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PEDAGOGÍA DE LA SEXUALIDAD HUMANA

Una aproximación ideológica y metodológica

Luis María Aller Atucha

CAPITULO I

CONCEPTUALIZACIÓN DEL SEXO EN LA EVOLUCIÓN DE LA HUMANIDAD

SEXUALIDAD. CULTURA Y SOCIEDAD

El rápido cambio de los valores morales que regían los patrones de vida en la generación nacida antes
de la Segunda Guerra Mundial, sobre todo las nuevas manifestaciones de sexualidad y la adopción de
costumbres frontalmente opuestas a los conceptos éticos transmitidos por una tradición inmemorial,
constituye para esta generación un motivo de escándalo y frecuentemente crea una situación de alarma y
desesperación.

La situación actual es bastante confusa aún, pero se puede hablar con razón de una eclosión sexual y ya se
puede vislumbrar con nitidez nuevos rumbos y caminos para la humanidad.

Una cosa parece evidente: no se volverá atrás, al menos en el futuro próximo, a los tradicionales patrones
de vida de nuestros abuelos y antepasados. La razón es bastante clara; la llamada revolución sexual
moderna no constituye un hecho aislado, sino que forma parte de un conjunto de otras transformaciones
radicales que sacuden las bases de nuestra cultura occidental cristiana.

Estamos en los comienzos de una nueva era de la humanidad, y no es fácil aún identificar los elementos
que la constituyen. No obstante, ya surgen, con bastante nitidez, varios componentes probables.

Mirar hacia atrás puede ser útil y eficaz. El análisis de la evolución histórica y cultural de la humanidad
nos permite conocer no sólo los lazos que nos unen al pasado, sino también las sucesivas transformaciones
por las que atraviesa la humanidad en su marcha, aunque no muy ordenada, en demanda del futuro.

Es esta consciencia histórica lo que permite a las personas enfrentar con serenidad los fenómenos de
mutación, cada días más frecuentes y profundos, de la época actual.

Presentamos un análisis retrospectivo de las diversas concepciones de la sexualidad en el desarrollo


progresivo de la humanidad.

No se trata de una visión exhaustiva de todas las posibles concepciones de la sexualidad. se harán apenas
algunas alusiones a las tradiciones culturales, vigentes entre los pueblos del Extremo Oriente, los
esquimales y las sociedades primitivas africanas, y entre las hoy desaparecidas culturas progresistas de los
incas, aztecas y mayas.
Nuestro enfoque se dirige a los grupos de civilizaciones a los cuales estamos vinculados, o cuyos patrones
culturales ejercieron predominante influencia en la concepción de la sexualidad de nuestro mundo
occidental.

Como en todo estudio de síntesis, destacamos sólo algunos de los elementos más relevantes que nos
permiten tener una visión global de la realidad, y aprehender así el significado de la época en que vivimos,
a fin de proponer metodologías educativas para orientar y ayudar a las personas a vivir su sexualidad en el
confuso mundo actual, en forma sana, placentera y responsable.

A través de la evolución de la humanidad, se destacan con bastante nitidez cuatro etapas principales de las
concepciones de la sexualidad.

La primera etapa es característica de las civilizaciones agrarias del mundo antiguo, sobre todo del Medio
Oriente, donde se evidencia la concepción del sexo como elemento divino, o sea, la divinización del sexo.

La segunda etapa se inicia con la constitución de las civilizaciones urbanas, entre las que se destacan las
ciudades del mundo clásico. Durante este período el sexo pierde gradualmente su carácter mítico y pasa a
ser considerado como un instinto de la naturaleza. Se puede hablar de una naturalización del sexo.

La tercera etapa coincide con la historia de la civilización cristiana, cuyos límites se sitúan en la caída
del Imperio Romano en el Siglo IV y la Segunda Guerra Mundial. Esa época se caracteriza por el
predominio de valores espirituales y morales. Se puede hablar de una represión del sexo.

