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FRAGMENTOS

UNO Y LA EXISTENCIA

La vida es un destello. Un fulgor que nos maravilla con su cabellera de límpida luz.
Es una explosión de luz que deseamos eternizar. Nos aferramos a ella olvidándonos
que debe extinguirse inexorablemente, porque es un chispazo. Y así sucede: se diluye
entre nuestras manos sin que nada podamos hacer.

Me atrevo a decir que la soledad abarca dos ámbitos: el del estar y el del sentir.
Estar solo y sentirse solo son dos experiencias distintas, aunque de cierto modo
vinculadas entre sí.

Estar solo significa ausencia de compañía, estar sin otros: es una soledad externa,
física. El estar solo puede determinar el sentirse solo, pero no siempre. Sentirse solo,
en rigor, es una experiencia íntima: es un saberse solo inherentemente, es la
conciencia del "principio de individuación", según el cual todo ser es único, idéntico a sí
mismo, encerrado en su propia identidad y en su propia particularidad. Sentirse solo es
comprender, resignadamente, que cada humano es un universo cerrado, rodeado de
otros muchos universos, también cerrados. La condición de universo cerrado no quiere
decir aislamiento, al modo del misántropo. Sentirse solo no siempre implica estar solo.
En los hechos, se da la coexistencia, se da la interrelación, mas ello no promueve la
trascendencia de la barrera de la individuación, de la mismidad: ello no propicia no
sentirse solo.

La vida humana es un caminar ascendente. Este caminar se lo realiza en etapas


progresivas y, por lo tanto, irrepetibles. Existe la tendencia de volver a etapas ya
superadas, o estancarse en una de ellas. Ceder a esta tendencia es alterar el curso
natural de toda vida humana, curso natural que consiste en desarrollar todas las
potencialidades inherentes y alcanzar así un mayor grado de humanización, hasta que
la vida se acabe por sí misma.

Debemos ser lo que debemos ser. La semilla debe convertirse en lo que debe
convertirse: en árbol. No traicionemos nuestro ser, no traicionemos nuestra esencia.
Lo que ayer era, no es más hoy; lo que es ahora, ya no será mañana: las aguas de
la vida fluyen implacables, modificando, trastocándolo todo.

La vida es el ámbito de lo efímero, de lo imperdurable, de lo incierto.

El ciclo completo de una vida humana puede caber en un solo día.

El mundo en el que existimos, este mundo con el que nos la habemos día a día, es
el reino de las necesidades, es el reino de las luchas sin tregua.

Al venir a la vida nos volvemos mortales. No es que antes de ella hayamos sido
inmortales; se trata tan sólo de que el vivir implica necesariamente el morir.

Puede que los humanos estemos de acuerdo en este punto: "no hay cosa más bella
que la esperanza".

Nuestro horizonte de vida, que son nuestras esperanzas, nuestras perspectivas a


realizar, nos permite vivir expectantes cada día nuestro, nos permite vivir con sentido
nuestra terrenal existencia. La esperanza es una afirmación de la vida.

Acaso el carácter más genuino de la vida sea la felicidad. No haría falta justificarla
con títulos académicos, patrimonio económico, fama y reconocimiento social. Ser feliz
por el simple hecho de ser feliz. Sólo serlo, sin condiciones ni requisitos. ¿Es posible?

El sentimiento de Dios es la última posibilidad de las imposibilidades, la última


esperanza de las desesperanzas. Dios es ese pedacito de suelo firme y seguro cuando
amenazan los abismos de la nada.
Lo afectivo-emocional, lo erótico (en el sentido etimológico del término), es una
dimensión esencial de la vida humana. El amor, en todas sus expresiones y variantes,
es el núcleo de nuestro humano existir.

La disposición hacia los demás en términos de amor es una condición estructural del
ser humano. Los hombres y mujeres nos alimentamos de amor. Es nuestro alimento
básico: sin él morimos, sin él no podemos desplegar en plenitud nuestra humanidad.

Del entorno familiar podemos esperar expresiones de amor. Eso es natural. Pero
que un extraño nos ame, alguien ajeno a nuestro entorno afectivo, eso sí que nos
impacta, eso sí que nos cala hasta la última célula.

Contrario a lo que se piensa, la nostalgia no es signo de vejez ni de inconformidad


con el presente.

La nostalgia es la capacidad de seleccionar nuestras vivencias pasadas y


revestirlas de significado, es la valoración de aquello que no supimos aquilatar cuando
era presente. La nostalgia es la reconciliación con nuestro pasado.

Mirar a nuestro alrededor y comprender que todo, en el fondo, es una ilusión. La


mujer que deseamos, el hombre que odiamos, las cosas que poseemos están
condenadas a desaparecer, tarde o temprano. Ésa es la condición de lo finito: ser una
pasajera ilusión.

Durante la vida, todo; después de la vida, nada. Vivir y morir: los puntos extremos
de la línea.

