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Concesionar nuestra naturaleza

Para hablar de los perjuicios de la actividad minera en el Perú y en cualquier


parte del mundo es inevitable mencionar a la naturaleza. Aunque me resulta
difícil referirme a ella en segunda persona. Entiendo que hay elementos y
procesos que se desarrollan por fuera de mi cuerpo, pero éste es afectado por
todo y a todos afecta, aunque sea de una pequeñisima forma. Es que parece
que nos hemos olvidado que somos naturaleza y tal vez ahí radica parte del
problema: lo que le sucede a los ecosistemas, las plantas, los animales, los
pueblos y las culturas no llega a importarnos lo suficiente porque nos concebimos
como una entidad distinta a ellos y ellas. Porque tal vez la naturaleza y sus
habitantes son un tema de interés para ecologistas e intelectuales, pero no para
nosotros porque no somos naturaleza.
Los pueblos originarios, las comunidades campesinas y sus descendientes
menos lejanos en Sudamérica hemos tenido la ventaja y desventaja de no
olvidarnos totalmente de quiénes somos. Por cientos de años hemos vivido
principalmente de los que nos da nuestro entorno, sembrando y cosechando, y
aunque ciertamente cada vez es menos el cuidado, nuestra naturaleza se
mantuvo principalmente sana. Para la economía capitalista neoliberal, sin
embargo, esto ha sido una desventaja: el autoconsumo no ha generado
suficiente capital excedente ni acumulación, la micro y diversa producción no es
rentable ni sirve para satisfacer grandes mercados, la preferencia por la
agricultura frente a la minería ha hecho que nos llamen en los medios como los
antidesarrollo.
Sin embargo, nos seguimos negando a dejar de ser quiénes somos. Resistimos.
Con muchas dificultades, paradojas, contradicciones y cada vez más cercados
territorial e ideológicamente, pero lo hacemos. Y de esto trata este escrito, sobre
como nosotros, naturaleza, humana y no humana, vivimos hoy en día la minería
de oro en el Perú, intentando no dejar de ser quienes somos.
Somos
Las sociedades pre-incaicas e incaicas fueron civilizaciones principalmente
agrarias: domesticaron miles de plantas, en general no les faltó alimento y su
organización social se adaptó a los ciclos naturales. Desde la colonización
española esta situación cambió. Las iglesias llenas de pan de oro ejemplifican
bien este giro, la corona privilegió y administró los territorios en torno a la
explotación minera (plata y oro) y a la evangelización católica, justificando la
primera en los preceptos de la segunda. Nuestros abuelos y abuelas fueron
forzados a dejar sus labores tradicionales para ir a los grandes socavones,
extraer el oro de templos y tumbas, y finalmente morir por millones. Los metales
extraídos en Sudamérica sostuvieron la inestable economía europea de los
Siglos XVI, XVII y XVIII, lo que paradójicamente es muy similar a lo que hoy
vivimos. Ergo, la agricultura en el Perú quedó relegada.
La llegada de la República, no cambió sustancialmente esta situación. Los
ingresos fiscales derivados de la extracción de metales y el Tributo Indígena
sostuvieron casi por completo su establecimiento. Los indios siguieron viéndose
despojados de sus territorios, además de que la contaminación no era si quiera
un aspecto de interés. Las y los campesinos empezaron a dejar sus tierras e ir a
la ciudad en busca de una oportunidad. La población pasó de ser principalmente
rural (64%) en 1940 a ser casi totalmente urbana (80%) en el 2007, apenas 27
años después (Instituto Nacional de Estadística e Informática).
A pesar de todo esto, y a contracorriente, seguimos cultivando la tierra y
sosteniendo a toda aquella población humana que no lo hace. Porque finalmente,
los metales no se comen. Hoy, los campesinas y campesinos representan el 24%
de la Población Económicamente Activa (PEA), es decir, 3,756,000 millones de
peruanos; y la producción agrícola representa el 6% del producto bruto interno1.
Las mujeres en particular, cuidan las semillas, se quedan en las chacras cuando
los varones encuentran actividades mejor pagadas (como la minería), venden en
los mercados y definen los precios de la venta y compra de los productos que se
comen en casa. Seguimos, pero la agricultura campesina se observa cada vez
más violentada por a la actividad que reporta los mayores ingresos del país: la
minería.