Nos encontramos actualmente en el inicio de una nueva etapa en la que ya se manifiesta un cambio
sustancial de actitudes en relación a la sexualidad. Aunque todavía sea prematuro determinar las
características dominantes de esta nueva etapa de transición, podemos definir como típico de ella una
verdadera eclosión del sexo.

Existen, además algunos indicios marcados, que nos permiten levantar la hipótesis de que la humanidad
camina gradualmente hacia una auténtica liberación del sexo, o sea, hacia una verdadera
personalización del sexo.

De este análisis se puede deducir, primero, que los tradicionales valores morales en que fuimos educados
no constituyen conceptos perennes de la humanidad, sino simplemente expresiones de una época cultural,
aunque de alto significado como fue la civilización occidental cristiana. En segundo lugar, que en vez de
frenar lo que se designa como expansión de la inmoralidad, sería más positivo intentar canalizar hacia
nuevos rumbos ese ímpetu de la redescubierta sexualidad, rumbos más coincidentes y adecuados a la
condición de libertad y dignidad de la persona humana.

Urge un esfuerzo muy grande para determinar, en la enmarañada confusión de la actual eclosión del
sexual, los valores reales que permanecen subyacentes en ella.

Es necesario sobre todo, un conocimiento profundo de las propias limitaciones delante de tarea tan ardua.
No es fácil liberarse de los patrones milenarios que pesan sobre nuestra educación y formación.

Por otro lado, la evolución moderna de las ciencias humanas, evidencia cada vez más que estamos aún
deletreando el ABC de este mundo misteriosos que es el ser humano.
Finalmente, en la actualidad se habla y se discute sobre las ventajas y utilidades de la educación sexual y
la progresiva aceptación que está teniendo en los más diverso países y esto parece indicar que se trata de
una conquista irreversible de la humanidad. Surge, por tanto, la necesidad imperiosa de definir los
conceptos y filosofía de vida que se debe imprimir a este tipo de educación.

LA DIVINIZACIÓN DEL SEXO: reproducción con sexo

si nos abocamos al estudio de la historia del hombre primitivo y de las antiguas civilizaciones,
observamos la importancia que el sexo tenía para estas culturas. El sexo está en el arte, en la religión, en la
vida social y cotidiana y más tardíamente en la literatura.

Si realizamos un anáilis más profundo podemos decir, sin miedo. Que esa concepción del sexo que
trasciende de la vida de los pueblos antiguos puede ser caracterizada bajo un ángulo muy específico: el
sexo elevado a la categoría divina, o sea, la divinización del sexo.

Si nos remontamos a la época prehistórica, encontraremos en el período paleolítico superior las primeras
representaciones artísticas de figuras humanas, y llamará nuestra atención el que en esas esculturas
primitivas se colocan en relieve exclusivamente las partes sexuales femeninas. No sin cierta intuición, los
arqueólogos franceses designaron a estas estatuillas como “Venus” primitvas: la Venus de Brassempomuz,
la Venus de Willendorf, la Venus de Saviñano, entre muchas otras.

Se puede afirmar que en el hombre prehistórico existió una acentuada preocupación por el sexo femenino.

Las “Venus” primitivas eran, con seguridad, estatuillas dedicadas a diosas de la fertilidad.

De hecho en todas las civilizaciones antiguas y especialmente en Medio Oriente, existió un culto primitivo
generalizado en toda la región, que se destaca entre los otros cultos: el culto de la Gran Madre, o sea, el
culto de la fertilidad. Bajo diversos nombres y rituales, pero con marcadas analogías que permiten
establecer una cierta unidad entre ellos, expresan la exaltación del sexo femenino como símbolo de la
fecundidad, de la naturaleza, de la Tierra-Madre.

La preocupación fundamental del hombre primitivo, acentuada por las precarias condiciones de vida, era
la propia subsistencia y sobrevivencia, obtenidas en los primeros tiempos por la caza y la pesca y
posteriormente por la agricultura y el pastoreo.

Ante las fuerzas hostiles de la naturaleza, casi totalmente desconocidas y ajenas por completo a sus
controles, el hombre recurría a la religión la magia como medios de obtener el alimento necesario.