Si bien este mundo está en perpetuo fluir, pareciéndonos escurridizo e inasible, es,
sin embargo, el único mundo que merece nuestra fe, que merece nuestra certidumbre.
Lo que hubo antes o lo que habrá después es una cuestión hipotética.
Cuán seductoras, cuán irresistibles son las cosas del mundo deviniente. Cómo nos
conmueven, cómo nos deleitan, y cómo nos duelen.

UNO Y EL MISTERIO

No decir nada, ni el más mínimo susurro siquiera. No pensar nada, ni la más


mínima burbuja de pensamiento. Sólo escuchar, escuchar el silencio, el silencio de
nuestro interior. En él encontraremos lo que con tanto anhelo buscamos. El silencio
interior es el ámbito de lo sagrado, de lo bueno, de lo bello, de lo verdadero. En el
silencio se revela nuestro núcleo entitativo fundamental.

El profundo anhelo, el eterno deseo del hombre de romper los límites de su


naturaleza, de elevarse sobre sí mismo, de ser una excepción.

Llegamos a la existencia como seres finitos, como seres temporales, y nos


pasamos la vida entera aspirando a lo infinito, a lo eterno.

El espíritu humano no puede ser reducido a una tipología étnica o a un sistema


cultural. El espíritu es intrínseca libertad, es sorprendente espontaneidad. Este hecho
hace del hombre un ser indefinible, maravillosamente impredecible.

El ángulo epistémico define el logos, y el logos es instancia constitutiva de lo real.


Por eso, la perspectiva, el modo de representación que adoptamos es determinante en
nuestra experiencia del mundo.

La mente está en disposición de creérselo todo. Sólo necesita un conjunto de


razones estructurado con coherencia y lógica. Cuando se dan estas condiciones,
cuando convencemos a la mente, creamos realidad.

La realidad es ductilidad pura, es potencialidad sin límites Es como una matriz


arcillosa que toma las formas según nuestras expectativas.
Dicho de otro modo, la realidad se asemeja a un sombrero de prestidigitador : de
ella podemos sacar cualquier cosa: objetos, personas, situaciones, todo,
absolutamente todo.

La inmensurable exuberancia de la realidad es proporcional a la inagotable


capacidad creativa del espíritu humano.

Lo Divino es la matriz que engendra el todo y la estructura fundamental que


sustenta el todo.

Lo Divino es dinámico, dúctil y fluyente. Se despliega y se repliega: se hace ser y


se hace no-ser. Todo viene de Él y todo vuelve a Él.

Lo Divino es inmanente: está en todo, y es trascendente: no se agota en ninguno.

La concepción de un Dios personal, al modo cristiano, no es contradictoria con lo


que acabamos de decir. Se trataría tan sólo de dos niveles diferentes de concebir la
misma realidad esencial.

El miedo, entendido como carencia de confianza en uno mismo, engendra


dificultades, limitaciones, preocupaciones, frustraciones. El miedo es el origen de
nuestras infelicidades.

La autoafirmación, la autorreferencia como el acceso a Dios, un Dios generoso y


complaciente.

El susurro divino en nuestros oídos: Bienaventurados los que creen en sí mismos,


porque de ellos es mi Reino.

Es posible que el miedo sea el pecado más grave que podamos cometer: pecado
contra Dios y contra nosotros mismos.
En la afirmación del ser propio, de uno mismo, el universo se nos desnuda y se nos
entrega sin reticencias: fluye así una energía creativa y creadora por cada rincón
nuestro, realizándose en preciosas y exuberantes formas.

Me parece que todo eso que llamamos mal no es otra cosa que una proyección de
nuestras propias inseguridades, una consecuencia de no creernos dignos de lo bueno,
de lo hermoso, de lo feliz.

Me resulta imposible imaginar a Dios haciendo algo que no sea el bien. Lo Bueno
sólo engendra lo bueno.

Quizá ésta debiera ser nuestra simple profesión de fe: "creo en un Dios bueno y
feliz".

Lo Infinito no niega lo finito, lo Absoluto no anula lo relativo. Se trata de dos


aspectos de la misma realidad fundamental.

La vivencia de lo sagrado no debe circunscribirse a una liturgia determinada, o a un


ámbito limitado (templo, catedral, sinagoga, mezquita), o a un credo específico, o a una
congregación de devotos definida.

Tal vivencia debe ser abierta, extensiva, universal. Se trata de una experiencia
originaria, esencial, fundante. Vivimos cada día en lo sagrado. Todo acto ejecutado se
inscribe en un contexto sacro, si bien nos movemos en la cotidianidad sin conciencia de
ello.

La diversidad de creencias y religiones es la expresión socio-histórica de una única


experiencia humana: la experiencia fundamental de lo sagrado.
Tarde o temprano hemos de emprender la búsqueda de nuestro fundamento, la
búsqueda de aquello absolutamente verdadero, de aquello que es raíz de todo y de
todos.

Morir es como volver al útero de Dios: es retornar a la Unidad primigenia. La


conciencia particular y finita se reintegra a la Conciencia universal e infinita.