Qué nos han sucedido
El 14. 9% del territorio nacional está concesionado a actividades mineras, casi
19 millones de hectáreas2. Para poder imaginárnoslo: esto equivale a poco más
de la tercera parte del actual territorio español. En algunas provincias del Perú,
sin embargo, las concesiones llegan a cubrir no solo la tercera, ni segunda parte
de su territorio, sino incluso el 80%, como en la Provincia de Hualgayoc en
Cajamarca, región donde también se realiza el proyecto minero Conga.
¿Concesión minera? Se le llama así al conjunto de derechos y obligaciones de
carácter exclusivo que le otorga el Estado Peruano a las empresas mineras para
explorar y explotar minerales en el área de terreno solicitado. Este “permiso”, la
mayor parte de las veces, no es consultado a las comunidades humanas que
viven en el lugar y éstas se suelen enterar cuando llegan los empresarios a
informarles, por ejemplo, que el terreno de su cementerio, iglesia, campos de
cultivo o casas, está concesionado y deben retirarse. Aunque la ley reconoce
que los propietarios tienen derecho sobre el lugar, la legislación señala que no
sobre el subsuelo, éste en el caso peruano, le pertenece al Estado.
En este contexto, el Estado invoca a las empresas a lograr la “licencia social”, es
decir, la aceptación de las comunidades locales para el proyecto minero. Las
formas en que las empresas la consiguen van desde el engaño de hacer pasar
la lista de asistencia de una reunión informativa como una supuesta
“conformidad”, realizar promesas sobre los beneficios del proyecto sin mayor
respaldo legal, comprando o amedrentando a los líderes que muestren o realicen
actos de rechazo. La implementación de la tan esperada Consulta Previa a los
PP.II. (derecho que avala el Convenio 169 de la OIT firmado por el Perú), no ha
mejorado mucho la situación: la mayor parte de las concesiones han sido
otorgadas con fecha previa a la Ley, las comunidades no tienen asesoría legal
para exigir ser consultadas o el Estado se muestra reticente a hacerle valer este
derecho a las comunidades campesinas. Todo esto sin ahondar, si quiera, en la
intensa campaña publicitaria de los gobiernos de turno por mostrar a la minería
como la única e incuestionable posibilidad de desarrollarnos. La lógica colonial
1
Fuente: CEPES y SPDA, http://www.actuali1dadambiental.pe/?p=30877
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Cooperación, mayo 2016
de llegar a un territorio distinto y evangelizarlo con lo que es correcto y mejor
para la vida de los demás, incluso usando la fuerza, también ha resistido y se ha
mantenido a pesar de casi doscientos años de vida republicana.
Desde esa fecha, a mí me indignó el oro
“Porque todos lo que sabemos que es oro, sabemos que los trabajos
del oro traen mucha contaminación. Es verdad lo que a nosotros nos
sucedió acá en Choropampa es algo lamentable. Desde esa fecha a
mí me indignó el oro, porque verdaderamente es un metal. Mis hijos
cayeron enfermos desde esa fecha y hasta ahora no los puedo
recuperar” – Mujer en Choropampa, distrito de la Provincia de Chota,
Región Cajamarca donde el mercurio liquido de la empresa
Yanacocha S.R.L. se derramó y causó un desastre ambiental. La
empresa les dio dinero y el Estado jamás realizó una denuncia.
El oro es un metal muy valorado en el Perú y en el mundo. En el mundo, se sabe
que no solo es preciado socialmente sino que casi no se devalúa. Es sabido que
la mayor parte del oro extraído en Sudamérica se convierte en lingotes que van
a las reservas de los bancos de Suiza, Canadá y Estados Unidos. En Perú es el
segundo metal más explotado, representando el 34% del valor minero3. Su
aporte a la economía convencional es ineludible. Sin embargo, los costos
socioambientales; y que terminen traduciéndose también en monetarios en tanto
son más servicios sociales que cubrir (como salud, vivienda, alimentación básica
etc.); es mucho mayor.
