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RECONCILIACIÓN

Polaridades y Gestalt
Montse Gómez Díaz
ISBN: 978-84-9991-761-0
Independently Published
© Montse Gómez Díaz Ilustración de portada e interiores: Pablo Gómez Boncoraglio

En el espejo que me ofreces me reconozco. Gracias a ti sé que


existo.

Quisiera llegar al cielo,


para tomar en mis manos una estrella… la más blanca, para plantarla en el
suelo y ver florecer sus ramas… para iluminar el centro
de mis sombras con su calma, y despertar de los sueños cuando me alejan del
alma.
A todas y cada una de las personas con las que he tenido y tengo el gusto de cruzar el camino de mi vida,
muchas veces brevemente, quiero dedicar las próximas páginas.

Y muy especialmente al hombre que me tomó de la mano para ir presentándome a cada uno de mis
personajes internos, dándome así la oportunidad de descubrir quién soy. Mi maestro: Antonio Pacheco
Fuentes, Director de mi formación en T.C.I. (Terapia Corporal Integrativa), quién nos dejó el 27 de abril de
2016 para elevar su Alma al infinito.

Mi gratitud y reconocimiento a Javier Rodríguez-Rey, amigo y compañero de proceso. Autor del cuento
“Reencuentro” que tan inteligentemente recoge su experiencia y tan generosamente acepta compartir en
esta publicación.

Mi gratitud y reconocimiento a Pablo Gómez Boncoraglio, amigo y hermano espiritual. Ilustrador de las
imágenes que enriquecen este libro.

Mi gratitud, reconocimiento y cariño a Ferrán Lugo Monforte, amigo y compañero, siempre dispuesto a
iluminar mi alma con su presencia y sabiduría, que introduce este libro con un prólogo escrito desde su
corazón.

Índice

Prólogo 15
Introducción 16
El Puzzle 19
Reencuentro, el cuento de Javier 24
PolaridadSeductor-Seducido: Transparencia 27
Perdonar 41
PolaridadRechazo / Atracción: Aceptación 47
TORA… Historia de “la otra” mujer perdida 59
Esencia de Luz 63
PolaridadVíctima / Agresor: Asertividad 65
El Poder Personal 73
PolaridadSumiso - Opresor / Rebelde: Entrega 82
DIDI, la Marioneta 91
El dolor del vacío 98
Las 4 cabañas 107
Libertad 111
El estanque y la vida 119
Justificación 122
PolaridadMiedo / Osadía: Sensatez 132
PolaridadCazador de dragones / Princesa de cuentos: Madurez 143
El Príncipe no salvado 154
PolaridadDemonio-a / Dios-a: Humanidad 157
PolaridadCliente / Terapeuta: Ser 165
PolaridadSalud / Enfermedad: Sexualidad 173
Reconciliándome 195
PolaridadDepresión / Responsabilidad : Espiritualidad 207
PolaridadGrandeza / Pequeñez: Pertenencia 217
¿Casualidad?... Sincronía 219 Las llaves de Gerine 225

PRÓLOGO

Podemos comprarnos un espejo y mirarnos. Lo que vemos nos puede gustar o


no, pero es lo que hay.

Lo que Montse Gómez Díaz nos propone en este libro se fundamenta en la


práctica de la mirada amorosa hacia la realidad que es ser uno mismo y que no
excluye el dolor y el sufrimiento inherente al ser humano.

Un relato en primera persona, valiente, intenso y con la fuerza necesaria para


abrir su corazón y enseñarnos ese mundo interior lleno de belleza y dolor, como
dos polaridades más de esos personajes internos que nos habitan y con los que
frecuentemente nos peleamos, hasta que (como la autora nos dice) logremos su
dialogo y con él, la comprensión de que “todos” son partes de nosotros mismos.

Recuperar las partes internas rechazadas, reprimidas, olvidadas, para sentirnos al


completo; con todo lo que somos. Aceptando la luz y la sombra de mí mismo-a,
de las polaridades, para ir hacia el centro, el equilibrio, la armonía.

Montse dice: Cuando la sabiduría del corazón ocupa su lugar, la ignorancia de


la mente perece. Y en este libro nos abre las puertas de su corazón, se muestra y
así a los lectores nos sirve como reflejo para reflexionar sobre nosotros mismos
y preguntarnos ¿cómo es mi corazón sin tanta mente?

Un autorretrato pintado con colores vivos, de trazos intensos y expresivos en el


que, si tienes la valentía de mirarlo con amor, puedes llegar a reconocerte.
Gracias Montse.
Ferrán Lugo Monforte Médico-Psicoterapeuta Barcelona, Noviembre de 2011

INTRODUCCIÓN

La Experiencia hablaba consigo misma:


- Voy a volver a empezar, una vez más, cada vez que vuelvo a hacerlo me
refuerzo y me mejoro. Además, me gusta tanto….
La pequeña gota de luz, que era ella, empezó a temblar en medio del vacío, en
medio de la nada….

Y de su temblor intenso, creciente y sobrecogedor se produjo la explosión. En un


instante, la nada quedó ocupada por completo.

Los remolinos de luz que había parido esa gota también se gestaban a sí
mismos, dando a su vez nuevas espirales luminosas que no cesaban de
multiplicarse.

En cada remolino se generaba un Cosmos.


En cada Cosmos millones de Galaxias.
En cada Galaxia multitud de Planetas.
En cada Planeta un sinfín de Especies.

En cada Especie cadenas de descendencia auto-pariéndose a sí mismas. Un


instante después, el recogimiento; el movimiento de repliegue hacia dentro.
Cada remolino de luz volviendo a su espiral madre, cada espiral retornando a la
anterior. Hasta quedar contenido Todo, nuevamente, en la gota primera.

Entonces… , el grito de éxtasis. El orgasmo divino provocando la nueva


contracción del parto primero, y nuevamente la explosión…. La luz “dándose a
luz” …. La experiencia experimentándose a sí misma…. La vida.

La vida es un regalo de un valor inestimable, el despliegue de maravillas que


ello representa hace que el regalo merezca ser cuidado, atendido y respetado
como prioridad absoluta. Esto implica ejercer el derecho a crecer.

Mi mayor descubrimiento es comprobar como todos los espejos me devuelven


mi imagen, sea cual sea el cristal que utilice. Lo que yo estoy viendo no es más
que mi propia verdad reflejada. Y se refleja igual de bien en un vidrio, que en
un estanque, en otro ser humano, o si miro a las estrellas. Sea lo que sea que yo
veo, es un destello de algo mío.

Cuando lo que veo me gusta es porque lo acepto en mí. Cuando lo que veo me
incomoda es porque lo rechazo en mí. Este es el tema principal en torno al cual
gira mi vida entera.

Y eso equivale a ver en el espejo la tercera guerra mundial, un Edén Paradisiaco,


o un mundo lleno de vida donde los niños puedan jugar y sonreír como necesitan
y merecen.

Mi aceptación y mi rechazo van a marcar toda mi biografía. En tanto sea capaz


de Reconciliarme con lo rechazado, seré capaz de reescribir mi propia historia.

EL PUZLE

Empiezo a caminar por estos mundos del crecimiento personal, de las terapias,
de los talleres y las formaciones como terapeuta
a los 27 años; en el momento que escribo esto tengo 43.

Entonces, cuando empiezo a caminar en esta dirección no tengo ni idea de que


acabaré dedicándome profesionalmente; lo único que sé en ese momento es que
estoy desesperada con mi propia vida y mi propia realidad.

El día en que me doy cuenta de que necesito ayuda para salir del pozo sin fondo
en el que me siento atrapada, es el día más maravilloso de toda mi existencia. Es
el día que cambia el curso del resto de mi vida.

Desde ese momento voy aprendiendo a agradecer a los síntomas (físicos,


psíquicos y emocionales) todos los hilos que me ponen al alcance para que
pueda tirar y traspasar el pantano de desorden y confusión, en el que puedo estar
sumergida.

Como si toda mi vida fuera un rompecabezas y tuviera delante de mí miles de


piezas que necesitara encajar, sin saber por dónde empezar y menos aún por
dónde seguir, me puedo ahogar en la angustia.

Además, cuando veo esas piezas “sueltas”, es decir, una por una,
descontextualizadas del conjunto, en muchos casos me parecen “feas”, más que
feas, “horribles”.

Y tengo toda una pelea intentando quitarlas, tirar las que no me gustan, para
quedarme solo con las que parecen menos malas.
Se me olvida que forman parte de un Todo.

Olvido que sin esas piezas este Todo nunca sería completado. Y mucho menos
recuerdo, en ese momento, que vistas dentro del conjunto, no solo no son feas,
sino que son imprescindibles y hermosas.
Gracias a cualquiera de estas piezas todas las demás tienen sentido, mientras que
si me falta una sola de ellas (me guste, o no, por separado) mi paisaje final queda
incompleto y agujereado.

Es más, por cada pieza de la que intento deshacerme queda un agujero que “hay
que llenar con algo”, y ese “algo” jamás conseguiría siquiera imitar la belleza
natural de la pieza original.

Cuando veo cosas que no funcionan en mí, o en mi vida, busco entenderlas, les
doy vueltas y más vueltas, analizo e interpreto, pero todo en mi mente, todo
desde la cabeza. La misma cabeza que trata de “tirar” las piezas “feas”.

A mis 27 años, llego al mayor momento de inflexión en mi camino. La vida, con


su varita mágica, va poniéndome delante profesionales y situaciones, que
aparecen justo en el momento en que yo las voy necesitando y aceptando, para
dar el siguiente paso.

En algún momento comprendo que el camino que he elegido no tiene fin. Este es
el momento en que dejo de caminar perdida, en dirección a ninguna parte, para
empezar a hacerlo con un rumbo muy concreto, en dirección al epicentro de mí
misma.

Mientras mi mente intenta comprender y resolver, y busca normalmente fuera las


respuestas, mi Ser grita desde dentro que todas las cosas que a mí me pasan
empiezan y acaban en mí misma. Yo las estoy seleccionando, yo las elijo y las
atravieso. Yo soy la causa y la consecuencia de mi destino. Nadie más. Pero esto
desde la mente puede ser muy complicado. Cuando lo siento con todo el cuerpo,
con todo lo que soy, es distinto.

Hoy agradezco a todas y cada una de las personas que me han tendido su mano
(en pasado, en presente y en futuro), para ayudarme en este giro de mis pies.
Terapeutas, profesores, maestros, compañeros, todos ellos con sus aciertos y sus
errores, con su colaboración, hacen posible mi reencuentro con mi propio
corazón, con mi verdad, con lo que soy.

Son muchos los aprendizajes, son muchos los descubrimientos, que


constantemente se producen en el camino de mi vida.
Sé que de todo lo obtenido tengo el mérito principal, quizá por el nivel de
desesperación con el que inicié mi viaje, o quizá simplemente por la madera de
la que estoy hecha. Lo que es seguro es que mi entrega y mi tenacidad son las
que hacen posible este milagro. Un milagro que empezó el día en que yo me di
la vuelta y empecé a buscar en mi interior, y acabará el día que me vaya de este
mundo. No hay vuelta atrás, y si la hubiera tampoco la tomaría.

Toda la ayuda del mundo sin mi aceptación y mi propio coraje no serviría de


mucho. Así que también a mí me doy las gracias por esta recompensa que
significa el camino avanzado hasta el punto en el que me encuentro hoy. Y
llegue donde llegue, en los días que me quedan por vivir, gracias también a todas
las personas que han formado, forman y formarán parte de mi destino, a mí
misma y mi propia respiración que me permite la experiencia de vivir.

Agradezco a cada persona que, a lo largo de la vida, mágicamente, cruza su


camino con el mío, porque si nuestros caminos se enlazan, aunque solo sea un
momento, es por algo y para algo.

Incluso cuando ese cruce de caminos supone el dolor del desamor, del
sentimiento de traición, de abandono, incluso entonces. Gracias a estas
experiencias aprendo: del dolor del desengaño, a despertar. Este aprendizaje me
permite elegir mi verdad, sentirla y mostrarla tanto como pueda, pues no quiero
dañar a otros, como yo he sido dañada con la falta de transparencia que garantiza
una vida vivida desde los mundos de Morfeo.

Aprendo, gracias a los fracasos sentimentales, que el Amor es algo mucho más
grande que un sueño pasajero por hermoso que se presente.

Aprendo a ser muy cautelosa con la seducción inicial que se da en una relación
donde todo parece perfecto, pues el halago solo alimenta al narcisismo, a la
vanidad y al orgullo, mientras que a largo plazo envenena al corazón y a la
confianza con su mentira.

Hay algunas cosas en las que cada vez tengo más fe, por ejemplo, cada día tengo
más claro que el sentido de mi vida pasa inexorablemente por el

Amor; sea lo que sea que haga con mi vida, si lo hago con Amor el viaje es más
fructífero que si lo hago fría y mecánicamente.
Para mí el Amor es la savia de la vida, la sustancia del alimento que va más allá
de lo superficial y lo aparente.

El Amor es lo que llena de significado mis acciones y el desarrollo de mi propia


madurez, de mis proyectos, de mis sueños, de todo en mi vida. Si me falta mi
Amor me falta mi Vida misma. Me resulta imprescindible para una maduración
sana, sin Amor no puedo crecer internamente, ni puedo dar, pues nada tengo.
El Amor es la esencia misma de la fórmula divina que nos hace seres vivos.

Sé que todo en mí está dando información de mi interior, también mi forma de


amar. A través de mi amor, es mi sentimiento quien expresa mi madurez
emocional. Dicho de otro modo: si soy inmadura mi sentimiento también lo será;
entonces, en lugar de amar, idealizaré, me ensoñaré, necesitaré, me enamoraré…
Si soy inmadura podré querer a alguien con todas mis fuerzas, sin embargo,
amar… no es lo mismo que querer.

Cuando quiero a alguien es porque hay algo en esa persona que me interesa,
puede ser algo inmaterial perfectamente. Me puede interesar su simpatía, su
atractivo, su carisma, o cualquier otra virtud que sienta que me complementa.
Incluso me puede interesar su amor, si yo ando carente.

En cambio, cuando amo a alguien no importa el contexto, siento una generosidad


sentimental hacia esa persona, que está más allá de sus cualidades o
circunstancias, incluso que está más allá de la relación que podamos compartir,
si es que hay una relación entre nosotros.

Me importa el dolor y la alegría de esa persona, y me importa gratuitamente, a


cambio de nada. Me importa esa persona porque sí, sin intereses.

Para Amar necesito una madurez interna que solo puedo alcanzar con el
redescubrimiento de mi puzle, de las partes de mí misma que he negado o
rechazado internamente.

Después de redescubrirlas necesito aceptarlas como partes propias nuevamente,


y por último necesito atenderlas y ayudarlas a desarrollarse de una forma
compasiva. Solo habiendo realizado este proceso puedo ver al otro más allá de
lo aparente, condición indispensable para Amarle.

Ir al encuentro de mi niña herida y acogerla, darle lo que le fue negado en su


momento: verla, amarla, aceptarla, integrarla como la parte de mí que es. Este es
el trabajo interno con las polaridades, de esta experiencia en mí nace este libro.

Siendo niña, entendí que había cosas en mí que no estaban bien, que no eran
buenas, aprendí a negarlas y a rechazarlas; mientras me identifiqué con las cosas
que me facilitaban la integración en mi entorno, por ejemplo: no me puedo
enfadar y si puedo ser cariñosa. A partir de esto empiezo a negar mi rabia, mi
enfado, mi desacuerdo (cuando lo he mostrado me he sentido rechazada), y
empiezo a mostrarme cariñosa incluso cuando algo me molesta (necesito
sentirme aceptada, dependo de mis adultos para sobrevivir). De esta manera se
va configurando un aspecto falso en mí. Acabo de crear un personaje que seduce
a los demás desde la sumisión. Para vivir con este personaje necesito olvidar que
hay cosas que me generan enfado; necesito creerme que soy merecedora de
amor; me convenzo a mí misma de que yo soy seductora y sumisa, es decir, me
convenzo de que yo soy mi personaje. Y mi verdad queda sepultada en el olvido.

Cuando soy mayor me siento atropellada por circunstancias para las que no
tengo recursos. Por ejemplo: frente a una agresión no tengo rabia con la que
defenderme o poner límites (y si la tengo da igual porque no tengo permiso
interno para utilizarla, es más, probablemente la ven todos menos yo que he
aprendido a negar que siento esas cosas prohibidas); intento amar y solo consigo
relaciones pasajeras, o relaciones en las que no me siento bien (si estoy negando
que soy quien soy, si no me siento a mí misma, no puedo sentir mi amor;
confundo mi sufrimiento frente a mi necesidad de amor, con el Amor mismo); no
sé cómo es que hago lo que hago: ¿lo hago porque es lo que los demás esperan
de mí?, o al revés ¿lo hago porque no quiero sentir que estoy obedeciendo?, da
igual si lo hago desde la sumisión o desde la rebeldía, el tema es que no tengo
espacio interno para saber qué quiero hacer yo, más allá de lo que quieran los
demás.
Para recuperar lo que es mío (a mí misma) necesito ir al encuentro de mi niña
interna herida (en este ejemplo mi potencial para enfadarme es el que queda
bloqueado en la infancia) y, a partir de ese reencuentro, acoger a esa Montse real,
que lleva tanto tiempo escondida en la oscuridad de mi inconsciente para
devolverle su lugar en mí. Incluso si el mundo entero (el sistema, la sociedad)
me rechazara por ser quien soy en realidad, lo único importante es que yo me
acepte, que yo me integre en mí misma. Al menos si quiero dejar de interpretar
la vida para empezar a vivirla.

Javier Rodriguez Rey recoge su viaje interno a través de este cuento:


REENCUENTRO

De muchas y diversas maneras se ha relatado la vuelta del héroe a su amada


tierra e, incluso, existen detalladas descripciones topográficas de las huellas que
imprimieran en su rostro las batallas ganadas y perdidas, los grandes logros, el
conocimiento conquistado. Mas en ninguno de esos relatos aparece mención
alguna al hecho aparentemente insignificante que expondré de inmediato.

Si visitas el lugar adecuado, la taberna correcta, y eliges cuidadosamente el


testigo y lo escuchas sin prejuicio, a cambio de un poco de vino, ese anciano
medio ciego y al que todos toman por loco, describe con palabras precisas cómo,
a la arribada, no fueron los grandes dignatarios los primeros en recibir la
atención del príncipe; ni tan siquiera su amada, quién, inadvertida del suceso,
continuaba con sus arduas labores inacabables.

Si escuchas la voz de ese anciano, te convencerás como yo de que lo que dice es


cierto porque, de pronto, una suerte de felicidad se apoderará de ti.

Mientras la nave se aprestaba al atraque, un niño, desconocido para todos los allí
presentes, se acercó corriendo al muelle y se instaló allí, de pie, con la mirada
fija en el navío y en la impresionante figura que, desde la borda, oteaba el
horizonte intentando reconocer todo aquello que dejara tanto tiempo atrás.
Cuenta el viejo que el niño guardaba algo en el regazo, aunque no puede
recordar bien qué fuera, ya que el tiempo y la memoria transmutaban el
recuerdo, aunque bien pudiera ser un libro, una flor algo marchita, o cualquier
objeto cotidiano: una pequeña jarra de agua cristalina, quizás un cestillo de
frutas o simplemente un juguete; quizás tampoco importe. Lo cierto es que,
cuando el viajero descendió por la rampa de madera, solo tuvo ojos para ese niño
que tan extrañamente se le parecía.

El niño extendió los brazos y, mientras ignoraba los halagos, los vítores, los
saludos de los dignatarios, él estrechó entre los suyos al infante.

Tampoco puede el anciano explicar con claridad qué sucedió entonces; lo único
cierto, aunque todos los allí presentes lo negarían más tarde, es que el tan
largamente esperado extrajo de los pliegues de su túnica un tosco pífano y salió
del muelle bailando, con el niño en un brazo, y se dirigió hacia los prados
cercanos seguido por toda la chiquillería de la ciudad. Y mientras los poetas, los
escribas y funcionarios, los ricos mercaderes, los sacerdotes y los mandatarios se
dedicaban a contarse unos a otros la historia que sería inscrita en los anales, las
risas, la música, los gritos de gozo, llegaban a sus oídos envidiosos.

Así transcurrió el día hasta que, agotados y felices, mientras el sol caía, los niños
fueron regresando a sus hogares y el viajero, silbando todavía, se dirigió al fin a
su encuentro con Penélope.
POLARIDAD: SEDUCTOR / SEDUCIDO TRANSPARENCIA

Seduzco a mi seductor, mientras él se deja seducir por mí… seduciéndome.


Cuando ambos descubrimos “el embaucamiento” del otro, nos repelemos
mutuamente por “farsantes”.

Desde la seducción me muestro tan “cautivadora” porque quiero conseguir algo


del otro que de manera natural tal vez no me daría. Esta actitud manipulativa,
interesada y egocéntrica encierra en sí misma la connotación “repelente”. ¿Será
que me considero repelente de manera natural y trato de compensarlo
seduciendo con artimañas irresistibles?

Si reconozco mis dos capacidades, sin identificarme con ninguna de ellas, puedo
alcanzar mi transparencia. Esa que me permite mostrarme “realmente”, y pedir
lo que necesito de forma clara y directa, asumiendo el riesgo de ser frustrada y
respetando el derecho del otro a decir No.

En mi Transparencia puedo expresar lo que soy y siento porque para que sea
posible esta actitud es condición mi buen anclaje interior. Si me tengo a mí no
me es imprescindible el otro. Puedo arriesgarme a no gustarle. Puedo, por tanto,
Ser ante él, pues teniéndome no hay un gran agujero que llenar ilusoriamente.

Si me muevo desde el centro puedo entremezclar la repelencia con la seducción,


consiguiendo una fórmula incomparable para poner límites amistosamente.
Mientras que si me identifico con una sola de mis dos capacidades pierdo todo el
potencial que contiene la otra.
Cuando me muevo desde la identificación con la mitad del total es porque me
está pasando algo que me limita: existe una creencia en mí que necesito
descubrir y desmontar.

Esta polaridad muchas veces se da entremezclada con la proyección de lo no


reconocido como propio. Cuando intento llenarme a través del otro, o evitar a
toda costa incorporar lo que me repele. Cuando estoy llena de mis partes propias,
aquél puede ser quien es, que ya no es asunto mío. Ni me lo quiero tragar
(seducción), ni necesito evitar que se me cuele por los poros de la piel
(repulsión).

La seducción es el encaje delicioso en el que se viste la mentira. Es el azúcar que


encubre la amargura del sabor natural del café. Es el maquillaje que hace parecer
muy hermoso lo que en realidad no lo es tanto.

Soy seductora, al menos en algunos momentos de mi vida. También me consta


que, por carácter, hay quien lo es de manera casi permanente.

Seducción es lo que usa el vendedor cuando quiere conseguir que le compren un


producto en el que no cree. Lo dramático es más grave cuando el producto pasa a
ser uno mismo.

Paso a ser producto cuando quiero algo a cualquier precio, o bien cuando busco
la aprobación, el reconocimiento de alguien. También paso a ser producto
cuando quiero enamorar a alguien. Voy a centrarme ahora en este punto.

Si utilizo la seducción para gustarte, para enamorarte, de entrada, es porque no


me considero lo suficientemente atractiva para gustarte siendo tal y como soy.
Por eso acudo a los recursos de la seducción, maquillo la realidad, y puedo
hacerlo exagerando mis cualidades, escondiendo mis defectos o bien
halagándote. En este último caso te hago creer que eres muy especial para mí,
que me importas de una forma en que no me importa nadie más, que lo que
siento contigo jamás lo sentí con nadie. Y como esto mucho más…

Detrás de todo esto solo hay un no me atrevo a SER, sin más, ante ti. Porque
temo no gustarte si me ves tal como soy. Luego quiero gustarte, es decir yo no
me gusto, por eso necesito gustarte a ti, para compensar mi propia inseguridad,
mi propio auto-concepto.

Este tinglado unas veces es consciente y otras no. Yo puedo engañarme a mí


misma y repetirme en voz baja lo guapa que soy, el tipo que tengo, lo inteligente,
lo atractiva…, sin embargo, te estoy engatusando con la seducción ¿de verdad
me gusto a mí misma?

Por otra parte, cuando me dejo seducir, en realidad, estoy en el mismo sitio. En
la falta de autoestima. Por eso necesito que me hagas sentir especial y tantas
otras cosas, para compensar mi autodevaluación y mi propia inseguridad.

Admito que cada vez me permito más ser repelente. Puedo decir las cosas con
más claridad, con más contundencia, con más firmeza. Y aunque sé que esto no a
todo el mundo le gusta, que aquellos que no se permiten este registro, se pueden
indignar frente a la fuerza que supone mostrarse, sinceramente, me sienta bien
hacerlo, esto es para mí lo más importante.
Me libera saber que no necesito gustarle a todo el mundo, es más, que no quiero
hacerlo, pues el precio que eso supone no estoy dispuesta a pagarlo, a mí no me
compensa y tampoco me interesa.

Reconocidas y aceptadas mis dos capacidades, cada vez me gusta más


relacionarme con personas normales, es decir, personas que no son ideales, ni
perfectas, ni escrupulosamente divinas.

La seducción es el alimento de mi infravaloración. Lo único que alimenta es la


falta de mi verdadero Amor, hacia mí misma y hacia el otro.
En ambas posiciones, seductor y seducido, estamos carentes de Amor. Y la
lectura es la misma: Yo no me quiero, por eso necesito que me quieras tú.

Paradójicamente, cuanto más seduzco y cuanto más me dejo seducir, más


presente se hace mi vacío de amor. Pues al estar alimentando la falta de
autoestima, con la seducción, esta falta
AUMENTA.
Además, la seducción, como el maquillaje, no hace sino confundir una realidad
determinada, como si fuera mejor de lo que realmente es.

Antes o después la auténtica realidad hará su presencia en escena.

Entonces desde mi parte seducida me veo timada, me siento engañada. Y lejos


de conseguir el amor anhelado, al seductor que le permito seducirme, lo acabo
despreciando. Creo que he descubierto su mentira y ahora sí que le rechazo.

Al jugar yo el rol de seductora, es el otro, el seducido, quien se acaba sintiendo


timado y engañado cuando me conoce más profundamente. Es el otro quien
acaba rechazando mi verdad, como consecuencia de su sentimiento de “estafa”.

La seducción, en algún momento despierta mi rechazo, me acaba provocando


repulsión. Si estoy atrapada en esta polaridad no soy consciente de que este
juego lo estoy permitiendo yo, y de que yo también colaboro y pongo de mi
parte para que se dé.

La seducción es una trampa que me sirve, cuando estoy ahí atrapada, para
confirmar que necesito seguir seduciendo para conseguir Amor. Pues cuando
me ven a mí, a lo que soy en verdad (¿alguien repelente?), me acaban
rechazando. Por tanto, necesito dejarme seducir una y otra vez para calmar ese
hambre de Amor con el sucedáneo de unas palabras y unas miradas tan mágicas
como las que me regala el seductor.

Y por esta regla de tres me retroalimento en mi falta de autoestima con la


seducción como presunto nutriente. Porque, dicho sea de paso, cuando yo me
muestro divina y maravillosa (igual desde la seductora que desde la seducida),
hay una realidad que no estoy mostrando y lo sé, aunque sea en lo más profundo
de mi inconsciente; en realidad ese pseudo-amor no me sirve porque yo sé que
no es a mí a quien están amando, yo aún no me he mostrado.

Están “amando” a “eso” que yo les p ongo delante y no soy en realidad, al


menos no por entero. No aman el café, aman el azúcar que lo endulza. ¿Qué
pasaría si tomaran solo una taza de café sin aditivos?

Mientras que si me muestro tal cual soy desde el principio, quizá habré
cautivado a un número menor de personas a lo largo de mi vida, pero será
verdad. Me amarán sabiendo a quién están amando, y lejos de rechazarme,
estarán conmigo, me apoyarán y disfrutarán de mi compañía pues la han elegido
libremente, sabiendo lo que elegían. Sin artimañas, sin engaños, sin
embaucamiento y sin sorpresas.

En el juego de la seducción, mi seductora es seducida y mi seducida es


seductora.

Aunque el juego se ponga de manifiesto en relación a otro, somos dos hablando


el mismo idioma: “Dame tu amor que yo no tengo”, “Toma mi amor que tú no
tienes”. ¿Y si yo no tengo y tú no tienes, qué podemos darnos? Solo un engaño,
que tarda tanto en ser descubierto como tarde uno de los dos en conectar con su
verdadera necesidad de Amar-se.

Mientras nos seducimos destruimos cualquier posibilidad de Amarnos


realmente. Amarnos implica vernos. Si no nos mostramos no nos conocemos, no
nos vemos, no nos relacionamos.

Si no me hago consciente de mi mecanismo seductor, y del precio que pago por


mis múltiples y fugaces conquistas, estoy condenada a la falta de amor
permanente.

Porque ante mi hambre de amor volveré a seducir, una y otra vez, en un intento
de calmar ese vacío. Si estoy atrapada en el mecanismo de la seducción es
porque no me doy cuenta de que la seducción es un pozo sin fondo, que no nutre
a nadie salvo a mi propia falta de amor hacia mí misma. Además, si estoy
atrapada en el mecanismo de la seducción eso es lo único que necesito: Amarme.
El mecanismo es el mismo dentro que fuera: para Amarme necesito conocerme,
verme y relacionarme con mi verdad interna.

En la posición de seducida, igual: a ningún seductor le sirve mi amor, ni el de


ningún otro mortal, salvo para engañar su sensación de hambre con una falsa
saciedad momentánea.

La adicción a la seducción amorosa es la dependencia del “estado de


enamoramiento”. La trampa de la seducción se supera Amando de Verdad. Estar
enamorada es estar atrapada en un estado de ensoñación donde gracias al espejo
que el otro me facilita puedo ver aquello que a mí “me falta”. Es un acto
inconsciente donde voy al encuentro de las partes de mí misma que tengo
rechazadas, negadas, escondidas. Me atrae porque creo que al estar cerca de él
puedo apropiarme de esas partes que desde mi inconsciencia estoy negando.

Cuando estoy enamorada estoy soñando. No estoy viendo al otro. En realidad, el


otro no me importa nada (aunque yo crea que daría la vida por él). Lo único que
cuenta es mi propia excitación, mi propia euforia ante la ilusión de encontrarme
con “eso” que tanto me atrae.

Si no consigo reencontrarme con esas partes mías en mi propio interior, tarde o


temprano acabaré rechazándolas también en el otro. De la misma forma y con la
misma fuerza que las rechazo en mí misma.

Las mismas cosas del otro, que al inicio me atraían con tanta fuerza, las acabo
rechazando con el paso del tiempo, salvo que haga el proceso de reapropiarme
de ellas dentro de mí. Si consigo aceptarlas en mí, también las aceptaré en el
otro. Solo entonces estaré en disposición de llegar a amar a esa persona, dado
que entonces ya estaré amándome a mí, a mi verdad interna, a lo que soy.

Tras la máscara de un seductor (o seductora) se esconde la presa más fácil del


bosque. El seductor es seducido por su objetivo.

Si me muevo desde la seducción estoy suplicando una limosna de amor (sexo,


éxito, reconocimiento, etc.…) Cualquiera que me la ofrezca me tiene bailando a
su ritmo mientras me va dando lo que yo quiero y hasta que me empacho y
compruebo que sigo hambrienta y eso que me están dando no me quita el
hambre de sentir mi propio Amor.
Si no me doy cuenta seguiré, conquista tras conquista, sin nutrirme jamás,
seduciendo y dejándome seducir insaciablemente, porque me muero de hambre.
No siento mi corazón.

Tanto las películas románticas como la propia sociedad enferma y desnutrida en


que vivimos, provocan cierta admiración ante alguien que maneja la seducción.
En realidad:

¿Qué está pasando? ¿De verdad estoy tan ciega?

¿No me doy cuenta de que tras esa sonrisa y esa mirada irresistible solo hay un
gran agujero, hambre y dolor, que busca anestesiarse con sucedáneos? ¿No me
doy cuenta de que el problema radica en que no soy capaz de llenarme de las
partes de mí que no veo ni Re-Conozco?

Cada vez que toco el dolor del fracaso sentimental me viene a la memoria uno de
mis maestros, el más sagrado para mí, el hombre que mejor ha sabido
acompañarme en mi descubrimiento de mí misma. Él dice una frase muy
hermosa, como todo cuanto dice; la frase es: donde no hay amor, pon amor, y el
amor germinará.

Todo cuanto este hombre desprende en sus enseñanzas yo lo tomo por la puerta
principal de mi corazón.

Después de varios desengaños en mi vida, me atrevo a completar la frase de mi


maestro, le doy un final diferente: donde no hay amor, pon amor y el amor
germinará, siempre que la tierra esté fertilizada.

Porque sembrar amor en tierra estéril es frustración y es fracaso. Mi propia tierra


ha pasado por momentos en los que ha estado tan desmineralizada que me hacía
incapaz de distinguir un veneno corrosivo de la semilla más preciada del
universo.

Las tierras desmineralizadas precisan trabajo duro para volver a estar vivas.
Sembrar en ellas antes de hacer todo ese proceso, además de agotador es
lamentable, porque las semillas ahí plantadas se pudren, y arrastran al que las
siembra, pudriendo también sus esperanzas, su alegría y su confianza.

Amar sí, por supuesto, pero sin dejar de amarme yo misma, tanto como sea
necesario para poder retirarme en caso necesario, antes de hacerme un daño
irreversible. Y esto es casi una garantía si decido sembrar en la tierra de alguien
que no se ama, que no se mineraliza.
Todo este aprendizaje se lo debo a esos cruces de camino que acaban en
desengaño. Que mientras duran me hacen sentir que se parte mi corazón en mil
pedazos, y que después de un tiempo, me están aportando una sabiduría
emocional que de ninguna otra manera habría obtenido.

Ojalá supiera amar sin expectativas, sin pretensiones, sin esperar ser
correspondida. Sin embargo, soy humana, tengo carencias, necesidades, y a
veces, frecuentemente, estoy perdida. Ojalá no fuera así, pero la realidad no es
ideal, es la que es. Y vivir con la realidad externa, haciéndola compatible con mi
propia realidad interna donde están mis heridas, a veces es sumamente doloroso.

Para llegar a un estadio tan refinado de Amor, donde no ponga expectativas, ni


pretensiones, necesito completarme a mí misma en mí misma. Ser entera, con las
partes que reconozco como propias y asumiendo las que niego o rechazo.
Tenerme integrada en mi totalidad.

De otra forma me uniré en un intento de complementarme con el otro, y esto es


muy peligroso porque, como las piezas no encajan bien, nos hacemos mucho
daño.

Si construyo mi amor sobre una base de carencia y de necesidad está condenado


a hacernos sufrir a los dos.

Si construyo mi amor sobre una base de integridad y firmeza interiores (por


parte de ambos miembros preferentemente), nuestro amor tiene posibilidades de
ser nutritivo y saludable.

Si vivo seducida por el engaño del sistema establecido socialmente, vivo


negando mi esencia, y la niego a cambio de la aceptación de un pseudo Todo que
jamás podrá ser comparable al Todo original.

Al no darme cuenta de que ya formo parte del único Todo al que pertenezco de
verdad, necesito sustitutos en los que poder integrarme.

De la misma manera que el sistema (un Todo artificial), usurpa el lugar que
dentro de mí debería ocupar mi Fe y mi certeza respecto a mi Fuente Creadora,
mis personajes usurpan el lugar de mi Ser y esto hace que la seducción usurpe el
lugar del Amor.
Cuando yo en esencia no estoy ocupando mí lugar, éste queda vacío y, por tanto,
disponible para ser fraudulentamente ocupado por mis personajes. Mis
personajes no son reales, y algo que no es real ni tiene amor, ni puede amar, solo
puede interpretarlo. Mis personajes hacen lo que saben hacer: seducir.

Para ver los frutos del amor materializándose en mi vida es fundamental que me
desmarque del propósito de dar la talla que socialmente está bien vista. Esto es
todo un trabajo interior, es difícil, y es posible.

Esta sociedad me educó exactamente igual que a la mayoría de nosotros.

Me programó para unas cuantas cosas: Para conseguir un empleo fijo y tratar de
subir peldaños que me aportaran éxito y beneficios económicos. Para tener una
pareja con la que formar una familia a través de unos hijos que aseguraran la
continuidad del sistema, al fin y al cabo. Para medir mi valía en función de la
aceptación y la aprobación de los demás. Para cumplir una serie de protocolos
establecidos y que en ningún caso he decidido yo, como por ejemplo esconder
mi cuerpo bajo unas ropas, como si mi cuerpo fuera algo de lo que tuviera que
avergonzarme si alguien me lo ve sin más. No solo eso, sino que las ropas han de
ser unas en concreto, que se ajusten a las modas del momento, porque si salgo a
la calle para ir a trabajar con un vestido de cola y volantes todo el mundo me
mirará con la misma cara que si salgo desnuda, como si yo fuera una demente
por romper con lo establecido.

Resumiendo, estoy programada para no pensar por mí misma, y sencillamente,


dejarme llevar por la corriente del general…

Es muy impactante mirar un momento la realidad a la que pertenezco para llegar


a la conclusión de que estoy atrapada en un sistema que solo se beneficia a sí
mismo, al precio de tenerme esclavizada robóticamente, dentro de unos
márgenes tremendamente estrechos, y bajo la falsa sensación de libertad y poder
para la elección cotidiana.

Por lo general no me doy cuenta de que vivo programada y cumpliendo con un


programa.

Nunca me han preguntado si quiero, o no, formar parte de este entramado.


Simplemente nací y todo a mi alrededor fue “corrigiendo” cualquier impulso y
manifestación espontánea y natural que yo pudiera sentir, hasta el punto de
convertirme en ese prototipo estándar que encaja en el perfil que necesita el
sistema para retroalimentarse.

Este sistema es altamente destructivo, hablo del mismo sistema que está
machacando a nuestro planeta, bombardeándolo, contaminándolo, explotándolo
y masacrándolo. No solo la tierra está siendo demolida, sino todos los seres
vivos que habitamos aquí. Los humanos hacemos barbaridades sin escrúpulo ni
conciencia, la barbarie está por todas partes: basta investigar un poco en una
granja o una nave que almacena animales vivos destinados al consumo para
entender lo que intento transmitir. Y sin ir tan lejos, basta investigar un poco en
el interior de mí misma para llegar a la misma conclusión.

Veo que a la especie humana el programa nos enseña a cerrar los ojos, nos
convierte en ciegos: es una de sus funciones. Es esta inconsciencia la que nos
deshumaniza, la que nos transforma en consumidores de mentiras, en cómplices
encubiertos de la destrucción del mundo, en alienígenas dentro de nuestros
cuerpos que se atiborran de medicamentos al más mínimo contratiempo con tal
de no sentirnos a nosotros mismos, con tal de seguir produciendo.

La gran parte del tiempo que dedico a dormir, creyendo estar despierta, está
favoreciendo mi conversión en un robot de carne y hueso. Como robot cumplo
ciegamente con el programa establecido por el sistema. Y obedezco porque he
perdido el contacto con mi compasión, con mi sensibilidad, con mi humanidad.

Somos ángeles al nacer, perfectos por naturaleza, pero llega el sistema y, de la


misma forma que ha talado los pulmones del planeta para crear en su lugar un
submundo de asfalto asfixiante, igualmente ha cortado nuestras alas de ángeles,
para que no podamos volar, para que no podamos darnos cuenta del suelo que
estamos pisando en realidad, del aire que estamos respirando, del suicidio
colectivo en el que estamos atrapados.

Me cortaron mis alas de ángel para que no fuera capaz de hacer otra cosa que
seguir el curso de lo que está impuesto. Para que creyera que estoy felizmente
adaptada a un sistema esclavista y mutilador.
Cuando elijo seguir adaptada es porque estoy ahí, sin plantearme nada más que
poca cosa, entonces le estoy dando continuidad, con mi aceptación y mi
adaptación, a este sistema que arrasa con la vida, con la verdadera libertad, con
el instinto y con la naturaleza misma.

No creo que haya un culpable, creo que es responsabilidad nuestra, de todos y


cada uno de nosotros, seguir durmiendo por los siglos de los siglos, o despertar y
asumir el desafío personal que eso supone. Asumir nuestra consciencia y nuestra
necesidad de ser Personas, en lugar de personajes.

Soy consciencia, soy instinto, soy cuerpo, soy emoción, soy mente y soy
espíritu. Soy todo eso y nada más que eso. Igual que tú. No hay motivo de
competencia entre nosotros pues todos somos lo mismo.

Sin embargo, el sistema me dice que para sentir que soy alguien tengo que
competir con todos los demás y superarlos.
Me enseña a valorarme en función de los objetivos que consigo para él, y no en
función de lo que soy en realidad.

Me niego a comulgar con la ignorancia que mantiene la esclavitud encubierta en


este mundo. Los humanos hemos hecho esclavos del sistema a todas las criaturas
vivientes: hombres, animales y vegetales.

Incluso mi mascota tiene prohibido expresarse. Porque si el perro ladra le


molesta al vecino, y si el gato se afila las uñas me destroza el sofá… Es
indignante: les estoy mutilando cualquier expresión de su naturaleza sagrada, de
la misma forma en que estoy castrada yo misma. Intento convertirlos en
monigotes de peluche igual que he permitido que se hiciera conmigo.

Y todo este impedimento de ser y dejar ser a cada cosa lo que es tal como es:
¿Para qué? Para que lo que no cabe quepa dentro de la jaula de los robots
mecánicos.
Pudiendo ser humana, ¿elijo seguir funcionando atornillada y oxidada por un
sistema basado en la ignorancia?

Pudiendo ser consciente, ¿elijo dormir eternamente?


Pudiendo elegir la vida, ¿estoy eligiendo la destrucción? Me gustaría gritar tan
fuerte que el mundo entero pudiera oírme y gritaría: ¿Pero qué nos pasa? ¿De
verdad queremos esto?

Yo creo sinceramente que este sistema se mantiene solo por una razón; realmente
somos muy pocos los que nos hacemos la pregunta: ¿de verdad queremos esto?

Es muy loco, muy sin sentido y también muy real. ¿De verdad queremos esto?

Si he aprendido a medir mi valía en función de la aprobación de los demás, y no


de mi valor real e innato, por conseguir esa limosna me muestro tal como creo
que ellos esperan que sea y no como soy en verdad.

Le vendo el alma al diablo, sin darme cuenta de que ese pobre diablo tiene su
propia alma hipotecada de la misma forma que yo. ¿Estamos todos atrapados en
la misma red?

Acepto la sumisión al yugo de un monstruo, que parece un demonio, pero que


realmente es un demonio de pacotilla, que ni siquiera tiene conciencia de sí
mismo. Ese demonio del que hablo no está ahí fuera, me refiero a cada uno de
mis personajes internos, esos que están viviendo mi vida. Una vida que debería
estar viviendo yo porque es mía. Los personajes no existen en realidad, son
inventados, son ficticios.

Esa Montse que no se enfada nunca le hagas lo que hagas, que jamás dice una
palabra más alta que otra, que de ninguna manera osaría desobedecer, tan
educada, tan sumisa, tan manipulable no soy Yo. Es un mero personaje que
inventé para sobrevivir en este sistema, y es un personaje que hoy pelea por
hacerse con las riendas de mi vida.

¿Quiero que mi vida la viva esta máscara en vez de vivirla yo?


Es mi vida, solo yo puedo recuperar lo que es legítimamente mío.

Entre otras cosas, mi libertad pasa porque atraviese el sentimiento de


culpabilidad que supone traicionar la tradición general.
Me refiero a dejar de darle continuidad al sistema, a lo robótico, a lo mecánico, a
eso que actúa en mi interior como sustitución de mí misma.

Recuperar mi libertad interna supone desmarcarme del conjunto. Y esto solo


puedo hacerlo cuando me Re-Conozco profundamente a mí misma. Este Re-
Conocerme me lleva hacia el único conjunto real del que siempre forme parte.
Mi objetivo es claro: recuperar mi vida, volver a ser yo misma, aclarar la
confusión.
Sé que al dar el paso, los que están a mi alrededor lo ven y se lo pueden plantear
también.
De la misma forma que sé que hay quien se da la vuelta para no verlo ni estar
cerca de mí.
Bienvenidos sean todos.

Finalmente entiendo que cada uno de ellos son parte del espejo que la vida me
pone delante para que vea mi propio interior reflejado. Hay partes de mí que se
suman a la consciencia, y hay partes de mí que se retuercen entre resistencias.

En mis partes dormidas no tengo consciencia de estar dormida, sin embargo, el


movimiento que proviene del mundo exterior a mis sueños, ese movimiento de
mis partes despiertas, sí me puede iniciar a despertar entera.

Como Ser Humano, no tengo la capacidad de cambiar el sistema. Sí la tengo de


elegir si quiero permanecer ahí atrapada o salir de la red, de la jaula, para usar
mis alas.

No seré la primera ni la última en abrir los ojos, lo han hecho antes millones de
personas; los más conocidos: todos los filósofos de la historia de la humanidad
(diplomados o autodidactas, ¿qué más da?).

En todas las épocas ha habido corrientes que impulsaban al hombre a superar su


condición del momento, a evolucionar, a despertar. Hoy son las corrientes
Humanistas las que nos tienden la mano para salir de la jaula. Todos podemos
hacerlo.

Renunciar a la falsa seguridad que me aporta vivir entre barrotes conocidos, es el


precio que pago por abrir la puerta de mi jaula y aventurarme a descubrir:

¿Quién soy en realidad? ¿Qué pasa en la vida cuando me despierto? ¿Qué pasa
ahí fuera, lejos de esta celda habitual?

PERDONAR
Crecer implica soltar la seguridad que aportan otros con su respaldo y su apoyo.
No puedo soltar esto hasta que he elaborado internamente mis propios recursos
para obtener el autoapoyo y el coraje necesarios que me permiten asumir riesgos
y responsabilidades.

Cuando los padres o figuras sustitutas no han sabido o no han podido dar al
infante una maduración adecuada, es decir nutritiva a la vez que liberadora, éste
se queda atrapado en aquellos y no puede crecer.

Crecer también implica poder tomar el regalo y la referencia que los adultos
ponen al alcance del niño. Si este regalo es tóxico o el referente es enfermo, el
niño no puede madurar. Y es tóxico o enfermo cuando es manipulativo, cuando
es “autoritarista”, injusto y limitante.

Manipular a un niño para que siga siendo infantil con 50 años de edad es muy
fácil. Lo difícil es conseguir que la persona con 8 años tenga 8 años, con 20
tenga 20 y con 50 tenga 50. Si a un niño se le pide que cumpla con obligaciones
y responsabilidades propias de un adulto, se le está robando la infancia, por tanto
la tiene pendiente, y esa deuda se le va a manifestar el resto de su vida, porque
no ha tenido el espacio ni el tiempo necesarios para vivir la infancia de una
forma natural que le permita transitar el paso por las etapas, nutrirse de todo
cuanto representan esos años, para cargarse de energía y poder dar, de forma
adecuada, el salto a la etapa siguiente.

Puedo comer una fruta que no está madura, evidentemente, pero al hacerlo estoy
impidiendo que madure algún día, me impido nutrirme con sus propiedades que
están en desarrollo y, al tomarla antes de tiempo, bloqueo.

Los padres fracasados en su propia maduración interna fácilmente crearán hijos


fracasados. Después los culpan a ellos por no ser capaces de ser todo lo adultos
que se esperaba que fueran, mientras, por otra parte, cada intento de crecer, que
hace el niño, se ve fuertemente machacado por los “adultos”.

Hay padres que crean hijos sumisos y rebeldes en el empeño de exigirles


obediencia, no les dejan asumir el riesgo de equivocarse, si deciden por sí
mismos. En el intento de sobreprotegerlos, muchas veces, o de retenerlos para
asegurarse su presencia día a día, no les dejan volar en completa libertad.

Hay padres que manipulan a sus hijos cuando tratan de ser exitosos, porque no
soportan el miedo a quedarse solos si ellos labran su porvenir y siguen su camino
en otra dirección que los aleje de su control, de su “posesión”.

Hay padres que se creen en el derecho, si los hijos lo permiten, incluso de


elegirles la pareja con la que deben compartir su vida, se creen en el derecho de
opinar y de “rectificar” sus sentimientos. Los tratan como a objetos de su
propiedad que deben seguir su modelo, sin darse cuenta de que el modelo que les
ofrecen es el de alguien que sufre porque no sabe, que sufre porque no puede,
que sufre porque no tiene, que sufre….

Y todo esto ocurre, porque estos “adultos”, han “crecido” con su propio interior
atascado en la infancia y en la dependencia.
Muchos adultos estamos carentes, necesitados de atención y de cuidados y no
dispuestos a responsabilizarnos de nosotros mismos y nuestras necesidades.
Nadie nos enseñó algo diferente. Nuestros propios padres estaban atascados en el
mismo sitio, o similar.

Damos lo que tenemos. Y lo que nos falta no podemos darlo porque no lo


tenemos.
Los padres inseguros difícilmente crearán hijos autosuficientes, seguros de sí
mismos.
Los padres desnutridos difícilmente crearán hijos sólidos, fuertes
emocionalmente.

Los padres fracasados difícilmente crearán hijos exitosos.


El hijo que quiere crecer más allá de los límites que les imponen las limitaciones
de los padres…, el hijo que elije asumir el poder de su propia vida…, debe
necesariamente soltarse de la red de su herencia; cortar los hilos de la
“enfermedad” que los mantiene unidos al voto de pobreza, sufrimiento y un
largo etcétera, para caminar en otra dirección. Y este paso sin la bendición de los
padres es muy difícil; implica un sentimiento de traición que un hijo no puede
permitirse tan fácilmente. El corazón de un hijo no permite la traición hacia los
suyos; internamente, aunque intente soltarse, sin esa bendición, es más que
probable que la condena sea al fracaso.

Muchos hijos necesitamos la bendición de nuestros padres para tomar la vida


que estos nos dieron. Porque fue un regalo precioso y de alguna forma nos
sentimos en deuda. Hay padres que atrapados en sus propias miserias sienten que
el regalo no fue tal cosa, sino un préstamo, una hipoteca, una inversión para que
el día de mañana estos hijos les fueran fieles sirvientes, fieles marionetas que
ellos pudieran manejar a su antojo y capricho, tal como en algún momento
alguien debió hacer con ellos.

