAT, en el
caso de sociedades agrícolas sedentarias. En ambos casos, P
actúa como una «especie» dentro del ecosistema y el proceso
productivo rural de estas «economías naturales» es básica­
mente un proceso ecológico. En contraste, en un caso com­
pletamente orientado a la mercancía, el proceso productivo
rural es simplificado por la abolición del flujo de valores de
uso (Fi. y F^). En este caso, P se convierte en una entidad
especializada y el proceso productivo rural es completa­
mente integrado en ei engranaje del mercado, y los inter­
cambios ecológicos son subordinados por las dinámicas
económicas, como en el ejemplo del monocultivo agrícola
comercial (ver figura 3d).
Como en las economías naturales (las más simples for­
mas de producción para el uso) en la producción campesina
el objetivo implícito del proceso productivo es la reproduc­
ción simple de la unidad doméstica campesina y, consecuen­
temente, de la comunidad campesina entera. La última, pero
significativa, diferencia es que además los campesinos pro­
ducen bienes que circulan externamente como mercancías.
De hecho, en la economía campesina «...la producción para
el sustento no excluye producir un excedente; el enigma de la
producción para el uso no es si se produce un excedente sino
por qué el excedente que se produce no se acumula y trans­
forma el sistema»19.
Sean cuales fueren las causas que provocan esta situa­
ción, la esfera de intercambio de la producción campesina
permanece subordinada al objetivo de autosuficiencia, y esta
economía de subsistencia depende fundamentalmente de la
explotación de recursos naturales. En resumen, a pesar de
que el campesino lleva a cabo intercambios ecológicos y
económicos, el mantenimiento y reproducción del produc­
tor y su familia está basado más en los productos obtenidos
de la Naturaleza (de MAN y MAT) que en productos obte­
nidos de los mercados (MAS) (ver Figura 3c). En última
instancia, la producción campesina es una economía de
subsistencia.

Por qué los campesinos adoptan una estrategia multiuso

Como su producción está basada más en intercambios


ecológicos que intercambios económicos, los campesinos
están obligados a adoptar mecanismos de supervivencia que
garanticen un flujo ininterrumpido de bienes, materia y
energía desde el medio ambiente natural y transformado
(MAN y MAS). A causa de ello, los campesinos tienden a
llevar a cabo una producción no especializada basada en el
principio de diversidad de recursos y prácticas productivas.
Esto da lugar a la utilización de más de una unidad ecogeo-
gráfica, la integración y combianción de diferentes prácti­
cas, el reciclaje de materias, energía, agua y residuos, y la
diversificación de los productos obtenidos de los ecosiste­
mas. Esta estrategia puede operar tanto en el nivel de la
unidad doméstica como en el de la comunidad e incluso de
una región entera. Este patrón tiene lugar tanto en el tiempo
como en el espacio. En el eje espacial, se considera la
máxima utilización de todos los ecosistemas disponibles. En

19 Cf. Gucieman. S.. The Demi se o f a Rural E conom y , (London, Men-


ley y Boston: Routledge & Kegan Paul, 1978).
términos de tiempo, el objetivo es obtener la mayor cantidad
de productos necesarios que cada ecosistema ofrece al año.
La familia campesina utiliza los componentes bióticos y
no-bióticos del ecosistema para satisfacer los requerimientos
básicos de su vida. La producción campesina implica,
entonces, la generación de una miríada de productos, inclu­
yendo comida, instrumentos domésticos y de trabajo, mate­
riales para la casa, medicinas, combustibles, fibras, alimen­
tación para los animales y sustancias tales como gomas,
resinas, colorantes, medicamentos y estimulantes. Los inter­
cambios económicos permiten a los agricultores obtener
bienes manufacturados por ellos mismos a partir de MAS.
Desde un punto de vista teórico es posible predecir que
aquellos grupos de campesinos que explotan los ecosistemas
con recursos más limitados (por ejemplo, ecosistemas no
explotados o altamente estacionales) serán más frágiles y
vulnerables a los intercambios económicos, tecnológicos y
culturales que aquellos que viven en un medio ambiente rico
en recursos (por ejemplo áreas húmedas tropicales o
ecotónicas).
En el contexto de la racionalidad económica con predo­
minio de los valores de uso, los campesinos están obligados
a adoptar una estrategia que maximice la variedad de pro­
ductos producidos, para proveer las necesidades de la uni­
dad doméstica a lo largo del año. Este es el principal rasgo
de la unidad campesina, que cuenta con el alto grado de
autosuficiencia de las unidades campesinas de producción.
Los campesinos manipulan el paisaje natural de tal forma
que se mantienen y favorecen dos características medioam­
bientales: heterogeneidad espacial y diversidad biológica. Esta
estrategia multiuso20 permite a los campesinos gestionar
diferentes unidades geográficas, como diferentes componen­
tes bióticos y físicos. Los campesinos intentan evitar la espe­
cialización de sus espacios naturales y de sus actividades
productivas, un rasgo intrínsecamente contradictorio con

20 Cf. Toledo, V.M., A. Argueta, P. Rojas et al. <*Uso múltiple del


ecosistema: estrategias de ecodesarrollo», en Ciencia y D esarrollo . (1976),
II: pp. 33-39.
las tendencias predominantes de la mayoría de los proyectos
de modernización rural.
Todo esto explica por qué los productores campesinos
no son solamente agricultores. Aunque la agricultura tiende
a ser la actividad productiva central de cualquier unidad
doméstica campesina, es siempre completada (y en algunos
casos reemplazada) por prácticas como recolección, extrac­
ción forestal, pesca, caza, cría de ganado y artesanía. La
combinación de estas prácticas protege a la familia campe­
sina a la vez contra las fluctuaciones del mercado y contra
los cambios o eventualidades medioambientales. Como
resultado, en una explotación campesina típica, los medios
ambientales natural y transformado se convierten en un
complejo paisaje que aparece como un mosaico en que cul­
tivos agrícolas, barbechos, bosques primarios y secundarios,
jardines domésticos, pastos y corrientes de agua son seg­
mentos del sistema de producción entero. Este mosaico
representa el campo sobre el que el productor campesino,
como estratega multiuso, juega el juego de la subsistencia a
través de la manipulación de los componentes geográfico y
ecológico (especies, suelos, topografía, clima, agua y espa­
cio), y de los procesos ecológicos (sucesión, ciclos de vida y
movimiento de materias). La misma disposición diversifi­
cada tiende a ser reproducida en el micronivel, con multies-
pecies y diversos cultivos en lugar del monocultivo.
En resumen, la variedad en términos geográficos, ecoló­
gicos, biológicos e, incluso, genéricos es, por consiguiente, el
principal rasgo de la producción campesina, porque la
variedad en sí misma es un mecanismo para reducir el
riesgo. Esta estrategia multiuso a través de la cual los campe­
sinos mantienen y reproducen sus sistemas productivos
constituye una característica ecológicamente valiosa que
tiende a conservar los recursos naturales, manteniendo la
diversidad medioambiental y biológica. La aclamada y, de
alguna manera, enigmática racionalidad ecológica del cam­
pesino y del productor tradicional no es sólo una estrategia
de subsistencia desarrollada en un sistema de producción
no orientado a la mercancía. Es una consecuencia directa
del proceso de apropiación de la naturaleza en una eco­
nomía predominantemente dirigida a la población para el
uso.

Etnología y producción: E! sistema cognitivo campesin

Como cualquier productor, los campesinos necesitan


medios intelectuales para realizar una correcta apropiación
de los sistemas ecológicos durante el proceso de producción.
En este contexto, el conjunto de conocimientos que los pro­
ductores campesinos ponen en juego para explotar los
recursos naturales se convierte en decisivo. Este conoci­
miento tiene un valor sustancial para clarificar las formas en
que los campesinos perciben, conciben y conceptuaÜzan los
ecosistemas de los que ellos dependen para vivir. Más aún,
en el contexto de una economía de subsistencia, este cono­
cimiento de la naturaleza se convierte en un componente
decisivo en la implantación de la estrategia campesina de
supervivencia basada en el uso múltiple y refinado de los
recursos naturales.
Con muy pocas excepciones2' la tendencia predomi­
nante en los estudios del conocimiento campesino de la
naturaleza ha estado basado en una aproximación donde: a)
el fenómeno cognitivo campesino aparece separado de sus
propósitos prácticos; en otras palabras, el intrincado sis­
tema formado por corpus y praxis está separado artificial­
mente, y b) el cuerpo cognitivo es sólo parcialmente estu­
diado, de tal manera que el investigador sólo estudia
«fracciones» (plantas, animales, suelos, etc.) o «dimensio-
Cf. Posey, D.A., J. Eddins et al. «Ethnoecology as Applied Anth-
ropology in Amazonia» Development» en Human O rganization (1984),
43: pp. 95-107; Johnson, A., «Ethnoecology and Planting Practices in a
Swidcn Agricultural System» en American íithnologist, (1974) 1: pp. 87-
10!; Brosius, J.P., G.W. Lovelace & G.G. Marión. «Ethoecology. an
Aproach lo Understanding Tradicional Agricultural Knowledge» e n Mar-
ten, G.G. Tradidonal Agriculture in Southeast Asia: A Human licology
Perspective , (Boulder, Colorado: Westview Press, 1986); pp. 187-198 y
Alcorn, J.B., «Proces as Resource: Agricultural Ideology in the Humids
Iropics» en Balee, R. & D. Poscy (Eds.), Indigenous Resource M anage­
ment in Ama sania. (Westview Press, 1988); en prensa.
Figura 4. Esquema integrados de conocimiento campesino de la n atura­
leza. Ver texto.

nes» (sistemas clasificatorios, elementos utilitarios y otros)


del sistema completo. Así, en general, los antropólogos han
intentado la investigación de las actividades prácticas como
aspectos secundarios de la investigación de los sistemas cog-
nitivos, perpetuando una tendencia a considerar, la cultura,
como distinta y ampliamente autónoma con relación a la
producción. A causa de lo anterior, la investigación sobre la
gestión de los recursos campesinos22 generalmente ha sido
concebida y llevada a cabo sin conexión con el cuerpo de
conocimiento estudiado por los antropólogos. Por el con­
trario, como ha puntualizado Barahona23, es difícil alcanzar
una comprensión coherente y completa de estos sistemas
cognitivos separándolos de las actividades y comportamien­
tos diarios, concretos y prácticos, de los productores
campesinos.
22 Cf. Wilken. G .C., G ood Farmers (Berkeley: University of Califor­
nia Press, 1987).
2> Cf. Barahona, R., «Conocimiento campesino y sujeto social c am ­
pesino» en Revista Mexicana de Sociología, (1987) 49: pp. 167-190.
Parece claro que en la perspectiva de los problemas con­
cretos y prácticos que han de resolverse durante la gestión
de los ecosistemas, los productores campesinos deben
poseer conocimiento de los recursos al menos en cuatro
escalas: geográfica (incluyendo macroestructuras y asuntos
como clima, nubes, vientos, montañas, etc.)\ física (topogra­
fía, minerales, suelos, microclima, agua, etc.); vegetacional
(el conjunto de masas de vegetación), y biológica (plantas,
animales y hongos). En el mismo sentido, basada en la lite­
ratura antropológica es posible distinguir cuatro tipos de
conocimiento: estructural (relativo a los elementos naturales
o a sus componentes); dinámico (que hace referencia a los
procesos o fenómenos); relacional (unido a la relación entre
o en el seno de elementos o acontecimientos), y utilitario
(circunscrito a la utilidad de los recursos naturales). Como
resultado de lo anterior, es posible integrar una tipología
preliminar del conocimiento campesino de los recursos
naturales (Tabla 1) que. puede servir como un esquema de
trabajo metodológico y conceptual para los estudios etnoe-
cológicos. El problema es, en cualquier caso, cómo este
cuerpo cognitivo está conectado a, e integrando en, la lógica
de la producción de los sistemas campesinos; la estrategia
multiuso. Aunque este tema tiene que ser resuelto en investi-

G eo gráfico Fisiografía) Vegelacional Biológico

C lim a T o p o g ra fía U nidades P lañ ías


F o rm as M in erales de A n im ales
del terreno Su elos vegetación H o n go s
ESTRU CTU RAL M on tañ as A gua
Vientos
Nubes

R E L A C IO N A L V ario s V a rio s V ario s V a rio s

C iclo s lunares E ro sió n Sucesión C ic lo s vita le s


M ovim ientos del su elo eco lógica P erio d o s
D IN A M IC O de m ateriales Fen óm en os de flo ra c ió n
C am b io s en m icrocli- E stac io n es d e
capas freáticas m átícos anudam iento

Tabla I. Tipología cici conocimiento campesino de los recursos naturales.


Ver texto.
gaciones posteriores, la Figura 4 muestra un esquema hipo­
tético que integra los diferentes tipos de conocimiento cam­
pesino de la Naturaleza en relación con la producción. Este
esquema, inspirado en los resultados de numerosos estudios
etnoecológícos24 está basado en la idea de «unidades de
gestión» prácticas, a través de las cuales los productores
campesinos manipulan los recursos naturales (componentes
y procesos). Estas unidades son derivadas del reconoci­
miento campesino de las unidades eco-geográficas en los
paisajes, que a su vez son el resultado del conocimiento
campesino en vegetación, suelo y topografía. En resumen,
parece claro que el sistema cognitivo campesino, que es
usado permanentemente por el productor durante la gestión
del ecosistema, juega un rol importante para la racionalidad
ecológica de la producción campesina.

Ecología, producción campesina y proceso de modernización

Con muy pocas excepciones, el reciente proceso de


modernización de las áreas rurales del mundo ha sido un
acontecimiento ecológico y culturalmente distorsionador
(especialmente en los países del Tercer Mundo). Así,
durante la modernización, los recursos naturales y las
comunidades campesinas tienden a ser destruidos y reem­
plazados por formas «modernas» de producción, basadas en
costes ecológicos, en especialización espacial, productiva y
humana, y una producción exclusivamente orientada al
mercado.

Cf. Conklin, H.C., «An Ethnoecological Approach to Shifting


Agrie ultu re» en N ew York A cade m y o f S cien ces. Transactions , ¡7: pp.
133-142; Zi zumbo, D. & P. Colunga, Los H naves: la a p ro p ia ció n d e los
recu rso s n atu rales. (México: Universidad Autónom a de Chapingo, 1982);
Sanabria, O.L., «El uso y manejo foresta! en la com unidad de Xul, Yuca­
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R eso u rces under T ra d id o n a l Management. (Westview Press, 1988b).
Para lograr el desarrollo rural sin destruir los recursos
naturales y sin transformar las unidades campesinas en uni­
dades especializadas y asalariadas, es necesario cambiar
completamente los principales objetivos de la moderniza­
ción rural. En primer lugar, el simple hecho de reconocer
una racionalidad ecológica en la producción campesina reta
ios paradigmas centrales de la modernización rural porque
reevalúa el significado y potencialidad de las culturas cam­
pesinas, normalmente consideradas como un sector arcaico
o tradicional, sin importancia para la modernidad. Además,
la autosuficiencia campesina, que está ampliamente basada
en una simbiosis permanente con los recursos locales natura­
les, constituye el punto de partida para un desarrollo alter­
nativo ecológicamente relevante. En esta perspectiva, la
estrategia de producción excedentaria debe ser implemen-
tada sólo después de que una etapa de autosuficiencia sea
garantizada. La subsistencia local y regional y no la produc­
ción comercial debería ser el primer objetivo productivo de
cualquier política de desarrollo rural, especialmente en
aquellas áreas caracterizadas por una alta complejidad eco-
geográfica y una gran riqueza biológica y genética.
Finalmente, como el papel activo jugado por los campe­
sinos en el mantenimiento de los recursos ecológicos y bio­
lógicos así como en la conservación genética ha sido larga­
mente despreciado, es urgente diseñar una nueva concepción
donde todas estas contribuciones campesinas sean enfatiza­
das. No hay necesidad de decir que esta nueva orientación
de la modernización rural está obligada a retar y a vencer al
mecanismo político y económico, subyacente y sutil, a tra­
vés del cual el trabajo campesino es permanentemente
explotado por un sector no productivo (a través de varios
mecanismos de extracción del excedente) y por medio de los
cuales los campesinos tienden a ser convertidos en un sector
social subordinado.

Reconocimientos

La mayor parte de este trabajo fue escrita mientras que


el autor estaba enseñando como profesor visitante en la
Universidad de California, Berkeley (Colegio de Recursos
Naturales y Departamento de Geografía) durante un año
sabático en la Universidad Nacional de México (UNAM). El
autor quiere expresar su cordial agradecimiento al Dr.
Miguel Altieri que hizo posible su estancia en Berkeley y que
estimuló la creación de este trabajo, así como a Phil Daniels
(Ciudad de México) y John Cloud (Berkeley) por sus
muchas horas de trabajo en la revisión del texto en inglés, y
a Ana Irene Batis por alguna asistencia técnica. Las figuras
fueron hechas por la artística mano de Felipe Villegas
(UNAM).

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6. HACIA UNA HISTORIA SOCIO-ECOLOGICA:
ALGUNOS EJEMPLOS ANDINOS*

Juan Martínez Alier

En memoria de
Alberto Flores Galindo
(1949- / 990).

Introducción

Este artículo pregunta si la idea de! «ecologismo de los


pobres» sirve a los historiadores para interpretar buena
parte de la marcha de la historia, más allá de episodios tan
obvios como la lucha de los seringueiros en Acre y la muerte
de Chico Mendes en diciembre de 1988 o la lucha del movi­
miento Chipko en las montañas del Himalaya en Uttar Pra-
desh en la India, que son casos patentes de «ecologismo de
los pobres». La mayor parte de los ejemplos están tomados
de la historia del Perú.
En los últimos años se ha criticado la agricultura
moderna y, en general, la economía actual porque implica
un gasto de combustible fósiles y una contaminación del
medio ambiente mucho mayor que la agricultura «tradicio­
nal» y que la economía pre-industrial. La agricultura
moderna implica además la pérdida de mucha variedad bio­
lógica. De hecho, este enfoque ecológico no es nuevo:

(*) Versiones anteriores de este artículo han aparecido en H istoria Social


(Valencia), en Esludios Regionales y en la Revista Andina (Cusco), todas en
podemos mencionar a autores como Podolinsky (1850-91),
Patrick Geddes (1854-1932) quien a su vez se inspiró en
John Ruskin, o Frederick Soddy (1877-1956). Existe pues
una corriente de pensamiento a la vez científica y contraria a
los destrozos del industrialismo, incluso una corriente de
utopismo científico-ecológico (Josef Popper-Lynkeus, 1838-
1921), que critica la economía y los economistas y que
enlaza con la nueva economía ecológica. En países con
importante presencia campesina, la crítica ecológica de la
agricultura moderna desemboca en lo que yo he llamado
(desde 1985) un neonarodismo ecológico. La historia socio­
económica andina (o por lo menos algunos episodios nota­
bles de esta historia) son interpretados aquí en la línea del
«neonarodismo ecológico», siguiendo los pasos de autores
como Eduardo Grillo en el Perú, de Víctor Manuel Toledo
en México, de Ramachandra Guha en la India. La tesis
principal es que muchos movimientos sociales surgen de las
luchas de los pobres por la supervivencia y son por tanto
movimientos ecologistas (cualquiera que sea el idioma en
que se expresen) que tratan de mantener los recursos natura­
les fuera de la esfera económica, fuera de la valoración cre­
matística. Pero también hay que constatar a veces la ausen­
cia de luchas ecologistas, incluso de percepción ecológica, a
pesar de la existencia de problemas ecológicos: la historia de
la naturaleza es al mismo tiempo historia social.
La tesis enunciada del ecologismo de los pobres, según la
cual la lucha por la supervivencia lleva a los pobres a defen­
der el acceso a los recursos naturales y su conservación,
queda por demostrar. Si he llamado «proyecto de investiga­
ción» a mi artículo es porque realmente hay mucho por
investigar en este campo, por encima de la capacidad de una
persona. De lo que se trata es, de una parte, de entender la
ecología de las sociedades humanas históricamente. Eso
implica entender las tecnologías de aprovechamiento de los
espacios rurales, el uso del agua, las formas de urbanización,
los sistemas de conocimiento de la naturaleza propios de
cada cultura. La especie humana se distingue por su falta de
instrucciones genéticas respecto al consumo exosomático de
energía y materiales. Por tanto, el estudio de la ecología
humana precisa abarcar asimismo el estudio de los conflicA
tos sociales, ia diferenciación social, las instituciones del )
poder, de la propiedad y de la explotación.
La tesis de un «ecologismo de los pobres» la presenté
inicialmente bajo el nombre «neo-narodismo ecológico» o
neo-populismo ecológico, en artículos en las revistas Mien­
tras Tanto (24, Barcelona, 1985), y Márgenes (2, Lima,
1987), y en mi libro Ecological Economics (Blackwell,
Oxford, 1987), pero Tito Flores Galindo le dio el nombre
más claro de «ecologismo de los pobres». La alusión a los\
narodniki rusos del siglo XIX tiene dos motivos: por un
lado, los narodniki creían posible que la sociedad socialista
se construyera sobre la base de las comunidades rurales, sin
pasar por el doloroso trance de privatización de la propie-1
dad de la tierra y proletarización. El ecologismo de los \
pobres coincide con esta perspectiva ya que su base social (
sería predominantemente campesina (aunque no única- j
mente) y porque es igualitarista. Además, el primer críticoy
de la economía desde el punto de vista ecológico, Sergei
Podolinsky (1850-91), fue precisamente un socialista popu­
lista ucraniano.
La economía liberal se opone por esencia al punto de
vista ecológico, ya que considera el mercado como meca­
nismo en principio excelente para la asignación de recursos
y necesita el crecimiento continuo. De otro lado, entre el
marxismo y el ecologismo hubo un divorcio desde hace más
de cien años. El pensamiento narodniki es más compatible
con el punto de vista ecológico, y, desde luego, la visión de
Chayanov era más ecologista que la de los marxistas o los
liberales industrialistas, aunque no llegó a proponer una
agroecologia. Así pues, hay argumentos favorables a la
expresión «neo-narodnismo ecológico». De todas formas,
tal vez sea más sencillo usar ecologismo de los pobres, eco­
logismo popular, incluso ecologismo socialista (como Ra-
machandra Guha en la India), donde la palabra socialista
no se refiere a determinados partidos políticos, ni tampoco
se refiere en absoluto a la estatización de los medios de
producción, sino que se refiere a la lucha por la igualdad y al
control social, comunitario, de la economía. En este sentido.
los anarquistas y los populistas de la Primera Internacional
(Bakunin y Lavrov) eran socialistas, y así se empleó la pala­
bra «socialismo» durante mucho tiempo y puede volver a
emplearse. El socialismo ecologista es nuevo como ideolo­
gía, pero a mi juicio no es nuevo como práctica social. Aun­
que mi artículo hace referencia en su subtítulo a los países
andinos, creo que la idea del «ecologismo de los pobres»
tiene relevancia para muchos otros países también; en cual­
quier caso, en el Perú como en Bolivia, las alusiones a la
tradición socialista de la Primera Internacional en ningún
modo resultan ajenas a la vida política local.
El elogio de la agricultura tradicional y la crítica de un
crecimiento económico que se base en la tecnología moderna
tiene el riesgo no sólo de parecer «antimoderno» o tal vez
«postmoderno», lo que no es para quitar el sueño, sino de
recordar el irracionalismo anti-industrialista que, ai menos
retóricamente, se manifestó en los fascismos. Además, usar
argumentos ecologistas no es ninguna garantía de progre­
sismo social, ya que la ecología no ha sido políticamente
unívoca: ha habido y hay usos social-darwinistas, aunque,
en dirección opuesta (como en el actual ecologismo político
alemán), la ecología sirve ahora para defender un igualita­
rismo intemacionalista. La presente ponencia está en esa
línea de ecologismo igualitarista, vinculada aquí a un
«populismo» en el sentido de los narodniki rusos del siglo
XIX, próximo tal vez a Mariátegui, próximo al ¡Mte Marx
and the Russian Road que Teodor Shanin puso de mani­
fiesto. El neo-narodismo ecológico (como interpretación
histórica y como movimiento actual en el hasta ahora lla­
mado Tercer Mundo) no es pues un fruto de descrédito
«post-moderno» de la ciencia y del progreso social. Por el
contrario, se apoya en un análisis científico del flujo de
energía y de materiales en la agricultura, y en un respeto por
las estrategias ecológicas del campesinado, que por ahora
parecen razonables. Se basa, sobre todo, en una crítica
racional de la pseudo-racionalidad de los economistas, ya
que la economía no valora ni puede valorar las externalida-
des diacrónicas.
La Ecología científica ha sido aprovechada política­
mente en sentidos opuestos, en un sentido social-darwinista
y en un sentido igualitarista. Así, el estudio de la ecología
energética humana por Podolinsky, que Engels se mostró
desgraciadamente reacio a aceptar en sus dos famosas cartas
a Marx en diciembre de 1882, no tenía implicaciones social-
darwinistas sino todo lo contrario. Podolinsky se conside­
raba marxista. Analizó el flujo de energía en sociedades
humanas (en términos similares a los análisis muy posterio­
res de antropología ecológica, por ejemplo Rappaport,
1967, o en el Perú, con referencia a una familia de «huacchi-
lleros» de Puno, R.B. Thomas, 1973). Podolinsky no atri­
buyó las diferencias en el uso exosomático de energía dentro
y entre países a una superioridad evolutiva sino más bien a
la desigualdad creada por el capitalismo. Eso era contrario a
los darwinistas sociales que pocos años después aplicaron a
grupos humanos la frase de Boltzmann de 1886: «la lucha
por la existencia es una lucha por la energía disponible».
Incluso un ecólogo científico como Lotka adoptó alguna vez
esa fraseología, no en un contexto biológico sino para
hablar de la Primera Guerra Mundial. Así, en vez de repetir
una vez más que la ciencia es algo aparte de la política,
debemos por el contrario estudiar los contextos socio-
políticos que favorece la aparición y difusión de diferentes
conocimientos científicos (de la ciencia ecológica o de otras
más asépticas aún), y debemos también estudiar cómo dis­
tintos intereses sociales utilizan ideológicamente los cono­
cimientos científicos.
La tesis del «ecologismo de los pobres» sirve no sólo
para interpretar la historia sino también sirve para la polí­
tica actual. Aunque la diferencia entre Ecología científica y
ecologismo, movimiento social es fácilmente comprensible,
casi un lugar común, de hecho la Ecología científica ha sido
políticamente utilizada no desde hace poco tiempo sino
desde el siglo XIX. Los mismos ecólogos científicos partici­
paron de ese consumo político: Haeckel fue un social-
darwinista activo. Términos de la Ecología científica como
Lebensraum tuvieron un uso político espectacular. Actual­
mente, como hace cien años, la perspectiva ecológica no es
políticamente unívoca. A algunos les lleva al darwinismo
social: la «ética del bote salvavidas» de Garreth Hardin es
un clarísimo ejemplo. A otros, por ejemplo los Verdes ale­
manes y a muchos estudiosos y activistas de los países
pobres, les lleva hacia un ecologismo igualitarista interna­
cional. Es una lástima que el ecologismo igualitarista
(opuesto al ecologismo social-darwinista) no haya sido
comprendido o haya sido incluso rechazado por los diversos
marxismos. El marxismo ha operado con la categoría de
«fuerzas productivas», sin haberla definido en términos eco­
lógicos. Por eso hasta ahora no ha existido una historiogra­
fía marxista ecológica.
La ecología humana estudia el flujo de energía y de
materiales en sociedades humanas. Los ricos y los pobres se
diferencian por su consumo exosomático de energía y mate­
riales, tanto en un contexto rural como urbano, tanto dentro
de cada país como internacionalmente. La interpretación
ecologista de la historia socio-económica no se limita pues
únicamente a un ámbito rural. Las luchas sociales por man­
tener el acceso a los recursos naturales, contra su privatiza­
ción y explotación comercial, son simultáneamente luchas
ecologistas si llevan a una gestión de los recursos que los
degrade menos. Ahí, por supuesto, la interpretación ecolo­
gista tropieza con la hipótesis de «la tragedia de los bienes
comunales», y también tropieza con la tesis (defendida en el
Informe Brundtland), de que la pobreza es causa principal
de degradación ecológica. La evidencia muestra que los
pobres son a menudo muy poco ecológicos, ya que su
pobreza les lleva a tener horizontes temporales muy cortos y
a infravalorar el futuro. Por eso menciono posteriormente
en este artículo el trabajo de Jane Collins, que analiza la
erosión del suelo en las precarias plantaciones de café en la
Ceja de Selva que son uno de los medios de buscarse la vida
de la pobre comunidad de la orilla del Titicaca que ella
estudió. Sin embargo, mi tesis es la siguiente: aunque la
pobreza es causa de degradación del medio ambiente, los
ricos suponen una carga mayor sobre el medio ambiente que
los pobres, por sus mayores niveles de consumo; además, la
pobreza es consecuencia de determinadas relaciones políti­
cas y económicas; por tanto, los movimientos sociales de los
pobres contra los ricos son a menudo, simultáneamente,
movimientos ecologistas. Las luchas sociales de los p o b re s\
son luchas para conseguir lo que hace falta para la vida.
Muchos movimientos agrarios y urbanos han sido implíci­
tamente movimientos ecologistas, que han usado otros len- ¡
guajes sociales que los del ecologismo actual.

El ecologismo de los pobres

Hay quienes piensan que el ecologismo es un movi­


miento de la clase media de algunos países nord-atlánticos,
nacido a finales de los 60 y principios de los 70, y que ahora
está implantándose electoralmente en Europa. Así, parece
haber más preocupación por la destrucción del bosque tro­
pical en Washington D.C. o en Berlín que en el Trópico. Sin )
embargo, muchos movimientos sociales surgen de las luchas j
por los pobres por la supervivencia, tanto en la historia j
como actualmente. Son por tanto movimientos ecologistas j
(cualquiera que sea el idioma en el que se expresen) en í
cuanto sus objetivos consisten en obtener las necesidades \
ecológicas para la vida: energía (incluyendo las calorías de la )
comida), agua, espacio para albergarse. Son movimientosj
ecologistas que tratan de sacar los recursos naturales delj
sistema de mercado generalizado, de la valoración crematís-j
tica, de la racionalidad mercantil, para mantenerlos o)
devolverlos a la oikonomia (en el sentido con que Aristótelesj
usó la palabra, como ecología humana, opuesto a crematí^/
tica). Así, una «economía moral» (en el sentido con que E.P.
Thompson usó esta expresión) viene a ser lo mismo que una
economía ecológica.
En este proyecto de investigación daré algunos ejemplos
de esa manera de entender la historia de los pueblos y clases
sociales explotados del mundo, en la línea de la nueva histo­
riografía ecológico-social de la India (Guha y Gadgil, 1989),
para descubrir el contenido ecologista, oculto o explícito, de
muchos movimientos sociales históricos o actuales. Mirando
hacia lo que hasta ahora llamábamos el Tercer Mundo (y
que, ahora que el Segundo Mundo felizmente desaparece,
tal vez hay que llamar, honestamente, los desposeídos o los
pobres), deberíamos preguntarnos pues acerca de las rela­
ciones entre ideologías políticas de amplia difusión y el eco-
logísmo: ¿hay o hubo conexiones entre el marxismo y el
ecologismo, entre el anarquismo y el ecologismo, entre el
populismo pro-campesino al estilo ruso del siglo XIX y el
ecologismo, entre la filosofía política gandhiana y el ecolo­
gismo? Pero también debemos preguntarnos acerca de la
motivación ecológica tras luchas socio-económicas que
desde hace siglos han usado y todavía usan lenguajes políti­
cos locales, indígenas, en vez de lenguajes políticos de
amplia difusión. El ecologismo intelectual crece en el sur por
influencia del norte, pero recién estamos descubriendo los
movimientos ecologistas espontáneos dei sur, históricos o
actuales, independientes de la influencia del norte. La mani­
pulación de la información hace aparecer ahora a los diri­
gentes de países ricos como líderes ecologistas, proponiendo
programas universales de restricciones ecológicas (donde,
por ejemplo, unos deben aumentar la eficiencia energética
de sus automóviles y otros pueden contribuir a una menor
producción de gas metano solamente cultivando menos
arroz o a una menor producción de CO2 respirando menos).
El ecologismo de los pobres no aparece en los medios de
comunicación. El escándalo de las indemnizaciones muy
pequeñas pagadas por Unión Carbide tras la «primavera
silenciosa» de Bhopal no ha sido ningún escándalo. Por el
contrario, la tesis de este artículo es que ja lucha por j a
supervivencia lleva a los pobres a defender el acceso a los
recursos naturales y su conservación, y por tanto el ecolo­
gismo délos, pobres ha estado muy presente tanto en la
historia como en ía actualidad, aunque naturalmente falta
investigación sobre ello. Me interesa también constatar en
otros casos la ausencia de luchas ecologistas, incluso de per­
cepción ecológica, a pesar de la existencia de problemas
ecológicos. Me referiré especialmente a la historia ecológico-
social del Perú (en la forma de temas por investigar más que
cuestiones resueltas), ya que conozco bien su historia.
Explotación exterior, desestructuración social interna,
degradación ecológica, intercambio desigual