De este modo, la vagina, como expresión de la fecundidad, constituye el objeto de culto más antiguo de
la humanidad. En una representación estilizada, los genitales externos femeninos en su aspecto exterior,
se representaron, en tiempos inmemoriales, por un triángulo.

Rindiendo culto a la vagina, el hombre rendía culto a la fecundidad de la naturaleza y durante milenios,
este fue el culto principal de la himanidad.

De esta forma, sexo, vida y religión se enlazaban íntimamente en una unidad total. El sexo era
expresión de vida, vida brotada continuamente de la naturaleza fecunda, de la Tierra madre adorada como
la Gran Diosa.
Fue sólo posteriormente, con el desarrollo de la agricultura y los estudios de matemática y astrología, que
se torno claro para el hombre, que la reproducción no era sólo fruto del principio femenino, sino que
también tenía participación el elemento masculino.

De esta evolución conceptual de la humanidad, surge el culto de una nueva figura divina: el dios
masculino, el dios hijo, dios lleno de vida, pero expuesto siempre al tiempo: un dios que muere, para
nuevamente resucitar.

El culto de la Vagina (Yoni para los hindúes) es ahora completado por el culto del pene, que
posteriormente ocupará un lugar más destacado.

A la adoración del triangulo o de la piedra cónica, se une el culto del Falo.

El hombre primitivo se postra reverente delante de la gran vagina y del enorme pene de los dioses de la
gestación.

Es de esta adoración y de este culto que depende la fecundidad de las semillas y el florecimiento de la
primavera y es de este ritual que surgirá el fruto abundante de las cosechas.

Mientras trabaja, mientras siembra, mientras cosecha, el hombre de campo tiene su pensamiento dirigido
hacia las fuentes primordiales de la vida.

Es el sexo el que domina y envuelve toda su vida.

En las fiestas agrarias de la siembra, se realizan rituales de uniones sexuales simuladas o reales en
homenaje a los dioses para garantizar el éxito de las cosechas.

En medio de esta algarabía, a la vez que sacian con los panes hechos con el trigo y se embriagan con el
vino extraído de las uvas, se entregan a libertades sexuales, verdaderas orgías en el sentido profano de la
palabra, pero que, para la mentalidad primitiva, tenían el carácter de una celebración sagrada, rituales que
aún podemos observar en las culturas andinas de América bolivariana.

Continúan así los hombres de la antigüedad esperando que las mujeres, a ejemplo de la Gran Madre,
mantengan siempre su triangulo abierto a una nueva vida, que pueda garantizar nuevos brazos para el
trabajo y el prolongamiento de la especie humana en una época en que la existencia para el hombre era tan
preciada y la mortalidad infantil tan acentuada.

Pese a la colaboración humana, la gestación continúa siendo obra exclusiva de la divinidad, idea que aún
perdura en América Latina y que se traduce en la frase popular: “los hijos los manda Dios”.

El prodigio de la naturaleza fecunda fue uno de los aspectos que más impresionaron a los pueblos
primitivos. Las primeras civilizaciones se caracterizaron por un verdadero culto a la fecundidad y a la
reproducción expresado por medio del sexo. Reproducción y sexo estaban íntimamente ligados en la
mente del hombre de la antigüedad y el sexo se tornó la forma más evidente de celebrar el misterio
de la concepción.

Podríamos caracterizar este concepto como el de “Reproducción con sexo”. Esta fue la mentalidad
dominante en las grandes civilizaciones agrícolas.
En este contexto de vida agraria, el aspecto predominante era la sobrevivencia del hombre sobre la tierra.
El lucha contra la muerte que lo amenaza a cada instante en una naturaleza hostil. Sólo tornando propicias
las fuerzas divinas consigue el hombre su propia sobrevivencia. Para él concebir es sinónimo de vivir,
concebir es perennizar la vida de los hombres sobre la tierra. Concebir es también participar de la vida
divina. Es pues por medio del sexo que el hombre participa de la vida divina y garantiza su eternidad.
Unido a la reproducción, el sexo mantiene su carácter sagrado y divino.

LA COMERCIALIZACIÓN DEL SEXO: Sexo sin reproducción.