Cuando una persona ha quedado atrapada en esta red no ha madurado, no ha


crecido, no se ha desarrollado; podrá llegar a ser, por ejemplo, presidente del
gobierno, desde fuera nadie diría que vive recortada internamente, sin embargo,
desde esa falta de crecimiento, no tendrá una buena autoridad consigo mismo, ni
respeto por sí mismo, ni conciencia de sí mismo… será un títere en manos de sus
ideas enfermizas, o en manos de su equipo de gobierno, igual que lo ha sido en
manos de sus tutores.
Todo nuestro buen funcionamiento interno tiene que ver con nuestro desarrollo:
la paz interna, la serenidad, el bienestar, la tolerancia, todo pasa por el mismo
sitio. El perdón también. Entre personas maduras internamente no hay lugar ni
espacio para graves desacuerdos, y mucho menos para luchas, guerras, sangre y
venganza.

Un perdón real, sentido, verdadero, es sinónimo de crecer, de consciencia y


sabiduría.

Cuando yo conozco las heridas internas que me llevan a reaccionar de la forma


en que lo hago, entonces lo reconozco y lo comprendo cuando veo que, lo
mismo, le pasa al otro. Cuando conozco sus heridas puedo comprender sus actos.

El perdón pasa por la madurez, en cuanto a ser consciente de que mis


expectativas solo son sensatas y justas cuando empiezan y acaban en mí misma.
Si mis expectativas están puestas en otra persona que no soy yo, estoy
pretendiendo algo de ese otro, por tanto, estoy olvidando que el otro no está en el
mundo para complacerme a mí, para eso ya estoy yo.

Solo cuando acepto la responsabilidad que supone apropiarme y atender, en


nombre propio, mis expectativas, puedo liberar a los demás de ello; entonces
comprendo que, si aquél actúa de una forma diferente a la que me gustaría a mí,
sencillamente está en su derecho.

En realidad, no es el otro quien me frustra cuando actúa de un modo diferente a


mi deseo, soy yo misma por equivocar mi objetivo y pretender un derecho que
no tengo. Y nadie tiene el derecho de manejar a otra persona como si fuera un
muñeco.

Por esta misma regla, no es el otro en realidad quien me traiciona, se traiciona a


sí mismo cuando falta a su palabra o golpea a su sentimiento. A mí solo me
utiliza para hacerse daño. Si yo tengo esto claro ya no hago mía esa traición.
Puedo ver su trampa y puedo ver que yo ahí en medio solo estoy sirviendo de
excusa para que el otro actúe en su propia vida.

Cuando consigo la distancia necesaria entre mis pensamientos y mis emociones


frente a mi observador interno: imparcial y desimplicado. Al final veo que el
perdón solo tiene que ver conmigo misma.

La única razón que consigo materializar como necesidad de perdonarme es la de


no saber más de lo que sé y, a veces, pretender que lo sé todo, o como mínimo,
mucho más de la verdad. Necesito perdonarme por esa especie de soberbia que
trata de encubrir una profunda ignorancia. En realidad, aquí se acaba el tema,
aquí se resumen todos los enfados, resentimientos, rencores…..

Aceptar mi humanidad es asumir que soy perfecta con las limitaciones que
tengo. Para eso he venido a esta vida y a este mundo. Para tener la oportunidad
de vivir una serie de experiencias que me ayuden a saber de mí, a conocerme, a
completarme en mí misma y a descubrir que “tal como es” todo es
absolutamente maravilloso. El otro también.

Si me haces daño al utilizarme para dañarte, para engañarte, para estafarte a ti


mismo, perdonar no significa que me quedo frente a ti para que sigas usándome
al dañarte; lo que significa es que te veo más allá de la superficie, que
comprendo tu herida y por eso no hay espacio en mí para el resentimiento. Sin
embargo, puedo y quiero retirarme, e incluso poner un punto y final en nuestra
relación, porque voy a cuidar de mí y parte de ese cuidado tiene que ver con
apartar de mi vida aquello que me daña. Y esto es un tema de límites.

Cuando me hago consciente de cuanto he mareado a los demás con mi


inconsciencia, con mi pretensión de tener razón, cuando sencillamente no sabía
más…, cuando veo como he dañado a otros al utilizarlos para hacerme daño a mí
misma, entonces yo siento la necesidad de pedir perdón a aquellos, pues
realmente me doy cuenta de que, aunque fuera sin voluntad de ello, el caso es
que les dañé dañándome a mí misma.

Pido perdón por mi inmadurez a todos aquellos a los que salpicó mi forma de
hacer. Ya sé que tengo derecho a equivocarme, ya sé que tengo derecho a
aprender y que todos estamos en la misma misión, por tanto, todos somos
utilizables para el aprendizaje de los demás. Sin embargo, cuando veo el dolor
que puede haber causado mi actitud y mi ignorancia, me duele, y aunque el
perdón empieza y acaba en mí misma, me gusta pedirlo también a aquellos, pues
sé que es un regalo que les permite negociar también consigo mismos, con sus
propios jueces internos que también a mí me juzgan. Pedir perdón es ayudar al
otro a descubrir algo que está más allá de lo que sabe.

Si tengo derecho a usar a los demás para crecer, también lo tengo a pedir perdón
cuando ese uso les lastima. Pedir perdón no debe ser algo que utilizo en
beneficio propio para des-culpabilizarme, sino un regalo que le ofrezco al
dañado al reconocer que me doy cuenta del daño hecho y así le agradezco su
ayuda al participar en mi vida, pues gracias a ésta yo aprendo y puedo hacer un
cambio de actitud.

Pedir perdón es reconocer la inconsciencia que me ha llevado a actuar de la


forma en que lo he hecho, es hacerle saber al otro que por fin me doy cuenta y
esto me ayuda a ser más grande en adelante. En realidad, el otro no tiene que
perdonarme por nada, en todo caso debe perdonarse a sí mismo por haber sido
ignorante también, igual que yo; por haberse atrevido a juzgarme cuando lo que
ocurría es que estaba ciego, tan ciego como yo misma, que ni uno ni el otro,
veíamos, en ese momento, lo que estaba ocurriendo por detrás de lo aparente.

Tengo la esperanza de que, al pedir perdón, tal vez al otro le ayude a conectar
con lo mejor de sí mismo, quién sabe. Y soy consciente de que “perdón” es una
palabra y nada más que eso. El verdadero perdón es un acto de amor interno, de
cada cual consigo mismo, y es consecuencia de aceptar el error, de asumir, de
apropiarse, de reconocer, de responsabilizarse.

POLARIDAD: RECHAZO / ATRACCIÓN ACEPTACIÓN

Me siento atraída por aquello que rechazo, en el intento de verlo en mí e


incorporarlo.

Cuando combino bien mi rechazo y mi atracción, descubro mi potencial para


Aceptar. Desde esa aceptación tengo acceso a la confrontación Amorosa. Esto
me permite expresar lo que yo siento frente a una actitud externa, y me permite
tirar del hilo para ver a dónde me lleva eso. Por ejemplo: cuando me siento
manipulada me lleno de rabia; ésto me lleva a localizar mi dificultad para poner
límites.

El amor y la aceptación profunda de lo que soy por detrás de mi propio


personaje, son la misma cosa. Por esto es que no puedo amar a otro cuando no
me amo a mí misma.

Si vivo identificada con mi personalidad, como he aprendido a hacer, realmente


no sé quién soy, solo sé quién es eso con lo que me identifico. Pero esa
identificación que hago es selectiva. He separado las cosas que se aceptan
públicamente de las cosas que no están bien vistas, y he decidido que soy eso
que se acepta, y aquello que no, lo rechazo, y también aprendo a rechazarlo en
los demás. Todo esto en un intento de ser amada y aceptada, claro está, por el
mundo.

Mi personalidad está formada por los distintos personajes que yo he ido


inventando y modelando a lo largo de mi vida, personajes que se encargan de
esconder lo que no está bien visto ahí fuera, y que se encargan también de
mostrar lo que me facilita la aceptación de mi entorno.

Vivir identificada con esos personajes requiere el olvido de quién soy en


realidad.
Todas esas partes mías que yo soy y niego ser, crean un vacío tan profundo y
doloroso que, en el intento de sobrevivir a ese dolor, intentaré escapar de esa
verdad con distracciones de todo tipo, como pueden ser la televisión, el ruido, la
actividad compulsiva, las adicciones a lo que sea: compras, sustancias, juegos,
sexo, alcohol, tabaco, etc.…, cualquier cosa que me distraiga de sentir ese
desgarro que me duele por dentro: la ausencia de mí misma.

O bien lo puedo ver de otra manera, intentaré llenar ese vacío con algo
sustitutorio que de ninguna forma me sirve, pues nada ni nadie puede sustituirme
en ese agujero que se produce por la falta de mis partes. Si yo me falto a mí
misma, si no me tengo (pues me he rechazado), nada podrá encajar en ese vacío,
salvo mis propias partes. Cualquier otra cosa dará una falsa sensación de
saciedad, momentánea e indigesta, que pronto se desvanecerá.

Una forma de intentar llenar ese vacío es la de enamorarme una y otra vez. ¿Qué
pasa al enamorarme?

Teniendo en cuenta el escenario de partida: voy caminando “mutilada


internamente”, vivo negando ser algunas cosas que soy, con agujeros internos en
mi propia carne…, a cambio de la sonrisa de los demás, que vendría a ser el
sustituto de un autoamor que me falta desde mi propio “rechazarme”. Si yo, a
cambio de la aceptación de mi entorno, he seleccionado para mi personalidad la
ternura, la simpatía, la sumisión, etc…, en esa misma identificación estoy
negando mis polaridades complementarias, que serían en este caso la dureza, la
seriedad, la rebeldía…. No digo que no lo tengo, digo que no me identifico con
ello, que niego que forme parte de mí, que lo tengo escondido todo eso. Sin
embargo, todo cuanto existe es en relación a un opuesto, no es posible tener una
sola polaridad del total. Si tengo una tengo la otra.
Entonces me identifico con los aspectos que en algún momento entendí que
tenían premio, y niego aquellos que entiendo penalizables. Ni siquiera tengo
permiso para mirar esas partes mías.

Y esas partes mías están ahí, negadas y rechazadas, abandonadas, olvidadas…, y


se van a estar manifestando en mi vida una y otra vez, a través del espejo de los
demás, en un intento de que yo las vea, de que yo las reconozca; me están
llamando, me están gritando desde dentro: estoy aquí, mírame, tómame, no ves
que sin mí estás incompleta.

Cuando yo las veo en ese espejo que me ofrecen los demás, me siento
tremendamente imantada por ellas, pues realmente las necesito para sentirme
entera. Y me siento imantada desde el rechazo o desde la atracción.

Me preguntaba ¿qué pasa cuando me enamoro?

Cuando en otra persona veo algunas de esas cosas que a mí parecen faltarme,
desde este auto-rechazo del que hablo, inmediatamente me siento fascinada por
esa persona, esto es así en el caso de que se trate de alguien sexualmente
compatible conmigo, si soy hetero me fascinarán los hombres que se permiten
eso que yo rechazo en mí, si fuera lesbiana me pasaría igualmente con las
mujeres. Los hombres que me muestran, a través de su espejo, mi propia sombra,
me cautivan. Mientras que en mujeres que me muestran el mismo espejo puedo
sentir automáticamente el mismo rechazo que veo en mí misma.

El rechazo y la atracción van de la mano. Una polaridad sin la otra no puede


existir.

En principio me siento atraída por el hombre que me muestra en su espejo lo que


yo rechazo en mí, es decir que se permite mostrar lo que yo niego y oculto. Y me
atrae porque necesito “eso” de lo que me desentiendo para completarme como
SER. Al cabo de un tiempo puede pasar que yo haya hecho mi incorporación y
haya crecido junto a esta pareja.

O puede pasar que no incorpore lo que niego que soy, y de la misma forma en
que lo rechazo en mí, acabe rechazándolo también en él. Aquello que me
enamoró de él es lo mismo que acabaré detestando si me niego a crecer.

En realidad, la media naranja que ando buscando solo está en un lugar; lo que a
mi realmente me completa por dentro, lo que me hace entera, solo está en mi
interior. En tanto no me doy cuenta de esto, puedo llegar a idealizar a ese otro
que me recuerda con su propia actitud quién soy en realidad. La atracción puede
llevarme a idealizar al otro, y esto es muy peligroso, pues el día que descubra
que ese otro no es lo que yo creía (una réplica de mi mitad negada que yo puedo
“tragarme” para sentirme entera) volveré a mi sensación de vacío y error. Y de la
misma manera que había puesto en un pedestal a esa persona con la que tan
saciada parecía sentirme, ahora que descubro que no es mi mitad, mi
complemento, mi alma gemela, mi media naranja, mi parte rechazada, al fin y
al cabo, ahora que sé que no lo es, sino que él es él y yo soy yo, entonces se me
cae del pedestal en que lo había puesto. Me siento engañada: “no eres lo que
parecías”, en realidad sería mejor decir no cumples con las expectativas que yo
me había formado, pensé que contigo dejaría de sentir mi vacío y mi dolor y
no es verdad. Nadie me ha engañado salvo yo misma.

La caída del pedestal es proporcional a la altura de este: si lo había elevado 50


metros sobre el suelo, la caída va a ser tan fuerte que hará un agujero en el suelo
y bajará 50 metros bajo tierra; todo es proporcional.

Primero no veía a la persona que tenía delante porque lo había convertido en otra
cosa y lo había elevado por encima de las nubes. Ahora que ha caído tampoco lo
veo, porque lo he cubierto con 50 metros de tierra sobre sí, o lo que es lo mismo,
he volcado toda mi decepción, mi rabia y mi frustración sobre esa persona por
no encarnar aquel ideal que yo quería que fuera. En esta posición no puedo ver
las cosas buenas que tiene esa persona, y si las veo da igual porque no me
interesan. Cuando cae alguien del pedestal de mi idealización lo único que me
interesa es mi decepción: no es lo que yo quería que fuera.

Es brutal el daño que puedo hacerle a alguien al enamorarme, al idealizarlo estoy


tratando con alguien que no existe. Para bien y para mal, le exijo que me dé algo
que no tiene, que me devuelva mi yo misma perdido. Cuando veo que no me lo
da, entonces mi sentimiento de traición es tan fuerte como demoledor.

Cuando lleno el vacío de no tenerme a mí misma a través de la sensación de


saciedad que se produce en el acto del enamoramiento, me condeno a vivir
buscándome a través del espejismo de los demás, y uno tras otro, iré
coleccionando cadáveres sentimentales.
Cuando dejo que el otro me idealice y después descubre que yo no le calmo esa
hambre que siente por dentro, entonces “me maltrata” y se va con el próximo
espejismo que le pase por delante, una nueva víctima que pronto estará en la
misma piel que yo, y así una y otra vez.

Al perseguir un ideal cambiaré de pareja con la misma facilidad que cambio de


calcetines, sin el más mínimo escrúpulo, sin compasión por el daño que voy
haciendo a quienes se crucen en mi camino, entre otras cosas porque no veo a
esas personas, solo me relaciono con espejismos. Cuando me ocurre esto no
tengo ni idea de lo que estoy haciendo, a mí misma y a los demás; obviamente
no soy consciente de dónde estoy atrapada.

Ante la promesa de completud que representa el objeto de mi proyección,


cuando estoy enamorada, lo pierdo todo de vista; es tan grande mi hambre de
volver a ser yo misma, yo entera, que todo, absolutamente todo lo demás, pasa a
un segundo plano. Desplazo cualquier cosa o persona de mi entorno, para darle
prioridad absoluta a alguien en quien he volcado mi expectativa de completarme.

Después, cuando compruebo mi error, que esa persona no es como yo quería que
fuera, que esa persona no es mi mitad y por tanto no me completa desde dentro,
la culpo por haber hecho yo ese desplazamiento, en un acto egoísta de intentar
completarme.

Al revés pasa lo mismo, cuando el otro comprueba que no puede llenar su vacío
a través mío, le dé lo que le dé yo, empieza a despreciarme, por ejemplo:
empieza a gritarme, a insultarme, a faltarme al respeto, a tratarme como si yo
fuera lo peor de este mundo, (mientras yo lo permito claro está) y todo porque se
ha equivocado él.

Me siento atraída por ti: ¡cuidado!, esta misma atracción puede acabar
despertando el más profundo rechazo si mi atención se despista y me olvido del
mecanismo que trata de ponerse en acción.

Te sientes atraído por mí: ¡cuidado!, si permito que coloques el sentido de tu


vida y tu vacío sobre mí, pronto vas a rechazarme con todas tus fuerzas.
Enamorarme es muy peligroso; cuando me ocurre es porque en vez de buscar
dentro de mí estoy buscando fuera, y creo que lo que encuentro es lo que
necesito, pero es imposible que mi mitad negada esté ahí fuera en el cuerpo de
otro. Mi mitad solo está en mi interior, nadie ahí fuera la podrá sustituir. Y nadie
es responsable mi autorechazo. Ni de que yo esté buscando fuera de mí misma lo
que me falta dentro.

¿Enamorarme? NO. Salvo que utilice esta “excusa” para rescatar en mí lo que tu
tan generosamente me muestras.
¿Amar? SÍ, sin la más mínima duda.

Muy a pesar de que mientras dura el encantamiento de la proyección que tiene


lugar cuando me enamoro, muy a pesar de que el despliegue hormonal que se
pone en marcha puede ser del todo delicioso, la realidad es que al final
enamorarme acaba siendo una “soberana putada”: es volver al desengaño una y
otra vez, y es convertir en desprecio y rabia la atracción por alguien que no ha
hecho nada salvo ser quien es, otra persona diferente a mí misma. No quiero
volver a enamorarme nunca más, no quiero que nadie se enamore de mí. No
quiero más mentiras en mi vida. A mí no me compensan en absoluto. Si estoy
despierta, la historia es otra.

La madurez en mis relaciones de amor pasa por la madurez interna suya y mía;
si he encontrado en mí lo que me falta, lo que algún día rechacé y escondí, si lo
he vuelto a incorporar, ya no persigo un espejismo, ya no necesito completarme
con otro, porque si he encontrado la mitad de mí misma en mí misma, ya no voy
a la pata coja esperando una pierna de otra persona que haga las funciones de mi
propia pierna invalidada.

Si ya no me muevo desde esa búsqueda externa de lo interno, entonces ya no me


quedo atrapada en ningún ideal, ya no me fascina la promesa de que el otro va a
calmar mi hambre, porque ya no tengo ese tipo de hambre; me sacio en mi
interior, en mi verdad. Entonces sí que puedo ver al otro tal como es y desde ahí
puedo valorar si me gusta o no, lo que podemos compartir. Entiendo que para él
la cosa es exactamente lo mismo.
Mi madurez emocional me facilita la posibilidad de ver al otro como es y no
como quiero que sea. Desde la madurez ya no es necesario castigarle por no ser
lo que quiero que sea, porque ya no quiero que sea nada, salvo quien es, y
conocerle. Después ya veremos hacia dónde nos conduce nuestra vinculación.

Cuando me muevo desde el hambre devastadora de no tenerme a mí misma, todo


va demasiado deprisa. La relación pasa a ser devoradora y, a la misma velocidad,
se va al traste pues se da un empacho indigesto, me atraganto con mi propio
engaño.

Esto es lo me ocurre por ser romántica. He construido mi carácter con los hilos
del desamor, del sentimiento de abandono y de traición. Jamás conocí a mi padre
y jamás disfruté de mi madre. Arrastro desde mi primera infancia una herida
mortal en mi corazón y a diferencia de otros caracteres, no evito ese dolor, es
decir, soy muy consciente de esa carencia, de esa necesidad desatendida.
Necesito aprender a buscar en mi interior, que no es tarea fácil.

Como romántica, mi tendencia es a quedarme atrapada en el sufrimiento, hacer


del duelo mi bandera, coleccionar historias de fracasos sentimentales y vivir
soñando con el día en que, por fin, encontraré a esa mitad que me complemente
y me haga sentir entera.

El tinte dramático con el que impregno mi frustración amorosa es lo que


distingue a mi tipo de carácter.

Conozco personas de otros caracteres que también coleccionan fracasos


sentimentales, pero colorean la realidad con purpurinas brillantes que hacen de
esos fracasos un carnaval. Rompen una relación y en dos segundos empiezan
otra, no se sienten fracasados sino conquistadores. Sustituyen a una persona por
otra con una velocidad de vértigo, todo por no pararse a sentir el dolor de sus
heridas internas. Y se sienten grandes seductores e irresistibles cautivadores
enumerando sus múltiples conquistas, sin darse cuenta de que lo único que
coleccionan son intentos de amar que no llegaron a ninguna parte, coleccionan
su falta de entrega, una y otra vez, a su propio sentimiento, a su propio corazón.
No hay tanta diferencia en realidad: como romántica colecciono el dolor de mis
fracasos y soy consciente de que he fracasado porque a través de la estructura de
mi mente, le doy una profundidad a mis emociones que me arrastra al
sufrimiento y me hace muy difícil remontar cada fracaso; puedo pasarme años
sola, entre una relación y otra.

Los caracteres que disimulan el fracaso de gloria y conquista, pasan de puntillas


por las emociones, no se entregan de verdad, nunca, a nadie; no enraízan en su
propio corazón. No se dan cuenta, no quieren saber, no quieren asumir, no
quieren Sentir-se, huyen despavoridos del dolor y lo hacen sustituyendo una
relación por otra que les devuelva la sensación alucinante del engaño, del
espejismo, de la falsa saciedad de haber encontrado por fin el alimento que
buscan, para volver al empacho y al vómito, y a intentarlo en otro sitio una vez
más, cuanto antes mejor. Todo este vértigo es un escape para no sentirse por
dentro, para no tocar su dolor y su vacío.

En realidad, es igual de triste en ambos casos. Qué más da, romántica sufridora,
que conquistador superficial. Todos nos buscamos a nosotros mismos y no nos
encontramos porque buscamos a través de los demás y no en nuestro interior.

¡Qué afortunados aquellos que consiguen disfrutar de una relación amorosa


basada en la generosidad, la complicidad, la integridad y la mutua confianza!

¿He dicho que afortunados? me equivoqué, no se trata de fortuna, se trata de


madurez. Bendita madurez que facilita unas relaciones estables y armónicas,
construidas con el corazón para sentirlas, y no con el estómago para comérselas.

Me considero una persona muy afortunada. Yo he conocido ese amor. Hace


muchos años; un amor que vivirá en mi corazón el tiempo que la vida le permita
seguir latiendo. Y la relación tuvo un principio, un desenlace de diez años, y un
final, necesario y sano. Sin embargo, mi sentimiento de Amor sigue igual de
vivo, es mi propio corazón que lo mantiene vivo en el respeto, la generosidad, la
admiración y la abundancia de su propia capacidad para sentir cosas hermosas.
Qué paradójico me resulta el tema en mi propia vida. Dedico mis días a buscar
amor y… ¡cuánto me cuesta amar!, ¡cuánto me cuesta respetar mis sentimientos
y no escaparme “sufriendo” para evitar el dolor!

Veo paradojas allá donde mire. He conocido a personas que en la intimidad se


muestran afectuosas, tiernas, cariñosas, y públicamente se vuelven rígidas si su
pareja les acompaña, se contraen, se desentienden de su vínculo: se avergüenzan
de amar. Al punto de encontrarse con alguien y no saber cómo presentar a su
pareja: “te presento a mi…, a mi…., a mi….”, y ahí atascados no saben cómo
salir del paso, hasta que el otro alucinado acaba rompiendo el bloqueo ¿a tu…, a
tu…, a tu qué, tu mujer, tu pareja, tu amiga, tu vecina….? Y el primero no sabe
dónde meterse ni cómo acabar la frase. Es trágico, ¿cómo es posible que alguien
se pueda sentir ridículo por tener la dicha de amar? Yo solo encuentro una
respuesta: se está engañando, no se ama a sí mismo ¿cómo puede alguien que no
se ama (por tanto, está vacío de amor) amar a otro?

Estas situaciones me parecen lamentables, no sé si reír o llorar, si me pongo en la


piel del que se avergüenza de amar me dan ganas de llorar, y si me pongo en la
piel de la pareja me dan ganas de reír, pero de reír del absurdo, de la tragedia,
¿cómo es posible que alguien que a solas te jura un amor sagrado, públicamente
se quede atrapado en el conflicto que se le crea entre su sentimiento y la imagen
de “persona disponible emocionalmente” que quiere ofrecer a los demás?, y lo
que es peor: ¿cómo puede permitirlo su pareja?. ¿Qué está ocurriendo?
Entiendo el amor como la fórmula que pone el Universo en marcha para que se
dé el sentido de la vida. Como la célula madre de todas las cosas.

Quien se avergüenza de amar se avergüenza de su condición humana, que le


hace maravilloso y capaz de sentir cosas hermosas. Algún mensaje grabado en
sus neuronas lo descalifica cuando se permite ese sentimiento, algún mensaje
grabado en sus neuronas le debe acusar de cursilería, o algo parecido.

La importancia primera y última de todo lo que forma parte de la vida queda


filtrada por el amor. ¡Es tan fácil que todo se derrumbe cuando falla el amor!
Con el desamor cae la vida misma.
Mi romanticismo me ahoga en un mar de sentimientos como un barco que
naufraga con cada decepción, con cada mentira, con cada desengaño. Y si no
hago algo para sanar mis heridas primeras de abandono, es decir: si no reparo en
alguna medida mi romanticismo, todo este sufrimiento acaba por volverme loca.
Puedo acabar renunciando al amor al no poder soportar cuánto me duele su falta.
Es disparatado.

Basta pararme a buscar internamente y acoger, dentro de mí, todo ese amor que
no sé dónde poner ahí fuera, a quién dárselo. Aplicarlo a mi propia herida
original, la del rechazo, la del abandono que fue externo y que yo hice mío, al
dirigirlo hacia mis partes negadas. Y toda esta locura llega a su fin.

Al final, soy quien soy, soy como soy, no puedo y tampoco quiero renunciar a mi
naturaleza.

No quiero inventarme ser otra persona, distinta a quien soy, para cumplir con las
expectativas de alguien. Soy perfecta tal como soy, lo único que necesito es
volver a ser entera, nada más.

Una vez conseguido esto, ya sin ese vacío devorador, entonces sí puedo
seleccionar a la persona con la que me voy a relacionar para no hacerme, ni
hacerle, daño. Poder decir adiós si descubro que me he equivocado, y poder vivir
sola si es necesario, sin que se me vaya la vida en el intento.

Por difícil que parezca, mi vida solo se llena de sentido amando. El mayor
desafío, el mayor acto de amor es el de aprender a aceptarme como soy, aprender
a cuidarme de mi propia neura y a no hacer mías las neuras y prejuicios del
entorno.
Soy una persona emocionalmente muy intensa, justo por eso sé cuánto daño me
producen las heridas del fracaso, del engaño o de la traición. También sé cuánto
he aprendido de todas estas experiencias y cuánto agradezco hoy haber tenido la
capacidad de convertirlas en desafíos para salir nutrida. Mi aprendizaje me lleva
a tomar una decisión: no quiero volver a engañarme o a traicionarme. Elijo el
respeto y la fidelidad hacia mí. Lo que no encaje en mi decisión, definitivamente
no lo quiero en mi vida.
No necesito seguir peleándome con lo que soy, lo único que necesito es
aceptarme, quererme y mostrarme al mundo siendo quien soy y no quien los
demás quieren que sea.
TORA… Historia de “la otra” mujer perdida

Tora fue la otra, pero solo por un rato… en realidad, hubo una “otra” que
también la desplazó a ella, igual que hiciera Tora con “otras ellas”, tantas veces
como sus caprichos lo exigieran.

Cada vez que conseguía derretir con sus encantos a la presa de sus antojos, se
sentía una diva triunfadora, inflada como un globo, flotando entre las olas de su
vanidad y de su orgullo.

Y cada vez que otra la desplazaba a ella, Tora sentía que se ahogaba literalmente
en las mismas aguas de su vanidad y orgullo, esta vez seriamente lastimados.

Así, con el corazón congelado y atrapada por completo en los ideales irreales de
su pensamiento iluso, ahora caminaba sola, por una calle despoblada, huyendo
de su última aventura-tragedia, y en busca de una nueva oportunidad para volver
a pelear en la guerra de sus sentimientos.

Como si cada conquista nueva fuera una nueva ocasión de conquistar su propio
corazón, Tora avanzaba, sin mirar atrás, en busca de su oportunidad, para volver
a destruirla una vez más, pues toda su energía se desviaba en conseguir el amor
de otro, nunca en sentir ella su propio amor.

Confundida entre su necesidad de amar y su deseo de sentirse amada, Tora


rasgaba una y otra vez sus instintos, ignoraba el respeto por sí misma y por el
otro, por la otra, por el mundo….

Su último intento de amar a un hombre había hecho que sus ilusiones galoparan
en dirección a la nitroglicerina, al borde del infarto…. Aquel hombre
apasionante, irresistible, inaccesible…, aunque no para ella. Aquel pelo negro,
brillante, tupido. Aquellos ojos oscuros, penetrantes, firmes, de una dureza
extrema que grita socorro tras su máscara de hierro. Aquel hombre fue una
flecha directamente lanzada hacia los anhelos de Tora.

Después de varias semanas de encuentros casuales en el bar, en la calle, en


diferentes lugares, ese día por fin estaba sentada a solas con él, sentada frente a
él, al otro lado de la mesa del despacho, intentando ser contratada por el hombre
de sus sueños. No le resultó difícil abrir la puerta del deseo y de las ganas con su
juego, entremezclando, como solo ella sabía, la dulzura y la lujuria, ambas cosas
en la justa medida para ser compatibles, sofisticadas, como una fórmula
invencible.

El brillo que lanzaban los ojos de Tora recorría centímetro a centímetro los
labios de aquel hombre, que le hablaban con un tono de voz grave, mirándola
directamente a los ojos, dejándose atrapar por aquella energía electrizante que
ella lanzaba con su sola presencia, haciendo que el estómago de él se encogiera y
se balanceara como un muñeco en manos de una niña traviesa, revoltosa,
juguetona, a la que cada segundo que pasaba, deseaba poseer con toda la
intensidad de cada célula de su cuerpo.

Tora lo miraba mágicamente, como si pudiera hipnotizarlo. Los suaves


movimientos de su cuello hacían que su pelo jugara coquetamente sobre sus
hombros desnudos, mientras humedecía sus labios lenta y cautelosamente.
Descruzó las piernas muy despacio, de forma sensual, denotando placer en el
movimiento, sin desclavar sus ojos de los de él, hasta sentirlo temblar por dentro.
Deslizó su mirada muy lentamente hacia su boca, su cuello, el triángulo que
dibujaba la camisa y que mostraba la promesa de un pecho poblado de negro
vello masculino. Tora se detuvo aquí, volvió a sus ojos, pasó de uno a otro
velozmente, para retomar la lentitud y volver a los botones de la camisa de él,
fue bajando su mirada, deteniéndose en cada uno como si pudiera desabrocharlos
con su mirada. Volviendo de vez en cuando a los ojos, intuyendo como el sudor
de aquel hombre se abría paso por los poros de su piel, humedeciendo su frente,
sus manos, su cintura…. Tora insistía, descarada, con su embrujo, secuestrando
el deseo del hombre que estaba a punto de tomarla entre sus brazos antes de
saber su nombre.

Tora se levantó sigilosamente de su butaca, se deslizó, rozando con su cadera la


parte derecha de la mesa, hasta bordearla y llegar justo al lado de él, que la
miraba absorto, incrédulo, deseoso, tembloroso, hambriento, sediento de ella…
Tora rozó el muslo de él con su rodilla, mientras giraba la butaca de él en
dirección a ella, entonces pasó su pierna por encima de las piernas de él que
permanecía sentado. Dobló suavemente sus rodillas deslizando la pelvis con
lentitud hacia la pelvis de él, y poco a poco fue arrastrando el contacto de su
cuerpo sobre aquel hombre, que vibrante, reaccionaba a su fricción con ansiedad.

Tora acercó su pecho hacia el pecho de él, con la mirada clavada por debajo de
su ombligo, dejó rozar sus labios húmedos contra los labios de él que
entreabiertos esperaban ese momento para apretarse en la boca de ella,
intentando saciar toda el hambre y toda la sed que ella había despertado con su
erotismo.

Estremecidos ambos en la explosión de aquel momento, perdieron la noción de


la realidad, del tiempo, de quienes eran…. Hasta fundirse apasionadamente uno
en el otro, en un solo cuerpo, en un solo dolor, en un solo placer…, en un
movimiento acompasado que se acompañaba de la pasión de sus manos y sus
bocas recorriéndose mutuamente cuerpo a cuerpo, piel a piel.

Tras la consumación se desveló el desgarro de la imprudencia, se congeló el


instante con la realidad de él, que por un momento recuperó la conexión con la
profundidad real de su sentimiento hacia la mujer que compartía su vida desde
hacía tanto tiempo. Sintiendo un regusto de desprecio por sí mismo y su alboroto
delirante, se vistió de disimulo, trató de distanciarse cuidadosamente de Tora,
que por su parte no cesaba de emitir señales de ilusión, de esperanza, de
increíble satisfacción…

Se dieron algunos encuentros más después de aquel, hasta gastar las ganas. Para
él la experiencia acababa allí. Para ella aquello era el principio de la eternidad.

La mujer de él jamás supo que existía Tora, él jamás lo confesó. Tora en un


principio, no sabía que existía una mujer que ocupaba el lugar que ella
ambicionaba para sí, cuando lo supo no podía dar marcha atrás ni negar su
sentimiento.

Eran dos “las otras”.


La que compartía el día a día, la noche a noche, el momento a momento de las
dificultades y los logros, la compañera habitual, sólida, estable, el amor del
descanso, de la confianza, de la entrega y del terreno conocido.

Y la que regalaba novedad, improvisación, esa que despertaba el fuego soterrado


por lo cotidiano, la encargada de encender la pasión prohibida que mezcla el
sabor del placer con el de la culpabilidad, provocando adicción de forma
inmediata a tan fuerte estímulo.

En este triángulo ambas “otras” eran rivales. Ambas habían perdido al hombre
que amaban en los brazos de otra mujer. Una en el lecho del hogar. La otra en el
lecho prohibido.

Era cuestión de tiempo que la ilusión se rompiera como un cristal. Ahora,


después de comprobar su desengaño, Tora caminaba sola nuevamente, en
dirección a su destino, perdida, sin rumbo. En busca de otros brazos en los que
sentirse amada, con el recuerdo cargado de su último hombre y de todas las
experiencias antiguas, parecidas, que se mezclaban entre sí… Caminaba, en
busca de nuevos estímulos que seguirían atiborrando de pérdida y confusión su
mente insaciable.

Paró en una cafetería del camino para hacer un break que le diera energía para
continuar su recorrido. Entró en el bar, altiva, arrogante, caminando cargada de
la sensualidad que la caracterizaba. Desparramando a su paso aquella energía
suya que parecía medio humana, medio animal… Su mirada hábil encontró
rápido un lugar para encenderse nuevamente, allí estaba él, un hombre de pelo
cobrizo, de aspecto desenfadado y juvenil, que le clavaba los ojos mientras la
veía caminar, acercarse suavemente. La miraba con hambre, con complicidad,
con ganas…. Tora estaba nuevamente frente a una oportunidad de entregarse a
su propio corazón y al respeto por sí misma. O hacerse daño una vez más.

ESENCIA DE LUZ

En todo cuanto existe hay un centro. Y en relación a ese centro se desarrolla el


contenido y la forma.
El cómo nos relacionamos depende de desde dónde parte cada uno y qué es lo
que pone en juego de sí mismo cada cual, en esa relación.

Tenemos un centro en nuestro interior, que siendo lo más profundo también es lo


más elevado del Ser Humano. Es el lugar donde habita lo divino en las personas.
Para mí ese centro es nuestra propia esencia y está hecha de luz y de Amor.

Si yo estoy en contacto con lo que soy en lo más profundo de mí misma, me


muevo desde ahí, me relaciono desde ahí, conmigo misma y también con los
demás.

Si me encuentro con otro que también vive en conexión con su propia esencia,
con su luz y con su amor, el espacio que hay entre esa persona y yo se va
llenando de la luz y del amor que ambos ponemos en la relación. De esa manera
se forma un nuevo centro entre los dos que contiene de ambas partes pura
esencia. Entonces somos tres centros: tu, yo y nosotros. Como este nosotros
contiene esencia, nuestras diferencias individuales, nuestras limitaciones, se ven
compensadas. Incluso se van reparando con la medicina de nuestro amor, y eso
nos permite crecer y desarrollarnos, tanto individualmente, como a nivel de
relación. Esto para mí es una relación sana.

Ahora bien, si observo ese centro que soy, puedo ver que en torno a él se han ido
desarrollando una serie de capas protectoras.

Y como las capas de una cebolla protegen al núcleo, las capas de mis miedos
intentan proteger a mi amor y a mi luz.
Así, cuando miro para adentro puedo ver que mi centro está envuelto por la capa
del miedo al abandono, y esta a su vez está envuelta por la capa del miedo al
rechazo, que también se ve envuelta por la capa del miedo al ridículo, y después
veo la capa del miedo a la traición, y así, en un largo etcétera, un miedo va
protegiendo al anterior, consiguiendo finalmente que mi centro amoroso tenga el
mismo aspecto de una pierna escayolada, donde la carne está rodeada por vueltas
y más vueltas de vendas y escayola. Que impiden el contacto y el movimiento de
lo esencial de mí.

Ese vendaje formado por mis miedos, esa escayola en mi corazón, me intenta
proteger del dolor: me asegura que nada ni nadie me lastime, “que nada ni nadie
pueda compartir conmigo mi luz y mi sentimiento”. Lo paradójico es que me
intenta proteger del dolor robándome la vida. Pues teniendo en cuenta que el
centro de mi SER es luz y es amor, aquello que me impide la expresión de esa
luz y de ese amor, me obstaculiza ser yo misma y me está impidiendo vivir.

Claro que todos estos miedos, capas, vendajes…, han ido apareciendo en la
misma medida en que yo recibía heridas en mi centro. Claro que su función es
resguardarme. El problema es que me protegen desconectándome de la vida.

No habrían sido necesarios esos vendajes si yo hubiera sabido poner límites o


retirarme ante una situación o persona que me hiciera daño. O bien, si hubiera
sabido aprender de la experiencia, entregarme al dolor de ese momento para
atravesarlo y seguir viviendo con mi potencial fortalecido.

POLARIDAD: VÍCTIMA / AGRESOR ASERTIVIDAD

Soy víctima de mi agresora interna cuando provoco o permito la agresión de otro


a mi persona. Soy tu agresora cuando te desprecio por recibir el “mal trato” que
yo provoco o consiento de ti.
En cualquiera de los dos extremos ejerzo ambos roles, aunque probablemente
solo me identifique con uno de ellos.

Si me sitúo en el centro y combino bien las dos polaridades, me encuentro con


mi Asertividad. Esa actitud centrada, madura y responsable, desde la que puedo
expresar claramente lo que necesito y lo que no quiero. Aquí puedo marcar mis
límites y respetarlos. En mi asertividad yo puedo elegir.

Cuando me quedo en una situación agresiva, en una relación que me daña, acabo
acorazándome con armaduras de plomo para sobrevivir al dolor que esa
situación me provoca. Esa armadura la construyo con miedo y rabia.

Si me quedo contigo a soportar el maltrato, el precio que pago es estar muerta en


vida, pues el miedo congela mi corazón. Y un corazón petrificado no puede latir,
no puede sentir y no puede amar.

Si me doy cuenta de esto, entonces puedo elegir irme porque, en esa situación,
irme es elegir la vida.
Y si el terror ha llegado a helarme la sangre de tal manera que no puedo pensar,
ni decidir, entonces siempre me queda la posibilidad de pedir ayuda.

Lo importante si estoy siendo víctima de malos tratos es que alguien me ayude a


cuestionarme, porque muchas veces estas situaciones solo existen bajo el
convencimiento de que no se puede hacer nada, y eso no es verdad. Es tan brutal
la demolición de mi auto-estima en una situación así, tengo tan infravalorado el
concepto de mí misma, que realmente no me siento capaz de enfrentar la
situación. Por eso es tan importante que pida ayuda.

Hay todo un engranaje de mecanismos que me impiden, desde la víctima, darme


cuenta de la realidad. Y en la realidad están mis posibilidades. Por muy difícil o
dolorosa que pueda ser la realidad, es más difícil y doloroso permanecer en una
situación donde veo mi dignidad pisoteada y mi integridad violada y maltratada.

Parte de la dura realidad que necesito aceptar, si me estoy moviendo desde la


víctima, es que mi peor enemigo soy yo misma por provocar o permitir lo que
está pasando, por mantenerme en esa situación, por justificar a quien me está
agrediendo y por no asumir de una vez por todas que soy yo la única que puede
cambiar eso. Principalmente pidiendo ayuda, pero esa ayuda la tengo que pedir
yo.
Antes hablaba de las relaciones sanas, aquellas que se dan entre dos personas
que estamos en contacto con nuestros centros, con nuestros núcleos de luz y de
amor. Para desde ahí formar un nosotros lleno de esa misma sustancia, amor
luminoso. Amor sano.

Ahora vemos que cuando uno de nosotros no está en conexión con ese núcleo,
sino que se mueve atrapado entre las capas de sus miedos, se relaciona desde ahí,
y solo puede conectar con otro que se relacione desde un lugar simétrico. Es una
condición imprescindible para crear un nosotros, que vibremos en una frecuencia
similar o compatible.

¿Qué quiero decir con esto?, si yo me muevo desde el miedo o la rabia, solo
puedo conectar con alguien que alimente mi miedo y mi rabia. En el caso de la
víctima sería un agresor.

Atraigo como un imán, personas y situaciones que vibran en mi frecuencia. Si


me muevo desde el desprecio atraigo a personas despreciables. Si me muevo
desde el odio atraigo a seres odiosos.

En realidad, ese otro con el que mantengo una relación, no es, sino un espejo que
me refleja mi propio contenido. Por eso antes decía que desde la víctima encierro
en mí misma a mi peor enemigo, a mi mayor agresor, a quien me somete a
aguantar lo que estoy aguantando.

Y si consigo salir de esa relación y no hago todo un trabajo interno que me


ayude a sanar esas heridas de mi alma y a posicionarme en un lugar distinto
internamente, si no hago esto, entonces tarde o temprano volveré a una relación
similar o peor. Porque el espejo refleja aquello que contengo. Y si no modifico
mi contenido no veré cambios en mi vida.

Cuando hago ese proceso interno, aunque imantara de nuevo a un maltratador, ya


no podría ni querría mantenerme ahí, no habría alimento posible para esa
relación. Las partes no encajarían y ese “nosotros” no tendría espacio para
existir.

Y lo mismo pasa visto desde el otro lado. Si me muevo desde la actitud de


maltratadora no podré estar con una persona que se respeta a sí misma, porque
una persona que se respeta a sí misma no facilita la escena necesaria para que se
dé el mal trato. Se mueve desde el respeto, por tanto, mi maltratadora no puede
justificar con esta persona mis abusos, ni mis gritos, ni mis ofensas, ni mis
golpes.

No existe la posibilidad de que eso ocurra porque una persona que se respeta a sí
misma jamás lo permitiría.

Es más, una persona que se respeta ni siquiera enciende el deseo, ni la pasión


sexual de la parte maltratadora, pues esta parte necesita ver a su pareja en calidad
de “basura”, para poder sentir que está a su altura. Somos un espejo, ambos lo
somos, donde vemos reflejadas nuestras propias heridas y nuestros propios
conceptos de nosotros mismos. Y el concepto que tenemos de nosotros mismos,
ambos, víctima o maltratador (es lo mismo en el fondo), bien, el concepto es el
mismo, aunque gritemos lo contrario ambos miembros, en el fondo creemos que:
“yo no valgo nada, soy una mierda”, “por eso estoy contigo porque eres tan
mierda como yo”.

Esto, por muy duro que suene, es la creencia que habita en mi inconsciente
frente a esta polarización, y aunque conscientemente sé que no es así, y que
todos los seres humanos tenemos un hermoso núcleo de amor y de luz, la verdad
es que las capas de mis miedos, a veces, se pudren de tanto apretarse unas contra
otras, de tanto rozarse, y llego a confundir esas capas con mi verdad profunda
que es bien distinta.

Esta es la creencia principal que necesito cuestionar frente a la polaridad víctima


- agresor, porque sí que es verdad que en todo este cuadro hay algo que de
verdad no vale nada, pero no se trata de los integrantes, no de las personas, sino
de “eso” que estamos construyendo juntos, atrapados ambos en esa mentira que
está tan aferrada a nuestros inconscientes.

Quiero recalcar que, en estos casos, ambos miembros de la pareja necesitaríamos


ayuda, y ambos necesitaríamos darnos cuenta de que es preciso, es urgente, que
pidiéramos esa ayuda.

La posibilidad de construir una vida mejor existe, está ahí. Y pasa por limpiar y
sanear la confusión interna y esas heridas de mi alma que muchas veces arrastro
desde mi infancia, porque eso es lo que me está robando mi salud y mi paz.

Y porque del mismo modo que si estoy atrapada en el rol de víctima encierro
dentro a mi peor enemigo, o sea, a mi mayor agresor, al provocar o permitir lo
que ocurre. Si estoy atrapada en el rol de la agresora también encierro dentro a
mi mayor agredida, a mi víctima más maltratada, el espejo que me ofrece mi
pareja me lo está mostrando sea cual sea la polarización con la que me
identifique.

Si me muevo desde la polaridad agresora, cada grito, cada insulto, cada golpe
que le dé a la persona que comparta mi vida, será un grito, un insulto y un golpe
que me estaré dando en mi propia capacidad de amar. Será mi propio centro de
luz y de amor quien estará mutilado y sepultado en una tumba de desprecio
desde la que vomitaré hacia fuera lo que en realidad nace y vive dentro de mí
misma.

La elección de dónde, cómo y con quién quiero vivir solo puedo hacerla yo.

Si me veo en esta situación y deseo romper ese círculo vicioso creado entre
ambos, puedo hacerlo, pidiendo ayuda, y estando dispuesta a perder las ventajas
que supuestamente contiene el mantenerme ahí.
Necesitaré cuestionar cada creencia del tipo “no puedo” …, necesitaré valorar
todas las opciones, y lo más importante necesitaré cuestionar cada justificación
que, estando implicada, defiendo para mantener esa situación.

Y si después de mirar con lupa lo que está ahí enredado, decido continuar en el
infierno, puedo hacerlo; es mi vida. Eso sí, asumiendo mi decisión.

También puedo decidir otra cosa y esa posibilidad es la que, desde ese rol, no
veo, no reconozco, salvo que me ayuden a responsabilizarme de que soy yo, y
solo yo, quien está eligiendo darle continuidad a lo que puede ser detenido.

Otro punto que considero sumamente importante y necesario observar, es valorar


que quizá no me dé cuenta de que mis hijos (si los tuviera) aprenden de mí, de
mis actitudes. Como madre o como padre soy el modelo que más va a impregnar
su construcción interna. Si un hijo aprende que la Mujer (o el hombre) es un
“objeto” que puso Dios en el mundo para que el Hombre (o la mujer) pueda
descargar su frustración, su ira, y sus complejos contra él-ella, si aprende eso,
eso hará, porque eso le habré enseñado con mi ejemplo (desde cualquiera de los
dos roles, el de víctima o el de agresor). Ese aprendizaje se lo lleva para toda la
vida y algún día es muy probable que lo ponga en acción.

También puedo enseñarle que cuando alguien se propasa es ese alguien quien
sale perdiendo, pues pierde la posibilidad de tener una relación de amor, de
respeto, de complicidad, de unión…, ya que, si alguien se propasa conmigo,
como mínimo, yo me doy la vuelta y me voy.
¿Qué les quiero enseñar a mis hijos?
Y tú. ¿Qué les quieres enseñar a tus hijos?
¿Qué tipo de relaciones quieres que construyan mañana?…, piénsalo.

Igual que a todos, a mí también me enseñó alguien a permitir lo que sea que
permito, a tratarme como sea que me trato, y a tratarle como le trato.

El modelo de hombre y el modelo de mujer, e incluso más allá del género, el


modelo de Persona, que ofrezca a mis hijos los condicionará para toda la vida.
Permanecer en un ambiente de gritos, insultos, golpes, desprecio, violencia y
mal trato, hace que estos niños crezcan atormentados y contaminados por esa
furia y por ese llanto, por el odio, por el terror, por la culpa y la impotencia.

¿De verdad quiero eso para mis hijos?


¿De verdad quiero eso para mí?

Que cada cual busque su respuesta; para mí el tema está claro, ninguna
comodidad o facilidad, sea económica o del tipo que sea, compensa mi
sufrimiento y el aplastamiento de mi dignidad, y mucho menos el de las personas
que yo amo y están a mi cargo, que sería el caso de los hijos.

No voy a enseñar a mis hijos a ser maltratadores, ni tampoco les voy a enseñar a
ser carne apaleada. Me niego.

Estar atrapada en una situación de este tipo es estar atrapada en una pesadilla, y
puedo despertar, o no. Si elijo dormir profundamente el resto de mi vida,
evidentemente es mi decisión, tengo ese derecho, sin embargo, quiero transmitir,
desde estas páginas, que de los sueños me puedo, me quiero y me debo
despertar, mientras que seguir durmiendo es renunciar a la vida.

Abrir mis ojos, mirar de frente mi vida, ver lo que estoy consintiendo y tomar la
decisión de salir de ese rol, de esa actitud, de esa situación. Hacer un proceso
personal que me ayude a resolver internamente lo que necesite sanar, para poder
elegir de ahora en adelante una existencia en conexión profunda con la belleza
de la vida, con mi capacidad amorosa y mi luz. Dejar que el pasado se quede en
el pasado y mirar hacia adelante desde un presente que me da la posibilidad de
construir otra cosa. El momento de hacerlo es Ahora.