Las luchas socio-ecológicas de los pobres no se han


expresado con el vocabulario científico-ecológico de flujos
de energía y materiales, de recursos agotables y de contami­
nación, de pérdida de biodiversidad. Por tanto, comprendo
muy bien a quienes sostienen que la percepción ecológica
típica de la cultura andina no puede ser traducida a un
vocabulario occidental. Sin embargo, no renuncio a una
historia ecológico-social comparada. Así, las interpretacio­
nes de Víctor Toledo en México son similares a las de
Ramachandra Guha en la India, y han nacido en dos cultu­
ras distintas. El enfoque internacional comparativo es espe­
cialmente necesario si la historia ecológica nos ha de llevar a
una teoría del comercio internacional en términos de «inter­
cambio ecológicamente desigual», tal como apunto en esta
sección de este artículo. Las grandes cuestiones ecológicas
internacionales hay que discutirlas en el lenguaje común de
la ecología, sabiendo sin embargo comprender los lenguajes
empleados por diversas culturas para referirse a algunos de
esos fenómeos. Asimismo, el enfoque internacional es útil
para una historia ecológica comparada de la agricultura,
que mostrará la mayor intensidad energética de la agricul­
tura moderna (en términos de combustibles fósiles), debido
al uso no sólo de combustibles para los tractores sino tam­
bién al empleo de fertilizantes y pesticidas, con variaciones
en distintos lugares y tiempos (Pimentel, 1979). Precisa­
mente, la menor intensidad energética de la agricultura tra­
dicional, junto con su contribución a la preservación de la
biodiversidad, son argumentos muy fuertes en favor del neo-
narodnismo ecológico; en contra, hay el argumento de los
beneficios de las nuevas biotecnologías (cuyo impacto eco­
lógico recién se empieza a discutir). El optimismo tecnoló­
gico no es ya tan corriente como hace unos años, ni en los
países ricos ni en los pobres, y por tanto son quienes menos
se aprovechan del actual consumo de combustibles fósiles en
el mundo, es decir, los pobres, quienes mejor pueden protes­
tar del derroche que otros hacen, y quienes no tienen auto­
móvil son quienes mejor pueden defender una economía que
use menos recursos y sea menos contaminante.
Sin embargo, resulta tranquilizador, desde Europa o
América del Norte, atribuir la miseria actual de gran parte
de América no tanto a la ruptura de la conquista y a la
dependencia del capitalismo internacional como a la presión
demográfica sobre unos recursos escasos. Ahora bien, si la
población existente en América antes de 1492 hubiera cre­
cido en los quinientos años transcurridos en proporción
similar al crecimiento de la población europea o de origen
europeo en el mismo lapso, hoy en día las Amérícas tendrían
una población similar a la actual pero íntegramente com­
puesta de población amerindia. Dada la historia de imperia­
lismo ecológico y demográfico de Europa (Crosby, 1986),
no resulta de buen gusto insistir desde Europa en la excesiva
presión de la población sobre los recursos en el hasta ahora
llamado Tercer Mundo, tanto más cuanto cada vez existen
más barreras a la libre emigración hacia Europa o hacia
algunos países de colonización europea (como Estados Uni­
dos, Australia, etc.). Sin embargo, una historia socio-
ecológica debe considerar la demografía humana.
Los ecólogos saben explicar las causas de las migracio­
nes de los pájaros pero para explicar la actual distribución
geográfica de la humanidad no basta con ecólogos, hace
falta politólogos. En efecto, ¿cómo es posible mantener
internacionalmente esas enormes diferencias de consumo
exosomático de energía y materiales? Sólo pueden mante­
nerse mediante la existencia de Estados con fronteras y poli­
cía de fronteras, una especie de «demonios de Maxwell» que,
al impedir el libre movimiento de las personas, consiguen
mantener la diferencia de «temperatura» (es decir, uso de
recursos por persona) entre sociedades. Con motivo de un
accidente en el Mediterráneo en el que se ahogaron algunos
trabajadores de Marruecos que trataban de pasar clandesti­
namente a Europa (EI País SemanaL 10 marzo 1989), acci­
dente similar a los que suceden frecuentemente entre Africa
y Canarias, o entre la América del Sur y la del Norte, un
funcionario español atribuyó el caso a los «problemas
demográficos» del Africa del Norte, biologizando así la
desigualdad social. Ahora bien, cuando España o Italia, no
hace tanto tiempo, eran países de emigración» su densidad
demográfica era inferior a la actual. Esa cuestión de la dis­
tribución territorial de la especie humana separa la Ecología
Humana de la Biología: esos límites (o boundaries, R.N.
Adams, 1988) son instituciones histórico-sociales, cuyo
estudio no corresponde a la biología.
Incluso suponiendo una distribución territorial de la
población más racional y admitiendo que se cumpliera el
derecho a la libre emigración, el crecimiento indefinido de la
población, aún a tasas muy bajas, no puede menos que aca­
bar en una situación malthusiana. De otro lado, la realidad
es que América (debido en parte al colapso demográfico
posterior a la conquista europea) tiene en general una baja
densidad de población. El Perú, aunque con un enorme
territorio (casi dos veces y media la extensión de España),
tiene actualmente una proporción de tierra de cultivo por
habitante de las más bajas de América (después de Haiti y El
Salvador), pero incluso el Perú, con sólo 0.19 hectáreas de
cultivo por habitante, tiene una menor presión demográfica
sobre la tierra de cultivo que el Japón, Holanda, Bélgica,
Alemania, Gran Bretaña, por poner ejemplos de países
prósperos.
Para explicar la miseria actual y la creciente degradación
ambiental, hay que distinguir entre la presión de la pobla­
ción sobre los recursos y la presión de la producción sobre
los recursos (Blaikie y Brookfield, 1987). Así, cuando Engels
se refirió a la erosión del suelo en Cuba, la densidad de
población era una décima parte de la actual. Cuba exporta
anualmente alrededor de 700 kgs. de azúcar por persona,
que en calorías suponen entre dos o tres veces las consumi­
das en la alimentación de todo el año. Durante largas déca­
das no se abonó el suelo en Cuba. Este azúcar se vende a un
precio que en términos reales es inferior al de hace setenta
años, o al de hace cuarenta años. Cuba ha sido en la mayor
parte de su historia un país exportador neto de energía, ¿y a
cambio de qué? Es un claro ejemplo de presión de la pro­
ducción sobre los recursos causada por la especialización en
productos de exportación mal pagados (y no es un caso de
presión de la población, ya que Cuba cuenta con nada
menos que 0.32 hectáreas de cultivo por habitante, con
población ya casi establecida).
Stephen Bunker, en su análisis de la ecología política de
la Amazonia brasileña (1985), añadió un eslabón socioló­
gico a la cadena entre explotación exterior, pobreza local, y
degradación ambiental. Bunker argumentó que la ausencia
de una estructura de poder local, consecuencia de la propia
explotación exterior, agrava la degradación ecológica. La
tesis de Bunker va más allá de la caracterización de una
economía de enclave como una economía con escasos linka-
ges hacia atrás y adelante, ya que añade facetas sociológicas
y ecológicas. La desestructuración social local en zonas
extractivas deja un vacío que es ocupado por intereses
extranjeros o, como en la Amazonia, también por el Estado
central, lo que a su vez acelera la explotación.
Un ejemplo andino similar a los ejemplos amazónicos de
Bunker y otros autores (Altvater, 1987) es el de la minería
boliviana. En una economía extractiva, los flujos de mate­
riales y energía no se incorporan a instalaciones que hagan
posible un desarrollo continuo. La estructura social no se
torna compleja, no surgen potentes organizaciones sociales.
Los sindicatos mineros bolivianos parecían una excepción a
esta regla, pero han sido derrotados. Las minas están casi
agotadas, el número de mineros ha bajado de veinticinco mil
a cinco mil. Comibol, la empresa nacionalizada, fue poco
eficiente y no realizó las inversiones necesarias; las minas
tenían seguramente demasiados empleados (ver, en contra,
Godoy, 1985); además, una tasa de cambio demasiado alta
reducía el ingreso por exportaciones y restaba incentivos a
una explotación más eficiente. El colapso de la minería del
estaño fue anunciando antes del desplome de los precios en
octubre de 1985, causado por la acumulación de stocks y la
escasa demanda del mercado mundial, por la sustitución del
estaño por el aluminio en la fabricación de latas, por la
nueva producción en el Brasil. Así pues, la falta de rentabi­
lidad de la minería del estaño en Bolivia tiene varias causas.
Ahora bien, una causa principal es el contenido de estaño
cada vez menor, hasta el punto que es más beneficioso
explotar los desechos anteriores que el trabajo regular de las
minas. Este proceso de agotamiento empezó antes de la
nacionalización de 1952, habiendo bajado la ley del 7 por
ciento en los 1920 a 0.98 por ciento en 1970 (Crabtree, 1987,
58). Los potentes sindicatos de los mineros bolivianos, naci­
dos de esa industria extractiva, estuvieron a veces a punto de
hacer una revolución pero están desapareciendo.
Una historia socio-ecológica de la minería boliviana
desde Potosí hasta Cata vi y Siglo XX está por escribir. Mos­
traría que una economía extractiva produce localmente
pobreza, y a su vez falta de poder político, y por tanto
incapacidad para frenar la extracción o poner un precio más
alto a los recursos extraídos. Igualmente sucede si una
región se convierte en lugar de inserción de industrias o
residuos peligrosos. No obstante, hay regiones desarrolladas
a partir de empresas extractivas, como Sao Paulo, pues, a
pesar del continuo desplazamiento del café hacia una nueva
frontera (desde el Valle de Paraíba hasta Paraná) por la
explotación excesiva de los suelos, el café, sin embargo, al
residir fazendeiros y exportadores en el propio estado, creó
muchas conexiones económicas locales, a diferencia de la
minería en el altiplano boliviano, o de la minería actual en la
Amazonia. Pero el enfoque socio-ecológico lleva en general
a una reconsideración de la staple theory o f growth (que
explica el crecimiento económico de países ex-coloniales por
la exportación de materias primas y alimentos); por el con­
trario, da nueva vigencia a la teoría del subdesarrollo como
fruto de la dependencia. Esa dependencia está expresada no
solamente en la infravaloración de la fuerza de trabajo pro­
porcionada por los pobres del mundo, ni tampoco mera­
mente en el deterioro de la relación de intercambio en tér­
minos de precios, sino en un intercambio desigual (medido
en «tiempo de producción») entre «productos» extraídos, de
imposible o larga reposición, y productos de rápida fabri­
cación.
Ei ecologismo popular igualitarista es más propio del sur
que del norte precisamente porque en el sur las luchas anti-
capitalistas locales son muchas veces, aún sin saberlo sus
actores, luchas ecologistas. Además, la perspectiva ecoló­
gica abre de nuevo la discusión sobre las relaciones de
dependencia internacional. En la historia del Perú, en el
siglo actual, hay movimientos sociales explícitamente dirigi­
dos contra daños ecológicos, contra la contaminación pro­
ducida por el smelter de la Cerro de Pasco Copper Corpo­
ration (conocido bajo el inocente nombre de los «humos de
La Oroya», en parte una deposición ácida originada por
dióxido de azufre) o, más recientemente, contra el mismo
tipo de contaminación por la Southern Perú Copper Corpo­
ration (cf. el libro del alcalde de lio, Díaz Palacios, 1988).
En otros movimientos sociales, el motivo ecológico no es
tan visible pero también existe. Desde luego, eso es así en las
luchas urbanas por el agua o contra las basuras: en el
terreno urbano hay muchísimos episodios de «ecologismo
de los pobres» por estudiar lamentablemente no tratados en
el presente escrito por falta de conocimientos. También en el
campo: así, los intentos de recuperación de los pastos de las
haciendas por las comunidades en el Perú respondían a la
complementariedad ecológica de los recursos de la puna y
de otros niveles más bajos, aunque también nacían del sen­
timiento y de la realidad de una usurpación y aunque usaran
argumentos más jurídicos que ecológicos. Otro ejemplo
rural es la lucha por el agua de riego que ha dado lugar a
numerosísimos conflictos ecológico-sociales. La percepción
ecológica a veces se expresa en el lenguaje de flujos de ener­
gía y materiales, de recursos agotables y contaminación: ése
es el lenguaje de parte de los «verdes» europeos, además de
ser lenguaje científico, pero no es el lenguaje utilizado por
otros movimientos ecologistas actuales o históricos, muchos
de los cuales están aún por descubrir. Por ejemplo, en la
India, la lucha de los pescadores de Kerala con catamaranes
movidos a vela contra los barcos de gasoil, es una lucha
ecologista que propone una explotación de la pesca sin una
tasa compatible con su reproducción. A! mismo tiempo
apela a una imagen del mar como algo sagrado. ¿Hubo una
lucha parecida en el Perú en los 1960 y 1970, cuando se
estaba destruyendo la pesca? ¿En qué idioma político y
social se expresó?
El caso del guano y de la harina de pescado del Perú

Algunos episodios de la historia peruana se prestan


fácilmente al enfoque ecológico (Brack Egg, 1988). Los his­
toriadores peruanos de la era del guano» entre 1840 y 1880
(como Bonilla, 1974), han insistido en el hecho que la pros­
peridad del guano no creó una burguesía nacional, y este
ejemplo se ajusta a la tesis de Bunker: la presión de la pro­
ducción exportadora sobre los recursos lleva a una falta de
poder político local, lo que lleva a su vez a una extracción
más rápida hasta el colapso final de la actividad extractiva,
ya sea por agotamiento o por haberse descubierto un susti­
tuto. Se ha estudiado la historia de las finanzas del guano, el
fracaso de una «burguesía nacional» para aprovechar esa
bonanza transitoria, la explotación de los culíes chinos que
trabajaban en las islas guaneras, pero no se ha hecho aún
una historia que contabilice en términos físicos la aporta­
ción del guano a los rendimientos agrícolas en Europa y
Estados Unidos. Para evitar una agricultura de expoliación
en Europa, para retornar a la tierra los elementos nutritivos
incorporados a las plantas, se explotaban otros territorios.
El propio Liebig, que contrapuso la agricultura de restitu­
ción a la agricultura de expoliación, defensor por tanto de la
nueva «química agraria» a partir de la década de 1840, hizo
notar que el guano era uno de los medios infalibles para
aumentar la producción de cereal y de carne. Boussingault
escribió que, según los cálculos de Humboldt, en trescientos
años los excrementos de las aves guaneras formaban una
capa de un centímetro de espesor. Recientemente había aún
capas de veinte o treinta metros pero estaban desapare­
ciendo desde que el guano se había convertido en objeto de
empresas comerciales (Boussingault, 1845, 381).
Otro científico que estudió el papel del guano en la agri­
cultura fue el químico peruano Mariano de Rivero (1798-
1857). Rivero fue director general de Minería, Agricultura,
Instrucción Pública y Museos en el Perú entre 1826 y 1829, y
en años anteriores (de 1822 a 1826), y después de sus estu­
dios en Inglaterra y Francia, había dirigido una misión a la
nueva república de Colombia organizada por Humboldt
quien había escrito a Bolívar: «me atrevo a recomendar a la
gran bondad de V.E. los portadores de estas líneas, dos
jóvenes sabios cuya suerte y éxito me interesan mucho:, el
señor Rivero, natural de Arequipa, y el señor Bussingault,
educado en París, pertenecientes ambos al reducido número
de personas privilegiadas cuyos talentos y sólida cultura
llaman la atención pública a la edad en que otros no se han
ocupado todavía sino del lento desarrollo de sus facultades»
(Alcalde, Mongrut, 1966).
Rivero publicó en 1827 una «Memoria sobre el guano de
los pájaros», en el Memorial de Ciencias Naturales, antes de
los estudios de Liebig en 1840 que iban a sentar las bases de
la nueva química agraria. El guano de alta ley contiene el
diez por ciento de nitrógeno, y el Perú llegó a exportar
medio millón de toneladas anuales. Rivero estudió la valori­
zación de otros recursos naturales del Perú, la minería del
carbón y la metalurgia de la planta, y ya en 1821 había
llamado la atención sobre el salitre de Tarapacá que, sesenta
años después, iba a ser motivo de la Guerra del Pacífico
(Bermúdez, 1963, 100). La extracción del guano se hizo a un
ritmo, mayor que el de reposición. La producción de guano
depende de la cantidad de aves que depositan sus excremen­
tos en las islas a lo largo de la costa peruana (donde apenas
llueve, y por eso permanece el guano). A su vez la cantidad
de aves depende de la abundancia de pescado. Periódica­
mente, la corriente caliente de El Niño, que aparece por
Navidad y que procede del Ecuador, aleja a la corriente de
Humboldt de la costa y al mismo tiempo aleja o destruye los
bancos de pesca, muriendo muchas aves de hambre. Ese
fenómeno (bien analizado ya por Lavalle, 1913, 97) no fue
en el siglo XIX el principal enemigo de la formación de
guano como tampoco fue cien años después la causa única
de la desaparición de la pesca de anchoveta (Engraulis rin-
gens) para la fabricación de harina de pescado para los
pollos y cerdos del Atlántico Norte. Ya durante la era del
guano podría haberse discutido cuál era el precio adecuado
de ese recurso para asegurar una asignación intergeneracio­
nal óptima, pero tanto en 1840-80 como alrededor de 1970
faltó en el Perú una política ecologista para evitar la expío-
tación demasiado rápida de un recurso renovable: el mismo
recurso, aunque en un momento distinto de la cadena tró­
fica, Del mismo modo que los bosques de Centroamérica
han sido degradados a! convertirlos en pastos para la pro­
ducción de carne que en parte exporta, la extraordinaria
riqueza de la costa peruana (y chilena) sirvió para producir
harina de pescado. Borgstrom escribió ya en 1968 que «esa
enorme cantidad de proteína va a lugares distantes, en el
mundo bien alimentado. El continente sudamericano expor­
ta en forma de harina de pescado cincuenta por ciento más
proteínas que las de su producción total de carne... Si
tomamos las decisiones sobre la base del porcentaje de
ganancia y nunca comparamos las pérdidas y ganancias de
corto plazo con los costes y beneficios de largo plazo, expre­
sados en balances ecológicos y necesidades e intereses de los
países directamente afectados, entonces los problemas eco­
lógicos serán cada vez más peligrosos» (Borgstrom, 1972,
754). El Perú llegó a exportar, alrededor de 1970, más de 500
kgs. de harina de pescado por habitante y año, pero sin
consciencia de explotación ecológica y de intercambio desi­
gual, a pesar de las advertencias de expertos peruanos y
extranjeros. Rivero había propuesto, en la era del guano,
capitalizar los beneficios para convertir esos ingresos
extraordinarios en una corriente continua, pero esa estrate­
gia no asegura un desarrollo sostenible. Convertir los ingre­
sos procedentes de recursos no renovables en bienes de capi­
tal que a su vez utilicen recursos no renovables (o que usen
recursos renovables a tasas más rápidas que las de reposi­
ción), no garantiza un desarrollo económico que sea ecoló­
gicamente sostenible, es decir, que no consista en consumir
aceleradamente recursos almacenados a lo largo de mucho
tiempo.
Vemos pues que los episodios de la exportación de
guano y de la exportación de harina de pescado, desastres
ecológicos previamente anunciados, encajan tan bien como
«los humanos de La Oroya» en una historia socio-ecológica
del Perú aún por escribir, pero de hecho toda la historia del
Perú, como la de cualquier otro país puede interpretarse
socio-ecológicamente.
La agricultura y la alimentación en el Perú

No hubo en el Perú una consciencia ecológico-política en


defensa del guano o la pesca. Ahora bien, en contraste, en el
Perú existe con razón un orgullo retrospectivo acerca de los
logros de la agricultura pre-hispánica y por tanto existe un
ecologismo popular vinculado a lo que Burga, Flores
Galindo y otros historiadores llamaron la «utopía andina»
(Flores Galindo y Martínez Alier, 1988). La agricultura
nació en los Andes de manera autónoma, y proporcionó al
patrimonio universal de la humanidad un número conside­
rable de especies vegetales domesticadas. Ei alto desarrollo
alcanzado por esta agricultura es admirable cuando se con­
sidera la compleja geografía del Perú. La corriente oceánica
de Humboldt, que corre paralela al litoral de sur a norte,
produce profundas alteraciones en el clima de un territorio
que, por su ubicación en el trópico, debiera tener otras
características. La cordillera de los Andes divide al país en
tres fajas longitudinales muy diversas (costa, sierra y selva),
y condiciona la existencia de un elevado número de micro-
climas y sistemas ecológicos. ¿Cuáles han sido las formas de
organización social capaces de aprovechar un medio tan
adverso? Las investigaciones de la década de 1970 sobre el
control de diversos pisos ecológicos a cargo de John Murra,
Brooke Thomas y otros, constituyen hitos importantes de
una antropología económico-ecológica y de una historia
ecológico-social. La pregunta original fue: dado que en el
Imperio Incaico no había intercambios monetarios, ni había
tan sólo mercados periféricos (en el sentido usado por la
antropología económica de Polanyi), y sabiendo, por otro
lado, que una comunidad de montaña no puede vivir sólo de
sus recursos sin adquirir los que proceden de otras alturas,
¿cómo se lograba entonces y como se logra esa complemen-
tariedad ecológica, a través de qué mecanismos sociales no
mercantiles?
En la costa, cuya naturaleza desértica hace imprescindi­
ble la irrigación, se desarrolló una civilización hidráulica
que, a diferencia de las de Egipto o Mesopotamia, no se
organizó sobre el control de uno o dos ríos sino de cincuenta
ríos, creando sistemas de interconexión fluvial tan acabados
como el del complejo Lambayeque que abarcaba cinco
valles. Otro ejemplo de tecnología agrícola costeña original
es la agricultura de lomas, capaz de asegurar la producción
agrícola utilizando la humedad ambiental. En la Sierra, la
lucha por ampliar la frontera agrícola no fue menos difícil.
Ahí están como testimonio los grandes sistemas de andenes,
los sistemas de irrigación y los sistemas de barbecho secto­
rial con control de las comunidades, y la agricultura de
camellones (waru-waru) en el altiplano que lograba una
producción agrícola en tierras naturalmente aptas sólo para
ganadería de altura. Más notable aún que la construcción de
estas obras de acondicionamiento territorial es el desarrollo
de un sofisticado conjunto de conocimientos sobre el
manejo de los cultivos andinos capaz de asegurar la utiliza­
ción de cientos de variedades de papas adecuadas a diversas
ecologías, además de muchas variedades de otros tubérculos
y de cereales.
El análisis de la tecnología productiva no se reduce a un
inventario de los implementos utilizados por la agricultura
andina en los diversos estadios históricos. La elevación de la
productividad agrícola es difícil en la zona andina, salvo en
los escasos valles irrigados del litoral y aquellos valles inte­
randinos con cierta amplitud, como Cajamarca y el valle del
Mantaro, debido a las dificultades con que tropieza la
mecanización y debido también a la climatología (Caba­
llero, 1981). Por tanto, estas zonas de Sierra no resultaron
de por sí atractivas al capital, con una excepción impor­
tante: la cría extensiva de ovinos en las inmensas punas
donde, desde principios de este siglo, hubo un desarrollo
importante de empresas ganaderas capitalistas que trataron
de desalojar al ganado y a la población indígena locales,
fracasando últimamente en ese empeño. Las dudas que pro­
vocó la implementación de la reforma agraria de 1969-75
sobre el destino de la comunidad campesina, a la cual se veía
en peligro de descomposición debido al proceso de diferen­
ciación social impulsado en su interior por el desarrollo del
capitalismo en el campo reformado, quedaron resueltas por
la realidad muy rápidamente. El capital no se guía por una
teleología que le lleve inexorablemente a disolver las rela­
ciones pre-capitalistas sino por la búsqueda de oportunida­
des de inversión con tasas de ganancia adecuadas, las cuales
no podía garantizarse en zonas en las cuales el riesgo de
inversión es alto debido no sólo a la conflictividad social (y
étnica) sino también a la orografía y a la dificultad del clima,
con una agricultura predominantemente de secano depen­
diente de la presencia o ausencia de heladas, zonas que son
pues refractarias a las inversiones masivas de capital (Flores
Galindo y Martínez Alier, 1988).
Ahora bien, una historia ecológico-social no es lo mismo
que una interpretación en términos de determinismo geográ­
fico, ni consiste tampoco en situar la historia humana sobre
un telón de fondo ecológico de longue durée. Puede ser que
la ecología humana (relaciones entre los humanos y el medio
ambiente) se modifique más lentamente que las relaciones
sociales puramente humanas, pero puede también ocurrir lo
contrario. Así, en la actualidad vemos que el agotamiento de
los combustibles fósiles y, posiblemente, un aumento de!
efecto invernadero, se hacen sentir en un plazo corto,
cuando aún la mayor parte de la humanidad está viviendo
con un consumo energético no mayor al anterior a la Revo­
lución Industrial. La ecología humana no es siempre de lon­
gue durée. Los ejemplos de la explotación del guano y de la
pesca en el Perú son muy claros. También la comercializa­
ción de la agricultura estaría llevando aceleradamente a la
desaparición de multitud de variedades autóctonas. Ese
rapidísimo cambio ecológico, a menudo denominado «ero­
sión genética», se ha dado ya en muchos lugares del mundo
en el cultivo del maíz, del trigo, del arroz pero todavía no en
el cultivo de papa en el Perú (según las investigaciones de
Stephen Brush). Igualmente, el cambio en las pautas de ali­
mentación puede ser muy rápido, como ha ocurrido en el
Perú (y en muchos otros países tropicales) con la introduc­
ción de productos derivados de la harina de trigo, o como
ocurrió en países del sur de Europa (Italia, España) con un
enorme crecimiento de consumo de carne en la década de
1960. La expansión urbana es muy rápida también, en el
Perú como en muchos otros países del Tercer Mundo. En el
pasado, hubo en América cambios ecológicos repentinos, tal
vez el más notable el producido en el siglo XVI con la con­
quista europea (Crosby, 1972, 1986), y el consiguiente
colapso demográfico. La Peste Negra en la Europa del siglo
XIV ocupa un lugar importante en las interpretaciones his­
tóricas sobre el tránsito del feudalismo al capitalismo- El
colapso demográfico en el Perú (N.D. Cook, 1981) fue más
fuerte que la Peste Negra.
Una historia ecológica no es simplemente el estudio del
cambio en el medio ambiente. Una-historia ecológica ha de
abarcar también los aspectos económicos y sociales (Wors-
tér, 1989). Asi, en ía historia ecológica hemos de entender no
sólo los cambios climáticos de «larga duración» (por poner
un ejemplo) sino también la influencia humana sobre el
medio ambiente, y las instituciones económicas y las luchas
sociales que regulan y tienen por objeto el acceso a los recur­
sos naturales. Así, la historia ecológica no estudiaría única­
mente, por poner otro ejemplo, la historia de la lluvia ácida
a partir de la Revolución Industrial sino también la historia
dé la percepción social de ese fenómeno (ya fuera descrito en
los términos pertinentes de la química ambiental o con len­
guajes populares), la historia de su incidencia en distintas
zonas urbanas y rurales de composición social diversa, la
historia de sus efectos económicos, y, finalmente, la historia
de las protestas sociales a que dio lugar. Otro ejemplo: la
historia ecológica estudiaría las luchas obreras vinculadas a
la defensa de la salud en las fábricas, contra los intentos del
capitalismo de externalizar los costes sociales para así
incrementar los beneficios. La historia ecológica estudiaría
también el contenido y la percepción ecológicos en los con­
flictos sociales urbanos. Por ejemplo, en Lima, en las
barriadas donde el agua se compra de camiones, el consumo
diario es tal vez de unos 25 litros por persona y día, compa­
rando a un consumo de 200 litros en zonas más prósperas.
Adeás, los más pobres pagan más por litro de agua. Al no
disponer de conducciones, el agua les sale más cara. El dis­
poner de poca agua, y de agua de poca calidad, lleva a
enfermedades, como las que nacen de la dificultad de elimi­
nar los excrementos humanos. De ahí que un punto de con­
flicto social urbano im portante sea el suministro de agua. La
historia del uso del agua en Lima seria un buen ejemplo de
historia socio-ecológica.
La ecología humana no es siempre de longue durée. El
contacto entre las civilizaciones andinas y occidental supuso
para la primera una desestructuración y una profunda quie­
bra, como señaló, por ejemplo, Natham Wachteí. La agri­
cultura fue subordinada a la minería colonial. La agricul­
tura pre-colombina lograba proporcionar un excedente
además de mantener a la población trabajadora. A pesar de
los cambios ecológicos, del abandono de sistemas de irriga­
ción y de andenes, hubo también excedentes tras la con­
quista pero bajo otra organización social: producción de
cultivos de exportación, incorporación de la fuerza de tra­
bajo esclava africana, emergencia del latifundio y del «feu­
dalismo colonial» (Macera). La conquista europea redefinió
rápida y profundamente la agricultura andina al incorpo­
rarla al mercado mundial a través de la introducción de
nuevas especies agropecuarias (trigo, caña de azúcar, gana­
dos vacuno y ovino) y al convertirse algunos cultivos nativos
(maíz, papa, yuca) en componentes importantísimos de las
dietas de otros continentes.
La historia de los cultivos muestra que hay cultivos de
exportación y cultivos de demanda local que con el tiempo
cambian de función. Por ejemplo, la caña de azúcar, tan
ligada al control de los recursos hidráulicos de la costa, al
modelo exportador, a la introducción de mano de obra
esclava o sometida a servidumbre crediticia, a la formación
de los mayores latifundios costeños y por tanto al dominio
oligárquico del Perú, y al surgimiento del APRA (Klaren),
está cambiando hoy su papel en la dieta al haberse tornado
fuente barata de calorías para una población mal alimen­
tada. Otro cultivo interesante es la coca, la evidente impor­
tancia contemporánea, y que es algo más que el problema
policial al cual hoy quiere reducírsele (Flores Galindo y
Martínez Alier, 1988). Desde la época colonial, ella cumplió
un papel clave en el desarrollo del mercado interno colonial,
cumpliendo aún hoy la función de equivalente universal en
las transacciones en muchas de las comunidades campesinas
menos integradas en los circuitos monetarios. Además, su
consumo está asociado en el mundo andino a una cosmovi-
sión religiosa. El tráfico de cocaína, un caso más en la histo­
ria de América de presión de la exportación sobre los
recursos naturales, tiene, por su ilegalidad, un efecto social
corruptor sobre todo el tejido social. Para los productores
cocaleros no existe un cultivo alternativo que ofrezca una
rentabilidad semejante, pero la producción de coca lleva a la
erosión al cultivarse en terreno pendiente, limpio de hierbas
y, normalmente, sin cubierta protectora de árboles (Douro-
jeanni, 1986, 115).
No existe hoy en el Perú, a diferencia de la época pre-
hispánica, una seguridad alimentaria. Así, entre algunos
agrónomos peruanos ha nacido un orgullo agronómico
andino y una consciencia ecológica. Por ejemplo, Eduardo
Grillo (1985) en un extraordinario artículo titulado «Perú:
agricultura, utopía popular, y proyecto nacional», señaló la
antigüedad de la agricultura andina, posiblemente anterior a
la euroasiática, y su riqueza en variedades y también la
adaptación al medio de sus tecnologías. Señaló también
(citando a Odum y Pimentel) que la tecnología moderna en
la agricultura de los países ricos no logra realmente mayor
productividad sino que el secreto del aumento de rendimien­
tos por trabajador y por hectárea está en el empleo en los
campos de cultivo de gran cantidad de energía proveniente
de los combustibles fósiles (gasolina para tractores y camio­
nes, y productos de la petroquímica como fertilizantes y
pesticidas). Los resultados económicos de la agricultura
moderna serían otros si el petróleo se valorara con un hori­
zonte temporal más largo y teniendo más en cuenta las nece­
sidades futuras de la humanidad, y las necesidades actuales
de los pobres. Eduardo Grillo (un agrónomo peruano que
está en la línea pro-campesina de sus colegas, hoy todos
fallecidos, César Benavides, José Sabogal, y Antonio Díaz
Martínez), propugna una agricultura que se apoye en la
tecnología tradicional y en las instituciones comunales cam­
pesinas, sin interferencia estatal, y que extraiga su fuerza
social de la utopía retrospectiva incaica. Una agricultura
que olvide las ventajas comparativas (falsamente medidas)
para lograr la seguridad alimentaria.
El artículo de Grillo (socialista pro-campesino, «narod-
nik» en la tradición del marxismo mariateguista péruano
pero con una nueva perspectiva ecologista) recibió algunas
críticas, entre ellas la de Héctor Martínez (Revista Andina, 3
(1), julio 1985) quien se despachó a gusto contra el uto-
pismo, el autarquismo, y el anarquismo de Grillo. Sin
embargo, Héctor Martínez reconoció la pertinencia del
argumento ecológico de Grillo en defensa de la agricultura
tradicional: la tecnología correspondiente a los países de­
sarrollados tiene mayor productividad a causa de la mayor
energía utilizada de los combustibles fósiles, extraídos en su
mayor parte en los países en desarrollo. En realidad, pues, la
mayor productividad se daría, de considerarse el menor
gasto energético, en este último grupo de países. Dicho sea
de paso, la mayor eficiencia energética de la agricultura tra­
dicional aporta un argumento en favor de programas como
el SAM en México (Schejtman, 1983, 1987).
Los campesinos tienen una mayor eficiencia energética
(medida como razón entre producción agrícola e insumo de
combustibles fósiles), es decir, practican una agricultura que
cuesta menos «tiempo de producción» (Puntí, 1988). Ade­
más, en cuanto pertenecen a comunidades y no están total­
mente inmersos en una racionalidad mercantil de corto
plazo, tienen, tal vez, una visión de las inversiones como la
reconstrucción de andenes y obras de irrigación más a largo
plazo que la administración estatal o los bancos internacio­
nales de «ayuda» al desarrollo (cuyos análisis costes/benefi­
cio usan altas tasas de descuento que infravaloran los bene­
ficios futuros). En los Andes, los campesinos cuentan
todavía con las instituciones comunales que permiten la
coordinación de esfuerzos individuales necesaria para efec­
tuar tales mejoras. Sin embargo, no puede suponerse sin
más que la agricultura campesina sea más ecológica que
otras formas de agricultura. Hay muchos ejemplos de inver­
siones no realizadas y de prácticas de culto nocivas para la
conservación del suelo. En una interesante tesis sobre cam­
pesinos aymara del Titicaca, Jane Collins (1987) ha expli­
cado que los campesinos pobres no pueden darse el lujo, hoy
en día, de ser solamente campesinos. Hay escasez de traba­
jadores incluso en áreas de gran presión demográfica sobre
los recursos, en contra de la vieja idea de que el desarrollo
económico podía apoyarse en una «oferta ilimitada de
fuerza de trabajo». Ésa comunidad en la orilla del Titicaca
desplaza parte de sus miembros a la ceja de selva para el
cultivo deí café por cuenta propia. Mientras en las alturas
continúan los cultivos de subsistencia con tecnología tradi­
cional, en cambio el café se cultiva sin preocuparse por la
erosión del suelo, como una actividad especulativa. Falta
tiempo para cuidarse adecuadamente ya que los miembros
de las familias trabajan en ocupaciones diversas, tratando de
conseguir lo suficiente para vivir. Pierden poco a poco su
visión campesina, frecuentemente viajan a las ciudades para
conseguir recursos adicionales, y la degradación ambiental
de sus campos se convierte en habitual.