Cuando la humanidad ingresa en la segunda etapa, la civilización de carácter urbano que tuvo su
máxima expresión en el mundo grecorromano, se produce un cambio y una gran transformación. Al perder
el contacto directo con la naturaleza, el hombre se desvincula también de la visión constante de la
fecundidad de la tierra, preocupación de los hombres de la antigüedad.

Pero, si bien la gestación perdía su primitiva fascinación, la fiesta del sexo continuaba manteniendo
atracción.

De esta manera, los hombres en esta segunda etapa consiguieron distinguir y también separar el sexo de la
idea de reproducción. Esta perdió su primacía como centro de interés, y el sexó pasó a tener valor en sí
mismo.

Se podría caracterizar este segundo tiempo de la humanidad como la época del “sexo sin reproducción”.

Opera un profundo cambio de mentalidad entre las concepciones de vida de las antiguas civilizaciones
agrarias del Oriente y las nuevas concepciones del mundo clásico grecorromano. La raíz podría deberse a
la difere3ncia en el tipo de vida de estos diversos pueblos. Mientras entre los orientales predomina el
aspecto agrario y la vida del hombre continúa íntimamente ligada a la tierra, al suelo, como condición
fundamental de sobrevivencia, el hombre urbano va poco a poco desvinculándose de la dependencia de la
naturaleza, como causa principal y determinante de su destino.

En la ciudad, la sobrevivencia ya no aparece tan vinculada a la fecundidad de la tierra, porque el hombre


de la ciudad, cada vez más, encuentra su medio de subsistencia en el trueque y la compra y venta de
mercaderías, sean ellas bienes materiales o no.

Mientras el hombre del campo vive extrayendo directamente de la tierra su alimentación, con el sudor de
su frente, en la ciudad, la compra y venta de mercaderías y el ofrecimiento de servicios de diversos tipos
da al hombre urbano un margen de lucro que le permite obtener no sólo los medios para su sobrevivencia,
sino también el progreso y la comodidad.

En oposición a las antiguas civilizaciones, centralizadas en la agricultura, la nueva civilización urbana se


constituye alrededor del comercio.

Una de las conquistas de la civilización urbana fue la posibilidad de un análisis de la realidad cósmica y
humana a través de la Filosofía. Definir y conceptualizar las cosas llegó a ser un elemento básico de la
filosofía griega.

Fue la cultura clásica la que difundió y transmitió la tradicional definición del hombre como “animal
racional”. Por analogía con el mundo animal, se pasó a distinguir en el hombre dos elementos principales:
el animal y el racional. Constituidos pos los sentidos corporales y por la sexualidad el primero, y por los
valores de la razón o valores espirituales el segundo.

La racionalidad se concibe como la expresión “del hombre como ser integrado”. Integrado por dos
comportamientos uno superior, representado por la mente, donde anidan los valores del espíritu, y uno
inferior, representado por el cuerpo, donde se manifiestan los instintos animales, cuya máxima expresión
es la sexualidad. se puede decir que la civilización clásica introdujo un nuevo concepto del sexo: sexo
como expresión puramente corporal, sexo como expresión animal. Es la época de la materialización y
corporificación del sexo.

La vida urbana provoca una secularización del sexo, ahora separado de la idea de reproducción. El hombre
urbano vive preocupado con el presente, con la habilidad concreta de cada día, con la fugacidad de las
cosas. Es preciso gozar al máximo el corto periodo de vida a nuestra disposición: “Mientras tengamos
tiempo, coronémonos de rosas, antes que marchiten”. El placer es breve como la vida de una flor. Es
necesario, entonces, usufructuarlo intensamente. Concebir implica cuidados, preocupaciones y
responsabilidades. Es preciso gozar sin los sufrimientos de la maternidad. No es más la reproducción lo
que importa, sino el sexo. Este no está más al servicio de la reproducción. Pasa a ser una realidad aparte,
en una época caracterizada por las relaciones de compra y venta en busca del lucro, donde todo tiene un
precio, el sexo también lo tiene: es una comercialización del sexo. La realidad de la mujer para
proporcionar placer sexual es altamente valorada. En Grecia y en Roma las prostitutas ocupan un lugar
destacado. Cada vez se distingue más la utilización del sexo como placer que como elemento de
reproducción. Esta distinción genera también una doble concepción de la mujer: por un lado, la mujer
destinada a la reproducción, la mujer del hogar; y del otro, la mujer que se profesionaliza en el arte del
amor.

