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LA ESPIRITUALIDAD IGNACIANA, MISTICA DEL MAYOR SERVICIO

(CEPA 2003)

Por P. Benjamín González Buelta S.J.

1. Principio inspirador

Vamos a tomar como elemento inspirador de las actividades del “Centro de


Espiritualidad Pedro Arrupe” (CEPA), esta breve síntesis de la espiritualidad
ignaciana, definida como una mística del mayor servicio en el cuerpo
eclesial. Siempre quedará abierto el proceso de leerla desde la mayor inserción
posible en nuestra realidad concreta tanto personal como social.

2. Mística

“Estando allí sentado, se le empezaron a abrir los ojos del entendimiento..., con
una ilustración tan grande que le parecían todas las cosas nuevas” (A 30)

1. Nosotros creemos en la posibilidad de un encuentro personal con el Dios de


Jesús. Hacemos esta afirmación desde nuestra propia experiencia. Constatamos
que los Ejercicios Espirituales de San Ignacio no sólo conducen la persona hacia
este encuentro, sino que también la hacen consciente de él dándole nombre a lo
que experimenta, y la orientan en todas las complejidades de esta relación
singular que se instala en el centro mismo del corazón humano afectando toda su
persona y toda su vida.

2. Creemos que una fe cristiana ligada sólo a conocimientos de catecismo,


estudios teológicos y tradiciones heredadas, ya no se sostiene en el mundo
actual. Sólo creerá en Dios el que se haya encontrado con él con tal intensidad
que ni los golpes o los éxitos de su vida, ni las aberraciones decepcionantes o los
brillos de nuestra cultura seductora puedan arrancarlo de sus entrañas.

3. Esta experiencia del Dios que se arriesgó a entrar en nuestra historia en su Hijo
Jesús, no se da en un lugar aséptico, sino en medio de nuestra realidad
fragmentada, en la que se mezclan visiones religiosas venidas hasta aquí desde
distintos horizontes. Cuando nos asaltan desde la cultura global el agnosticismo
moderno y el “retorno de los dioses” en una “mística salvaje” que busca nuevas
formas de experiencia religiosa, no sólo se encuentran aquí con la experiencia
cristiana, sino también con un sincretismo religioso muy resistente a todos los
cambios, y con el ateismo ya sea vivido como ignorancia de Dios o como
militancia contra él.

Tenemos la oportunidad de acercarnos a nuestras comunidades con la propuesta


de una espiritualidad nueva, superando lenguajes y símbolos que ya no sintonizan
tanto con la hora presente, y acogiendo con esperanza las posibilidades de este
momento al encontrarnos con el Dios que actúa hoy entre nosotros.

4. Comprendemos la mística en el sentido amplio de experiencia intensa de Dios.


Tomando como punto de referencia fundamental el itinerario de los Ejercicios de
San Ignacio, vemos que la experiencia se mueve desde los pasos más
rudimentarios de un principiante, hasta el punto culminante que focaliza
apasionadamente la vida entera: “En todo amar y servir” (Ej 233).

Esa experiencia se realiza en la soledad última sobre la que “hay que echar la
llave” (Mt 6,6) para protegerla como el gran tesoro de la vida. Desde nuestro
centro, este encuentro único implica la persona entera: cuerpo, razón, fantasía,
afectividad, decisión, la memoria del pasado que nos ha construido, y las rutas del
porvenir que movilizan nuestras mejores posibilidades creadoras. Cuando nos
acercamos a Dios heridos por los golpes de nuestra propia historia personal, y por
los efectos de estructuras sociales que mutilan dimensiones importantes del ser
humano, la persona entera se va sanando y se integra en torno a este encuentro
con Dios sin fin y sin medida (“Místicos de ojos cerrados”).

La experiencia de Dios está integrada en nuestra realidad de cada día. No se


realiza en una burbuja aséptica. Al amar a Dios en todas las cosas, “a él en todas
amando y a todas en él” (Co 288), es posible acoger la gracia de “buscar” y
“hallar” a Dios en todas las cosas. No hay ninguna situación donde Dios no esté y
no pueda ser contemplado, y donde no podamos actuar juntamente con él, sin
saber dónde acaba nuestra mano, donde empieza la suya y cómo se unen las
dos. El Dios que encontramos es el que está implicado de tal manera en nuestra
realidad, que ya no es posible desligar de él ni un solo segundo, ni los centímetros
de tierra que pisamos, ni la más leve imagen de futuro que cruza fugazmente por
nuestra fantasía (Ej 230-237).

No contemplamos a Dios desde un mirador privilegiado para personas con una


sensibilidad espiritual muy afinada, sino en medio del trabajo con él para avanzar
en las transformaciones estructurales que necesita nuestra sociedad. A veces el
compromiso por el reino de Dios atraviesa situaciones tan oscuras que la divinidad
parece esconderse en ellas (Ej 223). Pero no se esconde, sino que se manifiesta
como es, nuestro Servidor pobre y humilde, el Dios crucificado junto a nuestra
cruces, que resucita “al tercer día” desde lo más hundido de la realidad humana.
La mística ignaciana es para la acción, y nos va transformando en
verdaderos contemplativos en la acción(“Místicos de ojos abiertos”).

5. En medio de tantos esfuerzos y tecnologías manchados de sangre inocente


para apoderarse de los mejores recursos del mundo y dominar a los indefensos,
afirmamos que nuestro Dios es el Dios de la historia, y que no estamos
abandonados entre depredadores humanos, ni perdidos como un punto
insignificante en las distancias siderales del universo. Entre tantas personas que
no han podido ser agentes de su propia historia, el Señor nos invita a descubrirlo
en los signos de su presencia activa para construir juntamente con él su
propuesta de futuro.

San Ignacio tiene interés en situar cada una de las contemplaciones de los
Ejercicios en un momento determinado de la historia (“traer la historia”), y en un
lugar preciso (“composición de lugar”), para descubrir a Dios actuando ahí. En
estas contemplaciones no nos acercamos a los misterios de la vida de Jesús
como a hechos simplemente pasados, sino como a momentos de salvación
eternamente vivos, que encierran una oferta de gracia para nosotros en nuestras
circunstancias concretas de hoy. Jesús no vivió cada paso de su vida sólo para el
pequeño número de testigos que lo rodeaban fascinados, sino para todos los que
lo contemplamos hoy a través de nuestros sentidos (1 Jn 1,1-4), haciéndonos
presentes a la escena (Ej 114).

Si nuestro Dios es el Dios de la historia, sólo podremos “permanecer en él”al


trabajar juntamente con él (Ej 95) en el compromiso para llevar adelante su
proyecto de salvación, según la propuesta que nos ofrece como gracia a cada uno
de nosotros. La experiencia creciente de Dios se va realizando en el terreno
desconcertante de la historia humana, en el combate por el reino de Dios. El
asume nuestra realidad traumatizada desde las situaciones más infernales (Ej
106), donde Jesús se encarna. También encontramos a Dios en los momentos de
mayor transparencia y felicidad, cuando resuena en nosotros la resurrección de
Jesús, en la que un pedazo de mundo ya llegó a su destino definitivo. Toda la
realidad va caminando desde las dispersiones y rupturas más dolorosas hasta la
reconciliación de todas las cosas en Cristo (Col 1,20 ). Encontrar la hebra del reino
de Dios en la que se van insertando las verdaderas realizaciones humanas, es
una fuente permanente de sentido y de dicha.

6. En el corazón de la historia, en la plenitud de los tiempos, como el momento de


máximo esplendor humano hacia el que todos volvemos incesantemente nuestras
cabezas inquietas, nos encontramos con Jesús. En Jesús Dios se nos ha
comunicado en una Palabra encarnada inagotable. Pero al acercarnos a Jesús,
“parábola de Dios” siempre nueva, constatamos que desde lo más hondo de su
persona es entera referencia al Padre de bondad y cercanía, en una apertura sin
fisuras. Esto es posible porque el Padre es donación plena para el Hijo, y el Hijo
es acogida pura del Padre. En Jesús reposa la plenitud del Espíritu que es el amor
que une al Padre y al Hijo. Lleno del Espíritu (Lc 4,18), de la plenitud del amor,
cada palabra y cada gesto de su vida son suyos y son expresión del Padre al
mismo tiempo. El que ha visto a Jesús, ha visto al Padre.