Neo-narodnismo ecologista y Eco-socialismo

Los problemas histórico-ecológicos de la agricultura


andina aquí esbozados han sido advertidos por investigado­
res peruanos y extranjeros y también, naturalmente, por los
mismos campesinos, pues existe un pensamiento ecológico
popular particularmente en la Sierra donde saltan a la vista
los andenes e irrigaciones pre-hispánicos abandonados. La
historiadora María Rostorowsky explica que, en Arahuay
(Sierra de Lima), «pregunté a sus pobladores si ellos habían,
alguna vez, pensado en resucitar dichos andenes. Me sor­
prendió escuchar que lo habían intentado y que conocían no
sólo las lagunas, sino los antiguos acueductos que condu­
cían el líquido elemento a los andenes. Más aún, manifesta­
ron haberse dirigido a diversos ministerios a solicitar la
ayuda técnica de ingenieros, pero no encontraron el apoyo».
Y el antropólogo John Earls recogió en Sarhua (Ayacucho)
el testimonio de un agricultor: «el amigo sarhuino agarró
una puñada de suelo, indicó su estado arenoso e inútil para
la producción agrícola; dijo que más y más los suelos de
Sarhua se están volviendo así pues los gobiernos modernos
ya no renuevan los andenes y cada estación de lluvia lava
más tierra y se la lleva a los ríos Pampas y Apurímac y
finalmente a la Montaña...» (Lajo, 1982). La percepción eco­
lógica popular y el ecologismo político campesino (y tam­
bién tribal) espontáneo en el Tercer Mundo han sido estu­
diados recientemente por diversos autores. En México existe
el conocido trabajo de Toledo (1985), en Africa occidental el
de Paul Richards (1985), y también hay trabajos recopilados
por geógrafos que analizan el uso de recursos naturales en
países pobres (por ejemplo, Bíaikie y Brookfield, 1987;
Little y Horowitz, 1987, Watts, 1990). En la India está cre­
ciendo el ecologismo activista y competente de multitud de
grupos, cuyos trabajos y resultados pueden verse en forma
resumida en los magníficos informes titulados The State o f
India's Environment (Agarwal y Narain, 1985). En Latinoa­
mérica también está creciendo el ecologismo de los pobres.
Sin embargo, los autores y activistas latinoamericanos rara
vez se citan entre sí, y lo que se escribe o lo que ocurre en la
India no repercute en las Indias. El movimiento Chipko en
los bosques del Himalaya o la lucha contra las represas en el
valle del Narmada son conocidos en los ambientes ecologis­
tas de Norteamérica o de Europa del norte, pero no lo son
tanto en México, donde hay también luchas indígenas para
la conservación de los bosques contra las empresas papele­
ras, ni en el Brasil, donde, en un contexto diferente, hay
luchas contra la destrucción de tierras y culturas por el des­
arrollo de la hidroelectricidad, de la minería de exportación,
y de la ganadería, luchas que hasta cierto punto implican un
aumento en los costes monetarios que las empresas deben
pagar por los destrozos que causan.
Otro ejemplo peruano de ecologismo igualitarista popu­
lar se refiere al conflicto entre producción agraria y «refores­
tación social», tan propio de la India y Africa (Bina Agar­
wal, 1986): César Fonseca y Enrique Mayer explican que, en
una ocasión, «en la comunidad de Tápuc... las mujeres sos­
tenían intransigentemente en quechua que los eucaliptos
transplantados en las parcelas del manay debían ser retira­
dos inmediatamente. Manay es la zona agrícola de barbecho
sectorial destinada al cultivo de tubérculos por «turnos» y
con varios años de descanso. Sobre esta zona ejercen control
en forma paralela tanto los comuneros como individuos de
la comunidad. Por esto las mujeres insistían, en nombre de
la comunidad, que dichas parcelas las habían heredado de
sus abuelos para abastecerse de tubérculos, pues ellas no
iban a alimentar a sus hijos con las hojas del eucalipto;
además, donde crece el eucalipto, el suelo se empobrece y no
sirve ni para sembrar cebollas» (Mayer y Fonseca, 1988,
187). Sin negar la contribución del eucalipto desde el siglo
XIX a la disponibilidad de madera y al control de la erosión
de los Andes, cabe preguntarse: ¿Estaba la razón ecológica
del lado de esas mujeres que se expresaban en quechua o,
por el contrario, del lado de quienes, en castellano, propug­
naban la plantación de eucaliptos?
Ante la pobreza, la degradación ambiental, y la explota­
ción exterior, crecerá ese nuevo ecologismo neo-narodnista
y crecerá también la investigación histórica de este tipo de
fenómenos sociales. Así, Víctor Manuel Toledo ha escrito?\
«Si la producción campesina es una forma donde hay un
predominio relativo del valor de uso sobre el valor de cambio,
es decir, donde la reproducción material descansa más en los
intercambios (ecológicos) con la naturaleza que en los inter-\
cambios (económicos) con el mercado, entonces en la uni­
dad de producción campesina debe existir todo un conjunto i
de estrategias, tecnologías, percepciones y conocimientos \
que hacen posible la reproducción social sin menoscabo de \
la renovabilidad de los recursos naturales (ecosistemas).y!
Todos los estudios recientes abocados a describir la riqueza
de conocimientos que las culturas campesinas tienen sobre
su entorno natural... no han hecho más que confirmar la
validez de aquel razonamiento. Frente al impetuoso proceso
de integración y modernización de las áreas rurales que tiene
lugar en prácticamente todos los rincones del mundo bajo
prácticamente el mismo modelo, las forma campesinas han
venido entonces jugando del lado de la resistencia ecoló­
gica... De esta forma, el campesinado que a los ojos del
capital y del socialismo real aparece como un sector arcaico,
conservador y finalmente obstaculizador del desarrollo de
las fuerzas productivas, adquiere un enorme valor para el
diseño de un futuro diferente... Todo el cumulo de proposi-
cíones generales por la ecología que a la luz de una planifi­
cación dominada por el capital aparecen como prácticas
, ingenuas y poco viables, se vuelven dinamita pura una vez
^que son asumidas como instrumentos de lucha por los cam­
p e s in o s politizados» (Toledo, 1988, 278-81). A Marx eso tal
vez le hubiera complacido ya que, aunque sin duda perma­
neció ajeno al enfoque ecologista y no era pro-campesino,
simpatizó sin embargo al final de su vida con el populismo
ruso más radical. Los narodniki eran socialistas y pro-
campesinos a la vez, pero puede parecer que un neo-
narodism o ecologista no sólo implica una actitud pro-
campesina sino también una actitud neutral frente a la
lucha de clases. El populismo no pone el acento en la
difernciación social. No obstante, en la medida que el
narodism o ecologista es una defensa de una economía
moral, de una economía ecológica, contra la penetración
del mercado generalizado, el enfoque populista puede ser
útil para entender el pasado y el presente de algunas luchas
sociales en el hasta ahora llamado Tercer Mundo, y también
para ayudarlas en el futuro. Esa etiqueta «populista» es
usada a sabiendas de lo que significaba en Rusia en la segunda
mitad del siglo XIX: la creencia en la transición al socialismo
(definido más por la igualdad entre las gentes que por la
propiedad estatal de medios de producción) sobre la base de
la comunidad campesina (por eso el marxismo de Mariáte-
gui fue calificado de «populista»). Mientras los autores de
derecha glorifican el mercado y se lamentan de la «tragedia
de las tierras comunales», los eco-socialistas añaden una
perspectiva ecológica al análisis de lo que podríamos llamar,
no the tragedy o f the commons sino, al contrario, the tragedy
o f the ene losures.
Aún cuando uno pueda encontrar en los textos de Marx
diversos atisbos ecológicos, el marxismo y el ecologismo no
se han integrado todavía, y la prueba está en que no existe
una historiografía ecológico-marxista. Podolinsky planteó
claramente a Marx y Engels en 1880 (Martínez Alier y
Naredo, 1979, 1982; Martínez Alier y Schluepmann, 1987)
un nuevo enfoque ecológico, pero en el marxismo hubo,
contra esa integración, obstáculos epistemológicos (el uso
de categorías de la Economía Política) y obstáculos ideoló­
gicos (la visión de un comunismo de abundancia, tras una
etapa de transición en la que persistirían el Estado y una
cierta desigualdad). El gozne analítico de esa integración
entre la ecología humana y la economía marxista ha de ser la
redefinición de los conceptos marxistas de fuerzas producti­
vas y condiciones de producción. Pudo haberse avanzado en
esta dirección a partir de la antropología histórico-ecológica
de Leslie White pero no existe aún una historiografía mar­
xista, con influencia académica y política, que vincule el
análisis ecológico de sociedades humanas y el análisis de las
luchas sociales, a pesar de los intentos de algunos antropó­
logos (como R.N. Adams).
Hasta ahora, el marxismo es más economicista que
materialista-energetista, los valores que no son parte de la
economía ni cuentan ni sabe cómo contarlos. Hubo un
intento de introducir la problemática ecológica en el debate
sobre el cálculo económico en una economía socializada, en
los 1920 y 1930, por obra de Otto Neurath y Wilíiam Kapp,
pero eso fue olvidado. En un contexto capitalista avanzado,
el enfoque eco-socialista no destaca ya la contradicción
entre la tendencia a la acumulación de capital y la explota­
ción de la clase obrera, sino que señala las dificultades que la
escasez de recursos y la contaminación crean a la acumula­
ción de capital. La crisis del capital por el menoscabo de sus
condiciones de producción, ¿se hace sentir únicamente a
través de valores de cambio, por la elevación de ios precios,
o debe verse más bien en el surgimiento de movimientos
sociales ecologistas? Efectivamente, en los 1970 podía pare­
cer que la elevación de los precios de algunos recursos natura­
les hacía crecer las rentas percibidas por sus propietarios y
hacía decrecer la tasa de ganancia del capital. En los 1980 la
tendencia ha sido la contraria, pero eso no nos dice nada de
interés sobre la articulación entre la ecología y la economía
capitalista ya que precisamente los costes ecológicos no se
tnanifiestan necesariamente en los precios, pues los precios no
incorporan externalidades negativas. Que el petróleo haya
bajado de precio no indica que sea más abundante que hace
quince años, indica solamente que el futuro está siendo infra­
valorado. Enrique Lefí ha escrito que son los movimientos
sociales, y no los precios, los que ponen de manifiesto algunos
de los costes ecológicos. Este argumento es muy pertinente en
México, país que exporta precio barato petróleo y gas natural,
que en parte regresan convertidos (a bajo coste crematístico,
pero con despilfarro energético) en importaciones de cereales
que arruinan la agricultura campesina. Los precios de mer­
cado pueden cuestionarse si se adopta un horizonte temporal
más largo, que revalorice por tanto el precio de los recursos
energéticos agotables. El argumento que, al exportar recur­
sos agotables, se produce un intercambio desigual pues los
precios del mercado infravaloran las necesidades futuras, es
un argumento políticamente casi inédito, que crecerá en el
hasta ahora llamado Tercer Mundo en los próximos años,
aunque el problema es en México cuál es el sujeto social
capaz de adoptar esta estrategia de revalorización frente al
vecino del Norte que contempla las importaciones de petró­
leo y gas natural no ya en términos de ventajas comparativas
(falsamente computadas) sino en los términos inapelables de
la «seguridad nacional» que justificaría cualquier cosa,
incluida la intervención militar, para asegurar el flujo de
petróleo y gas natural del Sur hacia el Norte (Yergin, 1988).
Se llama habitualmente producción a lo que es extracción.
Extráer significa sacar sin reponer, así ei petróleo no se
produce sino que se extrae, y se destruye. La perversión del
lenguaje económico habitual se percibe, por ejemplo, en la
denominación de «reservas extractivas» para las zonas de la
Amazonia aún no privatizadas, el aprovechamiento de
cuyos productos recogidos según procedimientos habituales
no implica deterioro ecológico, siendo por tanto genuinos
productos; a ese «extractivismo» se contrapone un uso
«productivo» (para la ganadería, por ejemplo) que en las
condiciones amazónicas esquilma la tierra, y es por tanto un
uso destructivo y no productivo. La Amazonia es actual­
mente escenario de uno de los mayores procesos de privati­
zación de tierras comunales que ha conocido la historia.
Los críticos ecológicos de la Ciencia Económica llegan a
la conclusión de que los costes ambientales no son internali­
z a r e s ni por una economía de mercado ni por un proceso de
planificación centralizada. En la frase de James O ’Connor,
las luchas socio-ecológicas internalizan las externálidades
negativas, por lo menos algunas de ellas. Los costes ecológi­
cos aparecen en la contabilidad cuando son puestos de
manifiesto por grupos sociales: esa es la perspectiva de los
pobres del mundo, muy diferente del ecologismo burocrá­
tico internacional. Es una perspectiva marxista que vincula
la crítica ecológica de la economía con las luchas sociales.
En la India, Ramachandra Guha (1988) ha identificado tres
tendencias ecologistas: Gandhianos, partidarios del «ecode-
sarrollo» y las «tecnologías apropiadas», y marxistas ecoló­
gicos. Guha llama a la colaboración entre los activistas de
esas tres corrientes. El «ecodesarrollo» y las «tecnologías
apropiadas» parecen una mera adaptación del proceso capi­
talista de producción a las condiciones socioculturales y eco­
lógicas del llamado Tercer Mundo, pero la izquierda debe
abandonar sus suspicacias hacia el «ecodesarrollo» y las
«tecnologías apropiadas» pues estas estrategias de desarro­
llo pueden insertarse en las luchas de clase de nuestro
tiempo. Las grandes corrientes ecologistas se diferencian
también por su actitud hacia la ciencia: en la India, por
ejemplo, los gandhianos son menos favorables a la ciencia
«occidental» que las otras dos corrientes. En cambio los
marxistas ecológicos frecuentemente tienen grupos llamados
«ciencia para el pueblo», lo que recuerda el slogan de los
narodniki rusos de la época de Piotr Lavrov: Ciencia y
Revolución. La idea de que el conocimiento tecnológico
indígena es frecuentemente superior al ofrecido por los
agrónomos extranjeros no supone una actitud anti-científi-
ca. Al contrario, implica una crítica de la insuficiencia cien­
tífica y de la autosuficiencia social de esos técnicos extranje­
ros, o de esos vendedores de semillas y pesticidas. A\
menudo, los intentos de cambiar las prácticas campesinas en
nombre de una racionalidad superior, que se presentaba
como científica pero que era mala ciencia, han coincidido
con intentos de incluir en la esfera económica una produc­
ción y unos recursos naturales que todavía estaban fuera de
ella (uso aquí la palabra «económica» en su sentido crematí-
tico). Así, el ecologismo no es anti-científico sino que inte-
gra o articula conocimientos de diversas ciencias; la ecología
humana es distinta de la ecología de plantas y animales.
Frente al ecologismo de los pobres, está creciendo un
nuevo ecologismo burocrático internacional, que yo llamo
el F.M.I. de la Ecología, el ecologismo de los ricos. La Ecolo­
gía abarca una vieja tradición social-darwinista, frente a
otra tradición igualitarista. El ecologismo de los ricos está
más cerca de la primera que de la segunda tradición. La
Ecología hace notar que la especie humana tiene instruccio­
nes genéticas en cuanto al consumo endosomático de ener­
gía y materiales, en la forma de alimentos, pero no hay otros
límites a la apetencia humana de consumo exosomático que
los culturales y sociales: «el consumo de alimentos tiene una
variabilidad pequeña considerando toda la humanidad,
pues en términos de energía la diferencia entre la inanición y
la saciedad es sólo entre el simple y el doble, a pesar de su
gran importancia biológica. En cambio, el metabolismo
externo [exosomático] tiene una gran variabilidad entre paí­
ses, entre grupos humanos y entre individuos; como no es
estrictamente necesario para la supervivencia, va de un valor
prácticamente cero para diversas poblaciones o grupos
humanos hasta valores que son unas 25 veces la media mun­
dial» (Grillo, 1985: 15, citando a Margalef, 1978). Por tanto,
a pesar de su menor crecimiento demográfico actual, los
países ricos (y sus ciudadanos) suponen un mayor peso
sobre los ecosistemas que los países (y los ciudadanos)
pobres. Los movimientos sociales en defensa a la vez de una
«economía moral» y de una «economía ecológica» son
movimientos que se resisten a la incorporación de recursos
naturales, cuya utilización era regulada por instituciones
comunales, en la esfera de la valoración monetaria, ya que el
sistema de mercado generalizado discrimina contra los
pobres (y contra las generaciones futuras). Recién estamos
aprendiendo a ver la historia socio-económica desde este
punto de vista ecologista.
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II PARTE: ANDALUCIA
7. INTRODUCCION A LA SEGUNDA PARTE

La pervivencia de los grandes patrimonios nobiliarios,


del régimen latifundista, del aparente estancamiento técnico
y económico de la agricultura andaluza, de la significativa
presencia de una numerosa población jornalera, de la
conflictividad campesina, etc. fue asociada durante mucho
tiempo por la literatura de las ciencias sociales andaluzas a
la continuidad de buena parte de las relaciones de pro­
ducción feudales, prácticamente hasta la Guerra Civil. Esta
fue, también, la visión de los agraristas andaluces hasta hace
bien poco tiempo, quienes buscaron la clave del atraso y
falta de modernización de la agricultura andaluza hasta la
década de los años 60, en la manera en que finalmente se
hizo la Revolución Liberal en el campo.
Hombres como Díaz del Moral, Blas Infante, Pascual
Carrión o Fernando de los Ríos1 sostuvieron esta concep­
ción particular sobre el proceso revolucionario español que
hunde sus raíces intelectuales en la obra de Joaquín Costa.
Quizá por la significativa influencia que tuvo sobre la inte­

1 J u a n D i a z d e l M o r a l , I lis loria de las agi iaciones cam pesinas andalu­


zas (Madrid: Alianza Universidad, 1973) (p u b licad o origin alm ente en
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Gráficas Reunidas, 1932), y F ernando de los R íos, «El p rob lem a agrario
andaluz», en El Sol , 5 y 6 de Julio de 1992 y « P r ó lo g o » a la ob r a d e
Pascual Carrión Los latifundios en España (Madrid: Gráficas R eu n id as,
1932).
lectualidad y sobre el movimiento obrero y campesino
merezca la pena destacar la figura de Fernando de los Ríos.
Sus posiciones fueron, por generalmente compartidas,
paradigmáticas de una visión específica del desarrollo del
Capitalismo en el campo.
Para Fernando de los Ríos, la pervivencia del Feuda­
lismo y la prevalencia de los «Caballeros», la Aristocracia
Terrateniente, eran los responsables de la pobreza que
caracterizaba al campesinado andaluz. La influencia de
Costa resultaba —como decíamos— decisiva: en la Revolu­
ción Liberal española estaba la causa, en la medida en que
no había querido o podido acabar con el Feudalismo;
habían sido los señores, quienes habían dirigido ei proceso
de transformación hacia el Capitalismo. La prueba más evi­
dente se encontraba en la «Transformación violenta que se
hizo sufrir al título señorial», dando una nueva faz al régi­
men señorial: la estructura caciquil. Estas ideas encontra­
rían inmediata confirmación en la obra de García Ormae-
chea2 y, más lejana, en la de Salvador de M oxó3.
De acuerdo con tales presupuestos, el latifundio no cons­
tituía para Fernando de los Ríos grandes explotaciones, que
según la ortodoxia Kautskiana —hegemónica en el socia­
lismo español de entonces4— era la avanzadilla hacia el
socialismo, sino formas de producción feudales cuyas carac­
terísticas intrínsecas eran el absentismo y la ineficiencia
productiva. Con ello se adelantaba a lo que sería la clave de
los planteamientos de la sociología de la modernización
agraria y, más en concreto, a la equiparación del latifundio a
la gran Finca ineficiente que planteara T. Lynn Sm ith5y que

1 García O r m aec h ea, Supervivencias feu dales en España (M adrid,


1932).
3 S a lv a d o r de M o x ó , La disolución d el régimen señorial en España
(Madrid: C S IC , 1965).
4 P a lo m a B iglin o, El socialism o español y la cuestión agraria, ¡890 -
¡936 (Madrid: M inisterio d e T rab ajo y Seguridad S ocia l, 1986).
5 Cf. E d u a r d o Sevilla G u z m á n , M a n u el G o n z á l e z d e M o lin a y Karl
H eisel, «El latifu n d io an d a lu z en el p e n sa m ie n to social agrario: de la
R ev o lu c ió n Burguesa al R e g e n e r a c io n ism o » en Economía e Sociología, n c
4 5 / 4 6 , 1988, Evora, pp. 149-194.
tendría gran influencia en una segunda generación de soció­
logos e historiadores.
Ei atraso de la agricultura andaluza resultaba, pues, de
la desequilibrada distribución de la propiedad, fruto de la
pervivencia de formas precapitalistas de apropiación de la
tierra. En la «medieval estructura agraria andaluza», «en las
prerrogativas y privilegios que el ordenamiento jurídico y el
poder político otorgan al terrateniente» deberían buscarse,
para él, las causas de la «incuria y el absentismo de los
patronos», conducente «a la baja productividad que incide
notablemente en el subdesarrollo económico del país». Estas
posiciones encajaban en la estrategia socialista —y más
tarde comunista— que propugnaba la «República Demo­
crática» como fase de transición necesaria hacia el socia­
lismo: España, como país semifeudal tenía que realizar una
Revolución Burguesa auténtica que lo convirtiera en capita­
lista antes de ser socialista; ello implicaba la adopción de un
conjunto de reformas que consolidasen las conquistas del
Liberalismo; entrp ellas, la expropiación de los latifundios y
la puesta en marcha de un programa de modernización
agraria basado en la gran explotación o, en todo caso, en la
explotación cooperativa.
La pervivencia durante el Franquismo de la desequili­
brada estructura de la propiedad, simbolizada en el fortale­
cimiento del latifundismo, y la creciente periferización de
Andalucía en el contexto económico español contribuyeron
a permanentizar tal visión. El desarrollo económico de los
años 60 y las importantes transformaciones sufridas por el
campo andaluz durante esa época hicieron pensar a un sec­
tor de los economistas, sociólogos e historiadores que los
problemas estructurales agrarios se resolverían por la propia
virtualidad de unas transformaciones que estaban moderni­
zando, por fin, el campo andaluz6. Poco tiempo antes, Fon­

6 E. Sevilla Guzmán y M. Pérez Yruela, «La dimensión política de la


reforma agraria: reflexiones en torno al caso andaluz» en Axerquía, nQ i,
1980, pp. 194-228. Cf. también J. Manuel Naredo, La evolución de ¡a
Agricultura en España. Desarrollo capitalista y crisis en las fo rm a s de p ro ­
ducción tradicionales (Barcelona: Laia, 197 i) e «Ideología y realidad en el
tana había planteado la similitud del proceso revolucionario
liberal español con la «vía prusiana» de acceso al capita­
lismo que teorizaron Marx y Lenin. Esta nueva visión que
reconocía el carácter capitalista de nuestra agricultura seña­
laba al latifundio —como gran explotación— como el
agente de la transformación del Feudalismo al Capitalismo
agrario7.
Sin embargo, ello no sirvió para reflexionar sobre la
historia de nuestra agricultura desde nuevos supuestos, sino
para constatar que el pacto «prusiano» entre la Burguesía
Mercantil y la Aristocracia Terrateniente habría retrasado
hasta los 60 la modernización del Latifundio. Esta posición,
deudora de las interpretaciones tradicionales puesto que no
las ponía en duda, fue la dominante hasta comienzos de los
años ochenta con obras como las de Malefakis, Acosta,
Tuñón de Lara, López Ontiveros, Lazo, M aurice8, y la de
Jordi N adal9 con un capítulo dedicado a la agricultura que,
aunque de carácter estatal, tuvo una significativa influencia
sobre los medios académicos, educativos y culturales de
Andalucía. La concepción tradicional, que veía en la
manera en que se suprimió el Régimen Señorial y se hizo la
Desamortización la causa del atraso andaluz, no fue, pues,
cuestionada: la Revolución Liberal apenas si habría provo­

campo de la Reforma Agraria» en Agricultura y S o cied a d n° 7, 1978, pp.


199-222.
7 Josep Fontana, Cam bio económ ico y actitudes p o líticas en la España
del siglo X IX (Barcelona: Ariel, 1973).
8 Edward Malefakis, Reform a Agraria y Revolución cam pesina en la
España del siglo X X (Barcelona: Ariel, 1970); José Acosta Sánchez, El
desarrollo capitalista y la dem ocracia en España. A proxim ación m etodoló­
gica (Barcelona: Anagrama, 1975); Manuel Tuñón de Lara, «Sociedad
señorial, Revolución Burguesa y sociedad capitalista» en Crisis d el A nti­
guo Régim en e industrialización en la España de! siglo XIX (Madrid: Cua­
dernos para el D iálogo, 1977); Antonio López Ontiveros, Emigración,
p ropiedad y paisaje agrario en la Cam piña de Córdoba (Barcelona; Ariel,
1973); A lfonso Lazo, La desam ortización eclesiástica en Sevilla (Sevilla:
Diputación Provincial, 1970), y Jacques Maurice, La reform a agraria en
España en el siglo X X .(1900-1936) (Madrid: Siglo XXI, 1975).
9 Jordi Nadal, El fra ca so de la Revolución Industrial en España 1814 -
1913 (Barcelona: Ariel, 1977).
cado cambios de envergadura, reforzando su estructura lati­
fundista y polarizada de la riqueza.
Recientemente, varios trabajos han venido a clarificar
muchos de los aspectos de la Historia Económica española y
andaluza que han dado a! traste con la interpretación tradi­
cional. Ahí están los trabajos del Grupo de Estudios de
Historia Rural y de Santiago Zapata, Francisco Zambrana y
José Ignacio Jiménez Blanco10, en concreto; los trabajos,
siempre pioneros, de Antonio Miguel Bernal11, especial­
mente sobre el Latifundio12; los realizados, modestamente,
por los que estos papeles escriben sobre la pequeña explota-
cióna campesina33, y la magnífica tesis de Rafael Mata
Olm o14 sobre la Depresión del Guadalquivir. Pues bien, de
todos ellos se pueden extraer suficientes indicios como para
contradecir el carácter estático de la Agricultura Andaluza,
que si bien no modifican sustancialmente la certeza de un
crecimiento relativamente lento, de escasa capacidad de sus-
tentación del desarrollo económico de otros sectores, sí que
matizan e incluso contradicen las razones hasta hace poco
aducidas como explicativas del estancamiento multisecular
de la agricultura andaluza:

10 Santiago Zapata Blanco, La producción agraria en Extremadura y


Andalucía Occidental, 1874-1914 (Madrid, 1987), Francisco Zambrana
Pineda, «El olivar española, 1870-1930» en Ramón Garrabou y Jesús
Sanz Fernández, Historia Agraria de la España Contemporánea (Barce­
lona: Ed. Crítioca, 1985), pp. 301-320, y José Ignacio Jiménez Blanco,
Crisis y expansión de la Agricultura en Andalucía O ccidental ¡874-1936
(Madrid: Universidad Complutense, 1985).
11 Antonio Miguel Bernal, La lucha p o r la tierra en la crisis d el Anti­
guo Rágimen (Madrid: Taurus, 1979).
12 Antonio Miguel Bernal, Economía e historia de los latifundios
(Madrid: Instituto de España/Espasa Calpe, 1988).
13 Manuel González de Molina y Eduardo Sevilla Guzmán, «Mini­
fundio y Gran Prosperidad agraria: estabilidad y cambio en la Alta Anda-
lucia, 1758-1930» en Pegerto Saavedra y Ramón Villares (eds.), Señores y
campesinos en la Península Ibérica , siglos XVIII-XX. Barcelona. Ed. Crí­
tica, 1991, 2° vol., pp. 88-138.
14 Rafael Mata Olmo, Pequeña y gran propiedad agraria en la depre­
sión del Guadalquivir (Madrid: MAPA, 1987).
1. La orientación hacia el mercado, colonial pri­
mero y hacia el mercado de los países del Occidente
desarrollado después, de una parte significativa de la
producción agraria andaluza. Es decir, la temprana
integración, sobre todo de la Cuenca del Guadalquivir,
en la «Economía-Mundo».
2. La constatación de cambios agrarios significa­
tivos en cuanto al volumen y diversificación de la pro­
ducción y crecimiento de la productividad. Su razón de
ser debe buscarse en la racionalidad interna de las
explotaciones agrarias andaluzas desde el punto de
vista de dos factores básicos para explicar el funcio­
namiento social y económico del campo andaluz: la
renta y el beneficio.
3. Buena parte del protagonismo de los cambios
habría correspondido al latifundio, que ya no sería un
indicador de la pervivencia de las relaciones sociales de
producción feudales, sino como vehículo —junto a la
expansión del comercio internacional— de la moder­
nización y de la implantación temprana del capita­
lismo.

Quizá haya sido Antonio Miguel Berna! quien haya


sabido expresar de una manera más acabada esta posición.
En su reciente libro sobre Economía e Historia de los latifun­
dios15, ha realizado una de las contribucciones más intere­
santes y decisivas sobre el tema que arroja mucha luz sobre
el considerado problema clave de la agricultura andaluza.
Su consideración como capitalista sería el resultado combi­
nado de tres tipos de relaciones productivas: la utilización
del trabajo asalariado, los arrendamientos cortos y cobra­
dos en metálico y la inequívoca orientación mercantil de la
producción. La racionalidad capitalista, del beneficio,

15 Antonio Miguel Be mal, Economía e Historia de... op. cit., passim.


Cf. el excelente trabajo pionero de Juan Martínez Alier, «¿Un edificio
capitalista con una fachada feudal? El latifundio en Andalucía y América
Latina» en Cuadernos de Ruedo Ibérico, ne 15, octubre-noviembre, 1967,
pp. 3-53.
habría regido, según Bernal, las decisiones empresariales de
los latifundistas. Para él, el latifundio y el régimen latifun­
dista deberían ser considerados como el factor estructurante
de las relaciones económicas, sociales y políticas de Andalu­
cía, al menos hasta la década de los 60 del presente siglo. La
pequeña explotación adquiriría, en este contexto, un papel
subordinado, funcional, al suministrar mano de obra esta­
cional y productos de gran cantidad de trabajo incorporado;
cuestión ésta que ha venido a reafirmar Rafael Mata O lm o16
en su reciente estudio de la pequeña propiedad en el Valle
del Guadalquivir.
En Andalucía, pues, se habría asistido, desde la aventura
americana, a un proceso precoz de modernización, desarro­
llo y consolidación del Capitalismo que habría sido prota­
gonizado por el latifundio en un proceso de indudables
semejanzas con el vivido en Inglaterra. De esta manera,
serían explicables los cambios agrarios detectados sobre
todo desde finales del siglo XIX, trazando una línea de
indudable continuidad que hunde sus raíces más allá del
siglo XVIII. En este contexto, la Revolución Liberal no
habría hecho sino confirmar —o para ser más gráficos,
romper el corsé feudal de la economía capitalista andalu­
za—. A decir de Bernal, las medidas agrarias de la Revolu­
ción Liberal habrían reforzado la tendencia hacia la apro­
piación latifundista-capitalista del campo andaluz e iniciar
un lento pero seguro camino hacia la desaparición y proleta­
rizaron del campesinado y hacia la modernización, cuyas
interrupciones deben entenderse como fruto de las estrate­
gias maximizadoras de los grandes propietarios latifundistas.
Estas nuevas aportaciones, aún poseyendo una virtuali­
dad explicativa mucho más considerable sobre el proceso
histórico de la agricultura andaluza, corren el peligro de
configurar un nuevo modelo, opuesto totalmente al ante­
rior, donde la modernización, el mercado, la lógica del bene­
ficio y la gran explotación se convertirían en sus principales
piezas explicativas, en los agentes de la transformación capi­
talista que colocarían a Andalucía, a pesar de todo, fuera de

16 Rafael Mata Olmo, Pequeña y gran propiedad agraria... op. cit.


la órbita tercermundista donde historiográficamente se ie
había situado.
No obstante, esta interpretación olvida el carácter cam­
pesino del agro andaluz hasta hace bien poco tiempo, tanto
desde el punto de vista de los agentes sociales mayoritarios
(pequeños arrendatarios y propietarios o, incluso, de los
jornaleros) como del predominio numérico de la pequeña
explotación y de la economía doméstica no regida por la
lógica del beneficio sino de la subsistencia. En este sentido,
los trabajos de Isidoro Moreno y de Pablo Palenzuela, reco­
gidos en este volumen, son buena prueba del carácter especí­
ficamente campesino que históricamente, e incluso en la
actualidad, rige el comportamiento económico y conflictivo
de los jornaleros andaluces.
Nosotros mismos hemos llamado la atención sobre este
tema en un reciente tra b a jo 17, el en que hemos constatado
un fenómeno crucial para el conjunto del espacio andaluz
a lo largo de la historia contemporánea: la coexistencia del
latifundismo y la pequeña explotación campesina en el
interior de un conjunto heterogéneo, unitario pero no
homogéneo, de comunidades campesinas con distintos nive­
les de diferenciación interna. Mientras que la pequeña
explotación campesina dominaría las zonas altas, el lati­
fundio lo haría en las bajas, especialmente en la Depresión
del Guadalquivir. Todo ello unido por el común predomi­
nio de la G ran Propiedad. Por tanto, no sólo seria el lati­
fundio el factor estructurante, sino que más bien la dialéc­
tica entre el latifundismo y la pequeña explotación
campesina —que no se agotan en una relación de funciona­
lidad m utua— el factor determinante de la evolución agra­
ria posterior.
Con la interpretación que venimos comentando se corre
el riesgo, además, de olvidar el enorme coste social de todo
este proceso de transformaciones y el papel históricamente
subordinado o periférico que Andalucía ha tenido que des­
empeñar. El carácter desestructurado y dependiente de su

17 Manuel González de Molina y Eduardo Sevilla Guzmán, «Mini


fundio y Gran Propiedad agraria: estabilidad y cambio... op. cit.
economía fue producto, precisamente, de un modelo de de­
sarrollo capitalista implementado en España que hoy se pre­
tende ensalzar como el portador de la modernidad. Pero si
se «mira bajo la alfombra» del desarrollo económico anda-
luz, salen a relucir los gravísimos costes ecológicos que tal
modelo generó y ha generado históricamente, sus costes
sociales y, por tanto, sus graves deficiencias. Andalucía
«ostenta» el nivel europeo más alto de erosión (45% de su
superficie), que junto a la desertización y desertificación y eí
déficit de los recursos hídricos, están provocando una
degradación de los suelos sin precedentes que amenaza el
todavía básico sector agrario andaluz (11,7% del PIB) e,
indirectamente, con las posibilidades del sector turístico, el
otro gran soporte de la economía andaluza18. La mayoría de
las provincias siguen siendo, por contra, de las últimas en
renta per cápita, soportando los niveles más altos de paro
(cerca de un tercio de la población activa) y delincuencia del
Estado. Esta es, pues, la cara oculta de la modernización
asociada aquí a la lógica del Capitalismo. El trabajo de
Manuel Delgado Cabeza, sobre los costes ecológicos del
modelo dependiente de crecimiento que experimenta la
Agricultura Andaluza, ilustra suficientemente esta cuestión.
Situaciones parecidas han llevado al cuestionamiento del
concepto de «progreso ilimitado» y han puesto en solfa
muchos de los modelos historiográficos tradicionales que
han considerado al Capitalismo como el agente de la
modernidad,9. Consecuentemente, ello debe llevarnos a la

t8 Estos datos han sido obtenidos del Informe económico-financiero


de Andalucía. ¡988 (ESECA, 1989), editado por la Caja General de Aho­
rros y M.P. de Granada. En este informe se señalan Junto a la sobrexplo-
tación de los acuiferos y la disminución de la masa vegetal que provoca el
turismo, una serie de causas de la degradación de los suelos que tienen
mucho que ver con el modelo de desarrollo agrario que Andalucía
soporta: los usos agrícolas intensivos; la salinización creciente por
sobreexplotación de acuiferos; la acidificación por el uso de fertilizantes;
infiltración de aguas contaminadas; vertidos de residuos sólidos y líqui­
dos; deforestación, etc.
19 José Manuel Naredo, La economía en evolución. H istoria y perspec­
tivas de las categorías básicas del pensamiento económico (Madrid: Siglo
XXI, 1987); James O ’Connor, «Political Economy o f Ecology of Soda-
redefinición de la Historia Agraria Contemporánea de
Andalucía; debemos ahora considerar no sólo los procesos
conducentes al crecimiento agrícola sino también los proce­
sos que, asociados a ellos y de una determinada naturaleza,
iniciaron el progresivo deterioro del suelo. Ello implica pres­
tar atención a todo el conjunto de medidas legales y prácti­
cas humanas que provocaron la deforestación creciente de la
superficie andaluza; la intensificación agrícola y la ruptura
de los ciclos de rotación tradicionales; la introducción de
fertilizantes químicos; la pérdida de los bienes comunales
para las comunidades locales y su explotación privada y
mercantil, etc. Esclarecer estos extremos es tarea urgente
que debe acometer las ciencias sociales andaluzas. En los
textos que siguen se recogen algunas aportaciones significa­
tivas en este sentido, que aún teniendo una temática y una
cronología relativamente diferentes, contienen orientaciones
teóricas y supuestos metodológicos que constituyen un
punto de partida para la construcción de esa nueva Historia,
la Historia de los Pobres, de la misma Naturaleza, de todos
aquéllos que nunca han tenido voz.

lism and Capitalism» en Capitalism , Nature. S ociaiism . nQ 3, 1989, pp.


93-108; Michae! Redclift, D evelopm ent and enviromenta! crisis (London:
Meiuhen, 1984); Juan Martínez Alier, «El marxismo y la economía ecoló­
gica» en M ientras Tanto. ntt 35, 1988, pp. 127-147, y Jean-Pierre Deléage,
J.C. D ebiery D. Hémery, Les servitudes de la puissanee, une histoire de
l'energie (París: Flammarion, 1986).
8. NUEVAS HIPOTESIS SOBRE EL
CAMPESINADO Y LA REVOLUCION LIBERAL
EN LOS CAMPOS DE ANDALUCIA

Manuel González de Molina

En este texto1 se discute la tesis tradicional sobre las


reformas que en la Agricultura trajo consigo la Revolución
Liberal. Estrechamente asociada a su calificación como
«Burguesa», dicha tesis insiste en que los cambios agrarios
liberales fueron hechos por y para la burguesía. Aunque el
Capitalismo existia ya, los cambios lo convirtieron en el
modo de producir dominante y transfirieron a la burguesía
el grueso de las tierras productivas. Fue una «Reforma
Agraria Liberal» hecha en contra, pues, del campesinado,
cuyo principal agente, los medianos y grandes labradores,
pudieron acceder a la propiedad o a la posesión de grandes
explotaciones agrarias e iniciar el deseado proceso de
modernización agraria. El carácter fallido de su aplicación y
la permanencia de una parte del campesinado retrasaron el
necesario triunfo del Capitalismo en la Agricultura.
En este texto pretendo discutir esta construcción unilate­
ral en la que se privilegia una de las posibles vías de penetra­
ción del Capitalismo en el campo —a través de la gran
explotación y del trabajo asalariado— , y donde se otorga a
la burguesía agraria el papel de agente casi exclusivo del
crecimiento; en ella se considera al campesinado como un
grupo residual cuando no un obstáculo a la modernización

1 F.;ste trabajo, que ha sido escasamente retocado, constituyó mi


aportación al I Curso de Verano sobre «Estructura Social del Campo
Andaluz» celebrado en Córdoba en el mes de Julio de 1988.
del campo. Pretendo mostrar que la burguesía agraria no
fue la protagonista y beneficiaría exclusiva de los cambios
agrarios liberales. La Revolución Liberal no «logró» reducir
sustancialmente y transformar las formas tradicionales de
explotación campesina e, incluso, dista mucho de haber sido
ésta su intención, a pesar de las declaraciones de los políti­
cos2, ni la sociedad postrevolucionaria se convirtió en plena
y homogéneamente capitalista nada más impiementarse los
cambios; ni, a partir de éstos, se inició un avance imparable
del predominio económico y superficial de la gran explota­
ción.
En otros términos, frente al discurso historiográfico tra­
dicional, para el que la consolidación del latifundio y la
expansión de las relaciones de producción capitalistas en
base al trabajo asalariado, constituyeron las. principales
consecuencias de la Revolución liberal en el campo, man­
tengo que junto a este fenómeno coexistió otro teóricamente
contradictorio: las transformaciones agrarias revoluciona­
rias no sólo «no consiguieron acabar» con las comunidades
campesinas sino que en determinadas zonas de Andalucía
vieron reforzadas sus posibilidades reproductivas, dado que
muchas de las medidas de cambio agrario liberal pudieron
ser manipuladas y utilizadas en beneficio del campesinado
de manera exitosa. A este fenómeno lo he llamado en otro
lugar Campesinización (González de Molina y Sevilla Guz­
mán, 1987).
Con ello no quiero decir que la penetración del Capita-

2 U n o de los más d e st a c a d o s representantes del liberalism o m o d e


rado, el C o n d e de T o r e n o , dejaba, en una discusión parlam entaria, m eri­
d ia n a m e n te claro q uién es d ebían ser los beneficiarios de las reform as
liberales. «El que tos g ran d es c a p ita les lleguen a ser sus p o s e e d o r e s — se
refería a lo s Bienes N a cio n a les— sería un mal siempre que se les p erm i­
tiese am ortizarlo s o a m ay ora zg arlos; porhíbase esto y resultarán las
m a y o r e s ventajas a la Agricultura. Los grandes cap ita listas están en el
c a s o de mejorar infin ita m en te m á s sus p o se s io n e s que los p eq u eñ os; y
a u n q u e la m u ltiplicación de éstos ú ltim os au m en te in m e d iata m en te la
p o b la c ió n , las mejoras de a q u é llo s ad elan tan la industria y por c o n s i­
gu ie n te la riqueza...». D iario de Sesiones de C ortes, 1810-1812. T o m o IV,
pág. 3071. S esión de 18 de abril d e 1812.
iismo se vio obstaculizada por la pervivencia de la explota­
ción campesina, sino que dicha penetración siguió también
una vía distinta a la del modelo clásico de gran explotación
que tuvo su peculiar exponente en el latifundio andaluz.
Pero este fenómeno no tiene nada de original: Castilla o
Galicia siguieron vías muy semejantes e incluso en Europa
Occidental —como han mostrado recientemente Johnsson y
Petterson (1989)— la pequeña explotación campesina creció
en número sin cesar entre 1850 y 1939 hasta hacerse predo­
minante; ello en contra de la hipótesis tradicional, basada en
el estudio de Kautsky, que interpretó este período como
característico de la concentración de la propiedad y del
incremento de las grandes explotaciones. La innovación
tecnológica y la integración en el mercado internacional no
fueron los agentes de la concentración y subsiguiente des-
campesinización, como se había pensado, sino una oportu­
nidad para la perpetuación de la pequeña explotación inten­
siva en trabajo, que pudo adaptarse sin graves problemas a
la nueva situación. La penetración del Capitalismo en la
agricultura andaluza no se hizo, pues, a través sólo del lati­
fundio sino también a través de la pequeña explotación
campesina o «minifundio», bien es verdad que con caracte­
rísticas y ritmos específicos; por tanto, creo que no es posi­
ble achacar a la pervivencia de la producción tradicional
campesina el pretendido «estancamiento» del campo an­
daluz.
Ahora bien, no basta con constatar esta disparidad de
resultados. Es necesario plantear, también, la cuota de res­
ponsabilidad que los cambios agrarios liberales tuvieron en
el desencadenamiento de los procesos que condujeron a la
situación de desequilibrio medioambiental que sufre en la
actualidad la agricultura y, en general, el territorio andaluz.
La hipótesis que mantengo hace del Capitalismo el principal
enemigo de los ecosistemas hasta producir su dislocación.
En otro lugar he tratado de mostrar la íntima relación que
históricamente existió entre la producción de «plusvalía
relativa», es decir, entre el desarrollo de los mecanismos de
acumulación y reproducción ampliada del Capital y los fac­
tores que desencadenaron la Crisis Ecológica; especialmente
allí donde el Capitalismo consiguió transformar o subordi­
nar «realmente» ios procesos de trabajo3.
No obstante, y esto es una segunda hipótesis que pro­
pongo, allí donde el Capital sólo se apoderó formalmente
del proceso de trabajo agrícola, como ocurrió en Andalucía
durante bastante tiempo, éste presionó sobre la producción
campesina —a través del mercado y de los impuestos—
hasta provocar el dislocamiento dei manejo tradicional del
medio, obligando a la especialización productiva y al con­
sumo cada vez más intensivo de inputs energéticos externos
y a la expansión de la actividad agrícola a costa de otros
aprovechamientos tradicionales. La Revolución Liberal no
hizo sino acentuar este proceso al reforzar la dependencia
campesina del mercado. La historia de la penetración del
Capitalismo en el campo debe entenderse, en definitiva,
como la historia de la progresiva desaparición del manejo
conservacionista que los campesinos hacían de los ecosiste­
mas naturales, obligados a adaptarse a unas condiciones de
subsistencia creadas y organizadas por él.