La primera, la esposa, desde adolescente pasará su vida recluida en los gineceos, dedicando su diva
exclusivamente a los quehaceres domésticos y a la crianza de los hijos. La segunda será la mujer presente
en las calles, plazas, banquetes y en todas las manifestaciones de alegría del mundo clásico. El hombre,
por su parte, también tiene otras características. Con una vida más específicamente ciudadana, ya no siente
la necesidad apremiante de invocar a los dioses para la fecundidad de la tierra, pierde aquella concepción
de misterio y fatalidad que envolvía al hombre primitivo. Podría decirse que la humanidad pasa de una
etapa infantil, dominada por los mitos de la fatalidad, a un periodo de adolescencia, donde comienza
a sentir todo el ardor de la vitalidad de la juventud, y da plena libertad a sus ímpetus sexuales.

Este cambio de mentalidad se aprecia en la evolución del culto religioso, donde las jóvenes divinidades
del placer se sobreponen a las grandes diosas-madres de la fecundidad de la tierra.

Esos deseos de vivir del hombre urbano se manifiestan más en la exaltación del sexo. A medida que el
hombre evoluciona, el sexo deja de ser simplemente una fuerza instintiva vital, destinada a
garantizar la reproducción y por ende la perpetuidad de la especie, y pasa a ser considerado como el
máximo instrumento de placer.

Uno de los símbolos más claros de esta nueva mentalidad es la evolución de la prostitución, que pasa de la
esfera sagrada a un área totalmente profana.
En el seno de la civilización clásica, en pleno apogeo del Imperio Romano, impregnado por una
concepción naturalista de la sexualidad, se va afirmando, poco a poco una nueva mentalidad religiosa,
donde los valores espirituales tendrán supremacía.

Esta nueva visión de la vida concebida por el cristianismo provocará una transformación radical en los
valores culturales y morales entonces vigentes.

LA REPRESION DELSEXO: Reproducción sin sexo.

Con la decadencia del Imperio Romano, la civilización clásica pierde su hegemonía y surge una nueva
civilización.

El surgimiento del cristianismo constituye un factor determinante, la historia pasó a dividirse en dos
periodos fundamentales: antes y después de Cristo.

Durante los tres primeros siglos de la llamada Era Cristiana, la religión de Cristo no tuvo derecho de
existencia, sus fieles sufrieron persecuciones por parte de los emperadores romanos. A partir del siglo IV
hubo una transformación en la mentalidad religiosa: Constantino acepta la nueva fe y da libertad a los
cristianos y el emperador Teodosio, a fines del siglo, adopta el cristianismo como religión oficial del
Estado.

Este nuevo período histórico se caracteriza por una afirmación constante de los valores espirituales. En
contraposición a la moral del Imperio Romano y a la concepción naturalista de la vida, se afirma ahora la
superioridad del espíritu sobre la materia, el predominio del alma sobre el cuerpo.

Según el espíritu cristiano, el sentido de la vida es la lucha constante contra las fuerzas instintivas del
cuerpo, que se manifiestan a través de los impulsos sexuales dominar el cuerpo y reprimir el sexo,
constituye el ideal de la perfección cristiana.

Los cristianos tienen toda una herencia judía del Antiguo Testamento: la gran valoración bíblica de la
reproducción y notables restricciones contra el sexo.

Fundamentalmente los cristianos se oponen tenazmente a la mentalidad clásica, de concebir al sexo como
un valor independiente de la reproducción. A esta mentalidad naturalista, los cristianos oponen una
mentalidad religiosa. Los romanos enaltecían al sexo y daban rienda suelta a sus impulsos sexuales, los
cristianos lo condenan y reprimen a los impulsos sexuales.

