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Israel en la antigüedad

ÉPOCA DE LOS PATRIARCAS


Acerca de la datación de los patriarcas bíblicos y de los acontecimientos que la
tradición israelita vincula con estos personajes, existen grandes divergencias de opinión
entre los especialistas. Los relatos bíblicos sobre los antepasados de Israel constituyen
una formación literaria e histórico-tradicional muy complicada, que reflejan hechos que
pueden estar separados entre sí por varios siglos de distancia. De todas formas, puede
afirmarse que se enmarcan en un cuadro general situado entre el 1900 y el 1450 a. C., de
suerte que es perfectamente legítimo considerar este medio milenio como la edad de los
patriarcas.
En los albores de aquella época, Palestina se hallaba bajo la administración
egipcia. Egipto desempeño una importante función política, económica y cultural, pero
como elemento étnico los egipcios nunca se instalaron en aquellas regiones. Mientras
que en el curso de la historia gentes asiáticas penetraron en repetidas ocasiones en las
tierras del Nilo, o las invadieron, y se asentaron en ellas, unas veces provisionalmente y
otras de modo estable y permanente, nunca, en cambio, se establecieron los egipcios en
Palestina. Se adentraron con frecuencia en el espacio palestino, pero sólo como
conquistadores y dominadores.
Tras el caos político que siguió al Imperio Antiguo, la dinastía XI restableció la
unidad hacia el 2040 a. C. No obstante, Egipto no volvió a ser una potencia mundial
hasta la dinastía XII. Bajo estos faraones, su zona de influencia se extendía desde la
segunda catarata del Nilo hasta el norte de Fenicia.
El Imperio Medio termina con la invasión de los hicsos, nombre dado por los
griegos a un conjunto de pueblos de origen asiático, quizás bajo mando hurrita, que con
toda probabilidad incluía también a indogermanos y a semitas. En un primer momento
(1720-1610 a. C.) el dominio de los hicsos se extendía también por el sur de Egipto y
Nubia, pero en su segunda fase (hacia 1610-1550 a. C.) se había reducido al norte de
Egipto y al sur de Palestina. Tras la expulsión de los hicsos por Amosis, fundador de la
dinastía XVIII, Palestina volvió a caer dentro de la zona de influencia política y cultural
de Egipto. Los faraones de la nueva dinastía cultivaron una política expansionista frente
a Siria y Palestina. A partir de Amenofis III se dejaron sentir los primeros síntomas de
una crisis que fue en aumento, hasta convertirse, bajo Amenofis IV, en auténtica
catástrofe, que llevó a Egipto al borde de la ruina total. En esos momentos el reino hitita
se había convertido en poderoso rival de Egipto en el escenario asiático. Sólo los
enérgicos faraones de la dinastía XIX supieron sacar a Egipto de aquella postración y
restablecer la supremacía egipcia en el norte de Siria. Es evidente que no pudieron
conseguirlo sin duros enfrentamientos bélicos con los hititas, que culminaron en la
batalla de Qades, entre el rey hitita Hattusilis III y Ramsés II. Éste no pudo conquistar
Qades, y a partir de ese momento la frontera egipcia retrocedió un buen trecho al sur de
esta ciudad. Esto significa que tanto Qades como todo el espacio de Siria septentrional
permaneció en manos hititas. Tampoco Merneftah, sucesor de Ramsés II, puso los pies
más allá de la actual Palestina.
En este pulso armado entre Egipto y el reino hitita se vio forzosamente
involucrada Palestina, situada entre ambos contendientes. La fiebre que azotó a Canaán
ha quedado reflejada en las Cartas de Amarna, colección de tablillas que forman parte
del archivo de Estado de Amenofis III y Amenofis IV y que nos informan que durante
los siglos XVy XIV a. C., Canaán estaba fragmentada en una muchedumbre de
minúsculos reinos, cada uno de ellos con una ciudad fortificada como centro, en la que
residían los príncipes. Aunque se concedían el título de reyes, eran en realidad vasallos
egipcios. En la correspondencia de Amarna figuran, entre otros, los reyes de Biblos,
Beirut, Sidón, Tiro, Akkó, Ascalón, Meguiddo, Guézer, Lakis y Jerusalén. Algunos de
los príncipes de las ciudades cananeas intentaban sacudirse el yugo egipcio. Además, en
el norte intrigaban los hititas y, por otra parte, también perturbaban la paz del país las
incursiones de grupos nómadas.
La situación étnica de Palestina en la época patriarcal era muy compleja. El
Antiguo Testamento enumera una lista de pueblos que habitaban en Canaán en tiempos
preisraeiltas. De ordinario se les llama cananeos, hititas, amorreos, perezeos, jiveos y
jebuseos. El elemento étnico predominante era, sin duda, el semita. Pero resulta difícil
explicar, por ejemplo, qué relación existía entre los cananeos y los amorreos. Durante
algún tiempo se creyó que cananeos y amorreos representaban dos oleadas o dos fases
diferentes de inmigración semita en Palestina, pero esta teoría ha sido rebatida porque se
ha demostrado, entre otras cosas, que la palabra cananeo es una denominación
geográfica, mientras que amorreo es un concepto étnico. Según la antigua tradición
israelita, los cananeos estaban asentados en la llanura litoral y los amorreos en la zona
montañosa de Jordania oriental. Dado que, en sentido estricto, el nombre de Canaán
designaba la franja costera fenicia, no tiene nada de extraño que los israelitas llamaran
cananeos a los portadores de la cultura claramente urbana de la llanura litoral,
reservando el nombre de amorreos para los habitantes de las montañas, a los que se
suponía más fieles a la cultura nómada de los inmigrantes amorreos. En cualquier caso
con estos dos conceptos los israelitas querían distinguir dos pueblos y dos culturas,
aunque también es cierto que esta diferencia no aparece de forma clara en todos los
pasajes del Antiguo Testamento relacionados con este tema. Al parecer, en épocas
posteriores los nombres de cananeos y amorreos pasaron a ser moneda desgastada, de
modo que se empleaban uno y otro indistintamente para designar a la población no
israelita de Palestina.
No sabemos nada con certeza sobre el origen o la pertenencia étnica de los
perezeos y los jebuseos. No puede excluirse la posibilidad de que fueran pueblos
indogermanos. Su mención en la Biblia demuestra, como mínimo, que la población
preisraelita de Palestina estaba compuesta por elementos muy heterogéneos. Así lo
evidencia, de una manera especialmente clara, la mención de los hititas y los jiveos.
El Antiguo Testamento cita a los hititas de una forma por así decirlo natural,
entre los cananeos y los amorreos, es decir, entre dos pueblos semitas, de donde podría
extraerse la conclusión de que también ellos eran semitas. La verdad es que los hititas
fueron un poderoso pueblo indogermano que en los inicios del segundo milenio penetró
en Asia Menor y fundó allí un sólido reino. El Antiguo Testamento menciona en
repetidas ocasiones a los hititas, desde las narraciones patriarcales hasta la época
postexílica. Así, por ejemplo, Abraham compró a los hititas un terreno en Hebrón para
convertirlo en cementerio de su familia. Es indudable que el dominio de los hititas no
llegó nunca hasta estos lugares, ni hubo tampoco allí una población de esta etnia.
Probablemente un relato tardío conservó el vago recuerdo de aquella capa feudal
superior que, a través del movimiento de los hicsos, pasó de Asia Menor a Palestina y
que pudo contar entre sus componentes con algunos elementos indogermanos.
Respecto a los misteriosos jiveos, hay buenas razones para admitir que en el
texto bíblico hebreo la "r" fue desplazada por una "v" (ambas letras muy parecidas en
hebreo), de modo que deberíamos leer "hori" en vez de "hiwwi". Se trataría, por tanto,
de los hurritas, hoy día bien conocidos. Los hurritas eran un pueblo no semita, que
habitaba ya desde mediados del tercer milenio en las montañas al este del Tigris y que
más tarde se sintió atraído por la rica llanura mesopotámica. Desde el siglo XVIII hay
ya hurritas mezclados con la población de varias ciudades del alto Éufrates y del norte
de Siria. En una época posterior debieron avanzar hasta Siria y Palestina, como se
desprende de varias observaciones arqueológicas. Al parecer, se les debe identificar, al
menos en parte, con los hicsos. El periodo de su historia mejor conocido por nosotros se
sitúa en los siglos XV-XIV. Desde aproximadamente el año 1500 formaron el reino de
Mitanni, que en algunos momentos se extendía desde los montes Zagros hasta el curso
medio del Éufrates e incluso hasta las costas de Siria. La población era básicamente
hurrita, si bien dominada por una capa superior indoaria. En la época de Amarna
encontramos hurritas no sólo en la Mesopotamia superior y en el norte de Siria, sino
también en Capadocia, Babilonia y Palestina. Eran numerosos los príncipes y
funcionarios palestinos que llevaban nombres hurritas, por ejemplo Abdi-Chepa, rey de
Jerusalén. El elemento hurrita fue tan predominante en Palestina que los faraones de la
dinastía XVIII dieron a aquel país el nombre global de Hurru.
El acusado distanciamiento frente a la población sedentaria y la cultura de
Palestina que manifiestan los patriarcas según los relatos del Génesis no estaba
provocado sólo por su estilo de vida de pastores trashumantes de ganado menor.
Dependía también de un cierto estatus ético y social que las narraciones bíblicas
describen con la denominación de "hebreos" ('ibrim). Durante mucho tiempo se
consideró que los conceptos de "israelita" y "hebreo" eran sinónimos. Pero los
resultados de la arqueología han demostrado que significan dos cosas distintas.
De hecho, los textos cuneiformes designan, durante siglos, a pueblos concretos o
grupos de pueblso como "habiru" o "hapiru". En textos de los siglos XIX-XVIII a. C. se
les presenta como prisioneros o soldados. En el poderoso reino de Mari, en el Éufrates
medio (siglo XVIII), son grupos de merodeadores que amenazan a las ciudades de la
Mesopotamia superior. Un cuadro parecido a éste reflejan las Cartas de Amarna. En
todo caso, constituyen ya un considerable poder militar. En los textos de Nuzi del siglo
XV reaparecen como extranjeros que, de todas formas, gozan de un estatus social
superior al de los esclavos. Entran voluntariamente al servicio de otros y pueden
comprar de nuevo su libertad con sus propios recursos. En el siglo XIII, finalmente,
figuran en Ugarit como elementos extraños y de dudosa fiabilidad.
Ahora bien, desde el siglo XV hallamos a estas mismas gentes, bajo el nombre
de "'prw", en Egipto. En un texto del citado siglo se los menciona como prisioneros de
guerra que el faraón trajo consigo desde Siria y Palestina. Pero, al mismo tiempo, se los
tiene por súbditos libres y leales: en una carta de Amarna el faraón pide a su vasallo de
Damasco que le envíe "habiru" para asentarlos en Nubia, en sustitución de las
poblaciones nativas, que habían sido deportadas. Más tarde, bajo Ramsés II, III y IV,
estuvieron empleados como trabajadores forzados en la fabricación de adobes y en las
construcciones de los faraones. Esto despierta forzosamente en la memoria los trabajos
de los israelitas en Egipto.
Hasta donde alcanzan nuestros conocimientos actuales, es seguro que los
"hab/piru" de los textos cuneiformes y los "'prw" de los textos egipcios se refieren a
unas mismas gentes. Desde el punto de vista fonético no hay razones graves que
impidan relacionarlos con los "'ibrim" de la Biblia. Parece, pues, obvio, establecer una
conexión entre los "hebreos" y los "hab/piru-'prw".
LA ENTRADA EN CANAÁN
Según la descripción bíblica, Abraham, Isaac y Jacob fueron los antepasados de
todo el pueblo de Israel que, siglos más tarde, salió de Egipto bajo la guía de Moisés y,
acaudillado por Josué, conquistó la tierra de Canaán. La Biblia explica la articulación el
pueblo de Israel en doce tribus en razón de los hijos y nietos de Jacob, a los que
considera antepasados de las doce tribus. Pero las cosas sucedieron más bien a la
inversa: los nombres de los descendientes de Jacob fueron en primer lugar
denominaciones de tribus, que más tarde fueron adscritas a doce antepasados
homónimos.
La confederación de las doce tribus israelitas no procede de un padre común,
sino que fue el resultado de una coalición de tribus independientes, aunque con
parentescos étnicos, culturales e idiomáticos.
Las tribus se mezclaron ya desde fechas muy tempranas, y sólo gracias a sus
nombres continuaron existiendo por separado en la tradición. Probablemente la
confederación no se convirtió en una magnitud histórica hasta el final del proceso de la
conquista de Canaán. Para entonces, las distintas tribus y grupos tribales contaban ya
con una prehistoria multiforme y cambiante. La tradición bíblica según la cual Israel se
convirtió en Egipto en el pueblo de las doce tribus, salió de aquel país como un pueblo
formado por estas mismas doce tribus, conquistó Palestina en una acción conjunta bajo
la jefatura de Josué y, una vez concluida la conquista, repartió por suertes la tierra entre
las doce tribus es indudablemente una idealización de acontecimentos del pasado. No
podemos, por consiguiente, construir nuestra imagen de la conquista de Canaán
solamente a partir de las noticias de Jos 2-12, sino que tenemos que recurrir también a
otros textos. Se comprobará entonces que aquella conquista fue un proceso mucho más
lento y complicado y que conoció muchas vicisitudes.
Parece aconsejable comenzar por las tribus de Raquel, Efraim y Manasés (hijos
de JOsé) y Benjamín. A sus "progenitores" se les presenta como los hijos más jóvenes
de Jacob, lo que tal vez signifique que fueron los últimos en sedentarizarse. En los
relatos de la conquista de Jos 2-11 llama la atención el hecho de que, salvo 10, 18-23,
sólo se las menciona en la conquista de Palestina central o, más exactamente, de los
territorios de las tribus de Benjamín y Efraim. Por consiguiente, tal vez los "israelitas"
que, procedentes de Egipto, irrumpieron por el este en Palestina cruzando el Jordán,
eran en realidad las tribus de Benjamín y Efraim. Mientras que el asentamiento de
Benjamín ocasionó enfrentamientos bélicos, las montañas de Efraim estaban
escasamente habitadas y fueron ocupadas mediante tala y roturación pacífica. En este
contexto se habla expresamente de las tribus de Efraim y Manasés como "la casa de
José". Ambas eran, en efecto, tribus hermanas, que durante algún tiempo fueron
agrupadas bajo la mencionada denominación de "casa de José". Efraim se estableció en
las montañas, mientras que Manasés lo hizo en la región de Sikem. En los primeros
tiempos Manasés tuvo mucha mayor importancia que Efraim (lo que Gn 48, 13-19
expresa con la indicación de que Manasés fue el primogénito de José), pero más tarde
fue superado por Efraim.
Parece evidente que estas tres tribus de Benjamín, Efraim y Manasés fueron el
núcleo del posterior "Israel". Ahora bien, en la Biblia, Israel es el segundo nombre de
Jacob, el antepasado de las doce tribus. Confluyen aquí indudablemente dos tradiciones
diferentes y varios procesos históricos que hicieron que la posterior confederación de las
doce tribus atribuyera su origen tanto a un cierto Jacob como a un cierto Israel. Son
varios los indicios que sugieren que las tribus de José se consideraban descendientes del
segundo. En la historia de José se menciona más veces el nombre de Israel que el de
Jacob. Por otro lado, el nombre de Israel estaba especialmente vinculado en Palestina a
Sikem, que se hallaba en el territorio de la tribu de Manasés. No es, por tanto, extraño
que tras la escisión de la monarquía, el reino del Norte recibiera el nombre de Israel.
Según esto, las tribus de Raquel serían las tribus de Israel.
Además, según la misma tradición bíblica, no todas las tribus que, desde Egipto,
alcanzaron la altiplanicie transjordana cruzaron el Jordán. De acuerdo con el relato de
Num 32, las tribus de Rubén y Gad se establecieron en Yazer y en Galaad, porque tenían
allí abundantes pastizales. No se trató, pues, de una conquista militar, sino de una
infiltración pacífica. Pero a pesar de estos elementos comunes, es posible que los
asentamientos de Rubén y Gad se produjeran en circunstancias históricas muy
diferentes. Mientras que Gad es una tribu esclava, Rubén es el primogénito de Jacob y
Lía. Es seguro que Aser, aunque de la misma tribu materna que Gad y con asentamiento
en el norte, no participó en los acontecimientos del éxodo. Y tal vez pueda decirse otro
tanto de Gad.