Dios, Padre, Hijo y Espíritu, es relación perfecta dentro de sí mismo. Dios es


Amor. Es una Trinidad de Personas en perfecta comunión, fundamento vivo que
nutre toda comunidad humana. Por esto, al contemplar a Jesús, nos encontramos
inevitablemente con el Padre y el Espíritu que también están a nuestro lado.

En esta experiencia trinitaria de Dios se sitúa enteramente todo lo que somos y


vivimos. Este misterio de comunión encontrado en Jesús, también nos atraviesa
por entero a nosotros y configura toda la existencia, pues Dios ha querido que
participemos de su misma vida, que es el Amor. Ni nos obliga ni nos absorbe, pero
sólo él posibilita nuestra máxima plenitud y libertad. El Padre es el origen
permanente del futuro nuevo, en prosecución de la causa de Jesús, y nos lo
propone a cada uno de nosotros por el Espíritu que nos habita y que conduce la
historia a su destino. Una nostalgia infinita de comunión sin interferencias alienta
los mejores esfuerzos humanos para configurar amistades, familias, comunidades
y pueblos.

Nosotros somos relación, como Dios mismo, y la hondura de nuestra relación, con
Dios y entre nosotros, de manera especial con los más desposeídos de la tierra
(Mt 25,31-46), expresa la calidad de nuestra vida, pues lo que hacemos a otra
persona, se lo hacemos a Dios mismo. Estamos ante el misterio insondable de un
Dios que ama este mundo en su totalidad, pero desde lo más destruido y
necesitado, identificándose con los últimos de la tierra.

La Experiencia ignaciana de Dios es profundamente trinitaria. En los primeros


pasos de su conversión, en su casa de Loyola, queda impactado por la
contemplación de la vida de Jesús. Pero en Manresa, ya “tenía mucha devoción a
la Santísima Trinidad, y así hacía cada día oración a las tres Personas
distintamente” (Au 28). Participando en una procesión, experimentó “mucho gozo y
consolación; de modo que toda su vida le ha quedado esta impresión de sentir
grande devoción haciendo oración a la Santísima Trinidad” (Au 28). En los
Ejercicios, el punto central de contemplación es el Hijo, en quien Dios se nos
revela en la cercanía de los cuerpos. Al Padre acudimos en las peticiones
culminantes como origen en nosotros de toda vida sorprendente y evangélica (Ej
109, 147, 159, 168). El Espíritu Santo no es muy nombrado explícitamente. Las
cárceles y hogueras de la Inquisición podían tratar a Ignacio como a un
“iluminado”. Pero está presente en algunas contemplaciones (Ej 273, 304, 307).
Vivir según el mismo Espíritu que nos habita a todos, sin separarlo de Cristo ni de
su Iglesia, es el centro de todos los Ejercicios.

En cambio, en las notas íntimas de su largo discernimiento sobre la pobreza en la


Compañía, recogidas en el Diario Espiritual, expresa ampliamente su experiencia
trinitaria, con “visitaciones” (visitas del Señor) de gran resonancia afectiva y
corporal. Como afirma el P. Iparraguirre en la Introducción al Diario Espiritual:

“La mística de San Ignacio es una mística preferentemente trinitaria. Sobresale


esta nota de tal modo sobre todas las demás, que impresiona a primera vista. No
hay apenas página en que no se hable de una u otra manera de la Santísima
Trinidad, centro de sus ilustraciones” (Obras Completas de San Ignacio, BAC. 3ª
ed. Madrid,1977,p. 328).

Es significativo lo que Ignacio escribe al empezar las trece misas de la Trinidad,


en el momento en que ofrece al Señor su oblación y busca ser confirmado en ella
por la misma Trinidad:
En la misa, “con muchas y mucho reposadas (lágrimas), con muchas inteligencias
de la santísima Trinidad, ilustrándose el entendimiento con ellas, a tanto que
parecía que con buen estudiar no supiera tanto, y después mirando más en ello,
en el sentir o ver entendiendo me parecía aunque toda mi vida estudiase” (De 52).

¡Afirmación importante en nuestro tiempo de rostros de Dios difusos, de contornos


desleídos como imágenes de “videoclip” que se alargan y se encogen, se iluminan
y se apagan a ritmo trepidante de música electrónica!

7. La eucaristía es el centro de la vida cristiana. En ella celebramos el paso de


Jesús de la muerte a la resurrección. Con Jesús la vida humana, un pedazo de
cosmos y de historia, llegó ya a la resurrección, entró en la vida insondable de
Dios. En cada eucaristía, el cosmos y las relaciones humanas, real y físicamente
presentes en el pan y en el vino, producidos en nuestros campos y trayendo el
ruido de las industrias transportes y mercados por donde pasaron, se transforman
en el cuerpo y en la sangre de Jesús. Toda la realidad se mueve, desde las
rupturas y dispersiones de nuestro mundo, hasta este encuentro de reconciliación
definitiva en Cristo resucitado, ahora ya real en el pan y en el vino que
compartimos entre todos.

La eucaristía es el punto de confluencia de toda la vida de Ignacio. Después de su


ordenación esperó un año para prepararse lo mejor posible para celebrar la
primera misa. Al leer su Diario Espiritual, impresiona ver cómo en la eucaristía de
cada día confluye el momento concreto de su proceso de discernimiento.

“Como han puesto de relieve diversos autores, el centro temporal, psíquico y


espiritual absoluto de la jornada ignaciana es la celebración de la eucaristía. Con
relación al tiempo de la misa tomará nota del tiempo de sus lágrimas: “antes,” y de
hora en hora; “a la larga” distinguiendo diversas partes de la misa; y “después”
haciendo constar incluso algunas veces por la “tarde”. (Santiago Thió. “La
experiencia de Dios reflejada en el Diario Espiritual de San Ignacio”. Manresa,
Enero-Marzo, 2003).

Hay que tener en cuenta que Ignacio realizaba este discernimiento sobre la
pobreza en medio de todas sus actividades normales, con jornadas llenas de
responsabilidades y trabajos.

No se reduce la centralidad de la eucaristía a los cuarenta días del discernimiento


sobre la pobreza. Ignacio llevaba la realidad cotidiana a la eucaristía.

“El modo que el Padre guardaba cuando hacía las Constituciones era decir misa
cada día y representar el punto que trataba a Dios” (Au 101).

Las actividades de cada día estaban en Ignacio centradas en la eucaristía, donde


la realidad se encontraba situada e iluminada en su hondura mística. “Cuando
decía misa tenía también muchas visiones” (Au 100).
8. Ignacio se mueve siempre más allá, atravesando sus propias fronteras y las del
mundo que lo rodea, sin acomodarse en lo conocido o realizado. Se llama a sí
mismo en la Autobiografía “el peregrino”, que acepta el desafío de nuevas
realidades en el servicio del Señor. Los caminos arriesgados a pie por diversas
naciones de Europa en guerra entre sí, y el viaje a Tierra Santa, configuraron su
personalidad espiritual de peregrino, y fueron el escenario existencial de gracias
muy hondas de Dios, que le permitieron aceptar el desafío de las nuevas fronteras
de la geografía y de la historia estremecidas por los cambios profundos de su
tiempo.

La ilustración del Cardoner, le llegó mientras descansaba sentado al borde del


camino. Mirando la corriente del río recibió

“una ilustración tan grande que le parecían todas las cosas nuevas, de tal manera
que mirando ese momento y las otras gracias recibidas desde el final de su vida,
piensa que “aunque las ayunte todas en uno, no le parece haber alcanzado tanto
como de aquella sola vez” (Au 30).

Realmente ha nacido un hombre nuevo, con ojos nuevos. La realidad seguirá


siendo la misma, pero todo ha cambiado para Ignacio.

“Y esto fue en tanta manera de quedar el entendimiento ilustrado, que le parescía


como si fuese otro hombre y tuviese otro intelecto que tuviese antes” (Laínez).

Es posible nacer de nuevo, y ver cómo Dios transforma el mundo para unirse a su
acción salvadora. “El penitente solitario se decide por la vida apostólica” (J.
Osuna, Amigos en el Señor, ed. Sal Terrae-Mensajero, p. 28). Cuando esta
ilustración germine en la vida de Ignacio y florezca en toda su novedad, nacerá la
Compañía de Jesús.

A pocas millas de Roma, donde acudía caminando a pie lleno de incertidumbre,


previendo las persecuciones que después caerían sobre él, para poner a los pies
del Papa ese pequeño grupo de estudiantes graduados en París, tuvo la visión de
la Storta.