UNO Y LOS DEMÁS (SOCIEDAD Y POLÍTICA)

Cada proyecto que soñamos, cada decisión que tomamos, cada acto que
realizamos tiene una referencia social y, a la vez, una repercusión social.

Jesucristo solía afirmar que su Reino no era de este mundo. Me adhiero a él en el


sentido de que la lógica del mundo no es mi lógica, la escala de valores del mundo no
es mi escala de valores. Hay en el mundo una forma de interpretar las cosas
predominante, hay en el mundo unos criterios de valoración predominantes. Son
estructuras representativas que se han institucionalizado en la sociedad, que
peligrosamente se han convertido en cultura.

El ser social, con sus estereotipos, con sus moldes epistémicos y de


comportamiento, suele convertirse en un torrente para el ser individual, un torrente que
lo arrastra por los cauces de una existencia tribal, cerrada, con escasas posibilidades
de innovación.

¿Las diferencias entre los humanos son de esencia o simplemente de accidente?

Creo que somos esencialmente uno, las diferencias son accidentales; y sin
embargo, tales diferencias son las que más nos separan.
¿Por qué el amor propio, la autoestima de un pueblo, de un estamento social, o de
un individuo, generalmente debe expresarse como sentimiento de superioridad
respecto a los otros? ¿Es necesario rechazar, ridiculizar, humillar al otro diferente para
afirmar la propia valía, para afirmar la propia dignidad ? ¿El orgullo de uno mismo debe
necesariamente derivar en la negación del otro diferente ?

La pobreza no es una condición, es una situación; no es un destino, es una


circunstancia. Las estructuras sociales, políticas y económicas hacen que parezca un
hecho ineluctable; sin embargo, estas estructuras también son situacionales.

El señor consiente en reconocer unos derechos al siervo. A cambio le exige suma


responsabilidad en el ejercicio de tales concesiones. El siervo está obligado a gozar de
las prerrogativas recibidas con impecable rectitud moral. Debe demostrar que es
merecedor de la magnanimidad del señor.

El señor se siente dueño de todas las prerrogativas, sobre todo de aquéllas que
otorga al siervo; por eso demanda de éste un desempeño virtuoso. Él y sus iguales (los
otros señores) pueden ejercer sus prerrogativas como les plazca, pueden equivocarse,
pueden corromperse incluso; el siervo, en cambio, no tiene ese derecho. Claro, el
señor no reconoce ninguna prerrogativa como inherente a la condición del siervo.

Así piensa el señor, así ve a sus inferiores, y así los trata. Éste es el modo de
operar de la mentalidad del poderoso, del dominador, que se evidencia en todas las
esferas de una sociedad con profundas asimetrías entre sus miembros. Es una
mentalidad medieval, paternalista, desconfiada, mezquina.

Se suele afirmar, con demasiada simpleza y a modo de legitimación, que la


discriminación social es un fenómeno presente en todas las sociedades humanas de
todos los tiempos. Lo mismo se dice de la discriminación racial y xenofóbica.

El hecho de que estos fenómenos sean algo que se da en efecto en las


sociedades, no los justifica éticamente, no los valida como un bien moral.
La irrupción del "otro diferente" provoca desconfianza y temor. Somos proclives a
homogeneizar nuestras relaciones interpersonales, a aceptar como un igual a aquéllos
que se parecen a nosotros, a aquéllos que visten, hablan, actúan y piensan como
nosotros. Por eso es que cuando aparece en nuestro ambiente cotidiano alguien que
no es como nosotros, reaccionamos medrosa u hostilmente, pues sentimos amenazada
nuestra "normalidad", nuestro "orden natural de las cosas".

Ahora bien, en un escenario socio-político, la irrupción del otro diferente, del otro
como alguien marginado y excluido, no es un acontecimiento pacífico y lleno de
armonía y comprensión. Salir del anonimato social, salir de la negación histórica, de la
exclusión impuesta, no promueve de por sí sentimientos de hermandad y
reconciliación.

La cuestión del incolado, o sea, la que concierne a la ciudadanía reconocida y


ejercida con plenitud, es una cuestión transversal al existir humano. El marginamiento y
el desarraigo sociales son condiciones que terminan erosionando la estructura de
nuestro propio ser.

Necesitamos sentirnos parte de una comunidad humana. Necesitamos sentirnos


aceptados y valorados en lo que denominamos nuestra comunidad. Ésta es una
necesidad inherente, es una demanda intrínseca.

Encontrar un rinconcito en este mundo, un rinconcito donde poder sentirse a gusto,


antes que una simple cuestión política, es una cuestión metafísica.

Con cuánta pasión defendemos nuestros puntos de vista personales. Gritamos a


los cuatro vientos nuestra verdad, dispuestos a morir por ella si fuera preciso. Lo grave
es que nuestro vecino de al lado también tiene sus puntos de vista personales, y
también está convencido de que son verdaderos y está dispuesto, si se diera el caso, a
morir por ellos. Es tanta la convicción y el fervor que ponemos en nuestros puntos de
vista, que éstos se tornan irreductibles: el conflicto está servido.