En Jos 10, 28-43 se atribuye "a Josué y a todo Israel" la conquista del sur de
Palestina. Pero el relato de la conquista de Canaán del libro de Josué gira en torno a la
conquista de la Palestina central, mientras que la narración de la conquista del sur y del
norte suscita la impresión de ser un complemento más tardío. En Jue 1, 1-21 tenemos
una información que seguramente reproduce mejor la situación histórica. Según esta
segunda noticia, la conquista del sur de Palestina, y concretamente de la ciudad de
Hebrón (la posterior metrópoli de la tribu de Judá), fue una acción conjunta de las tribus
de Judá y de Simeón y de algunos clanes calebitas y quenitas estrechamente
emparentados con aquéllas (y más tarde absorbidos por Judá). No penetraron sobre las
tierras de cultivo presionando desde el este, sino desde las estepas del sur. Es difícil
determinar hasta qué punto esta penetración ocasionó enfrentamientos bélicos. Diversas
informaciones bíblicas insinúan que en una fase primitiva de su historia también la tribu
de Leví residió en el extremo meridional. También resulta difícil precisar con seguridad
cuánto tiempo permanecieron estas tribus en Egipto. En cualquier caso, merece la pena
destacar el hecho de que los padres de Moisés eran de la tribu de Leví y que no sólo
Moisés, sino también otros varios "hijos de Leví" tenían nombres egipcios (Pinjás,
Merarí, Jofní).
Parece claro que las tribus de Simeón y Leví perdieron en fechas tempranas su
autonomía (ya en la bendición de Jacob se las presenta como "diseminadas en Israel"; la
bendición de Moisés ni siquiera menciona a Simeón, en tanto que Leví es ya la tribu
sacerdotal sin un territorio concreto). Judá, en cambio, ampliaba su zona de expansión
hasta más allá de Belén y la Sefelá, hasta llegar, por fin, bajo David, a alzarse con la
jefatura de la confederación tribal.
¿Cómo cayó, en definitiva, el norte de Palestina en manos de los israelitas?
Según la narración de Jos 11, Josué derrotó, junto a las aguas de Merom, a una coalición
de reyes cananeos del norte encabezada por el rey de Jasor. La victoria concluyó con la
aniquilación total de Jasor y la toma por "Israel" de las restantes ciudades cananeas
septentrionales. Pero, al igual que ocurre con la conquista del sur de Palestina, también
la conquista del norte se compagina mal con los restantes procesos del avance israelita
descritos en Jos 2-10. Parece más bien que esta anexión se produjo en el curso del
asentamiento o de la expansión de las tribus del norte.
De dos de estas tribus, las de Isacar y Zabulón, se dice que eran hijos de Lía. Su
zona de asentamiento en las alturas de la Galilea meridional (Nazaret, por ejemplo,
pertenecía al territorio tribal de Zabulón) pudo llevarlas, en fechas todavía tempranas, a
la vecindad de las otras dos tribus de Lía, Simeón y Leví. Isacar y Zabulón tenían una
montaña sagrada común a ambas, el monte Tabor. Es posible que su asentamiento en
estas regiones montañosas se remonte a mediados del segundo milenio a. C. Cuando el
Génesis indica que Zabulón habitaba a orillas del mar, se refiere probablemente a que
algunos de los miembros de esta tribu trabajaban como jornaleros en las ciudades
costeras.
Otro tanto puede tal vez decirse de la tribu de Aser. También esta tribu aparece
en Jue 5, 17 relacionada con el mar. Moraba en las laderas occidentales de los montes de
Galilea septentrional, pobladas de abundantes olivos, por tanto, en las cercanías de la
costa fenicia. En la vertiente oriental de esta misma zona montañosa se encontraba la
tribu de Neftalí. A estas dos tribus se las considera en el relato bíblico descendientes de
siervas debido a que tal vez estaban mezcladas con elementos cananeos, o acaso porque
se hallaban instaladas en zonas más alejadas de la confederación tribal. Es posible que
cuando Neftalí avanzó hacia la fértil llanura entrara en conflicto con las ciudades en
torno a Jasor. Los datos arqueológicos indican que esta ciudad fue destruida a finales del
siglo XIII a. C. y que durante los siglos XII y XI a. C. arrastró una existencia miserable.
Sus murallas no fueron reconstruidas hasta el siglo X a. C., en el reinado de Salomón.
La tribu de Dan tiene una singular historia. En un primer momento se estableció
en la Sefelá, en la región de Sorá y Estaol. Más tarde, se trasladó desde las faldas
occidentales de las montañas de Judá hacia las fuentes del Jordán. Esta migración
estuvo motivada por la escasez de espacio habitable en la zona fronteriza entre las tribus
de Judá y Benjamín y los filisteos. La biografía de Sansón describe bien los intensos
contactos de los danitas con los filisteos. Tal vez por eso se hace descender a esa tribu
de Bilhá, sierva de Raquel, aunque también puede deberse a que, tras su
desplazamiento, se estableció en las regiones más septentrionales, cerca de la tribu,
también sierva, de Neftalí, y llevó allí una existencia muy aislada, ya que se trataba de
un grupo pequeño y de escasa importancia. Los danitas conquistaron la ciudad de Lays,
a la que llamaron Dan. Las excavaciones realizadas en este lugar no han permitido,
hasta ahora, fijar con exactitud la fecha de esta conquista. En cualquier caso, debió de
acontecer después de la destrucción de Jasor, en una fecha imprecisa del siglo XII.
El ejemplo de Dan indica que, tras la ocupación de las tierras de cultivo de
Canaán, el género de vida de las tribus fue al principio muy inestable. No es sólo que
algunas tribus aparecían y desaparecían, como hemos podido ver en los casos de Rubén,
Simeón (y Leví). Es que, además, anduvieron errando de un lugar a otro, durante mucho
tiempo, hasta hallar una zona de asentamiento definitivo. Éste es el cuadro que nos
transmite el libro de los Jueces. No puede hablarse, pues, de fronteras fijas y estables en
este periodo. También estaba aún muy lejos la unidad nacional. Surgían con frecuencia
rivalidades y enfrentamientos armados entre las diferentes tribus.
Los israelitas se vieron precisados, además, a defender frente a siempre nuevos
pretendientes las regiones tan trabajosamente conquistadas. Les disputaron su posesión,
desde el interior mismo del país, los edomitas, moabitas, ammonitas y madianitas. Les
hostigaron desde el mar los filisteos, pueblo sumamente belicoso, con el que tuvieron
que enfrentarse las diferentes tribus durante toda la época de la conquista, tal como
sabemos por los libros de los Jueces y de Samuel. En el curso de aquellas guerras,
beneficiaba a los filisteos el hecho de que, por aquel entonces, Egipto apenas tenía
capacidad de acción. La debilidad de Egipto tuvo repercusiones en la zona de Palestina.
Los filisteos pudieron lanzarse, sin verse molestados por tropas egipcias, contra las
tribus israelitas de la región de las colinas (la Sefelá), a las que rechazaron hacia las
montañas.

LA MONARQUÍA UNIDA
Apenas se había fundado Israel, cuando ya la falta de unidad tribal puso de
nuevo en peligro su existencia misma. Hasta entonces las tribus habían podido detener,
actuando por separado, los asaltos procedentes de Transjordania. Pero los ataques
desencadenados por los filiseos desde la costa marítima contra las regiones israelitas
eran de muy distinto cariz. Aquí ya no se trataba de acciones de reducido alcance local y
temporal libradas en la periferia de la zona tribal israelita, sino del ataque concentrado
de una potencia militar de gran capacidad ofensiva contra la totalidad del territorio. Muy
pronto, la existencia misma de Israel estuvo pendiente de un hilo. No es, pues, nada
extraño que fuera tan alto el clamor que pedía la mano fuerte de un rey.
Saúl
A la hora de proceder a la elección del primer rey, las miradas se dirigieron
espontáneamente al Israel profundo, al "proto-Israel", es decir, a la tribu de Benjamín.
Las aclamaciones del pueblo se centraron en la persona de Saúl, debido sobre todo a la
victoria que había alcanzado sobre los ammonitas y a su atrevido golpe de mano en la
fortaleza de Yabes de Galaad. El acto de su proclamación tuvo lugar en Guilgal,
santuario tribal de Benjamín. Saúl fijó su residencia en su lugar natal, Guibá (hoy Tell
el-ful, 6 km. al norte de Jerusalén). Su pequeña fortaleza, todavía de construcción un
tanto tosca, es el primer edificio israelita de cierta importancia de que tenemos noticia.
A pesar de sus éxitos iniciales y de las numerosas campañas que llevó a cabo con
riesgo de su vida, no pudo Saúl culminar la misión que se le había confiado de liberar a
Israel del yugo filisteo. Cuando, al final, fue derrotado y muerto en batalla por los
filisteos, la situación de Israel era más desesperada que nunca. En política interior Saúl
tampoco había conseguido llevar a término la tarea de forjar la unidad de todos los
israelitas. A su muerte, las tribus del sur, desentendiéndose de las del norte, eligieron por
rey, en su santuario de Hebrón, a David, de la tribu de Judá. Ya en vida de Saúl podía
adivinarse con absoluta claridad que David era el hombre del futuro. Los relatos
bíblicos giran casi exclusivamente en torno a las relaciones de Súl con David. La
aportación de Saúl desaparece bajo la sombra de su gran sucesor, de modo que es
relativamente poco lo que sabemos sobre sus acciones de gobierno.
David
La tradición israelita ha considerado siempre a David como el mayor rey de
Israel. Tuvo una importancia determinante para toda la historia posterior de este pueblo
el hecho de que el nuevo monarca perteneciera a la tribu de Judá. Con ello, la jefatura
política pasaba, y ya para siempre, de las tribus septentrionales a las meridionales. Y
esto implicaba no sólo que el centro de gravedad se desplazaba del norte al sur, sino
que, en virtud de este giro, Judá alcanzaba, por vez primera, su significación histórica.
Hasta entonces, esta tribu apenas había desempeñado algún papel en la confederación.
En la bendición de Moisés (Dt 33, 7) Judá aparece todavía aislado y en busca de
conexión con las restantes tribus. Sólo gracias a la brillante personalidad de David
alcanzó una posición dominante en la confederación. Ésta es la situación que reflejala
bendición de Jacob (Gn 49, 10).
En un primer momento fue sólo la tribu de Judá, en el sur, la que aclamó por rey
a David en Hebrón. David procuró de inmediato ganarse también el favor de las tribus
transjordanas y septentrionales. Pero éstas siguieron otro camino; tras la derrota frente a
los filisteos, Abner, general de Saúl, se refugió, con los restos del ejército, en Galaad y
proclamó allí al hijo de Saúl, Isbaal, por rey "sobre todo Israel" (es decir, las tribus del
norte). Aquella decisión originó un prolongado enfrentamiento entre los dos rivales.
Sólo cuando Abner e Isbaal perecieron a manos de asesinos quedó despejado el camino
hacia la unidad. En realidad, también las tribus de norte añoraban un caudillo enérgico
que les librara del yugo filisteo y David parecía el más indicado. Así, pues, sus ancianos
se trasladaron a Hebrón para reconocerlo como rey de Israel. Pero con esto no se había
forjado aún la unidad del reino. David era rey de dos entidades políticas, cada una de las
cuales tenía su propio y diferente pasado monárquico. Era, pues, rey de una doble
monarquía, en una especie de unión personal: era rey de Israel y de Judá.
Por lo demás, no tenemos suficiente información sobre el reinado de David. Las
fuentes que ofrecieron tan detallada descripción del paso de la realeza de Saúl a David
centraron más tarde su interés en la conquista de Jerusalén y pasaron luego a los
acontecimientos en torno a la sucesión al trono. Tenemos, pues, más una crónica
familiar de David que la historia de su reinado. De todas formas, nos es posible
reconstruir los rasgos básicos de su política exterior. Los filisteos, que habían prestado
poca importancia al reino de David en Hebrón, recurrieron a las armas cuando se
convirtió en rey de todo Israel. Las guerras filisteas se prolongaron durante mucho
tiempo. Pero David consiguió quebrantar de tal modo la supremacía filistea que en el
futuro dejaron ya de ser un serio peligro. Se trocaron los papeles: las ciudades filisteas
quedaron sujetas al dominio de David y hubo mercenarios filiseos en la guardia real.
David se alzó también rápidamente con la victoria sobre los restantes pueblos
vecinos. Edom pasó a ser provincia del reino, administrada por un gobernador; Moab se
convirtió en estado vasallo sujeto a tributo; Ammón fue simplemente sojuzgado y
anexionado al reino. Los arameos pudieron librarse a cambio de pagar un excepcional
tributo. David mantuvo relaciones amistosas con Tiro. Surgía así por vez primera en la
historia, un gran reino autóctono en el espacio siro-palestino.
Para llevar a cabo la unificación del reino, tarea a la que David concedió
primordial importancia, era necesario absorber las ciudades-Estado cananeas. Se ganó a
la liga de los gabaonitas, que había sido duramente reprimida por Saúl, mediante el
recurso de entregarles a los descendientes de éste. Pero la acción más decisiva de su
reinado fue la conquista del enclave de Jerusalén, habitado por los jebuseos. Ya desde el
simple punto de vista militar se trataba de una empresa de gran aliento, dado que la
ciudad estaba considerada como una fortaleza inexpugnable, por estar sólidamente
amurallada y rodeada, por tres de sus lados, de profundos valles. Al trasladar su
residencia a esta ciudad, David daba una magnífica prueba de su sagacidad política.
Para su propósito de unificar las tribus del norte y las del sur, Jerusalén parecía el punto
poco menos que predestinado a convertirse en capital del reino. En virtud de su
situación geográfica, se encontraba en el justo límite entre ambos grupos tribales (es
decir, en la frontera entre las tribus de Judá y Benjamín). Pero era, sobre todo, una
ciudad "neutral", que hasta entonces no había pertenecido a ninguna tribu y que no
podía suscitar, por tanto, el recelo o la animosidad de ninguna de ellas. Finalmente,
Jerusalén parece haber tenido, ya desde la época cananea, un carácter sacro. David
conquistó y consagró a Yahveh no sólo el antiguo templo de Jerusalén, sino también su
sacerdocio. También así daba muestras de clarividencia política; el clero era un
importante factor de poder.
Con este proceder, David conseguía apoyarse sobre los cimientos políticos y
culturales que ofrecía Jerusalén. En la época siguiente la ciudad no fue incorporada a
ningún territorio tribal, sino que se mantuvo como dominio personal de David, de modo
que éste disponía de un centro político no vinculado a ninguna tribu concreta. Para
convertirla, además, en centro cultual del reino, ordenó trasladar desde Kiryat Yearim a
Jerusalén el arca de la alianza y acometió ingentes preparativos para la construcción de
un templo a Yahveh, aunque no vivió para contemplar su realización.
Todas estas medidas evidenciaban el propósito de centralizar el reino. Otras
medidas fueron el censo del pueblo, la organización de un aparato administrativo con su
cuerpo de funcionarios y la creación de un ejército permanente. El reinado de David
ofrecía, pues, una imagen espléndida. Por desgracia, esta imagen se vio ensombrecida
por las debilidades humanas del monarca, su historia familiar con episodios a veces
lamentables y las turbias intrigas por la sucesión al trono. Pero es que, además, tampoco
su obra política fue duradera. A pesar de sus esfuerzos por unificar la nación, tuvo que
sofocar levantamientos de las tribus del norte. No pudo asimilar al reino las ciudades
fronterizas conquistadas y ni siquiera consiguió consolidar la unidad interna de Israel,
como los acontecimientos posteriores se encargaron de demostrar.
Ello no obstante, pocas casas reales en la historia han logrado mantenerse tanto
tiempo como la davídica. Mientras que en el reino del norte en el lapso de dos siglos se
sucedieron nueve dinastías, los descendientes de David reinaron en Jerusalén por
espacio de más de cuatro siglos.
Salomón
En las intrigas palaciegas por la sucesión al trono de David salió triunfante
Salomón, hijo de Betsabé. Fue ungido rey y ejerció el poder todavía en vida de su padre.