“Haciendo oración, sintió tal mutación en su alma y vio tan claramente que Dios le
ponía con Cristo, su Hijo, que no tendría ánimo para dudar de esto” (Au 96).

Experimentando que va con Cristo en esa misión de resultados impredecibles,


sigue muy determinado su viaje hacia Roma. El texto de la Autobiografía se
complementa con la confidencia que Ignacio le hizo a Laínez, según la cual Dios le
imprimió en el corazón estas palabras: “Yo les seré propicio en Roma”. “Después,
otra vez dijo que le parecía ver a Cristo con la cruz a cuestas, y al Padre eterno a
su lado, que le decía a su Hijo: “Quiero que tomes a este por servidor tuyo”. Y así
Jesús lo tomaba y decía: “Yo quiero que tú nos sirvas” (FN, II, 133)
“Con toda razón, desde un principio, la Compañía consideró la gracia de la Storta
como la aceptación que Dios Padre hacía no sólo de Ignacio, sino de todos ellos,
como una elección a la vez personal y comunitaria” (J. Osuna, Amigos en el
Señor, ed. Sal Térrea-Mensajero, p. 117).

De estas experiencias nacerá una espiritualidad ágil, plenamente orientada hacia


el futuro y hacia el “más”, equipada para moverse por las fronteras que nos sitúan
ante lo desconocido y que nos desafían para buscar ahí mismo la novedad de
Dios en las claridades y oscuridades de la historia. Esta espiritualidad está
siempre abierta para estrenar el futuro inédito de Dios que puede sorprender
nuestra costumbre, previsiones y posibilidades.

9. La mística de Ignacio se inserta en una ascética muy elaborada en los


Ejercicios. Las adiciones, anotaciones, notas, y reglas forman un cuerpo ascético
que no sólo es válido para el tiempo de los Ejercicios sino para toda la vida.

Para Ignacio es fundamental “apartarse” de las actividades y relaciones para


centrarse en el encuentro con Dios en la soledad. Para eso hay que “mudarse”
física e interiormente hacia un lugar ecológicamente apropiado. De esta manera
es posible “acercarse” a Dios, sabiendo que lo que uno puede hacer
es “disponerse” para la gracia que sólo puede ser acogida, nunca provocada ni
negociada como si fuese una mercancía. (Ej 20).

Es necesario hacerse consciente de todo lo que acontece en la persona, mediante


los exámenes de la oración y del día. A partir de este “darse cuenta”,
podemos discernir la experiencia para comprender cómo actúa Dios en nosotros y
cómo actúa el mal espíritu, claramente o con sus disfraces luminosos. Lejos de
toda suficiencia, la experiencia debe comunicarse y clarificarse con el director
espiritual, no sólo en el tiempo de los Ejercicios, sino a lo largo de toda la vida,
tanto en las estepas de la monotonía, como en las diferentes alternativas y
encrucijadas que se abren delante de nosotros. Esta relación con Dios siempre en
crecimiento, pasa por prácticas concretas, tiempos, espacios y modos de oración
según el ritmo marcado por el Espíritu en cada situación de la vida.

La ascética, al ayudarnos a salir de nuestro propio amor, querer e interés (Ej 189),
en la abnegación de no poner el yo en el centro de la vida, nos hace disponibles
para Dios en medio de la historia. Esto supone “ejercitarse”. Pero no es un
voluntarismo, ni puede vivirse con la dureza de la “piedra” crispada sobre su
esfuerzo (Ej 113), como si uno necesitase palpar la tensión de su cuerpo para
sentirse seguro. Sólo se puede acoger el don de Dios con la apertura flexible de la
“esponja” (Ej 113) sumergida en el agua. Por sus poros abiertos, para recibir gratis
y para no cerrarse posesivos sobre el don recibido, el agua del Espíritu puede
entrar y salir “dulce, leve y suavemente” (Ej 335). También la ascesis es don, y
debe vivirse ungida por el sabor de la mística. “Todo es don y gracia” (Ej 322).
También es ascética la disposición para la celebración festiva y el juego en medio
de la lucha cotidiana para conducir toda la realidad a su destino último, a la
reconciliación de todas las cosas en Cristo, que ya empezó al resucitar en él un
pedazo de nuestra historia.

3. Más (Magis).

“Solamente deseando eligiendo lo que más conduce para el fin que somos
criados” (EE 23)

1. En el encuentro con Dios nuestra persona se puede transformar de manera


espectacular o progresivamente, en la discreción de los días y ocupaciones
comunes. Al estrenar una nueva consistencia, Dios ya puede proponernos una
misión concreta en la historia de la salvación. Encontrar esa propuesta concreta
de Dios y realizarla enteramente es la obsesión de Ignacio, que pone la libertad en
el centro de los Ejercicios. Por eso termina muchas de sus cartas pidiéndole al
Señor que,

“por su infinita y suma bondad a todos nos quiera dar su gracia cumplida para que
su santísima voluntad siempre sintamos, y aquélla perfectamente la cumplamos”
(Carta a Juan de Vega, Virrey de Sicilia. Roma, 31 de mayo 1550).

2. No se trata de hacer cualquier cosa buena en el servicio de Dios, sino lo que él


nos propone, no sólo en los momentos importantes de encrucijada, sino siempre,
en las realidades brillantes y en las humildes. Nuestro querer sólo puede apoyarse
en el querer de Dios, y su realización no depende del voluntarismo nuestro sino
del don que viene de Dios. “¿Dónde me queréis, Señor, llevar?” (De 113). Esta
es la pregunta que centra la vida.

3. La persona que hace los Ejercicios y que lee los demás documentos
fundamentales de la espiritualidad ignaciana se encuentra con mucha frecuencia
estas palabras: “más”, “mejor”, “mayor”..., y otras emparentadas con ellas,
como “todo”, “sólo”, “ninguna”, “Lo que más conduce” (Ej 23). “El mayor servicio”
(Ej 98). “Mayor y mejor humildad” (Ej 168). “Todo mi haber y mi poseer” (Ej 234).
“Sólo el servicio y alabanza de Dios nuestro Señor” (Ej 169). “Ninguna cosa me
debe mover... sino sólo el servicio y alabanza de Dios nuestro Señor” (Ej 169).

Esta no es una espiritualidad “de mínimos” para cumplir lo debido y quedar


satisfechos. Mucho menos de masificación en la cultura de la seducción
audiovisual, configurando adictos que responden compulsivamente a los estímulos
para conseguir lo “mejor”, lo más novedoso y cotizado. Tampoco, nos permite ser
hijos tensos de la prisa que responde al instante a las urgencias de un mundo
acelerado para llegar “más rápido y más alto”, ni dejarnos clasificar en los tantos
por ciento de los que dominan este mundo para estar “más” integrados en el
sistema. Tampoco es compatible con las consignas que se apoderan del corazón
y de la mirada para no ver alternativas y engrosar así la masa de los paralizados
por el miedo al poder, o de los encandilados por el brillo del momento que
resplandece como lo “máximo”. La cultura actual nos propone muchos “magis” que
no tienen nada que ver con el “magis” de Jesús de Nazaret pobre y humilde. El
nos propone un “más” evagélico que muchas veces es juzgado locura por su
carácter contracultural.

4. Al hablar del “más” tocamos de lleno el lenguaje de la totalidad que es el


lenguaje del deseo. El deseo centrado “solamente” (Ej 23) en Dios y en su reino
excluye todos los demás intereses que nos dispersan y desparraman nuestra vida
en todas direcciones. Al actuar “puramente” (Ej 46) por el amor al Señor y a los
demás, quitamos las motivaciones fraudulentas que nos frenan y nos desvían.

Pero nuestro deseo es ambiguo pues nace desde nuestra libertad seducida desde
siempre. Por eso el deseo que se “enciende” al comprender el plan de Dios en el
Principio y Fundamento, tiene que irse purificando cada vez más a lo largo de la
oración y del discernimiento. La contemplación, con su acción misteriosa en los
repliegues últimos de nuestro ser, donde ya no alcanza nuestro análisis, va
configurando nuestro deseo según el corazón de Dios.

5. Podemos ofrecernos para el seguimiento del Jesús pobre y humillado de


Nazaret, siguiéndolo al proseguir su evangelio, en la construcción del reino de
Dios hoy en medio de nosotros, en contextos donde los distintos poderes de este
mundo tienen la fuerza sobrecogedora y los medios más sofisticados para la
descalificación social, la presión sicológica que puede romper la persona, la
privación de la libertad y la misma muerte.