Represión del sexo será, entonces la característica de la tercera etapa de la humanidad.

Esta nueva religión pierde los vínculos con la naturaleza: la procreación pierde el aspecto divino que tenía
en las antiguas culturas agrarias, tampoco acepta la exaltación del placer y del sexo como lo supremo de la
vida.

El hombre primitivo se siente pequeño delante de la inmensidad de la naturaleza, se siente inmerso,


sumergido en el espacio. Concebir significa multiplicar la especie, y por tanto duplicar las fuerzas de
combate para el dominio de la naturaleza.
El hombre agrícola es parte de la naturaleza y su lucha es para tornarla propicia. Vive en función del
espacio territorial. El hombre urbano ya no se siente parte de la naturaleza, pero la vida de las ciudades lo
hace despertar a una nueva dimensión: el tiempo. Viven en función del tiempo y quiere usufructuarlo
siempre un poco más.

Paradójicamente los cristianos de tradición religiosa agraria, viven principalmente en las ciudades. El
cristianismo se torna religión de las ciudades, de tal forma que otros cultos deben refugiarse en las aldeas
(pagus); el término “pagano” habitante de la aldea, pasa a ser sinónimo de no cristiano.

A pesar de unir las mentalidades agraria y urbana, el cristianismo, en su raíz más profunda, reniega de esas
dos realidades. El cristianismo no debe vivir ni en función del espacio ni del tiempo, debe vivir en función
de una tercera realidad: la eternidad.

Nunca hasta entonces ninguna religión introdujo esa idea con tanta fuerza. San Pablo, un hombre de
ciudad, escribía a los cristianos: “Nosotros no tenemos aquí morada permanente, pero caminamos en
búsqueda de una ciudad futura”. Esta ciudad futura designada por San Agustín como “ciudad de Dios”.

La visión cristiana crea un nuevo valor: la virginidad, un valor de eternidad.

Lo que importa ahora, en la plenitud de la vida y en su fin, no es más el sexo ni la reproducción, sino vivir
para la eternidad.

Para los cristianos el sexo tendrá una vinculación religiosa profunda, sólo que no será una obra divina,
sino una creación demoníaca. El sexo está vinculado a la idea de pecado: el deseo sexual es fruto del
pecado original de Adán y Eva.

Más condescendientes fueron los cristianos con la procreación. La reproducción se admite para los que no
consiguieran alcanzar la perfección evangélica. Se trata de una concesión, de una compasión por la
flaqueza humana. El reto al sexo continúa en pié. Por tanto: “Reproducción sí, sexo no”.

Bajo este aspecto, el principio cristiano puede expresarse “Reproducción sin sexo”. Es evidente que el
principio puede parecer contradictorio pero si lo analizamos más detenidamente, se trata apenas de una
paradoja. Nadie duda que la negación física del sexo imposibilita la concepción y los cristianos tampoco la
ignoraban. No se trataba de eliminarlo, lo que se debía suprimir totalmente era el placer íntimamente
ligado al acto sexual. Sólo una procreación sin placer sexual era admitida sin ser pecado.

De esta forma se establece en la civilización cristiana la supremacía del celibato y de la virginidad como
valores ideales. Clérigos, monjes y monjas se destacan por la total abstinencia sexual, al menos como
regla de vida. Ellos serán sólo “padres y madres” espirituales en este mundo, pertenecen al mundo del
espíritu y no de la carne.

La reproducción sin sexo encuentra su expresión máxima en el mismo nacimiento de Cristo, concebido en
el vientre materno no por el semen de un hombre, sino por gracia divina.

Esta condena del sexo se manifiesta en una concepción teórica, como en los patrones culturales que son
impuestos por la civilización occidental cristiana. El tema “sexo” pasa a ser considerado inmoral y
vergonzoso y se suprime de la sociedad. Se impone una rigurosa censura moral a cualquier tipo de
expresión o manifestación sexual. La mujer pasa a ser idealizada y la maternidad exaltada. Pero las
manifestaciones de sexualidad femenina son severamente reprimidas por la sociedad puritana, donde la
influencia cristiana es siempre muy fuerte. Por un periodo de 1.500 años es esa la mentalidad dominante
en el mundo europeo. No obstante, hay algunos periodos de reacción, como fue la época del
Renacimiento, en su tentativa por revivir los patrones de la civilización clásica. El cristianismo consiguió
mantener su influencia de forma incuestionable hasta el periodo de la segunda guerra mundial.