Si vivo identificada con el rol de la agresora probablemente me voy a sentir


fuertemente imantada por personas que parecen débiles, sufridoras,
necesitadas…, lo que yo reconozca como “candidato a víctima”.

Y me imantaré bien desde mi desprecio (las despreciaré tanto como desprecio en


mí misma esa actitud), bien desde la atracción (es el poder de mi lado oscuro,
oculto, que me llama a gritos desde el espejo que me ofrece otra persona).
Por el otro polo es igual, si vivo identificada con la pequeñez, si me considero
poca cosa a mí misma, débil, indefensa…, entonces me sentiré imantada por
personas que prometan agresión. Inicialmente me fascinará alguien que parezca
fuerte (lo que yo entienda por fuerte), alguien con decisión, con coraje, resuelto,
que transmita seguridad. Desde esa unión, salvo que yo desarrolle mi propio
coraje y seguridad, acabaré intentando derrumbar el suyo, del mismo modo que
lo destruyo en mí.

Muchas veces he observado, sobre todo en hombres que se identifican con el


papel de “fuertes” que se sienten atraídos una y otra vez por mujeres que en
inicio dan la impresión de ser autosuficientes, y de tener mucha fuerza de
carácter, y sin embargo, esconden otra cosa, y la esconden a todo el mundo
menos al radar de su polo opuesto. El ejemplo perfecto sería una madre soltera, o
viuda, que tiene que trabajar muy duro para sacar adelante a sus hijos y su casa,
ella sola, sin ayuda.

Mi teoría es que él se siente tan atraído por este perfil porque viéndose al lado de
una mujer “autosuficiente “, se siente importante a través de ella. Las cosas no
son lo que parecen, tras una polaridad está la otra latente.

En ese momento él ya tiene su complemento, una mujer que parece fuerte, así su
propia imagen se ve reforzada, y sin embargo sufre, tiene carencias (le falta un
compañero, un padre para sus hijos…), es una víctima de la vida. Es perfecta
para que él pueda jugar su rol.

Aquí él, que esconde la polaridad víctima o debilidad, se siente importante al


llenar los vacíos de ella. Puede compensar su propio sentimiento inconsciente de
“debilidad” gracias a esta importancia que le aporta estar con alguien que sufre o
necesita.

Cuando se siente importante gracias a la debilidad de ella, necesita que eso se


perpetúe, pues si ella deja de sentirse débil, él se ve confrontado con su propia
realidad escondida, con su propia polaridad rechazada. Necesita sentir que ella lo
necesita, para conservar su sensación de importancia.
Es más, necesita que ella le dé su reconocimiento y le agradezca que sea él quien
tiene el poder y la fuerza, que él sea el dueño de la situación. Y si ella está
cumpliendo fielmente el rol de víctima, entonces no podrá reconocerle nada de
nada, solo hará que él se sienta mal, para que le haga daño, y así poder
comprobar día tras día, que tiene razón y tiene grandes motivos para sufrir.

Ambos están encerrados en la misma prisión, la identificación con solo una de


las dos polaridades que tiene cada cual. Él necesita que ella siga siendo
dependiente, para sentir que está por encima; no permitirá que madure o se
realice como mujer. Ella se siente frustrada y limitada; entonces le agrede con
provocaciones que, inconscientemente, son una invitación al maltrato para
comprobar día tras día que su sufrimiento es real. Ambos son víctimas de sus
mutuas agresiones.

Resumiendo: a través del otro puedo ver lo que me niego a reconocer como
propio. El otro solo hace una función espejo para mí (y yo para el otro
evidentemente). Respecto a mi vida: “todo empieza y acaba en mí”.

Si consigo ver lo que no estoy viendo de mí, podré darme cuenta de que es un
tema de pura identificación: no es verdad que solo soy fuerte, no es verdad que
solo soy débil; no es verdad que solo soy agresora, no es verdad que solo soy
víctima. Lo que sí es verdad es que normalmente solo me identifico con una de
las dos caras de la moneda, y que me defiendo y justifico para evitar darme
cuenta de mi totalidad. Estoy rechazando en mí aquello que aprendí que era
rechazable en función del estímulo que mi entorno me devolvía cuando se
formaba mi carácter. Hoy imito aquellos patrones que aprendí. Hoy soy yo quien
me infrinjo el rechazo que entonces me regalaban los otros. Hoy soy yo mi
enemigo, y yo mi víctima; yo soy mi carcelero y soy mi presa, nadie más.

Parece una controversia, y no deja de ser un intento de complementación:


necesito incluir en mí las partes propias que tengo rechazadas.

Para cerrar el proceso después, dándome cuenta de que en realidad no soy ni lo


uno, ni lo otro. Entonces puedo reconocer que son mis capacidades y yo elijo
cómo las juego, hasta lograr la combinación equilibrada.

PODER PERSONAL

Al igual que el Dinero, el Poder parece ser una de las fuerzas principales que
mueven el mundo. Y también al igual que el Dinero, el tema del Poder genera
frases del tipo: “el poder es corrosivo”.

Voy a confesar cuál es mi posición frente a este tema: A mí me gusta el Dinero y


me gusta el Poder. Y me gustan tal y como yo los entiendo.

Siempre utilizo la misma fórmula: busco fuera lo que me falta dentro, y como
se trata de una necesidad interna, por más que encuentre fuera no me sirve para
calmar mi auténtica necesidad, mi hambre profunda.

Mientras me muevo atrapada en esa pérdida o confusión, es lógico que


distorsione las cosas, pues, desde ahí, intento gestionar algo que no me pertenece
en realidad. Nada externo me pertenece.

Yo puedo gestionar todo lo bien o mal que quiera y pueda mi mundo interno, la
beneficiada o perjudicada soy yo al fin y al cabo. Pero cuando, atrapada en la
confusión, pretendo gestionar algo ajeno a mí misma como si fuera mío, corro el
riesgo de alborotar ese campo externo que está a mi alrededor.

Solo sé manejarme con lo externo todo lo bien que sé hacerlo internamente.


Cuando no gestiono bien mi propio poder interno, mi autoridad interna para
conmigo misma, hago lo mismo con el exterior.
Además de usar ese poder para intentar calmar mi hambre erróneamente, lo
manejo mal.

No se trata de juzgar si soy buena o mala persona, no va por ahí la cosa, sino en
poder cuestionar cómo me muevo con el tema para llegar a hacerlo de la mejor
manera, entendiendo que si no lo estoy haciendo mejor de lo que lo hago, es
únicamente porque no sé. Si me doy cuenta puedo elaborarlo para mejorarme.
Yo seré la primera que saldrá ganando.

No seré capaz de mandar ecuánimemente en tanto que no sea capaz de respetar


mi propia autoridad conmigo misma: mis decisiones, mis limites….

La Forma muchas veces es de una importancia crucial. Por ejemplo, si yo a mí


misma me trato sin respeto, me exijo resultados al precio que sea, me esfuerzo
agotadoramente sin darme tregua ni respiro, si soy indolente conmigo misma, el
día que tenga la responsabilidad de tener subordinados a mi cargo, haré lo
mismo con ellos.
Del mismo modo que si soy en exceso tolerante, complaciente con ellos, es
porque también lo soy conmigo. Y esto no es cuestión de ser buena o mala, es
cuestión de mecanismos que viven agarrados a mi inconsciente y me llevan a
moverme de la forma en que me muevo, en tanto no los hago conscientes.

Son mecanismos que no siempre están a la vista, podría parecer que soy de una
manera mientras que realmente soy de otra; las apariencias no siempre son la
misma cosa que la realidad.

En caso de no haber recibido unos límites sanos, justos, razonables y amorosos


en la formación de mi carácter, durante mi infancia y en mi educación,
sencillamente no los tendré incorporados.

Si he sido aplastada por unos educadores dictatoriales, que tenían confundido el


tema de la autoridad con el autoritarismo, lo más probable es que me haya
quedado atrapada en la polaridad de la sumisión y la rebeldía. Pues en este caso
nadie me ha enseñado el Respeto, de la única manera que podría haberlo
aprendido: Respetándome, sino que se me ha impuesto la voluntad ajena por
“real decreto”. Y esto lejos de despertar mi respeto y mi admiración, lo que
despierta es mi miedo, mi desprecio y mi aversión.

Si me dejé aplastar desde un abuso de los que tenían el mando, me resultará


imposible contemplar la opción de Respetar la Autoridad. Y si no respeto la
autoridad, tampoco respeto mi propia autoridad.
Si este es el caso, ante la autoridad sentiré miedo o rabia, pero en ningún caso
respeto.

Sé que hay muchas personas que confunden el miedo con respeto. Están
equivocadas.

Si obedezco por miedo lo hago desde una connotación negativa que me genera
odio. Y si mi miedo es muy grande tal vez no tenga permiso interno para
validarme ese odio. Lo que tengo claro es que si estoy sufriendo el abuso de una
autoridad injusta me estoy cargando, por momentos, de rabia y de asco. ¿Cómo
voy a respetar aquello que me revuelve las tripas?

El respeto está fundamentado en la admiración y en el amor, y para que exista es


preciso que la autoridad sea merecedora de ello, es decir, sea justa, sea buena,
sea amorosa.
Cuando alguien me dice no hagas esto y no lo hagas porque lo digo yo, por
ejemplo, yo no siento ni una sola gota de admiración o amor, lo que siento es
hastío, rabia, impotencia…, según el caso. Sobre todo, si soy una niña, o si fuera
un niño, y no me queda más remedio que obedecer porque necesito el alimento y
el cobijo que ese adulto me proporciona. Estoy vendida, no tengo alternativa.
Obedezco claro está, pero al precio de odiar a esa persona que abusa de su
autoridad porque sabe que es más grande y más fuerte que yo.

En cambio, cuando alguien me dice esto no es bueno para ti, por ejemplo, y
además me ayuda a comprender cómo me dañaría hacerlo, entonces puedo sentir
esa autoridad de otra manera, puedo aliarme con ella, puedo hacerla mía desde
mi corazón. Y agradecer a esa persona su cuidado y su atención conmigo.

Incluso una buena autoridad me permitirá, y probablemente me acompañará, a


equivocarme, porque una buena autoridad sabe que la mejor manera de que yo
aprenda es a través de mi experiencia, y no de la suya, que para mí solo es teoría.

Una buena autoridad no impone, no coarta, no reprime. Se gestiona desde un


lugar diferente que no pasa de ninguna manera por el abuso del Poder. Pasa
exactamente igual en el polo contrario al del abuso. Si he tenido una educación
consentidora, manipuladora, incongruente, donde nadie me puso unos límites
justos, buenos, amorosos, razonables, o donde el NO sencillamente no se
respetaba y lo que ahora es que SÍ luego es que NO y después ya veremos,
entonces esa misma confusión se queda instalada, aprendida en mí, y es desde
dónde voy a moverme después, como adulta.

La falta de límites saludables y amorosos en mi educación son la fuente de mi


inseguridad como adulta, porque internamente no sé hasta dónde puedo llegar,
dónde está el punto que no conviene atravesar.

Por exceso o por defecto, me perjudica seriamente no haber recibido unos


límites sanos, congruentes y razonables.

En mi crecimiento incorporo lo que tengo. Si tengo abuso aprendo a abusar de


mí misma tanto como de los demás, si tengo “cachondeo” también aprendo a
“cachondearme”. Por tanto, para llegar a gestionar mi poder de forma sana,
necesito previamente revisar mi relación con la autoridad, para mejorar y sanear
lo que descubra que así lo necesita.

Aprendo a respetar cuando me siento respetada. Aprendo a abusar cuando me


siento abusada. Porque en mi aprendizaje eso que me han dado es lo que tengo, y
hago lo que puedo con lo que tengo.

Cuando crezco y me hago adulta, a no ser que me detenga para revisar todo esto,
seguiré usando lo que tengo de la forma que sé hacerlo, de la forma que aprendí.

Aunque me detenga y revise, por mí misma tengo lo que tengo, voy a necesitar
en algún momento que alguien me ayude a reparar. Alguien a quien pueda
reconocer como autoridad y que me de unos ladrillos distintos.

Este es uno de los trabajos más hermosos que se hacen en terapia, cuando se
hacen bien.

En resumen: para poder disfrutar de una buena gestión con mi propia autoridad
interna, y consecuentemente, disfrutar de mi poder personal, es de vital
importancia que me pare a revisar mi grabación interna, los mensajes que
almaceno en mi inconsciente y que son los que me dicen lo que está bien, lo que
está mal, o cómo se han de hacer las cosas.

Son esas creencias que operan desde mi inconsciente, sobre mí misma y sobre el
resto del mundo. A veces se trata de ideas equivocadas ó locas, que le dan la
forma que tiene a mi vida y a mi día a día.

Hilos que actúan desde lo más profundo para moverme como si fuera una
marioneta, como si fuera un robot. Incluso aunque conscientemente piense que
creo lo contrario de lo que en mi inconsciente está “mandando”.

Pongo un ejemplo: Yo puedo actuar como una buena persona, siempre


demostrando y demostrándome a mi misma que lo soy, con mis actos, con mis
ideales de paz, amor y no violencia. A veces, tragándome lo intragable, con tal
de asegurarme el buen concepto sobre mi bondad.

En realidad, cuanto más pretendo probar que soy buena persona, más estoy
confirmando que no lo creo, por eso trato de constatarlo a cada paso, para ver si
así me lo puedo creer yo misma. Esta es la confusión interna. Existen unas ideas
enfermas (“soy dañina”, “no merezco amor”, “algo anda mal en mí”..., etc.) que
tienen el control total de mi vida mientras que no las hago conscientes y elaboro
un trabajo personal profundo que me permita verlas y desmontarlas.

Ser buena persona implica saber decir que NO, permitirme el enfado, marcar
unos límites muy claros y cuidarme.
Los conflictos no resueltos de mi pasado vuelven a aparecer en diferentes
situaciones y circunstancias, y lo hacen en el intento de ser elaborados.

Es imprescindible que ponga atención a mi mente si quiero cazar a mi


inconsciente. Porque no atender esto es lo mismo que utilizar el pasado como
excusa de mis fracasos presentes.

“Pillar” a esa voz interna que me da razones para no mejorar mi situación, pues
es la voz de mi falta de madurez y de mi falta de responsabilidad sobre mi propia
vida y lo que construyo en ella. Ver esto es el camino para poder liberarme.
Mientras que no verlo es agarrarme al sufrimiento.
Despierto reacciones en los demás, según está mi interior, y eso me lleva muchas
veces a auto-confirmarme en mis creencias limitantes. Si me muevo desde la
negatividad despierto “mal rollo” en mi entorno y confirmo mi negatividad.

Es importante, esencial, imprescindible, que haga un trabajo continuado con mi


observación interna para mejorar mi experiencia vital.

Si rechazo lo que juzgo “negativo”, olvido que todo tiene la otra cara de la
moneda. En realidad, estoy hablando de la misma moneda, por ejemplo: mi
capacidad para entregarme al placer es literalmente exacta a mi capacidad para
entregarme al dolor. Si no tolero el dolor tampoco puedo disfrutar el placer.

Esto es aplicable a todas las Polaridades que enfrento. Tengo una gran
capacidad de amar y también la tengo para odiar. Negar la polaridad que juzgo
inadecuada va generando una gran Sombra en mi inconsciente, se trata de la
parte de mí misma que yo rechazo.

Desde la sombra esa parte de mi Ser actúa, y lo hace sin pasar por mi
consciencia, de modo que puedo llegar a generar una cantidad de dolor
inestimable a mí misma y a quienes me rodean sin darme cuenta siquiera.

Esto lo resuelvo devolviéndole el lugar que le corresponde a la parte de mí que


he negado. Para eso necesito aceptar que lo que soy, todo lo que soy, no es ni
bueno ni malo, es así sencillamente.

Y aceptarlo lleva implícito Responsabilizarme de ello; nadie tiene por qué sufrir
el mal trato de mi inconsciencia.
Cuando me muevo desde mi falta de responsabilidad personal puedo fácilmente
culpar a los demás de lo que me pasa y siento. De incomprensión, de abandono,
de mis sufrimientos y de mis problemas.

Aceptar todo lo que soy implica aceptar mis limitaciones y que me hago
responsable de ellas, y ellas necesitan maduración, atención, cuidado y cariño
para sanar. Si me sigo justificando el resto de mis días por hacer las cosas como
las hago, cuando descubro que me dañan o dañan a mi entorno, entonces no
estoy aceptando nada de mi parte, lo que hago es excusarme para seguir
haciendo lo que “me dé la gana” sin asumir el compromiso interno de cuidarme
y desarrollarme.

Y ahí, cómodamente instalada, me puedo pasar el resto de mi vida sufriendo y


provocando el caos en mis relaciones. Esto es una actitud infantil y egoísta, y no
lo digo con ánimo de juzgarlo, sino de denunciarlo para que quién quiera se lo
cuestione. Al fin y al cabo, la realidad que se puede construir desde esa actitud
es lamentable, principalmente para el propio protagonista de esa “comodidad”.

Cuando acepto mi parte “oscura” (que esa parte mía viva en la oscuridad no
significa que sea mala, sino que le falta luz, que no quiero saber que existe)
podré conocerla, y ver cuándo quiere actuar para poder decidir si le doy o no le
doy acción. Ya no estará actuando por cuenta propia, sino que estará siendo
“vista” y “acompañada” por mi mirada.

Si la veo, si me hago responsable, entonces yo puedo decidir. Mientras que


antes, justificándola, estaba atrapada en sus redes y no podía hacer nada.

Lo que rechazo en mí lo proyecto al exterior, de forma que cuando alguien se


permite “eso” que yo tengo prohibido, siento enojo, intolerancia... Esto es una
buena oportunidad de mirar hacia dentro y rescatar lo que es mío.

Si al hacer este ejercicio me juzgo, mi inconsciente no me facilitará el trabajo la


próxima vez, porque no quiere que lo rechace nuevamente.

Lo más cercano a una Realidad más completa es reconocer que soy polar y
ambas polaridades están bien cuando no me identifico con ninguna, pues aquí las
estoy aceptando a ambas. Negar una polaridad es rechazar la mitad de mi
potencial, de mi capacidad, de mi verdad.

Mi verdadero Poder Personal proviene de una buena combinación de mis


polaridades. Integrar en la luz la parte que vivía en sombras me permite disponer
de ella.

Mi poder es algo interno que pasa por respetar mis derechos y asumir mi
responsabilidad sobre mis acciones y las reacciones consecuentes; entendiendo y
aceptando que mi vida es el fruto de la forma en que gestiono: mi mundo interno
y mi capacidad para decidir lo que decido.

Si consiento la invalidación de mi voluntad quedo subyugada a la voluntad


ajena. Ni siquiera puedo ver lo que yo quiero. Por tanto, para curar mi voluntad
es vital mi permiso para ELEGIR CONSCIENTEMENTE cada uno de mis
pasos.

Mi Poder Personal incluye mis extremos y la buena combinación entre ellos.


Aceptarlos y aprender a gestionarlos para alcanzar el punto medio. Poder hacer
esto precisa de mi renuncia a la expectativa de aceptación externa. Cuando me
dejo manejar por la opinión de los demás, me anulo y me robo mi libertad.

Mi lugar en el mundo está en mí. Esté donde sea que yo esté, con quien esté.
Más allá de lo que piensen los demás. Solo en mí, en mi verdad: en mi propia
conexión entre mi mente, mi corazón y mi instinto. En mi congruencia interna.

Sé que carezco de autoestima cuando me trato mal a mí misma. Me trato mal


cuando me desconozco, cuando me juzgo, cuando repito conmigo los errores que
cometieron otros al educarme, cuando no tengo amor en los ojos al mirarme.
Difícilmente podré establecer una relación amorosa y sana con otros si no tengo
autoestima.

En la mirada que me devuelve “el espejo” puedo ver lo que fluye en mi interior.
Si mi contenido es de dolor, resentimiento, traición, miedo, abandono... esto será
lo que se muestre ante mí.

Necesito mirarme a través de mi corazón para verme de verdad. Estar arraigada


en mí misma precisa estar bien enraizada en mi instinto, en mis derechos y en mi
espiritualidad.

Responsabilizarme de mí, implica que yo elijo cada idea que vive en mí, que yo
elijo cada paso que doy y hacia donde lo doy, que ya no me sirve echarle la culpa
a otros de lo que me pasa, porque en mi vida quien decide soy yo. Soy yo quien
se equivoca y soy yo quien tiene el mérito de mis logros. Soy yo quien me
gobierna, mi vida es mía.
Para ser una Persona completa es necesario que me entregue a mi propia
integración. Que disuelva los límites que me separan de mi parte rechazada.

Que me lance al vacío soltando la falsa seguridad que me produce el apego a la


ficción y que me mantiene separada de lo que realmente soy.

Suelto mi personaje principal y todas las actrices secundarias, para Ser mi


verdad, permitiéndome ocupar el espacio que me pertenece.
Hago un salto a la liberación: donde cabe Todo lo que soy.

POLARIDAD: SUMISO /OPRESOR ENTREGA

A través de mi opresor interno me obligo a complacer a los demás. La


frustración y la rabia son tan grandes, al vivir obedeciendo, que entonces se me
atraviesan las demandas externas (que yo convierto en exigencias) de manera
que el NO es mi bandera. Si capto que quieres “tal cosa” de mí, la respuesta es
No.

Mi rebeldía viene a echarme una mano. ¿Con cuál me identifico? ¿Sumisión?,


¿Rebeldía?... Una es causa y consecuencia de la otra.

¿Dónde estoy yo?, ¿qué quiero yo? Si combino bien estas polaridades desde la
desidentificación, podré crear el espacio necesario entre mi exigencia y mi
obediencia, veré que no soy ni lo uno ni lo otro. Que más allá de esas actitudes
está mi propia voluntad, y que al hacerla consciente puedo vivirla. Esto es
entrega para mí.

Hago lo que yo elijo y decido porque es lo que yo quiero hacer, más allá de que
mi respuesta coincida o se aleje de la expectativa de los demás.

Mi entrega es posible cuando sé decir No asertivamente. Cuando sé poner y


respetar mis límites. Cuando sé diferenciar mi voluntad de la ajena y me pongo
de mi parte. No estoy en el mundo para cumplir las expectativas de los demás.

Si me muevo atrapada en la sumisión no sé gestionar mi autoridad interna, he


negado mi derecho a SER, a decidir, a elegir. Sencillamente obedezco. ¿Quién
me obliga a obedecer aquí y ahora? Sin lugar a dudas mi opresor interno.

¿Cómo lo hace? Juzgándome y culpabilizándome al más mínimo interrogante


que yo plantee ante la demanda de aquellos que me sirven de espejo, al exigirme
o al demandarme cierta actitud. Es decir: aquellos frente a los que soy obediente.

Si me someto a ellos no es a ellos realmente a quien me estoy sometiendo sino a


mi parte “dictadora”.

También estaré en la rebeldía permanente, aunque no sepa reconocerlo, si me


muevo desde la sumisión. Habrá una especie de boicot, en este caso saludable
(sobre todo si me hago consciente del juego interno al que estoy jugando) que
me llevará a infringir lo que yo crea que se espera de mí. Puede que solo cuando
nadie me ve, pero el tema es que en ese movimiento rebelde le estoy dando
salida a mi rabia por no SER yo misma frente a esos espejos, o hablando claro,
por no mirar a la cara a esa parte mía “dictadora” para asumir que soy solo yo
quien me exijo el cumplimiento de esas expectativas que he permitido que
coloquen sobre mí.

Si me muevo desde la sumisión, me muevo desde el miedo y me muevo desde la


hipocresía. Es muy simple, no estoy siendo yo misma, no tengo derecho a serlo,
yo me lo estoy negando. Las causas pueden ser múltiples, desde querer ganar a
cualquier precio la sonrisa de los demás, hasta querer facilitarme lo que sea..., la
continuidad de mi empleo (cuando mi espejo dictador es mi jefe), las funciones
que me benefician en la casa donde vivo (cuando el espejo es la pareja, la
persona que se ocupa de mi comida, mi ropa, etc.…). El miedo es a perder eso
que yo considero una ganancia.

Si consigo ver este mecanismo y poner en la balanza el precio que estoy pagando
por conservar las ventajas de mi actitud, entonces podré elegir si quiero seguir
atrapándome ahí, o suelto las ventajas y empiezo a SER yo misma. Siempre está
en mí la última palabra de mis decisiones y de mis elecciones.

Si estoy en la sumisión vivo pendiente de complacer a todo el mundo, de estar


disponible y al servicio para cualquier cosa que se me pida. De ninguna manera
tengo permiso interno para decir que no, o cualquier otra cosa que ponga en tela
de juicio mi indiscutible subyugación, tan carismática a los ojos de los demás.
Esto solo puede ocurrir si me rechazo profundamente, entonces estoy muerta de
hambre de aceptación. Esa hambre me hace vivir suplicando la aceptación de los
demás, al no tener la mía necesito la de los otros una y otra vez, sin darme
cuenta de que mi pozo no tiene fondo. Solo mi propia aceptación me nutriría y
calmaría mi hambre.
Cuanto más busque esa aceptación, ese pseudo-amor, en los demás, más me
alejaré de encontrarlo en mí misma. Si lo busco en los demás estoy caminando
de espaldas y en dirección contraria a la fuente verdadera.

Si tengo la “mala suerte” de sentirme aceptada externamente gracias a mi


sumisión, puedo quedarme ahí atrapada toda la vida confundiendo ese sucedáneo
interesado y mercantil, con el amor y la aceptación que realmente necesito. De
esta forma a través de la sumisión me estaré vendiendo, al cumplir con las
expectativas ajenas al precio de una muestra de cariño, de aprobación.

Sin trampa ni cartón, la cosa es así: me aceptas porque dejo que me manejes a tu
antojo, porque soy un títere en tus manos.

Lo más triste es que esa “aceptación” externa no me llena internamente (porque


no es la mía), y porque, aunque sea inconscientemente, sé que a mí no me están
aceptando en realidad, pues no me conocen, no me he mostrado tal cual soy;
están aceptando al monigote manipulable que les presento delante. No saben
quién soy yo en realidad. Mi vacío sigue hambriento, entonces iré con mi
mecanismo a buscar aceptación en otra parte, con otras personas, en otro
entorno. Repitiendo una y otra vez el mismo error.

Evidentemente, lo mejor que me puede pasar si soy sumisa es que me despierte.


Que me dé cuenta de que lo único que necesito en realidad es conocer mis partes
rechazadas para dejar de negarlas y tener la oportunidad de integrarlas desde la
aceptación como partes propias. Esto equivaldría a colgar el traje de la sumisión
en el armario del camerino, y dejar de interpretar ese personaje, para yo,
integrada, ponerme el mundo por montera.

Ayudaría que me rechacen cuando me presente sumisa, sin embargo, es muy


difícil no caer en la trampa de dejarse deleitar por alguien tan complaciente y
dulce como una persona sumisa. Así que mejor no contar con esa ayuda que
representaría el rechazo externo a mi personaje, mejor que yo personalmente
deje de vender mi alma al primero que pase.

Asumo que soy quien soy. Que siento lo que siento. Que quiero o no quiero, lo
que sea. Me respeto y me permito. Me doy permiso para sentir lo que sea que
esté sintiendo. Y por encima de todo, me doy permiso para no gustarte.

Y ahora que sé que no te necesito es el momento de saber si te amo o no te amo,


o qué es lo que siento hacia ti. Mientras no haga esto no podré diferenciar entre
mi necesidad de tu aprobación y aceptación, y mi capacidad para amarte. La
necesidad es un tipo de alcohol que emborracha al corazón, y el corazón
borracho no sabe qué quiere, ni dónde está, ni con quién.

Despierta, consciente. Mientras no llegue a este punto, por muy hermosos que
sean mis sueños, se quedarán en el País de Nunca Jamás.
En este momento de mi vida, estoy poniendo una gran parte de mi energía en el
tema de la Aceptación.

Cuando me doy cuenta de que hay momentos en que me lleno de angustia, o me


desespero con algo, la cosa tiene que ver con una pelea interna mía; una pelea
que, a veces, se me pasa inadvertida.

A veces me angustia tomar decisiones importantes en relación a algo que afecta


a mi mundo emocional o a mi mundo laboral.
Puedo verme atrapada entre dos direcciones, o más de dos, y la angustia aparece
porque no tengo claro qué camino seguir.

Hay una parte de mí que quiere algo, y hay otra parte de mí que pone trabas.
Cuando estoy en la angustia he de mirar esas partes mías para llegar a resolver.

Necesito encontrar mis desacuerdos internos para poner orden. Existen una serie
de condicionantes que hacen que lo que yo deseo yo misma

lo cuestione. Hay una experiencia de vida tras ese cuestionamiento, o bien, hay
una serie de información (que puede ser fruto de mi experiencia personal, o no, o
puedo haberla aprendido de otros) que me hace dudar frente a la decisión.
En cualquier caso, mientras dura el desacuerdo yo estoy en la angustia.

Necesito confrontar esas partes mías para que lleguen a una decisión. Y para
poder confrontarlas primero necesito localizarlas, verlas, darme cuenta.

A veces he deseado cosas, situaciones o personas en mi vida que después me


daba cuenta de que me hacían daño; entonces, poder hacer este ejercicio de
confrontar mis partes, me ayuda.

La parte de mí que me está creando el conflicto es una parte aprendida, no es


mía de forma natural, sino que yo la hice mía al tomarla de otros. De tanto oírla,
de tanto verla. Esa parte puede estar equivocada. Necesito cuestionarla.
Es como una grabación que repite en mi mente lo que diría de mí..., tal persona
(quien sea: mi madre, mi padre, mi maestro, etc.)

En realidad, estoy deteniendo mi impulso natural, mi deseo…, porque dentro de


mí existe el mensaje de que eso que yo quiero está mal. ¿Pero está mal de
verdad?, ¿yo pienso igual que aquella persona?, ¿o quizá no? Si no localizo el
conflicto y confronto mis partes internas nunca lo sabré.

Para mí la aceptación tiene mucho que ver con poder separar lo que es “mi
verdad” de “la verdad de los demás”, porque solo haciendo esto podré elegir en
primera persona. Mientras que, si no lo hago, es muy posible que acabe
obedeciendo (como aprendí a hacer de niña), unas órdenes, o prohibiciones, que
no he decidido yo. O lo que es lo mismo, es muy posible que acabe haciendo
todo lo contario de lo que se espera de mí, porque desde mi parte rebelde me
niego a obedecer. Sin darme cuenta de que cuando hago eso tampoco elijo lo que
quiero yo sino lo contrario de lo que quieren los demás, que en este caso podría
coincidir con mi deseo.

Necesito aceptar en primer lugar que tengo un dilema, un conflicto, y que me


siento bloqueada si no hago algo para deshacer ese nudo.

Necesito aceptar también que el conflicto es entre mi pulsión natural y una parte
que desde dentro de mí se opone. Si al confrontar esas partes veo que no estoy
de acuerdo con el mensaje de oposición, puedo tirar para delante mi proyecto.
Y si observo que realmente esa oposición a mi deseo tiene mucho peso y es un
peso con el que estoy de acuerdo, entonces puedo decidir otro camino.

Voy a poner un ejemplo:

Me gustan mucho las rosas. Imaginemos que veo una rosa y la quiero. Mi
pulsión natural me lleva hacia ella. Hay algo que me detiene. Entro en duda, no
sé si cogerla o dejarla, y tampoco sé bien qué está pasando, solo que la situación
de repente me supone un problema.

Al poner mis partes una frente a la otra, veo que por un lado está mi deseo de
llevarme la rosa, y por otro lado la voz que me dice que no. Esta voz tiene unas
razones muy claras: las rosas en el tallo tienen pinchos, al coger la rosa me
puedo rasgar la piel, acabaré sangrando y no quiero hacerme daño.

Mi deseo no entiende de espinas, y mi protección no entiende de deseos.


Necesito negociar.

En este caso estoy de acuerdo con la voz opositora, e incluso así decido que
asumo el riesgo de lastimarme con esas espinas, voy a tener todo el cuidado que
pueda al cogerla. La voy a coger. Es mi decisión. Se acabó el conflicto.

También podría haber pasado que decidiera dejar la flor donde está y
conformarme con verla, sin tocarla, sin llevármela, porque en ese momento no
quisiera asumir ningún riesgo. Y esto también sería válido porque estaría
eligiendo por mí misma, tras escuchar a mis partes contradictorias.

El problema es, cuando frente a la flor, no sé qué pasa: la quiero, pero no voy a
por ella y no sé por qué, no sé qué me detiene, no sé qué hacer, y no hago nada
para saberlo. En algún momento iré o me daré la vuelta, y no sabré cómo es que
estoy haciendo lo que estoy haciendo. Cómo es que esa flor me ha detenido, me
ha paralizado, me ha llenado de angustia.

¿Cuántas flores me estoy perdiendo en mi vida al no darme cuenta de lo que me


está pasando internamente? El nivel de angustia en el que puedo entrar solo me
indica el nivel de confusión interna con el que vivo. Es ni más ni menos que falta
de luz, de claridad.
La luz siempre acaba iluminando la verdad. Al menos esa es mi fe. O al menos
es así para mí porque, en algún momento de mi vida, decidí que la oscuridad y la
mentira me hacen demasiado daño, tanto que no quiero soportarlo.

Cuando consigo diferenciar mis posiciones internas tengo la posibilidad de


elegir. Puedo mirar ambas partes con los ojos de mi corazón: todo en mí intenta
ayudarme a construir una vida hermosa. Son distintas posturas que apuestan por
su verdad.

La auténtica verdad suele tener un poco de cada posición. Si me pongo rebelde


no me estoy escuchando, si me pongo sumisa tampoco. Solo puedo escucharme
si me pongo amorosa con lo que siento, veo y escucho en mí. Porque solo ese
amor me da la paciencia y la voluntad para elaborar el tema.

De lo contrario me moveré por la vida con mi Ser hecho pedazos. Fragmentada


entre mi mente, mi corazón y mi pulsión. Rota. Intentado sobrevivir en una vida
que no acaba de tener sentido. Es así: mi vida, cuando yo me falto dentro, deja
de tener sentido.
Y puede ser incalculablemente hermosa. Es tan bonita como luz tenga para
iluminarla. Puedo iluminar mi vida tanto como sea capaz de llenar de luz mi
propio mundo interno.

La verdad solo puede ser descubierta cuando se enciende la luz. Todos los que
elegimos el camino de buscar hacia dentro, realmente merecemos vivir sin
mentiras. El sentido de la vida, al menos para mí, lo da el Amor, y el Amor es
algo demasiado hermoso, demasiado precioso para existir lejos de la verdad.

Solo conozco una forma de Amor, y es posible cuando el Ser Humano se


desnuda para vivir, amar y entregarse, sin mentiras. Y eso es lo mismo que
recoger todos los pedazos rechazados en mi interior y volver a integrarlos en mi
alma y en mi Ser. Porque son míos y me pertenecen. Eso es así al margen de que
puedan gustarle, o no, al resto del mundo. Son míos. Soy yo.

Cuando acepto que soy quien soy y dejo de pelear por ser lo que otros quieren
que sea, estoy en la verdad. Entonces mi vida es hermosa, es auténtica. Lo soy
yo, y eso hace que lo sea mi mundo, mi trabajo, mis relaciones… Al renunciar a
vivir engañada hay cosas, situaciones y personas, que ya no caben en mi vida. Si
camino sobre mi verdad lo que construyo en mi vida también es verdad, y lo que
no es verdad va quedando atrás, porque hemos elegido caminos diferentes.
DIDI, LA MARIONETA

Esta es la historia de una hermosa Marioneta. Había pasado toda la vida


actuando de teatro en teatro, de circo en circo, de función en función….

Tenía hilos transparentes que tiraban de sus manos, sus pies, su cabeza..., y que
iban a parar a unas tablillas desde donde quien quisiera podía darle el
movimiento deseado con un simple gesto.

Con forma humana, su rostro mostraba una amplia sonrisa, siempre dispuesta
para quien quisiera compartirla. Su mirada penetrante en cambio, delataba
miedo, rabia y una profunda y escondida tristeza. Un desencanto. Un sueño roto.

Alguien le puso el nombre de Didi, y aunque había cambiado de dueños varias


veces en su vida, el nombre no se lo cambiaron nunca. En cambio, sus ropas se
las alternaban casi a diario, en relación a lo que tocara escenificar cada vez: tan
pronto le ponían harapos desaliñados para interpretar la indigencia, que le ponían
trajes caros y corbatas ajustadas para parecer alguien importante.

Didi conoció a Rosqui por casualidad. Una noche, fuera del escenario. Rosqui
había aparecido, no se sabe bien para qué, en aquella carpa llena de marionetas,
que hacían tanto ruido, hablaban y hablaban y no decían nada, como si solo
supieran hacer ruido sin sentido. Sin embargo, parecía que todos eran felices,
que estaban encantados de estar allí aquella noche. Y viendo a Didi tan callado
decidió hablarle, intuyendo que si decía algo quizá sería interesante escucharle.
Así fue, Didi y Rosqui estuvieron horas hablando, se cayeron muy bien y se
hicieron amigos.

Mientras todas las marionetas seguían haciendo ruido y más ruido, Didi y
Rosqui decidieron ir a dar un paseo, para seguir conversando un poco más. Didi
pidió a Rosqui que le ayudara a caminar moviendo sus hilos, y Rosqui aceptó
hacerlo durante su excursión.
A Didi le fascinaba una cosa de Rosqui. Esta tenía agujeros en las manos, en los
pies y en la cabeza, igual que él, pero a diferencia suya no había hilos que tiraran
de ella.

- ¿Por qué tú no tienes hilos que te muevan como yo, Rosqui? Rosqui miró las
manos, los pies de Didi, después se miró a sí misma, volvió a mirarle a él a los
ojos y contestó:

- Decidí soltarme, los corté.


- ¡Oh, qué dolor!

La expresión de Didi había cambiado, su sonrisa seguía imperturbable, pero sus


ojos ahora denotaban horror.
Rosqui continuó explicando:
- Bueno, todo tiene un precio..., es cierto, sin embargo, a mí me dolía más aún
sentirme manejada, a capricho de cualquiera.
Didi se sintió asombrado. Sentía una mezcla de admiración y envidia. Continuó
interrogando:

- Y… ¿cómo consigues sobrevivir sin esas manos que nos dan movimiento, que
llenan de sentido nuestros días, nos visten, nos pasean, nos muestran, nos
guardan…?

Rosqui esbozó una enorme sonrisa y mirando a Didi a los ojos fijamente le dijo:

- Al cortar mis hilos descubrí mi propio movimiento, que es mucho más bello
que el que puedan imponerme los demás. ¿Sabes Didi?, yo puedo elegir hacia
dónde voy, lo que quiero hacer y cómo lo hago, cuándo me expongo y cuándo
me retiro, con qué ropa quiero vestirme o si quiero pasear, cuándo me acuesto y
cuándo me levanto…. Y si tú quieres también puedes hacerlo. Pruébalo ahora,
mueve tus brazos, mira, así: levanta este y baja el otro, ¿ves?, así, venga,
prueba tú…

Didi comenzó un lento movimiento, por primera vez en toda su vida lo estaba
haciendo, se estaba moviendo por sí mismo. Le gustaba, era impresionante.

En ese momento apareció en escena la actual dueña de Didi, hacía más de veinte
de años que ella era su poseedora; le prometió en su día que, si hacía todo lo que
ella quisiera, tal y como ella ordenara, le daría amor. En cambio, si osaba
desobedecerle se lo quitaría todo, su amor y el amor de los suyos. Y Didi aceptó
obedecer, a cambio de tan sabroso plato: amor.

Al ver que su Marioneta estaba moviendo los brazos por sí misma, la dueña se
enfureció, y dándole un manotazo lo estampó contra el suelo, empezó a
amenazarlo con robarle el amor de su familia, de sus amigos, de todos…
- ¡Maldita Marioneta!, ¿pero quién te crees que eres para mover los brazos sin
mi permiso? Te vas a enterar, conseguiré que te odien todos. Te voy a difamar,
les voy a decir que me has robado, que me has utilizado, que eres un estafador…

La mujer se alejó unos pasos mientras le gritaba, y le gritaba a Didi que, muy
afectado, miró a Rosqui, lleno de reproches:

- Por tu culpa no me van a querer como me han querido hasta hoy. Por tu culpa
voy a perder todo lo que tengo. Mientras he obedecido ciegamente todo me ha
ido bien, hasta ella me daba su cariño, aunque fuera muy de vez en cuando.
Ahora ya no me va a querer nunca más, ni tampoco mi familia, mis amigos… Lo
voy a perder todo por tu culpa. ¿Para qué te habré hecho caso?, ¿no lo ves?, es
mejor que me mueva ella.

Rosqui miró a Didi conmovida y casi sin fuerzas le dijo:

- Didi, no dije que fuera fácil. Es cierto, cuando dejas de ser una Marioneta,
aquellos que solo te querían para manejarte a su antojo, pierden su interés en ti.
Todo tiene un precio. Puedes elegir: ser una Marioneta el resto de tu vida, o
pagar el precio de tu libertad. La elección es tuya.

A partir de ese momento Didi perdió un poco de confianza en Rosqui, sin


embargo, en la oscuridad y cuando nadie podía verlo, a escondidas y en secreto,
movía sus brazos sigilosamente, para no ser descubierto. Hacía creer a su dueña
y a todos los demás que seguía siendo la Marioneta de siempre, esa era su forma
de asegurarse de que no dejarían de quererle. Pero había descubierto un
movimiento propio que no podía ignorar. El deseo era más fuerte que todas las
razones de su mente.

Mientras tanto su dueña, enfadada por el atrevimiento de Didi, le había


traspasado su propiedad a una nueva ama, después de desprestigiarle y
calumniarle en su entorno cercano. La nueva dueña de Didi era tan, o más,
exigente que la anterior.

Nada impidió que Didi siguiera viéndose con Rosqui, aunque temía que ella le
perjudicara en sus relaciones, las ganas de aprender a moverse un poco más eran
muy fuertes.

Rosqui invitó a Didi a mover sus piernas, sus pies, le mostró cómo hacerlo, le
explicó la cantidad de posibilidades que eso tenía:
- Podrás ir a donde quieras, por el camino que elijas. No necesitarás que te
lleven y te traigan a donde quieran ellos.

Didi decidió probar, dobló una rodilla, luego la otra, después las estiró e hizo lo
mismo con sus tobillos, con los dedos de sus pies…. Era increíble, en pocos
minutos descubrió que podía caminar, luego que podía saltar, bailar…

La nueva ama de Didi apareció por sorpresa, y tal como hiciera la otra, la
emprendió a patadas con la Marioneta.

- Te prometí riquezas si hacías lo que yo dijera, tal como yo quisiera, tendrías


que estar disponible para cumplir mis deseos veinticuatro horas al día,
trescientos sesenta y cinco días al año. No podrías tener vida, ni relaciones, ni
amigos, ni parejas, ni nada. Tendrías que vivir por y para mis caprichos.

Y a cambio yo te daría riquezas, algún día. Tú aceptaste. Solo puedes moverte


cuando y como yo quiera ¿quién te crees que eres, maldita Marioneta?

Esta vez, y presa del pánico, por si volvía a pasar lo mismo de antaño con su
anterior dueña, Didi se tiró al suelo y se agarró con fuerza a los pies de su nueva
ama, dejando que esta lo pisoteara y lo arrastrara por el suelo al caminar, sin
soltarse, llorando, suplicando, implorando:

- No me dejes ama, por favor, no me dejes. Te seguiré a donde tú quieras, haré lo


que tú me mandes. Lo dejaré todo, todo, por ti. Incluso dejaré de relacionarme
con Rosqui. Lo juro. No me dejes. Golpéame, explótame, escúpeme, hazme lo
que quieras, pero no me dejes tú también.

Cuando Rosqui vio esta escena empezó a temblar, miró a Didi con compasión y
luego guardó silencio sabiendo que Didi no quería ser libre. Se quedó
observando qué haría éste cuando su ama se despistara. Y lo vio. Didi, en la
oscuridad, cuando nadie podía verlo, seguía moviéndose, en secreto, como si
estuviera haciendo algo malo, muy malo.

Didi se creía muy listo, pensaba para sus adentros que, así como Rosqui había
perdido lo que recibía de sus amos al cortar sus hilos, él no los cortaría, les
dejaría creer a todos que seguía siendo una Marioneta, y cuando nadie pudiera
verlo, se movería como él quisiera. Sin necesidad de pagar ningún precio. Podía
tenerlo todo: libertad, amor, las riquezas prometidas y las comodidades de su
vida conocida donde todo lo hacían por él: vestirle, moverle… Sería libre en
secreto.

Mientras se movía escondido, elucubrando todas estas cosas, de pronto se sintió


sorprendido por Rosqui. Al darse cuenta de que ella había descubierto sus
astutos planes se enfureció y empezó a gritarle, a insultarla y a ofenderla:

- Vete a la mierda, déjame en paz, yo no quiero compartir nada contigo, tu no


pintas nada en mi vida….
- ¿Pero qué te pasa Didi?, ¿cómo es que arremetes contra mí de esa forma, si lo
único que hice fue mostrarte que podías elegir?

Didi repitió más fuerte aún:


- Vete a la mierda, déjame en paz, yo no quiero compartir nada contigo, tu no
pintas nada en mi vida….

- Pero Didi, si yo no te he hecho nada, solo quise mostrarte que podías ser libre,
me habría gustado mucho que eligieras tu libertad para que pudiéramos
caminar juntos, pero tú puedes elegir lo que tú quieras. Si eliges esto yo me iré
de tu vida, y ya está. ¿Por qué me gritas, por qué me agredes?

- Vete a la mierda, déjame en paz, yo no quiero compartir nada contigo, tu no


pintas nada en mi vida….
Por fin Rosqui se dio cuenta de que Didi no quería escucharla, y mirándolo a los
ojos, con todo el dolor de su corazón, le dijo:

- Solo te engañas a ti mismo Didi, no es posible ser Marioneta y a la vez ser


libre. Si juegas a ser Marioneta todo lo que te den estará condicionado a tu
esclavitud. Para ser libre es necesario asumir que aquello que necesites tendrás
que conseguirlo por ti mismo, nadie te lo va a regalar porque habrás dejado de
pertenecerles, tú serás tú único dueño, ¿entiendes? No puedes ser libre y esclavo
a la vez.

El desprecio y la furia que emanaban de los ojos de Didi fue la única respuesta.
Rosqui dejó caer sus lágrimas y se fue para siempre de la vida de Didi,
diciéndole:

- Adiós Didi. Ojalá tu próxima puesta en escena sea de tu agrado, ojalá las
próximas manos que te muevan lo hagan con ternura. Ya que eliges seguir
siendo Marioneta te deseo que disfrutes tu función.
Y así fue como Rosqui abandonó aquel lugar. Mientras caminaba en dirección a
su propio destino, podía oír a sus espaldas el eco de los aplausos de todas
aquellas Marionetas amigas de Didi que habían quedado en la carpa con él, y
que agradecían la decisión de este, de quedarse con ellas y seguir vendiendo su
espectáculo del mismo modo que había hecho siempre, del mismo modo que
ellas. Entre tanto aplauso y ovación se podía distinguir la voz de Didi cargada de
vehemencia gritando:

- ¿Ves?, todos están de mi parte. Eres tú quien se equivoca. Cuando yo obedezco


ellos me aplauden a mí, cuando yo me dejo manejar ellos me quieren. ¿Quién te
aplaude a ti?, ¿eh?, ¿quién te quiere a ti? Vete a la mierda loca impetuosa.
¿Pero quién te crees que eres? Vete a la mierda LOCA.
EL DOLOR DEL VACÍO
Qué felicidad la de todos los amantes que tienen la dicha de celebrar su unión, su
amor, su ilusión y su gratitud por estar y compartir juntos este camino que es la
vida. Un camino lleno de posibilidades, de proyectos, de sensaciones, y de
momentos felices y difíciles que, sin ninguna duda, es más hermoso si se camina
en buena compañía.

También puede haber felicidad para quienes no tengan a su pareja cerca, o no


tengan una relación que merezca ser celebrada, pues se puede amar todo en esta
vida: la propia vida que está llena de posibilidades, el amor que nutre al corazón,
el proceso personal que permite maduración y expansión, los animales que
regalan generosidad y humildad, el trabajo que propicia un sentido profundo, los
hijos fruto de nuestra creación, la familia de origen y de elección, los amigos
alegría y sustancia del cada día…., lo que cada uno sienta que es hermoso. Yo
celebro la felicidad por estar viva y tener la oportunidad de Amar.

Lo importante, lo realmente importante es Amar, sea donde sea que esté


poniendo mi amor.

Porque el amor es una sustancia igual de valiosa cuando lo siento, sea quien sea
el depositario. La mayor fortuna es mía cuando estoy en contacto con la fuerza
de mi corazón y con la plenitud que me completa desde dentro cuando amo.

El Dolor del Vacío necesito enlazarlo con el amor y el des-amor, porque para mí
está totalmente relacionado.

Donde está mi vacío me está faltando algo, y ese algo me está faltando por una
ausencia de amor.
El desamor hacia mí misma y hacia las partes de mi Ser que han sido rechazadas,
ha generado ese vacío con mi propia ausencia.

Cuando yo era adolescente trataba de llenar ese vacío enamorándome; cada


nuevo candidato a príncipe azul era una promesa de llenar los agujeros de mi
alma con su deslumbrante sonrisa. En algún momento me di cuenta de que por
más príncipes que pasaran por mi vida, la ausencia de mi Ser seguía vacía y mi
dolor seguía intacto, incluso se ampliaba, con cada decepción. Porque la
desilusión de tener al candidato al lado y seguir sintiendo el vacío, es aplastante.

Intuitivamente seguí buscando en las redes de lo que yo confundía entonces con


amor (enamorarme) la forma de calmar mi hambre, mi sed, mi dolor. Pero
ninguno de todos los príncipes, de los que me enamoré a lo largo de mi vida,
pudo llenar ese vacío que, traspasando mi interior, es imposible llenar con algo
externo.

He buscado eso que llenara mi vacío en tantos proyectos, en tantas personas, en


tantas fantasías…, todos estos intentos los he vivido y mi objetivo nunca se
cumplió de esa manera.