Pero nosotros no somos los que nos asignamos a nosotros mismos la tarea. Es
Dios mismo el que nos ofrecerá la colaboración justa y precisa, la que respeta
plenamente lo que somos, y la que es conveniente en cada momento
determinado. Sin embargo el deseo cultivado y profundamente asentado en el
corazón de padecer realmente en nosotros, en seguimiento de Jesús, lo mismo
que él sufrió al ser llevado hasta la cruz y la sepultura (Ej 98,167), nos va
disponiendo para acoger tanto las propuestas repentinas y arriesgadas, como los
golpes imprevisibles de cualquier tipo que caigan sobre nosotros, sin que se nos
amargue el corazón y sin que el espanto nos desvíe de nuestra ruta ni un
milímetro para escapar a la pasión. “Yo os digo que no hay tantos grillos ni
cadenas en Salamanca, que yo no deseo más por el amor de Dios” (Au 69), dirá
Ignacio a los que vienen a visitarle a la cárcel.

6. Este “más” de Ignacio preso nos abre a la locura por Cristo dentro de la locura
de Cristo (1 Cor 2,14), a desear “más de ser estimado por vano y loco por Christo,
que primero fue tenido por tal, que por sabio ni prudente en este mundo”(Ej 167).
Este horizonte hacia el que nos moviliza el Espíritu, es la manifestación de Dios en
el amor crucificado, que es “la gloria de Dios” (Jn 12, 28), la máxima revelación de
su amor por nosotros que hace palidecer nuestras maneras encogidas de amar.
Los dos palos desnudos de la cruz revelan más el amor de Dios, la gloria de Dios,
que las líneas maestras de las más bellas catedrales. Pero esto es una “locura”, la
del amor humilde de Dios.
“Así pues, en una gran diversidad de vocaciones y misiones, locas y locos por
Cristo participan en la manifestación del amor loco de Dios, del que la tradición
oriental ha dicho que “tal vez, sólo este anonadamiento incomprensible de una
persona divina en la cruz puede convencer al hombre del amor loco que Dios le
tiene” (P. Kolvenbach, Decir al Indecible, ed. Sal Térrae-Mensajero, 1999, p. 131).

La “discreta caridad” ignaciana es el amor discernido, y no una medianía de


promedio que busca su ruta entre los extremos peligrosos, ni fría ni caliente. Es la
disponibilidad a este amor que se nos revela plenamente en la cruz,
“queriéndome vuestra santísima majestad elegir en tal vida y estado” (Ej 98,168).

“En sí mismo es ya una locura el que el ser humano pierda radicalmente su deseo
en el deseo de Dios para su gloria. Es el sentido ignaciano de una fórmula
lapidaria que repetía gustosamente la edad media atribuyéndosela a san Agustín:
“Ipse ibi modus est sine modo amare” (“La medida es amar sin medida”) (P.
Kolvenbach, Decir al “Indecible”, ed. Sal Terrea-Manresa, 1999, p. 127).

Sólo el discernimiento, teniendo delante de los ojos al Jesús pobre y humillado del
evangelio, puede ayudarnos a descubrir por dónde pasa en cada situación el más
al que Dios nos invita, y que puede ser juzgado locura por los paganos y
escándalo por los creyentes. Pero para nosotros puede tener el sabor del poder y
de la sabiduría de Dios, que no es otro que el de un amor sin medida (1 Cor 1,23-
24).

7. Por todo esto en el centro de los Ejercicios se sitúa la elección y la reforma de la


vida. ¿Qué es lo que Dios me ofrece como gracia? ¿Cuál es su voluntad? Eso es
lo importante. El “más” no es necesariamente lo más espectacular, ni lo más difícil,
ni lo más sacrificado, ni coincide necesariamente con las expectativas de la gente.
Habrá que mirar con atención la realidad como Dios la mira, con ojos de
misericordia y de salvación, pero habrá que discernir bien cuál es la propuesta de
Dios para cada uno de nosotros, en medio de expectativas, planes y sueños que
nos tientan.

El discernimiento de lo que vamos experimentando en nuestra persona, de lo que


el Espíritu suscita en nosotros, nos ayudará a descubrir la propuesta de Dios, que
tendrá que ser conocida por nosotros, acogida desde la experiencia de ser
amados por Dios, ofrecida a Dios desde un corazón libre y confirmada con la paz y
la alegría, incluso en casos en los que la propuesta de Dios pueda ser dolorosa y
amenazante.

8. El deseo de vivir el “más” que Dios nos presenta en nuestra vida, exige el
propósito de llevar a cabo el cumplimiento de la misión recibida sin decaer del
“fervor primero”. Sabemos que cuando hacemos opciones que marcan la vida de
manera definitiva, no asumimos esas opciones con toda nuestra persona. En
nuestra libertad hay reductos de ambigüedad, de pecado, o de fragilidad herida
que pueden haber quedado fuera de la decisión por no haber sido tomados en
cuenta, y que si no son advertidos en el momento oportuno, pueden lastrar
nuestro proyecto y herirlo de muerte.

Es fundamental estar atentos a los dinamismos ajenos a la opción evangélica que


pueden nacer en nuestro corazón y viajar dentro de nosotros como ríos
subterráneos que van engrosando su caudal día a día sin que lo advirtamos. Toda
presunción puede ser devastadora.

Cuando nos hacemos conscientes de la ambigüedad que estaba agazapada en


las zonas oscuras e inexploradas de nuestra intimidad, se nos ofrece la posibilidad
de reasumir nuestras opciones desde una lucidez cada vez mayor y por lo tanto,
de edificar una consistencia nueva que supone la honradez de sabernos y
acogernos como somos. Lo importante es no desistir del “más”, como si nuestros
límites viejos, o los recientemente descubiertos, fuesen un obstáculo insalvable
para vivir en la generosidad de Dios.

9. Por esto mismo, para que el “más” ignaciano pueda durar y crecer con el
tiempo, sólo puede ser hijo de la humildad que pone su consistencia en Dios
desde la clara consciencia de la fragilidad original personal, no admitida en
abstracto, sino con la lista de nombres concretos situados en el mapa de cada
biografía. El sentirse “todo impedimento” de Ignacio, le produce “contentamiento y
gozo espiritual en el Señor nuestro, por no poder atribuir a mí cosa alguna que
buena parezca” (Carta a San Francisco de Borja, Roma, 1555). Esta afirmación no
es una fórmula vacía, sino una constatación lúcida y agradecida de cómo, a pesar
de nuestras fragilidades conocidas o desconocidas, Dios nos es fiel y nos ayuda a
asumir enteramente nuestra opción en los momentos de crisis cuando
descubrimos que nuestra debilidad es más profunda y tiene más nombres de lo
que nosotros conocíamos cuando hicimos nuestro compromiso por el “más” que
Dios nos propuso.

Pero no hay que confundir ese sentimiento con el del mal espíritu que trata de
“poner impedimentos” a los que van “en el servicio de Dios nuestro Señor de bien
en mejor subiendo” (Ej 315). Lo propio del buen espíritu es “dar ánimo y fuerzas,...
quitando todos impedimentos, para que en el bien obrar proceda adelante” (Ej
315).

El crecimiento espiritual nos aporta al mismo tiempo una lucidez mayor de nuestra
fragilidad, de los momentos pasados en que bordeamos inconscientes el abismo
en la oscuridad de la noche, y de la certeza que nos pacifica porque Dios nos es
fiel tal como somos, con nuestros límites como remiendos al aire que ya nos es
imposible ocultar a los ojos de los demás y de nosotros mismos.

4. Servicio

“Mirándolos, contemplándolos y sirviéndolos en sus necesidades” (EE 114)


1. Todo el proceso espiritual de los ejercicios avanza hacia una síntesis de tres
palabras: “En todo amar y servir” (Ej 233). En todo momento, en toda situación es
posible servir como fruto del amor. Es una gracia que se pide, es lo que desea el
corazón.

La petición de la segunda semana de los ejercicios, “conocimiento”, “amor”,


“seguimiento” de Jesús, (Ej 104), se ha transformado en la “contemplación para
alcanzar amor” en “que yo enteramente reconociendo pueda en todo amar y
servir”. El conocer ya es reconocimiento: conocimiento experimentado y
agradecido. Y el seguimiento se llama ahora “servicio”.

Esto sólo es posible vivirlo cuando nosotros hemos contemplado a Dios nuestro
Señor, y hemos visto en él a Dios nuestro Servidor. Dios en la historia se ha
revelado como nuestro servidor en Jesús de Nazaret. El Maestro y Señor sirve (Jn
13, 13-14). El que sirve es maestro y señor.