Fue, por tanto, corregente con David. El libro primero de los reyes nos transmite los
acontecimientos de su gobierno según un orden más lógico que cronológico: la
sabiduría de Salomón, sus construcciones, sus actividades comerciales, sin echar al
olvido las sombras de su carácter y de su gobierno. De hecho, el reinado de Salomón no
tuvo ya la misma dinámica que el de su padre. Salomón procuró conservar, explotar y,
sobre todo, extraer utilidad de lo ganado antes.
Los intereses de su política exterior fueron más diplomáticos que guerreros. El
faraón de Egipto le entregó su hija por esposa, con la ciudad de Guézer por dote.
Salomón mantuvo y confirmó las amistosas relaciones con Tiro iniciadas por David.
Pero, sobre todo, creó una red de amplias relaciones comerciales con los pueblos
vecinos. Durante su reinado Palestina se convirtió en plaza de intercambio del comercio
internacional. Se importaban de Cilicia caballos no sólo para satisfacer la demanda de
Salomón, sino también para exportarlos a Egipto, mientras que de este país venía
material bélico con destino a Siria. Palestina, por su parte, cambiaba cereales y aceite
por madera del Líbano. En el valle medio del Jordán desplegaba su actividad la
industria metalúrgica de Salomón. Se atribuye, en cambio, erróneamente, a este
monarca la explotación de minas de cobre en las proximidades de Esyón-Guéber. El
transporte de mercancías ya no corría a cargo sólo de las caravanas; en colaboración con
Tiro y con marineros fenicios, Salomón mantuvo una flota en el Mar Rojo que llevaba
oro a Palestina (probablemente desde Arabia occidental y el país de Somalia situado
frente a Arabia).
No fueron, en cambio, tan buenas las relaciones con los edomitas y los arameos.
En Edom logró hacerse con el poder un príncipe nativo, Hadad, que había tenido que
huir a Egipto durante el reinado de David. De todas formas, Salomón conservó el
control de la ruta comercial con el Mar Rojo. Entre los arameos fundó una dinastía
independiente en Damasco un cierto Razín. Comenzaba, pues, a resquebrajarse el gran
imperio davídico, aunque el reino de Damasco no constituyó un verdadero peligro hasta
más tarde, bajo los sucesores de Salomón.
El comercio proporcionó grandes riquezas al rey, pero fueron totalmente
absorbidas por los suntuosos gastos de la corte y en especial por las construcciones. Así
lo indica el relato de 1 Re 7 acerca de los edificios civiles salomómonicos ("la Casa del
Bosque del Líbano", un vestíbulo con triple fila de columnas de madera de cedro, de 15
columnas por fila; la sala del Tribunal; el palacio del rey y el palacio de la hija del
faraón), de los que, por lo demás, ofrece pocos datos, y la construcción del templo. con
todo, la interpretación de esta última descripción tropieza con grandes dificultades. Su
autor vivió en el exilio y no tenía, por tanto, a la vista el templo que describía.
A pesar de todas estas obras, Salomón cosechó aún peores resultados que su
padre en la tarea de la forja de la unidad del reino. Más bien contribuyó a preparar su
futura escisión. Dividió el territorio en 12 circunscripciones administrativas, pero
exceptuando a Judá (que, en cierto modo, como dominio privado del rey, gozaba de un
estatuto especial). Mientras que prácticamente todos los altos cargos de la
administración eran de esta tribu, el resto de Israel se veía sujeto a pesados tributos y los
cananeos tenían incluso que contribuir con levas de trabajadores forzados. Esta política
no hacía sino reforzar las tendencias secesionistas (presentes desde el principio)
derivadas del binomio Judá/Israel. Debió de ser particularmente doloroso para los
patriotas israelitas el hecho de que, actuando con enorme irresponsabilidad, Salomón
vendiera al rey de Tiro un distrito galileo, con veinte poblaciones, para financiar las
construcciones del sur del país. No es, pues, extraño que ya en vida de Salomón
comenzara a perfilarse la insurrección de las tribus del norte. Fueron cabezas visibles de
la rebelión el efraimita Jeroboam y el profeta Ajías. De momento, la sublevación
fracasó. Jeroboam tuvo que huir. Pero tras la muerte de Salomón la ruptura se hizo
inevitable.
LOS REINOS DEL NORTE Y EL SUR HASTA LA CAÍDA DE SAMARÍA
1. La división del reino
Roboam, hijo de Salomón, fue aceptado sin dificultades como rey por los
hombres de la tribu de Judá, pues habían sido favorecidos por su padre y habían
admitido al principio, ya puesto en práctica con el mismo Salomón, de la monarquía
hereditaria. Pero en la doble monarquía del reino davídico-salomónico, el sucesor al
trono tenía que ser también reconocido por Israel. Las tribus del norte afirmaban, en
efecto, que la monarquía se basaba en un contrato libre entre el hombre designado por
Yahveh y el pueblo. Por consiguiente, Roboam se trasladó a Siquem, capital de las
tribus septentrionales. Éstas no rechazaron de entrada al pretendiente al trono, pero
exigieron una más justa distribución de las cargas impositivas. Las negociaciones
emprendidas por Roboam revelan esa mezcla de vacilación y extrema dureza que suele
ser síntoma de debilidad. Se puede considerar también un signo de debilidad el hecho de
que Roboam se tomara un tiempo de reflexión. ¿Qué había que meditar? Las exigencias
de los israelitas estaban claras para todos. Hasta Roboam debía de haber tenido una idea
de ellas antes de iniciar las negociaciones. En lugar de eso, la estrategia no se diseñó
hasta llegar a Siquem, y en la discusión iba a renacer el inmemorial conflicto que
enfrenta a jóvenes y ancianos. Los funcionarios más antiguos, que estaban
familiarizados con los problemas de Israel, aconsejaron que se hicieran concesiones.
Los más jóvenes abogaron por una dureza inflexible. Estos últimos habían crecido en la
corte, en una atmósfera de obediencia en la que no cabían consejos ni negociaciones.
La obtusa intransigencia de Roboam precipitó la ruptura y las tribus del norte
encontraron muy pronto su propio candidato: Jeroboam, que durante una parte del
reinado de Salomón había sido ministro responsable de las prestaciones personales en
Israel, y que se había rebelado ya en vida de Salomón, se apresuró a regresar de su
destierro egipcio. Era de todo punto natural que Jeroboam fijara su residencia en
Siquem, donde fue proclamado rey. A ello se añade que existían fuertes lazos entre las
tribus de la Palestina central y el santuario siquemita. Al sucesor de David sólo le
siguieron Judá y los clanes confederados del sur. Ello no obstante, el nuevo rey no fijó
su residencia en Hebrón, que había sido el centro político tradicional de los clanes
judíos. El traslado del arca de la alianza, la construcción del templo, los edificios
administrativos y la organización del aparato del Estado habían marcado ya tanto a
Jerusalén como capital que resultaba imposible hacer girar hacia atrás la rueda de la
historia.
A la división del reino se la califica a menudo como cisma. Desde el punto de
vista político esta expresión no es correcta. No debe olvidarse que el norte y el sur no
formaron un reino único, sino que fueron siempre dos reinos distintos que, bajo David y
Salomón, tuvieron un mismo rey. Sí puede hablarse, en cambio, de cisma religioso. Es
indudable que cuando Jeroboam contrapuso al templo de Jerusalén templos en su propio
reino, un culto y un calendario propios, sólo pretendía destruir la unidad política. Las
imágenes de becerros que mandó erigir en Betel y Dan simbolizaban a Yahveh. Pero
como imitaban, para representar al Dios sin imágenes de Israel, las figuras de Baal,
perturbaron la sensibilidad religiosa y llevaron finalmente a la apostasía.
2. Judá e Israel hasta la revolución de Jehú (926-845)
La intervención del profeta Semaías logró evitar, de momento, una guerra
fratricida entre ambos reinos. Pero no tardaron en estallar las hostilidades, que se
prolongaron durante más de 50 años. Se benefició del mutuo debilitamiento el faraón
Sesonq I (llamado en la Biblia Sosaq), que había derrocado a la dinastía XXI y fundado
la XXII. Dado que la dinastía XXI había estado emparentada con la casa real de Judá,
era natural que Sesonq considerara al reino de Judá como enemigo. Su primer paso
consistió en renovar las antiguas pretensiones de Egipto sobre Palestina. Así, el año
quinto de Roboam (922) cayó sobre Judá y saqueó los tesoros del templo y del palacio
real. La información bíblica sobre estos sucesos debe interpretarse en el sentido de que
Roboam consiguió rescatar las ciudades judías, y especialmente Jerusalén, mediante la
entrega de un tributo. Estos lugares no aparecen, en efecto, en la lista de los 165
ciudades conquistadas por Sesonq que mandó escribir en la pared del gran templo de
Amón en Karnak. Dicha lista menciona, en cambio, 50 ciudades del reino del norte,
Israel. La Biblia nada dice sobre una incursión de Sesonq en estos territorios
septentrionales, pero no fueron perdonados, tal como testifica un fragmento de estela,
con el nombre de Sesonq, descubierto en las excavaciones de Meguiddó. En Jerusalén,
esta acción de pillaje debió de causar auténtica consternación.
Para prevenir en el futuro tales desastres, Roboam decidió fortificar las ciudades
meridionales y occidentales de su reino. La lista de 2 Cro 11, 5-11 indica hasta qué
punto se había reducido el territorio de Judá. De ella deducimos que no había,
evidentemente, una frontera septentrional firme y estable frente a Israel. En el curso de
las constantes guerras entre Israel. En el curso de las constantes guerras entre Israel y
Judá bajo los sucesores de Roboam, Abiyyam y Asá, la línea fronteriza ora avanzaba ora
retrocedía. Bajo Asá (908-868) discurría a escasos kilómetros al norte de Jerusalén.
Presionado por esta situación, el rey tomó una desafortunada decisión: se alió con el
enemigo septentrional de Israel, Ben-Hadad I de Damasco, que, por este camino, pudo
poner pie en Galilea. Aquella vergonzosa alianza introducía un elemento nuevo en las
relaciones de los reinos hermanos que, al final, provocó la ruina de los dos.
No fueron menos desdichados que los del sur los destinos del reino del norte.
Faltaba allí, sobre todo, una tradición dinástica. En un corto periodo de tiempo
perecieron asesinados tres monarcas. Hasta Omrí (882-871 a. C.) no conoció el país un
periodo de relativa paz. Este sexto rey de Israel inauguró lo que era la cuarta dinastía.
Sólo bajo su reinado tuvo el reino del norte una capital estable y definitiva. Tras la
incursión de Sesonq, Jeroboam había trasladado provisionalmente la residencia real de
Siquem a Penuel, en Transjordania, y, más tarde, a Tirsá, donde también residió su
sucesor, Basá.
Era evidente que a largo plazo aquella residencia no podía satisfacer las
necesidades del reino. La única acción de Omrí mencionada por la Biblia es la
fundación de una nueva capital, en la descollante colina de Samaría. De hecho, la
importancia de esta fundación es comparable a la conquista de Jerusalén por David.
Samaría era una ciudad nueva, sin tradición, situada en el centro del reino del norte, con
buenas comunicaciones hacia el norte y el oeste. Omrí adquirió el terreno y, de acuerdo
con el nombre de su anterior propietario, Shemer, la nueva ciudad se llamó Shomeron,
aunque el topónimo más usual es Samaría. El acierto de la elección se puso también de
manifiesto desde un punto de vista estratégico: la ciudad, levantada sobre un
promontorio, se podía defender con facilidad. El entorno era fértil y abundante en agua;
según Isaías, Samaría era como una corona sobre un valle feraz. Hasta entonces Israel
no había desempeñado ningún papel fuera de sus fronteras, pero con la fundación de
Samaría Omrí daba a entender que estaba dispuesto a entrar en el juego de la política
internacional. El reino del norte se insertaba de este modo en la complicada relación de
fuerzas del Oriente próximo. Omrí buscó aliados entre los fenicios, porque le interesaba
hallar un contrapeso a las amenazas arameas. La Biblia informa, en efecto, aunque de
una manera enteramente casual, que había perdido cierto número de ciudades a manos
de los arameos. A este propósito respondía también el matrimonio de su hijo Ajab con
Jezabel, hija del rey de Sidón. Desde el comienzo, la población de Israel había estado
mezclada entre hebreos y cananeos. Para la política de Omrí, consistenten en unificarlos
en un único pueblo, el culto que Jezabel había traído de Tiro podía constituir un punto
de partida. La esposa de Ajab había traído a Samaría el diso de la ciudad de Sidón,
Melkart, junto con su clero, los llamados "profetas de Baal". Este culto a Baal pretendía
establecer una relación entre las divinidades locales cananeas y el dios venerado en la
capital. La adoración de Baal contaba, entre los cananeos de Israel, con una tradición de
un siglo de antigüedad. Y en el centro del lugar de culto en Samaría había ya un ídolo
dorado con forma de toro, que Jeroboam había erigido como imagen de culto para los
hebreos. Dada la parcialidad de las fuentes del Antiguo Testamento resulta difícil saber
si Omrí tuvo éxito con su política religiosa, y si así fue, hasta qué punto lo consiguió.
Las aspiraciones absolutas del yahvismo iban a aparecer en un momento en el que no
sería necesario tener en cuenta ningún tipo de consideración política: es posible pensar
que la proclamación de Yahveh con exclusión de otros dioses, o al menos con un neto
predominio, fuera una forma tardía de compensar la impotencia política. En cualquier
caso, está claro que Omrí intentó llevar a cabo un acto conciliador desde el punto de
vista religioso y político, buscando el equilibrio entre las concepciones religiosas de
hebreos y cananeos. Desde el punto de vista político puede considerarse a Omrí como el
verdadero fundador del reino de Israel. De hecho, los anales asirios denominaban al
reino del norte, incluso después del derrocamiento de esta dinastía, "país de Omrí".
Ajab (871-852), hijo de Omrí, prosiguió la política de su padre. Puso fin a las
disputas con Judá, que se venían prolongando desde los días de la escisión del reino, y
concluyó una alianza con Josafat, rey de Judá, también esta vez sellada con un
matrimonio: Ajáb entregó a su hija Atalía como esposa a Joram, hijo de Josafat. Las
alianzas con los fenicios y las consiguientes actividades comerciales proporcionaron un
periodo de gran prosperidad al reino del norte. Ajab amplió de una manera
verdaderamente espléndida el palacio construido por su padre en Samaría. En razón de
la gran abundancia de objetos de marfil empleados en esta ampliación, se le dio el
nombre de la "casa de marfil". El dato ha sido confirmado por las excavaciones. Bajo
Ajab alcanzó Israel su época de máximo esplendor.
También en el campo de la política exterior supo actuar Ajab con talento y
consechó excelentes resultados. Aunque Ben-Hadad II de Damasco consiguió algunos
triunfos iniciales, fue al fin derrotado y hecho prisionero por el rey de Israel. Ajab
perdonó la vida a su adversario a cambio de ciertas concesiones políticas y comerciales,
porque ya comenzaba a dibujarse en el horizonte un peligro mucho más grave: Asiria,
que desde comienzos del siglo IX estaba impulsando una política expresamente
orientada a la expansión hacia Occidente. Contra esta política hicieron causa común los
príncipes de Siria, y cuando el año 854 a. C. se llegó a un enfrentamiento con
Salmanasar III en Karkar, junto al Orontes, las tropas de Ajab combatieron codo a codo
con las de Damasco. La batalla resultó indecisa y Salmanasar regresó a Asiria.
Apenas conjurado, por el momento, el peligro asirio, volvieron a enfrentarse
Israel y Damasco. Se libró una batalla en Ramot de Galaad, en la que resultó herido de
muerte el rey Ajab. El relato sobre la campaña contra Ramot y la precedente consulta a
los profetas indica bien a las claras la profunda crisis a que se había visto arrastrada la
religión yahvista durante el reinado de Ajab. Como suele ocurrir en la historiografía
antigua, la responsabilidad recayó sobre una mujer: Jezabel, que había impulsado la
hegemonía del culto de Baal haciendo exterminar a los partidarios del culto de Yahveh.
Pero algunos de los más altos funcionarios del Estado ocultaron y socorrieron a los
profetas de Yahveh. La historia de Elías, que se inserta en este contexto, muestra la
brutalidad con la que se desarrolló finalmente el enfrentamiento.
3. Desde la revolución de Jehú hasta la destrucción del reino del norte (845-
722 a. C.)
