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Leonor Guerra

La mujer es pieza fundamental en el desarrollo de


los pueblos, desde su aparición al lado de Adán,
según las Sagradas Escrituras, hasta ahora. Ella es
protagonista de los más difíciles e importantes
episodios. Pero la historia ha sido escrita y narrada
por el hombre, que en forma deliberada la ignora; es
decir, la ha marginado en los más bellos y difíciles
capítulos, cuando, actuando como madre, esposa o
hija, expone su vida para el logro de la libertad. Esta
heroína nació en Cumaná en 1778, hija de don Luis
Beltrán de la Guerra y Vega Guerra, quien se
desempeñaba como procurador del cabildo, y de
doña Antonia Ramírez y Valderrín. Casó con José Tineo, en quien procreó una hija,
Francisca Antonia. Desde muy joven se reveló como partidaria de la Independencia, que le
abrió el camino hacia la gloria.

En 1815, el brigadier español Pablo Morillo llega a Cumaná. Designa como gobernador de
la provincia al coronel Juan Aldama, quien se había distinguido por su fobia hacia los
nativos. Es época cuando las mujeres patriotas acostumbraban adornar su cabeza con una
cinta o lazo azul, color que distinguía al bando patriota. La presencia de Morillo sirvió para
que el pueblo entonara el verso:

Las cintas azules son el estribillo: ¡Que viva la Patria! ¡Que muera Morillo!

Leonor Guerra, distinguida dama, perteneciente a la nobleza de la ciudad, era una furibunda
partidaria de la Independencia. El 1° de junio de 1816, el gobernador Juan Aldama pasa
frente a su cása, en el barrio San Francisco; la observa cuando se asoma a la ventana
portando un lazo azul. Ella había sido delatada. El mandatario ordena su detención e
interrogatorio y al no poder sacar de ella una confesión, el 2 de junio la sentencia a recibir
públicamente 200 azotes sobre un burro y amonestaciones en las calles de Cumaná.
Pilatos, nos dice el apóstol Marcos:
“Queriendo dar satisfacción a la gente, soltó a Barrabás y a Jesús lo entregó para que lo
azotaran...” Jesús recibió cíen latigazos y Leonor fue azotada con saña doscientas veces,
sin darle respiro. Por eso murió destrozada. Se le monta vendada sobre el animal, con la
espalda casi desnuda. A cada latigazo que recibe respondía: “Viva la patria! ¡Mueran los
tiranos!”. (1) re Testigo presencial de aquel atropello, el capitán de un barco de bandera
inglesa, fondeado en las playas de Los Bordones, Mr. Hardi, describió el hecho en su diario,
el día 12 de febrero de 1816: “Personalmente, yo vi darle una docena de azotes; pero
algunos hombres de mi tripulación, que habían bajado a tierra, vieron cumplir íntegramente
la sentencia.

Mi sensibilidad estaba demasiado herida para que mi curiosidad pudiera sobreponerse a


ella.

Dos días después, quise enterarme de la suerte de esta desventurada y me dijeron que se
había negado a tomar toda clase de alimentos, así como todo socorro de medicinas; y a
pocos días después supe que había muerto, que su recato y delicadeza no le dejaron
sobrevivir a la humillación y (3) oprobio que le habían infligido”.

El historiador patrio don Arístides Rojas plasmó un concepto sobre la vida de la heroína:

“Si hay algo que sobreviva a los cataclismos de la naturaleza y de la sociedad, es el


sacrificio, la mujer que se inmola en aras de Ja familia o de la Patria. La corta y elocuente
historia de Leonor Guerra es el hermoso legado que se va dejando a las generaciones
cumanesas. Esta heroína admirable, tan noble de sentimientos como la familia, había
abrazado desde sus primeros tiempos la causa de la independencia, sin prever que ella
simbolizaría en cierto día una de las coronas de ciprés que se uniría a las coronas de
laureles para simbolizar el dolor y la dicha, el martirio y la victoria, en sus conquistas ideales,
en el constante combate de la vida”.