Cuando veo a una persona sustituyendo a una pareja por otra compulsivamente,
no deja de recordarme a mi propia adolescencia, mi propia pérdida, mi propia
confusión. Y no deja de conectarme con el dolor de mi propio “darme cuenta” de
cómo y cuánto he quemado mi vida, gastando mi energía en correr en dirección a
la ilusión, en vez de correr en dirección a mi propio corazón. De cuántas
víctimas he dejado en el camino, mal heridas, con sus propias ilusiones hechas
pedazos, al darme cuenta yo de que mi ausencia seguía vacía, al darme la vuelta
y ponerme a caminar en dirección a cualquier otro lugar, buscando “eso” de
persona en persona, de proyecto en proyecto, de alucinación en alucinación.

Lo que yo necesito, lo que he buscado toda mi vida, son las partes de mí que yo
misma he rechazado. Aquél que se las permite, que las tiene a la vista, me atrae
como un imán (desde el deseo o desde el rechazo), porque me está mostrando en
su espejo divino el ingrediente que busco. Pero aquello es suyo, yo no puedo
meterlo en mi vacío para llenarme, yo necesito encontrar “eso mismo” en mí, en
el lugar de mí en el que lo escondí cuando lo negué.

Lo único que yo necesito para llenar mi vacío es SER yo misma. Tratar de llenar
el vacío de otras formas, enamorándome o cualquier otra cosa, no es más que un
sinónimo de pérdida y un intento frustrante y frustrado de negar el dolor de ese
vacío.

Mi negación del dolor es mi negación de la Realidad. De aquellas partes de una


verdad que existen y no me atrevo a mirar, porque no me siento capaz de
sobrevivir al latigazo interior que representa ese sentir, tal cual, lo que es.

Lo más doloroso, no me cabe duda, es vivir interpretando ser alguien que no soy.
Es vivir “poseída” por mi personalidad, por mi máscara, por mi personaje. Pues
eso implica vivir sin mí, sin ser yo misma, con el vacío y la soledad de no
tenerme. Y aunque lo sé, no me resulta tan fácil la diferenciación constante entre
quien soy y quien juego a ser.

Voy a poner un ejemplo de cómo mi personaje y mi persona se trasponen en una


situación dolorosa.

Cuando me siento no correspondida, traicionada, despechada o abandonada por


alguien que para mí es importante, y lejos de mostrar mi dolor y mi
vulnerabilidad, me subo al caballo de la furia para mostrarme dura, fuerte,
intocable.

Algo dentro mío grita: sí hombre, encima de que “¿me haces daño?”, (esto me
duele tanto) te voy a dar el gusto de verme herida, de ver mi dolor. Como si el
otro disfrutara al verme dañada.

Cuando lo más probable es que ese otro no sea consciente de hasta qué punto me
está doliendo lo que está pasando, hasta qué punto yo estoy implicada, o hasta
que punto mi sensibilidad actúa.

Porque todos no sentimos de la misma forma, quizá ese otro en mí misma


situación sentiría las cosas de otra forma.

Con mi actitud de “no me afecta, paso de ti”, lo que estoy haciendo en realidad
es reforzar esa inconsciencia en el otro. Que, por otra, parte si supiera de mi
dolor, tendría alguna posibilidad de recapacitar sobre su actitud, o sobre su
propia inconsciencia, si es que la hay.

En situaciones de este tipo veo que mientras mi SER está en el dolor, mi


personaje se maquilla una enorme sonrisa rabiosa, que disimula y convierte en lo
que no es mi experiencia real.

Veo que mi dolor queda escondido, taponado, oculto; como si fuera algo indigno
sentir dolor ante una situación donde “¿la vida me golpea?”, (yo me siento
golpeada).

Por tanto, a ese dolor que me produce la situación en sí, he de sumar el dolor de
mi propio auto-rechazo. Porque esconder mi sentimiento real es rechazarlo, es
ocultarlo, es enviar a mi interior un mensaje que descalifica o juzga, avergüenza
y recluye a una parte de mí, que resulta ser la más hermosa de cuánto soy: mi
capacidad de sentir.

Esa parte de mí es la única que tiene el poder para sembrar luz en el mundo. Si
yo, en vez de maquillarme una sonrisa, muestro mi dolor, el otro tiene la
oportunidad de comprobar las consecuencias de su actitud. No se trata de
culpabilizarle, solo de no maquillar la realidad. No se trata de hacer, ni decir,
nada en concreto ni con ninguna intención, solo de ser yo misma y que el otro
vea la verdad en lugar de una sonrisa de acuarela.

Al revés pasa exactamente lo mismo, cuando una actitud mía despierta el dolor
de alguien, si ese alguien me hace el gran regalo de mostrarse ante mí tal cual, de
dejarme ver su dolor, yo puedo cuestionarme, darme cuenta de algo mío. Pero si
ese alguien se oculta tras una máscara de arrogancia, dejándome creer que no le
afecta en lo más mínimo, que no le importa en absoluto mi actitud ni mis
acciones, entonces yo me voy con mi ignorancia a seguir dando palos de ciego
por donde sea que vaya.

Mi personaje es muy predecible: cuando la dañada soy yo, lo que hace mi


carácter es convertirme, bien en una hipócrita interpretando un desparrame de
pasotismo, o bien en una fiera revestida de rabia y de indolencia. Mi verdad es
sencilla: esto me duele. Mi personaje se complica demasiado: verás mi ira,
pero no verás mi llanto.

¡Qué absurdo mi personaje!: consigue poner al otro a la defensiva, refuerza su


actitud. Y de ninguna manera le posibilita despertar a algo.
La ira despierta ira, no comprensión. Mientras que el dolor despierta
consciencia.

Ante el dolor yo despierto de mis sueños, por muy profundos que sean. Y esa es
la única manera de ver y vivir en la realidad. No es lo mismo dolor que
sufrimiento.

Actuar sin sopesar las consecuencias de mis actos, dejarme gobernar por mis
impulsos y deseos sin medir el alcance que van a tener en los demás y en mí
misma, esto es un claro indicio de estar dormida, soñando, siendo inconsciente.

Ser una soñadora puede estar muy bien si soy consciente de mi sueño y le doy
una salida creativa. Por ejemplo: sueño con una situación profesional
determinada, y convierto mi sueño en un proyecto, me pongo a construirlo; esto
es creatividad, me doy la posibilidad de hacer realidad algo que soñé.

Pero ser una soñadora puede ser nefasto si al soñar no me doy cuenta de que
estoy soñando. Porque entonces uso mis sueños para atrapar a otros en esa red.
Porque los sueños son eso: sueños, redes. No son verdad. Me alejan de vivir la
Realidad.
Si me muevo desde aquí, lleno mi vacío de sueños, quizá justamente para no
sentir el dolor de ese vacío. Entonces es muy probable que vaya atrapando en
esos sueños a todo aquél con quien me relacione. Si estoy dormida no me doy
cuenta de que soy la primera atrapada en mi propia red.

La única falsa ventaja que tiene vivir dormida, vivir soñando sin saber que
estoy ahí atrapada, es evitar la Responsabilidad que conlleva asumir la Realidad.

Hasta que no reciba un golpe lo suficientemente doloroso en mi vida, o bien


hasta que no haya alguien que me muestre cuánto le ha dañado mi engaño (el
sueño es un engaño, no es real, no es verdad, todo lo que pasa en un sueño es
ficción) no me planteo la posibilidad de despertar. El dolor me despierta, el dolor
me hace consciente porque me pone en contacto con lo más profundo que hay en
mí, dónde solo cabe lo importante: la verdad.

Bien, pues hasta que no haya alguien que me muestre ese dolor no me daré
cuenta de que cuando elijo no sentir mi dolor y mi vacío, ese dolor que yo
rechazo le rebota en la cara a quién se relacione conmigo, le golpea en su
confianza, en su entrega, en su compartir conmigo.

En algún momento pasará algo que pondrá en evidencia que el soñador está
soñando, y que está muy lejos de la realidad. Y la otra parte se va a sentir
engañada, traicionada. Se va a dar cuenta de que el soñador en realidad no está.
No está despierto, no está consciente; todo cuanto dice y hace forma parte de la
mentira de su sueño. No es real. Este es el dolor que le rebota al otro, el de
comprender que ha sido estafado por un estado ilusorio.

¿Me dejaría atrapar en el sueño de otro si estoy despierta? Yo creo que no. Sigo
confiando en la ley del espejo universal, incluso aquí.

¿Es posible que la vida me haya puesto en el centro de un sueño ajeno, que para
mí ha acabado siendo una pesadilla, justo en un intento de ayudarme a despertar?
Yo creo que sí. Por esto es que desde aquí agradezco de todo corazón a cada Ser
dormido que se cruzó en mi vida dándome la oportunidad de conectar con mi
dolor, y dándome la oportunidad de despertar para pasar a formar parte de la
vida real.

Si vivo atrapada en el mundo de los personajes que dan forma a mi personalidad,


vivo atrapada en el mundo de los sueños. Niego mi realidad, que soy quien soy y
siento lo que siento.
Aceptar mi realidad es aceptar ese vacío interior y ese dolor de darme cuenta de
que me falto a mí misma, no me tengo. Es darme cuenta de que mi interpretación
teatral es quien llena falsamente mi vacío de no ser quien soy. Son mis
personajes, mi carácter, mi máscara, mi neurosis, mi mentira, los que están
viviendo mi vida, no yo. Esto es despertar del sueño. Esta es la realidad que
necesito aceptar. La única manera que conozco de empezar a buscar, en el lugar
adecuado, lo que necesito encontrar para que mi vacío deje de estar tan vacío.
Solo puede ocurrir si lo lleno de mí misma, de lo que soy y no de lo que juego a
ser.
Porque si elijo seguir dormida y seguir soñando, estoy llenándome con mentiras
y, si nunca despierto, todo en mi vida serán mentiras, y todos cuantos se
relacionen conmigo lo estarán haciendo con mi mentira, no conmigo en realidad.

Si vivo atrapada en un sueño, todos mis semejantes son personajes de ese sueño,
no personas reales. Y mi vida será completamente egoica; los personajes no
tienen derechos, no necesitan ser respetados, ni tenidos en cuenta, porque son
irreales. En el mundo de los sueños todo son personajes, los demás y yo misma.
Nadie sale ganando.

Si vivo atrapada en un sueño, me relaciono con objetos, no con sujetos. Y me


creo en el derecho de usar esos objetos a mi antojo y conveniencia, incluso a mí
misma que soy un objeto más en los mundos de Morfeo.

Si despierto de mi sueño me relaciono con personas, tan personas como yo. Y


como estoy despierta y soy consciente de que somos personas, me tengo en
cuenta, me valoro y me respeto, las tengo en cuenta, las valoro, las respeto. En la
misma medida que somos personas todos, con todos, los demás y yo misma, seré
igualmente respetuosa, amorosa, comprensiva, y justa. Estar despierta es ser
consciente, y la consciencia es un tamiz que filtra, no permite que pase según
qué.

Esta despierta, ser consciente, es la única forma de aceptar mi vacío, de quitarles


el trono a los personajes inventados que dan forma a mi carácter. Para ocupar yo
misma mi lugar legítimo. Es la única oportunidad de ponerme en marcha para
rescatar las partes de quien soy que están desterradas.

Es un círculo: esas partes propias y legítimas, al ser destituidas generan un vacío,


y ese vacío es el agujero que me queda dentro cuando me arranco un pedazo de
mí misma.
Cuantos más pedazos de mí haya arrancado, más grande es mi vacío, más
insoportable mi dolor. Cuanto mayor es la renuncia que yo haya hecho de mí
misma, de ser quien soy en realidad, mayor será el diámetro de mi vacío. Sea
como sea, ese vacío necesita ser llenado de lo único que lo puede llenar, aquello
que estaba de manera original, aquello que fue arrancado. Nada más puede llenar
ese vacío. Llenarlo de sueños es llenarlo de mentiras y, como son mentiras, el
vacío sigue vacío por más sueños que meta en ese agujero.

En cambio, si voy a la búsqueda de esas partes de mí que fui al nacer, y que


aprendí a negar mientras crecía; esas partes de mí que yo acabé rechazando igual
que las rechazaba mi entorno, en un intento de ser como ellos querían que fuera
para que me “aceptaran”, si voy las podré recuperar y devolverlas a su lugar.
Necesito mirarlas sin juzgarlas. Mirarlas con el amor de mi corazón.

Son las piezas de mi puzle, ninguna otra cosa puede encajar en ese lugar, porque
es su lugar, a su medida, no a la medida de ninguna otra cosa. Y porque ese lugar
les corresponde. Me corresponde. Si intento llenar mi lugar con cualquier otra
cosa que no sea yo misma, el intento es un fracaso garantizado.

Esto es para mí SER, esto es para mí Completud. Eso con lo que nací, eso que
soy. Volver a ser quien soy y dejar de jugar a ser otra cosa.

Sentir lo que siento sin maquillaje ni modelaje. No hay ninguna necesidad de


corregir algo que por Naturaleza es perfecto, pues en cada corrección lo
desvirtúo y lo destruyo.

Ninguna ciudad, por altos y brillantes que sean sus edificios podrá igualar jamás
la belleza de la naturaleza pura. Porque en la naturaleza brota la vida, mientras
que en las ciudades solo hay asfalto, hojalata y contaminación.

Mi personaje es la ciudad. Mi SER es la Naturaleza. Si me identifico con la


ciudad vivo de forma artificial, en un mundo sintético con luces de Neón. Si me
identifico con la Naturaleza vivo en mi esencia, en mi verdad, en mi SER, con la
luz del Sol.

Finalmente, yo construí a mis personajes, yo les di la vida. Lo único que necesito


es reconocer todas y cada una de mis partes, y dejar de vivir negando su
compatibilidad.

Amar es algo que solo puedo hacer desde el contacto con mi SER. Amar implica
un alto grado de consciencia y aceptación. No me sería posible ver y aceptar en
el otro aquello que no quiero ver ni aceptar en mí.
LAS 4 CABAÑAS

Siendo niños, cada uno de ellos, Pedro, Judith, Javier y Lucía, estaban en mitad
de un bosque, participando en un concurso infantil.

Cada uno de ellos debía construir su propia cabaña. Al finalizar se haría una
valoración y cada niño obtendría un premio diferente a los demás y proporcional
al resultado obtenido.
Las normas del concurso eran que cada uno debía buscar para sí mismo los
elementos y materiales que necesitara, partiendo de cero. Ninguna de las cabañas
podía copiarse de las otras. Tenían que ser totalmente diferentes.

Así pues, cada niño empezó su faena.

Pedro, que era muy activo y muy fuerte, fue llevando a su parcela todas las
piedras que encontraba alrededor, grandes, pequeñas, redondas, cuadradas…,
hasta hacer una gran montaña de piedras.

Judith hizo algo parecido con todas las ramas secas que encontraba, las iba
llevando a su trozo de bosque, con la intención de entrelazarlas después hasta
conseguir la cabaña deseada.

Por su parte, Lucía, comenzó a coleccionar flores y más flores, todas las que veía
se las llevaba a su espacio y tejía entre sus tallos paneles preciosos de colores
múltiples.

Javier, en cambio, permanecía quieto, estaba allí sentado, con la mirada perdida
en el horizonte y una sonrisa suave y relajada en su rostro. Sin hacer nada.

Así pasaron horas y horas. Como si solo se tratara de un divertido juego, cada
niño construyó su cabaña. Todos excepto Javier.
Cuando acabó el tiempo los jurados se acercaron a cada una de las cabañas para
hacer su valoración.

Al llegar al espacio de Pedro vieron una pirámide triangular donde unas piedras
se apoyaban sobre otras, las más grandes en la base, las más pequeñas en el pico
superior. Había quedado un agujero en un frontal que hacía las veces de puerta.

Los jurados preguntaron a Pedro:


- ¿Qué ventajas y qué inconvenientes tiene tu cabaña, Pedro?
El niño pensó unos segundos y sin demora respondió:

- La mayor ventaja es que es muy fuerte, porque es de piedra. Puede resistir al


fuego y me cobijaría de los animales salvajes del bosque.
-

- Las desventajas son que, si la tierra tiembla con la fuerza suficiente para
derribarla, quién esté dentro puede morir aplastado. Además, como no tiene
ventanas su interior es oscuro.

Los jurados tomaron algunas notas y se dirigieron a la parcela de Judith. La


cabaña hecha con ramas tenía forma rectangular, con el techo abovedado, en
cada pared había un hueco que igual servía de puerta que de ventana. Los
jurados entonces interrogaron a la niña:

- ¿Qué ventajas y qué inconvenientes tiene tu cabaña, Judith? Judith contestó


apresurada, de forma espontánea, casi sin pensar:

- Mi cabaña es cálida, espaciosa, tiene buena ventilación, mucha iluminación.


Por otra parte, si hubiera un incendio las ramas arderían con facilidad y si
hubiera alguien dentro moriría abrasado. ¡Qué horror! Claro que si llueve
también se filtraría el agua y la cabaña se inundaría.

Nuevamente los jurados tomaron algunas notas y prosiguieron. Al llegar a la


parcela de Lucía sonrieron viendo una gran esfera de flores, que sin puertas ni
ventanas se mantenía perfectamente asentada. Para entrar y salir era necesario
alzar la base del suelo, y como las flores no pesaban apenas nada, resultaba fácil
y original.

- ¿Qué ventajas y qué inconvenientes tiene tu cabaña Lucía?


- Mi cabaña es hermosa, ligera…, al no tener puerta ni ventanas es íntima,
aromática…. Es muy bella. Por otra parte, cuando las flores se pudran será muy
fea, además el olor que ahora es tan grato puede ser insoportable. Como no
pesa casi nada, el aire se la puede llevar para donde sople, eso tampoco es
ninguna ventaja.

Volvieron a tomar algunas notas y continuaron. Al ver que Javier no había


construido ninguna cabaña, reunieron a los niños para finalizar el evento y
otorgarles sus premios.

Fueron llamando uno por uno:


- Pedro: La fuerza es la ventaja de tu cabaña. Los inconvenientes son el peligro
de desplome y la oscuridad. Te entregamos pues una
- dosis de ternura y otra de luz para que no pierdas la primera. Sin esta ternura
y esta luz, tu propia fuerza te aplastaría a lo largo de la vida.

- Judith: La calidez, el espacio, la ventilación y la luz son las ventajas de tu


cabaña. Los inconvenientes son el peligro de incendio o inundación. Te
entregamos pues una dosis de firmeza. Sin ella estarías expuesta a que lo
externo te ahogue o te abrase internamente.

- Lucía: La belleza, ligereza, intimidad y aroma son las ventajas de tu cabaña.


Los inconvenientes son el peligro de desplazamiento y de putrefacción
inminente. Te hacemos entrega pues de una dosis de solidez y otra de
fundamento, ambas te darán más peso interior que el que puede tener la belleza
del momento.

Por último, se dirigieron a Javier que estaba expectante esperando su turno.


- ¿Cómo es que no construiste tu cabaña Javier?
Javier con expresión atónita protestó.

- ¿Quién ha dicho que no? ¿Acaso no podéis verla? Pero si mi cabaña es la


mejor. La más grande. La más bonita. La más segura. Nada ni nadie puede
entrar si yo no quiero, además es la única que estará en pie el tiempo que yo
viva. Sobrevivirá a los incendios e inundaciones, ataques de animales y
vendavales, terremotos o cualquier otra catástrofe. Eso está garantizado. ¿De
verdad no podéis verla? Mirad, ahí tiene inmensos ventanales acristalados, a la
derecha está la cocina labrada en mármoles relucientes, a la izquierda construí
el ala de invitados con veinticinco habitaciones, todas con baño privado, el
salón principal tiene salida a un trozo de bosque particular donde he cultivado
hermosos rosales y árboles frutales…….

Los jurados se miraban entre ellos, sin comprender e interrumpieron al niño para
preguntarle:

- ¿Pero Javier, dónde has construido tu “mansión”?


El niño puso una expresión muy interesante, y sonriendo les dijo: Aquí, en mi
imaginación, donde nadie puede entrar ni salir sin mi permiso.
- Está bien, dijo uno de los jurados, ¿me dejas entrar a mí?
- De acuerdo. Contestó Javier.
- ¡Ahhhh!, exclamó el jurado, ¡hummm!, ¡uffff!

Javier lo miraba extrañado.


- ¿Qué está haciendo?
- Dímelo tu Javier. Estoy en tu propiedad…, dime ¿qué estoy haciendo? ¿No
puedes verme verdad?
Javier los miró enfadado, bajó los ojos llenos de lágrimas y negó con la cabeza.
- Los sueños son hermosos Javier, sin embargo, es necesario despertar para
empezar a vivir, esa es la única posibilidad de construir algo real. Aquél que
vive atrapado en sus sueños no tiene nada vivo y tangible. Por tanto, te hacemos
entrega de una pequeña dosis de dolor, ella te ayudará a conectar con la vida.
También te hacemos entrega de una dosis de placer para que puedas disfrutar tu
realidad.

LIBERTAD

Quiero compartir aquí unas palabras que leí en un artículo sobre Aikido, firmado
por Michel Piédoue, definiendo una
filosofía realmente interesante. Dice:

“El guerrero aprende a matar porque él cree que todos quieren tomar su vi da y
que esta es la única manera de preservarla. Después, aprende a proteger su vida
sin atacar la de otros, luego a proteger la vida de los demás y, por fin, a dar la
vida. Desde un combatiente sangriento ha llegado a ser un sanador. Esta es la
Vía.”

Al trasladar estas palabras hacia mi interior, hacia la guerra interna que como Ser
Humano que soy tengo de piel hacia dentro, me doy cuenta de que mis propias
guerras internas son las únicas que realmente me restan libertad.

¿Qué es la libertad?
¿Qué me sugiere la palabra libertad?
¿Me siento una persona libre?

Al mirar mi propia trayectoria de vida, desde el inicio, me surge la inspiración de


esta forma:

“Partiendo de un mensaje inicial, que ya en su origen me llega distorsionado,


condicionado, parcial y altamente manipulado, voy confirmando, eslabón a
eslabón, la cadena de mi propio Anti-Amor. Esa cadena que amordaza los
latidos de mi corazón y los condena al silencio, al infarto emocional.

Y como todo lo contenido, lo ignorado, lo reprimido y rechazado, tras su


mordaza, mi corazón grita escalofriantemente, desde el más absoluto de los
silencios, grita… desde la más vehemente de las locuras, desde el terror, desde
la más pura soledad, grita…. Y grita que se muere por sentir.
La desolación con su silencio denuncia que no hay respuesta, pues nunca hubo
pregunta. Solo habría hecho falta eso, un simple cuestionamiento, para
desmontar la férrea cadena, que eslabón a eslabón, configura la celda del
cautivo en sí mismo.

Disfrazo al carcelero de gentil protector, de fiel amigo cuidador, y si llega el


caso, ¿por qué no?, de cruel vengador.

Disfrazo al carcelero de indudable dignidad, de fuerza, de coraje, de hombre, de


mujer, de elegancia, de clase, de glamour, de soberbia, de arrogancia, de celo,
de belleza y de duelo…. Carcelero sin más, convertido en feudal gobernante de
la tierra de nadie…. ¡qué grande me queda el traje y cómo aprietan mis
zapatos!

Vuelan las semillas, las arrastra el viento de la pasión, las germina la humedad
del llanto que, cual estanque, luce glorioso y cubierto de nenúfares muertos. Y
aparecen los primeros destellos de la caricia del Sol, para llenar de luz las
sombras, y denunciar a los cadáveres que imitan a la vida, con sus corbatas
empacadas del apresto del polvo del destierro.

Fantasmas paseando por tierra de nadie, entre raíces muertas y mentiras vivas.
¿Dónde está la pregunta que despeje mi bosque de las hierbas podridas?
¿Dónde está la pregunta?

No son respuestas lo que busco, en realidad ellas me encuentran a mí cuando


hay algo a responder…. ¿Dónde está mi pregunta?
La pregunta adecuada es la llave de mi celda cuando hablo de libertad interior.

Libertad interior es esa que puedo sentir sea cual sea mi circunstancia. Porque la
externa puede verse condicionada por mi situación, si por ejemplo estoy
encerrada en un hospital, en una cárcel, o en cualquier otra forma que me impida
el acceso al exterior. Pero mi libertad interior, además de que solo depende de mí
misma, yo puedo ensancharla o estrecharla según gestione mis propias partes.

Por eso la pregunta es tan importante. Gano libertad cuando más sé de mí


misma. Cuanto más conozco mis partes, todas mis partes, esas con las que me
identifico y aquellas que niego que sean mías. Entonces puedo proponer
acuerdos entre mis contradicciones, y serán acuerdos que me devuelvan mi paz
interior.
Si yo soy mi propia guerra, si puedo reconocer la batalla interna que me resta
libertad, entonces puedo ver que se está librando un combate por SER yo misma.
Y en ese intento de SER yo misma la batalla puede no tener fin si continúo
peleando sin ver, sin oír, sin sentir y saber de mí.

Volviendo a las palabras del principio, las que leí en el artículo de Aikido, ¿cómo
puedo hacer esto internamente? ¿cómo puedo hacer que mis soldados internos
dejen de matarse unos a otros?

Si ” El guerrero aprende a matar porque él cree que todos quieren tomar su vida
y que esta es la única manera de preservarla”, entonces, mis soldados internos
han de entender que no necesitan defenderse pues nadie los amenaza de muerte,
y para eso ha de cesar el ataque de unas partes mías contra las otras; mejor
escucharme que pelearme, mejor tratar de entenderme, acordar pactos y
respetarlos.

Después “ El guerrero, aprende a proteger su vida sin atacar la de otros”. Esto


es posible cuando escucho lo que no me gusta oír, sabiendo que mi decisión es
voluntad mía, y por tanto no necesito atacar aquello con lo que no esté de
acuerdo; lo que necesito es oírlo, verlo, saber que existe y que está en mí,
conocerlo.

Luego “El guerrero aprende a proteger la vida de los demás”. Este es el punto
en el que puedo ver que la intención de mis otras partes no es la de dañarme,
sino que al igual que yo también intentan sobrevivir y protegerse de mi propio
ataque. Entonces, cuando me doy cuenta de que todos mis soldados luchan,
pelean, por una misma causa, su derecho a existir, ya no estoy de parte de
ningún frente; solo puedo estar a favor de todas y cada una de mis partes; aunque
parezcan contradictorias, no lo son tanto en realidad: solo existe un
desencuentro.

Por último “El guerrero aprende a dar la vida por los demás”. Esto es así
cuando me doy cuenta de que mis demás partes también son yo, también son
partes mías. Doy la vida por los demás cuando los hago míos, cuando me
reapropio, cuando los integro en mi corazón.

Finalmente “ Desde un combatiente sangriento ha llegado a ser un sanador.


Esta es la Vía”. Así es, puedo partir de una tremenda guerra interna hasta llegar
a mi propia sanación, transitando cada uno de los puntos que acabamos de ver.
Como cualquier batalla, guerra, combate, pelea..., el final feliz solo es posible si
el amor hace su presencia y pone orden. Llegar a amar a mis partes internas es el
único secreto que conozco para instaurar la paz en mí y, para mí, la paz y la
libertad, en este contexto, son equivalentes, son sinónimos.

Las guerras de este mundo no son más que la consecuencia y el reflejo de las
guerras internas de cada Ser Humano. El Mundo, la Vida, no deja de ser un
precioso Espejo donde puedo ver mi interior reflejado.

Cada batalla que se está librando en mi interior tiene que ver con mis partes
rechazadas. La guerra es para mantener tras la línea de lo consciente esos
aspectos negados.

Todo cuanto rechazo en mí lo rechazo del mismo modo en los demás. Mis
conflictos internos acaban provocando guerras ahí fuera.

Cuando no sé lo que está pasando en mi interior, cuando no sé que vivo en


guerra conmigo misma, cuando no sé que yo también soy lo que no conozco de
mí, entonces, toda esa realidad inconsciente sale vomitada hacia el exterior.

Se me ocurre un ejemplo: “No soporto tu intolerancia”. Sería más correcto decir


“gracias por mostrarme mi propia intolerancia a través de tu espejo”. En este
ejemplo es evidente: soy yo la que no soporto. Soy yo la intolerante. Si no soy
consciente de serlo, cuando pasa algo que resuena con este aspecto mío hay una
energía que se mueve con fuerza en mí. Mi intolerancia principal es hacia mi
propio aspecto intolerante.

Así entiendo que no todos veamos lo mismo aún mirando en la misma dirección.
Y quizá también sea que no siempre ponemos la atención en los mismos puntos,
aun usando el mismo espejo.

Cuando vivo una intensa guerra interna, me veo atrapada por lo que me mueven
las guerras externas, esas que veo reflejadas en la pantalla de la vida. Entonces,
siento la necesidad de hacer algo al respecto, aunque en muchas ocasiones no
sepa qué o cómo, o sencillamente, me sienta impotente frente a eso que está
pasando y puedo ver.

Del mismo modo, cuando me desentiendo de mis propias guerras internas,


tampoco quiero saber nada de las batallas del mundo.
¿Dónde pongo mi atención? ¿Qué cosas me afectan, me duelen, o me enfadan de
la vida?
¿Cómo es eso en mí?, ¿qué tiene que ver conmigo?

Aunque pueda parecer egoísta que dirija mi atención hacia mí misma frente a
tales barbaridades como son las guerras del mundo, realmente siento que no lo
es. Estoy convencida de que este mundo dejará de vivir entre guerras el día en
que los Seres Humanos dejemos de vivir en guerra interna. Por tanto, es
necesario que cada uno de nosotros se centre en resolver su propia batalla, y para
eso es urgente que todos dirijamos nuestra atención hacia dentro, en beneficio
propio y, como consecuencia, en beneficio del mundo.

Si la vida es un espejo, este espejo solo reflejará paz cuando los Seres Humanos
alcancemos nuestra propia paz profunda de forma individual.

Te hago una pregunta a ti:


¿Qué cosas ves en el mundo que te gustaría mejorar?
Te hago una sugerencia ahora:

Haz una lista con las cosas que te gustaría cambiar en el mundo, luego lleva todo
eso a tu vida. Es más, mejora todo eso en tu propia vida.

Cuando lo hayas hecho vuelve a mirar hacia el mundo y repite el ejercicio, haz
una nueva lista con las cosas que veas en ese momento que te gustaría cambiar
en el mundo.

Ahora compara la primera lista con esta última. Si realmente has mejorado las
cosas que escribiste en la primera, verás que en esta segunda hay cosas
diferentes. Ya no sientes la misma necesidad de cambiar lo que escribiste la
primera vez.
Si todos los Humanos hiciéramos este ejercicio: ¿Qué crees que pasaría?

Que el mundo llegue a ser un paraíso idílico quizá sea una utopía, de acuerdo.
Pero lo que sí es seguro es que una sola guerra menos es un avance indiscutible.
Una sola guerra menos equivale a una gran victoria de la paz. Una sola es
beneficio para toda la Humanidad.

¿Vale la pena que uno solo de nosotros elabore su propia guerra interna? Sin
lugar a dudas: SÍ.
La paz del mundo depende de nosotros, de los hombres y de las mujeres de todas
las edades, de todas las razas, de todas las religiones. De cada uno de los Seres
Humanos que vivimos en este planeta.

Si un solo humano consigue conquistar su paz interna, el espejo de la vida lo va


a reflejar.
Y de este humano nos podemos contagiar otros. Y de este humano somos
muchos los que podemos aprender.
Cuando uno de nosotros empieza a caminar en dirección a su propio corazón, lo
está haciendo el planeta.

El otro deja de ser mi enemigo cuando yo cambio mi espada por mi corazón. Mis
partes internas dejan de ser combatientes cuando consiguen mirarse con amor en
vez de hacerlo con rechazo. Entonces yo he cambiado mis ojos de rechazo por
mis ojos amorosos. Necesito dejar de juzgarme y empezar a comprenderme. La
paz y la libertad SÍ se pueden elegir.

Tengo tantos enemigos como espadas empuño. Nadie necesita defenderse o


luchar contra el amor.
Cuando no me siento bien con la vida, cuando no encuentro mi paz interna, es
solo por una cosa: Estoy en pelea conmigo misma.
Me ataco y me defiendo de mis propios ataques.

No me doy cuenta de lo que está pasando en mi interior. Justifico mi malestar


con cosas externas: con mi trabajo, con mi pareja, con mis relaciones, etc… En
lo más profundo es todo lo contrario. Mi guerra interna es la que está
repercutiendo ahí fuera, soy yo con mi lucha quien convierto mi entorno en un
campo de batalla. Porque cuando vivo en guerra me muevo desde el combate.
Atacando o a la defensiva. Y, como es lógico, mi entorno reacciona ante mi
actitud.

Por esto, llegar a mi paz interna es la forma en que mi vida externa también se
vea beneficiada, y no al revés.

Al final mi conclusión es clara: fuera es igual que dentro. Todo se presta a ser un
espejo que me ofrece la oportunidad de reconocerme internamente a través de lo
que veo reflejado fuera.

Si me quedo solo con lo de fuera y no me apropio de ello, no resuelvo dentro.


Las mismas situaciones volverán una y otra vez en el intento de ser resueltas. Es
el espejo reflejando mi propia realidad.

Cuando resuelvo internamente, lo de fuera “mágicamente” también se modifica.


EL ESTANQUE Y LA VIDA

Andaba un hombre paseando por el bosque, cansado de su vida tediosa y


repetitiva. Cansado de batallando, discutiendo circulares:
su familia con la que constantemente estaba

y en desacuerdo. Sumido en sus pensamientos

- La vida no vale la pena, nada tiene sentido, todos son estúpidos, nadie me
entiende, nadie me valora, nadie se da cuenta de todo el esfuerzo que estoy
haciendo constantemente en un trabajo miserable donde cada día es parecido al
anterior, y así un día y otro día, y otro más, ¿total para qué, si nadie me lo tiene
en cuenta, si nadie me lo agradece? La vida no vale la pena, nada tiene sentido,
todos son estúpidos...
El camino, por el que andaba el hombre de pensamiento circular, pasaba rozando
un Estanque de agua cristalina. El hombre se acercó al agua para refrescarse
porque el tiempo que llevaba andando le había hecho empaparse de sudor.

Realmente estaba muy enfadado con todo, al acercarse al agua contempló un


momento el lugar, y dejo salir unas palabras:

- ¡Qué feo es este sitio!


Un pajarillo, que estaba subido en la rama de un Sauce, escuchó las palabras

del hombre y se sintió sorprendido. Se quedó mirando como aquel personaje se


mojaba la cara neciamente, se empapaba el pecho salpicando el agua en todas
direcciones y sacudía sus manos con desprecio contra el aire mientras se daba la
vuelta para seguir por el camino que le llevaba a su destino.

Al cabo de unas horas, otro hombre pasaba por el mismo camino; éste lo hacía
maravillado por la energía del lugar. Su pensamiento era diferente del hombre
anterior:

- Es impresionante la belleza que regala la Naturaleza, el infinito brote de vida


que se evidencia, se huele y se siente mire donde mire. Realmente la vida es una
joya hermosa. Qué afortunado soy por tener la dicha de pertenecer a un mundo,
tan generoso, que todo me lo da y no me pide nada a cambio. Las flores me
llenan de aromas. Los frutos de los árboles me llenan de sabores. La caricia del
Sol y del Aire me llena de sensaciones. El paisaje me regala todo un arcoíris de
colorido para mis ojos. Mis manos se deleitan acariciando la piel de la mujer
que amo. Mi corazón se expande cada vez que mis hijos me abrazan y me llenan
de besos cuando vuelvo a casa, después de un día en el que he podido sentir que
soy útil a través de mi trabajo, que me permite convertir mi tiempo en
satisfacción y que me hace sentir tan realizado. Sí, realmente soy un hombre
muy afortunado. ¡Qué hermosa es la vida! ¡Qué dicha estar vivo!

Al llegar al estanque, el hombre se sintió cautivado por las aguas del lugar y se
acercó para sentir la alegría de impregnar sus manos en el interior. Se acercó al
borde y, antes de tocar el agua, musitó unas palabras:

- ¡Qué belleza la tuya!, te pido permiso para romper tu paz al tocar tu agua,
para sentir el placer de acariciarte. Espero no molestarte.

El mismo pajarillo, que seguía mirando desde la rama del Sauce, vio como el
hombre con sumo cuidado y respeto, introdujo sus manos en el agua y tomando
un poco de esta, la llevó a su frente en una caricia, después a su pecho con
ternura, y finalmente a su pelo.

Vio como el hombre esbozaba una increíble sonrisa, con los ojos llenos de
humedad, por la emoción de lo que estaba sintiendo y como con sumo cuidado,
para no pisar las flores del suelo, retomó el camino hacia su destino.

El pajarillo, al quedarse de nuevo a solas en el estanque le preguntó al resto de


criaturas del lugar:
- ¿Cómo puede este lugar ser feo en un momento determinado, y al cabo de solo
unas horas estar lleno de belleza?
La rana confundida le contestó:
- ¿Qué te hace pensar eso?

- El primer hombre al acercarse a la orilla del estanque dijo: “¡qué feo es este
lugar!”, y el segundo hombre dijo: “¡qué belleza la tuya!”. ¿Cuál de los dos se
equivoca?, ¿cuál de los dos tiene razón?

El ratón que vivía en el hueco del Roble también intervino en la conversación:


- Está claro, este lugar es hermoso; es nuestro hogar, y si es nuestro hogar, es el
mejor.
La ardilla que vivía en el Ciprés de al lado también participó en la conversación:

- En realidad, depende, si es primavera el lugar es hermoso porque está lleno de


flores, pero si es otoño pues es más feo porque los árboles se quedan “pelados”.

También la liebre que estaba unos metros más allá comiendo césped, se acercó
para contribuir con su opinión:

- Pero si los dos hombres han venido el mismo día. Yo creo que por las mañanas
con la luz suave del amanecer el lugar es hermoso porque irradia alegría y
luminosidad. En cambio, por la tarde, cuando empieza a oscurecer el lugar se
vuelve oscuro y entonces es feo y asusta.

El ciempiés que se pasaba el día caminando de un extremo al otro del paisaje


dijo:

- Que no, es al revés; el primer hombre vino por la mañana y dijo que el lugar es
feo, y el segundo que vino por la tarde dijo que era hermoso. Yo creo que
depende de la temperatura. Por la mañana hace frío y todo parece feo, en
cambio por la tarde como el sol ha calentado el lugar tantas horas, entonces
hace calor y el lugar es hermoso.

Viendo el estanque la tremenda confusión que se estaba extendiendo entre las


criaturas del entorno decidió intervenir:
Queridos amigos: Es más sencillo. Venid, asomaros al agua y podréis ver cómo
sois también vosotros.

JUSTIFICACIÓN
Pierdo cualquier posibilidad de ayudarme a mí misma, mientras justifico el por
qué hago las cosas que hago y de la forma en que las hago.
Este es un mecanismo común a los humanos, al menos a los que yo he conocido
en mi vida, que se puede desmontar cuando nos damos cuenta de que al usarlo
los que salimos perdiendo somos nosotros mismos.

¿Cómo sé que estoy frente a mi herida?, pasa algo que me duele mucho
internamente y empiezo a comportarme de una forma concreta. Esa forma es
dañina.

Aparecen mecanismos míos defensivos que pueden incluir cualquier forma de


agresión, bien sea hacia el otro o hacia mí misma.

Esta agresión cuando es hacia fuera, hacia el otro o los otros, no tiene por qué ser
a través de la violencia física, puede ser verbal o de actitud, es decir, puedo
decirle cosas a esa persona con la intención de herirla, de hacerla sentir mal. O
puedo ignorarla y castigarla no mirándola siquiera.

Es una forma de venganza, que pocas veces reconozco y muchas justifico o


excuso.

Si existe un “culpable” de mi dolor, en presente, hoy, como adulta que soy, es


solo uno y está en mí. Mi juez, absolutamente ignorante y arrogante. Que cree
estar en posesión de la verdad y se cree en el derecho de hacer lo único que sabe
hacer: juzgar.

Me juzga a mí con la misma contundencia que juzga a los demás. Cuando me


juzga a mí no me permite asumir mi responsabilidad, porque mi juez entiende
que las cosas se hacen bien o se hacen mal, y si hay algo que asumir es porque se
han hecho mal. Por tanto, todas las justificaciones de mi interior se ponen en
marcha para protegerme de mi propio juicio y castigo; así no hay manera de
asumir nada de nada. Desde el miedo, no.
Si en lugar de juzgarme trato de comprenderme, entonces no necesito
justificarme. Porque en la comprensión no hay lugar para hacer las cosas bien o
mal, el matiz es otro y pasa más por saber hacer algo o admitir la necesidad de
aprender a hacerlo. No saber hacer algo mejor de lo que lo hago no es ningún
pecado y menos mortal. Cuando me doy cuenta de que necesito aprender a hacer
algo, puedo cambiar mi vida.

Cuando me juzgo, inmediatamente me defiendo, y en el intento de


desculpabilizarme puedo dirigir la culpa hacia los demás. Es un mecanismo
automático e inconsciente que va más deprisa que mi capacidad de reflexión. En
un instante ya se ha hecho un juicio, ya existe un culpable, un reo, un
delincuente. Yo no quiero ese castigo que es tan duro y tan injusto. Total, mi
mayor pecado “real” ha sido no saber hacer las cosas mejor o de otra forma, o
quizá ha sido no atreverme a hacerlo de otro modo. Pero no saber, o tener miedo,
no precisa un juicio, ni un castigo tan severo.

Para asumir que no sé, o bien mi falta de valor, necesito darle vacaciones a mi
juez; en tanto no lo hago, desvío esa culpa hacia el exterior.
Le doy la vuelta a la tortilla y yo salgo impune, pero impune de mí misma, y al
precio de enviar al paredón a otro que nada tiene que
ver ni con mis limitaciones ni con mis juicios. Ante el juez tiene que haber un
culpable.

Esto que estoy explicando ahora aquí, lo he vivido, como protagonista, tal como
lo explico, y también en el rol contrario; alguien toca su dolor con algo que yo
digo o hago, se defiende agresivamente contra mí, se juzga, y en el intento de
evitar su sentimiento de culpabilidad por su propio auto-juicio empieza a
“despotricar auténticas barbaridades” contra mí, que él mismo se llega a creer, y
cuenta de la película solo lo que le conviene para tener razón y salir impune del
altercado, al precio de cargarme a mí con todas las consecuencias de su
justificación, y por su puesto al precio de no aprovechar la situación para asumir
nada de nada que le permita ver, localizar y sanar su herida.
Las situaciones que provoca mi falta de consciencia hacen mucho daño, no solo
en primera persona, sino al medio en que me muevo en esos momentos, que se
ve salpicado por el ácido corrosivo de mi juez indolente que lanza sus llamas
(como un dragón) a cualquiera que se acerque a acariciarme, si casualmente esa
caricia roza mi herida oculta.

Si apoyo la justificación de alguien, le ayudo a seguir herido e inconsciente de su


herida. Sin posibilidad de que preste atención al tema y trate de sanar esa parte
de sí que se retuerce de dolor en su interior. Sin enterarse de que lo que ha
pasado es que quise acariciarle, y de ninguna manera ha sido esa caricia la
causante de tanto dolor. Que ese dolor tiene que ver con una herida interna que
ya existía, que no la produjo mi caricia.

Quien me apoya en mis justificaciones me ayuda a seguir herida. Es lo mismo en


las dos direcciones.

Cuando tú te acercas para acariciarme y rozas mi herida levemente, yo conecto


con el dolor de mi infección; entonces yo me vuelvo contra ti y te vomito todo el
dolor que siento (y obedece a toda una vida de contención silenciosa). Además,
como sé que con mi reacción te estoy agrediendo, y no quiero culpabilizarme ni
castigarme, te culpo a ti de mis propias agresiones: tú me has obligado por
“hacerme daño”. Y esto mismo se lo cuento a todo el mundo, que te escupí ácido
en la cara como defensa, pues tú me clavaste un puñal en el costado.

La realidad es bien curiosa, yo tenía una herida de la que nunca me hice cargo y
de la que nunca me responsabilicé, y tú acabarás en el corredor de la muerte,
condenado a la silla eléctrica por haberme acariciado. Yo seguiré con mi vida,
relacionándome con personas que volverán a acariciarme, y el corredor de la
muerte cada vez almacenará más cuerpos en memoria de mi juez, que al
necesitar condenar a alguien me impide afrontar mi verdad, y me lleva a escurrir
el bulto…. Así funciona la desapropiación de lo que es mío.

Sanar precisa comprender la herida, dejar de justificar el por qué de la mentira,


la traición, el maltrato....
Si pierdo el tiempo justificando mis neuras, continúo repitiéndolas una y otra vez
mientras culpo al otro y me quedo como estaba.

Cada vez que apoyo la justificación del otro, me hago cómplice de una trampa
mortal, le estoy ayudando a seguir enfermo. Comprender la herida es otra cosa.

Sanar mi herida pasa por la rendición de mi juez.


Porque en presencia de mi juez no me es posible asumir nada propio.
Por tanto, cesar de intentar tener razón, y cambiar el “cuánto daño me haces” por
el “cuánto me duele esto que estoy tocando”, sabiendo que lo estoy tocando
gracias, y no por culpa, de lo que está pasando. Y sabiendo que es una
oportunidad de lujo para apropiarme de lo que es mío y solo así poder hacer algo
con ello; el mero hecho de verlo, ya es todo un logro.

A veces necesito pasar una y otra vez por la misma situación, o situaciones
similares, y aunque no me dé cuenta de que si el escenario se repite es en un
intento de mostrarme algo, (por eso he dicho a veces “necesito” pasar una y otra
vez por la misma situación) el hecho es que finalmente veo que cada ocasión es
una nueva oportunidad de darme cuenta de algo, y que si se repiten las escenas,
es porque mis resistencias no están dejando que yo vea lo que necesito ver y
actúe como necesito actuar. Esto es así cuando se trata de situaciones dolorosas.

Tengo a la vista las dos últimas experiencias similares y dolorosas que me han
ocurrido, gemelas en la esencia, donde se repite el escenario que quiere
mostrarme algo. Estas experiencias han sido con mi última relación de pareja y
con una amiga muy querida por mí. En ambas escenas se me pide algo
importante que yo, de entrada, siento que no quiero dar, que no va a ser bueno.
Digo que no; esto es algo que no me resulta fácil, sin embargo, lo hago: digo que
no. Ellos insisten; en las dos situaciones pasó lo mismo: trato de validar mi
negativa, pero no lo hago con la contundencia necesaria, me dejo convencer y
cuando finalmente acepto ceder a esa demanda, entonces veo como esas
personas tiran al suelo lo concedido, lo rechazan, no lo quieren. A partir de ahí la
relación, en ambos casos, se va al traste. Yo toco mis propias heridas que me
hacen tan difícil seguir compartiendo con ellos…, son heridas donde me siento
manipulada, burlada, y consecuentemente pierdo mi confianza en estas personas
ante sus propias contradicciones.

Cuando analizo los hechos intentando comprenderlos a ellos, lo que veo es que
quizá desde el inconsciente estaban buscando el NO para fijar un límite, como
oportunidad tal vez de desarrollar su propia tolerancia a la frustración. Por eso,
cuando yo acepto, ya no quieren lo que tanto parecían desear.

Por mi parte, la gran lección que puedo extraer a día de hoy es la de aprender a
respetar mi propia voz interna que en inicio dice que no.
Cuando yo soy capaz de respetar mis propios límites entonces no hay lugar para
acabar sintiéndome burlada o manipulada.
En realidad, lo que tanto me duele es manipularme a mí misma, tanto que acabo
aceptando algo que siento que no quiero aceptar. La bofetada que me da la vida,
cuando acto seguido se rechaza mi Sí, es proporcional al nivel de traición que
me estoy haciendo yo al no respetarme. Y de esto no puedo culpar a nadie.

Se mezclan mis propias heridas con las del otro, a un nivel que muchas veces la
relación acaba siendo insalvable. Por lo que explicaba antes del juez y el desvío
de la responsabilidad. Creo que como humanos que somos, muchas veces los
mecanismos neuróticos que se ponen en marcha son muy parecidos en unos y
otros. De pronto yo empiezo a sentirme salpicada de un ácido que en realidad no
me concierne, y seguramente el otro siente algo similar, quizá no, pero da igual,
ya se ha estropeado cualquier posibilidad de resolver porque la conclusión final a
la que llego es que uno solo resuelve lo que quiere resolver.

No depende solo de mí, el otro tiene el 50% del pastel en su mesa. Yo puedo
revisar mi actitud para no lastimar gratuitamente al otro, pero ¿qué pasa con lo
que me salpica a mí?; suma dolor al dolor inicial y llega un punto en que las
cosas no tienen vuelta atrás. Es necesario que el otro se apropie de lo suyo y yo
de lo mío.
Cuando los mecanismos de defensa se activan, es muy difícil que las cosas se
den la vuelta. Porque además de que el que está a la defensiva ya no está
predispuesto a asumir, el contrario en este caso está recibiendo una agresión
gratuita que, como mínimo, le pone en actitud de cierre, probablemente también
de huida y, en cualquier caso, de protección y defensa. Entre dos que se
relacionan defendiéndose uno del otro, poco se puede avanzar.

Moverme desde mi herida es naufragar en un pantano de arenas movedizas,


donde no tengo posibilidad de emerger, y nada a lo que agarrarme. Por eso es tan
importante asumir lo que es mío y atenderlo.

¿Cuántas veces he contenido mi energía en un intento de no llamar la atención


desde el miedo proyectivo, a despertar la envidia y el rechazo de mi entorno si
me permitía brillar?

Si tengo miedo de que me envidien es porque sé cuánto puede dañar la envidia, y


lo sé porque la conozco. No puedo reconocer en otro algo que no conozco
previamente en mí misma.

En el drama de la envidia, todo lo que se admira se destruye al no ser reconocido


como cualidad propia. Para mí, la envidia es la polaridad contraria de la
Felicidad. En mi experiencia, lo envidiado nunca es algo material. Sino ese
sentimiento feliz que el envidioso cree que aquello material le proporciona al
envidiado. Si quiero superar mis envidias necesito incorporar mi permiso para
ser feliz, deshacer la prohibición para hacer y sentir cosas hermosas. Levantar la
condena al sufrimiento.