Escuchamos aquello que nos gusta escuchar, vemos aquello que nos place ver.
Cómo nos cuesta abrir nuestra mente, cómo nos cuesta salir de nosotros mismos.
Ensanchar los horizontes de percepción y de comprensión no es una de las principales
virtudes humanas.
Por regla general, los humanos solemos reconocer el valor de la vida o de la obra
de una persona cuando ésta ya ha muerto.

En vida la censuramos, la ridiculizamos, la ignoramos y hasta la excluimos por esa


"rara" manera de pensar o de actuar que tiene. Irónicamente, lo póstumo sensibiliza y
abre las perspectivas de la gente. Entonces llueven los reconocimientos, los elogios,
las expresiones de admiración: llega la inmortalidad. La historia humana abunda en
casos de este tipo.

El entorno social suele presionarnos despiadadamente. Llegados a cierta etapa de


la vida, hemos de mostrar resultados tangibles, realizaciones concretas. De lo
contrario, uno pasa a la lista de los fracasados, de los indignos de ser llamados y
tratados con respeto y consideración.

El asunto es no dejarse poner las bridas sociales, no hacer caso de tales presiones
y vivir con libertad. Pero no es tan fácil hacer esto. Lo social impele desde fuera y
desde dentro. Uno mismo se sanciona y se castiga cuando no ha logrado lo que
debería haber logrado ya. Nos azotamos con sentimientos de frustración, de inutilidad y
de pesada melancolía. Sin embargo, todo ello es un error, un gravísimo error. El
antídoto para tales sentimientos es una elevada dosis de amor, de amor a uno mismo.

La gente busca con afán involucrarse en eventos e instancias de significación


social. El sentido de pertenencia así se lo impele. Ser parte de una agrupación (política,
artística, deportiva, religiosa) o asumir un rol institucional (el matrimonio, la profesión)
conlleva un sentimiento de satisfacción, un sentirse en ¨lo verdadero¨.

Me pregunto si sólo de esta manera es posible sentirse pleno. ¿No debiéramos


tomar una sana distancia crítica respecto a las instituciones sociales? ¿No debiéramos
discernir acerca del valor y la esencialidad de ellas? ¿No debiéramos elegir primero la
particularidad y la singularidad antes que lo estructural, antes que la generalidad? El
hacer lo que ¨se¨ hace, el ser como ¨se¨ es, suele ser una tiranía disfrazada de "lo
sensato", "lo correcto".

Nos movemos en el mundo en base a estructuras representativas, en base a


esquemas cognitivos y valorativos. La mayor parte de estas estructuras (casi todas, en
realidad) son interiorizaciones inconscientes de origen social.

Entender esto, entender que sólo son esquemas representativos sociales puede
cambiar nuestro modo de ser en el mundo.
Si pudiéramos instalarnos en una perspectiva profunda y radical de las cosas,
podríamos ver que eso que nos amenaza y atemoriza, eso que nos preocupa y
abruma se disipa, se desvanece como humo.

El mundo social cotidiano, ese mundo de transacciones, de ocupaciones, de ires y


venires sin pausa es, en el fondo, una fantasmagoría proyectada por nosotros mismos.
Parece tan real, tan objetivo, tan condicionante y abrumador. Pero ante una mirada
penetrante y osada muestra su deleznabilidad, su inconsistencia.

El hombre de las sociedades modernas, de orientación capitalista, vive acosado


por la inestabilidad e incertidumbre. Esto genera en él una sensación de inseguridad y
miedo que trata de enmascarar con el tener y el aparentar. De algún modo, el hombre
tiene que protegerse, tiene que ganar un resto de seguridad, aunque dicho paraguas
resulte, en el fondo, algo ficticio.

Esta reacción, este mecanismo de defensa, no hace más que alimentar el


incendio, puesto que refuerza la cultura capitalista de la acumulación, de la
competencia, del pragmatismo cínico y mezquino. Aquello que inspira miedo en el
hombre es provocado y estimulado por el hombre mismo. La paranoia y desconfianza
(desconfianza y temor del otro) que caracteriza el modo de vivir del hombre moderno
es una proyección, o un desdoblamiento, de sí mismo.

Otrora, el mundo natural nos inspiraba temor y reverencia; ahora, en los tiempos
modernos, lo que nos inspira miedo y desconfianza es el mundo construido por el
hombre.

Semejante a una calesita, la vida social humana transcurre en forma circular.


Modelos de comportamiento, procesos y etapas sociovitales se repiten una y otra vez
en los individuos. Sin embargo, estos ciclos se dan con características definidas en
cada estrato. Cada clase social tiene un modo de girar propio, una manera muy suya
de repetir los ciclos.
Fundar una familia es como fundar un universo, es una empresa descomunal. Y sin
embargo, he aquí lo paradójico, es la cosa más natural.

Nacemos revestidos de poder y sujetados por el poder. Es nuestra condición de


seres sociales. Desde la cuna hasta la tumba estamos envueltos en una dimensión
socio-política.