El 1° de diciembre de 1819, el brigadier Pablo Morillo, de regreso a su patria, expuso al


ministro de Guerra de España:
“La conveniencia de que el Brigadier Juan Aldama fuese trasladado a España, visto su bajo
rendimiento militar e imprudencia en Cumaná, imponiendo el castigo de emplumar y sacar
a la vergüenza a una señora por las calles de la ciudad”.

Para el momento de su sacrificio, Leonor contaba con 40 años de edad. Su ejemplar actitud
frente a los enemigos de su suelo es digna de comentar entre las nuevas generaciones,
que con orgullo repetirán su nombre.

María Francisca Barreto

En el desarrollo de la guerra la situación de la mujer era penosa, sencilla y monótona. Ellas


tenían definidos sus ideales y tareas que cumplir; en algunos pueblos servían de contacto
entre las fuerzas patrióticas, recolectaban alimentos como carnes, tubérculos, pescado y
otros comestibles. Tomaban parte como combatientes, servían como enfermeras y por lo
general escondían a los perseguidos usando sus casas, trojas, cuevas, aposentos y lugares
impenetrables por los adversos.

Entre tantas heroínas desconocidas, destaca la cumanesa María Francisca Barreto, hija del
capitán Crisóstomo Barreto y Rosalía Ramírez. Madre del general José Jesús Barreto,
nacido en Cumanacoa, héroe de innumerables batallas en Venezuela, Boyacá (1819) y
Bomboná (1821), acompañó al Libertador Simón Bolívar a la batalla de Bomboná donde es
ascendido a General de Brigada. El 11 de diciembre de 1814, por orden del realista
Francisco Tomás Morales, es apresada en el pueblo de Santa Bárbara (Maturín), torturada,
fusilada y descuartizada, por ser madre de los insurgentes Luis Barreto, herido y fusilado
en Aragua de Maturín, y del general José Jesús Barreto, envenenado en Guayaquil,
Ecuador.

Refiere el historiador cumanés Pedro Elías Marcano (1) la actuación de otras mujeres
sucrenses que participaron directamente en la guerra, especialmente en la «Defensa de
Maturín», ignoradas hasta ahora y merecedoras de un estudio más detallado por ser dignas
de un lugar en el juicio histórico; entre ellas María Rodríguez, María Rosario y Juanita
Ramírez, quienes en lomos de caballo, con traje varonil, lucharon muriendo en combate.
Algunas damas descendientes directas de españoles, renunciaron a su abolengo para
unirse a la india o a la negra en la empresa revolucionaria, compartiendo penurias, guiadas
por el camino de la esperanza.

Muchas, pero muchas de ellas, no lograron saborear Tiujer era el triunfo por haber sido
asesinadas con el azote o el fusil en cualquier ideales y caserío o plaza de un pueblo, como
acción ejemplarizante dada por los entre las realistas.
Sus hijos, en la adolescencia, se veían obligados a seguir a bérculos, cualquier jefe en
busca de la libertad, convirtiéndose en un soldado combatientes, prematuro, leal a una
causa heredada de sus antepasados.

El General José Francisco Bermúdez Figuera

El General en Jefe, José Francisco Bermúdez


Figuera fue el Libertador de Cumaná en 1821, nació
en San José de Areocuar, Municipio Andrés Mata
del Estado Sucre, pero en la partida de Bautismo,
publicada por el Dr. Domingo Badaracco Bermúdez,
dice: A la letra con la partida original de su
contenido, a que me refiero, y a pedimento de parte
legítima doy está a los diez y nueve días del mes de
diciembre de mil ochcientos dos.

