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2448 Prpia FO vx0e0 Carmen Vazquez-Vigo La fuerza de la gacela ta uxcane Eon rnot THE Mai laste oben | raven ata str cate ‘avoir ago oes pet GUSZA | larmatis, icin nants Oe towne avon ovina tt teed Oy cnurocuiaaano, rene ss Dinaotion. at TAL, Lh rors catia a us comencaha ‘so nox Cmen Vazquez-Vigo EL LIBRO ES una wos LECHON OF ODER OFL OIALOGO ¥ DE LAS. BUENAS NERS: LA FUERA DE LA GACEL ES HAS (ICA UE LA FUERZA RUT, EN LA COLECION HL ARCO OE vArOR, ‘CARMEN VAZQUEZ-V160, AUTOR ELA FUERZA DE LA GACELA, Hh FUBLICADO TWOaTEN CARAMELOS DE MENTA, EL ‘uuiteco ve pow st70 v aisTER Pu, PRIMEROS LECTORES olranscstent Pau teva, ©, = JO ‘com ohoar, Primera ein pombe 1986 Vgésna earn etn osembe 2008 Direcin editorial Ele Aguiar © Curmes Vieques Vigo, 1986 © Ediciones Si Iimproore, 1S Uranisacibn Prado de Exino 28660 Bouiladel Mone (Madd) evnegeuposm com {CRVTAD WFTEGRAL DE ATENCION AL CLIENTE Teloon12 13.23, Fax: 91 428 68 97 ‘email. clientescesma@grupo-sm.com ISBN. 86348.20404 Depisto egal M-40570-2005 Peeimpesion: Gaia SL Impreso en Expaia/ Printed in Spain Oeymu,SA- Ruiz de Alda, 1» Pin (Made) hi pain, avs ep prea we cl] Scene cman ymca ory a Chlge Remy Bae ipl Dar lr dels cna eco 79 EN la selva de Congolandia todos los animales, grandes y pequefios, vivian en paz. La serpiente, por jugar, se enroscaba en la gorda pata del elefante. EI hipop6tamo tomaba el sol panza arriba soltando unos bostezos que hacian temblar la tierra. Los osos bailaban al son de una misica que sélo ellos ofan. La jirafa Ilevaba sobre su lomo, trotando, a los hijos del leopardo. 79 El joven leén, en vez de rugir, se ponia a imitar el grito de Tarzan, que andaba por ahi de rama en rama con sus monos detras. Tenjan un rey, Leén I, muy viejo. Y, como casi todos los viejos, sabio. No se enfadaba ni cuando su hijo Leoncin se negaba a tomar clase de rugidos porque decia que era aburridisimo. 8 Pero un dia se acabé la tranquilidad. Un tigre venido de lejanas tierras estaba sembrando el terror entre los stibditos de Leén I. No dejaba cebra, jabali o conejo con vida. De ese modo, Jos demas animales carnivoros de la selva se quedaban sin comer. Los cachorros ya no podian salir de sus casas para jugar y correr a sus anchas, por miedo a que los cazara. ‘A una hija del elefante estuvo a punto de echarle la garra encima 10 Peho y la pobre se Hlev6 tal susto que se quedé muda. A partir de ese momento no pudo barritar ni poco ni mucho. (Esta cosa tan rara, barritar, es lo que hacen los elefantes para expresarse, siempre y cuando no se hayan quedado mudos como la desdichada elefantita.) Flacos por la falta de alimentos, demacrados por las noches sin dormir, nerviosos por el perpetuo miedo, los animales no encontraban remedio a sus males. 79 Para buscarlo, Leén T los reunié a todos en un claro que habia frente a su cueva-palacio. Se retorcia los bigotes y, por sorprendente que pareciera, pues era muy cuidadoso de su aspecto, llevaba la corona caida sobre una oreja. —Mis amados suibditos dijo con voz algo trémula a causa del hambre y el disgusto~: os he convocado para que entre todos tratemos de solucionar la grave situaci6n que estamos padeciendo. 16 Pel —No podemos seguir soportando la presencia de ese tigre extranjero que vacia nuestra despensa, nos impide dormir tranquilos y nos convierte en un pueblo temeroso. —iY deja mudos a nuestros hijos! se lamenté el elefante, mientras su hija asentia con la cabeza. 