Algunas notas sobre la crisis del Antiguo Régimen en


Andalucía

No sabemos con exactitud aún, dada la carencia de estu­


dios específicos, el cuadro de factores explicativos de la cri­
sis de Antiguo Régimen; tan sólo podemos presentar algu­
nos hechos ya verificados junto con hipótesis posibles. El
sector agrario, según escribimos hace algún tiempo (M.
González de Molina, 1985), tuvo una participación bastante
desigual en la crisis. Parece ya comunmente admitido que la
producción agraria andaluza aumentó en magnitudes no
muy significativas, originada por ei crecimiento demográ­

3 Cf. M. González de Molina y Sevilla Guzmán, «Una propuesta de


diálogo entre socialismo y ecología: el “Neopopulismo Ecológico” , Eco­
logía Política, n. 3, 1992; también cf. Sevilla Guzmán y González de
M olina, “ Ecosociologia: elementos teóricos para el análisis de la coevolu­
ción social y ecológica", Revista Española de Investigaciones Sociológi­
cas”, n. 52, 1990.
fico y la demanda americana; pero a partir de la rorturación
de nuevas tierras más que de una mejora en los rendimientos
y la productividad (García Sanz, 1985; A.M. Berna!, 198!;
F. Sánchez Salazar, 1988). Las subidas espectaculares de los
precios registradas hasta comienzos del siglo XIX, cuando
las importaciones y malas cosechas pusieron de manifiesto
una escasez creciente, parecen confirmarlo (Anes, 1970).
También parece fuera de toda duda el hecho de que el alza
de precios propició la subida de las rentas y de los benefi­
cios, provocando una notable acumulación de recursos que
debió presionar sobre el régimen de amortización, dado que
la tierra constituía no sólo el activo más seguro, sino tam­
bién uno de los más rentables (M. González de Molina y M.
Gómez Oliver, 1987).
A tenor de las categorías que venimos manejando
—precios, mercado, beneficios, etc.— , pudiera parecer que
nos encontramos en una formación social donde tales con­
ceptos orientan la mayor parte de la práctica productiva de
los agentes económicos. Incluso, se corre el riesgo de genera­
lizar el impacto del comercio colonial sobre el conjunto de la
Agricultura Andaluza, tal y como podría derivarse de las
siguientes palabras de A.M. Bernal (1988, 230): «El ensam­
blaje de la economía agraria con los mercados exteriores
europeo y americano, a través de cualificados productos de
exportación, así como las disponibilidades de fáciles capita­
les obtenidos de la negociación indiana, favorecieron en los
campos andaluces esa modernidad prematura que he simbo­
lizado y sintetizado en los cerramientos de cortijos, hacien­
das y dehesas, en paralelismo con lo que supusieron los
enclosures ingleses».
Pero puede resultar tan peligroso generalizar la situación
de las campiñas de la Depresión del Guadalquivir, como
caracterizar a! Capitalismo en términos de comercio e inter­
cambio, olvidando el papel central de las relaciones de pro­
ducción. Frente a esta interpretación neosmithiana
—bastante semejante a los esquemas interpretativos de
Gunder Frank o de Waflerstein—, habría que recordar que
los «vínculos comerciales no unifican por sí mismos las enti­
dades sociales estructuralmente en un sistema económico
único» (H. Alavi, 1982, 174), Como dijo Marx, «la produc­
ción y circulación de mercancías de ninguna manera implica
la existencia del modo de producción capitalista... Una vez
que la mercancía se ha convertido en la forma general de
producción» y sólo en ese caso podemos hablar de produc­
ción capitalista.
La agricultura andaluza de la segunda mitad del XVIII
se organizaba en torno a un conjunto tipológicamente hete­
rogéneo de comunidades campesinas, en el seno de las cua­
les se había producido un proceso significativo de diferen­
ciación interna. Desde el punto de vista de la propiedad, su
mayor o menor grado dependía de la incidencia que en su
seno tuvieran los grandes patrimonios rústicos de la
nobleza, la Iglesia o la pequeña propiedad. Pero desde el
punto de vista de la explotación, parece probado el predo­
minio de la explotación campesina, basada en el trabajo
familiar y orientada hacia la subsistencia4, como el elemento
numéricamente predominante. La gran explotación coexis­
tía con una extensión superficial y una importancia econó­
mica muy relevante, llevada por grandes arrendatarios que
utilizaban mano de obra asalariada. Pero esta específica
relación basada en el salario no constituía la forma única ni
la más generalizada de explotación de los latifundios; a
menudo estas tierras se fragmentaban en pequeñas suertes
cedidas en arrendamiento o subarrendamiento5. Pero ¿cómo
se explica el predominio de la pequeña explotación campe*

4 M uchos son los trabajos donde se constata la existencia de este


m odelo «clásico» de producción campesina, tanto desde el punto de vista
de la Antropología (Fraser, 1973; Gilm ore, 1980; Luque Baena, 1974;
Moreno Navarro, 1973; Navarro Alcalá-Zamora, 1973; Palenzuela, 1989),
de la Geografía (Cruz Villalón, 1980; Mignon, 1982) com o de la Historia
(Martínez Martín, 1988; Gómez Letrán, 1988; Cevidanes Lara, 1988;
Maldonado Rosso, 1987).
5 Una simple ojeada a la documentación sirve para constatar este
fenómeno. Cfr. «Padrón de la riqueza rústica de Puerto Real», «Padrón
de la riqueza rústica de Sanlúcar», «Padrón de la riqueza rústica de la
Cartuja de Jerez», «Apeo general de Algeciras», «Apeo y valoración del
Puerto de Santa María», «Padrón de la riqueza rústica y ganadera de
Jerez»; todos de los años 1818 y 1819, en Archivo de la Diputación
Provincial de Cádiz, Cajas 248 y 250.
sina con el de la gran propiedad? por la generalización del
arrendamiento como forma de tenencia: según el censo de
1799, la relación entre colonos y propietarios era de 3 a I
(Bemal, 1981, 116).
Hace algún tiempo Martínez Alier (1967) y más recien­
temente Bemal (1988) han tratado de demostrar el carácter
inequívocamente capitalista del latifundio moderno. La
cuestión no parece ofrecer muchas dudas desde el punto de
vista de los propietarios; sin embargo, desde el punto de
vista del proceso de trabajo y del carácter de los jornaleros
dicha caracterización plantea muchos más problemas. Dada
la escasa presencia de capital técnico, el núcleo económico
de esta forma de explotación reside en la preponderancia casi
absoluta de la propiedad como relación que ordena su fun­
cionamiento según criterios de maximización del excedente,
bien es verdad; pero, la relación jurídica de apropiación de
la tierra se convierte en la condición fundamental de esta
forma de explotación. \
En cierta medida es aún una relación extraeconómica de
monopolización del factor de producción, la tierra, que
permite la extracción del plustrabajo. La cooperación sim­
ple y la escasa división del trabajo en el seno de la explota­
ción no logran tampoco despojar al trabajador de su
«saber» agrícola y del dominio de las operaciones del pro­
ceso de trabajo. El latifundio debe considerarse, pues, como
una forma de explotación «formalmente capitalista». Su
impacto sobre los trabajadores directos y sobre la comuni­
dad campesina se manifiesta en una alta diferenciación
interna de la misma; pero no la hace desaparecer, ni de su
existencia puede derivarse el inicia de un proceso que culmi­
nará con dicha desaparición. La tradicional conexión esta­
blecida entre latifundismo y descampesinización no tiene
por qué ser una relación general y universalmente válida.
Si desechamos, además, el individuo como unidad de
observación analítica y la sustituimos por el grupo domés­
tico y la comunidad local, el impacto de una forma de explo­
tación como la latifundista puede ser en realidad un
«impacto débil» desde el punto de vista de su subordinación
al Capitalismo. Debe tenerse en cuenta que el salario —en­
tendido como jornal percibido estacionalmente— no repre­
senta el conjunto del «trabajo necesario» ni, por tanto, cons­
tituye la única condición reproductiva del grupo doméstico
jornalero. En este sentido, las migraciones interiores tempo­
reras y, sobre todo, el aprovechamiento de los bienes y dere­
chos comunales proveían una parte esencial de las econo­
mías domésticas jornaleras; por no hablar de la importancia
que el cultivo de bienes de Propios tuvo para las mismas
desde la puesta en práctica de los repartos concejiles en
tiempos de los «ilustrados».
En todo caso, la evolución del campo andaluz hay que
entenderla desde la específica dialéctica establecida entre la
pequeña y la gran explotación. Aunque el pequeño propie­
tario-cultivador directo podía encontrarse en cierta abun­
dancia por toda la geografía andaluza, era el pequeño
arrendatario el fenómeno más extendido. La renta, plustra-
bajo orientado en función de la propiedad, constituía la
parte del trabajo no necesario para la reproducción de la
explotación parcelaria y, en definitiva, del grupo doméstico.
Ambas formas de explotación coexistían en el seno de
comunidades campesinas en buena medida autosuficientes,
sólo algunas integradas en los circuitos comerciales, con
escasa especialización y cierto desarrollo del policultivo de
subsistencia, donde los bienes y usos comunales desempe­
ñaban, como hemos dicho, un papel esencial. Pero podían
coexistir en comunidades con altos grados de diferenciación
interna, en las zonas latifundistas (R. Mata Olmo, 1987b),
donde los cerramientos comenzaban a adquirir cierta
relevancia.
Esta situación era el resultado de la implantación de un
tipo de Feudalismo ya bastante desarrollado o tardío, como
consecuencia de la conquista y subsiguiente repoblación.
Como ha puesto de manifiesto Artola (1978) y Domínguez
Ortiz (1981), el señorío andaluz se basaba fundamental­
mente en el ejercicio del poder jurisdiccional; jurisdicciona-
lidad que, según Garzón Pareja (1983, 336) tenía una signifi­
cación económica no muy relevante. Queda aún por saber la
entidad de las rentas enajenadas y de los partícipes legos del
diezmo, que se asimilaron a la jurisdiccionalidad y que pue­
den modificar en alguna medida esta visión. No obstante, la
nobleza, tanto la nueva como ia más rancia, concentraba en
la renta de la tierra el grueso de sus ingresos. Existía, pues,
una separación tajante entre propiedad y jurisdiccionalidad.
Y esta diferencia se nos antoja fundamental para entender el
por qué la Aristocracia terrateniente con el grueso de sus
patrimonios en Andalucía mantuvo una actitud diferente a
la aristocracia francesa, valenciana o portuguesa. Frente a
las leyes de abolición del régimen señorial y, en definitiva, de
la Revolución Liberal.
El régimen señorial en el sur no constituía, además, la
modalidad social de organización feudal mayoritaria. En
otro lugar hemos recogido datos al respecto (M. González
de Molina y E. Sevilla Guzmán, 1991), significando que el
66% de la población no se veía afectada en absoluto por el
régimen señorial. Algo más del 50% de los municipios esta­
ban bajo jurisdicción realenga y el terrazgo tampoco perte­
necía a señor alguno que si poseía tierra era como un
propietario más. Las dos formas de explotación predomi­
nantes, pequeña explotación campesina y latifundista, se
encontraban subordinadas al feudalismo bajo característi­
cas bastante heterogéneas: desde la enfiteusis del Censo de
Población a las típicas relaciones señoriales, poniendo de
manifiesto distintos grados de intensidad en su penetración.
Dicha subordinación era ejercida a través del diezmo, de la
fiscalidad real y del ordenamiento jurídico y compulsión que
otorgaba la preeminencia —y por tanto la extracción del
excedente— al dominio eminente, a la propiedad. Y era el
Estado absolutista quien constituía la clave de la reproduc­
ción de tales condiciones sociales de la producción, incluidas
las del latifundio «formalmente capitalista».
El carácter rígido de la demanda de productos agrarios
por parte del mercado colonial (Bernal, 1985), la inexisten­
cia de un mercado interno —debido a la polarización social
resultante del predominio de la gran propiedad— , y, sobre
todo, las limitaciones impuestas por el derecho de propiedad
(su carácter vinculado o amortizado, irresponsabilidad
patrimonial, vinculación de las mejoras, arrendamientos
cortos y la consiguiente inestabilidad de los colonos, y la
desmesurada cuantía de la renta) mantenían a este «capita­
lismo sui generis» constreñido a ámbitos concretos de las
vegas de la Alta Andalucía (M. Martínez Martín, 1990) y a
la Campiña del Guadalquivir. El carácter expansivo y dis-
gregador del Capitalismo no podía desarrollarse en estas
circunstancias; al contrario, el latifundio «formalmente
capitalista» permanecía acomodado al régimen feudal.
Las tensiones estructurales que en Andalucía hicieron
posible la crisis y el progresivo desmoronamiento del Anti­
guo Régimen no vinieron de una contradicción entre el
marco Feudal y la pujanza de las relaciones de producción
Capitalistas como pudo ocurrir en Inglaterra (Martín, 1986;
Turner, 1984; Holton, 1985; Hilton, 1961; Clay, 1990; Bow-
den, 1990) o de la resistencia activa del campesinado a acep­
tar las cargas y rentas feudales (Soboul, 1980; Bois, 1976;
Gauthier, 1977) como ocurrió en Francia. Bien es verdad
que en algunas zonas se estaba desarrollando una clase
importante de grandes arrendatarios y algunos labradores
inmersos en un tipo de agricultura comercializada, pero
aun en ellas no existió una burguesía agraria cuyas activida­
des resultasen ser incompatibles con las modalidades del
Feudalismo andaluz, tal y como parece haber sucedido en el
País Valenciá (Ruiz Torres, 1985). Téngase en cuenta que los
derechos señoriales no eran tan cuantiosos, que una porción
importante de la tierra alimentaba un mercado de predios
rústicos considerable y que las tensiones provocadas por el
régimen de amortización pudieron ser canalizadas hacia la
gran cantidad de bienes baldíos, tanto de la corona como de
los pueblos. El crecimiento demográfico registrado en
Andalucía por entonces (Bernal, 1981) fue absorbido sin
poner en peligro la subordinación al Feudalismo,* mediante
repartos en arrendamiento o roturaciones más o menos
ilegales.
Las tensiones estructurales adquirieron intensidad gra­
cias a factores coyunturales y a la confluencia, sobre todo,
de factores externos o periféricos; la crisis del comercio
colonial y la crisis de la Real Hacienda. Porque la burguesía
mercantil, surgida al calor de dicho comercio era una bur­
guesía de efectivos reducidos que nunca hasta entonces
habíá tenido que enfrentarse al régimen Feudal, que no
tenía graves contradicciones con la sociedad andaluza del
XVIII y que había crecido y permanecido al amparo de los
privilegios concedidos por la Monarquía Absoluta.
No han surgido nuevos datos que hagan modificar la
tesis que he mantenido en otros trabajos, respecto de los
factores que precipitaron el Cambio Agrario Liberal.
Durante el siglo XVIII, especialmente en su segunda mitad,
tuvo lugar un significativo proceso de acumulación de
recursos, tanto en la tierra —al calor del alza de rentas y
precios— como en el sector comercial con el tráfico sobre
todo colonial; la colocación rentable de estos recursos
resultó cada vez más difícil cuando el mercado americano
comenzó a sufrir dificultades serias y la crisis financiera del
Estado desalentó los préstamos a la Real Hacienda como
fórmula de inversión alternativa. La orientación hacia los
bienes inmobiliarios pareció la mejor salida en el contexto
de una inflación difícilmente controlable (Richard Herr,
1989, 137 y ss.; González de Molina y Gómez Oliver, 1987,
150). De esta manera se produjo la confluencia de sectores
sociales diferentes en la inviabilidad del mayorazgo y del
sistema de vinculación como instrumento indispensable
para la organización de- la reproducción social.
En este contexto el régimen de amortización resultó
insostenible y, como culminación de una política ilustrada
restrictiva, se ensayó con éxito la desamortización de una
parte —que en Andalucía fue considerable (González de
Molina y Gómez Oliver, 1985)— del patrimonio eclesiás­
tico. Durante su realización ocurrió algo que no ha sido
suficientemente valorado: la convergencia de intereses entre
la burguesía mercantil andaluza y los grandes propietarios
rústicos nobles o no, a través de las suscripciones de Vales
Reales y demás deuda pública. Muchos encontraron, así, en
los bienes desamortizados una salida muy rentable a los
títulos depreciados y un «refugio» para sus capitales contra
las tensiones inflacionistas. Los acreedores de la deuda con­
figuraron desde entonces un poderoso e influyente grupo de
presión en favor de las reformas y en concreto de la puesta
en práctica de nuevas medidas desamortizadoras, que prefi­
gura y'facilita el entendimiento entre la burguesía y la Aristo­
cracia Terrateniente, protagonista de la Revolución Liberal.
No obstante, la situación podría haberse alargado de no
añadirse otras circunstancias, también exógenas al campo
andaluz. No voy a entrar en un análisis pormenorizado de
las mismas, puesto que ya lo he realizado en otro lugar
(González de Molina, 1985). Sólo indicar que la Guerra de
la Independencia, la pérdida definitiva de los mercados
coloniales, el agravamiento de la crisis financiera y fiscal y la
crisis económica de postguerra, con sus consecuencias en la
caída de los precios y rentas agrarios y el aumento de la
presión tributaría, fueron factores que abocaron al cambio.
Un cambio cuyo objeto consistía en evitar un proceso
parecido al de la República francesa, tan temido por las
clases dominantes españolas. En este sentido, la actitud de
«resistencia pasiva» (Cf. Scott, 1985; Shanin, 1979) del cam­
pesinado andaluz manifestada en la negativa a pagar rentas
e impuestos y que supuso un importante quebranto en las
economías nobiliarias y eclesiásticas (González de Molina,
1985, 229) no ha sido suficientemente valorada, quizá por la
escasez de trabajos en este sentido. La actitud más activa del
mismo durante la Guerra de la Independencia sólo mereció
el apunte de algún contemporáneo en medio de tanto fervor
«•nacionalista»6; pero ambas actitudes nos llevan a una cir­
cunstancia para mí crucial: probablemente condujeron a
una «crisis de^ hegemonía» de unas clases dominantes a las
que hasta entonces ni la burguesía había sido capaz de cues­
tionar, al contrario de lo que al parecer ocurrió en el País
Valenciá (Rniz Torres, 1981), y a la toma de conciencia
sobre la inevitabilidad del cambio7.

6 En carta escrita en Agosto de 1808 el Marqués de Perales, Manuel


García, vecino de Sanlúcar, se expresaba en los siguientes términos: «Doy
por supuesto de antemano el estado de inquietud, alarma, desenfreno y
prepotencia que la plebe de los pueblos principales de Andalucía tomaron
desde que supieron los motines de Aranjuez y Madrid del mes de marzo; y
no dude Vmd., amigo m ío, que éste es el origen de todo !o sucedido
posteriormente, porque desde entonces la plebe manda y las autoridades
obedecen por temor». Citado en Fontana (1979, 59).
7 Las palabras de Fontana al respecto son bastante esclarecedoras:
Debían tomarse, pues, un conjunto de medidas que
hicieran posible remontar ia crisis con el menor coste posi­
ble. Lo esencial consistía en promover el crecimiento de la
producción y de las rentas, dando cabida política y econó­
mica a la burguesía de la que esperaban un papel protago­
nista en la tarea. El coste para las clases dominantes andalu­
zas era la Liberalización del sistema; es decir, la desaparición
dei régimen de amortización, del régimen tributario tradi­
cional y, en definitiva, de todo lo que se opusiera a la liber­
tad económica y al libre juego de los agentes económicos.
Inglaterra, de donde provenían estas ideas y donde se
habían aplicado sin remover los fundamentos del dominio
aristocrático fue considerada como el modelo a seguir.

La Revolución Liberal y el Desarrollo del Capitalismo en


Andalucía

Antes de entrar en el tema deseo hacer algunas precisio­


nes que ayuden a comprender mejor cuál es mi posición de
partida. Cualificados historiadores como Clavero (1974 y
1976) o Ruiz Torres (1979 y 1981) han definido las relacio­
nes de producción feudales como la íntima fusión entre la
posibilidad de la renta feudal y la compulsión directa, deri­
vada del ejercicio de la jurisdiccionalidad señorial. Quienes
así han argumentado se basan en una apreciación correcta
sobre el carácter del Feudalismo, a saber: que el ordena-

«Los señores se vieron obligados a este desmantelamiento del viejo sis­


tema que estaba mermando rápidamente sus ingresos y amenazaba con
arruinarles: a esta revolución silenciosa campesina, ante la cual resulta­
ban ineficaces tos ejércitos que habían aplastado las revueltas contra los
impuestos, y contra la que no servía tampoco las pastorales de los obis­
pos, que exhortaban en vano al pago de los diezmos. Ante el riesgo de
perderlo todo en beneficio de los campesinos, con esa forma de abolición
espontánea del feudalismo, tos señores optaron por forzar el rápido trán­
sito, total e irreversible, de lo que quedaba en propiedad feudal a la
propiedad burguesa: de los derechos indefendibles a la plena propiedad
de la tierra, defendida por la Guardia Civil, creada precisamente en estos
años». (Fontana, 1984, 54).
miento jurídico y la compulsión extraeconómica, política,
operan como relaciones de producción— a pesar de situarse
en una instancia propia de la «superestructura» (Godelier,
1979 y 1984). Su desaparición y la sustitución de dichos
mecanismos de extracción del excedente por una base con­
tractual —siempre según esta argumentación— tendrían
que suponer la desaparición del Feudalismo y la implanta­
ción del Capitalismo (Ruiz Torres, 1990, 17).
Esta interpretación otorga una virtualidad esencial a las
medidas de abolición del entramado político-jurídico feu­
dal, convirtiéndolas en «revolucionarias» y, como termina­
ron por beneficiar objetivamente a la burguesía, en propias
de la «Revolución Burguesa». El esquema ortodoxo sobre el
cambio liberal, que tuvo su origen en las disputas entre
marxistas y populistas rusos y que fue formulado por Lenin
de manera más coherente (Shanin, 1972), no es cuestionado.
De él participó la historiografía revolucionaria francesa y dio
lugar a una visión «jacobina» del fenómeno (Soboul, 1981)
que ha tenido y tiene una gran influencia sobre nuestra
historiografía (Artola, 1978; Fontana, 1977).
En efecto, no rompe, más bien intenta salvar, la idea tan
extendida del protagonismo casi exclusivo de una clase, ple­
namente consciente —cuando el mismo proceso francés
muestra la participación del campesinado o el papel diri­
gente de las clases feudales en Japón o Hungría— , que debe
asumir su papel histórico de progreso en el desarrollo de la
humanidad (F. Gauthier y G. Ikni, 1988, 9). No rompe,
pues, con el esquema unilineal del proceso histórico, de la
ineluctable sucesión de formas de producción hacia otras
cada vez más «perfectas», cuando el propio Marx renunció
—en beneficio de un esquema de multiplicidad de resultados
posibles— a tal simplificación, bien es cierto que en los
últimos años de su vida (Wada, 1984, 51). Y, finalmente, no
rompe con aquella concepción macrosociológica que ana­
liza las formaciones sociales en base a la presencia de una
única forma de producir, de un único modo de producción
excluyente que, además, resulta ser irreconciliable con el
anterior o posterior en la escala evolutiva. La coexistencia
sólo sería posible en períodos más o menos largos pero fini­
tos de transición, como su formulador, Lenin, escribiera en
el Desarrollo del Capitalismo en Rusia.
El Capitalismo triunfó efectivamente con la Revolución
Liberal, pero las formas de producción no capitalistas
siguieron existiendo durante mucho tiempo. La constata­
ción de este hecho ha dado lugar a un debate estéril — una
de cuyas manifestaciones más paradigmáticas ha sido la
consabida pregunta sobre el carácter capitalista o no de las
relaciones de producción existentes en el campo español
decimonónico, o el tal manido debate sobre las llamadas
«supervivencias feudales»— e incluso al surgimiento de dos
corrientes historiográficas. Creo, sin embargo, que esta con­
tradicción no aporta respuestas de interés y puede ser supe­
rada: en niveles macrosociales, del Estado-nación, el mer­
cado se erige como relación subordinante al tiempo que en
los niveles microsociales las otras formas de producir no
capitalistas pueden permanecer y de hecho permanecen. Por
tanto, de la modificación del marco jurídico feudal no debe
inferirse la conversión de todas las relaciones sociales de una
sociedad concreta en capitalistas. Este no es, por tanto, el
problema. Tampoco debe ser el que la única vía de domina­
ción del capitalismo sea por vía revolucionaria: la revolu­
ción no es un proceso históricamente necesario sino contin­
gente, una de las posibles vías de dicho cambio social. De lo
contrario sería muy difícil, por ejemplo, analizar las moda­
lidades «no revolucionarias» de penetración del Capitalismo
en los espacios coloniales y periféricos (Alavi, 1982, 181).
El problema desaparece desde el momento en que las
formaciones sociales son contempladas como campos de
relaciones diversas entre formas de producir diferentes que,
por tanto, coexisten. Fue Chayanov, recogiendo las aporta­
ciones del último Marx, quien lo expresó claramente: «Sólo
raramente encontramos en la vida económica un orden eco­
nómico... puro... Lo usual es que los sistemas económicos
existan unos al lado de otros formando conglomerados muy
complejos» (Palerm, 1976, 148). Lo cual no implica negar el
hecho de que «en todas las formas sociales existe —según
sostenía Marx— una producción determinada que es supe­
rior a las demás; las relaciones que ésta engendra asignan a
las demás producciones y a las relaciones que éstas a su vez
engendran, sus rasgos e influencias respectivas, se trata de
una especie de luz general que baña todos los colores y
modifica sus tonalidades particulares» (Palerm, 1976, 10 y
H).
Marx explicitó tales relaciones mediante el concepto de
subordinación (subsunción) del trabajo al capital, signifi­
cando las modalidades heterogéneas a través de las cuales el
Capitalismo se «apoderaba» de otras formas de explotación
(Cf. capítulos XIV y XXIV de El Capital) sin necesidad de
cambiar su naturaleza (subsunción formal) o transformán­
dolas en su base (subsunción real). Tal concepto alude, pues,
a la intensidad de penetración del capitalismo en el campo;
en otras palabras, alude al grado de cambio que tiene lugar
en los procesos de trabajo y formas de producir. Desde esta
perspectiva, el problema planteado cobra una nueva dimen­
sión: el Feudalismo mantenía subordinadas formas de pro­
ducir heterogéneas con distintos grados de intensidad. La
prevalencia del dominio eminente, la propiedad feudal de la
tierra —sancionada por el ordenamiento jurídico y garanti­
zada en su disfrute por la coerción del Estado o de ios
poderes señoriales— aseguraba dicha subordinación en
unos casos; en otros, era el propio Estado feudal, como
instrumento jurídico-político de extracción del excedente y
de reproducción de la capacidad subordinante del sistema,
el que lo garantizaba.
En consecuencia, he de convenir en la interpretación de
Clavero y Ruiz Torres siempre que entendamos el Cambio
Liberal —venga éste, como en el caso español, o no por vías
revolucionarias— como un cambio del papel subordinante
que ejerce una determinada forma de producción pero no de
la transformación y homogeneización de todas las formas
coexistentes. Más en concreto, la Revolución Liberal consti­
tuyó como dominantes las relaciones de mercado garantiza­
das por el nuevo Estado, pero no transformó necesaria­
mente sino que subordinó las formas de producción restan­
tes. Como dijo Kautsky (1974, 37), hablando del Cambio
Liberal en Alemania: «El camino estaba abierto para la
agricultura capitalista», no que lo fuera desde ese momento.
Y ello es pertinente para el caso andaluz, al menos,
donde la Revolución liberal entronizó las relaciones de mer­
cado como dominantes pero donde tardó aún mucho
tiempo en generalizarse la «agricultura capitalista». En
efecto, el respeto al «sagrado» derecho de propiedad, punto
central del consenso y entendimiento entre burguesía y aris­
tocracia y pilar de la nueva legislación liberal, fue utilizado y
manipulado como factor reproductivo de las formas de pro­
ducir no capitalistas, que pudieron seguir existiendo for­
malmente subordinadas al nuevo sistema\ Lo que mantengo
es que el campesinado andaluz desarrolló estrategias de
manipulación o adaptación —y en muchos casos de abierta
resistencia— al nuevo marco legal que le permitieron sobre­
vivir y aún fortalecerse. El propio carácter de las alianzas
que dieron lugar al cambio limitaron su alcance a una mera
liberalización de la producción y de la distribución. La resis­
tencia del campesinado, en muchos momentos violenta e
incluso armada, disuadió al nuevo bloque de poder de ir
más allá.

El cambio agrario liberal y sus repercusiones en Andalucía

Vamos a analizar las principales medidas que articula­


ron el cambio para verificar la procedencia o no de las hipó­
tesis planteadas. La primera medida de entidad fue la aboli­
ción del régimen señorial mediante el decreto de Cortes de
11 de Agosto de 1811 y las sucesivas disposiciones (Ruiz
Torres, 1987). Coincidimos con Pedro Ruiz en que estas
leyes acabaron con el entramado jurídico del Feudalismo y
significaron la decadencia de una fracción importante de la
Aristocracia terrateniente, que perdió sus derechos y exac­
ciones señoriales y buena parte de sus patrimonios (Atienza,
1987; Mata Olmo, 1987a).
Ahora bien, las cosas en Andalucía deben analizarse más
detenidamente. Según Bernal (1979), la abolición del régi­
men señorial significó la reconversión del ingente patrimo­
nio territorial de la Aristocracia en propiedad privada bur­
guesa, muchas veces a costa de tierras comunales. Es muy
probable que ello significara, dada la ruina de muchas casas
señoriales, la liquidación de una parte sustancial de su
patrimonio. El citado trabajo de Atienza sobre Osuna y los
recientes trabajos de Millán Chivite sobre Medinasidonia
parecen avalarlo (1981 y 1984); pero también existen datos
para argumentar la posición contraria: véase si no la persis­
tencia de la nobleza andaluza entre los grandes contribuyen­
tes a finales de siglo, documentada por Rosa Congost (1983)
o la pervivencia de algunas casas nobiliarias en la titularidad
de los grandes latifundios de la Baja Andalucía (Artola,
1978). A esta imagen de decadencia nobiliaria podría con­
tribuir el conocimiento de la pérdida real que supuso para
sus economías la desaparición de los derechos señoriales no
tan simbólicos como se había creído; pero si, como parece,
una parte significativa de las rentas estaban compuestas por
diezmos y deuda pública, el estado se encargó, como ha
demostrado Ricardo Robledo (1985), de reembolsar las pér­
didas mediante indemnización8.
Quizá este no sea, sin embargo, el tema más importante
para nuestros propósitos. Más interés tiene evaluar los cam­
bios que la medida pudo introducir en las maneras en que el
campesinado producía y se reproducía. Parece lógco pensar
que la desaparición de los derechos señoriales permitiría ai
campesinado buscar mejores precios para los servicios
monopolizados y, en consecuencia, junto a la desaparición
de la fiscalidad señorial, retener un margen mayor del pro­
ducto bruto en sus manos. Por otro lado, aunque el ele­
mento fundamental que hacía posible la extracción del
excedente quedaba suprimido con la jurisdiccionalidad, la
propiedad privada permitía paradójicamente la reproduc­

K Como el propio Ricardo Robledo y yo mismo hemos demostrado


(G onzález de Molina, 1985, Cap. 6°), la participación de la nobleza en el
proceso desamortizador fue significativa. Bien es verdad que una parte
era propietarios rústicos ennoblecidos, pero la mayoría habían sido titu­
lares de señoríos que de esta manera veían compensada la pérdida de
rentas originadas o anejas a la condición señorial. La compra de grandes
fincas o de un número apreciable de viviendas para alquilar, es decir, la
reconversión de las antiguas en nuevas rentas fue la manera en que esta
parte de la nobleza hizo frente al nuevo estado de cosas.
ción de ias formas de producir y sus relaciones de produc­
ción anejas: la pequeña explotación campesina y la explota­
ción latifundista que hemos visto dominar a lo largo del
siglo XVIII9.
En definitiva, la medida abolitoria no contenía impulso
alguno hacia el Capitalismo agrario de tipo británico,
supuesto «inspirador» de los cambios. La implementación
de tal modelo requería la acumulación de recursos en manos
del arrendatario o del mismo propietario con vistas a la
reproducción ampliada de la explotación; lo cual era
incompatible en cierta medida con el peso que la propiedad
seguía teniendo sobre la explotación: la renta pesaría sobre
el beneficio, desalentando la inversión. Por otro lado, al
dejar en manos del propietario la decisión sobre el tipo de
cesión, el arrendamiento, según nuestras cifras, siguió
siendo la manera usual en que se labraron las grandes fincas
(Cruz Villalón, 1980, 220) con el aporte de trabajo asala­
riado estacional. Es decir, ninguna mutación de interés se
producía —desde este punto de vista— en los procesos de
trabajo tradicionales.
No obstante, esta argumentación pecaría de unilateral si
no hiciéramos mención de dos cambios importantes en los
que más tarde nos detendremos. La abolición del régimen
señorial significó seguramente la privatización de una parte
sustancial de los montes y tierras de uso común, muchos de
ellos arrebatados o usurpados a los pueblos. Bernal (1979,
66) ha documentado esta cuestión para Sevilla y Calero
(1975) llamó la atención sobre la conflictividad que este
proceso generó en toda Andalucía; pero no sabemos nada
más sobre el asunto. Quizá de aquí provino una parte de los
montes de titularidad privada que a finales de! XIX supo­
nían ya una cantidad considerable (Jiménez Blanco, 1986,
360 y ss.). Este proceso sí que debió tener importancia,