Con el surgimiento de nuevas influencias socio-económicas y culturales que produjeron el ocaso de la


hegemonía europea en el mundo, fueron sacudidos también los pilares morales y religiosos de la sociedad
y nos enfrentamos al nacimiento de una nueva época.

LA ECLOSIÓN DEL SEXO: La búsqueda de la personalización del sexo.

En diversos ensayos se han presentado distintas connotaciones como “Era atómica”, “Era espacial”, “Era
tecnológica”, “Era de la informática”. Preferimos caracterizar nuestro tiempo como “Era de la eclosión
sexual”.

En nuestra época el sexo se manifiesta de diversas y variadas formas: en fotografías, revistas, cine,
televisión, literatura, conversaciones, playas, pinturas, la moda, las costumbres, debates y clases. Sexo es
primera plana, sexo es noticia. En el área comercial, el “sex-appel” es utilizado como elemento
indispensable de la publicidad de cualquier producto.

Este fenómeno constituye un hecho nuevo en la historia, en cuanto a intensidad y frecuencia con que se
suceden las manifestaciones del sexo, en una sociedad que cada día se vuelve más permisiva. Un ataque
más o menos evidente contra los valores éticos comúnmente aceptados se realiza con una finalidad
específicamente lucrativa. La comercialización del sexo, que tuvo tanto énfasis en el mundo clásico,
asume ahora proporciones significativas. Con la formación de la sociedad moderna de consumo, los
industriales y comerciantes se vieron en la necesidad de recurrir a todos los medios para garantizar el
mercado para sus productos, en un régimen de competencia que cada día se hace más agresivo. El interés
despertado por cualquier referencia a la sexualidad, posibilitó que el sexo se volviera el principal
factor moderno de venta de productos. Las apelaciones al sexo son constantes en las más variadas
formas de publicidad: la sensualidad real o ficticia inherentes a los productos de belleza; la utilización de
determinados productos por personas con “charme” o seducción, etc. los concursos de belleza constituyen
otra forma típica de utilización del sexo como factor comercial.

Otro elemento en la transformación de los valores culturales proviene de la revolución tecnológica.

Uno de los factores más evidentes con relación a la sexualidad son los modernos métodos anticonceptivos,
los cuales constituyen hoy un gran aporte y cada vez más su uso se coloca al alcance de todos. Sin duda
esa democratización de los métodos anticonceptivos trae una derivación de trascendental importancia: la
distinción cada vez más notoria entre sexo y reproducción, permitiendo la separación clara entre
“sexo-reproducción” y “sexo-placer” o “sexo-recreación”. Por otro lado, las modernas técnicas de
inseminación artificial están dando posibilidad a la concepción sin la ocurrencia del acto sexual.

Como expresión de los nuevos patrones éticos la propagación de la homosexualidad tanto masculina como
femenina y la adquisición como “derecho de ciudadanía”, contando con el reconocimiento oficial por
parte de las autoridades públicas.
Este movimiento renovador ve al sexo como una de las formas de comunicación humana. El sexo no se
reduce a una mera necesidad fisiológica o a un simple problema de de técnica, sino que es una de las
expresiones por las cuales el hombre puede manifestar su libertad de ser y su capacidad de amar.

No sin razón, los hippies, que constituyeron un movimiento de propuesta contra la presión de la sociedad
de consumo y los patrones de vida de la familia burguesa colocaban como uno de sus modos de vida. La
libertad sexual pero siempre unida a la expresión de amor. Además el descuido a propósito de las
vestimentas fue otra forma de reacción violenta contra la mujer bonita y bien vestida, objeto e instrumento
de venta en la propaganda moderna.