“Servir” no es una palabra evidente y lógica en la cultura global. Acostumbrados a


mirar hacia arriba, más bien buscamos las personas que nos pueden servir para
empinarnos hasta lo más alto. Pero siempre surgen personas que escapándose
de esta lógica omnipresente y destructora de la existencia humana, se abren paso
braceando contra la corriente dominante y caminan hacia abajo, hacia las
periferias para servir a los que han sido decretados “inservibles”, precisamente
porque no nos sirven a nosotros para nada. Servir a todos, especialmente a los
“inservibles”, es el desafío evangélico.

2. El contenido de la palabra “servicio” tiene un largo proceso de gestación en


Ignacio. Ya en Loyola, cuando sentía mucha consolación mirando el cielo y las
estrellas, “sentía en sí muy grande esfuerzo para servir a nuestro Señor”. (Au 11).
Su punto de referencia para ese servicio en ese momento inicial eran los santos,
imitando sus grandes penitencias e incluso haciendo “aún más” (Au 14).

Pronto comenzará a roturar su propio sendero original. En Manresa empezó a


servir en las necesidades más humildes a los enfermos del hospital que vivían allí
porque no tenían a nadie, y a los mendigos desarraigados, y a veces peligrosos,
que trasladaban su ser amenazante de ciudad en ciudad. También los consolaba
desde su experiencia de Dios. Este rasgo de servicio humilde marcará también la
vida de los futuros compañeros de Ignacio. En medio de las sesiones del Concilio
de Trento, los brillantes teólogos jesuitas Laínez y Salmerón, servían en los
hospitales. En ese contexto de pobreza, marginalidad, dolor y servicio oraban, y
en medio de esa humanidad lacerada encontraban las palabras evangélicas para
hablar en las aulas solemnes del Concilio.

“En este tiempo le trataba Dios de la misma manera que trata un maestro de
escuela a un niño, enseñándole” (Au 27). Ignacio señala que una de las cosas que
aprende en esta “escuela” es el servir a Dios en las personas que encuentra, y
que ese es el criterio que ajusta sus penitencias: “Vio el fruto que hacía en las
almas tratándolas, dejó aquellos extremos que antes tenía; ya se cortaba las uñas
y los cabellos” (Au 29). Ya desde el comienzo de su estancia en Manresa ayudaba
a las almas que acudían a él, en las conversaciones espontáneas que estaban
teñidas por la experiencia que vivía intensamente. Pero es en la decisiva
experiencia del Cardoner donde empieza a clarificarse formalmente en Ignacio la
opción apostólica. El penitente se transforma en el apóstol.

Comprende su misión como ayuda, “ayudar a las almas” (Au 26,45,50), que es un
término lleno de respeto a la autonomía de las personas y de sencillez en el modo
de acercarse a ellas. Su buen deseo choca con la Inquisición en Alcalá de
Henares y en Salamanca. Al salir de la cárcel, constató que

“le cerraban la boca para que no ayudase a los prójimos en lo que pudiese” (Au
70), “Y ansí se determinó de ir a París para estudiar” (Au 71).

En la universidad de Paris nace ya un grupo apostólico que acaba poniéndose a


disposición del Papa para ser enviados donde él juzgase más necesario, en un
verdadero servicio apostólico dentro del cuerpo eclesial.

3. En el pequeño libro de los Ejercicios la palabra “servicio” sale diecinueve veces,


y la palabra “servir” veinte veces. Ya en el “principio y fundamento” aparece el
servicio comprendido desde la alabanza y la reverencia al Dios que “es” nuestro
creador, y ante la fascinación de su obra en la que nosotros somos el centro,
aunque parecemos perdidos en su grandeza porque no podemos abarcar con
nuestras manos ni el comienzo ni el final de sus fronteras, ni nos cabe en la
fantasía, y ni siquiera comprendemos su profundidad con nuestra razón. El ser
humano se comprende a sí mismo como servidor del plan de Dios en la historia,
como creador juntamente con Él de la novedad incesante que nos sorprende.
Somos creados para ser creadores. Somos creados al ser creadores.

Somos servidores juntamente con Dios, que es nuestro Señor siendo nuestro
servidor. Esta increíble revelación de Dios se comprende plenamente en Jesús
que es el verdadero Servidor, con el delantal a la cintura, para servirnos a la mesa
cuando llega en medio de nuestra noche (Lc 12, 37), para lavarnos los pies antes
de comer (Jn 13, 4), o para prepararnos pan y pescado sobre brasas, una comida
de amigos sobre la playa del lago (Jn 21,9) después de la resurrección.

El “mayor servicio” (Ej 98) al que uno se ofrece en la meditación del reino, es para
realizarlo con Jesús, para trabajar con él siguiéndolo en la pena y en la gloria.
Enviado por el Padre para salvarnos (Ej 102), bajará hasta lo más hundido de la
humanidad, para que toda persona pueda reconocerlo como hermano con sólo
voltear la cabeza. Los que están situados en los márgenes de las ciudades, los
llevados hasta cárceles y patíbulos, los degradados hasta la esclavitud, podrán
descubrir a Dios como servidor suyo.

Mientras que los poderes de este mundo apresan con redes engañosas primero y
con cadenas manifiestas después (Ej 142), Jesús envía amigos “que a todos
quieran ayudar” (Ej 145), sin trampas y sin imposiciones, “esparciendo” la palabra
con la misma libertad con la que los granos de trigo vuelan en el aire y caen sobre
la tierra abierta para la siembra.

La manera de salvar es servir. Esto choca tanto y siempre con los criterios de este
mundo, que el ejercitante deberá revisar su libertad y su disposición para recorrer
este camino de “vida verdadera” que se nos revela en Jesús. “Binarios” y “tres
maneras de humildad”, de amor, nos emplazan con una claridad meridiana ante
este servicio que nos puede llevar a ser juzgados como “vanos y locos” como
Cristo. (Ej 167). Lo que sólo puede ser vivido como gracia, sólo podemos pedirlo y
acogerlo en la medida que se nos regala.

En la pasión se ve con claridad por dónde pasa este camino. Hasta Dios mismo
parece ocultarse en la pasión de Jesús. En realidad, no se esconde, se manifiesta
como es, amor servicial en la debilidad de un ser humano arrollado por los que se
han apoderado de este mundo. La humildad de Dios nos abisma.

Jesús resucitado sigue siendo el servidor. “Mirar el officio de consolar que Christo
nuestro Señor trae” (Ej 224). Jesús no llega a la plenitud de la resurrección sólo
para sí mismo, sino también para nosotros, para seguir sirviéndonos en el “officio
de consolar”, como causa de nuestra alegría, pues ya no será posible contemplar
a Jesús resucitado (Ej 222), sin contemplarnos a nosotros también resucitados
junto a él. “Dios, rico en misericordia,... nos dio vida con el Mesías –están
salvados por pura generosidad-, con él nos resucitó y con él nos hizo sentar en el
cielo, en la persona del Mesías Jesús” (Ef 2, 4-6).

Al final de los Ejercicios, en la “contemplación para alcanzar amor” (Ej 230-237),


nos situamos agradecidos en medio del don de la creación y de la historia, del
derroche de belleza y de sabiduría dirigidos con exactitud hasta la vida de cada
uno de nosotros. Unidos en comunión de libertades al Dios que sigue trabajando
en la historia, nos entregamos enteramente a él, para que juntamente con él,
podamos en “todo amar y servir”. Sólo él puede tomar nuestra libertad y
asociarnos a su tarea de seguir siendo nuestro Servidor hasta que toda la creación
arribe a su destino, a donde ya llegó en Jesús resucitado. El servicio es
una misión recibida y asociada a la misión de Jesús que ahora proseguimos
nosotros en la historia, como cuerpo suyo para la fatiga y para el abrazo.