Hijo de Francisco Antonio Bermúdez de Castro y Casanova, y Josefa Antonia


Figuera de Cáceres y Sotillo, descendientes de una vieja familia cumanesa; sus
abuelos paternos fueron Bernardo Bermúdez de Castro y María Manuela Casanova;
y, sus abuelos maternos Pedro Figueroa de Cáceres y Alfaro y Agustina Sotillo y
Verde, naturales de Barcelona.

A los 28 años de edad se incorporó a la lucha por la emancipación de Venezuela.


En 1812 recibió el despacho de subteniente y con Vicente Sucre llevó a cabo una
campaña en la provincia de Barcelona. A raíz de la capitulación del general
Francisco de Miranda ante las fuerzas realistas el 25 de julio de 1812, tuvo que
emigrar a Trinidad. En 1813 formó parte del grupo que, bajo el mando de Santiago
Mariño, invadió las costas orientales de Venezuela para llevar a cabo la campaña
con la cual se dio libertad a esa parte del país.

Bermúdez se distinguió como un gran guerrero a todo lo largo de la guerra de


independencia. Su temperamento violento, tal vez producto de su propia naturaleza,
de su propia fortaleza, le hizo aparecer como un hombre violento, lo que no era
precisamente un obstáculo en aquellos días de guerra, como algunos historiadores
lo han presentado, tildándolo de ignorante y despiadado, lo que es totalmente falso
si a la letra sometemos este arbitrio, el dejó cartas, documentos y acciones de
guerra, que contradicen esa interpretación de la personalidad del héroe; por otra
parte la hoja de servicios del General, ascendido por incuestionables méritos; creo
que su valentía y arrojo, dio motivos para temerle y desprestigiarlo, hasta que sus
enemigos políticos le dieron muerte.

Desde 1813, secundando a Mariño, invadió desde Trinidad por las costas orientales.
Peleó en Güiria, Irapa, Maturín, Carúpano, Cumaná, Barcelona, y Maturín. Después
en Bocachica, Arao, Carabobo y La Puerta, y en Aragua de Barcelona, El Salado,
Urica y otra vez en Maturín.

Perdida la primera República, emigró a Cartagena, donde fue nombrado


comandante general encargado de la defensa de la ciudad. Siguió a Haití, tuvo
desavenencias con el Libertador. Actuó luego en la campaña de Guayana, fue
comandante general de la provincia de Cumaná, y del Ejército de Oriente.

Finalizada la campaña de Carabobo, fue ascendido a general en jefe y enviado a


Cumaná con el encargo de liberar aquella plaza, lo cual llevó a cabo, ya que para el 16
de octubre de 1821, Cumaná se encontraba en poder de los realistas. Sus éxitos
militares continuaron una vez que, en 1823, logró la capitulación de Francisco Tomás
Morales en Río Hacha y Maracaibo. Ese mismo año acompañó al general José Antonio
Páez en las operaciones que culminaron con la Toma de Puerto Cabello el 10 de
noviembre de 1823. Luego de esto, regresó en diciembre a Cumaná, donde reasumió
las funciones de intendente y comandante del departamento del Orinoco. En 1828, tras
experimentarse una breve paz en Cumaná, tuvo que enfrentarse a un brote realista,
derrotándolos en las inmediaciones de Cumanacoa.

Terminada esta breve campaña retornó a su hacienda en la Soledad de Gúirimita


(Güiria). En enero de 1830 entró nuevamente en operaciones contra una insurrección
que amenazó al sistema constitucional; estuvo en acción hasta agosto de ese año,
cuando se retiró definitivamente. Murió asesinado en Cumaná, el 12 de julio de 1831.
Sus restos descansan en el Panteón Nacional desde el 24 de octubre de 1877.

ANTONIO JOSE FRANCISCO DE SUCRE Y ALCALA

El Gran Mariscal de Ayacucho, como también se le conoció, nació en Cumaná, estado Sucre,
el 3 de febrero de 1795, y desde pequeño siempre tuvo sueños independentistas y la firme
esperanza de ver una Venezuela libre del yugo español.