Pongo un ejemplo: envidio a mi vecina porque se viste de una forma


“provocadora” y la verdad es que todos los hombres la miran al pasar. Lo que
envidio en realidad es la felicidad que yo creo que ella siente al sentirse
admirada por los hombres. ¿Tengo permiso interno para vestir con ropas
provocadoras, para cuidar mi imagen y jugar con mi propio atractivo?, si me
muevo desde la envidia seguramente no tengo ese permiso, necesito dármelo. De
cualquier manera, tal vez yo no sea tan atractiva como mi vecina, pero lo que
está claro es que puedo ser feliz; quizá mi felicidad está en otra dirección. Si me
reconozco en una de las partes (envidiada o envidiosa), necesito buscar la otra
parte y reconocerme en ella.

Así que ahí queda la pregunta definitiva: ¿Cuántas veces hubiera apagado el
brillo de otro para no sentirme tan poca cosa a su lado? Lo único que yo
necesitaba era darme permiso para brillar, porque cuando yo me lo permito, su
brillo deja de molestarme.

Qué miedo pensar que puedo despertar algo similar en alguien cercano, y qué
alivio saber que no es mi brillo lo que odiaría esa persona sino su propio freno
ante su brillo personal. Quizá como he hecho yo, también trata de evitar que le
rechacen si se permite SER.

¡Qué paradójico es todo desde la neura! ¡qué locura, qué contrasentido! Trato de
enlazar esto con lo anterior, porque acaba llenándolo de sentido.

Cuando alguien me pide algo (y es algo sobre lo que yo siento la necesidad


primera de decir que no) para finalmente sentirme rechazada en el momento que
se lo doy, es porque no quiere eso de mí, sino que lo quiere de sí mismo; y al yo
aceptar y decir sí, me lo rechaza porque en ese momento siente que no le sirve,
que lo que necesita no está en mí, ni pasa por mí.

Quizá esa persona ha visto una luz en mí que necesita, pero no es mi luz en
realidad la que necesita, sino la suya propia.
¡Qué lástima cuando no soy consciente de los mecanismos que actúan
internamente, y que lástima cuando no veo la repercusión que tiene en el otro mi
comportamiento!

¡Cuánto dolor sin sentido me podría ahorrar si me conociera más o mejor! ¡Y


cuánto dolor gratuito podría evitarles a mis semejantes!
Existen mecanismos en mí que son dañinos, muy dañinos, y necesitan morir para
dejar paso a la preciosa luz que, como todos, llevo dentro.

Tuve el gusto de leer hace poco una fábula muy hermosa que se refiere a los
cisnes. Esta fábula cuenta que antes de morir y por única vez en su vida, el cisne
canta. La realidad parece ser que cuando el cisne se siente morir emite un
graznido que parece un canto, sin embargo, no es más que la voz de su agonía,
delatando un final inminente.

Cuando yo era niña, cada vez que oía el cuento del patito feo, lloraba a mares.
Era incontenible el sentimiento que me desbordaba con esa historia. De adulta
comprendo mi identificación, mi propio patito feo tan claramente manifestado
dentro de mí. La falta de una familia propia, el rechazo, el sentimiento de
fealdad que me acompañó hasta la adolescencia donde descubrí con alivio que
los pinceles, brochas y maquillajes varios, podían dibujar algo atractivo que
escondiera mi “verdad interna”: Mi sentimiento de fealdad.

Después, más adulta y más madura, mi decisión de enfrentarme ante el espejo y


asumir lo que tuviera que asumir. No más pinceles, brochas ni colores. Solo mi
verdad y yo. Sin darme cuenta estaba decidiendo dejar de ser un patito, dejar de
ser fea, y simplemente SER.

Por último, esta etapa, en la puedo sentir algunas veces mi propio cisne. Esa
belleza que no valoraba entonces y hoy es la única que me importa. La belleza
de mi sombra, la belleza de mi parte oscura, no reconocida; la belleza de todos
los potenciales que había negado en un intento de no destacar, de no despertar la
envidia y la ira de quienes me rodeaban. La belleza de mi interior, donde habita
mi espiritualidad, mi trascendencia, mi compasión, mi fuerza, mi gratitud, mi
luz, mi firmeza, mi transparencia.

Mi sombra es todo lo que he aprendido a rechazar en mí. Mi sombra es lo


complementario a eso con lo que me identifico. Si me identifico con la
enfermedad voy poniendo mi salud en la sombra. Si me identifico con la belleza
igualmente escondo las partes que juzgo feas, y al revés: si aprendo a
identificarme con el mensaje de “tu no sirves para nada, todo lo haces mal, no
eres digna de ser amada”, pongo a la sombra todos mis potenciales.

Me convierto a mí misma en eso con lo que me identifico, en realidad juego a


ser eso, sin darme cuenta de que solo estoy interpretando una obra de teatro: No
brillaré, no destacaré, no haré nada bien y a cambio los demás me dejarán en
paz, no intentarán aplastarme, incluso, y aunque solo sea por lástima, hasta
puede que lleguen a quererme.
Mi hermoso cisne en cautiverio, aleteando dentro de mi corazón en el intento de
que al menos yo lo mirara, lo viera, lo reconociera…. Sí, yo también soy un
hermoso cisne. Incluso hay momentos en que puedo sentir mi propio canto, no
sé qué muere en mí, si responde a un fragmento o la totalidad de mí misma. Lo
que es seguro es que hay muerte y no me asusta.

Y esto para mí tiene que ver con la trascendencia. Soltar apegos y agarrarme con
fuerza al libre fluir de lo que venga.

Aún me duelen cosas, claro que sí, como explicaba antes en los ejemplos que
ponía para ver de cerca el tema de la justificación. Me duelen mucho las
actitudes que me conectan con mis heridas de agresión y de traición, y me
duelen tanto como las agradezco, pues cada una de estas situaciones es una
oportunidad de ver cómo me estoy agrediendo a mí misma y cómo me estoy
traicionando, por ejemplo: cuando no respeto mi NO interno, como veíamos
antes.

Hoy sé que el otro solo me recuerda que tengo una herida abierta, y por más que
me duela ese roce soy consciente de que el dolor no responde tanto a la actitud
de aquél como a lo que yo estoy haciendo conmigo misma. Por eso agradezco
que ocurran estas cosas; no dejan de ser oportunidades para que yo redescubra
mis heridas y las atienda. Y en este caso concreto creo que he ganado una buena
dosis de firmeza para respetar mis No a la primera de cambio, para mantenerme
ahí sin dejarme manipular y sin ceder a aceptar algo que no quiero aceptar. Era
necesario que ocurriera lo que ha ocurrido, una y otra vez, tantas como he
necesitado, hasta darme cuenta de lo que me toca a mí.

Veo mi evolución de patito feo a cisne, y me produce una gran ternura y gratitud
hacia mi propia tenacidad para elaborarme internamente. Vine a esta vida y a
este mundo a hacer esto, y no sé cuán de bien o mal lo estoy haciendo; ya no me
importa tanto si lo hago bien o mal, me importa saber que lo estoy haciendo.
Que encontré mi camino y lo estoy andando.

He aprendido a caminar y mis pies saben reconocer el camino que les


corresponde. Me siento una persona muy afortunada.
Cuando oigo mi cisne cantar, me lleno de amor y siento que no importa qué de
mí está muriendo: si es mi actitud para dejar paso a una nueva, o soy yo entera.
Puedo irme ahora, mañana, ayer… Y puedo quedarme hoy, mañana y el tiempo
que sea, dando la bienvenida a lo que venga.

Me siento feliz ante la posibilidad de partir inesperadamente; lo cierto es que


adoro la aventura y las sorpresas, la espontaneidad, la improvisación. Esa es la
magia de no saber en qué día y a qué hora sale mi vuelo. Eso me hace tratar de
mantenerme actualizada en cuanto a mis relaciones. No dejar para mañana las
despedidas, no dejar pendiente ese “te quiero” que necesita ser expresado. No
dejar para otro día nada de nada de lo que hoy se esté manifestando. Nadie puede
asegurarme que mañana estaré a tiempo de cerrar ciclos; hoy sé que puedo y
cuando llegue el momento de partir quiero hacerlo ligera de equipaje, sin asuntos
pendientes, sin cargas, sin temas inconclusos.

Mirando mi vida reconozco que hay cosas donde ganó mi aceptación y eso me
llena de alegría. También puedo ver las cosas donde ganó mi resignación, que no
es la misma cosa que la aceptación. Veo la diferencia y es importante. Siento que
está bien así, en lo imperfecto he aprendido que habita Dios con toda su fuerza y
su manifestación.

Hay objetivos que a día de hoy no conseguí cumplir, sin embargo acepto que
quizá no lo consiga y está bien así. También hay otros muchos objetivos que sí
alcancé y sobrepasé mi propia expectativa.

Así es la vida. Los NO existen, los límites son buenos cuando están bien puestos.
Si me fuera ahora mismo llevaría mi aceptación en el sabor de mi saliva. Es mi
equipaje, no necesito mucho más: mi aceptación y mi SER, es todo.

POLARIDAD: MIEDO / OSADÍA SENSATEZ

Cuando me quedo atrapada en el miedo puedo paralizarme, quedarme bloqueada


sin ir hacia delante, ni hacia atrás.
Cuando me identifico con la osadía no me importan las consecuencias de mis
actos, no soy responsable de mí.

Cuando combino mi miedo con mi osadía encuentro la fórmula adecuada para


enfrentar cualquier situación: Mi sensatez. Esa que me permite actuar de forma
consecuente y congruente.

No me siento una persona especialmente miedosa, sin embargo, mis momentos


de dudas pueden ser una expresión de mis miedos, así como una manifestación
de responsabilidad y también pueden ser una forma de inseguridad.

Tampoco soy especialmente dubitativa, más bien me considero arriesgada, a


veces incluso puedo pecar de osadía. Sin embargo, sí que hay situaciones
puntuales donde la duda aparece y puede llegar a paralizarme.

En mi caso estas ocasiones están vinculadas a temas en extremo importantes


para mí, por ejemplo: situaciones en que mi mundo emocional está implicado o
yo lo siento amenazado.

Cuando yo me quedo atrapada en las dudas, aparecen las tres razones que acabo
de mencionar, es decir: me siento insegura, tengo miedo de equivocarme y eso a
su vez es una expresión de responsabilidad.

Al no tener garantías de que mi decisión será la más adecuada, me puedo llegar a


bloquear.
¿Qué hacer en una situación como ésta? Si, tras sopesar todos los pros y los
contras de las posibilidades alternativas, me quedo en tablas, entonces solo
conozco una posible solución, y es asumir el riesgo a equivocarme y pasar a la
acción por cualquier dirección; no es tan importante aquí que opción escoja,
como el hecho de escoger alguna y moverme, salir de la parálisis.

Las garantías de hacer la mejor elección no van a aparecer por más tiempo que
me mantenga bloqueada; lo que sí puede aparecer es una angustia que vaya
creciendo por momentos si me quedo detenida y no decido.

Si llego a entrar en la angustia, es ella misma la que me impide decidir. Y


muchas veces solo tocando el límite mismo de mi capacidad para vivir en la
angustia, tomo la fuerza necesaria para moverme en alguna dirección.

Todo lo que pasa ocurre para algo. Veo que cada vez que la duda me atrapa,
después de atravesar ese momento, aprendo mucho de la vida, y por supuesto, de
mí misma. Así que bienvenidas las dudas que me ayudan a conocerme y a crecer.

Si utilizo estas situaciones como las inmensas oportunidades de avance que son
en realidad, entonces las agradezco. Tanto si mi decisión fue la más acertada
como si no. Hay algo más profundo que el acierto y el error, que yo valoro
mucho y es justo eso: la oportunidad que me da la vida con esa situación para
ensanchar mi conocimiento y mi consciencia. Puedo aprender igual de mis
aciertos que de mis errores. Incluso diría que me resulta más productivo
aprender de mis errores que de mis aciertos.

Si utilizo esa situación para juzgarme, criticarme y condenarme, en caso de


darme cuenta de que mi elección no fue la mejor, o la más adecuada, entonces ni
aprendo, ni me conozco mejor, ni crezco. Sencillamente me auto-machaco y me
atormento injustamente por haber sido humana y haber ejercido mi derecho a
equivocarme.

Por eso defiendo reiteradamente que no es tan importante lo que vivo como mi
actitud dentro de la vida.
Atravesar mi vida con la actitud inocente de un niño que no se censura, sino que
vive en el entusiasmo de descubrir, explorar, experimentar…. Esto es lo idóneo.

Porque si atravieso la vida con la actitud de una adulta modelada por la sociedad
y por una educación represiva que me prohíbe ser como soy, sentir lo que siento
y expresarme, entonces la vida se me hace una pesada carga que dura demasiado
tiempo y no me compensa en absoluto.

En esta situación estoy atrapándome en unas normas que no he elegido yo, sino
que me han sido impuestas, y con las que tal vez no estaría de acuerdo si me
parara a cuestionarlas. Si me dejo utilizar por el autoritarismo ajeno, el castigo se
impone en mis células, me roba el encanto de la vida, que es justamente vivirla.
Cosa que ese autoritarismo me prohíbe.

Si no puedo ser yo misma ¿quién está viviendo mi vida por mí? Si yo no me doy
el permiso para equivocarme no puedo experimentar y descubrir nada de nada,
entonces ¿quién está decidiendo por mí?

Quien quiera que sea lo hace desde dentro mío, aunque parezca que es alguien
externo. Si la orden viene de fuera, en última instancia quien decide agachar la
cabeza y obedecer está en mí, soy yo ¿verdad? Yo puedo elegir. Es un derecho
que tengo por el mero hecho de existir.
¿Tengo permiso interno para equivocarme?
Cuándo descubro que me he equivocado, ¿qué hago?: ¿aprendo de mi
experiencia o me mortifico por mi error?
Si me castigo por mi error ¿quién me ha robado el derecho a vivir, a aprender, a
experimentar, a equivocarme al fin y al cabo?

Y, por último: ¿me lo voy a seguir robando? Puedo hacerlo si así lo decido,
sabiendo que al aceptar esa invasión pierdo mi naturaleza y mi ilusión por vivir.
No solo eso, sino que probablemente acabaré enfermando.

Mi enfermedad, mi síntoma, no es más que la expresión de algo que necesita ser


resuelto en mi vida. Algo que me está impidiendo fluir libremente con mi
naturaleza, y que se manifiesta en mi cuerpo.
Puedo aprovechar ese síntoma, esa enfermedad, para reconciliarme con la parte
de mí que tenga prohibida, sometida, encogida en el fondo de mi armario oscuro,
o puedo seguir interpretando que vivo mi vida, cuando en realidad no la estoy
viviendo, sino que estoy siendo la fotocopia de otro al obedecerle sin criterio
personal.

Mis miedos son los mayores aliados de mi sometimiento. Mis síntomas vienen a
tenderme una mano para darme la oportunidad de salir de la trampa y
expandirme internamente.

¿Cuánta vida me estoy perdiendo por mi miedo a equivocarme? Mi miedo real


no es a equivocarme, sino al machaque que me autoimpongo después, al
descubrir mi error. Mi miedo no es al error, es al castigo.

Lo mal que lo llego a sentir cuando me doy cuenta de que he cometido un error
tiene que ver con mis propios reproches, con mi propio enjuiciamiento
invalidante.

Que me equivoque es normal, es fruto de mi condición humana; no soy una


santa, soy una persona.

Me equivoco muchas veces en mi vida, y todavía no se ha acabado el mundo. No


debe ser tan terrible equivocarse. Es más, el mundo es un lugar donde se nos
ofrece a los seres humanos el espacio y el escenario para que podamos
equivocarnos, para que podamos aprender, y muchas veces, al menos yo,
aprendo equivocándome. Y necesito equivocarme tantas veces como sea
necesario.
No nací sabiendo, para saber necesito aprender; aprender precisa del permiso
interno para equivocarme.
Si no me concedo ese permiso no evoluciono, me quedo detenida, paralizada,
viendo cómo se me escapa la vida sin poder hacer nada.

Bueno, algo sí puedo hacer, puedo cambiar de actitud, dejar de penalizarme por
errar y agradecer cada equivocación como parte de mi aprendizaje. Con permiso
para equivocarme acabaré haciéndolo bien, pues habré tenido ocasión de
experimentar y aprender. Si me prohíbo errar me quedaré estática y no caminaré
en ninguna dirección.

Entiendo que asumir el riesgo de equivocarme, con una actitud benevolente, me


da la oportunidad de vivir.
Si los seres humanos no tuviéramos permiso para equivocarnos la ciencia no
existiría, ni la medicina, ni la física, ni la tecnología….

Cada logro, cada avance de la humanidad se construye como fruto de mucha


experiencia acumulada, y llegar a esa experiencia precisa coleccionar grandes y
muchos errores previos.

La experiencia de los otros es la suya. No la tengo en mi historial. Como mucho


puedo tener la teoría de su experiencia. Y eso me sirve hasta cierto punto. Lo
cierto es que nunca sabré conducir hasta que yo personalmente me siente como
piloto del coche, lo arranque y me mueva. Por más que me hayan explicado que
se gira moviendo el volante y se cambia de marcha apretando el embrague. Solo
sabré conducir haciéndolo, y no lo voy a hacer bien hasta que lleve un rodaje,
donde acumularé algunos errores que me irán mostrando la forma de hacerlo
bien, otra forma. Experiencia.

Será inevitable que se me cale el coche por más millones de horas de teoría que
tenga acumuladas. Necesito experimentar para que el aprendizaje me sirva.

Resumiendo, no me sirve tu experiencia, necesito la mía. Para eso he nacido,


para vivir mi vida y descubrir mis propios límites, mis propios valores, y mis
propias ideas. Yo no nací para que otro se meta dentro de mí y pretenda que yo
sea su continuación. Es cierto que he permitido que esto ocurriera, y también lo
es que estoy en mi derecho de recuperar lo que es mío y exorcizarme de lo que
no quiero.

Aunque si he permitido que me hagan eso, pueda pensar que así tiene que ser.
No es verdad.
Nadie tiene derecho a robarme mi oportunidad de vivir mi vida con experiencias
propias. Salvo que yo se lo conceda a través de mi sumisión. Y si lo he
permitido, siempre puedo recuperar mis derechos porque sencillamente son
míos.

Todos los miedos me asustan, el miedo a equivocarme no es el único. Existen


muchos. Así, que me vengan a la mente ahora mismo están, por ejemplo: miedo
al abandono, miedo al fracaso, miedo al ridículo, miedo al engaño, miedo a la
traición, miedo al rechazo, miedo a la violencia, miedo al dolor, miedo al miedo,
y un largo etcétera. En resumen, todos forman parte de un único miedo, el mido
a la vida y a vivir.

Entiendo el miedo de la misma forma que entiendo cualquier otro síntoma, bien
sea emocional o físico. Lo entiendo como algo que está en mí para algo. De
entrada, cada uno de mis miedos me está mostrando un punto vulnerable mío
que precisa de una especial atención y cuidado.

Si le doy esa atención y ese cuidado podré evolucionar aspectos míos que lo
están necesitando.

Para que esto sea posible necesito reconciliarme primero con mis miedos.
Mientras viva peleada con ellos los niego, los ignoro, finjo que no existen y vivo
contra corriente. Así no puedo evolucionar nada en absoluto.

En cambio, cuando dejo de juzgarme por sentir miedos y en lugar de huir de


ellos los miro frente a frente, con compasión y cariño, la cosa cambia.

Cada una de mis dificultades trae de la mano un hermoso regalo que puedo
tomar si elaboro bien esa dificultad. Y no puedo tomar si me escapo de ella.
Asumir mis dificultades tiene premio.

Mis miedos no son miedos sino deseos. (Prueba a hacer la afirmación. Por ej., en
vez de decir “tengo miedo a equivocarme” la afirmación que te propongo sería
“deseo equivocarme”).

Cuando yo “tengo miedo/deseo equivocarme” en realidad lo que estoy diciendo


es que deseo aprender, que deseo experimentar y vivir. Y eso es genial.
Mi miedo siempre viene de la mano del deseo.
Con mi miedo al dolor sería lo mismo. En lugar de decir “tengo miedo al dolor”,
la afirmación correcta es “deseo el dolor”. En realidad, estaría diciendo que
deseo liberarme de algo a lo que me agarro y no me nutre, no me hace bien.
Muchas veces me agarro a algo solo porque es lo conocido y no me asusta,
aunque no sea lo óptimo para mí. Soltar lo conocido duele, porque me deja
vulnerable frente a un infinito de posibilidades, soltar lo conocido precisa
abrirme a lo nuevo. Mi miedo/deseo al dolor es en definitiva mi necesidad de
elaborar el desapego, de liberarme, de expandirme. También podría pasar que
tema/desee dolor en mi vida para expiar algún sentimiento de culpa que me
atormente consciente o inconscientemente.

Mi necesidad de sentirme en paz con la vida y mis deseos conscientes de


felicidad, pasan por aprender a perdonarme por mis errores, porque si no lo hago
de alguna forma tendré que pagar por ellos.

Si traduzco el miedo al fracaso como “deseo de fracaso” puedo ver varias cosas,
por ejemplo: puede darse desde un intento de confirmación de mi neurosis (no
sirves para nada, etc.), o bien puede ser una necesidad de experimentar de mi
alma: para elaborar el desapego si tras conseguir éxito éste cae, o bien para
confirmar que el éxito no conduce a la felicidad.

De la misma forma mi miedo al engaño y a la traición (deseo de engaño y


traición) me llevan a experimentar que la lealtad y la fidelidad no pasan de
ninguna manera por segundas personas. Que lealtad y fidelidad es algo que
necesito darme yo, respetándome. He necesitado vivir desengaños de este tipo
para dejar de buscar fuera de mí.

Llego a la conclusión de que la fidelidad es algo que se pone en marcha a través


de mi respeto hacia mis propios sentimientos, hacia mi propia verdad interna.
Cuando yo estoy conectada con mi amor y con mi verdad no necesito
promiscuidad, ni nada que se le parezca. Si una persona con la que me relaciono
me miente, me traiciona, en realidad no me lo hace a mí, está traicionando su
propia capacidad de amar, está engañando a su corazón; a mí solo me usa como
excusa para dañarse a sí mismo.
El más divertido es el miedo al miedo. Esto traducido sería “Deseo de desear”.
Otra vez aparecen las ganas de sentirme viva, de experimentar, de estar en
conexión con mi naturaleza.

Acoger a mis miedos con mi corazón, ponerme de su parte en lugar de luchar


contra ellos, eso es reconciliarme internamente y tener la oportunidad de
madurar, de caminar en dirección a mi verdad más profunda, mi instinto de vida.

Para poder hacer esto necesito desactivar todas esas normas rígidas y moralistas
que se me han clavado en las neuronas de generación en generación,
limitándome, prohibiéndome, reprimiéndome….

¡Ya!, ¡basta!, he nacido para vivir. Quiero vivir. Y la vida es riesgo, la vida es
emoción, la vida es experiencia, la vida es conexión.

Quedarme pegada a lo conocido por miedo a surcar nuevos mares me deja en la


jaula de la amargura durante todos los años que dure activo mi cuerpo. Porque
mi cuerpo ha nacido para vivir y no para estar enjaulado en la sobreprotección
anuladora.

Mi lema es “vive, aunque vivas menos tiempo”. Porque lo habré vivido de


verdad. Quedarme en la jaula 110 años sin haber vivido por no asumir riesgos, es
pasar 110 años en la antesala de la muerte leyendo una revista y sin saber que
más allá de la puerta está la vida llena de riqueza, esperando a ser devorada por
mí. Por cada uno de nosotros.

Para vivir necesito quitarles la razón a esas voces que grabadas en mi mente me
prohíben, me exigen, me imponen, me castigan….

Nadie puede robarme la vida si yo no lo permito. Una vez más es necesario que
me pare a preguntarme ¿quién vive mi vida por mí?, ¿realmente la vivo yo? ¿O
la vive mi padre, mi madre, mi maestro, etc.? ¿Quién decide lo que puedo o no
puedo hacer, sentir, expresar…, quién limita mis oportunidades de experimentar
la vida…, quién?

Mis momentos de crisis en la vida son los más valiosos realmente. Cuando los
atravieso siento que son como un túnel que me transporta del antes al después.
Durante ese trayecto puedo tocar la angustia; al fin y al cabo, se trata de un túnel
y es oscuro, está lleno de incertidumbre, nunca sé cuánto falta para llegar a la
salida ni a dónde voy a salir. Es como volver a nacer y atravesar el canal del
parto; cada momento de crisis es un nuevo nacimiento hacia algo nuevo. Volver
a atravesar el túnel en dirección a la vida y a la nueva luz.

Cada crisis, cada túnel, sale a alguna parte, al otro lado del túnel siempre está la
libertad en relación al pasado, y siempre hay un nuevo paisaje, un nuevo
amanecer y una vida llena de oportunidades esperándome.

Para atravesar el túnel solo existe una condición: armarme de valor, de coraje y
confianza.

Porque, si dejo que las dudas me atrapen, me quedo detenida dentro del túnel,
con una mano agarrada a mi pasado y con la otra intentando coger lo nuevo. Esto
no es posible. Para coger lo nuevo que la vida me propone necesito soltar lo
antiguo, liberarme.

Es la única forma de seguir caminando hacia delante, hacia la nueva luz.

Asusta, lo desconocido siempre me asusta, y es normal. Por eso necesito coraje y


confianza, para asumir el riesgo de estar equivocándome. Para no quedarme
paralizada y anclada en un pasado que ni siquiera existe ya, que forma parte de
la historia. Anclarme en el pasado me impide vivir el presente y caminar hacia el
futuro.

Definitivamente, y por mucho que me asusten mientras duran, yo agradezco mis


momentos de crisis, de dudas, con su dosis de angustia, de dolor e
incertidumbre. Son fuentes de crecimiento que me llevan hacia algo más grande
internamente, que me ofrecen nuevas oportunidades y que vienen cargadas de
sorpresas.

Tal vez lo que tuve antes era lo mejor en relación a mis necesidades de entonces.
Hoy el momento es otro, la realidad de ahora es otra. Y puedo fluir con ella y
evolucionar en una nueva dirección, o quedarme detenida, suspendida en el
tiempo sin caminar hacia ninguna parte. Yo decido, yo elijo. Sé que el dolor me
duele menos cuando lo acepto y lo siento, que cuando lo niego y trato de escapar
de él, que además es imposible. Así que atravesar mis momentos de crisis es más
fácil si me entrego al dolor de despedirme de lo antiguo, de lo conocido. Ya
cumplió su ciclo y ahora toca pasar página, cambiar de capítulo en la historia de
mi vida e intentar que cada capítulo nuevo que vaya viniendo sea vivido de una
forma armónica, hermosa y satisfactoria por mi parte.

Fluir con el curso de la vida es empaparme de las aguas que forman este
movimiento de mi experiencia, para balancearme con las olas en lugar de
resistirme. Si me entrego, pase lo que pase, el baño puede ser del todo delicioso.
Aprenderé a nadar, al fin y al cabo.
Si me resisto y trato de ir contracorriente, puede ser muy cansado, y si me sigo
resistiendo a fluir con lo que toca en cada momento, tal vez acabe ahogándome
en mis propias aguas, agotada y vencida por la realidad que es la que es, tanto si
yo quiero como si no.

Te propongo un brindis por la vida. Un brindis a corazón abierto, un brindis


permanente para darle la bienvenida a cada nuevo instante, a cada nueva
situación.

Esto implica saber decir adiós con dignidad a lo que ya pasó, y con la alegría de
saber que lo antiguo debe ser liberado para crear un espacio disponible donde
acoger lo nuevo.

Mi propuesta es ponerme frente a la vida para mirarla a la cara con mi mejor


sonrisa y abrirle mis brazos de par en par, mientras la desafío: ven a mí, tómame
entera, no te dejes ni una sola de mis células por conquistar que yo con gusto me
entrego a tu experiencia. Si necesitas hacerme daño algunas veces, adelante, yo
te bendigo. Si quieres colmarme de placer y de alegría, adelante, yo te bendigo.
Y en esos ratos de descanso en que parece que no pasa nada, descansaré con
gusto para renovar mis fuerzas, mi coraje y mi confianza. Adelante, tómame, yo
te bendigo.
Esta es mi posición en este momento, quiero tratar de entregarme entera a la
experiencia de la vida, sin resistencias, con mi corazón disponible para abrazar
lo que venga, tenga el sabor que tenga y me lleve a donde me lleve.

Quiero sentirme atravesando este río, con su dolor y su placer, con su tristeza y
su alegría, con su amor y desencanto, con su ilusión y su verdad, que no son más
que los míos que se suman a los tuyos, y a los suyos…. Porque al fin y al cabo
todos somos las células de este cuerpo que es el mundo. Que a su vez es una
célula que se suma a otras para formar el cuerpo de este universo, que también es
una célula que se suma a otras para formar el cuerpo del Todo del que Todos
formamos parte.

Dioses y Demonios, Vida y Muerte, Alegría y Pesar, Bienvenidas y Despedidas,


Tú, Yo. Nada me resulta ajeno, en según qué momentos cada uno de los aspectos
de la vida predomina en mí; por eso les doy la bienvenida, porque finalmente
comprendo que de todo formo parte y todo forma parte de mí.

Mi reconciliación es esta. Estoy en ti y estás en mí. Aunque creamos que no nos


conocemos de nada, por distintos que podamos parecer, no lo somos tanto en
realidad: esa diferencia es parte de la ilusión que nos aleja de la profundidad de
la Verdad. Nada es bueno ni malo, existe y punto.

Bendito sea cuanto existe porque gracias a ello existimos cada uno de nosotros y
esta experiencia maravillosa que es la vida.

POLARIDAD: CAZADOR DE DRAGONES / PRINCESA DE


CUENTOS MADUREZ

Mientras trato de cazar tus dragones me quedo indefensa ante mi propio dragón.
Mi energía está en tu guerra y no en la mía. Eso me convierte en Princesa
Desgraciada.

Si me muevo desde la Princesa Desgraciada trato de “salvar a mi Príncipe” de


sus propios dragones, para que él pueda protegerme de los míos.

Cuando no me identifico con ninguna de estas dos posiciones puedo utilizar mi


energía en elaborar mi tema con mi propio dragón. Yo, en nombre propio asumo
mi responsabilidad sobre mí misma.

De esta forma me mantengo fuera de tu lucha, respeto tu territorio. Ya no me


muevo desde la necesidad de ser atendida, ni salvada. De esto me ocupo yo. Esta
es mi madurez.

Ahí puedo verte a ti, y amarte tal como eres. Cuando tú te ocupas de lo tuyo y
yo me ocupo de lo mío, somos un hombre y una mujer que se miran frente a
frente con su mutua desnudez. Sin zapatos de cristal ni ropajes azules.

Existen hombres que viven altamente influenciados por los cuentos infantiles, y
al igual que existen mujeres que buscan durante toda su vida al presunto príncipe
azul, que les calzará un zapatito de cristal mágico y todopoderoso y que las
convertirá en princesas de un palacio de amor y felicidad con perdices en el
menú, estos hombres se pasan la vida buscando mujeres “desgraciadas” a las que
poder salvar con sus encantos y su dedicación.

Es decir, se pasan la vida buscando “princesas” secuestradas en la torre de la


bruja mala, rodeadas de dragones lanza fuegos, con los que ellos tendrán que
luchar y vencer mil batallas para “sentirse hombres”, pues a través de los cuentos
entendieron que este es el rol que ha de desempeñar aquél que quiere ser digno
de ser amado.

Cuando se encuentran la cenicienta que busca su zapato de cristal con el cazador


de dragones que busca a una pobre desgraciada sumida en su sufrimiento para
poder salvarla, se da la fórmula mágica para que haya un desenlace “Fatal”.

Me explicaré mejor.

Como mujer que soy, si vivo atrapada en el rol de la princesa desgraciada,


necesito urgentemente hacer todo un proceso que me libere de mi drama.
Principalmente necesito darme cuenta de que esa desgracia mía tiene un origen y
solo uno; mi desgracia empieza y acaba en mi construcción mental, que es donde
albergo una serie de creencias sobre las que yo, y nadie más que yo, estoy
construyendo una realidad miserable en mi propia vida. Eligiendo lo que elijo,
agarrándome como me agarro al sufrimiento, y dándole sentido a mi vida a
través de tanto “problema”.

Desde esa identificación co n “la sufridora”, si en algún momento las cosas van
bien ya haré yo algo para boicotear ese momento y poder constatar así que sufro
mucho y que soy merecedora del cielo, pues parece que esa sea la idea de fondo:
“que el cielo se gana sufriendo”.

En el otro lado: el hombre que vive atrapándose a sí mismo entre mujeres


desgraciadas, para sentir que es él quien las salva del sufrimiento; aquí tenemos
a un hombre que, lejos de lo que parece, no puede soportar que su dama esté
feliz, porque entonces, es la vida de él la que pierde todo el sentido.

Si mi hombre va de salvador, yo tengo que estar mal para que él pueda sentirse
válido haciendo su función: “salvándome”. Y si yo llego a estar bien, entonces lo
más fácil será sustituirme por otra que sufra, porque si no ¿qué va a hacer él con
su hombría? Menos cuestionarse por dónde pasa la hombría hará cualquier cosa,
pues cuestionarse eso sería hacer un cambio de esquemas total y radical que solo
es posible con humildad, cosa que un cazador de dragones “ajenos” no conoce
en absoluto. Es evidente que si conociera la humildad se dedicaría a otra cosa un
poquito más sencilla, más modesta. Cazar dragones es una misión muy
pretenciosa, cuando los dragones son los de otra persona.

Estoy convencida de que todos tenemos un gran dragón que precisa nuestra
atención. Pero la nuestra, la propia, no la de alguien ajeno a nosotros mismos.
Porque es un dragón que habita en nuestro interior, por tanto, solo cada uno de
nosotros lo podremos lidiar, en nombre propio.

Mi secreto no pasa ni por cazarlo ni por matarlo, más bien por hacerme amiga
suya, por entender que ese dragón lo he construido yo con las herramientas que
tenía en el momento, y me ha servido fielmente toda la vida; lo construí con un
propósito y mi dragón, que es la cosa más tenaz que he conocido en mi vida, lo
lleva a término día tras día.

Mi dragón, mi ego, mi personalidad. Es mi lanzallamas, y está en mí porque así


lo decidí yo mientras crecía. Aunque con el paso del tiempo me haya olvidado
de lo que hice, de mi creación. Aunque con el paso del tiempo haya confundido
quien soy con quién es mi dragón.

Mi dragón es una parte de mí pero solo es eso: una parte; ni mucho menos es
todo lo que soy, solo juega a serlo cuando yo no estoy ocupando mi lugar, y eso,
como todo lo demás en mí, es solo responsabilidad mía.

Mi dragón es juguetón, quiere que le de atención y mimos, que le cuide y que


esté al tanto de sus necesidades. Es un dragón, pero no es tonto.

Si yo lo atiendo, es decir si observo mi pensamiento, mis construcciones… ,


entonces mi dragón se relaja, me mira y se sabe observado, se sabe acompañado,
se tumba patas arriba invitándome a acariciarle la panza, igual que lo haría mi
gato.

Si mi dragón se siente solo, porque me mira y no le devuelvo la mirada, porque


hace de las suyas y nadie le dice ni media, entonces se enfada, como haría un
niño pequeño, y en un intento de llamar mi atención empieza a soplar bocanadas
de fuego en todas las direcciones hasta que consigue que le preste la atención
que necesita.
Cuando conquisto a mi dragón, él me permite montarlo, y juntos podemos volar
en cualquier dirección.

Conquistar a mi dragón es conquistar mi propia libertad. Entonces cuando se me


acerca un “cazador de dragones”, mi dragoncito se asusta, me mira y me
interroga con la mirada: ¿vas a dejar que me lastime?

Si yo lo estoy mirando en ese momento y le guiño un ojo, él sabe que estoy ahí,
para protegerle y cuidarle. Pero si no lo estoy mirando entonces empieza a
defenderse por sí mismo, y al cazador que tengo delante le suelta un coletazo en
la cara que lo tumba directamente en el suelo, después le suelta la llamarada, y
por último me vuelve a mirar como diciendo: ¿ves lo que tengo que hacer
cuando no me cuidas?: cuidarme yo.

El precio de que se cuide él solito es que destruye mis relaciones. Tampoco sé


bien si me interesan relaciones con cazadores de dragones, lo que si tengo claro
es que me habría gustado tener la oportunidad de decirle al cazador: oye mira,
que mi dragón y yo tratamos de llevarnos bien, hemos trabajado muy duro
ambos para conseguir esta actitud, así que ni se te ocurra meterte con él o te las
verás conmigo. Oye mira, ve a darle sentido a tu vida en otro sitio, o bien, ve a
buscar tu propio dragón que el mío no es asunto tuyo.

Pero claro, una vez chamuscado el cazador pocas explicaciones puedo darle ya.

También me habría gustado decirle: Yo no nací princesa, no necesito un cazador


de dragones que me salve de ninguna torre custodiada por la bruja mala. Tengo
mi propia torre y la custodio yo misma, aunque no siempre ha sido así; esta
conquista es mía, no me puedes disputar mi trono.

Y le diría algo más ¿cómo es que te interesa salvarme a mí, o salvar mi torre, o
pelear con mi dragón, teniendo el tuyo abandonado y acampando a sus anchas
por todas las torres ajenas que se encuentra en el camino?

Como los cazadores de dragones en el fondo no son demasiado listos,


seguramente me preguntaría: ¿de qué torres me hablas?

Y con gusto le contestaría: mira tu trayectoria, fíjate con cuántas “princesas


desgraciadas te has relacionado hasta hoy, enumera tus fracasos sentimentales,
y así sabrás de qué torres te hablo.

Es lógico. Cuando un cazador de dragones salva a una princesa se supone que


comen perdices y son felices para siempre.
Pero en la vida real, cuando pasa esto, cuando el cazador “salva” a su princesa,
entonces deja de interesarse por ella; ¡como ya no sufre…!

De pronto oye a lo lejos el alarido de otra princesa desgraciada y sale corriendo a


salvarla, para darle sentido a su propia vida, evidentemente, dejando a la anterior
abandonada ahora que ya está “salvada”.
La anterior se queda con las perdices en el plato y el tenedor por compañero. O
sea, se enfurece y mucho, pues su magnífico príncipe no era azul, ni verde, ni
rosa; sencillamente no era.

Un príncipe no va cabalgando detrás de todas las princesas que lloran. Salva a


una, la suya, y come perdices el resto de los días con ella, que para eso la ha
salvado ¿no? Ahí se acaban todos los cuentos. Por tanto, quien quiere vivir un
cuento no puede pasar más páginas. Se encuentra con el “The End” tocándole la
nariz, y todo lo que venga después ya no será un cuento: será la vida real.

En fin…. Los cazadores de dragones (hombres o mujeres) como todos los demás
seres humanos de este planeta también necesitamos darles la vuelta a nuestros
pies, y empezar a caminar hacia dentro. Necesitamos, como todos, ir al
encuentro del único dragón que precisa nuestra atención, el nuestro propio. Y
hasta que no nos demos cuenta de eso, iremos provocando estragos en todos los
reinos que nos encontremos en el camino.

Acabamos siendo expulsados de esos reinos como farsantes, como impostores. Y


no nos damos cuenta de que realmente lo somos. Pues en nuestro temerario
desafío, olvidamos respetar el terreno ajeno, nos inmiscuimos donde no
debemos, y olvidamos lo más importante, cuidarnos de nuestra propia
responsabilidad. Nuestro propio terreno, nuestro propio dragón.

Como dice el refrán… “Dios los cría y ellos se juntan”. Pues eso, Dios nos cría y
nosotros nos juntamos. Y todo en un intento de darnos cuenta de que ese no es el
camino; ¿cuántas veces hemos de repetir los mismos errores para aprender algo,
aunque solo sea un poco? Al menos yo: unas cuantas “muchas”. En algunas
ocasiones he confesado que me hice terapeuta buscando soluciones para el
propio caos de mi vida. Sí, cuando me descuido yo también me convierto en
cazadora de dragones. Resulta que me educaron para vivir por los demás, para
sacrificar mi vida por los demás; los demás era mi madre, no había nadie más.

Sé que, como yo, hay miles, millones de personas en el mundo que caminamos
programadas para cazar los dragones de otros si queremos sentirnos merecedoras
de amor.

Es mentira.
Hoy lo quiero denunciar.

Primero: nadie puede, ni debe, cazar al dragón ajeno. Segundo: todos tenemos
una lucha pendiente en nuestro propio interior, que precisa de todas nuestras
fuerzas para ser vencida, y vencida no significa que unos mueran y otros
sobrevivan; vencida significa que se alíen los ejércitos, que se encuentren y
acuerden la propia paz en beneficio de todas las partes. Reconciliación.

Con esta premisa me trajeron al mundo: “para que cuando yo sea mayor tu me
cuides, para no quedarme sola en la vida, etc, etc, etc…”.

Mi guerra es con ese parásito (grabación interna) que se agarró a mis neuronas
haciéndome sentir que mi vida no tenía sentido hiciera lo que hiciera; ¿y qué
sentido puede tener una vida que no es vivida para uno mismo?

Mi paz está en arrancar esos parásitos de mi mente y permitirme vivir mi vida en


nombre propio, porque es mía y me pertenece. En no aceptar el error del que me
hicieron depositaria a mí, recién nacida, cuando aún no podía siquiera discutir el
contrato.

Poder asumir que no, que yo no he nacido para vivir para nadie, ese es mi gran
desafío, esa es mi única batalla.

Mientras no lo hago me paso la vida persiguiendo dragones ajenos, porque está


en mi programa inyectada esa orden. No soy la única que está atrapada en esa
red, no estoy sola en esa batalla. Sé que hay más personas que necesitan luchar
contra el virus de las creencias que nos han impuesto sin permiso ni respeto
alguno.

Decir que NO es fantástico: ¿Lo has probado? Yo te animo, pruébalo. Es un


“gustazo”, de verdad.

A veces consigo dejar el sentimiento de culpabilidad en la puerta junto a todas


las cuerdas que me amordazan y el veneno que me aniquila la vida. A veces me
atrevo: NO. En mayúsculas. Y se acabó.

Me doy el permiso y el derecho; lo tengo dentro, solo necesito practicarlo un


poco para utilizarlo bien.
¿Lo has conseguido? Adelante; si quieres, nadie puede detenerte. Quien va de
cazador de dragones es una persona desgraciada, y las personas desgraciadas
albergan un cazador de dragones.
Soy la misma cosa identificándome en uno de los polos y no en el otro, cuando
la realidad es que ambos forman parte de mí.
Darme cuenta de esto y poder aprovechar las dos partes en una misma línea
interna, es construir un camino que me lleva hacia la libertad de mi alma y de mi
Ser. Hacia el desarrollo de mi madurez.

La desventaja de ser un cazador de dragones es que se trata de vivir atrapado en


un cuento sin fin.
Aunque los dragones formen parte del mundo de las leyendas, simbólicamente
tienen mucho peso y una gran presencia en este mundo. Existen tantos dragones
como personas existen.

El dragón sería esa parte de mí con la que he de lidiar cada día de mi vida, que
vive en mi propiedad haciendo como si fuera suya y quitándome el trono en
cuanto me descuido.

Por otra parte, mi dragón es poderoso, muy poderoso. Tanto que si él muere yo
moriré con él. De la misma forma que cuando yo muera, él lo hará conmigo. El
secreto para que esto salga bien, se hace evidente: debo protegerlo, debo
cuidarlo, tanto como a mi propia vida. Sin embargo, quiero disfrutar del reinado
de mis tierras, por tanto, necesito encontrar la manera de aliarme con él,
entendiendo que solo es mi enemigo cuando lo amenazo de muerte, y que puede
ser mi fiel aliado cuando lo reconozco y lo trato como a tal.

En sí mismo, mi dragón no supone mayor problema que el desafío de encontrar


el acuerdo justo entre nosotros, que nos permita convivir y cuidarnos
mutuamente.

Cuando yo descubro a mi dragón por primera vez, él se siente amenazado, lleva


demasiado tiempo gobernando solo, no le resulta fácil compartir el terreno
conmigo. Para recuperar mi espacio necesito pelear con él. Después necesito
ganarme su confianza; eso lo consigo “tratándolo bien”. Tratarlo bien significa
acompañarle amorosamente. Ir mostrándole yo a él que hoy es distinto de ayer.

Ayer yo era una niña indefensa y lo necesitaba para protegerme. Hoy soy una
adulta que puedo y quiero responsabilizarme de mí misma.

Necesito demostrarle a mi dragón que quiero las mismas cosas que quiere él:
amor, aceptación, reconocimiento, paz, felicidad…. Y que existen otras formas
distintas a las suyas para alcanzar eso que ambos queremos. Mi dragón quiere
conseguir todo eso de los demás. Yo le propongo que lo consiga de mí.
Entonces, cuando se lo doy, puedo ver como agacha las orejas y sonríe
tímidamente. Realmente ha estado solo tanto tiempo que le cuesta creer que yo
voy a permanecer aquí. Siempre estuve, pero dormida; no nos veíamos él y yo.
Le cuesta confiar en mí.

Mi dragón necesita mi amor para transformar su miedo en confianza. Yo


necesito nuestra reconciliación para transformar mi herida en sabiduría.

Cuando ambos nos tenemos mutuamente, no nos falta nada.


No quiero seguir dividida. Yo apuesto por la integración con cada gota de mi

sangre. Sabiendo que a veces me equivoco. Sabiendo de mis muchas


imperfecciones.
El problema grave lo veo cuando lejos de reconocer a mi dragón y reapropiarme
de lo que es mío, empiezo a pelear con los dragones de los demás, en un intento
de salvarlos a ellos.

Qué vanidoso por mi parte intentar quitarle ese derecho a su legítimo dueño,
creer ni por un instante que el sentido de la vida de esa persona pueda llegar a
ser mérito mío. Visto así, yo creo que es evidente, sin embargo, en esta vida
donde tanto pongo fuera de mi misma, luchar con el dragón ajeno se me hace
más familiar que enfrentarme al propio.

Esto sí es grave. Se trata de un terreno interno donde nadie, salvo uno mismo,
tiene derecho a meterse (tampoco es posible en realidad). Tú en tu terreno y yo
en el mío.

Alguien me puede acompañar desde fuera, quizá guiarme en algún momento, y,


sinceramente, poco más. Yo te podré acompañar o quizá guiarte; sin embargo, tu
terreno es tu profundidad, yo no tengo acceso real salvo a mi propio interior.

En mis guerras internas solo estoy yo luchando, peleando conmigo misma, nadie
externo puede actuar dentro de mí directamente.

Yo no puedo actuar dentro de ti, y sin embargo, no dejo de intentarlo, al precio


de abandonar mi propio conflicto, mi propia batalla. Solo tengo una persona en
mí, si trabaja para ti no la tengo disponible. Y en este caso que trabaje para ti es
muy lamentable, porque a ti su trabajo no te llega. Se trata de un trabajo interno
y solo puedes elaborarlo tú mismo, igual que en mí solo puedo elaborarlo yo.
Cuando pretendo cazar tus dragones estoy renunciando a la gloria de vencer mi
guerra, en el intento de ponerme el mérito de la guerra del vecino.

¡Qué desperdicio de energía, gastar mi sangre en una batalla ajena, mientras mi


propio terreno se ve invadido y demolido gracias a mi ausencia! Esta es la
manera en que, siendo cazadora de dragones ajenos, me convierto de inmediato
en princesa de cuento. Si no me tengo a mí para mi propia batalla, busco a
alguien que me salve.
Esta es la ley de la dependencia. Sálvame tu mientras yo te salvo a ti, mejor
garantía imposible de que muramos los dos. Eso sí, hasta puede que lo hagamos
juntos. Una muerte muy romántica la nuestra, y muy poco práctica también.

Así, al estar programada para vivir para otro (mamá, papá, o quien sea) hago un
derroche de energía, día tras día, en un mundo que no es mi mundo sino “su
mundo”, para sentir que tengo el derecho a esa limosna de amor que ni siquiera
me sacia el hambre. ¿Vale la pena?

Lo único que vale la pena es que me pare un momento a observarme, a


cuestionarme y a decidir por mí misma qué quiero hacer con mi vida.
Seguramente lo que menos deseo es malgastarla absurdamente en las guerras de
los demás, cuando no puedo hacer nada por ellos y sí tanto por mí misma.

Y que eso que hago por mí sirva para que otros vean que realmente la paz se
puede conquistar. Solo es necesario dirigir el esfuerzo a una única batalla que
precisa mi presencia.

Nadie debe interferir en este proceso porque, al intentar salvarme, a lo sumo


conseguiría destruir mi oportunidad de conquistar mi libertad. Esto es algo que
solo puede hacer cada uno de nosotros en nombre propio.
EL PRÍNCIPE NO SALVADO

Érase una vez un príncipe de cabellos oscuros y rizados, ojos profundos y


misteriosos que escondían un secreto terrible. Al mirarle cualquiera podía ver
que era un príncipe muy desgraciado, que sufría mucho en silencio. Se adivinaba
su soledad infinita, su desprotección, su tristeza…

El príncipe estaba secuestrado en una torre labrada en piedra, aparentemente


hermosa, aunque por dentro fuera desoladora; ni una triste cama tenía el pobre
príncipe sobre la que recostarse a descansar por las noches. Ni una sola manta
con la que abrigarse cuando el duro invierno volcaba sus nieves sobre el
poblado.

Solo un ventanuco había, en lo más alto de la torre. En él asomado, se pasaba las


horas el príncipe, oyendo el canto de los pajarillos en el exterior, mientras se
decía a sí mismo:

- Si yo pudiera volar como ellos y escapar de esta prisión. La única misión que
tenía el príncipe allí enjaulado, era la de obedecer la voz de la bruja mala, que lo
tenía secuestrado:
- Príncipe, ven aquí, tráeme esto, llévame aquello. Admírame, yo sí que soy
poderosa y valiosa, no como tú que no sirves para nada en absoluto. Yo sí que
soy bella e inteligente que he construido este palacio solo para mí y para que tú
me sirvas…

Y así pasaban los días, oyendo la voz de la bruja mala, obedeciendo y en sus
pequeños ratos libres, asomado a la ventana viendo a los pajarillos revolotear
alrededor de la torre.