En la serranía del país, el oro se extrae principalmente a tajo abierto. Es decir, al
encontrarse el oro combinado con la roca, se dinamita el lugar y los trozos pasan
a pozas de lixiviación donde el cianuro o mercurio se usa para separarlo, así
como muchísima cantidad de agua que resulta muy difícil de reciclar por su alto
grado de toxicidad. Vale decir, asimismo, que el oro se encuentra casi siempre
en cabeceras de cuenca o zonas de recarga hídrica, las mismas que
comprometen toda la cuenca. Como vemos, usar mercurio o cianuro ahí no es
una decisión inteligente. Así, por ejemplo, en el Proyecto Minero Conga se
removería alrededor de 92 mil toneladas de roca diaria por 17 años, los tajos
miden aproximadamente dos kilómetros de longitud y uno de profundidad, y se
alterarían 260 hectáreas de bofedales y pajonales, cabeceras de cuenca de
varias provincias (GRUFIDES). Los perjuicios, son evidentes.
En la amazonia, por su parte, el oro se extrae principalmente de forma ilegal
lavando el agua, con la arena y el mercurio directamente en los ríos. El impacto
a la salud ambiental, de las personas y de los animales es gigante. Sin embargo,
se exporta de forma impune, la pobreza y la corrupción cumplen su rol.
No quiero marchar
No es gratuito, entonces, que grupos masivos de personas dejen sus labores en
la casa y el trabajo para ir a arriesgar sus vidas en acciones de movilización y
protesta. En el Perú, el 66% de los conflictos socioambientales, según reportes
de la Defensoría del Pueblo (Enero 2017) son relacionados a la actividad minera.
A la vez, estas protestas se han vuelto escenario de detenciones, agresiones,
denuncias e incluso asesinatos por parte de las fuerzas policiales hacia los

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Actualidad Minera del Perú, Febrero 2017: http://bit.ly/2mmua4h
manifestantes. Vale señalar que éstos tienen convenios con las empresas
mineras para brindarles seguridad privada en lugar de proteger a la ciudadanía.
Aunque todo esto parezca inverosímil, sucede. Y se comprueba fácilmente
estando ahí. En Espinar (Cusco) verás que ningún minero consume agua local,
sabe que está contaminada. Intenta visitar a Máxima Chaupe, campesina que le
ganó un juicio a la Minera Yanacocha S.R.L. en Cajamarca, y la encontrarás
cercada por una tranquera en un camino comunitario en el que te hostigarán
antes de ingresar. Explícale a la prensa que en una negociación también existe
la posibilidad de decir “no” o “sí, pero…” y te dirán extremista. Conversa con los
afectados y activistas, los encontrarás a lo largo del país, y verás que protestar
no es una hobby sino algo que quisieran dejar de hacer para vivir tranquilos.
“Porque son perros conchetumadre”
Fue la respuesta de un policía en Cajamarca, al norte del Perú, ante las
preguntas de una joven mujer: “¿Por qué son así? ¿Por qué nos hablan así?
¿Por qué nos tratan así?” en julio de 2012 luego de éstos agredieran y detuvieran
a un cura ambientalista y hostigaran a campesinos que acampaban en la Plaza
Principal como medida de protesta frente al Proyecto Minero Conga4. La mujer
fue denunciada por Desacato a la autoridad. Ningún policía obtuvo una sanción.
La discriminación y el racismo no finalizaron en Sudamérica cuando se empezó
a hablar de interculturalidad ni de inclusión. Se solapó y naturalizó a través de
los discursos que imponen una promesa de desarrollo a través de la fuerza física
y la agresión a la libertad de ser y pensar. Aunque algunas veces, últimamente
más, alguien nos lo grita en la cara como el policía de la cita anterior. Cierto es
que en nuestro país los perros y animales en su generalidad son violentados y
su dolor invisibilizado (incluso por ambientalistas), solo por ser quiénes son y no
dejarán de serlo: perros. Y es ahí donde cobra más sentido las palabras de este
policía: lejos de las órdenes de sus jefes, la vocación por reprimir a campesinos
y campesinas que extrañamente se niegan a la inversión y “progreso del país”,
se ha interiorizado en muchos de éstos. En principio, son campesinos, indios,
provincianos, y encima se niegan a dejan de serlo, se niegan a progresar, a
incluirse en el plan hecho para ellos.