9 La pequeña explotación campesina subsistía no sólo gracias a las


maneras en que era explotado el latifundio o las fincas dispersas de los
patrimonios señoriales, sino también a su carácter de suministradora de
mano de obra para las grandes explotaciones latifundistas, allí donde la
relación entre ambos era funcional y complementaria.
habida cuenta de que éstas eran áreas de aprovechamiento
común para las economías campesinas.
El segundo cambio a reseñar fue sugerido por Pedro
Ruiz Torres: la conversión de algunas rentas en contractua­
les e incluso el mismo sistema de arrendamiento que conver­
tían el mercado en el vehículo de asignación de la tierra y de
perpetuación de determinadas rentas. Entre ellas la más
importante fue el diezmo y no está nada claro que se pagara
hasta su abolición; sobre la mercantilización del arrenda­
miento veremos más adelante que constituye un problema
de grados de dependencia del mercado.
Quizá la medida más decisiva por sus repercusiones en el
campesinado fue la que tuvo su origen en el Decreto de 8 de
junio de 1813 que pretendía introducir en el mercado no
sólo los productos sino incluso el mismo proceso de trabajo.
Coherentemente con el sentido liberalizador de las medidas
agrarias liberales, el decreto sancionaba el cierre de las here­
dades, establecía el libre comercio interior de granos y libe­
ralizaba los arrendamientos rústicos. Dejaba, pues, a los
«propietarios a la libertad de sus especulaciones»; es decir,
dejaba sin regular —en un sentido favorable para los
arrendatarios— cuestiones como, por ejemplo, la duración,
reversión de mejoras y cuantía de la renta.
Teóricamente, la medida implicaba la asignación de la
tierra a labrar según criterios de mercado, aboliendo de paso
toda legislación moderadamente protectora del arrendatario
que habían ido desarrollando los ilustrados (Herr, 1989). En
zonas como Andalucía, donde el predominio de la gran
propiedad era tan abrumador, el libre juego de la oferta y la
demanda quedaba sesgado de entrada a favor de la oferta
que, seguramente, impondría sus condiciones sobre dura­
ción, reversión de mejoras y cuantía de la renta. Desde
luego, el decreto no favorecía una salida capitalista de tipo
británico al campo andaluz y, aunque perjudicaba objeti­
vamente a ios colonos al mantener el peso que tradicional­
mente tenía la renta sobre el excedente campesino, tampoco
favorecía la diferenciación del campesinado al facilitar la
introducción de mejoras.
Esto parece desprenderse de los escasos estudios sobre la
evolución de la renta cobrada en razón del arrendamiento a
lo largo de la primera mitad de siglo XIX; ésta siguió muy
de cerca la evolución de los precios agrarios (Bernal, 1981,
284) con lo que las posibilidades de crecimiento del exce­
dente en manos de grandes arrendatarios y de los campesi­
nos, pequeños arrendatarios, quedó constreñido a los nive­
les de explotación o de autoexplotación respectivamente de
la fuerza de trabajo. No obstante, aunque suponemos que el
mercado de tierra en arrendamiento tenía en Andalucía una
amplitud considerable antes de la Revolución Liberal
— quizá ebido a la apreciable cantidad de tierras no amorti­
zadas que existían—, desconocemos totalmente su funcio­
namiento y si, efectivamente, era el mercado y no otro tipo
de criterios (la costumbre de utilizar las distintas generacio­
nes de una familia, el parentesco, etc...) los que mediaban en
la asignación de la tierra en explotación; es decir, descono­
cemos el grado de mercantilización de este factor, aunque la
movilidad en el arrendamiento constatada por Bernal y yo
mismo sugiere cierta relevancia de la oferta y la demanda en
dicha asignación.
Por otro lado, la libertad de comercio de granos signifi­
caba «la libre disposición de los productos de la tierra»,
eliminando tasas e impuestos tanto municipales como esta­
tales y fomentando un precio único para un mismo pro­
ducto. La creación de un mercado nacional significaba, al
abolir todas las «trabas» que se oponían al comercio inte­
rior, la posibilidad de mercantilizar la producción agrícola y
la asignación de un precio de referencia, al menos, para
aquella parte que no lo hiciera. Parece obvio que con tal
medida, el campesino que ya desde antiguo dependía del
mercado para obtener el metálico necesario para el pago de
rentas e impuestos y algunos artículos imprescindibles, veía
intensificada la monetarización de aquella parte de su eco­
nomía que destinaba al intercambio.
El decreto de 5 de Agosto de 1820 y la subsiguiente
legislación proteccionista de buena parte de la producción
agraria nacional significó, junto a la demanda creciente de
los países industrialmente avanzados, un estímulo decisivo a
la especialización. Qué duda cabe, el crecimiento de las
superficies destinadas a la vid, al olivo y al cereal está rela­
cionada con estas medidas. La aplicación del sistema cereal
se hizo bajo la coartada de propiciar un crecimiento apre-
ciable de la producción, cuando en realidad sólo se buscaba
el crecimiento del beneficio. La expansión de tales cultivos
se hizo a costa de las tierras dedicadas a bosque, monte y
pasto con graves consecuencias para la cabaña ganaderra y
los nutrientes del suelo. Como sostiene Fontana: «Los
defensores de las nuevas fórmulas habían insistido siempre
en que era necesario liquidar las formas de explotación
comunal, que constituían uno de los contrapesos que asegu­
raban la estabilidad de la economía tradicional campesina.
Con ello se ha conseguido, en efecto, que el campesino se
vea obligado a sembrar más. Pero también que tenga menos
capacidad de mantener ganado y, en consecuencia, menos
abono, agravando la caída de los rendimientos que había de
derivarse ya de la simple expansión del cereal a tierras mar­
ginales» (1984, 59). El campesinado andaluz dependía más
de las relaciones mercantiles, tanto el que tuviera tierra
como el que no, habida cuenta que la producción circulaba
ahora con más frecuencia por el mercado y no por otras
redes de intercambio comunitario.
Un impacto quizá más negativo para las economías
campesinas tuvo el cierre de las heredades, puesto que signi­
ficaba teóricamente la pérdida de usos comunales como la
derrota de mieses, derecho de rebusca, rastrojeo, espigueo.
Decimos teóricamente puesto que estos usos junto con los
predios comunales fueron el objeto de una prolongada opo­
sición del campesinado a su privatización o desaparición.
Está por hacer una historia de tales usos, lo que suponían
para los grupos doméstticos campesinos y cuándo y cómo
desaparecieron realmente. Bien pudieron subsistir durante
bastante tiempo como ocurrió por ejemplo en algunas zonas
de Galicial0. En todo caso, de suprimirse efectivamente
10 Aunque la legislación liberal intentó acabar con la derrota de
mieses por medio de varias disposiciones — R.O. de 11 de febrero de 1836
y R.O. de 15 de noviembre de 1853— hasta culminar con el Código civil,
el caso es que el campesinado consiguió manipular en su favor la legisla­
ción para que tal uso subsistiese. El caso estudiado por José María Carde-
obligaron a refugiarse en los montes y dehesas comunales a
los ganados de labor y de carne que poseía el campesinado.
La supresión debió ocasionar también cierta rotura del equi­
librio energético interno de las explotaciones, al desaparecer
el aporte de estiércol que el ganado proporcionaba en el
sistema de derrota de mieses y rastrojeo. Desconocemos,
más allá de algunas referencias al cierre de grandes explota­
ciones (que pudieron hacerlo gracias a su sistema comple­
mentario agroganadero de dehesa y labor) de las que habla
Bernal (1988, 61), el alcance real de esta medida de modo
general y más específicamente para las pequeñas y medianas
explotaciones; pero a medio plazo, la dependencia energé­
tica del exterior comenzó a ser la moneda corriente para
muchas explotaciones campesinas: parte del estiércol debía
ser conseguido en el mercado, cuando hasta entonces no
había tenido precio.
El sistema de laboreo basado en la complementariedad
entre cultivo y ganadería, ciclos de rotación que aseguraban
el descanso de la tierra, la facilidad de acceso a ella, etc...
que tenía su fundamentación última en los campos abiertos
y los usos comunales del suelo y que significaba el sostén de
las economías campesinas, tuvo que adaptarse a las nuevas
circunstancias. Las estrategias del campesinado se orienta­
ron, entonces, hacia la adquisición, en régimen de propiedad
privada, de la tierra para poder así asegurar—al margen del
mercado— el acceso a ella y la reproducción de la explota­
ción y del grupo doméstico. En este contexto debe inscri-

sín es paradigmático: dicho uso comunal pervivió hasta bien entrada la


presente centuria. El autor del trabajo enfoca correctamente la dicotomía
entre ley y práctica social cuando afirma: «¿Cuál es la importancia real de
las continuidades cuando mudan las condiciones de producción y las
normas jurídico-politicas que la rigen, como es el caso del tránsito al
estado liberal? Que a nivel estatal se privilegien nuevas teorías sobre como
contratar o heredar no quiere decir que la práctica real de las personas no
pueda seguir siendo similar bajo la nueva ley... del mismo m odo que los
campesinos de San Martiño siguieron practicando la vieja derrota de
mieses al amparo de las nuevas leyes que la prohibían» (Cardesín, 1990,
280). Véanse también los ejemplos y las conclusiones recogidas por Angel
García Sanz para castilla (1985, 57).
birse la participación significativamente importante de los
campesinos en un mercado de tierras que fue ensanchándose
a través de varias disposiciones que vamos a analizar a
continuación.
La ley de 11 de octubre de 1820 y la legislación posterior
establecieron la supresión de vínculos y mayorazgos, que­
dando los titulares como propietarios privados de sus bienes
que desde esos momentos podían comprar y vender. La
medida, por otro lado, significaba cierto cambio en las
estrategias que históricamente habían utilizado los agentes
sociales para transmitir la tierra y, en definitiva, el patrimo­
nio. Poco es lo que sabemos sobre esta importantísima
medida; sólo disponemos.de los trabajos de Francois Heran
(1981), Colectivo Pérez del Alamo (1988) y sobre todo el
trabajo de María Parias (1989); no obstante podemos ade­
lantar algunas conclusiones derivadas de estos trabajos. Si
se produjeron enajenaciones de los patrimonios vinculares,
se hicieron a largo plazo y no de golpe. Las transferencias de
propiedad no fueron de la envergadura de la Desamortiza­
ción ” . Sabemos, eso sí, que buena parte de las enajenacio­
nes de tierras vinculadas fue debida a la ruina de los vincu-
listas, amparados hasta entonces en la irresponsabilidad
patrimonial. La desvinculación, como medida únicamente
liberalizadora del mercado de bienes inmobiliarios, abrió la
posibilidad de que la tierra fuera una mercancía y de que
tuviera un precio acorde, pero no pudo operar cambios en
las formas de orientación del excedente.
Según muestran los trabajos de Heran y Amparo Ferrer
(1982), parte de los vinculistas y mayorazgos mantuvieron
sus patrimonios, utilizando las posibilidades del nuevo
marco legal de herencia, e incluso los acrecentaron, diversi­
ficando sus estrategias matrimoniales. En cambio muchos de
los casos estudiados en Jaén (Pérez del Alamo, 1988) mues-

1¡ «El volumen tota) de tierras, transmitidas a través de las distintas


ventas de mayorazgos y fundaciones, es — según afirma Maria Parias
(1989, 31)— de 29.770 hectáreas, que representan sólo el 8,3% de la
extensión superficial compravendida en el mercado sevillano. Por lo
tanto, lo contrastado de esta procedencia vincular parece poco significa­
tivo con vistas a explicar la remodelación de la propiedad de la tierra».
tran la fragmentación patrimonial que la medida trajo con­
sigo por deudas y por los propios mecanismos de herencia.
Por tanto, la supresión del régimen de amortización no sig­
nificó fomento alguno de unas formas de producir concretas
y pudo ser utilizado por los distintos grupos sociales para
implementar sus estrategias reproductivas. En este sentido,
un sector dei campesinado pudo utilizar el mercado de tie­
rras para implementar la reproducción del grupo doméstico
bajo régimen de propiedad privada absoluta12.
El acceso a la propiedad privada del campesino-colono
fue una de las vías de campesinización; otra de las más rele­
vantes estuvo en el conjunto de medidas destinadas a «per­
feccionar la propiedad», según la jerga jurídica liberal. Dos
son las que nos interesan especialmente: la supresión del
diezmo y la redención de censos y arrendamientos. La pri­

12 Una lectura atenía del trabajo de María Parias (1989, 269-272)


permite corroborar esta afirmación en una zona a priori poco propicia
para la participación del campesinado en el mercado de tierras como es
Sevilla capital y sus alrededores. La autora mantiene (pág. 332) la coexis­
tencia de «dos mercados de tierra, el de los grandes compradores, de
fuertes inversiones, que se hacen con importantes lotes de tierra y que
sería el decisivo para entender el proceso de transformación de la estruc­
tura de la propiedad en el siglo XIX; y el de los numerosos y pequeños
inversionistas, cuyas normas individualizadas a penas nos ayudarían a
explicar dichas transformaciones...». Al margen de los juicios de valor
que la utopía formula, el caso es que el estudio sobre el origen social de
los compradores que realiza confirma la importante presencia del campe­
sinado: los grupos que ella denomina como asalariados protagonizan 1/3
de las compras totales del sector agrario sevillano; cifra que aumentaría si
añadiéramos algunos pequeños labradores que están subsumidos en la
muy ambigua categoría de «propietarios». El estudio aporta otro dato
significativo; estos grupos campesinos compraron, a lo largo del siglo
XIX, más tierra que vendieron, desmintiendo la hipótesis de la descampe-
sinizacíón masiva de la que tanto se ha hablado. Aún queda en el trabajo
de María Parias un importante grupo de compradores «no identificado»,
mayoritariamente compuesto por individuos cuya profesión no reseñan
las fuentes o de «proletarios» sin mayores precisiones que participaron en
el 62,7 de las compras; es muy posible que muchos de ellos tuvieran un
origen social campesino, lo que explicaría las dificultades ofrecidas por
las fuentes fiscales para localizarlos. Téngase en cuenta además que,
según la autora (pág. 297), el grueso de las transacciones se hicieron sobre
fincas de pequeño tamaño (47%).
mera fue producto más de la presión campesina, que había
dejado de pagarlo prácticamente desde las Cortes de Cádiz,
que de la voluntad legislativa de supresión. Qué duda
cabe, ésta fue positiva para el campesinado que pudo así
retener una parte significativa del producto bruto en su
explotación.
El mismo sentido positivo tuvo, aunque no sólo, para el
campesinado la posibilidad de redimir los censos que pesa­
ban sobre las tierras que ya se poseían o se adquirieron a
través de la Desamortización. Tampoco conocemos mucho
en torno a esta cuestión. Sólo sabemos que la propiedad
transferida por la Desamortización estaba bastante gravada,
siendo éste el mecanismos adecuado para la reunificación de
dominios separados, consolidar la propiedad al levantar el
peligro de embargo y retener en la explotación un porcentaje
aún mayor del producto bruto. En el caso del Antiguo
Reino de Granada, la supresión del Censo de Población fue
una de las vías de expansión y consolidación del campesina­
do en las áreas antiguamente ocupadas por los moriscos
(González de Molina y Sevilla Guzmán, 1991).
Ultimamente la Desamortización ha caído en desgracia
para los historiadores tras un tiempo en que fue la «estrella»
de nuestra historiografía, relegándosele a un puesto secun­
dario en la explicación de los cambios agrarios liberales. Sin
embargo, en Andalucía al menos constituyó uno de los
aspectos decisivos del cambio. Máxime si partimos de que la
Desamortización no sólo fue la venta en pública subasta de
determinados bienes inmobiliarios. En un sentido menos
restrictivo y más correcto, debería definirse como el intento,
frustrado o exitoso, de privatizar en beneficio de la
Hacienda Pública, el patrimonio de las «corporaciones»
religiosas o públicas, Beneficencia, Instrucción Pública,
Patrimonio del Clero Secular y Regular, etc...; pero también
bienes de titularidad común, baldíos de la Corona y «Pro­
pios» de los ayuntamientos.
Pues bien, este proceso no fue del todo negativo para el
campesinado andaluz que pudo retener en propiedad o uso
común una porción importante de los bienes comunales y
municipales; retuvo también, en arrendamiento, buena
parte de los bienes eclesiásticos enajenados e incluso consi­
guió acceder a la propiedad de una parte de ellos. La resis­
tencia del propio campesinado a perder esos bienes y sus
estrategias adaptativas, tendentes a contrarrestar las limita­
ciones que el acceso a los recursos para la subsistencia había
supuesto el nuevo marco legal, lo hicieron posible.
A pesar de los continuados esfuerzos por privatizar este
tipo de bienes prácticamente desde 1813, los Ayuntamientos
—seguramente presionados por los propios vecinos— con­
siguieron retrasar la decisión más allá de los años cincuenta
de la pasada centuria. No obstante, estas medidas, junto con
las Ordenanzas Generales de Montes de 1833, debieron
reducir el aprovechamiento común de los campos a los
terrenos montuosos de titularidad comunal y, luego, pública.
En efecto, como veremos más adelante, desde, las medidas
de fomento de la producción agrícola, había ido tomando
forma jurídica la apropiación de los comunales más fácil­
mente cultivables bajo la forma de «Bienes de Propios»,
siendo objeto —junto a los baldíos de la Corona— de un
fuerte proceso de roturación; de esa forma, el aprovecha­
miento del monte debió constituir el uso más frecuente y
casi único tras la autorización de los cerramientos y la
supresión de los usos ligados al sistema de «campos abier­
tos». No debe extrañar que las comunidades andaluzas cen­
traran sus esfuerzos en la conservación de unos aprovecha­
mientos que no sólo proveían de la energía doméstica
necesaria, sino que suponían una fuente de vegetales y pro­
teínas indispensables a través de actividades de caza y
recolección.
El caso es que las comunidades campesinas lograron
impedir la privatización de las tierras comunales y no perder
el control de los procesos de producción y apropiación del
producto de sus montes, incluso la Ley general de desamor­
tización de 1Qde mayo de 1855, en su artículo 2Q, tuvo que
exceptuarlas de venta. La debilidad estructural del nuevo
estado y de las alianzas sociales que lo sostenían y que
habían hecho posible la Revolución Liberal, desaconsejaban
el enfrentamiento frontal con el campesinado; consecuencia
posible de la medida, habida cuenta de los conflictos conti­
nuos que intentos anteriores habían provocado. En i 859, los
montes pertenecientes a los pueblos suponían todavía casi
una quinta parte de la superficie agraria útil del conjunto de
Andalucía. Bien es cierto que una parte significativa fue
enajenada en pública subasta como consecuencia de las pre­
siones recaudatorias de la Hacienda y de la conveniencia de
algunos particulares, pero casi las tres cuartas partes furon
exceptuadas de venta y permanecieron como montes de titu­
laridad pública hasta entrado el presente siglo13.
Precisamente, el grado de oposición a las medidas priva-
tizadoras marcó en cada zona concreta de Andalucía el
ritmo del despojo definitivo de los bienes comunales:
mediante .una privatización de uso que distó mucho de apli­
carse de manera generalizada y uniforme. Como recoge
Jesús Sanz (1985, 216) fue la aplicación de la Ley de Montes
de 1863 el vehículo privatizador a través de los planes de
aprovechamiento forestal, consumando el primer ataque
serio a los niveles de biodiversidad del monte hasta entonces
reproducidos por el manejo conservacionista que suponía el
aprovechamiento tradicional. En consecuencia, la privatiza­
ción de uso de los bienes comunales se hizo con bastante
posterioridad a la Revolución liberal, justamente cuando
ésta se encontraba plenamente consolidada.
Las tierras más aptas para el cultivo venían siendo
objeto de un continuado proceso de roturación, tal y como
hemos dicho. El carácter comunal de las mismas parece
confirmarlo el propio Saiz Miianés (1973, 446): «Siempre
fueron reputados los bienes de Propios como una masa
común, sin más distinción que la de fincas productivas
cuyos rendimientos se aplican a los gastos concejiles, y fin­
cas no productivas porque se hallan destinadas al aprove­
chamiento común y gratuito de los vecinos»14. El interés

13 Véase al respecto los cálculos realizados por J.l. Jiménez Blanco


(1986,365) y Jesús Sanz Fernández (1985, 224) sobre los distintos catálo­
gos de montes.
14 En el mismo sentido se ha pronunciado más recientemente Artola:
«La distinción entre ambas formas de propiedad (Comunales y Propios)
era meramente circunstancial según se explotasen mediante arriendo o
privatizador del régimen amparó jurídicamente esta usurpa­
ción municipal de la titularidad, pero no pudo hasta 1855
acabar, tampoco, con el uso que los vecinos venían dándole
desde el último tercio del siglo XVIII.
Por cuatro vías diferentes los Bienes de Propios y Bal­
díos fueron finalmente privatizados y no todas fueron per­
judiciales para el campesinado: roturaciones, enajenaciones
efectuadas por los Ayuntamientos para el pago de sus deu­
das, reparto en propiedad o arrendamiento entre los vecinos
y, finalmente, venta en pública subasta. En otro lugar he
abundando sobre la importancia de las roturaciones de bie­
nes baldíos y comunales que fueron la base de la expansión
agrícola del siglo XVIII y que, en buena parte, se hicieron
mediante la constitución de pequeñas explotaciones (Gonzá­
lez de Molina, 1986; Sánchez Salazar, 1988)15. Muchas de
estas roturaciones fueron ilegales, accediendo posterior­
mente a la propiedad gracias a sucesivas disposiciones de
Cortes16.
Debido al empobrecimiento campesino que acompañó
al crecimiento de la población, de los precios y de las rentas
agrarias, se institucionalizó con los Ilustrados el reparto de
las tierras de Propios entre los jornaleros y los pequeños
labradores. Estos repartos también dieron lugar a la consti­
tución de explotaciones campesinas, muchas veces micro-
fundistas, que sirvieron de soporte a las deterioradas eco­
nomías domésticas. Como afirma Christian Mignon (1982,
197), «la repartición de los bienes municipales representó el

fuesen cultivadas libremente por los vecinos o universidad». (Arlóla, 1975,


73 y 74). Sobre esta cuestión tiene mucho interés el trabajo realizado por
Rodrigo Fernández Carrión (1990,108 y ss.) que arroja bastante luz sobre
el asunto.
15 Esto ha sido constatado también por el trabajo de María Parias
(1989, 137) quien afirma que las compraventas procedentes de «repartos»
se hicieron sobre tierras no cultivadas, constituyendo una de las vías de la
expansión de la actividad agrícola.
16 En el trabajo de Fernández Carrión (1990, 639 y ss.) se pueden
encontrar numerosos ejemplos de cóm o los repartos de Propios y Baldíos,
previos a 1855, se convirtieron en definitivos. También se recogen noticias
que dan idea de la frecuencia con que las ventas a censo a pequeños
labradores fueron llevadas a cabo por muchos ayuntamientos andaluces.
vector esencial de los progresos del pequeño cultivo»; este
fenómeno constatado por el autor para toda la Andalucía
Mediterránea, ha sido confirmado por Mata Olmo (1987b)
para las campiñas de Jaén y Córdoba.
Ahora bien, no todo el patrimonio municipal pudo ser
apropiado de esta manera. Una parte sustancial, junto con
los bienes de la Iglesia, sirvieron para disminuir la deuda del
Estado y paliar su bancarrota. En este aspecto, la Desamor­
tización ha sido considerada como la medida más revolu­
cionaria tomada por el régimen liberal, cuando en calidad
lo único que provocó fue —al igual que el resto de las
medidas— la liberalización del mercado de bienes inmobi­
liarios mediante la expropiación, nacionalización y poste­
rior privatización de las mismas. Podría objetarse, no obs­
tante, que la Desamortización no sólo liberalizó sino que
canalizó al hacerse en pública subasta hacia grupos pudien­
tes, sobre todo la burguesía, la propiedad del patrimonio
eclesiástico nacionalizado. Con ello se afirma la intención
inequívoca del legislador de transferir a «manos más
emprendedoras» —la mencionada clase— la propiedad de la
tierra, propiciando con ello la transformación capitalista del
campo español. Esta tesis, que es la tradicional, defendida
por F. Tomás y Valiente hace ya algunos años (1974), no
responde a la realidad. Fueron compradores de origen social
muy diferente los que pudieron participar en las subastas y
no está claro que la desamortización hubiese sido pensada
como un instrumento de transformación de las estructuras
agrarias en un determinado sentido favorable a la gran
explotación o a los ricos labradores y comerciantes, como
había ocurrido en Inglaterra y, parcialmente, en Francia. De
ser ésta la intención, la Desamortización tendría que
haberse hecho de manera diferente en cada comarca o pro­
vincia, puesto que distintas eran sus estructuras agrarias de
partida.
No hace mucho tiempo llamé la atención sobre el carác­
ter rural y modesto de buena parte de los compradores de
bienes nacionales en Andalucía (1991). Díaz Espinosa
(1986) lo ha corroborado para Castilla-León y Aurora
Artiaga (1989) para Galicia; incluso en los trabajos citados
de Mata Olmo y María Parias se pueden encontrar datos
que avalen esta información para Jaén, Córdoba y Sevilla.
Convendría, pues, hablar mejor de una participación de
compradores de origen social bastante heterogéneo que, no
obstante, se podría sujetar a tres modelos básicos para
Andalucía, atendiendo al tipo de comunidad y período de
tiempo en que el proceso tuvo lugar: el primero correspon­
dería a la activa participación de los comerciantes y, en
general, la burguesía urbana, que compraron grandes canti­
dades de predios rústicos, preferentemente de gran tamaño y
volumen de renta, sobre todo en los primeros momentos del
proceso utilizando en buena medida recursos acumulados
en el comercio colonial; a este fenómeno muy bien podría
designársele como «Agrarización u Oligarquización» de la
burguesía mercantil y urbana.
En segundo lugar, la Desamortización constituyó una
buena ocasión para que grandes labradores, propietarios
y/o arrendatarios, ampliaran sus explotaciones o eliminaran
la renta accediendo a la propiedad. Esta vía, que tuvo gran
importancia en los períodos desamortizadores de Mendizá-
bal y Madoz, pudo servir de impulso a un tipo de relaciones
capitalistas basadas en el modelo clásico británico, en tanto
que la agrarización de la burguesía mercantil sólo significó
un «cambio de manos» en la titularidad de una tierra que,
salvo excepciones, siguió arrendándose de la misma manera
que lo hacía la Iglesia. Por último, en la enajenación de un
patrimonio eclesiástico y municipal, que ya había sido
objeto de un intensa parcelación anterior, pudo participar
un número muy apreciable de pequeños campesinos y arte­
sanos, gracias al reducido tamaño de las fincas puestas en
venta y las relativas facilidades de pago. A este fenómeno lo
llamé hace algún tiempo Campesinización.
En este trabajo he tratado de mostrar, por tanto, que tal
proceso de campesinización fue uno de los resultados
—quizá no deseado— del conjunto de reformas que acom­
pañaron a la Revolución Liberal. Tal proceso se hizo,
esquemáticamente, por las siguientes vías: A) mediante el
acceso a la propiedad de pequeños colonos; B) mediante la
constitución de nuevas propiedades pequeñas; C) a través de
la redención de censos y eliminación de rentas que pesaban
sobre la explotación campesina, reduciendo la cantidad de
producto bruto retenido en sus manos (diezmo, derechos
señoriales, etc...); D) manteniendo el grueso de las tierras de
uso común, bien que reducidas al monte y bajo titularidad
pública desde 1855; y E) gracias a la pervivencia del pequeño
colono-arrendatario, habida cuenta la actitud absentista de
los compradores urbanos de fincas rústicas y la persistencia
de la gran propiedad de renta que salió indemne de la lla­
mada Reforma Agraria Liberal.
Las cifras que arrojó la encuesta de 1858 sobre el porcen­
taje de propietarios y arrendatarios existentes entonces en
Andalucía, resultan significativas si se comparan con las de
finales de la centuria anterior (véase tabla adjunta).

Relación entre Propietarios y colonos en Andalucía

1799 1858

Prop.% C olo.% Total Prop.% Colo.%. Total

Jacn 16,1 83,9 100,0 76,4 23,6 100,0


Córdoba 25,4 74,6 100,0 83,7 16,3 100,0
Almería 85,8 14,2 100,0
G ranada* 49,9 50, i 100,0 69,9 30,1 100,0
Málaga 77,2 22,8 100,0
Cádiz 77,2 22,8 100,0
Huelva 88,8 11.2 100.0
Sevilla* 27,9 72,1 100,0 78,4 21.6 100.0

Andalucía 38,4 61.6 100,0 78,8 21,2 100.0

* G ranada incorporaba en 1799 las actuales provincias de Alm ería y M álaga, y el


reino de Sevilla las de Huelva y Cádiz.
Fuente: A .M . Bernal, 1981, 283.

Ahora bien, con campesinización queremos significar


que el cambio liberal, lejos de reducir o eliminar, consolidó
bajo nuevas form as la explotación campesina; pero en modo
alguno debe deducirse de esta afirmación que ello constitu­
yera un obstáculo a la penetración del Capitalismo en el
campo andaluz. Lo que quiero decir es que la Reforma
Agraria Liberal no fomentó, frente a las intenciones de los
legisladores, la penetración del Capitalismo en base a la
gran explotación, característica del modelo británico.
Parece razonable pensar, no obstante, en que esta «vía
campesina», significaba un proceso mucho más lento, dadas
las características específicas de la pequeña explotación. En
tanto que la vía británica implicaba un cambio significativo
en el proceso de trabajo y en las relaciones de producción
gracias a la separación casi absoluta entre el trabajo y el
capital, la vía campesina requeriría un camino más largo y
costoso para realizar dicha separación. Este proceso, debe
entenderse, en sintonía con lo expuesto por Van der Ploeg
(1990, 277) y Henri Berstein (1981, 23), como consecuencia
del proceso creciente de mercantilización o de subsunción
del proceso de trabajo campesino17.
A mi modo de ver, dos claves contribuyen a comprender
este resultado «inesperado» (o ¿inesperado para nosotros?):
la escasa presión hacía la transformación de las estructuras
feudales que existían en el campo andaluz y la consagración
del derecho absoluto de propiedad privada, que fue utili­
zada por el campesinado dentro de sus estrategias reproduc­
tivas. La liberalización de los factores de producción y dis­
tribución que tales medidas supusieron trajo como conse­
cuencia la desaparición parcial del sistema tradicional de
campos abiertos y aprovechamiento comunal. Con ello la

17 Con la mercantilización de todo el proceso de producción y


reproducción, el campesino se ve privado en la práctica del control de los
medios de producción convirtiéndose en un mero prestatario de fuerza de
trabajo. La diferencia entre el coste de los inputs y la venta de la cosecha
constituye la remuneración de dicha fuerza de trabajo, independiente­
mente de su valor real. Hemos de reconocer que el campesino, así subsu-
mido al Capital, no resulta el típico asalariado; pero creo que representa
una variante en la que el plustrabajo es extraído a través del mercado; lo
que ocurre es que el capital ha externalizado parte de la reproducción de
la fuerza de trabajo, repercutiéndola sobre la propia economía doméstica
campesina. Pues bien, esta via de penetración del Capitalismo implicaría
primero la subordinación de la explotación campesina al mercado a tra­
vés de la mercantilización de la producción para ir apoderándose poste­
riormente del proceso de trabajo, mediante la progresiva concurrencia del
campesinado al mercado para adquirir en él cada vez mayor parte de los
inputs (tecnología sobre lodo) necesarios.
organización económica de la comunidad tradicional no
sufrió alteraciones fundamentales pero sí significativas
como consecuencia de las leyes de cerramientos, de la priva­
tización de una parte de los bienes y derechos comunales y
de la mercantilización de la tierra. Aunque el campesinado
consiguió retener parte de las fuentes tradicionales de apro­
visionamiento de energía endo y exosomática (combustible
para el hogar, alimentación de los animales de tiro, caza y
recolección, etc.) vio limitado seriamente los usos com una­
les (rebusca, espigueo, pastoreo, derrota de mieses, etc.) y
cada vez resultó más difícil el acceso a la tierra, que antes
controlaba al menos en arrendamiento. El despliegue de las
estrategias-de aprovechamiento múltiple de! medio se vio
entonces dificultado, obligando a las unidades domésticas
campesinas a considerar la explotación agraria como la
fuente esencial de subsistencia.
Estas nuevas circunstancias llevaron al campesinado a
redefinir sus estrategias reproductivas: asegurar el acceso a
la tierra, preferentemente en propiedad, profundizar en la
especialización productiva y reorientar las tradicionales
prácticas «multiuso» (Víctor Toledo, 1989, 3) hacia la diver­
sificación de los ingresos a través del mercado. Este último
fenómeno llevó a comportamientos pluriactivos de la unidad
doméstica, agudizados a medida que la presión del mercado
se hizo mayor (González de Molina y Martínez Martín,
1990). Muchos de los productos necesarios para la subsis­
tencia eran ahora mercancías, sometidas además a fluctua­
ciones en los precios; la manera en que podían adquirirse,
esto es, mediante un uso creciente del dinero, impulsaron al
campesinado a especializar su producción. No sabemos
mucho sobre esta cuestión, pero podemos afirmar que la
especialización y ruptura del policultivo tradicional se había
producido ya antes, de manera desigual pero generalizada
en toda Andalucía (González de Molina y Gómez Oliver,
1983). Los cambios agrarios liberales sólo acentuaron esa
tendencia.
Del mismo modo, la propiedad o control de la tierra
resultaba absolutamente esencial. Sabido es que uno de los
elementos claves para el desarrollo de las estrategias campe­
sinas es el control que las unidades domésticas ejercen sobre
los medios de producción, sobre la tierra, sobre los saberes
y, en general, sobre el proceso de trabajo; de todo o de parte
de los mecanismos de reproducción. Lo esencial es la posibi­
lidad de que el grupo doméstico planifique su futuro de
reproducción sin un horizonte de incertidumbre respecto a
los medios de producción entre los cuales la tierra juega un
papel esencial, habida cuenta el bajo nivel de desarrollo de
¡as fuerzas productivas. En este sentido la propiedad de la
misma puede constituir un elemento fundamental que ase­
gure dicho control sobre la condición principal del proceso
de trabajo. Este objetivo llevó al campesinado andaluz no
sólo a comprar —a través de la desamortización, desvincu­
lación y, en general del mercado— tierras, sino también a
roturar los baldíos, constituyendo el agente principal
—como hemos visto— de la expansión de la actividad
agrícola18.
Con ello, el manejo tradicional que hacía el campesinado
de la naturaleza se vio distorsionado. La heterogeneidad
espacial se redujo sustancialmente, dando lugar a procesos
de roturación y deforestación que, junto a la especialización
productiva, debieron reducir la diversidad biótica del medio
rural andaluz. La explotación campesina aumentó los flujos
económicos con el mercado a la vez que reducía los flujos
con la naturaleza, incrementando la producción de valores
de cambio sobre los de uso.
No obstante, el Capitalismo español y andaluz, dadas
sus limitaciones, no transformó la totalidad del proceso de
trabajo campesino: el grueso de la fuerza de trabajo siguió
siendo familiar u obtenida por las redes de parentesco y
ayuda mutua; los medios de trabajo y los saberes pudieron
mantenerse aún en el seno del grupo doméstico; porque el
aporte de inputs externos siguió siendo mínimo: la fuente
básica de energía continuó siendo humana y animal (aunque

18 Dado que no pudo acceder a la propiedad territorial de la Aristo­


cracia terrateniente, que como vimos quedó en sus manos tras la aboli­
ción de los señoríos, y parte de los bienes de la Iglesia fueron a parar a
grupos adinerados de las ciudades.
quizá pudo producirse cierta dependencia del mercado en
cuanto al estiércol, habida cuenta de la reducción cuantita­
tiva del ganado); y los sistemas de rotación y descanso
siguieron prácticamente inalterados. Por tanto, el mercado
se «apoderó» únicamente de una porción importante de la
tierra y de los outputs de las explotaciones campesinas, con­
siguiendo por esa vía (y por los nuevos impuestos) la subor­
dinación (formal) de la explotación campesina al capita­
lismo. De la Revolución Liberal el campesinado salió refor­
zado numéricamente, aunque, claro está, reorganizando
bajo bases relativamente distintas las formas tradicionales
de usar y apropiarse de la naturaleza.