Fueron círculos proféticos los que provocaron el derrocamiento de la dinastía de
Omrí y Ajab. Ajab murió tras un reinado de 21 años. Le sucedieron dos hijos. El
primero, Ocozías (853-852 a. C.), no fue muy afortunado: cayó a través de la celosía de
un balcón, y no se recuperó de las consecuencias del accidente. A su hermano, Joram
(852-842 a. C.), se le presentaron unos problemas de política exterior mayores que a sus
predecesores en el trono. El rey Mesa de Moab se negó a pagar los tributos, y las
expediciones de castigo de los asirios anunciaban la aparición de una nueva potencia en
el este. Todo esto trajo consigo una serie de guerras que no procuraron victorias ni botín,
lo que encrespó el ánimo de la población. En el contexto de una sociedad tan marcada
por la religión, tales derrotas sólo podían interpretarse como el resultado de errores en la
celebración del culto, de forma que parecía consecuente iniciar una vuelta atrás en el
proceso religioso que estaba en marcha.
Los adversarios de los omridas abrieron las hostilidades en 842 a. C.,
precisamente cuando Joram asediaba la ciudad de Ramot en Galaad, que entre tanto
había caído en poder de los arameos. En un audaz y rapidísimo golpe de mano
proclamaron rey a Jehú, jefe del ejército. Jehú se dirigió con un pequeño destacamento a
Jezrael, donde Joram se recuperaba de unas heridas sufridas en Ramot, y allí lo hizo
matar, antes siquiera de que Joram se hubiera enterado de este levantamiento. El nuevo
monarca desató una persecución implacable contra los adoradores de Baal y contra
todos los miembros de la dinastía depuesta: Jezabel fue arrojada por una ventana y las
cabezas cortadas de los ejecutados fueron enviadas a Jezrael, donde Jehú las hizo
amontonar frente a una de las puertas de la ciudad.
No se puede negar que el éxito del levantamiento de Jehú se debía sobre todo al
rechazo contra la política religiosa de los omridas. Con Jehú (842-815 a. C.) se habían
aliado aquellos grupos que estaban descontentos con la equiparación de Baal y Yahveh,
así como con el papel que desempeñaban los cananeos en el reino. Jehú se presentó
como el restaurador del culto originario a Yahveh. El fundamento espiritual de todo el
movimiento queda de manifiesto en el encuentro de Jehú con Yonadab, caudillo de los
recabitas. Ambos se desplazaron a Samaría para asistir al exterminio de los adeptos de
Baal. Estos recabitas representaban, en cierto modo, la vida nómada, una tradición que
nunca se había perdido del todo entre los hebreos. Los recabitas solían aliarse con los
más enfervorizados partidarios de exigir un regreso a las formas de vida propias de los
buenos y viejos tiempos. Para los recabitas el ideal nómada implicaba abandonar todos
los progresos de la agricultura. Tenían prohibido beber vino, poseer viñas o cultivar la
tierra, y debían habitar en tiendas. Se oponían a todo lo cananeo y, en consecuencia,
rechazaban también la cultura urbana, que había penetrado en Israel a través de este
pueblo. Estos grupos apoyaron el gobierno de Jehú cuando vieron que este emprendía su
lucha contra los santuarios de Baal en Samaría, haciendo que sacerdotes y fieles fueran
exterminados. El templo del Baal tirio en la capital fue convertido en una letrina.
Aunque Jehú no fuera capaz de erradicar totalmente el culto a Baal, sí consiguió
encarrilar la implantación del culto a Yahveh, y en este sentido su actuación fue decisiva
y tuvo importantes consecuencias posteriores. Pero la reacción política dirigida por Jehú
no tuvo sólo consecuencias en el ámbito religioso porque, evidentemente los cananeos
no la aceptaron sin resistencia. Su negativa a colaborar con el Estado tuvo pronto
consecuencias funestas: Israel se debilitó, se quedó casi sin defensas y cayó en un
completo aislamiento.
Casi al mismo tiempo se registraba también en el sur una similar campaña
purificadora. Durante el reinado de Ajab en Samaría, Judá había tenido en Josafat (868-
847 a. C.) un rey hábil y capaz, tanto en política interior como exterior, que llevó a cabo
una enérgica campaña de reforma religiosa. Su único fallo fue su estrecha relación con
Ajab de Israel. Dio su asentimiento al matrimonio de su hijo Joram con Atalía, hija de
Ajab y de Jezabel. Tras la muerte de su esposo Joram y de su hijo Ajías, Atalía
consiguió hacerse proclamar reina (845-840 a. C.). Cuando finalmente fue destronada
mediante una revolución palaciega tramada por sacerdotes con ayuda del ejército y el
campesinado, se nos da noticia de la destrucción de un templo de Baal en Jerusalén,
evidentemente construido durante el gobierno de la reina.
Con Jehú se iniciaba en Samaria la quinta dinastía, que se mantuvo en el poder
durante casi un siglo (845-747 a. C.). El cambio dinástico no trajo bienes, sino males, al
reino. Con su política, Jehú acabó completamente con la potencia de Israel en el marco
de la región de Siria-Palestina. Damasco se mostró tan pertinaz y levantisco que Jehú no
vio otra salida que pagar tributo a los enemigos de Siria, los asirios. Así lo confirman
los Anales de Salmanasar III. Damasco se vengó arrebatando a Jehú toda la
Transjordania, hasta el Arnón. También se independizó de Israel, por aquel mismo
tiempo (hacia el 840 a. C.), Mesa, rey de los moabitas. Sólo bajo el cuarto y último rey
de la dinastía de Jehú, Jeroboam II, recobró Israel su pasada prosperidad. Damasco y
Asiria atravesaban una etapa de debilidad, de modo que Israel pudo reconquistar todos
sus antiguos territorios. Las relaciones comerciales aportaron grandes riquezas al reino,
pero el bienestar material desembocó en degeneración religiosa y moral, sobre todo en
el campo de la ética social. En aquel tiempo ejercieron su actividad profética en el reino
del norte Amós y Oseas, que denunciaron implacable e incansablemente aquella cultura
brillante, pero enteramente profana y secularizada. Con la muerte de Jeroboam II y el
final de la dinastía de Jehú entraba Israel en la agonía.
También en el reino del sur, Judá, vivía, por aquella misma época, bajo el rey
Azaría (Ozías, 787-736 a. C.) una parecida etapa de esplendor derivada de las mismas
causas: paz con Israel, debilidad de Damasco y Asiria, fomento de la agricultura y la
viticultura y reactivación del comercio exterior. También fueron iguales las
consecuencias: riqueza, secularización, pésima situación social. Bajo este monarca
inició Isaías su actividad en el reino del sur.
A partir de entonces, la historia de ambos reinos estuvo condicionada por el
resurgimiento de Asiria. Teglatfalasar III (745-726 a. C.), a quien la Biblia llama
también Pul, reanudó la antigua política expansionista hacia Occidente. Sometió a Siria
y el año 738 a. C. Menajem de Samaría tuvo que pagarle tributo. Pero su sucesor,
Pecajías, organizó una coalición contra Asiria, de la que formaban parte, además de
Damasco, otros cuatro aliados. Quisieron también obligar por la fuerza (guerra siro-
efraimita) a Ajaz de Judá (741-723 a. C.) a unirse a la alianza. En vano exhortaba Isaías
a poner la confianza en Yahveh. Ajaz se dejó guiar por consideraciones humanas y pidió
ayuda, contra la coalición, a los asirios, que ya habían penetrado en Siria. Teglatfalasar
no sólo conquistó Damasco sino que arrebató también al reino del norte los campos de
Galaad y de Galilea, que pasaron a ser las provincias asirias de Galaad, Meggidó y Dor.
Israel quedaba reducido a la zona montañosa efraimita, con Samaría como capital.
Cuando finalmente Ozías, asesino de Pecaj, se negó, tras la muerte de Teglatfalasar, a
seguir pagando tributo, y entabló negociaciones con Egipto, quedó sellada la ruina de
Israel. Sin pérdida de tiempo, el nuevo rey de Asiria, Salmanasar V, regresó a Samaría y,
tras un asedio de tres años, se apoderó de la capital (entre diciembre de 722 a. C. y abril
de 721). Da noticia detallada de ello, en sus Anales, Sargón II, sucesor de Salmanasar.
Desaparecía así el Estado de Israel. Su territorio se convirtió en la provincia asiria de
Samaría. Una parte de la población fue deportada y asentada al norte de Mesopotamia y
en Media, donde fue absorbida tanto étnica como religiosamente por su entorno. En un
movimiento inverso, Salmanasar (y también sus sucesores) trasladaron a Samaría un
abigarrado conjunto de gentes de otros países. Se desarrolló, por consiguiente, en el
suelo samaritano, un sincretismo religioso cuyas consecuencias se prolongaron hasta la
época neotestamentaria.

EL REINO DEL SUR HASTA EL EXILIO EN BABILONIA


Con su petición de ayuda a los asirios, Ajaz pudo salvarse en un primer
momento, pero había vendido su libertad. Tras la conquista de Damasco por
Teglatfalasar, tuvo que trasladarse, al igual que su colega Ozías en Samaría, a a quella
ciudad para prestar acatamiento. A partir de aquel acto, los asirios consideraban delito
de traición cualquier manifestación de independencia.
A Ajaz le sucedió su piadoso hijo Ezequías (725-687 a. C). La catástrofe del
reino del norte había causado profunda impresión en Judá. Como se creía que aquel
desastre había sido ante todo un castigo por haber abandonado a Yahveh, Ezequías
acometió una reforma religiosa que incluía tres elementos: lucha contra el sincretismo
religioso y la idolatría, restablecimiento del culto puro a Yahveh en el templo y
centralización de todos los actos culturales en Jerusalén, lo que implicaba la demolición
de los santuarios de "los altos". Para aumentar el bienestar del reino, Ezequías
emprendió varias obras de gran envergadura. Fue particularmente célebre (y todavía hoy
visible) el canal subterráneo excavado en la roca para conducir el agua de la fuente de
Guijón al nuevo estanque de Siloé, dentro de los muros de la ciudad.
El acontecimiento más importante de su política exterior fue su negativa a seguir
pagando tributo a Asiria. Creyó poder dar este paso porque Merodak-Baladán de
Babilonia se había proclamado independiente y buscaba aliados. Ya antes, otros vasallos
se habían sacudido el yugo asirio y habían entablado negociaciones con Egipto. En vano
intentó Isaías disuadir al rey de formar alianza contra los egipcios. De todas formas,
aquella alianza le libró de una catástrofe. El año 701 a. C., en efecto, regresó
Senaquerib, rey de Asiria, y sometió rápidamente a los demás aliados, de modo que
Ezequías quedó solo y aislado frente al ejército asirio. Desde Lakis, donde había
establecido su cuartel general, despachó Senaquerib un mensajero para exigir la
rendición de la ciudad. Pero dado que se estaba acercando un ejército egipcio, el
monarca asirio emprendió la retirada. Jerusalén se había salvado.
Bajo Manasés (696-642 a. C.), hijo de Ezequías, el péndulo, tanto político como
religioso, pasó al extremo contrario. Una oleada de paganismo sepultó a todo el reino de
Judá y arrasó la obra reformadora de Ezequías. En el campo político, Manasés estaba
totalmente entregado a Asiria y pagaba tributo al rey Asarhaddón. Esta misma
orientación mantuvo su hijo y sucesór Amón durante su corto reinado de dos años (641-
640 a. C.).
Josías fue el último gran rey de Judá y el único, junto con Ezequías, al que el
redactor de los libros de los Reyes dedica sólo alabanzas, sin mezcla de reproches. El
reino asirio atravesaba una etapa de decadencia, de modo que Josías pudo reorganizar
sin trabas tanto el ámbito profano como el religioso. La Biblia sólo menciona la reforma
religiosa, que recibió un poderoso impulso merced al hallazgo del "libro de la Ley" en el
templo, el año 622 a. C.
Aquel mismo año 622 un cierto Nabopolasar se rebeló en Babilonia contra el
dominio asirio y fundó el imperio neobabilónico. Aliado con los medos, conquistó
Assur el año 614 y Nínive el 612. En vano intentó el faraón Necao II acudir
rápidamente, el año 609, en ayuda del ya agonizante reino asirio. De todas formas, su
marcha sobre Asia tuvo consecuencias decisivas para el reino de Judá. Allí había sido
recibida con gran júbilo la noticia de la caída de Asiria y nadie podía desear que se
prestara ayuda al antiguo enemigo. Por consiguiente, Josías se propuso detener el
avance del ejército egipcio en el paso de Meguiddó (lo que demuestra que pudo
apoderarse de algunas regiones del antiguo reino del norte sin verse molestado por los
asirios), pero pagó con su vida aquella temeraria empresa.
A partir de entonces los acontecimientos se precipitaron. Egipto no pudo
mantener por mucho tiempo su supremacía en Siria-Palestina. El año 605 a. C. el
copríncipe babilónico Nabocodonosor tomó al asalto la fortaleza de Karkemis, en el
Éufrates y, una vez asegurada su pretensión al trono, reanudó la marcha hacia Palestina.
El año 604/603 tuvo que someterse Yoyaquim, rey de Judá, pero tres años más tarde
(601) se rebeló de nuevo, tras la derrota sufrida por los babilonios en Egipto. La
expedición de castigo enviada contra Jerusalén por Nabucodonosor ya no encontró a
Yoyaquim, sino a su hijo Joaquín. Los babilonios conquistaron Jerusalén el 15/16 de
marzo del año 597 y efectuaron una primera deportación. Nabucodonosor destituyó a
Joaquín y nombró en su lugar a su tío Sedecías. Fue el último rey de la dinastía de
David.
Sedecías era un hombre de carácter débil, indeciso y vacilante, tan pronto
inclinado al bando egipcio como al babilónico. Abogaba por no rebelarse contra el yugo
babilónico sobre todo el profeta Jeremías, pero se alzó con la victoria el círculo palatino
de los partidarios de Egipto. Así, pues, Sedecías se sumó a la alianza contra Babilonia
encabezada por el faraón Apries (Hofra). Pronto volvió Nabucodonosor y, al cabo de un
asedio de año y medio, Jerusalén fue tomada al asalto, el día 29 de julio del 587 a. C.
Sedecías fue capturado cuando intentaba huir y trasladado al cuartel general de los
baiblonios, instalado en Ribla. Allí mataron a sus hijos en su presencia y luego le
sacaron los ojos. Jerusalén fue saqueada y reducida a cenizas y sus habitantes
deportados.
A pesar de ello, el trato que Nabucodonosor dispensó a Jerusalén fue
relativamente benigno. No se nos dice nada sobre asentamientos de colonos extranjeros.
Constituía una especial muestra de benevolencia el hecho de que Nabucodonosor no
pusiera al frente de la provincia de Judá a un gobernador babilónico, sino a un
ciudadano judío llamado Godolías, hombre cauto, prudente y de nobles sentimientos,
amigo de Jeremías, cuyas ideas compartía. Fijó su residencia en Mispá. Bajo su jefatura,
tal vez las gentes que habían quedado en el país habrían recobrado muy pronto la paz y
habrían podido reemprender sus actividades cotidianas. Pero apenas habían transcurrido
tres meses cuando Godolías fue asesinado por un fanático ambicioso de la casa real. Es
probable que a raíz de este suceso Judá pasara a depender directamente de la
administración babilónica y quedara sometida al gobernador de Samaría.
Dado que los babilonios renunciaron a asentar en el territorio de Judá colonos
extranjeros, los pueblos vecinos aprovecharon muy gustosamente la excelente
oportunidad de penetrar en aquel espacio diezmado. Llegaron sobre todo edomitas del
sur, que se veían a su vez presionados y desplazados por las tribus árabes de los
nabateos. Numerosos textos de los profetas y de Salmos reflejan la amargura de los
judíos ante las mofas y escarnios de los edomitas.
LA ÉPOCA PERSA
1. Ciro
Desde el punto de vista de la historia del pensamiento, el destierro babilónico
(586-538 a. C.) fue uno de los periodos más fecundos de la historia judeo-israelita. Las
fuerzas dirigentes espirituales, tanto las de la comunidad en el exilio como las que
habían permanecido en Palestina, desplegaron una asombrosa actividad y a ellos
debemos algunos de los más importantes capítulos de la literatura veterotestamentaria.