Un día el príncipe, asombrado, vio acercarse a una hermosa mujer, cabalgando


su corcel árabe de color negro; parecía una diosa montada a caballo, con el
empaque, la fuerza y la decisión de una absoluta guerrera. La mujer llegó a la
puerta misma de la torre, descabalgó del corcel y miró a lo alto, hacia el
ventanuco en el que el príncipe esbozaba una sonrisa, anonadado por tan grata
visión.

Ella le gritó desde abajo:


- ¿Dónde están los dragones?

El príncipe solo acertó a decir :


- Por favor sácame de aquí, sálvame.

La cazadora de dragones desenvainó su espada y lanzando hacia lo alto su larga


cabellera trenzada, para que el príncipe pudiera cogerla, se dispuso a trepar por
los muros de la torre en dirección a la ventana. A cada paso que daba mirando al
cielo, agitaba su espada en todas direcciones, para asegurarse de que ningún
dragón la detendría.

El príncipe, impresionado por tan increíble hazaña, se subió a la espalda de su


salvadora y tras el silbido de ella, que puso en guardia al corcel allí abajo, juntos
saltaron al vacío para aterrizar sobre los lomos del animal que emprendió el
galope acto seguido.

La cazadora llevó al príncipe a un palacio muy sencillo, donde había todo lo


necesario para subsistir, y poco más.
Pasados tres días la cazadora se dirigió al príncipe y le dijo:

- Alteza, debo partir; me han hecho saber que a cinco millas de aquí habita un
desgraciado príncipe de cabellos rojizos secuestrado en una torre que gobierna
una bruja mala. Mi deber es ir de inmediato a salvarlo.

Y sin más preámbulos se dio la vuelta, silbó a su corcel, montó en él y


desapareció en la lejanía.

El príncipe, que hasta ese día se había dedicado a reponerse de su estado


lamentable, se dispuso a pasear por el castillo, para matar el tiempo en tanto su
cazadora volvía a por él. Entonces fue cuando más sorprendido se quedó. En
cada habitación a la que asomaba su cabecita de rizos negros, veía cientos de
príncipes salvados jugando a las cartas. Todos esperaban que volviera su
cazadora para comer, por fin, las perdices prometidas. Y mientras tanto, se iban
multiplicando como las setas en días de lluvia. Príncipes y más príncipes eran
coleccionados en este castillo, y todos por una misma cazadora de dragones.

Entonces el príncipe formuló “la pregunta del millón”:

- Pero ¿dónde están los dragones?


A lo que otro príncipe contestó:
- Pues no lo sé, nosotros estamos esperando las perdices.

POLARIDAD DEMONIO / DIOS HUMANIDAD

No fue Dios quien creó mi realidad, tampoco fue el Diablo quien creó mi
sufrimiento. Yo, Humana, los inventé para tener a alguien a quien acudir sin
necesitar responsabilizarme de nada: “Si las cosas salen bien es por la gracia de
Dios, si las cosas salen mal es culpa del Demonio”. Tal vez sea cierto, y en
última instancia declaro que ambos son partes mías.

Solo al apropiarme de estas dos posiciones tomo todo el poder que ello
representa. Soy humana cuando combino la gracia divina que hay en mí y que
me permite, por ejemplo, crear: creo vínculos con las personas que me relaciono,
creo sueños y proyectos, creo poesía…. Con la fuerza demoniaca que me
permite, por ejemplo, materializar esas creaciones mías: vivo mi sexualidad a
través los vínculos que he creado con algunas personas, convierto mis proyectos
en realidad, le escribo poemas a la envidia, a la muerte…

En mi humanidad está mi corazón (sagrado y fuente de mi amor) y está mi ego


(fabricante excepcional e inimitable de protecciones, ilusiones, sufrimientos…).
Mi corazón sin mente me llevaría a la deriva emocional, no tendría capacidad de
discernir lo que necesito en mi vida y lo que no quiero. Mi mente sin corazón me
llevaría al dogmatismo, al autoritarismo, a la traición, a la indignidad… Necesito
combinar mi emoción con mi comprensión para alcanzar la compasión.

Compasión es para mí la sabiduría del corazón. Cuando ambas partes están


combinadas, mi mente trasciende el ego y se transforma en una sabiduría que
habita en mi corazón. Esto es mi Humanidad.
Por la ley del espejo: No me crearon ellos, a mi Dios y a mi Demonio los he
creado yo.
Cómo esto, así, es posible que no se comprenda del todo bien, voy a dejarles
paso a esos protagonistas para que ellos se presenten a sí mismos por separado.
De que se entienda esto va a depender que se entienda a fondo el contenido de
este libro.

Esta es la fuente madre-padre de todas mis polaridades, que no dejan de ser


reflejos de la misma mostrándose a trozos.

Al pensar en mi demonio me viene a la mente la película de “El Exorcista”, en


concreto la escena donde la niña retuerce su cabeza alrededor del cuello y
vomita papillas verdes hablando idiomas desconocidos.

Lo cierto es que “mi posesión” no es tan espectacular. Aunque bien mirado, los
efectos son parecidos.

Las voces introyectadas (fijación de los mensajes recibidos, que yo me repito a


mí misma) en mi mente durante mi crecimiento, dan vueltas en mis neuronas
mareando mi cabeza de manera similar a la forma en que gira la cabeza de la
niña de la película. Vomitar esas voces también se me antoja “papilla verde”. Lo
de los idiomas está en relación a que esos introyectos son grabaciones, ideas
ajenas que yo incorporo como propias, no solo en su contenido gramatical,
también en el tono y la intención. Definitivamente “un idioma” que no nació de
mí.

Al pensar en mi diosa, yo personalmente elijo todo lo que hay en mí que me


conecta con la vida: mi capacidad amorosa, mi energía sexual, la parte
consciente que se va abriendo paso en mi interior… Finalmente resuelvo que
ambos aspectos habitan en mí, combinarlos bien, sin identificarme de lleno con
ninguno de los dos, sin excluirlos tampoco; es lo que me convierte en Ser
Humano.

Cuando me identifico con una parte excluyo la otra. Esto me puede llevar a ser
una “endemoniada perversa” de la misma forma que a ser una “endiosada
insoportable”. No soy ni lo uno, ni lo otro. Sin embargo, tengo ambas
capacidades a mi disposición. Para que me sea posible manejarlas necesito
moverme desde la desidentificación.

Presentación de mi Demonio (endiosado)


Empezaré presentándome, para que me conozcas un poco; en estas páginas te
van a hablar varias veces de mí.
Yo soy parte de un imán y vivo en la mente de Montse.

Recuerda que cada vez que ella te hable de su Dragón, de sus Personajes, de sus
Demonios, o de su Ego, en realidad te está hablando de su Arrepticio, es decir
de mí: Su imán y su trampa.

Funciono exactamente igual que cualquier otro imán, así que te voy a resumir
brevemente mis cualidades:

Un imán es un cuerpo con un campo magnético que tiene dos polos, el polo
positivo y el polo negativo; cada uno de los polos atrae a los cuerpos contrarios
y repele los iguales. A mí me pasa lo mismo.

Me diseñó Montse de niña, para que me ocupara de mantener bien escondidos


los aspectos de ella que los demás no querían ver. Por eso soy aceptado en el
mundo y en las relaciones que tenemos. Porque hago muy bien mi trabajo y
rechazo todo lo que es igual a “esas partes” que nadie debe saber que existen.

Te pongo un ejemplo: lo natural sería que, si pasa algo bueno, Montse se ponga
contenta, alegre, y que si pasa algo doloroso Montse se ponga triste, ¿verdad?,
pues mi misión es impedir la primera parte. Montse no puede ponerse contenta.
Cuando lo hacía, siendo niña, le gritaban que se callara, que no hiciera ruido y
que no molestase. Así que, cada vez que a ella se le olvida, yo se lo tengo que
recordar, y lo hago con las mismas palabras (o parecidas) que lo hacían los
demás:

- “¿De qué te ríes?, ¿no te das cuenta de cuánto sufrimiento hay a tu


alrededor?, ¿no te das cuenta de que la vida es una tragedia?, ¿cómo puedes
reírte?, ¿acaso no te importa el dolor de los demás?, eres una egoísta que solo
piensas en ti y en tu propio bienestar, lo que tienes que hacer es compadecerte
del sufrimiento de las personas que hay a tu lado, al fin y al cabo ese
sufrimiento existe por culpa tuya, que has venido al mundo para robar la vida y
la libertad de los que están a tu alrededor…”

Podría seguir, pero ya es suficiente para que me entiendas. Este es mi trabajo,


mantener a raya las partes de Montse que no pueden ser vistas. Y claro, cuando
algún gracioso se ríe mucho delante de mí, me hace trabajar muy duro, porque
la risa de Montse al oír la otra risa, se despierta, sabe que tiene compañía,
quiere salir de la jaula y conocer a su posible amigo, y yo debo retenerla como
sea. Ella pelea por salir, y yo porque no lo consiga…. Acabo odiando a ese que
se ríe por complicarme la existencia (esta es la función repulsión de lo
semejante). ¡Con lo controlado que lo tengo yo todo cuando nadie interfiere!

Bien, pues esto es lo que pasa con todo lo que tengo que mantener escondido en
Montse: Con su energía, con sus ganas de vivir, con su entusiasmo… ¡Que no,
que tienes que estar quieta, silenciosa y pasar desapercibida! Es mi trabajo, tan
honrado como cualquier otro, ¿o no?

Un imán tiene una línea neutral que separa los polos y un eje que los une. La
máxima fuerza de atracción de los imanes se halla en sus extremos. Eso también
me pasa a mí: solo poniendo toda mi fuerza en uno de mis extremos, consigo
salirme con la mía.

¿Sabías que la Tierra, tu planeta, es un imán gigante? ¿Y sabías que en el polo


norte (geográfico) se haya el polo sur magnético, mientras que en el polo sur
(geográfico) se haya el polo norte magnético?

¿Sabías que todos los imanes tienden a orientarse siguiendo la misma ley de
atracción – repulsión? El polo norte de un imán se orienta hacia el polo sur
magnético de la tierra, y el polo sur de un imán se orienta hacia el polo norte
magnético de la tierra.

Me gusta ser importante. Fíjate, todo tu planeta está “atrapado” en su propio


imán. A Montse le pasa algo parecido, está “atrapada” en mí, es más, no puede
vivir sin mí. Aunque yo tampoco podría vivir sin ella, sinceramente.

Esto es algo que a ella le cuesta mucho aceptar. Su mayor conflicto ha sido
querer SER sin mí, a veces se le olvida que SER me incluye, tanto si le gusta
como si no. Al menos mientras dure su viaje por la tierra.

Cuando me niega, yo me enfado con ella porque se pasa la vida reclamando su


territorio, y resulta que el territorio es compartido.
¿Quieres saber cómo nací? Ella me creó. No podía sobrevivir sin mí.

La verdad es que nadie la quería, hasta que me dibujó a mí; entonces YO


conseguí que la aceptaran, que le dieran lo que necesitaba, que no la
aplastaran, literalmente. YO, con mis poderes…
Sí, tengo poderes, Montse me creó infinitamente poderoso; mira, te cuento:
Tengo el poder de caerle bien a casi todo el mundo; sé cuándo hay que ser dócil,
también sé cuándo hay que ser hipócrita, sé cuándo hay que poner buena cara,
sé cuándo hay que aparentar lo que haga falta, y sobre todo sé lo que esperan
los demás de mí y sé cómo dárselo. Sé humillarme, sé llorar a moco tendido. Mi
especialidad es que sé dar mucha pena, ¡pero mucha, eh!

Bueno, sé hacer muchas más cosas: como ser obediente, no contestar… Sé hacer
que parezca que no me estoy moviendo para no molestar, sé pasar
desapercibido. Sé compararme con cualquiera, y sé muy bien como dejar muy
claro lo peor que hay en mí. Esta es una estrategia genial, así evito que me
envidien y me pisoteen; ¡total, ya me pisoteo yo solo! Es muy divertido verme.

He de admitir que durante mucho tiempo he gobernado yo solo todo el terreno


interno de Montse; ¡ahhhhhhh, qué tiempos aquellos…! ¡Cuando podía sufrir y
sufrir, y seguir sufriendo sin que nadie me disputara el protagonismo! ¡Siendo
feliz aquí dentro…....! ¡Era tal mi libertad de acción que…, la verdad es que
llegué a abusar!

Abusé tanto que al final obligué a Montse a descubrirme; eso la llevó a


observarme, incluso a hacerme caso. Y conseguir esto fue un error por mi parte,
porque yo solito, sin que nadie me viera, al mando de todas las legiones, podía
hacer tantos estragos como quisiera.

Podía humillarme y humillarme gustosamente sin que nadie me recordara que


existe eso de la dignidad. Y menos que la Sra. Dignidad tuviera que vivir
conmigo y en mis tierras, ¡qué putada!

Desde que apareció esta señora no me han dejado revolcarme más por el lodo
de mis llantos. Y yo lo disfrutaba mucho eso. Es un juego maquiavélico recordar
y recrear cada momento de dolor, estirarlo y encogerlo para volver a estirarlo
una y otra vez, y después cuando me canso de esa escena, entonces, imagino una
situación trágica y convulsiva y la repito una y otra vez también. Hasta que me
canso y me duermo; entonces sueño cosas horribles y puedo seguir sufriendo
unas cuantas horas más.

Todo era mío, todo…, hasta que llegó la Sra. Dignidad de las narices y se acabó
el drama.

Cuando yo gobernaba solito estas tierras, lo decidía todo. Podía elegir incluso
las parejas para Montse, y se las elegía con una puntería que no te puedes
imaginar: traidores, infieles, déspotas, abandonadores… Yo sé hacer mi trabajo,
a mí me crearon para salvar la vida de Montse, y la vida de Montse se salvaba
sufriendo; eso era lo único que estaba bien visto en su entorno: el sufrimiento.
Si cada vez que ella reía o jugaba la ponían a dormir (en el mejor de los casos),
o se pasaban una hora de reloj gritándole, acusándola de absolutamente todos
los males del mundo y castigándola. Mejor que llorara, ¿verdad? Porque
entonces nadie la castigaba, ni la maltrataba; al contrario: si se hundía en la
miseria, hasta conseguía que la abrazaran, al menos un momento.

Pues eso: yo sé hacer muy bien mi trabajo. Y mi trabajo es hacerla sufrir.


Cuando hay motivos, trabajo poco: ya se duele ella sola; pero cuando no los
hay, yo los tengo que inventar o provocar. Y lo sé hacer a la perfección, no hay
detalle que se pueda mejorar; de verdad que no.

Yo sé cómo hacer que no gane dinero, que pase necesidades, que se pudra de
soledad, que acepte trabajos basura que solo le sirven para quemar su vida. Yo
sé cómo conseguir que se arrastre por donde yo diga que se tiene que arrastrar.

Es lo más fácil del mundo, solo tengo que repetirle algo que a ella le cuesta
mucho cuestionar: “tu no vales nada, no vales una mierda, no eres nadie, nadie
te quiere y nadie te ha querido jamás, nadie te podrá querer nunca, porque solo
has nacido para joderle la vida a los que se han acercado a ti. Por eso tu pareja
se droga, o por eso te cambia por otra, o por eso te engaña, o por eso no quiere
estar contigo, por eso se va, por eso: porque no te soporta. No te soporta tu
madre, ni tu padre quiso conocerte. ¿Quién podría querer a alguien como tú?
Nadie. ¡Solo me tienes a mí! (esta es la frase del millón, la que gana todos los
concursos: ¡Solo me tienes a mí!). ¿Una profesión que te guste?, ¿pero quién te
crees que eres? Eres ridícula, patética, quién iba a confiar en ti para darte un
trabajo que valiera la pena. Estúpida, sigue soñando, al menos así te distraes un
poco, porque ¿sabes cuál es la pura realidad? La pura realidad es que deberías
estar agradecida por tener un trabajo en el que no te cobren a ti por aguantarte
tantas horas cada día, así que, si está mal pagado, tratándose de ti es una
fortuna, no vales ni la mitad de esa mierda que te pagan. Payasa. Engreída.
¡Solo me tienes a mí!”

Hasta que llegó la Sra. Dignidad a compartir las tierras, y se acabó el juego. Yo
le digo lo que le digo por una oreja y la otra va y le dice todo lo contrario por la
otra oreja. Durante mucho tiempo hubo suerte porque Montse estaba tan
acostumbrada a vivir sola conmigo que a la Dignidad esa ni la escuchaba. Pero
alguien la enseñó a poner atención y se fue a tomar viento mi poderío. Qué
fuerte, ¡con qué facilidad me quitaron mi totalidad sobre el mando! Solo así:
escuchando y observando, a través de la atención.

No sé qué simpático o simpática fue que le dijo “respira, observa tu respi


ración, ¿qué sientes?, ¿dónde lo sientes?, ¿qué pensamiento ha despertado a esa
emoción?” ¡y ella hizo caso! Respiró, observó, y aunque al principio le costaba
un poco, me acabó pescando. Un día se dio cuenta de que yo le decía lo que le
decía, y había alguien más que le decía otra cosa. Y como le hablábamos los dos
a la vez, ella, concluyó que no era ni lo uno ni lo otro.

Vio que solo éramos voces en su mente diciéndole cosas. Yo le decía que la
muerte de su primer novio (un heroinómano) era culpa de ella por no haber
sabido quererle mejor, por no haber sabido ayudarle… Y la otra le decía que él
ya se drogaba antes de conocerla, que él usaba los problemas como excusas,
que se drogaba porque así lo elegía él y no por culpa de ella ni de nadie más
que sí mismo. Llevaba más de 20 años creyéndome a mí, y de pronto un día, la
oye a ella, y me pone en duda.

Ese día fue el principio del final de mi reinado. Después de eso ya nunca volvió
a confiar en mí como antes.

Ahora no me cree casi nunca. Aunque aún puedo engañarla alguna vez, cuando
no me presta toda la atención que necesito, entonces y por un momento puedo
volver a gobernar; pero ya no es lo mismo, porque la Sra. Dignidad no baja la
guardia.

¿De dónde habrá salido la señora esta “tan íntegra”, “ tan honrada”, “tan….”
Vale, acaba de entrar en escena, me dice que le pase el turno que ya he hablado
demasiado. Es verdad, yo, si me dejan, tengo carrete para llenar de texto varias
enciclopedias seguidas… Es lo que soy, ¡qué le vamos a hacer!: un charlatán.

¡Que sí, que ya me voy!

Un placer, ya sabes, soy el Dragón, el demonio, el personaje principal. Cuenta


conmigo para lo que gustes que sabré complacerte, puedo darte absolutamente
todo lo que quieras de tu entorno; tú solo tienes que pedirlo y yo te lo
concederé. Y, ¡por favor!, cuando en estas páginas te hablen de mí, hazte una
idea: en realidad no soy tan malo, solo hago mi trabajo.
Presentación de mi Diosa (¿endiablada?... Sí):
Ya conoces mi nombre. No tengo demasiado que decirte de mí. Soy joven, aún
estoy creciendo.

También formo parte del imán del que te hablaba mi compañero el Demonio
Dragón. Yo soy la línea central que separa los polos y también soy el eje que los
une. El Dragón te decía que cuando Montse te hable de él te estaría hablando de
su imán. Cuánto protagonismo se otorga. El imán no es solo él.

La ventaja que yo tengo sobre el Dragón es que, así como él solo vive en la
mente de Montse, yo vivo en todo su Ser. En cada una de sus células, en cada
una de sus respiraciones. Formo parte del aliento divino que le da vida.

Se me conoce con otros nombres, el más popular es Amor, también me habrás


oído nombrar con el nombre de Paz, Libertad, Consciencia, Serenidad, Salud,
Sabiduría, Dios. No tengo más que decir, donde yo habito no hay espacio para
el desprecio, ni la humillación, ni siquiera para la lucha. Estoy aquí para
restablecer el orden natural de las cosas, de las emociones, incluso de los
pensamientos.

Estoy aquí para acariciar al Dragón. Cuando yo lo acaricio él se relaja.


Todavía no ha comprendido que no soy su enemiga. Todavía no ha comprendido
que las tierras que él quiere gobernar, sin mí, no podría disfrutarlas porque
sucumbirían.

Sé que es cuestión de tiempo. La verdad es que nos vamos haciendo amigos,


aunque a él le cuesta reconocerlo. Está demasiado acostumbrado a estar solo y
a hacer ruido.

En su propio ruido tiene grandes dificultades para oírme cuando le digo: “yo no
quiero pelear contigo, solo quiero acariciarte”.

La paciencia es parte de mi receta, así que no hay ni el más mínimo problema.


Acabará oyéndome, y acabará comprendiendo que es más fuerte conmigo que
sin mí. Conmigo puede tener cabeza y cola. Sin mí tiene que elegir una de las
dos cosas, y sin la otra no le sirve para nada. ¿Te imaginas una cola de dragón
volando sola?

¿Por qué utilizo mi presentación para hablarte del Dragón? Tal vez ya lo habrás
adivinado, en realidad, y aunque él aún no lo sabe, soy una parte de él. La más
pequeña y también la más poderosa. Yo soy el corazón del Dragón. Sí, los
dragones también tienen corazón.

POLARIDAD CLIENTE / TERAPEURA SER

De la buena combinación de estas dos polaridades: Cliente y Terapeuta, nace el


buen acompañante. Soy buena acompañante cuando Soy Yo Misma. Cuando no
utilizo el “rol” de terapeuta como una máscara de quita y pon: ahora soy
terapeuta y ahora que acabó mi jornada dejo de serlo.

Soy buena acompañante cuando me sé igual al otro, estoy dispuesta a caminar


junto a… sin llevarle por detrás, ni arrastrarle desde delante. Somos dos personas
caminando lado a lado, al mismo paso.

Como si los roles se dieran la vuelta descaradamente, a veces, es el cliente quien


me muestra mi propio drama a resolver con su vivencia. Y paradójicamente
viene a mí, no a otra persona, a hacerme ese regalo; soy yo quien debe tomarlo,
soy yo quien puede ayudarle, mientras él, sin saberlo probablemente, tanto me
ayuda a mí.

La identificación con uno de los lados me impide disfrutar el otro. Si no me


identifico con ninguno de los dos podemos beneficiarnos ambos de nuestro
encuentro.

¿Por qué paga uno otro y el otro cobra?, esto favorece la identificación con el
rol, y es necesario que sea así, para que se pueda jugar la transferencia que
permite el viaje por el infierno. Es el camino hacia el cielo que precisa esta
aventura.
Como mujer que soy, lo no resuelto con mi padre condiciona mis relaciones con
los hombres y por su puesto mis relaciones de pareja. Y lo no resuelto con mi
madre condiciona mi relación conmigo misma, y con el resto de mujeres que me
cruzo por la vida.
Para un hombre es lo mismo, lo no resuelto con el padre condiciona su relación
consigo mismo y con el resto de hombres. Lo no resuelto con su madre se
interpone en sus relaciones con las mujeres y en sus relaciones de pareja.

Esa necesidad, esa carencia (atención, comprensión, apoyo, reconocimiento,


límite, confianza, etc.), ese vacío, esa rabia, ese “lo que haya”, se interpone.
Y lo hace de la misma manera en una relación de amigos, de trabajo, de
pareja…, que, en una relación terapéutica, donde, si soy cliente, le puedo colgar
al terapeuta mi drama como si fuera con él. Le transfiero mi experiencia de vida.
Y si no lo reparo, es cuestión de tiempo que lo transfiera en mi cliente cuando la
terapeuta soy yo.

Lo único que me puede ayudar es darme cuenta de lo que está pasando.

Como cliente la figura del terapeuta se me hace muy importante, se crea un


vínculo “familiar” donde cualquier cosa que me contraríe puede dolerme de
manera insospechada, y al revés, cualquier cosa que me haga sentir aceptada y
acogida puede ser del todo reparadora.

Aquí el terapeuta necesita tener mucha destreza para atreverse a confrontarme lo


neurótico amorosamente, de otra forma me dañaría en el intento de ayudarme. Y
también debe saber reforzarme en lo sano y en lo positivo.

Lo que siento y lo que me pasa, no tiente tanto que ver con esta figura sino con
lo que la misma representa.
Mi sanación pasa por hacer consciente lo inconsciente, y por ver cómo hago lo
mismo, una y otra vez, con el resto de relaciones que voy creando en mi vida.
No es diferente lo que me ocurre frente a la figura del terapeuta, a nivel afectivo,
de lo que me ocurre en otra relación.

La diferencia elemental está en que el terapeuta tiene en sus manos la


oportunidad de ayudarme a comprender lo que está pasando dentro de mí. Y aquí
sí, cuando puedo sentir esta verdad en mis huesos, a partir de ese momento mi
vida puede hacer un cambio radical.
Como terapeuta una de las cosas que más me duelen, es ver mis propias
limitaciones cuando un cliente entra en este tipo de resistencia que hace tan
difícil la relación. Muchas veces, la resistencia tan poderosa que se levanta, me
dificulta ayudarle como yo quisiera. Puede haber sido mi propia actitud la que ha
originado una respuesta así en mi cliente, o puede que no. Sea como sea es una
gran oportunidad de ayudarle y no siempre sé hacerlo todo lo bien que yo
quisiera. Este desafío también me ayuda a mí a mejorarme.

En cada momento, en cada situación, siempre hay algo que mi cliente me pone
delante y que me confronta con mi propia vida. Parece algo mágico la potencia
que tiene el espejo, en doble dirección, de cliente-terapeuta. Y parece un regalo
del cielo cuando juntos, descubrimos el camino a caminar.

Tanto en la polaridad de Terapeuta como en la de Clienta me encuentro con un


regalo que espera mi acogida. Ese regalo es algo que me sirve y me ayuda de
verdad, por tanto, suele ponerse en marcha el mismo mecanismo: el miedo
inconsciente. Las resistencias de mi mente se levantan al sentir que algo más
grande supone una amenaza a su reinado.

Cuando mi ego-mente comprende que mi Ser quiere la misma cosa que quiere
él: Amar, mis resistencias caen.

Inventé mi máscara para protegerme de un sentimiento de dolor insoportable que


se originaba cuando me sentía rechazada por ser tal y como era. Eso hace que mi
mente tenga miedo al sentir que algo la puede destronar, y dejarme así,
susceptible a ese dolor. No calcula la diferencia que existe entre el dolor que
siente una niña pequeña y dependiente de los adultos, cuando se siente
rechazada, (es su propia supervivencia la que peligra), con lo que siento como
adulta (me valgo por mí misma).

Mi mente no registra esa diferencia hasta que ocurre el destronamiento. Pues


mientras tanto su experiencia siempre ha sido la misma: desde que inventé el
personaje me he movido a través suyo, y no a pecho descubierto como hacía de
niña, cuando era pura y auténtica.

Salgo perdiendo cuando me agarro al personaje, cuando me aferro a seguir


protegiéndome.
Es mi propia capacidad de sentir la que se resiente, es muy difícil darle la vuelta
a esto y, sin embargo, es posible.

Defender, justificar, agarrarme al personaje, implica la elección de un tipo de


soledad que no se ve, ni se nota desde fuera. Cuando elijo mostrarme al mundo
desde mi máscara, desde eso que los otros quieren ver en mí, mis relaciones se
construyen entre mi personaje y el otro, pero ¿qué pasa con lo que soy en
verdad?, ¿qué pasa con mi Ser real?

Si me muevo y me relaciono desde ahí, mi ser profundo sabe que no tiene a


nadie, pues nadie lo conoce, nadie lo ve, nadie lo elige, ni si quiera yo misma
que estoy vendiéndome distinta a quien soy, me tengo en esa situación.

El ser yo misma implica otra forma de soledad, asumir el dolor de ver algo real:
solo se crean vínculos profundos y auténticos con aquellos que también se han
decidido a ser ellos mismos.

Esa realidad que me duele dice, entre otras muchas cosas, que una buena parte
de las personas con las que me encuentro en la vida se mueven desde la mentira,
el engaño y la manipulación.

Esto conduce a una vida un tanto solitaria; es muy sencillo: no van a soportar
que yo me permita vivir en la verdad, eso los confronta directamente con su
propia artimaña, y si eligen vivir en ella es porque no quieren saber de sí mismos
más de lo que saben.

También porque yo no voy a aceptar vivir en su mentira, ser cómplice del


engaño, de la estafa, de la merma de su Ser que, si yo acepto, es al precio de
mermar el mío.

Alguien que elige vivir en la mentira se resta posibilidades a sí mismo. No sabe


qué habría pasado si en lugar de maquillar la realidad se hubiera arriesgado a
mostrarla sin más.

Intenta retener un falso amor (destinado al personaje y no a la persona). Y este


personaje puede volverse manipulador, estafador, perdedor. Es en primera
persona esa estafa y esa manipulación, es en primera persona la pérdida que
entraña: Se pierde, a través de la mentira, cualquier posibilidad de ser amado por
quien es en realidad.

Una vez más el espejo de la vida y de los otros me refleja mi propia realidad
interna: Se quedarán conmigo, si me muevo desde ahí, aquellos que estén
dispuestos a aceptar mis mentiras, y que, evidentemente, desconocen cuál es mi
verdad, pues no la muestro.

Entonces todas mis relaciones serán mentira, estarán construidas sobre la


mentira. Mi mundo, mis amores, mis amigos, todos esos que parece que están
ahí, en realidad están, pero no para mí, sino para lo que ellos quieren ver en mí:
alguien que les complace en sus expectativas.

Solo cuando me arriesgo a mostrarme y asumo las consecuencias sabré con


quien cuento y con quién no; y también habré salido ganando internamente, pues
sabré que, como mínimo, me tengo a mí misma, no estoy negándome, no estoy
escondiéndome como si fuera algo malo, algo despreciable, algo terrible. No
estoy falseándome.

Soy ésta, tanto si quieres relacionarte conmigo como si no, si quieres que
compartamos como si no; esto es lo que soy, esto es lo que hay. Y si no puedes o
no quieres lo que soy, entonces te puedes ir y seguir con tu camino, que parece
que no es el mismo que el mío.

Cuá nto más alta hago mi apuesta por “mi lado oscuro” más fácil se me hace
renunciar a este tipo de relaciones que están sujetas a una fabulosa interpretación
teatral y a la destreza de la palabrería engañosa.

Sin embargo, el dolor de saberme rodeada por algunas personas heridas y


maniatadas en la mentira, que no quieren saber de sí mismas, a veces me
produce una tristeza infinita que me cuesta mucho atravesar, sobre todo cuando
lo veo en personas de mi entorno inmediato en las que había puesto mi
sentimiento y mi confianza.

Es un desengaño permanente. En ocasiones, aquellos que parecían luchar a


cuerpo descubierto contra sus propias mentiras, también habían elaborado, un
sistema mucho más sólido de auto-engañarse.
El ego es impredecible, y esta es la razón por la que concluyo que no es posible
ganarle la pelea; que no quiero seguir luchando con él, lo que quiero es paz, lo
que quiero es alianza.

Cuando veo que alguien, por no perder lo que cree que tiene, se vende a sí
mismo como un objeto en el mercado, es decir: se falsea, se inventa, se cree a sí
mismo y a su propio engaño, entonces se me encoje el alma, por las tantas veces
que yo me reconozco en lo mismo, en el intento de sentir que soy capaz de
conquistar el amor de mi entorno.

Qué lástima, y qué horror saber que esas mismas trampas pueden seguir vivas y
quizá no las esté viendo.

Por eso, mi contrato más respetado me propongo que sea el que hago conmigo,
entre mi “verdad” y mi “mentira”, entre mis polaridades: entre lo que soy y lo
que juego a ser.

Quiero un contrato que ambas partes respeten, pues de otra forma todas mis
partes salen perdiendo.
Cuando a alguien que yo amo le descubro en la mentira, se me achica el corazón
de tal manera que tardo mucho en devolverme mi propia expresión natural. Me
quedo dolorida, enfadada, y con un sentimiento de frustración e impotencia que
me parece imposible atravesar. Sin embargo, con el tiempo lo consigo, lo
atravieso y suelto el tema; me cuesta, me cuesta mucho.

Se me derrumba la vida misma, pues no puedo dejar de ver lo hermoso que


podría haber sido lo que hubiéramos construido juntos desde la complicidad y la
autenticidad.

No ha sido posible, una vez más todo cae ante mis ojos, y lo más triste es que en
esos momentos no suele haber ninguna mano a la que agarrarse, pues desde
fuera cada cual ve lo que quiere ver, y los que están atrapados en el mismo
mecanismo del autoengaño no se deciden a valorar lo que yo estoy valorando.
Entonces me siento profundamente sola, yo con mi verdad, y nadie más para
compartirla, o ayudarme a ayudar a esa persona a darse cuenta del precio que
está pagando por elegir a su personaje, en vez de elegirse a sí mismo.
Entonces nos vamos, mi verdad, mi soledad y yo, a seguir caminando entre los
escombros de lo que pudo haber sido y nunca fue, aunque por un rato lo
pareciera desde el espejismo.

Una y otra vez, elegir ser yo misma me demuestra que lo barato, como dice el
refrán, al final sale muy caro. Si me hubiera quedado con la mentira de aquél,
estaría apostando por mi propio personaje que entre mentiras se maneja tan bien,
cuando vive mi vida por mí, haciéndome creer que somos la misma cosa.

No quiero relaciones baratas, que permiten ahorrar en verdad, transparencia y


honestidad. No quiero ese tipo de ahorro, de verdad que no.

Asumir el precio, caro, muy caro, de elegirme a mí misma, es asumir las


consecuencias de mis elecciones, que una vez más me llevan a un camino
solitario, donde en ocasiones me encuentro con alguien que elije su verdad
también, y que por un rato comparte conmigo su experiencia, para seguir
después cada uno su propio camino, porque eso forma parte de la verdad que
tanto me duele: el camino es uno para cada cual, que se cruza con otros, y que
sigue su propio recorrido después.

Sin embargo, en este caso, aún en soledad cuento conmigo. Es una forma de
soledad que me hace fuerte, donde no hay ausencia de amor, donde la búsqueda
tiene un principio y un final muy definido que no pasa por lo externo, aunque a
través en lo externo me puedo reconocer y me puedo congraciar con la vida
misma.

Aquí no hay más alternativa que asumir que ese sabor amargo de la impotencia
tiene que ver con mi propia necesidad.

Si me duele no haber podido ayudar a aquél a ver el precio que pagaba por elegir
al personaje y a la mentira, si me duele no haber podido contar con alguien
aliado que me ayudara a cumplir ese objetivo mío, es solo por una cosa: la vida
me desafía a devolver todas mis fuerzas a mi “yo misma”. Me recuerda que cada
cual se tiene a “sí” para hacer consigo lo que más guste, y no es mi cometido
cuánto se engaña el otro, ni qué camino elige, o el precio que paga.
Es mi egoísmo tan solo quien coletea, es mi deseo frustrado de haber construido
una experiencia conjunta y hermosa, que finalmente no fue posible. Mi
dragoncillo que no deja de jugar conmigo, y una vez más reclama mi atención.

Sé que solo soy responsable de lo que digo y de lo que hago, y en ningún caso de
eso en lo que algunos convierten esto desde su propia manipulación, para forzar
a encajar lo que no encaja dentro de sus planes.

Con gusto elijo para mi vida lo que construyo, con gusto pago el precio de mis
elecciones, todo esto suma y sigue a favor de mi libertad. Soy consciente de que
ese “gusto” a veces tiene un sabor dulce y otras veces lo tiene amargo. Y
mientras tanto… hay ocasiones en que no sabe a nada.

POLARIDAD SALUD / ENFERMEDAD SEXUALIDAD

Mi energía sexual es mi energía creativa: Crea vida y crea todo lo que construyo.

Si bloqueo esa energía mía, estoy bloqueando el potencial de todo cuanto


construyo en mi vida. Entonces, al desviar mi energía sexual estaré pervirtiendo
mis creaciones, haciendo de este mundo maravilloso un lugar donde impere el
odio, el resentimiento, el dolor, el sufrimiento, el abuso y la enfermedad.

Negar mi energía sexual es negar que estoy viva, y es negar que estoy sana.
Mientras que reconocerla, más allá de la decisión que tome en cuanto a cómo
vivir y con quién compartir, o no, esa experiencia en cada momento, es salud.
Así, de la represión, de la castración interna, nace la violación, el abuso y la
perversión. Una vez más la enfermedad nace de la inconsciencia.

El placer frente a la angustia son los polos opuestos del Ser Vivo. Al aprender a
coartar mi expresión natural voy en dirección a la contracción angustiosa,
convierto mi cuerpo en una armadura de contención que no me permite la vida.

Somos la única especie que no respeta la ley natural de la vida, que colecciona
interminables enfermedades, físicas, psíquicas y emocionales. Me atrevería a
proponer la teoría de que los animales que nos acompañan, “nuestras mascotas”,
enferman también en la medida en que los humanizamos: “siéntate, dame la
patita, no puedes hacer pipí hasta que yo decida sacarte a pasear, y por supuesto
no puedes tener vida sexual porque me llenarás de cachorritos que no quiero. No
puedes vivir”.
En tanto no me permita una conexión absoluta con mi potencial, para amar con
todo mi cuerpo y con mis cinco sentidos, en tanto impida esa descarga total de
mi energía, estaré caminando en dirección a la patología y mutilando mis
posibilidades de salud.

No consigo comprender unas razones que justifiquen el penalizar algo tan


hermoso y tan sagrado como es el principio de la vida misma. Vuelvo a ver en
primer plano al juez interno, atrapado en la más absoluta ignorancia y
pretendiendo saberlo todo y tener en su poder el conocimiento absoluto sobre el
bien y el mal.

¿Cómo hago que todo se desvirtúe gracias a mi juez?, no solo desvirtúo la


belleza de la verdad, sino que las consecuencias que eso conlleva implícitas son
contra-vida.

Tengo claro que la vida es la consecuencia misma de la sexualidad, no solo en


los humanos sino en todo cuanto existe. Y no solo en lo que puedo ver
matemáticamente, que sería la fórmula: óvulo más espermatozoide igual a bebé.
Sino que la forma en que vivo mi energía sexual condiciona mi existencia: me
conecta o me aleja de la salud.

Cuando esa energía no encuentra el espacio y el fluir adecuado y necesario se me


sube a la cabeza y me emborracha las neuronas.

Entiendo que el bloqueo sexual es el que da lugar a muchos tipos de locura o de


neurosis, de depresión, de agresividad, de morbosidad y monstruosidad…., la
represión equivale a enfermedad.

Mi energía sexual es una energía sagrada; yo necesito su movimiento, necesito


sentirla, expresarla y compartirla de forma natural. Mi energía sexual soy yo.

Entiendo mi energía sexual como la forma en que más profundamente me


comunico y me vinculo. Junto a la energía del amor son el Todo de la vida. Todo
lo demás, para bien o para mal, depende de esto y de cómo me gestiono aquí.

Qué bien cuando ambas energías, la amorosa y la sexual, coinciden en una


relación, qué plenitud. Y que bien cuando solo aparece una de ellas y puedo
verla, reconocerla, sentirla, y expresarla libremente.
Ambas posibilidades, y otras tantas, existen, son partes de la naturaleza y están
bien. Sin embargo, a través de mi juez, condicionado por el moralismo de mi
educación, muchas veces “enfermo”, me interpongo y saco el hacha para
decapitar todo aquello que no juzgo conveniente. ¡Increíble!: mi juez interno
tratando de juzgar a la creación misma del universo. Me pongo por encima del
criterio divino para decidir si es correcto o incorrecto que sienta y exprese
aquello que forma parte de mi naturaleza perfecta, aquello que forma parte del
fluir sano de mi vida y mi salud.

De esa forma puedo amar a alguien desde el corazón, con un tipo de amor en el
que mi centro sexual no se agita desde la erótica, como sería el amor que siento
por mi madre, mis amigos, mis mascotas, mis aficiones, mi profesión, etc. Y no
me juzgo como “mala, perversa o inmoral” por sentir solo una de las dos
energías. Sin embargo, ¿qué ocurre cuando siento una atracción puramente
sexual hacia alguien por quien no siento amor?; es algo absolutamente lógico y
normal. juzgarme de inadecuada, de inmoral o de cualquier otro descalificativo
frente a esta pulsión, es prueba de “mentalidad patológica”.

¿Cómo es posible que pueda permitirme amar sin más a cualquier persona, sin
que ello vaya acompañado por un sentimiento de culpabilidad, o sin sentir por
ello que esté haciendo algo malo, y sin embargo cuando se trata de deseo sexual,
de atracción pura y dura, a secas, entonces haya una parte de mí que me penalice
por sentir estas cosas normales?

Al decir públicamente que siento amor hacia mi amiga, o mi amigo (como se


llame) sé que nadie me condena, pero como diga que “tal persona” “me pone
cachonda”, veo que hay quien se ruboriza (incluso yo misma), y temo que habrá
quien me tache de indeseable. Sé que incluso hay quien, solo por haberme oído,
probablemente vaya a confesarse acto seguido, no vaya a ser que se le contagie
eso de la libido. En serio, conozco personas muy pudorosas.

Las restricciones que imponen diferentes religiones del mundo tienen una buena
parte de responsabilidad sobre esta atrocidad condenatoria. Sin embargo, la
mayor responsabilidad es la mía por no cuestionar, hoy como adulta, lo que
tragué sin masticar en mi educación, por creer a ciegas algo tan anti-divino como
todo lo que gira en torno a penalizar la energía más hermosa, origen y
continuidad de la vida y la salud, siempre que esta energía esté bien integrada y
se pueda vivir como algo hermoso y santo. De la misma forma, origen y
continuidad de la enfermedad mental y física, cuando está atrozmente reprimida,
reprendida y castigada.

Habrá quien al leer esto piense con razón “bueno, hoy no es como antes”; es
verdad, aquí en nuestro país hemos hecho algún avance en el tema, sin embargo,
pasé mi adolescencia sintiendo que masturbarme era malo. ¿Qué había metido en
mi cabeza para vivir renunciando a una parte de mi cuerpo y de mi sentir tan
indispensable como es el disfrute del placer a través de mi sexo? Es el absurdo
más gigantesco de todos los tiempos, y sigue vivo, en menor escala seguramente,
pero sigue dando coletazos.

A nivel personal, voy a hacer una confesión. Yo de pequeña tenía una muy fuerte
conexión con mi energía sexual. Después fui conteniendo y reprimiendo; mi
educación era una sentencia muy clara: el placer es cosa del Demonio (Bendito
Demonio). Y yo queriendo ser “hija de Dios” renuncié a lo más hermoso que
había en mí, mi conexión con la vida. Así he pasado los primeros 30 años de mi
vida; los 10 siguientes tratando de devolverme lo que es mío en este campo,
¡menuda faena!

La primera terapeuta que tuve, me preguntó a mis 28 años si había mirado mi


vagina por dentro; yo me moría de vergüenza hablando de estos temas entonces.
Negué rotundamente. Ni se me habría ocurrido. Ella me propuso que lo hiciera
poniendo un espejo de mano entre mis piernas y comprobara, para mi sorpresa,
que mi agujero vaginal no era negro y apestoso como yo pensaba entonces, sino
de un rosa precioso, luminoso y suave. Lo hice; fue un shock. Era verdad, es
rosa suave. Descubrí en ese momento que yo tenía en mi vagina dos agujeros
diferentes, el del canal vaginal y el del canal urinario.
Hasta esa edad viví pensando que solo tenía un pequeñísimo agujerito: “el del
pipí”. Y que como era tan pequeño, por eso me dolían tanto mis relaciones
sexuales, porque tenía que entrar algo muy grande para un agujerito tan
sumamente pequeño. No sabía que eran conductos distintos; cada relación sexual
que tenía era traumatizante, por mucho que yo amara al hombre compañero.
Destraumatizar tantos años de “agresión imaginaria” es algo brutal;
sencillamente, no se me ocurre otra definición más adecuada. Y nací en 1967; mi
generación tampoco es que esté tan “atrasada”. Yo si lo he estado. Mi educación
en la infancia lo es todo para mi condicionamiento adulto. Liberar esos enredos
precisa de mucha terapia, de mucho cuestionamiento, del coraje necesario para
vencer muchas resistencias, y finalmente de la elaboración de infinidad de cosas,
como son el enfado con quienes me atormentaron al transmitirme las
aberraciones que me transmitieron, para después comprender que estaban
atrapados en las mismas monstruosidades con las que me estaban atrapando a mí
al transmitirme sus creencias. Hoy siento que no merecen mi enfado, sino mi
más tierna compasión.

Repito una vez más, que nada de lo que soy es malo, y mi sexualidad también
soy yo, mis genitales también soy yo, de la misma forma que lo soy a través de
mis manos, mis pies, mi espalda, mi cara…, bien pues mi vagina también soy
yo, y tengo todo el derecho del mundo a ser integrada en mi totalidad, como
parte maravillosa de la Creación Universal a la que pertenezco.

A veces no sé gestionar lo que soy, física, emocional y mentalmente. Y eso no


significa que sea algo malo, solo que no sé más, o “mal sé”. Y, al no saber, me
daño. Me creo una serie de patrañas que me han contado otros que sabían menos
todavía, y acabo rechazándome y reprimiéndome.

No tengo nada malo en mí, sin embargo, cuando gestiono algo de manera
inadecuada lo desvirtúo. Entiendo esto como algo común a los mortales: No
tenemos nada malo en nosotros; al gestionar algo de manera inadecuada lo
desvirtuamos.

Mi energía sexual, sagrada y maravillosa, se manifiesta en una mirada, en un


movimiento, en un contacto, en una palabra. Hasta dónde le doy, y le damos,
cuerda es algo que decidimos cada uno de nosotros. Dónde pongo el límite de lo
que quiero vivir, dónde pones el límite de lo que quieres vivir, es algo que
elegimos nosotros.
Llego a comprender el mecanismo por el que un niño que nace puro y santo
puede acabar cometiendo actos barbáricos en su vida adulta. Cuánto más
penalizo mi verdad, cuánto más tabú hago el tema, cuánto más amordazo mi
instinto de vida, más crece mi lado oscuro, ese donde vive la parte de mí que
rechazo y niego como propia: Así se crean mis monstruos.

Lo que en origen, si no se le hubiera envenenado, habría tenido un desenlace


sencillo, hermoso y placentero, al ser juzgado, rechazado y condenado, acaba
teniendo un final macabro.

Es nuestra cultura la que educa a sus criaturas para que vivamos fingiendo ser
otra cosa diferente a lo que somos.

Así podemos llegar a fabricar fenómenos anormales dentro de nosotros, los


hemos fabricado con nuestra forma de reprimir la vida, y después cuando esos
fenómenos que hemos creado actúan, los culpamos y los condenamos. Los
hemos creado nosotros a partir de nuestros propios pre-juicios ignorantes, y
después los usamos para justificarnos, para convencernos de que necesitan ser
reprimidos y enjaulados.

Si reprimo mi instinto sexual acabará saliendo de mí convertido en algo


incontrolable y anormal, cuando en origen era perfectamente normal; yo lo habré
convertido en algo monstruoso al reprimirlo, y después cuando actúe diré: ¿ves
como hay que reprimirlo, si no, qué sería de la humanidad?. Interpretamos los
hechos con la misma ignorancia que los creamos.

Mi sexualidad es buena, lo que me hace daño es reprimirla, juzgarla y


condenarla. Entonces la convierto en algo turbio y malo; yo hago eso, y así le
doy la razón a mi educación, para seguir atrapada en el mismo error aprendido.

Cuando vivo mi energía sexual de forma libre y sana, puedo decidir hasta dónde
quiero llegar. Si la niego, la juzgo y me culpabilizo, por sentir lo que siento, la
estoy tiñendo de un color oscuro y obsesivo que acabará manejándome a mí,
llegando a anular mi voluntad consciente.

Cuando me prohíbo sentir mi energía sexual, mi inconsciente acaba desviando


hacia ese centro cualquier vínculo que tenga un origen diferente (por ejemplo,
empiezo a sentirme atraída por cualquier hombre que en principio no me habría
atraído desde lo erótico). Es como si esa parte de mí reclamara su derecho a ser y
existir y dijera: ¿ah sí?, ¿me ignoras, me niegas, me rechazas?, entonces tendré
que mostrarme con más contundencia para que me veas porque, tanto si te gusta
como si no, resulta que existo, formo parte de ti, y además, tú me necesitas.

Y una de las formas en que mi energía sexual me grita para que la vea de una
vez, es colándose donde sea que yo esté. Puedo llegar a sexualizar cualquier tipo
de relación que en origen no habría pasado por ahí, como resultado a mi
prohibición interna para sentir libremente lo que siento.

Es decir, si me quedo atrapada en esa negación interna, puedo actuar bajo una
actitud de seducción sexualizada, de forma sistemática y automática, que me va
a impedir crear vínculos profundos y sanos en mis relaciones, porque desde esa
negación, se interpondrá mi parte inconsciente y rechazada, ante el resto del
mundo, en el intento de ser reconocida y readmitida por mi consciente.

Mis aprendizajes adquiridos, muchas veces, son el peor lastre que arrastro.

Veo que esto no solo me pasa a mí, por ejemplo: muchas mujeres de mi época, y
sobre todo de generaciones anteriores, han sido entrenadas para tener relaciones
sexuales solo después de contraer matrimonio, y evidentemente con el mismo
compañero toda la vida. Esto es una condena al infierno por la puerta principal.

Primero: ¿cómo voy a aceptar un compromiso de tal envergadura como es el


matrimonio, sin conocer sexualmente a esa persona, sin saber si me gusta o no
me gusta nuestro contacto íntimo, sin comprobar que somos compatibles y que
nuestros cuerpos disfrutan juntos, en lugar de sufrirse?

Segundo: ¿para toda la vida?, ¿pero qué condena es esa? ¿Y qué pasa el día que
estemos hartos de estar juntos?, ¿qué pasa si dejamos de llevarnos bien o
dejamos de amarnos?, ¿qué pasa si un buen día nos damos cuenta de que ya no
nos soportamos? ¿De verdad tenemos que aguantarnos y conservar ese contrato
que no queremos ninguno de los dos, para toda la vida?