4. La pedagogía del servicio evangélico podemos encontrarla esbozada en la


contemplación del nacimiento (Ej 114).

a) Me acerco a la contemplación de las personas “haciéndome yo un pobrecito y


esclavito indigno”. Es la disposición íntima. No es una categoría de aniquilación
sicológica, de disminución, de infravaloración, cuando precisamente estoy
constatando que yo valgo tanto para Dios que él se acerca a mí en toda fragilidad
y confía la vida de su Hijo en nuestras manos. Es más bien una disposición de
amor humilde desde la conciencia de que yo soy un pecador frágil pero
perdonado, ambiguo pero amado por Dios. El Dios que se nos acerca en Jesús,
es también el Absoluto, el Señor de la historia cuyos caminos distan tanto de
nuestras comprensiones y posibilidades como el cielo de la tierra (Rm 11,33-36).

b) “Mirándolos, contemplándolos”. Se trata de posar los ojos en las personas con


una mirada reposada, desde el amor y la ternura, sin moverse al ritmo acelerado
de nuestro mirar cotidiano urgido por la prisa de los horarios implacables. En la
contemplación no es el ojo escrutador el que se acerca de forma posesiva para
conocer los rasgos de una persona y hacerse el dueño de su sicología y sus
reacciones previsibles. La contemplación supone que en la persona se encierra
un misterio que se me irá revelando poco a poco y precisamente en la medida en
que mi mirada es trasparente y libre.

c) “Sirviéndolos en sus necesidades”. El servicio evangélico nace de la


contemplación, y no responde sólo a mis programas elaborados técnicamente
sobre la realidad, ni a mis secretas necesidades como si el servicio fuese una
cuenta de ahorro donde después pasaré a recoger el fruto de mis inversiones.
Tampoco es una respuesta a las expectativas de la gente, sino a sus necesidades.
A veces las expectativas expresan bien las necesidades, pero en muchas
ocasiones no es así. Las expectativas de las personas, o nuestras propias
expectativas sobre lo que esperamos de ellas, pueden deformar su verdadera
realidad. Sin embargo, no podemos quedarnos de brazos cruzados ante las
necesidades ajenas, esperando una relación de total transparencia. El paso por el
servicio puede ser un filtro purificador de las falsas expectativas, propias y ajenas,
que deforman las verdaderas necesidades y nuestra posibilidad reales de servicio.

d) “Como si presente me hallase”. Es la cercanía de las personas que no puede


ser sustituida por ningún tipo de conocimiento ni servicio a distancia. Nos
acercamos en la contemplación al misterio de Jesús que es siempre vivo y actual,
que es siempre presente, ahora eterno de la vida verdadera, sin trampa, de la
salvación. Pero nos acercamos también a cualquier persona a la que queremos
servir.

e) La cercanía contemplativa y servicial, “con todo acatamiento y reverencia


posible”, es una palabra sacramental de todo lo que la otra persona significa para
nosotros. La palabra “reverencia” la presenta Ignacio en el Principio y Fundamento
en la relación con Dios. Ahora la refiere a su Hijo Jesús. Será extensiva a toda
persona, pues por lo más íntimo de toda existencia humana se mueve el Espíritu
de la vida divina.

De la misma manera que nos acercamos a Jesús, a María, a José y a toda la


realidad que se encuentra en la cueva, nos podemos acercar también a toda
persona, “con todo acatamiento y reverencia posible”, con una mirada
contemplativa que acoge el misterio de las personas a las que queremos servir, a
partir de todo lo que ellas son y de lo que llevan en su corazón. Ninguna técnica
de la planificación apostólica podrá nunca prescindir de este encuentro con la
persona habitada por la vida de Dios.
5. El espíritu de servicio se formula hoy en la Compañía de Jesús, como “servicio
de la fe y promoción de la justicia” (CG 32), a lo que se añade la inculturación y el
diálogo interreligioso (CG 34). Nuevos tipos de pobreza nos cuestionan hoy en el
mundo, los desplazados por las guerras o por el hambre, los exiliados y presos por
razones políticas, los niños soldados y los niños de la calle, la marginación de la
mujer, la epidemia del sida, la destrucción ecológica... Son las nuevas fronteras
donde el servidor tiene que acercarse a las personas en el espíritu de la
contemplación del nacimiento.

Esta cercanía con los pobres y oprimidos nos permitirá comprender mejor el
evangelio pues Jesús fue “un judío marginal”, las primeras comunidades se
movieron en los márgenes de la sociedad judía y del imperio, y escribieron los
evangelios desde esa realidad. Cuando leemos los evangelios desde la
marginalidad y la pobreza, desde la amistad y la comunión con los pobres,
entonces se inicia un doble proceso. Por un lado conocemos mejor el peso
existencial de lo que se afirma del Jesús pobre, y por otro nuestra realidad
también aparece mejor iluminada por las palabras y gestos del Galileo de Nazaret.

5. En el cuerpo eclesial

“Creyendo que, entre Cristo nuestros Señor, esposo, y la Iglesia su esposa, es el


mismo espíritu que nos gobierna” (EE 365)

1. La espiritualidad cristiana afirma la necesidad de encarnar el Espíritu en un


cuerpo, en la Iglesia, “Cuerpo de Cristo”, misterio de Dios accesible a nuestros
sentidos, “Pueblo de Dios” haciéndose en las luces y sombras de la historia, que
continúa en nuestro mundo el servicio al reino de Dios iniciado por Jesús.

2. En la cultura del libre mercado se afianza el individualismo competitivo de la


modernidad en la lucha fratricida por conseguir las mejores posibilidades, y el
individualismo hedonista y narcisista de la posmodernidad cautivo de la propia
imagen y ebrio de sensaciones placenteras. Y en otro polo, comprobamos la
existencia de estados totalitarios con un estilo comunitario impuesto y vigilado, en
el que no cabe la diferencia, ni su libre expresión.

A pesar de esta realidad disgregadora, en todas partes surgen comunidades de


personas que se organizan de diferentes maneras, desde grupos de ayuda mutua
para sanar límites y adicciones, hasta grupos con una visión más amplia, para
luchar por un mundo más justo y más sano ecológicamente, porque “otro mundo
es posible”.

Desde la necesidad humana de buscar el sentido de la vida y de pertenencia en


medio de las muchedumbres desarraigadas, nacen diferentes tipos de
comunidades religiosas. Algunas están marcadas por fundamentalismos
defensivos, que se aferran dogmáticamente a sus verdades claras, y desde la
seguridad de su verdad se apartan flotando sobre las aguas en el arca, mientras
miran cómo el resto del mundo se ahoga en el diluvio. Otros fundamentalismos
más agresivos intentan imponer su visión del mundo a toda la sociedad.

Pero también nacen comunidades libres, participativas y dialogantes con la


realidad compleja de nuestro mundo tejido con tantas diferencias étnicas,
religiosas y culturales. Se mueven llenas de sentido y no sólo toleran sino que
respetan las diferencias que encuentran a su lado y buscan su verdadero rostro en
el diálogo con ellas.

3. Las comunidades eclesiales, en todas partes donde surgen son un signo claro
del Espíritu que se encarna en comunidades e instituciones para la transformación
de este mundo, dándole corporalidad al encuentro con Dios en el Espíritu
liberador que nos ha sido comunicado. La comunión entre las personas que crean
la comunidad, se hace posible porque desciende de Dios, y es participación
gratuita de la comunión que es la Trinidad.

Este dinamismo comunitario es especialmente significativo entre las mayorías más


pobres del mundo, entre personas sin poder social, precisamente donde los
sistemas gravitan con toda su dureza para dividir, paralizar, quebrar las personas
y anularlas, y así reducirlas a supervivientes dispersos de un naufragio.

Por esto, a partir del Concilio Vaticano II, recogiendo las mejores aspiraciones
humanas de una apertura a Dios que crea verdadera comunidad en medio de un
mundo tan dividido y enfrentado, la Iglesia se concibe a sí misma como “Pueblo de
Dios” (LG, c.2), que es en la historia “Sacramento, o sea signo e instrumento de la
unión íntima con Dios y de la unidad de todo el género humano” (LG,1). Es “signo”
no sólo por la unión de las personas, sino por ser “instrumento” de reconciliación
desde la solidaridad con los más pobres y oprimidos.

Esta Iglesia se organiza en comunidades fraternas de comunión y participación, y


conjuga en su misión evangelizadora, a) el anuncio de la salvación a toda persona
“pues evangelizar es la dicha y vocación propia de la Iglesia, su identidad más
profunda” (EN,14); b) la nueva solidaridad pues “participa también de la función
profética de Cristo” (LG,12); c) y la celebración litúrgica de las dimensiones más
hondas de la vida personal y comunitaria dentro del misterio de la pascua de
Jesús (LG,10-12). (Cfr. “Características de la Parroquia Jesuita en la América
Latina de Hoy”, CPAL)
En el Vaticano II, encontramos también los restos de una eclesiología anterior,
más jurídica, que entraron a formar parte de los textos conciliares por las
numerosas enmiendas introducidas que permitieron que los textos fuesen
aprobados por amplias mayorías. Algunos sectores eclesiales se han aferrado a
esas enmiendas para frenar la evolución hacia una Iglesia de plena comunión y
participación.