El poder instituye discursos, instituye perspectivas gnoseológicas, instituye


verdades, instituye dogmas. La cualidad de instituir es inherente al poder, y en virtud a
ella éste tiende a legitimarse, a afirmarse a sí mismo. Esta tendencia deviene en un
ansia de perpetuación que lo impulsa a la expansión, a la homogeneización, a la
fagocitación de todo aquello extraño que amenace socavarlo.

En el ejercicio del poder político predomina una tensión básica: la tensión entre el
egoísmo más mezquino y el altruismo más generoso.

El poder ejerce una atracción seductora que suele trastocar intenciones y


voluntades. La historia del ejercicio del poder político tiene más sombras que luces.

La política está revestida de un aura mesiánica: se presenta como la solución de


todos los males que padece el pueblo, como el inicio de un nuevo orden de cosas,
como la llegada del sistema socio-político largamente esperado por todos.

La política se nutre de esperanzas y de ilusiones


Somos parte ineludible del tejido social y político. Vivimos insertos, querámoslo o
no, en unas relaciones de interdependencia social y política: nos necesitamos unos a
otros y nos afectamos los unos a los otros.

La indiferencia política y la sustracción social son poses ingenuas e ilusorias.


Comprometernos en el quehacer político y abrirnos a los distintos sectores sociales es
la actitud más humana que podamos asumir.

Si bien la política es una pasión que nos coge desde las entrañas mismas (es una
pasión por la justicia) y es una tentación que nos amenaza de manera constante (el
poder suele corromper), no es válido, empero, excusarnos de ella. Hemos de correr los
riesgos; riesgos de elevarnos o hundirnos éticamente.

UNO Y UNO MISMO (ÉTICA)

El propósito central de nuestras relaciones ha de ser el de contribuir a la


humanización de aquéllos en cuya vida entramos; hemos de buscar constituirnos en un
bien para ellos. Somos responsables de aquéllos con quienes nos relacionamos.

Dando unas cuantas monedas o un pedazo de pan al pobre, al necesitado, no se le


soluciona el problema. A lo sumo se resuelve un problema de conciencia, el de la
persona que hace la caridad.

El caritativo respira hondo, aliviado, satisfecho de sí mismo: ha resuelto un problema


personal de conciencia. Mas el pobre seguirá mendigando, seguirá padeciendo
carestías.
Dando unas monedas no se resuelven los problemas de pobreza de la gente. Lo
que se debe hacer es corregir (o cambiar) la estructura económica, social y axiológica
de la comunidad nacional, ya que es precisamente un determinado sistema de cosas el
que genera pobreza y mendigos.

. "De qué le sirve al hombre ganar el mundo si se pierde a sí mismo", sentencia el


Evangelio. Es una frase que continuamente me ha inquietado, que me ha provocado
reflexiones en torno a la existencia humana, en torno a su finalidad. Es una frase que
me ha permitido sopesar el desplazamiento ético del común de los mortales,
llenándome unas veces de amargura y otras de consuelo.

Desde un punto de vista filosófico, el hombre está impelido intrínsecamente a


realizar su ser, a realizar el fin inscrito metafísicamente en su naturaleza. Todo hombre
tiene un telos claro y definido: plenificar su ser, plenificar su humanidad. Esto se lo
efectiviza desde una dimensión ética, asumiendo gestos basados en la veracidad y en
la bondad. Sólo siendo veraces y bondadosos llegaremos a plenificar nuestra
naturaleza, alcanzaremos la humanización plena.

Ocurre con frecuencia, con demasiada frecuencia, que los hombres, la mayoría de
nosotros, solemos vivir al margen de estos dos principios éticos. Y aparentemente
nuestra cotidiana existencia no se ve afectada por esta traición que cometemos contra
nosotros mismos. Llegamos incluso a sentirnos realizados por lo que hemos
conquistado en el plano temporal. Enarbolamos con orgullo nuestros éxitos, nuestros
logros mundanos. Pero no nos preguntamos a qué precio hemos conseguido aquello
de lo que presumimos. No sabemos que el precio que hemos pagado por conquistar el
mundo ha sido fatalmente alto. A cambio del mundo, hemos negado nuestra propia
naturaleza, hemos empobrecido nuestro ser. ¿ Y no hay nada más triste, más patético
que un ser degradado en su propio ser ? ¿ No hay nada más frustrante que un hombre
traidor de su propia esencia, negador de su propia naturaleza ? Caer en la des-
humanización, en la miseria ontológica, es lo peor que nos puede pasar. ¿ De qué nos
sirve entonces ganar el mundo si con ello nos perdemos a nosotros mismos ?

Cuando conocemos a una persona, solemos reparar principalmente en sus logros


materiales. Entonces aparece en nosotros un sentimiento que puede ser de inferioridad
o de superioridad respecto de esa persona.

Lo ideal es que no percibamos así a nuestro prójimo y que no basemos nuestro


respeto o admiración por alguien en criterios tan materialistas. El problema es que a la
gran mayoría le satisface ser valorada por sus conquistas materiales. Su sentido de
importancia y de dignidad está arraigado en ese tipo de éxitos.