No podemos, pues, ver la minería de oro y sus perjuicios de forma aislada. No
son solo “malas prácticas ambientales” que puedan mejorarse, sino que
evidencian la colisión y asimetría de poder entre comunidades humanas y élites
de poder económico y social. Comunidades humanas que como en otras partes
del mundo, han priorizado, desde luego no sin complejidades, apostar por ser
más naturaleza y menos depredación. Comunidades humanas, además, que
también aspiran a la cobertura de derechos básicos y que en muchos casos
optan por negociar con la minería, pero en términos diferentes.
Las condiciones diferentes de negociación dependen en buena parte de que los
perros del mundo estemos juntos. Tanto para aprender la gran lección de la crisis
ambiental que afrontamos: ni la vida, ni los ecosistemas, ni las plantas, ni los
animales somos una mercancía, por ende tampoco propiedades usables sin
importar cómo. Tanto para reconocer que si la contaminación y el abuso son

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Ver video: http://bit.ly/2lYB5N9
considerados “externalidades” en la lógica de las inversiones multinacionales,
algo de fondo debe cambiar en nuestro patrón de economía hegemónica.
Qué hacemos
La minería de oro, sin embargo, deja poco margen para negociar una vida digna.
Además, decidir si es necesaria supone la responsabilidad humana de decidir
por sobre los demás habitantes del planeta. Decidir sabiendo que no es posible
extraer oro en los andes sin hacer tajos gigantes que destruyen ecosistemas,
usando la escaza agua que nos dejan los efectos del cambio climático y usando
tóxicos de alta gravedad como el mercurio o el cianuro ¿Vale la pena?
En varias regiones del Perú la respuesta ha sido no, en otras, sí, pero bajo ciertas
condiciones o “estamos pensándolo”. La suma de estas respuestas, aunque
principalmente de la primera, tuvo uno de sus momentos más representativos en
la Marcha del Agua del 20125. Los manifestantes marcharon, a pie y por tramos
en autos colectivos, desde Cajamarca y regiones del norte hasta Lima, la capital,
recorriendo casi 900 kilómetros en ocho días. También llegaron del sur y oriente
del país otras delegaciones con una consigna común: “agua sí, mina no” o “agua
sí, petróleo no”. En Lima cientos de jóvenes los esperábamos convocando en
universidades e institutos. Se buscaba la anulación del proyecto minero Conga,
declarar la intangibilidad de las cabeceras de cuenca y la prohibición del uso del
cianuro en las actividades mineras. Fuimos más de 15 mil personas.
Las movilizaciones desde entonces, no han parado. Se han realizado
encuentros, foros, redes, campamentos, vídeos, películas, organizaciones,
colectivos, muralizaciones, y un sinfín de acciones colectivas. Movimientos de
mujeres, ecologistas, de diversidad sexual, animalistas, sindicatos, colectivos
han participado de éstas. Aunque la situación se ha agudizado, nos hemos hecho
más fuertes y algunas empresas mineras como Yanacocha son una vergüenza
nacional. A su vez, algunos instrumentos de gestión ambiental se han visto
forzados a mejorar, o al menos aparentar hacerlo. Y también vale reconocer que
hoy tenemos parlamentarios elegidos por estas demandas. La lucha sigue, tal
vez no optimista, pero sí terca, insistente, obstinada. La lucha nos viene
transformando y ahí radica mi esperanza, en que nos permita descubrirnos entre
movimientos y apuestas de bienestar, dejándonos interpelar y aprender, capaces
de construir horizontes de lucha cada vez sólidos, estratégicos y diversos. Por
mi reciente estancia en España, creo saber que no estamos solos. A la vez, sí
creo que aun mantenemos patrones de vida que concesionan las propias y
permiten que las de los demás sean concesionadas ¿cuánta minería, realmente,
necesitamos en nuestras vidas para estar bien?

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Marcha Nacional del Agua 2012, Docu Perú: http://bit.ly/2lsv0Z4