Pero no analizaremos aquí este aspecto. Judá no vuelve a surgir a la luz de la historia
como magnitud étnica y religiosa hasta el reinado de Ciro II, de la estirpe real de los
aqueménidas, fundador del imperio persa (559-529 a. C.). El año 539 Ciro conquistó
Babilonia (y con ella todas las provincias del reino babilónico, incluida Palestina) y,
mediante un decreto real, concedió a los judíos la libertad para volver a su patria y
reconstruir el templo de Yahveh en Jerusalén. Bajo la guía de un cierto Sesbasar, a quien
Ciro concedió, para llevar a buen término la misión encomendada, el titulo de
gobernador, un pequeño primer grupo de inmigrantes emprendió, el año 538, el camino
hacia Jerusalén, para iniciar las obras de reconstrucción del templo. Pero, al parecer,
sólo consiguieron levantar el altar de los holocaustos. La reconstrucción sólo empezó a
tomar cuerpo cuando, el año 521, una poderosa caravana, bajo la jefatura del davídida
Zorobabel, tomó el camino de Palestina. Enardecidos por la predicación de los profetas
Ageo y Zacarías, el año 520 pusieron manos a la obra. A pesar de los manejos, las
intrigas y las obstrucciones de los samaritanos, pudieron consagrar el templo el año 515
a. C., tras cuatro años y medio de trabajos.
2. Nehemías y Esdras
Si Ciro fue el creador del imperio persa, Darío I (521-485 a. C.), su
segundo sucesor, fue su genial organizador. Dividió el imperio en 20 provincias o
satrapías. Palestina formaba parte de la quinta, cuyo nombre, en la lengua aramea de la
administración, era Abar-Nahara. No sabemos con certeza dónde se hallaba la
residencia oficial de esta satrapía. Al parecer (y al menos al principio) el gobernador
competente en los asuntos relacionados con Jerusalén residía en Samaría. Parece
evidente que Jerusalén obtuvo una mayor independencia con Nehemías, que el año 20
de Artajerjes (es decir, el año 445 a. C.) llegó a la ciudad con poderes extraordinarios de
la corte persa para reconstruir las murallas.
La reconstrucción de las murallas fue posible gracias a un generoso acto de
benevolencia del gobierno central persa; al parecer, este gobierno fomentaba de manera
expresa la reconstrucción moral de la comunidad judía. Uno de los principios de la
política persa era, en efecto, respetar las tradiciones nacionales y religiosas de los
pueblos sometidos, porque de esta manera se esperaba conseguir una estabilidad del
reino mayor que la que podía implantarse mediante medidas coercitivas. Resulta así
comprensible, la disposición de Ciro de pagar con fondo del erario público no sólo los
costes de la reconstrucción del templo, sino también los derivados del culto regular. Esta
política quedó plenamente confirmada en la misión del escriba Esdras, que el año 7 de
Artajerjes fue enviado a Jerusalén con una caravana de personas que deseaban regresar,
para enseñar allí la ley judía y obligar a su cumplimiento. Se discute bajo qué rey
aqueménida aconteció, si bajo Artajerjes I (464-424 a. C.) o Artajerjes II (404-358 a.
C.). Según cuál fuera el reinado, el año 7 puede ser o bien el 458 a. C., o bien, y mucho
más probablemente, el 398 a. C.
Esdras entendió que su tarea principal como reformador era combatir los
matrimonios mixtos que amenazaban desde dentro la existencia de la comunidad judía,
ya débil en su frente exterior. Dado que no había ni un rey ni una estructura estable que
asegurara su supervivencia, ésta sólo podía ser garantizada por y desde la Ley. De aquí
se derivaba inexorablemente el acrecentamiento del poder sacerdotal. Mientras que en
épocas anteriores el sacerdocio se situaba a la sombra de la realeza, ahora pasaba a ser
(dentro de la relativa independencia respecto al gobierno central persa) la primera fuerza
del país. El primer sacerdote del templo de Jerusalén, el "sumo sacerdote", se convertía
en el supremo e indiscutible guía del pueblo, y esto no sólo en las cuestiones
"espirituales".
3. El cisma samaritano
En el contexto de la reconstrucción del templo y de los muros de la ciudad, los
libros de Esdras y Nehemías mencionan varias veces las dificultades y las triquiñuelas
puestas por los samaritanos. La animosidad entre judíos y samaritanos tenía sus últimas
raíces en la vieja rivalidad entre las tribus del norte y las del sur y en la escisión del
reino de David y Salomón derivada de aquellos enfrentamientos, una de cuyas
consecuencias fue que las regiones del reino de Israel se vieran alejadas del templo de
Jerusalén. Pero el sentimiento de hostilidad creció más aún por la desaparición del reino
del norte, la aclimatación de colonos extranjeros en Samaría y el consiguiente
sincretismo religioso. Al parecer, el elemento predominante entre los colonos paganos lo
constituían gentes de Kutá (unos 25 km al nororeste de Babilonia), hasta el punto de que
a menudo en la literatura posterior se designa erróneamente a los samaritanos como
kuteos.
Era inevitable que las tensiones desembocaran en ruptura abierta por el hecho de
que, según la administración persa, Jerusalén dependía en lo político del gobernador de
Samaría pero, al mismo tiempo, el edificio del templo y la pecular vida religiosa judía
gozaban del favor permanente del gobierno. Coexistían así, uno junto al otro, dos
centros, uno político en Samaría, y otro religioso en Jerusalén. Los samaritanos
intentaron salir al paso de la creciente importancia de Jerusalén por el rodeo de
participar en la construcción del templo. Al ver rechazada su petición se vengaron a
base de denuncias. La rivalidad entre ambos centros sólo podía suavizarse a largo plazo
desligando políticamente a Judá y Jerusalén de su vinculación a la provincia de Samaría.
Así ocurrió de hecho, con el nombramiento de Nehemías como gobernador provincial.
La inevitable reacción del gobernador de Samaría, Sambalat, fue montar una serie de
intrigas contra la construcción de las murallas de Jerusalén y calumnias contra la
persona de Nehemías. El siguiente paso de los samaritanos era de todo punto previsible:
construyeron en el monte Garizim un templo, considerado siempre como templo de
Yahveh. No puede fijarse con seguridad la fecha en que se llevó a cabo esta
construcción. Tal vez ocurrió aún en vida de Nehemías, o tal vez hacia finales del siglo
IV a. C. El templo se mantuvo en pie hasta el año 107 a. C., fecha en que Juan Hircano
ordenó su demolición. Pero el Garizim siguió siendo, también después, lugar de
sacrificio de los samaritanos. Incluso actualmente los pocos cientos de samaritanos
supervivientes celebran allí la fiesta de Pascua según los antiguos ritos.
LA ÉPOCA GRIEGA HASTA LA REBELIÓN MACABEA
1. Alejandro Magno y sus sucesores
En el siglo IV a. C. aquel imperio persa que bajo Ciro había alcanzado cumbres
tan gloriosas, ya casi había agotado su vigor moral. La dinastía de los Aqueménidas
había degenerado. Tendría que surgir en el escenario un hombre que, como el antiguo
Ciro, cambiara de golpe el rostro político y cultural del mundo antiguo. Este hombre fue
el macedonio Alejandro Magno.
Cuando Filipo de Macedonia ascendió al trono, el año 359 a. C., su reino, que en
el siglo V había conseguido, junto a los griegos, su época de máximo esplendor, se
hallaba ya en la agonía. Pero cuando murió asesinado en el año 336 a. C. había
convertido a Macedonia en un gran reino, bajo cuya dirección las ciudades griegas se
habían unido en la llamada "Liga Corintia". Europa había creado, por vez primera, una
estructura política de alcance universal. Alejandro, hijo de Filipo, amplió la herencia
paterna con una clarividente fijación de objetivos. Accedió al poder a los veinte años de
edad y murió a los 33. En sólo 13 años creó un mundo nuevo.
Alejandro estuvo dominado desde el primer momento por la idea de agrupar
todas las fuerzas griegas bajo su mando y lanzarlas contra el imperio aqueménida para
vengar las desventuras que desde los días de Maratón habían venido causando al pueblo
griego los persas. En la primavera del año 334 a. C. emprendió la marcha hacia Oriente,
pero tras cruzar victoriosamente Asia Menor, en vez de proseguir su avance hacia el
corazón del imperio, giró hacia el sur, se apoderó de las ciudades costeras fenicias y de
Palestina, se ciñó en Egipto la doble corona de los faraones y fundó la ciudad de
Alejandría, que en épocas posteriores acabaría por ser el centro más importante de la
diáspora judía. A continuación emprendió la ruta del norte, cruzó el Tigris y el Éufrates,
derrotó a Darío III en Gaugamela (cerca de Nínive) y entró, sin combatir, en Babilonia.
A continuación cayeron en sus manos Susa, Persépolis y Ecbátana.
Apenas cumplido su primer objetivo de derrotar al imperio persa, Alejandro se
proponía otro aún más ambicioso: dominar el mundo entero, hasta sus últimos confines.
Avanzó, al frente de sus tropas macedónicas, hasta las faldas del himalaya, pero el año
324 a. C. tuvo que regresar a Susa. Aquí determinó que 10.000 hombres de su ejército
se casaran con mujeres iraníes, para mezclar indisolublemente el reino macedónico con
el imperio persa. Él mismo tomó por esposa a una hija del último rey persa, Darío III.
Murió al año siguiente (323 a. C.), en Babilonia, a causa de una fiebre.
A la muerte de Alejandro Magno, sus generales se repartieron el imperio. Al
principio asumieron una función parecida a la de los antiguos sátrapas, pero muy
pronto, uno tras otro, se fueron dando el título de rey.
En Babilonia consiguió encumbrarse a la dignidad de sátrapa Seleuco,
antiguo soldado de la entera confianza de Alejandro. A este acontecimiento, que al
principio no tuvo nada de espectacular, se le consideró más tarde de tanta trascendencia
que se le convirtió en punto de partida de una nueva etapa histórica, la era Seléucida
(que se inicia el 1 de octubre de 312 a. C.). Como sátrapa de Babilonia, caían dentro de
los territorios de Seleuco las provincias orientales del imperio de Alejandro. Pero,
además, gracias a la iniciativa de su hijo Antíoco, se apoderó de Siria. El año 305 a. C.
se concedió el título de rey, iniciando así la dinastía Seléucida. El año 300 a. C. fundó,
para su residencia, la ciudad de Antioquía, junto al Orontes. Tanto en Antioquía como en
otras ciudades por él fundadas hizo asentar colonias judías. A su muerte, el reino
abarcaba Siria, Mesopotamia, Armenia, toda Asia Menor, Tracia y Macedonia.
De todas formas, Palestina estaba incluida al principio en el área de influencia de
los Ptolomeos. Al macedonio Ptolomeo, hijo de Lagos, jefe de la guardia personal de
Alejandro, le había correspondido la satrapía de Egipto. También él se proclamó rey, el
año 305 a. C., fundado así la dinastía de los Ptolomeos o Lágidas, que figura en la
historia egipcia como la XXXI y última (305-30 a. C.). Sin pérdida de tiempo, se
apoderó de Palestina. Pero fue sobre todo Ptolomeo II Filadelfo (283-246 a. C.) quien
dio al país su peculiar fisonomía, claramente perceptible incluso en nuestros días, ya
que helenizó las ciudades existentes y creó otras nuevas. El punto de apoyo más sólido
del dominio lágida en Palestina fue la antigua ciudad portuaria de Akkó, llamada en
adelante Ptolemaida en honor del rey. También la antigua capital de los ammonitas de
Transjordania, Rabat Ammón, pasó a llamarse Filadelfia, en recuerdo del nombre de la
reina.
En Antioquía se alzó con el poder, el año 224, Antíoco III Megas (223-187 a.
C.). Su reinado marcó decisivamente los destinos de Palestina. En efecto, en el curso de
los enfrentamientos armados que con diversa suerte libró contra su adversario Ptolomeo
IV, Antíoco consiguió arrebatar Palestina a los Ptolomeos e incorporarla a sus dominios.
Para la población palestina este cambio significó un giro no sólo político sino también,
y muy pronto, religioso. Los Ptolomeos se habían mostrado benévolos con los judíos y
sus instituciones. Especialmente en Alejandría, los judíos constituían un notable
contingente de la población y era muchos los judíos que se alistaban en el ejército.
También en Palestina mantuvieron los Ptolomeos la política liberal de los Aqueménidas.
A pesar de ello, parece ser que la población judía de Palestina recibió con alborozo el
cambio de dominio de los Ptolomeos a los Seléucidas. Antíoco III era un hábil político,
que supo ganarse la benevolencia de sus nuevos súbditos mediante donaciones para el
culto y la suavización de las cargas impositivas.
Pero muy pronto comenzaron a percibirse los signos de la tormenta que se
avecinaba. Cierto que el sucesor de Antíoco III, Seleuco IV Filopátor (187-175 a. C.),
atendía con sus rentas personales a los gastos necesarios para el servicio de los
sacrificios, y la persona del piadoso sumo sacerdote Onías parecía ofrecer garantía de
que todo discurriría por los mejores cauces. Pero, por otro lado, resulta perfectamente
creíble la noticia bíblica según la cual Seleuco, forzado por la miserable situación
financiera en que se encontraba, quiso apoderarse de los tesoros del templo.
Fuera como fuere, el relato deja entrever claramente que las tensiones interiores
que azotaban a la comunidad judía eran mucho más alarmantes que las amenazas
exteriores. Precisamente, el hecho de que tanto Alejandro Magno como los Ptolomeos y
los primeros Seléucidas no sólo no atentaron lo más mínimo contra la libertad religiosa
de los judíos, sino que incluso le dispensaron un trato de favor, entrañaba en sí el
peligro que se creía ya definitivamente superado en virtud del castigo del exilio
babilónico: comenzaron a desdibujarse las fronteras entre judaísmo y paganismo y las
concepciones paganas de la vida influían con creciente fuerza en la mentalidad judía.
La irrupción de Alejandro Magno en Oriente había puesto en marcha el
movimiento cultural y religioso conocido en la historia por helenismo. A través del
idioma griego, convertido en lengua universal y unitaria, los países orientales se vieron
inundados por la filosofía griega, la literatura griega, la arquitectura griega y las
costumbres griegas, que desembocaron, también en el ámbito religioso, en una mezcla
de cultos griegos y orientales. La contraposición entre la religión revelada judía y el
evangelio del disfrute ilimitado de la vida que predicaba el helenismo tiene su mejor
expresión plástica en el libro de la Sabiduría, compuesto en aquella época. El escrito
muestra que el ataque del helenismo al judaísmo, así como la resistencia judía, se libró
inicialmente con armas espirituales. La situación cambió cuando accedió al poder, el
año 175 a. C., Antíoco IV.
2. La rebelión macabea
Los intentos de helenización de Antíoco IV fueron inicialmente bien acogidos
por un fuerte partido judío grecófilo de Jerusalén. De hecho, cuando el rey visitó por
primera vez la capital, el año 175 a. C., el sumo sacerdote y los judíos le dispensaron
una solemne recepción. Pero cuando los romanos bloquearon los intentos del monarca
seléucida de apoderarse de Egipto, comenzaron a percibir los judíos las primeras
muestras de su enojo. Saqueó el tesoro del templo, reprimió la oposición y ordenó a sus
gobernadores de Celesiria acelerar el proceso de helenización de los judíos. El templo
fue profanado, el sábado ultrajado, todos los libros sagrados entregados a las llamas y
castigada su posesión. Quedó prohibida la circuncisión y se obligó, por medios
coercitivos, a comer carne de cerdo. Si hasta entonces el partido grecófilo había
aprobado la política de Antíoco, ahora su intento de introducir en Jerusalén el culto a
Zeus Olímpico tropezó con una protesta generalizada. Aquel atentado contra la religión
se estrelló contra el movimiento popular de los Macabeos.