No deja de ser llamativo la recurrente inadecuación que se da entre lo que una


persona dice y lo que hace. Hay humanos, sin duda, que se empeñan en construir una
vida consecuente, en hacer coincidir discurso y comportamiento, en observar
continuidad ética entre lo que hicieron y lo que están haciendo. Son personas que
tienen bien claro y definido un principio de vida.

Sin embargo, predomina el hecho de que a la mayoría no le preocupa incurrir en


incoherencias morales. Esa mayoría va por la vida diciendo una cosa (y la dice con
sinceridad, no cabe duda) y haciendo luego lo contrario. Emotivas palabras,
convincentes discursos son negados en la práctica. También se da el caso de que
actos nobles realizados hoy, mañana son ensombrecidos por algún acto de carácter
innoble, sin advertirse en todo ello ningún conflicto de conciencia en el sujeto actuante.
Ante tal impermeabilidad, uno se pregunta con inquietud si es que finalmente los
humanos hemos aprendido a "defendernos" de los remordimientos y de la culpabilidad,
o es que hay "algo" en la naturaleza humana que, pese a todo, frustra casi siempre
nuestros intentos de realizar una vida con coherencia e integridad.

Siempre encontraremos las palabras necesarias para justificarnos.

Cuánta vida gastamos en nuestro afán de encajar en el mundo (en el mundo de las
cosas humanas).

Encajar en el mundo significa someterse a él, aceptar sus reglas y condiciones:


asumir su escala de valores, sus códigos de interacción social, sus representaciones
cognitivas y otros esquemas preestablecidos. La nota dominante de la vida humana es
ésta.
Lo decepcionante es que en el estado de cosas del mundo hay un alto
componente de hedonismo, de exitismo fácil y superficial, de inescrupulosidad y
cinismo, de indiferencia y desprecio por el alter, por el otro no igual a uno.

Hay humanos, empero (son la gran minoría), que no aceptan el mundo tal como es.
No están de acuerdo con sus reglas ni sus condiciones. No les parece justo ni bueno el
sistema del mundo, pues advierten en él componentes degradantes, deshumanizantes.
Por eso proponen un otro mundo, un otro modo de valorar a las personas y las cosas;
lo cual implica un otro modo de ser en la vida. Son estos inconformistas los que
promueven cambios evolutivos en el mundo; son éstos los que, en definitiva,
embellecen el mundo. Desde su personal testimonio, desde su personal vivencia, forjan
un nuevo estado de cosas.

Cada uno de nosotros está en condiciones de cincelar una nueva realidad (de
establecer nuevos paradigmas socioculturales) desde su entorno vivencial inmediato. Al
crear nuestro mundo particular (al vivir nuestra existencia de una manera distinta al
común denominador), creamos un otro mundo para todos.

Sabemos lo que debemos hacer, y sin embargo no lo hacemos. Entendemos con


claridad lo que es nuestro deber moral, y sin embargo no lo cumplimos.
¿Por qué? ¿Por qué esta resistencia a lo bueno, a lo bello, a lo verdadero? ¿Es
acaso esta trinidad demasiado para nuestras posibilidades humanas? ¿El ideal, lo
elevado, sólo alcanza a deslumbrarnos, a robarnos apenas un asentimiento de cabeza
pero no a capturar nuestra voluntad?

Y así transcurre la vida, nuestra vida, entre lo que deberíamos ser y no somos.

Hades y cielo: caída y elevación moral. Para lamento nuestro, el hades es lo


habitual; el cielo, la excepción.

La verdad tiene denotaciones ontológicas y connotaciones éticas. El saber se


funda en el ser y se expresa en el deber.

En el terreno ético rige una norma inexcusable: si no hay el testimonio respaldatorio,


todo discurso resulta inválido. El testimonio respaldatorio y validador son los hechos,
las obras. Acortemos la distancia entre el decir y el ser.

Ser verdaderos en todo: en esto y en aquello, con éste y con aquél, aquí y allá.

Virtudes como la veracidad, la honradez, el respeto por el prójimo, la generosidad, y


otras, también estimadas en sumo grado, no tienen color de piel, no tienen apellido, no
tienen clase social.

Las virtudes no se transmiten a través de la sangre, no se heredan: cada uno forja


su calidad de humano, su grandeza como persona.
Entre las virtudes sociales que más a menudo debiéramos observar está la de
saber callar en el momento oportuno.

La noción de poder es algo dado en la interacción humana: donde hay más de uno,
allí hay relaciones de poder.

Jesús, el nazareno, propuso neutralizar todo poder de hombre sobre hombre con la
doctrina de la fraternidad universal, de la igualdad esencial de los hombres y del amor
incondicional.

Sin embargo, tal propósito aún no cuaja en el mundo cristiano-occidental, continúa


siendo un proyecto a realizar. El nivel conciencial, el nivel moral, no ha podido irrumpir
con plenitud en la naturaleza del hombre.