79 El rey les dirigié una mirada compasiva y continué: —jNuestra dignidad nos obliga a hacerle frente dejando atrés el miedo! —jMuy bien dicho! -corearon de nuevo. —Siempre hemos sido amantes de la paz. Si alguna vez nos comimos un explorador, fue en épocas de necesidad. Plu Pero ya no es posible Ia paz, con un enemigo que nos acosa por todas partes. iHay que acabar con él! —jTodos con nuestro rey! —iViva Le6n I! 22 El monarca sonrié satisfecho y pregunté: -2Quién se ofrece para llevar a cabo esta misién? Hubo un largo silencio. 23 Plus 79 ( hes Peis 79 —jEstoy esperando! -dijo al rey, echandose la corona sobre la otra oreja en un gesto de ae a ong Su hijo Leonein pensé que, siendo el heredero del trono, debia dar ejemplo. Y se adelants. 26 27 —iNo se puede negar que eres de mi misma sangre! “exclamé el monarca, satisfecho-. aY qué piensas hacer cuando te encuentres con el enemigo? Porque lo que es rugir, lo haces fatal. —Aunque soy joven, tengo fuertes garras y afilados colmillos. Sabré usarlos, padre. Entonees la serpiente, el leopardo y el elefante también dieron tun paso al frente. No iban a permitir que Leoncin fuera al tinico capaz de demostrar valor en un momento tan critico. 28 —jAja...! Veo que todavia puedo estar orgulloso de mi pueblo ~Adijo el rey. Seguro que entre los cuatro conseguiréis devolvernos la trang Id ahora mismo y que tengais suerte. Los bravos guerreros se marcharon entre aplausos y gritos de entusiasmo. Pell Ms Pero los que se quedaban pasaron horas, de gran inquietud. {Qué les sucederia a sus cuatro amigos? {Traerian la piel del intruso como trofeo? 32 79 2O serian victimas de su crueldad? be ees ae @Podrian, al fin, vivir tan felices como antes? ‘Tuvieron la respuesta al dia siguiente, cuando los aguerridos viajeros se presentaron ante Leon I y los demas habitantes de la selva. 33 Por desgracia, su aspecto no era nada victorioso. Venian cabizbajos y con seiiales de haber sido derrotados en la contienda. Uno junto a otro guardaban silencio esperando que alguno se atreviera a ser el primero en relatar lo ocurtido. Pe —iQue es para hoy! —troné el monarea de muy mal genio. 36 79 El leopardo, con una pata en cabestrillo, se decidi6 a hablar. Majestad..., ese tigre extranjero cs la fiera més terrible que he conocido. Cuando yo estaba al acecho para atacarlo, me descubrié y se lanz6 sobre mi sin darme tiempo siquiera a deci iViva Africa! Y ya lo veis..., me dejé esta pata en tales condiciones que no sé si tendré que andar con muletas cl resto de mi vida. —A mi —conté el elefante~ me dio un zarpazo tan feroz en la trompa que no puedo tomar mis alimentos més que con cuchara. Pelusa 79 Qué humillacién para un animal de mi raza! Yo no tuve mejor suerte jo la serpiente-. Quise utilizar la astucia, como tengo por costumbre, y esperé \ que el tigre estuviera dormido para clavarle mis colmillos envenenados. Pero el muy traidor estaba despierto, iY bien despierto! Tanto que, cuando me tuvo cerca, se abalanz6 sobre mi lleyandose la mitad de mi piel. Y diciendo esto tirité de frio~, iNo sé como voy a pasar el invierno asi, casi desnuda! 4t Pel Leoncin, por ser el hijo del rey, se sentia mas avergonzado que sus compaieros. Pero no le quedé més salida que confesar la verdad. —Os acordais de la hermosa borla que adornaba la punta de mi rabo? Pues bien, el enemigo me lo cercené de un solo bocado y ahora no parezco ni siquiera un leén. Se dio la vuelta para que todos pudieran comprobarlo. En efecto, el rabo de Leoncin era como el de un gato casero. Nunca habian visto al rey tan furioso. 42 79 6 Peau —jSois un hatajo de imbéciles! ~exclamé-. {Si yo no fuera tan viejo, os ensefiaria a luchar como es debido! mt ly Me Shah _ NORE que no se te oye! Digo que tal vez yo pueda conseguir ue el tigre nos deje tranquilos. Vodos giraron la cabeza para ver quién hablaba. lira la gacela, cl animal mas indefenso de la selva. EI Gnico que no tiene ni garras, ni veneno, ni arma alguna con que defenderse o atacar. En las filas de atrés soné una vor débil y dulce. —Tal vez yo... —gEh? ¢Quién eres? {Habla mas fuerte, 44 Pelwsa Sus palabras recibieron carcajadas y frases burlonas. —Lo vas a matar? —O quiza se muera de miedo al verte, —¢Te comers su cadaver? Ella contesté con mucha calmia: —Ya sabéis que soy vegetariana. 