Tras una inicial resistencia pasiva, que llegó en ocasiones hasta el martirio, se
dio la señal de partida para el levantamiento activo, que no surgió de Jerusalén, sino de
la pequeña localidad de Modín (28 km al noroeste de la capital). Su promotor fue el
anciano sacerdote Matatías y sus cinco hijos. Encontraron seguidores en la "asamblea de
los asideos", partido exclusivamente religioso, que exigían, frente al helenismo, el
estricto cumplimiento de la Ley. De él surgieron más tarde los partidos de los esenios y
de los fariseos. Tras la pronta muerte de Matatías se puso al frente de la resistencia su
tercer hijo, Judas (166-160 a. C.), conocido bajo el sobrenombre de Macabeo
("martillo"). Gracias a dos victorias alcanzadas en breve espacio de tiempo consiguió
apoderarse de Jerusalén (salvo la fortaleza siria, situada en el monte Sión) y restaurar el
culto divino. La nueva consagración del templo (165 a. C.) debería conmemorarse todso
los años mediante una fiesta conmemorativa (Dedicación o Hannuká). Aunque Judas fue
desalojado, los sirios aceptaron un compromiso en virtud del cual se les concedía
solemnemente a los judíos el libre ejercicio de su religión. Se conseguía así el principal
objetivo de la insurrección macabea. Para poder sacudirse enteramente el yugo sirio,
Judas acudió a los romanos. Pero con esta iniciativa provocó un rápido contraataque de
los sirios y Judas cayó en la batalla.
Los hombres de Judas eligieron a su hermano Jonatán (160-143 a. C.) por su jefe
y caudillo. Entre el 160 y el 153 supo convertir a sus seguidores en un fuerte partido,
cuyos favores llegaron incluso a disputarse los pretendientes al trono sirio, enfrentados
entre sí. Jonatán aprovechó hábilmente esta circunstancia para obtener concesiones y
consiguió incluso que el año 153 el seléucida Alejandro Balas lo nombrara sumo
sacerdote y el 150 estratega y gobernador de Judea, aunque siempre bajo la autoridad
formal del rey seléucida. Se alcanzaba así el segundo gran objetivo de los Macabeos: el
dominio único, total e incompartido del partido nacional religioso. Pero las siguientes
tentativas de Jonatán por acrecentar su poder despertaron la desconfianza de los sirios.
Le tendieron una emboscada en la que encontró la muerte.
Jonatán había dejado perfectamente claro que lo que deseaba era la
independencia total frente a Siria. La importancia de su hermano y sucesor, Simón (143-
143 a. C.) radica en que llevó a cabo aquel propósito y convirtió a Judea en un estado
independiente. Expulsó a la guarnición siria de la fortaleza de Jerusalén; lo único que le
faltaba era el reconocimiento formal de su propio pueblo. Lo obtuvo mediante la
decisión popular del año 141 a. C., en la que se le nombraba sumo sacerdote, jefe del
ejército y del pueblo judío para siempre, "hasta que aparezca un profeta digno de fe".
"Para siempre" implicaba que su dignidad era hereditaria. Se creaba así una dinastía
judía que tenía en sus manos el poder religioso y político. Por el nombre de un supuesto
antepasado de Matatías, (H)asmón, se la denomina dinastía de los (H)asmoneos.
LA DINASTÍA ASMONEA
El nuevo Estado fue entendido por los asmoneos como una teocracia en la que se
reunían en una misma persona el poder político y el religioso. Esta estructura no
contaba con antecedentes en la tradición anterior y, además, los nuevos gobernantes no
podían exhibir ningún título para legitimar sus aspiraciones al sumo sacerdocio. Tenían
ante los ojos, como forma ideal, un estado en el que el cumplimiento de la Ley mosaica
estuviera garantizado por el poder civil, recurriendo a la fuerza si fuera preciso. No
dudaron, pues, en utilizar medios violentos para imponer la religión judía a las
poblaciones de los territorios anexionados.
Fue, en concreto, el gobierno de Juan Hircano (134-104 a. C.) el que más se
caracterizó por su dureza y su fanatismo. No se trataba sólo de erradicar a los apóstatas
de sus propias filas (donde de hecho ya se habían practicado algunas purgas), sino de
vengarse de los antiguos enemigos de Israel que habían prestado ayuda a los opresores
de los judíos. Hircano se dirigió en primer lugar contra los árabes que se habían
asentado en la altiplanicie moabita, para asegurarse sólidos puntos de apoyo en
Transjordania. A continuación marchó hacia el norte, contra los samaritanos, qu edesde
hacía 300 años tenían rotas sus relaciones con los judíos. Hircano conquistó y destruyó
la ciudad de Sikem, así como el templo del monte Garizim (107). En el sur combatió a
los idumeos, que seguían alimentando el odio ancestra de Esaú a Jacob. Hircano se
apoderó de sus ciudades más importantes. A sus moradores se les perdonó la vida a
condición de abrazar la ley mosaica. Su región fue convertida en una toparquía de Judá.
Más adelante apoyaron con gran celo el levantamiento de los judíos contra Roma. Aun
así, los judíos los consideraron siempre sólo como judíos a medias. Así veían también al
idumeo Herodes, aunque en su familia se practicaba la circuncisión con la máxima
escrupulosidad.
Si hasta entonces los asmoneos habían evitado el título de rey, conformándose
con el de etnarca, la situación cambió radicalmente con el siguiente gobernante,
Aristóbulo I (104-103). Se autonombró formalmente basileus, aunque su reinado fue de
tan corta duración que no tuvo tiempo de acuñar moneda. Por esta razón, el título no
aparece confirmado por la numismática hasta su sucesor Alejandro Janeo (103-76 a. C.)
Éste llevó su celo proselitista hasta Galilea. Conquistó el área en torno al lago de
Genesaret y colocó a sus habitantes en la alternativa de la circuncisión o la
expropiación. Así, Galilea fue judaizada por vez primera desde la conquista asiria. Con
todo, dado que se trataba de una medida impuesta por la fuerza, el judaísmo no echó
hondas raíces entre los galileos.
Ésta era la razón de la desconfianza con que los contemplaba la ortodoxia jduía
de Jerusalén. Para acentuar más la judaización de Galilea, Alejandro Janeo asentó en
aquellas tierras gentes procedentes de Judea. Así se explica que en tiempos de Jesús
hubiera en Galilea gentes oriundas de Judea, como José.
La política interior del reinado de Alejandro se caracterizó por su radical
discordia con los fariseos y su inclinación a los saduceos. Los fariseos le declararon la
guerra abierta y llegaron incluso a acuñar moneda propia.
A la muerte de Alejandro el reino pasó (en virtud de la última voluntad del rey) a
su esposa Alejandra (76-67 a. C.). Fue la única mujer que ocupó el trono de los
asmoneos. Dado que, a diferencia de los soberanos precedentes, no pudo reclamar
también el poder espiritual, nombró de inmediato sumo sacerdote a su hijo primogénito,
Hircano. Por lo demás, fue exactamente el polo opuesto de su marido. Mientra que éste
había sido un déspota brutal y despiadado, Alejandra fue una regente temerosa de Dios,
lo que le atrajo, sobre todo, la simpatía de los fariseos. También en el pueblo dejó un
grato recuerdo, porque durante su regencia el país disfrutó de paz. A su muerte, este
panorama experimentó un cambio radical.
Estalló muy pronto una guerra fratricida entre sus hijos Hircano II y Aristóbulo
II. El resultado fue que al cabo de cuatro años aquella libertad que con tan enormes
sacrificios habían conseguido los Macabeos frente a los sirios, se perdió ante los
romanos. Mientras los dos hermanos guerreaban entre sí, había emprendido Pompeyo
una marcha a través de Asia que le llevó hasta Damasco. Allí se le presentaron tres
partidos judíos: Hircano y Aristóbulo, que se disputaban el trono, y el pueblo, que no
quería saber nada de ninguno de los dos y reclamaba la abolición de la monarquía y el
restablecimiento de la antigua estructura sacerdotal. Pompeyo rechazó a Aristóbulo,
porque, mientras sus partidarios defendían Jerusalén, Hircano abría a las legiones
romanas las puertas de la ciudad, que cayó así, sin derramamiento de sangre, bajo el
poder de Roma (63 a. C.). Sólo se vieron precisados de combatir para conquistar (con
grandes pérdidas) el monte del templo, donde se habían fortificado los partidarios de
Aristóbulo. Pompeyo entró en el sancta sanctorum del templo, aunque aquella entrada
estaba exclusivamente reservada a los sumos sacerdotes. Hizo prisionero a Aristóbulo y
lo llevó consigo a Roma, donde fue envenenado más tarde por los pompeyanos. A
Hircano le concedió Pompeyo la suprema dignidad sacerdotal, pero sin poderes civiles.
Palestina fue incorporada al Imperio Romano y anexionada a la provincia de Siria.
LA ÉPOCA ROMANA HASTA LA MUERTE DE HERODES EL GRANDE
Una vez más, los judíos habían perdido su libertad. El imperio de los asmoneos
se deshizo y Judea se convirtió en un títere de Roma. Samaria y la franja costera, que
habían sido constantemente saqueadas por los reyes judíos, se escindieron, y a Hircano
se le permitió regir un reino muy reducido. Siria se convirtió en provincia romana y su
gobernador era prácticamente el señor de Judea. Pero los judíos nunca aceptaron el
dominio romano. Poco después volvieron a levantarse en armas y en el 57 a. C. el
gobernador de Siria, Gabinio, tuvo que ayudar a Hircano a sofocar la rebelión,
dividiendo el estado judío en cinco distritos autónomos. Hircano conservó el poder en
Jerusalén, pero sólo nominalmente. El auténtico hombre fuerte era su primer ministro,
Antípater.
Antípater se dio cuenta de que su única esperanza de mantener el poder estaba
en no irritar a los romanos, pero esto iba a ser difícil. Soplaban vientos de guerra. El
nuevo imperio parto amenazaba por el este, y en Roma parecía inevitable la guerra civil.
En el año 55 a. C. tres hombres controlaban Roma: Pompeyo, Craso y Julio
César. Cada uno de ellos había jurado ayudar a los otros dos. César controlaba las
provincias del norte de Italia y ya había emprendido la conquista de las Galias. A
Pompeyo se le adjudicó España. Craso, famoso por su riqueza y ambición, era
gobernador de Siria y se veía a sí mismo como el nuevo Alejandro. Antes de emprender
la conquista del mundo robó el tesoro del templo de Jerusalén, y los judíos consideraron
un castigo divino la destrucción de su ejército por los partos y la muerte del propio
Craso en la batalla.
Tras la muerte de Craso, Pompeyo y César decidieron que el mundo no era lo
bastante grande para ellos dos. César se apoderó de Italia y Pompeyo se retiró a Oriente.
César le persiguió y le derrotó. Pompeyo huyó a Egipto, donde fue asesinado.
En las últimas etapas de la guerra civil romana, Antípater, padre de Herodes,
había apoyado a César. En agradecimiento, César repuso a Hircano como rey de los
judíos y Antípater recibió el título oficial de procurador de Judea.
César dejó a su primo Sexto como gobernador de Siria y regresó a Roma. La
posición de Antípater quedó muy fortalecida y pudo conceder importantes posiciones a
sus dos hijos mayores. A Fasael le hizo gobernador de Jerusalén y a Herodes, que tenía
entonces 25 años, le dio el control de Galilea.
Los galileos eran rabiosamente independientes y Herodes estableció su autoridad
sin contemplaciones. Así, tuvo que presentarse ante el consejo de Jerusalén, el Sanedrín,
dominado por sus enemigos, acusado de haber ejecutado ilegalmente a sus oponentes.
Por consejo de su padre, Herodes se presentó acompañado de su guardia. El Sanedrín no
se atrevió a condenarle, pero Herodes comprendió que su vida estaba en peligro y
abandonó el país, aunque nunca olvidó esta humillación. Se dirigió a Siria, donde Sexto
le puso al frente de las zonas fronterizas con Judea.
La protección de Julio César no duró mucho. En el año 44 el mundo romano
volvió a conmoverse por el asesinato de César por Bruto y Casio, y de nuevo estalló la
guerra civil. Bruto, Casio y los otros conjurados tomaron control del Oriente. Antípater
se vio forzado a poner buena cara y demostrar a sus nuevos señores que podía ser un
buen aliado. Pero apenas se habían adaptado los judíos al nuevo régimen cuando se
produjo un nuevo cambio.
La inestabilidad del Imperio Romano animó a los rivales de Hircano a un nuevo
asalto al poder. El padre de Herodes fue asesinado y Antígono, hijo de Aristóbulo y
sobrino de Hircano, invadió el país con apoyo parto. Para hacer frente a la situación se
llamó a Herodes, que logró rechazar a los invasores. Hircano le recibió entusiasmado y
le ofreció la mano de su nieta, la hermosa Miriam. Herodes ya estaba casado, pero este
nuevo matrimonio le daría la respetabilidad que necesitaba. Se divorció de su esposa
Doris y la expulsó de Jerusalén, junto con su hijo Antípater.
Justo cuando la fortuna parecía sonreírle, Herodes recibió la noticia de la derrota
de Bruto y Casio por Marco Antonio y Octaviano, sobrino de César. Antonio se
convirtió en el dominador de Oriente. Hircano, Fasael y Herodes le visitaron con sacos
de dinero, en un intento de hacer las paces con su nuevo señor. Antonio necesitaba
desesperadamente todo el apoyo que pudiera conseguir, ya que esperaba un ataque de
los partos. Hircano quedó una vez más afirmado en su posición, y Fasael y Herodes
recibieron el título de tetrarcas.
Entre los muchos monarcas que se presentaron a Antonio para jurarle obediencia
estaba Cleopatra, reina de Egipto. Cuando Cleopatra regresó a Egipto, Antonio fue tras
ella. Marco Antonio pasó en los brazos de Cleopatra el invierno del 41 al 40 a. C. En la
primavera, los partos invadieron Siria y parte de su ejército se dirigió al sur, hacia
Judea. En un esfuerzo combinado, también Antígono invadió Judea, marchando hacia
Jerusalén. Los hermanos Herodes y Fasael trataron de rechazarle, pero consiguió tomar
el recinto del templo. Poco después llegó el ejército parto.
Todo sucedió tan rápido que el general parto no estaba seguro de lo que debía
hacer. Propuso que Hircano y Fasael plantearan el caso a su comandante en jefe. Al
llegar al cuartel general parto fueron arrestados. Fasael, sabiendo muy bien lo que le
esperaba si caía en manos de Antígono, se suicidó. Hircano sobrevivió, pero su sobrino
le cortó las orejas para que nunca pudiera volver a ser sumo sacerdote. Según la ley
judía, un hombre físicamente deforme no podía ostentar tal título. Mientras tanto,
Herodes, temiendo lo peor, se preparó para escapar de Jerusalén antes de que los partos
se lo impidieran.
Al enterarse de la invasión de los partos en el año 40 a. C., Antonio partió de
Egipto hacia Tiro, pero no pudo hacer nada. Siguió navegando hacia Asia Menor y
luego hacia Grecia, donde se puso al corriente de la situación. El grueso de sus tropas
estaba en Occidente, donde se habín roto las hostilidades con Octaviano, sobrino e hijo
adoptivo de César.
Antonio se dirigió inmediatamente a Italia, donde Octaviano pretendió oponerse
a su desembarco. Parecía que la guerra civil volvería a estallar, pero los veteranos de
ambos lados se saludaron unos a otros, y la situación se apaciguó. Se firmó un nuevo
tratado y Octaviano selló el pacto ofreciendo a Antonio la mano de su hermana Octavia.
Herodes había llegado a Egipto en otoño. Siguió a Antonio hasta Asia Menor y
luego hasta Italia. En Roma pidió ayuda contra Antígono, reforzando sus ruegos con una
gran suma de dinero. Aunque el dinero ayudó, Antonio reconoció que Herodes era la
única persona que podía gobernar Judea y establecer un bastión contra los partos. Logró
convencer a Octaviano y al Senado, y Herodes fue nombrado rey de Judea.
Acompañado por Antonio y Octaviano, Herodes subió al Capitolio para ofrecer
sacrificios a Júpiter. Este primer acto como rey iba a caracterizar su reinado, ya que
aunque observaba la ley judía en Judea, Herodes era sólo medio judío y gentil de
corazón.
Sin perder tiempo, Herodes se embarcó con rumbo a Acre, en el sur de Siria. Le
preocupaban sus familiares en la fortaleza de Masada, que había estado sitiada desde su
partida. Aunque agobiados por la falta de agua, les había salvado una lluvia que llenó
las cisternas. Tras reunir un ejército considerable, Herodes avanzó hacia Galilea con
apoyo de los romanos. Una vez que se apoderó del puerto de Jope, se consideró en
condiciones de marchar hacia Idumea y liberar Masada.