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9. UNA PROPUESTA DE INTERPRETACION DE
LA HISTORIA DE LA AGRICULTURA
ANDALUZA DE LOS SIGLOS XIX-XX

Antonio Miguel Bernal

Reconozco que venir a Córdoba a este tipo de reuniones y


de coloquios para mí tiene una ventaja y es que ya empieza
uno, más que a enseñar, a aprender. El poder charlar con las
personas que hay en la ciudad de Córdoba, con los jóvenes
investigadores que aquí se reúnen, me viene dando pautas, me
permite forjar opiniones, ideas, y someter a crítica aspectos
que uno viene considerando y, en muchos casos, aprender
cosas, muchísimas cosas nuevas. Es un poco ésta mi actitud.
Es verdad que sigo trabajando y que el tema agrario me
tiene preocupado sobre todo porque para mí está supo­
niendo, en estos últimos años, los 3 ó 4 últimos años, una
especie de reflexión general no sólo de lo que yo he hecho,
sino de lo que han hecho también nuestros colegas y com­
pañeros. Esto supone abrir nuevas perspectivas y también
está cambiando un poco mi propio planteamiento. En prin­
cipio, pienso que por lo que se refiere a la historia agraria en
Andalucía y, en general, en España, pero sobre todo a la
historia agraria andaluza, en el sentido de la agricultura y de
los movimientos sociales, hemos cometido un defecto gene­
ral que viene arrastrándose desde hace tiempo y en el que
hemos caído prácticamente casi todos hasta el momento
actual, y es la pretensión de querer explicar todo lo que
ocurre desde la propia Andalucía y desde la propia
agricultura.
Si vosotros recordáis en estos momentos y hacéis un
rápido ejercicio de memoria de los trabajos más significati­
vos desde hace 70 ó 100 años sobre el mundo rural andaluz,
veréis que siempre se ha intentado explicar, como hoy se
dice, por razones endógenas, los problemas del campo anda­
luz. Se plantea y se trata de justificar, aclarar y comprender,
en último término, que es el objetivo final del quehacer
histórico, pero siempre desde la perspectiva exclusiva, unila­
teral y unitaria de la propia Andalucía. Son pocos los estu­
dios que han hecho, tanto en el campo de la economía agra­
ria como en el de los movimientos sociales o los movimien­
tos campesinos, una especie de excurso fuera, en términos
más amplios, para contrastar y comprender lo que estaba
pasando realmente aquí.
En este sentido os puedo adelantar que uno de mis cam­
bios estratégicos en la investigación ha sido, precisamente,
dar entrada al análisis de la historia comparada. Considero
que aquel esquema, o las conclusiones a las que yo había
llegado desde el campo de investigación en el que me movía,
me resultaba muy insatisfactorio. Tampoco los intentos
comparativos, en términos agrarios, que se han hecho en la
propia España son muy válidos. El caso castellano difiere,
de alguna manera, del fenómeno andaluz, de tal forma que
cuando hablo de historia comparada me refiero a aquellas
zonas y a aquellas áreas de la agricultura europea que tie­
nen, o que se piensa que puedan tener, unas connotaciones
más similares a las andaluzas o bien a aquellas donde, pudie­
ron haberse dado, o se dieron, procesos y fenómenos que
luego, más tarde, se repetirían en Andalucía o no se repeti­
rían o que fueron coincidentes o divergentes, etc. Así, pues,
he tenido que leer y empezar un poco, a investigar, aunque
eso es prácticamente imposible todavía a un investigador
español, sobre un país distinto de España. Sólo enterarme
un poco mejor de lo que ha ocurrido en esas otras agricultu­
ras o bien, incluso, si acotamos un período, como en este
caso, que es el período de la Restauración y de la República,
es decir, el período desde 1872-73 hasta los años 30 del siglo
XX, intentar ver un poco qué ha ocurrido también en la
agricultura europea o en la agricultura mundial acorde a los
comportamientos generales, etc.
Así, pues, la historia comparada pienso que nos puede
ayudar un poco a nivelar este tipo de cuestiones. Y luego
hay también otro aspecto importante que lo he hecho opera­
tivo en mí investigación, y es un aspecto al que me parece
que tampoco se le había prestado demasiada atención. Es
una cuestión casi olvidada; el papel y la responsabilidad del
Estado. Es decir, nos hemos preocupado tanto de los estu­
dios sectoriales, regionales, y sobre todo en estos últimos
tiempos, hemos estado tan inmersos en querer estudiar las
cosas por sí mismas, en su propia situación, que hemos
olvidado algo muy importante y es que el Estado español
era un Estado centralista, fue un Estado centralista impor­
tante, pero más que centralista, político; ha sido siempre un
estado tremendamente intervencionista y la tradición del
intervencionismo del Estado en un sector como la agricul­
tura, es secular, muy vieja. Así pues, en un Estado que no
define o que no ha definido con nitidez casi nunca una clara
política agraria, es difícil definir unas líneas directrices, no
hay unas matrices donde encajar las actuaciones. Sin
embargo, contrasta con el papel intervencionista en el sector
agrícola, en la agricultura en general, y esto pienso que seria
conveniente, por lo menos, analizarlo. Estas serían, a mi
modo de ver, pues, otras de las novedades o de las inquietu­
des que a mí me mueven en este momento en el ámbito de la
investigación.
El resultado al ampliar un poco la base del tipo de análi­
sis, la comparación por un lado, los estudios comparados
con otras agriculturas, el estudio del papel del Estado, etc.,
me lleva a la situación en que me encuentro en el momento
presente, en el que más que respuestas lo que tengo son
preguntas, muchas preguntas, y no tengo respustas ni con­
testación para ellas. Algunas preguntas son nuevas, o por lo
menos para mí lo son, aunque trato de ver si alguien antes
que yo, o colegas míos, se están ocupando de esas cuestio­
nes. A lo mejor resulta que la pregunta es una tontería, pero
a mí, en cierta manera, esto no me preocupa; no me inquieta
el que uno pueda hacer una pregunta que resulte quizá
improcedente. Pienso que es preferible un poco hacer esta
heurística interrogativa de plantearse problemas, preguntas;
y ¿por qué no esto?, ¿y por qué aquello?, ¿y cómo pudo?,
etc., y reactualizar nuestro programa de preguntas, investi­
gaciones tan importantes, de primera mano, que puedan
decir, que nos estén solventando, todos las cuestiones plan­
teadas. Queda indudablemente mucho por hacer.
Es verdad que el período de 1870 a 1930 ha conocido en
los últimos 8 ó 10 años, quizá un poco menos, aportaciones
significativas, y que se han hecho trabajos realmente impor­
tantes. Considero que esto es algo que hay que constatar en
todos los sentidos; trabajos del Grupo de Historia Rural, por
ejemplo, sobre las estadísticas económicas, agrarias, de
España, son una aportación importante; delimitada, pero
importante. Qué duda cabe que recuperar lo que ha sido la
evolución de la superficie o de la producción y las conse­
cuencias que de ahí se pueden sacar es una aportación que
hay que agradecer porque se nos han enmarcado unos ele­
mentos de base significativos. Pero qué duda cabe que tam­
poco éstos son los únicos elementos (en el fondo, en un
análisis complejo, no pasan de ser simplemente dos varia­
bles) pero se ha hecho la luz, como se ha hecho también la
luz en el intento de actualizar la visión de la crisis, llamada
finisecular, en España, que no se sabía muy bien lo que era y
que por el trabajo de Ramón Garrabou y de algunas perso­
nas que como él se han preocupado de estos temas, empe­
zamos ya a tener unas visiones más claras y unos perfiles
más nítidos y definidos. Y pienso que quedan tantas cues­
tiones significativas, en una visión o en un intento de com­
prensión global que, como digo, son más las preguntas que
las respuestas.
Este es un poco el sentido del por qué yo he aceptado
venir aquí esta mañana a estar con vosotros. En realidad, os
voy a exponer un tipo de cuestiones apenas formuladas.
La primera es la de conceder el beneficio de la duda a uno de
los componentes más denigrados del sector agrario que es la
patronal. Hasta ahora siempre que hemos estudiado el sec­
tor agrario, a la patronal, por principio, nos la hemos qui­
tado de enmedio de una manera muy elemental: con descali­
ficativos como que eran mala gente, los responsables de la
represión, con mala voluntad en modernizar la agricultura y
vinculados a eso que se llamó, en fin, el grupo oligárquico de
poder. Esquemas que se cogieron de los catecismos marxis­
tas de peor especie y que se aplicaron sin criterios, aunque
durante unos años aquello permitió, momentáneamente, a
los historiadores poner un poco de orden en las cosas; pero
después se vio que empezaba a hacer casi tanto daño como
las pocas luces que había arrojado.
Y en este sentido, pienso que merece la pena, como digo,
concederle el beneficio de la duda e intentar comprender, o
analizar, el problema de la cuestión agraria desde la perspec­
tiva de la patronal. Y en este sentido, me voy a fijar funda­
mentalmente en dos o tres cuestiones. Tengo aquí un trabajo
que es un avance de lo que preparo; lo he traído para tener
datos a mano y nada más. Voy a dar los datos mínimos,
muy sintéticos y muy elementales, para que el discurso sea lo
más claro posible a efectos de diálogo, de discusión o de
crítica.
Entre 1870 y 1872-74, y hasta los años 30, efectivamente,
la agricultura española y, por supuesto, la agricultura anda­
luza, conoce un proceso de transformación; un proceso que
podría equivaler a lo que va a ser el de una reconversión o de
una modernización agrícola, no se sabe si inconclusa o no.
Sabéis los problemas planteados: competencia de los trigos
extranjeros, la modernidad que suponía la introducción o la
sustitución del factor humano, del elemento trabajo por
capital, es decir, la mecanización, los excedentes de mano de
obra que el campo empieza a arrojar en cantidades ímpro­
bas en la Europa agrícola de este tiempo, el problema de
los precios agrícolas; en fin, toda esta serie de cuestiones
provocaron esos 30 ó 40 años de la llamada, en términos un
tanto imprecisos, la crisis finisecular agraria.
Si tratamos nosotros muy simple y esquemáticamente de
sintetizar cuál fue la línea argumental y los criterios de la
patronal en Andalucía, podemos reducir prácticamente a
dos cuestiones los aspectos fundamentales de la crisis.
Para ellos el problema de la crisis se planteaba en términos
de salario y de fiscalidad. Tanto uno como otro me han
resultado sorprendentes después de que nos hemos preocu­
pado de ir recogiendo los escritos, textos, memorias, publi­
caciones de prensa, etc., de lo que había sido la actuación de
la patronal andaluza.
Que los grandes propietarios se quejasen precisamente
en relación con esos dos elementos, que frenaban el proceso
de modernización y de reconversión debido a la fiscalidad y
al problema de los costes productivos, choca con la imagen
tradicional que hasta ahora teníamos: porque se pensaba
que tradicionalmente la agricultura no había prácticamente
participado nada, en términos fiscales, en la renta nacional,
y que la participación por vía contributiva había sido escasí­
sima o nula; en segundo lugar, parece ya casi una ironía
hablar de que los costes salariales tuvieran incidencia en el
proceso de modernización agraria cuando la visión tradi­
cional obtenida de la historia social andaluza, era que lo
normal fuese el estancamiento y los bajos salarios, el nivel
de pauperismo y de deterioro de las condiciones de los tra­
bajadores agrícolas. Hacer uso de estos dos argumentos
solamente se podría considerar o como un ejercicio o como
un alarde de cinismo por parte de la patronal. O bien, por el
contrario, merece la pena intentar un poco parar las cues­
tiones y ver realmente lo que había dejado de todo esto. En
fin, vamos a empezar por lo de la fiscalidad, rápidamente, y
voy a decir cómo yo veo en estos momentos el problema, a
la luz de los pocos trabajados disponibles, aunque hay algu­
nos en marcha como ahora señalaré y cómo se plantea la
cuestión en ellos.
La cuestión es que hasta muy entrado el siglo XIX,
parece que el Estado percibe la mayor parte de sus ingre­
sos, de la agricultura y, que en términos comparados, la
agricultura tenía, en la composición de los ingresos del
Estado una mayor representatividad que la industria. Así
pues, si había alguna excepcionalidad fiscal, en términos
siempre comparados y relativos, sería a favor de la indus­
tria. Esto no es nada nuevo; curiosamente esto lo había
planteado nítidamente D. Antonio Flores de Lemus, cuando
se va a hacer la reforma fiscal, ai poner de manifiesto que en
el proceso del desarrollo del capitalismo en España, desde
finales del siglo XVIII y principios del siglo XIX hasta fina­
les del siglo XIX y principios del siglo XX, en realidad, la
agricultura, al contrario de lo que había ocurrido rápida­
mente en otros países, seguía manteniendo el principal peso
contributivo o tributario en nuestro país en relación con la
industria. La reforma de 1845, la manera en que fue conce­
bida en términos fiscal y tributario, era una reforma que se
tenía que haber hecho en 1754, cuando se planeó por el
Marqués de la Ensenada y se aplicó exactamente 100 años
más tarde. Y el resultado ¿cuál fue?: que en términos compa­
rados, tanto los sectores servicios como los sectores indus­
triales quedaban minusvaiorados, es decir, con menor peso
en proporción a la agricultura a la hora de sostener las
cargas del Estado por vía contributiva o por vía tributaria.
Se puede esto comprobar. Hay datos de que la presión
fiscal en el campo había sido importante y además hay
datos suficientes. Un indicador de carácter general, que nos
ha servido todavía poco es la estadística que se hizo a finales
del siglo pasado sobre la cantidad de fincas enajenadas por
la hacienda pública por impago de contribución. El número
de fincas enajenadas por impago de contribuciones en nues­
tro país fue verdaderamente muy considerable, puede
ascender a varios millares: había cantidades impresionantes:
en Albacete 11.000 fincas, 2.000 y pico en Alicante, 6.000 en
Almería, 7.000 en Badajoz, 1.200 en Cáceres, 11.000 en
Guadalajara, 25.000 en Cuenca, 8.000 en Huesca, 12.000 en
Jaén, 15.000 en Logroño, 14.000 en Madrid, 8.000 en Paten­
cia, 13.000 en Teruel, 20 y tantas mil en Zaragoza, etc.
El fenómeno de la cantidad de fincas, de tierras que
pasaron a propiedad del Estado, supuso casi una tercera
desamortización porque estas tierras luego fueron vendidas,
y vendidas en pública subasta, a finales del siglo XIX y
sobre todo en las primeras décadas del siglo XX. Este fenó­
meno no fue exclusivo de España, sino que fue bastante
generalizado, sobre todo, en las zonas de los países medite­
rráneos. Sabemos, y ésto lo he podido comprobar con algu­
nos colegas italianos, que el fenómeno fue exactamente igual
para Italia y que afectó a una parte importante de la agricul­
tura italiana. También a otras zonas: Grecia, Portugal, y
algunas zonas francesas del sur, etc. La cuestión es y Anda­
lucía ¿cómo figura en este término? Andalucía muy poco,
precisamente de todas las regiones y de todas las provincias
españolas las que tienen los índices menores de fincas adju­
dicadas a la hacienda por débitos contributivos son preci­
samente la mitad de las provincias andaluzas: en Sevilla
1.000, en Córdoba 390, en Granada 570, es decir, están en el
último término del escalafón. Y se sabe por qué. En realidad
se sabe que todas las fincas, es decir, los problemas de
impago derivados de la presión fiscal afectaron sobre todo,
a zonas del minifundio, a aquellas zonas que se vieron, por
ejemplo, afectadas de la filoxera, donde los cultivos queda­
ron completamente arrasados, o bien zonas de cultivos
extensivos marginales, como en el caso de Albacete, de
Teruel o de-Guadalajara donde, en una etapa como ésta, de
crisis por competencias de las importaciones trigueras y
otros productos de esta naturaleza, todas estas tierras mar­
ginales en las que se había centrado la expansión final del
XVIII y de principios del XIX, carecía de sentido seguir
cultivándolas. Muchos de los pequeños propietarios dejaron
de pagar sistemáticamente la contribución y, finalmente, el
Estado se las terminaba adjudicando por impago.
Así, pues, podría argumentarse de alguna manera que
este dato, el dato de las fincas adjudicadas por el Estado por
los débitos contributivos, no era tanto reflejo de la presión
fiscal como reflejo, probable, de esas transformaciones que
se estaban produciendo en el sector agrario como conse­
cuencia de la reconversión introducida por la crisis finisecu­
lar. Pero sin embargo, no es del todo así. En parte, esa línea
argumental la podemos mantener como válida, pero habrá
que investigarla. Tenemos datos sobre el otro argumento, a
saber, que la presión fiscal neta sobre la agricultura era
fuerte en términos reales y en términos relativos en la agri­
cultura española a finales del siglo XIX y principios del siglo
XX. Si convertimos en términos de pesetas constantes de
1980 lo que pagaba por contribución, una hectárea de tierra
en 1930, es decir, casi al límite justo del final del período que
estamos analizando, podríamos concluir que la media en
Sevilla según mis cálculos es que en 1930 se pagaba entre 15
y 18 veces más que en 1980; es decir, que la carga tributaria
de I ha. de tierra en 1930 era 15-18 veces superior a la carga
tributaria de 1980. Esto es muy duro admitirlo, como podéis
suponer, porque va muy en contra de la imagen que se tenía
del peso de la agricultura, de la participación de los grandes
propietarios en el sostenimiento de las cargas del Estado.
Bueno, pues si ésto es así, ¿tendría cierto fundamento la
queja de los grandes propietarios de que ellos no podían
modernizar, o de que encontraban dificultades en la moder­
nización para poder competir con las agriculturas europeas
por razones fiscales? La agricultura española y, en particu­
lar/la andaluza, tenían que modernizarse, hacer inversiones,
transformarse, para competir y decían que uno de los fre­
nos, que impedía esa modernización, que impedía competir
era precisamente la alta carga fiscal, que recaía sobre nues­
tras explotaciones agrícolas. Si vemos, en términos compa­
rados, qué ocurría en Europa, ésto todavía resulta más evi­
dente porque la imagen, que hoy subsiste, de que la
agricultura es un sector inválido y que, por lo tanto, ha de
ser ayudado, es decir, que hay que ponerle muletas (el sector
que tira de la economía es el sector industrial y de servicios)
y que la agricultura es en realidad un sector un poco muti­
lado, esa imagen se configura ya en la Europa de fines del
XIX y principios del XX. Inglaterra mantiene una política
blanda, en términos fiscales, y mantiene lo que se llama
actitud asistencia! respecto al sector agrícola desde los últi­
mos años del siglo XIX. Alemania lo hace también precisa­
mente por esta misma fecha. Casi ningún país europeo
avanzado veía ya en la agricultura una fuente fundamental
de riqueza desde el punto de vista de ingresos tributarios; al
revés, se consideraba que era un sector al que había que
empezar a prestarle asistencia y al que había que prestarle
ayuda. Por el contrario en España nos encontramos que la
agricultura, a fines del siglo XIX y principios del XX, es
cuando parece que está conociendo la mayor ofensiva fiscal
que hasta entonces se había dado.
En efecto, ¿por qué esta ofensiva fiscal? Pues simple­
mente porque hasta los últimos años del siglo XIX no se
lleva a cabo el inició del catastro. Se intentó hacer el
catastro en el XVIII y, como saben, la operación resultó
fallida y se abandona. Durante un siglo el sector agrícola, en
términos fiscales, funcionó con los amillaramientos y con
unas valoraciones que se establecían por Juntas Consultivas
Locales, muy singulares, a la hora de valorar la base liqui­
dable de los impuestos. El intento de crear un catastro en el
sentido moderno, es decir, un catastro topográfico acompa­
ñado con la memoria de cada una de las fincas elaborada
por una Junta Técnica y que era lo que establecía unas bases
reales de tributación, no se mpezó hasta 1898, y como sabéis
se tardó muchísimo tiempo en hacer: todavía no está del
todo terminado el catastro en España casi un siglo después.
La implantación del catastro topográfico los propieta­
rios la consideraron como una actitud de voracidad fiscal.
Los grandes propietarios, hasta entonces, habían estable­
cido las bases liquidables de sus impuestos en unas Juntas
Consultivas Locales que ellos controlaban; al ver que el
Estado en 1890 y 1900, 1910, 1920 se empeña en seguir
adelante y sacar el catastro, lo consideraron como medio
para incrementar la presión fiscal; los grandes propietarios,
así lo entendían, pero también los pequeños, porque ya
hemos visto la cantidad de ellos que se fueron un poco al
garete por razones de impago de contribución. Ahí hay un
tema importante. Me podéis contestar, cosa que se podrá
ver en la discusión, que los grandes propietarios trataron de
eludirlo con cantidad de trampas, de falsedades, pero no
importa; lo que sí es interesante es que el Estado había
empezado a crear ya una cuadrícula y empezaba a cerrarles,
de alguna manera, la malla, y sobre todo, sorprende esa
actitud recaudatoria con fines tributarios por parte del
Estado.
Lo que se convertía en un obstáculo para la agricultura
española para competir con las agriculturas europeas no era
tanto la carga tributaria, la contribución territorial, como
otros tipos de impuestos que éstos sí que gravaban fuerte­
mente a la agricultura y, sobre todo, la gravaban en el punto
más débil que tenía en aquellos momentos que era en el de
los precios. Ya sabéis que a la llamada crisis finisecular lo
que la caracteriza es una tendencia mantenida de caída de
precios. Los precios agrícolas empezaron a caer y ese des­
censo generalizado se mantuvo algunas décadas, de manera
casi ininterrumpida. Así pues, cada vez más las agriculturas
más agresivas ofertaban productos agrarios cada vez más
baratos. Para poder contrarrestar esta actuación, la agricul­
tura española tenía también que ofertar productos baratos u
obligaría al Estado a llevar una política de naturaleza pro­
teccionista que tendría que ser casi prohibicionista, para
poder más o menos mantener el desarrollo de la propia
producción nacional.
Pues bien, en España había un tipo de impuesto que
gravaba precisamente el consumo y que repercutía de
m anera\ptom ática sobre el precio final: era el dichoso
impuesto de consumos. Una de las innovaciones que se
introducen con dicho impuesto es que los productores, los
propietarios, también veían gravado en cuanto productores
precisamente sus productos agrícolas. Así pues, sobre la
agricultura podríamos decir que, a finales del siglo XIX o
principios del siglo XX, había como dos garras que presio­
naban en términos fiscales: la contribución territorial, que se
estaba actualizando como consecuencia del desarrollo y
avance del catastro topográfico que entonces se llevaba a
cabo, y, en segundo lugar, como consecuencia del manteni­
miento y la perseverancia de los impuestos al consumo, el
llamado impuesto al consumo, que afectaban a los dos
aspectos, tanto al consumidor directo como al productor y
que, en último término, repercutía en el precio de los pro­
ductos agrícolas; precio que los obligaban a subir y que
indudablemente todavía los descolocaba, en términos com­
parados y competitivos, en relación con el precio de los
productos agrarios europeos? ¿Merece la pena estudiar ésto?
¿Merece la pena considerar las quejas que daban los propie­
tarios? El tema está ahí y, la verdad, es una cuestión que
merece la pena recoger. Pienso que algún día se tendrá que
hacer.
Ya digo que este tema específico de la tributación se está
haciendo, pero no es el único. Si nos atenemos a un ele­
mento tan importante como es el de la motorización del
campo, en un país como el nuestro, que carece de carburan­
tes, no hay gasolina, no hay gasoil y se tiene que importar,
era decisivo el precio al que los agricultores habrían de
adquirirlo y en ello influía de manera decisiva el recargo
fiscal del Estado. Según una representación hecha por terra­
tenientes sevillanos el Consejo de Ministros, en términos
comparados a un agricultor norteamericano, en 1910, le
llega la gasolina, los 100 litros me parece que a 14 pesetas; a
un alemán le llegaban a 16 ó 17; a un inglés a 18; a un
francés a 21 ó 22... a un español le llegaba aproximadamente
a sesenta y tantas pesetas y a un portugués prácticamente
casi a la misma cantidad.
El otro punto de la patronal lo tocaré al final porque es
el tema de la Reforma Agraria; lo analizaré brevemente en la
época final. Pienso que merecería la pena conocer no 1..
visión únicamente de las organizaciones obreras, sino anali­
zar también la visión del tema de la Reforma Agraria desde
los propietarios.
El alza salarial es la segunda cuestión importante. El alza
de los costes de producción es otro de los temas que la
patronal andaluza había señalado como elemento que frenó
el proceso de modernización e impidió poner a punto en
término competitivo la agricultura andaluza en relación con
otras europeas. Esto nos parece difícil de aceptar, en líneas
generales, por cuanto todo el período que analizamos desde
1870 hasta 1936, la República incluida, son numerosos los
informes de todo tipo (escritores, periodistas, sociólogos,
etc.) que hablaban continuamente del hambre en Andalucía,
de la miseria, del pauperismo... Eso quizá llevó a alguno a
hablar de una especie de estancamiento salarial, de la escasa
capacidad del poder adquisitivo de los salarios y que si
subían algo eran en términos nominales pero no en términos
reales.
El valor medio de los salarios agrícolas entre 1850 hasta
1870, no llegada al 0,60-0,70 pts. más o menos. Esto es en la
provincia de Sevilla y en la zona de La Campiña, para que
tengamos una idea. Son salarios medios; ya sabéis que el
estudio del salario es algo muy complejo, pues lo mismo se
computa el salario de escarda que el de siega o el salario de
trilla, que es mucho más alto. Si entre 1850 y 1870 era de
0,60 o no llegaba a 0,70, la media entre 1890 y 1906 se sitúa
en torno a 1,30 y 1,40, más o menos. Ya digo que ésto puede
variar de unas comarcas a otras, de unos tipos de cultivos a
otros; no será lo mismo en la Sierra. Hay que hacer más
estudios. Y para el periodo que va entre 1915 y 1922 la
media se sitúa ya en torno a las 4 pesetas, 4,10, 4,20, 4,25.
Asi pues en el período de 1850-60 los salarios pasaron de
0,60 pesetas a 1,40, ó 1,45 a principios del siglo XX, y en
torno a las cuatro pesetas aproximadamente hacia el inicio
de la Dictadura de Primo de Rivera. Como sabéis, la Dicta­
dura supuso un realce también, o por lo menos un mante­
nimiento de los salarios, que se situaron cuando llegó la
República en torno aproximadamente a las 5 pesetas para
un hombre adulto; no así el salario de mujer o de niño, sino
el salario más o menos medio para un hombre adulto.
Esto reñeja que ha habido un movimiento. Los salarios
se han multiplicado casi por 8. Es verdad que es un movi­
miento salarial de tipo nominal; habrá entonces que ajus­
tarlo al poder adquisitivo y obtener los salarios reales, pero
claro, también habrá que tener en cuenta la evolución de los
precios, del coste de la vida.
Nos quedamos un tanto preocupados sobre esa afirma­
ción de que en realidad los salarios no crecieron, no se
movieron, se mantuvieron estancados en un período tan
largo como es 1870-1930. Por lo menos en ciertos períodos
el alza fue un alza vertical importante. Entre 1913-14, por
ejemplo; en 1917-18, los conflictos sociales, las huelgas, casi
siempre ganadas por las organizaciones obreras, fueron
duras y se centraron fundamentalmente en la cuestión de
tipo salarial. Ya di a conocer una de ellas focalizadas en
Osuna, (Osuna-Utrera, pero básicamente en Osuna), como
consecuencia de la I Guerra Mundial y totalmente ganada, y
con todas sus consecuencias, por los trabajadores agrícolas
que obtuvieron unos incrementos importantes de tipo sala­
rial. Y lo mismo concluye Rodríguez Aguilera: la impresión
que saca es que los años en torno a la 1 Guerra Mundial, y
los años subsiguientes, hasta el año 18 ó 19 aproximada­
mente, fueron de fuertes tendencias inflacionistas en los
salarios, es decir, fueron movimientos salariales al alza. La
queja de los grandes propietarios sobre el incremento de los
costes productivos como consecuencia del alza salarial
habría que analizarla, sobre todo cuando lo que se está
pidiendo a los propietarios agrícolas es que produzcan más
barato.
El problema se enlaza ahora con el segundo punto que
voy a tocar, que es el de la modernización. Si los costes
salariales subieron, si lo que había que producir era más y
había que mejorar la productividad, etc., ¿por qué no meca­
nizar? ¿por qué no se modernizó realmente la agricultura?
¿por qué mantener una agricultura con tanta mano de obra
disponible? Esto nos lleva, por supuesto, a otro de los temas
que resulta un poco difícil de explicar.
Empezó a haber máquinas en el campo andaluz pronto,
muy pronto, casi al mismo tiempo que en el resto de las
agriculturas más avanzadas europeas. Sin embargo, se tar­
dó un siglo largo en que el proceso de mecanización fuese
efectivo. Mucho tiempo. No parece que haya muchos ejem­
plos —quizá el caso del Algarve portugués, y no tanto en la
agricultura europea— de un proceso secular en el proceso de
mecanización, cuando todo el mundo conoce que el proceso
de mecanización se puede hacer en muy poco tiempo, como
efectivamente se hizo. Ya tuve ocasión, la última vez que
estuve aquí, de hablaros algo de este tema, cuando la meca­
nización por fin se lleva a cabo de manera efectiva y masiva.
A partir del año 1957-58, en cuestión de.seis o siete años el
campo andaluz se mecaniza, y adquirió un nivel óptimo de
mecanización hacia los años 64, 65 y 66. Ya sabéis que en
estos momentos los indicadores ponen de manifiesto que lo
que hay es una sobremecanización, hay un exceso de capi­
tal invertido en maquinaria en las explotaciones agrarias
andaluzas. En cuestión de 7 u 8 años, cuando dijeron ahora,
se resolvió el problema.
¿Por qué se tardó tanto, entre 1850 y 1950 y tan poco
después?.El tema es preocupante. ¿Cuáles fueron las causas
disuasorias o cuáles fueron las que podrían incitar a facilitar
la mecanización? Siempre se dijo que la estructura de las
explotaciones agrarias andaluzas era un elemento coadyu­
vante, favorecedor de la mecanización. En 1870, ingenieros y
agraristas de la época señalaban que el sitio ideal para la
aplicación de las nuevas técnicas, resultado de los criterios
de la mecanización agrícola, donde obtendrían las condicio­
nes óptimas, era en Andalucía. Así pues las unidades pro­
ductivas andaluzas eran favorables.
£1 segundo concepto que podría favorecer la mecaniza­
ción es la disponibilidad de capital. Parece que sí, que la
hubo. Los estudios sobre la cuestión de formación bruta del
capital en Andalucía, disponibilidades de ahorro y transfe­
rencia de capitales a través de los intermediarios financieros
pone de manifiesto que no hubo ^problema de capitales.
Aparte de que para ponerlo de manifiesto ahí tenemos las
inversiones en tierras desamortizadas, sobre todo la des­
amortización civil que, como sabéis, se estuvo realizando
hasta los años ochenta y tantos, lo que pone de manifiesto
que los grandes propietarios no tenían problemas de liqui­
dez. No era un problema el dinero para comprar máquinas.
Había fincas y había empresarios con capital, entonces ¿por
qué no se mecanizó?
Podríamos decir que han actuado factores disuasorios. Y
factores disuasorios eran la abundancia de mano de obra y
los bajos salarios. Pero de estos factores disuasorios, uno de
ellos, ya se ha puesto en cuestión; es el de los bajos salarios,
por cuanto la propia patronal, y uno de los pequeños escar­
ceos investigadores que estamos haciendo, ponen de mani­
fiesto que ni eran tan bajos ni estuvieron tan estancados.
Es cierto que se inicia, que había máquinas; pero a mí el
hecho de que haya una máquina, o cinco o diez, no me
parece que sea un fenómeno de mecanización; una golon­
drina no hace verano, ni dos. Pues bien, ejemplos tenemos
de que había máquinas, pero pocas. Se está haciendo inven­
tario; no hay un inventario oficial de motorización en nues­
tro país hasta muy tarde; el primer censo de maquinaria es
de la República, del año 32 ó el año 33, si no recuerdo mal; y
tampoco tenemos unos inventarios claros sobre las máqui­
nas de vapor en el campo, por ejemplo. No hay censo, no se
hizo nunca durante el siglo XIX. Estamos en un terreno
muy difuso y confuso todavía, aunque ya, como digo, se va
más o menos aclarando la cuestión.
Si aplicamos, como digo, los criterios de análisis compa­
rado, la única persona que se ha atrevido a avanzar alguna
cifra ha sido el profesor Nadal que en Inglaterra ha estado
viendo y estudiando los libros de registro de las dos o tres
más importantes industrias que fabricaban las máquinas de
vapor y su aplicación tanto a la industria como al campo, y
entonces de los libros de registro ha ido sacando todas aque­
llas máquinas de vapor que esta gente enviaban a España,
porque hacen constar el nombre de la persona a la que se le
enviaba, la provincia y también la finalidad o la utilidad. De
tal manera que estos datos de Nadal son los únicos que
tenemos de cómputo global de la cuestión de maquinaria a
vapor en nuestro país.
En términos comparados ¿qué significa? Dice Nadal:
“Para los .años de ¡872, en España locomóviles —es decir,
máquinas de vapor aplicadas a la segadoras y demás, a las
trilladoras— había censados, o que se conociera que hubiesen
llegado, 326". De ellas es verdad que la mayor parte estaban
en Andalucía. Entonces podemos decir: la mecanización
llegó a Andalucía, pero en términos comparados con otras
agriculturas europeas, por ejemplo la húngara, los datos son
irrelevantes. Cuando veinte años más tarde, en España,
parece que ya vamos por los dos millares, casi a finales de
siglo, Italia tenía 40.000. Esto nos hará pensar un poco
sobre el tema de la mecanización, quizá no tirar pronto las
campanas al vuelo, de que estábamos ya los andaluces
mecanizados... Es cierto que la mecanización empezó por
Andalucía; por Jerez, por Utrera, por Sevilla, en fin, por la
zona del Guadalquivir; fue subiendo el Valle y a Córdoba
llega a principios de siglo. Pero, cuando lo vemos en térmi­
nos relativos, comparados con otros países, la verdad es que
nos quedamos confusos y nos obliga a ser un poco más
cautos, sobre todo cuando empezamos a darnos cuenta de
cómo ese retraso en el proceso de la mecanización tuvo unos
costes importantes. Así, por ejemplo, los húngaros conta­
ban a principios de este siglo con 10.000 locomóviles. Ya
sabéis que en Hungría había un sistema muy parecido al
andaluz de grandes propiedades. Eran 10.000 locomóviles,
que se aplicaban durante un mes escaso para segar y trillar,
cuando se aplican a las trilladoras. Los molinos harineros,
las nuevas fábricas de harina, surgen precisamente en Hun­
gría como consecuencia de la aplicación a esa industria de la
energía potencial disponible de los locomóviles y de las
grandes máquinas de vapor que se aplicaron iriicialmente a
la agricultura. Y la transformación importante de la indus­
tria harinera viene de ahí. El caso italiano presenta caracte­
rísticas muy similares en el refino del aceite, por ejemplo,
cosa que también habría que estudiar con más detenimiento
en nuestro país.
Una agricultura mecanizada en una fecha temprana, o
en su momento oportuno, probablemente pudo haber exci­
tado incluso el fomento de ciertos tipos de industria trans­
formadora, como las industrias agroalimentarias. Curiosa­
mente, Andalucía —ésto sí que lo tenemos ya bien asentado,
como consecuencia del trabajo que publicó Nadal hace
algunos años, y que luego lo recogió como sabéis, en ese
capítulo que le dedicó a la industria en la historia de Anda­
lucía, donde da una visión globalizada—, mientras subsis­
tieron los métodos tradicionales de la industria agroalimen-
taria, estaba a la cabeza y ocuparía, computándose eso
como industria, el segundo lugar todavía hasta 1860-68,
detrás de Cataluña. Pero cuando se inicia la moderna indus­
tria el descenso de la industrialización andaluza va en
picado, no sólo porque no se desarrollen industrias básicas,
fundamentales, sino por la pérdida de posicionamiento que
van teniendo estas industrias agroalimentarias.
Hay que salir un poco del sector estrictamente agrario y
hay que tratar de ver las vinculaciones con los sectores
industríales. Se podría pensar también en ia oferta. Que no
se mecanizó porque se dependía exclusivamente de la oferta
de máquinas extranjeras y que ios años, sobre todo de las
dos o tres últimas décadas, fueron difíciles por los proble­
mas de cambio de la peseta, como sabéis, al establecerse el
patrón oro. Ello ponía en desventaja a nuestros grandes
propietarios para adquirir máquinas en el extranjero. Y lo
que sí queda claro es que la oferta nacional, que la hubo, por
ejemplo el caso de la industria (Portillan and White, de
Sevilla) que fue una de las pocas industrias especialmente
con vocación para responder a la demanda agrícola, quebró,
al cabo de casi dos décadas, porque, en realidad, la demanda
era pequeña e insignificante. Se sabe el número de maquina­
rias que vendió, muy limitado, con lo cual, en cierta manera,
tampoco hay que hacerse ilusiones de que hubiese una
demanda comercial de maquinaria agrícola demasiado
grande.
Preguntas, hay muchas preguntas que plantear sobre la
mecanización. Pienso que el tema no lo tenemos claramente
resuelto. Hemos visto los factores positivos que podían
haber llevado a la mecanización; hemos visto en términos
comparados, en términos relativos, que esta repercusión fue
insignificante, escasa; hemos analizado que había condicio­
nes favorables, etc. Hemos señalado una de las posibles vías
sobre la oferta... Pero todo ello, en último término, se
reduce a que si algo frenó este proceso probablemente fue­
ran los factores disuasorios: el exceso de mano de obra, es
decir, la potencialidad de mano de obra disponible, y los
bajos salarios.
Sobre el tema del poder adquisitivo de los salarios, no
voy a insistir más. El problema del exceso de mano de obra
es discutible, de entrada. Es discutible en términos genera­
les, ¿a partir de qué momento la agricultura andaluza tiene
excedente de braceros? Este es un tema que hay que fechar; a
partir de qué momento. Si se me dice que tradicional­
mente, digo que no. En un pequeño artículo que publiqué en
homenaje al profesor García Barbancho, si alguno de
vosotros lo ha visto por ahí, el mercado de trabajo en la
agricultura andaluza antes de la industrialización, lo que se
pone de manifiesto, y de eso sí que tenemos información
—yo ya pongo la mano en el fuego— , es que la agricultura
andaluza era, antes de la industrialización, deficitaria de
mano de obra. Tenemos una constatación clara de la pre­
sencia de emigrantes estacionales que tenían que bajar a
Andalucía a trabajar en el campo; insuficiencia de mano de
obra que se justifica con una sola razón: Andalucía ha sido
una de las regiones españolas que ha tenido en todo
momento, y sobre todo hasta la desamortización civil, la
mayor oferta de tierras incultas de España, desde el siglo
XVI. Ustedes vean desde los trabajos de Margarita Ortega, a
los trabajos anteriores de Vassberg sobre el siglo XVI, o los
trabajos de Felipa Sánchez de Salazar... El proceso de repo­
blación es quizá la constante más significativa de la trayec­
toria de la historia rural en nuestra región desde fines de la
Edad Media o del siglo XVI hasta finales del siglo XVIII,
principios del siglo XIX.
Hay un informe espléndido en el archivo de las Cortes
Españolas, que yo he podido manejar sobre el tema del paro
y trabajo agrícola, y los resultados son interesantes. Es de
finales del siglo XVIII y pone de manifiesto también que
no había, en realidad, problemas de excedente de mano de
obra a fines del Antiguo Régimen. El problema surge a
mediados del XIX, o a partir de la segunda mitad del XIX, y
parece que se acelera en el último tercio del siglo. Es una
pena que no sepamos, o que sepamos tan poco de la historia
poblacional andaluza, por lo que estamos pagando un pre­
cio muy alto. Nuestra región, como sabéis, es la única de
España, en estos momentos, que no tiene un estudio pobla­
cional completo ni sistemático; y, por supuesto, no tiene un
estudio demográfico, y no tenemos un estudio que merezca
la pena como tal sobre el análisis de la población activa.
Entonces, ya podéis imaginaros, hablar sobre estos temas es
un poco divagar sobre cuestiones que apenas se conocen. Y,
sin embargo, la oferta potencial de mano de obra como
factor limitativo, yo creo que habría que aclararla. Es una
incógnita que hay que despejar, y eso sólo se puede hacer
investigando; el único inconveniente que tiene ya sabéis cuál
es: los setecientos y pico municipios andaluces y todos aque­
llos que hacen estudios o investigaciones generales de Anda­
lucía (y este terreno es uno de ellos) saben lo duro que es
esto. Patearse La Rioja, por ejemplo, se lo hace uno con un
motociclo en un rato; patearse Andalucía es como hacer
algunos estados europeos, porque Andalucía es mayor que
muchos de ellos. Probablemente la dimensión andaluza, el
número de municipios que tiene, se está convirtiendo en un
handicap importante para nuestra investigación histórica. Y
si no se ha hecho hasta ahora, cuando el límite temporal de
las tesis era ilimitado, imagínense ahora con esta novedad
del Ministerio de poner cuatro años para hacer los cursos de
doctorado y las tesis doctorales. Evidentemente, a los anda­
luces, esto nos destroza vertebralmente nuestra investiga­
ción; nunca tendremos en nuestras propias universidades
investigadores que se planteen temas como una visión de
conjunto, de carácter general, de toda Andalucía.
Pero aún así, vamos nosotros a dar por buena la hipóte­
sis porque hay muchos indicadores que nos llevan a aceptar
que hubo un exceso en la oferta potencial de mano de obra,
agravado por un crecimiento poblacional. Entonces, si
efectivamente este exceso existía, uno pregunta: ¿Por qué no
funcionaron aquellos mismos mecanismos que habían fun­
cionado en el resto de las agriculturas europeas? Volvemos
de nuevo a trasladar la pregunta, en términos comparados, a
lo que había pasado en otros países. De los italianos es
sabido la cantidad de millones que salieron hacia América;
emigración brutal, que se llevó a cabo entre mil ochocientos
ochenta y tantos hasta los años de 1920. Y no sólo de Italia;
habían emigrado a mediados del XIX, los ingleses; ios exce­
dentes que no se recolocaron en la industria, los enviaron a
los Estados Unidos. Ocurre igual en Suecia; conocemos bien
el caso de Alemania. El fenómeno de la emigración está
empezando ya a ser valorado adecuadamente y resulta que
en España se emigra, pero emigra Galicia y las regiones del
minifundio (Asturias, zonas de Castilla, etc.) pero parece,
dentro de los primeros tanteos que hemos hecho para el caso
andaluz, que la emigración andaluza fue, en términos relati­
vos, menor. Entonces uno piensa ¿cómo y por qué no fun­
cionaron aquellos mecanismos de expulsión?, ¿por qué si
había excedentes no se hizo como en resto de toda Europa?
No lo sabemos bien. Lo que sí sabemos es algo que nos
pone todavía más en duda: las zonas andaluzas, en las que
empezamos a tener noticias concretas de que fueron zonas de
emigración, son las que estaban vinculadas o bien a los cultivos
que se vieron brutalmente golpeados por la crisis (el área de los
pequeños viñedos) o a la zona de los pequeños minifundios de
secano y de tierras marginales que se encontraron sin capaci­
dad competitiva dentro de todo el reordenamiento agrícola
que la crisis estaba imponiendo. Unas y otras son zonas típi­
camente minifundistas y no latifundistas, que es donde
podríamos pensar que la emigración hubiera tenido lugar.
AI revés. En un trabajo que alguno puede que haya
leído, parece que lo que se detecta, con bastante nitidez, es
un desplazamiento de población emigrante desde la Anda­
lucía oriental o desde las zonas minifundistas, de mediana o
pequeña propiedad, hacia las zonas latifundistas. Córdoba,
por ejemplo, es una provincia netamente inmigrante en estos
años. Córdoba no empezó a ser emigrante hasta después del
franquismo, por ejemplo. O Sevilla; Sevilla no empezó a ser
emigrante hasta los años cincuenta y tantos; en este período
que hemos señalado de 1910 y 1920, fue una zona de inmi­
gración. Y no de inmigración urbana, ojo. En el estudio que
hizo Fuente, que se publicó en el año 29 sobre el proceso de
los desplazamientos de las emigraciones interiores, un tra­
bajo anterior al que hiciera Barbancho, se pone de mani­
fiesto cómo en esa inmigración detectada, es Sevilla la
segunda provincia, después de Barcelona, en inmigración,
de toda España. Y en conjunto las provincias andaluzas lo
cual resulta atípico y singular. El mayor crecimiento bruto,
que es el que recoge el movimiento migratorio, se detecta
con más nitidez en los pueblos característicos de la campi­
ñas, en los pueblos del latifundio andaluz. También en algu­
nas de las nuevas zonas de regadío que entonces se empeza­
ban a poner en explotación con el desarrollo de las primeras
canalizaciones y los primeros intentos de colonización, que
se empiezan a llevar a cabo en tiempos de la Dictadura de
Primo de Rivera.
Para completar ésto, tendríamos que señalar que hay un
aspecto que se nos había escapado un poco, y es que cuando
valorábamos el mercado de trabajo, nosotros habíamos
hablado siempre de un mercado de trabajo demasiado
cerrado en la propia agricultura. Los estudios que empiezan
a hacerse sobre el mercado de trabajo, ponen de manifiesto
que, en general, durante el XIX, había una especie de com-
plementariedad en el mercado de trabajo, en la segunda
mitad del XIX, mucho más ágil, y que era no un mercado
rígido como se podría pensar. Por ejemplo, tenemos el
fenómeno de la minería; no olvidemos que Andalucía era,
probablemente en España, en esta época, el área más impor­
tante de concentración de tipo minero. Eran muchos los
campesinos que trabajaban en las minas y éste es un aspecto
que, por ejemplo, había que tener en cuenta a la hora de
estudiar los movimientos sociales y e! trasvase de las ideolo­
gías de! mundo rural, las conexiones con el mundo minero,
con un tipo determinado de organización.
Esto se ha puesto de manifiesto en el trabajo sobre el
Marquesado de Zenete y, sobre todo, en el de Garrido sobre
Linares, donde la población participa en la extracción del
plomo; es una población agrícola que tiene el trabajo
minero como trabajo complementario, con lo cual un poco
esa visión tan estrecha y limitada habría, quizá, que mati­
zarla. En el caso de Riotinto, que nosotros lo estamos ahora
siguiendomuy de cerca, nos encontramos con un fenómeno
de tipo similar. O el trabajo para el caso de Almería, en la
zona de Sierra Almagrera. De cualquier forma, hay ya un
intento de formulación de una tesis general sobre este tipo
de mercado estructurado, complementario, que es la tesis
sobre Almadén, donde se ve perfectamente lo que fue la
articulación de la complementariedad de los mercados de
trabajo agrícolas y mineros a lo largo no ya del siglo XVII-
XVIII sino fundamentalmente a lo largo del siglo XIX.
Todo ello nos llevaría otra vez a esa agroindustria de la
que antes habíamos hablado. Esa industria de molinos hari­
neros, aceiteros, etc., que estaban en todos los pueblos y que
requerían mano de obra. ¿Qué población andaluza traba­
jaba en ésto? No tenemos estudios de la población activa
andaluza; no sabemos nada de estos subsectores; parece que
son importantes, o por lo menos hasta un momento deter­
minado fueron importantes en términos industriales, según
ha puesto de manifiesto el profesor Nadal, pero nada sabe­
mos de ellos en términos de empleo. El único caso que se
conoce bien es el de los bodegueros, el caso de Jerez y de las
zonas vitivinícolas donde el desarrollo y las características
del empleo y del mercado de trabajo tuvieron unas connota­
ciones distintas y específicas. El libro de Kaplan sobre Jerez
planteó el problema de la conflictividad social, no tanto en
términos del jornalero agrícola, como del empleado de las
industrias vitivinícolas. ¿Hasta qué punto fenómenos de
éstos se dieron de forma generalizada? Tenemos casos. Ei
libro de Antonio Parejo y el estudio más reciente sobre la
industria textil antequerana, pone de manifiesto una indus­
tria lanera importante que se mantiene en Antequera y que
subsiste hasta casi finalizar el siglo XIX. Un estudio esplén­
dido de este mismo compañero arroja luz importante sobre
lo que era la industria dispersa, no ya en la etapa anterior a
la industrialización, sino dentro del propio proceso de
industrialización. No se le ha prestado atención suficiente a
esa industria dispersa; no sabemos quiénes eran esos obre­
ros, cómo funcionaba el mercado de trabajo... Pero hemos
de pensar que si en las minas se dio la complementariedad,
parece que este tipo de industria también debiera tenerla, o
por lo menos para las mujeres.
A la luz de estos planteamientos e hipótesis habría que
reconsiderar el tema de la desestructuración que tuvo lugar
a partir de un momento determinado en el mercado de tra­
bajo en Andalucía, desde el punto de vista agrícola. Cuando
la minería se quiebra, a partir de la I Guerra Mundial: ¿Qué
incidencia pudo haber tenido en la reactivación de la con-
flictividad que se va a empezar a detectar a partir del célebre
Trienio Bolchevique, en años inmediatamente posteriores?
Parece que algo similar ocurre también con las industrias de
transformación subsidiaria, que antes he señalado, los moli­
nos, el aceite, etc., que empiezan a principios de los años
veinte a quedar desmanteladas cuando se empieza a desarro­
llar una industria de otro tipo, más moderna y eficiente,
localizada en las que habrían de ser las zonas industriales de
España.
Al haber fracasado la primera industrialización muy
tempranamente en Andalucía; al no haberse consolidado,
por razones que no están todavía claras, las industrias
agroalimentarias y subsidiarias; al haber entrado en crisis el
sector minero, como uno de los grandes sectores tradiciona­
les, importante en mano de obra, por lo menos en fechas
puntuales; al no haber emigración por razones que no
sabemos muy bien, etc., lo único que les quedaba a los
campesinos era o morirse o darles trabajo, es decir, mante­
nerlos en el campo. Y ésta es la que yo creo que debió de ser
la opción que llevó por otra parte a los gobiernos y a las
organizaciones sindicales a abrir finalmente la vía del
reformismo agrario.
En otros países europeos las soluciones las conocemos:
el proceso de descampesinización llevado a cabo en Inglate­
rra, con recolocamiento de esa población inglesa en la
industria, o bien en los estados americanos; en Alemania el
proceso, un poco más tardío, fue igualmente intenso y en
muy poco tiempo efectuado y tuvo unas connotaciones dis­
tintas; en Italia se llevó a cabo en la década final, los 90,
principios del siglo XX, pero fue también muy sólida, la
expulsión de campesinos... En España, los campesinos no se
marchan y, sobre todo, donde parece que se marchan menos
es en Andalucía. ¿Por qué razones no salen? Yo no las sé. Lo
que sí parece claro es que la única opción que tienen es
quedarse. Y ello favoreció una corriente utopista que se
había iniciado desde los ilustrados sobre el reformismo
agrario. En realidad, a principios de siglo, los políticos
españoles le siguieron dando el mismo recetario que quizá
hubiese sido válido para el proceso de transformación y
modernización agrícolas del XVIII, pero que aplicarlo a
principios del siglo XX era demasiado tarde; sobre todo si se
compara con los fenómenos europeos. ¿Qué ocurre enton­
ces? Pues que, por radicalismo revolucionario, las organiza­
ciones obreras, las izquierdas liberales y reformistas españo­
las empiezan a tomar otros modelos. Es el modelo de 1910
de Méjico; y, posteriormente, el modelo de la Revolución de
Octubre, etc., con lo cual la idea que legitima y que man­
tiene y hace pervivir el concepto de reformismo en el campo,
el tomar el reformismo como pieza vertebral de la política
aplicada al campo andaluz, junto con la política de precios,
que son los dos únicos elementos de actuación que el
gobierno ha tenido para intervenir, empezó a convertir en
anacrónica la situación de lo que ocurriera en Andalucía.
Por eso, habiéndose dado fenómenos similares a los
europeos, quizá lo que nos singulariza un poco y por lo que
hemos atraído la atención de tantos estudiosos extranjeros
— no hay que olvidar que ello ha influido mucho ai plantear
el tema andaluz como un fenómeno atípico y singular—
hayan sido esos comportamientos realmente anacrónicos.
Comportamientos que, por desgracia, no se dieron sólo en
1920-30, sino que incluso ahora, en ia nueva etapa política
española, de nuevo se hace otra vez camino hacia el propio
concepto de reformismo agrario. Curiosamente en unas cir­
cunstancias muy parecidas a aquéllas; en una época en la
que eí flujo migratorio ya ha terminado, más bien se inicia el
reflujo migratorio; ya no hay posibilidad de irse fuera; las
industrias de tipo subsidiario tradicionales se han terminado
de desmantelar en Andalucía; incluso la posibilidad de
industrias de base, aquella industrialización del último fran­
quismo, también finalmente se desmantelan, como se ha
desmantelado la naval, la actividad minera, etc. Al no haber
ningún tipo de acción sustitutiva se pensó que lo mejor que
se puede hacer con los campesinos, si no se les puede quitar
de enmedio, es intentar mantenerlos en el campo y, de esta
manera, a campesinos sin tierra la única forma de mantener­
los es abriendo la opción, aunque sea más o menos utópica,
de la Reforma Agraria.
No pretendo cerrar el círculo con mi intervención; de
alguna manera puede dar la impresión de algo acabado,
estructurado. No, a lo más, esa idea es sola y puramente
didáctica; soy perfectamente consciente de dónde están los
puntos débiles, o por lo menos de algunos que yo sé; voso­
tros, supongo que conoceréis y pondréis de manifiesto otros
más, y probablemente queden otros muchos factores por
estudiar que ni siquiera hemos tenido en cuenta.
Lo que sí queda claro es que estudiar los problemas de la
agricultura y los problemas del mundo rural, exclusiva­
mente desde el mundo rural, carece de sentido. Hay que
analizarlo junto a los problemas de industrialización, con
otro tipo de procesos de transformación: poblacionales,
demográficos, que no se han tenido hasta ahora en cuenta
porque no se han estudiado. Y luego, a la hora de establecer
criterios valorativos, tengamos también en cuenta qué es lo
que ha ocurrido un poco más allá, en otros países con situa­
ciones similares o parecidas a las nuestras.
10. CULTURA DEL TRABAJO E IDEOLOGIA:
EL MOVIMIENTO CAMPESINO ANARQUISTA
ANDALUZ