Que nuestro ser auténtico y original (ése que trasciende a la masa impersonal y
anónima) se exprese sin rubor, sin complejos. Es desde nuestra particularidad, desde
nuestra singularidad que aportamos al mundo nuevos modos de pensar, nuevos modos
de ser.

¿Es posible dejarse ¨seducir¨ por el atractivo moral de una persona, dejarse
conquistar por su ¨patrimonio¨ axiológico?

¿Han de seguir gobernando la vida socio-cultural los impulsos naturales ? ¿No se


amerita un ejercicio pleno de la diferencia específica humana ?

No es al otro a quien agredimos con nuestra hostilidad, no es al otro a quien


herimos con nuestro desprecio, no es al otro a quien degradamos con nuestra
soberbia. Cada gesto, cada acto que cometemos contra el prójimo, lo cometemos
contra nosotros mismos.
UNO Y LA RAZÓN (FILOSOFÍA)

La causalidad es una categoría que pertenece a la estructura cognitiva del humano,


permitiéndole interpretar el mundo y desenvolverse en él. No podemos pensar las
cosas fuera de la relación causa -efecto. Ello es inevitable, humanamente inevitable.

Dadas así las cosas, es posible pensar el principio de causalidad como subyacente
en el origen de nuestras mitologías, de nuestras concepciones religiosas, de nuestras
búsquedas filosóficas y de nuestras conquistas científicas.

¿No precede, acaso, una necesidad irrefrenable de explicarnos de algún modo la


realidad que nos rodea la creación de relatos etiológicos fantásticos, llenos de
plasticidad, o la imaginación de dioses y entidades poderosas invisibles, o la
postulación de unidades abstractas y conceptuales, o la inducción de leyes físico-
naturales ? Este principio opera incluso en los aspectos más pequeños de nuestra
cotidiana existencia.

La belleza es también inteligibilidad, significado. La experiencia de lo bello como


sentido despierta emoción, gozo, incluso reverencia. Desde esta perspectiva, la belleza
no sería algo dado en el mundo, sino algo puesto en el mundo desde la subjetividad.

Si no creyéramos en un principio de bondad, en eso que llamamos el bien, no nos


sería posible dar un paso siquiera.

Lo bueno promueve nuestra confianza, estimula nuestra voluntad, nos atrae hacia
sí.

Quizá no sea tan importante conocer al detalle el complejo mecanismo de


funcionamiento del universo; quizá sólo sea necesario saber que funciona, nada más
que eso.

La razón humana tiene una vocación innata a la generalización, a la


universalización. Ella tiende a encerrarlo todo en un concepto, en una definición,
soslayando excepciones y diferencias, particularidades y detalles.
Quizá debido a esto es que tendemos a generalizar, por ejemplo, respecto a
nuestros congéneres. Nos basta con saber de unos cuantos casos para afirmar de
todos los casos posibles. En este punto, el cual tiene una relevancia ética, convendría
estar alertas para rectificar a la razón cuando se exceda en su tendencia
generalizadora :en el ámbito de lo humano, siempre se darán excepciones.

¿Hay alguna diferencia entre el salto de la fe y el salto del amor ? ¿Ambos


constituyen una irracionalidad?

La crisis de sentido existencial es una crisis de orden metafísico: es un


quebrantamiento de lo intrínseco radical, un desarraigo del ser mismo. Separado de su
raíz, el ser muere.

Los sistemas religiosos, los sistemas filosóficos nos sirven de muletas para
transitar en la vida. Este conjunto de ideas y creencias referenciales nos sirve para
comprender el mundo y nuestra experiencia de él, para dar respuestas a nuestros
interrogantes esenciales y para dotar de significado a nuestra existencia temporal.

La realidad del mundo, de este nuestro mundo, la construimos entre todos. Cada
humano pone lo suyo en su estructuración. El proceso configurativo continúa, sin
pausa. Desde el rincón más lejano hasta el centro más conocido del orbe, desde los
tiempos más remotos hasta nuestros días, los hombres, a través de nuestras
peculiares cosmovisiones, estamos dándole forma a esta realidad nuestra.

Estamos condenados a mirar la realidad desde una pequeña ventana. Esto quiere
decir que nuestra percepción del mundo es parcial, recortada, incompleta. Se ha de
agregar que nuestra ventanita tiene unos cristales que nos separan del acceso directo
a las cosas y, de un modo u otro, distorsionan (modifican) nuestra visión de las mismas.
Así, nuestra percepción de lo real está limitada y mediatizada. No alcanzamos a captar
las cosas tal como son, sino siempre a través de filtros mediadores. La realidad y la
verdad vendrían a ser a fin de cuentas construcciones colectivas, productos
elaborados por una comunidad de humanos altamente condicionados.
La razón es una lanza de doble punta. Es nuestra llave de acceso al mundo, un
mundo que, sin embargo, es obra de la propia razón. De ahí que los límites del mundo
son sus límites, la grandeza del mundo es su grandeza, la miseria del mundo es su
miseria. La razón no puede ir más allá de sí misma.