A continuación se volvió hacia Jerusalén, con intención de sitiar la ciudad, pero
el comandante romano insistió en retirar a sus tropas y llevarlas a sus cuarteles de
invierno, alegando falta de provisiones, aunque el historiador Josefo asegura que fue
sobornado. Herodes intentó hacer llegar provisiones de Samaria, pero los romanos se
negaron a acercarse.
Habiendo fracasado en Jerusalén, Herodes decidió someter la zona rural. Avanzó
hacia el norte y atacó Séforis, capital de Galilea. El país ofreció poca resistencia, pero
una banda de guerrilleros se refugió en las cuevas de Arbel, al oeste del mar de Galilea.
Estas cuevas están en medio de un acantilado y Herodes tuvo que hacer bajar a sus
hombres en cestos para luchar con ellos; a base de garfios consiguieron desalojar a la
mayoría de los defensores y al resto los ahumaron para que se vieran obligados a huir.
A continuación se dirigió al sur, hacia Samaria, pero tuvo que regresar para
sofocar una rebelión. Sin piedad, hizo matar a los rebeldes, destruyó sus haciendas y
saqueó el país. Mientras tanto, sus aliados romanos que habían acudido en ayuda del
gobernador de Siria, derrotaron definitivamente a los partos en junio del año 38 a. C.
Poco después llegó Antonio, Herodes recibió el apoyo de dos legiones mandadas
por Sosio, y pudo por fin marchar sobre Jerusalén. Al principio del invierno del 38 al 37
a. C. derrotó a parte de las tropas de Antígono a 30 kms. al norte de la ciudad. El resto
huyeron a Isana. Herodes invadió esta ciudad, donde sus tropas echaron abajo las casas
y aniquilaron a los soldados que encontraron.
En la primavera siguiente, antes de sitiar Jerusalén, Herodes se casó con Miriam,
con la que llevaba cinco años comprometido, esperando que este matrimonio, que le
emparentaba con los asmoneos, le hiciera más aceptable para el pueblo de Jerusalén.
El asedio comenzó en cuanto Sosio llegó con sus tropas. La cara norte de la
ciudad estaba protegida por dos murallas, y el primer asalto empezó por la exterior. Los
romanos trajeron arietes y además socavaron algunas secciones de la muralla. Los
judíos, dispuestos a resistir, intentaron incendiar las máquinas de guerra, y al no
lograrlo, penetraron en las galerías, enfrentándose a los romanos cuerpo a cuerpo bajo
tierra. Pero nada pudieron hacer contra la preparación y técnica de los soldados
romanos.
Los judíos defendieron la muralla exterior durante seis semanas, y cuando fue
tomada, se retiraron a la muralla interna, que mantuvieron durante dos semanas más.
Vencida esta barrera, los romanos penetraron en la parte baja de la ciudad, cortando
Jerusalén en dos. Algunos defensores huyeron al templo, mientras el resto buscaban
refugio en la parte alta de la ciudad. Intentando llegar a un acuerdo y evitar una
masacre, Herodes envió animales al templo, para que los sacrificios diarios pudieran
continuar, pero no le sirvió de nada, al ser imposible contener a las tropas romanas,
frustradas por la duración del asedio.
Las tropas judías de Herodes, con el exceso habitual de las guerras civiles,
estaban igual de impacientes por el asalto final. El templo y la zona alta de la ciudad
fueron arrasadas, y no se perdonó a mujeres, ancianos o niños. Herodes consiguió
impedir la profanación del templo, y rogó a Sosio que contuviera sus tropas antes de que
la ciudad quedara totalmente destruida, alegando que querí gobernar un reino, no un
desierto. Antígono fue ejecutado, con lo que se extinguió la dinastía asmonea, y en el
verano del año 37 a. C. Herodes ascendió a un trono cubierto de sangre.
Herodes tomó medidas inmediatas para asegurar su trono. Diez años antes el
Sanedrín le había acusado de un delito capital. Ahora disfrutaría de su venganza. El
consejo estaba dominado por los saduceos, que habían sido partidarios de Antígono.
Herodes ejecutó a 45 de sus 70 miembros y confiscó sus propiedades, conlo que
aumentó apreciablemente su tesoro. El poder del consejo quedó limitado a cuestiones
religiosas. Sosio dejó en Judea una legión, pero ésta no podía quedarse indefinidamente.
Para asegurar su posición, Herodes estableció fortalezas y colonias militares por todo el
país.
Tras firmar la paz con Octaviano, Antonio se dirigió al este, llevando consigo a
su nueva esposa, Octavia. Esta se esforzó por enderezar la desenfrenada vida de
Antonio, y lo consiguió por algún tiempo. Pero pronto resurgió la hostilidad entre
Antonio y Octaviano. Octavia consiguió reunir de nuevo a los dos hombres, pero esto al
parecer destruyó todo el amor que Antonio pudiera sentir por ella. La sobria vida de
Octavia comenzaba a aburrirle, y sus pensamientos volvían hacia Egipto y Cleopatra, a
la que no había visto en casi cuatro años. Octavia esperaba un hijo y Antonio la envió de
regreso a Roma. A continuación se citó con Cleopatra en Antioquía, Siria, donde se casó
con ella. Este insulto a su familia enfureció a Octaviano.
El matrimonio fue también un terrible golpe para Herodes, quien sabía que
Cleopatra deseaba reconstruir el imperio de sus antepasados, y que ese imperio incluía
Judea. Reforzó Masada y construyó palacios en la roca, que sirvieran de refugio para él
y su familia en caso de invasión egipcia. Se excavaron grandes cisternas en la roca para
recoger la lluvia y poder acumular agua para años.
Pero a pesar del amor que Antonio sentía por Cleopatra, se negó a satisfacer sus
ambiciosas pretensiones. Le quitó a Herodes el fértil oasis de Jericó, con su rica cosecha
de dátiles y bálsamo y se la dio a la reina, la cual agravó el insulto ofreciéndoselo a
Herodes en alquiler. Cleopatra recibió también otras pequeñas secciones de las tierras de
Herodes, pero éste consiguió retener la mayor parte de su reino.
Herodes había establecido su autoridad en el reino, pero en su casa no tenía tanto
éxito. Desde el primer momento de su reinado, los problemas domésticos le
atormentaban. Muerto Antígono, era necesario nombrar un nuevo Sumo Sacerdote. En
tiempos de los asmoneos, el rey ostentaba también este cargo, pero el origen de Herodes
lo hacía imposible. Hircano había sido liberado por los partos y Herodes lo recibió con
grandes honores, pero no podía volver a ser Sumo Sacerdote al faltarle las orejas que le
había cortado Antígono. El nombramiento de un asmoneo hubiera representado una
constante amenaza para Herodes, de manera que éste buscó un candidato de historial
impecable pero de otra familia. El hombre escogido para ocupar el cargo fue Hananel,
sacerdote de los judíos de Babilonia.
Este nombramiento enfureció a los asmoneos de la familia de Herodes. Éste
alegó que Hananel era descendiente directo de Zadok, que había sido Sumo Sacerdote
en tiempos de Salomón, pero no le valió de nada. Su suegra Alejandra escribió una carta
airada a Cleopatra, convencida de que ésta podía convencer a Antonio para que
desautorizase a Herodes y otorgara el título de Sumo Sacerdote a su hijo Aristóbulo, de
17 años. También Miriam utilizó sus encantos en apoyo de su hermano Aristóbulo. Fue
demasiada presión para Herodes, quien al fin cedió, destituyendo a Hananel y haciendo
Sumo Sacerdote a Aristóbulo.
Herodes sospechaba que éste era el primer paso de una trama para destronarle e
hizo vigilar a su suegra. Alejandra, enfurecida, planeó escapar a Egipto con su hijo.
Herodes fue informado del plan, pero no podía hacer nada abiertamente. Fingió
perdonar y esperó su momento.
Aristóbulo ofició por primera vez como Sumo Sacerdote en la fiesta del
Tabernáculo del año 35 a. C. Cuando la multitud vio al joven con sus vestimentas
sagradas, recordaron la posición real que su familia había disfrutado y comenzaron a
murmurar contra el usurpador.
Al enterarse, Herodes decidió actuar inmediatamente. La fiesta duró una semana
o más, y al terminar, toda la familia se desplazó a Jericó, donde fueron agasajados por
Alejandra en su palacio de invierno. Herodes animó al joven Aristóbulo a beber, y una
vez borracho lo llevó a pasear junto a las piscinas del palacio, donde jugaban algunos
jóvenes, previamente aleccionados por Herodes. El rey invitó a Aristóbulo a unirse a
ellos y, fingiendo jugar, los jóvenes le metieron la cabeza bajo el agua hasta que se
ahogó. Herodes se mostró muy afligido por el "accidente" y preparó un lujoso funeral,
pero Alejandra sospechó la verdad. Sin decir nada a Herodes volvió a escribir a
Cleopatra. Al oir la acusación, Marco Antonio hizo llamar a Herodes. Herodes se
presentó amedentrado, cargado de excusas y de dinero. Pero no le recibieron como
había temido. Marco Antonio comprendió los motivos que habían impulsado a Herodes
y ni siquiera mencionó las acusaciones.
Los problemas de Herodes con su familia no habían hecho más que comenzar.
Cuando regresó de su visita a Antonio, su hermana Salomé acusó a su esposo José de
adulterio con Miriam. Herodes era un amante celoso e hizo ejecutar a José, pero su
pasión por su hermosa esposa le impidió condenarla. A partir de este momento, creció
una fuerte enemistad entre Miriam y Salomé, cada una de ellas respaldada por su madre.
Este pleito inacabable iba a amargar la vida de Herodes.
Mientras tanto, el mundo romano se conmovía de nuevo. Las relaciones entre
Antonio y Octaviano empeoraron y la influencia de Cleopatra sobre Antonio era mal
vista en Roma, donde Octavia, su sufrida esposa, era muy apreciada. Ante la hostilidad,
Antonio se fue a Éfeso con Cleopatra en el otoño del año 33 a. C. y comenzó a reunir
sus tropas. Herodes advirtió a Antonio en contra de Cleopatra. No podía creer que las
legiones de Antonio lucharan contra sus compatriotas en favor de Cleopatra. El consejo
de Herodes simple y despiadado: "mátala y anexiónate Egipto".
En la primavera siguiente, las tropas de Antonio se dirigieron a Grecia, donde se
comprometió definitivamente con Cleopatra, lo cual fue también su peor equivocación.
Se divorció de Octavia y la hizo expulsar de su casa de Roma. El rumor de que
pretendía trasladar la capital del imperio de Roma a Alejandría añadió leña al fuego. Sus
tropas empezaron a desertar. En el invierno del 32 al 31 a. C., Roma declaró la guerra,
no contra Antonio, sino contra "la ramera de éste".
Los dos bandos se enfrentaron en el verano siguiente. En vista de las continuas
deserciones, Antonio se decidió por una batalla naval en Actium. En el punto álgido de
la batalla, viendo escapar la victoria, Cleopatra desplegó sus velas y huyó a Egipto,
seguida por Antonio. Allí, abandonado por sus fuerzas, se apuñaló y murió en brazos de
su amada. Cleopatra trató de pactar con Octaviano, ofreciendo su propia vida a cambio
de la de los hijos que había tenido con Antonio. Finalmente, ella también se suicidó. La
única persona que salió con bien de la historia fue Octavia, que adoptó a los hijos de
Antonio y Cleopatra y los crió como propios.
Herodes tenía un nuevo señor. Aunque había preparado tropas para ayudar a
Antonio, no habían llegado a intervenir en la guerra. Unos años antes, Antonio había
impuesto un tributo a los árabes nabateos, que debía pagarse a Cleopatra, pero esta
había insistido en que Herodes lo cobrara para ella. Al declinar el poder de Antonio los
árabes se negaron a pagar el tributo y se ordenó a Herodes que usase sus tropas para
recaudarlo. Fueron malos tiempos para Herodes. La campaña contra los nabateos distó
mucho de ser gloriosa. En su ausencia, Judea fue devastada por un terremoto (año 31 a.
C.) en el que murieron miles de personas y se destruyeron numerosas propiedades y
rebaños.
Herodes sabía que debía presentarse a Octaviano lo antes posible, pero antes
quería asegurar su posición. Una sola persona podía representar una amenaza para él: el
anciano Hircano. Este no sentía ninguna inquietud política y se conformaba con vivir en
paz el resto de sus días, pero no así su hija Alejandra, que deseaba ardientemente vengar
la muerte de su hijo, ahogado por orden de Herodes. Por ello, instó a su padre a
reclamar el trono. Ante esta amenaza, Herodes acusó de traición al ex-rey y lo hizo
ejecutar. Tras esto, se consideró listo para entrevistarse con Octaviano. Por si las cosas
fueran mal, Herodes envió a su madre, a su hermana Salomé y a sus hijos a la fortaleza
de Masada. Era imposible enviar allí a Miriam y Alejandra, dada su enemistad con
Salomé y a sus hijos a la fortaleza de Masada. Era imposible enviar allí a Miriam y
Alejandra, dada su enemistad con Salomé, de manera que las envió a la fortaleza de
Alexandrium, que dominaba el valle del Jordán. Su incontenible pasión por Miriam
hacía insoportable la idea de que ésta se casara con otro tras su muerte, así que Herodes
dejó órdenes secretas de que la mataran en caso de que algo le sucediera a él.
Dejando a su hermano Feroras en su puesto, Herodes se embarcó hacia Rodas
para ver a Octaviano, llevándole como regalo una fuerte suma de dinero. Antes de la
entrevista se quitó la corona, pero no se excusó por haber apoyado a Antonio. Antes
bien, recalcó su lealtad a su antiguo señor, y pidió la oportunidad de mostrarse
igualmente leal a Octaviano. El nuevo amo del mundo quedó impresionado por esta
franqueza y le devolvió su corona. Herodes había sobrevivido una vez más.
Herodes regresó eufórico a Judea y corrió a contarle a Miriam las buenas
noticias. Esta le recibió con una sarta de insultos ya que se había enterado de las órdenes
referentes a su muerte. Herodes trató de explicarse, insistiendo en su amor por ella, pero
todo fue en vano. La hermana de Herodes, Salomé, y su madre Cypros hicieron todo lo
que pudieron por empeorar la situación. Deprimido, Herodes dio crédito a sus mentiras.
Mientras tanto, Octaviano se dirigía a Egipto. Cleopatra aún se mantenía a la
espera de un cambio de suerte. Herodes, buscando una excusa para escapar de sus
problemas domésticos, acudió al lado de su nuevo señor. Octaviano premió su lealtad
devolviéndole los territorios que Cleopatra le había quitado, y añadiendo Samaria y la
franja costera al reino de Herodes. Además, le cedió 400 de los guardias galos de
Cleopatra.
El éxito político de Herodes contrastaba con sus problemas familiares. El amor
de Miriam se había convertido en odio. Convencida de que Herodes estaba prendado de
ella, y nunca se atrevería a hacerle daño, se dedicó a atormentarle sin piedad, burlándose
de su familia por su bajo origen. Durante un año, Herodes aguantó constantes
humillaciones. Finalmente instigado por Salomé y Cypros, que fraguaron un
complicado plan contra Miriam, la acusó de adulterio. Se la encontró culpable y fue
ejecutada.
Herodes sufría terribles remordimientos por la muerte de Miriam; se entregó a la
bebida y pronto cayó enfermo. Durante su enfermedad, Alejandra trató de tomar el
control de Jerusalén, pero su plan falló y Herodes, que ya no tenía que considerar los
sentimientos de Miriam, ordenó la ejecución de Alejandra. Todo esto embruteció a
Herodes, cuyo gobierno se hizo más opresivo a partir de entonces.
Alejandra era la última de los asmoneos. Herodes ordenó una purga de su
partidarios, y en los siguientes meses muchos de ellos, incluyendo varios de sus amigos,
fueron a galeras. Como de costumbre, la represión engendró nuevas conspiraciones.
Diez conspiradores que pretendía asesinar a Herodes en el teatro por sus "actividades
antijudías" fueron delatados y ejecutados. Pero la mayoría desaparecían en Hircania. La
fortaleza adquirió una siniestra reputación, ya que muchos disidentes fueron a parar allí
sin que se volviera a saber de ellos.