46 47 A ver... aver. ~dijo el rey, intrigado~. éQué puede hacer una gacela que no hayan conseguido los animales mis fuertes y poderosos? No lo sé todavia; pero voy a probar. Sin apresurar el paso y sin importarle las burlas que seguia oyendo a sus espaldas, Ta gacela se alejé. 48 Leén I, temiendo lo peor, se puso de pie. —A vosotr ~dijo, dirigiéndose alos cuatro que habian vuelto derrotados-, el tigre os puso en retirada, pero, al menos, salvasteis la vida. ‘ella, en cambio, se la tragara de un bocado. Todos los que se refan momentos antes se quedaron serios, con expresién preocupada. Pew Aunque pensaran que era una insensata, tenjan carifio a la gacela y no querian que le pasara nada malo, —iCorred tras ella! iDetenedla! ~ordené el rey. Pero la madre del elefante herido, que era mas vieja adn que Leén Y Por eso mas sabia, dijo con su voz de bajo profundo: Yo fa dejaria... —No ves que nosotros no pudimos con el tigre? =protesté Leoncin. Ella contest6 con tono de reproche: —No seas pretencioso. 50 79 liso no quiere decir que la gacela tampoco pueda. (Pero esta cn peligro de muerte! exclamé el leopardo. 51 —La seguiremos a prudente distancia. Y cuando sea necesario, intervendremos para defenderla Deslizandose entre la espesura silenciosamente, sin abrir la boca y hasta conteniendo la respiracién; fueron tras-la-gacelas 7. pads 79 Filla, sin darse cuenta de nada, anduvo hasta que divisé al tigre tumbado \ la sombra de un arbol. Los demas ve quedaron agazapados «letrés de unos altos matorrales. I: tigre abrié un ojo perezoso, pero no se sobresalté lo mas minimo: hi Se puso en guardia. Ex) ¢Cémo iba a asustarse de una gacela? Ella continué avanzando hasta Hegar a su lado y le dijo: —Nos tienes muy disgustados. El tigre se incorporé sin dar crédito a lo que ofa. 79 No se puede andar por el mundo dando mordiscos arrancando pieles continus la gacela~ Tre parece bonito? |.conein, en su escondite, usurré: ;Ahora! jAhora se la come! Pero se equivocaba. El tigre bajé la cabeza y dijo: —No creas que me gusta vivir asi, Estoy solo. Unos cazadores ‘mataron mi familia, alld, tras las montaiias. Yo no os queria hacer mal, pero tenia hambre... Tus compaieros me atacaron y me defendi. La gacela parpades, pensativa, y sus larguisimas pestaiias abanicaron el aire. 56 79 —2Y si te dejamos vivir con nosotros, te portaras bien? Los animales que estaban al acecho esperaban impacientes la respuesta; ero él, eos eee lai parecia dudar. Entonces Ia gacela se le acercé mas y le dijo algo al oido. 57 se puso de pie y ech6 a andar tras ella ~ hubiera roto un plato, El tigre la miré a los ojos, 7D Leén I y sus acompafantes se pegaron una carrera para no ser descubiertos y llegar primero al lugar donde vivian. BR Bt tae, Alli los encontré la gacela y les conté la conversacién que habia tenido con el tigre y que ellos ya conocian. —2¥ sélo asi conseguiste amansarlo? 59 Peluse 79 ~pregunt6 el rey, intrigado por saber qué habia dicho la gacela al oido del tigre. —Bueno, le dije algo més... Le dije..., le dij La gacela trataba de recordar. —jAh, si! Le dije... «Por favor». Las dos palabras que a nadie se le habja ocurrido usar, corrieron de boca en boca como una formula mégica. Hasta la elefantita que se habia quedado muda del susto las pronuncié después de barritar a gusto y tan fuerte que de la palmera mas cercana cayé una lluvia de cocos. 60