Recuerdo una frase que, de adolescente, escuché hasta aborrecerla; decía así:
Elige bien la cuchara con la que quieres comer porque comerás con ella toda la
vida. ¿Cadena perpetua? Sí, el mensaje en realidad dice que amar es igual a
cadena perpetua. Increíble.
He cambiado de cuchara varias veces en mi vida, y de tenedor y de cuchillo,
hasta de tijeras. Incluso a veces como con los dedos y no uso cubiertos ¿Por
qué?, porque tengo derecho a elegir por mí misma qué quiero comer, cómo y
cuándo me lo como. Así de sencillo.
Ese derecho no tiene que dármelo nadie salvo yo misma.
Yo acepto las cláusulas hereditarias de un contrato que no quiero, o no las
acepto. No hay más.

Sin embargo, hasta que descubro ese derecho mío, me paso una buena parte de
mi vida sintiéndome el bicho más raro del mundo cada vez que descubro mi
capacidad para sentir cosas normales.

Pienso en las chicas jóvenes de la España profunda de décadas anteriores, que al


ser descubiertas por haberse entregado a los brazos de la naturaleza y de su
instinto de vida, con alguien igual de vivo que ellas, eran juzgadas, apaleadas,
desterradas por sus propios padres, muchas veces condenadas incluso a la
prostitución. Maltratadas, humilladas, rechazadas para toda la vida. Su único
pecado fue estar vivas, sentir cosas maravillosas y aceptar el latido de la vida,
dejando que la naturaleza se manifestara en sus cuerpos y en sus deseos sanos y
absolutamente naturales.

Me pregunto ¿A dónde nos lleva nuestra mentalidad a los humanos? Mente, Ego,
Carácter, Personaje, ¿qué importa con qué pseudónimo lo llamemos en cada
momento? Ese impostor que usurpa nuestro lugar legítimo, que corresponde al
amor y a la consciencia, puede llegar a ser el más aterrador, abominable y atroz
de todos los monstruos y demonios que puedo imaginar.

Hoy que puedo pedirme un deseo a mí misma sabiendo que me lo voy a


conceder, no tengo ni la más mínima duda: me pido no dejar jamás de
cuestionarme mis creencias, una y otra vez, tantas veces como sea necesario
cada día de mi vida. Si pudiera pedirle al mundo un deseo sabiendo que me iba a
ser concedido, le pediría que cada persona del planeta se cuestione sus creencias,
una y otra vez, tantas veces como sea necesario.

En el tema de la sexualidad, las creencias humanas dejan en evidencia una buena


dosis de sufrimiento mundial. Por ejemplo:
Desde algunas Iglesias y Religiones que prohíben a sus discípulos inmediatos
que estén conectados con la vida, es decir, que vivan sana y libremente su
sexualidad. Desde aquí veo como se desvía esa energía que podría ser tan natural
como santa, y al reprimirla y condenarla se traslada hacia la pederastia y la
muerte.

Hacia la pederastia cuando esos adultos enfermos de represión, abusan de las


criaturas que viven encerradas en sus orfanatos y en sus internados.

Hacia la muerte cuando en los muros de un convento de pronto se descubren


miles de huesitos emparedados, pertenecientes a los bebés que parieron
secretamente las mujeres (infieles a su marido: ¿Dios?) que pasaron por allí, y
que ocultaron entre ladrillo y cemento, en el nombre de ése, con el que dicen
estar casadas.

Y me pregunto: ¿Pero qué clase de Dios predica esta gente? ¿Cómo puede la
humanidad concebir un Dios tan cruel y retorcido que nos llena de energías
prohibidas? Si Dios quisiera que los discípulos de su iglesia fueran impotentes
los habría creado sin genitales y sin hormonas sexuales.

Y me pregunto también: ¿Cómo es posible que los seres humanos nos traguemos
sin masticar toda esta manipulación donde a través de la culpa y el miedo nos
hacen esclavos de ellos, que son los que dan juego a las mayores perversiones de
la historia del planeta?

Ahí tenemos el crimen de los bebés nacidos de las mujeres casadas con ese
presunto Dios. La pederastia que se practica con los niños de sus instituciones.
Las guerras santas que han masacrado a millones de personas….

Sin ir más lejos, hace solo unos años me habrían quemado en la hoguera después
de torturarme de mil maneras por afirmar estas palabras. ¿Qué ocurre, que Dios
y el Demonio han cambiado las normas desde entonces hasta hoy? ¿O será quizá
que las hemos cambiado los humanos? No existe ningún Demonio compitiendo
con Dios por poseer a la humanidad.

Como Ser Humano que soy afirmo que lo Divino y lo Demoniaco está en mi, y
ambas cosas son la misma. Lo que es divino de manera natural (mi naturaleza) lo
convierto en demoniaco al juzgarlo y reprimirlo (mi ego). Lo hago yo, nadie
actúa a través mío. Solo Yo.

Veo que lo que sí existe, en un buen número de personas, es un nivel de


inconsciencia abrumador sobre nuestra verdadera naturaleza, Santa y Divina.
Todo lo creado es bueno; negar esto es consentir que mi mente lo corrompa y lo
desvíe en una dirección enferma.
Negar que todo lo creado es bueno, es creerme por encima de la Creación
misma.
Es importante que me dé cuenta de que, para juzgar en clave de “bueno y malo”
lo que ha sido creado, es condición indispensable que me crea superior a la
fuente de esa creación, y esto es una contradicción evidente y aplastante.

¿Cómo va a ser malo algo que es la llave de conexión con el placer de nuestro
cuerpo vivo? Lo que me une con la salud y la vida es el placer (frente al polo
opuesto: la angustia, que me contrae y que me une con la enfermedad y la
muerte). La expresión del placer es un regalo del cielo, y mi mayor gesto de
amor, gratitud y generosidad, es compartir con otro semejante mi potencial para
sentirlo.

Mi sexualidad vivida sin culpa, con libertad, con conciencia, es lo más sagrado
que tengo. En cada momento de mi vida, soy muy libre de vivirla como guste
siempre que lo haga desde lo natural y no desde lo represivo y enfermizo.
Siempre que lo haga respetando el derecho del otro a elegir si quiere o no
compartir esa experiencia. Sin engaños, sin manipulaciones.

¿Qué hay que juzgar cuando dos adultos deciden libremente compartir lo que
quieren compartir, cómo, cuándo y hasta dónde quieren llegar? Arriba igual que
abajo, fuera igual que dentro. Las mayores represiones dan lugar a las mayores
perversiones.

Y le pese a quien le pese (por muy arcaico y retrógrado que pueda ser el
esquema mental de alguien) resulta que la vida es consecuencia del orgasmo
divino que va pariendo árboles de cada semilla que germina en la tierra, que va
pariendo galaxias y cosmos con cada contracción de su útero sagrado. Cada
especie se perpetúa en su propia descendencia autopariéndose a sí misma y esto
es gracias a la sexualidad. Después de su nacimiento, cada Ser (animal, vegetal y
mineral) se une con la salud y la vida a través de su energía sexual, que le
conecta con el placer. Las flores se abren al amanecer para recibir el Placer de la
caricia del Sol.

Las prohibiciones hacia mi sexualidad solo consiguen impedirme la


manifestación de la parte divina que hay en mí.

Hoy, en el siglo XXI, los Seres Humanos estamos permitiendo que sigan girando
en torno a la sexualidad un sinfín de aberraciones, como cada una de las mujeres
que mueren lapidadas todavía, en algunos países, por haber tenido un contacto
sexual no aprobado por las culturas de esos países.
En algunos lugares todavía se sigue castigando con cárcel la homosexualidad,
como se hacía aquí hace 60 años. De cualquier manera, hay millones de personas
que sufren y se avergüenzan todavía hoy, por sentir cosas hermosas hacia alguien
de su misma condición genital. Lo menos importante realmente es qué genitales
tiene el otro, lo importante es que las emociones que despiertan son bellas. Lo
único importante es que sentir es el equivalente de estar vivo, y es hermoso.

Mientras que reprimir, condenar, castrar física o psíquicamente a alguien es un


crimen. Y es un crimen incluso cuando está avalado por alguna institución
política o religiosa.

Mis prejuicios, las ideas que me han sido dadas en herencia, mis costumbres….
Es necesario que recicle internamente de forma constante, porque no hacerlo es
aceptar la esclavitud, la ignorancia, la demencia y la barbarie.

Puedo elegir salir de la trampa de esa red manipuladora, enferma y contagiosa.


¿Cómo?, atreviéndome a sentir lo que sea que sienta y hacia quién sea que me
pone en contacto con esa capacidad maravillosa que tengo dentro: Sentir.

Atreviéndome a cuestionar, a discrepar, a elegir mis creencias por mí misma,


más allá de las que me fueron dadas.

Atreviéndome a SER con todas las consecuencias.


Porque renunciar a mí es elegir la sumisión, la decadencia, la involución, la
muerte en vida. Renunciar a Ser es elegir el asesinato de mí misma y de todo lo
que esté vivo a mi alrededor. Renunciar a esta verdad es pudrir con mis
escrúpulos cargados de ignorancia lo que es santo, sagrado y maravilloso por
gracia divina.

Renunciar a mi conexión y expresión sexual va contra la voluntad de la vida.

Nadie puede imponerme algo que yo no esté dispuesta a aceptar. Por eso ahí
queda mi invitación a cuestionarnos, una y mil veces, las creencias con las que
hemos crecido, porque es un derecho que todos tenemos: el de aceptar o no, el
de elegir nuestros propios criterios y el de conseguir que la especie humana
acepte, de una vez por todas, su divinidad y deje de comportarse con la
brutalidad y la monstruosidad que generan la negación y el rechazo, de lo
sagrado que somos, cuando nos impedimos ser lo que somos en verdad.

Nuestra especie necesita despenalizar lo maravilloso y tremendamente poderoso


que tiene dentro: Energía Sexual.

Recalco, una y otra vez, la importancia de descubrir y rescatar las partes de mí


misma que tengo negadas, rechazadas, escondidas, porque solo el reencuentro
con esas partes mías me puede devolver la totalidad de lo que soy, mi SER
completo. Eso que fui al nacer y que después empecé a trocear, para responder a
las exigencias de un entorno que me pedía cumplir una serie de requisitos para
aceptarme.

Ese entorno, sea el que sea, en el que cada uno de nosotros ha crecido, obedece a
unas normativas que tienen que ver con el momento de la historia que vivimos,
se trata de nuestra sociedad. Una sociedad que hace estragos en la naturaleza,
tanto a nivel humano como general; basta ver lo que nuestro planeta refleja para
comprender lo que trato de expresar. Bien, nuestro planeta refleja nuestro propio
contenido. Hacemos con él lo mismo que hacemos con nosotros mismos.

Leer la obra de Wilhelm Reich “La función del orgasmo” me despertó en


muchos sentidos a darme cuenta de que esta sociedad, que afortunadamente se
resquebraja, apuesta por la productividad, la exigencia, la obligación de cada
miembro que la compone, a cambio de una sensación de aceptación y de
integración externas, que convierte a sus componentes en esclavos: a mayor
productividad mayor esclavitud. La aceptación social solo parece posible para el
que acepta el “despiezamiento” (quítate las partes de ti que nosotros – el entorno
– no aceptamos).

De esa forma me siento alejada de mi capacidad natural para disfrutar de lo que


hago; desde la obligación me resulta muy difícil, si no imposible, el placer.

Como integrante de la sociedad vivo remodelada para responder a una moral


hipócrita y artificial que me hace creer que lo natural es malo, monstruoso…,
esta “moral” me inyecta en vena desde que vine al mundo que lo que siento es
“indebido”, es malo. Y con ese aprendizaje me puedo llegar a convertir en
monstruo a mí misma, pues en el intento de ser normal y buena persona, puedo
enterrar mi naturaleza sagrada y divina, esconderla, renunciar a ella, para
pretender una realidad diferente a la que es, que trata de corregir lo que es
perfecto de manera natural.

Desde el momento en que aprendo a negar lo que soy y siento realmente, fabrico
a alguien que opera como si fuera yo, pero es mentira; desde ahí mi verdad
queda profundamente reprimida.

Es tan difícil acceder a ella porque esto ocurre desde la más tierna infancia,
cuando se me programó para responder a las normativas del momento.
Entendiendo que este programa está instalado con cemento en mis neuronas, ni
siquiera me doy el espacio para cuestionarme realmente qué soy y qué siento.
Me he dejado convencer profundamente de que no soy lo que soy y de que soy
diferente a mi naturaleza y a mi verdad.

Atrapada en esas creencias, llego a creer que, si fuera como soy en realidad,
sería un monstruo. Que los seres humanos, si fueran como son en realidad y no
estuvieran “corregidos”, por una educación como la nuestra, serían monstruos.
Atrapada en esa falacia no veo que la perversión, la morbosidad, la obscenidad,
no son más que el producto de la desviación de una energía que, si es vivida de
forma natural y en libertad desde el origen, es sagrada. La desvirtúo, la
transformo, la pervierto al “corregirla”.
A través de mi sexualidad pongo en marcha mi capacidad de amar físicamente y
sentir ese placer con todo el cuerpo. Si me prohíbo esa expansión natural desde
niña, aprendo a desviar esa energía en otra dirección, que puede llevarme a
enfermar al aprender a negar mi conexión natural con la vida y el placer, al
reprimir la vida. Al reprimir lo que soy.

Desde que nací he estado sometida al autoritarismo de unos adultos neuróticos,


con esas voces aprendidas he formado mi propia voz juzgadora. De ese modo no
tengo yo ni mi propia experiencia, ni el derecho a elegir por mí misma: les
otorgo a ellos ese derecho.

Esto que estoy diciendo queda manifestado en mi historia personal, cada vez que
de niña se me hizo sentir que tocarme mis genitales no estaba bien, que
masturbarme era malo, que una conducta natural donde mis deseos de contacto,
de abrazo, de caricias, quedaba señalada por mis adultos (neuróticos) casi como
si fuera un acto pornográfico de esta niña. Me pregunto ¿cuántas veces se me
reprendió por esa necesidad de Amor natural y sana, hasta que quedó grabado en
mí que yo era “pornográfica, censurable, indigna”, por sentir necesidades
normales y naturales de Amor? Me dejé robar mi derecho a explorar mi
sexualidad, a disfrutarla sin conflictos. Me dejé robar mi derecho a la vida.

Si soy una niña (o fuera un niño) y busco el contacto con mi padre o con mi
madre es porque necesito ese abrazo, esa caricia, esa materialización corporal del
sentimiento, del Amor. Necesito sentir y compartir lo que guardo en mi corazón.

Cuando busco el abrazo de mi padre, y mi madre me mira como si yo fuera


competencia para ella, o como si ese contacto que necesito y busco, fuera algo
malo, yo aprendo a restringirme a mí misma.

La connotación perversa que ella pone en mi búsqueda de contacto amoroso es


suya. Yo soy una niña y como niña ante su respuesta entiendo que soy yo quien
está haciendo, o sintiendo, algo malo. Del mismo modo que si es mi padre quien
me aparta, quien impide nuestro abrazo, porque él lo penaliza, le pone una
connotación pornográfica que es suya. Él teme su propia respuesta corporal
frente al contacto.
Este rechazo ante mi necesidad y mi deseo queda grabado en mi programa, en
mi inconsciente: “Mi necesidad de abrazar y descansar en el abrazo de papá (o
figura sustituta) es algo malo”. Papá es el referente masculino para la niña.
Algún día mi adulta sentirá que abrazar y descansar en el abrazo del Hombre es
malo, es censurable.

Además, siguiendo estos ejemplos, me siento amenazada por la mirada de


mamá, por su desprecio, por su abandono, por su castigo…, pues al llenar ella de
contenido morboso mi actitud natural, me percibe como rival, como sucia,
como… “eso” que su mirada y su actitud hacia mí me transmiten.

Esta es una de las muchas formas de castración psicológica. Mi capacidad para


sentir y entregarme a lo que siento, queda cortada, bloqueada, penalizada.

Cuando sea mayor y necesite o quiera compartir mi sexualidad con mi pareja,


ese bloqueo que arrastro desde niña (mi aprendizaje) se va a interponer. A mayor
castración en la infancia mayor “frigidez” (o “impotencia”), mayor conflicto en
la edad adulta.

Me llena de tristeza ver que los adultos neuróticos, no sabiendo qué hacer con
sus propios instintos y con sus propias necesidades, no puedan soportar que el
niño los exprese. Me llena de tristeza ver cómo inhiben en el infante las mismas
cosas que ellos tienen inhibidas en sí mismos.

Veo que somos una cadena de aprendizaje. Quien ha entendido que sentir es
malo, enseña igualmente a sus pequeños que cuando sienten están obrando mal.
Sea lo que sea lo que estén sintiendo.
Quedarme ahí atrapada sería continuar transmitiendo un error monstruoso de
generación en generación. Yo no quiero formar parte de esa cadena. Me suelto
aquí mismo. Apuesto por la vida.

Este error que condena la vida se debe a la falta de conocimiento; cuando


entiendo cómo funciona la vida, biológicamente hablando, entonces comprendo
cómo es que sexualidad y vida son la misma cosa, y también entiendo que
recortar ese potencial es recortar la vida misma, inclusive es recortar la madurez
de la persona, así como me la han recortado a mí. Si yo no me libero de ese
engaño también recorto el potencial de los que vienen detrás. Si tengo mi
capacidad sexual detenida en la edad de 5 años, por ejemplo, mi sexualidad es
infantil, mi respuesta es infantil y mi vida es infantil. Quedándome ahí atrapada
solo podría transmitir dependencia, inmadurez e irresponsabilidad. Esa es la
consecuencia de no conseguir auto-realizarme a través de lo que soy en verdad.

Esto es lo que me ocurre si no se me permite desarrollar sanamente mi


sexualidad y mi conexión con la vida.

Incapaz de entregarme a mi verdad, a lo que siento y soy, no me tengo. Mi


inseguridad, mi angustia, mi depresión, mi ansiedad, mi resignación frente a la
vida, se alimentan de esta soledad. Si no me tengo a mí, no tengo nada, no tengo
a nadie.

La consecuencia de mantenernos atrapados en este sistema es que nos cargamos


cualquier posibilidad de expansión personal; del mismo modo que nos estamos
cargando un planeta, que de forma natural, sería interminablemente rico y
abundante en vida. Pretendemos ser mejores que la naturaleza misma,
intentamos explotar al máximo los recursos que nos convienen, aunque ello
signifique la agonía de la Tierra. De igual manera que nos explotamos a nosotros
mismos en un intento de ser interminablemente productivos: penalizando el
placer.

Mi verdadera realización personal no está en acumular riquezas, ni estatus, ni


nada material. Está en recuperar lo que soy para poder satisfacer mis exigencias
biológicas, que incluyen mi gratificación sexual.

Entiendo que la persona que ha sido tan fuertemente condicionada desde siempre
no puede tener una vida realmente gratificante, ni sexualmente ni de ninguna
otra manera.
Muchas veces estoy confundiendo un sucedáneo con la esencia misma de las
cosas: Una pequeña descarga genital con un auténtico orgasmo donde mi cuerpo
entero esté implicado.

Al aceptar el sometimiento a esta sociedad, estoy aceptando el aniquilamiento de


mi propia vida.
Cuando veo a los niños como los grandes maestros que son, en tanto aún no han
sido despiezados internamente, en tanto aún muestran lo que es la naturaleza
humana, en lugar de pretender que lo que ES está mal y debe ser corregido,
tengo la posibilidad de sobrevivir al suicidio que supone esta renuncia a la vida
que llevo incorporada desde que acepté mi educación.

Si me han educado para ser mecánicamente obediente, me han robado mi


libertad. Hoy lo denuncio. Hoy lo comparto. Y te invito a cuestionar
profundamente este tema porque, realmente, siento que cada vez somos más los
que queremos salir de la trampa que supone esta red.

Esa energía, que es la vida misma, necesita manifestarse, si le bloqueo su


expresión, buscará otra forma de existir, si la condeno con mi juez interno soy yo
quien la convierto en algo que de forma natural nunca habría sido: en algo
patológico, en algo indecente, en algo incestuoso, en algo perverso. Si yo impido
que la vida exista tal como es, convierto la vida en enfermedad. Yo, y cada uno
de nosotros que acepte este programa castrador, nadie más.

Cuando pongo resistencia a mis instintos y a mis impulsos naturales que, repito,
son sanos, es cuando mis instintos quedan perturbados y es cuando actúo de
forma neurótica. Es mi juez mental quien transforma lo bello en horrendo,
convirtiendo mi capacidad de amar en neura.

Yo no puedo cambiar el mundo, pero cambiando yo mi mundo cambia. La


sociedad también está formada por mí, y por tantos otros que están dispuestos a
tratar de ser ellos mismos a pesar de…

Mi aprendizaje dice que para poder sobrevivir en un mundo, donde la


“moralidad” niega la naturaleza de la vida misma, yo, como Ser Humano, debo
negarme a mí misma, adoptar actitudes y maneras de vivir artificiales y un largo
etcétera de normativas contra-vida.

He aprendido a reprimir mi orientación natural hacia la expresión sana y libre de


mi sexualidad; ahora quiero desaprender para aprenderme a mí en mi verdad y
aprender la vida tal como es de manera natural.

El alimento de mi neurosis es mi propia energía sexual contenida que impide mi


integración con la vida.
Llevo toda mi vida tratando de comprender cómo es posible que, en una pareja,
donde parece que hay un lazo de amor que los una, se pueden dar situaciones de
traición, de infidelidad…, por fin llego a la conclusión de que la causa está en
este entramado. Por mi parte veo que el estar contaminada por esta sociedad me
lleva a la imposibilidad de entregarme plenamente a esa energía que nace en mis
instintos y necesita fluir. Trato de cerrar esa Gestalt (necesidad que reaparece
insistentemente para tratar de ser resuelta), de atender esa necesidad, y bajo la
condición de lo represivo, inconsciente de cuál es mi verdadera necesidad,
pongo fuera lo que, como siempre, solo está dentro de mí. No es la pareja el
problema, es mi incapacidad de entregarme a mi propia energía sexual, sin
censura, sin bloqueo, sin contención, ni represión.

Entonces, no pudiendo hacerlo internamente, lo intento externamente, y lo puedo


hacer por ejemplo a través de la seducción compulsiva, del morbo, de las
fantasías distorsionadas…

Busco soluciones fuera, lógicamente no las encuentro y repito el intento una y


mil veces, pues no tengo ni la más mínima idea de lo que me está pasando en
realidad. Todo esto se cuece en el inconsciente.

Evidentemente, necesito actuar sobre mis ideas y sobre mis creencias, que se han
establecido de forma férrea a través de generaciones y me indican que la
sexualidad: es algo que debe ser medido y recortado, limitado y contenido,
porque de otra forma sería algo inmoral.

Aquí le estoy poniendo una carga negativa a mi conexión vital que es totalmente
irracional.

No hacer nada con todo esto es continuar construyendo una experiencia de vida
miserable que se levanta sobre ladrillos envenenados por la mentira, por la
manipulación y por la castración dictatorial de la moralidad tóxica que dice que
la Naturaleza “no sabe” y nosotros, los humanos, debemos “corregirla”.

¿Alguna vez has oído aquello de que a los niños hay que enderezarlos igual que
a las plantas para que no suban torcidos?, va por aquí la cosa: es una de las
mayores aberraciones que yo he escuchado en mi vida, y varias veces, de bocas
distintas. ¿Estamos todos, de alguna forma, contaminados?, ¿estamos todos con
las tijeras en la mano preparados para “podar” la vida?

De la misma forma en que se cortan y se atan las raíces de una planta que podría
ser un árbol precioso y magnífico, para conseguir que sea un bonsái liliputiense,
de la misma forma… ¿nos atamos y cortamos a nosotros mismos nuestro
potencial de conexión con la vida? Yo he dejado que la sociedad me hiciera eso,
¿y tú?

Para los que en su día aceptamos y consentimos esa agresión es para los que más
vale la pena reflexionar sobre esto: En lugar de ser expansivos, naturales y
libres, nos convertimos en “enfermos bonsáis humanos”.

Es preciso desmontar esta mentira indecente, que convierte a las personas en


máquinas fornicadoras, en lugar de permitirnos eso para lo que hemos nacido:
SER Seres Amorosos capaces de Amar con todas las células de nuestro cuerpo y
capaces de sentir nuestro elixir sexual, de expresarlo y revivirlo una y otra vez.

El resultado es todo lo contrario de lo que la trampa de mi neurosis imagina.

Si me permito conectar, cargar y descargar totalmente mi energía sexual, de


forma natural, me quedo tranquila, sosegada, en equilibrio. No necesito ni la
promiscuidad, ni la perversión, ni la lujuria, el morbo o la pornografía, porque
no tengo una energía contenida que perturbe mi paz interna, y que busque de
alguna forma una salida para no explotar dentro de mí.

Esta energía a la que sí le permito Ser, sí le permito Vivir y sí le doy el curso


natural que la ley biológica de la vida determina, es la energía de mi salud. Si la
encapsulo me vuelve loca y me enferma.

La verdad siempre es muy sencilla, cuando la retuerzo atrapada por creencias


enfermas y por mis pasiones neuróticas, las cosas dejan de ser verdad.

Llego a la conclusión de que la entrega, la fidelidad y la lealtad, no son posibles


dentro de la jaula de contención de la energía sexual. Solo son posibles cuando
me permito vivir en libertad mis energías, y el otro las suyas. No necesito seguir
buscando la forma de descargar algo que ya he descargado.
Conozco a personas que confunden esta libertad de la que hablo, este derecho
nuestro a experimentar y disfrutar nuestra vida y nuestra sexualidad con una
especie de libertinaje que, a mi juicio, es otra forma de justificar la neura.
No estoy diciendo que lo saludable sea acostarse con cualquiera, sin ton ni son, y
sin criterio alguno.

Entregarme a mi corriente amorosa y sexual sin restricciones, sin represiones, es


salud. Con quién decida vivir y compartir mi experiencia, es algo que forma
parte de mis elecciones en la vida.

El amor libre y las relaciones abiertas están muy bien cuando son una elección
consecuente. Y si es algo que se elige en el marco de una relación de pareja,
cuando ambos miembros quieren vivir esa experiencia, no tiene nada de
reprochable. Personalmente entiendo que, bajo este contexto, muchas parejas
excusan su falta de entrega auténtica y profunda. Cuando la entrega es
verdadera, el hambre y la sed sexuales quedan satisfechas, no se hace necesario
seguir comiendo aquí y allá. Es diferente cuando ésta es nuestra opción de vida,
con pareja o sin pareja.

No obstante, es una decisión muy personal que yo, sencillamente, respeto. Todo
depende de qué quiere cada uno de nosotros para su vida, y de si lo que quiere el
otro y lo que quiero yo es compatible.

Es cierto que son muchas las personas agradables y atractivas con las que me
cruzo en mi vida, y también es cierto que eso no es razón para pretender
acostarme con todas ellas. No va por ahí el tema de la libertad que yo estoy
defendiendo.

Yo defiendo mi derecho a sentir al cien por cien de mi capacidad, mi energía


amorosa y sexual.
Con quién la comparto es una decisión personal.

Si en nombre de la libertad pretendo pasar por cuantos cuerpos me sea posible,


entonces estoy confundiendo mi libertad con mi impotencia para entregarme.

Seguro que me lo podré pasar muy bien con todas esas personas que compartan
mi almohada, sin embargo, no me habré entregado de verdad a mi potencial para
sentir amor plenamente, con ninguna.

Así lo entiendo yo: cuando mi entrega es real y es satisfactoria ya no tengo


necesidad, ni ganas, de promiscuidad.

Desde esta forma que comentaba, de confundir libertad con inconsciencia he


conocido algunas personas, (más frecuentemente hombres debido a un tema
cultural,) que se creen en el derecho de engañar a sus parejas. La cosa sería:
“como ella es una castradora (quiere una relación de dos) que coarta mi
derecho a elegir con quien me acuesto, yo en defensa de mi libertad de elección
(quiere una relación donde él pueda acostarse con quien quiera) tengo derecho a
engañarla y a mentirle”.

Y yo me pregunto ¿qué pasa con el derecho de ella a ser respetada?, ¿qué pasa
con el derecho de ella a elegir si la realidad que comparten ambos es la que
quiere o no? Está claro que desde el engaño desconoce la realidad, no puede
elegir porque no sabe lo que está pasando. Y lo que está pasando es que él quiere
otra cosa y, probablemente, no tiene permiso interno para reconocerlo.

Todos tenemos nuestros derechos. Cuando un derecho es legítimo, jamás anula


el derecho de otra persona.

En mis relaciones de pareja yo necesito que haya un pacto explícito entre


nosotros dos, donde acordemos unas condiciones que ambos estemos dispuestos
a respetar. Y ese es el primer derecho que necesita ser defendido.

Si llega el caso en que uno de los dos quiere algo que está fuera de lo pactado, es
necesario abrir el tema, el contrato, y volver a pactar.

Esto supone asumir el riesgo de que el otro no esté de acuerdo con lo que el
primero propone, el riesgo de que la relación se rompa. Pero será una ruptura
digna y por elección conjunta, pues ha llegado un momento en que no queremos
lo mismo. No asumir este riesgo, además de ser egoísta, es insano.

La opción de acudir al engaño, y justificarlo culpando al otro, no es más que una


forma de no asumir la propia cobardía para admitir que uno quiere lo que quiere,
y no estando dispuesto a pagar el precio; entonces opta por “robarlo”. Esto es
una estafa, un timo, un fraude.

El Amor es incompatible con el engaño. De la misma forma que con la mentira


son incompatibles la felicidad y la auténtica libertad. Pretender alcanzar amor,
libertad y felicidad en la olla donde se cuece la traición es una contradicción.

Afirmo pues que la forma en que llego a malinterpretar las cosas para “llevarme
el gato el agua”, pertenece al entramado neurótico de mi mente.
Si entiendo la infidelidad y la traición como “derecho de libertad”, si entiendo el
egoísmo de la justificación, de la excusa, y de la culpabilización del otro, como
“derecho a elegir”, entonces soy una persona cobarde e incapaz de admitir mi
propia impotencia ante el Amor.

El derecho a mi libertad y el derecho a mi elección son algo interno, que de


ninguna manera puede aplastar los derechos de la otra persona. Quien aplasta los
derechos de otra persona no puede decir que obra a favor de sus propios
derechos; estamos ante un abuso, una ofensa, una agresión. No se puede edificar
la felicidad sobre el abuso, la ofensa y la agresión. Es neura pura.

Solo conociendo y respetando internamente mis legítimos derechos estoy en


disposición de respetarme a mí misma, y este es el único camino hacia el respeto
de los demás. Solo puedo dar lo que tengo.

RECONCILIÁNDOME

Reconciliarme conmigo misma precisa de la negociación entre mi juez y mis


necesidades. Estas dos figuras son las que pueden estar contrapuestas. Es vital
acercar estas dos posiciones para disolver el obstáculo que me ancla en una
situación neurótica. Mi juez, identificado con el bien (falso Dios) y mis
necesidades, juzgadas como indebidas o malas (falso Diablo).

Reconciliarme también tiene que ver con asumir la responsabilidad del total de
mi experiencia de vida, cuando me doy cuenta de que en cada momento he
hecho lo mejor que podía y lo mejor que sabía, con lo que tenía disponible en
ese instante, ya no hay lugar para juzgarme mal, ni para sentirme culpable, ni
para autocastigarme. Me estoy refiriendo no solo a las circunstancias externas,
sino a mis propios recursos internos.

Ayer no podía reaccionar como habría reaccionado hoy, porque ayer no estaba
donde estoy hoy, ni veía lo que veo hoy, ni sabía lo que sé hoy.

Mi reconciliación pasa por ver mis diferentes posiciones internas, ver de dónde
han salido, aprender a dejar de identificarme con lo que no es mío, aunque lo
haya hecho mío, aunque así lo haya aprendido. No nací con ello y hoy puedo
elegir conservarlo o no, en función de mi propio criterio. Tengo ese derecho.

Desarrollar una buena escucha interna me permite una vía directa a la solución
de mis conflictos, hacer conscientes partes mías que no estaba asumiendo hasta
ese momento, y atenderlas como necesitan ser atendidas. Conectar con la verdad
de lo que siento, desde ahí puedo expresarlo de diferentes maneras. La escucha
interna me hace honesta.

Se impone la necesidad de flexibilizar mis Resistencias si quiero trascender mis


limitaciones.
Mis resistencias tienen que ver con mis miedos, con mi jaula protectora donde he
aprendido a moverme y manejarme todo lo bien y mal que lo hago cada día. Se
trata de atreverme a probar una actitud nueva y diferente a la de siempre. Esta es
la manera de obtener un resultado diferente en lo que materializo para mi vida.

Equivale a negociar con mi juez interno, el que me culpabiliza si no respondo


“correctamente” a lo que se supone que se espera de mí.

Conseguir que mi juez gane tolerancia, ampliar mi permiso interno para vivir y
experimentar de una forma distinta a la conocida, supone apertura y supone
humildad. Mi juez es totalmente ciego a sus propias limitaciones, nunca ha sido
cuestionado, al menos con el criterio de un nuevo punto de vista. Me puedo
desarrollar más y puedo crecer internamente tanto, como sea capaz de
flexibilizar a mi juez.

Necesito asumir mi capacidad evolutiva y dedicar mi energía a conseguirlo.


Dejar de culpabilizar a los demás y al mundo de mis males y asumir que soy yo,
y nadie más, quien estoy eligiendo cada paso que doy, cada decisión que tomo.

Al reconocer y apropiarme de mi poder de elección sé que puedo construir lo


que quiera, dentro, evidentemente, de los límites de la realidad.

Estoy donde elijo estar y me ocurre lo que yo acepto y permito que me ocurra.
Una buena parte de mi realidad está directamente relacionada con lo que yo,
desde mi propia actitud ante la vida y ante mi entorno, provoco.

Por muy dura que sea la situación que me toca vivir, yo puedo elegir la forma en
que la atravieso y la alquimia para extraer lo mejor de mi vivencia. También
puedo aceptar, o no, y todo lo que se sale de esta afirmación es la excusa, o las
excusas y justificaciones, que me doy para no asumir el precio que vale el
cambio.

Cuando no lo asumo también pago un precio; éste ya lo conozco y por tanto no


me asusta: el precio de vivir en la realidad y en la situación que esté viviendo.
Necesito ver y valorar la pérdida y la ganancia que existen en ambas posiciones,
la actual y la que habría si muevo una ficha diferente.

Cuando mi realidad no me gusta, puedo seguir sin hacer nada (o haciendo lo


mismo de siempre) o bien puedo asumir mi poder y mi capacidad para hacer
algo diferente que provocará una realidad distinta.

Solo cuando veo en mí el mecanismo puedo verlo en los demás. Solo cuando
aprendo a reconocerme humana y vulnerable, puedo verlos a ellos de la misma
forma.

Cuanto más dura e inflexible me muestro es cuando más miedo tengo y más
débil me siento internamente. Ahí atrapada puedo provocar mucho dolor en mi
propia vida y en la vida de los que están a mi alrededor. Evidentemente, de esta
parte, cuando actúa, no me doy cuenta y, si la veo, creo que es necesaria y buena.
No tengo más visión, no tengo más ángulo en esos momentos. Flexibilizarme es
muy importante para poder ver mejor y más ampliamente.

Ahí encuentro mi tolerancia; y mi firmeza, que no es lo mismo que mi dureza.

Es ley natural que los hijos superen a los padres, aunque muchas veces los
padres agarrados a sus propias dificultades traten de impedirlo. Si los hijos no
consiguieran superar a los padres la evolución se habría terminado.

La especie se mejora a si misma a través del avance que van haciendo las nuevas
generaciones, en relación a las anteriores. Para las anteriores, muchas veces es
inadmisible; ellos viven atrapados en sus construcciones mentales donde no cabe
lo nuevo, lo viven como una ofensa, como si lo suyo no fuera lo suficientemente
bueno. Y realmente esto es así, para cada generación lo suyo, entonces aquello
era lo mejor que había, pero hoy, ahora, el momento es otro y es necesario que
las cosas evolucionen de una forma adecuada a las generaciones actuales.

Admitir esto no es faltar al respeto de nadie, lo vivan como lo vivan ellos, el


tema es que quizá nunca tuvieron la oportunidad y la ayuda para cuestionarse a
sí mismos y de esa forma superarse; entonces, cuando los hijos lo hacen, ellos no
lo entienden, tienen miedo, se sienten mal y responden defendiéndose.
Si hago mía esta defensa, que es suya, estoy aceptando quedarme en la
involución.
Amar muchas veces es saber poner límites, es saber decir que no. Amar es poder
distanciarme de lo que me daña, porque si no lo hago acabo aborreciendo y
odiando. Lo puedo evitar si me doy el permiso que necesito para hacer de mi
vida justamente eso, algo mío, donde yo puedo decidir, puedo elegir, incluso si
lo que decido y elijo es distinto a lo que habrían decidido y elegido ellos.

Nada es permanente, ni siquiera los valores, l as normativas válidas, las ideas…,


nada es para siempre. Todo cambia y todo debe cambiar. Y, sea como sea, todo
puede cambiar.

En ocasiones necesito perder algo, es cierto, forma parte del cambio, y perder
algo quiere decir ganar el espacio necesario para que se pueda generar lo nuevo,
que probablemente será mejor y más adecuado.

La totalidad de mí misma se divide en opuestos, unos opuestos que se


complementan mutuamente y además contienen en su interior, al contrario.
(Igual que el símbolo del Yin-Yang.)

Tengo en el interior de mi totalidad individualizada, una parte blanca, luminosa,


consciente…, y tengo una parte oscura, negra o inconsciente.

Dentro de mi parte consciente sé o intuyo la otra parte. Y también mi parte


inconsciente sabe de la luz que habita en mí, por eso se manifiesta intentando ser
vista y reconocida para formar parte integrada de mi totalidad.

Mi inconsciente intenta recuperar su derecho a existir: a través de síntomas,


tanto físicos como psíquicos y emocionales. También a través de situaciones que
se repiten en mi vida, y que no se repiten por casualidad, sino que desde esa
parte mía yo las provoco, sin darme cuenta, en el intento de resolver algo.

Soy un contenedor, puedo dar y compartir lo que tengo dentro y no otra cosa.
Tengo dentro lo que he recibido y lo que he tomado de la vida.

Cuando soy agredida, contengo agresión en mi interior, por eso, tanto si me doy
cuenta como si no, resulto agresiva en mis relaciones; de una u otra forma,
exhalo por los poros de mi piel mi contenido. Y también por eso es importante
encender la luz en mi parte oscura, para verla y asumirla, para elaborarla y de
esa forma dejar de agredirme negándome.

Mi esencia primaria, por detrás y por debajo de todo el entramado, que he


construido con mi personalidad, es amor en estado puro; eso fui al nacer, por
tanto todo cuanto recibo en mi infancia lo hago con el corazón abierto y puro, sin
prejuicios; me lo quedo y lo hago mío, porque lo recibo amorosamente.

Cuando yo soy una niña pequeña, que está empezando a vivir, no sé, aprendo de
los adultos, y aprendo igual con sus aciertos que con sus errores. Como niña no
tengo capacidad de cuestionar, ni de discernir, nada en absoluto. Me quedo con
eso que me transmiten mis adultos de confianza. Lo hago mío, y como lo he
tomado en mi corazón y con mi amor, toda mi vida va a girar en torno a eso que
recibo de ellos.

Cuando, siendo una niña, me dicen: “ esto es malo o esto está mal”, yo niña, me
lo creo. Si me enseñan a desconfiar, seré una adulta no confiable y desconfiada;
si me enseñan a reprimirme, seré una adulta reprimida y represora; si me
enseñan a golpes, seré una adulta golpeada y “golpeante”. Si me enseñan a ser
yo misma, seré una adulta brillante.

Soy yo como adulta quien voy sembrando en el niño las semillas de las plantas
que después germinarán. De alguna forma yo tengo el poder de modelarlo. Y lo
puedo hacer, muchas veces, confundida por los errores heredados a lo largo de
mi propia vida.

Si yo, como adulta, hago creer al niño que lo que siente, lo que expresa o lo que
necesita, está mal o es malo, le estaré enseñando a renunciar a ser él mismo, le
estaré robando su derecho a la plenitud y a la perfección con la que ha nacido de
manera natural.

También yo, que hoy soy adulta, en su momento fui aniquilada en una parte de
mí misma; me dejé estafar de la misma manera, acepté una educación basada en
la ignorancia de la naturaleza de las cosas, y me creí que eso era lo mejor. Si no
voy al rescate de mi verdad y de la verdad, trataré de transmitir a los niños con
que me relacione las mismas cosas. Viviré convencida de que estoy actuando de
la mejor manera. Eso quiero para los míos: lo mejor. Igual que mis mayores
quisieron “lo mejor” para mí.

No verlo es dramático. Porque entonces al ver a otro completo y perfecto, cojo la


sierra y le corto las piernas y los brazos. Creí que era malo tenerlos.
Reconciliarme internamente con mi naturaleza, con mi verdad profunda, con mis
partes rechazadas y negadas, es recuperar mis piernas y mis brazos.
Cuando niego que tengo piernas, no puedo caminar; cuando niego que tengo
rabia, no puedo defenderme; cuando niego que tengo miedo, me quedo
paralizada o respondo de forma violenta sin saber lo que me pasa.

Cuando niego que tengo el contenido que tengo: me estoy negando a mí misma,
me estoy rechazando, me estoy agrediendo, y por extensión a todos los demás,
pues hago con los otros lo mismo que hago conmigo. Salvo que despierte de esta
pesadilla.

Es una cadena, es una herencia. Es necesario que desmenuce internamente mi


verdad, para verla realmente, para recuperarla, para volver a ser quien soy: Un
Ser completo y perfecto.

No ir a la búsqueda y al encuentro de eso que soy me deja en una posición


dependiente. Si no tengo piernas, no puedo caminar, dependo de otros para que
me muevan. Es todo igual. Si no tengo rabia, no puedo defenderme, soy una
víctima del primero que quiera venir y agredirme, dependo de otros para que me
protejan o me defiendan. Si no tengo lo que soy, sencillamente no me tengo.

Tengo rabia, miedo, alegría, tristeza, deseo y energía sexual. Le guste al mundo
o no le guste; al entender que es malo, renuncio a ello. Del mismo modo que
habría renunciado a mis piernas si hubiera recibido el mensaje, en mi educación,
de que tener piernas era cosa de mala persona. Sería una inválida, pues en el
intento de ser buena persona habría renunciado a usar mis piernas. Esta sociedad
me ha educado para creer que mis emociones naturales son malas en alguna
medida. Que no debo enfadarme o entristecerme. Que no debo sentir miedo o
alegría. Que no puedo expresarme. Y si puedo, es de forma muy condicionada.

Con el ejemplo de las piernas, el mensaje sería: puedes caminar, poco y


despacio, pero de ninguna manera puedes caminar deprisa y mucho menos
correr, saltar, bailar….

Y si no me he cuestionado mi aprendizaje es porque lo tomé desde mi corazón.


Y porque siendo tan pequeña, cuando me rebelaba era castigada de alguna
manera, y el miedo a esos castigos, a esa falta de amor y de aceptación, me hacía
obedecer aún contra mi naturaleza, aún contra mi verdad profunda. Hasta llegar
a olvidarla, hasta llegar a matarla de alguna manera.

Me crea un sentimiento de culpabilidad, o de traición, cuestionar lo que me ha


sido transmitido cuando lo vivo como una falta de respeto a mis mayores. Sin
embargo, no lo es si ese cuestionamiento lo hago con mi amor por delante de
todo lo demás.

Y puedo enfadarme, claro que sí, en el momento que me doy cuenta de que estoy
atrapada en el mismo mecanismo, y hago lo mismo que ellos: creyendo que es lo
mejor. Al ver esto de cerca el enfado se me pasa un poco, y de la misma forma
que mi compasión se hace eco de mis propios errores, también lo hace con ellos.

Mi solución no es la rebeldía. Es darme cuenta y elegir por mí misma, a partir de


ese momento, si quiero, o no, seguir obedeciendo a esa orden que no me permite
caminar deprisa, correr, saltar o bailar…. A esa enseñanza que dice que usar mis
piernas es malo.

Cuestionarme equivale a cuestionar a mis adultos de entonces y admitir que


estaban equivocándose, que no eran dioses todopoderosos llenos de sabiduría
infinita, sino personas sencillas y cargadas de limitaciones, ciegas a esas
limitaciones.

Es doloroso porque veo cuánto me he perdido en la vida de mí misma,


defendiendo esos errores. Y cuánto he dañado a los míos castrándolos del mismo
modo en que fui castrada yo. Duele, duele mucho; sin embargo, también libera.
Es muy sano ese dolor, me permite recuperar lo que SOY y ayudar a SER a los
que vienen detrás.

Elegir seguir siendo ciega e ignorante ante esta realidad es la cosa más cobarde y
egoísta del mundo. Si elijo no sentir ese dolor, pago el precio de quedarme
bloqueada para siempre y de permitir que el bloqueo se siga heredando a través
de las próximas generaciones.

Está claro que cuando elijo mi libertad, recuperar mis pedazos, volver a ser lo
que soy de manera natural (y no lo que otros hubieran querido que fuera),
también estoy eligiendo transmitir a los míos ese permiso y esa bendición para
que sean quienes son. Estoy aceptando que no tengo ningún derecho a
modelarlos como si fueran monigotes de plastilina y pudiera darles la forma que
me dé la gana.

Si no doy este paso, lo que estoy haciendo es intentar clonarme a través de los
míos, intentar convertirlos en una copia de ¿mí misma?, sin respetar que ellos
son otras personas diferentes y por tanto tienen derecho a ser como son, aunque
eso les aleje de mi propia imagen interna y externa.
No, no sería una clonación de mí misma, sino de eso en lo que he dejado que la
sociedad me convierta: algo, alguien, que no es verdad.

He vivido la mayor parte de mi vida, sin darme cuenta, convertida en una tullida
que camina despacio y no se permite usar sus piernas para correr, saltar,
bailar…, aun siendo un ser perfectamente capacitado para hacer todo eso y más.
Pretendiendo que los míos vivan tan tullidos como yo. Eso a mi ego lo llena de
satisfacción. Porque mi ego cree vehemente que ser un tullido es cosa de buenas
personas. He estado sufriendo de manera gratuita, por no pagar el precio de
sentir el dolor que supone cuestionar lo aprendido y reaprenderme tal y como
soy en realidad.

Desde el día en que me doy cuenta de todo esto, decido que pasaré el resto de mi
vida compartiendo esta experiencia y su mensaje con todo aquél que quiera
escucharme. Me siento en el derecho y en la necesidad de hacerlo. Quiero
hacerlo. Quiero consagrar mi vida entera a este proyecto, poner de mi parte toda
mi carne, toda mi sangre…, en esta misión, que cada vez somos más en
compartir, y que tiene por objetivo nada menos que intentar devolverle al mundo
su humanidad. Es evidente que esto solo hay una forma de hacerlo, que cada uno
de nosotros se devuelva a sí mismo la suya propia. En esto estoy comprometida,
en devolverme la mía y permitir que se vea y que se sienta, le pese a quien le
pese.

Ya sé que cada cual es muy libre de elegir para su vida lo que guste, creo que a
otros les puede pasar como a mí, que a veces, cuando no sé (o no recuerdo) que
puedo hacerlo, necesito que alguien me invite a recordarlo. Alguien tiene que
hacer de despertador para que deje de dormir en ese letargo en el que quedo
atrapada cuando me despisto.

Estar en la vigilia es posible si mi atención está alerta. Y como se despista,


entonces tiene que pasar algo, o alguien tiene que intervenir, que me dé el toque
de atención.

Sinceramente, una vez degustado el placer de empezar a caminar ya no quiero


volver a la silla de ruedas nunca más. Aunque antes de despertar creyera que era
mejor seguir durmiendo, menos cansado, menos complicado. Las cosas no son lo
que parecen.

Es mucho más difícil permanecer atrapada en el sufrimiento, incluso cuando se


haya hecho tan habitual en mi vida, que ni siquiera lo reconozco.

Ir despertando me permite liberarme, llenarme de paz, de amor y de armonía.


Recuperar lo que es mío, des-culpabilizarme por ser perfecta. Sí, lo he dicho
bien, no es un error de imprenta: Ser Perfecta.

Despierta tengo la oportunidad de vivir. Dormida solo puedo soñar.

Despierta puedo caminar, correr, saltar, bailar, caerme y levantarme para volver a
caerme y volver a levantarme. Dormida también, claro, pero necesito, como
mínimo, muletas, porque me muevo creyendo que mi movimiento natural es
malo.
Dormida sueño que no puedo usar mis piernas, y aunque pudiera y las usara, no
dejaría de ser un sueño; en la vida real no estaría en movimiento, sino tendida y
ausente. Desconectada de la realidad. Negando fuera con la misma fuerza con
que niego dentro.

Así, cuando creo que la libertad se haya más allá de los barrotes de hierro que
dan forma a la celda de una prisión, desconozco la propia celda de mi mente, la
que me hace presa frente a la vida, pues teniéndolo todo al alcance de mi mano,
ahí sujeta, no dispongo del permiso interno para tomarlo.

¿Qué mayor prisión puede haber que la de la dictadura que habita en mis
neuronas, cuando he permitido que se instalen unas normas, una moralidad
hipócrita, una militancia que me hace cómplice de un sistema esclavista?

Dentro de mi Ser despierto no hay más reinado que el propio, la corona se la


concedo a mi Soy, desde donde decido, elijo y construyo, con cada paso mi
propia vida. Esa es mi mayor riqueza y la única que de verdad me importa.

Siendo pobre (en cuanto a posesiones materiales) llego a tenerme a mí misma y


eso es lo único que podemos tener de verdad cada uno de nosotros.

Mientras no me tengo a mí, creo que la sensación de tener pasa por lo material,
por los bienes, el dinero, el estatus…, despilfarro mi vida intentando conseguir,
tratando de tener, tener, tener…, y tenga lo que tenga sigo mendigando,
buscando, anhelante…, hasta tenerme. No hay más propiedad que una, al menos
que valga la pena, y no está fuera de mi piel.