Antes de la caída de Antonio, Judea empezaba ya a florecer. Cuando Octaviano,
convertido en el emperador Augusto, amplió el reino de Herodes, el rey emprendió un
ambicioso programa de obras. Se edificaron dos ciudades para gobernar los territorios
recién adquiridos. En Samaria, se agrandó la antigua ciudad del mismo nombre y se la
rebautizó Sebaste (Augusta en griego). Era una ciudad gentil, coronada por un templo a
Augusto. Disponía de una colonia militar, y parece que Herodes consideró la posibilidad
de gobernar desde Sebaste para escapar de las restricciones de Jerusalén. En el fondo,
era un gentil y le atraía un modo de vida más relajado y liberal. Trató de promocionar la
cultura griega en Judea, e incluso construyó un teatro y un anfiteatro en Jerusalén. Pero
constantemente se enfrentaba con las objeciones de los judíos estrictos, que veían en
toda influencia externa una amenaza contra su cultura y religión.
Unos dos años después de que Herodes empezase a reconstruir Samaria, Judea
cayó víctima del hambre y las epidemias. Muchos interpretaron el desastre como un
castigo de Dios por las inclinaciones gentiles de Herodes. Pero el rey, en un acto de
auténtica compasión por sus súbditos, convirtió en monedas todos los ornamentos de
oro y plata de su palacio y compró a Egipto alimentos para su pueblo.
Una vez superada el hambre, Herodes pudo dedicar sus energías a su programa
de obras públicas. En el oeste de Samaria fundó una ciudad llamada Antipatris en honor
de su padre, y estableció una colonia militar, Gaba, en el valle de Jezrael, en la frontera
de Samaria y Galilea, para evitar violencias entre ambas regiones.
La más famosa de las construcciones de Herodes fue la ciudad de Cesarea, que
se comenzó el año 22 a. C. y tardó 12 años en terminarse. Tenía una gran bahía artificial
semicircular, un teatro, un anfiteatro y un templo a Augusto que dominaba la bahía.
Cesarea era una ciudad gentil, como las demás ciudades costeras. Estaba cerca de la
provincia de Siria, lo que la hacía muy adecuada como punto de embarque.
Había en Cesarea una comunidad judía que ocupaba el norte de la ciudad, en el
antiguo emplazamiento de la Torre de Estratón. Se han encontrado allí los cimientos de
una sinagoga y parece seguro que Herodes intentó trasladar allí su gobierno, ya que
disponía de todas las comodidades que el rey amaba tanto.
No se sabe nada de la vida amorosa de Herodes durante los cuatro años
siguientes a la muerte de Miriam, pero el rey no podía resistir una cara bonita. Oyó
hablar de otra Miriam, con fama de ser la mujer más bella de su época. Esta
combinación de belleza y nombre fatídico no dejó de excitar a Herodes, que volvió a
enamorarse a primera vista. El padre de Miriam era un insignificante sacerdote llamado
Simón. Herodes sabía que no podía emparentar con tal familia sin sacrificar su
dignidad, pero no estaba dispuesto a renunciar a su pasión, así que destituyó al Sumo
Sacerdote y nombró a Simón en su lugar. Su matrimonio con Miriam quedaba así
dignificado.
La primera Miriam le había dado a Herodes dos hijos, Alejandro y Aristóbulo. Al
casarse de nuevo, los envió a Roma para que se educaran, y el emperador Augusto los
alojó en su propia casa. Por esta época se produjeron disturbios al nordeste del mar de
Galilea y Augusto dejó la zona bajo el control de Herodes. Tiempo después, Herodes
decidió visitar Roma para ver a sus hijos y presentar sus respetos al emperador.
Augusto, que apreciaba a los dos muchachos, se mostró dispuesto a permitir que
Herodes escogiera a su sucesor. Como su educación había terminado, Herodes volvió a
Jerusalén con los dos príncipes y dispuso sus matrimonios. Durante varios años había
disfrutado de paz en su hogar, pero con el retorno de los príncipes volvieron todas las
rivalidades familiares.
La hermana de Herodes, Salomé, sabía que si los muchachos ascendían al poder
tratarían de vengar la muerte de su madre. Las intrigas de palacio comenzaron de nuevo.
A base de insidias y medias verdades, Salomé y Feroras, el hermano de Herodes, fueron
poniendo al rey en contra de los dos príncipes, quienes respondieron con odio hacia su
padre y su familia. Herodes trató de ignorarlo todo al principio, pero al final su hermano
y su hermana acabaron embaucándole. Herodes siempre había pretendido que Alejandro
y Aristóbulo le sucedieran, y ellos lo sabían. Pero ahora mandó llamar a su primera
esposa Doris, y a su hijo Antípater, a los que había desterrado hacía más de 20 años
cuando se prometió a Miriam. Con ello, quería advertir a los dos príncipes de que la
sucesión no estaba decidida. Esto empeoró la situación. Antípater se unió a la campaña
de Salomé contra los jóvenes, pero era mucho más sutil que su tía. Mientras hacía correr
maliciosos rumores sobre sus hermanastros, los defendía ante su padre, el cual se
conmovió ante su aparente falta de egoísmo y escribió una carta a Roma elogiando a
Antípater, que pronto quedó aceptado como sucesor de Herodes.
La campaña de Antípater y Salomé tuvo tanto éxito que Herodes empezó a odiar
y temer a los jóvenes. Desesperado, decidió pedir consejo al emperador Augusto. Los
llevó a Italia y les acusó de planear asesinarle y usurpar el trono. Pero Augusto conocía
bien a los dos príncipes y no le convencieron las acusaciones de Herodes. Reprendió a
los príncipes por no mostrar el debido respeto a su padre y consiguió reconciliarlos. A
su regreso de Italia, Herodes se dirigió al pueblo en la plataforma del templo para contar
lo sucedido y nombró públicamente a sus sucesores: primero a Antípater, y después a
Alejandro y Aristóbulo.
Cesarea quedo terminada el año 10 a. C. y el rey inauguró la nueva ciudad con
juegos y festejos que también pretendían celebrar la nueva concordia que creía haber
encontrado en su familia. Pero estaba equivocado. La edad no atenuó la pasión de
Herodes por las mujeres. Al extinguirse su amor por Miriam II, volvió a casarse una y
otra vez. Cada nueva esposa que entraba en el harén tomaba inmediatamente partido en
los conflictos domésticos. A pesar de este descontrol, Herodes siguió contrayendo
matrimonios, quizás con la esperanza de llegar a encontrar una esposa que le amase de
verdad. Al final, tenía por lo menos nueve esposas peleando por el palacio, que le dieron
una interminable sucesión de hijos.
La confusión aumentó al casarse algunos de los hijos dentro de la misma familia.
Aristóbulo se había casado con la hija de Salomé, pero Salomé, movida por el odio que
sentía hacia los hijos de Miriam, convenció a su hija de que le negase a Aristóbulo sus
derechos maritales. Herodes había destinado una de sus propias hijas a su hermano, pero
Feroras insultó al rey al rechazar su oferta, ya que quería casarse con una esclava. Esto
separó a los dos hermanos. Entonces Feroras acusó al rey de cortejar a Glafira, la esposa
de Alejandro. El joven Alejandro respondió con una sarta de insultos contra su padre.
Finalmente Herodes acusó a Feroras y Feroras culpó de todo a la intrigante Salomé.
Por increíble que pueda parecer, la anciana Salomé se enamoró. El
desafortunado era Sileo, primer ministro de los árabes nabateos, los viejos enemigos de
Herodes, el cual quedó horrorizado al enterarse. Quedó aún más sorprendido cuando
Sileo le pidió la mano de su hermana. Herodes le respondió que tendría que
circuncidarse y abrazar la fe judía. Esto fue demasiado para Sileo, que regresó a su país.
Corrió el rumor de que Alejandro había tenido relaciones con algunos de los
eunucos de Herodes. Herodes los hizo torturar en el potro y Antípater consiguió que
declarasen en contra de Alejandro. La ira de Herodes llegó casi a la locura, y comenzó a
purgar su corte de todos aquellos cuya lealtad estuviera en duda. Para salvar sus vidas,
los cortesanos empezaron a acusarse entre sí, y rodaron muchas cabezas. Pero pronto
Herodes se recuperó y se dio cuenta de lo que sucedía. Sentía remordimientos por los
inocentes que había ejecutado, pero con su habitual estilo impetuoso lo compensó
ejecutando también a los denunciantes.
Antípater logró mancillar los nombres de Alejandro y Aristóbulo. Herodes estaba
convencido de que conspiraban contra él. Los amigos de Alejandro fueron torturados y,
cuando murieron sin decir nada, Antípater fingió admiración por su lealtad al príncipe,
volviendo en su favor la falta de evidencia. Finalmente, sus esfuerzos tuvieron éxito y
una aparente conspiración empezó a salir a la luz. Se dijo que Alejandro planeaba un
accidente de caza para su padre, y se apoyó esta declaración con una carta falsa de
Alejandro a Aristóbulo. Herodes creyó la falsa evidencia y arrestó a Alejandro. Cegado
por su odio hacia la familia de su padre, Alejandro admitió los cargos y se vengó
declarando que Feroras y Salomé también formaban parte de la conspiración. En medio
de esta confusión, el rey de Capadocia, suegro de Alejandro, llegó a Judea, temiendo por
la vida de su hija. El astuto capadocio, a base de insultar a Alejandro, consiguió que
Herodes saliera en defensa de su hijo, logrando desviar las sospechas hacia Feroras.
Herodes, ya resentido con su hermano, le aceptó como chivo expiatorio. Los dos
príncipes quedaron rehabilitados.
Como si no tuviera bastante con sus problemas domésticos, Herodes comenzó a
cometer errores políticos. Al no autorizar el matrimonio de Sileo con Salomé había
ganado un enemigo. Sileo empezó a apoyar a los advesarios de Herodes en Traconitis, al
este del mar de Galilea, región cedida a Herodes por Augusto. Se inició una guerra de
guerrillas, y Herodes no conseguía capturar a los rebeldes porque estos se refugiaban en
Arabia. En represalia, el rey masacró a la población de Traconitis, lo cual, por supuesto,
empeoró las cosas e hizo aumentar los ataques. Herodes esperó hasta que Sileo estuvo
fuera del país, y con el consentimiento del gobernador de Siria, hizo una incursión en
Arabia, aniquiló a las guerrillas y volvió a su reino. Sileo, que en ese momento estaba
en Roma, se quejó a Augusto, exagerando enormemente la escala de la operación de
Herodes. El emperador reaccionó con ira y, sin atender detalles, preguntó solamente si
la historia era cierta. A continuación escribió una carta a Herodes, rebajándole de la
posición de amigo a la de súbdito. El mundo de Herodes parecía venirse abajo. Envió
embajadores a Roma para explicar sus razones al emperador, pero se vieron obligados a
regresar sin haber sido escuchados.
Alejandro y Aristóbulo volvieron a conspirar contra su padre, y una vez más
Salomé instigó a su hermano a castigarles. Esta vez tuvo éxito y Herodes escribió a
Augusto exponiéndole las pruebas. Para entonces el emperador se había dado cuenta de
su precipitación al condenar a Herodes por su incursión en Arabia. No obstante, debía
estar harto de los problemas domésticos de Herodes y le recomendó nombrar un jurado
en la colonia romana de Beirut, y llevar a los príncipes a juicio ante el gobernador de
Siria y otras autoridades. El tribunal definitivo constaba de 150 miembros y Herodes
acusó ante ellos a sus hijos sin permitirles comparecer a juicio ni presentar una defensa.
El gobernador de Siria recomendó clemencia, pero el resto de los miembros del tribunal,
elegidos por Herodes, emitió el deseado veredicto de culpabilidad.
El rey regresó a Cesarea, donde tuvo problemas con sus soldados, que
apreciaban a los príncipes. Trescientos soldados fueron arrestados y muertos a palos.
Aristóbulo y Alejandro fueron llevados a Sebaste y estrangulados. Por la noche, se
trasladaron sus cuerpos a Alexandrium, donde estaban enterrados la mayoría de los
asmoneos.
Feroras había permanecido todo este tiempo fiel a su esclava, y se negaba a
repudiarla a pesar de las constantes amenazas de Herodes. Desesperado, el rey le
expulsó de la corte, enviándole a gobernar Perea. Feroras juró que no volvería hasta que
tuviera noticia de la muerte de su hermano.
Antípater parecía confirmado como heredero, y Herodes empezó a transferirle el
poder gradualmente. Pero Antípater no estaba satisfecho con esto. No podía esperar y se
lamentaba de la vida aparentemente interminable de Herodes. Salomé, temerosa del
creciente poder de Antípater, decidió socavar su posición. Pero Herodes conocía muy
bien a su hermana y esta vez se negó a dar crédito a sus historias. Para demostrar su
plena confianza en Antípater, le envió como embajador a Roma.
Antes de partir, Antípater se reunió en secreto con Feroras, y entre ambos
tramaron un plan para envenenar al rey durante la ausencia de Antípater. Sin embargo,
antes de poderlo llevar a cabo, Feroras murió en circunstancias sospechosas. Bajo
tortura, sus esclavos comenzaron a descubrir otda una maraña de intrigas, que parecían
confirmar lo que Salomé había dicho. A Herodes no le cupo más remedio que dar
crédito a las denuncias de su hermana. La esposa-esclava de Feroras confirmó la
existencia de un plan de Antípater para hacer envenenar a su padre, y Herodes quedó
finalmente convencido cuando se le presentó el veneno. También se reveló que la
hermosa Miriam II estaba implicada, lo cual debió constituir un terrible golpe para el
orgullo de Herodes, que se divorció de ella inmediatamente y destituyó a su padre como
Sumo Sacerdote.
Herodes estaba decidido a que Antípater no escapara. Aunque faltaban siete
meses para su regreso, la policía secreta de Herodes fue tan eficiente que no le llegó
ninguna noticia del descubrimiento de la conspiración. Así, Antípater llegó a Cesarea y
de allí fue a Jerusalén, donde le esperaba su padre con el gobernador de Siria. Al día
siguiente, se le llevó a juicio ante el gobernador. Trató de defenderse, pero las pruebas
eran abrumadoras. El gobernador no emitió un veredicto formal, pero Herodes encerró a
su hijo y escribió a Augusto informándole de la situación.
Agotado por las incesantes intrigas, Herodes cayó enfermo de gravedad. Revisó
su testamento y dejó el reino a su hijo menor, Antipas. Cruzó el Jordán para bañarse en
los manantiales cálidos, pero tuvo que regresar a Jericó sin experimentar mejoría. En su
lecho de muerte recibió una carta de Augusto concediéndole permiso para proceder
como juzgara conveniente con respecto a Antípater. Aunque se sintió complacido,
Herodes no dio la orden de ejecución.
Mientras tanto, corrió el rumor de que el rey había muerto. Al oírlo, Antípater se
sintió esperanzado y trató de sobornar a sus carceleros, pero Herodes fue informado y
dio la orden fatal. El cuerpo de Antípater fue enterrado sin ceremonias en Hircania.
Cinco días más tarde moría el rey, después de haber cambiado de nuevo su testamento,
en el que dividía su reino entre tres de sus hijos, Antipas, Arquelao y Filipo.
El reinado de Herodes había sido largo. Habían pasado 35 años desde que
volviera de Roma coronado rey. Es muy difícil valorar su reinado, ya que judíos y
gentiles lo veían desde perspectivas diferentes. Aunque siempre procuró obedecer la ley
judía cuando estaba en Judea, era gentil en el fondo y los judíos ortodoxos nunca se lo
perdonaron.
Su reinado les proporcionó un tercio de siglo de paz y prosperidad, y el nuevo
puerto de Cesarea favoreció el comercio. Pero su programa de obras públicas costó
inmensas sumas de dinero, y los impuestos eran necesariamente elevados. Para los
criterios de la época no fue un mal gobernante. Fue brutal, pero mucho menos que los
asmoneos. Su principal mérito fue precisamente lo que le criticaban los judíos: su
ambigua actitud hacia el judaísmo. Augusto sabía lo que hacía cuando le cedió a
Herodes Samaria y la franja costera ya que, aunque el rey procuró no ofender a los
judíos, tampoco oprimió a los samaritanos y a los no judíos. Un rey asmoneo les hubiera
perseguido y un gobernante no judío hubiera mostrado poca simpatía por los hebreos.
El principal defecto de Herodes fue su incontrolable pasión, tanto en el amor
como en el odio, que unido a su miedo a perder el trono le empujó a la mayoría de sus
crímenes, especialmente los cometidos dentro de su propia familia.