La cuestión de la libertad irrumpe en la vida humana en el enfrentamiento con la


exterioridad: con el mundo social y con el mundo natural. De hecho, es un problema
que nace de la tensión entre el querer y el poder: su núcleo es, entonces, la voluntad.

La voluntad, por una parte, desata las posibilidades humanas; por otra, desvela las
limitaciones. Esto último, el ¨no poder¨, desemboca en una experiencia de la frustración
y del resentimiento, resentimiento ante todo aquello que constriñe y frena la voluntad.

Usamos la mentira como mecanismo de defensa, para protegernos, para no sufrir


daño. Nuestro reflejo de mentir se debe, quizá, a una profunda sensación de
inseguridad, de indefensión. Pero la exigencia ética, basada en la racionalidad, ordena
desarmarnos de toda falsedad, sin importar el precio a pagar. La razón desafía
nuestras tendencias primarias, nuestras debilidades de humanos.

Vida y muerte, ser y no-ser, misterios abismales para el hombre.

APÉNDICE: TESIS PROVISIONALES

Un determinado modo epistémico implica un determinado modo ético. Identifico en


el entendimiento humano dos niveles, el de la razón noética y el de la razón
contemplativa.

La razón noética, o intelecto, desempeña un papel cognitivo y argumentativo, y está


regida por los principios lógicos supremos. Ella implica la dualidad sujeto-objeto, la cual
da lugar a un modo posesivo e instrumentalizador del acto de conocer. De origen, la
razón noética está orientada a la satisfacción de las necesidades vitales del hombre.
Conquista y dominación (del objeto), acumulación (de conocimientos), operatividad y
funcionalidad son las características de este nivel epistémico, y nos permite asegurar
nuestra supervivencia en el mundo.

La razón contemplativa, o conciencia, está por encima de la dualidad gnoseológica


sujeto-objeto, por lo que no replica las denotaciones de la razón noética. La
conciencia vendría a ser una especie de intuición que remonta lo cognitivo-
argumentativo, haciendo posible una visión unitaria y armónica de la multiplicidad.
Desde esta perspectiva se contempla el mundo como una unidad, más allá de toda
oposición y conflictividad :no hay lucha de contrarios ni antítesis. Esta visión
fundamental no puede dejar de expresarse de una manera que no sea la ética.
Necesariamente se encarna en un modo específico de relacionarse con los humanos y
con el resto del mundo, dando lugar a la fraternidad universal, la filantropía y la
cosmofilia.

Los humanos nos movemos con predominancia en el nivel de lo noético, porque


así nos es posible conquistar el mundo y sentirnos seguros en él. La primacía de lo
cognitivo y argumentativo nos ha llevado a establecer relaciones de injusticia entre los
humanos y de desequilibrio en la relación hombre-naturaleza. Nos hace falta, pues,
buscar con mayor frecuencia el nivel conciencial, es decir, procurar una visión profunda
de la realidad que nos permita comprender empática y solidariamente el Todo.

La razón contemplativa no es un nivel místico-religioso (si bien no excluye lo


místico-religioso). Es un ensanchamiento de la percepción de las cosas y una apertura
incondicional del corazón. Es un abrazar el mundo con generosidad y comprensión. No
como un simple arrebato emocional, sino como una postura consciente y lúcida, una
postura que se expresa como una forma de ser en el mundo y con el mundo. La razón
contemplativa es, por excelencia, conciencia ética, es asunción de una escala de
valores centrada en lo humanitario y en la oicofilia.

La inteligencia manual corresponde al nivel noético : construye herramientas,


transforma el mundo, asegura la sobrevivencia.

La inteligencia artística corresponde al nivel contemplativo : agrega belleza y


significado al mundo, regocija el espíritu.

El error humano ha sido privilegiar aquélla sobre ésta.


Ver en todas las cosas algo bueno y algo bello de cierto que no es una virtud de la
razón noética sino de la razón contemplativa. Tal percepción implica una sensibilización
mayor del nivel conciencial. Puede que se trate ya de una experiencia religiosa, una
experiencia de lo sagrado.

La razón contemplativa podría ser, entonces, la propiciante de la experiencia


religiosa, esa experiencia radical y fundante.

Desde el idealismo trascendental, la razón noética establece las representaciones


fenoménicas y construye con ellas un mundo al servicio de las necesidades humanas.
Se podría decir que la razón noética domina sus representaciones y las convierte en
instrumentos funcionales.

La razón contemplativa es algo así como el "espíritu de finura" pascaliano. Se


superpone a los principios gnoseológicos de la razón noética, trastocando la
diferenciada dualidad sujeto-objeto, que suele dar origen a una tendencia dominante y
cosificante. Así, se instituye un otro modo de representación de la realidad
fenoménica y un otro modo de relacionarse con ella : en el sujeto, que ahora podría
llamarse propiamente conciencia, se abre una inteligencia comprensiva, solidaria y
empática con las representaciones.