Isidoro Moreno Navarro

Sobre curanderos sociales y otros doctores para el tratamiento


de! problema andaluz

«Las luchas de los campesinos cordobeses, como las del


resto de Andalucía, no son más que un episodio de la histo­
ria del problema social español, y aún del mundial... Sería
imposible entender las'conmociones de esta región sin tener
presente las de los demás países civilizados: el movimiento
proletario es uno de los hechos más universales de la
Historia»1.
Con estas palabras rotundas sitúa Juan Díaz del Mora!,
en el prólogo escrito de 1920 para su famosa y tantas veces
citada —aunque pienso que no tan detenidamente leída—
Historia de las agitaciones campesinas andaluzas, el tema de
los movimientos sociales en el campo andaluz. Pero esta
afirmación, que es totalmente correcta, ya que no es posible
conocer las características y desarrollo de ningún fenómeno
histórico sin situarlo en el marco global universal en el que
se inserta, no es obstáculo, sino todo lo contrario, para
subrayar la necesidad de profundizar en la situación con­
creta, en los datos específicos, de cada fenómeno.
Así, en el mismo citado prólogo, nuestro notario de

1 Juan Díaz del Moral, Historia de las agitaciones campesinas andalu­


zas. Alianza Editorial, Madrid, 1973, p. 22.
Bujalance y diputado a Cortes en 1931 señala una y otra vez
la necesidad de desterrar tópicos y clisés sobre Andalucía y
de estudiar con seriedad los componentes reales del pro­
blema agrario andaluz en todo su conjunto. Un problema
que venía siendo centro de atención de un gran número de
«curanderos» o «médicos sociales», provenientes de Madrid
y del extranjero, que constituían un «clamoreo de doctores
(donde) no se oía ni una sola voz; todos eran ecos»2. En la
coyuntura de 1902-3, «los curanderos de enfermedades
sociales destaparon el ánfora de los tópicos, guardada desde
1883, y la enriquecieron con otros nuevos, que, traducidos al
francés, circularon allende el Pirineo con la firma de M.
Lorin, y años después con la de M. Marvaud. La culpa de
todo la tenían los latifundios, la carencia de pequeños pro­
pietarios y colonos, el hambre crónica, el atraso de los culti­
vos, el caciquismo. Un señor senador aseguraba que donde
se habían hecho repartos de tierras y existían pequeños
arrendatarios, como sucedía en Espejo, no repercutía la
conmoción; y... en efecto, ya ha visto e! lector que Espejo
fue uno de los ejes de aquel movimiento. En la provincia de
Córdoba había sido más intensa la agitación en la capital,
donde la propiedad estaba enormemente acumulada, y en
Fernán-Núñez, Montemayor, Espejo, Castro y Bujalance,
donde desde mucho antes existía un número extraordinario
de pequeños propietarios y arrendatarios de parcelas de ren­
tas baratísimas, muchos de los cuales fueron actores del
drama. Y a la vez la conmoción no había llegado a otras
localidades donde abundaban los pequeños propietarios,
como San Sebastián de los Caballeros y Monturque, ni a
otros de latifundio, como Cañete de las Torres»3.
La correlación directa entre gran propiedad y explosio­
nes sociales no se cumple, pues, como tampoco es cierto que
las luchas se desencadenen en épocas de mayor miseria para
los obreros agrícolas, ya que estallan en períodos de relativo
bienestar: el nivel de las luchas no era inversamente propor­
cional al nivel de los salarios. Y tampoco era cierto, como

2 Díaz del Moral, o .c., p. 19.


} Díaz del Moral, o .c., pp. 220-221.
perfectamente señala Díaz del Moral, que las agitaciones
pudiesen deberse al atraso agrícola: «fue justamente enton­
ces (a comienzos de siglo) cuando la fiebre del progreso
agrícola y de las innovaciones enardecía a los patronos cor­
dobeses; y no había pueblo alguno que aventajara a Fernán-
Núñez, donde ya se lograban respetables cosechas, mediante
los arados modernos y los abonos químicos. Los aceites
finos provinciales habían logrado un triunfo en la Exposi­
ción Universal de París del año 1900, y en las anuales de la
Cámara de Comercio de Córdoba se presentaban muestras
excelentes. Era también absurdo atribuir el fenómeno al
caciquismo; esta lacra no era exclusiva de Andalucía, sino
común a la gens española; más agudizado estaba en otras
regiones adonde no había llegado aún la cuestión social. En
el supuesto de que la conmoción obrera fuera un estado
patológico y no fisiológico de la sociedad andaluza, los
médicos que intentaban remediarla procedían con notoria
desatención y ligereza en la observación de los síntomas»4.
Para Díaz del Moral, los presuntos médicos sociales
—«los que nos visitaron y los que sólo conocían la provincia
por los manuales de geografía»5— , y también quienes pre­
tendían dirigir la opinión pública, no sólo carecían de los
adecuados datos reales sino que «su modo de tratar el tema
implicaba un grave error de método..., habían reducido la
cuestión a un problema puramente local, a un problema de
medio, en que para nada entraba el sujeto. De las informa­
ciones se desprendía que las circunstancias económicas y la
organización política habían originado la explosión, como
la hubieran producido igualmente encontrándose sus habi­
tantes en el estado cultural de los rifeños o de los esquima­
les. A nadie se le ocurrió preguntar quiénes eran los lucha­
dores que tan gallardamente se batían; quién les había
enseñado sus tácticas de combate; cómo llegaron a consti­
tuir sus maravillosas organizaciones, superiores en eficacia
al Sindicato Unico; cuál era la contextura espiritual de aque­
llos hombres; qué bagaje sentimental e ideal aportaban a la

4 Díaz del Moral, o.c., p. 222.


5 Díaz del Moral, o.c., p. 19.
lucha; qué pensaban, qué se proponían; qué antecedentes
tenía el movimiento»6.
El grave error de método que denunciaba nuestro autor,
y que se ha mantenido en gran medida hasta hoy, consiste,
en definitiva, en creer que siempre y en cualquier circuns­
tancia unas mismas situaciones económicas producen unos
mismos efectos sociales. Este reduccionismo economicista o,
como también se le ha llamado, marxismo vulgar, es incapaz
de explicar, por ejemplo, por qué ha habido en Andalucía
desde hace más de cien años un fuerte movimiento social en
el campo y no lo hubo, o tuvo mucha menor importancia, en
otras zonas del Estado Español, como La Mancha, Extre­
madura o Salamanca, en las que la estructura de la propie­
dad agraria y las condiciones de vida de los jornaleros eran
muy similares a las de aquí. Como tampoco puede dar
cuenta de las razones por las cuales desde ía segunda mitad
del siglo pasado y hasta la guerra civil fueron las organiza­
ciones anarquistas las que más fuertemente arraigaron en el
campo andaluz, hasta el punto de que quizá sólo entre el
proletariado industrial de Cataluña lograsen alcanzar un tan
alto desarrollo.
Las circunstancias económicas y el grado de institucio-
nalización de las organizaciones obreras a nivel internacio­
nal son sin duda dos elementos básicos a considerar para
conseguir dar una respuesta a las preguntas anteriores. Pero
es también imprescindible, y ésto ha sido olvidado por la
mayoría de los autores, aunque no lo fue por Díaz del
Moral, considerar un tercer elemento, el que éste denomi­
naba el «estado cultural» de los sujetos de las luchas: de los
campesinos andaluces.
Es evidente que también han existido, y aún existen hoy,
quienes quieren ver en este último elemento el único a tener
en cuenta, eliminando o minimizando los otros dos, con
lo que caen en el error metodológico inverso al reduccio-

6 Díaz del Moral, o .c ., p. 20. En una nota, nuestro autor exceptuaba


de la general censura al -libro de Bernaldo de Quirós, El espartaquismo
andaluz, y a algunos artículos publicados en el diario El Sol, de Madrid,
por Nicolás Alcalá y José Ortega y Gasset.
nismo economicista que antes censurábamos. Caen en plan­
teamientos esencialistas, ahistóricos, atribuyendo a un pre­
sunto y metafisico «espíritu», «genio» o «alma» de un grupo
social o del conjunto de un pueblo, las características pre­
tendidamente constantes de éste, que serían explicativas por
sí mismas de los fenómenos históricos. Cuando más, desde
esta posición, se considera que los condicionamientos eco­
nómicos, sociales, políticos o de otra índole pueden, en una
época concreta, neutralizar o disminuir la expresión de ese
«alma colectiva». Pero ésta tendría una existencia propia,
independiente de aquellos.
Por mi parte, y en mi calidad de antropólogo, considero
necesario rechazar tanto las posiciones reduccionistas como
las esencialistas. Es imprescindible analizar tanto la estruc­
tura económica —formas de propiedad y de dominación,
procesos de trabajo, relaciones sociales de producción—,
como el medio cultural de los sujetos sociales, es decir, la
cultura específica de éstos en términos antropológicos: sus
formas de comportamiento, de pensar y de sentir ante las
realidades sociales y personales, la visión del mundo, el sis­
tema de valores explícito e implícito. Características cultu­
rales éstas que no son resultado de ningún factor inmanente
ni extrahistórico, sino que han sido modeladas en un pro­
ceso histórico específico por hechos económicos, sociales,
políticos e ideológicos que, a su vez, no son vividos «en
bruto» sino percibidos e interpretados en cada momento
culturalmente.
Así, ni los hechos económicos, políticos, etc. tienen unas
consecuencias automáticas, ni la cultura —la interpretación
del mundo y de las realidades— es independiente de aque­
llos: existe una relación dialéctica entre ambos planos, que
se interpenetran e influyen mutuamente. Son estas interpe­
netraciones, esta mutua dependencia, lo que es preciso
investigar si queremos entender los fenómenos sociales,
tanto si éstos pertenecen al pasado como al presente. Sólo a
través de este planteamiento teórico, y del método que de él
se deriva, seremos capaces de aproximarnos a una explica­
ción válida de las características del movimiento campesino
andaluz del último siglo y medio, de su fuerza indudable y
del predominio en él de la corriente ideológica y sindical
anarquista hasta la catástrofe de la guerra civil.

El “espontaneismo” del movimiento campesino anarquista


andaluz

Por no tener adecuadamente en cuenta la importancia de


niveles de la realidad, el económico-social y el cultural, y la
interrelación entre ambos, fallan en el análisis la mayor
parte de quienes han intentado explicar el apasionante
fenómeno del anarquismo andaluz. A pesar de que, como ha
expresado Antonio M. Bernal, «la pretendida historia del
movimiento obrero andaluz como si fuesen revueltas espon-
taneistas, sin más claro sentido que el de una explosión
inmediata de protesta, hoy ya no puede sostenerse»7, es muy
cierto, como recoge Temma Kaplan, que «los movimientos
populares desafían a los historiadores. A menudo parecen
surgir de la nada, difundir su mensaje por medios misterio­
sos y desaparecer. Los historiadores que han tratado de dar
cuenta de las fuerzas motrices del anarquismo andaluz, han
centrado su atención en su espontaneidad y su milena-
rismo»8.
Con respecto a lo primero, estamos muy de acuerdo con
esta autora cuando señala que «los anarquistas se proponían
construir un movimiento revolucionario que no ejerciera
coerción alguna sobre sus miembros. Los anarquistas
entendían por espontaneidad esta falta de coerción... Las ideas
anarquistas andaluzas sobre la espontaneidad estaban íntima­
mente relacionados con sus ideas sobre el control obrero. El
control obrero entrañaba la aptitud para tomar decisiones
sobre el oficio o la tarea de cada uno sobre la marcha, sin tener

7 Antonio M. Bernal, Prólogo a Antonio Rosado: Tierra y Libertad.


Memorias de un campesino anarcosindicalista andaluz. Ed. Critica, Barce­
lona, 1979, pp. 11-12.
8 Temma Kaplan, Orígenes sociales del anarquismo en Andalucía.
Capitalismo agrario y lucha de clases en la provincia de Cádiz i 868-1903.
Ed. Crítica, Barcelona, 1977, p. 230.
que pedir permiso ni consejo a los capataces o supervisores.
Formaba también parte de sus ideas sobre la autonomía de la
colectividad. El consejo o comisión local, constituido por
todos los sindicados y las secciones, tomaría las decisiones
referentes a la comunidad de manera espontánea, y no plegán­
dose a reglas rígidas. La espontaneidad era, pues, la única base
de. lo que los anarquistas llamaban administración, y lo que
nosotros solemos llamar vida política y social»9.
Este rechazo a disciplinas externas o administrativas no
significaba la inexistencia de organizaciones. Antes al con­
trario, sobre todo en los períodos de alza de las luchas, éstas
proliferaron por doquier, como muestran los propios datos
contenidos en los estudios de Díaz del Moral, Temma
Kaplan y otros10; datos que reflejan la falsedad de uno de
los tópicos más repetidos e inexactos sobre los andaluces: su
individualismo y consecuente resistencia al asociacionismo.
La realidad cultural andaluza ha sido y es muy distinta: los
individuos interaccionan en grupos formales o informales
con contenido real globalizante aunque los fines explícitos
puedan referirse a un solo campo de la vida social. En
dichos grupos asociativos —no necesariamente formaliza­
dos— la interacción es muy personalizada, como creo haber
demostrado en algunas investigaciones11, por lo que existen
dificultades de conexión entre unos grupos y otros. Y dado
que el universo social fundamental ha sido, y en gran
medida sigue siendo, el pueblo en el que se vive y que es el
referente principal de autoidentificación —el pueblo como
comunidad totalizadora— , no sería extraño esperar, desde
esta fuerte tendencia a la segmentación social o al localismo
(o comunitarismo), una fuerte tendencia a la autonomía de
cada organización local en las decisiones y una casi perma-

’ T. Kaplan, o.c., p. 231.


10 Díaz del Moral, o.c.; T. Kaplan, o.c.
11 Isidoro Moreno, Propiedad, ciases sociales y hermandades en la
Baja Andalucía. Siglo XXI de España, Ed. Madrid, 1972; Cofradías y
hermandades andaluzas: Estructura, Simbolismo e Identidad, Ed. Andalu­
zas Unidas», Sevilla, 1985; «Mistificación y conformación de la identidad
andaluza», en Historia de Andalucía, dirigida por A. Domínguez Ortiz,
vol. VIL Ed. CUPSA-Planeta, Madrid, 1981.
nenie resistencia a seguir directrices emanadas de organis­
mos supralocales, y aún menos de niveles organizativos en
los que las organizaciones locales no tuvieran participación
directa. Y, en efecto, a lo largo de toda la historia del movi­
miento anarquista andaluz se han sucedido las revueltas y
tomas del poder municipal, y han sido más escasas las
acciones con un escenario más amplio sucedidas simultá­
neamente. Estas han tenido lugar cuando estaban afectados
intereses de varias comunidades de una misma comarca —el
marco de Jerez con su trasdós serrano, o la campiña
cordobesa— o se había llegado a un acuerdo en Asamblea
provincial o comarcal con representación directa de las
organizaciones locales. E incluso en estos casos, lo normal
fue que las luchas no surgieran en un mismo día sino que
aparecieran encendiéndose como un reguero de pólvora,
sucesivamente. Cuando la capacidad organizativa y la arti­
culación de diversas organizaciones locales consiguieron
realizar acciones simultáneas, como ocurriera el 8 de Enero
de 1892 en Jerez, Arcos, Lebrija, Ubrique y otros lugares
próximos, el miedo de las clases dominantes y la consi­
guiente represión estatal alcanzaron las cotas más altas. AI
igual que sucedió en los días álgidos del llamado «trienio
bolchevique» y en algunos otros, aunque muy localizados,
momentos.
En este sentido, estamos de acuerdo con Kaplan cuando
escribe que «la gran fuerza del anarquismo andaluz de fina­
les del siglo XIX —y yo añadiría que la gran fuerza del
movimiento jornalero andaluz hasta nuestros días— reside
en la fusión de la tradición comunitaria y la sindicalista
militante. En ciudades —habría que decir mejor pueblos
agrícolas o agrotowns— donde la mayoría de la población
trabajaba en la agricultura, las uniones de obreros agrícolas
llegaron a ser identificadas con la comunidad como un
todo... Sería pues erróneo afirmar que el anarquismo de pue­
blo en Andalucía era distinto del sindicalismo militante»12.
La espontaneidad, pues, entendida sobre todo como
autonomía organizativa, se adaptaba perfectamente al

12 T. Kaplan, o .c ., p. 228.
fuerte sentimiento de comunidad firmemente arraigado en
la cultura popular andaluza y a la segmentación social exis­
tente en la sociedad. Ello constituyó uno de los pilares de la
fuerza del movimiento campesino a nivel local —y de su
repetida reaparición tras épocas de vacío en tantos y tantos
pueblos—, pero también de su debilidad como movimiento
organizado a nivel andaluz. Y no digamos en cuanto a su
articulación con otras ramas sindicales a nivel del Estado.
Asimismo, la señalada segmentación de la sociedad anda­
luza, no sólo siguiendo las líneas de división entre clases sino
también internamente a cada una de ellas, explica la facili­
dad con que se generaban banderías y facciones dentro de
las propias organizaciones locales.
Como señala en sus memorias el líder anarcosindicalista
andaluz Antonio Rosado, refiriéndose a los años 1916-17,
había «individualidades y grupos diseminados por doquier,
sin conexión entre sí, y sin obedecer a ningún principio de
organización, por eso de ser libertarios; e incluso no falta­
ban valores dominados por un cerrado espíritu sectario e
individualista, que se negaban a formar parte de ios orga­
nismos sindicales y grupos específicos, alegando que ello era
contrario a todo concepto de libertad y quebrantaba su per­
sonalidad de hombres libres... Organismos sindicales y
agrupaciones se creaban y posteriormente desaparecían,
para más tarde volver a izar la bandera, en el campo social,
todo lo cual lo motivaba unas veces la persecución por parte
de los poderes públicos, al servicio siempre del capital pri­
vado y empresas capitalistas, contrarias en todo tiempo a
toda idea de renovación social, y otras, la propia apatía e
indiferencia de los trabajadores y el escepticismo de parte de
la miíitancia, recluida en su torre de marfil y carente del
espíritu de sacrificio y de la voluntad necesaria para sopor­
tar los sinsabores y adversidades que las luchas sociales pro­
porcionaron en todo tiempo»13. Y más adelante, el propio
Rosado denuncia repetidas veces que otro de los males que
padecía el movimiento anarquista libertario era el de «los

13 A. Rosado, o.c., pp. 31-32.


personalismos», causante de problemas tan graves como el
planteado en relación a Sánchez Rosa.

El pretendido carácter milenarista del movimiento

De entre todas las caracterizaciones que se han hecho del


movimiento anarquista andaluz, ninguna ha sido tan divul­
gada por historiadores y politólogos; ninguna ha conse­
guido tanto éxito, sobre todo internacional, como la que
considera a éste como un movimiento milenarista. La esti­
mación por parte de Eric Hobsbawm de los sucesos de
Casas Viejas de Enero de 1933, como una prueba ilustrativa
del carácter pre-político del movimiento, caracterizado
como «utópico, milenarista, apocalíptico»14, consagró una
lectura totalmente inadecuada de la realidad, que, por otra
parte, había sido ya repetida desde mucho tiempo antes de
la aparición de la famosa obra Rebeldes primitivos. Como ha
señalado certeramente el antropólogo Jerome Mintz en su
libro de 1982, The anarchists o f Casas Viejas !\ el levanta­
miento de Casas Viejas no respondió a un ciego milenarismo
sino a un llamamiento nacional para la realización de una
huelga general revolucionaria, respondido tres días des­
pués del día señalado en un pueblo que hasta entonces no se
había caracterizado precisamente por un alto nivel de mili-
tancia sindicalista. La relación establecida también por
Hobsbawm entre liderazgo sindical y parentesco en Casas
Viejas — lo que demostraría más aún el carácter «primitivo»
del movimiento— , no resiste tampoco mínimamente el aná­
lisis, como también ha mostrado Mintz. E igualmente es
falso que Seisdedos tuviera ningún papel destacado en el
movimiento16.