Juan XXIII había expresado: “Frente a los países subdesarrollados, la Iglesia se


presenta como es, es decir, como la Iglesia de todos y particularmente como la
Iglesia de los pobres” (11 de sept. De 1962). En LG 8, encontramos una pequeña
referencia a esa afirmación de Juan XXIII, que no fue desarrollada en el Concilio,
pero que fue ampliamente profundizada con gran vitalidad en la Iglesia de América
Latina a partir de Medellín (1968).

Desde las dificultades para mantener siempre ágiles y limpios los canales de
comunión y participación, inducidas desde fuera por la sociedad en que vivimos, o
alimentadas desde dentro por nuestras propias limitaciones, necesitamos
mantener siempre vivos los cauces de la comunicación intra eclesial, urgidos por
el amor a la Iglesia que el mismo Espíritu infunde en todos nosotros.

4. Después del tiempo de su conversión personal, como consecuencia de la


experiencia espiritual que ha vivido, Ignacio empieza a reunir un primer grupo de
amigos en Alcalá y en Salamanca. Pero será en París, centro de difusión de las
doctrinas erasmistas, luteranas y calvinistas, y al mismo tiempo bastión de la
ortodoxia en la Universidad, donde se consolidará el grupo de “amigos en el
Señor”, formados en la experiencia de los Ejercicios Espirituales. Este pequeño
grupo iniciará más tarde la Compañía de Jesús en Roma, en el centro de la
Iglesia, en manos del Papa Paulo III, en 1540.

5. Por más personales y en soledad que se hagan los Ejercicios, no conducen al


aislamiento, sino que se mueven hacia el cuerpo de la comunidad eclesial para
insertarse en ella, según la vocación que Dios le haya propuesto a cada uno. La
posibilidad de vivir en comunidad, en comunión, surge desde el encuentro
profundo con Dios en la soledad, que estructura evangélicamente la propia
originalidad, y así nos permite acercarnos unos a los otros desde lo más original
de cada uno. En la medida en que esas originalidades están realmente inspiradas
por el mismo Espíritu es posible orquestar las diferencias en una bella melodía
que integra y supera los acordes personales.

En la segunda semana de los ejercicios contemplamos a Jesús que desciende


desde la comunidad trinitaria hasta las rupturas y divisiones que se enfrentan,
blasfeman y matan creando los infiernos de la aniquilación humana (Ej 106,107).
Ya en las meditaciones del pecado habíamos meditado en la primera semana,
cómo al cortarnos de Dios, nos percibimos a nosotros mismos exiliados, divididos
por dentro y encerrados en la cárcel del cuerpo, con una relación de Caín con los
demás hermanos, prestos a devorarnos como si fuésemos todos “brutos animales”
(Ej 47).
Impresiona contemplar a Jesús solo acercándose por las arenas de las playas de
Galilea hasta los grupos de pescadores, y cómo los invita a seguirlo sin ninguna
obra de prestigio ni instituciones poderosas que mostrar a nadie. Jesús hace la
propuesta comunitaria desde la originalidad de su doctrina y la autoridad graciosa
y atractiva que sale de toda su persona. El Señor invita algunos amigos, primero
para que vayan con él y vean lo que hace (Mc 1,16-21 ), y más adelante para
estar con él y para enviarlos a predicar la llegada del reino (Mc 3, 13-19).
Esa comunidad apostólicaincipiente impresiona a los judíos por que se mueve con
una libertad estrenada, y con la alegría de una fiesta de bodas, saliéndose fuera
de los legalismos que en aquel tiempo estructuraban los grupos del pueblo y les
daban su identidad (Mc 2,18-22).

Jesús atrae enseguida las multitudes de Galilea, pero presas de su imagen previa
del Mesías no logran captar lo que significan sus palabras y sus signos. La
“levadura de los fariseos” todavía fermenta sus sueños. Sus expectativas suenan
como un ruido de fondo que impide escuchar con claridad la propuesta de Jesús.
Pronto llegará a su punto álgido este desencuentro y Jesús, después de alejarse
hasta Cesarea de Filipo, toma la decisión de subir a Jerusalén para anunciar la
llegada del reino con su acento de galileo, moviéndose entre los grandes edificios
de las instituciones oficiales del poder judío y del Imperio. La comunidad
apostólica se transforma en unacomunidad de destino. El que quiera seguir a
Jesús tiene que estar dispuesto a perderlo todo, hasta la propia vida, como un
verdadero servidor. El que rechace este camino, es Satanás, el tentador, como el
mismo Pedro, y hay que apartarlo de nuestro camino (Mc 8, 27-33).

La dureza de este lenguaje espanta y confunde a cualquiera. Por eso Ignacio


propone tres meditaciones claves al comienzo de las contemplaciones de la vida
apostólica de Jesús: las dos banderas (Ej 136), que es una meditación de lucidez
evangélica en un claroscuro de contrastes bien definidos; los tres binarios (Ej 150),
para verificar si nuestro corazón está atado a personas, cosas o situaciones, o si
está libre para acoger las propuestas que Jesús nos haga; y las tres maneras de
humildad (Ej 164) que nos sitúan ante la realidad del Jesús pobre y humillado del
evangelio, tenido por loco, con el que deseamos identificarnos afectivamente para
estar preparados a acoger las humillaciones y trabajos cuando lleguen, y porque
este estilo es el que define no solo la persona de Jesús, sino que constituye
la identidad más honda de la comunidad de sus seguidores.

En la tercera semana, la comunidad desconcertada es superada por los


acontecimientos dolorosos, se mueve temerosa pero va con Jesús hasta el huerto
de los Olivos. Hay que contemplar el camino que va desde la seguridad, la paz y
el perfume de la amistad en Betania, hasta la incertidumbre, la angustia y la
hostilidad mortal de Jerusalén (Ej. 192). El camino expresa la libertad de Jesús
decidido a ir a Jerusalén para enfrentarse con la pasión.

Sólo las experiencias de la resurrección y el don del Espíritu en la cuarta semana,


congregarán la comunidad pascual, con discípulos transformados que ya pueden
enfrentar la persecución y las amenazas de las autoridades, y los viejos criterios
de poder que los dividían entre sí. Esta comunidad, al orar y compartir con alegría
de corazón, es ya en medio de los que controlan el mundo un signo del futuro de
Dios, pequeño como un grano de mostaza, pero con una vida tan fuerte que no
puede ser eliminada ni por amenazas que inhiban su identidad, ni por ofertas que
la corrompan. Será el Espíritu el que llevará la comunidad “a la verdad plena” y a
la misión.(Jn 16,13).

6. En la gran crisis del siglo XVI, saliendo de la edad media y comenzando la


modernidad, el mundo experimentó grandes cambios con todas las
transformaciones que esto implica en la estructura general de la vida. Aparecieron
nuevos horizontes geográficos y se recompuso el mapa religioso de
Europa. Ignacio amó a la Iglesia de su tiempo, desfigurada por mucha corrupción.
Fue hombre de mundo suficientemente informado como para darse cuenta que
había conventos sin espíritu, clérigos por dinero, amigos del poder y envueltos en
escándalos sexuales.

Otros, también alarmados por el deterioro eclesial y deseosos de ayudar a su


reforma, escogieron caminos diferentes al de Ignacio: Erasmo, agudo y brillante, el
de una crítica ácida, Lutero la confrontación que llevó a la ruptura. Ignacio
experimentó en su propia persona el acoso de la Inquisición que lo acompañó
desde las cárceles de Alcalá y de Salamanca, hasta la universidad de París, y los
procesos de Venecia y de Roma. La aportación de Ignacio a la Iglesia con los
Ejercicios Espirituales, y toda la vida espiritual y religiosa que nació de ahí, fue
algo sorprendente que no cabía en los moldes que existían entonces en la Iglesia
y en la sociedad. Encontró la estrechez de influyentes personajes de la Curia
romana que no comprendieron el alcance de su carisma y se opusieron a él. Pero
con la sabiduría y fortaleza del Espíritu supo buscar y encontrar “la puerta
pequeña y el callejón estrecho” (Mt 7,13-14), que nos exige abajarnos
humildemente para poder atravesarlos, por donde pasa la novedad del reino de
Dios en muchas ocasiones. El carisma original que había recibido de Dios,
encontró finalmente su puesto en la Iglesia, y recibió de ella toda la acogida y el
apoyo para que pudiera afirmarse y crecer prodigiosamente.