Diversas experiencias alcanzan a la propia institución tradicional del matrimonio, con relaciones sexuales
prematrimoniales, convivencia sexual sin casamiento oficial, intercambio ocasional de parejas,
matrimonios monogámicos secuenciales que permiten un cambio oficializado de parejas.

…no obstante, hay algo totalmente nuevo en la historia de la sexualidad que posiblemente constituirá la
marca específica de nuestro tiempo: una integración más positiva de la sexualidad en el ser humano,
libre de preconceptos morales y tabúes religiosos. Serían los comienzos de la era de la
“personalización del sexo”.

CAPITULO II

NUESTRA VIVENCIA SEXUAL EN LA EPOCA ACTUAL

SEXO OFICIAL: lo que la sociedad propone.

…El fuerte predominio de la moral judeo-cristiana, en la que aún estamos inmersos, ha determinado lo
que podríamos llamar “sexo oficial”, que es aquel comportamiento sexual esperado y esperable por parte
de los que componemos esta sociedad.

Tres son los elementos que lo caracterizan:

HETEROSEXUAL – MATRIMONIO – REPRODUCTIVO

Dos mil años de socialización han marcado a fuego estas tres premisas en el ejercicio de la sexualidad y
determinan los condicionantes sociales de todas nuestras manifestaciones sexuales.

Tal vez una de las más grandes revoluciones de este siglo es haber podido separar el sexo de la función
reproductiva. Implica la aceptación de la existencia de dos tipos diferentes de actividad sexual y por
consiguiente la práctica de un nuevo comportamiento que comprende el “sexo-placer” o “sexo-re-
creación”, en la medida que una persona re-crea en otra, con un sentido de revitalización
permanente de la pareja; y el “sexo-reproducción” como una elección responsable que se realiza
sólo en ciertos momentos de la vida de esa pareja.

No obstante, la sociedad continúa incentivando la función exclusivamente reproductiva del sexo y es así
que desde la más temprana edad los niños, varón y mujer, son socializados para que cumplan, en el futuro,
roles diferenciados basados en conceptos biológicos, psicológicos y sociales de lo que se espera que sea
un “verdadero Varón” y una “verdadera mujer”. Les alientan en sus juegos roles de padre y madre,
siempre se les reserva a las niñas el papel de “madres tiernas, sacrificadas y preocupadas en la educación
de sus hijos”, mientras que a los varones se les asignan roles agresivos que corresponden al futuro “macho
proveedor y protector de la débil mujer”. El juego de las niñas está centrado en las muñecas, las cocinitas
y los juegos de té. Jugarán a las “visitas”, como si en el futuro no hubiese otro panorama que el de
compartir su tedio y su nada con otras personas de su mismo género.

Los varones jugarán a la “guerra” a los “vigilantes” y “ladrones”, a las “batallas espaciales”, con armas en
situaciones que pongan a prueba sus habilidades físicas agresivas. Pelotas y guantes de box, serán los
elementos que los padres proveerán a sus hijos varones. De esta forma irán aprendiendo a ser adultos y
prepararse para ejercer sus futuros roles sociales y sexuales.

No obstante, todo juego que esté vinculado a la exploración y descubrimiento de su cuerpo, será
prohibido. Más adelante se satanizará la exploración genital y se condenará la masturbación.

la elite, que es la que ha elaborado estas reglas rígidas, burla sus propios postulados e incorpora el
elemento placentero del sexo como una posibilidad aceptable para los estratos más favorecidos de la
sociedad.

El sexo oficial, heterosexual, matrimonial y reproductivo, es rigurosamente practicado por las clases
menos favorecidas. La elite tiene acceso a otro tipo de sexo, todo aquel que el dinero puede comprar.

….el sexo no es una cuestión de moral igualitaria, es una cuestión de acceso a él a través del poder y del
dinero.

En medio de estas contradicciones en la cual se asienta el poder de los dominantes, debemos hacer el
esfuerzo para emprender la tarea de educar sexualmente y contrarrestar los efectos de una confusa
socialización sexual, que modela y condiciona nuestros comportamientos sexuales y sexo genitales
futuros.