14 Eric J. Hobsbawm, Primitive Rebels. Studies in Archaic Forms o f


Social M ovements in the I9th and 20th Centurias. New York, 1965. (Tra­
ducción española, F.C.E.).
15 Jerome R. Mintz: The Anarchists o f Casas Viejas, the University of
Chicago Press, 1982, p. 272.
16 J. M intz, o.c., pp. 274-276.
De una u otra forma, la mayoría de los historiadores no
españoles y no pocos de éstos han suscrito la tesis milena-
rista; entre ellos nombres tan conocidos e influyentes como
Gerald Brenan17, Raymond C a r r 18, James J o ll19, Franz
Borkenau20 o Hugh Thomas21. Así, por ejemplo, Brenan
señala que los andaluces pobres, sintiéndose abandonados
por la Iglesia, que en el siglo XIX se había aliado con sus
enemigos de clase, abandonaron ésta en masa, pasando su
adhesión «de la Iglesia a las ideologías revolucionarias hosti­
les a ella»22. Así, lo más característico del anarquismo anda­
luz sería, para Brenan, «su milenarismo ingenuo: los anar­
quistas creían que cada nuevo movimiento o cada nueva
huelga anunciaba el inmediato advenimiento de una nueva
era de abundancia, en la que todos —incluidos la Guardia
Civil y los terratenientes— iban a ser libres y felices. Nadie,
sin embargo, podía decir cómo ocurriría»23. Como expresa
Temma Kaplan, «la conclusión era que la Idea, la visión
anarquista utópica de un mundo compuesto de comunida­
des autónomas en regiones autónomas, era una versión
secular del reino de Dios en la tierra, un objetivo irrealizable
y, por ende, irracional24.
Me parece muy importante subrayar, en este sentido, las
connotaciones primitivistas del concepto «milenarismo», y
su adjudicación a movimientos considerados como externos
a la lógica dominante: así, serían milenaristas el anarquismo
andaluz, el nacionalismo vasco o de otras naciones con un
fuerte sentimiento y/o conciencia de identidad dentro de

v Gerard Brenan, The Spanish Labyrinth. An Account o f the Social


and Political Background o f the Civil War. Cambridge, 1950. (Traducción
española, Ed. Ruedo Ibérico, París, 1962).
18 Raymond Carr, Spain, 1808-1839. Clarendon Press, Oxford, 1966.
(Traducción española, Ed. Ariel, Barcelona, 1969).
19 James Joll, The Anarchists. Grosset and Dunlap, New York, 1966.
J0 Fraz Borkenau, The Spanish Cockpit. University o f Michigan,
Ann Arbor, i 963, ( l .1 ed., 1937).
21 Hugh Thomas, The Spanisch Civil War. Harper and Row, New
York, 1977.
22 G. Brenan, o .c., p. 290.
2i G. Brenan, o.c., p. 157.
24 T. Kaplan, o .c., p. 234.
estados modernos, los movimientos indígenas de liberación,
etc. El término «milenarismo» es, así, un calificativo arroja­
dizo que convierte a los movimientos políticos amenazado­
res del sistema en «irracionales», «religiosos» y «fanáticos»;
no merecedores, por tanto, de adhesión ni incluso de
respeto.
Como señalan tanto Temma Kaplan como Jerome
Mintz25, ya en 1913 Bernaldo de Quirós, en su estudio Ban­
dolerismo y delincuencia subversiva en la Baja Andalucía,
denominó al anarquismo «religión secular»26, para expresar
la fe de sus adherentes en el cumplimiento de sus objetivos
de fraternidad universal. Pero ambos autores descargan la
principal responsabilidad en el tema sobre Díaz del Moral,
lo que me parece inadecuado por excesivo. Según Kaplan,
«Díaz del Moral llegó a la conclusión de que el anarquismo
andaluz, como otros movimientos religiosos premodernos,
tenía del tiempo y del desarrollo histórico un sentido más
mágico que científico. Los milenaristas no sólo atribuían
una significación especial a los milenios o unidades de
millar, sino también a los decenios. Como que muchas de las
insurrecciones anarquistas de fines del siglo XIX ocurrieron
a intervalos de una década, entre 1868 y 1873, en 1883, en
1892, en 1902/3, parecía haber una prueba concreta de sus
teorías»27. A pesar de que en la misma página la profesora
de California define como «magistral» la obra del notario de
Bujalance, la interpretación de su pensamiento no es preci­
samente feliz y me temo que ni benintencionada, sino más
bien esperpéntica, lo que se ratifica en la consideración
siguiente: «Díaz del Moral suponía que la clase obrera y los
campesinos tenían pleno derecho a sentirse amargados por
las vidas que llevaban, pero que se llenaban de una furia
irracional contra las fuerzas desconocidas que provocaban
la sequía, las alzas del precio del pan y el paro forzoso.

25 T. Kapian, o.c., pp. 231-232; J. Mintz, o.c., p. 6 nota 5.


26 Constancio Bernaldo de Quirós, «Bandolerismo y delincuencia
subversiva en la Baja Andalucía». Junta para ¡a ampliación de estudios
científicos. Anales, 9, pp. 35-55. Madrid, 1913.
27 T. Kaplan, o .c., p. 233.
Como que estas fuerzas no podían ser personificadas en
nada, ios anarquistas —según este punto de vista— golpea­
ban a ciegas para descargar su furor. Los destinatarios de
sus furores eran la Iglesia y los latifundistas, que parecían
ser inmunes a las fuerzas malévolas de la naturaleza que
perseguían a los anarquistas»28. ¿Puede alguien reconocer
que este párrafo se refiere al autor de la Historia de las
agitaciones campesinas andaluzas?
Mintz, por su parte, afirma rotundamente que para Díaz
del Moral los obreros conscientes eran «creyentes en una
nueva religión»29. Y no sólo ésto, sino que lo acusa de ads­
cribir a los campesinos estereotipos raciales y culturales que
eran visiones comunes de su propia clase y no de aquellos, y
lo descalifica afirmando que no podía comprender el ham­
bre y la desesperación de los campesinos en torno a é l30.
Más allá de estos ataques a la obra del cordobés, que
jamás caracterizó al movimiento de «milenarista», entre
otras cosas porque la acuñación del concepto es posterior a
aquella, tiene razón Temma Kaplan cuando señala que «el
razonamiento milenarista es ahistórico en la medida que no
logra explicar el conflicto y el cambio ideológico entre los
anarquistas andaluces..., no aborda las vías por las que la
ideología se traducía en acción política..., y tampoco explica
cómo los impulsos psicológicos individuales eran canaliza­
dos hacia una estrategia racional. El odio de cíase era sin
duda alguna una poderosa realidad para los pobres en
Andalucía, pero los anarquistas refrenaron las explosiones
individuales de rabia en favor de un movimiento de masas
organizado... La teoría milenarista, al caracterizar a los
anarquistas andaluces como fundamentalmente religiosos,
subestima su clara comprensión de los orígenes sociales de
su opresión... La teoría milenarista supone que la derrota de
los anarquistas fue consecuencia de su irracionalidad. Este
punto de vista subestima el poder del Estado para aplastar
unos movimientos que, en el caso de los anarquistas andalu­

28 T. Kaplan, o.c., p. 233.


J. Mintz, o.c., p. 5 nota 5.
30 T. Kaplan, o.c., pp. 5-6, nota 7.
ces, eran más amenazadores por ser su estrategia y su táctica
tan racionales y tan eficaces para la movilización de las
masas contra los grupos que ocupan las posiciones clave en
la estructura de! poder»31.
Estoy de acuerdo totalmente con estos puntos, pero no
bastan para dar una respuesta a la pregunta que nos hacía­
mos al principio y que también se plantea Kaplan: «por qué
el movimiento anarquista creció de tal manera en Andalu­
cía, y no en otras zonas de España que eran, en todo caso,
más piadosas aún y tan pobres como ella»32. La respuesta
que da a esta interrogante clave me parece también insufi­
ciente, ya que, para ella, «lo que explica las movilizaciones
de masas^afectadas por los anarquistas andaluces a finales
del siglo XIX... es el grado de organización»33. Pero, ¿por
qué en el campo andaluz el movimiento anarquista alcanzó
un grado de organización muy superior a casi cualquier otro
lugar del mundo? El fondo de la pregunta sigue hasta ahora
básicamente sin respuesta. En la última parte de este trabajo
vamos a intentar una aproximación a ella.

Cultura del trabajo de los campesinos andaluces y cultura


anarquista

Para entrar en el núcleo de nuestra argumentación,


hemos de hacer previamente algunas consideraciones con­
ceptuales.
En primer lugar, sobre el uso del término campesinos.
Está plenamente demostrado que en el movimiento anar­
quista en el campo andaluz participaron tanto jornaleros
como pequeños propietarios agrícolas y artesanos. Díaz del
Moral para la provincia de Córdoba y Temma Kaplan para
la de Cádiz, entre otros autores, han demostrado con datos
irrefutables esta realidad. ¿Qué unía a estos sectores socia­
les? Sin duda, el sentirse dominados por una poderosa clase

31 T. Kaplan. o .c., pp, 234-235.


J2 T. Kaplan, o .c., p. 234.
T. Kaplan, o.c., p. 237.
social, la de ios terratenientes, directamente y /o a través del
Estado. Pero, de forma más precisa, compartir lo que Martí­
nez Alier34 ha denominado «creencia campesina en el dere­
cho a la tierra por el trabajo», que contrastaría, según la
consideración comúnmente aceptada, con la reinvindicación
proletaria de eliminación del desempleo y mayores salarios.
Sin entrar ahora en una discusión sobre si ambos plan­
teamientos son definidores respectivamente de las posicio­
nes proletaria —yo más bien diría proletaria-industrial— y
campesina —en el sentido restringido del concepto, en refe­
rencia a pequeños propietarios y arrendatarios, colonos, eji-
datarios, aparceros y demás situaciones de explotaciones
familiares—, consideramos campesinos a quienes poseen
dicha creencia, independientemente de que sean jornaleros,
pequeños propietarios, etc. Ser campesino significaría, así,
ser trabajador, con o sin tierras pero con una manera especí­
fica de entender el trabajo de la tierra: el trabajo en la tierra
como única fuente de legitimación de la propiedad de la
tierra. Ser campesino, pues, significa tener esta orientación
cognitiva. Así entendido el concepto, y no a la forma aca­
démicamente tradicional de una clase social definida por ser
a la vez integrantes propietarios y trabajadores directos, me
parece operativamente muy útil para comprender las carac­
terísticas y desarrollo de los movimientos campesinos anda­
luces y también para conseguir una aproximación al compli­
cado problema de quiénes son y quiénes no son campesinos
en nuestros pueblos rurales hoy.
Desde esta orientación cognitiva, que creemos es la que
ha caracterizado históricamente a los campesinos andaluces,
se rechaza de raíz el derecho de los terratenientes a la pro­
piedad de la tierra, y la dominación de éstos es sentida no
sólo en términos de la relación patrón-asalariado sino tam­
bién en el de apropiación ilegítima del medio de producción
fundamental: la tierra. Esto no ha significado que muchas
de las luchas no hayan tenido reivindicaciones proletarias:
aumento de salarios, abolición del destajo, colocación de los

u Juan Martínez Alier, Los huacchilleros del Perú. Dos estudios de


formaciones sociales agrarias. Ed. Ruedo Ibérico, París, 1973, p. 96.
parados, mejores condiciones de contratación y de trabajo,
etc.; antes al contrario, las batallas se emprendían en los
mejores momentos para conseguir estos objetivos: en víspe­
ras de recolección en años buenos, sobre todo. Pero, más
allá de los objetivos específicos de cada lucha, ha estado
siempre implícitamente presente el otro tema, la cuestión de
fondo; el derecho de los trabajadores a la tierra; una idea
que podía agrupar perfectamente a pequeños propietarios y
jornaleros; una idea que hacía imposible la interiorización
de la aceptación deí orden social, un orden social sólo man­
tenido a través de la coerción, que era cuestionado abierta­
mente siempre que la coyuntura se presentaba favorable.
Y para quienes ya poseían esta orientación cognitiva, las
ideas anarquistas de igualdad a través de la revolución social
no podían menos que ser recibidas como la semilla en un
campo abonado. Porque esa igualdad esencial entre los
hombres ratificaba la legitimidad del robo permanente de la
tierra por parte de terratenientes y respaldaba ia aspiración
de fondo: el reparto.
Una segunda consideración es necesaria, al respecto del
concepto de «cultura del trabajo». Desde nuestra perspectiva
antropológica, la cultura de un colectivo humano es el con­
junto de comportamientos, normas, actitudes y valores
sobre los hombres y ia cosas que son resultado de un pro­
ceso histórico específico. Los componentes económicos,
sociales, políticos e ideológicos de ese proceso, las experien­
cias colectivas, han modelado la cultura del grupo, la cual
evoluciona y cambia según se van modificando dichos com­
ponentes y renovándose las experiencias.
Un colectivo humano con una cultura propia constituye
una etnicidad, que puede estar a muy diversos grados de
conciencia para sus miembros y que puede traducirse o no
en la esfera política. En otros lugares hemos profundizado
en el concepto y en su aplicación a Andalucía, y no vamos
ahora a repetir lo ya varias veces expresado35. Pero sí insisti­

35 Isidoro Moreno, «Etnicidad, conciencia de etnicidad y movimien­


tos nacionalistas: aproximación al caso andaluz»». Revista de Estudios
Andaluces, 5, pp. 13-38. Sevilla, 1985; «Etnicidad», en Terminología
remos en que la cultura de un pueblo, en nuestro caso el
andaluz, ni es estática ni es tampoco homogénea. Aunque
existen elementos comunes a todos o a la mayoría de los
grupos sociales, existen también conjuntos culturales que
son propios de sectores específicos, que reflejan la situación
y, por ende, la experiencia diferencial de dichos sectores
dentro del marco de la sociedad. Aparecen, así, las culturas
de género, como consecuencia de la división de roles, expec­
tativas y valores en relación al sexo definido socialmente, y
aparecen también culturas del trabajo, que tienen que ver
con la posición social en el proceso productivo y la estruc­
tura de clases. i
Desde mi punto de vista, existen tres elementos funda­
mentales para definir las diversas culturas del trabajo exis­
tentes en una sociedad en un momento histórico concreto.
En primer lugar, el lugar ocupado en las relaciones sociales
de producción: en una sociedad capitalista, ser obrero, pro­
pietario de los medios de producción, propietario-trabajador
directo, etc. La variable clase social es aquí la clave. En
segundo lugar, el sector productivo al que se pertenece, lo
cual supone unos procesos de trabajo específicos: no repre­
senta el mismo tipo de experiencia trabajar en la agricultura,
en la pesca, la minería, la industria, el sector hotelero, la
enseñanza, una profesión liberal, etc. Y, en tercer lugar, la
etnicidad a la que se pertenece: es evidente que, por ejemplo,
son las mismas las condiciones de trabajo y están en una
misma posición explotada los emigrantes andaluces, galle­
gos, turcos o yugoslavos en Alemania, pero no viven unos y
otros de la misma manera sus similares condiciones. Esto se
debe a que las experiencias no son percibidas, interpretadas
ni sentidas de una forma directa sino a través del tamiz de la
cultura étnica a la que se pertenece. Y aún podríamos añadir
un cuarto elemento o criterio, referido al género, que no
vamos ahora a desarrollar.
Desde una posición de reduccionismo economicista, de
marxismo vulgar, sólo serían tenidos en cuenta los dos pri-

científico-social. Aproximación critica (Román Reyes, director). Ed. Anth-


ropos, Barcelona, 1987.
meros criterios: la clase social y los procesos de trabajo
específicos, e incluso el segundo de ellos de una forma
secundaria. Desde posiciones esencialistas, estos dos crite­
rios serían eliminados o minimizados y sólo se consideraría
el étnico. Para nosotros, es imprescindible tener en cuenta
todos ellos, la evolución dei contenido de cada uno de ellos
—por ejemplo, la pluralización y/o diversificación de bases
económicas, los cambios en las condiciones de trabajo, la
intensificación de las relaciones interétnicas, etc.—, y las
interrelaciones entre ellos. Así, la cultura del trabajo de los
jornaleros andaluces en una época histórica dada, a nuestros
efectos en la segunda mitad del XIX y hasta la guerra civil,
no es simplemente resultado de la suma de tres situaciones
del colectivo en tres ámbitos distintos; sino que la clase
social, las condiciones y formas de sus procesos de trabajo y,
su condición no de obreros genéricos sino de obreros anda­
luces, son tres realidades que no sólo están relacionadas sino
que se interpenetran y que únicamente a efectos de análisis
podemos separar.
Y una última cuestión con respecto al concepto de cul­
tura de trabajo. Al igual que ocurre con otros conceptos
claves, como modo de producción o campesinos, entiendo
existen dos acepciones, una restringida y otra amplia, del
mismo. En la primera, puede entenderse por cultura del
trabajo el conjunto de comportamientos, normas, valores,
etc. que poseen los integrantes de un grupo social sobre el
sector de su realidad que tiene que ver directamente con el
proceso productivo: con lo que suele denominarse ámbito
laboral. En la segunda acepción, que subsume a la anterior y
es la que nosotros consideramos más útil, los contenidos de
la cultura del trabajo desbordan dicho ámbito y se refieren a
todo el conjunto de la vida social y al sistema de pensa­
miento global de los individuos. La orientación cognitiva de
un sector social, su ethos, la visión del mundo de sus com­
ponentes, entraría dentro del concepto.
Por supuesto, no defendemos que las diversas culturas
del trabajo existentes en una formación social en un
momento histórico concreto sean cada una de ellas radical­
mente autónomas unas de otras. Es evidente que, en mayor
o menor medida —y ésta es una de las cuestiones más
importantes a analizar—, están impregnadas de elementos
de la cultura dominante: de la ideología de la clase domi­
nante; pero ésto no impide que podamos contemplarlas
como poseedoras de una autonomía relativa, y podamos
—yo diría debamos— estudiar su evolución procesual y los
mecanismos que las clases dominantes ponen en marcha
para neutralizar los aspectos más amenazadores que aque­
llas poseen para la reproducción del orden social establecido.
Y tras estas consideraciones conceptuales necesarias,
entramos en el último punto de nuestro planteamiento.
Para no alargarnos demasiado, resumiremos en tres
afirmaciones el núcleo de nuestra tesis. Primera: la cultura
del trabajo de los jornaleros y poseedores de pequeñas
explotaciones agrícolas de Andalucía, en los años 60, 70 y
siguientes del pasado siglo, poseía unas características que
hacían a ambos colectivos —a los que aplicamos el concepto
de campesinos— especialmente receptivos tanto para las
ideas como para el tipo de organización anarquistas.
Segundo: dado el fuerte arraigo que en muy poco tiempo
adquirió en ellos esta ideología y su tipo de organización, la
cultura del trabajo campesina andaluza presenta muchos
elementos de orientación anarquista desde entonces, sobre
todo hasta la guerra civil. Tercero: incluso tras la derrota
que ésta supuso, dicha cultura del trabajo se conservó en
gran parte durante las décadas siguientes especialmente en el
sector jornalero del campesinado, aunque a partir de los
años setenta está sufriendo un acelerado deterioro por los
cambios productivos sobre todo en los procesos de trabajo y
el sistema de clases, y por los embates desde el Estado.
Estas tres tesis se inscriben en una interpretación proce­
sual y no estática ni esencialista de la cultura, y creemos que
pueden validarse por los hechos. Dejando ahora aparte la
tercera de ellas, que se refiere a nuestro presente histórico,
las dos primeras son complementarias y considero que cohe­
rentes. Ellas constituyen, a mi juicio, la respuesta adecuada
a esa interrogación siempre abierta y nunca contestada ade­
cuadamente sobre cómo explicar la fuerza de los movimien­
tos sociales en el campo andaluz desde aproximadamente
mediados del siglo pasado hasta nuestros días. Díaz del
Moral señaló el método adecuado para conseguir la res­
puesta, pero el grado de desarrollo de las ciencias sociales,
tanto a nivel general como en la Andalucía de su época, no
le permitieron avanzar en una forma plenamente adecuada:
de ahí la carga psicologista y los toques de esencialismo que
se reflejan en algunos de sus planteamientos, y que han
aprovechado abusivamente algunos de sus críticos para tra­
tar de descalificar su obra. Asimismo, también hemos visto
que son aún menos aceptables los intentos posteriores de
explicación en base al modelo milenarista o, en la dirección
contraria, reiterando los errores de aquellos a quienes ya
criticaba nuestro autor por sus argumentaciones estrecha­
mente economicistas y deterministas.
El proceso histórico al que estuvo sujeto el campo anda­
luz desde la conquista castellana y que culminó con las des­
amortizaciones del XIX, presenta unos rasgos específicos
que se encuentran en la base de la formación de la cultura
del trabajo de los campesinos, con o sin tierras, tal como
ésta se presentaba en los momentos en que llegaron a
Andalucía las corrientes ideológicas sobre las que se verte­
braba el movimiento obrero internacional. La inexistencia
de verdadero feudalismo, la aparición de relaciones de pro­
ducción netamente capitalistas siglos antes que en los países
que luego serían centro del sistema capitalista mundial, el
hundimiento de las actividades artesanales e industriales con
la consiguiente acentuación del carácter agrícola de los
núcleos rurales y el correlativo proceso que algunos histo­
riadores han llamado de «reseñorialización», las desamorti­
zaciones que acentuaron el proceso de concentración de la
propiedad de la tierra y la consolidación del latifundismo
como sistema social, son todas ellas características específi­
cas del proceso histórico andaluz que, junto a otros elemen­
tos, tanto anteriores como coetáneos a dichos fenómenos,
modelaron la etnicidad andaluza del XIX y, en concreto, la
específica cultura del trabajo de los campesinos.
Así, en 1869, ya escribía Antonio Machado Núñez, cate­
drático de la Universidad de Sevilla y primer presidente de la
Sociedad Antropológica Sevillana, lo que constituye 1a pri­
mera aproximación a las características de lo que hoy
denominamos etnicidad andaluza. En las páginas de una
revista universitaria señalaba, entre otras cosas, que «otra de
las cualidades más sobresalientes del andaluz es el espíritu
de independencia que predomina en las clases pobres: no se
someten jamás a los actos de humilde servidumbre que exi­
girían muchas veces sus necesidades, porque no sufren los
alardes de superioridad ni la altivez en los que mandan...
Los artesanos poseen este espíritu altivo y orgulloso que no
se doblega y los trabajadores del campo se sublevan en
cuanto el labrador Ies trata con algún despego o altanería. A
pesar de todo, nunca faltan a la política y a las convenien­
cias sociales, según su ciase; pero la dureza de otro hombre a
quien creen su igual (y para ellos todos lo son) los exaspera y
le arrojarían a la cara el pedazo de pan que tuvieran para
alimentarse aquel día, si al cogerlo hubiesen de sufrir en su
orgullo o amor propio»36. Estas y otras características del
campesinado andaluz hacían a éste especialmente receptivo
respecto al ideario anarquista. A partir de los años setenta
del pasado siglo, muchos elementos culturales del campesi­
nado andaluz son una combinación de rasgos preexistentes
en él y de rasgos característicos de la ideología anarquista.
Desde entonces, plenamente hasta la guerra civil y par­
cialmente en las décadas posteriores, la cultura del trabajo
de los campesinos andaluces se impregnó de ideología anar­
quista, dando a su vez a ésta una versión específicamente
andaluza, y constituyéndose en un esbozo de cultura alter­
nativa a la cultura dominante. En este sentido, el anar­
quismo andaluz fue no sólo un potente movimiento sindical
sino mucho más que eso: un verdadero movimiento contracul-
tural, cuyos sujetos ejemplificadores fueron sobre todo los
«obreros conscientes». Una cultura alternativa que no sólo
daba una respuesta colectiva al problema de la igualdad
social, sino que también pretendía transformar a cada hom­
bre concreto. De aquí tanto el interés por las acciones de

Antonio Machado Nuñez, «Cataiogus Methodicus Mammalium».


Revista Mensual de Filosofía, Literatura y Ciencias de Sevilla, 1869. Para
una profundización en este tema, véase I. Moreno, o.c., 1981.
lucha social, como por los instrumentos de regeneración
individual a través de la educación, la austeridad y el ejem­
plo. Pocos colectivos como el de los campesinos anarquistas
andaluces trataron de unificar en un mismo movimiento la
lucha económica, la lucha política —el rechazo de la «polí­
tica» centrada en el electoralismo y los cargos pagados es
una posición rotundamente política— , y la lucha ideológica;
Y todo ello en unas condiciones dificilísimas y frente a unas
fuerzas mucho más potentes de las que nunca pudiera gene­
rar. La represión durante la guerra civil, y sobre todo en la
época posterior a ésta, exterminó prácticamente a las orga­
nizaciones anarcosindicalistas del campo andaluz. Pero,
pese a ello, muchos de los rasgos anarquistas perduraron ya
insertos en la cultura del trabajo —en los comportamientos,
las actitudes y la visión del mundo— de los campesinos en
Andalucía, y volvieron a hacerse explícitos en las moviliza­
ciones jornaleras de los últimos años del franquismo y
durante la denominada transición a la democracia37. Y es
que pocas veces y en pocos lugares ha ocurrido como en
Andalucía, que una corriente ideológica encontrara para
conseguir arraigo una tan favorable base en la cultura de los
trabajadores.

11 Especialmente en las encabezadas por el SOC (Sindicato de Obre­


ros del Campo de Andalucía).
11. ANTROPOLOGIA ECONOMICA DEL
CAMPESINADO ANDALUZ

Pablo Palenzuelo Chamorro

1. Introducción

Mediante el presente trabajo pretendemos aportar algu­


nos elementos interpretativos de la cuestión campesina
andaluza desde la perspectiva antropológica, más concre­
tamente, desde la Antropología Económica.
Enunciado nuestro propósito, consideramos de absoluta
necesidad, por mor de las discrepantes interpretaciones
sobre el objeto y el cometido de la Antropología Econó­
mica, definir siquiera someramente nuestra concepción de la
disciplina.
Rechazando toda interpretación marginalista que adju­
dica a la Antropología Económica la misión de analizar
exclusivamente los «otros» sistemas económicos, es decir
aquellos que no responden a la racionalidad económica
egocéntricamente considerada como única verdaderamente
científica, nuestra interpretación de esta rama de la Antro­
pología, coincidente con la de Maurice Godelier, presupone
que su objeto «es el análisis teórico comparado de los dife­
rentes sistemas económicos reales y posibles», cualquiera
que sea su complejidad, sus niveles de integración y su
racionalidad económica.
En consecuencia, entendemos que el objeto de la Antro­
pología Económica es el estudio de los sistemas económicos
como vía para llegar a aprehender el funcionamiento del con­
junto social, ya que, desde el paradigma materialista al que
nos adscribimos, lo económico no es un aspecto más de todo
lo social sino un factor determinante del funcionamiento de
las demás estructuras sociales. Descubrir la lógica interna, la
racionalidad que atraviesa todo sistema económico es
empezar a desvelar la realidad oculta de todo sistema social.
Es la vía para alumbrar los mecanismos que garantizan la
producción y la reproducción de las estructuras sociales.
Permítasenos, para cerrar esta sucinta presentación de
nuestra disciplina, una última matización, ya que sin ella la
delimitación del campo no sería suficientemente nítida. En
efecto, lo hasta ahora expuesto podría ser definitorio tam­
bién del objeto de la Economía Política o de la Economía
«tout court», siempre que ésta se encuadrase en lo que ha
venido llamándose «corriente heterodoxa». Este matiz dife-
renciador, no tanto respecto al objeto de estudio como de la
especificidad metodológica, es la importancia acordada por
la Antropología a lo que podríamos llamar «el factor
humano». Es decir, a la pretensión de traspasar el análisis
formal e institucional de los procesos productivos y de los
sistemas económicos para llegar a enteder la internalización
que de ellos hacen sus propios agentes, tanto si la reinterpre­
tación es real como si es simbólica.
Esta presentación, quizá excesivamente extensa a pesar
de nuestros propósitos, nos da pie para introducir los dos
instrumentos conceptuales desarrollados por la Antropolo­
gía Económica que nos servirán de hilo conductor para
nuestra particular aportación al estudio del campesinado
andaluz: El concepto de «grupo doméstico» y el de «estrate­
gias económicas domésticas».
El grupo doméstico es una de las unidades de análisis
privilegiadas de la Antropología Económica. Podríamos
definirlo como el conjunto de individuos que asegura su man­
tenimiento y nivel de producción, disponiendo generalmente de
unos recursos comunes y compartiendo unas mismas pautas de
consumo.
Sin embargo, a partir de esa puesta en común de recur­
sos y de esa coincidencia en el consumo, se ha producido
con demasiada frecuencia el error de considerar al grupo
doméstico como una perfecta unidad de intereses. Dicho en
otros términos, se ha idealizado esta unidad haciendo abs­
tracción de su propia realidad interna que nos muestra que
el grupo doméstico, lejos de su cosificación como una
comunidad de intereses, funciona bajos principios claros de
jerarquización, normalmente definida en función de catego­
rías adscritas ai rol, a la edad, al género, etc. Por lo tanto, el
proceso de toma de decisiones es, normalmente, resultado
de esa jerarquización y, en consecuencia, origen de numero­
sos conflictos internos.
Esta quiebra de la cosificación del grupo doméstico que
hace necesario el análisis conflictual en su funcionamiento
interno, nos sirve de puente argumental para enlazar con el
otro instrumento conceptual (las estrategias económicas
domésticas) con el que, como ya anunciamos, completare­
mos el entramado de nuestra exposición.
También en este caso empezaremos por aportar una
definición. Entendemos por «estrategia económica domés­
tica» (en adelante EED) el conjunto de decisiones con las
cuales el grupo doméstico intenta garantizar su existencia y,
en su caso, su reproducción mediante la aplicación de los
recursos de los que dispone, sean éstos económicos o extraeco-
nómicos, a diversas opciones productivas.
Esta definición de EED encierra en sí misma un ele­
mento activo, creativo. No es, por tanto, una mera adapta­
ción instantánea a las posibilidades productivas, aunque de
ello no puede deducirse que las EED se construyen de forma
autónoma por el propio grupo doméstico sin referencia al
contexto externo que condiciona y delimita sus procesos de
toma de decisión.
Asimismo, la anterior definición comporta una idea de
regularidad y de recurrencia en la aplícabilidad de las deci­
siones adoptadas, lo que diferencia la estrategia económica
de cualquier decisión coyuntura! que asigne puntualmente el
volumen de fuerza de trabajo del grupo doméstico a distin­
tas tareas productivas.
Esta pretensión de durabilidad que está presente en toda
EED no anula su carácter dinámico y la posibilidad de su
revisión o de su readaptación, en un proceso continuamente
dialéctico entre los objetivos finales perseguidos y las posibi­
lidades reales, tanto internas como externas, para alcan­
zarlos.
No obstante, el elemento nuclear del concepto sigue
siendo el proceso de toma de decisiones. Por lo tanto, es
perfectamente válido aquí el mismo discernimiento reali­
zado sobre la jerarquización del propio grupo doméstico.
En consecuencia las EED de todo grupo doméstico vendrán
definidas, en su estructura básica, por razones de jerarquía o
de preeminencia de algunos de los miembros del grupo
doméstico y, normalmente, impuestas al resto del grupo.
En el mundo campesino las decisiones sobre la gestión
del patrimonio familiar, sobre su conversión o su reproduc­
ción son habitualmente adoptadas por el cabeza de familia y
su persistencia o revisión son, a menudo, motivo de con­
flicto entre el responsable de la explotación y sus ayudas
familiares.
Finalmente, completando el desmenuzamiento de la
definición adelantada, hemos de referirnos a los dos tipos de
recursos (económicos y extraeconómicos) con los que se
construyen las EED. Los primeros ya han sido, de alguna
forma, señalados; la fuerza de trabajo, el patrimonio, los
medios de producción, etc. El segundo tipo de recursos,
cuya naturaleza no es directamente económica, forman, no
obstante, parte fundamental de algunas EED en determina­
dos contextos. Por ejemplo, la propia estructura y composi­
ción del grupo, las relaciones de parentesco, de amistad, el
asociacionismo formal e informal, el clientelismo y el patro­
nazgo, entre otros.
Estos recursos extraeconómicos se construyen, se conge­
lan o se activan en relación con los objetivos del grupo
doméstico y, a menudo, se materializan bajo la forma de
cooperación, reciprocidad, ayuda mutua, favores, donacio­
nes, etc.
Definido nuestro campo conceptual, pasaremos a inten­
tar su aplicabilidad al estudio del campesinado andaluz. Es
decir, nos aproximaremos a la realidad de este sector social
partiendo del análisis de sus estrategias económicas domés­
ticas.
2, Subsistencia y reproducción: Una doble estrategia en el
campesinado andaluz

Con la expresión «campesinado» se ha venido defi­


niendo, de forma un tanto ambigua, al conjunto de sectores
sociales que en la agricultura aportan directamente su fuerza
de trabajo en la explotación, indiferentemente de si lo hacen
de forma autónoma o por cuenta ajena. Por ello, ha sido
siempre imprescindible especificar si se hablaba de «campe­
sinos con tierras» o de «campesinos sin tierras».
En el contexto andaluz esta precisión semántica se
alcanza perfectamente con la utilización del término «jorna­
lero» para identificar a los campesinos «sin tierras».
Desde el punto de vista de sus EED, ambos sectores
sociales (campesinos y jornaleros) vienen definidos por dis­
tintos objetivos básicos: reproducción y subsistencia, res­
pectivamente.
Los grupos domésticos campesinos a los que aquí vamos
a referirnos no son las pequeñas unidades productivas de
carácter familiar orientadas básicamente hacia el autocon-
sumo a partir de una producción fundamentalmente autár-
quica, ya que este tipo de producción es, en la actualidad,
prácticamente inexistente en Andalucía.
Trataremos, por consiguiente, de aquellas unidades pro­
ductivas agrarias que, con la aplicación de la fuerza de tra­
bajo de su titular y de sus ayudas familiares, están orienta­
das hacia la mercantilización del grueso de su producción y,
en consecuencia, integradas en el sistema productivo,
comercial y financiero que define las pautas de comporta­
miento de la agricultura capitalista.
La estrategia económica que identifica a este sector
social, a esta clase intermedia del campo andaluz, está orien­
tada hacia la reproducción del grupo doméstico. Es decir,
que además de buscar a corto plazo la continuidad del pro­
pio grupo doméstico mediante la garantía de su subsistencia
biológica, a medio plazo, encamina sus esfuerzos hacia la
conservación y, si ello fuera posible, el incremento de los
medios de producción de los que dispone el grupo domés­
tico (básicamente la tierra) para posibilitar su reproducción
en uno nuevo que, en línea de troncalidad, continuase con
similar estrategia.
Este objetivo básico de las EED campesinas se ha mate­
rializado históricamente en ios sistemas de herencia y de
transmisión patrimonial orientadas hacia la elección de uno
de los hijos como eje del futuro grupo doméstico que ase­
gure la reproducción. Este sistema de transmisión uniperso­
nal se ha combinado con las «mejoras» al resto de los hijos,
en un intento de compatibilizar la reproducción del grupo
con la «compensación», en cierta forma, de las ayudas
domésticas aportadas a la explotación por los miembros del
grupo excluidos en la elección del heredero.
Incluso, en la variante del «reparto» de la tierra entre
todos los hijos, algo menos frecuente en la pequeña produc­
ción campesina que en la media y en la gran explotación, la
tendencia post-reparto es hacia el reagrupamiento de la
explotación mediante la venta de las partes entre los herma­
nos o bien confiando la unidad de gestión a uno de los
miembros.
La fuerte endogamia de este sector social contribuye
también a que la continuidad de la explotación pueda alcan­
zarse mediante la fusión de las partes de herencia de los
cónyuges.
La tradicional resistencia de los campesinos andaluces a
enajenar su explotación, salvo que un cambio radical de uso
del suelo agrícola genere una notable plusvalía catastral o
que el nivel de endeudamiento sea insoportable, viene a
reforzar también ese deseo de la reproducción del grupo
doméstico que caracteriza sus EED.
Ya quedó apuntado más arriba que las EED no se defi­
nen de forma absolutamente autónoma por el grupo domés­
tico, que el contexto socio-económico global contornea el
ámbito de su definición. En el caso concreto de las explota­
ciones campesinas que aquí estamos analizando, su progre­
siva orientación productiva hacia el mercado capitalista ha
supuesto una sustancial merma de autonomía en la gestión
de sus explotaciones. En efecto, el campesino, integrado
cada vez más en los complejos agroindustriales tanto para la
producción como para la comercialización de sus produc­
tos, está percibiendo cómo se recortan los ámbitos de sus
decisiones autónomas. Hoy día la elección del cultivo, las
variedades de semilla, los tratamientos a realizar y el calen­
dario de faenas escapan cada vez más a la voluntad del
titular de la explotación al venir definidos por el mercado, es
decir, por el sector agroindustrial.
Esta progresiva pérdida de autonomía del campesinado
ha sido percibida por algunos autores como una tendencia
que lo asimilaría a los trabajadores por cuenta ajena de
cualquier otro sector productivo, con la única diferencia de
que el campesino sigue asumiendo por él mismo la repro­
ducción de su propia fuerza de trabajo y la de sus ayudas
familiares.
Sin embargo, este condicionante estructural no ha
supuesto la modificación de las EED sino su redefinición.
La respuesta más habitual será la intensificación de la
autoexplotación del grupo doméstico, la capitalización de
las explotaciones, acentuando la dependencia respecto al
sector financiero y la especialización productiva basada en
el monocultivo.
En cuanto a los «campesinos sin tierra», los jornaleros
andaluces, el elemento definidor de sus EED no es ya la
reproducción del grupo doméstico sino la subsistencia y la
continuidad, con el objetivo básico de cumplir el ciclo bio­
lógico del grupo inicial y proceder a su desagregación en
distintos grupos domésticos que iniciarán sus respectivos
ciclos.
Este proceso de desagregación no comporta, en sentido
estricto, la reproducción del grupo doméstico puesto que no
hay medios de producción que transmitir. Por ello, las EED
de los jornaleros se estructuran básicamente sobre la asigna­
ción del conjunto de la fuerza de trabajo del grupo a distin­
tas tareas productivas o actividades generadoras de ingresos
familiares mediante cuya combinación o alternancia se con­
siga mantener los niveles de consumo que posibiliten la con­
tinuidad del grupo y su posterior desagregación.
Definir las EED de los jornaleros andaluces en estos
términos no deja de ser una mera constatación histórica que
no haría avanzar mucho el análisis. Por ello, es necesario
contextualizar dichas estrategias en la actual fase de intensifi­
cación de las relaciones de producción capitalistas en la agri­
cultura andaluza para verificar de qué forma se han redefinido.
El principal efecto de dicha intensificación en el ámbito
de las economías domésticas jornaleras es la drástica reduc­
ción de la demanda de trabajo en el sector agrario, espe­
cialmente de la