Ignoro esto cuando estoy viviendo dormida, donde la ilusión se apodera del
espacio que debería ocupar la realidad.
¿Cuántas veces la vida golpea mi puerta y no la dejo entrar?

Viv iendo en presente no importa el lugar, la situación, la compañía… La vida es


ahora, la vida es en este instante, y cada instante que pasa es un instante de mi
vida que ya se ha ido, ha muerto para siempre. Es irrecuperable, por eso en cada
segundo, estar viva es estar presente ahora en el preciso instante, con la realidad
actualizada, siempre en presente.
Perder mi vida atrapada en la ficción es morir sin haber vivido. Vivir precisa
fluir con la realidad sin agarrarme a la confusión somnolienta que arrastra a las
masas hacia su propia degradación.

Quedarme con una realidad que no quiero por si acaso las cosas cambian, por si
acaso la otra persona cambia, por si acaso…, en el “por si acaso” pierdo la
posibilidad de vivir en una realidad que sí existe y, desde ahí, se me escapa.

Admitir la realidad tal como es, sin pretender “por si acasos”, me da la


posibilidad de liberarme de lo que no quiero y entonces sí tengo la posibilidad
auténtica de construir una realidad a mi medida.

Esto es la realidad, lo quiero o no lo quiero. Si lo quiero, no necesito escaparme


al mundo de la ensoñación. Puedo vivirlo con total entrega. Si no lo quiero y me
escapo, lo estoy aceptando al precio de renunciar a estar en conexión con la vida,
porque entonces esa vida no es lo que quiero. Me estoy engañando al pretender
manipular, remodelar, convertir lo que es en algo distinto.

Sin embargo, si me doy cuenta de que lo que es no es lo que yo necesito y en


vez de escaparme, me quedo y asumo la realidad, puedo elegir. Entonces puedo
caminar en dirección a mi necesidad, y dejar atrás lo que no es compatible
conmigo. En ocasiones necesito arriesgarme a cambiar mi realidad, aunque eso
muchas veces implique decir adiós a los “por si acasos…”, “las cosas tal vez
cambien…”, etc.

No puedo cambiar al otro, sí puedo elegir hacia donde quiero caminar.


Quedarme con lo que tengo si no es lo que quiero, porque creo que podré
cambiarlo hasta que se ajuste a mis necesidades o deseos, es una agresión hacia
el otro y hacia mí. Hacia el otro porque no estoy respetando su derecho a que sea
quien es y pretendo convertirlo en lo que yo quiero que sea. Hacia mí porque en
ese intento me quedo en una realidad que no es la que yo quiero para mi vida.
Si me doy el permiso y el derecho a ser yo misma podré aceptar el mismo
permiso y el mismo derecho en el otro. Al concedérmelo a mí lo habré hecho
legítimo para todos.
La solución a mis conflictos no pasa por modificar a los demás humanos con los
que me cruzo en la vida, pasa por devolverme a mí misma lo que soy y
concederme el derecho a la vida. A ser, a sentirme, a elegir, a decidir por mí, y
no por lo que los demás esperan de mí. Y esta fórmula me atrevo a afirmar que
vale para todos.

POLARIDAD: DEPRESIÓN / RESPONSABILIDAD


ESPIRITUALIDAD

Cuando me identifico con mi Depresión veo en primer plano lo desagradable y


doloroso de la vida, del mundo y de mí. Se me hace, pues, imposible cambiar las
cosas. Todo deja de tener sentido.

Cuando me identifico con mi Responsabilidad puedo ver donde no veía, asumir


mi propia actitud, también mis posibilidades y las capacidades que tengo. Ser
consecuente.

Cuando combino mi capacidad para ver lo doloroso y desagradable con mi


potencial resolutivo, puedo trascender y agradecer la infinidad de posibilidades
que la vida me ofrece para mi propio desarrollo y expansión.

Entonces siento en mi propio centro el sentido de las cosas. Es el regalo más


hermoso que jamás he recibido. Esta combinación genera mi gratitud, madre de
mi espiritualidad.

En momentos depresivos, lo único grave que realmente me está pasando es que


mi espiritualidad se me ha venido abajo. Se me ha caído la vida a los pies y me
he hecho tanto daño que estoy enfadada. Por otra parte, es normal que me enfade
con aquello que me daña. Para mí ese enfado es señal de buena salud.
Ahora bien, cuando consigo hacer una grieta en mi hermetismo mental, entonces
puedo ver que tal vez no estoy viendo todo lo que es y todo lo que hay. Tal vez
no estoy viendo las cosas como son, al menos en su totalidad. Como mínimo hay
una parte de la que yo no me estoy apropiando y es mía. La importancia que le
estoy dando al tema es desmesurada, porque mi mente cree que todo lo sabe y
todo lo controla. Pero yo sé que eso no es verdad. Aunque a veces se me olvida.
La caída de mi espiritualidad es un síntoma de estar o haber estado sometida a
un nivel de sufrimiento que supera mis posibilidades y mis recursos del
momento. Mi sufrimiento es el “producto” que se elabora en la fábrica de mis
neuronas.

Compruebo, una y otra vez, que cada una de las ocasiones en las que el mundo
se me viene abajo, no es más que la antesala de un desenlace en otra dirección
mejor y más adecuada para mí.

Esos momentos, que puedo vivir con tanta angustia, son así porque el miedo ante
lo desconocido se interpone entre mi camino y yo.

Una vez abrazado ese miedo y empezado el nuevo camino, donde dejo en el
pasado la desolación del paisaje anterior, de pronto empiezan a abrirse hermosas
flores que ni siquiera podía intuir que aparecerían unos pasos atrás.

Tardo tanto en empezar a caminar por el nuevo camino que la vida abre ante mí,
como tardo en abrazar a mi miedo para que deje de bloquearme y de detenerme.
Es una cuestión de fe. Soltar lo que ha pasado para abrazarme a lo que está por
venir.

Si lo que ha pasado ya ha pasado, lo peor de esa experiencia ya está vivido.


Aferrarme a ese paisaje desolador solo me sirve para hacer perdurar en el tiempo
y en el recuerdo, algo caducado ya.

Mi salud está en soltarlo y abrirme de nuevo para que la vida me pueda regalar
sus besos.

Para poder hacer esta apertura necesito responsabilizarme de mi actitud, de mis


pensamientos, de hacia dónde me llevan y de la cuerda que les doy si me recreo
en ellos. El coraje para apropiarme de mis elecciones y las consecuencias que
traen de la mano, también es espiritualidad. Porque si ella me falla, yo me quedo
en el desencanto y en el drama de lo que acaba de pasar, y me quedo anclada en
el pasado agarrándome al dolor.
Necesito mi espiritualidad, mi fe, mi saber profundo de que nada de cuanto
acontece es gratuito, ni fortuito. Era necesario que pasara para que yo pudiera
dar un paso más allá de donde estaba, pues donde estaba aunque fuera un terreno
conocido no era el terreno idóneo para mí, al menos no a partir del momento en
que empieza a ser devastador.
Si no tengo mi espiritualidad, que a todo le da sentido, entonces tengo que
agarrarme a otra cosa porque sola y flotando en el aire no puedo resistir. Si no
tengo mi espiritualidad, y estoy levitando en el desconcierto y en la pérdida,
entonces, me puedo llegar a coger a cualquier cosa, por nociva que sea, cualquier
cosa que me ayude a olvidar que me siento muerta en un mundo vivo que no late
conmigo, que no me arropa, que no me acompaña a ninguna parte. Porque sin mi
espiritualidad me hago amante de la muerte, sueño con ella como si fuera el
príncipe que ha de rescatarme del castillo de la bruja mala. Empiezo a idolatrar
la muerte, a desearla, a enamorarme de ella.

Y la muerte me mira y empieza a sudar, como diciendo : a ver cómo le digo yo a


esta que lo que le toca ahora es ser feliz, que ya tendrá tiempo de morirse, que
aquí no se va a quedar, pero no me la puedo llevar antes de que saboree las
mieles de la vida, y se las está perdiendo porque no las ve, solo por eso, porque
no sabe la de sorpresas que aún le esperan en el camino.

Es como si todo tuviera un precio de alguna forma: poder disfrutar de lo nuevo


pasa por aceptar que lo antiguo se acabó y pasó a la historia, que soy yo la única
que se empeña en permanecer enganchada a ello, la única que lo retiene, y lo
hago con el poder de mi mente, atándome a los recuerdos de mi experiencia, la
que sea. Una experiencia que tenía que vivir para aprender unas cuantas cosas, y
después soltarla para seguir viviendo. La voluntad del universo, es poner a mi
alcance la oportunidad necesaria para mi evolución. Si adopto un rol victimista
consigo convertir en un problema o en una injusticia lo que, en principio, era un
desafío que necesito enfrentar. Es una cuestión mental. Puedo elegir si me quedo
donde está mi mente, o llevo mi mente hacia la madurez y la integridad que
merezco como persona. Responsabilizarme de esta decisión es ponerme a favor
de mi salud.

Cuando la vida me propone un cambio, si me resisto me hago daño.


Seguramente el cambio es difícil, quizá se trate de aceptar que aquello que hasta
ahora me estaba sirviendo ya no me sirve. Y aquello tiene que ver con mi forma
de pensar y de entender la vida, y con las consecuencias de mi actitud.

Lo más doloroso para mí es soltar a alguien a quién he querido. No por soltarle


en realidad, sino por la construcción que hace mi mente ante ese hecho. Es como
si soltar a alguien a quien he querido fuera soltar el amor. Y no es así, sino todo
lo contrario. A veces ya no puedo seguir amando a alguien desde el contacto y la
cercanía porque nos hacemos daño, pero eso no significa que yo no pueda amar,
a esta persona o a cualquier otra. Si es a esta persona, quizá deba aprender a
amarla en la distancia; amar no es sinónimo de encadenarse, no por sentir amor
por alguien tengo que quedarme a su lado, y menos si es para sufrir.

Amar es un sentimiento que me llena de dulzura y de buenos deseos hacia esa


persona y no importa la distancia que haya entre nosotros para que mi corazón
sienta lo que siente.

De cualquier modo, también puede ser que la vida me invite a dejar de amar a
alguien por la razón que sea. Si me resisto, me destrozo porque ya no toca eso en
mi vida y mantenerlo me daña. Si me entrego a esa experiencia, tal vez descubra
que la vida quería que yo me amara a mí misma, y entonces sí podría llegar a
amar a alguien con quien construir un camino feliz, ya que con la anterior
persona no fue posible. Si yo estoy en la falta de amor hacia mí misma, voy a
encajar con una pareja que no me ame. La pareja es el espejo donde puedo
verme reflejada. Si no me amo, difícilmente tendré la oportunidad de disfrutar un
amor compartido.

Y aceptar esto, dejar que esa cadena se rompa, no es fácil, sobre todo cuando
estoy implicada, entre otras cosas porque ante la ausencia de mi propio amor, el
amor del otro se me hace imprescindible. Desde ahí estoy confundiendo mi gran
carencia de autoamor, con “cuánto me importa que me ames tú”, (¿cuánto me
importas?). Ese otro puede ser una pareja, una amistad, o un familiar, no importa
quién ni tampoco qué tipo de amor nos ha unido. Lo único importante es si ese
vínculo nos nutre o nos daña.

El verdadero acto de amor es tomar la decisión más sana para ambos. Esa
decisión debe ser tomada desde un lugar que está por encima del deseo y del
egoísmo. Estar en conexión con ese lugar precisa de la presencia de mi
espiritualidad. Hago lo que hago por algo más elevado que mi deseo. Ahí
encuentro mis fuerzas y ahí consigo caminar, aún entre los escombros de lo que
había y ya no existe.

Si no me entrego a mi espiritualidad, entonces me quedo a solas con mi deseo,


que quiere y quiere, que me encadena y me esclaviza. Con lo cual me condeno a
vivir en una espiral de frustración absoluta, de manera permanente, así puedo
llegar a desear la muerte. ¿Para qué quiero vivir atrapada en una cadena de
deseos que, muchas veces, no puedo realizar?
Mi espiritualidad me dice algo tan sencillo como que lo que yo deseo en realidad
no es importante, porque el deseo parte de la mente ordinaria y de ningún otro
lugar. Y, muchas veces, conseguir realizar según que deseos es una garantía de
sufrimiento.

El deseo puede llegar a ser veneno para mi alma, sobre todo cuando no sé decirle
que no. Ponerle unos límites, razonables y sensatos, es sinónimo de madurez y
responsabilidad.

En ocasiones la vida me ha puesto frente a personas que parecían una delicia, y


resultaron ser invasivas, irrespetuosas, manipuladoras, abusivas, y un largo
etcétera. Yo ante eso puedo enfadarme mucho con la vida y con esas personas,
quedarme dando vueltas alrededor de mi enfado hasta aborrecer la vida. O puedo
poner en práctica la gran experiencia de marcar unos límites, o romper la
relación si mis límites no son respetados, y de paso practicar el desapego, entre
otras cosas. En este segundo caso, cuando decido poner en práctica eso que la
vida me propone, salgo de la situación con una profunda sensación de
satisfacción y consecución.

En el primer caso me quedo con la frustración y la rabia dando coletazos por los
siglos de los siglos.

Es mi elección. Yo decido si quiero crecer y madurar los aspectos necesarios


para facilitarme la vida, o si quiero quedarme en la protesta y culpando a los
demás. Si decido crecer, acabo agradeciendo a esas personas su paso por mi
vida, pues me hicieron el enorme regalo de facilitarme el escenario necesario
para que yo pudiera poner en práctica lo que estaba necesitando desarrollar. Esta
actitud y este enfoque también forman parte de mi Espiritualidad.

A veces he necesitado comprobar que era capaz de sobrevivir a una ruptura


sentimental, en una relación que para mí era muy importante. Sobrevivir a esa
ruptura me daba la posibilidad de dejar de ser dependiente, pues yo comprobaba
que era mentira que no pudiera respirar si me faltaba esa persona. Nunca sé qué
intención tiene la vida al ponerme frente a una situación dura o difícil. Mientras
la atravieso puede parecer que todo se derrumba realmente, pero no es verdad: lo
único que necesita ser derrumbado es mi enfoque mental, esa estructura que me
limita y me hace incapaz, dependiente, malsana. Y aunque estando dentro no me
dé cuenta, después de un tiempo, cuando estoy firmemente enraizada en mi
espiritualidad, lo puedo ver y lo puedo agradecer.
Lo que más me daña (cuando me descuido mi mente hace estragos) es quedarme
atrapada en el “pobre de mí”. La actitud victimista, derrotista, eso es lo que más
me daña, y sin lugar a dudas lo que más daña a mi entorno, pues desde una
actitud de víctima culparé a todos los demás de mis “desgracias”, no aceptaré
desafíos, solo veré impedimentos y trabas a mis deseos. Ahí no hay crecimiento,
hay pataleta, castigo, juicio y crítica hacia los demás. En una actitud victimista
no tengo espacio para cuestionarme en lo más mínimo personalmente. Ni me
apropio, ni me responsabilizo de lo mío.

Lo importante es poderme dar cuenta para poder reírme de ese absurdo que, si
me despisto, me come entera.

Mi niña interna, en su parte herida, es sumamente infantil, tiene sus traumas, sus
bloqueos… Y aquí estoy yo para hacerme cargo de ella y de todo lo que
representa. Mi niña interna es lo mejor que tengo en mí, y su historia, que es mi
historia, es la que me da la oportunidad de enfrentarme a un montón de cosas
que me ayudan a descubrir quién soy y quién no soy.

En mi espiritualidad, estoy segura de que nada es casualidad, de que nada es


gratuito. Todo cuanto vivo es necesario para la materialización de mi
experiencia, esa experiencia que en algún lugar y en algún momento yo elijo, a
cada paso.

De cada error mío tengo la posibilidad de aprender a hacer las cosas de un modo
distinto la próxima vez.

De cada error de los demás tengo la posibilidad de aprender a moverme mejor


entre esas aguas que no muevo yo directamente. A veces ese movimiento tiene
que ver con la retirada, con los límites, con la comprensión, o con el perdón.
¿Cómo puedo aprender a perdonar si nadie me lastima?, ¿cómo puedo aprender
a poner límites si nadie me invade?, ¿cómo puedo aprender a soltar si no me
engancho?, ¿cómo puedo aprender a liberarme si no me encarcelo antes? Esto es
espiritualidad para mí: darme cuenta de que tras todo cuanto ocurre hay un
sentido que mi mente no siempre puede ver. El primer aprendizaje quizá sea
este, reconocer las limitaciones de mi mente, que siendo tan pequeña se cree tan
omnipotente, que, siendo tan limitada, cree a veces ser la mano derecha del
mismísimo Dios.

Cuando estoy enraizada en mi espiritualidad puedo atravesar terremotos,


maremotos y tsunamis. Puedo atravesar la muerte misma, sabiendo que todo está
bien tal como es, y que, aunque pudiera, no cambiaría ni una sola de las cosas
que suceden en mi vida, pues todas las necesito, y todas las agradezco.

Estar anclada en mi espiritualidad me hace sentir en cada respiración mía, que la


responsabilidad de mi vida empieza y acaba en mí, que nada ni nadie tiene poder
sobre mí, salvo el que yo misma le permita y le otorgue. Por tanto las
consecuencias son responsabilidad mía.

Si confío en alguien que me engaña, soy yo quien se equivoca al depositar la


confianza donde no debo. O tal vez sí debo, pues esta experiencia me va a
facilitar un aprendizaje y un avance importante.

Si me dejo explotar en mi trabajo, soy yo quien acepta las condiciones, por la


razón que sea.

Y un interminable etcétera.
Más allá de todo esto, creo que elegí nacer de los padres que nací, en el entorno,
el momento y el país, que reunían las condiciones necesarias para que yo
experimentara aquello que vine a experimentar. Quizá haya nacido muchas
veces, en diferentes situaciones. Quizá necesite volver a hacerlo muchas veces
más, hasta haberlo experimentado todo…. Desde ser la persona más rica del
mundo, hasta morir por desnutrición… Desde ser un pederasta, hasta ser un niño
abusado… Desde ser un Einstein, hasta ser una persona con severas deficiencias
mentales… Desde ser un judío, hasta ser un Hitler…. Intuyo que todo está bien
tal como es, que todo es elegido con intención evolutiva y por voluntad propia,
desde un plano diferente al que conocen las neuronas. Que hay una Verdad más
grande que todo lo llena de sentido, aunque mi mente prefiera pasarse la vida
juzgando, creyéndose a sí misma y complicándome tanto la existencia.

Si quiero, puedo aprender mucho de mi experiencia para tratar de hacer las cosas
de otro modo en adelante y, si no quiero, puedo quedarme pataleando y
quejándome el resto de mi vida. Pero nadie vendrá a salvarme de mi infierno,
porque el cielo y el infierno también los construyo yo en mi propia vida. Con
cada pensamiento, con cada creencia, con cada sentimiento, con cada actitud
mía, con cada paso que doy…. Yo decido si me dirijo al paraíso a la boca del
diablo.

El desengaño, temporalmente, me debilita esa fe, que siendo la copa sagrada que
todo lo llena de sentido, por momentos se resquebraja y vierte su contenido
sobre la arena, dejándome con una sensación de sequedad que parece aniquilar el
sentido de mi vida.

Sin mi espiritualidad nada tiene sentido. Cuando siento que todo se derrumba y
lo que queda en pie tampoco vale la pena, es una señal de que mi espiritualidad
está dañada. Ella es quien me compensa todo el dolor, para ayudarme a
trascender esa oscuridad donde, a ciegas, puedo perderme fácilmente.

Espiritualidad es algo que va más allá de cualquier creencia religiosa. No está


reñida con ninguna fe. Me considero una persona muy espiritual y no adoro a
ningún Dios concreto, ni me inclino ante ninguna iglesia. En mi caso la fe es
algo que yo tengo al servicio de mi espiritualidad, donde cabe todo y, a la misma
vez, nada tiene mi exclusiva.

Espiritualidad es algo que pasa por mi propio cuerpo, por mi energía, por lo
conocido, por lo desconocido, por todos los cielos y todos los infiernos que
atravieso a lo largo de mi existencia.

Creo que mi existencia no empezó en ningún momento concreto ni tiene un final


determinado.
Creo en la trascendencia, en el paso de un estado a otro.

Creo firmemente que las cosas no suelen ser lo que parecen.


Sobre todo, creo en las limitaciones de mi mente. Y que cuando me muevo
anclada en esas limitaciones soy yo misma quien construyo un círculo que me

atrapa y del que creo que no puedo salir. Y es cierto; no puedo salir solo por un
motivo: mi creencia me lo impide.

La fuerza que se produce ante una identificación puede ser tan poderosa como la
mejor prisión de alta seguridad que pueda imaginar. Sé que en mis manos están
las llaves de mi libertad: yo las llamo interrogantes. Si soy capaz de cuestionar
mis creencias, tengo todas las posibilidades frente a mí y puedo elegir el camino
que yo quiera.

Cuando no consigo cuestionar mis creencias, una y otra vez si es preciso,


entonces me conformo con la realidad que conozco, esa que queda dibujada
dentro del círculo de mis convicciones. Y ahí atrapada puedo dejar que se
consuma mi vida, sin más posibilidad que quemar los días que me quedan de
“cautiverio”, es decir, por vivir.

Por eso entiendo la espiritualidad como sinónimo de apertura mental. Se trata de


quitarle el trono a la razón para entregarme a algo más grande que no hay lógica
mental que consiga comprender.

Mi espiritualidad profunda no está al alcance de mi mente superficial y


ordinaria. Y mi mente necesita aceptar eso, sus propias limitaciones, para
permitirme el acceso a eso más auténtico que hay más allá del círculo de falsa
protección y aparente seguridad, que es el territorio mental.
Cada creencia mía es un eslabón que se engarza con otro eslabón compuesto por
otra creencia mía. Todos estos eslabones, finalmente, definen una cadena que
dibuja un círculo a mi alrededor. Yo vivo en el centro de ese círculo, convencida
de que este círculo en el que vivo es todo cuanto existe. Solo cuando consigo
atravesar mi propia cadena tengo todo lo que hay fuera de mi círculo al alcance
de la mano. Para atravesar esa cadena he de romperla y la rompo cuestionando
mis creencias.

POLARIDAD GRANDEZA / PEQUEÑEZ PERTENENCIA

Desde la identificación con mi mente me pregunto si quizá he venido a


experimentar la grandeza, la importancia y lo ostentoso a través de la
importancia que le doy a las cosas que me ocurren y que siento, en un intento de
comprender la belleza de la humildad.

Desde la identificación con mi alma me reconforta saberme tan pequeña en un


Universo tan infinito. Porque saberme tan pequeña me recuerda constantemente
que mi dolor y mis problemas realmente son insignificantes. Lo único grande es
la importancia que yo le doy a las cosas cuando no veo mi ceguera, creyendo que
lo veo todo.

Reconocer mi pequeñez individual es lo mismo que aceptar mi pertenencia a un


gran Todo. Solo aceptando mi pequeñez alcanzaré mi grandeza verdadera. Ser lo
que soy en verdad.

Si pudiéramos ver lo insignificantemente pequeña que es la Vía Láctea, nuestra


galaxia, en comparación a otras galaxias…, en proporción a un pequeño, muy
pequeño fragmento del Universo. Incluso, dentro de la pequeña Vía Láctea, si
pudiéramos ver lo increíblemente pequeño que es nuestro planeta, La Tierra, en
relación a la Galaxia. Y dentro de la Tierra, lo pequeño que resulta, en
comparación al resto del planeta, nuestro País, nuestra ciudad en relación al País,
nuestro barrio en relación a la ciudad, y así hasta llegar a ese minúsculo átomo
que eres tú, que soy yo, en relación al Universo plagado de Galaxias,
Constelaciones, Planetas, Estrellas, Mundos insospechados.

Qué cosa tan absolutamente pequeña somos cada uno de nosotros. No puedo
dejar de maravillarme al ver cómo es posible que siendo algo tan insignificante
le demos una importancia tan bárbara a las cosas que nos pasan, a las cosas que
sentimos y a las cosas que pensamos.
La ventana que propongo es una fisura en la gran Mentira, en el delirio de
grandeza en el que el Ser Humano vive atrapado de manera individual y
colectiva.

Comprender esta pequeñez mía es redimensionar la importancia que le doy a las


cosas, es redimensionar la Realidad misma.

Sufro tanto como importancia le doy a lo que me pasa, y a mí misma. Es un


sufrimiento gratuito. Sufro tanto como me engaño. Es igual de grande mi
mentira que mi sufrimiento.

Realmente en una celda tan pequeña como lo es mi mente humana, convivir con
una mentira tan grande me resulta del todo asfixiante.

Si es verdad que he venido a experimentar lo que no soy, para comprender y


valorar lo que sí soy, entonces, realmente, mi sensación de grandeza y de
importancia (mente) queda temblando ante la polaridad contraria: mi pequeñez.

Hay momentos en mi vida en que me doy cuenta de mi insignificancia, luego se


me olvida y mi mente vuelve a tomar el control y el timón de mi existencia: Mi
mente, siempre mi mente, como un niño pequeño y travieso que quiere toda la
atención y todo el protagonismo de mi existencia, como un niño que no entiende
que hay más…, más allá de sí mismo.

¿CASUALIDAD?... SINCRONÍA
Todo pasa para algo. Desde algún lugar, tal vez un plano diferente a este, soy yo misma quien estoy
eligiendo las circunstancias necesarias para que se dé una escena en mi vida. Una escena que me sorprende,
que llama mi atención y que consigue que esté atenta a algo. Sin ese factor sorpresa, se me habría pasado
inadvertido.
Para tratar el tema de las sincronías necesito tener a la vista la diferencia entre lo que es mi personalidad y
lo que soy en realidad.

Esta última, para mí, es la parte inmortal de todo cuánto tiene vida, la Consciencia, el lugar donde vive una
Sabiduría determinada. No me refiero a estudios, ni a aprendizajes técnicos de ninguna temática en
concreto, sino a la experiencia de estar vivo.

Mi Sabiduría es lo que queda impregnado en mi Ser a través de todas las circunstancias que voy viviendo.
Eso que me da constancia de lo que soy, al experimentar lo que no soy.

Si por un momento no me identifico con mi personalidad, es decir, si miro desde fuera de mí, con una nueva
perspectiva, si me salgo de entre los barrotes de mi cárcel mental, puedo ver y puedo moverme más
ampliamente, incluso puedo entender y sentir más ampliamente. Gano un espacio, que dentro de la jaula de
mi identificación es inalcanzable.

Y viendo desde ahí, desde ese espacio externo a lo conocido, me doy cuenta de que el sentido de la vida es
experimentarla. Esa es la única forma de alimentar la Consciencia, que es la parte perdurable de cuánto soy,
con su alimento: Sabiduría – Vivencia.

He nacido para aportarle grandeza a mi alma, experiencias nuevas que me permiten trascender lo conocido
y cuestionar mis creencias limitantes, mis barrotes mentales, los que componen mi cárcel interna de
protección y falsa seguridad.

Falsa, al fin y al cabo, porque nada, ni nadie, podrá impedir que yo viva lo que yo elija vivir.

Mientras mi personalidad se retuerce de miedo al sentirse amenazada por una sabiduría que la cuestiona
permanentemente, mi Consciencia se agita de alegría ante la posibilidad de alimentarse y nutrirse.

Cuando mi estructura está a la defensiva, se siente amenazada, cuestionada…, para que pueda darse el
milagro de la flexibilización, desde mi parte más elevada le voy poniendo desafíos en el camino de los que
le gustan a la mente, esos que vive como un juego, como un enigma. Ese es el plato preferido de mis
neuronas: resolver misterios. Es un juego que me permite evolucionar, pues mi mente lo acepta; a ella le
encantan los laberintos…, ahora estoy hablando de Sincronías. La palabra sincronía hace referencia a la
manifestación de unos hechos o fenómenos, aparentemente sorprendentes y casuales, determinados en el
mismo espacio de tiempo y que están cargados de significado simbólico.

Desde el plano espiritual, una sincronía es un medio directo que pone en marcha mi parte más elevada para
intentar flexibilizar el hermetismo de mi mente; ésta se queda pillada en el ¿cómo es posible que esté
pasando esto?, mientras mi parte más elevada le guiña un ojo, y con todo el amor del mundo parece decirle:
pequeña, ¿pero no te das cuenta de cuántas cosas maravillosas están pasando en este momento en el
Universo?, y tú te fascinas por esta cosita de nada, ¿pero de verdad te crees tan omnipotente como para
entenderlo todo?

Es fácil confundir una sincronía con una casualidad. Para mí la casualidad no existe.

Casualidad es una palabra que uso para aligerar mi propia responsabilidad en un tema. Probablemente de
una forma inconsciente, pero los hechos los estoy provocando así de alguna manera. (Por ejemplo: no es
casualidad que una persona “víctima” atraiga una relación tras otra con personas “agresoras”).

La diferencia entre lo que, comúnmente, llamamos casualidad y una sincronía, es que en la sincronía pasa
algo inexplicable que interrelaciona una serie de hechos, circunstancias o personas, de una forma que parece
mágica.

Una sincronía esconde en sí misma una señal, un aviso, un mensaje espiritual. Es una oportunidad de
evolución.
Para captar la manifestación de una sincronía es necesario que la persona esté atenta. Porque a veces ocurre
de forma tan sutil que puede pasar inadvertida.

Un ejemplo de Sincronía sería cuando, de pronto, me viene a la mente alguien que hace mucho tiempo que
no veo, quizás años, y justo ese día al salir a la calle me la encuentro de frente. Aquí he de estar muy atenta,
porque esto está pasando para algo. Quizás algo que pasó con ella en el pasado sea importante para mí, hoy,
en mi presente; quizá vivimos algo que encierra un aprendizaje importante, y que hoy necesito rescatar para
resolver algún tema actual. O quizás sea otra la razón; tal vez cuando la salude, me hable de algo que
encierra una clave, una solución para otra cosa.

Lo importante es que no pase página sin más, es para algo que esto está sucediendo de esta manera justo en
este momento. Si le doy un poco de atención al tema puedo “pescar” algo importante.

Visto así, resulta que finalmente todo en la vida es un cúmulo de sincronías.

A María la habían despedido de su empleo, donde llevaba 14 años, por falta de presupuesto en la empresa:
recortaban personal. Estaba desesperada. A los 8 días se apunta a una excursión entre semana, un miércoles,
a la que decide ir para no quedarse en casa pensando y pensando, porque realmente está obsesionada
dándole vueltas a lo qué va a hacer ahora, que ha perdido su trabajo, con lo mal que está el panorama.
Como está sin trabajo, justo en este momento, puede asistir a esa excursión; de otra forma sería imposible
faltar un miércoles a sus obligaciones. En la excursión conoce a Jorge, un joven emprendedor que vive en
otra ciudad y está empezando un innovador negocio que resultará ser expansivo y potencialmente rentable
con el tiempo. Jorge ha venido a pasar una semana en casa de unos amigos que tenían ya contratada esta
excursión y él, para no decepcionarlos, acepta asistir. Resumiendo: Justo ese día fueron los dos al mismo
lugar, a la misma hora, como fruto de situaciones totalmente imprevistas, y pudieron conocerse. Gracias a
esa sincronía al cabo de unos años nacieron Pablo y Mónica. Y, gracias a esa sincronía, María no tuvo que
volver a preocuparse nunca más por encontrar trabajo, pues coordinar una empresa junto a su marido Jorge,
además de ejercer como esposa y madre, ya la tiene lo suficientemente ocupada.

¡Qué ¿casualidad? que la habían despedido del trabajo, justo en ese momento! Eso la empujó a ir a aquella
excursión que cambiaría su vida. De hecho era condición que la hubieran despedido, porque de otro modo
habría sido imposible que esto pasara.

No es cuestión de suerte ni de casualidad, es una sincronía.

Mi vida es un cúmulo de sincronías puestas en marcha para ayudarme a evolucionar. Mi mente se resiste en
un intento de tenerlo todo controlado. Y sufriré tanto como aprieten mis resistencias a dejarme fluir con la
vida. Cuando consigo conquistar mi fe y mi confianza, todo es diferente.
Si abro en mi mente una ventana a la que poder asomarme, lo que veré será tan insospechado y
deslumbrante como sencillo.

Existe una inmensa Realidad más allá del espacio interno de mi jaula mental.

Estoy tan acostumbrada a vivir enterrada y aplastada por mis creencias, que esa ventana abierta hacia algo
más allá de mis paredes conocidas, puede llegar a ser, en ocasiones, atemorizante, y otras increíblemente
atractiva. Afortunadamente, no suelo conformarme con lo que “parece”, sino que siempre estoy trabajando
por descubrir un poco más de lo que ES al otro lado de la pared.

Las Sincronías me ayudan: son como cascabeles o campanas que suenan dulcemente para recordarme que
todo tiene un para que… detrás.
Esos momentos donde me doy cuenta de lo pequeña que soy, son momentos generalmente vinculados con el
dolor, con la muerte o la catástrofe absoluta. Momentos de trascendencia, que en ocasiones, también
aparecen de forma sorprendente cuando, sencillamente, estoy conectada con mi capacidad amorosa.
También la muerte tiene una gran misión en mi vida: recordarme constantemente que estoy atrapada en una
gran mentira. Que no es verdad que soy tan importante, ni lo es lo que me pasa, sea lo que sea. Ni si quiera
mi propia vida es tan importante, pues acaba en algún momento, momento que, por otra parte, no es posible
prever de manera concluyente.

Estoy rodeada de misterios y “situaciones mágicas”, y sigo atada por la pedantería y la grandiosidad, por la
ilusión y la ensoñación. Atrapada en el deseo y las ansias de poder, de autoridad, de éxito, de control…. Y
mientras peleo y peleo por conseguir todo eso, de vez en cuando, se oye el lamento de alguien, a veces
incluso el mío, que repite aquello de “no somos nada”; cuando me visita la Realidad y me lo arrebata todo
en un segundo, recordándome que no tengo nada realmente mío.

Es la ilusión de un falso tener lo que me atrapa, y no yo a ello.

Viene esa realidad a recordarme al fin que tengo la oportunidad aún, que todavía estoy viva, de liberarme de
esa venda que me tapa los ojos ante la única verdad que puedo reconocer si soy honesta y miro de frente lo
que me envuelve. Mi pequeñez, mi incalculable pequeñez.

Aceptada esa pequeñez, es el momento de una expansión total; esa pequeñez integrada es el pasaporte a la
única grandiosidad que existe, estar con los pies anclados en la Verdad. Esa verdad de la que yo también
formo parte aunque no siempre quiera

verla. Y que si decido ver y aceptar cambiará mi vida y mi destino de manera irrevocable.

Soy mucho más de lo que juego a ser, y al quedarme atrapada en la lucha de mi mente por ser lo quiero ser,
me pierdo la oportunidad de saborear lo que soy en realidad. Lo soy todo, todo cuanto existe en este mundo
y en todos los mundos, y esto solo es posible cuando entiendo que no soy nada a través de mi mente
individualizada.

Una célula de mi cuerpo quiere ser importante y destacar de entre todas las demás, sin darse cuenta de que
solo al aceptar que ella es parte de este cuerpo y no al revés, es mucho más grande que intentando ser
grande por sí misma. Si acepta que ella me forma a mí, acepta que ella es yo. Del mismo modo, si yo acepto
que por mí misma no tengo una identidad real, estaré aceptando que formo parte de un Todo sin diferencia
entre el resto de las partes; todas las partes somos el Universo ¿puede haber algo más grande? No tiene
sentido tanta pelea por ser grande de manera separada de lo que formo parte, si ya soy grande perteneciendo
a ello. Si esas partes de las que quiero diferenciarme y yo somos la misma cosa en realidad.

He venido a experimentar lo que no soy, para entender en profundidad lo que soy. Las sincronías están
brotando por todas partes en un intento de ayudarme a trascender mis limitaciones hacia un espacio
espiritual más amplio y auténtico. Mi mente es tan solo una pequeña parte de mí, que por alguna razón se
atribuye a sí misma todo el protagonismo. Si quiero seguir ahí, estaré enjaulada en un espacio muy pequeño
construido con ilusiones y mentiras. Si quiero atravesar la ventana de esta jaula, puedo hacerlo: solo he de
decidirlo. Cada uno de nosotros tiene acceso a su propia ventana. El infinito nos espera al otro lado.
LAS LLAVES DE GERINE Una historia real

Durante la noche Gerine tuvo un sueño: veía la puerta de su casa dentro de un


enorme corazón. Se disponía a abrir la puerta cuando comprobó que ninguna de
las llaves (que hasta ese día habían funcionado bien) abría su puerta. Gerine se
angustió mucho: ¿Dónde están las llaves de mi casa?

Se repetía en voz baja, mientras miraba su llavero y comprobaba, una por una, el
manojo de llaves que tenía entre sus manos.

- ¿Qué ha pasado con las llaves de mi casa? Entonces…. ¿De dónde son estas
llaves? Es de locos, tengo unas llaves que no sé de dónde son y las llaves de mi
casa no sé dónde están.

Gerine se despertó de este sueño llena de ansiedad. Lo escribió con detalle para
no olvidarlo, incluso dibujó su puerta cerrada dentro de un enorme corazón y
guardó junto a sus apuntes importantes lo escrito, para revisarlo más adelante.

Meses más tarde Gerine caminaba por la calle, concentrándose en la sensación


de la planta de sus pies en cada paso que daba. Podía sentir como el peso de su
cuerpo se balanceaba rítmicamente desde el talón a la curvatura de la planta,
remarcándose en el borde externo, para ir hacia las almohadillas y después, en
una ligera inclinación, acabar en los dedos de su pie. Mientras todo este juego se
combinaba hacia el otro pie y repetía el mismo balanceo. Una y otra vez, un paso
tras otro.

Si caminaba despacio podía hacer respiraciones profundas que inundaban su


vientre, sus costados y su pecho con el aire fresco que inhalaba, para llenarlo en
su interior de temperatura y devolverlo al espacio exterior como una cálida y
templada caricia.
Si caminaba deprisa notaba su pecho hincharse y deshincharse al ritmo en que se
combinaban sus pies.

Y mientras tanto, Gerine, oía como bajaba el volumen de su pensamiento. Los


ruidos externos se hacían ausentes, no atrapaban su atención, que estaba
plenamente repartida entre sus pies, su respiración y esa forma de alegría y
serenidad que la poseía en momentos como este.
Algo interrumpió su concentración. A su derecha, al pie de un árbol lleno de
flores que se alzaba en el camino, Gerine vio un juego de llaves recogidas en una
arandela, que brillaban sobre la tierra.

Gerine miró a su alrededor para ver si podía localizar a la persona que las debía
estar buscando.
- Sin duda, alguien las perdió.
No vio a nadie. La calle estaba absolutamente solitaria. El destello de aquellas
llaves la cautivó. Había algo en aquella forma de brillar que la tentaba.
- ¿Qué hago? ¿Las cojo, o las dejo aquí por si viene alguien a buscarlas? Las
llaves volvieron a desprender aquel destello que tintineaba ante sus ojos. Gerine
no se resistió demasiado. Cogió las llaves y continuó caminando con ellas en sus
manos, mirándolas.

Caminó buscando alguna tienda, algún local abierto en la zona, donde explicar lo
ocurrido para que, si veían, o se enteraban de alguien que hubiera perdido sus
llaves, se las pudieran devolver.

No había nada en aquella zona, salvo un muro lleno de pintadas y carteles


publicitarios pegados. En la cera, algunos árboles…

Gerine guardó las llaves en su bolsillo, sintiendo algo ilógico. Parecía como si
fueran para ella. Quizá esas llaves eran parte de un mensaje, una forma
simbólica en que el Universo se comunicaba con ella.

Siguió caminando hasta llegar al parque al que se dirigía. Un hermoso lugar en


el corazón de la ciudad.
Gerine entró en el parque. Los pájaros se cruzaban con ella revoloteando a su
alrededor. Ella sonreía, sintiendo que en ese momento formaba parte indiscutible
del plan divino del Universo. Sintiendo que la magia brotaba en cada poro del
paisaje, con la misma dulzura que brotaba de sí misma, en ese preciso instante.

Se adentró un poco más en aquellos jardines, a su izquierda dos palomas blancas


jugueteaban entre ellas. Parecía que se dieran besos de enamorados cada vez que
unían sus picos y se arrullaban románticamente, entre sonidos que estaban
cargados de sentido y de información, y que solo ellas podían, como palomas
que eran, entender.

Gerine miraba a las palomas cuando volvió a ver, otra vez, un destello similar al
anterior. Se acercó. No se podía creer lo que estaba viendo.
En el suelo, en la tierra, junto a unas ramas vivas que brotaban aromáticas y
llenas de alegría… un imperdible con tres llaves engarzadas.
Gerine se agachó, cogió las llaves dándose cuenta de que las palomas la
observaban a ella esta vez. Y las miró atónita.

Cogió las llaves, se puso en pie y las guardó junto a las anteriores, en el mismo
bolsillo, después de comprobar que no había nadie por allí que las estuviera
buscando.

Impresionada por lo curioso de sus hallazgos, no sabía qué haría con aquellas
llaves; solo sabía, ahora sí lo sabía, que aquellas llaves eran mensajes, y que en
algún momento los podría descifrar.

Llegando a su casa, cuando ya comenzaba a caer la noche, encontró por tercera


vez el mismo día, una llave, esta vez una sola llave, y a pocos metros de su
puerta.

Sin dudarlo la cogió y la guardó con las anteriores. Finalmente las puso, todas
juntas, en el altar que Gerine tenía dispuesto en su habitación, el lugar que
utilizaba para escribir y meditar cada día.
Pensó durante algunos días en aquellas llaves y la forma “coincidente” de
encontrarlas todas el mismo día. No pudo comprender el mensaje de aquel
misterio, y poco a poco, fue olvidando el tema.

A Gerine le gustaba meditar, trataba de dedicar algún tiempo cada día a observar
sus pensamientos, su respiración, sus emociones, sus sensaciones corporales. A
veces se sentaba en la posición del loto para hacerlo. Otras veces lo hacía
mientras vivía, sencillamente. Se había convertido en una práctica habitual en su
vida y no le suponía gran esfuerzo hacerlo; era algo incorporado, una inercia.

En los cuatro años siguientes a este episodio pasaron muchas cosas, en la historia
de Gerine, que pusieron patas arriba su vida entera.

Desaparecieron de su horizonte, por distintas razones, algunos amigos íntimos en


los que Gerine tenía puesta su confianza y su cariño. Y pudo dejarlos ir aún
sintiendo, en algunos momentos, que su corazón se resentía y se dañaba.

Murieron algunos seres muy queridos de Gerine, a los que ella pudo acompañar,
desde lo más profundo de su corazón, a dar el gran paso hacia el otro lado.
Se enamoró apasionadamente de un hombre muy seductor que le decía las cosas
más maravillosas del mundo…, de la misma forma en que se las decía a todas las
demás mujeres con las que se cruzaba cada día… Descubrir esto fue descubrir
que su corazón se convertía en una poderosa fortaleza de piedra maciza. Gerine
se sintió engañada, traicionada…, aquellas palabras maravillosas se fueron
convirtiendo en gritos e insultos cargados de desprecio, en la misma medida en
que se convertían en azúcar para otros oídos nuevos. Gerine se fue:
sencillamente no podía soportarlo.

Finalmente, su salud terminó por resquebrajarse. Un buen día se encontró frente


a un médico de hospital que, tras un sinfín de pruebas y más pruebas, le decía
textualmente:

- Dentro de un mes puedes estar muerta.

Fue en este momento, cuando Gerine se sintió suspendida en mitad de la nada y


rodeada de nadie en el que, sin saber cómo, todo cobró sentido. Su sueño
angustioso, donde sus llaves no eran las llaves de su casa, la puerta envuelta por
un gran corazón... Meses después y en un mismo día había encontrado por tres
veces distintas “llaves perdidas”, en diferentes lugares de la ciudad. Ella sabía
que no era casualidad.

Gerine miró a su corazón, cerró sus ojos para poder verlo realmente. Y allí
estaba: latiendo…, cansado…, encogido…, lleno de heridas abiertas que se
desangraban.

Gerine sabía que, si había algo inquebrantable en ella, era una sola cosa, algo
con lo que sin duda había nacido, pues había estado en sí misma desde que tenía
uso de razón: su espiritualidad.

No era la primera vez que Gerine se veía atrapada en una espiral incontrolable de
sucesos dolorosos, y por experiencia sabía que siempre acababa agradeciendo lo
vivido. Eso sí, cuando ya había pasado el momento álgido.

Esta vez, y por primera vez, pudo sentir esa gratitud mientras y durante, no solo
después.
Miró a su corazón de tal manera que pudo verlo devolverle la mirada. Una
mirada llena de esperanza, ternura y compasión.

Pasaron tantas cosas por la mente de Gerine: situaciones pasadas y presentes que
estaban anclándola al dolor. Gerine no podía dejar de mirar a su corazón;
comenzó a hablarle:

- ¿Yo te hice eso, verdad? No supe cuidarte, ni protegerte, ni siquiera supe


verte…, no supe sentirte. ¿Cómo he podido hacerte tanto daño?

Mientras Gerine miraba a su corazón tan herido, y repetía estas palabras llenas
de lágrimas y dolor, su corazón la miraba a los ojos con una preciosa sonrisa y la
llenaba de gratitud.

Así agradeció Gerine, lo primero de todo a esos ángeles envueltos en piel


humana que iban y venían por su vida, sobre todo en aquellos momentos tan
difíciles: sus amigos…, su familia.

- Gracias por acompañarme, por estar ahí, por el regalo bendito de vuestro
Amor.

Después agradeció a aquellos otros ángeles, que vestidos con las ropas de la
soberbia y la ignorancia, de la traición, la agresión, el abandono y la
indiferencia, habían hecho posible que no quedara nada a lo que agarrarse. Esa
era la única manera de no equivocarse nuevamente, de mirar en la dirección
adecuada: quitando del camino “las ilusiones” se quedaba a solas con la
Realidad.

- Gracias por borrar de mi mapa el camino del falso amor. Y gracias por
facilitar mis pasos hacia mi propio corazón, si me hubiera agarrado al vuestro
no habría encontrado el único que me pertenece. Gracias también por facilitar,
tan sabiamente, mis pasos hacia mi propia fuente de Respeto, Validación y
Fuerza. Sin vuestra ayuda seguiría buscando ahí fuera, quizá el resto de mi
vida.

A veces necesitamos vivir profundos desengaños para quedarnos desnudos frente


a la Verdad. Es increíble, la de artimañas que puede llegar a utilizar un ángel
para “forzar” a otro Ser a descubrir su propia luz.

Gerine veía como se iban borrando, del laberinto de su mapa, los falsos caminos,
para que no hubiera más pérdida, ni confusión. Cuando en el plano solo queda
un camino, no hay más posibilidades.

Agradeció pues, al ángel de la frustración que borró del paisaje los atajos que
conducen a las falsas expectativas.
- Gracias por facilitar mis pasos en dirección al único lugar que necesito
transitar y ocupar: mi lugar.
También hubo un profundo sentimiento de gratitud al ángel de la Muerte; éste,
sin lugar a dudas, era uno de los más poderosos.

- Gracias por permitirme acompañar a los que han partido en el momento más
importante de toda su vida: el momento de pasar al otro lado. Desde allí, ellos
alimentan a mi corazón con su presencia incondicional. Su ausencia arrastra mi
Samsara (mente, ilusión de vida). Gracias por la Libertad.

No cabe duda, el más bello en el recuerdo era el ángel del Amor, Gerine lo
conocía bien, a través de sus amigos, de sus seres más queridos, y al menos en
una ocasión, de la pareja que hubo en su vida para llenar sus días de belleza y de
paz durante varios años, se dirigió a éste concretamente:

- Gracias por vivir en mi recuerdo cada día de mi vida. Gracias a ti descubrí


que existen hombres maravillosos en los que sí se puede confiar, en los que sí se
puede descansar…. Hombres que hacen de este mundo un lugar digno de ser
vivido. Gracias por limpiar de egoísmo, oscuridad y desconfianza, mi propio
mapa. Tu presencia en mi corazón llena de luz cada uno de mis pasos. Bendito
seas.

De pronto Gerine se dio cuenta de que todos los ángeles que habían pasado por
su vida le mostraban un mismo mantra:
- Cuando la sabiduría del corazón ocupa su lugar, la ignorancia de la mente
perece.

Gerine seguía mirándose a través de los ojos de su corazón, en ese encuentro


entre ambos, mirada con mirada, sintió que todo su cuerpo era traspasado por un
torrente de Amor luminoso que la elevaba por encima de sí misma, hacia algo
más profundo y más sagrado de cuanto había conocido en toda su experiencia.
Todo quedaba modificado, en ese instante, en el mismo centro de sus genes.
Todo estaba bien tal como era. Había encontrado “sus propias llaves”, su propia
puerta y el contenido precioso que había tras ella: La vida viva.

Le parecía poder oír la voz sonora de su corazón; mientras se miraban a los ojos,
le escuchó decir:

- Gerine, yo soy tu puerta, yo soy tu llave. Estoy en ti para llenar tu vida de


presencia y de sentido. Puedes usarme. Yo soy la llave del perdón, de la libertad,
de la compasión, de la alegría y de la generosidad. Mi puerta es la puerta que
abre tu camino. Tu camino está donde yo esté. Mi llave es la llave de tu Amor.
Puedes usarla. Vive.

Unos meses después, perfectamente recuperada del remolino de contratiempos


de su pasado inmediato, Gerine cogió papel y empezó a escribir un libro, donde
dejar reflejado su encuentro con lo bendito que había en sí misma.

Gerine sabía que cada Ser encierra un mundo entero en su interior. Que existen
tantos mundos como Seres existen. Y que cada uno, de esos maravillosos
mundos, esconde mil batallas, mil guerras, mil combates… Que solo cesarán el
día que en cada Ser se dé el encuentro entre los ojos del Corazón y los ojos de la
Mente.
Finalmente se dio cuenta de que había una palabra que resumía el contenido total
del mensaje que quería transmitir. Eligió esta para el título de su libro:
RECONCILIACIÓN.
Montse Gómez Díaz.