“El hombre de Iglesia que es, redescubre su vida como camino para llegar a ella.
Por eso, sin duda, él se llama “peregrino”, y su libro “diario de un peregrino” que
acaba no sólo en Jesús, ni en el Padre, sino también en la Iglesia” (Corella,
Reglas para Sentir la Iglesia, ed. Sal Térrea-Mensajero, p. 25)

El amor lúcido y libre a la Iglesia real, queda reflejado en las “Reglas para el
verdadero sentido que en la Iglesia militante debemos tener” (Ej 352-370). Son
llamadas reglas “para sentir con la Iglesia”, “para sentir la Iglesia”, “para sentirse
Iglesia”.

“Separar de ellas lo caduco, lo que ya se fue de una Iglesia que por vocación va
ligada a la historia humana, a la vez que va ligada a Jesús resucitado, es darles la
posibilidades de seguir siendo inspiradoras de un sentido de Iglesia actualizado y
creador de futuro”. (J. Corella, “Sentir la Iglesia, ed. Sal Terrae-Mensajero, p. 18)
El Espíritu busca encarnarse en la historia para edificar el cuerpo de Cristo, y
debemos amar ese cuerpo, “la vera sposa de Cristo nuestro Señor, que es la
nuestra sancta madre Iglesia hierárquica” (Ej 353). Amamos no sólo a la jerarquía
de la Iglesia, sino a toda una Iglesia que es jerárquica. El Espíritu es el que rige la
Iglesia y nos enseña a movernos con creatividad en medio de nuestros aciertos y
desaciertos. El amor a la Iglesia debe ser lúcido, y por eso mismo capaz de
apuntar a la raíz de los problemas y de las soluciones. En Cuba es especialmente
importante alimentar y transmitir este amor a la Iglesia, ante las nuevos creyentes
que se acercan a nuestras comunidades.

Como dice el P. Ignacio Iglesias, en “Posdata menor a “Palabras de Ignacio de


Loyola a un jesuita de hoy” de Karl Rhaner S.J. (2003):

“¿Cómo no mencionar siquiera, para terminar, algo que, de puro obvio, parecería
superfluo? Sentid la Iglesia. Conoced amorosa y comprometidamente esa
comunidad plural de hombres y mujeres que os sabéis remitidos a un Salvador,
que nos salvó a los que formamos ya esa “ingente muchedumbres de testigos”
(Hebr. 12,1) y os está salvando a todos. Acoged, por de pronto, conscientemente
la confianza que os hace el Señor de “necesitaros” para que le ayudéis a salvar, y
vivid de esa confianza”.

Algo queda claro en el empeño de Ignacio, como de tantos otros fundadores de


congregaciones religiosas. Es necesario sembrar en la Iglesia la originalidad
de nuestro propio carisma. En medio de los cambios acelerados y profundos que
experimentamos hoy en casi todos los ámbitos de la vida, todos somos invitados a
aportar el don que hemos recibido como laicos, varones o mujeres, religiosas o
religiosos. Nos orienta esta afirmación de Ignacio:

“Entre Christo nuestro Señor, esposo, y la Iglesia su esposa, es el mismo espíritu


que nos gobierna y rige para la salud de nuestras ánimas, porque por el mismo
Spíritu y Señor nuestro, que dio los diez Mandamientos, es regida y gobernada
nuestra sancta madre Iglesia” (Ej 365).

Aunque nosotros no somos movidos siempre por este mismo Espíritu, él siempre
queda ofertado a todos como el dinamismo último y transformador al que siempre
podemos retornar.

7. Dentro de la Iglesia aparece la Compañía de Jesús, como surgen también otras


diferentes formas de congregaciones religiosas, institutos seculares y
comunidades laicales inspiradas en el carisma ignaciano.

Ya los primeros jesuitas trasmitieron a los laicos su espiritualidad, y así fueron


naciendo diferentes comunidades que unían el amor a Dios, el apostolado y la
ayuda a los pobres, enfermos y huérfanos. Podemos recordar, la “Compañía del
nombre de Jesús” (Parma 1539), “Compañía de la gracia” (Roma 1539),
Compañía de los huérfanos” (Roma 1541), “Compañía para ayuda de los pobres
vergonzantes y encarcelados” (Mesina 1549). Las primeras reglas de estos
grupos, aprobadas por el P. General Aquaviva en 1587, insistían en el apostolado
y la presencia cristiana en el mundo. Actualmente son las Comunidades de Vida
Cristiana (CVX), la mejor expresión de esa trasmisión de nuestra espiritualidad a
los laicos cercanos a la Compañía.

8. En la Compañía de Jesús de América Latina se ha acuñado un término muy


sugerente que responde a una realidad que está naciendo: un “nuevo sujeto
apostólico”. El documento “Principio y Horizonte de nuestra misión en América
latina”, afirma lo que quisiéramos contemplar en los próximos cinco años:

“La emergencia de un nuevo sujeto apostólico, formado por jesuitas, laicos/as y


religiosos/as de inspiración ignaciana que, inspirados y animados por un mismo
espíritu y sentido de misión, a través de centros, redes u otras instituciones, se
coloquen al servicio de la Iglesia y de la transformación de la sociedad.” (20).

Este sujeto apostólico tendría su punto de origen “en una experiencia


espiritual capaz de integrar toda la persona y de integrarla en la realidad”,
“desarrollando una pedagogía espiritual, que ayude a las personas, según su
estado de vida, a avanzar en la radicalidad del servicio”, y “colaborando en la
misión evangelizadora de la Iglesia, integrados en las Iglesias locales y sus planes
pastorales y participando activamente en las diversas organizaciones eclesiales y
de la vida religiosa” (21).

6. Un testamento de espiritualidad ignaciana

El discurso del P. Arrupe al final de su mandato como General de la Compañía de


Jesús,

enfermo y desgastado en el servicio de Dios, constituye un testamento ignaciano


de profunda inspiración para nosotros. Cada palabra nace de una experiencia de
Dios intensa que se ha venido formando a lo largo de toda la vida. Habla con el
lenguaje de la pasión, de un corazón entregado al mayor servicio de Dios, y
expresa su amor a una Iglesia que no siempre comprendió su visión profética del
futuro en un tiempo de grandes convulsiones sociales. Transcribo algunos
párrafos:

“Yo me siento más que nunca, en las manos de Dios. Eso es lo que he deseado
toda mi vida, desde joven. Y eso es también lo único que sigo queriendo ahora.
Pero con una diferencia: Hoy toda la iniciativa la tiene el Señor. El ha sido
infinitamente generoso para conmigo. Les aseguro que saberme y sentirme
totalmente en sus manos es una profunda experiencia.

“Al final de estos 18 años como General de la Compañía, quiero y sobre todo, dar
gracias al Señor. Yo he procurado corresponderle sabiendo que todo me lo daba
para la Compañía, para comunicarlo con todos y cada uno de los jesuitas. Lo he
intentado con todo empeño.
Durante estos 18 años mi única ilusión ha sido servir al Señor y a su Iglesia con
todo mi corazón. Desde el primer momento hasta el último. Doy gracias al Señor
por los grandes progresos que he visto en la Compañía. Ciertamente, también
habrá habido deficiencias, las mías en primer lugar, pero el hecho es que ha
habido grandes progresos en la conversión personal, en el apostolado, en la
atención a los pobres, a los refugiados. Mención especial merece la actitud de
lealtad y de filial obediencia mostrada hacia la Iglesia y el Santo
Padre particularmente en estos años. Por todo ello, sean dadas gracias al Señor”

... “Mi mensaje final es que estén a la disposición del Señor. Que Dios sea siempre
el centro, que le escuchemos, que busquemos constantemente qué podemos
hacer en su mayor servicio, y lo realicemos lo mejor posible, con amor,
desprendidos de todo. Que tengamos un sentido muy personal de Dios”.

Ciertamente que podemos encontrar en estas breves líneas del P. Arrupe,


una síntesis de la espiritualidad ignaciana, lúcida y avalada por toda una vida. Su
paso entre nosotros constituyó un servicio de extraordinaria creatividad, urgido por
el sufrimiento del mundo contemplado desde una sensibilidad evangélica, creada
en torno a la contemplación de Jesús, y dentro de un amor fiel a la Iglesia probado
por la incomprensión que en muchos momentos atravesó su vida con un aire de
pascua.