A sus 15 años se alistó en el ejército patriota nacional y participó en la campaña del


Generalísimo Francisco de Miranda en 1812 contra los realistas, durante la cual ascendió a
teniente, y a partir de ese momento dio sus primeros pasos en el camino que lo convirtió en
prócer independentista en contra del imperio español.

Con el grado de general de brigada, marchó en 1818 a Angostura, donde el Libertador Simón
Bolívar instaló su cuartel general y organizaba la República. Allí se convirtió en uno de sus
mejores lugartenientes y se ganó la amistad y el respeto del Libertador, quien resaltó siempre
sus dotes militares y su elevado sentido de la moralidad.

Enviado a las Antillas con la misión de obtener armas para el ejército, ingresó en el estado
mayor de Mariño, quien combatía en el Oriente venezolano; más tarde pasó al estado mayor de
Bolívar y fue designado integrante de la comisión que firmó el armisticio y la regulación de la
guerra de Santa Ana de Trujillo (1820) con el general realista Pablo Morillo, por el que se
pretendía evitar al máximo los efectos de la guerra sobre la población civil.
Al año siguiente marchó al frente de un ejército en apoyo de la sublevación de Guayaquil, puerto
al cual también arribaron tropas del general San Martín. Comenzó entonces la campaña de
liberación de Ecuador, que tuvo su culminación en Pichincha, batalla librada en 1822.

Con esta victoria de Sucre se consolidó la independencia de la Gran Colombia, se consumó la


de Ecuador y quedó el camino expedito para la liberación de Perú, tras la renuncia de San
Martín. Sucre entró en Lima en 1823, precediendo a Bolívar. Participó con él en la batalla de
Junín y, el 9 de diciembre de 1824, venció al virrey La Serna en Ayacucho, acción que significó
el fin del dominio español en el continente suramericano.

El Parlamento peruano lo nombró gran mariscal y general en jefe de los ejércitos. Al frente de
ellos marchó al Alto Perú, donde proclamó la República de Bolivia en homenaje al Libertador, a
quien encargó la redacción de su Constitución. La Asamblea local lo nombró presidente vitalicio,
pero dimitió en 1828 a raíz de los motines y la presión de los peruanos opuestos a la
independencia boliviana.
Jamás vio la América un ejército más disciplinado, más moral, ni más digno de un perfecto
General como lo fue Sucre. Sus movimientos estratégicos, su retirada, la elección del campo
en que debía triunfar, todo fue grande, todo inspiró respeto a sus enemigos, y todo contribuyó
a la esplendidez de la más señalada victoria sostenida en Latinoamérica.

Su destreza militar, grandeza política y personalidad independentista, así como sus importantes
victorias para alcanzar una patria unida, despertaron los más viles sentimientos en sus
contrincantes, quienes planificaron y ejecutaron en las Montañas de Berruecos, cerca de Pasto,
su asesinato.

La muerte del Gran Mariscal de Ayacucho fue planificada con alevosía, ensañamiento, ventaja
y premeditación, y con un una emboscada acabaron con la vida de Antonio José de Sucre, quien
a sus 35 años se convirtió en uno de los próceres más respetados de Venezuela.

La Revolución Bolivariana rescató de las tinieblas el nombre de Sucre y colocó en el sitial de


honor que se merece. Gracias al profundo proceso de cambios sociales que vive Venezuela, se
creó la misión Sucre, en el año 2003, con el objetivo de incorporar a los jóvenes excluidos del
sistema educativo a la formación universitaria.

Gracias a esta misión social, más de medio millón de estudiantes, mil 643 aldeas en todo el país
y 116 mil 652 becarios se han visto beneficiados con la educación universitaria y han alcanzado
la superación personal para forjar una mejor patria. La Misión Sucre es la alternativa para la
inclusión en la educación universitaria.